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Jessica Trapp

El maestro
del placer
Capítulo 1

Castillo Whitestone, noviembre de 1470

Lady Meiriona miraba cómo una diminuta araña negra tejía hebras de seda en el marco de
la puerta mientras esperaba para traicionar a su prometido.
El pie enfundado en una sandalia daba golpecitos impacientes contra el suelo de la capilla de
baldosas negras y rojas. Si solamente pudiese lograr que su padre entendiera que el compromiso
matrimonial debía anularse con diplomacia y no por la fuerza...
Desde su sitio, sentada en el primer banco, miraba el escondite de su padre, en la parte de
delante de la iglesia, luego la puerta abierta de la capilla, y otra vez a su padre. ¿Por qué los
hombres no entendían que la violencia sólo engendra más violencia?
—Prométeme que no lo asesinarás, padre. Fuérzalo a que firme los documentos y
terminemos con esto.
—Haré lo que creo que es mejor. —La voz de su padre retumbó detrás de un biombo de
madera pintado con imágenes bíblicas. Colores brillantes cruzaban el biombo que mostraba la
imagen de una mujer que clavaba la cabeza de un hombre al suelo.
El aire de la iglesia tenía un dejo a incienso que le provocaba ardor en las fosas nasales y el
miedo le revolvía el estómago. Quizás ella era la mujer de la pintura y el hombre su prometido.
Entrelazó las manos para disimular el temblor y las cubrió con el terciopelo verde de su vestido.
—Odio ser el señuelo, padre. Estoy segura de que el compromiso puede anularse de otro
modo.
—No hay otro modo. —La voz iracunda de su padre resonó en el oscuro santuario vacío. A
pesar de estar escondido en la penumbra, Meiriona podía sentir su agitación—. Edward nos forzó
a contraer este compromiso matrimonial y lo romperemos por la fuerza. Te quedarás sentada allí
hasta que esto acabe.
Meiriona se puso rígida; el metal del corsé raspó contra el banco de la iglesia y se le clavó en
la piel.
—Ya no soy una niña, padre. —El tono de su voz fue desafiante, incluso para sus propios
oídos. Odiaba que la utilizara a su antojo.
—Apenas tienes quince años.
—Lo suficiente como para contraer matrimonio — contestó.
La figura alta y delgada de su padre apareció por detrás del biombo pintado; las manos en
puños. La cota de malla resonó y su chaleco carmesí se onduló mientras caminaba decidido hacia
Meiriona. La encrespada barba gris tiritaba de la ira. Unas mechas grises colgaban por delante de
su rostro, como si se hubiese colocado el casco sin preocuparse primero por mover el cabello a un
lado.
—¡Desafíame y desde luego asesinaré al bastardo!
Golpeó el puño acorazado contra la tela blanca que cubría el altar grueso de madera. Un
candelabro cayó a las baldosas y las velas sin encender rodaron por el suelo.
Meiriona le dio unos golpéenos a la toca almidonada con un gesto que delataba nerviosismo,

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pero lo miró a los ojos sin echarse atrás. ¿Por qué los hombres preferirían la guerra cuando
mediante la diplomacia se puede lograr el mismo objetivo? Los cementerios ya desbordaban de
víctimas por el conflicto entre la Casa de Lancaster y la Casa de York.
Su padre se desplazó con furia a través de la alfombra de color rojo sangre que cubría el
pasillo de la fría iglesia. Se detuvo justo frente a ella.
—Mira, hija, ¿eres de Lancaster o de York?
—Padre, por favor. Tú sabes que mi lealtad es verdadera. —Lo miró fijo mientras sus dedos
recorrían el borde del banco de roble—. Pero Henry ha recuperado el trono. Quizás podamos
romper el compromiso de matrimonio legalmente.
—¿Legalmente? ¡Bah! —El puño revestido con un guante de acero golpeó el aire como
peleando contra monstruosos demonios invisibles—. ¿Acaso a tu madre la violaron legalmente?
Meiriona se encogió y apretó la mandíbula para reprimir las lágrimas que nunca se permitía
derramar.
—Yo misma limpié la sangre de los muslos de mi madre después de que ese canalla de York
la violó. No dudes de mi sinceridad.
Su padre se inclinó hacia delante para besarle la frente; una expresión de amor bravío
brillaba en sus ojos.
—Eres muy parecida a tu madre. Cuando me uní en matrimonio con mi Catrín, ella era puro
fuego y destello. Cabellos rojos y ojos verdes. No traicionaré su memoria permitiendo que te unas
en matrimonio con un partidario de la casa de York.
Ella tiró de su descolorido chaleco carmesí enderezándolo como solía hacerlo siempre.
—Quizás el Rey Henry esté de acuerdo con nosotros en no llevar a cabo esta unión
matrimonial. Pero no usurpes su autoridad matando a este hombre.
El padre negó con la cabeza. El metal del casco brilló y arrojó destellos de colores por toda la
capilla ricamente decorada mientras el sol de la mañana se colaba por los coloridos cristales de las
ventanas.
—Soy demasiado blando contigo —se quejó.
—Nunca has sido blando —aseguró—. Pero Godric de Montgomery es inocente.
—¡Ja! —Los hombros de su padre se enderezaron con renovado vigor. Los ojos se le salían de
las órbitas como los de un toro enardecido—. Ninguno de los partidarios de la casa York es
inocente. Son asesinos y traidores de nacimiento. ¡Que ardan todos en el infierno por traicionar a
nuestro misericordioso Rey Henry y por lo que hicieron con mi amada Catrín!
—¡Padre, por favor! —Meiriona se estremeció y deseó que él se convirtiera en aquel risueño
y compasivo padre que solía ser antes de la violación de su madre y su posterior muerte al nacer
el niño. Desde aquel momento, perdía los estribos con demasiada frecuencia.
Una trompeta sonó y su padre se aquietó.
—El bastardo de York llegará aquí en cualquier momento y todo habrá terminado.
Despegó los ojos de los de su padre y espió por la puerta abierta. Una figura alta entró a la
capilla, caminado con el paso arrogante de quien ha sido recientemente nombrado caballero.
—¡Mira, hija, aquí viene!
Palideció al ver por primera vez a su prometido. Una oleada de culpa la invadió y sintió
pena por el hombre que caminaba por el pasillo de hierba pisoteada. Era un bastardo, un hombre
sin familia. Su padre lo había convocado urgentemente con la excusa de que la boda debía llevarse
a cabo inmediatamente. Había sido avisado con tan poca antelación que tal vez su prometido no
había conseguido compañía, ni siquiera para presenciar su propia boda.
Asió con fuerza la manga del chaleco de su padre.
—Prométeme que no lo matarás, o le advertiré de lo que intentas hacer.
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Su padre la miró fijamente.
—Bien. —Enderezó el candelabro y pateó las velas caídas debajo del faldón del altar. Una
sonrisa cruel se le dibujó en las crudas y huesudas facciones. Una sensación de inminente terror
recorrió el cuerpo de Meiriona, sofocándola como un manto.
—No olvides tu deber, hija. —Volvió rápidamente al escondite detrás del biombo. La cota de
malla tintineaba a cada paso.
Meiriona se irguió en el banco. Al adoptar una postura tranquila, las terminaciones nerviosas
del rostro se le tensaron a flor de piel. Se sintió como un trémulo conejo forzado a ser el cebo
mientras los cazadores esperan al hambriento predador.
Su prometido llegó a la puerta dando rítmicos pasos largos. Una araña se escabulló para
evitarlo cuando pasó agachándose por el marco de la puerta demasiado bajo para él.
Meiriona dio un grito ahogado. Todo su cuerpo estaba pendiente del cambio que la presencia
de su prometido causaba en el aire. La luz del sol se colaba detrás de su figura y lo hacía ver como
un ángel: hermoso, masculino, poderoso y peligroso.
Entró en el santuario y a ella se le secó la boca.
Estaba vestido con ropas de boda y espuelas de caballero plateadas y brillantes. Era el
hombre más imponente que había visto en su vida. Un chaleco azul con bordados amarillos le
acentuaba los anchos hombros. Las calzas y las botas altas revelaban largas y musculosas piernas.
Grandes y ásperas manos frotaban un par de guantes de montar a la altura de una delgada
cintura. La culpa colmó su conciencia cuando cayó en la cuenta de que él no llevaba espada.
Una cabellera negra y descuidadamente cortada le llegaba a la altura de los hombros y
enmarcaba sus rasgos angulares. Una nariz aristocrática y oscuras cejas le daban un aspecto
abrumador, pero los ojos destilaban inteligencia y profunda sensualidad. Unos labios carnosos le
suavizaban el rostro.
¿Qué se sentirá al ser besada por esos labios? Tragó saliva. El corazón le galopaba en el pecho.
Deseaba poder quitarle los ojos de encima.
Él la miró expectante.
—¿Lady Meiriona?
Ella sintió el corazón en la boca y contestó con voz ronca.
—Sí.
Él se inclinó en una reverencia.
—Godric de Montgomery. —Con un movimiento de su brazo musculoso señaló la capilla
adornada—. ¿Por qué estás a solas en la oscuridad? Vamos a unirnos en matrimonio.
A Meiriona le temblaban las manos ocultas en los pliegues de la falda.
—No puedo contraer matrimonio con un partidario de la casa de York —dijo en un hilo de
voz.
—¿Qué has dicho? —Dio un paso hacia adelante y se acercó a ella. Una arrogante
masculinidad dominaba el espacio entre ellos—. No te he oído.
Meiriona se aclaró la garganta y suprimió el deseo de saltar del banco y huir. Aun sin
espada, parecía capaz de arrancarle el corazón a uno.
—Mis disculpas, señor. Ser la novia me pone tensa. —Desvió la vista para ocultar la mentira.
Al hacerlo, posó la mirada en una gran estatua pintada de Jesús situada entre las sombras.
Los ojos fijos la condenaban y contuvo el aliento. ¿Realmente necesitaba Dios la gran cantidad de
dinero que su padre había pagado para sobornar al párroco y anular el acuerdo matrimonial?
—¿Dónde está la celebración de esta boda? —La gruesa voz de Godric cortó en seco sus
pensamientos.
Volvió la mirada hacia él. Unos ojos azules como la medianoche, enmarcados en pestañas
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negras de pirata, la observaron.
Con el corazón palpitante, miró furtivamente el escondite de su padre.
—Estarán aquí pronto.
El caballero asintió, satisfecho con la escueta respuesta.
—No esperaba que la heredera de Whitestone fuera tan hermosa.
El estómago le dio un respingo ante el cumplido. Estaba segura de que sólo el diablo mismo
podría ser tan seductor.
—Señor, le ruego. No diga esas cosas.
—Pues es la verdad. —Extendió la mano y los músculos del brazo que blandía la espada
danzaron cuando la alcanzó.
Ella se humedeció los secos labios fascinada por el tamaño de los músculos de su brazo. Era
largo, moreno y seductoramente poderoso.
La tomó de la mano y rió entre dientes.
—¿Te agrada lo que ves? —El ronco tono de voz sonaba lleno de excesiva confianza.
—No, no me agrada —mintió con las mejillas enrojecidas. Sabía que el tenue maquillaje rojo
que llevaba no ocultaría su rubor. Selló los labios con irritación. No era una cobarde libertina que
se ruborizaba y tartamudeaba cada vez que un hombre le decía un cumplido. Deseaba soltarse de
la mano pero no se atrevió. Él podría sospechar.
Él le guiñó un ojo, sonrió pícaro e ignoró la mentira. Era como si compartiesen un gran
secreto. Él parecía poder leer los deseos más profundos de Meiriona, ver a través de su modesto
vestido verde y de su enagua amarilla debajo.
—Pequeña —murmuró acercándose—> no debes sentir miedo de los deseos privados entre
un hombre y una mujer.
Ella tembló. Él olía como a lluvia fresca, el viento salvaje y el reconfortante humo de una
hoguera. Sintió un ardiente deseo por lo imposible.
—Esto no está bien. —Le susurró, aunque más lo dijo para sí misma.
Godric acarició la punta de los dedos de Meiriona con sus manos ásperas y un hormigueo le
recorrió el cuerpo por ese traicionero deseo.
—Nada puede ser más correcto entre un hombre y su esposa.
Ella desvió la mirada. El corazón le palpitaba con fuerza en el pecho por la guerra que se
desataba entre sus deseos más privados y la lógica y la lealtad.
—Todo estará bien entre nosotros, pequeña. —Le tomó la mano y la besó con labios suaves
como brezo de primavera.
Meiriona se echó para atrás como si se hubiese quemado, pero él le sujetó la mano con
fuerza.
El débil chirrido metálico de la espada de su padre al salir de la vaina cruzó el aire del calmo
santuario.
Godric miró hacia atrás.
Propinando un grito de guerra, su padre salió de un salto del escondite, blandiendo la
espada. Un instante después, soldados armados irrumpieron en la capilla y los rodearon.
Meiriona saltó hacia adelante cuando su padre arremetió contra su prometido.
Godric la empujó detrás de su propio cuerpo para protegerla del peligro. Sacó una pequeña
daga de la bota y la levantó listo para la pelea. Su padre avanzó. La punta de la espada iba
directamente dirigida al corazón de Godric. Los hombres se agolparon en la capilla. Todos
blandían espadas. El olor del cuero y del sudor era más fuerte que el aroma del incienso. ¡Dios
mío! ¿Qué había hecho?
Meiriona se deslizó colocándose entre su padre y Godric.
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—¡No, padre! ¡Debe de haber otro modo de lograr el mismo objetivo!
La mirada de Godric se clavó en ella.
—¿Lograr el qué?
Miró a su padre y nuevamente a Godric.
—No puedo contraer matrimonio contigo. —Tocó el antebrazo de Godric suplicándole en
silencio que comprendiera.
—¡Mi hija nunca contraerá matrimonio con un bastardo!
La expresión de Godric mutó de confusa a descreída.
—¿Cómo?
Ella tembló bajo su mirada y se volvió hacia su padre.
—Esto no es...
—¡Silencio, hija!
La luz del sol rebotaba en las espadas alzadas de los hombres causando un arco iris de luces
danzarinas que tintineaban en el altar.
La mirada de Godric, fría como el pico de Snowdonia, se posó sobre ella. Llevaba ira y
tensión sobre los hombros.
—¿Quieres decir que has estado aquí en la oscuridad como cebo? —La sujetó con más fuerza.
La cortesía desapareció de sus ojos azules de medianoche y fue reemplazada por la cautela de un
lobo acorralado.
—No he tenido opción.
—¿Qué no has tenido opción? —bramó.
Se encogió. La sangre de su prometido estaría en sus manos si él elegía pelear. Un solo
hombre no tenía ninguna posibilidad ante tantos caballeros armados.
—¡Por favor, sólo firma los papeles!
—¿Qué papeles?
—Para romper el compromiso matrimonial. Mi padre ya los ha conseguido.
La fuerza de la ira en los ojos de su prometido casi logra hacerla caer sobre el banco.
—Eres mía —declaró, tan calmo que parecía estar gritando. Se movió con los reflejos de rayo
propios de un guerrero y la sujetó de la cintura empujándola hacia él.
Ella aterrizó contra el cuerpo de su prometido. La cabeza no le llegaba a la altura de los
hombros anchos de él.
Su padre bramó y se lanzó hacia adelante.
Ella sintió la hoja fría e inflexible de la daga de su prometido rozándole la espalda, lo que
mantendría a su padre alejado. Apretada contra el cuerpo de Godric, sintió su ira al latir
fuertemente ambos corazones uno junto al otro. Con mirada desafiante hacia su padre, le quitó la
toca de la cabeza a Meiriona y la besó audazmente. Su pesada cabellera roja se derramó sobre ella,
sobre los hombros y por la espalda. La lógica indicaba que se resistiera, pero la boca de Godric la
reclamaba quemándola al tacto.
Los labios de su prometido no eran tan suaves como lo habían sido en la palma de su mano,
pero sí eran desafiantes y severos. Sin embargo, su aliento era dulce como el aguamiel.
Una oleada de calor incómodo le recorrió las extremidades cuando la lengua de Godric dio
un latigazo en sus labios exigiendo ingresar en su boca.
Vagamente, escuchó a su padre rugir a lo lejos. El brazo de Godric se tensó y el cuchillo
presionó su espalda. Luego, el tiempo se lanzó vertiginoso y ella perdió la noción de lo que
sucedía. Sólo sentía la boca de su prometido y ese deseo poco práctico que le reclamaba su alma.
Abruptamente, la apartó.
Sin aliento, intentó reordenar sus pensamientos, pero parecían estar tan enmarañados como
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su cabellera. La mirada de su padre se posó en ella, condenándola. La deshonra le quemaba las
mejillas. No había siquiera luchado para liberarse de ese beso.
Godric la escrutó como si la hubiese reclamado para sí.
Ella estiró los dedos para limpiar la ferocidad del rostro de su prometido. Él irradiaba ira y
su valor se disipó. Meiriona dejó caer la mano de lado, sin vida.
—Sácalo de aquí —dijo ella con un hilo de voz, liberándose de él de un tirón. Meiriona se
escabulló de la capilla como una cobarde, llevándose por delante la telaraña en su huida. Largos
hilos de la red flameaban en su cabellera al salir corriendo hacia sus aposentos.
—¡Volveré por ti! ¡Eres mía! —Su voz la alcanzó hasta el jardín—. ¡Pagarás por esto!

Cinco años después. Una prisión en Turquía.

El dolor despertó a Godric Montgomery lentamente. Sabía que todavía estaba vivo porque le
latían las sienes y escuchaba un zumbido agudo en los oídos. Maldijo por eso. Era preferible
enfrentarse al diablo en el infierno que soportar la vida de esclavo que llevaba en ese momento.
—Levántate, patán —dijo la voz de una mujer desde la oscuridad. ¿Meiriona?
Se sucedieron varios pensamientos en su mente: la capilla, su prometida, su padre, la
traición, luego una embarcación y la celda de esclavos. Pero era tan imposible atrapar los
pensamientos como lo es atrapar neblina con las manos. Intentó abrir los ojos, pero uno estaba tan
hinchado que le resultaba imposible y con el otro sólo podía ver un halo de luz fino de la tenue luz
de una antorcha.
—Despierta, canalla. —Un pie lo empujó por las costillas y le disparó un rayo de dolor en el
pecho.
Giró la cabeza de lado y sintió en sus labios el sabor de la suciedad del suelo de la celda de
prisión. Escupió para deshacerse del gusto de mugre mezclado con sangre e hizo un esfuerzo por
hablar.
—¿Meiriona? —dijo con voz rasposa y las palabras se sintieron como grava en la garganta.
La realidad regresó a su mente como un aluvión. No, esa voz de mujer no podía pertenecer a
la pequeña confabuladora y maldita perra que lo había vendido a esa vida de esclavo. Su
prometida, maldita sea su alma oscura, se encontraba a un océano de distancia, seguramente
recostada en una cálida cama de plumas mientras él se pudría en ese frígido e implacable suelo de
una prisión turca.
—Tu dama no podrá ayudarte.
¿Meiriona? ¿Su dama? Sí, era verdad, pero no en el sentido que esa mujer suponía. Él le haría
pagar a Meiriona por los últimos cinco años de sufrimiento. El deseo de venganza le quemaba más
que la agonía de su cuerpo.
Se puso de rodillas y se vio desnudo. Le dolía la espalda. Cada movimiento le quemaba de
dolor.
¿Cuántos latigazos le había propinado el encargado de los esclavos esa vez? ¿Cuarenta?
¿Cincuenta? Había perdido la cuenta después de los treinta y se había desmayado bajo los
constantes azotes.
—Apresúrate. Los guardias estarán aquí pronto.
Sacudió la cabeza para despejar las telarañas, cerrando los ojos por el dolor que le causaba tal
movimiento. Entreabrió un solo ojo y miró a la mujer. Era de mediana estatura. Un velo negro le
cubría el cabello y le oscurecía el rostro. Un largo vestido negro le cubría todo el cuerpo excepto
las manos. Flotaba ante él. Un demonio negro con una solitaria vela iluminando su camino al
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infierno.
—¿Quién eres?
—Mi nombre no es de tu incumbencia. He sido enviada por la Princesa Nadira.
—¿Nadira? —Una punzada de incomodidad le erizó los cabellos de la nuca. Su amorío con
Nadira era la causa de los pasados cuatro meses de tortura en ese agujero subterráneo del
demonio.
Antes de aquello, había sido simplemente un esclavo en el palacio del sultán, cosa que
aborrecía. La Princesa y sus doncellas lo habían encontrado como una novedad, una distracción al
aburrimiento causado por demasiada riqueza y placer. Lo habían llevado a ellas secretamente en
la madrugada. Habían jugado con él hasta el punto en que se sintió más un caballo de los establos
que un hombre.
Maldita sean esas traicioneras mujeres. Les había dado placer y ellas, a cambio, lo habían
mandado al potro de tortura.
Godric se frotó el pecho dolorido con la mano. El vello le había vuelto a crecer durante los
pasados meses. Anteriormente, las mujeres le habían aplicado una mezcla de azúcar y cera de
abejas para arrancárselo de raíz antes de untarlo con aceite. No le era de mucho consuelo, pero por
lo menos estaba volviendo a ser un hombre.
—La Princesa Nadira le desea buen viaje.
Rió amargamente.
—¿De verdad? ¿Me desea buen viaje después de acusarme de violación y enviarme con esos
perros para que me azoten?
La mujer chasqueó la lengua.
—Nadira es una princesa. Y usted —se corrió el velo del rostro y escupió en el piso—, usted
es un canalla. No tenía derecho a tomarla como si fuese una de sus prostitutas inglesas.
Se levantó de un salto y, tomándola de la muñeca con un puño fuerte, le dijo:
—Cuidado con lo que dice o le arranco la lengua de cuajo aquí mismo. No tengo nada que
perder.
Ella se estremeció y se corrió el velo para ocultarse el rostro.
—La Princesa me envió a liberarlo —le dijo arrojándole las palabras como si fueran una
maldición—. Si me hace daño, morirá aquí con sus excrementos como única compañía.
Godric aflojó el puño que sujetaba la muñeca de la mujer.
—¿Nadira la envió a liberarme?
Asintió con la cabeza como si el pensamiento le resultara repugnante.
—En su lugar, hubiese dejado que su cuerpo se pudriera aquí, pero la Princesa tiene otros
planes.
—¿Dónde está la Princesa ahora?
—Durmiendo en su cama. ¿Eres tan arrogante como para pensar que ella misma vendría a
despedirte? No eres nada para ella.
Godric no dudó de la veracidad de aquel comentario. Sólo había sido un juguete para ella.
Un juguete que se descarta fácilmente cuando se vuelve molesto.
—¿Por qué me libera?
—Será ejecutado en la mañana. —Se zafó del puño y giró abruptamente—. Sígame o morirá.
Me da lo mismo.
Ella empujó las barras metálicas de la puerta de la celda.
Sin llave.
Quizás la mujer decía la verdad. O quizás era una trampa. Sostuvo la puerta abierta,
señalándole con un movimiento de cabeza que lo siguiera, pero él la miró con recelo. Sólo un tonto
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confiaría en las mujeres. Y ya no era un tonto.
¿Habría un infierno peor esperándolo si la seguía? Se plantó con los pies fijos en el suelo
irregular, sin hacer caso a su desnudez.
—Si no le importo a Nadira, ¿por qué me libera?
—Un esclavo no debe cuestionar las decisiones de mi señora. Pronto se aclararán sus dudas.
Él posó la mano sobre el hombro delgado de la mujer y la amenazó nuevamente diciéndole:
—Traicióneme, y la mataré antes de que puedan capturarme.
—Máteme y no volverá a ver su maldita Inglaterra nunca más. Suélteme, canalla. Le traje
unas ropas.
No tenía opción. Si se quedaba allí, moriría sin duda; olvidado en una asquerosa celda bajo el
palacio del sultán. Que lo llevase el diablo si era lo suficientemente tonto como para volver a
confiar en una mujer.
La siguió a un vestíbulo que olía a humedad dejando atrás las barras metálicas de la celda.
Cada movimiento le causaba dolor. Se encorvó para atrapar un bulto que estaba apoyado contra la
pared de piedra y que le había sido arrojado.
—Póngase estos.
Obedeció rápidamente. Los pantalones sólo le llegaban hasta la mitad de las pantorrillas de
sus largas piernas, y la camisa le quedaba demasiado ajustada a la altura de los hombros. El lienzo
se pegó a la sangre coagulada en su espalda, pero no se quejó.
Cuando hubo terminado de vestirse, ella asintió en señal de aprobación. La oscuridad se
cerró en torno a ellos cuando caminaron en silencio por el frío, húmedo y extenso pasillo
subterráneo. Unas cucarachas negras huían al paso de Godric y la mujer cuando doblaban las
esquinas. Goteaba agua de los techos con un eco extrañamente sonoro. El aire era fétido y viciado.
De tanto en tanto, a lo largo del pasillo se veían otras celdas cavadas en la piedra y
protegidas con barras de metal. Esqueletos yacían en varias de ellas. Las ratas mordisqueaban lo
que quedaba de carne en los huesos.
Finalmente, Godric y su silenciosa guía ingresaron en un vestíbulo donde las piedras
desiguales del suelo comenzaban a subir y el aire era más fresco. El último tramo lo recorrieron a
gatas, pero finalmente lograron salir de las catacumbas a la acogedora noche iluminada a la luz de
la luna.
Godric inspiró el aire nocturno. Había un aroma a jazmines frescos en la brisa.
Libertad.
Hacía cinco años que no saboreaba la libertad. Quería deleitarse como un hombre
hambriento saborearía un festín.
Los esperaba un hombre solitario a caballo. Sostenía las riendas con una mano y un bulto de
harapos con la otra.
Con un movimiento brusco, la mujer tomó una bota de agua de la silla del caballo y la lanzó
a las manos de Godric.
—Lávese las manos, canalla asqueroso.
Godric la miró con recelo pero obedeció.
Ella le dirigió unas palabras rápidas en árabe al jinete. Éste se bajó del corcel y le entregó el
bulto a la mujer quien a su vez, se lo entregó a Godric.
—Ésta es la razón por la cuál ha sido liberado.
Godric tomó el bulto. Se sentía pequeño y cálido entre las manos.
—¿Qué es esto?
El harapo superior se corrió hacia un costado y un bebé arrugado y rozagante lo miró.
—¡Por la sangre de Cristo! —Casi deja caer al bebé de la sorpresa—. ¿Me estás entregando un
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bebé?
—Es tu hija —acusó la mujer.
—¿Mi —arrugó el entrecejo y sostuvo con fuerza al bebé, con temor a romperla— hija?
—¿Eres estúpido? ¿No sabes cómo el sultán descubrió vuestro amorío con la Princesa?
Godric no podía apartar los ojos del bebé. No pesaba casi nada.
—Estuve preso en las catacumbas. Me he enterado de las acusaciones de la Princesa, no de su
embarazo.
—No puedes culpar a la Princesa por tu encarcelamiento. Sólo hizo lo que debía.
El bulto se retorció y el bebé arrugó la nariz. Su pequeño cuerpo cabía en la palma de la
mano. ¡Dios! ¿Qué sucedería si la dejaba caer?
La acercó a su pecho. Pero, ¿y si la estaba sosteniendo con demasiada fuerza? Madre de Dios,
nunca antes había sostenido a un bebé en los brazos. ¿Cómo se supone que uno debe hacerlo?
La niña cerró los ojos y se quedó profundamente dormida, en paz, confiada. ¿No había
jurado hace unos instantes que todas las mujeres eran confabuladoras y traicioneras? Se había
equivocado. Esa niña no tenía maldad. Era preciosa. Se sentía... intimidado, humillado. La niña era
un pequeño pedazo de cielo en medio del infierno.
Volvió la mirada a la mujer.
—¿Qué significa esto?
—Regrese a su maldita Inglaterra. Llévate su hija bastarda.
¿Bastarda? ¿Cuántas veces antes lo habían llamado así a él mismo? El dolor le cruzó el pecho,
sintiendo su fracaso. Se había prometido nunca engendrar un niño fuera de un compromiso
matrimonial precisamente por esa razón. Y allí, acunada en sus brazos, estaba la prueba de su
deseo egoísta.
Lo invadió una oleada de sentimientos de protección y posesión. Ésa era su niña.
Su niña.
Debía llevarla a Inglaterra, conseguirle un lugar seguro en el mundo. Le dolió el pecho,
exactamente en el lugar donde estaría su corazón si hubiese tenido uno todavía. Pero se lo habían
arrancado hacía un largo tiempo.
No, no podría llevarse a su hija. Ya le había fallado una vez por su egoísmo; no le fallaría de
nuevo.
—La niña pertenece a su madre. —Sabía que debía devolver la niña a los brazos de la mujer.
Sin embargo, no lo hizo. En su lugar, la acercó a su rostro e inspiró su dulce aroma de niña.
La mujer se encogió de hombros.
—Llévate a la mocosa o déjala aquí en el suelo para que se la coman los lobos. No me
interesa. Una bastarda no puede ser criada en el palacio. —Se giró hacia el hombre que había
estado montado en el caballo—. Ven, ya hemos cumplido con lo que la Princesa nos ha
encomendado.
Godric los siguió con la mirada mientras caminaban de regreso al palacio, dejándole el
caballo con las riendas colgando hacia el suelo. Era un hombre libre; sin embargo, sentía el
corazón más encadenado que nunca.
—¡Esperad! —gritó—. No sé su nombre.
La mujer y el hombre no se volvieron, aunque estaba seguro de que lo habían escuchado. El
caballo relinchó levemente y lo tocó en el hombro con el hocico.
Dio unas palmadas al animal y sintió el confort del cálido pelaje. De todas las cosas que le
habían sido privadas en los pasados cinco años, quizás era su caballo lo que más había extrañado.
Su prometida lo había llevado a una vida sin futuro. Esclavitud, encarcelamiento, y ahora,
libertad. Se deslizó cuidadosamente en la silla de montar, sujetando a su hija.
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La niña despertó y se acomodó en su pecho, abriendo la boca. Se instaló en su corazón un
miedo que nunca antes había sentido.
—¡Jesús! No tengo pechos para darle su leche.
¿Cómo la alimentaría?
Acarició la cara de la niña y ella se aferró a uno de sus dedos, succionando tan fuertemente
que se le hundieron las mejillas. Él suspiró aliviado cuando la beba cerró los ojos y el cuerpo
liviano se relajó en sus manos.
¿Por qué Nadira le había entregado el bebé? Miró las dos siluetas que desaparecían hacia las
torres del palacio. Sus formas eran ahora oscuras y confusas.
Viró el caballo hacia el oeste, de espaldas al sol naciente.
—¿Qué piensas tú, caballo? Quizás, así son las mujeres. Sólo se interesan por ellas mismas.
El caballo relinchó en señal de acuerdo.
—Sí, pero así no soy yo —Cubrió el rostro de su hija con una parte de la manta y la acercó a
su pecho. Le dio un rodillazo al caballo, que comenzó a trotar. Estaba decidido a conseguir
alimento para su hija.
—Tengo tierras en Londres, hija —susurró, saboreando la dulzura de la palabra «hija» en su
lengua—. Me fue robado todo por una prometida infiel, pero lo recuperaré para ti. Y allí
viviremos bien.
Nada le impediría tener Jo que le pertenecía y cobrarse venganza de aquellos responsables
por su esclavitud. Él había nacido sin futuro, sin familia. Su hija no padecería tal destino.

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Capítulo 2

Castillo Whitestone, 1477

—¡ Maldita sea! —El padre de Meiriona golpeó con el puño sobre la mesa de roble al
tiempo que un joven noble escapaba a toda prisa del gran salón sin mirar atrás. Varios papeles se
desparramaron sobre las esteras—. ¡Maldición, hija! Es el tercer pretendiente de este mes que se ha
ido gracias a tu irreverente lengua.
Meiriona acomodó una larga trenza pelirroja sobre su hombro con un golpe de muñeca que
denotaba indiferencia.
—Tenía los pies demasiado grandes, padre.
—¡Dios mío! —Su padre se puso de pie y caminó hacia la ventana. Su bramido se convirtió
en una tos espasmódica. Los sirvientes se escabullían a su paso, pero él no les prestó atención. Las
botas pisotearon las frescas esteras verdes, llenando el tenso aire del salón de un aroma de romero
y menta.
Deseando haber pensado en una excusa más creíble que el tamaño de los pies de su
pretendiente, Meiriona se aferró a los brazos de la silla y se preparó para el ataque de su padre.
—Desagradecida. Desobediente. —Golpeó con la mano el marco de la ventana, seguramente,
mientras miraba al pretendiente salir del castillo—. ¿Por qué no puedes parecerte un poco más a
tu dulce y dócil madre? —Respiró profundamente y luego gruñó ásperamente dos veces.
Meiriona empujó la silla hacia atrás sintiendo un dolor familiar en el pecho.
—Padre, siéntate, por favor. Déjame traerte un poco de la poción de Mattie para los
pulmones.
—¡Deberías haber contraído matrimonio hace años!
—Padre, por favor.
—Ioworth —El tío Fierre, que estaba sentado al tablero de ajedrez cerca del fuego, palmeó
uno de los peones con una huesuda y arrugada mano y miró a Meiriona y luego a su padre—.
Déjala, amigo mío.
Su padre giró y miró enfurecido al tío Pierre.
—No eres tú quien debe pagar todos los malditos impuestos del Rey. —Volvió a la mesa alta
con largas zancadas. Asió de un tirón un puñado de papeles y los agitó frente a Meiriona—.
¡Mirad! Más impuestos de guerra de Edward.
A Meiriona se le cayó el alma a los pies. Una interminable lista de impuestos había llegado
desde que la casa de York había retornado al trono.
—Si permitieras que Mary les enseñe a otras mujeres a tejer la lana como lo hace ella,
podríamos vender una fortuna en Londres.
—¡Mira a tu alrededor! —exclamó, agitando los brazos y señalando las paredes desnudas del
gran salón—. Necesitamos oro ahora, hija. No tenemos tiempo para sueños tontos de mujeres
tejiendo lana.
Una oleada de culpa le encogió el estómago al observar las austeras paredes. Habían
vendido la tapicería para pagar la fianza y sacar a su padre de la prisión en Londres seis meses

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atrás. Si ella fuese una hija obediente y estuviese casada, ya se hubieran recuperado
económicamente. Pero le aterrorizaba la idea de estar a la voluntad de un hombre. Sabía que
podría encontrar un mercado viable para los tejidos de Mary si le dieran un poco de tiempo. Si así
fuese, no tendría que ser vendida al mejor postor como cerdo de feria.
—Por favor, padre. Fueron los tejidos de Mary los que nos ayudaron a pagar la fianza que te
sacó de la prisión en Londres. Ella tiene un don. Nuestra situación puede prosperar...
—¡Bah! Lanas y ovejas. Mi hija una comerciante... ¡Es una vergüenza!
—Si sólo me permitieras intentarlo, podría hacer que nuestra situación mejorase. Puedo
demostrarte que soy capaz...
—¡Es ridículo! —gruñó—. ¿Cómo llegarías a Londres? No sabes siquiera montar a caballo.
El golpe bajo de su padre le produjo un profundo dolor. Ella sabía lo avergonzado que se
sentía por lo que él consideraba era su mayor debilidad. Sin embargo, estaba segura que podría
encontrar una manera de llevar la mercadería a Londres sin tener que, en efecto, sentarse en una
silla de montar.
—Pero...
—¡Suficiente! —Golpeó los papeles sobre la mesa—. No tienes cabeza para los negocios. Si la
tuvieses, me habrías dejado morir en aquella prisión en lugar de pagar la abultada suma.
—¡Padre! ¿Cómo puedes decir esas cosas?
—Se acerca el invierno y no habrá suficiente pan para los campesinos.
Ella pateó las esteras; su práctica túnica color castaño se le arremolinó en los tobillos.
—Encontraremos la manera. Si utilizamos nuestros recursos con sabiduría...
—Todo lo que tenía algún valor ya ha sido vendido. Lo más probable es que nos congelemos
hasta morir. Habría sido preferible que muriera yo, y no toda nuestra gente.
Meiriona sintió que la frustración trepaba sobre sus hombros al tiempo que su padre
comenzaba a toser espasmódicamente. Si sólo le diera la oportunidad de intentarlo. Él caminó
hacia el otro extremo del salón y escupió flema al fuego. Saltaron chispas.
—No es necesario que contraiga matrimonio tan apresuradamente. Podríamos reducir el
número de soldados que acogemos en nuestra casa —razonó Meiriona, decidiendo hacer frente a
la situación desde otro ángulo.
Su padre se endureció.
—Es una locura. Un castillo necesita defensa.
—Pero prácticamente están consumiendo todos nuestros víveres. —Desde que había
regresado de la prisión de Londres, su padre se dedicó a contratar a todo hombre armado que
pudo encontrar. Colmaban todos los salones, la cocina y el patio, siempre de mal humor e
impacientes por comer—. No se puede caminar del gran salón a la cocina sin tropezarse con algún
caballero.
—¿Prescindir de los soldados? ¡Tonterías! —contestó con energía—. ¿Qué sabe una mujer
sobre defensa?
Ella tamborileó el brazo de la silla con las uñas.
—Nos las arreglamos bien cuando estabas en prisión.
Giró. Quitó la vista de las austeras paredes y la posó en el armario vacío. Tenía la palabra
«acusación» dibujada en el delgado rostro.
—Prácticamente habéis vendido todo. Incluso nosotros, que nos sentamos en la mesa
principal, debemos ahora comer en platos de madera en lugar de comer en fuentes de peltre.
—Es injusto, padre —apretó los dientes. Odiaba haber tenido que vender la tapicería y la
vajilla para pagar la fianza de su padre—. Si hubiésemos contado con más tiempo, habría utilizado
los tejidos de Mary para pagar la cifra completa.
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—¡Niña cabeza dura! —Caminó con largos pasos hacia ella y apoyo ambos puños en los
brazos de la silla. Se inclinó de manera que ambas narices casi se tocaban. La miró con ira por un
largo rato—. No quieres contraer matrimonio por ese bastardo, ¿no es así?
Se puso pálida y se hundió en el respaldo de la silla.
—¡Basta ya! No deseo contraer matrimonio con nadie, menos con él.
—Tú lo deseas. Lo veo en tus ojos.
Negó con la cabeza con temor de que su padre pudiese leer sus secretos pensamientos.
Habían pasado ya siete años y todavía podía escuchar la voz de Godric de Montgomery.
Escuchaba sus dulces susurros de caballerosidad cuando soñaba despierta y su promesa de
venganza cuando tenía pesadillas.
—¡Tú, tonta niña! ¡Tonta! ¿Tienes idea de dónde está tu precioso bastardo? —la barba de su
padre tembló.
Ella se encogió, temerosa del mal humor de su padre.
—Se encuentra en Europa. Nunca piensa en ti.
Pensamientos encontrados se le arremolinaron en la mente. Había lógica en los dichos de su
padre. Sin embargo, la promesa de Godric de reclamarla para sí resonaba en la cabeza de
Meiriona.
—Lo llaman el Dragón —continuó su padre, golpeando las palmas contra los brazos de la
silla antes de regresar a la ventana—. Quema pueblos enteros si los habitantes no se doblegan a su
voluntad de hierro. Arrastra a sus enemigos por las calles, maldice a los débiles y azota a
cualquiera que desobedezca.
Una ráfaga de temor helado le recorrió las venas al escuchar las noticias y se sintió algo
insignificante en la silla.
—No creo que...
—Eres una tonta si no lo crees.
Tembló al ver la convicción en los ojos de su padre. Trovadores habían hablado de los
pecados del Dragón, pero ella no los había relacionado con el apuesto caballero que la había
besado en la palma de la mano. Todo su mundo colapso. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿No
había sentido acaso la resolución y la fuerza de Godric cuando la besó?
De pronto, entendió la explosión de su padre: temía que el Dragón estuviera en camino y
sintió deseos de protegerla. Se le ablandó el corazón.
—Después de partir, Pierre le aseguró un lugar en el ejército francés. Vive una vida de
bienestar y lujos con la gran cantidad de tierras que ha conquistado —golpeó con el puño cerrado
la palma de la otra mano—. Maldito bastardo partidario de la casa de York. Está viviendo una
vida feliz, como un puerco regordete sirviendo a la nobleza francesa, mientras nosotros nos
pudrimos intentando encontrar oro suficiente para pagar los malditos impuestos del Rey. Debería
haberlo matado cuando tuve la oportunidad.
—Padre —Meiriona se puso de pie y estiró la mano hacia él.
—No toleraré más tu resistencia. Rechaza a un pretendiente más y tendrás que empacar tus
pertenencias. Te enviaré al convento.
—¡Padre! No puedes estar hablando en serio.
La miró. Carecía de palabras y eso era más potente que cualquier sermón. Profundo en los
ojos de su padre, Meiriona vio un destello de turbación. Whitestone poseía una defensa natural al
estar situado en la cima de un acantilado, pero las defensas del castillo comenzarían a menguar si
no se reabastecían pronto. Algunos de los mercenarios ya se habían retirado antes de perder más y
se habían ido.
El tío Pierre se escabulló del tablero de ajedrez y las patas de la silla rasparon contra el suelo.
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Tomó el bastón y cojeó hasta el estrado.
—Creo, Ioworth, que tal vez yo deba casarme con ella.
Meiriona y su padre giraron y miraron fijo a Pierre.
—Eso es ridículo —soltó Meiriona.
Pierre ignoró el comentario y palmeó el hombro de su padre.
—Tú sabes que me tratas como un miembro de esta familia, pero no hay un lazo de sangre
que nos una.
Su padre se acarició la barba, pensativo.
Una burbuja de horror subió por la garganta de Meiriona.
—Impensable.
—Mi amigo, me estoy volviendo viejo. Tengo dinero, un título, pero no tengo tierras propias.
Sería conveniente para ambos unir nuestras riquezas. No puedo creer que no se me haya ocurrido
esto antes.
Su padre la miró y especuló.
—Tiene mérito la idea.
Meiriona sintió que se le aflojaban las rodillas y se asió al borde de la mesa para sujetarse.
Dios, debería haber aceptado al último pretendiente, con los pies grandes y todo.
—No puedo creer que siquiera consideres una ocurrencia como ésta.
Su padre, con los brazos en asas, la miró.
—Has rechazado a todos los demás pretendientes.
—Necesito hijos. —El tío Pierre golpeó el estrado con el bastón—. Ella es fuerte y saludable.
¿Podría alguien tan anciano tener hijos? El sólo pensar en las manos marchitas de su tío
acariciándola le dio arcadas.
—Esto es...
Insano. Incestuoso. El tío Pierre, aun sin ser realmente su tío, la triplicaba en edad. Ella lo
amaba... como mentor, no como amante. El solo hecho de haber sugerido la idea, la hizo sentir
amargamente traicionada.
—¡Tío! ¿Cómo puedes hacerme esto? Eres mi amigo.
—Es tu culpa que tengamos que recurrir a los amigos de la familia para saldar nuestras
deudas —contestó su padre.
—¡No, padre!
Pierre rió.
—No temas, Ioworth. Sus modos no me intimidan como al joven macho que acaba de partir.
Llama a un párroco y podremos tener nuestros problemas financieros solucionados para esta
noche.
Ioworth se acarició la barba.
—Podríamos formar un ejército más fuerte —presionó Pierre, y Meiriona vio los ojos de su
padre encenderse con sólo pensarlo.
Por un breve instante, imaginó al tío Pierre desnudo, la piel colgándole de los huesos como
una chaqueta lánguida sobre un esqueleto.
—No lo haré —dijo ella.
—Lo harás si digo que lo hagas, hija.
—Ioworth, te he dicho mil veces que mimarla tanto traería problemas —intervino el tío
Pierre.
Se volvió hacia Pierre. No podía creer lo que estaba escuchando.
—Me has enseñado a pensar por mí misma, tío. ¿Y ahora quieres contraer matrimonio
conmigo?
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Jugueteó con el peón en la mano y afinó los labios.
—Pones una desagradable carga en los hombros de tu padre, niña.
Cruzó los brazos y negó con la cabeza.
—No.
Su padre se acercó con grandes pasos a la puerta y ahuecó las manos sobre la boca.
—¡Mattie! —gritó—. Empaca algunas cosas de Meiriona. Se irá en una hora.
—Pero, padre...
El padre la cortó en seco con un movimiento de la mano que atravesó el aire.
—Suficiente. Si no puedes comportarte como una mujer de la nobleza, entonces no serás una
de ellas.
—Una mujer desobediente no le es útil a su amo. —Pierre se reclinó sobre el bastón y se paró
firme al lado de su padre.
Sentía el corazón pesado como el hierro en el pecho.
—Tío, a menudo has dicho que una mujer puede llevar adelante un hogar tanto como un
hombre.
Pierre carraspeó la garganta.
—En teoría, tal vez. Pero en realidad, una mujer necesita a un hombre.
Irritada al ver con la rapidez que cambiaba de argumento al ser él el hombre en cuestión, se
acercó a su padre y lo tomó del brazo.
—No puede ser que quieras desterrar a tu propia hija. Me necesitas aquí para cuidar de
nuestra gente.
Ioworth agitó el brazo y se deshizo de la mano de su hija.
—Has dejado de ser mi hija. Quizás en el convento puedas aprender a ser obediente.
En ese momento, se abrió la puerta de par en par y el medio hermano de diez años de
Meiriona entró al salón tropezando. Llevaba una extravagante capa púrpura y tenía una rata
muerta. Una flecha atravesaba la tripa del animal. Sin notar el drama que se estaba sucediendo en
el gran salón, se acercó cojeando a su hermana. Se quitó la capa con un movimiento rápido, hizo
una ostentosa reverencia y dejó caer la rata muerta a los pies de Meiriona.
—¡Damien! —gritó a la vez que daba un salto hacia atrás y chillaba. Los perros aullaron ante
el botín y ella cayó al suelo.
Su padre lo miró con ojos furiosos.
—¡Mocoso debilucho!
La sonrisa alegre de Damien desapareció de su rostro.
Su padre tomó una copa y la arrojó a los perros que hurgaban en las esteras.
—¡Niño! Llévate tu tullido trasero fuera de aquí.
—¡Padre! —Meiriona se puso de pie de un salto y se sacudió la paja de la falda—. No quiso
causar ningún daño.
—Sólo te tolero, malhechor, gracias a Meiriona. Pero ella ya no es de mi utilidad. —Lanzó
una mirada de ira a Damien y se acercó a uno de sus hombres—. Llévese a estos dos
desagradecidos miserables fuera de mi castillo. No toleraré más desobediencias en mi hogar —
giró la cabeza y miró por la ventana hacia el lugar por donde había salido el último pretendiente
—. Ni siquiera en el convento permitirían tal insolencia.
Un caballero tomó a Meiriona del brazo pero ella se lo quitó de encima. Sosteniendo la
cabeza en alto, se retiró del salón. Su hermano fue tras ella cojeando.
—¿Crees que realmente lo hará? —susurró Damien, tomándola de la mano. Caminaba con la
pierna inútil con más cuidado que de costumbre.
Meiriona lanzó una oscura mirada hacia el salón y sintió las dagas del deber por cumplir
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clavándosele en el pecho.
—No. No si accedo a contraer matrimonio con el tío Pierre.

Unas horas después, temor y desazón goteaban por las paredes de la capilla del castillo.
Meiriona, débil y con el estómago revuelto, se encontraba de pie al lado del tío Pierre y recitaba los
votos matrimoniales.
Una profunda sensación de remordimiento la torturaba. ¿Por qué había sido tan gruñona con
todos los anteriores pretendientes? El último había sido joven y apuesto. Desde niña sabía que su
deber era contraer matrimonio. De hecho, su padre había sido por demás indulgente con ella
comparado con lo que sufrían otras mujeres en su misma situación. Se había enfurecido cuando
cada uno de los posibles candidatos de pronto rechazaba conocerla, pero nunca imaginó que
llegaría hasta ese punto.
El Dragón debe de ser realmente un temerario guerrero. Había visto la desesperación y la
aprehensión acechando detrás de las explosiones de su padre. Sabía que lo motivaba su amor por
ella. ¿Por qué los hombres siempre pensaban que sabían lo que era mejor para una mujer? La
inquietaba el temor de que ese matrimonio era el castigo divino por ser tan egoísta, tan testaruda.
Quizás, si no supiese cuánto la necesitaban los suyos, podría haber enfrentado el destierro.
Pero nunca podría llevar a su lisiado hermano a un destino como ése. No tenían dónde ir ni
ningún familiar que los acogiese. Se acercaba el invierno y el destierro equivalía a la muerte.
Era injusto que su padre culpara a Damien por la muerte de su madre. El maldito de la casa
de York era el responsable, no el niño inocente nacido producto de esa violación. No era culpa de
Damien haber nacido con una afección que lo hacía no apto para el entrenamiento de caballero.
No era su culpa haber nacido.
Se le había pagado al párroco para que llevara a cabo la boda sin esperar las usuales tres
semanas tras la publicación de las amonestaciones.
Era el destino de la mujer, se dijo a sí misma, casarse por deber. Cerró los ojos con fuerza e
hizo una reverencia para dejar atrás su comportamiento infantil y aceptar lo que le tocaba. Nunca
más postergaría sus deberes en detrimento de la familia.
Miró al tío Pierre y se le entumeció el corazón. Había estado siempre presente como su
amigo y mentor, guiándola, amándola, enseñándole a contar y a leer ,y a jugar al ajedrez. ¿Por qué
la traicionaría así?
Con una mano desgastada, elevó su barbilla y la besó fríamente en la mejilla. ¿Ya había
terminado la ceremonia?
Aturdida, caminó hacia el gran salón donde la esperaba el festín que había preparado Mattie
con tan poco tiempo. Sin quitar la mirada de la mesa, masticó metódicamente, sin saber si lo que
se llevaba a la boca eran tartas dulces o sopa de cerdo.
Bebió una copa de vino, y luego otra, y luego otra, sin dar cuenta de la calidad del brebaje,
pues sólo buscaba conseguir la aturdida inconsciencia que le ofrecía.
Se le revolvió el estómago cuando Mattie y otras mujeres la forzaron a ponerse de pie para
prepararse para la noche de bodas. Subió las escaleras hacia sus aposentos tropezando
torpemente.
Las mujeres, graznando como una pandilla de gansos, la desvistieron. El olor acre del sebo
de las velas le quemaba las fosas nasales. Miró a Mattie que, como al resto de las mujeres, parecía
no afectarle el horror que estaba por ocurrirle en la cama.
Unos dedos le pellizcaron la piel desnuda y la empujaron hacia el colchón. Enterró los dedos
de los pies en el tapete. Las mujeres rieron nerviosamente.
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—La modestia de niña virgen —exclamó una con risa tonta.
Meiriona se sentía desconectada de su cuerpo, como si esa pesadilla le estuviese sucediendo
a otra persona. Unas manos la tomaron de los brazos y la empujaron hacia adelante. Una doncella
corrió la cubierta de la cama y la empujó hacia las sábanas.
Desde el piso inferior, llegaban sonoros ruidos de aplausos y risas. La imagen de los hombres
haciendo bromas lascivas y desvistiendo al tío Pierre le revoloteaba en la mente. Se le revolvió el
estomago y se apretó el vientre.
Mattie tomó la bacinilla y la empujó con fuerza a las manos de Meiriona justo antes de que
vomitara.
—¡Retiraos, doncellas!—Mattie ahuyentó a las otras mujeres fuera de la habitación—. Vamos,
vamos. La señora ya no os necesita esta noche. Tiene suficientes cosas en la cabeza.
Meiriona se enjugó el rostro con un lienzo y aceptó la copa con agua que le ofrecía su criada.
—Gracias, Mattie.
Mattie miró hacia la puerta hasta que la última mujer se hubo retirado de la habitación.
—Escuchad esto, señora. Sé lo angustiada que estáis por la boda de esta noche pero no hay
por qué. La vieja Mattie se ha encargado de todo por vos —le dedicó una sonrisa sin clientes.
Meiriona se pasó una mano por las doloridas sienes.
—Nada podrá salvarme de lo que tengo que afrontar.
—Eso no es verdad, señora. Mirad aquí —Mattie sacó una bolsita de tela del bolsillo del
delantal—. Mirad esto, señora. Es opio. He puesto una pizca en el vino del viejo. Sí, lo hice.
—¡Mattie!
La doncella empujó la copa con agua hacia los labios de su señora.
—Bueno, un hombre viejo como él no tiene por qué contraer matrimonio con una niña como
vos. Crié a vuestra madre y a vos como si fueseis mis propias hijas. Sí, lo hice, y vuestra madre no
hubiese querido que os casarais con ningún viejo conde francés.
Meiriona se enjuagó la boca y escupió en la bacinilla. —No puedo creerlo, Mattie.
—Tengo más de esto. Para mañana por la noche y para la próxima noche también. —
Escondió la bolsita en la mesita de noche—. Escuchadme, sólo necesitas una pizca y se apagará
como una vela. —dijo chasqueando los dedos—. No lo lastimará, no lo hará. Os lo juro.
Meiriona miró fijamente la bolsita de opio. Por primera vez desde esa mañana, sintió una
ráfaga de esperanza en un día sombrío.
—No vayáis a decírselo a nadie, señora. No lo haréis, ¿no es así? Soy una mujer vieja y no
tengo lugar donde ir si el amo me despide.
—¡Ah, Mattie! —Meiriona abrazó a su doncella—. Nadie te despedirá mientras tenga alguna
autoridad al respecto.
El rostro de Mattie se iluminó. La sonrisa de dientes desparejos le iluminó el arrugado rostro.
—Será mejor que durmáis desnuda, señora. Así no despertará sospechas. —Guiñó un ojo en
complicidad.
En silencio, la criada dejó la habitación y Meiriona se acomodó entre las sábanas, cerró los
ojos y rezó una plegaria para tener la fortaleza que necesitaba para encarar esa nueva vida.
Justo cuando se quedó dormida, un cálido cuerpo musculoso, demasiado grande como para
pertenecer a su nuevo esposo, empujó contra ella.
Se despertó sobresaltada y gritó. El guerrero le tapó la boca con una mano grande. El aroma
de sudor, sangre y viril masculinidad colmó los sentidos de Meiriona al tiempo que el poderoso
antebrazo del hombre la empujaba contra el colchón de plumas.

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Capítulo 3

Meiriona empujó esa gran masa que era su atacante al tiempo que él se acomodaba a su
lado en la cama. El colchón se hundió por el peso y ella rodó hacia él. La única vela en la
habitación se había consumido. Haciendo un gran esfuerzo, aguzó la vista en la oscuridad para
poder ver al corpulento hombre que la acechaba. No logró divisar nada excepto unas grandes
sombras que proyectaba una espeluznante luz de luna.
—Quédate quieta —dijo en un susurro áspero.
¡Dios santo! ¡Godric!
Un remolino de cientos de emociones le sacudió el estómago. Esa voz la había embrujado
desde aquella vez en la capilla.
Ella se impulsó hacia arriba e intentó morderle la mano al atacante para escapar. Él giró y la
sujetó contra el colchón con los muslos, apretándole la mano con mayor fuerza. Las sábanas que
los separaban se tensaron a su alrededor y la encerraron en un capullo pesado.
—No luches conmigo. No ganarás.
Se quedó inmóvil. El corazón le daba golpes ahogados en el pecho. Sentía gotas frías de
sudor en el labio superior. ¿Qué pretendía?
—¿Eres virgen? —siseó.
Dios, ¿aún quería reclamarla? ¿Después de todos esos años? Se esforzó para ver entre las
sombras, pero él no era más que una mancha borrosa.
La sacudió.
—Contesta mi pregunta.
Meiriona asintió con un movimiento de cabeza contra la almohada de plumas.
—Bien. —Se acercó y le rozó el rostro con una áspera barba de varios días. Pudo sentir el
sudor y la suciedad en la piel de Godric. El calor corporal que emanaba se coló entre las sábanas
—. No grites y soltaré la mano. ¿Entiendes? —Una gota salada de sudor cayó desde su rostro y
aterrizó en ella.
Lentamente, ella asintió. Tenía intenciones de gritar apenas lograra inspirar profundo.
—Quédate en silencio —le advirtió levantando la palma de la mano—. No tenemos mucho
tiempo.
El miedo le robó la voz cuando deslizó la mano por su mandíbula. Los dedos habían dejado
secuelas que le ardían en el rostro, marcándola al tacto. Luego, fuertes dedos le rodearon la
garganta. La tocaba con suavidad, la agarraba ligeramente, pero entendió el mensaje con claridad
y se quedo muy, muy quieta.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó en un susurro.
—He venido a buscar lo que me pertenece. —La levantó hasta que estuvo sentada, sacándola
de la cama en parte.
Dio un gritito ahogado y lo apartó de ella.
—¡Déjame ir! No te pertenezco. ¡Acabo de contraer matrimonio!
La levantó completamente y la llevó hasta la ventana a empujones.

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—Exactamente por eso estoy aquí. No deberías haber contraído matrimonio hoy.
Ella giró hacia atrás liberándose de él y cayó al suelo. Jadeó y un mechón de cabello le cruzó
la mejilla como una serpiente y se le metió en la boca. Sintió el sabor de jabón de rosas.
—¡Soco...!
Se abalanzó sobre ella cortándole en seco el grito de auxilio. Se contorneó contra él y sintió
los despiadados músculos de Godric sobre el pecho. ¡Dios, estaba desnuda!
—Suéltame. No te pertenezco.
—Sí que me perteneces, pequeña pendenciera.
La luna plateada brilló a través de la ventana y le iluminó el rostro. Tenía cicatrices en lo que
habían sido una vez apuestas facciones. Parecía más un monstruo que un hombre.
—¡Dios mío! —Su padre le había asegurado que Godric tenía un alto rango en el ejército real
francés. Sin embargo, parecía que lo habían torturado. ¿Por qué los franceses habrían de tratarlo
así?
—¿Qué te ha sucedido? —preguntó en voz queda.
El odio le inundó los ojos a Godric y emitió un rugido como toda respuesta. En el rostro, una
sombría mueca de sonrisa. Miró hacia abajo asimilando su desnudez con una mirada primitiva y
feroz.
Le quemaban los antebrazos y sudaba de terror. Una imagen del pasado se le dibujó en la
mente: hombres partidarios de la casa de York abalanzándose sobre ella en un intento de
violación.
—¡Déjame ir!
Godric rió por lo bajo y ella dio una bocanada buscando aire. Vio a su madre en la mente
cuando malvados soldados de York la bajaban riendo de un tirón del caballo.
Los ojos de Godric brillaron ante ella.
—Tengo intenciones de que seas mía. —Giró la mano sobre su cabello y rastrilló la espalda
de Meiriona posesivamente desde la garganta hasta la cima de los pechos.
Le sobrecogió el pánico. Gritó, pero la mano del Godric la amordazó, silenciándola. La risa
estridente de una mujer borracha flotó dentro de la habitación proveniente de la jarana en el gran
salón. Incluso, de haber podido gritar, nadie la escucharía con tanto jaleo en el piso inferior.
Se corcoveó salvajemente, pateando y golpeando con las extremidades hasta que logró
sacarlo de donde estaba sentado.
Forcejeó para escapar y lo golpeó con los puños en el torso. Logró propinarle varios golpes
antes de que sus poderosos brazos le aplastaran el pecho. Unos grilletes fríos de metal le
presionaron y punzaron la desnuda piel.
La giró sobre el estómago y dejó caer todo su peso sobre la espalda de Meiriona, sujetándole
los brazos y las manos detrás de ella.
El aliento le hacía cosquillas en las orejas.
—Ríndete, Meiriona. Es inútil luchar. —La sostuvo como desafiándola a que probase otra
vez su fuerza.
Yacía ahí, con la mejilla presionada contra el tapete. Vio un rayo de luz de luna danzando
sobre las piedras grises de la chimenea, volviéndolas de un tono plateado poco natural. Sentía el
corazón afligido y cayó en la cuenta de la verdad que poseían sus palabras. Estaba a su voluntad.
Después de un momento, le liberó la boca.
—Déjame ir —rogó.
—Nunca. Me perteneces, condesa —enfatizó la última palabra como si fuera un insulto.
Había sido la boda de ese día la que le había otorgado ese título.
Hizo un esfuerzo para mantenerse quieta. La mejor oportunidad de escapar era esperar a que
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bajara la guardia. El tapete le picaba y le raspaba los pechos.
—¿Dónde se encuentra tu nuevo esposo?
Ay, Dios. Lo más probable era que su esposo estuviese desmayado sobre la mesa en el piso
inferior. La inundó una sensación de culpa al haber estado tan agradecida por la intervención de
Mattie. Si hubiese sido una hija leal, no estaría ahora prisionera de esa... bestia.
Los brazos y piernas musculosas de la bestia la presionaban, sólidas, implacables. El atuendo
de cuero le enfriaba la piel, pero los brazos eran cálidos y viriles. Estaba cautiva. Se sintió
intimidada por el tamaño de aquel hombre.
Sintió la abultada masculinidad a través del suave y ajustado cuero de los pantalones. El
miembro tieso se instaló entre sus nalgas.
Tembló. Perdió la compostura.
—No debes... —susurró.
—He venido a reclamarte —habló en voz baja, demandante, como un hombre acostumbrado
a imponer autoridad. Tenía el cabello atrapado entre ambos cuerpos y la forzaba a sostener la
cabeza en un extraño ángulo. Godric aligeró el peso sobre ella y corrió la cabellera a un lado. Aire
nuevo le refrescó la espalda desnuda y la recorrió una sensación de frío. La piel de las
extremidades es estremeció. Él enrolló la cabellera en el puño y la ancló al suelo.
La barba espinosa le hizo cosquillas en la mejilla.
—Mi bella traicionera. No creía que fueses tan fogosa.
Meiriona se avergonzó y cerró los ojos con fuerza.
—No, no —dijo ella en un hilo de voz, intentando anticiparse a lo que seguía. Cuando el
peso de su cuerpo cambió y luego se aligeró, supuso que se estaba deshaciendo de la ropa interior.
Hizo una mueca de horrorosa anticipación y respiraba espasmódicamente. Así era como se
comportaban los hombres.
Ella negó con la cabeza.
—Te ruego que no lo hagas.
Godric le introdujo un lienzo grueso en la boca y lo aseguró allí. Tenía el sabor de jabón de
lejía y le raspó los dientes y las encías. ¡Ay, madre de Dios! Eso sólo podría significar que planeaba
tomarla por la fuerza. Le tembló todo el cuerpo y los dientes chasquearon mudos contra el lienzo.
Atrapada. Nadie podría escucharla gritar cuando la penetrara. Era grande y fuerte. Si la montaba
con violencia, moriría.
Meiriona sabía el deber de la mujer. Sintió arcadas al recordar las oscuras manchas rojas en
los muslos de su madre después de la violenta violación. Las pesadillas eran leves comparadas
con la realidad.
Se había equivocado al pensar que podría contrariar a un partidario de la casa de York. No
descansarían hasta ver a toda Inglaterra conquistada. Debería haber sabido que Godric esgrimiría
venganza sobre su cuerpo.
Ay, Dios, rogó, permíteme sobrevivir a esto. Quería decirle a Godric que si era gentil con ella, no
lucharía. Balbuceó unas palabras inteligibles, pero se perdieron en el tapete. Tenía la boca
demasiado seca ya por la lana del lienzo. Casi se ahoga en pánico.
La sostenía fuertemente contra el suelo.
Un instante después, le ató las muñecas y la obligó a ponerse de pie. El frío suelo le
entumeció los dedos de los pies. En el lugar donde le sujetaba los brazos, le ardía la piel. Las
sensaciones encontradas le dispararon ondeadas de temblores por el cuerpo.
La luz de la luna lo iluminó. La sostuvo por un momento, desnuda frente a él, como
decidiendo qué hacer con ella. Estaba en tal estado de profunda emoción a esas alturas que ni
siquiera se ruborizó por la desnudez.
22
Arrugó el entrecejo en señal de confusión. Inclinó la cabeza hacia atrás, rogando obtener
respuestas para sus preguntas silenciosas.
Él gruñó como única respuesta.
La mordaza de lana parecía gatear hacia su garganta. Meiriona giraba nerviosa de lado a
lado. ¿Qué estaba haciendo, en nombre de Dios?
—¿Dónde están tus ropas?
Se le aflojaron las piernas del alivio. A fin de cuentas, no iba a violarla. Si él no hubiera
estado sujetándola, se habría desplomado en el suelo. Apenas podía creerlo.
En la oscuridad, dejó que Godric la mirara entera. La inspeccionaba de manera que parecía
sentirla en lugar de observarla simplemente. Ese pensamiento renovó sus temores. La mirada bajó
desde su cuello hasta los pechos, y luego al estómago y a la entrepierna. Parecía beber de su
cuerpo con una sed primaria y profunda. La luz de la luna le bañó la piel, le subió un calor al
rostro al tiempo que él no le quitaba los ojos de encima. Sin embargo, en ese momento, sabía que
se había equivocado al pensar que querría violarla.
La escudriñaba como lo haría un comandante al mapa, navegando la tierra, registrando las
colinas y valles de lo que pensaba tomar para sí.
No, violarla no. Conquistarla.
Otro temblor le recorrió el cuerpo cuando la mirada de Godric se posó en sus pechos. Los
pezones se arrugaron y erizaron, casi como invitándolo. No sólo se le ruborizaron las mejillas, sino
todo el cuerpo. Meiriona hubiese dado cualquier cosa por poder liberarse y cubrirse el cuerpo con
los brazos. La desconcertaba y no la dejaba pensar claramente, como lo había hecho en la capilla
aquella vez.
Se sintió avergonzada por tener los pezones erectos y bajó la mirada.
—Me estoy impacientando —advirtió—. Muéstrame dónde tienes las ropas o te irás
desnuda.
Con un movimiento de la cabeza, señaló un baúl cerca de la pared de piedra.
Cuando Godric le soltó los hombros, se desplomó hacia adelante. Una bocanada de aire salió
despedida de sus pulmones cuando aterrizó sobre el pecho de su atacante. La tomó con los brazos,
sosteniéndola para que no cayera.
Inesperadamente, el cuero de las ropas de Godric tocó sus rígidos pezones. Una dominante
sensación inesperada le atravesó el cuerpo. Irritada por la falta de compostura, hizo un esfuerzo
por enderezarse. Si no hubiera temido caerse, habría huido de él.
La bestia la sostuvo. Dio un paso hacia atrás, sujetándola del hombro y llegó hasta el baúl.
Totalmente agotada, intentó recomponerse, pero sentía las piernas débiles como blanda
arcilla, sin fuerzas. Recorrió la habitación con la vista rápidamente y buscó un arma viable.
El escarbó en el baúl, encontró una vestido de lino y lo sostuvo frente a ella. Meiriona dio un
paso hacia atrás y el trasero desnudo chocó contra él tocador. Cuando intentaba sujetarse a él,
encontró la bolsita de opio de Mattie.
Godric hizo una pausa. El amplio torso invadía el aire entre ellos.
—Eres hermosa. —Iluminado por las manchas de luz de luna, parecía un leopardo
preparado para devorarla, pero hablaba con voz gentil y extrañamente sedante.
Lo miró con ira, sintiendo cómo iba perdiendo el miedo y lo reemplazaba con algo más
poderoso. Enojo. Determinación. No había hecho nada para merecer ser tratada a su voluntad. A
pesar de que había roto el compromiso matrimonial, Godric había llevado una vida de lujo
sirviendo a la nobleza europea. No tenía derecho a reclamarla.
El borde de la mesita de noche de madera irregular se clavó en la espalda desnuda de
Meiriona.
23
—Eres mía. No lo olvides.
Era déspota y eso la irritó de sobremanera. Nunca, juró.
Con un rápido movimiento, lanzó el vestido sobre la cabeza de Meiriona. La vestidura ocultó
el opio, escondido en la palma de la mano. Casi sonrió. Después de todo, escaparía. Pero primero
debía conseguir que confiara en ella. La desataría si confiaba en ella. Si la desataba, podría
drogarlo. Si lograba drogarlo, escaparía.
Sería fácil. Fingiría obediencia. Lo engañaría para que pensase que la boda con el tío Pierre
había sido simplemente un error. Quizás podría convencerlo de anular el matrimonio y lo
desposaría. Había dicho que era hermosa. Podría usar eso como ventaja.
—No tengas miedo —ordenó Godric, mirando impaciente a la luna ocultarse. Decidió que
debería llevar un riguroso control sobre su irreverente prometida, arrastrándola hacia la ventana.
Se tropezó y la rodeó con los brazos evitando que cayera. Al sujetarla por los hombros
esbeltos, las manos le rozaron los brazos. Suaves. Cálidos. Femeninos. Las manos callosas se
engancharon en el delicado lienzo.
Rápido, decía su mente. Sin embargo, se rindió a la necesidad imperiosa de inspeccionar su
trofeo.
Maldición. Era preciosa. No como una cortesana, sino que poseía una rara clase de belleza.
Lograba que un hombre no pudiese evitar observarla por mucho más tiempo que el que era
considerado adecuado. Inusual. Absorbente.
Los ojos eran demasiado grandes. La nariz, no del todo derecha. Las mejillas, demasiado
protuberantes. Pero su cabellera... Un hombre podría perderse en ella. Fluía sobre ella como fuego,
llegando más allá de las caderas. Algunos mechones le rozaban las rodillas, un contraste marcado
entre el rojo del cabello y el marfil de la piel.
Los rozados pezones se mofaban de él a través del vestido de lino. Sintió una sacudida
animal en la entrepierna. Gracias a Dios que ella todavía era virgen. Sólo debía aparearse con ella
y llevarla a una iglesia con su hija. Así se anularía el matrimonio y él podría reclamarla para sí
como su señor. La evidencia que el compromiso matrimonial se había roto ilegalmente estaba
reflejada en todo su cuerpo gracias a las cicatrices que llevaba.
Ella es mía, pensó. De pronto, sintió ira al darse cuenta que había estado esperando a otro
hombre.
Desnuda.
Deslizó un brazo alrededor de los hombros de Meiriona y la empujó hacia adelante. Un débil
aroma de rosas después de una noche de lluvia se le coló por la nariz. Fresca, limpia. Nada
comparado con el olor a sexo y a orín del último encuentro que tuvo con una mujer en el burdel.
En un abrir y cerrar de ojos se sintió sucio. Dios sabía que estaba sucio. Había estado
trepando la mayor parte de la noche para llegar a ella. Olía como un cerdo. Sin embargo, no era
así. Ella no lo hacía sentir sucio. Lo hacía sentir impuro.
Primero la empujó; después, la ayudó hasta el raído tapete.
Ella se sacudió y emitió un leve gimoteo. No había querido capturarla así. Iba en contra de
sus principios entrar por las ventanas a capturar mujeres como un ladrón.
Debería haber recogido a su irreverente prometida cuando regresó a Inglaterra unos meses
atrás. Sin embargo, en ese momento no tenía el oro necesario para montar un castillo tan
magnífico como Whitestone y no se había enterado aún del rey. Raptarla del castillo a medianoche
fue un plan formulado con rapidez, y a su vez riesgoso, pero no tuvo opción una vez que se enteró
de la boda.
Soltando la presa, arrojó una cuerda por la ventana con un movimiento rápido y experto. La
joven se desplomó sobre el desgastado tapete. El cuerpo tenso tomó una postura de
24
autoprotección.
La enderezó con un brazo.
—Respira lento por la nariz y la mordaza no te molestará tanto.
Respondió inspirando profundamente varias veces.
Godric frunció el entrecejo, molesto por preocuparse por el bienestar de la joven. No le
debería importar. Esa familia no se había preocupado por él ni por el horror que vivió cuando lo
encadenaron como un perro y lo enviaron en barco a una vida de esclavitud en el Este. El
inoportuno recuerdo de un latigazo quemándole la espalda llegó a su mente.
Pasos fuera de la habitación aguzaron la atención de Godric. Meiriona se movió hacia atrás y
él la trajo para sí de un tirón.
—Será mejor de reces porque no entren aquí.
Lo miró con furia. Los ojos despedían dagas, pero no se movió. No cabía duda de que le
escupiría directo al rostro si le quitaba la mordaza.
El sonido de las pisadas pasó y se perdió por el pasillo.
—Meiriona, obedéceme y no tendrás nada que temer —le dijo en un susurro forzado.
Lo miro con un puro y frío desdén. Maldita sea. Nunca antes en la vida había visto ojos tan
maliciosos en una mujer. Bueno, así era si no tenía en cuenta a las prostitutas del puerto cuando su
semen no les era paga suficiente.
Le dedicó una amplia sonrisa. No sería ella una fácil conquista. Pero disfrutaría el desafío.
Los postigos de roble golpearon contra las paredes del castillo y entró el fresco aire de la
noche que anticipaba lluvia. Ella sostuvo la mirada cuando una ráfaga de viento le arrojó un
mechón sobre el rostro. Una risita socarrona flotó hacia ellos desde el piso inferior. Había estado
demasiado tiempo allí.
Sujetándola fuertemente, la colocó sobre sus hombros.

25
Capítulo 4

Horas después, al amanecer, Meiriona gritó cuando la depositó sobre la hierba suave del
bosque y le quitó la mordaza. Unas ramitas le irritaron las rodillas. A unos cien metros del castillo,
entre robles y olmos del valle fértil de Whitestone, se arrodilló ante Godric. Sólo llevaba puesto el
vestido de lino.
Una mezcla de miedo e ira se le arremolinaba en el estómago y gritó nuevamente, luchando
contra los lazos que le sujetaban las muñecas.
—Nadie puede ayudarte. —Godric le apretujó los brazos. No sabía si era para reconfortarla o
para asustarla.
Inclinó la cabeza hacia atrás. Piedad, él era inmenso. Utilizando unas cuerdas y unos
extraños guantes de hierro en forma de garras para ayudarse, la había arrastrado fuera de sus
aposentos y luego había descendido por la pared de Whitestone y por el acantilado que había
debajo. Nunca antes había visto tal fortaleza ni tal resistencia.
El amplio pecho de Godric subía y bajaba con una respiración irregular. Los bíceps se
retorcían como si estuviesen todavía resentidos por el esfuerzo del descenso. Si no fuese porque
acababa de vivir tal terrible experiencia ella misma, no creería que un hombre pudiese lograr
hazaña semejante.
—¡Malvado! —dijo con voz áspera. Tenía la boca seca por la mordaza—. ¡Déjame ir! —Las
manos atadas le sostenían los hombros hacia atrás, impulsándole los pechos hacia adelante. Nunca
antes en la vida se había sentido tan vulnerable, tan indefensa.
Estando de rodillas en el suelo, la entrepierna de Godric le quedaba a un dedo de distancia
del rostro. Su masculinidad, grande y rígida, se abultaba en los pantalones de cuero.
Un pensamiento malvado le cruzó la mente. Maldijo las posibles consecuencias, cerró los
ojos con fuerza y le dio un cabezazo entre las piernas.
Él gruño y se encorvó, esquivando el golpe en parte.
—¡Dios Santo, mujer!
La recorrió una sensación de satisfacción al ver que había logrado derribar su poder.
—¡Malvado! —Se puso de pie, victoriosa. El vestido de lino flameó sobre las piernas de
Meiriona—. Puedes atarme, raptarme o golpearme. Pero nunca lograrás conquistarme.
Abruptamente, el triunfo desapareció.
Cayó al suelo. Tenía las piernas adormecidas desde las caderas hasta la punta de los pies.
Golpeó el suelo con el torso y las manos atadas rebotaron contra sus nalgas. Yacía desparramada
ante él. Veía las grandes botas negras plantadas a cada lado de la cabeza. Ramitas y piedras le
pinchaban el estómago.
La humillación le lastimó los ojos. Parpadeó varias veces, negándose a humedecer la tierra
mohosa con sus lágrimas.
Meiriona, hija de Ioworth, nunca lloraba. Nunca.
Godric apoyó una rodilla en la hierba.
—Tranquila, mujer —canturreó suavemente como si ella fuese un potrillo a domar.

26
¡Qué hombre más arrogante! Intentó ponerse de pie para escupirle el rostro, pero sentía
afiladas agujas pinchándole las piernas, suavemente primero, como pequeñas gotas de agua, y
luego más fuerte como una intempestiva tormenta.
Rodeándola por la cintura con grandes manos, la sentó en su regazo.
—¿Qué ocurre?
—Tengo las piernas dormidas.
—¿Estás herida?
—No. —Sentía aguijones de agonía, como la mordedura de cientos de abejas, en las piernas.
No podía moverse para escapar de su atacante.
La desesperanza se le hincó en el corazón. Se retorció, sabiendo lo divertido que debería
resultarle su ineptitud y su dolor. Podía soportar que le pegara, pero que se divirtiese con ella era
la mortificación más grande.
Cerró los ojos con fuerza, apretó las muelas y se dispuso a no llorar mientras esperaba que él
se mofara de ella. Preferiría morir antes que demostrarle otro momento de debilidad. Godric posó
las manos en sus muslos.
—Permíteme ayudarte.
—La única ayuda que necesito es que me desates. —Su voz sonó con una fortaleza que no
tenía.
Su raptor la giró sobre su regazo hasta que la espalda de ella estuvo contra su pecho. El
suave cuero de su chaleco se deslizó contra el lienzo de su vestido. La rodeó con los brazos. Los
dedos de Godric le masajearon los muslos y enseguida sintió alivio. El calor de sus manos se
filtraba por el vestido.
A medida que el dolor desaparecía, cayó en la cuenta de que las manos atadas le rozaban los
pantalones. ¡Piedad! ¿Estaban tocando el cuero que se moldeaba sobre su masculinidad? No se
atrevió a mover los dedos. Ay, santo cielo. ¿Qué dirían su marido y su padre si la viesen sentada
sobre el regazo de Godric rozándole las partes privadas y permitiéndole acariciar sus muslos?
Pero las manos de Godric la hacían sentir tan bien... Eran grandes y cálidas, y le fascinaban.
El estómago le dio un vuelco.
Era un hombre perverso, obligándola a tener pensamientos perversos. Debería luchar. No
debería dejar que la tocase. Ella conocía su deber. Pero era Godric, aquel hombre que había
deseado los pasados siete años. El único hombre que la había besado.
Y las manos la hacían sentir tan bien... Los callos en las palmas de las manos se enganchaban
en el lienzo. ¿Cómo se sentirían sobre la piel? ¿Ásperos y terribles? ¿O ásperos y excitantes? Giró
la cabeza, sin atreverse a continuar teniendo tales pensamientos. Ya se sentía incómodamente
enardecida. La inundó una sensación de frustración por la reacción traicionera que su cuerpo tenía
con él. Sintió cómo se desvanecía la ira anterior e intentó aferrarse a ese sentimiento.
El ejército de York había sido responsable de la violación y muerte de su madre, de la
encarcelación de su padre y de otros cientos de agravios contra su familia. Ese hombre era
partidario de la casa de York. Su enemigo.
Pero las manos la reconfortaban tanto. Las palmas se deslizaban desde los muslos hasta las
rodillas con suaves masajes. El dolor mordaz había pasado. El deber la incitaba a pedirle que se
detuviese, ya no necesitaba tocarla más. Pero por años había soñado con ese hombre y no con otro.
Cerró los ojos y se recostó sobre su pecho. Se rindió a sus manos, aun odiándose ella misma
por tal libertinaje. Su tacto se sentía como una acogedora fogata a fines del invierno. Los dedos le
dejaron un rastro de fuego en las piernas e incitaron una sensación ardiente en el estómago.
Es un monstruo, es un monstruo, recitaba para sí misma, pero la traicionaba el cuerpo y una
oleada de calor se le coló por la entrepierna.
27
—¡Detente!
Las manos de Godric se quedaron inmóviles.
Primero estaba el deber a su familia. Tenía el orgullo hecho trizas. No podía dar lugar a las
emociones.
Torpemente, como un pez dando brincos en el muelle, luchó para levantarse del regazo de
Godric y aterrizó a su lado. No cabía duda de que había logrado liberarse sólo porque él se lo
había permitido. La cabellera se arrastraba por la tierra, abierta en abanico sobre la hierba.
Le quitó las manos del cuerpo de Meiriona. Las posó en el suelo, arrancó una ramita y la
destrozó en mil pedazos. Por un insoportable instante, solamente deseó tomar ese rostro lleno de
cicatrices entre las manos, sostenerlo sobre el pecho y preguntarle qué le había sucedido.
Su expresión era inescrutable, pero ardía en la mirada una llamarada azul que le envolvía los
ojos.
Por un instante, la voz de su madre hizo ecos en la mente de Meiriona. «No te acerques
demasiado al fuego, encanto. Pues vas a quemarte».
Dirigió la mirada hacia un costado.
—No me toques.
—¿Por qué no?
Porque me haces desearte.
—Pertenezco a otro.
Godric le tocó la pierna. Sintió un cosquilleo anticipado antes de que la palma de la mano se
posara en el muslo.
—¿Me lo dices a mí o estás intentando convencerte a ti misma? —preguntó con voz ronca.
Se sonrojó y quitó la pierna de un tirón. ¿Acaso era ella transparente? ¿Cómo podía ser tan
libertina? Lo alejó, desparramando moho y piedras al sentarse en el suelo. Sentía que podía
controlarse más cuando no la tocaba.
—Aléjate de mí. No te pertenezco.
—Tengo los papeles del compromiso matrimonial que demuestran lo contrario. —Se acercó a
ella, quemándola con la mirada. Olía a almizcle, cálido, como formando parte del mundo natural
más que de la civilización. Su presencia la llamaba, alentándola a ser libre en lugar de obediente.
Estaba demasiado cerca, demasiado abrumador. En un segundo se sintió sofocada, como si la
hubiesen arrojado al desierto y le hubiesen llenado la boca con arena hirviente.
—Déjame libre. Ese compromiso ha sido anulado.
—Por la fuerza, condesa.
Se estremeció al escuchar su nuevo título. De algún modo lograba que «condesa» sonara
como «prostituta».
La cólera le burbujeó en las entrañas.
—Por lo menos pertenezco a la nobleza. Tú eres un bastardo sin título alguno. Nunca
contraeré matrimonio contigo.
Godric se puso de pie sin apuro. Unas hojitas crujieron bajo las botas. Había perdido la
suavidad. Una cicatriz en forma de hoz sobre el rostro palideció y le brillaron los ojos. Se limpió
las manos frotándolas contra el pantalón como quitándose la sensación de haberle tocado las
piernas.
—Serás mía. Como esposa o esclava. Me da lo mismo.
Sintió la furia enredarse en ella. Se sentó lo más erguida que pudo sin caer.
—No seré tu esclava.
Los ojos azul medianoche reflejaron la luz del amanecer. Un nervio se le tensó en la quijada.
—No tengas dudas, mi dulce cautiva, que el rey Edward ratificará mi reclamo sobre ti.
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Negó con la cabeza, intentando mantener el equilibrio sin utilizar las manos.
—No lo hará. Los documentos que certifican la anulación del compromiso están firmados y
sellados por la iglesia. Además, ya contraje matrimonio.
—Anularás ese matrimonio falso. No toleraré que otro reclame mis tierras.
—Éstas no son tus tierras. —Era una mujer de la nobleza, no una campesina cobarde que se
sentía intimidada por él. Sin embargo, le hubiese agradado sentirse tan segura como lo reflejaba su
voz. En esos días las tierras se ganaban, a menudo, a punta de espada y por capricho del rey. La
iglesia, en lugar de acatar sus propias leyes, seguía a quien pagara la mayor cantidad de oro.
Godric inspiró larga y profundamente. Se le enfrío la mirada de metal fundido y relajó las
manos. La calma que demostraba le recordaba la quietud antes de una inminente tormenta. Una
hojita cayó y se posó en el hombro de su atacante.
—Las tierras son mías, y tú eres mía. —La mirada era fría y la ira ardiente.
La soga le raspaba las muñecas. Escupió en el suelo, deseando haberlo hecho en el arrogante
rostro de Godric.
—Los hombres siempre toman lo que no les pertenece.
—Tal vez. Pero yo sólo tomo lo que sí me pertenece. —Con unos dedos largos y anchos le
levantó la barbilla —. Al igual que tú. Todavía eres virgen, ¿no es así?
Con una sacudida de cabeza se liberó de él y miró hacia los árboles. Odiaba que su
virginidad se hubiese convertido en el premio que un hombre debía ganar en el juego de la
venganza.
—No puedes volver mi virginidad en mi contra. Aclaró la garganta y se quitó la hojita del
hombro de un golpe.
—Es la virginidad perdida, justamente, lo que utilizaré. —La acarició con una mirada lenta y
eterna—. Pronto, mi semilla madurará en tus entrañas.
—¡Bastardo!
Le tomó la cabeza con las dos manos y la giró, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.
—He matado a hombres por insolencias menores que esas.
—¡No me amenaces, maldito! Si hubieses querido matarme, ya lo habrías hecho.
El rostro de Godric era de piedra, inescrutable.
—Hay destinos mucho peores que la muerte, condesa.
Luchó contra las ataduras. Le resultaban cada vez más opresivas con el correr del tiempo. La
frustración y el miedo la hacían sentir ajena al peligro.
—¡Desátame, canalla!
Le recorrió la mejilla con el dedo anular.
—Sería mejor para ti que sintieses miedo de tu destino.
—¡Bastardo de mala muerte! ¡Hijo de perra!
La puso de pie con el rostro pegado al de ella a un palmo de distancia.
—Cuida tu lengua. O te pondré sobre mis rodillas y te daré las nalgadas que mereces.
Se le revolvió el estómago y sintió nauseas.
—No te atreverías.
—Te he raptado de tu habitación en tu noche de bodas, ¿y te preguntas si me atrevería?
La inundó una oleada de ira. Godric no tenía derecho a amenazarla.
—Discúlpate —ordenó, apretándole los hombros.
La ira explotó en ella y se convirtió en furia, como una repentina granizada. ¡Era él el que la
había injuriado! La había sacado a rastras de su cálida cama y la había tomado como rehén. Ella no
había hecho nada para merecer eso.
—¿Perdón? ¿Disculparme contigo? ¿Por tener una prostituta como madre? —En el instante
29
en que las palabras salieron de su boca, Meiriona se dio cuenta de la estupidez que acababa de
cometer. Las palabras colgaban entre ellos como un carámbano de hielo en la incipiente primavera
a punto de caer y hacerse trizas contra el suelo.
Parpadeó una vez y se arrodilló en el suelo, atrayéndola hacia sí tan rápidamente que la dejó
sin aire. Cayó de costado, y levantó polvareda hacia ella. Pero él guió su caída y aterrizó de bruces
sobre su rodilla. Gruñó de una forma poco femenina y sintió los sólidos músculos de la pierna de
Godric clavándosele en el estómago. Su cabellera formó una cortina roja frente a su rostro. Dios
Todopoderoso, estaba sobre su pierna como una niñita.
—¡Detente! ¡Desátame, bruto!
Dio tres golpes fuertes y rápidos con la mano sobre las desnudas nalgas.
Ella gritó e intentó soltarse pero él le plantó un brazo implacable sobre la espalda y la ancló
en su lugar.
—¡Bárbaro! ¡Canalla!
Sintió que elevaba el brazo una vez más.
—¡Lo siento, maldito monstruo!
Detuvo la mano en el aire y se encogió de hombros. —Llámame como quieras, pero deja a mi
madre fuera de esto.
—Bien —luchó por ponerse de pie pero él la sostuvo firmemente contra su pierna—. ¡Déjame
levantarme!
Se quedó quieta y se produjo un largo momento de silencio entre ellos. Parecía que hasta los
pájaros habían dejado de cantar. Dios, ¿la humillación que tenía que sufrir en sus manos no
tendría fin?
—Perdóname, Meiriona. No puedo permitir ciertas faltas de respeto. —La palma de la mano
le rozó las acaloradas nalgas y ella se estremeció a pesar de que su tacto era gentil.
Se le arremolinaron las emociones como un mar embravecido y una temerosa sensación de
deseo se le mezcló con indignación y la aplastó. Ay, santo cielo. Godric era muy peligroso. No
podía lograr que lo deseara después de lo que le había hecho.
Tembló. Su mundo se derrumbó en una locura destructiva porque sabía que podía. Dios mío,
rezó, no dejes que lo note. Godric amenazaba con consumir todo; sus tierras, su gente, su familia, su
cuerpo, su cordura.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó en un suspiro.
—Todo —susurró él, subiéndole el vestido hasta las caderas, dejándole las nalgas expuestas.

30
Capítulo 5

Godric la sostuvo sobre la rodilla boca abajo y le acomodó el vestido sobre la cintura.
—¿Qué haces? —gritó ella y se sacudió para liberarse.
Él le dio una palmada, suavemente esta vez.
—Quédate quieta. Por más que disfrute de ver cómo te ¿acudes, no puedo desatarte si te
retuerces tanto.
—Oh. —Se quedó quieta. Tenía el rostro en llamas y agradeció que la cortina de cabello le
ocultara el rostro.
Unas grandes manos le acariciaron el trasero, luego se deslizaron hacia las muñecas atadas.
Tembló. Se sintió desalineada y expuesta.
Godric tiró de las ataduras; Meiriona asió la bolsita de opio con fuerza, aún oculta en la
palma de la mano, y deseó poder colocar todo el contenido en la comida de su atacante. ¡Si ella
fuese un hombre! Así podría tomar una espada y pelear con él, en lugar de esperar un momento
clandestino para utilizar el somnífero.
Sintió la mirada de Godric posarse en su desnudo trasero. Apretó los dientes y rezó porque
su atención se centrara en las nalgas desnudas y no notara lo que escondía en la mano.
Las sogas se deslizaron de sus muñecas y Godric le bajó el vestido. Rezó en silencio, aliviada
al ver que no había descubierto la droga.
Un frío barro se le escurrió entre los dedos de los pies cuando la puso de pie. Sentía el cabello
colgándole por la espalda y las puntas haciéndoles cosquillas detrás de las rodillas.
Estiró los brazos e intentó ignorar cómo el vestido blanco, ahora sucio, se le adhería al
cuerpo, indecentemente. Una brisa fresca le acarició los pezones y los volvió duros como guijarros.
Con la indignación pendiente de un hilo, miró a su raptor.
Godric se puso de pie ante ella, alto como una torre. Una brisa leve agitó el oscuro cabello
sobre sus hombros. Dos cicatrices le cruzaban el rostro desde la frente, pasando por la sien hasta la
mejilla izquierda formando una línea curva, como si le hubiesen hecho un tajo con una hoz. ¡Dios!
¿Qué le había sucedido? Era a la vez temerario e imponente. Las marcas lo hacían ver aterrador y
peligroso pero no le quitaban belleza masculina. Era como si un maestro escultor hubiera
destrozado, en un ataque de furia, su más preciosa obra de arte.
—¡Déjame ir!
Él le sonrió, como si encontrara divertida tal impotente ira.
—Nunca te dejaré ir.
—Los hombres de mi padre te encontrarán.
—Aún si lo hiciesen, no podrán llevarte de regreso —dijo rotundamente—. Tengo hombres
custodiando este lugar. Estamos seguros aquí.
Como un río salvaje, una sensación de ira la inundó.
—Te odio.
—Lo sé. —Le rozó la mejilla con una mano llena de cicatrices—. Con el tiempo, te
acostumbrarás a mí.

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—Nunca —contestó, aferrando con fuerza la bolsita de opio.
El cielo se colmó de nubes negras y trajo un aire pesado y húmedo con aroma a lluvia. Unas
ovejas balaron en la pradera. Se escuchó el eco en las colinas.
—Sígueme —ordenó. Giró y caminó con largos pasos hasta los árboles en dirección al
murmullo del rebaño.
Meiriona plantó los pies en el mullido suelo y se negó a seguirlo como un perrito faldero.
Miró hacia arriba a través del dosel de abedules y robles.
¿Estarían su padre y el tío Pierre buscándola? ¿O estarían aún borrachos e incapacitados? Les
había llevado varias horas bajar colgando por el acantilado, pero en viajar por el sendero lleno de
lodo hasta esa parte del valle tardarían por lo menos un día, quizás más por la reciente lluvia.
—¡Meiriona! —Godric la llamó desde treinta pasos más adelante—. Ven aquí.
Lo miró desafiante.
—No soy tu mascota. .
Godric resopló irritado y caminó hacia ella con la cuerda en la mano.
Meiriona dio la vuelta para correr, pero él la tomó del antebrazo y la giró. El espacio entre los
dedos de los pies se le llenó de más barro.
Le juntó las muñecas y aseguró la cuerda alrededor. La empujó hacia adelante con la soga.
Unas hojitas crujieron. Se lastimó un dedo con una roca puntiaguda y cojeó varios pasos.
Godric aminoró la marcha, le rodeó los hombros con la mano y la guió entre los árboles.
La ayudó a pasar por encima de un tronco caído, como si fuese un caballero de la corte
escoltándola al subir unas escaleras. La seguridad en sí mismo que irradiaba provocaba en ella
ganas de escupirle el arrogante rostro. Lo hubiese hecho, pero todavía podía sentir la marca que
las manos le habían dejado en el trasero.
Aun sintiendo ira y frustración, surgió en ella, a regañadientes, un respeto hacia su raptor.
Nunca antes un hombre la había enfrentado por su irreverente lengua y su irrespetuosidad. El
discurso irritable le había costado un número más que interesante de pretendientes. Sin embargo,
esas pérdidas no le molestaban demasiado.
—Tenemos que caminar sólo un corto tramo. Mi Vengeance1 está pasando aquella colina.
Meiriona enterró los talones en el barro, odiando el retorcijón involuntario que le dio el
estomago al escuchar la palabra «venganza».
—¿Qué quieres decir? ¿Cuáles son tus intenciones?
Seguramente no planearía copular con ella allí en el bosque.
La miró socarronamente.
—Te estoy llevando hacia mi casa.
—¿Tu casa está sobre aquella colina?
La miró como si fuese una tonta.
—Seguramente no.
—¿Qué has querido decir con eso de «mi venganza está pasando aquella colina»?
Aflojó el entrecejo y se rió con fuerza, un sonido generoso y profundo.
—Pequeña, mi venganza contra ti me llevará más que una corta caminata. Vengeance es mi
caballo.
—¿Tu... caballo?
Rió entre dientes y la empujó hacia adelante.
—Me causas risa.
—¿Le has puesto Vengeance a tu caballo?
1
Vengeance en inglés significa venganza. Juego de palabras que crea una confusión en Meiriona, quien cree que se
refiere a la venganza contra ella.
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La sonrisa se le borró del rostro y afinó los labios.
—Venganza es en lo único que he pensado durante años.
—Oh. —Meiriona tragó saliva, comprensiva—. ¿Tanto me odias?
—¿Odiarte? No, condesa. Uno necesita tener un corazón para poder odiar. Yo ya no lo tengo
—dijo con una voz débil y amargada.
Ella se estremeció y apretó el opio con más fuerza. Casi llegaban a la cima de una pequeña
colina. Tropezándose con la raíz de un árbol, se clavó una espina en la planta del pie. Levantó el
pie antes de que comenzara a sangrar y perdió el equilibrio chocando contra Godric. ¡Dios, no
quería volver a caer a sus pies!
La rodeó por los hombros.
—Necesitas calzado.
La alzó en brazos como si no pesara más que un gatito pequeño.
Sintiéndose culpable, sabía que debía pedirle que la dejase en el suelo. Sin embargo, no lo
hizo. Ir alzada era un alivio de las espinas y del barro. Se sintió femenina y pequeña en sus brazos,
protegida de las zarzas y de las demás cosas que se le adherían a los pies.
Por un breve instante fue como si ellos fuesen los dos únicos seres en el planeta y ella deseó
que no fuesen enemigos. El calor salvaje del cuerpo de Godric llegó hasta ella. El chaleco de cuero
tenía un leve aroma a fogata.
Caminó con largos pasos por la maleza.
—Pronto llegaremos a mi caballo, luego podrás montar.
¿Montar? Un nudo de pánico le subió por la garganta. Por un momento, tuvo once años de
nuevo y el sonido de unos cascos le retumbó en la mente. Corrió para ponerse a salvo. El grito de
su madre cruzó el aire y sintió un casco enorme golpearle la cabeza. Todo se volvió oscuro. No
había montado a caballo desde ese día.
Los brazos musculosos de Godric la sujetaron con más fuerza.
—Estás pálida. ¿Qué sucede?
Sacudió la cabeza para quitarse la imagen de la mente.
—No es nada.
—Estás mintiendo, Meiriona. ¿Qué demonios te acechan?
Giró la cabeza y apoyó la mejilla en el torso de Godric. Deseaba esconderse de tal asombrosa
perspicacia. Dio rienda suelta al placer culpable de inhalar el reconfortante aroma del cuerpo de
Godric. Ya no le quedaba nada de orgullo aquel día. Cuanto antes confesara su humillación, antes
terminaría esa vergüenza. Un bochorno más no importaba.
—No... no puedo montar. Me dan miedo los caballos.
Hecho. Lo había dicho.
—¿Una mujer de la nobleza que le teme a los caballos? —Sí.
La mortificación le apretujó la garganta. No era natural que una mujer en su situación
temiera a los caballos. Se había equivocado al pensar que no le quedaba nada de orgullo. Tenía los
sentimientos muy a flor de piel. En ese momento, Godric tenía todas sus emociones en la palma de
la mano. Si se reía, Meiriona no sería capaz de contener las lágrimas.
—No te rías de mí —dijo, odiando que la voz le hubiese salido pequeña, ahogada.
Godric pisó un tronco y miró hacia abajo, hacia ella. No tenía ningún atisbo de diversión en
los labios. Colocó un mechón de cabello detrás de la oreja de Meiriona y le dedicó una leve
sonrisa.
—No te hace más débil tenerle miedo a algo. —No tenía en los ojos ni lástima ni diversión,
sólo un genuino interés.
Ella se encogió de hombros.
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—¿Qué sucedió? —preguntó con total naturalidad, como si estuviesen hablando del clima.
Nunca nadie antes había sentido empatía por ese miedo tan peculiar de ella. La hizo sentir
incómoda. ¿Por qué habría de importarle?
—Nos tiró al suelo. Casi nos aplasta.
—¿Quiénes fuisteis arrojados?
—Mi madre y yo. —Se mordió el labio, no quería recordar. Godric podía decir que no tenía
corazón, pero ella no tenía tanta suerte. El recuerdo le provocaba dolor en el pecho.
Él le recorrió las facciones con la mirada, perspicaz.
—Es usual que los caballos arrojen a sus jinetes. ¿Qué más sucedió?
Giró la cabeza hacia un costado y deseó poder ocultar su rostro entre las manos para que él
no pudiera ver sus pensamientos. Eran secretos y no quería compartirlos. Ni con él ni con nadie.
—Dime, Meiriona. —La apretó fuerte contra el pecho hasta que la mejilla quedó presionada
contra el chaleco.
—Nos perseguían unos hombres. Yo tenía once años. —Recordaba imágenes aisladas, como
un rompecabezas de madera con las piezas desparramadas por el suelo.
Godric alcanzó la cima de la colina. El peso añadido del cuerpo de Meiriona no parecía
retardar la marcha.
—¿Es eso lo que le pasó a tu madre?
—Mi madre murió dando a luz. —De un portazo encerró los recuerdos en la mente. No
aclaró más nada.
Él asintió con la cabeza y no hizo más preguntas.
Si él no fuese tan amable, le resultaría más fácil odiarlo. Era un hombre malvado, un
partidario de la casa de York. No era diferente a los hombres que habían violado a su madre. Pero
los brazos de Godric se sentían cálidos y firmes alrededor de su espalda y sus rodillas al cargarla.
Mechones de su larga cabellera se le enredaban en los hombros.
—¿Has vuelto a montar desde aquella vez?
Meiriona se estremeció. Al hacerlo/más mechones de su cabellera se enredaron en los
broches del chaleco.
—Una vez.
—¿Una vez?
—Mi padre me obligó a montar.
—¿Qué sucedió?
Las mejillas se le inyectaron en sangre al recordar el día en que su padre, con fría
desaprobación, había intentado sacarle la cobardía forzándola a montar mientras él cabalgaba
detrás, guiándola. Ella había montado, temblando en silencio y retorciendo los dedos de los pies
hasta sentir calambres. Al fin, su padre la dejó ir. Luego, escondida tras los establos, vomitó de
terror en el suelo.
—No lo hice muy bien —dijo finalmente.
—¿Qué sucedió? —preguntó—. ¿Vomitaste?
Lentamente, asintió con la cabeza. ¿Cómo lo sabía? ¿Había leído sus pensamientos?
Frunciendo el ceño, se retorció en los brazos de Godric. No quería ver la expresión en su rostro.
—A veces sucede eso cuando uno tiene mucho miedo.
—¿De verdad? —Ella había creído que aquella reacción no era natural—. ¿Cómo sabes eso?
Se encogió de hombros y todo el cuerpo de Meiriona subió y bajó levemente.
—Estoy bastante familiarizado con el terror.
De repente, deseó con todas sus fuerzas poder tocarle las cicatrices del rostro, acariciarlas con
el dedo. Esta vez, estaba agradecida de tener las manos atadas. Así no podría dar rienda suelta a
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ese impulso tonto que sentía. ¿Qué le habían hecho en el ejército francés?
Godric rió irónicamente y la elevó un poco más al pasar por encima de un tronco caído. El
vestido resbaló sobre el chaleco, el blanco lienzo en un intenso contraste con el negro del cuero.
—Estoy realmente aliviado de que sólo te hayas desmayado y de no me hayas vomitado
encima por la noche.
Una risita nerviosa le trepó a la garganta.
—No se me habría ocurrido hacer algo así —dijo ella, picara.
El sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.
Conteniéndose, giró la cabeza de lado. Él era su enemigo, no un viejo amigo con quien
juguetear. ¿Qué estaba pensando? ¿Cómo había derivado la conversación hasta ese punto? Lo
último que quería hacer era discutir sobre vómitos con Godric.
Ella frunció el ceño. La estaba volviendo loca. Su presencia la sofocaba. Tenía los brazos
demasiado calientes, demasiado demandantes, demasiado viriles. Su cercanía la afectaba de
manera vergonzosa. Prestó muy poca atención a los árboles que pasaban en la dirección que se
dirigían.
Inspiró profundamente y, sin darse cuenta, inhaló el intoxicante a roma a almizcle de su
raptor. Tosió, intentando deshacerse del aroma, pero no lo logró. Su presencia la envolvía,
llevándola hacia un deseo prohibido.
Buscó el rostro de su enemigo. Él no parecía sentir ninguna de las dudas que la aquejaban
por la cercanía de ambos cuerpos. Había cientos de cosas que no entendía de él. Era amable con
ella; sin embargo, había declarado que había estado planeando vengarse por años. Un momento
antes, había recibido un rápido castigo por las agudas palabras que había pronunciado. ¿Quién
era? ¿Un sensible gigante o un vengativo caudillo?
—¿No crees que soy cobarde por tenerle miedo a los caballos? —preguntó ella
abruptamente, intentando averiguar más quién era él.
La miró atentamente. ¿Podría ver lo que ella pensaba?
—No eres cobarde —contestó con voz fuerte y decisiva. Una ráfaga de viento sopló un
mechón de su cabello negro sobre la oreja.
Nunca antes había admitido su temor sin sentir vergüenza, sin sentirse juzgada, sin odiarse a
sí misma. Nunca nadie antes había visto sus temores y había negado que fuera una cobarde por
ello.
Se sintió... liberada. Liviana. Como si le hubiese quitado las cadenas de los pies y ahora
pudiese volar por los aires como un halcón.
Godric la sostenía con implacables brazos. Tenía las manos atadas. Su raptor la estaba
llevando a una prisión desconocida. Sin embargo, por un excitante momento, no deseó estar en
ningún otro lugar. Nunca antes se había sentido tan libre. Todo porque ese hombre le había dicho
que no era una cobarde.
—¿Cuán lejos está vuestra casa, señor?
Pasó un segundo. Y luego otro. Los dos se habían percatado de lo que ella acababa de decir.
Lo había llamado «señor».
Meiriona tomó una bocanada de aire, intentando volver a introducir esa palabra en su boca.
¿Era una tonta?
Él era un bastardo, no un hombre de la nobleza. El agotamiento le había enmarañado las
emociones como hebras enredadas. Se mordió el labio, deseando poder liberarse las manos para
cubrirse la traicionera boca. Pero estaba segura de una cosa: nunca antes había estado frente a un
hombre con tanto control de sí mismo, un hombre que se condujese con tal liderazgo. Bastardo, tal
vez, pero su semblante demandaba más respeto que ninguno de los hombres de la nobleza que
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ella había conocido. La nobleza que albergaba en su interior se superponía a la condición de su
nacimiento.
Agitó la cabeza para detener tales pensamientos. Debía recomponerse. Tenía un deber que
cumplir. Él la posó de pie en el suelo. Tenía la cabellera todavía enredada en los broches del
chaleco, lo que les mantenía unidos.
—Tú no eres mi... —Ella comenzó, liberando su cabello de los broches. El vestido flameó con
la brisa leve, acariciando las ropas de cuero de él.
Le cubrió la boca con la mano, estudiándola tan intensamente como un halcón analizaría un
campo en busca de un ratón. Por un instante, pensó que reemplazaría la mano con la boca.
Dios mío.
Le miró el rostro, recordando aquel beso robado en la capilla. Los labios llenos, generosos,
habían sido demandantes, despiadados, todos esos años atrás. Calientes. Húmedos. Con
vergüenza, había soñado con ellos muchas noches también.
Él había sido el único hombre que la había besado en la boca. Aún en su boda, el tío Pierre le
había simplemente tocado la barbilla y rozado la mejilla.
¡Qué pensamientos tan pecaminosos le provocaba Godric! Era su enemigo, el enemigo de su
familia, el enemigo del tío Pierre. ¿Cómo era posible que estuviera pensando en el sabor de su
beso?
Abruptamente, como si supiese que los pensamientos de Meiriona se centraban en su boca,
adelantó los labios y emitió un silbido bajo.
—No debes tener miedo, pequeña —dijo él—. Mi caballo está bien entrenado.

36
Capítulo 6

Después de todo, no quería besarla. ¿O sí? Aquel rostro enigmático no le revelaba nada.
¡Qué injusticia! Él podía leer sus pensamientos y ella no podía saber nada de él.
—¿Por qué te importa si me dan miedo los caballos? —preguntó ella, intentando que algo,
cualquier cosa, rompiese la tensión que había entre ellos.
Se encogió de hombros y le apretó los brazos con las manos.
—Me interesa toda mi propiedad.
Ella resopló y la ira se agolpó en la superficie. Ella no era parte de sus pertenencias.
—Quítame las manos de encima.
Él se sonrió.
—No. Me agrada tener las manos sobre ti.
—¡Patán arrogante! No soy de tu propiedad para que me manosees a voluntad.
—Creo que sí lo eres.
Ella se retorció, luchando por liberarse de las cuerdas que le sujetaban las muñecas.
—¡Bestia incivilizada!
Godric frunció el entrecejo y la soltó.
—Le temes a aquello que no deberías temerle. Deberías temer al amo y no al caballo.
Meiriona sopló un mechón de cabello que le cubría el rostro y aguzó la mirada.
—No te tengo miedo —mintió.
La mano grande de Godric le acarició el costado del rostro lenta y sensualmente. Era una
amenaza, y a la vez no lo era. —Pues deberías —susurró, y el aliento le cosquilleó la oreja.
Ella tembló.
Los dedos continuaron la caricia perezosa hacia abajo, por el cuello, y se detuvieron al llegar
a la cima de los pechos. Los músculos de los brazos se movieron en olas. Temerarios. Hermosos.
Seductores.
El miedo la consumió. No era miedo hacia él, sino miedo a los deseos prohibidos que sentía.
—Por favor, detente —dijo en un susurro.
Él volvió a silbar y la soltó. Agradeció que la tierra bajo ella fuese sólida y así, compensase el
temblor de sus piernas.
Un niño de unos nueve años emergió por detrás de los árboles. Tenía el cabello frondoso y
pelirrojo y el rostro lleno de pecas. Traía un enorme caballo negro.
Meiriona se tambaleó hacia atrás. El vestido se agitó y la rozó en las pantorrillas.
Godric la atrapó y la colocó tras él.
—No temas, pequeña.
Ella se asomó por detrás de los anchos hombros. El niño la observó curioso.
Godric caminó con largos pasos hacia el caballo y lo tomó de las riendas.
—Retírate, niño. Has hecho un buen trabajo. —Lanzó una moneda al muchacho a modo de
agradecimiento.
El niño sonrió mostrando los dientes y observó con curiosidad a Meiriona una vez más.

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Luego, se alejó corriendo, el suelo del bosque le amortiguaba los pasos.
Meiriona sintió púas de incomodidad pinchándole la espalda al girar hacia Godric y su
enorme caballo. Su raptor acariciaba el hocico del semental y le daba palmaditas en el cuello.
Vengeance lo había llamado. El animal tenía el delicado rostro de los caballos árabes, pero era
mucho más grande. Quizás era un cruce, un bastardo, como su dueño. El pelaje brillaba debido a
la luz que se filtraba en el bosque. Era de un negro profundo y tenía tres patas blancas. ¿Cuántas
horas habría pasado Godric cepillando su corcel para que brillara tanto?
De repente, se sintió inexplicablemente celosa del vínculo entre los hombres y sus animales.
¿Podría alguna vez un hombre interesarse tanto por su mujer como lo hacía por su caballo?
—Ven, Meiriona. —Godric la empujó hacia adelante.
Ella tragó saliva y negó con la cabeza. Sintió el aire estrujársele en los pulmones.
—Ahora, pequeña.
Ella le había mencionado su cobardía. Él había aparentado entenderla, pero no. Le temblaron
las rodillas y las juntó con fuerza.
Enganchó las correas del animal en una rama baja sin apretar y caminó hacia ella con largos
pasos; el entrecejo fruncido.
Ella se encogió hacia atrás y una espina le lastimó el talón. Sintió la bilis subirle por la
garganta. Dios, pretendía alzarla y colocarla sobre el animal. Por favor, Dios mío, no quiero vomitar.
Sintió el calor del cuerpo de Godric cuando se paró frente a ella.
—No puedo.
—Puedes, y lo harás. —Le tocó el hombro con la mano. ¿Podría sentir cómo temblaba? Ay,
Jesús, necesitaba orinar.
Sé valiente, sé valiente, se reprendía a sí misma. Las lágrimas le pinchaban los ojos, flotaban,
amenazaban con caer.
Godric le secó las lágrimas. La mano callosa era cálida y gentil. Meiriona inspiró
profundamente y tembló. Se acomodó el cabello detrás de la oreja. Godric posó los labios sobre
sus húmedas pestañas. Cerró los ojos, las emociones arremolinadas. ¿Por qué tenía que ser
amable? Era mejor cuando pensaba que era un monstruo.
—Meiriona. —La voz de Godric era tranquila y denotaba seguridad—. ¿No puedes confiar
en mí? Juro por mi vida que nada malo te sucederá mientras yo sea tu guardián.
¿Confiar en él? ¿Confiar en el hombre que la había raptado de sus aposentos en la noche de
bodas? El corazón le latía como un tambor primitivo y salvaje. Le subió a la garganta una risita
nerviosa.
—No puedo confiar en ti.
—Meiriona —dijo en una voz suave, ronca, tóxica como dulce aguamiel—. Aunque sólo sea
un momento.
Negó con la cabeza.
Le acarició la mejilla con la mano abierta.
—Te mantuve a salvo en el acantilado. Te mantendré a salvo sobre mi caballo.
El labio inferior de Meiriona tembló. Lo miró. Ternura y empatía brillaron en los ojos azules
de medianoche de Godric.
—Confía en mí—susurró. La invitaba más con su presencia que con las palabras. Se le coló
en el alma.
—Debemos viajar a caballo. No puedes caminar por el bosque así vestida, y yo no puedo
cargarte todo el camino.
—Estoy aturdida por toda esta locura —dijo entre dientes. Lo que decía tenía mucha lógica.
—Te cuidaré. No debes temer. —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Vamos. —La empujó
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hacia adelante, sosteniéndola firmemente de los hombros. Ella miró el gigantesco semental. Le
sudaban las manos a medida que se acercaba al caballo.
—Continúa mirándome a mí —dijo él, desviando la atención que prestaba al animal—.
¿Puedes hacer eso?
Sabía que probablemente estaba tan pálida como la niebla. El caballo estaba quieto, tan
sereno como Godric. Si el animal podía percibir el miedo que ella sentía, no daba muestras de que
aquello lo perturbase.
—¿Estás lista?
Ella asintió con un movimiento de cabeza, sin atreverse a quitarle la mirada de encima, se
concentró en las cicatrices que le tajaban el rostro. Una sensación de calma se le filtró en las venas.
Estaba segura de que un hombre que sobrevivió a cualquier pesadilla que hubiera causado tales
cicatrices sería capaz de controlar su caballo.
La giró lentamente hasta que tuvo la espalda pegada al costado del caballo. El animal le tocó
el hombro con el hocico.
—Te alzaré y te colocaré sobre él. Sigue mirándome.
Vengeance resopló y Meiriona tembló.
—Inspira profundamente.
Parecía muy importante obedecer a su raptor. Mantuvo la mirada fija en Godric, intentando
aplacar el creciente pánico. Dios, ¿por qué tenía que ser tan cobarde? Algo tan simple no debería
resultarle tan complicado. Inspiró y exhaló.
La tomó de la cintura con las manos en un solo movimiento, ella parecía liviana como el aire.
La alzó como a un niño.
Vengeance dio un paso al costado, moviendo la cola.
—¡So, caballo!
Ella esperó que ese terror que le era tan familiar la sobrecogiese, anticipándose a batallar
contra la bilis subiendo por la garganta. Los dedos de los pies se le encogieron en nudos de terror.
—Sigue mirándome y respira.
Lo miró fijo y notó unas arrugas delgadas a los lados de los ojos que se le dibujaron al
sonreír. La barba incipiente arrojó sombras en la barbilla. Era hermoso. Mirándolo se le hacía más
fácil ignorar el terror. Se le relajaron los dedos de los pies.
Posó el brazo en los muslos de Meiriona y sostuvo la montura por el frente. Apoyó el pie en
el estribo y con gracia felina se subió al caballo y se sentó tras ella, obligándola a sentarse en su
regazo. La rodeó con brazos fuertes y reconfortantes.
Lentamente, ella exhaló el aire que había contenido en los pulmones. La sostuvo con fuerza
con un brazo y con el otro asió las riendas del caballo.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —contestó sorprendida al ver que decía la verdad.
—Estás segura.
No tenía sentido. Sin embargo, realmente se sentía segura. Se acomodó en una posición y se
permitió relajarse.
Godric golpeó los talones y el animal avanzó hacia el sonido cantarín del río. El estómago le
dio un salto y le aplastó la vejiga. Los cascos del caballo quebraban las ramitas del camino que
había elegido a través del bosque. Avanzaban meciéndose suavemente.
Los muslos de su raptor presionaban contra el cuerpo de Meiriona. Dios, ¡realmente
necesitaba orinar! Volvió a acomodarse sobre la montura. Cabalgaron en silencio por un rato hacia
un futuro desconocido. Se asomaron unas nubes negras que amenazaban lluvia, y ella sentía cada
vez más presión en la vejiga.
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Se retorció sobre el regazo de Godric. No lograba acomodarse.
—¿Qué pretendes hacer conmigo una vez que hayamos llegado a tu hogar?
La apretó con más fuerza.
—Pretendo contraer matrimonio contigo.
Ella negó con un movimiento de cabeza pero no lo contradijo verbalmente. Una parte de ella
deseaba que fuese verdad. Pero Godric nunca sería de ella y ella nunca sería de él. Ella tenía una
familia y un deber que atender. No podía permitirse sueños tontos.
Agitó los brazos.
—Podrías desatarme.
La miró fijo.
—¿Por qué? ¿Para que me golpees otra vez?
Meiriona cerró la boca con fuerza. ¿Por qué habría ella de desearlo? Era ordinario, burdo, sin
domar. Un hombre malvado.
Una gota de lluvia aterrizó sobre su hombro y le recordó nuevamente que necesitaba un
servicio. Transfirió el peso de su cuerpo, los muslos de él en sus nalgas no le permitían sentirse
cómoda.
—¿Por cuánto tiempo más cabalgaremos?
—No por mucho más hoy.
Intentó relajarse nuevamente pero tenía la vejiga demasiado llena. Seguramente podría
esperar a que se detuviese.
Miró fijamente los árboles que pasaban. ¡Ay, Dios! ¿Qué sucedería si una vez que se
detuvieran continuaba negándose a desatarla para poder evacuar?
Cayó más lluvia. Pequeñas manchas de agua le humedecían el vestido y sentía la vejiga más
comprimida. Fría. Húmeda. Se retorcía, balanceando el peso de su cuerpo hacia adelante y hacia
atrás. Algo duro le rozaba las nalgas y era imposible sentirse cómoda.
Godric resopló exasperado.
—¡Maldita seas, mujer! Si pretendes que me mantenga honorable por un minuto más,
quédate quieta.
Meiriona giró la cabeza para que no pudiese ver como se sonrojaba.
—No me has forzado antes —razonó ella.
—No obstante, no creas que estás segura ahora.
—Oh. —Se concentró en quedarse inmóvil. Ahora que estaba forzada a quedarse quieta,
todas sus sensaciones se centraron en la expandida vejiga. No había orinado desde la fiesta de su
boda. Un bulto rígido en la montura la empujaba hacia atrás. Se mordió el labio, sentía el vino
chapoteando dentro de ella.
—¿Cuánto falta para detenernos?
—Pronto. —Su voz sonaba irritada.
Cabalgaron en silencio. Los árboles que pasaban delimitaban la propiedad. Godric no parecía
notar la angustia de Meiriona.
Deseaba cambiar de posición nuevamente, de forma que pudiese sentirse más cómoda. Pero
no se atrevía a moverse, ni siquiera un centímetro.
Una lluvia leve iba y venía intermitentemente. Cada gota la golpeaba en la vejiga. ¡Si sólo
tuviese un momento de privacidad!
¿Cómo podría explicarle su problema? Las mujeres de la nobleza no hablaban de esos temas.
Si necesitaban utilizar el servicio, lo hacían en silencio, discretas. ¿Cómo se lo diría?
—¿Llegaremos a tu hogar hoy? —Su voz hizo eco en los árboles.
—No —dijo él, destruyendo sus esperanzas de detenerse.
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El suelo pasaba bajo ellos por largos e insoportables momentos. Cada balanceo del animal le
traía olas de urgencia. Estaba a punto de estallar.
—¿Cuándo nos detendremos?
Con el entrecejo fruncido dijo:
—Si te estás preguntando cuándo tendrás la oportunidad de intentar escapar, ni siquiera
pierdas el tiempo.
Un calor le subió por las mejillas. Él había malinterpretado la pregunta. Se quedó quieta por
un momento, mordiéndose los labios. ¿Qué ocurriría si no pudiese contenerse y se orinara sobre
las piernas de él? Ese pensamiento era demasiado horrendo.
Ay, piedad. Ay, piedad.
—Necesito... necesito... —Le temblaba la voz. No lograba pronunciar las palabras. Lo que
necesitaba era demasiado primitivo, demasiado común.
—¿El qué? —preguntó con una voz lacónica de irritación —. Habla más alto. No puedo oírte.
—Necesito... Es decir, debo...
Godric aflojó el entrecejo.
—¡So, Vengenace! —El caballo se detuvo.
Ella dejó caer los hombros con alivio. Él se bajó de la montura, la tomó con los brazos y la
bajó del semental.
Ay, gracias a todos los santos.
—Gracias —susurró, agradecida por haberse librado de la humillación de tener que decirlo.
Sonrió de lado, pícaro.
—Te desataré las manos si me llamas «señor» nuevamente —dijo con una voz profunda y
seductora, apenas un poco más audible que un susurro.
—No.
Desvió la mirada hacia el bosque y luego de regreso a él. Jesús. No podría encargarse de ella
misma con las manos atadas.
El brillo de sus ojos azul oscuro danzó con una enigmática profundidad. Se le cruzó por la
mente la idea de que él disfrutaba al ver cómo luchaba contra su orgullo. Malvado, malvado
hombre.
¿Y si no le permitía orinar? ¿Y si acaso (casi da un grito ahogado al pensarlo siquiera) la
ayudaba?
—Te daré privacidad si lo dices —dijo en una voz tan seductora como un día de sol en
invierno.
Negó con la cabeza.
—No puedo. —Llamarlo así era igual a traicionar a su familia. Quizás la urgencia pasase.
—Como quieras. —Encogió los hombros, la tomó de la cintura e intentó colocarla sobre la
montura.
Piedad, se orinaría si volvía allí sin que le permitiese los momentos de privacidad que
necesitaba.
—Por favor —dijo ella.
Se detuvo y la miró expectante. Una sonrisa se le dibujó en el rostro. Como un gato de
establo jugueteando con un roedor.
—No, no lo haré. —Levantó la barbilla. Él no tenía derecho a divertirse con ella.
Sintió un pinchazo entre las piernas. Jesús.
Bajó los párpados para no tener que mirarlo a los seductores ojos azules. Miró al suelo y se
concentró en rocas, ramas y hojas. Cualquier cosa menos agua.
Él le rozó la cara obligándola a mirarlo a los ojos.
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—Mírame.
Ella así lo hizo.
—Señor —dijo entre dientes, enfadada con su sedicioso cuerpo—. Te odio.

42
Capítulo 7

Godric acariciaba la brillante crin del semental mientras esperaba a Meiriona. El animal
pisó fuerte y con impaciencia.
Lo había prometido y no tuvo otra opción que permitirle privacidad. Cuando la hubo
desatado, la obligó a dar su palabra de honor de que no escaparía y, a pesar de la incomodidad
que esto le provocaba, la dejó ir.
Tamborileaba los dedos sobre la brida. Seguramente, no sería tan irracional como para
intentar escapar allí. Muchos vagabundos deambulaban por la campiña. Una mujer bonita
llevando sólo ropa interior sería presa fácil.
Escudriñó el bosque pero sólo pudo ver hojas y arbustos.
Pasó un momento. Luego, otro.
—¡Meiriona!
—¡Ten paciencia! —La voz le llegó desde un lugar demasiado adentrado en la arboleda como
para quedarse tranquilo, pero se relajó un poco. La niña era resuelta pero no tonta.
—Estoy llevando cuenta del tiempo —le gritó.
La escuchó decir un improperio y se sonrió. Tenía vergüenza de decir que necesitaba orinar
pero lo insultaba como un soldado raso.
¡Qué mujer tan contradictoria! Le fascinaba. Le fascinaba cómo reaccionaba ante él.
Su tono mordaz no podía ocultar cómo se le aceleraba la respiración en el instante en que él
la tocaba. Hacía años que una mujer de la nobleza no se alejaba de él al ver su rostro lleno de
cicatrices.
Lo cautivaba la forma en que lo miraba con curiosidad en lugar de repulsión. Se sentía como
un sapo idiota nadando a gusto en el caldero de una bruja, haciendo caso omiso del peligro,
porque el agua se sentía cálida y agradable. Años atrás había sentido lo mismo y la bruja lo había
cocinado y servido en bandeja a una vida de degradación.
Ella haría cualquier cosa en beneficio propio —incluyendo faltar a un compromiso de
matrimonio y casarse con un hombre tres veces mayor que ella. Debía recordarse a sí mismo que
ella era insensible, ya que su pasión ardiente lo atraía como el agua a un hombre sediento.
Había temblado de miedo cuando la raptó la primera vez, pero se hundió en su cuerpo como
si fuesen viejos amantes cuando la sentó en la falda y le acarició las piernas.
Sí, ella le temía, pero había algo más en su reacción que el miedo. Su renuencia denotaba que
era una mujer con una pasión tan ardiente como el color de su cabellera.
Oyó unas hojas crujir en el bosque y Vengeance levantó las orejas al oír el sonido. Regresaría
pronto.
Acarició el hocico del semental.
—¿Condesa?
No hubo respuesta.

La luz del sol se colaba por el dosel de ramas e iluminaba el camino de Meiriona al andar
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apurada entre los árboles. Vio un gran espino, lleno de bayas carmesí, unos metros más adelante.
El amplio tallo, de casi medio metro de ancho, le proporcionaría un buen refugio. Corrió hacia allí,
se subió el vestido hasta la cadera y orinó.
Gracias a Dios, suspiró.
Estaba contenta de haberse librado del guerrero y su abrumante presencia. Estiró los brazos
y se regodeó con la sensación de tener las manos desatadas. Una rama le raspó los brazos
desnudos y la hierba suave de fines de verano le hacía cosquillas en los pies.
Miró la bolsita de opio de Mattie. Gracias a Dios, Godric no le había preguntado por qué
apretaba la mano tan fuertemente. Ahora, al fin, podría encontrar una forma de esconderla.
Se agachó y abrió la costura del dobladillo del vestido unos centímetros. Con cuidado de no
romper la pequeña bolsita, la colocó dentro del dobladillo, agradecida de no tener que llevarla
más en la mano.
Estiró los acalambrados dedos. El aire fresco y húmedo de la mañana le enfrió las acaloradas
palmas de las manos. Arrancó una hojita de una rama baja y se secó el sudor de las manos y se
regodeó con la sensación de libertad.
Era su oportunidad. Quizás si caminaba adentrándose en el bosque lo suficiente antes de que
su raptor notase su ausencia, podría escapar.
Meiriona miró el vestido sucio. Correr, ¿hacia dónde?
Nunca antes había estado lejos de casa. El miedo que les tenía a los caballos la había
mantenido casi prisionera en el castillo. Vagabundos del camino y degolladores merodeaban por
esos lugares. No estaba armada y sería presa fácil. Aun así, estaba obligada a intentarlo.
Una ramita se quebró bajo su pie desnudo y se le clavó en el talón. Gimió de dolor. Se agachó
y la quitó. Pero sólo logró engancharse el cabello en un arbusto bajo. Cuando intentó echarse para
atrás, el vestido se le enganchó en una rama de un enebro con púas. El lienzo se rasgó cuando
tironeó para desengancharse y le dejó la cadera expuesta.
Suspiró con resignación. No estaba equipada para escapar ese día. Debería esperar un poco
más.
Una vez que hubo tomado la decisión, comenzó a caminar hacia donde se encontraba
Godric.
Segundos después, escuchó un sonido de olfateo a su lado. Agudizó la vista y giró. Un gran
jabalí hurgaba alrededor de las raíces llenas de barro de un árbol tan cercano que si lanzaba una
piedra lo alcanzaría. Quedó paralizada en el lugar. Un terror frío le recorrió el pecho.
Los colmillos eran afilados como navajas y de un color amarillento grisáceo. Los clavaba en
la tierra mientras buscaba gusanos. Unas hojitas crujían a su alrededor. Era enorme.
Probablemente se podría alimentar una villa pequeña con él.
Se deslizó hacia atrás tan silenciosamente como pudo, decidida a regresar a la seguridad que
le proporcionaba Godric. Una vez que estuviese con él, podría gritar. Él sabría cómo lidiar con el
animal. Tener un plan le daba confianza. Apretó los dientes con determinación.
Dio un paso silencioso y el jabalí volvió a olfatear el aire. Estaba tan cerca de ella que podía
ver el musgo que colgaba de los colmillos llenos de barro. Una mucosidad hedionda y amarillenta
goteaba de los ojos brillosos y pequeños del animal. Con el sucio hocico olfateó el aire y se movió
en dirección a ella.
Una gotita de lluvia cayó desde las ramas y le aterrizó en el hombro. Ella saltó y se
mordisqueó los dedos para evitar gritar. Sentía una mezcla de sabor a tierra y bilis en la garganta.
Dio un paso y luego otro.
El jabalí olfateó el aire y se movió con torpeza hacia a ella. Los ojitos giraban buscándola.
Meiriona se golpeó el dedo del pie con una roca y se retorció de dolor. Estaba segura de que
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Godric se encontraba cerca; se pasó la lengua por los labios y dio tres pasos más hacia atrás.
Las pequeñas orejas del jabalí se alzaron como si la hubiese escuchado caminar.
Un paso, esperar, un paso, esperar. La enmarañada cabellera se enredó en otro enebro lleno
de púas.
—Dulce María —dijo en un susurro al sentirse atrapada y forzada a detenerse.
Las orejas del jabalí giraron y el animal caminó hacia ella.
Tironeó del cabello, pero estaba aferrado a la rama. Ay, Dios. Ahora no. Ahora no.
Tiró desesperadamente. Le temblaban los dedos y dio un paso adelante para poder tirar
mejor. Unas hojitas crujieron bajo sus pies desnudos y se paralizó. El feo jabalí la miró con los
ojitos fijos en ella.
—Dios mío —susurró.
Las pezuñas divididas del jabalí toquetearon el suelo y elevó los colmillos afilados.
Ella tiró del cabello, pero las puntiagudas y enroscadas ramas de la zarza sujetaban los
mechones pelirrojos. ¡Atrapada como conejo en la trampa!
Unas ramas se rompieron cuando el jabalí arremetió contra ella. Las pezuñas rasgaban el
suelo, se desdibujaban, borrosas.
Meiriona gritó, esperando el golpe fatal. Cerró los ojos con fuerza. Podía oler aún más el
fétido hedor del animal.
De pronto, se escuchó en el aire el sonido áspero del metal cuando es sacado de la vaina de
cuero.
—¡A un lado, Meiriona! —oyó gritar a Godric.
Se abalanzó hacia adelante, pero la enganchada cabellera la obligó a retroceder. El sudor le
quemaba las axilas.
En un segundo, Godric estaba entre ella y el jabalí con la espada en alto. El animal arremetió
y la espada se clavó en la carne gruesa, atravesándole el pecho. Un grito agudo cruzó el aire del
bosque y el animal forcejeó de costado. Sangre roja brotaba de la herida. Cayó de lado y se retorció
por unos instantes, luego quedó inmóvil en el suelo. El olor metálico de la sangre atacó las fosas
nasales de Meiriona.
Gracias a Dios. Dejó salir el aire de los pulmones, débil y aliviada. Godric caminó hasta ella
con pasos largos. Meiriona deseaba rodearle el cuello con los brazos y hundirse en un abrazo
reconfortante. Se le relajaron los hombros. Esta vez, estaba agradecida por su dominante
presencia. En ese momento, él era el hombre más hermoso que había visto en la vida. El rostro
orgulloso y lleno de cicatrices lo hacían parecer, más que nunca, como un ángel vengativo.
Un ángel furioso. La sangre corría por la espada elevada y caminó enfadado hasta ella. Las
hojas se arremolinaban alrededor de sus botas. Una sensación de alarma le recorrió el cuerpo.
Dios, parecía dispuesto a arrancarle la cabeza de cuajo. Tenía la boca en un gruñido y las
cicatrices blancas de la furia.
—¡Detente! —gritó ella.
—¿Por qué te has adentrado tanto en el bosque?
—Por favor.
—No puedes escapar. Fue estúpido de tu parte el intentarlo.
—Yo... yo no estaba escapando.
—¡No mientas!
Ella negó con la cabeza.
—Yo estaba...
Él se acercó a ella. La ira le endurecía las facciones.
—¿Siempre causas tantos problemas, condesa?
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Tironeó del cabello intentando liberarse del arbusto. Las mechas estaban enredadas
alrededor de las ramas como un enmarañado nido de ardillas. Largos mechones pelirrojos
colgaban de las ramas.
—Debería dejarte aquí con el cabello enredado en el bosque, pequeña tonta.
El tono de voz denotaba ira. ¿Cómo se atrevía a estar enfadado con ella?
—¿Pequeña tonta? ¡Eres tú el del cerebro de mosquito!
Se abalanzó hacia ella con la espada en alto.
—Dame tu palabra de honor que no escaparás.
Meiriona dio un gritito ahogado y se le atoraron las palabras en la garganta. La condenaba la
idea de escapar que había tenido unos minutos atrás y sabía que tenía la palabra «culpable» escrita
en todo el rostro.
Se le endurecieron los músculos del brazo cuando levantó la espada, listo para atacar.
—¡Detente! —Se echó hacia atrás y se aferró al enredado cabello. Gracias a Dios ya había
orinado; de lo contrario, se lo hubiese hecho encima en ese momento.
—Debería haber sabido ya que la palabra de una mujer vale menos que una pila de bosta de
caballo. Al menos, la bosta sirve como abono para los cultivos.
—¡Maldito bruto! Escúchame.
Enroscó las mechas del cabello de Meiriona que la anclaban al árbol alrededor de su puño.
—No puedes escapar.
—No intentaba...
Giró el puño hasta envolverlo del todo con el cabello y acercó el rostro de Meiriona hasta él.
—Eres importante para mí —gruñó—. No me pongas a prueba de nuevo.
Tiró con el brazo hacia abajo y arrancó el mechón atrapado, dejando una pequeña mata de
cabello enganchada en una rama del enebro.
A Meiriona se le fue el alma al suelo al notar que su cuerpo traicionero no sentía ira. Todo su
ser deseaba el abrazo reconfortante que había tenido antes. Quería hundirse entre sus brazos
poderosos y disfrutar de la sensación de protección que le proporcionaba. Cerró los ojos para
mantener esos pensamientos ocultos. No era más que una prisionera para él; una molestia
necesaria.
La soltó, le dio la espalda y caminó a pasos largos por entre los arbustos.
—Sígueme —dijo sin tomarse el trabajo de mirar atrás para corroborar que así lo hacía.
Maldito arrogante. Pretendía que lo siguiese como un perrito faldero.
Ella dejó salir un resoplido de fastidio y recogió un puñado de tierra.
—¡Detente!
El giró al oír su voz. La miró con una expresión de curiosidad en el arrogante rostro.
Con toda la frustración que sentía, le arrojó un misil de tierra mojada. Aterrizó con un sonido
sordo en el pecho de Godric, salpicando un millón de gotas de suciedad en el chaleco.
—¿Cómo te atreves? —gruñó, pero un destello de diversión le cruzó la mirada.
—No puedo seguirte el ritmo. —Unas rocas le pincharon las plantas de los pies desnudos al
tiempo que se acercaba a él. Se le dibujaba una sonrisa en la boca, pero no se animaba a
demostrarlo.
Él levantó una ceja, divertido.
—¿Desea que la lleve en brazos, «señora»?
—No. —Levantó la mano para rechazarlo pero él ya estaba en camino hacia ella. Sonriendo
de oreja a oreja, ella dio un paso al costado.
Godric la alcanzó en dos pasos y la levantó en brazos. Le sonrió divertido, malvado, como lo
había hecho antes.
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—Muchacha desagradecida.
Por un largo rato, el mundo parecía haber detenido su marcha y ellos eran los dos únicos
seres en el planeta. Un zarcillo de deseo por lo imposible se le enredó en el corazón.
Enterró el rostro en el cuero del chaleco e inhaló el reconfortante aroma.
—Gracias por salvarme, señor —susurró ella contra su pecho y se sonrojó un poco al decir
esas palabras.
—Si no hubieras intentado escapar de mí, no habrías tenido que ser rescatada. —La voz era
suave y a la vez, severa.
—Si no me hubieras raptado, nada de esto habría sucedido.
Godric rió. Una pequeña cicatriz debajo del ojo se arrugó.
—Tú me perteneces —dijo en voz suave y socarrona.
—No —dijo ella, pero la idea de pertenecerle le resultaba más palpable a cada instante.
Despegó la mejilla del chaleco para mirarlo, golpeándolo en la barbilla al hacerlo.
—No estaba escapando.
—No lo volverás a hacer —demandó él, sin acusar recibo del comentario.
—Eres un hombre irritante. —Asió la cabellera y la enroscó en un moño sobre la cabeza.
Como no contaba con nada para sujetarlo, simplemente lo ató fuerte.
—Soy una mujer sola en un bosque lleno de animales salvajes y vagabundos, y sólo llevo un
vestido de lienzo. Serás un bastardo, pero eres mi protección.
—Bueno. —La miró y asintió con la cabeza—. En ese punto, al menos, estamos de acuerdo.

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Capítulo 8

Ráfagas de viento los azotaban al tiempo que el animal caminaba lenta y pesadamente
entre los arbustos. Las ramitas se quebraban bajo los cascos. Helechos altos acariciaban las piernas
desnudas de Meiriona, pero sentada de costado sobre el regazo de Godric estaba
considerablemente cómoda.
Él olía a cuero y a humo. Horas atrás le había insistido que se pusiese su chaleco de abrigo. El
suave cuero negro la envolvía con un aroma masculino a bosque, dándole una sensación de
seguridad. Sin embargo, la sujetaba con la mano abierta en las costillas y esto la hacía sentir
inquieta como un pájaro enjaulado.
—¿Es verdad que te llaman el Dragón? —se atrevió a preguntar.
—Sí, es verdad.
Movió la cabeza de lado y estudió a su raptor. Intentaba determinar si realmente había hecho
todos esos actos de crueldad que cantaban los bardos. El sol de media tarde le daba un aspecto de
bribón. Una barba corta, de quizás dos o tres días, le delineaba las mejillas y el labio superior, pero
era obvio que se afeitaba usualmente. Bajo el mentón, tenía una pequeña cicatriz, más añeja y
desgastada que las otras. Él la asustaba y a la vez la intrigaba.
—¿Te has hecho esas cicatrices en batalla?
Se encogió de hombros.
—Se podría decir que sí.
—¿Dónde me llevas?
—A mi hogar.
Enfadada por las respuestas tan cortantes, desistió en el intento de generar una conversación.
Godric guiaba a su caballo por el bosque, siguiendo el curso del río. Manejaba el animal con
tanta habilidad que ella logró relajarse y mirar más allá del brazo musculoso que sostenía las
riendas.
Los gruesos arbustos crujían tras ellos y ella se sintió observada por alguien que no podía
ver. Sintió un escalofrío en la nuca.
Godric giró y buscó con la mirada en el bosque.
—Yo también lo he escuchado.
Levantó la cabeza y agudizó el oído, pero sólo escuchó el murmullo del agua del arroyo y el
canto agudo de los carrizos del bosque.
—No he escuchado nada —susurró ella.
—Lo más probable es que haya sido una liebre —dijo, y guió el caballo por encima de un
tronco caído.
Ella se relajó y posó su cabellera sobre el hombro de Godric, agradecida de estar sobre su
regazo en caso de que otro jabalí se cruzase en el camino. Cabalgaron en silencio al tiempo que
continuaron mirando los árboles.
Por el rabillo del ojo, vio un lienzo de un distintivo color azul púrpura, el color de la capa
favorita de su hermano. Se asomaba desde detrás de un roble a trescientos pasos de distancia

48
hacia un lado. Contuvo el aliento.
Godric miró a un lado y al otro, escudriñando el bosque con la mirada.
—¿Has visto algo?
—No —contestó demasiado rápido.
Seguramente había cometido un error. No podía tratarse de su hermano de diez años.
Pero también era seguro que Damien era el único ser en la tierra que poseía una capa de
aquellos horribles colores. Púrpura brillante con líneas azules. Extravagante y rebelde como él
mismo.
Sintió un tenso flechazo de energía recorriéndole el cuerpo al pensar que podría ser
rescatada. Escudriñó el bosque, mareada de la excitación. ¿Cuántos hombres habría allí?
Godric giró la cabeza abruptamente y miró hacia donde miraba ella.
—¿Qué has visto?
—Nada —mintió. El corazón le latía con fuerza.
Godric tiró de las riendas y obligó a su caballo a caminar en círculos para buscar en las
cercanías del bosque.
—Sólo veo árboles.
—He visto un pájaro, nada más, señor.
La miró fijo al rostro, y ella le devolvió la mirada para cubrir la mentira, pero los ojos de
Godric denotaban sabiduría y eso la inquietaba.
—Temo que aparezca otro jabalí —dijo abruptamente, y se contuvo de golpearse la cabeza
con la mano. La estupidez más grande que uno puede cometer cuando dice una mentira es decir
otra a continuación. Vio un destello de entusiasmo en los ojos de él y se dio cuenta de que había
sido descubierta.
Se acercó a ella y le rozó la mejilla con la barba.
—Sabes que no tienes que temer a los animales del bosque cuando estás conmigo.
La envolvió una sensación de cautela y sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo. Debajo
de ese dulce tono de voz había un dejo de su resolución de acero.
—¿Me tienes miedo? —preguntó con un susurro peligroso.
—No —mintió, negándose a sentirse intimidada.
—Pues deberías.
Ella se relamió los labios y controló el deseo imperioso de mordisquearse las uñas.
—La verdad. ¿Qué has visto?
—Me pareció ver a un hombre, pero sólo fue un pájaro de brillantes colores.
Godric sacó una daga de la bota y se sobrevino un cambio temerario en él.
—Si alguien viene, lo mataré. Su sangre estará en tus manos.
El tono despiadado le hundió el estomagó a los pies, y vio un vestigio del Dragón surgiendo
hacia la superficie. Lo último que quería era choque de armas entre Godric y los hombres de su
padre. Si los hombres atacaban, no cabía duda de que Damien saltaría justo en medio de la lucha.
Si había derrotado a un jabalí salvaje y enorme sin inconvenientes, ¿qué oportunidad tendría un
escuálido niño de diez años?
—No había nadie allí.
Godric asintió cortante y enfiló el caballo hacia el noreste, golpeándolo con las espuelas para
que se echase a galopar. Meiriona miró hacia atrás y vio la capa púrpura siguiéndolos en la
distancia. Evidentemente los otros hombres llevaban capas verdes y marrones, ya que no podía
ver a ninguno de ellos.
Se mordió el labio y se obligó a mirar hacia adelante. Sentía el instinto de una madre osa
protegiendo a su cría. Meiriona estaba resuelta a proteger a su hermano. Damien era un buen
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jinete y sin duda podría sacar ventaja a cualquiera que estuviera con él.
Si se acercaba demasiado, se vería obligada a hacer algo para distraer la atención de Godric.
Pero, ¿qué?
Pensó por un momento y recordó las palabras que él pronunció en la habitación. «Eres
hermosa».
A menudo había visto a fuertes caballeros enamorarse perdidamente cuando una insolente
criada parpadeaba los ojos hacia ellos. Algunos hombres perdían momentáneamente la razón y
actuaban como tontos para atraer la atención de una mujer. ¿Podría hacer eso ella con Godric?
¿Hacerle perder la noción de todo a su alrededor y pensar sólo en ella?
Una sensación de poder le recorrió el cuerpo al tiempo que se imaginaba a Godric el
guerrero, Godric el Dragón, perdidamente enamorado de ella. El corazón le latía como un tambor
salvaje y primitivo.
Nunca antes había utilizado tales artimañas femeninas. ¿Qué debía hacer? Las criadas
jugueteaban con el cabello, acariciaban las mejillas de los caballeros y besaban a los hombres
alegremente.
¿Cómo respondería Godric si ella lo besara? Oh, un pensamiento perverso, muy perverso.
Era impensable; sin embargo, el estómago se le retorció con anticipación.
Detente, se dijo. ¡Son pensamientos insanos1. No podría besarlo. Debía pensar en otra cosa. Miró
hacia el bosque nuevamente. Los árboles estaban más dispersos en esa zona.
Godric aminoró la marcha.
Meiriona miró hacia atrás.
Parpadeó; su hermano estaba a la vista. ¡Y completamente solo! Como ella había sospechado,
se había separado de la compañía. ¡Niño tonto! ¿Por qué no pudo haberse quedado con el resto?
Acarició la mejilla llena de cicatrices de Godric con los dedos extendidos. Él se echó para
atrás como si los dedos de Meiriona lo hubiesen quemado en el rostro.
—¿Señor?
Una ramita se rompió con un chasquido tras ellos. Demasiado cerca de ellos.
¡Oh, dulce María! Giró la cabeza y sintió cómo se le desarmaba el moño. Pasó los dedos por
entre la cabellera hasta que la hubo desatado del todo. Caía en cascada sobre sus hombros y se
enroscaba alrededor de los brazos de su raptor, una masa de rizos pelirrojos.
Godric tiró de las riendas y el animal comenzó a caminar lento. Una llama peligrosa brillaba
en sus ojos.
Ella tragó saliva. Tenía la boca seca.
Por el rabillo del ojo pudo ver a su hermano. Claramente intentaba esconderse, pero los
arbustos no eran tan tupidos en esa zona. Escuchó relinchar a su caballo.
Sin tiempo para pensar, asió la túnica de Godric con mano firme, entreabrió los labios y lo
acercó a ella.
Godric se sobresaltó y abrió los ojos de par en par. Luego, con la fuerza de una tormenta
despiadada, apretó los labios contra los de ella. Un calor le recorrió el cuerpo. La lengua de Godric
arremetió en su boca y ambas lenguas bailaron una danza tan antigua como los tiempos. Se sintió
mareada, como si la hubiesen arrastrado a un vendaval. Su lengua le acarició los dientes
suavemente, como si quisiese saborear cada parte de ella. Luego, se echó para atrás.
—Señora.
Ella parpadeó, incapaz de acomodar los desparramados pensamientos.
—No es ni el momento ni el lugar.
Pensó rápido. Las criadas sonreían, chasqueaban la lengua y disfrutaban del poder de su
femineidad tras besar a un hombre. ¡Parecían tener tanto control sobre ellas mismas!
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Pero ella no se sentía poderosa. Se sentía inestable, como si los brazos de Godric fueran el
único sustento que evitaba que volara en mil pedazos.
Se inclinó hacia él. El corazón palpitaba con fuerza. No parecía haber funcionado. No estaba
perdidamente enamorado ni tartamudo ni deseoso de su atención. Estaba calmado, sereno.
Todavía tenía el control. Pero ahora más peligroso y temeroso que antes. Miró fijo hacia adelante
como si no pudiese mirarla a los ojos.
Se ruborizó. Quizás lo había hecho mal. No tenía experiencia en besar a hombres.
¡Dios! ¿En qué había estado pensando?
Miró por encima del hombro de Godric, recordando de pronto a su hermano. Sólo vio
árboles.
Gracias a Dios no tendría que volver a besar a Godric.

Menos de un cuarto de hora después, su raptor detuvo el caballo bajo un cartel azul colgante
pintado con una imagen rudimentaria de una cama y una cuchara. Chirriaba con el viento y
amenazaba con caérseles sobre la cabeza en cualquier momento.
Meiriona abrió los ojos de par en par.
—¿Nos vamos a detener en una hostería?
—Sí —dijo con el mismo aire inquietante que lo había envuelto desde que se separó del beso.
Saltó del caballo con un gran esfuerzo y alzó los brazos hacia ella.
—Tenemos asuntos que terminar.
Los ojos ardían con una llama azul y se le encogió el corazón. Podía tener poca experiencia
con los hombres, pero no tenía dudas de que Godric sentía deseo. Le había dicho que el bosque no
era lugar apropiado. Pero ahora, la había llevado a una hostería.
—No podemos quedarnos aquí —protestó ella.
Godric se sonrió. Había determinación en su mirada.
El corazón de Meiriona latía con tanta fuerza que parecía que iba a salírsele del pecho. Le
revoloteaban en la mente imágenes de su madre escapando de los soldados de York. Cerró los
ojos, intentando no pensar más en aquello, pero la memoria del olor de la sangre en las piernas de
su madre la asedió. ¡Qué tonta había sido al tentar a Godric con esos besos! Los hombres no
pueden controlar sus deseos más que las bestias salvajes.
Meiriona tragó saliva.
—Pelearé contigo.
—Si algo significó tu beso, no creo que lo hagas.
Él le guiñó un ojo.
Se le inyectó el rostro en sangre y desvió la mirada.
Las grandes y cálidas manos de Godric la tomaron de los brazos y la bajó del caballo. Apenas
sus pies hubieron tocado el suelo, la crujiente hierba se le enredó entre los dedos de los pies
desnudos.
Él acomodó su caprichosa cabellera detrás de las orejas, la tomó de las muñecas y la llevó a
rastras al tiempo que daba largos pasos hacia la puerta de la taberna.
Meiriona enterró los talones en el lodo.
—No te pertenezco.
Godric miró con el entrecejo fruncido a su cautiva. ¿Cuándo había él entendido a las
mujeres?
Al principio de la noche, ella se había comportado indignada y con razón, pero cuando él la
besó se derritió como la mantequilla. Sabía que estaba exhausta y hambrienta. Entonces, ¿por qué,
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apenas le conseguía una cama, volvía a ser tan terca como una muía?
Durante cinco años, él no había podido elegir dónde dormir. Usualmente era en celdas
mugrientas o en húmedos y fríos calabozos. Todo gracias a la traición de Meiriona. No le
importaba lo que ella opinara de ese hospedaje. Malcriada, eso es lo que era. Estaba afligida
porque no tenía un mullido colchón de plumas.
La tomó de la cintura, dispuesto a levantarla como si fuese un saco de granos. Lo detuvo la
angustia que vio en su rostro y una sensación de comprensión lo inundó.
—Por Dios, si hubiera querido violarte no hubiese esperado a encontrar una hostería para
hacerlo.
Meiriona se sonrojó.
—Pensé que...
—Pensaste mal. —Deslizó el brazo por encima de los hombros de ella.
Meiriona no luchó cuando la levantó hasta su pecho y la llevó en brazos hasta la decrépita
hostería.
Tenía todavía las mejillas enrojecidas cuando la dueña del lugar los condujo por varios
tramos de escalera hasta una habitación de exiguo mobiliario. Depositó su botín sobre una silla al
lado de un pequeño hogar de piedra. Aun llevando su chaleco, ella se veía... increíble. Le
quemaban las ansias de arrancarle el transparente vestido y violarla sobre la cama.
Pero no podía hacerlo.
Quería hacerlo; de hecho, había sido parte del plan. Tenía en su poder los documentos que
acreditaban el compromiso matrimonial entre ellos, un contrato tan concluyente como el
matrimonio mismo. Al haberse roto ese pacto por la fuerza, estaba seguro de que el rey y la iglesia
le darían la razón al reclamarla. Lo único que se interponía en su camino era su esposo. Si Godric
tomaba su virginidad, su reclamo tomaría más fuerza y el matrimonio se anularía. Nunca antes
había forzado a una mujer, pero para asegurar su futuro y el de su hija era lo que debía hacer.
Meiriona acercó las rodillas al pecho, levantó la cabeza y lo miró.
Ella era mucho más que hermosa. La verdad era que no deseaba otra cosa con tanta
intensidad como ver su pequeño cuerpo cautivo desnudo y tumbado sobre la cama. Era de
contextura pequeña y no podría detenerlo si la forzaba. Entonces, ¿por qué no lo hacía?
Le dedicó una tímida sonrisa y Godric supo exactamente por qué no quería hacerlo. Era la
primera mujer en años que no le miraba el rostro lleno de cicatrices con repulsión. Había estado
enfadada, asustada, avergonzada, había sido engreída, pero nunca lo había mirado como si fuese
algo menos que un hombre.
Abalanzarse contra ella podría aplacar las llamas del deseo. Él quería avivar el fuego,
convertirlo en el mismo infierno. Quería que lo mirase con pasión.
—¿Por qué me miras así? —preguntó.
—I Perdón?
—Me miras como si estuvieses intentando leer lo que dice mi alma.
Él sonrió.
—Intento saber cuál es la mejor manera para seducirte. —Sintió una oleada de calor en el
pecho al ver cómo se le sonrojaban las mejillas. Podía ver un fino velo de deseo bajo aquella
vergüenza.
—Voy a conseguir comida y otras provisiones para nosotros. Volveré en alrededor de una
hora. Intenta dormir un poco.
Cerró la puerta de la habitación con llave. La encerró así y negó con la cabeza ante tal
debilidad. Muchos hombres dependían de él asegurando la propiedad de Whitestone. Estaba
arriesgando el futuro de sus leales y confiables hombres, todo por la oportunidad de ganarse el
52
corazón de una caprichosa y traicionera mujer.
Era un tonto si creía que podía lograr que se abriese a su naturaleza de pasión en lugar de
tomarla allí y en ese momento.
Pero no quería sólo reclamarla, quería que ella quisiese pertenecerle. Egoísta. Egoísta.
Egoísta.
La pesada puerta de roble se cerró de un golpe y la cerradura dio un chasquido. Meiriona se
hundió más en el raído almohadón y se llevó las rodillas al pecho adoptando una posición
reconfortante de su niñez. ¡Qué lugar tan lúgubre! Aparte de la silla donde estaba ella, en la
habitación desnuda sólo había una cama llena de bultos, una mesa destartalada y un orinal
oxidado. Las esteras olían a moho y a viejo. La hostería era sombría como sus pensamientos. Un
rayo del sol de las últimas horas de la tarde pasó a través de la pequeña ventana. Se puso de pie,
se masajeó las piernas doloridas y caminó hacia la luz. Apoyó con fuerza los brazos sobre el
astillado alféizar de la ventana. ¿Podría trepar y salir en busca de los hombres de su padre?
Asomó la cabeza y un hombro por la abertura. Un piso más abajo, el abarrotado patio bullía de
actividad. Empujó los hombros contra el alféizar pero la abertura era demasiado pequeña. Suspiró
y miró hacia abajo. El edificio no tenía balcón ni una cornisa por donde pudiese trepar. Aun si
pudiese pasar por la ventana, no habría podido llegar hasta el suelo.
¡Ay, qué irritación!
Varios caballos se asomaban por las puertas del establo, dos perros y un puerco gordo
vagaban por el concurrido patio. Varias gallinas desperdigadas cloquearon con indignación
cuando un jinete de capa púrpura y azul se detuvo frente al granero.
¡Damien! Meiriona asió con fuerza el alféizar de la ventana y dio un gritito ahogado.
Escudriñó el patio buscando a Godric, pero sólo vio animales y unos pocos sirvientes.
—¡Damien! —llamó con un susurro fuerte—. ¡Pst! ¡Damien!
El jinete se quitó la capucha y una masa de negro cabello rebelde cayó hacia adelante. Él miró
hacia arriba. La poca luz de la tarde reveló unas mejillas prominentes y unos ojos verdes
brillantes, como los de Meiriona; pero el cabello negro azabache lo había heredado del violador de
su madre.
—¡Damien! —llamó—. Por aquí.
Su hermano la vio y sonrió de lado.
—¡Sabía que te encontraría! —Movió los brazos en un saludo frenético.
—¡Baja la voz, Damien! —Miró a un lado y al otro del patio, rogando que Godric no
estuviese allí—. ¿Dónde están nuestro padre y sus hombres?
Damien miró hacia un costado y se encogió de hombros.
—No hay nadie aquí más que yo.
Sintió un frío en el estómago.
—¿Estás solo?
Él asintió con un movimiento de cabeza.
—Te he estado buscando toda la noche. ¿Por qué has huido después de la boda?
—¡Dios! Yo no huí. ¡Fui raptada!
Damien abrió los ojos grandes con intriga.
—¿Raptada? ¿Quieres decir capturada? ¿Capturada por ese hombre con el que cabalgabas?
Sintió las yemas de los dedos frías y se secó las sudadas palmas de las manos en el vestido.
—¡Por todos los cielos, Damien! ¿Me estás diciendo que nuestro padre no sabe dónde estoy?
El caballo de Damien dio un paso al costado y él tiró de las riendas. La capa color púrpura
flameó.
—¿Fuiste capturada por ese hombre grande que estabas besando?
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—Por Dios, Damien. Lo besé para ocultarte. —Tenía las mejillas rojas y sintió la agitación en
su cuerpo. Él actuaba como si tuviesen todo el tiempo del mundo—. Vete de aquí antes de que te
vea. Ve y dile a nuestro padre dónde estoy.
—¿Irme? —Su hermano tiró de las riendas hasta que el caballo dio unos pasos para atrás.
Casi se le sale el corazón del pecho—. Si has sido capturada, entonces debo rescatarte.
—Damien —dijo en un susurro—, piensa. Eres sólo un niño. Él es un guerrero. ¡Por el amor
de San Judas, ve y encuentra alguien que pueda ayudarme!
Damien se encogió de hombros. Avanzó unos pasos sobre el caballo y se acomodó de lado la
extravagante capa, revelando un bulto acomodado entre las rodillas.
—Traje la espada de papá.
Meiriona dio un grito ahogado.
—¡Ten cuidado! No eres lo suficientemente grande como para levantar esa cosa. Te sacarás
un ojo.
—¡Sí! —asintió—. Le sacaré un ojo a tu raptor.
—¡Damien! —Se alejó de la ventana, corrió hacia la puerta y tiró del picaporte. La puerta
crujió pero no se abrió. Volvió presurosa a la ventana. El corazón le latía fuerte por la
preocupación—. ¡No te atrevas a desafiarlo!
Damien sacó el largo sable de la vaina.
—¡Te mostraré lo que puedo hacer! —La espada se bamboleó inestable cuando la mantuvo
sobre la cabeza con su brazo esquelético. Exhaló aire con el rostro inundado de triunfo.
Meiriona contuvo el aliento.
Una ráfaga de viento sopló y el afilado hierro dio un gran vuelco ganando velocidad al caer.
Meiriona miró con terror al ver que la espada se clavaba en la pierna de Damien. La muñeca giró
en un ángulo extraño; él gritó y la espada cayó al suelo emitiendo un sonido metálico. La yegua
danzaba y la tomó de las crines para evitar caer.
—¡Damien!
El caballo se calmó, Damien miró hacia arriba tímidamente y se encogió de hombros. Se
sostenía la pierna que sangraba.
—Es sólo un rasguño.
—¡Dios!
Enderezó los hombros haciendo ondear la capa.
—Todavía puedo montar. Tú no puedes.
Meiriona cerró los ojos y apretó con fuerza las manos sobre el alféizar de la ventana. El
miedo y la frustración le quemaban el estómago.
—¡Damien, tonto, ve a buscar ayuda!
Su hermano se bajó del caballo y levantó la espada caída. La guardó nuevamente en la vaina
y caminó cojeando hasta la ventana. Tenía una mancha roja en las calzas.
Meiriona estiró el brazo fuera de la ventana. Deseaba poder tocarlo por un momento para
asegurarse de que su hermano estuviese bien.
—Oh, tu pierna. ¿Es profundo el corte?
—Es apenas un rasguño. Tengo la pierna rígida de cabalgar.
Sintió el corazón en la garganta. Damien era lisiado de una pierna de nacimiento pero nunca
se había quejado. Ni siquiera cuando su padre expresaba su furia contra él culpándolo por la
muerte de su madre. En realidad, él era más un hijo que un hermano para ella. Era ella la única
que lo reconfortaba y lo resguardaba de esa vida tan dura.
—Me tratas como si aún fuese un bebé. Tengo once años, ¿sabes?
—Demasiado joven para recorrer toda la campiña solo —dijo ella en un reto. Nunca había
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utilizado su discapacidad en su contra y siempre lo había tratado como a un niño normal. Pero ya
era hora de que comenzase a afrontar los hechos.
—Estás lisiado, Damien. No puedes salvarme de Godric.
Él levantó la barbilla. Tenía un brillo de indignación en los ojos.
—Te lo probaré. Pelearé con él.
Las bisagras de la puerta crujieron y el corazón de Meiriona latió con fuerza en alerta.
—¡Godric está aquí! ¡Por el amor de Dios, escóndete! —susurró, cerrando los postigos.

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Capítulo 9

Godric absorbió todo el aire de la pequeña habitación cuando entrar, agachándose para
pasar por el bajo marco de la puerta. Llevaba en las manos fuentes repletas de comida. El aroma
de pan fresco y un picante guisado los envolvió y a Meiriona se le revolvió el estómago.
La miró fijamente.
—¿Con quién estabas hablando?
Meiriona se alejó de la ventana y se recompuso.
—Con el sirviente de los establos —mintió, y no pudo despegarle la mirada.
Los profundos ojos azules se le nublaron con recelo.
—¿Sobre qué hablabais?
La mente de Meiriona corría a mucha velocidad; finalmente decidió decir la verdad a
medias.
—Sobre huir.
Godric se acercó y se quedó de pie, enorme, ante ella.
—No puedes escapar.
Ella levantó la barbilla y se miraron por un momento sin decir palabra. Ella escaparía, pero
discutir sobre ello no le sería de ayuda alguna. Ya no la intimidaba. Si la hubiera querido lastimar,
ya lo hubiese hecho.
—Toma —dijo al final, acercándole una fuente.
Ella levantó una ceja y aceptó la comida.
—Gracias. —Se le arremolinó el estómago, pero la voz permaneció calma y serena.
Godric se colocó tan cerca de ella que sus cuerpos se rozaron y pudo sentir el aroma de
especias y bosques. Se inclinó sobre ella y abrió los postigos.
Se estremeció cuando él asió con fuerza el alféizar de la ventana y miró detenidamente hacia
el patio. Por favor, Dios mío, mantén a Damien oculto de Godric.
Puso la fuente en un costado y se movió de lado para mirar por la ventana, pero la ancha
espalda de Godric bloqueaba la abertura.
—No veo a nadie. —Dio un paso hacia atrás y frunció el entrecejo.
Balanceándose sobre los talones, controló la respiración y sonrió, aliviada porque su
hermano hubiese desaparecido.
Hubo un elocuente silencio.
—Necesitas comida —dijo rotundamente. Dio dos pasos hacia atrás y se sentó sobre la cama.
Así, recostado, apoyando los pies uno bastante separado del otro, parecía un león jugueteando con
un ratón.
El necesitaba conseguir su cometido: ganarle sus tierras, pensó. Pero, ¿Damien?
¿Consideraría Godric que podrían prescindir de él?
Su raptor arrancó un trozo de pan de la fuente con la mano grande y llena de cicatrices.
Irradiaba poder, temerario y persuasivo a la vez. Dios, si Damien lo atacase, Godric lo mataría sin
pensarlo dos veces. Meiriona giró y cerró los postigos.

56
Godric levantó una ceja.
—¿Qué estás ocultando?
—Tengo frío. —Fingió temblar y derramó un poco del estofado de la fuente sobre la estera al
hacerlo.
—Mientes. —La perforaba con la mirada—. Aquí no hace frío. ¿A quién escondes?
Meiriona sostuvo la fuente frente al rostro para esconder sus facciones de la mirada
perspicaz.
—A nadie.
Godric se encogió de hombros, mojó un poco de pan en el estofado y dio otro mordisco.
—No escaparás.
Meiriona juntó fuerzas y deseó que no insistiese en reabrir los postigos.
Cuando pareció más interesado en la comida, Meiriona dejó salir un largo suspiro. Por Dios,
rezó en silencio, Damien es un niño testarudo a veces, pero por favor, que regrese donde está seguro.
—Hemos estado cabalgando mucho. Siéntate y come —dijo Godric, señalándole una silla.
Pasó por su lado a toda prisa. El vestido se le enredó en los talones y derramó más estofado
al cruzar la habitación. Se desplomó sobre la destrozada silla y miró fijo la comida.
Godric frunció el entrecejo y sostuvo la cuchara a medio camino hacia la boca.
—Si de verdad tienes frío, haré fuego. Pero no pienses más en escapar. Te encontraré en
cualquier lado que te escondas.
Ella adelantó el labio inferior en lo que esperaba se asemejase a un mohín de indignación.
Era mejor que creyera que estaba pensando en escapar antes que adivinase la verdadera razón de
tal nerviosismo.
—No necesito fuego en este momento.
—Entonces, come.
Ella lo miró desafiante, blandiendo la cuchara como si mese una espada.
Frunció el entrecejo, pero en los labios se le dibujó algo que parecía ser una sonrisa divertida.
Mientras comía, Meiriona daba unas miradas furtivas con los párpados entrecerrados.
Esperaba que se comportara como un bárbaro al comer, arrancando grandes pedazos de comida y
llevándoselos torpemente hacia la boca. Sin embargo, comía con modales dignos de un caballero
de la corte, seleccionando cada bocado y masticándolo completamente antes de tomar otro.
¡Qué enigmático era ese caballero bárbaro!
Tenía el cabello salvajemente enredado, las cicatrices eran temerarias, y tenía un poder
indómito en él; pero, en ciertos momentos, se comportaba de un modo más caballeroso y amable
que cualquier cortesano que ella hubiese conocido. La hacía sentir como un trompo que no giraba
derecho sobre su eje. Había sentido más emociones en las pasadas doce horas que en los pasados
doce años.
Cuando la había besado, sintió cómo ese beso le llegaba hasta el fondo del alma. Fuese lo que
fuese lo que estaba sucediendo, nunca se arrepentiría de aquel beso.
La miró fijo. Los ojos azules la quemaban dentro como carbón encendido.
—Me miras como si no me hubieses visto antes.
Empujó unas esteras con el pie, intentando inventar una respuesta creíble. No le diría que
estaba imaginando sus labios sobre los de ella. ¡Desde luego que no lo haría!
Otra vez, se decidió por decir la verdad a medias. Después de todo, las verdades a medias
eran las mejores mentiras.
—Me preocupa mi condición.
Godric frunció el entrecejo. Se le arrugó una pequeña cicatriz bajo el labio.
—¿Tu condición?
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Meiriona asintió con la cabeza, mirándolo con intención.
—Una mujer que rompe un compromiso matrimonial honesto al casarse con otro hombre,
bien podría ser llamada «adúltera».
—No soy ninguna adúltera.
La mirada de Godric se dirigió hasta sus pechos.
—No, todavía.
Ella inspiró profundamente. No le agradaba la intensidad de la mirada de Godric ni el
cambio abrupto que se produjo en el aire.
—¿Es por eso que me has traído a esta hostería?
Él rió.
—En mi honor, y por más que resultes un premio muy tentador, no follaré contigo esta
noche.
—¿Qué quieres decir con «esta noche»? —demandó ella.
—Maldición. Cuando te tome, me aseguraré de que te agrade.
Sintió el calor subirle por las mejillas, una oleada de deseo descontrolado se arremolinó en
ella. Remojó el pan en el estofado y se obligó a dar un pequeño bocado intentando
cuidadosamente no atragantarse.
Su raptor la miraba con ávido interés y la comida se ablandó en la boca de Meiriona. No se
atrevía a hablar. No tema idea qué diría él a continuación.
Un segundo después, golpearon a la puerta. Las bisagras chirrearon y la puerta se abrió de
golpe. Su hermano, vestido con un atuendo de campesino y un gran sombrero blando, entró en la
habitación acarreando una gran cuba.
Meiriona se quedó sin aliento.
Damien le dedicó un fugaz guiño y saludó a Godric con una reverencia torpe.
—Aquí tenéis vuestra cuba de baño, señor.
Meiriona miró a su hermano con los ojos muy abiertos, completamente sorprendida. Ahogó
la necesidad imperiosa que sentía de gritar. ¿Qué diablos creía que estaba haciendo?
Godric se puso de pie, miró curiosamente a Damien y luego a Meiriona.
—Yo no ordené ningún baño —dijo con brusquedad.
—Cortesía de la casa, señor.
Vete, dijo Meiriona, sin voz, sólo articulando para que le leyera los labios, y dejó la fuente
sobre la mesa cercana.
Damien asintió con la cabeza y no se movió. Se quedó de pie en el pasillo, sosteniendo la
pesada cuba.
Godric estaba parado entre ellos, una pared inmóvil de músculos. Su oscura mirada se
movió del rostro de su hermano hasta ella.
Meiriona jugueteó con los dedos en su cabellera ansiosamente.
Damien balbuceó sin inmutarse, atrayendo la atención de Godric hacia él.
—Mi señora dice que si Jesús lavó los pies de sus discípulos, entonces es seguro que le
podemos dar un baño a nuestros huéspedes.
—Nunca he conocido a un dueño de hostería que gaste más tiempo o dinero del necesario en
sus huéspedes —dijo Godric bruscamente.
La máscara de alegría que llevaba Damien, se cayó.
—A mí me agradaría un baño —dijo Meiriona con rapidez.
Godric la miró con los ojos azules en llamas antes de observar a Damien detenidamente. Su
hermano arrastró los pies y ella podía sentir cómo iba perdiendo la compostura.
—Permiso, señor. —Disimuló el nerviosismo con una risita leve—. Me encantaría remojarme
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en la cuba.
Los ojos de Godric danzaron. La mirada trazó un camino ardiente desde los pechos de
Meiriona hasta la cadera. Por un instante, temió que le arrancara el vestido y la lanzara dentro de
la cuba él mismo.
Estaría dispuesta, si eso significase que Damien estaría a salvo.
Su hermano se sacudía como si le fallara la pierna y el agua de la cuba se derramaba.
—Por favor, señor, soy sólo un niño cojo mendigo intentando complacer a mi señora.
Meiriona giró sobre los talones hacia él. ¡Sí que era un niño mendigo! No podía recordar la
última vez que Damien intentó complacer a alguien. ¡Por Dios, que se vaya!
Godric pateó las esteras con la bota. Se levantó una gran nube de polvo.
—Se nota que la señora de la posadera es especialmente limpia.
Meiriona estornudó.
Damien le dedicó una fugaz sonrisa cuando Godric tomó la cuba y la depositó en el único
lugar libre del suelo.
Gracias a Dios. Vete, le dijo a Damien moviendo los labios. ¡Por favor, vete! Se le revolvió el
estómago.
—Gracias, señor. La pierna me duele de tanto en tanto —dijo cuando Godric se enderezó
hasta estar erguido totalmente.
Por Dios, ¡estaba exagerando en su actuación! Frenó el impulso de tomarlo por el brazo y
sacudirlo.
Godric miró fijo a su hermano y Damien tiró el ala del sombrero hacia abajo.
—El agua está al pie de la escalera. Enseguida regreso. —Salió pisando fuerte y bajó las
escaleras ruidosamente.
Apoyado contra la ventana, Godric se cruzó de brazos y apoyó un pie en la pared,
despreocupado. Un merodeador agazapado esperando para atacar. Examinó el rostro de Meiriona
como si estuviese intentando recordar algo.
Los dedos de los pies se le enredaron en las esteras y se llevó la mano a la garganta. Por Dios,
que no advirtiera su taquicardia.
Su hermano subió con dificultad los escalones llevando dos baldes de agua caliente.
Arrastraba la pierna mala a tal punto que ella no sabía si era parte de la actuación o simplemente
su cojera habitual. Salpicó agua en el ruedo del vestido y en el suelo cuando la volcó dentro de la
cuba.
Sentía las piernas pesadas y le temblaban los dedos sin importar cuánto los endureciese.
¿Qué diablos creía Damien que estaba haciendo? Sentía deseos de patearlo. ¡Vete de aquí, niño
tonto!
Sentía la lengua inflamada en la boca. No se le ocurría nada qué decir para distraer a Godric,
quien estaba apoyado inmóvil contra la pared, mirando fijamente a su hermano y a ella.
Damien volvió a bajar las escaleras, llenó dos baldes más de agua y regresó a la habitación,
derramando agua en las escaleras y en el suelo. Ella esperaba que no fuese tan evidente para
Godric como lo era para ella que Damien no era ningún sirviente.
Cuando el agua hubo rebalsado la cuba, Damien la miró.
¡Vete! ¡Vete!
Godric solamente movió los ojos. Un leopardo listo para saltar.
¡Apresúrate, niño tonto! ¡Vete! ¡Él sospecha!
Damien arrastró los pies hacia atrás como dudando si irse o quedarse. Giró y caminó hacia el
umbral de la puerta.
Godric estiró rápidamente el brazo y tomó a su hermano del hombro. El estómago de
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Meiriona dio un vuelco abrupto.
—Con brazos tan fuertes como los tuyos, podrías ser un buen arquero.
Damien sonrió y miró con el rostro redondo de sobrecogimiento.
—¿De verdad... sería?
¡Ay, por Dios! Casi gruñó ella.
—Sí. Si fueses uno de mis hombres, comenzaría a entrenarte ahora mismo.
—¿De verdad? —Damien enderezó los hombros.
Godric asintió con un movimiento de cabeza.
Meiriona lo miró enfadada. ¡Qué idea más estúpida! Lo último que necesitaba Damien es que
le metiesen esa idea tonta de ser arquero en la cabeza.
¡Vete, malcriado!
Godric no sabe quién es Damien, se dijo a sí misma, mordiéndose la lengua para no gritar.
—Gracias por el agua. Puedes retirarte, ahora —dijo ella con intención.
Damien parpadeó, la ignoró y le sonrió a Godric.
¡Niño tonto! ¿No te das cuenta de que sospecha? No quiere hacerte su arquero; sino que quiere
capturarte y hacerte su rehén.
—Ven aquí, Meiriona —ordenó Godric, tomándola fuertemente del brazo.
Ella se estremeció. Sintió una sensación de alerta recorriéndole el cuerpo y deslizó los dedos
de los pies por las esteras del suelo. Ahora Godric los tenía a ambos. La miró expectante.
—Este niño tiene brazos buenos y fuertes, ¿no es así? —La empujó cerca de su hermano.
Unas motas de suciedad volaron por el aire.
Ella negó con la cabeza, sin preocuparse por mirar a Damien.
—No, no lo creo.
Godric la escudriñó. Meiriona se llevó la mano a la garganta en un gesto de autoprotección.
—Sí que los tiene.
Meiriona miró fugazmente a Damien, quien parecía incómodo de pronto. Jesús, ¿no podría
haber visto el peligro cinco minutos antes? Damien se movió hacia un lado, estirando el brazo
hacia el umbral, pero Godric lo sostuvo fuerte con la mano en el hombro y lo forzó a regresar.
Meiriona se obligó a sonreír, sentía cómo le temblaban los labios.
—Estás en lo cierto. Tiene brazos buenos y fuertes. Quizás deberíamos dejarlo seguir con sus
tareas.
—Vosotros tenéis la misma nariz —dijo Godric.
—¿Perdón?
—Dije que tú y el sirviente tenéis la misma nariz. Y los mismos ojos, también.
El estómago de Meiriona dio un vuelco.
—Mucha gente tiene... los ojos verdes, señor.
Damien dio un paso atrás, deslizándose hacia el umbral, pero Godric lo empujó hacia
adelante.
—¿Quién eres, niño?
Damien giró los ojos con terror. Dijo algo ininteligible.
¡Dios mío! ¡Libérate de él y corre!
—¿Tú... —Godric se volvió hacia Damien— eres su hermano?
—Sí, señor —dijo el muchacho asintiendo frenéticamente con la cabeza.
Meiriona se tambaleó hacia adelante.
—¡Por Dios santo, Damien, silencio! —Damien podía atreverse a inventar historias salvajes,
pero cuando era capturado, no podía mentir para salvar su vida. Si hubiese mantenido la boca
cerrada, ella podría haber mentido para salirse con la suya—. ¡Corre, tonto!
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La mano de Godric se cerró como una agarradera de metal en el brazo de Meiriona. Godric
tenía los nudillos blancos de apretar el hombro de Damien, andándolo en su lugar.
Ella se echó para atrás. Godric la soltó y cayó poco ceremoniosamente sobre la cama. Giró el
cuerpo de Damien y cerró la puerta de un golpe, bloqueando la salida con el cuerpo.
Damien lo miraba como si estuviese viendo a un dios mítico.
La mirada de Godric se posó en ella.
—No sabía que tuvieras un hermano.
—Medio hermano —dijo Damien—. Soy un secreto bien guardado. Mi padre se avergüenza
de mí, señor.
Levantándose bruscamente de la cama, Meiriona se puso de pie entre Godric y Damien. La
larga cabellera le caía sobre el rostro.
—Si lo lastimas, te mataré, lo juro.
Damien miró a Godric asomándose desde detrás de su hermana.
—Yo podría ser un buen arquero, señor, si me diese la oportunidad.
—¡Damien, tonto! Dijo eso para acercarnos el uno al otro. No puedes ser arquero.
Su hermano bajó la mirada y cerró la boca.
Godric se apoyó en la puerta sujetándola cerrada con un pie.
—¿Qué haré con vosotros dos?
—Si lastimas un solo cabello de su cabeza... —Meiriona amenazó. Cruzó una mirada feroz
con Godric, como una madre osa protegiendo a su osezno del peligro.
Se acarició la mandíbula con el dedo y miró a Damien.
—Tu hermano está a salvo, siempre y cuando me obedezca.
¡Ay, Dios! Sentía tensos los nervios como la cuerda de un arco. Damien raramente seguía las
órdenes de nadie.
Damien asintió con la cabeza como un campesino idiota y ella sintió deseos de patearlo.
—Hemos cambiado de planes. Lady Meiriona, tienes una hora para bañarte y refrescarte
antes de partir. —La empujó hacia la cuba humeante y asió con fuerza el brazo de Damien,
guiándolo hacia la puerta—. Tú, niño, vienes conmigo.

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Capítulo 10

Exactamente una hora después, Meiriona estaba sentada frente a un pequeño fuego,
peinándose el cabello con los dedos para secarlo. Los últimos rayos del sol brillaban trémulos a
través de la pequeña ventana y motitas de polvo danzaban en la tenue luz. Tenía el estómago
revuelto por la ansiedad. Si Godric tocaba un solo cabello de la cabeza de Damien, lo mataría.
Se oyó el chasquido de una llave en la vieja cerradura y la pesada puerta se abrió hacia
adentro. Godric y Damien entraron a la habitación. Meiriona se puso de pie de un salto, el vestido
se arremolinó y ella corrió hacia su hermano. Nuevamente llevaba puesta sus ropas: una túnica
gris demasiado pequeña, las calzas de lana negra y la ya conocida capa púrpura y azul. Él le
sonrió ampliamente.
Lo tomó de la barbilla como si fuese un niño pequeño. Sin embargo, era casi tan alto como
ella.
—¿Te ha hecho daño? —giró la cabeza de su hermano de un lado al otro buscando signos de
abuso. No encontró ningún moretón visible.
Damien movió la cabeza hacia atrás y puso los ojos en blanco.
—Me ha dado de comer.
—¿Has comido con él? —dijo en un silbido—. Esto no es un festín con la reina.
—Pues, tú lo besaste, hermana.
Sintió la irritación recorrerle el cuerpo.
—¡Es nuestro enemigo, Damien!
Godric, todavía de pie bajo el dintel de la puerta, se aclaró la garganta.
—Es suficiente, mujer.
—¿Qué le has dicho? —contestó rápida y en voz alta. Ella ignoró a Godric, aunque aún sentía
la mirada puesta en ella.
Damien se encogió de hombros.
—Nada.
Giró hacia su raptor, luego se detuvo en seco y parpadeó. Se había afeitado, dejando
expuestas una fuerte barbilla y unas mejillas aristocráticas. Con el cabello fuera del rostro, dejaba
ver los penetrantes ojos azules de medianoche. Las puntas húmedas del cabello se enrulaban a los
costados del cuello y goteaban en los anchos y fuertes hombros. Las cicatrices y el semblante
denotaban peligro, pero la sensual boca insinuaba silenciosas promesas eróticas.
Vestía de negro. Llevaba una túnica limpia sobre el amplio pecho. Los músculos de las
piernas tensaban las calzas; se notaba cada fibra tensándose a través del cuero. Había limpiado
todo el polvo de las altas botas. Un oscuro ángel de medianoche.
Sintió la boca seca y por un momento no pudo hablar. Parpadeó varias veces antes de notar
la espada de su abuelo colgando en la cadera de Godric.
Con un rápido movimiento puso los brazos enjarra.
—Esa es nuestra espada.
—Y está en mejores manos conmigo.

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Entrecerró los ojos, frustrada por la prepotencia que demostraba.
—No puedes robar nuestras cosas.
Godric frunció el entrecejo.
—Yo no robo nada. Sólo tomo lo que es mío.
Sintió la ira creciéndole en las entrañas, como una tormenta que se avecina.
—Eso no es tuyo. Damien no es tuyo. Yo no soy tuya.
La mirada de su raptor se oscureció aún más y éste dio un paso al frente aplastando las
esteras con las grandes botas.
—Se me está acabando la paciencia, mujer.
A toda prisa, Meiriona caminó hacia atrás, alejándose del fuego. Se golpeó las pantorrillas
con la silla y cayó sentada.
—No te saldrás con la tuya.
—Quizás sí, quizás no. —Extendió la mano para ayudarla a ponerse de pie.
Miró la mano de su raptor con desdén y se puso de pie sin asistencia. Sacudió el polvo de las
palmas de las manos en el vestido, como si pudiese deshacerse de él con la misma facilidad.
Se encogió de hombros y Godric le alcanzó un atado andrajoso.
—Ponte esto.
—¿Qué es? —Lo miró con cautela y sacudió el lienzo, esparciendo partículas de polvo por
todos lados. Era una túnica enorme y horrible. El atuendo estaba hecho jirones y tenía tiras
desgarradas a lo largo. Lo habían remendado de manera descuidada en tres lugares diferentes
pero el resto de los jirones seguían abiertos colgando hacia abajo. Era difícil darse cuenta de qué
color había sido originalmente. Presentaba demasiadas manchas negras, verdes y coloradas.
—¿Quieres que use esto?
Godric endureció la mandíbula.
—Es lo que llevaba la criada.
Meiriona arrugó la nariz.
—Es horrible.
Él se encogió de hombros una vez más.
—O te lo pones o vas desnuda, me da igual.
Meiriona cerró fuerte los labios y se pasó el vestido por la cabeza. Lo olfateó con
desconfianza, pero sería más fácil soportar el olor que andar por la campiña llevando puesto sólo
el vestido de lienzo.
—No te queda bien. —Damien sonrió con complicidad—. Cuelga sobre ti como una bayeta.
—Me da comezón, también. —Meiriona miró duramente a su hermano antes de girar hacia
Godric—. Supongo que debería agradecértelo. Pero no lo haré.
La boca sensual de Godric dibujó una sonrisa pequeña. Tomó una bolsita de tela que colgaba
de un gran cinturón de cuero.
—Quizás esto lo enmiende. —Sostenía una cajita de madera diminuta sobre la gran mano.
Parecía que la voz tenía un dejo de vulnerabilidad.
Ella escudriñó el apuesto rostro lleno de cicatrices, pero él frunció el entrecejo. Obviamente
se había equivocado al pensar que tendría sentimientos. Tomó el presente y lo acarició con los
dedos. La cajita de madera se sentía fría y tentadora. Era lisa y suave de madera de teca exótica y
muy bien elaborada. Le hubiese encantado arrojársela al rostro, pero la curiosidad la detuvo.
Hubo una pausa incómoda entre ellos al tiempo que él esperaba expectante en silencio.
Ella tiró hacia adelante y hacia atrás y levantó la tapa de la cajita. La abrió lentamente, como
si hubiese una araña dentro esperando para morderle los dedos.
Una joya de esmeraldas situada ceremoniosamente sobre un retazo de seda blanca brilló y
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Meiriona dio un gritito ahogado. Introdujo la mano en la cajita y tomó una elaborada peineta para
cabello. Cuatro dientes incrustados en un riel brillaron a la luz del fuego. El mango tenía
incrustaciones de grandes esmeraldas y pequeños diamantes y la luz se reflejó en toda la
habitación con un brillo veteado.
Meiriona acarició el objeto con un deseo culpable. Con lo que valía, podría proveer de una
abundante comida a su gente. Quizás también solventaría su idea de llevar al mercado los tejidos
de Mary. Se sentía una malcriada con sólo sostener la peineta en la mano.
—¿De dónde la sacaste?
Godric se aclaró la garganta.
—La traje conmigo.
—¿En serio?
¿Qué clase de hombre traería consigo un obsequio para la mujer que planeaba raptar?
—Sí —dijo él cortante y seco. Se veía claramente incómodo con los grandes hombros
encorvados; la miraba de tal forma que le hizo dudar si alguna vez le habría dado un obsequio a
una mujer.
Las uñas de Meiriona estaban sucias y rotas. Se veían totalmente fuera de lugar sobre la
brillante peineta para cabello al tiempo que lo giraba una y otra vez en la mano.
—Es hermosa.
—Recordé tu cabello —le dijo mientras jugueteaba con la empuñadura de la espada del
abuelo de Meiriona como si se preparase para la batalla.
Ella sonrió, sintiendo el corazón derretirse un poco.
—¿Estás cortejándome? —dijo ella de pronto.
El rostro lleno de cicatrices se oscureció.
—Tú me perteneces. No tengo necesidad de cortejarte.
Meiriona lo miró exasperada. Se acomodó el cabello hacia atrás y se colocó la peineta,
reprimiendo el deseo vanidoso de mirarse a un espejo. Ella tendría que vender aquel adorno para
comprar comida para su gente apenas escapase. Aun así, las manos le picaban por el deseo de
tener un espejo para ver cómo le quedaban las esmeraldas en su pelirroja cabellera.
De seguro, no sería un pecado tan grande llevarla puesta por un rato.
—También encontramos calzado para ti —chilló Damien.
Meiriona se volvió hacia él sobre los talones. ¡Dios santo! ¡Había olvidado que él estaba allí!
Él sostenía un par de zapatos de cuero lisos muy gastados. Parecía que no notaba en lo absoluto la
tensión en el aire entre Godric y ella.
Tomó el calzado, totalmente aturdida, y se agachó para ponérselo, sin darse cuenta de que
eran apenas un poco mejor que la desagradable túnica. Movió los dedos de los pies contra el cuero
y se deleitó con la sensación de tener algo entre la suela de los pies y el suelo roñoso.
Godric le alcanzó una tira de tela y ella la colocó alrededor de la cintura haciendo las veces
de cinturón.
—Gracias.
Él apoyó las caderas contra la cama, y esperó.
—¿Estás lista?
Ella asintió con la cabeza, totalmente perpleja.
—Ven. —La empujó hacia adelante—. Nuestro tiempo de descanso ha terminado.
Bajaron por el tramo corto de escaleras, pasaron por la sala común de la hostería y salieron
hacia la campiña.
Estaba limpia por el baño y llevaba una joya en el cabello. Eso la hacía sentir como una de las
damas de la reina. Reprimiendo la culpa por llevar puesto algo tan hermoso, mientras que su
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gente se moría de hambre, se ajustó la peineta para asegurarla en su lugar.
Siguió a Godric y a Damien por el patio a través de un laberinto de gallinas ruidosas. Se
acercaba la hora de la cena y varios sirvientes realizaban las tareas. Un muchacho que limpiaba los
establos se detuvo y se recostó sobre la pala. Levantó una ceja al verla pasar, mirando su cabello y
el sucio vestido.
Ella levantó la vista y sonrió con suficiencia. Quería que la tragase la tierra y sentía cómo iba
perdiendo la compostura. Dio un paso en falso y sintió cómo uno de sus zapatos, demasiado
grandes para sus pies, dio un golpe en la tierra. Se sintió como una tonta, se acomodó el calzado y
miró fijamente a Godric al tiempo que él caminaba por el lugar. La neblina se iba aclarando en su
mente con cada paso que daba.
Miró, disgustada, cómo Damien seguía a su raptor como perro faldero. Godric acarició el
cabello de su hermano como lo haría un amo con su mascota. Era como si estuviese mirando su
propio reflejo. ¿No estaba ella también siguiéndolo? Tomó la peineta y la sujetó al cinturón de la
túnica. Ella también se había estado comportando como perro faldero con un bello collar.
Quedándose rezagada, Meiriona caminaba arrastrando los pies. Godric era peligroso. Su
propio comportamiento, como una perra en celo, la horrorizaba. Si él continuaba hechizándola,
ella terminaría de verdad arrastrándose a sus pies.
Aquel pensamiento vil la hizo reaccionar abruptamente y recordó su promesa de nunca más
posponer su deber. ¿No había aprendido ya lo que la desobediencia y la terquedad le provocaban
en la vida? Si hubiese sido una mujer más consciente de sus deberes, una mejor persona,
probablemente en ese momento estaría casada con un hombre dulce y hermoso que la protegería
de los hombres como el Dragón.
Inspiró profundo y se calmó. Un hombre que la había arrastrado fuera de su cama como una
bestia salvaje para alimentar su venganza no era alguien para tomar a la ligera. Si no lograba
escapar de él, llevaría a toda su gente a la destrucción.
Ella ahora tenía calzado, un vestido y los medios para comprar comida. Seguramente todas
estas cosas eran una señal de Dios de que debía escapar. Era preferible afrontar los peligros del
bosque que los peligros de su alma. Volvería corriendo a los brazos de su padre y su marido. Dios
la protegería porque ella estaría cumpliendo con su deber. Damien la seguiría si ella escapaba.
Buscó una abertura, pero vio que el patio estaba completamente rodeado por rejas. Los
caballos los miraban desde los establos y un cerdo resopló en el comedero. Miró de un lado a otro
y vislumbró una puerta sin cerrojo en un extremo lejano del patio. Se quedó más y más atrás.
Sabía que necesitaría una buena ventaja si quería dejar a Godric atrás. Si tenía suerte, podría
perderlo en el bosque. Se preparó mentalmente, esperando el momento en que entrara en los
establos.
En el instante en que él puso un pie dentro, ella se lanzó a la carrera. Sentía el vigor
latiéndole en las piernas. La puerta estaba a su alcance. Miró hacia atrás y vio que Damien no se
había movido. Abrió la puerta de par en par y detuvo la marcha. Sin embargo, Damien todavía no
la había visto.
—Corre, Damien —se obligó a gritar, luego, salió disparada hacia el bosque confiando en
que Godric la siguiese a ella primero y le diera a su hermano un momento para que la alcanzase.
Los árboles se desdibujaban al tiempo que ella corría por el bosque. Se levantó la falda y
corrió más deprisa al escuchar a Damien tras ella. Ahora, sólo debían encontrar un lugar donde
esconderse.
Sintió una oleada de calor en el cuello cuando Godric la tomó del brazo y la obligó a girar
sobre los talones. La falda flameó y perdió uno de los zapatos.
—No creas que puedes escaparte. —La cicatriz en forma de media luna en su mejilla estaba
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blanca de la ira contenida.
Meiriona cerró las manos en puños; la sensación de impotencia alimentaba su propia furia.
—¡Suéltame!
La mantuvo firme en el lugar.
—¡Maldita seas, mujer, compórtate! —El giró y la arrastró tras de sí de regreso hacia la
puerta, a través del patio, en dirección al establo—. No me pasaré todo el camino de vuelta a casa
persiguiéndote.
En el patio del establo esperaba Damien sosteniendo las riendas de Vengeance. Meiriona
sintió la ira crecer dentro de ella cuando vio a su hermano comportándose como un sirviente.
—¿Entonces es ahí donde nos dirigimos? ¿A tu casucha? —soltó ella—. ¿Para qué nos vistas
con ropas ridículas y nos hagas tus esclavos?
Godric la obligó a caminar hacia el caballo. Un tic nervioso cruzó la mandíbula de Godric al
tiempo que sacó una soga de la bolsa de la silla de montar y la sostuvo frente a ella.
—Dame las muñecas.
—No lo haré.
Damien se deslizó hacia ella y le tocó el brazo.
—Hermana —dijo suavemente—, no podemos huir de él.
La ira le quemaba el corazón.
—¡Tú, niño idiota! ¿Qué se te ha metido en la cabeza?
—Tu hermano tiene cierta razón en lo que dice —Godric gruñó.
Damien sonrió por el cumplido.
Meiriona se soltó de Godric y tomó a su hermano de la túnica con los puños.
—¡Si hubieses corrido, habríamos podido escapar! ¡Al menos uno de los dos!
Damien se echó para atrás, dejándola a ella sujetando sólo aire.
—No seas tonta, hermana.
—¡Damien! —le gritó ella.
El niño giró, la tomó de la manga y la atrajo para sí para susurrarle unas palabras al oído.
—Él dijo que me entrenaría para ser arquero. Podemos escaparnos después de...
—Te está llenando la cabeza de pájaros —susurró ella.
Godric alejó al niño de ella. Tenía la quijada dura y determinante.
—No conspiréis. Ahora, dame las muñecas —le dijo a Meiriona.
Ella miró a su raptor y luego a su hermano. Estaban los dos clavados fijos en el lugar. Se
acomodó el cabello hacia atrás.
—No hay necesidad. No me iré sin mi hermano.
Godric elevó una ceja.
—Tienes razón. —Se giró hacia Damien—. Aquí, niño, dame el brazo. —Él atrapó la muñeca
de Damien antes que él pudiera ofrecérsela, ató la soga alrededor y las sujetó a su cintura, dejando
un largo trozo de soga entre ellos. Un perrito con correa.
Posó la mano en el hombro de Damien.
—Mis disculpas, niño. Ésta es una precaución que debo tomar por el bien de tu hermana.
Meiriona sintió ganas de patear a Damien, quien le propinó una mirada dura antes de girarse
hacia Godric mirándolo como perrito faldero ensimismado.
—Lo entiendo, señor.
Godric tomó el hombro de Meiriona.
—Tu hermano lo pasará muy mal si intentas escapar.
—¿Cómo te atreves? —Sentía el estómago revuelto—. ¿Tendrías a Damien sujeto con una
cuerda como si fuese un perro?
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—Si significa que no intentarás escapar, sí que lo haré.
Godric la dejó ir y se limpió las manos frotándolas contra las calzas de cuero.
Ella cerró las manos en puños llena de una ira impotente.
—¡Maldito!
Godric rió sarcásticamente.
—Me han dicho cosas peores.
Meiriona tomó a su hermano de la manga.
—¿Ves lo que has logrado?
—¿Qué he hecho yo? —La capa púrpura de Damien se estiró al tiempo que levantó la
muñeca atada.
—Es por tu culpa por lo que llevo esto. Si hubieses mantenido la boca cerrada, estaría libre.
—Te está llenando la cabeza de pájaros. ¡Podríamos haber huido! —Se giró hacia Godric—.
No montaré contigo.
Godric inspiró profundamente.
—Ya me estoy cansando de discutir. Si no quieres montar, pues entonces caminarás.
—Bien. —Cruzó los brazos en el pecho—. Preferiría montar un cerdo.
—Entonces lo harás —contestó Godric.

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Capítulo 11

La luna llena brillaba alta en el cielo cuando Godric se detuvo para pasar la noche. Meiriona
tenía la impresión de que él habría continuado caminando si no fuese por el hecho de que ella
tenía las piernas tan cansadas que avanzaba dando tumbos.
Ella caminaba al lado de los caballos, propinando miradas de ira alternativamente entre
Godric y su hermano. Damien, aun atado de manos a Godric con la larga soga, le devolvía, las
miradas desde la yegua gris. Godric iba sentado estoicamente sobre Vengeance, solo, mirando
hacia el río y el camino que corría a su lado. Sostenía las riendas con una mano y a Damien con la
otra.
Ellos no habían hablado y ella no se había quejado ni una sola vez desde que dejaron la
hostería. Se negaba a gimotear aun cuando las ramitas atravesaban la suela de los gastados
zapatos o cuando las zarzas le raspaban las piernas. A pesar de la nueva vestimenta y que gracias
a Dios ya no llovía, Meiriona tenía frío y se sentía abatida.
Godric se bajó del caballo y señaló una zona plana del suelo.
—Podemos acampar aquí.
Un búho ululó sobre ellos y las ranas croaron en la noche. Un pequeño arroyo gorgoteaba
sobre unas rocas unos metros más adelante y los árboles formaban un dosel de hojas cubriéndolos
de las estrellas. Era un lugar pacífico. Meiriona lo hubiese disfrutado de encontrarse en una
situación diferente.
Su raptor desató a Damien para que pudiese bajar del caballo.
—Eres un buen jinete, niño. Muchos hombres hubiesen perdido el equilibrio al montar sin
sostener las riendas y con las manos atadas, aun cabalgando lento como lo hemos hecho nosotros.
Meiriona le propinó a su hermano una mirada oscura cuando él le sonrió a Godric. ¡Pequeño
traidor!
Damien guió a su caballo hasta un pequeño tramo de hierba del fin de verano iluminada por
la luz de la luna.
—¿Cuánto más debemos viajar?
—Si la lluvia de la semana pasada no destruyó el puente, llegaremos allí en dos días.
—¿Adónde nos llevas? —preguntó Meiriona, rompiendo su pacto de silencio autoimpuesto.
—A mi cueva. —Godric levantó una ceja en un gesto de burla.
Meiriona apretó los dientes con irritación. Patán condescendiente.
—¿Realmente vives en una cueva? —Damien se veía intrigado.
—No. —Godric rió y palmeó al muchacho en el hombro.
Enfadada, Meiriona dio golpecitos con el pie sobre la tierra fértil del bosque.
—Cabalgaremos hasta Montgomery—dijo Godric.
—¿Es eso un castillo?
—Sí, niño, un hermoso castillo. Basta de preguntas. Ve a buscar madera para hacer fuego.
Vuelve pronto y no te vayas lejos.
Damien asintió con un movimiento de cabeza entusiasmado y se alejó de ellos silbando.

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La irritación le quemaba las entrañas y frunció el entrecejo a espaldas de su hermano,
deseando que estuviese en casa. Miró a Godric.
—Le llenas la cabeza con ideas tontas. Le hablas de ser arquero.
Godric se arrodilló para llenar su bota con agua del arroyo.
—Está claro que amas a ese niño. Déjalo tomar sus propias decisiones.
—¡Es solamente un niño!
Las hojas del suelo se arremolinaron al tiempo que Godric caminó hacia ella.
—Parece ser bastante inteligente. Yo tenía su edad aproximadamente cuando mi padre me
llevó a su casa para convertirme en caballero.
—¿Tu padre? ¿Quieres decir el Conde de Blackhawk?
—Sí.
Inclinó la cabeza hacia atrás y bebió un gran trago de agua, luego bajó el recipiente y se lo
ofreció.
Ella miró la bota, vacilante. ¿Estaría el pico de la bota cálido aún por el contacto con sus
labios? Beber de allí parecía ser algo muy íntimo. Sin embargo, sentía la garganta reseca y deseaba
refrescarse.
—Adelante —dijo él—. Mis labios no te mataron antes.
Meiriona se sonrojó. ¿Podía leerle los pensamientos?
—Me importa muy poco lo que hagan tus labios. —Lo miró indignada y bebió un gran trago
para fustigar el punto.
El borde de la bota no estaba cálido, como lo había temido, y el agua era tan fresca y deliciosa
que debió contenerse de cerrar los ojos de puro placer.
Bajó la cabeza para ocultar mejor sus pensamientos y le entregó el recipiente de manera
cortante. Un poco de agua se volcó sobre la túnica de Godric y el lienzo se le adhirió a los
músculos del estómago.
Él sonrió con desenfado por la grosería de Meiriona y la observó fijo a los labios con una
mirada sensual que la hizo sonrojar. Ella sabía que no lo había engañado en absoluto.
—Estábamos conversando acerca de Damien —dijo ella con altivez.
Godric se aclaró la garganta.
—Hay muchas cosas que un niño puede aprender, incluso un niño sin entrenamiento previo.
—Él está lisiado —dijo ella suavemente.
—No lo juzgues por la pierna.
Ella apretó los labios.
—¿Quieres decir que sabes lo que es mejor para mi hermano?
—Si las opciones son vivir enclaustrado o aprender un oficio que lo beneficie, entonces sí.
—No mantengo a mi hermano encerrado. No quiero que se lastime.
—No quieres que viva libremente.
—Yo no hago tal cosa. —Tomó una ramita y la rompió en dos con dedos inquietos.
Unas hojitas se arremolinaron tras ellos, y ella vio a Damien regresar con los brazos cargados
de pequeñas ramas, tallitos y un par de troncos más grandes.
Sentía cómo la frustración la carcomía por dentro. ¿Por qué los hombres parecían siempre
saber qué era lo mejor para los que tenían a su alrededor? Miró a su hermano, y luego a Godric.
Estaba más decidida a escapar que nunca.
—Mis hombres nos encontrarán.
—Tu hermano me ha dicho que ha venido sólo a buscarte.
Meiriona abrió la boca con sorpresa.
—No te creo.
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Godric se encogió de hombros.
—Sin embargo, es la verdad.
Sintió cómo se le cerraba la garganta.
—¿Cuándo te ha dicho eso?
—Mientras comíamos en la hostería.
Ella giró hacia su hermano.
—¿Es verdad eso?
Damien dejó la carga en la suelo en medio del claro pequeño.
—Hubo conmoción en el pueblo. Sonaron las campanas y la mayoría de los hombres
acudieron. Pero yo vi algo moverse en el acantilado bajo tu ventana. Tomé el pasadizo secreto de
la habitación de tu padre para salir fuera del castillo rápidamente. Fue sólo cuestión de suerte que
los haya encontrado.
Ella sintió que se le iba el alma a los pies.
—¿Quieres decir que ni siquiera están buscándome?
Damien se encogió de hombros como pidiendo disculpas.
—No lo sé. Yo salí enseguida. Creí que huías por haber tenido que casarte con el tío Pierre.
Godric miraba alternadamente a Meiriona y a su hermano.
—Si hubieras contraído matrimonio conmigo, no habría permitido que nadie te raptara.
¿Qué clase de alfeñique es tu nuevo marido?
—El hecho de que no rapte mujeres recién casadas durante la noche no significa que sea
débil —comentó ella en tono irritado.
Godric se encogió de hombros.
—Hago lo que debo hacer para tener lo que es mío.
Meiriona se sentó con remordimiento sobre una rama caída y se estiró el vestido con las
manos sobre la falda; un viejo hábito. Le dio la espalda a Godric.
—Prepara fuego, niño. —Godric le lanzó a Damien un pedernal y una caja de yesca.
Ella miró a Godric.
—El no es...
La mirada gélida de Damien le aglomeró las palabras en la garganta. ¡Dios santo! Ya estaba
bastante enfadado con ella.
Ella podía sentir la torpeza de su hermano cuando éste arrastró los pies por un momento y se
agachó sin lastimar su pierna lisiada. Apiló los dos troncos uno sobre el otro y colocó las pequeñas
ramitas sobre ellos sin un orden aparente.
Meiriona, cada vez más incómoda, miraba cómo se entorpecía con el pedernal. Tras varios
intentos, encendió, pero la chispa se apagó antes de lograr encender el fuego.
Meiriona se deslizó hacia el tronco, pero Damien la miró de tal forma que quedó claro que
nunca la perdonaría si interfería.
Unas chispas brillaron en la noche pero se apagaron con el frío. El rostro de Damien
palidecía a la luz de la luna y gotitas de sudor le colmaron el labio superior. Ella vio cómo Godric
lo miraba desde el rabillo del ojo mientras se ocupaba de los caballos.
Ella agarraba el tronco sobre el cual estaba sentada tan fuerte que la corteza se astillaba bajo
las uñas. El bosque parecía tan tenso como ella. Cada vez más silencioso. Mientras tanto, Damien
luchaba con el fuego. Incluso las lechuzas habían dejado de ulular. Godric acabó con las tareas y
miró enfadado a Damien.
—¿Quién te ha enseñado a hacer fuego?
Meiriona se estremeció al ver la desaprobación en Godric.
—No es un sirviente —dijo en un silbido.
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La compostura de Damien se desmoronó bajo la dura mirada de Godric. Le temblaban los
labios y le subió el calor a las mejillas.
—Nadie, señor —dijo, mirando hacia abajo. Unas ramitas se quebraron por estar tan inquieto
con la mirada fija en el suelo—. Nunca antes había hecho fuego.
Godric miró a Meiriona.
—¿No sabes hacer fuego?
Damien se sonrojó aún más.
Ella dio golpecitos con el pie en el suelo.
—No tienes necesidad de hacer fuego, Damien. No tenías necesidad en casa y tampoco la
tienes ahora.
—¿Alguna vez has hecho tú fuego? —Godric le lanzó una mirada mordaz.
Ella se encogió de hombros, negándose a contestar. Ella sabía cómo hacer una fogata
rápidamente.
Damien movía los pies de un lado a otro.
—Meiriona me decía que podía caerme dentro por mi pierna mala.
El semblante de Godric se suavizó.
—Quizás eso valía cuando eras un niño pegado a las faldas de tu niñera. Pero ya no eres un
niño.
Damien miraba al suelo, mordiéndose el labio inferior.
Meiriona sintió pena por él. Tenía ganas de gritarle a Godric cual verdulera, pero tenía la
sensación que sólo lograría avergonzar a su hermano aún más.
Godric se acercó a la pila de ramas mal hecha. Ella sintió como si la hubiese pateado en el
estómago.
—Mírame, niño —dijo, arrodillándose al lado de Damien.
Su hermano parpadeó rápidamente antes de obedecer.
—Nadie puede esperar que sepas hacer algo que nunca has hecho antes, ¿lo comprendes?
Damien asintió, mordiéndose el labio inferior.
Meiriona apretó los puños. La irritaba de sobremanera que Godric aparentara que le
importaba el orgullo de un niñito de once años cuando era obvio que era un maldito. ¿Cómo era
posible que Damien no lo notara?
—Primero armas una pila de hojas secas y pequeñas ramitas que ardan fácilmente —dijo
Godric suavemente, tomando un puñado de ellas y armando una pila.
Meiriona cruzó los brazos sobre el pecho. Godric debería saber que el fuego era peligroso
para los niños. Su hermano podría resbalarse y caer dentro en un segundo. Deseaba decir eso,
pero Damien se veía tan aliviado que su corazón no se lo permitió.
—Toma algunas de las ramitas más pequeñas y las colocas en una pila alrededor.
Godric armó una pequeña carpa de ramitas con hojas secas dentro.
Su hermano colocó algunas ramas sobre el montón.
—No las ubiques demasiado cerca unas de otras, niño. El fuego debe tener aire. Ahora, dame
el pedernal.
Ambas cabezas se agacharon juntas; los dos ensimismados en la tarea. Ella observó cómo la
tensión abandonaba los hombros de Damien y sintió como una cachetada al ver cómo respondía a
la manera suave en que Godric le ensañaba.
Godric golpeó el pedernal y la pila se encendió en llamas. Ubicando ambas manos alrededor
de la boca, sopló hasta que la madera se encendió.
—Agrega más hojas si es necesario, pero las ramas pequeñas deben arder primero.
Una vez que el fuego estuvo ardiendo, Godric comenzó a agregar ramas más grandes y
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luego, finalmente, los dos troncos.
Ella los miraba. Damien parecía brillar ante sus ojos. Ya no era aquel niño torpe que se
acercaba demasiado al fuego constantemente y debía ser rescatado para no caer. Contuvo las
lágrimas. ¡Cómo había pasado el tiempo!
Godric palmeó a Damien en el hombro.
—Mañana practicarás haciéndolo tú solo.
Su hermano miraba fijamente a su raptor como si fuese el mismo Mesías que había regresado
a la tierra.
Meiriona les dio la espalda, tenía los sentimientos hechos un revoltijo.
Damien hizo una pila de hojas a manera de almohadón y luego se recostó sobre la capa
púrpura mirando el fuego.
Su raptor se limpió las manos en las calzas y hurgó en las alforjas que estaban a su lado en el
suelo. Le dio a Meiriona un pedazo de queso y pan seco.
—Come. Mañana cabalgaremos temprano.
Ella tomó la comida y masticó metódicamente, concentrada en pensar cómo escaparían. Con
el entrecejo fruncido, miraba cómo Godric y su hermano conversaban suavemente junto al fuego.
Correr no le había resultado. Se vería forzada a utilizar el opio escondido en el dobladillo del
vestido. ¿Pero, cuánta cantidad debería uno utilizar para un cuerpo como el de él? Mucho lo
mataría. Poco lo enfadaría.
Seguramente habría un curandero en el castillo Montgomery y encontraría respuesta para
aquella duda. Y luego, Damien y ella podrían escapar y volver a casa.
Una vez que hubo formulado su plan, la seca comida supo mucho mejor y fue capaz de
tragar la mayor parte de ella. ¿Por qué el corazón la arrastraba hacia lo imposible?
Damien giró sobre la espalda y cerró los ojos.
Godric se puso de pie, caminó hacia ella y se sentó a su lado sin ser invitado. Estaba tan cerca
de ella que podía oler el suave aroma a fogata que su cuerpo emanaba. Ella se corrió rápidamente
hacia el otro extremo del tronco y se inclinó alejándose de él.
—Dame tus pies —dijo sin preámbulos.
Ella lo miró socarronamente.
—¿Perdón?
—Quiero inspeccionarlos.
Meiriona escondió los pies bajo las faldas y lo miró con odio.
—No soy ningún caballo para que tú me inspecciones.
Godric inspiró profundamente y exhaló en un largo suspiro.
—Salvo mi madrastra, eres la mujer más exasperante que he conocido en la vida. ¡Ahora,
dame los pies!
Frunció el entrecejo y apoyó bruscamente el pie sobre el regazo de Godric con un gran golpe
que lo obligó a emitir un quejido y a reacomodarse.
Él le dirigió una mirada fulminante y ella sonrió, fingiendo inocencia.
Murmurando algo acerca de lo traicioneras que eran las mujeres, le levantó el pie para
mirarlo. Ella se tomó del borde del tronco para no caer.
Él le sacó el calzado gastado de campesina que ya tenía tres agujeros en la suela. Ya se le
estaban formando ampollas en los pies.
—¿Por qué no me lo has dicho?
—Es mejor tener ampollas que montar con un bastardo —dijo ella dulcemente.
Le tocó una de las ampollas con el dedo y ella hizo un gesto de dolor.
—¿Crees que soy un ogro?
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—Bueno, ¿no lo eres acaso? Capturas una mujer en la mitad de la noche, bajas por los muros
de un castillo y la obligas a caminar mientras montas.
Godric la miró por un largo rato. El cabello le brillaba como oro frente a la luz de la fogata.
—Es verdad. Hice todas esas cosas y he hecho otras mucho peores.
Ella resopló con altivez.
—Entonces no lo niegas; y, de hecho, dices que has hecho cosas peores.
Le bajó el pie y se acercó tanto a ella que el calor de ambos cuerpos se mezcló.
—No te obligué a caminar, lo sabes muy bien. —Su voz fue como una suave caricia.
Meiriona le quitó la mirada y la dirigió hacia las hojas que se bamboleaban iluminadas por la
suave luz que emitía la fogata. Ella inspiró profunda y sufridamente.
—¿Entonces esto es por mi culpa?
Él le acomodó el cabello detrás de la oreja y ella sintió un cosquilleo en el cuero cabelludo
ante su tacto.
—No es necesario que discutamos sobre el pasado. Comencemos un nuevo día juntos, como
marido y mujer, en Whitestone.
—Yo ya estoy casada, señor. —La voz le temblaba tanto que temía perderla en cualquier
momento.
—Entonces, si lo estás...
El cuero de las calzas se le estiró en los muslos cuando se puso de pie, levantó la larga soga y
la extendió hacia ella, como si fuese un obsequio oscuro y en forma de serpiente. Él se veía como
un precioso arcángel vengador enviado a juzgar a los infieles.
—Es hora de dormir —dijo con un tono de voz sin expresión, implacable.
El corazón le dio un golpe seco que le resonó en el pecho. La iba a atar como si fuese un
animal. Miró fijo hacia los árboles con deseos de correr pero sabía que Godric era demasiado
rápido y poderoso. Además, aún tenía a Damien.
Godric se aclaró la garganta, indicándole que se le estaba acabando la paciencia. Unas líneas
de agotamiento se arrugaban alrededor de los ojos.
Ella se puso de pie con toda la dignidad que pudo reunir, caminó los dos pasos que los
separaban y le ofreció las dos manos en un gesto de rendición silenciosa.
Le ató las muñecas y la acercó hacia él, tomándola de la cintura en un poderoso abrazo.
—Algún día, vendrás a mí por tu propia voluntad —suspiró. Las palabras le acariciaron los
pensamientos como las manos le habían acariciado las piernas al borde del acantilado. Cálidas,
demandantes, llenas de eróticas promesas.
¡Nunca! Gritó en la mente, pero no tenía suficiente aliento para pronunciar aquella palabra en
voz alta.
Él la tomó de las manos y apoyó los dedos en la cara anterior de las muñecas de ella,
dibujando deliberadamente círculos sensuales con los pulgares. Una sensación de miedo y
fascinación hervía dentro de ella.
Colocó una muñeca junto a la otra y las ató enroscando la soga como una serpenteante y
lenta víbora. Ella lo miraba, morbosamente capturada, al tiempo que él ubicó el extremo de la soga
en el espacio que quedaba entre sus manos, fuera del alcance de sus dedos. Deslizó un dedo entre
la soga y las muñecas para controlar si estaba bien sujeta, como uno lo habría con un collar de
perro. Las amarras estaban ajustadas pero no le provocaban dolor.
La ayudó a sentarse en el suelo donde previamente había colocado la capa sobre la tierra
haciendo las veces de camastro.
—Tú duermes aquí.
Ella se recostó. El agotamiento le robaba las fuerzas. Damien ya dormía. La luz del fuego
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danzaba sobre sus mejillas de niño.
Godric se apoyó en un árbol cercano. Las largas piernas estiradas al costado de Meiriona,
una sobre la otra. Él estaba tan cerca que podría tocarlo si estiraba las manos.
Ella se ladeó sobre un hombro, alejándose de él, pero él posó una mano inflexible sobre ella y
la obligó a quedarse quieta sobre la capa. Era muy fuerte pero, aun así, se veía cansado. Temía que
había llegado a los límites de su paciencia.
Lentamente, la mano se deslizó del hombro y se enredó en su cabellera, enroscando el puño
con los mechones de cabello en un gesto de posesión. Ella deseaba poder insistir en que la soltase,
pero su calor la reconfortaba y ya no tenía más voluntad para continuar luchando. Acomodó las
faldas sobre los pies llenos de ampollas, se detuvo a escuchar a las ranas y grillos chirriar hasta
que el sueño la venció en un sedante abrazo.
El frío se posó sobre ellos y ella tuvo extraños sueños exuberantes de pasión. Ella tembló y
vagamente registró el fuerte brazo de Godric a su alrededor. Le permitió acercarse, y se acurrucó
en el torso de él.
Parecían haber pasado unos minutos cuando Godric se levantó de un salto y el sonido de
cascos de caballos acercándose la despertó.
—¿Pero, qué tenemos aquí? ¿Dos tortolitos dormidos?
Abrió los ojos de golpe. Un hombre grande y peludo estaba de pie frente a ellos, sosteniendo
una larga espada sobre la garganta de Godric.

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Capítulo 12

La espada en la garganta de Godric destelló en el brumoso sol de la mañana y se movió a


pulgadas de la nariz de Meiriona. Ella agarró la túnica de Godric, el lino se resbalaba entre sus
dedos. En algún momento de la noche, ella casi se había subido sobre él, utilizando su gran pecho
como una almohada viviente. Él la sostuvo cerca. Su mano se enredó con su cabello, demasiado
familiar, pero confortable.
Ella olía a tierra húmeda y a hierba. Hombres a caballo los rodearon esparciendo neblina y
follaje del suelo del bosque. Santa María, ella podía ver los clavos en las herraduras de los
caballos. Un cierto temor se apoderó de su estómago y le llevó bilis a la garganta.
La filosa punta del arma se movió hacia ella.
Cerrando sus ojos con fuerza, ella presionó su mejilla contra el espacio entre el torso y el
hombro de Godric.
El rió y ella inspiró profundamente. ¿Cómo podía reír?
—Byron, maldito.
Godric empujó la punta hacia un lado.
—Harás que le dé un ataque a la dama si le haces eso.
Meiriona tragó saliva y arrugó el entrecejo. ¿Conocía a esos hombres?
El desalineado hombre parecía decepcionado al recibir el grito de Godric. Era grande como
un oso, con una panza grande y redonda y un bigote tupido de color naranja zanahoria. Donde
debería estar su brazo izquierdo, el dobladillo de su manga estaba hábilmente cosido al hombro
de la túnica. Godric brincó y la manga vacía del hombre de un solo brazo se agitó como el ala de
una ardilla voladora. A pesar de toda su circunferencia, Bear 2 se movió rápidamente, y Meiriona
tuvo la impresión de que la falta de un miembro no era un problema para él.
Ella intentó sentarse, pero las puntas de su cabello se encontraban atrapadas en las botas de
Godric. Desde el suelo, ella observaba, asombrada, cómo se golpeaban uno a otro en la espalda
como si fueran enormes bestias salvajes.
—Nunca os he visto dormir tan profundamente, amo. ¿Qué os ha sucedido?
Ella tiró de sus mechones. Godric, evidentemente haciendo caso omiso de ella, retrocedió.
Ella salió a toda prisa. Los otros cuatro hombres, riendo y presumiendo, desmontaron y se
pararon en el claro junto a ellos, pero Bear era el único tan alto como su raptor.
Godric removió las hojas y el rocío de sus nalgas y de su túnica.
—A decir verdad, Byron, he dormido como un muerto.
—Nunca he logrado aparecer así antes, aunque Dios sabe que lo he intentado.
—Me alegra de que hayas sido tú, viejo amigo.
Godric inspiró profundamente como si estuviera bebiéndose la mañana en cada bocanada.
Sacudió la cabeza de manera poco civilizada, y Meiriona tuvo la impresión de que se trataba de un
leopardo despertando de una larga siesta.
—Se suponía que nos encontraríamos en la taberna —dijo Byron.

2
Bear se traduce como Oso y hace referencia a las características físicas del personaje.
75
Godric se encogió de hombros.
—Nos hemos detenido.
Parecía que al hombre de un solo brazo no le importaba que Godric hubiera hecho caso
omiso de la pregunta implícita. Se inclinó sobre Meiriona, entrecerrando los ojos.
—¿Éste es el precio? No parece lo suficientemente grande como para causar todo los
problemas que vos decís.
Las comisuras de los sensuales labios de Godric se abrieron.
—Que no te engañe su pequeña estatura.
Los ojos de Byron echaron una hojeada a la túnica rasgada.
—No luce como una gran lady precisamente.
Meiriona deseó haber tenido una manta para cubrirse. Su corazón todavía latía fuertemente
debido al impacto de despertarse con una espada en el rostro.
—Y dos cautivos en vez de uno.
Ella miró a su hermano, que todavía permanecía recostado del otro lado de la fogata. Él miró
asombrado a los hombres, parpadeó rápidamente en la húmeda luz del amanecer.
—¡Tú eres Byron, el espadachín de un solo brazo!
La voz de su hermano sonaba con gran entusiasmo. Brincó de su manta y se apresuró hacia
Bear.
—Del que canta el bardo.
—Sabía que debería haberte hecho ir a la cama la última vez que vino el trovador viajante —
refunfuñó Meiriona, mirando a su hermano.
Bear la ignoró, centrándose en su hermano, que ahora se encontraba de pie junto a él.
—¿Y quién eres tú, mequetrefe?
—Soy Damien.
El hombre emitió una pequeña risa que fue más un resoplido. Dio un paso hacia adelante,
casi colocando uno de sus enormes pies sobre las cenizas de la fogata.
—Bueno, entonces, encantado de conocerte, Damien. Mi nombre es Byron, pero la mayoría
me llama Bear.
Bueno, eso es adecuado, pensó Meiriona enfadada.
Godric apagó las cenizas que aún ardían.
—¿Cómo ha salido el saqueo en Whitestone?
—¿Saqueo? —repitió con dificultad Meiriona—. ¿Qué saqueo?
Su cara se sonrojó cuando los seis hombres se voltearon y la observaron. Cielos, ella todavía
se encontraba sentada en el suelo con las muñecas atadas. Ignorando la mano extendida de
Godric, se levantó con tanta gracia como le fue posible y enfrentó sus miradas con ojos desafiantes.
Se detuvo a observar sus atuendos y Bear tronó la uña del dedo pulgar contra un anillo
holgado que rodeaba su dedo índice. Los otros hombres vestían capas tejidas en lana que le eran
muy familiares.
Ella se quitó lo que ataba sus muñecas mientras sentía que la cólera le subía por el pecho.
—Esos son de mi pueblo. Mary teje lana.
—Sí, señora.
Bear asintió vigorosamente, mientras tocaba su brillante anillo.
—El saqueo fue bueno.
La furia la quemaba en la parte baja del estómago y entrecerró los ojos al mirar a Godric.
—¿Cómo te atreves a dejar a tus monstruos sueltos en mi pueblo?
—Ha sido por tu propia culpa, por no honrar nuestro compromiso.
—Los hombres siempre culpan a las mujeres por sus propios actos de guerra.
76
—Tú ocasionaste esto a tu propia gente.
La ira estalló, fluyendo por sus venas. Balanceando las manos como un garrote, ella pegó
fuertemente en el pecho de Godric. Él la miró sin inmutarse. Era como golpear una sólida roca.
—Veo lo que queréis decir —intervino Bear— sobre no engañarnos por su tamaño.
Godric tomó las cuerdas de sus muñecas tan rápido que ella dio un grito ahogado.
—Mis hombres saquearon el pueblo como una distracción. Tenían órdenes de no lastimar a
nadie.
La empujó hacia él hasta que el calor de sus cuerpos se mezcló.
—Si te hace sentir mejor, le pagaré a los habitantes del pueblo por las cosas perdidas cuando
sea Barón de Whitestone.
Pestañeó, atrapada entre creerle y preocuparse.
Le pasó los dedos por debajo de los nudos y ella sintió un cosquilleo en la piel cuando la
tocó.
—¿Te duelen las manos?
La cuerda era suave, estaba ajustada pero no cortante y no le dolían las manos, excepto
cuando lo golpeó.
—No.
Godric miró a sus hombres, sombrío.
—Byron, trae comida para interrumpir nuestro ayuno. Damien, consigue más leña. El resto
de vosotros, dejad de mirar como si nunca hubieseis visto a una mujer y preparad todo para
partir.
Los hombres se movían con lentitud.
—¡Ahora!
Ordenó Godric.
Apresuraron el paso.
Godric le desató las manos. Ella las apartó pero él la tomó de las muñecas y las atrajo hacia
sí, obligándola a dejarlo revisarlas. Marcas de la cuerda rodeaban sus muñecas. Sus ásperos
pulgares presionaron la piel con mucho cuidado antes de liberarla. Asintió, satisfecho.
Su preocupación la sorprendió. Por todos los santos, ¡qué hombre desconcertante!
Ella se dispuso a frotarse las muñecas pero él la detuvo, sosteniendo su pequeña mano en su
gran mano.
—No frotes directamente sobre las marcas; la piel es delicada y se corta con facilidad. Deja
que vuelva de manera natural.
Extendió las manos y él masajeó su índice desde la base hasta la punta varias veces. Luego,
pasó al próximo dedo, deslizó su palma arriba y abajo por su dedo medio.
—Eso me sienta bien —susurró ella.
Él le sonrió. Una comisura de su boca se elevaba más que la otra. Un fuego le subió por el
rostro. No quería que se advirtiera.
Sus manos se movían lentamente y con un ritmo parejo. Sus dedos se deslizaban por sus
pequeños y estrechos dedos. Él frotó su dedo anular, y luego el meñique.
Repentinamente, giró hacia un lado.
—Hagan sus tareas —le gritó a los hombres que se habían detenido para ver la escena.
Sonriendo, los hombres volvieron a preparar los caballos. Su altanería se evaporó y ella
deseó que el suelo del bosque se abriera para hundirse dentro de él. Había estado tan concentrada
en las manos de Godric que no había notado que los estaban observando. Le perturbaba los
sentidos.
—No pueden evitar mirar a una bella dama.
77
Godric se acomodó el cabello detrás de la oreja.
Sintiendo la necesidad de hacer algo, cualquier cosa, para poner distancia entre ellos, ella
tomó el peine de su bolsillo y lo pasó por sus mechones. Sus dedos salieron con fango y tierra.
Ella podía sentir el pulso latiendo en la garganta. Qué desarreglada que debía lucir en la
andrajosa túnica, con el cabello sucio y enmarañado.
—¿Crees que soy bella? —le preguntó con timidez.
—No —le contestó de manera cortante.
Su corazón se desplomó, aunque sabía que solamente decía la verdad. Miró hacia abajo,
hacia el harapiento vestido. Sintió el cabello colgando lacio y sin vida alrededor de su cara y por la
espalda. Moviendo el peine, sacó más ramitas, zarzas y fango seco. Le llevaría un mes quitar todos
los enredos.
La boca de Godric se elevó en una sonrisa.
—No eres bella. Eres exquisita.
Meiriona pestañó.
—Ah.
Repentinamente, le soltó la mano. La pérdida de conexión se sintió como un pinchazo.
—Tendrás un pequeño momento de privacidad. Huye y te cazaré.
Lo miró con el entrecejo arrugado y la ira bullendo hacia la superficie ante su prepotencia.
—Recuerda, tengo a tu hermano.
Resoplando un irritado suspiro, ella giró con rapidez y se marchó hacia el bosque.
Godric se inclinó sobre un árbol mientras observaba el balanceo de las caderas de Meiriona.
Arrugó el entrecejo. La última vez que dejó que se fuera, tuvo que cazarla y recuperarla.
Byron se deslizó junto a él.
—¿Creéis que fue prudente permitirle estar sola?
—No.
Godric se puso las manos en la cadera.
—Pero no necesita otra razón para pensar que soy algún tipo de demonio.
—¿Os la llevaste tal y como lo planeasteis?
Godric sintió que su mandíbula se tensaba.
—Capturarla; sí. Tener relaciones con ella; no.
La tupida barba roja de Byron tembló.
—¿Todavía es virgen?
Godric arrugó el entrecejo.
—Sí.
—Se suponía que te ocuparías de su virginidad mientras nosotros nos ocupábamos del
pueblo. Ese es el motivo por el que os detuvisteis en la taberna.
Godric se inclinó hacia adelante, mirando hacia el bosque que se encontraba detrás de ella.
—No me atreví a hacerlo.
—Pero es hermosa, y es vuestra.
Byron resopló y agitó su brazo en señal de frustración.
—Tomarla es lo que habíais planeado por años.
Godric se encogió de hombros.
—El rey, la iglesia, todos apoyarán tu demanda.
Golpeteando su mandíbula, Godric miró los árboles.
Byron entrecerró los ojos.
—¿Os habéis vuelto débil?
Él miró la manga vacía donde debería estar su brazo.
78
—¿Has olvidado cómo es la prisión? Esa pequeña perra te vendió como esclavo.
Dando vueltas con un movimiento borroso, los dedos de Godric se cerraron sobre la
garganta de su amigo.
—Te dirigirás a ella correctamente. Ella será mi mujer.
Byron tropezó hacia atrás y Godric lo soltó.
—Sí, amo, y tendrás más derecho si tomas su virginidad.
—Ya lo sé. La seduciré.
Bear se frotó la garganta con su garra peluda.
—El tiempo para la seducción ya se evaporó. Su esposo podría aparecer esta misma noche y
todo vuestro trabajo y vuestros planes serían por nada.
Godric tamborileó los dedos contra la empuñadura de su espada durante un largo rato. No
era la manera ideal, pero Bear tenía razón.
—Viejo amigo, dices la verdad.
—Solamente hacedlo. Ella no merece vuestra piedad.
Byron le dio una palmada a Godric en el hombro.
—El Rey Edgard estaría complacido al saber que podéis manejar a una mujer caprichosa.
Además, podéis ser gentil. Aprendisteis muchas maneras para aliviar el dolor de una mujer la
primera vez.
Godric se pasó una mano por la barbilla, considerando las palabras de su amigo.
—Sedúcela la segunda vez y ella te perdonará por insistir la primera —continuó Bear.
—Sí, debería.
—¿Su captura salió como la planeasteis?
—Sí, fue más fácil de lo esperado. Aunque fue una lástima que el esposo no estuviera allí.
Una pelea hubiera sido bien recibida.
Rascándose la enmarañada cabeza, Byron observó a los hombres que daban vueltas
alrededor de los caballos.
—Es extraño. Y en su noche de bodas.
—Es un anciano.
Byron movía sus caderas hacia delante y hacia atrás.
—Quizás no puede... desenfundar la daga.
Godric fulminó a su amigo con la mirada, que escondió su risa detrás de una tos.
—¡Basta! O te cortaré el otro brazo.
Byron se rió en voz alta, con su bigote rojo moviéndose sobre los labios.
—No puedes. Vuestra hija me extrañaría.
Sonriendo, Godric sacudió la cabeza.
—Ella no extrañaría tu peludo rostro por mucho tiempo.
Byron pasó los dedos por la empuñadura de su espada con una expresión seria.
—Hubierais matado al esposo de Meiriona, os la deberíais haber follado y terminado con
eso.
Godric inspiró con exasperación.
—¿No has presenciado suficiente derramamiento de sangre mientras luchábamos para
volver a Inglaterra?
—¿Qué diferencia haría una más?
Mirando los árboles, Godric observó ardillas correteando en busca de bellotas. Mil batallas
pasaron por su mente. Partió una ramita de un árbol joven.
—Un hombre no puede dar muerte a todos sus enemigos, Byron.
—Solamente éste.
79
—Cuando escapamos de ese horrible lugar, juré que tendría la paz y el hogar que nunca
tuve. No es probable que lo tenga si mato al esposo que ella quiere.
—No obtendréis paz mientras ella tenga esposo.
A la distancia, Godric vio el cabello de Meiriona brillando en el amanecer a través de los
árboles. Ella se dirigió tranquilamente hacia ellos a paso de tortuga, cada lento movimiento
enfatizaba sus caderas. Un calor tensó su entrepierna. Byron tenía razón. Él la llevaría
directamente a su recámara una vez que lleguen al Montgomery Castle.
Arrastrando los pies, Byron miraba el suelo.
—Hablando de paz, hay algo que deberíais saber.
Godric parpadeó, reacio a volverse y no ver el balanceo hipnótico de las caderas de Meiriona,
pero podía sentir el descontento de Byron.
—¿Qué?
—Tiene que ver con Owain.
Godric juntó las manos.
—¿Habéis tenido una pelea nuevamente?
—No, pero no os lo he querido decir delante de la dama.
—Ella ya casi está aquí. Suéltalo, hombre.
Byron se rascó el tupido bigote rojo.
—Se volvió loco durante el saqueo. Atrapó a una muchacha del pueblo y...
Godric sintió que la mandíbula se le tensaba.
— ¿Ha herido a alguien?
Byron retrocedió medio paso, aplastando hojas en el húmedo suelo del bosque.
—Hemos tenido que quitarlo de encima de ella, que gritaba como una verdulera, y había
sangre encima de él. No sé si era sangre de él o de ella. Ella corrió antes de que pudiéramos
revisarla.
Un tic latió en la mandíbula de Godric. Podía sentir la furia hirviendo dentro de él.
—Mis órdenes sobre no lastimar a ninguna de las personas del pueblo fueron claras. Lo
arreglaré con él.
Retrocediendo, Byron casi tropieza con la raíz de un árbol.
—Recuerda, es apenas un hombre. Todavía se siente en la cima.
Godric cogió una rama que colgaba.
—Es lo suficientemente mayor como para seguir órdenes. Y lo suficientemente mayor como
para saber cuál es la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal.
—No planearéis matarlo, ¿o sí?
Godric lo miró fijo.
—Podría.
—Es un buen guerrero.
—No es útil si no puede seguir órdenes. Nadie en mis filas rompe mis reglas. Nadie.
Godric miró severamente a su amigo.
Byron abrió la boca como si fuera a decir algo, pero Godric levantó su mano y se dio la
vuelta. Buscó entre sus hombres hasta que halló a Owain, que se encontraba sentado en un tronco
terminando un pan.
—Owain, ven aquí.
Al joven, desgarbado y apuesto, parecía como si lo hubieran pescado con un dedo dentro de
una tarta de zarzamoras. Le dio una furiosa mirada a Byron.
—¿Por qué has tenido que decírselo? —se quejó.
—El es tu amo y el mío. Si no se lo decía y se enteraba...
80
—Serás castigado junto con él —dijo Godric, mirando deliberadamente a Byron.
Owain escupió el suelo.
—Eres un cobarde, Bear. Sigues sus pasos como un perro amaestrado.
Byron le dio la espalda al quejoso joven.
—Intentad hacerlo entrar en razón. Yo ya lo he intentado.
Godric vio a Meiriona que se acercaba cada vez más. Llegó hasta el límite del claro. Él
sacudió su cabeza hacia ella.
—Mantenía fuera de esto. Y por el amor de Dios, no le digas lo que Owain le ha hecho a esa
muchacha. Ya cree que somos monstruos.
Como si estuviera leyéndole la mente, Byron asintió y se puso de pie entre Godric y Meiriona
para protegerla de lo que estaba por ocurrir. Godric no tenía dudas de que su segundo al mando
la llevaría nuevamente al bosque hasta que él terminase con Owain. Dio dos pasos y cogió al
muchacho por la garganta.
Owain gimió y arañó la mano de Godric.
—Era solamente una muchacha de pueblo.
—Y tus órdenes eran no hacer daño a nadie... son míos.
La ira ardía a través de las venas de Godric.
La piel de Owain empalideció.
—No es como si ya te pertenecieran.
La furia aumentaba dentro de Godric. Todo lo que tenía que hacer era presionar.
—Las órdenes eran no hacer daño a nadie. Debías crear una distracción para que yo pudiese
tomar a la caprichosa comprometida, nada más.
—Era una campesina. —Owain parecía una tortuga asustada, pero sus ojos eran desafiantes.
Godric le dio un pequeño sacudón al muchacho.
—Era una de las mías.
—¿Cuál es la diferencia entre que yo tome a una mujer y que vos toméis una mujer?
Owain escupió en el suelo, con el rostro lleno de desprecio.
Un deseo salvaje de sangre aumentaba por las venas de Godric y sus dedos apretaban el
cuello de Owain.
—Es el deber de un caballero proteger a aquellos que son más débiles que él.
El muchacho se sacudió y Godric se contuvo antes de quitarle el aire por completo. Empujó
al joven al suelo.
—Nicholas. Gareth. Sostened al muchacho y traedme un látigo.
Las facciones de Owain pasaron de insolencia a terror. Sus ojos se abrieron hasta que la zona
blanca se podía ver alrededor de todo su iris. Comenzó a sacudirse a medida que Godric
desenfundaba el látigo de cuero.
—Considérate afortunado muchacho. Si me hubieras escupido a mí en vez del suelo, no
habría suficiente de ti para azotar.
Meiriona eludió el descomunal cuerpo de Bear justo en el momento en que Godric agitó un
latigazo largo y en forma de serpiente sobre el cuerpo del muchacho. Dio un grito ahogado y salió
corriendo.
—¡Damien!
Santo Dios, ¿qué le ha hecho Godric? Bear la tomó del hombro cuando pasó corriendo,
empujándola detrás de él.
—Ese no es vuestro hermano, señora.
Su gran mano la sostenía clavada en el lugar.
—No interfieras.
81
Meiriona miraba alrededor de él. Tenía el corazón en la garganta. Pestañeó y rezó una
plegaria de alivio en voz baja.
El desgarbado muchacho se encontraba atrapado entre dos corpulentos soldados. Tenía más
o menos la misma contextura que Damien, pero no era su hermano, gracias al Cielo. Estaba
desnudo hasta la cintura y su bronceada y suave piel estaba bañada en sudor. Se sacudió,
aparentemente aterrorizado, pero su mandíbula era pertinaz. ¿Qué hacía Godric?
—No merezco esto —espetó el muchacho.
Meiriona se llevó los nudillos a la boca para evitar gritar.
—Haz algo —le susurró a Bear.
—Estoy haciendo algo, señora. Estoy evitando que vos interfiráis.
—La próxima vez, me obedecerás a mí.
La voz de Godric fue estruendosa.
Presionando contra Bear, Meiriona sentía que sus piernas se entumecían del miedo. ¡Santa
María! ¿Esto mismo les sucedería a Damien y a ella?
Bear le colocó su peluda mano sobre el hombro y se paró frente a ella.
—No miréis, señora. Esto es trabajo de hombres.
Ella se escabulló, tratando de ver por un lado del gran cuerpo de Bear.
—¿Cuál es el crimen que ha cometido el muchacho?
Bear parecía claramente incómodo; arrastró los pies y su manga vacía cayó sobre su túnica.
—No cometió ningún crimen, señora.
—¿Ningún... crimen?
Bear aclaró la garganta y se le enrojeció el rostro.
—Ha desobedecido a Godric.
—¿Esto —el látigo resonó en el aire y Meiriona se estremeció—, solamente por
desobedecerlo?
¡El muy animal!
Las pobladas cejas de Byron se levantaron. Asintió levemente y se volvió para ver la escena,
negándose a encontrarse con su mirada. La manga vacía parecía dar un testimonio silencioso. Ella
recordó las palabras de su padre. Godric arrastra a sus enemigos a través de las calles, aplastando
a los débiles y azotando a cualquiera que no lo obedezca. Volvió a estremecerse. La próxima vez
podría ser ella... o Damien.
Bear le cubrió los ojos con la mano pero ella se escabulló por debajo. Incluso desde esa
distancia podía ver los ojos de Godric brillando como carbones azules y despiadados.
—Esto es monstruoso —dijo ella. Debía detenerlo.
La mano de Bear la tomó del hombro como si fuera el ancla de una embarcación.
—Tengo órdenes, señora. No debéis interferir.
Ella se detuvo, notando que él no le permitiría acercarse más. Cerró los ojos pero luego,
como no pudo resistirse, los abrió nuevamente, viendo la escena con mórbida fascinación.
Godric llevó la mano hacia atrás para el próximo azote; los músculos de su antebrazo se
tensaron por el esfuerzo. Jugaban bajo su tostada piel bailando de manera violenta. Se agachó en
postura de guerrero, una pierna un poco más atrás que la otra. Sus movimientos eran controlados,
calculados y completamente espeluznantes con respecto a su precisión. Su rostro estaba calmado,
como si sólo estuviera comiendo una agradable comida en vez de estar azotando a un hombre.
El muchacho hacía presión contra los soldados para liberarse. El sudor brillaba en la piel de
su espalda. Se retorció salvajemente pero lo sostuvieron con fuerza. De espaldas, parecía igual a
Damien.
Hubo un fuerte golpe y un aterrador grito hizo eco en el bosque.
82
Meiriona brincó, recordando lo que su padre le había dicho sobre el Dragón que azotaba a
aquellos que se le cruzaban. ¡Santo Dios! ¿Qué clase de monstruo era Godric? Se desesperó por su
hermano, quien se recostó casualmente sobre un árbol cercano, mirando a su raptor como si fuera
un dios pagano. ¡El pequeño tonto! ¿No podía ver el peligro? La próxima vez, podría ser él.
Giró el rostro y presionó los ojos, cerrándolos. Hubo otro golpe. Y otro grito. Y luego, otro.
Espió a través de los dedos. La sangre fluía de tres rayas rojas que entrecruzaban la espalda
del joven muchacho. El extremo del látigo se elevó en lo alto. Godric giró la muñeca y el látigo
cortó al aire nuevamente. El muchacho se sacudió contra los hombres que lo sostenían mientras
que el dolor le deformaba el rostro. Otro latigazo furioso hizo impacto en su espalda.
El musculoso brazo de Godric se elevó; sus rasgos distantes e indiferentes. Despiadado. Justo
como estaba cuando la robó de su recámara.
El látigo siseó en el aire y golpeó con fuerza. El muchacho chilló con una voz alta e inhumana
como un cerdo que se enfrenta al hacha del carnicero. Meiriona vio cómo le temblaban las rodillas.
Casi podía oler el miedo y sentir cómo se contraía el estómago del muchacho.
Sin poder darse la vuelta, observó a Godric estirar sus dedos y tomar con fuerza el mango. Al
instante supo que solamente estaba preparándose para volver a comenzar y planeaba golpear más
fuerte en los próximos azotes.
—No —suspiró.
Los fríos ojos de Godric giraron hacia ella, ordenándole no interferir. Sus piernas cedieron y
se hundió en el suelo.
Levantó el brazo y lo llevó hacia atrás; el látigo serpenteó en el aire.
Se formó una mancha húmeda en el muslo interno de la nalga del muchacho. La humedad
goteaba en la tierra cubierta de rocío y el hedor a orina atacó sus orificios nasales.
—¡Maldición!
Godric lanzó el látigo al suelo. Aterrizó en una montaña de hojas.
Los soldados colocaron al hombre en el suelo húmedo.
—Ocupaos de sus heridas y preparad los caballos.
Caminó hacia ella, más grande y atroz. Sus cicatrices atravesaban su tostado rostro, todos los
rasgos de debilidad se habían borrado. No había duda de por qué lo llaman Dragón.
Ella retrocedió, deseando desaparecer en la tierra como un gusano. Su boca se abrió pero no
salió sonido alguno.
—Apresúrate y come. Pídele pan y queso a Byron. Hoy cabalgarás.
Su voz ya no tenía la calidez a la que estaba acostumbrada.
Ella temblaba.
—Caminaré —suspiró.
—No, no lo harás.
Su tono no dejaba lugar a la discusión.
—Cuanto más pronto lleguemos a Montgomery, más rápido te puedo garantizar que
continuarás siendo mía.
Meiriona no tenía dudas de lo que eso significaba. ¿La golpearía si se resistía? Apretó la
mandíbula, determinada a mostrar dignidad. Pero no se sentía digna. Sentía pánico.
La pequeña compañía formó las filas a toda prisa después de comer.
—Moveos —ordenó Godric.

83
Capítulo 13

Se acordó una oscura e incómoda tregua entre Meiriona y su raptor mientras cabalgaban
hacia su hogar. La luz del sol oscilaba a través de los robles con un lúgubre resplandor. Las nubes
bajas y grises ensombrecían a la compañía y lloviznaba en deprimentes gotas. Sentada de lado en
su regazo, estaba resguardada por la amplia espalda de Godric y permanecía relativamente seca,
pero Damien parecía tan mojado y miserable como un gato callejero.
En una ocasión divisó una gran torre sobre una colina un kilómetro o dos más adelante.
Sobresalía en la escarpada tierra, con la dominante presencia de una prisión profana. Torrecillas
elevadas y oscuras se encontraban enterradas en la fría y húmeda niebla.
— ¿Ese castillo es nuestro destino?
—Sí, Montgomery.
Con la cabeza, le golpeó la barbilla a Godric mientras miraba la torre. Un sentimiento de
sobrecogimiento y terror la invadió. No esperaba que el hogar de Godric fuera magnífico... o
incluso modesto. Pero Montgomery era el doble de grande que Whitestone. Una vez que entraran
allí, Damien y ella estarían a su merced. Su pecho se contrajo por la falta de control en su vida.
Ella señaló el imponente castillo.
—El rey te recompensó bien.
Godric se inclinó cerca de su oreja.
—Tú eres mi recompensa, no Montgomery.
Ella hizo gestos hacia las ovejas que se encontraban en el valle, a los pies del castillo.
—¿Esa tierra no es tuya?
—No, es la tierra de mi familia.
—Creía que eras bastardo y que no tenías familia.
Godric gruñó en lo profundo de su garganta y espoleó el caballo.
—Eso es lo que soy.
Ella giró para observarlo.
—No era mi intención insultar, pensaba que tus padres no estaban casados, sin embargo, tú
dices «familia».
Una mirada directa la hizo apartar los ojos y mirar el camino que se encontraba debajo del
casco de Vengeance.
—Mi madre era una criada —le explicó—. Falleció cuando yo tenía doce años y vine a vivir
con mi padre.
—Tienes suerte de que te haya reconocido.
Las manos de Godric ajustaron las riendas.
Meiriona hizo una mueca, notando lo malcriada que debía sonarle a él. Le decía que su
madre había muerto y ella comentaba que él tenía suerte. Lo miró nuevamente.
—Perdóname —dijo suavemente, deseando no romper su frágil paz—. No tenía intención de
decirlo de la manera en que sonó.
Asintió en un acto de reconocimiento silencioso a sus disculpas.

84
—¿Eras legítimo? —soltó ella.
—No, mi madrastra me ve como una amenaza a su hijo.
Su voz era dura.
—Oh.
Meiriona no supo qué responder, por lo que se dio la vuelta para ver los setos. Cada pausa
entre ellos, le daba otra mirada al sombrío castillo. No parecía estar más cerca que antes, aunque
los hombres ya habían finalizado una larga ronda de cantos. Vengeance olfateó el aire y se
apresuró, haciendo temblar su aliento. La bestia estaba tan impaciente por pasar los muros como
ella de evitarlos. Godric tiró de las riendas. Los músculos del semental se amontonaron debajo de
ellos, y el caballo brincó de lado. Como su amo, su montura estaba llena de un cúmulo de energía
mantenida en un control cercano.
Un pensamiento superficial daba vueltas en su mente. Quizás ella podría domar a Godric de
la misma manera en que él domó a Vengeance. Quizás podría calmar el deseo de venganza que
ardía dentro de él. Ella podría acordar quedarse con él de manera voluntaria si él abandonaba la
necesidad de poseer su mente.
Ella miró el musculoso brazo que aprisionaba su cintura. Incluso si pudiera, su padre y su
esposo declararían la guerra de todas formas, y eso significaría la muerte para su pueblo. Se sentía
como un peón en un tablero de ajedrez, fácil de sacrificar en beneficio de una pieza de mayor
rango. ¡Si solamente fuera un hombre y pudiera elegir su propio destino!
—Háblame sobre tu familia —dijo después de un rato.
Godric aclaró su garganta.
—Mi padre permitió que su estúpida y malcriada esposa lo manipulase como una marioneta.
—Pero, ¿no es eso lo que los hombres le han estado haciendo a las mujeres durante siglos?
—Es la orden natural de una mujer obedecer a su señor.
La irritación se disparó a través de ella.
— ¿Tu padre todavía está vivo?
—No —respondió lacónicamente.
—¿Sus modales eran como los tuyos?
Godric se volvió cauteloso.
—Éramos parecidos.
Giró el rostro, inclinó su cabeza y lo observó directamente a los ojos.
—¿Ella lo envenenó?
Un rayo de diversión refulgió en los ojos de Godric.
—Ja, ja, ja. Recuérdame mantenerte atada durante la noche hasta que llegue el día en que
crea que podría confiar en ti.
Ella sonrió.
—¿Qué te hace pensar que no me voy a poder liberar de las sogas?
—Mantendré mi mano enroscada en tu cabello y te amarraré fuertemente a mi cama.
Pronunció las palabras con fingida seriedad. Su tono era ronco y había placer en sus ojos.
El corazón de Meiriona palpitaba con fuerza. La idea de estar amarrada a la cama de Godric,
su grande y cálido cuerpo sosteniéndola, no era tan desagradable como debería haber sido.
Se dio la vuelta, con el calor subiéndole por las mejillas.
Un halcón solitario volaba sobre ellos. ¿Un presagio? El ave rapaz agregó desazón, ya que
ella se sentía como un ratón atrapado en las garras del halcón.
—¿Quién es el señor del castillo? —preguntó ella, llevando la conversación nuevamente a un
terreno seguro.
Los brazos de Godric se tensaron alrededor de ella. La tensión emanaba de él como si se
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estuviera enfrentando a un gran demonio. Ella contuvo una necesidad irracional de tocar los
tensos músculos de su cuello de la misma manera que él lo había hecho cuando calmó a
Vengeance.
—Mi despreciable medio hermano.
Su ronca voz sonaba rígida y despareja.
—Ah —dijo Meiriona, entendiendo todo de una vez. Godric era el mayor de los hijos de un
conde. El hijo ilegítimo. Por lo tanto, mientras él podía vivir en el castillo, podía ser educado en el
castillo, incluso podía gobernar el castillo, nunca lo heredaría o sus tierras.
Nunca se le había ocurrido cómo se siente no ser querido y sentir resentimiento. Ella había
sido la heredera de Whitestone toda su vida. Dado que Damien no era hijo de su padre, incluso el
nacimiento de un hermano no abolió su derecho de nacimiento.
—Tu padre te estafó —soltó ella.
Godric tiró de las riendas, frenando a Vengeance. Una mirada fría y azul la atravesó.
—Aunque no fui el legítimo, mi padre me dio un sustento. Tengo tierras propias —dijo con
brusquedad.
—¿Pero vives aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
Él se inclinó inesperadamente y ella se estremeció. Su respiración dio contra su oreja,
haciendo que el cabello del cuello se le erizara.
—La mujer con la que me iba a casar me traicionó.
Su voz tenía emociones ocultas.
Ella había robado su derecho de nacimiento.
La culpa golpeó el corazón.
Un largo e incómodo momento pasó antes de que él se incorporara en la montura. Ella
observó el castillo: su nueva prisión. Llegarían allí dentro de una hora.
—Mi hermano James, el heredero, es un borracho. Permite que su castillo sea invadido por
mujeres.
La culpa se esfumó, y se cruzó de brazos.
—Las mujeres podemos manejar un castillo, ¿sabes? No somos estúpidas.
—La iglesia enseña otra cosa.
Meiriona elevó los hombros.
—Entonces la iglesia está equivocada.
Ella pronunció cada palabra con un aire entrecortado, haciendo caso omiso al hecho de que
había dicho una herejía.
Él se rió en voz alta y golpeó a Vengeance.
—Mi madre hubiera estado de acuerdo contigo completamente.
—Te estás burlando de mí —lo acusó, inclinando su barbilla hacia abajo.
Godric se sonrió. Sus blancos dientes destellaron en la neblina de la mañana, y todo el rostro
se le transformó. Era hermoso.
—Las mujeres sois peligrosamente inteligentes.
Él igualó su pronunciación entrecortada, pero su voz tenía un trasfondo erótico que ella sabía
que nunca podría imitar.
Meiriona levantó una ceja. ¿Estaba cortejándola o burlándose? Mató una pequeña mosca que
volaba alrededor de su cabeza.
—Si tu madrastra es tan horrorosa, ¿cómo es posible que te permita a ti y a tus hombres
refugiarse en el castillo?
86
—Mi hermano es un borracho, pero no es un idiota.
Meiriona comenzó a preguntarse qué había querido decir, pero dos centinelas con armadura
los interrumpieron. Uno era un hombre barrigón y curtido, el otro era un enjuto niño pero ambos
usaban sus armaduras correctamente.
Ella lamentó la intromisión. Fue la primera conversación que le dio una idea sobre la vida de
su raptor.
El castillo estaba lo suficientemente cerca, ya que las cabañas del pueblo se asomaban entre
los robles, y ella supuso que esos eran parte de la patrulla exterior. Ambos guardias la miraban
con curiosidad.
El sol del mediodía se encontraba por encima de la copa de los árboles. Brillaba en el yelmo
del hombre más robusto cuando le daba la bienvenida a Godric. Él desvió la mirada, pero el
delgado guardia continuó boquiabierto. Su mirada revoloteaba desde la sucia y rasgada túnica de
Meiriona hasta su impresionante peineta.
Ella le seguía la mirada que se dirigía hacia su sucio vestido. La enagua se asomaba a través
de la desteñida túnica. Su cabello colgaba en una trenza gruesa y despeinada. Debía de lucir
ridícula. Tomó la peineta de esmeraldas y la colocó en su cinturón.
El brazo de Godric la rodeó como lo había hecho cada noche cuando la bajaba del corcel. Se
estremeció. Vengeance piafó las pezuñas impacientemente. Uno de los guardias colaboró mientras
él la ayudaba a pararse junto al caballo.
—¿Qué estás haciendo?
Ella observó a Godric y a los guardias, quienes asintieron de manera afirmativa. Ramitas
pinchaban la planta de sus pies cuando pisó la tierra.
Las palabras de su padre resonaban en sus oídos. Él arrastraba a sus enemigos a través de las
calles.
¡Santo Dios! ¡Intentaba mostrarla como una prisionera de guerra! Debía haberlo previsto,
pero por alguna razón, no lo había hecho. Su padre había hecho lo mismo muchas veces con sus
cautivos. Decía que eso les quebraba el espíritu. Se les molestaba y se reían de ellos. Les lanzaban
frutas podridas. Si viajaban, los arrastraban detrás de los caballos.
Inclinando su cabeza hacia atrás, observó a Godric.
Su rostro era difícil de leer.
Lo creía un hombre razonable. ¡Idiota! Al mirar a Damien, lo vio acurrucado y temblando
debajo de una fina chaqueta. Como un río de furia, la ira se apoderó de ella.
—¡¿Cómo te atreves?!
Jaló de la peineta que había puesto en el cinturón y se la clavó en el muslo de Godric, quien
gritó y se tomó de la pierna que sangraba.
—Maldición, muchacha. ¿Por qué diablos has hecho eso?
Retrocedió, asombrada por sus propias acciones. ¡Dios misericordioso! La mataría. Y
entonces, ¿quién protegería a su hermano? La peineta cayó en el suelo del bosque desde los flojos
dedos. Se echó hacia atrás.
Damien la observaba boquiabierto y con asombro.
Godric movió a Vengeance y se dirigió hacia ella.
—Debería pegarte con una vara en tu pequeño y bello trasero por eso.
Su espalda golpeó el tronco de un roble y su corazón se sacudía. Sus cabellos quedaron
enredados en una rama del árbol. Quiso tirar pero le dolía el cuero cabelludo. No había lugar a
dónde correr. Plantó los pies y sacó su mandíbula.
—Haz lo que desees, bestia. Nunca me acobardaré frente a ti.
El se acercó.
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—¿Probamos?
Su voz era tan fría como sus ojos y sus manos estaban cerradas en puños.
Repentinamente, cambió de dirección y tomó la parte superior del brazo de Damien,
arrastrándolo desde su montura. Las hojas se resquebrajaban. Los ojos de Damien se abrieron
ampliamente mientras Godric lo empujaba a través del suelo hasta llegar a Meiriona.
—Ya que no te importa tu propio cuerpo, quizás es tu hermano quien deba pagar por tus
faltas.
La mirada de Godric pasó a Bear.
—Trae el látigo.
—¡No!
Se le entumecieron las rodillas por el terror. Recuerdos del horrible sonido del látigo
cortando la espalda de Owain y el olor a sangre inundaron su mente.
Godric acortó la distancia entre ellos, arrastrando a Damien.
—¿Qué dices?
—¡No! ¡No!
Con lágrimas en los ojos, agregó:
—Mi hermano es inocente.
Inclinándose, Godric dibujó la línea de su mandíbula con su pulgar.
—Sí, pero tú no.
Bear sostenía el látigo, pero Godric lo ignoró y Bear retrocedió.
—Hermana...
Comenzó a decir Damien, pero Godric lo interrumpió con una sofocante mirada.
Su orgullo se desvaneció y ella sabía que haría cualquier cosa para mantener a su hermano a
salvo. Odiaba a Godric por eso.
—¿Qué es lo que quieres? —susurró.
El hielo en sus ojos se derritió. En su lugar, apareció una flama azul. La tomó de la barbilla,
obligándola a mirarlo. Un grito seco y ahogado se alojaba en el fondo de su garganta. El limpio
aroma masculino de Godric llenó todos sus sentidos, haciendo que le fuera imposible respirar.
Varios latidos pasaron.
Damien los miraba boquiabierto.
El caliente aliento de Godric le acariciaba la oreja.
—Quiero que dejes de pelear conmigo. Te quiero dispuesta en mi cama.
El miedo se transformó en furia.
—¿Entonces eso es todo? ¿Violas mi cuerpo o el de mi hermano? ¡Demonio! ¡Lujurioso!
Soltó a Damien. El muchacho tropezó hacia atrás y corrió hacia su montura con un extraño
modo de andar. Se le retorcía el corazón.
Godric la cogió por los hombros. La ira ardía en sus ojos.
—No sería así, y tú lo sabes.
—¿Cómo sería? —dijo bruscamente.
Agachándose, él tomó la peineta del suelo con un lento y preciso movimiento. Su mandíbula
estaba rígida cuando se enderezó. Sostenía la peineta frente a su rostro. Una mancha roja de
sangre oscurecía los dientes dorados. Su propia sangre.
—Escoge, o yo escogeré por ti.
Ella tragó, horrorizada.
Colocó las manos en el árbol que se encontraba detrás de ella, formando una prisión de
músculo alrededor de ella. Su cuerpo la envolvía por lo que no podía ver nada más que a él, no
podía oler nada más que a él.
88
Godric se inclinó hasta que su pecho le rozó los pezones. La sensación de un rayo blanco y
caliente corría a través de ella.
—No sería de esa manera en absoluto —susurró, rozándole la frente con los labios.
Le dio un beso en la sien, en la ceja, en la cima de la nariz—. Porque siento cómo tu piel
responde cuando la toco. Siento el latido de tu corazón.
—Es ira y miedo.
Sus manos trazaron un lento sendero bajando por su hombro. Ella se estremecía mientras los
pezones presionaban contra su pecho. Retrocedió para dejar suficiente espacio entre los dos
cuerpos como para deslizar un dedo suavemente por su seno. La sensación pasó del pezón al
canalillo.
—Esto, pequeña, no es ni ira ni miedo —murmuró.
Aunque su vestido y su enagua se encontraban entre ellos, se sentía desnuda. Dio un grito
ahogado y lo empujó hacia atrás para no experimentar el deseo que le serpenteaba en el estómago.
El cogió un mechón de su cabello entre sus dedos y lo frotó.
—Tu pasión coincide con tu cabello.
—Todo el mundo sabe que el cabello rojo es mala fortuna —susurró.
—Bah. Los hombres crean su propia suerte al seguir su pasión. Y la tuya despierta cada vez
que te toco.
Ella apartó el rostro, sin querer escuchar. Sus labios le rozaron la sien.
—La pasión estuvo entre nosotros años atrás.
Le besó la frente.
—Estaba allí cuando te llevé de tu habitación. Y está aquí ahora, a pesar de tu miedo, a pesar
de tu ira y a pesar de tu odio por estar reclamándote de esta manera.
Se cubrió los oídos con las manos. Pero todavía podía verlo, todavía podía sentirlo, todavía
podía olerlo.
Todavía lo deseaba.
—No puedo.
—Entrégate, Meiriona. Ésta es una lucha que no puedes ganar.
—Mi padre... Mi esposo...
—Ellos no están aquí.
Sus caderas tocaron las de ella.
—Estamos sólo tú y yo. Déjame mostrarte todo el placer que tu cuerpo te permita. Todo el
placer que mi cuerpo te permita.
Su voz resonaba en los recovecos de su mente. Su mundo estaba fuera de control.
—¿Aceptas o no?
La voz de Godric era un susurro tenue y sedoso.
Ella sacudió la cabeza tratando de aclarar la niebla en su mente. Con él tan cerca, no podía
pensar. Solamente podía sentir.
Irguió los hombros. Se paró a un lado, tiró del látigo que se encontraba en las manos de Bear
y señalando a su hermano dijo:
—Como desees.
—¡Espera! Sólo trataba de aclarar la mente. Yo...
—¿Sí o no? Elige ahora, Meiriona. Se me acabó la paciencia.
Su voz y sus modales eran severos, sus ojos eran fríos. El atractivo amante ya no estaba y en
su lugar estaba el Dragón. Acercándose, la sacudió del hombro suavemente.
—Ríndete, Meiriona.
Un sonido ahogado salió de su garganta. Ella se oyó decir:
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—Sí.
Sus labios demandaban los de ella. Su lengua entró para explorar y dominar sus sentidos.
Con los dedos, la tomó vacilante del cuello, acariciándole los suaves cabellos de la nuca. El duro
beso se suavizó cuando ella no luchó. El tiempo giraba alrededor de ella.
Tímidamente, su lengua se encontró con la de él. Una danza. Una prueba de todo el placer
que su cuerpo permitiría.
La empujó hacia atrás y la sostuvo a la distancia de los brazos, con una mirada de victoria en
los ojos.
Se aferró a él para no caer.
—Repítelo para que ambos podamos oírlo.
—Sí —susurró ella.
—Más fuerte.
—Sí, petimetre.
—¿Petimetre? —Sonrió—. Nunca me habían llamado de esa manera.
—Lujurioso.
Rió. Su severidad desapareció.
—¿Prometes no escapar si te doy unos momentos para refrescarte?
Habló en un tono tan suave y sensual que ella casi se extrañó por las palabras.
Meiriona parpadeó.
—¿Qué?
—Viajamos bastante. Quizás desees lavarte para sacarte la suciedad de tu rostro.
—¿Suciedad?
Godric rió. Una luz le brilló en los ojos, y ella tuvo la impresión de que su rostro estaba
cubierto mugre.
Tímidamente, se limpió la nariz. Él lucía irresistible mientras que ella seguramente se
asemejaba a algo que había sido arrastrado de cabeza a través de la campiña inglesa.
—¿Y? ¿Lo prometes? —volvió a preguntar.
Ella arrugó el entrecejo.
—¿Me has bajado del caballo para que pueda asearme?
Una mirada de completo desconcierto cruzó el rostro.
—Sí.
—¿Nunca has pretendido desfilarnos a Damien y a mí a través de todo el pueblo como
prisioneros de guerra?
Levantó una ceja y parecía genuinamente sorprendido.
—Con seguridad que no. ¿Por qué has creído eso?
—Los guardias... Tú me bajaste... ¡Ay, por todos los Santos!
Sentía las mejillas en llamas. Ella empujó su pecho, aunque él no se movió.
—No voy a mantener una promesa que realicé bajo coacción.
—A mi parecer, sí mantendrás tu promesa.
Se agachó un poco y le besó la nariz. Su cuerpo rozó el de ella y sus emociones se agitaron
como un estandarte en el fuerte viento. Deseo. Miedo. Ira.
—Ah, demonios.
—Apresúrate —insistió, frotándole la mejilla con el pulgar—. Cuento el tiempo.
El rió y la dejó observando su gran espalda mientras caminaba con aire arrogante hacia los
otros, que se encontraban a corta distancia.
Bear lo golpeó en el muslo. Cuatro aplausos, lentos y burlones golpearon el aire. Ella se
avergonzó al darse cuenta de que la mayoría de los hombres habían estado observando.
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—Deténganse —gruñó Godric.
Bear sonrió.
Meiriona cerró los puños. Sentía el pecho oprimido por la humillación. ¡Malditos hombres que
creen que las mujeres no son nada más que otra conquista por ganar!
Estirando sus largas piernas, Godric tomó la vasija de agua de su montura y se la aventó a
ella. Sus labios se elevaron con una sonrisa de complicidad, arrugando la piel alrededor de su
creciente cicatriz.
Pero sus ojos parecían hablar. Todos los placeres que tu cuerpo permita.
Apartó su mirada de él y se dispuso a comenzar su tarea de ponerse presentable. Se lavó el
rostro con lo último que tenía la vasija y volvió a trenzarse el cabello crespo. Estaba tan enredado
que debió trenzar la mayoría de los nudos. De todas formas, no estaba tan maltratado como lo
había estado anteriormente. Aunque no podía decir lo mismo de sus sentimientos.
Con la falda, quitó la sangre de la peineta antes de colocársela nuevamente en el cabello.
Continuaba estando ridícula, pero era lo mejor que podía hacer por el momento.
—Estoy lista.
—Entonces, hacia Montgomery.
Momentos más tarde, las fuertes manos de Godric la sujetaron de la cintura mientras la
colocaba sobre Vengeance y montaba detrás de ella.
Bear iba cerca con su caballo. Con su único brazo, le arrojó un atado de ropa a su amo.
Godric sonrió y cogió un manto de lana que olía a lejía y a hierba fresco. Se lo colocó alrededor de
los hombros, ocultando la fea túnica.
Ella debía haberle agradecido el gesto cortés, pero sentía que era muy inapropiado hacerlo.
El estómago le dolía por la mezcla de sentimientos que se le arremolinaban adentro.
Todos los placeres que mi cuerpo permita. Deseaba sacarse ese pensamiento de la mente. Con
suerte, la encerraría en una habitación solitaria una vez que llegaran a la torre, y ella tendría
tiempo para pensar con sensatez sobre su situación.
El camino era lo suficientemente amplio como para que dos carros pasaran mientras ellos se
acercaban al castillo. Los surcos eran profundos y antiguos. Ella se frotó los tensos músculos del
cuello mientras continuaban hacia las dos torres redondas que indicaban la entrada a
Montgomery.
La postura de Godric hacía eco de su tensión. Parecía más tenso y dominante con cada paso
hasta que no quedó nada del amante seductor. Las venas azules de sus antebrazos latían con
fuerza a medida que doblaba y estiraba su mano contra la rienda de manera angular y severa.
Era como si un extraño la estuviera sosteniendo. Ella se movió levemente, pero su mano
alrededor de su cintura no apretó. Meiriona estaba extremadamente consciente de que los
músculos de su antebrazo presionaban contra su seno, pero él parecía no darse cuenta. Estaba
enfocado en el castillo.
La falta de su atención la hacía sentir más expuesta que sus indeseadas insinuaciones.
Mientras a ella le daba vueltas en la cabeza el hecho de que él podía darle todos los placeres que
su cuerpo le permitiera, a él parecía no afectarlo en lo más mínimo.
Meiriona estudió el terreno. Un mortero blanco y cuidado brillaba a la luz del sol. El río
había sido desviado para que el agua clara de un foso profundo rodeara el castillo. Torres
redondas, con receptáculos para flechas distribuidos a lo largo de las gruesas paredes. Esa sería
una formidable torre para sitiar.
Mientras los caballos repiqueteaban a través del puente levadizo e ingresaban a través de la
torre de entrada, ella miraba a su raptor. Las líneas alrededor de la boca estaban tensas.
Dos guardias los recibieron en la entrada y los condujeron por debajo del rastrillo. Se podían
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ver unos ojos que brillaban mientras miraban para abajo desde las aberturas que se encontraban
sobre ellos.
Viraron repentinamente hacia la izquierda una vez que llegaron al amplio patio del oscuro
castillo. El olor a gente abarrotada se mezclaba con el aroma a levadura de pan fresco. La hierba
estaba pisoteada y raída. Huellas de tierra conducían a varias torres y edificios. Los senderos
estaban inquietantemente vacíos y parecían huesos secos. Los campesinos se escondían en las
sombras y espiaban en las esquinas mientras los hombres se presentaban. El castillo de Meiriona
era alegre, mientras que ése parecía lúgubre y muerto.
Aunque los hombres volvían de un saqueo triunfal, no había estandarte de victoria
agitándose, gracias a Dios. Era de mal gusto pensar en ver a otros regocijándose sobre la derrota
de su pueblo.
Meiriona pescó la gran mirada de una criada que se escondía detrás de un tanque de agua.
La mujer se quitó la toca y se deslizó en las sombras.
—Tu pueblo te tiene terror.
—Es porque te traje a ti aquí.
—¿Por qué han de tenerle miedo a eso? —preguntó.
Godric no respondió. En cambio, miró por encima de su cabeza y a través del patio.
Una pequeña niña corría hacia ellos, moviendo sus brazos con fuerza. Tenía la piel color
oliva, cabello oscuro y unos enormes ojos color azul noche. Una falda de terciopelo azul volaba a
su alrededor en una ráfaga de movimiento.
—¡Papá, papá!

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Capítulo 14

¿Godric tenía una hija?


El asombro bañó a Meiriona. Nunca se le había ocurrido que un hombre tan aterrador
tuviera un hijo. Bueno, quizás un hijo bastardo o dos desperdigados por la campiña, pero no una
pequeña niña que corriese hacia él y lo llamase «papá».
El entumecimiento se apoderó de las extremidades de Meiriona. En la posición en que se
encontraba sobre la falda de su raptor, solamente podía ver perpleja a la niña.
La chiquilla se detuvo junto al gran corcel y elevó sus flacuchos brazos hacia él, picaros y
exigentes. Tenía unas manos pequeñas y delicadas pero las uñas enganchadas. Había suciedad
adherida a sus palmas. Vengeance agitó la cola y olfateó la cabeza de la niña. Ella no se marchó
sino que elevó sus manos más arriba.
—Cárgame, papá.
Godric se agachó y su musculoso brazo se estiró hacia la niña.
—¡Cielos, no hay lugar para tres personas sobre un caballo!
El miedo hizo que la voz de Meiriona se elevara. Vengeance podía desbocarse y aplastarlos.
La niña rió tontamente y envolvió sus regordetas manos alrededor del antebrazo de Godric.
Él la levantó con un sólo musculoso brazo. Sus pequeños pies se elevaron del suelo como si
estuviera atrapada en un viento mágico.
Godric colocó a su hija sobre su pecho. Ella se retorcía como un animal salvaje atrapado en
una bolsa de caza. Meiriona se agachó para evitar las agitadas piernas de la niña. El pie de la
pequeña golpeó la sien de Meiriona.
—Santo Dios —gritó ahogadamente Meiriona, cayéndose hacia atrás y cogiendo a Godric
para mantener el equilibrio. El manto que llevaba alrededor de los hombros se deslizó hasta la
hierba.
La pequeña rió. Vengeance resopló y brincó hacia los lados.
—¡So! ¡Quietos, los dos!
Meiriona se enderezó, aferrada a los muslos de Godric.
—Yo no era la que se estaba moviendo —se defendió.
El rostro en forma de corazón de la niña carecía de expresión. Tenía aroma a niña dulce:
hierba y flores silvestres. Mirando a Meiriona con sus grandes ojos en forma de almendra, susurró:
—¿Quién es ella?
Los ojos de Godric brillaron con amor tácito.
—Ella será tu nueva mamá.
—¿Cómo?
Tanto Meiriona como la niña exclamaron al mismo tiempo.
La niña miró con sus ojos azules a Meiriona. Tenían el mismo matiz que los ojos de Godric.
—No me agrada.
Su hermoso rostro cambió a otro que decía lo que no le agradaba. Su padre no la obligó.
—No ocuparé el lugar de tu madre.

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Meiriona trató de sonar tranquilizante. Moviendo la cabeza, miró a Godric con el entrecejo
arrugado.
—Planeo marcharme tan pronto como tu padre me lo permita.
—No, no lo harás —dijo Godric.
Vengeance corrió hacia los costados nuevamente y resopló, agitando la cola. Meiriona sintió
que su estómago se desplomaba.
—No me agrada —insistía la chiquilla mientras su pequeña mano recorría la línea de la
cicatriz que iba desde su ojo hasta su barbilla.
Godric ladeó la cabeza como si esa posibilidad nunca se le hubiera ocurrido.
—Espero que vosotras aprendáis a llevaros bien.
Los ojos de la niña se abrieron aún más y Meiriona tuvo la impresión de que él nunca la
había contradicho antes.
—No quiero llevarme bien.
Vengeance resopló nuevamente y brincó hacia el costado, agregando su parte a la discusión.
—Tu caballo quiere que desmontemos —comentó Meiriona.
Tirando de las riendas, Godric detuvo a Vengeance. Se inclinó y colocó a su hija en el suelo,
dejando a Meiriona aferrada a sus piernas, con las uñas clavadas en sus muslos.
—¡Desearía que no hicieras eso!
Mientras él se podía sentir perfectamente cómodo recostándose sobre un costado del
semental, eso hacía que ella se mareara.
Desde abajo, la pequeña se colocó las manos en las caderas y sacó el labio inferior.
—No me agrada papá.
Godric desmontó, luego asistió a Meiriona para descender del semental y le besó la frente de
su hija.
—Ahora, gatita, nada de eso.
La bella niña sacudió la cabeza. Los negros bucles rebotaban de un lado al otro.
—Devuélvela.
Meiriona miró a su raptor y luego, a la pequeña.
—Sí, señor, tu hija tiene una brillante idea. Devuélveme.
Godric arrugó el entrecejo. Su suavidad paternal se esfumó.
—Nada de eso.
Le hizo señas a uno de los hombres para que se ocupara de Vengeance. Meiriona observaba
cómo llevaban al caballo a través del patio y del portal hasta otro sitio amurallado del gran
castillo. La inmensidad del patio interior la hizo comprender lo inútil que sería que su padre
sitiara el lugar para recuperarla. Quizás ella podría escapar sin que nadie lo notara, reflexionaba
mientras se rascaba la barbilla. Pero no sin Damien.
Buscó a su hermano y lo vio hablando con Bear. Parecía contento en su cautiverio. Se
estremecía al pensar en la amenaza de Godric con el látigo.
Los hombres de Godric estaban dispersos alrededor del patio en varios tablados para
desmontar. La gente del castillo apareció por una entrada sombría y comenzó a poblar el patio. El
olor a caballos se mezclaba con el aroma a pan fresco. En la distancia, el ruido metálico del
martillo del herrero golpeaba con ritmo constante.
—Ven —ordenó Godric, colocándole la mano sobre el hombro y recogiendo a su hija. La
pequeña niña la observaba desde los brazos de Godric con sus grandes ojos.
—¿Cuántos años tienes, pequeña? —preguntó Meiriona amigablemente mientras Godric las
conducía hacia un arco abierto.
La pequeña niña abrió la boca y sacudió la cabeza.
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—No quiero hablar con ella.
—Gatita, sé cortés.
Godric acarició el oscuro cabello de la niña.
—Tiene dos —contestó él—. Y es un poco tímida.
Malcriada sería mejor, pensó Meiriona de mal humor.
Con sus sucios dedos, la niña le tiró de la oreja y la acercó a su boca.
—Se viste de manera graciosa —dijo susurrando.
—Tu padre eligió estas ropas para mí.
Meiriona extendió su larga túnica como si fuera un vestido e hizo una reverencia burlona.
—¡Él buscó una exactamente igual para ti!
La pequeña lo miró, con sus amplios ojos suspicaces, y Meiriona rió. Era difícil culpar a la
niña por los modales que obviamente provenían de su padre.
—¿Cuál es tu nombre, niña?
—Vamos, díselo —indicó Godric.
—No quiero decírselo —dijo, escondiendo el rostro en la túnica de él. Su flacucha pierna dio
un puntapié a Meiriona en el proceso.
—¡Ay!
Meiriona se frotó el adolorido hombro.
Godric besó a su hija en la cabeza.
—Su nombre es Amelina.
Una fuerte voz masculina sonó en el patio desde lo más profundo de una oscura habitación.
—Entonces, Godric, hermano, has llegado.
Arrastraba las palabras como si su dueño se encontrara ebrio.
Meiriona miró hacia el arco de entrada, curiosa por ver quién había hablado. Pero se
encontraban al menos a veinte pasos, muy lejos para poder ver lo que hubiese dentro. La entrada,
muy oscura, parecía como la entrada de una oscura caverna.
—Bueno, vamos, déjame ver a la mujer... tu presa.
—¿Todos aquí creen que soy un presa a ganar?
—Mi hermano está ebrio nuevamente —refunfuñó Godric, ignorando su pregunta y
tomándola del codo. La condujo hacia el arco de entrada desde donde provenía la voz.
Una criada surgió mientras ellos se acercaban y extendió los brazos hacia la pequeña niña.
—Ven aquí, Amelina. Debemos cambiar tus ropas para el banquete de esta noche.
Amelina se deslizó hacia los brazos de la mujer, riendo.
—¿Puedo llevar mi vestido verde? Papá dice que estoy muy bella con él.
—Sí, mi niña.
—Enviaré alguien a recogerte —dijo él.
Godric besó a su hija en la cabeza, y Meiriona se preguntó qué clase de padre sería. La
sirvienta se llevaba a la niña y ésta se iba saludando frenéticamente a su padre. Se dirigieron a una
torre y subieron los escalones que conducían al castillo.
Godric se volvió y condujo a Meiriona hacia el arco de entrada. Ella decidió que era
preferible dejar sus reflexiones para otro momento. Una apuesta mujer con un vestido rosa se
apresuró hacia ellos. Su cabello plateado estaba trenzado en una cola alta y estaba cubierto con un
sutil velo que remarcaba sus oscuros y furiosos ojos. Podría haber sido un poco mayor o menor
que Godric pero su hermosura era tan asombrosa que era difícil darse cuenta. La tensión en la piel
de porcelana de su rostro indicaba desagrado. Su mirada pasó por el enmarañado cabello de
Meiriona y por la manchada túnica. Después de dar una desdeñosa mirada, observó a Godric.
—Bienvenido a casa —saludó con desdén.
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Claramente, no era una bienvenida. Su voz, como garras chirriando por las rocas, asustó a
Meiriona.
—El festín todavía no está preparado.
—Bueno —dijo Godric.
La mujer se paró entre él y la entrada.
—Tal vez os agradaría lavaros antes de dirigíos al gran salón.
Observó a Meiriona con mordacidad.
Meiriona se quedó petrificada y permaneció en silencio.
—No.
Godric subió los escalones.
—Mantente apartada.
La mujer cedió tras un profundo suspiro.
—Sí, señor.
Las palabras eran correctas, pero su aura era la de un enemigo furioso.
La mujer se volvió y se dirigió hacia el tanque de agua, echando una mirada de puro odio a
Godric cuando dejó de observarla.
Las líneas alrededor de los ojos de Godric se tensaron, haciendo que una pequeña cicatriz se
arrugara.
—No le agradas —susurró Meiriona.
—No.
Godric condujo a Meiriona hacia arriba, con su tibia mano contra la región baja de la espalda.
—¿Quién es...?
—Los problemas de mi familia no son de tu incumbencia.
La boca de Godric era un tajo sombrío, y su postura no admitía discusión. La tomó del codo
y la guió a través del arco de piedra. Ella parpadeó mientras sus ojos se adaptaban a la tenue luz
del gran salón de Montgomery.
El hedor era sorprendente. La habitación apestaba a vino añejo, esteras pisoteadas, comida
podrida y vómito. Ella se cubrió la nariz para evitar las náuseas. ¿Vivían cerdos en el gran salón?
Los caballetes de las mesas soportaban las mesas colocadas pero no tenían comida y tampoco
había invitados. Las patas de los perros se clavaban en las esteras. Cortinas de terciopelo color
vino cubrían las ventanas, haciendo que la habitación se viera oscura, fría y austera. No ardían
velas; no brillaba el fuego en la chimenea; no había tapices en las paredes.
Los sirvientes salieron de allí y aparecieron otros llevando jarros y fuentes a un joven hombre
desplomado en una gran silla, en el centro de la gran mesa, sobre la tarima. En contraste con las
mesas inferiores, anguila, cerdo, venado y vegetales amenazaban con caerse de las fuentes que se
encontraban a gran altura.
El joven señor era una copia de Godric, cabello oscuro y salvaje y altos pómulos. La única
diferencia era que él era más joven y no tenía cicatrices. Donde Godric tenía arrugas en la frente
por arrugar el entrecejo, el rostro de éste era aniñado y sin arrugas.
La civilidad parecía abandonar a Godric a medida que caminaba por la habitación. Su
mandíbula se endureció. Sus ojos se entrecerraron. Su túnica negra se volvió tensa alrededor de
sus hombros como si la tela apenas pudiera contenerlo. Ella se estremeció al ver su
transformación.
James observaba a Godric con ojos furtivos, perdidos y enrojecidos. Él parecía tambalearse al
borde de la inconsciencia. Una copa caída formaba un charco en la mesa de madera ante él y el
líquido goteaba a las esteras. Aunque sus hombros eran casi tan anchos, parecía patético en
comparación con Godric.
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Una criada le trajo una jarra de caña a Godric, y luego huyó de él como un ratón asustado.
Godric caminó a través del extenso salón, dejando a Meiriona boquiabierta en la puerta.
—Tú, borracho —dijo con voz resonante, golpeando el puño contra la mesa.
Meiriona saltó por la intensidad de su voz, y el desplomado señor dio una sacudida sin
sentido. Sus labios se movieron sonriendo de manera estúpida.
—Así que mi hermano bastardo está en casa —dijo arrastrando las palabras.
Se sentó derecho, pero su cabeza se tambaleaba.
Los dedos de Godric se cerraron en la túnica de su hermano y lo enderezó.
—Maldito idiota.
Estremeciéndose, Meiriona miró hacia la puerta. Los hombres de Godric, incluyendo a Bear y
a su hermano, se presentaron en la habitación, impidiendo su escape. No tuvo más opción que
presenciar lo que estaba por ocurrir. Rogó que no se repitiera la escena con Owain.
—Buenos días, hombres —dijo el hermano, ebrio—. ¿Habéis tenido un buen saqueo?
Godric lo sacudió. Las venas en el dorso de sus manos saltaban con tensión. La túnica gris
del hombre temblaba.
—No juegues —dijo Godric.
Miró alrededor de la recámara.
—Me ausento del castillo durante una semana y ¿encuentro esta pocilga cuando regreso?
Los perros metieron sus colas entre las patas y avanzaron lentamente hasta los bancos.
Meiriona contuvo el aliento. El nauseabundo aire quedó atrapado en su garganta y se ahogó. Se
había puesto la mano sobre la boca y la nariz y respiraba solamente cuando era absolutamente
necesario.
Notó que varios de los hombres de Godric también se tapaban la nariz. James empujó contra
Godric, pero su movimiento no tuvo efecto.
—Este es mi castillo. Puedo hacer lo que me plazca.
Nobleza significaba deber antes que placer. Godric tenía razón con respecto a su hermano; él
no merecía el reinado.
De pronto, Godric soltó a su hermano y el joven tropezó para caer en la silla.
—No, tú no puedes hacer lo que te plazca si eso significa privar de comida a los campesinos
y vivir en la mugre.
El hermano de Godric agitó un brazo y se puso de pie balanceándose inestable.
—Nadie ha sido privado de comida.
Godric lo cogió de la túnica con un puño antes de que cayera nuevamente en la silla.
—Lo habrá, si el señor no aprende a controlar su afición a la cerveza.
Godric escupió la palabra «señor» como si le irritara.
—Solamente probé la cerveza.
El hombre golpeteó el hombro de Godric con torpeza. Sus dedos temblaron.
Godric levantó un brazo nuevamente. La piel se tensaba a través de los músculos.
La pálida mujer se apresuró a entrar en el recinto, empujando a Bear y a los demás hacia un
costado. Su falda rosa se arremolinaba a su alrededor de manera histérica.
—¡Suéltalo! —le gritó. Su aguda voz rebotó en las paredes vacías.
—Si tú lo controlaras en mi ausencia, no tendría que hacerlo entrar en razón mientras estoy
aquí.
Godric bajó el puño y colocó a su hermano nuevamente en la silla.
La mujer sacudió la cabeza, moviendo el velo hacia delante y hacia atrás como si fuera un
estandarte arrancado por el viento.
—No puede evitarlo. ¿No puedes ver que está enfermo?
97
Godric empujó con un pie, la silla del joven lejos de la mesa. El hombre, ebrio, cayó hacia
atrás; solamente los brazos de la silla impedían que cayera al suelo.
Meiriona se encogió, sintiendo cómo se acumulaba la tensión en el aire como una inminente
tormenta.
—El no se encuentra enfermo —refutó Godric.
—Su estómago es débil, no puede tolerar la comida — alegó la mujer con los ojos abiertos
por completo con una apelación para que Godric entendiera—. He estado cuidándolo toda la
semana.
Godric abrió su boca con indignación.
—Está ebrio.
El hombre se tambaleaba y elevaba su puño hacia Godric.
—Ahora, escúchame.
Godric lo empujó en la silla y se dirigió a la mujer.
—Tú lo proteges de mí. ¿Por qué no lo proteges de él mismo?
La mujer tembló como un conejo y comenzó a llorar. Su voz se elevaba con inquietud.
—Lo he estado cuidando —repitió—. Solamente necesita dormir un poco.
Un fuerte tic nervioso latió en la mandíbula de Godric, que apretó el puño.
La mujer parecía encogerse en estatura. Hundió la cabeza en el cuello y giró el rostro como si
esperara un golpe.
De reojo, Meiriona vio a Damien estremecerse.
Recogió el dobladillo de su túnica, corrió y se interpuso entre Godric y la mujer.
—Déjala.
Los otros hombres estaban tan quietos que hasta se podría haber oído el menor susurro.
Godric inspiró profundamente. Evidentemente, la fetidez de la habitación no lo afectaba.
—Atrévete a interferir.
La tomó de los brazos. Ella se sobresaltó. Godric cogió el extremo de su trenza provocando
en ella un grito ahogado. Meiriona se echó hacia atrás y él envolvió la trenza lentamente alrededor
de su puño, atrayéndola como un pez atrapado hasta que sus narices casi se tocaron.
—No tienes ningún derecho aquí —susurró. Aplastó sus labios generosos hasta llegar a una
fina línea. Parecía peligroso e impredecible como un mar negro y tempestuoso.
Ella sacudió su cabeza, luchando por liberarse. Le dolía el cuero cabelludo donde su mano le
sujetaba el cabello.
—Ten cuidado, mi bella cautiva. Conozco muchas maneras de domar a una mujer y no todas
son agradables.
Godric le dio un severo beso de castigo en los labios. Su corta barba le raspó las mejillas. Ella
sintió la ira y la violencia ardiendo bajo su fachada de buena educación. A pesar de eso, un fuego
se extendía a través de sus miembros y cierta humedad fluía de su interior de mujer. Qué
traicionero era su cuerpo. Él ejercía un poder sobre ella que no tenía nada que ver con la fuerza
bruta. Apartó sus labios, pero todavía la sostenía en el lugar.
El beso era una advertencia. Ella lo sabía. Una prueba de que ella no era más que un bien
para él. Nada más que una prostituta, si ésa era su voluntad. Terror y deseo se acumulaban dentro
de ella, luchando entre ellos y provocándole calambres en el estómago.
Uno de los hombres tosió y sus mejillas comenzaron a arder. Ella presionó contra Godric,
pero su puño la sostenía firmemente.
Su indignación se convirtió en ira.
—Suéltame.
Godric le hizo una señal a Bear que se encontraba de pie junto a la puerta.
98
—Lleva a mi indisciplinada mascota a mi recámara. Enciérrala allí.
Bear dio un paso hacia delante, alcanzándola con su fornida mano.
Meiriona apretó los dientes por la frustración. Luchó contra la necesidad que sentía de patear
a Godric en la espinilla. Lo único que le impedía hacerlo era saber que él no dudaría en besarla
nuevamente.
Sintió las mejillas en llamas.
Con movimientos medidos de sus muñecas, Godric le soltó el cabello. Lo hizo lenta y
pausadamente, perforándola con la mirada, desafiándola a moverse. Ella se mantuvo en el lugar,
decidida a no permitirle ver lo asustada que estaba.
La larga trenza se balanceó cerca de sus caderas cuando él la soltó. Retrocedió,
distanciándose de él.
El hermano menor elevó su copa para brindar.
—Entonces, obtuviste la presa que fuisteis a buscar.
Bebió un gran trago de vino.
—Es bella pero necesita que la domestiquen.
Godric miró a su hermano.
—Es exactamente lo que tengo intenciones de hacer con ella.
El miedo le perforó el estómago a Meiriona. Todos alrededor de ella eran extraños. Estaba a
merced de Godric. Él podía alimentarla, matarla de hambre, golpearla, encerrarla en un calabozo.
O bien, podía acostarse con ella.
Observó a la pálida mujer que había causado este alboroto. Quizás podría encontrar una
amiga allí. Pero la mujer se recluyó en las sombras, mordiéndose los labios y estrujando las manos.
Meiriona se cruzó de brazos, decidida a que, sin importar el resultado, Godric no tendría una
victoria fácil.
—No dormiré en tu recámara.
Uno de los hombres tosió como para esconder una risita.
Godric se volvió hacia la mujer.
—Encuentra ropa para que use mi cautiva.
La mujer suspiró y asintió de manera forzada.
—¿Cómo te atreves a intimidar a esa mujer de esa manera? —exclamó Meiriona.
Elevando una ceja a Bear, Godric señaló la puerta.
—Ve. Iré enseguida. Bear tiró de su brazo.
—Por favor, señora. No deseo que me castiguen, incluso por vuestro propio bien.
Meiriona entrecerró los ojos mirando a Godric, sintiéndose como un lobo acorralado.
—¡No soy tu prostituta!
—¡Llévala a mi recámara! —rugió Godric.
Obedeciendo como si le hubieran disparado una flecha en el trasero, Bear hizo una
reverencia baja y exagerada a Meiriona.
—Por favor, señora, seguidme. Os llevaré a la...
Cortó sus palabras con torpeza como si odiara tratar a una dama de esa manera.
—¡Ahora!
Bear casi arrastró a Meiriona desde el gran salón. Haciendo crepitar las faldas, la mujer con el
vestido rosado salió del salón detrás de ellos.
Meiriona se sentía como un santo indebidamente condenado a una eternidad en el infierno.

99
Capítulo 15

Los pies de Meiriona se arrastraban sobre la desgastada piedra que conducía hacia la
escalera y al estrecho corredor que conducía hacia la recámara de Godric. Temor y frustración le
perforaban el corazón como flechas envenenadas.
Desde su llegada a Montgomery, Godric se había vuelto extraño. Su dulzura había
desaparecido, y había sido reemplazada por algo duro, cortante y exigente. Le corrían escalofríos a
lo largo de la columna a medida que se preguntaba qué le sucedería en el futuro. Cerró los puños,
negándose a entregarse a su temor.
La mujer junto a ella resopló, lo que sumó más desazón a la inquietud de Meiriona. Si la
mujer hubiera manejado mejor a Godric, no la estarían llevando a su recámara como una oveja
que van a matar.
El humo proveniente del sebo de las velas le hacía arder los ojos. Pestañeó ante el parpadeo
amarillo y anaranjado de las llamas. Bear tiró con cuidado de su codo, guiándola hacia los
corredores del castillo. Él dejó pasar varias puertas antes de detenerse en frente de una de roble al
final del largo corredor. Un corpulento guardia, bajo, con un rostro feo y virulento y sin un ojo,
estaba sentado en una silla junto a la puerta. Sostenía un hacha de guerra en el regazo.
¡Por todos los cielos! Godric no se debía de sentir cómodo en su propio hogar si necesitaba a
un guardia en su recámara en tiempos de paz.
—El amo Godric me ha ordenado depositar a esta dama aquí —explicó Bear señalando la
recámara con su único brazo.
El guardia gruñó. La comisura de su boca dio otro gruñido.
—Quizás deberías cerrar con llave la puerta.
Bear la observó con recelo y golpeó su pulgar contra su anillo robado.
—Nos costó traerla y el amo tiene unos asuntos que concluir con ella.
Meiriona ovilló las manos. Su enojo y exasperación crecían a medida que pensaba en cómo
Godric y sus hombres la habían tratado como un pedazo de tierra.
Sosteniendo el hacha de guerra firmemente en una mano, el guardia abrió la puerta y
permaneció de pie a un costado. Él mismo le indicó que entrara a la habitación.
—Cuidaré a la dama —dijo. Su voz era densa y áspera.
Lanzándole una mirada irritada, Meiriona tiró los hombros hacia atrás y caminó a través de
la puerta como una reina. Escuchó a la mujer deslizarse detrás de ella.
Meiriona se quedó sin aliento cuando cruzó el umbral. La recámara era enorme. Una
extensión del hombre que la ocupaba. Olía a cuero, a sándalo y a Godric.
Decorada en color bordó y azul noche, con muebles oscuros y pesados, la habitación era tan
exuberante como la recámara de un sultán. Era sobrecogedora y agobiante pero consoladora y
atractiva al mismo tiempo. Encontrarse allí la hizo sentir como si los brazos de Godric la rodearan.
Preocupación y deseo se arremolinaban, creando un sólido nudo en su estómago.
—No puedes dejarme aquí —susurró—. Por favor, llévame a otro lugar a donde pueda
cambiarme de ropa.

100
Bear asintió de una manera cortés que hizo que su barba roja se agitara antes de dar un
portazo sin decir una palabra. El cerrojo encajó en su lugar.
Meiriona parpadeó y miró a su alrededor, sintiéndose más frustrada que nunca en su
cautiverio.
La luz que provenía de una ventana dividida en seis cristales se reflejaba a través de la
habitación. La luz del sol brillaba a través de una pequeña mesa de mármol blanco en la parte
superior. La familia de Godric debía de ser muy adinerada para poder pagar todo ese cristal,
reflexionó. Gruesas alfombras árabes adornaban el suelo de madera lustrada.
Una enorme cama con cuatro postes, con patas talladas y una cabecera con ornamentaciones
oscuras estaba situada contra la pared este. Llamas talladas se encontraban en la parte superior de
las columnas.
Hizo un recorrido con la mirada. La cama hacía surgir todos sus sentimientos de frustración,
vulnerabilidad y nostalgia. Resaltaba tanto en el corazón de la recámara que imágenes eróticas se
formaban en su mente. Eso la hizo querer golpear la puerta y gritarle a Bear que la llevara de
regreso, pero también la hacía peguntarse cómo se sentiría acostarse debajo de Godric mientas él
la besaba nuevamente.
Escuchó pasos pesados al final del corredor, lejos de allí. La pálida mujer resopló
llamativamente y emitió un agudo gemido.
Meiriona la observó. Todos sus lloriqueos y resoplidos eran muy irritantes. Completamente
impropio para una dama de su clase.
Aparentemente haciendo caso omiso al ceño fruncido de Meiriona, la mujer suspiró de
manera exagerada y cruzó la habitación. A pesar de toda la rigidez de su rostro y de su columna,
caminaba con gracia y elegancia. Su calzado se deslizaba silenciosamente a través de la lujosa
alfombra oriental. Se sentó en la única silla que había en la habitación: un sólido trono.
La silla la tragó. Tenía una estructura pesada, tan prominente e indecente como la cama. Su
cabello rubio-plata contrastaba claramente con los oscuros cojines. Cabezas de leones
boquiabiertos estaban talladas a los lados de sus amplios brazos y en la cima de su alto respaldo
tapizado. Por un segundo, Meiriona se imaginó las grandes botas negras de Godric sumergidas en
la alfombra de piel de oveja que se extendía debajo.
La mujer miró a Meiriona con cierto asombro estúpido. Sus ojos parecían embrujados y
Meiriona no pudo evitar sentir un poco de lástima por ella.
—Realmente no quiso decir que dormiré aquí —Meiriona dijo finalmente, rompiendo el
incómodo silencio.
El rostro de la mujer era una quebradiza máscara de resentimiento.
—¿No has descubierto que Godric hace lo que quiere?
—¿Quién eres?
—Soy —hizo una pausa, como si fuera a hacer una gran proclamación— la malvada
madrastra.
Meiriona arrugó el entrecejo al considerar la joven apariencia de la mujer.
—¿Tú eres la madrastra... de Godric?
La mujer asintió. El cabello rubio albino resbalaba contra el oscuro cojín de la silla.
—Pero si tienes la misma edad que él.
Meiriona frunció la boca, tratando de entender la relación.
—Tengo seis años más que él —sonrió la mujer, con un gesto radiante y brillante. Su rostro
se transformó de hermoso a extraordinario.
—Las mujeres de mi familia envejecen bien.
Es verdad, pensó Meiriona.
101
—Estoy confundida. ¿Tú has contraído matrimonio con el padre de Godric?
¿Esa sensacional criatura era la mujer que Godric afirmaba que era el estúpido y celoso
flagelo de su juventud?
—Sí, me dieron en matrimonio al difunto lord de Montgomery, Dios lo tenga en la gloria,
cuando tenía quince años. Tuve un hijo y vivimos tranquilamente durante varios años felices.
Luego, Godric cambió todo eso.
—Continúa—dijo Meiriona, ansiosa por saber más de su raptor.
Haciendo una mueca, la mujer sostuvo firmemente los brazos de la silla.
—Mi esposo, Dios lo tenga en la gloria, sabía que estaba muriendo y vio al fuerte y luchador
niño como una manera de redimir sus pecados pasados.
—¿Qué quieres decir?
Meiriona se recostó contra la puerta.
—Mi señor marido quería convertir al niño en un aristócrata. ¿Te lo puedes imaginar? Me
refiero a que Godric es un bastardo, el imbécil de una prostituta del pueblo.
—Su madre no era una prostituta.
Meiriona se cruzó de brazos, insegura de por qué sentía la necesidad de defender a un
hombre tan exasperante como Godric.
La mujer resopló con desdén.
—Cualquier mujer que tiene un hijo fuera del matrimonio no es mejor que una prostituta, si
me lo preguntas.
—Es mejor que Godric no te oiga hablando de esa manera —advirtió Meiriona.
La madrastra hizo un sonido de desaprobación.
—Lo juro, mi esposo, Dios lo tenga en la gloria, hubiera legitimado al bastardo si mi padre
no se hubiera opuesto con tanto fervor.
Su voz aguda irritaba a Meiriona. Por la manera en que honraba a su esposo cada vez que
menciona su nombre, bien podía creerse que el hombre había sido un verdadero santo, pensó
Meiriona enfadada.
—Godric tenía doce años cuando llegó a nuestra puerta. Desde el momento en que se
presentó, actuó como si debiera ser el lord aquí en vez de James.
—¿Y su hijo es el hombre que se encuentra abajo?
¿El que vive como un cerdo?, agregó Meiriona para sí.
—Sí, él es el verdadero lord de Montgomery.
Se comportaba como un borracho, no como un lord.
El rostro de la mujer se entristeció. Cruzó y descruzó sus piernas.
—Mi hijo no se encuentra bien.
Se la veía tan triste que la pena reemplazó la irritación de Meiriona.
—Quizás tu hijo necesita que lo orienten.
La serenidad de la mujer se derrumbó y dos grandes lágrimas corrieron por sus blancas
mejillas.
—No... No hablemos de estas cosas.
Meiriona se frotó las manos entre sí como si quisiera calentarlas. Esa conversación la
inquietaba mucho.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, llevando la conversación a un territorio menos
complicado.
La mujer apoyó la cabeza sobre su mano y colocó el codo en el brazo del trono.
—Solía ser Lady Silvia Vaughn, Condesa de Montgomery, pero ahora no soy nada.
El desánimo en su voz hacía que Meiriona deseara poder ayudarla de alguna manera.
102
—¿Por qué dices esas cosas?
—Una vez que Godric llegó, mi esposo, Dios lo tenga en la gloria, cambió. Él nos ignoraba a
mí y a James. Pasaba horas y horas entrenando a su hijo bastardo. Decía a cada rato: «El niño tiene
un talento natural como guerrero».
Suspiró.
—Supongo que es verdad... Godric es un temerario caballero en el ejército de Edward.
Ella dio una desgarradora carcajada.
—Tu esposo ya no está. ¿Tú no puedes hacer que Godric se vaya, ahora?
La boca de la mujer se aplanó y recostó su cabeza contra el respaldo de la silla estilo trono.
—¿Cómo te ha ido a ti para hacer que se fuera?
Mirando al suelo, Meiriona sacudió la cabeza, sintiendo como si estuviera envuelta en una
extraña pesadilla. Repentinamente, como si hubiera recordado algo, Lady Montgomery se deslizó
de la silla, cruzó la habitación y golpeó con un puño contra la puerta cerrada.
—Necesitamos una criada aquí —gritó.
Gritar con esa horrible voz no va a hacer que consigas una, pensó Meiriona irritada.
El guardia que se encontraba del otro lado de la puerta gruñó, pero no le siguieron pasos.
Para ser una condesa, la mujer no parecía tener mucha autoridad. ¿Dónde la habían criado?
Lady Montgomery hizo ruido con el picaporte.
—Traedle a esta muchacha uno de mis vestidos.
Golpeó el roble.
—¿Me habéis escuchado? —vociferó.
¡Santo Dios! Todo el castillo la escuchó.
Con los hombros caídos, se alejó de la puerta, derrotada.
¡Por Dios! Con razón su hijo no se comporta como un correcto lord, pensó Meiriona. Raspó con la
uña una de las manchas de su túnica y se mordió la lengua para evitar decirlo.
—Cerdo perezoso. No puedes hacer que trabajen —masculló Lady Montgomery con la
misma voz chillona.
—No le puedes gritar a un guardia de ese modo y esperar obediencia.
—Y supongo que tú eres mejor logrando que los hombres de Godric hagan lo que tú les
ordenas. ¿No es así?
Meiriona suspiró, alisando una parte de su caprichoso cabello.
—Entiendo lo que dices. Estoy tan atrapada en esto como tú.
Un tenso silencio apareció entre ellas.
—Godric cogió mis llaves —se disculpó Lady Montgomery indicando su faja vacía.
—Ah.
—¿Qué has hecho para justificar este trato por parte de Godric? ¿Has respirado demasiado
fuerte...?
—Estaba durmiendo cuando... —Meiriona comenzó a explicar.
Los negros ojos de Lady Montgomery se abrieron.
—Un crimen de graves consecuencias.
—No.
Meiriona pasó un dedo a lo largo del dobladillo de la manga, tratando de encontrar
comodidad en la áspera tela.
—Eso no es todo.
Amargos vestigios de culpa le pellizcaban el corazón.
—Lo he traicionado.
—¿Lo has traicionado?
103
El rostro ovalado de Lady Montgomery reflejaba mucho interés.
—¿Cómo has hecho eso?
—Iba a contraer matrimonio con él —contestó Meiriona cautelosamente, insegura de cuánto
debía explicar.
—Pero mi padre no quería eso.
—Ah.
Los labios de la señora se abrieron, pero su sonrisa no era brillante esta vez. Era tan pálida y
extraña como el resto de ella.
—Entonces debo darte las gracias. Has sido tú quién nos has dado a mí y a James años de
paz.
Meiriona se frotó la frente. Le resultaba difícil seguir la conversación.
—Por favor, no entiendo.
Lady Montgomery golpeteaba sin darse cuenta en el brazo del trono, con una expresión de
distracción.
—Se estaba tan tranquilo y pacífico aquí cuando Godric estaba encerrado.
Los dedos de Meiriona se serenaron en la harapienta falda.
—¿Encerrado? Godric ha estado en Francia, en la corte.
—¿Godric, el bastardo, en la corte francesa? ¿Quién te ha dicho ese cuento?
—Mi... padre.
El corazón de Meiriona se retorció y sus manos se entumecieron de repente. Sacudió la
cabeza para aclarar la duda que trepaba en su mente.
—No le creo. Godric estuvo en Francia.
—Querida... ¿Honestamente puedes imaginarte a Godric en la corte francesa?
Meiriona trató de imaginar el musculoso cuerpo de Godric vestido con la puntilla remilgada
y la seda chillona que los hombres vestían en el continente.
No se formó la imagen. Todo lo que podía ver era a Godric, fuerte y aterrador, vestido con
una armadura, empuñando un largo y ensangrentado sable con un grito de guerra saliendo de sus
labios.
Se le estrechó la garganta.
—Lady Montgomery—susurró—, ¿cómo obtuvo Godric sus cicatrices?
La mujer miró a Meiriona y sus ojos negros se abrieron. —¿No lo sabes?
La habitación dio vueltas frente a Meiriona en una mezcla de rojos y azules. Se sentía
apartada en un rincón, simplemente observando a Lady Montgomery y a ella misma conversando.
—No. ¿Cómo sucedió? —se escuchó decir, su voz sonaba muy lejos a sus propios oídos.
Lady Montgomery rió. Sus pálidas mejillas temblaban.
—Pequeña. Tú misma lo vendiste como esclavo en una embarcación con destino al Este.
La imagen de Godric en batalla se evaporó como la neblina y fue reemplazada por la imagen
de Godric encadenado, su enorme cuerpo cubierto de sudor mientras un látigo marcaba los
hermosos rasgos de su cara. Las paredes se cerraban alrededor de Meiriona y sintió que el corazón
se desplomaba del pecho al suelo.
—Eso es imposible —susurró, pero podía ver la sonrisita satisfecha y felina en los rasgos de
la mujer.

104
Capítulo 16

— Santo Dios. Debo sentarme.


Meiriona tropezó y cayó en la enorme cama, apartando las cortinas de terciopelo y
hundiéndose en el cobertor de piel. Sentía el corazón como si hubiera caído en una cantera y
hubiera sido cubierto con pesados ladrillos. Ladrillos de culpa.
Las cicatrices de Godric... eran por su culpa.
—Chiquilla, estás pálida. ¿Te encuentras bien?
Lady Montgomery se puso de pie, cruzó la habitación y vertió agua de la jarra de barro en un
paño. Sus resoplidos desaparecieron mientras llevaba el lienzo en un tazón de cobre a través de la
alfombra árabe. Deslizándose junto a Meiriona, presionó el paño en su frente.
El aturdimiento sobrepasó a Meiriona y apenas sentía la tela húmeda.
—Gr... gracias.
—¿Abusó de ti?
Los ojos de la mujer brillaban con verdadera preocupación.
Meiriona se miró las muñecas, pasando un dedo alrededor de la circunferencia. Godric la
había atado, pero había sido tan cuidadoso con sus nudos que no tenía magulladuras, ni siquiera
un indicio de una marca roja. Había dormido con su mano enterrada en su cabello, pero, incluso
en ese momento, había sido cuidadoso de no tirar de él.
—No, no me lastimó.
¡Por todos los Santos! Ella lo creyó rudo cuando la raptó pero, en realidad, él había mostrado
más honor que ella.
Lady Montgomery retorció el paño sobre el tazón y atravesó la alfombra para tomar el
jarrón. Sirvió vino en una copa y se la entregó a Meiriona.
—Bebe.
Meiriona tomó el recipiente con ambas manos para sostenerlo firmemente. El vino, oscuro
como la sangre, se agitó en el borde.
—¿Durante cuánto tiempo Godric fue un es... es...?
No podía pronunciar la palabra. Que ella hubiera vendido un hombre a una vida de dolor
era inconcebible. Ay, Dios mío. ¿Por qué había acompañado a su padre ese día? Pudo haberle
advertido a Godric, o pudo haber escapado con él. Cualquier cosa.
—Cinco años.
Lady Montgomery tomó el paño que se encontraba en el tazón de cobre y presionó el lienzo
frío contra la frente de Meiriona.
—Debe de odiarme —susurró Meiriona. Su voz se volvió tensa.
La mujer le dio unas palmaditas en el brazo a Meiriona.
—No puede odiarte. Es una bestia sin emociones.
Inspirando profundamente, Meiriona recordó la imperturbable mirada en el rostro de Godric
mientras azotaba a Owain. Un cosquilleo de miedo le subió por la columna.
—¿Qué hará conmigo?

105
—Ha tramado una venganza. Los hombres se han estado preparando para la guerra desde
que Godric regresó. Consiguió armas que arrojan fuego para quemar pueblos enteros.
—Por todos los santos.
Lady Montgomery la miró, comprensiva.
—No es un hombre compasivo. Cuando tomó Beacon en nombre del rey, desmanteló todo el
castillo, ladrillo por ladrillo. Saqueó el pueblo, aunque el pueblo rogó y suplicó.
—No lo creo.
Un golpe en la puerta le dio un pequeño susto a Meiriona. La llave rozó la cerradura y Bear
asomó su lanuda cabeza.
—El amo os solicita a ambas abajo para el banquete; inmediatamente.
Lady Montgomery pronunció una pequeña maldición impropia de una dama y se sacudió
un polvo invisible de su vestido rosa.
—El amo —se burló ella.
—Todos lo llaman «amo» cuando mi hijo es el lord. Él es un bastardo, no un noble. Cenaré en
mi recámara. Gracias.
Bear sacudió la cabeza. Unos rojos y salvajes mechones volaban a su alrededor.
—No. El amo os solicitó a ambas.
—Un momento, por favor —dijo Meiriona, apareció una repentina desesperación para
encontrar un lugar seguro para esconder el opio. Se puso de pie y se ocultó detrás del biombo para
cambiarse.
—Permíteme alisar mi cabello.
Bear asintió, todavía mirando a Lady Montgomery.
Cogió la bolsa del dobladillo, la escondió en una pequeña grieta que había en la pared, detrás
del tocador, luego cogió una peineta de marfil y la colocó en el frente de su cabello lo mejor que
pudo. El corazón le latía con fuerza cuando salió de detrás del biombo y se dirigió hacia Bear.
Lady Montgomery suspiró pero no se resistió cuando el gigante la tomó del brazo y la
condujo hacia la puerta. Meiriona los siguió, pisando cuidadosamente. Encuadrando sus hombros,
se dispuso a enfrentar valientemente lo que fuera que le esperara.
Bear condujo a las damas a través de un pasillo de piedra iluminado por antorchas y luego
por una estrecha escalera de piedra, protegiéndolas como una gallina clueca.
—Mirad por dónde camináis. Las piedras están gastadas y resbaladizas.
Godric esperaba al pie de la torre, estaba tan increíblemente apuesto que Meiriona parpadeó
varias veces. Se había puesto unas mallas y vestía una túnica limpia. Sus ropas, todas negras, eran
simples pero de buen material y de buena confección. ¿Nunca vestía ropas de color?
Una oleada de culpa la bañó cuando pensó en él amarrado y encadenado. Lo imaginaba de
pie, orgulloso y erguido, en una plataforma negrera en algún puerto desconocido.
¿Qué le podría decir? ¿Lo siento? Las palabras permanecían en su garganta. Uno dice «Lo
siento» cuando choca con alguien accidentalmente, no cuando vende a otro a una vida de dolor.
La cicatriz de Godric con forma de hoz estaba a la vista en su curtida piel. Ella ovilló el final
de su trenza alrededor de los dedos para acallar el impulso de hacerla desaparecer. ¿Alguien lo
había cortado allí, adrede?
Ay, Jesús. Meiriona recordó cómo su rostro sin marcas le había sonreído en la capilla, cómo
la miraba con esperanza.
Él miró a Lady Montgomery con el entrecejo arrugado.
—Tú debías buscar un vestido para mi prisionera.
—Estuvimos encerradas en tu recámara.
Lady Montgomery presionó su labio superior.
106
—¿Cómo íbamos a conseguirlo?
—Podrías habérselo dicho al guardia —dijo Godric lógicamente.
Lady Montgomery resopló como una niña perturbada.
—Ellos no me escuchan.
Godric colocó una mano sobre la pared de piedra, como si estuviera sosteniendo su
paciencia.
Meiriona se puso de pie entre ellos. Ya había habido suficiente discordia sin tener que
discutir cosas superfluas como su apariencia.
—Mi vestido está bien.
Godric la miró con el entrecejo arrugado y la examinó detenidamente.
Sus traicioneros pezones se endurecieron ante su mirada lasciva y se cruzó de brazos sobre el
pecho.
Finalmente, él se encogió de hombros.
—Como ya te he dicho, para mí es indiferente lo que vistas.
Entrecerró los ojos en una réplica silenciosa.
Él le ofreció el brazo como si la disputa no hubiera ocurrido. Lady Montgomery se alejó con
frialdad, pero Meiriona aceptó. El lino de su túnica se deslizaba contra sus firmes bíceps.
A medida que avanzaban por el corredor, risas y sonoras voces flotaban hacia ellos. Las
piedras del suelo estaban frías y le subía humedad a través de las partes gastadas de sus
andrajosos zapatos.
Se acercaron al gran salón y la mano de Meiriona apretó el brazo de Godric. Debía dar pasos
rápidos para mantenerle el ritmo a medida que cruzaban el umbral y la conducía hacia la cabecera
de la mesa.
La habitación había cambiado desde su impresión anterior. Cientos de velas blancas y
amarillas le daban al salón un aire festivo. Bandejas de peltre estaban en la mesa alta y bandejas de
madera en los caballetes. Los pisos habían sido barridos. El hedor a vino añejo había desaparecido,
y había sido reemplazado por el aroma a pan fresco y carne asada. Los soldados y las mujeres
estaban vestidos con ropas muy bellas y hablaban con excitación. Los niños perseguían enormes
perros que corrían por debajo de los caballetes de las mesas y entre las piernas de las personas,
derribando copas con sus grandes colas.
No hubo ninguna pausa en los ruidos mientras Godric la conducía hacia la gran mesa al final
de la habitación. Estaba ubicada en una tarima elevada debajo del único adorno que había en el
salón: una escultura gravada colocada en la pared de piedra con el emblema de la familia
Montgomery; un halcón sentado sobre el lomo de un dragón.
No había tapices, lo que resultaba extraño. Todos los grandes salones tenían tapices, excepto
por Whitestone, o eso al menos creía Meiriona.
Godric apartó el asiento del lord. Era una magnífica silla caoba, tallada, ornamentada, pero
no tan salvaje como la de su recámara.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Lady Montgomery.
Godric tamborileó con sus dedos en la mesa de madera y la piel alrededor de sus ojos se
tensó con irritación.
—Sin duda, durmiendo para reponerse de la borrachera.
La mandíbula de Lady Montgomery se movió hacia arriba y hacia abajo, pero no negó la
acusación.
Meiriona soltó el brazo de Godric.
—Déjala.
Ella colocó una mano consoladora sobre el hombro de la mujer.
107
—Seguramente estará bien por la mañana.
Godric cogió la mano de Meiriona y la empujó sobre la silla que se encontraba junto a él. Se
sentó y se inclinó cerca de su oreja.
—He sido indulgente contigo. No me desobedezcas frente a mi pueblo.
Toda la culpa que sentía anteriormente se evaporó. Meiriona sacudió su mano hacia atrás.
Godric cogió su barbilla entre los dedos.
—Tendré que azotarte fuertemente si me desobedeces.
Sus destellantes ojos azules le decían que no mentía y su contestación murió en sus labios.
Este Godric era un extraño.
—Dime que lo entiendes.
—Sí, señor —dijo ella entre dientes.
Le hizo una seña a Lady Montgomery hacia la silla que estaba del otro lado. Se sentó, pero le
dio la espalda como una irascible adolescente.
El arrugó el entrecejo pero no dijo nada.
Un perro aulló y la niña de Godric salió disparada desde debajo de la mesa sosteniendo la
oreja del sabueso. La pequeña niña tiró de ella y el perro salió a toda prisa dando un aullido.
Poniéndose de pie ante Godric, le besó la mejilla y miró desdeñosamente a Meiriona, quien miró
con desaprobación la espalda de Godric, la única parte de él que se encontraba hacia ella.
La pequeña niña, evidentemente perturbada por la falta de reacción, le sacó la lengua.
Meiriona sujetó sus labios, decidida a encontrar una manera de hacer las paces con la niña.
—Ven —dijo Godric a su picara hija—. Siéntate.
La niña de dos años brincó a la silla que se encontraba junto a Lady Montgomery. Su
pequeño rostro apenas se veía sobre la mesa de roble. Bear se sentó en la silla junto a Meiriona. Su
peluda mano se estiró para tomar una copa de vino y su silla gimió debajo de su peso. Los
soldados y otras personas del castillo se sentaron en bancos ante las mesas bajas.
Una vez que todos estuvieron calmados, Godric se puso de pie y golpeó las palmas.
—Hemos vuelto con una gran presa.
Su voz retumbó a través del salón.
—Os presento a la honorable Lady Meiriona de Whitestone.
Meiriona quedó boquiabierta. Le cogió la mano y la puso de pie. Sus mejillas ardían cada vez
más a medida que los invitados la observaban. ¿Por qué, en el nombre de todos los santos, le había
dicho que el vestido estaba bien? Le apretó la mano al ver las preguntas en los ojos de la multitud.
Una dama susurró por detrás de su mano a la mujer que estaba junto a ella y ambas rieron. La
espalda de Meiriona se irguió por completo. Enderezó sus hombros y miró a las dos mujeres hasta
que ellas miraron hacia otro lado.
Godric aclaró la garganta, y la gente aplaudió cortésmente.
—Insisto en que la tratéis como una invitada de honor hasta que se realicen los arreglos
necesarios para nuestra boda.
—Yo ya estoy...
Las palabras se interrumpieron en su garganta cuando la mirada de Godric se encontró con
la de ella. Su mano se tensó y sintió como si tuviera los dedos de Godric alrededor del cuello en
vez de en su mano. Qué irritante es ser nada más que una presa a ganar.
Él sonrió, pero sus ojos mostraban hielo. Meiriona sintió un pinchazo en el cuello y recordó
lo que le había dicho sobre desobedecerlo.
Se tocó el rostro; sus mejillas pesaban diez toneladas cada una. Los labios le temblaban por
su peso mientras ofrecía una sonrisa.
—Estoy lista.
108
—Ah.
El se volvió hacia la muchedumbre.
—Hemos hecho un largo viaje y nuestra invitada está hambrienta. Que comience el
banquete.
Sonó una trompeta y un paje entró con agua. Sirvió el agua para que se lavaran las manos.
Los sirvientes corrieron en el salón llevando grandes bandejas de carne de ternera, cerdo y
anguila. Toda la escena era un poco desordenada, como si los sirvientes no tuvieran una mujer en
la cocina.
El suave parloteo de sordas voces sonaba como un funeral. Ningún músico enriquecía el
salón con canciones o danzas. Ningún bufón o acróbata aligeraba la atmósfera.
Pilas de carne cubrían las mesas, pero la comida estaba insípida y desabrida. Godric comía
efusivamente como si no notara lo terriblemente mal que estaba preparada la comida.
Meiriona miraba a Lady Montgomery que parecía estar al borde de las lágrimas. Sus labios
sobresalían, y se colocaba comida en la boca de la misma manera que un sombrío niño malcriado
lo haría.
—Creí que le habíais dicho que le consiguiera ropa decente a vuestra presa —dijo Bear,
hablando sobre la cabeza de Meiriona como si ella estuviera ausente.
Godric se detuvo a medio bocado para poner mala cara a Lady Montgomery.
—Lo haré yo mismo.
Meiriona cortó un pedazo de cerdo desabrido. La tensión en la casa tenía más sabor que la
comida.
Una cortina lateral se abrió y Damien entró al salón vistiendo prendas limpias y planchadas.
Sonreía de oreja a oreja.
El bocado de Meiriona se detuvo a mitad de camino hacia su boca.
Su hermano cruzó la habitación dando zancadas atolondradas llevando una bandeja de
tartas de mora. Caminó derecho, apenas favoreciendo su pierna lisiada. Haciendo una reverencia
baja hacia Godric, colocó las tartas en la mesa alta ceremoniosamente.
—¿Has convertido a mi hermano en un sirviente?
—En paje —corrigió Godric, llevando la copa hacia sus labios—. Es una profesión adecuada
para un muchacho de su edad.
Meiriona acuchilló su porción de carne violentamente.
—Él no es tu paje.
Godric se acarició la barbilla. Sus largos y callosos dedos recorrieron sus generosos labios.
—Estás equivocada.
Entrecerró los ojos, exasperada. Al parecer, Godric pensaba que él sabía qué era lo mejor
para ella y para su hermano.
—¿Cómo te atreves...?
La niña de Godric rió.
—Camina de manera graciosa, papá.
Meiriona se puso de pie, golpeando su copa de vino en el proceso.
—Mi hermano camina perfectamente bien. Y retaré a cualquiera que diga lo contrario.
El silencio impregnó el salón, un centenar de pares de ojos giraron, mirándola, boquiabiertos.
Bear plantificó su copa sobre la mesa.
—Señora —susurró—. Les ruego me perdonen, pero ella es solamente una niña. Lo que dijo
no significa nada...
Damien retrocedió desde la mesa alta con el rostro ardiendo. Tropezó hasta la puerta,
sosteniéndose de una de las mesas.
109
—¿Lo ves? —rió Amelina.
Indignada por el comportamiento de la niña, Meiriona miró a Godric de manera punzante.
—Sé amable, Amelina —Godric le dio a su hija una palmada en la cabeza.
Extendiendo su labio inferior en signo de enfado, la pequeña niña tomó una tarta.
La mano de Godric se disparó hacia el hombro de Meiriona. Con su rígida mano, la empujó
hacia su asiento. Ella se desplomó con el rostro caliente y los ojos fijos en la bandeja.
—Eres tan bueno controlando a todos, deberías controlar a tu hija.
Godric detuvo a uno de los sirvientes.
—Lleva a nuestro nuevo paje de vuelta a la cocina. No servirá las mesas hasta que su
hermana aprenda a contenerse.
Meiriona se puso furiosa cuando Damien la miró de manera sombría y arrastró sus pies
camino a la cocina. Ella se elevó de la silla, pero la mano de Godric en su hombro la apretó de
manera dolorosa, obligándola a sentarse nuevamente. Lo miró amotinada. Si lo tuviera, habría
echado todo el contenido del paquete de opio en el vino de Godric en ese momento.
El golpeó su copa contra la mesa.
—Continuad comiendo —ordenó a la multitud con voz estrecha.
Los cientos de pares de ojos miraron hacia abajo para observar en silencio sus platos.
Godric tomo un largo sorbo de vino.
—El muchacho necesita valerse por sí solo, Meiriona. Defenderlo no le hace nada bien.
—Por supuesto que le hace bien. Lo mantuve a salvo todo este tiempo —dijo entre dientes,
cruzando las manos sobre su falda.
Godric se inclinó, acercándose. Con su gran mano le cubrió las suyas pequeñas.
—A salvo, no; solamente lo has mantenido resguardado.
Miró hacia arriba y advirtió que los invitados los observaban de reojo. Ninguno se encontró
con su mirada. Ella giró su hombro hacia Godric y terminaron la comida en un espantoso silencio.
Nadie habló. Nadie se movió. Ni siquiera después de que sus estómagos estuvieran
satisfechos. Ni siquiera Amelina.
Meiriona colocó su cuchillo sobre la mesa junto a su plato y miró en silencio a la multitud.
Bear movió su silla hacia atrás, observándola con asombro. Caminó hacia una mesa que se
encontraba junto a la ventana y volvió resoplando, balanceando un juego de ajedrez grande y
gastado con su único brazo.
—¿Ajedrez? —preguntó, rompiendo el silencio del sombrío salón.
—Sí —Godric se levantó, hizo una reverencia de manera cortante, y siguió a Bear hasta la
chimenea.
Una vez que se ubicaron en grandes sillas junto al fuego, una mirada colectiva de alivio llenó
el salón. Los invitados comenzaron a hablar tranquilamente. Algunos se levantaron y se fueron,
incluyendo Lady Montgomery y Amelina.
Un joven escudero, alto y desgarbado con una cicatriz debajo de un ojo, levantó una pequeña
mesa y la colocó cerca de Godric.
Meiriona pasó su mirada por la habitación. Nadie le prestaba atención. Su corazón latía con
fuerza. Tomó el cuchillo y lo escondió en la manga de su manchada túnica.
El escudero caminó hacia ella, y Meiriona le sonrió ampliamente, esperando parecer
inocente.
Él parpadeó varias veces como si estuviera desconcertado. Tenía solamente unos años más
que Damien, cabello marrón claro y grandes ojos color avellana que dominaban su rostro de niño.
Hubiera sido apuesto de no ser por la irregular cicatriz debajo de su ojo. Sus flacuchos brazos
sobresalían de su simple túnica artesanal.
110
—Señora... ¿Os importaría ver el juego de ajedrez conmigo mientras los sirvientes preparan
para la noche?
Meiriona asintió. Observar ajedrez era tan buena distracción como cualquier otra. Dudaba
que Godric le diera libertad para recorrer los salones de Montgomery por sí sola, y ciertamente no
tenía prisa en ser llevada nuevamente a su recámara.
Poniéndose de pie, permitió que el escudero la escoltara cerca de la gran chimenea donde
Godric y Bear ordenaban las piezas de ajedrez. Los sirvientes hacían ruido, desarmando las mesas
y desenrollando matas y catres para dormir.
—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó al escudero mientras se colocaban en un par de sillas.
El fuego le calentaba la espalda.
—Eric, señora.
Él sonrió, mostrando dos hoyuelos.
Bear movió una peluda y roja ceja hacia ella y le sonrió a Godric.
—Juro que escucho venir una victoria.
Los labios de Godric se movieron como si fuera a sonreír, pero no lo hizo.
—¿Negras o blancas?
—Blancas.
Bear se rascó la descuidada barba.
—No estoy muy orgulloso de admitir que quiero la ventaja de la primera jugada.
Godric hizo una seña a un paje para que llenara nuevamente sus copas.
—Entonces, negras.
Meiriona se inclinó hacia el escudero.
—Me sorprende que se ponga en desventaja al ser segundo.
—Shh —susurró Eric—. No lo habéis visto jugar.
Meiriona levantó una ceja al muchacho.
—Todos golpes mortales y sin piedad. Es aplicado y lógico. Realiza cada movimiento sin
emoción.
Había un poco de adoración al héroe en la voz del escudero.
—¿De verdad?
Eric asintió.
—Le agrada capturar a la reina del oponente para empezar. Coloca las piezas con frenesí
para hacerlo.
Meiriona palideció y se inclinó más de cerca para ver el tablero. Seguramente el escudero
sólo se refería al ajedrez.
Mirándola, Godric lentamente se golpeó la mandíbula con el pulgar.
—No siempre es una desventaja ser paciente y esperar a ver el movimiento de tu oponente,
señora.
Mármol golpeaba contra mármol mientras Bear comenzaba con su caballo saltando hacia el
alfil tres de la reina. Godric contrarrestó, moviendo su peón hacia el peón tres de la reina, y los dos
estaban atrapados en un intenso juego de inteligencia.
Meiriona observaba el tablero con creciente inquietud. Si Godric jugaba de manera tan
sanguinaria en el campo de batalla como lo hacía en el ajedrez, su castillo no tuvo oportunidad.
La reina de Bear se sentó sobre el rey cuatro y, sin parpadear, Godric la capturó. Significaba
la muerte de su propia reina en manos de un simple peón, pero eso parecía no perturbarlo. El
movimiento claramente inquietaba a Bear, que no esperaba tal intercambio.
—¿Siempre juega tan cruelmente? —ella le susurró a Eric.
—Siempre.
111
El escudero sonrió, iluminándosele los ojos.
—Sin piedad es su lema en el ajedrez y en el campo de batalla.
Meiriona se encogió.
Godric forzó las piezas de Bear más lejos y más lejos hasta la esquina del tablero mientras él
dominaba el centro. Después de una larga pausa, intercambió una torre por un alfil.
—Jaque.
Bear deslizó su rey un espacio. Su serenidad se derrumbaba.
Las palabras de Eric la rondaban mientras Godric seguía al rey de Bear con su torre.
—Jaque.
Apoyando su cabeza en sus peludos nudillos, Bear se inclinó sobre el tablero. Había
solamente dos espacios para que sus reyes se movieran.
Meiriona se sentía mareada. Podía ver la trampa. Si Bear tomaba el espacio que parecía más
abierto, el juego estaba perdido.
Godric se recostó y se acarició la barbilla, esperando. Miraba fijo el tablero. La confianza
irradiaba de él.
—Eric, puedes llevarme a...
Su voz se fue apagando y sus mejillas ardían.
—Adonde vaya a dormir.
Por primera vez, Godric desvió la mirada del tablero.
—No. Yo mismo te escoltaré a mi recámara.
Bear quedó boquiabierto.
—Pero el juego —protestó.
Godric inspeccionó a Meiriona; su mirada parecía entretenerse debajo de su ropa.
—Te dejo ganar.
Meiriona sintió cómo su garganta se estrechaba.
—Debes terminar el juego —ella se ahogó.
—Nunca pierdes —dijo Bear hoscamente.
Levantándose, Godric extendió una mano. Eric se apartó de su asiento como si temiera que
estar sentado junto a ella hubiera molestado a Godric.
—Ven.
La voz de Godric no permitía discusión.
El cuchillo dentro de su manga le hacía cosquillas en el antebrazo.

112
Capítulo 17

Desde su asiento, Meiriona podía ver los fuertes músculos en los muslos de Godric
sobresaliendo a través de su malla mientras él se paraba frente a ella, esperando. Los diminutos
vellos de su mano no ocultaban su fuerza ni su suavidad. Durante un aterrador momento, se le
secó la boca y no quería nada más que permitir que la condujese hasta su recámara y su obscena
cama. Quizás la sostendría toda la noche con su mano enroscada en su cabello como lo había
hecho en el bosque.
Se pinchó un dedo con el extremo del cuchillo escondido para volver en sí. No podría
traicionar a su familia o a su pueblo cediendo a sus deseos internos. Esos pensamientos debían
provenir del mismo diablo.
Bear miró boquiabierto a Godric, claramente molesto por no tener la oportunidad de perder
el juego de ajedrez.
Eric se deslizó en la silla vacante.
—Yo terminaré el juego del Amo Godric.
Las peludas cejas de Bear se redondearon y rió brevemente.
—Quizás todavía tenga una oportunidad.
Con la mirada en llamas, movió la última torre que le quedaba para bloquear el inminente
jaque mate.
Aclarando su garganta, Godric levantó una ceja hacia Meiriona.
—Has dicho que deseabas ir a la cama.
—No contigo —susurró. La cena se sentía como una pesada masa en la boca de su estómago.
La mano de Godric trazó una floja línea a través de su clavícula.
—Ven.
Ella tembló, deseando poder ignorar el calor de sus dedos.
Por la comisura de los ojos, pudo ver cómo los miraba con curiosidad una mujer que
limpiaba las mesas. Suspiró; ya había dado suficiente espectáculo esa noche y estaba deseando
escapar a un lugar privado. Poniéndose de pie, ella tomó la mano que Godric le ofrecía. Su barbilla
se elevó al mismo momento que las cejas de los sirvientes se elevaban mientras ellos dos cruzaban
el salón.
—Gracias —dijo Godric una vez que llegaron al corredor—. Temía que debiera cargarte
sobre mis hombros pataleando y gritando.
Ella sonrió tímidamente.
—¿Lo habrías hecho?
—Con seguridad.
Él la guió hacia delante.
—Tenemos muchas cosas pendientes que prefiero que hagamos en privado.
Su tono le dio a ella una pausa y deseó poder tomar el cuchillo que se encontraba en la
manga para reforzar su confianza de que algunas de esas «cosas» no sucederían.
Lady Montgomery se apresuró hasta ellos desde un lateral del salón mientras intentaban

113
salir.
—Lady Whitestone...
Godric la detuvo con una sofocante mirada.
—Vuelve a tu recámara.
Lady Montgomery se movió a un lado y les permitió pasar. Godric tomó la muñeca de
Meiriona y la condujo hacia el final del salón.
—Eso fue grosero —lo reprendió Meiriona.
—No te harás amiga de esa mujer.
Meiriona sintió ira hirviendo en la boca de su estómago.
—No puedes decidir quiénes son mis amigos.
—Sí, como tu amo, puedo. Y lo haré.
Meiriona lo apuntó con el dedo.
—Nunca serás mi amo.
—Ya lo soy.
La mano de Godric envolvía la parte superior de su brazo, forzándola a seguir adelante. Ella
subió como si sus pies estuvieran hechos de acero.
Llegaron a la puerta de roble de la recámara y el corpulento guardia de un solo ojo se apartó
a un lado sin mirarla de manera inquisitiva. Ella supuso que él ya lo habría visto todo y que ya no
se sorprendería por nada extraño que hiciera su amo.
Godric la empujó hacia la recámara bruscamente. La puerta se cerró con un fuerte ruido
sordo y ella presionó su espalda contra las tablas. El frío de la madera se filtró en su cuerpo.
Fuego ardía en la chimenea y ya habían encendido varias velas como si los sirvientes
hubieran anticipado su llegada. El aroma a cera de abeja y fuego matizaban el aire. La recámara,
lujosa como el palacio de un sultán, no era ni el cielo ni el infierno sino algún solitario lugar entre
los dos extremos.
Godric cruzó la alfombra oriental, caminó hacia la chimenea y colocó una mano en el
respaldo del trono ornamentado. El fuego lo recortaba en su parpadeante luz. Su mirada se
entretuvo con la fuerte línea de su espalda. Poderosa. Bella. Un ángel caído.
—¿Planeas quedarte junto a la puerta toda la noche?
—Quizás. ¿Cuáles son tus planes?
Su mirada se volvió cálida como aguamiel caliente y sazonado.
—Lo que me plazca.
Meiriona lo observó con el entrecejo arrugado.
—No soy tu prostituta.
Godric rió.
—Pelearé contigo —agregó.
—No tengo dudas sobre eso.
Ella estiró la mano dentro de la manga y tomó fuertemente la empuñadura del cuchillo.
—¿Crees que no puedo ganar?
—Meiriona...
Su voz era ronca y su mirada directa.
—Ambos sabemos que puedo obligarte fácilmente a que cumplas mi voluntad. Pero te he
traído aquí para hablar.
—¿Hablar?
El asintió.
—Solamente para hablar.
Soltó el cuchillo y despegó la espalda de la puerta.
114
—Podrás cumplir con tu promesa en otro momento —dijo él.
Ella lo miró fijamente, luego notó que sus ojos brillaban divertidos. ¡Se estaba burlando de
ella! El muy sinvergüenza...
—Maldito.
Ay, el hombre era atroz.
—¿Por qué dices esas cosas?
Un lado de su boca se elevó en una sabida sonrisa.
—Me agrada ver cómo te ruborizas.
Su estómago le dio un pequeño golpe.
—Ven, Meiriona.
Ella lo miró con desconfianza. Sus manos todavía estaban sobre la puerta. Largos segundos
pasaron. La luz del fuego parpadeaba sobre su rostro y le hizo señas con sus misteriosos ojos.
—Declaremos una tregua.
Él extendió una mano, con la palma hacia arriba. Un gesto de paz. Pero su intuición se sentía
dispersa y dividida. No tendría paz mientras Godric estuviera cerca. Él vivía en un abismo entre el
cielo y el infierno y él la empujaría hacia allí también.
Y sin embargo... Ella soltó la puerta. Parte de su alma ya estaba perdida. Soy una idiota,
pensó. Durante ese momento de locura, no quería nada más que sentarse en la chimenea y estar
sola con él. Caminó hacia él mientras sus pies se hundían en la exótica alfombra.
Godric la observó con la misma mirada con que la había mirado años atrás en la capilla.
Solamente que no se encontraban en la capilla. Estaban en su recámara. Ella dudó. Era como si él
pudiera ver a través de sus ropas.
Aromas exuberantes y exóticos fastidiaban su nariz. Ámbar, mirra y otros olores que no
podía distinguir.
El bulto de su virilidad presionaba contra sus pantalones. Largo. Hambriento.
—Te arriesgas a la condena eterna por desear a una mujer casada —le advirtió.
Él retiró la mano que le ofrecía y colocó el pulgar en su cinturón. La observó. Sus ojos
cambiaban de flama azul a hielo azul.
—Dios me rechazó hace mucho tiempo.
Estremeciéndose, ella hundió los pies en la alfombra oriental. Su voz sonaba angustiada. La
culpa le golpeó el corazón y, de repente, quiso llorar por él. Sabía lo atroz y frustrante que era ser
considerado como un mero bien por el capricho de otros, sin embargo, ése era el tipo de vida al
que ella lo había enviado. ¿Cuánto habría sufrido durante esos largos años de esclavitud?
—Lo siento —susurró, sin poder mantener las palabras encerradas adentro, sin importar lo
inadecuadas que fueran—. No sabía qué te había ocurrido.
Él se agachó, dándole la espalda, y ella no estaba segura si él la había oído. Godric atizaba las
brazas con una barra de acero y colocó otro leño en el fuego. El aroma a humo flotó hacia ella.
Después de un rato, se puso de pie.
—Ven, siéntate cerca del fuego, así podremos hablar. Me debes eso.
Meiriona sintió un nudo en su interior.
Él tomó un almohadón de la cama y lo colocó en el escalón de la chimenea, luego se sentó en
el trono tallado, la observó y se pasó una mano por la barbilla. La silla había resultado demasiado
para Lady Montgomery, pero a él le quedaba a la perfección. Sus botas de cuero negro se
hundieron en la esponjosa piel de oveja exactamente como ella se lo había imaginado. La llamó y
ella se deslizó hasta él para sentarse en el almohadón. El fuego crujía detrás de ella.
La penetrante mirada de Godric la hacía sentir incómoda. Se cruzó de brazos y los frotó.
—¿Tienes frío?
115
—No.
La estudió con el interés con el que un administrador examina libros de contabilidad
defectuosos. Ella inspiró largamente. El silencio entre ellos destrozaba sus nervios más que
cualquier discusión que pudieran tener sobre los días pasados.
La luz del hogar acariciaba el rostro de Godric, escondiendo y por momentos revelando sus
cicatrices. Las cicatrices que ella le había ocasionado.
Su labio inferior temblaba.
—No lo sabía.
—Exactamente, ¿qué es lo que no sabías?
Su voz era suave, pero ella vio su interés en la intensidad de su mirada.
Acomodándose contra el almohadón, juntó coraje.
—Mi padre me engañó. No sabía que te habían encerrado.
Ya está. Lo dijo finalmente.
—No sólo estuve encerrado. Fui esclavizado.
Abrió la boca para hablar, pero la culpa le cerró la garganta.
Se inclinó hacia ella y le colocó una mano sobre la rodilla. Una vieja y bien curada cicatriz le
atravesaba el pulgar.
—¿Qué te han dicho?
—Ay, Santa María. Me han dicho que tenías un lugar en la corte del rey en el continente. Que
eras un capitán en el ejército.
—Ya veo.
Su mirada era difícil de descifrar.
—Por todos los santos...
Meiriona se extendió hacia delante y delineó su herida con forma de luna. Luego pasó la
yema del dedo por debajo de la pequeña cicatriz bajo su ojo, sintiendo la protuberancia irregular.
Si ella pudiera hacer desaparecer su desfiguración tan fácilmente como él había hecho
desaparecido su temor a los caballos...
—¿Duelen?
Su larga mano cubrió la de ella y presionó los dedos contra su mejilla hasta que ella pudo
sentir la piel rugosa contra la palma. Le deslizó la mano por el cuello hasta el pecho, hasta que ella
sintió el latido de su corazón.
—Sólo duele aquí dentro.
Su voz era fuerte, pero ella escuchó su disimulada agonía. La culpa amenazaba con
tragársela.
—Perdóname. No sabía lo que planeaba mi padre.
—Y si lo hubieras sabido, ¿te hubieras casado conmigo?
Meiriona tragó. ¿Lo habría hecho?
—Yo... Yo... No, no podría haberlo hecho.
—¿Por qué, Meiriona? Incluso en nuestro primer encuentro vi deseo en tus ojos.
Ella apartó la mirada. ¿Cómo podía él, un bastardo, entender lo que conlleva el deber?
Le giró el rostro para obligarla a verlo.
—Entiendo tu renuencia ahora, pero no siempre fui una fea bestia.
—¿Feo? Santo Dio. Eres el hombre más bello que he conocido.
Dio un grito ahogado y se cubrió la boca. No tenía intención de revelar ese pensamiento tan
privado.
Godric observó a la enigmática mujer sentada frente a él en la chimenea. ¿Por qué casi la
creyó? De no haber visto nunca su propia imagen en un espejo o la repugnancia en los ojos de las
116
mujeres, podría haberla creído.
Elevó la barbilla y preguntó:
—¿Por qué dices eso?
Se encogió de hombros y un agradable rubor revistió sus mejillas.
—No lo sé.
—¿De verdad lo crees?
Tragó saliva y el labio inferior tembló, pero asintió.
—Meiriona...
Le besó la mejilla. Era suave y femenina; la luz del hogar le lamía la piel, haciendo que su
belleza exótica fuera más pronunciada.
—¿Por qué peleas conmigo? Cuando me acerco a ti, puedo ver el deseo y la pasión dentro de
ti, pero también veo miedo. ¿Por qué?
Tembló, pero lo miró.
—Cuando era pequeña, unos hombres invadieron Whitestone.
Su voz se volvió distante, como si se estuviera distanciándose de los recuerdos.
—¿Soldados?
—Sí, del ejército de York. Mi madre y yo nos escondimos en la torre durante días. Cuando la
invadieron, escapamos a través de un túnel secreto. Algunos de nuestros hombres nos
encontraron, pero no estaban en buenas condiciones en ese momento. Teníamos un caballo y
huimos tratando de llegar a Tintern Abbey. Pensamos que habíamos escapado.
Ella lo estaba mirando, pero no lo veía. Detrás de ella, un leño calló y el fuego sonó
bruscamente, pero no se inmutó. Le tomó la mano en la suya, admirando lo pequeña que era. Él se
había bañado y ella no, por lo que sus palmas estaban sucias mientras que las de él estaban
limpias. Incluso así, la suavidad de sus dedos contrastaba con la aspereza de los suyos. Sin duda,
ella nunca había matado a nadie con sus propias manos.
Ahí estaba ese sentimiento una vez más: el sentimiento de estar sucio. Del mismo modo que
se había sentido cuando la robó de su recámara. La había culpado por algo que no sabía. Quizás
sus manos estaban sucias, pero su alma estaba limpia, a diferencia de la suya.
—¿Entonces escaparon? —preguntó.
Sus ojos se enfocaron en los de él otra vez..
—No, los York nos encontraron en el bosque. Nos tiraron a mi madre y a mí de nuestra
montura. Nos escabullimos a través de la maleza pero, ay, querido Jesús, todavía puedo escuchar
los gritos de mi madre. Un hombre grande y sucio le rasgó el vestido y cayó sobre ella. Corrí hacia
ella, pero tropecé.
La voz de Meiriona se quebró. Presionó sus labios y parpadeó. Ninguna lágrima caía por sus
mejillas.
—No recuerdo nada más.
Godric deslizó un brazo sobre sus hombros y el otro debajo de sus rodillas, deseando poder
protegerla de alguna manera del pasado. Ella se sintió floja y frágil mientras él la levantaba y la
colocaba sobre su falda.
—Estás a salvo aquí.
Ella recostó la cabeza sobre su hombro, acurrucó sus piernas como una niña y miró el fuego.
—¿Qué sucedió luego?
—Me dijeron que tropecé con una roca y que quedé inconsciente. Los hombres pensaron que
estaba muerta por eso me dejaron sola. Cuando desperté, mi madre estaba acurrucada con sangre
entre los muslos.
—¡Cristo! ¿Qué edad tenías tú?
117
—Once.
—¿Dónde estaba tu padre?
—Estaba en la guerra, marchando con el ejército de Lancashire.
Meiriona intentó agarrarse de la túnica de él y Godric cambió de posición en la silla para que
estuvieran más cómodos.
—Fue terrible. Creo que hubiera sido mejor que ella muriera en ese momento. ¿Es egoísta de
mi parte pensar eso?
Godric le acarició el cabello. La ira le ardía en el estómago. Sabía lo terribles que eran los
pecados de guerra, pero nunca escuchó la explicación desde el punto de vista de una mujer.
¡Malditos monstruos! Si hubiera escuchando esa historia antes de que Bear le contara lo que hizo
Owain con la muchacha del pueblo, hubiera matado al joven rapaz en vez de solamente azotarlo
hasta que mojara sus pantalones.
—¿Qué sucedió con tu madre?
—La lavé y logramos ponernos a salvo. Falleció nueve meses después.
—¿Damien?
—Sí. Cuando me robaste de mi recámara creí...
—Meiriona...
Le besó la cabeza.
—No negaré el deseo que siento por ti, pero no será así entre nosotros.
Le acarició la oreja y la besó en el cuello. Ella tembló y contuvo el aliento.
—Ambos sabemos que no tendré la necesidad de forzarte.
En ese momento, ella saltó de su falda. El latido de su corazón palpitaba en una vena en su
cuello.
—No, no, no. Mi padre nunca se recuperó. Él culpó a Dios, a él mismo y a Damien cuando
mi madre murió. Está próximo a su muerte. Si lo traiciono, mataré a mi propio padre. Debo
cumplir mi deber para con mi familia.
—Cálmate, hermosa dama. Discutiremos tu deber en otro momento.
De pronto, un golpe resonó en la puerta de roble.
—Pasad.
Un sirviente de baja estatura, con un bigote peludo y negro y un muñón como brazo entró a
la habitación con una gran tina. Sólo tenía una mano, por lo tanto, la tina tembló peligrosamente
antes de que la colocara de un golpe cerca de la cama. Varios sirvientes más entraron y vaciaron
agua caliente en ella.
—¿Eso es todo, señor?
—Haz que Cook envíe vino y que vea qué le sucedió a esa idiota mujer que se suponía que
traería un vestido para mi cautiva.
Los sirvientes se inclinaron levemente y Godric los despidió con un gesto de la mano.
Volviéndose hacia Meiriona, la condujo hacia el agua.
—Ven. Te debes de sentir mugrienta por el viaje.
La indignación irrumpió en su expresión.
—¡Desde luego no te sentarás en esa silla mientras me baño!
Parpadeó y lentamente se levantó de la silla.
—No, por supuesto que no. Pretendo bañarte yo mismo.
Sus ojos se abrieron y él mismo vio cómo se dilataban.
—No puedes...
Él rió.
—Hay muchas cosas en las que te voy a dejar decidir, pero ésta no es una de ellas.
118
Ella sacudió la cabeza pero él vio duda, quizás incluso ansias en sus ojos.
—¿Has olvidado tu promesa de venir con gusto a mi cama?
—Fue hecha bajo coacción.
—Quizás. Entonces, lleguemos a un acuerdo.
Levantó una ceja y se detuvo frente a ella. Ella no se movió, aunque sus cuerpos casi se
tocaron... una buena señal, según él.
—¿Un acuerdo?
Meiriona movió la cabeza hacia atrás y se humedeció los labios.
Cristo, si ella supiera lo delgada era su cuota de buena educación, no haría eso. Ella le
agitaba la sangre más que ninguna mujer que jamás hubiera conocido.
Sostuvo su mano hacia ella, como si tan sólo le pidiera bailar.
—No te haré cumplir tu promesa esta noche. A cambio, me permitirás bañarte.
Ella lo observó y sus ojos buscaban su rostro.
Por el amor de Dios, él estaba completamente tentado. Ella tenía la inocencia de una santa y
la pasión de una prostituta. Si no aceptaba de manera voluntaria, la desvestiría y la colocaría en la
tina de todas formas sólo para verla desnuda una vez más. Estaba muy cansado de pretender ser
un caballero.
Comenzó a contar en silencio, decidido a darle hasta cien para que tomara su decisión.
Cuando llegó a noventa y tres, ella colocó su mano en la de él. Godric se quedó sin aliento.
—De verdad, estoy poseída —suspiró.

119
Capítulo 18

Nunca más le permitiría bañarla. Estaba loca por permitirle que la tocara de manera íntima
y, sin embargo, su piel ya estaba caliente, anticipando su toque.
La luz del hogar bailaba alrededor de la opulenta recámara mientras Godric la conducía
hacia la tina de baño, su mano envolviendo la suya. El vapor subía en zarcillos perezosos desde el
agua caliente.
Si tan sólo pudiera echarle la culpar de su locura a la necesidad de bañarse... Pero en su
corazón, sabía que el deseo de estar limpia palidecía junto al deseo de pertenecer al hombre que la
mantenía cautiva.
Se detuvo. Los dedos de los pies se hundían en la alfombra.
—¿Tienes miedo, Meiriona?
—No —respondió llevando la cabeza hacia atrás para observarlo.
—No debes temerme. Respetaré el acuerdo.
Ella se estremeció.
—No te temo.
Quizás su falta de miedo era lo más peligroso de todo.
Godric la llevó hacia adelante hasta que quedaron de pie entre la cama y la tina. Él se sentó al
pie de la cama y la arrimó entre las piernas hasta que los senos de Meiriona quedaron presionados
contra su torso. La oscilante luz jugaba en su piel.
—Te deseo —dijo él con simpleza.
Ella cerró los ojos, deseando que su franca declaración no empujara su corazón. En realidad,
no debería querer que la tocara. Debía pensar en la responsabilidad con su familia.
Sus callosas palmas sostuvieron sus mejillas y acercó su rostro hacia el de él. Le besó el
tabique de la nariz y luego, cada una de las cejas.
El demonio se apoderó de él. No se suponía que fuese así. Si fuera brusco y rudo, ella podría
luchar contra él, pero no tenía defensas contra su ternura. ¿Por qué él no podía seguir siendo la
bestia que ella creía que era?
Ella retrocedió y observó la puerta de la recámara, que se encontraba unos pasos detrás de
ella. Quizás no estaba cerrada. Incluso si no pudiera escapar, él dejaría de ser amable y por lo
tanto, no la tentaría.
—¿Ya vas a deshonrar tu acuerdo, Meiriona?
Sus muslos la encerraron.
—¿Sería más fácil rendirse si te dijera que no tienes opción?
Su voz era baja y erótica.
Ambas miradas se encontraron. ¡Misericordia! Ella había hecho un acuerdo con el diablo y su
alma ya estaba perdida.
—Permíteme acariciarte. Déjame verter agua tibia sobre tu piel y lavar todos los años y el
dolor que existe entre nosotros.
Perdida en sus palabras, le tocó la cicatriz que estropeaba su rostro y asintió.

120
Su boca se inclinó hacia la de ella. Decidió que no se enamoraría de él. Quizás podía darle
todo el placer que su cuerpo le permitiera, pero nunca tendría su corazón.
Su lengua lamía el labio inferior y ella se rindió a su beso. Sintió aire frío alrededor de las
piernas y de los tobillos mientras las manos de Godric le fruncían el vestido, levantando la tela
hasta sus muslos. Le masajeaba el trasero, presionando su ingle contra el duro bulto en su
entrepierna. El placer formaba un arco a través de ella. ¡Ay, por todos los cielos! No se suponía
que iba a ser así.
Ella se apartó, presionando sus manos contra sus hombros. Se echó hacia atrás en un intento
por poner una separación entre ellos. Pero él la tenía atrapada dentro de la prisión de su cuerpo.
Su aroma era cálido, masculino.
—Esto no está bien entre nosotros —susurró.
Sus manos rodeaban sus mejillas.
—No debes temer a los deseos privados entre un hombre y una mujer, Meiriona.
—Has dicho las mismas palabras que la primera vez que nos conocimos.
Él frunció la tela de su vestido aún más arriba hasta que el aire nocturno le lamió la piel de
sus caderas y de su estómago, exponiendo su ingle.
—Y sigue siendo verdad.
En un solo movimiento, tiró del vestido y de la camisa hacia arriba. Se deslizaron contra su
piel y sobre su rostro.
Ella dio un grito ahogado, sin estar preparada para el remolino de emociones que giraba en
su estómago. Deseo. Pasión. Hambre. Godric la había convertido en una loca idiota que no conocía
su propio corazón.
Sonriendo, dejó caer las prendas al suelo. El cuchillo se deslizó de la manga de la túnica y
resbaló hasta el piso.
Meiriona tragó saliva e, inconscientemente, se llevó una mano a la garganta.
Godric apretó la mandíbula durante un momento, luego se inclinó y lo recogió.
—Has perdido esto —dijo arrastrando las palabras mientras sostenía la empuñadura.
La mirada de Meiriona iba de su rostro a la afilada punta del cuchillo. La insignificante arma
parecía tonta. No podía utilizarla para luchar contra su dulzura.
—Es el arma equivocada —susurró.
Levantando una ceja, Godric deslizó los dedos a través de la hoja, estiró el brazo y lanzó el
cuchillo contra el biombo. Se clavó en la madera con un fuerte ruido. Sus brazos la rodearon y él la
besó tiernamente.
Ella se derritió en su abrazo.
—Se supone que esto no tendría que ser así—respiró.
—¿Cómo se supone que tendría que ser?
Tragó saliva una vez más.
—Se supone que tendrías que ser aterrador, miserable y exigente.
—Soy exigente.
Su voz era un bajo estruendo.
—Sí, pero no eres aterrador ni miserable.
Deslizó las manos sobre la curva de sus hombros. La túnica estaba húmeda donde su cabello
recién lavado goteaba sobre la tela.
Él parpadeó una vez, luego la miró con los ojos entrecerrados, pero brillaban en la tenue luz
y él movía los labios, divertido.
—¿No crees que soy aterrador? Quizás deba intentarlo con más empeño.
Una risita brotó dentro de ella. Se mordió el labio inferior para contenerla. Ya era
121
suficientemente terrible que su maldito cuerpo lo deseara, ¿pero reírse con su enemigo? Por Dios,
¿qué otros pecados cometería?
—Eres incorregible.
Él rió con un sonido sensual y ronco.
—Sí, eso me han dicho.
Le mordisqueó el lóbulo de la oreja.
—Meiriona, envuelve tus brazos alrededor de mi cuello.
La lógica exigía que ella se negara. Recuerda tu deber, recuerda tu deber, se repetía, pero sus
dedos morían por correr a través de su oscuro y rizado cabello.
—Ahora, cariño —le ordenó en un susurro.
Ella obedeció, sin poder resistirse. La unión entre sus muslos se sentía húmeda y caliente.
Deslizó los brazos alrededor de su cuello y le acarició el cabello. Con el índice, disfrutó de la
textura suave y mullida de sus mechones. El aroma a jabón de sándalo persistía en su piel,
llenándole la nariz y los pulmones con su presencia masculina.
Su hogar, su padre, su esposo estaban muy lejos. Godric estaba allí, ahora. Aunque era un
pecado, solamente por esa noche, ella disfrutaría la comodidad de sus brazos.
Él sonrió. Una de sus manos le acariciaban el hombro, la otra, se deslizaba por su cadera
hasta la parte trasera de sus rodillas. La levantó tan fácilmente como a una niña, se puso de pie y
la llevó a la tina. Su largo cabello se arrastraba en la alfombra. Con lentitud, se arrodilló y la colocó
en el agua tibia y envolvente.
Un suspiro de placer escapó de su garganta. El agua rodeaba sus hombros y desbordó de la
tina, cayendo en el suelo. Las manos de Godric se deslizaron debajo de ella y su trasero tocó el
fondo de la tina. Ella cerró los ojos y se recostó contra el borde, disfrutando de la pura dicha del
momento.
Deslizó sus manos por el vientre y entre los senos de Meiriona. Con una mano, le sostuvo
suavemente el cuello. Ella sintió cómo su cuerpo se volcaba hacia en un lado, agitando el agua y
salpicando más fuera de la tina. Un embriagante aroma a mirra y a ámbar llegó hasta ella. Al abrir
los ojos, vio que él sostenía un jabón perfumado.
—Eres muy hermosa —susurró—, pero no es tu belleza la que me interesa.
Ella tragó. Sentía la boca seca.
Él se arrodilló detrás de la tina y ella sintió cómo su túnica le rozaba la espalda. Le pasó sus
grandes palmas masajeando con jabón la piel de sus hombros en lentas y acompasadas caricias.
—Tienes unos hermosos hombros, Meiriona, pero muchas mujeres tienen hermosos
hombros.
Su voz era baja, pausada.
Extendió una mano alrededor de ella y partió el jabón en dos, lo que hizo que despidiera más
de su lujoso aroma. Sostuvo un trozo en cada mano y deslizó el resbaladizo jabón por cada uno de
sus brazos.
—Tienes brazos delgados, Meiriona, pero muchas mujeres tienen brazos delgados.
Su piel sintió un cosquilleo. Su voz la mareaba, como si ella fuera una niña que había girado
en círculos demasiadas veces y la tierra diera vueltas frente a ella.
Le arqueó los brazos para que sus hombros descansaran a los lados de la tina. Comenzando
por los meñiques, le tomó cada dedo y lo frotó, limpiando la suciedad de cutículas y nudillos.
—Tienes manos delicadas, Meiriona, pero muchas mujeres tienen manos delicadas.
Sus dedos se movían pausadamente, tocando cada parte de sus manos como si el mundo
hubiera perecido y solamente sus cuerpos permanecieran.
Ella suspiró.
122
Sus dedos se deslizaron por sus hombros y bajaron por sus costillas hasta su vientre
volviendo hasta el espacio entre sus senos. Sus pezones se fruncieron a pesar de que él no los tocó.
En lentos círculos, trazó el camino dos veces más. Tres veces. Cuatro. Luego cinco.
Ella se relajó, dejando que sus brazos se hundieran en la tina y flotaran sobre el agua.
Rindiéndose a su toque, permitió que él hiciera desaparecer el pasado hasta que ella se concentró
solamente en el presente.
Continuó moviendo la mano a través de la parte superior de su pecho, cerca de los pezones,
pero todavía sin tocarlos. La sangre corría en la cima de sus senos, picándola con pequeñas y
calientes espinas. Ay, Santa María.
Sus manos le acariciaban las costillas una vez más, moviéndose solamente medio dedo hacia
el costado con cada latido del corazón. Lento. Lento. Ay, Jesús, era muy lento.
Sentía un cosquilleo en los pezones. Sus pulgares debían de estar a menos de medio dedo de
ellos. Seguramente los acariciaría esta vez.
Con la palma de la mano, hizo presión sobre su esternón, colocando los dedos en la curva
interna de sus senos, y ni aún así llegaba a tocar las puntas. ¡Santo Dios! Quizás si se corriera un
poco hacia la izquierda, sus manos tocarían sus pezones, acallando la necesidad de su contacto.
Ella se movió un poco hacia el costado.
Él le besó la cabeza. Sus manos se movían sobre la curva superior de sus senos una vez más y
bajaban hacia un costado, una angustiosa costilla cada vez. Sentía que su sexo se humedecía.
A través de sus pestañas, ella miró hacia abajo. La distancia entre el dedo meñique de Godric
y su pezón era menor que el espesor de la hoja de una daga.
Había sido atrevido hasta ese momento. ¿Por qué no la tocaba ahí? ¡En la cima! Donde la piel
punzaba, ardía y dolía por su tacto.
Ella se retorcía, moviéndose hacia el costado, pero sus dedos permanecían siempre a la
misma distancia exasperante, lejos de donde ella lo necesitaba.
—Meiriona —le susurró deslizando la mano entre sus senos y cerca de sus ardientes pezones
pero todavía sin tocarlos. ¡Qué hombre más irritante!
—¿Sabes qué me interesa?
Su mente se sentía narcotizada como si flotara más allá de la realidad, pero ella sacudió la
cabeza.
De pronto, Godric le pellizcó los hinchados pezones. Meiriona dio un grito ahogado en el
arco de placer y dolor. Un líquido se filtró y una oleada de éxtasis le golpeó el cuerpo.
—Querido Dios —respiró mientras sus ojos volaban abiertos.
Las manos de Godric le tocaron los senos con dulzura. —Hay miles de mujeres hermosas en
el mundo. Es tu pasión lo que me interesa.

123
Capítulo 19

El miembro inflamado de Godric se tensó mientras Meiriona suspiraba y sus brazos se


aflojaban. Rodeó la tina por el costado. Unos zarcillos neblinosos emanaban de la superficie del
agua llenando la recámara con el aroma a mirra y ámbar. Sumergió las manos en el agua tibia y las
deslizó por debajo de ella, disfrutando de la suave seda de su piel. Se incorporó y la sacó de la
tina; complacida, ella no se resistió.
—Señor —murmuró acurrucándose en su torso.
Un cierto alivio fluyó de él por no tener que forzarla. Gracias a Dios, ella no lucharía
mientras tomara su virginidad. Le dio un puntapié a la túnica y al vestido para hacerlos a un lado
y la llevó a través de la alfombra oriental para luego recostarla sobre el suave cobertor de
terciopelo.
—Eres la mujer más apasionada que he conocido.
Se giró hacia él. Su mirada brillaba de deseo. La luz del hogar bailaba a través de su piel.
Le pasó los dedos por el mullido y castaño vello de su montículo púbico y escuchó su
profunda inspiración.
—Has prometido que solamente hablaríamos —protestó débilmente. Su voz era un
murmullo.
Notó que se había movido muy deprisa y se hundió en el cobertor de piel mientras le
acariciaba el labio con la palma. Su mano parecía enorme y monstruosa contra sus extremidades
de porcelana y él pensó en su conversación anterior. Ella solamente ha visto el horror de la
violación, no la belleza de la pasión. Debía guiarla lentamente para que confiara en él.
—Esto está mal —suspiró.
—Shh —la reprendió, sabiendo que su protesta era un débil esfuerzo para calmar la culpa
que sentía por quererlo.
La besó. Deslizó la lengua dentro de su boca para dominar sus sentidos.
Ella suspiró y se derritió contra su túnica, como él esperaba, pero el sentimiento de estar
sucio lo fastidiaba.
Hizo a un lado la molesta sensación; demasiadas vidas pendían en la balanza, dependiendo
de que él reclamara a Meiriona. Debía tomar su virginidad. Debía embarazarla.
Le tocó la mandíbula, considerando cuál era la mejor manera de seducirla con su
consentimiento. Él era muy versado en las distintas maneras de dar placer a una mujer. Si
aumentaba su expectativa, como lo había hecho en la tina, podía facilitar la cuestión y hacer que lo
deseara. Sus protestas ya no tenían fundamento.
Le besó el hombro, disfrutando el picante aroma del ámbar que persistía del exótico jabón
que había usado. Le pasó la mano por el vientre y sonrió cuando los párpados de Meiriona se
cerraron.
Le besó la cima de los senos, disfrutando ver cómo sus pezones se fruncían. Con lentitud,
dibujó pequeños círculos alrededor de sus areolas rosadas. Se le puso la piel de gallina.
Complacido, aprovechó el momento y gentilmente le succionó uno de los senos. Ella suspiró

124
y más sangre corrió en su miembro.
Inspiró profundamente para calmarse. Hacía tiempo había aprendido la técnica de desviar la
atención de sus propios deseos para que pudiera concentrarse en satisfacer a la mujer que se
encontraba frente a él. Era una habilidad que Nadira le había enseñado bien. Sus pensamientos se
detuvieron por un momento en las numerosas muchachas vírgenes con las que Nadira había
insistido que tuviera relaciones para su propio pervertido placer. Desde detrás de un velo secreto,
a la princesa le fascinaba ver cómo dominaba las protestas virginales de las mujeres y cómo ardían
con pasión.
Un sentimiento de suciedad, agudo y amargo, lo perforaba.
Llevó su mente de regreso a la tarea que tenía entre manos.
Se arrodilló sobre Meiriona y le pasó la lengua bajando por su cadera. Ella suspiró, sus
piernas se aflojaron para que él pudiera ver los rosáceos y húmedos labios inferiores de su sexo.
Con delicadeza, le apartó las rodillas. Ella se puso tensa pero no protestó, y él supo, con
indignación, que sería como con las otras mujeres: ella estaría dispuesta a hacer todo lo que él
quisiera siempre y cuando el encanto entre ellos no se rompiera. Al día siguiente, lo odiaría,
sabiendo que había sido embaucada por sus habilidades sexuales.
Los tensores de la cama crujieron cuando él se sentó y se pasó la túnica por la cabeza y la
lanzó al piso.
—Godric...
Lo llamó.
Le frotó los músculos del cuello distraídamente, luego la movió hacia un lado, abrazándola
con su cuerpo y dejando que su pasión se acallara.
Verdaderamente, él podía hacer que su cuerpo estuviera dispuesto, pero, egoístamente,
también quería que su mente estuviera dispuesta.
—Meiriona, dime que quieres esto tanto como yo — susurró, sabiendo que su pedido era
interesado. Debería permitirle que creyera que él estaba forzando los acontecimientos para que él
cargara con la culpa de ir contra su familia. En cambio, pretendía que ella admitiera su deseo.
Ella giró hacia él parpadeando, como si estuviera tratando de concentrarse.
—Señor... Yo... em —dudó como si no pudiera encontrar las palabras. Un embarazoso
silencio se desplegó en el aire.
Él puso la mandíbula en posición a sabiendas de que si la besaba nuevamente, ella lo besaría
con pasión. Era como con las otras mujeres: mientras no pensaran en lo que hacían, suspirarían,
gemirían y flotarían en las sensaciones. Sin la niebla de la pasión nublándoles la vista, veían la
locura de sus deseos.
No era sorprendente que desde su tiempo en la esclavitud sólo hubiese tomado a una mujer
cuando no tenía que preocuparse por sus deseos, sino simplemente por el dinero que le había
pagado.
Meiriona se lamió los labios, y él vio un debate en sus rasgos.
—No deberíamos —murmuró.
Él recordó las palabras de Owain, convenciéndolo. «¿Cuál es la diferencia entre que yo
obligue a una mujer y que tú tomes a una mujer?».
Indignado consigo mismo, se levantó de la cama. Las cuerdas del colchón crepitaron.
—¿Godric?
Meiriona se sentó; había confusión en sus rasgos.
—Ah, cariño... Duerme.
Lo tomó del brazo y él se deslizó junto a ella, decidido a esperar hasta que poseyera su mente
así como también su cuerpo.
125
Capítulo 20

La luz del sol de la mañana entraba por los cristales de la ventana mientras Meiriona,
desconcertada, con los pies colgando de la gran cama con cuatro postes de Godric, se colocaba una
sábana alrededor de los hombros desnudos. Apenas podía creer que todavía era virgen.
¡Dulces santos! Godric había hecho que su cuerpo se volviera frenético con olas de placer.
Pero después del baño no la había tomado. La había sostenido en silencio allí, sobre el cobertor de
plumas, abrazados, como si ella fuese una mascota mimada, hasta que finalmente, agitada por la
fiebre que él había creado en ella, se durmió.
Intentó quitarse el sueño de los ojos, parpadeó y observó alrededor de la gran recámara.
Godric, Godric, Godric. Cada parte de su habitación hablaba de Godric. El aroma, la
decadencia, el tamaño. Si sacaba su lengua seguramente podría saborearlo.
Los arco iris provenientes de las ventanas de cristal rebotaban sóbrelas paredes blanqueadas,
la mesa de mármol y el gran trono. Nunca había visto tanto lujo en un mismo lugar. Seguramente
ni siquiera la catedral de Tintern Abbey estaba tan lujosamente arreglada.
Se deslizó del colchón, se puso de pie en el frío suelo y se frotó brazos y hombros. La noche
anterior había sido un cálido y delicioso sueño, pero el frígido aire de ese día era una inmunda
salpicadura de realidad.
Se tocó los pezones. Ya estaban erguidos por el frío. Se arrugaban y se ponían más rígidos
bajo sus pulgares. Santo Dios, ¿qué le había hecho Godric? Seguramente no era diferente a como
había sido la noche anterior; él no había tomado su virginidad.
Se pasó la palma a través de la curva superior de sus senos y por los lados de su vientre,
trazando el camino que sus callosas manos habían recorrido la noche anterior.
No; no era la misma. Quizás su cuerpo no había cambiado, su virginidad estaba intacta, pero
Godric había hecho algo peor que reclamar su cuerpo. Le había tocado la mente, los sentimientos,
el alma. Eso era mucho más íntimo que solamente tomar su cuerpo.
Caminó hacia una de las ventanas arrastrando la sábana por el suelo, agradecida de que
Godric no estuviera allí confundiendo sus pensamientos aún más. Se recostó sobre el alféizar de la
ventana y observó a los hombres que practicaban en el campo. Sus espadas brillaban al sol
mientras eludían y daban estocadas en una batalla simulada.
Maldiciendo a su malvado y lujurioso corazón, buscaba en el campo a su raptor. Por el amor
de Dios, era una tonta. Estaba unida en matrimonio con otro hombre. Nunca podría pertenecer a
Godric, y Godric nunca le podría pertenecer a ella.
A pesar de eso, quería saber qué le había hecho para hacerla sentir tan débil la noche
anterior. Colocó su mano debajo de la sábana, pellizcó un pezón entre el pulgar y el índice como él
lo había hecho. Se sentía... agradable, pero no había ninguna sensación como de un rayo como
había habido cuando él lo había hecho, no había olas de éxtasis que hicieran que su fluido de
mujer corriera desde su sexo.
Quizás era porque él había pellizcado sus pezones con fuerza. Deslizó la sábana más abajo y
apretó con mayor intensidad. Dio un grito ahogado. ¡No! Dolió al hacerlo... No se sentía en

126
absoluto como cuando él lo había hecho con sus manos.
Miró hacia arriba y su mano voló hacia su garganta, tirando de la sábana. Godric, sin camisa
y sobre Vengeance la miraba desde el campo de práctica con media sonrisa picara en sus rasgos.
¡Ay, Dios mío! Saltó hacia atrás, lejos de la ventana, presionando su espalda contra un tapiz
cercano. ¿La había visto tocándose? ¿Jugando con su pezón como una prostituta provocando a un
cliente? Tembló en su interior; seguramente sus mejillas estaban tan carmesí como la lana de la
alfombra.
Por el amor de San Judas, Godric la estaba volviendo loca. La hacía desear cosas que ella no
debía desear. Seguramente Montgomery tenía una capilla y un cura. Iría directo allí y confesaría
sus pecados. Quizás pasaría todo el día en posición de oración frente al altar.
Tragó, juntó coraje y se asomó desde un lateral de la ventana. ¿Podría moverse sin ser vista?
¡Ay, Jesús! ¡Seguía allí! Sus musculosos muslos sujetaban con fuerza los flancos del semental
mientras montaba alto y orgulloso a Vengeance. Incluso a esa distancia, podía sentir su mirada
sobre su piel. Sus rebeldes pezones se tensaron debajo de la sábana. De repente, él la saludó,
movió el caballo y le arrojó su espada de práctica a uno de los escuderos. Incluso desde esa altura
había visto su ardiente mirada. Su intención era clara. Se dirigía hacia ella. En ese mismo
momento.
¡Y ella estaba desnuda!
Corrió hacia la cama, arrancó el cobertor de piel y deslizó la mano por el colchón en busca de
su enagua y su túnica. Iría directamente a la capilla antes de que él pudiera llegar.
Lanzó las almohadas, las pieles y la ropa de cama hacia la alfombra. Golpeaba la cama con
desesperación. Las sábanas todavía estaban tibias por sus cuerpos.
Por todos los santos, ¿dónde estaban sus ropas?
¿En qué estaba pensando? ¡Pararse en la ventana y acariciarse! Se incorporó, lanzó su cabello
por detrás de sus hombros y corrió por la habitación con ojos desesperados.
Ajustó la sábana fuertemente sobre su pecho y rodeó la cama. Seguramente sus ropas
estarían cerca de la tina, al pie de la cama. La maldita, maldita tina, donde él la había hecho
desearlo. Se arrodilló, buscando debajo y alrededor de la cama y de la tina.
¿Esos eran sus pasos sobre el suelo de madera del corredor? La desesperación comenzó a
golpearle el pecho.
El venía porque ella lo había tentado con su naturaleza femenina, al igual que Eva con su
fruta. Y también estaba desnuda, como Eva.
¡Ay, dulces santos! Sosteniéndose el cabello de lado, miraba ansiosamente debajo de la cama.
Santa María, suplicaba, si solamente me dieras ropa antes de que él entre, cortaré mi cabello, el símbolo de
mi condición de mujer, como penitencia.
El alivio fluyó a través de ella como cálida miel cuando vio que asomaba un pedazo de tela
cerca del orinal de la recámara debajo de la cama. Oró en silencio, esta vez dando gracias. Godric
debió haber pateado las enaguas hasta allí cuando la desvistió.
Tratando de alcanzar la recompensa de lino, su mano sólo tomaba el aire. Se agachó más
abajo, empujando sus hombros debajo la cama. Casi podía alcanzarlas, casi...
Casi...
Se extendió aún más; la sábana que había colocado envolviéndola resbaló por su espalda y
un fresco aire le acarició el trasero.
Se abrió la puerta de la recámara y fuertes pisadas resonaron en el suelo. Meiriona retrocedió
y al tomar la sábana caída, se golpeó la cabeza en la tabla inferior de la cama.
—¡Ay! —exclamó, de repente muy consciente de que su trasero desnudo se meneaba en el
aire mientras intentaba alcanzar sus malditas enaguas debajo de la cama.
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Una profunda risa masculina sonó a través de la habitación y, durante un momento en el que
se le detuvo el corazón, contempló echada lo que restaba de camino hasta la prenda.
Él aclaró su garganta.
—¿Intentamos esa posición sobre el colchón en lugar de debajo de él?
Como pudo, se colocó la sábana sobre el trasero, abandonó las malditas enaguas en ese lugar
junto al orinal de la recámara y empujó sus hombros para salir de debajo de la cama. Se puso de
pie y ajustó la sábana sobre su cuerpo desnudo. Vio que Godric estaba parado mucho, mucho más
cerca. Olía a cuero, caballos y masculinidad. Ella podía sentir el calor de su piel.
—¡Santo Dios! ¡Se supone que no estarías aquí!
Él sonrió.
—Si hubiera sabido que estabas arrastrándote por el suelo meneando tu dulce trasero al aire,
te aseguro que hubiera trepado las mismísimas paredes nuevamente para llegar más rápido.
Mortificada, levantó su barbilla, caminó hacia el gran trono y se sentó, acomodando la
sábana lo mejor que pudo alrededor de sus muslos desnudos. Se limitó a observar las brasas,
demasiado avergonzada como para moverse. Probablemente, hasta la parte trasera de las rodillas
estaban sonrojadas.
Las botas de Godric no hacían ruido en la alfombra, pero ella sentía que se acercaba como
una silenciosa e inquietante tormenta. Llegó hasta ella con largas y perezosas zancadas y le movió
la barbilla hacia él, pero ella no pudo mirarlo directamente.
—Cariño, eres exquisita y apasionada. Nunca escondas eso.
De haber sido posible, se hubiera derretido en la silla y hubiera desaparecido para siempre.
¿Exquisita y apasionada?
—No tiene sentido; y eso es típico de prostituta —dijo ella con una voz que sonaba
desalentada y derrotada incluso para sus propios oídos.
—Nunca eso.
Le besó la sien y ella podía oler el aroma cálido y a aire libre.
—Señor, la iglesia mira con malos ojos la pasión en una mujer.
—No estoy interesado en lo que piensa la iglesia.
Su mirada recorrió su alta y musculosa figura. Venía del campo de práctica y no llevaba
puesta la camisa. Contra un crucifijo de cabello negro, las cicatrices cruzaban los bronceados
músculos de su pecho. Algunas eran elevadas y otras planas, oscuras, viejas.
Un ángel caído.
Y la empujaba hacia el infierno junto con él. Había subido para tener relaciones con ella. Para
terminar lo que había comenzado la noche anterior. Debería luchar contra él. ¿Pero, podría?
Su muslo rozaba el de ella, y ella se sobresaltó. Su virilidad estiraba el cuero de sus
pantalones que se ajustaba fuertemente contra su cadera.
El recuerdo de sus manos sobre la curva de sus senos estalló espontáneamente en su mente.
Gotas de humedad se filtraban en su muslo interno. Ay, maldito hombre desalmado.
¿Por qué no había tomado su virginidad la noche anterior? ¿Por qué no había obtenido su
placer de hombre y acabado con ella? Él podía forzar la unión entre ellos.
Quizás ella también lo deseaba a él. Querido Jesús. Apartó ese maligno pensamiento.
—¿Por qué no...¡ Me refiero, anoche...
Se le trababa la lengua con las palabras.
Él esperó.
Ella golpeó sus manos en su muslo, enfadada por la vergüenza. No ignoraba los modos entre
un hombre y una mujer. Un hombre movía con fuerza su rígido miembro dentro del sexo de la
mujer hasta que se derramaba un líquido. Era sucio e indecoroso.
128
Miraba deliberadamente su entrepierna.
—Bueno, es obvio que me deseas.
—¿Crees que eso es todo, que es el acto?
—¿Bueno, no es eso?
Pero ella sabía desde la noche anterior que con Godric iba a ser más, mucho más.
Él rió.
—No cabe duda de que no. ¿Quieres saber por qué no te tomé cuando te deseaba tanto?
Asintió.
Él se acercó, su respiración le acariciaba la mejilla.
—Porque quiero que tengas tantas ganas de mí como yo tengo de ti.
Repentinamente, ella apartó su rostro. Ella había tenido ganas de él la noche anterior. Tenía
ganas de él en ese momento. Sus dedos deseaban acariciarle la gran cicatriz que corría desde su
hombro hasta su esternón.
—¿Me deseas? —le preguntó él.
Asustada, se puso tensa.
—No, por supuesto que no —mintió—. Soy una mujer casada.
—Esas son patrañas, Meiriona, pero se interponen entre nosotros.
—No es mentira que estoy casada.
Él inspiró profundamente y se movió hacia atrás. Tomó asiento cerca de la chimenea, le asió
su pequeña mano y la colocó sobre su gran mano.
—Te deseo. Y tú me deseas. Anula el matrimonio y sé mi esposa de verdad.
La miraba con tanta sinceridad que no se atrevió a responder porque sabía que si abría la
boca, era tan posible que dijera que sí como que no.
Pasó un momento. Luego otro. Luego otro más. Él sonrió.
—Veo que este asunto no se resolverá hoy. Ven, camina conmigo.
—¿Caminar?
—Sí, las nubes vienen del norte, pero el sol está brillando ahora. Te he traído ropa limpia.
Ella elevó una ceja. La última ropa que le había conseguido era una túnica salpicada y
manchada.
Se recostó y colocó un pie sobre su rodilla. Se encogió de hombros y dijo:
—Si no te agrada el vestido que te traje, puedes quedarte como estás. Quemé el otro.
Ella contuvo el aliento. Definitivamente no quería estar desnuda por el resto de su estancia
allí.
—Cualquier cosa que me hayas traído, será bonita.
—Bien.
Su mirada giró hacia la cama.
—Está sobre el colchón.
En las sábanas, vio una pila de ropa verde esmeralda. Brillaba con el sol de la mañana, lujoso
y, a la vez, decadente. Seda de calidad, sin duda. Casi podía sentir su deliciosa suavidad contra la
piel. Tenía la piel irritada por la áspera túnica y con la exuberante seda se sentiría de maravilla.
—Gracias.
Ella se levantó, pero Godric tomó un extremo de su sábana.
—El vestido está ahí para cuando gustes. La sábana se queda aquí para mí.
Indignación fluyó a través de ella. Ella tiró de la sábana pero él la envolvió alrededor de su
puño. Lo miró fijo.
Él sonrió de manera insulsa, como un gato satisfecho que estaba por darse un festín con un
ratón de establo.
129
Capítulo 21

Meiriona miraba la tela brillante sobre la cama y al gran hombre sentado en la chimenea.
De pronto, se dio cuenta de que hablaba en serio y tomó conciencia de todas las cosas de
dudosa reputación por hacer. Su ira se elevó y quiso abofetear la sonrisita de su hermoso rostro.
—No me pavonearé desnuda para ti.
Otra media sonrisa.
—Considéralo el precio por la ropa.
—¿Y si me niego?
—No lo harás.
Debía ser arrojado en un oscuro calabozo y ser comido por las pulgas... lentamente. ¿Cómo
se atrevía?
Tamborileó los dedos en la piedra.
—Vamos, Meiriona. Sé razonable.
—¿¡Razonable!¡
De haber tenido algo en la mano, se lo hubiera arrojado.
—¿Pretendes que me pasee por la habitación para ti y esperas que sea razonable?
Godric se encogió de hombros. La bronceada piel de sus hombros bailaba con el movimiento.
—Como desees.
Se puso de pie y su gran cuerpo volvió a la vida como una pantera al acecho.
Pensó que la buscaría pero solamente la rozó con la mirada.
Caminó hacia la puerta con largas y elegantes zancadas. Sus duros muslos de guerrero
estiraban el cuero de sus nalgas. Ella sonrió. Logró salir del apuro y ganó. Una mujer necesita
hacerle frente a un hombre de vez en cuando.
Se detuvo por un instante, giró hacia la cama y tornó el vestido. Sacudiendo la tela, dejó ver
un deslumbrante vestido verde esmeralda que hacía juego con la peineta que le había dado con
anterioridad.
—Última oportunidad.
Ella sacudió la cabeza. Prefería pasar una eternidad envuelta en una sábana antes que ceder a
su arrogancia.
Se encogió de hombros, tomó las enaguas del suelo, las dobló junto con el vestido y
casualmente se colocó el atado sobre uno de sus musculosos y bronceados hombros. Dejó la
recámara silbando. La puerta se cerró detrás de él.
A Meiriona le llevó un momento darse cuenta de lo que acababa de hacer. Maldito corazón
negro. Su indignado orgullo borboteó hacia la superficie. Tomó la copa incrustada con joyas en la
que había bebido vino la noche anterior y la arrojó contra la puerta de roble.
Repiqueteó en el suelo con un satisfactorio sonido sordo.
Escuchó una risa masculina del otro lado. El mismo sonido de cuando él ingresó en la
habitación y ella tenía el trasero hacia arriba mientras se arrastraba por el piso.
Bueno, Godric de Montgomery, no ganarás esta vez.

130
Dos horas más tarde, todavía estaba sentada en la chimenea. Todavía desnuda. Una criada
había venido y había avivado un agradable y cálido fuego. Había intentado hablar con ella, pero la
muchacha era sorda o muda o tenía órdenes estrictas de no hablar.
El fuego había quitado el frío de la habitación. Observaba su decadente prisión con sus
símbolos exóticos: las lujosas ventanas de cristal, el colchón y los exquisitos tapices y las
alfombras. Hubiera sido un precioso lugar si ella no fuera un rehén desnudo.
¿Cómo se atrevía?
Otra hora pasó. Maldito sea...
Suponía que iba a regresar. Observó por la ventana nuevamente pero no se atrevió a
acercarse considerando cómo había resultado la última vez que lo hizo.
Otra criada trajo una bandeja de pan, queso y aguamiel tibia y sazonada.
—Buenos días —intentó Meiriona, pero la criada se apresuró a salir de la habitación, sin
siquiera mirar hacia donde estaba ella.
¿Qué lo coman las pulgas? ¡Ja! Era una muerte muy misericordiosa para alguien como
Godric.
Enfado e indignación ardían en su pecho. Y todavía nadie venía a traerle ropa. Los chismes
de las criadas se extienden más rápido que las piernas de una prostituta. Era muy probable que
todo el castillo supiera que ella, una lady, estaba desnuda y a disposición de Godric.
Golpeó la puerta.
—¡Tráiganme ropa!
El guardia que se encontraba del otro lado gruñó.
—No lo tengo permitido. Órdenes del amo.
Intentó con el picaporte y la puerta se abrió fácilmente.
El feo guardia de Godric se puso de pie y apoyó su gran hacha sobre uno de sus hombros.
Con su nariz hecha pedazos, su ojo con un parche y hombros de toro, parecía un duende de
pesadilla. La miraba fijo con su único ojo bueno.
—¿Adonde vais, señora?
Ella se sujetó firmemente la sábana a su alrededor.
—Dejo mi prisión.
Él sostuvo el hacha de guerra más cerca, bloqueándole el camino.
—No puedo permitiros eso, señora.
Ella elevó la barbilla, decidida a no ser intimidada.
—¿Por qué no? —demandó.
Él se veía verdaderamente avergonzado. Su feo rostro se volvió rojo hasta las cejas.
—Órdenes de! amo —refunfuñó.
—¿Exactamente qué es lo que tú no me puedes permitir hacer?
—No puedo permitiros dejar esta habitación si no lleváis puesto lo que Godric os trajo.
—¿No puedo pasar?
Él arrastró sus pies i n cómoda mente.
—Señora, podéis pasar libremente. Es que la, em, um...
—Bueno, ¿qué es, hombre? Dilo.
—Es la sábana —miró hacia abajo, a sus botas. Las orejas refulgían—. La sábana debe
quedarse aquí.
—¡Por supuesto que no!
Sus miradas se encontraron y ella tuvo la impresión de que toda su lealtad había salido a la
superficie.
—No desobedeceré mis órdenes, señora.
131
La devoción hacia Godric brillaba en su único ojo.
Su lealtad la sorprendió. El brillo en su ojo le decía que no recibiría ayuda de su parte.
Se dio la vuelta, marchó hacia la recámara de Godric y cerró la puerta de un golpe. Sujetando
la sábana fuertemente a través de su pecho, caminó hacia la ventana y colocó sus antebrazos en el
alféizar.
Los hombres estaban debajo, andando a caballo y practicando sus destrezas en la lucha. Bear
se encontraba con Owain y Eric le enseñaba a Damien su arco.
Godric estaba entre ellos, andando sobre Vengeance evitando obstáculos. A diferencia de
antes, no mirada hacia la ventana. De alguna manera esto le clavó una estaca en el corazón.
Apartó ese pensamiento. No debería importarle que no la notara.
Dos día más tarde, Godric todavía no había regresado. Las criadas iban y venían, vaciando el
orinal de la recámara y trayendo comida fresca y aguamiel sazonado.
Pero Godric no le traía ropa. La ira ardía en lo más profundo de Meiriona.
El tercer día trajeron otra tina de agua caliente, junto con aceites de aromas exóticos para su
piel y jabón perfumado para su cabello.
La ira le nublaba la visión mientras se hundía en la tina de agua caliente. Furia fluía desde la
boca de su estómago y latía a través de sus venas.
Ella era una aristócrata. La hija de Ioworth el guerrero. Pero se sentía como un oso enjaulado.
¿Cómo Godric se atrevía a tratarla como una muñeca que podía vestir y desvestir como quisiera?
Sus brazos flotaban en el agua de la tina. Observaba sus miembros desnudos. Por todos los
santos, el bastardo de Montgomery no podía mantenerla prisionera de su propia piel.
Se refregó los brazos y las piernas. Su furia crecía con cada golpe que la tela áspera daba
contra su cuerpo.
Una criada de nariz respingona y cofia entró en la recámara llevando una bandeja con queso
y pan. Corrió hacia la cama y colocó la comida allí. Giró y corrió hacia la puerta.
—¡Alto!
La criada se detuvo y la miró cautelosamente.
Meiriona salió de la tina de baño, enérgica y furibunda. La larga cabellera se adhería a sus
rodillas y espuma de jabón le corría por el cuerpo. Durante tres días había permanecido
intimidada allí en la recámara. Pero ya no más. Se sentía como la Dama del Lago saliendo de la
neblina. Godric el bastardo no la intimidaría con su propia piel. Si quería que caminara con él tan
desnuda como el día en que nació, que así fuera.
—¿Puedes arreglarme el cabello? —le preguntó a la criada, que la miraba como si fuera una
visión.
—Sí, señora.
Ella bajó la vista y se apresuró hacia la puerta de la recámara.
Meiriona fue más rápida y bloqueó la puerta sujetándola del brazo.
—Entonces, me peinarás el cabello.
Podía sentir cómo la muchacha temblaba.
—No, señora. Tenemos órdenes de no hablaros.
Meiriona se sacudió el cabello por detrás de los hombros e hizo su mejor imitación de una
reina. No era justo intimidar a una criada de esa manera, pero necesitaba su ayuda.
—Entonces, no hables conmigo. Solamente atiéndeme.
Meiriona vio cierta duda en la mirada de la criada.
—Al amo Godric no le importará si me ayudas a peinarme el cabello. Ve. —La presionó
señalando hacia la mesa cercana a la ventana—. Él mismo me ha dado un bonito adorno para que
utilice en mi cabello.
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La muchacha miraba la mesa, claramente aliviada de tener un lugar donde mirar además del
cuerpo desnudo de Meiriona.
—Sus órdenes fueron que nadie me hablara y no debo dejar esta recámara vistiendo nada
más que lo que él me ha dado. Si ésa es su orden, entonces, debo seguirla.
Agregó una simpática sonrisa para apresurar la decisión de la criada.
—Ayúdame a secar y a peinar mi cabello. Pienso encontrar a tu maldito amo y exigirle que
me dé algo de ropa.
La criada tragó saliva.
—Ése no es un buen plan para probar al amo, señora.
Meiriona la miró. La muchacha se cruzó y tomó el cepillo del tocador.
—A mi parecer, el amo todavía no fue puesto a prueba lo suficiente —dijo entre dientes
Meiriona.
Las campanas de la iglesia repicaron varias horas más tarde. Meiriona se puso de pie, inspiró
profundamente y estudió su imagen en el limpio espejo de plata. El cabello le llegaba hasta las
rodillas en ardientes olas rojas. La criada lo había peinado y enroscado hasta que chisporroteó y
brilló como fuego. Corría alrededor de sus curvas, cubriendo la cima de sus senos y la coyuntura
entre sus muslos. Los hombros y los lados de las caderas se asomaban de esa ardiente cortina,
pero el cabello estaba ingeniosamente dispuesto para cubrir su sexo.
Con los pies descalzos, se deslizó silenciosamente por la exuberante alfombra para luego
llegar hasta la puerta de roble. Su mano vaciló sobre el picaporte. Queridos santos, no puedo hacer
esto.
Corrió el pensamiento a un lado y se ajustó la peineta de esmeraldas. Lo haría.
Como Lady Godiva.
Sólo que ella no era Lady Godiva; era Meiriona de Whitestone, hija de Ioworth y la gente del
pueblo estaría observando. Habría cientos de mirones allí. No marcharía desnuda a través del
castillo para salvar a su pueblo de algún malvado soberano sino que lo haría para probarle a
Godric de una vez por todas que no lograría intimidarla.
Se pasó la mano por los mechones para arreglarlos de manera que cubrieran más piel.
Afirmó la mandíbula y juntó toda la furia y la ira que habían estado ardiendo en la boca de su
estómago durante los últimos días. Sus dedos sujetaron el picaporte, firmes y decididos, y abrió la
pesada puerta. Si Godric quería que vistiera solamente su cabello, entonces lo haría. No
abandonaría el plan en ese momento.
El feo guardia de Godric se sobresaltó cuando ella apareció en el corredor. Se tambaleó e hizo
un gesto de furia.
—¿Adonde vais, señora?
—A ver a tu amo.
Lo descartó con una mirada y salió campante.
—Aguardad, señora.
Le obstruyó el paso, de pie frente a ella, sosteniendo el hacha de guerra.
—No puedo dejaros ir así.
Ambos eran casi de la misma estatura, por lo que ella lo miró directamente a su único ojo
bueno.
—Tú has dejado bien en claro cuáles eran las órdenes de Godric, y no estoy desobedeciendo
ninguna de ellas. Ahora, hazte a un lado.
—Pero, se...
Ella lo apartó. Unos cabellos quedaron atrapados en el mango del hacha pero ella no se
detuvo ni siquiera cuando sintió que el cabello punzaba, tiraba de su cuero cabelludo y se rompía.
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Nadie la detendría. Así le arrancaran cada uno de los cabellos y se encontrara desnuda como Eva,
ella se enfrentaría a Godric.
Y ganaría.
El guardia de Godric caminaba detrás de ella.
—Cuidaré vuestra espalda —refunfuñó.
—Bien —le dijo ella, bajando por el corredor. La brisa le enfriaba la piel de los brazos, las
caderas, los muslos y otras partes sin nombrar.
Curiosamente, no se sentía avergonzada. Se sentía femenina y con poder.
Los corredores del castillo se volvieron ensordecedoramente silenciosos mientras cruzaba
por debajo de los arcos y pasaba las habitaciones llenas de sirvientes haciendo sus tareas diarias.
Con cada persona que quedaba boquiabierta, se sentía más fuerte.
Hilanderos de lana colgaban en las entradas, los telares estaban abandonados; las costureras
dejaban sus agujas para seguirla. Incluso el viejo ermitaño debajo de la escalera salió para dar un
vistazo mientras Meiriona pasaba con la cabeza erguida y los hombros hacia atrás, victoriosa.
Tuvo un momento de vacilación cuando se acercó a la puerta al ser consciente de que debía
cruzar el patio para llegar al campo de práctica donde se encontraba Godric. Pero había llegado
muy lejos para acobardarse en ese momento. Godric había comenzado todo eso, pero ella lo
terminaría.
Uno de los sirvientes sostuvo la puerta abierta para que ella pasara. Meiriona parpadeó ante
el brillante sol de la tarde. Podía oír el choque de metal contra metal mientras los hombres
practicaban al otro lado de la colina. Una multitud proveniente del castillo la siguió fuera y a
través del patio.
El encargado de la caballeriza dejó caer la pala cuando la vio y aulló cuando se puso de pie
después de recogerla. Luego hubo silencio nuevamente, excepto por el sonido de las espadas en el
simulacro de batalla sobre la loma.
Hierba y fango susurraban entre los dedos de los pies desnudos mientras subía la colina y
observaba el campo de práctica. El choque de metal se volvía más tenue a medida que los
caballeros y los escuderos detenían sus entrenamientos y la observaban.
Godric, oscuro e imponente, estaba agachado en posición de combate, acorralando a Eric.
Verlo alentó su determinación y aceleró el paso.
—¡Por todos los santos! —gritó Eric. Bajó la espada y quedó boquiabierto.
Concentrado en la lucha, Godric le dio al escudero un resonante golpe en el yelmo, luego
giró, con los músculos del pecho tirantes contra la túnica negra.
Una dulce victoria fluyó por sus venas al ver su expresión. Sorpresa. Incredulidad. Asombro.
Su espada se aflojó en su mano y cayó al suelo, aterrizando sobre su pie. Dio un grito y saltó hacia
atrás.
Ella rió. Que ella pudiera reducir la reacción del Dragón a la misma que tuvo el encargado de
la caballeriza la hizo sentirse increíblemente superior a él. Lo había hecho. Había vencido a Godric
el Dragón, y ambos lo sabían.
Su mandíbula subió y bajó durante un momento y luego, una mirada fulminante se instaló
en sus rasgos.
—Santo Dios, ¿qué diablos estás haciendo aquí? —gritó.
Ella levantó una ceja.
—Obedeciendo tus órdenes.
Era todo lo que podía hacer para no mover el cabello hacia un costado y exponer más de su
cuerpo. Sólo deseaba ver lo tonto que parecía.
Alguien en la multitud rió. Los sirvientes y los caballeros murmuraban, creando un rugido
134
colectivo que llenaba el patio.
—Sí, lo venció.
—Nunca comprendí a las mujeres.
—Ella lo va a poner de vuelta y media.
—Necesita una nalgada; eso es lo que ella necesita.
—Es lo que se merece por tratarla de esa manera.
Godric alcanzó a Meiriona en dos zancadas. Con las manos le sujetó la parte superior de los
brazos. Ella escuchó cómo la multitud respiró de manera colectiva, pero ya no le temía al Dragón.
Fuego caliente ardía en sus ojos mientras ella lo evaluaba con serenidad.
—Vine hacia ti, como tú lo ordenaste, y ahora me agradaría que me des ropa.
Mantuvo una voz deliberadamente suave pero no pudo evitar la son risita en los labios.
—Te comportas como una tonta.
—Y tú debes cumplir tu promesa y traerme algo para vestir.
La soltó de inmediato y se quitó su túnica del cuerpo. En un movimiento, se la colocó sobre
la cabeza a Meiriona.
Ella sonrió. La prenda colgaba cerca de sus rodillas y la encerró en su aroma, haciendo que
su estómago sintiera pequeños escalofríos por la excitación.
Se agarró el cabello y giró descaradamente hacia la multitud. Elevó los brazos y giró como si
estuviera ante la costurera haciéndose un nuevo vestido para conocer al rey en vez de estar
vistiendo la polvorienta túnica de un hombre. La multitud expectante del castillo silbó y aplaudió
fuertemente, celebrando su victoria tanto como ella.
—¡Compórtense!
La tomó de la muñeca, la hizo girar y comenzó a marchar de regreso hacia el castillo,
arrastrándola.
Pero la victoria era muy dulce, y ella rió.

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Capítulo 22

— Una mano dura. Él la tendrá. Sólo observa y verás —dijo un hombre desde la multitud
boquiabierta.
El pie herido de Godric latía mientras tiraba de Meiriona a través de la multitud hacia la
torre. Nunca en su vida había estado tan torpe como para dejar caer una espada sobre su propio
pie. La mujer era una bruja. Una bruja sin piedad. Lo convertía en un hazmerreír.
¿En qué pensaba ella? Él había decidido que la seduciría, que no la forzaría. La había dejado
sola durante tres días y había ejercitado su cuerpo hasta el límite porque el pensamiento de
Meiriona desnuda en su recámara lo carcomía. Sus pasos eran grandes zancadas. Ni siquiera se
atrevía a mirarla. ¡Por todos los santos! Si la miraba, tiraría de su túnica y la follaría en el mismo
patio.
La imagen de su lozana y desnuda piel, medio cubierta, o medio desnuda, por una nube
ardiente de cabello, lo atormentaba. ¿Y su risa? Su provocadora risa. Sabía que él no la forzaría y,
Cristo misericordioso, era una ninfa enviada para destruir cada porción de cordura que le
quedaba.
Abrió de un golpe la puerta de la torre. La sangre latía por sus venas.
—Me sacas de quicio, pequeña.
—De la misma manera que tú a mí.
Estaban solos; la gente del castillo se encontraba fuera donde la habían seguido hasta el patio
para ver el alboroto. Godric la empujó contra la pared interna del corredor y la aprisionó con su
cuerpo con la intención de intimidarla y demostrarle el error que significaba ponerlo a prueba.
Ella no se acobardó como él esperaba. En cambio, sus ojos verdes brillaron y él supo de una
vez que lo deseaba tanto como él a ella. Su esfuerzo por intimidarla solamente la había
despertado.
—Tú no me tienes miedo, pero lo tendrías si supieras de qué manera te deseo.
Balanceó su erección en la suavidad del vientre de ella. Deslizó sus manos hacia abajo por los
costados, frunció la túnica y le sostuvo el trasero, sintiendo su suave y femenina piel contra sus
duras palmas. Ella emitió un sonido mitad gemido, mitad llorisqueo que provocó un impulso
animal enterrado dentro de él. La levantó ligeramente y su ingle tocó la suave unión femenina
entre sus piernas. Incluso a través de sus muslos, él podía sentir su humedad. Sus ojos estaban
dilatados, abiertos de deseo.
Su pene latía con mayor fuerza. ¡Por Dios! Ya estaba asqueado de las mujeres que
retrocedían, temerosas de sus cicatrices, y él rechazaba a las que lo creían un juguete aterrador con
el que podían divertirse. Pero Meiriona no lo veía como un juguete ni como un monstruo, sino
como un hombre. ¡Un hombre!
Ella deslizó una mano entre ellos y la abrió sobre su mejilla para acariciarle la cicatriz debajo
del ojo con sus dedos. La luz de la antorcha parpadeaba con un resplandor rojo anaranjado sobre
su piel.
—Sé mía, Meiriona. Di que me pertenecerás.

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Ella aclaró la garganta y la incertidumbre cambió sus rasgos.
Él se alejó hasta que sus cuerpos apenas se rozaron. ¿Por qué no reconocía la pasión entre
ellos?
—Puedo complacerte de maneras que tú solamente puedes imaginarte.
Por primera vez en su vida, estaba conmocionado por lo que había sentido en las garras de la
princesa.
—Conozco distintas maneras de volver tu piel tan sensible que una leve caricia puede hacer
que grites de placer.
Él vio hambre en sus ojos. Se aprovechó del momento y le pasó la yema del dedo por la línea
del cabello, hasta la nariz y luego hasta la barbilla. Meiriona cerró los párpados como si estuviera
absorbiendo la sensación. Sí, sería una alumna muy diestra para la pasión.
El sudor le cubría la frente. Empleó toda su fuerza de voluntad para no lanzarla sobre su
hombro, llevarla hasta la recámara y enseñarle las disciplinas del placer.
¿Y por qué no? ¿Por qué no debería hacerlo? Resolvería tantos problemas...
Le pasó una mano por la nuca para acercarlo y él supo exactamente por qué no debía
hacerlo. No rompería el vínculo entre ellos al apresurarse.
Él giró repentinamente. No confiaba en sí mismo al estar tan cerca de ella. Debía conseguirle
ropa tan pronto como fuera posible.
—Ven, pequeña.
Meiriona parpadeó, sintiéndose aturdida como si despertara de un sueño. Godric la cogió de
la mano y la llevó con cuidado hacia el corazón del castillo. Lo siguió sin ofrecer resistencia. Su
áspera mano se sentía deliciosa en la de ella mientras la conducía por varias escaleras.
Desconcertada, sabía que ante lo que él planeara, no sería capaz de negarse.
Unos momentos más tarde, llegaron a una recámara repleta de rollos desordenados de
terciopelo y seda. Un pequeño tropel de mujeres, charlando excitadas como gallinas, detuvo su
cacareo y los observó detenidamente.
Asombrada, las observó, sintiéndose como un saltamontes al que le iban a arrancarle las
patas. Se volvió hacia Godric.
—¿No estamos yendo a...¡
Su voz se apagó. ¿En qué estaba pensando? Seguramente ella no quería acostarse con él.
La guió hacia la habitación.
—Hagan ropa para mi presa.
La niebla se despejó de su mente cuando dijo la palabra «presa ».
La costurera de mayor experiencia, una mujer regordeta con ojos dulces de abuela y manos
nudosas, aclaró su garganta y dejó a un lado la aguja y el recorte de tela que estaba cosiendo.
—Sí, amo Godric.
—Usen tela del nuevo envío.
La mirada de la costurera fue de Godric a Meiriona.
—Estará maravillosa de verde.
—Hazlo entonces.
Meiriona tiró de un mechón de cabello sintiendo que su anterior confianza se estrellaba
contra el piso.
Godric observó la desordenada habitación.
—Dejé un vestido verde aquí hace tres días. Adáptenlo para que le quede, luego trabajen en
un nuevo guardarropa que sea acorde a su condición.
Meiriona se estremeció, demasiado sorprendida como para pensar en algo para decir.
La costurera les hizo una seña con la cabeza a un par de mujeres, luego cruzó la habitación y
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revolvió en un cajón. Las damas se acercaron a Meiriona haciendo a Godric a un lado. Le quitaron
la túnica por la cabeza para dejarla desnuda una vez más.
Intentó aprovechar el enojo y la indignación en los que se envolvió cuando irrumpió en el
campo de práctica. Pero esos sentimientos se esfumaron por sus dedos y se sintió expuesta y
repentinamente tímida.
Godric le sonrió. Un fuego azul le brillaba en los ojos y la vestía con su calor y su deseo.
Curiosamente, se sentía vulnerable, tímida, expuesta y miles de otras cosas, pero no se sentía
avergonzada. Las gallinas la rodeaban, empujando a Godric cada vez más lejos. Una docena de
manos la tocaban, midiendo y pellizcando el largo y el ancho de su cuerpo.
—El verde claro —cloqueó una gallina.
—No, el oscuro —cacareó otra.
—A mi parecer, la seda azul combina con sus ojos. Qué dúo que harían.
—Una túnica que combine para el amo Godric.
Godric fue empujado fuera de la habitación por la multitud. Meiriona lo escuchó reír y sus
pesadas botas resonaron por el corredor del castillo.
¿Lo amaba o lo odiaba? Inspiró profundamente, permitiendo que las mujeres la cubrieran
con distintos largos de tela. ¿Cómo podía soportar un matrimonio sin pasión después de haber
conocido el fervor que podía compartir con Godric? El sólo pensar en el tío Pierre acariciándola
íntimamente le revolvía el estómago.
¡Piedad! Godric era su obsesión. ¿Qué debería hacer¡ Incluso si estuviera dispuesta, el tío
Pierre y su padre nunca estarían de acuerdo con una anulación, ni siquiera si el rey lo ordenase. Se
resistirían y habría una guerra. Incluso en ese momento, se los imaginaba preparándose para la
batalla de la misma manera que Godric y sus hombres lo habían estado haciendo cada día desde el
momento de su llegada a Montgomery.
Frustrada por sus pensamientos, su mente regresó al rebaño de mujeres que ahora medían el
largo de sus brazos. Le sonrió a la costurera más cercana, una mujer de mediana edad cuya belleza
hubiera competido con la cortesana más deslumbrante excepto por un enorme y blanco corte que
estropeaba su mejilla y por su oreja izquierda, que era milimétrica. La mujer se tocó la oreja con
timidez y Meiriona apartó su mirada, deseando que se le ocurriera algo reconfortante para decirle.
—Señora —dijo la jefa de las costureras—. ¿Os agrada este color?
Meiriona volvió su atención a la tarea en mano. Elevó los brazos y permitió que las mujeres
le colocaran el vestido color esmeralda sobre su cabeza. No le importaba el color ni el modelo del
vestido que ellas eligieran siempre y cuando no tuviera que pasar desnuda su estancia en el hogar
de Godric.
Una mujer le levantó el cabello y le confió:
—Vos le agradáis mucho al amo, señora.
Otra mujer trajo un espejo de plata pulida.
—Sois muy bella, señora.
Dio un grito ahogado, al ver el milagro que las gallinas habían hecho. Estaba... de maravilla.
¡Dulces santos! Bien podría competir con una princesa. El vestido esmeralda abrazaba sus senos y
acariciaba sus caderas. Le quedaba a la perfección. Ellas habían cosido unos adornos bordados en
oro a los costados de las mangas y en la línea del escote.
Cuando el rey exigió más impuestos y un rescate por su padre, había vendido todos los
hermosos vestidos que tenía para obtener oro. Había pasado más de un año desde la última vez
que había vestido algo de calidad.
—¿Aprobáis el vestido?
—Oh, sí.
138
Meiriona observaba a las gallinas.
—Gracias, buenas mujeres.
—Danos unos días y vos estaréis arreglada como una princesa.
—El amo os aprobará, sin duda.
—Ya no puede apartar su vista de vos.
Sin poder resistir el impulso hacia la vanidad femenina, Meiriona giró hacia los lados para
observar mejor su imagen en el espejo.
—¿De verdad?
—Sí. Es verdad, señora. Nunca vi al amo mirar a una mujer de la manera que os mira. Ha
estado de malhumor desde que llegasteis. Os desea, sí.
¿Podía hacer que la deseara tanto como para no luchar contra su padre?
Estudió su imagen. Las artimañas femeninas eran un arma de larga tradición. Sonrió al
recordar cuando Godric dejó caer la espada sobre su pie. Ah, sí. Podía domar al Dragón y evitar la
guerra. Y sabía exactamente cómo.
Se ofrecería.
Un temblor de anticipación corrió a través de ella.
Volviéndose hacia la regordeta jefa de costureras, Meiriona preguntó:
—¿Pueden indicarme el camino de regreso a la recámara de Godric?
La gallina jefa chasqueó la lengua y asintió en señal de aprobación.
—Por aquí, señora.
Meiriona sintió una gran ligereza de espíritu mientras atravesaba la puerta, lentamente hacia
el final del salón. Lo amo, y quizás vayamos al continente a vivir tranquilamente. Tendré a Godric y
Godric me tendrá a mí.
Lady Montgomery se detuvo en el salón mientras pasaban, bonita y fría en terciopelo azul.
Ante su detenido examen, Meiriona sintió que su confianza tambaleaba.
—¿Ya se cansó de tu desnudez? ¿Ya te envía de regreso a tu hogar?
Meiriona se desanimó y apretó la mandíbula al ver los celos y la amargura en los ojos de la
dama.
—No me estoy yendo. Deseo quedarme con Godric.
La costurera la condujo hacia el final del salón.
—No le prestéis atención, señora.
—Tú ya estás casada —acusó Lady Montgomery.
La culpa se abrió lugar a través del corazón de Meiriona como oscuras nubes de lluvia.
—Sí.
Lady Montogmery la miró con malicia.
—¿De qué se trata esto? Dime.
Lo amo.
—Debo evitar una guerra.
—Ah.
Lady Montgomery se santiguó.
—¿Te convertirías en la prostituta de un bastardo?
Meiriona hizo una mueca. Su idea de quedarse con Godric contra la lógica de los demás
había sonado tan romántica anteriormente, rodeada por las gallinas de Godric. Pero en realidad
resonaba de manera tan fría que hasta parecía frívola. Su rápido plan amenazaba con perecer.
—No te aceptará —Lady Montgomery dijo con desdén.
—Lo hará —replicó Meiriona con más confianza que la que sentía.
—Sí, lo hará —coincidió la costurera—. Venid, señora, por aquí.
139
Lady Montgomery sonrió con serenidad.
—No eres tú a quien quiere, sino tus tierras. ¿Crees que tu nuevo vestido hará una diferencia
en eso?
Furiosa por la mordacidad de su tono, Meiriona la miró directamente a los ojos.
—No, vi deseo en su mirada.
—Quizás. Quiere tener relaciones tanto como cualquier otro hombre. Supongo. Es tu tierra lo
que quiere. Tomará tu castillo de la misma manera que tomó el nuestro.
Con la vista fija en Lady Montgomery, la costurera cogió firmemente a Meiriona.
—Venid, señora, yo os conduciré a vuestra recámara.
Meiriona se volvió.
—Sí, a mi recámara, por favor.
—No es tu recámara, prostituta de Godric —masculló Lady Montgomery—. Es la de él.

140
Capítulo 23

Meiriona se sentó sobre la cama en la recámara de Godric con un nudo en el estómago.


Mientras, observaba el ambiente borgoña y azul. La duda trepaba en su mente al pensar en la
advertencia de Lady Montgomery. ¿Y si la mujer estaba en lo cierto y Godric solamente quería su
tierra?
Mirando alrededor, Meiriona inspeccionaba las costosas ventanas de cristal, los tapices
exuberantes y las alfombras.
No; la mujer estaba equivocada. Equivocada. Debía estar equivocada.
Godric tenía una buena vida allí. No necesitaba su tierra. No necesitaba su oro. Si el deseo de
Godric por ella era meramente físico, la hubiera forzado hace tiempo. Y si solamente quería el
castillo, lo podía haber tomado con sus hombres.
Lo que quería era revancha. La quería como su cautiva, llano y simple, para reparar los años
que había estado en cautiverio. Era el orgullo de los hombres: le permitiría ganar y evitaría la
guerra.
Apartó sus persistentes dudas, se puso de pie, cruzó la recámara hasta el tocador y se
observó en el espejo. Las gallinas habían hecho un magnífico trabajo. Se veía como una princesa
capturada.
Godric la aceptaría. Tomarla por la fuerza de su hogar satisfizo su orgullo masculino y eso
evitaría que asesinara a su padre.
Era un buen plan. Tomó un libro de un estante, se dirigió a la chimenea y se sentó en la silla-
trono para esperarlo.
—Por la cruz —dijo Godric al entrar en la recámara varias horas después—. Estás
deslumbrante.
Meiriona colocó el libro a un lado y sonrió. Levantándose de su asiento, extendió sus manos
hacia él.
—Ven, mi lord. Tenemos mucho que discutir.
El tomó sus manos, las colocó palmas arriba y depositó un beso ligero como una pluma en
cada una de ellas.
Un temblor de deseo fluyó a través de ella. Todas las dudas que persistían sobre su plan de
ofrecerse a él se desvanecieron. La deseaba; ella lo deseaba. Era simple, intercambio mutuo.
Lo condujo hacia el fuego y él se sentó en la gran silla, cruzando un pie sobre la rodilla
opuesta.
—Mi lord —comenzó nuevamente, luego se detuvo y se sentó en el escalón de la chimenea.
El deseo entre ellos era palpable, pero ¿cómo se suponía que le explicaría que quería convertirse
en su amada?
Godric la observaba con una mirada intensa y enigmática. Desconcertante.
Ella titubeó en su propósito. Quizás eso era una locura después de todo. Se puso de pie y
sirvió dos copas de vino. Le entregó una a su futuro amante.
—Deseo evitar la guerra.

141
Godric elevó una ceja.
—Yo tampoco tengo deseos de que ocurra una guerra.
El alivio fluyó a través de ella, y bebió un sorbo de su vino.
—Entonces, me quedaré contigo.
—Por supuesto.
El júbilo la hacía sentirse como una niña que se reía tontamente. Impulsivamente, se inclinó y
le besó la sien.
Él se puso tenso.
—Meiriona. —Cogió la parte superior de sus brazos y la arrastró dulcemente hacia él—. Ven
y siéntate conmigo.
Ella sonrió y se sentó en su regazo, deleitándose por lo grande de su cuerpo y por cómo la
arropaba con su calidez y su aroma a bosque. Sentada allí, sentía que todo en el mundo estaba
bien.
—Cuéntame sobre tu matrimonio con Pierre.
Meiriona suspiró, sintiéndose segura y reconfortada en los brazos de Godric.
—Él es mi amigo, pero no estoy enamorada de él.
Estoy enamorada de ti. Deseó tener el coraje para confesar sus pensamientos en voz alta.
—¿Por qué has contraído matrimonio con él? —preguntó suavemente.
Ella apartó su brazo, indicando su opulenta recámara.
—No tuve alternativa. No cuento con una riqueza como la tuya. Muchas de nuestras
posesiones fueron vendidas para pagar los impuestos del rey.
—Entiendo.
—Mi pueblo estaba muriendo de hambre.
El tono de la conversación había cambiado de algún modo y ella se acomodó para ver mejor
su rostro.
La observaba minuciosamente pero sus pensamientos estaban escondidos detrás del fuego
azul de sus ojos. Una de sus manos recorría lentamente su espalda.
—Si te hubieras casado conmigo, tu pueblo no estaría muriendo de hambre.
—Quizás.
Ella pasó sus dedos a través de la cicatriz con forma de hoz que le recorría la mejilla.
—Lo siento mucho. Dime qué sucedió después de que dejaste la capilla hace tanto tiempo.
—Los hombres de tu padre me atacaron. Luché pero solamente tenía una daga y mis
posibilidades eran nulas.
Soltó la respiración.
—Fui un tonto al dejar mi espada en mi montura. La carta que tu padre envió era muy
cordial y me recibieron calurosamente en el portal de entrada. Cuando uno de los criados me dijo
que el sacerdote no veía bien que hubiera armas en el santuario, no lo cuestioné.
—¿Estabas solo?
Se encogió de hombros.
—Nadie tiene tiempo de seguir a un bastardo a su boda.
—Pero tu padre...
—Estaba ocupado con sus propios asuntos.
Su mandíbula se endureció y ella la besó para que el dolor desapareciera.
—¿Qué sucedió luego¡
—Fui amarrado y colocado en una embarcación. Después de varios meses de viaje, me
vendieron en una subasta de esclavos. Era joven, fuerte y furioso. Peleé cada vez que pude.
Se detuvo y observó el fuego.
142
—Me pegaron muchas veces al principio.
El corazón de Meiriona se encogió.
—¿Cómo sobreviviste?
Él elevó su barbilla.
—Aprendí cuándo luchar y cuándo rendirme. Una lección que deberías aprender tú misma.
—Quizás —dijo descaradamente.
—Los comerciantes de esclavos parecían creer que era una gran presa a pesar de mi rebeldía
y me entregaron a un sultán como obsequio. Hice trabajos duros, más como animal de carga que
como hombre, hasta que reconocieron mi talento en los números y en las cuentas. Después de eso,
mi suerte mejoró considerablemente. Mi celda era opulenta, incluso más que esta recámara.
Todavía era un esclavo, pero el sultán confiaba en mí como su administrador.
Ese pensamiento alivió una pequeña parte de su culpa: dejar a un hombre como Godric a su
suerte para que no solamente sobreviva sino que prospere donde un hombre débil hubiera sido
aplastado.
—¿Qué sucedió¡
—A la hija del sultán le parecía fascinante. Me enviaba mensajeros secretos para que me
despertaran en mi recámara en plena noche. Tenía la confianza del sultán pero la traicioné.
Meiriona sintió una punzada de celos por la princesa exótica que había conocido en tierras
extranjeras.
—¿La amabas?
—¿Amarla?
Un intenso fuego ardió en sus ojos azules, más caliente que el fuego en la chimenea.
—No. Estaba solo, aburrido. Y había pasado mucho tiempo desde la última vez que me había
enterrado entre los muslos de una mujer.
Meiriona se ruborizó por su discurso sincero, pero sentía el dolor en su voz.
—Eras un extraño, vendido en una tierra extraña. Nadie puede culparte por tomar el placer
que podías.
A no ser por el chisporroteo del fuego, había tranquilidad para que se oyeran varios latidos.
—Nadie más que Amelina.
Un silencio incómodo se extendió como la cuerda de un arco muy tensa. La culpa amenazaba
con romper el corazón de Meiriona. La niña era inocente de las circunstancias de su nacimiento. El
camino de la vida era difícil para los niños bastardos.
¡Dulces santos! El mal que le había hecho a Godric se extendía más y más.
—Actué como un cerdo sucio y en celo —agregó luego, con una voz que sonaba con dolor.
Ella le colocó una mano sobre la mejilla.
—No. La culpa es mía. Debí haber ido contra los deseos de mi padre. Debí haberte advertido.
—¿Advertido?
Sus ojos se oscurecieron y se volvieron tormentosos.
—Sí...
Las palabras caían de su lengua.
—Lamento haberte fallado. Por favor, permítenos volver a empezar.
Ella inspiró profundamente, fortaleciéndose. Entregarse a Godric era lo único que podía
evitar la guerra entre él y su padre. No se acobardaría en ese momento.
—Permaneceré voluntariamente contigo, seré tu cautiva como tú has sido un cautivo.
Ahí está. Lo había dicho. Dejó salir la respiración que había estado conteniendo.
Godric apretó la mandíbula y la ira brilló en sus ojos.
—¿Te venderías para corregir los errores de tu padre?
143
Palideció, sorprendida por la ira.
—Sí.
—¿Eso es lo que realmente deseas? ¿Ser mi esclava?
Su voz era dura.
Ella asintió, deseando que comprendiera el sacrificio que estaba haciendo para evitar la
guerra.
—Me quedaré contigo. En reparación por los años que tú has sufrido.
De pronto, Godric la tomó para que se pusiera de pie nuevamente, lo que hizo que ella se
sintiera mareada. La pérdida del calor y de la comodidad de sus brazos hizo que sintiera
escalofríos.
—Desvístete —le ordenó.
Sus ojos se abrieron y ella sintió como si él la ahogara en un lago helado.
—¿Qué?
—Desvístete —repitió. Su voz era suave pero no auguraba nada bueno.
Ella tembló cautelosa. Un atemorizante cambio se había apoderado de él y ella no sabía por
qué.
—Los esclavos deben ser obedientes. ¿Deseas ser mi esclava o no¡
¡Santo Dios! La estaba probando. Ella había hecho esa oferta y él estaba probando su
seriedad. Cerró los ojos. No esperaba eso pero si ése era el precio de la paz, lo aceptaba. Él ya la
había visto desnuda. Todo el castillo la había visto desnuda. Una vez más no importaría, y ella
sabía demasiado bien que una vez que se recuperara de su buen humor, sería un amante
considerado y cariñoso. No tenía nada que perder.
Soltó los lazos del vestido y permitió que se deslizara sobre sus caderas y cayera al suelo.
—Las enaguas también.
Al tomar la tela, notó que sus dedos temblaban. Ella lo miró, pero su rostro era indescifrable.
Tiró de las enaguas rápidamente sobre su cabeza para evitar más dilemas y las arrojó a sus pies.
—Si el precio de tu paz es avergonzarme, lo acepto.
—Bien —dijo, presionando su barbilla.
—Recuéstate sobre el suelo, de espaldas, aquí, a mis pies.
Nerviosa, se llevó el cabello detrás de la oreja.
—Seguramente no hablarás en serio.
Él elevó una ceja.
—Dices querer permanecer conmigo como cautiva. Obedece mi orden. Es el precio de la paz
que acordaste pagar.
Cierta inquietud surgió en su pecho por su peligroso tono. ¿La lastimaría? No, sabía que no
lo haría. Era solamente una prueba para que ella la resolviera. Se colocó de rodillas y luego se
acostó sobre la alfombra. La espalda desnuda se hundía en la suave piel de oveja.
¡Jesús! ¿Por qué no la tocaba? Parecía que él quería que se sintiera incómoda.
Desde ese ángulo, ella podía ver el gran bulto de su virilidad entre sus muslos, aterrador y
emocionante al mismo tiempo.
—Abre tus piernas.
Su amaneramiento la ponía nerviosa. Se sentó y arrugó el entrecejo, disgustada por ese
cambio en él.
—¿Por qué actúas de esta manera?
—Una mujer, una cautiva, no tiene permitido cuestionar a su amo. Abre las piernas.
—No.
—¿No? Una esclava no tiene la opción de decir que no. ¿Tú crees que yo pude decir que no a
144
cada humillación a la que me sometieron?
Meiriona tragó saliva, dándose cuenta de lo que se trataba exactamente su oferta. Le había
pedido ser su prostituta, pero quería ser tratada como su esposa.
Con lentitud, se recostó sobre el suelo. No la lastimaría, estaba segura de ello. Ese cambio
solo era orgullo masculino para reparar las humillaciones que había sufrido. Cerró los ojos con
fuerza y abrió las piernas.
—Más. Y elévalas.
Obedeció. Su rostro hervía mientras sentía el aire frío en sus partes privadas.
—¿Cómo te sientes?
—Avergonzada. Expuesta.
Bajó las piernas y las juntó.
—Por Dios, no hagas esto.
—¿Tú crees que una esclava tiene elección sobre cómo la toman? ¿Tú crees que yo tuve
elección?
Ella hizo una mueca.
—No —continuó—. En absoluto. Si un amo desea que su esclava se acueste desnuda a sus
pies y abra las piernas, ella obedece.
Meiriona tragó saliva una vez más y lágrimas calientes brotaron de sus ojos.
Godric se hundió en el suelo, arrodillándose junto a ella en la alfombra de piel de oveja. Le
besó la mejilla y ambos párpados.
—Te quiero como mi esposa, Meiriona. No como mi esclava. No como mi prostituta. —Su
tacto era suave, pero su voz era de enfado y amargura—. No creas que puedes apaciguar mi
venganza solamente ofreciéndome tu cuerpo.
Su estómago daba vueltas y ella elevó los brazos para envolverlos alrededor de su cuello,
deseando más de su suave toque, pero él se apartó y se puso de pie, por encima de ella.
—Levántate.
Ella parpadeó y se puso de pie con torpeza. Desconcertada.
La llevó hacia sus brazos.
—Escúchame, pequeña tonta. Puede que te quiera exactamente en la misma posición que
estabas, pero te quiero ahí porque tú quieras estar ahí. Whitestone es mía porque me pertenece.
No puedes ofrecerte en el altar del sacrificio para apaciguar a la bestia y mantener a tu familia a
salvo. Deberás ofrecer algo mejor.
Le dolía el pecho y sintió una lágrima correr por su mejilla.
—Solamente me tengo a mí misma... Nada mejor para ofrecerte.
—Meiriona.
Él le enjugó la lágrima.
—En la capilla, hace años, no deberías haberme advertido. Deberías haberte casado conmigo.
Sus labios se estrellaron contra los de ella en un beso demandante, luego la soltó y salió de la
habitación. El dique de lágrimas se rompió y ella se lanzó sobre la cama con un sollozo demoledor.
Agitando su desnudo cuerpo sobre las sábanas, lloró hasta que el sueño la venció.

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Capítulo 24

Al día siguiente, una insistente mano sacudió el hombro de Meiriona.


—Despierta, pequeña.
Abrió un ojo. Godric, vistiendo una túnica negra lisa, se encontraba sentado sobre la cama al
lado de ella. Con su gran cuerpo presionaba las plumas y hacía que el colchón se quejara contra
sus cuerdas.
Le sacudió el hombro una vez más y ella lo observó enfadada.
—Fuera de aquí.
Él sonrió, sin el menor desánimo por su mal humor de la mañana.
No habían hablado desde el fracaso de la «oferta» del día anterior. Durante toda la noche
soñó que estaba casada con él: Lord y Lady Whitestone, juntos. De algún modo, anularía su
matrimonio con el tío Fierre.
Godric se inclinó hacia atrás para abrir las pesadas cortinas de las ventanas cercanas. El sol
ardió intensamente en la recámara, dorando sus hombros. Meiriona parpadeó y se cubrió los ojos
con la mano.
—Santo Dios. ¿Qué hora es?
—Casi media mañana —contestó alegremente, ganándose otro entrecejo arrugado de parte
de ella.
Se sentó de una vez y se colocó la camisa de lino sobre los hombros.
—No haré nada más que dormir y comer aquí —gruñó—. ¿Has sabido algo de mi padre?
—No, Meiriona. Estoy preocupado por eso. Envié un mensajero a negociar con él cuando
llegamos a Montgomery.
Godric le acariciaba el brazo con dulzura usando la yema de los dedos, enviando estelas de
fuego a través de su piel.
—¿Crees que no recibió el mensaje?
Godric sacudió la cabeza.
—No lo sé. Mandé otro enviado al amanecer del día de hoy.
Cierta inquietud le provocó un cosquilleo en la columna. ¿Y si su padre planeaba atacar en
vez de negociar su regreso? Colocó una mano en el antebrazo de Godric.
—Prométeme que sin importar qué ocurra, no lastimarás a mi padre ni a Pierre.
Los ojos de Godric se oscurecieron hasta llegar a un profundo color azul noche.
—No albergo ningún deseo de devolverte a tu esposo. A pesar de que no hayamos llegado a
un acuerdo, eres verdaderamente mía.
Meiriona deslizó sus dedos contra su mejilla.
—Yo...
¡Queridos dulces y celestiales santos! ¿Qué debería decirle?
Godric le había dicho una vez que quería todo de ella y, por Dios, ella se lo quería dar. Ella
no puede renegar de su corazón. Como su esposa o su cautiva (ya no le importaba cuál), quería
pertenecer a Godric. Pero no podía soportar que su egoísmo tuviera como costo las vidas de su

146
padre y de su tío.
—Por favor, prométeme que no lastimarás a mi familia. Pierre es... quiero decir... Pierre...
Ella apartó la mirada, avergonzada de su deslealtad hacia el tío Pierre.
—No quiero a Pierre como esposo, pero tampoco lo quiero muerto.
—Meiriona.
Godric cubrió su mano con la de él, presionando su palma contra su mejilla.
—En el día de ayer recibí un mensaje del rey Edward.
El estómago de Meiriona se cerró.
—Monarca apestoso —masculló.
—Ten cuidado. De verdad, las paredes del castillo respiran y hablan. No voy a permitir que
mi futura esposa sea acusada de traición.
Su mirada revoloteó hacia los numerosos tapices que colgaban de las paredes de la recámara.
—Los espías del rey Edward afirman que Whitestone refugia a rebeldes de Lancashire.
Meiriona sintió sangre corriendo por su rostro.
—No es verdad.
Godric la observó atentamente y mariposas nerviosas revolotearon en su estómago.
—¿Qué sucede, mi lord? ¿Qué es lo que sabes y no me dices?
—Se busca a tu padre para un interrogatorio en Londres.
—¡No! Edward lo asesinará. La última vez que mi padre estuvo en Londres, lo mantuvieron
como prisionero durante meses. Pagué un rescate al rey para que lo liberara.
Meiriona sintió que el mundo daba vueltas alrededor de ella.
—¿Por qué lo quiere el rey?
—Meiriona.
Godric inspiró profundamente. Pasó una eternidad.
—No le hizo mucha gracia al rey cuando se enteró que tu padre me vendió como esclavo.
Tampoco estuvo contento cuando tu padre casó a su hija con un conde francés conocido por sus
afinidades con la casa de Lancashire. Edward me ordenó arrestarlo y levarlo a Londres.
Sus manos estrujaron la sábana de lino.
—Ya es una persona de edad avanzada. ¿Por qué el rey no le permite vivir el resto de sus
días en paz?
Godric la tomó de los hombros.
—Escúchame, pequeña. Edward condenará a tu padre por traición, sin duda. Si tu padre
quiere vivir, debe cooperar conmigo. Tu matrimonio con Pierre debe ser anulado de inmediato.
Contigo como mi esposa y con Whitestone firmemente en mi mano, puedo solicitar un favor para
que el rey perdone a tu padre.
—Querido Jesús.
Meiriona observaba a Godric. Su estómago estaba tan anudado que dolía.
—Mi padre nunca lo admitirá. Tiene el orgullo y la terquedad de un hombre mayor. Morirá
antes de aceptar ayuda de un bastardo de Yorkshire.
Ella se estremeció, dándose cuenta de lo que acababa de decir.
—Perdóname. No quise ofenderte.
—Está bien.
Se inclinó y le besó la mejilla.
—Soy las dos cosas: un bastardo y un partidario de Yorkshire.
El interior de Meiriona se derritió. El beso de Godric fue tan dulce, tan suave. Debía lograr
que su padre y el tío Pierre entraran en razones.
—Permíteme ir a casa.
147
De pronto, Godric se apartó como si lo hubiera asestado una flecha.
—No.
—Por favor.
—No.
—Puedo negociar con mi padre. Explicarle.
—No.
—Él me escuchará.
—No.
—Pero...
Las cuerdas de la cama crujían a medida que Godric se ponía de pie con ojos tormentosos.
—No vuelvas a hablar de esto, esclava. Es tema de hombres.
—¿Tema de hombres? Es mi familia. Mi hogar.
Los hombros de Godric estaban tensos, decididos.
—No te irás. No me lo preguntes otra vez.
Caminó hacia la ventana y observó el patio dejándola fría y sola en la cama. Después de un
momento, regresó al borde del colchón y le ofreció su mano.
—Ven. No hablemos más de tu partida.
Meiriona colocó su mano en su palma y le permitió que la ayudara a bajar de la cama.
¿Por qué los hombres tienen que ser tan obstinados? Si tan sólo pudiera hablar con su padre
y con Pierre.
—Vístete. Tenemos mucho que hacer hoy.
Ella suspiró. Discutir con Godric no le haría nada bien. Cogió uno de los nuevos vestidos que
las damas habían entregado mientras dormía y se lo puso. Era simple, de color azul, con preciosas
mangas largas y un dobladillo con un bordado elaborado. Observó el reflejo que le devolvía el
espejo y sonrió, sintiéndose tan malcriada como una princesa.
—¿Adónde vamos?
—A los establos.
Ella elevó una ceja.
—¿Ya has cambiado de opinión con respecto a llevarme a casa?
—Definitivamente no.
Caminó hacia ella, la tomó de la mano y la llevó suavemente hacia adelante.
—Gírate y abrocharé tu vestido.
Meiriona obedeció y Godric estiró los lazos que recorrían la parte trasera del vestido. Ella
cerró los ojos. Sus manos eran cálidas y sensuales. Sintió que sus senos y sus pezones
cosquilleaban. Su cuerpo ansiaba su toque de la misma manera que lo había hecho cuando la
bañó. Santo Dios. Ese hombre hacía que su cerebro se volviera arcilla.
Ajustó los lazos y los amarró, pero se sentía más como si tensara y anudara sus fibras
sensibles. Godric deslizó las manos por la tela del vestido hasta que abarcaron su cintura, luego la
dio la vuelta para que lo mirara.
Él se inclinó hasta que sólo hubo un cabello de distancia entre los dos.
Ella se echó hacia atrás, pero él siguió el balanceo de su cuerpo con el suyo. Esperó por lo
que le pareció una eternidad. Ella le sonrió con timidez, disfrutando del juego, y retrocedió.
Caminó hacia ella hasta que la espalda de Meiriona se topó contra un tapiz.
Ella sonrió mientras él le colocaba los brazos a cada lado de la cabeza, atrapándola. El conejo
atrapado por el leopardo.
Estaba tan cerca que ella sólo debía lamerse los labios para tocar los de él. Olía a sándalo, a
cuero y a humo. Sus labios se abrieron con una de sus sonrisas torcidas, pero no cerró la distancia
148
entre ellos.
Santo Dios. No la tocaba pero su piel se sentía viva y sensible como si la acariciara. Ella se
quedó inmóvil, esperando que la rozara. Sus labios se mantenían sobre los de ella. Sus manos se
morían por acercarlo. Sin embargo, le parecía algo muy atrevido tomarse tal libertad.
La impaciencia se fue apoderando de ella.
—¿Tienes pensado besarme? —le preguntó de repente.
Sus labios se movieron.
—¿Quieres que lo haga?
Ella lo observó.
—Desde luego.
Godric sonrió.
—Ah, al fin la dama admite la verdad.
Sus mejillas y todo su cuerpo se sentía extremadamente caliente. La distancia entre sus
cuerpos se sentía como millas.
—Yo...
Se movió hacia delante. Sus senos le tocaban el pecho, cerrando la distancia entre sus
cuerpos. Un fuego se disparó entre sus muslos, haciendo que su sexo se sintiera resbaladizo, y
suspiró.
Godric rozó sus mejillas con sus ásperos nudillos.
—Estás temblando.
—No.
—Ahora estás mintiendo.
Abrió la boca para protestar, pero sus labios la silenciaron. Su lengua rozó sus dientes y
encías. Suave. Dulce. Persuasivo. Golpeó la suya, juntándose en un baile primitivo y extático. Se le
ocurrió vagamente que ése era el primer beso que compartían tan sólo por el puro placer de besar.
La había besado para desafiar a su padre en la capilla, ella lo había besado para esconder a
Damien y él la había besado para reclamarla como su posesión. Pero ese beso era un beso de
placer exótico y de goce sensual. Su cuerpo la presionó contra la pared. Se endurecieron sus
pezones y ella sintió el golpeteo reiterado del latido de su corazón.
—Godric —murmuró.
De pronto, él se apartó.
—Dilo una vez más —le ordenó.
Su respiración salía entrecortada.
—¿Que diga qué?
—Mi nombre.
Ella parpadeó.
—Godric.
La yema de sus dedos le rozó la clavícula.
—No, dilo con ese tono ronco, como si quisieras que siguiera besándote por siempre.
Sus mejillas ardían.
—No.
Su boca bajó hasta la de ella. Con la lengua, presionaba para adentro. Ella temblaba y se
aferró a sus hombros. Él persistía con su beso y ella se derretía contra él. Cuando se apartó, ella
abrió la boca para susurrar su nombre.
—Shh.
Colocó su dedo índice sobre sus labios.
—No lo digas ahora o, de verdad, no llegaremos a los establos.
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Meiriona vio su mano temblando contra el tapiz como si quisiera romper la pared.
—Santa María, tú también estás temblando.
—Sí—dijo de manera cortante.
—Ven ahora.
Le echó un vistazo a la cama pero la cogió de la muñeca y la llevó hasta la puerta.
Meiriona arrugó el entrecejo a sus espaldas, sintiéndose modesta y poderosa. El beso lo había
hecho temblar como a ella.
Godric estaba en lo cierto: eso era lo correcto entre ellos. De alguna manera, lograría que su
padre entendiera. Malditos sean el rey Henry y el rey Edward por esta guerra entre Lancashire y
Yorkshire.
La condujo por las estrechas escaleras hasta el patio. El sonido de acero contra acero,
hombres gritando y herreros martillando resonaba en el aire mientras pasaban por el campo de
práctica.
Cierta inquietud la bañó cuando se acercaron a los establos. Había montado con Godric
desde Whitestone hasta Montgomery, pero algo en los hombros decididos de él le hacía sospechar
que planeaba algo para ese día que no sería de su agrado.
—¿Adónde vamos? ¿Vamos a abandonar Montgomery?
Él no se detuvo para responder sino que se dirigió, con gran determinación, hacia los
establos.
—Debes sobreponerte a tu miedo a los caballos.
Meiriona clavó los talones.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué tienes pensado?
—Este miedo te mantiene enjaulada. Es tiempo de que lo venzas.
—Estoy bien sin montar, gracias.
—No, no lo estás.
La cogió de las muñecas para que lo siguiera.
La ira se disparó a través de ella.
—Me he manejado bastante bien.
El se inclinó y la observó.
—Estabas completamente asustada cuando viste a Vengeance por primera vez.
—Y, para mi disgusto, pude llegar hasta aquí.
—Sí, porque estabas conmigo. Debes aprender a montar sola. Está bien visto que lo haga una
mujer de tu clase social.
¡Santo Dios! La obligaría como lo había hecho su padre para que montara sola. Vergüenza y
furia aparecieron mientras recordaba la mirada de desaprobación de su padre. Se le helaron los
pies.
De un tirón, liberó las muñecas de sus manos.
—¡No lo haré!
Godric se dio la vuelta con infinita lentitud. Una mirada de determinación, suave pero firme,
atravesaba sus rasgos.
—Meiriona, hoy no será una repetición de ese día con tu padre.
Ella agachó la cabeza. Todos sus sentimientos de vergüenza afloraron a la superficie. La voz
de su padre le retumbaba en la cabeza. «¡Idiota! ¡Cómo una niña mía se atreve a temer a montar
un caballo!».
Godric recorrió su clavícula con el pulgar. Meiriona sintió una oleada cálida a través de ella.
La abrazó.
—Meiriona, estás a salvo aquí. Seremos tú y yo. Nadie va a estar mirando y nadie te va a
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obligar.
Le tomó las mejillas.
—Déjame contarte una historia sobre el barco de esclavos.
Ella asintió.
—Vencí a dos de los guardias. Le rompí la nariz a uno. Otros guardias me atraparon entre
ellos. Colocaron una mordaza en mi boca, lucharon conmigo hasta derribarme, rompieron mis
ropas, golpeándome y pateándome a medida que lo hacían.
Meiriona retrocedió con horror pero Godric la sujetó de los hombros, impidiendo que se
alejara.
—Pateé y grité pero eran muy fuertes y eran demasiados. Me introdujeron en una estrecha y
hedionda caja de madera. Pero no estaba solo: un cadáver en un viaje a su último lugar de
descanso estaba allí conmigo. Quizás si hubiera estado en completo uso de mis facultades, lo
hubiera soportado, pero hambriento, agotado y enfadado, comencé a gritar y luego a llorar. Perdí
el control de todo sentimiento excepto de mi propio pánico. Me ovillé como un bebé y lloré,
mordiendo mi propio pulgar para consolarme.
Meiriona lo observaba, imaginando a ese orgulloso guerrero reducido a un bebé. Un nudo de
culpa se alojó en su garganta mientras pensaba en lo horrores que Godric había sufrido.
—No, Meiriona, no te sientas tan afligida. Mírame.
Llevó su rostro hacia arriba para que sus miradas se encontraran.
—Durante varios años me reproché por ser débil y patético. Luego llegó el día en que me
colocaron en las catacumbas y me golpearon. Fue allí cuando me di cuenta de que no podían
vencerme. Por las heridas de Dios, era el infierno y los odiaba por ello, pero podían herirme,
matarme, dejarme marcas, pero no podían vencerme. Si gritaba, si lloraba, sí, incluso si chupaba
mi pulgar nuevamente, no podían lastimarme.
Se detuvo; su mano tocó su mejilla suavemente.
—¿Entiendes?
Ella inspiró profundamente. Su corazón suspiraba por él.
—Meiriona, una vez que acepté mi temor como parte natural de mí, tuvo mucho menos
poder sobre mí. Nunca más tuve que actuar como un bebé, a pesar de que sufrí peores
humillaciones que esa caja.
—Ay, Godric.
—Incluso si tu cuerpo te traiciona y pierdes el control, lo que tú eres por dentro es más que
eso. Estás a salvo aquí conmigo. ¿Puedes confiar en mí? No te voy a obligar a montar sola.
¿Confiar en él? La había cargado sin peligro por un precipicio, la había rescatado de un
jabalí, la había alimentado, la había vestido y había cuidado de su hermano. Si decía que no la
obligaría a montar sola, entonces no lo haría. Ella asintió. Su historia del barco de esclavos
disminuyó su vergüenza por haber vomitado frente a su padre y a sus hombres. Godric había
sufrido grandes humillaciones y todavía seguía fuerte, poderoso. ¿Qué le había dicho él una vez?
Que el coraje era acción en la cara del miedo. Quizás decía la verdad.
—Confío en ti —dijo sencillamente.
—Santa misericordia.
La besó en la frente y la condujo hacia un compartimiento al final de los establos.
El aroma a heno fresco y a corral la atacó, mareándola y volviéndola aprensiva. Godric la
tomó del brazo, otorgándole parte de su fuerza. Una yegua torda y con excesiva curvatura estaba
recostada sobre la pared, dormitando. Godric silbó y la vieja yegua abrió los ojos y los observó con
claro desinterés. Aunque su compartimiento estaba lleno de heno, era flacucha y de caderas
huesudas.
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—Te presento a Blue Thunder.
Más probablemente Last Thunder, pensó Meiriona con dureza. Volteó hacia Godric.
—Me parece que es un plan terrible.
Ignorándola, él sacó una manzana de una bolsa que llevaba en la cintura. Blue Thunder se
animó. La vieja yegua caminó hacia ellos arrastrando las patas. Las rodillas artríticas tronaban.
Godric palmeó la nariz de la yegua. Varios bigotes blancos se movieron contra su mano.
Meiriona tragó una bola de miedo. Había montado con Godric sobre un gran semental. Era
cobarde tenerle miedo a una yegua delicada.
Como si sintiera su creciente pánico, acarició el hombro de Meiriona. Se acercó al oído.
—Meiriona, si tienes miedo, sólo piensa en mí chupándome el pulgar.
De pronto, su temor se convirtió en una risa nerviosa. Lo que parecía horrible momentos
atrás ahora le parecía divertidísimo. Levantó una ceja, extendió un pulgar y abrió la boca.
—¿Te lo demuestro?
Meiriona parpadeó y lo observó, atónita. Godric sonrió y rió en voz alta. ¡Tonto! Lo hacía
para que sus miedos no tuvieran poder sobre ella.
Él tocó su labio inferior. La yema de su dedo le rozó la boca.
—Quizás debas intentarlo.
Su voz se volvió ronca.
Atrapada en una oleada de sentimientos, Meiriona se arrojó a sus brazos.
Riendo, la capturó entre ellos. Su boca chocó contra la de ella y se inclinó hacia atrás contra la
pared del establo. Cuando sus labios dejaron los de ella, se sintió mareada.
—Por todos los santos. Debes dejarme ir para hablar con mi padre.
Godric, sonriendo, la palmeó suavemente en el trasero.
—Ya te he dicho que no te irás, muchacha impertinente.
—Pero...
—Sin discusiones, Meiriona. Confiarás en mí con respecto a esto. Ahora ven, terminaremos
tus lecciones de equitación.
Meiriona se volvió hacia la yegua. Discutir con Godric no tenía sentido y no quería romper la
frágil paz. Simplemente tendría que encontrar la manera de volver hacia su padre por sí misma.
—¿Cuántos años tiene el animal?
—Diecinueve o veinte. No estamos seguros.
—Muy vieja.
Godric asintió y dio palmaditas en el cuello de la vieja yegua.
—Ha estado bien cuidada.
Sacó otra manzana de la bolsa y Blue Thunder la mordió con sus dientes planos y amarillos,
luego hurgó en su mano por más.
—Parece que no se siente bien.
—No dejes que te engañe. Solía ser la reina del establo. Puede ser vieja, pero sigue siendo
muy fuerte. Necesita que alguien fanfarronee con ella nuevamente.
Godric llevó con lentitud la mano de Meiriona hacia la yegua.
—Siente lo suave que es su hocico.
Blue Thunder se inclinó hacia ella, buscando comida. El aliento de la yegua se sentía caliente
contra su mano y el hocico de terciopelo era suave y cálido. Sorprendentemente, Meiriona no
sintió miedo.
—¿Ves? Le agrada eso.
Meiriona movió la mano lentamente, acariciando el suave pelo debajo de sus dedos. Su
corazón se sacudió un poco cuando Blue Thunder giró los ojos como si fuera a decir: «Bueno,
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¿dónde está? Se suponía que me traerías comida».
Meiriona sonrió.
Godric la rodeó. Su gran cuerpo presionaba el suyo.
—Muy bien. Eso es todo. Lección terminada.
Ella giró para observarlo.
—Pero ni siquiera montamos.
Godric rió. Sus ojos bailaban.
—Hay mucho tiempo para aprender a montar, pequeña.
Su voz era tranquilizadora y baja, llena de promesas eróticas.

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Capítulo 25

Casi quince días más tarde, risas y conversaciones flotaban alrededor de ellos mientras
Meiriona caminaba con Godric en el gran salón de Montgomery. Ella seguía siendo una
prisionera, pero Godric le había dado cierta libertad y habían llegado a una delicada paz. Los
criados estaban colocando los caballetes de las mesas y preparando las bandejas, todo listo para un
festín. Un gran fuego ardía en la chimenea, proyectando hermosas manchas alrededor de la
habitación.
Lady Montgomery detuvo su costura y observó a Godric desde su asiento junto a la ventana.
—¿Dónde está mi hijo?
Godric se encogió de hombros.
—Probablemente vomitando en el baño.
Lady Montgomery pinchó la aguja ferozmente en la tela.
Meiriona colocó la mano en el antebrazo de Godric.
—Déjala —dijo con tranquilidad. ¿Por qué acosa a Lady Montgomery?
Godric arrugó el entrecejo.
—Ocúpate de lo tuyo.
—Sería mejor que te asegurases un amigo antes de hacerte un enemigo —susurró.
El entrecejo de Godric se profundizó, pero no respondió. Ella suspiró. Él sólo echaba sal en
viejas heridas al no hacer ningún esfuerzo por arreglar la mala relación entre él y Lady
Montgomery. Seguramente sería lo mismo con su familia. Ella se amilanó, sintiendo más
desesperación por hablar con su padre y el tío Pierre.
Godric le dio la espalda a Lady Montgomery y le hizo una señal a uno de los criados para
que trajera una mesa y sillas.
—¿Juegas ajedrez, Meiriona?
—Por supuesto.
Se dispusieron a acomodar las piezas. Había un silencio perturbador entre ellos. Un criado
trajo copas de vino y una bandeja de pasteles de zarzamoras, dulce y pan con miel.
—Quisiera...
—No, Meiriona. Ni lo menciones. No puedes ir a casa.
Su voz no daba lugar a discusiones.
Suspirando, se hundió en la silla.
—¿Cómo está mi hermano?
No le habían permitido hablar con él, pero ella lo había visto desde su ventana y parecía
contento.
Godric se movió en su silla.
—Se encuentra bien. Ha estado trabajando en los establos.
Meiriona sonrió con alivio.
—Es bueno con los caballos. Cuando monta, es como si no fuera rengo.
—Se maneja bien con los caballos. Probablemente algún día será un gran jinete.

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En ese momento, un perro aulló fuertemente y la puerta principal se abrió. Amelina se
apresuró a entrar, sosteniendo un perro por el pescuezo. Lo dejó ir y el perro salió aullando. Se
escabulló hasta llegar a su padre y observó a Meiriona.
—Papá, ¿por qué todavía se encuentra aquí?
La niña agitó sus brazos y derribó dos peones y una torre que rodaron hasta el suelo. Una
sirvienta corrió para volver a acomodarlos.
Godric arrugó el entrecejo.
La pequeña niña cogió un puñado de pasteles de zarzamora y se los metió en la boca,
inflando sus mejillas como una vejiga llena de agua. Lady Montgomery y Meiriona
intercambiaron una mirada de desaprobación. Cogió un pedazo de pan con mantequilla, saltó
desde la falda de Godric y salió corriendo.
Godric no dijo nada. Su rostro era enigmático.
De todos los hombres que ella había visto, sus modales en la mesa eran los más impecables,
sin embargo, ese entrenamiento en los modales parecía no extenderse a su hija.
Bear, sentado junto a ella, extendió las piernas y se inclinó hacia Meiriona.
—Necesita una madre, sí.
Ella observó a Godric, pero él estaba concentrado en el tablero de ajedrez.
—La niña no necesita otro padre. Necesita disciplina por parte del que ya tiene.
Godric levantó una ceja y movió uno de sus alfiles.
Bear se aclaró la garganta.
Se abrió una cortina y Damien ingresó al salón, sonriendo de oreja a oreja.
A Meiriona casi se le cae el pastel que estaba sosteniendo.
Su hermano cruzó la habitación dando zancadas atolondradas, llevando un arco de
entrenamiento y un carcaj de flechas colgado sobre el hombro. Caminaba derecho, apenas
inclinándose sobre su pierna renga.
Su corazón se hinchó se orgullo mientras se acercaba a la mesa y hacía una reverencia ante
Godric.
—Di en el blanco con las últimas tres flechas. Bear quiere que me encargue de los caballos
mientras sus hombres no están.
Godric le dio una palmada en el hombro.
—Sin duda, harás un buen trabajo, muchacho.
Ella sintió que sus labios temblaban de felicidad. Godric se encargaría del entrenamiento de
Damien. Ya no había por qué temer por su futuro. Era un obsequio más importante que la peineta
de esmeraldas o que su nueva ropa.
Ella le sonrió.
—Gracias.
La niña de Godric corrió desde la silla junto a la ventana, cogió un pastel de zarzamora y
miró desdeñosamente a Damien.
—Él camina como un viejo hombre enfermo.
La sonrisa de Damien se tambaleó.
Meiriona le lanzó una mirada a Godric, esperando que corrigiera a su hija. Él, sin prestarle
atención al comportamiento de la niña, bebió y movió su caballo al centro del tablero.
Damien miró a Godric y a su hija. Ella podía sentir su necesidad de que Godric contradijera
el veredicto de la pequeña niña. Cuando no lo hizo, Damien se alejó rengueando con torpeza
desde la chimenea.
Meiriona observó a los sirvientes yendo y viniendo. Nadie le prestó atención a la niña. De
hecho, todos parecían querer ignorar a la pequeña. Se volvió hacia Godric.
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—Amelina necesita disciplina.
Godric elevó la mirada repentinamente, justo cuando la niña se sentaba en la chimenea y se
colocaba un segundo pastel en la boca. Se la veía... adorable. Los volantes azules del vestido se
movían a su alrededor y el cabello oscuro se rizaba alrededor de su pequeño rostro enmarcando
sus grandes ojos azules. Una pintura perfecta de la inocencia.
Godric se encogió de hombros.
—Sólo aterroriza a los perros.
Godric observó a su alrededor. Varios sabuesos estaban tendidos en el suelo masticando
huesos con satisfacción.
—Todo parece estar en orden.
—Insultó a mi hermano.
—No, ella dice la verdad con la inocencia de una niña, no con maldad.
Meiriona se cruzó de brazos.
—Si continúas justificando sus acciones, su comportamiento solamente va a empeorar.
En ese momento, Amelina le arrojó el resto de su pastel a Damien.
—No te quiero aquí.
El pastel le salpicó todo el carcaj que acabó goteando moras en el receptáculo para las flechas.
—¡Ho! —gritó Damien.
La niña saltó de la chimenea y se escondió debajo de un caballete de la mesa, levantando a
los sabuesos.
Las sirvientas chillaron cuando los perros comenzaron a merodear alrededor de la
habitación. Dos criadas chocaron al tratar de esquivar el alboroto. Bandejas de jamón asado
cayeron al suelo. Las mujeres se quejaron, los hombres gritaron y los perros ladraron y se
apresuraron para conseguir su parte de la recompensa mientras los criados trataban de
espantarlos para juntar las partes que se podían salvar.
Meiriona se volvió hacia Godric.
Él arrugó el entrecejo.
Ella elevó una ceja.
Con lentitud, Godric inspiró profundamente y se puso de pie.
—¡Amelina!
De una vez, todos los gritos y los ladridos cesaron. Todo pasó a estar tranquilo como la
muerte. Una cuchara cayó al suelo, lo que provocó un sonido sobrenaturalmente fuerte en el
silencio.
Bear y Lady Montgomery lanzaron una mirada a Meiriona, de triunfo o de terror, ella no
estaba segura.
—Tú. —Godric señalaba a la niña—. Ven conmigo.
La niña se cruzó de brazos.
—No.
Godric se dirigió hacia ella y colocó a la niña en sus brazos. Ella gritó y pataleó, doblando la
espalda para liberarse, pero su padre la sacó de la habitación.
Meiriona se volvió hacia Bear. Amelina, malcriada como era, era una pequeña niña, y Godric
era un guerrero.
—Él no la lastimará, ¿o sí? —susurró.
Bear sacudió su cabeza.
—Señora, el amo daría su propia vida antes de lastimar a uno de los suyos.
Meiriona se mordió el labio pensando en la escena en el bosque con Owain, en el látigo que
resonaba sobre la espalda desnuda del joven.
156
—¿Qué hay de Owain? —preguntó de repente.
Bear la miró como si le hubiera crecido una segunda nariz. Aclaró su garganta.
—Una esposa no debe cuestionar las decisiones de su esposo.
—Pero yo no soy su esposa.
Bear se encogió de hombros.
—Lo serás.

157
Capítulo 26

— Ho.
La voz de un hombre se arrastró desde un lado de la habitación mientras Meiriona caminaba
hacia el cuarto de costura unos días más tarde para agradecerles a las costureras por toda su ropa
nueva. Ese día, vestía una túnica color borgoña bordada con hilos dorados. La gratitud brotaba de
su corazón por todo lo que las mujeres habían hecho.
—¡Ho!
Repitió.
Se detuvo y miró dentro de la recámara de donde provenía la voz. Cabello oscuro rizado
alrededor de los amplios hombros de un hombre sentado en una silla lujosamente tallada frente al
fuego que ardía. Por un segundo, creyó que era Godric pero al ver el rostro aniñado y sin marcas
de ese hombre se dio cuenta de que era el hermano de Godric. ¿Cuál era su nombre? Una jarra de
vino, una copa vacía y una pila de libros se ubicaban en una mesa cercana. Él sostenía un libro
abierto sobre la falda.
Ella colocó la mano en el marco de la puerta.
—¿Me has llamado?
Le hizo señas para que se acercara hacia la otra silla.
—Siéntate. Me agradaría hablar con la presa de mi hermano.
El joven lord rió.
—Perdóname. Ven —acompañando con señas sus palabras—. Me agradaría hablar contigo
sobre Godric.
La llevó la curiosidad.
—¿Qué pasa con él?
El hermano de Godric cerró el libro y lo colocó sobre la pila.
—Solamente cosas.
Sujetando el marco de la puerta, Meiriona consideraba la idea.
Él levantó una ceja, lo que le hacía parecerse aun más a Godric.
—No muerdo. Siéntate y bebe conmigo.
Cruzó el umbral y vio la copa vacía.
—Tú ya has bebido suficiente.
Echó la cabeza hacia atrás y rió.
—Entonces, los cuentos sobre tu espinosa lengua son verdad.
Caminó a través de la habitación y sintió como si la estuvieran conduciendo hacia la guarida
del lobo. El aroma de madera quemándose impregnaba la recámara. Ella se remangó al tiempo
que oleadas de calor del gran fuego la golpeaban.
—Santo Dios, esto es un horno.
El joven se encogió de hombros y se recostó en su silla.
—Cuanto más caliente está, más fácil es convencer a las mujeres que se quiten sus ropas.
Meiriona arrugó el entrecejo y se volvió para irse. Tenía mejores cosas que hacer antes que

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tratar con un borracho.
Él se puso de pie de un salto y la cogió de un brazo.
—Perdóname. El vino me hace olvidar mis modales.
Le soltó el brazo. Parecía realmente avergonzado.
—Por favor, quédate. Sólo por un momento.
—Está bien —aceptó—. Sólo por un momento.
Él le ofreció la mano.
—Nunca nos presentaron como corresponde. Soy James Vaughn, Conde de Montgomery.
Ella le dio su mano y él se inclinó para besársela cortésmente. Luego, se incorporó y la
condujo hacia una de las sillas.
Tomó una silla y ella lo estudió. Aunque estaba ebrio, estaba mucho más sobrio que la
primera vez que lo había visto.
—Godric no es un mal hombre —dijo sin preámbulos—. Mi madre piensa lo contrario.
Meiriona se inclinó en la silla.
—Eso he oído.
James inclinó la jarra, pero sólo unas pocas gotas cayeron en su copa.
—Maldición.
Meiriona comenzó a mover un pie y se preguntaba si debería haberse ido.
—Ibas a decirme algo sobre Godric —dijo deliberadamente.
James sorbió las gotas de vino de su vaso, luego la miró con atención.
—Él te desea. Su humo es peor que su llama.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que si lo tratas bien, puedes conquistar al Dragón.
—Ah.
Se recostó sobre la silla a la espera de más explicaciones.
—Nunca tuvo a nadie que lo amara —continuó James—. Su madre murió, nuestro padre no
era bueno en el tema del amor y mi madre lo odia.
Meiriona se sorprendió.
—Suenas como si te importara.
James sacudió una mano con desdén.
—Es exigente, autoritario y testarudo. ¿Qué tiene para amar?
Meiriona rió. El fuego chisporroteó cuando un leño se movió.
—En realidad, estás en lo cierto. Pero a veces, es amable. James sonrió.
—Necesita amor.
Irritada con la dirección que había tomado la conversación, Meiriona se sonrió.
—¿De verdad?
—Sí, yo lo sé.
Meiriona se cruzó de piernas.
—¿Qué sabes tú sobre el amor?
Ella hubiera jurado que la habitación se había enfriado. Hasta eso era imposible dada la
inmensidad del fuego. James se puso de pie, cruzó la habitación y tomó otra jarra de vino de un
armario.
—Una vez estuve enamorado —dijo amargamente. Su corazón lo lamentó y la curiosidad la
empujaba.
—¿Qué sucedió?
Con la nueva jarra de vino en la mano, la miró asustado.
—¿En realidad deseas saberlo?
159
Ella asintió.
—Era sólo una campesina. La llevé a Francia para el viaje de su vida.
Su voz sonaba angustiada.
—Continúa —lo animó, acomodándose en el almohadón de la silla.
—Ella no quería ir. Me rogó que no la llevara pero yo era irresponsable y la obligué a ir.
Se sirvió vino en la copa. Se agitó sobre el borde y aterrizó sobre la piedra.
Se volvió hacia el fuego y arrojó otro leño, a pesar de que ya estaba sofocante en la recámara.
El sudor le caía por la espalda.
—Murió—dijo sin rodeos.
—¿Murió?
—Así como así. No debería haberla llevado. La maté al obligarla a ir.
Meiriona se puso de pie y caminó hasta la chimenea para detenerse junto a él. Sin saber qué
decir, lo palmeó con torpeza en el brazo.
Se dio la vuelta y la tomó de la mano.
—Nunca le he hablado a nadie sobre esto.
—¿Nunca lo has hecho? —preguntó, sorprendida de que compartiera ese profundo secreto
con una extraña.
—¿Qué hay de Lady Montgomery?
—A ella menos. Mi madre valora el nivel social sobre algo estúpido como el amor.
Se tocó la mandíbula con un movimiento que le recordó a Godric.
—Godric te ama. No malgastes el tiempo que tenéis juntos.
Asustada, masculló una respuesta.
Su hermoso rostro aniñado lucía preocupado.
—¿Puedo contarte toda la historia?
—Por supuesto —dijo, aliviada de no tener que pensar si Godric la amaba.
La condujo a su silla, le sirvió una copa de vino y se la entregó. El silencio se colocó entre
ellos mientras esperaba que comenzara.
—Ella odiaba el frío —empezó mientras se acomodaba en su silla. Giró la copa con sus largos
dedos.
Una hora más tarde, Meiriona estaba colgaba en su silla, fascinada con la historia de amor de
James con una campesina y su trágico final cuando la llevó a Francia para contraer matrimonio.
Lágrimas brillaban en sus ojos. Las enjugó con la manga de la túnica.
Meiriona se puso de pie y caminó hacia él. Las suelas golpeaban suavemente contra la
piedra. Le colocó un brazo alrededor del hombro y lo apretó con fuerza.
—¿Alguna vez has llorado por ella?
—Sentí dolor, si a eso te refieres.
Lo abrazó.
—No. Me refería a realmente llorar por ella. ¿Te has permitido llorar?
Él se encogió, inclinándose contra ella.
—Los hombres no lloran.
—Oh, James —exclamó sosteniéndole la cabeza contra su pecho como si fuera un niño que
necesita ser consolado.
—La amo —sollozó—. La amo y la maté.
Sus hombros se sacudieron y ella lo palmeó maternalmente en la espalda.
—Ya, ya —lo calmó suavemente.
La entrada se oscureció y una gran sombra inundó la habitación.
—Por la cruz de Dios —maldijo Godric al entrar.
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Meiriona saltó y comenzó a incorporarse.
—Godric.
Él la alcanzó en dos zancadas. La alejó de su hermano y le propinó un golpe a la nariz de
James.
—¡Godric! —gritó ella, sosteniéndole un brazo—. No es lo que crees.
James sostuvo su nariz. Le caía sangre sobre la túnica y sobre las piedras.
—Buenos días, hermano —dijo con sarcasmo.
Godric levantó el brazo nuevamente.
—¡Detente! —gritó Meiriona, saltando entre los dos hombres y tratando de alejar a Godric—.
¡No seas idiota!
Cogiéndola de un brazo, se la puso al hombro. Ella hizo un improperio poco femenino
mientras el aire le salía de los pulmones.
Godric señaló a su hermano.
—Me las arreglaré contigo más tarde.
—¡Bájame, bestia! —gritó Meiriona.
Con largas zancadas, Godric salió de la recámara.
—¿Qué diablos creías que estabas haciendo? —gritó Godric, colocándola sobre su cama—.
¿Dos hombres no son suficientes?
Las cuerdas de la cama crujían. Meiriona se puso de pie y lo señalaba con el dedo.
—Idiota, ¿por qué lo necesitaría a él si te tengo a ti?
—Exactamente. Eso digo yo.
—Tu hermano me estaba contando sobre su romance con una campesina.
—¿Entonces decidiste presionar su rostro contra tus senos?
Los ojos de Meiriona se amotinaron.
—¿Cómo te atreves? ¡No estaba presionando su rostro contra mis senos!
Ira corría a través de sus venas.
—¿Cómo diablos lo llamas entonces, arpía?
—Lo estaba consolando.
—¡Vaya consuelo!
Godric bramó. No quería sentir los celos y el dolor flotando en los bordes de su ira.
Meiriona caminó hacia el biombo y cogió el cuchillo que había arrojado allí días atrás.
—¿Cómo te atreves a pensar que podría querer a otro hombre después de lo que tú me
haces?
Si no estuviera tan furiosa, él hubiera cuestionado su sinceridad. Permaneció quieto. Le
apuntó al corazón con el cuchillo.
—¿Al menos sabes por qué tu hermano bebe hasta quedar tendido todos los días?
Godric se encogió de hombros.
—Porque es un lujurioso irresponsable.
—No, no, no. —Meiriona arrugó el entrecejo—. ¿Por qué no te tomas el tiempo de escucharlo
en vez de suponer lo peor?
—¿Qué saldría de eso?
—Tenía grandes sueños de recorrer el mundo, pero cuando la mujer de su vida murió en una
de sus aventuras, abandonó la esperanza y volvió a casa, ahogando su pena en el alcohol.
Godric se cruzó de brazos y se recostó sobre el respaldo del trono.
—Él te dijo eso.
—Algo similar. Me habló sobre la mujer.
—Y el resto.
161
—Supongo que era el resto.
—Es una gran suposición.
Meiriona apoyó el cuchillo sobre la mesita de noche y lo miró por sobre el hombro.
—¿Él era así antes de que tú, em, um...?
—¿Antes de que me vendieran como esclavo? —terminó la frase él.
—Sí, antes de eso.
Una oleada de esperanza por su hermano le atravesó la mente y le golpeó la mandíbula.
Permaneció en silencio durante un largo rato.
—No.
Meiriona elevó una ceja.
—¿Entonces?
Exhalando profundamente, caminó hacia Meiriona.
—Dime la verdad. ¿De eso se trataba la escena?
—Sí.
Colocó los brazos alrededor de su cintura y ella lo abrazó.
Durante un largo rato, meditó sobre lo que había visto en la recámara de James. La mirada
en el rostro de Meiriona era de lástima, no de pasión. De pronto se dio cuenta de que estaba
equivocado.
Se sintió incómodo, la abrazó y notó que tenía que encontrar una manera de reparar su
equivocación.
Definitivamente, el mejor obsequio que le podía dar era ayudarla a aprender a montar. La
tomó de la mano y la condujo hacia los establos.

162
Capítulo 27

Lady Montgomery, llevando una bandeja de comida, cruzaba el sendero cuando Meiriona
se dirigía nuevamente hacia la habitación de las costureras unos días más tarde.
—¡Socorro! ¡Socorro!
Una pequeña y aguda voz llamaba desde arriba.
Ambas cayeron. El estofado que se encontraba en la bandeja de Lady Montgomery se deslizó
hasta la hierba.
—¡Ayúdenme! ¡Aquí arriba!
Miraron en esa dirección y vieron a la hija de Godric sobre una larga y empinada escalera.
Las lágrimas corrían por el rostro de la niña mientras pendía de una barandilla rota.
Claramente no había ningún peligro inminente para la niña de dos años, pero cada vez que
miraba hacia abajo, su rostro denotaba pánico.
—¿Cómo llegaste hasta allí? —le preguntó Meiriona.
—Trepé —Amelina lloraba lastimosamente.
—Bueno, entonces, puedes descender —dijo Lady Montgomery alejándose aprisa con la
bandeja de comida.
Meiriona suspiró y caminó hasta el pie de la escalera. Las costureras tendrían que esperar un
poco más para recibir las gracias que se merecían.
—¿No puedes bajar?
— ¡No! ¡No! —La niña lloraba. Otra mirada de pánico cruzaba sus facciones.
—Está bien. Sólo quédate ahí quieta. Ahora voy.
Meiriona subió los escalones.
Respirando con dificultad, Amelina la observaba trepar con sus grandes ojos azules.
—¡Me voy a caer! —gritó.
—No, cariño, no te caerás —la tranquilizaba Meiriona, manteniendo su paso firme para
trepar los escalones.
—Sujétate fuerte de la barandilla.
—¿Y si se rompe? —lloraba la niña.
—Yo te atraparé.
Soplando y resoplando, Meiriona notó que sólo estaba a mitad de camino hacia la cima. Con
razón la niña estaba aterrada.
—¿Tú sola has trepado hasta aquí?
Un lastimero gemino salió de Amelina.
—Tengo miedo.
Jadeando, Meiriona llegó a la cima.
—Dios, es bastante lo que hay que trepar, cariño.
Amelina se arrojó a los brazos de Meiriona y enterró su rostro en el hombro de la muchacha.
Sollozos hacían eco en las piedras mientras la niña lloraba de alivio.
Meiriona le dio unas palmaditas en la espalda, contenta de que la niña ya no hiciese tanto

163
alboroto porque no la aceptaba.
—¿Cuánto tiempo has estado aquí?
—Días y días y días.
Meiriona sofocó una risa. Sin duda, le habían parecido días y días a la pequeña niña.
—Papá me dijo que no trepara hasta aquí —susurró la niña—. ¿Se lo vas a contar?
Meiriona juguetonamente le golpeó la nariz a la pequeña niña, contenta de que ya no gritara
que la odiaba. Quizás ésa era una oportunidad para que se volvieran amigas.
—Te diré qué haré. Si prometes no trepar allí otra vez, podemos mantenerlo como nuestro
secreto.
Mordiendo su labio inferior, la niña asintió. Grandes lágrimas caían de sus ojos.
—Creí que nunca vendría nadie.
—¿Qué te parece si vemos si podemos encontrar unos dulces en la cocina? —preguntó
Meiriona, colocando el caprichoso cabello oscuro detrás de la oreja de Amelina.
La niña sollozó.
—¿Tal vez un pastel? —preguntó expectante. Meiriona sonrió—. Definitivamente un pastel.
Pero tienes que prometerme que no se lo arrojarás a nadie.
—Lo prometo, lo prometo.
Amelina abrazó muy fuerte a Meiriona, que hizo un sonido de sofocación. La niña rió y se
relajó.
Tomó a la niña y juntas descendieron lo que parecían mil escalones. Al pie, paró a Amelina y
estiró la espalda.
—Uf.
Amelina volvió a observar la larga escalera.
—¿Yo estaba allí arriba? —preguntó. Sus ojos se abrieron con asombro.
Cogió a Amelina de la mano y la condujo al final del salón.
—Sí, cariño. Vayamos a la cocina.
Los criados iban de acá para allá realizando actividades desorganizadas cuando Meiriona y
Amelina entraron en la cocina.
Una criada regordeta que vestía una cofia con forma de mollete, corrió hacia ellas.
—¡Amelina! ¿Dónde habéis estado niña? ¡Os busqué por todos lados!
—¡Eleanor, Eleanor!
Amelina abrazó a la criada.
—Trepé las escaleras que papá me dijo que no subiera.
—¡Qué vergüenza, niña! —la reprendió Eleanor.
La niña miró a Meiriona con complicidad.
—Meiriona prometió que no se lo diría.
Eleanor apretó a la niña.
—Sois la diablilla más difícil de manejar.
Amelina rió.
—No soy una diablilla.
—Vamos.
Suspirando cansada, Eleanor condujo a la niña hacia una recámara donde algunos sirvientes
realizaban varias tareas alrededor de mesas talladas.
—Vos también —llamó a Meiriona mirando hacia atrás.
Los criados se mezclaban colocando harina en. grandes tazones, picando vegetales y
cortando carne. Saltaban de tarea en tarea al azar. Las mesas estaban cubiertas de ollas. El piso
crujía cuando los criados se movían.
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—¿Dónde está la mantequilla? —gritó uno.
—Yo tenía una bandeja de comida aquí. ¿Quién se ha llevado mi bandeja? —gritó otro.
Meiriona se deslizó entre dos criadas que llevaban jarras de aguamiel. En toda su vida,
nunca había visto una cocina tan indisciplinada.
—¿Quién está a cargo? —le preguntó a Eleanor cuando llegaron a un rincón más tranquilo.
—El amo Godric —dijo Eleanor, sentándose en una pequeña mesa y pasando sus regordetes
dedos por el borde.
—¿Godric? —exclamó Meiriona—. ¿Qué sabe Godric sobre manejar una cocina?
Eleanor se aclaró la garganta. Su cofia se agitaba.
—Deberíais haberla visto antes de que él llegara. —Elevó su mano izquierda, que no tenía el
dedo medio—. Estaba tan desordenada, que el maldito carnicero cortó mi dedo por accidente. Por
lo tanto, no permitiré que habléis mal del amo, no.
Meiriona colocó una mano sobre el carnoso brazo de Eleanor y se sentó junto a ella.
—Lo siento, querida, no quería ofender. Es sólo que Godric es un guerrero, no una criada de
cocina.
—Eleanor —Amelina lloriqueaba saltando en un pie. Su falda volaba hacia arriba y hacia
abajo—. ¡Meiriona me ha prometido un pastel!
Meiriona observó a la niña, luego a Eleanor, y se encogió de hombros.
—Lo hice.
Eleanor acarició el cabello despeinado de la niña de dos años y la giró para que enfrentara un
estante en el otro costado de la cocina.
—Allí, en el estante de abajo —indicó, dándole a la niña una suave palmada en el trasero
para que se moviera.
Amelina corrió, agradeciéndoselo a los gritos.
Eleanor suspiró y tamborileó los dedos en la mesa.
—Una niña activa.
—Ya lo creo.
Meiriona observaba a Amelina que esquivaba a los criados que llevaban platos de cerdo
asado. El desorden afectaba la sensibilidad de Meiriona como señora de la torre.
—Entonces, ¿qué es eso de que Godric dirige la cocina? ¿Cómo puede dirigir una cocina
desde el campo de práctica?
—No puede.
Eleanor se acomodó la faja de cuero haciendo que su gran estómago se sacudiera. Observó
alrededor para asegurarse de que nadie estuviera escuchando.
—Lady Montgomery nos ha dejado en un lío —susurró—. El amo Godric es el único del que
podemos depender para que nos dé instrucciones.
—Cielos.
Meiriona meditó sobre esa nueva información. Con razón la comida allí era terrible.
Dos criados salieron, llevando platos con puerros y cebollas. Cuando casi chocaron, Meiriona
tuvo ganas de corregir sus caminos para que los criados que entraban en la cocina no colisionaran
contra los que salían.
—No tenemos a nadie que se ocupe de nosotros, señora —Eleanor miró a Meiriona
escrupulosamente—. Vos no parecéis ser del tipo que se pasa todo el día tirada en la cama.
No terminó su frase con un «como Lady Montgomery», pero Meiriona lo escuchó de todas
maneras.
—No hay más pasteles —Amelina se quejó lastimosamente, volviendo hacia ellas con
grandes lágrimas en los ojos.
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Eleanor sentó a la pequeña sobre sus rodillas y le gritó a una criada para que le trajera pan y
miel. Amelina sollozó, pero se calmó.
Después de un momento, una joven dama con grandes ojos marrones y suaves mejillas trajo
una fuente.
—Amelina, ¿quieres recoger flores conmigo? —le preguntó.
Amelina bajó de la falda de Eleanor.
—¡Hurra!
La joven mujer le hizo cosquillas a Amelina en su barriguita y la pequeña niña rió. Salieron
de la cocina tomadas de la mano.
Observando a su alrededor, Meiriona notó que los estantes estaban cubiertos por ollas
colocadas al azar, enmarañadas cucharas de madera y jarros de cerámica. Era sorprendente que
alguien pudiera encontrar algo.
Como si leyera sus pensamientos, Eleanor dijo:
—Os pediría colaboración, señora. Yo no puedo ocuparme de la pequeña diablilla y ver la
cocina también. El amo está demasiado ocupado para darnos instrucciones.
Eleanor se puso de pie.
—Os lo mostraré.
Un gran estruendo sonó en el área principal de la cocina seguido por gritos de escándalo.
—Quita tus malditos conejos de mi armario. —Una robusta mujer que estaba amasando le
gritó a un hombre que llevaba conejos recién faenados.
—Bueno, ¿dónde diablos quieres que los ponga? —gritó él en respuesta.
—¿Veis lo que quiero decir?
Susurró Eleanor, recorriendo la poblada habitación.
—No hay organización.
Sin dudas, necesitaban ayuda. Ya tomada la decisión, Meiriona se puso de pie.
—Sí, muéstrame todo —le indicó—. Ya estoy cansada de ser una haragana.
—Entonces, venid.
Eleanor la condujo fuera de la habitación y le hizo una señal hacia una puerta cerrada.
—Aquí es donde guardamos las especias. Voy a enviar a alguien para que vaya a buscar la
llave.
Le dio órdenes a una mujer flacucha, con ojos redondos y brillantes que vestía un delantal
grasoso. Meiriona observó la alborotada cocina, pensando en las mejoras hasta que la mujer
regresó con Bear, que traía un juego de llaves.
La flacucha mujer le señaló a Eleanor y Meiriona.
—¿Por qué vino Bear?
Eleanor se encogió de hombros.
—Alguien tiene que llevarle las llaves al amo Godric.
Meiriona arrugó el entrecejo. Si Godric controlaba las llaves de la despensa de especias, no
era de sorprender que la comida fuera insulsa.
—¿Por qué no le dio las llaves a un encargado de la despensa?
—No confía en que le devuelvan la llave a Lady Montgomery. Todos los criados le temen.
Eleanor susurraba con complicidad.
—Ella vendió toda nuestra comida y casi morimos de hambre, hasta que el amo Godric llegó
para cuidarnos.
—Ah —exclamó Meiriona sorprendida por el chisme.
Bear hizo ruido con las llaves y deslizó una en el cerrojo. El monstruoso cerrojo hizo un
chasquido y la puerta abrió hacia adentro.
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Una embriagante mezcla de aromas voló hacia ellos y Meiriona dio un grito ahogado. Bolsas
llenas de especias, apiladas sobre el suelo y los estantes. Canela, cardamomo, clavo de olor, nuez
moscada y otros imperceptibles aromas se arremolinaban a su alrededor.
—Santa María, esto debe valer una fortuna.
—Godric es un comerciante de especias, señora —comentó Eleanor como si Meiriona fuera
una ignorante.
—Dios —fue todo lo que Meiriona pudo pensar en decir. Nunca había visto tantas especias
en su vida. Sabía que Godric era rico, pero eso iba más allá de lo que podía imaginar.
—Impresionante, así es —masculló Bear.
—¿Por qué la cocinera no las usa en la comida? —preguntó Meiriona—. Con todo lo que hay
almacenado, no hay necesidad de que la comida sea insulsa.
Bear se encogió de hombros.
Eleanor la observó.
—Es mucha complicación ir y venir del campo de práctica para obtener las especias, señora.
—Hmm —reflexionó Meiriona. Una gama de posibilidades abrumaron su mente. Si Godric
era un comerciante, quizás estaría interesado en el tejido de Mary. Definitivamente encontraría
una manera de preguntarle sobre el comercio de la lana. Pero primero se encargaría de la cocina.
—Y Cook se niega a levantarse antes de las seis —continuó Eleanor.
—Aja.
La pereza en los criados irritaba el sentido de deber de Meiriona e insultaba su
entrenamiento como señora del castillo. Se moría por poner las cosas en orden.
—Bear, entrégame las llaves y tendremos una comida decente esta noche.
Se refregó la enmarañada barba.
—No sé si eso es una buena idea.
—Está bien —dijo ella, tomando el mando.
—Entonces te quedarás aquí y ayudarás. Godric puede ser un buen espadachín, pero es una
torpe ama del castillo. Eleanor, llévame a donde está Cook.
Bear elevó una ceja pero permaneció en silencio.
Eleanor sonrió.
—Por aquí, señora. Pero no esperéis que esté contenta.
—Está bien.
Regresando a la cocina, Meiriona sintió un arrebato de entusiasmo por tener un objetivo en
vez de pasar sus días paseando sin rumbo, esperando que Godric terminase de trabajar para que
ella pudiera montar.
Eleanor la condujo hacia una mujer baja y redonda con un delantal sucio que estaba sentada
en un taburete bebiendo un vaso de leche.
—Cook —dijo Meiriona—. Tengo entendido que usted hace maravillosos pasteles de
zarzamoras que son mejores calientes.
Cook se giró. Su gran trasero colgaba a los lados del taburete. Observó a Meiriona con
desconfianza.
—Los mejores en el condado, señora.
—Maravilloso. Espero que el desayuno de mañana sea a más tardar una hora después del
amanecer y me agradaría probar los pasteles esta noche después de que comamos.
Los rasgos de puerco de Cook estaban asombrados. Observó a Meiriona, a Bear y a Eleanor.
—No será posible.
Meiriona bajó su voz hasta su tono más sensato.
—¿Por qué no?
167
Cook arrugó el entrecejo.
—No haré pasteles hoy.
—Pero escuché que son deliciosos.
Cook puso cara de pocos amigos, pero Meiriona podía ver que las líneas alrededor de sus
labios se suavizaban con los halagos.
—¿Habéis escuchado eso?
—Sí, escuché que ninguna otra cocinera en el mundo puede hacerlos como tú.
Los labios de Cook se movieron y sus ojos se iluminaron.
—Es una receta secreta de la familia, señora.
—Excelente.
Meiriona volvió a su completa estatura, manteniendo su voz autoritaria.
—Probaré una esto noche.
Cook golpeó una de sus gordas piernas. Su rostro era una máscara de irritación.
—Cocino pasteles el segundo martes del mes. No es el día de mis pasteles.
Meiriona cambió de táctica. Los halagos no funcionaban.
—El amo Godric me puso a cargo de la cocina. Harás pasteles o irás y le contarás tu negativa
tú misma.
Arrugó el entrecejo y frunció la boca.
—Te sugiero que tengas algunos listos para él después del amanecer por la mañana con
huevos de gallina frescos o te encontrarás fuera de los muros mañana por la mañana.
Poniéndose de pie, Cook agitó los brazos.
—Todos quieren mis pasteles —masculló. Caminó hacia el gran horno abierto. Su gran
trasero se tambaleaba al ir—. ¿Cómo quiere el amo sus huevos? —gruñó.
Unos momentos más tarde, cuando Meiriona, Bear y Eleanor entraron al gran salón, Bear le
palmeó el hombro a Meiriona.
—Ja, ja, ja. En cualquier momento os llevaré en mi equipo de mando —dijo arrugando sus
enmarañadas cejas—, si me aseguráis uno de esos pasteles para mí.
Ella sonrió, sintiendo un arrebato de placer.
Se frotó la barriga, le entregó las llaves y agregó:
—Si el amo Godric tiene problemas con que vos poseáis las llaves, lo puede discutir
conmigo.
Las botas de Godric golpeaban en la piedra a medida que se dirigía hacia la recámara de
lectura de su hermano.
Al cruzar el umbral, notó el abrasador fuego en la gran chimenea.
—Aquí sigue haciendo tanto calor como en el Sahara, James.
La figura sentada en la gran silla estaba desplomada y roncando. Había papeles
desparramados en el suelo a sus pies.
—Ebrio otra vez.
Indignado, Godric se volvió para irse.
—Espera —escuchó que decía James.
Volviéndose, Godric observó a su hermano con el cabello despeinado y los ojos enrojecidos,
de pie, erguido e inquebrantable delante de su silla. Hizo señas a Godric para que entrara. Los ojos
de James, a pesar de estar enrojecidos, no estaban turbios por la bebida. Quizás, desde que
Meiriona había hablado con él, finalmente había liberado su enojo y su dolor por la campesina.
—Hermano.
Godric caminó hacia la chimenea, sintiéndose esperanzado.
James asintió, se sentaron en las sillas y se observaron con cierta incomodidad por un
168
momento.
—Eras un buen guerrero —le dijo Godric, inseguro de lo que debía decir en ese tipo de
situaciones o cómo reparar el hecho de haberlo golpeado en la nariz injustamente.
—Nuestro padre no pudo verlo. —James cruzó un pie sobre la rodilla opuesta y se tocó la
mandíbula—. Nunca fui tan bueno como tú.
—¿Recuerdas ese día en que estábamos luchando y me diste una paliza en el templo?
Sonriendo, a James le brilló una mirada ausente en los ojos y dijo:
—Tenías la mitad de mi tamaño en ese entonces, mequetrefe.
Ambos rieron.
Godric miró hacia la abrasadora chimenea y notó que las habituales jarras de aguamiel no se
estaban calentando junto al fuego. Señaló los papeles esparcidos sobre el suelo y junto a la mesa y
preguntó:
—¿Qué estudias?
James miró a Godric, al fuego, de vuelta a Godric y al fuego. Dio un largo respiro.
—Astronomía y el funcionamiento de las embarcaciones.
Interesado, Godric se inclinó en la silla y observó los papeles, tratando de descifrar algunos
de los garabatos.
—Has estado estudiando durante bastante tiempo — supuso.
—¿Crees que alguna vez la iglesia pueda equivocarse? —preguntó James, repentinamente
cambiando de tema.
Godric se encogió de hombros.
—Con bastante frecuencia. ¿Eso que tiene que ver con astronomía y embarcaciones?
—¿Crees que el mundo puede ser redondo?
Sus ojos, normalmente apagados por el alcohol, estaban bien abiertos por el entusiasmo.
Godric se mordió la lengua para evitar soltar lo tonta que era la idea de que el mundo fuera
redondo. Pero era la primera vez desde que había llegado a casa que James no estaba ahogado en
alcohol y no quería frenar el recientemente descubierto placer que su hermano sentía por la vida.
—Es posible —mintió Godric.
James recogió una pila de papeles y se inclinó hacia Godric.
—Conocí a un hombre en una de mis aventuras y estuvimos escribiéndonos con respecto a
esa teoría. Mira esto —dijo, señalando una carta astral.
—Christopher está convencido de que una embarcación no se caerá de la tierra si navega
hacia el oeste —comenzó.
Durante las dos horas siguientes, Godric fue convenciéndose de que la teoría de su hermano
no era completamente descabellada, aunque todavía sonaba muy fantástica para ser verdad.
Después de una larga e intrincada charla, James se reclinó sobre la silla.
—¿Entonces, qué piensas, hermano?
—Quizás —dijo Godric.
James le pegó a Godric en el hombro.
—Ya lo verás.
—Quizás —repitió Godric.
Un incómodo silencio creció entre los hermanos, que miraban cómo fuego que se había
atenuado mientras hablaban.
—Tu dama es toda una mujer —comentó James cambiando el tema de la conversación sin
preámbulos.
Godric cerró los puños y sintió que su mandíbula se tensaba.
—Ni sueñes que ella se convierta en una de tus conquistas.
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James se frotó la magullada nariz.
—Lo que has visto no fue lo que crees.
Godric relajó la tensión de las manos.
—Lo sé. Ella me lo explicó.
Riendo, James se puso de pie.
—Te debo una buena paliza, hermano. Vayamos al campo de práctica y veamos si te puedo
derribar nuevamente.
Sonriendo, Godric golpeó a su hermano en el hombro.
—No lo creo probable, mequetrefe.

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Capítulo 28

Meiriona estaba recostada sobre el caballete de una mesa e inspeccionaba el trabajo que los
criados habían hecho durante ese corto tiempo. Satisfacción ardía en su corazón y apenas podía
esperar a que Godric volviera del campo de práctica para probar el banquete que ella había hecho
preparar. ¿Apreciaría todo su trabajo?
Esteras frescas mezcladas con menta cubrían el suelo. Velas ardían en apliques de pared. Los
caballetes tenían mesas de madera y la mesa alta tenía fuentes de peltre. Se habían traído buenos
vinos franceses desde la bodega y los criados iban y venían para colocar vegetales asados en las
mesas.
Cuando una criada pasó con una fuente de cordero sazonado frente a Meiriona, ésta cogió un
bocado.
—Perfecto —dijo con un gesto de aprobación.
La criada sonrió y se apresuró para apoyar su carga.
Meiriona observaba a los criados trabajar y corregía sus caminos como le parecía para evitar
que la corriente constante de trabajadores se moviera al azar. Vivacidad sonaba alrededor del gran
salón como, si fuera la primera vez en años que los criados estaban orgullosos y excitados por su
trabajo.
Sus ojos se abrieron cuando Godric y James entraron al salón, riendo como viejos amigos.
Godric palpó el brazo con el que acostumbraba blandir la espada James.
—No está mal, mequetrefe, para alguien que ha estado completamente ebrio durante años.
Riendo, James cogió una copa de agua.
—Tres semanas más y voy a dejarte tendido en el suelo, hermano.
Meiriona les sonrió mientras se arreglaba el vestido de seda verde sobre las caderas y
golpeteó su peineta de esmeraldas cuando sintió la mirada de Godric.
—Dios, mujer. Bear dijo que estabas ayudando en la cocina pero... ¿es que estamos
esperando al maldito rey?
Sintió que su sonrisa se tambaleaba.
—¿Qué forma de saludar es ésa? —preguntó agriamente.
Él avanzó hacia ella. Le cogió la mano, se inclinó y le besó los nudillos.
—Perdóname. Estoy abrumado y olvidé mis modales.
Cuando se incorporó, ella vio placer brillando en sus ojos. Y algo más... quizás esperanza.
—Es verdad, lo has hecho—dijo con descaro.
Sus ojos brillaron.
—Quizás es preferible portarse mal algunas veces.
Ella bajó la barbilla y lo miró.
—Godric —lo reprendió.
Sonriendo, la condujo hacia la mesa alta.
Lady Montgomery entró al salón. No dijo nada pero cogió una fuente de comida y salió.
Por el rabillo del ojo, vio vacilar a James.

171
Godric hizo un gesto hacia la silla del lord en el centro.
—Ve —le dijo a su hermano—. Nunca quise tu lugar, sino que el castillo prosperara.
James se sentó y Meiriona podría haber jurado que sus ojos se humedecieron. Él cogió su
mano.
—Gracias —susurró.
—Fue todo cosa tuya, no mía.
—Sin embargo...
Le sonrió mientras Godric se sentaba junto a ella.
El cerdo asado, la ternera y el cordero sabían mucho mejor de lo que ella había imaginado.
Godric la observaba de vez en cuando como para asegurarse de que no era una aparición que
podía desaparecer como la neblina. Alegres músicos y un malabarista con cuchillos los entretenían
entre platos.
Bear dejó salir un fuerte eructo al final de la comida y golpeó su barriga, contento.
—La mejor comida desde que dejamos Francia — anunció.
Meiriona sintió un nudo de felicidad en la garganta mientras, uno a uno, los hombres se
alineaban para darle las gracias por preparar algo tan maravilloso.
Quince días después, el orgullo brotaba del pecho de Godric al ver a Meiriona, con su cabello
rojizo flotando, cabalgar a través del patio montada sobre Blue Thunder. Blue Thunder era
juguetona como una potranca y a Meiriona se le habían subido los colores.
Dios, era exquisita.
Él estaba en lo cierto al suponer que con una leve orientación y paciencia ella podría montar
nuevamente.
Esas últimas semanas habían sido el paraíso. Meiriona había alterado el humor del castillo.
El gran salón era ahora un lugar festivo de descanso. La comida había mejorado
significativamente; se sentía como un hogar. James y él practicaban a diario preparando a James
para su gran y dudosa aventura de encontrar a su amigo Christopher y probar sus alas. Quizás lo
mejor de todo había sido el cambio en el comportamiento de Amelina. Parecía que fuera otra niña.
Por las noches, Godric enredaba sus dedos en el cabello de Meiriona y la mantenía cerca de
él. La besaba, la provocaba, le hacía cosquillas, le acariciaba la piel hasta que ambos estaban
calientes y necesitados. Pero no la había tomado. Esa noche no podría esperar más.
Meiriona llevó la yegua hasta detenerla frente a él y desmontó.
—Godric.
—Ha sido lo mejor que has hecho desde que comenzamos nuestras caminatas diarias por los
establos.
Ella le sonrió mientras sus ojos brillaban.
—¡Apenas puedo creerlo! ¡Estoy montando nuevamente!
Parada de puntillas, le besó la mejilla. Él sintió calor corriendo por su ingle.
Le complacía que ella ya no escondiera su cariño, pero también lo volvía aprensivo porque
sabía que ella podía irse pronto. Todavía no había respondido el citatorio del rey para arrestar a su
padre y el tiempo se acortaba. Los hombres se habían entrenado duro para preparar el sitio de
Whitestone y él planeaba irse por la mañana. Además, debía consumar su relación antes de ir a
encontrarse con su padre.
Tomó las riendas y caminaron por la amplitud del patio para calmar la yegua.
—Nunca dudé de que pudieras montar otra vez sola.
—Fue positivamente malvado de tu parte insistir en que montara —dijo deslizando su mano
en la de él.
Él le apretó la mano y una oleada de posesión se apoderó de él. Ella le pertenecía y nunca la
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dejaría ir.
—Esta nueva moda de que las nobles monten con ambas piernas colgando a un lado es una
tontería. Una no puede permanecer balanceada de esa manera.
Detuvo el paso y se volteó hacia él. Su rostro ardía con atolondrado placer. Colocó su mano
en la túnica dé él, lo apretó más cerca y lo besó. Él sonrió. Si ésa era la bienvenida que recibiría
cada vez que ella montaba, le compraría docenas de caballos.
Blue Thunder le pegó con el hocico en la cabeza y ella se apartó, riendo. Le dio una palmada
al pecho de la yegua y la abrazó por el cuello.
—Tendrás tu recompensa tan pronto te calmes, codicioso sabueso.
—Meiriona. —Godric la llevó a ella y a la yegua hacia los establos—. Has estado magnífica.
Ella rió. Estaba llena de dicha.
—Cuando era más joven me encantaba montar. Blue Thunder y yo hacemos una buena
pareja, ¿no es así?
—¿Tienes algún miedo todavía?
—Dudo que algún día pueda unirme a algún equipo de carreras en Londres, pero hasta
ahora, no.
—Bien.
Se sonrió. Su paciencia había sido recompensada. Y esa noche su paciencia en otras áreas
también sería recompensada. Follar con la dama no podía esperar más. Condujo la yegua a los
establos y le lanzó las riendas de Blue Thunder a un mozo de cuadra.
—Paséala unos momentos, luego cepíllala también —le ordenó—. Dile a Bear que voy a
llevar a la dama a dar un paseo por la muralla antes de la cena.
Meiriona elevó una ceja pero no dijo nada. La tomó de la mano y la condujo desde el establo
a través del patio.
Caminaron en silencio, de la mano, hacia el castillo. La lluvia de la mañana se había
despejado y el día era soleado pero fresco, lleno de los aromas del próximo invierno.
—¿Has tenido novedades de mi padre? —preguntó de pronto Meiriona mientras llegaban a
las escaleras que conducían hacia la parte superior de la muralla del castillo.
—No. —Godric inclinó su cabeza hacia ella y agregó—: Le ofrecí encontrarse conmigo cuatro
veces pero no recibí ninguna respuesta.
Inspiró profundamente, haciéndose fuerte para no perder el cariño de Meiriona.
—Ya no puedo evitar al rey. Debo responder a sus demandas de tomar Whitestone y llevar a
tu padre ante la justicia.
Meiriona retiró su mano de la de él y trepó las escaleras sin su ayuda. Sintió como si un
cuchillo le desgarrase el corazón.
—Mi padre nunca estará dispuesto a entregarte Whitestone.
—No tiene opción.
Él quería cogerla, obligarla a devolverle el cariño que le quitaba, pero sabía que tendría que
obligarla dentro de poco. Porque voluntariamente o no, no podía esperar más.
—Meiriona.
Se detuvo, indeciso sobre cómo decírselo.
—Parto mañana para Whitestone para negociar con tu padre.
Ella observó el campo de entrenamiento que se extendía bajo la muralla. Los hombres
cargaban carretas de armas, artefactos de guerra y provisiones.
—¿Para negociar? ¿Con armas de guerra?
—No habrá ninguna guerra si tu padre es razonable.
Meiriona sintió que el corazón se le hundía. No importaba si Godric era o no un hombre de
173
honor, no importaba la riqueza que hubiera acumulado: su padre nunca cedería de manera
voluntaria Whitestone a un bastardo de Yorkshire.
—Es imposible, Godric. Si no me permites negociar con mi padre, vayamos a otro lado.
Podemos comenzar una nueva vida.
No respondió a su petición pero la condujo más allá a través de la muralla. Mientras
caminaban, su corazón se hundía más y más. Todo alrededor de ellos eran hombres empacando,
preparándose para la batalla. Bear, con su único brazo, indicaba los progresos. Descendieron un
par de cortas escaleras hasta un hueco, pasando al lado de una vieja mujer jorobada que barría el
piso con una escoba de paja.
—Buenos días, amo Godric—dijo con alegría.
Le dio una palmada en el hombro a la fea mujer mientras pasaban. Cuando cruzaron el
siguiente descanso, cogió el codo de Meiriona y tiró hasta acercarla.
—¿La has visto?
Ella observó hacia el pasillo en sus austeras paredes y pisos de piedra.
—¿Te refieres a la anciana?
—Sí.
—Su esposo ha muerto, sus ojos están casi ciegos y no es bella. ¿Crees que no podemos
encontrar mujeres más jóvenes, más capaces de barrer el suelo?
Meiriona asintió, insegura de a qué se refería.
—Su cuerpo es viejo, pero su espíritu está dispuesto a trabajar. ¿No te has dado cuenta de
cuántas personas como ella permanecen aquí? Si pudiera, con gusto te llevaría a Francia,
compraría un pequeño castillo y viviría por siempre una vida tranquila.
Se agachó debajo de un pequeño arco.
—Es imposible, Meiriona. Seguramente puedes ver por qué.
Un aguacero de sentimientos inundó a Meiriona. ¿Por qué no lo había visto antes? Cada
castillo tenía su cuota de personas raras pero allí había demasiadas. Bear con un solo brazo, el feo
guardia, la mujer sin la oreja, la mujer ciega y con joroba. Había visto otros, pero, de alguna
manera, no los había advertido.
—Tú los mantienes —dijo de repente, sin poder esconder el asombro en su voz—. No
necesitas Whitestone sólo por venganza. Necesitas la tierra para conservar a tu gente.
Observó al hombre que caminaba a su lado y un nuevo respeto se formaba en su interior. Sus
blancas cicatrices le recortaban las mejillas ¿Qué era lo que había dicho sobre ellas? «Sólo duele
aquí adentro». ¿Cuánta injusticia había conocido a causa de su aspecto? Su rostro había sido tan
bello, tan dulce, años atrás. Siempre lo creyó fuerte, duro. Sin embargo, había admitido lo
asustado que había estado cuando sucedió lo de la caja. Quizás tenía un corazón más blando que
ella. ¿Lo sentiría cada vez que alguien observaba sus cicatrices con repugnancia?
—Les di un hogar, Meiriona.
—No, no es todo —dijo, pensando en Bear, que era un soldado, el guardia que era un
guardia. Esas eran personas que otros dejarían que viviesen como mendigos pero allí, bajo la
orientación de Godric, no eran marginados sino miembros útiles—. Tú les das esperanza.
Inclinó su cabeza hacia ella pero no respondió. Mientras entraban al gran salón, Eric se
apresuró hacia ellos.
—¡Amo Godric! ¡Amo Godric! Venid. Rápido. Una carga cayó de uno de los carros y dañó las
espadas adicionales.
Godric dio un respiro exasperado y besó a Meiriona en la mejilla.
—Volveré dentro de una hora.
Él y Eric salieron hacia el patio interior.
174
A medida que Meiriona se acercaba al gran salón, una mezcla de nostalgia y terror le
perforaba el corazón. Era tarde. Los soldados se apresuraban con los preparativos del último
momento para atacar su castillo. Su padre nunca razonaría con Godric ni entregaría sus tierras. La
única opción de su pueblo para sobrevivir estaba en que ella llegara a Whitestone antes que
Godric y que negociara con su padre.
Perdida en sus pensamientos, Meiriona casi se lleva por delante a Lady Montgomery.
—Siento lo del otro día —se atrevió a decir Lady Montgomery—. No es seguro para ti que te
quedes aquí.
Se volvió y miró hacia el patio interior, indicando los carros cargados con catapultas.
—Godric destruirá tu hogar.
Al notar el número de armas, Meiriona se preguntaba si la dama decía la verdad.
—Él gobierna con mano de acero. Todo excepto a su hija. Te agradezco enormemente que lo
hayas obligado a ver la mala conducta de la niña.
Meiriona se dio la vuelta y observó a la madrastra de Godric.
—Tu castillo prospera gracias a la mano de Godric.
Lady Montgomery le sonrió con tristeza.
—Ven y camina conmigo.
Meiriona colocó una pequeña capa sobre sus hombros mientras caminaban a través del
castillo y recorrían varias escaleras.
Observó a los hombres cargando los carros con pesados troncos. Bear se encontraba entre
ellos, bramando órdenes. Las voces les llegaban con el viento pero no podía entender ninguna de
las conversaciones. El temor creció dentro de ella mientras veía cómo las espadas, las lanzas y los
arcos eran cargados.
—No cometas un error, pequeña. Godric destruirá tu hogar.
Meiriona inspiró profundamente.
—Debo llegar a Whitestone antes que el ejército de Godric. Solamente así tendré la
posibilidad de evitar la guerra. Si puedo hablar con mi padre, puedo hacerlo ver lo desesperada
que es la situación.
Lady Montgomery la observó con cautela.
—Quizás te pueda ayudar.
—¿Tú?
La inquietud subió por la columna de Meiriona. ¿Ese había sido el motivo del repentino
acercamiento de Lady Montgomery?
—¿Cómo?
La dama se acercó hacia ella y le colocó una mano en el hombro.
—Por un precio, puedo facilitarte un guía y un guardia.
Meiriona tragó saliva, desconcertada ante el giro de la situación.
—No tengo oro —dijo, por fin.
—Tu peineta podría tener un precio considerable.
La mirada de Lady Montgomery se posó en el adorno de esmeraldas que brillaba sobre la
cabellera de Meiriona.
—No —espetó Meiriona, tocándose el cabello con timidez—. La peineta es valiosa para mí.
La dama estuvo en silencio durante un largo tiempo, luego se encogió de hombros.
—Quizás el precio de la paz sea demasiado alto.
El precio de la paz. Las palabras hacían eco en la mente de Meiriona como ovejas quejándose
a través de las colinas. La desesperación brotaba dentro de ella. Si sólo pudiera hablar con su
padre, todo se arreglaría.
175
Odiándose a sí misma, Meiriona se arrancó el adorno de esmeraldas del cabello. Tragó una
burbuja de egoísmo. Si la peineta compraba la paz, entonces no podía permitir que las emociones
le impidieran pagar el precio.
—Búscame un camino a casa.
Cuando le entregó la joya a Lady Montgomery, Meiriona se estremeció ante el frío de las
manos de la dama.
—Quédate aquí —le ordenó Lady Montgomery, moviendo la peineta sobre su mano—.
Enviaré a alguien.
Giró y descendió las escaleras.
Un sentimiento de equivocación golpeó el corazón de Meiriona mientras los pasos de Lady
Montgomery se apagaban.
—]Ay, Dios mío! —Respiró profundo, sacudiendo la cabeza para despejar su mente. Se
tocaba la cabellera desnuda.
—¡Lady Montgomery! ¡Espera!

176
Capítulo 29

Meiriona se apresuró al descender las escaleras hasta un rellano donde el pasillo se dividía
en dos direcciones.
—¡Lady Montgomery!
Miró hacia los escalones que se encontraban a su derecha, luego hacia los de la izquierda,
pero sólo vio piedra, argamasa, antorchas apagadas y telas de araña. La dama había desaparecido.
Con el corazón dando sacudidas, eligió las escaleras de la derecha que parecían conducir
nuevamente en la dirección que habían venido. La desesperanza pesaba mucho en su corazón. No
tenía caballo y ahora no tenía joyas para asegurar una escolta hasta Whitestone. ¿Qué había estado
pensando al confiar en la amarga Lady Montgomery su adorno? Cerró sus puños por la
frustración y se decidió a recuperar la joya. Ya extrañaba el peso en su cabello.
Al pie de las escaleras, los corredores conducían en tres direcciones diferentes. Retorció sus
dedos por un momento, luego eligió el primero de la izquierda.
Telas de araña colgaban del techo bajo, como si las criadas no lo hubieran tocado en años. No
desconocía el castillo, pero no reconocía nada en esa ala. Descendió, sabiendo que eventualmente
llegaría al nivel más bajo. Los golpecitos de sus zapatos contra las piedras eran el único sonido en
el desierto corredor. El pasillo parecía seguir por siempre. ¿Por qué el ala entera del castillo estaba
fuera de uso? Girando en otra esquina, notó que sus pasos presionaban en estera húmeda. Quizás
el ermitaño del castillo vivía allí. Llegó al final del corredor, donde dos pares de pesadas puertas
de madera bloqueaban el camino.
Sentía que había ojos que la observaban. El miedo se deslizaba en ella. Sacudiendo la
inquietud, intentó con ambas puertas. Cerradas. ¡Santo Dios! Volvió sobre sus pasos y salió al
largo corredor decidida a encontrar la manera de llegar al gran salón.
Pasó debajo de un arco, buscando las escaleras que la habían llevado hasta ese nivel. Llegó
hasta otra puerta y a otro pasillo. Ahora, ¿cuál había recorrido antes? ¿Izquierda o derecha?
Buscando en su memoria, se dio cuenta de que no podía recordarlo. Ambas direcciones parecían
familiares. Eligió la izquierda y descendió otras escaleras y luego otro largo y desierto pasillo.
En el final, otras dos grandes puertas cerradas bloqueaban su camino. La cautela regresó a
ella cuando nuevamente sintió ojos observándola.
Volvió sobre sus pasos y regresó al rellano. ¿Era el mismo rellano? Estudió la tela de araña v
trató de determinar si era la misma que había visto antes. Suspiró y se dio cuenta de que no había
manera de diferenciarla. Giró, decidida a subir las escaleras y recobrar su posición. Había dado
vueltas en círculos durante tanto tiempo que perdió por completo el sentido de la orientación.
Al ascender por un empinado juego de gastados escalones de piedra, escuchó pasos y vio un
destello rojizo sobre ella.
—¡Hola!
Escuchó una pelea y se acercó hacia el ruido.
—¡Hola! Necesito ayuda para volver al gran salón.
Incluso viejos ermitaños estarían dispuestos a mostrarle el camino de regreso.

177
El ruido cesó y hubo silencio.
—¿Lady Meiriona? —llamó una suave voz.
—¡Aquí!
Un hombre, pequeño y calvo, se puso de pie detrás de una plataforma. Se quitó el sobrero e
hizo una reverencia.
—¡Señora!
—¡William!
Cierto alivio fluyó a través de ella cuando reconoció al herrero de Whitestone.
—¿Qué haces aquí?
Se irguió por completo. Era apenas unos centímetros más alto que ella. Bajo y corpulento,
William tenía casi la misma forma que uno de los bloques del castillo.
—Llegué hace unos días.
—¿Estás solo?
—Sí. La amable Lady Montgomery ha estado escondiéndome, trayéndome comida.
—¿Lady Montgomery...?
William le guiñó un ojo.
—Bonita, ¿no es así? Porque si yo fuera un hombre más joven...
Meiriona arrugó el entrecejo y optó por no responder a su comentario sobre Lady
Montgomery.
—¿Has estado aquí durante varios días?
—Sí, señora. He venido a rescataros.
La irritación atravesó a Meiriona frente al engaño de la dama. ¡No necesitaba la peineta para
asegurar su pasaje a Whitestone!
—Señora, parecéis preocupada.
Meiriona suspiró y volvió su atención a William.
—Debo vengarme de alguien pero tendré que esperar hasta un mejor momento.
William asintió.
—Cualquier asunto que tengáis aquí debe esperar, señora. Vuestro padre está en peligro.
—Sí, lo sé. Godric parte mañana para sitiar Whitestone.
—No, señora. No está en peligro de Godric. Su tos ha regresado. Está en reposo, cercano a la
muerte. Debéis volver de inmediato.
William presionó su gorro de lana sobre su cabeza calva.
—Ay, santo Jesús.
—¿Podéis despistar a los guardias, señora?
—Yo...
— ¡Meiriona!
La voz de Godric resonó hacia ellos.
Ella dio un salto.
—Buscadme en la puerta trasera antes del amanecer —susurró William.
—¡Santo Dios! Yo...
William giró y corrió por el corredor sin esperar a que terminara.
—¡Meiriona!
Resonó Godric una vez más.
Inspiró profundamente para calmar los rápidos latidos de su corazón.
—¡Aquí!
Dobló en una esquina y tomó la parte superior de sus brazos.
—¿Qué haces aquí, niña?
178
—Estaba perdida.
Lo besó en la mejilla, sintiendo entusiasmo por estar en sus brazos.
—Gracias a los santos que estás aquí.
La sostuvo a corta distancia.
—Te lo juro, Meiriona, te encadenaré a mi lecho si intentas escapar. He sido paciente, pero
tengo poco tiempo. Parto para Whitestone mañana para negociar con tu padre. ¿Tendré tu palabra
de que no escaparás en mi ausencia?
Meiriona parpadeó.
—Júralo, Meiriona.
—Godric, lo juro, no intentaré escapar en tu ausencia.
El corazón le saltó del pecho aunque decía la verdad. Planeaba escaparse esa misma noche
mientras él todavía estaba allí.
Asintió, aparentemente satisfecho con su juramento. La culpa brotaba dentro de ella. ¿La
odiaría por la mañana cuando despertara y ella se hubiera ido?
La besó acaloradamente, presionándola contra la fría pared de piedra. Ella sonrió, besándolo
con toda la pasión y desesperación que sentía. De alguna manera le haría entender que era su
necesidad de estar con él lo que la obligaba a escapar y afrontar a su padre. De alguna manera
haría que su padre entendiera que Godric era la mejor opción para Whitestone. De alguna manera
haría que el tío Pierre entendiera que ella no podía seguir casada con él. De alguna manera. De
alguna manera. De alguna manera. Rezó una oración en silencio a Dios. Ella no podía fallar.
—Meiriona —dijo Godric con la voz ronca—. Ya no puedo ser más paciente.
Ella arrastró su brazo alrededor de su cuello.
—Entonces no sigas siendo paciente. Porque te deseo tanto como tú me deseas a mí.
El fuego ardía en sus ojos.
—¿De verdad, Meiriona?
—De verdad, Godric. De verdad.
La alzó, sosteniéndola en sus brazos, y ella suspiró entregada. Sería suya esa noche sin nada
más entre ellos.
La sostenía cerca de su cuello y le permitió que la llevara a su recámara. Cruzó el umbral. La
pasión brillaba en sus ojos.
Por el rabillo del ojo, vio el lugar donde estaba escondido el opio detrás del biombo. Volvió
su mirada, decidida a que solamente miraría a Godric esa noche.
El la colocó sobre el cobertor de la cama y se sentó junto a ella. Atrayéndola hacia él, cogió el
cabello que estaba detrás en su espalda y lo separó alrededor de ella como un abanico gigante.
—¿Godric?
—¿Sí?
Su voz era ronca.
—¿Puedo tocarte?
El fuego en sus ojos ardía en un infierno. Sonrió de manera suave y reservada.
—Sí.
Ella llegó hasta él, pero él colocó su mano unos centímetros más abajo de su pecho. Ella elevó
una ceja, cuestionándolo. Todavía sosteniendo su mano, se retiró de la cama y se puso de pie
frente a ella. Peligroso, poderoso y suave.
—¿Qué haces?
Su mirada se cerró en la de ella. Santo Dios. ¡Era hermoso!
Cierta diversión brillaba en sus ojos.
—¿Deseas tocarme?
179
Sus dedos se morían por explorar su cuerpo.
—Sí.
Retrocedió un paso y cogió el dobladillo de su túnica. Lentamente, poco a poco, se levantó la
camisa. Su piel era como suave terciopelo extendido demasiado ajustado sobre el acero. Su
crucifijo de cabello oscuro, cortado por blancas cicatrices agregaba un toque a su peligrosa
hermosura. Se le secó la boca. Dos cicatrices atravesaban uno de sus hombros y otra bajaba por su
brazo.
Se sentó al borde de la cama y se quitó las botas. Los músculos del torso se tensaban con
fuerza contenida.
Fuego líquido le recorría las venas.
Sus callosas manos se deslizaron por los lazos de sus nalgas. El cuero moldeaba su gran e
inconfundible bulto. El fuego y la curiosidad se movían dentro de ella. Con deliberada lentitud, él
tiró de una de las cuerdas, despegó el cuero de sus piernas y se puso de pie frente a ella vistiendo
solamente su calzón.
Godric sintió fuego elevándose a través de él mientras observaba cómo Meiriona lo miraba.
En ningún momento en los dos años desde que había regresado de la esclavitud había sentido
orgullo o incluso agradecimiento por las lecciones eróticas que había aprendido en las garras de la
princesa. De repente, se alegró de su conocimiento y, alegre, esperó para que la expectativa de
Meiriona aumentara.
Sus ojos se dilataron. Él podía ver su hambre apasionada e intentó avivar su deseo. Sus
dedos temblaban y él disfrutó de saber que ella quería tocarlo. Él se volvió hacia un arcón que
estaba contra los tapices.
—¿Adónde...?
—Shh. Confía en mí—susurró.
Ella se relajó contra las almohadas con el rostro lleno de curiosidad.
Él se dirigió hasta el arcón, lo abrió y observó el contenido: instrumentos de placer que había
comprado mientras viajaba. Había varios objetos con texturas: seda, terciopelo, piel suave de
conejo, trozos de cuero tanto liso como áspero. Artículos diseñados para mejorar el placer cuando
se frotaban sobre una piel altamente sensibilizada.
Hacia el fondo del arcón había objetos más exóticos: un juego oriental de esferas de amor,
cuentas de cerámica en una cuerda anudada y dos piedras talladas con la forma del miembro de
un hombre, una de jade, otra de alabastro.
Nunca había utilizado los objetos que estaban dentro de su arcón y la emoción lo atravesó
cuando notó por qué. En alguna parte de su mente, incluso a través de los años de planear la
venganza, debía haber mantenido la esperanza de que algún día amaría a una mujer. ¿Por qué
otra razón habría comprado todos esos objetos? Se necesita confianza para poder utilizar esos
juguetes y no había follado con la misma mujer dos veces desde que no era más un esclavo.
Seguramente sus alegrías estarían perdidas en una ramera.
Recogió uno de los objetos y se volvió a la cama. Atrapando la acalorada mirada de
Meiriona, caminó hacia ella.
Una imagen del pasado llegó flotando hasta su mente: recién bañado y perfumado, sin el
cabello sobre el pecho, caminó desnudo hacia la princesa y sus damas. Nadira, siempre malcriada,
se había disgustado por su andar orgulloso. Ante una señal de la princesa, los guardias eunucos lo
pincharon con lanzas, obligándolo a arrodillarse para que gateara hasta ella. La vergüenza ardía
dentro de él, no porque hubiera sido obligado a soportar más de una humillación, sino porque su
joven y ambicioso cuerpo había estado tanto tiempo sin ataduras que no le había importado. La
princesa y sus damas se complacían por su habilidad para sufrir humillaciones y seguir
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cumpliendo. Había aprendido a despegarse de las humillaciones del momento, pero nunca de su
orgullo interior.
Llegó a la cama y extendió su mano hacia Meiriona. Ella colocó su palma sobre la de él en un
simple gesto de confianza. Él sonrió. Meiriona nunca jugaría con él por sus propios motivos
egoístas.
Colocó sus instrumentos de placer sobre el cobertor, se sentó al lado de ella y la llevó hacia
sus brazos.
—Te amo.
Ella le besó la mejilla. Sus ojos brillaban con deseo.
—¿Sí?
—Sí.
Se paralizó pero no repitió su declaración. Él siempre había sido bueno para leerle la mente,
pero esa vez su mirada era cautelosa.
Con un veloz movimiento, la desnudó y deslizó las ropas hacia el suelo, decidido a no
permitir que nada se interpusiera entre ellos.
—Meiriona, eres exquisita.
Ella se mordió el labio inferior y sonrió tímidamente.
—También tú.
Pasó la yema de sus dedos lentamente por uno de sus brazos y él observó una nueva oleada
de deseo sobre sus facciones.
Meiriona llevó su mirada a la pila de objetos donde una larga pluma de pavo real se
encontraba en la cima.
—¿Qué son esas cosas?
—Exploraré cada pequeño punto de tu cuerpo y aprenderé exactamente cómo y dónde te
agrada ser tocada.
Ella lo observó de una manera que le hizo agradecer cada cosa humillante que la princesa le
había hecho sufrir.
Le tomó la mano y la colocó sobre los lazos de su calzón.
—¿Alguna vez has visto el miembro de un hombre?
Un atractivo arrebato trepó por sus mejillas.
—No.
—Desvísteme, Meiriona. Tócame tanto y cuanto desees para que podamos conocer nuestros
cuerpos.
Su respiración se aceleró. El orgullo aumentaba en el pecho de Godric mientras veía el calor
en los ojos de ella. Nunca se cansaba de la manera en que lo miraba. Sus dedos se movieron a
través de su ingle, jalando para aflojar el lazo. Su pene se tensaba, latiendo con cada golpe de los
latidos de su corazón.
Con dedos inseguros, empujó suavemente la tela hacia un costado y su miembro surgió libre.
Él inspiró a través de sus apretados dientes. Ella lo mataría.
—¿Te he hecho daño?
—No.
Envolvió un puño alrededor de su cabello y la acercó. La pasión ardía en sus ojos mientras él
apoyaba sus labios sobre los de ella. La lengua exploró su boca, saboreando su dulce y suave
entrega.
Él interrumpió el beso, inspiró profundamente para calmarse y se recostó contra las
almohadas, colocando la mano detrás de su cabeza con sus dedos entrelazados para evitar
violarla. El dominio de sí mismo era una de las lecciones que había aprendido. Probablemente,
181
necesitaría cada gramo de eso.
Ella tiró sus calzones por las caderas y él se elevó para que ella pudiera quitarlos. Una
mirada de angustia cruzó sus rasgos cuando su mirada se detuvo en su pene.
—No va a caber. Somos muy diferentes en tamaño.
Godric gruñó.
Ella sacudió su cabeza.
—Creo que cometimos un error.
El cogió la parte superior de su brazo y la llevó a su lado en la cama.
—Meiriona... mi amor... Sí cabré dentro de ti.
Arrugó el entrecejo.
—Eres muy grande.
—Conozco maneras de hacer que la primera vez sea más fácil.
Ella suspiró. Su mirada estaba perdida como si estuviera viendo algo dentro de su mente.
—¿Habrá mucha sangre?
Él le acarició la mejilla con el pulgar.
—Habrá sangre cuando tome tu virginidad, pero no será como cuando violaron a tu madre.
Ella lo observó con tanta confianza que se sintió humilde.
—Te creo.
Con la yema de su dedo, él trazó una línea desde su hombro hasta su cadera, viendo
atentamente su reacción.
Ella suspiró y cerró sus ojos.
—¿Cómo te gusta más, Meiriona?
Trazó otra línea, esta vez usando su uña. Le provocó piel de gallina y dio un grito ahogado.
Él rió.
Los párpados de sus ojos se abrieron.
—¿Te ríes de mí?
Colocó una mano sobre su vientre y la besó suavemente.
—No cabe duda de que no. Tú me deleitas. Un hombre y una mujer deben sentir placer por
las respuestas del otro.
—Ah.
Ella observó la marca roja que había ocasionado su uña, luego cerró los ojos y se relajó,
colocándose boca arriba para permitir que tuviera más acceso a su piel.
Ay, Dios. Si ésa era la respuesta a algo tan simple, ¿cómo respondería a modos más exóticos
de placer? ¿Cómo respondería con los ojos vendados, con su piel más sensibilizada?
Escogió una pluma de la pila de objetos eróticos y se la pasó por el cuerpo. Continuó el
camino con un retazo de suave seda y luego con cuero áspero.
—Ooh —gritó dócil.
—¿Cuál es mejor? —preguntó, primero pasando piel de concejo a través de sus senos y luego
un objeto metálico.
—Sí.
Arrastraba las palabras.
—¿Sí?
—Sí, ambos son mejores.
Sin querer arruinar su momento de placer, se mordió la lengua para no reír. Gracias a Dios
había esperado para tomarla. Si la hubiera tomado la primera noche, nunca hubieran podido
alcanzar el nivel de confianza que necesitaban para explorar completamente las sensaciones de sus
cuerpos.
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Dejó los objetos de placer a un lado y deslizó los dedos desde su garganta hacia la cima de
sus senos. Le encantaba la manera en que elevaba el cuerpo, buscando su mano. Sus pezones se
fruncieron. Dibujando vagos círculos alrededor de sus areolas rosadas en la punta de sus senos,
observó cómo el pulso se apresuraba en su cuello.
Pellizcó uno de los pezones, suavemente primero y luego mucho más fuerte.
Inspiró profundamente.
—Santa María.
Él sonrió.
—¿Qué has sentido?
Lamiendo sus labios, ella lo observó, sus ojos vidriosos de deseo.
—Un rayo. Un rayo de un disparo mágico desde mis senos hasta...
El rubor le manchó las mejillas y cerró la boca.
Él colocó su mano sobre su vientre y bajó hasta la unión entre sus muslos.
—Abre las piernas, Meiriona.
Con un suspiro, obedeció con los ojos cerrados.
Su pene latía a medida que deslizaba un dedo hacia un lado de su vagina, luego llevó el
dedo hasta su boca y disfrutó de su sabor en la lengua.
—Dobla tus rodillas, cariño. Quiero extender tu sexo y observarte.
De una vez, juntó las piernas y se sentó. Su rostro estaba ruborizado con una seductora
combinación de pasión y vergüenza.
—No. Eso es vergonzoso.
Cogiéndola en sus brazos, le besó la mejilla, la oreja y el cuello. Olía como la suave lluvia del
verano.
—Meiriona, no temas a los deseos privados entre un hombre y una mujer —susurró—. Te
encuentras a salvo aquí. Y quiero observarte.
Ella lo miró con una expresión de aturdimiento en los ojos. Luego, lentamente, se recostó
sobre el colchón y abrió las piernas.
Godric deslizó las palmas desde dentro de sus rodillas hasta sus muslos. Él le abrió las
piernas mucho más. Un vello mullido color caoba se rizaba entre sus dedos mientras rozaba su
sexo con la palma. Tenía hinchados los labios externos. Hinchados con deseo. Los separó
suavemente y abrió su vagina. Los labios internos brillaban con humedad femenina y sus pliegues
le recordaron dulces pétalos de rosas rosadas.
—Eres hermosa, cariño.
Ella lo buscó.
—Godric... siento tanto calor.
El gruñó. Sus gestos ponían a prueba los hilos de su control. Se posicionó sobre ella y sus
labios chocaron contra los de ella, y él sintió su centro de mujer, húmedo e incitante, abierto en el
extremo de su pene. Cogió la sábana que se encontraba a ambos lados de su cabeza, conteniéndose
desesperadamente para no lastimarla o para no romper la confianza entre ellos.
—Estás temblando —susurró ella.
—Sí. Quiero.
—Por favor, ahora. Ya no quiero esperar más. Muéstrame más de tu colección luego. Ahora
sólo quiero pertenecerte.
Con un gemido, Godric entró en ella.
Ella gritó de dolor.
—Ay, Dios —exclamó él, quedándose perfectamente quieto—. Perdóname, Meiriona.
Una lágrima corrió por la comisura de su ojo hasta su oreja. Suavemente, la secó con un beso.
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—Lo lamento tanto. Debería haber ido más despacio.
Ella movió su cadera debajo de él ante su mirada de asombro en el rostro.
—Me siento tan... plena.
—Lo sé.
Se movió con lentitud, luego empujó una vez más hacia ella, sintiendo cómo los músculos de
su sexo se apretaban alrededor de él.
—¿Quieres que me aparte?
Ella elevó su cadera, moviéndola de lado a lado.
—Ya no duele... al menos, no tanto.
—Sólo la primera vez hay dolor.
Sus dedos recorrieron la cicatriz debajo de su ojo y él vio algo más profundo que la pasión
ardiendo en sus ojos. Se apartó un poco, luego empujó hacia dentro nuevamente.
—Mmm —se deleitó ella, cerrando los ojos.
Moviendo su cadera en lentos y ajustados círculos, sintió cómo ella se relajaba debajo de él y
supo que el dolor había desaparecido. Sus manos se movieron para acariciarle los senos y tocarle
la piel de los pezones. En largas y lentas compresiones, él reavivó la llama de la pasión,
disfrutando de cada suspiro y de cada gemido. Sus dedos temblaban contra el lecho.
Después de un rato, ella dio un grito ahogado y su vagina se contrajo alrededor de él en una
serie de ondas cortas.
—¡Ay, ay, Godric!
La satisfacción corrió a través de él tanto por su orgasmo como por su grito. La rodeó
fuertemente entre sus brazos.
Ella hizo un pequeño sonido como un maullido, luego colocó sus piernas alrededor de su
cintura.
—Tómame, Godric. Duro. Quiero ser tuya.
Godric cogió la sábana tan fuerte, que una parte se rasgó. Volvió dentro de ella, perdiendo el
último hilo de su control. Dios, ella era suave y femenina. Sus cuerpos se moldearon juntos. La
había deseado durante años y ahora era suya.
Durante un largo rato, el tiempo se detuvo mientras sus cuerpos se volvieron uno. Con
largas y lentas opresiones él se movió dentro y fuera de ella. Ella golpeaba su espalda, asombrada
por las sensaciones que creaba en ella.
Por último, él gimió por su propia descarga y se derrumbó sobre ella.
—Meiriona, mi amor.
Elevándose sobre sus codos, la besó posesivamente.
—Eres mía.
Meiriona le sonrió. Su corazón volaba.
—Sí, Godric. Lo soy.
Santo Dios. Cómo amaba a su bello y peligroso raptor. Envuelta en sus brazos, se aferró a él
durante un largo y silencioso momento.
Después de un rato, él se apartó. Ella se quejó. ¡Lo que daría por pertenecerle por siempre!
Sus dedos recorrieron la cicatriz que bajaba por su barbilla y una determinación de acero se
disparó a través de sus nervios. Whitestone le pertenecería a él. Ella corregiría los errores del
pasado. Su padre entraría en razones. Evitaría la guerra.
—¿Te duele, cariño? Tienes una expresión rara.
Ella sacudió la cabeza.
—No, Godric.
Miró hacia abajo y vio sangre que le manchaba los muslos. Ella cogió sus hombros,
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queriendo que él entendiera la desesperación que la obligaba a hacer lo que debía hacer.
—Te amo.
Él sonrió con una expresión de satisfacción en el rostro y se recostó regocijado sobre la
almohada.
Ella se sentó y bajó sus piernas de la cama, odiándose por lo que debía hacer.
La mano de Godric cogió su muñeca.
—¿Adónde vas?
—A lavarme.
Temió por un momento que le hubiera leído la mente, pero le soltó el brazo.
Se deslizó detrás del biombo, sirvió agua en una vasija de cobre y se limpió los muslos con
un lienzo. Se le aceleró el corazón cuando cogió la bolsa de opio de su escondite y sirvió aguamiel
en dos copas. Sus dedos temblaron al colocar la droga en la bebida. Por favor, Dios, haz que Godric
lo entienda cuando despierte.
Lentamente, salió de detrás del biombo y cruzó la alfombra oriental.
Él le recordaba a un leopardo recostado: hermoso y letal. Ella sujetó la copa con fuerza para
reanimar su resolución.
Al llegar a la cama, le sonrió de manera tímida.
—Bebe, Godric. Seguramente un trabajo como éste socava las fuerzas de un hombre.
Él rió.
—Qué lenguaje más descarado para alguien que repentinamente no es virgen.
Ella le tocó la mejilla con el corazón roto por tener que dejarlo tan rápido. Sus dedos rozaron
su cicatriz.
—Por nuestro futuro juntos —dijo ella y tomó rápidamente su copa.
Él la siguió, bebiendo el fluido en una larga oscilación.
La culpa la amenazaba con abrumarla pero era demasiado tarde como para volver atrás. Lo
observó con cautela, preguntándose cuánto tardaría el opio en hacer efecto. Él no mostraba ningún
síntoma.
Colocó la copa a un lado y ella le besó la cicatriz de la ceja, deseando poder pasar la noche
con él.
—Godric —dijo—, temo que me odiarás por la mañana.
Él la cogió en sus brazos, besándola.
—Nunca podría odiarte.
Ella se volvió y cogió el botellón rogando que no notara cómo le temblaban los dedos.
—¿Más aguamiel, Godric?
Él se acercó a ella. La expresión en su rostro cambió de amante seductor a amante incrédulo.
—¡Meiriona! Cristo, niña. ¿Qué has hecho? ¿Qué me sucede?
Lo besó suavemente.
—Te amo, Godric.
Él trató de cogerla con sus pesados brazos, y ella se escapó, libre.
—Te venceré, Condesa —gruñó, las palabras salían lenta y pesadamente, luego se hundió en
la cama en un sueño narcotizado.

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Capítulo 30

¡ Pum! ¡Puml ¡Pum!


La luz del sol entraba por la ventana provocándoles dolor en los ojos de Godric. Cuando se
sentó, se le dio la vuelta el estómago y arremetió contra el orinal de la recámara.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
—Por las llaves de San Pedro —gruñó, limpiándose el sudor frío de la frente y secándose la
boca. ¿Qué eran todos esos ruidos?
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
—¡Detente! —rugió al advertir que un pesado puño era lo que golpeaba la puerta de la
recámara. Se tropezó al bajar de la cama, embistió la entrada y abrió la puerta.
Eric se encontraba de pie fuera con ojos nerviosos, respirando fuertemente.
—¡Se ha ido, amo! ¡Se ha ido!
El dolor le perforaba el cráneo cuando el muchacho gritaba y levantó al joven de la túnica.
—¿A qué te refieres con ido?
Eric tragó saliva y cogió el hombro de Godric.
—Se marchó con el hombre que simulaba ser un comerciante. Hemos estado golpeando
vuestra puerta desde el amanecer, señor.
— ¿Ella quién? ¡Respira! No tiene sentido lo que dices.
—Meiriona, amo. Meiriona se ha ido.
Una agonía más fuerte que su vapuleada cabeza se arrastró hacia su estómago.
—¡No!
Regresó a la cama. Sangre roja de virgen manchaba las sábanas y el aroma a sexo empapaba
la habitación.
—No puede ser.
Pero su corazón se sentía entumecido. ¿Cómo podía hacerle eso? ¿La relación sexual no
había sido nada más que una artimaña? Lo había usado, había usado su lujuria para engañarlo,
para que creyera que podía confiar en ella. Maldita muchacha lujuriosa. ¿No había aprendido
nada sobre las mujeres en su vida?
—Es verdad, amo —dijo Eric, pero Godric apenas lo escuchaba.
¿Qué le había dicho ella? «Te amo».
¿Cómo se había olvidado de que las mujeres no aman? Las mujeres toman. El amor no es
algo que las mujeres pudieran comprender o sentir.
El entumecimiento se reunía en su pecho mientras sentía cómo sus tontas esperanzas de un
hogar pacífico y una mujer cariñosa se hacían añicos. Qué tonto había sido. Esperando,
desempeñando el papel del petimetre cuando ella había estado tomándolo a guasa, esperando el
momento perfecto para traicionarlo.
—¿Amo?
La voz de Eric atravesó sus pensamientos y notó que todavía tenía la mano enroscada
alrededor de la túnica del muchacho. Empujó al joven sintiendo que el entumecimiento se

186
desvanecía mientras la furia salía.
—¡No me llames amo! ¡Soy un idiota!
Godric giró, bramando mientras cogía la mesa de mármol más cercana y la lanzaba al suelo.
Las copas cayeron y el mármol blanco hizo un ruido horrible al partirse en dos.
Eric retrocedió y tropezó en el corredor.
—Prepararé los caballos, señor.
La ira ardía pero Godric se detuvo antes de coger la otra mesa. Destruir la recámara no
solucionaría nada. Rasgó las sábanas manchadas del colchón y se volvió lentamente hacia Eric.
—Gracias, Eric. Dile a Bear que saldremos inmediatamente —dijo, arrojándole el lino
manchado de sangre al escudero—. Utiliza esto como nuestro estandarte.
Eric asintió y bajó las escaleras con la sábana en la mano.
—La venceré —murmuró Godric para sí mismo.
Flexionaba y estiraba sus manos, sintiendo más control sobre la furia ardiente que lo
atravesaba.
—No, la cogeré y la encadenaré a la cama.
Con su regreso a Whitestone, toda esperanza de negociación estaba perdida. No había otra
opción más que tomar el castillo por la fuerza. Se puso los pantalones con lentitud intencional,
obligándose a moverse deliberadamente y no cediendo a la tormenta que ardía en su interior.
Mientras se ajustaba la espada, sus manos deseaban ir a la batalla. Observó la cama donde ella lo
había engañado y sintió otra oleada de ira que golpeaba contra él. Se puso las botas luchando
contra la necesidad de hender el colchón hasta hacerlo jirones con la espada.
Salió de la habitación y se dirigió a los establos. Cuando cruzó el umbral de la puerta del
castillo, su madrastra le gruñó.
—Ella te odia, lo sabes. Ella misma me lo dijo.
Él asintió secamente.
—No quería nada de lo que pudieras darle.
Le arrojó un objeto verde.
Rebotó en su cota de malla y aterrizó en las esteras. Era la peineta que le había dado a
Meiriona. Un profundo dolor le rasgó el corazón, más profundo que cualquier herida que hubiera
sufrido.
Aplastó el adorno de esmeraldas bajo su bota y se dirigió hacia el patio.
Le había dado la oportunidad de una moderada rendición, pero ahora ardía por conquistar
por la fuerza.
El rey le había ordenado tomar Whitestone. Y, por las barbas de Dios, lo haría. Acabaría con
cada traicionero rebelde de Lancashire y los arrastraría hasta Londres. No habría clemencia ni
segundas oportunidades para Meiriona, para su padre ni para su esposo.
Incendiaría un camino que se dirigiera directamente al corazón del castillo.

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Capítulo 31

Algunas gotas frías mojaban las mejillas de Meiriona mientras atravesaba con alivio el
puente levadizo de Whitestone. Gracias al cielo pronto saldría de su empapada ropa y por fin
podría razonar con su padre sobre el futuro del castillo.
Una campana colgaba de la torre.
—¡La señora está en casa!
William sonrió, se sacudió el agua del sobrero y desmontó.
—Hemos llegado a casa, señora, gracias a las estrellas. Nunca lo hubiéramos logrado si vos
no hubierais superado vuestro miedo a los caballos.
Meiriona parpadeó contra las gotas. La culpa le alteraba el entusiasmo por estar de regreso
en casa. El escape había sido fácil porque nadie había sospechado cuando cruzó el patio interior
hasta la puerta trasera donde William la aguardaba con los caballos. Que ella se hubiera ganado la
confianza de Godric y de su pueblo intensificaba su persistente culpa. Godric le había enseñado a
montar y ella había usado ese conocimiento para traicionarlo.
Las noches anteriores habían sido frías sin sus tibios brazos alrededor de ella. ¡Santo Dios,
incluso extrañaba que entrelazara sus dedos en su cabello! Verdaderamente debía de amarlo si ese
gesto dominante se había vuelto un gesto tranquilizador.
Desmontando, ella observó el cielo gris. ¿Dónde estaría Godric en ese momento? ¿Tendría
tiempo de convencer a su padre de que debía entregar Whitestone de manera pacífica antes de
que Godric llegara? Le entregó las riendas a William.
—Debo hablar con mi padre y con Pierre de inmediato. Por suerte la lluvia dejó charcos en el
camino, así que el armamento de guerra de Godric no podrá pasar.
— i Ay! ¡Señora! ¡Alabado sea Dios!
Docenas de niños, haciendo caso omiso del barro y de la lluvia, salieron al patio.
—¡Meiriona!
—¡Meweeona!
—¡Meiriona!
Corrieron hacia ella para abrazarla o aunque sólo fuese para tocarle la falda empapada.
—Ooh —dijo ella, perdiendo el equilibrio con su saludo entusiasta. Resbaló por el lodo y los
niños la arrastraron hacia el suelo con el peso de sus pequeñas manos. Ella rió.
—Os cogeré por esto.
Cogió un puñado de lodo y se lo lanzó a uno de los opresores.
—¡No podrás atraparme!
—¡Persígueme!
Meiriona presionó sus manos contra el fango y se arrodilló. Los niños danzaban alrededor de
ella como una multitud de escandalosos patos que salpican en la laguna. Riendo, tomó al más
cercano de una pierna y el niño aterrizó en el lodo junto a ella.
—Tú estás de mi lado ahora —anunció.
Risas estallaron cuando dos niños más resbalaron en el lodo y uno aterrizó sobre ella,

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manchando los parches limpios que quedaban en su vestido.
—¡Meiriona! —resonó la voz de un hombre.
De repente, la risa se detuvo, los niños se pusieron de pie en el lodo y escaparon por el patio
con un chapoteo. Meiriona se apartó el cabello enlodado de los ojos.
Tío Fierre, alto y digno, apoyado sobre su bastón, la observaba con desaprobación.
—Entonces mi esposa finalmente se ha cansado de ser la prostituta del bastardo —espetó
mientras la miraba con desdeño—. Tu ropa está tan sucia como tu virtud.
Meiriona se paralizó, sintiéndose como una niña de siete años que accidentalmente había
prendido fuego al establo.
Pierre golpeteaba su pie como lo había hecho muchas veces mientras le enseñaba a jugar al
ajedrez.
—¿No tienes nada qué decir?
Meiriona tragó saliva. Había ido a explicar los temas como una mujer pero se sentía como
una niña traviesa. Una imagen de Godric le atravesó la mente y se aferró a ella para tomar coraje.
Inspirando profundamente, se puso de pie.
—No puedo seguir casada contigo.
Hecho. Lo había dicho.
Pierre aclaró su garganta.
—Ya estoy casado contigo —replicó y golpeó el bastón en el suelo con impaciencia—. Ven
conmigo ahora, esposa mía.
Lentamente, con toda la dignidad que Meiriona podía reunir, encuadró los hombros.
—Tío Pierre —dijo con firmeza—, debemos anular nuestro matrimonio. Está mal.
La columna de Pierre se tensó y sus dedos palidecieron sobre el bastón de madera.
—Mientras jugabas a la prostituta, tu padre moría — dijo, ignorando su solicitud como lo
había hecho cuando, de niña, quería algo que él no estaba dispuesto para darle.
Su voz era tranquila y demasiado educada.
—Realmente, tío, no podemos permanecer casados.
—¡Silencio, esposa, o te enviaré a tu recámara sin cenar! —Su boca hizo una mueca de
desagrado, haciendo que su bigote cayera. Se volvió arrastrando los pies hacia el castillo y ella se
imaginó que esperaba que ella lo siguiera.
Meiriona observó a su alrededor en busca de apoyo. Varias de las personas del castillo
observaron el episodio desde detrás de los árboles y de los toneles, pero ninguno interfirió. Un
campesino se encogió de hombros.
¿Qué esperaba?
Elevó el rostro y dejó que la lluvia enjuagara el lodo en sus mejillas.
Pierre se detuvo y golpeó con el bastón en el suelo.
—Niña... —su voz se fue apagando y se suavizó—. Mientras estamos aquí discutiendo, tu
padre te necesita.
Meiriona observó a Pierre y lo vio como lo había hecho cuando era una pequeña niña. Él
había sido alto, digno e irradiaba una gracia eterna. La había intimidado con sus conocimientos de
idiomas extranjeros, ajedrez y arte. Pero en ese momento veía algo más: el cariño por su padre.
—Ven conmigo.
Ella asintió con el corazón que se le hundía, y lo siguió hacia el castillo.
Cortinas oscuras habían sido colocadas y la recámara olía a descomposición y a hedor floral
de muerte, como si su padre ya hubiera muerto. Él estaba en el medio de la cama. Varios
edredones lo cubrían. Estaba pálido, débil y como un fantasma. Su pecho sentía un hueco cada vez
que él tosía.
189
—¿Papá?
Se aferró a la mano de su padre. Aunque la habitación estaba viciada y cálida, sus dedos
estaban fríos. Se sentían frágiles, como si la palma estuviera hecha de carne suelta y se estirara
para mantener los huesos juntos. Una vela parpadeaba junto a su cama.
Sus párpados se abrieron.
—Mi niña... Has vuelto.
Su voz era fina y le costaba hablar.
—Papé, tengo tanto para contarte.
¿Cómo podía comenzar a hablarle sobre Godric? ¿Debía hacerlo?
—Meiriona... —Tosió y ella presionó un lienzo húmedo en su frente—. No hay tiempo.
—Papá, no digas esas cosas.
Él presionó su mano débilmente.
—Shh, niña.
Se hundió nuevamente en el colchón y cerró los ojos, respirando con dificultad.
—¿Papá? —Apenas resistía la necesidad de sacudirlo para despertarlo—. No morirás.
Sus delgados párpados se abrieron.
—¡Bah! Negar la muerte no la hace menos poderosa.
Le costaba respirar y escupió flema en un cubo.
Ella parpadeó tratando de contener las lágrimas. Un sentimiento de impotencia se apoderó
de ella. Necesitaba convencer al tío Pierre de la necesidad de anular su matrimonio. Necesitaba
que fuera el padre que una vez había sido. Necesitaba miles de cosas que no podía pedir.
Con gran esfuerzo, su padre se incorporó y comenzó, lentamente, a mover el sello en su
dedo.
—No, Papá. Esto pasará, como antes.
—Estoy muriendo, hija —declaró.
—Sé fuerte. No dejaré que mueras.
Ella se puso de pie y abrió las cortinas oscuras, dejando que la luz del exterior entrara a la
sombría recámara.
—¡No permití que murieras cuando regresaste de Londres y no dejaré que mueras ahora!
Su padre rió ante su discurso apasionado, como si su declaración lo divirtiera. Luego, su risa
se convirtió en espasmos y escupió más flema. Ella se acercó y se sentó junto a él, muy quieta,
bañada en resignación. No había nada que pudiera hacer para detener su muerte.
—Hija —dijo cuando la tos estaba una vez más bajo control—. Dame tu mano.
Su mano estaba fría y seca cuando ella colocó su mano sobre la de él. Débilmente, le palmeó
la mano y luego arrojó su sello en ella.
—Tú has sido mejor hija para mí que muchos hijos... pero tú no eres un hijo varón. Este anillo
te da propiedad pero una mujer no puede custodiar un castillo por sí sola. Pierre cuidará de ti por
ahora, pero él es un hombre viejo.
Respiró con dificultad y de manera irregular.
—Meiriona, debes darle este anillo a un hombre que sea fuerte y capaz.
Ella contuvo sus sentimientos. Deseaba con ansia hablarle sobre Godric y todo lo que había
sucedido entre ellos, pero notó que no podía.
Tosió nuevamente, esta vez más fuerte, y su respiración sonaba húmeda y burbujeante.
—Busca conocidos sensatos y mantente alejada de los de Yorkshire.
De una vez, como si su discurso lo hubiera vaciado, se hundió en el lecho, el cuerpo sin vida.
—¿Papá? ¿Papá? Ay, santo Dios. ¡Papá!
Lo sacudió de los hombros y su cuerpo se agitó sin vida de lado a lado. El pecho le dolía
190
como si alguien la hubiera herido en el corazón con una daga.
Lentamente, Meiriona se arrodilló. Padre Nuestro, que estás en los cielos, rezó, santificado sea Tu
nombre. Lágrimas brotaban de sus ojos y se contuvo el resto del Padrenuestro. Ay, Dios. Comenzó
nuevamente. Me encuentro en un aprieto terrible del que no sé cómo salir. He sido una adúltera. Papá está
muerto. El tío Pierre desea continuar casado conmigo, y el hombre que amo quemará mi castillo si no
encuentro la manera de detenerlo. ¿Me puedes ayudar, Dios, Jesús? No sé qué hacer.
Meiriona se puso de pie, sin estar segura de que su Dios escuchase a las mujeres que
rechazaban sus lechos matrimoniales y que le ponían los cuernos a sus esposos. Quizás Dios la
abandonó, como Godric había dicho que le ocurrió a él. Las últimas palabras de su padre fueron
que se mantuviera alejada de los de Yorkshire, pero no deseaba nada más que anular su
matrimonio y entregarle el castillo a Godric. La culpa amenazaba con cerrarle la garganta. Su
madre había sido una gran mujer cristiana: dócil, dulce y manejable. ¿Por qué ella no podía tener
cualquiera de los rasgos de su madre?
De algún modo, de alguna manera, debía convencer a Pierre para que renunciara a su
matrimonio antes de que llegara Godric.
Hubo un ruido en el corredor y la puerta se abrió. Pierre.
—Tío Pierre —comenzó ella, sonando más fuerte de lo que se sentía.
—Mi padre está...
—¿Qué le has hecho, mademoiselle?
Cojeó sobre las tablas junto a la cama de su padre.
—¡Mon Dieu, lo has matado!
Las palabras la ahogaron mientras él la miraba, con la acusación escrita en los rasgos.
Ella retrocedió, temiendo por un momento que él le pegara con el bastón.
—¡Mon Dieu, mon Dieu, sabía que estaba muriendo, pero no debería haber sido tan rápido!
¿Qué le has dicho? ¿Le has hablado sobre tu amante y sobre cómo has arruinado nuestros votos?
Pierre se lanzó sobre el cuerpo de su padre.
—Oh, Ioworth, oh, Ioworth. Amigo mío, amigo mío.
Observó a Pierre con morbosa fascinación mientras la abrazaba y sacudía la silueta sin vida
de su padre.
—Tío.
Siempre había sido correcto y digno y le dolía verlo angustiado.
—¡Tú lo has matado! ¡Tú lo has matado! —gimió.
Luego, los lamentos se volvieron maldiciones.
De repente, la puerta se abrió y un mensajero, jadeando y con el rostro colorado, entró a la
habitación.
—¡Señora! Se acerca un ejército. Llevan el estandarte del rey, un estandarte con un dragón y
algo que luce como una sábana manchada de sangre.
Ay, Santa María. ¡Godric! Asintió mientras la invadía el entumecimiento.
El mensajero observó el cuerpo sin vida de su padre, luego a su esposo que se lamentaba y a
ella.
El sollozo de Pierre aumentó y, de una vez, Meiriona sintió que el deber se apoderaba de ella,
despejando sus sentimientos y permitiéndole funcionar de manera mecánica.
—Cierren la entrada y atranquen las puertas. Que los hombres se preparen para el sitio.
Enviaré un mensaje para negociar con Godric.
El mensajero asintió.
—¿Qué debo decirle al pueblo sobre vuestro padre?
—Diles...
191
Meiriona pesó sus palabras.
Contarles a los hombres la muerte de su padre ocasionaría discordia en un momento en que
necesitaban una mano firme. Afrontar al Dragón sería lo suficientemente difícil sin que los
hombres rompiesen filas y desobedeciesen sus órdenes.
—Envía a Mattie. Puedo confiar en ella para que cuide del cuerpo de mi padre y para que
mantenga este asunto en secreto hasta que tenga oportunidad de dirigirme a los hombres de
manera adecuada. Iré y me prepararé para conducir la defensa y planearé mis palabras para
cuando Godric llegue.
—Sí, señora.
Con un sollozo, Pierre embistió desde la cabecera, moviéndose más rápido de lo que ella
hubiera creído posible.
—¡Prostituta insensible! ¡Tu padre está muerto y tú lo sacudes de tus manos sin más que una
lágrima para que puedas encontrarte con tu amante! —Cogió sus muñecas con sorprendente
fuerza y agregó—: ¡No te saldrás con la tuya!
Se volvió hacia el mensajero.
—Dile a los hombres que Ioworth está muerto. Envía a un sacerdote a bendecir el pasaje de
mi amigo hacia el cielo.
Meiriona sintió el calor corriendo por su rostro. Probablemente todo el castillo podía oírlo
gritar. No faltaría mucho para que la gente corriera como gatos asustados y el caos reinaría.
—¡No! Escúchame, tío, no es prudente.
El mensajero retrocedió y la confusión apareció en su rostro.
—¡Hazlo, muchacho! ¡Yo soy el lord aquí ahora!
—¡No! —gritó ella—. ¡No!
Espectadores curiosos miraron la habitación y, con el corazón hundido, supo que era
demasiado tarde.
Una mujer de cabellos grises con una expresión muda entró a la habitación y se apresuró
hacia la cabecera.
—El lord está muerto —declaró—. Envíen un sacerdote.
Pasó una mirada de desconfianza sobre Meiriona y se santiguó.
Meiriona resopló de manera exasperada. Controlar a los hombres sería más difícil ahora.
Probablemente cualquier mercenario en las filas treparía la muralla para unirse al ejército del
poderoso Dragón de Edward. Si eso ocurría, sus posibilidades de un acuerdo pacífico con Godric
estaban perdidas.
—Eso fue tonto, tío.
Volviéndose hacia el mensajero, cogió una silla cercana para tomar coraje. Emplearía todo lo
que su padre le había enseñado sobre defensa y todo lo que Godric le había enseñado sobre ser
una mujer para derrotar al Dragón.
—Refuercen las defensas. Di al personal de la cocina que comience a calentar aceite y a los
arqueros que se preparen. Tenemos poco tiempo. Iza un estandarte blanco. Demandaremos la paz
y rezaremos por lo mejor.
—¡Mon Dieu! —gritó Pierre—. ¡Traicionas a tu propio pueblo! ¿Demandar la paz? Todos
sabemos dónde se encuentra tu verdadera lealtad.
La ira salió a la superficie.
— ¡Escucha, tío! No tienes idea de lo que sucede. Godric no se detendrá hasta que el castillo entero
esté en ruinas si tú no...
Pierre la cogió del brazo.
—¡Encierren a esta ramera traidora en su habitación!
192
—¡No!
Pánico comenzó a surgir dentro de ella.
—¡Viejo tonto! ¡Él tiene órdenes del rey! Es hora de ceder ante la voluntad del rey.
—¿Ceder ante la voluntad del rey? ¡Ja! ¡Es más probable que tú quieras inclinarte ante la
cama del bastardo!
—¿Cómo te atreves?
Un dolor punzante le ardía en el pecho.
—¡Regresé por mi preocupación por mi pueblo, por ti y por mi padre!
La miró con desdén.
—Una prostituta con corazón. Qué original.
La arrojó contra el mensajero.
—Enciérrala, luego tráeme una copa de vino para que podamos contemplar las defensas del
castillo.
Meiriona arremetió, rebasó al mensajero y huyó.
—¡Atrápala! —escuchó a Pierre gritar.
—Yo soy el lord aquí y ahora. ¡Atrápenla, truhanes!
Fuertes pisadas resonaban detrás de ella y Meiriona fue detenida por varios pares de
fornidas manos.
—¡No!
Se retorció para liberarse pero las manos la arrastraron por el corredor hacia su propia
recámara.

193
Capítulo 32

El aroma agrio de madera ardiendo flotaba en el aire. El pánico llegó a la garganta de


Meiriona mientras observaba la columna de humo que se elevaba en la aldea de Whitestone. Supo
que Godric se acercaba.
Deseaba ir con él, calmar la ira del Dragón, pero estaba encerrada en su recámara.
Los últimos dos días habían sido un tapiz de preocupación desesperante. Iba y volvía desde
la ventana del patio hasta la ventana del valle una y otra vez. Había gritado hasta quedarse
afónica y había golpeado la puerta hasta que las manos le sangraron, pero nadie vino a rescatarla.
De las voces mezcladas en el patio, una advertencia histérica se repetía una y otra vez:
—¡Viene un ejército! ¡Viene un ejército!
Culpa y un denso sentimiento de impotencia pesaban sobre ella. Si tan sólo hubiera
manejado mejor a Pierre... Si tan sólo se hubiera asegurado una bendición de su padre... Si tan sólo
no hubiera dejado a Godric... Si tan sólo no estuviera encerrada en su recámara...
Golpeó los puños contra la puerta.
—¡Déjenme salir!
Todas las suposiciones del mundo no cambiaban el presente.
Escuchó a hombres que gritaban y que se preparaban para la batalla. Godric mandó preparar
un sendero ardiente hasta el castillo. Gran cantidad de campesinos lograron llegar hasta la
seguridad de las murallas del castillo, huyendo del Dragón.
Se apresuró a regresar a la ventana con vistas al valle y vio la columna de humo con creciente
desesperación. Godric no había venido solamente a conquistar Whitestone: estaba tratando de
decir algo. No sólo venía por la tierra. Venía por ella. Santo Dios, no había comprendido nada. Ella
se había ido para poder evitar la guerra, para que pudieran vivir pacíficamente. Sabía que estaría
enfadado, pero habría intentado enviarle un mensaje de inmediato y calmar su orgullo de hombre.
Estar encerrada en su recámara había frustrado todos sus planes. ¿Qué habría pensado cuando
despertase y se encontrase narcotizado y viese que ella se había ido? ¿La odió en ese momento?
Se apresuró hacia la ventana con vistas al patio.
—¡Que alguien me escuche! ¡Debo hablar con él! ¡Déjenme salir!
¡Santo Dios! Hombres gritando órdenes e instrucciones corrían por todas partes, intentando
prepararse para el inminente sitio. Por favor, Dios, envía a alguien a liberarme.
Cruzó la recámara una vez más y observó que la columna de humo crecía. Sin duda, Godric
llegaría antes del anochecer.
¿Y luego, qué?
Sacudió un puño hacia el humo.
—¡Demente! ¡Te dejé porque te amo! ¿Me escuchas, Godric? Todo en lo que los hombres
piensan es en guerra, guerra, guerra. ¿Por qué nunca se cansan de eso e intentan otras tácticas?
Una vez que su ira se agotó, lentamente su hundió en el suelo y se abrazó las rodillas. Por
todos los santos. ¡Qué embrollo había provocado! Si el creciente humo era un indicio, Godric la
odiaba y su hogar estaba condenado.

194
—¿Meweeona?
Una pequeña voz provenía del otro lado de la puerta.
Meiriona contuvo sus lágrimas y se lanzó contra la puerta de la recámara.
—¿Sí?
—¡Meweeona! ¡Os encontré!
El corazón de Meiriona se sacudió. Era el hijo de tres años de la cocinera.
—¡Justin!
—Mamá dice que vienen los hombres malos y estoy asustado. Mamá dice que no puedo
estar en la cocina porque están cocinando aceite caliente para los hombres malos. Si son hombres
malos, ¿por qué mamá está cocinando para ellos?
—Justin, cariño, luego te explicaré lo del aceite.
Sintió un rayo de esperanza.
—¿Hay una llave colgando de la pared?
Hubo un largo silencio y Meiriona presionó una oreja contra la puerta.
—¿Podéis jugar conmigo, Meweeona? Mamá dice que debo quitarme del medio.
—Sí, cariño, jugaré contigo, pero primero debo salir de esta habitación. ¿Puedes buscar una
llave en la pared?
—No veo ninguna.
Su corazón se hundió.
—¿En ningún lado? ¿Puedes buscar un poco más, cariño?
—¿Por qué no sales de tu habitación y juegas conmigo?
Una risa histérica brotó de la garganta de Meiriona. Sintió que reía y lloraba al mismo
tiempo. ¿Cómo podía explicarle al niño que su marido la había encerrado y que el hombre que
amaba se encontraba en camino para quemar su hogar?
—Justin, estoy encerrada. Si encuentras una llave, puedo salir y jugar contigo. Busca en las
paredes.
Hubo un largo silencio y ella se imaginó al pequeño observando las paredes de piedra.
—¡Aquí, Meweeona!
Una sombra obstaculizaba la luz que provenía de debajo de la puerta, y un chirrido sonó en
la tabla. Pequeños y regordetes dedos empujaron el objeto. Una roca.
—Supongamos que esto es una llave.
—¡Argh! —exclamó ella, expresando su frustración contenida—. ¡Oh, Justin!
Sus dedos desaparecieron de la vista.
—¿Estás enfadada conmigo?
—No, cariño. —Apretaba los dientes, pero su voz era nuevamente tranquila—. Pero necesito
una llave real. Mira en la pared.
—¿Meweeona? —dijo con voz cantarina.
—Sí.
—No pedisteis por favor.
—Oh, santo Dios, Justin. Por favor, busca la maldita llave. Necesito salir de aquí para detener
a los hombres malos.
—Mamá dice que «maldita» es una mala palabra.
Meiriona se mordió la lengua para evitar gritar. Lo último que necesitaba era lecciones de
modales de parte de un niño de tres años.
—Y tu madre tiene razón. Lo siento. Por favor, ayúdame.
Ella lo escuchó buscando.
—No veo una en la pared.
195
Lágrimas de frustración ardían en sus ojos.
—Aunque hay una en la cerradura.
—Ay, gracias a la Santa Virgen —respiró.
—No la alcanzo.
—¿Puedes conseguir un taburete?
—Meweeona, debo ir al orinal.
Pasos se alejaron en el corredor.
—¡Justin! ¡No te vayas!
—¡No puedo esperar! ¡No puedo esperar!
Sus palabras eran apresuradas, desesperadas.
—¡Tengo que ir desesperadamente, desesperadamente, desesperadamente,
desesperadamente, desesperadamente!
—¡Justin! ¡Regresa!
Silencio. Se hundió una vez más en el suelo, desesperada. Nada podía hacer más que
sentarse y rogar que el pequeño regresara.
La llave estaba en la cerradura. Piensa Meiriona, piensa. ¿Cómo quita alguien una llave que se
encuentra del otro lado?
Meiriona casi lloró de alivio cuando escuchó al pequeño que regresaba al otro lado de la
puerta.
—¡Meweeona! He traído un taburete.
De un salto, se acercó a la puerta y presionó su oreja contra la madera, desesperada por oír
todo.
—¡Ay, Justin! ¡Gracias a los santos!
Escuchó un chirrido contra la piedra y su corazón latía desaforado.
—¡La tengo, Meweeona! Ahora podréis jugar conmigo.
Con un golpe, la puerta se abrió y el alivio inundó sus venas. Recogió al pequeño y corrió
hasta la recámara de su padre.
—Creí que ibais a jugar conmigo, Meweeona.
Continuó su camino rogando que nadie los viera.
—Shh, cariño. Vamos a jugar al escondite —dijo ella, inventando un cuento tan rápido como
pudo.
—Vamos a fingir que aún me encuentro en mi recámara y veamos cuánto le lleva a la gente
encontrarnos. Conozco un buen lugar para escondernos.
Subió los escalones hacia la recámara de su padre. Una nueva esperanza surgía dentro de
ella. Si era capaz de llegar hasta la habitación de su padre, podía tomar el corredor secreto que
conducía fuera de los muros del castillo. Por favor, ay, por favor, ay, por favor.
—¿Meweeona?
—Shh, Justin. Susurra o ellos ganarán.
—¡Está bien! —El pequeño susurró muy alto—. Me quedaré muy callado.
Meiriona se debatía entre si colocar su mano sobre su boca o no. Lo enviaría con su madre,
pero sabía que en el instante en que lo sentara, gritaría a todo pulmón y alertaría a todo el castillo
de su desaparición.
Miró con cuidado alrededor de una curva en el corredor y se sintió aliviada al ver que no
había nadie a la vista. De repente, al oír la voz del tío Pierre, reculó.
Toda esperanza murió.
—Oh, mi Ioworth, mi Ioworth... ¿Cómo has podido dejarme? —decía mientras sus palabras
se entrecruzaban con los sollozos.
196
Un rastro de pena lastimó el corazón de Meiriona. Se oyeron pasos y luego un caballero se
acercó desde el lado opuesto del corredor. Meiriona retrocedió más en las sombras, apretando a
Justin para alertarlo. Los ojos del pequeño se redondearon.
—Señor —dijo el caballero, hablándole a Pierre desde la puerta.
—Lo necesitan en la entrada.
—¡No! —gritó Pierre—. No.
Meiriona le hizo señas a Justin para que se mantuviera en silencio, rogando para que el
pequeño permaneciera quieto.
—¿Señor?
La voz del caballero sonaba claramente preocupada.
Pierre lo miró con desdeño y habló, pero ella no pudo comprender lo que decía.
Por favor, por favor, que se vayan.
Arrastrando los pies, continuó su camino y más de dos pares de pisadas resonaron en el
corredor.
Un milagro. Una respuesta a una plegaria. Después de contar hasta veinte, arremetió contra
la distancia final hasta la recámara de su padre, corrió hacia dentro y cerró la puerta
silenciosamente.
La habitación olía a muerte.
—Apesta aquí, Meweeona.
Silenciándolo, le tapó la nariz y advirtió que el cuerpo de su padre todavía no había sido
retirado de la habitación. ¿Cómo se atrevían a dejarlo allí? ¿Por qué Pierre no lo había llevado?
Desesperación e ira se apoderaron de ella.
—Lo ordenaré todo, padre. Te lo prometo.
El pequeño observaba el cuerpo sin vida de su padre.
—¿Está... está muerto, Meweeona? —preguntó sin mostrar repugnancia ni preocupación,
sino simple curiosidad. De alguna manera, la calmada aceptación de la muerte por parte del
pequeño como parte natural de la vida hizo que la horrorosa situación fuera más tolerable.
—Sí, cariño. Está muerto.
Dolía decir las palabras, pero también era curativo.
—Y debemos seguir luchando porque nosotros todavía estamos vivos.
Apresurándose hacia el tocador, Meiriona tiró del borde hasta que se apartó de la pared con
un chirrido.
—Ayúdame, Justin. Sé donde podemos escondernos. Aquí. Nos meteremos por aquí atrás.
Empujando un pesado tapiz, abrió una oxidada puerta secreta. Crujió; probablemente la
única persona que la había usado en los últimos años era Damien. El sudor brotaba de su frente.
¿Y si alguien escuchaba? Se detuvo y aguzó el oído hacia la puerta.
—Meweeona, las personas muertas no pueden escuchar. Él no le dirá a nadie que nos
escapamos.
Una burbuja de histeria brotó dentro de ella.
—Ay, Justin —dijo, abrazándolo—. Gracias a los santos que estás conmigo.
El pequeño niño sonrió orgulloso por el halago, dándose la vuelta para admirarla con ojos de
ternero.
—Rápido, Justin —lo reprendió, señalando hacia el corredor. Cogió una vela del tocador,
empujó al niño en el oscuro corredor y siguió detrás de él, cerrando la oxidada puerta con otro
chirrido de las bisagras.
El corredor se extendió, largo y oscuro, ante ellos. La solitaria vela iluminaba sólo un
pequeño círculo del sendero. Una tela de araña rozó su rostro. La apartó, pero la pegajosa tela
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quedó en sus dedos.
—Tengo miedo a la oscuridad, Meweeona.
—Sé valiente, cariño. Imagina que eres un caballero.
Él no respondió pero envolvió su puño en su falda.
Durante lo que pareció una eternidad, caminaron. ¿Qué le diría a Godric? ¿Le permitirían
hablar con él al menos? ¿Qué sucedería si no podía llegar hasta el campamento?
Apartando su temor, apresuró el paso.
Por último, vieron una luz brillando en la distancia. Cierto alivio brotó de ella. Ya casi
llegaba.
Resoplando sin aliento, parpadeó por la luz del sol cuando llegaron al final del pasadizo de
piedra.
Tiendas de campaña alrededor y la parte superior de un artefacto de guerra sobresalía por la
copa de los árboles cercanos.
Alzando a Justin, corrió hacia el campamento.
Durante un momento se preguntó si estaba en sus cabales por ir hasta el Dragón como un
cordero para faenar. Su estómago estaba hecho un nudo por la mezcla de expectativa y terror.
¿Qué le diría?
Repentinamente, desde detrás de una roca, una forma gigante con salvaje cabello rojizo saltó
hacia ellos. Ella se sobresaltó, sosteniendo a Justin con fuerza para evitar tirarlo.
—¡Bear!
—Señora.
Su voz era fría. Cogió su muñeca con su carnosa mano.
—Damien nos habló sobre el pasadizo. Godric dijo que podríais intentar usarlo para escapar
otra vez.
Ella parpadeó varias veces, sin entender.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que os llevaré conmigo. No huiréis.
La empujó severamente hacia delante.
De una vez, se desató su ira.
—¡Suéltame, idiota! ¡Corría hacia Godric, no huía de él!
Justin se retorcía en sus brazos. Su rostro estaba crispado, luego comenzó a llorar.
—¡Oh, Justin!
Ella lo sostuvo con más fuerza y le dio a Bear una mirada que decía: «Mira lo que has hecho».
—¡Los hombres malos nos atraparon! ¡Mamá me dijo que me quedara en el castillo!
Lloraba a los gritos.
—Ya, bebé. Bear no es un hombre malo.
—¡Pero tiene un solo brazo!
—Ya, cariño.
—Venid, señora.
Bear le soltó la muñeca pero le señaló el camino hacia el campamento.
—Si ibais hacia allí de todos modos, no importará que os escolte —dijo en un tono que
indicaba que no había creído una palabra de lo que había dicho.
El campamento estaba ubicado en la pendiente fuera de las puertas de Whitestone. Los
hombres daban vueltas alrededor de las fogatas, riendo, alardeando y golpeándose unos a otros
en la espalda. El constante rechinar de las espadas siendo afiladas cortaba el frío aire.
Justin se aferró a su cuello, negándose a que ella lo bajara incluso cuando le dolían la espalda
y los brazos. Mariposas revoloteaban en su estómago. ¿Godric creería, como Bear, que ella estaba
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tratando de escapar nuevamente?
Lo vio a través del terreno. Su presencia la llamaba como siempre lo había hecho. Estaba
sentado sobre un leño cerca de una fogata, intentando afilar su espada, que tenía sobre las rodillas.
Estaba hermoso, tranquilo y mortal. Sus rodillas se aflojaron y ella luchó contra el deseo de
darse la vuelta y huir.
Santo Dios, hubiera pagado un rescate del rey para conocer sus pensamientos. ¿La odiaba?
¿La extrañaba? O, lo peor de todo, ¿no le importaba en absoluto?
—Ey. ¡Amo! —gritó Bear—. Mira lo que encontré en la ruta de escape del castillo.
Su estómago se sacudió cuando la mirada de Godric se dirigió hacia ellos. Sus ojos azules
irradiaron ira antes de que sus facciones colocaran una máscara de indiferencia.
Lentamente, con el sigilo de un leopardo al acecho, se puso de pie.
—Condesa.
—Señor.
Puso a Justin de pie. El pequeño niño se aferraba a su falda.
Furia acechaba debajo de la cautelosa compostura de Godric. Como una cobra al acecho, la
cogió del brazo apretándolo y la arrastró más cerca de él.
—No me llames de esa manera.
Ella tragó saliva. Justin emitió un lastimero sollozo como si fuera él, y no ella, con quien
Godric estaba enfadado.
—Idiota —dijo.
—¿Creíste que podías escapar? ¿Creíste que había algún lugar donde no te encontraría?
Su voz era helada.
—No estaba huyendo de ti.
— ¡Basta, Meiriona! ¿Qué clase de imbécil crees que soy?
Furiosamente, la lanzó contra Bear.
—Llévala a mi tienda. No la soporto ante mi vista en este momento.
Lágrimas se clavaron en sus ojos. Parpadeó rápidamente, negándose a que cayeran por sus
mejillas.
—No, Godric. ¡No! No entiendes.
Se lanzó hacia él, decidida a hacerlo entrar en razón.
—No puedes hacer esto.
Su vestido se atoró en el tacón de su zapato y cayó de rodillas.
Bear se acercó a ella. Colocó su gran garra debajo de uno de sus brazos y la arrastró.
—Venid, señora. Os llevaré a su tienda.
Godric volvió la espalda fría e insensible.
La hirió el dolor como un afilado cuchillo. ¿Cómo podía ser tan desapasionado después de
una noche como la que habían compartido?
—¡Espera! ¡No! Te traje algo.
Godric observó a Justin, que se había envuelto en su falda.
—No necesito más niños.
Mostró sus dientes y le gruñó al pequeño.
Justin gritó.
—¡Meweeona! ¡Ay, Meweeona! ¡Mamá me dijo que me quedara en el castillo!
—Detente —reprendió a Godric—. No estás ayudando.
Volviéndose hacia Justin, lo alzó y le explicó:
—Él no te lastimará. Está enfadado conmigo.
El niño se aferró fuertemente al cuello de Meiriona.
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—Por favor, Godric. Es a mí a quien quieres. Deja que el niño vuelva con su madre.
La mirada de Godric pasó de Justin a ella.
—No.
Se volvió hacia Bear.
—Lleva al niño con Eleanor, la cocinera.
Justin chilló, casi ahogando a Meiriona.
—¡No! ¡No! ¡Van a comerme!
—Ya cariño. No te comerá.
Ella miró con ferocidad la espalda de Godric.
—Sólo ve con Bear. Él cuidará de ti y Eleanor es buena también. Quizás ella tendrá algún
dulce para darte.
En ese momento, Amelina salió de una de las tiendas.
—¡Meiriona!
Meiriona giró y fue empujada hacia los lados mientras la niña se arrojaba y envolvía sus
brazos alrededor de sus piernas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Meiriona, desconcertada de que Godric hubiese traído a su
pequeña hija al campo de batalla.
—Papá nunca me deja —explicó Amelina.
—Vuelve a tu tienda —rugió Godric, señalando a su hija.
—Papá ha estado de mal humor —dijo Amelina en un susurro. Abrazó a Meiriona otra vez.
—¿Me has traído un amigo para jugar?
Al ver a Amelina, Justin se calló, pero grandes lágrimas corrían por sus mejillas.
—Justin, ésta es Amelina. Ella te mostrará dónde conseguir un dulce.
Justin parpadeó, pero no lloró cuando Meiriona lo bajó.
Amelina lo cogió de la mano.
—¿Quieres jugar?
—Está bien —dijo Justin; sus ojos brillaban ahora que tenía una amiga con quien jugar. Le
permitió que lo llevara.
Bear arreó a los niños hacia lo que Meiriona suponía era la tienda de cocina.
—Eleanor te devolverá a tu madre dentro de poco — prometió Bear.
Gracias a los santos, Justin ya no lloraba.
—Piensa en esto como una gran aventura —le dijo Meiriona, deseando poder hacer lo mismo
también.
Su corazón se sacudía con brusquedad mientras Godric la cogía de la muñeca y la llevaba
hacia una gran tienda cerca del medio del campamento. Sintió cómo sus hombres los observaban y
se armó de valor contra la ira de Godric. Lo haría entender.
Empujándola dentro de su tienda, la arrojó sobre su camastro. Ella aterrizó con un suave
gruñido. Levantándose hasta llegar a una posición arrodillada, enfrentó al Dragón.
—¡Por favor, Godric!
Buscó en una bolsa, sacó una soga y se paró frente a ella.
—Dame tus muñecas.
—No es necesario, señor.
Gruñó y cogió su brazo.
—No estoy de humor para discutir.
Colocó la soga alrededor de sus muñecas, la anudó fuertemente, luego le llevó las manos
sobre la cabeza y sujetó la soga en un pesado baúl que se encontraba cerca del camastro.
—Godric, escúchame —rogó.
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—¿Qué me has traído? —gruñó.
Su cabello estaba salvaje, despeinado, y las oscuras puntas se rizaban sobre sus hombros. Se
puso de pie frente a ella con las manos en la cadera, luciendo como Satán a punto de recibir a otro
pecador en el infierno.
—Espero que sea algo más que tu cuerpo. Ya lo probé y no me agrada el veneno.
Su corazón se derrumbó como si la hubiera pateado. Ella observaba sus enigmáticas
facciones, tratando de detectar cualquier suavidad. Al no encontrar ninguna, volvió su mirada a
un lado y observó las almohadas tiradas al azar alrededor de la tienda.
—Dilo ya, Condesa. Se agotó mi paciencia.
—Godric, me asustas.
—Bien.
Su corazón se sacudió. ¿Dónde estaba el hombre que le había dicho que la amaba?
—Es algo que de hecho ya posees —se apresuró a decir Meiriona antes de perder el coraje.
Una oscilación de curiosidad cruzó sus rasgos.
—¿Cómo?
Ella se mordió el labio inferior.
—Desearía que dejaras de mirarme como si pensaras comerme.
Cogió su barbilla entre sus dedos, y sus labios se elevaron en un gruñido.
—Es exactamente lo que tengo pensado.
—¿Por qué haces esto?
Él se encogió de hombros.
Observó el símbolo de su castillo que rodeaba su dedo y rogó que él entendiera. La soga le
lastimaba la piel mientras forzaba sus muñecas para que se enfrentaran. Movió el anillo de su
padre hacia atrás y hacia delante y lo deslizó lentamente por el dedo. Lo cogió con cuidado y lo
sostuvo tan alto como sus manos atadas se lo permitieron.
—Esto te pertenece.
—¿Qué es?
Inspirando profundamente para tranquilizarse, le habló desde el corazón:
—El anillo de mi padre. Es el símbolo del dueño de Whitestone.
Parecía sorprendido, como si ella le hubiera entregado una serpiente venenosa. Pasaron unos
instantes que parecieron años.
—¿Estás obsequiándome tu castillo?
—Sí.
El anillo resbaló y cayó sobre el camastro.
Godric lo miró con menosprecio.
—El castillo ya es mío.
Si sus manos no hubieran estado atadas, lo hubiera golpeado.
—Maldito seas, Godric, ya lo sé.
Ella se movió, tratando de alcanzar el anillo.
—Quiero que tú lo tengas.
Caminó a través de la tienda y se sentó sobre un taburete provisional hecho con cajas de
madera.
—¿Quieres decir que has venido por el corredor secreto para darme esto?
—¡Sí, testarudo!
Cruzó un pie sobre la rodilla de la pierna opuesta.
—No te creo.
—¡Escúchame, Godric!
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—Si querías darme un obsequio, ¿por qué usaste el corredor secreto? La dama del castillo
puede usar la puerta principal.
—No, Godric, no entiendes.
Se retorció contra el camastro, deseando poder tocarlo.
—Me habían encerrado en mi recámara.
Se acercó a otro cajón cercano y sacó un botellón de vino y una copa con movimientos
deliberados y controlados.
—Por favor, Godric. Creí que ibas a entender.
—¿Entender qué?
—Que te amo. Que quiero ser tuya.
—Nada tan falso como una mujer —la rechazó Godric, desviando su mirada como si ella
fuera una lombriz asquerosa.
Una lágrima cayó de un ojo y bajó por su sien y hasta la oreja.
—¿Nuestra noche juntos no significó nada?
—¿La noche que me envenenaste? —preguntó amargamente, vertiendo vino en la copa.
—Ay, Godric.
No era demasiado tarde para salvar su orgullo. Ella podía pretender que su obsequio era
solamente un soborno, otro deber que desempeñaba por el bienestar de su gente. Parpadeando
más lágrimas, desató su corazón. Ya había sido una tonta una vez, no dos: poner el deber primero
y huir del amor. No lo haría otra vez sin importar lo difícil que él lo hiciera.
—Sé que no entiendes por qué me fui, y fui una idiota por hacerlo, pero te amo. Quiero ser
tuya.
El gruñó.
—Mientes muy bien, Condesa.
—Por favor, Godric.
Más lágrimas brotaron de sus ojos. Recostó la cabeza sobre su hombro y las limpió ¡o mejor
que pudo.
—Debes creerme. Quiero darte el anillo para que sepas que confío en ti para que hagas lo
mejor para mi gente.
Apartó la copa y se acercó. Se inclinó sobre ella, lo suficientemente cerca como para que ella
pudiera oler el aroma a fogata sobre su ropa.
—¿Confías en mí?
Ella sonrió.
—Sí.
—Bien.
Lentamente, deslizó la daga de su cinturón y sostuvo el frío filo sobre su garganta.

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Capítulo 33

Se sobresaltó y presionó contra él.


—¿Qué haces?
Deslizó una mano por su cabello y tiró de su cabeza hacia atrás.
—Silencio, cautiva.
Profundo dentro de ella, sintió una rendición. Cualquier cosa que sucediera, Godric no la
lastimaría a ella ni a su gente. Sus tierras estaban a salvo en su cuidado, de la misma manera que
ella estaba a salvo en sus brazos, incluso si él le ponía una daga al cuello y sus muñecas estaban
atadas sobre su cabeza. Inhalando su cálido y reconfortante aroma, cerró los ojos y se relajó sobre
el camastro.
—Realmente no tienes miedo, ¿no es así?
—No.
La besó con suavidad.
—Deberías.
Movió la daga hacia abajo y deslizó el afilado extremo por el escote del vestido. Con un
sonido a tela desgarrada, rompió el vestido desde el escote hasta la cintura. Ella dio un grito
ahogado, presionando los lazos que sostenían sus muñecas.
—¿Godric?
Él rió.
—Shh. Confía en mí.
El deseo se arremolinaba a través de ella.
—Lo hago.
La daga continuó bajando, cortando el vestido hasta la cadera. Un aire frío le acarició el
vientre. La punta del cuchillo le rozaba la piel, enviando una línea de candente deseo a su centro
de mujer.
El mundo daba vueltas.
—Godric —murmuró.
Pasó sus callosas manos suavemente por la piel recién expuesta. Un temblor de deseo la
atravesó. De pronto, él cogió los bordes de su abierto vestido y lo rompió hasta el dobladillo. Cayó
a ambos lados.
—Eres mía.
Sus ojos se abrieron para observarlo. Tenía una mirada dura, concentrada, implacable; el
deseo ardía en sus ojos. Ése no era el Godric seductor que había sido la última vez que tuvieron
relaciones, sino un hombre con la necesidad de sofocar el fuego que ardía justo debajo de la
superficie. Un líquido tibio se filtró desde su vagina, haciendo eco de su necesidad.
—Godric. —Su voz era ronca por el deseo—. También te necesito.
Se desprendió los pantalones y rasgó los lazos de sus calzones; su hermoso miembro,
congestionado y violeta, surgió libre. Él cayó sobre ella, su sexo presionando dentro.
—Meiriona, no puedo ser suave.

203
Ella enroscó sus piernas alrededor de su cadera, presionándolo más adentro.
—No hay necesidad de serlo.
Ella dio un grito ahogado mientras él se retiraba, luego gimió con satisfacción mientras él
golpeaba su miembro nuevamente dentro de ella una y otra vez, revelando su necesidad de
poseerla. Su manera de hacer el amor era dura, rápida y brusca. Ella sabía que él necesitaba liberar
su ira contenida.
Ella endureció las piernas, tratando de demostrarle con su cuerpo cuánto quería pertenecerle,
tratando de demostrarle cuánto lo amaba y cuánto lamentaba haber huido.
Rugió su orgasmo, luego su cuerpo se apaciguó y él la observó. Ella gimoteó cuando él se
colocó a un costado al quitarse de ella.
—Godric, necesito...
Sus mejillas ardían.
—Ya lo sé.
Presionó contra las sogas en sus muñecas. Qué frustrante era no poder tocarlo.
—Meiriona.
Con los dedos, recorrió desde el cuello hasta su inflamado sexo. El tacto le quemaba la
estimulada piel.
Ella se movió, tirando contra las sogas.
Levantó sus calzones y se puso de pie junto al camastro.
El frío le golpeó la piel al sentir la pérdida del otro cuerpo.
—¿Godric? ¿Qué haces?
Una helada oscuridad acechaba su mirada.
—Puedes ser una arpía mentirosa, pero tu cuerpo me pertenece.
—¿Señor?
Sus labios eran una línea fría y dura.
—Te dije que no me llamaras así.
Meiriona tembló.
—¡Godric, por favor! ¿Qué haces?
—Sólo tomo lo que me pertenece, algo que debería haber hecho hace años.
Calientes y ardientes lágrimas brotaban de sus ojos. ¿Cómo podía no entenderlo?
—Con todo mi corazón, Godric, te juro que no miento.
Ella observó el anillo, todavía sobre el camastro.
—Por favor, tómalo.
Alisando sus pantalones sobre sus muslos como si se limpiara la sensación de ella de sus
manos, salió de la tienda.

Menos de dos horas más tarde, Godric cortó sus lazos y le lanzó una túnica marrón y una
camiseta.
—Vístete, Condesa.
—¿Godric?
El frío se filtró a través de ella.
—Silencio, o te amordazaré otra vez.
Su corazón le dolía por su enfado. ¿Cómo podía demostrarle sinceridad? Sabiendo que una
vez que su ira se disipara entendería razones, se vistió y decidió probarle que confiaba en él y que
lo quería. Recogió el anillo de su padre y lo guardó en el canalillo.
Momentos más tarde, uno de los musculosos brazos de Godric rodeó su cintura mientras se
204
sentaba delante de él en su corcel, con preocupación agitándose en su mente. Su calor le perforaba
la espalda.
Los primeros tonos rosados y anaranjados de la tarde pintaron el cielo, y el humor de Godric
se había oscurecido aún más. Era feroz y decidido. Su ejército seguía detrás de él mientras se
dirigían hacia Whitestone, y su estómago se agitaba con temor.
El castillo, alto e imponente, se alzaba frente a ellos. Se volvía más alto a medida que Godric
marchaba con sus hombres sobre la pendiente de la montaña hacia sus portones de madera.
Llamó a sus hombres, que estaban en fila detrás de él, arqueros al frente, jinetes y caballeros
detrás. Con su padre al mando, Whitestone había sido una fuerte fortaleza, pero sin su guía, el
castillo caería. Godric era demasiado fuerte y estaba muy bien armado. Sus hombres estaban
demasiado bien entrenados, muy listos para la batalla y para cualquier resultado. Ella suplicó que
la escaramuza fuera corta y que la rendición fuera rápida.
Lentamente, como si leyera la dirección de sus pensamientos, Godric sacó la daga de su bota.
—Recuesta tu cabeza contra mi hombro, Meiriona.
Ella obedeció. Su corazón se aceleraba.
—¿Godric?
El filo de su daga enfrió la piel de su garganta.
—No te muevas —le ordenó.
Una risa nerviosa brotó de ella, haciendo que Godric arrugara el entrecejo.
Luego, de repente, trompetas resonaron en la tarde, anunciando la llegada del ejército a
Whitestone, y su atención se volvió hacia los muros de piedra y las puertas cerradas del castillo.
Unas cabezas aparecieron sobre la parte superior de los parapetos para observar como si fueran
pequeños puntos negros.
—¡Abran las puertas!
La fuerte voz de Godric resonó en la mañana. Las palabras de Bear volvieron a ella. «Señora,
el amo daría su propia vida antes de lastimar a uno de los vuestros. Por favor, por favor, rogaba,
deje que su gente se rinda sin pelear».
Ella inclinó la cabeza, dándole más acceso a su garganta con la daga.
—Tiene a la señora —escuchó que decía alguien.
—¿Lady Meiriona? —preguntó otro.
—¡Señora! —dijo un tercero.
—Abran las puertas. ¡Ahora! —ordenó Godric. Le colocó una mano en el cabello y el filo de
la fría daga hizo presión en su garganta. Santo Dios, debería haber estado asustada, pero en lo
único que podía pensar era cómo ¡a piel de su cuero cabelludo cosquilleaba debajo de su mano.
Santo Dios, extrañaba cómo solía sujetarla durante la noche con la mano enroscada en su cabello.
El sonido de las pisadas mezclándose en las murallas retumbaba en el campo. Cabezas
cubiertas con cascos sobresalían sobre las paredes de piedra como hormigas negras. Lentamente,
un estandarte blanco se elevó sobre la torre de entrada.
Gracias al cielo.
Si sólo pudiera hablar con su pueblo.
Por el rabillo de un ojo, vio la daga de Godric brillando en el sol. Pasó un rato, y por último
escuchó la orden de abrir la puerta.
El rastrillo chirrió y sonó mientras la puerta de hierro se elevaba poco a poco. Godric espoleó
a Vengeance. Con ella como escudo, no había temor de que alguno de los arqueros les disparara.
Ella cerró los ojos y oyó cientos de pies de sus hombres siguiéndolos.
Mientras pasaban por la puerta hacia el patio de Whitestone, Meiriona observó a los cuatro
pares de ojos que los observaban arriba a través de las brechas. La tensión cubrió el patio.
205
Las manos de los soldados sostenían sus empuñaduras con los nudillos blancos y ella podía
leer la tensión en los hombros de los hombres. Un estandarte blanco se agitaba en la brisa.
Pierre avanzó con dificultad hasta el patio, arrastrando su espada. Su corazón se lamentó por
él. Era un viejo arrugado, y había amado mucho a su padre.
Pierre la observó. Sus ojos tenían rastros de dolor y traición.
—Te amo —le dijo Pierre.
Ella lamió sus labios. Con la daga haciendo presión en su garganta, no podía bajar la cabeza.
—No era a mí a quien amabas, tío.
—Yo te enseñé todo, prostituta del bastardo.
El brazo de Godric se tensó, para protegerla o para poseerla, no estaba segura.
—Pierre de Quéribus, el rey solicita su presencia en Londres para responder a los cargos de
alta traición.
Lo miró con desdén.
—¿Estoy bajo arresto?
Hubo una larga pausa.
—Sí.
Con un grito, Pierre alzó su espada y embistió. Godric apartó el caballo. Meiriona cayó se
lado y sintió que caía al suelo. Godric dejó caer la daga y la atrapó. Tiró de ella con una mano
mientras tranquilizaba a su caballo con la otra.
—Tranquilo.
La sujetó de las costillas.
—¿Te encuentras bien?
—Sí.
Su corazón brincó con la esperanza de que quizás él estuviera suavizando su ira contra ella.
Observó a su alrededor y vio que los hombres rodeaban al tío Pierre con las blandiendo las
espadas.
—¡Te amo! ¡Lo amé a él! —gritó Pierre—. ¡No me divorciaré de ti!
Godric le hizo señas a uno de sus hombres.
—Llévenlo al calabozo.
Los hombres se apresuraron a obedecer y Meiriona observó cómo se llevaban a su esposo.
—Es un hombre viejo —susurró ella—. Morirá en la humedad del calabozo.
Godric desmontó y ayudó a Meiriona a bajar, luego lanzó las riendas de Vengeance a uno de
sus hombres.
—Querida, preocúpate por ti misma.
—Era mi amigo, el amigo de mi padre.
—No la puedes tener como esposa —dijo Pierre con desdén—. Tendrás que matarme. Y si lo
haces, todos aquí sabrán lo cobarde que eres por matar a un viejo.
Godric se encogió de hombros.
—No sería un problema para mí, pero parece que mi prometida tiene sentimientos hacia ti. Y
no deseo una esposa con la que tenga desacuerdos.
La esperanza irrumpió en su corazón ante las palabras de Godric. Eso significaba que él
todavía quería algo más que un matrimonio vacío. Tomó la decisión de dirigirse a su pueblo.
—Pueblo mío —dijo con ímpetu, sin darse tiempo para pensar—. Escuchad mis palabras.
La calma atravesó el patio mientras los hombres se daban la vuelta para observarla.
—Vosotros sois leales a mi padre; ahora escuchad mis palabras. Pueblo mío, muchos de
vosotros sabéis que este hombre, Godric de Montgomery, y yo estábamos comprometidos para
contraer matrimonio. Tal vez algunos de vosotros sepáis que el compromiso fue roto ilegalmente.
206
La ira del rey nos atacará si no le damos lo que demanda sobre esta tierra. Este hombre es el
legítimo dueño de Whitestone y vosotros le debéis lealtad.
Un murmullo cruzó a la multitud. Unos pocos hombres colocaron sus espadas sobre el suelo.
Otros cogieron sus empuñaduras, como si estuvieran decidiendo. Godric la observó con expresión
de asombro.
—Sin embargo —continuó con la misma fuerza—, su demanda no es el motivo por el que
debéis ser leales.
Bear cambió su peso sobre la otra pierna y se rascó la lanuda cabeza.
—Le debéis lealtad porque es un hombre bueno y noble, porque es un gobernante digno y
nuestras tierras prosperarán bajo su mando.
Ella vio confianza en los ojos de su pueblo. Hurgó en el canalillo y rescató el anillo de su
padre.
—Mi padre me ha dado este anillo para que se lo entregue a un hombre fuerte y digno de
Whitestone.
Ella se volvió hacia Godric mientras su corazón daba latía con fuerza. ¿Podía hacer que él la
creyera?
Su rostro era difícil de leer, pero sus ojos brillaban con interés.
Sabiendo que se estaba suavizando, ella se puso de rodillas ante él en posición de lealtad,
sosteniendo el anillo frente a ella.
—Pueblo mío, como hija de Ioworth, juro lealtad a Godric de Montgomery para obedecer la
orden que mi padre dio en su lecho de muerte... y porque lo amo y no puedo imaginarme la vida
sin él.
Godric observó a la mujer arrodillada frente a él, demasiado asombrado como para moverse.
Su apasionado discurso rozó los límites de su desconfianza. Ella lo miraba con esperanza y amor
brillando en sus ojos.
Por favor, movió sus labios. Te amo.
Se adelantó, cogió el anillo y lo deslizó por su dedo. La multitud estalló en una ovación. La
tomó de la mano, la ayudó a que se pusiera de pie y la besó.
—¡Ramera! —gruñó Pierre.
Meiriona se apartó de Godric, pasó a toda velocidad a través del patio interior y le dio una
bofetada.
El anciano se tambaleó.
Godric rió.
—Da gracias que fue ella y no yo, viejo.
Pierre abrió la boca como si fuera a decir otra maldición, pero Meiriona le tocó el brazo en
señal de advertencia.
—Mi padre se fue, Pierre. Debemos continuar.
—Te alias con el enemigo.
—Godric de Montgomery no es mi enemigo, ni el tuyo. La corona le dio esta tierra a él. Si
tienes alguna diferencia, es con el rey Edward, no con Godric.
Godric aclaró su garganta.
—En realidad, la señora dice la verdad. El rey desea juzgarte por traición.
Moviéndose con dificultad hacia atrás, Pierre tropezó y tuvo que ser sostenido por los
guardias.
Godric hurgó en su ropa y sacó un pergamino.
Pierre observó todos los papeles.
—¿Qué es eso?
207
—Los documentos de anulación. Los hice redactar hace tiempo. Fírmalos y te permitiré pasar
a Francia.
Meiriona se volvió hacia su tío, esperando que atendiera a razones.
—¿Y bien? Es más que justo —dijo Godric.
Pierre, flanqueado por dos guardias, le gruñó a ella:
—¡Traidora! ¡Volviéndote contra tu padre!
—Tío Pierre —susurró—. Sé práctico.
—¡Es vergonzoso!
—Rechaza esta oferta y no será mi cuchillo a lo que te enfrentes, sino a los torturadores del
rey —amenazó Godric.
Pierre palideció. Su arrugada piel se volvió blanca.
—Firma los papeles de anulación, luego deja Inglaterra y no regreses nunca más.
Pierre posó sus ojos desesperados en Meiriona.
—¿Cómo puedes hacerme esto?
—Él te ofrece una posibilidad que es más que justa. Tómala, tío. Vive el resto de tu vida en
paz, y no en un frío calabozo.
Pierre estaba parado inmóvil y Meiriona temía que no la hubiera escuchado. Él observaba el
espacio como si viera fantasmas del pasado.
—¿Y bien? —preguntó Godric—. ¿Tu decisión?
Bear le ofreció una pluma. Pierre observó a Godric y Meiriona contuvo la respiración.
Lentamente, como si sus dedos fueran de acero, Pierre cogió la pluma. Con sus conocidos
garabatos, hermosa caligrafía, firmó con su nombre, poniéndola en libertad como su esposa.
Sintiéndose mareada, soltó la respiración que estaba conteniendo y colocó suavemente una
mano sobre el antebrazo de Pierre.
—Gracias.
El se la apartó y se puso de pie, recostándose en uno de los hombres que lo sostenía.
—Prepararé mis cosas —dijo fríamente.
Mientras Pierre se marchaba para reunir sus pertenencias, Damien, con su capa púrpura al
viento, corrió hacia el patio interior sobre un palafrén pálido. Amelina y Justin montaban frente a
él.
—¡Meweeona!
—¡Meiriona!
—¡Damien!
Se balanceó para bajar y ayudó a los dos pequeños. Los tres la abrazaron.
—Compré unos caballos de Montgomery.
Godric le dio una palmada al muchacho en el hombro.
—Algún día serás un jinete experto.
Damien sonrió y buscó en una bolsa en su cintura. Sosteniendo un pequeño objeto verde,
elevó una ceja.
—Has olvidado esto, hermana.
Meiriona observó su peineta de esmeraldas y sonrió. Su corazón saltaba de alegría.
—Oh, gracias a los santos.
Tomó el adorno y se lo colocó en el cabello.
—Lo encontré en el suelo. Lord Montgomery se enteró de que su madre se lo había arrojado
al amo Godric.
—¿¡Se lo arrojó a Godric!?
Interrumpió Meiriona.
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Godric la abrazó.
—Me dijo que me odiabas.
—Nunca dije eso.
—Lord Montgomery envió sus disculpas por su madre y también dijo que si ella los vuelve a
molestar, él tratará con ella —dijo Damien.
Volviéndose, Meiriona envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Godric y lo apretó. No
quería volver a soltarlo.
—Es una mujer repugnante y amargada, como tú habías dicho.
Godric la besó en la sien.
—Estuve tan acostumbrado a las mujeres que no sabían cómo amar que no podía creer en tu
amor, hasta ahora.
—Por favor, «mi señor», nunca dudes de mi amor.
—No lo hago, no ahora.

209
Capítulo 34

Meiriona observó desde la cima de los parapetos a Pierre y a su pequeño grupo de


hombres saliendo de las puertas del castillo. Godric le había concedido a Pierre quedarse hasta el
funeral de su padre, que había sido apenas horas después de que sus hombres tomaron el mando
del castillo. Gracias al cielo, su padre ahora podía descansar en paz.
Un viento frío le golpeó las mejillas. El aire olía a inminente lluvia. Godric se paró detrás de
ella en las almenas. Su brazo la envolvió posesivamente alrededor de la cintura.
Su mano se puso más tensa, empujando su cuerpo contra él.
—¿Lamentas ver cómo Pierre se marcha?
—Era mi amigo. Era amigo de mi padre —suspiró—. Pero, no, no lamento que se vaya.
Se volvió en los brazos de Godric y quedaron cara a cara.
—¿Qué le dirás al rey?
Godric sonrió. La alegría en sus ojos le suavizaba las cicatrices.
—Le diré que soy muy feliz con mi nueva esposa.
Ella abrió su mano en su mejilla y le sonrió.
—Me refiero a Pierre. ¿Qué le dirás al rey sobre haberlo dejado marchar?
—La verdad.
—¿Eso no te perjudicará?
Sus dedos pasaron por sus hombros y la empujó más cerca, rozando sus labios contra la
suave piel de los párpados.
—Una vez que el rey entienda tu lealtad hacia mí, me perdonará por faltar a mi deber de
llevar a un insignificante noble como Pierre a Londres.
Le besó la parte superior de la nariz, la empujó suavemente contra la pared y la mantuvo
cautiva allí con su gran cuerpo.
—Puedo asegurarle tu lealtad, ¿o no?
Sus párpados se abrieron.
—En realidad, ya sabes que puedes.
—Meiriona —susurró—. Tú hablas de amor. No era solamente una traición de mujer para
salvar su castillo, ¿o sí?
Ella estudió su rostro, abarcando sus ojos azules y su cicatriz. Parecía vulnerable.
—Creo que te amo desde nuestro primer encuentro. Godric...
Sus dedos recorrieron la cicatriz debajo de su ojo.
—Perdóname por lo que ha hecho mi familia. Lamento el papel que desempeñé. Tenías
razón. Debí haberme casado contigo, hace tiempo.
Su mano se cerró sobre la de ella y la condujo a su corazón.
—¿Puedes sentir los latidos de mi corazón?
—Sí.
—Toda la maldad entre nosotros quedó en el pasado. Lo que tenemos es el ahora, en esta
vida, en este momento.

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Ella retorció sus dedos en su túnica y empujó sus labios contra los de él. El viento le
arremolinaba el cabello envolviéndolos a los dos, uniéndolos en una red sedosa y rojiza.
—Te amo, «mi señor» —susurró.
—¿Meiriona, te casarías conmigo?
Ella lo observó durante un largo rato, demasiado aturdida como para moverse.
—¿Tú... me estás preguntando...?
—Sí.
—Godric, el Dragón, ¿me está preguntando...? —Elevó una ceja y agregó—: ¿Y si me niego?
Él envolvió su mano en su cabello, acercándola.
—No lo harás.
Sintió calor en su entrepierna.
—Peste arrogante.
Sus labios tocaron los de ella, suave, al principio. Ella se rindió ante su experta guía, y su
beso se volvió urgente y exigente. Su lengua se extendió en su boca, provocándola hasta que
quedó sin aliento debajo de él.
—Nunca me cansaré de ti, Meiriona.
—Ni yo de ti, Godric.
Sintió curiosidad sobre el arcón de madera y los instrumentos de placer que había sacado de
allí antes de hacer el amor en Montgomery. ¿Los habría traído con él? No tenía dudas de que la
vida con Godric nunca sería aburrida o sin pasión.
—Tú me perteneces —dijo él.
Ella rió. Ser su posesión ya no era algo aterrador.
—Y tú me perteneces a mí también, «mi señor».
Él la balanceó en sus brazos y la llevó por las escaleras hasta su habitación, recién decorada
con artículos de su gran inventario de mercancía. Ella se acurrucó en su torso, disfrutando del
aroma reconfortante y masculino. Pateó la puerta para abrirla, caminó a través de la alfombra y la
colocó sobre la cama. Las cuerdas del colchón gimieron mientras él se trepaba sobre ella, su gran
cuerpo manteniéndose sobre ella.
—Te amo.
Ella sonrió. Sus ojos brillaban con placer. Arrancó la túnica de su musculoso pecho, observó
su tostado torso y lo empujó sobre ella.
—Tómame, «mi señor». Mi corazón ya te pertenece. Deseo que mi cuerpo te pertenezca
también.
Godric rió con una profunda risa. Su corazón sintió como si fuera a arder de felicidad y su
entrepierna se sentía caliente y resbaladiza por la necesidad.
Arrugó su falda sobre sus muslos y le bajó la ropa interior por las piernas hasta dejarla
desnuda y expuesta frente a él. El deseo por él subía a través de ella y envolvió sus manos
alrededor de las curvas de sus amplios hombros, empujándolo más cerca.
—Eres mío —le dijo ella.
—Las heridas de Dios, niña.
En un movimiento, él desabrochó sus calzones y empujó dentro de ella.
—Soy tuyo, por siempre y para siempre.

***

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