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La importancia del contacto materno (I)

Archivado en:
 salud, pediatría, ciencia, psiquiatría, esther samper
Por ESTHER SAMPER (SHORA)
Actualizado 06-02-2009 12:50 CET

El bebé, nada más nacer, posee una serie de comportamientos innatos que nadie le ha
enseñado a realizar. Muchos de éstos se dirigen a la búsqueda de alimento (lactancia materna)
pero resulta sorprendente conocer que ello no es lo más importante para él. El contacto
materno es fundamental para el recién nacido.

Nada más nacer, el bebé pasa a experimentar gran cantidad de sensaciones que hasta el
momento desconocía. Si en el interior del útero materno todo era calidez, humedad y
protección, en el exterior experimenta por primera vez el frío, el aire y el dolor...

El dolor inducido por alguien que, nada más salir, empieza a golpearle en las nalgas
provocándole su primer llanto. Sin duda, la primera experiencia desagradable tras el parto a la
que ha tenido que hacer frente, marcando así el principio de otras más que estarán por llegar
(infecciones cada dos por tres, caídas, berrinches...).

Pero en un mundo tan nuevo para él, el bebé posee una serie de comportamientos innatos,
primitivos y básicos que le permiten aliviar su alto estado de desprotección. Nadie le ha
enseñado a succionar ni a agarrar, ni tan siquiera a buscar el contacto de los demás, pero algo
dentro de él (que ha pasado a lo largo de toda nuestra especie sin la necesidad del boca a
boca, ni registros escritos) le permite hacerlo. Por instinto, succiona cuando se le acerca un
pecho o una boquilla de aspecto similar. Por instinto, cierra la mano, cuando se le acerca un
objeto lo suficientemente pequeño para rodearlo completamente con sus pequeños dedos. El
bebé posee tal cantidad de comportamientos instintivos protectores que cuesta imaginarse
cómo ha podido recurrir a ellos sin nadie que se los chivara. Unos conocimientos "de serie" que
todos hemos tenido y que transmitiremos, sin saber muy bien a través de qué mecanismo, a
nuestros descendientes.

El bebé, este ser tan enigmático, ha intrigado y sigue intrigando a pediatras, psicólogos y
psiquiatras. Si la explicación de su comportamiento resulta intrigante, más aún resultaba ver
qué era para él lo que consideraba más importante. A qué comportamientos innatos recurría
más para tratar de sobrevivir. La primera respuesta en la que todos pensaríamos, sería el
alimento. ¿Qué iba a ser de un bebé sin leche? ¿Cómo haría para sobrevivir? Estas cuestiones
eran las que un psicólogo llamado Harry Harlow se preguntaba.

Para tratar de dilucidar el asunto, era necesario la realización de experimentos pero, ¿cómo
experimentar con un bebé? No sería ético. Así que Harry Harlow recurrió a uno de nuestros
parientes más cercanos, los monos rhesus. Y menos mal que fueron ellos. Sus experimentos
fueron realmente crueles y, de ser aplicados en seres humanos, habría creado personas
traumatizadas de por vida. Harlow entendió que para comprender hasta el fondo el corazón
humano tenía que estar dispuesto a destrozarlo y así lo hizo, en los pequeños monos. La tortura
de la violación, las damas de hierro o el foso de la desesperación eran algunos de los nombres
que dio a los dispositivos de sus experimentos.

A pesar de las características generales de los experimentos, hubo uno realmente emblemático
y que ayudó a responder qué era aquello más importante para el ser humano siendo un bebé.
El experimento era bastante sencillo. Harlow cogía a unos monos rhesus bebés y les daba a
elegir entre dos madres artificiales. Consistían en modelos semejantes a una mona adulta para
que el bebé tratara de creer que era su madre. Una de ellas sólo estaba cubierta de felpa. La
otra, simplemente tenía barrotes de hierro pero tenía un biberón con leche.

LIFE
Cuando el experimento comenzó, los resultados fueron abrumadores, los monos preferían el
contacto de felpa materno, que el de hierro, aunque éste tuviera leche. Los pequeños monos
preferían agarrarse a la madre de felpa buscando su contacto y protección que acercarse a la
madre de hierro para tomar leche. Cuando la sensación de hambre era ya insoportable, iban
corriendo a la madre de hierro, tomaban la leche suficiente y volvían corriendo a agarrarse a la
madre de felpa. Más tarde se comprobó que cuando se trataba de asustar a los monos, salían
corriendo a buscar refugio en la madre de felpa.
Pero el experimento no terminó ahí. El siguiente paso fue averiguar qué ocurría con los bebés
rhesus cuando cambiaban de ambiente. Los monos que estaban junto a su madre de felpa, se
agarraban fuertemente a ella, hasta que tenían la valentía de explorar los alrededores y
después volvían al refugio que su madre artificial les ofrecía. Sin embargo, aquellos que tenían
que enfrentarse a un ambiente diferente sin su madre artificial se quedaban paralizados,
asustados y no dejaban de llorar. Algunos de los monos incluso buscaban entre los objetos
esperando encontrar a su madre simulada, mientras gritaban y lloraban. Lo mismo ocurría para
aquellos monos que se encontraban junto a su madre de barrotes de hierro.

Con ese experimento y otros más que se realizaron posteriormente en monos, quedó claro que
en ellos era principalmente importante el contacto materno para su desarrollo, y que su
principal comportamiento estaba dirigido a buscar y solicitar esa atención materna tan
necesaria para ellos. Pero, ¿hasta qué punto estos resultados podían ser extrapolables al ser
humano? ¿Seríamos lo suficientemente similares como para compartir esta
característica? ¿Cómo íbamos a responder a esa cuestión sin recurrir a esos traumáticos
experimentos

Demostrado
: los bebés
necesitan
cariño y
abrazos. El
experiment
o de Harlow
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7 Julio 2012
MIREIA LONG

En este vídeo podemos ver exactamente en que consistió uno


de los experimentos más famosos realizados para investigar
la naturaleza de la relación del hijo con su madre, el realizado
por Harry Harlow.

El trabajo de este psicólogo profundizó en aspectos de la


crianza, la necesidad de contacto físico de las crías y las
consecuencias de la privación afectiva.

Trabajaba con macacos y, aunque muy revelador, tengo que


decir que el experimento me parece una crueldad terrible para
esos bebés (bebés, aunque fuesen bebés de mono) a los que
privaron de tener el afecto de sus madres.

Lo que este experimento vino a demostrar es que una cría


necesita y busca, como necesidad primordial para su
supervivencia, el contacto físico que le transmite sensaciones
de seguridad y afecto, incluso por encima de la búsqueda de
alimento.

Los niños humanos no son tan diferentes de los bebés monos


del experimento de Harlow, su necesidad de afecto físico y
cercanía, amor y seguridad también se canaliza de forma natural
con el contacto piel con piel.

No lo olvidemos nunca, la seguridad y la felicidad los bebés la


encuentran en nuestro cuerpo cálido, disponible y afectuoso, no
en métodos que les enseñen prematuramente autonomía y
desapego.

Si no olvidamos eso, quizá el sufrimiento de estos monitos


del experimento de Harlow no haya sido completamente en
vano, aunque sigo diciendo que es algo que no debería nunca
haberse hecho. Parece absurdo que necesitemos hacer daño a
otro ser vivo para demostrar lo que el instinto y el corazón ya
nos dictan: nuestros bebés necesitan estar cerca de nuestro
cuerpo.

Vídeo | YouTube
En Bebés y más | ¿Qué es la teoría de la “madre
suave”?, Documental: El cerebro del bebé por Eduardo Punset
(1), La teoría del apego de John Bowlby
https://www.bebesymas.com/desarrollo/el-experimento-de-harlow

Blog de Psicología: ¿Estamos


genéticamente programados para el
cariño?
por morgana

«Blog de Psicología y Psicoterapia: Manuel Vitutia nos regala hoy un poquito


de su capacidad de análisis, investigación y síntesis, aderezado de ternura. Y es
que la Ciencia no está reñida con el amor.»

De la frialdad al cariño. Breve historia del sentido común.


¿Es aconsejable dar
muestras de afecto a nuestros bebés? ¿Qué relación existe entre el cariño materno
recibido durante la infancia (o su ausencia) y el equilibrio psicológico en la edad
adulta? Hoy en día casi nadie duda de la importancia crucial que el afecto y el
contacto físico entre la madre y el bebé tienen para el desarrollo físico y
emocional de l@s niñ@s, pero esta visión contemporánea no siempre ha sido la
dominante.

Durante los siglos XVIII, XIX y hasta la primera mitad del siglo XX, la idea
imperante en los círculos médicos occidentales era que un excesivo contacto
físico con el bebé resultaría perjudicial para su desarrollo. La opinión más
extendida era que el cariño y el afecto producirían niñ@s débiles,
sin voluntad y enfermiz@s. Adicionalmente, si el bebé era varón se afirmaba con
rotundidad que el amor materno le convertiría en un afeminado. En realidad esta
doctrina se sustentaba en las normas sociales victorianas y en la moral religiosa
cristiana, ambas sumamente patriarcales y represivas con el afecto y la intimidad
física. Como es evidente, no había nada de empírico ni de científico en estos
postulados.

Para cualquier naturalista del siglo XVIII o XIX era evidente que el contacto
afectuoso entre una madre y su cría es un hecho constante en infinidad de
especies, alcanzando su punto máximo entre los mamíferos. De igual forma, los
viajeros, exploradores o misioneros, habían constatado que en muchísimas
culturas no occidentales, el contacto entre las madres y sus hij@s era más
frecuente, más afectuoso y más prolongado en el tiempo que en occidente, sin
que ello hubiera debilitado o arruinado la especie. Sin embargo, ninguna de estas
evidencias iba a ser tenida en cuenta por quienes consideraban al Hombre Blanco
como creado a imagen y semejanza de Dios y completamente ajeno al resto de
razas humanas y especies animales. O dicho de forma más clara: Por encima de
ellas.

Siguiendo esta ideología, la educación y crianza de l@s niñ@s se desligó de


cualquier aspecto emocional o afectivo. Las instituciones de enseñanza, los
hospicios o los pabellones pediátricos de los hospitales se diseñaron para cubrir
las necesidades de alimento, higiene, disciplina e instrucción de l@s pequeñ@s.
Socialmente se reprobaba dar muestras de cariño a los bebés y entre las clases
acomodadas era frecuente que los padres y madres jamás tocaran a sus hij@s y
encargaran todas las tareas de cuidado a las amas de cría. Éstas eran aleccionadas
para no echar a perder a l@s niñ@s, con demasiadas caricias o atenciones.

Durante la primera mitad del siglo XX, surgieron dos teorías psicológicas
irreconciliables que dominaron el panorama académico: El psicoanálisis y
el conductismo. Pero por motivos diferentes, ninguna de las dos estaba en
situación de cambiar mucho las cosas.

Psicoanálisis: La represión es el objeto de la educación

El psicoanálisis, por un lado, hundía sus raíces ideológicas en la moral victoriana


y patriarcal vienesa del siglo XIX, y a pesar de sus postulados escandalosos en
cuanto a las motivaciones humanas, no llegaba con intención de variar las pautas
educativas, el papel de la mujer, ni las concepciones del maternaje.

Uno de los postulados centrales del primer psicoanálisis, el de Freud, era que l@s
niñ@s tienen profundos instintos y sienten violentos deseos sexuales que dirigen
hacia sus progenitores. Esta sexualidad infantil no podía entenderse
cualitativamente como la sexualidad adulta, sino más bien como un impulso
hacia la satisfacción física centrada en los distintos procesos corporales (como la
alimentación o la evacuación); sin embargo, la imagen de un bebé con fuerte
impulso sexual, que alberga sentimientos de atracción hacia uno de los
progenitores y de furiosos celos hacia el otro (complejos de Edipo y Electra), no
iba a ayudar mucho en la legitimación moral de patrones de crianza centrados en
el contacto físico y el afecto. ¿Quién se sentiría cómod@ abrazando a un hijo o
hija que cree que le odia o le ama de forma cuasi-erótica o teme ser castrado
como castigo por sus incestuosos deseo? Y es más ¿sería esto conveniente? ¿Y
apropiado? ¿Y moral?

El psicoanálisis supuso una profunda revolución sobre la visión del ser humano
cuyos ecos alcanzaron todas las facetas culturales, desde el arte hasta la filosofía,
pero en el campo de la educación y la crianza su posición fue obstinadamente
conservadora. Aunque Freud nunca articuló una teoría unitaria y coherente sobre
la educación y la crianza, sí expuso su opinión al respecto a lo largo de toda su
obra. Especialmente reveladora es su libro: Cinco Psicoanálisis. Caso del
pequeño Hans. Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Para Freud, la
principal función de la educación era la represión de los instintos del niño o la
niña y su ajuste al principio de realidad. Para él, existen dos fuerzas a tener en
cuenta en la acción educativa: La dimensión natural o biológica del bebé (que
busca satisfacer sus instintos y necesidades, buscar el placer y escapar del dolor)
y la dimensión social o limitadora (que tiene que reprimir al niño o niña para
hacerlo encajar en los patrones sociales y morales).
Para Freud, por tanto, la principal función de la educación era impedir la
expresión de las tendencias espontáneas y libres del bebé, y para ello el método
más valioso es la prohibición. La prohibición alcanza para el psicoanálisis el
estatus de esencia de la acción socializante. De esta forma, la represión no es
algo anexo o colateral en la educación, sino su centro, su razón de ser. Y en lugar
de atribuir a la crianza y a la educación la función de ayudar, facilitar o guiar en
el desarrollo y maduración del ser humano, le asigna un papel estrictamente
disciplinario: Poner límites, reprimir los deseos y castigar por las infracciones
son el camino que llevará a conseguir un ser humano debidamente reprimido y
adaptado a la moral y costumbres de la sociedad.

Con este trasfondo ideológico, las muestras de cariño y afecto pasan a ser
conductas indeseables a reprimir. Puesto que la función educativa es coartar los
impulsos y fuentes de satisfacción naturales del bebé, y en vista de que el mayor
impulso y fuente de satisfacción de un recién nacido es buscar el amor y la
ternura de su madre, es precisamente ese tipo de conductas el que debe ser
reprimido con contundencia. Satisfacer al bebé en su búsqueda de cariño y
cercanía física le alejaría del principio de realidad y crearía a un ser
humano inadaptado a la estricta moral victoriana de la época.

Sin embargo, un discípulo de Freud llamó la atención sobre un hecho


preocupante.

René Spitz: “¡Devuelvan el bebé a su madre!”

René Spitz era un médico de origen austriaco que tras conocer a Freud y formase
como psicoanalista, desarrolló una importante carrera profesional a lo largo de
varios países. Uno de los intereses centrales de Spitz era la infancia,
concretamente el primer año de vida, y los factores que incidían en el desarrollo
emocional y afectivo de los bebés. Él fue el primero que utilizó la observación
como método de estudio de la infancia y la aplicó no sólo a niñ@s enfermos, sino
también en los que estaban completamente sanos.

Spitz reparó en un hecho que marcó a partir de entonces sus investigaciones: La


mortalidad de los bebés hospitalizados que eran separados de sus madres era
estadísticamente mucho mayor de la esperada, especialmente cuando l@s niños
habían sido ingresados tras haber establecido ya un vínculo afectivo con sus
madres. Spitz descubrió que esta mortalidad empeoraba en relación con el cariño
o el desprecio impersonal con que las enfermeras trataban a l@s niñ@s. Es decir,
por más que los bebés fueran debidamente alimentados, aseados y medicados, si
eran tratados fríamente, sin ninguna muestra de afecto, ni siquiera con el tono de
voz, la tasa de fallecimientos era anormalmente alta.

Spitz descubrió que los bebés así tratados, mostraban un cuadro similar a la
depresión adulta, que incluía pérdida de la expresión facial, desaparición de la
sonrisa, completo mutismo, pérdida de apetito, insomnio, pérdida de peso y
retardo en las capacidades psicomotoras. Si la separación de la madre era breve
(menos de tres meses) los síntomas parecían completamente reversibles: Bastaba
con entregar el niño o la niña a su madre para que el cuadro remitiera con
rapidez. Sin embargo, si la separación se prolongaba por más tiempo, los
síntomas se agravaban, la tasa de mortalidad crecía y las consecuencias se
volvían irreversibles: L@s niñ@s parecían quedar completamente incapacitados
de forma permanente para entablar vínculos afectivos apropiados, limitación que
no remitía tras la salida del hospital, ni en los años siguientes.

Spitz llamó a este síndrome, Hospitalismo y su investigación supuso una seria


advertencia acerca de la importancia del vínculo afectivo entre la madre y su
criatura. Una vez que el vínculo se había formado, una ruptura prolongada de
éste era virtualmente fatal: Muchos bebés se dejaban literalmente morir y el resto
jamás alcanzaba una normalidad psico-afectiva.

El amor de la madre era un puntal sobre el que descansaba la salud mental adulta.

Los trabajos de Spitz llamaron fuertemente la atención en círculos médicos y


psicológicos y muchas instituciones hospitalarias cambiaron radicalmente el trato
que daban a l@s niñ@s ingresados. Al mismo tiempo, la obra de Spitz fue el
germen del que nacería, más adelante, la moderna concepción de apego.

Conductismo: Las máquinas no necesitan amor

El conductismo, a diferencia del psicoanálisis, no surgió de los salones de la alta


burguesía y aristocracia vienesa, sino de los laboratorios de experimentación
médica. El precursor de esta corriente fue el fisiólogo ruso Ivan Pavlov, Premio
Nóbel de Medicina en 1904, que durante sus estudios sobre el sistema digestivo
se topó con un hecho curioso: Los perros con los que estaba experimentando
comenzaban a segregar saliva en cuanto veían a los investigadores que
habitualmente les alimentaban. Pavlov, en su célebre serie de experimentos,
demostró que podía conseguir que los perros comenzaran a salivar ante cualquier
estímulo que se hubiera asociado a la comida, tales como campanillas, luces,
timbres o metrónomos. A raíz de este descubrimiento fue surgiendo toda una
teoría sobre la conducta, fuertemente marcada por la idea de que la asociación
entre estímulos y la utilización de recompensas o castigos era el elemento
principal para comprender y modificar el comportamiento humano.

Nacido de los laboratorios, el conductismo rechazó con virulencia cualquier


disciplina, acercamiento, conocimiento o método que no se adaptara férreamente
al paradigma experimental. Debido a esta limitación, muchas dimensiones
humanas quedaron fuera del foco de investigación. Siguiendo la tesis de que sólo
los comportamientos observables y medibles en el laboratorio podían ser objeto
de estudio, el conductismo más ortodoxo negaba la importancia de
los pensamientos o el lenguaje en la explicación de la conducta humana.
Semejante punto de partía convertía al ser humano en una especie de máquina
respondiente programable, lo que aplicado al tema de la crianza podía resumirse
así: Lo único que se necesita para criar y educar a un ser humano equilibrado es
cubrir todas sus necesidades biológicas, controlar los estímulos a los que se le
expone y dispensarle las recompensas y castigos adecuados para que su conducta
se ajuste a lo deseado. El mayor psicólogo conductista de todos los tiempos B. F.
Skinner, llegó a rechazar el término psicólogo y se autocalificó como Ingeniero
del Comportamiento.

El cariño, la atención y el afecto adquirían así un papel meramente instrumental,


es decir, que podían ser utilizados como recompensas en la programación de la
conducta. Su papel no era ni mucho menos central y la capacidad de estos para
modificar la conducta siempre sería menor que la de la comida o el agua. El
cariño entre una madre y su cría (humana o no) había pasado a convertirse en un
medio para moldear la conducta; no era un fin en sí mismo.

Aunque el conductismo en ningún momento negó explícitamente la importancia


del afecto en la crianza, y desde luego jamás afirmó que el contacto con los bebés
fuera pernicioso, su interés estaba muy alejado de estos asuntos. Sin embargo
esto no evitó que los problemas comenzaran a llegarle desde otras disciplinas,
como la zoología o la etología, que se estudia el comportamiento espontáneo de
los animales en su hábitat natural.

Una de las tesis centrales del conductismo era que todas las conductas, sin
excepción, eran aprendidas; O dicho de otra forma, que no había nada innato en
el ser humano, nada que no pudiera ser moldeado por la crianza; los bebes nacían
como pizarras en blanco sobre la que podía escribirse cualquier cosa, conforme a
las Leyes y Ecuaciones descritos por la naciente Psicología del Aprendizaje: La
conducta podía ser modificada, tanto en seres humanos como en animales, lo que
permitía que una rata pudiera ser entrenada para pulsar una palanca dispensadora
de comida y que un niño pudiera ser educado como si fuera barro fresco.
John B. Watson, el psicólogo norteamericano fundador del conductismo, lo

expresaba de forma  
contundente en uno de sus pasajes más célebres:

“Dadme una docena de niños sanos para que los eduque, y yo me comprometo a
elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista
de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre de
negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones,
tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.”

“Psychology as the behaviorist views it”. John B. Watson

La frase era desde luego una exageración y el propio Watson así lo reconocía; sin
embargo sí es una buena muestra del optimismo que los conductistas sentían con
su capacidad para explicar y modificar el comportamiento humano. Por primera
vez, la psicología se sentía en disposición de formular las Ecuaciones Generales
de la Conducta, algo así como las Leyes de Newton que regían el mundo de la
Física.

Sin embargo, este optimismo simplificador pronto se toparía con la compleja


realidad. Al adoptar como premisa teórica que todos los comportamientos eran
aprendidos, es decir, que toda conducta se aprendía tras el nacimiento, el
conductismo cerraba los ojos ante multitud de hechos que contradecían
radicalmente este postulado.

La impronta: Konrad Lorenz y sus hijos los patitos

Cualquiera que haya contemplado el nacimiento de un ternero habrá comprobado


que no necesita ser enseñado por nadie para poder encontrar la ubre de su madre;
tampoco una cría de macaco rhesus requiere de ningún aprendizaje para agarrarse
con firmeza al cuerpo de la madre y no soltarse de ella, pase lo que pase. De la
misma forma, los pollos de codorniz recién salidos del huevo se están
completamente quietos y agazapados en el terreno, sin que nadie les haya
explicado que eso es lo más conveniente para su supervivencia. Hay una multitud
de ejemplos, pero un caso concreto sacudió los pilares del conductismo.

Konrad Lorenz era un zoólogo y etólogo austriaco que desde niño había sentido
fascinación por los patos, los gansos y las ocas. Aunque inició su formación en
medicina, dedicó la mayor parte de su vida a estudiar el comportamiento de los
animales en su hábitat natural. Lorenz, como tantas personas antes y después que
él, había observado que los pollitos de estas aves nada más romper el cascarón,
echan a andar detrás de la madre. La imagen de una hilera de pequeñas ocas
siguiendo a la madre oca es probablemente familiar para todo el mundo; pero
Lorenz reparó en que cuando los gansos, patos u ocas, no encontraban a la madre
al nacer, seguían a la primera figura que encontraran, con tal que fuera más
grande que ellos y se moviera. Así, el propio Lorenz se convirtió en la madre de
muchas generaciones de patitos.

Las imágenes del Konrad Lorenz seguido por una hilera de gansos u ocas recién

nacidos son célebre  en


los manuales de psicología y etología; también aquellas en las que aparece
trabajando en su despacho y rodeado de multitud de patos adultos; o aquellas
otras en las que nada en un lago mientras algunas ocas lo hacen a su alrededor:
Una vez que los pollitos habían establecido el vínculo con él mostraban una
tendencia inquebrantable a seguirle allí donde fuera. Lorenz llamó a este
fenómeno Impronta e hipotetizó que tenía un importante valor adaptativo: Para
poder sobrevivir, lo mejor que puede hacer un patito recién nacido seguir a su
madre. Y ya que la madre será probablemente la primera figura en movimiento
que vean, la programación genética está orientada hacia ello: Seguir a la primera
figura en movimiento que ven al nacer.

Los trabajos de Lorenz agrietaron seriamente la idea de que toda conducta es


aprendida: ¿Quién enseñaba a los patos a seguir a su madre por el campo?
¿Quién enseñaba a las ocas a seguir a Lorenz hasta su despacho? El concepto
de impronta, entendida como un vínculo entre la madre y su cría, entraba en
colisión directa con los postulados conductistas. Y a medida que fueron
acumulándose las investigaciones y los experimentos de los etólogos, fue más
innegable que había conductas que no eran aprendidas, sino innatas.

El apego, la búsqueda de cercanía y contacto físico entre una madre y su cría, era
una de ellas y tenía un importante valor de supervivencia. Este hecho, unido a los
trabajos del René Spitz en las maternidades, sugería que el cariño en el proceso
de crianza no sólo es lo natural y deseable, sino lo necesario.

Harry Harlow: ¿Qué prefiere un monito, comida o cariño?

¿Qué prefiere una cría de monito? ¿Leche en abundancia o una madre suave y
cálida a la que abrazar? Y más aún ¿cómo les afectaría a los monitos recién
nacidos el ser privados de su madre?

Entre los años cincuenta y sesenta, dos psicólogos estadounidenses formados en


los paradigmas teóricos del conductismo, Harry Harlow y Margaret Harlow de la
Universidad de Wisconsin, llevaron a cabo una serie de experimentos
encaminados a dilucidar la importancia del contacto físico entre madre y cría, el
contacto social con otros miembros de la especie y sus efectos sobre el
comportamiento adulto. Descontentos con algunas de las explicaciones de la
psicología del aprendizaje conductista y estando al corriente de los trabajos de
Spitz, Lorenz y de los autores británicos que comenzaban a formular las Teorías
del Apego, el matrimonio Harlow diseñó un paradigma experimental en el que
exponían a pequeños macacos rhesus a distintos tipos de crianza.

Un grupo de monitos fue apartado de sus madres nada más nacer y criado durante

3 meses sin  tener ningún contacto con


ningún miembro de su especie. Su única compañía eran las llamadas madres
sustitutas. Las madres sustitutas eran muñecos de alambre o felpa, con un cierto
parecido en tamaño y forma a una hembra de rhesus. Algunas de estas madres
sustitutas proveían alimento a través de un biberón insertado a la altura de lo que
sería el pecho.

Cuando pasados esos 3 meses los monitos eran introducidos junto con macacos
criados con sus madres, los bebes aislados sufrieron problemas severos de
adaptación, mostraron dificultad para entablar relaciones sociales con sus
congéneres y algunos murieron al negarse a ingerir alimento; sin embargo, en
general, la mayoría acababa por adaptarse.

Muy diferente era el resultado cuando el aislamiento duraba más tiempo. En este
caso las consecuencias en los monitos eran devastadoras. Los monitos que
estuvieron 6 meses privados del contacto materno real nunca llegaron a tener un
comportamiento normal: Se mantenían siempre aislados, no eran capaces de
jugar con otras crías y hacían gestos extraños, como abrazarse a si mismos y dar
muestras de un terror exagerado ante hechos no amenazantes. Cuando llegaban a
la adolescencia estos monos eran mucho más agresivos y asustadizos, mostrando
toda su vida un comportamiento más inestable, violento e impredecible.

Cuando el aislamiento alcanzaba los 12 meses (el equivalente a 6 años en un


bebé humano), los monos, sencillamente, no interaccionaban jamás con el resto
de miembros de su especie. Su comportamiento en general oscilaba entre los
síntomas humanos de la depresión (tristeza, poca actividad, nulo contacto
social…) y la esquizofrenia (posturas extrañas, mirada perdida, conductas
estereotipadas y en ocasiones comportamiento claramente psicóticos, como
asustarse de sus propias manos o pies a las que acababan por morder).

A medida que avanzaban los experimentos, los investigadores descubrieron que


la conducta y esperanza de adaptación de los monitos era diferente en función del
tipo de madre sustituta que hubieran tenido. Los monitos que se habían criado
con una madre de alambre eran más inestables, agresivos y reacios al contacto
social; las crías que habían tenido una madre sustituta de felpa tenían mejor
pronóstico: Eran menos agresivas y temerosas, se adaptaban mejor al contacto
con los miembros de su especie y, en general, su grado de alteración era menor.

En vista de ello, el matrimonio Harlow decidió dar a las crías la oportunidad de


elegir el tipo de madre sustituta, introduciendo en las jaulas una madre de
alambre con biberón en el pecho y otra de felpa que no daba ningún tipo de
alimento. Si las teorías conductistas eran correctas, los monitos deberían mostrar
más interés por las madres de alambre (con leche) que por las de felpa (sin
comida). Esto sería así cumpliendo las leyes de la psicología del aprendizaje,
según las cuales un estímulo que da algún tipo de refuerzo (como una malla de
alambre con un biberón) se convertiría para los monitos en favorito frente a otro
estímulo sin ningún refuerzo (un muñeco de felpa que no provee de comida). Por
el contrario, si las observaciones y teorías provenientes de etólogos como Lorenz
o de testimonios como los de Spitz eran los correctos, los pequeños rhesus
preferirían a las madre de felpa aunque no les proveyeran de comida. Esto sería
así suponiendo la existencia de un vínculo de apego innato de los monitos hacia
sus madres; y, en caso de no existir madre real, como en el caso de los patitos de
Lorenz, hacia cualquier figura que tuviera algún tipo de parecido con ellas:
Suaves, cálidas y abrazables.

Los resultados no dejaron lugar a dudas: Los monitos preferían a las madres de
felpa, se agarraban a ellas y pasaban así la mayor parte del tiempo; únicamente se
alejaban de ellas para mamar del biberón de la madre de alambre. Y en muchos
casos posponían el momento de ir a comer, preferían comer menos y hacían
malabarismos para acercar la boca hasta la tetina sin soltarse de la madre de
felpa. Cuando los Harlow privaron a los monitos de sus madres de felpa, estos
cayeron en el mismo estado que Spitz había descrito en los pabellones
pediátricos: L@s pequeñ@s se hundían en un estado de absoluta angustia,
abandono y depresión.

Llegando aún más lejos, los Harlow decidieron estudiar los efectos en una
segunda generación de macacos y el descubrimiento resultó aún más inquietante:
Cuando las hembras que habían crecido sin madre se convirtieron ellas mismas
en madres, se comportaron de forma fría con sus crías, aunque esta afirmación se
queda extremadamente corta para lo que realmente sucedió: Las madres
abandonaban físicamente a l@s pequeñ@s, los ignoraban, no los alimentaban,
los agredían, mordían y golpeaban contra el suelo de la jaula y en muchas
ocasiones llegaron a matarlos. Huelga decir que los l@s monit@s supervivientes
de estas madres también se convertían después en adultos violentos, insociables,
trastornados y terroríficos progenitores.

Las conclusiones eran evidentes: Para los monitos era más importante el amor
maternal que la comida; incluso aunque ese amor maternal fuese en realidad un
muñeco de felpa. Y, cuando ese amor faltaba, los monos adultos se convertían en
insociables, violentos, inestables y temerosos.

 La Teoría del Apego: John Bowlby, el niño infeliz que se puso manos a la
obra
John Bowlby tenía buenos motivos para
interesarse por la felicidad de los niños. Había nacido en el Londres de principios
de siglo, en el seno de una familia adinerada y aristocrática que seguía las pautas
educativas de su época y clase social: El pequeño John sólo tenía contacto con su
madre una hora al día, después de la hora del té; su educación y cuidados corrían
a cargo de una niñera que, cuando John tenía cuatro años de edad dejó de trabajar
para la familia, provocándole el mismo dolor que hubiera causado la pérdida de
una madre. Para empeorar las cosas a los siete años ingresó en un internado, lo
que acabó por marcar su personalidad y su interés por el sufrimiento de la
infancia.

John Bowlby estudió psicología y medicina y orientó toda su carrera hacia el


estudio del desarrollo emocional en l@s niñ@s, centrándose especialmente en
aquellos menores difíciles, delincuentes o que mostraban problemas de
adaptación. Encontró que había un patrón común que podía seguirse en las
observaciones de Spitz sobre el Hospitalismo, en los reveladores experimentos de
Harlow y en los estudios que iban llegando cada vez con más frecuencia del
campo de la etología. Especialmente importante para él fue la obra de Lorenz,
que le orientó en lo que sería su mayor aportación al campo de la psicología: La
Teoría del Apego. Sin embargo, Bowlby también se guió por su propia
experiencia como niño profundamente carente de afecto, con sus estudios sobre
menores desadaptados y con sus observaciones acerca del sufrimiento de los
niñ@s que eran hospitalizados a edades muy tempranas.

Siguiendo todas estas influencias y experiencias, hipotetizó que los seres


humanos (aunque también otras muchas especies) nacemos programados para
buscar una madre y quererla. Al igual que las ocas de Lorenz o los macacos de
Harlow, los humanos nacemos a la búsqueda de una figura materna con la que
establecer un profundo vínculo emocional y afectivo. La función de esta
conducta sería asegurar que entre la madre y la cría se establezca el lazo
necesario que permita la supervivencia del recién nacido; sin este lazo, sin este
firme deseo de cercanía, protección y cuidados, la cría tendría pocas
probabilidades de subsistir, especialmente en especies que nacen tan inmaduras
como el ser humano.

Pero yendo más allá, y siguiendo algunas de las conclusiones de Spitz (que
observó que los niños privados de la madre durante muchos meses perdían su
capacidad de relación social normal) o de Harlow (que probó exactamente lo
mismo con los macacos), Bowlby afirmó que la importancia de este vínculo era
tal que su carencia o debilidad podía tener gravísimas consecuencias psicológicas
en la edad adulta. Gracias a su trabajo con jóvenes delincuentes pudo confirmar
que las malas prácticas de maternaje eran un denominador común las conductas
desadaptadas de l@s jóvenes delincuentes; así, l@s niñ@s que habían sido
tratados con frialdad, desprecio o violencia, se convertían en adultos inestables,
agresivos e insociables. Fenómeno que también podía verse en aquell@s otr@s
que habían sido separad@s tempranamente de la madre o habían crecido en
alguna institución fría e impersonal como un hospicio u orfanato.

En realidad, esta última conclusión de Bowlby estaba confirmada por los


experimentos de Harlow: Los monitos crecidos sin una madre amorosa se
convertían en adultos inseguros, agresivos, inestables y violentes. Para Bowlby,
la sociedad estaba replicando a gran escala, y con seres humanos, las crueles
prácticas que Harlow infringía a sus pequeños macacos. Y consecuentemente, los
resultados eran los mismos.

Sin embargo Bowlby fue más allá y afirmó que estas malas prácticas de
maternaje (la frialdad, el desdén, la violencia o el abandono) se transmitían de
generación en generación como una especie epidemia social; así, l@s niñ@s
crecidos en un ambiente sin amor se convertían en adultos que replicaban esas
pautas, siendo padres o madres poco afectuosos, distantes o agresivos.

Concluyendo: Quieran mucho a sus bebés… salvo si quieren adultos


desequilibrados

La Teoría del Apego afirma, entre otras cosas, que el vínculo temprano
establecido entre un bebé y su madre es fundamental para el desarrollo
psicológico de la persona. Así, l@s niñ@s que tienen una figura de apego
accesible, amorosa y estable, aprenden que el mundo es un lugar seguro, cálido y
afectuoso; crecen con menos miedo, son más segur@s, pacífic@s y estables
emocionalmente. L@s niñ@s que no tienen una figura de apego o ésta se
comporta de forma fría, inaccesible o errática, aprenden que han llegado a un
lugar sumamente peligroso y hostil. Crecen por tanto siendo más insegur@s y
desconfiad@s, y se convierten en adult@s inestables, miedos@s o agresiv@s.
La teoría del apego ha generado tal volumen de investigación que sería imposible
resumirla en pocas líneas; sin embargo hoy en día casi nadie discute el valor del
cariño físico, la importancia de establecer tempranamente un firme vínculo
afectivo con los bebés y la relevancia que todo ello tiene en la salud mental de la
vida adulta.

Es probable que tras leer este artículo usted sienta y piense que no hacía falta
tanta investigación para acabar concluyendo algo tan evidente; el propio Harlow
afirmó que sus investigaciones con macacos no habían aportado ningún
conocimiento que no estuviera ya en el acerbo popular y el sentido común. Sin
embargo, desgraciadamente, las sociedades en algunas ocasiones se apartan tanto
del sentido común y los individuos nos alejamos tanto de nosotr@s mism@s que
afirmar lo obvio se convierte en toda una aventura científica.

http://www.despiertaterapias.com/psicolologia/blog-de-psicologia-estamos-geneticamente-
programados-para-el-carino/

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