0% encontró este documento útil (0 votos)
169 vistas

Córdova - La Política de Masas Del Cardenismo

Cargado por

Karina Kloster
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
169 vistas

Córdova - La Política de Masas Del Cardenismo

Cargado por

Karina Kloster
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
Está en la página 1/ 15
1. EL CARDENISMO Y LA REVOLUCION MEXICANA Al terminar los afios veinte muy pocas personas parecian albergar dudas acerca de la definitiva consolidacion del régimen de la Revolucion Mexi- cana. Al menos por lo que todo mundo podia ver 0 intuir, la fortaleza del poder revolucionario era incontrastable. Es posible que todavia entonces se concibiera a los dirigentes del Estado de la Revo- luci6n como. un grupo de aventureros que seguia imponiéndose sdlo mediante la fuerza de las ammas, lo que les hacia aparecer particularmente fepugnantes a los ojos del ciudadano comtn, aislado; lo cual, como es evidente, podia tomarse muy bien como una prueba suficiente de que la hegemonia politica del grupo gobernante no aca- baba de constituirse como una verdadera sobera- nia politica. Pero era ya un hecho aceptado aque el poder que aquel grupo turbulento y atrabiliario Tepresentaba envolvia todas las esferas de la vida social, penetrando hasta lo mas recondito e impri- miendo su sello hasta en las manifestaciones mas simples de la actividad de los mexicanos. México se habia transformado y no habria de retroceder un solo paso. Todos los intentos por hacerlo cambiar de ruta habian fracasado sin remedio, y algunos de ellos muy recientemente (la rebelion escobarista y el movimiento democratico del vas- concelismo), de modo que habia ya poco lugar, si alguno quedaba, para las ilusiones o los buenos deseos. 1 Sin embargo, la fuerza del Estado de la Revolu- cion, con ser tan grande, tenia mucho mas de apariencia que de realidad efectiva. Es cierto que su existencia seguia estando garantizada por el apoyo que proporcionaban a los grupos revolucio- narios las masas trabajadoras, principalmente del campo. Con ellas habian llegado al poder y por ellas se mantenian en él. El presidente Obregon habfa impedido que los mismos revolucionarios se disgregaran o se devoraran entre si, eliminando a los mas ambiciosos y peligrosos; asi se conjur6 la recaida del pais en el militarismo y el caudillis- mo. El presidente Calles fortalecio el régimen revolucionario, dotandolo del aparato institucio- nal minimo indispensable para que pudiera sobre- vivir como un verdadero Estado. Bajo la direccion de los dos presidentes sonorenses los revoluciona- tios adquirieron experiencia en el arte de gober- nar a una sociedad de masas que, como la mexicana, habia surgido de una revolucion, y buena parte de ellos comenzaron a cobrar una conciencia cada vez mas clara de lo que esto significaba y, sobre todo, de las perspectivas que se les deparaba y de los peligros que les acecha- ban. Su determinacién de sostenerse en el poder estaba ya fuera de duda; era esa determinacion la que los mantenia unidos. Pero fueron justamente los resultados de la politica de los presidentes del Grupo Sonora lo que por aquellos dias comenz6 a dividirlos. Los revolucionarios se habian convertido en una fuerza hegemonica indiscutible y tenian a la sociedad bajo el mas absoluto control. Su predo- minio después de la Revolucién se habia mos- = trado con toda claridad en el hecho de que las principales luchas que desde entonces habia pre- senciado el pais se habian protagonizado entre ellos mismos, por supuesto, con la importante excepcion de la rebelién cristera. Pero su poder habia demostrado también ser ineficaz para llevar a término el programa de la Revolucién. Hasta los ultimos afios veinte no habia hecho otra cosa, en la practica, que pugnar Por mantenerse en pie, pero estaba muy lejos de convertirse en el poder rector, soberano y aceptado por la sociedad que la Revolucion habia postulado. La Reyolucién habia-sido ante todo una gigan- tesca movilizacion de las masas trabajadoras, un movimiento que, sin renunciar a los principios de la sociedad individualista, se hab{a propuesto del modo mas claro la conquista del poder con el apoyo de los trabajadores. El programa de refor- mas sociales habia sido la palanca que habia impulsado esa movilizacion y que habia procu- rado, a través de ella, la toma del poder. “La década de los veinte trajo consigo la experiencia, por lo menos para un gran sector de los revolu- cionarios, de que, para sostenerse en el poder y transformar al Estado, no bastaba con haberlo conquistado, sino yue era indispensable seguir contando con el apoyo de las masas. En realidad, este nunca les Ileg6 a faltar, pero durante aquel tiempo se dio casi gratuitamente, sin que a cam- bio las masas recibieran sino muy poco. Era en este renglon que el balance fallaba, entrafiando peligros de la mayor gravedad para el Estado de la Revolucion. Lo que en la Revolucién habia sido esencial, su politica de masas, cra lo que en 13 los hechos se habia paralizado después de con- cluida la lucha. La reforma agraria, particularmente, se habia convertido en un simple instrumento de manipu- lacion de las masas campesinas, mediante limita- dos repartos agrarios, muchas veces solo de terre- nos nacionales, que de ningin modo habian contribuido a transformar las relaciones de pro- piedad en contra de las cuales se habia llevado a cabo el movimiento revolucionario. La Revolu- cién habia sostenido el principio de que era necesario destruir el monopolio de la propiedad de la tierra en unas cuantas manos, como requi- sito indispensable del progreso de México; los gobiernos revolucionarios no solo echaron al ol- vido este principio, sino que intentaron por todos los medios a su alcance conservar la vieja clase dominante y asimilarla a la nueva que se iba organizando. En medio de cada vez mas frecuen- tes manifestaciones de descontento por parte de los trabajadores del campo, aunque a nivel local o regional, el pais conocid, a través del censo agricola de 1930, el hecho de que un grupo de 13 444 terratenientes monopolizaban el 83.4% del total de la tierra en manos de privados; que los ejidatarios, en nimero de 668 mil, tenian la posesion de tierras que representaban apenas un décimo de la que estaba en manos de los hacen- dados, y que junto a ellos habia 2332000 campesinos sin tierras;} en otras palabras, que desde este punto de vista la Revolucion habia sido practicamente inutil. Y todo ello mientras menudeaban las declaraciones oficiales dando por concluida la reforma agraria o los !lamados a 14 liquidarla en cuestiOn de meses. La Revolucion también habia preconizado la defensa de los derechos de los trabajadores urba- nos y los habia establecido como garantias poli- ticas en el articulo 123 de la ConstituciOn; se trataba de hacer llegar los beneficios del progreso econdmico a la gran masa de mexicanos que vivian en las ciudades, no sdlo por razones de orden moral y politico, que también eran funda- mentales, sino ademas para asegurar, mediante la ampliacion del consumo popular, el futuro desa- rrollo industrial de México. Probablemente en ningin momento se tuvo una idea exacta de lo que esto, en los hechos, podia representar para los trabajadores. De cualquier forma, las garantias constitucionales para el trabajo y la posibilidad de un mejoramiento. gradual desu situacion material fueron suficientes para impulsar y mantener la adhesion de los trabajadores al nuevo régimen. Los gobiernos que siguieron a Carranza, sobre todo el del presidente Calles, se apoyaron amplia- mente en el movimiento organizado de los traba- jadores. Sin duda, éstos gozaron entonces de mejores condiciones econdmicas que en épocas anteriores; pero ello, aparte de que fue cierto sdlo en el caso de muy pocos ntcleos laborales, se dio siempre a través de la sujecién mas absoluta del movimiento obrero a los designios de los grupos politicos en que se apoyaban los gobernantes y de la manipulacidn mas descarada de las deman- das de los trabajadores para conseguir su fidelidad irrestricta a los mismos grupos. La division del moyimiento. obrero. yuna desvergonzada dema- gogia- de parte de los -politicos.oficiales. fueron SS hechos permanentes en la escena social del Mé- xico de los afios veinte. La Revolucién habia sugerido con la mayor claridad la conversién de la adhesion de las masas al nuevo régimen, por las reformas sociales, en motor de las transformaciones econémicas que ella planteaba. Sdlo el Estado podia asegurar que desaparecieran los antiguos privilegios y sdlo él podia rescatar para la nacion las Tiquezas natura- les em manos de extranjeros. Pero ello se darfa a Gomdicion de que se movilizara a las masas y se es lamzara ‘©ontra la vieja clase dominante. Las Wiiisfonmecioncs no podian venir por decreto ni Mevamse 2 cabo inoue 3 Sim Uma justificacion adecuada. Por Miasas de la Revolucion era = una yerdadera politica de desarro- bia dejado de cumplirse desde el momento Mismo en que la manipulacién de los trabajadores del campo y de la ciudad se apartaba de tos objetivos de transformacién social o se decidia que estos iltimos quedaban aplazados Pata mejores tiempos. Asi, mi lado se perdia la posibilidad de que el Estado se convirtiera en un verdadero agente del cambio social _y econdmico, por otro lado se prohijaban nuevas condiciones de rebeldia por parte de los trabajadores sin que se hubiera liquidado cuentas con los antiguos enemigos, en el cobarde intento de_ llegar lo antes posible a una conciliacién con ellos. En otros términos, el Estado no acababa de ser el agente del desarrollo material y espiritual del Pais, porque los grupos revolucionarios se- guian siendo incapaces de actuar la politica de masas de la Revolucion, 16 ue por un En esa situacion los sorprendié la peor catds- trofe que jamds haya conmovido al mundo capita- lista, la crisis mundial de 1929, que hacia la segunda mitad del afio comenzé a hacer estragos = en la débii economia dependiente de México. Los montos de la produccién bajaron bruscamente, el intercambio estuvo a punto de paralizarse y en general las actividades econdmicas tendieron a desarticularse. Para 1930 el producto interno bruto habia descendido en un 12.5% y sdlo hasta cinco afios después volvid a los niveles de 1928. El valor de las exportaciones bajO en 1932 en un tercio respecto de las de 1929, y las importaciones se redujeron hasta ser inferiores a las de comienzos del siglo; las primeras bajaron un 48%, de 590 a 304 millones de pesos, mientras que las segundas descendieron en un 52%, de 382 a 180 millones de pesos. El ingreso piblico bajé en los mismos afios de 322 a 212 millones de pesos; la inversion publica se redujo de 103 a 73 millones, afectando sobre todo los renglones de comunicaciones y transportes. El peso fue devaluado afio tras afio y de 2.648 por délar en 1931 pasd en 1933 a 3.498 por dolar. La produccién de cereales cayo en 1932 en un 14% respecto de la de 1929, mientras que la produccion de cultivos industriales, basica- mente de exportaciOn, descendid en un drastico 48%, reflejando el primero de estos casos el peso que debidé soportar la poblacion trabajadora, ya mal alimentada, y el segundo la dependencia de la exportacion mexicana respecto de los mercados imperialistas en crisis. La mineria experimentO una caida peor atin que la agricultura de exporta- 17 * 5 / de San Rafael cidn: la produccién de plomo bajé de 248 500 toneladas en 1929 a 118 700 en 1933; la de plata descendié de 3 38] toneladas a 2118 en 1933. La contribucion de las manufacturas al producto interno bruto disminuy6 en un 7.3%, pese a ser el sector que resistidé mejor los embates de la crisis. Los ingresos de los Ferrocarriles Nacionales —siempre una empresa deficitaria— Por concepto de fletes descendieron de 112 a 73 millones de pesos entre 1928 y 1932. Sin duda alguna, y los musmos exponentes del gobierno comenzaron muy pronto a reconocerlo publicamente, la eco- nomia nacional estaba suf; iendo un verdadero colapso.? Los resultados en Io que a la situacién de las masas trabajadoras se refiere no podian ser mds desastrosos. Segiin datos de la Direccién General de Estadistica, los sin trabajo eran en 1929 en numero de 89 690; en 193] alcanzaron un pro- medio mensual de 287 462, que en 1932 fue de 339 378, para descender en 1933 a 275 7743 En el segundo trimestre de 1932 las evaluaciones de los _presidentes municipales arrojaban una cifra promedio de 354 040 y en el mismo trimestre de 1933 la media era de 284 995.* “Ta clase obrera ~escribe Fuentes Diaz— resentia la crisis por el cierre de las empresas y el reajuste de personal y de salarios. Hubo despido de obreros en las Minas y Real del Monte (Estado de De Hidalgo) y de San Luis de la Paz (Guanajuato); | cese de 7000 mineros en otros centros de tra- / bajo; reajuste en la fAbrica El Buen Tono; cierre _ del Centro Industrial Mexicano de Puebla; reajus- \te de personal en las fabricas de botones del 18 Distrito Federal; suspension de labores en el\ mineral de Concepcién del Oro (Zacatecas); cierre | y reajuste en varias fabricas textiles; reajuste de personal y salarios en la compafiia petrolera El Aguila; cese de 4 000 trabajadores en los Ferroca-| triles Nacionales de México; suspensién de labores { en los minerales de Matehuala (San Luis Potosi); | en los de El Boleo (Baja California Sur); en CIDOSA de Orizaba y en otras negociaciones de/ importancia”’.> En 1929 la reforma agraria parecié dar pasos decisivos en el desarrollo de su programa, después de cerca de quince afios en que los repartos de tierras se habian venido ostentando como meras medidas marginales en la direccién de la econo- mia agraria. En sOlo ese afio el gobierno provisio- nal del presidente Emilio Portes Gil repartid 1853 589 hs. entre 126 603 beneficiarios. Para calcular la importancia del hecho bastard recordar que el general Calles, en los cuatro afios de su periodo presidencial, repartid 3 186 294 hs., entre 302 539 beneficiarios. Pero a partir de 1930, ya con el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, el ritmo de los repartos se contuvo bruscamente; en ese aflo se repartieron 584922 hs. a 60 666 benefi- ciarios; en el siguiente afio se repartieron 976 403 ° hs. entre 41532 beneficiarios, aumentando el total de hectdéreas pero bajando de nuevo el de los beneficiarios, lo que tal vez es indicativo del tipo de tierras que se dieron, para caer ambas cifras todavia mds en 1932, afio en el que se repartieron 249 349 hs. a 16 462 beneficiarios; en diez afios de reforma agraria los repartos no habian descendido a semejantes niveles.® 19 La respuesta de las masas no se hizo esperar mucho tiempo y ella fue, por asi decirlo, el hecho culminante del impacto que la crisis pro- Gujo en la estructura econdmica del pais. A pesar de las persistentes divisiones en que se debatian, k mayoria de las cuales eran alimentadas por las Tencillas entre los mismos grupos directores de la politica mexicana, los trabajadores comenzaron a imsurei cada vez con mayor fuerza en contra del Qeorden de cosas establecido. [Las luchas de los — si : = = “empesinos por la tierra siguieron dandose, mu- chas Yeees en forma violenta, aunque a nivel regional. en la medida en que el gobierno de la Revolucion intentaba paralizar la reforma agraria; | pero sta vez, y el hecho tuvo una trascendencia / politica. de la mayor importancia, fueron los trabajadores asalariados los que se pusieron a la cabeza del movimiento espontaneo de las masas populares. Las luchas eran sistematicamente Tepri- midas antes de que pudieran calificarse ante los tribunales del trabajo, lo que como es sabido daba la apariencia de que en México reinaba la paz social, no obstante los efectos destructores de la crisis; pero solamente por reclamaciones obre- ras contra despidos o reajustes los conflictos de trabajo aumentaron de modo extraordinario de un aflo a otro: en 1929 hubo 13 405 de tales conflictos; en 1930 fueron 20 702, para aumentar a 29087 en 1931 y alcanzar la cifra de 36 781 en 1932.7 Ni siquiera las organizaciones laborales oficialistas Pudieron escapar a las continuas y crecientes agitaciones de los trabajadores contra los efectos de la crisis que por todos los medios se trataba de descargar sobre sus espaldas; muy 20 por el contrario, en poco tiempo esas organiza- ciones comenzarcn a ser desgarradas como una consecuencia directa de_las propias agitaciones de los obreros. Es probable que muchos de los dirigentes revo- lucionarios consideraran que estos hechos en el fondo no eran sino resultados pasajeros de la crisis, que habrian de pasar en cuanto amainara la tormenta. El_ mismo general Calles, que desde la muerte de Obregon se habia convertido, por derecho propio, en el jefe indiscutible de todos los revolucionarios, pensaba que el desastre eco- nomico era un efecto natural del desarrollo insufi- ciente del pais, que México no habia sufrido menos. que otros. paises. igualmente. poco desarro- Hlados, y no se sentia preocupado en lo mas minimo por el descontento que privaba entre las _ masas trabajadoras./Su preocupacion fundamental tenia que ver mas bien con el atraso econdmico de México y la incapacidad de nuestro pais para enfrentar la crisis exitosamente; el problema de la economia mexicana, para él, era esencialmente de Los dias en que el principal pro- blema “técnico”, pero técnico-politico, consistia para los revolucionarios en saber cOmo conducir a. las masas trabajadoras de acuerdo con los objeti- vos de la Revolucién, parecian perderse en la bruma de los tiempos, aunque en realidad no se tratara sino de una docena de afios. En el mes de junio de 1930, cuando la crisis estaba ya desatada con toda su furia, Calles declaraba, segin se afirma, “a un grupo de amigos”: “Si queremos ser sinceros tendremos que confesar, como hijos de la Revolucion, que el agrarismo, tal como Io 2h hemos comprendido y practicado hasta el mo- mento presente, es un fracaso. La felicidad de los campesinos no puede asegurdrseles dandoles una parcela de tierra si carecen de la preparacién y los elementos necesarios para cultivarla... Por el contrario, este camino nos Ilevard al desastre, porque estamos creando pretensiones y fomen- tando la holgazaneria. Es interesante observar el elevado numero de ejidos en los que no se cultiva la tierra y, sin embargo, se propone que ellos se amplien. ;Por qué? ; si el ejido es un fracaso, es inutil aumentarlo. Si, por otro lado, el ejido es un €xito, entonces debiera disponerse del dinero ne- cesario Para comprar las tierras adicionales necesa- fias y asi librar a la nacién de hacer mayores gastos y promesas de pago... Hasta ahora hemos estado entregando tierras a diestro y siniestro y el unico resultado ha sido echar sobre los hombros de la nacién una terrible carga financiera... Lo que tenemos que hacer es poner un hasta aqui y no seguir adelante en nuestros fracasos... Lo que se hizo durante la lucha en nombre de la suprema necesidad de vivir, debe dejarse tal como est. El patia que se apoderd de un pedazo de tierra debe conservarla. Pero al mismo tiempo tenemos que hacer algo sobre la situacién presente... Cada uno de los gobiernos de los Estados debe fijar un periodo relativamente corto en el cual las comuni- dades que todavia tienen derecho a pedir tierras puedan ejercitarlo; y, una vez que haya expirado este plazo, ni una palabra mas sobre el asunto. Después debemos dar garantias a todo el mundo, tanto a los agricultores pequefios como a los grandes, para que resuciten la iniciativa y el 22: crédito publico y privado”.® : En otra ocasidn, cuando ya la crisis se encami- naba hacia su desenlace, dejando tras de si una verdadera ola de inconformidades entre las masas trabajadoras, Calles hacia las siguientes declara- ciones: “Los obreros necesitan de las lecciones de la experiencia. Es necesario que choquen entre si. Si antes se pretendiera unificarlos, seria indtil. El solo convencimiento les parece a veces resistencia y no orientaciOn, porque el sentido de la realidad sdlo se adquiere con la experiencia propia. Por eso considero necesario que los obreros prueben en la ruda practica, lo que es asequible y lo que es utOpico e inconveniente. Es util que los obre- tos choquen entre si. De alli resultara en breve tiempo una fecunda leccidn: la de que nada es posible sin la unificacion de las masas”. “Estoy convencido —agregaba, siempre en referencia a los obreros— de que en cada hombre la codicia, el egoismo, son irreductibles”.? ;Por qué estaban divididos los obreros? Porque eran unos codicio- sos y unos egoistas... En realidad, nunca como entonces fueron tan inseparables en el pensamien- to de algunos revolucionarios la mala fe y la incapacidad para entender el verdadero desarrollo de las cosas. La mala fe, porque les parecia muy comodo tratar de ocultar el sol con un dedo: todo mundo sabia que la Revolucion no habia ni siquiera empezado su obra de renovacion. La incapacidad para comprender, porque estaban ol- vidando el papel que las masas habian jugado en la lucha revolucionaria y que todavia tenian que seguir jugando en la construccion del nuevo Esta- do. Era tal la extension que cobraba esta incapa- 23 cidad, que E/ Nacional Revolucionario, por ejem- plo, en uno de sus primeros nameros como organo del Partido Nacional Revolucionario, ins- cribia el siguiente epigrafe en su pagina editorial: “El pueblo tiene vientre y ojos miopes; si te ama, pagale con algo de pan y con algo de luz” (y para que no hubiera equivocaciones firmaba: E7 Nacio- nal Revolucionario).'° Durante muchos afios ése fue el tipico modo como la mayoria de los revolucionarios vieron los problemas politicos de México. Pero para aquellos tiempos la situacién dentro del campo revolucio- nario estaba cambiando por completo. De hecho jamas dejo de existir un sector que desde los dias del Congreso Constituyente mantuvo vivos los postulados de la Revolucién y que en ningin momento cejo en el empefio de dirigir al régimen revolucionario hacia sus objetivos de reforma so- cial. Al fin de los afios treinta ese sector estaba a ~punto de conyertirse en la fuerza hegeménica de Ja Revolucién y en poco tiempo daria lugar al movimiento politico mas importante de la época posrevolucionaria: el cardenismo, que aparecid, al principio, simplemente como una especie de con- ciencia critica de la Revolucion y con gran rapi- dez se convirtid_en el elemento director de la politica nacional. ) Frente al coro de politicos que afirmaban que la Revolucion habia realizado ya su obra 0, peor atin que habia fracasado en su empresa, muy pronto comenzaron a dejar oir su voz los revolu- cionarios que, por el contrario, sostenian que la Revolucién no habia terminado. Uno de los que por entonces supo exponer mejor este espiritu 24 autocritico de la Revolucién fue el economista Jesiis Silva Herzog, que habia desempefiado el puesto de embajador de México en la Union Soviética y que tenia en su haber largos afios de militancia al servicio de la RevoluciOn. En un , articulo publicado en el dérgano oficial del PNR ' 2 * en julio de 1929, Silva Herzog escribia: ‘““Compli- \~ cados, graves y dificiles son los problemas de la patria; problemas de produccion y distribucion, problemas de comunicaciones, raciales y de difu- sion cultural. Nuestra produccion agricola en mu- chos de sus renglones no satisface las necesidades de nuestro consumo. Se usan métodos retardados, no por causa de la reforma agraria como los ignorantes y los perversos afirman, sino por una herencia secular de incapacidad. Algunos ejidos estan mejor cultivados que las haciendas de los latifundistas impreparados. Muchos de estos sefio- res viven todavia en el siglo XVIII, lo mismo en la accion que en el pensamiento. Su egoismo llega a veces hasta la imbecilidad. La produccién mine- ra y petrolera de México, adelantada sobre” el punto de vista técnico, esta en manos de empre- sas extranjeras que exportan sus utilidades y aumentan asi la capitalizacion de otras naciones, dejandonos solamente salarios de hambre e im- puestos mezquinos, es decir, las cuentas de vidrio que dieron a los indigenas de las costas veracru- zanas los audaces conquistadores de Cortés. Las industrias de transformaciOn, con raras excepcio- nes, son industrias que se han quedado con medio siglo de retraso tanto en la organizacion como en la técnica, industrias que, logicamente, no pueden resistir el pago de altos salarios ni lanzar al 25 3 mercado productos baratos que compitan con los similares de otros paises. Ademas, estas industrias, pertenecen también al extranjero. Y lo mismo ocurre con el comercio en grande. Impreparacion y tanto egoismo en todas partes. Al mexicano le habia quedado el estanquillo y el comercio de los mercados; pero hasta alli ha llegado ultimamente una parvada de rusos y polacos que le estan » disputando el campo y desalojandolo poco a | poco. {Qué acaso estamos destinados a ser eterna- mente mendigos en nuestro propio territorio, a ser siempre, como lo hizo notar un escritor, mineros y petroleros hambrientos?”’ Y hacién- dose eco de un. sentir que era de muchos reyolu- cionarios, Silva Herzog denuncia el caracter limi- tado, inconcluso, de las realizaciones revoluciona- rias y proclama la que de ahi a poco seria la ensefia del cardenismo: la conduccion de la Revo- lucién hasta su fin. “La distribucion de riquezas —escribe— es todavia, a pesar de algunas conquis- tas estimables realizadas por la revolucion, de una desigualdad impresionante. Mientras una minoria privilegiada disfruta de todos los goces, la inmen- sa mayoria del pueblo recibe jornales mezquinos que ni siquiera le permiten satisfacer sus mas apremiantes necesidades. Jamas las naciones don- de las mayorias son miserables y desventuradas han desempefiado papel importante en la historia de la civilizacion... La Revolucion Mexicana no ha terminado todavia y ya hay muchos de sus hombres que la han traicionado. Algo se ha hecho pero hay mucho mas que hacer. Mientras no sean realidades todos los principios de los articulos 27 y 123 constitucionales, es necesario luchar obsti- 26 ae a a nada y valientemente para que lo sean’. El general Lazaro Cardenas era ya para el afio de 1929 una de las personalidades mas relevantes de la politica mexicana, contandose sin duda alguna entre los tres principales dirigentes de la Revolucién, junto con el propio general Calles y el general Joaquin Amaro; Cardenas, ademas, constituia ya el mayor dirigente revolucionario empefiado en rescatar y hacer triunfar la herencia ideoldgica y politica de la Revolucién. En sep- tiembre de 1928 asumi6 la gubernatura del Estado de Michoac4n y, sin desligarse de la politica nacional en la que siguid desempefiando diversas funciones, se propuso hacer del gobierno de su Estado natal una avanzada de la Revolucion y, al mismo tiempo, un experimento innovador, que hasta entonces habia faliado en todo el pais, de la politica revolucionaria, sobre todo en el ren- glon que habia sido mas descuidado, esto es, su politica de masas, Cuando acepto su postulacién al gobiemo de Michoacan, el joven divisionario adelanto sin ta pujos lo que pensaba en torno a la cuestion agraria, el principal problema del pais: ““Soy un partidario de la politica agraria, porque es funda- mental para la Revolucién y porque la resoluciOn del problema de la tierra es una necesidad nacio-~ nal y dard impulso al desarrollo agricola. Creo que esta tarea debe Ilevarse a cabo sin vacilacion, con un plan ordenado que no haga disminuir la produccion... He sido y soy ferviente admirador de hombres como el Presidente Calles y el Gral. Obregon, que han atacado valientemente los problemas de nuestro pueblo”.!? Muy poco tiem- 2 po después de su eleccién Cdrdenas comenzé a demostrar que en él estaban vivas las mejores tradiciones de la Revolucién. En el fondo, lo importante no era timicamente que aceptara la necesidad de Ilevar a cabo la reforma agraria con determinacion y celeridad, convencido como es- taba de que la reforma, de realizarse, no podia ser sino benéfica para el nuevo sistema politico y economico; sino ademas ‘el instrumento que de inmediato se avocO a poner en pie para asegurar el éxito de la propia reforma: la organizacién de tas masas} En enero de 1929 el general Cardenas convocé a una asamblea a los dirigentes obreros y campe- sinos de todo el Estado en la ciudad de Patzcuaro instandolos a unificarse en una sola oreanieacion: De la asamblea surgid la Confederacién Revolu- cionaria Michoacana del Trabajo, que fue s6lo el comienzo de un amplio proceso de unificacién de las masas trabajadoras del Estado. Con ello Cér- denas no slo estaba echando los cimientos mas sOlidos para las transformaciones que se disponia a llevar a término, sino que estaba reivindicando el verdadero concepto del Estado revolucionario que tan claro habia parecido a los constituyentes de 1917. Como explicd el mismo Ca4rdenas al final de su gestion: “En una etapa del devenir de la humanidad en el que el giro de la evolucién oscila fatalmente entre el egoismo individualista y un concepto mas amplio y mas noble de la solidaridad colectiva, no es posible que el Estado como organizacién de los servicios piblicos per- manezca inerte y frio, en posiciOn estatica frente al fendmeno social que se desarrolla en su esce- 28 nario. Es preciso que asuma una actitud dindmica y consciente, proveyendo. lo necesario para la justa encauzacién de las masas proletarias, sefia- lando trayectorias para que el desarrollo de la lucha de clases sea firme y progresista. La Admi- nistracion que hoy concluye no quiso limitarse a ejercer una intervenciOn ocasional para dirimir los litigios obrero-patronales, los problemas intergre- miales y las manifestaciones todas del derecho industrial, para discernir la justicia social dentro de un formalismo abstracto de las leyes, sino que, penetrando derechamente en la profundidad mis- ma del problema, adentrandose en las realidades, puso todos sus empefios en la polarizacion de las energias humanas, antes dispersas y en ocasiones antagonicas, para formar con ellas el frente social y politico del proletariado michoacano”’.1% Apenas creada,'Cardenas puso en movimiento a la flamante Confederacién Revolucionaria Michoa- cana del Trabajo para forzar la reforma agraria en el estado, combatir el fanatismo religioso y, el alcoholismo y promover la educacion bajo la direccion del Estado, \“‘...Con ayuda del gobier- no, se organizaron sindicatos obreros en todas partes. La Confederacion organizo conferencias de cardcter antirreligioso en diversos centros regiona- les agricolas. Encendidos de entusiasmo, los dele- gados que asistian a dichas conferencias regresa- ban a sus aldeas para persuadir al pueblo a que convirtiera sus templos en escuelas, bibliotecas 0 graneros. Sin temer ya.la venganza divina, los campesinos en algunas ocasiones sacaron de los templos las imaégenes de los santos y publica- mente Jas quemaron. \La Confederacion establecio 29

También podría gustarte