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FRANÇOIS JULUEN

- UNA NUEVA ÉTICA

Traducción de Silvio Mattoni

cl cuenco de plata

teoría y ensayo
y
\¡ U
1. Vivir es lo que más nos importa, aunque también lo que
más se resiste al pensamiento. Porque es aquello en lo cual siem­
pre nos hallamos ya comprometidos -desde el nacimiento; so­
bre lo cual no poseemos distancia ni perspectiva. Pero al mismo
tiempo es aquello a lo que no dejamos de aspirar; com o si per­
maneciéramos siempre alejados de ello. Pues ¿qué otra cosa p o ­
dríamos desear más que vivir? A la vez no tenemos espació con
respecto a ello, ya que allí nos descubrimos implicados desde un
principio; al mismo tiempo que es lo que no se nos deja de esca­
par. Ese verbo no tiene un más acá ni un más allá posibles: ex ­
presa a la vez la condición de todas las condiciones y el colmo
de todas nuestras aspiraciones: “¡Vivir al fin!".
Ahora bien, ¿cóm o dejar de ser zarandeado en la pendiente
[glacis] -lazo [lacis]- de esa contradicción: tanto en la superfi­
cie com o en el entrelazamiento de lo que se volvería, en caso de
no poderse pensar, nada más que lugares comunes, de lo qttf se
volvería sólo banalidades siguiendo las cuales el pensamiento
no hace más que pasar siempre de largo?
Respecto de esa inmediatez: vivir, aunque también a lo que
hace falta acceder, ¿cóm o entrar en el pensamiento?

2. D e hecho, todas las opiniones que nos brindan usualmente


sobre la vida nos cansan-, no hacen más que resbalar sobre la
pared del vivir. D e m odo que no tienen mucha incidencia. Aun el

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%
\ VIVIR EXISTIENDO

“¡N o te olvides de vivir!” de los estoicos, en el fondo, suena


hueco: suena com o un llamado al orden, pero ¿acaso no queda
ese “ vivir" demasiado oculto, inexplorado, com o si de entrada
uno se entendiera sobre él? O bien nos dicen, com o algo obvio,
“¡aprovechen la vida!” . Se lo dice con seriedad, e incluso con
gran seguridad, com o el fruto maduro de la experiencia: que el
resto es vano, que sólo importa estar con vida, en el presente, en
el instante, en este aquí y ahora. Pero el argumento es tan razo­
nable -indiscutible- que no nos convence. O más bien nos con­
vence tanto que no nos afecta. Esos "truismos” son verdaderos
('trucj, ta,n verdaderos que no tenemos nada que hacer con ellos
-¿podrían hacernos “entrar” ? N o se puede sino repetirlos. N o
podemos más que repetirlos de vida en vida, de edad en edad.
Pero ¿acaso no organizan a nuestras espaldas com o una prisión
del pensamiento?
Porque cargamos con ello, sin evaluarlo, el peso de nuestros
sempiternos deslizamientos y reiteraciones; esas repeticiones con­
tinuas que, aunque introducidas con nombres propios, nombres
de •“autor ”, son anónimas y forman el gran murmullo silencioso
-p erezo so- que la humanidad no deja de sostener sobre la vida:
ese fondo sonoro del que tanto nos cuesta separar a nuestras
■ propias vidas y que sólo perforan esporádicamente los gritos
audaces de pensadores o de creadores. Pero ¿y si la vida fuera
completamente distinta del m odo en que se la suele entender
habitualmente? Pues ¿qué se ha verificado alguna vez de esas
generalidades que se propagan “sobre la vida” ? Eso implícito
dentro de lo cual nos sumergieron tan tempranamente, el fam o­
so “a sí¿s la vida... ”, planteado com o una razón última, pero
que no es razón pam nada, ¿alguna vez se lo indagó? Habría
que finalmente separarse de ese gran charloteo que se cree váli­
do porque se hace rutina, y de esas banalidades sobre la vida
disfrazadas de sabiduría, que no se fundan sino en el hecho de
que se acumulan y se van acopiando. Es decir que habría que
comenzar por elevarse fuera de esos estancamientos discursivos,
subyacentes a la misma filosofía y sobre los cuales no deja de

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OBERTURA

ser sacudido el pensamiento; desordenando, con respecto a la


“ vida ”, lo que se ha instalado en el pensamiento tanto más en
la medida en que no se ha verificado para nada; y que no hizo
más que coagularse y sedimentarse. D e m odo que el aparta­
miento que reivindico al comienzo de la filosofía (antes que la
“ duda” o el “asom bro”, sus ingresos clásicos) sería en primer
lugar sedición contra lo convenido a lo cual nuestras vidas y
nuestros pensamientos se plegaron desde un principio, a tal punto
que ya no se aventuran más.
Para apartarse de esas banalidades sobre la vida, que encie­
rran la vida, sobre las cuales el pensamiento no hace más que
oscilar eternamente, ¿en qué fijarse finalmente? Propondré en­
tonces captar ese vivir inasible entre sus dos verbos rivales, o al
menos colaterales: sen y existir. Yo soy, vivo, existo, dice parale­
lamente ¡a lengua, aunque no indiferentemente. Si me pregunto
“por qué vivo”, me interrogo solamente sobre las condiciones
de mi vida que tal vez me resulten demasiado duras y ya no la
justifiquen. Pero si me pregunto “por qué existo”, hago que sur­
ja enseguida, del seno mismo de la vida, una dimensión que se
separa de ella y me mantiene fuera de esas condiciones (de vida):
éstas ya no forman el horizonte y resulta entonces que me veo
proyectado fuera de sus limitaciones. Por sus distanciamientos
entre sí, esos verbos se ponen en tensión uno con otro: vivir
vuelve a ser relevante. A l mismo tiempo que se descubren uno al
otro, se desbordan recíprocamente -vivir descubre su capaci­
dad: vivir existiendo. Pero existir es literalmente “mantenerse
afuera” (el latín dice: ex-sistere). Habría que decir afuera de
qué. Habría que decir de qué hay que mantenerse afuera para
que vivir se abra a su vuelo.1

3. Pero en primer lugar ¿acaso la filosofía no ha cubierto el


vivir con sus prejuicios? Puesto que lo alineó bajo el Ser. En
particular ha ocultado lo eminentemente singular que posee el

1 En el original, essor, que también significa “ auge, desarrollo, a p ogeo” ,


pero donde además resuena la rima con hors (“ afuera” ) [T.].

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vivir bajo la abstracción del concepto que eleva a la generali­
dad; así com o ha cubierto su esencial ambigüedad bajo su aná­
lisis de las esencias, promovidas com o objetos -distintos- del
conocimiento. D e allí que desde Platón la filosofía ya no pueda
pensar el vivir según sus dos rasgos básicos, que van a la par, lo
ambiguo y lo singular; sino que refirió el vivir a la “ verdadera
vida”, la alethes bios, en un Allá ideal: vivir aquí y ahora ya no
puede tener consistencia y se encuentra "superado” .
D e modo que vivir no fue tradicionalmente asumido sino por
aquello que lo hizo parecer religioso: cuanto más se profundiza
la idea de Dios, y particularmente en el cristianismo, tanto más
se descubre que Dios “es vida”, Dios persona y no principio:
vida de lo viviente (zoé) y “fuente” de una vida que no muere
(en San Juan). La ambigüedad de la vida se comprenderá a par­
tir de allí com o la naturaleza humana concebida a la imagen de
Dios, aunque privada de él; y lo singular es promovido com o
perteneciente a la “existencia” individual, “manteniéndose” li­
teralmente “fuera” de su Creador que se dirige a cada hombre
para su salvación.
Ahora bien, con el ocaso de lo religioso, ese acuerdo tácito
entre los dos, aunque siguieran siendo rivales, lo filosófico y lo
religioso, resulta en adelante roto. Nuestra modernidad -también
fue a partir de allí, o más bien en primer lugar, de donde surgió-
debió afrontar esa nueva situación, o más bien ve en ella un desa­
fío que la incentiva. Y en primer lugar la literatura, cuyo concepto
constituyó una ruptura a comienzos del siglo X IX , ¿no convirtió
el vivir en su tema, o más bien en su objeto imposiblef Porque en
verdad esclarece a la vez lo ambiguo y lo singular de ese vivir, a
diferencia de la filosofía. E incluso éstos constituyen su contenido,
conforman su densidad y su verdad. Por eso es que la literatura
describe vivir aquí y ahora, y ya no deja que sea ocultado por una
construcción ideal. D e modo que ya no tiene que enseñar cómo
vivir;,o bien, desconfiando de los buenos sentimientos (que,
com o es sabido, producen mala literatura), no aclara cómo vivir
sino de soslayo, indirectamente, implícitamente (lo implícito es su

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om-.„

lengua). Si conserva un proyecto de conocimiento, ya no lo consi­


dera separando abstractamente unas esencias, sino haciéndolas
variar,, en un claroscuro incierto, siguiendo el posible hilo de una
vida, de una experiencia ("una vida” : el título genérico de la no­
vela en el siglo X IX ) - y por lo tanto sin tener que moralizar.
Pero ¿queda algo prescriptivo que nos enseñe cóm o vivir?
Con el debilitamiento de la moral religiosa, es un terreno que ya
no se ocupa. H oy se dejó un terreno vacío tanto por parte de la
filosofía, que desde los griegos está ajustada con la “ ciencia”,
com o por una religiosidad dogmatizada frente a la cual la fe
requerida se ha visto devaluada en la modernidad. En ese terre­
no abandonado, dejado baldío, prospera la maleza de lo que
recientemente se ha denominado “desarrollo personal”2 - y es
lo que vemos invadir actualmente, con libros que son no-libros,
los estantes de las librerías, expulsando a la filosofía. Allí se ha­
blará del vivir a la vez en un plano “personal” -la “persona"
sirve para difuminar tanto lo singular del individuo com o la
posición del sujeto; y com o un “desarrollo” qué supuestamente
se promueve antes de toda ideología, puesto que recuperaría las
vías más originarias del “ bienestar” y la “armonía”.
Pero el desarrollo personal no sabe describir tú elucidar com o
lo hace la literatura; ni enseña a construir e interrogar com o lo
hace la filosofía. En efecto, no elabora, no produce preguntas ni
conceptos; no modela ni ejemplifica -sino que pregona. Trata de
compensar su inconsistencia teórica, o más bien disimularla, rei­
terando y conservando, con el pretexto de no despegarse de la
ingenuidad de la “vivencia”, las eternas banalidades que recor­
dé al principio: no hace más que deslizarse y correr entre ellas,
en lugar de comenzar a entrar (en el núcleo del tema); y las
reviste tanto más cómodamente según la ideología del momen­
to que no construye ni posición intelectual ni por ende tampo­
co discurso. O bien las hace variar mediante una expresión de

1 Gran parte del material al que se alude, en el mercado editorial argenti­


no, se denomina “ autoayuda” , mantenemos la forma original porque
sirve para el análisis subsiguiente del autor [T.].

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VIVIR EXISTIENDO

admiración: “es tan bello vivir... o una más modesta de satis­


facción (el “ Gusto de vivir”). Trata en verdad sobre el aquí y el
ahora, pero de un modo cautivador que retoma los más viejos
lugares comunes fingiendo ingenuidad ( “ vivir sin porqué”, etc.).
En ese mercado de la felicidad, a decir verdad, especula a bajo
costo. D e modo que hace falta desembarazarse de esa sub-filo-
sofía de consumo mediático porque exime de tener que trabajar,
de esa moneda falsa que está falsificando, por la confusión que
produce, la actividad, es decir, el valor mismo del pensamiento,
de esa necedad que intenta enmascarar su pereza, una vez más,
bajo los viejos oropeles de la sabiduría.

4. Avanzaré entonces aquí sin más rodeos ni miramientos.


Conviene que la filosofía se adueñe hoy de la cuestión del vivir, es
decir que convierta finalmente el vivir, y no sólo la vida en su
generalidad, fácil de subsumir, en su cuestión más propia, cuestión
tenaz, cuestión intensa, de la que ya no le es posible desentender­
se. Aun cuando se trate, como vemos de antemano, de aquello que
más se resistirá a la captación del concepto, o que no se ubica de
entrada en su proyecto de conocimiento. Especialmente hará fal­
ta que forme una alianza con la literatura y se dedique a pensar lo
singular y lo ambiguo, en lugar de considerar, como anteriormen­
te, su superación en algún Más allá metafísico: que explore el
vivir en el aquí y el ahora en vez de organizar su gran posterga­
ción. Por tal motivo, comenzaré por elaborar conceptos del vivir
al ras de lo vivido y de tal modo que sean los más lentos en abs­
traerse: tales com o los que se sumergen en la fenomenalidad de la
experiencia, sin proyectar una coherencia - o lo menos posible-
sino dejando que ésta se desprenda. Digo “lo menos posible” por­
que no hay que engañarse con la resistencia de la lengua en este
aspecto y con la caída en lo abstracto que ella misma impone.
Tales son los conceptos mediante los cuales empiezo a tejer una
red, tnalla tras malla, en cuyo seno captar la vida que se juega en
su capacidad de existencia, donde ésta promueva aquélla: adhe­
rencia y resistencia, o estancamiento y giro, o inicio y reabsorción

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OBERTURA

(cap. I-V). Laexistencia humana se mantiene allí conectada con


la fenomenalidad del mundo, en continuidad con él, en lugar de
despegarse arbitrariamente de él (cap. VI-VII).
A l mismo tiempo, en cada uno de esos términos, en tanto que
son fenoménicos, soy llevado a percibir cóm o vivir, y al prom o­
verse esto siempre se llega a aquello que tal vez sea lo único que
lo definiría: no permanecer en una adecuación a sí mismo, en
coincidencia consigo, quedando inerte, sino des-coincidir consi­
go mismo para activarse y renovarse. Esto me parece lo propio
de vivir: des-coincidir. Vivir en sí mismo es des-coincidente -e s
incluso el único “en sí” del vivir. D e donde procede ya su legíti­
ma ambigüedad: vivir no se puede bloquear en identidades; de
donde puede afirmarse también, sacando provecho de esa des­
coincidencia para emerger de ella, la posición singular del suje­
to. En esa fisura fenoménica de la misma fenomenalidad y el
juego que ésta hace aparecer, se abre la posibilidad de una liber­
tad donde se despliega nuestra ex-istencia. Tal libertad no es
dada desde un principio, por esencia, com o pretendía la metafí­
sica, postulándola a partir de su Más allá. Sino que corresponde
a un sujeto que se afirma porque abre una brecha -en la medida
en que abre una brecha- en la clausura de lo que conforma el
“ m undo”, y puede efectivamente mantenerse afuera y justa­
mente “ex-istir” . Pero más precisamente ¿de qué se mantiene
“afuera” ? En el camino, no dejaré de reconfigurar ese afuera
mediante el cual se promueve y se vuelve posible ex-istir. Fuera
de lo que está en su lugar, coincidente, y ya no está alerta.
Fuera de ese mundo, por consiguiente, pero si¡i que se trate de
“otro m undo” (cap. VIII). Existir es el verbo moderno, prom o­
vido entre el “ser” y el “ vivir”, que aclara semejante posibilidad
de emerger (cap. IX).
Conocemos, en efecto, la dificultad de vivir. N o podem os vi­
vir sino aquí y ahora, pero “aquí” y “ahora” son los términos
más abstractos, que valen para cualquier aquí y para cualquier
ahora (Hegel al comienzo de la Fenomenología/; aquí y ahora no
dejan de escapársenos, tan estéril resulta ya la misma sensación

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por estar encerrada en ese instante perdido (Proust al final de
El tiempo recobrado,). ¿C óm o acceder entonces a lo inmediato
que se sustrae en tanto que es inmediato? Existir será el con­
cepto que hay que volver a trabajar para abrirse paso en esta
dificultad.

Con él se abre el camino de una nueva Ética.

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/

ADHERENCIA - DESADHERENCIA

(¿o hasta dónde podemos despegarnos de lo vital?)

1. Primera pregunta tal vez: ¿cóm o empezaré a decir mi inte­


gración a la vida, en la vida -a l hecho de que estoy con vida?
¿O cóm o aclarar lo que está en el basamento, no del “ yo pien­
so” o del “ yo soy” (el cogito ya tan tardía^ sino del “ yo vivo” ?—^
Comenzaré por llamarlo aquí^adherencia^, y esto ¿^diferencia '
de/"adhesión. Nuestras adhesiones son objeto de una decisión,
p o rto menos de una opción; com o tales, son yo¡untariaís, y así
com o lo hace ostensible el plural, locales y particulares (adheri-
mos a una opinión, un ideal, un partido). Vtto-adherencia debe
entenderse mucho más previamente, más cerca de lo vital en
nosotros y por lo tanto también de manera global. Mediante
este término, quisiera remontarme a lo más^originario, a la in­
manencia que nos liga a la vida, en tanto que vivimos, lo que,
hace que vivamos, por ende antes de que intervenga la distan-
~~cia que introducen la reflexión y su poder de negación. ¿Qué
podrá aclarar, ofreciendo así volver más acá de lo consciente y
lo elegido, sobre nuestra relación elemental con nuestro estar-
con-vida - o cóm o decirlo aún más elemenralmente? Se tratará
de hacer que a través de él se muestre lo infra inaparente de
nuestras existencias -infra que precede al acuerdo, a la acep­
tación, a toda adhesión. Porque “ adherencia” , que expresa en
términos de fenóm eno la capacidad de aferrar fuertemente, de
permanecer ligado, a lo largo de toda una superficie, descubre
nuestra capacidad de pegajrnos a la vida en su desarrollo y en

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VIVIR EXISTIENDO

su extensión: hasta donde se extiende mi vida, yo adhiero y “ y o ”


se separa de ella apenas com o “ y o ” ; “Adherirse a” , com o un
neumático se adhiere a la ruta y no derrapa -¿podrem os salir
de esa imagen? Acaso sea la misma que encontramos en boca
de Sócrates, en su última palabra, último momento, aunque
para romper con ella (Fedón, 117a): “ me volvería un objeto de
risa para mí mismo si permaneciera así pegado a la vida” ,
glikbómenos tu zen, yAixópevoc; t o ü £f¡v.
Porque lo propio de lo “ hum ano” , que se separa de la
animalidad, es precisamente que esa adherencia que lo hace
aferrarse a lo vital, de manera continua y global, llega a perder
su compacidad, se complica, se fisura, a la vez que se fragmenta
y se diversifica; que varía: se mantiene densa, a tal punto de
permanecer insospechada, o bien se atenúa, pudiendo incluso
extenuarse, y hasta volverse problemática. De dicha adheren­
cia, vivida incluso entonces com o algo “ viscoso” (gliskhros), pre­
tende separarse Sócrates cuando decide, en el último día, no
demorar ya mucho más tiempo'el momento de tomar la cicuta.
Porque un sujeto humano puede volverse contra tal adherencia,
querer romper con esa naturalidad que lo encierra, salir de lo
que percibe entonces com o una pasividad, atribuyéndose con
ello sólo a sí mismo la iniciativa de su vida, por lo cual precisa­
mente se plantea com o sujeto. Hasta poder desconectarse deci­
didamente de esa corriente de la vida que lo atraviesa y lo man­
tiene, según considera entonces, sometido. “ Sólo el hombre” entre
todos los seres vivos, com o es sabido -aunque con un saber que
se puede tener guardado toda la vida, sellado com o un odre de
Eolo que se evita abrir-, puede suicidarse.
En la ipedida en que esta adherencia es más originaria que
todo asentimiento, nos hace remontar más arriba, más elemen­
talmente, en nuestro estar-con-vida. El “ asentimiento” (el ad-
sentior de los estoicos) es una manera de decir que sí a la vida
que es consentida e incluso es elegida. Es una manera de probar
y de ajustarse a su coherencia, de cooperar con su renovación,
de ingresar en su justificación que, aun cuando compromete la

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I. A D H ER EN C IA - D ESA D H ER EN C IA

vida entera, sigue dependiendo de lina decisión de la mente. El


estoico percibe en la vida un encadenamiento necesario que
abarca de entrada todo lo negativo que puede surgir de ella.
Hay en verdad sufrimiento: la desgracia - la enfermedad - la
muerte, pero en lugar de rebelarme en su contra, vislumbro a
través de ellas una razón de conjunto, logos, que no solamente
hace que las acepte, sino aún más, que yo consienta en ello: no
de una manera resignada, sino de una manera que puede s?r
alegre, en vista de que lo negativo expresa igualmente, a través
de él, el despliegue coherente de la “ naturaleza” , de la physis.
Pero mientras que tal asentimiento es activo y procede de una
resolución, la adherencia es un fenómeno mucho más primario,
básico, que hace posible indagar la mismá condición de posibili­
dad de nuestro_estar-con-vida. Porque vivir a la vez supone la
adherencia y por sí mismo segrega una adherencia, y de tal
manera que en gran parte, tal vez la mayor parte permanece
sumergida y escapa a la percepción del sujeto; y éste debe movi­
lizarse más radicalmente para separarse de ella, para desadherir­
se, hasta volverse contra ella y. plantearse efectivamente com o
“ sujeto” .
Nuestra superficie de adherencia en efecto es tan amplia, sus
soportes son tan variados, que usualmente no vemos un borde
que la haga surgir ante nuestra atención. Todo parentesco ya le
proporciona un asidero, la integración en un linaje: la “fam i­
lia” -¿ n o es una familia acaso un campo determinado y limita­
do de adherencia? A menudo se permanece allí además, en esa
autolegitimación de lo vital asumida dentro xde esos lazos de
filiación-cognación. Heredo la vida y la transmito: ¿hay algo
más que justificar? N o se sobrepasará eTTforizonte inferior (ni
se lo pensará): “ mis padres” / “ mis hijos” -y o mismo soy un esla­
bón, que vincula lo vital con lo vital y me incluye, me absorbe,
en ese encadenamiento de inmanencia. La “ familia” es un escu­
do (¿un biombo?) que frena enseguida todo cuestionamiento,
bajo el cual uno se siente a salvo de una irrupción, no de la
muerte por supuesto, sino de la nada. Por eso es que uno se

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Í . /W O 1 I I L ¡ \ U ( J

repliega y se protege en ella: al mismo tiempo que permite jac­


tarse, nos mantiene cóm odos antes de tener que dar cualquier
justificación._La familia legitima a menor costo, de entrada otor­
ga “ sentido” , que por lo tanto no hay que buscar -co n ella siem­
pre tengo cóm o reanudar mi pensamiento. Una buena concien­
cia de “ yo pienso en los demás” , pero que son míos, que no
hacen más que extender mi yo: con ellos ya no tengo que pensar
más allá; eso incluso me permite defender tanto más áspera­
mente sus intereses (es “ por ellos” ). Replegándose en la familia,
ya no hay que arriesgar más, uno está exento de ello. Dije “ fa­
milia” , en la medida en que esboza algo confinado, atávicamente
limitado, de cohesión por afecto e interés, y no un hijo, unos
hijos, nacidos de mí pero que no me pertenecen, com o nueva
posibilidad -nueva apertura, nueva reactivación- de humani­
dad, que correría una vez más, aunque siempre parece la prime­
ra vez, la suerte de trascenderse. Suerte que tal vez se pierda,
pero lo que importó fue esa suerte.
O bien esa adhesividad se extiende a una colectividad: na­
ción, región, religión, “ mi” cultura (el fantasma de lo que consti­
tuiría mi identidad). También un sitio es fuente de adherencia: el
entorno, la vecindad, “ mi casa” - o mucho mejor, un paisaje. Pero
igualmente el dinero y la propiedad que, aunque sean abstrac­
tos, son vectores y factores de un apego a la vida -e n la vida-
que no se cuestiona (que hace que uno no tenga que cuestionarse).
Porque la posesión se justifica esencialmente, no por algún de­
seo egoísta, com o se suele denunciar, sino porque lleva a pegar­
se continuamente a la vida extendiendo tentacularmente su in­
flujo adiposo. La posesión es buscada para bloquear -volver a
soldar de antemano y reprimir- toda fisura que amenace la
adherencia. Es demasiado poco, en efecto, decir que si nos gusta
poseer es para tranquilizarnos (de nuestros miedos) o pdra dis-
' traerse (del tedio): la preocupación que implica sirve para atar­
nos a la vida. Porque es la manera de acallar por anticipado, y
mediante un encubrimiento, dejándose atar a las cosas (por las
cosas), lo que siempre amenaza con insinuarse com o sospecha

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I. A D H EREN C IA - D E S A U i,.

en la vida, con respecto a la vida misma, y así respaldar o refor­


zar su “ adherencia” .
En el cúmulo de nuestras necesidades (tener que pensar en:
pensar en comer, en dormir...), los horarios y las actividades atan
de entrada a lo vital y nos repliegan en su interior. Nuestros de­
seos y nuestros proyectos (la ambición, etc.), que los prolongan,
tienen la misma función de atadura recurrente, y aun en continua
renovación, que no se despega. Los afectos, por supuesto, pero de
igual modo, o incluso más que ellos, nuestros odios y nuestros
resentimientos crean adherencia, adherencia negativa en este caso,
pero esa negatividad se tensa aún más fuerte y revitaliza. Son
otras tantas ventosas que nos mantienen pegados -¿pero a qué?
A lo que no tiene nombre, tan primario resulta en nosotros (y
del cual el término más elemental, “ vital” , tal vez ya sea un
sucedáneo). “ Sobre” lo cual la inteligencia tiene tan poca inci­
dencia, sobre lo cual tan difícilmente adquiere ascendencia.
¿Cóm o separarse entonces de ese tejido conjuntivo? Y en pri­
mer lugar ¿es preciso querer separarse de él? Porque de otro
m odo ¿a qué exilio nos arrastraría eso? ¿Por qué querríamos
emerger de esa napa profunda que nos aspira y nos hunde por
todos lados, de esa napa de viscosidad que sumerge al sujeto?
Es entonces cuando de repente el “ porqué” se vuelve inmenso.
Cada cual podrá armar así el mapa de su sistema y su régi­
men de adherencia, en un momento determinado, a la vez deli­
near su perímetro y explorar su geografía o, mejor dicho, su
geología, indagando lo que le da basamento a la propia vida.
Cada cual podrá evaluar lo que llamaremos su tasa de adhe­
rencia en cada uno de los puntos observados. Tal vez eso sea en
primer lugar al famoso “ conocerse” . Mi adherencia, si la consi­
dero en su distribución, ¿es más familiar o más profesional? ¿Más
“ material” (los bienes, las adquisiciones) o más “ espiritual” (la
fe, el compromiso o sencillamente el libro que estoy escribien­
do)? Porque sé muy bien que escribir un libro mantiene dentro
de la adherencia, aun cuando sea, com o en este caso, para
desadherirse. ¿Cóm o distribuyo y jerarquizo, cóm o equilibro o

21
o?
•i?
VIVIR EXISTIENDO

cóm o compenso esas zonas de adherencia? ¿Qué sucede espe­


cialmente si reduje determinada región de adherencia hasta el
punto de que tienda a cero? (¿Si elijo vivir solo, por ejemplo, o
descuido las cuestiones de dinero?) ¿Qué incidencia y qué re­
percusión tendrá esa baja sobre las otras zonas de mi adheren:
cia a lo vital? ¿Puede ponerlas en peligro? ¿O bien, por el con­
trario, promoverlas y exacerbarlas? ¿Habrá de reforzarlas, por
un efecto de reenvío, o ese déficit amenaza con contaminarlas?
Porque si se comprende lo que aquí se entiende fenoménica­
mente por adherencia, haciéndonos remontar a lo más previo de
nuestro estar-con-vida, es decir, designando lo más elementalmente
aquello que nos mantiene -n os sostiene- en la corriente de la
vida; si se comprende en especial que la adherencia no podría
reducirse a la creencia, aun cuando nuestras creencias, religiosas
o más ampliamente ideológicas, también se constituyan com o
adherencia, de donde también proviene su justificación, resulta
que se comprenderá también que la vida, en un determinado ni­
vel o tasa de adherencia, pueda volverse problemática; dado que
mi. tasa de adherencia, según lo que ocurra a lo largo de los días,
causando una fractura por lo más positivo o lo más negativo,
favorable o desfavorable, crece o decrece. De allí resulta un de­
terminado coeficiente de adherencia, más o menos elevado, se­
gún el cual nuestras vidas se evalúan y se pueden caracterizar.
Con miras a ese coeficiente de adherencia a lo vital puede surgir
algo así com o una iniciativa, que se despegue de ella, antes de
toda elección propiamente ética; y puede evaluarse una capaci­
dad del sujeto para afirmar su autonomía -antes bien que dotarlo
gratuitamente de tal autonomía, por principio y absolutamente,
com o lo hace de entrada la metafísica. Porque ¿afuera de qué, si
no és lo más básico de esa adherencia, puede entenderse el “ man­
tenerse afuera” del ex-istir (ex-sistere)? En vista de ese fenómeno
de adherencia, en efecto, o más bien contra él, desprendiéndose
de él, manteniéndose peligrosamente fuera de su alcance, vale
decir, por desadherencia, la “ existencia” descubre su posibilidad;
o bien, com o les gusta decir, únicamente el hombre “ existe” .

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I. A D H ER EN C IA - D ESA D H ER EN C IA

2. Más comúnmente se dirá que me hace falta un mínimo de


“ satisfacción” (Befriedigung) -es el término habitualmente pro­
puesto- para que yo quiera (o pueda) continuar viviendo. Ex­
ploro y enumero mis fuentes de contento y evalúo, por una vuel­
ta de realismo, si “ tengo suficiente” -la fórmula es tan prosaica
com o lo es ese cálculo. Hago el “ balance” , com o suele decirse:
por debajo de una determinada cota, vivir vuelve a tornarse
incierto, ya que no está lo suficientemente m otivado. Pero
satisfacáón(es) ya pertenece demasiado al orden del resultado,
a la vez demasiado fraccionado y, contrariamente a lo que se
imagina, ya demasiado abstracto. Ya demasiado escindido, se­
gún la oposición entre el contento y la decepción; demasiado
concebido en términos de intención, de objetivo y de expectati­
va (de logro); demasiado construido en términos de alternativa
entre lo que se obtiene y lo que no se obtiene. “ Satisfacción” tal
vez no sea por lo tanto el término primario, elemental, que se
supone -aun cuando Freud siga ateniéndose a él. Juzgar o más
bien medir la propia vida en términos de satisfacción ¿no c o ­
rresponde acaso ya de alguna manera al orden distinto, distan­
te, demasiado mediado, de la “ representación” y por consiguiente
de la abstracción?
Es cierto que si hacemos el recorrido por las nociones que
pretenden ser las más elementales, el que se presenta com o can­
didato a servir de término primario, “ investidura” , también en
Freud, ya nos situará en un lugar anterior. Frente al resultado de
la satisfacción, investidura expresa su condición previa. Y este
término resulta útil, en efecto, por la lilfcidez que manifiesta al
desprenderse de la “ pura” (por equívoca) intencionalidad de la
moral y por no preocuparse más que de lo efectivo. Porque in­
vestidura entrecruza oportunamente lo económ ico con lo psico­
lógico.3 La vida, o más bien lo vital, es un determinado capital,

3 La palabra francesa inveslissemerit, que traducimos por “ investidura”


com o suele hacerse en las traducciones de Freud al español, también
significa “ inversión” en economía [T.].

23
VIVIR EXIMIENDO

capital de energía que sabemos (que sentimos) limitado, que se


usa, se gasta y que se “ invierte” . Invierto en mis actividades y
en mis sueños, en mis relaciones y mis afectos, com o quien hace
una colocación (to invest, se dice en inglés) de la que se espera
un fruto, un rendimiento -el famoso retorno de la inversión que
se mide precisamente con la “ satisfacción” . Además, aunque
mantiene ese término unitario (en lo que denomina en alemán
Besetzung), el pensamiento freudiano expandió en gran medida
su campo de aplicación (¿tal vez demasiado ampliamente?): de
lo neuronal (la energía de inervación y sus variaciones) a la
investidura libidinal así com o a la metapsicología de la pulsión.
Se inviste con una determinada cantidad de energía móvil una
representación de la fantasía, así com o una parte del cuerpo e
igualmente un objeto exterior, que se carga entonces de manera
positiva o negativa, con su amor o su detestación; e incluso,
com o en el narcisismo, la investidura de un yo-sujeto se hace
proporcionalmente a una desinvestidura de los “ objetos” .
Por otro lado, del sentido primero de “ investidura” , de su
sentido italiano (el investire), de donde nos viene este bello tér­
mino europeo, en la encrucijada a la vez de las lenguas y los
campos de pensamiento, y en sí mismo rico en sucesivas investi­
duras, conservaré gustosamente su etimología militar, la de la
plaza fuerte que se contornea o que se “ inviste” . La noción de
investidura ostenta una dimensión estratégica que sigue siendo
unitaria com o tal y que aclarará globalmente el pensamiento
del vivir, por ende también de manera más originaria -antes
que abandonarlo de entrada a las evaluaciones rivales, entre
las cuales se declina y se desgarra la moral. Elijo (y logro) mi
vida según lo que invisto; o según la manera en que me invisto.
Puedo hacer investiduras4 más apropiadas o más juiciosas que
otras. O bien m onopolizo mi investidura (la pasión exclusiva,
que acapara todo, la “ apuesta” ); o bien la diversifico para no
arriesgar todo en el mismo lugar (no poner todos los huevos en

4 Léase también en el sentido literal de “ inversiones” [T.].


la misma canasta, aconsejaba Freud). Invisto o bien (me) desin­
visto -p o r rechazo o por retiro, por pérdida o por abandono. Tal
será pues el margen de maniobra, más propiamente existencial
que, estratégico en su principio, se traduzca en lo que llamamos
ética. Si se aprende algo de la vida (en la vida), en efecto, salvo
que no se aprenda nada, es a saber -c o n un saber decantado de
la experiencia, pero tan decidido y resuelto porque fue reflexio­
n ado- dónde preferir investirse y por ende también de dónde
desinvestirse y si no estamos sobreinvistiendo. Aprender a vivir
es esto en primer lugar: elegir la propia investidura subjetiva.
Elegir, por ejemplo, desinvestir el campo de la ambición y de los
espacios vacantes (de “ poder” ); y remitir la inversión -e co n ó ­
micamente- al trabajo del pensamiento y a lo íntimo. Cualquie­
ra sea esa elección, una función sujeto se desprende del tejido de
adherencia, afirmando su prerrogativa, y se instaura com o pri­
mer término.
Aunque por ello, en cualquier nivel que intervenga, el con­
cepto de investidura ha llevado de nuevo todo a la óptica de
una iniciativa; es demasiado deliberadamente activo com o para
dar a entender el carácter originariamente participativo, o más
bien integrador, inclusivo, adberente, de nuestro estar-con-vida.
En suma, se presenta com o algo demasiado deliberadamente
primario com o para poder ser efectivamente ese término pri­
mero. Descuida en efecto lo que nuestro estar-con-vida com ­
prende al mismo tiempo -inicialmente- de ser-en-el-mundo. Pues
aunque la escena de la investidura ya no se desarrolle en ade­
lante sólo en el nivel de la conciencia, sino que se la remonte
más atrás, entre lo inconsciente y lo preconsciente; aunque el
proceso mismo de la represión suponga que unas representa­
ciones sean descargadas de la energía que se investía en ellas,
de manera que ésta última, vuelta disponible, pueda ser reutili-
zada en una nueva investidura, con función defensiva, o incluso
proveer a una contrainvestidura. Resulta que siempre se en­
cuentra ya designada y dada de entrada una función sujeto,
pero de la cual no vemos, en cada caso, de dónde se extrae. En

25
VIVIR EXISTIENDO

especial no vemos (y éste es el punto no suficientemente aclara­


do por el psicoanálisis) a partir de qué, y por lo tanto también
cóm o, puede derivarse la conciencia de un sistema a otro. Si la
función de investidura es válida igualmente en el nivel de lo
consciente y de lo inconsciente, no podemos percibir a partir de
ella a qué operación de la conciencia debe su promoción, vale
decir, de dónde extrae su propio poder, a qué le debe su emerger.

3.. Llamaré precisamente “ desadherencia” a esa capacidad


que hace entrar en escena a la conciencia separándola de lo
vital; y^que por consiguiente hace emerger la posición del sujeto
y le permite comenzar a “ mantenerse afuera” y ex-istir. Lo que
también se puede decir a la inversa: cuanto más se despliega en
mí la conciencia, menos estoy-preso de (en) mis adherencias,
absorbido, “ pegado” a ellas, com o dijo Sócrates; y de esa
desadherencia, de ese distanciamiento abierto, surge en cambio
la reflexividad que forma la conciencia y califica al sujeto. Pero
¿hasta dónde puede llevar esa desadherencia que activa o pro­
mueve conciencia, promoción que a su vez no tiene fin? ¿N o es
acaso ésta la primera pregunta ética, aun antes de que se desa­
rrolle una “ ética” ? Más allá de un determinado umbral, que
muchos presienten, pero que sólo conocen aquellos que lo han
cruzado (y que hace que entre ellos se reconozcan), esas zonas
de adherencia tienden peligrosamente a encogerse y enrarecer­
se y el caparazón conjuntivo-adhesivo del que se rodea nuestro
ser vital llega a perder su consistencia hasta agujerearse. Sale a
la luz un desinterés que poco a poco torna obsoletas las apues­
tas ordinarias; aparece un cuestionamiento que torna cada vez
más solitario; llevando a abandonar las preocupaciones y las
cuestiones comunes donde todo está ordenado, donde todo está
de entrada “ plegado” . Se abre una separación, que incluso se
vuelve abismo, por donde lo que llamamos “ conciencia” , ya sin
tener a qué aferrarse (no más “ ganchos” , decía Nietzsche), lle­
ga a desplegarse e incluso a exacerbarse; por donde lo que lla­
mamos “ sujeto” , que se ha retirado de sus adherencias, puede

26
i . A D H ER EN C IA - D ESA D H ER EN C IA

aislarse en sí mismp hasta el punto de considerar suprimirse a sí


mismo com o sujeto.
Pues ¿no es solamente concibiendo la formación de la con­
ciencia a partir de semejante poder de desadherencia que se
podrá volver a darle un asidero, tornar su noción de nuevo via­
ble? En efecto, sabemos cuán maltratada ha sido esta noción
dentro del pensamiento moderno, a tal punto que ya no vería­
mos lo que la sitúa aparte y justifica su exclusividad. Mis actos .
conscientes, “ psíquicos” , son procesos vitales com o los demás,
según lo vio Nietzsche, y dependen de la misma fenomenalidad
que ellos. O bien ¿qué función le queda en nuestra exposición,
pregunta en resumen Freud, a esa “ conciencia” antaño “ omni­
potente” , que cubría todo, regía todo, pero cuya soberanía en
adelante se ha visto derrumbada por la hipótesis del inconscien­
te? Y cuando Freud define la conciencia sólo en tanto que órga­
no sensorial de la percepción de cualidades psíquicas, ¿qué deja
irresuelto al hacerlo? El problema que plantea el psicoanálisis
no es en efecto tanto que reconduciría a la conciencia a un ex­
ceso de modestia, sino en verdad que ya no puede dar cuenta de
lo que también tenemos que denominar “ conciencia” sin por
ello hipostasiarla: lo que ésta contiene com o función propia o
com o iniciativa, que no se limita a ese funcionamiento perceptivo
excitable por medio de cualidades; o bien, dicho a la inversa, el
hecho de que nos disocia -tal es en verdad su operación- de lo
que ella pone enfrente a partir de allí, tanto com o mundo cuan­
to com o estar-con-vida. O para decirlo articulando ambos pun­
tos, el pensamiento de Freud no permite pensar elsurgimiento y
la posición de un sujeto (hizo falta que Lacan lo tomase de m odo
totalmente distinto para poder hacerlo); y constatarlo no impli­
ca sin embargo que se vuelva a una tradicional “ filosofía de la
conciencia” , que sabemos desde hace tiempo perimida.
En efecto, si para Freud hay primero automaticidad de los
desplazamientos de la investidura, a lo cual “ se agrega” una
segunda regulación, más sutil, que conduce a la conciencia,
una regulación que incluso puede oponerse y resistir a la primera,

27
esa capacidad de oposición que revela la conciencia no deja de
estar comprendida dentro de una lógica de adaptación a lo vi­
tal. N o se aclara por consiguiente el desapego de lo vital que
realiza la conciencia. El “ privilegio del hombre con respecto a
los animales” , según dice Freud al final de La interpretación de
los sueños, no obedecería sino a ese valor de “ sobreinvestidura”
que vuelve a la conciencia. Pero al limitar así la función de la
conciencia a esa influencia reguladora “ que perfecciona” el ren­
dimiento del aparato psíquico, Freud no puede dar cuenta de la
dimensión más básica del desapego (desimplicación), o bien, di­
gamos, de negación llevada hasta la “ nadificación” (el término
de Sartre), que lo que llámamos “ conciencia” deja igualmente o
más bien prioritariamente aparecer. Al no concebir la concien­
cia sino com o una capa de capacidad perceptiva más refinada,
no se puede esclarecer de dónde viene eso nuevo: a qué opera­
ción primera, que irrumpe, la conciencia, o mejor dicho algo de
conciencia, le debe su emerger -a la que llamé desadherencia y
que constituye su capacidad. Si “ conciencia” no es una palabra
hueca, una cáscara vacía, el juguete con el que se contentó de­
masiado fácilmente el viejo humanismo, es porque la concien­
cia procede de esa posibilidad de volverse contra la condición
de adherencia en la que está implicado lo vital y de la cual se
separa entonces la posición del sujeto.
N o se tiene “ una” conciencia, en efecto, com o una propiedad
dada, determinada y detenida. Sino que emerge conciencia por
capacidad de desadherir, desplegándose en ese “ y o ” que se enun­
cia y que constituye al yo com o “ sujeto” . La “ conciencia” , de
cuya ilusión no dejó de sospechar la filosofía moderna, resulta
revalidada desde esta óptica com o función de desadherencia
del sujeto (que hace emerger a un sujeto). Pero esa capacidad de
conciencia, que proviene del primer gesto de ruptura y que se
' refuerza con su potencia negativa, se extiende más o menos
lejos y atraviesa umbrales: cuanto más adherencia rompo, tan­
to más está llamada a desarrollarse. Incluso en personas adul­
tas, hay conciencias apenas emergidas, porque apenas se han

28
separado del interés por lo vital, permaneciendo bloqueadas bajo
un horizonte limitado que las mantiene positivamente depen­
dientes. Tal com o es posible también practicar cada vez más
ampÜamente ese gesto de desadherencia, incrementar su capa­
cidad de separación y de perspectiva, es decir, incrementar la
distancia perceptiva -reflexiva- sobre el ser-con-vida que soy.
Sócrates ya lo dijo sobre el “ alma” (también en el Fedón que
entonces ya no es el alegato de idealismo que conocemos): si el
alma puede ser inmortal, es menos por un estatuto dado que por
esa capacidad de emergencia y de separación que la promueve
l" (y que ella promueve). O si sólo el hombre se descubre “ desnu-
j d o ” , puede estar desnudo, es decir, si sólo él “ existe” , si sólo el
hombre puede suicidarse, por supuesto que no es en función de
alguna excepción que le sería conferida, a “ imagen de Dios” y
por privilegio; sino porque (en la medida en que) se exceptúa de
la fenomenalidad natural mediante la potencia negativa que
sólo esa secesión hace aparecer: la desadherencia tanto respec­
to del orden integrador del paraíso terrestre‘Como respecto de
la inconciencia en la que éste mantiene inmerso. Desadherencia
i que exilia, aunque por eso mismo también introduce una histo-
! ria de los sujetos y hace existir.
Desadherencia sería entonces el concepto más primario, más
radical y más remoto, todavía no preso en la perspectiva de la
conciencia y del sujeto, pero que expresa ya -aunque todavía
de manera fenoménica- el despegue de lo vital de donde se com ­
prende justamente la salida de la fenomenalidad, un'a salida que
caracteriza a la conciencia y por la cual se promueve el sujeto.
La desadherencia se distingue así con justa razón de lo que el
psicoanálisis entiende por desinvestidura: puesto que no se tra­
ta en este caso de una reducción de la cantidad de energía
investida, considerada desde una óptica económica, sino en ver­
dad de una ruptura con la economía misma de lo vital mediante
la cual adquiero una distancia respecto de mi estar-con-vida -de
donde surge una conciencia que no es solamente “ perceptiva” ,
com o pretendía Freud, sino que también es reflexiva y puede

29
VIVIR EXISTIENDO

desplegarse. Desadherencia es además un término neutro y sin


pathos. Por lo cual el concepto de desadherencia se distingue
tanto de la depresión com o de la derelicción; no es clínico ni
metafísico: no se puede recuperar (recortar) ni de un lado ni del
otro, ni por el lado de la psiquiatría ni por el de la teología. N o
hay que curarse de ella ni salvarse de ella. Entre todos los térmi­
nos donde el prefijo {de-) expresa la retirada, el de- de la
desadherencia es el de la autonomía.
Este de- de la desadherencia, en efecto, se defiende en los dos
frentes: no expresa ni la pérdida ni la caída, sino un franquea­
miento y un acceso. Mientras que la depresión expresa una pér­
dida dfc energía, algún estado de inhibición o la sensación de un
empobrecimiento afectivo, la desadherencia abre una nueva
posibilidad (la afirmación de la conciencia y del sujeto), refleja
una lucidez. Por lo cual la desadherencia no es patológica, efec­
tivamente, no hay nada que remediar en ella. Que yo sea ac­
tualmente un sujeto poco adherente, vale decir, ampliamente di­
sidente y que se escinde de su entorno (por poca integración
familiar, profesional, posesiva, etc.), constituye la fuerza de mi
pensamientó'-ese derecho, hacia y contra todo, tiene que man­
tenerse; o mejor dicho, investirse. De igual modo, mientras que
la derelicción expresa un sentimiento de abandono, ya sea que se
perciba desde un punto de vista cósmico, ético o teológico (con
la naturaleza, con los otros o con Dios), resulta que el exilio al
que arroja lo negativo de la desadherencia, por su parte, no es
desherencia, no es fuente de desesperación ni reclama salvación.
Porque ese exilio es conquista; la existencia que se descubre allí
no se descubre sino por falta de “ sentido” , sin experimentar más
que la contingencia de toda realidad; pero, al conseguir afrontar­
lo, es una liberación. Es decir que la negatividad que opera en la
desadherencia es una des-apropiación que no apunta a una re­
apropiación ulterior (una reconciliación con Otro lugar, etc.); y
con ello, por ello, fríamente, sin patetismo, brinda acceso.
Porque si bien la adherencia, a diferencia de la adhesión,
es sentida, pasiva, no es elegida, la desadherencia por su parte

30
I . A D H ER EN C IA - D ESA D H ER EN C IA

es voluntaria, en todo caso consentida: es la expresión de la liber­


tad del sujeto por emancipación de la conciencia; o más precisa­
mente, es aquello a partir de lo cual se desprende una libertad de
tal manera que puede plantearse un sujeto. La libertad no es me-
tafísicamente dada, sino que se conquista paso a paso y por
desadherencia sucesiva, progresiva -pero ¿hasta dónde? Si ya no
me dejo encerrar de cerca en una pertenencia (mi familia, mi casa,
mi salud: el “ hogar” de uno mismo); si rompo la adherencia por el
dinero y la posesión, y al mismo tiempo la adherencia por la am­
bición (la carrera), pero sin sustituirlas por una Fe que deshaga
todas esas dependencias, efímeras y particulares, en provecho de
una pertenencia global erigida com o absoluto (en tanto que “ hijo”
de Dios, etc.) -¿qué ocurre entonces? ¿O qué se vislumbra enton­
ces por la escotilla abierta? ¿Qué cosa fascinante y peligrosa su­
cede: peligrosa para el ser vital, pero fascinante para la concien­
cia de un sujeto que al exiliarse se aventura y empieza a existir}
Resulta pues que hemos soltado amarras, que ya no estamos
“ atados” , que hemos alzado el ancla que se agarra al suelo, al
fondo: “ exilio” . Exilio significa “ fuera del suelo” , exsul. Deriva:
“ Ya no me sentí guiado por los remolcadores...” (Rimbaud, “ El
barco ebrio” ). El barco deshabitado, que ya no sigue la costa,
que ya no es “ guiado” , a su vez puede entonces decir “ y o ” y se
vuelve sujeto. De igual m odo, el librepensador nietzscheano re­
gresa y vuelve a partir, solitario, con su pesado baúl, de Sils
Maria a la costa genovesa, de casa de huéspedes en casa de
huéspedes: camina largas horas o se queda tendido sobre el acan­
tilado que domina el mar, durante horas, antes de volver para
aclarar su pensamiento, por la noche, con ef sol del Sur. ¿O
tal vez ya está allí Descartes “ que avanza enmascarado” ? La
“ duda” que corta con todo, o más bien a la que Descartes se
esfuerza primero en hacer que desborde, tan genialmente, in­
cluso ese “ tod o” , esa duda de la que luego todo se deriva y en
primer lugar en cuyo seno se descubre el “ yo soy” , ¿no expresa­
ría también -a l menos si me pongo a leerla de manera “ exis-
tencial” - la potencia negativa de dicha desadherencia (antes

31
que para servir com o fundamento del conocimiento), solamente
a partir de la cual es posible la iniciativa del sujeto planteándo­
se com o sujeto? Y a continuación, el gran levantamiento del
telón del pensamiento... ■

4. Apenas hojeando un poco lo que se nos relata sobre


vida de numerosos artistas o pensadores, verificaremos que en­
contraron en la desadherencia con respecto a lo vital el margen
o el juego de su independencia, es decir, el camino de su inven­
ción. Aun cuando se muestren más o menos conscientes de ello,
e incluso que no traten de saberlo, aun menos de jactarse de
ello, no podemos dudar que allí encontraron cierta fecundidad;
y también que cierto “ desvío” , llevado más o menos lejos, los
pone justamente en la “ ruta” , por el apartamiento que los hace
realizar (en el sentido en que se dice comúnmente: “ tomar un
desvío” ), en esa ruta de la desadherencia de la que sacan prove­
cho para aventurarse. Desvío propicio, por consiguiente, desvío
útil, aunque tengan vergüenza de él, aunque a menudo los per­
turbe, y que vemos en verdad que actúa en ellos com o una astu­
cia: astucia de la Creación, com o se ha hablado de astucia de la
Razón en la Historia, es decir que se sirve de ellos, de alguna
manera, para llevarlos a apartarse del surco de la adherencia e
introducirlos en el camino solitario y doloroso -n o es romanticis­
m o decirlo- de lo que no se señalará a partir de entonces, desde
afuera y de manera resultadista, sino com o su “ originalidad” .
Pero ¿qué relación o incluso reciprocidad establecer entre
desadherencia y desvío? ¿Acaso la desadherencia, por la libera­
ción que permite, lleva al desvío com o a su consecuencia? ¿O
no es más bien el desvío el que con su aguijón -imagen banal,
pero elocuente- fuerza a la desadherencia com o su efecto? En
todo caso, se apuntalan entre sí: en un determinado estadio o
tasa de desadherencia, la vía normal ya no se impone, y ya ni
siquiera se perfila una “ vía” , hemos ingresado en lo que de an­
temano los otros no dejarán de señalar con el dedo com o “ des­
vío” . Porque al distanciarse de los comportamientos admitidos,

32
I. A D H ER EN C IA - D tts „

de los usos establecidos, no es tanto el escándalo lo que bus<


ron esos célebres Desviados, provocando al “ burgués” , ni ta
poco el placer que hallarían en satisfacer alguna “ depravador
o bien todo eso no es más que un soporte o una condición
constituye otras tantas opciones y explicaciones que pueden ¡
correctas, pero que no bastan. En esa anormalidad de la cc
ducta, que en primer lugar es la de su comportamiento sexu
com o es debido, no se apunta tanto a disociarse o a exceptúa)
de los demás; o no es tanto que tenga que descargarse una libi*
demasiado engorrosa. N o se trata solamente de descender tei
poralmente en la fealdad para revivir más intensamente, bi
cando un nuevo comienzo, una experiencia más decisiva de 1
valores: tampoco com o valores socialmente impuestos, sii
com o exigencia personal del sujeto que procura volver a hac
pie. Pero una suspensión -u n abandonar- se impone en prim
lugar, desestabilizando el sistema de adherencia que retiene
constriñe al pensamiento, impidiéndole emanciparse.
En las figuras de Swann o de Charlus, Proust ha prefigurac
esa fecundidad del desvío que es también el costo de abrir
camino de la creación. Pero también vemos allí qué peligro ha*
correr luego el desvío al convertirse a su vez en una nueva rui
na, regresando a la adherencia. Porque el desvío ya se creó pa
sí mismo un acostumbramiento, y por ello ha perdido su virti
de desadherencia y retorna a la esterilidad: el desvío se ha tran
form ado en vicio -círculo doblemente “ vicioso’’ , dijo Prous
puesto que ya no se sale de él. En verdad es lo que abrió a Charli
al arte, mientras que el príncipe de Guermantes, cuya vida
cuyas costumbres persistieron en las sendas de la moralida
y la sociabilidad ordinarias, permanece confortablemente ci
rrado a él. Pero ni Charlus ni Swann serán creadores. Porque s
desvío se fijó, se cristalizó, se fosilizó; se volvió familiar por
mismo y se transformó, amurallado, en manía que no solament
consume su energía, sino que sobre todo los mantiene en su d(
pendencia. Ya no emergen lo suficiente por y en el pensamientc
están atrapados por una necesidad de reconducción aún má

33
VIVIR EXISTIENDO

coercitiva que la ordinaria. De m odo que sólo serán aficiona­


dos, plegándose al goce de las obras hechas, pero que no alcan­
zaron la capacidad de iniciativa -efectivamente iniciadora- que
es la única que permite hacer una obra.
La economía del desvío, por consiguiente, es sutil y su equili­
brio, frágil. Habrá que elaborar en verdad una estrategia frente a
esa dificultad. Ya que por un lado si el desvío no es “ actualizado” ,
es decir, si no hay un pasaje al acto, ese “ desvío” queda en estado
de fantasía sustitutiva y no resulta productivo, se vuelve incluso
una cobardía: hay que distanciarse efectivamente, en el compor­
tamiento y no ficticiamente, de la condición de adherencia para
que semejante apartamiento sea operativo, para que pueda ser
una alteración y por consiguiente también un desprendimiento.
Aunque por otro lado el desvío, desde el momento en que se ac­
tualiza, introduce un acostumbramiento, y ya desde la primera
vez; constituye el cauce de una nueva dependencia: la fuerza de
apartamiento se pierde, su tensión ya no actúa, se da una fijación
que paraliza el vuelo de la conciencia y ya no “ exilia” , ya no
ha.ce ex-istir. Es preciso que el desvío conserve su carácter de
excepcionalidad para preservar su poder de insurrección, que es
su capacidad para hacer que aparezca una nueva normatividad
que sacuda la normalidad; y no que forme un nuevo pliegue, un
pliegue que enseguida se endurece, y que de nuevo sojuzgue:
un pliegue donde se está preso, del que uno se vuelve prisione­
ro, en cuyo seno la vitalidad se deja encerrar nuevamente.
Doble filo del desvío; o quizás más bien sea algo esencial­
mente ambiguo. De allí que el Desviado juega con fuego: está
internado en una parte peligrosa donde hay que vigilar el “ des­
prendimiento” . Porque debe responder a la exigencia que lo
condujo, ihantenerse en la emergencia, en la desadherencia que
lo elevó tal desvío, sin por ello volver a caer. Debe mantenerse
en la brecha, entre la adherencia de la que se deshizo y aquella
por la cual es amenazado de nuevo, sin dejarse volver a apresar
por ningún lado. Porque el desvío, para promover su efecto, no
debe ser un simulacro; ni tampoco convertirse en sometimiento
I. A D H ER EN C IA - D ESA D H ER EN C IA

al hacerse efectivo. Porque una vez efectuado el apartamiento,


para volver a poner en tensión la vida, no debe transformarse
en manía. Es preciso desadherirse del propio desvío que llevaba
a desadherir: para no volver a caer en una adherencia que, al
no ser ya despreocupada o ingenua, se volvería compulsiva. Pero
¿cóm o conservar el desvío estratégicamente bajo control, no
para contenerlo o refrenarlo sensatamente, puesto que de ese
exceso esperamos el apartamiento que hace desadherir, sino
para no dejarlo que se imponga a nuestro ethos que resultaría
así sojuzgado?
La desadherencia, al radicalizarse, al totalizar su efecto, al
endurecer su retirada, conduce al rechazo de la vida por parte
del sujeto; o bien deja el campo libre a semejante desvío que, sin
encontrar ya obstáculo para su fijación, es llevado a restaurar
una dependencia aún más coercitiva que la ordinaria. El peli­
gro, o más bien la pérdida, consiste al menos en que, al no ser ya
suficiente la adherencia, nos veamos abandonados en una falta
de rumbo que desmovilice la voluntad. De m odo que podemos
elegir -c o n una elección estratégica que advertimos fácilmente
en la biografía de muchos creadores, para que una desadherencia
semejante no se vuelva errancia, para que tal desadherencia
conserve su fecundidad, para que se deje en suspenso, en vacancia,
su intencionalidad-, recrear nuestras adherencias (adherencias
en este caso locales, temporales, medidas) que investimos a nues­
tro antojo. Otros tantos puntos de anclaje, aunque ya no com o
“ ventosas” , sino com o maneras de “ volver a hacer pie” para no
dejar que esa liberación planee en el vacío, y por consiguiente
para poder mantenerse activamente en el existir. Pero dado que
proceden de una desadherencia, tales readherencias ya no son
sufridas: no serán forzadas ni artificiales, ni coercitivas ni tam­
poco tan sólo aparentes y simuladas. Son puntos de apoyo rea­
les, pero cuya dosis y cuya extensión esta vez decidimos; sobre
los cuales mantenemos el control para no quedar empantanados
allí. Buscamos entonces -en la determinación de ese equilibrio
está la estrategia- el soporte que hace falta mínimamente para

35
VIVIR EXISTIENDO

poder desplegar a partir de allí, restableciendo una economía


de lo vital que torne de nuevo viable la vida, nuestra capacidad
de existir: de manera que la potencia negativa de la desadherencia,
de la que procede a la vez la desadherencia y aquello que libera,
al lograr regularse a sí misma, pueda cumplir su vocación a lo
largo del tiempo. ¿O bien habrá que preferir terminar com o
lo hicieron Nietzsche y Rimbaud?
Readherencias en lugares, ocasiones, actividades: en el em­
bellecimiento, por ejemplo, de un “ rincón” donde vivir. Ya no se
tratará de una pasión, ni mucho menos de una fijación, sino de
una adherencia ligera, que se mantiene fluida, que se pretende
pasajera, que ya no “ pegotea” . “ Ni dejar ni pegarse” , dice mag­
níficamente el chino (bu ji bu li ni enredarse en la
adherencia ni tampoco abroquelarse en una ascesis insosteni­
ble que, al privarnos de lo exterior, empobrece interiormente.
G ozo de mis pinturas mientras están allí, ante mis ojos, dice Su
Dongpo, dirigiéndose a todo letrado coleccionista, pero no sería
tan desdichado de perderlas. Una pintura, en efecto, al ser un
objeto ideal, el menos objeto de todos los objetos, apenas se pue­
de poseer. O bien me “ presto” a ello, pero no me entrego a ello:
abstenerse de la adherencia mantiene en disponibilidad. N o se
trata de volver a un justo medio timorato, temeroso de los exce­
sos, sino de conservar semejante relación abierta: que permite
acoger, aunque sin atestarse. Adhiero sin adherir, podríamos decir
a la manera del Laozi: esas adherencias puntuales, adventicias,
invitan, solicitan, pero no invaden ni obsesionan. N o convier­
to esas adherencias sin adicción en “ ganchos” que me aga­
rran, sino que las convierto en flotadores, com o dice también
Zhuangzi, barquillas por las cuales me dejo llevar a la confor­
midad (moral, social) que me hace falta para poder perseverar
en mi única capacidad de existir. Goethe, Hugo tal vez, ¿no fue­
ron maestros en este arte de readherir, en esta manera estraté­
gica de hacer que actúe tanto más eficazmente lo negativo de la
desadherencia en la medida en que ya no se fija a su vez en una
rutina y no llega a encontrar reposo?

36
/

II

RESISTENCIA

(¿o qué le hace falta de negativo a toda existencia?)

1. En principio se creería que la resistencia es lo contrario de


la adherencia: una afirma su oposición, mientras que la otra
permanece com o atada a su soporte. Pero si uno toma verdade­
ramente en cuenta el más amplio espectro de todo lo que nos
mantiene atados a la vida, o mejor dicho: en la vida, que va de
las pertenencias humanas a' los bienes materiales, que se remon­
ta incluso a todas nuestras formas de creenda y de seguridad
en lo que es el m odo más elemental en nosotros, ya en el nivel de
los sentidos, al que Merleau-Ponty llamaba, a falta de algo me­
jor, la “ fe perceptiva” , se comprenderá sin esfuerzo que el he­
cho de que tengamos que resistir también puede participar de
nuestra adherencia; o que la resistencia no es en sí misma
desadherencia: esta última es sustracción a la adherencia, aquella
puede reforzarla. El que haya algo negativo a lo que hace falta
oponerse, en efecto, contra lo cual debamos sublevárnos y bata­
llar, e incluso que tengamos una carencia que colmar, una insa­
tisfacción que aplacar, contribuye tatnbién, e incluso sin duda
prioritariamente, a mantenernos integrados en el seno de lo vi­
tal. Sin un mínimo de resistencia por desplegar, ya no adherire­
mos lo suficiente a la vida. Nos hace falta algo contra lo cual
(contra lo cual tengamos que luchar, querer, esperar), com o para
que nuestra capacidad de estar con vida tenga que ejercitarse.
Si todo me es concedido demasiado fácilmente, si ya no tengo
bastante que desear; si todo resulta demasiado plano, en suma,

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