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SEMBLANZA DEL ARTISTA VISUAL CONTEMPORÁNEO ANTONIO ROMOLEROUX

Quito, agosto de 2019

Cincuenta y un años de edad, treinta y dos de creación artística. Se diría que una trayectoria
tan extensa habría mermado la energía que anima su obra. Pero la imaginación, la fantasía y
la creatividad de Antonio Romoleroux, como todo lo etéreo, prescinden de la medida del
tiempo. Quienes nos hemos sentido conmovidos con su arte, sin embargo, necesitamos de
una crónica, aunque mínima, para comprender el recorrido entre su fuente y esa impecable,
siempre renovada, rebelde, expresión estética. Y también las experiencias de vida que le
imprimen su hondura como ser humano.
Antonio mantiene vívidas en la memoria las variadas formas que produjeron sus manos
durante periodos de castigo con aislamiento involuntario e injusto, para un niño inquieto,
curioso, chispeante e inventivo. Con tres o cuatro años de edad, sus primeros experimentos
artísticos los hizo en plastilina. Encerrado en un salón, el artista se inaugura en su faceta de
escultor.
Una prematura separación de su núcleo familiar le trajo abandono, soledad y sufrimiento.
Esta marca emocional detonó muy pronto su sensibilidad, cierta autonomía y una precoz
consciencia de sí. Al mismo tiempo, su necesidad infantil de cobijo se encontró con la
añoranza de referentes materno y paterno. Dibujar, pintar, crear se convirtió en el puente
entre sus sombras y su consciencia. Ese estado de soledad y abandono le permitió crear una
especie de lenguaje íntimo, personal.
Con algo menos de diez años, ilustraba los cuadernos con marcadores escolares; reprodujo
los personajes de “Asterix” y a “Platero” de Juan Ramón Jiménez con tan obsesivo detalle
que este último le mereció una reprimenda de su maestro, pues juzgó que esa imagen no
era una creación, sino un calco. A partir de entonces, a fuerza de amor y dedicación, Antonio
tuvo el cuidado de incrementar el tamaño de sus dibujos, para evitar equívocos e injustas
reconvenciones. Tanto en la ejecución de su trabajo como en la edificación espiritual de su
ser, esa precoz tenacidad le acompaña como signo de vida.
Por la misma época, sus primeros experimentos de arte abstracto fueron trabajos con
manchas que él recuerda como sus “Lagartos”. A la vez, durante las reclusiones obligadas, en
su mente surgían, por un interés más anatómico que erótico, imágenes de desnudos
femeninos, que el pequeño Antonio se entretenía en dibujar de memoria mientras esperaba
ser liberado del castigo paterno. Al parecer, estos encierros recurrentes y difíciles, con el
pasar del tiempo, maduraron su inspiración y su arte ya desde muy niño.
A esta capacidad espiritual de transmutar la frustración, la ansiedad o el sufrimiento en obra
estética, los padres de la psicología analítica le han llamado sublimación. Antonio lo llamaría
resiliencia. Y es este, precisamente, el concepto central de sus búsquedas personales, en lo
humano, en lo artístico y en lo espiritual.
Su entrada en la adolescencia coincidió con algunos despertares vitales. Un Antonio
adolescente sentía -aún siente- con violencia el impacto del entorno en su universo
emocional. El planeta con sus conflictos, la angustia y la depresión de juventud, el suicidio de

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amigas cercanas… al mismo tiempo, la exploración de su sexualidad -ya despierta con
anticipación en retozos infantiles-, el encuentro con los juegos amatorios del cuerpo y del
alma, la vida y la filosofía hippie y, en lo artístico, constantes experimentos en dibujo, hasta
que asumió definitivamente su identidad de artista. En este recorrido, la presencia femenina
gravitaba fuertemente, como figura igualitaria que alegra, anima y acompaña.
Seguramente, aquellos trabajos de niñez y adolescencia ya fueron obras de excepcional
factura, pues su tía, Flora Romoleroux, su primera admiradora y gran conocedora de arte,
quien habría persuadido a la familia de cultivar las dotes artísticas del sobrino, coleccionó
estas y otras creaciones desde la infancia y hasta entrada la juventud del artista. Más tarde,
sería la misma tía Flora quien alentaría y acompañaría su etapa de estudios en el Colegio de
Artes de la Universidad Central, ya con estímulos intelectuales y guía de lecturas, ya con los
alimentos del mediodía.
Quizás haya sido gracias a esta temprana motivación amorosa, que Antonio adquirió la
certeza del arte como sentido de su existencia y como lengua íntima que conectaba
integralmente su Ser. Con la muerte de su entrañable tía el año pasado, esta primera
colección de su obra -que Antonio recuerda con gratitud y ternura- se ha dado por perdida.
Antonio crecía en conocimiento y consciencia con las nuevas experiencias que llegaban
desde su aprendizaje y el inicio de su prolífica producción artística: a sus diecisiete, ya en el
Colegio de Artes, pintar los cuerpos desnudos de las modelos le hacía sentir adulto y le dotó
de una percepción respetuosa de la anatomía femenina, pero también de los universos
emocionales que ella contiene.
“Las amigas, las mujeres… la presencia femenina hizo que mi relación de pareja fuera tan
profunda, sólida y duradera… la presencia femenina es vital en la vida y en el arte”, afirma
Antonio con contundencia. Cuando encontró a su compañera de vida, emprendió la
construcción comprometida desde el amor mutuo y diáfano, de una relación profundamente
armónica, cimiento sobre el que se asentaría el ambiente de seguridad que anhelaba para
realizarse profesionalmente y afianzar su sentido humano. Cobijado por las certezas dentro
de la relación, perfeccionó su hábito de imponerse y superar desafíos artísticos, políticos y
espirituales. Solo así, únicamente en ese ambiente, era posible la formidable eclosión de su
talento, tal como ocurrió. Antonio creaba, se diría, compulsivamente, sin parar, un día tras
otro, un cuadro tras otro.
Su arte emergió con tanta intensidad y disciplina, que, en el último tramo de la década de los
años 80, Antonio, con apenas diecinueve años, ya fue reconocido con una mención de honor
en el Concurso Nacional de Grabado del Municipio de Quito, su ciudad natal.
Su irrupción fue una sorpresa para el ámbito del arte nacional, que veía un artista
consumado a sus cortísimos veintiún años, con material abundante en volumen, calidad,
concepto e innovación… de factura impecable para una primera exposición individual. Casi
no hubo premio de arte en el país que no le fuera otorgado. Años de prolífica producción y,
nuevamente, precoz desarrollo artístico, al abrigo grato del taller de la familia Guayasamín,
en donde el propio maestro Oswaldo fue su guía y referente.

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A los veintitrés, asumió con amor su condición de padre de Yaku y a los veinticinco, de
Chaquira; la gestación de estas vidas interpeló la suya de maneras insondables. A partir de
este hito, Antonio logra la síntesis pura de todas sus experiencias vitales, consolidando como
resultado la creación de una técnica originalísima que se ha convertido en su sello particular
en el arte contemporáneo del mundo: signos amazónicos grabados en cobre, fundido con
papel de fibras de abacá, en grandes formatos.
Crear arte es, para Antonio, un acto de presencia absoluta en el momento. Esta noción, que
adquirió intuitivamente a los siete años, entre el abandono, el encierro y la calle, alcanzó su
cúspide muy pronto. Pero, como dice el propio artista, “la vorágine del mercado del arte y la
prensa crearon una presión muy grande”.
Seleccionado para participar en la Bienal de Cuenca, se sintió empujado a salirse de sus
propios cánones estéticos, sin observar el criterio de los jurados que le eligieron; trabajó sin
descanso para la nueva creación que, estaba seguro, era una evolución en su obra. En el
certamen, logró una mención de honor y la prensa le fue harto favorable. Antonio repasa
nítidamente la fiesta posterior al veredicto de la Bienal: una bacanal en la que grandes
artistas, personajes de la política y autoridades internacionales “iban cayendo” uno a uno,
literal y metafóricamente. Aunque él no bebía ni fue de los que cayeron, por primera vez, se
sintió vencido. Corría el año 96, y Antonio contaba veintiocho años.
Este evento sacó al artista de la actitud absorta en su obra, le descolocó de su centro, y le
condujo a despertar, por primera vez, a esa sensación que había intuido desde niño: para
Antonio, existir significa crear, sí. Pero ahora descubría que esa existencia era frágil, si no
aprendía a planear en las alturas hasta las que su arte le encumbraba. Este es el punto de
inflexión que marca su transición a la adultez. Es un reencuentro consciente con la fuente de
su creación, con su familia y consigo mismo. Vencer el vértigo y equilibrar la creación con el
amor a la familia es, a partir de entonces y hasta este preciso instante, su mayor reto.
Antonio recapitula con ese nuevo enfoque toda su trayectoria, todas sus experiencias de
vida, y decide que su existencia necesita equilibrio, cuyo centro sea él mismo, capaz de
incluir, con la creación y el arte, todas las demás facetas que, ahora sabe, le constituyen
como ser humano.
Con treinta años, Antonio inicia su camino hacia la construcción integral de su Yo más
acabado. Quizás, su creación mayor. Cuando vuelve la mirada hacia lo profundo, su obra
artística lo hace también, y se convierte en la expresión de su viaje interior, desde la
convicción de que el arte debe ponerse al servicio de esa búsqueda, conmover para
transformar, desde el Ser individual, todo nuestro planeta. La transformación del mundo,
para este inmenso artista, es militancia, activismo y coherencia, en cada detalle, en cada
minuto, en cada respiración. Es su impulso vital.
Al fin, en esta nueva cosmovisión, Antonio se convierte en alquimista de sí mismo, fundiendo
exquisitamente sus logros con el vacío, sus límites con lo infinito, su mundo individual con lo
transubjetivo. En este nuevo escalón de su re - evolución, como él la llama, en su obra
reclama más fuerza la presencia de lo femenino. Jung, discípulo y, a la vez, detractor de

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Freud, notaría cómo, el anima, el principio esencial de lo femenino, ha escogido a este
artista como medio de manifestación, para fundirse armónicamente con el animus, su
principio identitario masculino. Sin proponérselo, la obra de Antonio constituye la expresión
más acabada del arquetipo femenino, para este momento de nuestra historia como
humanidad. Y, si Jung le conociera, diría que Antonio, con esta fusión de ambos polos
universales de la psique, realiza su destino. Un paisaje muy raro y hermoso para contemplar:
su obra, y su alma.
La siembra ha sido larga y dura. Y la cosecha es robusta, profundamente conmovedora. “El
poder para transformar el mundo”, como muestra antológica de treinta y dos años de
creación, es, ante todo, anuncio del nuevo universo que el artista Antonio Romoleroux está
por crear. Será, como ya es su hábito, magnífico. Y, esta vez, sí, cuenta con alas propias para
las cumbres que le esperan.

Karina Palacios Guevara

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