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El libro de las maravillas de Marco Polo

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Dolors Folch
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National Geographic, nº56, 2008

Algunos viajes del mundo antiguo y medieval dejaron una huella indeleble en el
imaginario colectivo del mundo del que partieron: el de Xuanzang para China, el de
Marco Polo para Europa y el de Ibn Battuta para el Islam tenían en común no sólo la
longitud y el exotismo de sus itinerarios, sino, ante todo, el hecho de haber dejado una
narración escrita, lo bastante concreta como para interesar a reyes y mercaderes, y lo
bastante fantástica como para encender la imaginación de audiencias mucho más
amplias, y ello a pesar de que durante siglos hubo que copiarlas a mano una y otra vez.
La de Marco Polo, quizás porque fue acicalada por un narrador profesional que
compartió cárcel con él, despertó desde el primer día una mezcla de fascinación e
incredulidad que aún la acompaña. Pero el Libro de las Maravillas – o Il Milione como
lo apodaron sus contemporáneos quizás para insinuar que era un mar de patrañas – fue a
América con Colón, que nunca dejó de buscar el Cathay y el Cipango de Marco Polo, y
fue leido y releido incansablemente por los primeros colonizadores portugueses y
castellanos en tierras de Oriente.
En realidad todo empezó con las Cruzadas y con las dificultades económicas que
éstas acarrearon a quienes las financiaban. El giro decisivo vino con la cuarta Cruzada,
cuando un grupo de cruzados sin fondos pidió a Venecia – muy interesada por el
aumento de los tráficos que las Cruzadas estaban generando en el Mediterráneo – que
financiara las naves de la expedición a cambio de una participación en las ganancias. La
Cruzada, que nunca llegó al puerto de Jerusalen, saqueó primero Hungría para
refinanciar la expedición y se apoderó finalmente de Constantinopla, saqueándola a
conciencia: los caballos de bronce de la basilica de San Marco en Venecia llegaron
fletados desde el Hipódromo bizantino. Todas las firmas comerciales venecianas
abrieron sucursal en el barrio veneciano de Constantinopla: los Polo, una firma familiar
con fuerte temperamento empresarial y liquidez moderada, se instalaron allí, entrado así
en contacto directo con el río de riquezas que llegaba de Oriente. Los Polo, si hemos de
juzgar por sus movimientos y por el texto que nos legaría Marco, eran gentes sin
grandes principios y de pocas devociones: destestaban a los musulmanes porque les
hacían la competencia, toleraban a los judíos porque les eran útiles, y hacían oídos
sordos a las bulas papales contra los tártaros, el nombre genérico con que la edad media
designó a los mongoles, para insinuar que habían salido del Tartarus, el infierno.
Cuando la situación en Bizancio empezó a perder estabilidad, los hermanos Polo –
Marco el Mayor, Niccolo, y Matteo – abandonaron el cómodo enclave de
Constantinopla, desde donde podían ir y venir de Venecia con alguna frecuencia – y se
reubicaron más al norte, en Crimea, en el puerto de Soldaia, emporio principal de todos
los comerciantes de la región. Venecia quedaba ahora más lejos y el interés de los
hermanos se tensaba cada vez más hacia los nuevos caminos que el saqueo sistemático
de los mongoles había abierto por toda Asia. Aunque en las primeras décadas de la
conquista los mongoles deportaron miles de artesanos a Karakorum, no tardaron en
optar por hacerlos producir intensamente en su lugar de origen: a finales del siglo XIII
largas caravanas de camellos repletas de sedas, cerámicas, algodones, perfumes y
productos medicinales cruzaban incansablemente los grandes espacios de Asia. A
principios de los 60, Niccolo y Matteo decidieron sumarse a las caravanas que, bajo la
fórmula del comercio tributario, se dirigían a la corte del más occidental de los khanes
mongoles, Berke, el khan de la Orda de Oro. Los regalos de los venecianos
satisficieron al Khan, que a su vez los colmó de bienes con los que negociar.
Estimulados por los beneficios obtenidos y alarmados por las inquietantes noticias
que les llegaban desde Constantinopla sobre las tribulaciones de los usurpadores
venecianos, los dos hermanos optaron por no regresar y por continuar en cambio hacia
Asia Central, siguiendo el tramo más septentrional de la ruta de la seda. Pero la guerra
que estalló entre dos de los grandes clanes mongoles, el de Berke y el de Hulagu, los
atrapó en el corazón de Asia y les obligó a permanecer tres años en Bujara, en el actual
Uzbekistan: el tiempo se dilatará siempre en manos de los Polo. No eran ni de lejos los
únicos europeos que surcaban las nuevas rutas de Asia. Dos grandes viajeros anteriores
a ellos, Plano Carpini y Rubruck, dejaron constancia expresa de un pulular constante de
rusos, alemanes, italianos y franceses, por todas las rutas de Asia, las mismas que desde
hacia casi mil años trillaban ya los monjes nestorianos en su incesante caminar de
monasterio en monasterio entre Bizancio y Chang’an, la gran capital de los sucesivos
imperios chinos. Entre los servidores de los mongoles había muchos francos, pero,
sobre todo, había muchos musulmanes, procedentes mayoritariamente de Persia y Asia
Central: probablemente hubo más extranjeros en China en esta época que en ningún otro
período de su historia. Y también hubo más gente que nunca moviéndose por Asia: el
Ilkhan Hulagu hizo venir a su recién conquistada Bagdad a 1.000 expertos chinos en
pólvora y artillería.
Cuando el propio Ilkhan Hulagu pasó por Bujara en ruta haca la corte del Gran
Khan, los Polo, y probablemente algunos más, decidieron seguirle, estimulados por la
afirmación de Hulagu de que el Gran Khan no había visto nunca latinos y estaría
encantado de hacerlo. Tardaron un año en cruzar el Pamir, entre grandes nevadas y ríos
desbordados y, hacia 1265, Niccollo y Matteo llegaron finalmente a la corte de Kubilai
Khan en Shangdu – la ciudad que inspiraría el mítico poema de Coleridge sobre Xanadu.
Poco sabemos de su estancia, ya que Marco Polo dedica sólo los primeros capítulos de
su libro a todo el viaje de los hermanos Polo, pero hay que suponer que el Khan les
brindaría una atención distraída: interesado por el hecho de que los venecianos
pertenecieran a una organización eclesiástica ligeramente distinta de la ya conocida de
los nestorianos, pero absorto en la conquista de la China del sur, el riquísimo imperio
Song.
Los Polo debían ser suficientemente hábiles como para ganar una cierta influencia
cerca de Kubilai: acostumbrados como estaban a maniobrar entre iglesia, monarquías,
aristocracias y repúblicas comerciales, el haber de satisfacer a tantos señores y repartir
tantas lealtades les dio sin duda la flexibilidad necesaria para moverse cómodamente
también por las tierras del Gran Khan. Cuando, tras una estancia de tres años, se
decidieron finalmente a partir, Kubilai les dió las cartas necesarias para garantizarles un
regreso cómodo y barato – ya que el salvoconducto del Gran Khan implicaba que se les
diera todo el alojamiento que necesitaran, las naves, los caballos y los hombres para
escoltarlos de un país a otro - y les pidió que regresaran con un poco del aceite del Santo
Sepulcro – al que sin duda atribuía poderes mágicos - y cien monjes de su religión
capaces de argumentar bien: las grandes discusiones públicas entre monjes son una
característica distintiva, y a menudo muy violenta, de la religión en Asia Central, pero
Kubilai debía quererlos también para añadirlos a su corte en calidad de funcionarios
capaces, por la misma razón por la que se rodeaban de nestorianos y musulmanes.
En 1269 los Polo regresaron a Venecia : allí se encontraron con que la mujer de
Niccolo había muerto y le había dejado un hijo de 15 años, el joven Marco, al que
Niccolo no había visto jamás. Un par de años en Venecia a la espera de que se nombrara
un nuevo Papa que pudiera concederles los cien monjes y el óleo sagrado que les había
encargado Kubilai debieron permitir que el joven Marco se incorporara a la empresa
familiar: también permitieron que Niccolo se casara de nuevo y volviera a dejar a su
nueva mujer embarazada antes de volver a partir, con el santo aceite y muchos menos
monjes de los previstos, dos en lugar de cien. Hay que decir que cuando menos uno de
ellos, el dominicano Guillermo de Trípoli, era un reputado y respetado experto en el
Islam: aún así, ambos les abandonarían en cuanto atisbaron el menor conflicto. El
acceso de los Polos al nuevo Papa – que fue quien les concedió el óleo y los monjes –
indica también que les aureolaba ya un notable prestigio: Marco no se sumaba a una
expedición cualquiera.
Tras un largo viaje de cuatro años que les llevaría por todo el Oriente Medio y
Asia Central – y que constituye la primera parte del libro de Marco Polo -, en 1275 la
familia llegó finalmente ante el gran Kahn que, siempre según Marco, tomó tan gran
afición por el más joven del grupo que le mandó de inmediato a las tierras del sudoeste
recientemente incorporadas al imperio: por ello Marco habría cruzado toda China hasta
llegar a Pagan, en la remota Birmania. En 1292, tras diecieste años en China, los Polo
salieron de ella por mar con el encargo de entregar una jovencísima princesa mongol al
Ilkhan de Persia y en 1295 regresaron de nuevo finalmente a Venecia. Aquí terminaron
las aventuras exóticas de Marco y su familia: se casó, tuvo tres hijas, y llevó la misma
vida que sus conciudadanos, atendiendo a sus negocios, litigando con sus agentes y
prestando sus servicios a la República en sus frecuentes conflictos con sus rivales. Fue
probablemente en uno de éstos cuando cayó en manos de los genoveses y pasó cerca de
un año prisionero en Génova, entre 1298 y 1299, en compañía, entre otros, de un autor
de romances caballerescos, Rustichelo de Pisa, un hombre leído y experimentado
también en pugnas y viajes: había participado en la novena cruzada. Fue éste quien
hilvanó y embelleció las historias que Marco le fue contando durante su cautiverio.
Marco viviría aún 25 años más, y moriría en 1324 con 69 años, redactando testamento –
en el que lega varias posesiones de origen mongol, ninguna demasiado valiosa - a favor
de sus tres hijas, y afirmando – según cuenta su leyenda - que no había contado ni la
mitad de lo que verdaderamente había visto.
Su libro, si dejamos a parte la introducción - que recoge el viaje de los hemanos
Polo - y los capítulos finales - que narran aburridas e interminables batallas - lo forman
claramente tres partes: la primera, que narra el viaje de ida por Oriente Medio y Asia
Central, y la tercera, que se centra en el de vuelta por la India y el océano Índico, son de
fluidez parecida. Ambas siguen los pasos de Marco y narran tanto los lugares que visita
como las leyendas que envuelven los territorios más o menos cercanos a su itinerario,
recogiendo de paso una información considerable sobre lugares tan remotos y dispares
como los desfiladeros del Karakorum o la fauna tropical de Zanzíbar y Madagascar.
La segunda, dedicada a China, es de tono completamente distinto. El hecho de que
sea más sobria y esté menos plagada de historias maravillosas debe atribuirse sin duda
más a Rustichello que a Marco: el pisano, que conocía bien el Próximo Oriente de sus
años de cruzado, debió añadir su propio lote a la narración original, mientras que al
llegar a China – cuando Marco entra en un mundo totalmente nuevo - se vio forzado a
enmudecer. El gran protagonista, y el que confiere al libro una cierta aura romántica, es
sin duda el Gran Khan, del que Marco ensalza incansablemente las nobles virtudes e
inextinguibles riquezas: veniendo de la Venecia del Dogo, Marco era muy sensible a los
rituales del poder. Pero lo que dio fama perdurable al libro es la descripción una por una
las ciudades grandes y menores del fabuloso Cathay, la China de Marco Polo. Su
descripción de Khanbalic – la ciudad del Khan, la actual Pequín -, de Quinsay –
Hangzhou, la que había sido capital de los Song del Sur -, y de Zayton – Quanzhou, el
gran puerto del Fujian en la costa sudoriental de China -, cautivarían la imaginación
europea de la Alta Edad Media y el Renacimiento. Y con razón: si comparamos, por
ejemplo, la descripción de Hangzhou (Quinsay) que nos dejó Marco Polo con la que
Oderico de Pordenone (principios del XIV) e Ibn Battuta (mediados del XIV) hicieron
de la misma ciudad, la de Marco Polo es mucho más brillante, completa y convincente.
Y más universal: tanto Oderico de Pordenone como Ibn Battuta – como, antes de ellos,
los otros grandes viajeros medievales – se mueven en circuitos mucho más cerrados que
el joven veneciano, proporcionando a menudo más referencias sobre los correligionarios
que les albergan que no sobre los chinos.
Después de narrar brevemente el primer viaje de los Polo, el libro se centra ya por
completo en el gran viaje en el que participaría Marco. Tras recoger el sagrado óleo y
los monjes en Acre – auténtica capital de los cristianos en Tierra Santa y que contaba
con un barrio veneciano propio -, los Polo, esta vez con Marco, se dirigieron hacia
Layas, cerca de la actual Antioquía, un puerto en el que confluían las especias y el
algodón que remontan el Tigris y el Eufrates: Marco dice explicitamente que el río de
Bagdad, el Tigris, conecta con la India. Desde Layas a Basora descendieron por el
Tigris, cruzando una Bagdad que estaba empezando a rehacerse del terrible saqueo a
que la sometieron los mongoles. Toda esta parte del libro está redactada a dos voces:
por una parte, Marco narra con notable precisión tanto las ciudades por las que pasa – la
potencia intelectual de Basora, el poderoso centro comercial de Ormuz y sus contactos
con África -, como los principales productos de la región – las finas sedas entreveradas
con oro al gusto mongol, el petróleo del mar Caspio -. Pero hay otra voz, la de
Rustichelo, que ameniza el itinerario con todo tipo de historias: la del Viejo de la
Montaña y de sus Asesinos, la de los orígenes del petróleo, surgido de una piedra que
los Magos regalaron al niño Jesús. Marco era un comerciante y por ello su interés por
las piedras preciosas, las telas – y también los productos medicinales – es muy
manifiesto. Pero también era joven y desde luego se fijaba en las mujeres que, a medida
que se iba adentrando en Asia, parecían estar cada vez más a disposición de los viajeros
con la venia total de sus complacientes maridos. Ya en Asia Central el libro deja
translucir formas varias de prostitución, barata: maridos que se retiraban entre las altas
montañas en cuanto veían aparecer una caravana, mujeres que jamás se casaban
vírgenes, y que medían su felicidad, desde muy niñas, por el número de presentes
recibidos de los extranjeros. Encendido de entusiasmo, Marco recomienda que todos los
gentilhombres de entre dieciseís y veinticuatro años – por cierto su franja de edad –
deberían darse una vuelta por esta comarca. Su interés por el sexo va más allá e insinúa
la proliferación de vicios de la sensualidad – lo que los castellanos del siglo XVI
llamarán pecado nefando – en Kafiristan, y múltiples perversiones sexuales en todo el
corredor de Gansu. Sin embargo, su afición por las mujeres no le permitió constatar que
llevaban los pies mutilados y vendados, hecho éste muy destacado para los que
pretenden que Marco Polo nunca estuvo en China. Sin embargo no es cierto que no
notara nada: su alusión a que caminan siempre tan suavemente que jamás ponen un pie
delantre del otro más de un dedo viene aún más fortalecida por la afirmación de que ésto
es sólo cosa de los chinos y de que los tártaros no se preocupan para nada de esa clase
de convenciones.
Por lo demás, su descripción de Asia Central es bastante sucinta y describe las
ciudades muy brevemente, quizás porque de Persia a China gran parte del territorio
había sido asolado por los mongoles: en cualquier caso, Asia Central fue mucho mejor
descrita en el siglo VII por el monje budista chino Xuanzang. Marco recorrió todo el
norte de Afganistan, alentado por la leyenda del mítico Preste Juan, un rey cristiano que
el imaginario medieval situaba en los confines de Asia, eco probablemente de la
importancia de los nestorianos por aquellas tierras. Finalmente llegó a la confluencia
entre el Pamir y el desierto de Taklamakan remontando la terrible ruta del Karakorum:
quizás por ello le deslumbró tanto la riqueza de Kashgar con su abigarrada población de
nestorianos y musulmanes.
Kambalic, la actual Pequin, dejó a Marco estupefacto: una ciudad de murallas
concéntricas y trazado geométrico, con palacios elevados sobre terrazas de mármol y
balaustradas – aunque la descripción, demasiado similar al palacio de Alejandro que
cantaban los trovadores medievales, deja entrever de nuevo la voz de Rusticello –,
tiendas por doquier y arrabales con múltiples caravasars reservados para lombardos,
germanos y franceses. Y, como no, una prostitución floreciente de la que Marco dejará
una larga y florida descripción. También dejó constancia de la vida cotidiana en la gran
urbe: de que comían el trigo en forma de macarrones y pasta – aunque en ningún
momento se adjudica el haber traído de vuelta este invento, como le atribuirán
fabulaciones muy posteriores -; bebían vino de arroz – y éste es un tema que a Marco le
interesa decididamente: a veces su viaje parece un recorrido enológico -; pero jamás
mencionó el té – aunque éste era una bebida cotidiana en China desde hacía muchos
siglos -.
Desde allí, Marco describe dos grandes itinerarios: uno que, pasando por Xi’an, le
lleva a través de las riberas del río Amarillo, donde proliferan las ciudades, las sedas y
el jenjibre y el carbón: un material fabuloso, que levantará la incredulidad irritada de sus
contemporáneos. De camino haca el profundo sur pasará por el Sichuan y describirá
fascinado el proceso de obtención de la sal: su gran interés por este producto hizo
afirmar a algunos eruditos que trabajó en la administración de la sal. Pero ello es
altamente improbable, dado que Marco, que dominaba cuatro idiomas – aunque no
sabemos cuales – y varios alfabetos, no sabía ni hablar ni leer el chino. Peor todavía:
para regocijo de sus detractores no mencionó jamás la escritura china, que otros antes
que él, Rubruck medio siglo antes y habiendo llegado solo hasta Karakorum, había
descrito ya con notable precisión. En cambio, el itinerario está jalonado de
observaciones muy precisas: al llegar a Guizhou y Guangxi, observará estupefacto los
ataudes colgando de los altos acantilados. Este recorrido le llevará hasta Yunnan y
Birmania, regiones acabadas de conquistar : de hecho es posible que Marco fuera hasta
allí con uno de los ejércitos que remataron la conquista, ya que describe la batalla final
con una fruición inédita por la profusión de manos, brazos y cabezas cortadas.
El segundo itinerario le hará descender por el gran Canal: la visión de miles de
naves navegando por él en apretadas hileras quedará grabada en la mente de los
europeos del siglo XIV. Éste es un mundo que Marco parece conocer bien, aunque la
afirmación de que Marco tuvo durante tres años el señorío de la ciudad de Yangzhou no
ha sido corroborada por ninguna fuente china: el hecho de que el veneciano no aparezca
citado en ninguno de los pormenorizados anales chinos es también algo que se ha
utilizado en contra suya. Sin embargo es cierto que, cuando menos en el siglo XIV,
Yangzhou contó con una poblaciñon de mercaderes italianos: la lápida de Caterina
Vilioni, fallecida en 1342, da fe de ello. Marco va desgranando ciudad tras ciudad
siguiendo el mismo trazado por el que hoy circula el ferrocarril que une la China del
norte – el Catay de Marco Polo – con la China del sur – a la que él denominó Mangui, y
que correspondía al antiguo reino de los Song del sur -. Para todas las ciudades, un
mismo cliché: son idólatras, queman a sus muertos, tienen papel moneda, buena caza,
mucha sal y pertenecen al Gran Khan. Algunos han deducido de ello que Marco estaba
copiando de una guía persa: de hecho podría bien ser que recapitulara sus viajes
apoyándose en un mapa persa, una lengua que utiliza para una gran mayoría de
topónimos. El panorama cambia cuando llega al Yangzi, donde en un solo día ve pasar
15.000 barcos, algunos capaces de acarrear un fuerte tonelaje de hasta 540 Tm, y en
cuyas orillas cuenta hasta 200 grandes ciudades.
Es a partir de este momento, en la parte dedicada al Mangui, la antigua Song del
sur – una tierra recién conquistada, de cuya lealtad el Gran Kahn duda fuertemente, y
que mantiene bajo férrea vigilancia – cuando Marco introduce las descripciones
entusiastas de algunas de las grandes ciudades: Quinsai (Hangzhou) y Zayton
(Quanzhou).
Dieciséis años después de haber llegado a China los Polo iniciaron su regreso,
sirviendo de escolta a una princesa mongol que iba a casarse con el Ilkhan de Persia: un
viaje desastroso que da buena fe de la dureza de los viajes por mar ya que de los
seiscientos embarcados sobrevivieron sólo ocho. Con este viaje nos introduce ya en la
tercera parte del libro, que contiene una descripción pormenorizada de las costas del
Índico, con información detallada de Ceilán y las costas de Malabar, con fantasías
sexuales varias y un interesante apartado que nos lleva a las costas de Arabia y a África,
recorriendo la costa entre Somalia y Madagascar: es el mismo recorrido que cien años
después realizará la enorme armada del navegante chino Zheng He. Pero esta parte del
libro proporciona ya mucho menos información que la parte de la obra dedicada a China
o a Asia Central. Los últimos capítulos, donde se desgranan las guerras entre mongoles,
y que quedan fuera de contexto respecto al resto del libro, parecen haber sido redactados
exclusivamente por Rustichello.
El libro de Marco Polo estimuló la imaginación de los europeos como ningún otro.
La expansión mongol rompió el aislamiento entre las distintas civilizaciones que
ocupaban Eurasia y creó el primer espacio común de información. Pero, aunque los
informantes fueron muchos – incluso del lado chino, desde donde Rabban Sauma viajó
de Pequín a Roma, Paris y Londres y dejó una narración de sus viajes – ninguno tuvo
tanto impacto como el que Marco Polo tuvo sobre el pensamiento europeo, entre otras
cosas porque China y el Islam sabían ya mucho más del mundo exterior que los
europeos. El manuscrito original del libro, escrito probablemente en franco-italiano, no
ha sobrevivido. Las copias manuscritas se multiplicaron por doquier – nos quedan 150
manuscritos del texto, todos un poco diferentes de los demás, y ninguno de ellos apto
para erigirse en el único texto original – y proporcionaron a Marco una fama
considerable: antes de morir pudo verlo traducido a más de media docena de lenguas.
Su narración hizo reflexionar a los europeos sobre el tamaño de la tierra y sobre la
latitud: Marco Polo fue la precondición intelectual para los grandes descubrimientos.

Barcelona, juny 2008

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