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Introducción

Han transcurrido largos siglos mientras los seres humanos nos cuestionamos acerca de

cuáles deberían ser las verdaderas prioridades en la vida, preguntas que hallan como respuesta

en común, la salud, el amor y la riqueza, entre otras. Sin embargo, cuando profundizamos en

dicha inquietud, es la felicidad misma, la que lleva todas las de ganar.

Tristemente, debido a nuestro afán por ser felices, nos empecinamos en buscar fuera de

nosotros algo que forma parte de nuestro propio ser. Nos obsesionamos con otras culturas,

creencias, prácticas y experiencias en una investigación insaciable y permanente.

Se ha dicho que literalmente nos convertimos en aquello que pensamos; por lo que cada

individuo podría ser el creador de su propio futuro, pues construye su porvenir en armonía

con los pensamientos que elige y guarda en su mente. Tal vez por ello, la persona pesimista

viva en un mundo sombrío y negativo, mientras que la optimista ha elegido vivir en un mundo

positivo y prometedor. Lo más curioso de todo es que se trata de compartir exactamente el

mismo espacio. El contraste entre ambas personas lo determinan los pensamientos

dominantes; son estos finalmente, los autores del disfrute o de la angustia en nuestras vidas.

Ahora bien, a la hora de reflexionar sobre el porvenir, existe una muy buena noticia al

respecto, pues, si en la actualidad no estamos experimentando la clase de vida que siempre

hemos deseado, podemos elegir una nueva realidad, cambiando el alimento que ingresa día a

día en nuestra mente. Porque nuestros pensamientos son como pequeñas semillas que harán

de la vida un frondoso árbol repleto de frutos excelentes o una debilucha planta indefensa y

moribunda; y cada uno de nosotros es responsable de su desarrollo.

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Como toda planta brota de su semilla, tierna y pequeña, así también cada acción que

llevamos a cabo surgió primero de un diminuto y fugaz pensamiento. Cada acto es un retoño

que creció y se fortaleció por tenaces y reiterados pensamientos, y el gozo o el dolor son sus

frutos. Así, en conclusión, se obtiene la exuberante cosecha dulce o amarga de nuestro propio

sembradío.

De modo que la felicidad que nos embarga no está ligada de lleno al contexto que se

presenta en nuestro diario vivir, como sí lo están la actitud y la forma de pensar que nos

caracterizan.

Las ideas y proyectos que crecen como semillas en el jardín del subconsciente diseñarán

tu fortuna en la vida. Por ello, hoy, ahora, en este preciso instante, cuentas con la posibilidad

real de comenzar a diseñar un nuevo futuro lleno de logros y pleno disfrute de la vida,

cambiando la calidad de pensamientos con los cuales has alimentado tu interior. Piensa en los

sueños que anhelas alcanzar; medita en las fortalezas que tienes y en las habilidades que

deseas desarrollar; reflexiona sobre los hábitos que quieres ver en ti y verás cómo estos

pensamientos se convertirán en hechos reales.

Con este fin comparto contigo “Cuando los árboles hablan”, la historia de un personaje

peculiar, quien con sentimientos y cualidades similares a los nuestros, tuvo enfrente de sí la

oportunidad de prestar atención a un llamado especial y tomar una firme decisión, aquella que

permite cambiar una vida para siempre.

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CAPÍTULO I

VISITA INESPERADA

Aunque lucía un porte majestuoso, su corazón era vulnerable. De nuevo se apoderaba de

él cierto grado de angustia y una enorme incertidumbre; especialmente en ese momento,

cuando solo podía observar a sus amigos corriendo de acá para allá en busca de un escondite

seguro.

Los primeros en desaparecer fueron los indefensos colibríes, le siguieron los horneros que

contaban con magníficas guaridas, luego las calandrias y benteveos. El par de teros que

descansaba en el medio del claro entre los eucaliptos también huyó buscando refugio. Las

torcazas se ocultaron en sus nidos precarios y lo mismo sucedió con los tordos. Incluso podía

espiar a las ardillas veloces lanzándose en el hoyo de la vieja acacia.

Estaba rodeado de unos pocos arrayanes, de una docena de casuarinas y de algunos tilos

también. Las varas de los agapantos se doblaban como papel y las rosas se desgajaban al

golpearse contra la antigua pared de ladrillos. Ahora esperaba inmóvil la inminente llegada

del desastre.

Fue creciendo una penumbra sofocante; luego el viento ciego, que se había deslizado

hasta la profundidad del parque, retomó sus fuerzas y comenzó a treparse por las ramas añejas

colgantes, ocupando todo el lugar. La escasa luz diurna se apagó. Al instante, la avalancha de

un ruido sordo, el sonido de un trueno a la distancia comenzó a rodar sobre las densas nubes

negras y violetas. Y, de nuevo, todo se quedó mudo, como si la apremiante tormenta estuviera

jugando con el miedo que lo paralizaba.

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La noche temprana había comenzado a romperse en pedazos. La lluvia torrencial azotaba

al pobre árbol. Se trataba de un afligido roble que no dejaba de preguntarse: “¿Hasta cuándo

todo esto? ¿Podré ser feliz alguna vez?”.

Nuevamente un vendaval que lo dejaría exhausto. Sin embargo, esta vez se dispuso a

reflexionar sobre su vida. Era un árbol sano, no padecía pestes incurables, producía una

cantidad considerable de bellotas y, además, de algún modo lograba beber suficiente agua

como para permitirse el lujo de crecer con rapidez. Contaba con unos pocos nidos en sus

tallos interiores, algunas mariposas que lo frecuentaban y un pequeño gato que solía jugar a

treparlo hasta su primera rama. Era en verdad una criatura afortunada.

En medio de aquel predio, en el que originalmente existían más de dos mil quinientos

árboles de todas las especies, este roble se había hecho popular debido al método que se

utilizó para bautizarlo. Un pequeño grupo de alumnos pupilos, jugando feliz en una clase de

ciencias, fue a votación y entre diez nombres postulados el ganador fue ‘Frondoso’. A sus

pies estaba el cartel que lo describía, escondido entre las ramas caídas y la corteza de su

tronco, estropeado por el paso del tiempo y luchando contra el despiadado óxido: “En honor a

tu porte y fortaleza y a tu gigante sombra fresca te llamarás Frondoso. El que cuida, y a

grandes y pequeños abriga”. Así se leían sus borrosas letras. Aquellos pequeños visionarios,

plasmaron en sus dibujos y garabatos a un roble corpulento y feliz.

Pese a tan reconfortante profecía, en lo íntimo de su ser el árbol se sentía vacío,

desilusionado. Percibía que le faltaba algo para disfrutar plenamente de la vida.

Ese intenso temporal calaba en su corazón la idea de que vivir cada día se había

convertido en una lucha, en un círculo vicioso de frustración y monotonía. ¿Dónde se

ocultaban las esperanzas y los sueños que tenía desde pequeño? ¿Dónde estaban ahora las

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ganas de vivir y de disfrutar la vida? En aquel momento un ensordecedor rayo partía en dos a

otro árbol, un abeto enfermo que se erguía frente a él.

“¡No puedo creerlo! Cuando no es una bacteria, es el fuego que destruye a otro amigo”,

exclamó mientras cubría con las ramas mayores sus partes vulnerables.

No consiguió más que insistir en su negativo pensar: “¿Por qué me ocurre todo esto?”.

Por supuesto, no tuvo respuesta alguna; tampoco la esperaba.

Empapado, con frío y malhumorado, se limitó a esperar que la tormenta terminase. No

obstante, no era consciente aún de que esta penosa circunstancia no sería simplemente una

más, sino que se convertiría en el comienzo de uno de los cambios más profundos que iba a

experimentar su vida.

El cansancio lo dejó dormido y se produjo un momento de una quietud extraordinaria.

Al despertar sacudió sus ramas inferiores para desprenderse de las últimas gotas de lluvia.

En ese preciso momento algo lo sorprendió, la presencia de un pájaro diferente. No se trataba

de uno cualquiera; este era especial. Parecía un ave del paraíso de curioso aspecto, posada en

su centro mismo, justo donde su tronco se bifurcaba en dos grandes gajos que moldeaban la

silueta de un corazón. Vestía su pecho con un plumaje negro azabache y dejaba caer de su

cola dos largas serpentinas en forma de cintas delicadas. Pero lo que más llamó la atención del

roble fueron sus llameantes alas azules, que acicalaba elegantemente con su pico blanco.

Al observarlo vio que el pájaro le sonreía.

—Emocionante tormenta, ¿verdad? —comentó el pájaro muy animado.

—¿Emocionante? ¡Terrible! diría yo —respondió Frondoso antipáticamente.

Pero el ave pareció no darse cuenta de su actitud malhumorada.

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—El aroma de la tormenta es magnífico. —Y cuando inspiró profundamente preguntó—:

¿No percibes la frescura del aire?

El árbol murmuró negativamente, pero no contestó. En lugar de responder se dispuso a

observarlo con más detenimiento. Le resultaba extraño el hecho de contemplar a un ave del

paraíso entre sus tallos, porque sabía que se trataba de un pájaro solitario y territorial. Su

entorno estaba muy lejos, en la isla de Nueva Guinea, con el resto de otras cuarenta especies

de su familia. ¿Qué hacía en un predio como este en medio de la ciudad, tan lejos de su casa?

¿Cómo había llegado hasta allí?

Sin dudas, este espacio dista mucho de la región en la que anida el pájaro. A principios

del siglo XX, estos terrenos formaban parte de la extensa y asombrosa estancia argentina

conocida como Los Tapiales, en Villa Sarmiento, en la zona oeste del Gran Buenos Aires.

Eran superficies de casaquintas utilizadas como lugares de descanso, de familias de

importante poder adquisitivo. De hecho, el doctor Fred Aden, ante la compra inminente de

este lugar para convertirlo en lo que hoy es el emblemático Colegio Ward, lo llamó “la Tierra

Prometida”.

No obstante, en la actualidad el bullicio es marcado, pues la institución alberga a una

enorme cantidad de docentes y alumnos en permanente convivencia, que disfrutan de la

educación en todos sus niveles, así como de juegos y deportes. Aunque continúan

conservándose numerosas especies de árboles y plantas, otras se fueron agregando gracias a la

generosidad de los exalumnos, que plantan diversos géneros como homenaje al colegio que

los vio crecer. Como el pehuén junto al edificio de las artes, el ligustro al pie del bebedero de

los pájaros, los jacarandaes celestes y los amarillos aromos, el arce frente al aljibe, el enorme

olmo y las glicinas que abrazan las glorietas.

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El parque también es apreciado por campamentistas, grupos religiosos y tantos otros que

en ocasiones hacen uso del espacio y aprovechan momentos de recreación para recorrer sus

senderos o descansar a la sombra de los árboles. Por ello era extraña la presencia de un pájaro

como el ave del paraíso, precisamente en medio de este territorio.

Habían transcurrido solo unos instantes del cese del viento. Incluso aún caían las últimas

gotas de aquel cielo todavía amenazante, cuando el pájaro azul ni siquiera se veía afectado,

estaba totalmente calmo y ni uno solo de sus penachos se encontraba fuera de lugar. Pero,

antes de que el árbol tuviera tiempo de hacerle algún comentario al respecto, el ave trinó

nuevamente.

—Entonces, ¿qué te ha sucedido?

—¿Te parece poco? —respondió Frondoso, alterado—. Tengo mis brotes nuevos

destruidos y toda mi copa desgajada.

El pájaro pasó unos minutos examinándolo, saltando de rama en rama a medida que lo

liberaba de yemas rotas por el viento y escurría de sus hojas un poco marchitas el agua

concentrada del último aguacero. Luego levantó su pico, miró al joven árbol y le sonrió.

—No hace falta que te preocupes tanto, no es nada imposible de arreglar.

El árbol se sintió reconfortado.

—Y ahora dime, ¿por qué te inquietas tanto? —inquirió el pájaro, sospechando que algo

más profundo preocupaba al joven roble.

—A mí nada me inquieta.

—Bueno, si tú lo dices… —dijo el pájaro y elevando la cabeza, comenzó a trinar su

alegre canto oceánico.

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—Parece que tienes motivos para sentirte alegre —manifestó el árbol.

—¡Claro que sí! Mi canto se debe al enorme disfrute que siento por la vida. La vida es

preciosa, demasiado preciosa para malgastarla siendo infeliz. ¡Mira!, tú eres muy joven

todavía, si tienes en cuenta que te rodean abuelos longevos. Sin embargo, otros solo viven un

poco más que tú. Por ello la importancia de comprender que la vida se hizo para vivirla no

para padecerla. Cada día debe ser un deleite. Como si estuvieras bajo el más luminoso sol en

un día de primavera, no batallando siempre contra una interminable tormenta, colmado de

penurias, quejas y desconfianza.

Un escalofrío lo recorrió entero, se apoderó de su tronco, helando la savia desde sus

raíces hasta las puntas de sus hojas. ¿Cómo podía conocer aquella diminuta ave sus

sentimientos? Trató de tranquilizarse, especulando con que todo era producto de la

casualidad. ¿Sería posible que el pájaro pudiera escarbar en sus pensamientos?

—Todavía me sorprendo de ver la enorme cantidad de criaturas que elige ser infeliz —

dijo el Ave del Paraíso mientras seguía limpiándole algunos hongos que lo asaltaban,

formándole un sombrío moho de color gris.

—No comprendo —aseveró—. Nadie elige ser infeliz. Todo depende de la suerte en la

vida. Los sucesos que ocurren te convierten en un ser feliz o infeliz.

—Tal vez. No obstante, si el verdadero disfrute dependiera solamente de las

circunstancias, ¿cómo es posible que otro árbol pueda estar sometido a las mismas tormentas

que tú, o quizás mayores aún, y reaccionar de una manera radicalmente diferente? Te diré

algo; hace unos años conocí a dos nogales en un pequeño pueblo de Oriente Medio que

resultaron perjudicados por la misma tormenta. Desde entonces uno de ellos se sumió en una

intensa depresión, mientras que el otro disfrutaba de la vida cada día más, a pesar de su

corteza lastimada y de sus enormes ramas quebradas.


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El nogal angustiado estaba siempre amargado, preguntándose por qué le había ocurrido

aquello precisamente a él, hasta que el resto de sus ramas se fue secando y finalmente murió;

mientras que el otro daba gracias al Creador por continuar produciendo exquisitas nueces para

el deleite de grandes y chicos. Qué enorme alegría sentía, además, porque sus ramas caídas

por la tormenta se emplearían para la creación de muebles, sumamente valiosos y prácticos,

para las queridas familias de su pueblo. Yo no creo en realidad, que las circunstancias tengan

verdadero poder para hacerte feliz o infeliz —continuó afirmando el ave—. Tus

pensamientos, y solo tus pensamientos sobre dichas circunstancias, son los que condicionan

tu verdadero disfrute de la vida.

—Ahora dime Frondoso ¿Cómo crees tú que podrías disfrutar plenamente de la vida? —

preguntó el pájaro.

—No estoy muy seguro. Supongo que para empezar no estaría mal haber crecido al borde

de corrientes de agua; tal vez de un arroyo o de un río torrentoso —dijo el joven después de

pensarlo un momento.

—¿Realmente crees que las fuentes de agua te darían la felicidad? Yo creo, en cambio,

que podrías estar bañando tus raíces en una hermosa ribera y aun así, te sentirías como si no

tuvieras nada para disfrutar. Porque si permanecer junto a las orillas de los ríos brindara la

felicidad plena, entonces los sauces llorones, por ejemplo, serían los árboles más felices del

planeta, ¿no te parece? Sin embargo, ellos se angustian igual que los demás.

El pensativo árbol miró a lo lejos meditando en las palabras del pájaro azul, a la vez que

este continuaba liberando sus hojas de la molesta sustancia brillante y pegajosa que lo

fastidiaba, tan común en los árboles de la ciudad.

—¿Y un trabajo diferente? —preguntó Frondoso—. Seguramente sería feliz si, en vez de

producir estas flores lampiñas, elaborara enormes caléndulas de color naranja intenso, para
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conseguir que los colibríes se acercaran a mí o pudiera elaborar peras dulces o manzanas

jugosas en gran cantidad.

—¡Has traído a mi memoria al canario infeliz! —exclamó el pájaro riendo

animosamente.

—¿El canario infeliz?

—Sí. Se trata de un pequeño y quejumbroso canario amarillo, oriundo de las islas

Canarias en España, que insistentemente buscaba el disfrute de la vida en las cosas

externas. Se sentía infeliz todo el tiempo. Cada vez que admiraba a otros pájaros

comenzaba a codiciar sus colores, su tamaño, su vuelo o aquellos aspectos que creía no

poseer. En una ocasión alcanzó a observar a la distancia, en el medio de un extenso campo,

una sombra gigantesca que se desplazaba a gran velocidad de un extremo a otro para

luego perderse en el horizonte. Curioso, decidió acercarse un poquito más para descubrir de

qué se trataba. Entonces quedó atónito cuando comprobó que esa sombra correspondía a un

pájaro descomunalmente grande que surcaba el cielo con sus alas extendidas,

aterrorizando a cuanto pequeño animal rondaba en la cercanía.

Sin más, el ave infeliz sintió envidia y pensó que para ser feliz tenía que ser como ese

pájaro gigante, en vez de pasar toda su vida inadvertida por esos escasos centímetros que

medía su cuerpecito. Fue entonces, cuando por arte de magia, se cumplió su deseo

convirtiéndose en el poderoso pájaro volador más grande de la tierra, el cóndor de los Andes,

con sus extensas alas negras de tres metros de envergadura extendidas al viento.

Efectivamente, el minúsculo canario pasó a ser una grandiosa ave de presa.

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Se sentía feliz, planeando en las cumbres de las montañas, observándolo todo desde

una altura maravillosa de siete mil metros, con una posibilidad de vida de treinta años.

¡Verdaderamente extraordinario!

Minutos después miró hacia abajo y con su agudizada visión se detuvo en un ave

muy particular, el más pequeño pájaro de todo el planeta, el zunzuncito. Una especie de

colibrí que mide solo cinco centímetros desde la punta del pico hasta su cola y no llega a

alcanzar los dos gramos de peso. Es tan pequeño que el nido que construye es el más chico

del planeta, con un tamaño de apenas tres centímetros. El infeliz canario amarillo quiso

transformarse en colibrí también, para ser feliz.

De nuevo le fue concedido su deseo y de repente su imagen se tornó en la del más

mínimo y radiante pájaro conocido. Brillaba bajo el sol con sus magníficos matices,

azules, verdes y rojos. Volaba por hermosos jardines a más de cien kilómetros por hora.

Cuando se detenía en alguna rama, escuchaba feliz a sus admiradores decir: “¡Qué

maravillosa ave!”; “¡tan pequeña como una abeja!”. Y así se desplazaba orgulloso,

disfrutando de libar el néctar de las más finas y exquisitas lantanas, petunias y azaleas.

Mientras tanto, sus oídos se detenían ahora, en un canto variado y peculiar que lo

fascinaba. “¡Bellísimo!” —exclamó extasiado—. Se trataba de otro pájaro más, el llamado

lira soberbia o, como le dicen algunos, el ave de los mil sonidos. Vitoreó: “¡Qué pájaro más

espectacular!”; “¡quisiera ser igual a un lira para sentirme feliz!”.

En un santiamén, aquel canario amarillo tomó la forma de esta mágica criatura,

aunque tímida y solitaria, pero con un talento increíble, capaz de imitar a más de veinte

pájaros diferentes en su canto de cortejo.

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Feliz, saltaba de rama en rama reproduciendo audazmente todo tipo de voces y ruidos,

desde la cháchara de un perico hasta el chasquido que producen los leños cuando se

queman. Lograba una imitación encantadora, engañando así a cualquier criatura que lo

escuchara. No obstante, pronto pasó por allí, justo encima de él, una enorme bandada de

aves veloces en su camino de migración. “¡Qué voladores incansables son esos pájaros! —

pensó—. ¡Cómo me gustaría ser un vencejo real como cualquiera de ellos. Seguro que así

podría ser feliz!”.

Y como era de esperar, el infeliz canario amarillo prontamente se volvió uno también,

volando como el ave que más lejos se eleva, capaz de mantenerse seis meses enteros en el

cielo y milagrosamente alimentarse de insectos mientras vuela, durmiendo en el aire en

un estado de aletargamiento. ¡Qué feliz se sentía ahora! Ningún otro pájaro conocido por él

podría haberlo alcanzado, revoloteando por encima de las nubes a una velocidad de

doscientos cincuenta kilómetros por hora.

En cierto momento, en una de sus paradas para anidar, el canario infeliz escuchó

parlotear a un par de cotorras que observaban atentamente a un ave oriunda de las islas

Canarias: “¡Qué prodigioso es el canto de aquella ave!”; “¡jamás ha cantado igual ningún

otro pájaro!”; “¡no tiene comparación, es magnífico!”.

⸺Dime Frondoso, ¿sabes de quién hablaban? ⸺interrumpió el relato y continuó⸺. Se

referían al pájaro cantante por excelencia. Con una amplísima gama de tonos, con un

canto extremadamente dulce, profundo y melodioso. Cuando el pájaro infeliz también lo

observó, tomó conciencia de que se trataba nada más ni nada menos que de un pequeño

pero fastuoso, canario amarillo.

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Frondoso solo se limitó a guardar silencio, atento a la próxima reflexión del Ave del

Paraíso.

—Muchas criaturas dejan pasar su vida entera buscando el disfrute de la vida sin

encontrarlo nunca, simplemente porque no buscan en el lugar adecuado. Jamás podrás

disfrutar del canto de las aves si solo te concentras en el molesto martilleo que produce el

pájaro carpintero, y de ningún modo encontrarás la felicidad si la buscas en las cosas externas

que te rodean. La historia del canario infeliz enseña que la felicidad no depende de que la

vida cambie, a menos que lo que cambie, sea tu propio ser interior.

—¡Qué difícil es aceptar lo que dices! —dijo el árbol—. Entonces, ante las tormentas que

tanto destruyen nuestro entorno, ¿cómo puede un árbol, o un bosque entero, disfrutar de la

vida bajo tales circunstancias?

—Las tormentas son muy positivas —confirmó el ave azul—. Limpian las frondosas

copas y traen la lluvia, y ¿qué sería de la vida sin lluvia? Sin ella sería imposible el

crecimiento de cualquier árbol o ave, ¿verdad? La tempestad arrastra a tus pies la hojarasca,

abre espacio, regenera el suelo y deja germinar nuevas semillas. Si sabes aprovechar sus

aportes, siempre podrás utilizar sus recursos para crecer más sano y fuerte todavía.

—Nunca un temporal me había parecido algo positivo.

—Seguramente se debe a que no has buscado su mejor costado. “¡No hay mal que por

bien no venga!” dicen por allí.

—Tú lo dijiste: “dicen por allí”, no es más que una simple frase.

—Sin embargo, todo cuanto ocurre persigue un fin y una lección que puede enriquecer

nuestra vida. Muchos seres no se percatan de que más allá de sus circunstancias, pueden elegir

ser felices.

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—Pero es imposible elegir todos los sentimientos y emociones que deseamos —insistió el

confundido árbol.

—Tanto si piensas que puedes, como si piensas que no, estarías en lo cierto. Porque si lo

crees en tu corazón, será verdad para ti —dijo el pájaro muy seguro—. ¡Por ello es vital que

elijas bien lo que deseas creer!

—¡Qué absurdo! —argumentó Frondoso—. No pretenderás convencerme de que

cualquiera puede disfrutar totalmente de la vida, sin importar sus circunstancias. ¿Y los

árboles viejos y enfermos que solo esperan la muerte? ¿Cómo pueden ellos ser felices en tales

condiciones?

—Evidentemente nunca has conocido de cerca a uno de ellos. Sé que te parecerá extraño

querido amigo, que alguien que tiene menos ventajas que tú en esta vida sea feliz, mientras tú

no lo eres. ¿Has escuchado hablar del olivo de Vouves? —preguntó curioso el pájaro que,

para esas alturas de la conversación, se encontraba profundamente interesado en exponer los

verdaderos sentimientos del joven gigante.

—No, solo conozco a este olivo —dijo el árbol mientras señalaba a su vecino a pocos

metros de él, portador de algunas diminutas aceitunas.

—Este antiguo ejemplar se encuentra en la isla de Creta, en Grecia, y es uno de los siete

olivos en el Mediterráneo con más de dos mil años. Este longevo abuelo ha sorteado con

asombroso éxito diversas enfermedades, largas épocas de sequía e incluso ardientes y

reiterados incendios. ¿Sabes cuál fue su respuesta cuando le preguntaron qué lo mantenía con

vida?

El asombrado Frondoso sacudió la cabeza en forma negativa.

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—Pues dijo lo siguiente: “¡Me hace tan feliz continuar produciendo olivas que

simplemente no puedo dejar de hacerlo!”.

—¡Me cuesta concebir la idea de que un árbol tan viejo trabaje todavía! —respondió

extrañado Frondoso.

—Por increíble que parezca, aún hoy produce olivas deliciosas que son altamente

cotizadas allí, en su territorio.

—Dime, ¿todos los árboles que conoces son felices? —preguntó con cierta ironía el

roble.

—¡Claro que no! —se precipitó a rebatir el pájaro—. Hace muchos años anidé en el

corazón de una vieja acacia, la que se había hecho la fama de ser el árbol más solitario y

mezquino del desierto. Al poco tiempo de conocerla, comprendí la razón de su popularidad.

Resulta que aquel árbol solía quejarse siempre con la misma cantaleta: “Nadie me riega”;

“todos me olvidan”; “ninguno se ocupa de mí”. A menudo evitaba brindarle sombra al

cansado viajero o convidar con sus hojas a los sedientos camellos que pasaban a su lado.

Incluso llegó al punto de ocultar bajo los arenales todo tronco o rama que caía de ella, para

que ningún tuareg nativo pudiera hacer fogatas al asentarse a sus pies con sus caravanas de

sal. Aquel árbol de Teneré murió solo, triste y desnudo. Sin temor a equivocarme, pienso que

fui el único pájaro que se posó alguna vez sobre sus ramas.

Frondoso estaba perplejo. ¿Qué explicación podía tener aquello? ¿Cómo era posible que

un árbol en su vejez avanzada podía continuar dando frutos felizmente y otro, con tanta

sombra o leña para dar, ser tan desdichado?

El Ave del Paraíso terminó de acicalar al extenuado árbol y luego se volvió a sus oídos

trinando:

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—La felicidad es uno de los más bellos obsequios de esta vida y está al alcance de todos.

Sin importar cuáles sean tus circunstancias, guardas en tu interior la capacidad de ser feliz.

Esto es posible siempre y cuando escuches con cuidadosa atención las voces de la sabiduría.

—¿Las voces de la sabiduría? —cuestionó intrigado Frondoso—, ¿qué voces son esas?

—Aquellas que ven la vida de otro modo, provistas justamente con el fin de brindarnos

consejo eficiente y veraz para alcanzar el verdadero regocijo de la vida. ¿Sabes una cosa?

Ciertas voces apenas susurran al oído que está atento, pero otras llegan a vociferar para ser

escuchadas. Algunas son fáciles de identificar, como lo es el rugido del mar, el silbido del

viento o el murmullo del arroyo. Otras, en cambio, pasan más inadvertidas, quizás porque

están tan cerca de nosotros que no les prestamos atención, y sin embargo llevan en su color la

sabiduría del universo.

—¿Cómo puedo escuchar esas voces? —preguntó el árbol, percibiendo que la

conversación con el misterioso pájaro estaba llegando a su fin.

—Muy pronto las escucharás —dijo el ave sutilmente, mientras comenzaba a batir sus

alas azules y a elevarse entre las despobladas ramas del árbol castigado por la tormenta,

dejando caer a sus pies, en el cantero que lo albergaba, un pequeño puñado de semillas.

—¿Y estas semillas? ¿Qué hago con ellas? —dijo. Y en cuanto alzó los ojos al cielo, el

ave había desaparecido justo detrás de la cúpula del edificio principal.

El impaciente roble no dejaba de pensar en cada una de las reflexiones del ave azul. Se

preguntaba: “¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Cómo pudo haber conocido a criaturas de lugares tan

distantes? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Qué relación guardan las sabias voces que debo escuchar

con estas semillas que dejó en mi poder?”. Todos sus interrogantes quedaron sin responder.

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Pasado el tormentoso fin de semana examinó las pequeñas semillas que, si bien no

conocía con exactitud, le resultaban familiares debido a haberlas visto en ocasiones revolotear

por el aire o rodar por el gran patio en días ventosos. Sin embargo, se encontraba deseoso de

descubrir su fuente. “El que busca, encuentra”, se repetía, a medida que indagaba a cada

criatura que se posaba en sus ramas.

Una vez que les contaba sobre su encuentro con el pájaro enigmático, el árbol pasaba a

mostrarles cada una de las diez extrañas semillas, y hasta que no obtenía una respuesta

satisfactoria, no indagaba a la próxima criatura. De este modo, llegó a preguntar al viejo y

sabio zorzal, quien, para la enorme alegría de Frondoso, conocía bien el origen de la primera

de las semillas, pequeña y de color castaño.

—Esta semilla es muy particular —afirmó el zorzal mientras asentía con la cabeza—.

Seguramente la produjo el ceibo, al que también llaman árbol de fuego, en la zona del viejo

casco de la estancia.

—¿Cómo puedo encontrarlo? —preguntó esperanzado Frondoso.

—Solo tienes que observar el intenso color rojo que sobresale entre la arboleda. Es uno

de los más bellos árboles de todo el predio, creciente en tamaño y floración, aunque un poco

avanzado en años.

Sin más preámbulos, el joven roble se dispuso a contactarlo.

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CAPÍTULO II

LA AUTOESTIMA DE FUEGO

El parque contaba con identidad propia y una fuerte presencia. A simple vista, una gran

variedad de espacios diferentes conectados y embellecidos mediante una amplia gama de

elementos vivos y construidos, en la que el arbolado alto, viejo y variado era el rasgo

principal. Más de una docena de bellos edificios poblaban las catorce hectáreas que

engalanaban al centenario y querido Colegio Ward. Aún quedaban restos de la desnudez

invernal pasada, que contagiaba el aire de cierta nostalgia; sin embargo, también enfatizaba la

percepción sentimental del lugar.

Frondoso observaba detenidamente, tratando de hallar al árbol de fuego que, según

comprendía, se vería resaltado por su floración. El retoñar primaveral comenzaba a cubrir de

buena sombra los diferentes patios, imprescindible en este sector del país con veranos

calientes y luminosos, cambiando así la melancolía en alegría.

En cualquier jardín el ceibo es una presencia llamativa, se adueña de él con su porte

majestuoso de follaje espeso y elegante, y la belleza incomparable de sus llameantes flores.

En este predio destaca precisamente el árbol descripto por el zorzal, y que se ha convertido en

estampa icónica del propio parque. Es el mejor enclave para estos seres de fuego por el

maravilloso entorno recreado, junto a las glorietas de las glicinas.

“Fue sencillo encontrarlo”, pensó mientras lo observaba detenidamente por encima del

Salón Comedor. Sin embargo, le resultaba extraño el comentario que le había hecho el zorzal

respecto del ceibo: “un poco avanzado en años”, pues no podía creer la fortaleza y juventud

que irradiaba. ¡Un verdadero regalo de la naturaleza!

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—¿Eres tú el dueño de esta semilla? —preguntó Frondoso.

—¡Por supuesto! —sonrió el florido árbol—. Me llaman Fuego. ¿Acaso te parece extraño

que aún pueda producirlas a mi edad?

—No, claro que no —respondió el roble, tratando de que su sorpresa no entorpeciera el

reciente encuentro.

—Soy un árbol que apenas transita su vejentud —afirmó entusiasta el ceibo.

—¿Vejentud?

—Sí, es el término jovial y optimista que encontré para describir la etapa de mi vida

adulta. Joven ya no soy, pero tampoco me considero viejo, aunque la esperanza de vida de

nuestra especie alcance los setenta años.

—¡Vaya!, entonces, ¿qué edad tienes?

—Apenas sesenta y nueve —rio extravertidamente Fuego.

El joven también sonrió.

—¿Cómo puedo ayudarte? —preguntó intrigado el anciano árbol.

Entonces, en un detallado relato, Frondoso procedió a contarle sobre su encuentro con el

Ave del Paraíso, a medida que le mostraba el puñado de semillas.

—Observa, por favor, allí junto a la pequeña huerta. —Señaló el ceibo a un viejo árbol de

hojas caducas y apenas erguidas—. ¿Lo puedes ver?

—Sí, claro que lo veo.

—Ese es otro árbol de fuego, como yo, aunque un poco menos longevo.

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Frondoso lo miró con detenimiento y, asombrado, no podía dejar de comparar ambos

árboles. Se percató de que el tronco de aquel árbol estaba totalmente arrugado, mientras que

Fuego poseía su corteza tan lisa como en la juventud. Las raíces invasivas de esta especie se

veían quebrajadas en el otro árbol por encima del terreno, a diferencia de lo jóvenes y fuertes

que se observaban las de su anfitrión. Y qué decir de su copa radiantemente verde que

producía una sombra extraordinaria, a tal grado que no crecía una sola hierba debajo de él,

donde se respiraba quietud, cobijo y un silencio entre cómplice y consolador; en oposición

marcada con las ramas de su vecino, que apenas conservaban algunas hojas amarillentas y

permitían así que el avance de la maleza cubriera toda su base.

El joven gigante se mostró perplejo.

—¡Parece que un verdadero milagro te ha rejuvenecido! ¿Cómo es posible que te veas tan

joven y lleno de vida?

—¡Siempre recordaré ese día! Me visitó también el Ave del Paraíso. Comenzaba uno de

los peores inviernos que hemos experimentado en el colegio. Mi autoestima se encontraba por

el piso. Me sentía más viejo que de costumbre, hacía tiempo que mi sombra boscosa se había

convertido en un puñado de ramas secas. Solo pensaba en descansar y dejar de producir.

Adormecido como estaba, sentí el trinar de un bello pájaro azul en el centro de mi tronco.

Me dijo que estaba de visita. “¿Por qué visitar a un viejo y moribundo árbol que ya no

tiene ni sombra que ofrecer?”, le pregunté, y me respondió feliz: “Uno es tan viejo como su

pensamiento se lo impone. Lo que te convierte en anciano no es tu edad, sino tu mente”.

Entonces conversamos sobre la vida de los árboles a mi edad y, mientras yo solo veía angustia

y molestia, él veía ventajas y provechos. Luego me dijo: “A tu edad es cuando más sabiduría

y experiencia se tiene, ¿verdad?”. Reflexionó sobre las voces que pueden enseñarnos a

disfrutar plenamente de la vida, sin importar edad, especie o creencias.

25
Disfruté tanto de la conversación con el pájaro azul que dejé de escuchar por un largo

rato el bullicio de los niños en recreo; hasta el intenso frío me pareció cálido. El meditar sobre

aquellas voces sabias de las que me habló, me dio una nueva perspectiva de la vida. Fue como

volver a germinar. Pasé de sentirme ausente a desear estar presente. Entonces me contó sobre

una maravillosa leyenda que levantó aún más mi estado de ánimo.

“Hubo un tiempo —me confió el pájaro azul— en que una joven india llamada Anahí

conocía a todas las aves de la selva, todas las flores y criaturas. Amaba con pasión aquel

suelo silvestre que bañaban las aguas oscuras del río barroso. Anahí cantaba feliz con una

voz dulcísima, en tanto callábamos hasta los pájaros para escucharla. Pero un día resonó

en la selva un ruido de armas, y hombres extraños de piel blanca aparecieron. La tribu de

Anahí se defendió de los invasores. Ella vio caer a sus seres queridos y esto le dio fuerzas

para seguir luchando por su amada tierra, hasta que fue cruelmente apresada también.

Cuando logró escapar dando muerte al centinela en la oscuridad de la noche, volvió a ser

capturada y juzgada con severidad. Fue atada a un árbol de anchas hojas y a sus pies

apilaron leña, a la que dieron fuego. Las llamas subieron rápidamente envolviendo el

tronco del árbol y el frágil cuerpo de Anahí, que pareció también una roja llamarada.

“Ante el asombro de los que contemplaban la escena, Anahí comenzó de pronto a

cantar. Era como una invocación a su selva, a su tierra, a la que entregaba su corazón

antes de morir. Con los primeros rayos del sol, se apagaron las llamas que la envolvían.

Entonces los rudos soldados que la habían sentenciado quedaron mudos y paralizados

cuando vieron el cuerpo moreno de la indiecita transformarse en un manojo de flores, rojas

como las llamas que la envolvieron y hermosas como no había sido nunca la pequeña,

adornando el árbol que la había sostenido”.

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¿Te imaginas cuál era ese árbol? —preguntó el ceibo emocionado.

—Seguramente, se refería a tu especie, ¿verdad?

—¡Por supuesto que sí! Así fue como descubrí mi origen y el de mis flores aterciopeladas

que iluminan los bosques y jardines de la Mesopotamia argentina. Mis flores encarnan el alma

pura y altiva de una raza que ya no existe. ¡Imagínate el orgullo que sentí hace algunas

décadas atrás, cuando fui declarado Productor de la Flor Nacional Argentina por decreto! Esta

historia, junto con otros sabios consejos, propició mi notable cambio en la manera de percibir

la vida. Claro que en realidad nada había cambiado. Solo mi interior, mis pensamientos, mis

deseos... Habían calado muy hondo en mi corazón las enseñanzas de las voces sabias sobre la

fuerza de la autoestima.

—¿La fuerza de la autoestima?

—¡Claro! El poder que influye en todo tu ser la imagen que tienes de ti mismo, todo

aquello que crees y piensas acerca de ti. Una de las causas por las que muchas criaturas son

infelices, es que no se aceptan tal y como son. Gran parte de la Creación crece y se desarrolla

llena de complejos. En ocasiones son aspectos físicos, por ello dice: “Mi tronco está torcido”

o “mis flores son muy pequeñas” o “mis frutos no tienen sabor”. A veces los complejos

corresponden al orden emocional, y piensa: “No soy tan inteligente como otros” o “soy

aburrido”. De allí que, si no puedes disfrutar de tu propio ser, cuánto menos podrías disfrutar

plenamente de la vida.

Frondoso meditó en sus propias debilidades de manera automática.

—Cuando tu autoestima es la apropiada disfrutas plenamente de la vida —continuó

Fuego—, te frustras menos cuando cometes errores, te recuperas más rápido de los reveses y

estableces mejores relaciones con el resto de la Creación. La autoestima es también una fuente

27
de motivación interna: quien se valora a sí mismo está motivado, confía en su capacidad para

resolver problemas y tomar decisiones, no se siente culpable cuando otros lo desaprueban. No

pierde tiempo preocupándose en exceso por el pasado, sabe mirar hacia atrás y aprender de él.

Cuando mira a otras criaturas, no se siente ni superior ni inferior; se reconoce como un ser

único e irrepetible, con talentos y áreas para mejorar. Todo lo opuesto a la culpa o el

autorrechazo que nace de los complejos e ideas negativas que podemos tener de nosotros

mismos.

—¿Y cuál es el origen de todos nuestros complejos? —preguntó el roble algo inquieto.

—Generalmente nace en nuestra infancia. Lo que llegamos a pensar acerca de nosotros

mismos, se forma especialmente cuando somos pequeños. Aprendemos de quienes nos

rodean. A veces familiares, otras veces vecinos o incluso extraños. Somos como esponjas que

lo absorben todo: lo que vemos, lo que oímos y hasta aquello que nos parece haber visto u

oído.

Piensa en este ejemplo. Un nuevo rosal del jardín, en el medio del rosedal, luce sus

primeros pimpollos blancos demasiado compactos en apariencia y llenos de pulgones.

Comienza a dudar de su poder para florecer y se pregunta: “¿Por qué no soy capaz de producir

rosas perfectas y perfumadas? ¿Acaso seré un inútil? ¿Será que soy un debilucho, incapaz de

enfrentar los pulgones que me invaden?”. O peor aún, cuando algunos adultos de su especie se

percatan de su frustrada floración, afirman en reiteradas ocasiones: “¡El problema contigo es

que eres un incapaz, un debilucho y bueno para nada!”.

Fue en ese momento cuando el pequeño rosal se convenció completamente de sus

debilidades. Al presente piensa que es un incapaz, un debilucho y bueno para nada. Ha

guardado todos y cada uno de estos conceptos en su interior, encerrándolos con candado. ¿Por

qué? Porque lo escuchó una y otra vez de adultos que, en teoría, lo amaban y deseaban lo

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mejor para él. Como reza un viejo refrán: “La repetición es la madre de la retención”. Se lo

repitieron tantas veces que finalmente lo retuvo. Entonces cada vez que llega la época de

florecer, piensa de sí mismo: “No voy a poder porque soy un bueno para nada”. De este modo

comienza a evitar los obstáculos, a sentirse inferior al resto y a dejar de querer ser él mismo.

—¿Existe una forma de comprender que todo lo que pensó sobre él mismo no era

correcto? —indagó Frondoso.

—Desde luego, pero será de vital importancia realizarse un autoexamen sincero, sobre

cuáles son las verdaderas opiniones que tiene sobre sí mismo.

—Te refieres a preguntarse algo así como: “¿Me considero realmente un inútil en todo?”

—interrumpió el joven roble.

—Por supuesto, y luego razonar: “¿Cómo sé positivamente que eso es verdad?”.

Comúnmente formamos nuestra propia opinión basándonos en lo que otros opinan de

nosotros, damos el poder a otro para que nos devuelva una especie de reflejo en el cual

mirarnos. Sin embargo, permíteme mostrarte algo —subrayó Fuego.

El ceibo le pidió que mirara hacia abajo, a solo unos pasos de allí, en el enorme charco de

agua, residuo del último aguacero.

—Repara, por favor, en la imagen que se refleja en el agua y dime qué ves.

El agua se encontraba turbia y se movía un poco, debido a algunas hojas que el viento

había depositado en ella. Las imágenes que Frondoso veía estaban distorsionadas. En algunas

de ellas se observaba muy pequeño y en otras, más grande de lo que realmente era.

Precisamente en el momento en que fijaba su vista más de cerca, se introducían dos palomas

torcazas para darse un chapuzón, causando así las risotadas del joven árbol cuya imagen

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comenzaba a verse totalmente arrugada y vieja, producto del movimiento del agua en el

bache.

—¿Cuál de las imágenes que viste te define? —preguntó Fuego.

—¡Ninguna! El agua en movimiento nunca podría devolverme una imagen exacta de mí

mismo, y menos aún si no está limpia.

—Exactamente —confirmó el ceibo, optimista por saber que el joven comprendería su

ejemplo—. Porque tú conoces muy bien cómo te ves en tu apariencia exterior cada vez que

aprecias tu imagen en el agua quieta y cristalina a la luz del sol, ¿verdad? Pero no existe

ningún reflejo en toda la naturaleza que te muestre claramente tu imagen interior. En lugar

de ello, nos basamos en el reflejo que nos devuelven las demás criaturas. Por lo tanto, si te

han dicho que eres un bueno para nada, pensarás que eso es lo que eres, y si te dicen que no

eres capaz de resolver problemas o de ser exitoso, eso mismo creerás, especialmente si estas

afirmaciones negativas se producen cuando todavía se están formando tu carácter y creencias.

Ten en cuenta que las demás criaturas son reflejos en los que nos miramos, solo que reflejos

distorsionados como agua sucia en movimiento. Ellos tienen sus propios prejuicios y

debilidades que incorporan en su opinión sobre ti y, por ende, distorsionan la imagen que te

transmiten.

Jamás deberíamos permitir que nuestra autoestima se base en lo que otros digan de

nosotros, dejándoles el mando para que decidan quién eres y quién no eres como individuo.

Cuando los demás son ásperos y hostiles, cuando nos dicen cosas que descalifican y

menosprecian, ello es siempre un reflejo de su espíritu alterado, no un reflejo de ti. De esta

manera cada vez que un adulto le dice a un pequeño “no sirves” o “no puedes” o “eres un

estúpido”, le está creando a esa criatura en formación imágenes nocivas y falsas.

Probablemente el pequeño haya dicho o hecho “algo” incorrecto, molesto o estúpido, pero ese

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fue el “comportamiento” del pequeño, no el pequeño en sí. Se trata de una diferencia sutil y,

sin embargo, vital. Es la distinción entre decir: “Tú eres un estúpido” y “lo que tú hiciste es

estúpido”.

—Comprendo lo que quieres decir —asintió el joven árbol.

—¿Alguna vez has hecho algo de lo que luego te has arrepentido?

Frondoso respondió afirmativamente y pasó a decir:

—Pero haber cometido un acto estúpido no me convierte en un estúpido, ¿verdad? ¿A eso

te refieres?

—Así es. Muchos confunden el comportamiento con el individuo y, por consiguiente, se

forman creencias negativas que no necesariamente son verdaderas, pero sí lo suficientemente

fuertes como para llevarlas consigo el resto de sus vidas.

—¿Es posible librarse de esos complejos y opiniones negativas? —profundizó el joven

roble.

—¡Por supuesto que es posible! ¿Recuerdas la expresión que mencionamos hace un

momento: “La repetición es la madre de la retención”? Bueno, también puede aplicarse de

manera positiva —continuó el ceibo.

—¿Cómo es eso?

—Si el pensamiento del pequeño rosal quedó anclado en un concepto negativo y

defectuoso de sí mismo, debido a la “repetición” de los comentarios que los demás le hacían,

es totalmente posible que, una vez analizado el error de pensar así, utilice la repetición

positiva para revertir su pensamiento.

—¿Repetición positiva?

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—Sí, en forma de afirmaciones. Una afirmación es una frase que te dices a ti mismo,

puede ser en voz alta o mentalmente, eligiendo palabras que contribuyan a eliminar algo de tu

vida o a crear algo nuevo, y esto ha de hacerse de forma positiva. Si dices: “No quiero

sentirme inútil”, el subconsciente retiene el concepto en el que has puesto el énfasis, es decir,

“inútil”. Muy distinto a expresar claramente lo que sí te gustaría ser, como, por ejemplo: “Me

siento muy útil y todo me sale bien”.

El subconsciente es directo y honrado. No tiene intenciones ocultas ni usa estrategias. Lo

que oye es lo que hace. Por ello la importancia de que tus afirmaciones sean elaboradas en

tiempo presente y en positivo, afirmando lo que sí quieres y dándolo por hecho; algo así como

decir: “Soy valioso” o “soy merecedor de cosas buenas”.

—¿En verdad puede ser útil realizar afirmaciones positivas?

—Desde luego. ¿Ves aquella gigante flor amarilla dentro del huerto? —preguntó el

ceibo, señalando la magnífica planta de girasol que debió ser atada con firmeza debido al peso

excesivo de sus semillas.

—Claro que sí. ¡Es bellísima!

—Pues para conseguir un girasol de semejante tamaño, es necesario comenzar por

una pequeña y diminuta semilla, que no se parece en nada a ese amarillo sol de pétalos,

rebosante de pipas exquisitas, y que, si tú no la conocieras, ni siquiera creerías que podría

llegar a convertirse en una planta de girasol. Sin embargo, piensa en el jardinero

plantando la pequeña semilla en un poco de buena tierra, regándola diariamente,

liberándola de malezas y asegurándola a un buen tutor a medida que crece, para

permitirle un desarrollo seguro y firme. Ahora bien, ¿te lo imaginas, mientras espera

ansioso verla brotar, que de repente y sin más, le dé un terrible pisotón en cuanto asoma el

32
primer tallo verde?, y acto seguido despotricar molesto: “¡Esto ni siquiera se parece a un

girasol!”. Qué ilógico sería ¿cierto? Más bien lo observa y se alegra: “Qué bien, ya está

asomando” dice, y se entusiasma sobremanera imaginando la altura que pronto

alcanzará. A su debido tiempo, si sigue regándolo y cuidándolo, ese pequeño brote se

convertirá en un verdadero girasol repleto de semillas para consumir, y alcanzará una

altura magnífica. Y pensar que todo comenzó con una simple y modesta semilla.

Lo mismo sucede cuando quieres trabajar una cualidad efectiva en ti o cumplir con un

deseado proyecto. Si positivamente afirmas en tu mente que eres capaz de hacerlo —que sin

duda lo lograrás, que otros ya lo han conseguido, por lo tanto, también tú puedes hacerlo—,

aunque en un principio el adelanto sea aparentemente mínimo, como si de un pequeño brote

se tratara, conseguirás ver los resultados positivos y te asombrarás por ello. La tierra del

girasol equivale a la porción subconsciente de tu mente. La afirmación nueva es la semilla. La

nueva experiencia está, en su totalidad, en esa semilla. Tú la riegas a diario con afirmaciones,

dejas que se entibie con el sol de tus pensamientos positivos, limpias a menudo las malezas

del jardín arrancando las ideas negativas que se te ocurren. Y cuando observas por primera

vez una mínima prueba de que algo está creciendo, no lo pisoteas, quejándote de que eso no

es suficiente, sino que lo miras y expresas felizmente: “¡Qué bien, ya está asomando!”. Y

sigues asegurándote de su sano y fuerte crecimiento, hasta ser testigo de la manifestación de

tu deseo.

El inquieto roble permaneció observando fijamente al girasol por un rato.

—Si oímos algo repetidamente —continuó Fuego—, comenzamos a creer en ello. De

hecho, ese es el origen de la mayoría de nuestras creencias, escuchar una idea vez tras vez

desde pequeños.

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—¿Con qué frecuencia debería hacer mis afirmaciones? —preguntó Frondoso.

—Dependerá de cuán arraigada esté en tu mente la creencia negativa que desees

modificar. Resulta práctico comenzar cuando despiertas por las mañanas, durante esos

primeros minutos en los que aún tu mente se encuentra en un estado de somnolencia, pues el

subconsciente está más propenso a grabar la información. Lo mismo sucede minutos antes de

dormirte en las noches. Y puedes agregar algunas afirmaciones a mitad del día para que tu

mente sienta la “repetición” de ellas, y así logres la “retención” que necesitas para

convencerte de su verdad.

Debes valerte de los sentimientos y emociones a la hora de pronunciarlas, como si

realmente creyeras en ellas y no de forma monótona o impersonal. Puedes también actuar

como si fueras justo lo opuesto al complejo que crees tener. Algo así como representar un

personaje que en realidad no eres.

—¡Pero eso implicaría dejar de ser yo mismo! —replicó Frondoso con un dejo de

preocupación.

—Tienes toda la razón. No obstante, comienza a suceder algo llamativo cuando así lo

haces. Por ejemplo, si crees que eres tímido e introvertido y por ello el resto del parque te

observa apartado y callado, responderán de la misma manera, no acercándose a ti por no

sentirse atraídos. Pero si decides comportarte, aunque sea por una vez, como un ser intrépido

y extravertido, saludando, floreciendo y hasta dando frutos, por increíble que parezca, tu

entorno comienza a devolverte una mirada similar, otros árboles devuelven tu saludo y

también se preocupan por ti. Nuevas aves te visitan y anidan en tus ramas, lo que logra el

efecto deseado, sentirte más confiado en ti mismo y en contacto con los demás. Lo que

comenzó como una actuación, terminó convirtiéndose en una manera de ser.

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Además, puedes elevar tu confianza buscando en tu interior aspectos con los que te

sientas a gusto.

—Parece una buena solución, pero ¿cómo la llevo a la práctica? —preguntó el joven

árbol mientras meditaba profundamente en las palabras del viejo ceibo.

—Es muy sencillo. Todo lo que tienes que hacer es preguntarte: “¿Qué cualidades o

virtudes me gustan de mí?”, o “¿qué cosas me salen bien o me cuesta poco trabajo realizar?”.

—En realidad, no pienso que sea tan sencillo. —El joven vaciló.

—Eso se debe a que nuestro diálogo interno está lleno de preguntas incorrectas; nos

realizamos tales cuestionamientos en forma de desaprobación: “¿Por qué no puedo hacer esto

o aquello?”, o “¿por qué no soy capaz de realizar tal o cual cosa?”. En cambio, si formulamos

las preguntas de forma positiva, será más fácil hallar respuestas objetivas sobre nosotros

mismos: “¿Qué habilidades tengo?”, o “¿cómo podría mejorar en esto?” o “¿de qué manera

puedo ayudar a otro?”.

Por lo tanto, estos tres métodos, sin dudas, son de suma importancia para elevar tu

autoestima. Recuerda: realizar afirmaciones en primera persona y en tiempo presente,

dándolas por cumplidas. El actuar como quien quisieras ser en realidad, aunque al principio

no sea sencillo. Y el hacerte un cuestionario de forma positiva. Así serás libre de la opinión

de los demás y tu verdadero disfrute estará listo para salir a la luz.

De igual importancia es el hecho de aprender a dar cumplidos a los demás. Brindarles

ánimo y estímulo, asignándoles valor; especialmente a quienes nos rodean en el diario vivir.

No pienses que pierdes valor cuando valorizas a alguien más. Cuando observas la alegría que

causas al otro al dedicarle palabras de aliento, la confianza en ti mismo crece y por lo tanto

te respetas más, te amas más y confías aún más en tu potencial.

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—Supongo que en tu caso, supiste muy bien poner en práctica estos sabios consejos —

aseveró el joven a medida que hacía un paneo completo de la copa del ceibo llena de flores

rojas—, porque estoy maravillado de verte en tu “vejentud”, como tú dices, tan

resplandeciente y vital.

—Aunque claramente no me ha sido fácil —reflexionó el ceibo—. Pero si hiciera caso de

lo que me dicen, ¿crees tú que a mi edad estaría alojando a unas doce especies de pájaros en

mis ramas? Si hubiese aceptado lo que otros me decían, ¿piensas tú que hubiese duplicado la

cantidad de mis flores, frutos y semillas?, ¿o que continuaría desarrollando nuevos retoños en

cada primavera? Si hubiese prestado atención a lo que me decían ya estaría seco y sin

esperanzas —concluyó Fuego, observando nuevamente a su envejecido vecino.

He guardado en mi corazón la clave de la belleza que me confesó el pájaro azul aquella

vez, antes de retirarse; me dijo: “El secreto del disfrute es la autoestima. Quien se siente a

gusto consigo mismo irradia confianza, y esto resulta sumamente atractivo para el resto de la

Creación”.

A partir del momento en que conozcas tu valor, ya no necesitarás la puntuación que otros

te den. Sabrás que eres un diez y que lo mejor está por venir, más allá de tu edad o de

cualquier circunstancia presente. Nadie más podrá definir tu valor; solo tú determinarás el

valor de tu vida. Creer en ti no es jactancia, sino saber que tienes capacidad para alcanzar todo

lo que te propongas.

Frondoso se sentía inspirado, aunque todavía asomaban algunas dudas en su interior

sobre si funcionaría o no llevar a la práctica esos consejos. Por lo tanto, preguntó:

—¿Realmente funciona?

Fuego sonrió y dijo:

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—¡Qué tienes que perder! ¡Comienza ya y pronto verás los resultados! De todos modos, a

medida que llevas a la acción estos consejos, continúa en la búsqueda de tus otras semillas. En

especial la de esa pequeña que tienes ahí —dijo mientras señalaba una de las nueve semillas

restantes que el joven llevaba.

—¿Conoces a su dueño? —preguntó Frondoso entusiasta.

—¡Cómo no conocerlo! Fue sumamente popular luego de la tala sorpresa.

—¿A qué te refieres con la tala sorpresa?

—Fue la más impresionante tala de árboles que se llevó a cabo en estos terrenos y que

nunca imaginamos que llegaría a suceder. Fue cuando se creó el espacio para hacer la

gigantesca cancha de atletismo. Este ejemplar salvó su vida de milagro. Todavía recuerdo

aquellos días.

Frondoso comenzaba a tomar conciencia de lo ausente que había estado hasta ese

momento. Entonces, sin más, se despidió del ceibo con mucho para meditar y con una tarea

pendiente, la de contactar al sobreviviente, dueño de la segunda semilla que el Ave del

Paraíso le había encomendado.

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CAPÍTULO III

VIVIR CADA MOMENTO COMO ÚNICO

Allí estaba plantado, firme, elevado y siempre verde, el solitario ciprés, aunque rodeado

de un par de monumentales cedros, un florecido jacarandá y un grupo de nuevas casuarinas

que enmarcaban el límite del colegio con el de las calles circundantes. Sin embargo, único en

su especie dentro de ese verde grupo, alcanzaba los veinticinco metros de altura.

Aun muchos años después, algunas criaturas murmuraban sobre él como si fuera algo

sobrenatural, pues había sido el único sobreviviente del talado previo a la fundación de la

cancha que estaba justo frente a él. Este acontecimiento le dio su nombre: Único.

“¡Qué magnífico árbol!”, dijo admirado el joven Frondoso cuando lo vio a la distancia.

Luego de una formal presentación entre ambos y la explicación detallada del motivo de

su visita, Frondoso pasó a preguntarle cómo había conocido al Ave del Paraíso.

—Sucedió en un momento de mi vida en el que me preguntaba algunas cosas y me

replanteaba otras —contestó Único—. Meditaba sobre cada especie de pájaros que anidaba en

mis ramas; algunas de ellas, por segunda o tercera vez. Otras, apenas comenzaban a elegir la

mejor vista. Me detuve en un ave en particular, un preocupado gorrión que hacía tiempo veía

triste y apagado. Me inquietaba observarlo distraído, porque sabía con exactitud que cuando

una criatura se encuentra angustiada, es posible que caiga presa del ataque de algún

oportunista insensible. Fue entonces cuando pasó lo peor; observé desde lo alto lanzarse en

picada, a la velocidad del viento, al temerario chimango en dirección al indefenso pajarito.

Todo sucedió tan rápido que simplemente me quedé atónito. ¡Nunca había sucedido cosa

semejante en mis ramas!

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—¿Y lo mató? —interrumpió el roble.

—Antes de que lo tomara con sus fuertes garras, ¡sucedió algo increíble! Un desaforado

aleteo de advertencia alborotó a todas las aves que anidaban cerca de él.

—Ya lo imagino. Un pájaro azul, ¿verdad?

—Sí, una bellísima ave del paraíso. Fue extraordinario ser testigo del despliegue y

fortaleza de ese pequeño pájaro dispuesto a arriesgarlo todo. Logró tal alboroto que las aves e

insectos vecinos emitían todo tipo de sonidos, graznidos y aleteos para ahuyentar al furioso

carroñero que, para ese entonces, había perdido las ganas de cazar a la pobre y distraída ave.

Luego de que el abatido gorrión se recobró de semejante infortunio, el ave azul se mostró

genuinamente interesada en su bienestar, como lo demostró la conversación que mantuvo con

él colmada de sabias enseñanzas, logrando como resultado su enorme alegría.

—¿Es posible conocer esas enseñanzas? —preguntó cautivado Frondoso.

—¡Mira!, el saber principal fue el que mencionó al principio de su trinar, cuando afirmó

con un tono entre firme y dulce, como si de un progenitor se tratara: “Ay pequeño gorrión…

vuelas demasiado en el mañana y sobrevuelas excesivamente en el ayer. No obstante, el único

momento en el que puedes vivir es el presente”. Medité mucho en esas palabras que causaron

en mí una profunda impresión, pues al igual que el diminuto pardal, también me encontraba

sumergido en el pasado, lamentándome por algunos acontecimientos que angustiaron mi vida.

—¿Te refieres a la tala sorpresa? —dijo Frondoso mientras señalaba el solar que se

extendía frente a él y en donde ahora se veía correr a unos cuantos jovencitos, en prácticas

deportivas próximas al torneo de fin de año.

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—En parte sí, fue desbastadora para mí. En aquella época convivía diariamente con

cientos de árboles frutales de todo tipo. Estaba rodeado de manzanos, durazneros, pomelos,

naranjos, ciruelos y un sinnúmero de ornamentales de todas las edades. Recuerdo el perfume

que impregnaba el ambiente cuando los azares abrían casi al unísono. En aquel

derrumbamiento, a muchos seres queridos los vi desplomarse y a otros, morir de pie.

Claro que con el paso de los años plantaron aquí cerca otras especies frutales, como los

perales que ves allí, detrás del cordón de los eucaliptos, la dulce mora junto al camino del

estacionamiento y los frondosos mísperos del jardín de infantes. Pero claro que ya no fue lo

mismo; nadie más repuso los enérgicos cipreses que desaparecieron en aquella ocasión.

Amigos que no hubiesen enfermado o fallecido de otra manera, al menos no por muchas

décadas —se lamentó Único.

—¿A qué otras maneras te refieres?

—Obviamente hay otras especies que van camino a su erradicación por medios naturales,

como los frágiles paraísos del lado sur, propensos a desplomarse con facilidad debido al

ahuecamiento de sus ramas y troncos; o los dos ficus agrestes junto a la biblioteca, a los que el

último vendaval despojó casi por completo de sus hojas.

Nuestra especie, en cambio, está catalogada como una de las más fuertes del planeta.

Contamos con una longevidad que puede alcanzar más de mil años de vida. El viento solo nos

dobla, pero jamás nos quiebra. Tampoco puede atacarnos ningún insecto. Incluso, para

sorpresa de muchos, hasta es posible que salgamos victoriosos de los ardientes incendios.

—¡Qué maravilla! —expresó el roble.

—Así es. Yo mismo me sorprendí cuando las aves migratorias me contaron lo sucedido

en julio de 2012, en un incendio forestal en la localidad española de Andilla, en Valencia.

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Dicen que allí el fuego desbastó durante cinco largos días más de treinta mil hectáreas. Sin

embargo, un grupo de novecientos cipreses de unos veintidós años quedó prácticamente ileso

—argumentó Único con orgullo en su voz.

Las palabras del Ave del Paraíso me recordaron este tipo de eventos positivos a los que se

debe dar el verdadero valor. Hechos para disfrutar el ahora. Pensar sobre el pasado o

preocuparse por el futuro nos priva del presente. Y el presente —el aquí y ahora— es todo lo

que tenemos y todo lo que podemos tener.

—No estoy seguro de haberte comprendido bien —dudó el roble.

—Dime Frondoso, cuando miras hacia atrás, a tu vida, y recuerdas tiempos de disfrute,

¿qué te viene a la mente?

—Permíteme pensar —dijo mirando a lo lejos.

Pensó en su padre y en las anécdotas que compartía cada día. Cuando le contaba sobre

don Aurelio, el patrón de la estancia, que a la mañana temprano desataba de su tronco a

Arriero, el viejo caballo de Los Tapiales, para ensillarlo y disponerse a trabajar; y luego,

cuando atardecía, volvía a elegir a su padre para atar las riendas en su tronco. ¡Qué orgulloso

se sentía el anciano roble de ser elegido mecenas del querido caballo! También recordó las

risas de los pequeños pupilos que jugaban a su alrededor y lo escalaban para robarle algunas

bellotas, como si fuera posible que él no se diera cuenta. Y se alegró además, al evocar la

construcción del cantero que lo rodea, cuando una vez terminado lo rebalsaron de frescas

alegrías del hogar y una docena de clivias de un naranja brillante.

—¿Cómo recuerdas esos tiempos? —preguntó el ciprés—. ¿Como todo un año de placer?

¿Como un mes entero de disfrute? ¿Como semanas completas de alegría? ¿O como felices

momentos?

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—No estoy muy seguro —dijo el roble.

—Piensa en uno que, para ti, sea el mejor de los recuerdos.

—Ha…! La inauguración de la Escuela Especial. Cuando bajo mi sombra se reunieron

centenares de niños riendo y jugando con una alegría inolvidable. Hasta la banda del colegio

rodeó mi sombra completa mientras hacía sonar sus flautas, clarinetes, trombones y

trompetas.

—¿En qué momento, con exactitud, sentiste el verdadero disfrute?

—Fue en la mañana de ese mismo día. Recuerdo al director general conversar con la

junta directiva, sentados bajo la galería del comedor mientras me observaban con

detenimiento y decían: “Este joven roble es admirable; la banda podría tocar bajo esa sombra

estupenda”, y así me elegían para el acto más importante del evento. Incluso, como broche de

oro, justo después de sus palabras, un zorzal trinaba con todas sus fuerzas. En ocasiones,

cuando escucho a un zorzal cantar, si cierro los ojos todavía se eriza mi corteza y puedo

emocionarme por aquel momento.

—¡Ahí lo tienes! —dijo Único, contento de poder demostrar lo que quería—. ¿Lo ves?

¡Fue solo un momento!

Los jóvenes viven el momento. Imagina lo que hubiese ocurrido si en aquel preciso

instante hubieras estado pensando en el fuerte viento de la semana anterior, o preocupado por

el otoño siguiente. Seguramente te hubieses perdido el disfrute que te causaron esos elogios y

el observar la alegría de esas personas, cuando descubrieron la utilidad que podía brindarles tu

sombra frondosa.

—Comprendo lo que quieres decirme.

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—Existe un excelente ejercicio que puedes poner en práctica para alcanzar un mayor

disfrute de la vida: es el método de enlace. De hecho, puedes utilizar ese mismo recuerdo que

acabas de describir, si es que no tienes otro mejor todavía.

—¿El método de enlace? —preguntó interesado Frondoso.

—Sí, es sencillo y muy efectivo. Como tú bien sabes, cuando somos pequeños nos

colocan un tutor de madera maciza o de hierro, enlazado con soga o alguna fibra vegetal, con

el fin de que nosotros, los que deseamos ser árboles gigantes, podamos crecer firmes y

derechos unidos a él. Luego, de adultos, a pesar de que ya no tenemos dichas ataduras, somos

nosotros mismos quienes simbólicamente seguimos atados con enlaces negativos que nos

privan del disfrute de la vida. Para explicártelo mejor, piensa por un instante en algún

recuerdo que te cause ansiedad o desazón.

El joven roble meditó un momento; luego recordó aquella tormenta en la que fue testigo

de una de las granizadas más grandes que padeció el colegio unos años atrás, cuando se perdió

todo el huerto en crecimiento que, con tanto esfuerzo y alegría, habían cultivado los alumnos

de quinto año en clases de biología. Entonces lo describió en detalle al atento ciprés.

—Seguramente ese recuerdo quedó tan unido a ti que, cada vez que vuelves a ver el cielo

amenazante, resurgen esos pensamientos con el temor de que otra granizada similar se

abalance sobre todo el predio, ¿verdad?

—Así es. Fue precisamente lo que volví a sentir hace algunos días, en la última tormenta,

justo cuando recibí la visita del Ave del Paraíso.

—¡Exactamente! —afirmó Único—. Tu pensamiento asocia negativamente aquella gran

pérdida del huerto con la caída de granizo, como si lo hubiese atado o enlazado de alguna

manera a tu ser.

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—No llego a comprender con claridad la relación que guarda esto con el disfrute de la

vida —titubeó el joven roble.

—Pues te lo explicaré. Existen también los enlaces positivos. Tú puedes crearlos para que

te produzcan emociones concretas. Déjame mostrártelo —dijo el ciprés—. Piensa nuevamente

en el maravilloso recuerdo del día en que la banda del colegio tocó felizmente bajo tu sombra.

Medita en esa escena todo lo claramente que puedas. Cierra los ojos y trata de revivirlo.

¿Cómo acariciaba tus hojas el calor del sol ese día? ¿Qué fragancia se elevaba más, de entre

todas las flores del cantero? ¿Cuál de los instrumentos de la banda te provocaba mayor

alegría? ¿En qué momento de la mañana comenzaste a percibir el aroma del patio recién

regado? Trata de captarlo todo, con lujo de detalles.

Ahora bien, la manera de enlazarlo a tu corazón ha de ser la misma que utilizaste

inconscientemente para atar la emoción negativa. Ten en cuenta que el lazo negativo se formó

cuando observabas los nubarrones negros en cada tormenta. De la misma manera, para

obtener un enlace positivo debes concentrarte en el canto de un zorzal que, como me contaste,

te predispone a revivir la enorme emoción y alegría de aquel evento.

—Pareciera un poco simplista —observó Frondoso.

—Lo mismo razoné cuando lo escuché del Ave del Paraíso. Pero funciona. Inténtalo

cuando te encuentres en situaciones de angustia o tensión. En ese preciso momento concentra

tu oído en el canto de cualquiera de los zorzales que habitan nuestro querido colegio y verás

cómo tu emoción cambia positivamente, invadiéndote una sensación de bienestar y paz, la

misma sensación que experimentaste aquel día del evento. Escuchar al zorzal se convertirá en

tu propio enlace para revertir la tristeza en alegría cada vez que lo necesites.

Todos nuestros recuerdos están formados por momentos. Momentos en los que vemos,

oímos o sentimos algo. No recordamos años, meses, ni siquiera días. Tan solo momentos. De
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allí que solo podamos alcanzar el máximo de esta vida obteniendo el máximo de cada

momento. La clave estriba en coleccionar tantos momentos felices como sea posible. Nunca

se repetirá otro ahora, por ello lo mejor que podemos hacer es sacarle el máximo provecho.

Recuerda que, aunque la vida en este momento tal vez no es todo lo que desearías, este

momento sí es todo lo que tienes.

Cuando vives en el presente no tienes tiempo para lamentarte por el pasado ni para

preocuparte por el futuro; solo existe lo que tienes ante ti.

Frondoso seguía confundido.

—¿Cómo puedo sacar el máximo provecho a cada momento? —preguntó.

—Tomando conciencia. Prestándole atención a la actividad que estás desarrollando, sea

la formación de tus flores, la oxigenación del aire o el crecimiento de tus brotes. Si no le das

al presente toda tu atención, terminas generando sentimientos de pesar distrayéndote con lo

que ya hiciste, o de ansiedad por lo que todavía no ha ocurrido.

Frondoso se mostró sorprendido. Parecía muy claro todo, pero él nunca había visto de ese

modo el significado de vivir el momento presente.

—Si queremos disfrutar nuestra vida, debemos aprender a apreciar lo que tenemos, y ello

está en el aquí y ahora. Las decisiones que tomamos hoy serán las realidades de mañana. No

debemos sufrir a cuenta, es decir, padecer y preocuparnos por si acaso sucediera tal o cual

cosa, porque dichas cosas no han ocurrido todavía y quizás nunca ocurran.

—Pero cuando vienen esos pensamientos negativos y preocupantes, ¿qué podemos hacer

al respecto? —preguntó el roble.

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—Es posible que no puedas evitar que algunos cuervos dañinos revoloteen en tu cabeza;

no obstante, lo que sí puedes hacer es evitar que esos pájaros hagan nido en ella. Y eso lo

logras ocupándote de lleno en lo que estés haciendo en el momento presente.

Una de las formas en que, quienes hemos sufrido grandes tragedias en la vida, logramos

salir adelante, es tomándonos la vida día a día. Si esta filosofía nos puede sacar adelante en

los peores momentos, ¡imagínate lo que logrará en los buenos tiempos!

Pruébalo tú mismo —manifestó el ciprés—. Durante el resto de este día concéntrate en lo

que estés haciendo, en lugar de pensar en lo que ya hiciste o tienes que hacer.

—Creo que comprendo —dijo el roble—, pero ¿entonces no debería preocuparme por el

futuro?

—Si lo piensas bien, solo viviendo el momento actual podemos crear el futuro que

deseamos. Cada instante nos ofrece las opciones que van creando nuestro destino. Son los

pensamientos que elegimos conservar, los que determinarán dónde estaremos al momento

siguiente. Eso es precisamente lo que le ocurrió al distraído gorrión: al pensar en cosas

diferentes a las que hacía en ese momento presente, casi acaba con su vida en las garras de un

chimango. Si no vives en el momento actual, quizás tu vida no termine de forma radical, pero

sin duda te perderás la mayoría de las experiencias y oportunidades que se crucen en tu

camino.

—¿Sugieres no planear el futuro?

—¡Por supuesto que no! Antes de emprender cualquier acción, es de suma importancia

planificarla debidamente. Pero no planees una cosa mientras estés haciendo otra. Cualquier

cosa que hagas o pienses, concéntrate en esa actividad, realizando tan solo una cosa a la vez.

Y saboréala, medita en ella, toma conciencia de su valor. Cuando vives en el presente se

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reducen significativamente los sentimientos de ansiedad y de angustia, aumenta tu efectividad

en la tarea que realizas, tus relaciones con las demás criaturas mejoran y, en general, toda tu

vida resulta enriquecida. ¡Esto es disfrutar la vida mediante vivir cada momento como único!

A lo largo del día, Frondoso se esforzó por mantenerse atento a lo que estaba haciendo.

No fue sencillo detener los pensamientos que surgían de vez en cuando, pero en general logró

concentrarse en lo que hacía y finalmente, no tuvo ninguna duda de que ese día, lo había

hecho mejor que otras veces. Fue así como halló verdadero disfrute en pequeñas cosas, por

ejemplo, en proporcionarle espacio a la pareja de horneros que lo visitaba, y de la cual solía

quejarse por la suciedad que le ocasionaba; en compartir su humedad con los recientes bulbos

de fresias y narcisos plantados a sus pies, a quienes le costaba aceptar por pensar que le

robarían su sustento, y en producir una mayor cantidad de bellotas para el consumo de las

escurridizas ardillas y sus nuevas crías, a quienes anteriormente les había mezquinado sus

frutos. Todo ello le permitió sentirse mejor que nunca.

Antes de despedirse del ciprés, Frondoso mostró al árbol la tercera de las semillas, de

color pardo claro con tonos dorados y finos puntos de un marrón oscuro.

—¡Pecán! —afirmó inmediatamente y sin dudarlo el ciprés—. Esa semilla pertenece a

Pecán, el nogal de la India, apostado detrás de las palmeras trillizas. Lo hallarás fácilmente;

solo observa el terreno y encontrarás un enorme manto de exquisitas nueces.

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CAPÍTULO IV

LA ACTITUD CORRECTA DE PECÁN

Corría el año 1868 cuando, por primera vez, llegó la familia de Pecán a la Argentina.

Eran semillas traídas desde Estados Unidos por el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento,

quien fue un gran impulsor de la actividad forestal y consideró indispensable el complemento

de la arboricultura en las tareas agropecuarias. “¡Planten árboles!” fue su consigna. Y escribió

en este sentido: “La Pampa, como la República, es tabla rasa: hay que escribir sobre ella

árboles”.

Estos nogales de los ríos, no solo se limitaron a crecer en territorio pampeano, sino que

se extendieron también por el Gran Buenos Aires. Se caracterizaban por una excelente

producción de nueces, y Pecán no era la excepción.

Asombrado por la exagerada producción de frutos que halló bajo la sombra de aquel

nogal de casi treinta metros de altura, Frondoso preguntó a Pecán si había conocido al

enigmático pájaro azul.

—¡Claro que sí, siempre aparece en las situaciones más inesperadas! ¿Te mencionó las

enseñanzas de las voces de la sabiduría?

—Sí, me habló de ellas. ¿Qué opinas tú? ¿Realmente funcionan? —retrucó el joven roble.

—¡Por completo! Hace algunas décadas atrás, me encontraba en uno de esos momentos

en los que no deseaba ni siquiera comenzar cada nuevo día. Me sentía molesto hasta por el

trinar de las aves. Resulta que uno de los enemigos más grande que tiene mi especie, la

hormiga cortadora, se había adueñado de mi follaje casi por completo. ¡Imagínate la

producción de mis nueces, por la que tanto esperaban los alumnos del colegio! Ni que hablar

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de la sombra cada vez más escasa que podía prodigar. Cada nuevo brote de primavera no

alcanzaba a medir un solo centímetro, cuando ellas ya lo habían robado todo. Mi salud corría

verdadero peligro. Me sentía totalmente deprimido. Sin retoños ni flores, sin frutos ni sombra.

Incapaz de ver nada por lo que valiera la pena seguir viviendo.

Una noche de esas, en las que no podía conciliar el sueño, mientras los problemas me

daban vueltas, noté en la punta de mi rama oeste donde se terminaba de poner el sol, a una

inusual ave del paraíso observándome.

Tal vez era muy evidente lo preocupado que me sentía, pues el pájaro azul parecía

conocer con exactitud cada una de mis preocupaciones, como si de alguna manera pudiera

escarbar en mis pensamientos.

El árbol de las nueces continuó con su relato, mientras Frondoso apenas podía creer lo

que escuchaba. Recordaba haber abrigado esa misma sensación cuando conoció al pájaro.

—Sus palabras me sorprendieron e inquietaron —prosiguió Pecán—: “Uno es tan feliz

como se ha propuesto serlo” —me dijo el ave⸺. Debo confesar que en un principio no lo

entendí, pero luego comprobé cuán ciertas eran esas palabras, y hoy puedo asegurarte de que

esa sencilla frase fue una de las lecciones más importantes que he aprendido en mi vida. Me

brindó la ayuda para cambiar y convertirme en la feliz criatura que hoy ves frente a ti.

—Supongo que te explicó la clave para lograrlo —afirmó el roble.

—No solo eso, sino que, además, me enseñó cómo hacer para contar con la actitud

correcta.

Frecuentemente, a medida que crecemos y nos desarrollamos, incorporamos a nuestros

hábitos pensamientos negativos que nos convierten la vida en una experiencia cada vez más

infeliz.

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—¿Cuáles, por ejemplo? –investigó el roble.

—Uno muy común es imaginarnos lo peor por si acaso. En otras palabras, pensar en el

peor resultado como una forma de prepararnos para cualquier triste desenlace, creyendo que

de esta manera no terminaremos decepcionados.

—Pero yo no pienso que sea equivocado este razonamiento —argumentó Frondoso—. A

mí me sucede que cuando imagino el peor resultado y luego este sí se cumple, entonces no

termino tan desengañado; y cuando no sucede así, experimento un mayor bienestar.

—No obstante, esta forma de pensar nos arrebata la posibilidad de experimentar el

verdadero disfrute de la vida —observó Pecán—. Cuando esperas lo negativo, es altamente

probable que eso mismo ocurra, e igualmente sucede en el caso contrario. ¡Mira!, hagamos

un experimento. Detente solo un momento a observar todo el entorno que nos rodea y nota si

encuentras alguna vegetación seca o marchita.

El joven roble descubrió en el viejo cantero de su izquierda las varas secas de la estrella

federal que el viento había quebrado hacía una semana atrás. De una de las palmeras caían

abundantes helechos, a los que también observó marrones y estropeados. Reparó, además, en

las marchitas enredaderas que enmarcaban la galería del edificio central. Y justo en el

momento en el que estaba a punto de señalar la triste abelia reseca del jardín, lo interrumpió

Pecán.

—Por favor, cierra tus ojos ahora y enumera cada una de las coloridas flores que acabas

de ver en nuestro entorno.

Por increíble que parezca, Frondoso fue incapaz de recordar con sus ojos cerrados ni

siquiera uno de los tantos plantines en flor, recientemente cultivados por el jardinero del

sector.

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—Abre tus ojos entre tanto y presta atención —solicitó el nogal.

El roble quedó asombrado cuando comprobó que no había podido retener en su mente el

exuberante macizo de hortensias que sobresalía del rincón derecho. Tampoco la poblada santa

rita fucsia que trepaba la escalera externa del sector de viandas. Mucho menos el vasto círculo

de vincas multicolores que rodeaba el corpulento tronco del mismísimo Pecán.

—¿Contemplas todo lo que dejaste escapar a tu atención? —preguntó retóricamente el

nogal—. Precisamente esto es lo que sucede en nuestro diario vivir. Cuando esperas encontrar

flores secas o marchitas, eso es obligatoriamente lo que encuentras, dejando escapar las

exquisitas y distinguidas flores que te rodean. Piensas negativamente y obtienes resultados

negativos; piensas positivamente y hallas oportunidades y resultados positivos. Es nuestra

actitud hacia la vida la que nos provee el disfrute o nos lo quita.

—Nunca lo había visto de ese modo —dijo el roble—, pero parece lógico.

—¡Claro que lo es! Cuando me visitó el pájaro azul, me encontró en un estado crítico; fue

luego de meditar en las conversaciones con los diez árboles a los que me guiaron sus semillas,

que comprendí cuán responsable era yo mismo del triste presente que estaba viviendo, debido

a mi actitud equivocada ante la vida.

Todos ellos compartían la misma actitud correcta. Es posible tener éxito en la vida, aun

cuando otros no han creído en ti, pero muy rara vez una criatura que no cree en sí misma lo

consigue.

La primera característica de un individuo con una buena actitud es que piensa

positivamente en su valor personal. Cuando cree en sí mismo, es libre para verse bajo una luz

objetiva y enfocarse en mejorar su prosperidad. Su imagen positiva es la clave para alcanzar

el disfrute de la vida. Sin embargo, también está dispuesto a ver lo mejor en los demás, y esta

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es la segunda característica que encontré en ellos. Todos tenemos expectativas del resto de la

Creación, pero podemos decidir si estas serán positivas o negativas. Si constantemente

esperas ver cosas buenas en otros, es mucho más fácil mantener una actitud positiva y, por

ende, tratarlos positivamente. La tendencia marca que también te tratarán de la misma

manera. Incluso te será fácil encontrar oportunidades para disfrutar más de la vida.

—¿Y si esas oportunidades no aparecen?

—Entonces puedes hacer lo mismo que las abejas —dijo Pecán mientras señalaba en el

huerto a los pequeños insectos trabajando—. ¿Ves cómo liban las flores del tomillo de entre

las especias? Si ellas extraen miel del tomillo, la más fuerte y seca de las hierbas, claramente

tú puedes también sacar ventaja y provecho de las circunstancias más extrañas, y así crear

oportunidades valiosas. Este fue el tercer punto en común que hallé entre los árboles felices.

Cuando tu actitud es la correcta, comienzas a ver oportunidades en todo lugar.

La cuarta peculiaridad que unía a estos positivos individuos era el enfoque que

mantenían. Se enfocaban en las soluciones. Yo veía patentemente los problemas, al igual que

otras criaturas; para ello no se requiere nada especial. Sin embargo, la actitud positiva hace

que tu mente se concentre en las soluciones, ve una solución ante cada problema y una

posibilidad en cada imposibilidad. De ahí que, ante circunstancias difíciles, te realices las

preguntas apropiadas. Es frecuente cuestionarse por qué o por qué a mí. Sin embargo, dichas

preguntas solo te llevarán a respuestas cerradas y sin solución. En cambio, si la cuestión fuera

para qué o qué puedo sacar de ello o hacer con ello, sin dudas las respuestas serían positivas,

pues te llevarían a encontrar un sentido y te conducirían a la acción.

—Parece sensato —opinó el joven roble.

—Ahora observa la quinta clave: estar dispuestos a dar. Cada uno de ellos, unos con más

posibilidades y otros con menos, todos daban de sí a las demás criaturas de su entorno.
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Periódicamente se comprometían a experimentar en sus propias vidas la expresión: “Hay más

felicidad en dar que en recibir”. Dar es el más elevado nivel de vida. Mientras más logras dar,

mejor será tu actitud. La diferencia no radica en lo que tienes para dar, sino en lo que haces

con lo que tienes.

—No estoy seguro de poder mantener esa actitud correcta —conjeturó Frondoso.

—Por ello la necesidad de aplicar la sexta cualidad: la persistencia. Los sueños que se

han hecho realidad son el resultado de individuos que se aferraron a su meta de alcanzar el

disfrute pleno de la vida. Se negaron a desanimarse. No permitieron que el desaliento los

doblegara. Los desafíos solo lograron que se vieran estimulados a dar un mayor esfuerzo.

Cuando tienes la actitud correcta, es más fácil ser persistente. Cuando estás convencido de

que todo obra para tu verdadero disfrute, no te importa una pequeña incomodidad, y en los

momentos en los que algo se desbarata te convences de que la ayuda viene en camino. De esto

se desprende la séptima clave: la responsabilidad por sus vidas.

Con la actitud correcta comprendes que nada positivo ocurre si no estás dispuesto a dar

un paso adelante y asumir plena responsabilidad por tus pensamientos y acciones. Solo

cuando eres responsable por ti mismo, dejas de culpar a los demás y de buscar

permanentemente excusas. Te observas honestamente, evalúas tus puntos fuertes y débiles y

te resuelves a cambiar.

Claro que esta lista de características que definen a una correcta actitud no estaría

completa si no se pusiera en práctica la octava y última clave para conseguirlo.

—¿A qué te refieres? —balbuceó el joven.

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—Pues pude comprenderlo mejor cuando presté más de la acostumbrada atención a un

hecho que se repetía cada mes del florecimiento en el parque, pero al que nunca había logrado

sacarle el verdadero provecho que tenía para mí.

Paso a contarte. Cada segunda semana de septiembre, por la mañana temprano, los

alumnos más pequeños con enorme alegría toman del cantero redondo que ves allí —señaló

Pecán hacia adelante, indicando el espacioso macetero repleto de flores— un gran número de

margaritas, claveles y rosas, con el objetivo de armar elegantes ramos.

—¿Y qué hacen con ellos? —interrumpió ansiosamente el joven roble.

—Precisamente ese es el punto. Siempre había imaginado que lo hacían por ser el mes de

la primavera; sin embargo, el motivo era más altruista. Una vez preparado cada uno de los

atados, cuelgan de ellos bellísimas tarjetas caseras realizadas con la impronta y el amor de

cada niño, con el fin de entregarlas a los maestros como agradecimiento en su día, pues

consideran que una esmerada muestra de gratitud, es el mejor obsequio que pueden brindarles.

¡Y vaya si es un regalo acertado! Las lágrimas de emoción de cada docente cuando recibe esa

pequeña esquela, escrita con palabras del corazón en medio de coloridas y radiantes flores,

muestran a las claras que la gratitud de sus alumnos bien recompensa cualquier desacuerdo

padecido durante el año escolar. Ese 11 de septiembre, en el Día del Maestro, todo el parque

se muestra genuinamente agradecido; una maravillosa manera de sentirse gozoso.

—¿Realmente crees —preguntó el roble— que ser agradecidos puede aumentar nuestro

disfrute de la vida?

—¡Absolutamente! La gratitud nos permite reconocer los aspectos pasados y presentes

positivos, aquellos que nos han beneficiado de algún modo y que, por lo tanto, han otorgado

un significado agradable a nuestra existencia.

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La gratitud es una habilidad primordial para desarrollar y mantener niveles adecuados de

bienestar emocional, satisfacción y calidad de vida. Pero más allá de ser una muestra de

educación y cortesía, la gratitud es un valor. Es la actitud de recibir aquello que viene de

fuera, ya sea de los demás o de la vida misma, y darle verdadero aprecio. Cuando

agradecemos estamos expresando reconocimiento. No es necesario que suceda algo

extraordinario para que seamos agradecidos. Debemos saber apreciar cualquier detalle por

ínfimo que nos parezca. Saber observar y darnos cuenta de las cosas buenas grandes y

pequeñas.

Observa con qué acto tan sencillo logramos multiplicar lo que tenemos, ya que cuando

dejamos de imbuirnos en tintes pesimistas y nos centramos en lo positivo, nos energizamos y

comenzamos a disfrutar más, atrayendo mayor cantidad de cosas y situaciones positivas.

El nogal hizo una pausa y luego añadió:

—Vivir de forma automática hace que estemos anestesiados, en somnolencia, sin valorar

ni reconocer aquello que nos sucede, y estar más atentos a las carencias. Pero si agradecemos,

estaremos atentos a esas pequeñas delicias que nos otorga la vida, libres del lamento que

solo causa mayor tristeza.

De allí que la actitud correcta sea como el aroma de las flores: cuanto más ricas huelan

estas, es decir, cuanto más positiva y apropiada sea tu actitud, mayor será tu bienestar, más

aves alegres cantarán en tu copa, más abejas libarán de tus capullos, más niños jugarán en tu

sombra, más deleite hallarás en la vida.

—Entiendo que no debe haber sido nada fácil tampoco para ti, ¿verdad? —ahondó el

roble con afecto y reconocimiento en su voz.

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—Por supuesto. Pero una vez llevados a la práctica estos consejos, no pude menos que

disfrutar de los inevitables beneficios. Como resultado de cambiar de actitud, mis frutos

comenzaron a multiplicarse de manera asombrosa, alcanzando una producción de casi cien

kilos de nueces altamente saludables, superior a cualquier otra fruta de la zona. Es más, para

mi sorpresa, me eligieron el creador de “la reina de las frutas secas”, debido al sabor y aroma

de mis nueces y, especialmente, a su valor nutritivo e influencia positiva en la salud de sus

consumidores. Hasta mi sombra se convirtió en el albergue de un sinnúmero de insectos y

pájaros. ¡Ah!, y a mis ramas inferiores se mudaron tres variedades de orquídeas,

embelleciendo y perfumando mi vasto follaje —terminó detallando el feliz nogal.

Frondoso quedó atónito y emocionado.

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CAPÍTULO V

EL GUARDIÁN HONESTO

La cuarta semilla que el pájaro azul había encomendado al joven roble estaba totalmente

cubierta en una diminuta cápsula. Imaginó que seguramente pertenecía al colosal eucalipto de

la torre, un espécimen que había admirado desde lejos por mucho tiempo. Árbol melífero, con

flores blanquecinas, productoras de abundante miel de elevada calidad y que finalmente se

transforman en frutos gruesos y abotonados.

En solo treinta años, luego de la llegada de sus semillas al país, los eucaliptos no solo

habían sido visibles en muchos campos bonaerenses, sino en gran parte de las provincias

argentinas. Tal como había previsto Sarmiento cuando trajo sus semillas: “Este árbol es capaz

de arraigar a fondo y alzar en poco tiempo su gran estatura”.

Así, en el lado oeste del edificio donde funciona el jardín de infantes, se yergue este

soberano, alto, ancho, fuerte y exuberante eucalipto, el más magno de entre todos los que

viven en el predio del Colegio Ward. Hace unas cuantas décadas atrás tenía a su cargo el

cuidado de la torre circular, que a modo de silo albergaba cereales y oleaginosas para el

consumo de toda la familia. Tal investidura le fue otorgada por una de sus mayores

cualidades: la honestidad.

La admiración que el joven roble sentía por el afamado eucalipto se debía al

nombramiento que recibió este árbol: Guardián de la Torre; aunque actualmente ya no cumple

dicho cargo, debido a que, con el paso de los años, aquella atalaya todavía plantada junto a él

dejó de cumplir la función para la que había sido creada. No obstante, aún hoy se lo conoce

con el nombre de Guardián a este íntegro y honesto ejemplar, ya que se requería de verdadera

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honestidad para ser el centinela de uno de los bienes más preciados de aquellos moradores:

nada más ni nada menos que su alimento.

El persistente Frondoso le preguntó:

—¿Esta semilla te pertenece?

—Sí, sin ninguna duda —asintió el Guardián—. Imagino que vienes por pedido del Ave

del Paraíso, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes? —replicó el joven árbol.

—Porque del mismo modo como vienes tú hoy: cual joven dubitativo e inseguro y

trayendo algunas semillas contigo, también yo acudí a consultar a otros sabios árboles en la

antigüedad, luego de que el pájaro azul me aconsejara hacerlo, y puedo asegurarte de que fue

lo mejor que pudo haberme sucedido.

—¿Puedes contarme al respecto, por favor?

—Desde luego —declaró alegremente el Guardián y se dispuso a referir su historia—. Se

posó sobre mis ramas el día en que celebraba mi primera floración. Era muy joven entonces y

apenas sabía lo que quería en la vida. Distaba mucho del adulto y maduro árbol que ves frente

a ti. Acostumbraba a jactarme de mis atributos y a exagerarlos también. Frecuentemente me

oían decir: “Seré gigante, creceré cien metros”; “soy el único que resistirá la sequía, por mi

capacidad para almacenar agua en mis raíces”; “solo yo produzco tantas cosas a la vez,

madera, papel y aceite esencial”, y expresiones por el estilo que solo lograban dejar al

descubierto engaños y mentiras.

Probablemente debido a mi actitud, la exótica ave pasó a contarme una fábula popular de

su hábitat:

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“Una tarde de verano —me relató el sabio pájaro— dos viejos escarabajos disfrutaban

juntos de la sombra de un frondoso eucalipto arcoíris, bajo el ardiente sol del mediodía. El

eucalipto arcoíris es un árbol muy particular y uno de los más bellos de Nueva Guinea, el

único que posee todo el largo y ancho de su tronco con tonos multicolores. Seguramente

has oído hablar de este pariente lejano tuyo, ¿cierto?” —me cuestionó el pájaro.

Por supuesto que había oído sobre él. De hecho, uno de los motivos de mi jactancia era

precisamente creer que también yo sería como mi pariente algún día. Sucede que cuando su

corteza cae debido al envejecimiento, va cambiando de tonalidad y comienzan a asomar

maravillosos matices. De este modo su exuberante tronco mayor se vuelve lila, verde, naranja

y amarillo.

“Pues justamente allí, bajo su sombra —extendió su relato el Ave del Paraíso—, el más

astuto de los escarabajos, el Viejo Falso, le planteó una propuesta a su compañero Don

Honesto, debido al disfrute que ambos sentían por la frescura que les otorgaba dicho árbol.

Invitó a que se lo repartieran entre los dos, una parte para cada uno.

“El Viejo Falso utilizó razonamientos, aparentemente coherentes, para que Don Honesto

aceptara su siguiente proposición. Lo incitó a quedarse con las raíces del preciado árbol,

pues era de comprender que estas lo mantendrían firme y serían las encargadas de

sustentarle la vida. Por ello sería de esperar que fuera la mejor parte y de mayor provecho.

Luego pasó a instigarlo a alojarse con ellas bajo el espeso mantillo de hojarasca que

ocultaba su base. Mientras tanto, el Viejo Falso aceptaría vivir en su copa. Y para

asegurarse de cumplir con su deshonesto propósito, hasta fingió preocupación por lo que las

inclemencias del tiempo pudieran depararle, asegurándole en cambio a Don Honesto que

bajo la tierra estaría feliz.

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“Don Honesto meditaba en los motivos expuestos por su viejo compañero, y debido a su

propia naturaleza como un ser confiado y sin maldad creyó fehacientemente en que su

parte sería la mejor, celebrando finalmente aquel acuerdo.

“Una vez que el Viejo Falso terminó con la división de bienes, se sintió dichoso por

haber engañado a su honorable compañero. He aquí que Don Honesto se zambulló bajo el

manto de hojas secas para vivir junto a las raíces del codiciado eucalipto arcoíris, mientras

que el Viejo Falso se dedicó a disfrutar de la estimada y fresca sombra junto al resto de

pájaros e insectos del entorno.

“No pasó demasiado tiempo antes de que el Viejo Falso se ganara, con sus adulaciones,

la admiración de cada pájaro, mariposa, ardilla y demás criaturas que disfrutaban del

codiciado árbol. Con sus mentiras y lisonjas les transmitía el astuto arte de la falsedad,

con el cual podrían, según sus reglas, alcanzar grandes logros en la vida. Todos

aprendían gustosos cada una de sus enseñanzas a medida que obtenían la humedad y el

encanto del árbol más bello de toda la isla.

“Al mismo tiempo que el Viejo Falso se sentía honrado por todos, Don Honesto

continuaba bajo tierra, hambriento y olvidado. Fue entonces cuando, debido a su falta de

sustento, no tuvo más remedio que alimentarse de las raíces que el Viejo Falso le había

asignado.

“Aunque tu pariente, el prestigioso eucalipto —insistía el ave— era poseedor de un

tronco imponente, de una copa grandiosa y de una abundancia de flores y semillas sin

precedentes, justo antes de que sus primeros frutos se desarrollasen, Don Honesto consumió

todas y cada una de sus fértiles raíces.

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“En uno de esos días soleados, en los que el Viejo Falso gustaba ilustrar con sus

artimañas y ardides bajo la fresca sombra del eucalipto, se levantó una imprevista

tormenta de verano en la que el viento sopló con fuerza y para sorpresa de muchos,

desplomó al apetecido coloso que ahora se encontraba sin la sujeción de sus raíces. Cayó con

tanto ímpetu que, no solo hirió a muchas de aquellas criaturas que se regodeaban en la

falsedad, sino que terminó matando nada menos que al Viejo Falso.

“Entonces, por el hueco que había dejado el enorme tronco multicolor, finalmente se

asomó Don Honesto”.

Frondoso quedó mudo por un momento, esperando ansioso la moraleja de aquella fábula.

—Como imaginarás —prolongó el Guardián—, el pájaro azul conocía muy bien mi

debilidad, ya que luego de explicarme el triste desenlace que deja como resultado la mentira y

la falsedad, pasó a detallarme cada una de las razones por las que es indispensable la

honestidad para salir a la luz y alcanzar así el pleno disfrute de la vida.

Claro que en un principio no fue sencillo aceptar su sabio punto de vista, especialmente

cuando hizo mención de que la honestidad comprende el valor de decir siempre la verdad, ser

decente, razonable y justo. Una cualidad que consiste en actuar de acuerdo con el pensar y el

sentir.

—A primera vista —interrumpió Frondoso— el concepto de honestidad parece bastante

simple. Todo lo que tienes que hacer es decir la verdad en cada situación, ¿cierto? Entonces,

¿por qué cuando generalmente somos sinceros, terminamos justificándonos al distorsionar la

verdad en ciertas situaciones? Si ser honestos hace la vida más simple, ¿por qué complicamos

las cosas a propósito siendo un poco deshonestos?

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—La realidad es que existen numerosas situaciones que de forma rápida ponen a prueba

nuestra determinación de ser completamente honestos. Esta forma de actuar suele tener su

origen en cuando éramos pequeños y temerosos. El miedo saca lo peor de nosotros y decimos

algo deshonesto en un esfuerzo por evitar las consecuencias de lo que hicimos. Cuando esto

funciona, entonces obtuvimos la prueba de que la mentira es menos dolorosa que la

honestidad. Para algunos seres vivos esta táctica solo es reservada para situaciones

incómodas. En cambio, para otros, la mentira se convierte en una estrategia que han elegido y,

siempre y cuando juzguen que no han descubierto su engaño, no sentirán culpa o

remordimiento.

—Sin embargo, existen razones más nobles que pueden obligarnos a mentir y ser

deshonestos —alegó el roble en voz baja.

—¿Cuáles, por ejemplo?

—Se me ocurre que pudiera ser cuando no deseas herir los sentimientos de alguien o su

orgullo, por ejemplo. O si quieres evitar que otros piensen mal de ti. Incluso si supones que

así puedes proteger a un ser querido. O también con el fin de evitar que nuestra imagen o

reputación esté en entredicho.

Una mueca de duda se apoderó del Guardián y luego, de manera segura, agregó:

—A primera vista se podría pensar que estas razones que mencionas y otras tantas, son

perfectamente legítimas para torcer un poco la verdad. Después de todo, ¿no es por un bien

mayor? Pero comprar este tipo de razonamiento equivale a decir que el fin siempre justifica

los medios. En otras palabras, está bien hacer lo malo siempre y cuando obtengas los

resultados que deseas.

62
Cada vez que tenemos que justificar nuestras acciones, sabemos que estamos haciendo

algo mal. Inventar excusas puede calmar nuestra mente lógica de forma temporal, pero no

hace nada con el conflicto interno que se crea. Cuando deliberadamente haces algo que viola

tu ética interna, pones en marcha un conflicto emocional destructivo. El resultado final será

una lenta erosión de tus valores y principios o la manifestación de una conducta de

autoboicot. ¡De cualquier manera terminas perdiendo!

El joven se limitaba a escuchar con atención.

—Justificar la falta de honradez por cualquier razón es lo mismo que mentirnos a

nosotros mismos —certificó el eucalipto—. Cuando alguien nos miente, nos sentimos

insultados porque creemos que no nos respetan lo suficiente como para ser honestos con

nosotros. ¿Estás seguro de que deseas faltarte el respeto a ti mismo haciendo eso también?

—¡Desde luego que no! —replicó Frondoso—. Entonces, ¿qué necesito para evitar la

tentación de distorsionar la verdad en estas situaciones aparentemente justificables?

—Ser honesto exige coraje. Para evitar herir los sentimientos de los demás con nuestra

honestidad también se requiere tacto. Como ves, queda claro que ser verdaderamente honesto

implica algo más que decir la verdad en cada situación, pero para todo aquel que desee ser

íntegro es la única opción aceptable. Ahora dime —dijo el honesto eucalipto mientras lo

observaba atentamente—, ¿recuerdas momentos en los que has sido menos honesto en el

pasado?

El joven roble recordó la vez en que mintió a su amigo, el viejo sauce con el que

compartía el jardín frente al comedor del colegio. En aquella ocasión le había asegurado que

los nidos de sus ramas superaban por mucho a los que él tenía, con el fin de querer ganar una

disputa. También vino a su memoria la ocasión en la que lisonjeó a la abeja reina que lo

63
visitaba, con palabras poco sinceras, para obtener su aprobación y así lograr que edificara la

popular y codiciada colmena en el centro de su tronco mayor.

—Tener la valentía de revisar tus errores pasados —dijo el Guardián, entendiendo que el

roble reflexionaba internamente en sus propias deshonestidades— puede causarte algunas

molestias, pero reconocer que has tenido que distorsionar la verdad en el pasado, puede

ayudarte a identificar patrones de conducta y evitar que vuelvas a practicarlos en el futuro.

—Comprendo —argumentó el joven—, pero cuando las mentiras son ciertamente

pequeñas, ¿también hablamos de deshonestidad?

—Existe una tendencia a pensar que no pasa nada si decimos una mentira en cosas

pequeñas, en las que no hay nada en juego. El problema es que, si somos deshonestos con

cosas pequeñas, esto al final repercutirá en cosas más significativas. Es mucho mejor

desarrollar hábitos honestos en las áreas que requieren menos coraje para poder construir

nuestra integridad y así afrontar retos más difíciles.

Ahora bien, solo porque quieras ser honesto no significa que tu trabajo sea señalar las

fallas y las deficiencias de los demás. Si te concentras en lo positivo, entonces la evaluación

que hagas de forma honesta del otro, o de las situaciones, será a la vez refrescante y

alentadora.

—Ahora entiendo mejor lo que quieres decir. ¿Y si algo no me gusta de otra criatura o de

una situación determinada?

—Ten en cuenta que es fácil alterar nuestra visión de la realidad a partir de nuestros

gustos y aversiones personales. Para ser honesto con los demás, es necesario que reconozcas

que tus preferencias personales no cambian la realidad de los hechos. Tus preferencias solo

64
cambian el cómo te sientes acerca de ciertas cosas. Ser honesto no significa que estés

obligado a expresar todo lo que sientas sobre cada tema.

A la mente del joven roble acudían situaciones del pasado que bien ejemplificaban los

argumentos del Guardián. De allí la necesidad que sentía de aclarar todas sus dudas antes de

concluir su interesante conversación con el enérgico eucalipto. Con tal propósito preguntó:

—Si alguien me pone en un aprieto y creo que ser sincero no le producirá ningún bien,

¿qué puedo hacer?

—En ese caso, ten el coraje de decir que prefieres no hablar al respecto. Esto puede ser

difícil cuando se te incita a que des tu opinión. Sin embargo, tú tienes el derecho de dialogar o

de guardar silencio. Esto es especialmente útil si están tratando de que entres en una discusión

sin sentido o cuando los sentimientos de alguien están en juego.

Ser honesto no siempre será el curso de acción más sencillo o el más conveniente, pero es

el que te permitirá alcanzar el mayor gozo y disfrute en la vida. A pesar de la falta de

honradez que pueda existir, todos tenemos la libertad de elegir vivir a un nivel superior.

Quienes son íntegros, siempre reconocerán y apreciarán tu honestidad y coraje, y si no…,

¡obsérvame a mí! Gracias a aquella reunión con el sabio pájaro azul y los posteriores

encuentros con los dueños de cada semilla, logré cambiar mis hábitos deshonestos y obtener

el inesperado premio, entre otras cosas, ser nombrado Guardián de la Torre.

65
CAPÍTULO VI

EL DESAPEGO DE GINKGO

Pasada una ansiada semana de reflexión, el inquieto roble continuó con su exhaustiva

búsqueda de los consejos que, sin lugar a duda, lo llevarían a una nueva etapa de su vida.

El árbol que tenía frente a él era un lozano Ginkgo biloba, propietario de la quinta semilla

que el pájaro azul había entregado al joven roble. Se hallaba a solo unos pasos de la Casa de

Arte, en donde el sendero de lajas se divide en dos caminos angostos, frente al pórtico

contribuido por los exalumnos con motivo del 85° aniversario de la institución.

—¿Cómo fue que lograste encontrar el verdadero disfrute de la vida? —preguntó

Frondoso con mirada escrutadora.

—Hace unos seis años, cuando por fin le di muerte a mi guardaespaldas —respondió

Ginkgo.

—¿Cómo has dicho? ¿Asesinaste a un guardaespaldas y eso te brindó felicidad? —

preguntó extrañado por la cruda franqueza del árbol.

—Así es. Permíteme explicártelo. En aquellos días me hallaba angustiado y,

evidentemente, se hacía notorio a las demás criaturas, pues una mañana temprano recibí la

visita inesperada de un sabio pájaro foráneo.

—Déjame adivinar —solicitó el joven roble—, ¿era un ave del paraíso?

—¡Exactamente! Pero no fue tanto su presencia en sí misma la razón de mi sorpresa,

como sí lo fue la historia que me relató. Obró en mí verdaderos milagros.

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Luego de su escueto saludo, preguntó el porqué de mi tristeza. Entonces le conté con

detalles cada uno de los motivos. Le hablé sobre la caída de mi amigo el paraíso que, debido a

su tronco hueco y enfermo, se desplomó en una ventosa noche de invierno. Le describí el

campamento que arruinó mi fin de semana, cuando algunos de los jovencitos arrancaron los

jazmines del nuevo cantero que rodeaba mi tronco. Y con lágrimas de dolor le detallé mi pena

más grande, la entonces reciente tala del colosal álamo que cuidó mi espalda desde mi

trasplante a estas tierras. Cuando me trajeron del vivero Las Camelias, a muy tierna edad —

murmuró en voz baja—, la señora directora junto al jardinero decidió plantarme en este

preciso espacio, para brindarme la protección incondicional del fortachón álamo criollo a mis

espaldas. Él me cubriría de los fuertes vientos.

Luego de enunciarle al pájaro azul todas mis desdichas, me dijo concluyentemente y sin

reservas: “Tú no eres feliz porque no has matado todavía en tu corazón a cada uno de tus

guardaespaldas”.

—¿Qué quiso decir con esas palabras? —preguntó desafiante el roble.

—¡Eso mismo le pregunté al ave! Y me confió: “Necesitas talar de raíz todo aquello de lo

que crees depender para lograr el disfrute de la vida, aunque te parezca que, sin él o ella, sin

eso o aquello, no puedes obtener la felicidad”, y agregó: “Tu guardaespaldas es tu apego y

mientras te apegues a algo o a alguien estarás dependiendo de ello permanentemente para

ser feliz”. Acto seguido me investigó: “¿Sabes por qué tu abuelo halló el verdadero disfrute de

la vida?”.

—¿El pájaro conoció a tu abuelo? —preguntó con asombro Frondoso, al tiempo que

recordó cómo esa misma ave también había conocido detalles íntimos de su vida.

—Igual de grande fue mi sorpresa —puntualizó Ginkgo—. Seguidamente me relató lo

sucedido en el mes de agosto de 1945 en la ciudad portuaria de Hiroshima, en Japón. Dijo:


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“Tu abuelo, al igual que sus ancestros, era un árbol sagrado en Oriente. De hecho, se lo

conocía como portador de esperanza. El sexto día del mes por la mañana temprano se

encontraba meditando en la belleza de la Creación, como lo hacía a menudo, cuando una

bomba de origen atómico dejó devastada a toda su ciudad natal. Decenas de miles de personas

murieron y en un radio de diez kilómetros tanto edificios como escuelas, templos, parques y

cuanto te puedas imaginar quedó arrasado”.

Cuando me repuse de semejante informe, le pregunté: “¿Hubo algo que se haya salvado

pese al descomunal estallido?”, a lo que respondió con un júbilo que brotaba de sus plumas:

“¡Claro que sí!, tu abuelo se salvó, junto a otros cinco de tu especie”. Me expuso que se llegó

a una conclusión incompleta del porqué de su salvación. Por ejemplo, que al momento de la

explosión tenía yemas latentes que no murieron, y eso le permitió rebrotar apenas un año

después, a pesar de que vivía a solo mil metros del epicentro de la bomba, frente al templo

Housenbou. Me recordó además que mi especie cuenta con una corteza bastante blanda,

gruesa y húmeda, lo que pudo contribuir a protegerlo. Otro motivo interesante fue el hecho de

que la bomba se detonó en agosto, una fecha en la que mi abuelo probablemente estaba

acumulando reservas y tenía mucha agua y almidón en su tronco, sus ramas y raíces. Esto

inevitablemente aumentó su resistencia a la radiación.

Luego reveló: “Si bien cada uno de estos fundamentos son acertados, solo son una ínfima

parte de la razón principal de su feliz supervivencia. Cada Ginkgo biloba testigo de aquel

desafortunado evento en la ciudad nipona perduró gracias a su desapego. El desapego fue la

verdadera clave”, me aseguró con voz pausada y segura.

—¿El desapego? —interrumpió el roble.

—La verdad es que no lo entendí cabalmente hasta que me ayudó a comprenderlo con

serenidad —explicó Ginkgo—. El ave me dijo: “Tu abuelo lógicamente disfrutaba de su

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entorno, de todo lo que acompañaba su estadía allí hasta antes del fulminante estallido; del

soleado parque en el que vivía, de las risas de los pequeños que jugaban bajo su sombra, de

los canteros colmados de flores que observaba cada primavera, del trinar de los pájaros que lo

visitaban. Hasta del aguacero que lo inundaba en las tardes de verano. Pero sabía

conscientemente que esos objetos, criaturas y circunstancias, no constituían la raíz de su

felicidad. Esa raíz solo se encontraba en su mismísimo ser; su Creador la había puesto allí, en

su interior. Por eso cuando todo falló, su corazón podía recuperarse y sentirse feliz

igualmente”.

—Pero una actitud así, ¿no implica cierto grado de egoísmo? —demandó el reflexivo

roble.

—Es posible que la palabra desapego te cause cierta sensación de frialdad e incluso de

egoísmo emocional. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La expresión desapego

supone un gran valor interior que todos deberíamos aprender a desarrollar. Practicar el

desapego no significa en absoluto desprendernos de todo aquello que es importante para

nosotros, como lo son los vínculos afectivos, por ejemplo. La liberación emocional que nos

produce la falta de apego nos permite crecer, avanzar con conocimiento de causa. Sin dañar a

nadie, sin que nadie nos ponga tampoco su cerco alrededor.

Cuando transformamos los elementos externos en motivos para ser felices, convertimos a

cada uno en nuestro guardaespaldas, entendiendo erróneamente que, sin ellos, estaremos

desprotegidos emocionalmente. En cambio, cuando nos desapegamos de estos, somos libres

emocionalmente para disfrutar a pleno de la vida, más allá de cualquier bomba o pérdida que

nos acontezca.

Frondoso estaba impresionado. Meditaba en sus propios y viejos apegos. Recordó la

tristeza que lo embargaba cuando las ardillas lo dejaban cada otoño, una vez que se

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terminaban sus bellotas. Cada mes de diciembre en el que tenía que despedirse de los

traviesos estudiantes que jugaban en sus ramas bajas, hasta comenzar nuevamente el año

escolar. Comprendió, también, lo apegado que estaba a cada salida del sol para sonreír,

olvidando que igualmente podía alegrarse en días de lluvia o en noches de fresco rocío.

Antes de que el exótico pájaro abandonara mis ramas —prosiguió Ginkgo,

interrumpiendo así los profundos pensamientos de Frondoso— lo indagué sobre los últimos

días de mi abuelo: “¿Murió feliz y satisfecho?”, le pregunté, a lo que exclamó: “¡Claro que

no, porque aún no murió, sigue vivo y más feliz que nunca!”. Me detalló que, en la actualidad,

mi veterano antecesor superviviente es un árbol venerado; tanto que ha sido mantenido en la

entrada del templo, pese a las obras de remodelación que se han llevado a cabo a lo largo de

los años. Allí, junto a él, todo visitante puede leer: “No más Hiroshima”.

—Ahora comprendo por qué me aseguraste que, para ser feliz, tuviste que matar primero

a tu guardaespaldas. Te referías a deshacerte de tus apegos, aquellos que te brindaban una

falsa sensación de seguridad, ¿verdad? ¡Y yo que pensaba que habías liquidado al pobre

álamo vecino! —rio espontáneamente el roble.

¿Cómo se hace, entonces, para ser libres emocionalmente? —preguntó Frondoso.

—En primer lugar, debes tomar conciencia de que eres pleno responsable de ti mismo.

No cargues a otro con tu propia felicidad, porque tampoco disfrutarás cuando otro te

responsabilice de la suya. No concibas la idea de que, para disfrutar plenamente tu vida, es

esencial encontrar a otro ser que te ame o tener siempre el reconocimiento de tu entorno.

Si el barómetro de tu satisfacción y felicidad está en lo que otros te aportan, solo

conseguirás sufrimiento. ¿Sabes por qué?, porque pocas veces lograrán cubrir todas tus

necesidades. Cultiva tu propio disfrute, sé consciente de tus decisiones y de sus

70
consecuencias, elige por ti mismo y no le otorgues el permiso a nada ni a nadie para que

entristezca tu corazón.

En segundo lugar, acepta y asume la realidad. En esta vida nada es eterno, nada

permanece, todo fluye. Abandona las preocupaciones del pasado por el que ya no puedes

hacer nada, y con las que solo logras alterar negativamente tu presente. Esas peleas con

seres queridos, ese trauma, esa pérdida, ese fracaso o esa frustración no superada, todos ellos

son raíces que nos aferran a una tierra improductiva y muerta. ¿Crees que, si mi longevo

abuelo estuviera periódicamente recordando todo lo que perdió luego de la explosión,

disfrutaría hoy de la vida como lo hace?

—Desde luego que no —afirmó el convencido roble.

—Entonces, acepta, asume y aunque te cueste, aprende a perdonar. Con frecuencia

culpamos a otros, pero no podemos estar seguros de que, en las mismas y exactas

condiciones, nosotros hubiéramos reaccionado de un modo diferente.

—Supongo que no, pero no es tan fácil perdonar —afirmó Frondoso.

—Nadie ha dicho que lo sea. Pero ¿qué ocurre si no eres capaz de perdonar? ¿Quién

sufre? ¿Quién comienza a perder sus hojas antes de tiempo y a marchitarse por dentro? ¡Tú!

—Aunque, en ocasiones, cobrarse la deuda parecería la solución —reflexionó el joven

roble, como si recordara alguna vieja herida.

—La venganza nunca puede dar la paz, solo alimenta más venganza. Es un círculo

vicioso que nunca termina. Si tu tronco, tus hojas y ramas, tus flores y frutos se llenan de

odio, ¿cómo puede quedar en ti espacio para el amor y el verdadero disfrute de la vida? El

perdón libera tu alma del odio y crea espacio para que pueda entrar el amor.

71
Sin embargo, es de vital importancia que cuando perdones también olvides. Perdonar es

olvidar todo, dejar la pizarra totalmente limpia. Es abandonar el odio y la condena, como si

dejaras caer una gruesa y pesada rama seca que ya no te sirve. Si te aferras a ella, perjudicas el

resto de tu copa y el crecimiento de tus nuevos brotes. Déjala ir y ya no tendrá ningún poder

sobre ti.

—¿Cuántas veces debería perdonar? —inquirió el roble.

—Tantas veces como te ofendan o perjudiquen. Ten siempre presente que quien sufre por

no perdonar eres tú, pues solo tú cargas con la angustia y el resentimiento. La ley de causa y

efecto es altamente efectiva en este caso: uno cosechará lo que siembra, sea bueno o malo.

Por ello es por lo que no tiene sentido cobijar amargura ni odio pues tampoco querrás que lo

guarden para ti.

¿Sabes a quién te costará mucho más trabajo perdonar? ¿Por quién sentirás menos

compasión?

Frondoso guardó silencio mostrando un gesto de desconocimiento.

—¡Por ti mismo!

Cada vez que cometas un error del cual luego te lamentes, trata de recordar que todos nos

equivocamos y que la mayor parte del tiempo te esfuerzas por hacer las cosas lo mejor

posible. De vez en cuando es bueno que te tomes un tiempo y te detengas a recordar el

pequeño que fuiste alguna vez, frágil y tierno, quien necesitaba de un fuerte tutor para

mantenerse erguido y crecer correctamente. Sé amable con ese pequeño. Te hará sentir más

liberado y te ayudará a centrarte en lo que de verdad importa, el aquí y ahora, este presente

donde tienes tu verdadera oportunidad.

—Entiendo que todo esto se trata de libertad —balbuceó Frondoso emocionado.

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—Sí, querido amigo —continuó Ginkgo—. Debes promover tu libertad y permitir ser

libres también a los demás. Asume que la libertad es la forma más plena, íntegra y saludable

de disfrutar la vida, de entenderla en toda su inmensidad. No obstante, ello no impide que

podamos establecer vínculos afectivos con otras criaturas. De hecho, ello aporta más disfrute

a la vida. Pero el desapego implica que nunca debes hacerte responsable de la vida de otros, al

igual que los demás no deben tampoco imponerte sus principios, sus ataduras o cadenas

emocionales para aferrarte a ellos. Es aquí donde empieza el auténtico problema y los

sufrimientos.

Y, por último, ten presente que las pérdidas sucederán tarde o temprano. Las cosas

materiales, las relaciones, las circunstancias e incluso la vida misma terminan

desvaneciéndose como el agua que resbala por nuestras hojas. Algunos seres queridos se irán,

los pequeños crecerán y ciertos amigos cumplirán un ciclo y dejarán de serlo. Todo ello forma

parte del desapego y, como tal, hemos de aprender a asumirlo para afrontarlo con mayor

integridad. Con mayor fuerza. Pero lo que nunca va a cambiar es tu capacidad de amar, y

debes empezar siempre por ti mismo.

Frondoso observó a Ginkgo una vez más antes de continuar su búsqueda correspondiente

a la sexta semilla, y pudo verlo claramente: resplandeciente, erguido, con sus originales hojas

en forma de finos y delicados abanicos, con una salud perfecta. Altamente resistente a la

contaminación, a enfermedades, a hongos y plagas. No existía duda alguna, el desapego de

Ginkgo había contribuido en abundancia a disfrutar de su vida plenamente.

—Ahora dime —ordenó Ginkgo—, ¿qué otra semilla te ha dejado el ave?

Frondoso le mostró el pequeño puñado restante, en el que sobresalió una en particular que

Ginkgo reconoció inmediatamente.

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—Su dueña es la enorme palmera —aseguró señalando la semilla—. La encontrarás

pasando los dos arrayanes, detrás de la galería.

—¿No estarás refiriéndote a Quejumbrosa, la palmera solitaria del jardín? Me cuesta

mucho imaginar que pudiera darme siquiera un consejo —murmuró desalentado el joven

roble.

—Pareciera que la conoces. De todos modos, acércate a ella y quizás te lleves una grata

sorpresa —afirmó Ginkgo con tono intrigante.

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CAPÍTULO VII

¡POBRECITA LA PALMERA!

Aún se encontraba vívido en la mente del joven roble el primer encuentro con su vecina,

Quejumbrosa. Unos diez años atrás, se había acercado a ella debido a su tristeza. La

observaba decaída y sin melodías, pues no era visitada por pájaro alguno. El color de sus

extendidas hojas había perdido el brillo característico de su especie. Su porte distaba mucho

del que mostraban las palmeras del entorno; era endeble, frágil y vencido.

Movido por la pena y un profundo sentimiento de empatía, Frondoso se había acercado a

ella en aquel tiempo con el fin de brindarle un poco de ánimo. Pero hubo algo que lo ahuyentó

al instante. Fue el incesante aluvión de quejas que se había apoderado de la palmera y

entonces, se alejó, como era común que lo hicieran las criaturas del lugar, por sentirse

incómodas frente al insistente papel de víctima que manifestaba.

Ahora, de pie allí, frente a ella, una década después, el sorprendido roble no daba crédito

a lo que sus ojos veían. Incluso no le fue sencillo reconocerla.

Bien plantada en sí misma. Alta, altísima. Fornida. Segura.

—¡Vamos, dilo sin tapujos! No puedes creer que sea la misma de antes, ¿no es verdad?

—dijo la palmera a la vez que dejaba escapar una risa auténtica y feliz.

Frondoso no salía de su fascinación.

—Sí, así es. Te recuerdo tan diferente…

—¿Amargada? ¿Quejumbrosa? ¿Resentida? ¿Sabes cómo me llamaban antes? —

preguntó risueña.

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El boquiabierto roble no quiso ser descortés, ni decir algo que opacara la alegre

hospitalidad recibida, pero conocía en detalle cada uno de los despectivos apodos con los que

la habían bautizado.

—¡Me llamaban la Pobrecita! —rio nuevamente con genuina alegría.

—¿Cómo fue que pasaste de ser “la Pobrecita”, como dices, a convertirte en esta

exuberante y feliz palmera? —preguntó Frondoso a la vez que la observaba de arriba abajo.

Estaba claro que la había subestimado.

—Sinceramente, llevó verdadero trabajo concretar mi cambio. Reconozco que en medio

de mis inagotables quejas y el papel de víctima en el que estaba envuelta, no me sentía a gusto

en absoluto. Pese a ello, tampoco estaba dispuesta a realizar ningún esfuerzo a conciencia

para abandonar mi lamentable situación. Hasta que, en una tarde de verano, en la que hacía

más calor del habitual, no pude menos que quejarme, como era de esperar y, entonces,

sucedió algo que cambiaría mi vida para siempre.

Me quejaba del intenso calor cuando una voz afectuosa y calmada susurró a mis oídos:

“Qué maravilloso es el calor, cuántos beneficios proporciona, en verdad”. Apenas había

notado la presencia de un bellísimo pájaro del paraíso que se posaba sobre una de mis hojas

secas, cuando este continuó diciendo: “Cuando llega el calor, los botones de flores abren de

pronto, colmando de colores y perfumes todo el jardín, trayendo consigo alimento y vida. Es

el calor el que permite a los frutos madurar y los convierte en exquisitos alimentos de colores

rozagantes, con los que deleitamos nuestro paladar. Es el mismo que hace brotar las yemas

para luego convertirlas en hojas fuertes y verdes, que brindan la sombra y el cobijo tan

deseados para sostener la vida”. De no haber sido porque interrumpí sus oraciones con mi mal

humor característico —agregó la palmera—, todavía hoy estaría aquel pájaro azul hablando

de lo positivo que traía aparejado el calor, del que tanto me quejaba.

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Recuerdo que le respondí: “¿De qué flores hablas…, de las mías? Lo único que logra su

perfume es atraer a los insufribles enjambres de abejas, avispas, moscas y abejorros que no

me dejan descansar. Además, ¿dónde se ha visto que los escarabajos polinicen las flores?

Pues mi especie tiene que aguantar eso también por culpa del calor. ¿Y de qué frutos hablas,

de mis dátiles? Son precisamente los que más me molestan cuando nacen, pues antes de que

maduren las insoportables calandrias me invaden para comerlos y no hacen más que

ensuciarme y aturdirme. ¿Y qué decir de la sombra tan deseada? Si ni siquiera los alumnos

más pequeños juegan debajo de mí, porque apenas tengo diez hojas arcaicas y achacadas,

igual que plumas viejas. ¡Parezco un pajarraco despeinado!”.

El joven roble soltó un par de carcajadas.

—También hoy me río de aquellas expresiones —afirmó la palmera mientras su rostro se

iba tornando un poco más serio—, aunque no puedo creer el tiempo y las energías que perdí,

los seres queridos que alejé y las maravillosas criaturas que nunca llegué a conocer por

detenerme a ver solamente los puntos negativos de la vida.

La profunda conversación que entablamos en aquella calurosa tarde con el ave me

permitió entender que la eterna queja me situaba en un papel de “la Pobrecita” que sufre las

ofensas y los ataques de los demás. Por sentirme una víctima, me consideraba a mí misma una

“sufriente justificada”, pensando que cada cosa que me ocurría era irremediable y no podía

cambiarla, y así adoptaba una posición de pasividad y estancamiento. Entendía que eran los

otros, las circunstancias, el afuera, los que causaban mis desgracias. No asumía mi propia

responsabilidad. Resultó ser una postura sumamente cómoda, porque la víctima se acomoda a

su situación y no cambia nada.

—¿Por qué crees que reaccionabas de esa manera? —preguntó Frondoso intrigado.

77
—Pude ver más claro el panorama cuando el Ave del Paraíso me observó detenidamente

y, tras una serie de preguntas, me ayudó a reflexionar. Ella indagó sobre mis ambiciones y le

expresé mi descontento por no poder ser elegida planta nacional de mi país como la Palma de

Cera, nativa de los Andes colombianos. Fue votada como árbol nacional de Colombia. Es

muy popular porque durante siglos los cristianos han utilizado sus hojas para celebrar sus

fiestas religiosas.

—Bueno, no es extraño que a veces nos comparemos con otras criaturas —justificó el

joven—. No veo nada malo en ello.

—No obstante, también le confié que me hubiese gustado ser tan codiciada como la

Butia; ella es una palmera sumamente costosa por la particularidad de sus palmas de color

verde azulado. ¡Y cuánto envidiaba a la Palma Real Australiana también! Su esbelto y

anillado tronco la vuelve una de las más bellas. A ella se la puede plantar formando grupos, o

de forma alineada; incluso, de joven, en macetones de patios y terrazas. Y, asimismo, como

planta de interior en lugares muy iluminados, debido a lo decorativa que se la ve —se explayó

Quejumbrosa.

Le confesé igualmente, mi frustración por no ser la fuerte Palmera Cocotera, tan longeva

que alcanza cien años de edad. Ella florece durante todo el año y de sus cocos se utilizan tanto

su leche, como la pulpa y hasta la cáscara. —Así enumeró la palmera su larga lista de cotejos.

¿Sabes? ⸺continuó⸺, el pájaro me lanzó una pregunta y su respuesta al mismo tiempo,

dijo: “¿Por qué te comparas tanto? Porque te sientes débil, vulnerable, perdida como una hoja

al viento, mientras crees a los demás muy seguros con sus vidas. Siempre tienen prioridad los

objetivos y deseos ajenos frente a los tuyos; por ellos te ves forzada, presionada e incluso

servil y así descuidas tus propios intereses sintiéndote vacía, sin metas ni futuro” —suspiró

lentamente Quejumbrosa.

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—Imagino lo difícil que habrá sido escuchar esas palabras —susurró Frondoso con

empatía.

—Así es. No tardaron en llegar las lágrimas a mis ojos y nudos a mi madera cuando,

luego de un breve instante, el pájaro azul continuó afirmando con tono paternal:

“Probablemente te sientes inferior frente a los demás, percibiéndote perdedora, como si los

otros siempre ganaran a tu costa. Reaccionas con rabia, envidia, resentimiento y frustración.

Nunca descartas la agresividad, incluso la vuelcas contra ti misma. Evitas tomar decisiones y

postergas tus metas continuamente. ¿Acaso me equivoco?” —En ese momento sentí que

aquella extraña y sincera ave conocía mi corazón mejor que yo misma.

Asaltaron mi memoria, por primera vez en muchos años, incontables razones por las que

seguramente me juzgaba de esa manera. Inconscientemente pensaba que sentirme “la

Víctima” me confería identidad, porque atribuía de manera equívoca que quien sufría era

reconocido como alguien bueno, generoso y sacrificado. Tenía miedo al cambio, a perder el

afecto o la aprobación de los demás. No quería ver mis propios errores y me resultaba más

fácil proyectarlos en el resto. Mi autoestima realmente era baja, pues me creía sin derechos,

sin capacidad de réplica o de reacción, pensando que los otros eran más fuertes, y yo, en

cambio, débil, vulnerable y llena de carencias.

Frondoso comenzó a sentirse identificado con algunos de esos sentimientos, comprendió

que la queja también había formado parte activa de su vida y que, incluso, todavía en ese

momento existían vestigios de ella que debía erradicar. De hecho, acudieron a su mente

imágenes claras de su propio encuentro con el ave azul y se sorprendió al recordar que,

precisamente en aquel momento, el pájaro también lo había hallado quejándose de la tormenta

que lo dejó con la copa estropeada y sus brotes rotos. Estaba de muy mal humor y no lograba

79
ver ningún beneficio en absoluto. Cuando meditó en todo ello, decidió acudir a la renovada

palmera por algunas respuestas.

—¿Y cómo se supera la victimización? —quiso saber el roble.

La palmera sonrió, alentada por la curiosidad de Frondoso, cuando halló que su interés

era genuino.

—Ten presente que, así como te sientes, así es como te ven —afirmó en su primer

consejo—. Si alimentas el sentirte miserable e impotente, estás emitiendo esa misma energía

negativa. Hazte responsable de lo que transmites al mundo, pues son las semillas de lo que

recibirás de él.

Pregúntate qué ganancias logras con tu actitud. Generalmente la queja busca obtener un

beneficio a cambio. Podría ser: búsqueda de amor, aprobación, seguridad, protección o

incluso un modo de controlar a los demás. Deja de culpar a otros por tu situación, acepta tus

errores y conviértelos en tu motivación para mejorar. Aplícate a ti mismo lo que piensas que

deberían hacer los demás.

Sé consciente de que puedes elegir. Observa lo que dicen tus palabras, ya que son en gran

medida responsables de tu realidad. No te permitas hablar en negativo ni siquiera de ti.

Reconoce tu esfuerzo, trabajo y resultados. Recuerda valorarte a menudo.

Tomar decisiones, cambiar discursos, actitudes y situaciones te colocarán en una postura

activa, la cual te conducirá a sentirte dueño de tu destino y no simplemente una hoja seca a

merced del viento.

El roble se sentía en suma agradecido. Evocó las palabras de Ginkgo ante su duda de

consultar a la quejumbrosa palmera: “Quizás te lleves una grata sorpresa”. ¡Y vaya si fue

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grata! Ahora tenía mucho por reflexionar. Se alzaba ante él una prueba viviente de que es

posible cambiar actitudes tan arraigadas como la queja y la victimización.

Justo un instante previo a despedirse, en medio de un breve silencio, se oía murmurar

desde los pies del grueso tronco a un par de maestras que, en su hora de descanso, optaban por

disfrutar del bello jardín.

—Es una auténtica joya por su belleza —decía una de ellas, señalando la poblada copa de

la exótica palmera.

—Sí, totalmente de acuerdo —certificaba la otra—. ¿Has visto cómo cuelgan de la base

de sus hojas cientos de finos helechos? ¡Qué bellos! Parecen verdaderas cortinas naturales, un

placer para la vista. En mis últimas vacaciones estuve en el noroeste del país y puedo

asegurarte de que quedé maravillada con la variedad de artículos decorativos y útiles que

conocí, elaborados con sus hojas pinnadas. ¿Qué te parece si realizamos con los chicos en las

clases de arte, algunos cestos y abanicos con las hojas que renueva esta palmera?

—¡Qué buena idea! Con ellas también podríamos techar el pequeño vivero que están

preparando algunos estudiantes en el huerto, detrás del Museo del Centenario —dijo la

primera redoblando la apuesta.

Frondoso decidió prolongar su silencio con el fin de continuar disfrutando de los elogios

tan merecidos que recibía su anfitriona.

—También puede ayudarte para esa tos el consumo de sus dátiles —aconsejó a su

compañera al escucharla carraspear—. Sus frutos son altamente recomendables para el

catarro, así como para la anemia y las afecciones pulmonares.

Continuaban su lenta caminata, coincidiendo en la admiración que ambas maestras

sentían por la fastuosa palmera. Y mientras se deleitaban observando a la mayor comunidad

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de cotorras que albergaban sus nidos en ella, se vieron obligadas a concluir sus cumplidos por

el agitado parloteo que emitían.

¡La palmera se sentía feliz por los aplausos recibidos y el joven roble, otro paso más

cerca de hallar el disfrute pleno de la vida!

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CAPÍTULO VIII

LAZOS DE GIGANTE

Poco imaginaba Frondoso la historia que estaba a punto de conocer, a medida que se

acercaba al más grande y fuerte cedro de todo el enorme predio, llevado por la diminuta

séptima semilla, dejada en su poder por el Ave del Paraíso.

No le llevó demasiado tiempo conocer algunos atributos de aquel árbol. Con solo

observarlo, podía informarse de su resistencia y solidez. Lo llamaban “el Gigante”. Estaba

emplazado en el punto exacto que marca la entrada principal del edificio más antiguo, por

encima de uno de los areneros favoritos de los chicos, un piletón antiguo de la estancia, hoy

utilizado como un espacio en el que compartir travesuras y alegrías. Allí corretean a diario

entre hamacas en la arena, bajo su abrigada protección.

Parecía demostrar una omnipotencia singular. Los enormes brazos de Gigante alcanzaban

distancias inusitadas. Sus ramas del lado oeste llegaban hasta los toboganes del patio

contiguo. La más grande de ellas, incluso, rozaba el renovado banco de madera barnizada a

más de diez metros de su cuerpo. Sus brazos del este acariciaban el conjunto de fresnos que, a

modo de túnel, cubría el camino ancho. Hasta las ramas traseras se mezclaban con los añejos

aromos, creando en el espectador una especie de ilusión óptica, en la que parecía verse al

cedro produciendo flores amarillas.

No obstante, el joven roble advertía con extrañeza que le faltaban numerosas ramas

intermedias; algunas de ellas, de tamaño considerable. En su colosal tronco se veían grabados

los naturales labios cicatrizantes, producto de un buen trabajo de jardinería; en cambio, otros

orificios se percibían claramente astillados, como resultado de salvajes cortes o extirpaciones.

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—Puedo estar agradecido al Creador por haberme permitido una segunda oportunidad —

confiaba Gigante a Frondoso, luego de sus respectivas presentaciones—. Hace varias décadas

que cuido cada lazo como riego de lluvia.

—¿A qué te refieres precisamente? —preguntó el interesado roble.

—Hace muchos años, siendo joven todavía, ingenuo y confiado, me dejé llevar por

algunas criaturas que apreciaba y de las que pensé que deseaban lo mejor para mí. Ya sabes,

algo inexperto, crédulo y un tanto frágil todavía. Comencé a pasar demasiado tiempo con una

higuera que ya era parte del jardín. Nadie la había plantado, solo apareció aquí. Supongo que

una de las tantas semillas aportadas por las aves, brotó entre mis ramas y me sentí ciertamente

atraído por ella.

En un principio compartíamos breves momentos de ocio. Luego pasábamos algunas

tardes observando a colibríes y abejas libar, molestábamos a las orugas monarcas que dormían

en los tallos, emboscábamos a las astutas calandrias y nos burlábamos de los incansables

zorzales cuando tironeaban con sus picos las largas lombrices hundidas en el barro. No hizo

falta mucho tiempo —unos pocos años, tal vez— para que ese lazo me perjudicara de manera

irremediable.

No era una higuera cualquiera, de esas que fabrican sabrosos higos y brevas, ¡claro que

no!, y así me lo advirtieron mis vecinos del sendero, los tilos maduros, la araucaria y el

alcornoque. Recuerdo sus sermones: “Ten cuidado con la higuera, te dejará seco”; “mira que

no es una buena compañía”; “tu nueva amiga es un poco tóxica”, y otros por el estilo.

Resulta que no lograba ver su abrazo mortal. Como tú seguramente sabes —dijo Gigante

al absorto Frondoso—, en la naturaleza hay plantas que combaten entre sí, así como también

las que saben convivir en armonía con las demás.

84
—¡Claro!, como los claveles del aire que se encuentran a montones por aquí —sostuvo el

roble.

—Cierto. No obstante, algunas acaban con la vida de los árboles quitándoles la luz y el

sustento que obtienen de la tierra. Una de ellas es precisamente la higuera estranguladora, con

una esperanza de vida de doscientos años. Es una de las plantas con flor más longevas que se

han conocido jamás, quizás por ello me atrajo.

Desde luego que lamenté estar al tanto de su historia un poco tarde, pues de haber sabido

cuidar mis lazos con las demás criaturas, podría haberme interiorizado sobre ello antes de

padecer la pérdida de varias ramas y casi de mi vida entera.

Esta planta originaria de la India crece actualmente en todas las regiones que gozan de un

clima húmedo, incluido nuestro país. Podría decirte que es un parásito vegetal, solo que, en

vez de chuparte la savia, lo que hace es progresar rápidamente ahogándote con sus raíces

aéreas para impedir que puedas alimentarte. Con el tiempo, sus raíces se desarrollan de tal

manera que forman una estructura sólida, capaz de mantenerse en pie sin dificultad. De este

modo enraíza en las hojas que se juntan en tus rincones y en las grietas de tu corteza,

creciendo mientras se nutren de tu tronco y de tus ramas. A medida que prolifera, sus raíces se

entrelazan y te envuelven como si se tratara de una labor de cestería.

—¿Cómo es posible que no te dieras cuenta de sus intenciones? —preguntó Frondoso

desconcertado.

—Pues sucede que estás a gusto, percibes una especie de abrazo continuo y te sientes

parte de algo; pero luego, una vez conseguido un asidero firme, ella envía sus raíces al suelo e

inicia una vida independiente en tu propio cantero. Así nace tu decadencia, ya que los

nutrientes adicionales que ella obtiene del suelo le dan mayor energía y fortaleza para

presionarte al grado de estrangularte, quebrando una a una tus ramas hasta que tu tronco ya no
85
puede expandirse a medida que creces, perdiendo así tus nidos, tus aves, tu follaje y,

finalmente, mueres.

Imagínate el espectáculo final. Una vez que te secas y marchitas, ella se robustece y toma

tu lugar.

—Permíteme preguntarte, ¿cómo fue posible salir airoso de aquel lazo mortal?

—No fue sencillo, aunque recibí una verdadera ayuda en el momento preciso —aseguró

aliviado el gigante cedro—. En aquel entonces jamás hubiese admitido que necesitaba apoyo,

pero lo necesitaba, y de modo urgente. Me sentía dolorido, atrapado e impotente.

Una madrugada en la que meditaba en mi soledad, un extraño pájaro de plumas azules

habló a mis oídos de forma dulce y pausada, para no despertar a la planta que dormía

profundamente, preguntándome: “¿Cómo te sientes? ¿Te gustaría liberar tu corazón y

disfrutar de verdaderos lazos de amor?”. Yo imaginé que había muerto, pues en el momento

exacto en que sus alas rozaron mis hojas, todos mis dolores y molestias desaparecieron. No

alcancé siquiera a meditar en las respuestas a sus preguntas, cuando agregó: “El disfrute

genuino de la vida es el producto de entrar en contacto con criaturas con las que puedas

establecer relaciones positivas. La clave es entender que las buenas relaciones no vienen por

sí solas, sino que se construyen en la práctica; se cultivan mediante el trato cercano,

interesado, buscando entender y ser entendidos, escuchando con empatía, no simplemente

coexistiendo. Si quieres ser un árbol feliz, exitoso, asóciate con similares a ti, criaturas

optimistas que tengan metas claras y que se muevan hacia adelante en la vida. Al mismo

tiempo, aparta de ti a quienes solo critican y se quejan de todo”.

Por primera vez, alguien hablaba con verdadero interés en ayudarme sin juzgarme.

Percibí su afecto tanto en su tono melodioso como en su oído presto a escucharme. Entonces

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pasó a describirme lo que él llamaba “el secreto para obtener los lazos más fuertes y disfrutar

la vida”.

—¿Cuál es ese secreto? —ansió saber el roble.

—Es uno que está a la vista, aquí mismo en nuestro entorno, y, sin embargo, nunca le

había prestado atención. Se trata de observar con detenimiento a uno de los seres más

pequeños que convive con nosotros, la hormiga colorada.

—No comprendo cómo esas diminutas criaturas podrían ser de ayuda para alcanzar el

disfrute de la vida —susurró vacilante el joven Frondoso.

—Es muy sencillo y significativo a la vez. ¿Has echado un vistazo cuando llueve y

nuestros jardines se encharcan? ¿Qué hacen las hormigas en ese momento?

—Sí, claro que sí. Creo que corren a sus nidos para evitar morir ahogadas. De hecho, en

más de una ocasión he visto a algunas de ellas sin vida por allí, debido al aguacero que las

sorprendió lejos de su hogar.

—Así es, ya que una hormiga sola no puede flotar en el agua y vivir, sin importar cuánto

luche para lograrlo debido al cansancio que la abate. En cambio, si se agrupa toda la colonia

puede hacerlo, ya que forma una balsa impermeable. Las hormigas de la colonia unen sus

cuerpos en una estructura muy particular, que permite almacenar aire, repeler el agua y flotar

sin esfuerzos individuales. Esta balsa tiene forma redondeada y su comportamiento hace que

cada hormiga sepa en qué lugar colocarse y en qué momento sumarse a la estructura. Este es

su secreto: ¡la unión hace la fuerza!

Frondoso meditó por pocos segundos y volvió a centrar su atención en el cedro.

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—Luego continuamos conversando con el pájaro en voz baja para no despertar a la

higuera —prolongó Gigante—, reflexionamos sobre los maravillosos resultados que se

obtienen de formar relaciones de calidad con otras criaturas y liberarse de los lazos tóxicos y

perjudiciales; cuando en el momento menos pensado, justo antes del amanecer, la exótica ave

desapareció ante mi propia mirada dejando…

—¿Dejando caer sobre ti un puñado de semillas? —preguntó Frondoso,

interrumpiéndolo.

—¡Exactamente! El contacto posterior con cada dueño de ellas me permitió salvar mi

vida a tiempo y mejor aún, liberarme de los lazos nocivos como el de la higuera

estranguladora.

Verás, decidí aceptar la ayuda de Don Javier, el jardinero del sector, que tantas veces

había intentado arrancarla de mí sin mi consentimiento. Ahora estaba preparado para dar lugar

en mi vida a nuevas relaciones sanas y entrañables. Comprendí que sin buenas relaciones la

vida está vacía. Después de todo, la vida se creó para disfrutarla a plenitud, para celebrarla y,

¿no te parece que una celebración en la que estuvieras solo sería aburrida?

Todos nosotros conformamos un parque, un jardín, una tierra llena de vida. De ahí que

necesitemos comunicarnos, sentirnos queridos y necesarios.

Hoy, cuando observo mi pasado, comprendo que, en mi deseo ferviente de satisfacer solo

mis propias necesidades, fui perdiendo lazos que realmente eran de valor.

El reflexivo cedro hizo una pequeña pausa.

—Si me preguntaras cuál de las lecciones aprendidas en mi vida ha sido la más

importante para mí, con seguridad afirmaría que aquella que indica que la calidad de nuestra

88
vida depende exclusivamente de los fuertes y genuinos que sean los lazos que formemos con

los demás.

—Me lo explicas, por favor —solicitó el roble.

—Claro que sí —asintió Gigante con voz segura—. El gozo pleno de la vida surge, en

primer lugar, de tu relación contigo mismo, pero luego, del amor y de la amistad que

contengan tus lazos con otras criaturas. Ello es posible siempre y cuando te alimentes de los

nutrientes esenciales.

—¿De qué nutrientes hablas?

—De los ocho hábitos útiles y precisos para que nuestras relaciones sean fuertes y

duraderas. Estos nutrientes nos aportan salud, bienestar, calidad de vida, al tiempo que

fortalecen nuestra autoestima. El primero de ellos es tener “expectativas realistas”. Aceptar al

otro tal y como es, sin pretender que se comporte del modo que nosotros queremos. Lo

secunda una “buena comunicación”. Esto implica: estar cuando hay que estar, mostrar interés,

saber escuchar y ser generoso compartiendo nuestras propias experiencias y opiniones.

El tercer nutriente fundamental es “ser flexibles”. Las relaciones evolucionan conforme

lo hacen las partes que la integran. Todos cambiamos y no podemos pretender que alguien se

comporte o reaccione siempre del modo que preferimos.

—¿Y cuando surgen discusiones y conflictos? —cuestionó Frondoso, recordando sus

lamentables disputas con algunos de los árboles vecinos.

—Bueno, cuando esto inevitablemente sucede —reanudó Gigante—, hay que tener en

cuenta el cuarto nutriente, “confrontar limpiamente”; esto es: hablar del problema cuando las

dos partes estén preparadas. No criticar al otro; ceñirse a la situación. No atribuir al otro los

sentimientos y razones que sospechamos que tiene, como si leyéramos sus pensamientos; más

89
bien dejar que se explique. Sin acudir a reproches ni a experiencias pasadas; mantenerse en el

asunto que se discute. Hay que reconocer que se está equivocado en el caso de ser así y pedir

disculpas. No ridiculizar o poner en evidencia a la otra parte cuando no tiene la razón y,

finalmente, llegar a un punto de acuerdo si es posible; de no serlo, que prevalezca el respeto

mutuo.

También nutre de manera especial el quinto sustento: “permitir espacio”. Cada individuo

ha de tener un espacio exclusivamente para sí mismo, para cuidar de sí y no sentirse ahogado

como fue mi caso con aquella insensible higuera.

En sexto orden, “mostrar calidez”. Todos necesitamos cariño y cuidado para florecer y

dar frutos y esto lo encontramos precisamente en nuestras relaciones más cercanas. Igual de

vital es el séptimo alimento: “tomarse el tiempo necesario”. Los lazos crecen, nuestras ramas

se extienden hacia los demás a medida que nos conocemos mejor y aumentamos la confianza

entre nosotros, pero cada uno va a su propio ritmo. Y, definitivamente, “ser auténtico”, el

octavo y más rico sustento de una excelente relación. Los lazos saludables se cultivan por lo

que uno es y no por lo que aparenta ser.

Frondoso continuó conversando con Gigante durante un largo tiempo sin percibir el caer

de la tarde. Parecía que cada vez le resultaba más difícil despedirse de sus afectuosos

anfitriones.

El joven roble comprendía haber crecido de golpe, luego de sus ricos encuentros con cada

uno de los siete seres maravillosos que aquel misterioso pájaro azul había colocado en su

camino. Sentía estar experimentando un anticipo del tan ansiado disfrute de la vida. Se

preguntaba cuánto más le esperaba en el futuro cercano. Aún tenía en su poder tres pequeñas

semillas con quién sabe qué sorprendentes lecciones por conocer.

90
CAPÍTULO IX

DESCUBRIMIENTO DEL FUEGO INTERIOR

Pequeña y de un negro brillante era la octava semilla que, sin lugar a duda, dejaría

plasmada en el corazón de Frondoso otra magnífica enseñanza de vida, tal vez la que lo

despertaría de su letargo. Se trataba del espeso y corpulento ombú que daba la bienvenida a

las familias wardenses cuando ingresaban con sus vehículos por la entrada de barreras. Él era

el primer árbol que cada conductor observaba cuando accedía al colegio; de allí su nombre de

pila: “el Portero”.

Era común ver en sus interminables y cómodas raíces expuestas a un grupo de chicos

reposando en el recreo, como si de un enorme y placentero diván se tratara; y por encima de

ellos, un techo colmado de la más verde y exuberante frescura.

Como reza el dicho popular: “La Pampa tiene el ombú”. “Y mi colegio el Portero”,

suelen decir los alumnos del Ward cuando describen a este maravilloso ejemplar de tantos

años de vida. Al que ningún fuerte viento ha podido derribar ni rayo fundir.

Cuando Frondoso le detalló el motivo de su presencia, el Portero se dedicó con ferviente

pasión a compartir su legado.

—Desde joven escuchaba comentarios que me herían. Recuerdo con claridad la ocasión

en la que dos teros se burlaban de mi escaso tamaño en ese entonces, diciendo: “Mira esta

hierba con ínfulas de grandeza”. Incluso un tiempo después escuché murmurar a un picabuey

que se alimentaba de mis insectos: “¡Este yuyo sí que es grande!”. Así veía pasar mi juventud,

sin comprender quién era yo realmente, pues es discutido si soy un árbol, un arbusto o una

simple y llana hierba. Quienes aducen que soy una hierba, aunque gigante, resaltan

principalmente las curiosas características de mi tallo, bastante húmedo y verde sin notorios
91
anillos, lo que hace además imposible predecir mi edad por no contar con esos aros anuales de

crecimiento que tienen los demás árboles como tú —concluyó el Portero apuntando a su

visitante.

—¿Cómo es posible, entonces, que hoy seas un árbol tan grande? —replicó el roble,

sintiéndose un poco ignorante—. No lo entiendo.

—Te contaré. Una mañana de domingo, se dieron todas las circunstancias necesarias para

que mi incertidumbre fuera mayúscula. Me sentía solo; no había ningún pequeño estudiante

jugueteando cerca y tampoco podía dar la bienvenida a nadie debido a la falta de torneos de

fin de semana, suspendidos por el mal clima. Llovía y el cielo seguía amenazante. Comencé a

lamentarme por las debilidades que creía tener. Me juzgué inútil al aceptar que mi madera no

servía para nada, ni como leña de fogones ni para talla de carpintería, tampoco flotaba como

la del ceibo, útil para hacer boyas y poder pescar.

Lo sorprendente de aquella ocasión, fue el hecho de que en el preciso instante en que me

adormecía con pensamientos miserables, una fuerte brisa me despabiló. El viento jamás se

había sentido de aquella manera en ningún otro lugar del parque. La lluvia cesó y cuando

apenas lograba acomodarme un poco, un ave misteriosa me terminó de despertar del todo.

“¿Tienes idea de por qué te llaman ombú? —me dijo aquel pájaro—. Los indios guaraníes te

definieron así, pues en su hermosa lengua significa sombra grande o bella sombra”.

No comprendía bien el porqué de su trinar, pero había algo en su mirada que me

transmitía una sensación de paz y preparaba el ambiente para una cálida conversación.

—También lo sentí cuando el mismo pájaro me visitó —argumentó empáticamente el

joven, ansioso por escuchar el relato completo.

92
—“Si mi sombra ha de ser grande y bella como aseguras, ¿por qué no soy más que una

simple hierba?”, le pregunté sin dudar —prosiguió el Portero—. “¿Cuál es mi propósito en la

vida? Dudo mucho en llegar a ser algo más de lo que soy hoy, tan solo un arbusto de baja

estatura”. Y a partir de allí, con una voz clemente y un dejo de sabiduría profunda, pasó a

responder en detalle cada una de mis inquietudes.

—¿Cuáles fueron esas respuestas? —inquirió Frondoso.

—El ave me contó que existe una fuerza vital universal que lo sostiene todo y que todo

funciona unido en perfecta armonía. Tú también eres una perfecta parte de ello —dijo el

Portero mirando a los ojos al joven roble—; apareciste justamente aquí, en este maravilloso

predio en el momento preciso y eres una pieza esencial de este complejo sistema. Cuando

brotaste por primera vez, se te asignó una tarea en tu corazón. ¡Mira!, te daré un ejemplo.

Señálate a ti mismo con tu rama índice —ordenó el ombú.

—¿Así? —preguntó dubitativo Frondoso mientras indicaba con su rama el centro mismo

de su tronco.

—¡Exacto!, ¿lo ves? —declaró firmemente el Portero, y en cuanto hubo dicho esto supo que

su compañero lo entendería—. Apuntaste directamente a tu corazón. No a tu cabeza, sino al

centro mismo de tu ser. Ese eres tú. El constante latido de tu corazón, de dentro afuera, de

fuera adentro, constituye un símbolo de tu conexión infinita con el omnipresente latido del

Creador, o la inteligencia universal. Tu cabeza en forma de copa frondosa es la que calcula,

resuelve cosas, analiza y determina cuáles son las opciones más lógicas para ti. Podríamos

afirmar que solo se dedica a pensar y pensar. Por otra parte, el centro de tu ser, tu corazón,

representa tu lado intuitivo, es la parte que ve más allá de la razón y del análisis. La que siente

las cosas, la que es sensible al amor, que se emociona con lo que es importante para ti. Tu

corazón te permite enternecerte cuando ves a un pichón nacer, o embelesarte al observar a una

93
mariposa salir de su capullo de oruga; así como disfrutar plenamente de un día de sol en

primavera. Tu mente puede analizarlo, mientras que tu interior te permite sentirlo. Ahora bien

—reanudó el ombú—, elige una situación y pregúntate qué es más importante para ti: lo que

sabes al respecto o lo que sientes ante ello.

—Creo que generalmente dependerá del escenario y de las circunstancias en las que me

encuentre —balbuceó el roble a medida que repasaba en su mente alguna situación vivida—.

Mi cabeza puede calcular con exactitud la manera de actuar en mi relación con otro individuo.

Por ejemplo, cuando las cosas van mal, pero luego hay veces en las que mi sentir reemplazará

lo que conozco sobre ello.

—Desde luego. Si te sientes temeroso, asustado y solo o, por el contrario, entusiasmado,

cariñoso y arrebatado esas serán las fuerzas dominantes que te harán actuar. Es el centro de tu

ser el que te llevará siempre apasionadamente hacia tu objetivo.

Hay una presencia intuitiva e invisible que está siempre con nosotros. Yo imagino esa

presencia como una pequeña y pesada criatura que se acerca a nuestro oído para advertirnos

cuando hemos perdido de vista nuestro objetivo. Ella podría ser nuestra propia y futura

muerte, que nos urge a continuar con aquello para lo que hemos venido aquí. Nuestra invisible

compañera nos instiga cuando perdemos otro día más haciendo lo que algún otro nos ha

dictado, si es que ello no forma parte de tu pasión vital, de tu fuego interior.

—Probablemente en mi fuero íntimo he sabido siempre cuándo me he apartado de mi

objetivo, debido a mis sentimientos de frustración —reflexionó el meditativo roble.

—Sin embargo —extendió el ombú—, es posible que no hayas actuado siempre en

función de este conocimiento, ya que tu mente no se ha armado del coraje suficiente para

cumplir las órdenes de tu corazón. Tu intuitiva voz interior sigue instándote a obedecer el

fuego de tu ser con el fin de que no se apague ni extinga de manera alguna. Pero tu cabeza te
94
dice: “Cuidado, no te arriesgues, podrías fracasar, podrías decepcionar a los que esperan otra

cosa de ti”. Entonces la compañera invisible, la apremiante muerte, te habla aún más alto. El

volumen va aumentando y aumentando, tratando de lograr que persigas tu sueño y reavives tu

fuego interior.

Piensa por un momento en lo que pasaría si escucharas exclusivamente a tu cabeza —

solicitó el Portero al joven atónito.

—Supongo que me convertiría en un autómata —respondió casi sin pensar Frondoso, a la

vez que veía con desazón cumplirse en él ese mismo comportamiento—. Despertando cada

mañana y uniéndome al resto del parque, solo observando lo que hacen los demás todo el

tiempo, para luego levantarme a la mañana siguiente y repetir el proceso.

¿Será que mi fuego interior se apagó y ni siquiera me percaté de ello? —susurró

retóricamente.

—Puede suceder que el fuego se esté apagando tan lentamente que casi no lo percibas.

No obstante, el hecho de tu visita de hoy demuestra claramente que todavía existe en tu ser

una pasión que desea salir y manifestarse plenamente. Ello se debe a que tu compañera

invisible te lo recuerda periódicamente al oído. Sus intentos de llamarte la atención pueden

adoptar formas extrañas, como la caída precoz de tus flores, el ajamiento de tus ramas o el

deslucimiento de tus hojas. Normalmente estos acontecimientos acaban llamando nuestra

atención, pero lastimosamente no siempre es así.

Pero tú no tienes por qué elegir ese destino. Fue lo que me animó a hacer el Ave del

Paraíso cuando percibió que mi fuego interior estaba a punto de perecer: “Escucha a tu

compañera invisible —me dijo—, siente tu pasión interior y no hagas caso de lo que todos

los que te rodean creen que deberías estar haciendo. Acepta que otros incluso puedan juzgar

que los has traicionado, pero no habrás traicionado a tu propia pasión, a tu ferviente fuego
95
íntimo. Haz lo que sabes que tienes que hacer para sentirte entero, completo, para sentir que

estás cumpliendo con tu destino. Nunca estarás en paz si no sacas ese fuego ardiente al

exterior. Permite que el mundo sepa por qué estás aquí, y hazlo con pasión”.

Fue en ese momento que tomé la firme decisión de crecer y alcanzar mi sueño, el que

tantas veces había postergado por darle demasiada relevancia a lo que otras criaturas

esperaban de mí.

—¡Cuánto me alegra por ti! —afirmó Frondoso con lágrimas de emoción—. Pero yo no

puedo decir lo mismo. De hecho, creo desconocer cuál es mi verdadera pasión. Entiendo que

vivo de una manera cómoda, podría afirmar; aunque no sigo mis instintos. Despierto sano y

vivo cada día. Me deleito en oír cantar a los más hermosos pájaros del parque, bebo a diario el

agua de mi cantero sin mayores dificultades, produzco fruto en una cantidad moderada y

pienso que no molesto ni perjudico a nadie. Sin embargo, siento que vivo una vida adaptada a

un guion. Pero se trata de un libreto escrito por una criatura diferente a mí. ¿Cómo puedo

saber cuál es mi misión, mi pasión, ese fuego que debería estar ardiendo dentro de mí?

—Encontrarás tu pasión en aquello que más te inspire. ¿Sabes qué significa el término

“inspirar”? Este se deriva de la expresión “en espíritu”. Cuando uno está inspirado, nunca

tiene que preguntarse por su objetivo; sencillamente lo vive. En el caso de mi vecina la

ligustrina, por ejemplo, dicho objetivo tiene que ver con bordear el sendero que conduce al

gran salón de música. Sentirse útil como cerco a lo largo del camino la hace experimentar un

gozo superlativo, mientras escucha en primera fila a la banda del colegio tocar sus piezas

favoritas.

Observa el cañaveral —requirió el ombú señalando a su izquierda —, ¿ves el maravilloso

verde que lo caracteriza y la altura magnífica que tiene? Se debe al regocijo que siente desde

que halló su propósito: separar todo el largo del terreno de las calles de la ciudad, tan

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peligrosas para los pequeños que ahora pueden jugar despreocupados gracias a su dedicado

cuidado. Para la glicina es su trabajo de cubrir la enorme glorieta circular y poblarla de

racimos de flores para el descanso de los alumnos y maestros, el que la hace sentir que está

realizando su objetivo. En cuanto a mí, crecer al punto de convertirme en un verdadero árbol

con todas las letras. Alcanzar una altura superior a los quince metros y una circunferencia

digna de ser aprovechada. Ser el cobijo de cientos de insectos y el hogar permanente de una

docena de pájaros jubilosos. Trabajar como el Portero que soy, disfrutando en dar la más

cordial bienvenida a todos.

¿Cuál es tu pasión? ¿Qué es lo que estimula tu alma y te hace sentir en perfecta armonía

con tu presencia en este lugar extraordinario? —preguntó el ombú, lanzando una mirada

inquisitiva al rostro que Frondoso ocultaba bajo su espesa enramada—. Ten esto, por cierto:

sea lo que fuere, podrás ganarte la vida con ello a la vez que proporcionas un servicio útil al

resto de la Creación. Puedo garantizártelo.

¡Mira!, estas son algunas preguntas que me planteó el pájaro azul y me ayudaron a

meditar en mi fuego interior: “¿Qué puntos fuertes crees tener para aportar algo al mundo?”;

“¿cómo te gustaría que fuera tu contribución a los demás?”; “¿cómo desearías que te

recordaran?”; “¿qué trabajo te gustaría tanto hacer que lo harías aun sin recibir nada a

cambio?”. Y, finalmente: “Si pudieras realizar cualquier tarea en el mundo, ¿cuál sería?”.

El joven roble meditó profundamente guardando silencio, al tiempo en que el Portero lo

observaba.

—El miedo es lo único que te impide sacar el fuego de tu interior y disfrutar

definitivamente de expresar tu pasión más íntima —certificó el Portero—. ¿Estabas al tanto

de que existen solo dos emociones básicas de las cuales se desprenden todas las demás? Una

es el miedo; la otra, el amor. Es posible que temas la desaprobación de los demás. Asume ese

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riesgo y descubrirás que obtendrás mayor aprobación cuando no la busques que cuando la

persigas. Puede que temas a lo desconocido. Asume también ese riesgo. Dale vueltas a la

cuestión, pregúntate: ¿qué es lo peor que puede pasar si esto no resulta? Lo cierto es que

sencillamente pasarás a otra cosa; no morirás en el proceso porque algo no funcione. Puede

que temas al éxito. Quizás te has condicionado para creer que eres incapaz o limitado. El

único modo de cuestionar esas ideas absurdas es encaminarte hacia aquello para lo cual sabes

que estás aquí y dejar que el éxito te persiga, como seguramente ocurrirá —concluyó el

confiado ombú.

Luego de escuchar sin la más mínima distracción, el roble ansiaba expresar el mayor de

todos sus temores.

—¿Y el miedo al fracaso? —preguntó y guardó silencio.

—Puede que esto te resulte sorprendente. Pero el fracaso es solo una ilusión. Nadie

fracasa en nada. Todo lo que uno hace produce un resultado. La verdadera cuestión es qué

haces tú con el resultado que produces. ¿Insistes con el siguiente o te limitas a aceptar solo

ese efecto? El fracaso es una valoración; es una cuestión de opinión. Proviene de nuestros

miedos, que se pueden eliminar mediante el amor. El amor por uno mismo. El amor por lo

que uno hace. El amor por los demás. Cuando experimentas el amor en tu interior, el miedo

no puede sobrevivir.

Ese fuego que quema dentro de ti, y que te insta a asumir riesgos y a perseguir tus sueños,

es tu vínculo intuitivo con el propósito que alberga tu corazón desde tu nacimiento. He

descubierto que los riesgos que creemos percibir dejan de existir una vez que hemos

trascendido los miedos y damos paso al amor y al respeto por nosotros mismos. Cuando

produces un resultado ante el cual los demás se ríen, te incita a reírte también. Cuando sientes

estima por ti mismo, un tropiezo te permite reírte ante lo que solo es un hecho ocasional.

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Cuando te amas y respetas, la desaprobación de alguien no es algo que temas y evites. Bien lo

resumió el Ave del Paraíso justo antes de despedirse cuando me dijo: “Si puedes desafiar el

triunfo y el fracaso, y tratar por igual a esos dos embusteros, alcanzarás el pleno disfrute de la

vida”. La palabra clave aquí es “embusteros”. No son reales. Solo existen en la mente de cada

ser viviente.

La invisible compañera que murmura en tu oído te incitará cada vez que te desvíes de tu

objetivo. Hará que seas consciente de tu propio fuego interior. Escucha, pues, y no te

marchites mientras esa pasión aún permanece dentro de ti. Este fue precisamente mi caso

particular.

Cuando finalmente encontré mi fuego interior, me dediqué a sacarlo fuera sin reparos,

llevar a la práctica mi verdadera pasión, crecer y crecer, aunque pareciera imposible para una

hierba como lo soy yo. Sabía, estaba absolutamente convencido de que limitarme a ser

solamente un “yuyo”, como me llamó aquel picabuey, significaría dejar que mi fuego se

extinguiera.

Hoy felizmente puedo afirmarte que gozo a pleno de la vida anidando en mis ramas a las

más bellas aves de la ciudad, alojando entre mis raíces a una enorme comunidad de lombrices

que atraen a decenas de zorzales a mis pies. Soy poseedor de una de las sombras más

buscadas por los alumnos en cada recreo. Mi madera contiene grandes cantidades de agua, lo

que me permite mantenerme fuerte y erguido en tiempos de sequía. Y como si todo esto fuera

poco, disfruto de un respeto y admiración singulares, al grado de ser tapa de la revista del

colegio, pintado por uno de los artistas más renombrados de la zona.

Sí, estimado compañero —afirmó el ombú—, tu fuego interior puede salir de ti y ser

disfrutado por la Creación, pero para que esto sea una realidad, necesitas disponer de una

herramienta fundamental para extraerlo sin quemarte.

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—¿Qué herramienta es esa? —Quiso saber sin dilación Frondoso.

—El uso de metas y objetivos. Para ello, mi camarada el liquidámbar es el indicado —

concluyó el Portero.

Qué alegría sintió el joven roble cuando descubrió que su novena semilla color canela,

pertenecía precisamente al afamado liquidámbar.

Aquella tarde Frondoso anhelaba encontrarse solo, antes de buscar a su próximo maestro,

para poder abstraerse en los detalles de su conversación tan significativa con el Portero, el

árbol que definitivamente desde ahora en adelante ocuparía un lugar especial en su corazón.

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CAPÍTULO X

EL OSADO LIQUIDÁMBAR

No pasó demasiado tiempo antes de que el ávido roble contactara al noveno árbol. El

maravilloso ejemplar había sido traído por un alegre niño en bicicleta hacía más de cincuenta

años, luego de que su mamá lo convenciera de que el poco espacio que había en su jardín

haría imposible su desarrollo. Aunque había pasado tanto tiempo ya, el árbol revelaba un brío

juvenil poco visto a su edad, recordándole a Frondoso al alegre y feliz pájaro azul. Poco

imaginaba aquel jovencito ciclista la intrepidez y osadía que llegarían a popularizar al

entonces debilucho espécimen y que terminarían definiendo el nombre propio de aquel

liquidámbar, el Osado.

—Me visitó el Ave del Paraíso hace muchos años, cuando apenas era un inquieto y

soñador novato; todavía no había llegado a este predio, mi actual hogar —relató el

liquidámbar con aires de remembranza—. Había crecido de semilla en un recipiente

vergonzoso, no puedo ni siquiera llamarlo macetero. Me desarrollaba muy lentamente,

oprimido, frágil y en medio de una tierra seca y acartonada. En aquel invernadero la vida era

muy dura. El vivero había cerrado hacía un largo tiempo y solo quedábamos olvidados allí

algunos árboles nacidos en latas viejas, las cuales perforábamos con nuestras raíces para

poder conseguir, aunque más no fuera, unas pocas gotas de agua de los escasos charcos

aledaños. El techo había sido volado por el viento del Este y el reparo era mínimo. Solo se

movían unos cuantos gatos vagabundos en busca de ratas desprevenidas. Donde uno mirara

no había más que desolación y muerte. Muchas de las florales y aromáticas no fueron capaces

de afrontar tales miserias y encontraron en la muerte una salida. Yo también lo pensé, pero

una tarde agobiante de verano, un ser muy especial me visitó: era un forastero pájaro azul.

101
Frondoso escuchaba inmutable su relato.

—Esa tarde me encontraba más pensativo que de costumbre. Sediento y algo deslucido.

Meditaba sobre abandonar mi búsqueda de agua y simplemente dejarme marchitar, cuando

observé lo que creí era una alucinación: una exótica ave azul aferrada al desvencijado tejido

de alambres que me rodeaba, a merced de los cuantiosos gatos callejeros. ¿Cómo era posible

que un ave tan espléndida estuviera posada allí, sin preocuparse por el peligro que la

acechaba?

El pájaro me miró por un momento y luego me hizo una pregunta, una sencilla pregunta

que me dejó mudo.

Frondoso permaneció en silencio, deseoso de conocer los detalles.

—Me preguntó: “¿Cuál será tu siguiente paso una vez que te mudes al nuevo jardín?”.

La respuesta a esa pregunta hacía demasiado tiempo que había dejado de existir en mi

interior. No obstante, tenía tanto para reflexionar. En un período, cuando el vivero era

próspero y recibía el abundante riego matutino junto con el copioso abono orgánico, tenía

muy latente en mi ser el deseo de crecer algún día en terreno abierto, fuera de esa miserable

vasija, en un verde parque rodeado de árboles y flores multicolores. Sabía que una vez allí, en

cuanto mis raíces tocaran el suelo, me extendería como viento de pradera, alcanzando una

altura y fortaleza sin límites, produciendo flores y frutos incontables y embelleciendo el

paisaje de manera majestuosa.

Fue un momento mágico. Esas dos únicas palabras: “nuevo jardín” revivieron en mi ser

un verdadero motivo para vivir. Un fundamento por el cual debería hacer todo lo que

estuviera en mi poder para continuar con vida. Su pregunta me dejó mudo, porque me

devolvió algo que creía perdido por completo: ¡una razón para vivir!

102
A partir de aquel minuto esperanzador fue más fácil mantenerme con vida, expectante del

instante en que alguien, aunque entonces no supiera con exactitud los detalles del futuro

acontecimiento, me llevara a tal lugar paradisíaco a cumplir mi sueño. La pregunta que muy

meticulosamente me hizo el ave exótica no solo me llevó a una reflexión positiva, sino que

me enseñó la lección más importante que he aprendido jamás.

—¿Qué lección fue esa? —preguntó Frondoso.

—El valor que poseen los objetivos.

—¿Los objetivos?

—Sí, en efecto, los objetivos por cumplir. Los anhelos. Los deseos por los que luchar.

Ellos dan a nuestras vidas un propósito y un significado. Es verdad que sin ellos también es

posible vivir. Pero para disfrutar plenamente de la vida, es vital que nuestro vivir persiga un

propósito; este le da dirección a nuestros objetivos y sentido a los esfuerzos.

—Entiendo —añadió Frondoso, algo inquieto—. Precisamente sobre el propósito

individual de nuestra vida, o el fuego interno que nos mueve a disfrutarla, conversamos

profundamente con el viejo ombú hace algunos días, quien me brindó sabios consejos sobre

cómo puedo hallar mi propósito especial.

—Excelente, entonces, el Portero conoce a la perfección este tema —dijo el liquidámbar,

mencionando a su estimado compañero—. Es importante conocer lo sustancial de ello. Es por

esto por lo que se dice que “la tragedia mayor de esta vida no es morir, sino vivir sin un

propósito”. Acaso no te has preguntado, ¿por qué algunos árboles dejan de florecer o dar

frutos y comienzan a marchitarse cuando todavía tienen vida por delante? ¿Por qué algunos

rosales y jazmines “se van en vicio”, creciendo largos y desnutridos en vez de colmar sus

tallos de flores?

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El joven roble asintió. Frecuentemente se había planteado esta cuestión. Pensaba

puntualmente en el malvón rojo que, al poco tiempo de ser pasado de la vieja maceta al

camino de los geranios, comenzó a florecer cada vez menos y con menor fuerza hasta

convertirse en un manojo de simples varas peladas con escasas y pequeñas hojas, como si

hubiese perdido de vista la labor de florecer.

—Uno de los motivos —aseguró el liquidámbar— es, simplemente, pensar que sus vidas

carecen de propósito. No tienen ya significado alguno. Al respecto, ¿has oído hablar del Viejo

Tikko?

—Sí, creo que sí —admitió con cierta modestia el roble—. Hace unos años, cuando unos

jovencitos repasaban la tarea durante el recreo bajo mi sombra, justo antes de su prueba de

botánica, recuerdo que me sentí impresionado cuando escuché que un árbol podía seguir

disfrutando de la vida por tanto tiempo. Si no me equivoco, tiene más de nueve mil quinientos

años, ¿verdad?

—Así es. Se trata de un pino que vive en el Parque Nacional de Fuljalet, en Suecia. Es el

árbol más antiguo del planeta, conocido como el “abuelo” de las plantas arbóreas. Sin

embargo, se mantiene sano y fuerte todavía. Mejor aún, continúa creciendo y dando pequeños

frutos. El nombre de Viejo Tikko se lo dio el profesor de geografía que lo descubrió, y lo hizo

en honor a su fiel amigo canino, un siberiano que lo acompañaba en sus exploraciones.

Actualmente recibe visitas de decenas de admiradores que se acercan a observar las

maravillas de la naturaleza. Otros, como algunos de nosotros, lo admiramos a la distancia

anhelando imitar sus más bellas cualidades. La explicación que los científicos encuentran hoy

a semejante longevidad es que se debe a que los vientos y las bajas temperaturas convirtieron

a este pino durante mucho tiempo en una especie de bonsái. Así, este antiguo árbol ha sido un

pequeño arbusto durante gran parte de su vida, y es el ascenso de temperaturas lo que le ha

104
permitido dar un nuevo estirón a su avanzada edad. No obstante, la verdad del asunto pasa por

otro lado —aseguró el osado liquidámbar, generando así especial curiosidad—. ¿Sabes tú por

cuál?

Frondoso se quedó mirándolo, un tanto desconcertado por la seguridad de su locutor.

—Se debe a que el viejo pino dio a su vida un verdadero significado. Cuando el forastero

pájaro azul lo visitó mucho tiempo antes que a mí, le preguntó decididamente cómo se las

arreglaba para disfrutar de la vida pese a sus limitaciones y vejez, y Tikko respondió:

“Algunos árboles se equivocan cuando piensan en felicidad. La felicidad no es posible a

través de la autocomplacencia, sino mediante la fidelidad a un propósito que valga la pena”.

Por ello, el requisito primordial de nuestro ser interior es la necesidad de que nuestra vida

tenga un sentido, y ese sentido nos lo dan las metas.

Sin metas la vida tiene muy poco significado y es probable que la vivamos de forma

aburrida. Es común que nos motiven dos cosas importantes: una es el dolor y la otra es el

placer. Los objetivos y metas hacen que la mente se centre en el placer, mientras que la falta

de metas hace que la mente se enfoque en simplemente evitar el dolor.

El plantearse objetivos sólidos puede hacer incluso que el dolor se haga más llevadero.

—Es curioso lo que dices —respondió Frondoso, desorientado.

—Permíteme ponerte un ejemplo. ¿Observas a Don Javier? —preguntó el liquidámbar

mientras dirigía su vista al jardinero, quien se hallaba dando forma a la enmarañada

enredadera montada sobre el techo del antiguo galpón.

—Sí, allí está, subido a la escalera podando la madreselva —atestiguó el roble.

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—A eso me refiero. Si prestas atención, le está cortando largos y fuertes tallos, incluso

algunos que ya alcanzaban el techo de tejas. ¿Te imaginas el dolor y el ardor que siente en

este momento la trepadora? De hecho, el jardinero ha tenido que lavarse a menudo sus manos

y brazos, por la resina gomosa que ella despide cuando se defiende de sus filosos cortes. Es

más, seguramente se siente tensa y molesta por las cuantiosas ataduras que ha tenido que

hacerle el jardinero, para que se sostenga en aquellos sectores difíciles de agarrarse. Peor aún,

ella misma deberá presenciar pacientemente la muerte y quema de sus brotes y tallos

recortados, luego de concluido el trabajo, al anochecer. Ahora bien, ¿cómo la ves, irritada o

conmovida?

—¿Qué me estás preguntando? —Se limitó a contestar el joven—. No comprendo cómo

puede uno conmoverse cuando está sufriendo dolor —añadió impaciente.

—Sin embargo, emocionarse o conmoverse en su caso es posible. Inclusive puede llegar

a desear que las molestias y dolores continúen hasta el final, porque conoce exactamente qué

es lo que viene después. Sabe certeramente que cuando el podador culmine su faena, ella

podrá dirigir todas sus fuerzas a los brotes nuevos y no desperdiciarlas en los añejos y

desalineados tallos que la doblaban y tanto le pesaban. Además, y más emocionante aun,

florecerá con prontitud, ya que discierne que luego del recorte viene la más bella época, la de

florecer y perfumar todo el parque. Será el momento de recibir los elogios por sus flores

exóticas y de cautivante belleza y con el perfume hermano del azahar, fresco y casi frutal. Ese

propósito y ese significado del dolor que le produce la poda, lo hace mucho más soportable.

Es el mismo motivo por el que las épocas difíciles son más tolerables, cuando sabemos

que al final de ellas algo bueno nos espera. Estoy convencido de que el hecho de tener mis

metas claras mientras permanecía en aquel tacho oxidado cuando apenas era un joven, casi sin

agua ni protección, me dio la fuerza necesaria para sobrevivir; cuando de otro modo

106
seguramente habría puesto fin a mi vida. A partir de allí, comencé a preguntar lo mismo a

cada compañero que veía sufrir en el abandonado vivero: “¿Cuál será tu siguiente paso una

vez que te mudes al nuevo jardín?”, y paulatinamente sus hojas comenzaban a erguirse, sus

colores a entonarse y sus brotes a crecer. De pronto se percataba de que tenía un futuro por el

que vivir, de que valía la pena pasar un día más con vida, sabiendo que la meta estaba más

viable y cercana. Y te diré algo más: ver a otro ser cambiar positivamente y saber que uno ha

participado en dicho cambio, es una sensación formidable. De esta manera logré ayudar y

ayudarme en el alcance del verdadero disfrute, que llegaría a su debido tiempo.

Si los objetivos y metas pueden dar a un ser sin esperanzas, en terribles condiciones, la

capacidad de resurgir hasta cumplir su propósito, ¡imagínate lo que pueden lograr en

circunstancias favorables! —confirmó el liquidámbar con una sonrisa en su rostro.

—¡¿Cómo hago?! —exclamó Frondoso, con los ojos brillantes de alegría—. ¿De qué

maneras prácticas puedo elaborar las mías?

—Es esencial cumplir con la regla del fruto —determinó Osado.

—¿Fruto? —dijo casi silabeando—. ¿A qué fruto te refieres?

—Al significado de las cinco letras que forman esta palabra. Verás, para que una meta u

objetivo sea exitoso, debe pasar por la regla del fruto; es decir, con ‘f’ de fecha, pues aquí

radica la diferencia entre un simple sueño y una verdadera meta. ¡Una fecha límite! Porque las

fechas concretas ayudan a nuestra mente a concentrarse. Por eso, recuerda que tu objetivo

siempre tenga una fecha estipulada, un tiempo en el que quieras alcanzarlo.

Asegúrate que sea con ‘r’ de responsable. Implica pensar en si eso será bueno para ti y

para quienes te rodean. Si te propones un objetivo que implicará que trabajes en ello

demasiadas horas al día, descuidando así tus afectos, no sería responsable. Del mismo modo,

107
si tu esfuerzo por llevarlo a cabo pospone una tarea más urgente que requiere de tu atención

inmediata como, por ejemplo, tratar un serio problema de salud; en tal caso, lo responsable

sería atender tu salud primero mientras que trabajas en tu meta a la par o inmediatamente

después de tratada tu molestia física.

—Comprendo el concepto —interrumpió Frondoso—. Dejaría de ser una meta

responsable si para alcanzarla se viera perjudicado alguien más o, inclusive, yo mismo,

¿cierto?

—Es verdad —convino el liquidámbar y continuó con su lección—. A cada meta

tampoco debe faltarle la ‘u’ de útil. Una meta debe ser de total utilidad para convertirse en el

eslabón que alcance el objetivo final por el que se trabaja. Es decir que, si tu propósito

consiste en duplicar la producción de tus bellotas, por ejemplo, cada una de las pequeñas

metas que te fijes debe ser útil para conquistarlo. Algunas metas útiles serían las siguientes:

permitir la polinización de tus flores asegurándote de atraer a la mayor cantidad de abejas

posible; si tu suelo es arcilloso, podrías drenar el agua sobrante para que tus raíces beban la

cantidad precisa; consumir, además, diariamente los nutrientes necesarios que te aporte el

terreno, y para evitar que el pasto y las hierbas que te rodean compitan contigo por sustento y

agua, acceder a que el viento y los roedores depositen en tu base todo el mantillo y la

hojarasca necesarios para retener la humedad y proteger lo más preciado que posees: tus

raíces.

La siguiente letra fundamental para conseguir el éxito de tus metas es la ‘t’ de temáticas,

abarcando de este modo cada área de la vida, y no limitarte a formular simplemente metas

generales. Implicando el tema de las relaciones con tus afectos y entorno, tu salud, tiempo

libre, nuevos aprendizajes, crecimiento individual y otros temas por el estilo.

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Luego recuerda que fruto termina con ‘o’, por lo tanto, las metas han de ser objetivas,

sensatas, realistas, posibles de alcanzar. Si tu meta conlleva la idea de cosechar tu producción

para la inminente primavera, dicha meta sería poco objetiva o desequilibrada, ya que bien

sabido es que tus bellotas maduran a finales del verano y se recogen a principios del otoño —

concluyó Osado resueltamente.

El joven roble comprendió la lógica de aquellos consejos. Mientras tanto lo invadía un

aluvión de sentimientos. Era capaz de imaginarse extremadamente corpulento, repleto de

flores y aves, en un día de radiante sol y a la espera de verse convertido en el árbol fructífero

por excelencia.

—¡Es llamativo cómo puedo imaginarlo! —balbuceó el joven en voz baja.

—¡Excelente! —señaló Osado al ver que Frondoso comprendería claramente su próxima

enseñanza—. ¡De eso se trata! Una vez que hayas formulado tus metas, solo te restará la

mejor parte.

—¿Cuál es la mejor parte?

—Se trata de una técnica sencilla y que produce un enorme disfrute llevarla a la acción.

Al mismo tiempo solo te tomará unos pocos minutos al día. ¡Los resultados te sorprenderán!

¿Puedo pedirte algo? —preguntó el liquidámbar entusiasmado.

—Por supuesto —respondió Frondoso sin dudarlo—. ¿De qué se trata?

—Cierra tus ojos y relájate. Respira profundo y por un momento solo disfruta del

silencio. Ahora inspira hondo y suave, luego expira de la misma manera. Hazlo varias veces

hasta sentirte totalmente tranquilo y en paz —solicitó el árbol al joven, convencido de lograr

su intención—. Imagina. Trae a tu mente el estropeado masetero del patio principal, el de

madera. ¿Lo tienes presente?

109
—Sí, claro que sí —respondió el joven con sus ojos cerrados y tono apacible.

—Ahora imagina, tan real como te sea posible, el masetero pintado a nuevo, restaurado,

barnizado, lleno de fresca tierra abonada, aireada y bien regada. Los niños del jardín han

plantado allí docenas de bulbos de fresias y estas son las primeras en inaugurar la primavera.

¿Las ves? ¿Puedes admirar sus colores? Las hay rojas, violetas, blancas y amarillas. Detente a

descubrirlas en detalle —continuó con voz serena—; se mueven levemente con sus finos

tallos, cargados de pimpollos por abrir al compás del viento. Precisamente en este momento

se levanta una brisa que acerca hasta ti todo su perfume. Te embriaga un aroma dulce y suave.

El cantero se ve nuevo y rebosante de color y fragancia.

Frondoso no pudo más que emocionarse al sentir casi real aquel cuadro imaginario. De

hecho, se mostró sensibilizado al imaginar ese viejo cantero abandonado, rescatado de sus

miserias. Tuvo la impresión de despertar de un sueño casi tan real que la única manera de

comprobar si lo era o no, debía ser acercándose al cantero para cerciorarse.

—Esta es la técnica de la visualización —puntualizó Osado, al tiempo que solicitaba al

roble abrir sus ojos—. Visualizar es, en esencia, crear imágenes vívidas en nuestra mente. Se

aplica muy bien a los objetivos y metas, visualizándolos como ya cumplidos y realizados.

—¿Es realmente eficaz a la hora de formular mis objetivos?

—¡Créeme que verdaderamente lo es! Esta técnica crea en el subconsciente un conflicto

que se produce cuando la mente percibe que hay una diferencia entre lo que estás visualizando

y lo que realmente tienes en tu vida. Entonces, ¿qué hace la mente subconsciente con ese

conflicto? Intenta resolverlo transformando tu realidad actual en una que se asemeje mucho

más a eso que estás visualizando. Cuando este conflicto se intensifica en el tiempo a través de

una práctica de visualización diaria, produce resultados.

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—¿Como cuáles, por ejemplo?

—En primer lugar, tu mente se programa para advertir todos los recursos disponibles

para alcanzar tus metas. Antes estaban allí, pero no los percibías; pueden ser situaciones,

circunstancias o incluso personas. Luego, crea soluciones para alcanzar tus objetivos. Es

posible que empieces a despertar en las mañanas con nuevas ideas. Y además eleva tu nivel de

motivación: al realizar un hábito de visualización periódico de tus objetivos, te darás cuenta

de que comienzas a tener mucho más entusiasmo para realizar tareas que antes te costaban

mayor esfuerzo.

Claro que construir esta práctica lleva una preparación previa. Sin embargo, una vez

armada, te servirá para hacerlo cada día de modo más sencillo y rápido. Primeramente,

recuerda y repasa tu meta, luego cierra tus ojos y pasa a crear una imagen. Como si fuera una

foto o una pintura, en primer lugar, para luego verla en movimiento. Debes verte en ella tú

mismo como si ya hubieses alcanzado ese objetivo. Al principio quizás te tome un poco de

esfuerzo crear el cuadro, pero una vez que lo hayas hecho, el resto de los días será muy fácil y

rápido para tu mente acceder a esa imagen. Asomarán entonces formas, colores, sonidos,

aromas, texturas y emociones. Pasarás a disfrutarlos como un anticipo de lo que será el pleno

cumplimiento de tus metas.

—¿Existe un horario en especial para llevar a cabo las visualizaciones? —se apresuró a

preguntar el joven sin poder reprimir su ansiedad.

—¡Qué bueno que lo preguntes! Que tomes unos minutos justo antes de dormirte sería lo

ideal, porque es el momento en que tu mente busca entre sus últimas imágenes procesadas

para brindarte los sueños de tu descanso. Y ¡qué mejor que soñar con verte viviendo y

disfrutando del cumplimiento de tus objetivos!, ¿verdad?

111
Recuerdo como si fuera ayer el momento en que el Ave del Paraíso desapareció de mi

vista casi por milagro —relató nostálgicamente el liquidámbar—. Fue un momento

prodigioso, porque sentí en mi interior todo el deseo de aplicar sus consejos de manera

urgente. Viene a mi memoria la visualización de esa primera noche. Reinaba un silencio

inaudito, caía un rocío abundante y una brisa apenas perceptible rozaba mis escuálidas ramas.

Entonces cerré mis ojos, respiré muy profundo y me llené de esperanzas. Me vi a mí mismo

entrando en la espesura de un parque verde y boscoso. Era una obra de arte sublime, variada

en su tonalidad y forma. El olor al pasto recién cortado, a la húmeda tierra regada algunas

horas atrás y a la mezcla de azares frutales y cipreses en flor invadía mis hojas. Me imaginé

rodeado de verdaderos amigos, de flores y senderos. Hasta sentí el aleteo de colibríes y el

zumbido de abejas libando. Cuando quise acordar, el bullicio de jóvenes jugueteando luego de

tocar una campana me despabiló y me sentí feliz, pleno, lleno de vida. —Luego de una breve

pausa, Osado preguntó—. Ahora dime, ¿te recuerda algún lugar en especial mi descripción?

—Tal cual lo relatas, pareces referirte a este mismísimo lugar —aseguró Frondoso,

haciendo referencia al extenso y precioso predio del Colegio Ward.

—¡Sí! —señaló rotundamente el liquidámbar—. ¡Desde luego que así es! Realicé mis

visualizaciones cada mañana temprano, acompañando al sol en su despertar, y no me retiré a

descansar ni una sola noche sin antes volver a imaginarme viviendo y creciendo exuberante

en un lugar como este. No pasó demasiado tiempo antes de que una tarde de domingo, a la

hora de la siesta, un pequeño jovencito en bicicleta se detuviera a escasos metros de mí, para

cargar un estropeado enano de jardín. Era la última de una serie de estatuillas despintadas y

maltrechas que habían quedado tiradas luego de que el vivero cerró sus puertas. Cuando la

hubo acomodado bien en su canasto trasero, descubrió que aún le quedaba un ajustado

espacio. Entonces me miró, observó su canasto enclenque y me volvió a dar una ojeada

mientras rascaba su cabeza. En ese mismo instante tomó un alambre del arruinado tejido y

112
con él aseguró el tacho oxidado que me contenía. De repente, y sin darme cuenta, estaba

viajando por la amplia avenida de Ramos Mejía, bamboleándome de un lado a otro rumbo a la

casa del jovencito, quien luego de un cruce de palabras con su mamá decidió traerme aquí, a

este paraíso —exclamó el dichoso liquidámbar, y su voz tembló de emoción.

—Es fascinante escucharte y ser un testigo más de tu disfrute. Verte hoy hace casi

imposible imaginarte en tus malos momentos —afirmó Frondoso.

—No obstante, cuando llegó la primavera descubrí que la mayoría de mis amigos se

colmaban de grandes y perfumadas flores, pero las mías apenas surgían sin pena ni gloria.

Simplemente pasaban inadvertidas, carentes de importancia ornamental. Fue cuando

comprendí que era una característica de mi especie y decidí trazarme nuevas metas. ¿Quieres

escucharlas? —preguntó el árbol, deseoso de finalizar su conversación con un broche de oro.

—¡Eso sería perfecto! —asintió Frondoso—. ¡Cuéntame, por favor!

—Tenía varias en mente. Por lo tanto, les di un orden y apliqué las reglas del fruto, ¿las

recuerdas?

—Permíteme repasarlas —dijo el joven roble aplicándose a pasar la prueba—. Con ‘f’ de

fecha de cumplimiento; con ‘r’ de manera responsable; con ‘u’, teniendo en cuenta que sean

útiles para alcanzar el propósito final; con ‘t’, abarcando los diferentes temas de la vida y,

finalmente, cerciorándose de que tengan la ‘o’, que sean objetivas.

—¡Muy bien! Y así pude alcanzar todas y cada una de ellas en un tiempo prudencial —

exclamó Osado, a la vez que enumeraba las más evidentes—. Hoy, con el uso del ámbar

líquido extraído de mi tronco y la resina de mi corteza, contribuyo al alivio de enfermedades y

suministro bálsamos y aceites relajantes para el uso de la perfumería y la aromaterapia. Con

113
mis originales frutos esféricos, verdes en un inicio pasando a marrón o pardo después, mis

queridos alumnos del colegio realizan las más bellas artesanías con las que adornan sus aulas.

Sin embargo, mi meta mayor, la más deseada, resultaba ser una que me concediera la

alegría de brindar algo que muy pocos árboles del predio pudieran regalar. Cultivar una

cualidad que se hiciera visible desde lejos, que fuera anhelada por artistas, que me convirtiera

en un especial intérprete de la estampa otoñal. Pienso que lo he logrado de manera

extraordinaria —aseguró el osado liquidámbar, orgulloso hasta de su madera interior—. Me

refiero a la copa multicolor que me caracteriza. Me siento mágico cuando el tono grana

invade mis hojas y me convierte en una gran antorcha de estrellas encendidas. No existe un

solo otoño en el que los pequeños jovencitos del jardín de infantes no vengan corriendo

perseguidos por sus maestras, con una enorme bolsa de plástico más grande que ellos mismos,

para llenarla con mis hojas teñidas de amarillos, verdes, rojos, marrones y dorados; y luego

dibujen mi silueta desnuda en sus cartulinas blancas, mientras pegan sobre ellas la colorida

cosecha realizada.

Así es, estimado roble —añadió, dirigiendo a Frondoso una mirada tierna y benévola—,

las metas son las bases de nuestra felicidad. Todo lo que se necesita para disfrutar

plenamente de la vida es algo con lo que estar entusiasmado. En una vida que carece de

propósito y significado, no puede haber disfrute perdurable. Este es el poder que tienen las

metas.

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CAPÍTULO XI

LA CONFIANZA DE DON CALMO

En poder de Frondoso yacía la última de las diez semillas que la misteriosa ave azul le

había comisionado. Claro que el joven roble poco había imaginado la formidable riqueza de

sabiduría que le aportaría cada una de las espléndidas conversaciones con los dueños de

dichas simientes. Lo embargaba una inquietud especial, pues no solo deseaba ansiosamente

descubrir al dueño de su última semilla, sino que lo intrigaba averiguar qué otra enseñanza

podría llegar a conocer para obtener el verdadero disfrute de la vida; pues consideraba que,

con lo ya aprendido, tenía más que suficiente para ponerse a trabajar.

Solo un par de datos bastarían para hallar a su último maestro. En su minuciosa

búsqueda, semilla en mano, logró averiguar que encontraría a su titular si seguía dos indicios:

los frisos de polvo amarillo que adornaban los bordes del sendero y la inconfundible fragancia

que emanaba de sus flores.

Por lo tanto, se puso en campaña. Al cabo de un tiempo no lograba darse cuenta todavía

de dónde procedía un aroma fresco, suave y persistente que lo cautivaba. Un perfume que,

sobreponiéndose al resto del jardín, impregnaba por completo el aire, y le producía al

aspirarlo una dulce sensación de bienestar y calma. Lo atribuyó a diferentes árboles en flor

que se hallaban unidos formando una inmensa corona, como si protegieran algo realmente

valioso. Pero al acercarse a unos y a otros, comprobaba el error en el que incurría, pues

ninguno de ellos exhalaba aquel singular aroma cuyo origen lo tenía intrigadísimo. Y fue su

amigo el zorzal, conocedor admirable de los más íntimos secretos de la naturaleza, el que

develó el misterio, como había sucedido en ocasiones anteriores.

115
—¿Qué flor es la que desprende esa esencia tan agradable? —preguntó Frondoso al ver

que el zorzal también aspiraba con deleite aquella oleada exquisita que una brisa acababa de

acercarle.

—¿Qué flor? —respondió el pájaro con cierta ironía—. Son miles de flores pequeñas y

escondidas las que la producen. Hace tiempo que te noto empeñado en averiguarlo por tus

propios medios. ¿No es cierto?

—Sí, sí, lo es. Pero…, ¡vamos!, dime —insistió el roble.

Notando la ansiedad, el zorzal lo condujo entonces por lo más espeso del sector hasta el

límite con el patio principal, y allí, entre una tupida y exuberante plantación de arbustos,

palmeras y trepadoras que servían de verde postal a los ventanales del maravilloso edificio

principal, le señaló uno de los árboles cuya calma y mansedumbre podían percibirse a simple

vista.

—He aquí a Don Calmo, el más apacible tilo de todo el predio —alardeó el pájaro.

El ilustrado zorzal dedicó algún tiempo antes de retirarse, para informar al roble los

atributos que hacían de este árbol un ser especial. Describió detalladamente sus hojas y flores.

Mencionó el valor que tienen estas cuando caen, pues al descomponerse proporcionan un

abono de alto contenido mineral y de nutrientes que resulta sumamente útil para fertilizar

otras tierras; hizo alusión además al cariño exclusivo que sienten por él las abejas de la zona;

le contó sobre la fama casi mundial que tienen sus propiedades curativas y relajantes; y no

dejó de asombrarlo cuando le refirió que, debido a su robustez y longevidad de novecientos

años, el tilo fue considerado como elemento sagrado entre varias tribus antiguas. Era preciado

como benefactor y como medio de sabiduría, porque su corteza interior proporcionaba

tablillas para escribir, cómodas y fáciles de manejar, y esencialmente por el poder restaurativo

de sus flores que, ya en aquel entonces, eran muy utilizadas.


116
Frondoso quedó fascinado y no pudo menos que expresar su opinión en el mismísimo

primer momento.

—¡Qué calma que transmite usted! —le dijo al tilo con todo respeto y reverencia—. No

me cabe duda del motivo por el cual un sabio pájaro de color azul me envió a conocerle.

—Sin embargo, no siempre he sido así —respondió humildemente Don Calmo—. Fue la

misma ave que te envió la que hace muchos años tuvo la nobleza de brindarme su experiencia,

para que hoy pueda disfrutar de una de las cualidades más importantes que hacen feliz a

cualquier criatura sobre la tierra.

—¿De qué cualidad se trata?

—De la confianza —contestó el tilo con tono resuelto—. O puedes llamarla la certeza, la

creencia segura y firme, la convicción...

Te diré que, en aquel entonces, yo no era el que soy actualmente —confesó y dio

comienzo al relato de su historia—. Me encontraba débil y angustiado. Había perdido la fe en

que mi situación podría mejorar. Mis hojas y tallos verdes fueron atacados por la roya, una

plaga atroz, un diminuto hongo que en poco tiempo me había invadido casi por completo. Mi

savia se veía afectada además por cochinillas algodonosas, y sumado a semejante molestia

comencé a padecer de un dolor indescriptible. Con el paso de los días se agudizaba más y

más. Hasta que, al cabo de un tiempo, una noche en la que me era imposible descansar,

observé a mis pies un fino polvillo que surgía de mi tronco. De repente me di cuenta de que

mi vida terminaría pronto, pues ese aserrín era la evidencia clara de que los gusanos taladros

se estaban alimentando de mi madera —pausó Don Calmo, y emocionado continuó—.

Entonces lloré, me desahogué como pude. Sentí que ese era mi final.

El joven roble se estremeció.

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—Todavía estaba con mi mirada fija en el suelo, cuando una voz afectuosa y

comprensiva comenzó a hablarme. Se trataba de nuestro aliado en común, aquel exótico

pájaro azul —aseguró el tilo levantando su vista para encontrarse con la mirada de

Frondoso—. Al cabo de unos minutos nada más, me sentí como si nos conociéramos de

mucho tiempo atrás.

Inmediatamente, el roble recordó que también él se había sentido muy bien contándole

detalles íntimos de su vida al instante de conocerlo.

—El pájaro me contó sobre las voces de la sabiduría y sobre cómo estas podían ayudarme

a disfrutar plenamente de la vida. Fueron toda una revelación para mí. Nunca había pensado

que yo mismo podía ser el jardinero de mi felicidad o de mi desdicha. Aprendí la importancia

que tienen mis actitudes y mis creencias, el efecto que las emociones tienen sobre mi tronco y

mis ramas, de hecho, sobre todo mi ser. El poder contar con una autoestima fuerte, disfrutar

el momento presente y, por supuesto, la necesidad de descubrir mi propósito en la vida y

establecer metas para alcanzarlo. Sin embargo, el conocimiento que yo más precisaba obtener,

y que por ello tuvo un efecto profundo en mí, fue el poder confiar, estar totalmente

convencido de que es posible disfrutar la vida de verdad.

Comencé a sentir menos dolor y molestias; de hecho, hasta mi ánimo había mejorado.

Claro que no se trataba de ningún tipo de milagro ni nada por el estilo. No obstante, debo

reconocer que su voz y su presencia tenían algo especial, pues apenas concluyó su relato de

las cañas de bambú, cuando sentí en mi interior una mejoría sorprendente.

—¿Cañas de bambú?, ¿qué tienen que ver ellas con su mejoría? —requirió el roble.

—En principio me costó comprender la relación de su ilustración con la solución a mis

problemas. Pero al poco rato supe claramente el porqué de sus palabras —amplió con

discreción Don Calmo—. Recuerdo que me preguntó: “¿Cuáles son los dos elementos
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fundamentales para que una semilla crezca sana y fuerte?”. Inmediatamente le respondí que el

riego y un buen abono eran básicos. Pero me dijo: “¡Cuidado!, no en todos los casos es igual”.

Fue entonces cuando me contó lo que sucede con los bosques de bambú: “Siembras la

semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente”.

—No comprendo la diferencia —señaló impaciente el joven roble.

—Sucede que durante los primeros meses no acontece nada apreciable. En realidad, no

pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, al punto que un cultivador

inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles, quizás por húmedas o

por muy viejas. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de solo seis semanas,

la planta de bambú crece. ¿Te imaginas cuánto crece? —preguntó el tilo.

Frondoso no tenía ni idea.

—¡Más de treinta metros! —respondió muy seguro Don Calmo.

—¿En solo seis semanas crece treinta metros? —interrumpió extrañado el joven.

—Eso mismo le pregunté al pájaro azul y me respondió: “No, desde luego que no. La

verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete

años de aparente inactividad, el bambú estaba generando un complejo sistema de raíces

que le permitirían sostener todo el crecimiento que iba a tener después de siete años”. Y

aquí es donde precisamente radica la clave.

En nuestra vida diaria tratamos de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin

entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que este requiere

tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en

corto plazo abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.
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Y puede ser comprensible, pero no justificable —certificó Don Calmo—. Es tarea difícil

convencer al impaciente de que solo llegan al éxito aquellos que insisten perseverantemente y

saben esperar el momento adecuado. De igual manera es necesario entender que muchas

veces estaremos frente a situaciones en las que creeremos que nada está sucediendo, como

cuando esperamos ansiosos ver el cumplimiento de nuestros proyectos. Y esto puede

frustrarnos.

Ahora bien, es en esos momentos cuando se debe tener en cuenta el ejemplo de

maduración del bambú japonés, aceptando que en tanto no bajemos la guardia, ni

abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos, por dentro ya estamos creciendo,

madurando y acercándonos a eso tan querido. Quienes no se dan por vencidos, se dirigen

gradual e imperceptiblemente hacia la creación de su fortaleza que le permitirá sostener el

éxito cuando este finalmente se materialice.

Poder descubrir el pleno goce de vivir, no es más que un proceso que lleva tiempo y

dedicación. Una transformación que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar

otros. Una evolución que demanda cambios, acción y dotes de paciencia —ultimó Don

Calmo, esperando alguna intervención del joven roble, quien hasta el momento escuchaba

pensativo.

—¡Tiempo! ¡Dedicación! ¡Paciencia! —enumeró el joven y afirmó—: ¡Cuánto nos

cuestan las esperas! —Acudieron a su memoria numerosas ocasiones en las que se vio

apresurado por concluir una tarea; como la vez en que, luego de que un fuerte viento lo

despobló de una gran cantidad de hojas, ansiaba que sus nuevos retoños aparecieran pronto y

la espera se hacía interminable; o cuando anhelaba el baldeo y riego fresco de sus raíces luego

de la construcción de su enorme cantero, viéndose obligado a permanecer bajo el agua sucia y

espesa, producto del residuo de ladrillos, arena y cemento. O aquel final de agosto en el que

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todavía se aferraban a él algunos frutos secos y marchitos, que deseaba con todas sus fuerzas

poder desprender para disfrutar su nueva floración.

Cuán razonable es lo que afirma —dijo Frondoso—, perdemos la fe cuando los resultados

no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños e incluso, nos

generamos dolencias o atraemos pestes y nos estresamos, ¿y todo para qué…?

Don Calmo percibió que en el corazón del joven roble ya había buena madera para

comenzar a disfrutar verdaderamente de la vida, si aplicaba los sabios consejos recibidos

durante el último tiempo.

—Te propongo —insistió el tilo— recuperar la perseverancia, la aceptación y, en

especial, la confianza absoluta en tu Creador y en tu propia fuerza interior. Déjame

preguntarte algo —inquirió amablemente—. ¿Cómo sabes que mañana, en cuanto asomen los

primeros rayos del sol, los pájaros cantarán? ¿Por qué estás tan seguro de ello?

—¡Vaya pregunta! —exclamó el roble; luego meditó por un momento y respondió—:

Porque es un hecho que los pájaros son nuestros despertadores ecológicos. ¿Cómo habríamos

de activarnos sin el canto matutino asignado para ello? Además, bien sabido es que, en

ciudades como esta, en la que los gallos están tan lejos, por allí en el campo —señaló el roble

a la distancia—, el responsable de cumplir con la tarea del canto madrugón es el pájaro

canoro. Yo, particularmente, creo que el canto de ellos se relaciona más con el placer de

cantar en un día de sol maravilloso que con otra cosa.

—Bien —asintió el tilo satisfecho y luego objetó—: Pudiera suceder entonces que, si

amanece el día gris y oscuro, o, peor aún, con lluvia y viento, mañana no se escuche su cantar.

Después de todo, también son seres vivos y tienen todo el derecho de verse afectados por las

circunstancias que los rodean, ¿no te parece?

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—No, no estoy de acuerdo. Estoy seguro del omnipresente gorjeo de las aves. En todo el

tiempo que llevo aquí en el colegio, en compañía de zorzales, tordos, benteveos, calandrias,

gorriones y tantas otras, jamás han dejado de trinar —aseguró el roble con voz firme—.

Fueron creadas para ello, ¿de qué otra manera atraerían a sus parejas? Entiendo que los

machos más insistentes en su canto son los que atraen a la hembra. Además, he visto entre

mis ramas que cuando un pájaro tiene comida de sobra en su hogar, canta con mayor

vehemencia que el que no la tiene. Por otro lado, sabemos que el canto es una forma de

repeler a los rivales, especialmente cuando su nido se ve en peligro —concluyó Frondoso,

orgulloso de sus pájaros wardenses.

—¿Has notado la larga lista de razones por las que estás convencido de que mañana

también los pájaros cantarán, más allá de un día gris o ventoso? —preguntó retóricamente

Don Calmo—. Tú estás seguro y confiado porque conoces los diferentes motivos que llevan a

las aves a cantar. Entiendes que, de no ser así, sus nidos correrían peligro, sus pichones no

llegarían a volar, sus hembras no elegirían al compañero y, por lo tanto, ya no habría nuevas

crías que aprendieran a trinar. ¿No crees que exactamente la misma confianza y seguridad

deberíamos tener con respecto al cumplimiento de nuestros proyectos, en especial sobre

aquellos que nos producirán el mayor disfrute de la vida?

No cabía ninguna duda, de que llevar a la práctica estos consejos lograría una vida de

disfrute, pues frente a Frondoso se hallaba nada menos que un ejemplo de confianza absoluta.

El joven suspiró. Se separó solo unos metros y lo observó detenidamente. Luego

pronunció una última palabra:

—Gracias.

—Esa es la palabra que a diario repito al Creador —susurró Don Calmo con una sonrisa

plena—. Agradezco enormemente disfrutar de la vida hoy como nunca. Esperar ansioso cada
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día a las ocho de la mañana, cuando los pequeños se reúnen con sus maestros y directivos en

este lugar —dijo el tilo, indicando el patio principal en el cual moraba— para dar los buenos

días y comenzar sus clases matutinas. Doy gracias por estar rodeado de las risas y las

correteadas de los niños que me colman de alegría en cada recreo. Estoy agradecido porque en

las fiestas que aquí se realizan, puedo sentirme partícipe de sus cantos y bailes, de la música

de su banda y de las palabras que emanan del corazón de cada asistente, observándolo todo en

primera fila. ¡¿Cómo no permanecer sereno, seguro y confiado?!

Recuerda siempre estimado roble, que, si no consigues lo anhelado todavía, no debes

perder la confianza. Quizás estés echando raíces como el bambú japonés. Espera solo un poco

más y confía plenamente en que a su debido tiempo crecerá.

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CAPÍTULO XII

EL DISFRUTE DE FRONDOSO

No pasó demasiado tiempo hasta que, en la mañana temprano del primer sábado del mes

de septiembre, bajo un sol cándido y luminoso, sucedió algo que daría a Frondoso la

certificación oficial de que estaba aplicando los sabios consejos recibidos.

Se encontraba tan absorto en su reflexión que olvidó uno de los acontecimientos más

bellos que prepara el centenario Colegio Ward anualmente para esta fecha abierto a toda la

comunidad: el esperado Concurso de Manchas, en la Temporada de las Artes. Ahora se lo

recordaba de pronto la llegada de algunos jóvenes, un par de señoras, un hombre mayor y tres

pequeños jovencitos que se apostaban a pocos metros y preparaban sus grandes soportes

frente a él, sosteniendo bastidores de tela blanca listos para ser pintados. Algunos de ellos

portaban sus acrílicos, óleos y pasteles, mientras que los más pequeños se valían de sus

témperas y acuarelas. Cómodamente sentadas en su cantero, ya se encontraban algunas

dedicadas madres preparando algo rico para aportarles las energías necesarias a los ansiosos

concursantes.

Fue llamativo y halagador para el joven roble, verse rodeado por primera vez de tantos

virtuosos de la pintura. Tomó conciencia de que seguramente su vida estaba cambiando y de

que dichos cambios se hacían evidentes, pues los comentarios que escuchó durante el resto de

la magnífica jornada así lo demostraron.

No fue sino hasta el atardecer —cuando observó plasmada su silueta gigante, fuerte y

frondosa en aquellos enormes murales recién pintados— que comprendió hasta qué grado

estaba experimentando el verdadero disfrute de la vida.

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Aquella noche fue distinta. Se sintió cansado, quizás por haber posado como modelo

durante todo el largo día, tal vez por sus cuantiosas reflexiones sobre las enseñanzas

aprendidas, o simplemente porque necesitaba renovar sus energías. Lo cierto es que en sus

sueños aparecieron pinturas y pinceles, risas y gorjeos, y un exótico pájaro azul que, con voz

tierna y paternal le recordó: “Has llegado a comprender que gozar de la vida no depende

tanto de las circunstancias favorables, como de desarrollar una autoestima apropiada; vivir

el presente evitando lamentarte del pasado o preocuparte excesivamente por el futuro;

manifestar una actitud mental positiva; valerte de la honestidad contigo mismo y con los

demás; practicar el desapego; abandonar el papel de víctima y la conducta quejumbrosa;

forjar excelentes lazos con los demás; plantearte metas y objetivos para alcanzar tu propósito

en la vida, ese fuego interior que clama por salir. Y confiar, estar convencido de la

posibilidad totalmente alcanzable de llevar una vida de verdadero gozo”.

El Ave del Paraíso se veía en su sueño más feliz que en los recuerdos que el joven roble

guardaba en su mente; como si acaso fuera posible. En su rostro se observaba una alegría

especial, como aquella que surge de la satisfacción de ver por primera vez un cerezo en flor,

símbolo inequívoco de la belleza natural y del renacimiento de la vida como un nuevo

comienzo.

—Cualquiera es capaz de mantener una actitud positiva y optimista cuando vive en

condiciones ideales —continuó considerando el ave—. Sin embargo, solo quien es

equilibrado y dueño de sí mismo es capaz de conservarla, aun en medio de las condiciones

más difíciles y hostiles. Si no cultivamos estos pensamientos para el disfrute de la vida en

nuestro interior, no lo hallaremos en ninguna otra parte.

— ¿Qué sucederá si me aplico a practicar todos estos consejos? —preguntó Frondoso en

sus sueños.

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—Mucho me temo que tendrás que descubrirlo tú mismo. Nadie puede experimentarlo

por ti. El pensamiento correcto atrae hacia ti aquello que deseas. Pero es la acción la que

hace que lo consigas en realidad. Sin acción, las oportunidades que buscas para ser feliz

pueden pasar frente a ti sin que las veas. Si es así, de nada te habrá servido atraerlas mediante

el uso del pensamiento correcto —afirmó el metódico pájaro.

—Estoy convencido de mi ferviente deseo de disfrutar la vida —explicó exultante el

roble.

—Simplemente desear el disfrute no es suficiente. Muchos quieren lo mismo y, sin

embargo, se mantienen infelices toda su vida sin lograr las metas que soñaban. No te detengas

a pensar en todas las dificultades que se presentarán en el camino. Muchos planean y hasta

parece que ensayan su infelicidad al malgastar una gran cantidad de tiempo y energías

anticipando lo peor, y, como resultado de ello, obtienen lo peor.

¡Despierta! ¡Levántate! Ten presente que en tu vida lo que crece es aquello en lo que

enfocas tu pensamiento de forma constante. Si piensas que los sabios consejos que las diez

semillas te aportaron suenan muy bien, y posiblemente funcionarían para otros, pero no para

ti, pues eso es lo que obtendrás. Pero si decides que fueron preparados especialmente para ti;

que esto era lo que necesitabas para comenzar una nueva etapa en tu vida, pronto serás testigo

de los cambios maravillosos que pueden acaecerte con el fin de experimentar el verdadero

disfrute de la vida.

Recuerda que tu mundo exterior no es más que un reflejo de tu mundo interior. La

felicidad no es el resultado de la casualidad, sino de lo que has atraído con tus pensamientos

dominantes. Algunos pasan su vida esperando el paraíso a sus pies, sin darse cuenta de que

ellos mismos son los jardineros de su propio jardín —concluyó, segura y compasiva, el Ave

del Paraíso.

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Entonces una fuerte ráfaga despertó al joven Frondoso. El cielo comenzó a toldarse de

densas nubes negras, y grandes gotas de lluvia rozaron su copa boscosa.

Era temprano. Una mañana distinta y esta vez… una actitud diferente.

Un remolino de viento acercó hojas marchitas, flores caídas… y un misterioso par de

plumas azules.

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ÍNDICE

Introducción

Capítulo I. Visita inesperada

Capítulo II. La autoestima de Fuego

Capítulo III. Vivir cada momento como único

Capítulo IV. La actitud correcta de Pecán

Capítulo V. El guardián honesto

Capítulo VI. El desapego de Ginkgo

Capítulo VII. ¡Pobrecita la palmera!

Capítulo VIII. Lazos de gigante

Capítulo IX. Descubrimiento del fuego interior

Capítulo X. El osado liquidámbar

Capítulo XI. La confianza de Don Calmo

Capítulo XII. El disfrute de Frondoso

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