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Tiempos blandos.

Individuo, sociedad y orden mundial en la


posmodernidad

Felipe Alejandro Gardella

Universidad Nacional Mayor de San Marcos


Serie Ciencias Sociales
Lima
2003
Prólogo

Hay que advertirles a los chicos del peligro planetario y de


las atrocidades que las guerras han provocado en los pueblos1
Ernesto Sábato

El lector de este libro, al atreverse a penetrar en sus pági-


nas, ingresará a un sensato e inteligente análisis para la
interpretación del mundo actual.
Las reflexiones que en esta obra presenta Felipe Ale-
jandro Gardella sobre el mundo, de fines del siglo XX y
comienzos del nuevo milenio, hurgan en los escondidos
procesos mentales y sociales de la perturbada humanidad
del siglo XXI. Pareciera que este azaroso y veloz proceso
que vive la humanidad se engancha históricamente en los
comienzos de la primavera europea, en 1968, cuando se
produjo en París la lucha ideológico-política juvenil que
removió la conciencia del mundo. “La imaginación al po-
der”, “prohibido prohibir”, rezaban los graffitis en los mu-
ros de la ciudad luz. Los universitarios de Francia y Ale-
mania lideraron uno de los movimientos más interesan-
tes que ha tenido la segunda parte del siglo. Fue la crema
del mundo académico, como Marcuse y Adorno entre
otros pensadores, quienes participaron en esas jornadas
dirigidas por jóvenes líderes como Daniel Cohn Bendit.

1 Sábato, Ernesto, La resistencia. Seix Barral-Planeta, Buenos Aires,


2000.

[13] 13
El mundo sintió el estremecimiento primaveral, tanto
de la razón como de los deseos juveniles europeos que se
sublevaron contra la tradición, la intolerancia y el autori-
tarismo: liberación espontánea en la cual los jóvenes
parisinos arrancaron de cuajo los adoquines de calles y
avenidas e hicieron barricadas para enfrentar con un gri-
to de libertad a la decadente situación que enfrentaba la
Francia de De Gaulle. Todo ello fue parte del comienzo
ideológico y político que ha marcado el proceso que hoy
conocemos como posmodernidad.
El autor de este trabajo muestra cómo estos nuevos
tiempos y escenarios son percibidos como cualitativamente
distintos a los que vimos en el lejano pasado e incluso di-
ferentes a la percepción que tuvimos hasta hace pocas dé-
cadas. Al leer las páginas de esta obra, se verá que hoy la
percepción colectiva del tiempo nos hace imaginar o per-
cibir que los procesos se desarrollan con mayor frecuen-
cia e intensidad. De la misma manera apreciamos, por
ejemplo, que los viajes que realizamos, los llevamos a cabo
en menor tiempo que antes. En nuestra mente aparece que
somos más veloces en recorrer una determinada distan-
cia. Si concebimos que la noción que tenemos del tiempo
se constituye en categoría resultante de la experiencia de
observar el desarrollo de los más diversos fenómenos y pro-
cesos, podemos acertar entonces que este concepto expre-
sa la medida de la metamorfosis —o la forma misma del
cambio— de las cosas. Entenderemos así que el tiempo que
en la actualidad toma la transformación de los fenóme-
nos sociales es definitivamente percibido como más corto
que en el pasado. Del mismo modo, los espacios de la geo-
grafía terráquea nos parecen ahora más cercanos que an-
tes al utilizar las tecnologías que nos transportan con ma-
yor rapidez. Los recónditos escenarios cósmicos que otro-
ra sólo deleitaron nuestra vista y alentaron nuestra poéti-

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ca, hoy los alcanzamos e investigamos con el desarrollo
de las naves espaciales. También las causas que explican
los acontecimientos reales e imaginarios del Hombre de este
nuevo milenio nos parecen ahora de mayor complejidad
que lo que las anteriores generaciones hubieran supuesto.
Este trabajo se halla pues inspirado justamente en los
avatares de la sociedad ante el cambio de centuria y el au-
tor se introduce con maestría y seria reflexión en la con-
cepción de temporalidad, en la visión espacial y en el nue-
vo entendimiento de causalidad de la posmodernidad.
Gardella pone en claro que la posmodernidad no es sólo
una desilusión o un desengaño para quienes creyeron en
las promesas ensoñadoras de la modernización. Este pro-
ceso extensivo que brota desde el seno de las élites inte-
lectuales ante la modernidad excluyente demuestra,
adicionalmente, que en verdad también se expresa en to-
dos los ámbitos de la conducta social y política. Quizá,
sean las manifestaciones evidentes en la vida cotidiana,
como el deterioro planetario y la pobreza, las cuestiones
que han ido modificando esencialmente los hábitos y con-
ductas sociales que han desembocado en la crítica y la re-
flexión más allá de eruditos y científicos. Tal es el sentido
de los Tiempos Blandos que la pluma de Gardella ha tra-
zado para explicar los confusos momentos que vivimos.
Para este escritor, “el nuevo orden globalizador (...) co-
existe con el primado del pensamiento posmoderno”. En
tal escenario, afirma el autor, se manifiesta la contradic-
ción entre la homogeneización y la fragmentación socia-
les, explicando así el dramático hecho de vivir en un mun-
do sin modelos de futuro, sin memoria y sin esperanzas
en la mayoría de los ciudadanos. No obstante, el trabajo
de este economista y diplomático argentino tiene diversas
lecturas y, entre estas miradas posibles, destaca la profun-
da alarma que suscita el pensar en el futuro mundial, más

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cuando es llevado de narices por poderes disfrazados u
ocultos. Indudablemente, los escenarios sociales de fina-
les del siglo XX e inicios del tercer milenio son espacios en
que vemos a la modernidad proseguir su camino expan-
sivo y excluyente, mientras la posmodernidad surge como
un grito de desesperación ante el avance avasallador de
la modernización y globalización, evolución que se pro-
duce con mayor rapidez que la que los seres humanos so-
mos capaces de concebir y asumir. No alcanzamos a acos-
tumbrarnos a la velocidad del nuevo tiempo cuando las
situaciones vuelven a cambiar, despojándonos de la liber-
tad de lo cotidiano.
Una de las características más significativas del pos-
modernismo es sin duda el fenómeno descrito aquí: “La
manera rápida en que los productos de la economía que-
dan obsoletos sin dejar de ser útiles en sí mismos”. Esta
es la obsolescencia, proceso que implica una racionalidad
sui géneris en el sistema productivo y forja una nueva y
particular mentalidad en los individuos. Lo sui géneris es
que la sociedad es ahora capaz de producir cada vez más
rápidamente productos tecnológicamente mejores, de ma-
yor eficiencia y de menor precio, tornando así, a los an-
teriores bienes y servicios generados, en productos inúti-
les económica y socialmente. Por otro lado, también la
mentalidad del hombre de fin de siglo parece ir aprendien-
do que la “velocidad” y lo “nuevo” constituyen parte del
precioso bien de la Libertad en manifiesta “compensación
ideológica”.
Si al mismo tiempo se observa con cuidado, a fines del
siglo pasado, el transcurso de los acontecimientos de vio-
lencia, de consumismo irracional, de conflictos internacio-
nales ligados a intereses políticos de las grandes potencias,
entre otros, veremos que en la moderna sociedad de
masas la “libertad” como objetivo social es en el fondo una

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utopía que reúne características semejantes a los grandes
modelos o paradigmas sociales que se propusieron nues-
tros antepasados y que fueron irrealizables, cayendo final-
mente en proyectos que escaparon a la lógica histórica que
enfrentaron,2 e inclusive, con las mismas contradicciones
entre realidad y desarrollo material.
¿Cómo salir entonces de esta crisis que fragmenta y en-
ferma a la sociedad? ¿Cómo enfrentar la caótica y deses-
peranzada realidad de confusiones que vivimos? Del mis-
mo modo en que en esta obra el autor encara los aconte-
cimientos complejos, elabora también una propuesta de
“salida” de estas estructuras esenciales corroídas. Gardella
propone subordinar los mecanismos económicos a los pro-
pósitos de la felicidad humana para triunfar sobre las fuer-
zas del nihilismo.

Lima, 14 de noviembre de 2003


Eduardo L. Vargas Puch

2 Marcuse, Herbert, El fin de la utopía, México, Siglo XXI, 1969. En el


sentido de extrahistórico en Marcuse, al referirse a las utopías como
proyectos que escapan a las leyes científicas.

17
Propósito

El presente trabajo intentará describir las variables más


relevantes que marcan nuestro tiempo, las tendencias de
las nuevas ideas filosóficas y sociológicas, para culminar
evaluando la impronta de las ideas posmodernas en la
realidad que nos toca vivir, lo que debería volverla más
comprensible.
De este modo, en el primer capítulo examinaremos de
manera crítica dos aspectos evidentes de nuestra época:
el hedonismo individualista y la confusión de valores rei-
nantes en la sociedad. En el segundo capítulo hemos creí-
do necesario, debido a nuestras pretensiones sistémicas,
trazar una breve descripción del panorama internacional,
tal cual se nos presenta en este comienzo de siglo. Estos
dos capítulos constituyen la tesis del presente texto, que
no es otra cosa que la crítica de la posmodernidad vista a
través del paradigma de la modernidad.
A continuación, y como contrapunto, se evidenciarán
los lineamientos generales del pensamiento llamado
posmoderno, que enmarca ideológicamente nuestros días.
En este apartado, además, cobrarán sentido muchos de
los principios y actitudes frente a la vida que se advierten
en los sujetos y la sociedad posmodernas. No se tratará
de hacer la defensa de ellos, sino de buscar su sustrato

[19] 19
filosófico-sociológico para poder comprenderlos. En este
análisis se pretende dejar de lado los principios modernos
para aceptar la posmodernidad tal cual se nos presenta,
evitando, en la medida de nuestras posibilidades, pre-
conceptos y prejuicios.
Finalmente, en el capítulo Resumen y Resultados, se in-
tentará una síntesis desde el pensamiento de un hombre
de su época. El lector advertirá que se “simula” la utiliza-
ción para este análisis de un método moderno por anto-
nomasia: la dialéctica hegeliana. Es que en nuestra épo-
ca, comienzos del siglo XXI, coexisten los dos paradigmas,
el moderno y el posmoderno, ¿o será que esta última no
es sino una modernidad tardía disfrazada de novedad?
En todo caso, consideramos útil que se recorran las si-
guientes páginas con un conocimiento previo de una de las
conclusiones que aquí anticipamos. Existen dos factores en
el discurso posmoderno que provocan todos los rechazos y
dificultan su viabilidad: en principio, el pecado de origen
del pensamiento posmoderno es que gira sobre un núcleo
vacío, el nihilismo; por otro lado, presenta contradicciones
insalvables al identificarse como un crítico político de la ac-
tualidad (progresismo radical) y, al mismo tiempo, sería
cómplice del modelo económico que impulsa esa misma
política que ataca (conservadurismo). Sin embargo, resulta
indudable que el diagnóstico sobre los tiempos actuales, su
visión de la realidad “posmoderna”, que nos entregan es-
tos pensadores es ineludible para comprender estos tiem-
pos sin rigor, apolíticos, desolidarizados, de un individua-
lismo exacerbado y de alto contenido autocomplaciente.
Frente a la complejidad de nuestra época, y renuncian-
do a continuar actualizando y corrigiendo originales, en-
tregamos al atento lector estas reflexiones en el estado en
que se encuentran.

Lima, noviembre de 2003.

20
Introducción

El presente no coincide consigo mismo


Jacques Derrida

Desde que se tiene memoria histórica, cada generación ha


querido imponer su visión del mundo. La lógica positivis-
ta, paradigma del conocimiento que ha dominado el tra-
bajo científico en los últimos siglos, ha sido motivo de sos-
pecha por parte de pensadores posestructuralistas, decons-
truccionistas, y otros teóricos denominados globalmente
posmodernos. Los pensadores posmodernos se alejan de
las ideas fundacionales de la modernidad para proponer
una visión socialmente condicionada, histórica o contex-
tual. Las maneras de conocer dependerían del contexto
cultural, del que ni los científicos podrían sustraerse. En
efecto, el intento moderno de articular la realidad y el co-
nocimiento en la línea de un pensamiento universalista,
de una razón unívoca, ha perdido prestigio frente al es-
cepticismo generalizado del posmodernismo. Aquellas
ideas invariables actualmente son puestas en sospecha de
esconder una voluntad de dominación, con el objetivo de
imponer un modelo ético fuera de la historia, frente al in-
cipiente reclamo de pluralidad y autonomía que impone
la diversidad humana.
La modernidad puede ser definida como una época
dominada por la idea de la historia del pensamiento en-
tendida como progresiva “iluminación”, opuesta a la men-

[21] 21
talidad antigua, donde predominó una visión naturalista
y cíclica del curso de la historia. La idea de progreso con-
cibe el curso del pensamiento como desarrollo superador,
en el cual lo nuevo se identifica con la virtud de la recu-
peración del fundamento-origen.
Los pensadores modernos desarrollan de modo secu-
lar la herencia judeo-cristiana, que determina que el paso
de la historia implica una dirección como discurso a la es-
pera de la salvación (y que se articula en creación, peca-
do, redención y espera del juicio final). Frente a esta es-
tructura dialéctica, comprensible a través de la razón,
aprehendible, el proyecto posmoderno aparece contra-
dictorio. Quizá porque los críticos de la posmodernidad
la analizan desde el paradigma moderno, que indica que
todo lo “posterior” debe avanzar en un sentido lineal de
progreso, no se estaría tomando en cuenta el cambio en
las nuevas condiciones de pensamiento. Lo posmoderno
indica una despedida de la modernidad, que en la medi-
da de que quiere sustraerse a la lógica de desarrollo y
sobre la idea de superación crítica en la dirección de un
nuevo fundamento, torna a rescatar lo que Nietzsche y
Heidegger propusieron en su peculiar relación crítica res-
pecto del pensamiento occidental.
El pensamiento moderno, que intentó diseñar estructu-
ras invariables en el tiempo y el espacio bajo el denomina-
dor común de la razón, surge cuando se comprende la ne-
cesidad de separar las diversas esferas de la existencia: po-
lítica, religiosa, económica, científica, el dominio público y
el dominio privado, etc. Según Michael Walzer,3 estas esfe-
ras deben mantenerse lo suficientemente estancadas para
evitar que acontecimientos en una de ellas afecten sensible-
mente al resto. Se trata, pues, de un imperativo racional y
moral cuyo objeto es la prosecución de una sociedad más
3 Michael Walzer, Spheres of justice, NY, Basic Books, 1983.

22
justa, equitativa y libre. Tomando en cuenta esta autono-
mía de las distintas esferas, se puede afirmar que pertene-
cemos a distintos círculos institucionales, y es a partir del
reconocimiento de pertenencia del individuo a estas distin-
tas esferas de lealtad que ya no podemos encerrarlo en una
identidad fija (Émile Durkheim habla de “pluralización de
mundos de vida”). En estos tiempos posmodernos y neo-
liberales, al haberse elevado el dinero como excluyente de-
nominador de valor, contaminando a las esferas de justi-
cia, estamos expuestos, en la actualidad, a la tiranía de los
mercados, habiéndose infringido el más decisivo de los prin-
cipios de la modernidad. El posmodernismo, si se nos per-
mite la generalización de englobar en él a gran parte de las
nuevas tendencias del pensamiento actual, por su apego a
la pluralidad se rebela contra el imperio del “pensamiento
único” en política y de la “normatización” que proponen
los medios de comunicación masiva. Sin embargo, se los
acusa de apoyar el modelo consumista, o al menos alentarlo,
ya que coincide con su individualismo a ultranza y, de al-
guna manera, con su estética.
Conviene mencionar, por otra parte, que según varios
teóricos críticos de la modernidad, ésta ya llevaba implí-
cita su decadencia: desde Engels a Marcuse (pasando por
Freud y Adorno, entre otros), de Durkheim a Charles
Taylor (haciendo escalas en Simmel y Weber, por sólo
nombrar los más notables), todos ellos ilustran (a su modo
y mucho antes que lo hicieran los pensadores posmo-
dernos) las fracturas del mundo ideal diseñado por la mo-
dernidad;4 desde el individualismo que, según Tocqueville,
4 Respecto de Frederic Engels ver especialmente The condition of the
working classes of England; Sigmund Freud, El malestar en la cultura ;
en toda la obra de Emile Durkheim campean estas dudas; en Weber, su
trabajo inconcluso Economía y sociedad; en Georges Simmel se pueden
encontrar en su The philosophy of money; con relación a Herbert
Marcuse ver L’homme unidimensionnel; Anthony Giddens, The
consequences of modernity; Charles Taylor, The malaise of modernity.

23
pese a ser un rasgo emancipador del orden social estable-
cido nos confina a “la soledad de nuestro propio corazón
que anula el objetivo heroico de la vida”, pasando por la
“razón instrumental” que reduce la vida a la fórmula
“costo/beneficio”,5 para culminar con el “despotismo blan-
do” de la organización burocrática, que según Hannah
Arendt logra su perfeccionamiento en los campos de con-
centración, “los que expresan a la civilización racional con
exquisita crueldad”. El sociólogo de la comunicación ca-
nadiense, David Lyon nos advierte:
logros de la modernidad, ambivalencia de la modernidad:
a pesar de las apariencias, la modernidad ha experimenta-
do dudas íntimas y contradicciones desde el comienzo, y
éstas no son sólo fenómenos “culturales” abstractos o
amorfos, han ido unidas a la innoble materialidad del di-
nero, las máquinas y las calles; son inherentes a las pautas
y vías de la interacción social.6

Los críticos del paradigma posmoderno lo acusan de


haber producido la caída de los referentes al proponer la
desaparición de las diferencias de opuestos (como verda-
dero/falso, bello/feo, bien/mal, etc.). Serían las ideas
posmodernas las que estarían convalidando esta nueva
era, donde lo real parecería ser determinado por la vía de
los consensos. Como si el nuevo milenio deseara consoli-
darse en la era de la virtualidad, con una economía neo-
liberal que no termina de agotarse y continúa reprodu-
ciendo una riqueza artificial, al tiempo que sigue exclu-
yendo a masas de ciudadanos. Consolidación de un indi-
5 En economía el costo-beneficio es un útil instrumento para medir
tasas de retorno de la inversión y valor-tiempo del dinero, hace base
en el utilitarismo social del S. XVIII de Bentham y Mill para terminar
siendo consolidado en el S. XX por el Premio Nobel de Economía
1992 Gary Becker, quien extiende el análisis microeconómico al amplio
campo del comportamiento e interacción humanos.
6 David Lyon, El ojo electrónico, Madrid, Alianza Editorial, 1995.

24
vidualismo exacerbado, xenofóbico y desolidarizado, que
confunde el dinero con la riqueza y el aspecto exterior con
la salud, desvaloriza el trabajo y, pragmático al fin —aun-
que cortoplacista— sólo se interesa por los resultados.
Emergente del nihilismo alemán, la corriente posmoder-
na se inscribe en un escenario de ocaso, en el derrumbe
de los movimientos artísticos vanguardistas, de las crisis
de expectativas político-sociales, del retorno de movimien-
tos irracionalistas, en el desencanto de la globalización.
El nuevo orden globalizador —“cuyo factor de integra-
ción es impulsado por el dinamismo de la economía in-
ternacional (...) donde a la nueva distribución general de
las fuerzas geoestratégicas se suman la mutación del Es-
tado, de las formas sociales, de los sistemas de producción,
de las comunicaciones, de los actores económicos y de los
parámetros culturales” 7— coexiste con el primado del pen-
samiento posmoderno. Pero nuestra época presenta un
doble perfil: si por una parte predominan las fuerzas cen-
trípetas de la globalización, coexisten con esta homoge-
neización fuerzas centrífugas, de fragmentación, por las
que ciertas culturas intentan, consolidando su tradición,
evadir la sofocación global. En todo caso, parece imponer-
se un desencanto inmovilizante. Remo Bodei afirma que
“con la progresiva aceleración del tiempo histórico, el es-
pacio ya no logra coagularse como experiencia adecuada
al presente y el futuro (...) llega a ser no sólo difícil de pre-
ver sino también de imaginar”,8 por lo que vivimos en un
tiempo sin utopías, sin memoria y sin esperanzas; un mun-
do donde nuestras sociedades no estarían dispuestas a sa-
crificar el propio presente por un futuro lejano e incierto.

7 Felipe Gardella, Liberalismo vs. economía virtual: del paradigma de


progreso social al síndrome ‘winners take-all’, Lima, Caucus, 2001.
8 Remo Bodei, Libro de la memoria y la esperanza, Losada, Buenos
Aires: 1998.

25
Asimismo, surgen nuevas sensibilidades como conse-
cuencia del impacto de las tecnologías de la comunicación
en el individuo, originando una nueva forma de experien-
cia vital, acotada por la estetización de la vida y la frag-
mentación del sujeto. Según el crítico marxista Fredric
Jameson, el posmodernismo se caracteriza por: 1) la expan-
sión de la cultura de la imagen (fenómeno de estetización,
entendido como el rápido fluir de signos e imágenes que
impregnan el tejido de la vida cotidiana hasta constituir-
se en ideología del consumo, que asegura la superviven-
cia del actual momento de la sociedad capitalista); 2) cierta
esquizofrenia provocada por la ruptura de la cadena de
significantes en los mensajes (ya que el presente engloba
al individuo y lo aísla de su historia); 3) la fragmentación
del sujeto (que sustituye la patología cultural neurótica de
la modernidad por la mengua de los afectos y, su emer-
gente, la ansiedad). La cultura de la imagen es omnipre-
sente. Ésta diluye al sujeto en la cultura de la estetización
y en la objetivación del consumo, y provoca la pérdida de
la historicidad de un individuo sometido a la velocidad de
la información audiovisual, sin referencias temporales. Las
nuevas tecnologías son el producto de una nueva etapa
del capitalismo que requiere, aún más que en la moderni-
dad, del consumo masivo.9 En consecuencia, la estetiza-
ción, la ahistoricidad y el consumismo generan un ethos
hedonista que se diferencia de su antecedente moderno
vanguardista: ya no se puede ser transgresor de la moral,
porque el placer ya no está proscrito. Este marco lo consi-
deramos compatible con una ética liberal (pero desprovis-
ta de principios rigurosos y sustentada por individuos sin
convicción), con la primacía de los dictados de la econo-
mía neoliberal (individualista y desolidarizada) y con la
globalización (vista la equidistancia del hombre numérico,
9 F. Jameson, Posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo
avanzado, Paidós, Barcelona, 1992.

26
quien se siente a sus anchas, global, en la virtualidad del
ciberespacio).
Erich Fromm (psicoanalista y célebre pensador alemán,
1900-1980) hacía un diagnóstico, a comienzos de la década
del 40, que bien podría aplicarse en la actualidad: “nos sen-
timos fascinados por la libertad creciente que adquirimos a
expensas de poderes exteriores a nosotros, y nos cegamos
frente al hecho de la restricción, angustia y miedo interio-
res, que tienden a destruir el significado de las victorias que
la libertad ha logrado sobre sus enemigos tradicionales”, y
es que en el capitalismo, cuando pierde su espíritu liberal,
en tanto actividad económica, el éxito y las ganancias se
vuelven fines en sí mismos. Y así la razón de ser del ciuda-
dano devenido consumidor es la de contribuir al fortaleci-
miento de este sistema económico, no ya para lograr su pro-
pia “salvación”, sino para cumplir con su papel de “engra-
naje destinado a servir propósitos que le son exteriores”.10
Los pensadores que se adhieren a la corriente posmo-
derna (Lyotard, Derrida, Foucault, Baudrillard, Vattimo,
Rorty, Gadamer, entre otros) han interpretado, algunos
muy tempranamente, la ruptura con la concepción moder-
na que encarnan Hegel, Kant, Kierkegaard, Marx, Freud,
Russell, Althusser, Rawls (por sólo nombrar a algunos de
aquellos más actuales que dejaron su decisiva impronta en
nuestra cultura occidental), y han descripto su época. Pero,
además, el posmodernismo ofrece su propio paradigma. Es
sobre este punto que arrecian las críticas.
Para culminar esta introducción, deseamos recordar
que el siglo XX, el más cruel de toda la historia, el del su-
frimiento inútil como diría Hobsbawm, provocó un enor-
me descreimiento respecto de las posibilidades del pensa-
miento filosófico, que se ejemplifica con este párrafo del
filósofo rumano Emile Cioran:
10 E. Fromm, Miedo a la libertad. Paidós, Madrid, 1987.

27
Frente a la música, la mística y la poesía, la actividad filo-
sófica proviene de una savia disminuida y de una profun-
didad sospechosa, que no guardan prestigios más que para
los tímidos y los tibios. La filosofía —inquietud impersonal,
refugio junto a ideas anémicas— es el recurso de los que
esquivan la exuberancia corruptora de la vida. Poco más o
menos todos los filósofos han acabado bien: es el argumen-
to supremo contra la filosofía. El fin del mismo Sócrates no
tiene nada de trágico: es un malentendido, el fin de un pe-
dagogo, y si Nietzsche se hundió fue como poeta y visiona-
rio: expió sus éxtasis y no sus razonamientos... qué pocos
de los sufrimientos de la humanidad han pasado a su filo-
sofía... Se es siempre impunemente filósofo: un oficio sin des-
tino que llena de pensamientos voluminosos las horas neu-
tras y vacantes... ¿Y acaso esos pensamientos se han mate-
rializado en una sola página equivalente a una exclama-
ción de Job, a un terror de Macbeth o a una cantata? El uni-
verso no se discute, se expresa. Y la filosofía no lo expresa.
El filósofo “enemigo del desastre, es tan sensato como la ra-
zón y tan prudente como ella”. No comenzamos a vivir real-
mente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas, cuan-
do hemos comprendido su terrible nulidad, y que era inútil
recurrir a ella, que no iba a sernos de ninguna ayuda. Qué
ventaja hay en saber que la naturaleza del ser consiste en
“voluntad de vivir” en la “idea”, o en la fantasía de Dios o
de la Química. Simple proliferación de palabras, sutiles des-
plazamientos de sentidos… Sólo estamos seguros en nues-
tro universo verbal, manejable a placer, e ineficaz. El ser mis-
mo no es más que una pretensión de la Nada. El ser es mudo
y el espíritu charlatán. Eso se llama conocer. La originali-
dad de los filósofos se reduce a inventar términos. Estamos
abismados en un universo pleonástico en el que las interro-
gaciones y las réplicas se equivalen.11

11 Emile Cioran. Breviario de podredumbre, Taurus, Madrid, 1997.

28
Por su parte, Eric Hobsbawm opina que “la destrucción
del pasado es uno de los fenómenos más característicos y
chocantes del siglo XX. La mayoría de los jóvenes crecen
en una especie de presente continuo, sin relación orgánica
con el pasado público de los tiempos que viven”.12

12 E. Hobsbawm, The age of extremes, Abacus, London, 1998 (traducción


del autor).

29
Capítulo I

Individuo y sociedad
posmodernos

31

Ocurre en cada pulsación de tu sangre.
No hay un instante que no pueda ser el cráter del Infierno.
No hay un instante que no pueda ser el agua del paraíso.
No hay un instante que no esté cargado como un arma.
En cada instante puedes ser Caín o Siddartha, la máscara
o el rostro.
En cada instante puede revelarte su amor Helena de Troya.
En cada instante el gallo puede haber cantado tres veces.
En cada instante la clepsidra deja caer la última gota.
“Doomsday”, Jorge Luis Borges

La identidad moderna, según la analizaban los científicos


positivistas, partió de un concepto de unidad, integralidad
y homogeneidad, en tanto para el posmodernismo la iden-
tidad es algo fluido, relacional, que adquiere diferentes for-
mas y que más que una esencia es un proyecto en marcha.
Comienzan a presentarse, hacia fines de la década del
70 del siglo pasado, tres variables que van generando un
ethos hedonista que se consolida en la última década del
siglo XX. Se trata de una ética de la estetización, la pérdi-
da de nexos históricos y el consumismo que es funcional
al neoliberalismo imperante. Esta nueva moral individua-
lista está desprovista de principios rígidos y es sustentada
por individuos lábiles y sin convicción. La vanguardia in-
dividualista de fines del 60 da paso a un sujeto que ya no
es transgresor de la moral religiosa ni de la ética conser-
vadora. Entre otras características, presenciamos el fin del
estilo personal en el arte, ya que nuestros lenguajes cultu-
rales han perdido los ideales de lo original a manos de lo
novedoso tecnologista; en tanto a la muerte de las ideolo-
gías corresponde un paradigma religioso blando al tiem-
po que se habilitan caminos al surgimiento de sectas de
todo tipo; por otra parte la cantidad de información es tan

[33] 33
grande (y por lo mismo inasible, inútil, ya que no viene
jerarquizada) que se pierde la escala humana, dando lu-
gar a la cómoda virtualidad para evitar el vértigo.
Paul Virilio nos comenta que el reemplazo de la velo-
cidad vehicular de los cuerpos por el viaje sin desplaza-
mientos que deja la organización del ritmo vital a los ins-
trumentos termina reduciendo la voluntad a cero (frente
a la pantalla del televisor o de la computadora) y permi-
tiendo que la “visión de la luz en movimiento (que no otra
cosa son las pantallas) reemplace la búsqueda de cualquier
movimiento personal” al tiempo que evita riesgos, sobre
todo el de la relación interpersonal que provocan inusita-
damente los viajes físicos. 13 El tiempo queda, así, limitado
a un continuo instante (presente permanente), donde se
ha perdido la percepción directa de la realidad y la posi-
bilidad de “hacer historia” (o interactuar sobre su reali-
dad), ya que el encierro del instante provoca el someti-
miento de la voluntad a la percepción electrónica.
Beatriz Sarlo, en un texto de gran claridad, analiza la
condición posmoderna, sin descuidar el comportamiento
individual. El sujeto posmoderno es descripto en el marco
de un clima muy especial (en este libro Sarlo escribe “des-
de” el Buenos Aires de mediados de la década del 90):
“veinte horas de televisión diaria por cincuenta canales,
y una escuela desarmada, sin prestigio simbólico ni recur-
sos materiales; paisajes urbanos trazados según el último
design del mercado internacional y servicios urbanos en
estado crítico”. Este ambiente porteño ejemplifica lo que
ocurre en gran parte de Occidente en vías de desarrollo,
debido a la homogeneización cultural omnipresente:
… la reproducción clónica de necesidades con la fantasía
de satisfacerlas es un acto de libertad y de diferenciación.

13 P. Virilio, La estética de la desaparición, Anagrama, Barcelona 1988.

34
Si todas las sociedades se han caracterizado por la repro-
ducción de deseos, mitos y conductas (porque de ellas tam-
bién depende la continuidad), esta sociedad lo lleva a cabo
con la idea de que esa reproducción pautada es un ejercicio
de autonomía de los sujetos. En esta paradoja imprescindi-
ble se basa la homogeneización cultural realizada con las
consignas de la libertad absoluta de elección.14

14 Beatriz Sarlo, Escenas de la vida posmoderna, Ariel, Buenos Aires,


1994; nótese que este libro es publicado en 1994, cuando la Argentina
era considerada en el mundo un modelo de evolución de la moder-
nización liberal.

35
36
Impasse autocontemplativo

Lo viejo se muere, lo nuevo todavía no ve el día,


y en este claroscuro surgen los monstruos
Antonio Gramsci

La ampliación social de un hedonismo normalizado y ad-


ministrado, higiénico y racional sucede al fin del disfrute
sin límites del hippismo y del militantismo juvenil de iz-
quierda. El impasse autocontemplativo incluye las aspira-
ciones al bienestar material y al entretenimiento; el amor
a sí mismo estimula una dedicación cada vez mayor a
los cuidados corporales. Hedonismo prudente que se ma-
nifiesta en una proliferación de técnicas de trainning físi-
co, medicinas blandas, regímenes dietéticos, relajación,
productos para el cuidado personal, productos light, bio,
cirugías estéticas que simulan algún retardo del paso del
tiempo o que corrigen desviaciones del modelo masificado:
Narciso que se define por un trabajo de autoconstrucción
(body-building) y de autoabsorción (anorexia/bulimia).
En ese marco surge un sujeto que se separa del indivi-
dualismo disciplinado y militante, heroico y moralizador
de 1968. Se impone así, hacia mediados de la década del
70, un individualismo à la carte sobre la base de un hedo-
nismo que tiende a hacer del logro íntimo el fin de la exis-
tencia: nuevo individualismo, escindido del imperio de
ideales sociales y de todo rigorismo.15 La autoedificación
15 Gilles Lipovetsky, L’ère du vide, Paris, Folio-Gallimard, 1993.

[37] 37
de sí mismo sin vía colectiva, se impuso con desencanto
pero de modo generalizado.
Volviendo sobre 1968, particularmente a lo que hace
al Mayo francés, intentaremos comprender qué ocurrió en
menos de 20 años, las razones por las que se produjo tal
transformación en el sujeto. El discurso de Mayo llevaba
implícito cuatro premisas: crítica (“el patriotismo es un
egoísmo en masa”; “acumulen rabia”), espontaneidad
(“abajo el socialismo realista, viva el surrealismo”; “exa-
gerar, ésa es el arma”), imaginación (“la imaginación al
poder”; “sean realistas: pidan lo imposible”), disfrute (“la
poesía está en la calle”; “decreto el estado de felicidad per-
manente”).16 La revolución política había fracasado, los
estudiantes reemplazaron a los obreros aburguesados para
producir una revolución cultural: ¿acceso de fiebre de la
juventud, complot subversivo, crisis de civilización, con-
flicto social o político, nueva forma de la lucha de clases,
simple encadenamiento de circunstancias? 17 Quizá todo
eso y algo más, pero que tardó muy poco en agotarse. La
filosofía francesa de la época se volvía nihilista, radica-
lizando el pesimismo alemán, que portaba ya los gérme-
nes de la disolución del yo, del sujeto, en la década del
80. La tendencia narcisista ya estaba presente en 1968,
aunque se disfrazara de militante, para luego devenir cla-
ramente hedonista una década después, un antihuma-
nismo proveniente de la filosofía en boga de la época
(estructuralismo), que es la que desencadena la violencia.
El pensador Castoriadis opina que el Mayo del 68 cons-
tituye un movimiento político, profundamente marcado
por una dimensión mesiánica, utópica, pero fraternal y

16 Los graffitis han sido extraídos de la página de Internet http://


www.dim.uchile.cl/~anmorier/ideas/graffiti.html.
17 L. Ferry y A. Renaut, La pensée 68: Essai sur l’antihumanisme
contemporain, París: Gallimard, 1985.

38
comunitaria.18 Y afirma que lo esencial del movimiento no
residía en los reclamos provenientes de utopías izquierdis-
tas, sino en las exigencias mismas del individualismo; sus
resultados no encarnaron en lo político sino en una for-
midable liberación de costumbres, que a partir de allí no
cesó de ampliarse hasta la década del 90. Por lo que este
movimiento debería considerarse, por sobre todo, como un
aspecto de la crítica social. Por lo dicho, el paso del 68 a
los años 80 se realiza con la radicalización del individua-
lismo y el abandono de las verdades universales.
Complaciente consigo y autorreferencial, libre de cul-
pas, el individuo que cambia de siglo, que intentamos des-
cribir, ya no necesita “ser” sino que, al emanciparse de la
tradición, se conforma con “estar siendo”. Esto represen-
ta un estado de permanente fuga que lo excusa de reflexio-
nar sobre su circunstancia y viabilidad futura. De otro lado,
el estado de hiperrealidad (virtualismo) que surge de la re-
volución de los medios de comunicación, al construir un
nuevo entorno social, lleva a la disolución de la realidad
objetiva y, con ella, del ego individual que la modernidad
postuló como actor social y conciencia autónoma.19 En el
éxtasis de la comunicación, los conceptos de autonomía y
voluntad individual son impensables porque el individuo
en estado de hiperrealidad ya no mantiene ninguna rela-
ción objetiva con su ambiente. Para Baudrillard, esta situa-
ción es profundamente obscena porque borra cualquier dis-
tinción que pueda existir entre la identidad individual y
su entorno: al perder vigencia los pares binarios clásicos,
sujeto/objeto y público/privado, ya no hay vida privada,
ni intimidad, pues el individuo se disuelve en la comuni-
cación, creando una nueva forma de esquizofrenia.20
18 Cornelius Castoriadis. L’institution imaginaire de la société, Paris,
Seuil, 1980.
19 Alain Touraine. Critique de la modernité. Paris: Fayard. 1994.
20 Jean Baudrillard. Simulacres et simulations.Paris : Editions Galilée, 1990.

39
Por lo dicho hasta aquí no debería llamar la atención
que, de un tiempo a esta parte, se haya hecho un culto
de la juventud, “divino tesoro”, que ya no se refiere a la
entrega al amor bucólico o a ideologías utopistas: se en-
salza la juventud como un valor sin que, bajo ningún pun-
to de vista, se pueda considerar como una virtud sino
como un estadio cronológico en el curso de la vida y que
no tiene ningún mérito en sí mismo, más que la frescura
y la inocente torpeza de la tierna edad. Si en otras épocas
las cantantes de ópera, las actrices de teatro y luego de
cine, eran modelos de mujer, las más deseadas, hoy la so-
ciedad de consumo presenta a adolescentes como mode-
los de belleza y objeto de todo el deseo masculino. Como
si cualquier rasgo del paso del tiempo pudiera arruinar la
belleza, se prefiere a niñas adolescentes, de 15 años o me-
nos, para promocionar y vender cualquier tipo de produc-
to. No es sino la moda y la publicidad la que impone este
nuevo paradigma hueco, vacío de todo contenido, sin una
voz, un gesto, con los que antes las actrices completaban
el modelo con alguna manifestación de personalidad, y no
una simple imagen (máscara) y un caminar antinatural,
aunque estudiadamente provocador, por una pasarela.
Por otra parte, como el primado del ego ha sido plebis-
citado y el otro puede ser prescindible, se debilita el amor
cortés: en este nuevo escenario, en el cual la relación de
uno con otro sexo parece más marcada por la disuasión
que por la seducción, el amor físico ha sido banalizado.
Son tiempos en que algunos prefieren la compañía de
mascotas domésticas, que sólo reclaman el mínimo com-
promiso del alimento diario, por sobre las complejidades
de la convivencia en pareja.
Pero, ¿qué ha ocurrido con la mujer? Recién en los años
70 del siglo pasado la mujer parece haber conquistado ple-
namente el poder de decidir sobre sí misma, sobre su fe-
cundidad, sobre su cuerpo, de imponer su derecho a de-

40
dicarse a cualquier actividad. Gilles Lipovetsky nos recuer-
da que la mujer pasó de ser un mal necesario, denuncia-
da por sus vicios y estigmatizada como tramposa, un ser
inferior en la antigüedad, a ser, a partir de la caída de nu-
merosos tabúes y gracias a la dinámica igualitaria, una
persona que aún continúa en la lucha por sus derechos
pero a partir de un feminismo que no va contra su femi-
nidad y que no diaboliza al hombre; y que ha pasado por
(“segunda mujer”) ser objeto de admiración, hacia el si-
glo XVIII con la aparición del amor cortés, para ser valo-
rizada posteriormente como esposa, madre y educadora
de niños, aunque aún no reconocida igualitariamente res-
pecto del hombre. Esta “tercera mujer” está lejos de los
ideales de las primeras luchas feministas efectivas. De lo
que se ha tratado en nuestros tiempos posmodernos es del
rescate de la diferencia, en donde la mujer cada vez va
consolidando más su libertad de gobernarse a sí misma
pero con papeles diferenciados. Así, sus tradicionales fun-
ciones en el hogar y la familia no se mantienen sólo por
el peso de la tradición cultural, sino porque esas tareas en-
riquecen la vida emocional y relacional de la mujer, ya que
conservan en sí mismas una dimensión de sentido: “los có-
digos sociales que, como las responsabilidades familiares,
permiten la autoorganización, el dominio de un universo
propio, la constitución de un mundo cercano emocional
y comunicacional, se prolongan cualquiera sea la crítica
que los acompañen por parte de las propias mujeres”.21
Sin embargo, si bien es enriquecedor que esta nueva
tendencia de la mujer, casi de rechazo del mundo mas-
culino (lo público, lo racional, el poder) en tanto preserva
su mundo (lo íntimo, lo privado, la seducción y el amor),
que ya no envidiaría más el mundo del hombre (deseos
fálicos, que implican poder), la presencia de lo femenino
en los asuntos sociales, políticos y públicos en general, no
21 Gilles Lipovetsky, La tercera mujer, Anagrama, Barcelona, 1999.

41
es algo que podamos darnos el lujo de prescindir. El gran
pensador argentino Ernesto Sábato considera que una so-
ciedad más humana es una sociedad más femenina, don-
de la lucha por el poder no lo impregne todo. Desde lue-
go que la sociedad estaba perdiendo cuando la mujer que-
ría ser hombre, porque preservar las diferencias hace la
riqueza de lo humano, pero los valores de la mujer no pue-
den quedar relegados al ámbito íntimo, sino que es nece-
sario que trasciendan a lo público.
Seguramente esta nueva tendencia femenina de la que
habla el pensador francés no es ajena de la lógica indivi-
dualista posmoderna, la que no significa que cada uno se
haya vuelto un consumidor esclarecido, administrador
avisado de su vida y de su cuerpo. Así, mientras se pres-
ta mayor atención a la apariencia que al espíritu, se ace-
lera la impronta de numerosas formas de autocontrol: fri-
volidad de unos que coexiste, sin culpas, con la profun-
dización de la marginación social de no pocos.
Quizá esto sea así porque se confunde el espíritu del pro-
testantismo (cuna del capitalismo, a decir de Max Weber 22 )
y su exaltación de desinterés con la moderna doctrina del
egoísmo, que sería (según, entre otros, Bernard Mandeville 23 )
el motor más poderoso de la conducta humana. Al respecto,
Erich Fromm nos aclara que todo proviene de la confusión
entre egoísmo y amor a sí mismo, en su identificación, cuan-
do el egoísmo narcisista constituye en verdad lo contrario: “en
su dinámica inconsciente hallaremos que el egoísta, en esen-
cia, no se quiere a sí mismo sino que se tiene profunda aver-
sión (…), su narcisismo constituye la sobrecompensación de
la carencia básica de amor a sí mismo”. 24
22 M. Weber, L’etique protestante et l’esprit du capitaisme, Plon-Agora,
Paris, 1999.
23 B. Mandeville, Recherche sur la nature de la societé, Babel, Paris, 1998
(originalmentte publicado en 1723 bajo el título de La fábula de las abejas).
24 E. Fromm, Miedo a la libertad, Paidós, Barcelona, 1987.

42
Individualismo y política

La sociedad posmoderna no tiene más ídolos


ni tabúes,ni una imagen gloriosa de sí misma,
ni un proyecto histórico movilizador
Gilles Lipovetsky

Los políticos neoliberales, del mismo modo que la cultura


hedonista-narcisista, celebran el “Yo”, el logro inmediato
de los deseos y trabajan en paralelo para dualizar las de-
mocracias: generan más flexibilización de controles esta-
duales (¿mayor libertad?) y más exclusión social, mayor
autovigilancia higiénica y más toxicomanía, mayor recha-
zo a la violencia y más delincuencia en las orillas, mayor
deseo de confort y más homeless, mayor amor por los ni-
ños y más familias sin figura paterna.
El profesor de Oxford de extracción socialista, Terry
Eagleton, opina que como las energías revolucionarias fue-
ron gradualmente decayendo, la preocupación por el cuer-
po vino a ocupar su lugar: “con el cambio de los tiempos,
los leninistas fueron portadores de credenciales lacanianas
y todo el mundo saltó de la producción a la perversión; el
socialismo de Guevara dio paso a las somatizaciones de
Foucault y Jane Fonda”.25 Al parecer, en el pesimismo del
psiquiatra Michel Foucault, opuesto a sus cualidades más
políticamente activistas, la izquierda pudo encontrar una
razón sofisticada que puede justificar elegantemente su pro-
25 T. Eagleton, Las ilusiones del posmodernismo, Paidós, Buenos Aires,
1997.

[43] 43
pia parálisis política. La sexualidad se convierte a partir de
los años 70s en el fetiche más de moda de todos26 (además
del dinero), en tanto la preocupación por la salud física ha
aumentado hasta convertirse casi en una neurosis mayor.
El cuerpo (la salud, pero fundamentalmente las aparien-
cias) habría desplazado a las políticas radicales: la preocu-
pación por el cuerpo encajaría perfectamente con las sos-
pechas posmodernas sobre los grandes relatos modernos
(ideas de fundamentación universal) así como con su ape-
go al pragmatismo y lo concreto, y a la celebración (al me-
nos de los posmodernos franceses) del placer. El cuerpo
ofrecería para el posmodernismo un modo de conocimien-
to más íntimo que la despreciada racionalidad iluminista.
Pero, además, si por un lado el hedonismo conlleva
una labor permanente de reciclaje y de autovigilancia, por
el otro degrada el sentido del esfuerzo y del trabajo, pre-
cipita el derrumbe de las instancias tradicionales de con-
trol social (tradiciones, familia, escuela, iglesia, sindicatos)
y produce desocialización y criminalidad. Narciso presen-
ta dos perfiles, bajo una contradicción engañosa: aparen-
tando integridad y responsabilidad, está perdido y solo,
sin destino e insensible frente a los otros. Cultiva la vida
presente, creando serios problemas a la edificación del fu-
turo de las democracias: su apego a vivir el momento pro-
duce sobreendeudamiento, caída del ahorro, primado de
la especulación por sobre la inversión, fraude y evasión
fiscal. La sociedad posmoderna no avanza hacia una ma-
yor tolerancia y regulaciones flexibles. Asistimos al rena-
cimiento, tan espectacular como sorprendente, de los
integrismos y las ortodoxias religiosas. En las antípodas de
los valores individualistas, el neointegrismo religioso recha-
za el derecho a la adaptación de la tradición y aboga por
una sumisión implacable a la ley. Sin embargo, por otra
26 Eagleton nos recuerda que para Freud un fetiche es aquello que obtura
un resquicio intolerable.

44
parte asistimos a la emergencia de la era de la New Age,
o de las religiones a medida. Extremismo dogmático y
sincretismo narcisista son dos polos que se mantienen per-
fectamente aislados.
El carácter sagrado del presente privado ha contribui-
do, en gran parte, a acentuar el rechazo de la clase políti-
ca e incluso a la desculpabilización del discurso racista. La
comunicación en esta era hedonista favorece el hiperrea-
lismo del presente frente a los grandes flujos de inmigra-
ción: lo que preocupa en la vida cotidiana de los países
desarrollados es la amenaza del extranjero. La descalifi-
cación de los grandes proyectos ideológicos y de los par-
tidos políticos ha conducido al crecimiento de las extre-
mas derechas en Europa (riesgo que alarga su siniestra
sombra en nuestra Latinoamérica, frente al desprestigio de
la dirigencia política tradicional): toda una categoría de
población ha podido reconocerse en un discurso que ex-
plota la actitud contestataria, las múltiples frustraciones
e inquietudes, las dificultades de vecinazgo, del miedo en
definitiva, sin que por ello se vuelva a afirmar cualquier
superioridad racial ni la voluntad de destruir a las demo-
cracias pluralistas. Hasta el pensamiento de la extrema
derecha se ha vuelto light para mejor adaptarse al electo-
rado posmoderno. De ahí las dificultades que encuentran
los políticos tradicionales para alertar eficazmente a la
población sobre el renacimiento fascistoide.
El reclamo hacia la dirigencia de “protección del extran-
jero” es una expresión del vacío y de la ansiedad posmo-
derna. El rotundo fracaso de los partidos políticos en cuan-
to a su tarea de representación de la sociedad ha dado cur-
so a la posibilidad de que la ciudadanía se resista a asu-
mir compromisos políticos mayores: tasas de abstención
récord, desafiliación sindical, las protestas se vuelven cor-
porativas, en defensa de intereses particulares, y es en este

45
caldo de cultivo donde crece la reacción. Son épocas de
fractura social; sobre ello, Beatriz Sarlo nos ilustra:
la dulcificación de las costumbres privadas, en las capas
medias educadas, sigue los pasos de una dureza creciente
del espacio público y del nicho socio-ecológico ocupado por
los más pobres. Esta divergencia es uno de los datos de los
últimos años en América Latina: capas medias-altas sensi-
bilizadas a todos los temas del abanico finisecular y secto-
res expulsados de los umbrales mínimos que la moderni-
dad consideraba un derecho. Esta oposición es adecuada-
mente dramatizada por las industrias informativas que, al
mismo tiempo, recaudan su prestigio en uno y otro lado de
línea, en la medida en que las oposiciones fuertes son siem-
pre espectaculares para las víctimas y para los que por el
momento no lo son o están seguros de no serlo.27

Frente a una ciudad que debería ser un espacio socia-


lizador, equilibrador y enriquecedor de la personalidad, las
grandes metrópolis actuales parecerían profundizar la na-
turaleza esquizoide de la nueva personalidad urbana, que
promueve los contactos superficiales y el carácter transito-
rio de las relaciones sociales y el individualismo. Lo que crea
una suerte de anomia alentada por la soledad omnipresen-
te, el aturdimiento sonoro y lumínico y la prosecución de
satisfacción de necesidades personales vitales a través de la
privilegiada vía del consumo. Todo ello genera un aumento
de la conflictividad social que se manifiesta en forma de com-
portamientos desordenados de carácter individual o grupal:
vandalismo, criminalidad y violencia, así como locura y
marginación. Se suma a ello el creciente desinterés social,
que se hace más patente en las ciudades, hacia las perso-
nas que por una u otra razón se sitúan fuera del ámbito pro-
ductivo: ancianos, inmigrantes y desempleados; desde el
27 B. Sarlo, “Sensibilidad, cultura y política”, en Varios. Observatorio S.
XXI, Paidós, Buenos Aires, 2002.

46
punto de vista de la productividad y la competitividad son
un residuo que carece de valor de uso o de cambio.
El hedonista posmoderno busca orden, límites y res-
ponsabilidad a su medida. La despenalización moral de
la xenofobia, el desprestigio del amor al otro y el culto del
dinero no ocultan la otra cara del air du temps: el consen-
so en cuanto a los derechos del hombre, el benevolado, la
preocupación ética en la comunicación y en la investiga-
ción biológica, respecto del medio ambiente. Pero no exis-
te contradicción alguna entre el triunfo del individualis-
mo y esas nuevas aspiraciones éticas, ya que se trata de
una moral indolora, sin obligación y sin sanción, con un
mínimo de compromiso que, sin embargo, es suficiente
para tranquilizar conciencias. Por otro lado, las últimas
generaciones, al apostar por los derechos del hombre, mos-
traron convencimiento de que su progresivo triunfo, lejos
de manifestar el “fin de la historia”, estaría marcando la
derrota definitiva de las mediocres dictaduras, de las ti-
ranías. Nuestra memoria se mantiene viva y alerta respec-
to de los crímenes contra la humanidad y para conjurar
nuevos peligros llevamos a la práctica la construcción de
un incipiente derecho internacional con categorías pena-
les y sus tribunales, a la espera del establecimiento de una
policía mundial a su servicio.
Sin embargo, dudamos al momento de definir con
exactitud qué significa el concepto de humanidad en tiem-
pos en que tres revoluciones nos han sacudido: la revolu-
ción económica global, comúnmente llamada globaliza-
ción; la revolución informática, concomitante con la an-
terior; y la última novedad, la revolución genética. La
globalización, portadora de promesas incontestables para
la humanidad, con el acompañamiento del genio de la
democracia ya domesticado, resultó estar llena de amena-
zas, siendo la más grave la de la erosión política. Esto úl-
timo significa poner en duda la capacidad humana de

47
actuar colectivamente sobre los acontecimentos. La revo-
lución numérica, con su inmediatez virtual y su sofisti-
cada utilización de medios tecnológicos para transmitir
tan pobres mensajes, hace emerger un nuevo continente:
Internet, que termina por mostrar su soberana eficiencia
en todos los dominios del hombre, desde la cultura al co-
mercio, pasando por las finanzas y las comunicaciones y
la transmisión de “data” en general. La revolución gené-
tica, que ya se muestra ampliamente gobernada por los
lobbies inconfesables de la biotecnología, queda sometida
a las leyes del mercado antes que a la bioética.
Si a las promesas de la modernidad tardía de un mun-
do mejor, más justo, libre de dictaduras, de otros some-
timientos y holocaustos que sacudieron la primera mitad
del siglo XX, las confrontamos con la dura realidad que
heredamos de estas tres revoluciones (¿progreso?) pode-
mos comprender la desorientación del aparato de reflexión
de la humanidad (la intelectualidad), que aparece frag-
mentado en el pensamiento. Nos preguntamos si quien se
ocupa de bioética comprende qué es la globalización, y si
los expertos en esta nueva disciplina, a su vez, compren-
den los terribles alcances de la revolución numérica, sin
descuidar, entre sus temas de reflexión, las consecuencias
de los avances en el diseño del mapa genético humano.
Mucho más difícil parecería imaginar a los científicos nu-
méricos y expertos en comunicaciones ocuparse de los pro-
cesos económicos globales y de la primacía de los merca-
dos por sobre cualquier consideración política o ética.
Parecería que recién comenzamos a comprender que
los problemas principales, los peligros más inmediatos,
no son forzosamente los que están ligados a tal o cual aspec -
to de las revoluciones citadas sino a la interacción de las
tres, a las influencias mutuas, interferencia incontrolada
de una sobre la otra, aceleración intempestiva que potencia
el valor de las restantes. No es el avance científico lo que

48
asusta respecto de la biotecnología y la genética, sino si
va a ser el mercado quien va a dominar la revolución del ge-
noma humano, más allá de toda voluntad política que ne-
cesariamente debe apoyarse sobre una ética (en tanto los
mercados sólo se apoyan en su propia lógica). La violen-
cia de estos cambios nos condena, lo queramos o no, a
abordar la realidad desde un enfoque interdisciplinario:
esas tres mutaciones requieren de un pensa miento conjunto
y coordinado, abarcativo y global, sistémico, sin el cual
el proyecto de la tecnociencia creará sus propias formas
de dominación, frente a un paradigma democrático que
se muestra impotente y obsoleto. De no ser así, nos espe-
rará un nuevo colonialismo esclavista, eugénico y nihilis-
ta, bajo el manto de un nuevo look maquillado por la fa-
talidad, que no dejará resquicios para el pensamiento lú-
cido, comprometido y, llegado el caso, combativo.
En este marco, sin guías ni líderes, con la democracia
devaluada y la solidaridad olvidada en el cajón de los re-
cuerdos, el espíritu de abnegación se ha vuelto irrisorio, al
reforzarse la pasión del ego, del bienestar y de la salud. En
la actualidad el corazón se combina con la complacencia
de la frivolidad, los valores con el interés, la bondad con la
participación acotada, la preocupación por el futuro con
las aspiraciones del presente: “sea cual fuere el estado de
gracia de la ética, la cultura del sacrificio ha muerto, al tiem-
po que hemos cesado de reconocernos en la obligación de
vivir por otra cosa que no sea nosotros mismos”.28
En todo caso, quizá convenga recordar a Martin Bubber:
“Únicamente cuando el individuo reconozca al otro en toda
su alteridad como se reconoce a sí mismo, y marche desde
ese reconocimiento a penetrar en el otro, habrá quebranta-
do su soledad en un encuentro riguroso y transformador”.29
28 G. Lipovetsky, 1993, op. cit.
29 Martin Bubber, ¿Qué es el hombre?, Breviarios-Fondo de Cultura
Económica, México D.F., 1985.

49
50
Sociedad de la incertidumbre

Advertimos que nos encontramos en un período


de bifurcación al que no se aplica el concepto de
la ley clásica de la naturaleza
Ilya Prigogine

En nuestro tiempo posmoderno han caído todos los deter-


minismos (ideológico, económico, tecnológico), presentán-
dose un escenario donde parece haber más riesgos que cer-
tidumbres. Como siempre, nos enfrentamos a un “jardín de
los senderos que se bifurcan” (metáfora borgiana del labe-
rinto de la vida), red multidireccional donde se nos ofre-
cen infinitos caminos posibles e imposibles al mismo tiem-
po: una vez que se ha emprendido uno, las otras posibili-
dades se vuelven intransitables, debido a la irreversibilidad
del tiempo. Se hace presente como nunca la dualidad en-
tre el caos (las bifurcaciones) y el orden (el determinismo).
Pero esta vez no estamos auxiliados por una guía de valo-
res, en tanto el saber se vuelve genérico, práctico y difuso.
El lingüista italiano Raffaele Simone manifiesta que en
la actualidad asistimos a la tercera fase en la historia del
modo en que se forman los conocimientos: la primera co-
incide con el invento de la escritura, que permitió fijar con
signos las informaciones en un soporte estable; la segunda
comienza con la invención de la imprenta, que posibilitó a
una gran cantidad de personas el acceso a los textos. Nues-
tra tercera fase ha comenzado hace unos 20 años con la
revolución de los medios de comunicación: nuestro acceso

[51] 51
al saber (entendido como conocimiento de todo tipo) pro-
viene de diferentes fuentes, muchas de ellas audiovisuales
y de soporte electrónico.30
Simone señala que es evidente que el medio que utili-
za un mensaje influye decisivamente en la naturaleza mis-
ma del mensaje: por ejemplo, la escritura nos permite ma-
nifestar un saber más articulado y de mayor complejidad,
quizá porque activa una forma específica de funciona-
miento de la inteligencia. Los tipos de conocimiento que
son comunes en la actualidad son menos articulados, me-
nos sutiles y, es más, hasta pueden prescindir de su apo-
yo en formulaciones verbales. No se puede inferir, como
lo hacen algunos hipercríticos de la posmodernidad, que
en el paso del siglo XX al siglo XXI se haya producido una
degradación cualitativa del conocimiento, sino que quizá
sólo haya cambiado su naturaleza. En tanto han ido cam-
biando los instrumentos materiales de transmisión de co-
nocimiento (la pluma, la imprenta, la computadora y los
medios audiovisuales), para la mente humana se ha tra-
tado de un paso de la oralidad a la escritura y, en la ac-
tualidad, se ha transitado de la escritura a la visión y la
escucha coordinadas. Esto produce significativos cambios
en el trabajo que la mente ejerce sobre las informaciones,
en cuanto al modo que las recibe y elabora: se activan nue-
vos mecanismos y puede que otros pasen a reposo.
Ahora bien, lo que realmente es significativo es el cam-
bio cualitativo de conocimiento que esta transición está
produciendo: con la proliferación del chat (charla corta vía
Internet, con su simbología propia como los emoticons o
íconos de emociones31) y del “habla celular” (conversación
particular que se utiliza cuando se habla por teléfono ce-
lular), “si bien sus propiedades estructurales todavía no
30 Raffaele Simone, La tercera fase, Taurus, Madrid, 2001.
31 Estos iconos y que aproximan lo escrito a lo hablado e incorporan
hasta la gestualidad.

52
han sido descritas, pero no nos alejaremos mucho de la
verdad si decimos que deben ser parecidas a aquellas del
lenguaje de los jóvenes: genérico, carente de referentes pre-
cisos, anclada en la nada; y a pesar de todo, imponente,
creciente, desbordante”.32
Por otro lado, es de destacar que la complejidad de la
vida moderna ha hecho que el conocimiento necesario
para el discurrir cotidiano se haya incrementado enorme-
mente. Bastará pensar qué cantidad de software es nece-
sario dominar para manejar los aparatos domésticos, co-
menzando por la simple videocasetera. Esta complejidad,
que es fácilmente aprendida por las nuevas generaciones
y que provocan la desazón en los más viejos, implica un
gran cambio cultural. El saber práctico que antes poseían
las viejas generaciones hoy es dominio de los jóvenes, e
incluso de los niños: los “viejos” quedan inexorablemente
aislados en su mundo cognoscitivo, en tanto las genera-
ciones “educadas” en los salones de los videojuegos pare-
cerían ser los dueños de la era “tecnotrónica”.
Si seguimos a Bacon (El Avance del Saber) en lo que a
las funciones intelectuales corresponde, y en relación a la
custodia del conocimiento, podremos notar ciertas diferen-
cias que hacen de nuestro tiempo una época nueva: “el
cometido del hombre es descubrir aquello que se busca o
propone, o juzgar aquello que se descubre, o retener aque-
llo que se juzga, o comunicar aquello que se retiene”.33 No
podemos dejar de sentir cierta decepción con nuestra épo-
ca si comparamos estas cuatro funciones con los conoci-
mientos aproximativos y genéricos que nos propone la
nueva tecnología de medios audiovisuales. Simone mani-
fiesta que “de una buena parte de conocimientos sólo te-
nemos el récord, una especie de ficha mental que contiene
el nombre de la información y alguna nota genérica sobre
32 R. Simone, op. cit.
33 Citado por R. Simone, op. cit.

53
ella,...y poseer el récord de un determinado conocimiento
no equivale en absoluto a disponer completamente de él”.
¿Será que el homo videns que estamos incubando, entre
la multiplicación de páginas de Internet y horas frente al
televisor, reemplazará al homo leggens con su cultura di-
fusa?34 En todo caso el fenómeno es demasiado actual para
aventurar conclusiones. De lo que sí podemos estar segu-
ros es de que las jóvenes generaciones están más entrena-
das en su “inteligencia simultánea” (acostumbrados a los
códigos iconográficos, y donde se tratan al mismo tiempo
diferentes informaciones; lo audiovisual no suele presen-
tar una arquitectura temporal organizada, posee un len-
guaje genérico y da referencia vagas, ya que es no propo-
sicional), en tanto los que aún conservan una cultura de
la escritura poseen más una “inteligencia secuencial” (el
lenguaje alfabético —que es proposicional, analítico, es-
tructurado y referencial— requiere una cierta sucesión que
ordene la información).35 Queda claro que el esfuerzo de
comprender no se puede comparar con la vivencia del mi-
rar. Pero incluso esto también es aplicable a determina-
dos textos de gran éxito en nuestros días: el best-seller de
la New Age de Paulo Coelho apela con sus textos a la in-
teligencia simultánea, a esa “convivialidad” fácil, agrada-
ble, con mensajes tan vagos en los que cualquiera puede
reconocerse y hacer un oráculo de ellos. Simone cita el si-
guiente párrafo:
34 Giovanni Sartori, en su texto Homo videns (Taurus, 1998) manifiesta
que al aumento de consumo de televisión hay que atribuir un
empobrecimiento de la capacidad de entender debido a que, a diferencia
de la palabra escrita, la TV produce imágenes y anula conceptos, y de
este modo tiende a atrofiar la capacidad de abstracción y con ella
nuestra capacidad de entender.
35 Será importante recordar esta tendencia que privilegia lo simultáneo
(como en el arte, se requiere utilizar la inteligencia simultánea frente a
un cuadro, al menos en una primera aproximación) cuando se analice
el paradigma estético que impone la posmodernidad.

54
El guerrero de la luz tiene la espada en sus manos... Hay mo-
mentos en la vida que lo conduce hacia una crisis: se ve for-
zado a separarse de cosas que siempre amó. Entonces el gue-
rrero reflexiona. Analiza si está cumpliendo la voluntad de
Dios o si actúa por egoísmo, y en el caso de que la separa-
ción esté realmente en su camino, la acepta sin protestar.36

Coelho habla como los jóvenes posmodernos: de for-


ma elemental, banal en cuanto al léxico, que es siempre
genérico (vacío de referencias) visto que se dirige a un pú-
blico individualista y autocomplaciente.
Pero Francis Fukuyama nos reconforta, desde su “gran
ruptura”,37 al anunciar la reversión de las consecuencias no
deseadas, efectos colaterales (collateral damages, diría George
W. Bush), de las tendencias negativas de la globalización y
del triunfo del mercado por sobre cualquier consideración
política. Según manifiesta, han disminuido los delitos con
el auge de la nueva sociedad civil (confundiendo, quizá, el
aumento de la represión policíaca y la aparición de la doc-
trina de la tolerancia cero con el accionar de las ONG).
Testimonia que el auge de organizaciones cívicas que, por
ejemplo, en los Estados Unidos se han multiplicado en el
último decenio, nos lleva a la reconstrucción de la gran rup-
tura que habría tenido lugar con el tránsito de la sociedad
industrial a la posindustrial en los países desarrollados.
Acepta (¿cómo negarlo?) que el deterioro de los valores de
los últimos años ha tenido consecuencias nefastas, y cita la
tasa de divorcios, en los EE.UU., que creció de menos del 3
por mil en 1950 a más de 5 en 1980; los hijos de padres no
casados pasaron de 5 a 31% entre 1940 y 1993; en tanto
más de un 70% de los ciudadanos norteamericanos confía
poco o nada en su gobierno (fines de la década del 90). El
correlato de estas cifras es que el crimen ha pasado de en-
36 P. Coelho, Manual del guerrero de la luz, Planeta, Barcelona, 2000.
37 F. Fukuyama, La gran ruptura, Atlántida, Buenos Aires, 1999.

55
tre 100 y 200 episodios violentos por cada 100 000 habi-
tantes a más de 700 en sólo 30 años. Dado que la mayoría
de estas circunstancias son irreversibles, según el nipo-nor-
teamericano, la reconstrucción en curso no puede signifi-
car una vuelta a los viejos valores, sino el surgimiento de
nuevos patrones morales. Incluso si se ve un renovado auge
religioso (en los EE.UU., por supuesto, que es desde donde
Fukuyama mira el mundo, por CNN) afirma que no es con-
secuencia de un auténtico renacer de la fe en Dios sino de
un intento, muy válido por cierto, por rescatar la vida so-
cial a través de los ritos comunitarios (lo que, desde luego,
no amenaza en absoluto la supremacía de los mercados
como sí lo harían partidos políticos contestatarios, lo que
deja muy tranquilo a Fukuyama). Nuestro héroe aplaude
la política de tolerancia cero con respecto al delito, ya que
ha sido ella la que estimuló el regreso de las familias de clase
media (la “gente decente”) a los centros urbanos de donde
huyeron espantados por la marginalidad. Se ruega al lec-
tor disculpar la ironía con que hemos venido tratando las
ideas fukuyamistas, pero es que a este “pensador” no se le
ocurre mejor cosa que la brutalidad policíaca para acabar
con el crimen de los expulsados del sistema. Y todavía tie-
ne otras muy buenas ideas para acabar con el humanismo
que con tanto esfuerzo impuso la modernidad, y que tan-
tas vidas costó.
El viejo orden se ha roto y un nuevo orden social esta-
ría cobrando forma entre nosotros, basado en la represión
y el nuevo sometimiento del trabajador disfrazado de com-
promiso corporativo. Un mundo soñado por los cultores de
la libertad a ultranza de los mercados, donde los valores
morales de la sociedad son funcionales al mercado y el con-
sumo, adaptados a la organización económica posindustrial
¿No sería mejor ampliar fábricas que penitenciarías; centros
de reentrenamiento que incrementar el presupuesto de la

56
represión? ¡Claro que no! Si lo que es admirable para él es
la promoción de las “culturas corporativas”, donde los tra-
bajadores frente al terror de perder sus empleos (y con ello
el respeto de los hijos, de los amigos y el repudio del cónyu-
ge; la pérdida de sí mismo) se identifican más que nunca
con los intereses de la empresa, dueña y señora de su vida.
Nuevos vínculos de lealtad, que Fukuyama confunde con
afinidad e incluso con afecto, que surgen de lo más animal
del ser humano: el instinto de supervivencia.
Fukuyama habla de “valores funcionales” (funcionales
al neoliberalismo, no ya a la humanidad, para lo cual la
palabra valores no necesita ninguna calificación comple-
mentaria). Como comenta Pablo Gamba, desde un edito-
rial de la revista electrónica Cyberanalítica: los fundamen-
talistas del futuro no llegarán blandiendo una Biblia en una
mano y un revólver en la otra, ni cimitarras bajo el símbo-
lo de la media luna, sino con una sonrisa, elegantemente
vestidos y con una insignia empresarial en la solapa.38
La proliferación de post, neo, anti, hiper y otros prefi-
jos reciclados refleja la dificultad para identificar y com-
prender al mundo y los fenómenos contemporáneos, ade-
más de expresar, sin lugar a dudas, la nostalgia que pro-
duce la pérdida de lo conocido y la crisis de identidad
emergente. Más relevante aún, la confusión de valores está
llevando hoy a su disolución: verdadero/falso, normal/
anormal, e incluso bello/feo, son parejas de oposición
sobre las que reposa la arquitectura del razonamiento, que
son relativizadas por el pensamiento posmoderno. Por ello,
a lo que quizá estamos asistiendo es a la nihilización
del pensamiento, al haberse socavado los fundamentos
sobre los cuales se edifica la socialización. Creemos que una
38 P. Gamba, artículo “La reconstrucción moral según Francis Fukuyama”,
en sitio www.analitica.com/cyberanalitica/neroli; ver tambien reportaje
en sitio www.gurusonline.tv/es/conteudos/fukuyama.asp

57
sociedad puede adoptar las opciones culturales de su elec-
ción, pero no puede descalificar las categorías lógicas sin
caer en anomia social, que es también consecuencia del
autismo individualista-hedonista, del que nos hemos ocu-
pado en los apartados anteriores.

58
Medios, consumismo y política

Así como la sociedad del Medioevo se balanceaba


entre Dios y el Diablo, nuestra sociedad pendula
entre el consumismo y su denuncia.
Jean Baudrillard

Los teóricos de la posmodernidad no sólo afirman que ha


cambiado la naturaleza misma de la sociedad sino que
cuestionan la comprensión dominante que se tiene de la
realidad: gracias a su ubicuidad, los medios de comuni-
cación construyen la realidad. Realidad electrónica, inun-
dada de imágenes y símbolos, que provoca el desvaneci-
miento de cualquier realidad objetiva que se esconda de-
trás de ellos. Nuestro mundo se está convirtiendo en un
conglomerado de simulaciones que genera modelos
virtuales sin orígenes en la realidad.39 En este mundo de
simulación se dificulta la diferenciación de lo imaginario
de lo real, lo verdadero de lo falso. Y esta hiperrealidad se
ha convertido en el entorno cotidiano de gran parte de la
humanidad. López Arellano, en un artículo sobre “Rela-
tivismo y Posmodernidad”, cita a Umberto Eco:40 “la ima-
ginación americana exige cosas reales y para lograrlo fa-
brica simulacros”; la extraordinaria ilusión de realismo que
ha sido recreado, a partir de un extravagante bricolaje de
39 J. Baudrillard, 1990, op. cit.
40 José López Arellano –Universidad de Sherbrook, Québec–, artículo
“Relativismo y posmodernidad” en revista electrónica “Ciencia, ergo
sum” (http://ergosum.uaemex.mx), México, marzo 2000.

[59] 59
estilos y objetos provenientes de todas partes del mundo
y de diferentes épocas históricas, provoca una fusión de
la copia con la realidad y, de hecho, la copia resulta más
convincente que el modelo original. En efecto, la meca de
la hiperrrealidad es los Estados Unidos, con Las Vegas (es-
pejismo en el desierto), Hollywood (mundo onírico y de
la fascinación producido por la industria del cine) y los
“parques temáticos” de Orlando (paraísos artificiales del
deseo para todas las edades).
Muestra acabada del avance posmoderno en los me-
dios de comunicación son la proliferación de los reality
shows (o muestra pública de la realidad tal cual ella suce-
de, y en tiempo real): trozos de vidas anónimas, que no
son actores sino gente común, que hace honor a la frag-
mentación tan cara a las tendencias estéticas actuales; sin
motivo ni argumento se juntan personas dispares (claro
que jóvenes) y se observa cómo interactúan, lo que per-
mite la catarsis del televidente que prefiere quedarse ante
la pantalla que “salir” a la vida e interactuar con el otro,
lo que conlleva sus riesgos (el espectador descarga emo-
ciones desde su posición de observador no participante);
pero, además, el televidente se siente reflejado en los par-
ticipantes de tan particular show y, como son sus pares
(podrían ser sus vecinos), se siente importante porque él
también podría estar frente a las cámaras. Y todo esto sin
asumir responsabilidad alguna, y logrando justificar su
moral blanda, que es la misma que aparece en las panta-
llas (el que ayer traicionó a quien manifestó ser su mejor
amigo, hoy condena gesticulando ampulosamente por la
inconducta superficial de otro participante). Actores de sí
mismos, es absolutamente indiferente lo que hagan o lo
que digan.
Jean Baudrillard comenta sobre Big Brother (el con-
cepto de este programa pionero en los reality shows se ha
vendido en todo el mundo y se pone en escena con actores

60
locales; en Francia, por ejemplo, se llama Loft Story): “lo que
la gente desea profundamente es un espectáculo de bana-
lidad. En medio de tantas cosas que contar, de tanta vio-
lencia que relatar, los medios han descubierto la vida coti-
diana. La gente está fascinada y horrorizada al mismo tiem-
po con la indiferencia del ‘rien à faire’ (o en el caso argen-
tino, de la muletilla ‘boludo’, y en el mexicano de ‘guey’);
el público movilizado como juez se ha vuelto ‘Big Brother’”.
En efecto, la teleaudiencia cree tener el control y el poder y
“con su voto afirma ‘así somos’ o ‘así no somos’”. El pen-
sador francés cierra su comentario: “Nuestra época se ha
vuelto experimental; la cultura occidental vive un tiempo
en que tiene que simularlo todo”.41
Respecto de la nueva y creciente función social de los
medios de comunicación masivos y la intelectualidad, Bea-
triz Sarlo comenta que
la soberbia “massmediática” no es sino el corolario de algo
que, en primer lugar, fue explicado por los intelectuales tra-
dicionales a los actores audiovisuales. Se habla menos de
un proceso igual o más impactante: la reorganización del
mundo de las ideas a partir de la transferencia de funcio-
nes típicamente intelectuales (y políticas) a la industria
comunicacional: creo que este es el rasgo más notable de la
vuelta del siglo. Hace 100 años los intelectuales competían
entre sí, dentro y fuera de los medios escritos; pero en las
últimas décadas los intelectuales establecen sus ideas en un
espacio donde éstas no son las únicas, ni siquiera las más
prestigiosas. Por el contrario, un repertorio de figuraciones
sobre lo social-cultural reclama su autonomía de los inte-
lectuales tradicionales (de origen académico, del campo ar-
tístico o de la esfera política), aunque se alimente con es-
quemas producidos por ellos.42

41 J. Baudrillard, artículo “Dust breeding”, publicado en sitio http://


www.Ctheory.net.
42 B. Sarlo, 2002, art. cit.

61
Para analizar la nueva intelectualidad (seguimos a
Gianni Vattimo en estos párrafos), se tienen que tomar en
cuenta ciertas variables, como el resurgimiento del nihi-
lismo que reabre el diálogo filosofía-religión; el hecho de
que el pluralismo filosófico, si se toma en serio su teoría
de la interpretación, se tope nuevamente con la tradición
judeo-cristiana. Cuando el mundo se hace fábula porque
la realidad se revela como un juego de interpretaciones,
la metafísica se refuta a sí misma al no poder sostenerse,
se renueva el nihilismo y revalora la experiencia estética,
se provoca una tregua entre filosofía, ciencia y religión (se
redefinen como diversos juegos del lenguaje, donde cada
uno posee su legitimidad en tanto respete ciertos límites).
En la posmodernidad se prescinde de la concepción de
que hay un lenguaje verdadero, todos tienen su validez
(todas las verdades son interpretaciones). Derrida nos en-
seña que se ha destruido la frontera entre metáfora y sig-
nificado propio, no hay prueba de correspondencia entre
lenguaje y verdad. Si escuchamos los signos de los tiem-
pos (que en este caso se manifiestan en desprestigio de los
grandes relatos de la modernidad, pluralidad cultural, di-
versidad, primacía de lo estético) con la caída del positi-
vismo y del historicismo desaparecen las razones de ser
ateo, al tiempo que surge una renovada autoridad de las
religiones. Pero Vattimo afirma que, de todos modos, no
se podría ir más allá de decir que “creemos que creemos”,
lo que corresponde a una experiencia estética. La filoso-
fía de occidente tiene que reconocer la influencia religio-
sa judeo-cristiana, afirma el profesor de la Universidad de
Turín, porque la historia del ser es la misma historia de
salvación de la que habla la Biblia. La secularización del
siglo XXI no es sólo la disolución de lo sagrado, sino que
es un aspecto esencial de la historia de la salvación, tal y
como lo percibieron los filósofos modernos: la Biblia ha-
bla del ser como evento y de Dios como alguien que aban-

62
dona su propia trascendencia al crear el mundo y, luego,
al enviar a Cristo. En nuestros tiempos, la filosofía debe-
ría repensarse, entonces, sobre sus orígenes religiosos, al
tiempo que debe influir en la ciencia alertando que sus des-
cubrimientos son históricos, por lo que mañana pueden
ser refutados. Incluso la física (última teología mística de
nuestra época, según Vattimo) aunque es un poderoso
agente de explicación de la realidad, transpuesto cierto lí-
mite se vuelve mito.
Planteados estos “a priori”, se puede continuar afir-
mando que en nuestro tiempo, al haberse debilitado los
fundamentos (la misma idea de fundamento es contesta-
da), con un mundo vuelto metáfora, con la comunicación
invadiéndolo todo, el mercado convirtiendo todos los va-
lores de uso en valores de cambio, habiéndose desteñido
los conceptos de Estado-Nación e incluso de Humanidad,
no ha quedado un lugar axiológicamente neutro para ha-
cer teoría. En la modernidad, ser intelectual es pensar lo
universal, desde la concepción a la que se adhiere; insta-
larse conceptualmente en el mundo ideal para luego ba-
jar al mundo real, con una metodología y un objetivo.
¿Desde dónde pensar la posmodernidad? Si es que real-
mente ésta existe…
Repensar la intelectualidad es redefinir la noción mis-
ma de intelectual luego del debilitamiento de la democra-
cia tradicional por desbordamiento de los marcos
institucionales, en tanto se toma al mundo como horizonte
de referencia (globalización); con un individuo que no
puede ser concebido aisladamente sino desde sus compe-
tencias comunitarias, surgiendo a la luz la diversidad que
el afán homogeneizador no pudo tapar, que presenta un
múltiple universo de lealtades y opciones; con el consen-
so sospechado de dominación de minorías, una comuni-
cación socializada que presenta una incontenible variedad
de mensajes y mensajeros; el progreso, contestado y la his-

63
toria, revisada; el propio lenguaje perdiendo su legitimi-
dad tradicional. Si es hijo de su tiempo y de su cultura,
el intelectual contemporáneo será un interpretador reflexi-
vo de mensajes, en una posición deliberadamente débil
donde ninguna teoría tiene derecho de apropiación de fun-
damentos. El intelectual-interpretador (hermeneuta), se-
gún los lineamientos posmodernos, debería reconstruir los
fundamentos sin ceder a la tentación del relativismo, de-
jar de lado los monólogos coercitivos para afirmar la inter-
subjetividad, la diversidad y la verdad entendida como
apertura. Queda claro, pues, que no se puede partir de na-
cionalismos, ni de conservadurismos, ni neoliberalismos
para interpretar nuestra época.
Volviendo al tema de la comunicación masiva, es evi-
dente que las instituciones políticas en un sistema demo-
crático difícilmente pueden seguir el ritmo de los deseos
que impulsan los mass media. Sarlo advierte sobre “la sepa-
ración, en la forma de gobierno, de lo judicial y lo político,
la independencia de las burocracias administrativas que
ofrecen una resistencia a cambios que no observen cuida-
dosamente las reglas que ellas establecen, ponen de mal
humor a los medios, con menos razón que a quienes espe-
ran, a las puertas de la sociedad, sin lograr nada”. Y esa
impaciencia sin tiempo se inscribe en las formas nuevas
de sensibilidad: “en esta configuración la definición de ob-
jeto es irrelevante, mientras que el acto lo es todo (por
ejemplo, el acto puro de compra, que los norteamericanos
llaman ‘shopping spree’, el tipo de ideal de adquisición
que no vale por el objeto sino por el gesto). La otra impa-
ciencia, que tiene sus raíces en la desigualdad social y no
en el deseo, invierte la fórmula de los Sex Pistols ‘I don´t
know what I want but I know how I’d get it’ por ‘sé lo
que quiero pero no sé cómo conseguirlo’”.43 Tanto desde
43 B. Sarlo, 2002, art. cit.

64
un punto de vista social como desde la cultura, vivimos
en sociedades donde el transcurso del tiempo retrocede
frente a la primacía del ahora. Por nuestra parte conside-
ramos más apropiado el lema “no sé lo que quiero pero
lo quiero ya”, que podría resumir mejor nuestro tiempo
de ansiedades.
El consumismo generalizado es indispensable para sos-
tener la actual etapa del capitalismo tardío. La lógica del
neoliberalismo remite a sí mismo, es autorreferencial como
el posmodernismo en todas sus partes constitutivas. Este
hecho (no tener una legitimidad fuera de sí mismo) pone
de manifiesto el peligro de que se termine minando la li-
bertad, la justicia y la equidad en toda la sociedad (si no
existen libertad, justicia y/o equidad en una parte de la
sociedad, es toda la sociedad democrática y liberal que
queda afectada) por asegurar la realización de la libertad
individual en la esfera económica (comercial, mejor dicho):
quizá, la anarquía del mercado termine justificando para
algunos la necesidad de un Estado autoritario; y esto es
lo que asusta.
El shopping center, símbolo de la sociedad posmoderna,
de su homogeneización cultural, constituye la meca del
consumismo. Este espacio urbano reemplaza a lo que an-
tes en las ciudades se conocía como el “centro”: lugar de
compras, de entretenimiento, de encuentros e incluso de
trámites. Esta uniformidad de espacio sin cualidades (como
en los casinos de Las Vegas, al no haber aperturas visibles
hacia el exterior, el tiempo parece no pasar) pretende sa-
car de la realidad (“de la calle”) al habitante urbano, re-
creándole un espacio artificial que no guarda ningún dato
de la ciudad en donde se halla inserto. Es un paraíso prote-
gido por vigilantes y cáma ras de seguridad (al modo de las
prisiones “panópticas” de Foucault) y donde es posible
realizar todas las actividades cotidianas urbanas, a través

65
de un pretendido libre recorrido multidireccional que, en
verdad, sigue una estudiada estrategia de marketing.
Beatriz Sarlo hace una descripción acabada de esta
cápsula espacial acondicionada por la estética del merca-
do. El shopping center
es un simulacro de ciudad de servicios en miniatura, donde
todos los extremos de lo urbano han sido liquidados: la in-
temperie, que los pasajes y las arcadas del siglo XIX sólo in-
terrumpían sin anular; los ruidos que no respondían a una
programación unificada; el claroscuro, que es producto de
la colisión de luces diferentes, opuestas, que disputan, se re-
fuerzan o, simplemente, se ignoran unas a otras; la gran es-
cala producida por los edificios de varios pisos, las dobles y
triples elevaciones de los cines y teatros, las superficies vi-
driadas, tres, cuatro, cinco veces más grandes que el más
amplio de los negocios; los monumentos conocidos, que por
su permanencia, su belleza o su fealdad, eran los signos más
poderosos del texto urbano; la proliferación de escritos de
dimensiones gigantescas, arriba de los edificios, recorrien-
do decenas de metros en sus fachadas, sobre las marquesi-
nas, en grandes letras pegadas sobre los vidrios de decenas
de puertas vaivén, en chapas relucientes, escudos, carteles
pintados sobre el dintel de portales, pancartas, afiches, le-
treros espontáneos, anuncios impresos, señalizaciones de
tránsito. Estos rasgos, producidos a veces por el azar y otras
por el diseño, son la marca de una identidad urbana.44

Como el shopping es autorreferencial, cuando ocupa un


edificio histórico o con ciertas características de estilo que
es reciclado, sólo incorpora esas formas como decoración
pero no como referencia arquitectónica, ya que como es-
pacio nuevo no debe rendir tributo alguno a la tradición.
Si el ciudadano se ha vuelto el consumidor, entonces los
shopping centers son el “ágora” del nuevo civismo globa-
44 B. Sarlo, Escenas de la vida posmoderna, op. cit.

66
lizado; las referencias que presenta son universales, las mis-
mas marcas comerciales, idénticos logotipos, la misma co-
mida y una única lógica de circulación y consumo en un
espacio extraterritorial que atrae a jóvenes y viejos, fami-
lias acomodadas y pobres: “espacio de estética adolescente
que a todos fascina y no excluye a nadie” (Sarlo 2002).
A menos que logre reestablecer una vinculación con el mun-
do y la sociedad que se funde sobre la reciprocidad y la ple-
na expansión de su propio yo, el hombre contemporáneo
está llamado a refugiarse en alguna forma de evasión de la
libertad.45

45 Gino Germani prologaba así en los 60 su traducción castellana del


clásico de Erich Fromm: Miedo a la libertad, Paidós, Madrid, 1987.

67
68
Confusión de valores
en el siglo XXI

El Medio es el Mensaje
Marshall McLuhan

Una característica distintiva de la “derrota” de la moder-


nidad se da en la pérdida de la pertinencia de la oposi-
ción que estructura las parejas bipolares (pares opuestos
que todas las sociedades en todos los tiempos han vivido
de modo referencial). Este es el hecho nuevo, que marca
un cambio radical en la historia del ethos: la negativa de
esa pertinencia lógica. Se tiende hacia la indiferen-ciación
de dos elementos antagónicos que constituyen original-
mente el par portador de sentido: bien/mal; bello/feo; ver-
dadero/falso; normal/anormal. 46 Es en este caldo de cul-
tivo, sociedad de la incertidumbre, donde se desarrolla el
modelo narcisista posmoderno ya descripto.
La primera de las confusiones que es necesario anali-
zar es la del polo bien/mal. En este sentido cabría, al me-
nos, identificar tres aspectos, como sigue:

• La conciencia laboral, o profesional, ha sido profunda-


mente descalificada a partir “de la desvalorización del
trabajo frente al oportunismo y la especulación finan-

46 Jean Poirier, artículo “La machine à civiliser”, en Histoire de mœurs


volume III, La Pléiade- Gallimard, Paris, 1991.

[69] 69
ciera. El discurso neoliberal presenta una definición es-
trecha y abstracta de la eficiencia, tendiente a identifi-
carla con la rentabilidad financiera”;47
• La conciencia cívica también ha entrado en pérdida: por
una parte la dedicación al bien público y el desarrollo de
la idea democrática está en declive y, por otra, la absten-
ción al momento de cumplir con el deber electoral, la
confusión entre los intereses públicos y los personales, y
el hecho de que los ciudadanos consideren que tienen
más derechos que deberes, ha llevado a desentenderse
de la política. En efecto, el ciudadano ya no cree en el
Estado, en la medida en que los conceptos de nación y
patria se debilitaron en beneficio de entidades mayores
(conciencia europea, solidaridad en el tercer mundo, iden-
tidades religiosas) o más específicas, cuasi tribales (senti-
miento de pertenencia a instituciones más cercanas, iden-
tidades étnicas), o aun del individualismo hedonista más
acérrimo. Quizá, los dos primeros fenómenos, que se con-
traponen, expresen movimientos de reequilibrio. Pero lo
que es seguro es que el tercero (individualismo) alimenta
las usinas de la descomposición social;
• La conciencia moral, por su parte, ha sufrido daños si-
milares. Es el principio mismo de la moral que es con-
testado, considerado de algún modo arcaico. Decaden-
cia de valores filosóficos y éticos, así como la progre-
sión de estéticas del absurdo, testimonian este hecho.
Las nuevas ideologías individualistas y libertarias no
reconocen ninguna censura al derecho de apertura to-
tal y de disfrute del ser. Esto coincide con la dislocación
de las estructuras de recepción y contención social de
la persona, y han sido determinantes en la generaliza-
ción de cierta amoralidad contemporánea, caracteriza-
da por el desentendimiento del otro, o de lo social.
47 F. A. Gardella, 2001

70
La deriva en la que está la conciencia laboral, cívica,
moral, es un corolario de la disolución progresiva de las
señales orientadoras tradicionales vigentes luego de tanto
tiempo: trabajo, nación, ética. La doble posibilidad que
permitiría a la vez un anclaje del ser en su medio ambiente
y un dispositivo de reequilibrio automático en caso de ne-
cesidad está ahora comprometido, es un handicap que debe
superar la persona, ya debilitada por los traumatismos del
cambio, para llegar a asumir plenamente las vicisitudes del
mundo contemporáneo.
En occidente, la propensión a la inversión de modelos
tiene visos grotescos. Los ideales iluministas, que prometían
“humanizar al hombre” a través de la cultura están sien-
do contestados. Se contradice al Voltaire que predijo que
en la medida de que declinen las creencias religiosas se di-
siparían los odios. La realidad virtual, menos compromete-
dora, se impone por sobre lo real propiamente dicho: ¿será
posible que una lágrima de ficción en el cine llegue a ser
más vívida que un grito en la calle? 48 Línea vital quebrada
y discontinua, de los que creen, desatendiendo la sabidu-
ría de Heráclito de Éfeso, que se pueden “bañar en el mis-
mo río”. Como si fuera posible retomar, sin discontinuar el
tiempo, el sendero dejado atrás: espejismo de movilidad bio-
gráfica que transforma a los adultos en jóvenes tardíos.
La complejidad de la división social del trabajo, los al-
tos índices de divorcio, el número creciente de familias
monoparentales y la tendencia al reciclaje laboral en una
economía que ha mostrado una extraordinaria expansión
en el sector de servicios, del trabajo temporal y de las nue-
vas formas de trabajo a domicilio, provocan ciertas con-
secuencias: se impone una amplia flexibilidad social,
emotiva y política. Surgen, aún incipientes, redes de co-
munidades capaces de inventar sus propias formas de vida
48 J. Poirier, op.cit.

71
y de expresión, frente al desprestigio de las ideologías y
de los sistemas sociales estructurados alrededor de los
“metarrelatos” (Dios, progreso, sexo, revolución, patria,
familia, etc.). Se trata de una tendencia a reemplazar los
tradicionales contratos en la vida familiar, sexual, laboral,
cultural, por compromisos más flexibles.
A esta altura del texto nos parece conveniente incor-
porar el concepto de “multitud”, según el filósofo italiano
Paolo Virno.49 Para los apologistas del poder soberano en
el siglo XVII, dice Virno, “multitud” es un término negati-
vo: la entrada del estado de naturaleza en la sociedad ci-
vil. Los ciudadanos, cuando se rebelan contra el Estado,
son “la multitud contra el pueblo”, dice Hobbes. Pero ese
destino negativo llega hoy a su fin porque la multitud no
es un fenómeno “natural” sino el resultado histórico de
transformaciones: los “muchos” irrumpen en escena cuan-
do se produce la crisis de la sociedad del trabajo y ya no
sirven las dicotomías público/privado y colectivo/indivi-
dual. Ocurriría que la multitud que se resiste a la obedien-
cia forma una multiplicidad sin unidad política, nunca lo-
gra el estatus de persona jurídica, es incapaz de hacer pro-
mesas, pactos, de adquirir o transferir derechos: se expre-
sa como conjunto de “minorías actuantes”, ninguna de las
cuales aspira a transformarse en mayoría. Por ello, la mul-
titud desarrolla un poder que se niega a transformar en
gobierno; lo que haría la multitud es obstruir los mecanis-
mos de la representación política.
El hecho decisivo para la mutación del pueblo en multitud
fue el fin de la fábrica fordista y su línea de montaje, y el
advenimiento del intelecto, la percepción, la comunicación
lingüística como principales recursos productivos. Decir que
49 Paolo Virno es profesor de la Universidad de Cosenza; fundó la revista
Luogo comune, de izquierda antiestatista; actualmente es un referente
de la “nueva izquierda” junto con Toni Negri y Michael Hardt.

72
el trabajo hoy se ha vuelto comunicativo significa decir que
éste absorbe capacidades genéricas del hombre que, hasta
hace poco, se desplegaban en el tiempo extralaboral. Gus-
tos estéticos, decisiones éticas, afectos, emociones convergen
hoy en el mundo del trabajo, y así se hace difícil distinguir
entre productor y ciudadano, público y privado. En esta in-
distinción se afirma la multitud.50

Virno considera que es la sociedad civil que se pone


por encima o más allá de “la política” y asume el poder
de decir no ante el Estado. Es “la nación” con sus símbo-
los, la bandera y el himno; quizá (sin todavía saberlo, sin
conciencia) es la primera protesta urbana antiglobaliza-
ción en Argentina; y hasta podría ser lo que Virno llama
“la multidud” y que existiría una línea que conecta la re-
vuelta argentina de fines del 2001 (bajo la consigna “que
se vayan todos”, dirigida a todos los políticos y dirigen-
tes) con las protestas de Seattle y Génova, en 1999 y 2001,
a través de un sentir antipolítico y antiestatal. El caso ar-
gentino compartiría con el movimiento antiglobalización
la irrupción de un nuevo sujeto político, la multitud, que
emerge con el modo de producción posfordista y se resis-
te a delegar poderes en el Estado: “A diferencia del pue-
blo la multitud es plural, rehúye de la unidad política, no
transfiere derechos al soberano; se resiste a la obediencia
y se inclina a formas de democracia no representativa”.
Un elemento central del nuevo modo de producción,
que se daría tanto en el Tercer Mundo como en los países
desarrollados, es la existencia de una desocupación cró-
nica que adiestra a una gran masa de trabajadores para
la flexibilidad, la disponibilidad que exige el sistema just-
in-time, según opina Virno. El verdadero adiestramiento
50 Artículo de Josefina Ludmer, “Argentina en la serie de Seattle-La
multitud entra en acción”, y entrevista de Flavia Costa “Entre la
desobediencia y el éxodo”, diario Clarín, Buenos Aires, 19/01/2002.

73
para la producción posfordista no se daría en la escuela,
sino cuando el potencial trabajador busca trabajo; se vol-
vería oportunista, adaptable, que son las aptitudes que le
requiere el nuevo modo de producción. Y sigue: “la debi-
lidad estructural de la democracia representativa es hoy
la tendencia fundamental hacia la restricción de la demo-
cracia. Oponerse a esta tendencia desde el valor de la re-
presentación es un gesto patético. Hoy democracia es la
construcción y experimentación de formas no representa-
tivas y extraparlamentarias: ligas, concejos, soviets que re-
ducen la estructura del Estado porque interfieren con sus
aparatos administrativos”. Paolo Virno no se refiere a una
forma de democracia simplificada (directa, de asambleas),
cuando dice “democracia no representativa”: “Pienso por
ejemplo en el Social Forum de ciudadanos post Génova,
que agrupa diversos colectivos e individuos que se orga-
nizan para pensar alternativas a problemas; pienso en el
laborioso camino de reapropiación y rearticulación por
parte de la multitud de los saberes y poderes hasta ahora
congelados en los aparatos administrativos del Estado”.
Por otra parte, continúa:
al decir “ambivalente” aludo a que los caracteres distinti-
vos de la multitud pueden manifestarse en modos opues-
tos: como servilismo o como libertad. La multitud tiene un
vínculo directo con la dimensión de lo posible: cada estado
de cosas es contingente, nadie tiene un destino —entendien-
do por destino el hecho de que, por ejemplo, ya nadie está
seguro de que hará el mismo trabajo de por vida—. Esta con-
tingencia es estructural en esta época y puede tener desa-
rrollos opuestos: puede propiciar el oportunismo, el cinis-
mo, el deseo de aprovechar la ocasión para prevalecer so-
bre los otros; o puede expresarse como conflicto e insubor-
dinación, defección y éxodo de la situación presente.

74
Virno incorpora, además, “la teoría del éxodo de la
multitud”, la que cambiaría la geometría de la hostilidad:
“El “amigo” no es meramente el que comparte el mismo
“enemigo”; está definido por las relaciones de solidaridad
que se establecen en la fuga. Lo que se defiende como va-
lor es la “amistad”, porque ya no interesa la conquista del
poder del Estado, sino salvaguardar las formas de vida y
las relaciones comunitarias. La acción de la multitud: un
poder solamente humano, un ateísmo político, y una duda
radical sobre el poder constituido”. No se está refiriendo
a un éxodo territorial sino más bien a la deserción en el
propio lugar: a la defección colectiva del vínculo estatal,
de ciertas formas de trabajo asalariado, del consumismo.
El italiano concluye que
el hombre ya no dispone de un ethos sustancial, o sea de
un repertorio de usos y costumbres repetitivos que lo
reaseguran y ordenan su praxis. Por eso ya no se siente en
su propia casa en ningún lado. Es un extranjero permanen-
te que carece de instintos especializados, en constante deso-
rientación y con un alto grado de incertidumbre. En cuanto
a la infancia, esa etapa de aprendizaje asume hoy un ca-
rácter crónico. La infancia, que ama la repetición (la misma
fábula, el mismo juego), se prolonga en la reproductibilidad
técnica de la obra de arte y de la experiencia toda. Y llega-
mos así a los “lugares comunes”. Cuando hoy usamos esta
expresión, entendemos una banalidad, un estereotipo. Pero
su significado originario es otro. Tanto el extranjero como
el niño, para orientarse y protegerse de los imprevistos cuen-
tan sólo con las estructuras generalísimas de la mente, es
decir, los “lugares comunes”. Los “lugares especiales”, so-
bre los que se articulaba la eticidad tradicional, hoy desapa-
recieron o devinieron simulacros vacíos.

Por otro lado, en su libro Il ricordo del presente, Virno


pone de manifiesto que la memoria pública del “moder-

75
nariato” es como un déjà vu, una experiencia donde pre-
valece la impresión de que el presente carece de dirección
y que el futuro está cerrado. La experiencia es la de una
detención de la historia porque el presente toma la forma
del recuerdo, la sensación de haberlo vivido, dice Virno. El
déjà vu ha cerrado una conciencia histórica y puede ser pen-
sado como el hecho histórico en el que se funda la idea de
un “fin de la historia”. Fenómeno contemporáneo del déjà
vu, patología pública que coincide, dice Virno, con la so-
ciedad del espectáculo, “porque el presente se duplica en
el espectáculo del presente”.51
Volvamos a los valores modernos y a la influencia de
la posmodernidad sobre ellos: bello/feo, son nociones tam-
bién alcanzadas por la descalificación de valores. Los
ready-made que Marcel Duchamp creó genialmente a co-
mienzos del siglo XX tienen sus homólogos en las actua-
les realizaciones musicales por computadora y las obras
de arte al azar, como la pintura aleatoria. Estos recursos
han desplazado la objetividad del seno de la estética en
beneficio único de la subjetividad, tratándose de modelos
sin leyes y sin justificativo de ruptura alguna, ¡ya produ-
cida por la vanguardia dadaísta hace 100 años! Arte dese-
chable, emergente de la búsqueda de una “igualdad” mal
entendida en tanto eliminación de diferencias que niega
la originalidad y la coherente pretensión del artista de
crear una obra única. El nuevo compromiso es con el mer-
cado, en prosecución del consumo de la obra, que es lo
que importa. Supuesta obra de arte que no espera mayor
consideración que la de cualquier bien de cambio.
Jean Poirier manifiesta que en las artes plásticas con-
temporáneas es imposible distinguir entre cuatro tipos de
producciones: cuadros o dibujos artísticos posmodernos de
51 P. Virno y M. Hardt, Radical thought in Italy, University of Minnesota
Press, Minnesota, 1996.

76
diferentes tendencias; pinturas o dibujos de pacientes
psicopáticos realizados en hospitales psiquiátricos como
parte de tratamientos eficaces de cura; pinturas y dibujos
de niños; dibujos o diseños obtenidos a partir del micros-
copio (cultivo de bacterias, interior de cristales, documen-
tación de trabajo en botánica, biología y geología).
Es todo el campo estético el que se encuentra trastor-
nado cuando la publicidad se transforma en arte, a par-
tir del artísticamente válido antecedente de las latas de
sopa Campbell’s de Andy Warhol. Obras del pop art que,
allá por los 50 y 60, pudieron anticiparnos en algo los tiem-
pos de éticas y estéticas blandas en que vivimos. Primacía
del arte decorativo por sobre el arte de anticipación: la van-
guardia ha entrado en default. En arquitectura, el moder-
no Le Corbusier siguió el precepto de Cézanne emergen-
te del paradigma platónico —formas puras en la natura-
leza—, en el sentido de que se puede componer la reali-
dad espacial con esferas, cubos y conos. En tanto el ar-
quitecto posmodernista plantea, atraído por lo caótico (lo
“fractal”, la discontinuidad) la irregularidad de formas
autoorganizadas que son parecidas pero no idénticas. Este
nuevo paradigma, cuyo antecesor sea quizá Gaudí, que-
da ejemplificado por el modelo estético que presenta el
Museo Guggenheim de Bilbao. Es difícil contestar el valor
que tiene el posmodernismo arquitectónico, no así la apli-
cación indiscriminada de su estética a otras disciplinas, en
particular en lo que hace a la ética y a la ciencia.
Vattimo habla de la muerte del arte, como idea pro-
fética de Hegel, en la sociedad industrial avanzada: el arte
habría dejado de existir como fenómeno específico, habien-
do sido suprimido y hegelianamente superado por una es-
tética general de la existencia. Ocurre que desde las van-
guardias de principios del siglo XX se practica la expan-
sión de la práctica estética en ámbitos no previstos por la

77
tradición (land-art, body-art, teatro callejero, etc.), del mis-
mo modo que surgen nuevas poéticas que se proponen a
sí mismas como instrumentos privilegiados de conocimien-
to de la realidad y que incluso intentan derribar estructu-
ras sociales e individuales. Se señala que la obra de arte
ya no busca ubicarse en un determinado ámbito de valo-
res sino, más bien, superar dichos límites al proponer, por
ejemplo, que el éxito de la obra dependerá de cuanto pue-
de ella poner en discusión su propia condición. “En todos
estos fenómenos que se hallan presentes de varias mane-
ras en la experiencia artística contemporánea, no se trata
sólo de autorreferencia que, en muchas estéticas, parece
constitutiva del arte, sino más bien, a mi juicio, de hechos
específicamente vinculados con la muerte del arte en el sen-
tido de una explosión de lo estético que se realiza también
en esas formas de autoironización de la propia operación
artística”, señala Vattimo.
El pensador italiano cita el ensayo de Benjamin de 1936
“La obra de arte en la época de su reproductibilidad téc-
nica”, en el cual se analiza por primera vez el impacto de
las técnicas de reproducción que permiten una generali-
zación de lo estético: con la posibilidad de reproducir las
obras de arte no sólo pierden su aureola las obras anti-
guas, sino que “nacen formas de arte en las que la repro-
ductividad es constitutiva, como la fotografía y el cinema-
tógrafo; las obras no sólo tienen un original sino que aquí
tiende sobre todo a borrarse la diferencia entre los produc-
tores y quienes disfrutan la obra, porque estas artes se re-
suelven en el uso técnico de máquinas y, por lo tanto,
elimi-nan todo discurso sobre el genio (que en el fondo es
la aureola que presenta el artista”...52 y lo aísla de la ex-
periencia de los otros). Esto representa el paso de la sig-
nificación utópica revolucionaria de la muerte del arte
52 G. Vattimo, Fin de la modernidad, Gedisa, Barcelona, 2000.

78
(profetizada por Hegel, vivida por Nietzsche y confirma-
da por Heidegger) a su significación tecnológica que se re-
suelve en una teoría de la cultura de masas. Al respecto,
los medios de comunicación masiva son fundamentales en
esta “masificación estética”, los que no sólo distribuyen en-
tretenimiento e información, sino también cultura y una
estética. Al decir de Vattimo, se trata de un criterio gene-
ral de belleza que ha adquirido en la vida cotidiana del
individuo un peso enorme respecto de cualquier otra épo-
ca del pasado, en tanto esos medios de comunicación pro-
ducen públicamente un consenso en cuanto al gusto y sen-
tir de la sociedad. Yendo un poco más allá, conviene de-
cir que además los artistas han respondido a esta “muer-
te débil” del arte en manos de los mass media con una ac-
titud en el mismo sentido: el elevamiento de lo kitsch a una
estética de superación (“suicidio de protesta” lo llama el
italiano): ¿superación de la estetización de bajo nivel pro-
puesta por los medios; o confirmación de la misma? Por
lo que difícilmente se puede encontrar hoy en el arte obras
ejemplares del genio como manifestación sensible de la ver-
dad, o su anticipación. Resta preguntarse si no es posible
este reencuentro con la obra artística, en su concepción
metafísica tradicional, debido a que ya no puede referirse
a la verdad porque ya no es real el mundo de la experien-
cia integrada y autentificada por los valores modernos.
Según Baudrillard, todo el problema del arte es que él
se encuentra enfrentado a un estatuto de la imagen que
se le ha escapado: “ha perdido el poder de la ilusión, esa
posibilidad de desafiar a la realidad, de crear otro cami-
no distinto de la realidad”. Ocurre, según el pensador
francés, que
desde que todo se ha vuelto visible, donde todo es materiali-
zado de inmediato por la imagen, queda cada vez menos
espacio para otra simbología de las formas (…) Desgraciada-

79
mente la desaparición del vanguardismo (“avant-garde”) no
ha significado también la desaparición de las “arrière-
gardes”… más bien éstas últimas han triunfado, como si a
todo el arte se le hubiera asignado recapitular un poco las
formas anteriores, reconstruir la historia del arte…

En efecto, no sólo la distinción entre arte y mera pro-


ducción de imágenes banales se está esfumando, sino que
incluso los mismos artistas parecen descreer de la ilusión
estética, quedando sólo la posibilidad de administrar (tes-
timoniar) la descomposición de su propio instrumento de
creación. Baudrillard asegura que el fenómeno no es nue-
vo, sino que asistimos a sus etapas finales: todo el arte
moderno es la historia de una desaparición, de una
desestructuración y estamos arribando a su fin y ahora no
queda más que reciclar los vestigios de formas pasadas.
“Si en la pornografía ambiente (hiperrealidad de la ima-
gen) se perdió la ilusión del deseo, en el arte contemporá-
neo se ha perdido el deseo de la ilusión, en beneficio de
una elevación de todas las cosas a la banalidad estética”,
concluye. En efecto, coincidimos en que se ha pasado de
la energía de disociación de la realidad en busca de des-
cubrir el secreto del objeto a la transparencia (“situación
transestética”, define Baudrillard) y la pérdida del deseo
de la ilusión: “el arte actual reivindica la nulidad, la in-
significancia, el no sentido (apunta a la nulidad en tanto
que ya es nulo, y se dirige al no sentido siendo ya insig-
nificante)… lo que queda por saber es si detrás se escon-
de un nuevo modo de inteligencia o simplemente se trata
de una lobotomía definitiva”.53
El “pensamiento débil” de Vattimo tiene su correlato
en cuanto al arte en la “percepción distraída” de Ben-
jamin, por lo que según el posmodernismo no se daría ya
53 J. Baudrillard, en artículo “Au-delà de la fin” (traducción del autor),
publicado en sitio www.perso.club_internet.fr.

80
una experiencia del arte en esta época de reproductibi-
lidad, del mismo modo que la experiencia moral ya no es-
taría encontrándose en la disyuntiva de grandes decisio-
nes entre valores totales.
Del mismo modo que el par objetivo-subjetivo, que
recubre parcialmente esta otra pareja de opuestos, lo ver-
dadero/falso (que parece más difícil de ser afectado) tam-
bién ha sido alcanzado por la lógica del absurdo. Las cien-
cias sociales parecen haber sido ampliamente sumergidas
en esta vía. Las ciencias naturales y de la materia tienden
a vulgarizar la idea de que no existe una sola sino varias
verdades: las leyes cambian según la dimensión cuantita-
tiva y/o temporal de los fenómenos de los que se ocupan.
Así, la concepción probabilista ha reemplazado a la con-
cepción normativa: parece que el relativismo generaliza-
do quiere instalarse en el corazón de la metodología.54
La duda (es decir, el espíritu crítico), que es fundamen-
to de la investigación científica, fue desviada de su fun-
ción y, de alguna manera, pervertida. La observación ex-
perimental se contamina de subjetivismo en la medida en
que ha sido admitido que el observador influencia al ob-
jeto/fenómeno observado, se trate de organismo vivos o
de materia inerte.
Freud y Einstein signaron al siglo XX con la impronta
de la relatividad, pero ella estaba acotada de algún modo
por la historia, el espacio y el tiempo: no se trata de pen-
samientos anticientificistas, sino de una elevada racionali-
dad, cada uno a su manera y según su disciplina. No es
cuestión de hacer un “berrinche” ocasionado por la angus-
tia que provoca la falta de certezas. Esa carencia forma
parte de la modernidad, y es desde esas falencias que se
intenta este discurso aproximativo. La crítica que se pro-
54 Mario Bunge, Las ciencias sociales en discusión, Sudamericana,
Buenos Aires, 1999.

81
pone es al “vale todo”, que ha sido elevado como para-
digma no sólo del arte sino que también pretende alcan-
zar a las ciencias.
La relación posmodernismo/ciencia vivió una impor-
tante crisis a mediados de 1996, cuando Alan Sokal, el fí-
sico norteamericano de la Universidad de Nueva York,
envió a una revista académica de alto nivel (Social Text),
un artículo titulado “Transgrediendo los Límites: hacia una
Hermenéutica Transformativa de la Gravedad Cuántica”.
Este pomposo y ridículo título presidía una sarta de dis-
parates sin significado pero convenientemente acompaña-
dos con citas de reconocidos intelectuales posmodernos,
y en una hilación discursiva que pretendía mantener una
alta reflexión filosófica sobre un tema en absoluto inde-
terminado. Esta revista lo publicó, posiblemente, en el en-
tendimiento de que en nuestra cultura blanda y posmo-
derna un texto cuanto más oscuro y hermético, más pro-
fundo es. Cuando los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont
publicaron su libro Imposturas Intelectuales en septiembre
de 1997,55 burlándose de las publicaciones científicas que
cortejaban a todo aquel intelectual con chapa de posmo-
derno, no previeron que sus ataques los convertirían en
celebridades internacionales (ya que la farsa era tan evi-
dente que no pensaron que nadie lo hubiera puesto en evi-
dencia anteriormente). Ocurrió que a muchos otros pen-
sadores les había llamado la atención un vocabulario poco
técnico para referirse a las ciencias, pero no lo considera-
ron relevante en comparación con lo que estos críticos
veían como dislates posmodernos en temas políticos, so-
ciales y culturales. Era bastamente conocida la falta de ri-
gor de prestigiosos pensadores, la mayoría de ellos fran-
ceses, que habían abrevado en el pesimismo alemán.
55 A. Sokal y J. Bricmont, Imposturas intelectuales, Paidós, Barcelona,
1999.

82
Sokal y Bricmont impusieron un término, “relativismo
cognitivo”, criticando el empleo de jerga y nociones cien-
tíficas en el discurso posmoderno, que es definido como
complejo “retórico-conceptual-institucional”. Estos cientí-
ficos, norteamericano y belga respectivamente, parten de
una discusión sobre el solipsismo y el escepticismo para
llegar a afirmar la tesis que indica que la epistemología del
siglo XX separó a la ciencia de la realidad cotidiana, lo que
finalmente condujo a un escepticismo irracional. Sin em-
bargo, si los filósofos posmodernos franceses que ellos cri-
tican utilizan mal algunos términos científicos en cuestio-
nes filosóficas, sociales, culturales, estos científicos incur-
sionan en un terreno que les es ajeno, donde encadenan
de modo poco consistente una serie de cuestiones que es-
tán lejos de poder ligarse como los pasos de un teorema:
han entrado en el país de las ciencias sociales, donde los
físicos norteamericano y belga no pueden superar los pro-
blemas técnicos de su discurso. De este modo nos queda
claro que también resulta una impostura el que científi-
cos se improvisen como filósofos e historiadores de la cien-
cia. En definitiva, estos “médicos” deberían tomar algu-
nas dosis del medicamento que recomiendan: Sokal y
Bricmont, les guste o no, se han incorporado al blando te-
rreno de la antología intelectual posmoderna.
Si el desierto de palabras huecas del discurso posmo-
derno y su retórica manipuladora provocan cierto recha-
zo en quienes están preocupados por cuestiones sociales,
también es cierto que los científicos sociales deben conti-
nuar abogando firmemente por rigor, transparencia y ra-
cionalidad discursiva en la creencia de que el mundo es,
en principio, inteligible. Sin embargo, sería ridículo restrin-
gir esta racionalidad a la de la matemática o la física, lo
que constituiría caer en un nuevo reduccionismo. Aunque
Sokal haya tenido razón y sus blancos preferidos (Lacan,

83
Derrida, Lyotard, Kristeva, entre otros) hayan merecido
ser puestos en ridículo, este ataque ha afectado seriamen-
te, por extensión, a las ciencias sociales en su conjunto, lo
que finalmente ha favorecido la tesis neoliberal que tien-
de a ignorar las cuestiones sociales. El gran error de los
“impostores” consiste en haber intentado apropiarse de
conceptos científicos con el propósito de dotar a sus en-
sayos de cierta pátina de autoridad. Es evidente que una
sociedad con una vida social vigorosa no hubiera permi-
tido estos deslices posmodernos. Pero vivimos tiempos
blandos, por ello el triunfo de los “impostores”, si los hay,
no se debe tanto a que los posmodernos “estaban desnu-
dos” sino a la miopía general que sigue a la moda más
que a los valores y se deslumbra por los efectos especiales
más que por la dramática realidad.
Es obvio que toda civilización se apoya menos en el ri-
gor de los pensadores científicos que en la coherencia
sistémica de los pensadores humanistas, no científicos, que
se preocupan con lucidez, honestidad y coraje por los valo-
res éticos y culturales que necesita esa civilización para lo-
grar un estado de armonía, desarrollo y paz social para ase-
gurar su futuro. Como dice James Neilson “al igual que las
tradiciones religiosas y las teorías políticas o económicas, de
las ciencias pueden extraerse con facilidad ‘verdades’ que
servirían para justificar tanto la compasión como el genoci-
dio, la libertad como la tiranía, la mediocridad materialista
generalizada como la lucha de cada uno por superarse”.56
El triunfo del absurdo es un tema central de la posmo-
dernidad, nacido sin duda al amparo del abandono de la
“explicación” por la razón o por la fe, movimiento que se
afirmó primero en estética y en literatura y que se volvió
una tendencia general hacia la última década del siglo XX.
56 J. Neilson, artículo “El Imperio de los farsantes”, periódicoRío Negro,
Rio Negro, 8 de mayo de 1998.

84
Su éxito se debe a su propia “absurdidad”: todo tiene su
respuesta a través de su no-respuesta. Lo que constituye,
ciertamente, la principal paradoja y una de las más im-
portantes contradicciones fundada sobre su contrario, la
racionalidad. Nihilismo intelectual que quizá pueda ser
identificado con el predominio de la pulsión de muerte por
sobre el instinto creativo: thanatos se impone a eros.
Por su parte, las tesis de la “antipsiquiatría”, en lo que
hace al par normal/anormal, han logrado invertir los pa-
peles: el delirio aparece como vector de sabiduría y es la
sociedad enferma la que genera los desequilibrios. Esta vo-
luntad reduccionista que propone negar las diferencias, no
expresa qué es lo que enferma al cuerpo social, que es lo
que realmente importa si queremos elaborar alguna cura.
Lo más grave es que el conjunto de estas teorías, bajo la
excusa de dar a los psicópatas la dignidad que en efecto
no deberían haber perdido, desemboca directamente en
una “desresponsabilización” generalizada de los indivi-
duos: todo comportamiento se vuelve, en el margen, nor-
mal y por lo tanto socialmente legítimo.
También debe subrayarse la importancia que ha cobra-
do recientemente la recusación de la oposición naturale-
za/cultura. Se trata de creaciones de cultos fetichistas: del
mismo modo que la negación de la locura va contra la ten-
dencia tan característica de este modo de privilegiar las
minorías, también el ecologismo se vuelve fanático en mu-
chos casos.
¿Será que cada vez sabemos menos, que hemos olvi-
dado lo esencial? Norberto Bobbio responde: “la crisis ac-
tual reside en la dispersión de una realidad dolorosa en
miles de realidades indiferentes, lo cual explica la apatía
moral, el abandono a la corriente de la sociedad y de las
cosas; reside en la ruptura de una única voluntad propia
en miles de arbitrariedades, en el oscurecimiento de la

85
claridad interior, en cuyo lugar amenaza de nuevo el
mito”. Alarmante. Más aún si se tiene en cuenta que este
diagnóstico lo hacía el gran pensador italiano en… 1943.
Esto es, cuando Bobbio asistía al comienzo de la lucha de
liberación antifascista, cuando los temas de relevancia hu-
mana podían presentarse en favor de un orden neofascista.
Viene a colación citar a otro gran pensador:
Entonces como ahora había un vasto sector de la población
que se hallaba amenazado en sus formas tradicionales de
vida por obra de cambios revolucionarios en la organiza-
ción económica y social; especialmente se veía amenazada
la clase media tal como lo está hoy por el poder de los mo-
nopolios y por la fuerza superior del capital (financiero), y
tal amenaza ejercía un importante efecto sobre el espíritu y
la ideología del sector amenazado, al agravar el sentimien-
to de soledad e insignificancia del individuo.57

Este párrafo fue escrito por Erich Fromm cuando se


consolidaba sobre Europa la negra sombra del fascismo,
y sin embargo guarda tanta actualidad como el texto de
Bobbio de 1943. Volvemos a preguntarnos, ¿no hemos
aprendido nada?
Retomamos a Bobbio para confrontar religión con fi-
losofía y ciencia. Al analizar (ahora sí) la realidad presente,
tras una consulta sobre la afirmación del papa Juan Pa-
blo II respecto a que el nihilismo antihumano está ancla-
do en el drama de la separación entre creencia y razón,
manifiesta que es evidente que el Papa expresa su preocu-
pación, en la encíclica Fides et Ratio, por la influencia de
las filosofías del racionalismo, pero “sin embargo, curiosa-
mente, no le inquieta el verdadero oponente que es el avan-
ce tecnológico”. En verdad, es difícil no estar de acuerdo
con Bobbio sobre que la preocupación no debe centrarse

57 E, Fromm, op. cit.

86
en la filosofía sino en la aplicación del conocimiento cien-
tífico, y sobre quién domina este avance (¿el mercado?)
porque ya hace tiempo que se están superando todos los
límites, su avance es imparable e irreversible: “una vez que
se ha inventado la bomba atómica no se la puede igno-
rar”. El problema no es “si no hay Dios todo está permiti-
do”, sino que “sólo si hay Dios, todo está permitido”. El
lema de los cruzados era Deus lo vaut, Dios lo quiere.
Bobbio concluye que “ese es el lado opuesto del nihilismo,
si Dios existe y yo estoy del lado de Dios, todo es posible,
hasta la mayor crueldad”.
En todo caso, ético pero también pragmático, Risieri
Frondizi nos aclara lo que debería ser evidente: “La exis-
tencia de lo ‘mejor’ y lo ‘peor’ es una incitación constante
a la elevación moral, a la tarea constructiva, a la lucha
contra la injusticia, la ignorancia y la opresión”.58

58 Risieri Frondizi, ¿Qué son los valores?, Fondo de Cultura Económica,


Buenos Aires, 1972.

87
88
Capítulo II

Globalización y orden mundial

89
Nos consolábamos a veces con comidas
a las que buenos amigos nos invitaban,
chismes, discusiones sobre Sartre, el estructuralismo
y esa broma que las derechas quieren universal,
saben pagar bien a sus creyentes, y la bautizan
posmodernismo
Juan Carlos Onetti

Nos parece conveniente comenzar este capítulo con unas


reflexiones clarividentes de los jesuitas latinoamericanos, 59
que hacen referencia a una porción importante de los te-
mas que han sido objeto de análisis en este libro. Luego
de detallar las medidas neoliberales aplicadas en el conti-
nente, de reconocerles algunos aciertos (elevar la oferta de
bienes de mejor calidad y menores precios, reducción de
la inflación, conciencia generalizada de las ventajas de la
austeridad fiscal, incremento de las relaciones comercia-
les intrarregión), estos pensadores sociales afirman:
Pero estos elementos están lejos de compensar los inmensos
desequilibrios y perturbaciones que causa el neoliberalismo
en término de concentración de los ingresos,60 la riqueza y la
propiedad de la tierra; multiplicación de masas urbanas sin
trabajo o que subsisten en empleos inestables y poco produc-
59 Superiores Provinciales de la Compañía de Jesús en América Latina, El
neoliberalismo en América Latina, Santiago de Chile, mayo de 1997.
60 Un 20% de los habitantes del planeta gozan de más del 82% del
ingreso mundial, mientras el 60% de la población sobrevive con menos
del 6% del ingreso mundial. Los países ricos, con menos de un cuarto
de la población mundial, consumen el 70% de la energía en el planeta,
el 75% de los metales, el 85% de la madera y el 60% de los alimentos
(PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano, Ginebra, 1997).

[91] 91
tivos; quiebras de miles de pequeñas y medianas empresas;
destrucción y desplazamiento forzado de poblaciones indí-
genas y campesinas; expansión del narcotráfico basado en
sectores rurales cuyos productos tradicionales quedan fuera
de competencia; desaparición de la seguridad alimentaria;
aumento de la criminalidad provocada no pocas veces en el
hambre; desestabilización de las economías nacionales por
los flujos libres de especulación internacional; desajustes en
comunidades locales por proyectos de empresas multinacio-
nales que prescinden de los pobladores.
Detrás de esta racionalidad económica hay una concepción
del ser humano que delimita la grandeza del hombre y la
mujer a la capacidad de generar ingresos monetarios; exa-
cerba el individualismo y la carrera por ganar y poseer; en
muchos casos desata la codicia, la corrupción y la violen-
cia; y al generalizarse en los grupos sociales, destruye radi-
calmente la comunidad.
Se impone así un orden de valores donde prima la libertad
individual para acceder al consumo de satisfacciones y pla-
ceres; una libertad que rechaza cualquier interferencia del
Estado en la iniciativa privada, se opone a planes sociales,
desconoce la virtud de la solidaridad y sólo acepta las le-
yes del mercado.
Por el proceso de globalización de la economía esta manera
de comprender al hombre y la mujer penetra nuestros paí-
ses con contenidos simbólicos de gran capacidad de seduc-
ción; gracias al dominio sobre los medios de comunicación
de masas, rompen raíces de identidades culturales locales
que no tienen poder para comunicar su mensaje.
La injusticia estructural del mundo tiene sus raíces en el sis-
tema de valores de una cultura moderna (posmoderna) que
está teniendo impacto mundial; al decir que el mercado es
correcto y justo lo convertimos moralmente en legitimador
de actividades cuestionables, hacemos que desde el merca-
do se defina la vida y la realización humana; al desapare-
cer el objetivo del bien de todos, desaparece el sentido del

92
hogar común o público, los partidos políticos como propues-
ta de construcción de sociedad y nación pierden razón de
ser; la mujer pasa a ser simplemente fuerza de trabajo más
barata, la naturaleza se convierte en una fuente de enrique-
cimiento rápido para las generaciones presentes, el campe-
sino es un ciudadano ineficiente que tiene que migrar.
No es de extrañar que, en este contexto, donde la comuni-
dad es irrelevante y el bien común inútil, la violencia se acre-
ciente, la producción y el consumo de droga se disparen y
se refuercen los elementos más contrarios a la realización
humana contenidos en la cultura actual, mientras se dejan
de lado los aportes más valiosos de la modernidad y la
posmodernidad.

93
94
Posindustrialismo y
cambio tecnológico

El saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las


sociedades entran en la edad llamada posindustrial
y las culturas en la edad llamada posmoderna
Jean-François Lyotard

El siglo XX trae consigo los rasgos oscuros del totalitarismo


que suspende la tendencia progresista que se inicia en la
Ilustración y hecha por tierra la esperanza de humanizar
la convivencia social entre los sujetos, que la modernidad
había convertido en individuos. La violencia y la barbarie
son signos de la primera mitad del siglo XX: “de Horkheimer
y Adorno (…) hasta Heidegger, Foucault y Derrida, los ras-
gos totalitarios del siglo se han convertido en un instrumento
de los mismos diagnósticos. Pero a estas interpretaciones
negativas (que se dejan atrapar por el horror de las imáge-
nes) se les escapa el reverso de las catástrofes”.61
En efecto, este shock en los pueblos que participaron o
fueron afectados por la masacre, si bien necesitaron dece-
nas de años para ser conscientes de la dimensión de lo que
les había tocado vivir, se embarcaron en la búsqueda de
producir un viraje hacia una situación mejor, la misma que
se da a partir de 1945. Pero bien es cierto que la derrota
del fascismo se anuncia en la cita que se dieron en Espa-
ña, para defender la República, liberales y fuerzas de iz-
quierda y revolucionarias. De todos modos, lo que impor-
ta es que se produjo un clima cultural que llegó a florecer
61 J. Habermas, “Nuestro breve siglo”, en sitio web: www.noucicle.org.

[95] 95
en las artes y que constituyó la base de un período de bo-
nanza de tres décadas (les treinte glorieuses, lo llaman los
franceses) que permitieron cambiar el rostro del último si-
glo: surge la guerra fría, la descolonización y se instala el
estado de bienestar como ideal político-económico.
Al final de los años 60 y comienzos de los setenta, al-
gunos prominentes científicos sociales produjeron una serie
de reflexiones sobre la sociedad contemporánea a la que
calificaron como sociedad posindustrial, diferenciándola
de las sociedades capitalistas subdesarrolladas por su gra-
do de desarrollo industrial y la condición socioeconómica
de su población.62 Alvin Toffler alertaba sobre el tremen-
do cambio que esto significaba, sobre la difícil transición
a la que se asistía, y evaluaba que el cambio tenía la mag-
nitud que había tenido el paso de la sociedad agraria a la
sociedad industrial. Bell, al describir la nueva sociedad
posindustrial ponía de relieve la preeminencia del cono-
cimiento teórico como fuente de valor agregado y multi-
plicador del desarrollo, en el cual se incluían los nuevos
avances de la tecnología de la información. De este modo,
la fuente del progreso de la nueva sociedad se definió a
partir de los métodos para adquirir, procesar y distribuir
la información. Concepto de sociedad de la información
que se ajustaba bien a la tradición moderna, al mantener
viva la fe en la racionalidad y el progreso.
Sin embargo, estas discusiones alentaron los estimulan-
tes debates que se produjeron en la década del 70; surgie-
ron a la vista los posibles defectos de la sociedad posin-
dustrial: se advertía que existían límites al crecimiento, pro-
venientes de la incapacidad de la sociedad para sostener
un crecimiento indefinido y mantener una política demo-
crática de distribución de los beneficios. Volvía Malthus y
62 Los teóricos más conocidos del posindustrialismo son Peter Drucker
(The age of discontinuity, publicado en 1969), Alvin Toffler (Future
shock, 1970) y Daniel Bell (The Coming of post-industrial society, 1973).

96
el sentimiento de crisis reemplazaba al optimismo de la
inmediata posguerra. Los partidos conservadores de de-
recha capitalizaron este pesimismo naciente predicando
el regreso a valores victorianos y el retorno al laissez-faire.
La élite conservadora exigió el abandono inmediato de la
planificación y de la intervención estatal keinesiana, las
características más evidentes del arreglo institucional que
se había fraguado desde 1945 y que constituía la premisa
clave de la idea posindustrial. Por su parte, los partidos de
izquierda, sorprendidos por el incipiente “capitalismo
popular”, analizaron esta nueva etapa del capitalismo, a
la que denominaron “posfordismo”, sobre la base de la
nueva división social del trabajo.
Contemporáneamente a estos desarrollos de la teoría
económica surgen las nuevas ideas posmodernas. Esta
nueva corriente filosófica (que se nutrió del pensamiento
de no pocos teóricos posmarxistas), en su vocación de crí-
tica deconstructiva, pretende abarcar todos los ámbitos del
cambio (cultural, social, político y económico). En este sen-
tido, los postulados implícitos en el posfordismo, pero tam-
bién en el concepto de la sociedad de la información, han
sido reducidos a simples componentes de este ambicioso
proyecto de desarrollo conceptual, que refleja el eclecti-
cismo de la época. Sus críticos advierten que sus postula-
dos heterodoxos y elusivos conducen con excesiva frecuen-
cia hacia el círculo de la autorreferencialidad. No obstan-
te, muchas de las formulaciones y críticas realizadas bajo
la cobertura posmoderna tienen la virtud de atraer irre-
misiblemente la atención del público culto, frente a la
condición contemporánea de incredulidad y subjetivismo.
La fragmentación y el pluralismo postulados por las
ideas posmodernas están ligadas, sin duda, con los cam-
bios en la organización del trabajo y la tecnología que ha-
bía señalado la teoría posfordista. Y, del mismo modo, tam-
bién pueden establecerse claras relaciones con el debilita-

97
miento del Estado-Nación y una cierta pérdida de legiti-
midad de las culturas nacionales, como ya fuera señala-
do. El carácter global de los fenómenos que impactan en
la vida política, económica y cultural, tampoco les es aje-
no: una consecuencia inesperada de la globalización ha
sido la renovada importancia que ha adquirido lo local y
la tendencia a valorizar y estimular las culturas étnicas y
regionales (“think globally, act locally”, es desde los 80 la
divisa de los ejecutivos de los reconcentrados conglome-
rados empresariales multinacionales). Eso significa que las
instituciones y prácticas típicas del Estado-Nación ya no
parecen ser viables: los partidos de masa tradicionales ce-
den su lugar a los nuevos movimientos sociales, basados és-
tos en el género, la raza, la localidad, la orientación sexual
o la edad. Las identidades colectivas que se fundamenta-
ban en la experiencia de clase social o de la vida laboral
tienden a disolverse en formas cada vez más plurales y pri-
vadas (la idea de una cultura o identidad nacional pierde
vigor) que van convirtiéndose en polos de organización co-
lectiva. La sociedad posmoderna se declara multiétnica y
multicultural, y promueve la llamada política de la diferen-
cia. Pero al mismo tiempo, como ya fue dicho, surgen par-
tidos neofascistas y se multiplican los reclamos de protec-
ción contra la invasión del trabajador extranjero.
El desarrollo de la globalidad de contenidos así como
la internacionalización de la economía y de la cultura (so-
bre todo la norteamericana) inciden en las sociedades al
minar las culturas nacionales pero, al mismo tiempo, como
desafían las estructuras y culturas locales, logran movi-
mientos de reforzamiento de tradiciones localistas. Asimis-
mo, se advierten ciertos cambios en las características de
las concentraciones urbanas que se habían impuesto en la
modernidad: si ésta había provocado la concentración ur-
bana, el neoliberalismo de la época posmoderna facilita el

98
movimiento de desconcentración urbana, de descentrali-
zación laboral y administrativa.
Respecto del siglo que concluyó, consideramos nece-
sario recordar unos párrafos del historiador conservador
Paul Johnson:
mientras que en la época del Tratado de Versalles (1919) la
mayoría de las personas inteligentes creía que un Estado
más poderoso podía aumentar la felicidad de los hombres,
hacia los años ’90s esa opinión no merecía el apoyo de na-
die, salvo el de un grupo reducido, decreciente y desanima-
do (…) la acción oficial había sido la causa de la muerte vio-
lenta o antinatural de unos 125 millones de personas a lo
largo del siglo, quizás más de lo que había logrado destruir
a lo largo de toda la historia humana hasta 1900.63

La caída del Muro de Berlín en 1989, símbolo del fin de


la Guerra Fría, hacía presagiar para no pocos optimistas que
la bipolaridad se tornaría en multipolaridad: Europa, con
una Alemania unificada, aceleraba su proceso de integra-
ción a través de la adopción de una serie de normas tendien-
tes a una mayor homogeneización del espacio europeo, al
punto de poner en vigor una moneda única; un Japón in-
novador y con fuerte crecimiento económico era percibido
como locomotora del sudeste asiático. Hoy, ya entrado el si-
glo XXI, estos dos polos que debían restar capacidad de ma-
nejo y control exclusivo a Estados Unidos en los grandes te-
mas mundiales (economía, comercio, finanzas, innovación
científico-tecnológica, cultura), compitiendo en paridad con
los EE.UU. para dar forma al nuevo orden mundial de la
posguerra fría, han cedido plenamente al esquema de “paz
americana” que impone el nuevo gendarme mundial.
Según el historiador posmarxista Hobsbawm, la de la
posguerra (hasta los años 80) fue una época dorada, a la
que algunos (principalmente desde la izquierda) percibieron
63 Paul Johnson, Tiempos modernos, Vergara, Buenos Aires, 2000.

99
cerca del fin con la caída del Muro de Berlín y de la URSS,
en 1989: “El corto siglo XX termina con problemas para los
que nadie tiene una solución, ni parece tenerla. Mientras
los ciudadanos del fin de siglo se abrieron un camino a tra-
vés de la niebla global rumbo al tercer milenio, sólo sabían
con certeza que una época histórica llegaba a su fin. No
sabían mucho más que eso. Los antiguos problemas de la
paz y de la seguridad internacional, de las desigualdades
económicas entre Norte y Sur, así como el peligro de los
desequilibrios ecológicos eran, desde entonces, de natura-
leza global”.64 La reforma y reducción del estado de bie-
nestar social fue el efecto inmediato de una política orienta-
da hacia la oferta, que impone privatización de activos es-
tatales, desregulación de mercados, reducción de subven-
ciones, facilitación de la inversión que implica reducción de
impuestos y ablandamiento de controles, y políticas anti-
inflacionarias en lo fiscal y monetario. Los costos sociales
emergentes de estas políticas neoliberales no tardaron en
hacerse sentir, luego de un boom de consumo inicial, y es
que las crisis siempre latentes que un Estado fuerte y regu-
lador en lo económico-social había logrado conjurar, se ha-
cían presentes con todo su dramático efecto social: desem-
pleo, profundización de desigualdades sociales, exclusión.
Pero, además, la crisis se vuelve política y moral: la falta
de solidaridad social termina destruyendo la cultura libe-
ral que, y al decir de Habermas, es un proyecto universal
imprescindible para las sociedades democráticas. Se trata
de advertir que en ese clima resurge una atmósfera favora-
ble a los proyectos de la derecha populista.
El neoliberalismo, la globalización y sus consecuencias
perversas nos llevan a una situación sobre la cual es difí-
cil encontrar una salida: conservar la capacidad competi-
tiva de una economía nacional en un mundo altamente
interdependiente, conectado y extremadamente competi-
64 J. Habermas, artículo cit.

100
tivo, sin caer en fracturas sociales ni quiebre de las liberta-
des y garantías fundamentales del hombre, en un marco
institucional doméstico donde el Estado parece haber per-
dido casi toda su capacidad de acción (ya no puede orien-
tar su estrategia económica hacia la demanda, ni el pro-
teccionismo —al menos si no es un país desarrollado—) que
permitiría amortiguar la incesantes sacudidas de los mer-
cados internacionales en la economía nacional. Habermas
concluye que la globalización de la economía ha destrui-
do la tradición histórica que hizo posible el compromi-
so del Estado con el bienestar social, que logró mantener
los costos sociales en límites aceptables en las economías
abiertas o capitalistas.
En el marco internacional, asimismo, resulta muy difí-
cil de conciliar los intereses de los países posindustriales
con los recientemente industrializados y los que continúan
siendo países en desarrollo debido a las asimetrías que se
profundizan en la sociedad global. La única esperanza del
pensador alemán es el surgimiento de una conciencia de
solidaridad cosmopolita entre las sociedades civiles (a tra-
vés de ONG que trasciendan fronteras) y en los espacios
públicos ampliados que presentan las opciones de integra-
ción económico-política con gobiernos supranacionales.
Es evidente que la panoplia de pos, neo, anti, hiper y
otros prefijos reciclados (para tratar de nombrar y compren-
der al mundo y a los fenómenos contemporáneos) no sola-
mente refleja la dificultad inherente y la falta de una cierta
perspectiva o distancia necesaria para identificar y delimi-
tar los fenómenos sociales que no cuadran en las definicio-
nes tradicionales; sin duda, también expresa un estado de
ánimo particular, la nostalgia que produce la pérdida de
las certezas. Por ejemplo, cabría calificar de posmoderno
al movimiento zapatista, pues no parece conformarse a los
cánones establecidos de lo que es una guerrilla o un movi-
miento social tradicional, pero calificarlo de pos, neo, hiper,

101
etcétera, también revela la estrategia discursiva subyacen-
te: agregar un valor de novedad a un fenómeno que de-
seamos presentar como singular… Y la novedad, hoy por
hoy, es un valor en sí mismo. Si no, no estaría tan extendi-
do en las técnicas de comercialización: de un tiempo a esta
parte es difícil encontrar en la góndola de un supermerca-
do un envase que no destaque la palabra “nuevo”.
La posmodernidad es un término polisémico, que
incluso nos habla de un fin de la historia. Pero Jean
Baudrillard manifiesta que ésta es probablemente la
mayor de las ilusiones, porque “en el fondo, ni siquiera se
puede hablar del fin de la historia, ya que no tendría tiem-
po de alcanzar su propio fin”. Cioran, por su parte, se re-
fiere a la poshistoria:
el fin de la historia está inscripto en sus comienzos; la his-
toria, el hombre presa del tiempo, llevando los estigmas que
definen, a la vez, al tiempo y al hombre… Así como los teó-
logos hablan, y con justa razón, de nuestra época como de
una época poscristiana, así se hablará un día de las venta-
jas y desventajas de vivir en plena poshistoria… El tiempo
histórico es un tiempo tan tenso que es difícil no ver cómo
podría no estallar.

El síndrome “fin de la historia” (Francis Fukuyama)


pone de manifiesto el predominio en gran parte del pensa-
miento de los filósofos norteamericanos (Rawls, Nozick,
Dworkin) de una concepción histórica eurocéntrica (por
occidental) y judeocristiana, en donde se excluye al resto
del mundo, salvo conversión al liberalismo democrático y
económico. Cuando John Rawls es empujado al límite de
su concepción de la Teoría de la Justicia (¿hasta dónde lle-
ga lo aceptable en el hombre?) se topa con los límites de la
civilización occidental. Tanta necesidad de reafirmar los
valores occidentales, en momentos en que la hegemonía
norteamericana (campeón del occidentalismo) impone sus

102
reglas (su derecho interno) al mundo, ha llevado a reflexio-
nar a Jacques Derrida sobre si el triunfo del capitalismo, co-
ronado con su omnipresencia en los medios de comunica-
ción, no se deberá a que nunca ha estado en una situación
de tal fragilidad, donde la opinión pública occidental está
cuestionando gravemente la tradición democrática. La agre-
sión que está sufriendo el mundo islámico no coincide con
la idea de superioridad cultural, ideológica, económica, cien-
tífica que pregonan los campeones de Occidente. ¿Cuánto
miedo se esconderá detrás de esa agresión?

103
104
Hegemonía norteamericana

Los brasileños no votan,


sólo los Estados Unidos lo hace,
como en la antigua Roma
únicamente votaban los ciudadanos.
George Soros,
en entrevista de Folha de São Paulo

Conscientes de su poder y apoyados en el orgullo de una


economía floreciente, los Estados Unidos retoman su aspi-
ración de regentar la política internacional, imponiendo lo
que Brzezinski llama “American global system”. Estados Uni-
dos es la única superpotencia mundial que domina las cua-
tro dimensiones clave del poder: militar, económico, tecno-
lógico y cultural. Se constata que el papel que ha jugado
su “musculosa” diplomacia en los últimos años ha sido de-
terminante en la resolución de las cuestiones de mayor ten-
sión internacional de los últimos tiempos65 (aunque última-
mente, luego del 11/09/2001, se han vuelto generadores
de agresión). Así:

• definen la primera guerra del Golfo, haciendo que una


amplia coalición internacional defienda sus intereses
contra las pretensiones del Iraq de Saddam Hussein;
• reestablecen la democracia en Haití, restituyendo en el
poder político al depuesto mandatario electo Jean-
Bertrand Aristide;
• responden a las intimidaciones de Corea del Norte y lo
fuerzan a dialogar con sus vecinos del Sur;
65 F. A. Gardella, op. cit.

[105] 105
• reafirman su vigor militar cuando China amenazó a
Taiwan realizando ejercicios bélicos muy cerca de las
costas formoseñas;
• imponen los acuerdos de Daytona que frenaron la beli-
gerancia en Bosnia, frente a la impotencia europea;
• otorgan el visto bueno para que las tropas de Kabila
derroquen al régimen de Mobutu en Congo (ex Zaire);
• fuerzan a la Federación Rusa a firmar un acuerdo con la
OTAN para extender la alianza militar occidental hacia
el Este europeo;
• apoyan decididamente el diálogo lanzado por la admi-
nistración Blair entre los independentistas católicos ir-
landeses, los protestantes proingleses y el gobierno de
Gran Bretaña;
• no permiten la reelección del entonces Secretario Gene-
ral de la ONU Butros Butros-Ghali;
• rechazan las pretensiones de Francia de ubicar a un
general europeo al frente del Comando Sur de las fuer-
zas de la OTAN;
• actúan permanentemente en el frente medio-oriental,
ahora dando patente de corso a Sharon para poner de
rodillas a los palestinos, “enemigos de la humanidad”
en tanto consumados terroristas;
• continúan jaqueando a Cuba, extorsionando a los paí-
ses latinoamericanos para que se sumen a esta lucha de
Goliat contra David;
• bombardean masivamente a Afganistán en procura de
la captura de un solo hombre, al que todavía no hallan,
e imponen a ese país el gobierno de su conveniencia;
• amenazan con hacer otro tanto con Iraq, Sudán, Libia,
Corea del Norte y con todo aquel país que albergue
terroristas (definición que no corre por cuenta de la ONU
o de un consenso internacional, sino de la maniquea
visión de la CIA);

106
• castigan despiadadamente al que fuera su alumno mode-
lo entre los PED, la Argentina, luego que lo forzaron por
todos los medios a su alcance para que declarara el default
—como se lo pedían los mercados financieros internacio-
nales que ya habían hecho su apuesta— y la devaluación
—para licuar la deuda de las grandes empresas—;
• crean una nueva condicionalidad en el FMI, quien pre-
tende ingresar en el derecho interno de sus socios (impo-
sición de la derogación de la ley de quiebras y de la ley
de subversión económica del derecho interno argentino);
• Bush y gran parte de su gabinete salen indemnes del
caso Enron, uno de los escándalos económicos indivi-
duales más graves de la historia de los EE.UU. (empre-
sa que había financiado su campaña y repartido accio-
nes entre su equipo de gobierno);
• imponen al mundo una medida de alto contenido pro-
teccionista para el comercio internacional de produc-
tos agrícolas con la nueva farm bill (¡los subsidios agrí-
colas alcanzarán los 20 000 millones de dólares al año!);
• pese a todo (notablemente, los escándalos financieros
como Enron, World Com, Xerox, etc., y la desaceleración
de la economía doméstica) el partido de gobierno, Re-
publicano, gana las elecciones de fines de 2002;
• el presidente Bush anuncia, en octubre de 2002, un cam-
bio de doctrina militar; ha nacido la peligrosa y ambi-
gua doctrina de “la guerra preventiva” que es aplicada
contra Iraq (segunda guerra del Golfo), a partir del 20
de marzo de 2003, día del comienzo de los bombardeos
norteamericanos.

Respecto del affaire Enron y subsiguientes, conviene ci-


tar la opinión del pensador francés Alain Minc, quien ha
manifestado con acierto que en los recientes escándalos eco-
nómicos y financieros del mercado estadounidense se pro-
yectan las obras contrapuestas de dos grandes intelectuales

107
de comienzos del siglo XX: el economista Joseph Schumpeter
y el sociólogo Max Weber. En efecto, si seguimos a Schumpeter,
estos escándalos confirman que el “espíritu del capitalismo”
vive avatares que son excesivos pero que también deben con-
siderarse inherentes al capitalismo desarrollado, excesos
provenientes de la pulsión por el enriquecimiento del “ca-
ballero empresario”. Por su parte, Weber podría contrapo-
ner los principios, la “ética capitalista”, que están en los fun-
damentos del modelo económico que da ciertos privilegios
al capital: honestidad, esfuerzo de largo aliento, disciplina,
rigor y rectitud del creyente protestante.66
La crisis de la Argentina de fines del siglo XX y que se
extiende hasta nuestros días es un caso digno de analizar
en cuanto al poder de las finanzas internacionales sobre los
países en desarrollo. La Argentina en los últimos 10 años se
puso en una situación tan vulnerable que continuaba, has-
ta comienzos del año 2003, esperando la benevolencia de
los organismos internacionales de crédito, y parecería toda-
vía confiar en que aquellos países socios del FMI que poseen
la mayoría de los votos en su asamblea se apiaden de los
más de 17 millones de nuevos pobres (51% de la población)
que habitan su territorio nacional. El avance en las condi-
ciones que se le imponen es tal, que cuando el gobierno cree
que ya las ha satisfecho surgen nuevos reclamos. Estos or-
ganismos (en particular el FMI) han llegado, incluso, a in-
miscuirse en el derecho interno argentino, presionando para
eliminar leyes y artículos en busca de un oasis de impuni-
dad jurídica para banqueros, empresarios extranjeros y lo-
cales, custodios de intereses foráneos. Y lo han logrado.
Coincidentemente, se volvieron moneda corriente las
propuestas de “expertos” de los Estados Unidos sobre la
conveniencia de manejar la economía argentina desde el exte-
rior. En estos ‘tiempos blandos’ en que vivimos parecería que
66 A. Minc, en artículo “La bataille classique du capitalisme”, periódico
Le Monde, Paris, 24/09/2002.

108
ya nada nos sorprenderá, ni siquiera la publicidad —firma-
da por sus autores— de propuestas directas de avasalla-
miento de la soberanía de un país independiente desde hace
dos siglos: el filántropo George Soros, quien manifestó su de-
seo de ayudar a la Argentina haciéndose cargo del manejo
de la recaudación fiscal; los preocupados Rudiger Dornbusch
y Ricardo Caballero que parecen ofrecerse desinteresa-
damente como Ministros de Economía de la Argentina.
Ultimamente, el sensible Sebastian Mallaby, columnis-
ta del Washington Post, quien desde Foreign Affairs alienta
acciones imperialistas directas sobre los que él llama failed
states (estados fracasados), para el bien de sus inocentes
poblaciones: “Los estados fracasados están cada vez más
cautivos de un ciclo de pobreza y violencia. La solución,
tanto para los Estados Unidos como para sus aliados, se en-
cuentra en lograr que el imperialismo vuelva a ser desea-
do”.67 Todo parecía apuntar al proyecto de establecimien-
to de una nueva forma de protectorado en la Argentina,
bajo el siguiente lema: “¡Dios, perdónalos porque no saben lo
que hacen!”. Quizá se trate de una propuesta neocolonia-
lista, adaptada a nuestros tiempos posmodernos. Protecto-
rado sin intervención militar directa, light, que cree que pue-
de aprovecharse del desprestigio de la clase política, del de-
sasosiego de las clases medias pero, por sobre todo, del mie-
do de ricos y poderosos locales como su base de apoyo (¡no
hay mejor colaboracionista que un burgués asustado!).
La clase dirigente argentina es la principal, aunque no ex-
cluyente, responsable de la crisis económico-social, política
y ética que sufre el país. La Argentina necesita renacer y ya
está surgiendo, aunque aún inorgánicamente, una partici-
pación comprometida de la sociedad. Se trata de una inci-
piente solidaridad, creativa y sensible, orgullosa de poder
67 Sebastian Mallaby, artículo “Failed states”, Foreign Affairs, March-
April 2002.

109
ser protagonista de la refundación de la República. Esa nue-
va fuerza creadora encarnará, llegado el caso, la resistencia
al atropello de su dignidad.68

A fines de enero del año 2003 la “cuestión argentina”


(el acoso al que fuera el mejor alumno del neoliberalismo
en el tercer mundo) perdía interés frente a la preparación
de la guerra al Iraq de Saddam Hussein y la amenaza nu-
clear de Corea del Norte, al tiempo que el gran censor de
la “corrupta Argentina”, el secretario del Tesoro Paul O’Neil,
perdía su puesto frente a su fracaso en el manejo de la eco-
nomía norteamericana (cuyas multimillonarias estafas y es-
cándalos financieros parecen no manchar su bandera), y
que Europa presionaba fuertemente para dar un respiro a
la Argentina, el FMI daba por cumplido el castigo de más
de dos años y acordaba una carta de intención de corto pla-
zo para salir del default.
La Argentina recupera plenamente la institucionalidad
con la eleccción presidencial de mayo de 2003 (que ganó
el gobernador de Santa Cruz Néstor Kirchner, del Parti-
do Justicialista). Se instala un nuevo gobierno (frente al
abandono en la segunda vuelta electoral de parte del
neoliberal ex presidente Carlos Menem) que tiene el cora-
je de negociar con firmeza y dignidad con el FMI, y de
plantear claramente a los acreedores privados que proce-
derá a imponer un recorte del 75% a lo adeudado. Esta
postura realista, ampliamente resistida al principio, va to-
mando visos de acuerdo hacia fines de 2003.69 Si los acree-
dores se vieron favorecidos por altas tasas de retorno es
68 F.A. Gardella, artículo “Dignidad” en diario El Peruano,Lima,15/07/2002.
69 Al punto que logrado el primer acuerdo con el FMI que habilitó al
gobierno argentino a negociar con los privados, el Premio Nobel de
Economía 2001, Joseph Stiglitz, comentó que “está claro que tiene
más sentido usar el dinero en estimular el crecimiento, la inversión y
la justicia social que mandar un cheque a Washington”, lo que fue
recogido por la prensa mundial con titulares como “Modelo argentino

110
porque se estuvo pagando el riesgo que ellos asumieron
al prestar dinero a un país de riesgo, explicó el presidente
Kirchner. Y es que la Argentina remuneró conveniente-
mente a los acreedores la posibilidad que una situación de
inestabilidad o empobrecimiento pudiera hacer peligrar sus
inversiones en bonos de la deuda argentina. Al momento
que se redactan estas líneas, ese riesgo se volvió cierto de-
bido a la difícil situación económica que atraviesa la Ar-
gentina, posibilidad que ningún acreedor puede manifes-
tar que desconocía al momento de buscar altos réditos to-
mando deuda argentina.
El avance desembozado de las ideas imperialistas, pre-
senta un nuevo episodio a través de un supuesto mentor
de la “sociedad abierta”, a propósito del avance imparable
en la carrera presidencial del Brasil del líder sindical Lula
Da Silva, en el año 2002. Quien se dice discípulo del pen-
sador austriaco, luchador de la libertad Karl Popper, co-
mete una boutade tan extemporánea como reveladora del
espíritu hegemónico norteamericano impregnado en casi
toda la clase dirigente de los EE.UU. En efecto, el financista
Georges Soros es consultado por el prestigioso matutino
Folha de Sao Paulo sobre la situación económica interna-
cional y las perspectivas del Brasil en ese escenario. Soros
se sale del libreto propuesto por el periodista para excla-
mar su rechazo al avance de Lula, al punto que realiza
una intromisión insultante en el proceso político brasile-
ño (con el consecuente impacto negativo para el Brasil res-
pecto de los mercados internacionales, siempre atentos a
las predicciones del gran especulador húngaro): “Brasil es-
tá condenado a elegir como presidente al candidato oficia-
lista Serra o a sumergirse en el caos… En el capitalismo
moderno, global, sólo votan los norteamericanos, los brasi-
leños no votan. Recuerde que en la Roma antigua sólo
marca futuras negociaciones con acreedores internacionales”,
periódico El Comercio, Lima, 29/09/2003.

111
votaban los romanos”.70 Es evidente que Soros no merece
autodenominarse discípulo de Popper y, en todo caso, debería
revisar sus apuntes de clase de la London School of Economics.
A la intención de los Estados Unidos de internaciona-
lizar su derecho interno, su neoimperialismo y su ambi-
güedad respecto de la globalización, se suma su posición
equívoca respecto de las organizaciones multilaterales en
general y en particular, respecto de algunos convenios in-
ternacionales. En efecto, los EE.UU. no se integraron a los
178 países que, horas después de concluida la Cumbre del
G-8 de Génova, firmaron en Bonn un acuerdo para evi-
tar el recalentamiento del planeta,71 que justamente se es-
taba demorando por la negativa de ese país que lo consi-
dera perjudicial para su economía (siendo EE.UU. el país
productor de mayores emisiones contaminantes). También
están contra el Tribunal de Justicia Internacional, contra
el Tratado sobre Misiles Antibalísticos, contra la Conven-
ción para Prohibir las Armas Biológicas contra el Tratado
de Prohibición de Ensayos Nucleares.
Nueve días después de los ataques del 11 de septiembre
de 2001, el presidente George W. Bush declaraba, en so-
lemne sesión del Congreso, la guerra al terrorismo inter-
nacional e incluía en las represalias a toda nación que co-
bije organizaciones de este tipo. Convocada la OTAN y ha-
biendo sido presentadas a sus miembros las “pruebas” que
involucraban a la organización terrorista islamista Al
Qaeda y al saudita Osama Bin Laden como el inspirador
y financista de los ataques, se invocó el artículo del trata-
do constitutivo de la alianza militar del Atlántico Norte por
el cual todas las partes concurren en ayuda del agredido.
Bin Laden (financista del grupo político talibán que con-
70 Retomado del periódico argentino Clarín del 02/05/2002, Buenos Aires
( sitio www.clarín.com)
71 Ello revivió al Protocolo de Kyoto que establece una reducción global
de las emisiones que producen el efecto invernadero en un 5,2%,
entre 2008 y 2012.

112
trolaba Afganistán, entre quienes se albergaba), si bien sa-
ludó la acción, no aceptó ser el autor intelectual del hecho
denunciado. En octubre, fuerzas de los Estados Unidos y
del Reino Unido bombardearon copiosamente las regiones
afganas controladas por los talibanes, en preparación de
la invasión terrestre que no logró asegurar el éxito de la
cacería de Bin Laden. Previamente, se desplegó una inédi-
ta ofensiva diplomática en busca de ampliar la alianza con-
tra el terrorismo internacional, en la cual el presidente Bush
y el primer ministro Blair se entrevistaron con mandata-
rios de las principales potencias.
La respuesta frontal al terrorismo fundamentalista islá-
mico pudo así contar con el expreso apoyo de los socios de
la OTAN, del resto de Europa Occidental, Rusia, China,
Latinoamérica y del conjunto de la comunidad internacio-
nal a través de la ONU. Ante la emergencia, la adminis-
tración estadounidense cambiaba urgentemente la direc-
ción de su política exterior, hasta entonces desdeñosa de la
negociación multilateral: el nuevo vector internacional pa-
recía revalorar la eficacia de los acuerdos internacionales,
sin que esta necesidad coyuntural lo lleve a la reconsi-
deración de sus actitudes unilaterales. Resulta evidente que
el fenómeno del terrorismo internacional requiere una res-
puesta basada en la cooperación entre naciones. Sin em-
bargo, quien lidera esta nueva “cruzada” tiene una larga
historia de alianzas contradictorias e inestables, tenden-
cia que parece confirmarse en la actualidad: si los talibanes
fueron apoyados —e incluso entrenados— por los Estados
Unidos cuando eran “héroes de la libertad” por enfren-
tarse a la invasión soviética de la década del 80, si Iraq fue
su aliado cuando enfrentaba al Irán de Ruhollah Khomeiny
en la misma década, la Alianza del Norte afgana oposito-
ra a los talibanes sabe que no puede esperar una fidelidad
de mediano plazo de parte de los EE.UU., como tampo-
co la dictadura paquistaní (seriamente enfrentada con la

113
India, un aliado más tolerante y que por lo tanto debería
ser preferible para los EE.UU., por la zona de Cachemira
—conflicto que está al borde del estallido—).72
La nueva doctrina Bush (“se atacará a Estados o gru-
pos terroristas que amenacen la seguridad de los EE.UU...
y, aunque se persiga el apoyo internacional, no se vacila-
rá en actuar solo”), anunciada en septiembre del 2002, de
“guerra preventiva” (y que continúa a la de algunos me-
ses atrás: “strike first, explain yourself later”), viene a rom-
per con cuatro siglos de tradición de “guerra justa”: “ya
que no se puede confiar sólo en una posición reactiva,
como se hizo en el pasado”, justificó insuficientemente el
presidente Bush. En efecto, el Tratado de Westfalia (1648),
que dio fin a treinta años de guerras religiosas en Euro-
pa, consolidó la doctrina del legítimo uso de la fuerza en
defensa propia y vetó la posibilidad de recurrir a las ar-
mas para cambiar un sistema de gobierno en otro país. La
Doctrina Truman, la de la “contención y disuasión”, que
fue continuada durante la guerra fría apuntando a con-
tener a la amenaza soviética, se inscribe en el espíritu de
Westfalia. Esta doctrina fue reforzada por Reagan, pero
sin salirse del cauce, y Clinton, luego de la caída del Muro
de Berlín, volvió informalmente a la menos agresiva va-
riante original, a través de retomar la estrategia de firmar
tratados de control de armas (esfuerzos de no prolifera-
ción que, según Bush, hoy han fracasado).
Clinton creía que los EE.UU. debían tener la capacidad
política y militar de disuadir y, llegado el caso, derrotar a
dos enemigos en dos teatros internacionales de operacio-
nes distantes entre sí y en simultaneidad. Lo que la presen-
te administración norteamericana pretende es que la ame-
naza de sus armas sea tan evidente (tanto como la acción
bélica antes que el enemigo esté listo para amenazar la se-
guridad de los EE.UU.) que su país no pueda desde nin-
72 F.A. Gardella 2001.

114
gún punto de vista ser desafiado. En efecto, Bush anunció
la construcción de una eficaz defensa contra misiles ba-
lísticos y que actuará contra los enemigos antes de que es-
tén totalmente desarrollados sus medios de agresión, ya que
“las nuevas amenazas provienen de redes de individuos que
pueden penetrar en las sociedades abiertas y, con el uso de
las modernas tecnologías, actuar en su contra”.
El nuevo episodio bélico contra Iraq es el primer emer-
gente de la nueva doctrina internacional norteamericana
pero, además, tiene serias consecuencias sobre el futuro
del sistema mundial. En principio, porque hay serias du-
das sobre la legitimidad del ataque norteamericano respec-
to del derecho internacional vigente, ya que no se puede
invocar legítima defensa ni las tropas de los EE.UU. es-
tán amparadas por una resolución del Consejo de Segu-
ridad de la ONU. En segundo lugar, será difícil restaurar
la credibilidad de la Organización de Naciones Unidas lue-
go de esta violación de su carta constitutiva por la prime-
ra potencia mundial (la administración Bush dejó en cla-
ro que no necesita a la ONU si de proveer a su seguridad
se trata, consideración ésta que sólo le compete a los
EE.UU.). Tercero, a partir de la oposición de Francia (que
junto con Rusia amenazó con utilizar su derecho a veto a
toda resolución del Consejo de Seguridad que apoyara
la agresión a Iraq) se abre una profunda brecha entre
los socios de la OTAN y, cuarto, en la Unión Europea por
las contradicciones que oponen al Reino Unido de Blair y
España de Aznar, quienes decidieron acompañar la
campañara “liberadora”, a Francia y Alemania.
Si toda guerra es signo de fracaso del derecho inter-
nacional, este nuevo enfrentamiento bélico creó una cri-
sis inédita, de la cual sólo se podrá salir a través de un
reequilibrio de fuerzas. Pero para ello se deberá recompo-
ner la unidad de criterio en la Unión Europea y, quizá,
esperar de China un papel más activo en el escenario

115
internacional. De lo que no caben dudas es que comienza
a diseñarse un nuevo orden internacional, cuya piedra de
toque es el 11 de septiembre de 2001. Inédita ha sido tam-
bién la reacción de la opinión pública mundial que se ha
manifestado masivamente en todo el globo contra esta
inaudita guerra.
Consideramos que la política exterior de los Estados
Unidos desde hace mucho tiempo está tironeada por dos
fuerzas: la de sus intereses económicos (petróleo, en este
caso) y la de sus convicciones liberales (tolerancia política,
impulso antiimperialista e, incluso, tendencia al aislamien-
to). De otro modo sería muy difícil explicar su alianza con
los intolerantes jeques sauditas (origen de Osama Bin Laden
y con cuyo dinero se financiarían escuelas islamistas
formadoras de jóvenes fundamentalistas), frente al enemi-
go iraquí que es mucho más tolerante fronteras adentro.73
Son tiempos en que el gendarme del mundo ha cam-
biado la doctrina de la “guerra justa”, la de la legítima
defensa por la de la “guerra preventiva”. Y en nuestro
mundo unipolar los criterios dependen de la exclusiva vo-
luntad de quien ejerce el monopolio de la fuerza en el mun-
do. Noam Chomsky opina que “Estados Unidos es el cam-
peón mundial del terrorismo, ¿o acaso no fue terrorista en
Nicaragua, no ha dejado de apoyar a países terroristas
como Turquía o Indonesia, no respaldó a Saddam Hussein
en su plan de aniquilación de los kurdos, no fue aliado
de Osama Bin Laden?”.74
Para Jürgen Habermas los ataques a las Torres Geme-
las del WTC fueron “ataques a la ciudadela capitalista de
la civilización occidental”, que no hizo otra cosa que ex-
plotar la tensión existente entre la sociedad secular y la
religión: “el que quiera impedir una guerra de culturas
73 F. A. Gardella 2001.
74 Noam Chomsky, “La nueva guerra contra el terrorismo”, conferencia
en el MIT, Massachusetts, octubre 2001.

116
debe ser consciente de que tampoco Occidente ha resuelto
aún los problemas dejados por la secularización”. Al reci-
bir el Premio de la Paz (octubre de 2001), que otorgan los
libreros alemanes en la Feria Internacional del Libro de
Fráncfort, consideró que las raíces de ese terrorismo están,
más que en la pobreza del mundo, en los sentimientos de
humillación: “en el terrorismo se expresa también un cho-
que de mundos que, más allá de la violencia silenciosa de
los terroristas, deberán desarrollar un lenguaje común”.75
La posguerra iraquí está siendo poco clemente con la
alianza occidental, no sólo porque han sufrido más bajas
que durante el conflicto bélico, sino porque se ha eviden-
ciado el engaño con que Bush y Blair trataban de involu-
crar a la comunidad internacional. En el caso del Primer
Ministro inglés, su situación se complicó por la muerte (su-
puestamente, suicidio) del científico inglés David Kelly,
quien habría podido declarar fehacientemente en contra de
la posición oficial sobre las evidencias de armas de destruc-
ción masiva en el Iraq de Saddam Hussein. Por su parte, el
costado más débil del presidente Bush (además del fracaso
en la gestión económica) son dos guerras cuyo objetivo prin-
cipal declarado se le escapó: Bin Laden y Saddam. Gran
parte de la opinión pública comienza a dudar de las ver-
dades/virtudes de la actual administración, y consecuen-
temente sube en las encuestas el principal candidato de-
mócrata a la presidencia (cierto es que la victoría del ac-
tual republicano Arnold Schwarzenegger a la gobernación
de California acerca agua al molino de Bush).
Con razón, el periodista y profesor de comunicación
rosarino radicado en el Perú Guillermo Giacosa, al hacer
un balance de la aventura iraquí de la alianza británico-
estadounidense, manifiesta que “todo parecería indicar que
las temidas armas iraquíes no eran aquellas que aparecían
75 J. Habermas, en artículo “Diálogo de culturas en la actual confla-
gración”, en sitio www.jornada.unam.mx.

117
en los informes que se inventaban, sino este boomerang for-
midable que ya ha iniciado el camino de regreso desde el
Medio oriente y que se dirige implacable a cortar cabezas
en Washington y Londres”. 76
Los Estados Unidos de G.W. Bush, supuesto líder del
liberalismo democrático y de los derechos humanos, de he-
cho manejan a su arbitrio el derecho internacional y boi-
cotean groseramente toda iniciativa que pueda compro-
meter el más mínimo de sus designios. Aplican masiva-
mente todo su poderío militar contra los que ellos mismos
declaran “enemigos de la humanidad, de Occidente, de
las libertades públicas” pero rechazan someterse a la ju-
risdicción de una Corte penal internacional. En la que se
considera la más avanzada de las economías capitalistas
es donde se están produciendo escándalos financieros iné-
ditos por su magnitud (Enron, World Com, Xerox, etc.).
El país que mayores recursos destina a la lucha contra la
drogadicción es el mismo que se niega a controlar los flu-
jos ilegales de fondos y continúa protegiendo a los paraí-
sos fiscales, por donde se escurren los dineros del narco-
tráfico y de la corrupción administrativa. Son demasiadas
contradicciones. O quizá no tantas para la época que nos
tocó en suerte, sin certezas, sin principios universales, sin
rigor: tiempos blandos, en definitiva.
Hacia comienzos de noviembre de 2003, el panorama
en Oriente Medio no podía ser menos alentador, frente a
la impotencia de la administración Bush. Los ataques que
recibían las fuerzas de ocupación de parte de los iraquíes
se ampliaron a edificios de las Naciones Unidas (donde
fallecieron, entre otros empleados de la ONU, un alto fun-
cionario enviado por el Secretario General) y sufrió un
atentado una instalación de la fuerzas armadas italianas
76 G. Giacosa, artículo “Cayó la mentira, ahora le toca a los mentirosos”,
diario Perú. 21, Lima, 29/09/2003.

118
destacadas en teritorio iraquí, con considerables bajas de
soldados italianos. A estos hechos terroristas se sumaron,
en Afganistán, los enfrentamientos producidos contra los
norteamericanos y sus aliados por los talibanes “remanen-
tes” y las fuerzas nacionalistas, en un territorio supuesta-
mente pacificado por la intervención norteamericana. En
tanto, en Arabia Saudita (aliada de los Estados Unidos),
estallaba un artefacto terrorista en una confitería que cau-
só una importante cifra de muertos y heridos. Del mismo
modo, en la disputa israelo-palestina no aparecen atisbos
de pacificación sino todo lo contrario, en gran parte por
la intransigencia de la administtración Sharon.
¿Qué está por venir?, se pregunta Der Derian, cientí-
fico político de la Massachusetts University:
creo que la mejor declaración sobre lo que seguirá al 11 de
septiembre la dijo Paul Valery: “el futuro no es más lo que
solía ser” (…) Mi gran inquietud no es tanto el futuro, sino
los futuros pasados que se reproducen, es decir, cómo pare-
cemos incapaces de escapar de los círculos de retroalimen-
tación de mala inteligencia, pensamiento burocrático e ima-
ginación ineficaz; para el futuro cercano, creo que la guerra
virtuosa mientras sea librada por la cadena de entreteni-
miento de medios de comunicación, industrial y militar, será
nuestro pan de cada día y nuestro circo de cada noche. El
uso de analogías sentimentalistas de resistencia así como
insignificantes luchas internas en la Izquierda no nos da
mucha esperanza de un unificado movimiento antibélico.
Por el momento, necesitamos reconocer que la mayoría de
norteamericanos, ya sea por patriotismo, trauma o apatía,
piensan que es mejor dejar los asuntos en las manos de los
expertos. Creo que para el futuro inmediato, la tarea será
distinguir nuevas formas de viejos peligros, efectos reales y
virtuales, y el terror de la lucha contra el terror en la guerra
de las cadenas de noticias.

119
120
Globalización y economía
mundial

No es la ausencia de progreso, sino por el contrario,


el desarrollo tecnocientífico, artístico, económico
y político lo que ha hecho posible el estallido de las
guerras totales, los totalitarismos,la brecha creciente
entre norte y sur, el desempleo y la nueva pobreza…
Jean-François Lyotard

Como nunca antes se cuenta con enormes capacidades téc-


nicas para atender los auténticos problemas de la huma-
nidad. Sin embargo, se verifica que al cabo de un par de
décadas el mundo no se ha vuelto más seguro ni menos
dispar en el reparto de la riqueza. La visión optimista de
la globalización integradora y constructiva de nuevos ho-
rizontes se reveló incierta en su impacto doméstico y con-
testada por turbulencias en las relaciones económicas in-
ternacionales, en crispaciones de identidad, de agresión
cultural y religiosa, de violaciones de los derechos huma-
nos y de una insuficiente, por decir lo menos, cooperación
internacional. Si la mayoría de la población del tercer mun-
do percibe que la globalización la afecta, al propio tiempo
no se siente incluida. El mercado unificado (de bienes no
sólo comerciales, sino también culturales), en efecto, ha
ahondado diferencias en todos los campos.
La dimensión social de este fenómeno deja disconfor-
mes, sino alarmados, a una gran masa de la opinión pú-
blica mundial, la que incluye no pocos “parias” del pri-
mer mundo: es que el ritmo económico —y financiero par-
ticularmente—, es infinitamente más veloz que el de la re-
gulación social de los mercados, debido a un desencuentro

[121] 121
entre actividad económica, empleo y calidad de vida. Las
dos últimas variables siguen y seguirán siéndolo, segura-
mente, los invariables objetivos deseables de todo buen
plan macro-económico, en lo nacional, y de toda coordi-
nación económico-financiera internacional. Si se sigue
viendo el empleo desde la óptica neoliberal, es decir, como
un insumo más de la producción, se seguirá errando el
camino y profundizando el dolor. El desarrollo es algo más
que acumulación de capital y una asignación de recursos
más eficiente: es una transformación de la sociedad. Para
asegurar un desarrollo equitativo perdurable y democrá-
tico se requiere, como afirma Stiglitz, reformar la arqui-
tectura económica internacional.
Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y ex fun-
cionario del Banco Mundial, manifiesta que la globalización
y el neoliberalismo imperantes además de haber vinculado
las economías (lo que las vuelve vulnerables al contagio en
dominó), han desmantelado las instituciones anticíclicas que
son las encargadas de limitar las crisis económicas desde la
posguerra. Hasta las naciones desarrolladas han perdido la
potestad de imponer controles efectivos sobre los flujos de
capitales. Por ello suele ocurrir que medidas de estímulo de
la economía resultan en fugas de dinero, cuando lo que se
pretende es el incremento del empleo. “Las políticas origi-
nales de los organismos financieros internacionales (tales
como el FMI, cuyo propósito original era el reestablecimiento
del equilibrio de economías en dificultades —políticas
reactivadoras—) han sido reemplazadas por la receta única
de la austeridad sobre la base de ajustes estructurales que
no hacen más que profundizar el ciclo recesivo” .77
Pero esto no es lo único que falla. En las últimas cum-
bres que se ocuparon de pobreza y desarrollo, en Doha,
Monterrey y Johannesburgo, se llegó a un compromiso
77 Joseph Stiglitz, El Malestar en la globalización, Taurus, Buenos
Aires, 2002.

122
entre países ricos y países en vías de desarrollo (PED) so-
bre la necesidad de acelerar la reducción de la pobreza y
asegurar los objetivos del llamado “desarrollo del milenio”,
los que incluyen mejor salud y educación para los países
más pobres. ¡Sólo buenos deseos! Desde luego, el primer
paso es facilitar el acceso de las exportaciones de estos paí-
ses a los mercados de los países industrializados (PI), para
lo cual se requiere reducir aranceles y subsidios y elimi-
nar las medidas proteccionistas y otros obstáculos a estas
exportaciones, las que mayoritariamente son agrícolas.
Pero resulta que el Banco Mundial (su presidente, James
Wofensohn) estimó que en el 2002 los PI gastaron alrede-
dor de 350 000 millones de dólares en subvenciones para
protección de sus productores agrícolas (nada más y nada
menos que ... ¡unos 1 000 millones de dólares por día!),
que son claramente ineficientes en el mercado mundial
(por ejemplo, el azúcar triplica su precio en los mercados
domésticos de Europa y EE.UU. respecto del precio inter-
nacional, precio que es el de venta de la producción de
los PED). En tanto, en ayudas externas, esos mismos paí-
ses gastaron en 2002 unos 50 000 millones de dólares (7
veces menos que las subvenciones agrícolas).78
En el sistema económico actual se evidencia la necesi-
dad de su crecimiento cuantitativo, pues este crecimiento
es la clave para un mayor beneficio económico. El motor
del sistema es la producción y el consumo masivo, siguien-
do una lógica que se reproduce en los medios de comuni-
cación: hay que mantener alto el consumo para que así
aumente la producción y por lo tanto el empleo; a mayor
empleo más recursos en manos de las familias y por lo
tanto mayor demanda. Utilizando la dinámica de siste-
mas se diría que consumo y producción son los elementos
con relación causal que podrían conformar un bucle de
78 J. Wolfensohn, en artículo “Pasar de la palabra a la acción”, diario La
Nación, Buenos Aires, 27/09/2002.

123
realimentación positiva (cualquier aumento en uno de ellos
repercute en un incremento del otro), lo que aporta una
sensación de crecimiento indefinido en el tiempo. Sin em-
bargo, pese a que en el curso del siglo XX la población del
planeta se ha triplicado y la economía multiplicado por
veinte,79 sabemos que ningún sistema puede crecer violan-
do las reglas del equilibrio sin pagar costos, por lo que el
crecimiento económico se realiza a costa de mayor desor-
den en otras partes fuera y dentro del propio sistema; es
interesante ver que los impactos ecológicos y sociales en
la economía clásica se consideran como “externalidades”,
ya que el sistema sólo internaliza los beneficios y costos
directamente relacionados.
La crítica se centra en que las actuales tendencias eco-
nómicas toman como eje central el crecimiento y desta-
can la obligatoriedad de una competitividad continua en
alza y una constante ampliación de los mercados como
elementos clave para su desarrollo, supeditando a ello
cualquier tipo de consideración extraeconómica, ya sea
social o ambiental. Esta visión parcial limita el problema
a la convergencia de unos parámetros macroeconómicos
(PBI, índices de precios, índice de actividad económica,
etc.) de los que se excluyen otros que tengan en cuenta el
desarrollo social, el desarrollo sostenible, etc. El aparente
orden del crecimiento económico y productivo lleva aso-
ciado ciertos desórdenes que normalmente no se conside-
ran, o no se lo hace en toda su magnitud. Así, sería con-
veniente sustraer del índice de Producto Bruto Interno la
disminución y degradación de los recursos naturales: con
un PBI floreciente puede coexistir la bancarrota ecológica.
79 Esto da una idea de progreso y orden económico muy relacionado con
la visión mecanicista que impera bajo la concepción que hoy se conoce
como “determinismo tecnológico”, ello es una confianza ciega en que
la ciencia y la tecnología proveerán progreso económico y, por lo tanto,
mayor progreso social.

124
No podríamos dejar de citar una voz muy autorizada
que rescata muchos logros de la globalización de la econo-
mía internacional sin dejar de señalar otras consecuencias
perversas. Así, el Premio Nobel de Economía, Paul Samuelson,
quien ha influido en los fundamentos intelectuales de mu-
chísimas generaciones de economistas. Hacia fines del año
2002, manifestaba que si bien la desigualdad salarial se
incrementó, la pobreza ha mostrado signos de disminución.
Hace 50 años un ejecutivo de alto nivel en los EE.UU. te-
nía un sueldo promedio 40 veces mayor al sueldo de un
empleado medio. En la actualidad esa diferencia es de 400
veces (¡se multiplicó por 10!), tendencia que es similar en
todo el mundo. Por otra parte, Samuelson cita un estudio
de la Universidad de Columbia, de mediados de 2002, que
indica que en los últimos 20 años se ha registrado un des-
censo significativo de la cantidad de habitantes del mundo
que viven con 1 dólar diario (235 millones) al igual que la
franja que vive con 2 dólares al día (450 millones). En gran
medida estas cifras están influenciadas por éxitos de las eco-
nomías asiáticas (con gran impacto del buen desempeño de
la economía de China), en tanto en América Latina ese pro-
greso se detuvo en la década del 80, correspondiendo al
África el peor desenvolvimiento. Es decir, los países más po-
bres no han gozado de progresos significativos. Sin embar-
go, para Samuelson la globalización no presenta tan bue-
na salud, y recomienda extremar medidas para equilibrar
a las modernas economías mixtas, compensar sus mecanis-
mos de laissez-faire con políticas públicas apropiadas (en el
campo doméstico y en el internacional) destinadas a “la re-
gulación y el mejoramiento de las terribles inequidades que
serían absolutamente inevita-bles en mercados totalmente
libres”.80 Guy Sorman, el economista neoliberal francés, por
su parte, sigue insistiendo en que el mundo se enriquece
80 P. Samuelson, artículo “¿Adiós a la pobreza?” en diarioClarín, Buenos
Aires, 22/09/2002.

125
(Sorman al parecer sólo mira los «grandes agregados» de
la economía internacional), y destaca logros (certeros) en
China, India y Chile, y otros (más dudosos) en Brasil,
Malasia, Sudáfrica, Malí y Túnez.
El crecimiento espectacular de las transacciones finan-
cieras caracteriza, más que ningún otro proceso económi-
co, la economía mundial de los 90, que se proyecta al si-
glo XXI. Existe un nexo directo entre la globalización fi-
nanciera y el resto de los elementos constitutivos del sis-
tema capitalista mundial de fines del siglo XX: modifica-
ción de los regímenes salariales, acentuación del reparto
regresivo del ingreso (doméstico e internacional), reparto
del ahorro mundial entre inversiones productivas y espe-
culativas (en desmedro de las primeras), nuevas caracte-
rísticas de la acumulación de riqueza (aparición de ingre-
sos cada vez más importantes por rentas). Además, una
diferencia relevante respecto de otros procesos históricos
de interdependencia ampliada de la economía mundial;
diferencia importante la constituye el hecho de que la ma-
yor parte de los actuales flujos financieros se desarrollan
en un sistema cerrado y autogenerador, entre institucio-
nes especializadas, que está totalmente desconectado de
la producción y transacción de mercaderías y servicios. Se
trata de 1,4 billones de dólares estadounidenses en tran-
sacciones financieras cotidianas, de las cuales entre un 5%
y un 8% corresponderían a movimientos internacionales
reales (de bienes). Lo que no quiere decir que no existan
nexos muy fuertes, y de un gran impacto económico y so-
cial, entre la esfera de la producción y del comercio con
aquella de las finanzas internacionales. 81
En efecto, la esfera financiera se nutre de la riqueza crea-
da por las inversiones y la movilización de la fuerza labo-
ral de múltiples niveles de calificación. Los capitales, que
los operadores financieros multiplican a través de coloca-
81 F. A. Gardella 2001.

126
ciones financieras y arbitrajes que efectúan entre diferen-
tes tipos de activos, nacen invariablemente en el sector pro-
ductivo a través de ingresos provenientes de la producción
y del intercambio de bienes y servicios. Una elevada frac-
ción de esos ingresos es captada por la esfera financiera.
Una vez realizada esta transferencia tienen lugar una se-
rie de procesos de valorización ampliamente ficticios, que
inflan el monto nominal de estos activos financieros testi-
monian la ficción de esta “economía virtual”. La explosión
de “productos derivados”, que en una cadena virtual de
reaseguros de riesgo accionario se alejan notablemente de
la base productiva sobre la cual se han creado los títulos
originales inundan a los actuales mercados financieros
globalizados. A través de la utilización de estos instrumen-
tos que le son propios autogeneran riqueza simulada, cu-
yas transferencias superan en 50 veces al intercambio real
de bienes y servicios. Lo que agrava la situación económi-
ca mundial es que en este nuevo proceso los bancos han
sido reemplazados por organizaciones financieras que go-
zan de mayores libertades y de prácticamente ninguna res-
ponsabilidad internacional. Los montos en activos financie-
ros detentados por estas organizaciones triplican los fon-
dos que manejan los bancos y grandes sociedades de segu-
ros en los mercados internacionales.
La desconexión entre la economía real, representada
por la producción y el comercio, y la virtual, (la mayoría
de los mercados financieros) hace que los que detentan los
títulos de estos valores ficticios sean altamente volubles a
cualquier estímulo, lo que constituye una característica de
inestabilidad intrínseca del sistema. De allí que los movi-
mientos de contagio entre mercados se hayan acelerado
en los últimos tiempos ya que los mercados no sólo están
íntimamente interconectados en tiempo real, sino que la
volubilidad de los mercados suele exasperar el nerviosis-
mo de los operadores. Las consecuencias de estas carac-

127
terísticas (volubilidad más interdependencia de precios de
monedas, niveles de tasas de interés y decisiones especu-
ladoras y procíclicas de los administradores de portafolios
de inversión) sobre las políticas macroeconómicas en ge-
neral son considerables (Soros vs Libra en 1993) y pueden
cobrar una amplitud decisiva en los países con mercados
financieros emergentes (crisis asiática de 1997/98). Un
breve repaso de estas crisis debería comenzar con la caí-
da bursátil de Wall Street en octubre de 1987, seguida por
la del mercado de los “bonos basura” (junk bonds) que, a
su vez, anunció la explosión de la burbuja especulativa en
el sector inmobiliario norteamericano que arrastró a nu-
merosos bancos e instituciones financieras en varios paí-
ses, principalmente en Japón (1990-1991). El ciclo crítico
continuó con la especulación masiva sobre las monedas
del sistema monetario europeo (1992/1993), para volver
a golpear al sector inmobiliario de los EE.UU. (a comien-
zos de 1994). A la crisis mexicana de 1994/1995, que afec-
tó gravemente a muchas economías latinoamericanas (y
que repercutió en la caída del valor del dólar norteameri-
cano), se sumó la quiebra de la Baring Bros. (febrero de
1995). Durante todo 1996 y 1997 se suceden quiebras en
Japón y los mercados asiáticos tienen en vilo al mundo,
hasta la gravísima crisis coreana de fines de 1997, que re-
quirió de un salvataje de 92 000 millones de dólares. 82
Otra notable característica de la economía internacio-
nal actual presenta un festival de fusiones y adquisicio-
nes empresariales, a través de las cuales las grandes cor-
poraciones internacionales han violado uno de los princi-
pales presupuestos del liberalismo económico, al concen-
trar su poder de mercado de forma de lograr tener posi-
ciones hegemónicas, lo que va en contra de las reglas de
la competencia. En efecto, fusión tras fusión, las mega em-
presas multinacionales han adquirido tanto poder que su-
82 F. A. Gardella 2001.

128
peran el de intervención de los gobiernos, anulan los efec-
tos positivos de la competencia comercial leal, sólo rinden
cuentas ante sus accionistas y, como denuncia la activis-
ta-periodista canadiense Naomi Klein, al tiempo que “la
promesa de que disfrutaríamos de un acervo mucho ma-
yor de alternativas culturales fue traicionada por el po-
der de las fusiones, las franquicias despiadadas, la siner-
gia y la censura que practican” se conspira “contra los tres
pilares sociales que son el empleo, las libertades públicas
y el espacio cívico”.83 Respecto de las empresas transna-
cionales y las marcas (“logo”) que se imponen en el mer-
cado, conviene repasar algunas frases de Beatriz Sarlo
para entender el porqué de su fuerza:
Hoy el mercado puede tanto como la religión o el poder:
agrega a los objetos un plus simbólico fugaz pero tan po-
tente como cualquier otro símbolo (…) el tiempo fue abolido
en los objetos comunes del mercado, no porque sean eter-
nos sino porque son completamente transitorios (…) su uti-
lidad y belleza son subproductos de ese sentido que viene
de la jerarquía mercantil, pero siempre el puntaje que el mer-
cado otorga a una etiqueta, una marca, o una firma tiene
otros fundamentos además de las cualidades materiales, de
su funcionamiento o de la perfección de su diseño (…) fren-
te a una realidad inestable y fragmentada, en proceso de me-
tamorfosis velocísimas, los objetos son un ancla, pero un
ancla paradójica, ya que ella misma debe cambiar todo el
tiempo, oxidarse y destruirse, entrar en obsolescencia el mis-
mo día de su estreno (…) el mundo de los objetos se ha am-
pliado y seguirá ampliándose, y hoy no existe un territorio
donde el mercado, en su imponente marea generalizadora,
no esté plantando sus tiendas (…).84

Con relación al fenómeno de la globalización y al im-


perio de la economía de mercado, merecen mencionarse
83 Naomi Klein, No logo, Paidós, Barcelona, 2001.
84 B. Sarlo 1994.

129
dos aspectos que han profundizado su curso de los últi-
mos años: la proliferación de reuniones internacionales que
tratan temas de economía mundial y son enmarcadas por
manifestaciones antiglobalización (mal llamadas así, pues-
to que mayoritariamente proponen una globalización al-
ternativa), lo que constituye un verdadero revulsivo para
mantener vivo el debate; los intentos por establecer cierta
gobernabilidad de la globalización. Las “marchas globa-
lofóbicas” fueron inauguradas con la manifestación de
protesta que enmarcó la reunión de la Organización Mun-
dial de Comercio (OMC) de Seattle en diciembre de 1999,
que debía relanzar la nueva ronda de negociaciones co-
merciales multilaterales. Surge un grupo informal contes-
tatario de la globalización tal como hoy se presenta, que
se hizo presente con diversos grados de combatividad, en
cada ocasión que tuvo lugar una reunión internacional de
relevancia para los destinos de la economía mundial. Hasta
que pierden vigor después del sacudimiento que vive la
opinión pública mundial por los atentados de la torres ge-
melas del World Trade Center de Nueva York el 11 de
septiembre de 2001. Hasta ese momento se multiplicaron
las ocasiones de manifestarse: con motivo de todas las re-
uniones del Foro Económico Mundial de Davos, en los
meses de enero o febrero desde el año 2000, incrementan-
do con el tiempo el número de activistas, lo mismo que
durante las Asambleas Anuales del FMI-Banco Mundial
y en las Cumbres de la Unión Europea (que en la ciudad
francesa de Niza, en 2000, llegó a juntar unos 60 000 ma-
nifestantes). En el escenario internacional, Francia es con-
siderado como el país desarrollado de la contestación
(patria de ATTAC —Asociation pour la Taxation des Tran-
sactions Financières—, de la defensa de la excepción cul-
tural, del dirigente agrícola radical Joseph Bové, etc).
En tanto los Estados Unidos aparecen, a la inversa, como
el emblema de la globalización (Microsoft, Mac Donald’s,

130
los fondos de pensión y el capitalismo desbocado).85 En las
reuniones internacionales los delegados no siempre pue-
den despegarse de estos clichés, y suelen representar las
posiciones consecuentes. 86
A comienzos de 2001 dos encuentros se desarrollaron
en paralelo: la edición anual del Foro Económico Mundial
de Davos y, en paralelo, el Foro Social Mundial de Porto
Alegre, que encarnaron las dos caras de la globalización.
Una videoconferencia entre los dos foros puso de mani-
fiesto un diálogo de sordos, a través de las invectivas que
viajaron por el ciberespacio entre Suiza y Brasil. Los or-
ganizadores de la reunión de Davos, lejos de ignorar a
Porto Alegre, titularon sus debates “Superar las Diferen-
cias” para centrarlos en la articulación entre lo económico
y lo social, pero hicieron un par de propuestas irrelevan-
tes relacionadas con lanzar un diálogo con las ONG. El
financista y mayor especulador mundial Georges Soros fue
terminante: “a las empresas no se les puede imponer su
desnaturalización, que es la de los negocios”, con lo que
pareció llamar a la “responsabilidad” de los gobiernos y
los organismos multilaterales.
La tensión fue in crescendo desde Seattle hasta el esta-
llido en Génova, a fines de julio de 2001, batalla que dejó
el saldo de un muerto entre los manifestantes y numero-
sos heridos en ambos bandos. En ese lapso, el informal co-
mando antiglobalización vio incrementarse la cantidad de
miembros, los apoyos internacionales por parte de la pren-
sa internacional crecieron y su organización se perfeccionó.
Se estimó que acudieron más de 200 000 manifestantes.
85 La opinión pública francesa, según encuestas de la ATTAC, acompaña
esta percepción: el 65% estima que la globalización agrava la
desigualdad social y que favorece principalmente a los accionistas;
en tanto, de acuerdo a las mismas fuentes, en los Estados Unidos un
61% opina que su influencia es positiva para las empresas, aunque
sólo 31% piensa que es benéfica para ellos mismos.
86 F. A. Gardella 2001.

131
Tal fue la presión que impusieron los manifestantes que
el G-8 incluyó, con astucia, en su comunicado final que
“creemos en la importancia fundamental del debate abier-
to sobre los importantes desafíos que enfrentan nuestras
sociedades (...); promoveremos soluciones innovadoras
basadas sobre una amplia asociación con la sociedad ci-
vil y el sector privado”, acusando recibo por primera vez
del descontento, aunque sin comprometerse demasiado.
Un común denominador de las organizaciones convo-
cantes87 es el reclamo por el establecimiento de la “tasa
Tobin” a las corrientes financieras internacionales, como del
mismo modo lo han hecho otras muchas ONG (como
Oxfam, Jubilée) y hasta el sindicato norteamericano AFL-
CIO. También han incorporado entre sus reivindicaciones
la llamada “ecotax” (impuesto general sobre las activida-
des contaminantes), así como el perdón liso y llano de las
deudas externas de los países menos desarrollados.
Sobre las violentas manifestaciones que enlutaron la
reunión del G-8 en Génova, el Premio Nobel de Economía
1998, el indio Amartya Sen, opinó que se requiere una
mejor comprensión de las cuestiones fundamentales que
tienden a diluirse en la retórica de la confrontación. En
este sentido, pone de relieve que “la globalización no es
en sí misma una locura (...), lo que necesitamos es una dis-
tribución más adecuada de sus beneficios (...), la cuestión
fundamental no puede ser si se va a utilizar más o menos
la economía de mercado”. Agrega que los acuerdos de
Bretton Woods, que crearon el FMI y el Banco Mundial
están en relación a una “estructura internacional econó-
mica, financiera y política mundial que fue en gran parte
creada en los años 40” y, por lo tanto, han sido superados
87 Entre otras, ATTAC de Francia (que es la más popular, y que ya
cuenta con representantes en gran parte del mundo), la inglesa War
on Want, Preamble de los EE.UU., Halifax Initiative de Canadá, son
las más representativas.

132
por la nueva situación internacional. Sen concluye que “la
estructura global es la respuesta necesaria a las dudas
globales: las protestas contra la globalización son parte del
proceso de globalización, del que es imposible sustraerse,
y para sustraerse del cual no existe motivo válido”.88
Frente a los planteamientos sobre la ineluctabilidad del
proceso de globalización tal cual hoy se presenta (carac-
terizado por un mundo efectivamente transnacional en lo
financiero e internacionalizado parcialmente en lo econó-
mico), seguimos al científico y filósofo argentino Mario
Bunge, quien afirma que “el futuro de una cosa natural
fuera de nuestro alcance ‘llega’ sin nuestra asistencia”, en
tanto no ocurre lo mismo con “el futuro de una cosa cons-
truida, como una institución, que no ‘llega’ en absoluto,
sino que lo hacemos nosotros”. Bunge concluye que “al-
gunos se ven forzados a esperar el futuro, otros lo sueñan
y muy pocos lo planean, aun cuando todos trabajamos en
el lugar de su construcción”.89
Asimismo, coincidimos con el pensador italiano Anto-
nio Negri cuando considera que no es correcto hablar de
movimiento “antiglobalización“ ya que “los manifestan-
tes están unidos en contra de la forma actual de globa-
lización capitalista” pero no son aislacionistas; que, en
efecto “las protestas en sí se han convertido en movimien-
tos globales y uno de los objetivos más claros es la demo-
cratización de los procesos de globalización” donde se ex-
presa, como en la década del 60, que “un futuro mejor y
diferente es posible (...), buscan transformar la agenda
pública creando deseos políticos para un futuro mejor (...),
y pedir lo aparentemente imposible es decir algo nuevo”.90
88 A. Sen en “Contradicciones del descontrolado grupo antiglobalización”,
artículo en el periódico Ámbito Financiero, Buenos Aires, 24/07/2001.
89 M. Bunge: Las Ciencias sociales en construcción, Sudamericana,
Buenos Aires, 1999.
90 A. Negri en “El objetivo es democratizar la globalización”, artículo en
el diario Clarín, Buenos Aires, 26/07/2001.

133
Consideramos que las opiniones expresadas por los in-
telectuales citados, si bien fragmentarias, constituyen un
diagnóstico acertado del revulsivo político que representan
estos manifestantes, cuya utilidad es evidente en tanto
mantiene activo el debate sobre el mundo en el que desea-
mos vivir. Sin embargo, hacia fines de 2001 creíamos que
“se corre el riesgo que los principios progresistas que guían
a los manifestantes se diluyan y el movimiento no avance
más allá de la protesta, para terminar en una expresión
de la reacción. En este sentido, su institucionalización per-
mitirá encauzar el justificado descontento y la frustración,
para dar paso a mejores propuestas concretas tendientes
a asegurar la gobernabilidad de la globalización”.91
Ya en el segundo semestre de 2003, creemos que lue-
go del impasse que produjo la crisis de septiembre de 2001,
estos movimientos que reclaman una globalización de la
que se puedan beneficiar los pobres y los excluidos del sis-
tema neoliberal, están aclarando sus propuestas y deses-
timando la violencia (separándose de los grupos violen-
tos) al tiempo que proponen una “globalización con ros-
tro humano”, es decir, una alternativa que permita “go-
bernar la globalización” para extender su influencia be-
néfica a los más necesitados para hacer del mundo un pla-
neta más equitativo y justo.
El fracaso de la Cumbre de la OMC, reunida en Cancún
en octubre de 2003, pareció dar nuevos brios al movimien-
to que propugna una globalización alternativa. En efec-
to, un extenso grupo de países (22) que no subsidian a la
producción agrícola-ganadera (encabezados por la India
y Brasil, postura a la que adhirieron explicitamente, en
principio, casi todos los países latinoamericanos) adopta-
ron una común posición negociadora muy firme frente
a los países de la Unión Europea y los Estados Unidos,
91 F. A. Gardella 2001.

134
quienes fueron conminados a desarmar sus estrucuturas
proteccionistas, en cuanto al agro se refiere, para poder
proseguir las negociaciones. Lo que no ocurrió y dejó al
denominado G-22 (al menos así lo reflejó la prensa con-
servadora de los países desarrollados) como culpable de
obstruir las negociaciones. En días posteriores este grupo
informal se fue desarmando por el retiro explícito de va-
rios países de centroamérica, Perú y Ecuador, entre otros,
como resultado de las presiones de la diplomacia comer-
cial norteamericana.

135
136
Incertidumbre en el siglo XXI

Pervirtamos el buen sentido y desarrollemos


el pensamiento fuera del cuadro ordenado
de las semejanzas
Michel Foucault

Ante los “daños colaterales” del neoliberalismo, resurge


de pronto la necesidad del Estado, incluso —como dice
Ulrich Beck— en su variante hobbesiana más antigua: la
garantía de seguridad. La resistencia a la globalización
neoliberal parece profundizarla. El temor al renovado te-
rrorismo internacional lleva al deseo transnacional de una
política global de redes de inteligencia estratégica y de co-
operación policíaca. Beck nos alerta sobre la necesidad de
comprender esta paradoja: se esté en favor o en contra,
la realización del proceso de globalización progresa por
ambas vías. El alemán afirma, de esta manera, la caracte-
rística ineluctable de la globalización, pero agrega que
ante esta realidad “más conviene que los riesgos de la
globalización sean previsibles y que las libertades y otros
frutos de este proceso sean repartidos más equitativamen-
te, que se debe preservar la dignidad de las culturas y re-
ligiones del mundo”. Se trata, en definitiva, de evitar la
vía de las construcción de Estados-Fortaleza, por el más
humanista modelo de Estados-Cosmopolita.92
Conviene también destacar, en otra parte del espectro
político contemporáneo, la opinión de un pensador marxista
92 U. Beck, Sobre el terrorismo y la guerra , Paidós Ibérica, Barcelona, 2003.

[137] 137
como James Petras. Él describe el actual sistema mundial
no como un amorfo “capitalismo mundial”, sino como un
sistema imperialista que no está controlado por un «cen-
tro» sociológicamente vacío, sino por los Estados Unidos
que han vuelto a colonizar al tercer mundo y han subor-
dinado a sus rivales imperiales en Europa y Asia. Petras
destaca que el sistema imperialista ha emprendido varias
luchas simultáneas: la de conquista del mundo a través
de la guerra (Afganistán, Iraq) con presencia militar (Co-
lombia), bloqueos económicos (Cuba, Venezuela), con
amenaza de utilización de armas de destrucción masiva
(Corea del Norte) y chantajes diplomáticos; el enfrenta-
miento con los movimientos antiimperialistas y pacifistas
en todo el mundo (inclusive en EE.UU.); la lucha entre
inversionistas de los países centrales que en su afán de con-
quistar mercados en todo el mundo se enfrentan a los asa-
lariados locales que intentan evitar mayores deterioros en
sus economías nacionales. Este intelectual prevé un fuer-
te impacto mundial por la coexistencia de las guerras
imperialistas de conquista y la recesión económica mun-
dial. Esta circunstancia haría renacer con vigor los movi-
mientos de liberación en el tercer mundo, que terminarían
repercutiendo en el surgimiento de movimientos de masa
en Europa y, en menor grado, en Japón y los EE.UU. Pre-
vé, asimismo, una gran presión sobre los regímenes de cen-
tro izquierda en América Latina, que intentan navegar
entre dos aguas combinando acuerdos con EE.UU. y las
reformas sociales en política doméstica (el Brasil de Lula
y la Argentina de Kirchner son un buen ejemplo). Petras
afirma que el eslabón más débil de la cadena del imperio
mundial de Washington se halla en América Latina.93
Por su parte, James Der Derian, catedrático norteame-
ricano en Ciencias Políticas, opina que el 11 de septiembre
93 J. Petras, El nuevo orden criminal, El Zorzal, Buenos Aires, 2003.

138
de 2001 será recordado no por el ataque mismo sino por
los aumentos de los ciclos de violencia que siguieron. Der
Derian manifiesta que tenemos un mejor sentido de lo que
no será que de lo que será efectivamente: desde el presi-
dente, el Ministro de Defensa y todos los demás que si-
guen en la jerarquía de la seguridad nacional, hemos es-
cuchado que esto no será una guerra entre estados:
no será la guerra del Golfo o Kosovo y no será Vietnam o
Mogadisho; y quizás tengan razón, quizás más razón que
los comentaristas de ambos partidos de Derecha (“el 21/09
es Pearl Harbor”) e Izquierda (“es parte de la lucha antiim-
perialista”) que se basan en analogías ideológicas sentimen-
tales para entender este hecho. Desde mi punto de vista el
11 de septiembre es una combinación de nuevas y viejas for-
mas del conflicto, incluyendo: la retórica de la guerra santa
desde ambas partes, una guerra entre las cadenas de noti-
cias virtual en los medios e internet; una guerra de vigilan-
cia de alta tecnología en el exterior pero también en nues-
tros aeropuertos, ciudades y casas; y una guerra sucia de
contraterrorismo y contrainsurgencia, utilizando una cam-
paña aérea y operaciones especiales limitadas para matar
a los líderes y para intimidar a los que apoyan a Al Qaeda
y al Talibán. Llamo a este nuevo conflicto híbrido “guerra
virtuosa”. Ha evolucionado de las tecnologías utilizadas en
el campo de batalla de la guerra del Golfo y las campañas
aéreas de Bosnia y Kosovo; recurre a una doctrina de gue-
rra apropiada (cuando es posible) y a la guerra santa (cuan-
do es necesario); clona la guerra de información de vigilan-
cia mundial y la guerra de las cadenas de noticias de múl-
tiples medios de comunicación.94

Se podría considerar que en defensa del orden inter-


nacional (mercados libres mundiales, estados soberanos de-
mocráticos e intervenciones humanitarias limitadas), “los
94 James Der Derian, Virtuous war: Mapping the military-industrial-
media-entertainment network, Westview Perseus, Oxford, 2002.

139
Estados Unidos se han dirigido hacia una revolución en
los asuntos militares, la cual sirve de fundamento para la
‘guerra virtuosa’”. EE.UU. posee la voluntad política y los
músculos, que representa su capacidad técnica y ética im-
perativa para amenazar y, si es necesario, llegar a la ac-
ción violenta (“pero otra vez con bajas mínimas cuando
es posible”), como medio de reasegurar sus fronteras, man-
tener su hegemonía y volver a traer un mínimo de orden
imperial a la política internacional: “la diferencia después
del 11 de septiembre es que ahora tenemos un enemigo
con rostro; con 22 rostros, de hecho, que se encuentran a
nuestra disposición en el website de los terroristas más
buscados del FBI”. Va de suyo que Der Derian expresa un
cierto consenso nacional norteamericano, decididamente
conservador pero popular y, por ello, relevante.
El problema que se planteó a partir del ataque a las
Torres Gemelas es que no existe un intento por parte del
gobierno norteamericano (ni de los medios) de transfor-
mar estas imágenes de horror en discursos responsables
de reflexión y acción, tal es el mesianismo patriótico de la
administración Bush. Con el derrumbamiento de las to-
rres, una creencia común fue destruida: “aquí no ocurri-
rá jamás”. En este vacío, las cadenas de noticias se apre-
suraron a ofrecer transparencia sin profundidad, un simu-
lacro de horror, una forma pura de nihilismo. En círculos
oficiales hubo un esfuerzo concertado para separar el
vacío, el uso crítico del lenguaje, imaginación, aun el hu-
mor fue bastante delimitado por sanciones morales y ad-
vertencias gubernamentales. El primer golpe contra el pen-
samiento crítico adquirió una forma peculiar de debate
semántico sobre el significado de “cobarde”: en parte de
la prensa mundial, incluso en medios progresistas norte-
americanos, surgió el debate sobre si es más cobarde apro-
piarse de una aeronave comercial y dirigirla al World
Trade Center o bombardear a los serbios desde 15 000 pies

140
de altura o dirigir un ataque de misiles crucero contra Bin
Laden desde miles de millas. La respuesta oficial fue rá-
pida, con advertencias, condenaciones en talk-shows y con
el Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Ari Fleischer,
afirmando que gente como Bill Maher de la revista de iz-
quierda Politically Incorrect deberían cuidar lo que dicen y
lo que hacen.
Una guerra mimética es una batalla de imitación y repre-
sentación en la cual la relación de lo que somos y lo que
ellos son, es librada en un gran espectro de familiaridad,
amistad, indiferencia y tolerancia, distanciamiento y hosti-
lidad. Puede resultar en la apreciación o denigración, recon-
ciliación o separación, asimilación o exterminación. Traza
fronteras físicas entre las personas, así como fronteras me-
tafísicas entre la vida y la oposición más radical de la vida,
la muerte. Separa a los humanos de Dios, crea la cerca que
hace a los buenos vecinos, construye la pared que confina
a todas las personas. Algo más que un cálculo racional de
intereses nos lleva a una guerra. La gente va a la guerra por
cómo ven, perciben, imaginan a los demás y hablan de ellos:
es cómo construyen la diferencia de los otros así como las
similitudes de nosotros mismos a través de las representa-
ciones. Desde la tragedia griega y espectáculos de gladia-
dores romanos a reuniones fascistas y arte futurista, la mez-
cla mimética de imagen y violencia ha probado ser más po-
derosa que el discurso más racional.95

El Senado norteamericano aprobó un Acta Americana


de Unidad y Fortalecimiento que permitía la intervención
itinerante de múltiples líneas telefónicas, una vigilancia más
fácil del correo electrónico y el tráfico en Internet, así como
la difusión de las transcripciones de intervenciones telefó-
nicas, incluso, a las agencias de inteligencia. La consejera
de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, realizó personal-
mente llamadas a ejecutivos de las cadenas de televisión
95 J. Der Derian, op. cit.

141
pidiéndoles que examinen los vídeos de Al Qaeda antes de
transmitirlos y que consideren su edición debido a posibles
mensajes codificados. La información fluyó lentamente en
pequeñas cantidades de la Casa Blanca y el Ministerio de
Defensa después de que se manifestaran duras palabras e
impusieran fuertes restricciones contra las fugas de infor-
mación. Se llevaron a cabo operaciones psicológicas en las
intervenciones humanitarias al dejar caer panfletos de pro-
paganda y paquetes de comida. La Voz de América empe-
zó a transmitir mensajes anti-talibanes en pashtu. Después
que pusieran en la red a los “22 Terroristas más buscados”
en el website del FBI, un programa de televisión (“Los más
buscados de América”) difundió un gran especial sobre sus
casos individuales. Un periódico de la industria del entre-
tenimiento divulgó la noticia sobre una reunión entre fun-
cionarios de la Casa Blanca y ejecutivos de Hollywood, don-
de la Casa Blanca pidió a la industria del cine reunirse “al-
rededor de la bandera” como reminiscencia de los prime-
ros días de la segunda Guerra Mundial. Estas iniciativas
acentuarían los esfuerzos para fortalecer la percepción de
los Estados Unidos en el mundo, “difundir el mensaje” so-
bre la lucha contra el terrorismo y movilizar los recursos
existentes como satélites y cable “para promover el mejor
entendimiento mundial”.
Se supone que la globalización señala la victoria de los
valores e instituciones occidentales: la democracia liberal
y la economía de mercado como únicas opciones viables;
culminación de la historia del siglo XX, sembrada en todo
su camino por alianzas de los valores de la democracia y
la libertad. En esta inteligencia, el fin de la guerra fría (su-
puesto fin de la historia) debería haber marcado el fin de
los conflictos, liberando gran cantidad de energía y recur-
sos para asegurar el progreso y la libertad con equidad.
Sin embargo, hacia el fin del siglo XX el concepto de lo
occidental entra en crisis, surge el hegemonismo norteame-

142
ricano que coarta hasta los gobiernos socialistas europeos,
que al sentirse libres de la amenazas cruzadas (¡se debe
recordar que para Reagan Europa era un escenario posi-
ble para un enfrentamiento nuclear limitado!) se dejan
seducir por las ofertas del libremercado neoliberal. Hoy,
cuando la guerra con la que EE.UU. venció a Iraq se topa
con la oposición de las administraciones alemana y fran-
cesa, comenzamos a asistir a lo inevitable: el resquebra-
jamiento progresivo del sentimiento de valores compartidos.
Por lo que vale preguntarse si el concepto de globalización
plena planta sus límites en las fronteras de Occidente con
el resto del mundo, o incluye sólo a los países altamente
desarrollados (EE.UU., Europa y Japón), o sólo a los EE.UU.
En el primer decenio del nuevo siglo esta cuestión debe-
ría quedar resuelta.
Lo que propone el posmodernismo respecto de la
globalización es pensar este proceso más en términos de
enlaces y mensajes, de red, que de principios compartidos.
Los mensajes ya no pretenden tener validez universal, por
lo que no transmiten fundamentos, ni principios, ni mu-
cho menos ideas éticas. Aunque sigan teniendo una fun-
ción vital para la estabilidad social y ecológica del plane-
ta, estas ideas están enraizadas en sus categorías históri-
cas y culturales. En ese sentido será la estética, más blan-
da que la ética, la que podrá portar los mensajes de coor-
dinación necesarios para la supervivencia: si lo que se ex-
traña son la falta de estructuras estables morales y lega-
les, lo que se propone (y de hecho ya está ocurriendo) es
la formulación de estructuras más ágiles, flexibles, prácti-
cas, adaptadas al momento y casi efímeras (¿acaso no es
flexible práctica y, seguramente, efímera la “doctrina de
la guerra preventiva” de Bush?). Lo que resulta evidente
es que, si se persigue un objetivo común, al menos se re-
quieren “interfases” de conexión entre individuo y socie-
dad y de éstas con el resto del escenario internacional, que

143
proponga soluciones que permitan un compromiso entre
lo estable, lo deseable y lo posible.
De lo que no caben dudas es de que los desórdenes so-
ciales de nuestros tiempos comprometen el futuro, tanto
del primer como del tercer mundo. Al respecto se desta-
can unas pocas variables a modo de ejemplo, como sigue:

• la explosión demográfica en los PED (para el 2100 se


esperan unos 10 000 millones de habitantes en la Tie-
rra, incremento poblacional que se concentrará en un
90% en los PED); pero, además, el desequilibrio en la
estructura de edad de estos países se reforzará al au-
mentar la población económicamente activa y con ello
se agravarán los problemas de desempleo;
• la creciente concentración urbana (hacia el 2025 se cal-
cula que el 90% de la población será urbana en los PED)
por lo que fácilmente se puede prever un agudizamiento
de la conflictividad social e ingobernabilidad de estos es-
pacios llevados más allá de su límite ecológico y de haci-
namiento que hará muy difícil mantener la paz social;
• la expansión de la pobreza ligada a las migraciones eco-
nómicas y ambientales (el neoliberalismo produjo tan-
ta riqueza concentrada como proliferación de pobreza,
hasta hoy inéditas en nuestra historia); hoy padece ham-
bre una mayor cantidad de seres humanos que en cual-
quier otro momento de la historia, lo que está provo-
cando una marea incontenible de emigrantes a los que
se les aplican barreras cada vez más estrictas de tipo
económico, físico, policial y hasta militar que intentan
preservar los territorios de los PI del “aluvión zoológi-
co”; y, si quizá, no se pueda afirmar que la mayoría de
la población está peor ahora que hace diez años es por-
que en China se están manteniendo políticas bastante
sensatas que limitan el impacto del “pensamiento único”
en economía en tanto se aprovechan las ventajas de la

144
globalización —contradiciendo la recetas de los gurúes
económicos que fueron escuchados en la transición de
la ex URSS, con los resultados conocidos;
• al tiempo que campea en todo el mundo (occidental, al
menos) un creciente desinterés político y social.

Reiteramos que resulta esclarecedor considerar variables


que tengan en cuenta no sólo los aspectos de los grandes
agregados macroeconómicos (los llamados fundamentals de
la economía) sino también medioambientales y sociales,
para poder tener una idea más precisa de la situación eco-
nómica dinámica de un país o conjunto de ellos. Si se com-
para, por ejemplo, el PBI con el índice IBES96 de un país
como Estados Unidos, se evidencia una diferente evolución
del desarrollo económico según se utilice un parámetro bajo
una óptica reduccionista u otro que considere la situación
de forma dinámica y sistémica, como mandan los tiempos.
En tanto las preocupaciones de nuestros líderes, en la
última reunión de Davos en febrero de 2003, dejaron al des-
cubierto que los temas más convocantes para los cerca de
2000 empresarios, agentes gubernamentales y de organiza-
ciones internacionales, continúan enfocando la miopía del
corto plazo. Reseñó el Wall Street Journal que imperó du-
rante todo el encuentro una “expresión masiva de angus-
tia” cuya causa principal fue el inminente ataque de los Es-
tados Unidos a Iraq, que se sumó a la incertidumbre eco-
nómica que lo que menos necesita es un conflicto que pro-
voque alzas incontenibles en los precios del petróleo. Pero
96 IBES, es el índice Daly-Cobb de bienestar económico sustentable,
que incluye el PBN medio per cápita ajustado por desigualdades en la
distribución de ingresos, la disminución aguda de recursos no
renovables por la erosión y la urbanización, el costo de la conta-
minación del agua y del aire, y estimaciones del daño ambiental a
largo plazo por causa de cambios planetarios, como la disminución de
la capa de ozono, el calentamiento planetario, etc.

145
lo que verdaderamente quitó el sueño a los empresarios y
líderes políticos fue:

• La “despiadada” capacidad manufacturera de China


continental y su enorme fuerza laboral, que ha reempla-
zado con éxito gran cantidad de productos que antes se
fabricaban en los EE.UU., la India y México. Arreciaron
las quejas sobre la “piratería china”. En tanto la admi-
nistración económica china ha fijado su tipo de cambio
en condiciones ruinosas para la competencia. Esta queja
fue liderada por el presidente mexicano Vicente Fox.
Por otro lado, líderes empresariales indios se pronuncia-
ron insistentemente sobre un supuesto dumping chino
(ante precios tan bajos que hace pensar que difícilmente
puedan cubrir costos de producción), a lo que un finan-
cista chino respondió con lógica de hierro: “de tener tal
nivel de subsidios estaríamos ya en bancarrota”;
• Se analizó la complacencia de la opinión pública alema-
na, en general, que vive la ficción de una supuesta eco-
nomía floreciente, sin percibir que otros países se están
adelantando notablemente a la primera economía euro-
pea. Por su parte, Japón no habría caído en tal ensueño
y, muy por el contrario, se manifiesta preocupado pero
también desanimado porque sus autoridades guberna-
mentales, su sistema financiero y la economía en gene-
ral, no están respondiendo a los desafíos de la época;
• Asimismo, los ejecutivos norteamericanos presentes fue-
ron el grupo nacional más optimista: supervivientes del
estallido de la burbuja “puntocom”, de las crisis y es-
cándalos bursátiles de Wall Street. Sin embargo, permeó
cierto temor de sectores tales como líneas aéreas, te-
lecomunicaciones, por no sentirse en condiciones de
poder asegurar ganancias futuras aun si la economía
mundial se recupera.

146
Respecto del papel de los Estados Unidos y de la globa-
lización, consideramos muy esclarecedor de la naciente
confrontación entre posmodernos progresistas con los
“viejos” (o modernos) progresistas, reseñar el debate que
ha girado en torno del libro Imperio (escrito entre la Gue-
rra del Golfo y la crisis de Kosovo, por el pensador italia-
no de extracción marxista Toni Negri en colaboración con
Michael Hardt). En este texto se exponen dos conceptos que
fundarán ideas muy controvertidas: la primera es que existe
un mercado global sin ordenamiento jurídico, el que no
puede preservarse sin un poder que garantice su eficacia;
la segunda se refiere al orden político del mercado global,
que es imperial, y que no designa simplemente una nueva
forma de poder supremo, sino que también comprende
fuerzas de insubordinación y de luchas de clases novedosas
en sus formas. Esta nueva organización del poder mun-
dial, el imperialismo, tendría como objetivo esencial, según
Negri, asegurar la primacía de la libertad del mercado glo-
bal, que constituye en sí el nuevo orden mundial.
Se presenta de este modo, una interpretación nueva de
un viejo paradigma; este Imperio, no representaría un so-
metimiento mundial más allá de su objetivo que es la su-
pervivencia eficaz de la globalización económica y finan-
ciera. El imperio implica desde siempre una organización
supranacional que comprende todos los signos de sobera-
nía: el poder militar, el económico, el cultural y, hoy más
que nunca, el de la comunicación de masas. Sin embar-
go, el italiano desea distinguir este nuevo imperialismo, en
tanto forma de gobierno mundial, del clásico dominio im-
perial. En la actualidad, sin Estado-Nación, el Imperio asu-
me las tres características esenciales de la soberanía (mili-
tar, política, cultural) y no existe colonialismo sino orga-
nización centralizada.
Ante la consulta de por qué llamar imperio a la simple
organización hegemónica norteamericana surgida luego

147
de la caída del Muro de Berlín, Negri responde que, con-
trariamente a lo que sostienen los defensores de los úl-
timos bastiones del nacionalismo, el imperio actual no es
norteamericano, sino que es capitalista, sin banderas,
“… del capital colectivo, fuerza ésta que ha ganado la gue-
rra civil del Siglo XX”.97 Por ello Hardt y Negri expresan
que luchar desde el nacionalismo contra el “Imperio” su-
pone una olímpica falta de comprensión de la realidad del
“comando supranacional, de su forma imperial y de su
naturaleza de clase.”.98 En el “Imperio del capital colecti-
vo” participan tanto los capitalistas norteamericanos como
los europeos, así como “aquellos que han constituido sus for-
tunas sobre la corrupción rusa y también los del mundo
árabe, asiáticos y africanos que pueden permitirse enviar
a sus hijos a Harvard y sus dineros a Wall Street”. Claro
que los EE.UU. no rechazan hacerse cargo de la respon-
sabilidad del gobierno mundial pero, continúa Negri, “el
poder monárquico de la presidencia norteamericana, está
fuertemente influenciado por el poder aristocrático de las
grandes empresas multinacionales, sean financieras o pro-
ductoras de bienes, así como deben tener en cuenta la pre-
sión de las naciones pobres y de los organismos interna-
cionales (en particular la que hace a la defensa de los de-
rechos de los trabajadores), es decir, del poder democráti-
co de los representantes de explotados y excluidos”.
Concluye que el famoso fin de la historia de Fuku-
yama, debe referirse a ese equilibrio de funciones “reales”,
“aristocráticas“ y “democráticas”, “fijados por una cons-
titución norteamericana ampliada de manera imperial al
mercado mundial”. Negri no puede dejar de aceptar, sin
embargo, que la unificación económica financiera utiliza-
da como instrumento de autoridad del “derecho imperial”,
97 T.Negri y M. Hardt, Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002.
98 T. Negri artículo “L’impire, stade supreme de l’imperialisme”, en Le
Monde Diplomatique, Janvier 2001, Paris.

148
termina prolongándose, profundizando su control sobre
todos los aspectos de la vida como lo hace un imperio tra-
dicional: “El Imperio construye un orden biopolítico por-
que la producción se volvió biopolítica…, el Imperio desa-
rrolla sus dispositivos de control (sin dinámica de consen-
so) que involucran todos los aspectos de la vida y los re-
compone a través de esquemas de producción y de ciuda-
danía correspondiendo a una manipulación totalitaria de
las actividades, de las relaciones sociales y culturales”. La
globalización a través de su característica desterritoria-
lización, si bien alienta la movilidad y flexibilidad sociales,
también refuerza la estructura piramidal del poder y del
control global de un modo irreversible. Marxista, al fin, in-
terpreta que las luchas obreras contra el taylorismo acele-
raron la revolución tecnológica que desemboca en la so-
cialización e informatización de la producción, por lo que
la constitución del imperio bien podría representar la re-
acción capitalista a la crisis de los viejos ordenamientos que
buscaron disciplinar a la fuerza laboral a escala mundial:
“inaugura una nueva etapa de la batalla de los explota-
dos contra el poder del capital; el Estado-Nación que con-
tenía la lucha de clases, agoniza como antes lo hizo el Es-
tado colonial y el viejo Estado imperialista”.99
Posmoderno, sin duda, Negri nos sorprende al afirmar
que “estamos en el interior del mercado mundial y bus-
camos ver interpretada aquella imaginación que soñó un
día con la unión de las clases explotadas en el seno de la
Internacional Comunista; porque asumimos que estamos
viendo nacer fuerzas nuevas y rechazamos a los nos-
tálgicos de un reformismo social impregnado del resenti-
miento de los explotados y de los celos que, comúnmente,
recubren la utopía”. El imperio, que representa la organi-
zación actual del capitalismo en plena reestructuración
después de un siglo de luchas obreras sin precedentes,
99 T. Negri, artículo citado.

149
“sólo podrá ser contestado por luchas masivas e incisivas
que logren desestabilizar hasta desestructurar la comple-
ja organización del Imperio… Nuestro libro implica, con-
secuentemente, un cierto deseo de comunismo”.
La tesis de “imperio” es violentamente contestada des-
de la izquierda tradicional, siendo una de las más estruc-
turadas la crítica de Atilio Borón,100 quien comienza criti-
cando que los autores olvidan destacar la inevitable conti-
nuidad de los parámetros fundamentales del imperialismo:
“La globalización, en suma, consolidó la dominación im-
perialista y profundizó la sumisión de los capitalismos
periféricos cada vez más incapaces de ejercer un mínimo
de control sobre sus procesos económicos domésticos”. En
un momento en que existe una importante movilización
antiglobalización, que se extiende (desde Seattle hasta el
Foro Social Mundial de Porto Alegre con un breve impasse
producido por los atentados producidos el 11 de septiembre
del 2001 cuyo objeto es poner límites a la regresión social a
través del dominio ideológico del imperio sobre los países
en desarrollo) a la pérdida de valores ciudadanos en las so-
ciedades de mayor desarrollo económico así como en los
PED por igual, al envilecimiento de los regímenes democrá-
ticos dominados por el mercado, así como a las decisiones
tomadas por los países centrales que afectan miles de mi-
llones de vidas alrededor del mundo, particularmente lue-
go del militarismo que se ha vuelto omnipresente en las de-
cisiones internacionales luego del 11 de septiembre de 2001.
Las ideas de Hardt y Negri, al contener “gravísimos erro-
res de diagnóstico e interpretación”, pueden, según Atilio
Borón, echar por tierra tanto esfuerzo movilizador demo-
crático. Este catedrático sudamericano señala que el argu-
100 Atilio Borón es Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de
Ciencias Sociales, CLACSO. Nos referiremos a su libro Imperio e
imperialismo: una lectura crítica de M. Hart y T. Negri, CLACSO,
Buenos Aires, 2002.

150
mento central de Imperio evidencia una sorprendente si-
militud con las principales tesis de los ideólogos defensores
a ultranza de la globalización y del “pensamiento único”:
que se ha extinguido el Estado-Nación y no queda más que
resignarse y buscar nuevas fórmulas de adaptación; que la
lógica global gobierna indefectiblemente al mundo; que sólo
la “multitud” (idea tan ambigua como amorfa y desideo-
logizada), no ya el pueblo organizado, podría desafiar esta
ineluctable estructura, no contesta la pregunta central de
por qué la ciudadanía debería rebelarse, cómo, y para crear
qué sociedad; si el capitalismo en esta fase tardía es critica-
do por inhumano, opresor, injusto, la crítica se “desvanece
en el diáfano aire de la posmodernidad que a falta de cla-
ridad aparece totalmente impotente”. En efecto, los auto-
res en cuestión liquidan de un plumazo el proyecto incon-
cluso de la modernidad y proponen la reivindicación de una
democracia de nuevo cuño: la democracia alternativa de
la multitud (“nueva, absoluta, ilimitada e inconmensura-
ble”), tan difusa que no les permite identificar los sujetos
de semejante proyecto emancipador, ni definir las formas
institucionales que debería asumir. Por ello, Borón conclu-
ye que difícilmente los luchadores antiimperialistas puedan
encontrar en el ensayo Imperio algún argumento realista y
persuasivo que ilumine sus pasos o los ayude a compren-
der lo que está pasando en el mundo.
En todo caso, es nuestra impresión que el texto de Hardt
y Negri parecería funcional al actual estado de cosas, ya
que ofrece una crítica blanda que descomprime en parte la
protesta que ataca el statu-quo del imperialismo reinante
(el concepto de multitud de Virno va en el mismo sentido).
Apoya nuestra idea el eco elogioso que recibió el libro de
parte del New York Times, el Time Magazine e incluso por
The Observer de Londres. Coincidimos con Borón en que se
constata que “el resultado de esta empresa (el libro Imperio)

151
es ofrecer una visión del imperio tal y como él mismo se
observa desde su cumbre” y que si se manifiesta formalmen-
te un compromiso de los autores en la construcción de una
sociedad socialista, “el argumento de Imperio no se relacio-
na para nada con la gran tradición del materialismo histó-
rico”. En efecto, Borón contrasta Imperio con otras obras
de autores tales como Samir Amin, Noam Chomsky, Robert
Cox o Immanuel Wallerstein.101 Y es que, a nuestro pare-
cer, la tesis del ensayo es de naturaleza contradictoria: el
imperio ha emergido y el imperialismo ha muerto, donde
no son los mercados los dominantes sino que lo sería la
ONU (?). Por lo que a las Naciones Unidas se le otorga un
papel sobredimensionado en este nuevo orden mundial,
donde su producción jurídica es considerada una verdadera
guía ética de gran eficiencia, lo que no es cierto desde nin-
gún punto de vista. En principio, teniendo en cuenta el ses-
go elitista del Consejo de Seguridad sobre todo el sistema
de la ONU, donde los EE.UU. mantienen una supremacía
casi hegemónica, al punto que siempre terminan por legiti-
mar los esfuerzos bélicos norteamericanos, pero además
avanzan inusitadamente al afirmar que bajo este nuevo
imperio queda legitimado porque responde a valores uni-
versales (saliéndose del discurso posmoderno), tesis que
destruye la realidad descrita por Borón.
El profesor de Clacso recuerda que Rousseau destaca-
ba que los dominados eran inducidos a creer que la obe-
diencia era un deber moral donde la moderna tiranía,
al decir de Tocqueville, no castiga el cuerpo como antaño
sino que se ataca directo al alma. En efecto, manipulación
(a través de los medios) y control ideológico (permitido por
la blanda educación a todo nivel) mostraría que se está
101 S. Amin con Empire of chaos y capitalism in the age of Globalization;
N. Chomsky con The conquest continues world orders: old and
new; I. Wallerstein, The modern world after liberalism; R. Cox,
Production, power and world order.

152
produciendo el cambio que vislumbró Foucault en el paso
de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control (auto-
control).
Hardt y Negri ven en el imperio una forma evoluciona-
da, del mismo modo que Marx veía en el capitalismo una
mejor forma de sociedad y de modos de producción que
en los sistemas anteriores a él. Al respecto, Borón destaca
que tal aseveración implica que el imperio (como actual or-
den capitalista mundial) es distinto al capitalismo a secas;
“los autores de Imperio ven a este sistema como la supera-
ción histórica de la modernidad, época sobre la cual ellos
tienen una visión un tanto distorsionada”. Si es verdad que
la fase más actual de la modernidad es de naturaleza trá-
gica, no deberían ligarse tan estrechamente los resultados
devastadores a cierto protagonismo del Estado-Nación
como si éste fuera el único culpable, opina Borón al tiempo
que parafrasea a Negri: “el Estado-Nación ha sido condición
ineludible para la nación imperialista y el estallido de nu-
merosas guerras y si ahora esa aberración está desapare-
ciendo del escenario mundial, de buenas nos libramos”.
También se equivocan cuando afirman que el principal obs-
táculo que impide la simple “comunicabilidad” de las luchas
es la ausencia de reconocimiento de un enemigo en común:
“Olvidan que la rebelión chiapaneca del Subcomandante
Marcos, las llamadas marchas antiglobalización, los reite-
rados foros sociales mundiales en Porto Alegre, entre otras
manifestaciones, han identificado claramente al neolibera-
lismo como el oponente a derrota”.
Consideramos que éstas son las objeciones principales
de las muchas que hace Borón a la tesis de Imperio, sobre
las cuales nos resulta difícil no estar de acuerdo. Pero para
finalizar con el análisis del libro de Hardt y Negri, que ten-
dría en la actualidad un gran predicamento en ciertos secto-
res académicos y de la juventud preocupada por nuestro
futuro, creemos útil a los fines del presente trabajo hacer

153
algunas consideraciones extras sobre la lógica posmo-
dernista del capital global que pregonan Hardt y Negri. Esa
lógica que enfatiza lo instantáneo, el perfil cambiante de los
deseos, el culto al individualismo, el consu-mismo de mer-
cancías e imágenes, la diferencia y la multiplicidad, el feti-
chismo del dinero y los simulacros, así como la fascinación
por lo nuevo es difícilmente contestable en tanto diagnósti-
co. Sin embargo, cuando Hardt y Negri avanzan al afirmar
que esta lógica posmoderna produce cambios en el marke-
ting que se diversifica según el target de los consumidores
a los que apunta, impone una superación de “las antiguas
formas modernas de la teoría racista y sexista, que son los
enemigos explícitos de esta nueva cultura corporativa”, no
podemos coincidir. Concluimos que los autores de Imperio
creen, al igual que Fukuyama, que la cultura corporativa
actual representa una dinámica de emancipación (!), ya que
las empresas globales desean incorporar las diferencias cul-
turales “con lo cual maximizan la creatividad y la diversi-
dad en el ambiente laboral”. Basta preguntar ¿y los exclui-
dos del sistema? para mostrar gran parte del inaceptable
error que cometen estos autores al alabar el marketing neo-
liberal y posmoderno como si se tratara de una formidable
energía vital: como si marketing y capital, al movilizarse por
la exclusiva atracción del incremento en las ganancias, pu-
dieran tener algún tipo de consideración ética, cultural, so-
cial o medioambiental. O que, aun sin tenerlas, pudieran
producir algún beneficio en cualquiera de los campos cita-
dos. Como en el mundo virtual, todos somos iguales según
Bill Gates, vivimos en el mejor de los mundos. Salvo que se
trata de un mundo al que accede un mínimo de la pobla-
ción mundial (y sólo podrían disfrutarlo plenamente aque-
llos que tienen la capacidad inmoral de eludir el más míni-
mo atisbo de conciencia sobre las misérrimas e inhumanas
condiciones en las que vive prácticamente la mayoría de la
humanidad).

154
Para mostrar las nefastas consecuencias de la neoliberal
cultura corporativa, tan liberadora según (Hardt, Negri,
Fukuyama y Gates), deseamos destacar una publicidad apa-
recida en las primeras páginas de una prestigiosa publica-
ción internacional (Foreign Affairs, referencia obligada de las
más altas estructuras gubernamentales, de directivos cor-
porativos, de la prensa internacional y de todo aquel que
se considere formador de opinión) por la empresa interna-
cional de seguridad corporativa Guardmarks:102 sobre el
fondo de una foto donde se ven empleados comunes sa-
liendo desordenadamente y cariacontecidos de un edificio
de oficinas (podría ser en cualquier capital del mundo oc-
cidental, incluida la parte de Asia convertida al capitalis-
mo tardío) donde se destaca un texto que dice: “A loyal
employee for 22 years. Last month was off. This morning
is come back. No one was ready for him” 103. Y en letras más
chicas: “Workplace violence is a heart-stopping reality, that
can happen anywhere, anytime. Even best run companies
can be victimized by it… workplace violence costs business
billons of dollars annually”.104
Si Wardmarks publica este aviso en la doble página más
importante del prestigioso bimensuario, es decir la más cara,
será porque la nueva y liberadora cultura corporativa está
provocando una banalización de tremendos hechos de vio-
lencia a partir del maltrato a los que estas grandes empre-
sas someten a antiguos empleados leales, cuya pérdida del
trabajo representada la pérdida de sí mismos. Es ésta la rea-
lidad que nos presentan estos usuales collateral damages.
102 Foreign Affairs Magazine, september-october 2001, vol. 80, number 5.
103 Un empleado leal por 22 años. El mes pasado fue echado del trabajo.
Esta mañana volvió. Nadie estaba preparado para él.
104 La violencia en los lugares de trabajo es una realidad inquietante, que
puede ocurrir en cualquier parte y en cualquier momento. Incluso las
compañías mejor manejadas pueden ser victima de estos… la violencia
en los lugares de trabajo cuesta a las compañías miles de millones de
dólares al año.

155
156
Capítulo III

El discurso posmoderno

157
Científicos y filósofos son poetas que
se ignoran tales, que creen encontrar verdades
cuando en realidad las crean.
Richard Rorty

Comencemos este capítulo haciendo referencia a algunas


fuentes y antecedentes remotos de las ideas posmodernas
(las fuentes directas e inmediatas serán abordadas en el si-
guiente apartado). Un antecedente filosófico del pensamien-
to posmoderno es el escepticismo helenístico que se origina
en una época de desconcierto y cambio social en la Grecia
clásica (siglo IV a. C.) emergente del derrumbe de las ciu-
dades-Estado y de las novedades provenientes de las con-
quistas de Alejandro Magno. Se trató de una conjunción
de crisis política y social y de la ampliación del conocimien-
to y apertura de opiniones de toda índole. El paralelo con
nuestra época es obvio. Surgen con Pirrón de Elis y Timón
de Flionte una serie de premisas filosóficas que luego
sistematizaría Sexto Empírico: la relatividad del conocimien-
to y la doctrina sobre la imposibilidad de establecer crite-
rios universales, siempre válidos en toda época y lugar. Los
escépticos establecieron una teoría filosófica sobre la
relatividad gnoseológica (imposibilidad de conocer el ser o
la calidad en sí de las cosas) y sus consecuencias sociopo-
líticas (relativo a la abstinencia de emitir juicios, lo que lle-
va a someterse a las leyes y usos de la sociedad respectiva,
sin cuestionamientos). No es posible, entonces, discriminar

[159] 159
entre lo verdadero y lo falso, Sexto Empírico aplicó el
relativismo, el probabilismo y la verosimilitud aproximada
a la esfera de la ética: la actitud recomendada ante la pro-
blemática social es la abstención de juicio (epoché) para po-
der alcanzar una inconmovible impasibilidad de espíritu
(ataraxia) que es el fin ético perseguido por los escépticos.
Su antecedente es la escuela sofística que ya había postula-
do la relatividad del conocimiento en general y un segui-
dor del cinismo escéptico fue Michel de Montaigne (1533-
1592), quien estimó que el desorden es la causa de casi to-
dos los males políticos, por lo que abogó por la conserva-
ción del orden establecido como el mal menor.105
La incertidumbre doctrinaria (basada en la isostenia en
la ética: todo argumento es tan válido como su contrario)
y, su consecuencia, el conservadurismo, son característi-
cas que comparten escépticos y posmodernos. El resulta-
do es el “decisionismo irracional” y la casualidad erigida
en principio, ya que resulta tan razonable y lícito seguir
tanto como rechazar un programa de normas o una ideo-
logía. El riesgo, evidente, es que este relativismo permite
justificar cualquier decisión, por irracional que sea, en
nombre de la falta de criterio para discernir entre bueno
y malo, justo e injusto, lícito o ilícito, etc. La indiferencia
política y moral resulta, en lo cotidiano, en una actitud
pragmática conservadora: cinismo posmoderno que es
mixtura de regocijo (por no tener que asumir responsabi-
lidades incómodas) y resignación (debido a la imposibili-
dad de conocer toda verdad) y que resulta en la doctrina:
el anything goes (todo vale), lo cual no es demasiado favo-
rable para una convivencia social razonable.
Sin embargo, del mismo modo que de Montaigne se res-
cata su prédica hacia la tolerancia en tiempos muy dogmá-
ticos, del pensamiento posmoderno (o de su diagnóstico de
105 Ver artículo del profesor Mansilla de la UNAM en la página web
http://www.hemerodigital.unam.mx/anvies.

160
la época más reciente) podemos extraer su crítica desmiti-
ficadora de los sistemas con inclinaciones omnímodas, el ata-
que a los dogmas, en tiempos en que los medios masivos in-
tentan (y muchas veces lo logran) seducir a los espectado-
res a través de la duda sistemática. Sólo le falta (¡casi nada!)
la fe necesaria para la praxis crítica contra la creencia de
que el orden establecido no es el único que posee una di-
mensión legitimada de vida social por su mero imperio.
El profesor Mansilla afirma que “el rechazo posmoderno
de los discursos estructurales de cambio social abrió el ca-
mino para la privatización de la política, en tanto mera téc-
nica de administración de capital”. Por ello es lícito afirmar
que esta postura cultural impuso un estilo que si no fomen-
tó el neoliberalismo al menos lo justificó, como consecuen-
cia lógica. Pero opina que “si el neoliberalismo se ha ido
desprestigiando como consecuencia de sus calamitosos re-
sultados, la inflexión posmoderna está más vigente que nun-
ca, como lo puede testimoniar el arte contemporáneo en sus
diversas manifestaciones que hacen de la intensidad del
acontecimiento su centro”. Por lo expuesto, “el vacío políti-
co tiende a llenarse de entusiasmo reaccionario frente a la
decepción y al malestar que han provocado las promesas
incumplidas de la globalización”. En efecto, cuando se pier-
de el juicio crítico, las posibilidades de proyección y, por lo
tanto, la esperanza, surge una cierta tentación totalitaria.
Compartimos con Mansilla su esperanza en que el dis-
curso de deslegitimación supere la parálisis, o que el si-
lencio haya alcanzado sus límites y deje espacio para re-
pensar lo político y permitir la recuperación de lo social.
Sin embargo, para que esto ocurra se requerirá que la po-
lítica consiga crédito y defina cuál es la sociedad desea-
ble, condición indispensable para la reconstrucción que
debe seguir al ocaso neoliberal.

106 Mansilla, artículo citado.

161
Si renunciar a la Ilustración equivale a retornar al medievo,
según Bunge, ya no se podrá rescatar del naufragio la razón
tal como la presentaba la modernidad clásica, sin embargo
se deberán recuperar algunos principios y actualizar otros:
primacía del enfoque científico en el estudio del mundo y so-
meter la tecnología al principio de sustentabilidad (desarro-
llo sostenible), cultivo de un utilitarismo moral universal para
doblegar al dogmatismo, desprestigiar la praxis y el trabajo
por sobre la especulación financiera, fomentar el progresis-
mo y recuperar la confianza en el igualitarismo y la solidari-
dad, combinar el individualismo con el utilitarismo social.106

La alternativa posmoderna nos presenta algunos costa-


dos que es necesario destacar. En muchos aspectos la crítica
al racionalismo y al estructuralismo, que constituye el núcleo
de las teorías posmoderna, es muy lúcida. No lo es la alter-
nativa que plantea la deconstrucción del edificio conceptual
y el desmoronamiento de las estructuras deja una atmósfe-
ra desencantada y de una precariedad molesta. Así, la im-
posibilidad de un discurso general que provoca el sujeto dis-
traído y acrítico, el pensamiento débil y la pluralidad de éti-
cas, el vagabundeo intelectual frente a la sospecha que ins-
talaron sobre cualquier regla que pretende ser universal, nos
dejan sin la posibilidad de obtener el más humilde de los con-
sensos. Aunque lo lúdico, la diversidad despreocupada y los
compromisos ligth, no han impedido cierta praxis posmo-
derna en defensa de causas humanitarias y justas. Pero pa-
recería que estas actitudes positivas provienen más de la
compasión personal de los teóricos posmodernos que de la
praxis de sus tesis. En un mundo considerado pura parodia,
al decir de Georges Bataille, donde la velocidad de la infor-
mación produce un efecto de éxtasis que deja poco lugar a
la reflexión, el campo se vuelve propicio para los totalita-
rismos de cualquier signo. Nos propone un presente conti-
nuo, simultáneo e instantaneo, a través de la imagen elec-
trónica: la estética de la fragmentación resulta en una sen-

162
sación esquizofrénica por la ruptura de la cadena signi-
ficante. La búsqueda de sentido se pierde inexorablemente.
Si los acontecimientos son anomalías sin consecuencias,
que no se guían por ninguna ley, y el hablante queda sepa-
rado de los hechos por el orden simbólico, la norma no es
más que un promedio posfacto que surge de los hechos mis-
mos que crean hábito, entonces todo es posible, en completa
impunidad. Todo ello sumado resulta en la imposibilidad de
actuar sobre el mundo, y el desamparo se extiende al sujeto
que afloja los lazos afectivos, se encierra en sí mismo, cuan-
do la trascendencia se torna inmediatismo, porque ya nin-
gún esfuerzo vale la pena, ni siquiera el de comprender.
Según el profesor Hugo Valenzuela, de la Universidad
Autónoma de Barcelona, el posmodernismo se inscribe en
un nuevo romanticismo (que comparten autores posmo-
dernos como Gadamer, Foucault, Derrida, Feyerabend con
otros como Spengler, Sartre y Camus), el cual se caracte-
riza por “el subjetivismo, el relativismo espistemológico,
la predilección por el símbolo, el mito, la metáfora y la re-
tórica, el pesimismo ante la posibilidad de progreso, la pro-
sa es oscura y pomposa y tienden a hacer pasar el absur-
do por profundidad, y el eclecticismo por erudición”.107
La hermenéutica, herramienta favorita del posmoder-
nismo, se concibió como un método para desentrañar sig-
nificados. No posee un corpus de reglas para su aplicación.
Se ha convertido, con los seguidores de Heidegger, en una
doctrina idealista que afirma que los hechos sociales son
símbolos que deben ser interpretados antes que descritos o
explicados objetivamente, según Mario Bunge, por lo que lo
que descansa en la experiencia y en las habilidades retó-
ricas del intérprete: “el éxito de la antropología interpreta-
tiva radicaría en que al ser un juego sin reglas, donde todas
pueden jugar sin riesgos, ya que no hay respuesta más acer-
107 H. Valenzuela García, artículo “Neoromanticismo posmoderno y adiós
a la razón”, en sitio www. filosofíacrítica.com.

163
tada que otras”. La epistemología antifundacionalista pos-
moderna afirma que el pensamiento moderno, como el em-
pirismo y los procedimientos lógicos (inductivos o deduc-
tivos) son mera ideología occidental. Se acusa a la razón,
en particular a la ciencia y a la técnica, por el lamentable
estado de cosas en que se encuentra el mundo.
Si su rendición a la desesperación que desemboca en ni-
hilismo puede ser condenable, el acierto del pensamiento
posmoderno es el de alertarnos sobre el fracaso de muchos
valores modernos que, en su afán de dominación y control,
no han tenido en cuenta la complejidad del mundo (el im-
pacto de las nuevas tecnologías, las mutaciones culturales,
la voracidad de la maquinaria capitalista, la inmigración y
la marginación, las asimetrías del poder, la fragmentación
intelectual, la clonación y las drogas de diseño, etc.). Pero se
trata de un radicalismo light, sin riesgos, ya que son críticas
y se dirigen principalmente contra la ciencia y la técnica pero
no identifica a los auténticos responsables del estado de co-
sas: en vez de enfrentar al mundo para actuar sobre él, su
“pensamiento débil” huye hacia construcciones ideales, al
tiempo que su actitud nihilista no sólo demolió la empresa
cognitiva sino que se llevó con ella (tiró al bebé con el agua
del baño) el ethos moral y con él los principios igualitarios.
Afirma Valenzuela que “el relativismo posmoderno que
profesa una tolerancia radical sufre, paradójicamente, de
fundamen-talismo ya que, de alguna manera, afirma que
quien se le oponga será acusado de positivista e imperialis-
ta”. Además, agrega que “el nihilismo, que no es fuente de
probidad moral, podría abrir puertas al fascismo: Nietzsche
proveyó argumentos al nazismo, mismo ideología que abra-
zó Heidegger con entusiasmo”.108 Esos dos pensadores,
como ya ha sido reiterado (y cuyos aportes se analizarán
en el apartado que continúa al presente), son pilares del
pensamiento posmoderno.
108 H. Valenzuela, artículo citado.

164
Antecedentes Modernos

No existen hechos, sólo interpretaciones


Friedrich Nietzsche

Las ideas posmodernas encuentran antecedentes inmedia-


tos en algunos de los desarrollos de pensadores denomi-
nados modernos que infringieron alguna fractura en la
modernidad. Son los casos de Hegel, Marx, Nietzsche,
Wittgenstein, Heidegger, entre los más citados.

Hegel (1770-1831) - “el estado de inocencia es el estado


animal.
Edén es un jardín zoológico, es el
estado de irresponsabilidad”

En el historicismo hegeliano los asuntos humanos no


pueden ser cabalmente comprendidos en su pleno signifi-
cado a menos que se los ubique en el contexto del impul-
so general y progresivo de la historia que avanza hacia
su meta final. La historia, en este sentido, no es una serie
de acontecimientos contingentes y discontinuos sino que
según su dialéctica tiene una estructura, en la que una for-
ma se transforma en otra debido a que se revelan las con-
tradicciones de las formas anteriores. Lo verdadero en es-
tas formas históricas es su sentido de realizar alguna ca-
pacidad humana o satisfacer alguna necesidad humana.

[165] 165
La dialéctica hegeliana registra el desarrollo interno de las
sucesivas formas de vida, por lo que constituye el paso de
la representación a la razón. Pero esta razón hegeliana tie-
ne en cuenta las restricciones históricas, es decir que no
se trata de una razón de abstracción universalista, como
pregonan los modernos (Kant). Ésta es una de las carac-
terísticas de Hegel que rescatará el pensamiento posmo-
derno, en cuanto ruptura con el universalismo y los im-
perativos categóricos kantianos, ya que representan un
primero y decisivo quiebre en el pensamiento moderno.
Los escritos del joven Marx se apoyarán en este filósofo
romántico alemán, en la concepción hegeliana de que el
mundo de valores, creencias, representaciones forman el
“espíritu del pueblo”. Esa sociabilidad, o suerte de con-
senso comunitario (precomprensión cultural de la existen-
cia, diría un posmoderno) es la que permitirá el surgimien-
to del contrato ciudadano.

Marx (1818-1883) - “las tradiciones oprimen como una


pesadilla el cerebro de los vivos”

El posmodernismo sospecha que cualquier fundamen-


to objetivo de nuestra existencia es una ficción arbitraria,
mientras Marx, en tanto pensador clásico, destaca que el
fundamento de nuestro ser es la forma compartida que de-
nomina “ser genérico” (aunque es refractario a toda idea
que emita un “tribunal superior”, como el deber, la moral,
las sanciones religiosas, la Idea Absoluta). Ese concepto fluc-
túa ambiguamente entre descripción y prescripción, hecho
y valor, definiciones de cómo somos y cómo deberíamos ser.
El hombre es un animal sociable, por naturaleza, depen-
diente de los otros para su propia supervivencia. Como pen-
sador historicista, Marx intenta rescatar las instituciones
humanas de la falsa eternidad con la cual el pensamiento

166
metafísico (Kant) las ha dotado, ya que lo que ha sido crea-
do históricamente siempre puede ser históricamente modi-
ficado. Manifiesta que es necesario despojarse de toda ve-
neración supersticiosa del pasado. De esta crítica al univer-
salismo (a la validez de fundamentos más allá del tiempo
y el espacio) abrevan los posmodernos, quienes también pre-
sentan similares contradicciones: Marx sostiene que existe
una esencia humana y que la sociedad justa sería aquella
en la cual a esta naturaleza se le permitiese realizarse,
y “hay, además, verdades eternas, tales como la libertad,
la justicia, etc.”;109 los posmodernos también deben apoyar-
se en un límite cuando defienden la diversidad, pluralidad
que otorga valor similar a distintas culturas siempre que
respeten un mínimo de derechos humanos.
El pensamiento marxista, al igual que el posmoderno,
se enfrenta a la razón instrumental que pontifica que los
individuos justifican su existencia si viven en función de
una meta más elevada, sea el estado político, sea la felici-
dad universal (según el utilitarismo dominante en el siglo
XIX), ya que considera que la argumentación sobre me-
dios en vista de fines es la forma de la racionalidad sobre
la que se basa la sociedad capitalista, donde las energías
de la mayoría se tornan instrumento para beneficio de la
minoría (la individualidad es forzada a convertirse en sim-
ple herramienta de supervivencia).
Marx considera a la noción de igualdad de derechos
como una herencia de la época burguesa, como un refle-
jo espiritual del intercambio de mercancías iguales en abs-
tracto, lo que reprime la particularidad de hombres y
mujeres, sus dotes diferenciales únicas. En efecto, desmin-
tiendo generalizaciones de sus críticos, efectúa una defensa
del individuo en tanto ente social: ”hay que evitar, sobre
todo, el volver a fijar la sociedad como abstracción, enfren-
109 K. Marx & F. Engels, The communist manifesto, Verso, London, 1998.

167
tada al individuo. (...) La vida individual del hombre y su
vida genérica no son cosas distintas”. Critica el pregona-
do individualismo liberal, que dio nacimiento a un orden
social que en la práctica reduce a hombres y mujeres a uni-
dades intercambiables. El hombre en el capitalismo es un
“valor de cambio” (donde el trabajo del individuo es con-
siderado mercancía y dos unidades son reducidas a una
igualdad abstracta entre ellas, ignorando sus aspectos
específicamente sensibles y la diferencia es dominada por
la identidad del valor de cambio), y Marx intenta liberar
su “valor de uso” para desmercantilizar la personalidad
humana: “sólo cuando el hombre real, individual, reab-
sorba en sí mismo al ciudadano abstracto y, como hom-
bre individual, exista a nivel especie en su vida empírica
(...) sólo entonces se habrá cumplido la emancipación hu-
mana”.110 El posmodernismo rescata estas ideas.
La ética de Marx puede considerarse estética, como en
el posmodernismo. En tanto la estética es aquella forma
de práctica humana que no requiere justificación de uso,
de utilidad, sino que se procura sus propios objetivos y
fundamentos podemos considerar, siguiendo a Eagleton,111
que para Marx el socialismo sería el movimiento práctico
de hacer surgir un estado de cosas en el cual se maximicen
las posibilidades de igualdad real para el mayor número
de individuos.

Nietzsche (1844-1900) - “¿no oímos todavía el ruido


de los sepultureros que
entierran a Dios?”

Según el más poeta de los filósofos, el hombre se en-


cuentra en un estado de ensoñación que le permite creer
110 K. Marx, Oeuvres, La Pléiade-Gallimard, Paris, 1982.
111 Terry Eagleton, Marx y la libertad, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1997.

168
que existe una realidad detrás de las apariencias: “Para mí
la apariencia es lo que existe y produce su efecto y se finge
y burla de sí misma hasta tal punto que presiento que nada
más existe fuera de la apariencia”.112 Así, sólo el loco (por
irracional) estaría despierto, en tanto nuestra superviven-
cia depende del hábito de preferir el compromiso a la in-
certidumbre, el error o la ficción a la duda, aferrados a la
fe que nos otorga la ansiada estabilidad, no sea que el es-
cepticismo nos desborde. A estas ideas no puede dejar de
adherir el pensamiento posmoderno. De hecho Derrida es
un profundo estudioso de Nietzsche, sobre quien ha escri-
to memorables páginas. Pero la inspiración nietzscheana no
termina allí, sino que aporta a las nuevas ideas fundamen-
tos respecto de la lingüística, de la pluralidad y diversidad,
de la fragmentación y la discontinuidad, su sentido estéti-
co de la existencia y, aun, del desencanto nihilista.
La imagen de la muerte de Dios se refiere a la pérdida
de todos los referentes (los posmodernos hablarían de caída
de todos los metarrelatos): si Dios vive, todo guarda sen-
tido, pero si ha muerto, todo está permitido y nada se pue-
de comprender. La identificación que hace de la verdad
con metáforas, metonimias y relaciones con adornos poé-
ticos y retóricos (“las verdades son ilusiones que se han
olvidado que lo son”), se relaciona también con la poca
confianza que le merece el lenguaje. En efecto, este filóso-
fo-filólogo es extremadamente desconfiado sobre la eficien-
cia del lenguaje (escepticismo que heredan los posmoder-
nos) y afirma que el lenguaje es incapaz de expresar la
verdad objetiva sobre la realidad externa: el lenguaje y la
lógica sólo pueden lidiar con un mundo ficticio en el que
todo permanece estático.
El filósofo alemán, al explorar su propia ambivalencia,
culmina por afirmar que existen muchas personas en un
112 Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, El Ateneo, Buenos Aires, 2001.

169
mismo individuo. Quizá los múltiples malestares físicos
que sufría le daban la sensación de estar dividido por den-
tro. Lo que sí es seguro es que le complacía la idea de que
todos somos fragmentos de lo que alguna vez fue una úni-
ca y enorme criatura. La multiplicidad de voces a las que
hacía referencia, que se hacían presentes en sus textos y
que algunas veces se contradecían entre sí, llevó a Derrida
a hablar de “los Nietzsches”. Sus referencias a Wagner (a
quien denominó artista moderno por excelencia y en quien
admiraba su capacidad de mostrar la diversidad reunida
en los individuos) como artista de lo “histérico”, que se
ponía de manifiesto en óperas con individuos con gran ca-
pacidad de trasformarse a sí mismos en cualquier momen-
to, que tan fácilmente se expresan con discursos contra-
puestos con idéntica convicción.
Del mismo modo, su preferencia por lo dionisíaco so-
bre lo apolíneo (que simboliza la tendencia al orden) pone
en evidencia su predisposición a la simultaneidad, la
transfiguración y toda suerte de simulaciones, que tan pre-
sentes están en el arte. Dioniso representa la abundancia
de energía creativa que fomenta el deseo de destruir, cam-
biar, devenir: “pues yo tengo que ser lucha y devenir y
finalidad y contradicción de las finalidades: ¡ay, quien adi-
vina mi voluntad, ése adivina sin duda también por qué
caminos torcidos tengo que caminar yo!”.113 Sin embargo,
por su consecuencia con relación a la diversidad, asevera
que la tendencia dionisíaca y la apolínea “caminan juntas,
lado a lado... incitándose la una a la otra a partos cada vez
más poderosos”.
Desde su estilo de expresión (más bien en forma de pá-
rrafos breves y aforismos) hasta el fondo de su discurso,
Nietzsche otorga privilegios a la discontinuidad. De este
modo, al escribir sus subjetivos comentarios históricos le
113 F. Nietzsche, “Así habló Zaratustra”, en Obras Inmortales, EDAF,
Madrid, 1974.

170
fue posible aislar contradicciones y momentos disyuntivos,
en lugar de concentrarse en personalidades y hechos pro-
ducidos en períodos claramente determinados, como ha-
cen los historiadores.
La ética de Nietzsche aparece fundada en la voluntad
y, más precisamente, en el poder de la voluntad, o en la
voluntad de poder como voluntad pura, que en definiti-
va sólo se quiere a sí misma y, por ende, no quiere nada:
es nihilista. El nihilismo, y el fenómeno de decadencia que
domina Occidente, sería el sello de toda la cultura judeo-
cristiana, y en particular de sus valores supremos: la reli-
gión, la metafísica (desde Platón) y la moral (hasta la crí-
tica kantiana y la dialéctica hegeliana). La moral es obra
del poder. Poderoso lo fue originalmente el guerrero y el
aristócrata, que forjan una tabla de valores nobles y esta-
blecen el sentido de “jerarquía”. El poder del débil, del ple-
beyo, ha de ejercerse a la inversa: ha de invertir los valo-
res nobles por la voluntad nihilizante que hay en él. La
voluntad nihilista está movida por el resentimiento y el de-
seo de venganza. Pero Nietzsche cree representar profé-
ticamente otra cara del nihilismo: la obra del hombre su-
perior, que habrá de venir y que Nietzsche prefiguraba en
Zaratustra, en Dioniso y en sí mismo, será la creación de
nuevos valores. La transmutación de los valores decaden-
tes de la cultura nihilista por un retorno a las fuerzas pri-
marias de la vida y de la tierra, que habrá de ser eterno,
constituir un “eterno retorno”.
Pero además, al rastrear la genealogía de la moral y
evaluar la psicología del castigo, Nietzsche hace un apor-
te invalorable para el desarrollo del análisis de los siste-
mas disciplinarios realizado por uno de los pilares del pen-
samiento posmoderno, Michel Foucault.114
114 M. Foucault, Surveiller et punir: Naissance de la Prison, Gallimard,
Paris, 1993.

171
Wittgenstein (1889-1951) - “toda la filosofía es
crítica del lenguaje”

Su principal aporte a las ideas posmodernas son sus


disquisiciones acerca del lenguaje. Afirma que el lenguaje
hechiza nuestra inteligencia, y pone de manifiesto las difi-
cultades que enfrenta el entendimiento por las limitaciones
de la lengua: “el hombre posee la capacidad de construir
lenguajes en los cuales todo sentido puede ser expresado
sin tener una idea de cómo y qué significa cada palabra; lo
mismo que uno habla sin saber cómo se han producido los
sonidos singulares...”.115
La filosofía de Wittgenstein gira alrededor de la relación
lenguaje-mundo. En su Tratatus Logicus-Philosophicus el len-
guaje es la totalidad de las proposiciones y la proposición
es la representación de un estado de cosas que comparte la
relación estructural, por lo que existe un isomorfismo entre
lenguaje y mundo. De este modo, el lenguaje figura los he-
chos que describe. La filosofía se convierte, entonces, en una
actividad cuya tarea es medir el área del lenguaje signi-
ficante y clarificar la lógica del pensamiento, lo que requie-
re poder eliminar las expresiones confusas y sin sentido. El
último Wittgenstein, en sus Investigaciones Filosóficas, aban-
dona la búsqueda del lenguaje perfectamente significativo
y se dedica al estudio de los juegos del lenguaje que con-
servan un halo de indeterminación. Por ello concluye que
si el lenguaje no expresa la esencia del objeto y la lógica no
es algo que se oculte detrás del lenguaje debemos conten-
tarnos con cierto margen de incertidumbre.

Heidegger (1889-1976) - “nuestra existencia no tiene


más fundamento que ella misma”
115 Ludwig Wittgenstein, Tratatus Logico-Philosophicus, Alianza
Editorial, Buenos Aires, 1988.

172
Gianni Vattimo encuentra en el joven Heidegger de-
sarrollos de ideas que originó Nietzsche:
lo que caracteriza el fin de la historia en la época posmoderna
es la circunstancia de que en la práctica historiográfica y en
su autoconciencia metodológica la idea de una historia como
proceso unitario se disuelve y en la existencia concreta se
instauran condiciones efectivas (…) que le dan una especie
de inamovilidad realmente no histórica. Nietzsche y Hei-
degger, y junto con ellos todo ese pensamiento que remite a
los temas de la ontología hermenéutica116 son considerados
(aun más allá de sus propias intenciones) como los pensa-
dores que echaron bases para construir una imagen de la
existencia en estas nuevas condiciones de no historicidad o,
mejor aun, de posthistoricidad.117

Heidegger se remite a los fundamentos griegos de la


tradición occidental cuando analiza la problemática del
lenguaje, prefiriendo el concepto de logos (metáfora) a
cualquier otra interpretación lingüística: no existe la posi-
bilidad de tener un pensamiento sin prejuicios (es decir
que no lleven la impronta previa de su propia cultura, de
su época). Concibe al lenguaje como algo histórico y fini-
to que condiciona el acceso del individuo al mundo, lo que
niega la autonomía del sujeto en tanto ser pensante. Por
ello, un enunciado válido es aquel que guarda correspon-
dencia entre una proposición y una preinterpretación ori-
ginaria (cultural, histórica) del hecho. Si el lenguaje ya no
es uno, sino múltiple, entonces no existe un solo mundo.
El reemplazo que hace Occidente del ratio (la razón) por
el original logos, identifica la diferencia existente entre dis-
curso científico (único y universalista) y lenguaje figurati-
vo, estético (múltiple e histórico). Así, Heidegger encon-
116 Hermenéutica, en su sentido primero, es ciencia de la interpretación
de textos sagrados.
117 G. Vattimo, 2000, op. cit.

173
traba que, por ejemplo, la teoría científica sobre la con-
servación de la energía no hacía más que interpretar, y
servir, a una época: el concepto de la naturaleza como un
ámbito con disponibilidad ilimitada guardaba complicidad
con (es funcional a) la concepción burguesa y administra-
tiva que comenzaba a establecerse en la época.118
Luego de la primera Guerra Mundial la fe de la ilus-
tración en la ciencia y en el progreso da paso a un cierto
relativismo corrosivo. En Ser y Tiempo expone que si se
piensan con detenimiento los conceptos de particularidad
histórica y de verdad científica el aparente conflicto se des-
vanece. Heidegger es de la opinión que las particulari-
dades individuales no deben ser dejadas de lado para per-
mitir el acceso a la verdad, ya que ellas constituyen el ori-
gen de todo nuestro conocimiento.
Habermas evoca cuatro variables que son las que
habrían de poner en jaque a la modernidad: la razón si-
tuada en sus circunstancias históricas (Hegel); el pri-
mado de la práctica, la vida, por sobre la teoría, o lo obje-
tivo (Marx); el surgimiento de un pensamiento posme-
tafísico (Nietzsche); y un giro lingüístico (Wittgenstein,
Heidegger).119

118 Posteriormente, el crítico literario posmarxista Frederic Jameson dirá


que el posmodernismo le “sirve” al neoliberalismo.
119 El autor ha intercalado, entre las cuatro variables que cita Habermas,
los filósofos de la modernidad que considera representan mejor a
esas cuatro características.

174
Influencias
—Teoría del caos—

Qué necesidad tenemos del resto


si este trozo ya es significativo
Gilles Deleuze

La ciencia clásica supone la capacidad de predecir con cer-


teza y precisión la situación de su objeto de investigación,
en el pasado y en el futuro, con sólo conocer la definición
de uno de sus estados y la ley que rige su evolución. Esta
estrategia científica se apoya sobre el principio moderno
de razón suficiente, lo que supone la pertinencia del par
causa-efecto y la independencia del objeto respecto de
quien lo observa.
Dos principios cuestionan ese paradigma científico:

• la noción de “inestabilidad” que se encuentra en la base


de los comportamientos caóticos ha permitido descu-
brir que las supuestas descripciones precisas no garan-
tizan la certeza de la predicción de la situación futura
del objeto observado científicamente;
• la noción de “suceso” puso en cuestión la separación
sujeto/objeto en el ámbito de la física cuántica. Ambos
cuestionamientos, que se suman a la Teoría de la Rela-
tividad (primera revolución científica del siglo XX), lle-
varían a que la ciencia deba asumir la complejidad y la
historia como propiedades intrínsecas a su objeto de
estudio.

[175] 175
El racionalismo cartesiano, el mecanicismo y el orden
newtonianos de la modernidad quedarían relegados a una
aplicación muy acotada, ya que el método científico tra-
dicional aísla fragmentos de la realidad para analizarlos
en sus más mínimos detalles. A partir de ahí se recons-
truye la realidad global yuxtaponiendo los fragmentos
analizados, tal como si se tratara de un sistema donde
existe una conexión continua, lineal, homogénea y nece-
saria (como es el mecanismo del motor de un auto). Se-
gún los científicos del caos esto es aplicable en muy po-
cos casos, cuando los sistemas son lineales (la mayoría de
los sistemas serían complejos —o caóticos—, como lo es
la naturaleza).
Conviene aclarar, a esta altura del discurso, que exis-
ten dos versiones en el análisis de los sistemas complejos
(o caóticos): la del ruso Ilya Prigogine (1917- ), Premio
Nóbel de Química 1977, quien lidera la teoría que defien-
de el caos como una ausencia de orden de la cual pueden
extraerse muchas conclusiones y conocimientos; 120 la otra
corriente, defendida por el matemático polaco Benoît
Mandelbrot (1924- ) interpreta el caos como una comple-
ja configuración dentro de la cual el orden está implícita-
mente codificado. Volveremos sobre estos dos pensadores
del caos unos párrafos más adelante.
La imagen que más ha contribuido a difundir la Teo-
ría del Caos está en el nacimiento de esta disciplina:
el “efecto mariposa” (dependencia sensible de las condi-
ciones iniciales, es su denominación técnica), que ha si-
do expuesto por el matemático y meteorólogo Edward
Lorenz, explica cómo una pequeña perturbación del
estado inicial de un sistema puede traducirse, en un bre-
ve lapso, en un cambio importante en el estado final del
120 Ilya Prigogine, Le fin de certitudes: temps, chaos et les lois de la
nature, Odile Jacob, Paris, 1996.

176
mismo.121 Lorenz que, en 1961, utilizaba un programa de
computadora para calcular mediante una serie de ecua-
ciones las condiciones climáticas probables, descubrió que
al redondear los datos iniciales muy levemente (en la cuar-
ta cifra luego de la coma) los datos finales eran radicalmen-
te diferentes (debido a los rizos retroalimentadores y reite-
raciones del sistema caótico —complejo— de la atmósfe-
ra, que se pusieron de manifiesto gracias a las itera-ciones,
o reiteraciones de un cálculo simple).122 Por ello es que el
clima no puede preverse con cierta certeza más allá de las
48 horas (al menos por el momento). El caos puede defi-
nirse como una interconexión subyacente que se mani-
fiesta en acontecimientos aparentemente aleatorios; pero
también significa imprevisibilidad del estado final de un
sistema complejo.
A partir del descubrimiento de Lorenz, se rescata el
valor profético de un científico francés de comienzos del
siglo XX, Henri Poincaré (1854-1912), quien corrige las pre-
dicciones de Newton sobre la atracción gravitatoria de los
cuerpos celestes. El cálculo newtoniano es eficiente si se
refiere a dos cuerpos, pero Poincaré demuestra que si se
analiza la interactividad de tres cuerpos (como la Tierra,
el Sol y la Luna), los cálculos tienen serias deficiencias. El
físico francés concluye que “una causa muy pequeña se
nos escapa, y ella determina un efecto considerable que
no podemos prever”.
La obra de Lorenz estimuló nuevas investigaciones so-
bre la cuestión y dio lugar finalmente a la creación de
un nuevo campo en la ciencia matemática. La teoría del
caos, en la medida que considera que existen procesos
121 “si agita hoy, con su aleteo, el aire de Pekín, una mariposa puede
modificar los sistemas climáticos de Nueva York el mes que viene”
(James Gleick, Caos, Seix Barral, Barcelona, 1998).
122 Con mayor precisión, iteración es, en matemáticas, la utilización
reiterada de la salida de una función como entrada en la siguiente.

177
aleatorios, adopta la postura de rechazar la linealidad de
la causalidad, pero en la medida en que ciertos otros pro-
cesos no son caóticos sino ordenados, acepta que existan
vínculos causa-efecto. Los vínculos causales que más em-
pleará serán los circuitos de retroalimentación positiva, es
decir, aquellos donde se verifica una ampliación de las des-
viaciones. Desde el punto de vista cuantitativo, la teoría
del caos privilegia en su estudio la opción que indica que
pequeñas variaciones pueden producir grandes resultados.
Pero si un fenómeno no puede predecirse es porque:

• la realidad es puro azar y no hay leyes que permitan


ordenar el pensamiento;
• la realidad está totalmente gobernada por leyes
causales, y si no podemos predecir los acontecimientos
es porque aún no las hemos descubierto;
• si existen desórdenes e inestabilidades, estos son mo-
mentáneos y todo retorna luego a su cauce determinista.

Esta última es la explicación a la que se adhieren los teó-


ricos posmodernos: los sistemas son predecibles, pero sin que
medie una explicación, comienzan a desordenarse (perío-
do donde son imposibles las predicciones) pudiendo luego
retornar a una nueva estabilidad. Por ello, a partir de la dé-
cada del 70 se comienza a investigar por qué el orden pue-
de llevar al caos y el caos al orden y, eventualmente, pue-
dan crearse modelos para determinar si dentro del mismo
caos hay también un orden subyacente: los ingenieros co-
menzaron a investigar la razón del comportamiento a ve-
ces errático de los osciladores; los fisiólogos, por qué en el
ritmo cardíaco se filtraban arritmias; los ecólogos examina-
ron la forma aparentemente aleatoria en que cambiaban las
poblaciones en la naturaleza; los químicos se interesaron en
la razón de las inesperadas fluctuaciones en las reacciones;

178
los economistas intentaron alguna nueva explicación sobre
las variaciones imprevistas de los precios.
En fin, la ciencia comienza a interesarse en lo que
antes definía como casos de excepción, bifurcaciones, lo
inexplicable (el movimiento de las nubes, el torrente de los
ríos, algunas ondas cerebrales erráticas, los atascamientos
en el tránsito, las epidemias, el porqué de las volutas de
humo, etc.).
Son los matemáticos (Cantor, Mandelbrot, Koch), que
advierten en una serie ordenada algunos elementos que
se dividen, se parten en porciones iguales, de modo que
se forman estructuras geométricas donde cada parte es una
réplica del todo, lo que Mandelbrot denominó fractal. 123
Y luego de una serie de operaciones de “doblaje”, el siste-
ma adquiere cierto tipo de estabilidad, dato que permiti-
ría establecer una cierta regularidad en el caos. El pasaje
del orden al caos, y del caos al orden (biogénesis, el mis-
terio de la vida, nacimiento de vida a partir de un caos
inicial de moléculas) queda abierto al haber sido destapa-
da la caja de Pandora.
De la teoría de un universo determinista se pasa a la
tesis de un universo menos ordenado y, quizá, incompren-
sible: Prigogine124 manifestará que en la realidad se mez-
cla orden y desorden (y que del caos surgen nuevas es-
tructuras “disipativas”), y propone finalmente una teoría
interpretativa del universo donde los ciclos se intercalan
entre orden y caos. Así, un sistema avanza en el caos hasta
123 Fractal es una figura plana o espacial, compuesta de infinitos
elementos que tiene la propiedad de que su aspecto y distribución
estadística no cambian cualquiera sea la escala con que se observe
(Real Academia Española), o, es un conjunto que tienen recursividad
infinita, propiedades de autosemejanza independientemente de la
escala, y que es descrito por un algoritmo simple (y de carácter
recursivo), que no puede ser representado por la geometría clásica
(euclideana).
124 I. Prigogine, op. cit.

179
un punto de “bifurcación” (a partir de un elemento lla-
mado “atractor”,125 que puede formar un “vórtice”)126
donde continúa caotizándose para luego retornar al esta-
do de equilibrio original o bien empieza a autoorganizarse
hasta constituir una nueva estructura, denominada estruc-
tura “disipativa” o “dispersiva” (debido a que consume
mayor cantidad de energía que la organización anterior
a la que reemplazó). El universo funciona, según Prigogine,
de modo tal que del caos pueden nacer nuevas estructu-
ras y es, paradójicamente, el estado de no-equilibrio el pun-
to de partida que permite pasar del caos a la estructura.
El archipiélago del caos parece formar parte de la ma-
teria y, aunque se puedan detectar unas constantes bási-
cas, cuando se pasa de un nivel a otro en la organización
de la materia el comportamiento caótico cambia, por lo que
no aplican los análisis de un nivel a otro. De este modo apa-
rece una nueva realidad, infinita “hacia adentro”, que no
se aviene a ser analizada por los recursos clásicos de la cien-
cia. Realidad fractal que está presente en todos los sistemas
complejos (la física tradicional sólo funcionaría en los sis-
temas lineales). Ahora bien, la propia naturaleza es un sis-
tema complejo, la mayoría de cuyas partes constitutivas
(como los organismos vivos) son sistemas complejos. Por su
parte, las creaciones del hombre (culturales, por oposición
a naturales) son construidas como sistemas lineales (cerra-
125 Atractor es una singularidad en un espacio de acción hacia el cual
convergen las trayectorias de una dinámica dada (por ejemplo, el
atractor –puntual– de un péndulo es su punto más bajo de oscilación);
hay atractores puntuales, cíclicos y caóticos o extraños; el atractor
de algunos sistemas complejos (caóticos) coincide con su estado de
autoorganización; el atractor de algunos sistemas orientados a una
meta, es la meta misma.
126 Vórtice es un atractor extraño; cuando el agua hierve, el líquido del
fondo asciende y el de arriba baja, en una una competición caótica,
formándose vórtices que se enlazan entre sí, lo que amplifica el sistema,
retroalimentándose a sí mismo.

180
dos en sí mismos y donde funciona el principio causa-efec-
to), aunque utilicen elementos naturales que, casi por defi-
nición, son complejos. En el corto plazo las respuestas de
la tecnología moderna pueden parecer eficientes (y muy
probablemente lo sean, mayoritariamente) pero con el trans-
curso del tiempo (cuando las iteraciones hagan su trabajo)
no será posible predecir sus efectos.
La Teoría del Caos surge como una herramienta para
ver pautas donde antes sólo se observaba azar, por lo que
podemos suponer que un misterioso orden subyace detrás
del aparente caos, tan pronto el sistema sea analizado como
complejo y no como lineal. Pero también nos enfrenta a la
imposibilidad de control total de la naturaleza, que está en
la base del desarrollo moderno. Esto nos estaría recomen-
dando aceptar la impredecibilidad del caos en lugar de re-
sistirnos inútilmente a las incertidumbres de la vida.
Cuando un automóvil (sistema lineal) se descompone,
se cambia la pieza dañada y vuelve a funcionar como ori-
ginalmente. En cambio, en los sistemas complejos, como
es el organismo humano o la sociedad, el problema debe
plantearse siempre a partir del sistema como totalidad,
nunca a partir de “una parte defectuosa”. Por ello la pers-
pectiva mecanicista es considerada, desde el punto de vista
de los científicos del caos, 127 como una visión reduccionista
que trata a la naturaleza (y al ser humano, por lo tanto)
como objetos manipulables, tomando a los sistemas como
lineales cuando la mayor parte de ellos son complejos. Sin
embargo, esta perspectiva está en la base de los grandes
desarrollos científicos y tecnológicos, por lo que no pode-
mos evitar la duda de si estos avances, que no se basan
sobre una aproximación sistémica (u holística, como quie-
re Fritjof Capra)128 no nos están llevando a un callejón sin
127 O de la dinámica no-lineal o teoría de sistemas dinámicos, como
muchos físicos prefieren nombrar a la teoría del caos.
128 F. Capra, The web of life, Anchor Books, Nueva York, 1996.

181
salida y se llegue al momento en que la tecnología nada
pueda hacer para arreglar los desequilibrios que ella mis-
ma ha creado. La unidad caótica (compleja) está llena de
particularismos, tanto activos como interactivos, que son
modificados por retroalimentaciones (no lineales, a su vez)
que pueden producir sistemas autoorganizados, semejan-
zas fractales y sistemas con desórdenes impredecibles.
El hecho de saber que la naturaleza no se presenta
como un conjunto de elementos aislados y que el ser hu-
mano es un aspecto esencial de ese sistema de organi-
zación, si aceptamos que el observador es parte de lo que
observa,129 debería llevarnos a la reflexión de si conviene
continuar con el paradigma de lucha heroica e individual
(estamos acostumbrados a enfrentarnos a los problemas
con estrategias de conquista o negociación, que en el me-
diano plazo no parecen ofrecer respuestas satisfactorias)
o debería ser reemplazada por otro paradigma de coope-
ración y desarrollo conjunto (sistémico, de largo aliento).
Pero para este cambio se requiere reanalizar previamente
las relaciones parte-todo, individuo-sociedad, local-global,
nacional-internacional, etc.

129 No podemos meter el todo en el bolsillo, ya que el bolsillo forma parte


del todo.

182
Fin de los metarrelatos
y auge de la pluralidad

El sujeto no es portador del a priori kantiano,


sino el heredero de un lenguaje histórico y finito
que hace posible y condiciona su acceso
a sí mismo y al mundo
Gianni Vattimo

Jean-François Lyotard (1924-1998) caracterizó a la posmo-


dernidad como aquella época (la nuestra) en que desapa-
recen los meta-rrelatos: “lo posmoderno sería aquello que
alega lo impresentable en lo moderno y en la presentación
misma; aquello que se niega a la consolación de las for-
mas bellas, al consenso de un gusto que permitiría expe-
rimentar en común la nostalgia de lo imposible; aquello
que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de
ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es im-
presentable”.130 Los metarrelatos pueden identificarse
como aquellos grandes proyectos universalistas tendien-
tes a la emancipación del hombre, a través de la coordi-
nación de conocimiento y acción dirigida a ese objetivo
superior. Los pensadores que se adhieren a esta línea re-
chazan tajantemente que se trate de una evolución, a ma-
nera de estertor final, de la modernidad, ni de que sea una
escuela que simplemente continúa a la moderna. Consi-
deran, por el contrario, que constituye un enfoque com-
pletamente distinto, que impone una actitud espiritual
completamente diferente.

130 Jean-François Lyotard, La posmodernidad, Gedisa, Barcelona, 1996.

[183] 183
Durante la modernidad, que aparece tempranamente
en el Romanticismo, si bien variaron los contenidos de las
ideas filosóficas, se mantuvo constante una idea totaliza-
dora, universalista. La ilustración confió en que gracias al
desarrollo del conocimiento (ciencia) el hombre sería final-
mente dueño de sí mismo.
Al joven Hegel, en el Seminario de Tubinga, le preocu-
paba la fragmentación que presentaba la vida moderna,
en particular la separación del hombre con Dios y con la
naturaleza, del individuo con la sociedad. Consideraba a
la Grecia clásica como modelo de identificación de los
hombres con su sociedad, con la naturaleza y donde los
Dioses estaban presentes en lo cotidiano: el filósofo Schiller
(que fue su compañero y cercano amigo en el seminario,
así como también lo fue el poeta Hölderlin) denominó “uni-
dad de vida” al ideal griego. Hegel encontró en la moda-
lidad religiosa del cristianismo de su época la causa pro-
funda de esta fragmentación, en la cual se educaba a los
hombres como ciudadanos del Cielo, lo que los hacía in-
diferentes a la suerte de su propia sociedad terrenal; indi-
vidualismo que había fracturado a la comunidad alema-
na. Ese mismo individualismo “fracturado” es el que ce-
lebra hoy el posmodernismo.
Emmanuel Kant (1724-1804) establece en su ética prác-
tica una serie de “imperativos categóricos”, mandamien-
tos éticos que concibe como absolutos y universales, por
ejemplo: “obra sólo de acuerdo con la máxima por la cual
puedas al mismo tiempo querer que se convierta en ley
universal”, u “obra de tal modo que uses la humanidad
tanto en tu propia persona como en la persona de cual-
quier otro, siempre a la vez como un fin, nunca simple-
mente como un medio”. Los pensadores posmodernos nie-
gan la existencia de categorías universales y verdades ca-
tegóricas que tengan valor en cualquier tiempo y lugar,
ya que lo verdadero es aquello que coincide con la inter-

184
pretación de los hechos, que será distinto, según la cultu-
ra dominante, en ese tiempo y lugar. Como los individuos
no pueden sustraerse a su mundo histórico. Lyotard ma-
nifiesta que “medidos por sus propios criterios, la mayor
parte de los relatos se revelan fábulas”. En el apartado
“Giro lingüístico” se ampliarán estos conceptos.
Para los marxistas, el gran proyecto liberador de la hu-
manidad es la revolución del proletariado; en el meta-
rrelato del capitalismo, la riqueza (emergente de la pro-
ducción y el consumo) proveerá la felicidad de todos; en
nuestra era tecnoctrónica, la solución universal se halla en
la maximización de la información. El posmodernismo vie-
ne a declarar la muerte de la ilusión de la totalidad, de la
integralidad del hombre soñada por Hegel y de los man-
datos universales del idealismo metafísico kantiano, al ad-
herirse a lo diverso, lo fractal. Los pensamientos filosófi-
cos comprensivos y sistemáticos de los modernos son des-
deñados, por imposibles o falsos, frente a una realidad
fragmentada, discontinua, incluso caótica. Las reiteradas
experiencias de fragmentación siempre se vivieron dramá-
ticamente, como algo a corregir. En los tiempos modernos,
el objetivo siempre fue el logro de la unidad y de la uni-
versalidad. En la posmodernidad se acepta como realidad
y oportunidad.
El nuevo metarrelato posmoderno ha quedado a car-
go de los mass media; como dice Beatriz Sarlo: “las indus-
trias informativas son hoy las creadoras de los grandes re-
latos que la posmodernidad pareció desalojar. En realidad,
lejos de quebrarse, los relatos persisten, aunque carezcan
de la dimensión ética de los relatos modernos. Que las na-
rraciones posmodernas entusiasmen menos a quienes fue-
ron marcados por el discurso de la modernidad no es una
prueba de que nociones como la globalización sean más
débiles que la de imperialismo”. En efecto, la industria de
la comunicación encontró en la globalización un drama

185
tan universal y tan interesante como los viejos argumen-
tos de la modernidad. Incluso la diversidad y la celebra-
ción del multiculturalismo posee dimensión de promesa
utópica. Se trata del relativismo cultural que afirma el lu-
gar de la diferencia (diversidad de la que tratará el siguien-
te subcapítulo) no sólo como espacio a ser respetado de-
mocráticamente sino como expresión de lo mejor que pue-
den ofrecer las sociedades posmodernas: “es relativamente
optimista frente a la fragmentación de lo social y descu-
bre el principio de la autonomía y de la resistencia en el
despliegue de las diferencias culturales, incluso de aque-
llas que están sostenidas por la desigualdad simbólica”.131
Por otro lado, al haberse intensificado al extremo la ca-
pacidad humana de disponer técnicamente de la naturale-
za (biotecnología, genética, etc.), se está perdiendo el senti-
do de lo nuevo. Cuando la sociedad de consumo alienta
una renovación continua de los bienes de uso, fomentada
por la necesidad de asegurar la supervivencia del sistema,
se diluye el sentido perturbador de la novedad; la novedad
se vuelve banal. El progreso en las sociedades opulentas se
convierte en rutinario, habiéndose vaciado de sentido la
misma noción de progreso. Pero, además, probablemente
exista ya un freno a la tecnociencia, y si no, lo existirá tan
pronto se produzca la ampliación de la Teoría del caos.
En la visión cristiana, la historia era el relato de la sal-
vación; al secularizarse en la modernidad se convierte en
discurso del progreso, cuyo valor final es el de crear y man-
tener las condiciones en que siempre sea posible un nuevo
progreso. Se llegaría así a lo que lleva a un estado de in-
movilidad, de “disolución de la historia”, dirá Vattimo. Por
otro lado, si no hay una historia integral, portadora de la
esencia humana, lo que existe es una diversidad de histo-
rias, relatos condicionados por la reglas de un género lite-
rario. Si, además, se le agrega el contenido ideológico con
131 Beatriz Sarlo 2002.

186
que carga la “historia oficial” (“historia de vencedores”,
según Walter Benjamin), resulta ser una de las últimas ilu-
siones metafísicas el que, bajo la diversidad de imágenes
de la historia y de sus múltiples ritmos temporales, exista
un tiempo unitario. La unificación de costumbres, modas,
el pensamiento y la cultura única de Occidente, sumados
al dominio técnico de las comunicaciones en tanto perfec-
cionamiento de los instrumentos para reunir y transmitir
información, nos ilusionan con la posibilidad de realizar
una historia universal. Salvo porque el cúmulo de estos co-
nocimientos está dominado por las potencias capaces de
reunir y transmitir las informaciones, capaces de crear una
vez más una “historia de vencedores”.
Los pensadores posmodernos, quizá a partir del diag-
nóstico de Adorno (quien al describir a la “falsa sociedad”
y su fascinación, condenó ese “todo” a lo no verdadero),132
afirman la pluralidad pero no como un mal. Esto implica
una suerte de reorientación emotiva, ya que no se siente
como una pérdida el abandono de la totalidad sino, más
bien, como una liberación. Se trata de aceptar la diversi-
dad, con todas sus consecuencias, para operar a partir de
lo plural y no contra ello (tal como lo recomienda, para
la ciencia, la Teoría del caos). Por ello se afirma que las
diversas culturas y formas de vida, que suelen mezclarse
en una misma sociedad, son igualmente legítimas y res-
petables. Esto último (en este mundo unipolar y de pen-
samiento único, donde no pocos consideran que el triun-
fo absoluto —por default— del neoliberalismo constituye
la cima de la humanidad, donde el país hegemónico sa-
taniza lo diferente) constituye sin dudas un valor moral
y de decisivo contenido político. Pero no se trata de la
132 Theodor W. Adorno (1903-1969), pensador posmarxista de la Escuela
de Fráncfort que se adelanta al pensamiento posmoderno, particu-
larmente con sus obras La Dialéctica de la Ilustración (1947) y
Dialéctica Negativa (1966).

187
simple tolerancia (que constituye una relación de poder,
ya que sólo quien está por encima es capaz de tolerar),133
del pluralismo convencional, y así Lyotard defiende “la
idea de una humanidad receptiva de las metas hetero-
géneas implicadas en los diferentes tipos de discurso, cono-
cidos y desconocidos, que pueda perseguir esas metas tan
lejos como sea posible”. Además, “la legitimidad consisti-
ría en reconocer la multiplicidad e intraducibilidad de los
juegos del lenguaje mutuamente ensamblados, su autono-
mía, su especificidad, sin reducir los unos a los otros”.134
El posmodernismo no cree en fundamentos primeros o
últimos (aun en la ciencia) sino en que las relaciones se ba-
san en otras relaciones, para retrotraerse o conducir a dife-
rentes relaciones. De este modo, las cadenas de significantes
remiten a otras cadenas y no a un significado original: ob-
servamos observaciones y describimos descripciones (del
mismo modo que la microfísica, al querer descubrir lo ele-
mental, no sabe si no encontrará un nuevo complejo).
Existe una notoria predisposición de las ideas pos-
modernas hacia el feminismo. Lyotard y Derrida han ex-
puesto una severa crítica hacia la univocidad del omnipre-
sente discurso “falocéntrico”. La defensa de lo femenino,
en el marco de la descripción plural de las sociedades
posmodernas, ejemplifica el giro lingüístico. Derrida y
Lyotard adoptan una actitud crítica respecto de las dife-
rentes versiones del feminismo, en particular a aquel que
busca la equiparación de la mujer con el hombre. Al res-
pecto, esa búsqueda de asimilar la mujer al hombre así
como el feminismo de la pura alteridad en busca de la otra
esencia, no es más que la expresión de la forma típicamen-
te masculina de pensar lo esencial (como ya ha sido di-
cho, Lipovetsky ejemplifica debidamente este cambio de
133 Michael Walter, On toleration, Yale University Press, N.Y., 1997.
134 F. Lyotard, La condition posmoderne, Minuit, Paris, 1989.

188
orientación). Ambos filósofos franceses abogan por un fe-
minismo trasgresor que rompa todas las reglas convencio-
nales, de modo que lo femenino, como identidad plural,
abra el tránsito a otras posibilidades, válidas tanto para
el hombre como para la mujer.
La defensa de lo diverso en las ideas posmodernas ha
buscado apoyo en la idea de la pluralidad individual de
Nietzsche. El ideal de “vida en plural”, expresa “la alegría
de albergar en sí mismo no sólo un alma inmortal sino mu-
chas almas inmortales” y el elogio del “alma como sujeto-
multiplicidad”. En el posmodernismo la pluralidad del in-
dividuo se convierte en programa de vida: la “decons-
trucción” del sujeto que proclama Derrida tiende a una
transformación esencial del individuo, donde se impone
aceptar esa pluralidad encubierta, culposa y reprimida por-
que se considera una falta de integridad, de rigor. Siguien-
do a Lacan se podría interpretar que detrás de esa resis-
tencia a la pluralidad del sujeto está el miedo del Yo narci-
sista que desea controlar todo en su afán de dominación.
En un modelo filosófico que establece que existe una
pluralidad fáctica sólo tienen capacidad de acción quie-
nes acepten de manera abierta su propia multiplicidad y
la aprovechen para la comprensión del mundo “tal cual
es”, tan plural como el sujeto. Se trata de acceder a la fa-
cultad de percibir distintos sistemas de sentido y multipli-
cidad de realidades, lo que requiere una personalidad lo
suficientemente flexible y transversal para pasar de una
realidad a la otra sin solución de continuidad.
Este nuevo sujeto, individual y múltiple, pone en ries-
go el discurso y los hábitos de la dominación, característi-
cas que finalmente se vuelven contra el mismo sujeto. Se
trata de no intentar controlar. Como diría Adorno (quien
sufrió la persecución nazi), defensor de lo heterogéneo,
el dominio ejercido sobre la naturaleza externa termina

189
convirtiéndose en represión de la naturaleza interna. Se
trata de perder el miedo de ser diferente, sin juzgar ni con-
denar con la arrogancia de lo absoluto, aceptando con con-
vicción (no simplemente por tolerancia) la posibilidad de
la diversidad de puntos de vista.

190
Giro lingüístico
y estética de lo fractal

La existencia misma y el mundo


sólo se justifican de un modo permanente
como un fenómeno estético
Nietzsche

Nuestra época hace la apología de la comunicación, en-


tendiendo que la generalización de la comunicación ase-
gurará por su sola virtud el buen funcionamiento de la
comunidad de la transmisión de conocimiento. Pero Jean-
François Lyotard nos advierte en Le différend, publicado
en 1983, que esta actitud mítica impide comprender que
existe un verdadero conflicto. Ocurre que en cualquier
cuestión, o conflicto de la vida real (jurídico, económico,
político e incluso, íntimo) suele imponerse el propio len-
guaje de una de las partes como lengua pretendidamente
común, lo que impide al otro formular su argumentación,
su verdadero problema, su reivindicación. La idea misma
de un lenguaje común en el cual la gente de buena fe po-
dría entenderse es una ficción contradictoria y peligrosa,
según Lyotard.135 Por otra parte, “decir cualquier cosa
siempre implica callar otra”, ya que todo discurso sería
una mentira por omisión o una mentira por denegación,
lo que es peor. Aunque la verdad puede estar contenida
en el discurso, Lyotard afirma que se encuentra escondi-
da en lo que denomina “figura”, presencia latente (que
requiere una “atención flotante”, diría Freud) que da sen-
135 J-F. Lyotard, Le différend, Minuit, Paris, 1984.

[191] 191
tido y justifica al discurso. Esta concepción es particular-
mente pertinente para distinguir una “falsa concepción del
arte, como bonito discurso, bien ordenado y maquillado,
de la obra verdadera” que toma su valor de la potencia
de la figura perturbadora.
Por su parte, el filósofo lingüista Jacques Derrida (1930-),
un emergente del espíritu del 68 francés, manifiesta que
el lenguaje cotidiano no es neutral, ya que implica hipó-
tesis y prejuicios culturales que traducen una tradición.
Por otra parte, debido a que no hay identidades fijas sino
que el lenguaje traduce representaciones de la realidad (el
mapa no es el territorio) a través del filtro cultural, resul-
ta que también tiene uno, o más, significados retóricos. De
este modo el lenguaje termina siendo una trampa que di-
fícilmente pueda expresar lo “verdadero”. El significado
se relaciona con el contexto, y no existe ningún marco que
ofrezca prueba de un significado definitivo. Por ello está
siempre presente la posibilidad de la falsificación.
El significado no es el referente (la cosa en sí) sino que
se trata de una definición convencional (generalmente
aceptada) del objeto en cuestión. Para realmente enten-
der a qué se refiere un determinado discurso se requiere,
entonces, conocer su cuadro cultural: “lo que considera-
mos como el mundo real está determinado por la lengua
en que se expresa”.136 Pero no sólo es una cuestión cultu-
ral lo que hace las diferencias de interpretaciones de la rea-
lidad, sino que también el sentido se modifica de acuerdo
a la sucesión discursiva, por lo que aun dentro de una mis-
ma cultura los distintos contextos discursivos otorgan sig-
nificados diferentes. Derrida avanza aún más: incluso aun-
que una palabra se considere en aislamiento, su sentido
depende de la relación paradigmática que mantiene con
los otros significantes del lenguaje.
136 Dardo Scavino, Pensar sin certezas, Paidós, Buenos Aires, 2000.

192
Cuando el sentido de un significante deja de ser con-
siderado como el referente de la cosa misma, pierde la pre-
ponderancia que tiene la palabra hablada por sobre la for-
ma escrita. En efecto, en nuestra tradición la palabra
hablada (debido a que su expresión posibilita mostrar fí-
sicamente de lo que se habla: “eso es una mesa”) puede
mantener una relación directa entre significado y signi-
ficante, permite que el interlocutor interprete sin media-
ción lo que se dice ya que la palabra resulta inseparable
de la indicación. Lo que se critica es que en el idioma ha-
blado existe un espejismo de referencialidad directa, de
univocidad. Creemos que existe una correspondencia sin
intermediación entre las palabras y las cosas, por lo que
“el discurso es idéntico al mundo”, tal como si el mapa
fuese el territorio. Esta creencia se denomina logocentrismo
(en metafísica de la representación) y es objeto de una de
las más decisivas críticas del posmodernismo. Se conclu-
ye, pues, que el lenguaje no puede reflejar las cosas tal
como son o como se las percibe sin preconceptos ni pre-
juicios (es decir, previo a toda influencia cultural o a todo
lenguaje), sin tener en cuenta la relación directa que la per-
sona (emisor) mantiene con ellas.
Como la ciencia y la filosofía, así como la mayoría de
las disciplinas del conocimiento, dependen del lenguaje,
Derrida advierte sobre lo difuso de estas disciplinas: la sig-
nificación no corresponde necesariamente con el referente,
ya que el discurso literal forma parte de lo figurado. No exis-
tirían diferencias sustanciales entre el supuesto discurso uní-
voco de la filosofía y el discurso equívoco de la literatura.
Derrida considera que la filosofía ha cometido el error
de volverse logocéntrica, confundiendo significante y
significado e interpretando a la realidad de un modo re-
duccionista; cuyo origen lo ubica en la lógica identitaria
de Aristóteles y que logra su cúspide en Hegel: “lo que es
real es racional, y lo que es racional es real”. Este pensador

193
francés intenta poner al descubierto las paradojas y con-
tradicciones del logocentrismo, a través de su método de
“deconstrucción”: frente a lo oral del lenguaje (fonocen-
trismo) reivindicará la escritura, donde no hay un signifi-
cado unívoco ni una verdad exclusiva, sino una plurali-
dad de significados. Utiliza el neologismo différance, al que
asigna el doble sentido de diferenciarse y de diferir (po-
nerse al día en el tiempo), como forma de escapar a la con-
ceptualización (o traducción de las diferencias, pluralidad
de significados, de los conceptos).
Conviene citar que Derrida, en su inclinación lingüís-
tica, se apoya no sólo en su maestro Heidegger, quien con-
sideraba que la palabra precede a las cosas, que las crea,137
sino también en aquel Nietzsche que era de la opinión de
que las palabras supuestamente literales son figuras poé-
ticas esclerosadas (“las verdades no son más que metáfo-
ras olvidadas”).138 De allí la sentencia nietzscheana sobre
que no existen hechos, sólo interpretaciones, y toda inter-
pretación interpreta otra interpretación.
Por su parte, Michel Foucault (1926-1984), reafirma
que no existe ningún primero absoluto sino que “cada sig-
no es en sí mismo no la cosa que se ofrece a la interpreta-
ción sino la interpretación de otros signos”. Por lo dicho,
así como Borges crea una civilización donde la filosofía
es una rama de la literatura fantástica,139 los pensadores
que nos ocupan afirman que se puede abordar un escrito
filosófico del mismo modo que se interpreta un texto
literario. En efecto, Nietzsche describe que a través de las
distintas formas de percepción, de las metáforas, de las
137 Heidegger manifiesta que “logos”, de donde proviene etimoló-
gicamente “lógica”, significa reunir una multiplicidad, por lo que la
identidad del referente se obtiene con la recolección de fragmentos
dispersos.
138 Scavino, op. cit.
139 Jorge Luis Borges, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Ficciones (1944) en
Obras Completas, tomo I, EMECE Editores, Buenos Aires, 1994.

194
imágenes fantásticas, producimos “realidades” por medios
ficcionales: la realidad sería entonces una multiplicidad de
construcciones sobre fundamentos inestables, algo estéti-
co en virtud de su forma de producción y de su “etéreo
carácter vacilante”, diría Nietzsche.
Gianni Vattimo (1935- ) define al mundo cultural que
representa el lenguaje como el “espíritu de un tiempo”,
donde se cultiva y favorece la afirmación de los intereses
del grupo de pertenencia de quien se expresa, intereses que
lleva consigo de modo inconsciente. La verdad, que según
las ideas predominantes desde la Ilustración, expresa una
correspondencia entre enunciado y estado de cosas; se tra-
ta, entonces, de un cierto consenso que manifiesta una co-
munidad en un tiempo dado, con su propio vocabulario,
gramática y tradición. Como el pensamiento filosófico ha
perdido su aura de rigor, Vattimo habla de “pensamien-
to débil” (pensiero debole), que ejemplifica la crisis de la ra-
zón iluminista al haberse perdido la ilusión de la perfecta
correspondencia entre discurso y realidad objetiva. La ver-
dad deviene en verosimilitud pero, además, el hombre no
poseería autonomía de pensamiento, tan condicionado está
por los hábitos y costumbres culturales que impregnan el
instrumento del discurrir, la palabra (lenguaje que es his-
tórico ya que está situado en el espacio y en el tiempo):
un enunciado es verdadero cuando resulta consistente
con una interpretación consensuada culturalmente, inter-
pretación establecida en la comunidad de origen.
¿Cómo, entonces, afirmamos que podemos acceder a
las experiencias remotas de la historia, en tanto los pre-
conceptos de nuestra cultura teñirían toda comprensión
de otra época o de otra comunidad? Perdemos la posibili-
dad de la episteme (conocimiento científico) y sólo nos
quedaría la doxa (opinión prejuiciosa). Esto es lo que los
filósofos posmodernos definen como caída de la ilusión
metafísica.

195
La concepción de la realidad del pensamiento posmo-
derno está basada sobre un paradigma estético. Si se con-
sidera que nuestro conocimiento no es simplemente
reproductor sino creativo, lo que hereda del estructu-
ralismo (Louis Althusser, Jacques Lacan, Pierre Bourdieu)
al afirmar que la verdad es algo que se construye en lu-
gar de ser algo que se encuentra. Ya Kant aseguraba que
nuestro conocimiento no se refiere a cosas en sí sino a fe-
nómenos que se constituyen en virtud de capacidades es-
téticas (formas de intuición de espacio y tiempo). Y
Nietzsche, refiriéndose al impulso hacia la formación de
metáforas (imágenes, proyecciones), había manifestado
que “damos origen a cascadas de la realidad, por lo que
todo lo que se encuentra más allá de los meros estímulos ner-
viosos es un producto del arte humano”. Para Nietzsche
una realidad no es más que una multiplicidad de cons-
trucciones sobre fundamentos inestables, un hecho estéti-
co tanto por su modo de producción, los medios que se
utilizan, así como por su etéreo y oscilante carácter. Asi-
mismo, la idea de constitución artística de nuestra reali-
dad ha estado presente en el pensamiento de los teóricos
de la realidad y epistemólogos reflexivos de nuestro siglo.
Welsch en su artículo titulado “Topoi de la Modernidad”
señala que
nuestra concepción de la realidad, nuestra filosofía prime-
ra se ha vuelto, en un sentido elemental, estética (…) Antes,
en la Antigüedad, (las afirmaciones sobre la realidad) se de-
rivaban del ser; luego, en la Edad Moderna, lo hicieron a
partir del lenguaje. Actualmente, en la Posmodernidad, asis-
timos al tránsito hacia un paradigma estético. En el marco
del pensamiento moderno se suponía que lo estético era una
segunda realidad suplementaria, representativa de la reali-
dad original. El posmodernismo reafirma que las realida-
des primarias están constituidas estéticamente.140
140 W. Welsch, op. cit.

196
La índole estética de la realidad tiene como consecuen-
cia la aparición de una multiplicidad de realidades diferen-
tes, que no pueden reducirse las unas a las otras ni poseen
un denominador común, de modo que se debe admitir la
inconmensurabilidad de las realidades. Ya no se puede ha-
blar de una integración de realidades en un contexto ar-
mónico. No se trata de un rompecabezas sino de un con-
glomerado abierto de diferentes realidades, que pueden tan-
to complementarse como oponerse o superponerse. La di-
ficultad de concepción de esta realidad puede asimilarse al
difícil tránsito de una constelación de sentido a otra, ya que
no sólo se desplazan las concepciones y experiencias indi-
viduales sino que se modifican los fundamentos en su to-
talidad, lo que requiere no dejar de lado ninguna perspec-
tiva, como lo recomienda la Teoría del caos.
De hecho, como ha señalado Habermas, el vanguar-
dismo estético es el que desestabilizó a la modernidad: cin-
co grandes escuelas artísticas (simbolismo, expresionismo,
surrealismo, futurismo y constructivismo) denunciaron,
combatieron y pronosticaron la decadencia de las ideas
modernas.
La irrupción del racionalismo cartesiano y el triunfo
del mecanicismo newtoniano en la civilización occidental
provocaron un sensible vuelco en la mentalidad moder-
na, afectando al arte. En efecto, éste queda limitado a cier-
tos moldes estéticos que no pueden obviar consideracio-
nes mecanicistas y tecnológicas. Surge una mentalidad
creativa formalista y racionalista cuya máxima expresión
es el diseño y la arquitectura Bauhaus, de la Alemania de
la primera posguerra, que permea a todas las artes plásti-
cas. Geometría estética de orden estático, hiperracional,
cuyas máximas expresiones entregaron Mondrian, Paul
Klee y Kandinsky. Las concepciones estéticas que ponen
de manifiesto los edificios Seagram y Chrysler de Nueva
York han sido superadas en sus esquemas geométricos

197
“deshumanizados” por creaciones que expresarían mejor
al hombre y su naturaleza, siempre caótica: ya no se tra-
ta de mostrar lo que debería ser, lo deseable en cuanto a
orden y racionalidad unívocos, si no lo que es, caótico y
plural en toda su diversidad contradictoria. Al mismo
tiempo, nuestra época tiene su propia geometría, geome-
tría fractal que reemplazaría a la euclidiana. Esta nueva
geometría permitiría descubrir orden donde antes sólo ha-
bía caos, encontrar razones para lo casual, determinar lo
arbitrario: geometría de la naturaleza que contendría las
leyes y principios de una nueva estética natural.
Como fuera comentado en otro apartado de este mis-
mo capítulo, el contenido de esta geometría son los objetos
fractales, cuya característica principal es la autosemejanza,
por lo que cada una de sus partes en diferentes escalas de
magnitud es semejante al conjunto total. Así el objeto se re-
pite o reproduce (autorreproduce) en cualquier escala que
sea observado. Se trataría de la encarnación matemática
actual del principio hermético de la analogía (“como es arri-
ba es abajo, como es abajo es arriba”). Pero, además, los
fractales tienen dimensión fraccionaria, lo que indica que
están a medio camino entre la línea y la superficie, entre la
superficie y el volumen y, quizá, entre el volumen y el tiem-
po. ¿Será que el azar ha dejado lugar a la necesidad?
Lo cierto es que todo esto ha dado nacimiento a una
nueva comprensión estética, así como que los nuevos en-
foques de carácter filosófico se acercan, casi demasiado,
a las viejas concepciones esotéricas tradicionales. No se-
ría raro ver resurgir, en boca de posmodernos, el genio de
Giordano Bruno y Pico Della Mirándola, mezclados con
Pitágoras y Platón, y servido con especias provenientes de
las antiguas fuentes esotéricas de Oriente.
Richard Rorty (1931- ) se refiere a una cultura este-
tizada, en la cual se reconoce que detrás de las paredes
pintadas no nos espera una auténtica pared sino que hay

198
siempre otras paredes pintadas. 141 Las cadenas de signifi-
cantes remiten permanentemente a otras cadenas de
significantes y no a un significado original. No existe un
fundamento primero o último, sino que todas las relacio-
nes se fundamentan en otras relaciones, y desde allí vuel-
ven a esa conexión o se conducen a otras realidades.
El proceso actual de trasformación de la elaboración
de ideas, el paso del pensamiento moderno al pensamiento
posmoderno, no sería simplemente un cambio de paradig-
ma basado en el escepticismo respecto de la validez uni-
versal del discurso racional y científico, sino que afecta el
fundamento mismo del discurrir. Al haber sido afectado
el sistema de creencias en el que se desarrolla la raciona-
lidad occidental sin reemplazarlo por otro, se provoca una
profunda crisis de orientación. Cuando la naturaleza se
muestra rebelde al afán fáustico del saber omnipotente
de los modernos y luego de la elaboración de la Teoría
del caos (por lo que el orden resulta ser un caso especial
del desorden), la contingencia se convierte en un elemen-
to esencial de nuestra actual visión del mundo. Hasta la
teoría matemática del caos los sistemas caóticos de los que
se ocupaban los científicos se comportaban de un modo
regular, previsible.
Sin embargo, se demuestra que estos sistemas no son
calculables de antemano, pues mínimos cambios en las
condiciones iniciales provocan efectos varias veces amplia-
dos de resultados imprevisibles. Esta realidad que exhibe
un rostro oscuro, o al menos paradójico, es más aborda-
ble desde un pensamiento estético. Porque “no sólo la ra-
zón occidental abre sin cesar nuevos abismos de ignoran-
cia, sino que también su hija dilecta, la verdad supuesta-
mente intemporal, resulta ser hija del tiempo, nuestro pen-
samiento sufre una transformación en sus mismos princi-
141 Richard Rorty, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona,
1989.

199
pios”. 142 Cuando los juegos del lenguaje y los modelos se des-
moronan se abre un abismo insuperable, conflicto funda-
mental donde la heterogeneidad, el no modelo, es el modelo.
La experiencia posmoderna de la verdad, que Vattimo
identifica con la posmetafísica heideggeriana, es una
experiencia estética y retórica (…) que nada tiene que ver con
la reducción de la verdad a emociones y sentimientos subje-
tivos, sino que más bien debe reconocerse el vínculo de la ver-
dad con el monumento,143 la sustancialidad de la transmi-
sión histórica, (para concluir que) desde el punto de vista es-
tético la experiencia de la verdad significa también aceptar
que ésta tiene que ver con algo más que con el simple sentido
común, sino con un sentido más intenso, sólo del cual puede
derivar un discurso que no se limite a duplicar lo existente
sino que conserve también la posibilidad de poderlo criticar. 144

Como ya ha sido señalado, el posmodernismo, en lo


que a arte se refiere, presenta una constelación de estilos
y tonos en todo el campo cultural, dando lugar al pasti-
che, al vacío, mezclando niveles, estilos y, en su sentido
de agotamiento, muestra gusto por la copia y la repetición
y es autorreferencial en cuanto a su rechazo de la historia
y de la idea de vanguardia. El posmodernismo es un arte
de la erosión; su amalgama de estilos ha penetrado deci-
didamente la arquitectura, la novelística, la pintura, la
poesía, la planificación urbana, el teatro, la música, los
medios masivos de comunicación. En artes plásticas des-
tacan los nombres del serigrafista Robert Rauschenberg y
el último Andy Warhol; en arquitectura cabe señalar a
Robert Venturi así como a los autores del edificio AT&T
142 H. R. Fischer, El Final de los grandes proyectos, Gedisa, Barcelona,
1997.
143 “Monumento”, en tanto hecho fúnebre destinado al recuerdo de algo
o alguien a través del tiempo, “no la copia de una vida plena, sino la
fórmula del recuerdo destinado a desafiar al tiempo”, según Heidegger.
144 G. Vattimo, 2000, op. cit.

200
de N.Y. Philip Johnson y John Burgee; en música a David
Byrne; el novelista inglés D. M. Thomas (The White Hotel)
y el americano Tom Wolfe; en cine, entre otros, es impo-
sible dejar de citar a Almodóvar y a Tarantino, dos expo-
nentes de la cinematografía de la “lógica del simulacro”
posmoderna, aunque muy diferentes entre sí, comparten
la estilística de imitar, de reconstruir simulacros (que los
mismos directores se encargan de hacer bien evidentes)
sobre otros autores de cine o de la literatura.
La obra posmoderna hace hincapié en la arbitrariedad,
se vuelve fractal, segmentaria, se yuxtapone y se interrum-
pe a sí misma para recombinarse, y todo ello sin ilusio-
nes. Donde antes hubo pasión, o ambigüedad, ahora hay
colapso del sentimiento. La belleza, privada de su poder
crítico en la era del embalaje atractivo, se ha reducido a
un elemento decorativo de la realidad. El crítico Todd
Gitlin opina que el modernismo hizo pedazos la unidad y
el posmodernismo ha gozado con los jirones, mezclándo-
lo y asociándolo, de modo intencional. 145
Esta mezcla, casi aleatoria, de estilos literarios, musica-
les y plásticos surge de una estética emergente del derrum-
be de la ideología del estilo del auge modernista, que no
pudo mantener la hegemonía de su criterio. El agotamien-
to de las vanguardias es compensado por la incorporación
creciente de la tecnología en el arte, el que también, no pu-
diendo anticipar el futuro, desempolva estilos del pasado y
los renueva, exagerándolos y siguiendo una cierta tenden-
cia kitsch, mezclándolos, quitándoles el alma, quizá. Y sin
culpas, ya que el propio artista ha resignado su propio es-
tilo personal, cuando la heterogeneidad es la norma y la
fragmentación un estilo en sí mismo. Una estética fractal,
en definitiva, autorreferencial y complaciente.
145 T. Gitlin, artículo “La vida en el mundo posmoderno”, en la revista
electrónica mexicana Facetas, N.°90, año 1990, en sitio web http://
www.mty.itesm.mx.

201
202
Malestar en la filosofía
del siglo XXI

Observamos observaciones
y describimos descripciones
Niklas Luhmann

Existen en la actualidad dos tendencias filosóficas que se


ocupan de lo político y lo social. Por un lado tenemos a
los comunitaristas, representados por Charles Taylor,
Alasdair MacIntyre y Michael Walzer, y, por el otro, a los
universalistas (o liberals) cuyos principales representantes
son Jürgen Habermas, John Rawls y Ronald Dworkin. En
ambos casos se trata de pensadores ocupados en anclar
los derechos a determinadas sociedades que articulen
específicamente las diversas expectativas y capacidades de
los individuos. A este tema global se ha agregado, a tra-
vés del pensamiento posmoderno, la cuestión del multicul-
turalismo, que implica la búsqueda de criterios a adoptar
para asegurar la convivencia entre culturas y etnias dife-
rentes, que en algunos casos se rigen por valores contra-
puestos. El punto en esta cuestión es como preservar la
igualdad y las mismas oportunidades a individuos perte-
necientes a pueblos y culturas diferentes.
La discusión se extiende al punto de definir si una so-
ciedad liberal debe respetar de igual manera a aquellos gru-
pos étnicos que no reconocen los derechos de los demás.
Algunos pensadores, en general provenientes de la corriente
universalista, sostienen que el proceso de globalización ha

[203] 203
ido modificando la forma de vivir y de pensar; tanto es así
que no sólo se están creando estándares de consumo co-
munes, sino también sociales y culturales.
Sin embargo, como dice el profesor italiano Remo
Bodei, el hecho de que un japonés beba Coca-Cola no hace
que se vuelva más norteamericano de lo que se vuelve ja-
ponés un norteamericano por comer “sushi”.146 Más aún,
deben tenerse en cuenta las fuerzas de fragmentación, de
aislamiento centrífugo, que se han ido creando como re-
chazo a la globalización y a su tendencia de unificación
cultural: del mismo modo que aumenta la tasa de inte-
gración entre algunos continentes y pueblos, también se
incrementa el esfuerzo de algunas etnias y países por
zafarse del pensamiento único que impone el proceso
globalizador. Surgen, de este modo, resentimientos hacia
la potencia hegemónica, sobre la base de fanatismos reli-
giosos o de orgullos étnicos que también rechazan el mo-
delo individualista y consumista del neoliberalismo. Sin
duda estas tendencias, que a veces asumen la agresión,
pueden estar alimentadas por sentimientos de inferioridad,
por miedos a la pérdida de personalidad y de soberanía,
lo que lleva a reforzar su propia identidad que se consi-
dera amenazada o despreciada.
Los criterios del universalismo, modernos por antono-
masia, se basan en presupuestos metafísicos que el posmo-
dernismo ha relativizado, por decir lo menos. El desencan-
to escéptico respecto de la posibilidad de existencia de fun-
damentos universales que definen y guíen a la humani-
dad ha dado lugar al énfasis moderno respecto de la plu-
ralidad, del respeto de la diversidad y la autonomía de las
distintas culturas. Baudrillard caracteriza la tendencia
homogeneizadora que estigmatiza lo diferente como anó-
malo y no remisible a la unidad, y los define como “simu-
lacros” creados por la sociedad de consumo y los medios
146 Remo Bodei, La filosofía del siglo XX, Alianza Editorial, Madrid, 2001.

204
masivos de comunicación. Como ya fuera dicho, los pos-
modernos desconfían de la razón universal que impuso
la modernidad, sospechando de ella como voluntad de
poder encubierta.
En la actualidad, luego de la caída del Muro de Ber-
lín, los liberals son prácticamente los únicos que se enfren-
tan con fuerza a la filosofía posmoderna. En efecto, la de-
fensa de la modernidad ha quedado en manos de Rawls
y de Habermas. La alternativa al recurso de la fuerza para
la solución de conflictos, así como a la práctica de exte-
nuantes negociaciones en las que gana el más poderoso,
está representada por el doble método moderno contem-
poráneo: la “acción comunicativa” de Habermas y la “teo-
ría de la justicia” de Rawls, que en las sociedades demo-
cráticas presentan soluciones sociales en un esquema ca-
racterizado por la pluralidad de poderes y la diversidad
de valores en competencia. La crítica posmoderna al tán-
dem Habermas-Rawls se centra en que muchas veces la
distancia entre las partes contendientes son insalvables,
por lo que “quien convence no vence o quien vence no con-
vence”, lo que da lugar a la manipulación o la violencia.
Jean-François Lyotard critica los resultados de la bús-
queda de concensos que propone la “acción comunicativa”
e intenta mostrar los límites culturales e históricos de la
“teoría de la justicia”. Este pensador posmoderno se defi-
ne realista al proponer, por el contrario, el encuentro entre
disensos, el intento de lograr arreglos en la discrepancia y
la diferencia, aunque sin tener demasiadas ilusiones. La
base de esta crítica es que las tesis de Habermas y Rawls
conducen al error, porque se apoyan en reglas que son, su-
puestamente, válidas en lo universal y para todos los posi-
bles juegos lingüísticos; es decir, son ahistóricas. Para
Lyotard, la perspectiva emancipadora que proponen los
modernos es ilusoria. Tenga o no razón este filósofo fran-
cés, a lo que se asiste en la actualidad es a la propensión a

205
asumir casi exclusivamente compromisos blandos, es decir
revocables, que finalmente no comprometen en absoluto.
Este tipo de compromisos han sido descritos por el pensa-
dor liberal norteamericano Nozick (que se ubica a la dere-
cha de Rawls) como non-binding commitments, lo que debi-
lita el sentido de responsabilidad y hunde sus raíces en el
frágil suelo de la pérdida de valores, a lo que se ha hecho
amplia referencia en los capítulos iniciales de este libro.
La ética de la responsabilidad, que fue una guía efi-
ciente para individuos comunes, gobernantes, formadores
de opinión y sociedad en general, desde la descripción de
Max Weber, ha quedado diluida por la variabilidad de las
valoraciones del hombre posmoderno. Las preferencias
individuales y la identidad personal no presentan anclas
en opciones pasadas, o tradicionales. Esto manifestaría
una suerte de “infidelidad hacia sí mismo”, junto a una
mayor libertad individual que acompaña un progresivo
aislamiento social, como lo define Nozick. En efecto, el
hombre estaría a la vez más libre y más solo, y se aísla de
la dimensión pública para parapetarse en la esfera priva-
da. Bodei ubica en el ablandamiento de los lazos familia-
res, de la comunidad vecinal, del grupo o de la clase so-
cial, ese aislamiento del individuo.
El profesor de Harvard Hilary Putnam (Chicago, 1926- )
nos aclara sobre la utilidad de la filosofía basándose en el
concepto moderno proveniente del Renacimiento: “la fi-
losofía tiene el importante papel de fundamentar nuestras
creencias”. Y esto es posible por la capacidad de adecua-
ción de nuestro conocimiento a la realidad, de una corres-
pondencia unívoca entre el pensamiento y el mundo, lo
que el posmodernismo ha puesto en duda. En todo caso,
lo que no puede contestarse es que necesitamos, al menos,
ciertas hipótesis para conducirnos en el mundo aunque,
como dice Wittgenstein, no exista un solo lenguaje como
afirmaba el empirismo sino una multitud, cada uno con

206
su propio conjunto de reglas de funcionamiento y aplica-
ción. Sin embargo, cuesta aceptar que no existan jerarquías
entre esa multiplicidad de lenguajes. Putnam sostiene que
la función de la filosofía no consiste en dar con la respuesta
a la pregunta de qué es lo que realmente existe o inventar
un método que le brinde a los que están seguros de sus
convicciones el fundamento de su seguridad, sino un in-
tento de proporcionar imágenes del hombre en el mundo,
significativas, importantes aunque discutibles, salvando las
intuiciones del sentido común y preservando nuestro sen-
tido del misterio. No se trataría de ofrecer soluciones sino
de desarrollar la sensibilidad en tanto capacidad para
apreciar la dificultad y profundidad de los problemas que
nos planteamos, lo que significa ser hombre. Esta tarea la
comparte la filosofía con otras disciplinas, como la moral
y el arte. Así, Putnam coincide con Wittgenstein en el sen-
tido de que la filosofía no debe proporcionar explicacio-
nes sino interpretaciones, sin traicionar el sentido común.
Manifiesta que las teorías científicas o morales al ser hu-
manas son falibles, pero no quiere decir que sean arbitra-
rias, por ello rechaza el relativismo de Rorty y de los
posmodernos, en general. La decepción, el malestar que
se instala en la filosofía del siglo XXI, tendría que ver con
esperar, desde el pensamiento clásico moderno, lo que la
filosofía no debe ni puede ofrecer: soluciones. Lo que no
quiere decir que pueda haber progreso en esa disciplina,
como en cualquier otra: “la habilidad que uno tenga para
progresar en filosofía depende sobre todo de la continua
disposición para examinar los fundamentos de las propias
convicciones filosóficas”.147
No son pocos los intelectuales que reclaman al pensa-
miento posmoderno falta de sensibilidad social y de crite-
rio político, por lo que lo condenan a una simple transición
147 H. Putnam, Realism with a human face, Harvard University Press,
Cambridge, 1992.

207
antes del resurgimiento moderno, al menos en lo político y
espiritual. Según el escritor argentino Abelardo Castillo “la
posmodernidad es, en el mismo sentido de Lyotard, un re-
lato (un relatito), una fábula que no es otra cosa que una
ideología aunque sin la grandeza de los relatos históricos
de las emancipaciones sociales y, en el fondo, nada más que
una expresión de grupos de poder”. Continúa Castillo pre-
guntándose “¿qué es lo que nos están diciendo en suma?:
dejemos las cosas como están, así están bien, tenemos el po-
der, tenemos nuestro auto y nuestra televisión, entramos en
internet, ya nos peleamos bastante los unos a los otros para
conseguir un lugar en la fiesta del milenio ¿Pero… y los po-
bres del mundo?”. El intelectual argentino concluye que “la
nueva época de la humanidad, a la que algunos insisten
en llamarle la posmodernidad, no es la informática y sus
efectos, no es la globalización del mercado sino el conjunto
de catástrofes (no sólo la ecológica) que amenazan ¡a to-
dos! con poner fin a la humanidad”.
No debemos terminar este capítulo sin hacer una refe-
rencia breve a la Teoría de la Justicia de John Rawls (deu-
dor de la sociedad abierta de Popper) y la crítica posmo-
derna. En la Teoría de la Justicia, el individuo y la socie-
dad afinan sus estrategias asignatorias de mercado en un
marco contractual clásico. Para conciliar lo privado y lo
social, hallar un punto de equilibrio en la estructura so-
cial y su sistema distributivo, proporciona pautas compe-
titivas que son aplicables a la economía de mercado. Se
trata de un punto abstracto de referencia, sobre la base
de una constitución política ideal y de un sistema de mer-
cado perfecto, al que una sociedad se acerca aplicando el
principio de fairness (equidad, imparcialidad). Nozick (dis-
cípulo intelectual de Hayek), por su parte, es pesimista res-
pecto de la justicia distributiva de Rawls y aboga por un
Estado mínimo, hobbesiano, donde el comando social que-

208
daría a cargo del equilibrio natural del mercado. Tanto
Rawls como Nozick son considerados neocontractualistas
y modernos.
Por su parte, Rorty, posmoderno y neopragmático, pre-
gona que una verdadera cultura liberal debe olvidar su
principismo transhistórico (Hayek, Popper) y tomar como
modelo a la civilización noratlántica contemporánea, el
“nuevo patriotismo moral que apunta a una nueva y me-
jor civilización global”, y cuya ispiración le viene de los
“filósofos edificantes” Wittgenstein y Heidegger. Apoyán-
dose en Derrida, Lyotard y Gadamer, Rorty afirma “que
el nuevo pragmatismo debe deconstruir, de una vez por
todas, a todas las grandes estructuras públicas de domi-
nación”, y ofrece fundar las bases diagonales de un “nuevo
orden posnacional” de donde desaparecería la estructu-
ra, supuestamente, opresiva del Estado-Nación. Esto apor-
ta sustento ideológico a las políticas de desnacionalización
y a las megaprivatizaciones, que con tanta eficacia hemos
aplicado en la gran mayoría de países de América Lati-
na. Al entregar al poder privado los ejes decisivos del po-
der, al licuar el Estado en los juegos sinonímicos del neo-
liberalismo, al aceptar explícitamente la universalidad del
pragmatismo tecnocrático posmoderno, con su olímpico
desinterés por lo político y administrativo-público, se pre-
para el campo propicio para la nueva “racionalidad” de
la aldea global.

209
210
Capítulo IV

Resumen y resultados

211
Dios ha muerto, Marx ha muerto,
y yo mismo no me siento muy bien
(graffiti en La Sorbonne, Mayo 1968)

A manera de introducción a estas conclusiones, valgan


unas consideraciones generales, como sigue:
La posmodernidad es el clima cultural que manifiesta
la crisis de la razón, el quiebre de la tradición social, el
abandono del sujeto al individuo narcisista. El hombre
posmoderno se da cuenta que Prometeo no es otro que
Sísifo, por lo que muda de nombre y se convierte en Nar-
ciso: poseemos la fuerza (la razón, el rayo robado a Zeus)
para empujar la piedra hacia la cima (modificar el mun-
do), pero como ésta es inalcanzable (imposibilidad de co-
nocer) conviene renunciar a la labor (actuar sobre la rea-
lidad y dejar trazos históricos) y disfrutar de la vida sin
prejuicios.
El individuo moderno se caracteriza por una identidad
sólida y duradera en el tiempo y actúa persiguiendo un
objetivo una vez que ha fijado su proyecto, en tanto el in-
dividuo posmoderno presenta una identidad móvil y
reciclable, acostumbrado a vivir experiencias fragmenta-
rias que lo han enfrentado a la distancia insalvable exis-
tente entre ideales y su realización efectiva. En nuestros
tiempos blandos, sin embargo, se perciben muchas seña-
les que rechazan la “entrega posmoderna” y buscan una

[213] 213
suerte de reestabilización a través del establecimiento de
puntos de referencia que la mayor parte de las veces son
religiosos, étnicos o culturales. Sin duda presenciamos una
renovada necesidad de arraigo del individuo, pues, como
opina Bodei, “la identidad individual desciende siempre,
a través de miles de hilos, de la identidad colectiva y que,
incluso, es impensable sin ésta”.148
El proceso actual de trasformación de la elaboración
de ideas, el paso del pensamiento moderno al pensamiento
posmoderno, no sería simplemente un cambio de paradig-
ma basado en el escepticismo respecto de la validez uni-
versal del discurso racional y científico, sino que afecta el
fundamento mismo del discurrir. Al haber sido afectado
el sistema de creencias en el que se desarrolla la racionali-
dad occidental sin reemplazarlo por otro, se provoca una
profunda crisis de orientación. Cuando la naturaleza se
muestra rebelde al afán fáustico del saber omnipotente de
los modernos y luego de la elaboración de la teoría del caos
(por lo que el orden resulta ser un caso especial del desor-
den), la contingencia se convierte en un elemento esencial
de nuestra actual visión del mundo. Hasta la teoría mate-
mática del caos, los sistemas caóticos de los que se ocupa-
ban los científicos se comportaban de un modo regular,
previsible.
Con todo, concluimos que la fundamentación teórica del
posmodernismo aún está en construcción, por lo que la ex-
presión de ideas en términos posmodernos suele ser efíme-
ra o debe ser tomada como provisoria. Sin embargo es ne-
cesario considerar, desde una estricta lógica posmoderna,
que estas concepciones pasajeras, contradictorias y para-
dójicas, no hacen otra cosa que reflejar el mundo y encuen-
tran su justificación en la aceptación del caos. Al derrum-
barse el paradigma más deseado de la voluntad, la política,
148 Remo Bodei 2001.

214
ya no hay ideales proyectados al futuro, la esperanza deja
su lugar al nihilismo del presente continuo, y el vacío de
sentido corre el serio riesgo de llenarse de indiferencia sis-
temática. La apatía nos evita la angustia de no poder, aun-
que no el pesimismo ni la sensación de absurdo. Se hace
necesario calmar la ansiedad del que se agita sin moverse
del lugar con una bulimia de sensaciones; poco importa si
son de origen real o virtuales, lo que se requiere es un ex-
ceso de excitación que sature este presente que se resiste a
ser pasado. Y como el hiperrealismo del presente, para po-
der ser asido, necesita de atención dispersa, se termina por
configurar un marco social donde las cuestiones públicas
se vuelven “ambiente”, o “cierto clima” que no ocupa ni
preocupa sino que es tomado como signo de los tiempos.
El individualismo liberado, como nunca antes, de los en-
cuadres de masa o de ideales (la canalización social), dio
lugar a un capitalismo altamente permisivo y poco previ-
sor, donde se han acelerado las experimentaciones libera-
les con gran desapego de lo social.
Este clima, más tarde o más temprano, fue despertan-
do reacciones violentas que en el comienzo siempre son in-
dividuales (como la explosión de delincuencia juvenil). Si
la sociedad entra en estado de incertidumbre, se siente ame-
nazada (si no hay un “bien” universal, ¿qué dirección to-
mar?), al mismo tiempo está huérfana de fe en los valores
modernos de la razón, la solidaridad, la política, y todo ello
en un caldo de cultivo alimentado por pensadores nihilistas;
lo que parecería anunciarse no sería demasiado distinto al
reclamo de orden y protección que siguió a la primera Gue-
rra Mundial. ¿Qué ruta alternativa nos puede ofrecer el
repudio de la razón en los asuntos humanos?
Si todo intento secuencial de explicar el mundo será
fallido y toda tentativa de yuxtaponer argumentos será
incompleta, lo que ha fracasado en todo caso es una cierta
concepción de la modernidad, no la razón en sí misma.

215
Bien es cierto que la razón no alcanza para explicarlo todo
(concepto que es un gran aporte a Occidente del pensa-
miento posmoderno), ello no implica la renuncia a cam-
biar el mundo. Es aún temprano para saber si vencerá la
barbarie o si resurgirá una nueva modernidad, que se lla-
mará posmodernidad, en tanto este pensamiento logre li-
berarse de su pesimismo reaccionario para dar rienda a
lo que de progresista lleva en su sangre.
Se ha afirmado que la angustia era una característica
del individuo moderno, en tanto la posmodernidad pre-
senta la preponderancia de la ansiedad. Estas dos varia-
bles, en su carácter no-patológico, definen gran parte de
la personalidad del hombre según el pensamiento prepon-
derante en su época. La angustia moderna apremia al in-
dividuo y se define como un estado de inquietud, de aler-
ta, de cierta zozobra, obliga a tomar conciencia de la tem-
poralidad y de la fragilidad del ser, exige mantenerse aten-
to y da consistencia al individuo. La angustia se vuelve
enfermedad cuando en lugar de jugar a favor de la exis-
tencia, paraliza, ensombrece al hombre. La angustia ha
sido definida por innumerables pensadores modernos
como el motor de la filosofía.
Por su parte, la ansiedad se presenta como un desaso-
siego íntimo ante la necesidad de desprenderse urgente-
mente de la situación que se está viviendo sin tener la cer-
teza de que la nueva situación será mejor, y se caracteri-
za por el apresuramiento y la insatisfacción, por la impro-
visación que impone el apurarse, por la falta de horizon-
te. Se ansía viajar, poseer bienes, salud, hijos, etc. La neu-
rosis de ansiedad produce los llamados panic attack, pato-
logía tan presente en nuestros días, fobias que en nuestra
era se intentan combatir con Prozac y sustitutos de nue-
va generación. Resulta significativo este reemplazo en el
tiempo: mientras la angustia se relaciona con el principio
de individuación, la ansiedad atañe a la fugacidad del

216
tiempo, en tanto preocupación para estar preparado más
que por lo que se avecina (en su imaginario) que por la
realidad presente.
A pesar de la reivindicación posmoderna de la liber-
tad en el arte, su ligazón a la ideología neoliberal lleva a
un democratismo “que se contenta con reivindicar las más
blandas y vagas categorías del consenso, para el cual toda
tentación de ruptura es inmediatamente excluida” (Bodei
2001). Así, en épocas de consumismo, el cliente es el juez
supremo de la calidad artística, de su pertinencia: por ello,
para tener éxito basta para la literatura ser el único, “li-
mitarse a reproducir la ideología, los valores y la situación
social, étnica o cultural de su público”, su clientela. Por
lo que “el artista deja de ser el artesano en lo que lo había
transformado la era industrial para volverse una especie
de pequeño empresario (…), cuentapropistas aislados que
suministran su mercancía de acuerdo con las demandas
del mercado (…)” (Bodei 2001). El mercantilismo en arte
no es nuevo, sólo que antes lo que era considerado envi-
lecedor, “con su religión del público, su rechazo de la oscu-
ridad y de la complejidad formal, el posmodernismo de
hecho legitima”.
Respecto de la reivindicación posmoderna de mul-
ticulturalidad, citamos al filósofo chileno Martínez Bonati,
cuando opina que parecería que tienen la razón quienes
sostienen que no puede haber sociedades multiétnicas,
porque no puede haber concierto social sin normas fun-
damentales comunes. Lo que sí existen son sociedades en
las que viven, bajo la norma de la mayoría, grupos que
aspiran a otro orden fundamental. Pero “¿no ha sido esta
condición de conflicto cultural una característica propia
de Occidente en toda la era moderna, y quizá desde un
comienzo? Lo que la historia de nuestra cultura muestra
en todo momento es el conflicto interno, su condición
escindida y antagónica, autocrítica y nunca verdadera-

217
mente monolítica”.149 Nuestra civilización, celebrada in-
genuamente por algunos tradicionalistas como si constitu-
yese una totalidad coherente, “occidental y cristiana”, ha
sido desde sus comienzos la mezcla inestable de racio-
nalismo clásico y una fe religiosa que, si queremos verla sólo
desde un punto de vista histórico y atendiendo a su preci-
sa configuración mitológica primera sin considerar su ins-
piración sobrenatural, es el fruto de tradiciones del Orien-
te cercano. Nuestra cultura de la modernidad representa
el inseguro predominio del racionalismo sobre los elemen-
tos mítico-arcaicos de la tradición religiosa. El pensamien-
to posmoderno aboga por la admisión en pie de igualdad
de muchas culturas y doctrinas, que es lo que reduciría la
tensión ingénita de nuestras sociedades: en un campo de
múltiples antagonismos los conflictos perderían fuerza.
Sin embargo, se advierte que las prácticas culturales
minoritarias ajenas que ofenden a la sensibilidad moral
dominante no son toleradas ni siquiera en las más libera-
les y tolerantes sociedades contemporáneas. Martínez
Bonati destaca que en los Estados Unidos se ha prohibido
la práctica de ritos sangrientos con animales en ciertas ce-
remonias religiosas del vudú haitiano, aunque en publi-
caciones académicas se trata a esta religión con todo el res-
peto y aun simpatía que merece a estos autores la fe de
otras comunidades, en especial si son subdesarrolladas. Del
mismo modo las leyes norteamericanas prohíben, como se
ha hecho recientemente en varios países africanos (con di-
ferentes suertes), el popular y sacramentado uso de la
mutilación genital de las niñas. Si bien son prácticas reli-
giosas que pueden comprenderse dentro del contexto
sociocultural en que han surgido, en el Occidentte desa-
rrollado son consideradas prácticas aberrantes.
149 Félix Martínez Bonati, artículo “La retirada de la razón”, en Revista de
Filosofía de la Universidad de Chile, N.o 13, Santiago de Chile, 2000.

218
Es evidente que no se pueden dejar de condenar los
sacrificios rituales, por el mero hecho de su antigüedad
cultural, los mismos que siguen vigentes todavía en algu-
nas comunidades remotas. Por ello la tolerancia termina
allí donde lo esencial de una cultura empieza a ser afec-
tado: la distinción entre el bien y el mal, entre lo sagrado
y lo profano, los valores e ideales que constituyen la cul-
tura dominante. “Vemos con aprobación que se abrazan
el Papa y el Gran Rabino, que el patriarca ortodoxo y el
arzobispo protestante reciben afectuosamente al bonzo
budista e intercambian saludos con el Imán, y que dialo-
gan constructivamente teólogos musulmanes, judíos y cris-
tianos. Pero no podemos olvidar que, para cada uno de
ellos, de acuerdo a las teologías que definen sus diferen-
cias, los otros están en el error de la incredulidad, la he-
rejía, o la superstición”(Bonati 2000). El resentimiento de
la distancia social, o de la inferioridad económica-política,
lleva a las comunidades minoritarias, a los pueblos menos
poderosos, a acentuar su identidad étnica, a esforzarse en re-
generar estrechos vínculos con su liderato religioso y, en
una manifestación extrema, a una militancia dispuesta al en-
frentamiento bélico que puede comenzar manifestándose
como terrorismo.
Queda claro, pues, que en nuestra contemporaneidad
nos sentimos dispuestos a aceptar prácticas contrarias a
nuestros valores más sagrados, aunque ellas provengan de
los valores sagrados de otros y que la tolerancia mutua no
puede obtenerse mediante la acentuación de las diferen-
cias culturales, sino a través de su superación. La tolerancia
es un fruto superior de nuestra cultura occidental, pero
este principio difícilmente puede ser llevado al máximo de
una neutralidad universal, ya que no todo puede (o de-
bería) ser tolerado. Así, resultan intolerables las conduc-
tas antisociales y destructivas, las violaciones a los dere-
chos humanos, etc. Hay valores de nuestra civilización que

219
no podemos relativizar, y entre ellos está la tolerancia (re-
lativa) misma, “que todavía necesita mucho cultivo, correc-
ción y ampliación, pero que ya ha llegado a ser digna de
defensa, y que, si acepta indiferente su negación, se expo-
ne a sucumbir. Para salvarla, no podemos ceder a la ten-
dencia niveladora de nuestra época, sino defenderla acti-
vamente”.150 Esto supone combatir en el terreno intelectual
y moral, aunque debamos respetarlos en el legal, los llama-
dos a la intolerancia del fanático y condenar dogmatismos
agresivos. Es imperativo, pues, si queremos promover la li-
beralidad, rechazar aspectos esenciales de otras culturas así
como los atavismos totalitarios de la nuestra.
De este modo, “la bandera multiculturalista es enarbo-
lada, o arrebatada, por una corriente doctrinaria que tie-
ne los rasgos familiares de la edificación demagógica”
(Bonati 2000). Estas convicciones o pseudoconvicciones
“correctas” no son las certezas que podrían llevarnos a una
sociabilidad mejor. Más bien, son certezas emocionales y
económico-sociales de individuos y grupos, y que se tien-
de a confundir con genuinas pasiones altruistas. “El sue-
ño de la razón produce monstruos” inscribe Goya en uno
de sus grabados: “¿Significa este dictum cuando la razón
no vela, desatinos de oscuro origen toman la plaza, o bien
que la razón misma, al entregarse a sueños utópicos, en-
gendra proyectos en último término desastrosos? Ambas
interpretaciones admiten aplicación a los procesos intelec-
tuales que comento”. Es notable que muchos seres huma-
nos con buen nivel de educación, sin importar raza ni
creencia, comparten un modo de vida y una visión de las
cosas determinados por la ética del pensamiento crítico. Sin
embargo, esa ética se ha vuelto inestable a partir de la di-
fusión de la multiculturalidad posmoderna, proclive a la
disolución de toda certeza. Martínez Bonati concluye que
“este futuro sin la diversidad de las culturas y religiones
150 F. Martínez Bonati, artículo citado.

220
tradicionales es, pues, improbable. Es más bien de esperar
que el incesante proceso histórico de la reinterpretación de
los textos sagrados, a que están sometidas, como empre-
sas humanas, todas las teologías, lleve a una feliz conver-
gencia que haga de la multiplicidad cultural un conjunto
de diferencias irrelevantes en lo ético” (Bonati 2000).
Con relación a la extensión de la experimental Teoría del
caos a prácticamente todos los dominios del conocimiento
humano, convendría hacer algunas precisiones. En efecto,
en el ámbito de las reflexiones sociológica y política ha co-
menzado a aparecer el discurso del caos como nuevo hori-
zonte interpretativo, que intentaría explicar procesos de alta
complejidad como las transiciones y las crisis políticas y eco-
nómicas. ¿Será factible, o válido, utilizar la Teoría del caos,
aún incipiente disciplina, para explicar estos procesos? Si
Dios no juega a los dados, como dijo Einstein, debería ser
posible encontrar las regularidades de lo irregular, lo con-
gruente de la incongruencia, el orden del desorden, que no
es otra cosa que encontrar el sentido en el sin sentido.
Resulta imprescindible ubicar a la Teoría del caos en
el lugar que le corresponde respecto de su influencia so-
bre el pensamiento social y político. No siempre se puede
extrapolar un concepto de la física-matemática a otros
campos, así como también es un error confundir el signi-
ficado científico de la palabra caos (o lineal) con su senti-
do coloquial. El sistema en el cual existe una alta sensibi-
lidad a las condiciones iniciales se denomina “caótico”.
Pero no quiere decir que estos fenómenos sean irracionales
o que no estén regidos por determinadas leyes. Si a causa
de su sensibilidad a las condiciones iniciales sus resul-
tados se vuelven imprevisibles o muy poco previsibles, po-
dría ser a causa de la imprecisión en el conocimiento
de los datos iniciales. Además, como dice Sokal, el objeti-
vo de la ciencia no es sólo predecir sino también compren-
der: “no es lo mismo determinismo que predictibilidad;

221
el determinismo puede existir sin predictibilidad, ya que
el determinismo depende de la naturaleza y la predeci-
bilidad de nosotros”.151
La impredecibilidad determinista, si se nos permite el
giro contradictorio, sostiene la idea de indistinción entre
realidad y ficción. Esta vigencia de la moda intelectual
posmoderna en la universalidad ha sido claramente ata-
cada por Hobsbawm: “… hacen que todos los hechos que
aspiran a una existencia objetiva sean, simplemente, cons-
trucciones intelectuales, por lo que no existe ninguna di-
ferencia clara entre los hechos y la ficción. Pero en reali-
dad la hay y, para los historiadores, incluidos los antiposi-
tivistas más acérrimos de entre todos nosotros, es absolu-
tamente esencial poder distinguirlos”. Debemos, sin em-
bargo, coincidir con el pensador español Antonio Escoho-
tado que posiblemente el azar irrumpe creativamente en
una realidad en desequilibrio, y fomenta la innovación:
“de ahí que ahora interpretemos el desequilibrio como un
estado de apertura y la disipación como una fuente estruc-
turante”.152 Esto, indiscutible en el campo del arte, ¿lo será
también en el de las ciencias sociales?
Si para los griegos lo inmanente era la forma (este-
ticismo), para la modernidad lo eterno es la ley. La propor-
ción áurea descubierta por los griegos explicaba las olas del
mar, las formas de los moluscos y el Partenón. Para Newton,
gravedad (que es algo dado) y fuerza gravitatoria (que es
algo supuesto), es lo mismo, ya que la realidad es la ley. En
los orígenes de la modernidad la consigna no era entender
sino dominar, para lo cual había que simplificar, idealizar
y profetizar. Si los cálculos no cierran no se puede retocar
la realidad. Por ello lo complejo era despreciado por caóti-
co. Como un resabio de aquellos orígenes, cuando en 1927
151 A. Sokal. Citado en artículo “Actitudes críticas hacia la posmo-
dernidad”, en el sitio web www.multitextos.com/articulos/caos.
152 A. Escohotado, Caos y orden, Espasa, Madrid, 1999.

222
se presenta la Teoría cuántica hasta Einstein habla de “en-
cantamiento”, de teoría intuitiva. Pero es que había discor-
dancia entre el marco teórico y la observación de fenóme-
nos y, aún hoy, la mecánica cuántica no puede hacer con-
ducir el comportamiento microscópico con el macroscópico,
siendo que ambos pertenecen al mismo universo. Esto no
implica la imposibilidad de conocer, de entender, lo que no
es controlar ni dominar.
Se concluye que lo que se debe dejar de lado es el
infalibilismo dogmático y el deseo de imponerse a la na-
turaleza de las cosas: el terror al vacío hizo descartar de
la matemática euclidiana al cero. Puede que al ser huma-
no le falte la imaginación, pero no a la naturaleza, por lo
que es necesario abandonar la idealización moderna de
la ciencia (lo cual es un aporte del posmodernismo), lo que
no implica caer en la irracionalidad: ¡ni la más potente de
las computadoras puede definir la mejor jugada en aje-
drez, no obstante que hay un número limitado de posi-
ciones para las meras treinta y dos piezas en el exiguo ta-
blero de sesenta y cuatro casilleros! Matrix está muy lejos
todavía (por el momento es imposible).

223
224
La modernidad:
¿Proyecto inacabado?

No se podría haber arribado a lo posible


si no se hubiera apuntado a lo imposible
Max Weber

El término modernidad se refiere al orden social que sur-


gió tras la Ilustración y caracteriza una época signada por
un dinamismo sin precedentes, el rechazo de las tradicio-
nes por el imperio del “progreso” sobre la base de la “ra-
zón” como promotor de la libertad. De su misma esencia
surge el malestar posterior fomentado por el optimismo
frustrado y las dudas sobre su eficacia social. La racio-
nalización de la vida moderna finalmente recortó las alas
de la libertad, pese a sus logros científicos y tecnológicos
y del emergente social de la democracia liberal. En defini-
tiva, el término modernidad aplicado a lo social, econó-
mico y político tal como lo entendemos hoy, como acu-
mulación de todos estos procesos, proviene de la posgue-
rra. Esta modernidad está indisolublemente ligada al mo-
delo norteamericano, que según expertos occidentales no
marxistas (incluso europeos) era exportable como modelo
de desarrollo para los países no desarrollados. El modelo
fue descripto a mediados del siglo XX por Rostow (Las eta-
pas del Crecimiento Económico): un país habría acumu-
lado suficiente impulso económico para el despegue mo-
dernizador cuando haya satisfecho ciertas condiciones
y cumplido una serie de etapas; para ello debe existir un

[225] 225
mercado de trabajo, medios mecánicos de producción,
energía disponible y organización empresarial.
Tanto Max Weber como Emile Durkheim ponen de
manifiesto otro aspecto ligado a la modernidad y al capi-
talismo, cuestiones relacionadas con la tradición, religión
y la cultura emergente. La modernidad sustituye las rígi-
das normas de la cultura tradicional y la autoridad por otras
relacionadas con la eficiencia en la producción de lo que
sea (bienes comerciables, servicios como la educación y el
turismo, industria del entretenimiento, etc.). En lo que hace
al sujeto, la modernidad cuestionó las formas convencio-
nales estableciendo sus propias autoridades basadas en la
ciencia, el desarrollo, las leyes o la democracia, e incluso,
también se altera el “yo”: en la sociedad premoderna la
identidad se recibe de la tradición (se hereda); en la mo-
dernidad, la identidad se construye.
No cabe duda de que la innovación técnica ha sido el
gran motor del capitalismo. Karl Marx y Friedrich Engels
en el Manifiesto Comunista expresan que “la burguesía no
puede existir sino a condición de revolucionar incesante-
mente los instrumentos de producción y, por consiguien-
te, las relaciones de producción, y con ello todas las rela-
ciones sociales. Una revolución continua en la producción,
una incesante conmoción de todas las condiciones socia-
les, una inquietud y un movimiento constantes distinguen
la época burguesa de todas las anteriores”.153
A continuación de las revoluciones industriales del si-
glo XIX, F. W. Taylor (ingeniero e inventor norteamerica-
no, 1856-1915) quien dio su nombre al sistema de produc-
ción organizado minuciosamente, es perfeccionado por la
cadena de montaje en serie de Henry Ford (empresario y
constructor de automóviles norteamericano, 1863-1947).
153 K. Marx & F. Engels, The communist manifesto, Verso, London, 1998
(traducción del autor).

226
El modelo T de Ford lleva implícito el estigma de la nue-
va modernidad que inauguraba el siglo XX: si el taylorismo
era sólo un método estandarizado de producción tendiente
a lograr una mayor eficiencia industrial, el fordismo no
sólo es todo eso sino que también se constituye en el im-
pulsor de un modelo económico y de un nuevo modo de
vida, que culminará en el consumismo de fines del siglo
XX. Si Marx puede ser considerado uno de los principa-
les analistas sociales de los tiempos de la modernidad (si-
glo XIX) entendida como sociedad capitalista, Durkheim,
Parsons, Weber, Simmel y Bell son otros tantos pensado-
res sociales que hicieron aportaciones distintivas de las
épocas que les tocó vivir.
Emile Durkheim (sociólogo francés, 1858-1917) opuso
a la solidaridad “mecánica” (apoyada en la coerción y en
el peso de la tradición) el nuevo principio de integración
social denominado “orgánico” que surgió de las necesida-
des impuestas por la creciente interdependencia que ori-
ginó la división del trabajo. El trabajo no sólo se separa
en las fábricas y en el campo, también en la administra-
ción y el hogar. Las tareas que en el pasado habían de-
sempeñado la familia o la Iglesia pasaron a depender de
la escuela, de los hospitales, de los organismos del estado
de bienestar (fomentado por el fordismo), etc.
Talcott Parsons (sociólogo norteamericano, 1902-1979)
analizó los problemas emergentes de la modernidad que
avanzaba; su preocupación principal era la coordinación
de la sociedad compleja de su época. Propuso una mayor
participación social dentro de un mercado libre de técni-
cas y habilidades: la meritocracia. Max Weber (sociólogo
alemán, 1864-1918) puso el acento en la racionalización
de métodos que rigieron su época: los métodos de labora-
torio científico, las normas y escalafones del sistema bu-
rocrático, la contabilidad del empresario capitalista, en
todos estos métodos de control se halla el “cálculo”. La

227
organización productiva y eficiente por excelencia era la
burocracia. Mejorar las cosechas, automatizar el hogar,
acrecentar la eficiencia militar, coordinar los vuelos comer-
ciales: en todos los órdenes de la vida moderna del siglo
XX la racionalización se convirtió en eje central. Cálculo
que Weber analizó también como fuente de control e ins-
trumento de dominación.
La cúspide social de la organización racional es la ciu-
dad; la experiencia moderna es abrumadoramente urba-
na en contraste con el pasado. Georg Simmel (sociólogo
alemán, 1858-1918) consideraba que la ciudad era el cri-
sol en que se formaría y reformaría la modernidad, que
la metrópoli, además de ser el centro de la economía, lle-
vaba una impronta diferencial: la complejidad y la exten-
sión de la existencia metropolitana imponen puntualidad,
“calculabilidad”, exactitud. En contraste con el pasado,
cuando la identidad se hallaba en la comunidad local, flo-
rece en la ciudad una comunidad de extraños cuya con-
vivencia necesita nuevas reglas: en la vida moderna se re-
quieren relaciones más formales y contractuales. Simmel
inspira a una serie de sociólogos urbanos que surgen en-
tre guerras con el objeto de analizar el urbanismo como
un nuevo y distintivo modo de vida. Del mismo modo, los
arquitectos y urbanistas rediseñan las ciudades; así lo
urbano se mira cada vez más desde la perspectiva del
conductor de automóviles. Según Le Corbusier (arquitecto
suizo, 1887-1965), la calle pasa a ser “una máquina para
producir tráfico”. Asimismo, tal acumulación de gente ge-
nera en los burócratas un deseo de control social: “excluir
y eliminar racionalmente a los delincuentes y desviados
es consecuencia lógica del impulso controlador y clasifi-
cador que se percibía en todos los ámbitos”,154 que tan cla-
ramente había sido anticipado por Weber.
154 D. Lyon 1994.

228
Como ya fue dicho, la consecuencia de la lógica del im-
pulso de racionalización se traduce en uno de los objetivos
prioritarios de la modernidad, entendida como nuestro
modo de vida reciente. La primera organización que pone
gran énfasis en el control es el ejército. Así, las pautas mili-
tares trascienden lo castrense para imponerse en la organi-
zación empresarial-administrativa, industrial, de la escue-
la, hospitales y de la burocracia del Estado en general.
Aunque la concepción de una prisión “panóptica” (los
reclusos pueden ser observados casi todo el tiempo, y ellos
no pueden saber cuándo están siendo efectivamente vigi-
lados ya que no ven al controlador) ya fue expuesta en el
siglo XVIII por el filósofo inglés utilitarista Jeremy Bentham,
quien analizará en profundidad el cambio de estrategia
de vigilancia es Michel Foucault (filósofo francés, 1926-
1984),155 desde las antiguas formas de castigo corporal y
público de los infractores a la “moderna” autodisciplina.
Las fábricas de Henry Ford producían trabajadores eficien-
tes que eran controlados por un “departamento de socio-
logía” que no sólo vigilaba al obrero en la línea de monta-
je sino también su tiempo libre, particularmente en lo que
hacía al consumo de alcohol. Para Foucault la prisión pa-
nóptica (parodia de un Dios omnisciente) es el símbolo del
control moderno, que provoca (debido a la incertidum-
bre de no saber cuándo se es vigilado) la autodisciplina, la
misma que es necesaria en la organización militar.
Los dos significados de moderno (la divisoria temporal
que distingue antiguos de modernos y la derrota de los pri-
meros por parte de los últimos) provoca una cierta confu-
sión. La persistencia de lo premoderno y el escepticismo so-
bre la validez de las victorias modernas coexisten. Según
Bruno Latour, ese escepticismo produce la parálisis pos-
moderna: la debilidad hiperreal se suma al efecto de las
tecnociencias invasoras, al tiempo que se cortan los lazos
155 M. Foucault 1993.

229
con el pasado y se rompe con el futuro. Luego, el error de
los pensadores posmodernos sería dar por supuesto que la
modernidad constituye un sólido esquema, sin fisuras. 156
Alain Touraine (sociólogo y politólogo francés, 1925- ),
por su parte habla de una “modernidad limitada duran-
te un período en el cual los seres humanos se creyeron dio-
ses pero que terminó con el auto-encarcelamiento dentro
del despotismo de la modernidad totalitaria”.157 Para
Touraine, los tiempos críticos actuales representan una
transición hacia una modernidad más compleja y comple-
ta, que afirmarán tanto al individuo como al recurso de
la razón: el “sujeto”, que se obsesiona con su propia iden-
tidad cuando la razón pierde presencia, y la “razón” que
sin sujeto se convierte en mero instrumento racionalizador,
se encontrarían sinergéticamente para reafirmar la espe-
ranza para la humanidad que portan los movimientos so-
ciales. Sin embargo, conviene destacar que algunos años
después Touraine se desencanta de los destinos de la hu-
manidad, comienza a dudar y escribe “Pourrons-nous
vivre ensemble”, donde a la pregunta “¿cómo podremos
combinar la libertad del sujeto personal, el reconocimien-
to de las diferencias culturales y las garantías institu-
cionales que protejan esa libertad y esas diferencias?”,158
no parece tener una respuesta plenamente satisfactoria.
Por su parte, para Jürgen Habermas (filósofo alemán,
1929- ) la modernidad es un proyecto inacabado, que to-
davía tiene que desarrollar a pleno su potencial, lo que se-
ría posible de realizar por la “acción comunicativa” (lo que
ocupa el lugar de los “movimientos sociales” de Touraine).
En efecto, Habermas, pese a sus temores respecto del do-
minio potencial de la razón instrumental sobre cada vez
más esferas de vida y el auge de tribalismos agresivos y, por
156 B. Latour, Nunca hemos sido modernos, Debate, Madrid, 1993.
157 A. Touraine, Critique de la modernité, Fayard, Paris, 1994.
158 A. Touraine, Pourrons-nous vivre ensemble?, Fayard, Paris, 1997.

230
otra parte, la profundización del hedonismo individualis-
ta, apuesta todavía a la modernidad. Para ello es necesario
que un instrumento suficientemente poderoso medie entre
las diferentes posiciones: contra el universalismo que niega
la particularidad rechaza la réplica posmoderna de una
particularidad que niega la universalidad, y propone la bús-
queda de instrumentos de comprensión mutua y la aten-
ción respetuosa al otro. Por la importancia que ha cobrado
el pensamiento de Habermas, éste será analizado en el úl-
timo apartado de este texto, en sus conclusiones.
Otro alemán, Ulrich Beck159 (sociólogo, 1944- ) opina
que el verdadero problema es el riesgo, ya que enfoca su
pensamiento en los conflictos y temores de la vida diaria:
mientras que en el pasado se buscó con impunidad la pro-
ducción de riqueza como único objetivo, se nos presenta en
la actualidad la producción de riesgos conjuntamente con
la incertidumbre sobre cómo evitar o minimizar el daño
causado por el inexorable proceso de producción. Para Beck,
el proyecto moderno es crónicamente inconcluso, de allí que
uno de los aspectos básicos sea la gestión del riesgo. Ello
lleva implícito una postura ética, por lo que se impone una
economía moral de la producción de conocimiento.
Anthony Giddens (sociólogo y politólogo inglés, 1938- )
expone, en un texto compartido entre otros con Ulrich
Beck (Reflexive Modernisation), el concepto de modernidad
reflexiva: la modernidad, en cuanto a la aplicación de la
tecnociencia a la producción industrial de la actualidad,
ha encontrado rápidamente sus límites en las catástrofes
ecológicas, provocadas por los vertidos de petróleo, la
desertificación de los suelos antes fértiles y los accidentes
nucleares. Para Giddens si existe una conciencia gene-
ralizada de los peligros que provocan estos accidentes del
“progreso” no hace falta rechazar la modernidad sino
actualizarla. Es por ello que este sociólogo inglés utiliza
159 U. Beck 1992.

231
tantos adjetivos que califican a la modernidad: alta,
tardía, reflexiva, e incluso radicalizada.
David Lyon (sociólogo canadiense, 1948- ) opina que
en la mayoría de los análisis posmodernos, que cobran re-
levancia como concepto socioanalítico durante las dos úl-
timas dos décadas del siglo pasado y que dan por supuesto
el cambio tecnológico, dedican poco espacio a la relación
de esos cambios con las transformaciones sociales. Posi-
blemente esto se deba a que estos pensadores han aban-
donado el concepto de progreso como paradigma. Sin em-
bargo considera que, aunque sea cierto que todos los meta-
rrelatos han perdido legitimidad, no se debería abando-
nar el esfuerzo por comprender y aun orientar el desarrollo
tecnológico. Esta opinión es coincidente con la de Beck y
Giddens respecto de los riesgos de los avances tecnológi-
cos. Difícilmente se puede dejar de coincidir con la ética
de estos pensadores.
Conviene aquí citar dos aspectos relevantes de la críti-
ca del posindustrialismo (correspondiente a la modernidad
tardía, diría Giddens). El primero y más evidente es el de
las desigualdades socioeconómicas asociadas al desarrollo
de la tecnología electrónica; el otro, aspecto bastante des-
cuidado (salvo por Foucault y Adorno), es el gran poten-
cial para la vigilancia social inherente a las tecnologías de
la información. Respecto del primer aspecto baste citar que
en los países pobres la sociedad global de la información
aparece como nueva modernidad que distrae recursos bá-
sicos para los hambreados. En lo que hace al control social,
la crítica moderna o del posindustrialismo, focaliza también
en el temor del poder centralizado sumado al poder de acu-
mular y analizar datos que provee la tecnología de la in-
formación. Sin embargo, y por el momento, este supuesto
poder omnisciente es utilizado para clasificar y guiar a los
consumidores y no para la represión política. En este senti-
do, la profecía de Orwell sobre el poder de vigilancia del

232
Big Brother no se ha cumplido. Sin embargo, no podemos
descuidar la posibilidad de que surjan nuevas formas de
dominación en la sociedad de la información global.
Otro aspecto de la crítica moderna sobre la realidad
social y política actual responde al cuestionamiento que
hace el posmodernismo sobre la naturaleza de realidad y
el significado. En este caso Jean Baudrillard (sociólogo fran-
cés, 1929- ) es quien representa la versión más extrema de
la pérdida de significado que provoca el bombardeo de
imágenes, signos sin referentes, que lo lleva a declarar “la
guerra del Golfo no ha existido”. Consideramos que este
recurso que aplica Baudrillard, basado en lo que puede
considerarse la primera guerra posmoderna, constituye
una eficiente táctica de provocación en la búsqueda de re-
cuperar los últimos valores de la humanidad de la bana-
lidad de los medios de comunicación.
También relacionada con el tema de las nuevas tecno-
logías se halla la cuestión de si estas tecnologías contribu-
yen a forjar el mundo único de la “global village” (Marshall
McLuhan,160 1911-1980), donde convergen vida económica
y política que tienden a la homogeneidad global. Este pro-
ceso, considerado por la modernidad europea y norteame-
ricana como lineal y dirigido a la unificación, ha sido re-
emplazado en la actualidad por un estado de cosas que
presenta agudas diferencias (desigualdades) entre nacio-
nes y grupos sociales en las naciones.
Respecto a la crítica de disolución “verdadero/falso”
en la ciencia planteada en el subcapítulo “Confusión de
valores”, consideramos útil agregar en estas conclusiones
los siguientes conceptos: si en el siglo XVIII el universo apa-
rece representado por un mecanismo de relojería de gran
160 M. McLuhan ha sido terminante al expresar que “los medios se han
erigido a sí mismos en sustitutos del mundo previo. Incluso si
queremos recuperar el pasado, sólo podemos hacerlo mediante un
estudio intensivo de las formas en que los medios lo han tragado”.

233
precisión y en el XIX se lo analiza como una entidad or-
gánica, la vanguardia del siglo XX lo empieza a ver como
un inmenso flujo turbulento. El “caos”, como se vio en el
capítulo tercero, ha dejado de ser una deficiencia atribui-
ble a los límites del conocimiento (o, previamente, a la des-
viación o perversión de la naturaleza, y también a la “ex-
cepción que hace a la regla”) para ser considerado el gran
elemento autoorganizador del funcionamiento mismo de
la naturaleza. Los pensadores posmodernos, sobre la base
de esta aserción, manifiestan que nuestro conocimiento de
la naturaleza no es más que una interpretación (herme-
néutica) que, en tanto cultural, guardará siempre distan-
cias con el objeto observado en sí. Si aceptamos que la his-
toria de la materia cambia (y la Teoría del caos es un ins-
trumento de conocimiento de nuestra época) se deberá
prestar más atención a los detalles, a las bifurcaciones, a
lo irregular, en tanto nuestro propio lenguaje deberá asu-
mir sus perturbaciones.
En lo que respecta a lo manifestado sobre el par “nor-
mal/anormal”, convendría destacar que: la relación en-
tro lo normal y lo patológico, como otras muchas oposi-
ciones modernas del pensamiento, no se resuelve por el
establecimiento definitivo de la norma, sino desde el mo-
mento en que lo patológico se convierte en principio nor-
mativo. Debe recordarse que en la modernidad no ha exis-
tido una ciencia de lo singular o de lo supuestamente irre-
petible y que en la posmodernidad aparece una nueva teo-
ría (del caos) que se fija en los detalles y las bifurcaciones,
en la diversidad de la producción (o reproducción) y en las
irreductibilidades a la disposición armónica de las partes.
En cuanto a la crítica que expusimos sobre la falta de
rigor creativo en el arte posmoderno, debería tenerse en
cuenta que el ocaso del arte, en la forma tal cual lo cono-
cimos los modernos, implica una banalización de la obra
de arte, en tanto se masifica la experiencia por la posibili-

234
dad reproductiva de la obra y la difusión de un consenso
estético (¿belleza, verdad?) a través de los medios masi-
vos de comunicación. Pero tal pérdida no se vive de un
modo dramático por los posmodernos: ya Nietzsche ha-
bía comparado dos actitudes respecto a estos cambios de
fundamentos que preanunciaban el fin de la modernidad,
al referirse a aquel hombre todavía resentido por la pér-
dida de las dimensiones metafísicas de la vida en compa-
ración a quien aceptaba esta nueva realidad, “el hombre
de buen carácter” que está “libre de énfasis”.
Resta decir que es en la obra de arte donde más que
en cualquier otro producto humano se refleja el espíritu
de una época. La “verdad de la época”, diría Vattimo:
“esta función se mantiene y se cumple aún más plenamen-
te en la situación (actual) en que desaparecen las obras
individuales con su aureola en favor de un ámbito de pro-
ductos relativamente sustituibles, pero de valencia análo-
ga”.161 Vattimo se esfuerza por rescatar lo de la “ontolo-
gía de la decadencia”, en donde se libera al arte de su
tarea de estética filosófica, un pensamiento abierto que
permita “admitir el sentido no puramente negativo y
deyectivo que la experiencia de lo estético ha asumido en
la época de la reproductividad de la obra y de la cultura
masificada” y de este modo, a través del deleite distraído,
aceptar que este cambio se produce en un marco mayor
en el que se están imponiendo visiones posmodernas en
todas las disciplinas humanas, visiones que no son mejo-
res ni peores a las anteriores (modernas), sino distintas
(quizá, para nuestra época, las únicas posibles).
Por otra parte, ha campeado casi a todo lo largo de
este texto una opinión crítica hacia los pensadores posmo-
dernos respecto al criterio que utilizan en la aplicación
de las ciencias sociales al analizar la sociedad global, por
lo que deseamos agregar, a modo de conclusión, algunas
161 G. Vattimo, El fin de la modernidad, op. cit.

235
ideas de cierre. Antonio Campillo,162 sociólogo español,
plantea que las ciencias sociales nacieron en el siglo XIX
con el objeto de proponer instrumentos de administración,
de comprensión y legitimación de las nuevas instituciones
(democracia parlamentaria, capitalismo industrial, gran-
des concentraciones urbanas, por citar los elementos más
salientes de la época). La modernización de la política, la
economía y la tecnología (o ciencia del “progreso”) fueron
entendidas como procesos lineales, regidos por leyes de
evolución social. Lewis Morgan, Herbert Spencer y Émile
Durkheim son los más connotados pensadores de la épo-
ca, que aceptaron el paradigma moderno de que se iba de
lo simple a lo complejo o de la barbarie a la civilización, a
través de la irradiación de la cultura y el avance avasa-
llador de la razón y la ley.
En el siglo XX, a partir de las dos guerras mundiales,
del totalitarismo nazi y el estalinismo, la proliferación de
armas de destrucción masivas, la descolonización y el ham-
bre creciente, las recurrentes crisis económico-financieras
y el consumismo, la presión ecológica frente a la indus-
trialización explosiva, la globalización de la economía, la
política y la cultura ligadas a la tercera ola tecnológica (la
revolución científica de Einstein, luego la de la física
cuántica y recientemente la de la Teoría del caos, la de las
comunicaciones y la genética), se han transformado nues-
tras vidas y nuestra concepción del mundo.
En la posmodernidad, emergente de estos cambios, es-
taría surgiendo una nueva teoría social que, en primer tér-
mino, cuestiona los “avances” de la modernidad: critica la
concepción lineal de la historia; cuestiona la supuesta
radialidad de la globalización; describe a la modernidad
como un fenómeno ambivalente en lo social que ha creado
fabulosas técnicas de dominación y ha sumido a millones
162 A. Campillo, artículo “El gran experimento: ciencia y política en la
sociedad global”, sitio web www.arrakis.es.

236
de personas en la pobreza y la humillación; también el pre-
tendido saber tecnocientífico es severamente castigado por
su ambivalencia ya que sus innovaciones estuvieron plaga-
das de “efectos secundarios no deseados” creándose incer-
tidumbres y riesgos artificiales (como si naturalmente no
hubiera pocas); y finalmente ha cuestionado la concepción
funcionalista de la sociedad (ya organicista como sistémica)
por sus supuestos de coordinación funcional entre el Esta-
do, los mercados, las familias y la cultura, que han fraca-
sado en casi toda la línea. En segundo término, se replan-
tean las relaciones interdisciplinarias: se está reescribiendo
la historia de Occidente a partir del surgimiento de una his-
toria social y de una sociología histórica; se eliminó la arti-
ficial separación entre sociología y antropología debido a
la cantidad de procesos de hibridación cultural que se
multiplican en la era globalizada, e igualmente ocurre en-
tre política y economía y entre cultura y ciencia, debido a
la aparición de la sociedad global, en donde todas las rela-
ciones sociales interfieren entre sí en entramados comple-
jos, abiertos e inestables; asimismo, los riesgos ecológicos
globales cuestionan seriamente la separación entre natura-
leza y sociedad, entre ciencia y política.
Anthony Giddens resume la influencia de los nuevos
tiempos sobre las ciencias sociales como sigue: “uno de los
aspectos esenciales de la nueva política es que en ella ya
no son separables la verdad de la justicia, los juicios de
hecho y los juicios de valor, los problemas técnicos y los
problemas morales, ni se da por supuesto que la mera in-
novación tecnocientífica sea en sí misma valiosa y conlle-
ve necesariamente a una mejora material y moral de la
vida humana”.163
Volviendo sobre la aplicación de la Teoría del Caos
a otras ciencias del conocimiento, concluimos que los
163 A. Giddens, The consequences of modernity, Polity Press, Cambridge,
1990.

237
supuestos básicos de la visión mecánica del mundo para
el cosmos, la sociedad, la política y la economía se man-
tienen hasta hoy en día: el universo posee un orden ma-
temático preciso que puede deducirse por el examen de
los movimientos de los cuerpos celestes, en tanto aquí en
la Tierra las cosas se hallan sumidas en el desorden por
lo que es necesario reorganizarlas; el modo de hacer com-
patible la sociedad con el orden celeste es utilizar los prin-
cipios científicos de la mecánica de modo tal que favo-
rezca más a los intereses materiales de los seres humanos;
el progreso constituye amasar abundancia material, con
lo que se obtendrá un mundo más organizado, siendo la
ciencia y la tecnología las herramientas en tanto la natu-
raleza nos brinda los recursos necesarios; aprendiendo a
controlar sus ciclos naturales de materia y energía apren-
demos a dominar a la naturaleza; lo natural se identifica
con lo ordenado, lo determinado y lo predecible.
Si bien la teoría biológica de la evolución (Darwin) in-
troduce la novedad del cambio, del crecimiento y del de-
sarrollo (las estructuras complejas se desarrollan a través
de estructuras más simples), no logró transformar el pen-
samiento mecánico (el darwinismo trasladado a lo social
se convirtió en el sistema de selección natural en el que
sobrevive el más apto). La física en su avance, a partir del
estudio de la termodinámica, concluye que la evolución
natural es hacia un desorden creciente: la primera ley de
la termodinámica establece que la energía no puede ser
creada ni destruida, pero sí transformarse de una forma
en otra; su segunda ley nos dice que cada vez que la ener-
gía pasa de un estado a otro se paga un cierto precio, la
energía se dispersa en calor y no se la puede recuperar
totalmente. Por lo que cualquier sistema físico tiende es-
pontáneamente hacia un estado de mayor entropía,164 o
164 Entropía: en mecánica es una medida de desorden de un sistema; en
termodinámica es una medida de la parte no utilizable (o pérdida) de

238
más desorden. Luego, según la física clásica, el universo
se dirige hacia un estado de entropía máxima (muerte
entrópica) cuando el equilibrio térmico haga imposible
cualquier tipo de movimiento.
Se produce una contradicción entre la evolución bio-
lógica y la cósmica: ¿la evolución significa orden o caos?
La respuesta no la da la física clásica, en tanto estudia sis-
temas lineales, siendo que los procesos biológicos se dan
en estructuras complejas en sistemas abiertos (que inter-
cambian materia y energía con el exterior), de modo que
la disminución de entropía se hace a costa de un aumen-
to del desorden del entorno, cumpliéndose inexorablemen-
te la segunda ley de la termodinámica.
Recientemente se ha denominado “sistemas complejos
adaptativos” a esos sistemas biológicos, sociales o tecnocien-
tíficos que son capaces de ganar complejidad estructural a
lo largo de su evolución recogiendo información de su en-
torno. Por lo que al momento de establecer modelos inter-
pretativos se deberá partir de una visión sistémica (holística,
para algunos) y tener en cuenta que la realidad es un con-
junto de sistemas que evolucionan; fruto de interacciones
se producen cambios y transformaciones (técnicas, econó-
micas, productivas, demográficas, de valores éticos y de for-
mas de vida, etc., si enfocamos lo social). Los sistemas (sean
sociales o naturales) lejos de ser independientes entre sí,
evolucionan influyéndose mutuamente.
Nos parece que el “consumismo” de nuestra época pos-
moderna merece un gran párrafo aparte. Baudrillard ma-
nifiesta que en la actualidad existe alrededor de nosotros
“una especie de evidencia fantástica del consumo y de la
abundancia, constituida por la multiplicación de objetos,
servicios, bienes materiales, y que constituye una suerte de
la energía contenida en un sistema; en informática es medida de
incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales
va a recibirse uno solo.

239
mutación fundamental en la ecología de la especie huma-
na”. En efecto, en los países desarrollados y en las gran-
des ciudades del resto del mundo se evidencia una profu-
sión de oferta de artículos en las grandes tiendas y parti-
cularmente en los shopping centers, que constituyen algo
más que la manifestación de excedentes: “la negación ló-
gica y definitiva de lo escaso, de lo raro, la presunción
maternal y lujosa de nuestros valles prodigiosamente fe-
cundos en leche y miel, grandes oleadas de neón sobre el
ketchup y el plástico, la esperanza violenta que no sólo
hay mucho sino demasiado, y demasiado para todo el
mundo”.165 Esta ilusión crea un nuevo “arte de vivir” cuyo
manual de instrucciones, su Biblia, es la publicidad omni-
presente. Afirmar que la cultura se ha preconstituido se-
ría demasiado simple. En realidad, coincidimos con el pen-
sador francés en que en esta práctica donde se amalga-
man los símbolos lo que se ha producido es una nueva cul-
tura que se quiere universal: mentalidad consumista pri-
vada y colectiva, en que la práctica cotidiana del consu-
mo no se vive como el resultado de un proceso de produc-
ción, del trabajo, sino como algo milagroso.
La apropiación de objetos y servicios constituye “el po-
der captado”, al decir de Baudrillard, y como consecuen-
cia de ello nuestro pensamiento mágico, nuestra mitolo-
gía, es el de la imagen que transforma historia, eventos,
el mundo real en simples sucesos (fait divers) sin catego-
rías distintivas ni jerarquías, en este vértigo de realidades
listas para consumir (prêt à porter). La praxis del consu-
mo hace del comprador, o del consumidor de imágenes y
símbolos, un individuo que se siente a salvo en tanto que
el consumismo hace de la exclusión del mundo real (so-
cial, histórico) su máximo grado de seguridad.
Esta cultura hedonista y sugerente, diseñada sobre los
planos de la estrategia del deseo, desculpabiliza la pasivi-
165 J. Baudrillard, La société de consommation, Folio-Gallimard, Paris, 1997.

240
dad. Por su parte, los medios de comunicación masiva pro-
veen ese “curarse en salud” trayendo hasta su casa, como
si fuera una película de acción, la violencia inhumana del
mundo exterior, con su doble propósito: otorgan el certi-
ficado de persona informada y preocupada por el mun-
do y multiplica el placer en contraste con su realidad he-
donista. Alineación consumista, inversión de sujeto y ob-
jeto, esta nueva era que parece el fin histórico del proceso
de productividad acelerado e hipereficiente bajo el signo
del capital presenta una lógica integral que alcanza todos
los dominios del deseo del hombre, su cultura, las relacio-
nes humanas y hasta los fantasmas y las pulsiones indivi-
duales: todas las necesidades son objetivadas y manipu-
ladas en términos de beneficios, evocando, provocando,
orquestado en imágenes, en signos, en modelos consu-
mibles. El consumismo, como dijo Marcuse, seguramente
significa el fin de la trascendencia ya que se esfuman las
contradicciones del ser, se olvida la problemática de la
existencia real y su apariencia. El ser y el tener se identifi-
can uno con otro, abandonando todo sentido de reflexión,
de perspectivas sobre sí mismo: desaparece toda imagen
especular en la cual el hombre puede confrontarse a sí
mismo y sólo queda la vitrina del deseo.
El espejismo de la abundancia y el consumismo consti-
tuyen así la moral de la modernidad perdida o posmo-
dernidad. Este narcisismo colectivo puede resumirse en una
sola frase de alta eficacia publicitaria que libera, además,
de toda culpa: “el cuerpo que usted sueña es el suyo”. Y es
que la realidad resulta de la interpretación que nosotros
mismos nos imponemos, la imagen que nos damos de no-
sotros mismos, como nuestra propia autoprofecía, lo que nos
ahorra todo esfuerzo de imaginar la sustancia de los idea-
les presentes y futuros y/o de los héroes de las trascen-
dencia: el reflejo de nosotros mismos constituye nuestra in-
manencia, ¿de qué preocuparse? Publicidad, estudios de

241
mercado y sondeos de opinión apuntan a un mismo obje-
tivo: predecir el evento comercial, social o político que va a
sustituir el evento real que habría de producirse sin la me-
diación de estos mecanismos. Es así que terminará por re-
flejar la predicción, que se autorrealza. “El pueblo se mira
en el espejo”, dice Baudrillard, y es cierto que copiamos tau-
tologías, que somos candidatos a ser lo que somos, buscan-
do modelos en nuestro propio reflejo. Queremos parecernos
a nuestros ídolos de papel, celebridades, actrices y actores,
cantantes de moda, presentadores de televisión, todos ellos
seres modelados sobre lo que ya nosotros somos. Y es que
el marketing no ha hecho más que buscar la media popu-
lar para de este modo satisfacer sin mayores esfuerzos los
pedestres modelos soñados por los consumidores.
Parecería que ya no hay escape posible,pues hasta la
publicidad se ha adueñado del contradiscurso consumista,
de la crítica de intelectuales y pensadores sociales para me-
jor vender. El argumento que acaba de leer el atento lec-
tor en el párrafo inmediatamente superior bien podría ser-
vir como guion publicitario, irónico y eficaz, para vender
cualquier producto o servicio. Así, para la juventud, el Che
Guevara es una imagen solarizada en dos tonos, de exce-
lente caudal estético, que representa una idea vagamente
romántica en sus t-shirt. “Sociedad sin vértigo y sin histo-
ria, sin otro mito que ella misma”, concluye Baudrillard.
David Lyon se pregunta si en el auge del consumismo
y en la aparición de la figura contemporánea del nuevo
consumidor, que reemplaza la de ciudadano, no radica
una clave crucial para entender la posmodernidad: ¿se
han combinando las técnicas de la comunicación y de la
cultura del consumo para crear la condición posmoderna?;
¿cuáles son las consecuencias para las formas de vida o
para los valores, como la autoridad, la solidaridad, la iden-
tidad o la esperanza? Sin duda subyace en la preocupa-
ción de Lyon el hecho de que la condición posmoderna,

242
en tanto flujo permanente de relatividad, deje al indivi-
duo al arbitrio de las maquinaciones del mercado. Consi-
deramos, por nuestra parte, dos posibilidades: que el
posmodernismo sea un reflejo cultural del capitalismo tar-
dío, o un anuncio de un nuevo orden social superador de
la economía de mercado capitalista. Lo que resulta eviden-
te es que por mucho que nos pese, el modelo consu-mista
no parece agotado. Y esto será así mientras la fabulosa
maquinaria de comunicación masiva lo permita. La ma-
quinaria está tan bien armada que todo está mercan-
tilizado, que en las sociedades opulentas de occidente la
gran mayoría cuenta con los ingresos necesarios y el ocio
suficiente para sostener este modo de vida y que ello se
refuerza con técnicas cada vez más sofisticadas de publi-
cidad y marketing. La televisión y la cultura del consumo
se refuerzan mutuamente: la televisión es fundamental
para la producción de necesidades y la movilización del
deseo, las apetencias y la fantasía, la distracción indolen-
te y la desculpabilización masivas.
Para Baudrillard, la posmodernidad se separa de la
modernidad cuando la producción de consumidores
deviene esencial. Lyon destaca que como consecuencia de
ello se van diluyendo las distinciones largamente mante-
nidas entre lo intelectual y lo popular, la cultura de élites
y la de masas; cuando la historia se convierte en herencia
y el museo en una experiencia multimedia interactiva;
cuando en el ámbito de la literatura es difícil distinguir
entre las novelas actuales y las de ciencia ficción en las
cuales los autores nos trasmiten su propia confusión so-
bre su identidad y cómo responder a mundos escindidos
de significantes; cuando en el arte plástico los estilos se su-
ceden unos a otros con rapidez e, incluso, realizando rei-
teradas incursiones nostálgicas en el pasado; cuando el
entretenimiento, el consumo y la mirada de turista es lo
que ofrece el mejor perfil de la ciudad posmoderna; cuan-

243
do, en definitiva, “el proyecto del yo se traduce en la po-
sesión de los bienes deseados y en estilos de vida configu-
rados artificialmente”.166
Como la cultura del consumo no discrimina ni conoce
límites, todo se convierte en artículo de consumo, incluso
el significado, la verdad y el conocimiento. A partir de la
publicidad, las telenovelas, los reality-shows, programas de
entretenimiento, documentales sensacionalistas, noticiarios
que trasmiten el drama humano en directo, los programas
de música popular cada vez menos sutiles y más vulgares,
los dibujos animados en horario infantil que mezclan te-
máticas adultas, incluidos el sexo, la violencia y las dro-
gas como cualquier otra forma de consumismo, los “tele-
pastores” que alivian el dolor mágicamente con sus pode-
res electrónicos, todo eso va construyendo una experien-
cia de sustitución en la que se apoya la construcción con-
temporánea (posmoderna) de la personalidad. Los valo-
res y creencias pierden coherencia y continuidad en un
mundo que presenta muchas más opciones de consumo:
la angustia moderna por ser (libre, emancipada) se troca
en la ansiedad posmoderna de la elección consumista.
Coincidimos con Beatriz Sarlo respecto a que “cuan-
do ni la religión, ni las ideologías, ni la política, ni los vie-
jos lazos de comunidad, ni las relaciones modernas de so-
ciedad pueden ofrecer una base de identificación ni un
fundamento suficiente a los valores, allí está el mercado,
un espacio universal y libre, que nos da algo para reem-
plazar a los dioses desaparecidos”.167 Baudrillard, por su
parte va más allá al describir la alienación consumista
como el cuerpo de Cristo en la cruz que se transforma en
mujer para obsesionar al monje que se creía capaz de dar
su vida para cumplir con su compromiso de castidad.
166 Anthony Giddens, Modernity and self-Identity , Polity Press
Cambridge, 1991.
167 B. Sarlo 1994.

244
Como se habrá podido comprobar, en este primer apar-
tado del presente capítulo, todos los pensadores citados fue-
ron intérpretes de su tiempo. Pues, del mismo modo, de lo
único que no se puede acusar a los teóricos posmodernos
es de describir su época, y diagnosticarla. La celebración de
estos “tiempos blandos” que representan la era posmoderna
es otra cosa, muy discutible, como veremos más adelante
en los siguientes apartados de este capítulo.

245
246
Navegando entre dos aguas

El horizonte de la Modernidad se desplaza


Jürgen Habermas

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929) es


miembro de la Escuela de Fráncfort, donde fue ayudante
de Theodor Adorno y luego profesor titular de Filosofía y
Sociología. En la actualidad es considerado el principal ex-
ponente de la Teoría crítica (que caracteriza a la Escuela
de Fráncfort), cuyo argumento principal es que el conoci-
miento válido no puede emerger más que de una situa-
ción de diálogo abierto, libre e ininterrumpido. Conside-
rado como un notable teórico marxista, seguidor del pen-
samiento social del idealismo alemán (Marx, Weber), los
ha reformulado en términos filosóficos y de ciencia social
contemporánea. Es un interlocutor permanente de gran-
des pensadores de nuestro tiempo como Luhmann, Rawls,
Giddens, entre otros.
La obra de Habermas, tomada en conjunto, no es de
fácil acceso debido a su pluralidad de intereses y al recurso
constante a investigaciones en las áreas más diversas, sien-
do su temática tanto filosófica, política, sociológica como
científica. Las influencias más claras provienen de Kant,
Hegel, Marx, Heidegger, Adorno y Benjamin, pero tam-
bién de Durkheim, Weber y Parsons.

[247] 247
Este pensador polémico desarrolla en 1976 la Teoría de
la Acción Comunicativa (que publica en 1981)168 con la
intención de lograr una reconstrucción del materialismo
histórico a través de una crítica a su énfasis económico y
su descuido de lo superestructural. Había intentado, en
sus primeros escritos, rescatar el marxismo de fuerte in-
fluencia hegeliana y de Weber de la década de 1920, al
tiempo que abordó la filosofía del lenguaje y la teoría ana-
lítica de la ciencia. Es de notar que, en esos años, descu-
bre que el pragmatismo norteamericano es una interesante
propuesta para compensar las debilidades de la teoría so-
cial marxista, lo que finalmente lo llevará a la idea de una
pragmática universal que desarrolla ampliamente en su
teoría de la acción comunicativa. Se trata de una teoría
global de la sociedad, donde aborda el origen, la evolu-
ción y las patologías sociales.
Consciente de su época, se ubica en el plano de la inter-
subjetividad comunicativa, dando preponderante lugar al
entendimiento lingüístico. Considera que el modelo de acuer-
do con el cual hay que pensar la acción social no es ya el
de una acción subjetiva orientada por fines egoístas de su-
jetos individuales, sino el de una acción dirigida al enten-
dimiento en el cual los sujetos coordinan sus planes sobre
la base de acuerdos motivados racionalmente. Analiza la
sociedad desde la perspectiva del “mundo de la vida” (lo
cotidiano), el que requiere de una aproximación sistémica.
Durante la modernidad, la creciente racionalización del
mundo de la vida corre paralela a la creciente complejidad
del sistema social, que desborda su esfera propia y “coloni-
za” el mundo de la vida, lo que provoca la pérdida de sen-
tido y de libertad. Habermas critica las contradicciones de
la crisis del capitalismo tardío, de donde considera que de-
riva la falta de consenso con respecto al principio de orga-
nización de la sociedad actual. Su censura moral se basa
168 J. Habermas, Acción comunicativa, Península, Barcelona, 1985

248
en que se hace un énfasis desmedido en lo particular en de-
trimento de lo generalizable socialmente.
Los procesos de transformación estructurales que se de-
sarrollan con plenitud a lo largo del siglo pasado (XX) y
desembocan en la sinrazón del capitalismo tardío, quedan
definidos en cinco fenómenos identificados por el alemán:

a) la irrupción de las masas en el terreno de la política, lo


cual hace que se reemplace el diálogo racional entre
pares (tendiente a asegurar en la esfera política una
competencia eficiente y justa); las masas compensan sus
desventajas sociales a través de la presión al Estado ejer-
cida por un público aclamatorio y plebiscitario;
b) la concentración del capital, proceso que expropió la
capacidad de autorrepresentación de ese público de pri-
vados que, basado en la igualdad bajo el principio de
libre propiedad, de cierta forma gozó de una distribu-
ción relativamente igualitaria del derecho a hacerse oír
(derecho interlocutorio);
c) el creciente intervencionismo del Estado con una doble
consecuencia: una vez que el capital dejó atrás la esfe-
ra de una sociedad civil de libres propietarios, el Estado
comenzó a actuar como favorecedor del capital, subor-
dinando los intereses de la sociedad civil de individuos
racionales, otrora relativamente igualitaria; por otra par-
te, llevado por los efectos de una legitimidad cuantita-
tiva, el Estado se tornó social y comenzó a desarrollar
un papel de generador político del ámbito público, abo-
liendo la diferencia entre los órdenes de la dominación
política y de lo social, que diera lugar a la esfera públi-
ca burguesa. “Esta dialéctica de una socialización del
Estado que se impone, simultáneamente con la esta-
tización progresiva de la sociedad, es la que poco a poco
destruye la base de la esfera pública burguesa: la sepa-
ración entre Estado y sociedad”;

249
d) la institucionalización corporativa de intereses, que co-
existe con la cada vez más disminuida influencia de un
público compuesto por vínculos semiorgánicos entre
privados que impulsó, como contratendencia, una di-
námica de reagrupación corporativa de intereses, una
especie de refeudalización de la vida pública que, de
nuevo, sustituyó al público racional por un público co-
lectivo, aclamatorio y de derechos delegados;
e) la alienación de la opinión pública, relacionada con la
incontenible expansión de los medios masivos de co-
municación, bajo una lógica capitalista, lo que resque-
brajó los presupuestos comunicativos del modelo de la
esfera pública burguesa, sustituyendo de manera
monopólica los procesos horizontales de construcción
de una auténtica opinión pública por la manipulación
de procesos preformativos de una opinión no-pública.

Habermas, en la década del 80 se mete de lleno en el


debate modernidad/posmodernidad con dos publicacio-
nes clave:169 califica a la corriente filosófica posmoderna
de neoconservadora, al tiempo que aboga por una apro-
piación crítica del proyecto moderno teniendo en cuenta
los problemas que la modernidad original no resolvió. Lo
que se agotó, considera, no es la racionalidad moderna sino
el paradigma del sujeto o de la conciencia, y que el “espí-
ritu moderno” sigue aún vigente en el vivir la historia como
proceso marcado por la crisis actual que alumbra como
un flash las difíciles encrucijadas y, en el futuro, como
apremio de lo no resuelto.
A partir de estos planteamientos, el pensador alemán
dirige su interés a la filosofía práctica, esto es: la moral, la
ética, el derecho y la justicia. Su objetivo es enfrentar efi-
ciente-mente el escepticismo de nuestro tiempo a través de
169 J. Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Taurus, Madrid
1989; y El pensamiento posmetafísico, Península, Barcelona, 1991.

250
una revisión ética del universalismo normativo. La noción
clave es la idea regulativa de “comunidad ideal de comu-
nicación”, libre de las coerciones que le impondrían los in-
tereses particulares. En este concepto queda supuesto que
la moral individual es una abstracción, pues siempre está
involucrada en la eticidad concreta (histórica) de un mun-
do de la vida, que es común a todos. La ética es un ins-
trumento reconstructivo que no deja de lado los elemen-
tos histórico-culturales, por lo que critica la universalidad
abstracta que, como en el caso de la demanda de libertad
de la Ilustración (Revolución Francesa) termina en el te-
rror. Existe otro tipo de universalidad en la cual los parti-
cipantes sociales comparten un sentido determinado de la
vida, sobre lo cual se funda la moral y la política, y pue-
den desarrollar su acción para el bien común; las demo-
cracias deben reconocer a las comunidades sin permitir la
caída en nacionalismos homogeneizantes o totalitarios.
Se puede decir que a lo largo de toda su obra, Habermas
no construye un modelo teórico sistémico, sino más bien un
programa de investigación muy ambicioso y obstinado, en
el cual es posible distinguir cuatro líneas de trabajo:170

a) la legitimidad en las relaciones sociedad y poder: a di-


ferencia de las concepciones tradicionales de la legiti-
midad como componente indispensable de la domina-
ción política, se trata de la posibilidad de una nueva
forma de entenderla en tanto que proceso por excelen-
cia de racionalización y transformación del poder de
las sociedades modernas. Habermas desea destronar la
“creencia” como fundamento de la legitimidad, consa-
grada por Weber, y construir un vínculo inmanente
entre ésta y la verdad, dejando atrás los reduccionismos
170 Adrían Gurza Lavalle, en el artículo “El programa de investigación de
Habermas; una lectura reconstructiva”, en revista virtual Meta-
políitica N.° 9, en sitio www.metapolitica.com.mx.

251
psicológicos o sociológicos que solían restringir su pro-
blemática al conjunto de razones por las que la socie-
dad cree en los argumentos del poder. Si se da ese vín-
culo con la verdad y, al mismo tiempo, la sociedad es la
única fuente auténtica de su producción, entonces
Habermas lograría restaurar tanto el papel raciona-
lizador de la esfera pública sobre el poder y el potencial
emancipatorio de la propia legitimidad, como las posi-
bilidades para universalizar su concepción deliberativa
de la política y de la democracia, presupuestas en su
modelo de esfera pública;
b) la idea de una sociedad desdoblada en dos niveles, mun-
do social (“mundo de la vida”) y el Estado. Los siste-
mas reguladores de la reproducción social habían ter-
minado por independizarse del mundo de la vida, res-
quebrajando definitivamente la unidad del orden so-
cial. Habermas realiza un minucioso trabajo de recons-
trucción teórica de las mediaciones, culmina con la crí-
tica a la colonización del mundo de la vida y apuesta
por las capacidades descolonizadoras de ese último.
Logra, así, preservar las tensiones características de la
esfera pública burguesa en su relación con el Estado y
radicaliza las consecuencias universalizables dentro del
modelo de sociedad en dos niveles;
c) una teoría de la acción social como comunicación. La
Teoría de la Acción Comunicativa contiene tanto una
teoría general de la acción social en tanto que acción
comunicativa, como una teoría general de la sociedad;
la acción comunicativa aparece entonces como un con-
cepto de acción universal-lingüística plena de potencia-
lidades racionalizadoras. En términos de su estructura
lógica, la acción comunicativa es universal pero no se
agota en este nivel de abstracción estrictamente lingüís-
tico: “para un modelo de la acción comunicativa el len-
guaje es relevante apenas desde un punto de vista prag-

252
mático de los sujetos del habla que, empleando frases
orientadas para llegar a acuerdos, establecen relaciones
con el mundo, no sólo directamente (...) sino de una for-
ma reflexiva”. Así, la teoría de la acción social como ac-
ción comunicativa se preocupa por la mediación lógica
de la estructura lingüística para llegar al entendimiento;
d) la reedificación comunicativa de la razón. La voluntad
habermasiana de afirmación del nexo sociedad-razón
transluce el compromiso con el rescate crítico de la ra-
zón como medio de transformación del mundo; pero
tal empeño rehabilitador requiere un concepto de ra-
zón adecuado a la acción comunicativa y al mundo de
la vida (es decir, se requiere una razón comunicativa).
A contracorriente de las teorías filosóficas que abordan
la razón como ce ntrada subjetivamente, la razón comu-
nicativa fundamenta el carácter intersubjetivo de la pro-
pia razón, desde el nivel individual psicológico (donde
el pensamiento interno ocurre a través de una especie
de diálogo) hasta el nivel de la macroagregación social
(donde un proceso de formación de consensos sin limi-
taciones externas ocurre dentro de una comunidad de
comunicación mantenida dentro de las restricciones
cooperativas). Habermas logra conciliar la razón con el
hombre común, situando en el centro a los agentes del
mundo de la vida y haciéndolos coincidir con la acción
comunicativa y con la razón comunicativa. Además,
es posible mantener la relación entre verdad y razón,
indispensable para la auténtica legitimidad y, por lo
tanto, para los potenciales racionalizadores del mundo
de la vida, gracias a que la razón comunicativa hace
factible abandonar el concepto de verdad como corres-
pondencia al objeto y sustituirlo por un criterio de ver-
dad como justificación de las preferencias de validez.
La razón comunicativa permite a Habermas afirmar que
las cuestiones morales (la política, por ejemplo) admiten

253
verdad y que solamente pueden ser procesadas de for-
ma satisfactoria a través de la acción comunicativa, cuya
teoría gana mediante la reedificación comunicativa de
la razón una renovada fuerza universalizadora.

Nos parece necesario agregar que existe una constante


mayor que envuelve a las cuatro líneas de trabajo (la cues-
tión de la legitimidad; la sociedad desdoblada en dos ni-
veles; la teoría de la acción social como comunicación; la
reedificación comunicativa de la razón) y es el progresivo
abandono del terreno del conocimiento factual sociológi-
co para situarse en el dominio especulativo y normativo
de la filosofía. Esta constante resume la tendencia hacia la
universalización del esfuerzo intelectual de Habermas pero
también simboliza claramente la imposibilidad de resolver
en el reino de la historia un modelo de esfera pública an-
clado a presupuestos constitutivos hoy inexistentes. Este
ímpetu universalista y la impotencia histórica son un te-
lón de fondo que marca una tensión entre conservación de
la razón, moderna e iluminista (en tanto proyecto filosófi-
co de la modernidad) y el progresivo vaciamiento de la pro-
pia razón en una ontología de carácter comunicativo.
Habermas confía en la estrategia de la “ética del dis-
curso”, lo que indica que toda forma de comunicación
debe necesariamente buscar el entendimiento entre los hom-
bres, en tanto sujetos capaces de lenguaje y de acción. Se
trata de garantizar una formación de la voluntad común
que dé satisfacción a los intereses de cada individuo sin que
se rompa el lazo social sustancial de cada uno con todos.
Su compromiso, sin duda, es el de asegurar la validez, y
no sólo la vigencia, de las normas éticas, del derecho y la
constitución fáctica de los estados democráticos. Moralizar
la política sin confundir las distintas esferas de la existen-
cia: la pretensión de legitimación del derecho positivo no
puede agotarse en la validez moral; una norma jurídica es

254
tal en la medida en que se agrega un componente empíri-
co, como es el de la imposición a todas las personas por
igual. No se ilusiona demasiado respecto a que el poder
político quedará liberado de conflictos: estos son consus-
tanciales al hombre debido a que siempre existirá un con-
traste entre la idealidad deseada y la pragmática factible.
Queda claro, pues, que Habermas está exigiendo la re-
habilitación de la “razón práctica” kantiana, ya que las
cuestiones de orden práctico (y la política lo es) son sus-
ceptibles de “verdad”. Existe una compulsión a deformar
la comunicación (o intersubjetividad) que desemboca en
una política de violencia estructural: el lenguaje puede ser
instrumento de dominación y de traición. Sólo queda la
discusión racional (conciliación de intereses que pueden
ser conflictivos al principio, que debería llevar a una uni-
versalización de objetivos) como posibilidad de imponer
la razón práctica emancipatoria: la ley del mejor argumen-
to se constituye en regla de juego en la ética comunica-
cional. La lógica de la argumentación convierte a las opi-
niones en conocimientos, porque ella les obliga a confron-
tarse consigo mismas.
Una de las novedades que introduce Habermas en el
paradigma moderno es su rechazo a sacrificar la inteligen-
cia práctica de las relaciones y de las personas por la in-
teligencia técnica de las cosas, para lo cual apela explíci-
tamente a la “experiencia de la reflexión”. Asimismo, nos
muestra la posibilidad de recuperar la utopía en una pers-
pectiva emancipatoria que se preocupa, y ocupa, de la rea-
lidad: no se trata de aceptar cualquier promesa, ya que la
razón crítica se somete a una estricta disciplina de respon-
sabilidad. Habermas desea reconstruir el ideal de comu-
nicación funcionando racionalmente, fundar la pretensión
de verdad que se encuentra implícita en el discurso de to-
dos los días. Para ello es necesario aceptar que el menos
importante de los juicios que planteamos cotidianamente

255
es imposible sin la referencia implícita a una norma uni-
versal de “verdad”.171
El filósofo alemán destaca que existen dos categorías
de actividades racionales: la actividad instrumental (o es-
tratégica) orientada a tener logros (éxitos) y la actividad
comunicacional, que constituye la categoría de acciones
dirigidas a la intercomprensión. Nuestra época, neoliberal
y pretendida posmoderna, privilegia cínicamente a las pri-
meras acciones. Y ninguna comprensión válida de lo so-
cial se puede construir fuera de la relación intersubjetiva
(comunicacional) sino, según Habermas, se corre el ries-
go de “alienación suprema” (liquidación de la ciudada-
nía y la destrucción de la identidad personal). Para evi-
tarlo se requiere volver a los valores de las democracias
occidentales que ponen en un sitio privilegiado al sujeto,
la legitimidad y la razón. La cuestión es cómo la idea de
una moral universal política puede llevarse a la práctica
en esta época de nihilismo intelectual. El pensador alemán
encuentra algunas respuestas en los nuevos movimientos
sociales (ecologistas, feministas, antiglobalización, pacifis-
tas) que tienden a “redescubrir al otro”, al poner el acen-
to en los aspectos cualitativos de la existencia.
El pensamiento crítico de Habermas, quien se ha ocu-
pado de lo ético como una práctica de orden universal (en
lo que se manifiesta su modernidad), del derecho y de la
democracia, ha contribuido a comprender las contradic-
ciones de los presupuestos de la modernidad y, más im-
portante para nuestros propósitos, presenta una crítica só-
lida (no ideológica) del pensamiento posmoderno. Esta úl-
tima, que se caracteriza por el hecho de que la razón lu-
cha contra sí misma, no estaría sino afirmando la vigen-
cia de la modernidad en nuestro tiempo, ya que la crítica
de la razón es también obra de la razón. El atractivo
171 J-L. Dumas, Histoire de la pensée (III Temps Modernes), Tallandier,
Paris, 1990.

256
posmoderno por la negación de la razón se explica por-
que la razón práctica kantiana se volvió insostenible en tan-
to se acepta como válido el valor contingente de la histo-
ria (historicismo), por lo que los viejos fundamentos univer-
salistas han caído (como perdieron validez todos los meta-
rrelatos, dirían los posmodernos). La razón práctica kan-
tiana al perder su universalidad a manos del historicis-
mo, deja de explicar al hombre y su mundo por lo que
Habermas la reemplaza por la razón comunicativa. Esta
razón comunicativa está enmarcada por el lenguaje que
obliga al sujeto a tomar una actitud activa y a comprome-
terse con determinadas “suposiciones” compartidas por los
miembros de la comunidad (ya no “verdades universales”)
en búsqueda de consensos, lo que lleva a lo social, que es
su objetivo último. Se trata de un valeroso intento de res-
catarnos de la incertidumbre posmetafísica, que es angus-
tiante, y del individualismo hedonista, que es paralizante,
y nos invita a actuar, por la vía de los consensos en interac-
ción social, en un proceso que pone en marcha la sociali-
zación y la solidaridad del hombre. Lo que, en verdad, no
puede rechazarse de la tendencia posmoderna es su res-
cate de la imaginación y la creatividad, que el desencan-
tamiento de nuestra época había relegado a la infancia, y
que lleva implícito el rechazo del arte.
Finalmente, deberíamos responder si el tremendo
collage que es la sociedad comunicativa a escala global tie-
ne un potencial liberador o simplemente profundiza aque-
llos condenables efectos modernos impulsores de la desin-
tegración, la fractura social y la destrucción de las rela-
ciones humanas. En este sentido el pensador moderno tar-
dío (o posmoderno a su manera, según se lo quiera ver)
que ofrece una respuesta que consideramos aceptable es
Jürgen Habermas. Según el alemán, la sociabilidad y soli-
daridad humanas estarían aseguradas por la racionalidad

257
comunicativa; el ser humano es naturalmente subjetivo y
comunicativo, y su naturaleza es racional. De este modo,
Habermas responde al nihilismo de Nietzsche y Heidegger
subyacente en el paradigma posmoderno, y se rebela con-
tra la apatía del posmodernismo francés y su emergente,
el conservadurismo.

258
¿Rechazo de ideas,
del diagnóstico o de la realidad?

Mi universo de pensamiento ha sido abolido,


no puedo pensar más … recen por mí
Louis Althusser
(en carta al filósofo católico Louis Gitton)

Hemos visto que las grandes ideas humanistas heredadas


del siglo pasado y asociadas a la modernidad (el Progre-
so, la Razón, la Revolución, la Emancipación) ya no son
sino vocablos grandilocuentes que no logran inspirar la
acción de los seres humanos. ¿Acaso los no tan nuevos
paradigmas (como la democracia o los derechos humanos)
van a sustituir a los dioses caídos? Si los filósofos posmo-
dernos tienen razón, el problema no reside en el hecho de
que el progreso o sus sustitutos contemporáneos no sean
buenos o dignos de luchar por ellos: simplemente ya no
hay cabida para ningún tipo de causa; el mundo mate-
rial que hemos construido no les da lugar. En la condi-
ción posmoderna, las ciencias sociales no pueden preten-
der ser objetivas o entregarnos una descripción científica
del mundo; no sólo falta confianza en el poder político,
sino que sobra desdén y cinismo ante la cosa pública.
El individuo racional y consciente que era sostenido
por la teoría liberal se ha disuelto en una multiplicidad de
personas que poseen intereses e identidades diferentes y,
a veces, contradictorias: en las sociedades plurales contem-
poráneas, la “verdad” y la “razón” no parecen sino qui-
meras. Aquella idea heredada del Siglo de las Luces, se-

[259] 259
gún la cual la humanidad, en tanto sujeto universal y co-
lectivo, era capaz de emanciparse y de inventar estruc-
turas generales para gobernar racionalmente la interac-
ción humana, parece haberse ensombrecido. Charles
Taylor manifiesta que si dejamos de lado la melancolía
que impregna la visión posmoderna del mundo, podemos
constatar que existen alternativas, 172 y hemos visto que
Habermas también es optimista.
El posmodernismo se rebela contra el orden diseñado
por el iluminismo. Considera que el mundo es contingen-
te, indeterminado, inestable, constituido por una mezcla
de culturas discontinuas con sus propias interpretaciones
(todas válidas), lo que resulta en un escepticismo sobre la
objetividad de la “realidad”, descreyéndose de la existen-
cia de verdades irrefutables. El cambio histórico produci-
do en Occidente implica una nueva modalidad capitalis-
ta fundada sobre la base de un relativamente descentrali-
zado sistema tecnológico, el consumismo y la preeminen-
cia de los servicios sobre todo tipo de producción de bie-
nes. El posmodernismo sería, según sus gurúes, un estilo
de cultura que refleja ese cambio de época donde se dilu-
yen las fronteras entre cultura formal y cultura popular,
al surgir un arte autorreflexivo y ecléctico, pluralista pero
sin profundidad. Por ello, insistimos, en tanto intérpretes
de su época los pensadores posmodernos realizan un acer-
tado diagnóstico de nuestros tiempos blandos.
Los posmodernos debieron abandonar la política libe-
ral, como muchos abandonaron el marxismo, para evitar
caer en la contradicción de aferrarse a una filosofía univer-
salista de corte moderno. En verdad se trata de una opción
forzada que los lleva a una nueva contradicción, al caer
en un neoconservadurismo, efecto de declarar su impo-
tencia para cambiar el mundo: su rechazo a los paradigmas
172 Ch. Taylor, The malaise of modernity, Anansi Press, Toronto, 1991.

260
políticos modernos los deja sólo con la opción de apegar-
se a un mero criticismo social dependiente del contexto
(historicismo).
Por otra parte, es inherente a la teoría posmoderna el
alejarse de las pretensiones sobre totalidad y absoluto, para
comprometerse con la multiplicidad, la dispersión y la im-
precisión. El posmodernismo celebra la caída de todos los
metarrelatos. Pero su idea de la pluralidad, la concepción
estética de la realidad, el giro lingüístico, ¿no deberían con-
siderarse nuevos metarrelatos, en tanto intentan ordenar,
organizar, aprehender la totalidad (la verdad o el conoci-
miento)? Welsch manifiesta que, en todo caso, el “meta-
rrelato posmoderno”, si éste existe, no se trata de un pa-
radigma supremo como los otros metarrelatos, ya que “la
pluralización conduce al debilitamiento del carácter do-
minante de la teoría” (de allí lo del “pensamiento débil”
de Vattimo). Es propio del diseño posmoderno una nue-
va teoría del conocimiento, donde la aceptación de las
múltiples particularidades de toda conjetura, de alterna-
tivas diversas, de imprecisiones y zonas grises, lleva a que
no existan razones universales para ser de un modo y no
de otro. Este nuevo metarrelato, si es que se puede consi-
derar así, no haría más que dar cuenta de la existencia y
validez de los diferentes relatos individuales. 173
Sin embargo, cuesta aceptar que todas las diversas for-
mas de vida son igualmente legítimas y defendibles. Sin
duda, el reconocimiento de la variedad tiene sus límites
definidos por nuestra concepción vigente de las garantías
fundamentales y los derechos humanos ¡Pero sigue sien-
do la base consensual de Occidente! Concluimos, enton-
ces, que si los posmodernos entregan una certera interpre-
tación de nuestra época, no es tan fácil acompañarlos en
su alegría por la caída de los patrones modernos.
173 Welsch, op. cit.

261
Resulta paradójico constatar que la duda, característi-
ca fundamental de la razón crítica moderna, que impreg-
na tanto la vida cotidiana como la conciencia filosófica,
sobre todo después de Bacon, se convierte en escepticis-
mo entre los filósofos y sociólogos posmodernos. Resulta
claro que el conocimiento está estrechamente ligado a la
reproducción del poder, pero también es claro que puede
convertirse en una mercancía poseedora de un “valor agre-
gado”: la originalidad, la eficacia, la novedad. Así pues,
el escepticismo posmoderno parece una nueva marca de
comercio de la duda cartesiana. Pero si la duda cartesiana
se cobija de los empellones existenciales anclándose defi-
nitivamente en el puerto de la lógica formal, el escepti-
cismo posmoderno parece derivar hacia el individualismo
metodológico como única vía de escape de la mercanti-
lización; pero es ese mismo individualismo el que ali-
menta el consumismo, tan caro a los objetivos de supervi-
vencia neoliberales de nuestro capitalismo tardío.
En Conocimiento e Interés (1985) Habermas afirma que
la aplicación del modelo positivista a los asuntos sociales
tiene como consecuencia indeseable el despojo de la capa-
cidad de decisión a la comunidad democrática y deposi-
tar dicha capacidad en un pequeño y selecto grupo de ex-
pertos en diversos dominios. En los asuntos públicos se de-
nomina tecnócrata al especialista selecto que toma decisio-
nes en nombre de la eficacia, el orden o la salud política y
económica del país; pero una actitud muy semejante adop-
tan los trabajadores sociales, los promotores agropecuarios,
los expertos del sector educativo, de la salud y otros. Es
muy posible que una de las razones por las cuales el posi-
tivismo y el funcionalismo han dominando durante tanto
tiempo las ciencias sociales es porque se presentan como
métodos apolíticos que sólo se dedican a buscar causas y
consecuencias, pero que en realidad mantienen una liga

262
muy estrecha con el poder dominante. En este tipo de crí-
ticas puntuales es donde más eficiente es este pensador ale-
mán, al separarse del diletantismo posmoderno.
Al señalar que existe una estrecha relación entre el co-
nocimiento y el poder, la epistemología relativista (que for-
ma parte del movimiento posmoderno) se ha convertido
en el blanco de una serie de críticas. Si es cierto que ya no
hay lugar para ningún tipo de verdad fundamental ni para
ningún criterio universal o absoluto que nos ayude a de-
terminar lo que es bueno, verdadero o bello, el grupo más
fuerte simplemente impondrá sus gustos y los convertirá
en únicos y verdaderos. Al respecto, los pensadores pos-
modernos se defienden arguyendo que es determinante la
manera en que se visualiza el poder. Si aceptamos o man-
tenemos una visión totalitaria, global y homogénea del po-
der, es indudable que la crítica resulta justa y demoledora.
Sin embargo, argumentan, no es así si se tienen evidencias
de que el poder en la sociedad nunca es un régimen fijo y
cerrado. Nancy Fraser,174 psicóloga feminista posmoderna,
insiste en el hecho de que el poder, sobre todo desde una
perspectiva feminista, se presenta como una multitud de
niveles y supone que existen “multiple axes of power”.
Existen, asimismo, evidencias de que el poder también
está limitado por sus propias premisas; por ejemplo, las
sociedades capitalistas occidentales utilizaron los valores
y las prácticas democráticas para derrotar a los regímenes
monárquicos a través de mecanismos como el sufragio uni-
versal. Muchos de los logros sociales contemporáneos han
sido arrancados de la misma manera y, si bien es cierto que
los grupos en el poder pueden cooptar, ignorar, corrom-
per o reprimir a los diversos grupos sociales que contestan
su hegemonía, también es cierto que el ejercicio del poder
no es homogéneo ni totalizador, y que sus premisas fun-
174 N. Fraser, Unruly practices: power discourse and gender in
contemporary social theory, Minnesota Press, Minneapolis, 1989.

263
cionan como límites. En este sentido, argumentar que el
relativismo en las ciencias sociales favorece el control del
grupo más fuerte pone en evidencia la voluntad de pre-
tender ignorar que históricamente han existido estrechas
relaciones entre el conocimiento y el poder y, sobre todo,
de que el poder y el dominio nunca son totales.
Se acusa al posmodernismo, asimismo, de minar las
epistemologías y las luchas emancipatorias: el cortocircuito
de las premisas fundamentales del Siglo de las Luces (la
justicia y la igualdad) ha provocado el cuestionamiento de
muchos intelectuales sobre el carácter conservador del
posmodernismo. J.M. Nielsen,175 quien argumenta que los
métodos feministas impulsan un cambio fundamental res-
pecto de las metodologías tradicionales de las ciencias so-
ciales, es de la opinión de que el relativismo traba las de-
mostraciones que ponen en evidencia los determinismos
empíricos que posibilitan la opresión a determinados gru-
pos sociales (mujeres, gente de color, minorías étnicas, gru-
pos marginales y otros), que no tienen acceso al poder o
son explotados. Sin embargo, es muy difícil probar que el
relativismo amenaza las posiciones feministas o las luchas
emancipatorias de otros grupos. Podríamos decir que el
relativismo de la posmodernidad entra irremediablemen-
te en circulación social y sufre modificaciones profundas
en su significado y aplicación, y lo que la manipulación
que la sociedad y algunos grupos sociales puedan hacer
de ese tipo de conocimientos no es controlable, como lo
afirma Anthony Giddens. 176
Así pues, el discurso posmoderno puede ser usado no-
minalmente como estrategia discursiva para relativizar,
mas no por ello abandona su proyecto de construir una
epistemología que no esté cimentada en fundamentalismos
175 J.M. Nielsen, Feminist research methods, West View Press, Cambridge,
1990.
176 A. Giddens 1990.

264
ni en absolutismos, sobre todo en lo que se refiere a su
concepción del poder, el cual es, al interior del posmoder-
nismo, multifacético y multicentrado. Pluralismo y rela-
tivismo se fusionan para engendrar una epistemología y
una ontología en donde el empiricismo es dominante, la
verdad una construcción social y contextual, los criterios
causales son múltiples y el conocimiento es una promul-
gación tanto política como ética.
Es muy posible, como el desarrollo del relativismo lo
demuestra, que la noción de razón, con toda su ambiva-
lencia, sea una de las fuentes de confusión y que funcio-
ne como un verdadero caballo de Troya para minar las
corrientes científicas que trabajan en el desarrollo de
epistemologías alternativas. Foucault177 dice que lo que lla-
mamos razón, históricamente surge de la pasión de los
académicos, de su odio recíproco, de sus interminables y
alienantes discusiones, de su espíritu competitivo, en fin,
de los conflictos personales que tranquilamente se convir-
tieron en las armas de la razón (Deleuze178 afirma que la
razón siempre se bifurca, y posee tantas bifurcaciones
como fundamentalismos existen).
Vattimo afirma que lo posmoderno se caracteriza “no
sólo como novedad respecto de lo moderno, sino también
como disolución de la categoría de lo nuevo, como expe-
riencia del fin de la historia, en lugar de presentarse como
un estadio diferente (más avanzado o más retrasado, no
importa) de la historia misma”. Si la historia de nuestra
época es aquella en la cual, mediante el uso de los medios
de comunicación masivos, lo contemporáneo tiene a com-
primirse para entrar en el campo de la simultaneidad, se
produce una deshistorización de la experiencia, “lo que le-
gitima y hace dignas de discusión las teorías sobre lo
177 Michel Foucault, Dits et ecrits (II), Gallimard, Paris, 1994.
178 Gilles Deluze, Michel Foucault Philosophe, Editions du Minuit, Paris,
1986.

265
posmoderno es el hecho de que su pretensión de un ‘cam-
bio’ radical respecto de la modernidad no parece infun-
dada, si son válidas las comprobaciones sobre el carácter
posthistórico de la existencia actual”.179
Fredric Jameson entiende que el posmodernismo se ins-
cribe en la lógica cultural del capitalismo tardío. Al des-
cribir los rasgos constitutivos del posmodernismo, a los que
ya hemos hecho referencia, incluye: una nueva superficia-
lidad, que se manifiesta claramente en la cultura de la ima-
gen o del simulacro; el debilitamiento de la historicidad;
un subsuelo emocional totalmente nuevo; profundas re-
laciones constitutivas de todo lo anterior con una nueva
tecnología; modificaciones de la experiencia vivida del es-
pacio urbano y del espacio mundial. 180 El rasgo formal más
evidente es ese nuevo tipo de superficialidad (“la profun-
didad ha sido reemplazada por la superficie o por múlti-
ples superficies”): esta falta de profundidad (que se ma-
nifiesta como “insipidez”) surge como consecuencia de
deshacerse del bagaje metafísico y desacreditar la distin-
ción entre interior y exterior que es la base de muchos aná-
lisis estéticos. En cuanto al debilitamiento de la historia,
Jameson considera que no parece que se trate de que una
clase dominante imponga su ideología, sino de que en los
países capitalistas, desarrollados, hay una heterogeneidad
discursiva carente de normas: “unos amos sin rostro si-
guen produciendo las estrategias económicas que constri-
ñen nuestras vidas, pero ya no necesitan imponer su len-
guaje”. Esta nueva historicidad débil permite la “rapiña
aleatoria de todos los estilos del pasado, (lo que es) com-
patible con unos consumidores que padecen una avidez
históricamente original de un mundo convertido en mera
imagen de sí mismo, así como de seudo-acontecimientos
y espectáculos”, o sea, ‘simulacros’”.
179 Gianni Vattimo, El fin de la modernidad, op. cit.
180 F. Jameson, op. cit.

266
Jameson se refiere a la ruptura de la cadena significan-
te de un modo paradójico, al afirmar que “la diferencia
relaciona”: la acentuación de la heterogeneidad y las
discontinuidades sugieren la posibilidad de que la relación
a través de la diferencia llegue a ser un modo nuevo y ori-
ginal de pensar y de percibir (ejemplifica con la presencia
ante múltiples pantallas de televisión proyectando simul-
tánea y asincrónicamente imágenes, frente a lo cual se pue-
de prestar atención a la historia que se proyecta en una
pantalla o fijarse en el parpadear continuo de todas las
pantallas sin seguir una en concreto; esta última posibili-
dad la identifica con la del posmodernismo). Frente a es-
tas descripciones Jameson manifiesta que “no se trata ni
de celebrar mimética y complacientemente hasta el deli-
rio este nuevo mundo estético ni de condenar moralmen-
te todo lo posmodernista y su trivialidad esencial” aun-
que sí de reconocer que “aquellos grupos políticos intere-
sados en intervenir activamente en la historia y en mo-
dificar su posición hasta ahora pasiva... no pueden sino
deplorar y rechazar esta forma cultural de icono-adicción
que, al transformar los reflejos del pasado, los estereoti-
pos y los textos, elimina de hecho toda significación prác-
tica del porvenir y de los proyectos colectivos”, por lo que
“se sustituye la idea de un cambio futuro por los fantas-
mas de la catástrofe brutal y el cataclismo inevitable”.181
Concluye Jameson, que lo posmoderno no es una mera
ilusión o ideología cultural, sino que es una sólida reali-
dad histórica y socioeconómica apoyada en la tercera gran
expansión planetaria del capitalismo, ante lo cual hay que
recuperar la capacidad de orientarse activamente (nece-
sidad de mapas) y no meramente dejarse llevar.
En efecto, como ya fuera anticipado, el pensamiento
posmoderno presenta facetas contradictorias: si por un
lado se erige como crítico radical político del “pensamiento
181 F. Jameson, op. cit.

267
único” neoliberal, por otro lado, no puede ocultar que su
paradigma alienta el modelo económico vigente. Como
dice el profesor de Oxford, Terry Eagleton, el posmoder-
nismo es políticamente opositor pero económicamente
cómplice.182 En efecto, el pensamiento posmoderno se mues-
tra radical al desafiar al sistema político a través de su ata-
que a los valores absolutos, favoreciendo la pluralidad, la
transgresión y el relativismo cultural; y presenta su perfil
reaccionario al apoyar implícitamente la libertad indis-
criminada de mercados y el consumismo (paradigma neo-
liberal) al impulsar el deseo y el individualismo hedonista.
Se podría coincidir con aquella idea que expresa que
el posmodernismo es funcional al neoliberalismo, gracias
a su relativismo cultural y su convencionalismo moral
(pero también por su escepticismo y su rechazo a toda or-
ganización disciplinada) aunque presente un frente agre-
sivo respecto del marco político de nuestra época. Va a la
par, entonces, del capitalismo tardío (o avanzado) que,
como Jano, tiene dos perfiles: un aspecto libertario (a tra-
vés de su individualismo y repliegue del Estado) y otro
autoritario (mediante la imposición de un modelo único,
del fin de la historia, etc.). Conservadurismo político y radi-
calización de costumbres van de la mano, como el hedo-
nismo y la represión, lo múltiple y lo monolítico; orienta
al placer y la pluralidad pero también excluye; impulsa
lo efímero y la discontinuidad pero para sostener el mo-
delo necesita de un firme marco político que se base en
fundamentos sólidos. En este marco, lo posmoderno de-
safía a la autoridad constituida (arremete contra sus va-
lores fundamentales) al tiempo que alienta el individua-
lismo desolidarizado (al coincidir con su lógica material).
La discusión que abriría esta percepción de las cosas
se centra en saber si aceptamos la palabra de los posmo-
182 T. Eagleton, Las ilusiones del posmodernismo, Paidós, Buenos Aires,
1997.

268
dernos que dicen que su filosofía no hace más que refle-
jar la realidad, o si damos fe a las opiniones de Eagleton
y Jameson, entre otros, que afirman que las ideologías (en
este caso, el pensamiento posmoderno es considerado ideo-
logía) trabajan para legitimar políticas y no para reflejar-
las. Aunque es cierto, también, que muy poco preocupa
al sistema si se cree en él o no, ni tampoco tiene necesi-
dad de asegurarse la complicidad de los intelectuales; su
hegemonía resiste en tanto se continúe haciendo lo que el
sistema requiere (automatismo de sus propios mecanismos
que queda asegurado por la influencia de los medios de
comunicación y el impacto del marketing y la publicidad).
Respecto del desprestigio de la política es evidente que,
frente la fractura social que se ha instalado, las institucio-
nes políticas no se pueden adaptar a las exigencias de in-
mediatez de respuestas que impulsan en sus públicos las
industrias de la comunicación masiva. La tensión entre los
límites materiales (lo que una economía puede ofrecer como
respuesta de corto plazo) y los deseos urgentes (y las nece-
sidades), no pueden dejar de entrar en conflicto, ya que co-
existen sin solución de continuidad. Es evidente que no se
puede aceptar mecánicamente las promesas del neolibe-
ralismo, ¡pero así lo hemos hecho! Y es por ello, concluye
Sarlo, que “no es sorprendente que, al lado de los imagina-
rios utópicos de la virtualidad, aparezcan las realidades
fracturadas y desechas de la sociedad donde vivimos: y pa-
samos de uno a otro escenario, de internet a las ciudades
destrozadas por la inseguridad y las comunidades hundi-
das como remanentes de una prehistoria industrial”.183
Porque la política y las instituciones democráticas no
tienen la inmediatez de reacción que sí poseen las instan-
cias audiovisuales, las primeras pierden prestigio al ser fal-
samente consideradas ineficientes frente a las segundas.
183 B. Sarlo 2002.

269
Si a esto le sumamos la “tiranía” de la opinión pública que
se manifiesta por las encuestas casi diarias y sobre cual-
quier tema (que da resultados según el estado de ánimo
de la sociedad consultada, según sea un día de sol o llu-
vioso, o se haya suspendido un importante partido de fút-
bol o quizá la selección nacional perdió infamemente, o
logró un triunfo espectacular —¡recordar la Argentina del
Mundial 78!—, etc.), la lentitud de la capacidad de res-
puesta de los gobiernos aparece poco adaptada a los estí-
mulos que la gente recibe de los medios. Y esto es muy gra-
ve, ya que Sarlo observa que “los actores de la industria
comunicativa (en tanto reorganizadores del mundo de las
ideas) tienen planteada una fuerte competencia con la po-
lítica, en tanto esfera donde también se construyen opinio-
nes, figuraciones y proyectos”. En efecto, las industrias in-
formativas se hallan en competencia con los intelectuales
al querer convertirse en usinas de ideas, lo que es errónea-
mente concebido como “democratización cultural”, del mis-
mo modo que la publicidad ha entrado en competencia con
los artistas: en pos de efectivizar la igualdad, en todos los
campos, se descuidan las jerarquías y los méritos.
No cabe duda que la capacidad investigativa de la
prensa es un bien a preservar; allí hay mérito y beneficio
para las democracias. Nada de esto tiene que ver con los
“movileros” que solicitan opinión sobre temas altamente
complejos al primer transeúnte que pasa; del mismo modo
que casi todos los programas de radio pierden valiosos
minutos de comunicación con llamados de oyentes que
también tienen opinión sobre cualquier tema de la actua-
lidad (aborto, clonación, papel de la ONU, lucha contra
el terrorismo internacional, culpabilidad de tal o cual in-
dividuo sujeto a investigación judicial). El problema es que
las opiniones se vuelven juicios, y ¿cuántas opiniones tras-
mitidas por un medio masivo de comunicación son hoy
necesarias para cambiar una política; cuántas voluntades

270
es capaz de poner en el aire un programa de dos horas;
cuánta es la sensibilidad de los débiles mandatarios a esas
opiniones (muchas de ellas amañadas por la forma de pre-
guntar del supuesto entrevistador objetivo) vertidas al
azar? Si es cierto que los políticos, intelectuales y comuni-
cadores desean hablar como gente común, no cuidan su
lenguaje en lo más mínimo sino que sabiendo expresarse
bien lo hacen de forma acotada, sin sinónimos, conjugan-
do mal el subjuntivo y los verbos potenciales, plagando su
discurso de palabras soeces (del modo que ni siquiera ha-
blan en una charla de amigos), si todo esto es evidente,
cuán importante será la influencia que sobre ellos puede
tener la más escueta encuesta callejera!
Apoyamos el esfuerzo habermasiano enfocado a enfren-
tar al pensamiento de la subjetividad y del nihilismo, pero
queda por verse si será suficiente para lograr un nuevo im-
pulso a la filosofía (tanto hegeliana como kantiana, con las
críticas que lanza hacia ambas, por lo que las renueva en
la formulación de la racionalidad de la acción comuni-
cativa) o si finalmente triunfará la tendencia de transición
que lideran los pensadores posmodernos. El desencanto (ac-
titud pesimista pangermánica) es llevado por los posmo-
dernos franceses al rango de nueva realidad de nuestro
tiempo, cuando su origen es el de las sucesivas derrotas mi-
litares alemanas, su colapso económico, que llevó al adve-
nimiento de Hitler, pero al que no se le puede negar su le-
gitimidad (en otra época y limitada al espacio germánico,
como pensamiento alemán pesimista emergente de una rea-
lidad propia que le era adversa), en una verdad válida en
todos los tiempos y en cualquier lugar. Así, los posmo-
dernos transgreden el principio historicista para elevar a
universal un estado de ánimo de claros límites culturales.
Si todo puede convertirse en interpretación, no exis-
tiría la posibilidad de actuar eficientemente y con legiti-
midad para cambiar el mundo. En verdad, qué mejor que

271
este cierre de caminos para justificar el apego al statu quo
posmoderno. Al aceptar que las “abstractas” cuestiones de
Estado, de modos de producción, de justicia económica son
demasiado difíciles de cambiar, el posmodernismo distrae
la atención en cuestiones menos urgentes y bastante más
inocentes, dirigidas a lo íntimo y lo sensible, es decir, bien
alejadas de lo político. Siempre se puede convertir al len-
guaje en un fetiche que atraiga toda nuestra atención.
Con la negación entre significante, discurso y realidad
bien se puede ser indiferente frente al genocidio, por ejem-
plo. Siempre se puede envolver el futuro en el presente y
así lograr detener la historia (o provocar un reflejo enga-
ñoso al respecto). Esto bien puede identificarse como la de-
rrota política del hombre: si el posmodernismo logró poner
en la agenda, y de manera que parece definitiva, las cues-
tiones de lo étnico (la diversidad cultural), del género y de
la sexualidad (temas importantes, sin duda) al costo de
abandonar las formas clásicas del radicalismo (como la ideo-
logía, el Estado, las clases y los modos de producción), con-
sideramos que poco se ha ganado si lo que queremos es
transformar el mundo, su orden económico y el de la polí-
tica internacional actual que amenaza la paz y la seguri-
dad internacionales. Por ello, la presencia de socialistas y
liberales en las políticas nacionales aparece “castrada”, con
una actitud de acompañamiento pasivo de las grandes
transformaciones que ha impuesto la globalización y que
contradicen, por un lado o por otro, ambas ideologías hu-
manistas. La que aparece como más evidente, desde luego,
es la evasión de la izquierda, que ahora se ha vuelto cultu-
ral para evitar confrontar con el capital, tan omnipresente
que ya es tomado como una dato de la realidad al que ni
intenta controlar, ni menos ya combatir.
Como nos aclara el profesor inglés Eagleton, si en los
’70s los teóricos culturales se ocupaban del socialismo, los
signos y la sexualidad, en los ’80s argumentaban alrede-

272
dor de la los signos y la sexualidad, a fines de los años
’80s sólo se hablaba de sexualidad. El etnicismo y el femi-
nismo, luchas populares posradicales y que siguen siendo
anticapitalistas, parecen llevarse todas las energías de la
izquierda radicalizada de los años 90.
En el marco internacional, los atentados terroristas de
Nueva York y Washington de septiembre de 2001 están
provocando una reconfiguración mundial, a partir prime-
ro del ataque de los EE.UU. a Afganistán contra los tali-
banes (en busca de Bin Laden) y, más contemporánea-
mente, luego de la invasión británico-norteamericana al
Iraq del dictador Saddam Hussein, su victoria bélica y su
derrota de posguerra o política. En efecto, la fuerza des-
comunal del herido país del norte, su ambición de domi-
nio, y su deseo de que nadie pueda poner en duda su ma-
jestad, pudo más que el Consejo de Seguridad de la ONU,
diseñado por los vencedores de la segunda Guerra Mun-
dial en 1945. Si la principal potencia mundial no permite
ser restringida por las instancias internacionales (mul-
tilaterales) que ella misma ayudó a crear, el orden mun-
dial de la posguerra está siendo severamente cuestionado.
No se llegó al extremo de que los EE.UU. hicieran caso
omiso del veto de otras potencias de silla permanente en
el Consejo de Seguridad de la ONU, simplemente porque
se decidió retirar el proyecto de resolución del Reino Uni-
do, con apoyo oportunista de España (miembro no perma-
nente, pero que ayudó a romper el consenso europeo
antibélico liderado por Francia y Alemania, y apoyado por
Rusia) frente a la amenaza cierta de veto de Francia, y qui-
zá de China. Los expertos de la ONU encargados de la de-
tección de armas que la organización había prohibido te-
ner o fabricar a Iraq luego de la guerra de 1991, además
de armas químicas o biológicas habían pedido más tiempo
(hasta ese momento no pudieron detectar violaciones a las
normas internacionales, que tras la victoria aliada luego

273
confirmaron) y aseguraban que el régimen de Hussein se
mostraba colaborador. Pero para las fuerzas del gendar-
me mundial el tiempo se agotaba debido a que se estaban
presentando las condiciones climáticas óptimas para co-
menzar el ataque.
Son innumerables los expertos que afirman que los Es-
tados Unidos actuaron ilegítimamente según el derecho
internacional vigente, apoyándose en viejas resoluciones
de la primera guerra del Golfo. Las potencias victoriosas
de la segunda Guerra Mundial se habían puesto de acuer-
do para que cualquiera de las cinco pudiera aplicar su
poder de veto a resoluciones que los afectaban, pero al
mismo tiempo se comprometieron a respetar el veto de las
otras potencias, única forma de hacer valer sus propios
privilegios. En esos días de abril de 2003, la determinación
con que EE.UU. arremete contra Iraq, así como las decla-
raciones previas de Bush (“preferiríamos ir con las Nacio-
nes Unidas, pero si es necesario iremos solos”) dejan en-
tender que no hubiera tenido demasiado cargo de concien-
cia en ignorar el veto que el Presidente francés Jacques
Chirac aseguró impondría. Esta crisis se extiende a la
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN-
NATO) y a la propia Unión Europea (se oponen Gran
Bretaña y España a Francia y Alemania; Polonia y Repú-
blica Checa a Francia; a lo que se suma la advertencia de
Francia a los nuevos miembros de la UE, y aspirantes a
incorporarse a la Unión, de no tomar partido a favor de
la administración Bush). Además, el debate ha ganado las
calles de las principales capitales de Europa, de América
Latina e incluso de los Estados Unidos, en donde se mul-
tiplican masivas marchas de protesta contra la guerra
(la prensa internacional informó que el 15 de febrero
de 2003 las manifestaciones alrededor del globo supera-
ron los 10 millones de personas, la mayor marcha de pro-
testa de la historia). EE.UU., no habiendo podido probar

274
el armamentismo de Iraq, cambió su discurso mostrando
un nuevo objetivo: liberar al pueblo iraquí del yugo de
Saddam Hussein. Una victoria rápida en Iraq, además de
dejar a la alianza británico-estadounidense como gendar-
me del mundo por encima de la desprestigiada ONU, per-
mitiría garantizar el control de la mayor parte del princi-
pal recurso energético del planeta, reorganizar el Medio
Oriente de acuerdo a los intereses económicos de esta
alianza militar, presionar para liberalizar el régimen de
Arabia Saudita y moderar el de Irán, así como controlar
a los palestinos de Yasser Arafat en beneficio de Israel.
Pero la guerra contra Iraq, que fue ganada por la coa-
lición Bush-Blair (y Aznar en menor medida), presenta
una paz con más altos costos (en vidas humanas de los
invasores). La victoria militar no asegura nunca una vic-
toria política, y esto no sólo en Iraq, sino en todo el esce-
nario internacional: podría esperarse más terrorismo (ex-
citado éste por la agresión y la ilegalidad internacional con
que se maneja la mayor potencia del mundo), menos res-
peto internacional (que implica menor cantidad de alia-
dos confiables), el hecho de que se les hará más difícil a
sus amigos árabes del oriente medio seguir apoyándolos
(frente a la presión del islamismo), un mayor, aún, des-
prestigio de la ONU, el debilitamiento político de sus so-
cios en Europa, el posible resurgimiento de Rusia (apoya-
do por Francia y Alemania) y una presencia decisiva en
Asia de China en detrimento del confiable aliado japonés.
Creemos que todas estas posibilidades llevarían a un efec-
tivo debilitamiento de los EE.UU. en el marco internacio-
nal que, incluso, podría redundar en una tendencia al ais-
lamiento. Este aislacionismo volvería a los Estados Unidos
a través de una fuerte presión de su opinión pública na-
cional que no estaría dispuesta a seguir pagando los cos-
tos de un nuevo 11 de septiembre (limitar la libertad para
conseguir un relativo grado de seguridad), ni recibiendo

275
cadáveres de sus soldados desde los más remotos rinco-
nes del planeta (resurgimiento del síndrome Vietnam).
Si el relato particular del liberalismo democrático y
económico ha fracasado para los posmodernistas (el hu-
manismo liberal que logró decisivos logros en su tiempo,
que fue capaz de transformar al mundo —imperio de ley,
igualdad, libertad, derechos humanos, etc.—, aunque lo
logró pagando el alto precio de violencia), es porque el
neoliberalismo (variante perversa de los altos ideales del
liberalismo de Stuart Mill, por ejemplo) ha usurpado su
lugar. La teoría neoliberal, al igual que la traicionada teo-
ría liberal, propone una universalidad (que en lo concre-
to encarna la globalización) que la práctica neoliberal des-
truye, porque la libertad de algunos en las condiciones sal-
vajes que propone es inseparable de la falta de libertad de
muchos otros. Quizá esto tenga que ver con la contradic-
ción que lleva implícita el posmodernismo: nos muestra un
individuo libre, pero al mismo tiempo, determinado. El
culturalismo de la tendencia posmoderna puede imponer
un claro determinismo, ya que estaríamos ineluctable-
mente definidos por el poder, el deseo, las costumbres, con-
venciones, creencias y comunidades interpretativas a las
que pertenecemos culturalmente.
El capitalismo es el sistema más plural que existe, y esto
coincide con la legitimación de lo diverso que enarbolan
los estandartes posmodernos. Si la democracia requiere de
un sujeto autónomo, de ciudadanos, el consumismo neo-
liberal no necesita de esa característica autónoma: la plu-
ralidad, el deseo, el placer, la fragmentación son requeri-
das para el shopping center y para asegurar el idilio con la
televisión, es decir, en la construcción del futuro híbrido
posmoderno que para muchos ya está instalado.
El posmodernismo reproduce, en parte, la lógica ma-
terial del capitalismo tardío, pero dirige sus agresiones ha-
cia sus fundamentos espirituales (la impronta moderna del

276
liberalismo filosófico). Si el posmodernismo se ha ocupa-
do de publicar opiniones muy claras respecto del racismo,
sobre la paranoia del pensamiento único, sobre los peli-
gros del fundamentalismo, sobre la inmoralidad del recha-
zo al otro, también puede ser cierto que gracias a su
pragmatismo cultural, su convencionalismo moral, su es-
cepticismo, su descreimiento sobre la eficiencia de la soli-
daridad y de la organización política, su falta de una teo-
ría política sólida, sus ataques al liberalismo democrático
e incluso a lo que queda sano de la izquierda ideológica,
podría estar, sin quererlo, abriendo el camino al fascismo.
En definitiva, toda crítica a las ideas posmodernas de-
bería ser pasada por un cierto tamiz. Consideramos que
el diagnóstico que hacen los posmodernos de la época ac-
tual, sea cual sea la denominación que se le dé (posmo-
derna, modernidad tardía, etc.), es acertado y profundo.
Por lo tanto coincidimos con la realidad que describen. En
la diversidad de críticas encontramos algunas superficia-
les, que parecerían más expresar un descontento con la
realidad, como si los filósofos y artistas posmodernos tu-
vieran la culpa de los tiempos blandos en los que vivimos.
Desechamos, pues, las críticas basadas en el descontento
con la realidad. También existen otros análisis que mues-
tran su desacuerdo con el diagnóstico posmoderno, con
los cuales tampoco estamos de acuerdo.
Finalmente, los críticos más profundos, como el alemán
Jürgen Habermas, el francés Alain Touraine, el inglés
Anthony Giddens, el norteamericano Fredric Jameson, el
argentino Mario Bunge, el mexicano Carlos Fuentes, etc.,
presentan un examen contestatario de lo que llamamos la
“celebración posmoderna”. Es decir, se acepta la realidad
contemporánea y el diagnóstico posmoderno, no así el he-
cho de que lo que le ocurre al individuo, a la sociedad y
la situación del marco mundial, es lo mejor que puede pa-
sarnos. El concepto de equivocidad, el pensiero debole, la

277
caída de referentes éticos y sociales, la capacidad de los
medios de comunicación masiva para crear realidades, no
nos pueden dejar tranquilos sino que somos de la idea de
que se ha hecho imprescindible encontrar guías que
refuercen la espiritualidad (si no la fe), que reaviven la so-
lidaridad social frente al hedonismo narcisista, la demo-
cracia para contrarrestar el descreimiento en la política y
revalorizar el multilateralismo para evitar el imperialismo
guerrero del hegemón norteamericano.
Se acepta que la modernidad ha tenido fallas (cómo ne-
garlas luego de dos guerras mundiales, de un siglo XX que
fue el más sangriento de la historia de la humanidad) y que
no se puede dejar de considerar la diversidad y la plurali-
dad, las características históricas y culturales de los valores,
incluso cierta fragmentación en el conocimiento científico.
Nos rebelamos contra el anything goes (vale todo) y contra
el nihilismo de la época que nos desarma, nos deja impoten-
tes frente a la necesidad de actuar en forma positiva y de
manera sistémica (con un enfoque que integre lo local con
lo global, las preocupaciones personales con las sociales, la
política con la ética, las ciencias puras con las ciencias so-
ciales, el arte con la intelectualidad, etc.) en el rescate del
individuo, de la sociedad y de un orden mundial seguro.
Si siguiéramos muy de cerca el pensamiento posmo-
derno, lo que nos quedaría como reflexión última es que pa-
recería que en el siglo XXI lo real es irracional y lo racional
es irreal o, simplemente, quizá la realidad sea un desatino.
En todo caso quedan grandes interrogantes por contestar:

• ¿podremos finalmente crear una “familia planetaria de


movimientos antisistémicos” donde los intelectuales, lla-
mados a la acción, se abstraigan de las pasiones del
momento...?;

278
• ¿será excesivo pensar que un mundo más femenino,
menos dominado por la racionalidad del poder, menos
“falocéntrico”, sería un mundo más humano? Allí don-
de la mujer da la vida, alimenta, ayuda a la socializa-
ción, el hombre la quita con su prepotente nacionalis-
mo, su armamentismo, sus guerras, su corrupción, su
desprecio por la naturaleza y sus semejantes (¿quién sino
la mujer puede dar sentido a este mundo posmoderno,
con su intuición sobre la vida, la preservación y la pro-
visión de futuro?), mujer que preserve su feminidad uni-
versal para un mundo globalizado, sí, pero por ello mis-
mo más humano; mujer celosa de su diferencia, que
puede hacer la diferencia para todos, mujer que debe
disputar el poder con su “fuerza tranquila” para ense-
ñarnos el camino hacia un mundo mejor...;
• ¿será éste un estado de transición, donde todavía, y a
pesar de todo, los grupos de gran concentración econó-
mica se sientan amenazados por los movimientos anti-
globalización (que buscan, en verdad, una globalización
alternativa), aparentemente ‘ahogados’ luego del 11/9/
2001? La necesidad de vincular estrechamente lo inte-
lectual con lo moral y lo político, como recomienda
Wallerstein, en una “acción racional por la cual se inten-
ta ofrecer una explicación óptima de lo que ocurre,
se introducen preferencias morales y se decide, en fun-
ción de esas consideraciones, cuales son los esfuerzos
políticos más eficaces para construir un mundo mejor”184
podría darnos una pista.

Estamos enfrentando una vez más el problema de la


iniciativa individual. Ésta constituyó uno de los grandes
estímulos del capitalismo liberal, tanto para el sistema
184 Immanuel Wallerstein, Un mundo incierto, Libros del Zorzal, Buenos
Aires, 2002.

279
económico como para el desarrollo personal. Pero con dos
limitaciones: solamente desarrolló en los hombres dos cua-
lidades especiales, la voluntad y la racionalidad, dejándo-
lo, por otra parte, subordinado a los fines económicos;
principio que funcionaba muy bien durante una fase del
capitalismo…Tan sólo si el hombre logra dominar la so-
ciedad y subordinar el mecanismo económico a los pro-
pósitos de la felicidad humana, si llega a participar acti-
vamente en el proceso social, podrá superar aquello que
hoy lo arrastra hacia la desesperación: su soledad y su sen-
timiento de impotencia…Triunfará sobre las fuerzas del
nihilismo tan sólo si se logra infundir en los hombres aque-
lla fe que es la más fuerte de las que sea capaz el espíritu
humano, la fe en la vida y en la verdad, la fe en la liber-
tad, como realización activa y espontánea del yo indivi-
dual. 185 Son palabras de Erich Fromm, publicadas en 1941.

185 E. Fromm, op. cit.

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