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El milagro argentino del COVID

Enero 10, 2022 JOSEPH E. STIGLITZ

A diferencia de los Estados Unidos, que podía gastar un cuarto de su PBI para proteger
su economía de las consecuencias del COVID-19, Argentina entró en pandemia en un
contexto adverso. A pesar de esto, gracias a las actuales políticas del gobierno que
buscan fortalecer la economía real, el país está disfrutando de una sorprendente
recuperación.

NUEVA YORK –Aunque el COVID-19 ha sido difícil para todos, no ha sido una
enfermedad que ofrezca “igualdad de oportunidades”. El virus presenta una mayor
amenaza para quienes ya tenían una salud deteriorada, y muchos de ellos se
concentran en países pobres con sistemas débiles de salud pública. Aún más, no todos
los países pueden gastar un cuarto de su PBI para proteger sus economías, como lo
hizo Estados Unidos. Las economías en desarrollo y emergentes han debido enfrentar
duras restricciones financieras y fiscales. Además, debido al nacionalismo de las
vacunas (acumuladas en los países ricos), el resto de las economías tuvo que mendigar
para conseguir alguna vacuna.

Cuando los países tienen dolores agudos, se tiende a culpar a los funcionarios más de
lo que se merecen. A menudo, el resultado es una política más fraccionada, lo que
dificulta aún más solucionar los problemas reales. Pero incluso en un contexto adverso,
algunos países pudieron recuperarse con fuerza.

Tengamos en cuenta a Argentina, que ya estaba en recesión cuando la golpeó la


pandemia, debido en gran medida a la mala administración económica del anterior
presidente Mauricio Macri. Todos ya habían visto esa película. Un gobierno de derecha
que favorecía los negocios se había ganado la confianza de los mercados financieros
internacionales, quienes, como cabe de esperar, hicieron llegar el dinero. Pero las
políticas de esa administración resultaron ser más ideológicas que pragmáticas, y
favorecieron a los ricos y no a los ciudadanos comunes.

Cuando esas políticas inevitablemente fallaron, los argentinos eligieron un gobierno de


centro izquierda que concentraría su energía en limpiar el desorden y no en llevar a
cabo su propia agenda. El resultado fue decepcionante, lo que dio el marco para la
elección de otro gobierno de derecha. Lamentablemente, éste es un patrón que se repite
una y otra vez.

Pero hay importantes diferencias en el ciclo actual. El gobierno de Macri, elegido en


2015, heredó una deuda externa relativamente pequeña, debido a las
reestructuraciones que ya se habían realizado. Los mercados financieros
internacionales estaban, en consecuencia, más entusiastas de lo usual, y prestaron al
gobierno decenas de miles de dólares a pesar de que no hubiera un programa
económico creíble.

Cuando las cosas se pusieron feas—como muchos observadores habían anticipado—


intervino el Fondo Monetario Internacional con el paquete de rescate más grande de la
historia: un programa de 57.000 millones de dólares, de los cuales 44.000 millones
fueron rápidamente diseminados en lo que muchos vieron como un intento vacío del
FMI, que tenía la presión de la administración del Presidente de Estados Unidos Donald
Trump, para sostener un gobierno de derecha.

Lo que sucedió después es lo que se espera de estos préstamos políticos (como lo


detallo en mi libro de 2002, Globalization ad Its Discontents (El malestar de la
globalización). Se les dio tiempo a financistas extranjeros y locales para que sacaran el
dinero del país, lo que dejó a los contribuyentes pagando los platos rotos. Una vez más,
el país estaba muy endeudado y no tenía nada con qué pagar. Y, una vez más, el
“programa” del FMI falló, haciendo que la economía caiga en picada hacia una profunda
recesión, y se eligió un nuevo gobierno.

Lo bueno es que, el FMI reconoce ahora que su programa no logró los objetivos
económicos que había establecido. La "Evaluación Ex-Post" del Fondo atribuye gran
parte de la culpa al gobierno de Macri, cuyos "límites trazados respecto de determinadas
políticas pueden haber descartado medidas que pudieron haber sido cruciales para el
programa. Entre esas medidas se encuentran una operación de deuda y el uso de
medidas de gestión de flujo de capital ".

Los defensores habituales del FMI atribuirán el fracaso del programa a una falta de
comunicación o una implementación ejecutada con torpeza. Sin embargo, una mejor
comunicación no soluciona el mal diseño de un programa. El mercado lo entendió,
incluso si el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y algunos miembros del FMI
no lo entendieron.

Dado el lío que heredó el gobierno del presidente argentino Alberto Fernández a fines
de 2019, parece haber logrado un milagro económico. Desde el tercer trimestre de 2020
hasta el tercer trimestre de 2021, el crecimiento del PBI alcanzó el 11,9%, y ahora se
estima que haya sido del 10% para 2021, casi el doble de lo pronosticado para los EE.
UU., mientras que el empleo y la inversión se han recuperado a niveles superiores a los
de cuando Fernández asumió el cargo. Las finanzas públicas del país también han
mejorado, implementando incluso una política de recuperación contracíclica, dada por
el fuerte crecimiento económico, tasas impositivas más elevadas y progresivas sobre la
riqueza y la renta de las empresas y la reestructuración de la deuda de 2020.

También ha habido un crecimiento significativo de las exportaciones, no solo en


términos de valor sino también en volumen, luego de la implementación de políticas de
desarrollo diseñadas para fomentar el crecimiento en el sector transable. Estas incluyen
reformas a las políticas crediticias; una reducción a cero de los derechos de exportación
para los sectores de valor agregado, junto con tasas más altas para los productos
primarios e inversiones en infraestructura pública e investigación y desarrollo (el tipo de
políticas que Bruce Greenwald y yo defendemos en nuestro libro La creación de una
sociedad del aprendizaje).

A pesar de este importante avance en la economía real, los medios financieros han
optado por centrarse totalmente en temas como el riesgo país y la brecha cambiaria.
Igualmente, esos problemas no son de extrañar. Los mercados financieros están
mirando la montaña de deuda tomada con el FMI que está por vencer. Dado el enorme
tamaño del préstamo que debe refinanciarse, un acuerdo que simplemente amplíe el
plazo de amortización de 4,5 a diez años no es suficiente para aliviar las preocupaciones
sobre la deuda de Argentina.

Además, Argentina aún está experimentando los efectos del capital de cartera
especulativo que se vertió durante la presidencia de Macri. Gran parte de esto quedó
atrapado por los controles de capital de ese gobierno, lo que dio como resultado una
presión constante sobre el tipo de cambio paralelo.

Limpiar el desorden financiero del gobierno anterior llevará años. El próximo gran
desafío es llegar a un acuerdo con el FMI sobre la deuda de la era Macri. El gobierno
de Fernández ha señalado que está abierto a cualquier programa que no socave la
recuperación económica y aumente la pobreza. Si bien todos deberían saber a estas
alturas que la austeridad es contraproducente, es posible que algunos estados
miembros influyentes del FMI aún la defiendan.

Lo irónico es que los mismos países que siempre insisten en la necesidad de "confianza"
podrían socavar la confianza en la recuperación de Argentina. ¿Estarán dispuestos a
aceptar un programa que no implique austeridad? En un mundo que todavía lucha
contra el COVID-19, ningún gobierno democrático puede ni debe aceptar tales
condiciones.

En los últimos años, el FMI ha ganado un nuevo respeto por sus respuestas efectivas a
las crisis globales, desde la pandemia y el cambio climático hasta la desigualdad y la
deuda. Si se invirtiera el rumbo con anticuados requisitos de austeridad a la Argentina,
las consecuencias para el propio Fondo serían graves, entre las que se incluye la menor
disposición de otros países a comprometerse con él. Eso, a su vez, podría amenazar la
estabilidad política y financiera mundial. Al final, todos perderían.

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