Tango Queer en Buenos Aires (Culturas - La Vanguardia, abril de 2010)

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Género y música popular Las milongas homosexuales son un síntoma evidente de la nueva realidad social argentina

‘Tango queer’ en Buenos Aires
Los primeros acordes de bandoneón brotan con fuerza desde los altavoces y dan inicio a la milonga queer en el Buenos Aires Club, ubicado en el porteño barrio de San Telmo. Las parejas de baile, en su gran mayoría homosexuales, comienzan a entrelazar ochos, giros con barrida y boleo, al tiempo que recorren el largo y ancho de la pista con sus vaivenes. A las primeras notas instrumentales orquestadas por el mítico Alfredo de Angelis se les une la voz de Óscar Larroca: “Yo sé que aunque tu boca me enloquece besarla, está prohibido sin perdón. Y sé que aunque también tú me deseas, hay alguien interpuesto entre los dos...”. Así comienza Prohibido, un tango creado a mediados de siglo XX, que habla del amor imposible entre dos jóvenes. La letra versa sobre la inviabilidad de la relación amorosa entre un hombre y una mujer que ya están comprometidos con otras personas respectivamente. El sentimiento de impotencia y frustración que sienten ambos podría extrapolarse al de miles de parejas homosexuales de todo el mundo, que hasta hace bien poco no podían expresar su amor públicamente. En este caso, la interposición no venía determinada por otra persona, sino por la mentalidad y las circunstancias sociales. Una situación que justo ahora presenta los primeros síntomas de cambio en algunos países como Argentina. “Aunque la sociedad argentina sigue siendo muy machista, su mentalidad está cambiando muy poco a poco”, comenta Pablo, de 32 años, mientras su mirada busca el consenso de Matías, su pareja, diez años más joven. Se conocieron hace un año a través de la red social Facebook, y tras varias citas presenciales, surgió el amor. Una de sus mayores afinidades es la pasión por el tango, y por ello acuden cada martes al Buenos Aires Club, donde Matías imparte clases de este baile rioplatense. Como ellos, varias decenas de parejas, en su gran
DAVID MESEGUER

Miércoles, 14 abril 2010

mayoría homosexuales, acuden puntualmente a esta cita semanal para practicar tango queer. Agarrados de la mano, Matías y Pablo observan y comentan el transcurso de la milonga desde una mesa esquinada. Ambos proceden de una familia muy tradicional de profunda raíz católica, hecho que se puede intuir a través de sus constantes alusiones al prójimo. “Mi madre sabe que soy gay, mi padre no. De hecho, piensa que Pablo no es más que un amigo. Pero cuando se entere, reaccionará bien”, explica Matías. “Nos queremos. Actuamos siempre de corazón y respetando los principios del prójimo”, reflexiona Pablo, sin quitar ojo de la pista de baile. Esta mezcla de profundas creencias cristianas y homosexualidad, que podría parecer paradójica, se da con mucha frecuencia en Argentina, un país con fuerte arraigo católico. Si bien el país andino acogió la primera boda homosexual de Latinoamérica el pasado 28 de diciembre del 2009 en Ushuaia, la sociedad argentina todavía está inmersa en un lento proceso de interiorización y asimilación de esta nueva realidad. “Antes, cuando salíamos a pasear por la calle y nos topábamos con niños, nos soltábamos. Ahora ya no nos separamos de la mano para hacer que esto sea normal”, comenta Pablo. Al oír las palabras de su novio, Matías asiente con la cabeza, levanta las dos manos a la altura de los antebrazos, sonríe y añade: “¿Qué es normal?”. El tango, símbolo nacional por antonomasia, ha sido uno de los primeros estamentos artísticos en cuestionar esa normalidad entendida únicamente desde la heterosexualidad, y se ha adaptado rápidamente a esta nueva realidad social. Es el tango queer, una modalidad que desvincula el rol del bailarín del género, y que por tanto rompe con el ancestral binomio de hombre-conductor / mujer-conducida que caracteriza esta danza. El término queer, que en sentido
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literal significa raro o extraño, era utilizado tradicionalmente en EE.UU. para nombrar a la comunidad gay, lesbiana y transexual de manera peyorativa. Fue un sector de esta comunidad el que a principio de los años noventa se apropió del término y, como acto de subversión, decidió autodenominarse de esta forma para revertir su connotación despectiva. Además, el movimiento queer quería desmarcarse de aquellos que en el seno del colectivo homosexual y transexual buscaban la normalización y aceptación social a partir de la construcción de una identidad estable basada deliberadamente en la imagen del gay positivo, que se correspondía con la del hombre profesional de raza blanca. Fruto de este espíritu de subver-

cantidad de parejas heterosexuales que acuden a las milongas queer arrastradas por la curiosidad y el deseo de poder experimentar el cambio de roles sigue creciendo. La propuesta principal del tango queer es la de bailar el tango sin que los roles estén fijados por el sexo de quienes lo bailan. La técnica de enseñanza que se emplea es la de intercambio de roles. Esto significa que todas las personas tienen la posibilidad de aprender a bailar los roles de conductor/a y conducido/a indistintamente, pudiendo elegir en el momento de bailar el rol que más deseen o procediendo al intercambio dentro del mismo tango. “Esta técnica permite explorar dinámicas más igualitarias de relación entre quienes bailan. Además, conocer el otro la-

de siglo XX, las prostitutas bailaban entre ellas para aprender los pasos y matar el tiempo en el burdel. Y los hombres practicaban entre ellos para poder acceder a la prostituta de turno. Pero más allá de estos precedentes, el objetivo del tango queer es crear un espacio de tango liberalizado, en el cual las normas y códigos tradicionales de este baile dejen de regir y limitar la comunicación entre personas. Los practicantes de esta modalidad defienden que el tango tradicional es una danza machista si tenemos en cuenta la distribución de roles en la pareja de baile (hombre-conductor, mujer-conducida). Según ellos, la relación entre uno y otro es muy desigual, muy especialmente cuando cada rol se supone ligado de forma obligatoria al sexo al

que limitan, ya que son inherentes a la estructura misma del tango, sino su fijación e identidad con el sexo, como si uno y otro estuvieran esencialmente ligados. Este binomio simplifica notablemente la compleja red erótica que existe entre los individuos, y si bien representa a una mayoría heterosexual identificable en la sociedad, condiciona y censura formas de sentir diferentes. Al fijarse este comportamiento en el baile como modelo, quedan excluidos todos aquellos cuyo sentir es distinto. Como respuesta a esta exclusión, y en consonancia con los cambios sociales, el tango queer sigue ganando adeptos cada día. Una situación que el gran poeta y compositor de tango uruguayo Horacio Ferrer ya pronosticó en su día:
La propuesta principal del ‘tango queer’ es la de bailar el tango sin que los roles estén prefijados según el sexo de quienes lo bailan. Las personas tienen la posibilidad de aprender a bailar los roles de conductor/a y conducido/a indistintamente, pudiendo elegir en el momento de bailar el rol que más deseen o procediendo al intercambio dentro del mismo tango
FOTOS CAROLINA CAMPS

sión del orden establecido y poniendo en tela de juicio una distribución de roles que se mantenía inalterada en el tango desde su nacimiento en la segunda mitad del siglo XIX, surgió el tango queer. Curiosamente no fue en tierras platenses donde se produjo este hecho, sino en Alemania hace aproximadamente una década. “Un grupo de lesbianas que bailaba tango con asiduidad fueron quienes organizaron el Primer Festival de Tango Queer del mundo. Ellas lo llamaron de esta forma y no tango gay, para no dejar restringida esta movida al público gay”, comenta Augusto Balizano, uno de los bailarines pioneros e introductores de la modalidad en Argentina. Y es que la

do del baile te permite mejorar la técnica”, defiende Augusto Balizano, maestro tanguero y fundador de la famosa milonga queer La Marshall. Augusto, y su pareja de baile Miguel Moyano, fueron los implantadores de esta modalidad en tierras argentinas y sus mayores difusores planetarios al participar en distintos festivales internacionales en Inglaterra, Italia o Suecia. Ahora, siguen difundiendo esta modalidad de tango por todo el mundo, organizando anualmente el Festival Internacional de Tango Queer de Buenos Aires. El hecho de que bailen hombres con hombres y mujeres con mujeres no supone una novedad. Según algunos historiadores, a principios

que se destina, sin que el intercambio sea una opción posible. El movimiento queer sostiene que esta desigualdad radica, principalmente, en una diferencia de saberes. Mientras el hombre-conductor es el depositario de la mayor cantidad de información, en relación con pasos y movimientos, la mujer-conducida es enseñada desde el principio a dejarse llevar, y el placer de la danza aumenta en la medida en que ella presenta menos resistencia y él mayor decisión. Como resultado de esta dinámica, una mujer sin un hombre que la guíe no puede dar un solo paso. Requiere de él para moverse y esto la vuelve dependiente. En consecuencia, no son los roles los

“No se puede ir a contrapelo de la sociedad y cada vez más se va a bailar el tango entre hombre-hombre y mujer-mujer”. Los últimos coletazos líricos del tango Prohibido van poniendo fin a la milonga: “… Mas nunca el corazón podrá, aunque queriendo, renunciar al derecho de este amor”. La música cesa y las parejas cierran el baile. Es en ese justo instante cuando Matías y Pablo se besan, abandonan la comodidad de la silla y se dirigen hacia el centro de la pista. Tras unos segundos de silencio, desde los altavoces emana un punteo de contrabajo. Los muchachos se agarran, fijan sus miradas y marcan los primeros pasos. Comienza un nuevo tango. |

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