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Osvaldo Poli

Corazón de padre
El modo masculino
de educar

edu.com

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Título original: Cuore di papà: Il modo maschile di educare

Colección: Edu.com
Director de la colección: Ricardo Regidor

© EDIZIONI SAN PAOLO, s.r.l. - Cinisello Balsamo (MI), 2012


© Ediciones Palabra, S.A., 2013
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ISBN: 978-84-9840-445-6

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Introducción

¿Tienen los padres un estilo educativo propio?


¿Es diferente la sensibilidad educativa paterna de la materna?
¿El modo masculino de entender la educación es útil para el desarrollo y el
crecimiento personal de los hijos?
Todos estos interrogantes son como una maraña de hilos que se entrelazan
y alimentan la reflexión sobre cuáles son las características del modo masculino
de educar y la conveniencia de recuperarlo.
El redescubrimiento de sus efectos positivos se presenta particularmente
urgente para los propios padres, afectados con frecuencia por un sentimiento de
inferioridad frente a la sensibilidad educativa femenina. Es necesario redescubrir
la belleza secreta del modo masculino de relacionarse con los hijos, así como su
utilidad.

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El redescubrimiento del instinto paterno
No está fuera de lugar hablar de «instinto paterno», del mismo modo que
existe uno materno. Es necesario redescubrirlo y apreciar su gran contribución al
crecimiento de los hijos. Es necesario volver a valorarlo y apreciarlo porque, a
menudo, la reflexión sobe este tema se reduce a constatar la ausencia de la
figura paterna, se afirma que la sociedad actual se encuentra «sin padres». Esta
es una intuición correcta y es una clave de lectura importante de las dinámicas
sociales y psicológicas del momento presente. Los motivos de la desaparición de
la figura paterna se han estudiado e investigado ampliamente pero sin indicar
cómo debe superarse esta pérdida.
El modo masculino de educar ha sido sometido a una severa y necesaria
crítica que le ha situado frente a sus propios límites. El paternalismo y el
autoritarismo han quedado tachados como virus propios del machismo que
dieron origen a estilos educativos dañinos y cuyas nocivas consecuencias
permanecen todavía hoy en la memoria colectiva. Pero esta reflexión crítica
también ha ocultado el precioso papel del padre en el ámbito familiar y
educativo.
Este obligatorio o necesario redescubrimiento del padre no puede partir de la
nostalgia de un «tiempo pasado mejor», sino de la constatación de que, tras el
fuego cruzado de las muchas críticas, no han quedado más que los escombros o
las ruinas de la figura paterna. La idea misma de padre necesita ser purificada,
evitando que se identifique con algunos comportamientos negativos que le han
caracterizado históricamente.
Parece más necesario que nunca reencontrar el verdadero concepto de
paternidad, el que se encuentra más cercano a su propia esencia y puede dejar
entrever otra vez su necesidad y su belleza.

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El retorno de los padres: al lado de las madres y no en contra de
ellas
Si se hace una reflexión sobre el modo masculino de entender la educación
de los hijos que no se limite a denunciar sus insuficiencias o a reprochar su
ausencia, habrá que hacer frente a numerosas resistencias, recelos y
desconfianzas. El instinto educativo paterno está culturalmente infravalorado y
apoyarlo resulta políticamente incorrecto. Por ello, no es fácil buscar las razones
perdidas de su eficiencia. «Hablar bien» del padre o de la cultura educativa
masculina se ve como algo sospechoso, por temor a que esto sea un preludio
que nos haga retroceder hacia el machismo y que nos reintroduzca en una
concepción autoritaria de la relación educativa.
Es necesario que la cultura vuelva a apreciar el trato distintivo que supone la
sensibilidad educativa masculina, reduciendo la influenza del modelo educativo
inspirado exclusivamente en la sensibilidad femenina. Y ello sin alimentar
cualquier tipo de sentimiento de superioridad.
Parece oportuno que los hombres vuelvan a ser conscientes del efecto
positivo de su contribución a la educación de los hijos sin menospreciar por ello
la diversidad femenina, dejando abierta la posibilidad de dejarse perfeccionar
por la sensibilidad educativa del cónyuge.
La estima entre los sexos presupone que ambos están orgullosos de lo que
pueden aportar y que, al mismo tiempo, conservan una conciencia realista de
sus propios límites. Solo de esta manera se alimenta la íntima disposición a
recibir, a dejarse corregir, a integrar el punto de vista del otro y a dejar
cambiarse por la sensibilidad educativa del cónyuge.
La revalorización del papel del padre puede, además, tener efectos positivos
incluso para la madre. La desconfianza en la sensibilidad educativa masculina,
debido a su (presunta) falta de calidad necesaria en la relación con los hijos,
condena a las mujeres a una profunda soledad educativa.
En la medida en que estén dispuestas a apreciar como positiva la
«diversidad» del cónyuge, las madres se sentirán menos solas, sabiendo que
pueden contar, además, con la aportación de su marido en la educación de los
hijos.
No es infrecuente escuchar a muchas mujeres que se quejan de la falta de
tacto de sus maridos y que ven los límites de la cultura educativa masculina.
Para ellas, no es tan evidente el bien educativo que la diversidad del cónyuge
puede aportar. Por eso se sienten solas, sin nadie con quien contar.

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Pero volver a valorar el modo de educar de los hombres no busca incentivar
la competencia entre marido y mujer ni tiene su origen en oscuros deseos de
revancha. Al contrario, el redescubrimiento de los efectos positivos de la
educación paterna alimenta la estima recíproca y favorece una fecunda alianza
educativa entre los padres. El bien más preciado de una familia se representa de
hecho en la sintonía entre marido y mujer, lo que supone estimar la sensibilidad
educativa del otro cónyuge. Es decir, que se pueden encontrar y considerar
como buenas, deseables y útiles las respectivas diferencias de sensibilidad.
Esta reflexión no pretende alimentar una estéril rivalidad entre mujeres y
hombres ni la subordinación de unos a otros, sino crear las condiciones para una
recíproca colaboración a través del descubrimiento y del respeto a la diversidad
que les caracteriza. Para que esta afirmación no se quede en una mera
declaración de principios, debe sostenerse en una reflexión más profunda que
aporte buenas razones a la mente y al corazón para que realmente pueda
llevarse a cabo.

7
Hacia una cultura educativa en pareja
Parece necesario redescubrir cómo y por qué las diversas sensibilidades del
padre y la madre son una oportunidad, y no algo que dificulte la relación entre
ambos.
La sintonía educativa no significa una fusión entre la mentalidad del padre y
la de la madre. No pueden ni deben tratar de ser iguales, sino capaces de fiarse
del juicio del otro en algunos aspectos de la relación educativa de los hijos. De
este modo, la diversidad del otro puede ser vivida como una posibilidad de
mejorar la propia capacidad de actuar para el bien de los hijos. «Contaminado»
por la sensibilidad educativa del otro, cada uno puede enriquecerse incluyendo
«otras maneras» de querer, haciéndolas propias casi de manera inadvertida.
A través de este intercambio, se forma de manera progresiva una cultura
educativa en pareja por la que cada uno, incluso cuando actúa solo, «tiene en
sí» a la otra persona. A través del diálogo sobre la educación de los hijos, se
recobra el acuerdo educativo entre marido y mujer y se construye un
«nosotros», una manera de pensar y de sentir realmente compartida que
permite, al mismo tiempo, una relación de pareja más madura y un mejor
equilibrio personal en su relación con los hijos.
Este «contagio» emotivo y racional les permite ir comprendiendo a los hijos e
ir afrontando las situaciones educativas como lo habría hecho el otro. La sintonía
entre el marido y la mujer consiste en asimilar el repertorio afectivo y racional
del cónyuge, hasta convertir en propios algunos aspectos de la capacidad de
amar del otro. Esta meta solo puede conseguirse si entre ambos han
desarrollado los instrumentos oportunos para estimar y apreciar la diversidad del
cónyuge.

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Ni ausentes ni mamás
Por tanto, es necesario redescubrir cómo contribuyen los padres a la
educación de los hijos en su sentido original.
La reflexión que planteamos está fundada en los siguientes presupuestos
antropológicos:

— Que existe una diversidad originaria que caracteriza al hombre y a la


mujer en el plano físico, psicológico y espiritual.
— Y que las diferencias de género no son parte de una superestructura
cultural de la que uno se pueda librar fácilmente.

Negar la diferencia entre sexos no procede, como podría parecer, del


respeto, sino del desconocimiento recíproco, de la poca confianza que se pone
en la relación y, en definitiva, de la creencia de su ineficacia.
No parece útil ni oportuno que los padres se transformen en «mamás» para
sentirse competentes como educadores. Dejarse enriquecer por el otro no
significa desnaturalizarse ni renunciar al propio «instinto» masculino porque la
cultura actual desconfíe de él y haya desaparecido la razón para apreciarlo. Un
estilo educativo que no se inspire en ambos códigos, materno y paterno, está
destinado a tener graves repercusiones en la formación educativa de los hijos y
afectará de manera irremediable a la propia fecundidad del diálogo en pareja.
Es necesario volver a apreciar la contribución paterna teniendo claro cómo y
por qué es útil al bien educativo de los hijos, destacando sus diferencias frente a
la sensibilidad educativa femenina. Las madres también se sentirán menos solas
sabiendo que pueden contar con el beneficioso aporte de su pareja en la
educación de los hijos.

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Capítulo 1:
Los padres no son todos iguales

No existen dos padres iguales, al igual que todas las madres son también
diferentes. Cada hombre tiene una forma de educar única y original, derivada de
la trama de sus dinámicas psicológicas, de los particulares rasgos de su
personalidad y de los valores educativos en los que se inspira.
Pero ¿cuáles son las principales variables?

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El carácter
Los rasgos del carácter y las dinámicas afectivas varían mucho de una
persona a otra. En muchos casos, la madre puede tener un carácter más fuerte
que el padre, ser más segura y decidida, y el padre puede tener en mayor grado
algunas características que tradicionalmente se adjudican más al género
femenino. En no pocos casos, por ejemplo, el padre es más dulce, acogedor y
paciente que la mujer. No es raro encontrar madres que se identifican casi
exactamente con los rasgos más propios del estilo educativo masculino: mujeres
que son «el hombre de la familia», «quien lleva los pantalones en casa»; en
definitiva, que reconocen tener «más carácter» que sus maridos.
De hecho, estas madres suelen reconocer que les gustaría tener una pareja
con rasgos más masculinos, más seguros y decididos. Sobrellevan su condición
como una desventaja a menudo irremediable, constreñidas a suplir todo aquello
que el otro no puede ofrecer. Esta condición genera, con el paso de los años,
una cierta impaciencia y desilusión por la insuficiente autoridad del marido como
guía educativa.
Todo esto indica claramente que la masculinidad y la feminidad no
caracterizan en términos de exclusividad la psicología de ambos sexos. Las
teorías psicológicas que sostienen la presencia de un animus (masculino) y de
un anima (femenina), presentes en mayor o menor medida en ambos sexos,
encuentran una confirmación clara en numerosas experiencias. Padres y madres
se caracterizan, de hecho, en términos de prevalencia y no de exclusividad en
cuanto a algunos «modos de ser» típicos de la masculinidad y de la feminidad.
En cada uno de los padres están presentes, por tanto, rasgos de ambos
géneros, con prevalencia de aquellos típicos del hombre o de la mujer,
generalmente coincidentes con el propio sexo.

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Las circunstancias de la vida
Algunas diferencias presentes en el estilo educativo de los padres tienen que
ver con el «período concreto que están viviendo», esto es, con la fase de la vida
que cada uno está atravesando. Es un hecho que el tiempo y las circunstancias
vitales pueden tener una importancia decisiva en la evolución psicológica
personal y en la manera de educar a los hijos. Parece razonable presumir que
un padre veinteañero, que «no se siente todavía preparado» para tener un hijo,
se comporte con el primogénito de un modo totalmente diferente a como lo
podría hacer con su tercer hijo, en un contexto de mayor madurez personal y de
una aceptación más segura de su papel de padre.
Otras circunstancias de la vida tienen una importancia notable en la
interpretación del rol educativo: la estabilidad educativa de la familia y de la
relación de pareja; las dificultades laborales resueltas o verificadas con el tiempo
y las metas de madurez alcanzadas, entre otras cuestiones.

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La cultura educativa personal
Otras variables significativas hacen alusión a la cultura educativa personal.
Algunos padres sostienen, más o menos implícitamente, que la educación de los
hijos es fundamentalmente una tarea de la madre y, cuando deben ocuparse de
los hijos, lo hacen a modo de suplencia temporal. Muchas mujeres lamentan que
sus maridos se ocupen de sus hijos con la actitud típica de que «le están
haciendo un favor».
Las convicciones educativas personales representan una variable de no poca
importancia a la hora de caracterizar un determinado modo de educar.
Particularmente en el campo masculino, los «presupuestos racionales» (que
normalmente no son verdaderamente tales) tienen una mayor importancia
frente a la sensibilidad educativa femenina, generalmente más atenta a los
aspectos emotivos que a las cuestiones de principios.
Un padre que tenga, aunque burdamente sintetizado, su ideal en una
filosofía educativa simplista basada en el recurso «estímulo-respuesta», educará
de una manera diversa que aquel convencido de que «razonando se consigue
todo» o aquel que sostenga que «a los hijos no hace falta darles mucha
confianza».
Los modelos culturales de la familia de la que cada uno proviene, así como el
modo de interpretar el rol paterno, son a menudo decisivos y vinculantes sobre
todo para aquellas personas que todavía no han completado una separación
psicológica de la propia familia de origen.

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La historia emotiva
La «historia emotiva» que ha caracterizado la relación con el propio padre
constituye una guía importante que puede llevar a repetir al hijo el mismo rol
paterno. Muchos padres se proponen no cumplir en ellos los mismos errores
cometidos por sus padres; otros se encuentran comportándose exactamente de
la misma manera en que ellos detestaban ser tratados; otros todavía no han
superado la relación de dependencia que les liga a su propio padre y no han
conseguido todavía la libertad de «ser padres a su manera». Lo que en este
caso parece decisivo es el grado de unión y relación con el padre.
Una visión realista de su figura y de su rol, de sus aciertos y de sus propios
límites (que a menudo se cumple solo en torno a los 40 años), predispone a una
interpretación más equilibrada, madura y libre del propio rol educativo. De lo
contrario, se permanece condenado a una inconsciente reedición de sus errores
y de sus límites o a una estéril y continua comparación con la figura de su
padre, impidiendo hacer propias algunas de sus enseñanzas que podrían haber
sido mejor comprendidas e interiorizadas.

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Los valores personales
Para terminar este capítulo es conveniente hacer alusión a los valores
personales. Estos dan el tono global a una vida y la organizan en torno a las
invisibles pero reales prioridades en relación a aquello que es considerado como
decisivo para la realización personal.
Los padres que otorgan una excesiva importancia al trabajo («mi marido se
ha casado con su trabajo») o que se proyectan exclusivamente hacia el éxito
profesional tendrán un estilo educativo influido por estos valores.
La «capacidad de entrega y dedicación» a los hijos y la calidad de la relación
con ellos dependen también de la importancia que se les haya asignado a estos
valores para la propia realización personal.
El carácter, la madurez emotiva, las circunstancias de la vida, la propia
experiencia personal educativa y los valores elegidos confieren al estilo
educativo de cada padre unos rasgos inconfundibles y únicos.
No existe un único modo de ser padre. Existe un «código paterno» que
inspira a todos los padres, salvando las diferencias.

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Capítulo 2:
Los padres y las dinámicas de pareja

La acción educativa del padre tiene mucho que ver con el tipo de relación
que establece con su mujer. Las dinámicas que caracterizan la relación de
pareja representan una variable decisiva en la influencia educativa sobre los
hijos. Si en la relación de pareja están presentes algunos «virus» psicológicos
que obstaculizan la colaboración educativa, la relación con los hijos se verá
inevitablemente afectada, como sucede en los siguientes casos.

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Cuando se tiende inexorablemente a marginar a la pareja
Algunos aspectos de la personalidad de las madres tienden inexorablemente
a marginar a su pareja. Algunas mujeres, de hecho, están convencidas de poder
hacer de menos al cónyuge en la tarea educativa, sintiéndose capaces de
«hacer de padre y de madre». Este comportamiento es sintomático de una
personalidad que no ha conocido ni integrado sus propios límites, creyéndose
capaz de no necesitar de la ayuda de nadie.
Este virus afecta también a los hombres, incluso en mayor grado. En estos
casos, la colaboración educativa no se intuye como deseable ni se lleva a cabo
realmente, ya que el padre –en el caso en que sea la madre la «afectada» del
«virus»–se encuentra sistemáticamente infravalorado como educador.
La madre tiende, en estos casos, a hacerlo todo sola, a no querer
intervenciones, a considerar a los hombres como poco importantes y a los que
se puede pedir más bien poco; fundamentalmente son «todos iguales»,
incapaces y poco fiables.
La acción educativa del padre tiene mucho que ver con el tipo de relación
que establece con su mujer. Las dinámicas que caracterizan la relación de
pareja representan una variable decisiva en la influencia educativa sobre los
hijos. Si en la relación de pareja están presentes algunos «virus» psicológicos
que obstaculizan la colaboración educativa, la relación con los hijos se verá
inevitablemente afectada, como sucede en los siguientes casos.
Cuando se tiende inexorablemente a marginar a la pareja
Algunos aspectos de la personalidad de las madres tienden inexorablemente
a marginar a su pareja. Algunas mujeres, de hecho, están convencidas de poder
hacer de menos al cónyuge en la tarea educativa, sintiéndose capaces de
«hacer de padre y de madre». Este comportamiento es sintomático de una
personalidad que no ha conocido ni integrado sus propios límites, creyéndose
capaz de no necesitar de la ayuda de nadie.
Este virus afecta también a los hombres, incluso en mayor grado. En estos
casos, la colaboración educativa no se intuye como deseable ni se lleva a cabo
realmente, ya que el padre –en el caso en que sea la madre la «afectada» del
«virus»–se encuentra sistemáticamente infravalorado como educador.
La madre tiende, en estos casos, a hacerlo todo sola, a no querer
intervenciones, a considerar a los hombres como poco importantes y a los que
se puede pedir más bien poco; fundamentalmente son «todos iguales»,
incapaces y poco fiables.

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La infravaloración de la figura masculina es normalmente fruto del resquicio
cultural de una familia fuertemente marcada por el matriarcado. En este tipo de
familias, el padre siempre ha sido una figura marginal, sin peso ni importancia
real.
Cuando los maridos se quejan de esta situación, estas mujeres se muestran
ariscas y les hacen de menos sin darles pie a valorar su mérito: «Frente a mis
observaciones, ella interpone un muro –dice un marido–, se cierra en banda
durante tres días, pero no discute nunca».
Sintiéndose de esta manera sistemáticamente «demolido», el marido termina
por dejar a su mujer toda la responsabilidad educativa. Privado de toda
autoridad, se limita a trabajar siempre más «para estar todo lo posible fuera de
casa». En un contexto así es evidente que su influencia educativa será limitada,
si no del todo ausente.
Algunos padres describen a sus hijos como «secuestrados» por su mujer,
con el objetivo de evitarles su supuesta influencia negativa: «Mi hijo es huérfano
de padre», afirma un padre en una consulta, describiendo, con algo de ironía, el
drama de una relación de pareja que no consiente una colaboración educativa
real entre ambos.

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Aliarse con el hijo en contra del cónyuge
En algunos casos, la alianza educativa de la pareja viene suplantada por un
acuerdo más fuerte y significativo suscrito por uno de los padres con un hijo. De
esta forma, «están siempre de acuerdo», se respaldan y se defienden el uno al
otro, ateniéndose a un pacto no escrito de defensa recíproca.
De esta manera, un padre que trata de intervenir para solucionar el
desinterés de su hijo en el colegio, puede sentirse criticado y silenciado por su
mujer y por su hijo, que se mueven como perfectos aliados. Si ella minimiza la
responsabilidad del hijo, excusándolo sistemáticamente, este estará siempre a
su favor y verá a su padre como una persona insensible y exagerada,
exactamente del mismo modo en que la mujer ve a su marido. Apoyado por su
madre, el hijo descartará los esfuerzos de su padre por ser más firme y
exigente, «lamentándose» continuamente con su madre de su presunta maldad.
Si esta situación la sostiene, además, la abuela o cualquier otra persona de la
familia, el pacto «ad escludendum» se convierte prácticamente en invencible.
Progresivamente el padre queda encasillado en la figura del perdedor y
queda encerrado en el estereotipo del malo, de persona con un «carácter
insoportable». Así, al padre se le ve como insensible y autoritario y se le tratará
en consecuencia. Si, a la inversa, a la que se excluye es a la madre, se la tratará
como una «bruja» y se la situará sistemáticamente en un ángulo ajeno,
infravalorando su estilo educativo.
Estas consideraciones restarán fuerza y determinación al padre cuyo punto
de vista será regularmente desmentido por los familiares. La soledad y la
exclusión acentuarán en él las dudas sobre la razonabilidad de su modo de ver
la realidad y de intervenir adecuadamente. Continuamente tachado de
«incompetente o loco», se sentirá generalmente en minoría hasta acabar
recluyéndose definitivamente en sí mismo.
En otros casos es el padre quien «hace dúo» con un hijo. La tendencia
narcisista de un padre o querer resolver la «desilusión» de la experiencia de
pareja, refugiándose en la relación paritaria con el hijo, anula la posibilidad de
colaboración educativa, con graves daños para el crecimiento del hijo.

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Una relación posesiva
La acción educativa de un padre puede verse seriamente comprometida por
la tendencia materna a la posesión, al deseo de mantener la exclusividad en la
educación de los hijos.
Los padres posesivos viven a sus hijos como una «propiedad personal», una
«cosa suya», y se consideran los únicos que tienen derecho de corregirles y
orientar sus decisiones. De esta manera, una madre posesiva se enfada cuando
el padre, con sus intervenciones, mina su supuesto derecho de exclusividad en
la guía educativa de los hijos.
El cónyuge excluido generalmente expresa esta situación así: «los hijos son
suyos y cualquiera se los toca». Una madre posesiva, por ejemplo, se molesta
cuando la hija pide consejo al padre sobre sus problemas si ella ya se los ha
dado, bajo el temor de que el marido interfiera en el enfoque que ella le haya
sugerido antes.
El deseo de mantener la exclusividad en la guía educativa se alimenta de la
oscura deslegitimación del cónyuge, al que se procura tener al margen de la
relación educativa.

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La competencia por el afecto de los hijos
Pueden darse otro tipo de situaciones en las que la dinámica de pareja se
suele caracterizar por el deseo de uno de los padres a sentirse preferido por sus
hijos respecto a su cónyuge.
En estos casos, siempre hay un progenitor «en competencia» que tratará de
«hacerse el bueno» con ellos, acusando abiertamente a su pareja de ser
demasiado duro y dando a entender que no comparte sus decisiones educativas
más difíciles, las menos apetecibles de cara a los hijos. El otro cónyuge queda
sistemáticamente descalificado frente a la bondad que demuestra su pareja.
En el caso de que sea la madre quien compite por el afecto de sus hijos,
puede llegar a admitir, por ejemplo, que se siente muy halagada cuando sus
hijos afirman que «quieren estar solo con mamá» más que con papá, cuando
este trata de implicarles en cualquier actividad.
Los hijos que han crecido asimilando este juicio implícito consiguen solo a
cierta edad poner en tela de juicio su percepción del padre «malo»,
revalorizando a posteriori su figura. Descubren los fundamentos del
comportamiento educativo de su padre, que hasta ese momento permanecían
ocultos por la interpretación interesada con que la madre los había tenido
emotivamente distanciados.
Los padres que desean sentirse «los más queridos» se complacen
secretamente si a los hijos les cuesta entender los fundamentos de las reglas y
los límites que su pareja querría imponer, condenándole, de este modo, a la
marginación educativa.
Una versión algo más benévola de este «virus», de este temor a ser
considerado el único «malo» de la pareja, puede hacer resurgir el deseo de
volcar sobre el otro las tareas afectivamente menos gratas (regañar a los hijos,
castigarles...).
La duda de que el padre sea considerado más bueno que la madre puede
hacer surgir en esta última un sutil deseo de situar al otro bajo un enfoque
menos positivo frente a sus hijos.
Algunos padres se lamentan de ser presentados ante sus hijos como
auténticos «espantajos» o se lamentan de ser usados como «el brazo duro de la
ley», es decir, los malos de la familia, pues acaban teniendo que reñirles y
castigarles por orden precisa de su mujer, en situaciones que muchas veces han
ocurrido en su ausencia. «Esta tarde se lo digo a papá y os regañará», amenaza
repetidamente la madre en su ausencia. El padre tiene que «hacer de malo por

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cuenta de terceros», empujado a adoptar una postura que la madre ha evitado
asumir.
El terreno de la sutil competencia por el afecto y la consideración de los hijos
crea condiciones decisivas que caracterizan el comportamiento educativo tanto
del padre como de la madre. Este deseo, falto de consistencia, puede estar
presente en formas diversas, tanto en un cónyuge como en el otro.

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El condicionamiento de la familia de origen
También está el caso de los padres que tienen miedo de disgustar a su
familia de origen. Estos, que no han resuelto la propia independencia
psicológica, mantienen «sagrada e intocable» la figura de su padre sin tener en
cuenta sus límites, dando más importancia a sus opiniones educativas que a las
de su pareja.
Todo aquello que su padre le sugiere sobre la educación de sus hijos «tiene
carácter de ley», y tiene mayor evidencia y credibilidad que las consideraciones
de su cónyuge.
Una madre, por ejemplo, puede sentirse bien en su rol solo si «actúa como
lo hacía su madre»: muy tradicional, siempre disponible para sus hijos. Ella no
se da cuenta de los límites de ese modelo materno excesivamente protector,
tratando de imponer «el tipo de madre» que ha vivido en su familia. Se
encuentra en la situación de no haber encontrado todavía «su modo» de ser
madre, distinto del que ha recibido en su casa. En este contexto de dependencia
afectiva, los consejos y las indicaciones del marido tienen poca receptividad, por
encima de las ideas de «buena madre» transmitidas por su familia de origen.
Los abuelos siguen siendo el verdadero punto de referencia para la educación
de los hijos y sus indicaciones son decisivas en relación a cuántos hijos es
oportuno tener; qué lugares son los mejores para veranear; por qué colegio
decantarse o cuál es el modo más oportuno de implicar al hijo en las tareas de
la casa. Ella no se siente libre de educar a sus hijos «a su manera», pero para
evitar trifulcas y sentimientos de culpa se adecua a las directrices incluso
implícitas de sus padres, sin atreverse a contrastarlo con su marido, como sería
deseable. El punto de vista de su cónyuge solo es aceptado en la medida en que
no le expone al riesgo de ser criticada por su madre. El marido asiste impotente
a las largas conversaciones telefónicas entre hija y madre y advierte que el
parecer de esta última tiene un peso bastante superior al suyo.
Estas consideraciones pueden observarse también en el caso del marido
cuando conserva un excesivo acatamiento a la figura de su madre, de la cual su
mujer puede afirmar: «Para él su madre es sagrada, no se le puede tocar».
Un padre que no ha visto o no ha aceptado serenamente los límites
educativos de sus padres no puede estar realmente disponible para apreciar la
diversa sensibilidad de su pareja.

23
Capítulo 3:
Padre y madre:modos diferentes de «sentir» al hijo

Para la madre, el hijo es parte de sí


La madre, a diferencia de lo que suele suceder con el padre, tiene una
identificación psicológica más profunda e intensa con su hijo. Está mucho más
implicada desde el punto de vista emotivo y más identificada con él. Vive a su
hijo como parte de sí, participando en su vida con una intensidad sin igual. La
vida del hijo no es simplemente importante para ella, sino que la ve más
importante que la suya propia.
Muchas madres, comparándose con su marido, afirman «identificarse más
con el hijo», y por esta razón se consideran más capaces de «hacerles sitio» en
su corazón, una actitud que alimenta en ellas una mayor capacidad de
comprensión psicológica. Ellas, de hecho, saben adaptarse mejor, hacerse
cargo, ir a su encuentro, sacrificarse y darse a ellos. Es como si estas
disposiciones fueran la exacta traducción al plano psicológico de la experiencia
física de llevarle en su seno. Esta implicación total con el hijo es desconocida
para los padres pero esto no puede sino indicar una diferencia psicológica entre
ambos.
Como está más dispuesta a sentir al hijo «parte de sí misma», la madre está
inevitablemente más capacitada para saber cómo se encuentra, para imaginar lo
que piensa. Lo comprende mejor e intuye más fácilmente sus estados de ánimo,
sus pensamientos y, sobre todo, es capaz de «sentir» los deseos de su hijo de
un modo muy certero. Esto le permite ayudarle, protegerle, tranquilizarle y
abastecerle de todo lo que necesita para vivir. Todo esto con una misteriosa y
espléndida naturalidad.
Más que el padre, la madre es capaz de sentir el dolor y la fragilidad de su
hijo, hasta experimentar en ella una «inexplicable» voluntad de sustituir al hijo
en su fatiga y en su dolor. Una tendencia que la vida se encargará de mostrarle
como imposible. En esto consiste la trágica grandeza de la historia de amor de
toda madre por sus hijos. Ellas gozan de una gran ventaja respecto a la
sensibilidad paterna, desprovista de sensores tan profundos, pero constituye, al
mismo tiempo, su limitación más grave.

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La separación del padre
El padre está «necesariamente» desde el principio menos identificado con el
hijo, también por no haber experimentado las implicaciones emotivas de sentirlo
vivo dentro de sí. Está más distanciado que la madre; su implicación es menos
intensa y eso le hace menos capaz de comprender intuitivamente el mundo
interno de su hijo.
Ellos tienen menos disponibilidad afectiva para ocuparse de los problemas de
los hijos: tienden a estar por lo general más tranquilos, a «no crearse
demasiados problemas», como afirman tantas mujeres. Esta razonable
propensión a poner límites a la identificación emotiva con algunos aspectos de la
vida del hijo, es muy distinta al «virus» psicológico del desinterés a la tendencia
a eludir la dificultad educativa.
De inicio el padre está más orientado a delegar la educación en otros; este
es el reproche que les hacen muchas madres que les acusan de «permanecer en
un segundo plano», como si se dijeran a sí mismos: «mientras esté su madre
que se ocupa de los chicos, es mejor dejarle hacer a ella», reservando su
intervención solo cuando ella no lo hace.
El peligro para el hombre reside muchas veces en permanecer en el límite
justo de atención y disponibilidad para con los hijos, teniendo una menor
disposición a sacrificar por ellos parte de su vida privada y laboral.
La menor inclinación a «hacerse cargo» de la felicidad de sus hijos y la
sensación de que haya algo más importante que encargarse de las necesidades
familiares, suena antinatural, incomprensible e inaceptable para el mundo
femenino. Esto constituye una limitación de la sensibilidad masculina, un
aspecto imperfecto de su capacidad de amar, presente en distinta medida en
cada padre.
Al mundo masculino le falta finura y sensibilidad que hace menos rica su
interpretación de la relación amorosa, también en clave educativa.
Estas características representan todo aquello que el padre debe estar
dispuesto a aprender de la mujer. Debe hacer progresivamente propia, a través
de un traspaso de sensibilidad, la riqueza interpretativa del amor femenino.

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La madre te hace sentir protegido, el padre te hace sentir capaz
La madre se siente generalmente más implicada e identificada con su hijo.
Se siente mucho más partícipe y responsable que el padre en todo lo que le
sucede. Esta condición crea una capacidad de dedicación que constituye, sin
duda, una de las grandes virtudes del género femenino.
Ella se siente encargada de evitarle al hijo todo aquello que le pueda hacer
sufrir y está inclinada a interpretar su rol con el fin de evitarle a su hijo fatigas,
desilusiones y errores, intentando refugiarle de todas las heridas y controversias
de la vida. El código materno de hecho dice: «mi hijo no debe sufrir». Una
madre nota este encargo en lo más íntimo de su ser, como una especie de
disposición misteriosa y fortísima que caracteriza de manera profunda el modo
de tratar a su hijo.
De manera diferente, el código paterno afirma: «mi hijo debe ser fuerte,
capaz de afrontar por sí mismo las adversidades de la vida». El padre tiende a
animar al hijo a afrontar los problemas y dificultades, a no tener miedo de la
vida ni de los límites que la caracterizan. A través de este empuje, el padre
ayuda al hijo a vivir la vida real, haciéndole capaz de vivir el mundo a pesar del
dolor que inevitablemente experimentará.
La madre tiende prevalentemente a «hacer sentir bien» al hijo, evitándole
todo aquello que pueda desagradarle. El padre, en cambio, tiende a «hacerle
sentirle capaz» de afrontar y superar las dificultades.
Una chica sintetizó con mucha puntería esta diversidad de enfoques con la
siguiente afirmación: «la madre te hace sentir protegida, el padre te hace sentir
capaz».
El código materno tiende, por lo tanto, a proteger; el paterno, a dar ánimos
y coraje. Es obvio que en los padres de carne y hueso están presentes, en
diversa medida, ambas actitudes y que ambas son igualmente útiles en el
crecimiento y desarrollo de los hijos. Estas actitudes están presentes en
términos de prevalencia, y no de exclusividad, en las disposiciones afectivas
tanto del padre como de la madre. Pero esto no impide distinguir
conceptualmente el principio masculino del femenino, analizándolos de manera
individual y, por así decirlo, en «estado puro».
Los dos códigos, materno y paterno, por cuanto están presentes en manera
diversa en los padres, aparecen sustancialmente diferentes y acertadamente
complementarios. Esta precisión es necesaria para evitar entender de manera
estereotipada tanto al padre como a la madre: si no tuvieran cada uno ambas

26
tendencias, parecerían simplemente caricaturas de sí mismos.

27
Los excesos de la sensibilidad materna
La reflexión que se propone en estas páginas se refiere a una masculinidad y
a una feminidad ejemplar, de la que todos los padres participan en grados y
maneras diversas. La diversidad psicológica del padre y de la madre, en
apariencia «polarizada» en torno a un núcleo central que les caracteriza y
distingue, tiene, en realidad, una infinita gama de matices individuales.
Parece legítimo reconducir la diversidad individual a las diferencias de género
(masculino y femenino), salvaguardando al mismo tiempo el espectro de
matices y la variedad de combinaciones que caracterizan la complejidad
irreductible de cada persona.
La influencia del código materno y paterno constituye, por tanto, una razón
invisible, pero real, que da cuenta de la diferencia con la que el padre y la
madre interpretan la relación educativa.
El código materno tiende a proteger al hijo del dolor del mundo «haciendo
desaparecer» todo aquello que le haga sufrir. Es más: la madre vive la
experiencia dolorosa como una oscura «traición» a sus principios, como si no
hubiese sido capaz de mantener la promesa de felicidad hecha al hijo al darle la
vida. Su dolor es, además, un reproche que se hace a sí misma, como por haber
traicionado el deseo natural de su hijo de tener una vida ausente de sufrimiento.
La madre vive el haberle dado al hijo una vida imperfecta, marcada por las
contrariedades y el dolor como algo oscuramente inaceptable, una culpa
ontológica más profunda y radical que cualquier sentimiento de culpabilidad
psicológico. La culpabilidad apunta al acto de la generación misma y se refiere al
haberlo llamado a una vida que no es como debería ser, esto es, ausente de
dolor. La madre tiende a verse a sí misma como un escudo protector frente a los
aspectos difíciles de la realidad, para adaptar, hacer más fácil, agradable y falto
de riesgos el mundo en que su hijo vivirá.
Esta disposición comporta inevitables riesgos educativos: lleva inscrita la
tendencia a deslizarse de manera inadvertida por el plano inclinado de la
excesiva protección hacia los hijos.
Este riesgo está muy unido a la tendencia de las madres a acostumbrar a los
hijos demasiado bien (a rodearles de comodidades), a resolverles los problemas,
a «criarles entre algodones». El núcleo de verdad de estas afirmaciones parece
indicar que el código materno tiende, por su propia naturaleza, a mantener al
hijo en un estado de bienestar, en una burbuja protectora en la que la realidad
se adapta a sus deseos, habituándolo al hecho de que pueda hacer desaparecer,

28
como por arte de magia, el hambre, el dolor y las dificultades de la vida.
Si esta tendencia no se dosifica oportunamente, el hijo dependerá siempre
de alguien que deberá continuamente pensar en él y satisfacer sus necesidades.
Vivirá encerrado en la cárcel invisible de la inmadurez psicológica, ligado al
pretexto de que la felicidad es un éxito que le deben garantizar los demás. Con
el paso de los años, este niño tendrá continuamente la necesidad de alguien que
le recuerde lo que debe hacer, de sus citas con el dentista, de alguien que se
adapte a hacer todo lo que él no tiene ganas de hacer y que, con las propias
fatigas, le evite fracasos en el colegio o en el instituto.
La relación exclusiva con este tipo de actitud materna no templada por la
sensibilidad masculina (presente también en la madre o hecha valer por el
padre) convierte a los hijos en pretenciosos y tiranos, incapaces de adaptarse y
de aceptar sus límites y, por ello, en personas siempre enfadadas con el mundo,
único culpable de no ir como ellos desearían que fuera. Capaces de vivir solo
bajo la condición de que otra persona acepte la parte inevitable de dolor que
ellos se niegan a acarrear por sí mismos, como si la felicidad fuera un derecho
que otros deben garantizarle.
La persona en quien recae generalmente esta pretensión puede ser un
compañero de clase (que tiene que dejarse copiar en los exámenes); el
hermanito (que debe cederle los mandos del videojuego cuando él quiera); el
profesor (que no debe pedirle ningún esfuerzo); el entrenador (de quien no
aceptará ninguna disciplina); la novia (que debe vivir en función a sus deseos);
la mujer (que se debe anular por él) y finalmente Dios (puesto en tela de juicio
por no ser capaz de concederle todos sus deseos). La tiranía del deseo conduce
a estar siempre enfadado con el mundo, irreparablemente culpable de no ser
como querría él que fuera.
El código paterno ayuda al hijo a confrontarse con la realidad, incluso con
sus aspectos más ásperos o duros, y le anima a aceptar las condiciones que esta
le pone, dejándose «poner a prueba».

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Las ventajas de la sensibilidad paterna
El padre, tal vez menos capaz de intuir y de «sentir» el mundo interior del
hijo, seguramente lo tiene menos en cuenta. En él es más espontánea la
categoría de valor: se pregunta si su aportación a la educación de sus hijos ha
sido justa o equivocada (si hará bien o mal a su hijo), más que considerar si le
hará sentirse bien o mal.
Incluso en el diálogo se deja llevar menos por las emociones del hijo, y la
consideración de «cómo se siente» no le impide valorar si dice la verdad o
miente ni juzgar las razones de su sufrimiento.
El padre, mientras escucha al hijo, considera si se habrá equivocado o tendrá
razón y está menos inclinado a confundir la (debida) comprensión psicológica de
su hijo con su justificación (no debida). No siempre que el hijo llora tiene razón
(por el mero hecho de estar llorando).
Los padres, además, parecen más dispuestos a enfrentar «dolorosamente» a
su hijo con la realidad. Mientras escucha su versión de los hechos, no deja de
tener en cuenta el principio de no contradicción ni puede evitar confrontar su
comportamiento con sus principios morales, aunque esto signifique enfrentar a
su hijo a sus dificultades.
Con un ejemplo de la vida cotidiana puede verse más evidente este trato
característico de la sensibilidad paterna y el sentido de su utilidad. Una hija se
queja a su madre porque sus dos mejores amigas prefieren quedar entre ellas,
no le llaman y, cuando quedan, la excluyen. Parece evidente la carga de
sufrimiento de una afirmación como esta destinada a atraer invariablemente la
acción reparadora de la madre. Esta, que ya se ha dado cuenta de este
comportamiento, trata de tranquilizarle diciéndole que no es verdad que no la
quieran, que probablemente la madre de una de ellas no quiere que vaya tanta
gente a su casa. La aclaración de la madre se encamina a minimizar el disgusto
de la hija, pero el remedio adoptado implica la negación de un aspecto
importante de la realidad: que tal vez las dos amigas de su hija no quieran
contar con ella siempre. Esta realidad no desaparece por el mero hecho de que
no sea agradable. Lo deseable sería que la niña se diera cuenta y buscara la
manera de superar este problema. La negación de este aspecto no le hará capaz
de afrontar la realidad y las palabras de su madre mantienen en ella la ilusión de
poder gustar incondicionalmente a todo el mundo, de ser deseada siempre,
como sucede en su relación con los padres.
Sería oportuno que estos padres ayudaran a su hija a aceptar el rechazo

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afectivo de sus amigas, que le ayudasen a entender las razones (por qué no la
quieren dentro de su grupo) y a afrontar eventualmente la situación en un plano
más real (qué cosa puede hacer para sentirse más aceptada). Esta actitud es la
que se requiere para el bien educativo de la hija, aunque la experiencia sea
psicológicamente más dolorosa porque se le propone aceptar una situación poco
agradable, que, en última instancia, corresponde a un límite a su amor.
El padre afronta las quejas de su hija con la siguiente consideración:
probablemente es verdad que quieran estar ellas dos solas. Si esto es así, no se
puede hacer nada por evitarlo, así que mejor que se busque otras amigas con
las que salir. Una afirmación así refleja perfectamente la actitud del código
paterno: con la delicadeza que el caso requiere (para no «arrojar a la cara» de
manera demasiado cruel, matizando sus palabras con verosimilitud), ayuda a su
hija a que acepte que no siempre tiene que ser acogida por todos igual. Una
manera de hacerle entender que no siempre puede ser querida y deseada como
sucede en familia.
Los padres pueden intentar que su hija no se sienta excluida, por ejemplo,
proponiendo personalmente a sus amigas a que la inviten a uno de sus planes
pero no podrán cambiar la realidad de manera sustancial. Si sus dos amigas
prefieren estar solas, primero intentarán que su hija no sufra por ello y,
después, le mostrarán sus límites y ella sufrirá más su exclusión.
Al padre, a diferencia de la madre, ni se le pasa por la cabeza hacer una
llamada «para aclarar las cosas»; en vez de eso, anima a su hija a afrontar la
realidad sin que se desanime. Le indica, además, cómo afrontar la situación, sin
detenerse demasiado en su orgullo herido, sin dejarle simplemente «llorar sus
penas», que se diría comúnmente.
Indudablemente al padre también le duele ver a su hija sufrir, pero no se
centra en «tener que resolverle su problema»; busca sobre todo ayudarle a
afrontar la desagradable verdad que hay detrás de ese sufrimiento. No se trata,
por tanto, de falta de sensibilidad, sino de una manera diferente de aproximarse
a la realidad de la vida en la que el padre trata de iniciar a su hija, como en el
caso siguiente.

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¿Proteger al hijo de las dificultades o animarle a afrontarlas?
Un niño cuenta a su familia un episodio desagradable, pero no especialmente
dramático, en el que algunos compañeros de clase le han insultado diciéndole
que es «bruto y feo». Ante este suceso, la madre instintivamente siente la
ofensa como si se la hubieran hecho a sí misma y siente el deseo prepotente de
reparar el daño hecho a su hijo. En este caso en concreto, se apresura a contar
el suceso en una reunión de padres mostrando su profunda indignación «por el
hecho de que todavía sucedan este tipo de cosas». Dirige acaloradas protestas
al director del centro y se queja con fervor de la falta de educación y de respeto
a los demás, presa, en definitiva, de una encarecida defensa de su hijo,
juzgando a todos un poco con un tono fuera de lugar. Probablemente las
circunstancias no hubiesen requerido una intervención así de apasionada, pero
algo le impide dar al suceso su justo peso y poder calibrar mejor sus reacciones.
El mismo suceso que cuenta el hijo cuando el padre vuelve de trabajar
tendría el siguiente comentario: «lo siento, pero no sé qué ha sucedido; si se
piensa bien, tienes muchas otras cualidades para no sentirte inferior a los
demás, incluso ante aquellos que son más guapos que tú». Parece evidente que
esta respuesta no se diferencia por la elección de algunos términos respecto a
otros, sino por la actitud de fondo con la que el padre ha afrontado la dificultad
de su hijo.
La intervención materna buscaba sustancialmente reparar el feo que le han
hecho a su hijo e intentar que no suceda una cosa parecida en el futuro. El
hecho de que efectivamente su hijo no sea guapísimo le hace sentirse obligada
a defenderlo de quien haya podido hacerle sentirse mal por esta razón.
La intervención paterna está inspirada por un principio diferente: se propone
salvar la autoestima de su hijo sin negar la evidencia de sus imperfecciones.
Implícitamente el padre afirma: «aunque puedas ser un poco feo, no hagas
de eso un drama; hay otras razones mucho más importantes para estar
contento contigo».
Implícitamente la madre afirma: «quien te dice estas cosas es una mala
persona, no te preocupes, no les creas, no es verdad lo que dicen».
El padre indica al hijo el camino de la aceptación (dolorosa) de la realidad, y
sus palabras, que deben ser delicadas y atentas, están destinadas a hacer
consciente a su hijo de sus propios límites, mientras que la madre está
preocupada exclusivamente de que no le hagan sufrir. Considerándolo
implícitamente incapaz de soportar sus imperfecciones, trata de evitar que se

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enfrente con la realidad, algo que a fin de cuentas es inevitable.
El padre anima a su hijo a aceptar la realidad, a vivir la vida bajo las
condiciones que le vienen dadas, a tener fe en que la vida puede ser vivida «a
pesar» de que no sea perfecto y con la parte de sufrimiento que esto implique.
El esfuerzo materno de intentar mantener a su hijo en una realidad donde
nada le pueda hacer sufrir representa (dentro de un cierto límite) una tentativa
perniciosa incluso para la propia madre, que se pone encima una carga
imposible, pero más aún para su hijo, que no superará nunca su deseo de tener
a alguien que adapte el mundo a sus necesidades, exento de la dificultad de
aceptar las contrariedades que tenga que atravesar.

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Capítulo 4:
El estilo educativo paterno: Características

Teniendo en cuenta que para que el padre sea un buen educador no puede
sino ser él mismo y expresar la concepción «masculina» de su sentir educativo,
parece oportuno definir con mayor concreción las características del estilo
paterno, considerando sobre todo aquello que le diferencia de la sensibilidad
educativa femenina.
Esta lectura «comparativa» busca arrojar luz sobre las diferencias de género
en cuanto al modo de entender la educación de los hijos. Pretende
principalmente revalorizar la sensibilidad masculina, para poner remedio a la
dramática falta de reflexión sobre la misma.
Los estilos educativos materno y paterno, recordemos, están presentes solo
en términos de preponderancia tanto en el padre como en la madre, y es cierto
que muchas madres se reconocen mayormente en el perfil aquí indicado como
masculino que en el femenino.
Esta reflexión se propone evidenciar los aspectos que caracterizan los
comportamientos educativos masculinos tomando las razones de su contribución
positiva al desarrollo y crecimiento personal de los hijos.
Veamos en síntesis cuáles son las actitudes que definen el estilo paterno.

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El padre es generalmente más directo y franco en el diálogo con
los hijos
El padre llama más fácilmente a las cosas por su nombre y en el diálogo con
sus hijos es más directo y sobrio, «llega antes al meollo de la cuestión», como
se suele decir.
Algunos sucesos de la vida cotidiana pueden ayudar a ejemplificar esta
observación algo difusa.
Mientras la madre, por ejemplo, afirma: «Mi hijo no se esfuerza mucho en el
colegio», el padre precisa: «Digamos, además, que no le importa nada
estudiar». Estas expresiones manifiestan una manera distinta de sentir, y el
lenguaje más fuerte y directo del padre (que evidentemente tiene menos
intención de salvaguardar una valoración positiva de su hijo frente al receptor
de este mensaje) indica una capacidad de juicio probablemente más realista.
La madre, en cambio, afirma: «Mi hijo tiene profesores que no acaban de
entenderle, que no saben cómo tratarlo. ¿Cómo puede un niño tener ganas de
esforzarse si no se siente apreciado por sus profesores?». El padre argumenta:
«Es verdad que no pueden estar contentos con él si no estudia y no se esfuerza
más». Esta última consideración pone la premisa de una lectura muy diferente
de la situación, más orientada a valorar la responsabilidad del hijo que la del
profesor.
La madre continúa: «Luis siempre ha sido un niño muy activo». El padre:
«Está francamente insoportable y yo mismo admito que, aunque es mi hijo y le
quiero mucho, muchas veces me cuesta aguantar sus rabietas». Incluso en este
caso, las diferentes descripciones tienen su origen en la diferente disposición a
ver los aspectos negativos del hijo sin edulcorarlos o disminuir su gravedad. La
protección del hijo se expresa ante todo en la prohibición de «pensar mal de
él», buscando justificaciones que lo eludan sutilmente de su culpa y de su
responsabilidad. El padre (o el progenitor que mantenga esta actitud) es más
franco en su exposición porque juzga con mayor libertad afectiva y esto le
dispone a una valoración más realista de la situación. La madre también
«conoce la verdad» y podría expresarse en un tono más rígido, sin embargo...
es como si tratase de encontrar una razón para poder pensar que su hijo es
mejor de como es en realidad.
La madre: «Entiendo que el problema de mi hija es que se siente inferior a
su hermana mayor porque se compara con ella y le gustaría parecerse a ella». El
padre añadiría: «Pero quiere ser como su hermana solo porque eso le resulta

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más cómodo. Cuando le digo que tiene que estudiar como ella, cambia
rápidamente el discurso». Es evidente que una afirmación como esta supone un
vuelco en el modo de abordar el problema: en la descripción de la madre
prevalece la percepción del sufrimiento inocente de su hija; en la valoración del
padre se saca a la luz la parcial instrumentalización de la comparación con la
hermana mayor. Parece evidente que el padre es más propenso a entrever un
intento de manipulación donde la madre solo ve un sufrimiento que aliviar.
Otro ejemplo: unos padres demuestran su diferente sensibilidad educativa de
la siguiente manera: su hija más pequeña y su mejor amiga enseñan a la madre
los dibujos que cada una ha hecho y le preguntan cuál de los dos es el más
bonito. La madre responde: «Son preciosos los dos» y, para ser más
convincente, añade motivos para convencer a ambas de manera que ninguna
salga perdiendo.
A la misma pregunta, el padre, no sin cierto nerviosismo, le dice a su hija:
«El tuyo no está mal pero tu amiga dibuja muy bien; en otras cosas tú eres muy
buena...». La franqueza paterna presupone un menor temor a «herir» a su hija,
exponiéndola a cierta desilusión sobre algunas de sus destrezas.
Por otra parte, no sería oportuno engañar al hijo dejándole vivir
indefinidamente con una imagen irrealista e idealizada de sí mismo, que podrá
sostenerse solo con el «filtro protector» de las mentiras piadosas de su padre y
de su madre.
Sin embargo, a un hijo adolescente no es tan fácil evitarle la confrontación
con lo que el resto piensa de él ni imponer a todos que le traten con la
(excesiva) condescendencia de sus padres.
Se puede vivir –parece afirmar el padre– sin hacer un drama de las propias
imperfecciones.
Aunque es oportuno dosificar con cautela, con sentido de la oportunidad y
con mucho tacto el acercamiento del hijo a la realidad, esta no puede ser
negada ni sistemáticamente eludida. No hay ningún crecimiento psicológico,
ninguna maduración, sin verdad.

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El padre tiene menos miedo de decir: «¡Arréglatelas!»
Muchos han notado que los padres tienen menos escrúpulos para solicitar a
sus hijos que se preparen y que pongan en práctica su capacidad para
emprender nuevos proyectos.
«Tengo sed», dice un hijo mientras la familia está sentada a la mesa. La
madre, como por efecto reflejo, alarga el brazo para acercarle la jarra de agua.
El padre la precede diciéndole: «El agua está ahí, sírvetela tú solo». La demanda
parece razonable; no se trata de hecho de una incapacidad del hijo, sino de
animarle a hacer un pequeño esfuerzo que ha pedido a otros que hagan por él.
¿Era necesario librarle de este aspecto «doloroso» y fatigoso de la vida? No
siempre y no más allá de un cierto límite, parece afirmar el instinto paterno.
Existe un límite invisible, pero real, donde la disposición a ayudar de los
padres, de hecho, debe pararse. El bien educativo de los hijos impone también
saber negarse, para ayudarles a hacer las cosas por sí mismos y a sentirse
dueños de sí mismos, «capaces», como en el siguiente caso.
«¿Cómo se traduce esta palabra al inglés?», le pregunta en voz alta un hijo a
su madre que está en la habitación de al lado. El tono imperioso de la pregunta
hace presumir que la madre le dará la traducción del término por descontado.
Desafortunadamente para él solo se encuentra su padre en casa. «Búscala en el
diccionario que tienes delante de ti», le responde. Esta actitud no es
necesariamente descortés, sino una manera precisa de entender la educación de
su hijo, poniéndole en la situación de tener que hacer un pequeño esfuerzo en
vez de evitarlo.
Cargar con las dificultades del hijo no es siempre conveniente ni oportuno y
la invitación a que «se las arregle», si se plantea bien, hace que el hijo ponga en
juego sus propias capacidades. Esta disposición no prospera en los ambientes
educativos que promuevan la renuncia a cualquier esfuerzo y la descarga sobre
los demás de todo aquello que requiera un empeño.
Las historias sobre hijos destinados a convertirse en emprendedores,
capaces de afrontar la vida con sus propias capacidades, se abren con la
característica descripción de la pobreza de los padres, que ya no tienen con qué
alimentar a sus hijos.
Estos, de hecho, después de mucho repensar y desconsolados, se ven
obligados a abandonar a sus hijos en el bosque. Les dan el último pan que
tienen, encienden un fuego para que no sufran demasiado frío y mientras
duermen (otro signo de gran delicadeza) van dejándoles poco a poco solos para

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que afronten por sí mismos su vida. Las condiciones que originan las historias de
Hansen y Gretel, de Pulgarcita, por citar algunos de los cuentos más conocidos,
aluden exactamente a la situación en la que se encuentran muchos padres.
No es inverosímil, de hecho, que los padres se puedan encontrar, como en
las fábulas, privados de recursos (cansados, desesperados, irritados), apartados
quizá de la disponibilidad a satisfacer las necesidades y deseos de sus hijos. Se
pueden encontrar (a regañadientes y con gran pena) en la situación de tener
que decir basta, poniendo a sus hijos en las condiciones de tener que
arreglárselas por sí mismos. La dificultad psicológica con la que un padre pide a
un hijo que se busque un poco la vida indica que esta actitud no procede del
desinterés ni mucho menos de la falta de cariño hacia su hijo, sino de una
decisión educativa razonable.
Los personajes de las fábulas, que representan simbólicamente la evolución
de algunos aspectos de la personalidad, desarrollan las cualidades necesarias
para superar los peligros que se les ponen por delante. En su vuelta a casa,
después de muchas peripecias, llevan consigo un saco de monedas de oro, un
tesoro con el que convierten en ricos a su familia y a sí mismos. Su
interdependencia y las habilidades que han tenido que desarrollar, afrontando
riesgos y peligros, les han enriquecido. Las monedas de oro simbolizan el éxito
en la vida y, en su variante psicológica, representan una personalidad que ha
desarrollado de manera plena todo su potencial.
Para favorecer esta evolución, los padres han tenido que luchar contra el
deseo natural de saciar indefinidamente el hambre (símbolo de todos sus deseos
y necesidades de los hijos) y se han doblegado con gran esfuerzo a su
responsabilidad, sabiendo que esto les podría colocar ante una situación difícil.
Las dificultades que se derivan de la petición a los hijos de que se las
arreglen y hagan las cosas por sí mismos se puede comparar con el esfuerzo de
atravesar un bosque oscuro, desconocido y peligroso, como hacen los
protagonistas de los cuentos. El principio paterno parece custodiar esta sensatez
inmemorial: el pleno desarrollo de los hijos se consigue si superan estas
condiciones de dificultad.
El instinto paterno preside desde siempre esta verdad: no es posible
ahorrarles indefinidamente a los hijos el sufrimiento que padecerán en su vida.
El esfuerzo de coger la jarra para llenarse su vaso, el esfuerzo de consultar el
vocabulario, son aspectos de la vida cotidiana donde se establece el ritual del
misterioso camino que lleva a los hijos a convertirse en hombres y mujeres
capaces, confiados en sus propias posibilidades, plenamente realizados.

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El padre, menos dispuesto a rebajar los obstáculos
La observación común indica que el padre está menos dispuesto a hacer
descuentos a sus hijos, a «rebajarles» los obstáculos, a «salir a su encuentro».
Este comportamiento constituye una de las numerosas variantes con que ellos
ponen al hijo en condiciones de afrontar las dificultades que se le podrían
ahorrar.
La recuperación y la revalorización cultural de este «instinto masculino»
parece hoy una premisa indispensable para formar a personas fuertes, capaces
de afrontar las dificultades de la vida, realmente contentas de sí mismas.
Una pareja resumía las diferentes visiones educativas maternas y paternas.
Frente al lloriqueo del hijo: «Tengo treinta páginas que estudiar para el examen
de mañana», dicho con el tono de quien se siente víctima de una profunda
injusticia. La madre instintivamente afrontaba la situación diciéndole: «Mientras
termino rápidamente de planchar, tú empieza a estudiar. Después te ayudo a
hacer un resumen de la segunda parte». En esta actitud parece evidente la
propensión a que resulte insoportable el disgusto (forma menor de dolor) del
hijo y a hacerse cargo de él. Pero otras consideraciones podrían señalar como
poco oportuno un comportamiento similar.
La respuesta instintiva del padre, de hecho, habría sido: «Sabías desde hace
una semana que tenías este examen, solo tenías que estudiar unas pocas
páginas cada día, como te habíamos repetido, para no encontrarte ahora con el
agua al cuello». El padre coloca el lamento del hijo en un contexto más amplio y
realista y no infravalora su responsabilidad. Al colocarle frente a su
responsabilidad no reduce el obstáculo, sino que le hace ver las consecuencias
de sus propias decisiones, con la esperanza de que esto le sirva de lección.
Otro ejemplo: unos padres notaron las diferentes maneras en que ayudaban
a su hijo con el repaso de sus deberes. Frente a una pregunta que el niño no
sabe responder, la madre prueba a decirle la primera sílaba de la respuesta. El
padre, en cambio, escucha en silencio la respuesta, espera a la siguiente
pregunta y después de contrastar que se repiten los chivatazos de la madre,
cierra el libro y dice: «es mejor que estudies todavía un poco más. Te volveré a
preguntar más tarde». En su respuesta prevalece la constatación de una
realidad (su falta de empeño) menos fácil para una madre, que es menos
propensa a admitir la responsabilidad del hijo. Parece como si algo le impidiera
creer lo que en el fondo ella sabe: que su hijo no ha estudiado y que eso no
tiene justificación. Prevalece en ella el deseo de protegerlo de la «dura»

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interrogación, de la nota que al día siguiente inevitablemente le pondrán. La
vivencia emotiva de esta situación desagradable para el hijo le empuja a cargar
con gran parte de su esfuerzo de estudiar, a intentar hacerle fácil lo que debería
haber hecho, a rebajarle los obstáculos.
La lógica materna de «mi hijo no debe sufrir» lleva inexorablemente a
comportamientos sustitutivos que, si se realizan sistemáticamente para
prescindir de las condiciones que pueden ser oportunidades para motivar al
estudio, pueden generar un grave daño educativo. La ayuda de los padres está
justificada y resulta razonable cuando el hijo tiene una dificultad objetiva para
estudiar, pero asume un significado diferente cuando el hijo «podría pero no
quiere». Si se observan varios comportamientos del hijo, se puede discriminar
cuál sería el primer caso (donde la ayuda sería necesaria) o cuáles se refieren a
esta última situación (donde la ayuda de los padres no parece razonable).
A este respecto, el siguiente relato de una madre puede ser esclarecedor:
«Si tengo que ser sincera –afirma–, creo que mi hijo hace los deberes de
manera superficial. Hace falta estar siempre con él, decirle que empiece de
nuevo, que repita... Si le digo “esto no te lo sabes”, protesta y dice que no es
verdad, que él lo sabe y tengo que perder mucho tiempo para convencerle de
que lo lea de nuevo y lo repita... Quiere terminar la tarea corriendo, como una
cosa aburridísima que se quisiera quitar de en medio lo antes posible. A menudo
me pide ayuda, pero no porque realmente no sepa hacerlo, sino para tener más
tiempo para jugar. De hecho, si le dejara, jugaría todo el día. Parece que va al
colegio para contentarme. Hasta ahora, con mi ayuda, siempre ha sacado
buenas notas, sin esforzarse mucho. A final del año me dijo: “Gracias, mamá,
sin ti habría suspendido”. Me doy cuenta de que me usa como «diccionario», me
pregunta el significado de las palabras que podría buscar él mismo. Últimamente
le digo: “No lo sé, no me acuerdo del significado de esta palabra en inglés” y él
me responde que lo hago a mala idea y que no quiero decirle la respuesta. Me
falta libertad para decirle que es verdad, que sé el significado de ese término,
pero que no se lo quiero decir a conciencia. He intentado ayudarle menos con su
tarea pero su rendimiento escolar ha bajado visiblemente. Sus profesores me
han dicho que no progresa del todo y que trate de seguirle un poco más. Lo
cierto es que me da pena porque nos cambiamos de casa cuando él era todavía
pequeño y no ha conocido a sus abuelos ni ha podido disfrutar de su afecto.
Además, su padre tiene un carácter muy fuerte que le hace sufrir inútilmente...
Todo esto me hace “darle de más” por todo aquello que la vida no le ha dado y
reparar así la injusticia que ha sufrido. Pero me encuentro cada vez más
cansada, no consigo seguir el ritmo de la casa y también yo soy cada vez más

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mayor y me siento cada vez más estresada. El resto no quiere estar con él
porque es muy insistente y molesto; esta manera suya de actuar la he aceptado,
pero los demás no pueden soportarle. Tengo que hacer el esfuerzo de no caer
en lo que él quiera. Será difícil pero lo intentaré...».
Parece evidente el esfuerzo de esta madre por decirse la verdad y no
engañarse a sí misma. Sabe que su hijo no se esfuerza por estudiar, que tiende
a aprovecharse de ella y a comportarse mal. Por otra parte, no consigue dejar
de lado su disponibilidad o limitar sus preguntas por temor a que sufra. El virus
emotivo que le condiciona (el sentimiento de «pena» hacia su hijo) potencia en
este caso su natural disposición femenina a proteger a su hijo de todo lo que le
suponga esfuerzo y empeño, un banal pero concreto ejemplo cotidiano del
sufrimiento de la vida.
Por tanto, deben verificarse las condiciones que hacen oportuna la natural y
positiva disposición a ayudar, a salir a su encuentro, a facilitar a los hijos todo lo
que les resulte gravoso. Si no, esta tendencia no contribuirá a su bien.
Los comportamientos de los padres son emocionalmente maduros si hacen
prevalecer el bien educativo del hijo por encima de las tendencias del carácter,
por encima de las dinámicas emotivas poco conscientes y si no vienen
determinadas por las disposiciones del género masculino y femenino, cuando se
ajustan a este fin.
De esta manera, se reconsidera la escasa propensión del instinto masculino a
rebajar sistemáticamente los obstáculos, a hacer más fácil la vida a sus hijos.
Este comportamiento no es contrario a la realización del bien educativo de los
hijos, y, si no es expresión de otras actitudes inconscientes menos nobles (algo
siempre posible), se encuentra libre del clima de sospecha cultural que lo rodea.
Parece que solamente las disposiciones «femeninas» pueden formar parte
del bagaje emotivo de los padres, alimentando de esta manera una difusa
sensibilidad que tiende a negarle valor a la cultura educativa masculina, que es
vista con «insuficiencias» respecto a otras disposiciones que caracterizan a la
femenina, y por lo tanto potencialmente poco apta para el crecimiento y
desarrollo de los hijos.
Esto crea en muchos padres un sentido de inferioridad, que les constriñe a
desconfiar excesivamente de sí mismos, cosa que no sucede con la obligada
valoración de la sensibilidad educativa femenina.
La falta de motivaciones que restituyan racionabilidad al instinto masculino y
le hagan entrever su capacidad de realizar el bien de su hijo, genera padres
débiles que desisten de su papel, «mamás» más que papás, que se esfuerzan
en seguir los dictados que les marca la afectividad materna. A menudo, con

41
cierto esfuerzo y escasa convicción, explicitan esta realidad con sus amigos del
mismo sexo. No es infrecuente escuchar a los padres contar qué deben hacer
para resolver ciertas situaciones, solo cuando se crea un clima de complicidad
masculina, donde no haya temor de levantar reacciones adversas y predecibles
acusaciones de superficialidad, insensibilidad o excesiva dureza.
Pero la secreta resistencia masculina a ser reconfigurado según las
características del código materno contiene más sabiduría de la que se cree. Los
padres deben, si acaso, integrar la diversidad del cónyuge siendo ellos mismos,
sin renunciar a su propia identidad de género, incluso en el campo educativo.
La represión de la cultura masculina y la negación de su valor crean
condiciones para una vuelta al machismo rencoroso y vengativo del que se
vislumbran, por desgracia, los primeros indicios.

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El padre tiene menos miedo de pedir a los hijos respeto a sus
exigencias
A un padre le resulta más inmediato e instintivo decirle a un hijo: «no existes
tú solo, no existen solo tus deseos. Yo también tengo exigencias que pido que
respetes».
Frente a los deseos de los hijos, el código femenino tiende a anularse y el
código masculino pide reciprocidad. Respetar las exigencias de la reciprocidad es
una demanda que el padre pide al hijo que acepte.
El código materno, que antepone de manera natural a su hijo frente a ella
misma, unida a su capacidad de sacrificio que suscita una justa admiración por
parte del hombre, contiene en sí también el principio de su peligrosidad. Si la
mentalidad educativa femenina no se enriquece por la aportación masculina,
tiende a patinar por la peligrosa pendiente de la anulación del otro. Estas
condiciones no llevan a un estilo educativo equilibrado, tienden más bien a
alimentar en los hijos pretextos que hacen inviable la relación con ellos y a
«acabar» con la persona que más les quiere.
Unos padres, conscientes de este virus afectivo, describen la tendencia a
anularse por los hijos con las siguientes expresiones:

Me doy cuenta de que les pongo siempre en primer lugar...


Están siempre en primer lugar...
Tiendo a sacrificarme aun cuando no sería justo ni necesario...
Tiendo a colocar sus deseos siempre un grado por encima de los míos...
Si digo que no, me siento cruel...
Me siento en el deber de estar siempre a su disposición...
Estoy acostumbrada/o a vivir en función de los demás y las necesidades de
mis hijos hacen desaparecer completamente las mías...

El destino de unos padres así es, obviamente, terminar exprimidos como un


limón, por usar una expresión recurrente, y hacer crecer hijos que les tratan
mal, que les exprimen.
Las mujeres describen a sus maridos (generalmente) como menos
adaptables y pacientes: «se hartan con más facilidad –dicen– y están menos
dispuestos a sacrificarse».
Si por la tarde se encuentran que tienen que hacer la tarea con los hijos que
han estado jugando a la PlayStation desde que llegaron del colegio, los padres

43
se sienten menos culpables y les dicen: «Yo también tengo derecho a
descansar, deberíais pensar en esto». Muchas veces se permiten ver un
programa de televisión que les guste y le piden a sus hijos que se adapten a
ello.
El padre no está generalmente muy dispuesto a ver dibujos animados
durante diez años consecutivos, «porque a los niños les gusten tanto».
No soportan tener que compartir todas las tardes su sofá con el novio de su
hija de quince años, «porque, si están en casa, estamos todos más tranquilos»,
como afirma la madre.
Dice más fácilmente al hijo: «Cuando termine de ordenar voy a jugar
contigo. Espera un poco».
O, si no: «Esta tarde estoy cansado, ¿podrías hacer menos ruido?».
O al hijo que se entromete constantemente le dice: «Ten paciencia, termino
de hablar con mamá y, después, te escucho».
No le reconoce el derecho a interrumpir cuando le venga en gana la
conversación de otros. Le pide a su hijo que renuncie al deseo de ser siempre el
centro de atención.
Algunas de sus impaciencias pueden tener una motivación de tipo egoísta
(en cuyo caso se presentan con reacciones excesivas, poco flexibles), pero,
generalmente, representan su defensa ante una petición a la que es bueno y
justo poner un límite. Sin embargo, el hijo puede no percibir como real la
existencia de las necesidades de los demás. A través de la petición de
reciprocidad, que le sitúa «ante una dificultad», el padre le hace capaz de
considerar los deseos de otras personas, condición necesaria para hacer vivible
cualquier relación.
Se corrobora el principio de que solo el estímulo para recorrer el camino de
una «renuncia inteligente» hace al hijo capaz de vivir en el mundo real y de vivir
las relaciones humanas bajo la insignia de la reciprocidad.
Esta actitud, inscrita en el código masculino, está presente también en la
madre, aunque generalmente con menor intensidad. A menudo las madres
deben sentirse extenuadas y agotadas antes de pedir algo para sí mismas. Es,
por tanto, posible que algunas de ellas sientan como propios los rasgos
distintivos de la sensibilidad masculina. Esto no es ningún problema: lo que
realmente cuenta es que el hijo entre en contacto con estas demandas justas,
sin importar si vienen del padre o de la madre.

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El padre trata al hijo como capaz de entender y de pedir lo que
necesita
Una escena muy común: el padre y la madre pasean por la tarde con sus
hijos. La madre llama a su hijo pequeño de siete años: «Ven a ponerte el jersey,
que empieza a hacer frío». La madre, previsora, ha cogido uno de casa, por si
acaso. Pero el niño sale corriendo y, después de perseguirlo entre la gente que
pasea por la calle, empieza una difícil negociación para conseguir abrigarle para
que no se ponga enfermo.
Es más difícil encontrar a un padre que lleve en su brazo un jersey por si el
niño tiene frío, «en el caso de que sea necesario».
Simplemente, no piensa en ello, no solo porque de eso ya se ha preocupado
su madre, sino también porque ella «tiene a su hijo siempre en mente», como si
su pensamiento estuviese siempre dirigido a él, en cómo está o cómo podrá
sentirse dentro de poco. Todo aquello que podría hacerle estar mal o ser un
problema es objeto constante de la atención subliminal de su mujer.
Un conocido humorista definía así la chaqueta del hijo: es la indumentaria
que la madre hace ponerse al hijo cuando ella tiene frío. Si el hijo es una parte
de sí, ella no puede sino ponerle lo mismo que ella lleva puesto y considera
necesario. «Como tengo frío –es el pensamiento espontáneo de la madre–, no
puede no tener frío él».
El comportamiento identificativo (yo y mi hijo somos la misma cosa) que en
la pasada situación se ha descrito de manera gráfica, responde a una valiosa
capacidad de atención y cuidado, parcialmente desconocida por la psicología
masculina, pero contiene también el riesgo de tratar al hijo simplemente como
una prolongación de sí misma, de imaginarlo como similar a algo que en el
fondo no es tal.
En un juego de contraposiciones, se podría decir que el riesgo masculino es
«olvidarse» del hijo y de sus deseos y el riesgo femenino es prevenir sus
necesidades y sofocarlas con cierta premura, lo que podría resultar algo
invasivo. En una circunstancia parecida, el padre no invita a su hijo a taparse
(dando por descontado que tenga necesidad de ello), sino que le pregunta:
«¿Tienes frío?». Le trata como una persona diferente de sí mismo, también
porque está mucho menos identificado con él. Esto hace que el hijo sea
consciente de sus propias necesidades y que las exprese explícitamente o
responda simplemente a la pregunta de su padre. Esto hace que el hijo sea más
consciente de sus necesidades (en este caso debe saber si tiene calor o frío) y,

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dentro de ciertos límites, a decidir por él mismo.
Muchos otros ejemplos podrían justificar la razonabilidad de no prevenir
sistemáticamente los deseos del hijo: si le falta la experiencia de una necesidad
«sufrida» pero no cubierta, no tendrá nunca la sensación de que está recibiendo
ni sabrá desarrollar el sentido de gratitud por lo recibido.
A un nivel más profundo, la propuesta de hacer al hijo más consciente de sus
propias necesidades disuelve la identificación materna y le permite no estar
continuamente envuelto en una relación en la que alguien siempre piensa en
«proveerle de lo necesario», como si sus propias necesidades no se
distinguiesen de las necesidades de su madre.
En este sentido, el padre pide al hijo que acepte el esfuerzo de comprender y
expresar sus propias necesidades. De que piense en vez de que piensen por él.

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El padre ayuda al hijo a asumir sus propias responsabilidades
Decirle a un hijo sus errores y ayudarle a llevar el peso de su propia
responsabilidad constituye la mayor dificultad de cualquier educador. Decirle a
un hijo que algo es «culpa suya» equivale a una delicada operación quirúrgica,
con frecuencia necesaria pero psicológicamente muy difícil, sobre todo para el
cirujano.
Los hijos también participan de la tendencia del ser humano a excluir la
propia responsabilidad en determinadas situaciones.
«Según ellos –comenta una madre– nunca tienen la culpa de nada, la
responsabilidad es siempre de los demás, de la mala suerte o de las
circunstancias...». Reconocer y asumir la culpa es una dificultad que toca la
profundidad del alma humana y que desde siempre suscita las justificaciones y
defensas más potentes.
El código paterno no busca proteger al hijo de la culpa, sino que le ayuda a
reconocerla y a «llevarla» con dignidad. Con el objetivo de enseñarle
progresivamente a preferir la verdad a la mentira, la sinceridad a la «excusa
fácil», el padre inflige en el hijo una desagradable pero necesaria herida en su
orgullo.
«Mis compañeros de clase me tratan mal», se lamenta un hijo. «Lo siento
mucho, hijo, pero tú también tienes que admitir que les has tomado el pelo»,
responde el padre. Como en tantas circunstancias problemáticas, el verdadero
problema es la gestión de la culpa y la respuesta paterna indica al hijo una
responsabilidad que debe reconocer con valentía. Solo el reconocimiento de la
realidad permite resolver el problema.
No existe ningún progreso, ninguna mejora sin verdad. Ni siquiera el amor
por un hijo justifica prescindir del sentido de verdad y de justicia. Cuando para
salvar ilusoriamente a un hijo se sacrifica la verdad, se le da a entender que no
se le quiere realmente.
Ayudar a un hijo a reconocer su propia responsabilidad es sustancialmente
distinto de hacerle sentir culpable. No se trata de convencerlo, por alguna
secreta conveniencia, de haber cometido un error que en realidad no ha
cometido. Hacerle consciente de esa culpa es «hacer creer» a una persona que
se ha comportado mal con respecto a la verdad. Ayudar a un hijo a reconocer su
culpa significa hacerle capaz de reconocer los aspectos imperfectos o egoístas
de su comportamiento, asumiendo su responsabilidad. La culpa no es, de inicio,
un sentimiento, sino un comportamiento que ha causado un daño real, aunque

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inmaterial, a sí mismo o a otros.
Sentirse culpable es una experiencia destructiva; darse cuenta del mal hecho
y sentirse disgustado es signo de integridad moral y de una gran madurez
psicológica.
Pero fijémonos en otros ejemplos del comportamiento paterno. A un hijo que
se queja de que sus amigos no van a su casa, el padre le hace ver que, cuando
está con ellos, siempre quiere mandar él y que los demás no quieren su
compañía por eso. Si el hijo protesta alegando su inocencia y apoyándose en la
idea de que ninguno de sus amigos le cree y que siempre le echan la culpa a él,
es importante recordarle que, con sus mentiras, ha lapidado la confianza que
estos tenían en él. Es el hijo el que tiene que aprender a ser sincero, no sus
padres los que tienen que hacerse más crédulos o ingenuos para ser buenos
educadores. Como tampoco el hijo puede olvidarse de que tendrá que ser más
atento con sus amigos, si quiere jugar con ellos, y más respetuoso a las
necesidades y deseos de los demás, si quiere disfrutar de una buena relación
con ellos.
El día a día ofrece numerosas circunstancias que encierran un enorme
potencial educativo.
«El entrenador no me saca a jugar en los partidos de fútbol», estalla
resentido un chico. El instinto reparador de la madre tiende rápidamente a
ayudar a su hijo y a sugerirle que tenga paciencia para que el entrenador lo
conozca mejor, manteniéndole la esperanza de que, antes o después, le hará
jugar como titular. «Pero –observa el padre con tono benévolo– también es
verdad que faltas a dos entrenamientos de cada tres. El entrenador no puede
fiarse de ti si no ve un verdadero empeño por tu parte». Esta consideración no
es un simple detalle, sino un elemento decisivo para establecer la
responsabilidad de su desilusión deportiva. De esto depende en qué modo
afrontará el problema y lo resolverá. No es que el entrenador deba renunciar a
sus peticiones; es el hijo quien, reconociéndole justo y razonable, le debe
aceptar como condición para poder alcanzar aquello a lo que aspira. «No puedes
tenerlo todo sin dar nada a cambio», añade el padre como conclusión a su
razonamiento.
Un padre debe preguntarse por qué estaría dispuesto a omitir la verdad. Y si
el silencio impuesto a su conciencia ayudaría de verdad a que su hijo crezca
bien.

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El padre tiene menos miedo a exigir que sepa adaptarse a las
circunstancias
El hijo se sienta a la mesa a comer y dice con aire disgustado: «¿Qué es
esto? ¿Menestra?». La madre le dice cansada: «Está muy buena, y hay que
comer verdura, que es muy sana; además, está tan picada que casi ni puedes
ver la verdura». El hijo encuentra un trozo pequeño de zanahoria en las aspas
de la trituradora. La madre le insiste: «Es igual que la que hace la abuela». El
hijo protesta y le dice que no tiene nada que ver con la de su abuela. «Si te la
comes, mañana te hago filetes empanados de los que tanto te gustan». El niño
obviamente hubiese preferido solo los filetes y como protesta decide no comer.
La madre le insiste: «Prueba aunque sea un poco antes de decir que no te
gusta». El hijo argumenta que puede perfectamente decir que no le gusta sin
necesidad de probarlo antes.
Escenas como estas son muy comunes y ponen a prueba el esfuerzo
educativo de los padres.
El padre, viendo que se trata más de un capricho de su hijo que de una
legítima preferencia alimentaria, con tono expeditivo que no admite réplica,
imprime a la misma situación una dinámica distinta. El diálogo con el padre
podría ser de la siguiente manera:

«¿Qué es lo que hay de comer? ¿Menestra?».


«¡Cómetela, que se queda fría!».
«¡No me gusta!».
«Te la has comido cuando la hizo la abuela, y es la misma que ha hecho tu
madre y entonces dijiste que te gustaba».
«¡Quiero filetes!».
«Los comerás mañana».
«¡No, los quiero ahora! Si no, no como».
«Hazlo si quieres, cuando tengas hambre, comerás».

Después, se habría dirigido a su mujer con un aviso preventivo: «No le des


bollos después si dice que tiene hambre».
Las intenciones que sostienen este diálogo son evidentes: el padre se
propone ayudar al hijo a abandonar el pretexto de que la realidad corresponda
siempre con sus deseos, a aceptar aquello que no le agrade y a adaptarse a
ello. La lección educativa que contiene este fragmento no es banal: al no dejar

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que su hijo imponga su propio capricho le ayuda a abandonar el pretexto de
poder refutar la realidad si no es conforme a sus propios deseos.
En general, entrena al hijo a aceptar la vida con sus luces y sus sombras,
con sus aspectos bellos y también con los menos gratificantes; tal y como es,
aunque no sea perfecta.
La acción educativa no se vale generalmente de grandes discursos ni de
complejas argumentaciones filosóficas: las grandes lecciones se encuentran en
los pequeños detalles como en el fragmento de la conversación anterior. Por
tanto, incluso en la gestión de una simple obstinación de un hijo se pone en
juego su formación y su modo de afrontar la vida.
Mientras las madres tienden a adaptarse en gran medida a los deseos de su
hijo y a secundarle en sus exigencias, el padre exige al hijo que se adapte, que
aprenda a renunciar a aquello que no es justo tener.
Él pide al hijo que se implique en aquello que le gusta: busca hacerle
partícipe de sus gustos, le propone sus deportes, esperando que también a él le
gusten.
Esta tendencia está magistralmente expresada en el lenguaje común, en el
que se dice que el padre «arrastra consigo al hijo» y la madre «le sigue». Esta
observación no es nada banal.
Ella, por ejemplo, adapta más fácilmente sus conversaciones familiares a los
argumentos de sus hijos, mientras que el padre tiende a afrontar argumentos
que no apelan directamente a su vida, tratando de acercarlos a su mundo.
Si tienen que contar cuentos para dormir a sus hijos, la madre elige aquellos
que les gustan más a sus niños aunque a ella no le gusten. El padre elige los
cuentos que le gustan a él esperando que también gusten a sus hijos.
Cuando hay que preparar la cena, la madre se pregunta: ¿qué les apetecerá
a los niños? El criterio del padre es distinto: se pregunta qué cosa le apetece a
él que pueda también gustarle a sus hijos.
De esta manera, el padre propone a sus hijos probar cosas nuevas, como
también otros temas de conversación distintos, mientras que la madre vuelve a
proponer los mismos temas tranquilizadores, no pide al hijo que se adapte a una
cosa distinta que podría aportarle nuevos estímulos y una ampliación del mundo
que ya conoce.
Ningún padre y ninguna madre se caracterizan por estos comportamientos
en estado puro: afortunadamente, los padres también se adaptan a los hijos y
las madres también muestran sus propios intereses. No obstante, existe una
diferencia en la propensión psicológica de cada uno que hace más agradable e
instintivo a las madres adaptarse a sus hijos y a los padres el pedirles que se

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adapten a las circunstancias.

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El padre admite con más facilidad los defectos de sus hijos
La madre tiende de manera habitual a proteger a su hijo incluso en el «modo
de pensarlo».
Admitir los límites de un hijo no es fácil y la madre está normalmente más
inclinada a cargar con las culpas de sus hijos, ponerse en crisis en vez de
admitir que algo no va bien. La ligazón que le identifica con ellos le lleva a
pensar que todo aquello que involucra a sus hijos tiene necesariamente que ver
con una responsabilidad suya.
Frente a un hijo que no se esfuerza en los estudios, por ejemplo, es un signo
de gran sensibilidad psicológica preguntarse: ¿Se comporta de esta manera
porque tiene problemas que yo no veo? ¿Se los habré creado yo sin saberlo?
¿Puede estar enfadado conmigo por algo que le he hecho? Estas hipótesis
interpretativas pueden aportar nueva luz en el comportamiento problemático del
hijo. Colocar su comportamiento en el contexto de las dinámicas relacionales
puede favorecer una comprensión más realista y profunda del comportamiento
del hijo.
Pero no es verdad que la madre siempre entre al trapo, como ella
instintivamente sostiene. Si no aprende a vivir a su hijo como algo
independiente de sí misma, se sentirá íntimamente responsable de sus errores y
tenderá a asumir culpabilidades que no le corresponden.
En muchos casos las imperfecciones del estilo educativo de los padres, si
existen, son escasamente relevantes o no tienen una conexión directa con el
comportamiento reprobable del hijo.
Por no hablar de las situaciones en que los padres se sienten culpables por
errores inducidos por los propios hijos, como perder la calma después de que le
hayan desesperado todo el día.
En otros casos, los hijos utilizan los errores educativos de los padres para
justificar su conducta, o se escudan en problemas reales (la ausencia de los
padres por trabajo o su separación, por ejemplo) para evitar hacer sus deberes
(empeñarse más en los estudios).
Aunque hubiera muchos argumentos que negasen un nexo causal entre una
situación lamentable y su falta de empeño, la madre tenderá a interpretar el
comportamiento de su hijo a partir de su dolor (que puede ser real pero sin
relación directa con su conducta en el colegio) y por tanto a partir de su
presunta «culpa» en ello. No da crédito a la hipótesis de que los hijos puedan
«esconderse tras ese dolor», aprovecharse de esa situación y manipular la

52
realidad en su propio beneficio.
Considerar a los hijos como (relativamente) libres y capaces de elegir suscita
en ella miedo y consternación: es mejor considerarles víctimas de la
«incomodidad», de los «problemas» o de las circunstancias (siempre habrá un
profesor incapaz o surgirá una dificultad imprevista) que, a la hora de explicar
sus reacciones psicológicas, acaben justificando su conducta.
Verlos atraídos por la comodidad o inclinados al egoísmo es a menudo más
dramático pero más realista. La siguiente historia puede ser clarificadora en
relación a esta específica dificultad de la sensibilidad materna:
«Mi madre –cuenta un chico de 15 años–, cuando habla de mí con otras
personas, trata que el resto no vea mis defectos. Si alguien se comporta como
yo, esto para ella es un defecto. Si lo hago yo... no es tan grave. Cuando habla
bien de mí, en parte lo hace porque me lo merezco y en parte porque soy su
hijo. Me parece que, cuando me felicita por una cosa que para ella es
importante, es como si se dijera a sí misma que ha conseguido tener un hijo
bueno o se adjudica el mérito por haberle enseñado bien. Si mi padre me
felicita, es porque tiene un motivo real para hacerlo».
Es difícil para una madre rasgar del velo de inocencia moral con el que
protege a sus hijos, en el extremo tentativo de creerlos inmunes a cometer
alguna maldad. Con más dificultad que el padre, ella se rinde a la realidad de su
imperfección moral.
La lectura paterna del comportamiento de sus hijos es más hábil: acepta con
mayor facilidad la presencia de sus características negativas, de aquel «corazón
en las tinieblas» del que nadie está del todo libre.
«He descubierto que mi hija me miente. ¿Será una reacción a nuestra
reciente separación?», se preguntaba una madre. Saber preguntarse dentro de
sí misma esta hipótesis, valorar esta nueva clave de lectura es un signo de gran
sensibilidad psicológica, pero estas hipótesis deben estar confirmadas con
sólidos elementos de la realidad, antes de convertirse en una certeza de donde
obtener sus propias respuestas educativas. El enlace necesario entre estos dos
sucesos representa solo una de las muchas hipótesis etiológicas (esto es,
relativas a las causas). El comportamiento de la niña puede no tener ninguna
relación directa o inteligible con la separación de sus padres. Puede haber
manifestado esa tendencia antes de esa circunstancia de manera tan persistente
y generalizada que no se pueda unir de manera racional a un momento
específico de sufrimiento.
En algunos casos los hijos pueden «simplemente» ser caprichosos,
testarudos o polémicos; ser orgullosos y no admitir sus propios errores; pensar

53
solo en sí mismos, «hacer que no entienden» lo que sus padres les piden; o
decir mentiras para escapar de su responsabilidad, sin que sus padres tengan
que pensar necesariamente que se han equivocado en alguna cosa fundamental
en la educación de sus hijos.
No es realista pensar que un hijo no se esfuerza en los estudios porque sus
padres no han sido capaces de transmitirle la importancia del estudio. Algunos
comportamientos pueden deberse simplemente a que son «más fáciles o más
cómodos» y no son manifestaciones de una auténtica dificultad psicológica o
relacional.
Pero la madre tiende a referir todo esto a sí misma, a culparse por no haber
sabido impedir los errores de su hijo.
«Cuando mi padre me explica por qué, según él, me equivoco –explica un
chico–mi madre siempre interviene y le dice que no sea tan duro conmigo. Es
como si tratara de defenderme de mi padre, pero yo prefiero entender las
razones de mis errores, mientras que mi madre con su actitud parece decir: “lo
que has hecho ha sido un error pero... no pasa nada”. Si quisiera, podría
aprovecharme de su debilidad. Sé que basta con abrazarle y se le pasa todo.
Cuando me va mal en algo, basta con echarle en cara que ella no ha hecho lo
suficiente por mí para evitar que me reprenda. El otro día lo comprobé, pero me
avergoncé de mí mismo. Lo que no entiendo es cómo no se da cuenta de que
digo algunas cosas “aposta”. Con mi padre no me comporto de la misma
manera porque él “no entra al trapo”. Las mismas frases no tienen en él el
mismo efecto. Antes usaba estos atajos con mi madre para evitarme todo lo que
no me apetecía y hacer lo que me diera la gana».
Una actitud diferente permite al padre reconocer con mayor facilidad,
aunque no sin cierto disgusto, las limitaciones de sus hijos y admitir la
ambivalencia afectiva que a veces suscitan.
«Me disgusta decirlo –afirman a menudo los padres– pero mi hijo es un poco
vago (u holgazán o algo mentiroso...)». Describen de manera más abierta y
sincera el comportamiento de sus hijos como «pesados», «egoístas»,
«pretenciosos», «poco dispuestos a colaborar en familia», «tendente a fingir
que no entienden lo que deben hacer», incluso admiten que muchas veces «le
sacan de quicio». En situaciones más graves, se muestran decepcionados por su
comportamiento hasta puntos de resignación y desilusión.
Los padres, en definitiva, se sienten más libres de admitir que, en algunos
aspectos, los hijos «no se comportan de un modo agradable» ni son como
deberían ser.
No es raro que un padre llegue a expresar de esta manera una actitud de su

54
hijo: «Odio tener que admitirlo pero mi hijo es un auténtico plasta». O por poner
otro ejemplo: «¿Sabes esa gente que se merecería que le dieran un bofetón? ¡Mi
hijo es uno de esos!». O, por resumir: «La verdad es que mi hijo es un insolente
que no le tiene respeto a nada».
Estas expresiones son mucho menos frecuentes en las descripciones
maternas, caracterizadas más por alusiones edulcoradas y de pequeñas pero
estratégicas reticencias a la hora de describir el comportamiento negativo de sus
hijos. Les cuesta renunciar a las perífrasis porque les da la impresión de hablar
de manera inconveniente de sus hijos y no tanto de estar describiendo la
realidad de unos hechos.
Los diversos mecanismos psicológicos hacen que los padres sean más
capaces de renunciar al «hijo deseado» (esto es, al hijo que les hubiese gustado
y no al hijo como les gustaría que llegase a ser) y ver al hijo real, tal y como
realmente es.
Es frecuente observar cómo muchas madres se sienten personalmente
ofendidas por toda consideración negativa que se hace de sus hijos, como si
estuvieran personalmente implicadas.
La distancia psicológica, que predispone a una mayor objetividad al juicio del
padre, se debe a la convicción interior de que el comportamiento del hijo no es
siempre consecuencia directa de la educación de sus padres y, por tanto, no es
su responsabilidad directa.
En un nivel más profundo, la madre vive como inaceptable que el hijo no
tenga el grado de perfección que su cariño y afecto desearían para él. Se niega
a reconocer los aspectos negativos de su carácter. Es como si las madres
llevaran a cabo una protesta secreta contra el estado de las cosas: «todo esto
no es justo», parecen decir, como si conservasen dentro de sí el deseo de una
vida diferente, el recuerdo de un tiempo en que la vida «no era así».
La psicología materna defiende una verdad inmemorial, donde persiste el
recuerdo de una vida justa y feliz, de una inocencia moral perdida, como si una
inexplicable maldición se hubiese abatido sobre el género humano. El corazón
materno vive como una injusticia inaceptable el hecho de que la vida comporte
esfuerzo, sufrimiento y dolor, sobre todo, para sus hijos e íntimamente se rebela
contra todo eso.
También es verdad que los hijos necesitan ser puestos frente a la verdad de
sí mismos para poder llegar a ser mejores personas y afrontar con valentía
todas las situaciones, para poder alcanzar esa imperfecta felicidad que les
reserva la vida.

55
El padre sitúa a los hijos frente a la realidad
La capacidad de situar a los hijos frente a la realidad sintetiza la esencia del
estilo educativo paterno. Se podría resumir esta actitud con el siguiente ejemplo.
Un chico de 11 años invita a muchos compañeros de clase a jugar a su casa
por la tarde. Todos declinan la invitación con distintos motivos. Entre otros, el
que más se repite es que no pueden porque su madre no puede llevarles a su
casa. El niño cuenta desilusionado a sus padres lo que ha sucedido. Llegados a
este punto, cabrían dos posibilidades: que prevaleciera la actitud protectora
negando la realidad o ponerle frente a la misma. La madre, que se da cuenta de
lo que sucede, narra cómo decidió, por primera vez, intervenir con una actitud
más propia del estilo paterno que del materno: «En otras ocasiones me dejaba
arrastrar por el disgusto de mi hijo y le decía: “no te preocupes, llama de nuevo
a tus amigos y diles que les puedo ir a buscar yo y que, si quieren, les llevo a
casa después también”. O también le decía: “no te preocupes, yo llamo a su
madre; es mi amiga y ya verás cómo le convenzo para que le deje venir”. Pero
esta vez he preferido abordar la situación de manera diferente. Haciendo de
tripas corazón le he dicho a mi hijo: “¿crees de verdad que tus amigos no vienen
porque sus madres no pueden traerles aquí?”. “Sinceramente, no”, me ha
contestado. “Yo tampoco creo que esa sea la razón –le he dicho–, si quieres que
sea sincera, creo que tus compañeros te están evitando porque les tomas el
pelo, como me han dicho los profesores que haces. Por eso, no creo que
quieran estar contigo. Si quieres tener amigos de verdad, los tienes que
respetar; seguro que, si les tratas mejor, estarán más a gusto contigo. Tienes
que elegir qué es lo que quieres hacer”. Mi hijo, después de un largo silencio,
me dijo: “Es verdad, a partir de mañana trataré de comportarme mejor con
ellos”».
Poner a un hijo frente a la realidad significa exponerle al dolor de la culpa y a
la desilusión de sí mismo, pero protegerlo siempre, también de la verdad sobre
sí mismo, no le hará mejor persona. No se puede ser buen educador y prescindir
de lo que se cree verdadero o justo. Los hijos tienen la capacidad de cargar con
el peso de la verdad (que frecuentemente ya conocen) y no es raro que se
asombren de cómo los adultos no son capaces de tener una clave de lectura
adecuada sobre sus comportamientos.
Deformar sistemáticamente la realidad conocida, cediendo al miedo de
«hacerles sentir mal», significa crear presupuestos para posteriores desilusiones
y problemas y hacer más dramático el momento en que se den cuenta de sus

56
propias contradicciones.
Tampoco es verdad que los padres nieguen siempre la evidencia y «ajusten»
la realidad para que su hijo no sufra las consecuencias de sus errores. En este
sentido, el juicio paterno es más fiable: dice las cosas como son, ayudando al
hijo a no tenerle miedo a la verdad. «Se le puede tener miedo a la verdad pero
también puede verse su cara liberadora: te da el sentido de lo que vale la pena
realmente –afirma un hijo–, te hace sentir menos temeroso, estar más dispuesto
a afrontar la vida sin estar huyendo siempre».
La mentalidad actual impone una prohibición que es como un golpe mortal a
la cultura materna y paterna: impone no juzgar al hijo, solo comprenderlo, como
si estas dos cuestiones fuesen opuestas e irreconciliables. El juicio representa un
acto arbitrario, síntoma de arrogancia (propia de quienes creen conocer el bien
y el mal) y de incapacidad de entrar en el mundo emotivo del hijo. En definitiva,
un residuo cultural del paternalismo. Quien afirme tener la certeza sobre
cualquier cosa que se entienda como bien educativo para el hijo y, por tanto,
cualquier criterio de juicio sobre sus comportamientos, corre el riesgo de ser
tachado como culturalmente poco correcto y poco acertado desde el punto de
vista ético. En el lugar del juicio se ha situado el concepto vago y «educado» de
«comprensión» del hijo, como si la explicación psicológica pudiese sustituir el
juicio moral, en vez de hacerlo más realista y, por tanto, más justo.
De esta manera, la comprensión de las dinámicas psicológicas, la intuición de
«por qué el hijo actúa de ese modo» sustituye al arte de juzgar rectamente, de
valorar si el comportamiento es positivo o negativo, justo o equivocado. La
comprensión psicológica es necesaria para obtener un juicio realista y
equilibrado, pero no lo excluye en cuanto tal.
La prohibición de juzgar, hoy aceptada como liberatoria, progresista y
considerada un fundamento de respeto al hijo, cae inexorablemente en la
justificación psicológica de toda actitud. Si los comportamientos pueden ser
explicados a través de las motivaciones psicológicas que las sostienen (y todos
los comportamientos tienen un porqué), estas se convierten en «buenas
razones» para hacer lo que se ha hecho.
Quien conserva el instinto de confrontar los comportamientos del hijo con los
conceptos de verdadero o falso, justo o equivocado, interiormente debería
avergonzarse y reprimir esa tendencia –parece sugerir la mentalidad actual–.
Pero la cultura paterna, más herida que la materna, continúa viendo el juicio
como algo irrenunciable, algo a tener en cuenta y que no sería justo saltarse.
En la mentalidad actual tampoco cabe la distinción de juzgar solo el
comportamiento del hijo y no al hijo mismo. Esta útil apreciación expresa una

57
gran finura psicológica pero no suprime la posibilidad y la necesidad de realizar
un juicio sobre los comportamientos de los hijos.
El juicio tiene que estar inspirado en el amor a los hijos, en el deseo de que
les sirva para su propio bien. El juicio, aunque sea severo, pero realista y
equilibrado, expresado con la debida cautela pero sin rebajar la verdad,
representa frecuentemente una experiencia deseable incluso por los propios
hijos. El juicio amoroso es liberador y ayuda a los hijos a definirse: «Me ayuda a
entender en qué sentido valgo realmente», dice un chico.
El juicio hecho por amor a la verdad, aunque sea negativo, restituye al hijo
una imagen más auténtica, más fundamentada y por ello más disfrutable. Por
esta razón, los hijos adolescentes, deseosos de saber quiénes son realmente, lo
buscan y lo desean profundamente, incluso aunque lo teman. Esto les libera de
una concepción de sí mismos perfecta pero irreal, insuficiente para afrontar la
vida.
El «tal vez soy capaz», el «podría llegar a ello si me lo propusiera», la idea
de las propias capacidades imaginadas pero no confirmadas por los hechos, no
son suficientes para que estén realmente contentos y seguros de sí mismos.
«El juicio te ayuda a superar la idea de saber hacer un poco de todo y un
poco de nada», dice un chico, indicando que este juicio lleva consigo el don de
una percepción más auténtica y cierta del propio valor.
Los hijos que han sido sistemáticamente apartados de cualquier juicio
tendrán siempre miedo a equivocarse, a no llegar, y se sentirán más vulnerables
a lo que otros digan o piensen de ellos. No encontrarán un fundamento realista
para sus valores porque nunca han sido confirmados ni desmentidos por alguien
distinto a ellos mismos.
Se podría afirmar que quien quiere a su hijo más que a la verdad no es un
buen educador.
En resumen: la situación narrada anteriormente, donde la madre decide
apostar por decirle la verdad a su hijo, demuestra que las diferencias entre el
padre y la madre se sitúan en términos de prevalencia de la actitud paterna o
materna presente en cada uno de ellos. La teoría de la caracterización en
términos de exclusividad, más que de prevalencia, conduciría a una descripción
caricaturizable y estereotipada de la masculinidad o feminidad, y, como tal, no
llegaría a explicar las innumerables excepciones presentes en los padres de
carne y hueso. Quedarían sin explicación la delicadeza presente en el obrar
paterno así como la determinación y el realismo que tampoco faltan en la
dulzura materna.

58
Capítulo 5:
La adolescencia como tiempo del padre

La infancia puede verse como la época en la que la madre tiene más peso y
la adolescencia podría definirse como el tiempo del padre.
En la primera etapa de la vida, la figura de la madre es la más adaptada, por
muchos aspectos, al tipo de necesidades que tiene el hijo. En esta, el padre no
puede estar ausente, pero sus intervenciones deben estar oportunamente
«guiadas» por la madre, ya que ella comprende mejor el mundo afectivo del hijo
y sabe interpretar de manera más certera sus reacciones.
En esta primera etapa de la vida, el padre tiene la posibilidad de enriquecer y
afinar su sensibilidad dejándose guiar por la sensibilidad materna para llegar
más preparado a la etapa siguiente, en la que estará implicado de manera más
decisiva en la educación de sus hijos.
A ojos del hijo pequeño, el padre sigue siendo una figura importante pero
menos central que la madre, menos presente, más difusa, a quien quiere pero
de cuya vida (que se desarrolla principalmente fuera de la familia) conoce más
bien poco.
Está claro también que el padre «no entra» en una relación significativa con
el hijo sin el consenso de la madre. Si ella, depositaria de una unión intensa y
muy íntima con él, no crea las condiciones para que se responsabilice de manera
directa, difícilmente el padre podrá entrar de manera significativa en la relación
educativa. Es la madre quien acerca el hijo a su padre.

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El hijo adolescente (y la madre) a la búsqueda del padre
En la adolescencia, la madre ve «oportuna y necesaria» la presencia del
padre. El padre viene revalorizado por algunos aspectos que antes no se
apreciaban suficientemente, como su natural propensión a la firmeza o su
capacidad de decir no, un cierto pulso que mantiene en relación a sus hijos.
Es muy frecuente que durante esta etapa las madres abandonen
progresivamente la convicción de poder llevar solas la educación del hijo y su
creencia de ser más aptas que el marido en esta tarea. El marido es considerado
«bastante bueno con sus hijos, pero no tanto como yo», una convicción que
deben cambiar cuando los hijos crecen y se encuentran dramáticamente frente a
la impotencia de poder hacerlo por sí solas.
Cuando la madre se encuentra frente a la incapacidad de dirigir a su hijo, o
se da cuenta de que sus debilidades afectivas no le aportan la necesaria
autoridad, se siente «la última de la fila», como se suele decir, y por primera vez
advierten la necesidad del aporte educativo del marido, de tal modo que
comienza a valorar positivamente la diferencia del punto de vista de su cónyuge,
que hasta ese momento no había tenido ocasión de apreciar.
No pocas veces reconsidera algunos aspectos de su pareja que antes creía
poco adecuados, y valora y aprecia su modo diverso de afrontar con éxito las
cuestiones educativas.
Las vivencias más comunes por las que la madre advierte el deseo de «ceder
un poco el hijo a su padre» o de encomendarlo de manera más decisiva a su
responsabilidad educativa son:

— Un cansancio inevitable y comprensible del trabajo; de acudir siempre al


rescate de los hijos, unido al renacimiento del deseo de reemprender el camino
de su propia evolución personal, completando o perfeccionando, por ejemplo,
unos estudios o cultivando intereses que había dejado de lado por dedicarse
más de pleno al cuidado de sus hijos. «Ahora son mayores –afirman
frecuentemente las madres– y ya no tienen la misma necesidad de que esté
cerca. Ahora tengo más tiempo libre para dedicarme a aquello que nunca he
tenido tiempo de hacer».
— Cuanto mayores son los hijos, más serias son las decisiones educativas;
por eso, los padres sienten el deseo de dividir, al menos en parte, el peso de
esa mayor responsabilidad.
— Durante la etapa de la adolescencia la educación se hace objetivamente

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más pesada y las decisiones que se han de tomar son siempre más importantes
y decisivas para el futuro de los hijos.
— Esto hace que la madre busque con más ahínco el apoyo del padre para
que asuma de manera más explícita sus responsabilidades.
— Incluso la sensación de que la educación de los hijos «se le está
escapando de las manos» favorece que el padre se involucre más. Con
frecuencia las madres se dan cuenta de que han perdido su capacidad de
mandar sobre sus hijos ahora ya grandes. «Ya no me escuchan», afirman
muchas de ellas. «Las amenazas y castigos ya no bastan». Se dan cuenta de
que no saben guiarles con los métodos que antes utilizaban y necesitan que
otros les ayuden a hacerse cargo de la situación.

61
En busca de un mundo más amplio
Como consecuencia de los aspectos típicos de la adolescencia de los hijos, se
abren para el padre más posibilidades de entrar en una relación más
significativa con ellos, y ser más útiles en su crecimiento personal.
En esta etapa de su vida, el padre se convierte en la figura más interesante
por descubrir: «Siento que mi hija se encuentra más atada a su padre; desde
hace un tiempo parece que solo exista él –comenta una madre–. Por un lado me
da pena pero no me importa que sea así porque entiendo que es justo que lo
sea».
Los adolescentes conocen menos la mentalidad del padre, su modo de ver el
mundo, mientras que lo que piensa su madre está ya más que visto. Sus
consideraciones las ha repetido hasta el infinito, mientras que los
«razonamientos» del padre se adentran en terrenos que su madre no ha
explorado: el deporte, la política, el trabajo... y les hacen descubrir un mundo
«más grande» y más interesante que el doméstico, donde la madre era la
protagonista (muchas veces a su pesar). Muchas madres describen los años en
los que se dedicaron al cuidado de sus hijos pequeños como una experiencia
enriquecedora pero un poco «limitante» por muchos aspectos; una época
marcada por la familia, los colegios, las fiestas de cumpleaños y las visitas al
pediatra.
El padre introduce al hijo en la complejidad del mundo social, en la vida
«fuera» de la familia. Le muestra horizontes más vastos y estimulantes; le hace
partícipe de conversaciones «de mayores» que hasta ese momento se le habían
evitado porque era pequeño o porque se consideraba que eran temas que no le
podían interesar.
Los hijos adolescentes querrían conocer cómo podría reaccionar su padre si
descubriese que un hijo se droga, por ejemplo, o qué piensa sobre la guerra;
cómo valora algunos programas de televisión; por qué prefiere unas películas a
otras; cuál es su parecer sobre una cierta categoría de persona o por qué estima
a algunas personas y a otras no...

62
En búsqueda de aprecio
En esta fase de la vida, el amor de la madre no es suficiente. Los hijos
buscan también la apreciación del padre. Por esta razón desarrollan
características y capacidades que les hagan sentirse apreciados por su padre
además de por su madre.
Someten sus primeros intentos de razonar como «personas adultas» a las
indicaciones de su padre para sentirse confirmados y apreciados en su modo de
valorar las situaciones.
Quieren saber de su padre si lo que han pensado es justo o está equivocado
y por qué.
Este deseo representa un importante motor de evolución psicológica que
completa su formación.
El amor del padre es más difícil de conquistar y por ello también más
estimulante. Este amor se parece más a la estima que al afecto y por ello tiene
que ser respaldado y debe merecerse, dando prueba de que están a la altura y
haciéndose apreciar. La estima es un sentimiento ético complejo que, a
diferencia del afecto natural, se le puede atribuir solo a quien ha demostrado su
propio valor (moral, deportivo, intelectual) a través de alguna forma de prueba
(el esfuerzo, el empeño, la constancia, la coherencia), superando problemas y
renunciando a la pretensión de que todo se puede obtener de manera fácil y sin
esfuerzo.
El padre espera que el hijo «haga un razonamiento sensato» o «cumpla con
su deber», sin huir de las responsabilidades, sin escaquearse, sin mentir ni
aprovecharse de la buena voluntad de sus padres.
El hijo, por su parte, espera que su padre se sienta «orgulloso de él». El
orgullo (un sentimiento casi desterrado de la reflexión psicológica) implica la
satisfacción por haber realizado «algo difícil», sin engaños.
«Sentir la estima del padre te da fuerza –afirma un hijo adolescente–, es
algo de lo que te gusta presumir porque te da la fuerza para querer ser mejor».
En efecto, sentirse estimado es mucho más gratificante que sentirse astuto y
contribuye de manera decisiva a construir una autoestima personal positiva.
El aprecio de la madre es menos creíble porque se percibe como obvio, se da
por descontado, se considera menos exigente, como algo que se le concede al
hijo de manera incondicional. «No sé si mi madre me aprecia porque soy su hijo
y me quiere o porque de verdad soy buena persona», dice un hijo desvelando
de esta manera la razón por la que presta mayor atención al juicio paterno. Y

63
añade: «Mi padre no rebaja la realidad para no hacerme sentir mal». Debido a
que esta estima paterna es más difícil de obtener, es más valorada por los hijos.
Muchas madres descubren con sorpresa que sus hijos tienen más respeto y
estima hacia sus padres que, en cierto sentido, «les trata peor», sin la atención
ni la dulzura ni el compromiso con el que ellas lo hacen. Se subestima con
frecuencia que ellas también tienen derecho a disfrutar del sabor de la verdad,
de saber quiénes son realmente, por qué razones valen y por cuáles pueden
sentirse contentas. Para reunir esta toma de conciencia tienen que romper el
caparazón protector que les gustaría tener lejos de las pruebas y lejos también
de la percepción estable de su propio valor personal. «Mi madre me hace sentir
contenta –afirma con lucidez una niña– y mi padre me hace entender el valor
que tengo». Por este motivo pide al hijo que se ponga a prueba, que supere las
inevitables dificultades: para convertirse en una persona mayor, valiente, leal y
justa de quien sentirse orgulloso.

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Capítulo 6:
El padre y su visión de la vida

Un modo típicamente paterno de sentirse útil en el crecimiento de sus hijos


es el deseo de transmitirles una cierta «visión de la vida».
El padre introduce al hijo en el aspecto más «filosófico» de su existencia y le
ayuda a construir un modo de interpretar la vida que le pueda guiar en su
propia realización personal. Favorece el nacimiento en su hijo del razonamiento
valorativo, de la percepción y el gusto por lo que es justo y verdadero.
Se podría afirmar que el aporte materno, muy atento a las dinámicas
afectivas, es más decisivo en la construcción del «carácter» del hijo, mientras
que la contribución paterna está más enfocada a moldear su «mentalidad». Este
es el paso de la infancia a la adolescencia, etapa en la que el comportamiento
aparece progresivamente guiado por las convicciones personales más que por
las disposiciones del carácter.

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La transmisión de los valores y de las experiencias emotivas
La función que los padres sienten como propia consiste en transmitir un
cierto modo de entender y afrontar la vida. La visión que uno tenga de la vida
es importante e influye en las decisiones que una persona vaya tomando incluso
más que sus dinámicas afectivas. Si, por ejemplo, un padre considera que la
vida es como una jungla, donde todos luchan contra todos, donde es necesario
aplastar al otro para no ser aplastado, transmitirá a su hijo, de manera
involuntaria, la convicción de que no puede fiarse de nadie, que no se puede
esperar ayuda de nadie y que todo el mundo trata de aprovecharse de la
debilidad del otro. Una filosofía de vida así será más determinante que las
experiencias emotivas de los tres primeros años de vida.
La cultura psicológica actual no aprecia la contribución de las convicciones
personales que se derivan de una cierta visión de la vida: tiende más bien a
poner de relieve casi exclusivamente los aspectos afectivos y emotivos,
desatendiendo la necesidad de una orientación en los valores que son los que
motivan los diferentes comportamientos humanos. En realidad, las convicciones
personales que caracterizan y estructuran la personalidad, típica de la fase
adolescente, pueden modificar incluso las dinámicas afectivas preexistentes. No
es casualidad que se pueda decir de muchos chicos que «han cambiado incluso
su forma de ser».
El adolescente integra las dinámicas afectivas con ideas de carácter más
general (qué es lo importante en la vida) que pueden magnificar algunas de
estas y devaluar otras. Las experiencias emotivas, de hecho, inclinan a la
elección de unos determinados valores sobre otros, y estos influyen
retroactivamente en las dinámicas psicológicas. El carácter predispone a apreciar
algunos valores y la elección de algunos valores puede cambiar el carácter de la
persona.
La realización personal está más ligada a la elección de los valores que a los
rasgos del carácter, escasamente presentes en los aspectos más importantes y
decisivos de la vida de una persona.

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El padre ayuda a creer en valores y a seguirlos
Carácter y personalidad no son sinónimos. La personalidad se forma durante
la adolescencia y es posterior a la formación de las dinámicas del carácter. La
adolescencia se caracteriza por la interiorización de los valores, por la búsqueda
de las propias razones personales para adherirse a aquello que se considera
justo, más que por la necesidad de actuar con comportamientos transgresores,
como se sostiene a menudo. Por esta razón, la aportación paterna encuentra
condiciones más favorables en esta etapa de la vida de sus hijos que durante su
infancia.
El padre suscita en el hijo la capacidad de pensar «filosóficamente»,
refiriéndose a principios universales, razonando en términos de verdadero/falso,
justo/equivocado, más que entendiendo el pensamiento como un simple
instrumento para alcanzar la satisfacción de los propios deseos. El padre ayuda
al hijo a estructurar el razonamiento de manera adulta, rigiéndose por principios
de carácter más universal.
De esta manera, contribuye de manera decisiva a la formación de la
personalidad de su hijo y a su capacidad de dejarse guiar por los valores más
que por sus deseos o por las tendencias de su carácter.
Los padres valoran el grado de madurez de su hijo considerando su
tendencia a abandonar comportamientos inspirados por pequeñas astucias
infantiles: decir mentiras, rehuir de las propias responsabilidades, echar la culpa
siempre a los demás, incidir en los puntos débiles de la personalidad de otra
gente o no tener en cuenta los deseos y necesidades de los demás.
El padre ayuda a que su hijo no haga de sus propios deseos y placeres la
medida suprema del bien y del mal. Le ofrece «principios en los que creer» a
través de la adhesión a valores universales, sin discursos engorrosos o
circunstanciales, simplemente mostrándole de vez en cuando las razones por las
que sostener que algo está bien o es un error, si es conveniente o inconveniente
para alcanzar una vida lograda.
Le libra del utilitarismo y le introduce la posibilidad de darse a sí mismo,
haciendo que se sienta responsable de algo o de alguien: de otras vidas, de la
propia comunidad y, en la medida de sus posibilidades, también de la mejora del
mundo a través de su trabajo.
Le libra también del deseo de probar todo sin escoger nada y le ofrece
valores a los que dedicar la vida y que le aportarán un sentido.

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La paternidad como introducción a la confianza
La raíz espiritual de la paternidad proviene de la fe, de la confianza íntima en
que exista «algo por lo que merezca la pena» vivir una vida marcada por ciertos
límites. El padre indica a su hijo por qué vale la pena vivir una vida de virtudes,
en un mundo que no es bueno o no lo es suficientemente.
La confianza en las palabras del padre hace valiente al hijo, ya que la raíz de
la valentía no está en la seguridad en las propias capacidades, como
generalmente se cree, sino en la capacidad de fiarse en una promesa. Creer en
una promesa da fuerzas y es un impulso necesario que suscita las capacidades
necesarias para alcanzar ese objetivo.
Pero ¿qué seguridad tienen los padres de no estar engañando a su hijo
enseñándole a ser honesto, sincero, respetuoso hacia los demás y a que inspire
su vida en valores basados en el amor? La confianza natural que ellos pueden
tener estará más fundamentada si el padre tiene también una fe religiosa, que
le garantice la validez más allá de los éxitos, si cree en un Dios con una promesa
de la que «valga la pena» fiarse. Es innegable que tener la palabra de Dios
como garantía de que el bien sea preferible al mal, más allá de las inciertas
evidencias humanas y de las inevitables desilusiones, y con cuya ayuda se
pueda contar para realizarlo, hace más seguro al padre en su manera de indicar
al hijo la vía que debe seguir.

68
El padre introduce en el sentido de la vida y de la muerte
Durante la segunda adolescencia (18-22 años), el diálogo entre los padres y
el hijo está menos centrado en el control de su comportamiento. Principalmente
se centra en la transmisión de una mentalidad, de un «modo de razonar», como
dicen los padres. Esta transmisión se realiza de manera implícita a través de las
enseñanzas «atmosféricas» de la cultura familiar, más invisibles pero, a menudo
más decisivas.
En esta etapa, los chicos abandonan su visión «limitada» de la vida, que les
ha hecho vivir hasta ahora del día a día, para despertarse y verla como «un
todo», deseosos de entenderla en un sentido más completo. La adquisición de
esta capacidad «filosófica» les hace sentirse orgullosos de sí mismos (se sienten
superiores a quien no se realiza estas preguntas), pero también son más
conscientes de haber perdido la inocencia respecto a ellos.
Para ellos algunas preguntas sobre el sentido de la vida son un castigo del
que uno no se puede librar porque alimenta un pensamiento doloroso y
desencantado de la misma.
A menudo afirman:

Qué buenos tiempos en los que no «pensábamos en ciertas cosas».


Qué estúpido era hasta hace nada, que me ocupaba solo del colegio y de
divertirme con los amigos.
Si no me hubiese hecho ciertas preguntas, seguro que estaría más tranquilo.

El «fin de muchas cosas» ya se ha experimentado en muchos aspectos de la


vida, como el fin de una amistad o de una relación amorosa, por la acción
inexorable del paso del tiempo que hace que se terminen. «Las personas son
felices –afirman– pero antes o después todo termina. Todo con el tiempo se
deteriora o desaparece, y esto te hace que quieras abandonarlo todo incluso las
ganas de arriesgar».
A esta edad ya se ha experimentado que todos los momentos de placer se
agotan y que todas las relaciones pueden tener un fin. El adolescente ha vivido
ya la experiencia de la caducidad de las cosas y encuentra que tiene que lidiar
con sus propias limitaciones.
La búsqueda del sentido está muy presente en los adolescentes. Con
frecuencia se preguntan: Si todo termina antes o después, ¿qué sentido tiene
comenzar? ¿Vale la pena ligarse a una persona, afrontando el riesgo del

69
abandono? ¿La vida tiene un sentido incluso si termina con la muerte?
El halo de la muerte se presenta de manera dolorosa y desconcertante en
sus vidas, porque priva de la fe y de una esperanza que les pueda sostener «a
pesar de todo». «El sentimiento de la muerte está siempre presente, incluso
cuando me divierto», afirma un chico.
Los hijos se dan cuenta de que no pueden escapar de la muerte y que el
amor de sus padres no les protegerá definitivamente porque no tienen poder
sobre ella.
Son capaces de ver la vida a partir de la consideración de que tiene un fin e
intentan entender qué cosas merecen la pena ser vividas, qué cosas «persisten»
a la acción destructiva del paso del tiempo: «¿Vale la pena ser buenos y justos,
incluso si después viene la muerte, o solo queda divertirse todo lo posible?».
Estas consideraciones tienden normalmente a integrar en la vida el límite
más radical y doloroso, teniendo en cuenta y tratando de encontrar buenas
razones para poder aceptarlo. El «dolor inevitable de la vida» no se refiere
solamente a aspectos secundarios del comportamiento, sino también a la
necesidad de «estar frente al hecho de la muerte». Para sobrellevar esta visión
es necesario tener una razón que ayude a aceptar la muerte sin encontrar por
ello la vida como absurda.
Los hijos adolescentes buscan una esperanza, una buena razón para no
tener la sensación de que «se vive para nada». Buscan una visión que no haga
la vida «absurda e insensata» a pesar de que tenga un final. Si no, no les queda
sino optar por la resignación y el fatalismo, sin motivaciones reales, constreñidos
a buscar el placer del momento presente como única salida.
Buscan una razón para no considerar la vida como algo «sustancialmente
inútil». Buscan la verdad sobre el sentido de la vida y, por lo tanto, sobre su
propio destino.
El padre ayuda al hijo transmitiéndole una visión que le dé esperanza y
coraje. Los hijos demandan, aunque no siempre de manera directa, una fe que
pueda salvarles de una vida insignificante, una fe que los padres puede que
hayan perdido.
A esto mismo alude la poesía de Rilke:

A veces un hombre se levanta de la mesa


Y sale y camina, y continúa caminando.
Porque en alguna parte, al este, sabe de una iglesia
Y sus hijos rezan por él como si estuviera muerto.

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Y otro hombre que muere en su casa
En su casa permanece, dentro la mesa y el vaso
Por lo que sus hijos tienen que irse por el lejano mundo
Hasta aquella iglesia que el padre ha olvidado.

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Experiencia del límite y fe religiosa: la sensibilidad materna y la
paterna
Aunque el deber materno de retirar gradualmente su protección al hijo sea
más asumible a nivel psicológico, se fundamenta en una positiva visón espiritual
de la vida. Toda madre (como todos los padres) se da cuenta de que no es
posible tener el control de la vida de sus hijos e impedirles sus errores,
desilusiones y equivocaciones; se dan cuenta de que no es posible guiar su vida
y que no van a poder evitarles todo lo que les haga sufrir.
Su entrega y amor no pueden impedir que al hijo «le suceda algo
desagradable», incluso por circunstancias impredecibles (como contraer una
enfermedad, perder un puesto de trabajo o ser víctima de un accidente de
tráfico).
El padre se resigna con más facilidad a la imposibilidad de poder evitarle
cualquier mal o sufrimiento, mientras que para una madre es más difícil aceptar
que el hijo esté solo, privado de protección, casi abandonado e indefenso en el
gran y peligroso mar de la vida. Esta separación emotiva y psicológica es más
cómoda si el padre ha madurado la convicción de que su hijo no está
fundamentalmente solo, si tiene la suerte de creer que es amado por Dios y
sostiene que su vida no se desenvuelve a espaldas de su providencia.
Las preocupaciones maternas «invocan» como necesaria la fe en un Dios a
quien poder confiar la vida y el destino de su hijo.
Una madre puede dejar ir más fácilmente a un hijo si está sustentada por la
convicción de que está «en buenas manos». La fe religiosa favorece los
mecanismos psicológicos de una sana separación emotiva del hijo. Esta fe no
representa simplemente la proyección de un deseo materno, una invención
tranquilizadora para aplacar el ansia propia de la separación. Para ello bastaría
con tener una representación funcional de una divinidad empalagosamente
buena y protectora, muy distinta de la concepción providencial de su acción.
Esta visión no garantiza que todo vaya bien, pero sí que las pruebas de la vida
no están fundamentalmente carentes de sentido y que la experiencia del dolor
no representa la negación radical de la benevolencia divina.
La impotencia de los padres de no poder guiar su destino convierte en
irremplazable la esperanza de que un amor más grande y más potente que el
suyo no cese en el empeño de ayudar al hijo y, en definitiva, lo pueda salvar de
la muerte.
La verdad oculta en el sentimiento materno queda representada en la

72
exigencia irrenunciable de que el hijo no se quede solo. El corazón de la madre
parece rebelarse en lo más profundo de sí mismo a la visión de la soledad
absoluta como destino de su hijo. Todo su sentir advierte como inaceptable que
sea abandonado a la muerte y suplica por un final distinto a su propia historia y
a la de todos. La disposición materna parece pedir que la soledad y la muerte no
sean la realidad última de su existencia.
Hay más verdad «en el error materno» que en el realismo masculino, que,
privado de una fe, expresa solo desencanto y una aceptación resignada del
límite.

73
Capítulo 7:
El padre despierta en el hijo su Yo ideal

Me necesitas
De tu hijo más amigo
De una sonrisa que te haga feliz.
Cuenta también conmigo
Yo en los ojos te he leído
Ese tu amor sincero.

Cuántas veces me digo:


Tú eres el hombre más verdadero
Tú eres el hombre que estimo
Tú eres el hombre que quiero
Tú eres el hombre que yo seré.

(Giosy Cento)

Apelando al sentimiento de lo que es justo y verdadero presente en el hijo,


el padre pone en juego su consciencia, haciéndola «existir». Le introduce en la
experiencia moral, en los principios que le hagan sentir su propia conciencia.
De esta manera, el hijo busca sentir esta conciencia por sí mismo, sin
sentirse llevado por un deseo que le es extraño. Experimentar la capacidad de
«entender por sí mismo» lo que es justo y lo que es erróneo y adherirse a ello
sin la sensación de tener un empuje o una insistencia externa a ello, sino
sintiendo que se adhiere libremente a aquello que aparece como justo para su
conciencia, y esto le hace sentirse importante.
Si esto no sucediese, el hijo solo se movería por motivaciones relacionadas
con el placer psicológico: viviría haciendo solo lo que le apetece, sin preguntarse
si eso que le resulta agradable o apetecible es justo, positivo o ventajoso para
él.

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Si no se le ayudase a ver la necesidad de escuchar su propia conciencia, se
sentiría constreñido a comportarse bien únicamente por condescendencia, con la
falta de satisfacción de quien vive el sentido del deber como algo
sustancialmente extraño a sí mismo.

75
El nacimiento de la conciencia moral en el hijo
Mientras se le adjudique al padre el papel de conciencia moral,
transformándole a pesar suyo en un aburrido grillo parlante, el hijo podrá
permitirse ignorar sus propuestas: «Siento que mi conciencia me dicta unas
cosas –afirma un chico– pero por ahora hago como si no la escuchase». Es
mucho más cómodo tener un padre insistente, un «enemigo» externo con quien
enfrentarse, que tener que hacer cuentas con la propia conciencia. El destino de
los grillos parlantes no es muy emocionante: se convierten en seres antipáticos
y son «aplastados» por aquellos a quienes se pretendía ayudar.
«Soportar el castigo del padre te libra del sentimiento de culpa ya que pagas
por lo que has hecho pero no consigue que quieras mejorar», afirma un chico.
Mientras la acción materna plasma prioritariamente el Yo actual del hijo, la
sensibilidad paterna tiende a suscitar y a dar forma a su Yo ideal. Su realidad
personal está constituida por aquello que él es (Yo actual), pero también por
aquello que se advierte como atrayente y deseable llegar a ser (Yo ideal).
El padre ayuda al hijo a advertir la presencia y a secundar la tensión
instintiva del Yo ideal, percibido como algo difícil, y sin embargo atrayente, que
aporta satisfacción a la identidad personal. Este placer se debe a que se le
considera moralmente íntegro, como si se afirmase: «me gustaría considerarme
una persona coherente y estoy dispuesto a pagar un precio por ello».
El Yo ideal no debe confundirse con el Yo idealizado, que está más
relacionado con el deseo de «ser de un cierto modo» para gustarse, en el
sentido de admirarse a uno mismo o para conseguir la aprobación de los demás.
El Yo idealizado lo establece de manera arbitraria el sujeto que se impone a sí
mismo ser un determinado tipo de persona, independientemente del proyecto
de realización personal. Este, contrariamente al Yo ideal, está constituido por
proyectos existenciales centrados en el propio interés, que no tienden a
«mejorar el mundo» ni a realizar algo para el bien de los demás si no es de una
manera indirecta o instrumental.
El padre suscita en el hijo el deseo de cosas nobles, haciéndole consciente
de su propia tensión sobre cosas más grandes, fuertes y justas y ayudándole a
encontrar su propio deseo de ser una persona mejor.
Obrar con verdad y justicia alimenta la sensación de la propia amabilidad
objetiva, porque permite a los hijos experimentar una «particular felicidad». Una
felicidad que puede describirse con la exclamación: «¡Qué bien me siento
actuando así!».

76
Muchos adolescentes expresan de manera indirecta la felicidad que sienten
al hacer bien las pequeñas cosas de la vida cotidiana: «Estando atento en clase,
las horas pasan más deprisa; me alegro de enterarme de las cosas, no son tan
difíciles como pensaba». Otros describen la satisfacción de haber mejorado el
clima familiar, de haber dado una satisfacción a sus padres en vez de sentirse
que son el problema o la causa de un disgusto o de sus preocupaciones.
La tensión moral alimenta en ellos el deseo de devolver el bien recibido, les
hace sentirse capaces de dar, liberándoles de la oscura sensación de ser
ingratos, de recibir sin dar nada a cambio, de hacer trampas en el juego de la
vida que oscuramente les oprime y les hace estar tristes y descontentos.
El despertar del Yo ideal aparece como revitalizante, incluso aunque
comporte la limitación del deseo de hacer lo que a uno le venga en gana. El
padre injerta en el delgado árbol del hijo la rama de la conciencia del bien y del
mal, de tal modo que la savia del deseo que le recorre se destine a traer buenos
frutos. La tensión moral tiende a presentar como deseable aquello que es
verdadero; como atrayente, aquello que es justo, y como bello, aquello que
expresa la entrega personal al valor.
El ideal del yo no tiende principalmente a reprimir los instintos o a secundar
las conveniencias sociales, sino que hace intuir la grandeza de ánimo personal:
«Es algo que viene bien», dicen muchos chicos.
Si falta esta tensión, se sienten apagados, apáticos respecto al presente,
faltos de algo que les atrae fuertemente, que les da empuje y vitalidad.

77
Capítulo 8:
Cortar el cordón umbilical

La expresión «cortar el cordón umbilical» resume el sentido de lo que un


padre puede y debe hacer por el bien de su hijo. Este acto simbólico condensa
un amplio espectro de significados, algunos de los cuales podríamos expresar de
las siguientes maneras:

— Cortar el velo que protege al hijo del contacto directo con la realidad, sus
leyes y sus demandas, enfrentándole a las condiciones objetivas con las que
debe actuar para lograrlo.
— Evitar que su percepción de la realidad venga «filtrada» por el efecto
placenta de los padres, que suaviza los tonos, ablanda y domestica la realidad
para hacerla menos dolorosa y laboriosa.
— Evitar que su confrontación con la realidad sea siempre a través de un
padre que la rebaje, redondee los ángulos, la edulcore y la conforme a su gusto
para que su vida sea lo menos dolorosa posible.
— Introducirlo en el aspecto «serio» de la vida, quitándole la idea de la
cabeza de que no le pueda suceder nada verdaderamente negativo, que no
haya un precio que pagar por las actuaciones y los propios errores.

78
El valor pedagógico del sufrimiento y de la derrota
De este último significado se deriva la difusa consideración paterna de que
muchas veces no es posible evitar que los hijos se «den de bruces contra un
muro» para comprender lo que la amonestación y el consejo no llegan a
enseñarles. En algunos casos, este golpe es lo único que «despierta» al hijo,
porque hace explotar la burbuja protectora que le permitía sentirse a resguardo
del dolor en la vida.
La ausencia de «sufrimiento» deja al hijo en el limbo de lo irreal: se percibe
ilusoriamente a sí mismo como por encima de las leyes de la vida, como si nada
grave pudiese nunca sucederle. Por ejemplo: ¿fumo y soy consciente de que
estoy poniendo en riesgo mi salud? «Cuando sea mayor habrán descubierto ya
la cura contra el cáncer», afirma un chico de 15 años, con la altivez de quien da
por descontado que podrá disfrutar de esa eventualidad. Este comportamiento
explicita su ilusión de ser indefinidamente protegido de los aspectos negativos
de la vida, de la enfermedad, en este caso e, implícitamente, también de la
muerte. Le permite vivir en la irresponsabilidad, como si se dijese a sí mismo:
«no me toca a mí preocuparme de lo que necesito, los demás deben darme lo
necesario. El desgaste para obtenerlo corresponde a los demás. La vida me lo
debe todo sin que yo le deba nada a cambio».
Que este presupuesto no funcione es la única manera de hacerles
conscientes de que existe una ley distinta que rige las relaciones familiares y
sociales y su destino personal. Por eso no es siempre oportuno apartar al hijo de
las duras lecciones que la vida imparte de manera inevitable.
Evitar al hijo que toque con la mano el dolor de su error y de la derrota
significa mantenerlo en la situación de desconocimiento de sí mismo. Como ha
evitado medirse con la realidad de las cosas, puede creerse muy bueno en todo,
capaz de hacer todo «con solo quererlo» (concepción idealizada de sí mismo),
desarrollando así una identidad indefinida e insegura porque no se ha expuesto
a los riesgos y dificultades de la vida. La imagen de sí mismo está privada de la
sensación de lo que vale realmente, sin sólidas bases sobre las que asentar su
autoestima. En este sentido es poco oportuno mantener al hijo en la perenne
sensación de «poder hacer en la vida todo lo que se quiera», sin ayudarle a leer
los veredictos de la realidad como indicaciones que precisarán sus actitudes y
limitarán sus decisiones.
En relación a la definición de sí mismo, los fracasos y la constatación de los
propios límites son tan útiles como las victorias y las demostraciones de la

79
propia capacidad.
La falta de conocimiento del dolor hace al hijo incapaz de vivir una vida
verdadera, aceptando las limitaciones (de salud, de belleza, de dinero, de
capacidad) siempre presentes en la misma. La vida se convierte en un problema
insuperable para quien no es capaz de adaptarse, contentarse, tener paciencia,
renunciar y soportar lo inevitable, actitudes que presuponen la aceptación
cordial de que la realidad no es perfecta, que ellos no lo son y tampoco los
demás.

80
Aprender a apreciar lo que se es y lo que se tiene
Si no se corta el «cordón umbilical» se alimenta, además, la pretensión de
ser «alimentado» indefinidamente por los demás y se crean las condiciones
psicológicas de insaciabilidad típicas del hijo que quiere siempre más, que no
está nunca contento con lo que tiene y que no valora lo que posee (no tiene
cuidado de sus cosas, no sabe dónde las deja, olvida sus libros en el colegio,
pierde con facilidad el móvil...). En esta concepción de la vida, la felicidad (esto
es, la completa satisfacción de sus deseos) es un derecho que la vida y el padre
que la representa le deben garantizar. Los padres acaban agotados y el hijo
recibe lo que sus padres le dan más como derechos que como bienes recibidos.
Ignora todavía que su «derecho» de tener se funda en la benevolencia de sus
padres. Por eso exige y no pide, da por descontando y no sabe ver en
profundidad el significado de lo que está recibiendo.
El padre crea las condiciones que propician la madurez emotiva del hijo
exponiéndole a la experiencia dolorosa del límite. Esta consiste en la renuncia a
ponerle condiciones a la vida y a pretender que el presente sea como él quiere.
La madurez emotiva consiste, además, en la renuncia a forzar la realidad con
chantajes, obstinaciones, caprichos, venganzas, tozudeces, a culpabilizar a todo
aquel que no acepte a darle lo que pide. A la pretensión, en definitiva, de hacer
el mundo a su manera y a hacer que las personas vivan en función de sus
propias satisfacciones.
Si no se renuncia a estos aspectos inmaduros del carácter, se generará una
inevitable desilusión y rabia hacia la vida, culpable de no secundar
completamente el propio deseo. De aquí deriva una visión negativa y pesimista
de la vida en la que se percibe principalmente lo que no se tiene. De esta
manera nunca se está contento con nada. En efecto, aquello que se consigue
con extorsión y forzando a las personas nunca es suficiente, no sacia como se
esperaría porque se convierte en algo sin alma, privado de su significado
sustancial: aquello que se consigue por extorsión no representa un don que
haga sentirse querido, sino un triunfo de la propia voluntad y de la propia
capacidad de imponerse.

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El padre enseña a reconocer el amor recibido
El padre hace comprender a su hijo que su derecho a tener no está fundado
en su poder, sino que se deriva de la benevolencia de sus padres, del amor que
tienen por él. Le empuja a reconocer que los beneficios que goza no son
adquiridos (aunque pudiese parecerlo así), sino que los ha recibido.
El hijo que se queda anclado en un comportamiento pretencioso ve la vida y
las relaciones con los demás de un modo superficial y distorsionado. No se da
cuenta de que lo que recibe es fundamentalmente un regalo, signo y
demostración de la bondad de sus padres y de su deseo de verle feliz. Dando
todo por descontado, no se da cuenta del «coste» de lo que recibe, no tiene
ojos para ver el amor que guía el comportamiento de sus padres y no puede
disfrutarlo plenamente.
La madurez emotiva presupone la renuncia a la pretensión de que los
propios deseos representen créditos que cobrar, que los propios deseos
constituyan obligaciones para los demás, que la propia voluntad tenga valor de
ley y que el mundo deba secundarlos.
Esta madurez consiste en descubrir que con lo que tengo me basta y debo
estar contento con ello; que puedo dejar de inventarme historias y de empeñar
mis energías en protestar y acusar; que puedo soportar no tener todo lo que me
gustaría: «De esta manera –dice una chica– me siento más fuerte, más capaz
de dejar de lado y renunciar a cosas que me parecían imposibles dejar».
En un nivel más profundo, la renuncia hace que puedan cerrarse cuentas con
el pasado, ayuda a hacer las paces con la propia historia personal donde no todo
siempre ha ido bien.
El sentimiento de madurez se podría expresar de la siguiente manera: «lo
que he tenido me basta, lo que me han dado los demás, por poco o imperfecto
que sea, es bueno y preciado. Quiero corresponder ante lo que me ha sido dado
porque, a pesar de todo, la vida me ha tratado bien».
Abandonar las pretensiones hace que seamos capaces de recibir y de
sentirnos agradecidos por lo menos por las desventuras y el dolor que la buena
suerte nos ha ahorrado sin mérito alguno por nuestra parte.
En efecto, la vida no debe nada a nadie, y todo lo que se tiene, si se observa
con profundidad, asume el estatus de regalo recibido ya que, aunque las
circunstancias hayan permitido obtener algo positivo con el propio empeño,
podría no haber sido así.
La madurez emotiva que propicia el sentir paterno en el hijo le dispone a una

82
aceptación más cordial y grata de la realidad, superando el lamento de su
imperfección. El sentido de omnipotencia infantil, que no ha contado con la
experiencia educativa del límite, hace que los hijos sean incapaces de apreciar el
bien recibido y el amor con el que se les ha rodeado, empobreciendo su
capacidad de entender la vida en sus aspectos positivos más profundos.

83
Cortar el cordón: presupuestos y consecuencias en los padres
¿Qué experimentan los padres cuando se deciden a cortar el «cordón
umbilical»? ¿Por qué resulta tan difícil? Este paso tan decisivo está marcado por
las implicaciones psicológicas de los padres y las del propio hijo.
Para poder cortar el cordón umbilical es necesario que los padres secunden
en sí mismos la distinción entre las responsabilidades del hijo y las suyas
propias, limitando su tendencia a sentirse involucrados en todos los aspectos de
su vida, depositarios de un poder de influencia decisiva en su comportamiento, y
a sentirse culpables de todos sus errores. Una madre demostró haber
completado estas disposiciones con una afirmación que constituye un punto de
cambio en su modo de vivir las innumerables preocupaciones que le daba su
hijo. Tras varias protestas que su hijo se negaba a escuchar le vino «de dentro»,
como un impulso, el deseo de decirle: «¡Sinceramente, creo que no me merezco
un hijo como tú!». Esta extraña e inesperada reacción fue como una liberación,
como después admitió. Una liberación de lo que presuponía: que el
comportamiento de su hijo estaba demasiado estrechamente relacionado con su
modo de proceder como madre, hasta el punto de sentir que se había
equivocado y fallado como madre por su comportamiento inadecuado. «Ahora
puedo decirme a mí misma que puedo haber cometido errores, pero que
fundamentalmente no es culpa mía si él no se comporta como debería hacerlo».
En esto consiste el aspecto liberador que para la madre supone cortar el
cordón umbilical: le libera del deber de «hacer que la vida de su hijo vaya
siempre bien», a prescindir de su voluntad, y a sentirse completamente
responsable de todo lo que haga. Esta operación psicológica libera tanto a los
padres como al propio hijo y se lleva a cabo en el momento en que se reconoce
el confín que separa y distingue la recíproca responsabilidad. Los padres no
atribuyen la responsabilidad al hijo, sino que simplemente se la reconocen. Esto
significa reconocer y respetar el límite insuperable del propio deber, aceptando
incluso la impotencia de no poder cambiar a su hijo si él no quiere, o «salvarlo»
de los errores de los que no quiera ser salvado.
El no verse omnipotente es un sentimiento bastante complejo y, si no se
desarrolla con la natural gradualidad que acompaña el crecimiento de los hijos,
puede verse destinado a realizarse de manera dramática, sobre todo por los
comportamientos del hijo adolescente: insensible a cualquier reclamo, inmune a
las amenazas, considerará vanas todas las tentativas de salvarlo de lo que
todavía no ha decidido evitar.

84
De hecho, cuanto más se sienta el padre responsable de su vida y trate de
interponerse a las consecuencias negativas que puede encontrar, el hijo se
mostrará más desinteresado y mostrará más oposición.

Cuanto más le dice su madre que se lave y se cambie de ropa, más se


muestra desinteresado de su higiene personal.
Cuanto más le persigue para que se tome las medicinas, más le trata de
pesada.
Cuanto más le insiste en que estudie y termine la escuela superior, más tiene
la sensación de no ser escuchada.
Cuanto más le reprocha, tratando de hacerle razonar, más parece que el hijo
no quiere entrar en razón.

Estas dinámicas no se desarrollan por casualidad: la excesiva implicación de


la madre (o, como se dice, el «estar demasiado encima» del hijo) que le induce
a tratar de remediar todos sus errores, a cargar sobre ella la responsabilidad y
los esfuerzos que él rechaza, a «salvarle» siempre del fracaso, crea las
condiciones para que viva en la irresponsabilidad de la que tanto se lamentan
sus padres.
El hijo adolescente llega a reducir a sus padres a la impotencia, haciendo
fallar todas sus tentativas de hacerle entrar en razón. Para reafirmarse, debe
poner un límite insuperable al poder de influencia de sus padres. Aunque no
quiera, el padre tendrá que aceptar que no le es posible «hacerle entender que
se está equivocando», y convencerlo a hacer las cosas justas sin que él lo quiera
o lo decida.
El adolescente prefiere sentirse libre equivocándose más que sentirse esclavo
haciendo lo que debe.
Si el error del hijo se vive como: «no he sido capaz de convencerle ni de
hacerle entrar en razón», sin relativizar ni contextualizar la impresión de que «si
se comporta de este modo es culpa mía», se niega radicalmente su libertad y su
capacidad de entender y elegir. Esta vivencia (característica del sentir materno)
es muy cómoda para los hijos, que de esta manera se sienten sin
responsabilidad alguna, pero al mismo tiempo les resulta extremadamente
fastidiosa e insoportable.
El retiro de la omnipotencia de los hijos se resume en esta expresión
típicamente paterna: «si no quiere, no puedo hacer nada». Para favorecer el
nacimiento de las partes más adultas y responsables del hijo, el padre tiene que
correr un (razonable) riesgo, superando las columnas de Hércules que consisten

85
en confiar progresivamente la vida de su hijo a él mismo. De otra manera no
podrá nunca mostrarse «grande», capaz o responsable.
Solo cuando el padre redimensiona su sentido de indispensabilidad (sin mí se
derrumba, sin mí se deja llevar o va todavía a peor), el hijo advierte sobre sí
mismo el sentido de responsabilidad, aunque solo en la forma elemental de
miedo por las consecuencias de sus decisiones.
La verdad es que ningún padre puede proteger indefinidamente y
completamente a su hijo del dolor, la equivocación o las desventuras de la vida.
«El cambio que creo haber hecho –afirmaba un padre– es que ahora llego a
ver a mi hijo como una persona antes que como “a mi hijo”, y desde ese
momento nuestra relación ha mejorado».
La acción paterna parece decisiva para regular el grado de involucración
afectiva de la madre, haciéndole partícipe de su modo más desprendido de
entender la relación con el hijo. Es más fácil para el padre «cortar el cordón
umbilical» porque no lo ha tenido nunca.

86
Distinguir las propias responsabilidades y las del hijo es un acto
de confianza
Las madres perciben con frecuencia la distancia en las elecciones del hijo
como una forma de egoísmo, de falta de amor o de desinterés respecto a él,
similar a desentenderse de él. Sobre todo cuando, desesperados, caen en el
fatídico «si no quieres entrar en razón, haz lo que quieras, no te lo voy a repetir
más». Aunque esta afirmación se debe a la contrariedad del momento, teme
que el hijo viva secretamente esta afirmación como un verdadero «abandono»
emotivo que hará que vuelva rápidamente su rabieta. Esto no significa en
realidad que no se cuidará más de él: solo implica la renuncia a hacerle cambiar
a la fuerza, pretendiendo evitarle que se equivoque a toda costa.
Está claro que estas reacciones de distanciamiento vienen después de
recurrir a instrumentos de corrección más normales (como el consejo, la
exhortación, el razonamiento, la riña o el castigo) y solo se dan cuando la
resistencia del hijo parece insuperable.
Aunque el padre esté sinceramente disgustado por los riesgos que corra su
hijo y por el daño que se está infligiendo a sí mismo, se da cuenta de que,
llegados a un cierto punto, es necesario parar.
Los padres deben aceptar y distinguir que sus responsabilidades son
diferentes a las de su hijo. Esto les ayuda a no sentirse destruidos por sus
elecciones fallidas. Esta toma de distancia expresa en realidad un acto de
confianza en el hijo, en su capacidad de entender y de decidirse a hacer lo que
representa realmente su interés.
Esta actitud implica un acto de amor más paciente e inteligente, más puro y
elevado que «dejarse arruinar la vida porque no hace lo que yo quisiera».
Tomar distancia no acaba con el disgusto o la preocupación de los padres, ya
que esta separación no la genera el desinterés por el hijo. Su dolor, en cambio,
es más perfecto porque es más desinteresado. Está preocupado por el hijo y no
por las consecuencias que las elecciones del hijo puedan causar en la propia
autoestima del padre. Es un dolor depurado de todo aspecto identificativo, que
le permite permanecer sereno incluso en la más profunda de las
preocupaciones. Hay mucho amor en la espera de que el hijo entienda y cambie.

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Los hijos no son ídolos
En resumidas cuentas, incluso las desilusiones (en pequeñas dosis) ayudan a
los padres a volver a centrar progresivamente su vida en torno a su fin último,
que, dicho sea de paso, no son solo los hijos: «No hemos nacido para nuestros
hijos –afirman unos padres que han atravesado y superado todas las fases de
involucración y cuidado de los hijos–, aunque son lo más importante y bonito de
nuestra vida».
Los hijos no pueden representar el fin último de la vida, el sentido total de
una existencia. La distancia progresiva inducida por su crecimiento reabre la
búsqueda espiritual relativa al propio destino personal. El tener un fin
trascendente para la propia vida ayuda a dar a los hijos «la justa importancia»,
sin hacer de ellos «el propio absoluto». Por otro lado quien ha perdido a Dios
(entendido también como el sentido último y fundamental de la propia
existencia) tiene el riesgo de hacer de los hijos sus propios ídolos. Y los ídolos
son a menudo crueles.

88
Capítulo 9:
¿Insistir o responsabilizar? Madres que estresan

Las madres, por su propia naturaleza, imponen su protección (cómoda e


indeseada al mismo tiempo) y, con dulce pero implacable insistencia, tratan de
mejorar los comportamientos erróneos del hijo, suponiendo que no sea
necesario poner en juego su voluntad y su decisión.
Pasa del castigo al regalo, a «hacerle razonar hasta el infinito» para tratar de
convencerle, pero no apela nunca a su libertad. Le fuerza o le compra, le
presiona o le solicita, pero nunca le pone de frente a la decisión. Quiere evitar el
drama de que refute el bien y lo justo. Es como si se propusiese cambiar al hijo
independientemente de su voluntad, a toda costa, como si fuese tarea suya
impedirle que se equivoque. Cuanto más se agota para hacerle razonar, más se
envalentona el hijo y se siente perseguido. De este modo el hijo acaba viendo a
su madre como una persona que limita excesiva e injustamente su libertad. Esta
insistencia hace que parezca que los padres están más interesados que su hijo
en evitar que se equivoque.
Por el contrario, el enfoque paterno se expresa con consideraciones
indecibles para una madre: «Llegados a este punto, ¿qué tengo que hacer? –
afirma un padre refiriéndose a un hijo problemático–. ¿Tengo que matarlo
porque no me escucha? ¿Tengo que castigarle sin salir de casa? No puedo
permitirle que destruya la paz familiar. Desde que se comporta así no hemos
vuelto a tener paz. Incluso ha provocado grandes incomprensiones entre mi
mujer y yo. Si no quiere entrar en razón, yo le haré entrar; no puedo permitirle
que sus elecciones destruyan la vida familiar: también tiene otros hermanos que
tienen derecho a un poco de tranquilidad».
Otro padre desesperado se expresaba del siguiente modo: «¿Qué he hecho
mal para que el director del colegio me llame continuamente para decir que mi
hijo no estudia o tiene un comportamiento inadecuado? No me deja vivir y,
sinceramente, no me parece justo. He hecho todo lo que me ha sido posible,
pero mi hijo no quiere entrar en razón. Toda la familia se resiente y tampoco me
parece justo por su hermano, que se merecería vivir en una familia con un
ambiente más sereno. Yo tengo ganas todavía de vivir y de disfrutar con mi
familia sin dejarme destruir por las preocupaciones que nuestro hijo nos causa

89
solo porque quiere hacer lo que le viene en gana».

90
Las interminables, improductivas e insoportables negociaciones
maternas
Las madres no admiten tan fácilmente las equivocaciones de su hijo (su
inclinación a la pereza, a huir de la responsabilidad, a buscar ser siempre el
centro de atención) y con su empeño tratan de cancelarlas sustituyéndose por él
sin preguntarse si eso es lo que su hijo quiere o si está dispuesto a pagar un
precio por algunos de los aspectos negativos de su carácter. La madre no se
resigna fácilmente a reconocer que, sin el asentimiento de su hijo, no
conseguirá resolver sus problemas. Por eso hace presión: se vuelve más
insistente o excesivamente «complicada»; se siente obligada a usar miles de
recursos para hacerle hacer lo que es justo.
La madre, como suele suceder, piensa incluso con la cabeza del hijo. Dialoga
con su hijo «dentro de él», antes de hablar con él. Imagina anticipadamente sus
reacciones y trata de evitarle que sufra. Le encantaría decir lo que piensa pero,
al mismo tiempo, no quiere que su hijo piense que ella no le entiende. No quiere
que su hijo se sienta mal, que se enfade, que tenga la impresión de que de vez
en cuando ella no le quiere o que prefiere a su hermana más que a él, o que se
sienta incomprendido.
El resultado es un diálogo poco directo con el hijo, marcado por
explicaciones demasiado largas encaminadas a gestionar de manera anticipada
sus objeciones. La madre trata de convencer a su hijo, no a enfrentarse a él.
El diálogo materno tiende a ser a veces un poco retorcido porque está
guiado por una hipótesis oculta («si lo hiciese de este modo, tal vez...», «a ver
si plantea la cuestión de manera acertada...»).
Es distinto buscar «la manera justa de decir la verdad», que va introducida
con cierto tacto, sin crudeza, de manera que sea más fácilmente aceptada, que
decir solo la verdad que no cree problemas a los hijos, con afirmaciones que
ellos mismos identifican irónicamente como «las verdades de mamá»: «Mi
madre me dice las cosas –cuenta una chica– pero no quiere que me enfade y
trata de evitar toda discusión». Este resultado es posible solo si la verdad viene
«esterilizada» de manera ventajosa para el hijo que puede utilizar
indebidamente este miedo de los padres en su propio beneficio.
Las modalidades de presión materna más conocidas utilizan las siguientes
expresiones: presionar al hijo, estar siempre encima de él, tener que decirle algo
continuamente, recordarle, impedirle...
La relación madre-hijo asume más las características de la constricción

91
(benévola) que las propias de un pacto de colaboración (yo te ayudo si tú
también pones de tu parte). No pocas veces las reacciones emotivas del hijo
están marcadas por una profunda intolerancia, expresada generalmente de esta
manera:

Cuando mi madre actúa así, me dan ganas de hacer lo contrario.


A veces pienso: ¿Por qué no se dedica a lo suyo? ¿Por qué se entromete en
mi vida y no me deja en paz?
Tiendo a hacer «aposta» todo lo que no le gusta, me vuelvo antipático
(haciendo las cosas como sé que no le gustan, dejando sucio o desordenado mi
cuarto...) como para decirle «déjame tranquilo». O me vuelvo polémico e
insolente.

Entre la madre y el hijo se forma un «círculo vicioso» en el que se vuelven


insoportables recíprocamente: cuanto más preocupada está por él, más le
apetece al hijo comportarse mal. Los padres aumentan el tono de sus quejas
frente al hijo y este se siente cada vez más exasperado. Muchos afirman que
«odian» a sus padres por estar tan encima de ellos.
En otros casos, el hijo decide «aguantar a su madre» y se queda en su
mundo hecho de placeres, sin sufrimiento y sin esfuerzo, sin poner nunca en
juego sus capacidades de entender y hacer cuentas con la realidad, de valorar
sus propios comportamientos y decidirse a cambiar para mejor. Esta facultad, si
no se le pone freno, hace que el hijo permanezca en el limbo de la irrealidad y la
irresponsabilidad. Solamente el «si tú lo quieres» le hace sentirse responsable
de sí mismo, pero apelar a su voluntad y a la decisión del hijo es un riesgo que
la madre prefiere no correr. Ella trata más bien de evitar que el hijo se pueda
equivocar, como se demuestra en el siguiente ejemplo.

92
¿Miedo a la libertad del hijo?
Un hijo de quince años ha decidido hacerse jugador de fútbol y el colegio ya
no le interesa. La madre, preocupada por los posibles riesgos de este
comportamiento para su futuro, «hace de todo» para convencerle de que se
esfuerce: está encima de él, no pierde la ocasión para hacerle entrar en razón,
prueba todo sistema para animarle a estudiar... pero el único resultado es que la
relación entre ambos se vuelve insoportable.

¿Qué puedo hacer –se pregunta– para evitar que mi hijo pueda encontrase
en dificultades si no llega a conseguir su sitio en el deporte?

El padre, movido por las mismas preocupaciones, trata, a diferencia de la


madre, de poner a su hijo frente al problema. La diferencia de comportamiento
es decisiva. Ella habla a su hijo con las siguientes consideraciones: «Si cuando
tengas 18 años te das cuenta de que no puedes ser una estrella de fútbol y no
tienes ningún título de educación elemental porque has decidido dejarlo todo
por la carrera deportiva, ¿qué harás entonces?». Es innegable que este modo de
plantear el problema toca cuerdas diferentes, como son tratar de evitarle un
problema o ponerle frente a él. «Puedes tomar esta decisión con la que no estoy
de acuerdo –le dice implícitamente el padre–, pero está claro que, si te
equivocas, la responsabilidad será tuya. No puedo hacer otra cosa que
aconsejarte, así que elige lo que quieres hacer».
Parece que la madre tiene miedo a la libertad de los hijos y no le resulta fácil
reconocérsela. No acaba nunca sus advertencias con un «si quieres», por temor
a que el hijo pueda elegir la opción equivocada, y esto «no debe suceder»,
porque se siente responsable de no haberlo sabido impedir. El apelo directo a la
responsabilidad, en realidad, es mucho más desestabilizante que las insistencias
(que se pueden soportar y permiten sentirse víctima de la incomprensión de
otros).
La madre vive a su hijo como si este fuera incapaz de comprender «el bien y
el mal», aunque este tenga ya un claro conocimiento de ambos, y se carga con
el esfuerzo de «evitarle sus errores» con empeño pero sin promover que el hijo
madure realmente. Este se porta bien solo si está vigilado por sus padres, que
de esta manera se convierten en sus «perseguidores», con quienes juega al
perro y al gato, activando todo el repertorio de pillerías infantiles para escapar
del juicio de la propia conciencia: tal vez se adapta a aquello que le piden, pero

93
siempre teniendo que ser vigilado porque, si no, elude toda responsabilidad; o
tal vez soporta las riñas y castigos, resignándose a pagar ese precio para
continuar haciendo lo que le venga en gana. La madurez viene solo a través de
la libre adhesión al valor que se le ha propuesto.

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Responsabilizar no es ser desinteresado
La madre tiende a ver la propensión del padre a responsabilizar al hijo como
desinterés hacia él. Pero poner al hijo frente a su responsabilidad y
desinteresarse de él son dos comportamientos radicalmente distintos y
fácilmente distinguibles.
«A la quincuagésima vez que repaso la lección con mi hija –cuenta una
madre–, todavía no sabe repetirla. Le ayudo siempre con la tareas del colegio,
pero, cuanto más le ayudo, más me dice ella: “no me dejas en paz, eres cruel,
quieres que haga todo a la perfección”, mientras yo hago la vista gorda a las
cosas que no sabe. Cuanto más encima estoy más le fastidio. Al final me parece
que no le hago ningún bien. Me da la sensación de sustituirme por ella más que
ayudarle y parece que, si le va mejor con las notas, es más mérito mío que
suyo. Me siento cansada e impotente y llegados a este punto digo: no puedo
hacer nada. Si no quiere estudiar, que trabaje».
Otra madre afirma: «Cuando le preguntaba la lección a mi hijo, discutíamos
todo el tiempo. Yo sostenía que no se lo había preparado suficientemente y él
decía que sí. Era imposible continuar de esta manera. Ahora he cambiado de
actitud y le digo: “Creo que deberías estudiarte mejor la segunda parte del
texto. ¿Quieres releerla y después te la vuelvo a preguntar?”. Y me responde:
“No, me la sé bien y, además, no me interesa, y mañana no creo que me la
pregunten” y yo no insisto más. Si escribe mal una redacción y está muy
confusa, me limito a decirle: “¿quieres intentar escribirlo mejor?”. He dejado de
fastidiarle haciéndole sentir siempre bajo presión. Yo le muestro mi contrariedad
a su manera de tomarse los estudios, pero he aceptado que no puedo cambiarle
a la fuerza. Por mantener un poco de calma he tenido que superar la duda de
que, dejándole hacer a él, sería una madre poco interesada en su hijo y no hacía
todo lo posible por su bien».
Otro testimonio de una madre: «De inicio respeto a mi hijo y me digo: en
estos años le he dado las bases para estudiar y hacer la tarea en casa, ahora le
toca a él. Estaba siempre encima de él para que estudiara y tenía buenos
resultados pero me acababa agotando. Se había convertido en un “peso”, y
ahora estoy cansada de corregirle y que me trate mal. He entendido que se
necesita un poco más de sano egoísmo. No pierdo tanto tiempo detrás de él.
Cuando hace la tarea, cierra la puerta de su cuarto y es muy difícil para mí no
saber qué estará haciendo realmente. Al principio le veía escaquearse cada vez
que le pedía algo y me enfadaba muchísimo. Lavaba los platos de la comida a

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las cinco y media porque antes tenía que hacer la tarea con él. Ahora me digo:
sus profesores le enseñarán lo que todavía no sepa. Ahora tengo más tiempo
para dedicarme a mi otro hijo, que también me necesita».
Distinguir y separar la responsabilidad es, en algunos casos, una cuestión de
supervivencia psicológica. El camino que tiene que recorrer la madre para
reconocer la responsabilidad del hijo y su capacidad de gestionar su vida es
generalmente más difícil y complejo que el del padre.
Los dos sufren si el hijo se porta mal, pero su dolor está sujeto a matices
diferentes: mientras el padre está disgustado y desilusionado por su hijo que
«no quiere entender», la madre se deprime y se desespera «por no ser capaz de
hacerle entender lo que debería hacer».
El padre acepta más fácilmente que no se pueda «hacerle mejorar por la
fuerza» y que el hijo tenga su propia libertad de elección. Admite más
fácilmente la propia impotencia y no le constriñe a sufrir la insistencia de otros.
Le pone frente a su responsabilidad, en la medida que corresponda a su edad.
Le dice a su hijo: «¿Te interesa mejorar las notas en el colegio? ¿Llevarte bien
con tu hermano? ¿Ser más ordenado?». El hijo se siente interpelado y forzado a
preguntarse qué quiere realmente y, por tanto, qué tipo de persona quiere
llegar a ser.
La vida de los hijos no está fundamentalmente en nuestras manos, parece
recordar la psicología paterna, y nuestra responsabilidad respecto a ellos es
provisional y está destinada a ser progresivamente más limitada.
Aceptar esta medida constituye el presupuesto para que haga aquello que la
insistencia solo podría haber obtenido ilusoriamente.

96
Capítulo 10:
Hablar con los hijos de hombre a hombre

Hablar «de hombre a hombre» con los hijos es un rasgo distintivo del estilo
paterno generalmente muy apreciado por los hijos. Esta expresión es muy
distinta a hablar «de mujer a mujer» con la que se alude a un intercambio
emotivo muy profundo en el diálogo entre madre e hija.
El padre no tiende principalmente a la intimidad psicológica, sino a compartir
valores con el hijo. Esto le hace sentir «cercano» al hijo, más que el intercambio
de confidencias personales. Sentirse igual a él en el «modo de ver las cosas» es
más importante que el intercambio psicológico.
La intimidad psicológica hace sentirse emotivamente más cercano. Los
hombres no suelen ser muy propensos a «contarse sus cosas» ni a participar
muy íntimamente en el mundo emocional del otro. Escuchar una llamada
telefónica entre dos chicas adolescentes y dos chicos puede ser muy útil para
entender esta convicción.
A menudo los padres recurren a este recurso extremo (hablar de hombre a
hombre) para resolver los problemas con sus hijos.
«Escúchame bien –dice un padre después de coger a su hijo de doce años
por banda–, no podemos continuar así. Mamá no puede perder toda la tarde
persiguiéndote para que hagas la tarea; tiene muchas cosas que hacer. Además
tú también puedes estar cansado de que se te regañe cada dos por tres. Creo
que podrías organizarte para hacer la tarea tú solo porque, si quieres, eres
capaz de esto y de mucho más. Sinceramente, creo que eres muy listo y que, si
quisieras, podrías tener buenas notas. ¿Qué piensas? ¿Quieres probar a
organizarte solo?».
Resulta interesante darse cuenta de que estos discursos son propuestas
hechas al hijo «en un aparte», como si un instinto atávico indujese al padre a
evitar en ese momento la presencia de la madre, como si una especie de secreto
pudor, un velo de discreción circundara el momento en que el padre, por
primera vez, se pone en el mismo lugar que el hijo y el hijo habla con el padre
mostrándose recíprocamente su verdadero modo de pensar y de valorar las
cosas de la vida.

97
Sentirse tratados como personas mayores
Un padre le dice a un hijo adolescente: «Veo que juegas al fútbol solo con
tus amigos, pero creo que podrías ir más allá porque tienes talento. Te han
propuesto entrar en el equipo de fútbol semiprofesional y me gustaría que lo
probases. Si no te llegara a gustar, siempre puedes dejarlo. Piénsatelo y me
dices lo que has decidido». Este cierre pone fin a interminables charlas,
recomendaciones, tentativas maternas de «hacerle entrar en razón», haciéndole
considerar todos los beneficios que podría obtener de esta nueva experiencia. Al
final el hijo aceptó la propuesta que al principio no había considerado
seriamente. Donde habían fallado las benevolentes insistencias maternas, llegó
la petición directa a tomar una decisión.
Los hijos reaccionan de manera positiva a la propuesta de asumir
responsabilidades y así lo ponen de manifiesto: «Cuando mi padre habla de esa
manera –afirma un chico– me siento tratado como una persona mayor, capaz de
entender y de hacer algo bien por mí mismo. A diferencia de mi madre, mi
padre me aconseja, pero no me impone. Me deja libertad para tomar esta
decisión». El padre, de hecho, reconoce al hijo el «poder de tomar sus propias
decisiones» y su consecuente responsabilidad sobre ellas. Sentirse tratado como
una persona mayor tienen un efecto parecido a una sacudida de adrenalina: los
hijos sacan a la luz lo mejor de sí mismos, mostrándose más maduros de lo que
habían dado a pensar.
«Cuando sientes que tus padres confían en ti –dice una chica–, es como si
por dentro sintieras el deseo de ser mejor». La experiencia de un padre que
cree en su hijo tiene algo de desconcertante porque significa mucho más que
reconocerle competente y apto para algo. Representa el máximo grado de la
consideración positiva.
La dulce e implacable insistencia materna se mueve, sin embargo, en un
presupuesto de desconfianza (aun cuando afirma lo contrario) en la capacidad
del hijo de entender y hacer las cosas bien. Para prevenir el error del hijo, trata
de tenerlo «siempre cerca», volviéndose un poco opresiva.
«Cuando reconocen tu libertad y tu responsabilidad es algo que te deja
respirar», asegura un chico. Suscita unas energías personales nuevas, y la
mejora se percibe como una aprobación dada al propio deseo, distinta del
sometimiento a la voluntad de otros.
La siguiente historia contiene algunos elementos que avalan estas
afirmaciones.

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Un padre acompaña a su hijo de dieciséis años al centro comercial para
comprarse con sus ahorros un móvil que le gusta mucho. La vendedora le dice
que el modelo que quiere tiene un precio con un descuento que entrará en vigor
al día siguiente. «Solo a partir de mañana –le precisa–, costará 250 euros en vez
de los 300 de hoy». El padre decide poner a prueba a su hijo, con la esperanza
de que no se comporte como un niño que «quiere ya su juguete», sino que sepa
esperar al día siguiente. «Puedes comprarlo hoy o esperar a mañana: decide
qué crees que es mejor hacer. Haz como veas». El hijo lo piensa y dice: «No
vale la pena comprarlo ahora, mejor cogerlo con el descuento. ¿Podrías
acercarme aquí mañana?». «Como quieras», responde el padre con cierto alivio
al ver la madurez de la respuesta de su hijo.
El diálogo con la madre, según ella misma afirma, habría tocado cuerdas
distintas. La madre: «No te conviene comprarlo hoy, mañana te costará menos.
En el fondo no pasa nada por esperar y 50 euros menos es una buen
descuento». El hijo: «¿Pero a ti qué te importa? Lo voy a pagar con mi dinero...
¡Puedo hacer lo que quiera!». La madre: «Pero con lo que te ahorres puedes
comprarte una chaqueta... ¡Te la compro yo!». El hijo: «La que me quieres
comprar no me gusta». Madre: «Ya estamos otra vez... Siempre igual. No estás
contento nunca con nada». Hijo: «Nunca puedo tener lo que me gusta. Me dices
que elija pero siempre tengo que hacer lo que me dices tú... ¡Yo el móvil me lo
compro ahora!».
El hijo volvería a casa con el móvil nuevo y la madre con la enésima
desilusión. En efecto, ella le habría tratado como a un niño pequeño, como
alguien incapaz de entender por sí solo lo que era oportuno hacer y como a
alguien incapaz de soportar el coste emotivo de la renuncia sin tener una
adecuada contrapartida (una chaqueta nueva). No le ha expuesto al riesgo de
dejarle decidir, sino que le ha forzado hacia la elección que resultaba más
razonable, obteniendo sin querer el efecto contrario. Ella es bien consciente de
la tendencia de su hijo a derrochar, a no saber renunciar a la pretensión infantil
de tener todo lo que quiere y en este mismo momento. Querría corregirle, sin
ponerle en condición de que entienda si él mismo desea mejorar en este
aspecto.
Es particularmente irritante sentirse constreñido a comportarse bien sin
haberlo elegido libremente; y es casi imposible si el chico, como en este caso, es
un adolescente.

99
Capítulo 11:
«¡No puedo más!»: La separación del hijo por
exasperación

Si la relación madre-hijo no se regula por la sensibilidad educativa


masculina, tiende a degradarse progresivamente, generando una relación
exasperante, imposible de aguantar. El afecto natural no es suficiente para
mantener buenas relaciones entre padres e hijos. Es necesario que se
transformen en un vínculo (la clave de las relaciones), reconociendo el deber de
la reciprocidad. Si el hijo no acepta la herida (mostrada indistintamente por el
padre o por la madre) de la limitación de sus apetencias, las relaciones asumirán
un carácter despótico y la falta de integración del Yo ideal no pondrá en marcha
la tensión hacia la justicia y el respeto a los demás, comenzando por el respeto
a sus propios padres.
Es inevitable que, si faltan estas condiciones, la separación de la madre se
realice de modo traumático, dictada por la exasperación causada por lo
irracional de la relación con su hijo. Su deseo insaciable y su pretensión de estar
exento de los deberes de la reciprocidad provoca inevitablemente una «profunda
herida» en la madre, que sufre bajo la forma de desilusión, de impaciencia, de
derrumbe emotivo o como una sensación de no poder hacer nada por él.
Este, acostumbrado a la rendición materna, antes o después «exagera»,
reclama demasiado y la exaspera hasta que diga no; evita sus peticiones de
ayuda (negándosela). En los casos más graves, en los que la barrera de la
prohibición se ha anulado de manera sistemática, es empujada por su hijo hasta
el límite, de tal manera que la madre se ve forzada a pronunciar su primer, tal
vez, insuperable «no». El hecho mismo de que un hijo pueda llegar a considerar
estas fantasías en referencia a la madre muestra, con una evidencia dramática y
simbólica, el tipo de relación «errónea» que tiene con ella.

100
Amor y odio: las ambivalencias del hijo en relación a su madre
Hay un momento en el que la madre se ve obligada a mostrar su lado más
«arisco», a enfadarse; a negarse, por ejemplo, a servir a su hijo sin que él lo
pida; a dejar de satisfacer todas sus peticiones; a poner un muro de contención
a su comportamiento insoportable. La madre aleja al hijo solo cuando «no
puede más con él», cuando se siente usada, humillada, cuando siente que le
han tomado el pelo y su sufrimiento se convierte en algo intolerable porque la
actitud de su hijo acaba siendo inaceptable. Muchas madres, y no solo siempre
las más disponibles, reconocen ser maltratadas por sus hijos, que desarrollan
una relación de amor-odio difícil de llevar.
Así lo cuenta una chica de 16 años, prisionera de esta ambivalencia afectiva:
«Si tengo que ser sincera –afirmaba–, tengo un extraño deseo de enfadar a mi
madre. Le quiero mucho, es mi mejor confidente, pero al mismo tiempo no la
soporto y reconozco que a veces le trato mal. Le canso con mis
comportamientos absurdos, pero ella trata de contentarme siempre. Me gustaría
que se preocupase solo de mí, que yo fuese el centro de su vida, pero cuando lo
hace así la verdad es que me molesta. Me apoyo mucho en ella: le pido que me
ayude a hacer muchas cosas, incluso las que no tengo ganas de hacer yo sola;
pero, al mismo tiempo, lo detesto porque me doy cuenta de que no sé hacer
nada por mí misma. No me siento segura de mí misma porque no he probado a
hacer nada sola, como llamar al médico o buscarme un trabajo temporal. ¿Mi
padre? Cuando me ve tratar mal a mi madre no me dice nada, sale de casa y se
va a trabajar. No me castiga nunca y con él soy más simpática, no le estreso y
trato de no hacerle enfadar».
Es bastante frecuente que los hijos se vuelvan voluntariamente
insoportables, haciendo todo lo que saben que molestará a sus padres, como si
quisieran sacarles de quicio mostrándoles su peor cara, como si quisieran poner
punto y final a su excesiva implicación, hecha de demasiada condescendencia,
benevolencia y preocupación por ellos. Disgustan a sus padres, intentando
inconscientemente provocar su alejamiento, como si quisieran que se les
«dejase tranquilos». Pero eso no acaba de suceder.
Ante cualquier demostración de afecto o de modestos arrepentimientos, la
madre lo olvida todo, siempre pronta a recurrir a la benevolencia que le puede
acabar destruyendo. El cuidado, la atención, la preocupación y la ayuda de los
padres comienzan a ser deseados y detestados, pedidos (secretamente) y
refutados al mismo tiempo. Con una escisión interior que no puede ser resuelta

101
por el hijo sino por los padres, y por el padre en particular. Su labor es ayudar a
su mujer a regular la relación con los hijos según lo que sea justo y represente
un bien educativo, dejando de lado lo que puede ser más apetecible o resultar
más fácil por carácter.

102
Separaciones traumáticas (pero sanas) de los hijos
En ausencia de las recomendaciones paternas, la separación del hijo, que
debería darse de manera progresiva, está destinada a suceder en condiciones
dramáticas.
«Quiero cumplir mis deberes para contigo –dice una madre a un hijo que le
tiranizaba– pero no puedo ser tu esclava».
«Y, por primera vez –comentaba después–, he sentido que acertaba en mis
palabras, con la sensación de que también yo tengo derecho a vivir, a ser feliz y
a no dejarme oprimir por las exigencias de los demás».
Las madres, evidentemente, también saben poner entre ellas y sus hijos la
justa distancia, responsabilizarles, no dejarse absorber completamente por su
vida, pero generalmente este cambio es más complicado para ellas y para
algunas de ellas sucede solo cuando ya no pueden más y «explotan».
Las siguientes situaciones retratan bastante bien las dificultades que
caracterizan a la sensibilidad femenina en este sentido.
«Ayer me negué por primera vez a hacerle la mochila a mi hijo que está ya
en Secundaria, cuenta una madre. Le he dicho: “Al colegio vas tú, depende todo
de ti”. Al principio le forzaba y le perseguía para que hiciera la tarea y él se
resistía. Si estaba encima de él hacía algo, pero, si no, no hacía absolutamente
nada. Terminaba la tarea si la mitad se la hacía yo. Todos los días tenía que
llamar a algún compañero suyo de clase para saber qué tarea le habían
mandado, porque él no las escribía en la agenda. Le insistía en que hiciese su
tarea y él se envalentonaba y acababa diciéndome que le insultaba y lo
comparaba con otros amigos suyos que eran mejores en el colegio. Y esto no
hacía sino empeorar la situación. Le perseguía por toda la casa con el libro para
preguntarle la lección pero él se escabullía. Era un pulso constante, cuanto más
intentaba que cumpliera con su deber, menos se dejaba intimidar. Esta situación
me ha estresado durante años. Estaba ya perdiendo la cabeza y toda la familia
se resentía por ello. Ahora he dicho basta. Ahora controlo la tarea que tiene; si
la hace, le pregunto solo si él quiere, pero no la hago con él ni mucho menos se
la acabo haciendo yo, como antes. Estos días está más tranquilo, menos
agitado. Antes era puro nervio, no paraba de moverse. Ahora vuelve a casa con
buenas notas y su profesor le ha felicitado por el cambio. Nunca le había visto
así de contento.
Me doy cuenta de que trataba que hiciera las cosas bien y no aceptaba la
idea de que las hubiese hecho solo si él mismo decidía hacerlo así. Cuando le

103
digo: “Si quieres mejorar, tienes que esforzarte más, porque, si quieres, puedes
hacerlo”, no me siento mala, sino que me parece que le estoy demostrando
confianza y estima en él. Veo que esto funciona y me siento recompensada».
Otra madre cuenta:
«Últimamente he cambiado de comportamiento con mi hijo que estaba en
tercero de la ESO. Ahora ya no le pregunto más qué tal le va en el colegio y es
él quien tiene ganas de contarme cómo le ha ido el día. Soy más distante y un
poco más fría con él. Entonces me abraza y me dice con tono de improperio:
“No te interesa que te abrace...”. Yo permanezco en silencio. Me siento tentada
a asegurarle que soy feliz de que tenga tantas atenciones conmigo, para que no
piense que no estoy interesada en él. El otro día le dije que no a una petición
suya, y como retándome me dijo: “... pues entonces no como”. Y yo le respondí:
“Me parece bien”. Dejé la comida en la mesa y al final acabó cenando lo que no
quiso comer a mediodía. Mientras lo hacía, yo continué leyendo un libro y me
dijo enfadado: “¡Menuda madre que no se interesa por su hijo!”. Decidí no hacer
ningún comentario. Antes, en cambio, le habría insistido para que razonara y
entendiera que no tenía razón, hasta agotarle. Por primera vez he pensado que
no estaría mal sola y que tengo muchas cosas que me gustaría hacer en la vida,
que no es justo que mi hijo lo sea todo para mí y que tenga que someterme
completamente a las preocupaciones que él me da.
Al principio decía: “Vete a saber de qué humor estará cuando vuelva del
colegio...”, porque si estaba de mal humor iba a estropearme el día a mí. Ahora
me digo: “No quiero sentirme condicionada por sus estados de humor, ya se le
pasará...”. He encontrado el coraje para decirle claramente: “Si sigues por ese
camino, te aguanto hasta que tengas 18 años, porque no me queda otra, pero
después, te buscas un apartamento y te vas a vivir por tu cuenta”.
El otro día volvió del colegio y me dijo con tono arrogante: “¡Hoy no me han
puesto ningún negativo!”. Yo le respondí: “¡En estos meses te han puesto
suficientes para los próximos dos años! Después no le he mareado con los
razonamientos de siempre. Pretendía que, como de costumbre, lo pasase por
alto, dándome una pequeña alegría que tapara todo lo demás. Pero esta vez no
ha conseguido contentarme con una mejora así de pequeña.
“Mira, he conseguido una buena nota”, me dijo otro día. Yo le respondí:
“Estoy contenta sobre todo por ti pero tampoco esperes que dé saltos de
alegría”. El otro día saltó enfurecido: “Por culpa de mi compañero han anulado
la excursión para toda la clase”. Yo le dije: “La culpa es también tuya, los
profesores me han dicho que tú también estabas molestando, así que no te
quejes”. Él se puso nervioso, pero no le dije nada para que se le pasara, como sí

104
habría hecho hace un tiempo.
El sábado pasado le dije: “Por favor, corta la césped del jardín”. Él me dijo
que sí pero a la hora de hacerlo no apareció. Así que cogí el cortacésped y lo
hice yo sola. Al cabo de una hora llegó a casa y me dijo: “¿No podías esperarme
para hacerlo?”. “No, quería que el jardín estuviese arreglado para mañana y
estoy cansada de adaptarme a ti y a hacer las cosas cuando tú quieras. No estás
tú solo”.
Ya no le veo con los mismos ojos. He comenzado a verle como una persona
y no solo como a mi hijo. Estoy cansada de corregirle y tratar de hacerle “entrar
en razón” si no quiere escucharme. Su comportamiento me tiene harta porque
quiere todo pero no da nada y me doy cuenta de que me ha estado tomando el
pelo. No me esfuerzo por estar contenta por él si no lo estoy realmente.
Sinceramente, a veces me da rabia y me irrita que, cuando está en casa, se
comporte de esta manera. Me estoy cansando de su actitud».
Este testimonio describe con mucha finura la complejidad psicológica de la
separación traumática del hijo que termina con la sensación de que «algo se
rompe por dentro» y que abre la posibilidad de interpretar de manera diferente
la relación con él.
La madre intuye que es algo irracional estar feliz exclusivamente (este
adverbio da la medida del grado de implicación) si el hijo está contento.
Naturalmente los padres son felices si el hijo también lo es, pero, como «de
rebote», teniendo también sus propios motivos para ser felices.
El padre, no vive las satisfacciones de sus hijos como algo absolutamente
indispensable, de la misma manera que sus errores le entristecen
profundamente, pero no destruyen su vida por completo. No sufre menos; lo
hace de una manera diferente. Su dolor es más puro porque es más
desinteresado.
Para confirmar el peligro de un vínculo demasiado sobreprotector, ofrecemos
a continuación el testimonio introspectivo del hijo al que la madre se refería
anteriormente:
«Cuando vuelvo a casa y le veo contenta por sus cosas, me da un poco de
rabia. En esos momentos me doy cuenta de que busco un pretexto para
provocar una pelea y arruinarle la fiesta. Sé perfectamente que esto no es justo,
pero es más fuerte que yo. Es como si quisiera ser siempre el centro de su vida
y de sus preocupaciones. Si veo que no se preocupa por mí, me molesto y me
enfado. Le provoco y terminamos discutiendo muchísimo».
Este tipo de presupuestos afectivos, faltos de consistencia, pueden deformar
la relación entre padres e hijos hasta el punto de volverla insostenible. La

105
convivencia es posible si se aceptan, tanto por parte de los padres como del
hijo, las condiciones que hacen posible la reciprocidad. Solo el abandono de las
tendencias afectivas egocéntricas (en este caso, la pretensión de ser el centro
del mundo de la madre) hace posible el respeto y la ayuda recíproca. Solo
sacrificando estas tendencias puede surgir la posibilidad de «estar con el otro»
de manera constructiva.
Si esto tiene el valor de «ley», el padre representa el testimonio y la garantía
para que tenga lugar.

106
Capítulo 12:
Cómo el padre puede salvar a la madre de las
pretensiones de su hijo

La sensibilidad masculina puede ser de gran ayuda al cónyuge para asumir


un estilo educativo más equilibrado y realista. Pero el padre puede ayudar a la
madre en la medida en que sea capaz de mantener un diálogo de pareja
constructivo. Este es el instrumento más adecuado para «fecundar» con la
propia sensibilidad educativa la diversidad del cónyuge. Existe de hecho una
fecundidad psicológica y espiritual igual de importante que la física. Cada hijo lo
es también siempre y realmente de la relación de la pareja, incluso en las
situaciones en que esta esté ausente.

107
Diálogo de pareja y sintonía educativa
Sin una verdadera compenetración con la pareja, los intentos educativos de
cada padre están expuestos a un número mayor de riesgos y errores, ya que no
se sopesan con la diversa sensibilidad del otro.
Padre y madre disponen de una «caja de herramientas» diferente con la que
construir la relación con los hijos y el diálogo entre ellos es el modo de que se
dé la necesaria sintonía educativa. Esta sintonía presupone la capacidad de
utilizar también las herramientas del otro, asimilando de manera progresiva su
sensibilidad hasta convertirla en parte del propio modo de ser frente a los hijos.
De este modo, la sensibilidad de cada uno enriquece a la del otro, y la
capacidad de querer a los hijos se expresa de una manera más completa y
auténtica.
La diversidad de la pareja puede ser vista, en cierto modo, como una
«suerte», una manera de mejorar la propia sensibilidad y la capacidad de obrar
por el bien educativo de los hijos. Cada cónyuge debe empeñarse en ayudar al
otro y en dejarse ayudar.
Los padres comparten el mismo valor (el amor por los hijos) y el mismo
deseo de obrar por su bien, y este objetivo común representa el centro mismo
de la alianza educativa que los une.
La sintonía educativa permite «convertirse un poco en la otra persona», de
tal manera que las diferencias «estén bien juntas». Esta sintonía se consigue
cuando cada uno asume la libertad de ser puesto frente a sus propias
contradicciones y a sus propias limitaciones como educador y se deja ayudar por
el cónyuge para mejorar la relación con el hijo.

108
La contribución masculina a la «liberación» de la madre
En este contexto de ayuda recíproca, es oportuno señalar cómo la
sensibilidad masculina puede enriquecer a la femenina y «salvarla de los
inevitables riesgos» (en grados diferentes, según cada caso) que caracterizan la
interpretación materna del amor por los hijos.
Si no se asimila la sensibilidad paterna, la madre corre el riesgo de ser
«engullida» por sus hijos: esta imagen simboliza la falta de energía psicológica y
física que puede llegar a sentir. Guiada por su extraordinaria capacidad de
entrega, corre el riesgo de darse cuenta demasiado tarde de que está siendo
sutilmente explotada, de que otros se aprovechan injustamente de su
disponibilidad; de que ha superado, en definitiva, la delgada línea que separa el
servir del ser considerada una sierva.
La sensibilidad masculina ayuda «instintivamente» al cónyuge a vivir con
mayor realismo la relación con el hijo y progresivamente a «distinguirse de él»,
hasta vivirlo como una persona diferente, libre, capaz de adquirir
responsabilidades.
Es tarea del padre ayudar a la madre a ser menos «absorbida» por la vida de
sus hijos, empujándole a aceptar un límite a su deseo de ayudarles. El padre
puede y debe proteger a su mujer de los hijos, tomando partido en su defensa,
«frenando» las exigencias de los hijos y sus tentativas de aprovecharse de su
natural disponibilidad.
No es siempre fácil «liberar» a las madres ni convencerlas de adoptar un
modo diverso de interpretar la relación con sus hijos. En ellas resiste
tenazmente la tendencia al autorreproche: si hubiesen hecho más, si lo hubiesen
hecho de manera diferente tal vez todo esto no hubiese sucedido... Un
sentimiento que les hace fluctuar siempre en un sentido de inadecuación y de
culpa si algo en la vida de sus hijos no funciona como debiese. Esta sensación
solo se resuelve si se acepta el principio paterno de la responsabilidad (y, por
tanto, también de la culpa y del mérito) de los hijos.
El padre trata de librar a la madre de la sensación de no haber hecho aquello
que en realidad no podía o no debía hacer. Le ayuda a aceptar su (relativa)
impotencia y a renunciar sin sentirse culpable de su (pretendida) omnipotencia.
Ella puede ayudar a su hijo a repasar la lección, pero no puede estudiar por él;
puede hacer todo lo posible para sugerirle a su hijo que preste atención al
profesor, pero no podrá asistir a clase para llamarle la atención cuando se
distraiga.

109
La afirmación más común con la que los padres ayudan a las madres en este
difícil tránsito es la siguiente: «no puedes hacer más de lo que haces. Estate
tranquila». Estas palabras consoladoras le ayudan a resolver el comportamiento
excesivamente identificado con su hijo que le deja «vacía» de energías y de
tiempo. Le ayuda además a no sentirse culpable si alguna vez está cansada y
quiere descansar; si no puede ayudar a su hijo; si piensa un poco en sí misma;
si no pone a su hijo y sus deseos en el estadio más alto.
Él le tranquiliza y le confirma su derecho a sentirse irritada y enfadada con
algunos de los comportamientos de sus hijos, y, en algunos casos, también a
«perder la paciencia» sin sentirse culpable por ello.
El padre, además, «defiende» los derechos de la madre frente a sus hijos,
que tienden a aprovecharse de las características proactivas de su amor. Ella,
como corroboran muchas veces los propios hijos, con el pretexto del diálogo,
tiende a justificarse con ellos más que a explicar las razones de su
comportamiento: «Me has obligado a tratarte de esta manera –afirmaba una
madre mientras intentaba dar las razones de por qué había reaccionado de
manera desesperada– pero no te he dado un bofetón. Tienes que entender que
yo también he tenido un día duro... ven aquí y hacemos las paces...». El
contexto de este comportamiento deja entrever claramente el sentido de culpa
de la madre, inevitablemente amplificado por las posibles reacciones del hijo.
Mientras se propone de todo corazón tener más paciencia, el hijo se siente
liberado de cualquier esfuerzo de mejorar, porque no le han definido sus
responsabilidades.
El padre ayuda, además, a «ver los defectos» de los hijos como algo real,
independientes de la madre y no como simples reacciones a sus errores
educativos. Los padres son responsables de la manera de educar las tendencias
negativas de sus hijos, pero no de la presencia de estas en su carácter. Al
corregirlos se presupone que estos aspectos de los hijos son aceptados como
parte de la realidad, superando la tendencia típicamente materna a «no verlos»
o a creer que son corregibles con el propio sacrificio y empeño, prescindiendo
del empeño que deberían poner los hijos.
Admitir, no sin cierto disgusto, que el hijo, por ejemplo, sea descuidado, robe
dinero en casa, sea prepotente, tienda a no hacer nada o a explotar a los demás
sin sentirse culpable, representa un aspecto esencial de la distinción psicológica
entre madre e hijo. El «no querer ver que su hijo es así» no le hace capaz de
ayudarle a mejorar como persona.

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El padre y la fuerza del razonamiento
El marido utiliza en el diálogo con su mujer la «fuerza del razonamiento». A
menudo siente que tiene que desmontar y poner a su pareja frente a sus
contradicciones en su modo de comprender y responder al comportamiento de
sus hijos. Consideremos algunos ejemplos de las puntualizaciones que los
maridos pueden hacer a su esposa para ayudarle a obtener un punto de vista
diferente:

¿Por qué cuando el niño está conmigo se va a la cama tranquilamente


mientras que contigo llora sin parar?
¿Por qué cuando está conmigo llego a poner orden en la casa y él juega solo
mientras tú dices que cuando está él no puedes hacer nada más?
¿Por qué hace la tarea conmigo más rápidamente?
¿Por qué cuando le digo al niño que haga la tarea me dices: es todavía muy
pronto, déjale reposar, mientras un día después a la misma hora se lo pides tú,
y en ese caso está bien?

Su argumentación tiene algo de impugnable y de definitivo, tiene el sabor de


la realidad, y por esto resulta convincente incluso para la madre. Le obliga a
aceptar lo que siempre ha sabido pero no ha tenido la valentía de admitir.
El encuentro con la racionalidad masculina da a la madre mayor seguridad ya
que resuelve su debate entre la omnipotencia y la impotencia, ayudándole a
pensar en su hijo con un juicio más cercano a la realidad así como a adquirir
una manera de educarle más realista. Le libera de la duda de que lo que vive
intensamente sea, solo por esa razón, verdadero y justo. Le restituye una
imagen de su hijo menos deformada por sus miedos o deseos, más anclada en
sólidos aspectos de la realidad.
En la medida en la que el marido desarrolle en sí mismo un acercamiento
masculino a la realidad (dotado de realismo, calma, capacidad para
desdramatizar) ayudará a su mujer a poner en sintonía las razones del corazón y
las razones de la razón.
Una sólida argumentación del hombre confiere seguridad a la mujer,
continuamente asediada por las dudas, consecuencia indeseada de su
pensamiento profundo, poliédrico y rico en matices, para que no se sienta
perdida en el bosque de sus propias hipótesis interpretativas.
La mujer que no acepta la comparación con la forma de razonar masculina

111
permanece incompleta, víctima de sus miedos irracionales y de sus aspectos
impulsivos que hacen que su visión del mundo sea eternamente «problemática».
Si ha evitado el encuentro con lo masculino (creciendo, por ejemplo, sin
padre o con una concepción devaluada de los hombres) no encontrará
fácilmente remedio a su tendencia a la volubilidad, a la susceptibilidad.
Muchas mujeres reconocen que la ausencia de la sensibilidad masculina en
su propia personalidad es causa de su propensión al desorden (su casa, por
ejemplo, es caótica) o a su falta de autodominio (pasando fácilmente de un
extremo al otro en sus comportamientos emotivos).
El padre también ayuda a la madre a no ser abrumada por los miedos de
acordar con su hijo un razonable margen de libertad y de riesgo. En este sentido
pueden servir de ejemplo las historias relacionadas con «la primera vez» (que el
hijo va al colegio en bicicleta, vuelve solo a casa o se va a dar una vuelta con la
moto); episodios que señalan las etapas donde van adquiriendo autonomía.
Muchas madres reconocen que sin la aportación tranquilizadora de sus maridos
no habrían sido capaces de aceptar estas etapas de cambio. «Con el apoyo de
mi marido es más fácil no dejarse condicionar por el miedo irracional pero
fortísimo a que les pueda suceder cualquier cosa». Absorbidas por la vorágine
del ansia, las madres que no disponen de esta ayuda tratan de imponer una
protección excesiva y limitante, que puede infantilizar al hijo o ser superada solo
por un gesto de dolorosa «rebelión».

112
La fuerza de la libertad
El padre ayuda a la madre a no tratar de realizarse a través de los hijos,
aceptando que estos «hagan progresivamente su propia vida». Esto significa
que a menudo no interpretan la partitura que ellas han podido escribir o
imaginar para ellos.
Los hijos amarán y dedicarán su vida a otros que no conocen todavía. Y
estos disfrutarán de sus cualidades, de sus capacidades, de los dones por los
que sus padres se han sacrificado tanto.
En la medida en que la relación madre-hijo esté indemne de algunos virus
(como la inconsciente motivación a «dirigirlo todo a su hijo»; esperar de él su
propia realización personal; el casarse por tener un hijo, el «considerarlo
pequeño todo el tiempo que sea posible por temor a que se vaya», el deseo de
vivir a través de él la vida que no se ha vivido en primera persona...) que
agravan la natural disposición afectiva materna, la separación psicológica será
más fácil y con ello será más fácil la profunda disposición a «regalarlo» al
mundo.
El padre, en la medida en que es capaz y le es posible, ayuda a la madre a
cumplir con esta renuncia bastante dolorosa: la renuncia a vivir por el hijo
(convirtiéndole en ídolo) y a hacerlo vivir para ella (volcando sobre él las propias
expectativas), aspectos complementarios de una actitud no resuelta que tiene el
riesgo de convertir en patológica la relación materno-filial.

113
La salvaguarda de la pareja más allá de los hijos
Aceptar la pérdida de los hijos depende también, y más profundamente, de
considerar que ni siquiera ellos lo son «todo» en la vida de los padres ni su fin
último. Incluso en este caso, tener un horizonte de sentido más amplio hace
más fácil aceptar lo que es justo e inevitable.
De manera más modesta, el padre «siente» que la familia se funda más en
el matrimonio que en la presencia de hijos, y que es importante mantener viva
la relación de pareja, destinada a durar más allá de la época de cuidado de los
hijos. En efecto, los hijos se van, mientras la pareja permanece. Son huéspedes
muy queridos y, como tales, solo necesitan de una dedicación total durante un
período concreto de la vida. El padre no puede aceptar que su pareja esté
absoluta y exclusivamente dedicada a sus hijos.
El padre reconstruye la pareja a ojos de sus hijos, poniendo con ello un
límite a sus deseos insaciables. Cuando la madre acepta este enfoque, se sitúa
bajo otra perspectiva frente a sus hijos.
La siguiente situación muestra el discurso a una hija veinteañera que
amenaza siempre con irse de casa cada vez que sus padres le echan en cara un
comportamiento insoportable: «Sabes además –le dice la madre– que mi futuro
está con mi marido, o sea, con tu padre, y no contigo, y por lo tanto, si quieres
irte de casa, hazlo; yo no quiero ser víctima de tus chantajes». «Mi hija –
comentó después la madre– tuvo por primera vez un ligero shock. Después de
mucho tiempo sin escuchar mis consejos, mis lamentos, se sentía culpable por
lo que había dicho».
Los hijos revisan su comportamiento cuando tienen la sensación de que los
padres no se sienten obligados a soportarlo todo, cuando no aceptan ser
chantajeados ni casi secuestrados por sus peticiones ni obligados a mantener
una buena relación sin obtener nada a cambio (cuanto menos, un poco de
respeto). Pero el verdadero shock afectivo viene cuando se dan cuenta de que la
madre puede vivir sin ellos. Si ella acepta ser también mujer, estos descubren
que no pueden discutir el precio de su presunta indispensabilidad, y esto es más
que suficiente para hacerles ver cuál es su posición desde una perspectiva más
realista.
Un padre está dispuesto a ser puesto en segundo plano, a aceptar que las
exigencias de la pareja sean a menudo subordinadas a los deseos de los hijos
(sería signo de una grave inmadurez si faltase esta disposición), pero no a ser
olvidado ni a desaparecer. Reivindicándola un poco para él (este es el

114
significado de la petición de «salir algún día dejando a los hijos en casa»),
impide a la pareja ser inconsciente y estar completamente absorta en «vivir
exclusivamente en función de sus hijos». Si estas peticiones se ponen en un
contexto realista y razonable, ayudan a la pareja a no identificarse totalmente
con la tarea de cuidar a los hijos. La distancia física, símbolo de la psicológica,
permite a la pareja encontrarse como tal, dotada de una vida propia,
parcialmente independiente de la presencia y de las preocupaciones por los
hijos. Arrastrada por el deseo masculino, la madre redescubre aspectos de ella
misma que tendía a olvidar. Una buena relación de pareja hace más aceptable
detener gradualmente los cuidados y preocupaciones por los hijos.
Aunque la separación del hijo es difícil, nunca se le deja completamente solo
ni la vida pierde su sentido.

115
Ayudar a los hijos a valorar y aceptar al cónyuge
Una madre cuenta lo siguiente: «La situación de mi hija de 21 años no ha
cambiado. A pesar de mis insistencias continúa haciendo cosas que yo
desapruebo, pero ya no me desespero. Estoy tratando de verlo desde una óptica
diferente. He entendido que debo quererme un poco a mí misma. Ir a la
peluquería o hablar un poco con mis amigas lo había considerado tiempo
perdido, desperdiciado, como si estuviese descuidando con ello tiempo para la
familia. Ahora no lo veo así, no me siento culpable si no estoy completamente
dedicada a mi familia. Esto no quiere decir que ya no les quiera. He intuido un
modo diferente de estar cerca de mi familia y de quererla: no tengo que
imponer lo que me parece justo, solamente decirlo. Debo quererle dejando
espacio a su libertad. Desde que asumí esta actitud me siento más relajada. He
vuelto a redescubrir a mi marido; tengo ganas de ser su mujer además de
madre».
Suele ser frecuente durante la adolescencia que el padre intervenga como
«regulador» de la relación madre-hijo, que, dejada a su libre albedrío, corre el
peligro de pasar por momentos de gran tensión. Como vimos en el capítulo V, el
padre contribuye, particularmente en esta etapa de la vida, en algunos aspectos
fundamentales:

— ayuda a la madre a superar la visión infantil y poco responsable del hijo,


que no favorece su crecimiento psicológico;
— impide al hijo, que ya no es tan pequeño como para no entender, que se
aproveche de las debilidades maternas;
— ayuda al hijo a «entender en profundidad» a su madre, a apreciarla y
amarla.

Es inevitable que el hijo se dé cuenta de los «puntos débiles» de la


personalidad materna. El adolescente en particular está en grado de leer la
«caja negra» de sus padres; de comprender con mayor realismo (y un poco de
malicia) los miedos que guían sus decisiones educativas; de darse cuenta
(también gracias a la comparación con los estilos educativos de los padres de
sus amigos) de sus defectos.
El padre ayuda al hijo, a través del diálogo, a contextualizar sus
observaciones críticas y a dar el peso justo a los defectos de la madre. Si ella es,
por ejemplo, demasiado aprensiva, no es oportuno que el padre niegue este

116
dato, aunque tendrá que tener cuidado de no expresar un juicio demasiado
severo sobre ello.
Solo el cónyuge puede favorecer en el hijo una benévola aceptación de los
defectos del otro progenitor, ayudándole a leer con más equilibrio sus
imperfecciones. Si la madre tiene «una excesiva obsesión por que vaya bien en
el colegio» (algo distinto al legítimo deseo de que el hijo tenga buenos
resultados), el reconocimiento del padre de este exceso permite al hijo
sustraerse de las excesivas pretensiones sin sentirse culpable, pero también sin
condenar a su madre por este hecho. Si las peticiones maternas están dictadas
por el perfeccionismo, por los celos, por un estilo opresivo, por el miedo a
decepcionar las expectativas de otros, por el «miedo a todo», por sentirse
siempre en competición con los demás, por la testarudez es indudable que el
hijo reconozca la negatividad de esas actitudes para no sentirse prisionero de
ellas.
Para un hijo es muy importante sentirse confirmado por el padre en su juicio
hacia el otro progenitor, tanto en sus aspectos positivos como negativos.
El padre ayuda a que el hijo tenga una visión de su cónyuge más equilibrada.
Le anima también a «soportar» con benevolencia y cariño alguna de sus
debilidades.
Le hace partícipe de su amor por él; le presta sus ojos para que vea sus
límites pero, sobre todo, para que sea consciente de todo lo que en ella es
apreciable y digno de estima.
Le introduce gradualmente en un conocimiento más verdadero y ajustado de
su madre, sin permitir que no vea su amor, por mucho que este sea imperfecto;
una buena razón para no perder de vista también la etapa de la vida en que el
cuidado de los hijos se convierte en una necesaria e inevitable prioridad.

117
Capítulo 13:
El padre y la herida

El padre es quien expone al niño a la experiencia del dolor y al sacrificio. Le


pide que se enfrente a las renuncias necesarias para prosperar en la vida, para
mejorar sus relaciones con los demás y para estar satisfecho consigo mismo. Le
enfrenta deliberadamente a situaciones psicológicamente difíciles, a veces duras
de aceptar, para ayudarle a entender y aceptar lo que es «ley de vida», una
experiencia que hará de él una persona diferente y mejor. Esta «ley» se basa en
la sabiduría de todos los tiempos, y es el elemento constitutivo de sentido
común.
Con frecuencia los padres expresan la esencia de lo que el hijo debe
comprender de la siguiente manera:
— en la vida no todo es bonito y fácil;
— en la vida existe lo bello y lo grotesco;
— para conseguir algo se debe dar algo. Por ejemplo, si quieres ser
respetado, debes respetar a los demás;
— nadie te regala nada.
Esta última afirmación se refiere, en concreto, al respeto de la reciprocidad
en las relaciones personales y familiares. Las buenas disposiciones afectivas y
emocionales no bastan para una buena relación familiar. De hecho, si el hijo
renuncia a la ley de la reciprocidad, la relación se deteriorará aun con una buena
disposición. Los sentimientos naturales y positivos favorecen una buena
relación, pero no son suficientes para que lo sea de verdad. Si los buenos
sentimientos no se enraízan en valores, no permiten la maduración de los frutos.
No se puede querer un valor independientemente de las exigencias de la verdad
y de la justicia. De la misma manera, si no se reconocen los derechos de los
demás, no se puede llegar a tener una relación en que se busque de verdad el
bien del otro. Solo estas condiciones hacen que la relación sea «buena».

118
Afrontar las pruebas de la vida
La «herida» infligida por el padre lleva directamente a una consecuencia:
obliga al hijo a dejar de pensar en la vida de manera infantil, como si se tratara
de un paraíso terrenal donde todo es fácil y se consigue sin esfuerzo, donde no
se necesita de nada para poder vivir y tener una buena relación con los demás.
Los hijos también tienen que querer a sus padres y aceptar las condiciones
que permiten una relación así. El padre pide al hijo que sacrifique su modo
infantil de enfrentarse a la vida, que renuncie a las condiciones favorables o
menos exigentes garantizadas por la familia y por la madre en particular. Lo que
quiere decir a su hijo es que tenga en cuenta que la vida no lo da todo si no se
le pide nada; que no todo gira en torno a él para hacerle feliz; que no puede
pensar que simplemente no existen los aspectos difíciles de la vida y los desafíos
o que otra persona debería sentirse responsable de eliminarlos.
El instinto de la madre le empuja a proteger al hijo del dolor y de las
contrariedades; el código paterno le anima a aceptarlas y a superarlas, a no
ocultarse, a no tratar de evitarlas, a no tener miedo. El instinto paterno impulsa
al hijo a no huir de las pruebas, sino a aceptarlas. Una especie de «vamos a
probar» lo que las circunstancias indican como justo, oportuno y necesario.
El signo de la relación con el padre es la «herida» que el niño lleva consigo,
en su carácter y en su concepción de la vida, como consecuencia de la dificultad
a la que ha sido expuesto, que ha aceptado y que ha superado positivamente.
El padre pide a su hijo que no haga de sus propios deseos y de sus propios
gustos la medida última del bien y del mal. Le pide al hijo que renuncie:

— A la omnipotencia del deseo: que acepte que no puede tenerlo todo y que
es bueno vivir aceptando las propias limitaciones y que se puede ser feliz sin
tenerlo todo.
— A la omnipotencia del pensamiento: que renuncie a querer presentar
como verdadero lo que a uno le gusta.

119
La herida como paso de madurez
La omnipotencia infantil e ilusoria puede mantenerse con vida solo a costa
del «dolor» y del sacrificio de los otros: el de la madre que no deja de responder
a todas las solicitudes de su hijo; el del padre que se sacrifica por atender sus
necesidades y el de los familiares que se resignan a sufrir los aspectos más
negativos de su carácter.
Solo si se renuncia a estas actitudes infantiles, el hijo será capaz de vivir en
el mundo tal y como es, sin haber sido «domesticador» de manera previa, sin
hacer tan costoso y complicado el sacrificio de la madre (y de todos los demás).
De lo contrario, las dificultades que se le hayan evitado recaerán
inevitablemente en otra persona.
La inmadurez consiste exactamente en pretender que el mundo entero tiene
que comportarse como lo hace una madre, que elimina las dificultades de la
vida. Por eso, la herida del padre coincide con la separación simbólica de la
madre y con todo lo que ella garantiza en términos de ayudas, facilidades y
mediaciones frente a las vicisitudes de la vida.
Pero para que esto suceda es necesario que el hijo atraviese la experiencia
de la prueba; un término que parece prohibido por una cultura que ha
desacreditado la sensibilidad del padre para educar a sus hijos.
Hoy en día solo puede verse algún vago simulacro de los ritos de paso de la
infancia a la edad adulta, cuyo elemento definitorio consiste en superar una
prueba, en afrontar una situación peligrosa, lo que demuestra que la madurez
está a su alcance. Una vaga reminiscencia de esto se encuentra hoy en día en la
superación de las pruebas para obtener el carné de conducir, el diploma de la
licenciatura o grado, etc., pero con significados simbólicos tal vez algo
desgastados.
En general puede afirmarse que en la sociedad actual el padre ha sido
desbancado y con ello se ha destituido todo fundamento de su instinto
educativo. Lo que el código masculino consideraba decisivo para el crecimiento
de los niños se presenta como peligroso y no apto. Más o menos explícitamente,
se le considera demasiado duro, exigente, incapaz de entender a los niños y, de
manera implícita, contrario al amor que se merecen. Junto con el código paterno
han quedado prohibidas también las palabras que lo definían y caracterizaban:
prueba, renuncia, disciplina y, sobre todo, sacrificio.
Esta cultura educativa convierte a los hijos en seres más débiles y más
difíciles de manejar en casa y en las instituciones y, sobre todo, en personas

120
incapaces de hacer frente a las dificultades inevitables de la vida.
Los hijos adolescentes sin padres, por ejemplo, encabezaron las estadísticas
de suicidios de jóvenes en Estados Unidos (alrededor del 75% de ellos
pertenecen a este grupo): «Los adolescentes que intentan suicidarse tienen
condiciones sociales, raciales y de ingresos equivalentes a aquellos que no lo
intentan, y por lo general tienen poco o ningún contacto con su padre» (artículo
de investigación del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, 1993).

121
¿Qué heridas y qué pruebas?
La actitud paterna no ahorra una serie de heridas. Son situaciones cotidianas
que requieren que los niños se enfrenten al esfuerzo de renunciar, por ejemplo,
a:

— la pereza,
— la indolencia,
— elegir siempre el camino más cómodo,
— la tendencia a hacer solo lo que es agradable o fácil,
— jugar con los sentimientos de los demás,
— tener siempre una excusa preparada,
— afirmar que siempre se tiene la razón.

El padre pide al hijo que acepte someterse a la justicia y a la verdad, que


renuncie a querer hacer solo lo que le gusta y a considerar justo solo aquello
que le conviene. Esto supone un dolor que representa una especie
de«circuncisión» psicológica, de manera que los niños se convierten en
verdaderos hombres y mujeres, con una mayor hondura psicológica y moral.
La madurez presupone que el niño «sienta» el deseo de su padre en él; que
advierta le intención de su padre de querer lo que es bueno y justo; que sea
capaz de no eludir sus obligaciones; que acepte los desafíos de la vida sin
escapar de ellos constantemente. En definitiva, de que se fíe y se diga a sí
mismo: «probaré a ser como tú quieres que sea».
Lo que desea el padre es anticipar la buena persona que podría llegar a ser.
El padre no tiene la intención de formar al hijo de acuerdo a sus deseos, sino
que quiere anticiparse a lo que es objetivamente deseable para él.
El hijo confía en que su padre busca lo mejor para él y se deja educar y
realizar hasta reconocerse en la forma en que fue pensado y querido.
Los hijos también tienen el deber de convertirse en mejores personas,
accediendo a un deseo que anticipa y despierta su propia voluntad.

122
Capítulo 14:
El secreto de la fuerza paterna

¿De dónde saca el padre la fuerza psicológica necesaria para «herir» al hijo
sin sentirse culpable? ¿Cómo puede sentirse moralmente legitimado para hacerle
sufrir sin considerarse injusto o malvado por ello? ¿De dónde surge su capacidad
de resistencia al natural deseo de ver a su hijo siempre feliz y de perdonarle
cualquier cosa?
Y más aún: ¿por qué razón el padre parece saber, con relativa facilidad,
cómo hacer vivir al hijo una experiencia psicológicamente desagradable por su
bien?

123
La fuerza de la fe en los propios valores
Para sentirse padres es necesario y decisivo creer que el sacrificio, el
empeño y la renuncia merecen la pena. La fuerza paterna tiene su propia fuente
no tanto en la fortaleza del carácter, sino en la de sus convicciones morales. La
autoridad procede de la certeza interior de tener «un buen motivo» para pedirle
al hijo que haga lo que no le agrada, pero que sabe que es por su propio bien.
La fe en este «motivo» le permite pedirle que crea en su palabra, sobre todo
cuando le pide que renuncie a lo fácil o cómodo.
El padre ha de tener unas convicciones y unas certezas interiores que le
ayuden a «soportar» las molestias causadas al hijo. Para ser verdaderamente
padre, debe amar algo más que al hijo mismo. Si prefiere al hijo más que a lo
verdadero y justo, no podrá ser un buen educador porque no poseerá la fuerza
de la evidencia ética «en nombre de la cual» pedirle sacrificios a su hijo.
La psicología actual ha infravalorado el papel de las convicciones personales
profundas ya que ha permanecido más centrada en señalar los errores
educativos, que generalmente se reducen a la insuficiente capacidad de los
padres de ser comprensivos, afectuosos o emotivamente cercanos a los hijos.
Estas actitudes son, ciertamente, muy importantes y constituyen una ganancia
cultural irrenunciable de nuestra época (por otro lado, ninguna generación de
padres ha estado tan emotivamente cercana a los hijos ni tan atenta a sus
necesidades), pero la buena praxis educativa no puede reducirse a estas
disposiciones psicológicas favorables.
El padre necesita una certeza educativa, una convicción que dé dirección y
sentido a la manera de educar a su hijo. La pregunta sobre «qué significa
educar a un hijo», sobre qué es decisivo para su realización personal... es hoy
una reflexión clandestina, poco actual, a la que pocos quieren enfrentarse. La
cultura actual invita a no aventurarse más allá del «bienestar psicológico» de los
hijos. El dolor y el desconcierto de los padres testimonian, sin embargo, que no
es tan fácil resignarse a educar a un hijo sin un fundamental conocimiento del
bien y del mal.

124
¿Cómo puedo saber qué está bien o mal para mi hijo?
Estas certezas educativas sobreviven en la clandestinidad, mientras
proliferan los manuales que explican qué es el diálogo con los hijos,
prescindiendo en muchos casos del presupuesto de que exista una verdad que
reconocer o por lo menos que buscar juntos; o que definen una buena relación
como un «estar bien juntos», evitando profundizar en todo aquello que pueda
crear controversias.
Así, el deber de entender a los hijos se transforma, de manera imperceptible,
en comprender la explicación psicológica de sus comportamientos y en evitar
por todos los medios cualquier enfrentamiento. De esta manera la convivencia
(también en familia) se convierte en algo parecido a que cada uno haga lo que
quiera, evitando un verdadero diálogo, pues es algo que siempre estará sujeto a
una tensión ética.
La aceptación incondicional del hijo se confunde con la prohibición a
lamentarse de sus malas actuaciones, con el consiguiente «deber» de estar
totalmente satisfecho de él, con un sentimiento de culpabilidad si se perciben en
él aspectos negativos. De esta manera, respetar al hijo significaría no pensar
que podría ser de otra manera, confundiendo la prohibición a que plasme su
propia identidad con ayudarle a ser una mejor persona. Pero no se puede querer
bien a un hijo sin querer para él aquello que podría ser su «Yo Ideal» además
de su «Yo actual» y favorecer su realización personal.
Querer a un hijo significa «aceptarlo como es», pero esta disposición afectiva
debe ser entendida en profundidad.
La parte de verdad que contiene esta afirmación es que sentirse con el
derecho a modelar a alguien según los propios deseos supone una inaceptable
falta de respeto a su identidad. Esta es el bien más preciado de toda persona y
como tal debe permanecer inviolable.
Pero también es verdad que la aceptación incondicional del hijo se entiende
a veces de manera errónea, como esforzarse por considerarle perfecto; o se
confunde creyendo que nos está prohibido desear que algunos aspectos de su
carácter sean diferentes. Según una ecuación implícita «si lo deseo diferente,
evidentemente no le estoy aceptando como es». Esta visión sería ilegítima; sería
incluso incompatible con las exigencias propias del amor. La aceptación del hijo
así entendida induce al padre a la resignación, enmascarada de benevolencia, y
le hace sentir culpable de su supuesta intolerancia hacia algunos aspectos del
carácter o del comportamiento de su hijo. En la relación educativa esta actitud

125
se traduce en falta de tensión, en un estancamiento de la relación debido a no
poder desear su cambio y su mejora.
Si esto fuese así, se crearía una alternancia entre la adaptación forzosa y
explosiones exageradas de rabia y resentimiento, frente a las cuales el hijo
podría objetar: «¿Ves? No me quieres porque no me aceptas como soy».
¿Sería contrario al amor desear que fuera más ordenado, que se esforzase
más, que fuese menos egocéntrico con sus amigos o menos prepotente con sus
hermanos y hermanas?

126
No al hijo perfecto, sí al hijo mejor
Amar al hijo significa también quererle por cómo podría llegar a ser, no solo
por cómo es actualmente. Por su potencial interno para realizarse como persona
y por cómo se intuye que podría ser si libremente quisiera, aceptando las
renuncias necesarias para que esto fuera posible.
La medida del amor no consiste en encontrar a un hijo maravilloso, sino
ayudarle a darse cuenta de sus propios límites, dándole ánimos y motivaciones
para superarlos. Esta invitación al cambio no tiene como fin la propia
satisfacción personal, sino en ayudar al hijo a realizarse auténticamente; a tener
una relación mejor con los demás; a no desperdiciar energías y fuerzas en
experiencias que lo empobrecerán en vez de enriquecerle; a no buscar su
felicidad donde no la puede encontrar.
Los padres no luchan contra los hijos sino que contrastan de manera
desinteresada los aspectos inconsistentes de su carácter y de su manera de
pensar que lo mantienen por debajo de su potencial para realizarse como
persona.
Los príncipes valientes no luchan contra la bella princesa, prisionera en la
celda más alta de la torre, sino contra el dragón que le tiene prisionera. De la
misma manera, la buena persona que el hijo puede llegar a ser (simbolizada en
la princesa) puede ser liberada superando los obstáculos (los defectos de su
carácter) que le impiden crecer. Esta concepción del amor es evolutiva, pone en
movimiento las dinámicas psíquicas del hijo, desarrolla su personalidad y crea
una relación más vital con sus padres.
La afirmación del hijo: «Soy así y punto, no puedo hacer nada por ello», no
dice la verdad sobre el amor, sino sobre su dificultad de dejarse querer. Una
dificultad profunda presente en todos desde siempre.
Solo una fuerte convicción personal da a los padres la fuerza para pedir a su
hijo renuncias «inteligentes» (renunciar a la comodidad del momento, a la
tentación de llevar a sus padres a la desesperación, a persistir en la actitud de
tener que repetirle mil veces la misma cosa) y los legitima en su intento de
ayudarle a ser una persona mejor.

127
Las convicciones morales como fundamento de la alianza
educativa
Muchos padres son conscientes de tener unas «certezas indiscutibles», que
les dan la fuerza para decir y hacer lo que consideran justo, aun si eso no les
gusta a sus hijos. Una convicción moral muy difundida, por ejemplo, es la
relativa al valor del «respeto por los demás». Los padres suelen expresar esta
convicción de la siguiente manera:

– sobre esta cuestión no transijo,


– de esto estoy totalmente convencido,
– no quiero de ninguna manera que mi hijo crezca de una determinada
manera (contraria al valor señalado).

La certeza moral da una particular «fuerza de convicción», una energía moral


y psicológica que aporta la autoridad y credibilidad necesaria para poder hacer
frente a las tendencias negativas del hijo. La vivencia de este valor, percibido
como indiscutible, hace capaz de actuar de manera más fuerte y determinada
incluso a personas de carácter más débil.
La naturaleza más profunda de la relación padres-hijo (como cualquier
relación amorosa) se representa bajo la idea de la alianza, de un legado moral
sancionado por una promesa recíproca. La alianza no se basa en la búsqueda de
un punto de encuentro de intereses contrapuestos, como sucede en un contrato,
sino en la confianza que se le dan a las palabras del otro. Solo el intercambio
recíproco de promesas une, creando un vínculo entre personas. El aliado es
aquel que cree en tu promesa y pide ser creído.
La promesa que une a los padres con el hijo está implícita en el acto mismo
de la generación, aunque después quede explícitamente pronunciada.
«Poniéndote en el mundo –podría decir un padre– prometo que no haré nunca
nada que te dañe. En particular no te engañaré sobre lo que es acertado y
equivocado, sobre lo que puede ayudar a realizarte como persona. Fíate de mí».
El padre, «sacrificando al hijo», le pide implícitamente que continúe creyendo
en su promesa de quererle, a pesar de que las apariencias parezcan demostrar
lo contrario. Es como si dijese al hijo: «si haces esto, aunque sea difícil... serás
más feliz. Créeme».
Cuando el padre, o los padres en general, aconsejan o corrigen a su hijo, le
piden sobre todo ser creídos, apelan a su confianza más que a su temor. El

128
drama de la cultura actual consiste en el hecho de que se ha perdido la relación
de la ley con la promesa. La ley ha perdido la razón que le unía a la intención
amorosa que estaba en su origen. De esta manera, ha permanecido solo el
aspecto coercitivo o utilitarista por lo que es sufrida como un mal necesario, tras
haber perdido toda referencia a la promesa de bondad de donde provenía.
La innata certeza de poder contribuir al bien del hijo es la que hace al padre
capaz de «darle esta ley», aceptando hacerle sentir mal por un motivo justo; sin
dudar de que le quiere; sin sentirse afectado por la duda de que el hijo no se
sienta amado.
La fe del hijo en el amor que le tiene su padre es lo que le hace capaz de
aceptarlo aunque aquello no le guste. Incluso la petición de cosas difíciles no
rompe la alianza, porque el hijo sabe que proviene de una persona que le ha
dado muchas pruebas de quererle de verdad.
Por esta razón, descontentar a los hijos (por motivos justos y con las debidas
formas) no rompe «per se» la relación.
La alianza (la confianza en el amor de los padres) puede regir y superar
muchas incomprensiones momentáneas. Experimentar la corrección de los
padres ayuda al hijo a no dudar de ser amado, incluso cuando no le contentan,
y a fiarse de su amor, incluso cuando no cuente con la satisfacción de sus
deseos.

129
Capítulo 15:
El corazón de un padre

Cuando un padre pide a un hijo que acepte el sufrimiento, no lo hace por


crueldad o por falta de sensibilidad. El padre comprende lo difícil que es para su
hijo reconocer lo que es verdadero y justo. No subestima el coste emocional de
la renuncia que le pide. Sabe cuánto esfuerzo comporta decir «la culpa es mía»,
en vez de adornarlo con mil justificaciones.
En secreto, mientras le dice al hijo lo que por amor a la verdad debe decirle,
es como si le suplicase que le dejara ponerle a prueba, que no tuviera miedo ni
huyera de la verdad ni de la realidad. Lo considera «una prueba sagrada»
porque, si la acepta, hace nacer en el hijo la capacidad de afrontar la vida con
valentía, con coraje y fe en su buen resultado.

130
El nacimiento del padre
El padre pide a su hijo que tenga el coraje de reconocer lo que es justo y
verdadero, renunciando a la ilusión infantil de poder ejercitar sus derechos sobre
la realidad. Le da la fuerza para ser un hombre si renuncia a creerse un
semidiós, reconociendo que no tiene ningún poder sobre la verdad y que no
puede manipular la justicia a su antojo. Solo de esta manera crecen «hombres
grandes», valientes, leales y responsables.
El sacrificio no «mata» al hijo, sino que le hace una persona mejor. Vuelve a
su padre como «el hijo de la promesa», como lo deseaba su corazón. De esta
manera el hijo acepta los valores del padre y participa de su modo de entender
y afrontar la vida. El hijo se convierte en una bendición, además de una tarea.
Solo llegados a este punto el padre reconoce al hijo como «suyo», y no
principalmente «de la madre», unido a él no solo por lazos de sangre o por el
afecto natural, sino también por los mismos valores. La relación padre-hijo se
fortalece a través del intercambio de valores («pensar de una determinada
manera respecto a las cosas importantes de la vida», como diría un padre).
El padre se siente definitivamente tal en el momento en el que el hijo acepta
la herencia de creer (a su manera) en los mismos valores en los que él ha
creído.

131
Los sentimientos de un padre
¿Qué sucede cuando un hijo obedece a un padre? ¿Qué sentimientos rodean
a un padre cuando se siente escuchado por su hijo?
Sería reduccionista pensar que la competencia educativa de los padres se
debe limitar al conocimiento psicológico de sus hijos. La capacidad de reconocer
sus emociones y su dinámica psicológica no es criterio suficiente ni decisivo para
distinguir una buena decisión educativa de una dañina.
Sería oportuno que la psicología aportase luz sobre las experiencias de los
padres, indagando, por ejemplo, en las complejas emociones éticas que surgen
al prohibir, pedir, regañar, imponer, decidir y ayudar al hijo o dejar que lo haga
por su cuenta; al intervenir o exponerlo a las consecuencias de sus propios
errores. El conocimiento de sí mismos, de sus propias dinámicas psicológicas
como padres, es tan legítimo y necesario como la comprensión del objeto de sus
intervenciones educativas.
La reflexión psicológica actual se presenta centrada en el niño: evita
cuidadosamente aventurarse en la comprensión de las dinámicas psicológicas de
los adultos y de los padres en concreto. Indaga la relación educativa
exclusivamente desde el punto de vista de los hijos, ignorando la complejidad
del punto de vista de los padres. De acuerdo con las publicaciones actuales, de
hecho, el padre debería ser un experto en psicología infantil y adolescente.
Tener que decirle «no» a un hijo, ponerle frente a sus propias
contradicciones o tener que pedirle que asuma sus responsabilidades, suscita en
los padres profundas incertidumbres y dudas morales (¿Lo habré hecho bien?
¿Lo habré hecho mal?); miedos (¿Habré exagerado? ¿Habrá comprendido que lo
he hecho por su bien?); reflexiones y sentimientos que merecen ser escuchados
y clarificados. En general, los padres pueden mejorar conociéndose mejor a sí
mismos, siendo conscientes de sus propias dinámicas afectivas así como
comprendiendo las reacciones psicológicas de sus hijos.
Gran parte de las reflexiones en torno a las relaciones padres-hijos han
intentado explicar las experiencias emotivas de los hijos frente a la autoridad de
los padres. Este es un punto de vista valioso que en muchos casos ha permitido
poner de relieve los daños psicológicos y el sufrimiento provocado por actitudes
autoritarias, violentas o represivas, por faltas de interés o por actitudes
excesivamente cargadas de expectativas hacia los hijos.

132
La correcta autoridad de los padres
El cúmulo de errores que se les puede achacar a los padres no deslegitiman
su principio de autoridad frente a los hijos. El concepto de autoridad está
rodeado de gran desconfianza, cuando no de una abierta descalificación. Hasta
el punto de que el término mismo de autoridad se presenta reducido a un
término vago y aparentemente benévolo. La autoridad de los padres también
puede estar distorsionada –y, de hecho, lo ha estado– por actitudes poco
consistentes usadas para justificar abusos y maltratos psicológicos o para
ocultar, bajo una pátina de moralidad, los peores aspectos del carácter de un
padre.
Conviene estigmatizar y dejar de lado ciertos comportamientos que
aparentemente se adoptan por el bien de los hijos pero que, tras un análisis
más detenido, se perciben como una moneda de cambio porque esconden los
propios intereses de los padres o porque no son más que justificaciones de sus
propias limitaciones. No todos los actos de autoridad de los padres son realistas
ni proporcionales a las circunstancias, y muchas veces no están situados en una
posición respetuosa respecto a la realidad psicológica del hijo. Muchas veces no
actúan realmente «por su propio bien», aunque los padres no puedan, o no
quieran, darse cuenta de ello. No todo lo que se hace en nombre del amor lo
presupone realmente.
La cultura de la sospecha nos ha vacunado de la ingenuidad de considerar
como bueno, en nosotros mismos y en los demás, todo aquello que se presenta
con nobles justificaciones. Parece oportuno, por tanto, considerar el daño
psicológico que se puede causar a los hijos por un uso ilegítimo y despótico de
la autoridad paternal.
Sin embargo, al centrarnos en reconocer estos malos usos, hemos dejado de
lado su sentido original: la idea de que pueda existir una expresión buena y
virtuosa de la autoridad.
¿Qué ocurre entonces cuando un padre, o los padres en general, piden a sus
hijos que renuncien a sus aspectos más inmaduros y egocéntricos y estos
aceptan sus indicaciones, sus correcciones y reconocen sus propios errores?
«Ver que un hijo te escucha –dicen muchos padres– provoca una gran
satisfacción. Comprobar que un hijo acepta la prueba que le pones delante, que
te regala su obediencia y que está dispuesto a hacer aquello que le pides,
aunque no le guste, que te escucha porque se fía de ti, es simplemente
conmovedor».

133
Un hijo puede aceptar la autoridad de los padres no solo porque tema el
castigo o la reprimenda, sino también porque considera que vale la pena seguir
sus palabras acerca de lo que parece justo y oportuno hacer. No escucha solo
porque lo necesite o tema las represalias, sino principalmente porque se fía de
sus padres. Obedeciendo demuestra que cree en su cariño: no les considera
malos, no duda de que quieran su bien, aunque se le pida algo difícil. Se fía de
ellos aunque el resultado no sea momentáneamente gratificante. No es que le
guste pero cree en ellos. «Es una experiencia emocionante. Es algo que te abre
el corazón», afirma un padre.
«Experimentar la confianza que un hijo deposita en tu palabra te hace sentir
la importancia que tienes para él; reaviva el deseo de estar a la altura de la
responsabilidad que te conceden. Sientes que no puedes y no quieres traicionar
la fe que han puesto en ti. De repente, sientes la necesidad de estar más
disponible, de dedicarte mucho más a ellos», afirma un padre que después de
mucho tiempo volvió a experimentar la docilidad de un hijo.
La obediencia de un hijo llena de nuevas energías el cariño que se siente por
él, tal vez un poco desgastado por el día a día. Suscita un nuevo impulso, un
deseo más fuerte de dejarse la piel por él. La confianza de un hijo, más que los
afectos u otras satisfacciones que le pueden dar, toca al padre de una manera
muy especial y le pone de nuevo en contacto con el deseo de darse a sí mismo,
de dejarse la piel por su hijo. «Sentir la confianza que un hijo pone en ti te hace
redescubrir las ganas de darte por amor», afirma un padre. De hecho, esta
experiencia hace brotar en el corazón de los padres una misteriosa y profunda
ternura hacia su hijo.
Esta experiencia refuerza la identidad del padre: siente con mayor claridad
quién es y cuál es su papel en esta vida. Descubre que esta promesa es todo lo
que quiere y lo que puede aportar plenitud y significado a su vida. Encuentra
que su objetivo es cumplir esta misión y esto refuerza su papel dentro de la
familia.
Ser padre se convierte en algo digno de ser elegido como figura y forma de
la propia realización personal.

134
Un padre creíble
Las palabras de un padre son convincentes en la medida en que él mismo ha
afrontando las pruebas y las ha superado positivamente. Sus palabras tienen el
sabor inconfundible de la verdad que le hace creíble solo si ha experimentado en
sí mismo la entereza frente a las contrariedades de la vida.
Solo si asume las contrariedades de manera positiva podrá exigir a sus hijos
que también las acepten. De lo contrario, tendrá la sensación de estar
mintiendo, de indicar argumentos que ni él mismo considera seguros ni del todo
fiables.
Solo si ha aceptado las pruebas y ha verificado lo positivo de sobreponerse a
ellas podrá pedir a un hijo un sacrificio análogo, sin miedo a engañarlo o a ser
demasiado duro con él.
Solo quien no vive decepcionado por sus creencias puede pedirles a sus hijos
que confíen en él, con la certeza interior de que siguiendo sus indicaciones
«serán más felices». De esta forma, no siente que traicione la promesa de amor
a un hijo, aunque se le pida algo que implique sacrificio.
Si un padre pide a un hijo que respete unos principios que ni él mismo ha
interiorizado, tendrá la sensación de ser demasiado pretencioso, de ser, en
cierto modo, injusto. No encontrará las palabras justas ni el tono adecuado ni la
convicción necesaria porque no habrá resuelto él mismo una duda: «¿Es
realmente justo y positivo lo que estoy pidiendo a mi hijo?».
Un padre no puede pedir a un hijo que renuncie a algo que él considera
como legítimo y bueno para sí mismo. No puede porque la promesa que le une
a él se lo impide. Un padre solo puede indicar al hijo las certezas a las que
confió el éxito de su vida, el «dios» a quien adora.
Bajo esta condición, especialmente a los ojos de un hijo adolescente, estos
códigos de conducta ya no le parecen arbitrarios ni justificados por el deseo de
los padres de imponer su voluntad o su autoridad. Esta ley no le parece ya
fundada en el deseo de imponer o tener la razón, sino que percibe el amor del
padre por lo que es correcto y verdadero. El padre que da los parámetros de
actuación ya no parece un tirano, un déspota contra quien luchar, sino una
persona que se somete también a un principio que va más allá de él y que no ha
establecido él mismo, sino que simplemente lo ha reconocido y aceptado como
válido y bueno para su propia vida. El hijo percibe que el padre también se
esfuerza por respetar esos principios, aunque los resultados no sean siempre
gratificantes.

135
De esta manera, el hijo está en disposición de reconocer que su padre, o sus
padres en general, no dan valor de ley a su voluntad, sino que hablan en
nombre de un principio universal que vale para todos incluso para él mismo.
En la medida en que un padre vive con coherencia estos principios,
obedecerle no resulta humillante porque no supone someterse a su voluntad,
sino compartir con él unos valores que él mismo cumple y respeta.

136
Capítulo 16:
Si falta el padre

¿Qué sucede cuando «falta el padre»? ¿Qué riesgos puede correr un hijo
que crezca sin la presencia paterna? ¿En qué aspectos debería poner más
hincapié una madre a la que le falta la comparación con la sensibilidad
masculina y/o paterna?
Las siguientes consideraciones describen los aspectos que normalmente
caracterizan una relación educativa donde el aporte masculino esté gravemente
ausente o sea inexistente. La ausencia del padre, bien entendida, se refiere
tanto a su ausencia física como a su irrelevante capacidad para aportar su estilo
educativo en la familia.
Los riesgos son mayores cuando una madre tiene que cuidar sola a un hijo,
pero en realidad esto depende mucho de las características de su personalidad,
de su equilibrio personal y del desarrollo de ciertos aspectos «paternos»,
presentes en ella como en cualquier otra persona. Las tendencias negativas
descritas en estas páginas también pueden aplicarse a las familias en las que
ninguno de los dos progenitores interpreta las exigencias del código paterno o
falta un acuerdo educativo en la pareja.

137
La destrucción de la madre
El resultado más característico y funesto de la ausencia de padre es la
posible «destrucción» de la madre. Normalmente, la madre destruida se siente
explotada hasta no poder más con el hijo que se aprovecha de su natural buen
ánimo y de su disponibilidad.
Sin la intervención reguladora del padre, corre el riesgo de ser «engullida»
por sus hijos. Este resultado no es necesario ni inevitable, considerando que
muchas madres personifican las exigencias del código masculino mejor que sus
cónyuges.
El sufrimiento psicológico de la madre se expresa de las siguientes maneras:
«mi hijo me agota», «me desespera», «no me escucha», «me está volviendo
loca, no puedo más». «No sé cómo hacerme con él, he probado de todo y ya no
sé qué hacer», «hay que estar siempre encima de él, si no, no hace nada».
«A las ocho y media de la mañana ya estoy estresada –afirman muchas
madres–; prepararlo para que vaya al colegio a su hora es una tarea
sobrehumana». Otras expresiones recurrentes en estos casos: «me estoy
dejando la vida por él, no lo soporto más», «a veces me da miedo y me
pregunto: si ahora es así, dentro de algunos años, ¿cómo será?». Hasta llegar a
afirmaciones trágicas como: «a veces creo que le detesto, no sé si lo quiero o
no». Este sufrimiento está caracterizado por el agotamiento y la falta de fuerza
para seguir adelante.
Nadie, y menos los hijos, tiene derecho a «matar» a una madre. La
mentalidad masculina puede ayudarle a no dejarse arrastrar por el remolino de
la disponibilidad ilimitada, indicándole los aspectos de su estilo educativo que
alimentan estos comportamientos en los hijos. La madre, sin el diálogo con la
mentalidad masculina, tiende más fácilmente a deslizarse por el plano inclinado
de algunas actitudes que le son connaturales pero que son peligrosas desde el
punto de vista educativo.
Hemos presentado ya algunas en los capítulos anteriores pero ahora
presentamos otras.

138
Dejarse esclavizar por los hijos
Vivir por y para los hijos, convirtiéndoles en el centro de la propia vida: más
allá de la positiva impresión que suscita esta situación, representa en realidad
un potente virus psicológico que debe evitarse.
A partir de un presupuesto afectivo similar, el hijo advierte que es
decisivamente importante para sus padres. Se da cuenta de que con su afecto,
sus confidencias, sus resultados en el colegio... puede «desesperar a sus
padres». Esto le da la sensación de tener un gran poder: puede poner todas sus
condiciones, ya que el padre no se permitirá tener una mala relación con él. Si el
padre no tiene su propia vida personal, una vida en pareja satisfactoria u otros
hijos que también le aporten momentos gratificantes, es muy probable que
suceda así. Una madre afectada por un virus similar soporta, olvida sin tardar
los comportamientos negativos: «Tal vez se enfada, pero no en serio –intuye un
hijo leyendo su subconsciente–, se calma rápido y viene a mi encuentro». «Diez
minutos después de que me haya castigado viene a mi cuarto y me dice: “¿se te
ha pasado ya? ¿Estás todavía enfadado conmigo?”. Prácticamente me pide
perdón», comenta con realismo.
Esta debilidad afectiva nutre los aspectos más inmaduros del hijo, creando
las condiciones para que pueda comportarse como un pequeño tirano. El deseo
que no se regula por el límite y por el principio de reciprocidad se transforma en
pretexto y los hijos se convierten en «pequeños tiranos». Se comportan como si
sus deseos fueran derechos exigibles. No reconocen al padre la libertad de
consentir o refutar, obligándole moralmente a darles todo lo que quieren.
Un hijo de dieciocho años, sentado en el sofá junto a su madre, le ordena:
«¡Tráeme algo de beber!». O afirma: «Me tenéis que mantener porque todavía
no he encontrado un trabajo que me guste»; o el hijo que exige niveles de
consumo superiores a las posibilidades de la familia son algunos ejemplos de la
ferocidad de una relación que acaba destruyendo a las madres y las relaciones
familiares.
Este egocentrismo, favorecido por la debilidad afectiva de los padres, hace
imposible la relación con el hijo. Quien se cree indispensable es como si hubiera
sido investido de un poder ilimitado sobre aquellos que, postrados a sus pies, se
muestran demasiado deseosos de su aprobación y de su afecto. El hijo puede
transformarse en un tirano insaciable que destruye la vida de quien más le
quiere. La enorme capacidad femenina para acoger y alimentar la vida de los
demás puede perder de vista el límite invisible que separa la debida

139
disponibilidad de la anulación de sí misma; el servir del ser sierva; el querer del
contentar. No es infrecuente encontrarse a padres reducidos a la esclavitud por
sus hijos.
El principio masculino (presente en el padre y en distinta medida también en
la madre) está, por naturaleza, más capacitado para evitar esta deriva. Tiene
menos miedo de poner al hijo en su lugar, mostrando no estar demasiado
intimidado porque este le retire su afecto. Le muestra que puede vivir sin su
benevolencia y que no tiene necesidad de obtener su aprobación a toda costa.
Si el hijo está enfadado, la vida de un padre «sigue adelante de todos modos».
Hace al hijo consciente de que él es importante pero no indispensable; le asigna
un puesto en la vida y en la familia, pero le aleja de la imagen de ser el centro
de todo el sistema.
La lección que imparte el padre equivale a la declaración: «Quiero tener una
buena relación contigo, pero no a toda costa. No me dejo condicionar por tus
numeritos, por tus broncas ni por tus obstinaciones fuera de lugar. Sé darles su
justo peso, y mientras tanto puedo atender tranquilamente otras
satisfacciones». En términos de relación, los comportamientos paternos podrían
traducirse así: «Eres una parte muy importante de mi vida, pero no lo eres todo
para mí».
Si el hijo no atraviesa la experiencia de esta redimensión, no estará en grado
de vivir relaciones equilibradas ni paritarias; mantendrá la tendencia a instalarse,
como un cuco, en el nido de otros, pretendiendo desposeer a la persona amada
de su vida, esperando que esta acepte vivir, como su madre, en función de sus
deseos.

140
«Soy indispensable para él»: maneras de impedir el
crecimiento del hijo
Otro virus que puede afectar a la madre es su tendencia a sentirse
indispensable, como si el hijo no pudiese hacer nada por evitar sus errores y
derrotas sin su ayuda. Impulsada por su instinto protector, la madre trata de ser
un apéndice de su hijo, adjudicándose algunas capacidades que el hijo debería
desarrollar por él mismo.
«Gracias a su memoria, su constancia y a su capacidad de trabajo no corro
ningún peligro», parece pensar el hijo. «De esta manera me puedo permitir que
se me olviden las cosas, ser inconstante y poco regular porque ella está ahí para
salvarme de las consecuencias negativas que me salgan al encuentro».
Desarrolla la actitud que se puede definir como «de todas formas, allí estará
mi madre», que le evita lo peor, le organiza la jornada y le recuerda lo que tiene
que hacer.
«Mamá, ¿qué tarea tengo que hacer hoy?», se había acostumbrado a
preguntarle un hijo ya de cierta edad a su madre. La madre, después de
consultar su agenda del colegio, le respondía: haz esto o aquello, recupera esta
parte del temario y prepáratela bien porque mañana te preguntarán... Para su
seguridad terminaba sus indicaciones con una sospecha: «¿Has entendido lo que
te he dicho?». Frente a la mirada un poco ausente del hijo, su madre sentía la
necesidad de repetirle lo que tenía que hacer, por si acaso no lo hubiese
entendido bien. «Tengo la impresión de que, cuando le hablo, se le va el santo
al cielo y no escucha lo que le digo», afirmaba. No hace falta decir lo fatigoso
que resulta un modo de proceder como este.
Después de intentar un distanciamiento de su hijo, un día pudo llegar a
responderle con mucha serenidad: «Por la tarde tengo que planchar, llevar a tu
hermano a la piscina e irme a la tienda. Tienes que mirar tu agenda y
organizarte tú mismo».
«Cuanto más le organizaba yo la tarea, menos se sentía él responsable de su
conducta en el colegio», comentó la madre tras observar los efectos
beneficiosos de su nueva actitud frente a su hijo.
El exceso de protección y de ayuda favorece en el hijo una tendencia a
«parasitarse» en la energía de los demás, en la medida en que lo permita la
debilidad afectiva de sus padres.
Una madre contaba una experiencia similar: «Vivo sola con mi hijo de 12
años. En casa siempre se pone llorica y holgazán. Duerme todavía en la cama

141
conmigo; por la mañana hay que llamarle mil veces para que se levante de la
cama y siempre le duele la tripa a la hora de hacer los deberes. La semana que
tuve que irme de casa por trabajo, he descubierto, para mi sorpresa, que ha
dormido en su cama, se ha despertado solo, tal y como me han contado los
abuelos que cuidaron de él durante este tiempo. Se las ha arreglado para hacer
de todo, mostrándose para colmo siempre muy sereno y vital. Llegados a este
punto creo que tengo que preguntarme por qué se comporta así solo conmigo y
plantearme cambiar mi modo de educarle para hacerle crecer».
Una madre, refiriéndose a un hijo de siete años, constataba: «Si por la
mañana tengo que ocuparme de él, le visto con mucha paciencia para poderle
mandar al colegio; si en cambio está con su padre o con sus abuelos, se viste
solo sin ningún problema». Este comportamiento ilógico del hijo se entiende al
analizar los aspectos poco conscientes de la relación educativa. Unos aspectos
que permiten a su hijo aprovecharse del deseo materno de evitarle llegar tarde
al colegio, símbolo de cualquier otra contrariedad que la vida le pueda reservar.
La misma dinámica hacía que una madre tuviese que comprar el regalo de
San Valentín a la novia de su hijo de veinte años, justificándose de la siguiente
manera: «Al final lo he comprado yo porque él se olvida y acaba haciendo
cualquier cosa...». Obviamente el hijo de esta madre vive como un adolescente
irresponsable que piensa solo en divertirse –así se describía a sí mismo–
mientras la madre le retiene una parte de su sueldo «para cuando se tenga que
casar».
La certeza de que contará con la protección materna hace que el hijo tienda
a apoyarse excesivamente en ella y a comportarse con el resto con la misma
regla no escrita que caracteriza la relación con su madre.
«Si cuando me preguntaban la lección no sabía responder, el profesor
trataba de que acertarse con la respuesta correcta –contaba una chica de once
años– dándome alguna pista, simplificando la pregunta o diciéndome las
primeras tres letras de la respuesta correcta. Ahora, en Secundaria, es todo más
difícil: los profesores preguntan y esperan la respuesta en silencio. Si no
respondes, te ponen un negativo y pasan a la pregunta siguiente». La
costumbre a que alguien saliese en su rescate ante las dificultades era más que
evidente, también en la manera en que hacía la tarea en casa: «Hago que no
entiendo –confesaba–, de esta manera me lo explica mi madre y me evito
repasar y estudiarlo yo sola». Los padres, cansados de tener que hacer siempre
los deberes con ella, pensaron que las clases particulares podrían ayudar a la
niña a recuperar un poco el ritmo. Pero incluso la relación con el profesor
particular siguió la misma dinámica: servirse de él para evitar esforzarse

142
personalmente. Sus profesores de hecho no registraron ninguna mejora con
esta nueva ayuda que habían puesto a su disposición.
En la siguiente situación se representa plásticamente una condición de
sufrimiento muy difusa: el exceso de ayuda materna es la causa y no el
pretendido remedio a la enfermedad.
«Me disgusta que mi hijo se quede atascado –afirmaba una madre
refiriéndose al poco empeño que ponía su hijo en el colegio–, por eso me siento
obligada a convencerle de que haga la tarea, seguirle paso a paso, poner el
empeño que él trata de evitar. Si lo dejo solo un segundo –continuaba–, juega
con los bolígrafos y se le va el santo al cielo, pero también cuando le ayudo
tengo que repetir por lo menos cuatro veces las cosas más sencillas antes de
que asienta que ha comprendido lo que le digo. He acumulado un montón de
informes psicológicos y neuropsiquiátricos que garantizan que es un niño normal
desde todos los puntos de vista; es más, con una capacidad intelectual superior
a la media.
¿Cómo tengo que afrontar su desinterés por las cosas del colegio? Solo de
pensar en, si le echan del colegio por suspender tanto, me estalla el corazón.
Podría sentirse inferior a sus compañeros, decir que no le hemos ayudado
suficientemente o creerse que no es tan inteligente como los demás, sentirse
solo sin sus compañeros de clase... En fin, lo siento mucho pero cuanto más le
ayudo menos se esfuerza y menos aprende. De esta manera nos estresamos
mutuamente: cuanto más severa soy, más se hace el perezoso».
Incluso en este caso la aparente paradoja puede superarse solo si la madre
acepta su propio límite: no poder salvar a su hijo de las consecuencias negativas
de sus decisiones, ahorrándole un posible suspenso en el colegio a costa de sus
esfuerzos. El virus emotivo penetra en el natural disgusto de los padres de ver a
su hijo sufrir, y lo conduce más allá del límite de lo que debiera hacer para su
propio bien. Llevan al exceso su sentimiento de obligación moral, sugiriéndose
que es su tarea evitarle las consecuencias negativas de su actuar.
El instinto de protección puede llegar a sustituir al hijo que vive de esta
manera el riesgo a la ligera, esperando que algo le salve «por arte de magia» de
la situación que él ha creado. Espera siempre, por ejemplo, que los profesores
«hagan la vista gorda» y anulen una nota de clase que ha ido mal o que
prorroguen la preguntas que no dominaba cuando le han preguntado. Confía
sistemáticamente en que podrá remediar una mala nota «cuando le vuelvan a
preguntar».
Pero lo que le hará descubrir que no toda la realidad se adecua a su deseo
es el dolor ante el fallo y no su enésimo e inmerecido éxito. Encontrará estímulo

143
para madurar solo cuando se dé cuenta de que sus elecciones tienen
consecuencias inevitables y reales y que en el último momento nadie le salvará.
Solo entonces comenzará a preocuparse y se pondrá a trabajar.
El padre está más dispuesto a terminar con la ilusión infantil de ser
invulnerable, al amparo de la «ley de las consecuencias» de los propios
comportamientos. Para bajar al hijo del limbo de la irresponsabilidad está
dispuesto a permitir que sufra lo que él no ha querido evitar.
El padre reconoce que no puede sustituir a su hijo en sus tareas y que no
puede ayudarle sin su colaboración. Por ello le expone a la experiencia del error
de sus expectativas poco realistas, con la esperanza de que esto le ayude a
madurar.
En el siguiente ejemplo vemos cómo una madre, que se encuentra sola,
actúa conforme a este aspecto paterno: «Durante meses lo he intentado todo
para convencer a mi hijo de que se lave pero él no quería. Al final, después de
darme cuenta de que todo era inútil, me dije: tiene 13 años, es igual de alto que
yo, no puedo llevarle a la ducha y lavarlo como cuando era pequeño. Insistiré un
poco pero después, si no se quiere lavar, le mando como esté al colegio. El otro
día, una compañera de pupitre le dijo que olía mal. Desde entonces ha
empezado a bañarse sin hacerse de rogar».
Por primera vez, el chico descubre que el mundo no está obligado a soportar
sus aspectos desagradables y que la relación con los demás no funciona bajo las
mismas condiciones que garantiza el amor materno. Se da cuenta, viendo las
consecuencias negativas de sus elecciones, que no puede ser excusado de hacer
algo que le haga aceptable, que tiene que aprender a dar, sin pretender que
una buena relación no le cueste nada.
El padre permite que las circunstancias de la vida pinchen la burbuja
protectora en la que el hijo se refugiaba y, a través de este dolor, actúe de
manera que acepte dejar su mundo virtual para vivir en el mundo real,
renunciando contar con la (obligatoria) buena voluntad de los demás o con el
disgusto de otros a verle sufrir.

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Asumir la responsabilidad de todo lo que haga el hijo
Otra disposición que caracteriza a la psicología materna consiste en sentirse
responsable de todo lo que haga el hijo. La madre muchas veces advierte los
errores de su hijo, de manera inconsciente, como culpa suya.
Pocas madres escapan de la tendencia de vivir a su hijo como la propia
tarjeta de visita. «Lo que le sucede a mi hijo me pasa a mí en la misma medida
–contaba una madre afectada por este síndrome–, me siento juzgada por sus
comportamientos. Vivo sus errores como si fuesen mis propios fracasos; me
lamento de no haber sido capaz de impedírselos, como hacen otros padres,
evidentemente mejores que yo».
Un hijo, intuyendo una disposición similar en su madre, le responde a una
reprimenda de la siguiente manera: «Si me enfadas, mañana sacaré malas
notas en el colegio y haré el ridículo». Así quiere utilizar su debilidad afectiva
para tenerlo todo indebidamente bajo control.
Las predisposiciones emotivas que inducen a comportamientos «virales»
como estos son evidentes en las siguientes reflexiones, donde se pone de
manifiesto la modalidad típicamente femenina y materna de vivir incluso las
preocupaciones más cotidianas: «¿Mi hijo no hace lo que le he pedido? Bueno,
tal vez es que no me he explicado bien», piensa para sus adentros una madre.
«¿Se ha caído con la bicicleta? Tendría que haberlo previsto e impedirle que la
usara». «¿Va al colegio sin los libros que le hacen falta? Tendría que haberle
preguntado si había hecho bien la mochila». «¿Le han puesto un insuficiente? Si
le hubiese preguntado la lección ayer, probablemente...». «¿No le va bien en
inglés? Yo no lo he estudiado y no puedo seguirle bien...». Todas estas
reflexiones cargan toda la responsabilidad en los padres y en la madre en
particular.
La idea de que el hijo esté actuando en base a su «carácter»,
independientemente de las circunstancias educativas, es también algo difícil de
aceptar; la madre prefiere pensar: «mi hija tiene problemas conmigo porque
está celosa de su hermano» (una afirmación que contiene otra más sutil: «la
culpa es mía porque he querido otro hijo», en vez de sostener, a pesar de tener
muchos motivos, que la niña sea, por ejemplo, testaruda por naturaleza). Los
datos (se comporta con terquedad incluso con personas que no son su madre,
los signos premonitorios de su temperamento estaban ya presentes antes del
nacimiento de su hermano...) no tienen a sus ojos tanta relevancia como la
responsabilidad de haberle creado un daño psicológico por la llegada de un

145
nuevo hermanito.
La madre tiende a no asumir que tal vez ella «no tenga ninguna
responsabilidad en el problema de su hijo».
La cultura psicológica dominante parece confabularse con la sensibilidad
femenina. A fuerza de subrayar de manera unilateral la necesidad de los
aspectos relacionales maternos sobre los hijos (como, por ejemplo, la
comprensión, la actitud empática, el deber obsesivamente repetido de
«entenderle»), se ha difundido la convicción de que la proximidad emotiva
constituye la variable decisiva para ser buenos padres.
La versión más común de esta tesis podría resumirse de la siguiente manera:
las dificultades de los hijos se deben a la poca cercanía psicológica de los
padres, a su falta de disponibilidad para entender los problemas de los hijos y a
su incapacidad para ofrecerles siempre el sustento afectivo que necesitan. Los
libros más difundidos y las opiniones de los expertos parecen confirmar estos
presupuestos, sin tener en cuenta la parcialidad de estos planteamientos.
La cultura educativa que exalta exclusivamente la sensibilidad típica del
código materno infravalora a los padres obligándoles a desconfiar de su instinto
masculino y carga todavía más a la madre de enormes e irracionales
responsabilidades.
La negación sistemática de la influencia del temperamento (de naturaleza
genética) y del contexto social (dato que prescinde de las relaciones con los
padres) han desanimado a los padres a reflexionar sobre su importancia en el
comportamiento de sus hijos para no aparecer como superficiales u orientados
por ideologías ya superadas. Todo tiene que ser reconducido, esta parece ser la
regla, hacia la supuesta incapacidad de los padres de entender a sus hijos.
En este contexto, el principio masculino no se siente representado por una
cultura que no legitima suficientemente su aproximación a las cuestiones
educativas. Tal vez por esto los padres no se sienten atraídos por los encuentros
formativos para padres que, como están unilateralmente inspirados en la
sensibilidad femenina, les hacen sentirse «equivocados» o poco adecuados. No
es raro que la persona que introduce estos encuentros se alegre al ver en la
reunión a algún padre, «porque normalmente solo están madres».
Los padres tienen a menudo a sensación de «jugar fuera de casa» y de ser
introducidos en una cultura educativa que no trata de perfeccionar
(debidamente) su naturaleza, sino que, además, ha perdido la capacidad de
reconocer lo bueno de su forma de pensar y razonar.
La cultura psicológica actual hace un guiño a las madres exaltando
indiscriminadamente su sensibilidad pero, al mismo tiempo, les sobrecarga con

146
una responsabilidad excesiva.

147
Considerar que el hijo es siempre inocente
Un chico adolescente se enfrentaba desde hacía tiempo con todos los que le
rodeaban y en la familia se negaba sistemáticamente a colaborar en nada,
comportándose con total indiferencia. Las reflexiones de su madre fueron: «¿Se
parecerá a su padre, que no suele ayudar en casa?», «¿estará enfadado
conmigo porque alguna vez, desesperada, le he comparado con su hermano que
está mucho más disponible que él a ayudar en casa?».
La cuestión sobre quién tiene la culpa (el eterno e ineludible problema de
quien trata de afrontar una situación problemática) le inducía a responsabilizar
al cónyuge o a sí misma de la situación. Aunque el hijo se equivoque, no puede
ser culpa suya, parece decir la madre; sus comportamientos equivocados no son
sino comprensibles reacciones a alguna injusticia, un modo suyo de manifestar
algún malestar que le hayamos provocado; esto sin contar con que podría ser
víctima de alguna infeliz herencia genética o del mal ejemplo paterno.
Esta indagación materna parece moverse en el presupuesto de inocencia del
hijo y en la prohibición de discutirle. Indaga (aquí sí de manera despiadada)
sobre sus propios errores; no rebaja tampoco las posibles contradicciones
paternas, pero el hijo nunca es objeto de sospecha y menos aún se piensa que
pueda tener alguna culpa.
Cuando se le preguntó al chico para que expusiera su punto de vista sobre la
situación, contestó: «Entiendo las buenas intenciones de mis padres, ellos no
tienen la culpa. El hecho es que me siento inconformista; aceptar las peticiones
de los demás me resulta humillante; me opongo siempre aunque sepa que no es
justo. Obedecer me hace sentir débil e inferior y me niego a dejar que se me
dirija».
El que los padres sean incapaces de reconducir la responsabilidad de la
situación a un aspecto negativo del carácter del hijo les obliga a sentirse
equivocados si el hijo no se comporta adecuadamente.

148
Las trampas afectivas que hacen débiles a los padres
Muchas estrategias manipuladoras de los hijos tienden exactamente a este
fin: crear una trampa emotiva que haga sentirse culpable a los padres, evitando
así el doloroso reconocimiento de la propia responsabilidad personal. Las
estrategias más comunes, en este sentido, pueden ser:

— Falsear lo que dicen los padres, haciendo parecer que no se ha entendido


su verdadera intención («¡tú quieres un hijo perfecto!», acusa un hijo mientras
el padre solo le pedía un pequeño esfuerzo);
— interpretar a su conveniencia un acuerdo hecho con los padres («¡había
entendido otra cosa!»);
— «hacerse la víctima» frente a otras personas, presentando injustamente a
los padres como violentos, amenazantes o punitivos;
— utilizar las reacciones desesperadas de los padres para justificar sus
comportamientos («¡estás siempre enfadada conmigo!»);
— recurrir sistemáticamente al «tú no me entiendes» cuando se encuentran
entre la espada y la pared;
— llorar con el propósito de «hacer creer que tengo razón»;
— fingir un dolor de cabeza, de tripa, fiebre o vómito;
— «hacerse el problemático» aludiendo a la falta de sentido de la vida, al
suicidio, a la imposibilidad de ser feliz (cuando las circunstancias inducen a
pensar que estas afirmaciones se usan de manera utilitarista e instrumentalista);
o hacerse el triste o aburrido para preocupar a los padres;
— hacerse el perseguido o el incomprendido («la han tomado todos
conmigo, nadie me entiende, me regañan siempre, todo lo que hago nunca está
bien»);
— negar la evidencia sin turbarse, tener siempre mil excusas preparadas o
«caerse de una nube» si se le recuerda lo que ha dicho o hecho;
— hacerse el celoso: «cuando mamá se quedó embarazada del segundo hijo,
le hice notar que estaba celoso –admitía un hijo de veinte años–. Todavía está
convencida de que he sufrido mucho por el nacimiento de mi hermano y que
todavía no se me ha pasado. Por eso me trata todavía de una manera concreta.
En realidad me llevo muy bien con mi hermano y me gusta no estar solo, pero
parece que ella solo ve lo que se imagina».

Los padres menos identificados con su hijo se defienden con más facilidad de

149
sus tentativas de culpabilizarles. Recurren a la fuerza del razonamiento, con el
que le ponen bajo presión, desmonta sus recriminaciones y le ponen frente a
sus contradicciones.
El padre, justo porque está menos preocupado por herir al hijo, mide la
credibilidad de sus afirmaciones según el principio de realidad y de no
contradicción. Hace objeciones rigurosas sin excusarse por no creer en su
palabra. Reconstruye hechos y circunstancias que desmienten sus tesis.
Le desbanca con un apropiado comentario irónico y desmonta con la lógica
sus justificaciones. Estas actitudes no le hacen fácil la vida al hijo porque no le
ahorran enfrentarse a la realidad y a la verdad y le introducen en el esfuerzo de
tener que reconocer su responsabilidad.
Un chico de dieciséis años se dirige a sus padres con su habitual tono
pretencioso: «Los neumáticos de mi moto están gastados –afirma en un tono
insoportable– corro el riesgo de tener un accidente. Tenéis que cambiármelos
porque es peligroso. ¿O tengo que ir al hospital antes de que me compréis unos
nuevos?». El padre resolvió este intento de chantaje de la siguiente manera: «Es
verdad que conducir con los neumáticos en mal estado es muy peligroso. Así
que o la usas menos, visto que no la coges para cosas importantes, o aceptas la
propuesta de tu tío de ir a trabajar con él, en vez de holgazanear todo el día.
Con el dinero que ganes te compras unos neumáticos nuevos. Si por evitarte
trabajar usas la moto con los neumáticos desgastados y tienes un accidente,
será culpa tuya, no mía. Dime qué has decidido hacer».
Con este cambio de perspectiva, el padre restablece el camino correcto de la
responsabilidad, imponiendo a los sucesos una lógica que libera a los padres del
hechizo que el hijo trataba de lanzarles.
El pillo, el holgazán, el listillo, el irresponsable... representan todos ellos
tipologías caracterizadas por un estilo educativo del que se ha eliminado el
registro paterno. Las tendencias escritas en el código materno, por supuesto, no
crean los comportamientos inmaduros de los hijos pero contribuyen
eventualmente a su desarrollo o, en la mayor parte de los casos, a mantenerlos.
El verdadero riesgo educativo de la falta del padre no es principalmente la
ausencia de una figura «afectiva». Lo que falta más bien es una figura «ética»,
una guía que ayude a los hijos a no tener miedo a la verdad, a la justicia, a las
renuncias necesarias para hacer cosas positivas.
Si el padre está ausente, la madre tendrá necesariamente que dejarse guiar
por estos aspectos «masculinos» de fortaleza y de amor a la verdad, presentes
también en ella misma, luchando contra todo lo que le hace difícil considerar a
su hijo como capaz de entender y de cargar con el peso de la verdad.

150
Reconociendo, en definitiva, que vale la pena dejarse guiar por la propia
conciencia más que por la necesidad de ahorrarles los esfuerzos necesarios para
que acaben siendo una persona mejor.

151
Conclusión

Llorabas, niño,
sin protestar,
Yo querría haber eliminado todo,
el castigo, la rabia
el sufrimiento.

Apreté los dientes:


tienes que atravesar este momento,
serás más justo, un día.
Pero he llorado dentro de mí.
Este es mi mejor regalo.

(Alma Gorgaini, poesía inédita)

El padre quiere a su hijo con un amor difícil y aparentemente incomprensible


porque no está separado del dolor. Su signo es la herida.
Expone voluntariamente al hijo a renunciar a la omnipotencia de su deseo,
haciéndole capaz de vivir en el mundo real, ayudándole a aceptar las
condiciones que hacen posible una vida mejor, realizada.
Este es el sentido de la prueba a la que le somete, animándole a aceptar la
realidad, a no huir de la propia responsabilidad y a dejarse guiar por la ley
moral.
Adaptarse, afrontar las renuncias, superarse a sí mismos en las dificultades,
reconocer la propia responsabilidad, aceptar la culpa... no son sino aspectos
psicológicos de la aceptación de la realidad ontológica del límite, de su propia
finitud.
El gesto paterno implica mucha valentía porque se expone a una inevitable
desilusión con los hijos. Al aceptar que frente a la prueba –a lo que es justo
hacer– muestren sus limitaciones (los aspectos fastidiosos, irritantes,
insoportables de su carácter, sus tendencias a manipular las relaciones, a plegar
la realidad a sus propios deseos), el padre renuncia a pensarles mejores de

152
como realmente son. Se dispone a verles como son, más que a imaginarlos
dignos de una estima que deben ganarse.
El padre pone a prueba al hijo no sin cierto temor: todo padre (y toda
madre) conoce el difícil momento de «decir al hijo algo que no va a gustarle»,
ponerle frente a la realidad, no secundar sus peticiones, dejarle solo frente a
algo que requiera esfuerzo, por su propio bien.
Él sabe lo difícil que es para el hijo tener que someterse ante lo que es
verdad y aceptar las condiciones que pueden hacer de él una persona mejor.
Participa con infinita y silenciosa ternura en la eterna lucha entre el bien y el mal
que secretamente se libra en el corazón de su hijo, como sucede en el de todos
los hombres.
Espera que el hijo «se tome bien» sus sugerencias, que acepte las renuncias
necesarias, fiándose de su palabra y creyendo en su amor. Su fe en el valor, un
inmerecido privilegio masculino que se expresa como la certeza de tener un
motivo por el que vale la pena no ahorrar dificultades al hijo, le hace inmune a
la duda de no quererlo realmente. Una duda que afecta más a las madres por su
propia forma de ser.
Su amor por lo justo y por lo verdadero le hace capaz de no dejarse abrumar
por el disgusto psicológico ni por la sensación de culpa a la que le expone su
manera de obrar por el propio bien del hijo. Él sabe que de este modo no hace
daño a su hijo, sino que hace lo mejor.
La cercanía y la comprensión de la mujer, que no se opone a que haga lo
que cree justo, le hace sentirse menos solo en su difícil tarea. Ella lo entiende y
acepta y con su silencio le apoya incondicionalmente.
El misterio del amor paterno está recogido en el sentido de un gesto que
todo padre cumple cotidianamente: pedir y (alguna vez) recibir la confianza de
un hijo, incluso si en ese momento no tiene ningún esfuerzo que pedirle.
Su gesto graba en el hijo la posibilidad de confiar en la bondad de la vida
incluso aunque no sea todo fácil; de continuar creyendo en su buena voluntad;
de experimentar un legado de amor no destruido por la prueba del dolor. De
atravesar incluso la muerte (el límite absoluto) fiándose de una promesa. Esta
es la fe que instituye la paternidad como garantía del carácter prometedor y
bueno de la vida.
Sujeto a esta fuerza, el padre, mientras alza el cuchillo que herirá a su hijo,
llora lágrimas invisibles. Querría evitarle la prueba, aunque se le rompa el
corazón, pero debe hacer un esfuerzo, debe fiarse incondicionalmente de sus
convicciones, de que hacerlo así es lo más justo.
Y, a menudo incomprendido, hace lo que debe.

153
Este deber es todo su amor.

154
Índice
Introducción
El redescubrimiento del instinto paterno
El retorno de los padres: al lado de las madres y no en contra de ellas
Hacia una cultura educativa en pareja
Ni ausentes ni mamás

Capítulo 1: Los padres no son todos iguales


El carácter
Las circunstancias de la vida
La cultura educativa personal
La historia emotiva
Los valores personales

Capítulo 2: Los padres y las dinámicas de pareja


Cuando se tiende inexorablemente a marginar a la pareja
Aliarse con el hijo en contra del cónyuge
Una relación posesiva
La competencia por el afecto de los hijos
El condicionamiento de la familia de origen

Capítulo 3: Padre y madre:modos diferentes de «sentir» al hijo


Para la madre, el hijo es parte de sí
La separación del padre
La madre te hace sentir protegido, el padre te hace sentir capaz
Los excesos de la sensibilidad materna
Las ventajas de la sensibilidad paterna
¿Proteger al hijo de las dificultades o animarle a afrontarlas?

Capítulo 4: El estilo educativo paterno: Características


El padre es generalmente más directo y franco en el diálogo con los hijos
El padre tiene menos miedo de decir: «¡Arréglatelas!»
El padre, menos dispuesto a rebajar los obstáculos
El padre tiene menos miedo de pedir a los hijos respeto a sus exigencias
El padre trata al hijo como capaz de entender y de pedir lo que necesita
El padre ayuda al hijo a asumir sus propias responsabilidades
El padre tiene menos miedo a exigir que sepa adaptarse a las circunstancias
El padre admite con más facilidad los defectos de sus hijos

155
El padre sitúa a los hijos frente a la realidad

Capítulo 5: La adolescencia como tiempo del padre


El hijo adolescente (y la madre) a la búsqueda del padre
En busca de un mundo más amplio
En búsqueda de aprecio

Capítulo 6: El padre y su visión de la vida


La transmisión de los valores y de las experiencias emotivas
El padre ayuda a creer en valores y a seguirlos
La paternidad como introducción a la confianza
El padre introduce en el sentido de la vida y de la muerte
Experiencia del límite y fe religiosa: la sensibilidad materna y la paterna

Capítulo 7: El padre despierta en el hijo su Yo ideal


El nacimiento de la conciencia moral en el hijo

Capítulo 8: Cortar el cordón umbilical


El valor pedagógico del sufrimiento y de la derrota
Aprender a apreciar lo que se es y lo que se tiene
El padre enseña a reconocer el amor recibido
Cortar el cordón: presupuestos y consecuencias en los padres
Distinguir las propias responsabilidades y las del hijo es un acto de confianza
Los hijos no son ídolos

Capítulo 9: ¿Insistir o responsabilizar? Madres que estresan


Las interminables, improductivas e insoportables negociaciones maternas
¿Miedo a la libertad del hijo?
Responsabilizar no es ser desinteresado

Capítulo 10: Hablar con los hijos de hombre a hombre


Sentirse tratados como personas mayores

Capítulo 11: «¡No puedo más!»: La separación del hijo por exasperación
Amor y odio: las ambivalencias del hijo en relación a su madre
Separaciones traumáticas (pero sanas) de los hijos

Capítulo 12: Cómo el padre puede salvar a la madre de las pretensiones de su hijo
Diálogo de pareja y sintonía educativa
La contribución masculina a la «liberación» de la madre

156
El padre y la fuerza del razonamiento
La fuerza de la libertad
La salvaguarda de la pareja más allá de los hijos
Ayudar a los hijos a valorar y aceptar al cónyuge

Capítulo 13: El padre y la herida


Afrontar las pruebas de la vida
La herida como paso de madurez
¿Qué heridas y qué pruebas?

Capítulo 14: El secreto de la fuerza paterna


La fuerza de la fe en los propios valores
¿Cómo puedo saber qué está bien o mal para mi hijo?
No al hijo perfecto, sí al hijo mejor
Las convicciones morales como fundamento de la alianza educativa

Capítulo 15: El corazón de un padre


El nacimiento del padre
Los sentimientos de un padre
La correcta autoridad de los padres
Un padre creíble

Capítulo 16: Si falta el padre


La destrucción de la madre
Dejarse esclavizar por los hijos
«Soy indispensable para él»: maneras de impedir el crecimiento del hijo
Asumir la responsabilidad de todo lo que haga el hijo
Considerar que el hijo es siempre inocente
Las trampas afectivas que hacen débiles a los padres

Conclusión

157
Índice
Introducción 4
El redescubrimiento del instinto paterno 5
El retorno de los padres: al lado de las madres y no en contra de ellas 6
Hacia una cultura educativa en pareja 8
Ni ausentes ni mamás 9
Capítulo 1: Los padres no son todos iguales 10
El carácter 11
Las circunstancias de la vida 12
La cultura educativa personal 13
La historia emotiva 14
Los valores personales 15
Capítulo 2: Los padres y las dinámicas de pareja 16
Cuando se tiende inexorablemente a marginar a la pareja 17
Aliarse con el hijo en contra del cónyuge 19
Una relación posesiva 20
La competencia por el afecto de los hijos 21
El condicionamiento de la familia de origen 23
Capítulo 3: Padre y madre:modos diferentes de «sentir» al hijo 24
Para la madre, el hijo es parte de sí 24
La separación del padre 25
La madre te hace sentir protegido, el padre te hace sentir capaz 26
Los excesos de la sensibilidad materna 28
Las ventajas de la sensibilidad paterna 30
¿Proteger al hijo de las dificultades o animarle a afrontarlas? 32
Capítulo 4: El estilo educativo paterno: Características 34
El padre es generalmente más directo y franco en el diálogo con los hijos 35
El padre tiene menos miedo de decir: «¡Arréglatelas!» 37
El padre, menos dispuesto a rebajar los obstáculos 39
El padre tiene menos miedo de pedir a los hijos respeto a sus exigencias 43
El padre trata al hijo como capaz de entender y de pedir lo que necesita 45
El padre ayuda al hijo a asumir sus propias responsabilidades 47
El padre tiene menos miedo a exigir que sepa adaptarse a las circunstancias 49

158
El padre admite con más facilidad los defectos de sus hijos 52
El padre sitúa a los hijos frente a la realidad 56
Capítulo 5: La adolescencia como tiempo del padre 59
El hijo adolescente (y la madre) a la búsqueda del padre 60
En busca de un mundo más amplio 62
En búsqueda de aprecio 63
Capítulo 6: El padre y su visión de la vida 65
La transmisión de los valores y de las experiencias emotivas 66
El padre ayuda a creer en valores y a seguirlos 67
La paternidad como introducción a la confianza 68
El padre introduce en el sentido de la vida y de la muerte 69
Experiencia del límite y fe religiosa: la sensibilidad materna y la paterna 72
Capítulo 7: El padre despierta en el hijo su Yo ideal 74
El nacimiento de la conciencia moral en el hijo 76
Capítulo 8: Cortar el cordón umbilical 78
El valor pedagógico del sufrimiento y de la derrota 79
Aprender a apreciar lo que se es y lo que se tiene 81
El padre enseña a reconocer el amor recibido 82
Cortar el cordón: presupuestos y consecuencias en los padres 84
Distinguir las propias responsabilidades y las del hijo es un acto de confianza 87
Los hijos no son ídolos 88
Capítulo 9: ¿Insistir o responsabilizar? Madres que estresan 89
Las interminables, improductivas e insoportables negociaciones maternas 91
¿Miedo a la libertad del hijo? 93
Responsabilizar no es ser desinteresado 95
Capítulo 10: Hablar con los hijos de hombre a hombre 97
Sentirse tratados como personas mayores 98
Capítulo 11: «¡No puedo más!»: La separación del hijo por
100
exasperación
Amor y odio: las ambivalencias del hijo en relación a su madre 101
Separaciones traumáticas (pero sanas) de los hijos 103
Capítulo 12: Cómo el padre puede salvar a la madre de las
107
pretensiones de su hijo
Diálogo de pareja y sintonía educativa 108

159
La contribución masculina a la «liberación» de la madre 109
El padre y la fuerza del razonamiento 111
La fuerza de la libertad 113
La salvaguarda de la pareja más allá de los hijos 114
Ayudar a los hijos a valorar y aceptar al cónyuge 116
Capítulo 13: El padre y la herida 118
Afrontar las pruebas de la vida 119
La herida como paso de madurez 120
¿Qué heridas y qué pruebas? 122
Capítulo 14: El secreto de la fuerza paterna 123
La fuerza de la fe en los propios valores 124
¿Cómo puedo saber qué está bien o mal para mi hijo? 125
No al hijo perfecto, sí al hijo mejor 127
Las convicciones morales como fundamento de la alianza educativa 128
Capítulo 15: El corazón de un padre 130
El nacimiento del padre 131
Los sentimientos de un padre 132
La correcta autoridad de los padres 133
Un padre creíble 135
Capítulo 16: Si falta el padre 137
La destrucción de la madre 138
Dejarse esclavizar por los hijos 139
«Soy indispensable para él»: maneras de impedir el crecimiento del hijo 141
Asumir la responsabilidad de todo lo que haga el hijo 145
Considerar que el hijo es siempre inocente 148
Las trampas afectivas que hacen débiles a los padres 149
Conclusión 152
Índice 155

160

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