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Etnocidio y Genocidio en Fuego-Patagonia

Algunas Consideraciones
Ulises Cárdenas Hidalgo
Licenciado en Antropología Mención Arqueología
Universidad de Chile
e-mail: ulises.cardenas@gmail.com

Abordar la problemática de la política indígena y extinción entre las


comunidades indígenas de fuego-patagonia, nos hace cuestionarnos inevitablemente como
seres humanos, seres capaces de destruir y matar a nuestros semejantes con el único
propósito de sacar algún beneficio material y económico del otro.

La historia del hombre a lo largo de su desarrollo cultural nos da cuenta de


una serie de matanzas de grupos humanos, pero la que más ha estremecido a la civilización
occidental es sin lugar a dudas una que se desarrollo durante el presente siglo: el genocidio
antisemita. Durante la Segunda Guerra Mundial la comunidad internacional fue testigo del
peor fenómeno social que pudo desarrollarse en pleno siglo XX y que significo la muerte
de más de 5 millones de individuos, seres que fueron diezmados y aniquilados por el sólo
hecho de ser distintos a la entonces supremacía racial aria. El mundo contemplo
escandalizado los registros que daban cuenta de los métodos de matanza y tortura que los
partidarios del nacionalsocialismo habían articulado con el sólo propósito de limpiar a su
raza de la “suciedad”. Igual suerte corrió esta minoría étnica en 1491a manos de la Corona
Española, que encontraba en estos individuos un riesgo para el mantenimiento de orden
social, que entonces se basaba fuertemente en la Iglesia Católica.

A occidente le estremeció significativamente el exterminio sistemático de los


judíos europeos por parte de los nazis alemanes, y como consecuencia de tal fenómeno por
primera vez en la historia de decidió juzgar y sancionar jurídicamente a los autores de tales
atropellos. Lo anterior se concretizo en el famoso Proceso de Nuremberg desarrollado
durante 1945-1946 y en el que fueron acusados 24 miembros del partido nacionalsocialista
y 8 organizaciones antisemitas (NSDAP, Gestapo, SS y SD). La Organización de las
Naciones Unidas (ONU) en este proceso condeno a las mencionadas personalidades y
calificó sus actividades como Genocidio. De lo anterior se desprende que el concepto
jurídico de genocidio haya sido la toma de conciencia en el plano legal de un tipo de
criminalidad desconocida en las instituciones jurídicas existentes hasta ese momento.

Considerando lo anterior podemos señalar que si bien el genocidio


antisemita fue el primero en la historia de occidente en ser condenado, no fue el primero en
ser perpetuado, ya que la historia nos da cuenta de una serie de matanzas que nunca fueron
juzgadas por parte de los sistemas jurídicos imperantes.

El más terrible de todos los genocidios y etnocidios que se pueden registrar


en la historia del hombre inevitablemente nos hace ser participes como su consecuencia:
nos referimos a La Conquista de América. Muchas veces los hechos denunciados por una
serie de religiosos, por ejemplo Las Casas, fueron calificados de megalomanía, ya que las
cifras de los indios muerto que entregaba el abad dominico en su Brevisíma Relación de la
Destrucción de las Indias, nos señalaban “millares y miles” de individuos asesinados por la
espada y la cruz. El juicio que se poseía acerca de la cifras de Las Casas varío
profundamente cuando en el presente siglo una serie de historiadores llego a calcular en
forma bastante fidedigna la población de nuestra América antes de la llegada de los
Civilizados. Señalar las cifras demográficas puede producir en una persona no instruida
una serie de escepticismos debido a la magnitud de las cantidades. El continente americano
antes de su descubrimiento albergaba en sus tierras, según las estimaciones, a 80 millones
de personas (Todorov, 1982: 144). Iniciada la conquista, una máquina para destruir
culturas, pueblos e individuos se precipito de manera metástasica en América y a mediados
del siglo XVI, había reducido a tal población en un 90% consiguiendo la muerte de 70
millones de indios.

De este modo, podemos señalar que la conquista de América fue el caso más
extremo de genocidio registrado en la historia humana, genocidio que se articuló gracias a
una serie de factores (enfermedades, malos tratos y matanza directa), pero que no sólo se
produjo en los siglos XV, XVI y XVII, sino ha seguido produciéndose en forma silenciosa
hasta nuestros días.

Si consideramos la cifras demográficas entregadas anteriormente y obviamos


una serie de matanzas de comunidades indígenas que no viene al caso señalar, y tomamos
en cuenta la situación de Fuego Patagonia, tendríamos que sumar a la cifra de 70 millones
la de 10.000 individuos, individuos que fueron reducidos y aniquilados desde finales del
siglo XIX hasta el presente. Selk’nam, Aonikenk, (los más afectados) Kaweskar y Yámanas
(los sobrevivientes) constituyen el mundo cultural, objeto de estudio, que fue brutalmente
alterado producto del contacto con la civilización occidental.

Si bien el presente trabajo de investigación nos dará cuenta de las procesos


de extinción en cada una de estas etnias, creemos que es necesario realizar una profunda
reflexión en torno al fenómeno en estudio: La Extinción de un grupo humano.

Los biólogos y ecólogos utilizan la palabra extinción para referirse al fin de


una línea filética o linaje biológico que no deja descendencia y que simplemente desaparece
de la faz de la tierra. A este fenómeno le denominan extinción sin reemplazo que se
diferencia substancialmente de la extinción por evolución y del reacomodo biogeográfico.

En relación a lo anterior nos preguntamos que es lo que produce y origina la


extinción de un linaje biológico, en el caso del presente informe los grupos humanos de
fuego-patagonia. Debido a tal interrogante se nos hace imposible realizar un análisis
minucioso sin considerar variables tales como el genocidio, etnocidio, racismo,
etnocentrismo por mencionar sólo las más importantes para el análisis antropológico.

Si bien cualquier extinción de un grupo humano puede calificarse como


genocidio, éste hunde sus raíces en un fenómeno que ha acompañado al ser humano desde
que tiene autoconciencia de sí mismo: el Racismo. De esta forma el genocidio sería el
producto lógico y necesario, a juicio de Pierre Clastres, del racismo (Castres, 1987: 56).
Pero nosotros nos cuestionamos ¿ Qué es lo que produce el racismo?. Enunciada la
interrogante creemos que el fenómeno del racismo hunde sus raíces en lo que los etnólogos
han denominado etnocentrismo, es decir, aquel sentimiento de superioridad cultural frente a
la alteridad y diversidad de los otros, y que esta muy arraigado en todas las culturas
humanas. Este sentimiento produce inevitablemente un quiebre en los planos de la igualdad
con otras culturas, ya que hace sentirse a quienes lo manifiestan superiores en todos los
aspectos. Es esta superioridad la que hace distinguirse los unos de los otros, y que puede ser
postulada, a modo de hipótesis, como una generalidad de especie humana.

En este contexto es necesario señalar que el concepto de Genocidio en los


ámbitos jurídicos del derecho internacional público remite solamente a la idea de raza y a la
voluntad de exterminar una minoría racial y física que es diferente y diversa. Ante esta
situación una serie de etnólogos y antropólogos que habían observado la realidad indígena
de América del sur, se percataron de que era necesario realizar una precisión terminológica
en relación al fenómeno de la extinción de los pueblos originarios, ya que muchas veces
esta extinción sólo se visualizaba como la destrucción física de los hombres, sin
considerar de este modo, que también se estaba extinguiendo la cultura y el saber milenario
de éstos.

Robert Jaulin fue el etnólogo que formuló el concepto de Etnocidio,


concepto que recién en los recientes documentos y textos legales ha cobrado algún valor
jurídico, especialmente aquellos que guardan relación con el derecho de los pueblos
indígenas considerados en el ámbito jurídico internacional como derechos de tercera
generación.

Según Clastres el etnocidio no mata a los cuerpo de los pueblos (como entes
físicos) -cosa más propia del genocidio-, sino que mata al espíritu de los pueblos, llevando
a cabo esta matanza a través de la “destrucción sistemática de los modos de vida y de
pensamiento de gentes diferentes a quienes llevan a cabo la destrucción”.

Considerando los antecedentes hasta ahora entregados podemos señalar que


tanto el etnocidio, como el genocidio comparten una visión idéntica del Otro: el Otro es
diferente, pero es sobre todo una diferencia perjudicial. Pero en lo que se diferencian ambos
fenómenos, según Clastres, es que en el caso del genocidio la actitud más recurrente es
querer negar esa realidad diferente a través de la supresión física la cual es inmediata,
mientras que en el caso del etnocidio esa realidad diferente es concebida como un ser que
puede mejorarse -y de esta forma no ser suprimido físicamente- ya que se admite la
relatividad del mal en la alteridad cultural: los otros son malos pero puede mejorárseles,
obligándolos a transformarse para que sean idénticos al modelo que se les propone, mejor
dicho impone. De lo anterior se desprende una observación que es valida para nuestro
contexto temporal y político que nos indica la dificultad para reconocer y denunciar las
acciones etnocidas ya que éstas se ejecutan mediante políticas y prácticas que aparecen
favorables a los mismos perjudicados, que invocan el nombre de la unidad, de la igualdad y
del progreso (Castillo, 1991)

El otro (el indio americano), el que es diferente, el que tiene otros valores y
creencias, fue brutalmente perseguido y aniquilado por el mundo occidental, ya que el
civilizado igualo el status del otro a la cualquiera especie del reino animal. Una frase de
Levi Strauss ilustra de manera clara y concisa este fenómeno “Los indios de las islas se
preguntaban si los españoles eran dioses u hombres, en tanto que los blancos se
interrogaban sobre la naturaleza humana o animal de los indígenas”(Levi Strauss, citado
en Clastres 1987).

Lo anterior es un fenómeno que puede ser observado de manera recurrente


entre los principales cronistas de la época de la conquista. Pero una cosa que destaca en el
discurso de éstos personajes es el debate en torno a la doctrina de la igualdad y la doctrina
de la desigualdad. Este debate se materializó en la Celebre controversia de Valladolid que
enfrento en 1550 al filosofo y erudito Juan Ginés de Sepúlveda con el obispo de Chiapas,
Padre Bartolomé de Las Casas, ambos los mayores exponentes de las mencionadas
doctrinas ideológicas.

La doctrina de la desigualdad, representada por Sepúlveda, articulaba sus


principales argucias de los planteamientos que el filosofo griego Aristóteles exponía en su
obra Política. Este pensador creía que el estado natural de la sociedad humana es la
jerarquía, la que estaba graficada perfectamente en la distinción amo y esclavo, y que
estaba fundada en el principio que, según Sepúlveda, señalaba el imperio y dominio de la
perfección sobre la imperfección, de la fortaleza sobre la debilidad, de la virtud excelsa
sobre el vicio (Todorov, 1982:163).

Por otra parte, Las Casas, siendo el principal representante de la doctrina de


la igualdad, apoyaba sus argumentaciones en las enseñanzas que el recibió de las lecturas
sagradas (pero no olvidemos que Las Casas vivió muchos años gracias a los beneficios de
las encomiendas en las que el mismo participaba). “Amaras a tu prójimo como a ti mismo”
fue el mandamiento en el que creyó Las Casas encontrar el principal fundamento para la
doctrina de la igualdad. Considerados estos antecedentes en conjunto podemos señalar que
algo paradójico inundaba la mente de los primeros conquistadores ya que siendo ellos tan
buenos exponentes de la religión cristiana, hicieron caso omiso de lo que les señalaban las
sagradas escrituras, quebrando de esta forma el principio de la igualdad que es, según
algunos los estudiosos de la materia, un principio inquebrantable de la tradición cristiana.

Pero concentrándonos en el caso del etnocidio y en relación a lo anterior,


podemos indicar que los principales culpables del etnocidio de las culturas aborígenes
americanas fue la Institución Cristiana, quien a través de sus misioneros se esforzaron por
sustituir y extirpar las llamadas “Idolatrías” por la religión de occidente. De esta forma
observamos que el etnocidio presenta una actitud optimista en relación al otro, ya que no
quiere eliminarlo, sino que sólo desea cambiarlo y modificarlo para bien, y de esta forma
ayudarlo a ser mejor y más digno. De ahí que varios autores planteen que la espiritualidad
del etnocidio esta constituida por la ética del humanismo, de esta forma el etnocidio no es
considerado como una empresa destructiva, sino como una tarea necesaria que es exigida
por el humanismo que se halla en la medula de la civilización occidental.

¿ Pero que es lo que hace que un orden cultural determinado se vuelva


etnocida con sus similares?, ¿ Por qué algunas sociedades son etnocidas y en cambio otras
no?, ¿ Cuales son los principales motivos para realizar un genocidio y un etnocidio? Son
interrogantes que surgen de un análisis antropológico preliminar y que deseamos
problematizar en las siguientes líneas.

La historia y la arqueología nos dan cuenta de una serie de sociedades


humanas que nunca alcanzaron un nivel socio-político de carácter estatal, restringiendo su
orden y estructuración cultural a sistemas tribales y de rango. Estas sociedades presentaban
una serie de distingos culturales -tanto materiales como ideacionales- que en conjunto
articulaban su identidad cultural, y que los hacían diferenciarse de la alteridad cultural
existentes (los otros).

Como señalábamos anteriormente toda sociedad humana es etnocentrica y es


éste fenómeno el que mediatiza las relaciones comunicacionales entre estos grupos
humanos De esta forma la alteridad cultural jamas es considerada una diferencia positiva,
sino que es siempre una inferioridad según un esquema jerárquico de relaciones humanas
(superiores/inferiores, buenos/malos). Sentimientos como la superioridad cultural, la
envidia, el deseo de poseer lo que tiene el otro son comunes a los conglomerados humanos
y son tan universales que son descritos por algunos psicólogos como los principales rasgos
psíquicos de la especie humana en general -pulsión de muerte, pulsión de dominio-.
Debido a restricciones sociales y tecnológicas estos grupos sociales no pudieron ejercer el
etnocidio con sus similares, ya que sus ordenamientos socio-políticos y económicos no les
posibilitaron estructurar relaciones de jerarquía con los otros, y de esta forma no pudieron
aniquilar sus modos de vida y pensamiento, es decir, su cultura. Este panorama experimenta
un vuelco substancial cuando aparecen los primeros grupos humanos que se caracterizaban
por articular una organización socio-política de carácter estatal.

Plantear, a través de la arqueología, que grupos sociales como los Mexica en


mesoamerica y los Inkas en andinoamerica, fueron sociedades etnocidas, es un
planteamiento que debe ser cuidadosamente tratado, pero cuando la información
etnohistórica nos señala que por sólo hecho de querer expandir sus territorios, y por ende
los tributos, estas sociedades conquistaron a muchos grupos culturales de un nivel pre-
estatal, produciendo en ellas un quiebre de su particular orden cultural por medio de la
erradicación de una serie de creencias y modos de vida, que a juicio de los gobernantes
debían de ser suprimidas para un mayor éxito en la tarea colonizadora. De ahí que podemos
señalar que estos imperios articularon una serie de políticas etnocidas en el trato que
mantenían con los otros pueblos, pretendiendo de esta forma la disolución de lo múltiple en
lo uno.

Producto del descubrimiento y conquista tales entidades de nivel estatal se


desarticularon, dando paso al dominio de la Civilización occidental la que expandirá sus
creencias y tradiciones utilizando métodos y estrategias, mucho más costosas en términos
humanos, para finalmente destruir, aniquilar, asimilar e integrar a las comunidades
indígenas. De esta forma, observamos que la civilización occidental se perfila como la
sociedad etnocida por excelencia.

La civilización occidental articula el etnocidio en la naturaleza y


funcionamiento de la maquinaria del estado, y a juicio de Clastres pertenece a la esencia
unificadora del estado. Pero algo que destaca a simple vista es que en los estados
occidentales la práctica etnocida no tiene limites ni frenos, es decir trata por homogeneizar
toda la diferencia , para que todos sean considerados iguales ante la ley (similar lengua,
similares costumbres etc.). De lo anterior se desprende la siguiente interrogante ¿ Qué
particularidad presenta la civilización occidental que la hace ser más etnocida que cualquier
otra forma de sociedad ?. Creemos que la respuesta a este cuestionamiento pasa por el
hecho de efectuar un análisis a las condiciones materiales y tecno-económicas de la
sociedad occidental.

A diferencia de otros sistemas económicos articulados por grupos humanos


no occidentales sobre la base de la reciprocidad e intercambio, hasta los que han
estructurado la redistribución (caso de los Inkas), la civilización occidental basa sus
condiciones materiales en un régimen de producción económico en el que el mercado juega
un gran papel, y en donde existe un valor de cambio standarizado (dinero). Es en el régimen
de producción económico característico del mundo occidental (Capitalismo) en donde
descansa la base del etnocidio. De ahí que el capitalismo presente como sus principales
características el deseo de expansión, deseo que se expresa en la utilidad de todos los
elementos del medioambiente, de ahí surge que todo debe ser productivo (individuos,
espacio, naturaleza, subsuelo, mares, bosques, tierras etc). De esta forma el capitalismo
experimenta igual que ciertas patologías una metástasis que corroe todo lo que toca,
provocando paralelamente la muerte cultural de muchos sistemas sociales que desde
tiempos originarios habitaban el continente americano.

Considerando lo anterior en conjunto, podemos señalar que era inadmisible a


los ojos de los conquistadores la perdida y el derroche de los recursos que se presentaban en
el nuevo mundo, recursos que no habían sido explotados de manera intensa por parte de los
naturales de las indias. La opción que se proponía a los naturales en relación a ésto fue un
dilema según Clastres: Ceder a la producción o desaparecer, el etnocidio o el genocidio. La
historia nos señala que ambas posibilidades del dilema en cuestión fueron -y son- llevados a
cabo por parte del hombre occidental, el que sólo veía en el natural de las indias a un
animal, y que consideraba su territorio como un bien y objeto por medio del cual se podía
sacar algún provecho económico y material.

Si insertamos estos planteamientos en la temática que se esta abordando


como objeto de investigación, es decir la política indígena y la extinción de los grupos
fuego-patagonicos, es fácil observar como muchos de los procesos antes descritos se
experimentaron en las mencionadas latitudes australes. De esta forma es fácil establecer
una analogía entre el descubrimiento y conquista de América y la colonización de fuego
patagonia efectuada a fines del siglo XIX.

Lo anterior fácilmente lo podemos graficar en un informe dirigido en 1516


por un grupo de dominicos al ministro del Rey Carlos I M. De Chievres; “Yendo ciertos
cristianos, vieron una india que tenía un niño en los brazos, que criaba, e porque un perro
quellos llevaban consigo había hambre, tomaron el niño vivo en los brazos de su madre,
echáronlo al perro, e así lo despedazó en presencia de su madre”(Todorov, 1987:150).
Este horroroso pasaje si bien se circunscribe a la época de la conquista de América,
manifiesta un rasgo que se presento de manera recurrente hacia fines del siglo pasado en
nuestro país, específicamente en la Tierra del Fuego, pero si cambiáramos los contextos
temporales, es casi seguro que atropellos como los mencionados se produjeron en Tierra
del Fuego. Este rasgo es el afán de destruir, de aniquilar, de matar al otro, que en el caso
anterior encuentra en la figura de un niño el candidato más idóneo.

Situados en este contexto lúgubre y de muerte, no nos queda más que


preguntarnos ¿ Cuales son las motivaciones inmediatas que llevan al hombre occidental -
español, estanciero, minero etc.- a adoptar la actitud de destrucción de la alteridad
cultural ?. Florece instantáneamente como respuesta el bien económico, que traducido en
términos personales indica el deseo de hacerse rico obteniendo dinero en corto tiempo, pero
a juicio de Todorov, la explicación económica resulta a todas luces insuficiente.

Vemos tanto en los españoles, como en los estancieros y buscadores de oro


un placer intrínseco en la crueldad, en el hecho de ejercer poder sobre el otro
-poder que se basa únicamente en la superioridad tecnológica- y en la demostración de la
capacidad del hombre blanco de dar muerte al otro. De esta forma apreciamos que la
motivación más profunda de tales aberraciones sólo puede hallarse en un nivel de análisis
más profundo que el ofrecido por la antropología. Como mencionábamos anteriormente
algunos psicólogos invocan como tales motivaciones algunos rasgos inmutables de la
naturaleza humana que el vocabulario psicoanalítico designa como términos tales como
agresividad, pulsión de muerte y pulsión de dominio. En todo caso es tema de bastante
controversia el análisis de las motivaciones más profundas, pero para algunos autores tales
motivaciones sólo se pueden relacionar con los tipos de sociedades de orden patriarcal, en
todo caso el problema es una cuestión fuertemente debatida.

En síntesis y considerando lo anteriormente dicho podemos señalar que es el


deseo de hacerse rico y la pulsión de dominio (aspirar al poder) los principales factores que
articulan el comportamiento del hombre occidental en relación al Otro, sin embargo no
debemos olvidar que este comportamiento esta condicionado por la idea y concepción que
se tiene del otro cultural, y que en el caso del trabajo de investigación hundía sus bases en
lo posteriormente se denomino Darwinismo Social.

Por último otra consideración que emana del análisis del etnocidio y
genocidio, guarda relación con la matanza, fenómeno que claramente se presento en fuego-
patagonia durante las últimas décadas del pasado siglo.

Según Todorov la matanza revela la debilidad del tejido social, la forma en


que han caído en desuso los principios morales que solían asegurar la cohesión del grupo.
Esta debilidad del tejido social y el desuso de los principios morales sólo se produce en
espacios en donde el estado no tiene una presencia directa y real, y constituyen ámbitos sin
orden ni ley. De esta forma, la América recién descubierta así como tierra del fuego,
constituyeron ámbitos en donde la matanza se pudo articular fácilmente. “La matanza se
realiza de preferencia lejos, ahí donde a la ley le cuesta trabajo hacerse respetar”. Por lo
tanto, que mejor lugar para que las “sociedades con matanza” articularan sus frívolos y
aterradores objetivos que Tierra del Fuego sobre los inocentes naturales que contemplaban
sin comprender la invasión de los civilizados.
De lo anterior emana que mientras más lejanas y extrañas sean las víctimas
de la sociedad con matanza (civilización occidental) mejor será llevar a cabo la actividad
sanguinaria, y en Tierra del Fuego vemos que a los indios se les extermina sin
remordimiento, equiparándolos y tratándolos como animales. Todorov en relación a esto
nos señala que las matanzas no se reivindican nunca y que su existencia misma
generalmente se guarda en secreto y se niega.

Finalmente y siguiendo a nuestro autor podemos concluir que “Lejos del


poder central, lejos de la ley real, caen todas las interdicciones, el lazo social que ya
estaba flojo, se rompe, para revelar, no una naturaleza primitiva, la bestia dormida dentro
de cada uno de nosotros, sino a un ser moderno, lleno de porvenir, al que no retiene
ninguna moral y que mata porque y cuando así le place” ser moderno y occidental que fue
el responsable del genocidio y etnocidio de las comunidades indígenas de Fuego-Patagonia.

Referencias Citadas

Todorov, Tzvetan
1987 La Conquista de América: El Problema del Otro. Siglo Veintiuno Editores,
México.