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Prera Flores, Anaisabel. La cultura de paz, un nuevo contrato moral de la sociedad.

En
libro: Los retos de la globalización. Ensayo en homenaje a Theotonio Dos Santos. Francisco
López Segrera (ed.). UNESCO, Caracas, Venezuela. 1998. ISBN: 9291430366.
Disponible en la World Wide Web:
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LA CULTURA DE PAZ , UN NUEVO


CONTRATO MORAL DE LA SOCIEDAD

Anaisabel Prera Flores

Tener por patria el mundo y por nación la humanidad


Victor Hugo

LA CONSTITUCIÓN DE LA UNESCO DECLARA EN SU PREÁMBULO:

Que una paz fundada exclusivamente en acuerdos políticos y económicos entre


gobiernos no podría obtener el apoyo unánime, sincero y perdurable de los pueblos, y que, por
consiguiente, esa paz debe basarse en la solidaridad intelectual y moral de la humanidad.
A fin de cumplir con los propósitos formulados en el acta fundacional, la Organización se
propone trabajar en la puesta en práctica de este principio.
La época histórica que vivimos está marcada fundamentalmente por dos fenómenos: la
amplitud y rapidez de los cambios que los individuos deben enfrentar y el impacto de la
globalización sobre las personas y las sociedades. Desde una perspectiva humana, una de las
consecuencias de estos fenómenos se percibe claramente en la toma de conciencia de los individuos
acerca de que su destino, y el de la comunidad internacional, dependen de una multiplicidad de
actores y dinámicas que difícilmente pueden controlar. Vivimos una época de transición y de
transformaciones radicales que son el resultado de la evolución acumulativa de conocimientos y
experiencias. Esta transición pone a prueba dos aspectos fundamentales de la condición humana:
primero, la libertad de escoger con qué elementos y hacia dónde debemos transitar y, luego, la
inteligencia para crear con responsabilidad la realidad hacia la cual pretendemos dirigirnos. Hoy
sabemos que vamos, pero no sabemos hacia dónde. Es precisamente en los momentos de transición
y de crisis cuando se generan los cambios que permiten encontrar el camino.
La circunstancia que enfrenta el individuo de nuestros días recuerda la realidad descrita en el
Contrato social. J. J. Rousseau se refería entonces a la situación en donde el hombre estaba
enfrentado a obstáculos superiores a las fuerzas que podía utilizar para mantenerse en estado de
naturaleza.
Como los hombres no pueden engendrar nuevas fuerzas, sino solamente unir y dirigir las
que existen, no tienen otro medio, para conservarse, que formar por agregación un conjunto de
fuerzas que puedan triunfar sobre la resistencia, ponerlas en acción con un solo objetivo y
hacerlas actuar de manera coordinada1.
La moderna tradición intelectual surgida en la filosofía política francesa e inglesa que
formula la idea del contrato social como base de convivencia social, estuvo especialmente
preocupada por la cohesión de la sociedad. Así, el contrato social fue la forma lógica de resolver un
problema histórico. Con posterioridad, las diversas variantes del mito científico y tecnológico -la
última de las cuales limitó la libertad en el afán de la igualdad-, convertidas en “religiones laicas”,
dieron cohesión al conjunto social.
En el mundo globalizado actual, caracterizado por enormes disparidades sociales y
económicas que afectan seriamente las bases del contrato social, se percibe la necesidad de cambio
para superar la dicotomía entre un pequeño grupo de individuos que sólo reconoce derechos y una
mayoría creciente de personas a quienes sólo se les reconocen obligaciones. Se trata de restaurar el
equilibrio y la cohesión social que, habiendo trascendido la dimensión del Estado, ha adquirido
alcance planetario.
La compleja tarea de restaurar el equilibrio social tomando en cuenta los objetivos globales,
nacionales, comunitarios e individuales, no está exenta de riesgos. Los momentos de transición
están marcados generalmente por un cuestionamiento profundo de las certezas y por el derrumbe de
los mitos. Para reconocer el camino cierto, resulta imprescindible identificar los elementos
esenciales, desechar lo superficial y adoptar una visión prospectiva.
Desde una perspectiva internacional, el escenario mundial posterior a la guerra fría ha
cambiado y, en consecuencia, también cambió la naturaleza de los conflictos. De la violencia de la
guerra ideológica se ha pasado hoy a la violencia social que produce la pobreza, la exclusión, la
marginalidad y la ignorancia. Por ser los conflictos de diferente naturaleza, es necesario buscar
soluciones adaptadas a la nueva dinámica mundial. Y ésto podría aplicarse también al Derecho
Internacional que, con el crecimiento del número de Estados miembros de la comunidad mundial en
las últimas cuatro décadas, ha adquirido una verdadera dimensión universal. En efecto, los cambios
operados en la sociedad internacional y la necesidad de establecer normas para resolver nuevas
situaciones hicieron del Derecho Internacional una disciplina dinámica. Sin embargo, los individuos
y los pueblos aún no han sido reconocidos como sujetos del Derecho Internacional a la par de los
Estados. Dentro del esquema de la globalización, el individuo y las comunidades se encuentran
enfrentados a problemas que vienen no ya de su sociedad o su Estado sino del mundo. ¿Cómo dar
respuestas éticas a los diversos requerimientos de la compleja naturaleza humana frente a la también
compleja realidad globalizada?
Una respuesta a las demandas de las comunidades en materia de paz, es la resolución
adoptada en 1984 por la Asamblea General de Naciones Unidas proclamando que los pueblos de
nuestro planeta tienen el sagrado derecho a la paz. La misma resolución declaró que la
preservación del derecho de los pueblos a la paz y la promoción de su puesta en práctica
constituye una obligación fundamental de cada Estado2.
Si el reconocimiento de las libertades individuales, consideradas como derechos humanos de
la primera generación, no fue objeto de grandes críticas, los derechos de la segunda y la tercera
generación llamados derechos de solidaridad, han suscitado importantes controversias entre los
juristas. Se trata, por una parte, de los derechos colectivos del hombre en materia económica y
social y, por otra, de los derechos a la paz, al medio ambiente, al desarrollo y al patrimonio común
de la humanidad. Como sostiene M. Bedjaoui, estos derechos se sitúan en la intersección del
individuo, el pueblo, el Estado y la humanidad lo que enriquece y, al mismo tiempo, torna más
complejo el Derecho Internacional3.
Una mirada retrospectiva a la evolución de esta disciplina en materia de paz, nos permite
apreciar los progresos realizados desde la concepción de la guerra justa originada en la antigüedad
clásica hasta nuestros días. La idea difundida en el siglo XIX acerca de que el derecho a la guerra
no debía ejercerse hasta no haber agotado todos los medios pacíficos, abrió paso al recurso de
arbitraje, consagrado en la Conferencia de Paz de La Haya (1899). Por ser la guerra una institución
jurídica aceptada, las relaciones entre los pueblos se regían por el derecho de las potencias más
fuertes y, en consecuencia, las normas que regulaban las relaciones internacionales eran
profundamente antidemocráticas.
La creación de la Sociedad de Naciones (1920) y, con ella, el nacimiento del concepto de
comunidad internacional como entidad responsable de las relaciones entre Estados, significaron un
importante avance en el camino de la democratización de la vida internacional y de la construcción
de la paz. Más tarde, la Carta de Naciones Unidas (1945) consagró la prohibición absoluta del
empleo de la fuerza. En este momento de transición, el Derecho Internacional como disciplina
evolutiva se encuentra frente a un nuevo desafío: avanzar aun más en la regulación de los aspectos
de la vida humana todavía no contemplados por los instrumentos internacionales. En esta
encrucijada, su misión es ofrecer respuestas a los problemas de nuestra época, en particular, al de la
paz en sus dimensiones interdependientes: internacional, social y humana.
Para enfrentar los múltiples desafíos de las comunidades local y planetaria se requieren,
entonces, instrumentos de análisis y de acción que permitan dar respuestas a los problemas de la
persona, de la sociedad y de la humanidad en su conjunto. Teniendo en cuenta las limitaciones de
cualquier análisis de la problemática mundial a la luz de una sola teoría o disciplina, podemos
imaginar una realidad tridimensional con conexiones múltiples a la que sólo podemos aproximarnos
de manera interdisciplinaria. En el marco de la complejidad de la problemática mundial, me
propongo formular algunas reflexiones sobre uno de los problemas mayores de nuestro tiempo: la
transformación civilizatoria de una cultura de violencia a una cultura de paz y, más precisamente, la
dimensión práctica del derecho humano a la paz que puede traducirse como un nuevo contrato
moral de la sociedad por la paz.
El objetivo es identificar una serie de mecanismos tendientes a aplicar el derecho humano a la
paz como valor universal siendo conveniente, entonces, señalar algunas pautas generales. En primer
lugar, asumir la aplicación de este derecho como una política nacional, pero sobre todo como
compromiso y testimonio cotidiano de conciencia ética. No habrá paz si no hay conciencia. La
conciencia si no se tiene puede adquirirse mediante la educación. En segundo lugar, considerar un
aspecto normativo según el cual el reconocimiento de un derecho universal a la paz constituye un
objetivo necesario. Este derecho se construye como garantía del equilibrio social, la seguridad
humana, el desarrollo humano en un ámbito de equidad y, en definitiva, del nuevo orden social. En
tercer lugar, la importancia de integrar, por un lado, las grandes diversidades del proceso de
aplicación de este derecho y, por otro, los cambios propios de una realidad dinámica. Finalmente, y
como consecuencia de esta realidad en permanente transformación, la cuestión debe ser abordada de
manera creativa, reinventando instrumentos jurídicos y políticos que permitan dar respuestas al
desafío de la paz que nos demanda la historia.
Esta idea puede ser interpretada como utópica. Ahora bien, si fuese considerada una utopía,
debe serlo como utopía creadora y posible en el sentido de la búsqueda de escenarios alternativos
para un futuro de paz, tolerancia, libertad y solidaridad entre los seres humanos. Como dice
Eduardo Galeano: la utopía sirve para caminar. Y yo añadiría: para caminar y abrir senderos.
Porque mientras caminamos, vamos tejiendo una fina trama de relaciones sociales y humanas que
nos aproximan al gran objetivo: construir una sociedad global y local que, rechazando toda forma
de violencia como medio para resolver los conflictos, permita a los seres humanos desarrollarse en
un mundo justo y solidario. El conflicto es inherente a la vida social. La cultura de la paz nos brinda
nuevos mecanismos e instrumentos para prevenir y resolver los conflictos. Históricamente, cada
sociedad se ha esforzado por encontrar estos instrumentos pacíficos. Pero ¿cómo proceder en el
complejo contexto de la globalización? ¿Cuáles son los instrumentos apropiados para resolver
conflictos? ¿Podemos aplicar instrumentos ajenos a una sociedad determinada? El derecho humano
a la paz necesita expresarse a través del respeto a la formas autóctonas de solución de conflictos.
El contrato moral por la paz es una forma humanista de resolver los problemas de la cohesión
de la sociedad y la búsqueda de trascendencia del individuo, en un momento en el cual los
anteriores elementos de cohesión social resultan ineficaces. Como tal, el contrato moral por la paz
se enfrenta a uno de los grandes dilemas contemporáneos: mantener la cohesión social sobre la base
de los valores de un humanismo moderno, valores de solidaridad, de fraternidad, de justicia y de
libertad y de desarrollo sostenible. El contrato ético y moral por la paz no es únicamente un
discurso, es sobre todo la propuesta de nuevas actitudes mentales y prácticas en nuestra vida
personal y en nuestra vida pública.
Desde esta perspectiva, parece claro que los problemas de la paz requieren soluciones a la
vez locales y globales, individuales y universales. De ahí la importancia de abrir un diálogo fecundo
entre estudiosos, responsables políticos y actores sociales a fin de aunar esfuerzos para desarrollar
un programa mundial de prevención de conflictos y consolidación de la paz. Se trata de poner en
práctica el derecho universal a la paz a través de acciones que tengan en cuenta las necesidades y
particularidades de cada sociedad y que, al mismo tiempo, garanticen una amplia participación de la
comunidad en la concepción y puesta en marcha de esos programas. Esto implica, por cierto, la
conclusión de nuevos pactos sociales. No se trata del contrato social inicial, sino de nuevos pactos
entre actores responsables, sobre la base de garantías mutuas, con el objeto de redefinir las reglas
que rigen el ejercicio del poder en materia de paz.
La puesta en práctica de esta empresa requiere de la voluntad política firme de los actores
políticos y sociales a nivel internacional, nacional e individual. A nivel internacional, es necesario
obtener la voluntad política expresa de los actores a través de un instrumento que manifieste el
compromiso por este nuevo contrato moral en favor de la paz. En la práctica, la voluntad política
debe traducirse en una mayor justicia internacional, tanto en la dimensión política como en las
dimensiones económica y social. Esto significa, primero, que la democracia puede aplicarse a escala
mundial. Luego, que es necesario evitar las políticas dubitativas que consisten en, por un lado,
pregonar la paz y la solidaridad internacionales y, por otro, imponer severas medidas de ajuste
estructural que socaban las bases de la sociedad e impiden el desarrollo económico. El significado
del compromiso al que me refiero también significa combatir las raíces de la violencia: pobreza,
exclusión, marginalidad. Esta voluntad política internacional deberá expresarse en innumerables
aspectos de la dinámica internacional como, por ejemplo, en el control de la producción y
distribución de armas o en la disuasión de la violencia en sus múltiples expresiones .
La tarea de análisis y puesta en práctica de las propuestas orientadas a cimentar un nuevo
contrato moral, podrían ser asumidas por un Comité moral e intelectual por la paz que estaría
encargado, entre otras acciones, de:
- Promover el equilibrio entre la producción del armamento necesario para garantizar la
seguridad internacional y la seguridad de las personas, entre los requerimientos del ajuste
estructural y las necesidades de las comunidades, entre desarrollo y cultura, entre los
principios democráticos y los sistemas políticos.
- Propiciar, en el plano nacional y en el de las instancias multilaterales, la transformación de
las instituciones militares para que se conviertan de instrumentos de la guerra en sujetos
promotores y garantes de la paz y el desarrollo. La paulatina transformación de los
ministerios de Defensa y de Guerra en ministerios de Paz conducirá hacia un nuevo concepto
de seguridad nacional e internacional basada en la democracia y la ciudadanía.
- Promover grandes pactos regionales o subregionales por la paz, declarando en forma
estratégica zonas de paz en las que se multiplicarán los esfuerzos internacionales para
resolver los conflictos existentes .
- Asegurar que la comunidad internacional y, en particular, los países industrializados asuman
con mayor solidaridad el impulso al desarrollo de los países del tercer mundo, acompañando
sus esfuerzos por mejorar la vida cotidiana de sus habitantes.
- Incorporar la seguridad económica y el desarrollo de los pueblos al nuevo concepto de
seguridad internacional. Esto es particularmente necesario hoy, cuando las grandes olas
migratorias de nuestro siglo vuelven permeables las mil barreras que levantan los países
ricos.
- Trabajar por la consolidación de un nuevo equilibrio mundial, que incluya una reforma del
sistema financiero y monetario internacional.
- Estimular el combate serio y profundo al narcotráfico y al lavado de dinero proveniente de
ese gigantesco mercado de divisas, que constituye una seria amenaza a la paz, la estabilidad y
la seguridad mundial.
Combatir ésta y otras causas de los conflictos que enfrentamos hoy es un prerrequisito para la
paz que llamo condicionalidad para la paz. La condicionalidad para la paz, que vincula la
seguridad con la paz y ambas con el desarrollo y la democracia a nivel nacional e internacional, es
fundamental. En efecto, si el desarrollo y la democracia no incorporan en sus contenidos la
condicionalidad de la paz en la definición de sus políticas y estrategias nacionales e internacionales,
la paz no sólo no se consolidará sino que se verán incrementados los conflictos. Hoy estamos
conscientes de que la globalización del mercado no ha sido capaz de mantener la cohesión social
mundial: de ahí el surgimiento de los nacionalismos, los conflictos étnicos y la xenofobia como
formas negativas de pertenencia y de cohesión social. La cultura de la paz y el derecho humano a la
paz están llamados a convertirse en nuevos factores de cohesión social a través de un nuevo
contrato moral por la paz.
Este concepto expreso necesita ser incorporado en las decisiones sociales, económicas y
políticas internacionales a fin de dar fundamento social al proceso de reestructuración en marcha,
única forma de gobernar la globalización cuyo curso espontáneo amenaza con disgregar las
sociedades y hasta el mismo orden mundial. Sin limitar el excesivo poder de los poderosos,
especialmente los poderes fácticos que actúan en las sombras, un nuevo contrato moral por la paz se
convierte en una tarea de Sísifo.
A nivel nacional, la voluntad de los actores sociales y políticos necesita manifestarse en
pactos a través de los cuales, incorporando a todos los sectores sociales, se restablezca el equilibrio
entre derechos y deberes recíprocos del conjunto de los ciudadanos. El objetivo es fortalecer la
cohesión social a través de políticas que permitan una mayor y mejor distribución de oportunidades
y beneficios. No se trata sólo de crear el concepto y la norma sino también de crear las condiciones
para la aplicación de las leyes. Esto desembocará en el reconocimiento y la puesta en práctica del
derecho humano a la paz.
El combate de la pobreza no puede seguir siendo una tarea marginal de los Estados; lograr
éxitos significativos en esta cuestión implica hacer del verbo compartir una cuestión cotidiana en la
vida económica de los estados porque hoy la pobreza coexiste con la insultante opulencia de unos
pocos. De ahí la necesidad de reconocer la incompatibilidad radical entre los programas de
estabilización y ajuste y una política económica para la paz, elemento sustancial del nuevo contrato
moral por la paz. El funcionamiento espontáneo de las fuerzas del mercado ha llevado a una mayor
pobreza y exclusión: sin redistribuir, el desarrollo no es posible. Y redistribuir es, en gran medida,
educar. Sólo poblaciones educadas pueden hacer frente a los retos del mundo moderno. Sólo
poblaciones educadas constituyen un contingente apto para el desarrollo y la paz.
Se trata de movilizar, a nivel nacional, los diversos sectores de la vida política y social hacia
el objetivo de la paz. Los parlamentarios promoverán leyes justas que contengan disposiciones
sobre el derecho humano a la paz. Este derecho, a su vez, será garantizado en las constituciones
tomando como modelo la Constitución de la República de Colombia. Otras acciones por la paz
podrán ser realizadas por alcaldes, militares y representantes de organizaciones sociales y religiosas.
Se trata de un movimiento que, desde las células básicas de cada sociedad, se proyecta a escala
nacional, regional y mundial.
Es por éso que, a nivel del individuo, es necesario que el movimiento comience en su interior,
en la conciencia de que sólo la paz podrá garantizarle una vida digna y creativa, en la incorporación
de la paz como actitud de vida que se proyecta en la familia, la comunidad y las instituciones
políticas. Para “erigir las defensas de la paz en la mente de los hombres”, es necesario que los
gobiernos promuevan dos grandes políticas. Se trata de un esfuerzo real de los estados nacionales
por desarrollar políticas incluyentes, que incorporen en el razonamiento económico a todos los
ciudadanos, especialmente a los que padecen con mayor rigor la exclusión y la segregación. Nadie
debe quedar al margen de las condiciones mínimas de vida. Estas políticas se traducen en dos líneas
de acción fundamentales e interdependientes: promoción de los derechos humanos y educación para
la paz.
En materia de derechos humanos, me limitaré a señalar que ellos sólo pueden desarrollarse,
ejercitarse e incorporarse a la vida cotidiana en un contexto político democrático y en una situación
económica que garantice la dignidad humana. En materia de educación, el Director General de la
UNESCO ha definido con claridad su función:
La etimología de la palabra [educación] la emparienta con conducir, inducir y seducir, con
generar la docilidad es decir, someter a obediencia...En nuestra época, educar ha llegado a ser,
debe llegar a ser, exactamente lo opuesto: forjar el carácter y la mente de un ser humano y
dotarlo de autonomía suficiente para que alcance a razonar y decidir con toda libertad. Educar
es precisamente proporcionar los criterios que nos permitan defender nuestras diferencias y
divergencias sin violencia. No es momento para la docilidad sino para la expresión de
disentimientos, sin violencia, pero sin docilidad. Tolerancia, diálogo...No imposición, no opresión4.
En esta concepción de la educación se encuentra la base de la formación de los seres
humanos para una conducta privada y pública de paz y respeto de los derechos humanos.
Para terminar, quiero puntualizar que un nuevo contrato moral por la paz debe ejercerse como
política preventiva, allí donde las instituciones y los individuos han sido soportes de una cultura de
guerra o de violencia. Cambios institucionales efectivos así como transformaciones en la conciencia
y en la cultura de los individuos, configuran los pilares de un esfuerzo sinérgico de gran
transformación. Las demandas de cohesión social y de trascendencia de los individuos sólo pueden
ser bien atendidas por esta propuesta de humanismo moderno. La crisis contemporánea, a la vez
ética, política, cultural, económica, moral y social, sólo puede resolverse construyendo un futuro
compartido, sin retornar a un pasado de intolerancia o soportando un presente de exclusión. El
nuevo contrato moral por la paz es el futuro que todos podemos compartir. El derecho humano a la
paz sólo es posible si se rescata el sentido ético de la vida.

NOTAS
1. Jean-Jacques Rousseau, Du contrat social, Chapitre VI, Paris, Hachette, 1978, p. 178.
2. A/RES/39/II, 12 noviembre 1984.
3. Mohammed Bedjaoui, Droit International; bilan et perspectives, T. I, Paris, UNESCO/Pedone, 1991, p. 15.
4. Federico Mayor, La educación superior ante los retos del siglo XXI, Discurso del Director General de la
UNESCO con motivo de la inauguración del curso de las Universidades españolas, Madrid, Universidad
Politécnica, 1966.

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