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Comedores

Compulsivos
Anónimos (OA)
Segunda Edición


Overeaters Anonymous®, Inc.


Junta Nacional de Servicios de España


Traducido y reimpreso de Overeateres Anonymous, Second Edition nº de en la
WSO #988, la edición con fecha de Copyright ©2001.
Copyright ©2010 en español por Overeaters Anonymous, Inc.
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Con el permiso de Overeaters Anonymous, Inc. Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida en forma alguna sin el
previo permiso escrito de Overeaters Anonymous, Inc

D.L.: M-13689-2010
COMEDORES COMPULSIVOS ANÓNIMOS en España
Tf. 630 53 50 33
www.comedorescompulsivos.es


Índice
PRÓLOGO
AGRADECIMIENTOS
NUESTRA INVITACIÓN A TI
1. SIGUE VINIENDO: LA HISTORIA DE ROZANNE
2. ÉL NUNCA DEJÓ QUE UN DONUT SE ENFRIARA
3. ELLA SE ENCONTRÓ A SI MISMA
4. ABSTINENCIA, NO PERFECCIÓN
5. EL MILAGRO DEL SIGLO VEINTE
6. ES ELEMENTAL
7. VIVA Y BIEN Y VIIVENDO EN EL MUNDO REAL
8. NUNCA MÁS SOLOS
9. MEJORA, TE LO PROMETO
10. CRECIENDO EN OA
11. UNA NUEVA ESPERANZA A LOS SESENTA
12. NEGACIÓN PROFUNDA
13. DECIR SÍ A LA VIDA
14. EL CAMBIO DE CEMENTERIO
15. PERDER KILOS, GANAR TERRENO
16. NEGOCIAR LAS VUELTAS DE LA VIDA
17. ABRIR PUERTAS Y ARMARIOS
18. HICE MI TESTAMENTO A LOS VEINTIDÓS
19. NO ERA JUSTO
20. ¡HUNDIR LAS PIRULETAS!
21. ERA DE FAMILIA
22. LAS LLAVES DE LA LIBERTAD
23. VIAJE A TRAVÉS DE LA DECEPCIÓN
24. LA GRASA NO ES MI DESTINO
25. MUJER HERMOSA POR DENTRO Y POR FUERA
26. LA GRAN CONSEGIDORA QUE SE SOBREPASÓ
27. EL ATEO QUE HIZO UN HCS (HAZ COMO SI)
28. VERANO INDIO
29. MAS ALLÁ DEL DOLOR
30. EL QUE SE DESPIDE
31. COMPULSIVA COMO YO
APÉNDICE A: UNA ENFERMEDAD DE LA MENTE
APÉNDICE B: UNA ENFERMEDAD DEL CUERPO
APÉNDICE C: UNA ENFERMEDAD DEL ESPÍRITU
APÉNDICE D: LAS DOCE TRADICIONES
APÉNDICE E: DÓNDE ENCONTRAR COMEDORES COMPULSIVOS ANÓNIMOS
APÉNDICE F: PUBLICACIONES DE OA




























Prólogo


He tenido durante muchos años un interés a la vez personal y
profesional por la obesidad. El hecho es que he comido en exceso toda mi vida y
un hombre gordo la mayor parte de mi vida. No comprendía los aspectos
destructivos de comer en exceso, sin embargo, hasta que empecé a practicar la
psiquiatría.
En un momento dado me di cuenta de que comer en exceso es una
adicción obsesiva, compulsiva de una naturaleza muy compleja. Fui consciente
de que la comida puede ser incluso más adictiva que el tabaco, las drogas, el
alcohol y el juego, y por lo menos tan destructiva. El hecho simple, es que no
puedo vivir sin comer, y que cada vez que el adicto a la comida come, está en
peligro de sucumbir a la compulsión.
Otros hechos son: (1) La comida está generalmente disponible en
abundancia. (2) No hay ninguna sentencia social ni legal en contra de la comida.
(3) En muchos lugares se anima a comer en exceso. (4) Abunda la confusión
respecto a este síndrome altamente complejo.
Desde luego, desconocemos muchísimo todavía acerca del comer en
exceso. Pero sabemos ahora que la vida emocional personal tiene mucho que ver
con comer excesivamente. Creo que la ira reprimida juega un papel muy
importante en esta adicción. Siento que el darse atracones es a menudo ataques
temperamentales o reacciones airadas mal enfocadas. También creo que las
raíces de la condición se pueden seguir a menudo hasta los primeros años de
nuestras vidas y a las tempranas y complicadas relaciones familiares. Los que
sufren a causa problema y aquellos que se comprometen seriamente en trabajar
en esta área conocen también lo grave que es esta condición. Este aspecto
destructivo tiene lugar en relación a la salud física, el bienestar emocional, la
vida social, la vida profesional, la vida sexual, y la vida económica de la víctima.
Sabemos también, desgraciadamente, lo limitadas que han sido las
modalidades de tratamientos hasta la fecha en efectuar un alivio prolongado,
simples “curas”. Sabemos, también, como la gente obesa ha sido estereotipada,
los prejuicios en su contra, y ha sido explotada por ganancias económicas. Los
charlatanes y timadores abundan. Se ganan millones de dólares con el
sufrimiento de las personas gordas, y esta condición es probablemente el
problema de salud más relevante que existe en la población norteamericana.
Desde luego, como con todos los demás problemas, hay varios grados y
sufrimiento y dificultades. Pero el número de personas a las que se lleva a buscar
ayuda hace de este asunto comercial un gran negocio.
Comedores Compulsivos Anónimos (OA) no es un negocio. Esta
organización representa uno de los mayores y quizás más importantes esfuerzos
en una autoayuda real y una efectiva autoayuda. OA disfruta de una reputación
de éxitos significativos en un campo donde priva el fracaso. El éxito d OA va
más allá de la disminución y control de peso, aunque esto solo sea ya un logro de
gran magnitud. OA también ayuda a contribuir un sentimiento mayor del yo y la
autoestima por medio de su extraordinario aporte en camaradería y cuidado para
los compañeros y para uno mismo. Funciona como un contribuyente gigante al
despertar y aumentar en sus miembros el sentido de su propia humanidad. Esto
es crucial para luchar contra la maligna adicción o, por ese motivo, cualquier
enfermedad de la mente y del cuerpo; son realmente una.
Este libro describe la experiencia de OA contada por varios miembros
por medio de sus propias historias. Son emotivas y ejemplares. Están llenas de
lucha- lucha constructiva- y esperanza. Y lo más importante, hablan de la
compasión positiva hacia uno mismo, hacia otros, y hacia el estado del ser
humano. Nos hablan de hermandad y poderosamente terapéutico que el cariño
humano puede ser. También nos dicen lo que es cariño. Léelas y disfruta de ser
parte de la condición humana.

Theodore Isaac Rubin, M.D.


El Dr. Rubin es un conocido psicoanalista que ejerce la psiquiatría en la
ciudad de Nueva York. Ha sido presidente del Instituto Americano del Psicoanálisis y ha
formado parte de muchas juntas médicas locales y nacionales. Es el autor de más de
treinta libros, traducidos en todo el mundo, incluyendo Compasión y Odio hacia Uno
Mismo, Lisa y David, Jordi, el Cuaderno del Ganador, y Lisa y David hoy. Entre los
muchos premios que ha recibido están el Premio Adolf Meyer de la Asociación para la
Mejora de la Salud Mental y el Premio de Conciencia Social de la clínica Karen Horney,
una institución psiquiátrica.
Agradecimientos


Este libro no habría sido posible sin nuestro gran preceptor,
Alcohólicos Anónimos. Desde luego, muchos de aquellos cuyas contribuciones
aparecen en estas páginas no estarían hoy entre nosotros sin el programa de doce
pasos y doce tradiciones de AA.
Al publicar esta colección de historias personales de recuperación,
Comedores Compulsivos Anónimos tiene un solo propósito: describir a todos los
que puedan estar interesados en la progresión de nuestra enfermedad, lo que
hemos encontrado en este programa y cómo nos ha cambiado. Nuestro libro no
pretende ser un sustituto o reemplazar el de Alcohólicos Anónimos, el
vivificante “libro Grande” que ha traído un renacimiento físico, emocional y
espiritual a millones de personas de todo el mundo.
Aquellos de nosotros que hablamos desde estas páginas confirmamos
las proféticas palabras utilizadas en 1951 al serle entregado el premio Lasker a la
hermandad de AA en su dieciseisavo aniversario.
“…Puede que algún día los historiadores reconozcan que AA ha sido
una gran ventura como pionero social que forjó un nuevo instrumento de acción
social; una nueva terapia basada en la afinidad del sufrimiento común; algo que
tiene un potencial inmenso para miríadas de otras enfermedades de la
humanidad.”
Nuestra más profunda gratitud a la hermanad de Alcohólicos
Anónimos por su continuo crecimiento sin promoción, por la ejemplaridad de su
liderazgo sin líderes, y por los principios sin personalidades.


Nuestra Invitación a Ti


NOSOTROS, COMEDORES COMPULSIVOS ANÓNIMOS, hemos
hecho un descubrimiento. En la primera reunión a la que asistimos, nos
enteramos de que estábamos en las garras de una enfermedad peligrosa, y que la
fuerza de voluntad, la salud emocional y la confianza en uno mismo, que
algunos de nosotros tuvimos en alguna ocasión, no eran ninguna defensa contra
ella.
Para estar seguros, la imagen representada de esta enfermedad era fea:
progresiva, debilitadora, incurable. Comer compulsivamente tiene muchos
síntomas además de meramente la obesidad. Es también una enfermedad que
aísla y gradual o rápidamente, causa problemas cada vez más serios en más áreas
de nuestras vidas: salud, trabajo, familia, o vida social.
Nadie está seguro de cuál es la causa; probablemente una serie de
factores: el entorno, una cierta forma de reaccionar ante la vida, una
predisposición biológica.
Hemos aprendido que las razones no tienen importancia. Lo que
merece la atención del comedor compulsivo que todavía sufre es esto: hay un
método probado, posible por el que podemos detener nuestra enfermedad...
El programa de recuperación de OA es idéntico al de Alcohólicos
Anónimos. Usamos los doce pasos y doce tradiciones de AA, cambiando
solamente las palabras “alcohol” y alcohólico” por “comida “ y “comedor
compulsivo”.
Como confirman las historias personales de este libro, el programa de
recuperación de los doce pasos da resultado tanto en los comedores compulsivos
como en los alcohólicos. Nuestros miembros demuestran que los comedores
compulsivos pueden compartir sus problemas y ayudarse unos a otros. ,
beneficiándose de esta forma no solo ellos mismos sino sus familias y las
comunidades en las que viven.
¿Podemos garantizarte esta recuperación?. La respuesta es sencilla. Si
sinceramente te enfrentas a la verdad sobre ti mismo y a la enfermedad; si sigues
viniendo a las reuniones para hablar y escuchar a otros comedores compulsivos
en recuperación; si lees nuestra literatura y la de Alcohólicos Anónimos con una
mente abierta; y, lo más importante, si estás dispuesto a confiar en un Poder
Superior a ti para que dirija tu vida, y a practicar los doce pasos lo mejor que
puedas, creemos que puedes unirte las filas de aquellos que se recuperan.
La enfermedad de la compulsión por la comida causa o contribuye a
la enfermedad en tres niveles- emocional, físico y espiritual. Para remediar esta
triple enfermedad ofrecemos varias sugerencias, pero el lector debe mantener en
mente que la base de este programa es espiritual, como se ve en los doce pasos.
No somos un club de “dietas y calorías”. Practicamos la abstinencia
evitando comer entre comidas planificadas y evitando todos nuestros alimentos
compulsivos personales. Una vez que conseguimos la abstinencia, la
preocupación por la comida disminuye y en muchos casos nos deja por
completo. Entonces descubrimos que, para tratar con nuestro desorden interior,
debemos tener un nuevo modo de pensar, de actuar ante la vida más que de
reaccionar ante ella- en resumen, una nueva forma de vida.
Desde este punto de ventaja, empezamos el programa de recuperación
de los doce pasos, yendo más allá de la comida y del caos emocional hacia una
experiencia de vida más completa.
Creemos que no hay cantidad de fuerza de voluntad o
autodeterminación que pudiera habernos salvado. Innumerables veces, nuestros
planes y resoluciones se habían hecho añicos al ver que nuestros recursos
individuales fallaban.
Así que honestamente admitimos ante nosotros mismos que éramos
impotentes ante la comida… este fue el primer paso hacia la recuperación. De
ahí seguía que, si no teníamos ningún poder propio, necesitábamos un poder
fuera de nosotros que nos ayudara a recuperarnos.
Algunos de nosotros, incluyendo agnósticos y ateos, consideramos al
grupo mismo como un poder superior a nosotros mismos. Otros elegimos aceptar
distintas interpretaciones de este poder. Pero la mayoría de nosotros adoptamos
el concepto de Dios como cada individuo lo concibe.
Como resultado de practicar los pasos, los síntomas de comer
compulsivamente son eliminados día a día. Así pues, para la mayoría de
nosotros, la abstinencia significa libertad de la esclavitud de la compulsión por la
comida, conseguida a través de un proceso de rendición algo superior a nosotros;
cuanto mayor sea nuestra entrega, mayor será la liberación de la obsesión por la
comida.
Aquí siguen los pasos adaptados para Comedores Compulsivos
Anónimos:
1. Admitimos que éramos impotentes ante la comida, que nuestras vidas
se habían vuelto ingobernables.
2. Llegamos a creer que sólo un Poder Superior a nosotros mismos podría
devolvernos el sano juicio.
3. Decidimos poner nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de Dios
tal como nosotros lo concebimos.
4. Sin ningún temor hicimos un inventario moral de nosotros mismos.
5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano la
naturaleza exacta de nuestras faltas.
6. Estuvimos completamente dispuestos a dejar que Dios eliminase estos
defectos de carácter.
7. Humildemente Le pedimos que nos liberase de nuestros defectos.
8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a las que habíamos
ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos.
9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño que les
habíamos causado, salvo en aquellos casos en que el hacerlo
perjudicaría a ellos mismos o a otros.
10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos
equivocábamos lo admitíamos inmediatamente.
11. Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro
contacto consciente con Dios tal como Lo concebimos, pidiéndole
solamente que nos dejase conocer Su voluntad para con nosotros y nos
diera la fortaleza para llevarla a cabo
12. Habiendo experimentado un despertar individual como resultado
de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a las personas que
comen en exceso compulsivamente y de practicar estos principios en
todos nuestros actos.

¿Cómo puedo hacer frente a esto? Se puede preguntar usted. Le
sugerimos que lo haga solo de día en día. “Solo por Hoy” es uno de los muchos
significativos lemas de OA. “Puedo hacer algo durante 24 horas que no podría
hacer durante toda mi vida” fue toda una nueva forma de pensar para nosotros.
Anteriormente, mirábamos a nuestro problema de peso- y a todos nuestros otros
problemas- y decíamos, ¿De qué sirve? Es demasiado para mí. Nunca lo
conseguiré.
Ahora, aceptamos completamente y vivimos con la premisa de que no
tenemos que mirar todo a la vez. Sabemos que una cierta planificación es
necesaria pero, una vez la hemos hecho, actuamos solo por el día de hoy.
“Pero soy demasiado débil, “¡nunca lo conseguiré!”. No te preocupes;
todos hemos pensado y dicho lo mismo. El asombroso secreto del éxito de este
programa es justo ese: la debilidad. Es la debilidad, no la fuerza lo que nos une
unos a otros y a un poder superior y de alguna forma nos da la capacidad de
hacer lo que no podemos hacer solos. Hemos descubierto que si la gente en este
programa nos quiere, no es por nuestra fortaleza, sino por nuestra debilidad y
nuestra buena voluntad de compartirla con otros.
Después de leer las historias personales de este libro, puedes decir,
“¡Yo no estoy tan mal!” de nuevo, le pedimos que tenga en mente que comer
compulsivamente es una enfermedad progresiva. Si realmente eres un comedor
compulsivo, los síntomas empeorarán. Dentro de nuestras filas están aquellos
que se estaban recuperando pero que trataron una vez más de controlar la comida
por sus propios medios, con la consecuente vuelta a comer peligrosamente en
exceso y en muchos casos a un enorme aumento de peso.
Si te puedes identificar con el modelo desarrollado de comer en
exceso que se muestra en nuestras historias, probablemente eres un comedor
compulsivo. Es probable que sus síntomas alcancen con el tiempo aquellos de
las últimas etapas de comer compulsivamente. En otras palabras, ¡no estás tan
mal todavía!
Si, después de leer este libro, decides que eres uno de nosotros te
damos la bienvenida con los brazos abiertos. ¡Ya no estás solo! Comedores
Compulsivos Anónimos extiende a todos vosotros el regalo de la aceptación. No
importa quién eres, de dónde vienes o a dónde vas, aquí eres bienvenido. No
importa lo que hayas hecho o dejado de hacer, lo que has sentido o dejado de
sentir, a quien has amado u odiado, puedes estar seguro de nuestra aceptación
incondicional.
Te ayudaremos y nos alegraremos contigo y te diremos que no somos
fracasados solamente porque algunas veces fallamos. Extendemos nuestros
brazos con amor y estaremos a tu lado mientras vuelves a ponerte en pie y
empieces a andar de nuevo hacia donde sea que te dirijas.
A veces nosotros fallamos y no somos todo lo que podríamos ser, y
algunas veces no estamos ahí para darte todo lo que necesitas de nosotros.
Acepta también nuestras imperfecciones. Ámanos y ayúdanos entonces. Eso es
lo que somos en OA, imperfectos, pero mejorando. Alegrémonos en nuestra
recuperación y en la seguridad de que tenemos un hogar, si lo queremos.
¡Bienvenido a OA. Bienvenido a casa!

1
Sigue Viniendo:
Historia de Rozanne


“CARIÑO, SI TIENES una cintura de 60 cms. Todo lo demás estará
bien” las palabras de mi madre me perseguirían durante toda mi adolescencia. La
promesa de que una figura delgada me traería una felicidad instantánea y
permanente fue una ilusión en la que creía con todo mi corazón. Las pocas veces
que estaba delgada, nada más cambiaba. Me decía a mí misma, “si te esforzaras
mas todo sería diferente” la persistencia de mi ilusión era asombrosa.
Esforzarse era nuestra tradición familiar. Vengo de una familia de
súper-logros y de comedores en exceso compulsivos. Mi madre se crió en Green
Bay, Wisconsin, en los primeros años de 1900. En aquella pequeña ciudad mi
abuelo era el propietario del primer cine y del primer coche. Mi abuela era muy
atrevida para aquellos tiempos: apoyó a Margaret Sanger varios años antes de
que Sanger fundara la Planificación Familiar. Mi padre era muy conocido por
derecho propio en B’nai B’rith, una organización judía internacional. Mi madre
fue una de las primeras dietistas en los primeros años 20.
Mis padres eran amantes del perfeccionismo, y ambos estaban
extremadamente interesados por la educación. Mi hermano pequeño y yo
aprendimos pronto que la forma de ser válidos era trabajar mucho y más allá de
los logros de la mayoría de la gente. Al crecer, creíamos que ser personas
cariñosas no era suficiente; teníamos que sobresalir para valer la pena.
En mis primeros años de adolescencia, decidí que quería ser una
actriz famosa, fingiendo ser otra persona, que destacaba y era aplaudida por mi
talento y mis esfuerzos. Puede que entonces fuera aceptada.
Nacida en Milwakee, Wisconsin, me trasladé con mi familia a
Chicago cuando tenía doce años. Desgraciadamente, había sido una niña con
sobrepeso y me estaba convirtiendo en una adolescente muy mofletuda. A
menudo oía a gente bien intencionada decir, “Tienes una cara tan bonita, cariño.
Si perdieras solamente un poco de peso”. Eso me rompía el corazón.
¿Significaba que no era buena en absoluto porque estaba gorda? Simplemente
me esforzaba más, trabajaba un poco más, estudiaba más tiempo.
Nada de esto tenía ningún resultado. Sabéis, enterrado en mi alma
estaba el secreto que no dije a nadie- me odiaba a mí misma. Y no había ninguna
cantidad de superlogros que me trajera paz interior.
Al empezar mi tercer año en la Universidad de Chicago acababa de
cumplir dieciocho años. Parecía que todas las otras chicas tenían citas, pero yo
estaba sola en mi habitación los sábados por la noche. Era obvio que siendo
gorda nunca atraería a los chicos, así que decidí dejar de comer en exceso. Con
65 kilos me puse a dieta, y por primera vez en mi vida estuve delgada. Medía
1,57 cm. y pesaba 54 kilos.
De pronto los chicos empezaron a fijarse en mí. Tenía tantas citas que
empecé a descuidar mis estudios y suspendí todo. Todavía puedo sentir la ira y
desengaño de mis padres. Mi furioso padre quería enviarme a una escuela de
comercio. “No solo aprenderás tu lección”, dijo, “sino que adquirirás unas
habilidades con las que aprender a ganarte la vida”. (Fue esta excelente
preparación la que me permitió establecer la primera oficina de OA en mi
comedor diez años más tarde) desgraciadamente, volví a khmer en exceso y
recuperé todo el peso que había perdido. El año siguiente volví a la universidad
y saqué una media de notable-sobresaliente.
Después de graduarme, empecé a trabajar como secretaria del
productor en un teatro de verano local. Allí conocí a Imogene Coca, una famosa
cómica de la televisión. Le dije que iba a ir a Nueva York en otoño para buscar
trabajo en el teatro o la televisión. Ella me dijo, “Llámame y te ayudaré a
encontrar trabajo”. Mi famoso amiga cumplió su palabra, y pronto me vi a mi
misma trabajando como secretaria de producción en la NBC en especiales TV
con Bob Hope, Eddie Cantor, y Kate SNT.
En aquella posición, podía ver los continuos rechazos que recibían los
actores y actrices en las audiciones. Mi propio temor a los rechazos era tan fuerte
que superó mi ambición de toda mi vida de actuar. Me dediqué a trabajar detrás
del escenario como secretaria de producción, donde estaba a salvo.
Aquellos eran los primeros tiempos de la televisión comercial, y era
una vida emocionante para una mujer joven. Seguía sin tener paz interior. Con
65 kilos odiaba mi cuerpo, pero no parecía que pudiera dejar de comer en
exceso.
Además, había desarrollado un gran resentimiento hacia mi madre y
ahora la culpaba por mi infelicidad. (Años más tarde, después de mucho trabajo
de doce pasos en mi misma, ese resentimiento me fue quitado, y finalmente tomé
la responsabilidad de mis propias acciones)
Después de dos años volví a casa en Chicago, donde me convertí en
escritora publicitaria de modas en unos grandes almacenes. Por fin había
encontrado mi amor vocacional de toda la vida: escribir.
Pero la juventud es inquieta. La madre de mi madre vivía en la
soleada Los Ángeles, y percibí una oportunidad. “Ya he tenido bastante nieve”,
le dije a mi madre, “Me voy a California a vivir con la abuela y a encontrar
fama, fortuna y un marido”. En Los Ángeles, de nuevo me esforcé en encontrar
un novio, dejé el exceso de comida y adelgacé otra vez. Después de otras tareas
como escritora publicitaria, me convertí en ayudante a la dirección publicitaria
de una prestigiosa cadena de grandes almacenes. El trabajo era estupendo.
Estaba delgada, los hombres me llamaban para pedirme citas, y la vida realmente
parecía irme bien.
Sin embargo, había algo que iba muy mal. ¿Qué era? No importaba lo
que sucedía, no importaba lo delgada que estaba, l odio a mí misma seguía
devorando mi alma. No podía ni siquiera admitirlo ante mi misma.
En enero de 1955, quedé con una amiga un domingo por la tarde en
un baile de caridad en el famoso Hotel Embajador. “Mira”, me dijo mi amiga
señalando al otro lado de la habitación, “allá está Marvin. Salí con él una vez.
Vamos. Te lo presentaré”.
Después de intercambiar nombres, miré y vi los ojos más
encantadores que había visto nunca. Sonriéndome estaba Marvin, el que iba a ser
mi cariñosa y amable pareja. Yo tenía 26 años pesaba 53 kilos y me estaba
enamorando. A pesar de tales maravillas, apenas podía seguir mi dieta. Viejos
sentimientos seguían furiosos interiormente, y viejos hábitos estaban tomándose
su tiempo, esperando el agujero en mi armadura.
Marvin me pidió matrimonio en agosto, y en nuestra boda, cuatro
meses más tarde, pesaba 59 kilos. Solo hizo falta aquel pequeño anillo en mi
dedo para volver a la comida.
Eso fue solo el principio. Diez meses después nació Debbie, y Julie se
le unió diecisiete meses más tarde. En esos momentos, la vida era demasiado
para mí. Pesaba 67 kilos y más grasa se acumulaba cada día. No podía dejar de
comer, y la mayor parte del tiempo deseaba estar muerta. Mi autoestima había
desaparecido, mi alma estaba vacía, no tenía ningún lugar a donde ir, y no creía
en Dios. ¿Qué me quedaba?
La respuesta llegó una tranquila noche de noviembre de 1958. Marvin
y las niñas estaban durmiendo y era el momento de mi diaria rutina de mirar la
televisión y comer. Con 29 años y 72 kilos, pasaba todas las noches hasta la hora
de dormir llenando mi vacío interior con comida.
Paul Coates, un columnista sindicado de la televisión, presentaba un
show semanal llamado Archivo Confidencial de Paul Coates. Aquella noche
estaba entrevistando a un miembro de una organización llamada Jugadores
Anónimos. Mi marido tenía un amigo que era un jugador compulsivo, y pensé
que esto podría ser lo que necesitaba. Así que Marvin y yo llevamos a su amigo
a una reunión de JA justo antes del Día de Acción de Gracias.
Mientras viva, no olvidaré aquella noche. Estábamos en una pequeña
habitación con unos veinticinco hombres y un puñado de esposas. Cada hombre
por turno se levantaba y hablaba acerca de s vida de mentiras y trampas, robos y
ocultación. Sentado al final de aquella habitación, envuelta en un gran abrigo
negro, estaba completamente pasmada. “Yo soy así”, me dije a mi misma. “Su
compulsión es con el juego y la mía es con la comida, pero ahora, ¡sé que ya no
estoy sola!” descubrí que no era ni mala ni pecadora; estaba enferma. Tenía una
enfermedad, y podía darle un nombre- compulsión por el exceso de comida. Fue
una revelación, y cuando salí de la sala de reuniones aquella noche, mi vida
cambió para siempre.
Quería hablar con otros comedores en exceso, pero no pude encontrar
grupos de gente como yo. Asustada, no sabía dónde dirigirme. Año de terapia
convencional no habían ayudado a mi compulsión por el exceso de comida.
¿Dónde podía ir? ¿Qué debería hacer?
Seguí una dieta durante tres semanas, pero al final me rendí y volví a
mis viejos hábitos. Desesperada y desesperanzada, no sabía que necesitaba a
otras personas que me apoyaran y un programa que cambiara mi vida para
recuperarme.
Seguí comiendo en exceso y llorando durante otro año. En noviembre
de 1959 llegaron unos nuevos vecinos a mi manzana. La mujer, Jo S. pesaba más
de 100 kilos, y nunca había visto a nadie como ella. Cuando la vi, me dije,
“Nunca tendré ese aspecto. Nunca me permitiré pesar tanto” ¿No son esas
últimas palabras conocidas por los comedores compulsivos?
Ahora, al acercarse un nuevo año, tenía treinta años y estaba más
gorda que nunca. Durante las vacaciones, ¡había aumentado cuatro kilos en
semana y media! Pesando 73 kilos, llevaba una talla 20. Nunca había pesado
tanto., nunca había estado tan gorda. Pero ese fue el catalizador que me empujó a
actuar.
Desesperada y desesperanzada, me acordé la noche en jugadores
Anónimos. Le dije a mi marido, “Marvin, no puedo encontrar ningún grupo, así
que voy a volver a JA a ver si es como yo lo recuerdo”.
A finales de 1959 Jugadores Anónimos tenía dos años y medio; varios
de los hombres a los que había escuchado estaban todavía allí, y me recibieron
muy cariñosamente.
Después de la reunión me acerqué a Jim W., el fundador de JA.
Debimos resultar una buena visión, una mujer joven. Con sobrepeso, de 1,57
mirando a la cara de un hombre de mediana edad, flaco, de 1,85 cm.
Con el corazón latiéndome muy fuerte le pregunté, “Jim, ¿crees que
una organización como la vuestra podría funcionar con comedores en exceso
compulsivos como yo?” me sonrió amablemente. “No veo por qué no. Yo estuve
en Alcohólicos Anónimos antes de empezar JA”.
Ahí estaba, una mano tendida para sostenerme mientras yo avanzaba.
Fue mi primera experiencia con los doce pasos, la primera vez que alguien se
había ofrecido a ayudarme sin pensar en pedir nada a cambio. Fui a casa y se lo
dije a Marvin. “Creo que por fin tengo una oportunidad”.
Desde el momento en que se me ocurrió la idea, visioné una
hermandad tan grande como AA o mayor, con reuniones por todo el mundo. “Si
el alcohólico es un bebedor en exceso compulsivo”, me dije, “entonces nosotros
debemos ser comedores en exceso compulsivos. Llamaré a nuestra organización
Comedores en exceso Compulsivos Anónimos”.
Mientras tanto, las Navidades vinieron y se fueron. Una fría tarde de
diciembre estaba paseando el cochecito de mis niñas por l manzana cuando vi a
mi vecina con sobrepeso paseando a su bebé por el otro lado de la calle. “Aquí
está mi oportunidad”, me dije, “¡es ahora o nunca!”
Me uní a ella, y charlamos durante unos minutos. Al irnos acercando
a mi casa, yo le dije impulsivamente, “Jo, tengo que darme prisa. Tengo que ir al
gimnasio para ver como empiezo este grupo”.
“¿Este grupo? ¿Qué grupo?” ella preguntó. “Bueno”, le contesté, “sé
que tú no tienes mí mismo problema, pero soy una comedora en exceso
compulsiva, y me lo estoy pasando muy mal”.
Intrigada, ella insistía. “¿Cuál es el nombre de tu grupo?”.
Respiré hondo. “Comedores Compulsivos Anónimos”.
“Sabes”, ella se ofreció, “yo estoy interesada. Creo que me gustaría
intentarlo contigo”. En aquel momento, nació la hermandad de OA.
Me sentía eufórica y llena de esperanza. “Puede que ahora tenga una
oportunidad”, me dije. “Ya no estaré sola nunca más”.
Unos días después, durante una revisión médica, mi doctor me dijo,
“Rozanne, necesitas perder unos 25 kilos. Tengo la pasilla justa que te ayudará a
perder peso”. Tened en cuenta que esto sucedía en los primeros años sesenta. Lo
mismo que muchas personas yo era muy inocente en lo que se refería a
medicamentos, y veía a mi médico como La Autoridad. Súper estimulada por el
efecto de la medicina, dejé de comer en exceso, y ¡durante seis meses tuve la
casa más limpia de Los Ángeles. Durante ese período de tiempo, pasé de 73
kilos a 55 y eventualmente a 50, un peso que mantuve durante varios años. Sin
embargo, a pesar de mi gran pérdida de peso, mi corazón y mi alma seguían
enterrados por el odio a mí misma, y no sabía cómo liberarme. La medicina me
ayudó durante los seis primeros meses, pero mis esfuerzos para empezar OA
iban a ser el factor más importante en los cambios en mi cuerpo y en mi sentido
profundo de autoestima.
Además de mis dos primeras visitas a JA, Jo me acompañó a otra
reunión más. Ninguna de nosotras sabíamos nada acerca de AA. El 19 de enero
de 1960 tuvimos la primera reunión de OA. Estábamos allí Jo y yo, junto a
Bernice, la esposa de un miembro de JA. Para todas nosotras, fue un alivio poder
hablar de nuestra lucha con alguien que comprendía.
De repente, al principio de nuestra tercera reunión, Bernice dijo, “Mi
médico dice que hacer dieta me pone nerviosa”. Dicho eso se levantó y salió por
la puerta. Jo y yo nos miramos mutuamente. Estaba aturdida y asustada. ¿Había
terminado todo antes de empezar? ¿Había perdido mi única esperanza? Jo quería
irse, pero empecé a llorar y dije que no podía hacerlo sola, insistiendo en que
tenía que quedarse. Lo hizo.
Luchamos juntas. En agosto habíamos perdido las dos mucho peso. Jo
pasó de 90 kilos a 49,5 en nueve meses. Yo bajé a 55 kilos en el mismo tiempo.
Físicamente éramos unos espléndidos ejemplos para los miembros en
perspectiva.
Sin embargo, al principio, cuanto menos comía más aparecían a la luz
mis ansiedades y mis sentimientos de no valer nada. Como no podía admitirlos,
incluso ante mi misma, lo tapaba todo con un montón de acciones de fuerza de
voluntad.
Lo primero que decidí fue que aquellos pasos de AA estaban escritos
bastante mal. “Ese Bill W. (cofundador de AA) era solo un corredor de bolsa”,
me decía a mí misma, “y yo soy una escritora profesional. Puedo hacer un
trabajo mejor con los pasos” creía que lo sabía todo.
Además, el entrenamiento en mi hogar judío había sido más
tradicionalmente étnico que espiritual. Creía que no era tan débil como pare
tener que entregar mi vida y mi voluntad al cuidado de ningún Dios, tanto si
existía como si no. Así pues, quité el paso tres de AA y escribí uno nuevo.
Como yo creía bastante en la importancia de la nutrición y de contar
calorías, mi nuevo paso tres abogaba por consultar “con un médico de vuestra
propia elección”. Inflexible y desafiante, procedí a quitar la palabra “Dios” y
todas las menciones a conceptos espirituales el resto de los pasos. Entonces
contemplé a fondo lo que había hecho y me di cuenta de que los pasos no se
parecían en nada a los de AA.
“Después de todo”, admití, “quiero que la gente diga que somos como
AA”. Así que con cierta resistencia salpicamos a Dios de vuelta en algunos
pasos. Ni Jo ni yo supimos hacerlo mejor.
OA se convirtió en una parte integral de mi vida desde el principio.
Estaba obsesionada con mi objetivo, viviéndolo y respirándolo mientras seguía
ocupándome de mi casa y de mi familia. Sobre todo, había encontrado a alguien
con quien hablar, alguien que entendía mi lucha con la comida.
Después de una semana leí mis pasos reformados a Jim W. Debía
estar horrorizado, pero había habado conmigo lo suficiente para darse cuenta de
que yo era uno de esos ejemplos de la lucha de voluntades de que habla el Libro
Grande. Estaba empezando mi propio juego y haciendo mis propias reglas según
avanzaba. Esperando su momento, no dijo nada.
En Abril Bárbara S. Se unió a nuestro pequeño grupo. Ahora
estábamos Jo, Bárbara y yo. Saliendo y entrando estaban varias amigas nuestras.
Nadie de nuestro grupo había estado en AA. Yo había ido a tres reuniones de JA;
Jo había ido a una de JA conmigo. Durante nuestras reuniones semanales de OA
hablábamos de nuestros sentimientos en un nivel muy psicológico. No sabíamos
nada del significado de inventarios o enmiendas, y yo me irritaba ante el
pensamiento de rendición y despertar espiritual.
Después de unas semanas Jim sugirió que fuéramos a una reunión de
AA. “Oh, no podría”, le contesté rápidamente. “Podrían estar borrachos y
meterse son nosotras”. ¡Ay, cuanta paciencia la de Jim!
“No, no”, se rió, “los borrachos están en muchos otro sitios, pero los
sobrios están en las reuniones de AA”. Temblando interiormente y con mucho
miedo, Jo y yo fuimos a una reunión de AA.
Esta fue una experiencia que me abrió los ojos. Escuché conceptos
que no había oído nunca, y sentí un amor palpable en la habitación.
Desgraciadamente, mis miedos estaban presentes en mi camino, y era incapaz
todavía de aceptar muchos de los preceptos básicos del programa de AA,
especialmente aquellos contenidos en los pasos originales. Y, sobre todo, me
negaba a aceptar la idea de la rendir mi vida y mi voluntad al cuidado de un
Poder Superior.
Cuando más adelgazaba y más conseguía, peor me sentía. No me
atrevía a dejar que la gente lo supiera. Podrían descubrir lo terrible que yo era,
(Recuerdo que recibí una ovación de pié cuando me presentaron en nuestra
primera Conferencia en 1962. más tarde le confesé a mi madrina, TELAM, “Si
ellos supieran lo malísima que soy, no estarían ahí de pie aplaudiéndome, ¡se
levantarían, darían media vuelta y se irían!”)
Jo se fue de California y de OA en agosto de 1960. Nos quedamos
Bárbara y yo y cinco mujeres que resistían el programa de OA en cada reunión.
Yo estaba asustada. ¿Qué iba a suceder con mi magnífico equipo? En aquellos
momentos pesaba 55 kilos, y Bárbara había bajado de 87 a 60. Físicamente las
dos éramos programas de atracción. Por fin, Paul Coates nos entrevistó en su
programa de televisión en noviembre de 1960. El programa se veía en seis
ciudades, y recibimos 500 cartas. Ahora OA se había entretejido con las fibras
de mi vid. No podía decir donde terminaba el matrimonio y la maternidad y
empezaba OA. Emocionada por la entrevista, sentí una enorme esperanza por mi
recuperación. Sin embargo, no podía admitir la incertidumbre y el miedo que a
menudo se apoderaban de mí.
Justo después de la entrevista, Jim empezó a urgirme para que
volviera a restaurar el paso tres original de OA. Con toda mi tozudez, me negué.
“Escucha Rozanne”. Insistía. “Si lo hubieras podido hacer sola lo hubieras
hecho. Pero toda tu vida has dependido de médicos, de dietas, y pastillas estos
son todo poderes ajenos a ti. Ahora”, continuó, “tú tienes una reunión a la
semana, y hablas con alguien todos los días. ¿No ves que estos son poderes
ajenos a ti, también?”. A la fuerza, estuve de acuerdo con él.
Sus siguientes razonamientos iban a cambiar mi vida para siempre.
“Rozanne”, insistía, “supón que coges la “P” mayúscula y la cambias por una
“p” minúscula. Luego di, -Soy impotente ante la comida-. ¿Puedes hacer eso?”.
Con esa frase, Jim había atraído mi atención. “Fuerza de voluntad” era un
término de alguien que hacía dieta. Yoda mi vida había dicho, “No tengo fuerza
de voluntad” ahora podía admitir ser impotente ante la comida sin tener que
admitir una creencia en un Poder Superior. Sin darme cuenta, Jim había abierto
la puerta a una forma de vida espiritual para mí. Todavía no podía atravesar el
umbral, pero el momento se iba acercando.
Como resultado de la insistencia de Jim, cedí y escribí unos nuevos
doce pasos. El tercer paso de AA fue reinstaurado, pero seguía sin poder hacer
todos nuestros pasos idénticos a los pasos de AA.
Durante los dos años siguientes mis conflictos internos aumentaron.
No estaba comiendo en exceso. Estaba delgada y era una masa de voluntad que
se imponía a todos. Sentía que por estar delgada y haber sido una de las
fundadoras de OA cada palabra que musitaba era una perla de sabiduría. Todo el
mundo debería escucharme. Esa la única forma en que podía sentirme
importante. No podía conseguir ese sentimiento desde dentro, y sencillamente no
sabía que más hacer.
A menudo pisoteaba a mis compañeros miembros y ellos se
vengaban. Los miembros empezaban a vilipendiarme en las reuniones; algunos
incluso me llamaban por teléfono para insultarme. Una noche de un martes una
mujer me llamó para leerme la cartilla en términos bastante acertados. Dos
noches más tarde volvió a hacerlo. Colgó bruscamente; me sentía impotente y
horrorizada. Me eché al suelo en la oscura sala. Llorando descontroladamente,
grité, “Dios, si estás ahí, aquí me tienes”. Y así es como encontré a Dios como
yo lo concibo.
Sin embargo, mi recuperación solo estaba empezando. El
resentimiento hacia mi madre, que había arrastrado durante veinticinco años,
estaba corroyéndome por dentro. “Es el momento para los pasos ocho y nueve”,
dijo mi madrina, Thelma. Con su empuje, hice reparaciones a mis padres. Ellos
vivían en otra ciudad, así que tuve que escribirles. Llevé la carta al gran buzón
de la esquina y la tiré dentro. Mientras me volvía y me alejaba escuché el fuerte
golpe metálico de la puerta del buzón. Con aquel sonido, veinticinco años de
resentimientos desaparecieron. En un instante, ¡todo desapareció!. Apenas podía
creerlo; para mí fue un milagro.
Mi siguiente paso importante tuvo lugar a principios de 1962. En
aquellos días, y mientras estuve creciendo, contar calorías había sido la
constante de cualquiera que llevara una dieta. De esta forma aprendí a recortar la
comida que tomaba. No importaba cuanto o cuan a menudo comía, siempre que
mi ingesta total de comida permaneciera dentro de los límites que me había
puesto. Desgraciadamente, picotear con verduras poco calóricas solo hacía que
aumentar mi compulsión.
Aunque no soy una alcohólica, durante aquellos primeros años asistía
a reuniones de AA todas las semanas para aprender más de los doce pasos y
doce tradiciones. A finales de 1961, una reunión muy fuerte de AA del domingo
a mediodía transformó completamente mi forma de pensar acerca de la comida.
Normalmente, los AAs hablaban sobre sobriedad. Sin embargo, aquel día el
orador principal se refería una y otra vez a “abstinencia” del alcohol. Esta fue la
primera vez que oía sobriedad expresada de esta forma. ¡Fue una revelación!
Sentada en la última fila, me dije para mí, “Esto es lo que está
equivocado en todos nosotros, incluyéndome a mí. No nos abstenemos de la
comida durante el día en absoluto. Picotear entre comidas solamente refuerza
nuestra obsesión. En algún momento durante el día tenemos que ‘abstenernos’
de comer”. Al ser hija de una dietista, recordaba las enseñanzas de mi madre
acerca de tres comidas al día.
En la siguiente reunión de OA, estaba realmente muy emocionada.
“Escuchad, todos”, mi excitación rebosaba, “Tengo una nueva idea. Con nuestro
picoteo entre comidas, no nos estamos absteniendo de la comida en absoluto.
Esto m incluye a mí también. Necesitamos cerrar nuestras bocas desde el final de
una comida al principio de la siguiente. Sé que tenemos que comer, así que
probemos tres comidas al día. No tomaremos nada entre comida excepto bebidas
sin calorías, y llamaremos a eso abstinencia. Si vuestros médicos os dicen que
hagáis más comidas, el principio seguirá siendo el mismo”. Incluso entonces
sabía que abstenerse se refería no al plan de comida mismo sino al acto de
permanecer lejos de la comida compulsiva.
Algunos miembros pensaron que esto era una inspiración; otros
solamente se rieron. Pero muchos miembros estuvieron violentamente en contra,
y aquí es donde empezaron las discusiones. Me lancé directa a la lucha, y la
excitación negativa amenazaba con romper mi incipiente serenidad. Sin
embargo, seguía delgada y yendo a las reuniones, así que creía que estaba a
salvo de mi enfermedad.
En julio de 1964, después de varios inventarios, hice un inventario
específicamente sobre y compulsión de gastar. El 30 de julio, cuando llevé mi
inventario a casa de mi madrina, pesaba 49,5kg. Salí de casa de Thelma
creyendo que nunca volvería a hacer lo mismo de nuevo. Fui directamente a una
fiesta familiar, tomé ese primer bocado compulsivo y seguí comiendo en exceso.
Un año más tarde, aunque mi compulsión por gastar había
desaparecido, mi comida estaba fuera de control, y había ganado 8 kilos y no
veía el final. Aterrorizada por lo que me estaba sucediendo, dimití como
secretaria nacional. Afortunadamente, Margaret P., una antigua secretaria
ejecutiva se presentó para sustituirme.
Seis años más tarde Margaret murió de cáncer, y yo volví a ocupar su
sitio. Desgraciadamente, estaba gorda y engordando. A finales de abril de 1972
estaba de nuevo con 67 kilos. Los custodios me despidieron como secretaria
nacional. Pensaban que alguien que representaba a OA a un nivel nacional tenía
que ser un ejemplo físico de recuperación. Para salvar mi dignidad, escribí una
carta de dimisión alegando problemas de salud y presiones familiares.
Años más tarde llegué a apreciar el valor de la acción de los
custodios. No me habían ayudado en mi enfermedad. Habían insistido en una
recuperación a los tres niveles para los trabajadores del servicio nacional de OA,
y tenían toda la razón. Siempre les estaré agradecida por su valiosa lección.
En aquel momento, sin embargo, la autocompasión se apoderó de mí.
Tomé el despido como un rechazo personal. De algún modo, la esencia del
programa me seguía eludiendo, y solo la comida podía suavizar mi desgracia. Al
año siguiente, mi cuerpo se hinchó hasta 84 kilos. Mi vida estaba llena de
confusión y desesperación.
Pero, una bendición continuaba, seguía asistiendo a reuniones.
Sentada en la parte de atrás de la sala, me sentía impotente y desolada, incapaz
de hacer una llamada telefónica cuando quería comer. La compulsión por la
comida es una enfermedad de aislamiento, y mi incapacidad paralizante para
llamar era parte de mi enfermedad.
Por fin, en el verano de 1973, oí a una conferenciante, Cynthia L. A
quien no había visto nunca. Acercándome a ella después de la reunión le dije que
me iba de OA, que esa era mi última reunión.
A la mañana siguiente ella me llamo. “Hola Rozanne, solo quería
decirte que te quiero”. Cynthia me llamó todos los días durante semanas. Me
quería porque era un miembro de la raza humana, no porque fuera delgada o
hubiera conseguido algo maravillosos. Su sencilla aceptación de mi persona me
mantuvo en OA.
Los siguientes años fueron de una gran experiencia de aprendizaje
para mí. Aunque empecé a perder peso muy lentamente, una desmoralización
incomprensible era todavía parte de mi vida diaria. Seguí volviendo a OA, y
ciertamente aprendí mucho sobre paciencia. Sin embargo, la capacidad de
amarme a mí misma seguía eludiéndome; mi corazón estaba nublado con el odio
hacia mí misma.
Un día a finales de 1978, durante una reunión en una convención de
OA, oí a una oradora, Mary, contar su historia cuando estaba terminando, dijo,
“Traté de decirme a mí misma, “Mary estás bien”, y no pude decirlo frente al
espejo. Me costó seis meses conseguirlo”
Aquella noche fanfarronee ante mi misma. “Seguro que puedo hacerlo
ahora mismo”. Pero no pude. Traté de decirme a mí misma que yo estaba bien y
empecé a llorar. Entonces recordé las lecciones de mi madrina. Thelma me había
enseñado a “actuar como si”. Me dijo que no tenía que quererlo, o gustarme o
creerlo. “Solo actúa”, me había apremiado”, y los sentimientos seguirán.
Actuando como si fuera cierto, practiqué decirme a mí misma,
practiqué decirme, “Rozanne, estas bien”. Incapaz de mirarme al espejo, decía
esta frase todo el día, cada día durante seis meses. Entonces una noche de
diciembre, iba arreglada para una fiesta. Con prisa para irme, me paré un
momento para mirarme en el espejo del recibidor antes de salir corriendo por la
puerta. Entonces de pronto me detuve y me miré. Sonreí y dije, “Rozanne, estas
bien. Eres una señora fantástica y te quiero”. Aquel maravillosos sentimiento ha
permanecido conmigo hasta hoy, evidencia del trabajo de Dios en mi vida.
A finales de 1979, pesaba 62 kilos. Mi médico me había dado
antidepresivos para disminuir mí siempre presente dolor de cabeza, pero aquella
medicina en particular tuvo un desgraciado efecto secundario. Causaba aumento
de peso. En septiembre de 1981 había vuelto a los 78 kilos. Afortunadamente, un
especialista en desórdenes alimenticios descubrió mi situación y me quitó la
medicina. Con ello, cesó algo de mi compulsión y desaparecieron 10 de mis
kilos.
Pero seguía luchando. Abstinente durante cortos períodos de tiempo,
me rendía y volvía a comer en exceso. ¿Qué estaba mal? Rezaba por un milagro,
aterrorizada de ser un fracaso en OA, avergonzada de volver a las reuniones.
Pero sabía que no tenía otro sitio adonde ir y seguía yendo a las reuniones. Poco
a poco, recuperé peso otra vez.
En la primavera de 1986 pesaba 77 kilos. Luego lentamente empecé a
abstenerme de mis alimentos más compulsivos. Hubo algunos resbalones, pero
la rendición entró en mi corazón. Empecé a darme cuenta realmente de que era
una comedora compulsiva que no podía controlar su comida sola. No estaba
dándome atracones como había hecho en el pasado; no estaba comiendo entre
mis comidas planeadas. De nuevo recé pidiendo ayuda. De repente, sucedió lo
inesperado.
En enero de 1987, el intergrupo de Los Ángeles celebró su fiesta de
aniversario. A.G., mi amigo de mucho tiempo de Tejas, había vuelto a OA
después de 18 años de ausencia. Había sido el primer hombre en OA en 1962.
Había perdido más de 50 kilos y había sido el presidente de nuestra Junta de
Custodios. Luego, como tantos otros, había dejado OA y recuperado el peso.
En enero de 1987, este hombre maravilloso había estado de vuelta a
OA durante un año. Estaba manteniendo su peso normal y trabajando los pasos.
Vino a Los Ángeles desde su Tejas natal para unirse a la celebración de
cumpleaños.
El, mi marido y yo fuimos a cenar todas las noches, turnándonos para
pagar la cuenta. Una noche decisiva A.G. sacó un papel de su bolsillo y empezó
a escribir.
“¿Qué haces? Nos toca pagar la cuenta a nosotros”, protesté.
Sacudió su cabeza y siguió escribiendo. “Estoy contando mis
calorías”, contestó.
Su comentario se me quedó en mente toda la noche. Mi querido
amigo tenía lo que yo quería. Tenía un cuerpo delgado, y aún más importante,
sus ojos tenían una luz que solo podía venir de una recuperación espiritual.
“Si él puede hacerlo, yo puedo hacerlo”, me dije. “Crecí contando
calorías. No me da tanto miedo; puedo hacerlo”.
Rezando pidiendo una guía, le pedí a Dios un plan de comidas con el
que pudiera vivir el resto de mi vida. “En la salud y en la enfermedad, en viajes
y en casa, en fiestas, en vacaciones y en días corrientes, ayúdame a alimentar mi
cuerpo con la comida correcta en cantidades apropiadas” luego dije, “Lo que
cueste perder este, pero es lo que va a costar”.
Al día siguiente me senté a escribir un plan de comidas para mí.
Teniendo en cuenta varios problemas de salud, mi edad, mi altura, y mi actividad
diaria, llegué a un plan de alimentación para mí, con abstinencia de la comida
entre mis comidas permitidas.
Aquel día empecé a medir y pesar todo lo que comía. No había estado
dándome atracones de la forma en que solía hacer antes, pero me horrorizó lo
mucho que había estado consumiendo. ¡No me extrañaba que estuviera gorda
todavía! para mi poca altura estaba comiendo demasiado para mi cuerpo.
Hacia el tercer día con este nuevo plan empecé a notar una ligereza en
mi espíritu, como si se me hubiera quitado un peso interior. Era tan precioso.
Supe enseguida que era esperanza. Por primera vez en años podía ver la luz al
final del túnel. Como había estado yendo a reuniones durante 27 años,
comprendí que tenía que trabajar aquellos pasos inmediatamente. No importaba
lo efectivo que fuera mi plan, pesar y medir solo no funcionaría. Mi salvación
estaba en aquellos pasos.
Había aprendido hacía mucho tiempo, que planes de comida y
reuniones no son mi programa de recuperación. Aunque son útiles e incluso
necesarios, la afirmación el “Libro Grande” de AA, era más que cierta para mí:
“Aquí están los pasos sugeridos como programa de recuperación”.
Desde 1961 había hecho veinticuatro pasos cuatro y cientos de pasos
diez. Hoy sigo rindiéndome, haciendo reparaciones, llevando el mensaje de OA,
y practicando estos principios en todos mis asuntos.
A principios de 1962, he tenido un período de oración y meditación
cada mañana antes de empezar mi día. Se ha convertido en un hábito, uno que
me ha sido útil mientras me rendía a mi Poder Superior todos los días y admitía
mi impotencia ante la comida.
Ya que nuestra recuperación es espiritual, emocional y física, procuro
incluir una rutina diaria de ejercicios y de andar. Me costó tres años perder 18
kilos. Esa lenta pérdida de peso permitió a mi mente adelgazar junto con mi
cuerpo. (En otras dietas, perdía peso tan rápidamente que mi mente seguía gorda
mientras mi figura adelgazaba).
Como presto atención a lo que entra en mi boca, puedo prestar
atención a lo que entra en mi corazón y en mi mente y en mi alma. Hoy puedo
disfrutar de un cuerpo de tamaño normal mientras mantengo una pérdida de peso
de 27 kilos desde mi peso máximo.
En vez de ser una lucha, ¡la vida es realmente divertida! Me encanta
pasar tiempo con mi marido y mis hijas y sus maridos. Puedo sacar placer de
jugar con mis pequeños nietos y me gusta trabajar en mi precioso jardín de rosas.
Me preocupo por otros porque me preocupo de mi misma. Al haber
seguido viviendo, he aprendido el valor de un principio espiritual que me dio el
reverendo Rollo M. Boas, uno de los primeros que apoyaron a OA: “si apartas tu
cuerpo de la verdad, cuando estás dispuesto, la verdad no se puede encontrar.
Pero si continúas trayendo tu cuerpo hacia la verdad, entonces, cuando estés
dispuesto, la verdad te está esperando”.
Y esa verdad, nuestra promesa de recuperación, está en todas las
reuniones de OA cuando unimos nuestras manos, rezamos juntos, y alegremente,
nos animamos cariñosamente unos a otros: ¡Seguid viniendo!

Un tributo de amor…
Desde que esta historia fue escrita, un ataque de corazón se llevó a
mi querido marido, Marvin, el 11 de noviembre de 1999. Muchos de vosotros lo
conocisteis. Muchos de vosotros me habéis oído elogiar su paciencia, su apoyo,
y ánimo durante los primeros cuarenta años de OA. Se ocupó de nuestras niñas
cuando Jo y yo nos reuníamos en aquel primer año. Me dio fortaleza y me
sostuvo cuando monté una oficina en nuestro pequeño comedor. Se nos unió a
vosotros y a mí, en las fiestas de cumpleaños, conferencias, y convenciones,
siempre compartiendo nuestros problemas y triunfos. Creyó en nosotros y en lo
que estábamos tratando de conseguir. Marvin era nuestro primer y más fiel
amigo, y todos echaremos de menos su cariñosa y amable presencia
Para ampliar la historia de Comedores Compulsivos Anónimos, leed
Mas Allá de Nuestros más Salvajes Sueños.







2
Él nunca dejó que un Donut recién hecho se enfriara


MIS COMPAÑEROS DE CLASE ME LLAMABAN “ballena” en el
parvulario, y los odiaba por ello. No puedo oír la palabra usada incluso en su
verdadero contexto hoy día sin un estremecimiento de dolor. Mis padres se
dieron cuenta de que tenía un problema cuando tenía unos siete años, y entonces
empecé lo que iba a convertirse en una vida visitando médicos.
El pediatra era amigo de mi madre; le dijo que no se preocupara, que
probablemente superaría mi problema de peso. Habiendo escuchado muchas
veces que la obesidad es el resultado del pecado, me pregunto qué pecados había
cometido a la edad de cuatro o cinco que me habían hecho tan gordo. (La
mayoría de los pecados jugosos y divertidos ni siquiera habían cruzado mi mente
en aquellos tiempos).
Uno de los primeros miembros de OA y amigo mío solía decir, “En
cada patio de una escuela, hay por lo menos un niño gordo, y en mi patio, ése era
yo”. Yo era el gordo en el mío, más gordo que los simplemente rellenitos, el
blanco de todos los chistes y burlas. Solía desear haber nacido deforme o
jorobado, porque por lo menos los otros trataban de ayudar a estos
desafortunados.
Pero de mí solo se reían, implicando que estaba gordo por mi culpa.
Eso me dañaba tan profundamente porque pensaba que era cierto.
Ocasionalmente, oigo a los miembros de OA decir que están contentos de ser
comedores compulsivos, porque eso les hace elegibles para este maravilloso
programa. No puedo creer que fueran niños gordos. Me encanta lo que este
programa es para mí, también, pero no pasaría el infierno de ser un niño gordo
otra vez por nada.
Asistí a varias escuelas de niño, cada una un nuevo lugar para ser el
blanco de los machitos. En el instituto, mi apodo “June Bug”, como el
escarabajo enorme y repulsivo con muchas patitas. Me gradué cuatro meses
después de mi dieciseisavo cumpleaños, con 131 kilos. Como podéis imaginar
no era muy popular entre las chicas. Ese sentimiento de estar siempre fuera de
todo dejó unas cicatrices que todavía me molestan.
Fui al preparatorio y por primera vez empecé a aislarme. Empecé a
comer compulsivamente a lo grande aquí, ganando peso tan rápidamente que mi
piel no pudo aguantarlo; todavía tengo marcas de estrías desde los codos hasta
las rodillas. (Nunca llevo camisas de manga corta, incluso ahora. Más aún, mis
estrías sirven como un recordatorio de cómo sería ahora exactamente si no fuera
por este programa milagroso).
Mientras estudiaba, iba a un horno todas las mañanas a las tres cuando
los donuts estaban listos. Compraba dieciocho donuts, un pastel de crema y dos
litros de leche. Siempre me comía los donuts en el camino de vuelta a mi
habitación. Un epitafio que le iría muy bien a mi tumba sería, “¡Aquí Yace un
Hombre Que Nunca Dejó Que un Donut Caliente Se Enfriara!”. Para la mayoría
de la gente, la facultad es uno de los momentos cumbres de la vida: nuevos
amigos, independencia, cursos interesantes. Mi forma de comer y mi
incapacidad para manejar los caprichos de la vida hicieron de mí un fracaso en la
facultad. Me fui después de un par de años, justo a tiempo para evitar que me
expulsaran.
Una vez durante este tiempo, mi médico me tomó mi presión
sanguínea e inmediatamente me mandó al hospital, donde estuve ingresado
durante seis semanas. Mi presión sanguínea se normalizó después de unas horas
de tranquilidad y descanso, pero se dieron cuenta de que necesitaba perder peso
más que ninguna otra cosa. Me mantuvieron allí, y creedlo o no, ¡su dieta
funcionó! perdí peso. Luego ellos cometieron un error crítico, permitiendo que
me fuera. Recuperé el peso más unos cuantos kilos extra.
Pronto me casé y empecé otra ronda de exámenes médicos. Descubrí
las anfetaminas, y me enamoré de ellas. Podía controlar mi comida mientras
trabajaba 24 horas al día, hablaba como un rayo, y me sentía maravillosamente
hasta que tres días después me derrumbé. Entonces me hartaba y dormía hasta
que se me pasaba el efecto. Creo que he hecho todas las dietas conocidas por el
género humano, y veía cada una como una solución maravillosa, incluso cuando
una y otra vez no perdía peso.
Todo esto me llevó a mi primera visita al psiquiatra. Después de una o
dos sesiones, me dijo que la forma más fácil para poderme ayudar era que yo
perdiera el peso, y luego, podríamos hablar de cualquier problema que hubiera
enterrado. Pensé que era una gran idea y me fui pensando en hacer eso
justamente. Sin embargo, paré en el camino a casa para coger una hamburguesa
y un batido de chocolate. De la misma forma podía haberme aconsejado saltar
desde la ventana del sexto piso y volar alrededor del edificio antes de que
pudiera ayudarme. Tenía buena intención.
He pasado horas interminables comiendo mientras me preguntaba a
mí mismo, “¿Por qué demonios no lo dejas?”
Sabía que estaba lleno. Pero necesitaba justo un poco más para
satisfacer mi escurridizo picazón. Lo más cerca que he llegado en mi búsqueda
agotadora fue una mezcla de sabores dulces con salados, como bocadillos de
mantequilla de cacahuetes con mermelada y fritos de maíz. (Les digo a mis
amigos alcohólicos que no han sabido nunca lo que es un mal sabor por la
mañana hasta que hayan pasado una resaca de mantequilla de cacahuetes).
De cuando en cuando, vomitaba, pero nunca a propósito. Cuando
comía, tenía la intención de retenerlo, pero a veces comía tanto que mi estómago
no tenía capacidad suficiente. He pasado noches enteras en la alfombrilla del
baño para no tener que levantarme de la cama para devolver otra vez. Y tan
pronto como sentía la sensación de alivio, pensaba que mejor comía algo más
para no sentirme débil. Empezaba todo de nuevo.
Pedir a un comedor compulsivo como yo que haga dieta es como
ofrecerle a alguien 10 dólares para que no piense en la palabra “hipopótamo” en
los siguientes 5 minutos. Cuanto más lo intento, más imposible se hace. Siempre
pensé que todo el mundo quería comer de la misma forma que yo, pero que ellos
tenían la suficiente fuerza de voluntad para controlarlo. Así que mi problema era,
tal como yo lo veía, falta de fuerza de voluntad. Me preguntaba por qué parecía
tener la suficiente fuerza de voluntad para solucionar cosas difíciles, y sin
embargo, no podía controlar mi forma de comer.
Me habían dicho, “hombre, incluso un perro sabe cuándo parar de
comer”. Bien, me parece que los perros tienen algo que yo no tengo. Sin
embargo, he conocido a un perro que no sabía cómo parar. Tenía que sujetarlo
cuando comía para que no se atragantara. Así que no todos los perros sabían. Ni
yo tampoco.
Entre las muchas cosas que probé fue ir a la iglesia. No pretendía
menospreciar la religión, ya que era forma en que la mayoría de las personas
encuentran y desarrollan su espiritualidad, pero no me funcionó. Me dijeron,
“Sacarás de acuerdo con lo que pongas”, así que me puse a trabajar. Estaba casi
siempre allí cuando se abrían las puertas. Estaba en la junta directiva, dirigía la
recogida de fondos anual, y enseñaba en la escuela dominical, todo inútil.
Alguien me dijo que estaba rezando por cosas equivocadas. Puede que fuera así.
Seguía pidiendo a Dios que me quitara este mono de mi espalda, prometiéndole
muchas cosas cuando lo hiciera. Pero según vi en aquel momento, Dios no hizo
su parte.
Sin embargo, la iglesia me llevó a un retiro el 20 de mayo de 1961,
con otros dos más en mi coche, uno de ellos un alcohólico en recuperación con
más de dos años de sobriedad en el programa de AA. Finalmente conseguí reunir
el valor de preguntarle si creía que AA podría ayudarme. Se lo pregunté en
forma de broma, así si él se reía yo podía reírme con él. Guardó silencio un rato
y luego dijo, “No veo por qué no”.
Él había escuchado el dolor en mi voz, y por medio de él, Dios
respondió. Empezó a decirme algo sobre el programa, y comprendí al instante
que este hombre quería beber por las mismas razones por las que yo quería
comer y que había podido abstenerse de beber, felizmente, durante más de dos
años. Lo que fuera que hubiera hecho eso por él era exactamente lo que yo
necesitaba y quería.
Nos detuvimos en mi horno alemán preferido en el camino a casa, y
compré mi bolsa habitual de “cosas buenas”. Hablamos durante todo el camino a
casa, y esa noche mi amigo me dio mi primera chapa, con la sencilla instrucción
de que tenía que echarla donde no pudiera encontrarla de nuevo antes de romper
mi dieta. Hasta hoy, llevo una chapa en mi bolsillo.
Durante las siguientes 24 horas que siguieron, pasé por una
experiencia espiritual abrumadora que ha cambiado mi vida. Los pasos no lo
hicieron; no sabía mucho sobre ellos en aquel momento. Lo que me funcionó fue
que alguien había estado dispuesto a compartir conmigo lo que le había
funcionado a él. ¿Recuerdan la bolsa de “cosas buenas” del horno alemán?
Nunca tomé el primer bocado.
John, mi padrino alcohólico, sí me habló de “un día a la vez”, y
sugirió que hiciera un contrato diario con Dios tal y como yo lo concibiera. Lo
hice (y aún lo sigo haciendo), le pedí a Dios que me liberara de la compulsión de
comer por este día y todos los días de mi vida. Los veinte minutos que dedicaba
a esto todas las mañanas, solo y en silencio, hacían de cada día un día mejor.
John empezó a guiarme por los pasos, explicando que son “sugeridos”, de la
misma manera que es sugerido no sumergir mi cabeza en agua por cinco
minutos.
Después de treinta y cuatro días de abstinencia continua hice mi
primera llamada de paso doce a mi vecina, Norma B. Estaba seguro de que ella
era como yo. Norma se interesó, empezó el programa y perdió mucho peso.
Juntos formamos Glotones Anónimos. Nuestra fuerza base, sin embargo, venía
de AA, aunque ninguno de los dos era alcohólico. Éramos bienvenidos tanto en
las reuniones abiertas como en las cerradas y en los retiros, razón por la cual les
estaré eternamente agradecido. Nos mantuvieron en el camino mientras
intentábamos atraer miembros a Glotones Anónimos. En poco más de un año,
había cinco grupos de Glotones Anónimos en el área central de Texas.
En junio de 1962 escuchamos hablar de Comedores Compulsivos
Anónimos (OA) a través de la oficina de AA en Nueva York. Un domingo por la
noche, en nuestra reunión regular de Glotones Anónimos, llamé a Rozanne. Ella
fue amable y dejó claro que ellos estaban haciendo lo mismo que nosotros,
usando los doce pasos para recuperarse del comer compulsivamente.
Habiéndonos sentido tan solos, estábamos felices de encontrar otros que seguían
el mismo programa que nosotros seguíamos. Posteriores conversaciones nos
llevaron a la discutir acerca de la primera conferencia a la cual asistieron
representantes de cada uno de nuestros grupos. Cinco delegados de GA y diez y
seis de OA. Razón por la cual, el voto del nombre de la organización que surgía
de nuestra nueva mezcla resultó diez y seis a cinco a favor de Comedores
Compulsivos Anónimos (OA).
Me hice muy activo, dedicándole mucho de mi tiempo a asuntos de
OA. Me sabía los pasos de memoria y estaba convencido de que nadie era más
espiritual que yo. Así llegué a cuatro años de abstinencia. Luego la compulsión
regresó y me resbalé. Renuncié a mis puestos en OA y empecé a intentar
regresar al programa. Estaba seguro de que sería fácil, ya que era tan espiritual.
Pues no. Luego decidí que la razón por la que Dios me había abandonado era
que mi vida no estaba lo suficientemente “limpia”. Así que me dediqué a
limpiarla para conseguir de nuevo su bendición. No funcionó. De hecho, yo era
aún más miserable debido a mi fracaso en ser perfecto.
Mi peso estaba creciendo rápidamente. Una vez, durante ese período,
pude llegar a estar abstinente por ochenta y cinco días. Pero usando el término
de AA, estaba seco más no así sobrio. Mi peso subió y bajó. Luego vino el
acontecimiento final, en el cual gané más de 50 kilos. Continué yendo a las
reuniones por cuatro años; en marzo de 1968, decidí que esto no me iba a
funcionar y que debería rendirme. Guardé todo mi material de OA en una caja, la
sellé y la guardé.
Así como solía decir un viejo amigo del programa, “cargaba cien
libras, 45 kilos extra todo el día e incluso dormía con ellas por la noche”. No sé
de cuánto fue mi peso tope, porque nunca tuve una balanza que superara los 150
kilos, pero sé que las sobrepasé. Intenté de nuevo las dietas fugaces y las nuevas
pastillas adelgazantes. Regresé a la terapia, la cual duraría veinte años. Esta
última sí me ayudó en algunos aspectos, pero no hizo nada por mi peso.
Repetidamente le preguntaba a mi psiquiatra, “¿Cuánto tiempo crees
que pasará antes de que empiece a perder peso?” El miraba mi historia, pensaba
un momento y me decía “Creo que en unos seis meses”. En veinte años hay
cuarenta períodos de seis meses. Nunca sucedió.
Varias cosas del programa se quedaron conmigo. Lo mejor es que
nunca perdí mi entendimiento de un poder superior. Sabía que estaba ahí, solo
que fuera de mi alcance. Lo peor es que había disfrutado de ser una persona de
tamaño normal por casi cuatro años; era especialmente difícil, en este punto,
regresar a ser un hombre gordo.
En el otoño de 1985, contesté el teléfono de la casa una tarde y se me
presentó un hombre como miembro de OA. Yo fui educado más no cordial. Él
me dijo que acababa de regresar de California donde asistía a las reuniones de
OA y que Rozanne le había pedido que intentara localizarme en Texas (él era de
Dallas). Ella le dijo que estaba escribiendo la historia de OA y necesitaba
información de mi parte.
Le dije que la llamaría y así lo hice un par de días más tarde. Rozanne
y yo siempre habíamos sido amigos y la conversación fue agradable. Ofrecí
enviarle algunos de mis viejos archivos, le deseé suerte, colgué el teléfono e
intenté olvidarlo todo. Estaba en un nuevo atracón, incapaz de encontrar nada
que satisficiera mi hambre, aunque fuera por solo un rato.
Escuché que en un programa de radio mencionaban un centro en la
bella ciudad montañosa de San Antonio, en el cual se llevaban a cabo retiros
silenciosos. Añoraba el silencio que había probado en los retiros de AA. Unos
días después, contacté con el centro de retiros y estaban dispuestos a llevar a
cabo un retiro para un grupo pequeño, no importaba cuan pequeño. Pensé que, si
podría convencer a mi antiguo padrino, ahora un bebedor en activo y al padre
episcopal que había promovido mi despertar espiritual en mis días de
abstinencia, a que me acompañaran, yo iría al retiro. Por supuesto, no había
sabido nada de ellos en años, así que estaba seguro de no poderlos localizar o de
que no pudieran ir.
Me equivocaba de nuevo, les encantó la idea. Usé estas veinticuatro
horas de silencio para leer “El Libro Grande” y decidir si debía intentar seguir el
programa de OA una vez más. La decisión parecía fácil y de inmediato inicié mi
nueva abstinencia. Y como un milagro de milagros, pude terminar mi primer día
sin ponerme ciego.
Cuando regresé a casa, fui a una reunión de OA tan pronto como
pude. No usé mi verdadero nombre por miedo de que alguien se acordara de mí,
no quería que se me cargara otro fracaso a mi cuenta. Estaba en una reunión, con
ocho días de abstinencia, y cuando me tocó hablar, dije mi nombre, que era un
glotón y un comedor compulsivo, y que acababa de presenciar ocho milagros
seguidos. Ahora, más de diez años después, aún pienso que un día de abstinencia
es un milagro.
Al día de hoy he perdido más de 50 kilos y he mantenido esa pérdida
de peso por más de diez años. No tengo palabras para expresar mi
agradecimiento por esta recuperación. La vida tampoco ha sido suave en este
tiempo. Desde mi regreso a OA, los siguientes sucesos han acontecido en mi
vida: pérdida de peso significativa, separación de mi esposa de treinta y siete
años; venta de mi negocio y mudanza de mi casa de treinta años; divorcio, el
cual dividió al mundo en dos bandos, aquellos que pensaban que yo era un
miserable y yo; y la muerte de mi madre. Estos acontecimientos estarán en las
cabeceras de las listas de stress, pero no tuve que comer debido a ninguno de
ellos. No es que no haya habido dolor, a veces el dolor era insoportable, pero no
tuve la compulsión de comer.
Muchas veces se me pregunta si puedo saber por qué resbalé. Sí, sí
puedo. Fue porque no utilicé la última frase del paso doce, practicar estos
principios en todos nuestros actos. Fue relativamente fácil trabajar el programa
con la comida porque odiaba cada aspecto de él y dejó de ser divertido hace
mucho tiempo. Pero en lo que respecta la lujuria y la grandiosidad, los
problemas eran más difíciles de identificar porque aún me proporcionaban
placer. El programa no me funcionó porque no lo trabajé completamente: todas
las frases de cada paso en cada aspecto de mi vida.
He identificado “el fondo” como ese punto donde uno se da cuenta
que ninguna combinación de comida va a aliviar el picor de la compulsión. Me
dediqué mucho tiempo a buscarlo y nunca lo conseguí.
He aprendido una nueva forma de identificar mis deseos compulsivos.
Por ejemplo, el hambre se sacia fácilmente, mientras que la compulsión de
comer es totalmente insaciable. Con la lujuria y la grandiosidad, me sirve aplicar
los mismos principios. Trato de usar la “prueba de saciedad” en todas mis
actividades. Estoy muy lejos de la perfección en esta área, pero he progresado
años luz de mi punto de partida.
Estoy viviendo sensaciones nuevas en este segundo tour por el
programa. Muchas veces he escuchado a la gente decir “esa salsa está tan
deliciosa, que no puedo comer sino un poco solamente”. Yo siempre pensé que
eso era lo más ridículo que yo había escuchado, ya que no existía ninguna
comida que me saciara. Ahora eso ha cambiado. Si me encuentro con una
comida especialmente deliciosa, un bocado o dos son suficientes para saciar mi
apetito. Incluso casi nunca me como toda mi porción diaria de comida,
simplemente porque ya estoy lleno y no la quiero.
¿Es posible que yo haya nacido con el mismo mecanismo de control
que los demás tienen, y que los forcé tanto por tanto tiempo que los he atrofiado?
¿Puede ser que después de varios años de abstinencia se están poniendo en
funcionamiento de nuevo? No entiendo el proceso, pero sí lo siento, y es
maravilloso.
Aún tengo días en los que no todo es brillante y alegre. Me enfurezco
con Dios, usualmente porque él no me deja ver las cosas bien en grande para
poder comprenderlo todo. Hace poco, en un día en el que estaba resentido con él
por esa razón, entré el coche a la calzada de mi casa y abrí la puerta de mi garaje
con un mando a distancia. Tan pronto como se abrió la puerta, vi a un grupo de
10 o 15 vacas que me miraban. Ellas no notaron que no tuve que bajarme del
coche para abrir la puerta. Hasta ellas estaban al tanto de que no podría
explicarles como esto funcionaba.
Se me ocurrió que quizá así era también entre Dios y yo. Quizá está a
mí alrededor y no hay necesidad de explicarlo. Las limitaciones de tiempo y
espacio hacen que me sea imposible ver y entender la magnitud de Dios.
Expreso mi más sincera gratitud por este programa de muchas
maneras; una de ellas es escribiendo esta historia para que tú puedas determinar
si eres como yo era. Si crees que sí, bienvenido. Este maravilloso programa
funcionará para ti, así como ha funcionado para mí.





3
Ella se encontró a si misma


ESCUCHÉ HABLAR DE OA en 1961. Acababa de tener un colapso
nervioso. Había perdido peso mientras estuve deprimida, pero lo estaba ganando
de nuevo cuando regresó mi apetito y comía todo lo que no estuviese atornillado
al suelo.
El año anterior, había estado tres meses en cama embarazada de mi
segundo hijo y con amenaza de aborto. Luego murió mi padre, mi abuela
también murió y yo di a luz. Durante ese año no derramé ni una sola lágrima. Mi
psiquiatra dijo que tenía una guerra librándose en mi interior, finalmente se
rompió el dique. Empecé a llorar y no podía parar. Lloré día y noche por cuatro
semanas. Yo estaba tan mal que mi esposo tuvo que contratar a una enfermera
para que cuidara de mis dos hijas, una recién nacida y la otra de dos años de
edad. No podía ni sostener un biberón. ¡Pero siempre te decía que estaba bien!
Podía resolver tus problemas y darte buenos consejos, pero nunca los podía
aplicar a mí misma.
No vine a OA de una vez que escuché hablar de él. La única reunión
que había en Los Ángeles era al final de la tarde y me daba miedo conducir de
noche, así que me quedaba en casa. Una noche, la secretaria del grupo me llamó
y me pidió que pasara buscando a otra persona que no tenía coche y traerla a la
reunión. Así que otra comedora compulsiva me trajo a mi primera reunión.
Lo que escuché allí cambió mi vida. Compartieron acerca de
atracones secretos, comer en el coche, usar la comida para poder tragar los
sentimientos. Yo había hecho lo mismo. Por primera vez en mi vida, no me sentí
como un bicho raro. Ya no estaba sola.
Seis meses después de llegar a OA, en septiembre de 1961, nos
mudamos al Valle de San Fernando. Había dos reuniones allí para ese entonces.
Jugué mucho con el programa por un largo tiempo. Después de dos años y
medios, aún y cuando había perdido peso, estaba haciendo lo mismo que cuando
estaba fuera de OA: abstenerme de lunes a viernes y darme atracones los fines de
semana. Estaba cansada de esto. Fue en ese momento cuando conocí a mi
primera madrina.
Ella era una alcohólica en recuperación, y creía haber encontrado
también la solución a la obsesión con la comida. Quería que yo siguiera un plan
específico nada de azúcares o hidratos de carbono mientras trabajaba los doce
pasos. Dije que lo haría.
Algunos de nosotros fuimos a un hotel en el centro de Los Ángeles
para escuchar a un hombre hablar de trabajar los doce pasos. Escuché
atentamente. Estaba determinada a hacer algo por primera vez en la vida. La
mayor parte de mi vida había sido una persona grandiosa para iniciar cosas, pero
nunca las terminaba. Todos esos jerséis a medio hacer daban testimonio de ello.
Quería hacer lo menos posible en la vida y obtener grandes resultados. Esa
filosofía no me había resultado hasta el momento. Luego recordé un párrafo el
capítulo 5 del “Libro Grande”: “rara vez hemos visto fallar a aquellos que han
seguido completamente nuestro camino”. Yo nunca había hecho nada
completamente en mi vida, pero en abril de 1964 decidí hacer exactamente eso,
darme por completo a la tarea de salvar mi vida.
Me lancé a leer y aprender de los pasos. Cogí el segundo paso, aún y
cuando no pensaba que mi juicio era insano, pero mi madrina me recordó que la
definición de juicio insano era “hacer lo mismo una y otra vez y esperar un
resultado distinto”. Yo sí que había hecho eso con las dietas y con otros fracasos
en mi vida. Así que tomé el segundo paso con fe, seguido por el tercero. No
tenía un concepto de Poder Superior, pero usé a mi madrina y al grupo para ello.
Mi madrina me recordó que una decisión no es tal, a menos que sea
inmediatamente seguida por una acción. Me habló de tres pájaros que estaban
sentados sobre un tendido eléctrico, dos decidieron volar. ¿Cuántos pájaros
quedaron en el tendido?, me preguntó. “Tres”, respondió, “porque solo
decidieron volar”. Así que escribí mi cuarto pasó con indecisión. Me llevó tres
meses, y llené un cuaderno espiral grande.
Cuando me tocó compartirlo, escogí a alguien que nunca volvería a
ver, un alcohólico en recuperación de AA. Él no se sorprendió ni emitió juicios,
me dijo que solo era los “oídos” de Dios. Cuando me preguntó si estaba
totalmente dispuesta a dejar que me liberaran de todos mis defectos de carácter
le dije “si, llévatelos todos”. Había completado el sexto paso. Nos arrodillamos y
rezamos la oración del séptimo paso de la página 76 del “Libro Grande”, y para
mi sorpresa dos de mis más grandes defectos desaparecieron de inmediato: mi
obsesión por la comida y por robar en tiendas.
Robaba casi cada día de mi vida. Usualmente cosas pequeñas, pero
también cosas grandes. Todos los días despertaba y decía, “hoy voy a empezar
una dieta y no voy a robar”. Antes de que llegara la noche, había roto uno o
ambos juramentos. ¡Qué alivio, que milagro el estar libre de estos defectos! No
he comido compulsivamente o robado desde abril de 1964.
Los pasos ocho y nueve me asustaron mucho, ya que tenía que hacer
muchas enmiendas. Mi madrina me recordó que yo estaba dispuesta a hacer lo
necesario para recuperarme. Yo tenía miedo, pero estaba dispuesta. Escogí una
tienda por departamentos para mi primera enmienda. No conocía a nadie que
hubiese hecho una enmienda similar, pero estaba determinada a recuperarme.
Llamé a la tienda, hice una cita con el gerente, le di un beso de despedida a mi
esposo y le dije que quizá recibiría una llamada de la policía para pagar una
fianza. No sabía si encerraban a la gente por admitir haber robado en una tienda
y regresar a la escena del crimen. Le dije al gerente que estaba en un programa
de doce pasos y que esto era parte de mi recuperación. Tenía un cheque en mi
mano, pero no lo quiso aceptar.
Yo era la primera persona que había querido hacer algo similar.
Habían recibido cheques anónimos por correo y mercancía dejada en las puertas
de la tienda antes de que abriera, pero nunca una persona de carne y hueso había
llegado con un cheque en mano. Yo insistí en que cogiera el cheque. Me
felicitaron y me pasearon por las oficinas, como si fuese una celebridad. Cuando
me fui, me sentía diez metros más alta. Por primera vez en mi vida, me gustaba
quien era. Luego seguí completando mis reparaciones personales y financieras.
Yo ahora creo que los pasos del cuarto al noveno, están allí para
liberarme de todo aquello que me impide experimentar “luz de espíritu”. Cuando
esos obstáculos son removidos, veo que no era una mala persona, sino una
persona equivocada.
Practico los pasos diez, once y doce a diario. Hago un paso diez todas
las noches antes de dormir y hago un paso once en la mañana. También rezo las
oraciones del tercer y séptimo paso todas las mañanas. Necesito quitarme del
medio y permitirle al Poder Superior que dirija mi día.
El paso doce me permite darle al mundo solo una pequeña parte de lo
que he recibido de este programa. Cuando recientemente escribí otro cuarto
pasó, había dos preguntas al final del inventario. “Si te murieras hoy, ¿qué habría
escrito en tu tumba?” y “¿Qué quisieras que dijera?” Pensé un largo rato y
escribí la respuesta a la primera pregunta, “Esposa, madre e hija amorosa” Y
para la segunda, “Ella marcó una diferencia en la vida de otras personas”.
El programa me ha dado la felicidad, esperanza, entendimiento y
ayuda, que un comedor compulsivo puede darle a otro. Antes de este programa,
no solo no sabía quién era ni cuál podría ser mi propósito en la vida, sino que no
quería ser yo. Quería ser otra persona. No me gustaba como me veía, mi cuerpo,
mi intelecto, ni nada de mí. Estuve una vez perdida para mí misma y en mi
propia vida.
Estoy agradecida de ser una comedora compulsiva, porque sin ese
síntoma nunca hubiese escogido este camino para saber quién era. Usaba la
comida para esconderme de mi misma, tenía miedo de lo que encontraría si
miraba. Lo que encontré me sorprendió, encontré a una persona verdaderamente
maravillosa y de quien estoy orgullosa.








4
Abstinencia, no perfección


“LO SE, REALMENTE se lo que se siente y hay una solución”. Esas
son las palabras que me sacaron de la negación conducida por la desesperanza en
el camino de mi recuperación. Su nombre era Bill; era un hombre como yo; de
mediana edad, como yo; bien educado, como yo y se mataba de hambre, como
yo. Cuando me dijo que había encontrado una solución a su problema, tuve
esperanza de que hubiera un camino para salir del infierno en el cual me
encontraba atrapado.
En ese momento de mi vida, la comida y los pensamientos acerca de
ella eran mis dueños. Controlar la comida era lo más importante para mí. Nada,
absolutamente nada, se iba a interponer en el control absoluto de mi comida. Ni
mi esposa, ni mis hijos, ni mi trabajo. Nada. Había renunciado a ir a restaurantes
y hasta me rehusaba sentarme a la mesa si había ciertos alimentos “asquerosos”
servidos. Como pareja, no teníamos vida social (nunca se sabe cuándo nos
topamos con comida); y como familia, no hacíamos picnics, ni cenas fuera, ni
reuniones familiares. Evitar todo contacto con comida, esa era mi regla absoluta.
Lo más cerca de vida social con mi familia, era llevarme la ropa de hacer footing
para el picnic de la iglesia. Y luego de una breve aparición, me cambiaba de ropa
para correr a casa tal como mi ejercicio diario. Me aterraba que estar cerca de la
comida convirtiera en obeso.
¿Pensaba que tenía un problema? Sí, pensaba que era un comedor
compulsivo que no podía controlar su forma de comer. Cuando estaba en mi
peso mínimo, la gente me sugería que podía estar anoréxico. Me reía en su cara,
porque pensaba que estaba gordo, que era repugnante. No era ni una mujer ni
una adolescente. Pensaba que las personas anoréxicas estaban delgadas porque
se les olvidaba comer y yo pensaba en comida en cada momento de mi vida. Yo
deseaba ser “anoréxico”.
Para ese momento, sabía que había sido “gordo” toda mi vida. Mi
madre era “gorda” y por asociación también debía serlo yo. Había aprendido que
la comida era sucia, y cuanto menos se manipulara o comiera, más puro se era.
Aunque sabía y creía estas cosas, nunca las hice hasta que cumplí treinta y un
años. Ese año, mi hermana menor se suicidó. Creía que mis imperfecciones y
fallos no me permitieron salvarla. Me desperté el día de año nuevo de 1980 y me
decidí a perder peso y hacer ejercicios hasta que me gustara lo que veía en el
espejo. Casi morí, pero nunca me gustó a quien veía en el espejo. “Pierde cuatro
kilos más y te verás bien”, eso solía decirme a mí mismo.
Entonces, un día mi esposa me llamó al trabajo para decirme que me
dejaba. “No puedo hacer que no te mates de hambre, y tampoco puedo imaginar
que un día me despertaré y estarás frío y muerto a mi lado”. Estaba alucinado, si
yo estaba adelgazando, era mejor y más puro. Debía gustarle más de esta forma.
Prometí no seguirme matando de hambre y la convencí de que se quedara.
¿Me llevó este momento de crisis a la recuperación en OA? No. Yo
llegué a la conclusión de que ella tenía un problema, pero que mantenerla a mi
lado era lo suficientemente importante como para forzarme a comer un poco más
si ero era lo que hacía falta. Mi peso subió ligeramente, y me odié a mí mismo y
me resentí aún más con ella.
Pasé cuatro años en ese limbo. Sin poder usar la comida como
desesperadamente deseaba. Usé cada vez más el alcohol, para anestesiar el odio
a mí mismo. Mi pérdida de control con el alcohol me llevó de cabeza a un centro
de tratamiento, sin embargo, mi esposa temía que me mantuviera sobrio y
volviera a matarme de hambre. Mi actitud fue llevarme la ropa de ejercicios al
centro de tratamiento decidido a enseñarle a mi cuerpo una lección de pureza y
ayuno.
Allí conocí a Bill; no estaba solo. A través de él experimenté el amor
incondicional que se imparte cuando se lleva el mensaje a aquellos que todavía
sufren, no tengo palabras para expresarlo. La información no me trajo a OA; la
identificación sí. Me sabía los doce pasos; mi esposa había estado en OA por
años. Tenía toda la información necesaria para toda una vida de recuperación,
pero fueron los cuidados de Bill los que me llevaron a creer en los pasos como
una solución para mí.
Se me animó a introducir a OA en mi vida y a hacer lo que estaba
sugerido, así que empecé con una clara e intuitiva idea de lo que era la
abstinencia para mí. Se me dijo que abrazara la tercera tradición para sustentar
mi membresía en OA si alguien alguna vez la cuestionaba. Bill estaba a más de
600 kilómetros y en pocos meses perdí toda la sencilla claridad con la que
empecé. Mi abstinencia no era ni lo suficientemente buena ni pura como para
impresionar a nadie en OA, y temía tanto al rechazo que no me atrevía a ser
honesto con respecto a mi anorexia en las reuniones. Seis meses después de
empezar, estaba perdido, confundido y de nuevo controlando mi manera de
comer. Controlaba de manera moderada, pero la vieja obsesión había vuelto.
Me encontré con Bill en un programa semanal de familia y compartí
mi confusión y mi sentido de pérdida con él. ¿Qué había salido mal? Mientras
más duro trabajaba en mi abstinencia más obsesionado me volvía. ¿Cuál fue su
respuesta? “Quizá la abstinencia que deseas no es la correcta para ti.
Conociéndote, esto es lo que te sugeriría …” Que no quepa ninguna duda que no
quería esa abstinencia que él me sugería, no había pureza ni doloroso sacrificio
en ella. Pero la probé, así fuera solo para demostrarle que no serviría de nada. De
eso hace más de diez años y ha funcionado perfectamente.
Aprendí muchas cosas de esta experiencia con la abstinencia.
Primero, como recién llegado a OA, estaba buscando asesoramiento en una
persona muy enferma (yo) en lo que se refería a mi abstinencia. Un padrino con
quien compartí mi quinto paso tenía una mejor vista de mi enfermedad de la que
yo mismo tenía. Segundo, puedo confiar siempre en el poder de la enfermedad.
Aún y cuando mi abstinencia es única para mí, no puedo decidir cualquier cosa.
Si escojo una abstinencia que me permita alimentar la enfermedad, ésta se hará
más fuerte. Así que hoy, cuando me pregunto si mi abstinencia es la correcta
puedo recordar que no soy lo suficientemente poderoso como para engañar mi
compulsión. He estado libre de la obsesión por la comida, libre de tener que
controlar mi forma de comer y al mismo tiempo he estado en el mismo peso
saludable por más de diez años. Funciona. Estaré por siempre agradecido a Bill
por animarme y a mí por haber tenido la buena voluntad de intentarlo.
Esta abstinencia no ha cambiado desde el principio, porque mi
enfermedad no se ha curado. Está firmemente anclada a mi primer paso y en
rehusarme a participar en el auto abuso que casi me mata. De vez en cuando, he
estado tentado de expandir mi abstinencia para incluir cosas que tienen que ver
con alcanzar el balance y la perfección de mis hábitos alimenticios, mis
relaciones y mi trabajo. Quiero ese balance en mi vida, pero mi forma de pensar
en blanco y negro me lleva a la conclusión de que cambiar mi plan de comidas
es cambiar todo lo demás en mi vida. Ahora tengo muchas herramientas, así que
hoy le pido ayuda a Dios en cada una de las cosas que quiero para mi vida, pero
dejo a mi abstinencia en paz.
Bill también me animó a ser y permanecer completamente honesto
acerca de mi anorexia en las reuniones. “Descubre lo que ellos realmente harán”,
me dijo. “Ya los has juzgado en tu mente al no ser sincero. ¿Por qué no darles
una oportunidad de hablar por sí mismos?”. Así que fui y me identifiqué como
anoréxico abiertamente, y no pasó nada. Creo que de alguna manera ellos ya lo
sabían. Mis hermanos y hermanas de OA y yo, hemos descubierto la riqueza de
identificarnos con una recuperación que nos ha beneficiado a todos.
Hace varios años, por ejemplo, dos de mis amigos y yo hicimos un
emocionante panel en la convención de la región, se llamaba “Misma
enfermedad, diferentes síntomas”. Fue una experiencia avasallante de la unidad
que llegamos a sentir como comedores compulsivos. He mantenido esta
conexión todos estos años a través del servicio. “No te conformes con solo ir a
las reuniones, hazte parte de OA”, me dijo Bill, y así lo hice. Ser una “parte de”
sucedió porque yo hacía el café y luego me convertí en secretario del grupo,
luego tesorero, luego trabajé en la convención y así seguí. Pertenezco a OA, y lo
sé de corazón debido al amor y la aceptación que he conseguido aquí.
Las cosas están muchísimo mejor con mi familia, amigos y
compañeros de trabajo, sin embargo, mis relaciones no parecieron mejorar
mucho durante los primeros años. Fue solo después de estar abstinente cuando
empecé a ver lo mal que me había comportado, estaba abrumado, pero hice lo
que me sugirió mi padrino: trabajé los pasos. Me dijo que la palabra “enmienda”
en el octavo y noveno paso eran las mismas que las “enmiendas” a una
constitución. Significaba cambio, no solo una disculpa. Así que cambié la forma
como trataba a mi esposa, mis hijos y a todos en mi vida. Me acerqué a ellos
desde mi noveno paso para decirles que merecían más de lo que yo les había
dado, y que las viejas maneras de hacer las cosas ya no eran admisibles para mí.
Las cosas han cambiado constantemente.
Al llevar dos años de abstinencia miré a mi esposa y dije, “no sé si lo
vamos a lograr”. Ella respondió, “yo tampoco sé”. Que irónico que en ese
momento mi recuperación era más importante que permanecer casado, cuando
años antes había prometido cambiar mi forma de comer solo para que ella no se
fuera. Al poner nuestra propia recuperación primero, le dimos al otro el espacio
para construir una relación sana. Hemos andado por ese camino accidentado por
unos cuantos años. Para mí esto es una prueba de que Dios hace por mí lo que no
puedo hacer por mí mismo.
Con mis hijos he estado disponible para ser padre en momentos muy
difíciles. Se me dijo que no había modelos para ser un padre y yo soy un ejemplo
de ello. Mis hijos están grandes ahora, pero lo que atesoro de mis días de padre
abstinente es que hoy, esas dos hijas grandes están ambas en un camino
espiritual, por lo menos parcialmente porque han visto la diferencia que Dios
puede marcar en la vida de una persona. Para mí, la palabra clave en todas estas
relaciones es dignidad. Esta gente vive y trabaja con el yo real y honesto, alguien
dispuesto a escuchar, compartir y cambiar cuando sea necesario.
Yo me veo como un recién llegado a OA cuya vida está empezando a
alzar vuelo. Me he sentido así desde el principio. Cada año me lleva a lugares
que no sabía que existían y veo posibilidades que nunca había imaginado. Tres
palabras definen quien soy y lo que hago ahora: honestidad, dignidad y servicio.
El significado de estas palabras lo he aprendido en OA. Gracias.
Por cierto: yo sé, de verdad se lo que se siente y hay una solución.




5
El milagro del siglo veinte


FUI UNA NIÑA de la Gran Depresión. Estaba en tercer grado, tenía
poco más de siete años cuando la enfermera de la escuela nos pesó y gritó:
“cincuenta y siete kilos”. Los niños ahogaron exclamaciones de asombro, se
escuchaban risitas. Yo no recuerdo haberme sentido una niña “gorda”, sólo me
sentía diferente.
Tampoco veía a mi madre como una mujer obesa, pero recuerdo una
vez que me llevó a comprar un vestido para ella y cuando la vendedora le
preguntó la talla, dijo: “cincuenta y dos”. Yo no vi nada de extraño, simplemente
estaba contenta de que mi madre se estaba comprando un vestido nuevo.
Mirando retrospectivamente, puedo ver que yo estaba feliz por fuera y
llena de lágrimas por dentro. Teníamos problemas financieros y empecé a
adoptar los temores de mis padres. Mi forma de comer compulsivamente se
intensificó durante esta época. Cuando cumplí ocho años, perdimos nuestra casa
y nos mudamos a una pequeña granja en las afueras de la ciudad, era rústica, por
decir algo. No teníamos agua corriente y teníamos el retrete fuera de la casa; sin
embargo, tratamos de llevarlo de la mejor manera. Mi padre era demasiado
orgulloso para pedir asistencia pública, así que nosotros siete vivimos allí por
dos años y luego nos regresamos a la ciudad. Las cosas mejoraron un poco, pero
mi forma de comer estaba desatada. Al llegar a los diecisiete años, pesaba 104
kilos.
Fui a la escuela de enfermería en uno de los hospitales más
prestigiosos de Boston y destaqué académicamente, pero mi peso cambió muy
poco en mis días de estudiante. Frecuentemente me sentía sola; tenía pocos
amigos y por supuesto, ningún novio. Después de graduarme, empecé a hacer
dietas, siempre perdiendo peso y recuperándolo después. Continué así por
muchos años y, ocasionalmente, llegaba a un peso normal.
En 1955 me casé, después de un noviazgo de dos años. Tenía
veintiocho años y un peso bastante normal. Tuvimos tres hijos y compramos una
casa en las afueras de la ciudad. Mi peso subía y baja, aprendí a llamarlo el
síndrome del yo-yo, siempre terminaba con más peso del que empezaba. Esto
continuó así hasta que llegué a OA con cuarenta años, más de 90 kilos y
odiándome a mí misma. Había dejado de fumar el mes de mayo de ese mismo
año y subí 13 kilos en diez semanas. Me quejaba con una amiga y le decía que
quería perder peso. Ella me decía que no entendía cómo podía yo ganar todo este
peso si ella nunca me veía comer. Lo que no le dije fue que yo comía a
escondidas y planificaba mis atracones para cuando mi marido y mis niños se
fueran a la cama. Esta misma amiga me dijo que había visto recientemente en el
periódico local acerca de Comedores Compulsivos Anónimos y que ponían un
número de teléfono. Nadie en el Este había escuchado hablar de OA. Llamé al
día siguiente y hablé con una mujer llamada Bernice; ese fue el comienzo de una
serie de milagros que cambiaron mi vida.
Me había prometido muchísimas veces que mañana no lo volvería a
hacer, esa promesa duraba sólo hasta que llegaba a la cocina. Bernice entendió
perfectamente de lo que le hablaba y quedamos en vernos en su casa. Ella había
estando intentando formar un grupo de OA desde que se mudó de California
(donde nació OA en 1960) y se vino al este.
Solo nosotras dos estábamos en esa primera reunión (hoy puedo decir
que Dios también estaba allí). Nos sentamos en la mesa de su cocina y ella me
mostró como lo hacían en California. Leyó “como se trabaja”. Me sentí extraña
porque escuché la palabra Dios unas cuantas veces y me dije que esto tenía que
ser algún tipo de secta. Las sectas siempre empiezan en California y se trasladan
al este. Bernice intuitivamente entendió mi vacilación cuando me marchaba de
esa primera reunión. Me mostró la infame dieta de la “hoja gris” y me pidió que
volviera la próxima semana. Así es como comenzó todo para mí, nunca dejé de
regresar.
Empecé a escuchar y entender de abstinencia; todos estos conceptos
eran nuevos para mí. Lo que estaba haciendo, obviamente, no funcionaba ya que
pesaba bastante más de 90 kilos. Lo intenté y empecé a perder peso y a sentirme
mejor. Después de unas cuantas semanas Bernice decía: “si no lo transmitimos
no seremos capaces de retenerlo para nosotras mismas”. Tampoco entendía este
concepto, pero sin embargo fui a la iglesia local a preguntar por un salón de
reuniones. Puse un aviso en el periódico local acerca de una reunión de
Comedores Compulsivos Anónimos.
Nadie había escuchado de OA, pero vinieron cincuenta personas
nuevas a la primera reunión. Bernice y yo estábamos muy contentas, aún y
cuando no teníamos literatura; lo único que teníamos para repartir eran copias de
la hoja gris que Bernice se había traído de California. La reunión creció muy
despacio al principio, pero la gente empezó a recuperarse. Incluyéndome a mí.
Me desilusionaba ver que muchos de los que vinieron al principio nunca
regresaron. De alguna manera Dios me mantuvo viniendo semana tras semana,
aún y cuando ocasionalmente, yo era la única ahí.
Empecé a entender lo que me pasaba. No era sólo mi cuerpo obeso,
sino también una enfermedad espiritual y emocional. En ese momento sufría de
depresiones crónicas moderadas, me sentía mejor cuando estaba en dieta, pero
no había logrado conectar la comida con mis estados de ánimo; tampoco lo hizo
el psiquiatra que veía dos veces a la semana. Mi terapeuta me decía: “dime cómo
te sientes, y quizá podamos entender por qué comes”. ¿Cómo podía yo decirle
como me sentía cuando, de camino a la terapia, me comía un gran helado y
anestesiaba mis sentimientos? En OA, aprendí que hacemos justo lo contrario,
decimos: “aparta la comida, no importa por qué comes. Mantente abstinente y, a
través del estudio de los doce pasos, entenderás por qué comías
compulsivamente”.
Yo solía culpar a mi madre de mi obesidad. Era su culpa porque
cuando iba a casa a visitarla, ella me hacía mis platos favoritos y yo no tenía la
fuerza de voluntad para resistirme. Siempre me comía la comida y le gritaba a
ella por prepararla. Uno de los grandes regalos que recibí fue entender que lo
que me comía era mi responsabilidad. Después de un inventario del cuarto paso,
seguido de una serie de reparaciones, pude pedirle perdón a mi madre por
gritarle y culparla. Pude decirle que era una madre maravillosa y que la amaba
muchísimo. Fui bendecida con la suerte de poder hacer esto cuando mi madre
estaba viva, se murió a los dos años de yo empezar en OA. Ella era una madre
amorosa, pero mi comer compulsivamente interfería en nuestra relación. Tuve la
suerte de poder hacer esas reparaciones.
Empecé a cambiar lentamente en muchas otras cosas; mi marido me
dijo que yo era una persona con la cual se hacía difícil convivir, me costaba ver
esto cuando mi forma de comer estaba fuera de control; pero después de un
período de abstinencia, pude mirarme más honestamente. Si no estaba de
acuerdo con algo, podía hablarle en un tono de voz amable y hacerle saber mi
punto de vista; si él me hablaba ásperamente, yo era capaz de decirle que
significaría mucho para mí que él no me hablara de esa forma. Tuve que ver las
cosas que hacía que irritaban a otros miembros de mi familia, corregirlas y
pedirles que me perdonaran.
Recientemente, encontré una carta que escribió mi hijo de diez años,
describiendo perfectamente cómo eran las cosas en casa antes de yo entrar en
esta hermandad. Él escribió: “Querida mamá, yo pensé que habías dicho que ibas
a tratar de no gritarnos a mí, a Ann y a Ellen, pero sigues gritando. Y la verdad
es que no creo que estés intentando no gritar. Tu hijo, Mark”. Lloré cuando hace
poco encontré esta carta; la llevé a su casa y se la mostré a él y a su esposa, le
pedí perdón. No sabía cuan impotente era él de niño con respecto a mis gritos,
mi forma de comer y mi lloradera.
Apropósito, a los cinco meses de estar en OA, vi al psiquiatra por
última vez. Cuando le dije que quería terminar las sesiones me dijo que nunca
recordaba haberme visto tan bien. Que no sabía lo que yo estaba obteniendo de
ese grupo al que asistía, pero que él era incapaz de dármelo.
No quiero que nadie piense que he tenido una abstinencia perfecta
estos últimos veinticinco años, no soy perfecta. No tengo que serlo. Describo mi
abstinencia como perfectamente imperfecta. He cometido muchos errores, pero
nuestro programa de recuperación tiene una lista, bien documentada, de cosas a
hacer para tomar medidas correctivas. A estos doce pasos se les llama “un diseño
de vida” y funcionan para el problema de la comida y para cualquier otro tipo de
problema. Son una gran fuente de fuerza para mí, son el centro de mi
recuperación. Esto definitivamente, no es un club de dietas.
Voy a tantas reuniones como puedo, uso todas las herramientas. No
me he ceñido perfectamente a mi plan de comidas, pero sí considero mi
recuperación perfecta. Dios me ama y me acepta tal como soy y me está
enseñando a hacer lo mismo a través de los doce pasos. Estoy más capacitada
para aceptar a otros tal y como son, sin intentar cambiarlos ni enfadarme con
ellos. Este es un regalo de liberación. He perdido cerca de 45 kilos de peso y el
mayor milagro es que no ha sido necesario recuperar nada de ese peso perdido.
He desarrollado una hermosa relación con un Poder Superior. Esto es
crucial, no puedo hacerlo sola. Todas las mañanas le pido a mi Poder Superior
que me mantenga abstinente, que me muestre su voluntad para hoy y que me de
la fuerza para llevarla a cabo, sea lo que sea. No siempre es fácil, especialmente
cuando su voluntad no coincide con la mía. Intento adoptar una actitud espiritual
y preguntarme qué quiere Dios que aprenda de mis experiencias; ¿será una
lección de paciencia, o quizá tolerancia, o aprender a perdonar a quien me ha
ofendido? El resultado final de estos ejercicios espirituales es que he
desarrollado un nuevo amor y respeto hacia mí misma, lo cual me permite el
mayor regalo de todos, aceptar y amar a los demás, tal cual son.
He aprendido a hacerle frente a situaciones difíciles y dolorosas con
dignidad y aplomo, a través de compartir mis sentimientos más profundos con
miembros de la hermandad. Hace unos años, por ejemplo, mi hermano y mi
esposo murieron con unos días de por medio. Pude compartir mi dolor con
miembros de OA a los que le importaba y me escucharon con paciencia. Me
recordaron que la comida no me iba a traer a mis seres queridos de regreso.
Seguí compartiendo y mis heridas fueron cicatrizando. Fue un verdadero
milagro.
Este programa, para mí, es el milagro del siglo veinte. Dios sabía
desde el principio que yo lo necesitaba, me guió hasta OA, aún y cuando yo no
sabía a donde iba. Todo lo que puedo decir es que mi vida empezó realmente a
mis cuarenta años.






6
Es elemental


Cuando empecé a juntar fotos que ilustraran mi historia de obesidad,
mi madre me dio unas de cuando era una niña. Cuando me las entregaba, repetía
la frase que habíamos usado siempre para responder cuando alguien nos
saludaba diciendo “Hola gordis, hola flaquis”. Mi hermana respondía: “No soy
flaca, soy esbelta, delicada y alta”, y yo decía “Yo no soy gorda, sólo soy
agradablemente llenita”. Me sorprendió ver una hermosa y redonda carita
mirándome desde la foto. Yo no estaba gorda, apenas estaba ligeramente llenita.
Fotos de mi adolescencia también confirman esto.
Sin embargo, siempre me sentí gorda. Siempre estaba a dieta y robaba
dinero para comprar pastelitos de la panadería de la esquina. Cuando fui lo
suficientemente mayor para trabajar cuidando niños, mi forma de comer se
desató. Salí de mi abusivo hogar hacia otro lugar donde podía comer todo lo que
quisiera. Aún recuerdo la humillación cuando un vecino le dijo a mi madre: “Tu
hija es una niñera encantadora, ¡pero vaya que come!”. Los efectos de esta forma
compulsiva de comer no se apreciaron hasta que cumplí dieciséis años. Para
entonces, tenía acceso a un coche, más comida y libertad de mi familia.
En mis años de bachillerato, me atracaba y me mataba de hambre, me
mataba de hambre toda la semana y me atracaba los fines de semana. Esto me
ayudó a mantener mi peso dentro de un rango normal. Sin embargo, siempre me
sentí gorda, y el “rango normal” empezó a subir poco a poco. Al finalizar mi
primer año de universidad, pesaba 86 kilos, por lo que mi madre me llevó a
comprar pastillas para adelgazar en mis vacaciones de Navidades.
Continué atracándome y matándome de hambre y pude bajar mi peso
a 72 kilos para el día de mi boda. Tenía veinte años y había conseguido alguien
que cuidara de mí. Pensaba que era la chica con más suerte en el mundo.
Después de veinte años de ser una súper esposa y una súper madre de
seis niños, pesaba 103 kilos. Intentaba adelgazar usando proteína líquida,
pastillas dietéticas y clínicas de control de peso. Todos funcionaban de
maravilla, estaba gorda un año y delgada el siguiente. Con el pasar de los años,
me di cuenta que era buena en dándome atracones y muriéndome de hambre,
aunque era mejor dándome atracones. Me resigné a dejar las dietas y ser gorda y
feliz. Lo de ser gorda se cumplió, pero era incapaz de ser feliz.
En OA encontré gente que entendía mi forma de comer. Solía
esconder comida, no me gustaba compartirla y planeaba eventos en torno a ella.
Yo quería un poco de todo, a veces, mucho de todo. No podía entender como
alguien podía comer tres comidas al día, día tras día y no estar muy obeso. Pero
estuve dispuesta a intentarlo.
Mi primer plan de comidas consistía en darme tres atracones diarios.
Me daba un atracón de quince minutos en el desayuno, quince en la comida y
quince en la cena. No me preocupaba por lo que comía, sólo me ocupaba de
cuándo y por cuánto tiempo. Aún así, me sorprendí. Había perdido peso
dándome atracones. Empecé a ser honesta con respecto a cómo comía y empecé
a ver una relación entre cómo me sentía cuando quería comer demás.
Una mañana, sobre las diez, quise comer un dulce. Pero había
adquirido un compromiso con la abstinencia, así que lo guardé para comerlo con
la comida. No recuerdo si realmente lo comí con la comida, pero lo importante
fue mantenerme fiel a mi compromiso de no comer entre comidas. Finalmente
pude estar dispuesta a escoger un plan de comidas sano que me permitiera perder
peso, y he adoptado un plan de ejercicios. Durante seis años, mi peso ha ido
decreciendo.
¿Cómo sucedió esto? Pues porque tal y como había escuchado en las
reuniones, “la abstinencia es lo más importante en mi vida sin excepción”. Sin la
abstinencia no tengo nada. Es por eso que voy a OA, porque no quiero que la
comida gobierne mi vida nunca más. Debo empezar estando abstinente, “un
deseo honesto de dejar de comer compulsivamente”. Me dijeron que cuando
dejara la comida a un lado, tendría claridad. Me asombró ver que esto era cierto.
Sin la comida de por medio, era capaz de hacer una pausa y pensar, en lugar de
reaccionar ante las situaciones.
Había maltratado a mis hijos física y verbalmente. Un día mi marido
me preguntó: “¿Alguna vez te trató tu padre de esta manera?”, yo le respondí
que sí y en su tono amable y sereno habitual me preguntó de nuevo: “¿Te
gustó?”. Tuve que admitir que no, que no me gustó y odié a mi marido por esas
preguntas. “¿Cómo esperas que se sientan los demás cuando los tratas así?”. No
tenía sentido, pero cuando estaba comiendo sólo era capaz de reaccionar
inmediatamente, mientras que cuando no como compulsivamente tengo la
capacidad de elegir cómo actuar. Cuando busqué el significado de la palabra
“serenidad” en el diccionario, “claro, despejado” entendí lo que quería decir, es
lo mismo que he intentado hacer con la comida.
Aunque crecí en una familia religiosa, siempre me he preguntado si
Dios estaba realmente ahí. Mi oración diaria, bueno, al menos la oración de los
lunes por la mañana, empezaba “Dios mío, ayúdame con esta dieta”. Ahora me
doy cuenta de que era una mentira, lo que yo quería y pedía era comer lo que
quisiera y estar delgada. Empecé a creer que sólo un poder superior a mí misma
podría devolverme el sano juicio. Cuando decidí poner mi vida y mi voluntad en
manos de un Poder Superior creía que algo increíble iba a ocurrir. Todas las
mañanas pedía: “Dios ayúdame a liberarme de la obsesión por la comida hoy” y
añadía “Y ayúdame a cumplir con tu voluntad”. Intentaba sinceramente que se
hiciera su voluntad, no la mía. Sabía que sólo ocurriría lo mejor para mí.
Lo primero que me sorprendió fue que me abroché el cinturón de
seguridad del coche. Siempre tenía mil excusas para no hacerlo: “Ya estoy casi
en casa”, “Total, si nunca he tenido un accidente”, “Se me arrugará el vestido”.
Me abroché el cinturón porque decidí poner mi vida y mi voluntad en manos de
Dios, tal como yo lo concibo. Me sorprendió el sentimiento de paz y de estar
haciendo lo correcto.
Empecé a buscar maneras de ser más útil a Dios y a mis semejantes.
Finalmente “la encontré” un día que tuve que llamar urgentemente a mi
hermana, la “esbelta, delicada y alta” que a día de hoy pesaba 136 kilos. Le pedí
a Dios “dame el valor y la voluntad de llamar a mi hermana”, pero nada es
perfecto, seguía sin querer hacerlo. Unas horas más tarde lo intenté de nuevo.
Cuando cogió el teléfono me dijo: “muchas gracias por llamarme, sabía que no
te olvidarías de que hoy hace un año de la muerte de mi marido”. No siempre
tengo que descubrir cuál es la voluntad de Dios, él se encarga de decirme lo que
tengo que hacer.
El cuarto paso fue un reto, pero estoy convencida de que el programa
funciona. Estaba perdiendo peso, me sentía útil y empezaba a ser feliz, así que lo
hice y lo compartí (quinto paso). Identifiqué mis defectos de carácter (sexto
paso), le pedí a Dios que los eliminara (séptimo paso) e hice una lista de las
personas a las que había ofendido (octavo paso). Aunque he hecho la mayoría de
las reparaciones de la lista, me queda una. Cuando mi hermana y yo estábamos
en el colegio nos pegamos con dos chicas cuando volvíamos a casa. Ellas se
mudaron hace tiempo así que perdí el contacto. Mi madrina me preguntó “¿si
pudieras reparar, lo harías?”. Cuando le dije que sí ella me dijo que a veces la
voluntad es suficiente, el octavo paso dice que lo importante es “estar
dispuesto”.
Gracias a la oración y a la meditación (paso once), empecé a creer en
el Dios de mi infancia. Me había alejado de él por la comida y porque no sabía
cómo llegar a él, mis oraciones habían sido siempre como una carta a los Reyes
Magos. Nada ni nadie podía liberarme de la obsesión por la comida.
Muchas veces, para intentar solucionar mis problemas (la mayoría
fruto de mi egoísmo y mi egocentrismo) en lugar de dejarlos en sus manos,
comía más. Era una reacción contra las personas y situaciones que era incapaz de
aceptar. Tenía que decidir entre continuar sintiéndome miserable o utilizar las
herramientas para volver a tener un contacto espiritual consciente a través de los
pasos. El servicio (paso doce) es la herramienta que necesito para salir de mi
egoísmo y egocentrismo que son la raíz de mi problema.
Poco tiempo después de haber compartido mi inventario me ofrecí
como servidora en la convención regional de OA. Me ofrecí para cualquier
servicio, pero reconozco que no me emocioné demasiado cuando me pidieron
que me encargara de dar abrazos. Así que lo hice un minuto a la vez durante
veinticinco minutos, saludando a la gente y actuando como si me encantara.
En dirección opuesta se acercó una mujer muy alta. Me alegré de que
ya la hubieran saludado, de hecho, ya llevaba una etiqueta con su nombre.
Cuando se acercó me fijé en él, sólo conocía a una persona con ese nombre: la
chica a la que había pegado a la vuelta del colegio. Le pedí si podía hablar con
ella e hice mi última reparación. Realmente, Dios hace por mí lo que yo no soy
capaz de hacer por mí misma, si le dejo.
Trabajando los pasos descubrí que había mucho dolor acerca de los
abusos que recibí de mi padre. Murió algunos años antes de que yo entrara en
OA y escribí mucho sobre nuestra relación. Cómo le había odiado, cómo odiaba
el hecho de que nos pareciéramos tanto. Le escribí una carta y la leí sobre su
tumba cubierta de nieve, pero seguía sin estar en paz. Seguía odiándole, seguía
resentida porque no me cuidó como yo quería que me hubiera cuidado.
Después de haber escrito más, haberlo dejado en manos de Dios,
haber reconocido mi parte y al final, muy al final, haber tenido el deseo de
perdonarle conseguí tener paz. Había una voz reconfortante dentro de mí que
decía: “yo soy tu Padre y siempre te he querido”. No sé si es la voz de mi Padre
espiritual o de mi padre terrenal, pero tampoco me importa. Hoy acepto que
puede ser la de cualquiera de los dos. La serenidad sólo llega cuando soy capaz
de soltar las riendas y dejar que Dios haga su parte, a través de los pasos.
Perdonar a mi padre me ha servido para perdonarme a mí misma y para pedir
perdón a mis hijos. La capacidad de perdonar es el resultado de comprender, con
la mente abierta, cómo creció mi padre y que él es el producto de los abusos y el
abandono de su infancia. Espero que mis hijos no tengan que pasar por lo
mismo.
Desde la infancia he buscado a alguien que cuidara de mí. Mis padres
no lo hicieron como yo quería, ni mi marido, ni mis padrinos y amigos. He
aprendido que yo soy la única responsable de cuidar de mí misma. Una vez que
he liberado a mi marido de esa responsabilidad, se ha convertido en una persona
muy enriquecedora. Con la práctica diaria del tercer paso, dejo que Dios me
cuide, estoy bien cuidada y puedo cuidar a los demás. Tengo lo que buscaba, en
cuanto a la comida y en cuanto a las personas. He experimentado un cambio de
personalidad como consecuencia de trabajar los pasos y me he convertido en la
persona que había intentado llegar a ser. Estoy convencida de que es elemental.
Debo vivir con el ABC:
A. Soy comedora compulsiva y no puedo gobernar mi propia vida.
B. Probablemente ningún poder humano (marido, hijos, padrino, amigo,
nutricionista, médico, terapeuta, centro de control de peso) puede
liberarme de la compulsión por la comida.
C. Sólo Dios puede, si lo buscamos.













7
Viva y bien y viviendo en el mundo real


ANTES DE ENTRAR en Comedores Compulsivos Anónimos nunca
había reaccionado de forma normal ante la comida, ante los demás y ante
todo lo que me ocurría en la vida. Durante la mayoría de mis primeros treinta
años me había mantenido alejada de la realidad, como si no viviera en este
mundo.
Era una extraña en mi propia familia. De pequeña no me daba
cuenta, mi familia me daba cariño y alimentos, pero era incapaz de aceptarlo
porque algún giro en mi personalidad me llevó a tener expectativas
irracionales de los demás. Siempre he creído que nací con este defecto y que
no tenía nada que ver con mi familia y con mi entorno. Anhelaba ser como
mis dos hermanos mayores, pero me resentía y competía en secreto con ellos.
Si no podía ganar, prefería no jugar, y eso que mis hermanos eran simpáticos
y bondadosos. Seguramente yo también lo era, pero estaba demasiado absorta
en culpar a los demás de las incorrecciones de mi vida como para desarrollar
mis aptitudes propias. No quería formar parte de mi familia. Siempre estaba
en desacuerdo con ellos y con el mundo en general.
Desde la guardería me sentía distinta a los demás. Las amigas que
tenía eran más guapas que yo, lo que significa que no estaban gordas y, por lo
tanto, eran mejores que yo. El resto de mis compañeros no eran suficiente
para mí, todo el mundo era mi rival, durante el recreo me escondía en los
arbustos deseando poder quedarme allí para siempre. La comida era mi única
compañera.
Una vez que mi madre me regañó estaba tan enfadada que deseé que
se muriera. Estaba enfadada, pero me sentía culpable por tener ese deseo y en
mi interior sentía que tenía ganas de llorar. Fui a la cocina, me comí un
sándwich e inmediatamente me sentí arropada por la comida. Me hacía sentir
que todo iría bien. No todo el mundo se siente así después de comerse un
sándwich, pero la comida siempre me hacía sentir bien y además no tenía que
competir con ella.
Durante los años de instituto y en la universidad era el payaso de la
clase e hice algunos amigos en aquella época, pero seguía sintiendo que no
existía. No me importaba nada porque yo realmente no existía, creía que las
chicas “de verdad” tenían citas, se compraban ropa de moda y sabían cómo
hablar con los demás. Yo era gorda, aburrida y atontada. Para seguir así, tenía
que comer para caer en el olvido.
En el segundo año de universidad, el dolor de pesar 125 kg con
diecisiete años era insoportable así que dejé la universidad y me mudé. Tenía
grandes planes, grandes esperanzas de que perdería peso, empezaría de nuevo
y me convertiría en una persona real. Era todo o nada: o no era nadie, o era
Miss América. Fantaseaba con la idea de mudarme, perder peso y volver al
campus delgada y guapísima y partirles el corazón a todos los chicos que me
habían ignorado. Las fantasías y mis planes de venganza eran la única
esperanza que me ayudó a seguir adelante.
Conseguí un trabajo en el bufete de abogados de la ciudad y descubrí
que me gustaba el trabajo de secretaria eficaz. La gente del trabajo me trataba
con respeto y me escuchaba, me sentía segura de mí misma. Conocí a una
chica con sobrepeso y decidimos ayudarnos la una a la otra a perder peso.
Hicimos una dieta rica en proteínas y perdimos algunos kilos. Nos pasábamos
horas al teléfono y, aunque éramos muy distintas, compartíamos el amor por
la comida. Era la primera vez en toda mi vida que había conseguido perder
peso y estaba convencida de que la clave era hacer dieta. Ahora sé que lo que
funcionó fue hablar con otra comedora compulsiva y preocuparme por otro
como me preocupo por mí misma.
Después de haber perdido esos 45 kg, estaba convencida de que
nunca más volvería a estar gorda y que, como ya no sería obesa, podría tener
una vida real. Sin embargo, mi vida se convirtió en una procesión de dietas,
perdía peso y lo volvía a recuperar. Durante los diez años siguientes cogí y
perdí 45 kilos dos veces más (sin contar los cientos de veces que empezaba
una dieta por la mañana y me la saltaba por la tarde). Fue también el
principio de intentar sustituir la comida por otras sustancias como las drogas,
el alcohol y el sexo. No conocía la vida sin ningún tipo de compulsión.
Me leí todos los libros de autoayuda, dietas y obesidad que caían en
mis manos. Lo sabía todo acerca de nutrición, calorías, ejercicio, autoestima
y psicología, pero nada podía liberarme de comer compulsivamente, cuando
empezaba ya no podía parar. No existía suficiente fuerza de voluntad que
pudiera contenerme cuando aparecía la compulsión, ni siquiera todos mis
conocimientos podían con mi insatisfacción interior. A veces ni siquiera era
consciente de que estaba engordando, sólo me daba cuenta cuando ya no me
cabía la ropa.
A los treinta años pesaba 140 kg y llegué a pensar que me quedaría
así para siempre. Era muy intolerante con los demás, en especial con las
mujeres guapas y delgadas. La sensación de estar en una competición
continua con los demás venía acompañada de odio y resentimiento. Me casé
con un hombre al que no amaba por el simple hecho de que sólo él me quería,
ninguna mujer gorda como yo tenía derecho a elegir con quién casarse y
pensé que casarme y tener hijos me haría sentir normal. Me equivoqué.
En primavera de 1979 un tornado arrasó la mayoría de mi pueblo
natal. Se conoce aquel día como el “martes terrible” y cambió nuestras vidas
para siempre. El pueblo entero parecía como si estuviera en guerra, todas las
casas estaban demolidas. A partir de entonces, mi obsesión por comer se
volvió tan dolorosa como el ser gorda. Quería estar delgada, pero no quería
dejar de comer; sin embargo, después del tornado, no podía soportar la
destrucción que me rodeaba sin comer constantemente. Por aquel entonces
estaba embarazada de siete meses y, aunque los médicos me dijeron que me
estaba haciendo daño a mí misma y al bebé, no paré de comer. Salí del
médico y me fui al restaurante más cercano para satisfacer el deseo de
siempre con comida. No sé cómo pudo soportar mi cuerpo el dolor, pero
estuve así tres meses más.
Un día salió un anuncio en la televisión de un taller de Comedores
Compulsivos que se iba a celebrar en mi pueblo. Decidí que iba a ir y
recuerdo que estaba muy emocionada a pesar de no tener información acerca
de la organización. Había renunciado ya a cualquier club de dietas. Recuerdo
que llegué la primera al taller y que estaba enfadada porque no empezó
puntual. Una vez que empezó, me sentí muy incómoda, pero pensé que los
que compartían eran increíbles. Nunca había oído a nadie reconocer que la
comida lo controlaba, como a mí, ni tampoco había oído a nadie decir que su
relación con Dios era buena. Siempre que había oído hablar de Dios había
sido en un tono dulce y poco sincero y en unos términos con los que yo no
me identificaba en absoluto. Sin embargo, en el taller de OA se habla de Dios
en mis términos, el que compartía sentía lo mismo que yo sentía con la
comida y hablaba con una credibilidad absoluta cuando dijo que Dios le
había liberado de la obsesión por la comida. Empecé a creer que Dios podía
hacer lo mismo conmigo, si le había ayudado a él...
Después del taller de OA tardé ocho meses en ir a mi primera
reunión. Quería encontrar a Dios yo sola, pero no me funcionó. Fui al parking
de ocho reuniones de OA, pero no tuve valor de entrar. Mi miedo tenía
mucho poder, pero el dolor de comer compulsivamente era tan intenso que
me las arreglé para salir del coche e ir a la reunión.
Estaba obsesionada con que alguien pudiera reconocerme. Estaba
irritada porque sólo había nueve personas (¡todo mujeres!) y encima una
llevaba el mismo vestido que yo. ¡Cómo se atreve! Tenía la mente tan
ocupada que ni siquiera escuchaba lo que se decía. Dios obró en mí aquella
noche. Al final de la reunión me compré “El libro grande” a ver si me
ayudaba a recuperarme y no tenía que volver a ninguna otra maldita reunión
de Comedores Compulsivos. He escuchado muchos compañeros que dicen
que en su primera reunión se sintieron como en casa. Yo no. Ir a la reunión
significaba admitir que estaba gorda y odiaba eso con todas mis fuerzas, y
eso que he odiado muchas cosas a lo largo de mi vida.
Empecé a leer el “Libro grande” sustituyendo la palabra “alcohol”
por “comida”. Mientras iba leyendo veía mi vida pasar por delante de mis
ojos. Lloré y reí mucho porque por primera vez en mi vida empecé a entender
muchas cosas. Aquella noche vi y oí todo lo que me había negado durante
toda la vida. No podía esperar para ir a la siguiente reunión de OA para
preguntar a los demás si a ellos les había ocurrido lo mismo con el libro.
Estaba emocionada. Al menos era real y estaba viva. Esto ocurrió hace 70
kilos y mi peso no ha variado más de 5 kg desde entonces.
Cuando entré en OA no sabía mucho acerca de Dios y me gustó la
idea de un Poder Superior a mi medida. Decidí que si se me caía el techo
encima sería un poder superior a mí, así que mi Poder Superior sería el techo
de mi cuarto. Cuando empecé a rezar al techo, Dios empezó a entrar en mí de
forma muy sutil. Lo busqué como si fuera un millón de euros que estuvieran
escondidos en el cuarto de estar. Veía programas de TV, me uní a una iglesia
y fui a reuniones abiertas de AA y OA. Leo el libro Empezar a creer de AA y
“El libro grande” cada noche. Me ofrezco a Dios para que me ayude a hacer
su voluntad, a conocerle mejor y a recuperarme de mi adicción.
La respuesta es totalmente espiritual. Todo lo que he de hacer es
limpiar de escombros mi pasado con los doce pasos y Dios hará el resto.
Limpiar la casa ha sido la base de mi recuperación y de mi nueva relación
con Dios. He invertido mucho tiempo en la oración, la meditación y en hacer
inventarios. A través de la meditación he conseguido conocer a Dios y sentir
que me acepta.
Estoy segura de que muchas de las cosas que me han pasado en su
presencia pueden considerarse como productos de mi imaginación, pero no
analizo ni me preocupo por esas cosas. La meditación ha sido muy
importante para mi equilibrio emocional. No me preocupo demasiado por el
peso ni por la parte emocional. Como dice el programa, cuando desaparece la
enfermedad espiritual, la recuperación emocional y física viene natural y
fácilmente.
He cometido muchos errores durante mi recuperación y no me he
portado del todo bien muchas veces. Me divorcié, me volví a casar y me
divorcié de nuevo. Sigo teniendo los mismos defectos de carácter: celos,
inmadurez y egoísmo y me comporto como una niña de cinco años, me
enfurruño y planeo mi venganza, pero he descubierto que, si lo sigo
intentando, rezo y hago servicio en OA, Dios me mantiene abstinente y no
me abandona.
La tolerancia es algo que me gustaría mejorar. Al final de las
reuniones de OA le pido a Dios que perdone mis ofensas, mis defectos, así
como yo perdono a los que me ofenden. Reflexiono acerca de cómo perdono
a los demás. Puedo ser rencorosa, pero he descubierto que el resentimiento es
el camino hacia comer compulsivamente.
Tengo mucho camino que recorrer en mi recuperación, pero mi vida
es mucho mejor ahora. Me preocupo por los demás, hago servicio y
pertenezco a la comunidad de OA. La mayoría de los días estoy contenta, me
llevo bien con mi familia y tengo una vida activa y productiva. La mejor
parte es que ya no estoy obsesionada con la comida y ya no lucho contra la
grasa. A día de hoy puedo decir riéndome que hoy es un buen día si estoy
abstinente y no estoy casada con mi primer marido, pero toda mi
recuperación se la debo a Dios, a quien conozco personalmente. Estoy muy
contenta de la evolución en nuestra relación desde que escogí como Poder
Superior el techo de mi cuarto.
Me gustaría decir algo del apadrinamiento. Algunos piensan que el
padrino tiene que llevar más tiempo en programa que ellos, mi madrina y yo
llegamos a OA al mismo tiempo. La quiero más que a ningún otro ser
humano, lo sabe todo sobre mí y la aceptación que tenemos la una de la otra
es una muestra del amor de Dios. Las dos sentimos respeto por la enfermedad
de la compulsión por la comida y por el poder que tiene. Ella me anima y me
da fuerzas para vivir, amar y conocer mejor a Dios que para ella es divinidad
y amor. Cada día le doy gracias a Dios por esta mujer.
Los beneficios de la vida espiritual son incalculables y estoy
agradecida de ser uno de los preciosos milagros de Dios.







8
Nunca más solos


LA COMIDA ERA lo único que me daba paz. Cuando era pequeño,
los cinco miembros de mi familia nos sentábamos a cenar en una mesa
repleta de comida, cinco bistecs, montañas de patatas, pasta y arroz. Siempre
había más comida de la que hubiéramos podido comer, pero todas las noches
mi madre preparaba lo mismo. Esperaba la hora de la cena como él único
momento de seguridad y amor.
Cuando era joven tenía pesadillas casi a diario. Recuerdo que vi una
vez una marca en el papel de la pared que parecía una calavera. Muerto de
miedo bajé a la cocina y me comí medio litro de helado. Eran las cuatro de la
madrugada, tenía ocho años y medio y había encontrado la manera de no
tener miedo.
Me cerré en banda a amigos y reuniones sociales en las que no
hubiera comida. Me encantaban las reuniones en vacaciones porque siempre
había comida. Mi personalidad cambiaba cuando comía, me volvía
extrovertido, agresivo y opinaba acerca de todo. Normalmente me asustaban
los demás, pero cuando comía podía discutir con cualquiera, supiera de lo
que hablaba o no.
En la adolescencia, mi forma de comer empezó a afectar a mi salud.
Tuve gota, dolores de pecho, tensión alta y dolores de cabeza con bastante
frecuencia. Pesaba alrededor de 120 kg y no pasé el examen médico. El
médico me dijo que si no perdía peso moriría en un año. Esto llamó mi
atención y perdí 33 kg. En la universidad era un ogro solitario, no podía
confiar en las mujeres, se acercaban a mí ahora que estaba delgado y me
despreciaban cuando estaba gordo.
Empezó a surgir una temporada de dietas y comer compulsivamente.
Descubrí dietas con las que perdía mucho peso, mantenía el control de forma
estricta durante algún tiempo y luego volvía a mis hábitos alcanzando un
peso superior al que tenía al principio.
Buscaba apoyo tocando la trompeta en un par de orquestas de los
alrededores de Detroit. Como me preocupaba mi imagen en el escenario,
intentaba tener buen aspecto, a veces estaba gordo y otras delgado. Ya no era
sólo que me molestara estar obeso, era mi imagen en el escenario, enfermiza
y embarazosa, lo que no me dejaba ser moderno, hábil y guay.
Cuando conocí a mi mujer pesaba 125 kg. Nuestras primeras cenas
juntos eran: una ensalada del chef, para ella, y donuts de chocolate y Coca-
Cola para mí. Nos casamos en 1972 y yo estaba igual de preparado para las
responsabilidades maritales como un niño de 12 años. Nos peleábamos, me
ponía triste, me arrodillaba pidiendo perdón, me hundía por la culpabilidad y
comía. Pronto nos quedamos sin amigos. Años más tarde entré en Comedores
Compulsivos Anónimos por este tipo de relación tan enferma.
Durante años intenté hacer carrera como músico, me levantaba tarde,
veía culebrones delante de un montón de comida, bebía un trago y me dormía
la siesta. Aquella bebida de postre se convirtió en dos, luego cuatro y luego
seis; me despertaba a las cinco de la mañana preguntándome dónde estaba el
día.
Mi ex mujer había sido miembro intermitente de OA durante varios
años, no había perdido peso y hablaba de Dios así que deduje que se había
unido a algún tipo de culto para gente débil y simple. Yo por supuesto estaba
más gordo cada día, pero por aquella época me asocié con un hombre que
llevaba nueve años de sobriedad en AA.
A través de este hombre fui a la primera reunión de OA en 1979.
Llegué pronto y sólo había mujeres, así que me puse a la defensiva
inmediatamente y me negué a entrar. Mi amigo se reunió con nosotros allí y
su reacción a mi cabezonería fue crucial en mi recuperación. Me dijo:
“puedes seguir matándote si quieres, pero yo estoy aquí para sobrevivir,
como todo el que viene. ¿Qué vas a hacer?”. Entró sin esperar a mi respuesta.
Me dio rabia que me tratara así, pero sus palabras calaron en mí. Me volví
más miedoso, irritado y retraído.
La vergüenza llegó al límite cuando tuve que comprar un billete de
avión en primera clase porque era el único en el que cabía. Esta humillación
tuvo un papel muy importante en mi rendición. Lo que me hizo tocar fondo
del todo fue un lío que tuve con mi cuñada. Me había aislado de mi mujer y
me sentía muy solo, mi cuñada se confabuló conmigo contra el mundo.
Cuando mi cuñada ingresó en un centro de desintoxicación del
alcoholismo me hundí. Los efectos de tanto secretismo empezaron a notarse:
tenía serios problemas de pecho y me costaba respirar. Cuando fui al médico
descubrí que había ganado 35 kg, no los 10 que esperaba. Pesaba de nuevo
150 kg.
Aquella noche me senté en la mesa del comedor sin saber qué hacer.
De repente recordé las palabras que oí en la puerta de aquella reunión de OA
hacía ya cuatro años. Llamé a OA para ver si había reunión esa noche, no
podía obviar la realidad: mi vida era ingobernable. Estaba a dos minutos de
las ocho de aquella tarde en la que mi antigua vida llegaba a su fin.
Una mujer que llevaba tres meses abstinente moderó la reunión de
aquella noche. En aquella habitación sentí un calor, cuidado y aceptación que
nunca antes había sentido. No sólo sentí que pertenecía a ese lugar, sino que
la gente quería que yo estuviera ahí. Tuve una experiencia espiritual cuando
la moderadora me miró y me preguntó que qué tal estaba. Respondí: “ya no
tengo que estar solo nunca más, ¿verdad?” y me puse a llorar. He estado
abstinente desde entonces hace ya siete años y mantengo una pérdida de peso
de 70 kg.
Aquella noche sentí tres cosas de manera aplastante: confianza, amor
y voluntad. Aunque soy imperfecto y tropiezo en mi vida, tengo una
confianza ciega en Dios, amo a mis semejantes y tengo la voluntad de vivir
de acuerdo con ciertos principios que me permiten abstenerme de lo que sea.
Durante la primera semana puse toda mi razón y mi corazón en
entender el programa. Mi primer Poder Superior fue el grupo, teniendo en
cuenta que era ateo creo que es un gran paso. Después tuve la voluntad de
aceptar la idea de una fuerza universal, un orden cósmico. Hubiera sido
divertido escuchar mis teorías sobre la existencia de Dios los primeros diez
días de abstinencia. Incluso hablar de Dios era una maravilla, era una prueba
de que había un Poder Superior que operaba en mí. Aquél Poder Superior me
ayudó a estar abstinente, a cambiar, a enfrentarme a lo que soy y a correr
riesgos que nunca antes había corrido.
Durante la primera semana de recuperación se celebraba el día judío
del arrepentimiento (Yom Kipur). En el pasado, o bien lo ignoraba o bien lo
pasaba como un castigo. Esta vez fue distinto, fui a la sinagoga y descubrí
que mi religión y el programa de OA tenían mucho en común. Yon Kipur es
un día para hacer inventario y reparaciones. Recé y reflexioné sobre mi vida
y, por primera vez, este día tuvo sentido para mí.
En OA me enseñaron que el servicio es un acto de amor. Me dijeron
que no rechazara nunca un servicio en OA, a menos que existiera algún
impedimento físico para realizarlo. Fui padrino y representante de grupo en el
intergrupo, siempre tendré tiempo para ayudar a otro comedor compulsivo, y
si no lo tengo, lo sacaré de donde sea.
De todos los servicios que he hecho mis favoritos son el de delegado
de servicio mundial y el de sacar la basura de las reuniones de mi casa. He
descubierto que puedo tener más responsabilidad de la que pensaba y, lo más
importante, la comida y el peso ya no son un problema.
Comedores Compulsivos Anónimos me ha dado un montón de
experiencias increíbles junto con la sensación de que ya no estaré solo nunca
más, siempre que recuerde cómo era y como soy ahora. Gracias a todos los
que me habéis acompañado en el pasado, me habéis ayudado a disfrutar el
presente y me habéis dado esperanza para el futuro.






9
Mejora, te lo prometo


“ME LLAMO ROSA y soy comedora compulsiva”. Estoy tan
acostumbrada a utilizar esta frase en las reuniones que me cuesta muchísimo no
decirla cuando me presento en otros lugares. Todavía, si la repito fuera, expresa
los hechos más relevantes de mi vida: que soy impotente ante la comida y que
sólo un poder superior a mí misma puede devolverme el sano juicio.
Esta enfermedad me llevó a pesar casi 140 kg y mido 1.54 cm.
Gracias a Dios hay una solución, mantengo un peso sano desde hace cinco años
y medio y, lo más importante, ya no soy esclava de la comida. Siempre he sabido
que mi forma de reaccionar ante la comida no era normal. Siempre he tenido
sobrepeso, cada vez más a medida que iba creciendo. Cuando tenía diez años el
médico me puso a dieta porque, como él dijo: “¿No querrás que los demás niños
te llamen “gordi”, ¿verdad?”. ¿Quería que me llamaran de otra manera?, por
supuesto que no. ¿Pude hacer dieta? No. Ni siquiera podría explicar esta
incapacidad, así que empezó mi aislamiento.
Empecé a hacer dieta a los quince años. Hasta que llegué a OA, a los
veintiocho años, o estaba dieta o estaba planeando empezar a estarlo el primer
lunes del mes, o del año. Después de aquellos 13 años pesaba alrededor de 45 kg
más que cuando empecé la “era de las dietas”. Es lo que yo llamo “dieta
negativa”.
De todos mis intentos enfermos de perder peso mi favorito es lo que
yo llamo “la dieta matemática”. Cuando comía algo, le calculaba una cantidad
ridículamente mínima de calorías. Después, por supuesto, quería otro, así que
rehacía el cálculo de lo que había comido y le daba un contenido calórico más
bajo. Por último, perdía menos peso progresivamente cada semana, luego me
estancaba y por último empezaba a coger peso. Estaba segura de que los que
hacían dietas no estaban tan afligidos injustamente. Hasta que llegué a OA no
comprendí lo que pasaba: ¡Cada semana comía más!
El único momento en el que sentí desolación fue cuando pospuse mi
dieta a un futuro y me di cancha con la comida. Llevaba bolsas repletas de
comida mientras fantaseaba con lo perfecta que sería mi vida cuando fuera
delgada, algo así como una escena de una película de amor.
Estaba descontenta con mi físico, hundida emocional y
espiritualmente, pero fue el dolor físico lo que me trajo a OA. No podía andar ni
respirar bien. No encontraba una forma cómoda de estar sentada y cuando subía
la colina hacia mi despacho me quedaba sin aliento y no podía ni hablar. Tenía
apnea del sueño, asociada con la obesidad, que me llevaba a despertarme por la
noche jadeando para poder respirar. Tenía claustrofobia debido a los 70 kg de
más que tenía sobre mi pecho.
Llegué al punto en el que de verdad ya o quería seguir comiendo
compulsivamente y no podía parar. Me paseaba por las estanterías del
supermercado en estado de catatonia sin encontrar nada que me satisficiera.
Aunque no comprara nada, la comida me poseería, nunca digo que la comida sea
mi “droga elegida”, no tenía elección. Tenía pesadillas con que no podría
levantarme de la cama. Cuando se acercaba mi veinte cumpleaños, tenía de todo
menos esperanza. Sabía que me estaba muriendo.
Mi prima me dio la respuesta sin saber yo siquiera cuál era la
pregunta. Era miembro de AA en otra ciudad y me habló de los doce pasos
cuando fui a visitarla. Fui a una reunión abierta de AA y fue lo mejor que me
había pasado nunca.
Cuando el orador empezó a hablar mi prima me susurró: “cada vez
que oigas “alcohol” sustitúyelo por “comida””. No recuerdo lo que dijo el
orador, pero me eché a llorar. Sabía que estaba hablando de mí, pero no era el
primer lunes de enero, así que no podía empezar mi dieta anual. Pasé las dos
peores semanas con la comida de mi vida. El domingo por la noche, cuando
terminé con el ritual de la noche antes de empezar dieta sentí una gran liberación
cuando me comí el último trozo de comida basura. Sabía que no podría parar
hasta que se acabara.
No sé cómo explicar lo que sucedió después. Al día siguiente fui a
una reunión de OA. He estado abstinente por la gracia de Dios desde entonces.
Lo único que he hecho para merecer esto es comer compulsivamente durante
veintiocho años. No lo entiendo, los milagros son un misterio. Sé que Dios hace
por mí lo que yo no soy capaz de hacer por mí misma y que este regalo está
siempre ahí para mí y para quien lo quiera.
En OA he descubierto que tengo una enfermedad, comer
compulsivamente no tiene nada que ver con la moral, no soy tonta, ni tengo poca
fuerza de voluntad ni soy un cerdito. Tengo una enfermedad progresiva, si
volviera a comer compulsivamente sería peor que antes.
También he aprendido que soy adicta a la comida. Soy físicamente
adicta a ciertas comidas y mentalmente adicta a todas. En recuperación no puedo
comer ciertos alimentos como azúcar, harina, y otro tipo de hidratos de carbono.
Nadie me dijo cuáles eran mis alimentos compulsivos, mi madrina me sugirió
que rezara para que me guiaran y esto es lo que recibí.
Es fundamental que hable de mi comida con otros miembros de OA.
Sigo bastante atenta porque mi enfermedad es muy paciente. Una amiga mía
dice: “te estás rindiendo a Dios y te estás rindiendo a la comida”. Rendirme a la
comida es la muerte. Estoy segura de que no volveré a comer compulsivamente,
pero nunca dejaré de ser comedora compulsiva.
Perder 70 kg fue estimulante y terrible a la vez. Al principio me daba
vergüenza que los demás se dieran cuenta de que estaba adelgazando, pero ahora
espero que me aplaudan cuando voy por la calle. Quiero que me señalen y digan:
“¿Habéis visto a esa mujer? ¡Tiene un peso normal!” He descubierto partes de
mí que ni siquiera sabía que tenía. Una vez me senté encima de la cama porque
podía sentir los huesos del pecho cuando respiraba. Tuve que preguntarle a una
amiga si ella tenía los mismos huesos que yo y ella aseguró que sí. A veces creo
que el tamaño de mi cuerpo está asegurado, otras veces me miro en el espejo con
asombro y humildad porque la pérdida de 70 kg no lo he hecho yo, ha sido un
poder superior a mí misma.
Mantener mi abstinencia depende de cómo trabaje los doce pasos, así
como la recuperación mental y espiritual. He tenido que crecer mucho para esto.
La compulsión detuvo el proceso de maduración. Cuando entré en OA mi edad
emocional era de 12 años, ¡ahora he crecido hasta los veintiuno!
Los pasos me ayudan a salirme de mí misma y a estar en contacto con
Dios y con los demás. Me ayudan a ver mi parte en situaciones de conflicto.
Cuando sólo soy capaz de ver los defectos de los demás, reales o imaginarios, las
cosas empeoran. Llegué al programa paralizada por los resentimientos y los
miedos, gracias al programa ya no dominan mi vida. He sido bendecida con una
madrina y compañeros del programa que me ayudan a mirar hacia dentro y
escuchar las palabras de mi Poder Superior.
El Poder Superior me da la liberación de comer compulsivamente y
una nueva forma de vida que funciona, incluso en los momentos más difíciles.
En estos cinco años y medio he sufrido momentos dolorosos, hace dos años
murieron mis padres, pero Dios me bendijo con la abstinencia y la capacidad de
vivir emocionalmente en el presente sin ningún tipo de culpa. Casi me supera el
dolor, pero Dios me ayudó a superarlo.
Mis planes de llevar una vida de película de amor aún no han
desaparecido, pero me han pasado otras cosas que nunca pensé que podrían
ocurrir: paz mental, amor verdadero y estar contenta de corazón. Mi madrina, en
medio de mi desesperación, me dice: “mejora, te lo prometo”. La creí y así fue,
ha ido mejor, mejor y mejor. Sigue viniendo a pesar de la desesperación y podrá
mejorar para ti también.






10
Creciendo en OA


VINE A OA recién cumplidos los quince años. He pasado los años de
formación en OA, así he sido capaz de vivir momentos cruciales en mi vida que
de otra forma hubiera estado demasiado deprimido como para vivirlos.
He sido comedor compulsivo desde que nací. Ya en la guardería me
preguntaba a mí mismo cómo iba a tener amigos si era gordo y feo. Cuando
entré en el colegio me aislé de mis compañeros. Mi mundo consistía en ir al
colegio, ver la TV, merendar, cenar y comer a escondidas el resto de la tarde. No
salía de casa salvo para comprar helado o caramelos.
Mi único amigo era mi abuelo y murió cuando cumplí ocho años. Mi
mundo se derrumbó. Dejé de creer en Dios y quise suicidarme, pero me asustaba
la muerte. Mis padres dijeron que era demasiado joven para estar deprimido, fue
la última vez que les dije cómo me sentía.
Empecé a engordar. La comida era un placer y una salida. Mis padres
me apuntaban a actividades sociales como los Boy Scouts, yo sólo lo soportaba
por los aperitivos. Tenía que comer algo cada poco tiempo. Cuando fui al
campamento de verano robaba comida y me compraba más caramelos de los que
me podía comer en toda la semana. Le decía a la gente que amaba la comida,
pero la verdad era que no la disfrutaba porque siempre pensaba en lo siguiente
que me iba a comer.
Hasta los diez años no asociaba el amor por la comida con mi
problema con el peso. Creía que había nacido gordo y ese era mi destino. Mi
padre me llevó de viaje a Israel a visitar a unos parientes, era la primera vez que
estaba lejos de mi madre, de la que me escondía muchísimas veces para comer.
Estaba fuera de mi entorno y no tenía tiempo para pensar en comida. Perdí 7 kg,
todo el mundo lo notó y yo me di cuenta de que podía controlar mi peso. Seguía
sintiéndome gordo, pero todo el mundo me dijo lo guapo que estaba. Yo ya
había empezado a tener talla de adultos y decidí que debía empezar a hacer dieta.
Los domingos por la noche me daba un atracón porque los lunes
empezaba la dieta más estricta que podía encontrar. Creía que no debía comer
nada porque estaba muy gordo. Mis dietas sólo duraban un día o dos porque
creía morir a causa de la depresión y el aburrimiento. Me comía un trocito de
algo que no estaba en la dieta, sentía que ya había roto la dieta y me daba un
atracón. Tenía 12 años, 30 kg de sobrepeso y el médico le dijo a mis padres que
si seguía así acabaría el instituto pesando 120 kg.
Cuando iba a entrar en el instituto, mi madre (mi compi de atracones)
entró en OA. Me obligó a que fuera con ella a algunas reuniones y yo pensé que
a ella le serviría, pero que yo era demasiado joven. Mi madre nos aplicó su plan
de comidas a todos, así que yo me quedaba en casa rebuscando en los armarios
mientras mi madre estaba en las reuniones. Me daba incluso atracones de
ensaladas, me convencí a mí mismo de que la obesidad se me pasaría con la
edad.
Mis años de instituto fueron horribles. Me pusieron en una clase de
educación física especial, nos hacían correr alrededor de la pista de atletismo
todos los días, yo siempre era el último. Creía que me iba a dar un ataque al
corazón y sentía que todo el mundo me miraba y se reía, quería morirme cada
vez que me tenía que cambiar en el vestuario, no tenía casi ningún amigo.
Aquel verano mi madre volvió a entrar en OA y me preguntó si quería
ir a una reunión con el hijo de una amiga. No sé cómo accedí a ir, pero fui.
Había seis adolescentes y un moderador adulto. No era como las reuniones a las
que iba mi madre, todo el mundo hablaba. No sabía que tenía que ver lo de
hablar con el peso así que no abrí la boca, sólo quería que empezara el instituto
para no estar comiendo todo el día.
Cuando empecé el instituto sentía que OA era mi única oportunidad.
Le pregunté a la gente de las reuniones si podían darme alguna sugerencia para
parar de comprar galletas y caramelos en la cafetería. Me recomendaron que
llamara a un compañero de OA y comprometiera mi comida del día, me pareció
lógico. La comida que comprometía no era especialmente de dieta, pero empecé
a perder peso a pesar de todo. Me sorprendí de las cantidades que había estado
comiendo. Aunque estaba contento, no había nada más que me interesara en OA.
Empecé otra reunión de adolescentes que me llevó a involucrarme en
otros grupos y en el intergrupo para promocionar este tipo de reuniones, estaba
en lo alto de OA. Perdí 12 kg, crecí y empecé a tener más amigos. Por primera
vez sentí que estaba vivo. Empecé a ir a fiestas y a hablar con chicas, cosa que
me en el pasado me había parecido imposible.
Escuchaba a mis amigos de OA hablar de milagros y de Dios y
finalmente me di cuenta de que había sido tocado por un poder ajeno a mí. Le
pedí al moderador que fuera mi padrino y me sugirió que empezara el inventario
del cuarto paso. Creía que nunca tendría el valor de escribir todos mis secretos y
terminar el inventario. Mi padrino me dijo que tenía que asumir la
responsabilidad de mi vida y que no podía seguir culpando a los demás de la
miseria que había vivido, si no me iría de nuevo directamente a la comida. Le leí
el inventario a mi padrino y me ayudó a hacer las reparaciones y a trabajar los
defectos de carácter. Tenía una profunda sensación de paz.
Cuando me gradué en el instituto en 1979 tenía un peso normal (no
los 120 que me habían pronosticado) y no podía creer que hubiera vivido tanto
tiempo. Estaba agradecido por poder escuchar las historias de otros miembros de
OA mayores que se habían perdido cosas de su juventud tales como el baile de
fin de curso. Yo fui al mío, participé en mi graduación y sentí que podía estar allí
gracias a OA.
En otoño empecé la universidad, aunque me sentí un poco tonto
porque sabía que mis amigos de OA seguirían a mi lado si hubiera suspendido.
Me licencié en contabilidad para compaginar los estudios y las demandas de
trabajo con el programa OA. No hubiera sobrevivido en la universidad si hubiera
estado comiendo. A veces tenía malos momentos, pero mantuve mi abstinencia y
mi compromiso con el programa.
Conseguí reconciliarme con mis padres gracias a los dieciséis años
que llevo trabajando los pasos. Hago servicio en mi familia igual que lo hago en
OA, incluso mantengo una relación con una mujer miembro de OA desde hace
algunos años. Nunca pensé que sería capaz de soportar las idas y venidas de una
relación íntima, pero lo soy. Hemos viajado juntos, lo que me ha demostrado que
gracias a Dios y a una abstinencia flexible se puede estar abstinente en cualquier
parte del mundo.
Dieciséis años después sigo asistiendo al menos a una reunión de OA
a la semana. Generalmente la comida no es un problema, pero estoy agradecido
cuando vuelve la obsesión para recordarme que necesito seguir creciendo en OA.
Una de las claves para una abstinencia tan duradera es haber hecho
servicio. Me ha ayudado a seguir conectado a mi pasado y a apreciar los
milagros que ocurren cuando nos entregamos a los demás. El servicio me ayuda
a ser más complaciente y estoy seguro de que cualquier ayuda que pueda
prestarle a OA es incomparable con la que OA me prestó a mí.
En el plano físico, OA me ha ayudado a mantener un peso sano
durante los últimos quince años. En el plano espiritual, OA me ayudado a darme
cuenta de que yo no dirijo el mundo. Confío en un Poder Superior y ya no me
paralizo a la hora de tomar decisiones. En el plano emocional, OA me ha
ayudado a quererme a mí mismo. Tengo confianza en mí mismo y me siento
como una persona útil, puedo ir con la cabeza bien alta e incluso puedo superar
una tragedia sin necesidad de comer compulsivamente.
A día de hoy, mi vida es más emocionante que nunca. Tiendo a pensar
que si trabajara el programa y eliminara toda la negatividad autoimpuesta de mi
vida me aburriría. También pienso a veces que ya no me quedan más milagros
que vivir ni más éxitos que conseguir, pero me equivoco. La vida cambia y, sólo
por hoy, no tengo tanto miedo de morir porque ¡he aprendido a vivir!




11
Una nueva esperanza a los sesenta


UNO DE MIS PRIMEROS recuerdos es el de mi padre castigando a
mi hermano sin cenar. Para mí, castigar a un niño hambriento sin cena es
imperdonable, teniendo en cuenta que desde pequeños trabajábamos en las tareas
de la granja después del colegio. Me prometí a mí misma que nunca me pasaría
eso, encontraría comida donde fuera. Me sorprendió que mi hermano no cogiera
y engullera la comida que le había guardado, pero simplemente se metió en la
cama y se puso a llorar hasta que se quedó dormido. Desde tan pequeña me
parecía imperdonable privar de comida a alguien.
A los trece años me fui a un convento de monjas de Milwaukee, a
unos 1300 km de mi Nebraska natal. El segundo domingo de cada mes era el día
de las visitas, yo estaba demasiado lejos de casa como para recibir visitas, pero
disfrutaba de los manjares que les traían a mis compañeras. Me impresionaba la
cantidad de dulces que les quitaba, guardaba y finalmente me comía cuando
estaba sola.
Yo era alta y fuerte así que me mandaban tareas que requerían la
misma fuerza que tenían las chicas más mayores. Estas tareas nos las premiaban
con aperitivos o con mejores comidas. No hace falta decir que estaba encantada
de hacer cualquier tarea que me pagaran con galletas y chocolate caliente.
Por extraño que parezca, mi preocupación por la comida no me hizo
engordar hasta pasados algunos años. Mi adicción empezó a ser visible después
de treinta años de vida en un convento, cuando cada día de fiesta lo celebraba
con un banquete, daba igual que fuera un cumpleaños, un santo, vacaciones o
simplemente un domingo. ¡Y lo celebraba! Generalmente el centro de mis
críticas eran la preparación de las comidas o la mesa. Me resulta deprimente,
incluso a día de hoy, reconocer que mi vida externa era de renuncia y disciplina,
mientras que la comida y las comidas eran mi principal centro de atención. No
podía picar entre horas por la rigidez de horario del convento y la rutina de las
clases, pero me dedicaba a guardar las bolsas de comida que se dejaban los niños
para darme un festín antes de la cena. Durante todos esos años me sentía una
glotona, muy culpable y avergonzada de mi abuso de la comida.
En verano de 1969 entré en la escuela para graduarme y compartía
habitación con otras monjas. Compartíamos la comida y la cocina. Durante los
tres semestres siguientes me comportaba como los niños sin disciplina de los
padres. Competíamos a ver quién hacía los platos más ricos, nos volvíamos locas
comiendo, cocinando y estudiando. Engordé 20 kg, pero estaba tan absorta en mi
aventura de conocer gente y comer en cualquier momento que ni apenas me di
cuenta.
Tenía cuarenta años cuando empezó el momento de las dietas. Leía
anuncios de revistas, libros de dietas y programas de pérdida de peso. Cuando
me gradué y me asignaron mi nuevo puesto de profesora, calculé cómo
conseguir pastillas de dieta, renové mi armario y mentí acerca de mi cuerpo.
Un día, en 1972, una estudiante de sexto de primaria me dijo en el
despacho que estaba orgullosa porque estaba en un programa de pérdida de peso
y dejó un folleto sobre mi mesa. Encontré un lugar de reunión en la ciudad.
Como era monja, me ofrecieron una beca si permitía que utilizaran una foto mía
para los anuncios de antes y después de perder peso. Me escogieron para el
anuncio porque pasé de 90 kg que pesaba en octubre a 70 kg en abril. Como os
podéis imaginar, esto no duró demasiado.
Los quince años que pasaron entre mi cuarenta y cinco y mi sesenta
cumpleaños estuvieron llenos de decisiones y cambios, pero estaba presa del
dolor de la compulsión por la comida. Durante estos años dejé el servicio
religioso, conseguí un buen trabajo en la universidad y me casé. Mi matrimonio
fue maravilloso y el trabajo también, pero ninguno de los dos me sirvió para mi
autoestima. Sencillamente no sabía comportarme cuando había comida. Cada
vez comía más a escondidas, tumbarme en el sofá se convirtió en un hábito y
empecé a ser cada vez más deshonesta con mi peso, la talla, las dietas y las
recetas. Tras varias situaciones desagradables me castigaba a mí misma
pensando “¡esta mujer tan capaz e inteligente es una glotona!”.
Cuando nos mudamos a San Diego en 1978 dejé de trabajar de
profesora y empecé a trabajar en la consulta de un psicólogo. Irónicamente cada
vez estaba más enferma, aunque estuviera en un ambiente terapéutico, utilizaba
la comida como cura de cualquier cosa negativa. Estaba profundamente
resentida con mi jefe y con mi lugar de trabajo. Mis cambios de humor eran tan
impredecibles que me escondía de mí misma en el baño o en una esquina de la
consulta. Pero pensaba que un donut me haría sentir bien, o un bollo y otro y
otro. Tenía que buscar ESA cosa que estaba mal en mí, estaba segura de que la
podía cambiar, en cuanto la descubriera. Leí libros de autoayuda, consulté a un
alergólogo, a un acupuntor, llevé un chip en la oreja e hice dieta hasta que ya no
pude más.
Por aquel entonces era voluntaria en mis días libres en una librería sin
ánimo de lucro. La librería estaba dos puertas más allá del centro principal de
reuniones de OA en San Diego. Criticaba a los miembros, los modales, la ropa y
el lenguaje que veía y escuchaba durante los descansos de la reunión, pero la
desesperación que siguió a Acción de Gracias en 1984 me hizo ir a la reunión de
OA del domingo por la mañana.
Me costó mucho adaptarme, rechazaba los abrazos, sacaba faltas a los
miembros y no me sentía una de “ellos”, pero seguía yendo a las reuniones,
aunque a veces salía enfadada y abatida. Un día el hielo se derritió. Escuché a un
miembro hablar de su historia cargada de dolor y mi corazón se compadeció. La
abracé cariñosamente y empecé a empaparme de OA. Esto fue en marzo de
1985. Surgió una esperanza nueva en mí, asistí a más reuniones y busqué una
madrina. Gracias a ella me di cuenta de que OA es un movimiento, es
progresivo, es un procedimiento paso a paso que se extiende a todos los aspectos
de mi vida, no sólo a la mesa, a la nevera y a la compra.
Por debajo de los kilos, 100 o más, estaba el deseo de serenidad, más
incluso que por estar delgada. Estaba cansada espiritual y psicológicamente de la
falta de límites y de mis cambios de humor. Poco a poco me fui dando cuenta a
través de los pasos primero, segundo y tercero de que mi peso estaba ligado a la
carga de mi alma y que la abstinencia de comer compulsivamente está
directamente relacionada con la abstinencia de resentimientos, culpabilidad y
juicios.
Un nuevo mundo se abría ante mis ojos. Seguí humildemente un plan
de abstinencia doble, de la comida y de los pensamientos negativos. Mi cuerpo
soltó 23 kg y mi alma se rindió al control y al desprecio. Considero fundamental
primero aceptar mi situación y después rendirme a un Poder Superior mientras
trabajo los pasos del cuarto al noveno.
Las sugerencias de mi madrina se nublan un poco a partir del quinto
paso. Tenía miedo de estar sola hasta que oí hablar de la importancia de las
reuniones estudio de los pasos. Como no había ninguna reunión próxima, dos
compañeras de OA y yo decidimos abrir una reunión de estudio de los pasos en
una librería local. En la reunión de trabajo aprendí el dinamismo de la conciencia
de grupo, el servicio, el anonimato de cada grupo y que el método de estudio
aprobado era para el beneficio espiritual de todo el mundo.
En todas las reuniones vi ejemplos reales de serenidad y autoestima.
Empecé a ser más tranquila física y emocionalmente y más fuerte
espiritualmente. Después, con seguridad, escribí, llamé y fui a ver a todos
aquellos a quienes había dañado e hice mis reparaciones. Era como si hablara
con ellos por primera vez, ¡eran y son gente maravillosa! Escribí incluso a los
que ya habían fallecido, sin perdones ni explicaciones, sólo amor.
En este periodo mi euforia condicionó mi abstinencia y cogí 5 kg.
Quería graduarme y convertirme en la mejor servidora de todas, quería acabar
los pasos. Me olvidé de que los pasos diez y once requieren una atención diaria y
que el paso doce no tiene horario establecido. Seguí la sugerencia de mi madrina
y, durante un año, grababa cada noche lo que había comido y calificaba cada
comida como moderada, más que moderada o compulsiva. Se produjo un
distanciamiento de la compulsión por la comida.
A menudo, mi inventario diario me dejaba con una sensación de haber
fallado porque solamente hacía una lista de los defectos. Cada noche era una
pecadora, hasta que me llegó la inspiración de la página 550 del “Libro Grande”
donde se explicaba qué era la honestidad, tener una mente abierta y la voluntad.
Elegí escribir de qué manera había aplicado estas cualidades durante el día, recé
y me dormí profundamente. Mis defectos de carácter parecían menos graves en
las meditaciones de por la mañana, en lo que escribía y en las conversaciones
con mi madrina y ahijadas.
Más que todo eso, empecé a comprender mejor el sitio que ocupaba
en el universo. Estoy aquí para amar, aprender y para restablecer la armonía.
Esto es imposible llevarlo a cabo cuando se está aislado, apartado del mundo o
desde el egocentrismo, pero es posible un día a la vez si mantengo el contacto
con mi Poder Superior a través de la oración y con mis compañeros de OA en las
reuniones.
A veces, cuando me levanto en las reuniones para compartir siento me
conmuevo por el amor y la comprensión de las caras de mis compañeros
comedores compulsivos. Me pregunto a mí misma: “¿En qué otro lugar me
podría recuperar, en el sentido estricto de la palabra, con tantas personas
alrededor que intentan mejorar sus vidas física, mental y espiritualmente?”. Creo
que estos esfuerzos son el mayor servicio a la humanidad, el amor manda
vibraciones, seguro, que resuenan en los corazones del que espera. A los sesenta
años tengo una vida y una esperanza nuevas. Confío en que pueda seguir
transmitiendo el mensaje de OA durante muchos años más.









12
Negación profunda


“ME LLAMO RICHARD y soy comedor compulsivo con negación
profunda.” Así me presenté en mi primera reunión de OA. Llevaba seis días de
sobriedad y uno de los consejeros del centro de tratamiento me “sugirió” que
asistiera a la reunión. Intentaba ser listo y desafiante porque no quería estar allí.
Sí, había sido derrotado por el alcohol, pensé, pero ahora que ya no consumía
aquellas calorías alcohólicas empezaría a perder peso.
Había pasado por alto ciertas cosas. Me había olvidado de que tomé la
primera copa a los veintiuno, pero hice dieta por primera vez a los ocho. No me
acordaba de que había estado haciendo y dejando dietas durante toda mi vida.
No tuve en cuenta que yo, con obesidad mórbida y un peso de 160 kg, era la
única persona de los cuarenta que estábamos en tratamiento a la que habían
enviado a la reunión de OA. Resulta irónico que lo primero que dije en OA fuera
la pura verdad.
Cuando empecé a descontrolar con la comida era un comedor
compulsivo que se dedicaba a pastar en el jardín. No sabía diferenciar entre la
comida que quería y la que necesitaba, era lo mismo. Si había comida, la quería,
si la quería, la necesitaba así que me la comía. Sí me daba atracones, pero lo mío
era más no parar de comer.
Estaba incómodo con mi forma de comer y sentía que mientras comía
los demás me juzgaban y me miraban. Delante de los demás intentaba comer
como una persona normal, pero volvía a por más cuando nadie se daba cuenta.
Compraba demasiada comida, la cocinaba, me la comía y escondía los papeles
en el fondo del cubo de la basura. También compraba distintas clases de comida
rápida y actuaba como si la comprara para más gente.
Cuando tenía invitados llenaba los platos en la cocina, comía mucho
antes de sentarnos a la mesa y luego, por supuesto, llegaba la hora de recoger,
¿cómo tirar comida que estaba en perfecto estado? Me sorprende el asombro de
alguna gente en las reuniones cuando se habla de comer de la basura, para mí era
automático, rebuscar comida en la basura y comérmela.
También soy alimentador compulsivo. Recuerdo haber oído hace años
que la forma más sincera de mostrar afecto es compartir la comida con otra
persona. Cuando venía gente a cenar a mi casa lo daba todo. Me dedicaba en
cuerpo y alma a preparar la comida. El primer año que celebramos Acción de
gracias en nuestra casa, empecé a prepararlo en enero, todos los meses cuando
llegaba la revista de recetas, las escogía y las probaba. Servimos una cena de
nueve platos para catorce personas y nadie prestó la atención a la comida que yo
esperaba. Estaba muy desconcertado ¿No se daban cuenta del cariño que les
estaba demostrando? ¿Por qué me rechazaban de aquella manera? Siempre me
deprimía en ocasiones como esta, pero lo seguía intentando.
Durante los primeros cinco meses en OA, iba a una reunión a la
semana. Las cosas iban bien y perdía peso de forma agradable. Hasta que
llegaron las primeras Navidades. Me las pasé comiendo a la antigua usanza, no
podía disfrutar de esta forma de comer y podía sentir el descontrol. El mensaje
de OA me había calado lo suficiente. Después de año nuevo (el día típico de los
propósitos) hice algo distinto que otros años, empecé a ir a una reunión de OA a
diario con la idea de ir en noventa días a noventa reuniones. Todavía voy a
reuniones de programas de doce pasos seis o siete días por semana.
No trabajé los pasos voluntariamente. Mi padrino y su padrino
organizaron un estudio comprometido con los pasos en una reunión privada en
casa de mi padrino. No me rebelé ante la idea y como soy una persona que
siempre tiene que agradar a los demás, fui. Ahora me alegro de haberlo hecho.
Me ayudó a continuar trabajando los pasos.
El quinto paso fue el que más me impactó. En unas horas, mi actitud,
la imagen que tenía de mi vida y de mis allegados, sobre todo de mi mujer,
cambió radicalmente.
Leí lo que había escrito mientras esperaba a mi padrino en un banco
cerca de la playa. Mi padrino me sugirió que siguiera el formato del “Libro
Grande” así que cada elemento era corto. Reflexioné sobre cada resentimiento,
miedo, daño, y ¡ahí estaba! No era agradable ni nada de lo que pudiera sentirme
orgulloso, en realidad era bastante negro. ¿Sería suficiente? ¿Qué iba a pensar mi
padrino de mí?
Cuando llegó, empezamos. Mientras estaba leyendo reviví cada uno
de los sentimientos del pasado. Casi me olvidé de mi padrino y del mar mientras
estaba leyendo. Cuando terminé mi padrino me abrazó y me dijo que me quería.
Cuando me fui para casa no sentía que hubiera cambiado nada.
Cuando llegué, mi mujer estaba sentada al piano. Me di cuenta de que
todo aquello que me había molestado en su día, ya no era relevante. ¡Algunos de
los resentimientos eran de hace 20 años! Ahora ya no importaban. La abracé y
me puse a llorar. Es una gran coincidencia que empezara a estar abstinente a
partir de ese día. Este es uno de los cambios que hicieron que mi mujer se uniera
a OA.
Al principio no me quedaba claro el concepto de abstinencia. Era
cínico y hacía juicios y creía que abstinencia era sinónimo de dieta. «Vale»,
pensé, «jugaré a su jueguecito de las palabras»; cuando alguien me decía que su
abstinencia no era perfecta, para mí lo que estaba diciendo era que no estaba
abstinente, pero les creía de todas formas. Este era uno de los motivos por los
que no conseguía mantener una abstinencia continua, era demasiado inflexible y
así nunca cumpliría con todos mis objetivos.
Hoy en día mi abstinencia no es perfecta. Si lo fuera, comería
exactamente lo que Dios quiere que coma y me sentiría terriblemente culpable y
avergonzado después de comer. A día de hoy, mi Poder Superior no espera que
me comporte de esa manera y lo mejor de todo es que ni yo mismo lo espero.
Cuando rezo y digo «danos el pan nuestro de cada día» estoy rezando por mi
abstinencia. Con la ayuda de Dios, lo dejo en sus manos.
He aceptado el cuerpo que Dios me ha dado y he comprendido que,
para mantenerlo, sólo necesito ciertas cantidades de comida. Lo que me hacía
seguir teniendo sobrepeso era mi voluntad, si como lo que Dios espera, tendré un
cuerpo normal. Desde que alcancé mi peso ideal, sólo me preocupo por
mantenerlo. Dejé de intentar perder más peso y empecé a comer como si hubiera
perdido el peso que tenía que perder por arte de magia. He aprendido la
diferencia entre abstinencia y dieta.
Durante unos meses todo fue bien, pero después de perder 52 kg me
estanqué. Fui capaz de aceptarlo durante un mes, pero empecé a impacientarme
con Dios porque seguía pensando 15 kg más de lo que yo me había propuesto
como mi peso ideal. Lo realmente perfecto, e impresionante, hubiera sido perder
70 kg.
Decidí ponerme a dieta para perder los últimos kg que me quedaban.
Como quería hacerlo bien, fui al hospital para que midieran mi índice de grasa
corporal, quería saber exactamente cuál era mi peso ideal. ¿Cuál fue el
resultado? Tenía un 18% de masa corporal, estaba en la media normal del 10-
20% y, el 3´5 % que me había propuesto perder, seguramente no lo fuera a
conseguir. Una vez más, Dios sabía lo que hacía.
Llevo casado unos treinta años y en todos estos años mi mujer y yo
hemos puesto a prueba varias veces nuestros votos. Riqueza, pobreza, salud,
enfermedad, los dos hemos estado al filo de la muerte por nuestras
enfermedades. Hemos permanecido juntos por inercia y por el deseo mutuo de
hacer frente a los problemas a cualquier precio y, lo hemos conseguido porque
Dios así lo quiso. Estoy agradecido a Dios por esto, ahora somos capaces de
ayudarnos el uno al otro en nuestra recuperación. La relación se está
recuperando y estamos construyendo un matrimonio feliz.
Una de las cosas que practicamos a diario son los pasos diez y once.
Examinamos el plan de comidas y vemos cómo nos hemos sentido, vivimos el
día teniendo en cuenta los aspectos positivos y negativos, hacemos la lista de los
agradecimientos y sabemos que todos los días hay algo por lo que dar las
gracias.
Al principio creía que sólo se podían incluir en la lista de
agradecimientos los acontecimientos realmente especiales: esas cosas fantásticas
que ocurren y por las que uno está profundamente agradecido. Ahora intento
incluir alguna de las cosas del día a día que generalmente se dan por hechas.
Creo que esto es lo que quiere decir tener una «actitud agradecida» y doy gracias
por estar desarrollándola.
Al terminar rezamos nuestra propia oración «Dios, muéstrame cuál es
tu voluntad y danos el poder para cumplirla». Es una manera muy agradable de
terminar el día.
Cuando entré en el programa de OA decía que no creía en Dios, Pero
no era verdad. Cuando era pequeño tenía pesadillas con ir al infierno. Dios, tal y
como yo lo entendía, me había condenado a ir al infierno por lo que había y lo
que no había hecho y por lo que había y no había pensado. Desde muy pequeño
me había escondido de Dios haciendo como que no existía.
El «Libro Grande» me hizo salir del escondite y empecé a pensar que
quizá Dios me amaba. En muchas reuniones se leía el «Cómo trabaja» y
acabábamos con el ABC del programa. La última frase «Dios quería y podía si le
buscábamos» llamó mi atención. Dios podía hacer cualquier cosa bien, pero no
conmigo.
Empecé a hacer servicio no porque fuera bueno para mi recuperación,
sino para encontrar mi sitio entre mis compañeros. Se me fue la mano y muy
pronto estaba haciendo varios servicios en los distintos grupos que frecuentaba.
Ahora tengo sólo dos servicios: uno al nivel del grupo y otro a nivel
del intergrupo. Para mí es importante limitar el número de servicios que hago
por dos motivos: el primero porque formo parte de OA sencillamente porque
tengo el deseo de dejar de comer compulsivamente. El segundo porque estoy
privando a otro miembro de OA de utilizar una de las herramientas.
Voy a las reuniones porque quiero, no porque lo necesite. La
desesperación es algo extraño en mí y no suele durar mucho tiempo. No voy a
decir que no piense nunca en comer, pero la diferencia es que el deseo de comer
ya no domina mis pensamientos como solía. Generalmente, cuando hago mi
inventario diario me doy cuenta de que rara vez pienso en comer algo entre
horas.
Este año me he mudado de ciudad, me he cambiado de trabajo, ha
habido un fallecimiento en mi familia y mis dos hijos se han independizado.
Estar activo en OA me ayuda a aceptar las cosas que no puedo cambiar, me da el
valor para cambiar aquellas que puedo y la sabiduría para reconocer la
diferencia. Con ayuda de Dios estoy en paz, feliz y a gusto conmigo mismo.
¡Eso es a lo que llamo yo vivir!







13
Decir sí a la vida


LA PRIMERA VEZ QUE llegué a Comedores Compulsivos
Anónimos, hace dieciséis años, estaba acomplejada por mi incapacidad para
hacer dieta y por mi peso. Años atrás apenas me sobraban diez kg, después
veinte y cuando llegué a OA me sobraban treinta kg. Me aterraba la idea de
llegar a pesar 90 kg, pero la verdad es que pesando los 88 kg que pesaba y
comiendo como estaba comiendo sabía que mi autodestrucción no tendría fin.
Mis padres eran alcohólicos y me casé con otro alcohólico, así que
entendía la similitud entre mi forma de comer y su forma de beber. Algunas
veces me llamaba a mí misma “comida-cólica”. Cuando oí hablar de OA sentí
que aún había alguna esperanza. Mi padre había ido a los grupos de AA durante
algún tiempo en 1966 así que estaba familiarizada con el éxito que AA tenía
entre los alcohólicos. No había reuniones en mi zona, no había intergrupo,
calendario de reuniones o compañeros a los que llamar, pero encontré una
reunión que se hacía de vez en cuando los miércoles por la noche y fui.
En el pasado siempre intentaba convencer a alguien para que viniera a
las reuniones de programas de pérdida de peso, pero por alguna razón, creo que
era la desesperación, fui a la primera reunión de OA yo sola. Es difícil explicar
cómo me tocó escuchar a gente que había usado la comida como yo. Habían
tomado comida medio descongelada, se habían quemado la boca por no poder
esperar a que la comida se enfriara, habían jurado que no volverían a comer
compulsivamente y no lo habían cumplido y habían cogido comida del cubo de
la basura y se la habían comido.
Por primera vez supe que estaba enferma. A los treinta y dos años
descubrí que no era alguien espantoso, que no era un error y que no estaba sola.
Había más gente como yo. Descubrí que tenía un nombre: comer
compulsivamente. Se me quitó un gran peso de encima, fue uno de mis primeros
despertares espirituales en OA.
Después de la reunión estaba a punto de echarme a llorar. Me
avergonzaba de mi reacción y lo único que quería era huir corriendo después de
la oración que cierra la reunión, pero una mujer que se convirtió en mi primera
madrina me abrazó y me dijo que podía ver cómo estaba sufriendo. Me puse a
llorar en cuanto me habló. Fue la primera vez que vi cómo un comedor
compulsivo ayudaba a otro y me dejó con la sensación de que podía salir de la
cárcel en la que estaba viviendo.
Nunca he oído a un miembro decir que OA ha arruinado su forma de
comer. Estoy de acuerdo e incluso voy más allá, mi vida no ha vuelto a ser la
misma desde que me sumergí en este programa. He dejado de ser una víctima.
Asumo riesgos y me atrevo a equivocarme. Todo esto es el resultado de utilizar
los pasos y las herramientas de OA en mi vida, no sólo con la comida.
Es cierto que he luchado durante años para tener un plan de comidas
que se ajuste a mí, una forma flexible pero eficaz de comer que sea sana y
adecuada para mí pero que me permita disfrutar de la comida. Los antiguos
intentos de controlar mi forma de comer incluyen largos periodos de privación
que me llevaban inevitablemente al atracón. O estaba a dieta o me daba
atracones.
A pesar de la lucha perdí 26 kg durante mis primeros años en el
programa. Empecé a observar que cuanto más trataba de “cerrar el pico” de mi
compulsión por la comida, más resbalones tenía. Estaba usando OA como un
club de dietas y me olvidé de que éstos nunca me funcionaron.
Hablé con una miembro de OA a la que admiraba. Me ayudó a ver
que estaba intentando tener una abstinencia “perfecta” y que era una visión poco
real. Me costó dejar esta idea de perfección, pero me di cuenta de que una vez
que dejaba de exigirme tanto la comida me daba menos “tirón”. Empecé a
aceptarme como un ser imperfecto.
La comida seguía siendo muy importante y empecé a trabajar los
pasos con mi madrina y a hacer servicio en el intergrupo. Cuando empecé a ver
las cosas con más claridad empecé a sentir los problemas de mi matrimonio que
había estado tapando con comida. Estaba desmoralizada y desesperada a causa
de mis dudas hacia mi matrimonio. Recaí de nuevo con la comida y pensé en
dejar el programa por mi bien.
En una de las reuniones del lunes por la noche, un miembro trajo una
copia del Sólo por hoy y leyó un trozo del 31 de enero que nos animaba a decir sí
a la vida. Era justo lo que necesitaba oír. El miedo me había llevado a utilizar la
comida para tapar mis problemas y me comprometí más a fondo con Dios.
Cuando llegué a mi casa me arrodillé y me comprometí a decir sí a la vida, como
quiera que sea. Hice el tercer paso más profundamente que en los últimos seis
años.
En mi experiencia, los peores momentos me han servido para una
mayor rendición. Cuando mi propio dolor se hace más grande que mi miedo a
enfrentarme al siguiente paso empiezo a desear saltármelo. Estoy aprendiendo a
ver a mi Poder Superior como una red de seguridad cuando decido saltar al vacío
y pierdo la fe.
Mi matrimonio se acabó y poco después murieron mis abuelos. El
amor de los compañeros me ayudó a mantener mi fe en que Dios está siempre
ahí, incluso cuando yo no siento que está.
Unos años más tarde, se creó un comité de los doce pasos llamado los
doce pasos desde dentro para ayudar a los miembros de OA que estaban en
recaída. Este comité le dio a mi programa un lugar nuevo para compartir mi
experiencia con aquellos que aún estaban sufriendo como yo sufrí. Este comité
me llegó como ningún otro acontecimiento de OA. Se hacía referencia a la
recaída no sólo física, sino emocional y espiritual. Empecé a escuchar a
compañeros decir que la recaída, para muchos de nosotros, forma parte de la
recuperación. Nos podemos recuperar de una recaída, no machacándonos sino
asistiendo a reuniones, queriéndonos y haciendo servicio.
A día de hoy mi recuperación incluye no hacer dieta. No quiero sufrir
más por las subidas y bajadas de peso. Tengo una actitud de disfrute y
aceptación de mí misma como ser humano con defectos y virtudes, sé que sólo
Dios puede ayudarme con la comida. Yo soy impotente.
Hay una cosa que se me ha quedado grabada todo este tiempo: mi
compromiso de recuperación con el programa de OA. Mi objetivo es seguir los
principios del programa y no oponerme a la voluntad de mi Poder Superior. Me
comprometo a rezar a diario y a meditar, ir a las reuniones, hacer servicio y a
utilizar el programa de los doce pasos en todos los aspectos de mi vida.
Sólo por hoy digo sí a la vida. Así como la enfermedad es distinta
para cada persona, también lo es la recuperación en OA. Este es mi mensaje: No
importa lo que ocurre, sólo ¡sigue viniendo!
14
El turno de cementerio


EL RECUERDO DE MI infancia es borroso, pero recuerdo muy bien
mi adolescencia. Era gordo, desproporcionado y tenía pecho. La pequeña iglesia
en la que tocaba el piano durante las misas era mi único refugio de los apodos de
mis compañeros. Decidí hacer carrera en la iglesia como músico o programador
musical y no veía el día de terminar el instituto e ir a la universidad bíblica.
Me di cuenta de que la iglesia no estaba exenta de discriminaciones
contra los obesos. Tuve una audición para el coro. Creía que me seleccionarían
por eso cuando llegó la carta en la que decía que me habían rechazado empecé a
preguntarme si el motivo no había sido mi aspecto. Uno de mis profesores de
música me había dicho que tenía una buena voz, lo que confirmaba mis
sospechas de que mi obesidad había tenido algo que ver con la decisión. La vida
de un adolescente es muy dura mientras intentan encontrar su sitio en la vida,
pero la verdad es que, para un joven gordo, con espinillas y baja autoestima, el
futuro resulta bastante aterrador.
Mi padre me sugirió que me pusiera a trabajar. Vi un anuncio de un
puesto de trabajo como recepcionista de turno de noche que parecía que me
estaba llamando. Trabajar mientras el resto del mundo dormía era una bendición.
Me contrataron y mi soledad empezó su andadura.
Arrasaba la cocina del hotel por la noche sin que nadie me
interrumpiera. Conseguía mi dosis de comida sin que nadie pudiera criticarme.
Creía que la vida de fuera ya no era para mí. Como seguía engordando me
rechazaron en muchos otros trabajos similares de cara al público y en turno de
noche por mi aspecto físico, de hecho, en un trabajo me rechazaron por la
entrevista personal. El médico me dijo que mi obesidad estaba afectando a mi
tensión y que si seguía así moriría antes de los treinta. Tampoco tenía muchos
motivos para seguir viviendo, así que me daba lo mismo.
Muy pronto decidí vivir el sólo por hoy, años antes de llegar al
programa este ya era mi lema de vida, pero nunca conseguía suficiente comida.
Me comía la compra de camino a casa y me servía en cuencos de ensalada, en
lugar de platos, para no tener que levantarme a servirme de nuevo. Me gustaría
poder decir que estoy exagerando, pero estaría mintiendo. Sólo veía el fin
cuando caía rendido en la cama de tanto comer. Esta rutina siguió repitiéndose
durante años.
Cada fin de dieta era la vuelta a esta rutina. En dos ocasiones llegué a
perder 45 kg y los recuperé en la mitad del tiempo que tardé en perderlos. Creía
que estaba condenado a vivir con mi obesidad y esa forma de comer. Entonces la
comida empezó a hacerme efecto de verdad. Empezaba a tener dolores en el
pecho y en el brazo izquierdo y tenía que incorporar de la cama para poder
respirar. Tenía miedo de morir y la comida empezaba a perder su atractivo.
Estaba obligado a seguir comiendo, aunque ya no lo disfrutaba. Todos los días
me prometía a mí mismo que iba a cambiar, pero no podía parar de comer, era
como un drogadicto: necesitaba mi dosis
Un domingo por la mañana fui a la Iglesia en lugar de a la tienda.
Estaba incomodísimo porque la ropa me apretaba, me puse una corbata para
tapar los agujeros que dejaban los botones de la camisa y la Iglesia en sí me
desconcertó bastante, pero al menos no estaba comiendo. Aunque al día
siguiente volví a comer en mi súper-cuenco, mi recuperación empezó aquel
domingo.
Me puse en acción y me apunté a un programa de pérdida de peso en
el que vendían comida preparada. Querían pesarme, pero no pudieron porque la
báscula sólo llegaba a 200 kg. Fui a un hospital local a pesarme y mi peso era
210 kg. Fui a clases de conducta y cambio de hábitos, pero el hecho de que
apenas cabía en la silla desviaba bastante mi atención. Lo único en lo que
pensaba era en salir de allí sin llevarme la mesa puesta. Estuve dos semanas
comiendo aquella comida y escuchando las cintas, ¡aquello era un infierno! A la
tercera semana pedí una pizza y sentí toda la culpabilidad del fracaso. ¿Por qué
yo no podía controlar mi forma de comer como los demás? Parecía que no me
quedaba ninguna esperanza.
Al menos recordaba que hacía diez años alguien me había hablado de
Comedores Compulsivos Anónimos. Recuerdo que fui bastante grosero con
aquella persona y que no me interesó en absoluto su recuperación, pero nunca
olvidé que lo que a él le ayudó fue OA. Estaba ya desesperado, todos mis
intentos por controlar la comida habían fracasado.
En la primera reunión no pude admitir que era comedor compulsivo,
pero decidí seguir yendo a las reuniones. Llegaba lo antes posible para escoger
un sitio cómodo y me iba así que decíamos amén. Sin embargo, me compré toda
la literatura y gracias a ella descubrí el programa.
Las reuniones me desconcertaban. Muchos de los asistentes no
parecía que tuvieran problemas con la comida, no tenían obesidad mórbida. Una
vez hablé con una persona que había hablado en la reunión de un problema que
tenía con cierto tipo de alimentos. ¿Por qué no se la comía si, seguramente, su
cuerpo ni lo notaría? Le pregunté. El moderador me corrigió amablemente y me
dijo que la enfermedad no tiene por qué identificarse con la obesidad, sino que
en el grupo también había personas con anorexia o bulimia. Me dijo, también,
que no se permiten las conversaciones cruzadas durante la reunión. Aún me
quedaba mucho que aprender, pero ellos tenían mucha paciencia conmigo.
Me di cuenta de que el aspecto más sólido del programa era los doce
pasos, así que empecé a trabajarlos. Creía que no me llevaría demasiado tiempo,
leerlos parecía bastante simple.
Aprendí que necesitaba un padrino. Me parecía una cosa dificilísima
porque tenía la autoestima tan bajo que no me atrevía a preguntarle a nadie.
Llamé a la oficina del intergrupo y le expliqué a la persona que me respondió
que yo era un caso especial porque pesaba 205 kg. Estoy seguro de que se reía
por dentro mientras me explicaba que él había perdido 114 kg en OA. Le
pregunté si había alguna posibilidad de perder peso, pero sin padrino y me
respondió que en OA no hay reglas, pero que la gente que se recupera, lo hace
con ayuda del padrino. Me parecía que lo mejor era preguntarle si le podía
llamar los diez días siguientes y ¡No me dijo que no! Pasaron los diez días y
seguí llamándole.
Empecé a perder peso haciendo, lo que para mí sería ahora, 3
atracones al día. Incluso con tanta flexibilidad como tenía, a las 3 semanas rompí
mi abstinencia y me volvió a inundar el sentimiento de fracaso. Llamé a mi
padrino para decirle que el programa no funcionaba conmigo. Me preguntó que
qué solía hacer cuando la dieta no me funcionaba y le dije que, por supuesto,
¡seguir comiendo! Me dijo que sabía que yo estaba en recuperación porque, en
vez de hacer lo que solía hacer, le estaba llamando. Estas palabras fueron muy
importantes para mí y aprendí una herramienta muy útil: dilo, deshazte de ello y
sigue con tu vida.
Al final accedí a conocer a esa persona que se estaba convirtiendo en
mi amigo por teléfono. Compartió conmigo su manera de trabajar el cuarto paso
y yo lo hice como él me había dicho. Tenía mucho miedo al cuarto paso porque
iba seguido del quinto y no me podía imaginar lo que sería contarle los aspectos
más depravados de mi vida a nadie.
Me sugirió que, para deshacerme de ese miedo, escribiera las cosas
que creía que le podría contar en una hoja y en otra aparte las cosas que creía
que podría contarle más adelante. En una tercera hoja debía escribir lo que creía
que no sería capaz de contarle a nadie jamás. Acabé el cuarto paso en algunas
semanas y, cuando llegó el momento de hacer el quinto paso, estaba preparado
para deshacerme de todo. Estaba preparado para trabajar el programa a fondo, a
ver si funcionaba. Fue una experiencia maravillosa. Mi padrino es la persona que
mejor me conoce del mundo y soy capaz de compartir honestamente con él todo
lo que ocurre en mi vida.
Me he dado cuenta de que no “trabajamos” los doce pasos. Es un
proceso continuo de hacer inventarios, buscar una relación con un poder superior
a nosotros mismos e intentar, honestamente, transmitir el programa a los que
todavía sufren. Hoy en día vivo fuera de la antigua rutina de la que no podría
escapar por mí mismo. He perdido 108 kg y puedo llevar unos vaqueros con la
camiseta por dentro por primera vez en mi vida. No me puedo creer estos
resultados. A través de los pasos he recuperado el sano juicio. Mi Poder Superior
continúa obrando en mí y a través de mí si estoy dispuesto a recordar quién soy
yo y quién es Él.
Sigo trabajando en el turno de noche, pero ya no me escondo. Tengo
buenas y malas noches, pero acepto, con ayuda, cualquier situación que la vida
me presenta. Estoy empezando a vivir y el cementerio ya no es mi meta.

15
Perder kilos, ganar terreno


CREO QUE NACÍ siendo comedora compulsiva. Una vez, cuando
tenía dieciocho meses, mis padres me encontraron sentada en el suelo
compartiendo un hueso con el perro. A los tres años descubrí el secreto de “truco
o dulce”: la siguiente vez que mi madre me negó un dulce, fui a pedírselo a los
vecinos, si funcionó una vez, ¿por qué no intentarlo otra? Empecé a manipular a
la gente que me rodeaba para conseguir comida.
Este fue el principio de una vida que giraba alrededor de la comida.
Me sentía inapropiada y defectuosa y era terriblemente consciente de mi aspecto
físico. A los seis años me desapunté de clases de baile porque no quería actuar
ante el público. Estaba demasiado gorda como para bailar ante la gente. Mi
padre, mi héroe, el único que me comprendía, murió cuando tenía siete años.
Estaba hundida y la comida se convirtió en mi única compañía. Sabía que nunca
me abandonaría; era la única que me aceptaba sin condiciones.
Mi desorden alimenticio y mi peso fueron aumentando con los años.
Empecé a hacer dieta antes de los diez años, en la escuela primaria ya era una
experta en dietas y utilizaba pastillas saciantes.
Decidí que la mejor manera de compensar mis carencias personales
era ayudar en casa y sacar sobresaliente en el colegio. Creía que, si trabajaba
duro, nadie se daría cuenta de que estaba gorda. Me convertí en la peluquera de
mi madre, me encargaba de mí y de mi hermana, hacía la comida, limpiaba la
casa, iba a hacer la compra y hacía la colada. Mi madre era la que nos mantenía
y sólo me parecía natural a mí el que me convirtiera en la pequeña mamá. Esta
era nuestra rutina.
Tenía algunos amigos, pero mi madre estaba preocupada por mi
aislamiento. Ella decía que no era normal que me pasara la mayor parte del día
con adultos en lugar de con la gente de mi edad. Pero yo estaba más cómoda
entre adultos, no se reían de mí ni me ponían apodos. Sólo los adultos me veían
como la estupenda y trabajadora niña que era.
Empecé a tener problemas de salud y a los trece años me tuve que
someter a una operación. Después de esto me sentía más defectuosa aún y
empecé a aislarme mucho más. Las pocas actividades que hacía antes fuera de
casa me parecía impensable hacerlas ahora. La comida era mi única amiga y yo
no era más que una desgraciada.
Antes de terminar el colegio pesaba 90 kg y parecía y actuaba como si
fuera diez años mayor de lo que era. De repente, era fundamental que empezara
a perder peso. Empecé a pensar que, si perdía peso y me mudaba de casa, mi
vida mejoraría. Empecé a ahorrar para la universidad, hice dieta y llegué a un
peso normal. Ahora las cosas iban a cambiar. ¡Se acabaron mis problemas!
Durante el primer año de universidad me casé y me di cuenta de que
podía hacer frente a todo, mientras el nivel de estrés fuera tolerable. Cuando
estaba más estresada o tenía algún tipo de problema, comía. Mi insatisfacción y
la culpa de todas mis dificultades estaban fuera de mí, así que creía que la
solución a los problemas también estaba ahí fuera. Todos mis problemas eran
por mi marido, mi situación geográfica, mi jefe, Dios, el mundo, yo sólo era una
pobre víctima.
De alguna manera terminé la universidad sólo con 18 kg de más. Mi
marido y yo nos mudamos a una ciudad más grande y sofisticada y pensé que ahí
la vida tenía que ser mejor. Me sorprendí porque nada parecía que fuera a
cambiar, excepto mi peso. Seguía aumentando de peso y, en dos años, volví a
pesar 90 kg. Seguía culpando a los demás, descontenta y buscando una solución.
Más tarde, sin previo aviso, mi marido me dejó. Por primera vez en
mi vida no podía comer, ahora ya sí que era un error. Empezó una época de total
indecisión. ¿Debía volver a mi casa, sin trabajo ni nada, o debía quedarme allí?
Decidí quedarme donde estaba. Me divorcié de mi marido y durante los
siguientes meses perdí peso. Tenía la solución: el culpable de mi peso era mi
marido. Ahora que estaba fuera de mi vida, podría controlar mi peso.
Una amiga mía me presentó a otro hombre. Después de vernos
durante dos meses, quedamos un día para una “discusión”. ¡Sabía que me iba a
dejar! Me sorprendí cuando me dijo que odiaba la obesidad de cualquier tipo,
pero que yo le gustaba. Me dijo que era divertida, brillante, interesante, pero que
debía hacer algo con mi peso. Casi me entró la risa. Después de todo, había
perdido sólo 15 kg ¡Por supuesto que haría algo con mi peso, ya estaba en ello!
Hice dieta, alcancé mi peso ideal y me prometí.
Antes de casarnos prometí solemnemente no volver a engordar, pero
me resultó imposible. Parecía que éramos felices, pero el primer año de casada
empecé a comer compulsivamente como una loca. Una noche abrí
clandestinamente la nevera donde estaba la tarta de bodas que mi marido había
guardado para el primer aniversario. Me la comí encima del fregadero de la
cocina. Tenía intención de reponerla, pero esperé demasiado. ¡Qué humillante
fue cuando descubrió que la caja estaba vacía!
Empecé a engordar. Primero 5, luego 10, luego 20 kg. Estaba
descorazonada, pronto el mundo sabría lo inapropiada que era. Empezaba el día
poniendo la máscara de la eficacia, me iba a trabajar y volvía agotada por la
noche. Me preguntaba cómo podía la gente tener tanta energía, yo siempre
estaba cansada. No sabía lo agotador que era mantener la máscara.
Lo intenté todo: clubes de dietas, planes de comidas, cambio de
comportamiento, ejercicio, terapia de aversión, ir al spa y salir a correr. Me
obsesioné tanto con el deporte que el médico me dijo que tenía anorexia y que
tenía que engordar. Debía haberlo grabado en una cinta, no me podía creer lo
que estaba oyendo, pero era cuestión de tiempo.
Poco tiempo después hubo un momento durísimo en mi vida. No
podía seguir. Aunque estaba delgada, seguía siendo muy infeliz. Empecé a
comer de nuevo y en tres años doblé mi peso máximo.
Mi marido ya no sabía qué hacer. Al principio me apoyaba en mis
intentos por perder peso, después abandonó la causa. Tenía cambios de humor,
de la rabia a la depresión que eran demasiado para nuestra frágil relación. Tuvo
un problema de espalda y tuve que dormir en otra habitación. Cuando se le curó
la espalda, me pidió que siguiera durmiendo en otra habitación, no quería tener
contacto conmigo ni con mi peso.
Busqué ayuda, pero no encontré ninguna. No era capaz de hacer dieta
ni si quiera un día. Perder peso me resultaba imposible. Me pasaba el día
pensando en comida: qué comer, cuándo y cuánto. Llegué a pesar 110 kg y
decidí no pesarme más. No podía comprender por qué mi ropa encogía con cada
lavado.
A pesar de mis esfuerzos por pedir ayuda, no recibí ninguna. Me
quería suicidar por pura desesperación. Decidí intentarlo una vez más con un
consejero, pero esta vez el destino, o Dios, me echó una mano. En vez de buscar
“lo mejor” cogí un número al azar de la guía de teléfonos y pedí cita. No estaba
preparada para ser totalmente honesta, sólo admití que mi peso podía estar
afectando a mi matrimonio. La segunda semana mi consejero me recomendó
Comedores Compulsivos Anónimos. Tardé tres semanas en reunir el valor para
ir a una reunión, pero desde la primera vez supe que estaba en casa.
Hasta entonces, creía que era la única persona que comía de camino al
trabajo, después comía en casa o en un restaurante de comida rápida y después
hacía otra comida y otra y otra. Creía que era la única que escondía la infelicidad
y la soledad debajo de una fachada de falsa alegría.
Cogí una madrina que me ayudó a empezar. Hablábamos de los pasos,
del Poder Superior y de los inventarios. Hice un inicio y cogí la abstinencia.
Escribí mi inventario y lo leí en voz alta. Intenté hacer reparaciones y tener una
relación con Dios, pensaba que los defectos estaban desapareciendo. Las
relaciones en casa y en el trabajo empezaron a mejorar. Empecé a ser feliz en
algunos momentos. Parece que OA funcionaba.
Perdí cerca de 20 kg, pero seguía teniendo mucho miedo. Había
conseguido cierta cantidad de fe, pero aún no estaba en recuperación. No había
entregado a Dios lo suficiente mis defectos de carácter ni había mejorado mi
contacto consciente con Dios. Mi egocentrismo se reflejaba en mí con ira,
autocompasión, culpa, resentimiento y miedo.
Uno de mis principales problemas era el miedo a perder peso. Era tan
profundo que nunca me había dado cuenta de su existencia. En la pre
adolescencia había estado sexualmente molesta y la ropa dos tallas más grande
me había servido para ocultar mi cuerpo a los hombres. Una vez que un granjero
me dijo un piropo acerca de mi cuerpo, salió este miedo que no había reconocido
y dejé de perder peso.
En la siguiente etapa de agobio de mi vida tuve una recaída. Al
principio dudé de que hubiera sido conscientemente, pero en el segundo atracón
sabía qué estaba pasando. No había hecho el primer paso, no me había declarado
impotente ante la comida. Tenía la ilusión de poder retomar el control cuando yo
quisiera.
En dieciocho meses de recaída recuperé todo el peso que había
perdido en el programa y toqué un nuevo fondo. Lo único que hice durante todo
ese tiempo fue ir a reuniones y hacer servicio. Creía que la recuperación en OA
era posible si “sigues viniendo”. Mi madrina, mi marido y mis amigos no me
abandonaron. Siguieron apoyándome, dándome todo su cariño y diciéndome las
verdades que no quería oír.
Poco a poco, lo que oía empezó a tener efecto en mí. Primero la
aceptación. Estaba resentida conmigo misma por la recaída. Finalmente acepté
que la recaída es parte del proceso y me dejé de odiar a mí misma. Acepté que
Dios y los demás me querían. Era capaz de verme a mí misma como realmente
era y no sólo la parte que quería que los demás vieran. Con el apoyo y la
comprensión de mi marido, madrina y amigos empecé a quererme a mí misma.
Acepté que para mí la recuperación es aprender a manejar los
sentimientos: emocional y físicamente. Desde muy joven aprendí a no hacer caso
a mis sentimientos y a intentar comprenderlo todo con la cabeza. En la
recuperación empecé a sentir y a compartir con los demás mis sentimientos y
mis dudas. Con el tiempo, esto se transmitió a mi cuerpo. Entendí que, para estar
totalmente viva, la recuperación debe ser en tres planos: físico, mental y
espiritual. Esto significa que no sólo aprendo a reconocer mis emociones sino
también cuándo estoy cansada, tengo sueño, sed, estoy enferma o tengo miedo.
Una frase que me viene mucho a la mente es: “Hemos dejado de
luchar contra todo y contra todos, incluso contra la comida”. Dejé de intentar
perder peso y encontré un plan de comidas para mí, un día a la vez, que me
permitía alcanzar y mantener un peso sano. Escogí una nueva forma de comer y
de vivir.
Cuando dejé de luchar contra la comida descubrí de qué otras formas
estaba luchando. Dejé de culpar a mi marido, a Dios, al trabajo y al resto del
mundo y acepté la responsabilidad de mis actos y de mi vida. En lugar de no
hacer caso a Dios, intenté escuchar lo que Dios quería para mí y seguir su
voluntad. Para mí esto significa dejar mis pensamientos y mis acciones en manos
de Dios y hacer las cosas lo mejor que pueda, según lo que creo que es la
voluntad de Dios. No soy perfecta, pero ahora que Dios me entiende y me
perdona yo intento hacer lo mismo.
Por fin dejé de compararme con el resto del mundo. Los demás
siempre parecía que tenían más recuperación, vida espiritual, plan de comidas,
casa, coche, una madrina mejor, que yo. A veces creía que yo era superior en
algunos aspectos. Finalmente aprendí que nada de esto importa. Aprendí lo que
es la humildad, ser yo misma es suficiente. No soy mejor, ni peor, que nadie.
Puedo escuchar, aprender, tener mente abierta, pero las comparaciones se tienen
que acabar.
Por último, aprendí a confiar. Siempre había igualado la confianza a
la fe, Pero descubrí que la confianza es sólo cómo pensamos, viene antes de la
fe. Cuando actúo con confianza, creo que lo que hago va a funcionar. La fe llega
cuando he comprobado que algo es verdad. Una vez oí a alguien decir que
somos lo que queremos ser. De repente me di cuenta que nunca creí que podría
recuperarme. Empecé a creer en la posibilidad de éxito y recuperación por mí
misma.
La recuperación no se da de un día para otro. Mi crecimiento
emocional y espiritual coincidió con la pérdida de peso. Por cada kg que perdía
crecía en otra área. Hoy en día no soy la misma persona que entró por las puertas
de OA hace casi cuatro años. Vine a OA para perder peso y he conseguido
mucho más. Nada externo en mi vida ha cambiado, sigo con el mismo marido, la
misma casa, el mismo coche y el mismo trabajo, pero algo dentro de mí es
distinto.
Por primera vez me valoro y me respeto a mí misma y soy querida y
respetada por los demás. Pongo límites y acepto los que me ponen los demás sin
tomármelo como un rechazo personal. Tengo relación con Dios y siento cómo
actúa en mi vida. He descubierto que el Dios que creía que me había abandonado
hace años ha guiado y dirigido mi vida, incluso aquellos años en los que me
sentía sola y abandonada.
He perdido casi 50 kg y tengo un peso sano. Espero seguir
recuperándome y creciendo muchos años más. No puedo mantener mi
recuperación y nada más, tengo que seguir avanzando o perder lo que he ganado.
Quiero practicar los principios de los doce pasos cada día, un día a la vez. ¡La
aventura de mi vida acaba de empezar!





16
Negociar las vueltas de la vida


SOY LA PEQUEÑA DE DOS HERMANAS y mi hermana es seis
años mayor que yo. Mi hermana, mi madre y yo somos comedoras compulsivas
y yo lo he sido toda mi vida.
Era una niña solitaria, sentía que no encajaba en ningún sitio y que no
le gustaba a nadie. Siempre me escogían la última en clase de gimnasia. Mi
madre trabajaba fuera de casa en una época en la que lo normal era que las
mujeres estuvieran en casa cuidando de su familia. Eso también me hacía sentir
diferente.
Desde muy joven era más la madre de mi madre que ella la mía. Tenía
que consolarla y hacer que se sintiera bien. El cariño y el consuelo que yo
necesitaba lo buscaba en la comida. Cuando me encontraba mal (que era
bastante a menudo), comía. Aunque de niña me sentía gorda, no empecé a
engordad hasta la pubertad. Los sentimientos que empezaba a tener me
aterrorizaban y no tenía a nadie con quién hablar. La comida siempre había
estado ahí y, en esos momentos, estaba ahí. Durante toda la etapa del colegio me
sentía sola, diferente y despreciada. Aprobé todas las asignaturas y me
admitieron en la universidad, pero sabía que no era muy inteligente.
El verano que terminé el colegio descubrí OA. Mi hermana me llamó
y me dijo que tenía la respuesta y que yo debía ir a una reunión de Comedores
Compulsivos Anónimos. Fui a la reunión porque ella era mi único Poder
Superior por aquel entonces. Fui no porque quisiera dejar de comer
compulsivamente, sino porque quería comer lo que quisiera, cuando quisiera y
estar delgada. Seguramente existía la manera de hacer eso.
En la primera reunión no me sentí en casa ni tampoco sentí que había
encontrado solución a mi problema. Lo que sí encontré fue una dieta (“la hoja
gris”) y una madrina que tenía lo que yo quería: era rubia, de ojos azules y
estaba delgada. Entré en una dinámica que tardé diez años en romper: intenté
tener la abstinencia “perfecta”, la rompía y empezaba una y otra vez.
En el primer año tuve varias madrinas y era incapaz de tener una
abstinencia perfecta, pero perdí peso. Poco antes de terminar mi primer año en el
programa conocí al hombre que se convirtió en mi marido. Con diecinueve años
pensé que nadie más me amaría y que lo mejor era hacerme con él antes de que
desapareciera.
Engordé 15 kg en tres años de matrimonio y me quedé embarazada.
Durante el embarazo, el problema que mi marido tenía con las drogas empezó a
afectarnos a los dos. Nos separamos por un tiempo y acabamos perdiendo todo
lo que teníamos. Mi primer hijo nació mientras vivíamos en casa de mis padres,
la casa de la que tanto había deseado salir.
Durante el embarazo adelgacé 15 kg. En unos meses llegué al peso
que tenía cuando me quedé embarazada y un año después me volví a quedar
embarazada. Volví a perder peso durante el embarazo y volví a engordar unos
meses después.
Aquel matrimonio duró cinco años. Durante ese tiempo iba a
reuniones esporádicamente e iba a AA porque me parecía mejor que OA, al fin y
al cabo, si trabajas los pasos en AA puedes hacer frente a cualquier adicción. No
necesitaba ir a OA, o eso creía yo. El problema era que no podía dejar de comer
compulsivamente, era impotente.
Cuando me separé de mi marido por última vez pesaba 60 kg, gracias
a una dieta y a un programa de ejercicios en el gimnasio. En tres meses engordé
10 kg y seis meses después 20 kg. Seguía yendo a las reuniones de AA
compartiendo con aquellos que también creían que OA no funcionaba. Nunca
hablábamos de aquellos que se quedaban en OA desde el principio y para los que
funcionaba el programa, nos quedábamos alrededor de la mesa de comida
hablando de que el programa de AA era mucho mejor que el de OA y también
más fuerte. Después de todo, era el programa de doce pasos original. El
problema era que yo seguía engordando y, lo peor de todo, me odiaba a mí
misma. No importaba lo que hiciera, no podía parar de comer.
Lo que me hizo volver a OA fue la sensación de desesperación (que
ahora sé que era impotencia). En la primera reunión, el moderador describió la
obsesión como un hombrecito posado en mi hombro que me apuntaba a la
cabeza con un arma y me decía “O comes, o disparo”. Por primera vez entendí el
significado de la palabra impotencia.
Aquella noche me arrodillé y le pedí a Dios que me quitara la
obsesión. La obsesión desapareció, por un tiempo, y empecé a estar abstinente.
Los primeros dos años fueron muy duros para mí. La principal dificultad era mi
negación a ver lo difícil que era mi situación. Era madre soltera de dos hijos, con
jornada laboral completa, iba a las reuniones, hacía servicio y quería creer que
todo iba bien. Volví a mis viejos hábitos con la comida, pero sin llegar a darme
los atracones de antes. Sin embargo, una noche tomé la decisión consciente de
romper mi abstinencia y me comí tres galletas. Llamé a una compañera en la que
confiaba y se lo confesé. Ella me preguntó que si no estaba harta de volver
siempre al principio. Aquella noche tomé otra decisión: no volvería a empezar
de nuevo, conocí la abstinencia permanente a partir de esa noche y llevo ya
quince años abstinente.
Después de diez años yendo y viniendo de OA, el principio de la
abstinencia fue olvidar la perfección. Cada día tenía que ser un poco mejor y
construir mi vida a partir de cada mejora, cada día era un regalo de Dios y Él no
esperaba que yo fuera perfecta. Cometer un error no significa que yo sea un
error. A medida que centraba mi vida en los progresos diarios, cada vez eran
más. Cada día era más fácil que el anterior. ¿Qué era lo que había cambiado?
¡Todo!
Desde entonces, mi plan de comidas también ha evolucionado, pero
no he vuelto a comer compulsivamente. Estoy muy agradecida por esto porque
es el primero del resto de los cambios. Eliminar los alimentos compulsivos me
permitió dejar entrar a Dios en mi vida de una forma que nunca pensé que
podría. Las promesas del “Libro Grande” dicen que repentinamente sabremos
comportarnos en situaciones en las que antes nos sentíamos desorientados. Mi
intuición, que me había metido en muchos problemas en el pasado, es hoy uno
de mis bienes más preciados. A través del ensayo-error he aprendido a confiar en
mi intuición porque Dios me habla a través de ella.
He aprendido que a la hora de tomar decisiones no debo tener miedo a
equivocarme. No hay errores, sólo hay lecciones distintas. Sólo tengo que
escuchar la voz de Dios para aprender la lección que Él quiere que aprenda. He
aprendido que la visión de Dios es superior a la mía. He aprendido que la vida
no tiene nada en mi contra y que todas las cosas que me pasan, no me pasan
porque sí. Es una lección que a día de hoy aún me sirve.
Para mí, la mejor manera de mantener el contacto consciente con mi
Poder Superior es escribir conversaciones con él. Cuando escribo mis
conversaciones con Dios, o con cualquier otra persona con la que tenga algún
conflicto, Dios me habla. Empiezo escribiendo mi nombre y lo que sea que
tengo que decir o preguntarle a Dios y después escribo “PS” o “Dios” y le dejo
que me hable. Cuando empecé a escribir de esta manera yo pensé que al ser mi
mano y mi bolígrafo los que escribían, al final escribiría lo que yo quisiera leer,
pero al hacerlo, al probarlo, descubrí que había dos personas hablando: Dios y
yo.
Al practicar este tipo de contacto con Dios descubrí que Él tenía
mucha más presencia en mi vida de lo que pensaba. Era más capaz de “escuchar
a Dios” a través de mis instintos, que es la forma en la que Dios me habla con
más frecuencia. Descubrí también la importancia de leérselo a alguien.
Mis relacionas han cambiado drásticamente desde que estoy
abstinente. Mis hijos tenían cinco y siete años cuando empecé a estar abstinente
y mi relación con ellos se basaba en gritos y golpes. Me tenían miedo y el amor
que les daba era confuso. En una convención, un miembro de OA me dijo que
había “apretado las tuercas” y me preguntó que qué iba a hacer al respecto. Era
la primera vez que alguien me decía esto y tenía que ser responsable de mis
actos. Hasta entonces, todo el mundo me decía que hacía las cosas lo mejor que
podía y yo, aunque me sentía culpable, me escudaba en esa frase y creía que no
tenía que cambiar. Tomar la responsabilidad de mis actos me permitió liberarme
de la culpa y empezar a cambiar mi actitud.
Los cambios en nuestra relación fueron lentos y graduales. Empecé a
ver los cambios como en mi propio crecimiento. Aquellos niños son ahora
hombres. Mi hijo mayor hace años que se independizó. Lleva más de un año sin
beber y cambiando cada día. Hablamos bastante a menudo por teléfono y me
cuenta cómo le va la vida, confía en mí y a día de hoy puedo sentir todo lo que le
quiero. Mi hijo pequeño sigue viviendo en casa y lleva sobrio más de dos años.
Yo tuve el honor de acompañarle a la primera reunión de AA.
Mi marido y yo nos conocimos el año que empecé a estar abstinente.
A lo largo de los años hemos tenido varias peleas, pero hemos seguido creciendo
juntos y hemos aprendido a confiar el uno en el otro. No está en programa y una
vez sentí que no me comprendía. A día de hoy sé que no es así. Al principio de
nuestra relación yo me sentía insegura y pensaba que la única manera de
conseguir amor era encontrarlo y mantenerlo para toda la vida. No tenía ni una
pizca de independencia. Nos fuimos a vivir juntos y nos casamos, pero no
sabíamos hablarnos y no confiábamos el uno en el otro. Hemos aprendido que
podemos darle fuerza a la relación uniendo nuestras propias fuerzas y
aprendiendo del otro. No tiene por qué gustarnos hacer las mismas cosas, pero
podemos disfrutar haciendo otras cosas juntos.
Recientemente hemos aprendido a hablar y a escuchar de verdad al
otro. He aprendido que con Él estoy a salvo y que puedo ser vulnerable. Le
puedo contar lo que sea porque sé que me va escuchar y a intentar
comprenderme. No sólo escucha mis palabras, sino también mis sentimientos.
Hace tres años el mensaje de mi Poder Superior de que me tenía que
mudar a otra ciudad fue clarísimo. El planteamiento me daba miedo, pero estaba
clarísimo. Sabía que Dios operaba en mi vida porque me fie del sentimiento de
valor que tenía, confié en este sentimiento hasta el final.
A día de hoy estoy intentando cambiar de trabajo. Los dos primeros
fueron desastrosos. Llegábamos a fin de mes, pero con dificultades. El médico
me dijo que mi cuerpo ya no soportaba más estrés y que lo mejor era que dejara
el trabajo. Entendí que Dios me decía que era el momento de otro cambio y
empecé a pedir consejo sobre alguna carrera.
Cuando llegué a OA con dieciocho años creía que no era muy lista.
Cuando me divorcié de mi primer marido, Dios me puso un trabajo que se
convirtió en una carrera. Encontrar algo que me gustaba y que era bueno me dio
la autoestima que no había tenido nunca. Con el paso de los años, me he dado
cuenta de que soy lista. Creo que Dios me ha dado el trabajo en el que puedo ser
más útil a Él y a mis semejantes.
Creo que todo lo que he aprendido lo he aprendido gracias al
programa. He aprendido a vivir cada día, he aprendido de cada fallo, de cada vez
que me he caído y me he levantado, he aprendido de las veces que he dado dos
pasos hacia delante y uno hacia atrás. Y, por supuesto, he aprendido de todas las
experiencias que he tenido. Sin embargo, me pregunto si hubiera estado abierta a
todas las lecciones de la vida sin el conocimiento y la fe que me ha dado el
programa. Me ha dado las herramientas que necesito.
A día de hoy, veo mi vida como la subida a una montaña. A veces
puedo ver más allá gracias a las curvas y también puedo mirar hacia atrás y ver
lo lejos que he llegado y que el camino que me queda es seguro si sigo
caminando con mi Poder Superior y mis amigos. A medida que subo la montaña
miro al valle que queda abajo. Cada vez que llego a una curva tengo una
perspectiva distinta porque estoy cada vez más arriba. Lo que esto significa para
mí es que sigo aprendiendo las mismas lecciones, pero cada vez con una visión
diferente y un nivel más profundo. Mientras no tenga que viajar sola, no tengo
miedo de lo alto que pueda llegar y no es gracias a mí sola el que haya llegado
tan alto.


17
Abrir puertas y armarios


LA COMIDA SIEMPRE HABÍA SIDO fundamental en mi familia.
Era el medio por el que demostrábamos nuestro amor, sin tener que decir la
palabra. Mi abuela y mi madre expresaban su amor preparando una tarta enorme
y yo expresaba mi amor comiendo un montón de tarta. Muy pronto comprendí el
poder que tenía la comida, y más tardé aprendí a usar ese poder para acabar con
cualquier tipo dolor. Se convirtió en mi droga. Yo era solitaria, me asustaba la
gente, pero en realidad lo que más deseaba era que hubiera gente en mi vida. La
comida la utilizaba para enfrentarme al miedo a los demás, pero con el tiempo
me hundió en un miedo mucho más profundo, en el aislamiento y en la soledad.
Creo que crucé la barrera entre comer normal y comer
compulsivamente a los catorce años. A esa edad empecé a utilizar la comida para
hacer frente al dolor y al miedo que había en mi vida. Un familiar que abusaba
sexual y emocionalmente de mí, murió repentinamente. Yo tuve que someterme
a una operación y tuve miedo a morir. Empecé a darme cuenta de que yo no era
como los demás chicos, supe que era homosexual, aunque ni siquiera era capaz
de decir esa palabra.
Todo esto me llevó a cruzar la línea entre comer normal y comer
compulsivamente. De los 50 kg que pesaba a los catorce años llegué a pesar 135
kg a los diecisiete. Inconscientemente utilicé mi adicción para sobrevivir y no
suicidarme hasta que Dios consideró que estaba preparado para hacer frente al
miedo y al dolor con su ayuda.
A lo largo de los años, no importaba lo que pesara, nunca estaba a
gusto conmigo mismo. En 1983, a la edad de 39 años, tenía tal sufrimiento
emocional que me quería morir. Mi negocio, con el que había tenido un gran
éxito durante seis años, se hundió por culpa de mi locura. Me dediqué a gritar y a
lanzar objetos a mis empleados y la comida estaba fuera de control. Sin
embargo, aún seguía creyendo que las cosas se solucionarían si adelgazaba.
Todo esto a pesar de que ya había estado delgado antes y me seguía sintiendo
solo y aterrorizado por dentro.
En mayo de 1983, entraba en la vida de los demás como un huracán y
los dejaba como si hubiera pasado un tornado, destrozados, sangrando y
llorando. Me gustaba hacer daño a la gente por culpa de mi propio miedo, de mi
ira y de mi dolor. Nada más despertarme podía hacer dos cosas: rezar, o pensar
en suicidarme con la pistola que tenía en el cajón de la mesilla de noche. Dos
desconocidos que habían dejado de beber (alcohólicos en recuperación) me
quitaron todas las máscaras y me hablaron del programa de doce pasos de OA y
me dijeron que tenían amigos que iban a OA y que habían perdido mucho peso.
Me asustaba ir a la reunión porque no sabía si funcionaría y me daba mucho
miedo la gente. Tenía que esperar hasta que Dios considerara que estaba
preparado. Incluso entonces, tardé muchísimo en prestar atención y en tener la
voluntad de acabar con el miedo y el sufrimiento, sin importar lo que tuviera que
hacer.
Un sábado de mayo de 1983, toqué fondo emocional y
espiritualmente. Estaba conduciendo en la autopista, bebiendo un refresco y
comiendo caramelos, me acerqué a un coche que estaba parado en mi carril y le
di a bastante velocidad, sin cinturón de seguridad. Me di cuenta, muchos años
después, de que habría podido evitar el accidente simplemente habiéndome
cambiado de carril. Ahora sé que lo que lo que quería era suicidarme y terminar
con tanto sufrimiento. Sin embargo, salí ileso de la colisión. El lunes cuando fui
al médico, me dijo que si estaba ileso, era porque estaba gordo, pero que debía
perder peso por motivos de salud. Le dije que había estado pensando en ir a
Comedores Compulsivos Anónimos. En ese momento di el primer paso sin ni
siquiera saber que existía. Me declaré totalmente impotente ante la comida y
reconocí que mi vida era ingobernable. Me fui a casa y le dije a mis amigos que
quería ir a una reunión el viernes por la noche.
El viernes 27 de mayo de 1983 fui a mi primera reunión. Antes de que
terminara, ya sabía que ese era mi sitio. Había pasado casi toda mi vida solo, con
un miedo insoportable, ira, culpa y vergüenza. Nunca creí que encontraría la
solución hasta que no entré por aquella puerta.
En aquella habitación escuché a la gente reírse de cómo me sentía yo,
pero se reían porque ellos ya no se sentían así. Yo quería eso, quería las risas y
los abrazos porque no había habido ninguna de las dos cosas en mi vida desde
hacía años. Lo único que había hecho era estar en casa con las persianas bajadas,
viendo la TV y comer más y más. No pude dejar de comer nada más empezar.
Aún tenía mucho miedo, pero sufría tanto que estaba dispuesto a intentar lo que
fuera. Oí algo sobre tres comidas al día, nada entre medias y nada de azúcar y de
que sólo estás tan enfermo como tus secretos.
Leí algo de la literatura esa noche y decidí intentar comer tres
comidas al día y nada de azúcar al día siguiente. Ese día fui a una reunión
familiar y cometí el error de decirles que estaba a dieta. Se pasaron todo el fin de
semana hablando de lo que podía o no podía comer. El milagro fue que hice tres
comidas al día, nada entre medias y nada de azúcar. Para mí este era mi segundo
paso porque supe que Dios hace por mí lo que yo no soy capaz de hacer por mí
mismo. He mantenido mi abstinencia desde entonces.
Hablando de Dios, ese concepto fue lo que casi me hace abandonar
antes de empezar. Desde muy joven, yo tenía un Dios que me amaba y me
cuidaba, incluso quería ser religioso; pero en algún momento, cuando empecé a
comer compulsivamente, mi Dios también cambió. Se había convertido en un
Dios castigador que no me aceptaba como yo era. En la primera reunión le
pregunté a dos personas si OA era una religión o una secta por la cantidad de
veces que se mencionaba a Dios y por las oraciones. Tenía miedo de que su Dios
no me aceptara y no me diera lo que los demás tenían. Me dijeron que no me
preocupara, que siguiera viniendo y que lo de Dios ya se solucionaría solo. Al
principio tenía que hacer como si tuviera un Dios e hice del grupo mi Poder
Superior. Más tarde encontré, a través de los pasos, el camino hacia un Dios que
me quería y me cuidaba como el que tenía a los nueve años. Este es mi concepto
de Dios hoy, y le agradezco cada comida y cada noche, de rodillas, mi
abstinencia y las relaciones sanas que tengo a día de hoy.
Después de tres o cuatro meses abstinente, perder peso y asistir a
muchas reuniones entré en una gran crisis, mis secretos. Sabía que tenía que
compartir con las personas que me habían llevado al programa mi secreto más
profundo, más oscuro y más feo, o si no volvería comer compulsivamente. Así
que, un día, decidí contarles mi mayor secreto durante la comida (parece que lo
tenía que hacer todo durante o después de comer), pero no pude. Después de
comer, en el coche, Dios me dio el valor para decirles a mis primeros verdaderos
amigos que era homosexual. Lo único que me dijeron fue que ya lo sabían y que
me seguían queriendo. Aquello fue para mí una experiencia espiritual del tipo de
la zarza ardiente de la Biblia. Cuando decidí contárselo, confié por primera vez
en Dios y tuve la voluntad de dejar mi vida en sus manos y de confiar en que Él
cuidará de mí en todo momento. Había dado el tercer paso y supe que siempre
estaría bien si confiaba en Él. Fue el primer paso para hacer frente a mi
sexualidad y para empezar a sentirme cómodo conmigo mismo. Ha sido el viaje
más largo y más difícil de mi vida y aún no se ha terminado. Hoy en día he
salido del armario y tengo la libertad de ser yo mismo con mis amigos, mi
familia y mis socios.
Esa libertad fue la que me dejó sentir el dolor de trabajar los pasos y
me ayudó a incorporarlos a mi vida diaria. Los pasos me resultaban dolorosos
porque, desde el principio, tuve que hacer frente al dolor que siempre había
estado intentando evitar. Los pasos me ayudaron a sentir el dolor sin comer. He
aprendido que pase lo que pase, bueno o malo, “esto también pasará”.
En estos diecisiete años no he tenido una abstinencia perfecta, pero no
he vuelto a comer como solía comer antes, ni tampoco he vuelto a probar el
azúcar. La perfección para mí es la muerte. Nunca podré ser perfecto, sólo Dios
lo es, ya me he avergonzado lo suficiente a lo largo de mi vida como para
avergonzarme por no tener una abstinencia perfecta. Mientras esté abstinente
durante estas 24 horas, mi peso perfecto es el que peso estas 24 horas. No me
preocupa porque no puedo cambiar mi peso un día a la vez, sólo Dios puede
cambiar las cosas de forma instantánea y, si estoy abstinente, Dios me da el peso
que necesito hoy. El peso no es el problema, es la vida y yo me la trabajo con los
doce pasos y el contacto diario con Dios.
Si estoy abstinente puedo ver y escuchar a quien Dios pone en mi vida
y lo que es su voluntad. Como dice el “Libro Grande” “no ocurre nada en el
mundo de Dios por accidente”, por eso, la gente que me rodea, no está ahí por
casualidad. Están ahí para decirme algo, por eso tengo que parar mis adicciones
para poder escucharles.
Cuando empecé a estar abstinente, estaba enfadado por una minucia y
me paré en una tienda a comprar un refresco light. Mientras estaba ahí, empecé a
pensar ya no en comerme un helado, sino en cuántos me comería. Mientras
estaba en el coche tuve un momento de “claridad” de los que habla el “Libro
Grande” y vi salir de la tienda a una mujer que parecía comedora compulsiva. Se
paró delante de mi coche enfrente de un contenedor de basura y sacó un helado
del bolso. Lo devoró, sacó otro e hizo lo mismo. En ese momento de claridad
entendí el mensaje de Dios de que ese día yo no debía comer compulsivamente.
A día de hoy sé que si abro los ojos y escucho al mundo que me rodea, Dios me
manda mensajes de recuperación si me paro un momento antes de dar el primer
bocado compulsivo.
Dios, en su horario, ha puesto en mi camino gente que me ayuda a
hacer frente a mi sexualidad, al incesto, los abusos sexuales, cosas sobre el sida,
baja autoestima y depresión. Con cada cosa que me pasa, hay gente a mí
alrededor para ayudarme. Si trabajo el programa, no importa lo triste que me
sienta ni el dolor por el que tenga que pasar, Dios me dará las herramientas y las
personas para poder solucionarlo todo sin recurrir a la comida. No estoy solo,
eso me lo han enseñado los compañeros del programa.
Mucho de lo que digo y hago hoy lo he oído en las reuniones de OA.
Pienso que es increíble porque la primera vez que llegué a OA pensaba que
nadie tenía los secretos o los problemas que yo tenía. Esta sensación de ser el
único al que le pasaban cosas, igual que la perfección, casi acaban conmigo.
Creía que mi único problema era que estaba gordo y que no podía parar de
comer. Si en ese momento me hubiera limitado a conseguir estar delgado me
habría privado a mí mismo de todos los beneficios del programa. A día de hoy
sólo me siento único cuando estoy en la “enfermedad” y sólo quiero revolcarme
en mi propio malestar. Estos pensamientos negativos me llevan a creer que la
única solución que tengo es la comida, por eso sigo trabajando los pasos y
buscando apoyo en los grupos que me ayudan y me dan el amor que necesito
cuando empiezo a hacer caso a la enfermedad.
Entre los ganadores del programa están no sólo los que mantienen una
abstinencia a largo plazo, sino los que siguen viniendo. Mientras siga volviendo,
hay una salida. No importa el camino de recuperación que tenga cada uno, hay
muchos, no soy Dios, por eso no puedo seguir el tuyo. Uno trabaja los pasos para
estar abstinente o está abstinente para trabajar los pasos. Lo más importante para
mí es seguir viniendo para hacer llegar a otros el mensaje de que se puede
conseguir y no importa si me doy otro atracón o si dejo el programa. Necesito
recordarme que lo importante para mí es seguir viniendo pase lo que pase.
Las dietas nunca me han funcionado, antes de llegar a OA tomaba
medicamentos para perder peso. La vez que más peso perdí, antes de entrar en
OA, fue en 1978. Durante siete u ocho meses lo único que comía era sopa de
verdura, té helado y valium con tres o cuatro whiskys al día. Estaba delgado,
pero estaba loco y el vacío oscuro de mi niñez seguía dentro de mí. Cuando
conseguí estar delgado, dejé de trabajar y empecé a comer de nuevo. Aquél
vacío se va llenando poco a poco gracias a la espiritualidad.
A día de hoy soy yo mismo de forma abierta y libre, acepto que soy
exactamente lo que Dios quiere que sea e intento que se cumpla Su voluntad a
diario. Había llegado al punto en el que el dolor por la comida era superior al
dolor emocional con el que estaba intentando acabar y dejé de comer
compulsivamente. Dios me cuida dándome un programa para superar el dolor.
Después de muchos años sigo usando las mismas herramientas, ir a las
reuniones, leer, hablar con compañeros, trabajar los pasos y ponerme de rodillas
para pedir a Dios que me ayude a mantener mi abstinencia. No importa lo que
pase, no comeré compulsivamente un día a la vez. El programa me ha mejorado
la vida, luego la ha empeorado, luego la ha mejorado, luego empeorado... Como
dice la frase más odiosa del “Libro Grande”: “Se nos revelará más”. Al trabajar
los pasos y el programa he aprendido a hacer frente a todo el dolor nuevo y a
seguir adelante, con subidas y bajadas, dolor y alegría. La comida no resolverá
mis problemas ni eliminará el sufrimiento. OA ha sido para mí el principio de la
recuperación, no el final. Los pasos y el programa me han enseñado a vivir y a
afrontar los riesgos para hacer todo lo que sea necesario para continuar con mi
recuperación, incluidas la terapia y otros programas para solucionar los
problemas que me llevaban a comer. Todo lo que OA me prometió fue que no
tenía que comer compulsivamente nunca más y que ya no estaría solo, pero ha
hecho mucho más. Se han abierto las puertas y los armarios de mi mente y esto
me ha permitido hacer frente a todos los aspectos de mi vida y liberarme del
dolor y del miedo.
Antes de llegar al programa intentaba llenar el vacío espiritual
comiendo. A día de hoy, OA me ha dado un Dios que me quiere y me cuida para
llenar ese vació. Ahora sé que Dios siempre cuidará de mí, siempre que yo se lo
permita.




18
Hice mi testamento a los veintidós


ERA UN NIÑO GORDO y sufrí mucho por crecer gordo en una
sociedad que tenía fobia a la obesidad, por llevar ropa talla “obús”, por los
apodos que me ponían los demás y por ser el último siempre en clase de
gimnasia. A los diez años hice mi primera dieta motivada únicamente por el
dinero que me había prometido mi madre por perder peso, un kilo, un dólar.
Perdí alrededor de 20 kg, que era aproximadamente la mitad de los kg que me
sobraban. Sin embargo, un día me salté la dieta porque era “un día especial” y
cuando la quise retomar ya no pude, parecía que todos los días eran un día
especial. No tenía ninguna excusa para comer, mis padres me trataban bien y no
me contaban aquello de que “los niños en África se mueren de hambre”.
Durante muchos años intenté poner remedio a mi obesidad por mi
cuenta, desde dietas y planes de ejercicios hasta mudarme por todo el país. Las
curas geográficas aprendí que no me funcionaban. Mis problemas venían
conmigo fuera a donde fuera. Aunque odiaba el deporte, me apunté a clases de
fútbol a ver si obligándome a hacer deporte mejoraba, pero lo único que
conseguí fue que se me desgarrara un ligamento. Creía que, si me convertía en
un hombre Divino todo natural y con el pelo largo, me arreglaría, pero no.
Después pensé que si me cortaba el pelo y encontraba un “trabajo de verdad” mi
vida se solucionaría, pero tampoco. Siempre parecía que la dieta que iba a
empezar el lunes me solucionaría la vida, pero me acaba dando un atracón el
lunes por la tarde. Incluso tuve un momento en el que fui un “gordo liberado”.
Cuando leí aquellas historias de dietas que fallan y de niños gordos que se
convierten en adultos gordos, me rendí a seguir luchando contra el peso. Supuse
que estaba condenado a ser gordo y que podía comer lo que quisiera. Pensé que
engordaría unos kilillos, pero que mi cuerpo se estancaría en algún momento,
cuando llegara al peso que me correspondía. Creí que si llegaba a ese peso lo
aceptaría y que viviría feliz.
30 kg después me di cuenta de que ese peso que me correspondía
podía ser infinito. No podía parar de engordar. Había pasado la frontera de ser
gordo y ahora tenía obesidad mórbida. No me podía comprar ropa en tiendas
normales y mi salud estaba empeorando. Tenía dificultades a la hora de
mantener la higiene personal porque no podía llegar a ciertas partes de mi propio
cuerpo. Subir escaleras se había convertido en el mayor esfuerzo físico y tenía
estrías por los brazos y la tripa. Tenía la tensión cada vez más alta y empecé a
tener dolores en el pecho. Recuerdo las noches en las que creía que esos dolores
eran un ataque al corazón y me preguntaba si llegaría a la mañana siguiente. Así
que hice lo que cualquier persona de veintidós años hubiera hecho: me daba
tanta vergüenza llamar al médico que decidí, mejor, hacer testamento. El médico
hubiera descubierto que estaba gordo.
A todo esto, era un comedor compulsivo oculto. Aunque estoy seguro
de que todo el mundo sabía lo que hacía con la comida, más que nada por mi
tamaño, hacía grandes esfuerzos por esconderme para comer. Pensaba que, si los
demás no me veían comer, era como si no contara. Solía comprar en distintas
tiendas y distintos días para que los dependientes no supieran la cantidad de
comida basura que me comía. Solía comprar verduras y caramelos para tener una
razón “legítima” para ir a la compra y disimular (o eso creía) la cantidad de
comida que realmente comía. Por supuesto, las verduras se me estropeaban en la
nevera.
Mi falta de sano juicio me llevaba a darme atracones de camino a casa
del supermercado. Sabía que mi forma de comer estaba matándome, pero no
podía parar. Algunas veces, mientras me estaba dando un atracón, la comida ni
siquiera me sabía bien e incluso me dolía comérmela, pero aún así no podía
parar. Me decía a mí mismo que un último mordisco y ya, pero seguía y seguía
hasta que terminaba con todo.
Cuando ya estaba desesperado llegué a Comedores Compulsivos
Anónimos. Cogí un padrino desde el principio que me sugirió que asistiera 90
días a 90 reuniones de OA. También me sugirió que dejara de comer mis
alimentos compulsivos, que hiciera tres comidas al día y que lo llamara todas las
mañanas para contarle mi plan de comidas del día. Al principio estaba confuso
en las reuniones de OA, estaba tan intoxicado por la comida que no entendía casi
nada de lo que se hablaba allí. Sin embargo, veía que había gente a la que le
funcionaba y creía que, si a ellos les funcionaba, a mí también podía
funcionarme. Como no entendía las palabras, me centré en las acciones que otros
llevaban a cabo para mejorar. Escuchaba otros testimonios, hablaba con los
miembros después de las reuniones y llamaba por teléfono. Quería saber lo que
ellos habían hecho, a qué reuniones iban, qué servicios hacían y cuál era su
forma de comer. Al principio creía que aquellos que se estaban recuperando
tenían algún secreto mágico, algo así como una vitamina mágica, pero me di
cuenta en una reunión de que sólo tenían una cosa en común: estaban trabajando
los doce pasos de Comedores Compulsivos Anónimos, y no sólo los diez que
son iguales a los de AA, sino también los otros dos que son distintos para los
Comedores Compulsivos. En el primer paso admitimos que éramos impotentes
ante la comida y en el paso doce llevamos el mensaje a otros comedores
compulsivos. También se usaban las ocho herramientas de recuperación y que
forman parte de trabajar los pasos. Me di cuenta de que aquellos que seguían
luchando era porque no estaban usando algunas de las herramientas o de los
pasos.
No llegué a cumplir las 90 reuniones de OA en los 90 días siguientes,
creo que sólo llegué a 80. Sin embargo, fue suficiente y aprendí una de las más
grandes lecciones en OA: suficiente es suficiente. Ya no tengo que ser perfecto
nunca más. El perfeccionismo es un engaño que quedó en los días en los que
hacía dieta, cuando tenía que estar muriendo perfectamente de hambre o
dándome atracones perfectamente.
Gracias a OA perdí 50 kg en un año y por la gracia del programa me
he mantenido en ese peso desde hace más de nueve años. Para mí es un gran
placer poder descartar ropa que ya no me vale, pero no porque se haya quedado
pequeña. Tener una talla normal, por primera vez en mi vida, ha sido el mayor
reajuste de mi vida. Creía que mis problemas se solucionarían sólo si perdía
peso, creía que cuando estuviera en mi peso me casaría con una millonaria,
guapa y con cuerpazo de nadadora olímpica. He descubierto que al alcanzar mi
peso ideal sigo siendo bajito, sigo necesitando trabajar para vivir y sigo teniendo
piel flácida y estrías. Algunas de ellas me han desaparecido con los años, pero
otras siguen ahí y aún tengo piel flácida en algunas partes de mi cuerpo.
Aunque llevo abstinente más de diez años, sigo siendo comedor
compulsivo. No estoy curado y necesito seguir trabajando el programa de OA.
Por la mañana me sigo arrodillando para pedir ayuda a Dios. Después me tomo
un tiempo para meditar, hablo con mi padrino casi a diario y hablo con mis
ahijados también casi a diario. Voy a muchas reuniones de OA porque a cuantas
más asisto, mejor como. Cuando no voy a muchas reuniones de OA, aunque
vaya a otras de otros programas de doce pasos, me cuesta más comer bien. Hago
servicio en un grupo de OA porque me ayuda a seguir yendo y me he dado
cuenta de que la gente que se compromete con el servicio se lo hace más fácil
que los que no. Hago tres comidas al día sin nada entre medias porque es lo que
me funciona. No como los alimentos que me dan problemas, incluidos los
caramelos e hidratos de carbono como el pan, el arroz y las patatas. Después de
muchos años de experiencias en OA, he descubierto que estas comidas no me
sientan bien, aunque a otros compañeros no les den problemas. Tengo que tener
cuidado también con las cantidades porque mi apetito natural está tan
distorsionado como mi vista. Igual que necesito gafas para ver bien, necesito las
herramientas y los pasos del programa de OA para comer bien.
También he tenido que cambiar mi testamento para añadir a mi
querida esposa, a la que conocí en OA, al hijo que estamos esperando y para
donar una modesta parte de mi herencia a Comedores Compulsivos Anónimos.
Vine a OA para no morir de obesidad y nunca creí que tendría una vida tan
maravillosa. Sigue viniendo, funciona si lo trabajas.







19
No era justo


SENCILLAMENTE, NO ERA JUSTO. Tenía 16 años, pesaba 136 kg
y no sabía cómo había llegado a este peso. Era como si estuviera viviendo una
pesadilla desde hacía 16 años y de repente me había despertado, gorda y
asustada. Lloraba todo el tiempo sin saber por qué, estaba harta de dietas y de
intentar perder peso.
Mi vida giraba en torno a la comida: esconder comida, comerla a
escondidas, contar calorías, e intentar hacer cualquier tipo de dieta que se me
pusiera por delante. Mi único objetivo en la vida era adelgazar. Me prometía a
mí misma que antes de empezar el curso siguiente o antes del siguiente
cumpleaños iba a alcanzar cierto peso, pero nunca lo conseguía. Mi vida era así,
me sentía miserable y todavía me estremezo cuando pienso en cómo estaba en
aquella época.
Recordaba lo mal que me sentía al ser la más joven y la más gorda de
cualquier sitio al que iba. En las reuniones familiares y en las reuniones sociales
era perfectamente consciente de mi edad y de mi tamaño. Siempre era la que
tenía una personalidad encantadora.
Mis familiares siempre decían que si perdiera peso sería ya
simplemente adorable. Nunca lo dijeron para hacerme daño, pero a mí se me
daba muy bien esconder mis sentimientos.
De hecho, mi familia eran mis mejores amigos y mi máximo apoyo.
Suena raro, pero la gente que me rodeaba era mucho mayor que yo. Ahora sé
que es porque la gente de mi edad me ridiculizaba y me rechazaba. Los niños
son muy crueles.
Aún recuerdo una reunión escolar cuando estaba en 6º de primaria y
nos enseñaron las patrullas de salvamento. Todo el mundo se rio de mí porque el
cinturón de seguridad no me abrochaba. Otra vez en la cafetería del instituto, mis
compañeros de clase me tiraron cacahuetes mientras me gritaban: “¡Dumbo!”.
El momento más doloroso de mí vida fue el año que me dieron el
anuario escolar. Había una foto mía que ocupaba una página entera en la que
pesaba casi 140 kg y estaba apoyada contra un árbol. Debajo aparecía mi nombre
completo y un letrero que ponía “sujetando el árbol”.
Pero los niños no son los únicos que no tienen compasión. Tardé un
montón de años en volver a montar en bicicleta desde que mi vecino, una vez,
me saludó cuando yo iba en bici y no pudo evitar reírse a carcajadas al ver cómo
parecía que las ruedas se iban a deshinchar por mi peso.
¡La humillación total de aquella gorda! La primera vez que me
cambié en el vestuario, tuve que sufrir las bromas y las risas de las demás chicas
mientras señalaban mis michelines. Estaban de broma, estoy segura de que no
querían ser tan crueles conmigo. Decidí que no tendrían la oportunidad de reírse
de mí nunca más. Desde ese día llevaba el pantalón corto de gimnasia y la
camiseta debajo de la ropa. En el colegio llevaba uniforme de todas maneras:
pantalones elásticos y camiseta de punto. ¿Qué más daba si añadía una capa
más? No había mucha ropa juvenil de mi talla, ni ropa de deporte ni, por
supuesto, uniforme de chica scout. Era la única scout que no llevaba uniforme, y
también la única que no podía llevar bata en la clase de ciencias del instituto. No
había de mi talla. Los profesores tampoco ayudaban demasiado. Como si no
fuera suficientemente humillante tener que llevar ropa distinta a los demás, en
clase de gimnasia el profesor me apartaba, a mí sola, con un aburrido libro de
ejercicios que se titulaba “centímetros fuera”. No me dejaban participar ni en los
juegos ni en los deportes. Supongo que creían que me caería.
Gracias Dios mío por los buenos amigos que tuve en aquella época.
Supe que aquellos que me querían, sin importar mi aspecto, me querrían para
toda la vida.
Aunque lo que hacía que mi vida fuera tan miserable era la comida,
siempre parecía que era mi aliada. Me hacía compañía, me liberaba de la
ansiedad y tapaba cualquier sentimiento. La comida intervenía en mi vida,
aunque ahora sé que aquello no era vivir, era simplemente sobrevivir, y además
de forma miserable.
Es extraño darse cuenta de que en el pasado lo que intentaba era, a
través de la comida, ajustar cuentas con mis amigos y, sobre todo, con mi
familia. Cómo les dolía verme comer de aquella manera sin que yo me diera
cuenta, aparentemente, del daño que me estaba haciendo. Yo ignoraba que,
aparte de hacerles daño a ellos, me estaba destruyendo a mí misma.
Yo odiaba lo que hacía. El juego al que hacía tanto tiempo que jugaba
empezaba a no tener sentido; me estaba cansando de inventar mentiras
ingeniosas acerca de lo que había comido. Me había convertido en una experta
en comer todo el helado que podía sin que se notara demasiado en el envase.
Creía que engañaba a todo el mundo cuando no masticaba lo que hubiera en mi
boca si alguien entraba repentinamente en la habitación donde estaba comiendo.
Lo único que recuerdo de estar gorda y que en aquel momento
consideraba positivo, era que ser obesa me daba un sentimiento de poder irreal.
Era más grande y el ser gorda me hacía sentir más poderosa que el resto de mis
compañeros. No me sentía como una chica, en absoluto. Tuve que perder más de
45 kg para empezar a sentirme un poco más femenina. Cuando estaba gorda, mi
aspecto físico me daba lo mismo, siempre llevaba camisetas grandes, pantalones
elásticos y deportivas. No me cepillaba el pelo ni me lo arreglaba. Parece
mentira que yo haya sido alguna vez tan dejada, pero es así. Mi madre intentaba
ayudarme, me llevó a un club de dietas muy popular en varias ocasiones, la
primera vez cuando tenía sólo diez años. Conseguí hacer la dieta correctamente,
pero siempre la rompía a partir del tercer mes. No era capaz de enfrentarme a la
celebración del 4º mes de dieta, en la que tenías que pasearte delante de las
demás y te daban una medalla. Nunca fui capaz de hacer eso.
Cuando tenía trece o catorce años, una amiga mía me llevó a otro
grupo de pérdida de peso. Conseguí algunos éxitos en periodos cortos de tiempo,
pero no sentía que la gente se preocupara por mí. Lo mismo me ocurrió en el
primer club de dietas.
Supongo que fue por esta misma época cuando la enfermera del
colegio me sugirió que fuera al psicólogo del colegio. Mis padres, que hubieran
dado hasta entonces lo que fuera por que perdiera peso, apoyaron esta idea. Fui
al psicólogo todos los miércoles por la tarde durante dos años. Supongo que
intentó comprenderme, pero nunca supo cómo me sentía en realidad. Cada
sesión se convirtió en una lucha por ver si yo podía llorar más fuerte de lo que él
me gritaba.
Me gritaba que no era tan difícil, que simplemente yo no daba un duro
por ello. Si tan sólo tuviera una idea de todo lo que me importaba.
Me importaba tanto que lo siguiente que probé fue la acupuntura, una
medida drástica. Estaba convencida de que ahí estaba la respuesta. No sabía
mucho acerca de la acupuntura, pero en aquel momento era casi mi última
opción y la de mi familia. Después de una larga discusión con mi familia sobre
el precio del tratamiento con acupuntura, y algunos comentarios agresivos por
mi parte acerca de mi determinación por la acupuntura, decidimos probar.
Ponerme la grapa en la oreja costaba 100$, más 10 dólares a la semana por el
tratamiento; no tardé mucho en dejar de ir. El tratamiento con acupuntura
funcionaba muy bien a nivel físico, mi apetito se redujo, pero no mi consumo de
comida. Comía igual, tuviera hambre o no.
A día de hoy no sé por qué llegué a OA. Estaba predestinada a ser
gorda para siempre. Leí algo de OA en el periódico y un jueves por la noche
decidí asistir a la reunión. No sé qué fue lo que me impulsó a ir, lo que sí sé es
que no me gustó. No me acuerdo del moderador, ni del tema, ni de lo que se
habló, lo único que vi en aquella reunión fueron las puntas de mis zapatos. No
alcé la vista ni un momento e intenté ocultar mis lágrimas bajando la cabeza.
Aún recuerdo cómo caían las lágrimas en los zapatos, sin llegar a calarlos. La
filosofía de vida de OA tampoco caló en mí, al menos no aquella noche.
Tardé una hora y media de sufrimiento en OA en darme cuenta de que
aquello no era para mí. A mitad de un testimonio me levanté y me fui secándome
los ojos llorosos y con la esperanza de que mi madre y mi hermana vinieran a
buscarme pronto.
Me quedé ahí de pie, en una curva oscura, completamente sola,
deprimida y con el sentimiento de que, una vez más, me había fallado otro
grupo. A nadie le importaba.
Pero ahí está la diferencia entre los compañeros de OA y los demás.
Escuché que alguien se acercaba por detrás. No sabía quién era, pero sabía que
era del grupo de OA. No me conocía de nada, ni tenía ningún motivo para
seguirme. Se acercó y me dio un abrazo, asegurándome que ella se preocupaba
por mí y que esperaba que volviera. Si ella no hubiera hecho aquel esfuerzo para
alcanzarme y hablarme un poco más sobre el programa, sé que hubiera añadido
OA a mi lista de errores. Siempre recordaré y agradeceré lo que ella hizo por mí
aquella noche.
A través de ella encontré una madrina, una persona preciosa que no
sólo es una súper madrina, sino que nuestra relación ha evolucionado hasta
convertirse en una sincera amistad.
Nadie más habría podido ayudarme con todo lo que me ha ayudado
ella, nunca se ha quejado. Ha pasado muchas horas explicándome cómo
funciona el programa. Mis primeras semanas en OA las pasé con una abstinencia
que iba y venía, pero estaba bien. Mi madrina era paciente, amorosa y
comprensiva. Podía sentir cómo se preocupaba por mí y su voluntad de escuchar
todo lo que yo tenía que decir. Un jueves por la noche estaba hablando con ella y
la conversación fue totalmente distinta a las demás. Abrí mi corazón, me puse a
llorar y compartí con ella mis sentimientos de confusión y falta de amor a mí
misma.
Ella me dijo que parara, que yo necesitaba hablar y que nos veríamos
enfrente de la iglesia a la que iba a las reuniones de OA.
Era una noche bastante fría y caía una helada, pero condujo desde la
otra punta del condado, para hablar conmigo. No podía creer que alguien fuera
capaz de hacer eso por mí. Era la primera vez que la veía en persona, y fue mi
primer día de abstinencia. Desde entonces he mantenido mi abstinencia desde
hace más de un año. Gracias a su apoyo, a las sugerencias y a la ayuda de otros
compañeros, he conseguido mantener una abstinencia fuerte, sana e inamovible,
además de una pérdida de peso de casi 50 kg.
Los primeros seis meses de programa sentía que estaba siempre a
prueba. Al principio no iba a fiestas porque me daba miedo romper mi
abstinencia, no podía enfrentarme a tanta comida. En algunas ocasiones he sido
capaz de no hacerme mucho daño y asistir a reuniones familiares y a irme de
vacaciones con mi familia sin comer de más.
Muchas de las reuniones familiares se me hacían eternas. Recuerdo la
fiesta de cumpleaños de mi tío porque me pasé la mitad de la noche en el baño,
con un paquete de kleenex en una mano y el teléfono en la otra.
Aquella noche mi madrina me habló claro y me recordó que ahora era
responsable y que era capaz de hacer las cosas bien. Me dijo lo que necesitaba
oír y lo que aún hoy necesito seguir oyendo: “Todo irá bien, sigue las directrices
del programa”.
Mi madrina nunca me ha fallado cuando he necesitado compartir. La
he llamado desde fiestas, restaurantes, el colegio, desde donde he estado y para
lo que la he necesitado. Algunas semanas después de aquella fiesta fue mi
cumpleaños. Sé que los cumpleaños suelen ser agradables, pero sabía que yo era
nueva en el programa y sólo tenía 17 años. Me sentía privada de una tarta de
cumpleaños con velas. No era justo que tuviera que renunciar a toda la tradición
de los cumpleaños por una nueva vida con la que no estaba cómoda aún. ¡Cómo
cambiaron las cosas unos meses después!
Una noche estaba cenando con unos amigos y tuve una revelación del
programa de OA, me di cuenta, por primera vez, de que no podía comer como el
resto de mis amigos. No me resentí ni me sentí privada de nada, sencillamente
eran cosas de la vida.
Me levanté de la mesa y busqué un teléfono público para llamar a mi
madrina. Me había ayudado tanto, había hablado tanto conmigo en los malos
momentos, que consideré que era justo que también compartiera con ella mi
crecimiento y mi alegría.
Aquella noche fue increíble, me acosté pensando que estaba en la
cima del mundo, ¿y qué si no podía comer ciertos alimentos? Estaba empezando
a despertarme y a vivir en un mundo que, antes de entrar en OA, era sólo una
ilusión. La comida ya no controlaba mi vida, era libre. Hace poco me compré los
primeros pantalones con botón y cremallera en lugar de con cinta elástica. He
aprobado el carnet de conducir, mi familia y mis amigos están encantados con
mi pérdida de peso, la gente se preocupa por mí y yo me preocupo por ellos y,
honestamente, me preocupo por mí misma. He entendido que si como
compulsivamente no estoy siendo justa conmigo misma.
Finalmente me he dado cuenta de que la vida no ha sido injusta
conmigo en el pasado, era yo la que no lo he sido. Había algo que podía cambiar
y entonces decidí que podía cambiarlo.
Desde entonces, he cambiado y he crecido en muchos aspectos.
Algunos de los cambios han sido inesperados y dolorosos. Cuando llevaba un
año en el programa mi madre murió de repente. Un día estaba aquí y al siguiente
ya no.
Pasé por mucho dolor y la herida fue bastante profunda. Tardé mucho
en superarlo, pero la comida ya no formaba parte de la medicina. Mi Poder
Superior y los compañeros de OA me dieron la fortaleza para hacer frente a la
pena y sobrevivir, ahora soy más fuerte. Ahora sé que no encontré OA por
casualidad y que mi madrina es un regalo, la persona adecuada en el momento y
el lugar adecuados.
La noche antes de la muerte de mi madre fuimos a una reunión juntas.
Estaba orgullosa de ella y sabía que ella lo estaba de mí. Me siento bien al saber
que murió abstinente y creo que es la manera en la que Dios me demuestra la
importancia de OA en mi vida.
Sé que mientras siga el programa de OA, todo lo que ocurra en mi
vida será lo mejor para mí y que la vida será tan justa conmigo como yo se lo
permita.

20
¡Hundir las piruletas!


EN UNA FAMILIA DE DIEZ HIJOS yo era la novena y la única
mujer. Cuando tenía un año, mi padre nos abandonó y mis hermanos, que
siempre han tenido muchos amigos, no estaban por la labor de jugar con una
chica. Cuando tenía once años abusaron sexualmente de mí.
No era difícil sospechar que estas experiencias me llevarían a intentar
alejarme del sexo masculino. A día de hoy, con cincuenta años, me he dado
cuenta de que nunca he llegado a confiar lo suficiente en los hombres como para
tener un marido. He tenido muchos novios, pero ninguna relación duradera.
Mucho antes de la adolescencia empecé a construirme el barco que
me llevaría a la deriva. Estaba hecho de chocolate y se convirtió en mi santuario
durante treinta y nueve años. A bordo de mi barco me tomaba entre diez y veinte
barritas de chocolate al día además de una gran variedad de dulces de chocolate
de otro tipo. Cuando tenía dieciséis años pesaba ya 110 kg.
Con ese cuerpo enorme era una niña emocionalmente crispada.
Cuando las cosas se me iban de las manos, cosa que ocurría bastante a menudo,
esperaba que alguien cuidara de mí. Crecí muy enfadada con Dios porque nunca
me daba lo que yo quería y opté por ponerme en manos de profesionales
médicos para que ellos hicieran lo que Dios no podía.
Me ponía objetivos imposibles de alcanzar y me enfadaba cuando no
los alcanzaba, pero las golosinas estaban ahí para solucionar mis problemas. Me
quitaban la depresión, me liberaban de tomar decisiones y además era una
recompensa que estaba siempre a mano, tanto para lo bueno como para lo malo.
Me bajé de mi barco mágico muchas veces jurándome a mí misma
que nunca volvería, pero siempre volvía. Allí estaba a salvo y nadie podía subir a
criticarme. Durante el tiempo que estaba fuera del barco iba a muchos médicos y
todos me decían lo mismo: necesitas perder peso. De hecho, lo hice, subía y
bajaba de peso igual que la marea. Empecé a darme cuenta de que la muerte no
iba a esperar a que fuera mucho más mayor, pero en realidad me daba igual.
Decidí que moriría a bordo de mi barco y que moriría feliz, no me daba cuenta
de lo que iba a durar la espera y de lo dolorosa que sería.
A los treinta años me diagnosticaron una artritis reumatoide y el
médico me preguntó si había pasado por alguna crisis emocional recientemente.
Mi respuesta fue que toda mi vida había sido una crisis emocional.
Mi caos psíquico estaba bastante calmado hasta un día de junio en el
que me dijeron que si no perdía peso moriría. Como si yo ya no lo supiera… Me
informaron de que existía una manera de perder peso sin tener que recurrir a la
fuerza de voluntad. Se trataba de una operación de cirugía que se llamaba bypass
intestinal. Yo ignoré lo primero y sólo me quedé con la afirmación del médico
de que podría comer y seguir perdiendo peso y que tendría mucha diarrea.
Me operé cuando llegué a pesar 140 kg. Fue entonces cuando
empezaron ocho años de infierno. Después del bypass el peso más bajo al que
llegué fueron 110 kg. Luego vino el famoso yo-yo. Tenía tanta diarrea que no
pude salir de casa en un año. Cuando por fin conseguí controlar esta situación
empecé a tener flatulencia. Era muy vergonzoso.
Tres años después, empecé a tener problemas en el riñón. Me sometí a
dos operaciones para eliminar las piedras en el riñón y a una tercera para que me
lo extirparan. Este fue el principio de una experiencia traumática de cinco años
en los que me sometí a veinticinco operaciones, once de ellas del riñón que tenía
mal.
Tenía ataques de dolor agudo que los médicos no podían explicar,
tenía erupciones cutáneas y alergias, estaba extremadamente delgada y apenas
me podía mover. La poca vida social que tenía era las consultas a los médicos y,
en contadas ocasiones, a mi familia.
Tres días antes de la operación para extirparme el riñón, los médicos
me dijeron que me tenían que quitar el bypass intestinal porque podía causar
daños en el riñón sano y, en ese caso, me quedarían sólo tres años de vida. En
esos momentos morir era demasiado doloroso. Aún así, no podía dejar mi propio
consuelo, volví a subirme al barco de chocolate, comía porque estaba enferma y
estaba enferma porque comía.
Ocho años después de haberme sometido al bypass, me lo quitaron
con la advertencia de que no tenía ninguna oportunidad de salir adelante. Pero
me volví a salvar una vez más, aunque a mis ojos la muerte hubiera sido la mejor
opción. Lo único que sentía era dolor. Estaba convencida de que había perdido la
oportunidad de estar delgada, había intentado todo lo posible y ya no me
quedaba nada más.
Por si fuera poco, la herida de la operación se abrió y se me infectó.
Estuvo drenando cuatro meses y los médicos me dijeron que drenaría el resto de
mi vida.
Era muy necesario que mi situación cambiará radicalmente. Mi pesó
llegó a los 130 kg. De pronto me di cuenta de lo que estaba haciendo, sabía que
no quería llegar a los 140 kg y, por primera vez le pedí ayuda a Dios.
El día de San Valentín me llegó lo que había pedido en forma de
número de teléfono que un amigo me había dado hacía más de dos años. Lo
había metido en un cajón y me había olvidado de él. Llamé y en un día de
celebración del amor fui a mi primera reunión de OA. Apenas podía entrar en la
habitación. Algún tiempo después, los compañeros me confesaron que creían
que iban a tener que llevarme en brazos después de la reunión. Estaba hecha un
lío física y emocionalmente.
En aquella primera reunión vi un rayito de esperanza. La siguiente
noche volví a una reunión y empecé a estar abstinente al día siguiente. Ese día,
la herida que los médicos dijeron que drenaría toda mi vida dejó de hacerlo y
empezó a cicatrizar.
Aparte de la desesperación total con la que llegué a OA, estaba
dispuesta a aceptar cualquier cosa que OA me ofreciera. No entendía muy bien
de qué iba todo aquello, pero sabía que quería lo que había allí. Empecé a
trabajar el programa haciendo lo que se suponía que tenía que hacer: abstenerme,
hablar, hacer servicio, escribir y comentar mi inventario y amadrinar. Iba a todas
las reuniones posibles y trabajaba los pasos lo mejor que podía. Tardé cuatro
meses en ser consciente de lo que hacía.
Durante años creía que había perdido la fe. No podía pedirle nada a
Dios porque no me escuchaba. Una noche me dijeron: “La palabra mágica es:
acción”. Entonces descubrí que no había perdido la fe, había estado ahí siempre,
esperando a que yo empezara a hacer algo por ella. Ahora estoy aprendiendo a
ser responsable de mí misma. He encontrado una pequeña parte de mí misma.
Ahora sé que soy un ser humano, hija de Dios. Saberlo es algo maravilloso,
mejor que ser un “error de la naturaleza”. Ahora soy consciente de que mi vida
estaba en crisis emocional porque yo lo había permitido.
Mis problemas físicos están empezando a desaparecer. Voy creciendo
con más fuerza cada día. Ahora naufrago hasta las reuniones y dejo mi barco en
casa. En una reunión subí dos tramos de escaleras. Leo toda la literatura de OA
que cae en mis manos y disfruto con cada palabra. Dejo a mi Poder Superior que
gobierne mi vida y, amigos míos, no sabéis la de cosas que soy capaz de hacer
en veinticuatro horas. Voy a visitar a la gente a los hospitales, escribo, leo, llamo
a compañeros de OA y siempre tengo tiempo para atender sus llamadas. Todo
esto lo puede hacer una persona que, dos meses antes de llegar a OA, pasó las
Navidades en una silla de ruedas.
La vida que el Poder Superior ha creado para nosotros es muy bonita,
y yo quiero vivirla y disfrutarla.
Mi barco de chocolate se ha quedado atrás. No tengo que volver a él a
menos que yo quiera. Gracias a Dios, hoy tengo la dignidad de elegir.
Apartaros amigos, voy a hundir el Barco de Piruletas.








21
Era de familia


CUANDO TENÍA SIETE AÑOS mi madre casi se muere y yo, la
mayor de tres hermanos, fui “enclaustrada” durante la mayoría del curso escolar.
Hasta entonces yo había sido una niña delgada y asmática que no tenía ningún
interés por la comida. Durante la enfermedad de mi madre estuve viviendo con
tres familias distintas y gané tanto peso que, cuando volví a casa, mi familia me
apodó “Bola de mantequilla”.
Crecí en una zona rural del Medio Oeste de Estados Unidos que
nunca llegó a salir de la depresión. Los baptistas de la franja bíblica de Estados
Unidos, mi familia por ambos lados se podía dividir en dos grupos: las mujeres
con mucho sobrepeso que eran comedoras compulsivas y hombres muy delgados
que eran alcohólicos. Naturalmente, yo me identificaba más con las mujeres,
especialmente con mi enorme abuela diabética con la que creía que compartiría
mi destino.
Nunca tuve una relación estrecha con mi madre, ella no podía
manifestar su amor y me criticaba constantemente, pero a los trece años me hice
amiga de una vecina adorable que me manifestó, por primera vez, un sentimiento
de aceptación. Ella era obesa, igual que mis parientes.
Durante los años que pasé en casa, mi madre me obligaba a hacer
dietas extrañas o imposibles para perder peso. Durante mi adolescencia tenía una
talla 42 o 44, pero mi madre me hacía sentir tan sumamente gorda y fea que yo
no veía la diferencia entre esa talla y la 56 que llegué a tener.
Durante la universidad fui capaz de mantener un peso estable y
normal hasta el último año, cuando empecé a tener relaciones sexuales. Aquello
provocó en mí una reacción de ansiedad y llegué a pesar 82 kg en unos meses.
Con aquel peso sentía que era el fin del mundo y, por primera vez, hice dieta
voluntariamente. Mientras tanto, dejé de comer y perdí peso rápidamente.
Al año siguiente fui a un colegio de graduados en el este. Me sentía
tremendamente sola porque no lograba encajar en el ambiente tan sofisticado
que había, así que me volví un poco promiscua. En un año pasé de la talla 42 a la
48. Ese fue el principio de unos años de infierno porque no volví a recuperar mi
talla ni a sentirme como una persona normal hasta que fui a Comedores
Compulsivos Anónimos a la edad de treinta y cinco años.
Los años siguientes estuvieron marcados por una depresión, odio a mí
misma y engordar un montón de kilos. Estuve casi diez años en terapia para la
depresión, y siempre creí que comía porque estaba deprimida. Era incapaz de
admitir que lo que ocurría, era al revés: estaba deprimida porque comía. Comía
de camino a la terapia, a la salida y casi nunca hablaba del peso o de la comida
con mis terapeutas. Sólo hablaba de ello cuando estuviera a dieta y sólo cuando
conseguía estarlo durante más de dos semanas. La negación era mi mejor arma.
Las dietas que probé eran las dietas que todo el mundo hace. Una vez
hasta tuve una grapa en la oreja que me puso un osteópata acupuntor que me dijo
que me tocara la oreja cada vez que quisiera comer. La mayoría de las veces lo
hacía después de haber comido, así que no me ayudó mucho. Nunca he tomado
pastillas adelgazantes. Me consideraba demasiado buena, pura y antidrogas para
eso, así que seguí drogándome diariamente con azúcar y engordando.
Podía perder 20 kg en seis semanas si me lo proponía, pero sabía que
eso iba acompañado de engordar 30 kg en cuestión de unos meses, poco a poco
me rendí a no hacer más dieta. Empecé a interesarme por la astrología y me
convencí a mí misma de que mi carta astral me mostraba que estaba condenada a
ser gorda para siempre.
Aparentemente mi vida iba bien. Vivía en una casa adorable, estaba
saliendo con un hombre encantador y sensible que me amaba y tenía mi primer
libro a punto de publicarse. Había conseguido orientar mi carrera de tal modo
que pudiera trabajar en casa la mayoría del tiempo, como siempre había querido,
pero me daba atracones y estaba engordando. Cuando llegué a los 130 kg intenté
suicidarme. La gota que colmó el vaso, o lo que me llevó a OA, fue el último
vistazo a mi carta astral. Todo indicaba que se repetirían las mismas condiciones
que 12 años antes me habían llevado a engordar 45 kg. Estaba a un atracón de
pesar 140 kg.
Hice un último intento de dieta. Me dije a mí misma que si no
funcionaba debería ir a Comedores Compulsivos Anónimos, como me había
sugerido una amiga mía. Lo extraño es que, aunque amaba Alcohólicos
Anónimos (una muy buena amiga mía se está recuperando del alcoholismo y me
llevaba a algunas reuniones) OA me sonaba poco alentador. AA me había
impresionado y había empezado a absorber un poco su filosofía, pero aún así
estaba segura de que OA no me haría ningún bien.
Cuando fracasé en mi último y desesperado intento de dieta, me di
mis últimas vacaciones de atracón. A principios de enero me fui, en medio de
una tormenta de nieve, a mi primera reunión de OA.
Yo no fui uno de esos miembros que cogen la abstinencia al
momento. Mi reacción emocional durante las primeras semanas fue como dar
rienda suelta a un ciclón de dolor. Aquello significaba hacer frente a todos los
sentimientos que había ocultado con la comida como la ira, la soledad, el deseo,
y lo que era decir sí, a los demás, cuando quería decir no.
Me resistí tercamente a tener una madrina. En este aspecto, la imagen
de mi madre, controladora y dominante y sus dietas forzadas me producía una
gran desconfianza. Seguí hablando sobre este tema en las reuniones, como me
habían sugerido, y con el tiempo empecé a tener más paz con este tema. A los
dos meses de estar en programa volví a mi habitual pérdida de 20 kg y me di
cuenta de que necesitaba una madrina si quería mantener lo que el programa me
estaba regalando. Finalmente, mi Poder Superior empezó a cansarse de mis
vaivenes y me dio que una de las compañeras que había estado observando mi
lucha con la comida me preguntara si quería que fuera mi madrina. Le dije que sí
con bastante miedo, tenía pinta de ser muy estricta, pero en una semana
¡conseguí mi abstinencia!
Perdí peso a un ritmo increíble: 50 kg y 12 tallas en nueve meses. He
de admitir que estaba más cómoda con mi nueva forma de comer que con mi
nuevo cuerpo y mi nueva identidad. Con todo lo que había soñado que pasaría
cuando tuviera una apariencia normal, ahora que la tenía estaba muerta de
miedo.
Pasar de la talla 46 a la 44 fue un momento de crisis total, era como
pasar la frontera entre ser una persona gorda y rara y una persona normal. La
gente me decía que debería estar contenta, pero yo no podía. Durante
aproximadamente un mes me sentí incómoda, descontenta y asustada. Descubrí
que tenía miedo a los hombres y que me aislaba emocionalmente de los demás,
dentro y fuera del programa.
Hice frente a esta situación de crisis tal y como había hecho con las
demás crisis desde que entré en OA. Las crisis ya no me detienen porque estoy
abstinente. Trabajé el programa con el doble de ahínco. No había una
herramienta que no utilizara. Iba a más reuniones y me aseguraba de identificar y
de enfrentarme a aquello que más me molestaba. Me ayudó. Escuchaba en las
reuniones los testimonios como si mi vida dependiera de ello, porque así era.
Escuchaba sobre todo aquellos testimonios con los que me sentía más
identificada y me dirigía a ayudar, con la velocidad de la luz, a aquellas personas
que habían recaído porque eso también me podía pasar a mi si no aprendía de los
errores de los demás. Hacía llamadas a otros compañeros, rezaba para pedir a
Dios que me guiara, escribía cómo me sentía y lo compartía con otros
compañeros. Era como ir quemando mis viejas actitudes en una hoguera y,
mientras se consumían, rezaba para poder cambiarlas. Cuando aplico todos los
aspectos del programa a una crisis y confío en que esto también pasará, que no
es para toda la vida, la crisis pasa.
Cuando me vienen pensamientos relacionados con la comida, me los
tomo como sentimientos, no son órdenes. De hecho, gracias al programa he
aprendido que muchas veces me forzaba a comer, cuando ni siquiera quería
comida. Muchas veces he comido porque tenía sed. Me he dado cuenta de que
cuando me estaba dando atracones, ni siquiera me gustaba la comida y el hecho
de tener que acabármela suponía una tortura. Ahora intento que mis comidas
sean agradables y serenas. Antes de comer hablo con Dios y le digo: «Dios,
gracias por esta comida tan bonita y gracias porque puedo comer una cantidad
normal»
He aprendido a conformarme con mi nuevo cuerpo y con mi nueva
identidad. Ahora cuando la gente me dice que debería estar contenta puedo decir,
casi cantando, que lo estoy. Todavía hoy me sorprendo al mirarme en un espejo
o en una cristalera y muchas veces me entran ganas de llorar cuando me doy
cuenta de que quepo en una talla mediana. Jamás he vuelto a odiarme a mí
misma por ser un monstruo. La atención por parte de los hombres es algo que me
sorprende y me halaga. Me he acostumbrado a todo esto, pero no soy
condescendiente, sólo estoy cómoda y muy agradecida. Tengo una vida que
vivir, en lugar de seguir siendo una muerta en vida.
En cierto sentido, los cambios del cuerpo, tan maravillosos como son,
son sólo superficiales. El regalo más importante del programa es una manera de
enfrentarme a la vida. Las personas compulsivas sólo conocen una forma de
enfrentarse al estrés: para los alcohólicos es beber, para los comedores
compulsivos, comer. Ante cualquier problema, comemos. No ayuda demasiado,
pero no sabemos qué hacer. Ahora ya sé qué hacer: trabajo el programa y me
ayuda de una manera que la comida no ha sabido hacer nunca. No sólo me siento
mejor al instante, sino que mi vida mejora también. Es un sentimiento
maravilloso.

22
Las llaves de la libertad


MI HISTORIA ES BASTANTE SIMPLE. Cuanto más escucho en las
reuniones más me identifico con otros compañeros. Esto es una sorpresa para mí
porque durante muchos años me he sentido diferente a todo los demás.
El primer recuerdo que tengo es que me daban comida para hacerme
sentir mejor y yo estaba encantada. Aprendí a cocinar muy pronto porque mi
madre trabajaba jornada completa y porque era la única manera de conseguir lo
que yo quería. Cuando mis padres no me daban comida insistía sin parar y
robaba comida de cualquier sitio donde sabía que podía salir corriendo con ella.
Debía trabajar duro para seguir siendo comedora compulsiva.
Como estaba obesa, de pequeña se burlaban de mí y yo me aparté de
los demás. Al ser hija única me resultó bastante fácil aislarme. Vivía en mi
mundo con mis amigos imaginarios y la televisión como únicos compañeros.
En el mundo real me maltrataban. Mis padres trabajaban los dos y me
dejaban al cuidado de una asistenta que me pegaba de forma imprevisible.
Nunca le dije nada a mis padres porque yo sentía que merecía el castigo. Mis
padres tenían problemas en su relación y a veces tenían discusiones bastantes
fuertes. Yo sentía que todo esto era por mi culpa, así que las palizas de la
asistenta me las tomaba como un castigo por todos los problemas que había
causado.
Mis padres pensaban que los moratones que tenía eran caídas
normales. Cuando descubrieron la verdad despidieron a la asistenta, pero tres
años de maltratos físicos habían dejado ya la huella en mí.
Mi concepto de mí misma estaba bastante fuera de lo normal.
Recuerdo una vez a los nueve años que fuimos a visitar a un tío abuelo mío al
que nunca había visto antes. Cuando me vio, me cogió en brazos y me lanzó por
los aires. Yo no sabía si era Dios o Superman, pero no podía creer que un ser
humano fuera capaz de hacer eso conmigo, creía que era tan gorda que nadie
podía conmigo. Igual que mi tío abuelo, Comedores Compulsivos Anónimos me
levantó cuando creía que ya no había solución.
A los trece años mis padres se dieron cuenta de que tenía un problema
con el peso y me llevaron al médico para que me pusiera a dieta. Me llevaron
también a una psiquiatra porque había tenido problemas en el colegio. Con la
dieta del endocrino perdí 15 kg simplemente dejando de comer. Sin embargo,
muy pronto caí enferma y tuve que comer para recuperarme. Engordé todo lo
que había perdido y más. No pensaba demasiado en la dieta, pero me encantaba
el remedio.
Con la psiquiatra tuve el mismo éxito que con la dieta. Estuve yendo a
la consulta durante seis años a no decir nada. No me fiaba de nadie, aunque
estaba desesperada porque me ayudara. La terapeuta le decía a mis padres una y
otra vez que si me negaba a hablar que mejor que no fuera, pero yo seguía
yendo. No tenía ningún otro sitio al que acudir.
Cuando tenía quince años, mi padre, al que adoraba, tuvo una crisis
nerviosa. Ingresó en el hospital siendo un hombre relativamente joven de
cuarenta años y salió, tres meses más tarde, con el pelo blanco, apoyándose en
un bastón para caminar y con el aspecto de un hombre veinte años mayor. Me
daba muchísima pena verlo así. Durante todo el verano me quedé en mi casa
yendo de la cocina a mi cuarto todo el día. Sólo salía para ir a la consulta de la
psiquiatra. Engordé una barbaridad en aquella época.
La psiquiatra me sugirió que me mudara de casa así que me instalé
con mis tíos. Yo quería cambiar, pero no sabía cómo. La única manera que sabía
era hacer dieta. No sé cuánto llegué a pesar porque me negué a subirme a la
báscula. Después de un tiempo haciendo dieta me pesé y la báscula marcaba 95
kg. Perdí otros 25 kg y ya no hice ningún cambio más en mí misma, así que el
peso no se mantuvo.
Los recuerdos de mis años de instituto estaban acompañados de
sentimientos depresivos y de soledad autoimpuesta. Aprendí a vivir un día a la
vez en el sentido negativo. Me arrastraba cada día por la vida esperando la hora
de comer. En esta época de mi vida estuve muy cerca de suicidarme.
Cuando llegué a la universidad intenté salir y relacionarme con los
demás. Fui a una residencia de chicas y descubrí que la mayoría de mis
compañeras estaban a dieta, así que hice amigas haciendo las dietas que hacían
las demás. A veces, incluso, tenía citas con chicos.
Desde que llegué a OA he aprendido que, en los momentos
problemáticos, lo único a lo que podemos recurrir es a nuestro Poder Superior.
Yo recurría a la comida, y cuando la comida no me ayudaba recurría a las dietas.
Si la comida no podía hacer que las cosas mejoraran, entonces lo haría estar
delgada. En la universidad empecé a hacer dieta compulsivamente. Perdía peso,
pero nunca lo mantenía, sólo quería ser como los demás, pero me sentía tan
diferente que era imposible. Pensaba que si me casaba, sería normal. Quería que
los demás hicieran por mí lo que yo no era capaz de hacer por mí misma.
En el último año de universidad me tuve que enfrentar a salir sola.
Conocí a un hombre que quería casarse conmigo y cuando nos casamos, engordé
90 kg en un año y me convertí en una esposa maltratada. Lo acepté como parte
de mi destino.
Mi marido odiaba mi obesidad y yo me odiaba a mí misma. Yo no era
la mejor compañía para nadie. Intenté hacer dieta con y sin pastillas, pero nada
funcionaba. Una vez, gracias a las reuniones con un pastor, conseguí perder 35
kg que, cuando terminaron las reuniones con el pastor y dejé de hacer dieta,
volví a recuperar en cuestión de seis meses.
Me hice miembro de un club de dietas comercial y me convertí en una
observadora del peso compulsiva. Si el club no tenía opinión sobre un tema, yo
tampoco. Volví a perder peso en un periodo de dos años, pero, finalmente, lo
dejé porque tenía que haber algo más en la vida que pesarse todas las semanas.
Empecé a engordar considerablemente, otra vez. Sabía que necesitaba
ayuda, pero todo lo que había intentado había fracasado. Había leído algo sobre
OA en un artículo en el periódico y yo sólo creía en dos cosas: en la comida y en
la escritora del artículo. Si ella decía que OA funcionaba, yo tenía que probar.
Sólo había un problema, no sabía dónde estaba OA. Decidí que, si me
encontraba con OA o si OA venía a mí, entonces iría.
Un par de meses más tarde escuché un anuncio relacionado con OA
en la radio, pero no hice nada hasta una semana más tarde que llamé a la radio y
les pedí el teléfono de OA.
En la primera reunión no tenía mucho interés en mezclarse con aquel
puñado de fanáticos religiosos. Sólo quería que me dieran una dieta y no sabía
qué tenía que ver Dios en eso. Aún así, tenía fe en la escritora del artículo, así
que seguí yendo.
Creía que sería suficiente con ir a las reuniones e intenté seguir con
mi actitud de siempre, sentarme y no decir nada. Nadie me pidió que hiciera
nada, aunque parecía que se preocupaban por mí e incluso algunos me llamaron
por teléfono. Sin embargo, yo tenía un secreto: los comedores compulsivos eran
ellos, no yo. Yo sabía cómo perder peso, lo único que necesitaba era un poco de
ayuda de un grupo.
Durante nueve meses estuve yendo a los grupos y engordé 15 kg.
Seguía esperando a que ocurriera algo que me hiciera querer dejar de comer,
pero no ocurrió. Como éramos un grupo pequeño y yo iba a menudo a las
reuniones, los compañeros sugirieron que hiciera algún servicio. Aquello me
hizo seguir yendo a las reuniones cuando ya había perdido la fe en la escritora
del artículo que me había llevado allí. También escuchaba y me di cuenta de que
aquellas personas que trabajaban los pasos como parte de sus vidas estaban
experimentados cambios en sus vidas y que les estaban pasando cosas positivas.
Yo quería eso también.
La locura de mi enfermedad era evidente para todo el mundo, menos
para mí. Mi vida era un desastre, había cogido peso mientras iba a las reuniones
regularmente y aquello no parecía que fuera a cambiar. Odiaba mi trabajo, daba
clases a mis alumnos y notaba cómo estaba engordando. No era feliz en mi
matrimonio tampoco y aún así ¡seguía creyendo que sólo necesitaba una dieta!
Volví al médico y me dijo que no podía ofrecerme ninguna novedad.
Incluso volví al club de dietas, pero no me podía sentar en las lecturas. Por pura
desesperación volví a terapia. Cuando me daba atracones se lo contaba a la
psiquiatra y le preguntaba que qué podía hacer ella al respecto. Para mi sorpresa
ella me dijo que no me podía ofrecer ninguna cura milagrosa, que si era
comedora compulsiva, de verdad, lo mejor que podía hacer era volver a OA y
hacer exactamente lo que se decía allí.
No tenía más opciones, así que decidí que iba a probar el programa.
Le pedí a ese Poder Superior que me diera un día de abstinencia. Superé el
primer día y nadie estaba más sorprendido que yo misma. Aquella tarde fui a una
reunión y el orador dijo que cuando todo lo demás falla, había que seguir las
instrucciones. Las instrucciones eran: conseguir una madrina, leer la literatura,
utilizar el teléfono, hacer “como si” y trabajar los pasos. Conseguí una madrina
al final de la reunión y, por la gracia de Dios, he estado abstinente desde
entonces hasta ahora, cinco años ya. El primer año perdí los 20 kg que me hacía
falta para tener un peso sano y me he mantenido en ese peso desde entonces.
Antes de conocer el programa era incapaz de mantener una pérdida de peso
durante más de tres días.
Mis progresos han sido lentos. Durante los primeros meses dejé mi
plan de comidas en manos de mi Poder Superior. Sin embargo, empecé a hacer
pequeños cambios. Cuando ya había hecho todo lo estaba en mi mano y creía
que nada peor podía suceder, dejaba los problemas atrás sin importar el qué o
quién se hiciera cargo de ellos. Para mi sorpresa, cada vez que conseguía hacer
esto, el problema se solucionaba. Creer que tenía un Poder Superior, Dios, que
me ayudaría me costó, pero al final lo conseguí.
Conseguí dar el tercer paso cuando, en un intento por ayudar a otra
persona, memoricé la oración de la página 63 del Libro Grande. No la entendí al
principio, ni tampoco creía que pudiera tener ningún poder, pero la repetía a
diario. Finalmente, después de haber estado abstinente durante al menos un año,
pude sentir la rendición y fue precioso. Cuanto más tiempo llevo en el programa,
más efecto tiene esta oración en mí. Por primera vez en mi vida puedo
enfrentarme libre al día a día sin tener que recurrir a la comida.
Seguí yendo a terapia y, por primera vez, me estaba funcionando. La
terapia me ayudó a abrirme a OA y OA me ayudó a abrirme a la terapia. Tras un
año y medio de abstinencia hice el cuarto y quinto paso con mi terapeuta. Para
mi sorpresa y mi desconcierto ni se puso de color verde ni se desmayó. Desde
aquel momento fui capaz de hablar con los compañeros de OA y de compartir en
las reuniones.
Empecé a querer que se me eliminaran los defectos de carácter.
Estaba cómoda con ellos y los guardaba cariñosamente. Nunca creí que ser feliz
estuviera bien, me lo tuvo que decir otra persona. El antiguo miedo, cómodo y
familiar ha ido dejando paso a la calma. No soy perfecta, pero me han sido
regaladas la capacidad de cambio y crecimiento. Ahora sé que con ayuda de
Dios ya no tengo que seguir metida en la prisión de la infelicidad. Este programa
me ha dado las llaves hacia la libertad.
He aprendido dos cosas muy importantes. La primera es que la vida
puede ser alegre o dolorosa, pero el programa me da las herramientas para
enfrentarme a ella, sea como sea. La segunda es que la vida está para disfrutarla.
He pasado tiempo en las reuniones y he hecho el trabajo del paso 12 que
proporciona paz y alegría. Además, soy capaz de estar en paz con el mundo que
me rodea, ahí fuera también.


23
Viaje a través de la decepción


HACE CINCO AÑOS, antes de entrar en OA, había hecho muy poco
por solucionar mi problema con el peso. Le echaba la culpa a mi metabolismo,
que es lento. Me quejaba de que otras personas pudieran comer más que yo y no
engordar. ¡Qué vida más injusta!
Hace algunos años, descubrí que si estaba ocupada en otras cosas
perdía peso sin hacer ningún esfuerzo. Así me metí en un ciclo de veinte años en
el que alternaba depresión y distracción. Mientras estaba ocupada me mantenía
pesando 55 kg, cuando la distracción perdía todo su encanto, como era de
esperar, me deprimía y ya no me movía. En esa época empezaba a engordar y mi
peso aumentaba cada vez más en cada bajón.
Midiendo 1,63 cms llegué a pesar 80 kg. Esto lo sé porque fui a un
club de dietas donde me pesaban. Normalmente huía de las cámaras, espejos y
básculas para no frustrarme. En mis épocas de gorda prefería estar sola y en
suspensión, esperando a que pudiera volver a ser “real” en otra racha de
actividad.
Hace cinco años tuve otro bajón, pero esta vez no me podía permitir
esperar a que algo me sacara de allí. Estaba al borde de la quiebra y tenía dos
juicios pendientes. Hacía años que me debía haber pasado algo así, tenía que
solucionar mis problemas con el peso ya. No tenía experiencia en otros sistemas
de dietas, pero sólo tenía una opción: yo estaba hundida y OA era gratis.
Me mantuve abstinente desde la primera reunión y le pasaba mi plan
de comidas diariamente a la madrina que elegí aquella noche. Mi plan de
comidas era como un nuevo juego para mí y, mientras jugaba, perdí 23 kg en
cuatro meses y medio. Mis “herramientas” eran: una especie de dieta,
endulzantes artificiales y comerme las uñas. Iba a muchas reuniones, pero para
mí eran como culebrones. Dejé de lado lo que consideraba la parte “religiosa”
del programa y me mantenía distante porque no quería identificarme con
perdedores, es decir, comedores compulsivos. Yo iba a perder peso no a cambiar
de personalidad o a adoptar alguna religión. Creía que mi forma de ser estaba
bien y que ya creía en un Dios amoroso. Cuando consiguiera mi peso ideal
dejaría OA con un cuerpo esbelto y la cabeza de gorda.
Me mantuve abstinente y perdí un par de kg más. Estaba satisfecha,
tenía la fórmula mágica y había podido conseguirlo yo solita. Durante los dos
años siguientes me pesaba a diario, llevaba un cierto control sobre lo que comía
y “pasaba” por una persona delgada. Realmente nunca le di ningún mérito a OA.
De aquella primera experiencia en OA aprendí tres cosas: a tener un
plan de comidas, a ser consciente de lo que comía y a nunca comer de más por la
culpabilidad de comer de más. Aplicaba, con bastante éxito, la disciplina que
había aprendido de la abstinencia a otros aspectos de mi vida. Tenía el mejor
trabajo que había tenido nunca, hacía deporte y probé nuevos hobbies como
hacer la costura. Todas las relaciones de mi vida empezaban a florecer, jamás me
había sentido y había estado mejor.
Pero me faltaba algo. A finales de esta época empecé a engordar de
nuevo hasta que llegué a pesar 65 kg. Los pantalones nuevos que me había
hecho me empezaban a no valer.
Volví a OA más desesperaba, menos arrogante y con más voluntad.
En la época en que estuve fuera de OA me había olvidado de “mis
herramientas”. Decidí cambiarlas. Esta vez me vi obligada a trabajar el programa
en lugar de a transferir mis compulsiones. Sabía que esta vez, si salía mal, me
iría a por la comida.
Empecé atacando mis propias decepciones.
No tenía ningún problema de metabolismo, mis glándulas
funcionaban igual de bien pesara lo que pesara, tenía que dejar de echarle la
culpa a la genética. Es cierto que mi madre y mis hermanas son comedoras
compulsivas, pero mi padre, que era más moderado, siempre se había mantenido
en el mismo peso.
No podía culpar a mis actitudes con la comida en determinadas
condiciones. Mi madre me servía unos platos enormes que yo me tenía que
comer, pero hay millones de jóvenes a los que les ocurre esto mismo porque
“tirar comida es pecado” y no acaban dándose un atracón. Es cierto que a mi
madre le gustaba que alabara su cocina, pero yo me rebelaba ante muchas otras
cosas y no buscaba complacerla.
No eran mis padres los que me decían que me comiera la comida
camino de la escuela, que le robara dulces a los vecinos o que le quitara dinero a
mi madre para comprarme chocolatinas. Mis padres me decían que los dulces
eran basura y que robar estaba mal.
Tampoco podía quejarme de falta de amor por parte de mis padres.
Yo me sentía culpable porque mi madre me contó que mi nacimiento coincidió
con su operación de bocio, lo que le dejó una cicatriz muy fea. Yo creía que mi
padre me rechazaba porque me contaba que, antes de que yo naciera, él estaba
muy deprimido y no quería tener más hijos. Yo asumí el papel de mártir porque
mis padres sólo me daban su aprobación cuando era educada y obediente y
parecía que no eran capaces de aceptar mis sentimientos.
Pero aprendí que hay mucha gente que crece con amor condicional y
que, casi todo el mundo, se ha sentido a veces infravalorado por sus padres, que
muchos hombres y mujeres creen que no son válidos, pero no se han convertido
en comedores compulsivos. Cuando empecé a sacar de mi cabeza estas viejas
ideas empecé a estar abstinente.
No podía culpar a mi compulsión por haberme hecho crecer con esta
carga. Yo nací con alguna anomalía psicológica, mi hermana y mi madre eran
psicóticas, mi hermano era retrasado mental, mi padre nos abandonó cuando yo
tenía doce años y nosotros fuimos destituidos. Vivíamos en un barrio en el que la
violencia estaba a la orden del día y la comida era lo único dulce entre tanta
miseria.
Pero he aprendido a vivir con cada uno de estos hechos y a día de hoy
soy mucho más fuerte gracias a ellos. Mucha otra gente tiene mucho más contra
lo que luchar y no son comedores compulsivos. Vivir en el pasado,
lamentándome por mi destino, es sólo una manera de justificar mi forma de
comer.
He aprendido a considerarme hija de Dios, ni la mejor, ni la peor, sólo
una más. Sé que tengo talento y que soy hábil e inteligente y he tenido algún que
otro éxito, pero mi valía no la determina nada de esto. Puedo amar y aceptar lo
bueno y lo malo que hay en mí, porque forman parte de mí. He cometido
muchos errores a lo largo del camino de mi crecimiento, pero ya no busco más la
perfección, ni en mí, ni en los demás.
A pesar de toda esta aceptación, sigo teniendo tentaciones de
suicidarme comiendo compulsivamente. Mi parte sana tiene que trabajar el
programa concienzudamente para evitar que mi parte enferma me destruya.
He aprendido a valorar las pequeñas cosas, como por ejemplo el
simple hecho de estar viva. Mi felicidad depende de mi actitud, no de las
circunstancias. Ya sea comedora compulsiva, o no, cada día trae sus propios
problemas, lo feliz que quiera ser a la hora de enfrentarme a ellos depende sólo
de mí.
Ahora sé que mi personalidad inmadura era la raíz de mi problema y
que la solución era crecer. He aprendido a aceptar mis sentimientos y tener la
responsabilidad de encauzarlos constructivamente. Trabajando los pasos he
conseguido ser más paciente, compasiva y honesta. Los cambios en mí han
provocado cambios en los que me rodean. Mi peso ha bajado hasta los 48 kg.
Pero aún me quedan cosas por aprender. Fue muy doloroso darse
cuenta de que lo que me llevaba a comer no eran mis sentimientos. Durante toda
mi vida he tenido varias pataletas, culpabilidad, soledad, resentimiento, miedo y
muchos otros sentimientos negativos, pero no comía por ellos, sino por mi
obsesión por la comida y porque me permitía la licencia de comer
compulsivamente produciendo sentimientos negativos. En otras palabras, me
provocaba yo sola desilusiones para así poder tener una excusa para comer
compulsivamente.
Probablemente nunca llegue a alcanzar la madurez emocional. Este es
un viaje continuo, pero, mientras siga viajando, no puedo utilizar mi inmadurez
como excusa para comer. Los atracones emocionales y físicos ya no sustituyen
las acciones.
Ahora veo que mi alternativa a la abstinencia era el suicidio. Ya no
soy capaz de seguir mintiéndome para justificar los atracones. Para mantenerme
abstinente tengo que tener en cuenta: 1) Creo que, sólo por hoy, para evitar
pasarme con la comida, tengo que mantener estas disciplinas que me permitan
comer moderadamente. 2) Para mí, comer ciertos tipos de hidratos de carbono es
morir, rápida o lentamente, porque no tengo inmunidad de ningún tipo ante ellos.
3) No puedo dejarme caer en la negatividad porque bloquea toda la conciencia
que me da el programa. La autocompasión es un lujo que no me puedo permitir
porque me produce amnesia y me hace volver a los viejos hábitos. 4) Mi
prioridad es la abstinencia. Todo lo demás, ser esposa, madre, amiga,
trabajadora, es secundario. Si la abstinencia no está en primer lugar, se pierde.
Cualquier cosa que se interponga en mi abstinencia la tengo que apartar. 5)
Nunca estaré recuperada del todo, la compulsión no me abandona nunca, sólo
espera a que me descuide o a que me crea que ya lo tengo. 6) El programa de
OA, aunque sea trabajándolo duramente, es mejor que estar dándome atracones.
Vivir, aunque tenga momentos duros, es mejor que morir comiendo
compulsivamente.
Sigo descartando mentiras a diario. Cuento con el amor de mis
compañeros de OA y de familia para hacer este viaje tan doloroso y gratificante
al mismo tiempo. Estoy agradecida porque sé que el deshacerme de las
decepciones me libera para ver aquellas que me ciegan, que aún me ciegan.

24
La grasa no es mi destino


LA COMIDA ERA UN ASUNTO FAMILIAR. Mis hermanos y yo
nacimos en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y buscábamos
prosperidad y seguridad, siendo la comida sin límites uno de los principales
símbolos de ello. Cualquier ocasión era buena para un festín: vacaciones,
cumpleaños, excursiones los domingos, días de fiesta, bautizos, funerales, bodas
y reuniones. Una vez establecido el patrón del comer compulsivamente empecé a
perfeccionarlo. No importaba a qué colegio fuera, siempre había cerca una
pastelería o una tienda de chucherías a la que podía ir con asiduidad y acababa
robando dinero de la caja que tenía mi padre para el cambio para complementar
mi paga, que era insuficiente.
En casa me comía todo lo que tenía a mi alcance, comía directamente
de una caja, lata, tarro, bote, comida hecha, cruda, cocida o sin cocer, me daba lo
mismo. No hacía ascos a nada. A mí me sabían igual de bien los espaguetis de
lata que si los hubieran hecho con una receta italiana. Ni siquiera distinguía un
pastel recién hecho por mi abuela alemana que uno comprado en el
supermercado. Me despedían cuando trabajaba de canguro porque me comía
todo menos al bebé.
A lo mejor mi forma de comer tenía algo que ver con la enfermedad
crónica de mi hermano. Se pasó toda su infancia ingresando a menudo en los
hospitales y mis padres estaban siempre preocupados por su salud. Justo cuando
su enfermedad empezó a estar bajo control y yo estaba entrando en la
adolescencia a mi hermano menor le diagnosticaron esquizofrenia y la
preocupación de mis padres se volcó en él. De alguna forma, en medio de todo
esto, la comida se convirtió en mi recompensa y en mi castigo, mi amada y mi
compañera.
Cuando entré en el instituto pesaba 70 kg, el peso más bajo que he
tenido en toda mi vida de adulta. Lo llevaba bien, igual de bien que lo llevaría un
tonel, y llevar faldas rectas, las camisas por dentro y los cinturones en la cintura
que estaban de moda en aquellos tiempos me resultaba imposible.
Jamás tuve una cita y me resigné a acabar con los comentarios y los
cuchicheos que se oían cuando me sonaban las tripas en clase. Algunas veces me
aislaba para intentar no sentirme herida y me convencí a mí misma de que eso
era lo que quería.
Después de graduarme en la universidad, fui bibliotecaria en una
escuela pequeña. Me mudé a vivir con dos amigas de la universidad que daban
clase allí y estaba preparada para creer que así sería el resto de mi vida. Durante
el segundo año se impuso la realidad y dar clase se convirtió en un trabajo muy
serio. Muy pronto se convirtió en una guerra y lo que más me confundía era el
darme cuenta de que jamás conseguiría hacer de ello mi carrera profesional. No
me di cuenta de lo que estaba pasando hasta que ya fue demasiado tarde y aquél
fracaso hizo de mí una persona resentida y enfadada. Estaba enfadada con los
niños porque, después de todo lo que me había esforzado intentado controlar y
dirigir sus vidas, me habían fallado y eso me afectaba a mí. Estaba enfadada con
el director y lo consideraba un incompetente, estaba enfadada con el resto de los
profesores porque parecía que ellos tenían éxito, estaba enfadada con mis padres
porque creía que me habían presionado para que me dedicara a la enseñanza y
estaba enfadada conmigo misma por dejar que las cosas se me fueran de las
manos, incluido mi peso que había aumentado 20 kg en cuatro años.
Luchaba como podía, desde mandando cartas a una revista de
nutrición hasta pedir consejo a un psiquiatra, desde acudir a miembros de clubes
de dietas y pérdida de peso hasta leer libros sobre dietas para perder peso. Nada
funcionaba. Cualquier cosa que hiciera le daba más énfasis a la comida. Aún
seguía esperando a que dieran las 11 en punto para comerme los palitos de apio,
contaba los minutos para comerme la manzana que había guardado desde la
comida, planificaba los menús y las sustituciones que parecían programadas por
ordenador. Un ejemplo de mi obsesión es que una vez recogí cuarenta y tres
libros de cocina y nueve cajas de zapatos llenas de recetas. Esta obsesión por la
comida no se encuentra en OA, en OA te centras en ti y en mí como personas, no
en la comida. Lo más sorprendente de este momento de mi vida es que ni si
quiera me daba cuenta de que estaba enfadada. Lo que quiero decir es que eran
los demás los que me estaban fallando, era culpa de los demás, no mía. Dios
sabe que lo intenté. Por fuera parecía que estaba tranquila, que controlaba, que
estaba al mando, pero por dentro la ira que iba creciendo en mí me estaba
comiendo por dentro y estaba intentando controlarla con la comida.
Es inevitable que me sobreviniera una crisis con tanta presión y en mi
quinto y último año en la enseñanza vino la crisis. En un ataque de ira casi mato
a uno de mis alumnos. En febrero de ese año estaba haciendo el servicio en el
hall y soportando los rollos típicos de este trabajo. Ese día en particular, Tommy
el problemático estaba especialmente insoportable. Yo lo acababa de echar fuera
de clase por tercera vez y lo llevé al despacho de una profesora que era la
directora en funciones y me había enseñado alguno de los objetos que habían
requisado en el colegio. Uno de ellos era una palanca de hierro bastante pesada.
Estaba sentada detrás de su mesa hablando con la mano puesta en la palanca
cuando Tommy salió por la puerta haciendo algún comentario inteligente de los
suyos. Me sobrevino un ataque de ira y levanté la palanca en el aire. Si una
profesora no me llega a agarrar de la muñeca le hubiera arrancado la cabeza a
Tommy, aunque no lo tengo del todo claro.
Dejé la palanca de hierro encima de la mesa y me fui al despacho del
superintendente, escribí mi carta de despido por la parte de atrás de un menú del
comedor, la firmé y entré en el despacho. En los tres meses que quedaban del
curso, aquella mujer y otras dos buenas amigas intercedieron por mí y no hubo
más incidentes, pero yo tenía miedo de lo que pudiera suceder y sobre todo de lo
que había descubierto de mí misma.
Cuando se terminó el curso me mudé a otro sitio con la intención de
dedicarme a ser vegetariana durante un año y ponerme a mí misma y a mi peso
bajo control. De hecho, no me mudaba por cambiar de ciudad sino por huir de la
gente y de lo que me rodeaba. Una de las personas de las que huía era un hombre
que se quería casar conmigo y creía que debía estar trastornado de alguna
manera si era capaz de amarme.
El primer gran descubrimiento que hice cuando me mudé fue que allí
los supermercados abrían veinticuatro horas al día. Las primeras tres semanas
que estuve allí me las pasé comiendo delante de la tele, llorando y deprimida. No
me vestía a menos que tuviera que ir a por comida, por primera vez me di cuenta
de lo sola que estaba.
Empecé a ir a reuniones de OA tan pronto como me instalé, pero mis
primeras semanas en el programa me desesperaron. Era desagradable, hostil, y
resentida y no quería estar allí. Lo que realmente me pasaba era que estaba
asustada porque intentaba trabajar el programa y fracasaba, ya no me quedaba
nada más. Yo soy agnóstica y, mi primera impresión, era que estaba en un grupo
de evangelizadores que lo que querían era convencerme de que no conseguiría
nada hasta que no aceptara a su Dios. Rápidamente me despejaron esta idea y
sólo cuando dejé de buscar defectos y empecé a escuchar seriamente pude
encontrar un Poder Superior a mi medida. Mi Poder Superior son los grupos, los
compañeros, mis amigos.
La abstinencia y la pérdida de peso las conseguí una vez que había
aceptado el hecho de que el programa no podía hacerlo yo sola necesitaba toda la
ayuda del mundo, y no me debía avergonzar por ello.
Desaparecieron muchos de los síntomas de comer compulsivamente.
Ya se acabaron la piel seca, el dolor en las articulaciones, la sinusitis y los
dolores de cabeza. No tengo problemas de tiroides desde hace veintidós años y
puedo cruzar las piernas por debajo de la mesa sin provocar una conmoción, los
calcetines que son por la rodilla me llegan a la rodilla y estas cosas me hacen
sentir bien conmigo misma.
Soy más libre emocionalmente y espiritualmente estoy en paz
conmigo misma y con mi Poder Superior. Mi calidad de vida mejora día a día.
Mi salvación, si lo queremos llamar así, llegó el día que me di cuenta
de que ser gorda no está en mis planes ni es mi destino, es el síntoma de una
enfermedad, comer compulsivamente. Gracias a un incidente que tuvo lugar
durante mi primer año en el programa supe que el comer compulsivamente es
controlable, pero no curable.
En aquella ocasión, poco antes de Navidad, moderé en una reunión de
OA y dije en el grupo que me iba a casar, con el mismo hombre del que había
huido. Por primera vez en mi vida me sentía valiosa, abierta y amada. Fui a casa
de mis padres al día siguiente para pasar un fin de semana largo y estaba
orgullosa de cómo había manejado la situación y la comida durante mi estancia
porque en mi casa la Navidad es una fiesta de principio a fin. Conseguí
sobreponerme al rechazo de mi familia a mis planes de matrimonio de una forma
que consideré calmada y adulta. Conseguí incluso sonreír con las burlas de mi
familia y volví a casa preparada para empezar un nuevo año.
Al día siguiente fui a trabajar y un compañero abrió una caja de
bombones. En dos horas me la había comido entera y se suponía que debía
haberla repartido con cinco personas más. No sentía ninguna culpabilidad por lo
que había hecho. Después del trabajo fui a un centro comercial y compré mis
alimentos más compulsivos. Un ejemplo de los extremos a los que puede llegar
un comedor compulsivo es que, como me daba vergüenza comerme aquello
delante de la gente, pero estaba demasiado ansiosa como para esperar a casa, me
metí en el coche a nueve grados bajo cero de temperatura y sin calefacción, me
fui al parking y me comí todo aquello con los guantes casi congelados.
Después me di cuenta de que había vuelto a mis orígenes en un corto
espacio de tiempo, había vuelto a hacer las cosas tan asquerosas y desagradables
que tanto odiaba y ¿qué era lo que me había llevado a comer? Era más feliz que
nunca, me iba a casar con alguien que me amaba, el trabajo me iba bien, había
sacado sobresalientes en el curso al que asistía, tenía amigos y un futuro
prometedor. ¿Por qué sentía que merecía un castigo?
No lo sabía, aún hoy no lo sé, pero ya no me importa. Lo que importa
es que arranqué al coche y me fui a una reunión de OA y compartí lo que
acababa de hacer.
Los compañeros de OA no juzgan ni reaccionan con horror cuando
escuchan testimonios de este tipo. Simplemente escuchan, hacen sugerencias de
lecturas y llaman después para preguntar cómo me siento o dejan lo que están
haciendo para atender mi llamada. Con esta ayuda y esta fuerza fui capaz de
romper la rueda de la enfermedad que me decía que, si ya lo había hecho una
vez, otra más no me dolería o que podía esperar al 1 de enero para empezar de
nuevo, empecé de nuevo en ese mismo instante y, aunque la compulsión no me
abandonó de inmediato, no comí y en poco tiempo ya estaba bien.
Tuve mi dosis de humildad, que me hacía bastante falta y empecé a
sentir que poco a poco iba abandonando la autocompasión. Ahora ya sé que el
trabajo en OA no acaba nunca, pero me lo tomo como un día a la vez, 12 horas a
la vez y a veces 15 minutos a la vez y esa es la manera que tengo de vencer a la
enfermedad.






25
Mujer hermosa por dentro y por fuera


¿CÓMO RESUMIRÍA EN UNAS CUANTAS PÁGINAS la historia
de 15 años y medio en Comedores Compulsivos Anónimos?, ¿Cómo podría
describir en un número limitado de palabras lo que significan para mí siete años
de abstinencia tras ocho años de desconfianza, desesperación y finalmente
rendición al programa?, ¿Cómo podría explicar la gratitud que siento por una
vida llena de abundancia, felicidad, salud, fuerza y poder? Mi vida estaba llena
de inseguridad, dudas, enfermedad crónica, adicción y obesidad.
A día de hoy, cuando la gente me mira, ve una mujer alta, atractiva y
esbelta y mucha gente me ha calificado como “hermosa”. No es por lo que se ve
fuera sino por el resultado de vivir de acuerdo con los doce pasos lo mejor que
puedo. No podría haber imaginado un regalo mejor que este. Cuando soñaba o
“rezaba” era por conseguir estar delgada de una forma mágica y por encontrar a
mi príncipe azul. Le pedía a Dios dinero para pagar las facturas, para hacer mis
viajes, comprar un coche y cosas así. A nadie se le ocurriría pedirle a una fuerza
interior que un colon irritable funcionara correctamente, que pudiera controlar
los calambres crónicos de las piernas, los dolores de espalda, las taquicardias y
que me quitara el deseo de comer azúcar refinada y harina. Eso sería pedir un
milagro.
Lo único que quería era una casa agradable, un buen colegio para mi
hijo, dos coches, y tener buen aspecto para salir el sábado por la noche. Cuando
rezaba pidiendo cosas específicas estaba olvidando todo lo bueno que había en
mi vida y me estaba llenando de sentimientos negativos. Tardé varios años en ser
consciente de esto y el regalo de “disfrutar de la vida viviéndola” se hacía difícil
para mí.
Durante años intenté hacer la prueba de que mientras estuviera
delgada podía comer lo que quería cuando quería, pero siempre recuperaba lo
que había perdido más unos kg de más, siendo siempre incapaz de ponerme la
misma ropa de una estación a otra, siempre a dieta, o muriéndome de hambre o
comiendo. Ya conozco el dolor y la humillación de ser incapaz de hacer deporte
y de que se rieran de mí los niños, los profesores, los bedeles e incluso mis
propios amigos. Aunque no creo que mi recuperación sea única, me gustaría
compartir con otros comedores compulsivos mi experiencia en la recuperación
de otras muchas enfermedades. Entre las mejores están: la obsesión por la
comida, el síndrome del peso yo-yo, la báscula que dominaba mi vida, el tamaño
de mi cuerpo que me limitaba, la vida con quince pastillas diarias (anfetaminas,
diuréticos, laxantes), fumar tres paquetes de tabaco diarios, beber de diez a
quince latas de bebidas light al día, tomar tres paquetes de chicles sin azúcar al
día, calambres crónicos en las piernas, dolor de espalda crónico, necesidad de
dormir en exceso crónica y colon irritable.
Todos estos síntomas eran mi vida. Me los creía y confiaba en que los
padecía. Me hacían sentir culpable y que era un error y que nunca habría nada
bueno en mí. Aunque puedo decir que había experimentado momentos de placer
sensual, el miedo tan profundo que había dentro de mí me llevaba a más bajones.
Era el precio que tenía que pagar por agarrarme y por robar cosas materiales.
Mis posesiones y la gratificación sensual me proporcionaban
momentos de alegría y de placer que guardo con amor en mi memoria, pero tuve
que pagar un precio demasiado alto: el odio a mí misma, la rabia con mis hijos y
la mala salud (nunca me sentía bien, salvo cuando tomaba algo para ello o hacía
el amor).
Y un día se acabó. No sé cómo ni cuándo, ocurrió paulatinamente,
gramo a gramo y kilo a kilo. Un día, después de dos años y medio de una
abstinencia estricta y miedo a la comida, me levanté y entendí que no tenía por
qué seguir teniendo miedo a la harina y al azúcar. No sé cuándo ni de qué
manera se me quitó la dependencia a estas sustancias, lo único que sé es que
cuando dejé de intentar controlar cómo dejar mis adicciones, las dejé.
Hoy cumplo siete años de abstinencia conseguidos por la gracia de
Dios y un día a la vez. ¿Qué significa esto para mí? He tenido que aceptar que en
OA no podemos tener la abstinencia perfecta que se da en otros grupos como en
AA. La abstinencia es algo diferente para cada uno de nosotros. La mía está
siempre cambiando y creciendo a medida que yo cambio y crezco para entender
el mundo y a Dios.
Lo que me funcionaba en mis primeros años en OA ya no me sirve.
He aprendido que para mí es imposible mantener una abstinencia estricta si
pretendo llevarla a cabo durante toda mi vida.
Hoy en día estoy tan llena de amor y de gratitud por mi concepto de
abstinencia que me es hasta difícil definirla. Creo que la abstinencia es cualquier
cosa que nosotros queramos que sea siempre que seamos honestos con nosotros
mismos.
He aprendido a conocer mi cuerpo por dentro y por fuera mejor que
cualquier médico. No he estado enferma en siete años excepto por alguna gripe y
algún resfriado Por supuesto sigo yendo a hacerme pruebas médicas y no estoy
en contra de la medicina.
A día de hoy, mantengo una pérdida de 30 kg gracias al programa.
Para mí los doce pasos son una forma de vida que aplico en todos los aspectos de
mi vida. Hace un año mi marido entró en el programa después de nueve años de
lucha y acaba de cumplir su primer año de abstinencia con una pérdida de 30 kg
de peso. Mi hija es un miembro activo del programa de OA para adolescentes.
Es un milagro y estamos agradecidos por todo lo que el programa nos ha dado. A
día de hoy sé que soy una persona con un carácter adicto y que mi enfermedad
reaparece de vez en cuando. Esto no significa que yo sea un error, sino que con
ayuda del programa siempre puedo recuperar el sano juicio. Como la comida ya
no es un problema me han desaparecido otros síntomas, la enfermedad se
manifiesta en forma de tormentas emocionales y malentendidos. Son las cosas de
la vida y estoy aprendiendo a trabajarlas con cada nueva experiencia.
Hay muchas cosas que, para mí, a día de hoy, están “bien”, una de
ellas es el Poder Superior que opera en mi vida. Es un poder que está dentro de
mí y al que llamo Dios. Él opera en mi vida a través de muchos canales y yo lo
percibo a través de un receptor que está encendido gracias al programa. Algunos
de los canales por los que Dios me habla son: la poesía, la literatura, el arte, la
danza, la gente, la naturaleza, las fuerzas del bien en el universo y el amor. Estoy
segura de que el amor es una de las manifestaciones de mi Poder Superior en mi
vida. A día de hoy puedo dar y recibir amor y saber que soy una mujer hermosa
por dentro y por fuera, por la gracia de Dios.




26
La gran conseguidora que se sobrepasó


DURANTE MIS AÑOS DE COLEGIO me di cuenta de que podía
conseguir la aprobación de mis padres si era una niña buena y sacaba buenas
notas. Llegaba a casa con unas buenas notas y mis padres estaban orgullosos de
mis éxitos, pero yo sentía un vacío que parecía que sólo la comida podía llenar.
Mi familia no es nada cariñosa y yo quería el tipo de amor que veía en otras
familias y que se lo expresaban con besos y abrazos.
Cuando me di cuenta de que era incapaz de perder peso me sobrevino
un sentimiento de resignación. Acepté lo que me dijo el médico: si me pasaba un
día comiendo compulsivamente, estaba perdiendo ese día de mi vida. De todas
maneras, tampoco merecía mucho la pena vivir, así que me daba igual.
Después de mi primer año de universidad estuve prestando servicio
como voluntaria en Instituto de Salud Nacional de Betheseda, Maryland. Como
si tuviera una conducta “normal”, llevé una dieta moderada mientras estuve en el
hospital y en 30 días pasé de 91 kg a 78. Esto me demostró una cosa: no tenía
ningún tipo de trastorno en el metabolismo, estaba gorda porque comía
demasiado.
Volví a casa más delgada de lo que nunca había estado en mi vida de
adulta y conté mi historia de servicio humanitario en un grupo religioso de
estudiantes. El presidente del club, que era muy idealista, estaba realmente
prendado de mí y nos casamos unos meses más tarde. Yo quería terminar la
universidad y trabajaba al mismo tiempo a jornada completa hasta que llegó
nuestro primer hijo dos años y medio después. Estaba sumergida en el síndrome
del supraconseguidor. Me recompensaba con creces desde el punto de vista
intelectual por todo el dolor y la debilidad que tenía en el resto de las áreas de mi
vida.
Mi forma de comer era totalmente descontrolada. Con cada embarazo
engordaba, especialmente los seis meses después de dar a luz. Era incapaz de
llevar a cabo las tareas domésticas y vivíamos entre el desorden y la mugre. Mis
hijos tenían cólicos y eso me traía de cabeza. Mi marido iba de camino a ser
alcohólico y el sexo había perdido todo interés para mí. Fui a una terapia
familiar durante tres años al principio de casarme, le cogí mucho cariño a la
terapeuta por el apoyo que me daba y por su cariño y empecé a depender de ella.
Sin embargo, era incapaz de hacer frente al vacío que sentía, a mi aversión al
sexo, a comer compulsivamente y a la incapacidad de cuidar a mis hijos.
Ocho años después terminé la carrera y empecé a trabajar. Era muy
difícil encontrar trabajo pesando 100 kg, a pesar de las matrículas de honor en
matemáticas. Me gustaba creer que el problema era la discriminación a las
mujeres, pero la realidad era que muchas compañías de seguros no podían
hacerme un seguro y muchas empresas tenían que rechazar mi candidatura al
puesto de trabajo por este motivo. Al final encontré un trabajo que me sirvió
para dos cosas fundamentales: durante ocho horas no podía comer
compulsivamente porque era comedora compulsiva en secreto y me sirvió para
satisfacer mi orgullo. Podía trabajar bien y pagar a una asistenta para que me
limpiara la casa y se hiciera cargo de los niños.
A los veintinueve años pesaba 110 kg y tenía síntomas de diabetes.
Una vez más, el médico me dio una charla horrible acerca del riesgo que estaba
corriendo para mi salud y esta vez seguí la dieta al pie de la letra durante nueve
meses y perdí 20 kg. Los síntomas de diabetes desparecieron cuando llegué a los
87 kg y lo mismo ocurrió con mi fuerza de voluntad. Otra vez mi forma de
comer estaba fuera de control y empecé a vomitar después de los atracones para
intentar mantener mi peso.
Cuando me di cuenta de la gravedad de intentar controlar mi peso con
vómitos acudí a un club de dietas. En 16 semanas perdí 10 kg y me gané la
medalla de oro mientras me daba atracones de alimentos “light”. Después de
aquello, mis atracones no podían limitarse a verduras con bajo nivel de hidratos
de carbono, tan pronto como me tomaba un poco más de pan de la cuenta me
comía la barra entera y me consolaba pensando que iba a ocurrir de todas
maneras. Antes de llegar a OA, me pasé un año entero dándome atracones y
vomitando después mientras seguía yendo a los clubes de dietas, probando
recetas nuevas y sin perder un gramo.
Después de 12 años de un matrimonio inestable, nos divorciamos. Mi
marido, en plena desesperación, empezó a asistir a Alcohólicos Anónimos y,
¡oh, milagro!, dejó de beber. Yo fui a Al-Anon, allí vi con mis propios ojos los
cambios tan maravillosos en los familiares que practicaban el programa de doce
pasos de alcohólicos anónimos en su día a día. Mi marido y yo decidimos dar
una segunda oportunidad a nuestro matrimonio.
Por extraño que parezca, mis atracones fueron empeorando y mi vida
se me hizo aún más ingobernable. Una compañera de Al-Anon me recomendó
OA y me dijo que con mi compulsión por la comida tendría poco éxito en Al-
Anon. Una comedora compulsiva no puede desarrollar una vida espiritual si se
está dando atracones. Para ser honesta con el tercer paso diré que sólo fui capaz
de dejar mi vida y mi voluntad en manos de Dios con la comida. Cuando leí el
folleto de las quince preguntas supe que era comedora compulsiva.
Me costaba mucho creer que OA solucionaría todos mis problemas
como había hecho con muchos de los que hablaron en la primera reunión a la
que fui. Me bastaría con que me ayudara a dejar de destrozarme a mí misma con
la comida. Necesitaba y quería desesperadamente lo que aquellos OAs tenían así
que hice lo que me sugerían y conseguí una madrina aquella misma noche. Ella
me dijo que, si quería lo que ella tenía, tenía que hacer lo que ella hizo. Había
perdido 60 kg a base de abstenerse de comer y trabajar el programa.
Yo ya había comprobado que yo sola y a mi manera no podía, ahora
tenía que tener la mente abierta y estar receptiva con la disciplina y todas las
sugerencias del programa de OA. De alguna manera conseguí estar abstinente un
día a la vez. Lo conseguí gracias a la idea de que sólo tenía que posponer el
comer más hasta la siguiente comida. En todas las comidas leía el folleto “Antes
de dar el primer bocado compulsivo” y me di cuenta de que necesitaba más estar
abstinente que la propia comida. Dejé de luchar y por primera vez sentí la
libertad real y absoluta de la necesidad de destruirme comiendo
compulsivamente.
Era una liberación saber que no necesitaba tener ninguna creencia
religiosa para trabajar los pasos. Me consideraba agnóstica, pero sabía que el
grupo de OA era un poder superior a mí misma, que los doce pasos eran la mejor
forma de vivir que yo podría haber conseguido y que Dios para mí estaba más
allá de lo que podía comprender.
Poco a poco me fui liberando de las cadenas del pasado y empecé a
desear solucionar todo aquello que podía. Cada día de aquella abstinencia
continuada se traducía en reparaciones en mi cuerpo de las consecuencias de mi
forma de comer del pasado. Empecé a enfrentarme a mi pereza haciendo una
serie de cosas a diario que no quería hacer: hacer la cama, lavar los platos,
cepillarme los dientes y darme una ducha. Después de un tiempo, estas tareas
pasaron a formar parte de una forma de vida más disciplinada que, junto con mi
abstinencia, me devolvían el sano juicio.
Pude hacer frente a mi problema con el sexo en mi matrimonio
gracias a la oración del tercer paso del “Libro Grande” de Alcohólicos
Anónimos. Me deshice en gran medida de mis “egos”: egoísmo, egocentrismo y
egoísmo-codependiente.
Trabajé el tema del sexo en mi inventario según las sugerencias del
capítulo cinco del “Libro Grande”. Me di cuenta de que lo peor que había hecho
había sido interferir deliberadamente en el desarrollo del amor y evitar demostrar
amor. Aparte de los cambios en mis hábitos alimenticios, estoy especialmente
orgullosa de los cambios que he experimentado en OA al hacer frente a mi
frigidez en el matrimonio y al quitar los obstáculos que me impedían demostrar
amor a mis hijos, a mi familia y a los demás.
Después de 8 meses de abstinencia tuve la primera de las múltiples
experiencias que he tenido de que existe un Poder Superior que hace por mí lo
que yo no soy capaz de hacer por mí misma. Empecé a llamar a ese poder
superior Dios. Estaba visitando a una amiga y compañera de OA que había roto
su abstinencia después de muchos años después de someterse a una operación.
Habría dado lo que fuera por poder volver al pasado. A la mañana siguiente,
cuando iba de camino al trabajo empecé a pensar en todos aquellos que habían
entrado en OA antes y después de mí que habían perdido la abstinencia y pensé
que si no me habría tocado a mí el turno de perderla ya que yo no era mejor que
ellos. Me di cuenta de que, por supuesto que no era mejor que ellos, yo soy
impotente y aun así llevaba abstinente ocho meses. ¿Cómo lo había hecho? No
lo había hecho yo, era un poder superior a mí misma y que pude sentir en ese
momento el que lo estaba haciendo a través de mí. Sólo por hoy podía disfrutar
de ese regalo y no había ningún motivo para dudar de que podía seguir
disfrutando del regalo de la abstinencia un día a la vez. Lo único que me podía
hacer perderlo era hacer mi voluntad y tomar la decisión de que iba a comer. Al
darme cuenta de la verdadera fuente de mi abstinencia perdí el miedo y empecé a
ser responsable de mis actos.
Estoy agradecida por ser comedora compulsiva porque me ha
cambiado la vida y me ha transportado a un plano superior. La enfermedad que
me estaba matando se ha convertido en mi bien más preciado.
27
El ateo que hizo un HCS
(Haz como Si)


LA GENTE DICE QUE UN COMEDOR COMPULSIVO es un
detector de culpabilidad. Si hay algo de culpa alrededor la recoge, se la lleva a
casa, la alimenta y la ama.
Cuando era pequeño me sentía culpable porque tenía pesadillas con
bastante frecuencia. Siempre era la misma: un monstruo o un demonio me
perseguía y me despertaba chillando. Esto me ocurría a los diez años y justo a
esa edad descubrí una forma de no tener más pesadillas: me volví ateo. Si no
existía Dios, no mandaría demonios o monstruos para que me persiguieran.
Dejé de tener pesadillas y decía: “Adelante, lánzame un relámpago, sé
que no existes. Son los demás los que necesitan creer en Dios porque son
débiles, yo soy fuerte y no te necesito”.
Lo que sí necesitaba era comer sin parar. Cuando tenía trece años y el
resto de mis compañeros empezaban a salir con chicas, yo pesaba 90 kg. Mis
padres me llevaron al médico y me recetó thyroid, que es lo que se utilizaba
antes de que apareciera el speed. A los 20 años me llevaron a otro médico que
me dio una “mejorada” dieta rápida. No ingerí nada sólido durante dos semanas.
Aquello me dejó bastantes secuelas y me di cuenta de que, después de tanto
tiempo, comer algo me hacía vomitar. Mi cuerpo no toleraba la comida. Si
paraba y comía cada cinco o diez minutos de camino a casa, podía comer 72
horas sin parar. Todo esto ayudó a mejorar mi capacidad de atracarme de
comida. Sin embargo, en lugar de darme atracones, conseguí perder 40 kg aquel
verano. Conseguí tener una talla normal. Por primera vez en mi vida podía
comprarme ropa en las tiendas de gente normal. Me compré un traje verde oliva.
Me sentí tan bien cuando me lo probé y me cabía. Era la talla más grande que
había en la tienda, pero era una tienda normal y el traje me cabía.
Volví al colegio y decidí que había llegado el momento de empezar a
salir. Nunca había tenido una cita hasta entonces. Quedé con una chica y el
mejor momento de la noche fue cuando se bajó del coche. Di gracias a Dios
porque la cita había terminado, había estado muy incómodo durante toda la
noche. No sabía qué decir ni qué hacer. Me obligué a quedar con otra chica y de
nuevo lo mismo, la mejor parte de la noche fue cuando ella se bajó del coche.
Por aquella época, compartía un piso con tres chicos más. Uno de
ellos me presentó a la amiga de una amiga. Empezó a venir a casa bastante a
menudo, charlábamos y empezamos a salir. A los cuatro meses, cuando yo tenía
21 años, perdí la virginidad con ella. En junio de ese año nos casamos y yo
pesaba 135 kg. Sólo pude llevar el traje verde oliva media docena de veces antes
de que se me quedara pequeño, de hecho, ni siquiera lo llevé en mi boda porque
no me hubiera cabido ni una pierna.
Nos mudamos a California y mi vida cambió bastante. Me tomaba un
desayuno enorme y me iba a trabajar. A eso de las nueve y media, la cafetería de
debajo solía mandar algunos “refrigerios” para acompañar al café. Yo siempre
me comía un par de ellos, pero primero me deslizaba por las escaleras para coger
dos de los primeros bollos que subían y después del descanso volvía a bajar para
terminarme lo que había sobrado. A medio día el catering me traía la comida,
después a la hora del café de por la tarde volvía a comer y todos los días de
camino a casa paraba a comprar algo de comer. Por la noche, después de una
abundante cena, me tiraba en el sofá a ver la tele mientras mi mujer me daba más
azúcar. Todas las noches me sumía en un estupor increíble hasta la mañana
siguiente, que empezaba de nuevo.
Esta era mi manera de mantener mi peso. Un día entré en una tienda y
descubrí un pequeño libro de dietas. Me lo compré y estuve contando calorías
durante nueve meses. Perdí 55 kg y apareció mi ego. Siempre había creído que
era el mejor, incluso cuando mi autoestima no existía. Nunca pude admitir que
me había equivocado e incluso me inventaba “hechos” que apoyaban mis
argumentos. Ahora que había perdido ese peso, sabía que era el mejor. Cuando
estaba gordo, una simple mirada podía demostrar que estaba mal de la cabeza;
pero ahora que estaba delgado creía que estaba sano porque eran los kilos los
que me hacían volver loco.
No hay nada más peligroso que un loco que se cree que está cuerdo.
Me divorcié e intenté recuperar todo el tiempo que había perdido. Estaba
teniendo relaciones con tres mujeres a la vez y mi compañero de piso tenía una
lista sobre qué decir a quién cuando llamaban por teléfono.
Tengo la teoría de que si una persona tiene mente de gordo y cuerpo
delgado uno de los dos tiene que concordar con el otro. Conseguí mantener mi
peso gracias a “estrategias” de alimentación como comer sólo zanahorias durante
una semana, o come todos los puerros que puedas sin mezclarlos con nada.
Llevaba laxantes siempre encima para los atracones entre dieta y dieta. El único
problema era que dejaron de funcionarme los laxantes, en cuanto me sentía vacío
volvía a comer otra vez.
Poco a poco empecé a recuperar mi peso. Durante este segundo
periodo empecé a hacer deporte. Yo era el tipo que suspendía siempre gimnasia,
el tipo que le lavaba el coche al entrenador, le ordenaba la mesa y haría lo que
fuera con tal de no tener que hacer gimnasia. Nunca pude hacer más de dos
flexiones seguidas ni correr durante más de 5 minutos. Ahora que había perdido
tanto peso, empecé a jugar al voleibol, a hacer esquí acuático y otros deportes y
mi cuerpo respondía, por primera vez podía disfrutar de hacer cosas con mi
cuerpo. Era una sensación maravillosa.
Empecé a ganar peso de nuevo, primero lentamente y después cada
vez más rápido. Estaba perdiendo mi cuerpo una vez más. Ya no había esquíes lo
suficientemente grandes para mantenerme a flote y si esquiaba sobre nieve
parecería una bola de nieve gigante bajando por la colina. Nadie quería jugar al
voleibol conmigo, me había comprado una tabla de surf que ya no podría usar,
me quedaba sólo una novia y la relación se iba apagando poco a poco. En el
trabajo, yo que me dedicaba a ventas técnicas, mis jefes me dijeron que no daba
el aspecto de un representante de la compañía que está en forma.
Una noche me tumbé en la cama con dolor en el pecho. Sabía lo que
me estaba pasando, los médicos me avisaron de que a los treinta años podía tener
un ataque al corazón. Durante toda mi vida supe cuál iba a ser mi regalo de
treinta cumpleaños a menos que perdiera peso. Por la mañana me fui a urgencias
y me ingresaron. Me hicieron un electrocardiograma y cuando les pregunté qué
tenía me dijeron que era “el dolor de la gordura”.
Yo era ateo y no podía hacer un juramento solemne a Dios, pero sí a
mí mismo. Ahí estaba. Ya había hecho dieta antes y la volvería a hacer. Fue la
dieta más corta de mi vida. Me fui y estuve comiendo azúcar sin parar durante 4
horas. Después hice dieta y perdí 15 kg en 8 semanas. Cuando terminé esta dieta,
empecé otra y perdí 12 kg en 6 semanas. Siempre recuperaba el peso perdido
más 5 o 6 kg de propina.
Recuerdo muy bien la noche que toqué fondo. Mi compañero de piso
estaba en casa a pesar de ser el mayor conquistador de toda California. Había
salido a tomar unas copas y había vuelto con una mujer, lo estaba escuchando
subir las escaleras. Yo estaba en mi cuarto sentado en la cama comiendo y
llorando mientras pensaba que no tenía sentido seguir intentando dejar de comer,
porque no podía. Por alguna razón yo era diferente a todo el mundo y lo único
que podía hacer era comerme la comida. Iba a perder mi trabajo y me iba a
morir, pero al menos sería rápido, no me iba a quedar paralítico.
Jamás había oído hablar de los doce pasos, ni de Alcohólicos
Anónimos, pero ese día di mi primer paso. Admití que era impotente ante la
comida y que mi vida era ingobernable. También di mi tercer paso aquella
noche: tomé la decisión de que iba a dejar mi vida y mi voluntad en manos de un
poder superior a mí mismo, que era la comida. Era un buen comienzo, estaba
preparado.
Por aquella época, el médico me estaba administrando un tratamiento
para la disentería. Aquel hombre estuvo encantado al verme perder peso y ahora
estaba alarmado porque lo estaba recuperando. La disentería que padecía era
muy grave, había engordado 10 kg y la causa de la disentería me era
desconocida hasta que entré en Comedores Compulsivos Anónimos. Era el
exceso de azúcar que mi cuerpo no toleraba y me provocaba disentería.
En una de las consultas el médico me dijo que los resultados de las
pruebas de corazón que me había hecho no eran buenos y que no me podía
permitir engordar más. O perdía peso o me moriría.
Le respondí que ya lo sabía, pero que no se molestara en darme una
dieta porque no era capaz de hacerla.
Me dijo que al salir le pidiera a su secretaria que me diera el teléfono
de OA. Una de las pacientes del médico era miembro de OA y solía atender a
personas como yo.
Me cogió el teléfono una mujer y le pedí que me contara todo lo que
supiera acerca de Comedores Compulsivos Anónimos.
Ella me dijo que no podía hacer eso, que era demasiado complicado
explicarlo. Ahora creo que mi Poder Superior puso a esta mujer en mi camino
porque si me hubiera intentado explicar lo que era le hubiera dado las gracias,
hubiera colgado y me hubiera muerto. En lugar de eso, fui a una reunión. Me
senté al final del todo detrás de un poste. Dos mujeres enormes se sentaron una a
cada lado, no tenía escapatoria.
Cuando empezó la reunión lo primero que oí fue “Dios” y pensé:
“¡Ahá! Ya lo entiendo, ahora querrán que me convierta y me darán su bendición.
Ya sé dónde está el truco.”
En el descanso del café creía que era el momento de escapar. Cuando
me levanté se acercó la gente a hablar conmigo. Parecía que era el único recién
llegado y, antes de que pudiera escapar, empezó la reunión de nuevo. El orador
empezó diciendo que llegó a OA pesando 150 kg, ahora pesaba 82 y que su
mayor éxito era ser la mitad de lo que era cuando llegó.
¡Sí, ya! pensaba yo. Después pasaron una foto suya y no parecía que
estuviera trucada. Era una foto auténtica. No hice caso a nada más de lo que se
dijo en la reunión, pero al terminar tenía que ir a hablar con aquel hombre.
Quería que me dijera cuál era el secreto y sobre todo quería darme cuenta de que
Él era un ser humano. Me dijo que me uniera con el resto del grupo para ir a
tomar un café. Le dije que no podía, que el supermercado cerraba en tres horas.
Pero siguieron insistiendo hasta que accedí a ir con ellos. Nadie me había
insistido tanto en mucho tiempo, así que accedí.
Cuando llegué a casa empecé a pensar en la oradora. Decía que antes
estaba gorda y ahora estaba delgada. A lo mejor debería buscarme una madrina y
me di cuenta de que sólo había retenido un teléfono: el de la mujer que me había
recibido al principio. Cuando la llamé y le pedí que me amadrinara ella me dijo
que estaría encantada de ayudarme.
La llamé a diario durante cinco meses y empecé a amarla. Tenía 62
años, medía 1,82 cm de estatura y hablaba como una camionera. Nunca intenté
engañarla, jamás y ella me dijo que lo hiciera. Al final lo hice.
Empecé a ser consciente de mi Poder Superior cuando escuché a
alguien en una reunión decir que los no creyentes hacían un “HCS”. Yo era ateo,
no agnóstico. El agnóstico tiene dudas y yo no tenía ninguna duda. Sabía que
Dios no existía. Ahí fue cuando aprendí que HCS significaba Haz Como Si. Me
dijeron que no hacía falta que creyera en un Poder Superior. Todo lo que tenía
que hacer era decir: “Dios mío, no creo que existas, pero de todas formas
necesito que me ayudes en esto y en esto”. Yo le dije a mi madrina que lo que
quería era que fuera un hipócrita. Ella me respondió: “¡Usted perdone! Puedes
ser un tragón, un ladrón y un egocéntrico, puedes ser feo y oler mal, pero NO
PUEDES hacer como si”
Evidentemente, le dije que lo intentaría.
Al principio, mi Poder Superior era mi madrina. Poco a poco, mi
Poder Superior se parecía a mí y más adelante era un viejo con barba blanca. Mi
poder Superior nunca ha sido castigador gracias a que mi madrina me dijo que
podía ser lo que yo quisiera, pero siempre amoroso, no castigador. Empecé a
creer en un Poder Superior que era una especie de espíritu del universo y con el
que siempre estaba en contacto, yo me preocupaba por hacer mi parte y El hacía
el resto. Yo procuraba hacérmelo fácil y las cosas sucedían, cosas buenas
sucedían.
Una mañana, mientras desayunaba y leía el libro de los doce pasos,
hubo un terremoto. La casa se estaba tambaleando y, en muchas ocasiones, sentí
una especie de calor dentro de mí. Parecía como si Dios me estuviera cogiendo
entre sus brazos. Cuando me di cuenta, estaba sonriendo. Estaba sentado a la
mesa y cogí el solo por hoy, lo abrí y leí: “No tengas miedo de un incendio o de
un terremoto” Me dio un escalofrío, subí las escaleras y me di una ducha de agua
fría con un ojo abierto y pensaba: Dios mío, por favor, espero que no estés ahí
esperándome cuando salga de la ducha porque me moriré. Se supone que no
deberías estar ahí.
Encontraba aparcamiento si rezaba mientras buscaba, hace
aproximadamente nueve meses estaba en la cocina y volvía sentir el flash de
calor. Me alegra el decir que había vuelto a sentirlo. Tenía un buen contacto
consciente con mi Poder Superior. Hablamos el uno con el otro. Él sabe que me
equivoco y que hago las cosas mal, pero me perdona. Me quiere de una forma
pura y verdadera. No podemos amarnos de esa manera los seres humanos porque
somos imperfectos, pero Él si puede y lo hace.



28
Verano Indio


DESDE QUE TENGO USO DE RAZÓN, el miedo y el amor han
estado en conflicto dentro de mí. Era el bebé de la familia, esto quería decir que
siempre había una madre, padre, tres hermanos y una hermana, mayores que yo,
para decirme lo que tenía que hacer. Siempre que intentaba participar en
cualquier asunto familiar, siempre había alguien para decirme que me callara, me
sentara o no participara porque no tenía ni idea de qué iba el tema.
Siempre les creí.
Mis padres pensaban que los elogios hacían que los niños se volvieran
creídos así que recibían las buenas notas del colegio sin decir nada. Una vez
gané un concurso de deletrear y todos los extraños me felicitaban, pero en mi
casa nadie dijo nada. Empecé a pensar que a mi familia le daba igual y que
seguían pensando que era una estúpida.
Nadie me enseñó todo esto, lo aprendí yo sola. Mi hermana mayor,
que era dos veces más gorda que yo me dominaba. Como ella estaba gorda y se
sentía desgraciada me intentaba convencer de que yo era, no sólo tonta sino
también fea. Me ordenaba que fuera su pequeña esclava y si me quejaba mi
madre me decía que me sometiera porque ella era incapaz de enfrentarse al
temperamento de su hija mayor. Entonces intentaba arreglarlo dándome besos y
abrazos.
Amaba y estaba resentida con mi madre al mismo tiempo, pero nunca
dudé de su amor. Era el sol que iluminaba mis días grises y mi apoyo cuando
todo iba mal.
Mi padre, por el contrario, siempre me hacía sentir prescindible,
innecesaria. Parecía que todo su cariño era para mi hermana, la primera niña
después de tres varones. Parece que solo se daba cuenta de mi existencia para
regañarme o para quitarme algo.
Desde muy joven ya era consciente de la integridad de mi padre,
aunque no concordaba con el trato que me daba y validaba mi inferioridad.
Crecimos en un entorno muy religioso. Cualquier cosa que diera placer ya era
sospechosa y mi padre siempre hablaba de los pobres pecadores que sucumbían
a los “placeres de la carne”. Lo sabía todo acerca del infierno y había oído hablar
de él a muchos evangélicos en la iglesia. Sabía que era lo que me esperaba
porque yo era terriblemente mala.
¿Cómo había entrado en mi corazón aquel sentimiento de “maldad”?
Quizás porque creía que nunca llegaría a cumplir con los objetivos de niña-
ángel, o porque nunca pude expresar mis sentimientos, o por lo que sea. Sea cual
sea el motivo el sentimiento de culpa, el miedo y la falta de autoestima se habían
instalado dentro de mí.
¿Cuándo empecé a comer compulsivamente? Yo era una niña delgada
que, a pesar de vivir en el campo y que la comida era muy abundante sabía parar
y dejar comida en el plato, aunque fuera mi plato favorito, cuando ya estaba
llena.
Cuando empecé a entrar en la adolescencia nos mudamos a una
ciudad porque mi padre abrió un negocio allí. Aunque trabajaba mucho nos fue
mal porque fueron los años de la gran Depresión. Pasamos de la abundancia de
comida a la escasez de comida y, como consecuencia, yo fui creciendo cada vez
más delgada y más anémica aparte de tener frecuentes ataques de bronquitis.
¿Fue entonces cuando empecé a abusar de la comida?
Era muy tímida y, aunque sacaba buenas notas, seguía sintiéndome
fea y mala. Un día, después de un año en la universidad local, cogí todas mis
cosas, me metí en un autobús y me fui a otra ciudad a buscar trabajo.
Durante todo el año siguiente tuve 7 trabajos diferentes y me enamoré
de John que era soldado. Éramos tal para cual. Él me veía como una mujer
preciosa y muy valiente y empecé a serlo para él.
Al haber crecido en la depresión no nos podíamos permitir casarnos y
tener hijos así que esperamos. Decidimos ser “buenos”, no tener relaciones
sexuales antes de casarnos, y Dios nos daría una vida juntos.
Cuando EE. UU empezó a participar en la II Guerra Mundial, empezó
a crecer mi miedo hacia John. Lo habían enviado a San Francisco para recibir
entrenamiento especial, me reuní con él, nos casamos y después de dos semanas
juntos embarcó a las islas Filipinas.
Estaba sola, en una ciudad nueva, sin amigos ni familia y con una
creciente ansiedad. Empecé a comer compulsivamente y llegué a pesar 90 kg
cuando me di cuenta de lo que estaba ocurriendo. Estaba asustada. Empecé a
hacer dieta y adelgacé hasta pesar 65 kg, ¡por el amor de John! No fue tan difícil.
Tan pronto como adelgacé me puse enferma. Tenía fiebre, náuseas y
dolores. Los médicos no pudieron decirme qué era lo que me pasaba y me
dejaron en observación. Después de dos semanas les dije que o me operaban o
me mandaban a casa. Me operaron y me extirparon el apéndice que estaba
totalmente sano.
Cuando estaba trabajando me llegó la noticia: John había muerto. Lo
capturaron en Bataan, hizo una marcha infernal y murió seis meses más tarde de
fiebre e inanición.
Entonces culpé a Dios. Aunque nunca había creído en un Dios
amoroso, siempre pensé que era justo, pero ahora había cambiado mi idea. En mi
fuero interno estaba tan llena de ira y de rencor que nada me hubiera servido.
Llevé ese resentimiento a cuestas durante 30 años.
No me siento culpable del periodo de promiscuidad que siguió a
aquellos momentos. En mi soledad busqué algo en lo que agarrarme, alguien que
me ayudara, aunque solo fuera por un tiempo. Cuando descubrí que estaba
embarazada no fui capaz de pedir ayuda a nadie. Estaba totalmente decidida a
tener el bebé y darle todo mi amor.
Me había estado carteando con un soldado. Cuando volvió quiso
casarse conmigo, con niño y todo. No le amaba, pero le aceptaba. Pensé que Él
me necesitaba y yo necesitaba algo de la vida.
Perdí ese primer bebé y tuve después dos niños más. Me di cuenta de
que me había casado con un alcohólico.
El “Libro Grande” de AA dice que buscar “el interés propio nos lleva
a ponernos en situaciones para que nos hagan daño” Sabía que nuestro
matrimonio no era lo que yo esperaba, pero tenía miedo de dejar a mi marido y
no poder mantener a mis hijos. Así que me quedé con Él, sin miedo y egoísmo,
en una situación para que me hicieran daño.
Cuando los más pequeños tenían 4 y 5 años tuvimos un tercer hijo. El
pequeño Johnny era una bendición para los dos. Cuando tenía un año empezó a
presentar una enfermedad muy extraña que nos obligó a llevarlo al hospital para
que le hicieran una transfusión de sangre. Lo mandaron a casa y mejoró bastante.
Con el niño en mi regazo y viendo a los otros dos jugar sentí una profunda
gratitud. Por primera vez desde la muerte de John hablé con Dios y le di las
gracias por mis hijos.
Poco tiempo después Johnny murió de leucemia y de nuevo le cerré la
puerta a Dios. Ya me había hecho suficiente daño, quería que me dejara en paz.
¿Qué me quedaba en la vida? Dos hijos que se convirtieron en mi
razón de vivir e intenté vivir mi vida a través de ellos. ¡Vaya carga les puse!
El alcoholismo de mi marido iba a peor y lo mismo ocurría con mi
propia enfermedad. Llegué a pesar 140 kg, hacía dieta y adelgazaba algo, pero
una pena horrible se apoderó de mí, día y noche. La determinación y la
esperanza me abandonaron en muy poco tiempo, junto con la dieta y la pérdida
de peso.
Como era de esperar, nuestros hijos tenían carencias emocionales. El
mayor era un chico callado y bien educado que sacaba unas notas excelentes en
el colegio pero que era infeliz y retraído. En la pubertad empezó a comer en
exceso. Yo lo veía engordar y volverse cada vez más distante durante el
instituto, pero yo tampoco sabía cómo ayudarle. Ni siquiera sabía cómo
ayudarme a mí misma.
Mi hijo menor era un chico alegre y divertido, el favorito de su padre.
A los doce años tuvo un pequeño lío que su padre nunca le dejó olvidar. Mi
marido lo echaba de casa al menor enfrentamiento así que en cuanto pudo se
casó y se mudó. Esto redujo la tensión bastante.
Nuestro hijo mayor fue a la universidad durante un año que se pasó
entero en el despacho del Decano. Al año siguiente suspendió por falta de
interés, se buscó un trabajo por las tardes y se pasaba las noches comiendo,
viendo la televisión y leyendo. Se pasaba todo el día durmiendo y se levantaba
con el tiempo justo para ir a trabajar. Así vivía a los 24 años.
Por aquel entonces yo tenía 56 años, pesaba 135 kg, tenía los tobillos
y las piernas hinchados, tenía artritis en las rodillas y la tensión por las nubes. Le
dije al médico que sí, aparte de eso, el resto estaba bien y me respondió que
estaba muy enferma y que me iba a morir si no adelgazaba.
Pensé que era muy buena al preocuparse por mí, pero que yo no lo
haría. ¿Por qué debía hacerlo? Todo lo que me quedaba era que mi marido se iba
a jubilar al año siguiente y que estaría todo el día bebiendo en casa. Jamás había
conducido un coche y mi marido y yo no íbamos a ningún lado. No podía ni
caminar una manzana sin morirme de cansancio y sabía que jamás podría
escapar, el único placer que me quedaba en la vida era la comía que usaba para
sedarme. Mi vida se había terminado, sólo me quedaba esperar a que cayera el
telón.
Un día mi obeso hijo mayor, que había heredado la compulsión de su
madre, fue a una reunión de OA y vino a casa con un montón de folletos. Su
entusiasmo me hizo dudar de si sería capaz de aguantar esto algún tiempo o si
abandonaría a la primera de cambio. Como madre amorosa que soy, pensé que,
si empezaba a ir a reuniones de OA con mi hijo, Él aguantaría.
Así fue como acudí a mi primera reunión, llevaba un vestido que
había tenido que agrandar en casa porque no me cabía ninguno de los que tenía y
me faltaban los dos dientes delanteros porque, la verdad, cuando uno pesa 135
kg, ¿a quién le importan los dientes?
Todo lo que oí esa noche fue: pérdida de peso, consigue una madrina
y “sigue viniendo”. Para mí fue suficiente, cogí una madrina y seguí yendo a las
reuniones.
La abstinencia fue lo más fácil. No me importaba cómo ni por qué,
pero por primera vez había algo que me ayudaba a frenar mi compulsión y con
lo que estaba cómoda. Tenía hambre a la hora de comer, probablemente la
primera vez que tenía hambre real desde hacía años.
Con esto ya estaba bastante contenta, hasta que empecé a escuchar en
las reuniones hablar del programa de los doce pasos. Eso no me interesaba en
absoluto, gracias. No quería ninguna vida espiritual y en lo que a dejar algo en
manos del Poder Superior que yo conocía se refiere tampoco tenía mucho
interés. Me dijeron que si no trabajaba los pasos tampoco podría mantener mi
abstinencia así que, como ya había probado lo que era la esperanza no quería
renunciar a ella. Hice lo que me dijeron lo mejor que pude y mi recuperación
empezó.
La terapia del amor atravesó mi coraza de amargura y desesperación.
Empezaron a brotar las semillas del amor como nunca antes las había sentido. A
medida que mi peso disminuía, mis amigos de OA me felicitaban.
Con todo el amor y amabilidad mis compañeros de OA me pedían que
moderara las reuniones y que compartiera mi experiencia. Desde el principio dije
que sí en lugar de decir que no. Había dejado que el miedo me dominara durante
muchos años y ya no quería seguir viviendo con Él. Poco a poco el miedo a la
gente y la timidez fueron desapareciendo y al menos podía ser yo misma.
El alcohólico en activo con el que me casé tenía un problema, se
había acostumbrado a una mujer que era una víctima. De repente se encontró con
una extraña que le decía cosas como: “Creo que me voy a comprar una peluca e
iré al dentista”. Sus compañeros de trabajo le decían que si yo me ponía
maquillaje e iba a la peluquería y que si me iba por ahí hasta las tantas de la
noche. Hubiera sido divertido que descubrieran que lo que hacía era ir a las
reuniones un día a la vez.
Aunque nadie lo sabía, mi marido estaba muy, muy enfermo. Murió
unos pocos días después de jubilarse. Todos fuimos capaces de aceptar la triste
realidad de su vida y su muerte. Nos quiso y lo hizo lo mejor que supo y pudo.
Nos invadió una sensación de paz, tranquilidad y de que el sufrimiento había
terminado.
La abstinencia, la pérdida de peso y el crecimiento personal no son la
solución a todos los problemas de mi vida. Los dos últimos años han sido una
auténtica lucha para solucionar mis problemas y ayudar a mi hijo mayor a
solucionar los suyos. Hemos hecho grandes progresos y mi hijo, la persona por
quien yo conocí OA, perdió todo su exceso de peso en 7 meses, ha mantenido su
peso durante seis años y está felizmente casado.
Los compañeros de OA me han dado su apoyo en los buenos y en los
malos momentos. Soy muy rica en cuanto a amigos, algo que jamás esperaría.
En una edad en la que la mayoría de las mujeres viven en el pasado, yo tengo el
privilegio de seguir creciendo, aprendiendo y compartiendo en la vida. Lo mejor
de todo es que estoy en paz con Dios.
La primavera de mi vida ha sido un desastre: crisis económica, guerra
y grandes pérdidas. En el verano me casé con un alcohólico y viví su
enfermedad y la mía. Pero este es mi verano indio, mi otoño dorado y estoy
contenta de poder vivirlo, día a día.




29
Más allá del dolor


MI AISLAMIENTO ANTES DE LLEGAR A OA era tan grande que
jamás había hablado con nadie de los atracones que me daba. Ni siquiera con el
psicólogo con el que estaba en tratamiento por depresión desde hacía muchos
años.
Incluso en OA me llevó mucho tiempo ser capaz de admitir que era
comedora compulsiva, incluso a mí misma. Durante casi un año fui “medio
miembro”, haciendo lo que quería con la abstinencia y creyendo que el único
problema que tenía era el peso. Lo hacía todo a mí manera, incluido lo relativo a
Dios y creía que yo era más lista que los demás, seguía controlando. Entonces
me pasó algo que me demostró lo terriblemente impotente que soy y me cambió
la vida.
A los 22 años, casi a media noche, contraje una enfermedad que me
hizo perder el 90% de la visión y que me declaró legalmente ciega sin muchas
perspectivas de recuperar la visión en mi vida. Los médicos dijeron que no
podían hacer nada más por mí y me dejaron en manos de las ayudas y las
asociaciones para ciegos que existen en EE.UU.
Incomprensiblemente me volví contestataria y retraída.
Desgraciadamente también me aparté de OA y esto me llevó a que reapareciera
la forma de comer descontrolada. Los atracones eran cada vez más graves e
incluso una vez llegué a intoxicarme gravemente. El efecto de la enfermedad en
mi ánimo fue devastador. Toqué un fondo emocional que jamás pensé que
existiera.
Durante un tiempo creí que me iba a morir y, de hecho, llegué a
pensar que era la mejor solución. Estaba tan asustada y tan enferma. Sin
embargo, aquella noche mientras lloraba y temblaba me puse a rezar a aquello
que ni siquiera conocía. De repente fui consciente de que en los más profundo de
mí ser no me quería morir sino vivir y ser libre. Seguí rezando para no morirme
y pedí otra oportunidad.
Ahora sé que lo que contestó a mis plegarias fue un Dios en el que no
creía entonces y que me llevó a OA de nuevo. Allí me esperaban mis amigos con
los brazos abiertos. Me llevaban a las reuniones, me leían la literatura y me
cogían de la mano literalmente en los días en los que sólo eso me podía ayudar.
Una compañera me llevó a vivir con ella un tiempo y me preparaba
tres comidas abstinentes al día. Otra compañera grabó el inventario del 4º paso
en una cinta para que yo pudiera trabajar ese paso.
Iba a diario a reuniones de OA y siempre estaba en compañía de otros
miembros. Esto me ayudó no sólo con la abstinencia sino también con mi
ceguera.
Pero lo más importante, ahora que miro hacia atrás, es que me
convencieron a pesar de mis miedos a acudir de nuevo a una reunión de OA. Fue
allí donde me dieron la ayuda espiritual que necesitaba para ser consciente de mi
pena y para ser capaz de reconocer ante Dios que estaba enfadada con Él.
Esto lo conseguí con venganza, una tarde que estaba sola en mi cuarto
y dejé salir todo mi odio acumulado durante años hacia un Dios al que culpaba
de todas las desgracias de mi vida. Cuando terminé me sorprendió la sensación
que tuve de haberme limpiado y de haberme liberado de la carga de “complacer
a Dios”. Había destruido el miedo al Dios castigador que me había creado y
estaba dispuesta a descubrir a un Dios que podía ser mi amigo y con el que podía
trabajar.
Esta experiencia me liberó de mis barreras físicas y no he vuelto a
agobiarme por mi ceguera, sino que dejo volar mí espíritu. He aprendido cuál es
la diferencia entre mi cuerpo y mí “ser”, he aceptado completamente mi
impotencia ante mi condición física. Al mismo tiempo he aceptado mi
responsabilidad ante mi condición espiritual: mi actitud y la forma en la que
vivo.
Aunque mi abstinencia empezó siendo no muy sólida ha ido ganando
fuerza con el tiempo. A medida que las semanas se convertían en meses y los
meses en años he ido ganando un sano juicio y una serenidad que eran
desconocidas para mí. Además he recuperado parte de la visión y sólo por hoy
puedo conducir, trabajar y hacer casi todo lo que podría hacer cualquiera con
visión total.
Sería mentira decir que los años que llevo en OA han sido fáciles.
Una vez liberada de mi sobrepeso (he perdido 20 kg y me mantengo en mi peso)
y de los pensamientos que me hacían culpar a todo el mundo de lo que me
ocurría, tengo que enfrentarme a mí misma. En el proceso de crecer, tengo que
enfrentarme a mis defectos de carácter.
He tenido problemas con la comida muchas veces, aunque hace más
de 5 años que no como hidratos de carbono refinados, el miedo a un posible
atracón con otros alimentos me ha devuelto la humildad y a la realidad: soy
comedora compulsiva y soy impotente ante la comida. No estoy orgullosa de
tener que aprender de esta manera y tampoco creo que sea la forma que tiene
todo el mundo de aprender, pero es la mía.
He tenido que aprender a perdonarme a mí misma en las recaídas y en
los resbalones, levantarme de nuevo y recordarme que tengo que reforzar mi
trabajo en OA en esos momentos. No soy capaz de decir cuántas veces he tenido
que volver a comprometer la comida con mi madrina durante un mes o algo así
para volver al redil. Esto me ayuda a recordarme que yo soy lo primero, lo
último y primordial en mi mente y a trabajar el programa teniendo esto siempre
presente.
He descubierto cosas increíbles desde que trabajo el programa. Yo
antes era una niña pequeña asustada y herida y ahora soy toda una mujer con
suficiente valor para amar, seguir adelante y disfrutar de una nueva vida. A pesar
de haber sido débil, he conseguido hacer muy buenos amigos tanto dentro como
fuera de OA. Una vez que he aprendido a confiar en los demás, he aprendido a
confiar en un Poder Superior que es, hoy en día, mi mejor amigo y padrino que
me apoya en todo lo que hago.
He viajado mucho, pero siempre he encontrado un amigo de OA que
me tiende la mano y he conseguido ayudar a los que lo han necesitado. No hay
límites en lo que respecta al dolor dentro y fuera de las vidas de los miembros de
Comedores Compulsivos Anónimos. Ahora sé que todo lo que me pase en el
futuro se lo contaré una y otra vez a aquellos que puedan beneficiarse de mi
experiencia. Y gracias a todos ellos seré capaz de seguir mejorando en el
magnífico viaje de la vida.



30
La nº 1 de la graduación


YO ERA LA “GORDA” DE UNA FAMILIA DE FLACOS. Mis
padres y mis hermanas estaban tan delgados que evitaban las fotos y las mujeres
lloraban cuando iban de compras porque no encontraban ropa de su talla de lo
delgadas que estaban. Durante los años de la Gran Depresión del 29 se
consideraba que ser gordo era más sano.
Cuando veo fotos mías de pequeña me veo bastante normal, pero solía
pensar en mí misma como una persona gorda.
Durante la adolescencia mis amigas estaban alucinadas porque comía
muchísimo sin engordar, pero al terminar el instituto fui a la fiesta de fin de
curso con 10 kg de sobrepeso en la barriga, pero se podía ocultar bien con la
ropa adecuada.
Fue la época dorada de los conflictos entre el instituto y mi casa. En
casa era una simple esclava, siempre buscando la perfección que creía que
podría alcanzar si me esforzaba más pero siempre fracasaba.
Mis padres seguían la vieja tradición francesa de intentar que nuestro
comportamiento fuera equilibrado para evitar el peor de los pecados: la vanidad.
Cada vez que teníamos buenas notas en el colegio nos recordaban los errores que
cometíamos en casa. Yo tenía la autoestima muy baja, aunque a veces tenía
momentos de gran alegría y era la mejor de la clase, me daban becas, era
animadora y desempeñaba puestos de honor en el colegio.
Mi familia consideraba que el que una mujer fuera a la universidad
era una pérdida de tiempo, pero me dejaron ir con la condición de que yo me
pagara los estudios, continuara con las labores domésticas, me pagara la ropa y
les diera una cantidad simbólica por el alojamiento. ¡Qué orgullo más malo por
ser autosuficiente! El sentimiento de ser una mártir llegó al punto máximo de mi
agrado. Aquellos años estuve muy ocupada. Quería ser abogada, cosa que era
bastante rara para ser la hija de un trabajador siderúrgico de la postguerra de la II
Guerra Mundial.
Yo trabajaba en una tienda del pueblo famosa por la fuente de
refrescos. Solía referirme a mí misma como “comidalcohólica” y me hacía hasta
gracia. Dos años después empecé a dejar de hacer bromas porque un amigo mío
que era abogado me contó algunas historias de los problemas con la comida que
tenía una mujer a la que defendía. Fue un periodo de frustraciones para mí. La
universidad perdió su misticismo cuando mis resultados académicos
demostraron que era posible, cosa muy común en mí.
Me creía superior al resto de las mujeres que conocía y tenía algunos
hombres interesantes a mí alrededor a los que yo les gustaba, pero eran
intelectualmente inferiores. Al tipo de hombre con el que yo quería salir yo no le
gustaba, porque era demasiado arrogante.
Cuando empecé a salir con hombres regularmente, mis padres se
dieron cuenta de mis comportamientos sexuales. Como era hipersensible me
tomaba sus preguntas como ataques y empecé a rebelarme a mi manera. Dejé el
colegio muy pronto, me quedé embarazada, me casé y tuve tres hijos y un
matrimonio bastante turbulento.
Me regocijaba en mi “desgracia” y les contaba a mis amigos y a mis
vecinos todo lo que mi marido me hacía y lo que me pasaba por ser ama de casa.
Solía decir que prefería que me odiaran a que me engañaran. Ahora me doy
cuenta de que mis propias historias las contaba desde el autoengaño y todo se
basaba en el “pobre yo”. Me encantaba ayudar a los demás, pero no dejaba que
nadie me ayudara a mí porque no quería “deber” nada a nadie.
A los 28 años me diagnosticaron cáncer de útero. No conocía a nadie
que hubiera sobrevivido a eso, así que me preparé para morir. Quería recuperar
desesperadamente la fe de mi infancia, pero ahí se había quedado. Sobreviví con
más confusión que nunca y empezaron a gastarme bromas llamándome “perro
guardián” mientras que mi peso empezó a fluctuar bastante. Me volví demasiado
protectora con mis hijos que estaban en edad escolar y no me costó mucho
convertirme en la precursora de estudiantes reincorporados a la universidad, pero
esta vez como profesora.
De vez en cuando me pedían que diera clase a nivel de la universidad
y me gustaba tanto el trabajo que hubiera pagado por hacerlo. Increíblemente
nunca tenía hambre hasta que llegaba a casa por la noche. Podía aguantar
tranquilamente hasta la noche, pero en cuanto abría la nevera me volvía loca.
Había leído historias de famosos que mantenían su peso comiendo platos bajos
en calorías que les preparaban sus cocineros. Si tan sólo no tuviera que preparar
los platos ni que ajustar el presupuesto familiar para comprar los alimentos
dietéticos estaría delgada.
Volví a engordar otros 10 kg que ya no podía esconder. Cuando mi
hijo menor entró en el instituto declaré mi independencia de la cocina y de
cualquier tipo de responsabilidad con el hogar. Como todos éramos adultos, se
decidió que cada uno se ocuparía de lo suyo.
Me deshacía en excusas para justificar mi forma de comer. Ni siquiera
mi independencia de la cocina me detuvo. De pronto todo cambió. La compañía
para la que trabajaba mi marido cerró y él empezó a beber. Los tiempos estaban
cambiando en la universidad también, yo seguía publicando, pero sin un
doctorado estaba condenada a que me despidieran. Mi marido empezó de cero en
un trabajo con la marina mercante así que me vi sola y desempleada. Mi peso
volvió a aumentar y empecé a convertirme en la gorda del circo de los obesos.
Me gustaba quedarme en casa porque no soportaba la cara de
impresión de mis amigos cuando aparecía en público. Siempre había sido muy
camaleónica y había adaptado mi personalidad al momento y a la gente que me
rodeaba. Odiaba la imagen que veía reflejada de mí. ¡Esa no era yo!
Aunque a lo mejor sí lo era. Los michelines hablaban por sí mismos.
¿Qué le había pasado a mi figura? Creo que había elegido la peor manera de
suicidarme. Después de hacer todas las dietas que caían en mis manos empecé a
acudir a un club de dietas, perdí una talla y dejé de ir. Había oído hablar de
Alcohólicos Anónimos y les envidiaba porque al menos ellos no tenían que
comer ese primer bocado compulsivo mortal para sobrevivir. Vi un artículo de
OA en una revista y escribí. Había un grupo en mi ciudad y pensé que con un
poco de disciplina se arreglaría todo. Seguro que me servía la misma
determinación que me había servido en el colegio.
Me vino la inspiración y le hice la promesa a mi marido de que
cuando volviera a casa la próxima vez le estaría esperando una mujer delgada.
Podía mentir a mi misma, pero no a otra persona, no podía faltar a mi palabra de
honor. Cuanto más lo intentaba más fallaba, la comida estaba fuera de control y
mi hambre no se aplacaba con nada.
Tardé un año en ir a OA, humillada y en guerra. ¿Cómo me iban a
ayudar un grupo de “gordis”? (Desde ese día adoro su sensibilidad e
inteligencia).
Cuando llegué les dije que me dieran la dieta que tenía que hacer y
que no se metieran en mis asuntos. Ellas se limitaron a sonreír y yo me di cuenta
de que el mejor de mis sarcasmos no podría atravesar esas sonrisas tolerantes.
Cogí algo de literatura que leería, juzgaría y les devolvería con una crítica sobre
cómo podrían mejorar. Esas sonrisas desaparecerían la semana siguiente.
Durante el primer mes perdí 13 kg y me pareció bastante fácil. Seguía
yendo a las reuniones y ahora devolvía la sonrisa a los miembros con silenciosa
satisfacción.
Por desgracia para mi plan de sabotaje a OA me dejaron el “Libro
Grande” de AA, me lo leí de una sentada y me puse a llorar, una muestra de
debilidad femenina que no me permitía muy a menudo. Aquel libro hablaba de
mí con la diferencia de que en mi caso era la comida, no el alcohol.
De pronto reapareció mi apetito. Me rendí a él muy pronto pensando
en que con un poco de fuerza de voluntad bastaría para empezar de nuevo y
aprendí una cosa nueva: es más fácil quedarse que empezar.
Acudí a la siguiente reunión preparada para escuchar lo que tuvieran
que decir acerca de la enfermedad y todo cuadraba, excepto algunos de los doce
pasos. ¿Cómo iba a haber dañado yo a alguien? ¿Acaso no me había servido mi
educación de señorita para utilizar simplemente el sarcasmo? Más tarde, cuando
escribí el inventario del Cuarto Paso descubrí que mi frase típica: “Odio a la
gente que….. y a las instituciones que….” Era sólo la punta de odio y dolor del
iceberg.
Me empecé a dar cuenta de que había seguido haciendo dieta y, a
menos que yo cambiara drásticamente, jamás conseguiría estar abstinente. Tenía
que dejar de pensar y empezar a actuar.
Por suerte pude acudir a la convención estatal de OA en la que un
orador muy sabio compartió que nuestro programa es doble: si no trabajamos los
pasos no estamos abstinentes y si no nos abstenemos no podemos trabajar bien
los pasos. Fue como si algo hiciera “click” en mi cabeza. Tenía miedo de ser
manejable, débil, pero la impotencia me traía muchas cosas.
Hace poco estuve visitando a una amiga que está recibiendo
tratamiento para el alcoholismo y me preguntó que si no tenía miedo de que me
lavaran el cerebro en OA. Estuve pensando un tiempo y llegué a la conclusión de
que mi forma de vivir en el pasado me ha programado para pensar en negativo y
que un poco de “lavado de cerebro” no me vendría mal para empezar a ser más
positiva.
He ido progresando muy lentamente. El hecho de ser buena estudiante
no me ha servido para nada a la hora de llevar a cabo mi plan de acción. A
menudo mis ahijadas me inspiran mucho más que yo a ellas porque van muy por
delante de mí. Después de dos años y medio he perdido casi todo mi sobrepeso
excepto 5 kg y me he mantenido ahí.
Mi vida familiar se ha convertido en lo mejor para mí. Darme cuenta
de que mi marido controla mucho mejor su vida si le dejo en paz ha sido toda
una revelación. Cuando me quedo, simplemente, a un lado me doy cuenta de que
es mucho mejor persona de la que yo quería convertirle.
Mis hijos se comunican abiertamente con nosotros sin tener que
defenderse por todo y cuando hablo con mi madre me doy cuenta de que ella
tiene derecho a hacer lo que quiera y de que lo único que tengo que hacer yo es
quererla y controlar mis reacciones. Hasta ahora, cualquier cambio en su tono de
voz me hacía sentir que la había defraudado y me entraba mucho miedo.
Ya no me veo a mí ni a mi mundo a través de los demás. Mis
percepciones son fruto de la seguridad de darme cuenta de mis impotencias sin
juzgarme por ellas.
Un día abstinente en mi vida es precioso. La persona abstinente más
gorda de la reunión está mucho mejor que yo si yo no estoy abstinente. Me he
dado cuenta de que tengo una personalidad adicta y quizá por eso me he negado
a ver que bebía o que compraba en exceso.
Creo que los huecos que han dejado estas adicciones los he llenado
con la única adicción sana que tengo: el amor. He admitido que existe un Poder
Superior a mí misma y que con su amor soy capaz de amar a todas las personas
que me rodean, incluso a la que veo en el espejo.
Es increíble lo agradable que se han vuelto los demás. En mi último
cumpleaños estuve agradecida de cumplir 48 años porque física, mental y
espiritualmente estoy mejor que nunca. Alguien me dijo una vez que si esperaba
que el mundo fuera equilibrado y justo me quedaba mucho camino que seguir.
Nunca estaré bien del todo, pero estoy mejorando. Me he caído muchas, muchas
veces, pero ya no me considero a mí misma un error, sino que, con ayuda de mi
Poder Superior, me levanto y sigo creciendo, un día a la vez.

31
Compulsiva como yo


SOMOS SEIS HERMANOS Y MI FAMILIA, de procedencia
italiana, aunque tenía una buena economía, sufrió la gran Depresión (el crack del
29).
Recuerdo algunos buenos momentos y también recuerdo nunca tener
suficiente de nada, a veces incluso ropa o comida. Aunque nunca llegué a ser
gorda, no sentía saciedad con la comida y recuerdo robar centavos y gastármelos
en dulces y galletas. Cuando mi padre enfermó nos mudamos a un pueblecito
cerca del mar. La casa nueva estaba construida sobre dos postes y estaba al final
de una calle con un canal que se convirtió en el medio de supervivencia de la
familia. Pescábamos, alquilábamos botes y vendíamos pescado puerta a puerta.
Comíamos pescado dos y tres veces al día, incluso arenques fritos para
desayunar.
Mis padres eran tan estrictos que de adolescente no me dejaban
quedar con chicos ni maquillarme. En cuanto empecé a ganar dinero me
compraba comida basura y la cubría con lo que mi madre había cocinado,
generalmente féculas. Esta actitud me llevó a un tipo de vida miserable y
egoísta.
A los 16 años medía 1,60 cms y pesaba 58 kg. Mi hermana se reía de
mí y yo, para perder peso, hice una dieta rápida en la que sólo comía pepino.
Perdí peso, pero estaba tan débil que me cogí un catarro que se agravó y derivó
en neumonía.
Me ingresaron en el hospital y estaba tan grave que un cura me dio la
extrema unción. En los peores momentos de mi enfermedad no dejaba de
preguntar por el hombre con el que me iba a casar y del que me había enamorado
a los 14 años. Vino a los pies de mi cama, me regaló un anillo, yo empecé a
recuperarme y empezamos a salir, pero sólo los domingos. Yo tenía que estar en
casa a las diez por imposición de mis padres.
Mi padre era alcohólico de vino y se emborrachaba todos los días.
Todas las semanas me avergonzaba y atormentaba a mi madre haciéndole
prometer que me llevaría al ginecólogo para que le dijera si era virgen. Ella
nunca lo hizo y yo con 20 años y virgen me casé.
En los dos años siguientes, durante el embarazo y con engordar y
adelgazar intenté volver a mi talla de siempre. No tenía ninguna duda de mi
adicción a la comida. Un día, gorda e infeliz, empecé a leer un libro sobre el
Imperio Romano en el que hablaba de las fiestas que se celebraban en la época
que duraban varios días y de un lugar que se llamaba el vomitorium donde los
romanos vomitaban para poder seguir bebiendo y comiendo.
La semilla de la bulimia ya estaba en su lugar. Días después me
compré una tarta de fresa enorme. Me senté con mi café y mi tarta hasta que la
acabé. Me entraron nauseas de lo que había comido y vomité toda la tarta. No
era agradable, pero me sentía bien así que días después repetí la operación.
Para mí esto era como un gran descubrimiento, era un truco que tenía
para cuando comiera algo que no me hiciera sentir bien. Empecé a adelgazar y
me sentía bien. Ahora bien, ¿cómo mantener el peso que había perdido? Como
comedora compulsiva es muy fácil: comiendo y vomitando durante casi 30 años.
Jamás engordaba y mi familia y mis amigos estaban alucinados con mi forma de
comer y no engordar. Decían que tenía mucha suerte por poder comer todo lo
que comía y no engordar. Poco a poco empecé a sentir culpa.
Pero me había convertido en una experta en escurrir el bulto. Los años
pasaban yo seguía igual. Al principio me daba un atracón cada dos meses, luego
una vez al mes, luego una vez a la semana, luego diariamente y al final ya tres o
cuatro veces al día. No podía entender por qué lo hacía y todos los días me
juraba a mí misma que iba a parar. Nunca me provocaría más el vómito, pero no
podía. Cada vez quería más y más comida y llegué a un punto en el que ni
siquiera podía elegir, todo me entraba por la vista.
Mi ritual era siempre el mismo: comía hasta que me dolía el cuerpo,
me tenía que levantar muy recta para no estar incómoda, me iba al baño,
encendía el grifo para que nadie me oyera y después me lavaba las manos. No
quería sentir la enfermedad en la boca, la enfermedad de mi cabeza seguía sin
solucionarse.
Los años pasaban y veía a mis hijas y a mis hermanas engordar.
Quería decirles mi secreto, pero me daba vergüenza y en 30 años no abrí la boca.
Cuando mi hermana empezó a ir a OA le mandó literatura a mi hija
que, por aquel entonces, pesaba ya 90 kg. Yo rezaba por ella sin ser consciente
de mi propia enfermedad. Yo ya estaba cerca de tocar el fondo, tenía el deseo de
parar. Cada vez que miraba el inodoro me podía la culpa, sabía que me moriría
algún día, sola y encerrada en el baño. Sola.
Un día simplemente no pude vomitar. Los músculos de mi garganta
ya no funcionaban. Lo intenté varias veces, desafiante y llena de miedo a la vez.
Pensé que ya estaba, que había fastidiado los músculos de mi
garganta. Al día siguiente tenía tanto miedo que fui incapaz de comer nada, tenía
un conflicto interno indescifrable.
Por aquella época mi hija ya estaba en OA y me pidió que la
acompañara a una reunión porque quería presentarme a sus amigas. Fui con ella
a la reunión y escuché los testimonios, compré literatura y empecé en OA en
secreto. Pasaba el mono yo sola porque pensaba que no podía pedirle a nadie que
fuera mi madrina. Los comedores compulsivos están gordos y yo delgada.
Mi padrino era Dios y rezaba todos los días la oración de la serenidad.
No sabía cómo podía comer y no engordar, lo que sí sé es que dejé de
provocarme el vómito y gracias a este programa y a la ayuda de Dios acabo de
cumplir cuatro años de liberación de esa obsesión.
Después de un año y medio trabajando el programa seguía teniendo
miedo. Había ido engordando lentamente y llegué a pesar 57 kg. Aquí llegué a
un punto de inflexión: vomitar o engordar o "salir del armario".
Decidí vivir y escogí OA. Fui humilde, entré en la reunión llena de
personas con sobrepeso que me miraron, pero las necesitaba. Cogí una madrina y
conseguí la abstinencia que mantengo, un día a la vez, desde hace 2 años y
medio.
Qué alegría me da pesarme una vez a la semana y ver que siempre
peso lo mismo. Han sido cuatro años maravillosos. Al principio mi objetivo era
perder peso, una vez que lo conseguí me puse otras metas. Una de ellas fue la de
crecer emocionalmente y otra fue crecer espiritualmente. No ha sido un camino
fácil, después de muchos años de culpa, miedo, tristeza y baja autoestima he
conseguido reconstruir la paz de cuerpo y mente que Dios me dio al nacer.
Me siento tan agradecida de que los compañeros de OA no me
juzguen y que comprendan que mi compulsión por la comida es igual a la suya.
Gracias a su aceptación he aprendido a ser honesta. Mis primeras reparaciones se
las hice a mi hija y desde ese momento no he vuelto a sentirme sola. Le da
vergüenza cuando le digo que ella me salvó la vida; pero así es.
Finalmente, se lo dije a mi marido. Había estado escondiendo la
literatura y yendo a las reuniones en secreto. Le impresionó bastante, pero le
reparé por el dinero que le había robado para comprar comida y por las comidas
de lujo que le permitía comprarme sólo para satisfacer mi enfermedad.
Ahora tengo una paz nueva. He sido un barco que ha ido a la deriva
en busca de un puerto en el que anclar y, por fin, lo he encontrado.
OA es mi lugar de descanso, mi apoyo, mi serenidad y un disfrute.
Nunca quiero, ni puedo, volver a aquel infierno de obsesión por la comida.
Apéndices

Apéndice A
Una enfermedad de la mente


Hace algunos años, como psiquiatra especializado en programas sobre
abuso de alcohol y drogas y gracias a la experiencia de un miembro de mi
equipo, examiné el proceso de la enfermedad de comer compulsivamente
comparándolo con el alcoholismo. Empezamos a aplicar, de forma un poco más
limitada, a los comedores compulsivos los mismos principios que aplicábamos a
los alcohólicos y descubrimos que tenían éxito. Cuanto más de cerca examinaba
los hechos, más seguro estaba de que comer compulsivamente es una
enfermedad.
En la facultad de medicina jamás habíamos oído hablar de ello como
de una enfermedad. Teníamos bastantes prejuicios al respecto. Comedores
Compulsivos Anónimos funciona en casos que no han podido resolverse con
otros medios. El éxito de este tipo de programas asusta a los profesionales de
medicina porque es difícil entender cómo una persona que ha estudiado durante
años una carrera no es capaz de solucionar un problema con un tratamiento
convencional durante años.
Lo más destacable del éxito de OA es que los miembros en
recuperación están mejor que nunca. Con cualquier otra enfermedad, si llegas a
donde estabas antes de contraerla ya tienes suerte. Por ejemplo, si tienes un
infarto, tienes suerte si tu corazón vuelve a funcionar como antes de tenerlo. Los
comedores compulsivos no sólo llegan a tener un peso normal, sino que, lo más
importante, es que su vida cambia radicalmente.
El programa les da herramientas para sentir, cuidarse, tocar,
compartir, ser honesto con la familia y ver la vida con aceptación en lugar de con
lucha. Una vez que se trata esta enfermedad se tiene un poder de “unidad”
desconocido. Para los psiquiatras u otros médicos que han ignorado este
problema o que se han mostrado pesimistas al respecto, es increíble reconocer y
darse cuenta de que es una enfermedad que tiene su propio tratamiento.
Uno de los prejuicios es que se cree que los comedores compulsivos
son obesos. Los comedores compulsivos pueden tener sobrepeso o estar
demasiado delgados, como los que padecen anorexia nerviosa. Esta enfermedad
no tiene nada que ver con el peso, por eso es absurdo ponerse a dieta o pesarse
todos los días. El problema es el control de la comida. ¿Estás tan preocupado por
la cantidad de comida que comes que empieza a influir negativamente en tu
vida? Del mismo modo que ser alcohólico no está relacionado con la cantidad de
bebidas que tomas, ser comedor compulsivo no tiene nada que ver con lo que
pesas.
El problema de comer compulsivamente es no saber controlar el
comportamiento alimenticio de la misma manera que los demás y se necesita un
sistema para controlarlo. Por supuesto, el más eficaz es un sistema de apoyo
como el de Comedores Compulsivos Anónimos. Todo lo que tiene que hacer el
comedor compulsivo es dejar el control en manos de un Poder Superior y una
vez hecho esto, el problema está controlado.
El principal error de la medicina tradicional es la creencia de que el
comer compulsivamente es la consecuencia de problemas físicos, psicológicos o
del entorno. Hemos intentado tratamientos psiquiátricos y físicos para la
compulsión por la comida y ninguno ha funcionado porque los hacemos al revés.
Lo que se tiene que tratar es el comer compulsivamente y, cuando se hace, los
problemas físicos y psicológicos se solucionan por sí mismos.
Algunos comedores compulsivos, la misma cantidad más o menos
que la gente normal, una vez que han puesto la comida en su sitio necesitan
acudir a un psicólogo porque en realidad tienen un problema que estaban
tapando con la comida. Esto son excepciones. Lo que sí es verdad en muchos
casos es que la compulsión por la comida aparece en las personas para
enfrentarse a los problemas de la vida en la juventud y más adelante empieza a
tapar problemas con comida. Una vez que se es comedor compulsivo, la
enfermedad afecta a todos los aspectos de la vida. En ese momento se sumergen
en los problemas físicos, psíquicos y del entorno y empiezan a cambiar su vida,
sus amigos y su estructura social y todo esto por la compulsión por la comida. La
mayoría de los comedores compulsivos, a través de un programa como el de OA,
perderán todos los síntomas y no necesitarán ayuda psiquiátrica tradicional.
Los médicos deberíamos ser responsables de nuestros errores para
comprender el problema real. La compulsión por la comida es una enfermedad
grave que está destrozando este país. Es la causa principal de otros trastornos
que son, desde el punto de vista médico, enfermedades importantísimas como la
hipertensión y la diabetes. Sin embargo, los nutricionistas no ven la compulsión
por la comida sino que prestan atención a las enfermedades secundarias o a los
síntomas de la compulsión por la comida.
Evidentemente esta no es la forma de tratar la enfermedad. Si un
paciente tiene neumonía, el médico no trata la fiebre y lo manda a casa una vez
que la temperatura es la correcta y le dice: "Bueno, la fiebre ya ha bajado, ahora
a cuidarse esa neumonía". Esto sí ocurre con el comedor compulsivo, nos
hacemos cargo de los síntomas y le decimos al paciente: "Ya tiene un peso, la
tensión o el nivel de azúcar en sangre normal, ahora a cuidarse la compulsión
por la comida"
Los médicos deberían entender lo que es la compulsión por la comida
y reconocer que OA ha tenido mucho éxito en su tratamiento. Necesitamos
colaborar estrechamente con OA para hacer que sea la base del tratamiento y
sólo entonces podrá funcionar la ayuda de un profesional. El médico debería
recomendar al paciente que acudiera a OA y así servirle como apoyo.
Comedores Compulsivos Anónimos debería ser el tratamiento y el psicólogo o
psiquiatra el complemento, no al revés. Esto es muy difícil que un psiquiatra o
especialista en salud mental lo acepte.
Mientras Comedores Compulsivos Anónimos continúe defendiendo
sus principios seguirá siendo el método más valioso para el tratamiento de la
compulsión por la comida. Los principios de OA aseguran que no hay ninguna
persona que tenga autoridad total. Se trata de una organización sin líderes, por
eso el programa es mucho más fuerte que cualquier otro miembro o grupo.
Comedores Compulsivos Anónimos es un grupo de personas que se
ayudan unos a otros y como tal es tremendamente eficaz.

William Rader, M.D (Doctor en Medicina)

El Dr. Rader es un psiquiatra que trabaja con personas con problemas de
alcoholismo, drogadicción y comer compulsivamente. En 1977 ganó el Premio
de Agradecimiento de Comedores Compulsivos Anónimos y ha transmitido el
mensaje de OA en sus programas de recuperación y en documentales en la
televisión nacional. Es presidente de la junta de MEDRA, un programa
multinacional para el desarrollo de la medicina alternativa.
Apéndice B
Una enfermedad del cuerpo
Hace algunos años estuve más que encantado de asistir como
representante de la Sociedad Americana de Médicos Bariátricos (una sociedad
de médicos dedicados al estudio de la obesidad y trastornos relacionados) a la
convención anual de Comedores Compulsivos Anónimos. Desde entonces he ido
a muchas otras y he tenido el privilegio de asistir también a reuniones locales.
El concepto básico de Comedores Compulsivos Anónimos es que la
compulsión por la comida es una enfermedad que afecta a las personas en tres
planos: físico, mental y espiritual. Los miembros de OA, al igual que los
alcohólicos, no pueden controlar su compulsión simplemente con la fuerza de
voluntad.
Hoy en día la obesidad es, sin lugar a dudas, uno de los principales
problemas sanitarios de los Estados Unidos. De hecho, se trata de un problema
común a todas las sociedades capitalistas. La cantidad de personas que tienen
sobrepeso en Estados Unidos está entre diez y setenta millones de personas
según los criterios que se utilicen para determinar lo que se entiende por
"sobrepeso". En los últimos años el número de personas con sobrepeso ha
aumentado considerablemente debido a diversos factores. El principal de estos
factores es nuestra capacidad de generar abundantes cantidades de comida
mientras que el ejercicio físico disminuye.
Este hecho aparece reflejado en una encuesta que se llevó a cabo en
1973 y que demuestra que el 46% de los estadounidenses encuestados
consideran que tiene sobrepeso y sólo el 8% de los encuestados consideran que
pesan menos de lo que deberían. Cuatro o cinco personas de cada diez están
intentando hacer algo para controlar su peso. Según el Senador George
McGover, la obesidad supone una industria que mueve diez mil miles de
millones de dólares solamente en medicamentos para reducir el peso. El Servicio
de Salud Pública de Estados Unidos estima que 60 millones de estadounidenses,
como mínimo, tienen sobrepeso. Lo peor de todo es que menos del 5% de las
personas que hacen dieta son capaces de mantener la pérdida de peso durante
más de cinco años. [*]
Como médico lo que me preocupa son los riesgos que la obesidad
supone para la salud del que la padece. Las personas obsesas tienen más del 40%
de probabilidades de morir por enfermedades cardiovasculares, más del 30% de
riesgo de morir por una coronariopatía, más del 50% de riesgo de morir por un
accidente cerebrovascular y un índice de mortalidad superior al resto de la
población por enfermedades de otro tipo. Se ha señalado, recientemente, que el
riesgo de padecer diabetes ha aumentado el doble por un aumento del 20% del
peso corporal. En las mujeres se da también un aumento del índice de cáncer de
útero relacionado con el exceso de peso. Un estudio que se ha llevado a cabo
recientemente en 75.532 mujeres obesas demostró que 16 enfermedades
aparecían como consecuencia de la obesidad. Además, la obesidad favorece la
hipertensión, el cólico biliar y la formación de cálculos biliares que requieren
intervención quirúrgica. El índice de mortalidad infantil se duplica en bebés
nacidos de madres obesas.
Muchos de los miembros de Comedores Compulsivos Anónimos son
conscientes de todo esto, pero, igual que los alcohólicos, no son capaces de
controlar la compulsión de ninguna manera. Han perdido completamente la fe en
la vida y en sí mismos. En OA los miembros, a través de su experiencia y
comprensión, les ayudan a darse cuenta de que hay una solución. Esto, quizás,
pueda explicar por qué OA funciona para aquellas personas que llegan sin
esperanzas y que han probado todos los métodos existentes para controlar su
peso sin éxito. Me sorprendió el compañerismo y el amor que se transmitían los
miembros de OA en las reuniones.
Muchos de los miembros de OA eran antiguos miembros de clubes de
dietas comerciales. Me fijé en que había miembros que no habían tenido éxito
con estos grupos, pero que habían alcanzado y mantenido un peso normal
durante años después de haber entrado a formar parte de Comedores
Compulsivos Anónimos. Cuando les pregunté que qué era lo que les había hecho
cambiar de organización me respondieron que la obsesión por las comidas
"light" y el pensar demasiado en lo que estaban comiendo mantenía viva su
compulsión por la comida.
Una vez que el comedor compulsivo acepta que no puede controlar la
comida, necesitan encontrar y poner su vida en manos de otro poder que sea
superior a ellos mismos. Cada miembro tiene el poder que quiere, es individual.
Muchos de los miembros de OA, diríamos que la mayoría, adoptan el concepto
de Dios, pero a los miembros nuevos lo que se les pide es que tengan la mente
abierta con este tema y la mayoría se dan cuenta de que el concepto de un poder
superior no es tan complicado, ya sean ateos o agnósticos.
Psicológicamente, se consigue que los miembros con obesidad
lleguen a tener un sentimiento de proximidad y de realidad de un poder superior
que sustituye a la naturaleza egocéntrica de estos individuos. Entonces, el punto
de vista de esta persona y su visión del mundo tiene un toque espiritual. Una vez
hemos llegado a este punto ya no se necesita mantener la individualidad
desafiante de antes sino que se puede vivir en paz y harmonía con su entorno,
compartiendo y participando libremente en el día a día y en especial con los
miembros del grupo. Esta es un arma terapéutica muy buena que, gracias a mi
experiencia como médico con personas con obesidad, puedo recomendar. Los
miembros de OA abandonan la actitud desafiante ante la vida y aceptan ayuda,
guía y control externo. Los miembros de OA abandonan la negatividad, y la
agresividad ante la vida y con ellos mismos y se llenan de sentimientos positivos
de amor, amistad, tranquilidad y paz.
Estos sentimientos están patentes en los grupos a los que he asistido.
La palabra rendirse se oye mucho en los grupos de OA y se puede
describir como "soltar las riendas". Los miembros abandonan las restricciones
del pasado, se relajan y admiten que la enfermedad les ha derrotado. La raíz de
este sentimiento es la desesperación en la mayoría de los casos y se nota en los
miembros y en los grupos. Forma parte todo de una crisis con un exceso de
desesperación. Es importante distinguir sumisión de rendición. En la sumisión
las personas aceptan la realidad de forma consciente, pero no inconscientemente.
Se acepta la idea de que uno no puede superar la realidad en ese momento, pero
inconscientemente existe la idea de que "algún día seré capaz de solucionar los
problemas yo solo"
La sumisión implica la no aceptación real de la impotencia de cada
uno, al contrario, lo que se demuestra con la sumisión es que la persona sigue en
lucha. La sumisión es, en el mejor de los casos, una rendición externa, pero las
tensiones internas se mantienen. Una vez que el individuo acepta, en el
subconsciente, la realidad de que es incapaz de controlar la comida él solo, no
hay lucha interna. La relajación lleva a una liberación de la lucha y de los
conflictos. El propósito de OA y de los grupos es llegar a alcanzar esta libertad y
la rendición total se manifiesta por el nivel de relajación que desprenden
aquellos que la han obtenido.
Una vez que el comedor compulsivo se ha derrotado totalmente no
vuelve a ganar peso ni suele disminuir su compromiso con el programa ya que lo
contrario derivaría en recuperar el peso perdido. La cooperación con el grupo de
corazón se traduce en llevar el mensaje de recuperación a aquellos que todavía
están sufriendo de comer compulsivamente o que han reducido el nivel de
colaboración con el grupo y están pasando por momentos complicados.
La rendición total es algo que llega, no funciona por la voluntad de
los miembros. Ocurre sólo cuando la persona ha experimentado una serie de
situaciones que le hacen sentir que necesita ayuda externa, que él solo no puede
con el problema. Sólo puede entenderse la definición de "derrota total" cuando
se interioriza la necesidad de la misma. Para los demás, esta derrota es evidente
porque la persona tiene paz interior y una actitud de “vive y deja vivir”.
Al examinar Comedores Compulsivos Anónimos he llegado a varias
conclusiones. Parece que se produce un cambio muy profundo desde el punto de
vista emocional, desaparecen una serie de sentimientos y aparecen otros nuevos.
La persona cambia de un estado mental negativo a otro positivo, por este motivo
hablamos de una reconversión espiritual. De este modo, esta transformación es
real y necesaria para el éxito a largo plazo.
Esto no quiere decir que nunca haya resbalones, de hecho ocurren,
pero generalmente ocurren porque las personas se confían demasiado y las
personas empiezan a preocuparse en exceso por ellos mismos. Mientras sigan
yendo a los grupos encontrarán la ayuda que necesitan para recuperar la
abstinencia y el aprendizaje de los doce pasos. No se les juzga ni se les castiga,
no hay pesos ideales, los miembros comparten sus experiencias del pasado, sus
problemas del presente y sus esperanzas para el futuro con gente que les
entiende, les apoya y habla el mismo idioma que ellos. Los miembros eligen a un
padrino/madrina con el que hablan y comparten experiencias similares. La
comunicación entre estas dos personas está al mismo nivel. Cuando un miembro
de OA apadrina a otro sale de su aislamiento. Se necesitan y se apoyan
mutuamente. Esta parte es fundamental para mantener el peso.
La literatura de OA sugiere que los nuevos miembros vayan al
endocrino para decidir el plan de comidas que se ajuste a sus necesidades y
hábitos. Yo doy fe de que muchos pacientes que han acudido a mi consulta y que
he derivado a los grupos de OA estaban de acuerdo con esta práctica. OA no está
concebida para tratar enfermedades relacionadas con la obesidad, sólo para lo
que es comer compulsivamente.
Creo firmemente que Comedores Compulsivos Anónimos presta un
gran servicio a las personas que comen compulsivamente y que es de gran ayuda
para este problema. La empatía y la atención que los veteranos prestan a los
nuevos durante las reuniones son de gran ayuda. Comedores Compulsivos
Anónimos ayuda a que las personas con este problema recuperen la fe en ellos
mismos y en los demás y es una esperanza de recuperación. No existe ninguna
otra organización pública o privada que influya de manera tan profunda en el
pensamiento del comedor compulsivo y, después de todo, los pensamientos
preceden a las emociones y son éstas las que nos llevan a comer
compulsivamente y a la obesidad. La recuperación en OA se manifiesta en los
tres planos: físico, mental y espiritual. Puede parecer muy complicado, pero es lo
mejor que conozco hasta la fecha.
Ha sido un verdadero placer y un honor para mí como profesional
haber tenido la oportunidad de conocer a los miembros de Comedores
Compulsivos Anónimos. Siempre estaré agradecido por la labor que realizan
para combatir uno de los principales problemas sanitarios de EE. UU.

Peter G. Lindner, M.D (Doctor en Medicina)


El Dr. Linder ha sido el pasado presidente de la Sociedad Americana de Médicos
Bariátricos y presidente del consejo de administración. En 1975 ganó el Premio
de Agradecimiento de Comedores Compulsivos Anónimos como
reconocimiento a su trabajo en el campo de la obesidad y de los problemas de
comer compulsivamente y de su esfuerzo de difundir el programa de OA entre la
comunidad de médicos y el público general. El Dr. Lindner murió en 1987.
Apéndice C
Una enfermedad del espíritu
El título de este comentario resume en pocas palabras el lugar
privilegiado que Comedores Compulsivos Anónimos ha conseguido y sigue
consiguiendo en lo que a comer compulsivamente se refiere.
No es fácil saber cómo aplicar un programa que trata sobre el
alcoholismo y gracias al que millones de alcohólicos aprenden a vivir sin beber a
un producto, la comida, necesario para vivir. Estoy seguro de que para algunas
personas sigue siendo complicado pero, para otras, es evidente que lo que los
comedores compulsivos y los alcohólicos comparten, es la parte espiritual de su
condición de adictos.
Aun así, lo que hace que OA tenga tanto éxito es la liberación de la
parte espiritual, y, puedo decir, que OA seguirá creciendo y aportando no sólo
hábitos de alimentación sanos sino vidas orientadas a la espiritualidad y a la
moralidad que ayudarán a construir una sociedad mejor.
Los valores espirituales son importantes porque atañen a la totalidad
de la persona. Con esto me refiero a lo bendito y al equilibrio. Una persona
bendita es aquella cuya mente, cuerpo y espíritu están en harmonía y en
equilibrio y esta era, y es, la intención de Dios cuando nos creó. Las personas de
este tipo ocupan su espacio en la comunidad fácilmente y sin complicaciones
motivados por un profundo sentimiento de gratitud. Estas personas se vuelven
constructivas y creativas, no sólo en el ámbito familiar sino también en las artes
y las ciencias. Su energía creadora no se ve afectada por sentimientos de
vergüenza, culpa, autocompasión, odio, orgullo, agresividad o actitudes de
desprecio.
Estas actitudes sólo se sueltan cuando el alma herida y maltratada es
capaz de recibir apoyo espiritual y emocional y, entonces, el amor fluye dentro y
fuera de uno mismo.
Prestemos atención a la alimentación espiritual. Todo reside en el
amor, la palabra peor usada, pero a la vez más bonita, del español. Si no hay
amor no son válidas ninguna virtud o capacidad del ser humano. El amor es una
cualidad espiritual a la que no se le han impuesto límites en ninguna religión. Es
libre para entrar libremente en la vida de aquellos que permiten que fluya
libremente y, mientras lo hace, limpia y hace surgir la fuente del amor: Dios.
Esto me lleva al primer punto: aquellos que tienden a llenar su cuerpo
con comida que no es buena para ellos y que rechazan la comida que satisface y
repara el alma infeliz. Estas personas se han repetido durante muchos años a sí
mismos que no merecen nada bueno y ¿no será que por ello impiden que la
fuente de amor les llene de paz? ¿Están tan desesperados que niegan incluso la
existencia del amor y, por ello, de Dios?
Todos nosotros podemos identificar estos sentimientos. Los
comedores compulsivos, alcohólicos, adictos al juego y los drogadictos no son
los únicos habitantes de la zona oscura de la vida, hay muchos más.
El proceso de comer tiene tres pasos: el primero es llegar a la comida,
el segundo es servirla y comerla y el tercero es disfrutarla y utilizar a energía que
la comida me da. Lo mismo ocurre con la comida del alma. Los tres pasos son:
Primero: Llegar a la comida. A veces los comedores compulsivos
están tan llenos de comida que la “comida espiritual” les tiene que llegar a través
de alguien a quien les importa o que les ama. Ese es el método que utiliza Dios,
primero nos ama, pero a veces llama la puerta de nuestras vidas en forma de una
revista, un libro, un pensamiento o una esperanza.
Escuchamos la llamada pero no abrimos la puerta. Más tarde o más
temprano abrimos la puerta para dejar entrar ayuda. En muchos casos se han
probado distintos tipos de ayuda que suponen dinero, esfuerzo y decepción. Al
final llega el mensaje: alguien te quiere lo suficiente para llegar a tu alma
hambrienta. Permites que el amor entre en tu vida y te preparas para recibir la
comida espiritual.
Segundo: este paso es consecuencia del primero. Es increíble
descubrir que todos aquellos que estaban en la reunión de OA te entienden y se
preocupan por ti.
Te das cuenta de que cuando aceptas el amor desaparece el
sentimiento de soledad. La única forma que tienes de utilizar el amor de los
demás es amarte a ti mismo y ningún comedor compulsivo lo hace a la primera.
Se empieza permitiendo a otra persona que te quiera. Esta forma de incluir a los
demás e integrarse uno mismo es alimento del alma, la sensación de hambre en
el alma desaparece.
Sin embargo, el proceso del amor acaba de empezar. Poco a poco, e
incluso con reservas, empezamos a permitir a los demás llegar a nosotros. A
través de la confianza en los demás, aunque sea de forma pasiva, nos vamos
acercando al amor. Cada vez es mucho más fácil empezar a dar y recibir amor de
los demás. A veces nos pasamos de dar amor y esto nos entristece, pero ocurre
porque el amor inmaduro en lo que se basa es en el control y en la posesión.
Entonces es probable que nos volvamos a esconder en el caparazón y a lo mejor
algunos flaquean en este punto y pueden volver a la compulsión que destrozó sus
vidas tiempo atrás. Entonces se puede llamar a un compañero de OA que te
entiende y te escucha. Gracias a Dios muchos han entendido la diferencia entre
querer y "sobre- querer" y se la pueden explicar a otros miembros.
Volver al grupo de OA es una liberación, ese grupo de personas que
tanto nos ayudan y nos apoyan a través de la hermandad.
En ese momento ya estamos preparados para digerir y comer dos tipos
diferentes de comida: primero entender que mi mente es muy limitada. Esto se
consigue con la literatura de OA. Segundo aprender que la oración y la
meditación ayudan para quitar el hambre interior. Finalmente somos capaces de
escuchar los testimonios en las reuniones con una visión interior más profunda.
Se trabajan las tradiciones que han surgido del dolor y del ensayo-error y que
han ayudado a mantener un crecimiento de OA durante 70 años. Aprendemos
que hay personas cuya historia es más dura que la nuestra, aprendemos lo que es
la humildad y trucos para vivir una vida plena. Al final obtenemos un punto
importantísimo de buen humor. Aprendemos a reírnos de las locuras de los
demás y, sobre todo, de las nuestras.
El humor es uno de los ingredientes más importantes del amor. Ayuda
a tomarse la comida de otra manera, sin restarle importancia, para poder
ocuparnos de los demás. Este es un gran paso en la recuperación porque ayuda a
liberarnos de la carga emocional (culpabilidad). ¡Qué liberación!
En algún momento de este camino espiritual se convierte en una
realidad. Empezamos a ser conscientes de cualidades místicas que son
importantes y reales. ¿Es el nacimiento del alma? No, porque el alma no estaba
muerta, sólo estaba hambrienta y reprimida. Ahora se mueve llena de felicidad
porque empieza su vida y la tarea que Dios le ha encomendado de suministrar
control, establecer la seguridad y, finalmente, darle sentido a la vida. Ahora
entendemos qué fue lo que nos llevó a Comedores Compulsivos Anónimos.
Estoy seguro de que te impresionó una figura esbelta y sana. Tu querías eso
también, pero lo que te atrapó fue el amor, la comprensión, las cualidades del
alma que te llegaron donde reside la vida, aunque tú no te dieras ni cuenta de
ello.
Adivina, adivinanza que tú también te convertiste en un instrumento
del amor. Dudabas de que pudieras satisfacer las necesidades de otros, pero muy
pronto los demás correspondían tu amor. Entonces has llegado al tercer paso.
Estás paseando por el séptimo cielo que sólo puede fastidiarse con orgullo,
codependencia o arrogancia. El poder que envidiabas en los demás ahora es
tuyo, sólo tienes que aprender a usarlo sin desviarte del camino.
Algunas veces esta experiencia nos cuesta más y nos quedamos
estancados un tiempo. Veremos personas que maduran más rápido que nosotros
y llega la desilusión y el estancamiento. En estos momentos no se me puede
olvidar que necesito “Profundizar en mi relación con los demás y con Dios” “Sal
de ti mismo”
Dios me ha dado muchas otras fuentes de compañerismo y
crecimiento que ofrecen también comida para el alma. Lo que no se me puede
olvidar es que soy adicto a la comida y que sólo otras personas que hayan pasado
por experiencias similares a las mías con la comida me van a entender
totalmente, esto es, otros miembros de OA. En el momento en el que el cuerpo
no te domina, tu mente empieza a aclararse, el alma está bien alimentada y
funciona correctamente, en ese momento puedo plantearme recurrir a otras
fuentes de alimento para el alma.
Ya he descrito el peregrinaje que realiza un comedor compulsivo para
sustituir la comida de los atracones por comida para el alma. Se trata de un
camino que nos libera de nuestras propias cadenas y limitaciones, nos saca de
nuestra cárcel personal y nos lleva a prados verdes donde podemos servirnos en
una mesa de comida para el alma tantas veces como necesitemos.

Reverendo Rollo M. Boas




Uno de los primeros defensores de OA fue el Reverendo Rollo M. Boas. Era
sacerdote de la Iglesia Episcopal y en 1979 recibió el Premio de Agradecimiento
de Comedores Compulsivos Anónimos en 1979. Murió en 1993
Apéndice D
Las doce tradiciones
1. Nuestro bienestar común debe tener la preferencia; el
restablecimiento personal depende de la unidad de OA.
2. Para el propósito de nuestro grupo sólo existe una autoridad
suprema, un Dios bondadoso que se manifiesta en la conciencia de nuestro
grupo. Nuestros líderes no son más que fieles servidores, no gobiernan.
3. El único requisito para ser miembro de OA es el deseo de dejar de
comer compulsivamente.
4. Cada grupo debe de ser autónomo excepto en asuntos que afecten a
otros grupos o a OA considerado como un todo.
5. Cada grupo tiene un solo objetivo: llevarle su mensaje al comedor
compulsivo que todavía sufre.
6. Un grupo de OA nunca debe respaldar, financiar o prestar el
nombre de OA a ninguna entidad allegada o empresa ajena para evitar que
problemas de dinero, propiedad y prestigio nos desvíen de nuestro objetivo
principal.
7. Todo grupo de OA debe mantenerse a sí mismo, negándose a
recibir aportaciones de afuera.
8. OA nunca tendrá carácter profesional, pero nuestros centros de
servicios pueden emplear trabajadores especiales.
9. OA como tal nunca debe ser organizada, pero podemos crear juntas
de servicios o comités que sean directamente responsables ante aquellos a
quienes sirven.
10. OA no tiene opinión acerca de asuntos ajenos a sus actividades;
por consiguiente, el nombre de OA nunca debe mezclarse en polémicas públicas.
11. Nuestra política de relaciones públicas se basa más bien en la
atracción que en la promoción; debemos mantener siempre nuestro anonimato
personal ante la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de
comunicación.
12. El anonimato es la base espiritual de nuestras tradiciones,
recordándonos siempre que debemos anteponer los principios a las personas.

Apéndice E
Dónde encontrar comedores compulsivos
anónimos

Hay reuniones de OA en la mayoría de las ciudades de EE. UU y en
alrededor de 52 países en todo el mundo. Muchos grupos tienen el teléfono de
contacto en las guías telefónicas bajo el nombre “Comedores Compulsivos
Anónimos”
Otros grupos proporcionan el teléfono en las guías o en los periódicos
en la parte de anuncios clasificados.
Si no hay ninguna lista de teléfonos de OA en tu zona, o necesitas
información sobre las reuniones de OA en otros países escribe o llama a la
Oficina Mundial de Servicio: World Service Office, PO Box 44020, Rio Rancho,
NM 87174-4020 USA. Tfno.: 505-891-2664.
También puedes consultar la página web:
www.overeatersanonymous.org y, para la zona de España:
http://www.comedorescompulsivos.es/
Los miembros de OA y la Oficina de Servicio Mundial se encargan de
mantener actualizados los directorios, publican la literatura y dan otros servicios
a grupos, intergrupos, junta de servicios nacionales o de idiomas y oficinas
regionales en todo el mundo.
Apéndice F
Publicaciones de OA
Libros
Los doce pasos y las doce tradiciones de Comedores Compulsivos Anónimos
Libro de trabajo de los doce pasos
Sólo por Hoy
Más allá de nuestros más salvajes sueños
Abstinencia
Lifeline Sampler
Un nuevo comienzo: Testimonios de personas que se recuperan tras una
recaída

Publicaciones periódicas
Lifeline, una revista mensual

La Oficina Mundial de Servicio ofrece más de 100 elementos para ayudarnos en la recuperación. Para

obtener el catálogo del material de OA disponible, contacta con la Oficina Mundial de Servicio. Se

puede pedir este material a través de la página: www.overeatersanonymous.org

[*] En el año 2000, el 55% de la población de EE. UU, es decir 97 millones de estadounidenses, eran
obesos o tenían sobrepeso. De todos ellos el 33% se consideraba que tenían sobrepeso y el 22% se
consideraba que eran obesos. Los problemas de salud relacionados con la obesidad se estima que, en la
actualidad, son la causa de 300.000 fallecimientos al año en este país. Los fondos que EE. UU destina al
tratamiento de la obesidad ascienden a 99 mil millones de dólares en el año 1995 y más de la mitad de ese
dinero se destinó a gastos médicos. Desde 1985 la obesidad está considerada como una enfermedad crónica
que, en la actualidad, se ha convertido en una de las principales causas de muerte en EE. UU. Sólo la supera
el consumo de tabaco. Para más información consulte la página web: http://www.asbp.org/bariatrics.

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