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Familias con comunicación de dirección con otros:

En estas la comunicación paterno-filial no existe o es muy pobre. Los hijos son


formados por la influencia de amigos, televisión у vecinos. Los padres tienen un rol
secundario caracterizado por la inseguridad y necesidad de pedir ayuda y orientación.
Los padres solo transmiten angustia, timidez, inquietud e inseguridad. Los hijos
terminan huyendo de unos padres así. Se cierran a todo contacto verbal con los
padres у deciden establecer contactos con los amigos o con algunas personas que le
inspiren confianza estabilidad (Vergés).
Ha sido descrita así por MARTI-TUSQUETS (1980) destacando que la
característica central reside en que la comunicación paterno-filial no existe o es muy
pobre. Los hijos, por tanto, son formados por otros, mediante el envío de mensajes
que imponen un determinado criterio. Como él afirma, esos otros, pueden ser los
compañeros de colegio, los amigos, los miembros de grupos en los que el sujeto va
integrándose, los mensajes de TV, del cine, lecturas, noticias y hasta de los tebeos.
El hijo, en suma, se educa según el criterio de los demás.
El rol de los padres en este tipo de familia es muy secundario, reforzado por la
inseguridad y la necesidad más o menos consciente de pedir ayuda y orientación. En
medio de esta confusión, el padre sólo transmite angustia, timidez, inquietud e
inseguridad y el hijo termina por huir de un padre así. El hijo se cierra a todo
contacto verbal con los padres y decide establecer contacto con los amigos o con
algunas personas que le inspiren confianza y cierta estabilidad. Lo complejo de la
situación queda patente cuando se observa que también en tal opción va a surgir la
contradicción. En 'los otros· hay mensajes contradictorios, ya que los conceptos
varían según el grupo del que procedan y no es lo mismo para todos ' tener éxito",
"progresar', 'adaptarse", •madurar•, etc. Las tensiones dentro del sistema familiar
aumentan al comprobar que ni siquiera los métodos de enviar mensajes son los
mismos en todos los grupos en qué se mueve el hijo. Todo es diferente: los
instrumentos de comunicación, el hecho de enviarlos, el lenguaje de los mismos, el
sentido de códigos aparentemente idénticos. Si a ello se une la existencia de
mensajes manipulativos, la comparación inevitable de los dados por la familia y los
recibidos fuera de ella, así como el enorme número de los recibidos por un niño o un
adolescente; la conclusión es que, en verdad, la dirección de los elementos
comunicativos se convierte en algo necesitado de organización y estructuración.
Ante tal situación la terapia familiar tiene que hacer frente a un desafío:
coordinar los mensajes para que de tal tarea se siga un algo coherente y eficaz. No
se trata, por tanto, de descalificar sistemáticamente lo que venga de fuera de la
familia, sino de aprovechar los materiales que existan en otros mensajes para hacer
posible una integración de lo aprovechable en todos.
Tal vez la tarea más Importante en tales casos sea la de hacer ver, tanto al
sujeto como a los miembros del sistema familiar, que el problema no reside en recibir
muchos y variados mensajes, sino en que lo transmitido por ellos no se elabora para
limar contradicciones que descalifican a unos frente a otros. Se requiere, por ello, una
labor crítica que no dé todo por bueno, pero que tampoco rechace todo como malo.
Es posible que el hijo tienda a aceptar mejor lo que viene del exterior por creer
que es menos interesado para objetivos concretos. Un hijo piensa que, cuando el
padre o el educador le indica algo, lo hace movido por resortes impositivos de los que
no está ausente un Interés particular. Se alberga ahí cuanto de componente
manipulativo puede encerrar toda tarea educativa, tal y como se dijo al hablar de la
comunicación "formativa·. En tal caso no conviene enfrentarse con la actitud del hijo,
sino aceptarla como posiblemente válida; de este modo se garantiza la posibilidad de
entrar en un diálogo que, en el contexto terapéutico, posibilite la implantación de
estrategias paradójicas que puedan conducir a un buen fin (José Antonio Ríos
González, Manual de Orientación y Terapia Familiar).

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