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Nassim Bravo Jordán

Las paradojas comunicativas de Prefacios

E n el prefacio de sus prefacios, Nicolaus Notabene escribe la si-


guiente observación:

“Por lo tanto, el prefacio en cuanto tal, el prefacio suelto, no puede


tener ningún tema, debe tratar sobre nada, y como pese a ello parece
que se está hablando sobre algo, es preciso que este algo sea una ilusión
y un movimiento ficticio”.

El destino de un prefacio está unido esencialmente al del libro que


introduce. O, mejor dicho, el libro es la esencia y el prefacio es su apén-
dice, algo no esencial y accesorio, eso que Gérard Genette ha denomi-
nado “paratexto”. Según Genette, el paratexto es un discurso heteró-
nomo puesto al servicio del texto, lo cual constituye precisamente su
raison d´être. De manera que el prefacio, con su naturaleza paratextual,
no nos habla en estricto sentido sobre el texto, sino que es el umbral
que lleva al lector hacia el texto, colocándolo en el estado de ánimo
adecuado. Nicolaus Notabene nos ofrece únicamente el umbral, o una
serie de umbrales, que no llevan a ninguna parte. Él nos habla de un
prefacio emancipado e independiente; es decir, de un paratexto sin tex-
to, lo que equivaldría, por decirlo de alguna manera, a un accidente sin
la sustancia. Prefacios es justamente eso: una serie de prefacios que no
son prefacios de ningún libro. Se trata de un movimiento audaz y ex-
travagante; como señala Nicolaus Notabene, el prefacio emancipado no
tiene ningún tema, y, si ha de hablar de algo, ese algo será una ficción.
Debajo del tono irónico y satírico de esta pequeña obra –de una
mordacidad inusitada, con ciertas pinceladas de malignidad-, nos en-
contramos, sin dar demasiados rodeos, con el interesante y paradójico
ejercicio de un personaje, Nicolaus Notabene, que aparentemente in-


  Søren Kierkegaard, Prefaces, trad. de Todd W. Nichol, Princeton: Princeton
University Press, 1997, SV V 7.

  Gérard Genette, Paratexts: Thresholds of Interpretation, Cambridge/New York:
Cambridge University Press, 1997.

  Cfr., Genette, Paratexts, p. 12.

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tenta comunicar algo no comunicando nada. A primera vista parece


una broma y quizá lo sea. Así lo dice Notabene:

“Escribir un prefacio es como tocar a la puerta de una casa y luego


echarse a correr, como caminar bajo la ventana de una señorita miran-
do distraídamente hacia el suelo, como agitar un bastón tratando de
golpear al viento, como quitarse el sombrero aunque no haya nadie a
quien saludar”.

La experiencia de escribir prefacios deambula entre lo lírico y lo in-


fantil. Nicolaus Notabene se divierte con la ligereza del adolescente (li-
gereza que nos presenta un extraño contraste con la seriedad de su vida
conyugal; más adelante volveremos a esto). Él es quien toca a la puerta
y se echa a correr. ¿Dónde queda el lector? El lector, para continuar con
la metáfora, es quien abre la puerta y no encuentra a nadie. En esta
vergonzosa situación, una persona cuerda comprendería de inmediato
que debía tratarse de algún bromista y, sin darle demasiada importancia
al asunto, cerraría la puerta. Una persona con un poco de sentido del
humor, sería capaz de reírse con la misma jovialidad del bromista. Pero
cuando el lector se enfrenta a los ocho prefacios de Nicolaus Notabene
–sus ocho puertas-, insiste en averiguar quién ha tocado a la puerta y
por qué lo ha hecho; después de mirar por todos lados y no encontrar
nada, el obstinado lector se detiene a observar la puerta misma. Si la
conducta de un autor dedicado a escribir exclusivamente prefacios ya es
de por sí inusual, resulta aún más extravagante la insistencia del lector
en encontrarles un significado, un tema, un contenido o, al menos,
un cierto hilo conductor, por tenue que sea. Ésta es sólo una de tantas
formas de describir la perplejidad del lector de Prefacios.
Pero no nos adelantemos ni seamos injustos con Nicolaus Notabene.
Él no tiene la culpa de la curiosidad del lector. Después de todo, nos ha
advertido desde el comienzo que los prefacios sueltos no tienen ningún
tema. Nota bene: ¡nos ha advertido también que cualquier cosa que
creamos encontrar no será más que una ilusión! La responsabilidad, por
tanto, recae sobre el lector. Por otra parte, no es del todo cierto que la
tarea de escribir prefacios sueltos sea un completo sinsentido. Al menos
no para Nicolaus Notabene. Por el contrario, se trata de un asunto muy
serio. En el prefacio de sus prefacios, Notabene nos explica su apurada
situación. Él ha abrigado desde hace tiempo el deseo de convertirse en

  Prefaces, SV V 7.
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autor. Su deseo se transforma en un apremiante imperativo cuando


se percata de que sería “una pérdida irreparable para la humanidad”
si no consiguiera publicar sus escritos. Es decir, Nicolaus Notabene
tiene un mensaje muy importante para la humanidad. Hasta aquí nos
queda claro que esta peculiar obra no solamente cuenta con un con-
tenido –a pesar de todo lo que hemos dicho-, sino que este conteni-
do es de la máxima importancia. ¿Por qué, entonces, llegar al extremo
paradójico de comunicar sin comunicar, de escribir un libro dejando
de lado al libro? Recordemos que el lector no tiene derecho a impa-
cientarse, porque Nicolaus Notabene no obliga a nadie a continuar
leyendo. Además, el autor muestra la suficiente humildad como para
solicitarle a la crítica un poco de indulgencia. Seamos, pues, indulgen-
tes. La respuesta a nuestra anterior pregunta es sencilla. Su esposa no
le ha permitido escribir libros. Ser un autor, de acuerdo con la esposa
de Nicolaus Notabene, es la más grave de las infidelidades. A diferencia
del esposo que se va de juerga al club, y que en consecuencia sólo está
ausente cuando está ausente, el autor se compromete absolutamente
con su obra, violando de esa manera sus votos matrimoniales; el esposo
se ha comprometido con su mujer, no con su obra. La señora Notabene
se mantiene firme en su postura y es reacia a los contraargumentos de-
masiado complicados de su marido. A pesar de toda la pericia dialéctica
de Nicolaus Notabene (“aunque puedo debatir con el demonio mismo,
soy incapaz de discutir con mi mujer”), no logra persuadirla.
De manera que Nicolaus Notabene debe elegir: su matrimonio o su
obra. Pero no todo está perdido. Puesto que no puede recurrir a su in-
genio –recordemos que su dialéctica no funciona con la anti-dialéctica
de su esposa-, Notabene acepta las condiciones de su renovado contrato
conyugal. Sin embargo, apela de inmediato a una pequeña cláusula con
la que ni siquiera Fru Notabene puede no estar de acuerdo. La prohi-


  Prefaces, SV V 9.

  Prefaces, SV V 14.

  Prefaces, SV V 11.

  Prefaces, SV V 9. Pericia dialéctica que ciertamente no se contradice con lo que
leemos en el prefacio VIII, donde este mismo Nicolaus Notabene confiesa su estupidez
(Prefaces, SV V 55-63). El hecho de que Notabene no pueda comprender la filosofía (en
esto consiste su estupidez), no significa que sea incapaz de polemizar, algo que consta-
tamos una y otra vez cuando leemos sus prefacios, y especialmente ese octavo prefacio.
Ahí, haciendo alarde de su virtuosismo dialéctico, Nicolaus Notabene consigue que su
propia estupidez ¡se convierta en el reflejo de la estupidez de la filosofía! La dialéctica de
Nicolaus Notabene puede lograr esto, pero no puede convencer a su esposa.
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bición de escribir libros no significa que no pueda escribir prefacios.


¿Quién dice que el prefacio y el libro deben estar unidos? “Si el prefacio
y el libro no pueden ir de la mano, permitamos que se divorcien”.10 Así,
Nicolaus firma el divorcio entre el prefacio y el libro… para evitar su
propio divorcio.
Aquí podemos observar el posible origen de la paradoja comunica-
tiva de Nicolaus Notabene. Para demostrar que toma en serio su matri-
monio, le promete a su esposa no tomarse en serio su labor como autor.
Convertirse en autor implica entablar una relación con el lector (o, al
menos, con el público lector). En un prefacio cualquiera, el autor le pro-
mete al lector un libro. Se trata, en efecto, de una especie de compro-
miso. Nicolaus Notabene, por su parte, no piensa cumplir esa promesa.
No puede hacerlo, se lo ha prometido a su mujer. Le ha prometido que
no cumplirá lo que ha prometido (al lector). De esta forma, la falta de
compromiso de Nicolaus Notabene en el ámbito literario es precisa-
mente la prueba de la seriedad de su compromiso en el ámbito conyu-
gal. Si tomamos en cuenta esto, hay que convenir en que Notabene se
toma muy en serio su juego de tocar puertas y echarse a correr.
Pero dejemos por un momento a Nicolaus Notabene. Volvamos a la
perspectiva del confundido lector. Dentro de toda esta incertidumbre,
el lector ahora al menos tiene la garantía de que Notabene no bromea11
con eso de que el prefacio emancipado –i. e., sus ocho prefacios- no
puede tener ningún tema. ¿Ahora qué? El lector se encuentra frente a
una serie de textos (paratextos) inconexos que no tratan sobre nada.
Uno pensaría que deberían existir instrucciones para leer este tipo de
literatura. Con firme resolución, el lector termina el libro y al final in-
tenta atar cabos. Con todo, no lo abandona la sospecha vehemente de
que no hay cabos para atar. Entonces regresa con Nicolaus Notabene


  A decir verdad, si Nicolaus Notabene hubiera querido insistir en su caso, habría
podido arrancarle a su esposa el permiso para escribir otras clases de paratextos además
de los prefacios. Es decir, hubiera podido dedicarse a escribir títulos, índices, epílogos,
etc. Por cierto, otro autor contemporáneo de Notabene, Søren Kierkegaard, era un
experto en el arte de escribir paratextos.
10
  Prefaces, SV V 6.
11
  La garantía de que habla en serio reside justamente en su tono bromista. Sin
esa ligereza, Fru Notabene tendría razón en sus acusaciones de infidelidad. Justo como
cuando una esposa sorprende a su marido in fraganti con otra mujer, y el azorado
esposo exclama: “¡No era nada serio!”, así también si la señora Notabene descubriera a
Nicolaus encerrado en su estudio dejando correr la pluma, él siempre podría responder:
“¡No era nada serio!”
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y se dirige a él con mirada suplicante. Y Notabene responde: “No me


mires a mí, ya te he dicho que no hay ningún tema”.
De esta manera, el autor se libera de cualquier atadura y coloca toda
la responsabilidad en el lector. Aunque evidentemente el texto ya está
escrito, es tarea del lector encontrarle un sentido que, pese a todo, no
dejará de tener un carácter ilusorio. Podría decirse que Prefacios es una
lectura tantálica. Parece que hay un significado al alcance de la mano,
pero cuando queremos alcanzarlo se desvanece ante nuestra mirada.
Por otra parte, no es imposible que el lector ignore esta responsabili-
dad y decida sencillamente leer estos simulacros de textos sin esforzarse
en encontrar el hilo conductor que lo explica todo. ¿Para qué tanto
alboroto? Después de todo, el mismo Nicolaus Notabene describe su
obra como “lecturas ligeras” o “divertimentos” [Morskabslæsning]. ¿Qué
es un divertimento? Es una obrita literaria cuyo único fin es entretener-
te, no hacer que te rompas el seso leyendo entre líneas y buscando una
explicación racional. Ocurre con esto exactamente lo mismo que con
los chistes: cuando uno tiene que explicarlos, pierden su gracia. ¿Por
qué arruinar la diversión? La cualidad del divertimento reside preci-
samente en su falta de seriedad; ser serio siempre implica un esfuerzo
que a menudo resulta estresante y en algunos casos puede ser causa de
discordia entre los lectores, quienes discutirán acaloradamente acerca
de quién consiguió entender el texto con cabalidad y quién sencilla-
mente estaba equivocado. Lo mejor y lo más sensato sería jugar el mis-
mo juego de Nicolaus Notabene. De esta forma, se evitan todas las
inconveniencias de tener que comprender un libro (un verdadero dolor
de cabeza, especialmente cuando ni siquiera hay un libro), y uno obtie-
ne de paso la ocasión para reírse un poco.12 Es evidente que Nicolaus
Notabene se divierte. ¿Por qué no divertirnos con él, en vez de que él se
divierta a costa nuestra?
Pero no todos los lectores piensan así. Existe una clase especial de
lector: el exégeta. Y, por desgracia, el exégeta no puede contentarse con
eso. Él se ve en la penosa necesidad de encontrarle al texto un signi-
ficado preciso, o al menos aproximado, a pesar de que el autor le ha
advertido que ese significado no existe. En este sentido, el exégeta es
una especie de lector rebelde,13 a menos que consideremos sus esfuerzos
12
  También en esto Nicolaus Notabene estaría de acuerdo. Cfr., por ejemplo,
Prefaces, SV V 43-44.
13
  Pues a pesar de que el exégeta pretende mantenerse fiel al supuesto significado
del texto, en este caso lo hace en contra de las advertencias del autor. Podría decirse
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interpretativos como otra clase de divertimento, algo que un exégeta


profesional difícilmente podría admitir. Y cuando después de muchas
horas de estudio e investigación, el exégeta consiga exprimirle al texto
una gota de sentido, tendrá que enfrentarse a esa cláusula que Nicolaus
Notabene ha colocado en el umbral de sus umbrales, según la cual toda
interpretación acerca del contenido del texto no es más que una ilusión.
En medio de este apuro, el exégeta tendrá que decidir entre dos alter-
nativas: o toma en serio las palabras de Nicolaus Notabene y entonces
abandona todos sus esfuerzos interpretativos, convirtiéndose en un lec-
tor más en busca de entretenimiento; o no toma en serio las palabras de
Nicolaus Notabene y se entrega de lleno a un juego exegético que quizá
no tenga ni pies ni cabeza. Además, ¿qué puede hacer el lector con esa
afirmación de Notabene de que sería una pérdida irreparable para la
humanidad si no lograse publicar sus escritos? Si Nicolaus Notabene
habla en serio y si nosotros lo tomamos en serio, entonces sus “lecturas
ligeras” no son tan ligeras, pues contienen un mensaje de la máxima
importancia para la humanidad. O tal vez no haya un mensaje; tal vez
lo que la época necesita es precisamente un divertimento.14 O quizá
esos escritos sean los libros que la señora Notabene le prohibió escribir;
entonces no tendríamos más remedio que resignarnos a su “pérdida
irreparable”.
que la actitud del exégeta es tan paradójica como la de Nicolaus Notabene: éste quiere
comunicar algo no comunicando nada; aquél desea mantenerse fiel traicionando las
indicaciones del autor. Tal vez el exégeta respondería que su conducta no es contradic-
toria en lo absoluto. Él ha prometido ser fiel al texto, no a Nicolaus Notabene. Por otro
lado, sería poco razonable creer en la palabra de un autor que desde el comienzo ha
confesado que no piensa cumplir con sus promesas.
14
  Heiberg decía en tono profético que la época necesitaba un poco de filosofía
(hegeliana): “Ha llegado la hora de eso a lo cual la humanidad no puede renunciar
sin renunciar a sí misma: la verdad, i. e., la filosofía” (Johan Ludvig Heiberg, On the
Significance of Philosophy for the Present Age, trad. de Jon Stewart, Reitzel: Copenhagen,
2005, p. 99; Heiberg, Om Philosophiens Betydning for den nuværende Tid, p. 23.).
Johannes Climacus decía que la época necesitaba un poco de interioridad (Cfr., Søren
Kierkegaard, Concluding Unscientific Postscript, trad. de Howard V. Hong y Edna
H. Hong, Princeton: Princeton University Press, 1992, SV VII 245). Tal vez lo que
Nicolaus Notabene sugiere es que la época necesita un poco más de entretenimiento.
El muy estimado público tendría que estar de acuerdo con este último punto de vista.
Consideremos, por ejemplo, el caso de Heiberg. Evidentemente, el muy estimado pú-
blico de Copenhague prefería asistir al Teatro real para ver la representación de alguno
de sus vodeviles y reírse un poco, que sentarse a leer y ponderar sus profecías filosóficas.
A pesar de todas sus convicciones intelectuales, la experiencia real de Heiberg debió
haberle convencido de que su muy estimado público buscaba entretenimiento, no filo-
sofía. Lo que la época necesita no es siempre lo que la época exige.
Las paradojas comunicativas de Prefacios 77

Pero no seamos alarmistas. Naturalmente, nadie nos obliga a sumer-


girnos en la corriente de este círculo vicioso. Siempre es posible salir del
círculo y concentrar nuestra mirada en algún punto fijo que nos permi-
ta orientarnos. Un punto que podamos tomar en serio. El punto fijo es,
desde mi perspectiva, el contexto real que rodea a ese embrollo herme-
néutico que es Prefacios. Esto lo explica Jon Stewart de forma extraor-
dinariamente clara y contundente en su libro, Kierkegaard´s Relations to
Hegel.15 Olvidémonos por un segundo del torrente de interpretaciones
acerca del significado del texto. Nicolaus Notabene ha inventado el
juego y le ha puesto reglas. Pues bien, también pongámoslo a él y a sus
reglas entre paréntesis. Digamos que Nicolaus Notabene es un autor
ficticio inventado por otro autor llamado Søren Kierkegaard. Si par-
timos de este supuesto, el autor de Prefacios es éste, no aquél. En con-
secuencia, no podemos aceptar la explicación de Nicolaus Notabene
acerca de la prohibición de su esposa como la causa de que decidiera
escribir prefacios sueltos; entre otras razones, porque Søren Kierkegaard
no era un hombre casado.
Lo que sí podemos decir de Søren Kierkegaard es que antes de la
publicación real de Prefacios (17 de junio de 1844) ya había redactado
una buena parte del material del texto, y que ese material no estaba des-
tinado a formar parte de la colección de prefacios sin libros de la cual
hemos hablado hasta ahora.16 De cualquier forma, lo cierto es que sí
existe un motivo detrás de la publicación de Prefacios y definitivamente
sí hay un mensaje. Tal vez este mensaje no fuera de la máxima impor-
tancia, ni su posible pérdida representara una pérdida irreparable para
la humanidad; no obstante, quizá tenía una cierta relevancia dentro del
pequeño contexto literario de Kierkegaard.

15
  Jon Stewart, Kierkegaard´s Relations to Hegel Reconsidered, Cambridge:
Cambridge University Press, 2003, pp. 419-447.
16
  Cfr., Stewart, Kierkegaard´s Relations to Hegel, p. 419. Particularmente nos lla-
ma la atención el séptimo prefacio, porque este prefacio sí tenía un libro: El concepto de
la angustia, publicado el mismo día que Prefacios. A pesar del indudable tono polémico
del prefacio VII (razón por la cual Kierkegaard lo separó del resto de El concepto de la
angustia), nos sorprende la solemnidad del discurso acerca de lo que significa ser un
autor (“Si, en cambio, la inclinación es interior y un reflejo del interior, entonces uno
escribe el libro como el ave que entona su trino o como el árbol que levanta su copa”,
Prefaces, SV V 44), una solemnidad que difiere notablemente de la actitud burlesca de
Nicolaus Notabene y más bien nos recuerda a la figura de Vigilius Haufniensis, autor
de El concepto de la angustia.
78 Nassim Bravo Jordán

Para Jon Stewart, Prefacios es un libro de carácter estrictamente po-


lémico. Él sugiere, básicamente, que Prefacios es una sátira, un ataque
ad hominem –no filosófico- en contra de Johan Ludvig Heiberg. Y tie-
ne buenas razones para hacerlo, como veremos más adelante. De esta
manera, cambiamos de género literario, del divertimento a la sátira.
Y en ninguno de estos géneros hay motivo para buscar una discusión
filosófica, como querría el exégeta. Mucho menos una discusión acerca
de Hegel o el hegelianismo, como sostenía Niels Thulstrup en su obra
homónima.17
Relatemos brevemente la historia. Johan Ludvig Heiberg, una de las
principales figuras literarias de Copenhague, editaba un diario titulado
Intelligensblade. El 1 de marzo de 1843, publicó en ese diario una rese-
ña nada favorecedora acerca de O lo uno o lo otro,18 que había aparecido
ese mismo año de la mano y pluma de Victor Eremita (i. e., Søren
Kierkegaard). En honor a la verdad, era una reseña bastante divertida,
con un tono humorístico muy parecido al de Nicolaus Notabene (i. e.,
Søren Kierkegaard) en Prefacios. Heiberg señalaba con picardía que lo
más notable del libro era su descomunal tamaño y, aunque reconocía el
talento del autor, agregaba que la lectura resultaba difícil y un poco des-
agradable.19 Si esto no bastó para exasperar a Kierkegaard y a su volátil
temperamento –la reseña significó el fin de la relación “amistosa” entre
Heiberg y Kierkegaard, aunque no justificaba romper las hostilidades-,
Heiberg tuvo la desafortunada ocurrencia de mencionar otro libro de
Kierkegaard, la Repetición, en un artículo titulado “El año astronómi-
co”.20 El texto hablaba sobre la relación entre el mundo moderno y la
naturaleza, pero al abordar el tema de los ciclos naturales, Heiberg se
encontró con la oportunidad de discurrir acerca de las repeticiones y,
concretamente, acerca de la Repetición. Puesto que el libro había salido
a colación, Heiberg aprovechó para indicar algunas de sus inconsisten-
cias filosóficas. Kierkegaard no se sintió halagado.
Si nos estuviéramos refiriendo a otro autor, hablar de “venganza”
resultaría excesivo. Pero desde la perspectiva personal de Kierkegaard,

17
  Cfr., Niels Thulstrup, Kierkegaard´s Relation to Hegel, trad. de George L.
Stengren, Princeton: Princeton University Press, 1980, pp. 365-369.
18
  Johan Ludvig Heiberg,”Litterær Vintersæd”, en Intelligensblade, vol. 2, no. 24,
1 de marzo de 1843.
19
  Ibid., p. 289. Citado en Stewart, Kierkegaard´s Relation to Hegel, p. 234.
20
  Johan Ludvig Heiberg, “Det astronomiske Aar”, Urania, 1844, pp. 77-160.
Citado en Stewart, Kierkegaard´s Relation to Hegel, pp. 422-423.
Las paradojas comunicativas de Prefacios 79

era necesario responder en un tono igual o peor (cuanto más punzante,


mejor) que el de Heiberg. De este modo, dispuso una serie de borrado-
res para artículos en los que manifestaba muy claramente su inconfor-
midad con la conducta de su antiguo mentor. No llegaría a publicarlos
de forma separada, pero el material estaba ahí. Ahora únicamente era
asunto de ordenarlos, darles una cierta estructura, escribirles un prefa-
cio, agregarles otros textos, inventarles un autor pseudónimo, etc. En
cuestión de días, Kierkegaard tenía en sus manos Prefacios, una sátira
lista para mandarla al editor.
Teniendo esto en cuenta, volvamos una vez más al lector. Hemos
hablado de la perplejidad del lector y de la obstinación del exégeta. No
obstante, hay todavía otra especie de lector que no padece ni por la
perplejidad ni por la obstinación: el lector contemporáneo que vivía y
leía en 1844. Vivía en Copenhague y leía libros escritos por autores da-
neses, incluidos Kierkegaard y Heiberg. No sentía perplejidad, porque
podía comprender sin mucha dificultad el significado del libro. Aunque
Nicolaus Notabene es un refinado polemista y su mérito literario es in-
dudable, lo cierto es que no es demasiado sutil. En Prefacios menciona
tantas veces al “señor profesor Heiberg” y lo hace con un tono tan poco
amigable, que era difícil errar el blanco.21 La gente entendía el mensaje.
Era bastante claro. Pero alguien preguntará: ¿qué hay de aquellos lecto-
res que no sabían quién era el señor profesor Heiberg? Pues bien, a ellos
podremos incluirlos en la lista de lectores perplejos, aunque todo indica
que el reducido público lector [læseverdenen] de Søren Kierkegaard era
esencialmente el mismo público que leía los artículos, reseñas y vodevi-
les (y, en menor medida, las obras filosóficas) de Heiberg. Además, para
desgracia del indignado Kierkegaard, Heiberg era un autor bastante po-
pular, al menos entre el público lector (especialmente el público “cul-
to”). Y era tan popular que, cuando no se dignó a responder a la sátira,
este gesto de indiferencia prácticamente condenó a Prefacios al olvido.
No era un evento extraordinario. Heiberg era un espíritu polémico y
Kierkegaard era un espíritu polémico.
En este mismo sentido, el lector contemporáneo no tenía la obsti-
nación del exégeta, ni se esforzaba en revelar el significado oculto del
texto, por la sencilla razón de que sabía que no había un significado
oculto. Al leer la sátira, estaba consciente de que leía una sátira y, por
consiguiente, no intentaba descubrir un discurso filosófico. Si deseaba

21
  Cfr., por ejemplo, Prefaces, SV V 22, 27-29, 37, 51-53.
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leer filosofía, o al menos algo con un contenido un poco más académi-


co, podía dirigirse a esa otra publicación del 17 de junio de 1844: El
concepto de la angustia de Vigilius Haufniensis.
Es difícil no estar de acuerdo con el planteamiento de Jon Stewart;
sus argumentos son sólidos. Todo indica, ciertamente, que Prefacios tie-
ne poco que ver con un tratado filosófico. En las contadas ocasiones en
que se hace mención de algún tema de filosofía, nos percatamos, por un
lado, de la ausencia de cualquier argumento serio y, por el otro, de un
tono irónico que apunta acusadoramente a la persona de Heiberg, no
a su pensamiento. Pero estar de acuerdo con Jon Stewart implica, hasta
cierto punto, aceptar el hecho de que intentar revelar el mensaje ocul-
to de Prefacios es un ejercicio cuestionable. Es posible considerar esto
último desde dos perspectivas distintas, una más radical que la otra.
Podemos convenir en que hay un único mensaje –la sátira en contra
de Heiberg- y que, por lo tanto, es imposible que exista cualquier otro
mensaje; o bien, aceptamos la presencia de un mensaje directo –la sátira
en contra de Heiberg-, pero concedemos también que no es imposible
que haya otro tipo de mensaje que no alcanzamos a ver con claridad y
que podría interpretarse de múltiples maneras, con lo cual llegamos a la
comprometedora consecuencia de que todas nuestras interpretaciones
sobre este supuesto mensaje quedarán irremediablemente marcadas por
la duda y, en el peor de los casos, no faltará quien las acuse de incurrir
en arbitrariedad, lo cual es anatema en el riguroso mundo filosófico.
Este segundo mensaje, con su respectiva interpretación, serán de ca-
rácter ficticio: una ilusión y un producto más o menos razonable de la
mente del intérprete. Sin quererlo, hemos regresado a la postura origi-
nal y paradójica de Nicolaus Notabene: o no hay tema o el tema es un
movimiento ficticio.
Nuevamente, el lector tiene la carga de la prueba. Parece que no
hay manera de evitarlo. Si así lo desea, el lector puede decir cualquier
cosa acerca del texto, y lo cierto es que pueden decirse muchas cosas
acerca de Prefacios. Puede analizarlo desde puntos de vista filosóficos,
psicológicos, teológicos, sociológicos, “astronómicos, astrológicos, qui-
románticos, nigrománticos, zodiacales, metoscópicos y cronológicos”,22
si le parece pertinente. Una de las interpretaciones más recurrentes, por
ejemplo, es la que explica Prefacios como una crítica –o el germen de
una crítica- de Kierkegaard en contra de Hegel y el hegelianismo. Es la

22
  Prefaces, SV V 28.
Las paradojas comunicativas de Prefacios 81

postura ya antes mencionada de Niels Thulstrup y el principal punto


con el que Jon Stewart no está de acuerdo. Basta con leer por un lado
la palabra “mediación”, por el otro el término “sistema”, el nombre de
algún eminente hegeliano danés que “ha ido más allá de Hegel”23 y
un par de comentarios sarcásticos por parte del autor, y listo: tenemos
una crítica en contra del hegelianismo. Y no sólo una crítica, sino una
crítica filosófica.
¿Qué ocurre? ¿De dónde ha surgido la obstinación del exégeta? ¿Es
legítima su labor interpretativa? Al ser una obra que en términos re-
lativos ha recibido poca atención por parte de los investigadores con-
temporáneos, Prefacios se convierte instantáneamente en terreno fértil
para el intérprete creativo; es una pregunta abierta en espera de ser
respondida. Notemos también que al exégeta no le gustan las respuestas
fáciles. El significado del texto debe ser cualquier cosa, menos lo que
parece: todo menos una simple sátira. La sátira –dice el exégeta- es la
ocasión de la que se ha servido Kierkegaard para escribir Prefacios, pero
el mensaje fundamental es otro muy distinto. Démosle el beneficio de
la duda.
Pero ¿realmente esperamos encontrar filosofía aquí? Nicolaus
Notabene hace la siguiente observación: “Lo inconmensurable, que en
una época anterior era situado en el prefacio de un libro, ahora pue-
de encontrar su lugar en un prefacio que no es el prefacio de ningún
libro”.24 Esto nos hace pensar en la importancia del prefacio emanci-
pado como medio de lo inconmensurable y nos recuerda también el
comentario de Notabene acerca de la importancia de su mensaje. No
obstante, lo inconmensurable tiene poco o nada que ver con lo filosó-
fico. Nicolaus Notabene sabe que el prefacio, como categoría literaria,
ha caído en desgracia, al menos desde una perspectiva filosófica. Ha
recibido “el golpe de gracia”25 por parte de los últimos estudios. Antes
bien, aquí hay un punto de acuerdo con el mismo Hegel, quien declara
en el célebre prefacio de su Fenomenología del espíritu que el prefacio re-
sulta superfluo, inadecuado y contraproducente con respecto a la obra
filosófica.26 Nicolaus Notabene le da la razón al maestro cuando decide

23
  Prefaces, SV V 61.
24
  Prefaces, SV V 6.
25
  Ibid.
26
  Resulta asimismo esclarecedor y divertido observar la misma conducta rebelde
y paradójica en el público lector de Hegel. Un público lector que tantas veces ha recal-
cado la relevancia justamente de aquello que Hegel ha sostenido que es irrelevante, es
82 Nassim Bravo Jordán

emancipar al prefacio del libro. El prefacio no es un vehículo del pen-


samiento, sino un “estado de ánimo”,27 “una ceremonia de acuerdo a
la época y a la costumbre”,28 un locus donde el autor se revela ante el
lector con toda su subjetividad. Por eso no es posible hacer filosofía
en un prefacio, y por eso no puede haber filosofía en un libro que está
conformado únicamente por prefacios. Esto, naturalmente, si entende-
mos por “filosofía” lo mismo que Hegel, Heiberg y, al parecer, Nicolaus
Notabene: aquello que existe en el elemento de lo universal, no “un
conjunto de afirmaciones y aseveraciones sueltas y dispersas sobre la
verdad”.29 Claro que no tenemos por qué reducir de una manera tan
radical los alcances de la filosofía. Partiendo de algún otro concepto de
lo que es la filosofía, tal vez sea posible filosofar, no solamente en un
prefacio o una sátira, sino prácticamente en cualquier parte.
Como podemos observar, la paradoja comunicativa aparece en
Prefacios desde distintos frentes. El frente del autor ficticio, Nicolaus
Notabene, quien expresa su seriedad con la broma, promete no cum-
plir sus promesas, se dedica apasionadamente a preparar libros que no
piensa escribir, convierte el accidente en sustancia y abriga la audaz
pretensión de hablar sobre algo en un medio que no puede tratar sobre
nada. En este punto, aparece el autor real, Søren Kierkegaard, para dar-
le una feliz resolución a la paradoja. El autor real escribió Prefacios con
la intención de transmitir un mensaje concreto a una persona concreta.
Según entendemos, el mensaje fue recibido. Pero esta aparente resolu-
ción no hizo más que abrir un segundo frente paradójico, ya no por
parte del autor (real o ficticio), sino del lector. Particularmente del lec-
tor exegético. El autor ficticio le dice: “No hay ningún tema”. El autor
real dice: “Es una sátira”. Incluso un tercer autor, Johannes Climacus
–quien probablemente sabía algo de las intenciones del autor (real o
ficticio) de Prefacios-, señaló que este “divertido librito” no era más que
una “lectura amena”, y esperaba que el lector lo percibiera así.30 Pero el
exégeta insiste: “Tiene que haber algo más”. Y, a pesar de todas las ad-
vertencias, consigue descifrar ese mensaje oculto. Él ha logrado revelar
decir, el prefacio, y, concretamente, el prefacio de la Fenomenología. Realmente es difícil
imaginar un pasaje más leído y repensado en el corpus hegeliano que este célebre pre-
facio de la Fenomenología del espíritu. Cfr., G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu,
trad. de Wenceslao Roces, México: Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 7.
27
  Prefaces, SV V 7.
28
  Ibid.
29
  Hegel, Fenomenología del espíritu, p. 7.
30
  Op. cit., Kierkegaard, Concluding Unscientific Postscript, SV VII 229.
Las paradojas comunicativas de Prefacios 83

un mensaje donde parecía que no había nada. Tal vez también poda-
mos entender en este sentido las palabras de A.B.C.D.E.F. Godthaab
cuando dice que “no es el autor quien hace al lector, sino el público
quien hace al autor”.31 Es el arte de convertir a un personaje de vodevil,
como Nicolaus Notabene, en un filósofo antihegeliano, o de confeccio-
nar un traje a la medida a partir de una tela invisible, como leemos en el
cuento de ese otro ilustre literato danés, Hans Christian Andersen.
Quizá, a manera de conclusión, podríamos agregar que si deseamos
una conclusión o pensamos que es posible llegar a una conclusión en
nuestra presente circunstancia, lo mejor hubiera sido seguir el consejo
de Nicolaus Notabene en el prefacio VII: reunir diez artículos sobre el
mismo tema (en este caso, Prefacios) y escribir un onceavo artículo a
partir de ellos.32 Entonces diríamos que este onceavo artículo es la con-
clusión a la que originalmente tendían los diez artículos anteriores (en
virtud de la mediación). Pero, por desgracia, es demasiado tarde para
eso. En cualquier caso, tengo la impresión de que la esencia de la para-
doja consiste precisamente en que no se resuelve. Con lo cual podemos
declarar legítimamente que no hay conclusión, o bien, si insistimos en
el asunto, concluimos que no hay conclusión. Comprendemos que el
carácter paradójico es una característica de Prefacios y no necesariamen-
te del artículo sobre Prefacios. Sin embargo, la irresolución paradójica
vale no solamente para la paradoja misma, sino para quien intenta pen-
sarla; aquí incluimos, desde luego, tanto al lector de la paradoja como
a quien escribe sobre la paradoja.
Si, a pesar de todo lo anterior, seguimos insistiendo en la necesidad
de una conclusión, entonces, según parece, no me quedará más reme-
dio que tomar prestada una conclusión de alguien más.

“Realmente no hace falta decir que esta lectura ligera es incapaz


de suscitar conflictos y disputas, porque un acuerdo previo [Forord]
previene disputas, y aquel que lanza el primer golpe es el que inicia el
conflicto”.33

31
  Søren Kierkegaard, Writing Sampler, trad. de Todd W. Nichol, Princeton:
Princeton University Press, 1997, VII2 B 274:5 318.
32
  Cfr., Prefaces, SV V 39.
33
  Prefaces, SV V 71.
84 Nassim Bravo Jordán

Bibliografía

Genette, G. (1997). Paratexts: Thresholds of Interpretation.


Cambridge/New York: Cambridge University Press.
Hegel, G.W.F. (2002). Fenomenología del espíritu, trad. de Wenceslao
Roces. México: Fondo de Cultura Económica.
Heiberg, J.L. (1843).”Litterær Vintersæd”, en Intelligensblade, vol.
2, no. 24, 1 de marzo de 1843, pp. 285-292. ASKB U 56.
Heiberg, J.L. (2005). On the Significance of Philosophy for the Present
Age, trad. de Jon Stewart. Reitzel: Copenhagen.
Kierkegaard, S. (1992). Concluding Unscientific Postscript, trad. de
Howard V. Hong y Edna H. Hong. Princeton: Princeton University
Press.
Kierkegaard, S. (1997). Prefaces/Writing Sampler, trad. de Todd W.
Nichol. Princeton: Princeton University Press.
Stewart, J. (2003). Kierkegaard´s Relations to Hegel Reconsidered.
Cambridge: Cambridge University Press.
Thulstrup, N. (1980). Kierkegaard´s Relation to Hegel, trad. de
George L. Stengren. Princeton: Princeton University Press.

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