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¡Venga tu Reino!

Tema: Como Dios nos ama.


El ser humano tiene una gran necesidad de sentirse amado y esto es algo
que ha permanecido de generación en generación. No importa la edad que
se tenga, la necesidad de amar y, sobre todo, de ser amado es muy grande.
Ese vacío muchas veces no se puede llenar con una persona y es ahí cuando
el saber que Dios nos ama se convierte en la cosa más importante.

¿Sabes cuánto te ama Dios? Conocer la grandeza del amor de Dios puede
tocar tu corazón y transformar tu vida.

Dios nos muestra su amor incondicional cada día al darnos una oportunidad
de respirar, de estar con la familia, de levantarnos de la cama y de hacer
todas aquellas cosas que suceden e manera cotidiana en nuestras vías, todo
eso es posible gracias a amor de Dios. Él nos llama, nos atrae, nos conquista
y desea enamorarnos de su presencia para que nunca jamás sintamos la
necesidad de amor en nuestro corazón.

Es importante conocer que dice el mismo Dios sobre su amor hacia nosotros
y la única manera que tenemos de saberlo es leyendo las sagradas
escrituras.

1. Dios te amó primero

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino


en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio
por el perdón de nuestros pecados. (1 Juan 4:10)
Dios tomó la iniciativa al enviar a su Hijo a morir en la cruz. No solo eso, sino
que Dios estaba pensando en ti cuando envió a Jesús. Él te conoce y te ama
desde siempre.

2. Dios es tu amigo

Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. (Juan 15:13)

Jesús quiere ser tu amigo más cercano. Él te ama tanto que decidió morir
para salvarte.

3. El amor de Dios es
incondicional

Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía
éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:8)

Dios te ama, aunque conoce todas tus faltas. Su amor no tiene límites. Él
está listo para perdonarte y restaurarte. Solo tienes que aceptar su petición
de amistad.
4. Más grande que el
amor de una madre

¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha
dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! (Isaías 49:15)

El amor de Dios es mayor que el de la madre más amorosa del mundo.


Aunque nunca hayas conocido el amor de tus padres terrenales, puedes
conocer el gran amor de Dios.

5. Eres hijo de Dios

¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios!
¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a
él. (1 Juan 3:1)
Al aceptar el amor de Dios en tu vida, pasas a pertenecer a la familia de Dios,
con todos los privilegios de un hijo amado.

6. El amor de Dios
protege

¡Cuán precioso, oh Dios, es tu gran amor! Todo ser humano halla refugio a la
sombra de tus alas. (Salmo 36:7)

En su amor, Dios te protege como un ave cuida de sus crías y las protege de
los peligros del mundo.

7. Jesús dio todo


Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por
causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes
llegaran a ser ricos. (2 Corintios 8:9)

Jesús dejó toda su gloria en el cielo y sufrió mucho por amor a ti. Jesús
consideró que todo eso valía la pena porque te ama. El amor de Dios te da
mucho valor.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)


Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para


escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste
recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor
de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’.
Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un


país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta.
Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y
él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un
habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos.
Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo
dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de


mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me
levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y
contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus
trabajadores’

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía


lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él,
y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo:
‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo
tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y
vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el
becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo
mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos
encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó


la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué
pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar
el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se
enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto
tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has
dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene
ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas
matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero
era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba
muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El Evangelio del día, el hijo pródigo como se le conoce, te invita a que veas al
Padre que te pide vuelvas a casa.

Muchas veces en tu vida escuchaste, y tal vez aún sigues escuchando, a tu


mamá o papá decirte: ten cuidado, vuelve temprano, etc. Y tu actitud ha sido
pensar o decir «que me deje en paz, quiero ser libre para hacer lo que
quiero», o «ya tengo familia propia, no me traten como un niño(a), sé lo que
hago». O si en los estudios, el trabajo, en una relación afectiva dices: «sé lo
que hago»; todos estos pensamientos o actitudes son el mismo
comportamiento del hijo que pide su herencia. Es prácticamente decirle a tu
papá o mamá «muérete»; como hija(o) no puedes decirle esto pues es
imposible pedirle a un padre o madre que te deje de amar, aunque tengan 90
años no dejarás de ser su niña(o).

Por otro lado, cuántas veces te has dado golpes fuertes en la vida, tan fuertes
que te han llevado a pensar que tu vida no tiene sentido, que no vale la pena
vivir; tal vez porque te preocupas por el «qué dirán», pues sientes que te
juzgan o rechazan, porque tus estudios no son un éxito, porque no tienes
trabajo, porque algo anda mal en tu trabajo, porque algún proyecto falló,
porque saliste embarazada o embarazaste a una chica, o incluso asesinaste
o insististe para que alguien lo hiciera – con el llamado aborto -, etc. En fin, te
has caído, ahora es tiempo que te levantes; reconoce que Dios te da las
fuerzas para salir adelante, – si eres católica(o) – en este periodo de
Cuaresma busca un confesor y reconoce tus fallas como el hijo pródigo. Dios
te absuelve de antemano y te espera con los brazos abiertos; si no eres
católica(o) reconoce que te has equivocado y que es necesario enderezar tu
camino reconociendo tu dignidad de persona. Aunque tú no creas también
Dios te espera con los brazos abiertos.

Observa a un niño cuando se cae, mira cómo se levanta y llorando vuelve a


los brazos de su mamá o papá en busca de consuelo; ellos esperan a sus
hijos con los brazos abiertos y curan sus heridas; pues de la misma forma
Dios te espera. Reconoce tus debilidades y vuelve a la casa del Padre que te
dice: «Hija(o) vuelve a casa que te espero con los brazos abiertos». Cuando
veas un crucifijo, mira que Cristo está con los brazos abiertos en espera a
que vuelvas a Él, recuerda que con ese gesto siempre te dice: «Levántate y
vuelve a casa».

«El abrazo de la reconciliación entre el Padre y toda la humanidad pecadora


se dio en el Calvario. Que el crucifijo, signo del amor de Cristo que se inmoló
por nuestra salvación, suscite en el corazón de cada hombre y de cada mujer
de nuestro tiempo la misma confianza que impulsó al hijo pródigo a decir:
“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado”. Recibo como
don el perdón y la alegría».
(San Juan Pablo II, Audiencia, 17 de febrero de 1999).

1. ¿Cómo valoro el amor que Dios siente por mí?

2. ¿Cuál es mi actitud ante el amor que Dios siente por mí?

3. ¿Cuál es mi compromiso ante el amor que Dios me manifiesta día con


día?

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