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VIDA

DE

SAN MARTÍN
OBISPO DE T O U R S
Biblioteca del Apostolado de la Prensa.

VID A
DE

SAN M A RTÍN
OBISPO OH T O U US

POS EL

K P. Vicente Aflustí
DE LA COMPAÑÍA DE JEBt'S

MADRID
ADMINISTRACIÓN DEL APOSTOLADO DE LA PRENSA
7, San Bernardo, 7.
In d ic e

A l piadoso lector................................ ...


1.— N«dm1i?nto y prltnoroR nños do M artín ...
II.— Precocidad de Martín en e! conocimiento
d o I e s cosa? divinas y en el ejercicio
d e 1& virtud.........................................
I I I . — San Ma iit ín soldado .— OhJíganle «1 to­
mar las armas y entrar en la milicia,
imperial.................................................
IV .— Es.a listad » en pl cuerpo de caballería.—
Sun egregias virtu d es.............................
Y.— Parte bu clámide con un pobre aterido de
frío.— Cristo eo le aparece.................
V I.— Bautismo de San Martín.........................
V II.— Termina Martín los oflos de servicio mi­
litar.— Retirase de la milicia..............
Y i n . — Sam M a r t í n d i s c í p u l o d e S a n H i l a r i o . —
Recibe el orden de eiord ste...............
IX .— Encaminase fl P&nnonla.— Cae en manos
de ladronee.. Desprecia al demonio.
Conversión de la madre de San Martín.
X .— Odio de los herejes A San M artín : a rrójen ­
le de la Pannonla.— Dirígese A Milán.
X I.— Martín en 1n Rolprtnrt de In IrIa Qalina-
Ha.— Vuelve á Poltlers * Juntarse con
' San H ilarlo...........................................
X II.— Fundación del monasterio de Llgugl, bnjo
la dirección de San Martín.— Bcsucita
i un catecúmeno....................................
X l l l . — Celo apostólico de Ban Martin.— Sus v ir ­
tudes y predicación. — Resucita fi un
esclavo...... ......... ......................................
Pds*.

X IV . — S i n M a r t i n O b i s p o d b T.tn R R .— R A ritn le
con piadoso engallo. del monasterio.—
8a elección..................... ...................... 7T
X V . L a Iglesia de Tours al Hrnpo de la elec­
ción de Ban Martín.— Fundación del
nonastcrlo de M arm ontier.— Vida de
los monjes............................................. 64
X V I.— Va San Martin ( la corte de Valcntlala-
no I.— Bu entrevista coa el Emperador. 90
X V II.— Regresa de ln corte.— Traslada fi mejor
sitio l a Ig le s ia p r im lllr - t y honra á bus
Obispos.— Quita una grosera supersti­
ción....................................................... 95
X T i i i. — Celo de Son Martin en extirpar la Idola­
tría.— Prodigios que le acompafian.—
Destruye los templos y simulacros do
los falsos dioses...•»*■.• Od
X IX .— Fatigas de San Martín 7 prodigios que
obró en los Irracionales en orden A la
extirpación de la Idolatría................... 108
XX .— San Martin resuelta A un müo y conürmn
con prodigios la verdulera fe.............. 115
X X I.— Correrías apostólicas de ban Martín ppr
el país de los Eduos.— Victorias obte­
nidas sobre el druidismo..................... 122
X X II.— V a Ban Martín & Tróveris d tratar con
el emperador Graciano — Sana en Pa-
rís a na leproso............................... . 132
X X III.— Coopera & la elección de excelentes Obla-
pos en varias diócesis (le las Galles... 136
X X IV .— E l pastor visitando fl su rebaBo.— Igle­
sias 7 monasterios.— Virtudes jr mila­
gros....................................................... 143
XXV.— Entreviste de Ban Martín con el empera­
dor M&xlmo. — Convites. — Lob prlsd-
ltanlsta?.— No quiere M trtín derrama­
miento'de sangre.— Vuelta á Tours.—
Ban Paulino de Ñola.— Ejemplo de ana
santa virgen......................................... 150
X X V I.— Vuelto A bu Iglesia, atiende San Martin
al ministerio pastoral. — Es llamado
con urgencia fl la corte del umperaflor. 171
PAgS.

X X V I I .— D e lo que le sucedió la segunda vea qae


(ué A la corte del emperador MAxlmo.. 17S
X X V I I I . — Sentim ientos de M artín A la yuolta do
Tréyerla.— V isitas del cielo.— Vence A
los demonios............................................ 180
X X I X .— O tras m aravillas del Santo.— Bebnye la
gloria qne le dan.— A liv ia A la » almas
del pu rgatorio.......................................... 188
X X X .— Cumplimiento de la profecía hecha por
San M artín a l emperador M d sla io ...... 103
X X X I.— B rid o .— En calda.— Profecía de S in M a r­
tin.— Sn com pllm lenlo........................... 109
X X X I I . — Preparase San M artín para m orir........... 211
X X X I I I . — Muerte preciosa de Bnii M a rtin ............... 219
X X X IV .- M jlo r la pfistnma de San M a rtin ............... 228

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COK LA.S LICENCIAS NECESARIAS
A L PIA D O SO L E C TO lí

Llega á tus manos, querido lector, la Vida


<lc un Snnto, á quien de seguro amas mucho,
si le conoces, y si no tienes noticia de él, le
ainarúa <le lijo tau pronto como la teugas.
A sí me lo prometo de la grandeza y heroi­
cidad de San Martin, de la confianza que te
inspirará su inagotable caridad y valioso pa­
trocinio, y me lo prometo también, ¿ por qué
110 decirlo?, de tu buen juicio y bien incli­
nado corazón.
Cuando éramos niños y veíamos á ese ga­
llardo oficial del ejército, montado á caballo,
dividiendo su rapa para abrigar á un pobre
mendigo que tiritaba de frío, sentíamonos
atraídos hacia un joren tan bueno y com­
pasivo; j cuando luego oíamos que, en la
noche siguiente, decía Jesús á sus ángeles,
alegre y regocijado: “ Cou es La capa Martín,
siendo aún catecúmeno, me ha vestido” , par­
ticipábamos del gozo de Jesucristo y experi­
mentábamos grande complacencia al ver pre­
6

miado de tal modo aquel rasgo de caridad.


Más ta^de aquel piadoso catecúmeno fné cre­
ciendo y se hi7.0 hombro; valiente siempre y
generoso, dejó íí su tiempo la milicia, se hizo
monje y fuó penitente, muy penitente, y tan
bueno y tan «ñuto, que casi por fuerza le hi
cieron obispo, que él no quería serlo. En tan
alia dignidad veíamo.sle recorrer las provin­
cias montado sobre un humilde jumen tille,
obrando por todas partes innumerables mi­
lagros en provecho de los demás, y aquí abra­
zaba á un leproso y lo sanaba, allí tocaba
con sus dedos la lengua de ana niña de doce
años, anuda de nacimiento, y rompía á hablar
la jovencita; en un lugar, una madre deso­
lada, y fuera de sí por el dolor, le presentaba
el cadáver de un lujo único de pocos días, y
el Santo lo tomaba on sus brazos y, Tras
breve oración, lo devolvía á la madre vivo y
sonriente. ¿Qué más? Hasta el óleo que ben­
decía y loa pobres vestidos que llevaba tenían
de Dios la virtud de obrar prodigios y mila­
gros. Así uus imaginábamos lunibiéii á Nues­
tro-Seflor Jesucristo cuando iba predicando
por el miiQdo.
Hoy se presenta á nuestros ojos el célebre
taumaturgo, el amorosísimo Padre y vigilante
pastor, ostentando nuevos timbres de gloria
y ocupando en el firmamento de la Iglesia
DE SAN MARTÍN' 7

su propio y eminente lugar. No es San Mar­


tín el sol de la elocuencia cristiana, como
San Juan Crisóstomo; ni ¿I Pontífice de ma­
jestad augusta, como San León, qne detiene
íi A tila, ó como San Ambrosio, que se im­
pone á Teodosio el Grande; no el escritor
fecundo, como San Agustín, debelador de las
herejías en sus profundos volúmenes; ni el
intérprete máximo de las Sagradas Escritu­
ras, como San Jerónimo, el solitario de Be­
lén: las glorias de Martín son haber sido á
la vez monje y obispo, el haber juntado la
sublime contemplación del más extático soli­
tario á la actividad propia del más celoso
misionero ; el haber creado é instituido, qui-
aás antes que ningún otro, las iglesias ó pa­
rroquias rurales; en una palabra, «1 ser ver­
dadero apóstol de las campiñas y aldeas, con
el espíritu, sencillez, atractivo y milagros del
modelo de todoa los apóstoles, Jesucristo. E s­
tos son los timbres y carácter de San Martín,
que, íl ejemplo de su divino Maestro, pasó
por la Judea y Palestina haciendo bien, sa­
nando eníennos, lanzando á los demonios de
los cuerpos, resucitando muertos, evangeli­
zando de día á los pobres y pasando las
noches en oración.
Todo lo cual, lector queridísimo, se des­
prende fácilmente de lo que se refiere eu
8 VLDA

estas páginas, tomo sin dificultad lo colegi­


rás á poco que lo consideres. Eu cuya redac­
ción conviene que sepas ¡he seguido fielmente
al primer biógrafo de nuestro Santo, ¡i Sul-
j)icio Severo, autor gruve, discípulo de Sau
Martín, cuya vida comenzó á escribir antes
qne aquél muriese, y, muerto, compuso tres
Diálogos y escribió algunas cartas acerca de
los milagros y fin dichoso de su bienaventu­
rado maestro. De suerte que no hay biografía
más auténtica y de mayor autoridad que ésta,
pues fué escrita, leída y examinada por con­
temporáneos del Santo, testigos de sus vir­
tudes, hcchcs y portentos. ¡O jalá no se hu­
biesen deslizado algunas erratas en la escri­
tura de los números y fechas! Lo cual, segu­
ramente, se ha de atribuir, no á Sulpicio
Severo, sino á, los copistas ó amanuenses,
que no leyeron bien el original, lo cual, cier­
tamente, no te parecerá extraño. Para en­
mendar estas erratas y fijar, sobre todo, los
años que militó en el ejército San Martín,
punto tan importante en la vida de nuestro
héroe, ha sido preciso recurrir á otros auto­
res de reconocida autoridad, como Baronio,
Longueval, Felipe Landi y otros, de cuyas
relaciones y sana crítica me he 'aprovechado
además, como era natural, y a para admitir
unos hechos, ya para desestimar otros, que
DE SAN MARTÍN 9

á n bastante fundamento, andan en algunas


historias. También me lia servido Landi para
fijar algún tanto el orden de los hechos; pues
Sulpirio SfiveTo prescinde ron frecuencia, so­
bre todo en los D iá lo g o s, de la sucesión cro­
nológica de lo que cuenta.
Quiera el Santo, lector querido, echar desde
el cielo su bendición sombre estas humildes pá­
ginas, que inuondicionialuiyute someto, como
debo, según los decretos de Urbano Y I I I , al
fallo infalible de nuestra santa madre la Igle­
sia católica, apostólica, romana, y haga que
su lectura produzca abundantes frutos de vir­
tud y contribuya á desterrar de las manos de
los jóvenes otras lecturas nocivas ó peligro­
sas. Eu cuanto á ti, si te disgusta 6 cansa el
libro, achácalo á mi impericia, que no ha sa­
bido presentarte con más risueños colores un
varón tan amable y divinamente simpático;
sri, por el contrario, te agrada, da gracias &
Dios, hazlo conocer á otros y ruega para que
obtengamos del Santo, en vida y en muerte,
su poderoso patrocinio.
r
NACIMIENTO V l'KIMEKOtl A SOS 1IK MAKTlN

é'¡^►oniiÍA
k la segunda década del siglo IV cuan­
do, allfi por los años de 316, según Sun Gregorio de
Tours <310, aegCn JerónLno de Pinto), nacía en la
Sabarlc, ciudad de la Pannonla, hoy Stolnamonger,
en Hungría (1), uu precioso niño destinada por el
cielo p ira ser la admiración de unos, ejemplo de
muchos, maestro y lumbrera resplandeciente de la
Iglesia católica. Tnl fu6 San M artin: modelo de sol­
dados, de monjes y de Obispos.
Hijo de un tribuno militar, que peleó ft, las órde­
nes de los emperadores Constantino y Constando,
por su nacimiento, por la Inclinación y voluntad do
su padre, y Jinstn por ln le®1 df>l Imperio que destl-
r.ílbn il la milicia í! los hijos de los veteranos, Mar­
tín, BecÚn el orden natural de las cosa a y los jui­
cios de los hombres, había de seguir las huellas de
sus antepasados y hacer que en eu frente reverde­
ciesen los laureles 3c la victoria 6 llegase 6 las prl-

(i) GUKitiN, L e s r e t i i e tio llc n d ia te t, X I I I , n i2, «lic ió n


de 1874.
12 \IDA

uieras dignidades ile la milicia (1). Otros eran, sin


embargo, desde que alboreo en su meute la razón,
:os Intentos del pequefiuelo Martin.
Siguiendo el movimiento del ejército, y probable­
mente el aflo 326, cuando Constantino regreso fi Ita-
1iti para celebrar en Roma el vigésimo a d versa rlo
Je su Imperio uuyuvtal, como en el filio anterior
había celebrado en NI comedla el vlgOshuo aniversa­
rio de su Im pelió cca ii eo, el trlbuinj Murllu, padre
de nuestro Sauto, trasladóse también ú, Hulla y
establecióse con su fam ilia en P arla, donde es muy
verosímil le dejase de guarnición el Emperador. Sen
de esto lo que fuere, lo cierto es que desde esta
época se descubre visiblemente la maravillosa ope­
ración de la gracia en nuestro Santo, y comienza
esc prodigioso tejid o de acciones que hacen del
niño M artin el encanto del cíelo y la admiración
de los bombres.
Frisaba en los diez naos (2). S ue padres, cuyos
nombras ignoramos, eran gentiles. P o r lo que de los
hechos posteriores se deduce, su madre, aunque edu­
cada en la falsa religión del gentilismo, debía ser
de buenos sentimientos, buena m adre y buena es­
posa. El padre, hombre de mundo, aferrado ni su­
persticioso culto de los dioses é Idólatra, sobre todo,
del honor y gloria m ilitar. Pero por er-olmn de los

(1) Algunos hnn tejido A nuestro Sonto una glorlosn


genealogía de Ilustres progenitores, y bosta le haa dado
ascendencia, real. No necesita San Martín do obscuras y
no bien probadas grandezas, que, al lis tuvo, no le slrvle-
ron alna para despreciarlas.
(2) Seguimos, generalmente, en el cómputo deloB años
A San Gregorio Turoneaae / al Cardcu&l Baronlo, & quie­
nes se adhiere también el biógrafo del Santo, el erudito
Felipe Laoai.
DK SAN MARTÍN 13

padres, (le las virtudes y vicios naturales, propios


de nuestra mísera condición, estaba Dios, que linbía
escogido desde el principio 6, Martín por suyo, y se
va'.ía ó tal vez se burlaba (le las trazas de los hom­
bres parn la suave ejecución de sus designios.
Quisieron los padres de M artín (y en esto hicie­
ron muy bien) que recibiese su hijo esmerada edu­
cación ; que nunca la virtud y las letras han sido
estorbo, ni al valor de las armas, ni & los vuelos del
talento. Diéronle licencia para juntarse con oíros
niños de su e d a d : que la emulación espolea los in­
genios, y Dios cuidO de que estos niños fuesen aci­
cate de su virtud, no rémora de sua amorosos pla­
nes. Regía &, la sazón la iglesia de P a v ía nn varón
de Dios, el Obispo Anastasio. Im itador de su sonto
Maestro, el am igo por excelencia de los nidos, tenía
para ellos singular atractivo; y conociendo que de
ellos era al presente el reino de los cielos, y que
hablan de ser con el tiempo el sostén y la gloria
de ln naciente Iglesia, lejos de enfadarse de sus
molestias, repetía las palabras de Jesús 6. sus Apos­
tóles: “ Dejad que Iob nlflos se acerquen & m i." Uno
de lus que más se le afloluuurou fué el pequeDuelc
M a rtin ; y coucurrleulo & la par la naturaleza y la
gracia, en poco tiempo, bajo la dirección del santo
Obispo, hizo extraordinarios progresos.
No se percataron al principio sus padres del blanco
& que tendía la educación de su h ijo : veíanle a fa ­
ble, modesto, obediente Él sus órdenes, y esto, natu­
ralmente, les gustaba. Vclnn también sus progresos
en la lengua del Laclo, en la cultura humanística, y
les lisonjeaba el contemplar cu&n hermosamente se
14 VIDA

jerm aiiaba todo esto con e’ crecimiento del cuerpo


sin daño de la salad, con el despejo natural de su
carácter, con su alegría inocente, modales finos y
gracia a tm c tiv f , que le andan amado de Dios y de
los hombres.
Pero lio duró mucho tiempo este estado d e cosas.
La excelente y sobrenatural educación que recibía
Martín a', lado y & la sombra del santo Anastasio
no podía menos d e producir sus naturales y propios
frutos. El discípulo quería ser como su maestro.
Enterado de que profesaba la divina religión de Je­
sucristo, quería también ser cristiano, y al paso que
crecían sus deseos, avivados con el misterio y la
voz que Interiormente le hablaba, crecía sn empeño
por Instruirse y 'declararse.
Colmaba esto de gozo al solicito pn9tor; y para
satisfacer las ansias y acallar el hambre de aquella
mansa ovejlta, le expuso el Símbolo ó artículos de
la f e 7 le ensenó la oración dominical y parte del
Avemaria. Con avidez recibió el.niDo las celestiales
Mi]n»nimzHn, y hallaba sus cuiupla-jeiiclus en repetir­
las. Aquel Niño eu bruzos de ln dtvluu Aluilre le ru-
bttliu el corazón; y cuando le veta morir, ya hambre,
en una cruz delante de aquella misma Madre; por
rescatar del pecado 6 los hombres, no podía conte­
ner las lágrim as y ardía eu amoT í Jeaíis y Mnrla
y en odio sobrehumano al pecado y til Infierno.
Troiíto sucedió lo que no podía menos de suco
der. Enterarse de ello sus padres y cambiar para
C1 la faz de las cosas, todo fu i uno. A las muestran
de sincero cariño que con efusión le prodigaban sus
padree sucedieron loe reproches, las palabras duras,
DK 9AS M A H TÍN 15

las amcnazaB. M is a ú n : como nada de esto hiciese


molla en el esforzado nlflo, llegaron á poner en 61
las manos, y no tardaron en verse cubiertas de bo­
fetones aquellas sonrosadas mejillas, por los mismos
que pocos días antes .na cubrieron de besos y cari­
cias. ¡ Imposible parece íím o trueoa los corazones y
endurece e l alma el fanatismo de los falsos cul­
tos ! Atropella con los sentimientos de la misma na­
turaleza y llega A convertir en Inhumano verdugo
ni que era padre cnrlüosn.
N o Intimidaron, sin emhnrgo, A nuestro Martín
»*
psas demostraciones de rigor y crueldad. Con los
vientos 7 las lluvias se arraigan los Arboles, y con
el viento de la persecución se arraleaba m is el ár­
bol de la fe. Aprovechando la primera oíaslOn favo­
rable que le deparú el Sefior, huyó velozmente d
refugiarse & ln iglesia, en los brazos de Anastasio.
D ióle cuenta d e los combates que sufría, no menos
que de su decidida é inquebrantable resolución de
nbrazar el cristianismo, y desde luego le rogaba se
dignase adm itirle en el ndinero de los catecúmenos.
Llenó de gozo al santo Prelado la petición de 9U
(uñadísimo M artín ; y satisfecho de la Instrucción
del fervoroso pretendiente y de su virtud y constan­
cia, como quien perfectamente conocía el fondo de
agüella alma angelical, naturalmente cristiana, ac­
cedió & sus deseos y señalO el día y modo oportunos
para celebrar la apetecida luielaclón. ¡D ía fe liz
para nuestro buen catecúmeno! ¡Cómo debieron en
01 regocijarse loa cielos! Tendría entonces Martín,
según Sulpiclo Severo y otros autores, poco mAs
dt> diez a Sos.
II

PRECOCIDAD DÉ M ARTÍN EN EL CONOCIMIENTO 1>E


LAS COSA? DIVINAS Y EN EL EJEBC1CI0 DE LA
V IR T ID .
C>1»

o sa es que pone maravilla y liasta llega & ofre­


cer dificulad li algunos, poco propensos A creer los
prodigios de las vidas de los Santos, la precocidad en
el conocimiento de las verdades sobrenaturales y
eii el heroico ejercicio de las virtudes. Niños de
pocos afios, ¿cúmo pueden alcanzar cosas tan altas
fi emprender Lrazafias tan heroicas? Eso suitera toda
razfin. Y, sin embargo, la verdad es que 110 faltan
olmas privilegiadas en las cuales parece quiso el
Señor hacer ostentación de su poder y de los teso­
ros de 3u gracia y demostrar que ninguua edad, por
tierna que sea, es inhábil para la santidad; y que
así como hay arboles precoces que A los pocos años
se ven coronados de frutos, y hay tierras tan fértiles
que dan varias y abundantes «oseabas en ua mismo
flño, no de otra suerte en el imperio de la gracia
Ibay corazones que dan y maduran sus frutos de
santidad cuando otros apenas brotan les primeras
flores. Y si la edad no les impide dar por Cristo
VIDA DE PAX MARTÍ.N 17

la sangro y la vida en medio de los tormentos


del circo ó del anfiteatro, ¿por qué ha de impe­
d ir que bc adelanten en el conocimiento de Dioa y
desprecio do si y de bu vida? ¿Acuso no se ven tam­
bién, en sentido contrario, almas precoces p o r a el
mal, que recorren la carrera dol crimen cuando auu
no apunta el bozo eu bus -mejillas y casi tienen aúu
la leche en los labios? D e esas nlmas precoces para
el bien fué nuestro Martin, que, apenas contado
entre los catecúmenos, se di<3 al servicio de Dios
y fl. la pifiction de lns virtudes heroicas, contó pu­
diera hacer nn varón ya maduro, prow cto y con­
sumado.
L a piedra de toque de la virtud es la pac Leuda.
Nada descubre tanto los quilates de la perfección
religiosa como el padecer ix>r Cristo, el sufrir bien
las contrariedades que se OTigiuan de la práctica de
las virtudes evangélicas. En el combate muestra
su voJor el soldado, y el soldado de Cristo en 1a
confesión de eu fe. P or esto decía el A p ó s to l: “ y o n
crübeaco Evttngellum : No me avergüenzo de p rofe­
sar e l Evangelio.” Tampoco se avergonzaba Martín,
sino que paladinamente bacía profesión de lo que
era. Y bacía profesión delante de aquellos cuya
persecución debía serle rnfis cruel y sensible: de­
lante de sus mismos padres y en su misma casa. Y
verificóse lo que Labia predlcho el Evangelio: que
los mayores enemigos del hombre son sus domésti­
cos y parientes. ¡ Y qué luchas hubo de s u frir !
Porque lo primero le asediaron con bálagos y
blanduras, con ruegos y caricias: armas poderosí­
simas y las müs & propósito, con frecuencia, en co-
18 VIDA

tazones tiernos, para enflaquecer la virtud y dar


ni traste ron ios mejores propósitos. ¿Y de qué cosas
no ís capaz, qué no Inventa un amor ardiente y
apasionado? Y si ese amor radica en personas de
autoridad, como son los padres; personas, por otra
parte, queridísimas, de quienes se lian recibido In­
numerables beneficios, 4 quienes es preciso querer
y hay obligación de amar, ¿qué tortura no lia de
experimentar la voluntad, qué esfuerzos no tiene
que hacer para resistir día y noche, una semana y
otra semana, á la dulce violencia, & los abrazos y
lágrimas de los que le dieron e l sér, y en fuerza
de su amor, loco y apasionado, se. han convertido
en los más peligrosos enemigos?
P ero resistió Martín con heroico ardimiento & los
que pretendían se engolfase en el revuelto mar del
siglo y siguiese tras las pompas y vanidades del
mundo, como había resistido varonilmente cuando
se opusieran á que fuere catecúmeno.
Menos esfuerzo tuvo que hacerse cuando, dejados
ios halagos y ternezas, quisieron obligarle 4 la vida
mundana con amenazas y malos tratamientos. E l
hierro se endurece con ios golpes del m artillo: las
almas varoniles, con los obstáculos y oposición se
robustecen; la lucha cuerpo & cuerpo, franca y des­
cubierta, añade valor y v ig o r iz a : cada derrota del
enemigo, cada victoria en la batalla ya sostenida
es un nuevo estímulo para el triunfo en el combate
siguiente. Y así sucedía que Martín, lejos de ceder
e l campo, ganaba terreno y se fortificaba más en
sus bien tomadas posiciones, y de día en día, desde
que llegó á los doce años, meditaba cómo podría
DE SAN MARTÍN' 19

poner en práctica la resolución que habla tomado


de retirarse á la soledad.
Qulzfts debió m overle ft esta resolución eu tau
temprana ednd, uo s£Io la voz de Dios, que le lla­
maba fi sí para comunicársele más íntimamente,
no sólo su natural Inclinación & huir del bullicio de
las poblaciones, Bino también la conducta de su
fam ilia y el ambiente mundano y gentílico que rei­
naba en casa de sus padres. Porque, A la verdad,
bajo el techo del tribuno m ilitar, padre de nuestro
Santo, nuuque reducidas 6. poco número de perso­
nas, exlBtínn dos ciudades opuestas y contrarias:
la celestial, constituida por nuestro héroe, y la te­
rrenal y mundana, formada por el resto de la fam i­
lia. Era Inútil el disim ulo: el liljo aborrecía lo que
bus padres adoraban, y el hijo adoraba lo que sus
padres aborrecían. Y fácilmente se comprende que
nuestro niño, en la Imposibilidad en que se hallnba
de poder reducir á. bueu camino á los suyos, qui­
siese, para evitar el peligro de Ja propia perversión
y las asedian zas que diariamente le armaban, aban­
donar aquel techo y buscar en la soledad seguro
abrigo y asilo. Y esto no porque rehuyese el pade­
cer, que dispuesto estaba & sufrir los azotes y ca­
denas por el nombre de Jesús; ni porque temiese
ser el blanco de las afrentas y dicterios de los do­
mésticos y criados, que huelan coro ft sus dueBos y
beflores y, con pésimo consejo, agravaban la cruz
hariu pesada (le Martín, sino infla bien porque le
destrozaba de pena el corazón ver que aquellos ti
quienes tanto amaba eran ciegos esclavos del demo­
nio y se hacían cada día m&s culpables y se endu­
20 VIDA DE SAN M A R TÍ*

recían más, queriendo por todos los modos Imagi­


nables que Martin renunciase S Cristo y quemase
incienso en el altar de las falsüB deidades del genti­
lismo.
Sin embargo, aunque Martin ¡había tomado la
firme resolución de huir al desierto, como dijimos,
y en el modo de efectuarla debieron pasar entre los
padres y el hijo escenas qne calln-n los autores y do
es dable adivinar, con todo, Dios dispuso que no la
llevase al cabo totalmente por entonces y para siem­
pre, sino que antes diese al mundo relevantes ejem­
plos de todas las virtudes. La ocaslCn fué ésta, como
se dirá en el capítulo siguiente.
III

SAN M ARTÍN SOLDADO.— OBLÍGANLE 1 TOMAR LAS


ARMAS Y ENTRAR EN L A M ILICIA IM PE R IAL

J ír e spu í s de haber celebrado Constantino ol


vigésimo aniversario de su imperio angustal el
aña 320, volvió & Macedonia, dirigióse & Bitlnla
y íi la Fannonla y pasó en varias ciudades de
esta provincia tres 6 cuatro «fios. Durante su «s-
tancln en BIzancio, adonde Upgfi el año 330, pensil
poner en ejecuciftn el pensamiento que hnctn tiempo
nrai-iclntiíi ile ]«*vnntnr en Orlente una dudad que
en grandeza, suntuosidad y magnificencia de tem­
plos y palacios, circos, arcos y termas, compitiese
cou Boma. Agradóle el sitio sobre el Bósforo y co­
menzó desde luego & ensanchar los muros y señalar
el grandlosD perímetro de la imperial ciudad, que,
de su fundidor, batía de llamarse Constanlim pla.
Mientras con Incansable ardor se ocupaba en esto
Constantino, los bfirbaros, siempre vencidos, y des­
pués de la batalla más Indómitos, aprovechando la
ocasión, presentáronse en son de guerra el aüo 332
é hicieron varias correrlas ea distintas partes del
Imperio.
•22 VISA

Puru upuuerse & t'sta invasión uiuudó el Empe-


i-:ulor pur medio de au decreto, expedido el büo 332,
según prueba el Cardenal Baronía en sos Anales ( l j ,
que todos los hijos de los soldados veteranos, de
diez y seis años para urrlbu, luiuuseu lus armas y
se alistasen en el ejército.
Martin, Ignorante de esta urden y decreto, Uallfi-
baae tranquilo y retirado en su amada soledad, no
sabemos en qué sitio, pero probablemente no lejos
de Pavía, entregado totalmente al trato y comuni­
cación ron Dios, bien descuidado de lo que pasaba.
Y entonces fufi cuando su padre, lejos de Imitar &
otros, que fojvorccíun la fuga de sus hijos ó disi­
mulaban el ardid do que se vallan para librarse
del pesado yugo de la milicia, viendo quo Martin
no se presentaba, le delató & los jaeces militares, y
él mismo, con buen golpe de soldados, salló en su
busca y persecución. No serla extraño que le halla­
sen retirado en alguna cueva, 6 tal vex haciendo
omrlfln, aunque nada de esto consta con certeza;
mas el padre, recelando no quisiera escapársele,
at.ftle fuertemente las mnnof, mientras le llenaba
de Injurias y denuestos.
Preso como un trAnsfuga y ma'herhor, le llevó
cargado de cadenas (2) al cuerpo de guardia, ó al
logar señalado para prestar el Juramento m ilitar
delante del tribuno.
N o necesitaba, ciertamente, nnestro joven que se
apelase & esos extremos ó se emplease con él tanta

(1) A d osDum 351, n. 46.


(2) “ Baptaa et c&tenatus." Bitlp. Bev.
nr san \ u t it 1n 23

violencia. Aunque su inelluaclón no le llevaba al


ejercicio de las armBB, todavía, como .amaestrado
eu la doctrina del Evangelio, y fiel discípulo de la

escuela de Cristo, sabía muy bien 'la r <1 Dios lo que


es de Dios y al César lo que es del César, y no Igno­
raba tampoco que es honroso y bello luchar hasta
morir tu defensa de la patria. A si lucharon eu gue­
rra sania los Mucakeos; asi Josué y D avid llevaron
sus huestes & la v ic to ria ; así Mauricio y Sebastián,
24 VID A DE SAN M A ltT ÍN

y tantos otros en el Nuevo Testamento, hermana­


ron sus deberes de soldados con Jas virtudes del
erial la n lsn io .
No es ile creer jue se hubiese fugado Marlíu, con
desdoro propiu y peligro de loa suyos. Martín en
esta ocasión debió sentir en su pecho la to z del
cielo, que le llamaba & nuevos combates en la mi­
licia y le infundía el valor necesario & todo militar
para anteponer, con razón, el cumplimiento de bus

debereB á. la conservación de la vida. Dios Ilustraba


su mente con nuevos rayos de lu í y le enseñaba
Interiormente el modo de ser, & la vez que soMado
del César, fidelísimo soldado de la fe.
Y tal fu i Martín, entre el tumulto de los cam­
pamentos y el fragor de las armas, sin desmentirse
jamás durante los ^aintioiíatro años que se man­
tuvo en el ejército.
IV

ES ALISTADO EN EL CUERPO DE CABALLERIA.


SUS EGREGIAS VIRTUDES

>ntbe los distintos cuerpos 0 claaes de solda­


dos en que se dividía el ejercito en tiempo de nues­
tro Sanio, la división m ía común y obvia es aquella
que los distribuye en tres clases: en soldados de
guarnición, expedicionario» y palatinos. Los prime­
ros guarnecían las plazas O las fronteras del im­
perio y estaban de asiento en ellas, 6 Junto & algún
rio ú ribera fronterizos: llamábanse lim itanei. Los
segundos eran los qne actualmente estaban en gue­
rra y peleaban contra los enemigos: milites tu
a n n lí. Los terceros ó palatinos formaban la guar­
dia del prlnclije 6 soberano, que, cuando estaban en
guerra j sobre el campamento, se llamaban m ilites
de corpore, y en tiempo de paz, simplemente pala­
tinos. En cada cuerpo d clase habla infantería y
caballería: soldados de 6 pie y de & caballo. Y es
probable que hubiese acceso de una clase ü otra,
v e r lflc Ü D d o s e la traslación según lo aconsejaban las
circunstancias. Asf debió pasar nuestro Santo, de
soldado de guarnición de Pavía, a expedicionario
>i\ VIDA

eu las Gallas y el Ilirlco, 7 , últimamente, & pala­


tino de Juliano apóstata, Incorporado siempre & la
caballería.
Recibido eu ella con distinción, como hijo de un
noble tribuno, dléronle un asistente que le sirviese.
No quiso m is, como pudiera admitirlos, A ejemplo
de otros; pero aun éste no tanto era para que sir­
viese (l Martín, cuanto para que recibiese de 61 los
cérvidos mfis humildes, le descalzase, limpiase sus
vestidos, comiesen A una mesa (1).
Nunca brilló con tan liermoBos fulgores la virtud
de nuostro Santo como en la Ucencia del campa­
mento y entro la profana soldadesca. Dios quiso
mostrar 11 los hombres de qué es capaz la gracia
cuando se enseñorea de un corazón como el de nues­
tro 'héroe, y hacerles ver y pulpar que no está re­
ñida ln virtud con la santa nlegría, y qne no son
incompatibles las asperezas de ln santidad con lns
lícitas expansiones de la milicia. Pocas veces se vló
alma mfis bella eu cuerpo niAs sano y hermoso: cen­
telleaban los ojos de aquel joven, que Irradiaba
pureza y descubría detrás de su pupila el cielo de
su alma encantadora; su amable sonriso, acompa­
ñada de la dulce expresión de su mirada, subyu­
gaba los corazones al mismo tiempo qne loa conte­
nía para que radio se propasase en sn presencia;
sus palabras, siempre francas y prudentes, Inspira­
ban confianza en todos; y cuanto mejores eran, mfis
fácilmente se persuadían que un ángel del cielo

(1) “ Cni tnmen Tersa vlce domlnus serviebot, adec ut


pUrumqao «1 st calceamonta lpee detrfihcret « t lpse deter-
g e re t: c lb im una caperent, hlc tam?n saepins ministra*
rct," Bulpic. 8w ,
DE 6AN M A R TIN 27

habla descendido A 1« tierra íinrn Rer su solaz, com­


pañero y güín. Pero lo que más lea emhelesflh.i, y
era cosa pocas veces vlstn en tan alto grado en los
campamentos, era la humildad con que estaba dis­
puesto-& servir A todas, la caridad verdaderamente
infis qns de hermano con que los agasajaba y aco-
gfn, y aquella noble sencillez, Ubre de ficción y eu-
gaño, con que se hacia dueño del que una vez si­
quiera le trataba.
El que hallara poco antes sus delicias eu el de­
sierto, el que nwaba tanto la soledad, ahora que,
por voluntad de Dios, habitaba bajo la9 móviles
tiendas de campa fia, era el m ejor compañero y cama-
rnda. Aprendió como pocos la instrucción m ilita r:
su talento, pronto y aventajado, le dictaba, como
por lutulclOn y sin discursos, los secretos de la
estrutegla, la rapidez y exactitud en las maniobras,
el acierto en las combinaciones y plan de una ba­
talla. Envuelto gallardamente en su eltm lde ova-
inda de blanca lana (1), era de ver cómo montaba
(l caballo ó fatigaba en la carrera & su brioso cor­
cel, como el mejor jin ete del escuadrón. De él se
podía decir, sin sombra de hipérbole Ó exageración,
que era cordero m aisíslm o en la oración y león for-
tlslano en la pelea. ¿Qué mucho que con estas cua­
lidades, con la liberalidad que usaba con loa demás,
quien tan de corazón se alegraba de los triunfen

(1) “ Noten :ob pintores — escribe Molf.no (D e H isto ­


ria 83. Jm aginvm , 11b. I I I , 47) que la clámide de Ban
M artin era do color blanco. E ra el hfiblto propio— contl-
□ÚA— de los soldados romanos, & quienes la gallardía de
la estatura y la nobleza y decoro del semblante recomen-
■daban. Cercaban eu la pelea al Emperador y formaban su
guardia, candida v e tte con e p icu i."
28 VIDA

aJ«uo9 y nada buscaba para sí. tuviese muchos am i­


gos y fuese de todos generalmente querido? Gene­
ralmente decimos; porque /.qué significa que entre
la multitud de un ejército haya algtin ¡monstruo t>
alma atravesada que, aun de las Cores, donde las
abejas sacan miel, saque 61, por su malicia, algu­
nas gotas de veneno? En to jo cuso, la excepción
confirma la regla: amable era Jcsíis, y, Mn embar­
go, se le atravesó & Judos.
En Martín sucedía una cosa particular, y es que
su bondad y carácter nada huraño, su amabilidad y
condescendencia con las flaquezas del prójimo, con­
sentían de buen grado, sin molestarle, que algunos
se óhauceasen con él y le echasen <L veces Inocentes
pullas, como sucede entre amigos, aun entre aque­
llos que mfls se quieren y respetan. P ero esos mis­
mos que & veces le motejaban y zaherían ó parecían
burlarse de él por su virtud y modestia, en su inte­
rior reconocían q i e M artín era muy bueno, que en
bu pecho no cabía falsía, que de nadie podían fiarse
como de él, que en la hora del peligro no les habla
d e fa lta r y que, en cualquier apuro en que se ha­
llasen, A nadie mejor que á él podían acudir, segu­
ros, y aun segurísimos, de que no había otro que
más se Interesase por ellos y quisiera sacarlos del
aprieto.
Entre los que más InUmaron con él hay que con­
tar á su propio tribuno. Callan su nombre las his­
torias ; pero Sulpicio Severo nos cuenta que cuando
M artin quiso dejar las filas, él le rogó que demo­
rase su partida, prometiéndole, en cambio, seguirle
y hacerse, como él, cristiano, cosa a que accedió
DE SAN MARTÍN 29

Martín, permaneciendo, por respeto de su amigo,


in í3 tiempo en la milicia. Queríanse como herma­
nos y se prestaban fraternal apoya ¡ Quintos ha­
bría parecidos, aunque no en tanto grado, que debe­
rían & M artín el haber huido del vicio y el andar
por buen comino, y hasta el lograr la eterna sal­
vación !
Es una felicidad el dar con un buen compañero,
y es un gran tesoro, dice la Escritura, encontrar un
buen amigo. Martín lo era, y & ello contribuía, como
hemos visto, en prime? término su virtud, y también
su índole, su carácter expansivo y jovial, su genio
amable, su condición paciente, benigna y tolerante,
su modestia y circunspección, su prudencia en el
consejo y, ¿por qué no decirlo?, su misma edad y
figura exterior. N o sé qué tiene la juventud de
atractivo y embelesador, que & Inferiores, iguales
y superiores naturalmente cautiva y predispone en
eu fa v o r : un joven modesto y agradado lleva en su
cara la mejor recomendación; y si defectos pos­
teriormente advertidos no destruyen las primeras
impresiones, de seguro se abrirá paso en bu carrera
y hallará siempre almas que se interesen por 61,
dispuestas & favorecerle. N o se notaron esos defec­
tos en Martín, antes, cuanto m&s se le trataba, más
fondo de virtud y buenas cualidades revelaba. De
aquí la estimación que de él hacían. Pero es de
notar que de ella y del ascendiente que le d a ta se
servía nuestro Joven, no en provecho propio 6 para
una vana y pueril complacencia de flí mismo, sino
en provecho de los demfta y para hacerlos' mejores
11 todos.
V

P A E T E SC CLÁH1DE CON ÜN PO B R E A TE R ID O
DE F R ÍO .— CHISTO SE L E A PA R E C E

jjjjfc s listlm a grande que habiendo Martin pasado


tantos años en la m ilicia tengamos tan pocas noti­
cias de 61 durante tan largo periodo. ¿ Y quién duda
que debieron sucederle Infinitos lances y heahos de
perpetua recordación? E n sus marchas forzadas p «r
reglones tal vez inhospitalarias y & los ardores de
un sol abrasador, ¡cufiutas veces ejercitarla su pa­
ciencia sufriendo el hambre y la sed! ¡CuíJitas se
quitaría de la boca el pedazo de pan 6 de la torta
de fa rro parn ofrecerla 1 un pobre ó fl un cama­
rad a! A l pernoctar en las ciudades, al hacer alto
en las complDas, al invernar en pueblos de gentiles
6 cristianos, ¡cuántas veces Martín, que era, según
Sozotneno, praefectvs co/iortis, prefecto ú oBcl&l de
su coiiorte, tendría que volver por los fueros de la
justicia, defender el honor de las doncellas, man­
tener la disciplina militar, contener 1 los sujos y
reprim ir en espíritu de venganza! Nada de esto lia
llegado a nuestra n oticia; pero cualquiera com­
prende, aunque no se diga, qne debieron en el espa­
cio üe veinticuatro tirios sucederle no pocos lances.
VIDA BE SAN MARTÍN 31

Uno salemos, y por cierto de fam a universal, que


le pasO en las Gallas, Ignórase el níto.
Era un din terrible de Invierno, de los más rigu­
rosos de aquella frígida estación. Estaban helados
los campos, y los Jineiwj procuraban embozarte con
BUS cHLuildes para defenderse del frío. Acercábase
Martin con su escuadrón a Amlens por la vía de
Agripa, que conduce de Llon 4 Boloña, cuando,
cerca de ln ciudad, se presentó un pobre mendigo
j pedirle limosna. Era liberal y generoso nuestro
toldado, y quizás por esto mismo no llevaba con­
sigo aquel día ni un dcnarlo, como si dijéramos,
ni un céntimo. Inútilmente registró su bolsillo;
pero de repente, echando pie 6, tierra y extendiendo
su olfimlde C monto militar, desenvaina su espada
t divide la póculo en dos partes, entregando una
al mendigo. “ Más quisiera daros — le dijo ; - poro
hoy no llevo ana dracma. Hermano, cubrios si
quiera oon este manto; defendeos del frío y que
Dios os depare mejor suerte. ” Y dlclondo esto monta
de nuevo 11 caballo, se cubre con su partida capn y
prosigue su marcha. Los compañeros, que lo advir­
tieron, celebraron el hecho con donaire; se chancea­
ron como solían ; pero en bu Interior nilmlraron lo
caridad de Martín.
A la noche signiente, ruando se entregaron al
sueño, apareclósele Jesús, en medio de Innumerables
dngeleB, en la figura del mendigo, cnhlnrto con la
media capa y diciendo & los celestes cortesanos que
le rodeaban: “ Con este manto, Martin, siendo aún
catecúmeno, me cubrid: M artinus adhuc catechume-
nus hoo me veste eontexft.”
VIDA

[iE] ampio digno de eterna memoria 6 Im itación:


Porque, A la verdad, quien socorre al pobre, que
representa 6. Cristo, & Cristo socorre, y quien viste
al desnudo, al mismo Cristo viste.

Segtin Ha tradición, San Martin ejecutó este acto


de caridad oerr* do nnn miHgua puerta de la d u ­
dad d e Amlens, de la cual p u e ril se ven algunos
restos no lejos del convento de los Celestinos. Pú­
sose im « inscripción conmemorativa, cayos versos
honran más al Santo que al poeta qne los h izo:

Bic quondam veetem MarUnus dimidlatrit,


ü t faceremua i<tem noble eiempUflcavtt.
DE SAN M A H T fN 33

Construyóse en el mismo sitio una capilla, que, an­


dando el tiempo, vino S. ser una magnífica abadía,
y mfis tarde monasterio de religiosos Celestinos.
P ara honrar al herbó ríe San Martín hizo T,uls X I
una fundanlím gim sustentase á un pohre, ftl ciml
debíi Ir vestido con ropas de dos colores, como si
el vestido estuviese hecho de dos medias capas ( 1 ).
A I í u e o s pintores representan & San Martín mon­
tado & caballo, dividiendo con la espada su capa 6
clámide y entregando al pobre la mitad. Nada puede
sacarse en limpio acerca de esto de lo que escribe
Sulplclo Severo, como advierte muy bieu A ja la en
su Pintor cristiano y erudito, 11b. V III, cap. I T ;
pero creen otros ser mis conforme & la letra, y aun
rn&s tierno y caritativo, que el mismo Santo pusiese
sobre las desnudas espaldas del mendigo su media
clámide 6 capa, según hemos dicho.

(1) P. L o n o ü e v a l, S. J., Eietolrc de l’Eghsa galU-


coree, I, 251.
VI
BAUTISMO DE SAN M .iK TlN

-InTL rcho imivirtantlalmo en la vldn de nneatro


Santo es el que registramos en el presiente capítulo.
Quien considere ln vldn Irmiamladn de nuestro rait.fi-
crtmeno, las rlrlndes que embellecían su iilnm y Ins
prueban de constancia que hatlu dado en- el trans­
curso de su vida militar, no podrá menos de reco­
nocer cuián bleii preparado estaba para recibir el
santo Bautismo, y casi se maravillará de Que no lo
hubiese recibido antes. Quizás lo halla diferido, 110
por falta de preparación y deseo, sino por altas
razones de conveniencia: para juntar con la estola
bautismal el sayal burdo de anacoreta y comenzar
i, la vez la vida de perfecto cristiano (aunque tal
era ya la suya) coa la vida de monje solitario, que
formaba desde Jos doce años su encanto y sus deli­
cias.
Peco variaron las circunstancias y el hecho es que
ee decidid A bautizarse antes de dejar el servicio
militar. ¿Qué le pudo Inducir í ello? Muchos escri­
tores hacen depender la nueva resolución del Santo
de aquella regalada visión de Jesucristo que referi­
mos en él capitulo pasado. En lo cual ciertamente
V IT A DK S A N M A R T Í.V M5

puedeu decLr que se ü[>ojan eu uu texto de Sulplclo


Severo, el cual, ú, continuación de aquel hecho, pro­
sigue: “ No se envaneció con esta vista el bienaven­
turado varón, sino que, reconociendo ln bondad de
Dios en so obra, siendo de edad de diez y ocho aGos,
rolé al Bautismo” (1 ). Pero no reparan que, eu este
punto y otros de precisión histórica, este eminente
varón no tiene crédito, qulzfls por culpa de los
amanuenses, que corrompieron el texto. Afirm a Sul-
plcio que H los diez y o ato aüos de edad fué Martin
bautizado; todo su servicio m ilitar lo reduce A
cinco años: tres antes del Bautismo y dos después
de recibido; lo cual es manifiestamente falso y
pugua con lo que otros escritores afirman, y aun
con lo que el mismo Sulplclo en otras obras es­
cribe (2).
El Cardenal Baroiilo va por otro camine. Re­
cuerda qae el emperador Constantino dispuso el
año 351 que, en atención á los peligros que rodean
al soldado y & lo expuesta que está su vida en cam-

(1) *Quo vlflo. v lr heatlhHlmiiR non ln glorlam est ela-


tus ham anim , Bed booltetem Del ln ano opere cognoscens,
cum eeset annorum duodevlglntl, i d baptlamum convola-
v it." (V it a 8. M a rtln l, cap. I I I . ) ne Sulplclo pasaran esta
y otras fccbac y frasca a l B revia rio en el ofldo de San
Martin.
(2) SI, como escribe Sulpldu Severo, £uí Sun M artin
bautizado i los diez y ocbo ar.os y pidió el relevo A los
veinte, en la prim era campada de Juliano, año 350, eegul-
ríase qce treinta aBos después, 0 sea el 380, sOlo tendría
cincuenta iflos, cuando en esta fecha vid al emperador
Mflxüno en Tréverls. contra lo aue el mismo SnlDlclo es­
cribe, qae tenia entonces el Santa setenta aBos: iom eeptua-
genaHo. fS ulp. S w ., D iálogo 2, cap. V II.)
E l F. Loagueva! opina que donde Sulplclo escrlblí 38, el
amanuense copió 18. Ingenioso modo de sa lva r el e r r o r ;
pero fa lta probar que Sulplclo emplease esta clase de gua­
rismos j no los romonoa, al es qae no escribid el número
con todas iu s letras.
31 V ID A

pníia, en adelante, sfiln los cristianos, armados y


protpgldos ron el santo Bnutísma, se dedicasen A la
milicia. E n virtud de esta ley, los catecújneaos que
hnbía en el ejército, y entre ellos nuestro Martín,
recibieron este año el sanio Bautismo. Y fu6 bauti­
zado. como, afirma Gregorio Turonense, & los treinta
y claco años de «d a d {1 ).
N o disputaremos aquí acerca de esta ley ni de
las razones aducidas y otros que alega en su ap oyo:
á nosotros nos basta por ahora el testimonio de
Gregorio Turonense, del Cardenal Baronio y de
otros para separarnos de la opinión de Sulplelo Sa-
vero y creer que nuestro Santo recibió el Bautismo,
el no á los treinta y cinco aüos, bastante cerca de
esta edad, y de ninguna manera & los d i ^ y ocho
años. E l capítulo siguiente acabará d e confirmar
esta verdad.
Pero, dejando i un lado estas cuestiones, conside­
remos por un instante el extraordinario Júbilo que
Inundaría eu alma al acercarse el suspirado mo­
mento de sumergirse en las regeneradoras aguas del
Bautismo. Ib a & revestirse de Cristo, & renunciar
ai mundo y sus pompas, & recibir el lrdetebJe carác­
ter que para siempre le hacía miembro del cuerpo
místico del Salvador... Iba & blanquear su alma
con la sangre del Cordero..., ¡ y qu6 cúmulo de gra­
d a s y car lamas 6e le Infundirían! Esto mfis es
para pensarse que para decirse.

(1 ) “ Hacc Igltur lex, qua factum cst, ut omnes mlllta-


tn rl imbuerentur sacro kaptlemo, pariter eHeclt, ut qul
l e exerclLu m-auL tilLu'jbiiiueul, taicru b a p lU in a le ¡u lü a ie n -
t u r : cum S. M artinus adhuc calechumcnus e t lpee parlter
fn it baptiza tus, annum agene (ut auctor est Gregorlus Tu-
ronenals; trlgeslmum qaintum .'1 Baronio, Ano. 351, n. 17.
DE SAN MARTÍN 37

Es probable que entonces reiterarla el juramento


militar, sacramentum, con esta fórmala, que nos
dej6 Yegedo, fl otra semejante: “ Juro por D ios y
Cristo y el E sp íritu Santo, y por la majestad del
Emperador, que, después ile Dios, ha de ser amada
y reverenciada por el humane lin a je : Jurant , inquit,
per Deum et Christvm et S piritum Sanctum, et per
majestatem Im peratoris quae secundum Deum pe­
nen humano iiligen d a est et calenda (1)."

(1) Apud Barón., Aun. 331, n. 18.


VII

TERMINA MARTIN LOS,AÑOS DE SERVICIO MILITAS.


RETIRASE DE LA MILICIA

^ « L a b í a Jligado el ano 356, y Martín, que el


año 332 se había alistado en las Alas del ejército,
cumplía veinticuatro nfios de servicio; tiempo pre­
fijado para poder darse de baja ec él, A no ser que
e. Interesado quisiera continuar 6 , como ahora deci­
mos, reengancharse. No pensaba en esto nuestro
Santo, que veía con gozo Llegado el plazo de poder
dejar con honra lns armas y consagrarse entera­
mente A Dios. Contaba entonces cuarenta aBos, poco
m&s fi menos, y no era justo ni conveniente demo­
rar mfts tiempo el cumplimiento de sus truenoe pro­
pósitos.
Que estas fuesen las razones que movieron al
Santo & pedir su retiro, en la ocasión que luego ve­
remos, fácilmente lo comprenderá, cualquiera que
considere un poco la naturaleza de las cosas: son
razones obvlus que »Iu esfuerzo se ofrecen (L la
vista, 7, por sabidas, se pudleruu omitir. Alguna,
uln embargo, la de los afk>8 de servicio, ulégiiula
VIDA D2 6AN MARTÍN J9

e. Cardenal Baronio (1) (A.nn. 351, un. 18-22;


nnn. 356, n. 124) y otros autores.
D e donde se ve que no estfin en lo cierto los que
suponen que nueBtro joven quiso retirarse de la
milicia por creer que el ejercicio de las armas era
Incompatible con la profesión de cristiano: C h rU ti
ego miles sum, pugnare mili i non Jicet, como dijo
Sulplcio S e vero; lo cual, tomado rigurosamente, es
falso, y m is Inverosímil que lo dijera el Santo des­
pués ck‘l decreto 6 ley del emperador Constancio,
de que hicimos mondón en el capítulo pasado. Y
yerran también, como liemos ya dlcLo, los que 611-
ponen que M artín pidió el relevo cuando sMo tenía
veinte años de edad y unos cuatro ó cinco años do
servicio, porque esto se oponía A las leyes m ilitares
ile los romanos, que no lo concedían sino fi los que
l.abian cumplido veinticuatro años de servicio: vt-
ginti quatuor stlpemlia meruissent. X aun cuando
Admitamos con Liongueval alguna variación en la
disciplina m ilitar antigua respecto de esto, nunca,
eln embargo, puede ser tanta que rebaje basta este
extremo los aDos de Berrido.
P o r otra parte, si bOIo contaba nuestro soldado
veinte aflos de edad y clncu de servicio. ¿110 se
bublese el padre de M arlíu opuesto & que lo aban­
donase? Pero no se refiere que dijese nada, slu
duda porque, aleado su h ijo de cuarenta afios, el
padre habría ya envejecido y no se bailaría en el
ejército. 1

(1) Tune plañe accidit (360) ut S. MnrUnut cum jam


(nnpts sHppndln merulsset, o Juliano bonestam peteret
mlMloncm.”
40 TXD4

Pero vengamos j ’a & la ocasión precisa en que


pidió Martin su retiro.
Muerto Constantino el 22 de Mayo de 337, entre
loa hijos que le sumíIpron en la repartición del
imperio f u i uno Constancio, el cual, fallecidos sus
hermanos por cansas que no pertenecen 4, nuestra
historia, sujetó el orbe fi sn cetro y reinó como
único emperador. Amenazaban los bfirbaros e l Im­
perio por las G alias: y Constancio, que habla heaho
César (355) & su primo Juliano, el que después
apostató de la religión cristiana, le confió el en­
cargo d e repílm ir su empuje y sojuzgarlos.
A sangre y fuego avanzaban las terribles hues­
tes, devastando los países adonde llegaban: habían
sembrando !a desolación en los campos de Autún,
A uxerre y T r o y a ; aipoderúdose de Argentina (Stras-
bourg), Worms y Maguncia, y dirigíanse fi. Rems
oon el grueso d e su ejército. Juliano, veloz como
un ra jo , intentó salInles al encuentro y atajar sus
pasos. X para que en el prim er choque no saüiese
perdiendo y fuese mfis d ifícil el desquite, quiso ase­
gurar el golpe y ordenó que se Juntasen en día 0Jo
y determinado :odas sus tropas, 6 cuya caboza él en
persoga se pondría.
H izo m fis: oon el fin de reanimar el espíritu gue­
rrero de bus soldados y atraerlos hacia sf personal­
mente. quiso, ú semejanza de otros famosos empe­
radores, distribuir 6 dar 6. cada soldado un reglo
donativo. Solemne y grandiosa manifestación, que
consistía en hncer desfilar ordenadamente Jas legio­
nes por delante de Juliano y recibir cada cual de
sus manos, ni hacerle reverencia, una moneda de
DE SAN MASTÍN 41

o r o 6 p la ta , & la T e z q u e u n a s o n ris a d e a g r a d o 6
u na p a la b r a d e a lie n to y b e n e v o le n c ia .
Entre esta inmensa muchedumbre de soldados y
Jefes se hallaba nuestro Martín, al que, como j a
dijimos, Sozomeno Hajma praefeeto de una cohorte:
pracfccíus cohortts. E l cual, conociendo el espíritu
que animaba 1 Juliano, y juzgando' menos decoroso
para eí recibir aquel donativo, cuando estaba firme­
mente resucito & retirarse do las armas, al acer­
carse, como los dentó b, al César, con modestia, sí,
pero con varonil entereza rehusó el don y le mani­
festó que, pues había cumplido los afios de servicio
que marcaba la" ley y estoba decidido d consagrarse
irrevocablemente A Jesucristo, quería desde aquel
momento retirarse de la mUlicIn.
L levó pesadamente tai resolución el César, cuyo
flalmo de día en día se alejaha mfis del verdadero
Dios; achacd & cobardía y & vileza de espíritu la
determinación de Martin, y H duras penas pudo
contenerse que no alclese delante del ejército una
barbaridad.
Entonces Martin, movido de espíritu superior,
por lo que después se conoció, “ Ea prueba— dijo—
de que es verdad lo que digo y de que no es el
miedo quien me impulsa & pedir mi retiro, dejadme
mañana desarmado y solo delante de los enem igos:
yo confio poder, con soOa la sefial de la cruz, pasar
seguro por medio de ellos".
Juliano, que, sin duda, quería, en su orgullo y
odio al cristianismo, deshacerse de aquel invicto
campeón, tomóle en seguida la palabra, 7 arrestán­
dole de'anle de todos añadlfi: “mnña’j a veremos si
42 VIDA DE SAtf MARTÍN

los litcliua corresponden á las pulubrus." 1' corres­


pondieron ; m is aún, sobrepujaron con alllslm a Ten-

taja. Poique loa b&rbaios, Tiendo la muchedumbre


d e tropas que Inundaba el campamento romano y la
animación y entuslnsm} que en él se habla des­
pertado, t u T le r o n por m ejor el retirarse y ofrecie­
ron, llegada la miSdna, aceptables treguas. A s! li­
bertó Dios (L Martin, y por los méritos de su sierro
evitó que aquel dta fuese de luto y matanza.
lu jm m m
j m

VIII

U A R T tX DISClFULO DE SAN H IL A t t IO .— RECIBE


E li ORDEN DT. EXOKC1STA

j^ A in n r . ya Mnrtín de los emhnrazrw de I r m ili­


cia, y deseoso de mnsagrnrse totalmente á. Dios,
buscO maestro y guía ijne dirigiese sus prlmpros
pasos en el nuevo camino de la vida que Iba &
emprender. Resolución acertada, para no errar en
el negocio espiritual y senda de la perfección, donde
no faltan encrucijadas y pasos difíciles ni Enemi­
gos que despojan & los caminantes. P or Inspiración
del cielo, sintióse movido fi ir 6 Poitlers.
Apacentaba la grey cristiana de esta diócesis Snn
H ilarlo, lumbrera del catolicismo en aquellos tiem­
pos |y acérrimo defensor de la fe cuanto enemigo
de la herejía. D e edad madura abrazó la religión
cristiana y se dedicó con ahinco a', estudio de las
Sagradas Escrituras. Jan eminente era su virtud
y tanta su autoridad con el pueblo, que, faltando
pastor que goterna se el rebaño de los fieles, todos,
de común cansen tí miento, Je eligieron por Obispo y
le obligaron, mal de su grado, É aceptar esta dig­
nidad y en su misma patria.
44 VIDA

Elevado 6, la silla episcopal, resplandecieron con


m is vivo fulgor su ciencia y virtudes, y el nombre
de H ila rlo fué eu breve tiempo el consuelo de lo»
católicos y el terror de los herejes.
T a i era el insigne varón que nuestro Martin es­
cogió por guía y maestro de su vida, 6, mejor
dicho, 6 tan Insigne maestro, en las difíciles cir­
cunstancias en que se veían las Gallas, envió Dios
este nuevo compañero de armas, para que le ayu­
dase en sus peleas y fuese, con el tiempo, su esfor­
zado sucesor.
D lóle cuenta M artin con la ingenuidad de un
nlfio de todo cJ proceso de su vida, y no poco admi­
rado quedí el snnto Obispo de la inocencia y vir­
tud de aquel oficial, quo, & los cuarenta afioe de
edad, unta maravillosamente el candor de un niño,
la austeridad de un anacoreta y el valor de un
híroe. Aunque no había cursado en las aulas, ln
luz reMbida del cielo y el trato de los hombres le
habilitaban desde luego pura que pudiera emplearse
con fru to en los sagrados ministerios. Veía m u;
bien San H ilario los grandes tesoros qne el cielo
se habla complacido en amontona; ea el alma de
su nueyo discípulo, y quiso retenerle á su lado,
haciéndole su diácono.
Rehusó Martin tal dignidad, que eu los primeros
tiempos de la Iglesia era de tanta consideración
cual la vemos ennoblecida por San Esteban en Ja-
rusalén, San Lorenzo en Roma y Son Vicente en
V alencia; juzgábase indigno Martin de tan pre­
eminente oficio, y en rano se esforzó San H ilario
en persuadirle que lo aceptase. Pero, si esto no,
DE SAN UABTfN 45

por lo menos consiguió que entrase en el estado


clerical, y le confirió el orden de exorclsta.
GozOse en ello Martin, ya porque desde entonces
le destinaba Dios a hacer la guerra al infierno y
arrojar al demonio de los cuerpos y de las aimaa,
ya porque, con el nuevo oficio, se ataba mis a su
santo Prelado y se prometía recibir de €1 mis co­
piosas Instrucciones y disfrutar iufí» de su trutu.
El cielo, ulii embargo, lo disimila, por de pronto,
do otra manera. Hablan transcurrido pocos meses,
apacibles y tranquilos como ln mansa corriente de
un arroyuelo, cuando una noclie le reveló el Señor
ser bu voluntad que partiese fi. bu patria. Vivían
afin los padree de Martin, y Dios quería que el
buen hijo hiciese los últimos esfuerzos para traer­
los al camino de la verdad. Comunicó <L San H ila­
rlo la visión, y el santo Obispo, aunque con el sen­
timiento natural que le causaba la separación del
discípulo, accedió & sus deseos mediante la formal
promesa de que volverla luego que hubiese llenado
su cometido.
Despidiéronse ambos afectuosamente, y Martín
emprendió su camino con la bendición de San H i­
larlo.
IX

EN C A M ÍN ASE A F A N N 0 N IA .— CAE EN MANOS DE L A -


O RONES. — D E3PKECIA AL DEM ONIO. — CONVERSIÓN
DE L A M AD KE DE SAN M A R T ÍN .

o Din alguna tristeza dejó Martiu la compañía


de San HLnrio y da los fieles de Poltlers. Decíale
el corazón que habla de pasar trabajos en el viaje
ft Panuonla, y asi sucedió. Al atravesar loa Alpes
qne separan la Francia de Italia, yendo por tíña
sendn solitaria y algo apartada del camino, salié­
ronle al puso, de entre ua espeso bosquft de Arbo­
les saculares, uua partida de ladrones, que sospe­
charon tal vez no fuese Martín algún espía de la
fuerza armada que hubiese salido en su persecución.
Internáronle bosque adentro, con ánimo de quitarle
la vida y despojarle de cuanto llevaba. Y hublí-
ralo hecho uno de los ladronee, aue tenia ya levan­
tado el brazo é Iba & descargar el golpe sobre su
cabeza, al el caplt&n de la cuadrilla, molido de se­
creto Impulso, no hubiese detenido su brazos al
mismo tiempo que preguntaba & Martin:
— ¿Quién eres tü?
— Soy cristiano— contestó el Santo sin titubear.
' l i l i 1)£ MA.N M.1 l i I í.\ 47

— i No tienes miedo?
— No. Un verdadero cristiano ja jiú s teme, porque
tiene la conciencia tranquila y sabe jug Jesucristo
estfi, con él en vida y en muerte. Vosotros si, lle­
vando la vida que Uerúls y teniendo por enemigos
& los hambres, y, sobre todo, & Dios, vosotros sf
que tenéis justas causas de temer.
D ijo osto con un aire tan sincero, con tan Im­
perturbable tranquilidad mezclada de afectuosa com­
pasión hacia aquellos miserables, que éstos, des-
nmshimbr.idos i sempjnntw escenas, y mils q;ie
todo, tocados interiormente de la grncln, no pudie­
ron menos d « adm irarse al ver tajita serenidad é
Intrepidez en ua hombre que, eclo, desarmado y
atado como estiba en manos de facinerosos, ni
mudaba de semblante, ni se preparaba A una de­
fensa Inútil, ni. apelaba & los ruegos 6 á las lágri­
mas. Esta superioridad de espíritu los soju zgó; y
entrando en conversación con él, cerciorados de que
ni era espía ni tos quería mal, fácilm ente le escu­
charon a l hablarles de la peligrosa vida que lle­
vaban, de la misericordia de Dios que los estaba
aguardando y de los premkiB 6 castigos que hay
reservados en la otra vida. En conclusión: le sol­
taron, tratáronle humanamente y le condujeron al
camino real. Aquel que prim ero levantó el brazo
para herirle, convertido totalmente & Dios, abrazó
la religión cristiana y Be hizo monje. De los demils
nada, hemos podido averiguar.
Otro lance le ocurrió cerca de Milán, por donde
habla pasado viniendo de las Gallas. Iba M artin su
camino cuando i deshora, entrada ya la noche, se
48 VTDA

le presentó delante el demonio, en figura humana


de un hombre de terrible aspecto, y, sin m is preám­
bulo ni salutación, le preguntó:
—¿Aúónde vas?
Debió conocer el Santo quién le hablaba y Be
limitó & decir:
—Adonde Dios quiere.

Irritado el demonio con respuesta tan lacónica y


prudente, en la que para taato entraba Dios, su
mortal enemigo, no pudo contener su rabia y re­
plicó, enriándole, prvr decirlo así, sa cartel de de-
sallo :
DE SAN MARTIN 49

Doquiera que vayas, y en cualquier cosa que


pungas la memo, el demonio te liará la gnerra y
serA tu enemigo..
A lo qne el santo exorelstn contesto oon las pu­
lularos de la Escritura:
— El Señor os m i sostén; no temo nada de cuanto
puede hacerme «1 hombre (1).
E l reto estaba aceptado: mientras le durase ¡a
vida, Martin haría la guerra al Infierno y trataría
con desprecio ni demonio.
Después fie mnnlins jom m ins y no pocos trabtt-
jos llegó Martín, por íiltimo, ft Salwri.i, termino de
su largo viaje. Con oraciones y penitencias dló prin­
cipio al grave negocio de la conversión de sus pa­
dres, que el Seilor le habla encomendado, y dicho
se estfl, que procuró comenzar por ganarse su cora­
zón, medio él m is corto para llegar al fin. Hizo
cuanto pudo con este objeto. Dejó pasar días y d ía s ;
que no eran perdidos, por cierto, porque durante
ellos trataba el íisunto coa Dios, 6 quien primera­
mente debía inclinar & que diese acierto y eficacia
A sus palabras. Cuando juzgó que era ya sazón
oportuna y que el terreno estaba bien preparado,
dló, como s! dijésemos, el prim er asalto A su madre.
A s í lo aconsejaba la prudencia, y a porque, eviden­
temente, estaba ella mejor dispuesta y preparada
para recibir la gracia de la verdadera fe, ya por­
que, convertida ella, podía servir de muy buen
medio para lograr la conversión de su marido. No
se equivocó en lo primero nuestro Martin. L a luz

(1) “ Dominas m lbl adjutor e s c : non tlmebo quid faclat


m lhl hom o." Fs. 117.
50 VIDA

penetró sin obstáculos en el entendimiento de la


bnena madre, y su corazón, dócil & las Inspiraciones
del cielo, no tardó en abrazar la religión que su
hijo le proponía y practicaba. ¡L a hallaba ten justa
y razonable! ¡tan santa en sus dogmas y preceptos!
¡ta n consoladora, bella y sublime! P or otra parte,
el culto de los dioses, ¡ era tan ruin y repugnante,
tan asquerosos y criminales los falsos númenes!
¿Quién habla de tener por santa y poderosa esa
muchedumbre de dioses y diosas, rivales entre sí,
victimas de los mismos vicios y asquerosas pasio­
nes de los hombres? ¡Cómo se lamentaba de no ha­
berlo conocido antes! ] Qué bien lo había eutendido
Martín, que desde niño abominó de esas deidades!
1 Y cu&n buen hijo era, (jue por convertirla y sa­
carla del error antes que muriese había hecho un
viaje tan largo y trab ajoso! Salía de sí la buena
sefiora y lloraba de amor y agradecimiento, y no
veía la hora de renacer por medio del agua y del
Espíritu Santo, como dijo el Señor & Nlcodemus.
Llenó de gozo, como se deja entender, & nuestro
M artín la conversión de su m ad re; pero, ¡ oh secre­
tos misterios de la gracia!, le afligió sobremanera
k dureza y obstinación de su padre. Todo se estrelló
contra la roca de su empedernido corazón. X o hubo
argumento, ni razón, n i ruego capaz de ablandar
aquella alma endurecida, i Cufin cierto es que un
mismo fuego derrite la cera y endurece el barro 1
¡Cuán cierto es que para creer se necesita la pía
moción de 'la voluntad y que no basta la sola fuerza
de los argumentos! - ¡M isterios Insondables de la
libertad humana y de la gracia dlrlna, que aprimen
DE S A N U ARTlM 51

oí hombre con su grandeza y obscuridad! I De dos


ladrones que mueren con Cristo en la cruz, uno se
silva 7 otro se condena: úe dos que aran en un
mismo campo, uno es escogido y otro reprobado!...
No Eabemcs si vivieron aún mucho tiempo los
padres de Martín después de estos hechos, ni el
tete tuvo el consuelo de cerrar los ojos de su cris­
tiana madre. No fa6 esta la tinlca conversión que
logró liacer nuestro Santo: á otros m&s trajo al ver-
'dadero redil de la Iglesia, lo cual si por una parte
le Henil de sAl i do ron suplo, por otra le proporcionó
trnhnjos y disgustes en ibundanola íte los gentllps
y arríanos, como veremos en el capitulo siguiente.

------ < ^ |> ------


X

ODIO DE L O S 11EBEJES A SAN MAETÍN.


ABBÓJANLE DE LA rANNO NlA.— DlIllOESE A MILÁN.

osa dft nn #no hnhta pasarlo San Martín en


la Pannonln, no slu fruto de muchos, como dij luios,
y desagrado y coraje ds los arríanos, aue ucreaban
la divinidad de Jesucristo, A los cuales uuestro
exore Lato refutaba victoriosamente, sin perder oca­
sión de sacar triunfante la verdad de nuestros dog-
mns. Fué esto de manera que, Instigados los aerejes
por el padre de la mentira y enemigo declarado de
nuestro héroe, valiéronse contra él de las Inicuas
armas de la calumnia, de las injurias y denuestos
y de cuantos géneros de ultrajes puede emplear
una lengua viperina. Despreciábalos Martín con no­
ble altivez y grandeza de alma, como quien sabia
muy bien que las injurias no son argumentos, y
que de ordinario acuden fi ellas los que no tleneu
razón. Entonces, viendo los herejes que por este
medio no lograban hacerle callar, antes bien, cono­
ciendo que la verdad se abría paso diariamente y
que muchos desertaban del campo del arrlanlemo,
conjurftronse contra él <y entraron en la conjura-
VIDA DE SAN MAF.TÍ* 53

clón sacerdotes arríanos) para echarlo de la dudad,


como & un malhechor, perturbador de la paz de las
'conciencias y revolvedor del pueblo. Tumultuáronse
cierto día en que transitaba Martin por las calles;
rodeóle la chusma, que por momentos se engrosaba
y le Iba empujando hacia los muros de la ciudad,
y, cuando le hubieron arrojado fuera, cerraron las
puertas, prohibiendo que volviese & entrar, bajo
pena de muerte.

Acordóse entonces de las palabras de Cristo & sus


Apóstoles: “ S I os persiguieren 6 echaren de una ciu­
dad, Id A otra.” Sacudió el polvo de bus sandallai
54 VIDA

y se alejó de la poblaclGu que le a rró ja la de su


sene.
Conforme A la palabra que tenia empeñada con
San H ilario, su primer pensamiento ahora fué enca­
minarse ú Poitiers, fl ponerse (le nuevo bajo la di­
rección de su santo y querido maestro. Mas en Iia-
lia supo que el vigilante pastor había sido deste­
rrado de las Gallas. Disgustado el emperador Cons­
tancio del libro que había escrito San H ila rio contra
los arríanos en defensa de la divinidad de Nuestro
Señor Jesucristo, tomó j a antes de ahora la reso­
lución de echarlo de su silla ; no se atrevió, sin
embargo, ft ejecutarla eu seguida por Unes mera­
mente políticos, y eu prim er término por temor de
irrita r & los pueblos de las Gallas, que en aquellas
circunstancias podrían ayudarle mucho para recha­
zar a los barbaros, que se enseQoreaban del país.
De este mismo parecer era el nuevo céBar Juliano,
enviado tuluuces & aquellos partee al freuLe de un
ejército. Suspendióse, pues, ln ordeu ile destierro
iiosta nuera jr mejor ocasión. Presentóse ésta cuando,
estipulada uua tregua 6 armisticio entre el mismo
Juliano y los bárbaros, pareció alejarse el peligro
que amenazaba & las fortaleza3 y fronteras del Im
perio, y, sobre todo, cuando Saturnino, obispo de'
A rlís, nniario perverso y audaz, con otros obispos
herejes, reunió un concillfibulo en BIsícts, en el coa!
so decretó la remoción do San H ilario de eu silla
plctavJense. Xo hubo ya tardanza, y el santo Pastor,
arrancado ya por fuerza de su amada grey, se enca­
misó & la F rigia & cumplir sn destierro.
Cerca de Mllftn cogió <1 M artín esta n o tic ia ; y
DE SAN MASTÍN

reconociendo en todo, como hacen los Santos, la


voluntad y disposición divina, aunque sintió la vic­
toria de los herejes y el daño de la Iglesia, no se
impacientó contra nadie ni desmayó su corazón.
Obligado por las circunstancias A detenerse en Ita ­
lia liastn que mejorasen los tiempos, pensó en rea­
liza r ahora aquellos risueños planes que acarició
desde su temprana edad, casi desde la n iñ ez: reti­
rarse fi la soledad de un yermo, donde gozase sin
estrépito Di ruido de la dulce y no Interrumpida
conversación con Dios y del admirable espectáculo
de la naturaleza, espejo clarísimo de las divinas
perfecciones, en cuya contemplación las almas ;im-
plns se recrean. Apartado, pues, de la ciudad de
Milán, aunque no muy lejos de ella, escogió un
sitio acomodado, donde se recogió con algunos dis­
cípulos participantes de los mismos deseos, entre
los cuales mencionan los autores & Maurlllo, cuyo
padre era gobernador de la G alla cisalpina, y &
Gaudenclo, que después fué Obispo de Novara. Un
este como monasterio vivía retirado San M artín con
sus monjes, aunque no taa abstraído de las cosas
del mundo y apartado del trato c»n los prójimos
que lio tomase Interés por los triunfos 4 derrotas
de la Iglesia y ayudase eos Instrucciones 4 los cató­
licos contra la falsedad y perfidia de los arríanos.
Estas Instrucciones y el ruirnor que de ellas nacía
llegaron A. oídos del oblapo de Milán, viejo pastor,
intruso en aquella silla coa el favor del emperador
Constancio, que lo había hecho venir de Capádsela
con Intento de dársela, arrojando de ella fi, San Dio­
nisio, muerto después en el destierro.
66 VIDA DE SAN MARTÍN

Con tal habilidad se manejaba, el Intruso pre­


lado Ajxencio, que logró burlar al imperado. Va-
lentinlano I, sucesor de Constancio, y íi obispos tan
integérrlmos como San Euseblo de Vercells y San
Fllastrio de Brescla; hasta que Dios se compadeció
de su Iglesia, y, quitado de en medio aquel lobo
rapaz y extinguida aquella tea del Infierno, colocó
en la l ustre sede de Jlllñn al gran San Ambrosio,
que habla de disipar las tinieblas de los er/oree es­
parcidos por el perverso am ano e Ilustrar con los
resplandores de su doctrina el obscurecido cielo de
Italia.
Pero mientras esto ll«galm A verificarse, Martin
y sus compañeros no tuvieron más remedio que
ceder a la vivienda de Auxenclo y librarse con la
fuga de las asechanzas que le tendía su fiero per­
seguidor.

— —
XI

UARTfr EN LA SOLEDAD DE LA ISLA GALLINARIA.


VUELVE A POITIERS Á J17NTABSE CON PAN HI­
LARIO.

#
^ v * s a v eu la costa del mar de Liguria, 7 en pala
perteneciente en otro tiempo A la república Se Gé-
nava, una Islcta 6 pcQón solitario, por nombre la
Isla Qallinarta, á causa, según dicen, de la abun­
dancia de gallinas salvajes que hay en aquel redu­
cido desierto, llamado por otro nombre la lsleta de
Albenga. Es fama que en esta Isla, apartada por
completo de todo humano comercio, abundaban mul­
titud de serpientes venenosas, que hacían este lugar
inhospitalario, ifi lo que se aflade que, en lo antiguo,
como se lw> en la vkla (le Snn Aundor, obispo de
Auxerre, pRta.ha aquel sitio Infestado de malignos
espíritus, como si la misma nirtnraleza 7 el mismo
Infierno hubiesen querido alejar de aquel escabroso
sitio & los hombres 6 seres racionales. Contrastaba
el horror y aspereza de este lugar con las otras
68 VIDA

Islas del ruar T lireu o, singularmente coa la de Ca-


preru j Gorgona, pobladas de Innumerables solltn-
rlos, los cuales, según la fe lii expresión de S.in
Ambrosio, parecían responder con dulces himnos de
alabanzas al Señor al horroroso mugido de las olas
que se estrellaban contra los agudos peñascos de la
costa.
Pues bien, aea que Ignorase las desfavorables con­

diciones del terreno, sea que, buscando únicamente


el silencio, la 9oledad y la aspereza, menospreciase
los asaltos del enemigo infernal, lo cierto es qu«
Martin, con un compaSero suyo, escogió, confiado
en Dios, aquel paraje para dedicarse & la oración
y penitencia. No le saltó rana su esperanza. Lo
r>F. SAN MAKTÍ.N 59

mismo fuG poner el siervo de Jesucristo su planta


en aquella Isla desierta, cuando al punto liuyeron,
dejándola nbnndounda, los espíritus de las tinieblas,
y Martín pudo dssde luego desplegar, sía ninguna
molestia, las velas de su devoción y gozar sin im­
portunos testigos de la soledad del yermo, por la
que tanto tiempo tab la suspirada Y ¡qué ratos
tan dulces y celestiales pasaba entre aquellos empi­
nados riscos, teniendo sobre su cabeza la inmensi­
dad de los ciclos, y bajo sus plantas el dilatado
ím r ! EntregAlmsR de lleno íi ln contemplación de
las m aravillo sil s oblas de D io s ; y traspasando los
horizontes de lu uulurii'trza visible, engolfábase con­
templando y amando al soberano autor de lo criado,
<le qnlen eran destellos y rnsgufios las perfecciones
de los criaturas. Asistíale el Señor con amorosa
providencia, regalábale con inefables consuelos y
cuidaba de £1 con amor de padre, con mayor predi­
lección que viste y hermosea & los lirios del campo
y sustenta fi los pájaros que vuelan por los aires.
Efecto de cata paternal providencia y cnldado fuG
que no recibiese ningún dftBo ni ofensa de las ser­
pientes, qui, como liemos diiho, abundaban en la
isla, como el quisieran respetar la inocencia del
siervo de Dios que con sus virtudes había conver­
tido aquel desierto peSSn en ameno paraíso. Y que
esto haya de atribuirse & la bondad del SeBor para
con Martín, y no & contingencias casuales 6 natura­
les efectos de tas cosas, puede colegirse de lo que
le sucedió una vez, aunque en diferente materia.
Alimentábanse Mnrt.fn y su (wnpnfiero de laa
hierbas y raíces de los arbustos de la isla. Germi­
co VTTU

nan allí muchas plantas venenosas; no las conocían


nuestros solitarios, y un día, Incautamente, comió
de ellas Martín. E l veneno prodnjo, naturalmente,
bu efecto. Sintióse mal, oreeieron los dolores agudí­
simos y parecía nuestro anacoreta haber llegado ni
extremo. Pero alzfi los ojos a l cielo, hizo una breve
oración y al punto quedó sana Quería Dios demos­
trarle que él era su remedio, su ayudador, su mé­
dico y medicina.
En paraje tan acomodado & la penitencia más
rigurosa, destituido de todo regalo y consuelo hu­
mano, y llevando una vida más celestial que terrena,
m&a admirable que imitable, pasó unos cuatro año9,
al fin de los cuales tuvo conocimiento, no sé cómo ni
por quó medio, de que San H ilario, su antiguo
maestro 7 queridísimo guía en el espíritu, habla
sido restituido, llamado del destierro, & su obispado
de Poltiers.
M artin, que había gustado las delicias de la solé-
dad, acordóse, no obstante, de la antigua promesa
y compromisos contraídos con su santo maestro; y
aunque hubiera podido creerse desligado de su cum­
plimiento, tuvo por m ejor atenerse & su palabra.
Debióle de mover adem&s -la misma naturaleza de
la vicia que habla emprendido y el sitio que habi­
taba ; porque no hay duda de que una vida tal y
en tal sitio no carece de peligros en el orden espi­
ritual ; y aunque tenga grandes ventajas para darse
A la oración y penitencia, esta, por otra parte, p ri­
vada del beneficio de la dirección interior y Sel
mérito de la sujeción y obediencia. Porque, ¿cómo
ejercitará la virtud de la humildad quien no tiene
DE SAN MARTIN 111

& quién rendirse y humillarse, 5 & quién obedecerá


quleu j io tiene superior? Tero, sobre todo, moviólo
la Interna moción dil espíritu y el conocimiento que
el Señor le dló de que, era au soberana voluntad
que buscase A San m iarlo y, bajo su dirección,
adelantase en toda virtud y encaminase & otros por
la senda del bien, al propio tiempo que defendía ln.
verdadera fe y combatía el vicio y la herejía.
Eran aquellos tiempos difíciles y de prueba. Por
que nadie piense que la restitución de San Hilarlo
obedeciese Ú, un cambio radical de Ideas en los que
tenían las riendab de'. Imperio, 6 6. que el orrla-
nlsmo, convicto y confeso, arriase sus banderas y
fueea á esconderse en los antros del Infierno, de
donde saliera en mal hora. No fué así. Levantóse
el destierro á. San Hilarlo, contra toda esperanza
humana, por nna de aquellos combinaciones de su­
cesos qne demuestran en la historia que Dios ea el
Arbitro de los pueblos y han* sprvlr A sus designios
las mismas pasiones y plaues de los hombres. Cabal­
mente entonces, al decir del historiador Landl, arre­
ciaba más la tempestad contra los católicos: Cons­
tancio, instigado por los arríanos, echaba de sos
sillas y apartaba de su aprisco <L los vigilantes pas­
tores de la cristiana grey; los pueblos fieles & la
verdadera fe eran cruelmente perseguidos; so se
hablaba sino de destierros y confiscaciones de bie­
nes: parecían rénovarse los tiempos de Ñerón y
Domlcl&no; y, ¡ cosa Increíble!, cuando era mayor Ja
ira de Constancio contra San Hilarlo, que, con apos­
tólica Intrepidez y Valentín, se atrevió A leer en
presencia del mismo Emperador un nuevo discurso.
fí2 VIDA

en el cual demostraba la Inconstancia de loa here­


jes y lira deuulluba 6. singular combate y disputa de
los punios euutrovertldos, mientras espiraba ¡joro-
nar con glorioso ^jurlldo su carrera y recibir de los
enemigos de Dios y del Aullcrlsti» Je su Hampo
(como llamaba & Coualuuclo) la senLeiiclu de bu
muerte, se halló inesperadamente cou la orden y
licencia de volver fi su silla, fi pretexto de que era
preciso desterrar del Oriente fi un enemigo de la
paz, perturbador de les conciencias y del público
sosiego.
He aquí cómo refere y explica este suceso Rlba-
denelra, de conformidad con otros escritores: “ Cua­
tro aBoe estuvo el santo Pontífice (Hilario) en aquel
penoso y para 61 gustoso desierto (de la Frigia),
hasta que, & deshora y sin pensarlo, fué llamado al
concilio quo por mandado del emperador Constau-
elo se Juntaba en Soleuclu; y íúó llamado sin vo­
luntad dél Emperador; porque, habiendo él dado
una orden general fi. sus ministros, que convocasen
A todos los oblspo9 para el concillo, ellos llamaron,
entre otros, á San Hilarlo, como obispo, sin tener
en cuenta que estaba desterrado y en desgracia del
Wmperfldor... Vino, pues, Snn Hilarlo al concillo,
con gran contradlorlón y repugnancia do lns obis­
pos arríanos..., y con su autoridad (de San Hila­
rlo) y sabiduría se trataron en aquel concillo las
cosas que pareció convenir para confirmación y es­
tablecimiento de nuestra santa fe, con grande con­
tradicción 6 Inquietud de los herejes... Fueron en­
viados por el concillo algunos embajadores & Cons-
tantlnopla, para dar razón de todo lo que se habla
DS SAN M A R T ÍN 63

hecho ol Emperador, v San Hilarlo tué con ellos,


temiendo que los lie:ejes lia liarían inAs gratos oídos
en él y que le darían a c l tender una cosa por otra,
como suelen. Llegado San Hilarlo <1 Constantlnopla,
suplico al Emperador que, para que mejor se cono­
ciese la verdad, quitadas las tinieblas con que sus
adversarlos la querían obscurecer, mandutie que
disputasen con £1, porque, de eslu laiunerti, ul el
Emperador resistiría H Dios, ni la mentira prevale­
cería contra la verdad, ni la herejía contra la Te
católica. Iuclludiiduse el Empeardor & otorgar la
petición Lau Justa de San Hilarlo; Valente y Ursa-
clo, que eran los principales caudillos de los here­
jes, temiendo que, al el Emperador concedía & San
Hilarlo lo que le suplicaba y se venía & disputa,
se conocerla su Ignorancia y maldad, y que no po­
drían responder 1 las razones de San Hilarlo el re­
sistir & la fuerza de su espíritu, oon grande astucia
y artificio persuadieron al Emperador quo le man­
dase volver á su lgleela, parque, con esto, 61 tría
contento y ellos quedarían sin cuidado. Hízolo así
Constancio y mandó ai santo Pontífice que se vol­
viese & su Iglesia. ”
Admiremos en estos sucesos la providencia di­
vina, que, oon gran suavidad, atendía al bien y
snlnd de lns (rallas rt Francia, necesitada de pas­
tores vigUant'slmos y denodados atletas que deshi­
ciesen las tramas y enredos de los astutos herejes,-
y proveta & sa pueblo de santos como Hilarlo y su
fiel discípulo Martín.
El cual, en oyendo, como está dicho, que su santo
maestro regresaba de la Frigia, determinó sallrle
64 VIDA DE SAN MARTIN

al encuentro y se encaminó & Soma, donde pensaba


encontrarle. Nó le bailó en la santa ciudad, en la
cual permaneció San Hilario poco tiempo, y así
continuó Martin su camino en dirección & Poltlers,
donde, finalmente, con el regocijo que se puede pen­
sar, se abrazaron loa dos santos.

-------------------
XII

FCN DACIÓN DEL MONASTERIO DE LIGUGÉ BAJO LA


DIRECCIÓN DE SAN MARTÍN. — RESUCITA k DN CA-
TECÚHENO.

\L> bande fué la alegría del santo obispo de Poi-


tlera al recibir de nuevo & b u amado discípulo y
exorcLsta Martín. Veta los progresos que habla hecho
en la virtud, sus adelantos en el conocimiento de
Dios y en él camino de la vida espiritual; supo los
trabajos que habla padecido y su fortaleza du áni­
mo y constancia Invencible con que se había opuesto
& los enemigos de la fe y & los combates del In­
fierno, y todo esto le llenaba de satisfacción y de
consuelo. Pensó en elevar A Martín al grado sacer­
dotal ; pero tropezó, como aCos antes, con su resis­
tencia y humildad. Era tan grande el concepto qne
tenia nuestro santo exorclsta de la dignidad del
sacerdocio, qne de ninguna manera, ni por ruegos
ni razones, se dejó vencer ni persuadir. Respetó Sau
Hilarlo la resolución de bu discípulo y aguardó &
que Dios mismo allanase el camino y declarase
mejor su voluntad.
66 VIDA

'Rntr.’ ta’itvi, slgulp-nflo loa Impulsos de nuestro


Snnt/i, il quien el pleln llnirnha ni riMY>zlmlPTitn, le
seiTdlA, fi. dos leguns de PoitieTS, lejos del tumulto
de la clurlnd, un sitio, conocido después con el nom­
bre d e Llgu j'é <1), donde San M artin edificó el
nfio 362, un monasterio, que fué el primero que se
levantó en las Gallas (2). Dispuso San H ilarlo que
se recibiesen allí los muchos que, admirados de ln
virtud de Martín, querían abrazar la vida solita­
r ia ; hizolo superior de todos y los tomó balo su
dirección.
Jamás tuvo San Hilario un discípulo más dócil
y que mejor se embebiese de su espíritu. Con suma
avidez escuababa sus lecciones, retenía en la memo­
ria sus avisos y ejecutaba con fervor sus mandatos
é insinuaciones. Terreno bien dispuesto para dar
ciento por uno, recibía la semilla que sembraba en
su alma el diligente maestro y agricultor, que, vién­
dole tan bien preparado, se complacía en cultlvaílo
con notable solicitud. Arrancar las malas hierbas
de las faltas, boy ana, mañana otra, no todas jun­
tamente, como quien tiene prisa por acabar pronto
con la tarea comenzada; plantar laB virtudes, co­
menzando por ios que son como madres y eugendra-
doras de otras virtudes, la humildad, la obediencia,
el celo de aprovechar & sí y & los otros, la pruden­
cia en palabras y acciones y otras semejantes.
Mas como en el camino espiritual no tanto con-

(1) Li¡)u¡/ey escribe el P. Longueval; M. Gucrln ' y


otros, IA g u g i.
(2) Jin 1730 pertenecía este monasterio al colegio de
los jesuítas de Poltlers. L onoueval.
DE SAN MASTÍN 67

viene saber el nombre de las virtudes ni los pasos


que se han de dar, cuanto Importa poner manos A
la obra y andar, no se contente San H ilarlo con
que su ferviente discípulo conociese la teoría de la
santidad, sus atajos, veredas y proceder, sino que,
al mismo tiempo, le ejercitó en la práctica de las
virtudes, hasta sacarlo en ellas perfecto y consu­
mado maestro.
Pronto se convenció de que Martín, en venci­
miento propio y en abnegación de sí mismo, en ren­
didísima obediencia de juido y voluntad, en la pa­
ciencia y en las demás virtudes, no caminaba al
paso de los otros, porque fácil cosa ee & Dios, de
quien procede todo bien, enriquecer en un instante
al pobre y humilde de corazón. Y no sólo esto, sino
que, aun en otras acciones ordinarias, se vló que
nuestro Santo era poderoso en obras y palabras y
que tenia por ayudadores & los mismos cortesanos
del cielo. Como apareció claro en el caso que aquí
diré:
Babia ido & Ligugé San H la rlo fi visitar EL San
Martin y & sus monjes y apacentarlos con el saluda­
ble pan de bu doctrina. Después de haberlos conso­
lado y eut&ik»e cvn ellos el tiempo conveniente, quiso
volverse fL crilebrar los ülvluus oflcloa eu la eludid.
Acompañóle, como era natural, A la vuelta San
Martin. Habla de anudarle en la celebraclóu de los
divinos misterios. Preguntó San Hilarlo si llevaban
cuanto era menester para celebrar, y le contesta­
ron que st. Llegados & la ciudad hallaron que, aea
por olvido, sea porque Dios lo dispusiese asi para
glorificar & au siervo, ?e hallan dejado en el monas-
68 VIDA

terlo el libro que contenía el orden de los divinos


oficios, corno si dijéramos, el misal. Lanzó Sau
Büarlo sobre Martín una mirada grave y sebera,
como notándole de imprevisión; advirtió éste la al­
teración de Animo de su querido maestro, el obispo
de Poltlers, y. saliendo al vestíbulo de la lgleslu,
mientras buscaba quien le trajese corriendo el libro
que faltaba, se bailó con que un ángel se lo traía,
y que, en habiéndoselo entregado en sus propias
manos, desaparecía.
Supo después San Hilarlo este hecho, y en ade­
lante no miró A San Martín como á discípulo é
Inferior, sino Qne le tuvo como Igual y compañero,
pues tan distinguido con milagros le vela del cielo.
No hay que decir que el monasterio de Llgugé
era un modelo de observancia y.una palestra de
virtud. El espíritu y celo de la propia perfección
que Inflamaba al santo Superior se comunicó en se­
guida á todos sus súbditos, y cada uno parecía riva­
lizar y andar en competencia con los demis en ma­
teria de abnegación y vencimiento propio. La le ;
de la caridad con ¡Dios y con el prójimo era la pri­
mera ley que allí Imperaba, y la prudencia y santi­
dad del Prelado regla las acciones y movimientos
de los que cifraban su dicha en obedecer. Florecían
la humildad y pobreza, la oración y mortificación,
como plantas espontáneas de aquel huerto plantado
por la mano de Dios, y la lección y el trabajo eran
los naturales guardianes que mantenían frescas y
lozanas aquellas plantos odoríferas y vistosas.
Por lo que toca á San Martín, además de lo que
era comtin & todos, porque de nada trabajoso se
DE SAN AUHTÍN 69

(llíii>ensiilia, ec <116, por encargo do Siui Hilario, A


Ji lección y estudie de las santas Escrituras y & la
meditación profunda de los dogmas y verdades de
3a Religión católica. Preveía, sin duda, el santo
obispo de Poltiera lo que Martin habla de ser con
el tiempo y quiso hacer de él un sapientísimo
maestro.'
No era tan estrecha la soledad y apartamiento
de loe religiosos moradores de Llgugé que no les
permitiese de vez en cuando salir del monasterio,
en provecho de los prójimos 6 por obras de celo y
ciridnd, ni ern tampoco tnn rigurosa ln Mnnanra
qne no pndlpuon, ipor IgnaTrs mnt.lvoR, rpcLhlr bajo
su t«?ho A alguno qne qnlsIpRp por unos dias reoo-
gerss á la sombra de aquellos sagrados muros y
gozar de la comunicación y trato de los santos
religiosos. Demuéstralo el caso Biguiente, que ha
adquirido histórica celebridad:
Habían llevado al monasterio, para que se Instru­
yera en La doctrina y misterios de nuestra santa
Religión, & un fervoroso catecúmeno. Mientras pro­
seguía adelante en sus instrucciones tuvo precisión
de ausentarse del monasterio San Martín, y en
aquellos días cayó enfermo el catecúmeno. Fué tan
recia la enfermedad y tan fuerte la calentura, que
en pocos días acabó con él, y murió sin recibir el
bautismo. Cuando llegó él Santo al monasterio
halló tristes A sus monjes, que Iban A celebrar
las exequias del difunto y darle sepultara. Es­
torbólo el Santo é hizo que lo llevasen adonde es­
taba el eaddver. Con gran sentimiento de su alma
contempló aquellos despojos de la muerte; lo qne
70

m is le dolía era que hubiese muerto alu ser bauti­


zado. Movido entonces de mi Becreto Impulso de
Dios, mando a todos que saliesen (leí aposento y
se quedo solo coa el difunto. Arrodillóse, O mejor,
postróse en tierra, hizo fervorosa oración ni Seüor
y, como otro Elíseo, Be extendió sobre el cuerpo
exánime y frío del catecúmeno: Juntáronse ojos
con ojos, labios con labios; y como si le hubiese
comunicado sq calor y vida, levantó los párpados

el difunto y comenzó i respirar. Clamó el Santo,


dando alabanzas & D ios; y cuando, al oír el ruido
y las voces, entraron loe monjes, que aguarda
ban A la puerta, hollaron vivo y sonriente al ca­
tecúmeno, 7 al Santo que les mandaba bendijesen
al SeSor y le diesen gracias por el beneficio.
Contaba después el catecúmeno que, cuando -salí6
bu alma del cuerpo, fu é presentada ai tribunal de

Dios, y que allí habla sido sentenciada í. estar en


lugares obscuros y tenebrosos; pero que, enten-
DE SAN MABTÍJí 71

(litndo de los tagetes que Sau Mortlu hacía ora­


ción por ella, revoco el alvino Juez la sentencia y
la restituyo & la vida. El íeliz resucitado recibió &
Jos pocos dias el bautismo.
Este suceso tan seflalado dio ocasión & otro mila­
gro semejante obrado por San Hilarlo, que no se
debe paBar aquí en silencio. Fué el caso que A una
po'oro señora se le murlO un hijo de pucos uflos
antes de ser bautizado. Estaba por esta uiusu. des-
consuCad'slma la madre, y, cogiendo en bruzo» al
ulfio, vuse a Sau Hilarlo, pidiéndole que resuelle
(V su hijo, siquiera el tiempo necesario para recibir
el bautismo. “ 81 Martín—decía la afligida mujer,—
si Martín, -vuestro discípulo, siendo tan Inferior á
vos eu dignidad, ha podido resucitar & un hombre
ya grande, ¿no podréis vos, que boís obispo, resu­
citar fi un niño? B1 os llnimnn nuestro común padre,
baced que ¡recobre yo & mi hijo y oiga yo que
me llama su madre.” Enternecióse el Santo coa la
simplicidad y lflgrlmas de aquella desolada scSora,
é Invocando sobre el niño el divino poder, logré qua
ol SeSor devolviese la vida al peqneñaclo, que, le­
vantándose del suelo donde le habían colocado,
como bí despertase de un aueño, se fué corriendo
ft abrazar 6. en madre.
CELO APOSTÓLICO DE SAN U A B T lN .— SU3 VIRTUDES
Y PREDICACIÓN. — RESUCITA Á UN ESCLAVO

JtikEMOs Iudlcad> ya en el capitulo anterior que


la T ld a retirada 6 solitaria de Martin no era tal
que le Impidiese salir de vez en cuando de su mo­
nasterio & ocuparse eu obras de celo y caridad con
los prójimos, ni tan aislada cine no pudiesen fistos,
con Igual motivo, acercarse al monasterio. Almas
tan gr&ndes como las de San Hilarlo y San Martin,
que vetan con mirada de águila loa peligros que
rodeaban al rebaSo de Cristo y ardían en deseos
de procurar su remedio y acudir á bu defensa, no
podían consentir ni les sufría el corazón que sus
discípulos se encerrasen entre cuatro paredes, y
atentos tinleameute & su propio p rovech o y descanso,
dejasen las Inermes ovejas & merced de lobos car­
niceros. Contaba, por desgracia, el Infierno oou nu­
merosos y pérfidos secuaces en el mundo; flaquea­
ban los que debían sostener & los dem&s; muchos,
puestos por Dios para que fuesen luz y sal de la
VIDA DE S iN UARTlK 73

Umita, (¡osthhccUIos j>or sn orgullo, obscurecían con


densas tinieblas la verdad del dogma católico; otros,
protegidos por el favor de los principes, se entro­
metían eu las sedes episcopales y entraban en ellas,
como por asalto y como ladrones, después de haber
obtenido el destierro de los legítimos pastores; el
Emperador usurpaba tiránicamente una autoridad
y poder que no le competía: convocaba y disolvía
concilios p o r bu propia cuenta y albedrío; apro­
baba 6 rechazaba fórmulas de fe ; todo era confu­
sión y revueltas, y andaban los pueblos descarria­
dos, como rebatios sin pastor. iDn tan aciaga situa­
ción, ¿cCmo era posible que los que amaban & Dios
no se lastimasen y que, ol ver subir y crecer las
llamas del Incendio, no acudiesen celosos A apagar­
lo? ¿COmo hablan de permanecer mudos, como pe­
rros, segOu frase de la Escritura, al ver lu rlxa y
estrago que hucíau los lobos eu la grey ?
Pero para hablar cou acierto en materia de dog­
mas y de fe era preciso saber, y par? saber, estu­
diar. Y era también necesario para perseverar con
denuedo en la pelea y rechazar al enemigo ú opo­
nerse 11 sus embates, como moro de bronce por lo
cata i e Israel, esto es, p o r i a Iglesia de Dios, era
preciso revestirse de fortaleza y armarse con el
escudo de la santidad. Esta era la Idea de San H i­
larlo al designar & Martin el terreno para el mo­
nasterio de LIgugf, Idea que San Martin se encargó
de rcallgar. El designio del santo Superior y de
sus fervorosos discípulos era haccrso idóneos Ins­
trumentos en las manos do Dios para pelear sus
batallas y difundir sn gloria, derrotando & loe ene­
74 VIDA

migos de las almas, que, eu último término, no son


otros que el mundo, demonio y carne; pues sabido
es que, asi como el principio de ia sabiduría es cü
temor de Dios 0 la práctica de la virtud, asi el ori­
gen y píibulo de los errores y herejías son, de ordi-
ija rio, los vicios y la soberbia.
Ccrn un hombre como Sau Martín no era difícil
conseguir el blanco de sus deseos. Su vida era regla
y ejemplo de los demás. Amado le Dios, formida­
ble al Infierno, riguroso conBlgo, caritativo y blando
eou los prójimos, y especialmente con sus súbdi­
tos, poderoso sobre lu naturaleza y & quien pureclun
estoi sujetos los eleiuouiua y lu misma muelle, el
antiguo oficial del ejé relio de Pdiii.ouki y de )us
Gaitas tenía tal ascendiente sobre los soldados de
Cristo, que, & una simple Insinuación, alcanzaba de
ellos cuanto quería. Fuéle, pues, muy fácil Incitar
íl los que ya de suyo corrían al estudio de la vir­
tud y de la sabiduría. Meditaban asiduamente '.as
sagradas Escrituras, sacaban copias de los libros de
Iob Sontos Padres que hasta entonces se hablan
escrito, conferían entre si los dogmas y verdades de
la fe, entreg&banse do lleno al ejercicio de la ora­
ción, donde eran iluminados especialmente del cielo
y recibían soberanas ilustraciones y, no pocas ve­
ces, la solución de sus dificultades; entreteníanse
en trabajos de manos, y & sus tiempos en la la­
branza del campo, y nunca jamás estaban un mo­
mento ociosos, porque la ociosidad para Martin y
sus monjes hubiese sido un crimen. A todo esto jun­
taban la abnegación del espíritu y 1a mortificación
de la carne.
DE SAN MARTIN 75

Una 'ida tan santa uo podía meuos de concillar­


les el aprecio y veneración de las gentes. Acudían
jnuchoa á Martín y & sus discípulos en demanda de
consuelo, instrucción y consejo, y era el Santo,
sobre todo después de la muerte de San Hilarlo, el
único ortkulo, puede decirse, de los católicos de
roitlers. Heredero Martín del espirita de eu santo
Maestro, como el profeta Elíseo lo fué del espirita
de Elias, redobló sn cclo y actividad y emprendió
la conversión de Io b Idólatras que «a crecido n ú ­
mero existían afín en aquellos países (1). Porque
entonces, como siempre, suelen abundar los obreros
en las grandes ciudades y centros de población, ni
1>mo que las aldeas y cortijos yacen en '.a igno­
rancia y en el abandono. Martín escogió para sí ni
cultivo de estas gentes descuidadas é Indolentes; y
si filé menos brillante su misión, fué, en cambio,
itiús trabajosa y meritoria. El suceso coronó sus
fatigas, y la Idolatría Quedó en aquellos sitios extir­
pada Ocasión tendremos después de volver A tra­
tar de estos ministerios, tan predilectos del Santo.
No quiero dejar de decir lo que le sucedió en
una de sus correrías apostólicas. Pasaba por las
tierras de un hombre principal, llamado Luplclno,
cuando oyó gritos y lamentos de gente consternada
por alguna súbita desgracia. Detúvose & ver la que
era y supo que un esclavo de la familia se había
ahorcado. Entró en el aposento donde yacía el ca-
tifrver, y mandando & la turba que se retirase, pos­
tróse A orar y echóse sobre el difunto. Al poco rato

(1) L o n c c b y a l, BUtoirú de¡'EffJíBeffaíllcanoáI,2Qft 29Q.


76 VIDA DE SAN MAETÍN

reanimóse el rostro del esclavo, abrió sus ojos, fiján­


dolos es San Martin, y empezó & hacer escuerzos
pora Incorporarse; tendió al Santo bu mano, pli­

sóse en pie y le fué aeowpsfiaiKlo hasta el vesl'-


bulo de la casa, con estupor de la turba de cria­
dos que le velan andar.
Esparcióse la noticia del milagro por la comarca,
y desde entonces el nombre de Martin fa é célebre
en aquellos pueblos y provincias, como lo demos­
trará el capitulo siguiente.
XIV

SAN MARTIN, OBISPO DE TOUHS,


SÁCANLE CON PIADOSO ENGAÑO DEL MONASTERIO.
SD ELECCIÓN.

4¡t ua tb o aQos hablan transcurrido desde que,


por la muerte del obispo San Lldorlo, estaba slu
pastor la noblllElma Iglesia y diócesis de Tours. T
siendo tan grande la Cama de la santidad y mila­
gros de Son Martin, movido el puefrlo por divina
Inspiración, penad, como entonces se hacia, elegirlo
por padre y pastor de sus almas. Asi eligieron tam­
bién los milaneses al grande San Ambrosio, cuando
no era más que catecúmeno. Pero la dificultad es­
taba en lograr que el humilde y santo taumaturgo,
tan amante del retiro y soledad, admitiese la digni­
dad episcopal y quisiera encargarse del gobierno de
sus almas.
Inútil era esperar el logro de sus deseos con rue­
gos, súplicas y lagrimas. Sabíanlo bien los turone-
ses, y apelaron & un piadoso engaño y artificio. Un
tal Búrlelo, hombre principal entre ellos, acompa­
ñado de numerosa muchedumbre de habitantes de
73 VIDA

Tours, partlti en dirección al monasterio donde


vivía el Santo; y dejando 4 un buen número apun­
tados y escondido» eu uu busque Juulo & la carre­
te™, con unos pocos se dirigid al monasterio.
Autee de llegar Búrlelo & la presencia de Sau
Martin compaso su semblante como si uua gran
desgracia le oprimiera el corazón. C oj palabras
llenas de tristeza le expuso el objeto de su visita :
que dejaba en el lecho moribunda & su pobre mu­
jer, rodeada de bus pequeñueloa, qne pronto, si Dios
no lo remediaba, quedarían huérfanos, cuando mis
necesitaban los cuidados de una madre; que €1 mis­

mo, al perder la dulce compa&era de su casa, perdía


su mejor arrimo y sostén en los combates de la
vida... HIzole una patética descripción del misera­
ble estado en que se encontraba, de su desgracia
I>E S iN MAHTÍN 79

Inmensa, del sombrío porvenir que le amenazaba, y,


arrancando del pecho un grao suspiro, échase 6 sus
pies y, entre sollozos y lágrimas, le suplica que se
compadezca de ella, que la ayude en el último
trance. “ Venid, Padre—le dice,—y echadle la ben­
dición antes que muera.” No pudo decir más.
El Santo, & quien, cuando se trataba de consolar
al prójimo, y más el estaba en peligro de muerto,
fácilmente se le convencía, no recelo hubiese en­
gallo en el que tan bien supo representar su papel,
y cayó Inocentemente en el lazo que con tanta ha­
bilidad se le tendía. Dios, sin duda, hizo que nadii
sospechase, para que así, con toda suavidad, se cum­
pliesen bus designios. Sin tardanza ninguna y ves­
tido pobrlslmamente, como estaba, comenzó fi. an­
dar, siguiendo 6 Enrielo, y en breve se alejaron
del monasterio.
Pronto salieron de sus escondrijos los que se ha­
llaban apostados en el bosque, rodeándole y cor­
tándole la retírala. Y cuando preguntó & Rurlclo
quiénes eran y se euteró de lo que pretendían, no
es posible explicar la pena que le causó aquella
estratagema. Lamentóse amargamente de que le ha­
blan engallado y hecho traición; alegó su Insuficien­
cia e Incapacidad, pero todo en vano; no hubo re­
medio; era Imposible huir: aquellos buenos turo-
neses tenían previsto lo que sucedería y hablan to­
mado sus precauciones; le llevaron materialmente
preso A Xours, sin que valiesen al Santo súplicas 7
plegarlas. Verdad es también que las demostracio­
nes de Kiuur y carillo, las protestas de fidelidad y
ubedlenda que & su futuro padre y pastor prodiga­
80 VIDA

ron aquellos fervorosos cristianos, formaban her­


moso contráete con las sinceras demostraciones de
humildad de nuestro Santo.
Cuando se acercaban ya i la ciudad desticfirorse
algunos de la comitiva para dar aviso de que tratan
ni santo Obispo. Toda la población cristiana, que
aguardaba con ansia el resultado de la expedición,
se puso en movimiento, y llena de entusiasmo salló
11 recibir i su padre, & quien muchos 110 conocían
simo por la fama ds sus milagros y santidad.
Al divisar San Martín la apiñada multitud que
se desbordaba por '.os campos y caminos vitoreando
al enviado del Sefior, conmovióse hondamente y
acató la vo-luutad de Dios, quo mostraba de aquella
manera cómo quería servirse de su siervo 011 ade­
lante. Pero loa que habían Ido í buscarle y con
tanta habilidad le traían, recelosos no se 'es esen-
pnse, incitado de 9U humildad, no le perdían de
vista ni se apartaban de su Indo linstn verte con­
sagrado como bu obispo y sentado en el trono epis­
copal.
Por todos los pueblos vecinos corrió como chispa
eléctrica la voz de lo sucedido, y, como movidos por
un resorte, acudieron fle todas partes & Tonrs para
ver y conocer i San Martín. Fué tan favorable la
impresión que su ¡vista les produjo, que & una. voz
proclamaban dichosa y feliz la Iglesia que le tu­
viera por pastor. El día en que se hizo la elección
episcopal, corno entonces se usaba, por los prelados,
sacerdotes y pueblo retiñidos, sucedió una cosa muy
singular, que se tuvo por maravilla del cielo y de­
mostración de la divina voluntad.
DE SAN MA11TÍN 81
Fu4 el caso que cuando el pueblo de Tonrs y de
otras poblaciones que híibfsi acudido para lia elec­
ción estaba inifts s-itlsfpdio y Alborozado por el pas­
tor que Dios les enviabn, y cuanto mfis le miraban
y mfis prendados de sus vlrtnidns y cautivos de su
8íurtida<lndinlrnl>> se sentían lmlm un prelado,
por nombre Defensor, íl qnlen le dló en rostro la
austeridad de Martín, su mhello desgreñado, el hü-
1)1to pobre y nquel porte y «vntli>ente desalmado
!>ou que se jireaentabn, como si aqnallo cediese en
desdoro de la dignidad episcopal, tomando por mo­
tivo de acusación lo que, íl buena luz, debía mi­
rarse como motivo justísimo de alabanza, 7 más en
aquellos 'lempos y circunstancias, cuando acababa
Martín de hacer un viaje arrebatadamente y á ln
fuerza, y cuando la Iglesia de Dios estaba necesi-
:ada de obispos mfis adornados de espíritu y san­
tidad que no de ricos vestidos y pompa mundana.
No blzo caso el pueblo y la dem&s concurrencia del
voto de Defensor y prosiguió felizmente la elección.
Era costumbre leer en tales casos algún pasajo
de la santa Escritora. Iba & hacerlo el lector seña­
lado ; pero era tasto el concurso y estaba tan api-
fiada la muchedumbre, que apenas podía pasaT el
lector y acercarse & la tribuna. Viendo que éste
no comparecía, uno de los que cerca estaban, para
no Jiacer aguardar tanto al auditorio, tomó el libro
de los Salmos que allí había y, abriéndolo al acaso,
comenzó i leer por donde se abrió. Era eü ver­
sículo 3.° del salmo V I I I : “ De la boca-de los niños
y de los que están aún pendientes del pecho de sus
madres hiciste tú salir perfecta alabanza, por razón
82 VIDA

de tos enemigos, para destruir al enemigo y al de­


fensor” ( 1 ).
Oído este versículo, levantóse un Increíble cla­
moreo de aprobación en el pueblo, mientras la parte
contraria quedaba confundida, y más que todos De­
fensor, que se vela materialmente notado en lo que
se acababa de leer, como' si el Señor hubiese que­
rido, en favor de su siervo Martin, sacar de los
niños é infantes una perfecta alabanza y arrollar
por completo y borrar el voto de su contrario De­
fensor.
Contaba entonces San Martin cerca de cincuenta
y cinco años, y su consagración, según Felipa Landl,
se verificó un aibado entrada ya la dominica del
día 4 de Julio del afio 375. Otros seSalan otros días,
y no es fácil concordar las diferentes opiniones de
los autores. Cada cual cree que la suya es 'la más
probable ( 2 ).
No sabemos los días que pasaron entre la elección
y consagración episcopal, ni menos aun nos constan
los actos de la vida interior y espiritual que durante
ellos practicó San Martin. Tero cualquiera fácil­
mente comprenderá que debieron ser dios llenos de­
lante del Señor (os que empleó en recibir las sagra­
das órdenes que le faltaban (pues, hasta la hora
presente en que vamos de su historia, sólo nos di-

(1) Donde en la V u lgata Icemos ultcrem otros lofan


áefetisorem, y esta lección era la seguida en el libro que
al acoso tomó el lector.
(2) L o n g u iv a l, H U tcire de l’ Eglise, I, 301, dlc^ que la
consagración de 6an M artin fué el domingo 12 de Juulo
de 371; pero el Cardenal B abonio, Avales, t IV , prueba,
por el testim onio de Suipiclo Severo y de Han Gregorio
Turonense. que debió ser el año 375.
DE SAN MARTÍN 83

cea los escritores que era exorclsta) y en dispo­


nerse y prepararse santamente A la ordenación y
desempeño del oficio episcopal, donde aparece per­
fecto deúbado de obispos, como eD los capitulo»
siguientes im veril.

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XV

L A IGLESIA DE TODBS A L TIEHPO DE L A ELECCIÓN

DE SAN KAETÍN. — FUNDACIÓN DEL MONASTERIO


DE HARMOUTIER.— VIDA DE LOS MONJES.

moderna Turena, que toma el nombre de


uii antiguo pueblo llamado Turón!, ce una de las
rafts fértiles y deliciosas provincias de las Callas,
que, con razón, se denomina el jardín de Francia.
Yace fl. In margen del río Loira y se extiende por
velncuatro leguas de longitud de Norte (i Mediodía
y veinte de lntltnd de T.evnnte ¡i Poniente. Ln chi­
rlad prlnrlp.il es Tours, sentada eu nna llanura al
Mediodía, sobre la rihem izquierda del Loira, entre
este rio y el Oher, que desemboca en aauél 4 poco
de haber bailado con sus aguas loa muros de la
ciudad.
Aunque el estado actual de Tonrs, en lo material,
se diferencia no poco del que era en tiempo de San
Martin, en lo eclesiástico, sin embaído, ya antes do'.
aQo 300 de Jesucristo se contaba entre las ciudades
que tenían sede episcopal, y podía gloriarse de ha­
ber sido ennoblecida por dos sautos ablspos, San
VIDA BE SAN M A R TÍN 85

Gaciauo y Sau Lldorlo, que, como vigilantes y bue­


nos pastores, habían apacentado con saludables fru­
tos la grey cristiana y procurado alejar de sil
Aprisco á los lobos carniceros.
Fué enviado el primero, por los ailos 250, (l pre­
dicar la fe, por el papa Kan Fatiláu, cuando envió
¡1 i^imoges a San Marcial y puso en la sede de To-
loea a San «Saturnino, en la de Nnrbona & San
l'ablo y en la de Arlés & Sau Tróflmo. Pero, arre­
dondo entonces por todas partes la persecución de
Pecio contra los cristianos, A la que en breve se
slguIO Iu de oíros e:nperudores, San Gndano se
mantuvo casi siempre escondido con unos pocos, fl
quienes Iba secrdta'jaente reduciendo 4 lu veiiliidern
fe, sin atreverse II fnbrlcar iglesia ninguna dentro
0 fuera de la ciudad; hasta qne, por íntimo, des­
pués de cincuenta aflos, al comenzar el aDo 300,
dejó vacante, con su muerte, aquella sUla, que es­
tuvo sin pastor, próximamente, treinta y ocho a&09.
Un hijo de Tours, San Lidorio, vino providencial­
mente, después de tan largo espado, 6, pastorear el
refbafio de Jesucristo, tan necesitado de pastor; y
logrando alguna mayor libertad para el ejercicio
de su santo ministerio, si blan estaba la población
Infestada de' arríanos, r.evantA el primero una iglesia,
como dice el P. Longoeval, “cerca de la ciudad, en
cnsa de un senador” . Cuando,, por los años 371, fu i
A recibir el premio de sus virtudes, dejaba, es cierto,
muy enfervorizados A los cristianos qne le segnfan;
pero era aún tan reducida la grey cristiana y ardfa
con tanta fuerza el fuego de los vicios en la selva
del gentilismo y malezas de la herejía, que dejaba
86 TIDA

harto trabajo ni celo de', pastor que le hubiera de


suceder. Aumentó el mal eu el tiempo de la sede
vacante, y esto Indujo & loe fervorosos católicos de
Turena fi buscar un obispo de la santidad y celo
de Martín.
No podía éste olvidar el amor que le habían mos­
trado los turonescs y el motivo que los había In­
ducido & sacarle de su monasterio; por esto consa­
gré desde el momento de su elección todas sus fuer­
zas y energía al bien y gobierno de sus ovejas.
Pero es de considerar que, aunque se dedicó del
todo ni bien de su rebafio, no tiró por el camino
ordinario que suelen seguir los que apetecen las
liocraB y dignidades: el camino del fausto en sus
casas-palacios, en la esplendidez de su trato, en la
numerosa servidumbre de que se rodean. Para .Mar­
tin, y sobre todo en aquellos tiempos y circunstan­
cias, el obispo era el buen Castor dibujado por
Cristo en el Evangelio, que apacentaba cuidadosa­
mente & sus ovejas, las conocía & todas j de todas
era conocido, vigilaba constantemente por ellas,
echaba sobre sus propios hombros & los enferman
6 descarriadas, y las amaba tauto, que estaiba dis­
puesto & dar la vida por ellas y porque nadie le
arrebatase al siquiera una. Jesucristo, rodeado de
los Apéstales y de las turbas que le seguían, acce­
sible & las pobre: mujeres que le presentaban sus
hijos para que los bendijese <5 le pedían el remedio
de sus necesidades y miserias; tal era él modelo y
dechado que tenia siempre Martin delante de los
ojos para conformarse con él, cuan perfectamente
pudiese, asi en lo exterior como en lo Interior.
DE SAN M A RTÍN 87

No lilzo, pues, mudanza eu su vestir, comer y


dormir: falló en él el proverbio honores mutant
mores, <¡ue los honores mudan las costumbres: tan
sencillo y humilde, mortificado y bueno era Mnrtfii,
obispo, como había sido Martín, monje;
A l principio de su obispado hízose, con cuatro ta­
blones ¡y esteras, una casucba 6 celda adosada A la
Iglesia, que su antecesor, el obispo Lidorio, liabía
edificado, como dijimos. Pero no permaneció mucho
tiempo en este sitio, ya porgue deseaba lugar mis
retirado del bullicio de la ciudad, ya, principal­
mente, por lo que ahora se dirá,
Guando sus monjes y discípulos del monasterio
de 1/egugé supieron lo que había sucedido & su pa­
dre y maestro queridísimo, el artíllelo empleado
para sacarlo dea monasterio y bu exaltación fl. la
silla episcopal de Tours, experimentaron los diver­
sos sentimientos que se pueden suponer, de admi­
ración por el hecho, de pena por su ausencia y de
alegría también por la suerte y utilidad de los tn-
roueses; y desde luego concibieron la Idea de con­
sultar al Suuto y pnopónferle la edificación de un
monasterio, en el sitio que él designase, cerca de
Tours. De este modo uo se verían privados de su
nmada presencia y sabia dirección.
Agradó sumamente la Idea fl San Martin, como
& quien qula&s ya se le había ocurrido, y entraba
de lleno en sus planes, y satisfacía sus d«seos de
unir la vida solitaria & la clerical. Además veía el
prudentísimo Obispo que en el futuro monasterio
tendría un poderoso auxiliar para el mejor gobierno
de su diócesis y cultivo de la viña dd Sefior.
88 VID A

Aceptado el pensamiento, escogió el Santo un lu­


gar & propósito para su morada y futuro monas­
terio, ü inedia legua de la ciudad, en un paraje tan
retirado y secreto, que no se echaba de menos allí
la soledad del desierto. Porque de un lado lo cir­
cuía la peña de un excelso monte cortado i tajo, y
por otro cerraba la llanura del campo el rio Loira,
que formaba allí una pequeña ensenada. Sólo por
una estrecha senda podía penetrarse en aquel sitio
retirado. Hlzose el Sauto para sí una celda 6 tugu­
rio con troncos y ramas de árboles; otro tanto hi­
cieron muchos monjes, j los m&s cavaron pobres
chozas 6 guaridas en la espalda del monte. Pronto
llegaron II ochenta los que habitaban en aqnellns
fragosidades, de donde vino & llamarse aquel sitio
el Monasterio mayor, y, vulgarmente, Marfuoutler,
íl diferencia del antiguo y menos célebre de Le-
gugfi.
Todos tenían por padre y maestro & San Marttn.
“Vivían en común y nadie poseía cosa propia. No les
era lícito comprar 6 vender, como & algunos monjes
se permitía, ni ejercitaban tampoco arte ninguna,
fuera de la de copiar 6 transcribir libros, en lo cual
se empleaban de ordinario los jóvenes, pues los
mfis anclauos dedicábanse fi la oración. Apenas se
veía & ninguno fuera de su celda, si no es cuando
se reunían para Ir & la oración, que tenían juntos,
ó al sitio donde tomaban una frugal refección, en
común, & 9a puesta del sol. Nadie gustaba vino, si
no era pox enfermedad. Su vestido era de pelos de
camello: hábito más fino y delicado habitase tenido
| »r crimen; lo cual es más de maravillar por cnanto
DE SAI» MARTÍN 89

inuuüos de los monjes pertenecían si famllLia noibles


y se hablan criado en todo regalo y abundancia, y
voínntarlamente, por Cristo, se abrazaban aiboru'
con su humildad y paciencia. Muchos de éstos vinie­
ron & ser con el tiempo excelentes obispos. T 110
es de exlrufiur, ponjue, ¿qué ciudad 6 Iglesia no
luibfu de deseur tener pura sí uu aucerdole del mo-
uusterlo üe San Martin?
Tal es la descrlpcióu que hace Sulplck» Severo de
los monjes 7 monasterio de Marmontler.
Tero tiempo es 7a de t ít c6mo el santo Prelado
comenzó A regir su rebaíio y el celo episcopal que
en su gobierno desplegó.

------
XVI
V A SAN M ARTÍN A L A OOBTE DE VALENT1NIAN0 I.
SU ENTREVISTA CON EL EOPERADOR

VALqtnxnA hubiese creído que un varón tan


amante dol retiro y la quietud, acostumbrado & la
vida oculta de los anacoretas 6 cenobitas en la so­
ledad dol desierto, habla de ser naturalmente enco­
gido y faltarle el trato de gentes y la Iniciativa ne­
cesaria para emprender cosas arduas y difíciles. No
fu6 asf. Semejante & un general que, atalayando
desde -la cima de una montaña las posiciones del
ejército enemigo, estudia el plan de batalla, distri­
buye sus fuerzas y evita, sobre tddo, colocarse en
terreno donde puedan envolverle los contrarios, Mnr-
ttn, que fl la conquista espiritual de lns almas apli­
caba 3a (Achica militar que hnliín aprendido tan
bien en su mocedad, mwlitfi el pina que hnbta de
seguir para lograr la victoria y afianzar el triunfo
(le Jesucristo.
Mientras por una paTte él y bus monjes apare­
cían en medio de su rebaño, como sal de la tierra,
con el ejercicio de las' virtudes y santidad de la
vida, como antorcha refulgente puesta en lo alto,
V ID A DE SAN M A R TÍN 91

que Iluminaba A totlos con el T i r o - resplandor de su


doctrina; por otra penetraba con honda mirada las
llagas y ocultos malea que aquejaban & aquella so­
ciedad y los peligros y oposición que, naturalmente,
nacerían tan pronto como quisiera desarraigar Inve­
terados abusos y enfrenar & los procaces herejes.
Tenían los Impíos y gente mala, como suele suce­
der, el apoyo en los poderosos de la corte. El mismo
emperador Valentlniano I , que al principio había
dictado algunas leyes favorables & los católicos, ob­
servaba una conducta, por lo menos, equívoca, y
en ocasiones cruel y tiránica. Su mismo carácter
irascible y violento le hacía montar en cólera con
suma facilidad; y cuando esto sucedía, que era
con frecuencia, no había freno que le contuviese ni
lev divina ni humana que resipetase. Había repu­
diado A en primera esposa, Severa, para casarse
con Justina, furiosa y empedernida arrlana. De un
hombre tal todo se podía temer; y si los herejes de
Tours y gente de mal vivir inclinaban en bu favor
- el ánimo de Valenttnlano y con artes y dones logra­
ban su protección contra el nuevo obispo, era pre­
ciso, en lo humano, que contra tales obstáculos se
estrellasen Iob esfuerzos y celo de San Martín.
Fara precaver estos peligros, asegurar la paz de
bu grey y tratar otros negocios concernientes al bien
de bu iglesia, determinó el valeroso Prelado ir eu
persona & la corte del .Emperador y hablurle al co­
razón, sin consejen» ni Intermediarlos. HaUSbase
éste, según Rohrbacher (1), en Tréverl», su real-

(1) E ie to ria u n iv e rta l de la I g It iia , t. V, pie. 208.


92 VIDA

dencla ordinaria; según Felipe Laúd!, escritor «le


la vida de nuestro Snulo (1), habla Ido A la Panno-
nla y estaba entonces en la misma imtrla de Siui
Martin. Sulplclo Severo se limita (1 decir: Luego
que fué consagrado obispo “ JuU ei neoessitas adtre
C cm ita tu m '' (2) : le f u i necesario ir al Contodo, 0
sea A la corte.
Dirigióse, pues, allú ; pero Valeutinlano, qne supo
su llegada, sospechando que venia & pedirle algo
que no estaba dispuesto & concederle, y ml&s que
todo, sin diula, por no disgustar A la Emperatriz,
que, como furiosa arriara, tenía odio mortal fi to­
dos loe obispos católicos, decidió na recibirlo, b1 le
pedia audiencia. Y nal sucedió. Una, dos y tros veces
solicitó del Emperador permiso para hablarle y ex­
ponerle el motivo de su venida y los negocios que
lo hablan obligado & emprender aquel largo vlnje,
A 61, tan amigo del recogimiento ds la calda y tan
avaro del tiempo. Todo fu i Inútil, y, con nolnble
descortesía, respondió & sus reiteradas instancias
n groseras negativas.
No se Intimidó ron ellnR el flonto ni desistió de
sns propósitos. Acudió entretanto (1 ln orndfin: con
el Rey del cielo, harto mfts benigno y poderoso que
todos los emperadores de la tierra, trató sus asun­
tos y fué de El favorablemente despachado. A l sép­
timo día certificóle él Señor que obtendría-lo que
deseaba y mandóle Ir i palacio.
Sin estorbo ni dlflcultod ninguna halló francas
las puertas, atravesó tránsitos y salones y, como si

(1) Pág. 62.


( 2) Dialogo ii, ciip. v.
DE SAIT MARTÍN 93

el Angel de la guui'Ua le condujese de la mano, se


halló ante la j>im-Lu de lu unuhu Bala donde es-
iuba el Emperador, y cou osada resolución penetró
en ella.
Valentlalano, que antes laablu prohibido severa­
mente A sus guardias dejasen entrar A M a rtin eu
palacio, ni verle ahora delante de sí, montó eu có-
’ern y. cenMlcanilo (le Ira sus ojos, increpó tnu au­

daz atrevimiento'é Infracción de sus mandatos. Es-


tuba desdeñosamente arrellanado ea su silla impe­
rial, resuelto A no escucharle, enerando que luego
se lo quitasen de delante, si él mismo, confuso y
abochornado, no se retiraba voluntariamente; mas
no sucedió asi, porque en el mismo Instante, y en
04 VIDA DE SAN MARTÍN

menos tiempo del que ae gasta en declr'.o, vló su


Billa rodeada de Damas y el trono y estrado Impe­
rial circundado de fuego, con que le fué preciso
saltar de él y acercarse adonde estaba San Martin.
Y como en las manos de Dios están los corazones
de los reyes, trocóse súbitamente de manera que,
depuesta la Ira, tendió loa brazos al Santo, y no
sólo le abrazó, sino que, aun antes que hablase, se
adelantó ft concederle cnanto ’ e venia A pedir.
Los días que el santo Obispo se detuvo en la
corte recibióle el Emperador con gran benevolencia,
habló largamente con 61, le invitó A su mesa y le
ofreció al despedirse .ricos dones, que San Martin
110 quiso recibir por amor & la santa pobreza. Hay
quien dice que en esta ocasión profetizó nuestro
Santo al Emperador la cercana muerte que £L éste
amenazaba, como poco después sucedió en la III-
rla (Í7 de Noviembre del año 376).

— —
XVII

REGBESA DE LA CORTE. — TRASLADA A MEJOR SI­


TIO LA IGLESIA PRIMITIVA Y HONRA A SUS OBIS­
POS__ QUITA UNA GROSERA SDPERSTICIÓK.

<4Er ESPUía de una ausencia de pocos meses re­


gresó el Santo obispo a su amada grey, siendo reci­
bido de los buenos católicos, y sobre todo de sus
fervorosos monjes, con aquella alegría que se deja
entender. Volvía el Suulo «uUaíeoljo Je su misión,
y daba gracias al cielo del feliz suceso que liabta
Lenldo. No nos consta positivamente lo que obtuvo
del Emperador ni los privilegios facultades que
óste le dló; pero colfgese de la conducta y heshos
de San Martin qne logró ver asegurada la libertad
de su iglesia y que nadie le pusiese cortapisas 6 res­
tringiese sus derechos en el ejercido del ministerio
pastoral y difusión del verdadero culto.,
Lo primero que 'hizo, de vuelta de su viaje, fu i
trasladar & mejor sitio y más edmodo para el con­
curso de los fieles la pequeña Iglesia que su ante­
cesor, el obispo San Lldorlo, habla edificado en
lugar humilde y con harta pobreza, y donde yacían,
S6 VID A

slu recibir culto, las sagradis reliquias de San Ga-


elano, el primer obispo <le Tours. Quiso Martín tri­
butar C. tan santos Prelados el debido honor y po­
nerlos como Intercesores con Dios para que ampa­
rasen y <1ofendiesen ni peqneflo rebaño qne mn
tiuitn amor y celo Jinlitnn flurnnte su vida pasto-
renrio. Y no hny que callar ln qne con esta oraslítn
ncoiitefló.
Porque, haciendo nuestro iSanto oración, como
solía, junco al sepulcro de Son Gaclano, é Implo­
rando bu protección para si y pata el pueblo que'
con tantas fatigas y peligros en tan difíciles tiem­
pos ¡había gobernado, al terminar su plegarla se
dirigió fi, San Gaelmto, como si estuviese vivo y
presente, diciendo: Benedic m ihi, v ir D e i: B en ie -
cidme, varón de Dios. A lo que contestó el difunto
obispo desde el sepulcro: 7 j¡o también os ruego
que me bendigáis, oh siervo del Señor. Con lo cual
confirmáronse todos en la grande opinión que te­
nían de la santidad de sus amados Pastores y su
animaron más y más & verificar la traslación con
mayor pompa y solemnidad. Acudieron & ella los
monjes y discípulos de San Martín, .y del pueblo
cuantos pudieron. Colocaron el canto cuerpo Junto
al de San Lidorio. Aquí pasaba nuestro Santo lar­
gas lloras en oración, y su ejemplo aumentó la de­
voción de los fieles.
Cuan celoso era Martín del debido lionor de los
Santos, tan enemigo era de toda superstición iy de
que fuesen honrados los que no lo merecían. El si­
guiente hecho lo demuestra, que debió suceder por
este tiempo, y tal vez con «sta misma ocasión.
DB SAN MiBTLN 87

Habla cerca de Tours un sitio—diríamos una er­


mita— donde la gente bencllla solía detenerse al pa-
Bar y rezar no sé qu6 cosa. Súpolo el Santo y pre­
guntó & quién rezaban. Dljéronle que d un m ir:lr
de loa tiempos antiguos que estaaa allí sepultado.
Infórmese mis y no quedé satisfecho. Parecíale ex-
traSo que no se hallasen memorias ni actas de su
martirio y qne .os obispos sus antecesores, varones
celosos y santos, hubiesen dejado en tal abandono
fi un tc&rtlr de Cristo.

Como fian Martin, A. la par qiifl reinan y pin, era


prudente y amigo de depurar la Terdad, quiso salir
de dudas: dar al difunto el merecido culto si era
98 VIDA DE SAN MABTlH

mártir, O, al no lo era, quitar desde luego aquella


superstición. Acompasado de algunos monjes, yase
al lugar donde Be decía estar sepultado el presunto
m&rtLr; hincase de rodillas sobre el sepulcro, hace
oración y manda á. sus monjes allí presentes que
oren también; y mientras pide al SeSor luz y co­
nocimientos para entender la verdad, A los pocos
Instantes ve levantarse & su mano Izquierda la som­
bra de un hombre feroz, de aspecto horrible y faci­
neroso, que con voz triste pero muy clara le decía:
“ No Boy yo ningún mArtlr de Cristo, sino un crimi­
nal y asesino, ajusticiado por mis maldades. No
merezco la honra que el v u lg o me da, porque las
almas de los mlirtires catón en la gloria, yo, entre
tormentos." Oyeron esto loa circunstantes, aunque
.'9 vieran la sombra del que hablaba.
Expuso San Martin lo que habla visto, declaró lo
dem&s que convenía y mandó quitar e' altar que
la ignorancia del vulgo habla levantado. De esta
manera borró tan grosera superstición.
XVIII

CELO DE SAN MAETlK EN EXTIRPAS LA IDOLATRIA.


PRODIGIOS QUE LE ACOMPAÑAN. — DESTRUYE LOS
TEMPLOS Y SIMULACROS DE LOS FALSOS DIOSES.

Eiios dicho ya en otra partB que mientras


San Martín habitaba en el monasterio de Legugé
puso especial etnpeEo en desarraigar la idolatría
que Infestaba aquella comarca. Extendido ahora
con <>1 nuevo cargo el rndlo de bu ficción, se dl6
con mayor nelo y eficacia A cnmhntlr el falso culto
que tributaban al demonio aquellos pnhres pnebloH,
sentados todavía en las sombras de la muerte.
Grande había sido el celo con que Ies santos Ga-
clano y Lldorlo trabajaron por extirpar la Idola­
tría, y no quedó por ellos el que no desapareciese
de', todo; pero estaba tan arraigado este ¡mal y tro­
pezaban con tantas dificultades y peligros, que, ca­
reciendo de medios eficaces y no pudlendo obrar
con entera libertad, tuvieron que resignarse, con
do.or, no ciertamente A abandonar la empresa, pero
el & ver con frecuencia fallidas sus esperanzas y
malogrados sus esfuerzas. No habla llegado aún la
100 VTDA

hora señalada por Dios para ‘hacer ostentación de


bu virtud: cuando llegO ésta apareció en Tureca
San Martin, armado del poder de lo alto y circun­
dado con la gloria de sus milagros.
Para mayor orden y claridad, dividiremos esta
materia en tres capítulos, de loa cuales el presente
comprenderá algunos prodigios obrados por el Santo
en las cosas Insensibles; & éste se seguirá «1 de los
milagros en los animales Irracionales, y, por Cl-
tlmo, el tercero abruzará las curaciones de las per­
sonas y otros prodigios en los seres dotados de ra­
zón. No los contaremos todos, porque serla nunca
acabar;, pero todos los que contemos tendrán por
objeto y fln la extirpación de la Idolatría, y en
todos brillará triunfalmente el poder de la divina
gracia.
Comenzando, pues, por lo primero, en un lugar
qne Sulplclo Severo llama Leprosum y otros LI-
braso ó LIbroso, habla un riquísimo templo de geu-
tlles, venerado por bu antigüedad y célebre por el
concurso de gentes que de todas partes acudía para
adorar en sus ídolos al principe de las tinieblas.
Juzgó San Martín que, destruido éste, como asilo
principal de la Idolatría y palacio del demonio, se­
ría más hacedero destruir los demás. Lleno de con­
fianza en Dios, se encaminó A Llbroso con algunos
de sus monjes. Cuando estuvieron cerca, la gente
del pueblo, sospechando & lo que venían, alborotóse
de mala manera, y con armas, garrotes y cuanto
hallo á mano se aprestó iá defender el templo, mien­
tras ecla ta espumarajos por la boca y vomítala
contra el Santo toda clase de injurias y vilipendios.
DE SAN MARTIN 101

Martin, que había venido de pnz y no quería con


su presencia hacerlos máa culpables, se retiró con
los suyos fl. un lugnr apartado, rogando al Señor
volviese por su causa y dispusiese mejor los fini­
mos de aquoUos pobrecltos engañados del demonio.

Tres días pasó en continuo ayuno y oración, de­


rramando copiosas ingrimas en el divino acatamien­
ta A l tercer día se le aparecieron dos ingeles en
hábito de Invencibles guerreros, armados de e«-
102 VIDA

curto y lanza, que venían á defenderla de todo In­


sulto basta que hubiese llevado al cabo la obra
proyectada: mándanle que vaya y nada tema, por­
que el SeQcr está con él.
F u é; pasó Impávido, con los monjes, entre las
filas de los gentiles, dispuestos en orden, de pelea;
entró Bln ningún obstáculo en el templo, quemó
cuanto allí habla de valor: echó por tierra las esta­
tuas, deshizo los altares, arrasó el edificio hasta los
cimientos, é hizo todo esto ante los mismos ojos de
los gentiles, sin que, de entre tantos idólatras como
allí habla, que tres días antes querían habérsele la
sangre, hubiese ahora ninguno que levantase la
mano ó moviese el pie, como el eo viesen lo que
se hacía ó lo mirasen con gusto.
Cuaudo volvieron en sí de aquel estupor, que los
habla atado, por decirlo asi, de pies y manos, mara­
villados de si mismos, reconocieron que aquello do
podía haber sucedido sino en virtud de algún Nu­
men 6 divinidad superior 4 los dioses que adoraban,
y asi pidieron al Santo los Instruyese en el conoci­
miento de aquel Dios con cuyo poder habla obrado
lautas maravillas: fi El querían adorar y no & otros
m&s débiles é Inferiores.
Condescendió con sumo gualo el Santo, que no
deseaba otra cosa : los Instruyó en la fe y religión
cristiana, declaróles los misterios que la Iglesia pro­
fesa acerca de la divinidad y economía de la reden-
d5n con lo demás que hada al caso, y tuvo el inex­
plicable consuelo de bautizarlos & todos por eu
sumo. Hizo más. Pora memoria de aqael estupendo
milagro de la gracia y mayor gloria del ScSor, Ib -
DE SAN MABTfS 103

vantó robre las ruinas del templo destruido una


Iglesia y, junto fi ella, un monasterio, para los que
quisiesen consagrarse & Dios y servirle con mayor
perfección. Tenia esta costumbre San M artin: que
donde destruía un templo, altar 6 bosque consa­
grado & un dios falso, en el mismo sitio edificaba
luego ana iglesia fi monasterio al verdadero Señor
de clel09 y tierra, donde fuese servido y adorado.
Animo grande dló ft Martín la victoria obtenida
en Libio so para proseguir en la empresa comen­
zada de destruir el culto de los Ídolos y el reino de
Satanás, no de otra suerte que un valiente genernl,
cuando ve calda la principal fortaleza enemiga, si­
tuada en lo frontera, se anima ft conquistar otras pla­
zas del interior. Continuó, pues, con mayor aliento
en la demanda y derribó, acompasado de algunos
discípulos suyos, otro templo de los Idolos. Mas,
queriendo cortar un Arbol gigantesco que junto á
aquel templo extendía su pomposo ramaje, opusié­
ronse los habitantes del lugar, que, cohibidos por
Dios, hablan permitido la destrucción del edificio.
BepresentCles Martin que nada sagrado y digno de
veneración babla en aquél tronco; que adorasen al
Dios que 61 adoraba, y que era preciso cortar aquel
pino, como cosa dedicada al demonio.
Entonces uno de ellos, mfis atrevido que loa de­
mas : "S I tienes—dijo— en el Dios que adoras alguna
confianza, nosotros mismos cortaremos t í Arbol, con
tal que tú lo recibas al caer: si Dios esUl contigo,
como dices, nada tienes que temer, no te daflarfi, el
golpe, y nosotros bareuioa lo que digas” . Inspirado
Interlormeute «1 varón de Dios, deseoso de ganar
104 v id a

aqieUas almas, y confiando en el divino poder,


aceptó la condiclún, en la cual convino toilo el pue­
blo, teniendo por mejor, con la pérdida de un Arbol,
cansar la ruina 7 dar la mnerte al que niirabnn
como Implacable enemigo de sus dioses.
Estaba Inclinado el enfiesto pino bacía un lado,
por lo cual no era difícil prever liacla qué parte
caerín. Atan, pues, al San:o del lado adonde debía

caer y le sujetan de suerte que no pudiera esca­


parse; Comienzan con gran clamoreo y algazara &
derribar el pino; resuenan por el valle los fuertes
EE SAN UARTfN 105

golpes de los hachazos; retírase & respetable dis­


tancia la turba de espectadores: unos, los gentiles,
alegres con la esperanza del suceso; los monjes
presos de angustia y ansiedad; bambolea el pino y
amenaza inevitable ruina por el lado donde estaba
San M artin: dan los gentiles un grito de alegría y
palidecen los monjes, consternados por el próximo
peligro, temiendo fl cada instaste la muerte de su
Padre; sólo éste permanece tranquilo y sereno,
puesta su confianza en Dios. Cuando, dando un
postrero y desgarrador gemido, se desplomaba el
Arbol con estruendo é iba A echarse sobre Martin,
bace éste la seQal de la cruz, y como si una fuerza
superior empujase al Arbol ii la parto opuesta, cae
del lado donde estaban los leDadores y gentiles, &
quienes poco faltó no dejase aplastados.
Considere cada cual el efecto que esto produjo.
Lloraban los monjes de alegría al ver salvo 11 su
Padre; los idólatras, ante tan estupendo m llagTO,
levantaron al cielo un incesante clamoreo, y, to­
cando Dios sos corazones, ao acababan de volver
en sf, confesando que nunca se babla visto cosa
semejante. Aquel día amaneció para aquel pueblo
la salud. Apenas quedó radie que no creyese en el
Dios de San Martin. Pocos eran los cristianos (y,
mejor aicüo, ninguno) en aquella región antes de
este suceso; después—son palabras de Sulpiclo Se­
vero,— tanto pudieron las Tlrtudes, predicación y
ejemplo del santo Obispo, qne apenas se bailarla
pueblo ó villorrio donde no hubiese Iglesias ó mo­
nasterios.
En cierta ocasión, habiendo mandudo prender
J06 YTDA

fuego & uu templo profano, crecieron tan inmen­


samente las llamas, que amenazaban devorar las
cnsas contiguas. Subió el SflEto a la azotea de una
de «lia s ; y cuantío iba ya & propagarse el Incendio,
A la presencia y ruegos de Martin, vino de repente
de ln parte contraria un viento Huracanado, que
luuzO los llamas liada el templo, abrasando única­
mente lo qne el Santo balita ordenado se quemase y
destruyese.
O Lia vez, dlciéndole un clérigo suyo, llamado
Marcelo, que en la ciudad de Ambolse se levan­
taba una altísima torre consagrada & los dioses,
hecha con maravillosa estructura y mármoles pre­
ciosos, le mandó que fuese aUft fi. destruirla en su
nombre. Fui, en efecto, el clérigo, con algunos cris­
tianos; pero, parecléndole Imposible ejecutar la or­
den del iBanto, por la grandeza 7 solidez de la obra,
volvióse al buen Maestro, contándole la imposibili­
dad de la empresa. No 1c dijo nada San Martin;
pero, retirándose después, se puso en oración, per­
severando en ella toda la noche. Cuando rayó el
alba levantóse tan recio torbellino y una tempestad
tan fuerte de truenos, relámpagos y rayos, como al
se hundiese el firmamento, y, deteniéndose sobre ln
altísima torre, en pocos Instantes la arrasó Jiastn
los cimientos.
Terminemos este capitulo con el hecho siguiente:
instando un dfa San Martin en oración, no lejos de
nnn altísima columna en cuyo vértice ó remate re­
saltaba una estatua no sé de qué Idolo, se vló apar
recer en el aire, & vista de todos, otra columna, la
cual, arrojándose sobre aquélla con grandísimo ím-
DE HAN MABIÍM 107

pctu y estruendo, la lilzo pedazos y redujo & polvo.


En suma, no hubo cosa & la que dloson culto y
veneración loa ciegos Idólatras qne San Martín no
quitase 6 destruyase, edificando en su lugar, como
se ha dicho, alguna Iglesia £ monasterio & honra
de Dios, para la devoción de loa pueblos conver­
tidos.

-------—
XIX

FATIGAS DE SAN lIARTlN Y PRODIGIOS QUE OBRÓ


EN LOS IBRACI0NALE9 EN ORDEN A LA EXTIR­
PACIÓN DE LA IDOLATRIA.

i f uerou uuinerosns y admirables las conver­


siones de Idólatras que obró el SeQor, por medio de
su sierro Martín, en la destrucción de los Idolos y
templos profanos, con los continuos y estupendos
milagros que doquiera le acompasaban, no fueron
menos admirables y numerosas las que le siguieron
con las renovadas maravillas que hizo y trabajos
que padeció, en varios lugares y diversos tiempos,
respecto de los animales destituidos de razón.
Fué, ciertamente, singular lo que le aconteció una
vez que Iba montado en un humilde Jumento para
llevar la luz de la f e & algunos pueblos d « aquellas
comarcas; suceso que le acarreó no s4 si diga m&s
gloria que pene. He aquí cómo lo Teflare Sulpielo
Severo:
“ Ibamos— dice— con él (con San Martin) algnnos
monjes; y quedándonos nosotros, jio reouerdo por
qué motivo, A lg o nfr&a, ap adelantó el Santo, engol-
VIDA SE BAR MABTÍJÍ 109

fado es la contemplación de las cosas celestiales.


Venia por la carretera pública unn carroza llena de
gente mlli'.ar; los caballos, al ver & Martín tosca­
mente vestido, envuelto en su capa negra, medio
colgando hasta el Bnelo, se espantaron al emparejar
con el jumentlllo en que Iba montado el Santo y
retrocedieron, eebflndose A un lado, con tan mala

suerte, que se enredaron con laa cuerdas y rendaje,


armándose la confaalfin que en tales casos suele ha­
ber. Impacientes los militares por la obligada de­
tención, éohauso de un salto tt tierra, y mlontras
unoB desenredan fi. las caballerías, otros la empren­
den & golpes con el Santo, & quien no conocían, y
le muelen & palos, dejdudóle tendido en el suV.o
y mal herida Sufríalo todo Martin con Increíble
110 VIDA

paciencia y sin desplegar loa labios; lo cual, en


cierta maneta, los Irritaba mfis: Ter que él, como al
no sintiese los golpes, los despreciaba.
"Llegamos entonces nosotros: hallémosle esinlme
en tierra, feamente ensangrentado, cubierto de heri­
das todo el cuerpo. Tuslrnosle sobre su asnillo y nos
fuimos de &Ut apresuradamente, execrando aquel
lugar, de triste recordación.
"Entretanto, los militares, saciado su furor, ha­
blan vuelto & b u carroza pora proseguir en camino.
Hicieron con las riendas la señal de partir; pero
los caballos no ee movían. Aguijantes con vocea y
varas; todo Inútil: parecían estar clavados en ol
suelo, yertos como estatuas de bronce. En vano en­
sordecían el aire ocun gritos los cocheros y resonaba
la selva con los golpea-que daban; en vano rompían
sobre las caballerías las varas que cortaban de los
vednos írboles: nndn jitlelnnt.nhnn. Antp prodigio
tal, nnnm de ellos visto, comenzaron á sospechar
no hubiese allí algún misterio. Las caballerías, de
suyo tan dóciles j acostumbradas A la carroza, no
estarían de aquella suerte Inmóviles si una fuerza
superior no las tuviera allí encadenadas. Volvlecdó,
pues, en sí, se dieron & pensar si sería aquello cas­
tigo del cielo por haber apaleado y herido A aquel
pobre caminante. Infórmanse de los transeúntes
quién era aquel hombre ya de edad que poco antee
había posado en dirección opuesta & la que dios
llevaban. Coando averiguaron que era el santo obis­
po Martín quedaron aterrados. No le conocían de
vista, pero si de nombre y por la fama, y no les
quedó la menor duda de que lo sucedido con los
DE SAN U A E T ÍN 111

caballOB era manifiesto y justísimo castigo de sa


mal comporta mienta Sin detenerse, vienen todos
volando hasta alcalizamos. Confusos por la ver­
güenza, cubiertos de polvo y hechos fuentes sus
ojos, nrrójanse & los pies de San Martin, pidiéndole
perdón. Bien salen que no lo merecen: qne han
sido unos crueles y bárbaros, hiriendo y afrentando
al que es Padre de todos: que merecían que la tie­
rra los tragase vivos 6 se quedasen, como bus caba­
llerías, hechos unas estatuas sin movimiento; pero
que viese ya la pena y sincero dolor de sus corazo­
nes, que se compadeciese de ellos, que :os perdonase
F diese & ellos y & bus caballos libertad para seguir
su marcha. Habla tenido el Sonto revelación de lo
que 'habla de suceder y cómo vendrían & pedirle
perdón: asi nos lo dijo antes que llegasen. Los per­
dono benignamente y dlóles la licencia que pedían."
Uu ejemplo '.uu Uerulco <le pucleuclu y benignidad,
acompañado Ue tan siugulur prodigio, Talló más,
p a ra propagar y arraigar la fe de Jesucristo, que
cien discursos elocuentes; que no hay elocuencia
m&s persuasiva que la del ejemplo, y una religión
que enseña á practicar tales virtudes y va acompa­
sada de'mllagros no puede venir Bino d e l cielo.
Más fructuoso para la conversión de los gentiles
y cdlQcoeión de ios fieles fu6 el milagro que obró el
Santo en la ribera de un río, donde se habla dete­
nido á predicar & una gran multitud de Idólatras,
los cuales, al parecer, no so movían ni poco ni
mucho con su predicación. Fué el caso que, estando
en medio de su razonamiento, vieron todos lanzarse
en el t ío una horrible y monstruosa serpiente, qne
112 VIDA

desde la orilla opuesta 6 la que ellos ocupaban Te-


ufa, erguida la cabeza, silbando te pau Lusamente y
agitando con remolino las aguas. Turbóse la gente,
dló gritos y comenzó á. huir. Hizo seüal Marllu de
que no se moriesen; y, cuando Iba la serpiente fi
saltar A tierra, mandóle, en nombre de Dios, que se
volviese por donde había venido. Obedeció el mons­
truo en seguida y en pocos instantes desapareció de
la vista de todos. De aquí tomó pie el santo Obispo
para decirles: “ ¡Gran cosa es que hablo jo & las
serpientes y me escuchan: hablo & los hombres y pa­
rece que no me oyen I {A l nombro do Dios, hasta los
dragones se sujetan y obedecen, y al mismo santo
nombre tantos y tantos se obstinan y ©aderecen!"
Prosiguió, con lágrimas, echándoles en cara su In­
gratitud para con el Criador, Dios de infinita bon­
dad y -misericordia, ansioso de nuestro bien, y pon­
deró 1h mnllria y fernpldnd do la Infernal serpiente:
los tormentos reservados & los impíos y los premios
preparados para los buenos. Con tanto luego y efi­
cacia habló, que, entra tantos Idólatras, no quedó
ni uno solo que no se rindiese y desease el bau­
tismo.-
El siguiente caso, aunque no parezca dilecta­
mente enlazado con ln destrucción de 1& Idolatría,
contribuye, no obstante, á enaltecer el poderlo y
bondad de corazón de nuestro Santo aun en cosas
paquefiAS, con lo cual se acrecentaba más su autori­
dad y veneración y tenia más ascendiente sobre loa
pueblos para quitarles los falsos dioses y persua­
dirles la verdadera fe ; por donde, Indirectamente,
sirve también al fin general que San Martin se pro­
DE SAN M A3TÍS '113

ponía y nosotros en estos capítulos declaramos. Por


lo demás, nuda mis tierno y agradable que este
sencillo hecho.
Iba el Santo, con algunos monjes, visitando los
pueblos y recorriendo las provincias que no tenían
Pastor. En medio de ana Inmensa llanura se halló
con una turbe da cazadores, cuya jauría Iba ya &
los alcances de una tímida liebre. No habla en aquel
campo abla'to y eumplña rasa ni un árbol donde la
pobreclta pudiera guarecerse y descansar. Faltá­
banle ya les fuerzas y el aliento é Iba A caer exá­
nime, presa de los perros, cuando, al ver iá iSan
Martin, se neerefl & £1, Como paTa cobijarse bajo su

sombra y defenderse con su hábito. Conoció el


Sonto, enternecido, que el pobre animallto implo­
raba sn pTotccclSn. VolvlSsc 61 entonces A los pe
nos, que, ávidos de la presa, se arrojaban ya sobre
114 VISA DE 6AN 1L4BT1TT

elln; htzoles señal ron ln mnno de que se detuviesen


y *1 punto qnednron Inmobles, en el mismo sitio y
nctlrnd qne tenfnn. Bendijo Mnrttn fi la liebre, quo
apresuró sn carrera ; cnnndn l,i vlft segnrn soltó íi
los perros.
El hecho que sigue demuestra también el poder
que Dios había concedido & San Martín sobro los
Irracionales y la confianza que en su virtud tenían
sus discípulos. Sucedió, quizás en este mismo viaje,
que un monje compañero suyo ee vl 6 de repeute
acometido de un furioso mastín. En tan Inminente
peligro, pues Iba ya & clavarle los dientes, acordóse
de su buen Maestro y Padre, diciendo al animal:
"En nombre de mt Padre Martín, retírate y eat&to
quieto." No fué menester más para que aquel pe-
rrazo bajase laa orejas 7, sin dar un ladrido, se
fuese.
No sólo en esta ocasión se prevalió este discípulo
de la T lrtu d y poder de su Maestro; él y otros to­
maban su nombre como defensa y salvaguardia en
sus apuros y peligros. De donde sucedía que, viendo
los gentiles tales maravillas, las cuales Inútilmente
buscaban en los sacerdotes de. los ídolos, movíanse
con más facilidad & abandonar su falso culto y
abrazar la fe que les predicaba un Santo como
Martín y confirmaba con tantos y tan diversos pro­
digios.
XX

SAN MARTÍN RESUCITA 1 UN NlftO Y CONETBUÁ


CON PRODIGIOS I í A VF.RDADFRA FR

ár
ÁQ e lia comparado al glorioso ObIspo.de Tours
con los mismos santos Apóstoles, y, en sentir de
concienzudos escritores, se le ha comparado con
ellos, principalmente, por los muchos y estupendos
milagros que obró. Verificóse en él la predicción
que & sus discípulos hizo el Salvador del mundo:
“En iml nombre, lanzarán los demonios..., amansa­
rán las serpientes; si algún licor venenoso bebie­
ren, no les iharfi daflo; pondrán las manos sobre los
enfermos y quedaTán éstos curados... Y sus discí­
pulos fueron y predicaron en todas partes, coope­
rando el SeDor y confirmando su doctrina con los
milagros que la acompasaban” ( 1 ).
En los dos capítulos precedentes hemos visto al­
gunos de los muchos milagros que obró Dios, por
medio de San Martin, en las cosas Insensibles y en
los animales irracionales, en orden & la extirpación
de la idolatría y confirmación de la verdadera fe

(1) San Marcos, XVI, 17-20.


116 V IS A

de nuestro Seflor Jesucristo: on si presento toen-


ramos algo de la mucho que hizo, con este mismo
fin, en las personas A seres dotados de razón.
Y sea el primer milagro el que presenciaron, uo
una 6 dos personas, sino todo un pueblo. Iba San
Martin camino de Chnrtres, y, ni pasar por una
barriada extrema de la ciudad, ln gente qne le vló
ó supo qne pnsnlm sal Mi, por cir'losklíi/l, rt verle.
Un breve tiempo, mnvlilos unos por el ejemplo de loa
otros, Be agolparon casi bxlos los del barrk*. Er.ui
todos Idólatras; pero es sabido que, aun entre loe
gentiles, era respetado y muy popular San Martín,
por la. bondad y llaneza ton que, & ejemplo de
Cristo, los trataba. Ya fuera de las tapias y casas
del barrio se detuvo; y, viendo tanta gente reunida,
quiso decirles adiós y aprovechar, como solía, la oca­
sión de hacerles bien. En tono familiar y de padre
los exhortó A que fuesen buenos, á que se amasen y
viviesen eu paz. Hablando, hablando, y de unos en
otras, vino & decirles lo desgraciados que eran ado­
rando i dioses que ni oyen al ven : troncos de Arbo­
les y figuras de piedra que no sienten ni pueden
aliviar sus trabajos ni remediar sus necesidades;
1cuán felices serian el se hiciesen cristianos y ado­
rasen, como SI, al Dios que crió los cielos y la tie­
rra y tanto nos amó que dló su vida por nosotros,
que quiere que seamos hijos suyos y tiene tanto
poder que nos puede ’.lbrar de todo mal.
Esto les -estaba diciendo, cuando una pobre mu­
jer, llenando el aire de lamentos, y teniendo en sus
trazos un hijo suyo pequefiuelo que se le acababa
de morir, forcejeaba oon la apiñada muchedumbre
SE SAN lUBTÍiV 117

p ara que lu dtjaseu inisar adunde eslubu rf S im ia


Hlclérunle sitio; y al ver 4 San XXarLÍL, alzando
los brazos y mostrflndole fi su h i jo :

— Padre—exclamó,—dad la vida fi, mi hijo. No


tengo más que fl, 61 y la muerte me lo ha quitada
Piedad de mi, oh Padre, devolvédmelo vivo, vos
que podéis en nombre de vuestro Dios.
— i Piedad!— deola el pueblo fl, una voz, apoyando
la petición de la madre.— Esta es la mejor ocasión
de probar ser verdad lo que nos decíais.
Tomó entonces San Martín en sus manos el frío
cadáver del niño, postróse en tierra y, alzando loa
ojos al cíelo, hizo oración al Señor: reoordóle su
promesa, la palabra empeñada con sus Apóstoles:
que era llegada la hora de acrecentar el número de
118 VIDA

bu s servidores y la gloria de la Iglesia. Todos tenían


Ojos sus ojos en el Santo y en el niño, mudos de
expectación. Continuaba alin orando el siervo de
Dios, cuando ya el parrallto comenzó en los bra­
zos de San Martin A dar eeEales de nueva vida.
— Vive, vive —gritó la madre.
— E »tá vivo, está vive —continuó el pueblo, entu­
siasmado.— Grande es el Dios de los cristianos; no
queremos o tro : nuestro Dios es el Dios de Martin.
Devolvió éste A la madrea loca de alegría, su hijo
sonriente. £>1 pueblo pedia A gritos el santo bau­
tismo, y todos A una se arrodillaban A los pies de)
bienaventurado varón. Sin demora, allí mismo, en
el campo donde estaban, Imponiendo sns manos so­
bre ellos, los hizo & todos catecúmenos. “ Y, vol­
viéndose & nosotros—escribe Sulplclo Severo, testigo
ocular de esta escena,— dijo ‘ que no era fuera de
"razón liacer catecúmenos en el campo, donde los
"mártires solían consagrarse”, aludiendo A la cos­
tumbre de quitar la vldn A los mlrtlres en él campo,
fuera de la eludaiL"
Estando eu Charlres cuu Suu YaUuilinlano, obispo
de la diócesis, y Sao Ylotrlclo, obispo de RuAn,
llegóse A ellos un hombre llevando A su hija, ñifla
de do'e años y muda de nacimiento, rogando & San
Martin que la.sanase. Este, señalando A los dos
obispos allí presentes:
—Id —le dijo— b éstos, qne son m4s poderosos quo
yo delante de Dios.
Entablóse entonces entre los tres santos una eí
pedo de combato de humildad, en el cual, des­
pués de algún rato, tuvo que ceder el obispo dn
DE SAN I L iB T lN 110

Tours. Hizo oración, según sn costumbre; bendijo


iin poco de aceite y, dejando caer unas gotas sobre
los labios de la jovenclta, le preguntó:
—¿Cómo Se llana tu padre?
A lo que ella, con voz clara y distinta, respondió
satisfactoriamente. Estaba curada.
Célebre es el caso que pasó & Tetradlo, personaje
nobilísimo y Procónsul, de quien se hace mención
en el Oficio divino. Tenía éste un esclavo & quien
amaba mucho, en cuyo cuerpo, por permisión de
Dios, había entrado el demonio. Compadecido el
Procónsul al ver cómo le atormentaba el mal espí­
ritu, rogó al Santo que quisiera librarle de él, como
solía librar & otros. Accedió Martín y mandó que
se lo trajesen 6 su presencia. Era Inútil pretenderlo,
porque el pobre esclavo, ó se escondía en casa, donde
nadie pudiese encontrarle, 6 arrojaba de sí A dente­
lladas 6 con las uñas A los que se le acercaban.
En esta situación, pidió el buen Tetradlo al Santo
obispo se dignase pasar 6. su casa en persona. Em
gentil el Procónsul, y el Santo le respondió:
— ¿Cómo queréis que vaya yo a casa de nn Idó­
latra?
— Y o me haré cristiano—dijo Tetradlo— si libráis
del demonio & mi siervo.
Fuése con él San Martín; entró en su casa, puso
la mano sobre la cabeza del siervo y arrojó de él
al espíritu inmundo. Creyó Tetradio en nuestro
Seilor Jesucristo y en seguida fué recibido entre
los catecúmenos. Bautizado poco después, tuvo siem­
pre grande amor y veneración al que le habla con­
ducido al camino de la salud. Su conversión fué
120 VIDA

seguida de ln de otros muchos de su fam ilia y co­


nocidos.
Muchos son los casos de personas libradas del
Infernal espíritu que se registran en la vida de
San Martin, y el <1112 quisiere podrá leerlos en la
Vida y en los Diálogos que de él escribid d íg a n te -
meóte, en latín, Sulplclo Severo. P a r a nuestro ob­
jeto bastan los referidos. Ellos y todo el discurso
de la vida de nuestro héroe manifiestan la perpe­
tua lucha y antagonismo que existió siempre entre
M artín y el infierno, lucha y pelea que no acabó,
como veremos, sino «1 d ía en que nuestro iSanto
fué & recibir del Señor el premio de sus victorias,
U n Solo lieebo queremos añ ad ir p a ra terminar
este capitulo. 1 ' fu é que, hallándose en una dudad,
comenzó & esparcirse el rum or de qué el ejército
«le loe barbaros venia apresuradamente sabré ella,
resuelto ft, pasarla & sangre y fuego. Fácilmente se
comprende el pánico y consternación que tal noti­
cia produjo en los desprevenidos ciudadanos, r a l ­
laba en todos el consejo: nadie sabia qué hacer ni
qué resolución Lomar; temía tuda cual por si y por
sus ram illas, por sus liacleudas, üouru y vida. Sólo
Martin, eu medio de tonta turbación y congoja, te­
nia palabras de aliento y sabia consolar & los afli­
gidos h a bita n tes: todos acudían i& él, como ft su
común padre y refugio.
Sospechó e l Santo lo que aquello podía s e r ; se
encomendó & Dios, como solfa, ó hizo que le prc-
eentasen a l que habla esparcido la noticia. V ase con
él ft la Iglesia, y, codo el ando qne estaba poseído del
demonio, le m anda con Imperio, delante de la mal-
XJF. SAN M A RTI» 121

titud que habla acudido, que confiese si es verdad


ó no lo que habla dicho. Mal de 6U grado, se vI6
obligado & confesar “ que estaba poseído de diez
■demonios (1) encargados de diseminar este rumor
por el pueblo, para que, & lo menos con este temor,
se pusle9e en fuga. San M artin; qne en nada menos
pensaban los bárbaros que en acometer la ciudad".
Quedó ésta libre del miedo y turbación, acreditado
el Santo y, por ende, confirmada la doctrina, que
predi cuha y todos Animados fi. despreciar el culto
flri demonio en Ina falsos dioses y 6 adorar ni finirá
Dios verdadero.

(1 ) "T u n e ccnfesaus est, se decem daemones falsee, qui


rumorcm bunc per populum dlsscmlnassent." eulp. Sev.

-----
XXI

CORRERÍAS APOSTÓLICAS DE SAN MARTIN POR EL


PAlS DE LOS EDUOS.— VICTORIAS OBTENIDAS SO-
TIRE EL DRUIDISMO.

J K f 17É pensamiento de un antiguo orador Que


Dios no hubiera hecho tan grande & San Martin
si 6U campo de acclOn debía circunscribirse & la
Turena. Lo cierto es que se extendió mucho mfla.
Después de haber recorrido y renovado su diócesis,
el varOn de Dios sintióse movido & salir & otros
obispados y llevar & otros pastores su ayuda, con­
sejo y alegría. Contribuía esto poderosamente & que
hubiese entre ellos más unl6n y se animasen á ba­
tallar combinados contra los enemigos de la Iglesia
y de las almas. Vestido de una pobre túnica y un
grosero manto hecho de pelos de animales, mon­
tado en un humilde asnillo y acompañado de algu­
nos monjes, que, como tropas auxiliares, le seguían,
el célebre Obispo de Tours parecía el pobre misio­
nero que Iba evangelizando los pueblos y campIBas,
sembrando prodigios por doquiera.
VID A DE SAV M A R TÍN 123

Dotado de una actividad tan grande como eu celo,


recorrió casi todas las provincias de las Gallas,
combatiendo en todas partes y venciendo en todas
al p a g a n is m o , que huía ante su presencia, dejando
lugar & la verdadera fe del Evangelio. N ad a pudo
detener los pasos del Infatigable soldado da C risto :
ni las Arperas menta ñas de la Auvernla, ni las cos­
tas y salvajes peñascos de la Armfirlca, ni los vas­
tísimos bosques del país de los Carnntos, ni la re­
glón entonces inhospitalaria de Morv&n, apartados
y últimos reductos adonde se b ab la guarecido el
druiáismo, desterrado ya de las ciudades.
Preoedldo de eu reputación inmensa, circundado
de la «a r e o la d e sus virtudes y m ilagros, sin mas
arm as que la palabra d e Dios, la cruz, la oración
y la penitencia; con una caridad sin limites y una
fe capaz de trasladar las uioulaOus, presentóse M a r­
tin en el p aís de loe eduos ó borgofitses, que com­
prende la s ciudades de Autún, León, Macón y N e ­
vera. Evangelizando los pueblos y gentes que ha­
llaba ft su trfinslto, llegó i, Autún í postrarse sobre
la tumba de San Sinforlano, mdrtlr, y, bo ;bn allí
oración, visitar a l santo obispo Simplicio y ayu­
darle en su empresa de destruir los restos de la Ido­
latría.
Entonces hollaron sos venerables pies esta tierra,
que su celo santificó, y obró uno de los milagros
que hicieron Imperecedera «u memoria en Auttin.
N o lejos de la antigua puerta donde viene & pa­
r a r el camino de Langres, y m uy cerca del sepulcro
que encierra el cuerpo de San Sinforlano, se ele­
vaba mi templo en honor de Sarón, rey fabuloso
124 VTDA

de los galos, hijo de Somothes, hom bre (según de­


cían) fu meso por bu saber, de quien pretendían
traer ellos su o rig e n ; po r lo cual ana secta de los
dru idas tomó el nombre de Saronides. Estos drui­
das earónldes tenían en medio d e los bosques sa­
grados, que coronan las alturas reciñas de la d u ­
dad, un célebre co’.eglo, adonde acudía de todas
partes la juventud íl estudiar su religión y filo­

sofía. E l antiguo templo d e Snrón, que Imbía so­


brevivido fi, la proscripción de los druidas, era en­
tonces qulzfis el último baluarte del vencido paga­
nismo. L o había visto A la r a n desde el cementerio,
cuando oraba sobre la tumba de San Slnforlano, y
decidióse & hacer lo que bacía en todas partes, aun
con riesgo de su vida.
PR SAN MATtTÍTÍ 125

A tra sa d o de Indignación & vista de oste ultraje


In m a n e n te II Jesucristo, enu-a eu el templo, é Im­
pelido por el espíritu de Dios, derriba por el suelo
la estatua y el oltar. D e repente una turba furiosa
de gentiles armados se precipita sobre M artín, dando
salvajes alaridos, para defender y vengar ti su
ídolo. Uno de ellos, mfis atrevido y exasperado
que los demfls, sale de e s medio de la turba y va
& clavar la espada en el pecho del apóstol. Martín,
s u Inmutarse, a rro ja & un lado su capa y ofrece
« a desnuda garganta al asesina Ib a ya éste fl des­
cargar el golpe, tenia levantado el brazo, cuando,
de repente, cAesele el arm a de la mano, y confuso,
como aterrado por una fu erza superior, échasele &
sus pies y, todo temblando, lleno d e temor y res­
peto, le pide perdón. T a n Inesperado suceso con­
tuvo 6 los de luto. Levantó e l Santo del suelo al
que D ios milagrosamente h abía convertido; abra­
zóle corno A un h ijo muy amado, y aquellos b á r­
baros, penetrados de estupor ante una escena nunca
de ellos vista ni Imaginada, abrieron los ojos & la
verdad d e una religión que es toda am or y cari­
dad, que no tiene, como la d e loe druidas, sacrifi­
cios humanos y es tan pura, santa, razonable y
consoladora, como emanada del ciclo, y, finalmente,
divina.
E l templo de Sarón, destruidos los símbolos Ido­
látricos y purificado, Be dedicó al D ios verdadero,
y oon la advocación de los Apóstoles San Pedro y
San P a b lo se levantó un altar, qne fu é en la suce­
sión de los tiempos objeto de especial respeto y
veneración. M ás tarde engrandecióse el templo y
125 VIDA

vino & sor la célebre Iglesia do la abadía d e San


M artín de Autún. E l coro de la basílica, construido
en el sitio dando el furioso druida quiso m utar al
Santo 7 cayó prosa de un religioso terror, dló A
las futuras edades testimonio del celo del Incom­
parable pontlQce, del ascendiente divino de bu san­
tidad, de su paso po r estos sitios y de eus obras
apostólicas, que lian perpetuado sn nom bre y aore-
c.»ntirln su rvilfco. Tx»s Idólatras convertidos por el
milagro de San M artín juzgábanse dichosos a l acu­
dir á bandadas p i r a tributar un culto santo y
divino al Redentor del mundo a llí m Um o donde an ­
tes, desdichadamente, vertían sangre hum ana p ara
adorar a l demonio en la estatua de Sarón. Pero
Bigamos & nuestro Apóstol en sus correrlas evan­
gélicas.
E l druidismo, si bien agonizaba a l term inar el
siglo I V en casi toda la G alla, conservaba todavía,
como hemos dicho, sobre los empinados montes y
entre los Incultos habitantes de Morv&n supersti­
ciones, simulacros y adoradores obstinados hasta
la desesperación. Pero en ninguna parte el antiguo
culto de los druidas estaba tan arraigado como en
Beuvray. D e todos lo s puntos del territorio augusto-
dimensc 6 d e Borgoña se dirigía la vista & esa mon­
tan*, de largos desfiladeros y vertientes, cubierta
de rigorosa vegetación y cuya cima, envuelta entre
nieblas obscuras, frecuentemente herida con el rayo
de las tempestades, se levanta & m is de ochocien­
tos metros sobre el nivel del mar. Su posición do­
minante hizo que, desde el principio, la tomasen
como fortaleza los galos, y después los romanos.
DS SAN M A B T Írí 127

A un lioy se conservan entre el pueblo que habita


eu aua fald as vagos recuerdos y m enorías de un
castillo derribado y de Importantes sucesos verifi­
cados en otros tiempos sobre la meseta de aquellas
rocas escarpadas. Muestra aún el labrado r 7 cam­
pesino el emplazamiento de las puertaa descomu­
nales y gigantescas, que ola (dice él) desde Nevera,
& veinte leguas de distancia, rechinar sobre sus
goznes. Lo s aldeanos y pastores miedosos creen o ír
durante la noche, cuando sopla el vlonto entre las
hayas, ruidos Indescifrables: suenan trompetas, vo­
ces de mando dan árdanos & los trabajadores, cho­
can entre sf carros de guerra y corren eon grande
estruendo los tropas sobre sus trincheros... [T a l
es el poder de la superstición! A un hoy que sobre
el B e m r a y lia desaparecido todo rastro de habí-
tur Ifin, no faltan, ft principios de Mayo, numerosos
aldeanos qne, fieles ft la costumbre secular, empren­
den la ascensión de l>a montaíta, consagrando nal
un recuerdo á las antiguas asam bleas religiosas y
políticas, defensa de sn existencia nacional.
La elevada meseta de B euvray era al mismo
tiempo el centro de la rellei 6n y como el santuario
de las divinidades célticas. D etrás de ese baluarte
de las tribus del valle abrigábase en la época de
San M artin un culto en arm onía con el espíritu de
la Infancia 7 rudeza de los pueblos. H iere su Im a­
ginación, como & la de los niños, cuanto descuella
por sus enormes proporciones, por su fuerza desco­
munal 7 gigantesca mole, asi en los hombres como
en la naturaleza. L a s alturas eminentes, los Arbo­
les, la s rocas .Inaccesibles, las fuentes caudalosas,
128 VIDA

todos los elementos extraordinarios del mando sen­


sible, cuanto llena d e pasmo y admiración A los Ig­
norantes, estos son los dioses que se apoderan de
su Imaginación y la domlnau. E l druidlsm s, que
deificaba la s fuerzas de la naturaleza y todo cuanto
aparecía grande y sorprendente eu ella, había esco­
cido lie n los posiciones p a ra seducir & un pueblo
niño y supersticioso. L a cima del monte B euvray
parecía, en efecto, puesta allí de antemano para
recibir sem ejante culto de aquellas tribus salvajes.
Ocnlta unas veces entre las brum as del Morvfin,
despejada otras, ofreciendo fi. los ojos del especta­
dor un ¡horizonte eln límites que abrazaba casi todo
el territorio d e la confederación de los Eduos, debía
ser forzosamente el centro d e la religión, como era
el centro político y civil. P a r a esta religión mate­
rialista, ¿qué sitio podía haber infle grandioso y
magnífico? A ltísim as montañas, Tlsta de todos p ar­
tes inmensa, grandes perspectivas, deliciosos pano­
ramas, exuberante vegetación, árboles gigantescos,
espesos y sagrados bosques, fuentes num erosas que
vertían claras y abundantes aguas, peñas que aquí
y allí alzaban sus abru ptas frentes. A llí, en el
sombrío seno de los encinares, en medio del más
religioso silencio, celebraban los sacerdotes galos
sus misterios y daban lecciones sobre e l culto de
la naturaleza. Cuando los lóm anos conquistaron el
país agregaron al culto de las fuentes y d e las
rocas y & los misterios y sacrificios sangrientos del
druidismo las fiestas alegres de los dioses d e Bom a,
y muy particularm ente el de la diosa Flora, célebre
por sus danzas y cantares disolutos.
S E SáN M A S T ÍN 129

T res siglos de la era cristiana b atían pasado


j a , conviviendo, ailiora Juntos, ah ora separados, los
adeptos del druidismo y paganismo romano, cuan­
do, alentado S an M artin por la victoria obtenida
en Autfln, se decidió a dar la batalla ni demonio
sobre la cumbre de Beuvray. Rom píasele el cora-
zóu d e ptua al ver en aquella cima les altares y
estatuas de los falsos dioses y que e'. verdadero

Dios no recibiese a llí culto ni homenaje. Arriesgada


era la empresa, tal, qne ponía en Inminente peligro
sil v id a ; pero el heroico conquistador de las alm as
conflata mnnlio m i Dios y la Juagaba bien empleada
en d a rla por E l y por la salvación de lns Infelices
secuaces del druidismo. Montado sobre su asnillo,
sin otro acompañamiento que un gula, práctico en
loe desfiladeros de la monta fia, sin otras arm as qae
180 V ID A

la cruz y la oracióu, fué subiendo, subiendo, basta


llegar fl la meseta del Bc-UTray.
“ Cueiita la tradición local— dice Mr. Pablo Gue-
rln, de quien tomamos, en su mayor parte. las noti­
cias de este cnpltalo ( 1 ) — que mientras el sauto após­
tol evangelizaba, a l pie de una roca druidlca, 1 los
aldeanos endurecidos, faltó poco para ser víctima
de sa celo, repitiéndose la escena d e A utfln." Y A
esto creo que alude Sulpiclo Severo cuando, Inme­
diatamente después de referir aquel hecho, a Hade,
ea el mismo c a p ítu lo : “ N o es desemejante A esto
lo qué otra vez le sucedió, que, estando destruyendo
naos ídolos, y queriendo un idólatra herirle con
un cuchillo, eu el momento de asestar el golpe cayó
el hierro de sus manos y desapareció” (2). Afirm a
el citado Guertn que, amotinada la tu rb a salvaje de
idólatras que acudió, atizada, A lo que parece, por
los druidas, quiso apedrearle; pero libróle también,
como siempre, el Sefior, dándole completa victoria,
verificándose lo que escribe Sulpiclo en el mismo
capítulo, que, mitigados los Animos con su santa
predicación, habiendo recibido la luz de la verdad,
los miamos idólatras destruyeron sus templos.
Todo e a aquellos contornos atestigua los felices
resultados que obtuvo San M artín, la impresión
profunda que dejó su presencia y predicación. El
pueblo recogió estas impresiones y, de ed ad en edad,
se Jm ido transmitiendo la memoria del sitio donde
fué perseguido, y aun se creen ver estampadas en

(1) Lea Pet'.ta B olla n O M ta , t. X III, pflg. 92 .'.


(2) “ Cum eum ldola destrucatem cultro quídam fcrlre
volulsset, ln lpso letu rerrum el de manaras excussum aun
comparult." Vito 8. l ía r ii n i , cap. XV.
D Z SAN MARTIN 131

el suelo las pisadas de su humilde cabalgadura en


la roca que 11turnan el ra n o del asno. lina fuente,
consagrada ñutes & no sé qué diosa, lleva ahora el
nombre de San Martín, y & Sau Martín se dedicó,
en lo cima de la móntala, una capilla ú oratorio, en
sustitución del antiguo templo consagrado & los
Idolos. La capilla existió basta el siglo X V I I ; pero
ln veneración popular ha sobrevivido 6, sus ruinas.

-------------------
XXII
VA SAN U A B T lN A TBÉVEQIS A TBATAB CON EL
EMPERADOR GRACIANO. — SANA EN PARÍS Á UN
LtTKOSÜ .

i l m o rir Valentlnlano I (17 de Noviem bre


de 3T0) dejó dos liljo e : Graciano, de diez y siete
ufloti d « edad, liubido tui su prim era mujer, Severa,
y Valentlnlano, que sólo contaba cuatro a Sos. na­
cido d e su segunda mujer, la arrian a Justina. D e­
clarado ya Augusto desde los ocho aBos el niño
Graciano, fué proclamado Em perador por las tro­
pas en Ajnlens «1 21 de Agosto del 367 {1 ), y resi­
día ordinariamente, según lo dispuesto por su pa­
dre, en la ciudad de Tréverls. A Valentlnlano I I lo
proclamaron Em perador los generales do las tro­
pas de la Ilirla , & los seis días del fallecimiento
de sa padre, y a p a ra complacer & su madre Jus­
tina, y a porque juzgaban de la boedad de Graciano
que no se opondría & ello. Y así f u é : éste dló jvsr

(1) Loxou etal, H ia to lrc, I, 394.


VIDA DE SAN M A R T ÍN 133

buena la elección de su herm ino. Dividióse, pues,


el Imperio de Occidente, quedándose Graciano con
las Gallas, E spaña é Inglaterra, cediendo & Valen-
tlniano I I la Italia, Illrln y A frica. E l tío de ambos,
Valente, que teaía el imperio de las provincias de
Oriente, aumiue se disgustó de que no le hubiesen
consultado, no quiso, sin embargo, mover guerra il
sus sobrinos. En verdad, no tenían ellos c u lp a :
la elección del nlüo Valentm iaao fu é obra de los
manejos de los generales del ejército.
Pues bien; San Martín, que cuando reinaba Va-
lentüiiano I fué á su corte para tratar asuntos de su
diócesis concernientes á la m ayor gloria d e Dios,
tuvo ahora ocasión, según escribe su historiador
Landl, d e avistarse con el emperador Graciano por
iguales motivos, guindo siempre del celo de la sal­
vación de las alm as que Incesantemente le devo­
raba, 7 por el cual trocaba el retiro de la celda en
continuas correrlas apostólicas. Y es ciertamente
de m aravillar cómo un varón que desde nlüo se
sintió atraído i la soledad de los desiertos y la
procuró con tanto empeño, fandando monasterios
en los yermos y sitios nparta tíos, apenas sosegó un
puLtu desde que el Señor eulió sobre bus hombros
lu carga pastoral. Bleu ea verdad que el Santo
obispo llevaba siempre consigo la soledad, j pas­
toreando en ganado y yendo de camino no perdía
nunca su anión con Dios y con E l se entretenía en
continua y fervorosa oraclín.
Dícenos el citado L an di que fu é acogido San
M artín con grande am or y veneración del em pera­
dor Graciono y de su corte; y fácilm ente se coligo
134 VID A

que debió ser asi, ya por la piedad y bneuos senti­


mientos del joven Monarca, ya por la fam a de lu
santidad que rodeaba ni Obispo de Tours, A quien
escuchaban todos como íi ue oráculo.
Despachados eu breve y favorablemente los asun­
tos que le hubtan llevado ü la corte, se puso luego
« i camino p ara regresar A su amada diócesis.
N o puede el sol d e jar de esparcir sus rayos don-
doqnlera que ee llallí, ni jo d ia San M artín d e ja r

«U> im prim ir por donde pasaba las huellas de sil


caridad. D e regreso por Parts, al acercante 6, la
puerta meridional de esta ciudad vló aentiilo en
el suelo á. un pobre, cubierto d e los pies A la ca­
beza de asquerosísima lepra. Yerto y compadecerse
de él fu é todo ano. Acercóse á 61, besóle en la
frente y lo bendijo. Esto bastó para que a l punto
DE SAX MAUTÍX 135

quedase completamente sauo. A l día siguiente se


presentó el antes enfermo en la Iglesia, limpio y
con «1 cutis blanco y sonrosado, como ol de un
niño, fi. dar gracias & Dloe por el beneficio recibido
por medio do San Mártir. En el lugar donde suce­
dió este milagro levantó después la piedad <le los
fieles uim capilla.
I ’cro ¿<jn6 mucho es que obraeo por sí mismo estos
milagros, si hasta la orla do 6us vestidos 6 los
polos arrancados de ens cilicios daban, como escribe
Sulpielo Severo, la salud & los enfermos & quieres
se aplicaban?

-------------------
XXIII

COOPERA A LA ELECCIÓN DE EXCELENTES OBISPOS


EN VABIAS DIÓCESIS DE LAS 6 ALIAS

' osio cu rnú/3 de un pasaje de esta historia se


ha visto y en adelante se veril, el celo y actividad
de' santo Obispo de Tours no se limitaba al círculo
de su territorio 6 distrito de su diócesis ni al redu­
cido número de eua ovejas: en sn ooraz6n abarcaba
A todo el mundo, y cuando se trataba de hacer bien
no excluía & ninguno. Fuera de esto, por la auto­
ridad que le daban eus virtudes y la fama de sus
milagros, era el oráculo de las Gallas: eran segui­
dos de todos los buanos sus consejos, y hasta los
mismos Idólatras le miraban como un sér extraor­
dinario. Sobre todo «n lo que se refería al régimen
de los iglesias y ti las costumbres da los sacerdotes,
tenía un empeHo particular por la Importancia del
asunto. Telaba cnanto no e« decible porque los pas­
tores fuesen santos; que mal puede mirar por 1*
grey y alejar de ella loa lobos carniceros el que en
su doctrina 6 costumbres lo es. Era mfis necesaria
esta vigilancia en unos tiempos, como los de San
Martin, en que cuidaban los arríanos y entraban
VTDA DE SAN V A B T ÍN 137

muclios, favorecidos por los ofleinles del Imperio,


no p ara guardar, sino para destruir el rebatió; no
por la puerta, sino fraudulentamente, por las tapias
del redil.
Precisamente, como decíamos arriba, fué este uno
de los motivos que indujo a l Santo A fundar mo­
nasterios de fervorosos monjes, que fuesen como
un semillero de idóneos é Intachables sacerdotes y
Trclados. Y Dios mismo, que inspiró & M artín esta
feliz idea, mostró no pocas veces con prodigios cufin
acepta y agradable le era la elección que de ellos
se hacía.
Estaba vacante la sede episcopal de Angers y
contendían entre sí el clero y el pueblo sobre la
elección del futuro obispo. A griábanse los inlmoa
y enardecíanse en da día más, como suele suceder
cuando se meten de por medio las pasiones y p a r­
cialidades. No podían avenirse n i llegar & un acuer­
do. SQpolo Sau M artín y condolióse del caso. U n
día qne con m is ardor altercaban anos y otros en
la iglesia se presenta de repente entre ellos nues­
tro Santo, y con la gravedad que el caso requerín
y su carácter le d a b a : "N o alterquéis m is — les
dijo,— ¡hijos míos. Dios ha escogido ya para sí vues­
tro Pastor y debéis conformaros con bu elección.
Vuestro obispo es M a u rlllo ; id algunos de vosotros
A buscarlo y participadle la divina voluntad, m ani­
festada por iul medio." Y coulinuó luoaLrüiidjlea
cu ín peligroso era dejarse llevar del propio Juicio y
particulares Intereses en m ateria de elecciones, y
cuántos bienes podían prometerse d e lknuevo Tastor
que Dios les concedía.
VITA

H abía sido M aurlllo en tiempos atr&s ordenado


y a de lector por San Dionisio, obispo de Milán, sn
patria ¡ y dejada bu madre con los cnantioaoB bie­
nes que poseía, vínose ÍL Tours para hacerse discí­
pulo de San Martín, el cual, conociendo su mucha
virtud, pasado algún tiempo lo promovía & las sa­
gradas Crdcnes, con Intención de servirse de <S'. on
su Iglesia. M as el Sefior, encendiendo en el pedio
del nuevo sacerdote un gran deseo de vivir desco­
nocido y polo, lo condujo al lugar donde quorí* le
Rirvlese en ocupaciones d e en m ayor gloria. Poriue,
subiendo un din í. nn Aspero monte distante cintro
millas de Ja rlndnd de Angers, descubrió que no
lejos d e nllt seducía el dem orlo <1 mucha gente por
medio de un ídolo, venerado eu un antiquísimo
templo. Sintióse Inspirado A destruir el ídolo, arra­
par el templo y lib rar al pueblo de aquella vana su­
perstición. A este fin, multiplicó sus ayunos y peni­
tencias y se litigaba todas la s noches, secretamente,
A orar cerca de aquel sitio, como quien repetía los
asaltos contra el enemigo encerrado en aquella fo r­
taleza. Penetró los cielos su oración y, como otro
Elias, hizo descender de lo alto el fuego devorados,
que en un momento redujo A ceniza aquél baluarte
d e Satanás. Luego, bajando a l pueblo, les declaró
el en gato en que vLvínn, los Instruyó en las ver­
dades de la fe, y con tan feliz suerte, que dentro
de poco todos eran cristianos.
Empleándose en el cultivo de aquella pequeña
grey ¡halláronle '.os enviados de A n ge rs; comuni­
cáronle el mensaje que traían de parte de la ciu­
dad y ln orden de su P adre y maestro San M artin;
DE SAN M A RTÍN 1 39

bnj6 M a u rlllo la cabeza an te la volu ntad d e Dlofi


y se d e jó conducir íl la ciudad, qu e ansiosamente
le esperaba.
' Vióse que e ra todo d el agrad o del S e ñ o r; porque
ni e n tra r M a u rlllo en la Iglesia ap areció en el a ire
unn palom a qn e vino ifl posarse visib lem en te sobre

eu cabeza y CBtuvo Inmoble sobro ella hasta tanto


que el canto Pontifica q u » lo consagraba llegó al
momento da la imposición de las m anos; que en­
tonces, alzando rápidamente el vuelo, desapareció
d e la vista. Nuestro Stunto vió durante Xas sagrada»
ceremonias aleo mftg que los otros fieles: refería
de«priís, en pruelm del m í rito del 'buen Panto? do
Angprs, que los Anéeles le rodeaban y formabnn en
140 VIDA

tomo 6 uyo brillantísim a corona. P or treinta anos


gobernó su Iglesia con suma prudencia y santidad,
acompañada do prodigios del ciclo: fu 6 uno do los
nula santos obispos de su tiempo.
SI fu 6 adm irable la elecclóu de M aurlllo, no lo
os menos la siguiente, del sucesor de San laborío,
obispo de la iglesia cenomnnonse, hoy Mans, su fra­
gánea de Tours. H allábase San Libarlo enfermo y
próximo á su fln, cuando, apareciéndose un ángel
(V San Martin, le d i j o : “ Anda, que el amado de Dios,
Liliorlo, se muere.” Fué corriendo nuestro Santo,
y cerca ya ríe la ciudad vló trabajando en una vlfia
íl nn discfpnlo sr.yo, qne acompañaba la obra de
sus manes con el cántico de los salmos. Llam ábase
Viturlo, estaba ordenado de diácono; era, seeún la
permisión de aauellos tiempos, casado y tenia un
b ija de poca edad, todavía catecúmeno. A l verlo
M artín le reveló el Seüor que lo había escogido por
inmediato sucesor de San LIborio. Saludóle, puos,
el Santo, diciendo: “ Bien hallado sea nuestro obis­
p o ”, y le puso en sus monos el bastón qne llevaba.
Continuó sn camino y asistió al moribundo con
aquella devoción y mutuo cariño y am or qne era
natural reinase entre dos santos que se despedían
en la tierra p a ra volverse fi ab ra sa r dentro de poco
en el cielo.
Llegado el día de la elección del nuevo obispo,
San M artín propuso a i clero y pueblo reunido el
nombre del escogido de Dios p ara aquella dignidad.
Con universal alegría y perfecta unanimidad fué
acogido por todos el enviado del S e ñ o r: recibió el
on i en sacerdotal; y consagrado obispo con las ce-
DE SAN H A B T ÍN 141

renronins prescritas, ocnpO dignamente la silla de


Jlans. Su m ujer vivió stntamente en vida solitaria,
y el Difío, bautizado por San M artín con el nombre
de Vlctorlo, siguió á nuestro Santo, quien hizo de
él un dlguo sucesor de au pudre.
E l cielo sh; eucargO Ue m anifestar cuüu agruduble
habla slúo í Dios el cump’.lmleuio de su sautísium
voluntad. Porque, regresando poco después íi Tour*
M artin y su nuevo discípulo, mientras le inculcaba
aqnél la obediencia que debía tener & los mayores,
vieron á un pobre do go que estaba eu la ribera del
Dolru aguardando que viniese por allí alguno que
le ayudase & pasar ü la o tra parte. Entonces el
santo Obispo, para acostumbrar al discípulo n o v e l:
"A n d a — le dijo,— toma por la mono li aquel hom­
bre, acércalo al agua, l&vnl-e la cara y d lle quo se
reoiga A m í.” Obedeció dócilmente Vlctorlo, y al
primer contacto de sus manos vló abrirse los ojos
del ciego y recobrar perfectamente la Tista. Tleno
de Júbilo, fné en seguida á postrarse A los pies del
Santo. “H ijo mío, ya vea— repuso San M artín—
cuánto «g r a d a a'. Señor la obediencia, pues por
haber tú obedecido ba querido E l devolver la vista
& este ciego.”
A qué grado de santidad llegase Vlctorlo bajo
la dirección de San M artín lo demuestra e l hecho
de que, al -morir su padre, le eligiese por su Pastor
la Iglesia de Mans, que los celebra como santos en
su Oficio divino y léanse bus vidas en la obra Acta
Sancionan, una 1 25 de Agosto y otra el 1.° de
Septiembre.
Entre los muchos prelados y obispas discípulos
142 VIDA DE SA3 JLARTf.N

de San Martin se cuentan San Martin, abad de


Salntes, cuya fieBta es 4 7 de Diciembre; otro Snu
Martin de Brlve la Guillante; San Maurilio, San
Vitarlo y Sau Vlctorio, citados en este capitulo;
Snu Ylctrlelo, obispo de Euan; San Claro, abad;
San llelsme 0 Máximo de Cblnon; San Félix,
obispo de TréverLs; San BrJclo, sucesor de San
Martin ea la Iglesia de Tours, de quien tendremos
que hablar m&a adelante; Sulplclo Severo, eu pri­
mer historiador y buen latinista entre los escrito­
res de su tiempo, a quien algunos nombran santo
y obispo por contundirlo, sin dada, con San Sul­
plclo el Severo, que rué obispo de Bourges (1).

(1) Véase acerca do nuestro Historiador y do sus obras lo


que escribí el P. Lokqubval. Hiatwre. t. 1. pininas 390-397,
y Analecta Dollandiana, V il, 274, 275.

-------------------
XXIV

EL PASTOS VISITANDO A SO HEBAÑO.— IGLESIAS


Y MONASTERIOS.— VIRTUDES Y MILAGROS

^ A . kmom dicto yn en Ion capítulos precedentes


que diondnqnloríi que derribaba el Snntn íüglín tem­
plo 6 «Im nl'ifm de los fd'iloa, nllf «rllflfaha 1111.1
Iglesia 6 capilla al verdadero Dios, y con frecuen­
cia también algún monasterio contiguo adonde se
acogiesen loa que aspirasen & vida más santa y
perfecta. Gloria suya es, y una de las mayores, ha­
ber establecido el primero en la diócesis de Toürs.
y quizás en toda, la Galla, las parroquias rurales.
De ahí es que apenas habla pueblo que no can­
tase, por lo menos, alguna Iglesia 6 monasterio. Y
como el Santo no se contentaba meramente con
lxaiber levantado las paredes de la casa de ODIos,
sino que quería qne en fuese realmente a lo ­
rado el SeBor y que inorase con gusto en los que
eran templos vivos de la divina Majestad, los visi­
taba A menudo, porque sabia bien cuán provechosa
7 útil es al rebano la presencia del pastor y la
continua vigilancia sobre las ovejas y los zagales.
▼IDA

To r esto se le llama, con razón, el apóstol de los


campos y aldeas.
E l modo de hacer las visitas no podía ser más
sencillo. Caminaba, acom pasado de algún clérigo
ó monje, & pie, 6, cuando m ás viejo, montado sobre
un humilde jumentlllo. Ib a de ordinario puesto su
pensamiento en Dios, meditando las verdades y mis­
terios de nuestra santa religión ó reanndo con el
compañero ó compañeros de v ia je los salmos de
David. Tenia también sus coloquios y conversacio­
nes con los que le acompañaban ó hallaba a', paso.
Y por cierto que no eran desabridas ni tristes sus
pláticas, aunque sazonadas siempre oon la sal de
la prndcncla y el espíritu de caridad. D e cuanto
veía tomaba pie para saca r luego una oportuna
moraleja. Asi, encontrándose un día con un rebaño
recientemente esquilado, d ijo & los compañeros de
viaje, aludiendo al E vangelio: “M ira d c6mo estas
ovejltas ñon cumplido el consejo evangélico: el que
tuviere dos túnicas, dé una a l que no tuviere.’’
Viendo 4 un mozo d e aspecto despreciable, que,
cubierto coa cuatro harapos, hambriento y tem­
blando de Crio, estaba guardando una piara de cer­
dos, exclam ó: “ H e ahí & nuestro prim er padre
A dán , que, echado del P araíso, donde im peraba
a t o S las más nobles criaturas, ahora se ve cons­
treñido t servir & inmundos animales. Despojémo­
nos de todo Jo que todavía tenemos del primero y
vistámonos cuanto eea posible del segundo Adán,
que es Cristo." A l pasar otra vez por un pirado,
vio qne una parte estaba enteramente rasa, por
haber andado por a llí platas de cerdos, que hablan
DE SAN M A R TÍN 145

arrancado, escarbando, hasta las ratees; otra parte


estaba medio desflorada, porque las vacas y ovejas
hablan comido las extrem idades mAs altas y salien­
tes de los plantas y h o ja s ; la tercera parte, que
permanecía Intacta, lozaneaba hermosa y florida,
alegrando la vista con sus frescos colores y re­
creando el olfato con la fragan cia de sus aromas.
Comparó esta diversidad a tres estados del h om bre:
la prim era del campo yermo A los esclavos de sus
vicios y pasiones; la segunda a l estado de los ca­
sados ; lu tercera 1 los que viren loablemente en el
es lado d e .coullneuclu y virginidad.
D « esta, manera, oou la aineuldad d « eu conver­
sación, suavidad de eu trato, llaneza con todos y
aquel agrado singular y facilidad en contentarse
de lo que otros h adan , pasaban alegremente lns
fatigas del enmino y juzgábanse dichosos loa que le
podían acompañar.
Su entrada en las poblaciones y monasterios era
la entrada del varó a de Dios, del que venia en
nombre del SeSor, tiáyéndolcs la paz y la s bendi
clones d «l cielo. N o temían bus visitas, como se
temen las de un Juez y pesquisidor: al contrario,
eran deseadas, como ee desean las de un padre que­
rido, cuya presencia es como la del sol en un día
de Enero.
T.legado A un lugar, no perm itía se hiciese con
ftl tilngtln gnstn extraordinario, ni en ln comida
(que era la usual y acoatiur-hradn. en s 'i m o T in s-
terlo de Tours, según arrib a dijim os) ni en su
aposento. N o podía consentir Que sn estancia en
ninguna parte fuese era vosa A sos huéspedes; y en
146 t h >a

esto obraba, no sólo como v a r t a de D loa y muy


mortificado, como lo era en realidad, sino también
como hombre prudente y de inundo.
D a b a principio & la risita pastoral, después de
los primeros abrazos y efusiones de caridad, por lo
que concernía a l culto de Dios y aseo de los tem­
plos. Quería £1 que en estos palacios d e la divini­
dad, donde se digna Dios habitar entre las hom­
bres, encerrado en loa tabernáculos y sagrarlos,
trono de sus misericordias, donde oye m ejor nues­
tras frases y se inmola cada d ía sobre los altares,
fuese todo limpio, puro y panto: el pavimento y
las paredes, las vestiduras sacerdotales, y sobre
todo los ministros del santuario que intervienen en
la celebración de los divinos misterios y sacrifican
ai Omnipotente la hostia pura, santa 6 inmaculada.
E staba él tan penetrado de la presencia real del
Salvador de los liuiubiea y de lu uuguslu MuJtalad
de Dios en los templos, que su actitud ordinaria
era estar «111 postrado humildemente de rodillas 6
pegado su rostro con el suelo. Nunoa, s i no era
cuaudo forzosamente lo prescribía «1 ceremonial,
ocupaba el trono que correspondía ú sn dignidad
de o bisp o : cuando, falto de fuerzas 0 doblegado
por los años, se veta precisado & sentarse, lo h a d a
cu un banquillo 6¿n respaldo, como un sim ple m o­
naguillo. Su ejemplo era adm irable lección para
los dem&s y & todos pegaba su devoción y recogi­
miento. L a profanidad y falta de «llénelo en la
casa de D io s y lu gar de oración, el atropellamlento
é Irreverencia en las ceremonias hnbiérase repu­
tado por un crimen.
US s i n M A B T ll' 147

T ec la metida en el alm a la Ineludible obligación


que Incumbe á loe pastores de apacentar con sana
doctrina y fam iliares instrucciones catequísticas &
su rebatió, y en exigir el cumplimiento de esta obli­
gación e ra bastante severo. Y tenia razón, porqua
los tiempos oran m alos: el enemigo, que nunca
duerme, no se descuidaba de sembrax elzatta da
errores en el campo de la Iglesia, y e ra preciso
velar para que la gente sencilla no fuese seducida
por los fu l303 doctores d e las sectas. D e aqnf que
Inculcase también el estudio y traíwijo, porque loa
sacerdotes delien ser los custodios de la ciencia
« li r a d a , y de .os labios del sncexdote han d e recibir
los pueblos la sabiduría.
P on ía sumo empeño eu que huyesen todos de la
ociosidad y del regalo y que se guardase la debida
separación d e sexos. A este tenor, corregía, con
aquella blandura y eficacia que le caracterizaba,
los abusos que por ventura encontraba: médico pru­
dentísimo, acordábase que h a b la venido A sanar, no
& profundizar las lierldaB, y alcanzaba míLs coa
una simple amonestación, heoha & tiempo y como
él sabia hacerla, que hubieran otros logrado fulm i­
nando rayos y centellas. Quería meter fl Cristo ea
.el corazón de todos, como quien conocía que si
Cristo reinaba en su espíritu y s e enseñoreaba de
sus almas, no era necesario más.
P or semejante m anera procedía en la visita de
loa monasterios. L o primero que deseaba d e sus
monjes era que estuviesen Intimamente penetrados
del Un que les habla Inducido & abrazar aquella
vida d e perfección y santidad; que nunca perdiesen
148 VIDA

de vista el blanco y meta de su Instituto, y no dege-


hctosce do aquellos altos pensamientos y deseos
quo un día los sacaren del mundo para seguir de
carca á Jesucristo crucificado. Tenia gran celo por
la observancia regular. Fomentaba el espíritu de
penitencia, hum ildad y o ra ció n : de obediencia ú.
sus superiores, de fraterna caridad y de celo de la
salvación de sus prójimos.
Decíales que no imaginasen ¡hubiesen de carecer
de tentaciones y peleas can sus enemigos los demo­
nios, pues ln vldn era un no interrumpido batallar,
y el demonio lhs nlrftdedor de onda «lint, pomo lefin
hambriento, dando rrglrios y luisrnndo presn qne
devorar. Que sa adiestrasen para la pelea, pues
góIo serla coronado el aue legítimamente comba­
tiese basta el fin y saliese vencedor en la lucha.
Que embrazasen el escudo de la fe, la lorien de ln
justicia y el yelmo de la salud. Prevínoles contra
las Ilusiones del demonio, que unas veces nos oom-
liate abiertam ente; otras, &e transform a en finge]
de luz 6 nos prepara emboscadas.
H a b la dotado el Señor & su siervo de una emi­
nente discreción de espíritu; conocía los ardides
del demonio & las m il m aiavlllas, sus entradas y
salidas, sus embustes y m arañ as; y de todo esto
dló señaladas pruebas en sus visitas, librando íí
muchos de los enredos y astucias de Satanfis, como
se veril en los casos siguientes:
Cierto soldado, arrojado en medio de la Iglesia
el ctngulo m ilitar, abrazó «1 estado monacal, colo­
cando fi su m ujer, pues era casado, en un monas­
terio de religiosas. Construyóse p ara si una estro-
BE SAN M A R TÍN 149

c!ia celda en la cima de nnn apartada montana,


donde, como un ormltnño, pasaba austeramente la
vida. Después de algunos elfi s comenzO el demonio

A turbar su corazóu con groseros pensamientos.


Vínole A la mente que eerfa mejor llam ar á su
mujer, y «n oompaBla suya hacer vida so lita ria :
ambos se anim arían mutuamente con el ejem plo:
vivirían como Angeles del Paraíso. T an Ilusionado
eetabft el pobre hombre con sus fantasías espiritua­
les, que, resuelto A ponerla por obra, fu¿ al varón
de D ios A d a rle cuenta de su resolución. L a des­
aprobó el Santo y procuro quitársela d e la cabeza:
mostrúle los Inconvenientes que h ab ía y cuAn ajeno
era todo eso de la profesión qne ambos consortes
hablan abrazado. |Parece increíble io que puede
150 VID A

nnn Uualñn! E n cosa tan manifiesta estaba ciego


e; pobre bombre, insistiendo en su opinión de qne
no existía peligro ninguno: qne él era soldado de
Cristo y ella consagrada 4 D io s; que ambos »unr-
dnrfan la fe Jurada y servirían «1 comfin Señor
(v>n tnda fidelidad.
Pintoneen el Santo ( r e f e T l r f i nnn mlsmna ralnhrns,
dice Sulplnio Severo), entonces M artín prosl^nlrt:
— Dlme. ¿estuviste alguna ve* en campaña? ¿For­
maste eu las filas para acometer al enemigo 7
— Muchas — respondió. — Frecuentemente salí A
campaña y con el ejército tomé Darte en acciones
de guerra.
— Dlm e, pues, ¿viste jam ás en el ejército fo r­
mado ya en orden de batalla, 6 en el acto de cerrar
con el enemigo, -desenvainada la espada y lachando
cuerpo & cuerpo, viste, digo, alguna vez que estu­
viese a llí 6 pelease alguna mujer?
Avergonzóse el soldado y bajó los ojos confun­
dido, dándole gracias a l mismo tiempo d e qae no
le foublese permitido poner p ar obra su descabe­
llada (resolución y de que tan blandamente, con
una comparación eendlla, tom ada de su arte m ili­
tar, le hubiese desengañado y corregido.
X volviéndose á nosotros (continúa Sulplclo Se­
vero) prosiguió el Santo: “N o vaya la m ujer a l
campamento de los hom bres: habite lejos, reti­
rada en su casa: tácese despreciable el ejército, si
con los escuadrones de los combatientes se mezcla
la turba femenina. Salga el soldado al campo, pe­
lee en la b a ta lla ; habite la m ujer detras de las
murallas. Tiene también « lia su gloria s i ausente
DE SAN M A R T ÍX 151

del viró n guardare continencia; esta «a bu prim era


virtud y consumada v ic to ria : no ser blanco de las
m iradas de nadie; «o?» vi'leri, no >er vista.”
D e muy distinto género fu é la Ilusión que pade­
ció un Joven monje, discípulo del santo abad Claro.
Este santo varón, de espíritu levantado, dejadas
todas las cosas, edificó un monasterio no m uy dis­
tante del de San Martin. Atraídos por las virtudes
del Insigne superior, acudieron numerosos jóvenes,
y entre ellos uno, por nombre Anatollo, que ai cubo
de poco tiempo dló en singularizarse de los dcmfis
y en sem brar la voz de que era especialmente visi­
tado del Señor y favorecido con celestiales comu­
nicaciones. Esto, dicho por €1, le enajenaba, natu­
ralmente, las voluntades de todos, pues es sabido
que los verdaderos santos ocultan cnanto pueden
esta clase de favores. Reprendíale, como era razón,
San Claro, y eus amonestaciones, lo mi&mo que
las maliciosas sonrisas é Intencionadas frases de
los monjes, m aldita la g r a d a que le hacían. D aba
de ello señales y aseguraba que D io s castigarla al
monasterio, porque uo apreciaban como debían los
dones del clejo, y que asi se lo habían revelado
los ángeles que con frecuencia le visitaban. Eira In­
útil hacerle reconvenciones y presentarle los ejem­
plos de los varones Ilustres en santidad, que hablan
echado todos por opuesto camino, despreciándose
¡V si mismos y ahondando coda d ía en su propio
conocimiento. P or ab re v ia r: tan ciego y pagado de
el estaba, que llegó un día A decir que í la noche
siguiente le traerían los ángeles una riquísim a ves­
tidura, en prueba de su buen espíritu y santidad.
152 VIDA

Fácilmente se comprende la expectación que ha­


bría en el monasterio. M a y entrada y a la noche
slntlOse de repente un espantoso terrem oto: pa­
recía venirse & tierra el edificio; vlóse Iluminada
la celda de A ra to llo con extraordinario resplandor
y oíanse voces, coma si muabos hablasen & la vez.
D e pronto cesa el tumulto y la alg a z a ra ; des­
aparecen sin saber cómo los que h a b la b a n ; y sa­
liendo Anatolio de su celda, llam a & uno de los
monjes, llam ado Sabaclo, y le muestra la túnica
de que estaba revestida Kstupelacto éste, convoca
a los dem áa: acude el mismo San Claro, y acer­
cando la luz & la túnica, la examinan todos dili­
gentemente. E ra la vestidura finísima, de una b'.an-
cura acuno la* nieve, con fra n ja s de brillante púr­
p u r a ; sin embargo, no podían averiguar de qué
lela fu ese: sólo podían afirm ar que al tacto 7 0
la vialu parecía reuliueute tela ó ropa. Mandó San
Claro & '.os monjes liislsLlr en la oración p a ra que
el Señor les declarase lo que era aqu éllo; as i es
que pasaron lo que restaba de la noche en blmnoe
y salmos.
Tenida la mañana siguiente, diapuso el santo
abad fuese llevado Anatolio & San Martin, pues
estaba persuadido de quo & la presencia de Éste
eo desharían los embustes y trampantojos del de­
monio. Cuando esto oyó «1 joven Iluso se irritó,
diciendo que de ninguna m anera quería Ir. Cogié­
ronle del brazo ; pero él se resistía. Entonces se le
escapó decir “ que le hablan prohibido se presen­
to Re fi M a rtín ”. N o le valló esta razón, antes bien
confirmó á los monjes en la resolución de llevarle,
DE SAN M A IlT fN 153

de grado 6 por fuerza. X sucedió que cuando medio


arrastrando le conducían contra eu voluntad, dpa-
vancclósu! en el aire la famosa vestidura, desapa­
reciendo de entre las manos de los que cocido dal
bra7i> le llevaban.
Flusta aguí el relato de Sulplclo Severo en el
capitulo X X I I I de la Vida i e San M artin. L&ndl,
en la H istoria de nuestro Santo, citando d varios
nntores, escribe que fué lib ra d » de tan grav e Ilu­
sión por nuestro Incomparable taumaturgo, y añade
que, reconocido el monje, confesó que todo le habla
venido por el espíritu d e soberbia, por haber que­
rido ser m is estimado y tenido por santo que los
demás.
Quiso vengarse el demonio de la continua guerra
que San M artín le bacía, y asi una vez, en cierta
visita pastoral de su diócesis, levantándose de noche
A la oración, según acostumbraba, yendo í. b a ja r
per una escalera, echóle el demonio desde arrib a y
fué rodando por los escalones, causándose muchas
.heridas, algunas d e suma gravedad. Recogiéronle
de tierra sus discípulos y turo que gu ardar cama,
con grandes dolores. Sufríalos él Santo con admi­
rable paciencia y mansedumbre, basta que, en lo
m is retío del peligro, vino un ángel del cielo con
un vaslto de bálsamo y, ungiéndole los miembros
doloridos, le sané completamente y pudo proseguir
la santa visita.
Más grave fu é el riesgo que corrió en otra oca­
sión. E ra un día riguroso de invierno, y aterido de
frío entré el Santo en una iglesia al caer de la
tarde. Mientras bada oración, compadecidos los
154 VXDA

discípulos, areglaron eu pobre lecho de p a ja en


una. estancia oontleua ft la Iglesia, y p ara calen­
tarlo pusieron debajo un pooo de fuego. Llegada la
hora de descansar, Martin, siempre severo consigo,
tiró fi un lado la paja, y, extendiendo sobre la dura
tierra el cilicio, se acostó encima, aorno solía. No

desaprovechó la ocasión el eterno enemigo de San


Martin. Acercó el fuego fi la p a ja, y soplando por
una rendija, pronto se vió el Santo rodeada de
llamas y aspirando humo. Corrió fi. la puerta del
DE SAI» U A B T lV 155

npcserto; pero por mfis q ae forcejeó por abrirla,


no pudo. Y a lam ia el fuego su vestido cuando, en­
trando en sí, hizo la eefial de la cruz. A l punto
retrocedieron l i s llamas, dirigiéndose 6 la pared
opuesta y dejando Intacto a l varón «le Dios. A cu ­
dieron los discípulos corriendo, llenos de temor de
encontrarlo a b ra sa d a D erribaron la puerta, y al
verlo sano dieron g r a d a s al cielo. Confesaba el
Santo que mientras se valló de eu industria el
fuego le perseguía y sentía sub naturales efectos,
como lo atestiguaban los vestidos, y a cham uscados;
pero Que, después d e hecha la sefial de la cruz, le
eran de refrigerio las llamas, y ponderaba la m ali­
cia del demonio, que no sólo le habla puesto en el
peligro del fuego, sino que le habla quitado el pen­
samiento de acu dir Inmediatamente A Dios. De
esto tomaron pie los émulos del Santo p ara reba­
ja r la virtud y poder de Martin, como si hubiese
faltado en acudir & Dioa ó no tuviese gran cabida
con bu divina Majestad, pues no respetaron las
llam as sus vestidos. Pero ¿de qué no toma pie la
envidia y emulación p a ra criticar & Dos santos y
reba jar el mérito de los que valen más? A éstos
refutó S'jlpicio Severo en una carta que escribió
sobre el asunto.
Procuraba también el Santo obispo en sus visi­
tas unir A los desavenidos; y si b aila b a enemista­
des en los pueblos ó en las fam ilias, era cosa s a ­
bida que en llegando él hablan de desaparecer.
N a d ie resistía ü un v a rta que era todo paz 7 cari­
dad. Tero no bOIo atendía 4 lo principal que perte­
nece al a lm a : culJulu luiubléu del remedio de sub
156 VIDA

necesidades temporales y inlrp.ba por el bienestar


del cuerpo. Como se vió en una ocasión en que,
pasando por el territorio senonense ó de Auxerre,
lo vló en gran parte talado por un fuerte pedrisco
y fu riosa tempestad. Y oyendo de sos habitantes
lamentarse de qne casi todos los años sobrevenía
una tormenta semejante, que arruinaba los campos,
les d ijo : “ Tened buen ánimo, que mientras yo viva
no padeceréis tam aña desgracia.” Y así fué, que
hasta la muerte del Santo no cayó sobre aquella
comarca ninguna lluvia de granizo ó pedrisco.
Otro caso se refiere, sucedido en la ciudad de
Tours, que adm iró & sus habitantes y libró de la
muerte & muchos infelices.
E l conde Avlclano, que habla s ilo lugarteniente
de Jallano el Apóstata en A frica, era 6 la sazón
Presidente ó Prefecto de Turena, hombre feroz y
sanguinario. U n a tarde, acompañado <le gran mu­
chedumbre de reos que hublu capturado eu su pro­
vincia, entró eu T ours con grande aparato, resuelto
ft hacer al día siguiente un castigo ejemplar. Todos
hablan de ser ejecutados; reíanse en la plaza loa
Instrumentos del suplicio y estaban abiertos los
calabozos donde pasarían la noche.
Llegó el caso & oídos del Santo, cuando y a las
tinieblas so extendían «o b re la tierra. So'.o, Inerme,
puesta en Dios su confianza, salo M artín del mo­
nasterio y se encamina A la ciudad, distante doe
millas, decidido & salv ar la vida de los presos.
Cuando penetró en ella reinaba el silencio mús
profundo. Dirigióse al palacio de Avlclano, y ha­
llando la puerta cerrada y en completa soledad y
DE SAN MABTlN 167

tinieblas aquel sitio, se puso en fervorosa oración.


Mientras oraba, «1 (Ingel del Señor reprendía al
bárbaro Avlclano : “ ¡ Tú duermes, y el siervo de Dios
Martín está postrado en el umbral de tu c a s a !"
Agitado y lleno de temor salta Ue la cam a y manda
& sus criados que abran la puerta é Introduzcan
al venerable Obispo & su presencia. Los criados,
que descansaban entonces y no querían perder la
nocüe, volvieron luego diciendo que no liabla tal
obispo; que m oraba en el monasterio tan distante
y no era tiempo de venir, y que aquello debía ser
un sueno O p e sa d illa; que descansase y se volviese
& la cama. Tranquil Izóse el Prefecto y ue retlruruu
todjü.
Nu pudo, ülu embargo, pegar los ojos. Y ¡uo sólo
uu podía dormir, sino que ee sintió atormentado
con diversas y horribles visiones, que no le deja­
ban sosegar un punto. S altó & tierra, mandó de
nuevo que abriesen, y como no acudiesen tan pron­
to, bajó £1 mismo á la puerta, y viendo a l Saato
so arrojó & sus pies, pialóle perdón, y sin dejarlo
hablar, le concedió la vida y la libertad do los
presos. Sólo le rogaba que tuviese fl bien el reti­
rarse, porque temía no qalsleTa el cielo vengar en
él la Injuria que le liabta Inferido (1). Fuése M a r ­
tin, y antes de ray ar el alb a habla Avlclano, con
los suyos, salido de Tours, y con su partida de­
vuelto A la ciudad, por la Industria y caridad de
su Pnrtre y Pastor, la tranquilidad y la alegrfn.
Hizo JTifls el enntn Prelado. Como no mudase el

(1) “ DlBcefle quastoclus. ne me ob lnjurlam tuam cae-


leette ira consumat.” Gulp. Set. Dial, m , cap. IV .
158 VIDA D I SAN MASTÍN

Prefecto de condición y desabogase su furor en


otras partes, y no hubiese, donde Martin no estaba,
quien le fuese & la uiuuu a l otro á quien 61 respe­
tara, delennluG buscarte el bueu Pustor y curorli
de una vez. Hallóle, y anlea de bublarle vio sobre
los hombros de Aviclano un horrible demonio, que
era el atizador de las crueldades que come Lia. Al
verle Martin comenzO á soplar sobre íl, como suele
hacerse en los exorcismos. Creyó Aviclano que el
Santo obispo soplaba, sobre £1, y tomándolo eat>
por ofensa 6 falta de respeto, le dijo: “ Pero, Pa­
dre, ¿esto hacéis conmigo?” “ No es fi vos—res­
pondió «1 Santo, -Bino al espíritu que os domina."
De esta suerte arrojó al demonio, y en adelante
fu6 Aviclano otro bien diferente del que habla sido.
XXV

ENTREVISTA DE SAN M ABTlN CON EL EMPERADOR


JlAXLMO---- CONVITES. — LOS PRISCILIAN1STA9.—
NO QUIERE H A R T lN DEEHAMAMIENTO DE SANGRE.
VUELTA A TOnttS. — HAN PAÜM NO DE ÑOLA. —
EJEMPLO DE UNA SANTA VIBGEN.

JgjS oro tiempo go7/ Grada™ 1a dignidad Im­


perial. En 25 de Agosto de 383 fué alevosamente
asesinadlo, cuando sClo contaba veinticuatro años.
Máximo fué levantado Emperador por las tropas
y poco después se dirigió & Tréverls, su residencia
Imperial.
“ Por consecuencia de la misma revolución polí­
tica— sscrlbo Rohrbacher (1)— Snn Martin de Tours
fufi á Tríverls á solicitar el perdón del Emperador
en favor de algunas personas, para obtener la li­
bertad de algunos prisioneros, hacer llamar & los
desterrados y devolver bienes confiscados. Pero so­
licitaba esta gracia de un modo tan nohle, que pa­
recía más bien mandar que suplicar. Muchas veces
el emperador Máximo le Invitó & oomer & su mesa,

(1) B U toria universal déla Ig lttia ca tíH ci, 11b. X X X V I.


Sulp. Bev., Dialogo II, cap. V il.
160 VIDA

lo cual rehusó por largo tiempo, diciendo que no


podía comer con un hombre que había quitado la
vida t un Em perador y & otr-¿ sua Estados. Máximo
protestó que no habla tomado el Imperio volunta­
riamente, Bino que los soldados le liabían obligado
á e llo ; que el resultado Increíble que le había
dado la victoria parecía una señal de la voluntad
de Dios, y que ninguno de sus enemigos había
muerto sino con las arm as en la mano y en el
campo de batallo. San M artín se dejó vencer por
estas razones 6 por sus ruegos y consintió al fin en
comer con 51. E l Em perador tuvo de esto alegría
extrema y rnnvldft, mmn A festín extraordinario, A
las personns más consideradas de su cort?, su her­
mano y su primo, ambos condes, y fi Evodlo, pre­
fecto del Pretorio y después cónsul. M artín fué
colocado a l lado del Emperador, y el sacerdote que
le acompañaba er.tre los dos condes. En medio de
la comida, un oficia", presentó la copa 4 Máximo,
según costum bre; él la hizo d ar & San Martin, es­
perando recibirla de su m ano; pero cuando éste
la hubo llevado á sus lab loa dló la copa á su sacer­
dote, como al m ás digno de los comensales. El
Em perador y todos los asistentes quedaron a g ra ­
dablemente sorprendidos; se habló de ello en p a la­
cio y se alabó á San M artín de haber hecho en la
mesa del Em perador lo que otro Obispo no hubiera
osado en la mesa del menor de los jueces.
"Habiéndose concillado M áxim o asi su Indulgen­
cia, le hacía venir A menudo p a ra ¡hablar con él.
S us conversaciones sólo versaban sobre la m asera
con que es preciso pa sa r la vida presente, sobre lo
DE SAN’ H ARTl.V 161

que tenemos que temer 6 esperar en la otra, sobre


la gloria d e los fieles y la dicha eterno de los San-
toB. E n estas expansiones de la Intimidad cristiana
no temió predecir al nuevo Emperador que si p a ­
saba 4 Icalla para iiaccr la guerra & Valentlnlano,
como lo había pensado yn, Alcanzaría la victoria
desde luego, poro que pooo después perecería. 1 ’
esta fué exactamente lo que ocurrió después, Bogóu
votemos más adelante.
'X a emperatriz Placldla, & su vez, estaba d ía y
noche ocupada en escuchar al santo Obispo, per­
maneciendo sentada ft « ub píos sobre el suelo, sin
poderlo abnndonnr. Im itando ft. la m ujer del E v an ­
gelio, mflü de unji vez loa regó d e WVgrlmns y enjugó
con sus cabellos. Quiso también convidarle fi comer
en particular. Obtuvo p ara es:o permiso del Empe­
rador, y am bos le aprem iaron de tal m asera, que
Martin no pudo defenderse SLn embargo, no hacia
esto sin mucha repugnancia, porque jam ás dejaba
aproxim arse & él ninguna mujer. Pero tenia planes
máa vastos y ee creía obligado & acomodarse & la
necesidad del tiempo y de’ lugar donde se encon­
traba. E ra menester m anejar el espíritu de un
principe quisquilloso y descontentadizo; tenia que
pedir gracias p n n prisioneros de E stad o; se tra­
taba de hacer devolver la libertad y los bienes
nonflseados & los desterrados. F u era d e esto, le
había conmovido mucho la fe de la Emperatriz, y
fidemfis, su propia edad de setenta anos le permlttu
usar de alguna m ayor libertad en la materia. L a
Emperatriz quiso preparar por si todo lo que debía
presentar al sante Obispo. N o comió oon él, con­
VIDA

tentándose con servirle. E lla le señaló el sitio, le


preparó la mesa, le pnso el cubierto, le dló el agua
para lavarse las manos y le presento las viandas,
que h abla aderezado por s ( misma. Mientras comía
el sonto Obispo manteníase apartada, de pie, In­
móvil, oon los ojos bajos, en la postura modesta
de una sirvienta. D ábale de beber y le presentaba
el vaso en su mano. T cuando la comida se acabó
recogió con cuidado, como recompensa de sn tra­
bajo, basta las m igajas del pan que el Santo habla
dejado, prefiriéndolas & toda la magnificencia de
la mesa Im perial."
Otros asuntos harto m5s graves agitaban por en­
tonces la corte del Emperador. H ablase levantado
años atrás en España la h c e jla de los priscllia-
ulstas. Su jefe, Frlsclllano, hombre audaz, elocuente
y dado ■& las artes m lgicas, anatematizado con
otros secuaces suyos por el Concillo de Zaragoza,
fué A Rom a ti sincerarse de sus doctrinas delante
del Papú Sau Dámaso, que, bien enterado de todo,
no sólo no quiso desaprobar lo decretado por el
Concillo, pero ol siquiera quiso d a r audiencia y
recibir al perverso y solapado Uereslaroa. Viéndose
éste desatendido en Roma, pretendió que el empe­
rador Graciano entendiese en su causa; y ganando
con dádivas a l je fe d e palacio, Macedonlo, logró
que el Em perador diese un decreto revocando lo
que ee había actuado contra ellos y reponiéndolos
en sus antiguas dignidades.
A l volver triunfantes 1 Etj^afla cometieron P rls-
clllano y los Buyos no pocos desmanes, y sus ene­
migos se vieron en Inminente peligro. N o todos los
DE HAK .W A K llN 163

que se opouíuu al Prlsellianl.-mo obraban-con puro


celo de la verdadera religión, procurando el mayor
servicio de D i o s : movíanse también algunos por
privados intereses y bastardas pasiones. Distin­
guióse entre éstos el Obispo Itacio, que se vió
an la precisión de hu ir fi. las Gaitas. N o escarmen­
tado aún A vista de los funestos resultados de
poner la s pnestlonen religiosas en manos del poder
temporal, en ciwinto snpo que Máxim o era reco­
nocido Em perador en Bretaña y que Iba á paaar
i la Galla, resolvió mantenerse quieto basta su
llegada. Cuando M áxim o entró victorioso en Tré-
verls, Itacio le presentó una Instancia llena de acu­
saciones contra Prlsclllano y sus secuaces. M áxim o
escribió al Prefecto de las G allas y al V icario de
España que hicieran conducir & Bárdeos & todos
aquellos en general que se bailasen Inficionados de
la herejía, para ser Juzgados a llí por uu Concillo.
Ju stando y Prlsclllano fueron conducidos d la pre­
sencia de los Padres. Hizo se hablar & Justando
el primero, y como se defendiera mal, fué decla­
rado indigno del episcopado.
A vista de la condenación de Justando hecha
por el Concillo, temió Prlsclllano Igual suerte, y,
sin responder í los cargos que se le hacían, apeló
al Emperador. Débiles en dem asía los Obispos, t u ­
vieron la Imprudencia de adm itir tan ilegitima ape­
lación. CondUJose, pues, á Tráverls, ante Máxim o,
á todos aquellos que estaban envueltos en esta acu-
a a d ó n ; siguiéronlos, como acusadores, los Obispos
Idaclo é Itacio, llenos de Ira y respirando ven­
ganza.
161 TI D i

Continuaba todavía en Tréveris San Martin, que


s o b a t ía regresado aún A sn diócesis del viaje que
comenzamos A contar a l principio de este capitulo,
y, como era razón, ee opuso A que el gobierno secu­
la r conociera de causas de fe, consideradas como
talles, y ¡habló al Em perador con santa energía, ma­
nifestándole que no era de su Incumbencia aquella
causa y que no «sta b a bien castigar en aquellos
circunstancias con derramamiento de sangre 4 los
prlscillanlstas. Desagradaba A las gentes honradas
que los enemigos d e FxlscLUano obrasen m is por
pasión de salir adelante en su empresa que por
celo de la justicia, particularm ente Itaclo, que no
tenía la gravedad que corresponde & un Obispo n i
las virtudes propias que debea adornar al que re ­
prende A otros» E ra atrevido hasta la Impudencia,
violento, locuaz, amigo de los placeres... N o cesaba
S an M artin de reprender su conducta y le apre­
m iaba A que desistiese de su acusación delante del
E m perador; por otra parte, rogaba & M áxim o que
no vertiera la sangre de los culpables y que no
b a t ía ejemplo de que loa causas eclesiásticas fue­
sen racionalmente sometidas al fallo de un tribu ­
n al secular. Itaclo, lejos d e aprovecharse de los ¿vi­
sos del santo Obispo de Tours, tuvo la osadía de
acusarle d e fa u to r de los herejes, como acostum­
braba ¡hacerlo con todos aquellos cuya vida le pa­
recía austera y condenatoria de su orgullo y livian­
dad. ¡ Desvergüenza Increíble, «1 no viniese atesti­
guada por todos los biógrafos de nuestro Santo,
i A qué extremos puede llevar la pasito no refre­
n a d a ! N o absolvía M artín & los pTlsclliaulstas ni
DE SAN MATtTiN 155

favorecía {claro está) sus errores; pero no quería


quu su causa, eu cuauto al dogma j doctrinas se
refería, fuese juzgada por un tribunal Incompe­
tente, ni era tampoco partidario de que se vertiese
sangre, y mucho menos de que pidiese su derram a­
miento un Obispo, y un Obispo como Itacio.
Presto el emperador M áxim o tanta a tenelín &
las amonestaciones del santo Obispo, que mientras
éste permaneció en T ?6 veris el juicio fuó difirién­
dose, y antes de volverse & T ours consiguió que
M&ximo empeñase su p a lab ra de que no se derra­
maría la sangre do los culpables.
A pesar de esto, luego que partió San M artín
el Em perador se dejó a rrastrar por los malos con­
sejos de los Obispos M aguo y Rufo. Encomendó 1a
cansa <le los priscllianistns ft Rvodlo, prefecto del
Pretorio, (pilen, examinados y probados lo » críme­
nes de Priscillaiijo, le puso en prisión é hizo r e la ­
ción del proceso a l Emperador. Este juzgó que él
y sus cómplices debían ser condenados A muerte.
Fallada la sentencia, fueroin llevados al suplicio el
dicho Prlsclllano y cuatro más. “ L a Providencia—
dice D . Vicente d e la Fuente— iberia fi. Prlscfllano
por sus propios filos, y al tu rba* el orden de los
juicios eclesiásticos con su Indiscreta apelación al
Emperador, le hacía p a gar la temeridad con su
propia sangre, que no hubieran derram ado los P a ­
dres de B urdeos.” Sobre este heoho hace Menén-
dez y Pel&yo (H is to ria de los heterodoxos españo­
les, I, 110 de la prim era edición) la s Bleulsntea
reflexione!:
" E l suplido de Prlsclllano ee el prim er ejemplo
16C VIDA

de sangre derram ada por cuestión <1e lierejfa «jur*


ofrecen los anales eclesllisticos. ¿Fué Injusto cu bí
y dentro de la legislación de aauella edad? D e nin­
guna m anera: el crimen de ¡heterodoxia tiene un
doble c a r4 c t«r; como crimen político qne rompe la
nnldad y arm onía del Estado y ataca las bases so­
ciales, estaba y est& en los países católicos penado
por leyes civiles mfis 6 menos duras, se g ín los
tiempos; pero en la penalidad no hay dudn. Ade-
jnfi.8, los prlaclllanlstas eran reos de crímenes co­
munes, según lo que de ellos cuentan, y la pena
de muerte, que hoy nos parece excesiva p ara todo,
no lo era en el siglo V ni en muchos después. Gomo
pecado, la herejía es t i sujeta 1 punición espiritual.
A hora bien, ¿en quC consistió el yerro d e Itaclo y
de los suyos? Duro era proclam ar qu$ es preciso
el exterm inio de los herejes p or el hierro y por el
fu e g o ; pero en esto cabe disculpa. Prisclliano —
dice San Jerónimo— fu é condenado por la espada
de la ley y por la autoridad de todo el orbe. E l cas­
tigo era del todo legal y fué aprobado, aunque se
•pilcaba entonces por vez primera. ¿En qué estuvo,
pues, la Ilegalidad censurada y desaprobada por
San M artin de Tours y su apasionado biógrafo
Sulplclo Severo? E n haber solicitado Ida cío é Ita-
cio la Intervención del príncipe en el Suntuario.
E n habeT consentido los Obispos congregados en
Burdeos y en Tréverls que el Em perador avocase
& en foro la causa no sentenciada aún, con mani­
fiesta violación de los derechos de Ja Iglesia, única
que puede definir en cuestiones dogmáticas y se­
parar al hereje de la comunión de los fieles. P or lo
DE SAN M A R TÍN 167

dem is, era deber del Em perador castigar, como lo


bizo. 1 los secuaces de una doctrina que, según dice
San León el Magno, condenaba toda honestidad,
rom pía el sagrado vinculo del m atrim onio y ho­
llaba toda ley divina y humana con el principio
fatalista. L a iglesia no invoca el apoyo de las po­
testades tem porales; pero te acepta cuando se le
ofrecen p a ra castigar crímenes minios.
’’l>a porflada intervención de San M artin de Tours
en fa v o r de los desdichados prlscilianistas es un
rasgo honrosísimo para su caridad ev an gélica; pero
nada prueba contra los castigos temporales impues­
tos <1 los herejes. D e Igual suerte hubiera podido
solicitar uquel Suato el Indulto de un fai-lneroso,
homicida, adúltero, etc., sin que por esto debiéra­
mos Inferir que condenaba el rigor de las le>es
contra los delincuentes comunes...
"E sto aparte, no cabe d u dar que Itaclo procedió
con encarnizamiento, pasión y animosidades perso­
nales, Indignas de un Obispo, en la persecución con­
tra los prisclllanlatas.” H asta aquf Menéndez y
Pelayo.
Poro volvamos 4 San Martín, A quien dejamos
cuando salla de Tréverls.
D e camino p a ra 6U diócesis visito en Taim es ó
V len a d e F ran cia & Paulino, 1 aquel que, conver­
tido pocos aBos después A la fe católica por per­
suasión de su esposa T arasla, llegó & ser gran
Santo y Obispo de Ñola, tenido ya entonces por
ano de los hombres m il» insignes, i causa de su
nobleza, erudición y dignidad secular, pues slando
a fin Joven fué prefecto tic Itomn y cónsul, y haUfi-
I6 « VIDA

base aliora cu Vlena u u y enfermo de la vista j


con un ojo casi perdido. A l cual, luego que vló San
M artin y se hicieron mutuamente los prim eras s a ­
lutaciones, tocando el Santo con un pañollto el ojo
enfermo, fll Instante lo sanó. Pero m áí que por la
recobrada salud corporal gozó Paulino con la pre­
sencia del santo Obispo por el bien que le hizo en
el alm a. Porque aquel desprecio de las cosas del
mundo, el vestido pobre y vil, bis fatigas continuas
y gravísimos en tal edad, el rigo r de la vida, tan
esclarecido don de milagros con tan profunda h u ­
m ildad y menosprecio de sf, aquel hablar siempre
de D ios y de los verdaderos bienes del Paraíso,
sem blaron en el corazón de Paulino la semilla de
santidad, que & su tiempo germinó con tanta loza­
nía, hasta enriquecer de dulcísimos frutos á lo
Iglesia y al mundo.
Otro hecho acaeció ft San M artín er. este mismo
viaje. P asab a cerca d e Poitlers, donde vivía una
santísima virgen, retirada con o tra piadosa m ujer
y a de edad. Escriben algunos que h abla venido de:
Orlente con Santa Florencia fi ser instruida de San
H ilario, 7 que, muerto éBte, se había acogido i. la so­
ledad en aquella campiña. L le v ab a una vida sonta
y no adm itía vlBltas de hombre ninguno. San M a r­
tín, ya que se ofrecía ocasión, creyó conveniente
verla, por justos respetos, tanto p ara cerciorarse
por si mismo de lo que publicaba la fama, cuanto
p a ra anim arla ft perseverar en sus buenos propó­
sitos si el caso lo requería. Pasáronle recado de
que el Obispo de T o u rs estaba a llí y venía & visi­
tarla. Creían todos que la piadosa virgen & tal aviso
DE SAX M A R TiK 169

lletnríasc de gozo y devota veneración. EslfHose


uno» insta utes suspensa é indecisfl. Pero. pens&u-
(lolo un momento y alzando la vista al cielo, mandó

(i la m ujer que vivía con ella la excusase de reci­


b irlo ; porque, habiendo hecho propósito d e no ad­
m itir en sn casa visita d e hombre ninguno, no que­
ría quebrantarlo con un varón t a i santo, que sabría
interpretar bien su resolución; con lo cual queda­
rla ella mfis autorizada en adelante p a ra rechazar
&, todos ios demás, vien d o que n i aun «1 Obispo de
Tours había recibido.
N o llevó & n a l la negativa, antea admitió gus­
toso la escusa y tomó de ella ocasión p ara hacer
170 VIDA DE SAB MARTIN

un grande elogio de Stu Hilario, que tnn sólida


monte hobfn formado & su cLiselpnlíi. Encareció la
conveniencia de que las virgen ee rehúsen las visi­
tas de los hombres, nunqne eenn piadosos; y no
con palabras, sino con la obra y con la paz de sem­
blante y corazón con que recibió la negativa, nos
dló un admirable ejemplo de profunda humildad y
mansedumbre, como aotn bien Sulplclo Severo.
Titiegn que vi ó alejarse ni Santo envió ln pru­
dente virgen ñ ln mnjer de antes que le llevase uu
canastillo de fruta, rogándole de nuevo se sirviese
excusarla y se dignase aceptar aquel humilde pre­
sente en seünl de su rendida devoción. Y el Santo,
que no solía admitir muiea regalos- de mujeres,
aceptó y agradeció éste, diciendo no ser justo que
el sacerdote rehusase en aquella ocasión lo que
enviaba aquella virgen, que era superior en virtud
y santidad á muchos sacerdotes.
XXVI

VUELTO A SC IG LE S IA, ATIENDE SAN M AR TIN A l;


UINI9TERIO PASTORAL. — E9 LLAMADO CON UR­
GENCIA A LA CORTE DEL EMPERADOR.

< k
J ü ’T k s t i t c I do San Martin fi sn iglesia, continuo
con su acostumbrado Actividad y fervor las obras
del ministerio pastoral, confirmando con asiduas
exhortaciones ü los débiles, instruyendo & los Igno­
rantes, reduciendo al camino de la verdad & los
descaminados, proveyendo, en una palabra, & las
necesidades espirituales y temporales de su grey,
corando basta con milagros sus enfermedades y
males y despojándose d« sus propios vestidos para
cufcrlr la desnudez ajena.
Solfa tener en aquellos tiempos cada Iglesia epis­
copal un eltlo particular, llamado secretarlo, algo
asi como nuestras sacristías, adonde se retiraban
los Prelados, ya para der audiencia & los que acu­
dían 4 ellos, ya para recibir las salutaciones del
pueblo 0 para prepararse A celebrar los divinos
misterios. El día, pues, de Navidad, andando una
vez el Santo con este fin ft la Iglesia, le enoontrG
en el camino un polire transido d« frío y medio
172 VIDA

desnudo, que le rogó le luciese la limosna de ves­


tirlo. Vuelto M artin ni Arcediano, rjue le acompa-
flaba, mandóle fuese ea seguida a comprarle un
vestido, y sin más se er.trfl en aquel lugar í hacer
oración, dejando A los otros ministros el cargo de
recibir las Instancias y salutaciones del pueblo.
E l pobre, después de esperar un rato, no viendo
ni al Arcediano ni «1 vestido, peuetró secretamente
donde se habla escondido el S;wL> ¡ dolióse di
haber sido burlado dél miuistro, pues 110 lo habla
vuelto fi ver, y ya se m oría de frío. Entonces qui­
tase San M artin la tónica y dásela al pobre, que­
dándose oólo con el manteo ó capa, relegó entre­
tanto la hora de comenzar el Eanto Sacrificio; viene
el Arcediano diciendo que el pueblo está agu ar­
dando. “Y o no puedo ir — responde el varón de
DIob— el el pobre no ee viste prim ero.” E l A rc e­
diano, que no vota q u « el Sanco estaba Interior­
mente desnudo, porque el mnnteo le cabria, no
advirtió que lo decía por si mismo y repuso q u «
r f polirs ro podría vestir después y que hahía <les-
ap ajfw ldo; que urgía salir ni sitar. “Dadm e— re­
plicó entonces el Santo,— dadme 4 mí el vestido
que os éhcnrguó. y a aue el pobre no está lejos ni
puede celebrar si primero no se viste.”
E l Arcediano, montando en cólem, corre 4 com­
p rar un vestido de pobre, semejante al saco largo
y áspero, erizado d e pelo, que usan los marineros,
y lo arro ja & los pies del Obispo. “H e aquí el
vestido — d ic e ; — pero yo no veo ft nlngtin pobre 4
quien se b a y a de vestir.” E l varón’ de Dios no le
contestó; eln Inmutarse, con su ordinaria paz, hizo
UC SAN M 1<i i 173

que el Arcediano se retirase f u e r a : clSósc aquel


Aspero saco y salló á la Iglesia á comoazar el sacro­
santo Sacrificio. En uiedio del cual, como en testi­
monio de la ardiente caridad que poco antes habla
usado oon e' pobre, apnrecló ¿ vista d e muchos
sobre sil fflbezn un globo de fuego, que, después do
haberlo envuelto unos Instantes sin que le ofen­
diesen las llamas, *e lpvantCi en el nlro, dejando en
pos de sí uua radiante estela de luz.
Continuó también librando, como antas, 4 los
desventurados en cuyos cuernos entraba el espí­
ritu malo y ü varios luírnres infestados del demo­
n io ; todo lo cual omitimos n a rt evitar la repetición
de casos eemej antes á los y a referidos, y vengamos
d otro asunto mfis importante en la vida de nues­
tro Santo.
M ientras San M artin ttendla & estas y semejan­
tes obras, propias de su ministerio episcopal, con
grande gloria de Dios 7 aprovechamiento de las
almas, recibió la noticia de que en Tréverls anda­
ban m uy revueltas las cosas, y de que el Em pera­
dor, desentendiéndose de la promesa qne le habla
hecho, no sólo habla consentido en la muerte de
Prisclliano y algunos que le seguían, sino que, ce­
diendo fl. las instigaciones de M agno y Rufo, Obis­
pos ltaclanoa, se disponía ¡L enviar & España tri­
bunos ó comlslonadoe encargados de Investigar y
exterminar £ cuántos' estuviesen afiliados al pris-,
clll&nlsmo, la cual ponía en grave riesgo & los
católicos que fuesen Injustamente acusados. A d e ­
nitis, que muchos Obispos de las Gallas, reunidos
on T réverls p ara la consagración de Félix, ele­
174 V I D A I)E S A N J IA H T ÍN

vado á la sede episcopal de aquella diócesis, comu­


nicaban con Itaclo y con Iob otros que hablan
cooperado & aquellas muertes; que uno solo. Teog-
nosto, disentía de los demfis y se habla atrevido 3
excomulgarlo; finalmente, que, contra la palabra
empeñada, estaba en Inminente peligro la vida de
los dos personajes, el conde Narsés y él goberna­
dor Leucadlo, temidos por demasiado afectos al em­
perador Graciano.
A l saber tan graves noticias estremecióse el va­
rón de Dios, y, lleno del espirita de mansedumbre
y caridad, oo temió arrostrar los trabajos de un
viaje tan pesado para en edad avanzada, y aun las
Iraa y enojo de loe ltacianos y del mismo Empera­
dor. Y sin mfls dilaciones partió para Tréverls.
XXVII
DE LO QUE LE SUCEDIÓ L A SEGUNDA VEZ QUE FUÉ
A LA COBTE DEL EMPEfiADOB UÁXiMO

uando se supo eu Tréverla que San MarlLu


’.xilTÍa & la corte Imperial, apoderóse de los obis­
pos itaclanos el bien fundado temor de que el
Obispo de Tours desaprobarla su conducta y uni-
rlase A Teognosto, que, como hemos dicho, pública­
mente se habla apartado <le su comunión, anatema-
tlzindoloa.
Persuadieron al Em perador quo le enviase algu­
nos oficiales que la saliesen al encuentro en el ca­
mino p ara intimarle que no prosigulse su v ia je ni
ge acercase fi. las puertas de la ciudad si s o prome­
tía prim ero v iv ir en buena correspondencia con
los Obispos que había en Tréverls, sin tu rbar su
armonía ni alterar la paz. E l Santo con gran dis­
creción elud'ó diestramente esta asechanza y con­
testó que venta a m ln pnz de Jesucristo. Y en­
trando de noche en la ciudad, se fué solo á. la Igle­
sia y la pasó toda entera en oración. El día si-,
guíente se dirigió fi. palacio: habló en prim er lu gar
1 M áxim o ea fav or de Narsés y Leocadio, y pro­
curó después persuadirle qne no enviase los tribu-
176 VID A

ncm A Espuüa, deseando cou toilo su corazón, no


sólo H lr a r A los cutóllcws, qut* en sínnejaute oca­
sión habían de padecer uiuclio, aiuu sulvur también
la vida & los mismos herejes. E l astuto Em perador
turro suspenso por dos días al Santo, 0 pura dar
m ayor peao & la gracia con la dilación, 0 porque
uo podía moderar su cólera con aquellos partida­
rios d e Graciano 6 reprim ir la avaricia con que
aspiraba 6. enriquecerse can sus bienes.
Entretanto San M artín ec abstenía de tratar ó
comunicar con los Obispos, y éstos, temerosos, re
currleron d M áxim o p a ra darle sus quejas y reprc
sentarle que se verían separados de todos si el
ejemplo y autoridad de M artín añadía nueva fuerza
& lu pertinacia do Toognosto, que solo entre todos
los Obispos tuvo el atrevimiento de condenarlos y
publica? s'.i sentencia. Tje decían que no d e b í* ha­
bar permitido que pnslpfle «1 pie en la rin d n d ; qnt*
no sólo era el defensor, sino también «1 protector
de los herejes, y que nada se b ab la conseguido oon
quitar la vida 4 Prisclllano, si M artin pretendía
vengar su muerte. Ultimamente, postrados fi sus
pies, con muchas lagrimas, le pidieron usase de bu
poder, y poco íaltó p ara que M áxim o se dejase
persuadir de aquellos Prelados y tratase 4 San
M artín como á an hereje. ~
N o obstante la propensión d e M ix lm o á, íavor do
aquellos Obispos, teniendo presente lo que el varón
de Dios excedía en la fe, santidad y virtud a l co­
mún de los mortales, determinó vencer por oti'o
camino su constancia. Mandó que viniese & verle
secretamente, y con dulces palabras le declaró qne
DE SAN M A R T ÍN 177

los prlselllanlstas fueron castigados, s o tanto it


Instancias d e los sacerdotes, cuanto según el pros­
cripto de las leyes y el rigor de la Justicia, y que,
por esta razón, uo tenía motivo para separarse de
la comunión de lt a ’ Io y demás Obispos de su p a r­
tido: que el ejemplo de Teognosto no fué seguido
de Dlngttn otro P re la d o ; porque mas propiamente
se habla separado par satisfacer H alguna privada
pasión suya que no & obligación que tuviese, y que
el Sínodo celebrado pocos días antes declaró que
Itacio era Inocente. Advlrtlendo Máxim o que estas
razones no uUrluu brecliü en el ánimo de Martin,
se enfureció y, volviéndole las espaldas, mandó qne
sin la menor dilación se ejecutase la seu le u d a de
muerte contra N arsés y Leucadlo.
E ra ya de loodhe cuando a l santo Obispo se le
participó tan triste noticia. A toda prisa se d iri­
gió & palacio y prometió tratar ó comunicar con
loa Hacíanos, coa tal que ee saivase Ja vida de los
dos reos y ee m andase llam ar d, los tribunos que
se hablan enviado A España p a ra poner en descon­
cierto las Iglesias. A legre é l Em perador por baber
conseguido su Intento, 'lo concedió to d o ; y estando
ya dispuestas las «osas para celebrar la ordena­
ción y consagración de Félix, varón en realidad
santísimo y muy digno de ser Obispo, creyendo
San M artin que debía naar po r breve tiempo de
aqnella condescendencia p ara salv ar la vida A aque­
llos sobre cuyas cabezas estaba ya pendiente la
espada, asistió con los demás Obispos ft la solemne
consagración; pero los Hacíanos no lograron per­
suadirle que autorizase con su firma aquel acto.
178 VIDA

A la m allana siguiente salió & toda prisa de T ré­


verls, angustiado de pena por haber concurrido,
aunque por poco tiempo, 3. ia ceremonia, en cam­
p a d a de aquellos tom bres sanguinarios, Ib a por
el camino gimiendo entre s i ; y al llegar 4 un sitio
llam ado entonces Audetam a, 7 hoy día Echternacb,
& dos leguas de Tréverls, doude la som bra y soledad
de las selvas le daban mayor ocasión de desaho­
garse, mandO que sus compañeros fuesen delante
y él se quedO ansioso y perplejo exam inando lo que
había hecho y era causa de su presente dolor. H a ­
llábase agitado con los diversos pensamientos que
le veníaQ, que unas veces acusaban 7 otras excu­
saban el hecho. Viéndose en esta aflicción, de re­
pente se le apareció un ángel del SeBor y le d ijo :
“ Oh Martín, razón tienes p a ra estar afligido; pero
no pudiste o b ra r de otro m odo: reoobra tu valor y
constancia, no sea que arriesgues, no y a la gloria,
sino La salu d” (1).
Desde aquel tiempo procuró el Santo evitar la
comunicación de los ltadanos, y en los diez y seis
a£os que vivió después no asistió a nlngfln Concillo
ni reunión d e Obispos.
E sto último sorprenderá tal vez & algu n o s; pero
será, menor esta sorpresa si se considera que, como
dice Rolirbacher, “nunca hubo tantos Concilios como
bajo él Imperio d e Constancio (y sus inmediatos
sucesores), y que Jtmiüs la Iglesia se encontró eu

(1) "Mérito, Martille, compuogerls ; sed alicer e ilte ne-


quiatt Repara ylrtntem, resume conatantlam, ne ja n ncn
porlculnm glorlae eeri nnlntls Incurrerla.” Bula. Bev., Dia­
logo III , n. 13. Víase Obsi, Historia eclesiástico, 11b. X IX ,
y todos los dem&s historiadores que toman 9u narración de
Sulplclo Severo.
DE BAN M A H T f!T 179

uu estado más deplorable; que éstos bou loa Con­


cilios ó Asambleas de Obispos que calumniaron y
persiguieron á San Atanaslo; que son los Concilios
ó Asambleas de Obispos que calumniaron ñifla tarde
y persiguieron ú San Crististomo. Nada de esto
prueba, sla dudo, que los Concilios no puedan ser
buenos; pero menos prueba aún que sean tan nece­
sarios como algunas veces so supone” (1).
San Martin obr6 asi—y con más vehemencia se
expresó, con el mismo espíritu, San Gregorio Na-
clancano,— no porque los legítimos Concilios no sean
útiles y fuentes de verdad, ó parque desconocieses
estos Santos la autoridad Infalible que tienen cuan­
do reúnen las condiciones debidas, sino, como anota
el Cardenal Belarmiuo, por lo difícil que era en
aquellos tiempos celebrar u¡n Concillo plenamente
legítimo (2).
En cuanto & Itaclo, despuéB de la derrota del
emperador Mfixlmo, que San Martin le predijo, el
Papa San bírlelo condenó expresamente la conducta
•de aquel Obispo en la persecución de Priscillano y
reguló las condiciones con las cuales, tanto los
prlflclllanlscas como los itaclanos, debían ser recibi­
dos en da comunión de la Iglesia. Por lo que toca
ai mismo Itaclo, no sOlo fué depuesto del episco­
pado y excomulgado, sino envlanlo al destierro, donde
murió dus aflos después.

(1 ) H isto ria de la lulesia. 11b. X X X V I.


(2) "Querltur suo iempore nsllum conclllum Barí pó­
talas» osinl ex parte legltlmum. ”

-----
XXVIII

SENTIMIENTOS DE H A R T lN A I.A VUELTA DE THÉ-


VERia. — V ISITAS DEL CIELO.— VENCE A LOS DE­
MONIOS.

eoobra tu valor y coustr.ncla” , dijo el ángel


& S,an Martin, según vimos en el capitulo pasado,
y lo cumplió el Santo & maravilla. Con nuevo fer­
vor se dló al ejercicio de las virtudes; y si antea
liabla sido un prodigio de santidad, en los diez y
seis años que vivió aún aquel varfin, curtido en
tos trabajos de la vida y peleas con el Infierno,
pareclG excederse & sí mismo y emular A los espí­
ritus celestiales. Sin embargo, Un sentimiento In­
timo y profundo le escarbaba el corazón y cubría
eu rostro de vergüenza: el haber comunicado con
los Ltaclanos; y aunque 'había tantos motivos para
excusarse, como el mismo ángel le significo, esto
no obstante, bastábale á su humildad el recuerdo
de aquel día para anonadarse en la divina presen­
tía, como si fuera el mayor pecador del mundo.
Sucede en las almas privilegiadas, de Incompara­
ble inocencia, una cosa que apenas podemos com­
prender los que no tenemos vista tan perspicaz ni
VID A DE SAN M A K TÍN 181

estamos tan Iluminados can los rayos del Sol de


justicia- Llora amargamente toda cu vida un Luis
G c n z a g a dos faltlllas de sus primeros años, como

el fuesen enormes orfinenes, y acúsase un Estanis­


lao de Kostka de hnher sido Infiel i Dios y puesto
en ppllgro au salvación por no hnher manifestado
tan pronto & su confesor los primeros Impulsos de
sn vocación religiosa. Dios permite esas sombras,
por una parte, para que los Santos tengan matarla,
de humillación y vean en qué faltas y culpas pu­
dieran haber caldo fl no detenerlos su divina mino,
y, por otra, para ensefínrnos á nosotros que los
Santos no son de naturaleza diferente de la nues­
tra, y que no hacemos bien cuando, para colorear
nuestra tibieza y poco aprovechamiento, nos escu­
damos con pensar que ellos todo se lo hallaban
hecho, como si no hubieran tenido qne remar con­
tra la corriente 6 luchar á. brazo partida Siempre
será verdad que los Santos fueron santos porque
se esforzaron heroicamente por corresponder & la
gracia, y los que no lo son dejan de serlo precisa­
mente porque no hacen tales esfuerzos. Que mani­
fiesta es la voluntad de Dios, que & todos nos quiere
santos. Y quien haya pecado, en vez de escanda­
lizarse 6 de excusarse con laa fragilidades ajenas
6 con los grandes carlsmas concedidos & esos gigan­
tes dé cantidad, avergüéncese de si mismo si no
trabaja por ser perfecto é imite la penitencia de
esos varones insignes, que la hicieron rigurosísima
por faltas II primera vista Insignificantes.
Tal fue nuestro bienaventurado San Martin. X
están coatestes los escritores de bu vida en «firmar
182 VIDA

que en estos últimos diez y seis a&os que aun v Itíó


aumentó bus penitencias y oración, y eolia lamen­
tarse íl mismo con resignación perfecta de que fi
veces ro hallaba tan franca la puerta & las divinas
comunicaciones con el Seüor, y que no le obedecían
tan pronto los demonios cuando •ejercía sobre ellos
su Imperio. Lo cual, si es verdad j no mis bien
simple aprensión de su humildad y sentimiento na­
tural del que reconoce haber faltado, nos revela
cu&n'grandes debieron de ser antes la Intimidad con
Dios y el Imperio sobre el demonio, pues tan exce­
lentes fueron después hasta que murió. Pero yo
creo qne, én realidad, lo que liubo fue lo que de
ley ordinaria sucede fi. los mOs eminentes Santos:
que hay temporadas en que Dios sa complace en
retirarse y esconderse, por decirlo así, por el gusto
que le da vi ser Olíaeade con mfis diligencia y ar­
dor; los gemidos de las almas puras suenan melo­
diosamente 4 los oídos de Dios, y no hay música
tan suave & su divina Majestad como esos arrullos
de paloma qne se escapan del pecho enamorado de
los Santos; quiere ademfts el SeSor que sus sier­
vos no ee engolosinen demasiado con los deleites
de 6u mesa; que, vi fin’, el mundo no os paraíso de
delicias, sino campo de batalla, lugar de destierro,
valle de ligrimas y matorral de espinas y cambro­
neras, y quiere, finalmente, la purificación de esas
mismas almas, su crecimiento en la virtud, y tan
limpias de toda herrumbre de enlpa, tan acrisola­
das y hermosas, que al salir de este mundo no
tengan qne detenerse en las llamas expiadorus del
purgatorio.
DE SAN U A B T líI 183

Tor lo demás, al parecer, según refieran los au­


tores. nunca como en estos años recibió San Mar­
tín tan frecuentes visitas de loe cortesanos ilcl
cielo. Conversaban & menudo con Gl los ángeles y
servíanle de correo para comunicarle cvurnto conve­
nía supiese do sus monjes, de los pueblos de su
diócesis y de otros asuntos pertenecientes & su mi­
nisterio. Y como., según dijimos, hizo proposito de
no asistir A reuniones 6 asambleas de Obispos, dá­
banle Jos Angeles noticia de lo que allí se trataba
y departían fa mil ¡ármente, rrvnio estrechos amigos,
sobre las cosas ocurrentes relnclnmulnn eon el íhlen
de la Iglesia. Vlóse bien esto especialmente enuncio
se celebró la reunión 6 Concillo en Nlmes, & que
no asistió el Santo, y loe ángeles le daban cuenta
de todo lo Que se bacía, descendiendo & lo más
particular y menudo. Por s i parte, sus discípulos
y monjes estaban Intimamente persuadidos de qne
nada de cnanto & ellos ataEia se ocultaba al varón
de Dios, sabiéndolo todo antes que «líos se lo di­
jesen.
Mas no sOlo con los ángeles tenia familiar co­
municación : visitábanle & menudo la Santísima
Virgen, que desde niño le habla tomado bajo su
tutela, y otyos Sontos del cielo, & quienes Martin
tenia especial devoción. Eran éstos los apóstoles
San Pedro y San Pablo y las vírgenes Santa Tecla
y Santa Inés, que con frecuencia acompañaban en
sub visitas A la soberana Reina de los «lelos. Des­
cubriéronlo esto sns discípulos, y muy en particular
Sulplcio Severo, gran confidente del Santo, Porque
yendo á tratar una vez con él no sé qué asunto»,
184 VIDA

creyendo que cataba solo en su celda, lee pareció,


antes de llamar, que había otros que hablaban. X
juntamente les sobrecogió una reverencia tal y co­
rrió por sus venas una especie de terror, que no
osaban tocar <1 la puerta. Pensaron que Indudable­
mente oslaba tratando con Dios. Ibom & retirarse
para volver después; pero, parte por la curiosidad
natural, parte detenidos por una fuerza invisible
hallfibitnSB como clamados en aquel sitio. Cada vez
qu« oían confusamente & un nuevo personaje re-
novftbflsf' aquella especie do religioso pavor, que
se aumentaba cuando la curiosidad hacía qae al­
guien aplicase el oído & la cerradura 6 rendijas de
ta puerta. Entoñera una fuerza oculta obligaba al
enroso fl retirarse. IVjs horas mortoiles transcu-
j t I « t o t , t ío »6 si dlgn con pana 6 plneer de los dis­

cípulos, eufiudo se nlirlfl la puerta de 'la celda y


salló solo el Santo, despidiendo de su rostro celes­
tiales rayos de luz.
¿Qué habla sucedido? Pues que la Virgen Santí­
sima, acompañada de las Santas Teda é Inés, ha­
blan visitado, como solían, fi su devoto Martín, y,
terminada la celestial visita, hablas remontado el
vuelo al Empíreo. jCu&nto tiempo duró? No lo sa­
bemos: dos horas estuvieron los discípulos aguar­
dando & la puerta; pero Ignoramos el hacia ya
mucho tiempo que estaban allí los celestiales per­
sonajes; sabemos, el, que, valiéndose del cariño
filial y de santas estratagemas, averiguaron los mon­
jes qne estos favores se repetían con frecuencia.
X sucedió una cosa graciosa, de gran eoseSanza
y de harta confusión para el demonio. Creyó el des­
DE SAN M A R T ÍN 18Ó

venturado que podría engañar al varón de Dios


y hacer pasar por finísimo oro lo que no llegaba á
ser barro despreciable. Quizás pensó el maligno
qne, hecho el paladar de Martín & los consuelos y
dulzuras que le venían de arriba, recibiría tam­
bién Jos que fraudulentamente 61 le proporcionase.
t:u día, pues, transfigurándose en ángel de luz y
acicalándose lo mejor que supo para no ser cono­
cido por quien era, tuvo la temeraria osadía de
presentarse fi nuestro Santo, diciendo era el mis­
mo Jesucristo en persona que venía & visitar A sn

fidelísimo siervo. Venía el maligno ctremada do de


Iuü y resplandor, con grande gloria y m ajestad;
cubríalo las espaldas rico mentó de púrpura guar­
necido do o to ; en la cabezíi llevaba una preclosí-
18G VID A

eLum corona, y el Detro de oro en la mano. Tan-


eerena ln frente, tan apacible ora su mirada, que
estaba muy lejos tic parecer el horrible monstruo
que en realidad era. Lo vió Martin delante de 91
y quedó deslumbrado con tanta luz, pero no dijo
nada. Entonces el demonio, que sin duda esperarla
otra cosa, rompió primero el silencio:
■—Mira—dijo—ota Martin, cu&n liberal y cortés
es contigo el cielo: después de mi madre, yo mismo
he Tenido fl. recrearte con mi presencio.
Oallaba Martín suspenso, sin abrir sus labios.
—¿Por qu6 dudas?—prosignlí el Impostor.—Con
tu temor me ofendes. <Soy Cristo, créelo, el mismo
Cristo.
Sil hitamente iluminarlo de Dios, «wxmnífló Martin :
—Eso no pnede ser' mientes, como quien Ares.
MI SeQor Jesucristo jamás ha dicho que vendría
al mundo en hábito y continente de Rey, cubierto
de púrpura y oro y coronado con esa diadema. Yo
lo veo en la cruz, desnudo, ceñida de espinas la
cabeza, cubierto de heridas y de sangre. No se me
hubiera aparecido de otra manera.
Qned6 confuso el demonio y huyó precipitada­
mente, dejando en pos de sí un hedor pestilencial,
que por muchas días duró en la tabltadón.
No escarmentaban los espíritus Infernales con las
derrotas que cada día sufrían. Para Intimidarle
tomaban unas veces las figuras de Júpiter, armado
de rayos; ordinariamente la de Mercurio, con fre­
cuencia lo de Venus 6 Minerva; peno el Santo, es­
cudado con la oración 7 hecha la seüal de la cruz,
elñ dificultad los ahuyentaba. No pudlendo ellos
DE BAR MAIÍTÍN 1B7

vencerle, v e n gában se vom itando lu ju ria s contra él


y a tron a n d o á voces bus oídos.

Tna vez la emprendió el demonio contra el Santo


porque (según decía) daba acogida en eu monaste­
rio 4 algunos pretendientes que con sus maldades
y crímenes habían manchado vergonzosamente ln
estola bautismal y eran del todo indignos de la
vida religioso, que deshonraban viviendo allí. Con­
taste Martín que venían debidamente arrepentidos.
Bep'.lcó-el demonio que habla petados que no podían
perdonarse nunca. Negó el Santo que hubiese peca­
dos irremisibles, afirmó ser mayor Ja bondad y mi­
sericordia de Dios que nuestra malicia y expuso
de paso la doctrina católica sobre la remisión de
las culpas y el poder del arrepentimiento y peni­
tencia para borrartaa, y concluyó diciendo: “ SI til
mismo fueses capaz de arrepentlrte y pedir perdón
con humildad de todas tus maldades la víspera del
juicio final, no dudaría yo en darte la absolución
y perdonar todos tus pecados.” ¡Tanta era la fe y
confianza de Martin en la bondad divina, y en los
mérltoB infinitos de Nuestro Señor Jesucristo!

-------------------
XXIX

OTBAS MARAVILLAS DFL SANTO.— REHUYE LA OLO-


S IA Q Ü E LE DAK.— ALIVIA A LAS ALMAS DEL PDH-
OATORIO.

4SK
H lu c n o s m ilagros liemos referido ya obrados
por San M artín & gloria de D ios y bien de los pró­
jimos, y muolios quedarían aún por re fe rir el h u ­
biéramos de contarlos todos los que han llegado
& nuestro, noticia (1 ). Pero -no es posible, dados
los límites de que podemos disponer, ni necesarios
tampoco p ara aumentar la devoción d e nuestros lec­
tores y calificar de taum aturgo al adm irable Obispo
de Tcurs. Con lo dicho basto, y sobra.. Omitiendo,
pues, los que s o contienen enseñanzas especiales (de
estos todavía diremos algunos), y pisando por alto
los qne hizo el Santo con la señal de la cruz y « .
Oleo bendito, por medio del cual sanó 9, l a m ujer
del conde A v id a u o y obró otras muchas curacio­
nes, digamos brevemente lo que acaeció a l noble
y piadoso 1/iconclo. Siete personas de su fam ilia
cayeron gravemente enferm as & la vez, con que su
casa parecía un hospital. Paefl avisa Llcoucio ft .111

(1) Víase Analeeta Bollandiana, III, 217-237.


VID A DE Ba N M A S T ÍN 169

amigo Martín, como las hermanas de L&zaro A Nues­


tro Señor Jesucristo: está enfermo el que ama».
Siete días hizo el Santo oración por aquélla buena
familia, al cabo de los cuales recobraron todos la
salud, como si no hubiesen jornia estado enfermos.
Alegre y agradecido Llconclo, envió al monasterio
nifis de cien libras de plata; pero el varón de Dios
(y aquí viene la enseñanza), aunque aceptó el dona­
tivo. prohibió severamente fl. los suyos que se to­
mase ni un céntimo para las necesidades del mo­
nasterio, é Invirtió toda la suma en rescatar pobres
cautivos y redimir esclavos. Y sugiriéndole sus dis­
cípulos que reservase alguna parte parn ,el sustento
y vestido de los monjes, harto necesitados de estas
cosas, "No, hijos míos— contestó:—& la comida y
vestido atenderá Dios y la Iglesia é quien servimos:
es preciso portarnos de manera que nadie pueda
pensar con razón que servimos 1 Dios por Interés".
Tal era la rectitud con que procedía él Santo, su
amor fi la pobreza religiosa, la confianza que tenia
en el Señor y la prudencia en el obrar, para que los
prójimos do se ofendiesen ó escandalizasen.
De aquí provenía que aun los idólatras le vene­
rasen y se encomendasen fi, él, recibiendo en cambio
señalados favores y experimentando su patrocinio,
como sucedió a un comerciante egipcio y gentil, que,
hallándose en alba mar en medio de una horrorosa
tempestad, viéndose & peligro de perecer, comenzó &
Invocarle, por lo que de él había oído decir, excla­
mando : “ ¡ Martin, Martin! Por tus méritos sálveme
tu Dios.” X lo mismo fué decir esto, coa el fervor
que se ileju entender, cuando comenzaron a dlsl-
190 TIDA

paree lna nubes, esclarecerle el cielo 7 amansaras


■_na olas, quedando A los priros Instantes el mar en
calina y arribando con felicidad ni pu-erto deseado.
¡ Quintas vecfts con sólo tocar sns vestiduras que.
daban sanos los enfermos! ¡Culatas se mnltlpH-
caba el aceite 6 vino ea las vasijas que 61 había
bendecido!
No es, pues, de extrañar que fuese tan glorioso él
nombre de Martín y que cuando iba de viaje salie­
sen las gentes & recibirle, como le sucedió una de
'.as veoes que faé & Tréverls. Acercándose fi la ciu­
dad de Oermont, en la Auvemla, al tener noticia
de que venia se puso en movimiento toda la dudad,
y parte A pie, parte & caballo, no sólo la gente
migar y del pueblo, mas aun caballeros de la pri­
mera nobleza se encaminaron fi su encuentro. NI
faltaron tampoco quienes, en ricas carrozas y sun­
tuosos trenes 6 equipajes, fueron con gran pompfi
4 recibirlo, movidos de respeto y veneración. V1Ó el
Santo desde una colina todo aquel aparato y pre­
gunto a los qne le acompañaban qué significaba
aquello. Dljéronle que era la gente que venia i reci­
birle. Contristóse sobremanera el siervo de Dios por
'.a honra que le querían hacer y no hubo medio de
que aceptase tan espléndido recibimiento. DH) me­
dia vuelta al Jumemlllo en que venia y volvióse
atrás. Detuviéronle u<n poco sus discípulos; llega­
ron entretanto algunos de los principales señores;
y mientras Instando unos y rehusando Martin la
honra daban tiempo fi que llegasen otros, se vl6
rodeado de Inmenso pueblo, y cerca de él, casi echa­
dos sobre el suelo, muchos enfermos que hablan
S E SAN 1,'AnTÍN 191

«ido conducidos allí pora Que les diese 1a gnJnd.


Entonces le rogaron que, por lo menos, les echase
bu bendición y pidiese á Dios por ellos. Acoedlñ
voliintarlaiiiL'Utc: los bendl.lo j sanaron. Pero nunca

el recibimiento que le tenían preparado.


En este mismo viaje le sucedió que, entrando &
orar en una iglesia donde poco antes babla sido
enterrada una doncella, por nombre Vltallna, muerta
en opinión de santa, y estando arrodillado junto &
su sepulcro, le dirigió la palabra, como el se ba­
ilase viva.
—To os saludo—le dijo,—hija mía, ¿qué lacéis?
—Bendecidme, oh Padre—le contestó.
—^Fues qné, ¿no gozáis aún de la vista de Dios?
—No, Padre. Cometí una falta el último Viernes
Santo, que yo pensaba no era cosa de Importancia,
192 VTDA DE SAN MARTÍN

y esto bastó pera no ser admitida en el cielo luego


de morir. Impetradme vos esta grada.
Prometlóselo el Santo, oró por Yltallna y supo
por divina revelación que al cabo de tres días sal­
dría del purgatorio. De aquí tomaba pie el varón
de Dios para inculcar en sas discípulos un saluda­
ble temor de los juicios divinos, pues en aquel tri­
bunal inapelable se'pesan las cosas como son en si
y no «orno las imagina nuestro amor propio.
Casos parecidos & éste pasaron no pocos A nues­
tro Sonto; porque su caridad se extendía, no sólo
ft -los vivos, sino también i los difuntos, y sabían
muy bien cuán poderosa era con Dios la Interce­
sión de su fiel sierro Martin.

-------------------
XXX

CUMPLI MIENTO DE LA PKOPEClA


HECHA POR SAK MARTÍN A L EMPERADOR MÁXIMO

f Í e s io s Insinuado anteriormente que San Mar­


tín predijo al emperador M&xlmo en Tréverls quo
el pasaba A Italia primero obtendría la victoria y
tomaría varios ciudades, pero que al cabo sufriría
varias derrotas y perdería la vida. Vaticinaba el
Santo estos suoesos con el Uu de/apartar al Empe­
rador de loe designios que habla concebido, tan In­
justos como ambiciosos. No lo obtuvo, y la profecía
se compiló.
Era Mdxlmo, el destronador de Graciano, hom­
bre de carácter difícil, hipócrita y ambicioso. No
contento coa Uuüer arrebatado el trono Injustamente
fl mi autecesur, trató ahora cuu disimulo de apode­
rarse de las provincias de Italia eu donde mandaba
Vulentlalano II, hermano de Graciano 6 hijo de Vu-
lentlnlano I y de la emperatriz Justina. Era 6, la
bizóq Yolentlulauo un joven de pocos años y enre­
da de la experiencia y conocimiento de los hom­
bres que las circunstancias requerían, ranyormente
para tratar con el astuto M&xlmo, que se le vendfn
por amigo y protector.
194 VIDA

En vano San Ambrosio liabla escrito al Joven


principe que se precaviese contra un bombre que
cubría la guerra bajo apariencia de pas: los corte­
sanos creyeron que el Obispo de Milán no tenia
bastante destreza para diplomático; y habiendo de
enviarse una embajada & Múxlmo, uno de ellos, lla­
mado Donuiluo, prludpul ministro de Vulentluluuo,
¿ quien se inirubu como & un liübll político, se
ofreció & renovar las negociaciones y conducirlas &
buen término. Máximo le recibió con los brazos
abiertos, le colmó de honores y de presentes, aceptó
todas sus proposiciones y le ofreció adem&s un cuer­
po de tropas para ayudar á Valcntluiano oontra los
bárbaros, que amenazaban Invadir sus frontems y
penetrar en el interior de sus Estados. Domnlnn,
acompañado de sus auxiliaros, volvió triunfante A
ti-arCs de los Alpes, cuando Máximo, que le seguía
eln ruido, se presentó de repente en llalla con un
ejército formidable, cuya vanguardia eran los su­
puestos auxiliares, y marchó sobre llllln , saquean­
do todas las ciudades que hallaba IV sil paso.
Sorprendido Valentín Inno, 110 pensó sino en sal-
vnr la vldn, rpfiiglSndose eu Aquilea, flonrle, 110
creyéndose tampoco seguro, se embarcó con su ma­
dre y llegó fi Tesalónlca. Aquí encontró uu aallo
bajo la protección de Teodoslo, í quien bablan es­
cribo í Couatantinopla pintándole el estado á que
se veían reducidos. De esta manera se cumplió la
primera parte de la profecía de San Martín. Vea­
mos cómo ee realizó la segunda.
El gran Teodoslo respondió al panto fi Valeutl-
nlano que no debía maravillarse, ni de sus propias
DE SAN M.UITÍN’ 105

desgracias, ni de la prosperidad de Máximo, pues


que él, aunque soberano legitimo, luducldo y enga­
ñado por el error de los herejes, combatía la ver­
dad, roientrns que el tirauo Máximo, aun siendo
quien era, se gloriaba de sostenerla, y Dios, que
castigaba como padre 1 Valentlniano, se declaraba
oontra los enemigos do su Iglesia. Al mismo tiempo
salid de ConstautLuopla acompañado de machos se­
nadores. Cuando llegó á Tesatónica celebró conseja
sobre el partido que deberla seguir. La opinión
general era <jue debía tomar de Máximo una pronta
venganza: no convenía dejar vivir mis :lempo á un
asesino usurpador que, acumulando crimen sobre
crimen, acababa de quebrantar tratados solemne?.
Teodosio estaba mas indignado que nadie de la
suerte deplorable de los dos Jimperadores. el uno,
Graciano, cruelmente asesinado; el otro, Valen11-
dIoho II, arrojado de sus dominios; estaba comple­
tamente resuello 1 rendar al Insigne bienhechor
que le balita utpjcliulo ul truno y H su cufiado, par­
que en el afio presente, según la Crónica de Mui-
oelluo, se había casado en segundas nupcias con
Gula, hermana de VilentLoümo. Pero como el In­
vierno se acercaba y la estación no permitía comen­
zar la guerra, creyó que, en lagar de declararla
con precipitación inútil, era mejor entretener &
Máximo con esperanzas de arreglo. Fué, pues, de
opinión que se le propusiese devolver d Valcnti-
nlano lo que acababa da usurparle y que se atu­
viera si tratado de partición, amenazándole con la
güera mÜB sangrienta si rehusaba condiciones tan
razonables.
1P6 VID A

Al salir de', cunsejo Teodoslo llamó A Vnlentlnlano


íjjiii'le, y habiéndole ubruzudo Ueriiauieute, “ Hijo
mío—le üljo,—mo «1 número de soldados, »luo i:i
protección divina es la que du loa sucesos favora­
bles en la guerra; leed nuestra historia desde Cons­
tantino: veréis eu ella con frecuencia el uAmero y
la fuerza del lado de loa infieles, la victoria ni Indo
de los principes religiosos. Asi derribé este piadoso
Emperador í. Llclnio y asi ee hizo iovenclble vues­
tro padre. Valente, vuestro tío, atacaba & I>ios:
habla proscrito & los Obispos ortodoxos y derra­
mado la Bangre de loa Santos; Dios congregó con­
tra 61 una nube de bárbaros. Eecogló & los godos
para ejecutores d i su vcngniiizn: Valente perccló
entre las llamas. Vuestro enemigo tiene sobre vos
la ventaja de seguir la verdadera doctrina; vues­
tra Infidelidad «s la que le hace prosperar. SI aban­
donamos al Hijo de Dios, ¿qué jefe, qué defensa
tendremos nosotros, desdichados desertores, en las
batallas?"
T>Iop hablaba ni rorn&Sn de Vnlentlnlnno ni mis­
mo tiempo que la voz <ls Tfvwloslo hería sus ofdns.
Deshecho en bí^rlnins, *1 joven príncipe flhjnró su
error y protestó que toda bu vida estarla lnvária-
blo.jientií adherido fl la fe dé su padre y de su
bienhechor. Teodoslo le consoló y le prometió el
auxilio del cielo y el de sus armas. Valentlnlano
permaneció flol & su palabra: rompió desde este
momento todos los compromisos que tenia con los
arríanos y abrazó sinceramente la fe de la Iglesia.
Su madre, Justina, que murió al aüo siguiente
obstinado en su error, no se atrevió 6. Intentar si­
EE SAN M jtH TlN 197

quiera el borrar la f a i z impresión de las palabras


de Tcodoeio.
El invierno pasó eu negociaciones infructuosos.
Máximo era duofio do Italia y Africa. Los paganos
se apresuraron fi declararse en eu favor. El famoso
Slmmaco pronunció un panegírico eu honor suyo.
Teodosio, por su parta, en medio de sus prepara­
tivos de guerra, hizo consultar á un célebre anaco­
reta, fi Srn Juan de Egipto, que vivía en la Te­
baida y pra famoso por sus milagros y don do
profaoín. Juan le predijo que saldría victorioso.
Desde Tesalóniea avanzó ríipiilnmpnte Teodosio
il la Pannonia, y allí «n dos batallas deshizo .las
tropas de Mflxlmo, aunque m&s numerosas que las
suyas. Pasa los Alpes sin obstáculo y se detiene .1
tres millas de Aquilea, donde entran sus tropas sin
resistencia y sorprenden & Máximo ocupado én dis­
tribuir dinero fi, sus soldados. ; Tan descuidado es­
taba de los movimientos de Teodosio! Inmediata­
mente se le derriba del tribunal donde se hallaba
sentido; arráncasele la diadema, se le despoja, y ata­
das las monos & la espalda se .e conduce al campo
del vencedor, como un criminal al sitio de su supli­
cio. El Emperador, después de echarle en cara su
usurpación y el asesinato de Graciano, le preguntó
¿con qué fundamento había osado publicar que en su
rebefllón obraba de concierto con Teodosio ? Máximo
respondió temblando que habla inventado esta men­
tira únicamente para atraerse partidarios y auto­
rizarse con nombre tan respetable. Esta confesión
y el estadio lestimoso en que le veía desarmaron la
cólera de Teodosio; ya se Inclinaba (i la clemencia
198 v id a he san Ma r t í n

cuando sus oficíale!) arrebataron á Máximo dolante


<le sus ojos y le hicieron cortar la cabeza fuera
del campamento. Era «1 28 de Julio de 383. Habla
reinado cerca de clueo años, desde la muerte de
Graciano (1). Asi se cumplió por entero la profecía
de San Martlu.

(1) R o r r b ic b e ii, IIit t o r ta universal de la Ia 'e tia c o t í-


¡ira , 11b. X X X V I

------
XXXI

BUIC10.— SU C A ÍD A .— PROFECÍA DE SAN M AR TIN .


SU CUMPLIMIENTO

fjrm,
Jt em os reservado para ©ate lugar uno do loe
hechos m is culminantes en la vida de nuestro Santo
y que se prestan & m is serlas reflexiones. Admi­

rante en @1 la debilidad humana, la malicia del de­


monio, In paciencia heroica del varón de Dios, el
poder de la divina gracia y sn misericordia, mez­
clada ft la vez con su justicia en este mundo.
Era Brido un joven piadoso y de Ingenio despe­
jado, & aoien San Martin habla recibido en bu
monasterio. Cautivaba ú todos por su inocencia y
bondad. Amigo de la observancia regular, diligente
en el desempeño de cuanto le mandaban, captábase
la benevolencia de iodos; y como tenia buen en­
tendimiento y era habilidoso, A todos satisfacía.
Pensaba el santo Prelado que un Joven de tantas
prendas y virtuoso podría servir de mucho en el
ministerio sacerdotal, y determinó aplicado ft loi
estudios y dedicarlo & la Iglesia. No eé si esta <5 el
verse tan querido de todos le engrió; el caso es
20f) VIDA

que «1 gusauo de la vanagloria debió penetrar en


su espíritu; y aunque al principio no apareció exte-
riormente, poco ü pooo, a-1 paso que adelantaba en
edad y sabiduría, mostrábase algo m£s pngndo de
si de lo que antes era. Con la mayor libertad que
gozaba, por razóu de sus estudios, bacía menos es­
tima de las «osas pequeñas y aflojaba algún tauto
eu lo perteneciente (i la vida espiritual. Sin em-
.bargo, como nadie de repente llega & lo sumo, aun­
que no cumplía con tanta exactitud como primero
sus deberes religiosos y descantillaba il veces la
oración, conservaba aún Ja fama y opinión que an­
tes se habla merecido.
Llegó el tiempo debido; recibió las sagradas órde­
nes, y hecbo ya sacerdote y exento de la disciplina
del monasterio, el nuevo estado, que hubiera debido
levantarle A una virtud correspondiente fi. su alta
dignidad, fué ocasión, por su fulpa, pasados los pri­
meros fervores, de faltas más graves y manifiestas.
Sucede no pocos veoes qne aquellos jóvenes que
durante sus primeros años han llevado una vldti
buena y candorosa, sobre todo si son biandos de
condición, cuando llegan á La edad en que despier­
tan las pasiones y abren los ojos fi los cosas de',
mundo tranafórmanse de manera que no hay dique
que los contenga ni razón que los enfrene. Como
potros cerriles, lánzanse ft carrera tendida por loa
pantanos de la lascivia, como si quisieran, desdicha­
dos, recobrar con la frecuencia en el pecar el tiempo
en que han sido Inocentes y ee privaron de los go­
ces prohibidos. De aquí es que quien poco antes eni
uu fiugel, eu breve se buce un deuiu ilo y supeni e’i
DE SAN M A R TÍN 201

jimldiul íl ln11el)os jóvenes traviesos, de carácter


'irusco y pendenciero. Corruptio eptimi pessima.
Esto puntualmente aconteció con Brido. Al aban­
dono ce la oración, penhenoia y pobreza eu que se
linlfa criado se siguiS el nmor al regalo, ií Jas co­
modidades, fi ln opulencia. Al vestido áspero y rui­
do, ft ifi comida pobre y escasa, ti la soledad y silen­
cio reemplazó la delicadeza y abundancia en el ves-
tlr'y banquetear, el lujo en la habitación, el fausto
y exceso en los caballos que monteliía, en los es­
clavos que compró, en la misma servidumbre, 110
sOlo de jóvenes extranjeros, sino también de atrac­
tivas doncellas (1), servidumbre que, no ya en una
persona del clero, pero ni en un seglar honesto y
de morigeradas costumbres hubiera parecido bien,
y en Brido excitaba la admiración de todos y una
censura universal. A la reverencia, honor y respeto
<lue antes tenia & su dulce maestro y Prelado susti­
tuyo un desprecio manifiesto y un soberano desdén
de sus saludables amonestaciones, burlándose, no
sólo de cuanto le decía, pero aun de lo que le veía
hacer, singularmente de su humildad y recogimiento
y de aquella modestia y especie de temor reveren­
cial con que oraba en la iglesia, no menos qne del
poco cuidado que tenia de que fuesen buenos sus
vestidos y muy compuesto el cabello.
A vista de este desprecio y mofa Insoportables,
no faltó quien repetidas reces aconsejase al Santo
que Je suspendiese.del oficio y se deshiciese de él

(1) “ Arguelmtur non solum pu*ros barbnros sed ctlam


pucllns,pulchrl8 vultlbuB cocmfosc.” Sulp. Sov., Dlál. III,
capitulo XV.
202 TOJA

«>ntoramente, confinándolo en el monasterio; p«ro


íl, habiéndolo pensado mucho y hecho oración so-
hre oí caso, “ Pudenda—decía,—hijos .míos, pacien­
cia : si Cristo sufrlO Judas, ¿no sufriré yo 1 Bri­
do?” (1). No quería el pnclentíslmo varón por nln-
gftn conof-pto qne «e creyese que con estos castigos
quería él vengar sus prlvndas Injurias. Por otra
parte, veía que al demonio le linlitn lomudo por Ins­
trumento para atormentarle íl 61, y, en su profunda
humildad, se anonadaba en la divina presencia y
liesabn la mano de Dios, rogando sin cesar por
Brido y dejando al Seflor el arreglo de su causa.
Ademfis Dios le manifestó lo que en verdad, aun­
que de un modo Invisible fl, los ojos humanos, suce­
día; y como el Sonto era tan bueno é Indinado &
todo bien, sacaba por consecuencia que Brido, en
lo que hacía, era menos culpable que los demonios
que le instigaban.
El caso 0 visión pasó de esta manera. Un dfa que
San MaTtín le habla amonestado y reprendido oon
aquella destreza y caridad tan propia suya, salló
después fi contemplar Jas maravillas de Dios en las
flores del campo y en Ja magnificencia de los cielos.
Sentóse, y alzando los ojos vló que en la cima de
un monte dos demonios provocaban é incitaban con
grandes voces & otro & que llevase al cabo lo que
había propuesto y determluado. "Animo, ánimo—le
decían:—no seas cobarde ni vielvas atrás de lo co­
menzado'.’’ Era Bricio A quien hablaban, el cual
revolvía en su pecho todo un río de hiel y de Irn,

(1) “ SI CUrlstus Jndnm passus pst, cur ego n o » pul la r


B rictlonom ?" fiidp. Ser., lbld.
T>E SAN MATVTlN 203

y, en vez «le aprovecharse de la corrección, no veia


el momento de arrojan sobre el 'Santo el peso de su
venganza 6 nidlgiiuclóü.
Con pnsj apresurado ¡y turbado el rostro se pre­
sentó bruscamente delante del vurOu de Dios: ar­
díanle; los ojos, tembHfi.baule de cúlem los labios, y
con voz Insegura per la emociOn desalóse su leugun
en una tempestad de Insultos y vituperios: llamá­
bale viejo onurnúlero, hipócrita y farsante, que -con
vana apariencia de santidad y milagros quería em­
baucar & los sencillos que no le conocían; qne se
acordase de aquollos largos años pasados en las
•liviandades y disolución .Je la milicia y rotura sol­

dadesca, cuando, por el contrario, (51 no había visto


desde niño -mis que los muros de la celda, ni apren­
dido otra cosa que oración, ayuno y penitencia. Que
pensase ya en corregirse y enmendarse & el mismo
204 VIDA

después de tantos afios de desenfreno y libertinaje


y no quisiera meterse oon quien habla sido mejor
que él.
Callaba el venerable anciano, sobre cuyas neva­
das canas cata tal lluvia de afrentas y denuestos;
y sabiendo quién atizaba aquel fuego inferna! y
desahogaba su rabia por aquella boca, con sem­
inante tranquilo y frente serena ofrecía al SeCor,
vilipendiado en su Pasito, todas estas Injuriad, y le
rogaba cuan ardientemente podía que se compade­
ciese de aquel pobre y miserable, volviéndole al pri­
mitivo estado de gracia, fervor y penitencia.
No quedó defraudada la fervorosa oración del va­
rón justo. Consiguió lo que pedia y aun tal vez
muoho más de lo que pedia. Porque en 'primer lugar
obtuvo que se alejasen de Brido los infernales espí­
ritus que levantaban aquellas tempestades en su co­
razón y no le dejaban sosegar, y que, alejados ellos,
entrase Brlclo en si mismo, y considerando sn mala
vida, tan llena de des&rdenes, y su negra Ingratitud
con el mejor y más bondadoso de loa padres, se
avergonzase de su conducta ¡y detestase sus livian­
dades y se arrepintiese de veras, y, hecho un mar
de lfigrlmas, buscase & su buen pastor y arrodillado
4 sus plantas le pidiese el perdón y la completa
absolución de todas sus culpas y pecados. No era
difícil obtener todo esto de un Santo como Mar­
tin, que recibió con los brazos abiertos í aquel hijo
pródigo; pero, ¡ oh misterios de la divina gracia, y
cómo sabe iMos mezclar la juBtlcia con la miseri­
cordia, aun en este mundo I Al concederle el per­
dón y absolución que pedia le anunció de parte de
DE SAN IfA B T ÍN 205

Dios, no sólo que admitía sus láfrrlnws y sincera


penitencia, sino que serla Obispo y sucesor suyo en
la silla de Tours; pero que te hada saber (no pudo
decir esto Martin sin conmoverse) que, en castigo
de lo que rantra mi has dlcbo, habrás también de
sufrir las tempestades y tribulaciones que levanta­
rán malas lenguas contra II hasta que Dios te libre
por su misericordia.
Todo 6e cumplió como el Santo lo predijo. Desde
aquel Instante fué Brido otro muy diferente del que
había sido. Era San Martín el espejo en que se mi­
raba ; y reconociendo deberle á él, después de Dios
y María, su salvación, procuraba recompensar con
santas obras los disgustos que le había dado. ¿Qu5
hubiera sido de él sin la heroica paciencia de Mar­
tín en sufrirlo? ¿si no lo hubiese despedido y abando­
nado? Por fortuna, todavía estaba Brido en «dad
de trabajar, y si para adquirir la salraclón y per­
fección de la virtud no hay tiempo que no sea
oportuno, el suyo no podía ser mejor; porque tenía
aún fueTzas, dábale el délo alientos y vela junto A
sí al Padre amorosísimo, que era su gula ,v sostén, y
á tantos monjes que le amaban como A hermano
y ie ayudaban con su ejemplo y oraciones.
¡ Qué arreos de lágrimas despedían sus ojos día
y noche!.¡qué asiduidad en la oración 1 ;qué cons­
tancia en las vigilias! ¡qué rigor en la disciplina!
y, sobre todo, ¡qué profundísima humildad! ¡qué
caridad tan ardiente oon Dios y con los prójimos!
Mirábanle todos como & santo, y no se equivocaban,
porque en realidad lo era. Verificábase en él aquello
de que para los que aman & Dios todo se les con­
203 VID A

vierte en bien, todo contribuye á hacerlos mis san­


tos, aun los pecados y caídas que tuvieron la des­
gracia de cometer y de los cuales fervorosamente
se levantaron. Al verle fácilmente se convencía uno
de la ventaja que lleva la vida de un pecador arre­
pentido, pero fervoroso y suato, a la de otro qus
nunen ha perdido la gracia, pero vive tibiamente y
vegeta eu la penumbra y eBtí, siempre en los confi­
nes y al bordí del pecado mortal.
Tan constante eü la virtud, tan fiel Imitador y
aprovechado discípulo de San Martin se mostró Bri­
do basta la muerte de su maestro, que cuando f u6
éste A recibir el premio de sus trabajos y virtudes
nadie pensó pudiese imber otro mejor sucesor i
la sede vacante que el mismo Brido, ©I heredero del
espíritu de su Padre y pastor. Asi se cumplió ea
esta parte la profecía del Santo. Veamos cómo se
verificó lo demás.
Hablan transcurrido unos treinta aüos desde 1a
elevación de Brlclo II la silla episcopal de Tours y
vivido eu ellos con mucha paz y loa. Cierta mujer
encargada de la ropa de lino del palacio y familia
ó servidumbre del Obispo, y que, por lo visto, tenía
entrada en casa, cometió un desliz de esos que, al
hacerse públicos, dejan estampada en la frente la
mantiia de la deshonra. Ya fuese que la miserable
lo dijera ó que los demonios esparciesen la voz, pri­
mero de boca en boca y en secreto, luego pública­
mente y sin misterios, atribuyeron al buen Prelado
la paternidad de la criatura. Cuando llegó a sus oí­
dos toda la ciudad lo sabía, llena de estos rumores
y de los desfavorables comentarlos a que daba oca-
DE SAN H A B T fN 207

elón el hecho. Horrorizóse Brlclo y acordóse de la


profecía de su maestro. Sentíase herido en lo más
vivo, y lo sentía no tnnto por sí como hombre
ruante por el oficio que desempefiaba y porque ¡l
los ojos de su pueblo aparecía, no ya cono vigilante
pastor, sino, como lobo cnrnlcero. Andaba la dudad
alborotada y corrían los hombres, armados de pie­
dras, para apedrearle. Humillado, abatido, pero re-
oonoclendo Ja mano de Dios y sometiéndose A ln di­
vina voluntad, encomendábase de corazón ü Snn
Martín y le rogaba viniese eu sn ayuda y ampa­
rase su inocencia.
Eu medio do una ancha plaza, rodeado de gran
muchedumbre de pueblo, que no soltaba las piedras
de la mano, mandó Brlcio que trajesen al Tecléu
nacido, hijo de aquella mujer. Trajéronlo en brazos,
y en presencia de todos le preguntó:
—D« parte de Jesucristo, Hijo de Dios omnipo­
tente, te mando que, al yo soy quien te engendró, lo
digas aquí en voz alta, para que todos te oigan.
—No, no eres td mi paire—contestó el infante
de pocos días, dlcléndolo con voz tan fuerte, que
todos lo oyeron.
La admiración qae este milagro produjo fué estu­
penda. Recobrado algún tanto el pueblo, pidió al
Obispo mandase que, pues él no era, descubríase el
uiQo quién le .había engendrado. Esto era pedirle
nn milagro para Infamar y condenar fi un reo, y no
quiso hacerlo. Para probar su inocencia y reparar
el escándalo que él pueblo había recibido por ios
rumores esparcidos bastaba lo hecho: lo demás ni
le tocaba ni le estaba bien. Tomaron a mala parto
VIDA

esta justa negativa del santo Obispo, y atribuyeron


á arte mágica que el niño recién nacido hubiese ha­
blado. Recovóse, pues, el medio acallado tumulto.
Era insostenible aquella situación, y Brlclo apeló
para sincerarse 1 un nuevo prodigio: & la prueba
del- fuego. ¡De las orlas y ruedo de eu manteo lilao
ua seno y lo Uenó de brasas.
—'31 cstoe carbonos encendidos—exclamé—dejan
Ileso 4 intacto este manteo, sin quemarlo, señal es
que soy inocente del crimen que me atribute, si no,
tendréis vosotros razón.
Dirigióse, pues, con el seno repleto de ardientes
brasas, hacia el sepulcro de San Martín, distante
cerca de media milla, sin que la ropa recibiese la
menor lesión, como el hubiese llevado un canastillo
ríe frescas flnrmi y rosna. Ni ann entone™ se satis­
fizo el pueblo: persistía en ntribuirlo A magia y he­
chicería : que no era Santo, sino maso y hechicero;
no pastor de las almas, sino lobo que las devora,
violador de la honestidad, traidor indigno; qne se
fuese pronto de allí, si no quería ser apedreado.
Evidentemente, allí andaba el demonio excitando
los &nlmo3 y revolviendo la plebe, amotinándola
contra aquel que felizmente habla escapado de sis
gnrras. Bajó Brido la cabeza y sometióse resignado
y humilde al beneplácito divino. Acordóse otra vez
de las Injurl&s que en mal hora habla £1 vomitado
también contra San Martín: la ley de la expiación
se habla cumplido. Partió luego para Roma y se
acogió & la sombra del Papa San Slrlcio.
Siete años pasó Brlclo en la santa ciudad, en con­
tinuos ayunos y penitencias, Implorando del cielo
DE SAN M i R l Í N 209

el perdón de sus pasudas culpas y humillándose


basta lo profundo de su nada. Era su vlfla la de
uu hoaibre que desi-iu&a de haber expirado vol­
viese A lu luz de tale ouuudo. Estaba completamente
desasido (le él y muerto & Luda» las cosas criadas.
Su urucióu j comunicación con Dios era muy fre­
cuente, Intima y regalada. Sobre los sepulcros de
las santos mártires p&Baba largas lloras, y de ellos
aprendía el espíritu de fortaleza, la constancia en
los trabajos y el amor A Dios puro, ardiente, desin­
teresado. Gozaba de suma paz y eu olma purificada
bailaba su descama; en '.as llagas de Crls:o cruci­
ficado.
No pensaba Brido volver ya nunca & ocupar la
silla episcopal de Tours y JuzgfibaBe indigno de sen­
tarse en la silla quo habla ocupado un verón tan
admirable como San Martin. Pero llegó la hora de
signada por la divina Providencia y habla de cum­
plirse la última part^ de la profecía que su santo
Padre y maestro le habla hecho. A. deshora, y cuando
menos lo pensaba, sintióse interiormente movido A
dejar A Roma y encaminarse hacia Tours. No podía
dudar quo era inspiración del cielo, y, obediente A
1» vnz de Dios, se puso en ramlno. Al llegar muy
carca de la ciudad «upo que el prlm«ro de los Obis­
pos que le habían sucedido en la silla murió hacía
bastante tiempo, y que en aquel mismo día y hora
llevaban A enterrar al segundo 7 último. Reconocido
de los ciudadanos por quién era, todos, dlriase que
movidos por un resorte, ó. mejor, por Dios, en cu­
yas manos están I 03 03razones y voluntades de los
hambres, acudieron en masa, y llenos de satlafac-
210 VIDA DE SdN MAETÍN

clón le repusieron en la sede qne siete aüos antes


ocupaba. Gobernóla otros siete con gran acierto y
paz, muriendo, finalmente, como Santo, segfra se
lee en el Martirologio romano, el día 13 de No­
viembre.
XXXII
ritE P Á K A S E SAN 1LARTÍN F A B A MOttUt

J u t s probable, moralmentc seguro, q u e Dios N iip k -

tro Señor reve'.ase Ti nuestro Saato la proximidad


Lie su fiu. Los ángeles, que tan (recuente é tntlinu
comunicación tenían con él y tantas cosas le anun­
ciaban de propios y extraños, era muy natural le
hiciesen saber que el plazo de su destierro ibu A
terminar, y que pronto tendrían el gusto de versé
todos reunidos eu la celeste patria. SI esa» sucede
entre los miembros de una lulsina familia, que
mucho se .quieren, ¿no habla de suceder esto con
los Angeles y San Martin? Por otra parte, aun pres-
ciniliendo de toda revelación sobrenatural, ¿no es­
taba muy puesto en razUn que quien había llevado
una vida tsm austera y trabajosa por espacio de
ochenta años pensase ya que se acercaba su tér­
mino, según aquello (le que los jóvenes pueden mo­
rir pronto, pero los viejos lio es probable que viran
mucho?
Pensaba, pues, San Martin en su próxima muerte
y preparábase con diligencia para morir bien. De
ello hablaba frecuentemente .con sus discípulos, y
los ejemplos que ¿I sabía de personas detenidas en
212 VIDA

el purgatorio por faltas menudísimas le hacían an­


dar muy vigilante y sobre si para no caer en las
que, según frase de la Escritura, Incurre cada día
siete veces el justo y se pegan casi sin sentirlo,
corno el polvo 11 los pies.
SI fervoroso, si bueno habla sido siempre, si dado
11 la oración y penitencia, mfis lo era ahora, y pro­
curaba cada día aventajarse en tola virtud con he­
roica constancia. Y en esta, & la verdad, es no me­
nos admirable que Imitable.
Quien esté medianamente versado en las historias
de los hombres, aun de las personas religiosas, ha­
brá tenido ocasión de ver, quizás con más frecuen­
cia que quisiera, que hombres fervorosos y peniten­
tes en la juventud y virilidad, al declinar los aDos
y llegar al ocaso de la vida se vuelven delicados y
amantes del regalo y comodidades. No habrá tal vez
en ello culpa reprensible & los ojos humanos; pero
otro es el arancel con que se regían los Santos que
veneramos en los altares, y por el cual se guió
constantemente San Martín. Lejos de tomox como
primordial cuidado el atender & la salud y & que
no se menoscabasen las fuerzas del cuerpo servirc
valetudiní, jamás echó en olvido que la materia es
esclava del espíritu, y que si damos al cuerpo el
indispensable alimento, es para que lleve, la carga
y no se nos caiga en medio del camino, no para que
lozanee y robe nuestra atención de las cosas espi­
rituales y del ejercicio de la virtud. ¿De que sirve
prolongar con excesivos cuidados unos días de viln
el no se emplean estos en ejercitar la virtud, y acre­
centar méritos para el cielo?
DE SAN M A RTÍN 213

Por esto nuestro Santo nunca, ni aun llegado 4


bus últimos aCos, qciso aflojar de su acostumbrado
rigor, como quien era discípulo de Cristo, no de
reposteros ni galenos acomodaticios al paladar de
sus clientes. Su comida era sencilla, pobre y vil.
Sf'lo en el día solemne de la Pascua admitía algún
pececlllo, con que Dios solía regalarle; como un aflo
que, apurados los discípulos por no haberlo encon­
trado en la plaza y decir los pescadores que nada
habían podido pescar, sonriéndose el Santo, dijo á
uno de los suyos: “ Andad oí río, echad el anzuelo y
coged algo.” Acompaüáronle otros por curiosidad.
Lo mismo fué echar el anzuelo que picar: sacaron
un hermoso pez, con alegría de todos, por ver el
banquete que el cielo enviaba & su Padre en día
tan señalado. ¡ Tanta era su mortificación I
Y no solo en la comida, sino en todas las demfts
asperezas, penitencias y vigilias guardo invariable­
mente el mismo rigor, sin que la mudanm de aires
ó países ni las molestias 6 Indisposiciones que natu­
ralmente sufre el cuerpo humano, sin llegar ft ser
eufermeSud grave, ni, lo que mtls es, la diferente
jxjsIcíO u «ocluí, lúa h ou ru s que loa pueblos le liaban
y la misma dignidad episcopal alterasen en lo m&s
mínimo su tenor de vida «scondida y crucificada en
Cristo.
Suelen los que boa trabajado mucho en provecho
de las almiB y ban recogido copiosos frutos en la
predlcaci6n 6 enseñanza de a-tas ciencias en las cá­
tedras, cuando llegan A la vejez, si no han echado
profundas raíces en la humildad, juzgarse acreedo­
res al aprecio y estima de los dom&s y exigir que la
214 v i na

e o lito moza los atienda, ¡Loni'e y sirva. Xo diremos


<j ig huya en esto fíilt n y que no son muy Justo qne
ios jovenes respeten los trabajos y risillas di; los
ancianos y reverencien lft prudencia de las canns.
Tero San Mivrtlu era tnai humilde y estaba tan des­
hecho de si mismo, que uunca exigió esto de liadlo,
ni de sus monjes y discípulos, como se vió eu B ri­
d o ; ni d e las personas extrañas, corno se advirtió
cnando aqnella doncella retirada 110 le quiso reciliir
ea su Casa.
Siempre había sido M artín el varón laborioso y
vigilante que nos pinta él Evangelio, como espe­
rando '.a hora en que venga su Señor íl pedirla
cuenta d e los talentos que le ha confiado, y dis­
puesto li todas horas á rendírsela plena y satisfne-
toriMueite, diciendo: “ Señor, du co talentos ine dis­
teis p ara negociar con ello s: iie aqní otros cliten,
qne con vuestro favor y 111 1 ir.dustria lie granjea­
do." Porque, en efecto, cinco grandes misericordias,
Mino cinco talentos, había recibido M artín de la
Ixindad de Dios, es 4 sab er: la divina vocación,
primero & la fe, después al estado de clérigo, luego
al de monje y solitario, mils tarde al de sacerdote
y, por último, a l d e Obispo, el m ás sublime de todos,
dispensador de su gracia y potestad pu ra ordenar
a los ministros de la nueva ley. En todos los cuales
y en cada uno de ellos se condnjo con tal exacción,
estudio, diligencia y perfección, que Cl solo valla
por mil.
. P orque cuanto & la vocación 6. •'.& íe, ciertamente
no pudo ser mayor su presteza en secundar el di­
vino llamamiento en una ednd tan tierna, en medio
DS SAN M A R T Í K 215

de líis tinieblas del gentilismo, contra la voluntad


de los que le dieron el sér, y singularmente entre
Ins amenazas, golpes y afrentas de su padre, ene­
migo obstinado de la religión cristiana y decidido
ü todo trance fi desviarle de 6U seguimiento, arro s­
trándolo con sus propias manos & los ministros (W
Emperador p ara que lo alistasen como soldado y le
obligasen 11 tomar las armas, p ara que, viviendo en
los campamentos, no pudiese frecuentar la Iglesia
ni recibir la Instrucción de los sacerdotes cristianos.
Mochos aílos pasfl en las Olas, siguiendo la suerte
del ejército y sujeto ú. ía disciplina militar, slu exi­
mirse de ningtin trabajo ni fatiga, si bien en tanto
tiempo, ni la compañía Ue ion cam aradas m ás licen­
ciosos, ni los ejemplos continuos que tenia delante
de los ojos pudiesen Jamüa apartarlo de la obser­
vancia de los mandamientos, del ejercicio de la vir­
tud, de la practica de la oración, en una edrnl en
que yu le hervía la sangre, bullluu lúa pasiones y
Hilo era oatecúmeuo. .¡ O h ! Precisamente en este
tiempo dIO aquellos ejemplos esclarecidos de forta­
leza, de constancia y de caridad que causaron la ad­
miración de los Angeles y le merecieron los elogios
del mismo Jesucristo, SeOor de los hombrea y de los
ángeles.
Reengendrado en las aguas idel Bautismo, pronto
dló muestras del espíritu apostólico que le animaba,
yendo 4 predicar la fe en su misma patria, teniendo
la dicha de convertir á eu madre, de batallar contra
la herejía y de su frir con valor de héroe las perse­
cuciones, azotes y afrentas gravísim as que sobre él
descargaron los pérfidos arríanos.
V ID A

Oculto despuós en la soledad de los fiaperos de­


siertos, lejos del cousorelo de loa hombrea, teniendo
por compañeros las fieras y serpientes, por bebida
cl agua, por alimento las hierbas, p>r cama el suelo,
no tentó, ciertamente, que envidiar á loe Antonios,
H ilarlo s ó Macarlos, ahorc se m ire & la aspereza en
el vivir 6 A los celestiales favores que recibió. P a ­
sando despuéB al estado de clérigo 6 de monje,
¡ cuánta ■admiración y estupor causó & los mayores
Sruitos de su tiempo por sa doctrina y virtud, ya se
atienda fi la perfección de ln vida, ya & la multitud
de milagros, ya, finalmente, S. la hum ildad profun­
dísima que conservé siempre en medio de tanta
glorifl !
V ¿quC decir si de estos preHrvsoq talentos dados
A Mnrtíu para negociar con ellos, y emp'eadoB por
él con tanta usura y lucro, pasamos al mfis noble
talento, ó sen al del opisvopndo? ¿Porlfn darse ma­
yor correspondencia que ln suya? I,a diócesis de
Tours, que ú, su llegado, sólo contaba un templo,
6, m ejor dicho, una capilla y pocos cristianos, y
donde por todas partes se veían aún templos de los
falsos dioses, altares rociados con sangre de las
víctimas sacrificadas, ilusiones diabólicas, supers­
ticiones y profanas ceremonias, en breve tiempo,
por obra del nuevo Pontífice Martín, se vló expur­
gada de esas zarzas y espinas, que sofocaban el
campo, y en vez de aquéllas vléronse germ inar ea
abundancia alegres flores, mi eses y frutes, gracias
& los nuevos templos y monasterios erigidos por él
en todas partes, provistos de ministros Idóneos y
ferventísimos monjes. Gloria suya serfl en todo
DE SAN MABTl.V 217

tiempo el la b e r hermanado admirablemente la vida


activa oon la contemplativa y el babor lovantado
en las G a lla s esos baluartes de la fe y de la oración,
de donde salí mi, enviados ó capitaneados por él, no­
bles falmiifces de monjes ,¡y discípulos, que corrían
el campo Instruyendo al pueblo, esparciendo lu luz
de lu verdad, dando el pan de vida ü las alm as y
preservando 1 todos del viras (le la herejía y del
eiror. V arón Inclinado al retiro y fi. la soledad, no
titubeó en Ir, como buen pastor, por causa de su
rebnilo, á las cortes de los emperadores y recabar
por medio de m ilagros lo que justamente pedía. En
M artin tenían los pueblos defensa $ amparo. E a be
neflelo de olios, como para librarlos de males tem­
porales, empleaba el poder que la omnipotencia de
D ios h abla puesto, digámoslo asi, en sus manos, dis­
puesto siempre & refrenar la ira del infierno, conju­
rado contra su g re y ; & A rro jar al demonio de los
cuerpos de los hombres y de los animales, & disipar
el granizo (y la s tempestades, á devolver la vida li
los difuntos y, en una palabra, A hacer A todos el
bien que pudiese.
D e sus correrías apostAUc-as volvía A la solarinil,
y allí recogido, oculto entre sus discípulos, ence­
rrado en las som bras de eu celda, soltaba la rienda
fl su fervor, y en elevadíslma oración, diríase eu
continuo y sublim e éxtasis, negociaba con Dios la
salud de su pueblo, y como Moisés dentro del ta­
bernáculo, gozaba sin interrupción de los comunica­
ciones del cielo, de donde salía otra Tez para enten­
der en el negocio d e la s alm as y satisfacer las dudes
y necesidades d e sus hijos, del clero y de los otros
218 VIDA DE SAN MAUTÍN

.Obispos, que le miraban como ú su ■oráculo y re­


medio.
Pues bleu, un varón tan grande, el hombre que.
muerto -San Hilario, era lii>Iu<lnblcmcMite el mús im­
portante de su siglo para los católicos eu las Gallas,
el fundador de ln vida .monftstiea en estos países,
tenía tas humilde concepto de sí, que cumplía a la
■letra el consejo de Cristo fl los Apostóles: “ Guando
hubiereis hecho todas las cosas que os son manda­
das, decid: Siervos inútiles somos: hicimos lo que
debíamos liic e r .” Esto decía y sentía el inmacu­
lado varón que anduvo siempre por las sendae de
la Justicia y fué la saJ de la tierra y brillo como
resplandeciente antorcha en medio de las tinieblas.
Uim sola cosa deseaba al acercarse A los umbrales
di? la eternidad: no quería que la injerte le sor­
prendiese ocioso. No quería, como buen saldado,
que la muerte le saltease en la paz de loe cuarte­
les, sino en el campo de batalla, sobre la brecha,
peleando contra el enemigo, es decir, trabajando en
el ejercicio de su s&nto ministerio. Esto pedia al
Señor, y Dios se lo concedió. De qué manera, lo ve­
remos cu el capítulo siguiente.
XXXLII

MUERTE PRECIOSA DE SAN M AKTlN

la confluencia del rio Ylena con el Jijira,


(l 03 kl/lúinetros de Tours, se levanta sobre una ai­
rosa colina la antigua Gandes, población Importante
y pintoresca en tiempo de San Martin. Como aun
en las -comunidades religiosas y en el cloro más co
Joso y ajustado 6. las e&uoncs de la Iglesia suelen .
A veces surgir desavenencias, sucedió ahora qu: los
eclesiásticos de Candes andaban divididos entre sf
310s8 por qué diversidad do pareceres y oposición
da voluntades. Súpolo al 'bondadoso pastor de aque­
lla grey y Juzgó que con nada podía terminar mejor
sn carrera mortal que reconciliando fi los desaveni­
dos y dejándoles su paz.
Pl*soso, pnas, «ti rainlno, y sneedió en este viaje
qie, yendo por ln orilla riel río, flcompaíifldn, pomo
solfa, de algunos monjes y dlpctpnlms, vieron una
Inndnda de aves acuáticas que devoraban A müs y
mejor á los menudos pececlllos. El Santo, que de
todo sacaba provecho espiritual, “ Mirad— dijo 4 sus
discípulos— una imagen de lo que hace con nosotros
el demonio, ave nocturna que va dando giros en
220 VIDA

derredor nuestro p a ra sorprender íl los Incautos


con sus tentaciones, y nunca se ve saciado con la s
continuas presas que lo gra". Y con aquella voz po­
tente con que solía m andar & los demonios que sa­
liesen de los cuerpos. Imperó ü las aves acuáticas
que se retirasen del rio. O ída su voz, al punto, fo r ­
mando un ivplüado escuadran, remontaron el roclo
hacia el monte, abandonando todas la ribera, no sin
admiración de los que acompafiaban & San Martlu.
Llegado éste fl. Candes, luego con sola su presen­
cia reconcilió los Animos del clero y restableció
entre ellos la antigua concordia, 'logrando ata jar
de esta suerte el m al en sus principios 7 evitando
se arraigase la desunión, nacida de motivos insig­
nificantes.
Cuando pensaba y a en volver í su monasterio de
Tours, de repente se halló el Santo sin fuerzas:
sobrevínole la calentura y conoció qne estaba p ró xi­
ma la hora de b u trin slto. A l oir esta novedad no
pudieron los discípulos contener la s lágrim as y ge­
midos.
— i P or qué, oh P adre — decían, — por qué nos
abandonas, ó á quién nos dejas en nuestro desam­
paro? A saltarán tu rebano lobos rapaces, y ¿quién,
herido él pastor, nos lib ra rá de sus dentelladas?
B ien sabemos tus deseos de unirte con C risto ; pero
seguro esta, tu premio y tu corona, ni porque se di­
fieran se dism inuyen: compadécete m ás bien de
nosotros, que, muerto tü, quedamos huérfanos y sin
amparo.
Oomo hombre de ajuy tiernas entrafias, se con­
movió el Santo con estos lamentos, unió al de sus
se sas Ma r t ín 221

discípulos su llanto, y vuelto A Dios, oon solas estas


palabras respondió & los que llo rab a n :
—'Señor, si todavía soj necesario ft tu pueblo, no
rebaso el trabajo: b&gase tu voluntad.
E s decir, que, puesto entre la esperanza y el
amor, casi no sabia a qué parte Indinarse. N o que­
ría abandonar 1 los suyos ni estar separado por
OÍÍ3 tiempo do C risto; peTO, renunciando 4 su de­
seo y voluntad, resignábase enteramente al arbitrio
y beneplácito del Señor, i quien parece, como Inter­
preta Sulplclo Severo, que con aquellas pocas pala­
bras quiso decirle: “ ¡O ü Seílor! G rave es, cierta­
mente, la batalla de la milicia carnal, y basta ahora
he peleado bastantemente; pero si todavía me m an­
das que persevere en el trab ajo y defensa de tus
campamentos, no lo rebuso ni alego por excusa mi
postradu vejez. Fiel cumpliré tus Ordenes, y hasta
tanto que eea de l a agrado m ilitaré debajo de tus
ban deras; y aunque & un soldado veterano, después
de muchas batallas, sea agradable el descanso, vence,
no obstante, el ánimo & loa aSos y no sabe ceder
á las molestias de la senectud. SI atiendes & mi
edad, bueno os para mí, Se&or; cúmplase tu bene­
plácito : irO gnardards A estos par quienes estoy con
cuidado.” ¡ Olí varón iuefabli, A quien no pudo ven­
cer el trabajo, A quien la muerte no habla de ven­
cer, que A ninguna parte quería Indinare®: ni te­
mía m orir ni rehusaba vivir i
L a fuerza de la calentura, que por algunos días
le atormertó, no pudo separar su espíritu de la con­
tinua oración n i persuadirle ft que connedlese á rus

cansados miembros otro lecho que el acostumbrado


222 VIDA

sobre el cilicio y la ceniza. Rogáronle sus discípu­


los que, por lo menos, permitiese se le pusiera un
vil jergón, y les respondió:
—Oh hijos, no es conveniente que muera un cris­
tiano en otra parte que en la ceniza y cubierto (le
cilicio, y si otro ejemplo os dejara, faltarla.
Así, pues, con la vista y manos siempre levanta­
das al cielo, no apartaba de Ja oración su espíritu
Invencible.
Quisieron algunos persuadirle quo. para alivio dp
bu cuerpo, se volviese d e un Indo; p?ro él contestó:

— Dejad, hermanos, dejad que m ire mfis al cielo


que A la tierra, á fin de que el espíritu que v il ni
Señor emprenda yn derecho su cnmlno.
DE SAN 1T.VRTÍN 223

m oho esto, vi6 eeroa de si al demonio, y, repren-


dlérdoJe, le dijo :
— ¿Qué haces aquí. l>estia sangrienta? N ada ha­
llarás eu mi, desdichado: el seno de Abrahom me
noogerft.
Y diciendo esto, entregó su espíritu á Dios (1 ).
Me aseguraron— prosigue Sulplclo Severo— los que
se hallaron presenteB que vieron en su cuerpo ya
exánime la gloria de un hombre glorificado: su
rostro mfis resplandeciente que la luz, sin que se
descubriese en todos los miembros de su cuerpo la
mils ligera mancha. Apareció m is puro que el cris­
tal, mñs blanco que la leche y como participante y a
de la gloria de la futura resurrección.
Muerto el Santo y divulgada la noticia de su di­
choso tránsito, apenas se puede creer la multitud
de personas que conojrrlú ú honrar sus funerales.
Toda la ciudad de Tours le sallú á recibir: se des­
polvaron las villas y lugares y acudieron muchos
de las ciudades cercanas. “ ¡ Oh— dice Sulplcio Se­
vero,— y cuáu grande fu é el llanto de todos, y eu
particular los lomentos de los afligidos monjes, que
se dice liaber concurrido casi en número da dos
mil! Tnn abundante como esto fué la copiosa mies
que el ejem plo de M artín produjo para el Señor.
Pelante del difunto pastor Iba aquella religiosa
multitud y legiones vestidas de tosco paño: los
veteranos de la cruz, de rostros macilentos por las

(1) Escribieron algucos que Sen Ambrosio, Arzobispo


de Mlldn, so bailó en espíritu fl la muerte 6 trúoslto de
Sun M artín, mientras estaba aquél diciendo Miau en »n
Ig le s ia ; lo cu tí no pudo ser, por bnber ya muerto untes
ti buuto A izob líjpj, Qulzúa lu cuuíuudlurou con uliu A m ­
ároslo, Obispo de Suntoime, en Fiancln.
2-24 VIDA

vigilias y penitencias, O jovenes todavía en el vigor


de la edad, alistados poco antes, mediante su profe­
sión y Juramento, debajo de las banderas de Cristo.
Con modesta vergüenza se abstenían las vírgenes
de llorar, persuadidas de qae debían congratularse
con aquel a quien el Señor tabla recibido en su
seno, disimulando oon Banta alegría su Interno do­
lor. De este modo a combatió aquella Inmensa mu­
chedumbre el cadáver del varOu »nulo Uusla el se­
pulcro."
Compara el mismo autor la gloria de San Martin
difunto con la de los hombrea mundanos, y dice:
“ Compirese con ésta la pompa secular, no diré
de las exequias, sino de loa triunfos: lleven los ca­
pitanes victoriosos delante de sus carrozas y carros
triunfales los príncipes aprisionados, sigan sus triun­
fos tropas de esclavos: al cuerpo de Martin le acom­
pañaban todos aquellos que debajo de sus banderas
y & sus órdenes supieron triunfar dol mundo, dol
infierno y de si mismos; sean aquéllos honrados con
estrepitosas voces y tumultuosos clamores do los
pueblos: Martin es honrado con c&ntlcoa celestiales
y ingrimos é himnos de gratitud; aquéllos, después
de sus triunfos y aclamaciones, son precipitados eu
los tormentos eternos: Martín a'.egTe y gozoso es
recibido en el seno de AhrahnTii: Martín, aquí pobre
y humilde, es recibido en el délo rico de gloria y
lleno de merecimientos.”
Todo esto es de Snlplclo Severo, el cual refiere
cómo tuvo la Inafable dicha de que se le apareciese
glorioso su querido maestro.
Tenia San Martin cuando murlO, según su fclfl-
DE SAN M A R TÍN i

grafo LfliMll y otros muchos, ochenta, ! seis años de


edad, próximamente; de Obispo veintiséis aSos, cua­
tro meses y siete días (otros dicen veintisiete días),
y murió, según el mismo autor, uu domingo, el 11 de
Noviembre del año 400 de nuestra salud.
Pero en esto, como en otras fechas de la vida
del Santo, hay diversos opiniones, conforme hemos
tenido ucaeiOu de ver en el curso de esta historia.
En la lisLa de autores que pune.el citado biógrafo
de Sun Martín, dejando otros pareceres, se cuentan
entre los que colocan la muerte de nuesLro Santo
en el año 397 & San Gregorio de Tours, ft Tlüeuiont,
ft Loogueval 7 otros; en favor de la sentencia de
que murió d año 400 cít&nse, entre otros, & Peta*
vio, Labbó, Pagl, Mansl, de Prato, ctc. Baronio bc
finia el año 402. Muratori, cu vista do estas diver
gendai de autores de tanta nota, todos los cuales
aducen bien fundadas razonea, concluye: A n tercea-
tesim us nenageaim ns tep tlm u s v e 1 qtiadringentesi-
tntis tinr.UK fu c r it em ortu alis S. M a r ti ni inquiren du m
allí * retlnguo: Dejo fi. otros el Investigar si mnrló
San Mantín el año 307 fi «1400. De aquí nace también
qne anos le den ochenta y nn anos de vida, otros
ochenta y seis; qub unos fijen sn muerte en do-*
mingo, 11 de Noviembre, y otros la pongan el día 8 y
digan que el 1 1 fué él de la traslación de su cuerpo.
Dejando esto aparte, el culto y veneración de San
Martín se extendió luego por doquiera con grande
rapidez, fl. lo que no contribuyó poco la vida que,
a tin viviendo el Santo, escribió Sulplclo Severo, de
la cual se hicieron muchas coplas, que llegaron &
los más apartados países. Enterróse el cuerpo del
16
VIDA

auntu OlrisiK) & tinoy seiscientos pasos de Tours, eu


uu sitio qne formaba parte del antiguo cementerio
de los cristianos.
.Suponen a’.gunos que, esparcida la noticia de la
muerte de nuestro Santo, acudieron en tropel íi
Candes los vecinos de Toltlers, con Intento de lle­
varse fi su ciudad el cuerpo de San Martín. Alega­
ban, al decir de los mismos, que habiendo sido or­
denado de clérigo por San Hilario, Obispo de I ’oi-
tiers, y fundado el monasterio de LlgugS, de donde
fnC‘ arrancado fraudulentamente para gobernar la
iglesia de Tours; era muy justo que tuvieran muerto
ai que no habían podido retener vivo. No valiendo
estas razones, quisieron, con las nrmas en Ja mano,
defender el tesoro que ya habían arrebatado y con­
tinuar eu la pacifica posesión del sagrado cadáver.
Pero no salieron con ello—afíaden;—porque vi­
niendo una noche secretamente los turoneses con ar­
mas y oLros LnstruiuenLoi, ¡mientras dormían los du
Foitters escalaron aquéllos el cementerio, robaron
el sepultado cadí/vec y, puesto en una barca anclada
en el río, se lo llevaron como en triunfo & Tours,
con grande alegría y entusiasmo.
■ Dejamos a', prudente lector la rcfutncl6n de un
lieelio en que faltan las pruebes y abundan sobra­
damente las dificultadas.
, Sobre el sepulcro de San Martín edificó San Brt-
eio, su sucesor en el obispado, de quien antes hemos
hablado, una capilla <3 pequeña iglesia, que en 472
se agrnnd/i considerablemente (1). Varias traslaelo-

(1 ) V éate A nalecl» Bollondiana, t. I I I , 224 y algtes.


De cullu B. M artini ’l'ttronenUS.
DE SAN WABTlN 227

lies (le sus reliquias mencionan los escritores, y juz­


gábanse dichosos los pueblos que podían obtener al­
gunas. Eu Mnvo de 15G2 profanaron los calvinistas
y entregaron & las llamas la caja dondo so conser­
vaba el sagrado cuerpo.
Hacen de San Martín grandes elogios '.os Santos
Gregorio Tiirénense y Paulino de Ñola, Odón, abad
de CInni, Bernardo, Buenaventura, Pedro Damián©,
Vi(*pnte Ferrer, Tomiis de Vlllanneva y otros mu­
í-iios ; pero ciiTntn sp diga serfi. siempre menos di»
lo ane merece su santidad y la gloria que goza
on el cielo este fidelísimo siervo del Señor, como lo
manifiesta la multitud de gracias, favores y mila­
gros que concede & los que le invocan con verda­
dera fe, confianza y devoción; milagros y favores
que atestiguan el grande poder y valimiento que
tiene aquel soberano SeSor que ensalza & los que
se InimlUan y glorifica & los que sólo vivieron por
su glorl.i.

------- < $ £ > -------


XXXIV

(1L0BIA rÓSTÜMA UE SAN H AR TÍN

i
iS JL Dios avilo toca hacer glorioso el sepulcro do
los Santos: El es quien perpetúa su memoria y
mueve los corazones de los hombres para que acu­
dan en tropel & venerar sus reliquias y comunica
virtud á sus huesos para qua obren maravillas. El
egoísmo y poder de los hombres no llega i tanto.
Por mAs que en vida baya circundado el mundo do
gloria la frente del conquistador y huya hecho céle­
bre su nomhn» cnnndn dftsnpnrwp el héroe, de loa
ojos que le vieron y de él no queda más que uu
puñado de ceniza, y ya ni oye ni ve ni tienen nada
que esperar de él loa que ayudaron & su encumbra­
miento, va desapareciendo también su memoria de
los vivos y huye & refugiarse en los monumentos
Insensibles en los sepulcros de los cementerios, en
las estatuas de las calles, en las hojas de papel
de sus historias: piedras sin sentido, monumentos
muertos, como ellos, que al paso que corre el tiempo
se debilitan y desmoronan y vienen & parar en un
VID A DK KAN U A H TlN 229

débil eco Inanimado, común hartas veces á malos y


buenos, & justos y pecadores.
No asi la gloria de los Santos, que tienen la vir­
tud, humanamente Inexplicable, de que su fama se
extienda esplendorosa y se acreciente can el andar
de los tiempos y se aficionen fi ellos k»B que nunca
dos vieron ni trataron, y, hnhiendo muerto y des­
aparecido de la vista, vivan de tal manera en la
memoria de sus devotos, que acudan & ellos en de­
manda de gracias y favores y consigan lo que piden.
Pues esto, que naturalmente no se explica, verifi­
case, generalmente, en todos los Santos, y de unn
manera muy particular en algunos, (i quienes Dios,
por b u s Inefables juicios, se complico en levantar
ft tan soberana alteza. í tal fué San Martin, como
se verfi. en lo que aun nos resta por decir.
Apenas expiró el Santo, como si hubiese sonado
con sn muerte la hora de su gloria 7 ensalzamiento,
vtóse sn sepulcro circundado de luz, y adamado eu
nombre en los pueblos mfis apartados y distantes.
Afluían las gentes ft su tumba: ejércitos de pere­
grinos Iban ft Tours, como en otros tiempos & San­
tiago de Compostela, fi Roma 0 Jerusal&n; y tal
era la concurrencia de forasteros, que fué preciso
levantar junto ft sus reliquias dos hospitales gran­
diosos que albergasen ft los peregrinos. Enviaban
loa reyes ft sn sepulcro magníficas ofrendas, y halla­
ban Junto fi sn altaT Inviolable asilo los culpables,
los malhechores y perseguidos. En honor de San
Martín, rué declarada la ciudad de Tours ;il¡re y
exenta de tributos y contribuciones.
Jjob milagros que allí ee obraron no tienen ntl-
230 VID \

mero. Libros enteros se han escrito (le ellos, y sería


ocioso repetir innumerables casos semejantes 6 pa­
recidos & los referidos ya anteriormente eu el curso
de esta historia. Parálisis curadas, vista recobrada,
uso de las potencias del alma y sentidos del cuerpo
perfectamente restituido: lie aquí íl cad:i paso lo
que se lee en los autores que tratan de esta mate­
ria, en los enales se nota ?a predilección del Santo
en favor de los nlfíos y do los jóvenes. Como se vló
con ain jovencito que seguía la carrera eclesiástica,
el cual empezó ú sufrir ataques epilépticos tan fuer­
tes y frecuentes, que le quitaban el sentido y lo
incapacitaban para continuar aus estudios. Consu­
míase de tristeza, basta que acudió c d u gran con­
fianza al iSnnto. Oró delante de su sepulcro y sintió
eu su corazón una voz interior que lé decía: “ Ya
estás curado.” Asi era, en efecto. Sanó completa­
mente, prosiguió sus estudios y fué un sacerdote
ejemplar.
Casos como éste podrían referirse muclios.
'Pero no sólo eu Tours, sino cu todas paites fa­
vorecía el Santo & los que se encuiueudabun H s i
patrocinio, y uo sólo en cosas temporales, sino mucho
m¿s en las del espíritu. No es, por lo tanto, «xtraHo
que au culto pasase las fronteras de su país y lle­
nase los Angulos de Europa. “ Entre los oonfeBorcs—
dice «1 P. Flórez,—iSan Martín fué el primero que
tuvo, poco despuís de su muerte, culto público cu
la Iglosla. Este ce también el sentir de Bcuc
dicto X IV en bu obra de Beatiflcationo ct canoni-
eatione Sanctorum, y lo mismo dice «1 Cardenal
Baña en el 11b. I, cnp. XII, on su obra Rcrum litur-
DE SAN M A H T ÍN 231

¡jinaruvi. La primera iglesia que se levnntó en It>


daterra es, probablemente, la que en el slg’.o V se
dedicó fi San Martin junto 0 cerca (le Oantorbery.
En Francia etilo liuy más de cuatro rail Iglesias de­
dicadas A San Martín. Ijos reyes francos ponían su
reino bajo su protección, y la reliquia mAs venerad*
de su capilla, «obre la cual liacían prestar á sus
vasallos el juramento de fidelidad, ern la capa gro­
sera que foabía Herrado eJ santo Obispo de Tours.
Carlamagno, queriendo descansar H la sombra de
esta humilde túnica, ln trasladó & la ciudad donde
fijó bu residencia, y la antigua capital d e l grande
imperio carlovinglo, que trae de Capella, (diminu­
tivo de Cappa) sn nombre de Als-la-Chapelle, se en­
orgullece y gloría mis de esta humilde vestidura de
San Martín que del nombre glorioso de Carlomagno.
Tor lo qne toca a nuestra España, ya de muy an­
tiguo es conocido y venerado el santo Obispo de
Tours. La Iglesia muzárabe celebraba de él seña­
lada fiesta, y puede ¡hoy día leerse en el Misal gó­
tico, anterior, en opinión de algunos, A San Isidoro,
la Misa en honor de San Martin (1).
Grande fué la parte que tomó nuestro Santo en
la conversión de los suevos que reinaban en Gali­
cia (siglo VI), conversión que principió con un mi­
lagro San Martín, el Obispo de Tonrs, y acabó otro
Martin, el Dumieme 0 Bracarense, originarlo de la
raímenla, tierra de nuestro Santo, cebosísimo após­
tol, alcanzado, ft lo que parece, del cielo para bien

(1 ) Véanse loa B o u n d o s , Aola SS., t . V I d e Julio, p í


glu a 111; Bona, Rerun ¡Aturo-, 11b. I , cap. X I I .
232 VIDA

de nuestra patria por la Intercesión de San Martin


Taronense. Quiero contar este suceso y milagro de
la manera que lo refiere en su Crónica de España
Ambrosio de Morales, llb. XI, cap. LVTL Dice asi:
"E l Arzobispo Sun Gregorio huronease, en su
Blstorla y en el libro particular que escribió de
los milagros de San Martin, Arzobispo Xnronen-
se (1), hace menclóu aesta conversión de los Ga­
llegos y sn Rey; y por la predicación deste santo
varóu Uartluu Dumíense dice se concluyó. Mas la
ocasión de cumenzurse htribuye & un milagro de
San Martín el de Turs, desla numera.
"Hacía nuestro SeDor en este Uauijio mudios mi­
lagros en el sepolcro deste Santo, y '.a fama dellos
corría por todas partes. El Rey Tlieodomlro tenía
enfermo gravemente de dolencia larga un bu hijo,
y cnvIO sus Embaxn dores por mar al sepulcro de
San Martín, para que restasen & Dios, por interce­
sión del Santo, le sanase el hijo, llevando para
ofrecer allí tanto oro y plata como pesaba el en­
fermo. Los Clérigos de fuñidla Iglesia, recibidos los
dones, pedían en sus oraciones y sacrificios la salud
de aquel Principe; mas porque su padre se estaba
en su error Arriano, no Be alcanzó se le quitase al
liljo la enfermedad, y así, vuelíos lofi Embajadores
A Galicia, lo bailaron todavía con ella.
"Entendiendo el Bey prudentemente el estorbo,
maíidó luego edificar muy apriesa una Iglesia á
fian Martin, y dlxo en público: “ SI yo mereciere
"alcanzar reliquias del Santo, y por su medio Ifl

<1> Llb. V, cap. X X X V II.


DE BAR MARTÍN 333

"salud para mi hijo, yo creeré lo qne 61 creyó.”


Tras esto volvió & enviar sus Embaladores con nne­
vos dones y con el mayor y in£s rico de la promesa
de su eonveislóD. TrnxC-ronle sn poco deJ pallo del
Santo Arzobispo, volviendo en breve con próspero
viento que tuvieron en la navegacidn. El Príncipe
estaba ya milagrosamente tnn sano, que salid fi. re-
cebir la santa reliquia, y el Bey y su pueblo, con
mucho gozo, comenzaron luego ft entender en su
conversión, tomando por fundamento della el hacer
Obispo al santo varOn Martlno, que tenían pre­
sente (1), cuya snr.tldiid y letras eran bien apropia­
das para el buen proceder del santo negocio.
"Esto todo se cree sn cedió en Orense, donde el
Rey debía tener su asiento, y es muy buena la con­
jetura de que la Iglesia Catedral de mu; antiguo
tiene la advocación de Sau Martlu."
¿Quién no admira en esto la acción de la divina
Providencia y la amorosa protección de nuestro
Basto sobre los qne le invocan? ¿OufLnto no debió
acrecentar todo esto la devoción de los fióles hacia
el qne miraban como instrumento d e su conversión
al catolicismo? Prueba de olio c e la multitud d e
pueblos que llevan en España el nombre do San
Martín, las parroquias y ermitas que le están con­
sagradas, hasta los sitios y fuentes, cabos, sierran
y ríos que se conocen con el bendito nombre del

(1) “ Al tiempo de entrar en el puerto los embajadores


do Thcodomlro con lan roliqulas de San Unrtfn, aportaba
también al mismo pnnto un sacerdote húngaro, y ñamado
Martin, á quien Dio» enriaba para llevar A cabo la conrcr
slón de los suevos.” V. r>E la Fdbntb, Historia «cletiia-
Moo de Espolia, Begandu época, cap. V, n. 70.
2 :u VIDA DE SAN MASTIN

santo Obispo, como si los labradores y navegantes


y cuantos cruzan la tierra y el mar tuviesen en
todas partes piadob o s recordatorios del Santo &
quien acudir en sus riesgos y peligros.
¡Oh, quiera el cielo qae, imitando sus virtudes,
alcancemos en todo tiempo su protección!

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