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HISTORIA DE ESPAÑA 2016- * 20 COPIAS.

(2072)
Ayuntamiento de Madrid
Concejalía de Cultura, Educación,
Juventud y Deportes

EL MADRID
DE VELÁZQUEZ
Y CALDERÓN
Villa y Corte en el siglo xvii
I. ESTUDIOS HISTÓRICOS
Miguel Morán y Bernardo J. García
(eds.)

CAJA mADRID
FUNDACION

on i ñol fe f 1e
Bajo el signo de Júpiter: negocios y
hombres de negocios en el Madrid del
seiscientos
CARMEN SANZ AYÁN

Los financieros y sus negocios en el siglo xvn


Para definir lo que era un hombre de negocios en los tiempos modernos y
particularmente en el siglo xvn, nada mejor que acudir a Tomás de Mercado, uno de los
mejores conocedores de este ambiente a fines del siglo xvi. Como se desprende de su texto,
había una variedad de gentes dedicadas a los tratos, agrupadas en categorías diferentes pero
interrelacionadas y dependientes las más de las veces. Aunque básicamente trataré de los
que Tomás de Mercado denomina «banqueros», se debe tener presente que estos
negociantes casi siempre comenzaron su labor en el campo comercial formando en él su
capital. Procuraban.llegar primero al nivel superior del gran negocio mercantil ganando
poco a poco el reconocimiento social que los separaba de aquellos que se dedicaban al
comercio minorista2, y a medida que su potencial económico crecía, iban alejándose del
ejercicio de la mercadería y pasaban con más o menos exclusividad a las actividades
financieras cuya culminación eran los empréstitos al monarca, que suponían de modo
directo o indirecto el manejo efectivo de las rentas reales.
La existencia de este tipo de negociantes no era un fenómeno exclusivo de los territorios
hispanos, por ejemplo, en Francia se los llamó mercaderes-banqueros siendo uno de los
ejemplos más conocidos el de los Colbert, que en 1590 eran simples mercaderes de tela, en
1630 se dedicaban ya a actividades de crédito y a mediados de esa década eran denominados
partisans, es decir, prestamistas del rey en una amplia acepción que abarcaba desde cesiones
en dinero hasta apres-

1
Mercado, 1975, p. 438.
2
Molas, 1985, p. 27.

61
to de ejércitos3. De aquella familia procedía, como es sabido, el famoso ministro de
Luis XIV.
En España, aquellos que desempeñaban este tipo de actividades financiero-
comerciales se los denominaba hombres de negocios y los complejos contratos que
firmaban con la corona para abastecer ejércitos y hacer transferencias de dinero se
conocían con el nombre de asientos. Los sujetos que negociaban asientos con la corona
empezaron en muchas ocasiones haciéndolos en especie, lo que significaba que se
comprometían a suministrar mercancías de modo periódico casi siempre relacionadas
con la intendencia de las tropas, por el tiempo y del modo que quedaba especificado en
sus contratos.
En un nivel económico similar al de los asentistas en especie se encontraban los
arrendadores de rentas. Éstos ofrecían a la corona anticipos en metálico -de cuantía
menor a la que podían suministrar los más grandes hombres de negocios-, sobre el
rendimiento supuesto de una renta real determinada. La corona se ahorraba así el gasto
de los procedimientos de cobro de la renta y conseguía de forma rápida dinero líquido.
La ganancia del arrendador consistía obviamente en obtener más rendimiento en la
gestión particular que el que había previsto el Consejo de Hacienda. El arrendador se
comprometía así mismo a cobrar el importe global de la renta por los medios que fueran
precisos, a reembolsar en un plazo adecuado lo que quedara por reintegrar de su valor a
la Hacienda Real y a pagar además a los juristas, llamados así porque habían adquirido
juros; una especie de deuda pública emitida por la corona según la cual, a cambio de un
capital prestado a largo plazo, el rey prometía unos intereses que oscilaban entre un 3 y
un 5 por 100 procedentes del rendimiento de las rentas reales.
Todos parecían sacar algún beneficio; todos menos los contribuyentes que sufrían
una gran presión por parte de los agentes de los arrendadores, mientras la Real
Hacienda tampoco salía demasiado bien parada, al llegar a sus manos una parte muy
pequeña del rendimiento efectivo de sus rentas. Algunas veces, estos arrendadores
negociaron anticipos para la corona instigados por algún asentista importante y en
varias ocasiones actuaron como simples delegados de un hombre de negocios de mayor
envergadura.
Muchos arrendadores de rentas terminaron convirtiéndose en asentistas ya que a
través de su primitiva actividad, conseguían una acumulación de capital suficiente que
los capacitaba para emprender operaciones financieras de mayor calado; los aludidos
asientos.
El asiento era una operación financiera compleja que comportaba a la vez una
acción de crédito, es decir, un préstamo a corto plazo; una trasferencia o traspaso de
dinero de un lugar a otro y un cambio de moneda cuando el asiento ' era en numerario y
tenía como destino un territorio europeo. Los términos del contrato eran recogidos en
documentos solemnes cuyo otorgamiento era prerrogativa del monarca, que delegaba
por mandato suyo en una persona de confianza, generalmente el valido o el presidente
del Consejo de Hacienda, para ajustarlos en todos sus términos comprometiendo la
palabra real. Estos acuerdos y quienes los subscribían eran piezas clave en el
mantenimiento de la propia monarquía. El grado de desarrollo de la administración
hacendística en los siglos modernos, con las múltiples limitaciones de estar en un
proceso de formación, no permitía disponer de un aparato sólido dependiente del Estado
que afrontara el complejo proceso financiero descrito. No se puede olvidar que las
realizaciones en política nacional e internacional dependían directamente de las

Bourgeon, 1973, p. 203.

62
V,

disponibilidades económicas de la corona y que éstas se hallaban supeditadas G. Braum,


Amsterdam a la capacidad y voluntad de los hombres de negocios para adelantar «a cuenta» el
dinero necesario. En ese sentido, la influencia de los asentistas en los acontecimientos
políticos internacionales era muy grande y se entiende el cuidado con el que fueron tratados
por las autoridades hacendísticas, logrando de este modo una dignidad social e incluso unas
responsabilidades políticas extraordinarias.

Madrid, centro de las finanzas de la monarquía


Explicar la existencia de Madrid como centro financiero de primera magnitud en la
Europa del siglo xvn está relacionado directamente con el papel que jugaba el rey respecto a
las complejas actividades de crédito descritas. A comienzos del siglo xv¡ el monarca
enviaba a sus agentes a las ferias de contratación que se celebraban en los centros
comerciales más importantes de Europa para ajustar los asientos. Amberes y Medina del
Campo fueron dos de las plazas más concurridas. La rotación regular de las ferias de Europa
occidental resultaba crucial para el 4
Kellenbpnz, 1977, p. 183.

63
!

crédito, puesto que generaba una circulación de las letras de cambio que a menudo
habían sido expedidas en una cantidad que no podía ser cubierta con dinero en
metálico4. Pero este delicado mecanismo de las ferias y del crédito mercantil no resultó
adecuado ni suficiente para solventar las grandes sumas que de modo inesperado
necesitaban los monarcas, particularmente ante el estallido de un conflicto. Por esta
razón, a mediados del siglo xvi comenzaron a surgir mercados permanentes de dinero o
bolsas, más seguras que las viejas ferias y sostenidas algunas de ellas con apoyo estatal.
En el siglo xvn los hombres de negocios implicados en operaciones de crédito con
la monarquía española tenían agentes y correspondientes legales en muchas de estas
plazas; Milán, Génova, Palermo, Viena y Amberes eran las más frecuentes aunque de
modo encubierto también disponían de intermediarios en plazas protestantes como
Londres, Ruán y Amsterdam. Esta última ciudad se convirtió en un ámbito de cambios
legal para las operaciones financieras con la monarquía a partir de 1648, y desde 1609,
con su Visselbank, se constituyó de hecho en la capital del crédito europeo.
En la península Ibérica los principales centros bancarios durante este período fueron
Lisboa, Sevilla, Cádiz y Madrid. Mientras las tres primeras eran plazas de intercambio
mercantil internacional de primer orden y sedes de los monopolios comerciales
ultramarinos, Madrid lo era por haberse convertido en el emplazamiento permanente de
la corte de los Austrias y, por tanto, punto geográfico fundamental de la firma de
asientos, arrendamientos de rentas al por mayor y en definitiva en punto clave de todo
el sistema administrativo de las finanzas de la monarquía. Cualquier casa bancaria que
pretendiera entrar en todo o parte de ese negocio, debía tener una oficina en la corte, y
esto fue así desde finales del reinado de Felipe II. Desde entonces, el negocio bancario
de altos vuelos se concentró en un reducido número de hombres y sociedades de
negocios vinculadas con el capitalismo cosmopolita sobre todo de ascendencia
genovesa. que a partir del reinado de Felipe IV dio entrada también a firmas de origen
luso y a alguna autóctona que tendría sus mejores momentos durante el reinado de
Carlos II.
Las residencias de los banqueros -donde se encontraban también sus oficinas de
depósito y negocio-, se ubicaron en las grandes vías abiertas en Madrid tras el esta-
blecimiento de la corte5. La vaguada del Prado, la calle de Alcalá, la de San Jerónimo,
la de Atocha y la de San Luis fueron los ejes del desarrollo urbano en el siglo xvn y allí
los hombres de negocios establecieron sus vistosas empresas, según se desprende de un
vecindario elaborado con fines fiscales alrededor de 1670.
Todo parece indicar que Madrid fue durante esta época la ciudad de las opor-
tunidades para los negociantes avezados. Así lo sentenciaba Barrionuevo en 1654:
El que tiene en Madrid inteligencia y trato es el que vale, y a cada paso dobla su caudal6.

Hombres de negocios y nobleza financiera


Los grandes hombres de negocios de estos años suscribieron y se identificaron con
los valores aristocráticos, y sus actividades especulativas y mercantiles no
constituyeron un obstáculo infranqueable para el ascenso nobiliario, a pesar de la
incompatibilidad teórica señalada por los juristas castellanos entre esa condición y la
dedicación profesional a los negocios.
Algunos estudiosos han señalado el paulatino proceso de permisividad que se
produjo a lo largo de la segunda mitad del siglo xvi y durante todo el xvn, para
’Barbeito, 1992, p. 21.
6
Barrionuevo, 1996, p. 131.

64
B

que personas procedentes del mundo financiero y mercantil pudieran acceder


a la nobleza7. Esta permisividad se refleja en las Definiciones de las distintas
órdenes militares, en las cuales no se incluían como oficios viles el comercio
internacional marítimo ni los asientos reales.
A lo largo del siglo xvn, sobre todo durante el reinado de Felipe IV con el Conde-
Duque de Olivares al frente del gobierno, se insistió en que las actividades financie-
ras no sólo no implicaban la pérdida de nobleza sino que ayudaban a reforzarla;
criterio semejante al adoptado en Francia por Richelieu y más tarde por Luis XIV.
En España, el primer paso para que un hombre de negocios entrara a formar
parte de la nobleza era la obtención de una hidalguía. El recurso a la venta de dig-
nidades nobiliarias por la corona está documentado desde tiempos de Fernando
el Católico. Carlos V se sirvió de este medio desde comienzos de su reinado y lo
mismo hizo Felipe II, que llegó a ingresar sumas considerables por el mismo con-
cepto. Durante el siglo XVII los compradores de hidalguías solían adquirirlas, no
para alcanzar el estadio más bajo de la aristocracia, sino porque a menudo las
necesitaban para conseguir cargos administrativos o prerrogativas estamentales
superiores, como los hábitos de órdenes militares. Ostentar uno de ellos consti-
tuía un indicativo externo de limpieza de sangre y, por ello, conversos de origen
como Manuel y Sebastián Cortizos, o Bentura Donis8, muy conocidos en los
ambientes cortesanos del período, persiguieron su obtención con afán.
Durante el siglo XVII hubo un rápido crecimiento de solicitudes de hábitos
y también de otorgaciones efectivas que escondían tras su concesión el «pago»
oficioso de servicios financieros, si bien a los ojos del resto de los súbditos cons-
tituían auténticas ventas. Olivares justificó semejantes «gracias» argumentando
que las personas que las recibían merecían recompensas y que éstas eran las que
podían adjudicarse con menos daño para la Hacienda Real.
Aquel sistema de distribución de honores, suavizó el proceso de investigación
de la calidad de los aspirantes que en muchos casos se redujo a una mera for-
malidad, a pesar de la oposición interna generada dentro de las órdenes milita-
res. Los antiguos caballeros denunciaban esas prácticas considerándolas degra-
dantes para la dignidad del resto.
Una crítica hacia este procedimiento la encontramos en algún texto del pro-
pio Calderón, que en su obra El alcalde de sí mismo (1636), ponía en boca de su
protagonista el siguiente lamento:
Pensé volver a mi patria
rico de hacienda y de honra.
(Baste que dijese rico,
porque en los tiempos de ahora
la riqueza es el honor
sin atención de personas
porque ya el pobre se vende
como ya el rico se compra.)

Tras la caída de Olivares, y a raíz de las feroces críticas que durante el tiempo de su
valimiento se desataron contra este proceso, el rey ordenó que los hábitos no se
concedieran a cambio de préstamos u otros servicios al Tesoro, y convocó un capítulo
general en 1652 para subsanar los abusos más notorios. No obstante, durante el reinado
de Carlos II la concesión de hábitos se siguió incluyendo en las cláusulas de
determinados asientos, lo que constituía una venta, si no explícita, al menos encubierta. 7
Maravall, 1984, p. 114.
8
Sanz Ayán, 1,998, pp. 50 ss.

65
Con respecto a la obtención de títulos y grandezas, estos honores estaban
reservados a aquellos que habían prestado valiosos servicios a la corona duran-
te el tiempo y en la cantidad suficiente como para adquirir una elevada distinción,
lo que no era incompatible con el pago de una sustanciosa cantidad para conse-
guirlo. Gran parte de los más importantes hombres de negocios del siglo xvn con-
siguieron -para sus hijos o nietos-, un título nobiliario. Ello se corresponde con el
hecho de que durante los reinados de Felipe IV y Carlos II la inflación nobilia-
ria alcanzara sus más altas cotas. Como en el caso de otras dignidades menores,
la práctica no era exclusiva de los Austrias de Madrid; Luis XIV se distinguió
por practicar este tipo de promoción social incluso de modo más evidente que
los monarcas españoles.
La mayor parte de los hombres de negocios ennoblecidos, incorporaron a su
recién estrenado título un territorio que se identificara con la dignidad nobilia-
ria recientemente alcanzada. Felipe IV puso a la venta 275 localidades, princi-
palmente castellano-nuevas y andaluzas, de las cuales alrededor de la mitad per-
dieron finalmente el régimen de realengo y pasaron a constituirse en señoríos.
Durante el reinado de Carlos II el ritmo de enajenaciones fue similar.
Con la venta se transmitía la jurisdicción, pudiendo nombrar los nuevos
nobles a los alcaldes de sus localidades que además impartían justicia en prime-
ra instancia. Solían además ampliar su inicial territorio con nuevas compras
sobre bienes baldíos y comunales y también adquirían las rentas reales del lugar
si el monarca las enajenaba.

Los hombres de negocios y el poder político:


oligarquía municipal y alta administració n
Otro de los caminos de influencia política que emprendieron los hombres de
negocios durante el siglo xvn, fue el ingreso en las filas de los cuadros políticos
de pueblos y ciudades o en la administración de la propia monarquía.
Respecto a la obtención de cargos municipales -sobre todo de regidurías-, la
pertenencia a estas elites daba opción a los hombres de negocios a controlar la
vida política local en sus múltiples facetas, lo que incluía entender sobre el
reparto y el modo de cobro de los impuestos. Solía darse el caso de que estos
regidores, al ejercer de tesoreros de ciertas rentas, adelantaban todo o parte del
dinero que demandaba la Hacienda Real, ejerciendo después la labor de recau-
dadores, si no ellos directamente, a través de miembros de su familia o gentes
próximas a su red clientelar.
Como en el caso de la obtención de dignidades nobiliarias, los estatutos muni-
cipales y concretamente el de Madrid impedían dar entrada a aquellos que no
fuesen naturales del reino, de hidalguía notoria y sin tacha de «oficios viles»
aunque lo cierto fue que siempre que resultó necesario, estos obstáculos se sal-
vaban con relativa facilidad9.
Los hombres de negocios también tenían poderosos motivos para
infiltrarse
en la complicada maquinaria administrativa de la monarquía, en especial dentro
del Consejo de Hacienda o en alguno de sus órganos dependientes. Tras varios
y sucesivos pasos, la culminación de estas carreras solía coronar con el nombra-
miento de consejero de Hacienda con preeminencias, gajes y voto efectivo den-
9
Hernández, 1995, p. 55. tro del órgano colegiado, lo que no era obstáculo para seguir desempeñando sus
negocios privados por sí o por sus «hechuras». ,

66
En esta carrera de servicios a la monarquía a través de oficios, el desempeño de embajadas para los financieros
más importantes también fue posible. Sebastián Cortizos -hermano del famoso Manuel Cortizos-, lo hizo cubriendo
esta alta dignidad en Génova a partir de 1657 y, más tarde, el marqués de los Balba- ses, perteneciente a la familia
Centurión, fue uno de los representantes más destacados en la firma de los tratados de Nimega.

Imagen popular e imagen pú blica de los hombres de negocios: de «sanguijuelas» de la monarquía a


banqueros «cortesanos»
La imagen popular de estos hombres de negocios mientras ejercían como tales fue la de unos logreros sin
escrúpulos que sumían a la monarquía en una situación de continua e irrecuperable quiebra.
Si nos atenemos a la realidad de los hechos había algunas razones para creerlo. La creciente presión fiscal
ejercida sobre Castilla durante el siglo xvn, se debía en buena parte a las obligaciones adquiridas por la monarquía
para cumplir con los banqueros que adelantaban su dinero para levantar ejércitos en Europa y, a partir de 1640,
también en la Península. A pesar de que ellos mismos en repetidas ocasiones insistieron en los grandes y
desinteresados «servicios» que habían ofrecido a la corona en sus más grandes aprietos, se intuía que sabían
cobrarlos de un modo u otro con crecidos intereses, y que además se beneficiaban del pro ceso en todos sus estadios;
desde el método de cobro que aplicaban a la recaudación de impuestos -casi siempre canalizados a través de las
impopulares «sisas» que soportaban los productos de consumo corriente-, hasta las acuñaciones masivas de moneda
de vellón o la creación de nuevas cargas fiscales aceptando la propuesta de algún «innovador» arbitrio inventado por
ellos mismos.
Respecto a la presión fiscal ejercida por el Estado y soportada por los castellanos en esta centuria, se ha calculado
que debió oscilar entre un 10 y un 11 por 100 de la renta nacional 10. A ello habría que añadir el diezmo que se pagaba
a la iglesia y las cargas municipales. Casi todo recaía sobre Castilla, un reino que había perdido en el primer tercio
del siglo xvn alrededor de un millón de contribuyentes.
Sobre el efecto demoledor de la sisas en los precios de los artículos que se consumían en las ciudades, y
concretamente en Madrid, Quevedo, en su Memorial a Felipe IV escrito en 1639, da algunos testimonios:
La Corte que es franca, paga en nuestros días más pechos y cargas que las behetrías [...] la arroba menguada de
zupia y de hez paga nueve reales y el aceite diez. Ocho los borregos por cada cabeza, Y las demás reses, a rata la
pieza. Hoy viven los peces o mueren de risa Que no hay quien los pesque, Por la grande sisa (...) Y el pueblo
doliente llega a recelar No le echen gabela sobre el respirar.
Y es que el procedimiento de la sisa, o lo que era lo mismo, el crecimiento del precio de los productos de
consumo corriente en un porcentaje destinado a cubrir el importe de los sucesivos servicios aprobados en Cortes a lo
largo del 10 García Spiiz, 1991, p. 17.

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siglo, se había elegido porque presuntamente afectaba a la generalidad de los
vasallos sin exenciones, aunque en realidad eran los habitantes de las ciudades 11,
y dentro de ellas los que tenían menos recursos, los que realmente las soporta-
ban al recaer éstas en mayor medida sobre productos de gran consumo. Los
arrendadores de rentas, claro está, eran los que las gestionaban y los que en
buena parte se beneficiaban de su existencia.
Otro de los grandes males económicos sufrido por la monarquía en el
siglo XVII, imputable también de uno u otro modo a los hombres de negocios,
fue el de la inflación del vellón. Desde tiempos de Felipe III comenzó a recu-
rrirse a este arbitrio, que consistía en alterar de varios modos el valor de la
moneda de cobre que circulaba en Castilla. Uno de estos procedimientos con-
sistió en alterar el peso y la calidad de las piezas. El beneficio que obtenía la
Real Hacienda se derivaba de la diferencia que se obtenía entre ese valor -es
decir, la compra del metal con la propia fabricación- y el nominal finalmente
asignado a la moneda, que podía ser sensiblemente mayor. El segundo método
consistió en cambiar el valor extrínseco de las monedas mediante ley, modifi-
cando la relación oficialmente establecida entre el valor de cambio y el peso
efectivo del metal. Eran las famosas «altas» y «bajas» que resultaban evidentes
para el usuario por una marca o resello que sufrían las piezas afectadas.
Todas estas manipulaciones, acabaron afectando a las equivalencias estable-
cidas entre monedas de cobre y de plata en beneficio de esta última. El llamado
premio de la plata, no dejó de incrementarse hasta las definitivas medidas mone-
tarias decretadas durante el reinado de Carlos II, entre 1680 y 1686. La eleva-
ción continua de ese porcentaje que posibilitaba el cambio entre monedas de
distinta calidad metálica hizo desaparecer por tesaurización la «moneda buena»
-que la gente guardaba como valor seguro y que incluso fundía para ocultarla
convirtiéndola en vajillas, vasos y piezas de joyería-, mientras la moneda «mala»,
de puro cobre, era despreciada no sólo por su bajo valor intrínseco, sino además
porque circulaban muchas falsificaciones imputables en buena parte a fraudes
cometidos por los propios financieros, que en varios casos facilitaron la intro-
ducción de monedas falsas en la Península.
Incluso sin entrar en el capítulo de las conductas delictivas, muchos de los
asientos firmados en los años cincuenta por hombres de negocios, fueron com-
pensados con ingentes cantidades de vellón fabricadas expresamente para com-
pensar las deudas que la monarquía había contraído con los banqueros12. Éstos
obtenían licencia para retirar cantidades millonarias de moneda de las cecas que
rápidamente ponían en circulación comprando productos exportables -particu-
larmente lana en crudo-, que tenían una alta demanda en el exterior peninsular
y que vendían, obteniendo así moneda de buena calidad. Los hombres de nego-
cios se resarcían de sus débitos con creces aunque, a cambio, las riadas de vellón
dejaban maltrecha la vida comercial del interior castellano.
El arbitrio del vellón fue seguramente el más pernicioso de cuantos se pusie-
ron en práctica en el siglo XVII pero no el único. Uno de larga vida fue el papel
sellado, justificado en su cobro como una regalía de la corona, y que produjo
cuantiosos beneficios.
Buena parte de los estancos de nueva creación que
surgieron durante el siglo XVII,
11
Gelabert, 1997, p. 332.
partieron del ofrecimiento de algún arbitrista avezado que extrajo beneficios
12
García Guerra, 1997, vol. II, directos de su propuesta. Entre ellos hubo bastantes que pertenecían al grupo de
pp. 474 ss. los hombres de negocios; por ejemplo Francisco Centani,.vecino opulento de la

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calle de Atocha durante la segunda mitad del siglo xvn -que además de ser
asentista administró durante los años setenta la renta del tabaco-, fue uno de
ellos13, y también Francisco Báez Eminente, que ofertó varias modificaciones en
los derechos aduaneros que se cobraban en Sevilla convirtiéndose en su más
directo beneficiario durante varias décadas.
Entre bromas y veras, las referencias satíricas o irónicas a estos negociantes
arbitristas, menudean en la literatura de la época. Muy conocido es el episodio
del personaje que aparece en El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes
y que proponía para desempeñar al rey:
[...] pedir en Cortes que todos los vasallos de su Majestad, desde la edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez
al mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se esco giere y señalare y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y
pescado, vino, huevos y legumbre, se han de gastar aquel día, se reduzca a un ardite so cargo de juramento y con esto en veinte
años, quedara [el rey] libre de socaliñas y desempeñado.

Aunque parezca inverosímil, en este caso, como en tantos otros, la realidad superó a la ficción y las
necesidades de la corona obligaron a poner en práctica arbitrios que parecían de «cuento», como aquel del
que se hacía eco Barrionue- vo en 1656 relatándolo con tono crítico:

Vaya una cosa ridicula. Mire V. M. cómo está el mundo que hay en Madrid un francés, ya natu-
ralizado por acá, que ha estancado las escobas para que nadie sino él, las pueda vender y da
por esto al rey cada año una suma muy grande. No me espanto, que hay mucho que barrer si
se barriese de veras14.

| En esta línea, unos años antes, en tono de chiste cortesano, ciertos murmu-
‘ radores habían extendido la noticia de que el banquero de origen portugués
| Manuel Cortizos había propuesto un estanco sobre los guardainfantes que usa-
| ban las damas.
Pero cuando ni sisas ni arbitrios consiguieron cubrir el montante de las deu-
, das acumuladas por los gastos bélicos, la corona se vio obligada a decretar sus-
pensiones de pagos. Si Carlos V nunca acudió a este expediente por temor a per-
der su crédito, sabido es que la situación de endeudamiento hacendístico que
legó a su heredero obligó a Felipe II a inaugurar esta práctica, que ya no dejaría
de utilizarse a lo largo de siglo y medio. Las suspensiones de 1557, 1575 y 1596
con el rey prudente, la de 1607 con Felipe III, las de 1627, 1647, 1652, la parcial
de 1660 y la de 1662 con Felipe IV y los proyectos de 1666 y 1676-1677, amén de
los decretos en cadena de los años noventa con Carlos II, son un buen exponente
de la realidad descrita. La circunstancia común de todas ellas vino siempre mar-
cada por las necesidades en política exterior y el requisito dinástico de mantener
: la «reputación» en el concierto hegemónico internacional.
Aparentemente siempre que se decretaban las suspensiones ocurría lo mismo;
se evaluaba el montante de la deuda que soportaba la Real Hacienda, se redu-
cía una parte aduciendo los intereses abusivos que habían aplicado los hombres
de negocios y se reconocía el resto prometiendo pagar un porcentaje pequeño a
corto plazo, mientras que todo lo demás se compensaba con emisiones de deuda
a largo plazo; los juros antes aludidos. Es evidente que los decretos de suspen-
sión eran uno de los riesgos más temidos por los hombres de negocios en sus
¡ actividades especulativas. Pero a medida que avanzamos en el siglo xvn, los
í asentistas consiguieron adaptar el procedimiento a sus exigencias, vaciándolo de 15
Sanz Ayán, 1985, pp. 35 ss.
i contenido y obteniendo paradójicamente cuantiosos beneficios de su puesta en 14
Barrionuevó, 1996, p. 131.

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Vista de Sevilla marcha, bien porque conseguían ser excluidos individualmente de los decretos, bien porque
sabían colocar los paquetes de deuda emitidos por la corona para compensarles, entre los
particulares de vocación rentista.
Sin embargo, aunque, como se ha señalado, durante la segunda mitad del siglo xvn estos
expedientes fueron desvirtuándose, las suspensiones de pagos siguieron apreciándose desde
fuera como una «dulce venganza» ejercida contra los hombres de negocios. Barrionuevo, por
ejemplo, en sus Avisos de 19 de agosto de 1662 hablaba en estos términos de la suspensión
de pagos que Felipe IV había decretado para afrontar los gastos de la guerra de Portugal:

Su majestad ha decretado a todos los asentistas de Madrid todos los efectos que les había asignado para
valerse de ellos para estas campañas y para la formación de la armada real de que se trata con gran calor.
Dicen que ha dado motivo a este decreto, la grande exorbitancia de los intereses que estos asentistas
llevaban a Su Majestad y puédese inferir que comprando ellos en Extremadura la cebada para aquel
ejército a ocho reales fanega, el rey se la pagaba a ellos a cincuenta y seis reales. Los que por dicho
decreto quedan más damnificados son los Cortizos portugueses, los Piquinotis y Rendones genoveses,
entre los cuales se ofrece a Su Majestad tres millones y medio de ducados porque se recoja dicho decreto;
pero no serán admitidos, por ser resulta de una junta muy grave a la cual preside el Presidente de Castilla,
Conde de Castrillo, y en ella se ha conocido con evidencia que éstos y otros asientos tienen destruida esta
Monarquía15.

Los augurios del autor de los Avisos no se cumplieron y los hombres de negocios citados
junto con algunos más se libraron del decreto ofreciendo dinero al rey tal y como apuntaba el
rumor, ya que a estas alturas, las suspensiones se convirtieron sobre todo en una amenaza en
manos del monarca para forzar a negociar a los financieros que se resistían y que estaban
todavía en condiciones de prestar.
A los que la decisión de suspender pagos los tomaba por sorpresa o tenían
menos recursos, tal circunstancia podía suponerles la ruina definitiva. La mayor
15
Barrionuevo, 1996, p. 126. parte de las quiebras de hombres de negocios sobrevinieron cuando el riesgo

70
asumido en sus operaciones especulativas había sido demasiado grande. Francisco Santos, en
el Discurso V de su Día y noche de Madrid escrito en 1666, retrataba a algunos de estos
especuladores en dificultades diciendo:
Repara en aquel que toma tabaco; cuatro años ha que valía su hacienda diez mil ducados y vivía quieto y regalado; y
aun eso imagino que le ha echado a perder pues se metió a arrendar una de las sisas que tiene el vino y le sisó el
sosiego y la hacienda; ha estado preso y por pobre le soltaron, que la necesidad le obliga a venir a buscar quien le dé
en qué ganar un real16.

Si este personaje pertenece al mundo literario de la ficción costumbrista,


conocemos casos reales de financieros importantes que en algunos momentos
dieron con sus huesos en la cárcel o estuvieron a punto de hacerlo, bien porque
se declararon en quiebra o porque no cumplieron con sus compromisos cuando
estaban obligados a hacerlo.
Por ejemplo, en la preparación de la suspensión de pagos de 1596 -la última
del reinado de Felipe II-, la amenaza de la cárcel sirvió para «animar» a un
importante banquero de entonces, Ambrosio Spínola, a prestar a la corona
cuando no se mostraba demasiado dispuesto a hacerlo. El presidente del Con-
sejo de Hacienda, cansado de las excusas del financiero, le tendió una trampa
muy efectiva que relataba del modo siguiente:
Pedí que me prestase 30.000 o 40.000 ducados para los ordinarios de la casa, a quenta de no
aver cumplido en Lisboa conmigo, ni en las letras de Flandes y rrespondióme que lo procura-
ría buscar, y de ayá a dos horas ymbiómc a decir que no lo podía haijer porque no lo hallaba.
Di luego un auto jeneral, porque no pareciese que buscaba a él sólo, que se notificase a todos
í los hombres de negocios que dieran letras de los 600.000 ducados para Lisboa y que escribie-
sen luego las cartas de pago de la entrega, y al que no las mostrase le pusieran en la cárcel, y
todos las tienen sino él, y como supo esto, puso luego ayer ocho mili ducados en las Arcas
y mañana me di^en que pondrá más; que e gustado más del lanye que de los ducados17.

Otras firmas a lo largo de estos años se vieron obligadas por causas diversas
a declararse en quiebra. Los motivos para hacerlo no eran solamente las sus-
pensiones de pagos decretadas por el monarca, la desaparición del jefe de una
casa de negocios también podía provocarla. La posibilidad de bancarrota era 16
Santos, 1992, p. 77.
mayor cuando había escasez de numerario en circulación. 17
Sanz Ayán, 1998 , p. 85.

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Entrada de Felipe III en Lisboa



71
A veces la declaración de quiebra no significaba que el hombre de negocios en
cuestión tuviera un pasivo que excediera al activo total, sino que las dificultades
coyunturales obligaban al financiero a esa petición para evitar la pérdida total del
crédito profesional y personal. En otras ocasiones se declararon quiebras fingidas. Este
fraude se cometía para salvar parte de unos fondos saneados o para hacer pasar a
nombre de un tercero -miembro del mismo clan financiero-, efectos que todavía no
habían llegado a su vencimiento y que, por tanto, no eran negociables.
Fue el caso de los Fiesco. Éstos eran banqueros genoveses que venían operando en
negocios con la monarquía hispánica desde el reinado de Felipe II. Uno de sus trances
más apretados fue el que sufrieron el 7 de febrero de 1624:
Este día quebraron los Fiescos, Tesoreros de Cruzada; el Don Agustín era tesorero del Señor Cardenal
Infante y a Don Francisco su hermano, le tuvieron preso muy apretado en la cárcel pública. Dice que le
dieron tormento y si no ynterviniera la reina a intercesión de una dama de Su Majestad, tuviera mucho
trabajo, porque un criado descubrió unos cofres con joyas y dineros que tenían escondidos18.

Según se desprende del anterior testimonio, estos banqueros habían simulado una
quiebra declarando su insolvencia pero guardando en realidad un tesoro en su casa.
Se llegó a sospechar incluso que ciertos hombres de negocios aparentaron el robo de
parte de su patrimonio para declararse temporalmente en ruina. Así se entiende el
recelo con el que se tomó la noticia del robo perpetrado el día de la Ascensión de 1642
en la casa bancaria de Manuel Cortizos, que se evaluó en 70.000 reales de plata y
40.000 en vellón. El delito se cometió a plena luz del día mientras el establecimiento
estaba cerrado. Los ladrones entraron por una reja al tiempo que disimulaban el
estruendo producido con ruido de carruajes y jácaras. La opinión popular extendió el
rumor de que todo había sido una farsa, aunque, en la consulta del Consejo de Castilla
que trató el suceso, se asoció aquel accidente con la acción anárquica de los soldados
acampados en la corte antes de su partida a la Guerra de Cataluña.
Por último, otro de los grandes negocios en los que estuvieron involucrados los
banqueros acarreándoles una nefasta fama, fue la distribución y venta entre particulares
de grandes paquetes de deuda pública. Ya sabemos que ellos fueron sus principales
depositarios por ser el medio de compensación de débitos más utilizado por la corona,
en las sucesivas suspensiones de pagos decretadas. El objetivo tras recibir los juros no
era quedárselos y cobrar indefinidamente unos intereses; se trataba de colocarlos entre
individuos que pretendieran vivir de sus rentas.
Pasados unos años, y ante las imperiosas necesidades económicas de la monarquía,
los títulos de la deuda sufrieron sucesivas reducciones en sus réditos, los llamados
crecimientos, que pretendían «estirar» el recurso anulando títulos emitidos a un alto
interés tiempo atrás, poniendo a cambio en circulación Otros nuevos que prometían un
rendimiento más pequeño aunque todavía rentable. Se duplicaba así el montante de la
deuda y el de sus potenciales compradores sin necesidad de crear nuevos impuestos.
Por supuesto, a los poseedores de la antigua deuda se lós compensaba, pero obviamente
siempre salían perdiendo. Los únicos que ganaron con los trueques fueron los hombres
de negocios, sobre todo genoveses durante el primer tercio del siglo XVII.
Con todo, hasta 1634 poseer juros no era un mal negocio, pero a partir de esa 18
Gascón de Torquemada, 1991, fecha la Real Hacienda ideó un nuevo recurso extraordinario, la llamada Media p. 190. Anata de
Juros que consistía en retener para las necesidades .urgentes la mitad

72
de los intereses que debían pagarse a los poseedores de los títulos. El manteni-
miento de una legalidad formal, obligaba a compensar la pérdida con nuevas
operaciones de crecimiento. En ellas entraron ya el resto de los financieros que
operaban por estas fechas, en especial los de origen portugués.
El esquema de conversión y redistribución de la deuda no podía estar comple-
to si al mismo tiempo no aparecían en el mercado títulos nuevos situados sobre
nuevas rentas con alto interés y con la garantía explícita de que no serían someti-
dos a Media Anata o a crecimiento. En un mercado muy vapuleado por todas las
vicisitudes descritas, estos juros flamantes, emitidos en principio con esas condi-
ciones excepcionales, encontraban comprador más fácilmente; era el modo de
mantener con vida el moribundo mercado de la deuda pública, aunque las exen-
ciones y calidades particulares no eran eternas y pasado un tiempo -que cada vez
era más corto a medida que avanzamos en el siglo-, terminaban viéndose afecta-
dos por las mismas medidas restrictivas que en su día devaluaron los juros antiguos.
Los rentistas estaban obligados a ir «cambiando» de juro en juro y entre conver-
sión y conversión, el beneficio era para los intermediarios que las llevaban a cabo.
Éstas fueron, grosso modo, las actividades abusivas desarrolladas por los
financieros que a los ojos de la opinión les convertían en «sanguijuelas» de la
monarquía y por ende de todos sus vasallos.
Pero estos mismos hombres de negocios, inquietos tratantes con intereses en
todas las facetas de la negociación y curtidos en los variados frentes especulati-
vos de la época, resultaron ser paradójicamente espléndidos cortesanos. Los más
importantes alcanzaron un grado de proximidad al rey difícilmente imaginable
-aunque siempre dentro de la estricta y rígida etiqueta-, y en muchos casos se
erigieron en verdaderos mecenas de las fiestas palaciegas que algunos grandes o
el propio monarca proponían y que ellos gustosamente pagaban, ganándose así
el mérito de convertirse en protagonistas secundarios del evento.
En algunas de esas fiestas, los banqueros más renombrados brillaron con luz
propia, coincidiendo en los salones con altos aristócratas y genios de la corte
como el mismo Calderón y participando activamente en mascaradas, luminarias,
representaciones teatrales y academias poéticas.
Uno de los eventos en los que esa comunión se apreció de un modo más lla-
mativo fueron las fiestas organizadas en Madrid en 1637, durante el Carnaval, y
que coincidieron además con dos acontecimientos de la vida cortesana; los aga-
sajos a la princesa de Cariñán, familiar cercana de la reina Isabel de Borbón y
esposa del príncipe de Saboya, y con la coronación y elección del Rey de Roma-
nos, primo de Felipe IV y futuro Fernando III. Mucho había que celebrar y los
reyes fueron obsequiados con una larga serie de regocijos y espectáculos que
duraron diez días -del 15 al 25 de febrero-, en los que la cabecera de los ban-
queros genoveses y portugueses destacaron por su esplendidez.
Se comenzó por construir en el recinto del Buen Retiro una plaza de made-
ra, en el mismo lugar donde después se hizo otra de obra que se llamó «de la
Pelota» y que costó unos 100.000 ducados. En ella trabajaron 1.500 gastadores
para allanarla y 8Q0 maestros y oficiales que colocaron minuciosamente unas
80.000 tablas19 necesarias para que al final resultara:
Toda adornada de frisos y balaustres a los lados, sus pilastras con sus cornisamientos y carte-
les, todo yluminado de leonado y plata y vallas del mesmo color gravadas en ellas unos mas-
carones con festones de frutas y flores que hacían admirable perspectiva. Tenía esta pla<ja
cinco entradas, y en cada una dos pirámides que rematavan en un circular mascarón plateado.
19
Rodríguez Villa, 1925, p. 66.

73
El balcón de la Reyna Nuestra Señora tenía por antepechos unos balaustres de bronce dora-
dos, todos cercados de transparentes y christalinas vidrieras; en lo alto dél nacía un sol con una
ynscripción avajo que decía lustrat et fouet, y pintado un cielo de varios jeroglíficos y vistosas
primaveras de flores, y en medio, el Timbre Real y a los lados los de la Villa [...]. Estava ador-
nada esta ymajinaria máquina, pasmo de futuros siglos, de seis mil y más luces, distribuyéndo-
se en doscientos árboles que de doce ramas pendían otras tantas velas de blanca cera y de su
tronco una hacheta y repartidos en los quatro ángulos a cincuenta cada uno y en cada pilastra
un achero plateado, como pedestal un acha con cuatro pavilos y por orla en el remate de los
tendales trescientos fanales que por transparentes cristales davan quatro luces y seiscientos
faroles pequeños, tres en medio de cada luz, ovados de la misma materia con una luz; y todas
y todas juntas davan tanta que no se echava de menos el día. Fue cosa rara. No ha tenido ni
tendrá exemplar20.

Felipe IV decidió vestirse para el primer festejo de la serie -celebrado el día 15


de febrero-, en la casa que el banquero Carlos Strata tenía en la calle de San Jeró-
nimo. Era desde luego un honor que, como se dijo en su momento, «raras veces
concedía en estos reinos a súbdito», pero la elección se justificó oficialmente en
primer lugar porque el banquero era caballero de la Orden de Santiago y:
[...] de las más antiguas y nobles familias de Génova y por particular privilegio, natural destos
reynos, comendador de las casas de Toledo, Grande de Castilla y cuyos servicios a esta Coro-
na le han merecido la estimación de elegir Su Majestad aposentarse en su casa 21.

En realidad Carlos Strata tenía un origen familiar bastante humilde, su padre


había sido un pequeño mercader de especias. Genovés de origen, en Madrid era
conocido por pertenecer al clan de los llamados genovesi nuovP2. Había inicia-
do su carrera financiera gracias a su talento, como protegido y más tarde procu-
rador de otro hombre de negocios ennoblecido que ya se ha citado, el marqués
Ambrosio Spínola, factótum de los destinos financieros de la monarquía duran-
te el reinado de Felipe III junto con Octavio Centurión.
Desde luego, los servicios de Carlos Strata a la corona habían sido cuantiosos.
Un año antes, en 1636, había socorrido al rey con dos millones y medio de duca-
dos, colocados en todos los frentes de guerra y plazas que se había necesitado,
dándose la circunstancia de que muchos de los banqueros que tradicionalmente
venían trabajando con la Hacienda Real se excusaron en aquella ocasión23.
Así pues, las razones -tanto ocultas como explícitas-, de la regia visita a la
casa de Carlos Strata las conocemos. El acontecimiento discurrió con todo el
ceremonial que la ocasión propiciaba y el banquero:
Previno la casa con mucho adorno decencia y aseo, blanqueándola
y disponiéndola de mane-
ra que no quedase huella ni sombra de casa sino que en todo fuese bien sacada copia de oriji-
nal palacio de poderoso rey; tantas tapicerías de oro y seda, tan ricos doseles, tan diversos apa-
radores de preciosas vajillas de plata, el balcón de la cámara de Su Majestad dorado, boleado
de celosías, cristalinas vidrieras, que descubría toda la calle [...]. El quarto del Conde Duque
con adbvertida desigualdad y diferencia, ricamente adornado; opulentas mesas de dulces de
Portugal, Génova, Qarago^a y Valencia. Dejó la despensa franca para los criados del Rey,
20
Gascón de Torquemada, 1991, Guardas y los que quisieron, y ochocientos ducados de plata que repartió entre los criados de
p. 400. la Casa Real; dio regalos particulares a algunos Señores de la Cámara considerables, y a todos
21
A. Sánchez Espejo, 1637, pp. 2 ss. dos pares de guantes de ámbar, unos a los Ayudas de ella, y otros a los jefes de los Oficios. La
fragancia de olores desde el <;aguán hasta el más retirado camarón parecía un cielo 24.
22
Ruiz Martín, 1990, p. 59.
El rey llegó a su mansión a las tres de la tarde. Entre la multitud de criados
22
Domínguez Ortiz, 1983, p. 114.
que debieron acompañarle para tal ocasión debía encontrarse Diego Velásquez,
24
Gascón de Torquemada, 1991, ya que el rey iba a aquel lugar para vestirse adecuadamente para el festejo y,
p. 401.
20
Gascón de Torquemada, 1991,
como sabemos, el genial pintor era en aquellos momentos ayuda de guardarro-

74
í.

La carrera de San Jerónimo desde


el Paseo del Prado

pa desde 1634. Carlos Strata recibió al monarca acompañado de su hijo mayor, su


sobrino y su yerno, todos rodilla en tierra pidiéndole la mano:
Su majestad, con amagos de abracarle se la dio, luego Carlos le ofreció una llave dorada del quarto, en
el qual entre otras cosas de inestimable valor havía un bufete de particular hechura y en él dos salvas,
una de cristal de roca y otra de coral, guarnecidas ambas en oro; en la una, una cadena de diamantes
fondos al tope, de quien pendía un relicario orlado assimismo de diamantes fondos, a una vista reliquia
de San Felipe y a la otra de Santa Ysavel, y dos cajitas doradas gravadas de cifras con el nombre de los
reyes y Príncipe nuestro señor y llenas de pastillas de boca. En la de coral dos urnicas de oro y piedras
preciossísismas engastadas y llenas de pastillas riquísimas, un par de guantes de ámbar y quatro pomos
de plata dorados llenos de agua de ámbar. En el quarto del Conde havía lo mesmo con poca diferencia.
Recivió su Majestad el presente, el Conde se escusó de recivirlo por ministro, y lo aceptó por obediente
vasallo feriándoselo a Su Majestad, quedándose con sólo unos guantes. [...]
A las ocho, salió Su Majestad vestido, mandando se le bolviese a Carlos Strata la llave; fuele
acompañando y al despedirse de rodillas le pidió la mano; diósela con mucho agrado, dicién- dole Muy
bien me havéis tenido aderezada la casa y regalado. Yo os lo agradezco. El día siguiente, haviendo
i entendido Carlos que el Rey havía alabado una cruz de cristal que estava en el aposento del Conde, de
extraordinaria curiosidad, y la cama que se le havía puesto, se lo ernbió a su majestad con licencia del
Conde. Y assí mismo le embió, pareciéndole que eran alajas dignas de la grandeva de Su Majestad, una
rica tapicería de oro y seda de excelente dibujo y vistosa labor y estofa, y un brasero con su perfumador,
de extraordinaria echura. Su majestad las estimó, y mandó ponerlas en la pietja donde come en el Buen
j
Retiro.25

I
El rey, Olivares y los principales nobles, una vez se vistieron en la casa del ban -
quero, pasaron a convertirse en actores principales del festejo. Su paso desde la casa de
Strata hasta la recién construida plaza del Buen Retiro fue todo un acontecimiento.
Marchaban delante gran cantidad de músicos, seguían los grandes y títulos con un cirio
en la mano divididos en 16 cuadrillas. Detrás del rey el Conde- Duque e,
inmediatamente después, dos magníficas carrozas fantásticas obra de Cosme Lotti, 25
Gascón de Torquemada, 1991, pp.
cada una de ellas iluminada por cien antorchas y arrastrada por 24 401-402. ,

75
bueyes con gualdrapas de paño carmesí. Cerraban el cortejo un numeroso grupo de
hombres vestidos con traje oriental y otros 40 individuos con disfraz de salvajes.
La fiesta, tras los desfiles y el estafermo que corrió el propio Felipe IV con algunos
cortesanos, terminó con la puesta en escena sobre las carrozas diseñadas por el
ingeniero italiano, de un diálogo elaborado por Calderón de la Barca -que desde hacía
dos años ostentaba el cargo de director de las representaciones de Palacio-, titulado La
Paz y la Guerra, que representaron tres compañías teatrales profesionales contratadas
para tal fin. El gasto total de la jornada se cifró en 300.000 ducados, de los que la mayor
parte, si no la totalidad, corrieron a cargo de la prodigalidad de Carlos Strata. Este
enorme desembolso, no tuvo como único objetivo el pasatiempo de la corte, era
también un mensaje a los «pensionados» de Luis XIII y Richelieu, haciendo
demostración de grandeza, templanza y aparente falta de preocupación ante un conflicto
que se agravaba por momentos.
Al día siguiente, 16 de febrero, les tocó el tumo a los financieros de origen por -
tugués, y concretamente a uno de los más importante por estas fechas, Manuel Cortizos.
Aunque este banquero había nacido, al parecer, en Valladolid, su padre era natural de
Braganza y había ejercido como comerciante itinerante de paños abriendo
posteriormente tienda en la corte y Valladolid. Se dedicó más tarde al comercio de lanas
al por mayor y de ahí dio el salto al mundo de las altas finanzas. A pesar de un origen
social humilde, que además llevaba la carga adicional de ser converso, el nivel de
negocio y la astucia de Cortizos le valieron una situación social privilegiada
acumulando cargos y honores con el beneplácito de Olivares. En 1637 era ya caballero
de la orden de Calatrava. señor de Arrifana y regidor de la Villa de Madrid. Había
contribuido espléndidamente a la construcción del Buen Retiro sufragando, entre otras
cosas, la construcción del estanque grande y sus pescaderos 26.
Cuando intervino en esta fiesta, hacía sólo un año que había comprado el oficio de
receptor general del Consejo y Contaduría Mayor de Cuentas. Sus méritos económicos
en la década de los cuarenta le convirtieron en un personaje imprescindible y poderoso
en la corte. Tras el alarde de Carlos Strata. asumió los gastos de la siguiente jornada que
se celebraron junto a una de las ermitas del Buen Retiro que el propio Cortizos había
costeado tanto en construcción como en ornamento, la de San Bruno. En sus jardines
ofreció una suntuosa recepción al rey, aunque actuó de anfitriona la duquesa de
Olivares. El artificio fue magnífico pues:
[...] desmintiendo la sazón del año, colocó árboles verdes cargados de naranjas, camuesas y peras de
Aragón en el huerto de la ermita, llenando de flores y verduras los cuadros del mismo huerto y poniendo
melones y calabazas por las orillas de los mismos, e incluso alguna fruta que se simulaba había caído
como si fuera el templado otoño27.

Además hubo todo tipo de músicas, bailes, entremeses y danzas a lo portugués y


una comedia «muy graciosa», en cuya loa participó Cortizos como representante. Las
damas y meninas de la reina corrieron un gallo y como colofón se sirvió una merienda
de cincuenta platos.
La liberalidad de los financieros lusos y concretamente de Manuel Cortizos, no los
libró de que, al día siguiente, cuando salió la mojiganga municipal, una comparsa de
enmascarados que simulaban ser portugueses vestidos con pieles de carnero sin pelo,
llevaran el siguiente mote:
Sisas, alcabalas y papel sellado, me tienen desollado, ,

26
Brown y Elliott, 1981, p. 105.
22
Rodríguez Villa, 1925, p. 102.

76
mientras otro grupo disfrazado con vestidos que ostentaban un
crecido número de cruces que se identificaban con las de las
órdenes militares, portaban un rótulo que pregonaba: «Esto se
vende».
El ambiente carnavalesco de la calle dejaba lugar a la crítica contra los potentados
y la actitud complaciente de la propia monarquía respecto a ellos. Mientras tanto la
fiesta en palacio continuaba y seguía costeándola Manuel Cortizos como consta en los
contenidos de algunos de los versos «improvisados» que se vertieron el viernes 19 de
febrero en una academia poética burlesca celebrada en el Buen Retiro a solicitud del
rey. El tribunal de aquel certamen estaba presidido por Vélez de Guevara que, además
de poeta, ostentaba en palacio el cargo de ujier de la Cámara de S. M. -el mismo tipo
de oficio que Velázquez traspasara tres años antes a su yerno- Entre los jueces de
aquella academia se encontraban destacados nobles como don Luis de Haro, y ejercía
de fiscal el dramaturgo Francisco de Rojas Zorrilla, y de secretario Alfonso de Bartres.
Estos dos últimos dedicaron en la celebración algunas palabras laudatorias a quien tan
espléndidamente patrocinaba la fiesta28. También el poeta don Juan Mexía recordó al
auditorio con unas quintillas que Cortizos, además de subvencionar aquel regocijo,
había ayudado a edificar parte del Buen Retiro ejerciendo de protector de las artes:
Y aprenda en la infinita gente que el Palacio habita; pues aunque claro se
ve, jamás han caído en que
es de Cortizos la ermita
Y estudien en la cartilla de aquel mecenas discreto que a todos nos
acaudilla; pues la carga del respeto solamente le arrodilla.

El propio Cortizos se atrevió a ejercer de poeta en aquel festejo y con posterioridad,


como lo demuestra la existencia de una obra titulada Nenia. Poema acróstico a la
clarísima Reina Isabel de Borbón. Dedicado a Felipe IV, depositado en la Biblioteca
Nacional de Madrid y elaborado, al parecer, en 1644. Un hermano de este banquero
llamado Sebastián era también -además de un implacable financiero-, un gran
aficionado a los versos y a las comedias, a tenor de la breve pero explícita descripción
que se hizo de su biblioteca cuando en 1657 pidió permiso para llevársela a Génova.
Consiguió sacarla de Castilla sin inspección de los visitadores de la Inquisición,
diciendo de ella, por toda referencia, que sus libros:
Eran todos en romance. La mayor parte de comedias de todos autores y de historias diferentes y ninguno
de latín ni de otra lengua.

Las espléndidas fiestas de 1637 concluyeron el domingo 21 de febrero con una


lucida mojiganga, y una comedia de Calderón celebrada en el Salón del Buen Retiro,
que sólo dos meses después coronaba su primera etapa de éxitos literarios y cortesanos
con la consecución del habito de caballero de Santiago.
La actitud cortesana de los financieros no se limitó a sus alardes festivos como lo
demuestra el gesto que realizó Cortizos en 1644 cuando estando el rey ausente de la
corte durante la Guerra de Cataluña y encontrándose la monar

3S
Morel Fatio, pp. 661-667.

77
quía en grave aprieto económico, la reina Isabel acudió al financiero acompañada por el
conde de Castrillo dispuesta a empeñar sus joyas a cambio de los 800.000 escudos que
se necesitaban. Cortizos prestó el dinero, pero se negó a tomar en prenda las joyas de la
reina, por lo que ésta le tuvo siempre en consideración a pesar de que dos años antes,
quizá por su situación de «cortesano novato», evidenció un conocimiento superficial de
la rígida etiqueta palatina que le valió un apartamiento temporal de la corte. En aquella
ocasión, ofreció un ramillete a la reina desconociendo que el protocolo sólo permitía
hacerlo a los campesinos. Cuando Olivares supo del incidente, le prohibió
temporalmente volver a poner los pies en el Retiro. Parece ser que la situación quedó
reparada tras el episodio de las joyas de la reina.
Pocos podían imaginar que en 1650 tras la muerte del financiero, su brillante
historia de mecenazgo y cortesanía quedaría empañada por un escandaloso proceso
inquisitorial que pretendía demostrar que tanto él como su familia habían practicado
secretamente el judaismo29; y ello a pesar de que Cortizos -como hicieron otros
negociantes portugueses de origen converso-, había procurado evitar semejante trance
consiguiendo plaza de familiar del Santo Oficio 1642, lo que le proporcionó
temporalmente un poder relativo dentro de la institución consiguiendo incluso que
algún enemigo, como el inquisidor Adam de la Parra, fuera encarcelado porque se
había atrevido a escribir un hiriente epigrama que hacía hiriente mofa de su supuesto
origen converso.
Tras el escándalo inicial por la denuncia contra esta familia portuguesa de
negociantes, todo el proceso inquisitorial quedó en suspenso sin causa aparente, aunque
el hecho coincidió con un gran préstamo realizado por Sebastián Cortizos, el hermano
de Manuel aficionado a las comedias.
La liberalidad de los banqueros no sólo se demostró en fiestas o necesidades regias.
En otros momentos a lo largo del siglo sus regalos a los monarcas en fechas señaladas
trataron de causar sensación ante la corte. Así fue con motivo de la toma efectiva del
poder por Carlos II el 16 de enero de 1677. Algunos financieros, deseosos de no quedar
a la zaga de los grandes, regalaron al rey en esa ocasión sofisticados presentes 30.
Manuel José Cortizos -sobrino del banquero de Felipe IV al que se ha aludido
largamente31 y que ya era por entonces marqués de Villaflores-, le obsequió con una
vajilla de plata con jicaras de oro y 500 ladrillos de chocolate sellados cada uno con un
doblón de plata. La familia Piquinoti, que venía operando también con gran presencia
en los ambientes financieros desde tiempos de Felipe IV, entregó como presente un
arca de plata que contenía chocolate de Guajaca y que encima llevaba una joya
valorada en 1.500 doblones.
Por último, los negociantes no olvidaron realizar obras caritativas. Éstas incluían
limosnas ordinarias y extraordinarias que prodigaban tanto a lo largo de su vida como,
por supuesto, en el trance de la muerte. Fundaciones religiosas, establecimientos
asistenciales, donaciones y misas eran los modos de redimir las sospechas de usura, en
un mundo presidido por la moral católica. En Londres o en Amsterdam el asombroso
éxito económico de algunos de estos hombres de negocios no hubiera suscitado esa
disposición justificativa pero en Madrid como en el resto de orbe católico era obligado.
Y es que a pesar de que desde mediados del siglo XVII se percibía del lado de la
29
Caro Baroja, 1978, t. II, pp. 115- Iglesia una actitud más tolerante respecto a lo que podríamos denominar «espíritu
132. capitalista»32, durante la primera mitad del siglo persistieron las medi-
30
Maura, 1942,1.1 p. 257.
31
Sanz Ayán, 1988, p. 358-359
32
Bernal, 1992, p. 282.

78

■isa
WWW

J. Pareja. La vocación de
San Mateo (detalle)

das restrictivas y las reiteraciones condenatorias de los moralistas y siguieron siendo


relativamente frecuentes los expedientes por usura.
Muy conocido fue el episodio protagonizado por Octavio Centurión en la corte,
cuando, durante el año 1626, propició el traslado de las monjas capuchinas a las casas
que fueron de la duquesa de Gandía y que el célebre banquero había comprado por
30.000 ducados para que allí establecieran su sede permanente.

I
En definitiva, los hombres de negocios jugaron un papel protagonista entre
las elites de la época moderna. Ya fuera como implacables financieros o como
cortesanos liberales, cultos y piadosos, su presencia se dejó sentir de un modo
I muy destacado; ignorar su importancia sería negar una parte sustancial de aque-
| lia sociedad compleja en la que los omnipresentes valores estamentales, queda-
ban oscurecidos o realzados dependiendo del peso del dinero.

79

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