Los niños nacidos en los campamentos nunca han pisado los territorios saharauis ocupados por Marruecos, de donde

proceden sus abuelos. En la escuela se les inculca que la situación actual es transitoria y que su auténtico hogar es el Sahara Occidental.

35 AÑOS AL SOL

Texto: David Meseguer Fotografía: Xavi Piera

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La República Árabe Saharaui Democrática acaba de celebrar el 35 aniversario de su creación recordando el estancamiento en el que se encuentra la solución al conflicto del Sáhara Occidental, pendiente de la celebración de un referéndum desde hace casi dos décadas. La sombra de la guerra se extiende por la zona como un reflejo de las revueltas del norte de África y como la única opción de llamar la atención de la comunidad internacional.
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osotros tenéis los relojes, nosotros el tiempo», asegura un antiguo proverbio africano que los saharauis recuerdan al forastero con frecuencia. En los campamentos de refugiados ubicados en las inhóspitas llanuras del Sáhara, el té y las conversaciones que se generan en torno a él ejercen de minutero. Y es que, en África, y sobre todo en el hostil desierto, la concepción y gestión del tiempo es radicalmente distinta a la europea. Sólo tratando de comprender la idiosincrasia saharaui puede llegar a entenderse cómo este pueblo puede llevar 35 años al sol esperando estoicamente una solución política que ponga fin a su exilio. La diáspora saharaui comenzó a finales de 1975, tras la Marcha Verde orquestrada por el monarca marroquí Hassan II y los posteriores Acuerdos Tripartitos de Madrid, por los que el Estado español cedía la administración del Sáhara Occidental a Marruecos y Mauritania. Al producirse la ocupación marroquí y mauritana, miles de saharauis emprendieron un largo éxodo hacia las llanuras desérticas de Tinduf, donde el Gobierno argelino —histórico aliado del Polisario– cedió unos territorios para que la enorme caravana de refugiados pudiera establecerse de forma provi-

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Un hombre agita una bandera saharaui durante una marcha reivindicativa en el campamento 27 de febrero. A la izquierda, zona de acceso a uno de los campamentos.

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Jóvenes saharauis visten atuendos tradicionales durante una fiesta y Abdelkader Taleb Omar, primer ministro de la RASD. Abajo, una mujer saharaui.

sional. Al cabo de unos meses, concretamente el 27 de febrero de 1976, un día después de la retirada definitiva española de su antigua colonia, el Frente Polisario proclamaba la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en Bir Lehlu. Lo que comenzó siendo una situación transitoria en la década de los 70, se ha prolongado hasta la actualidad debido a la falta de entendimiento entre las diplomacias marroquí y polisaria, y la escasa implicación de la comunidad internacional para desbloquear la situación. Cuando en 1976 estalló la guerra, el Polisario se enfrentó a Mauritania y Marruecos por el control del antiguo territorio colonial. En 1979, el Estado mauritano firmó la paz con el Frente Polisario y renunció a sus pretensiones sobre el territorio. La guerra con el Estado alauí se prolongó hasta 1991, año en que ambas partes firmaron un alto el fuego auspiciado por Naciones Unidas, que asumió la responsabilidad de buscar una salida pacífica al conflicto y se comprometió a velar por la celebración de un referéndum de autodeterminación, previsto para febrero de 1992. Casi dos décadas después, la consulta sigue sin celebrarse. «El Polisario sólo contempla la celebración de un referéndum de autodeterminación que presente varias opciones ante el pueblo saharaui: la autonomía, la integración en Marruecos o la independencia. Hasta ahora, Marruecos ha bloqueado y entorpecido cualquier intento de llevar a cabo este referéndum avalado por Naciones Unidas, porque sólo quiere una solución que le garantice la legitimación de la ocupación del territorio del Sáhara Occidental», argumenta Salek Baba, ministro de Cooperación de la RASD, basándose en el derecho internacional. El primer ministro saharaui, Abdelkader Taleb Omar, añade que «los jovenes están hartos de esperar y nos están presionando para que volvamos a la lucha armada. No queremos llegar a esta situación, pero necesitamos una respuesta clara de la comunidad internacional». Los comentarios sobre una posible reanudación de las hostilidades entre la RASD y Marruecos son una constante desde hace años, aunque últimamente esa
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opción parece cobrar más visos de hacerse realidad, sobre todo tras el violento desmantelamiento del campamento de Gdeim Izik el pasado mes de noviembre en El Aaiun. La disolución del citado campamento por parte del Gobierno marroquí en una desproporcionada y brutal demostración de fuerza ha provocado una escalada de tensión en la zona. Para algunos saharauis, la guerra es la única forma de romper el bloqueo en el que se encuentran, con el ansiado referéndum aplazado sine die. Y también la ven como el único camino para lograr que la comunidad internacional tome conciencia de su situación y decida actuar tras décadas de silencio, propiciadas por las buenas relaciones de Estados Unidos y muchos estados europeos con Marruecos. En este sentido, el primer ministro saharaui demanda especialmente el apoyo político del Gobierno español para salir del actual atolladero. En relación a

la falta de compromiso del Ejecutivo de Madrid, Salek Baba insiste en que «hasta el momento, la posición del Gobierno español con el conflicto del Sahara Occidental ha sido débil, ambigua, confusa y se contradice totalmente con la postura de la sociedad civil». Quienes están sufriendo en sus carnes las consecuencias del estancamiento diplomático son los cerca de 175.000 refugiados que sobreviven en los campamentos de Tinduf en el Sáhara argelino. La población refugiada se encuentra distribuida en cinco campamentos —conocidos como wilayas—que toman el nombre de ciudades del Sáhara Occidental. Las haimas, las casas de adobe y las avenidas de arena configuran un espacio urbano en el que subsistir se convierte en un auténtico reto. A la hostilidad del desierto y la crudeza climatológica, hay que añadir la inexistencia de servicios básicos como el agua corriente y la electricidad; y la dependencia casi total de la ayuda humanitaria. Excepto algunas familias saharuis que siguen practicando el nomadismo y poseen ganado, la supervivencia de los miles de refugiados depende del Programa Mundial de Alimentos coordinado en los campamentos por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y las aportaciones de diferentes ONG. La unión de todos estos factores adversos hace que el día a día se convierta en un auténtico pulso a la vida. La inexistencia de recursos naturales en el corazón del Sáhara hace que el florecimiento de algún tipo de industria resulte prácticamente imposible. Aunque existen pequeños negocios improvisados, la mayoría de saharauis carece de trabajo y el hastío se convierte en el principal enemigo. Para no caer en la monotonía, parte de la población refugiada adulta trabaja de forma altruista en los diferentes organismos de la RASD. Los gobiernos de las wilayas, escuelas, hospitales y centros de formación absorben gran parte del personal. El espíritu que se engendró en Gdeim Izik y los vientos revolucionarios procedentes de Túnez y Egipto, empujan bandadas de nubes hacia Tinduf y comienzan a cubrir el sol. Quizá, tras 35 años al sol, la amarga espera saharaui esté llegando a su fin.
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