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SEMANA 1

CHARTIER

Sobre el autor: La obra de Roger Chartier cobra sentido dentro del estudio del tiempo, las
representaciones y la historia cultural como una muy importante entre las ciencias humanas, porque
su influencia desde Europa, especialmente desde los grupos de investigación que se habían estado
reuniendo en Francia, tuvo mucha difusión en lengua española durante el llamado “breve siglo XX”
(1914-17 hasta 1989), pero en especial, porque sus principales representantes en una cuarta
generación, atendieron nuevos objetos de estudio, creando y variando territorios en el conocimiento
de la historia, sin disputar su espacio con otras disciplinas, adoptando métodos y conceptos, incluso
de la literatura y el arte, cuestión que había estado vetada en la historia clásica.

Desde la tercera generación de los Annales, escuela que se había cerrado en 1989 con la caída del
muro de Berlín y los sucesos que acompañaron este acontecimiento, un nuevo grupo de historiadores
desarrolló un movimiento de transición hacia otra historia; una historia desde abajo; historia de los
hechos cotidianos; de la mentalidad de la gente; de nuevos hechos, objetos y eventos históricos. Los
trabajos de Bernard Lepetit, Pierre Souyri, Jean-Ives Grenier y Joselyne Dakhha, más la influencia de
los proyectos innovadores de la revista Espaces Temps, representaron una clara nueva definición de
enfoque de la historiografía francesa y de influencia en toda Europa. Pero esta cuarta generación está
representada, especialmente por los trabajos de Roger Chartier y Alain Boureau.

Podemos recordar que la tercera generación de los Annales -cuyos representantes principalmente
fueron Marc Bloch, Lucien Febvre y Fernand Broudel-, habían sido los fundadores y constructores de
la corriente del célebre género de la “historia de las mentalidades”. Pero en este mismo momento en
Europa, todas las historiografías occidentales se ocupaban de este mismo campo problemático de la
cultura, bajo distintos términos: psicohistoria, historia cultural, historia intelectual, historia del discurso
y de las prácticas discursivas, historia de las ideologías, historia del imaginario, historia de las
tradiciones culturales, historia de las prácticas culturales, entre otras; una especie de cuadro analítico
de Chartier en el que se puede distinguir esta clasificación en su obra El mundo como representación.

La cuarta generación o generación en transición a otra historia, proyectan una nueva historia social
con fundamentos antropológicos, que recupera no solamente los problemas clásicos de la
Antropología desde la misma Historia, sino en especial, los procedimientos analíticos, miradas,
conceptos y modos de intervención antropológicos, ahora recobrados como instrumentos de la
práctica, de la investigación y de la explicación histórica. Destacando como un hecho biográfico, que
no es trivial (su identidad académica y las circunstancias históricas de su nacimiento en 1945 en Lyon
marcado por las vicisitudes de la guerra), por tanto, su inclusión en una generación de historiadores
que compartió una dramática historia común y de la corriente de lo que se llamó la Historia Cultural,
con Peter Burke nacido en Londres en 1937, con Robert Darnton en Nueva York, en 1939 y Carlo
Ginzburg en Turín.

Texto: 

De Certeau escribe en los años 70 en Francia > Evolución de la historia de Annales > Cuantitativismo
– historia serial – historia con números – lo explicativo y regular. Enfrentado con historia de los,
acontecimientos singulares, narrativos y literarios. Giro lingüístico e historia serial cuantitativa.

Critica a Paul Baine: Este dice que la historia es un genero literario y es impulsado por la curiosidad.
De certeau dice que no es solo impulsado por la curiosidad, no es subjetivo, hay instituciones y
ámbitos académicos. También dice que no es solo un genero literario (Hayden White) > Hay una
operación científica

El análisis historiográfico es fruto del individuo, pero también de la formación y del contexto en el que
trabaja > Se diluye la individualidad del historiador debido a las condiciones que moldean la
producción.

De certau > El historiador fabrica productos, hace y opera sobre lo real. A su vez, forma parte de una
esfera que lo condiciona.

La operación de De Certau le permite estar entre medio de los dos polos anteriores, pero sigue con
un carácter condicionado. 

DEVOTO

Sobre el autor: El historiador argentino Fernando Devoto nació en 1949. Estudió en la Universidad
de Buenos Aires, realizó un posgrado en la Universidad de Roma y se doctoró en la Universidad
Nacional del Centro. Es Profesor titular de Teoría e Historia de la Historiografía y Director de
programas de investigación en el Instituto Ravignani de la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires. Fue Profesor Invitado en las universidades de Burdeos, Paris VII,
Barcelona, Valencia, Turín, Milán, Ancona, Nápoles, en el Instituto Ortega y Gasset (Madrid), en el
Istituto Italiano per gli Studi Filosofici (Nápoles) y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales
(París). Recibió subsidios del CNR (Italia) el CNRS (Francia), el Ministerio de Asuntos Exteriores
(España) y el CONICET (PK). Algunos de sus libros son: Historia de la inmigración en la Argentina
(2003) y Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna (2002), Historia de la
historiografía argentina -en colaboración con Nora Pagano- (2008) e Historia de los italianos en
Argentina (2006). Fernando Devoto es, ante todo, uno de los mayores especialistas en historiografía
argentina y latinoamericana de nuestro país. Del mismo modo, sus trabajos sobre el nacionalismo y la
inmigración en la Argentina se han convertido, sin dudas, en obras de imprescindible referencia.

Devoto

Historia de la historiografía > hincapié en tradición historicista, ¿en qué medida el historicismo supone
un conocimiento del pasado? > Historicismo: conocimiento sobre sí mismo 

¿Hasta qué punto la historiografía puede entenderse emancipada de la historia? Esta emancipación
puede provocar un análisis de las operaciones textuales del autor. > El que analiza tiene que
comprender su contexto y el del autor para entender la operación. Esto implica la existencia de algo
exterior al texto

- Proponen no separar la historia y la historiografía > Idea de Croce – Elementos distintos pero
indisolubles

- La historiografía se convirtió en un campo propio > Especialización

Discute con Hayden White > Para este último, es solo narrativo, para devoto, es trabajo de fuentes.

Consecuencias: la historiografía no solo analiza a los grandes historiadores, sino que aspira a
expandirse a cualquier reflexión sobre el pasado. Según devoto esto está mal, la historiografía debe
quedarse en el terreno de los historiadores (Deja afuera la memoria, el cine, etc.)

Devoto: Historiografía y su análisis tengan contenido histórico – Operación que utiliza el historiador
(Término utilizado por guinzburg). > Siempre hay una operación por parte del historiador.

El historiador debe conmover y convencer a los lectores (Michelet) lo político convence) > Debe
representar convincentemente la verdad.

Historiografía: Estudia contexto profesional en el cual operan los historiadores, este contexto orienta e
impone construcciones
CATTARUZZA

Sobre el autor: Alejandro Cattaruzza es un historiador, docente e investigador argentino


especializado en la historia cultural y política y el desarrollo de las corrientes historiográficas en
Argentina durante el siglo XX. En la actualidad, es Profesor Titular en la Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Buenos Aires; entre 1989 y 2017 fue Profesor Titular en la Universidad Nacional de
Rosario. Es investigador del CONICET y desarrolla su trabajo en el Instituto de Historia Argentina y
Americana Dr. Emilio Ravignani, donde fue Vicedirector y Director interino entre 2017 y 2019.

El pasado como problema político > Ya desplaza el foco en cuanto a historia. Punto de vista político >
Todo abordaje es material para la reflexión historiografía, hay abordajes que toman al objeto, no solo
como analítico, sino también como vital (Ej.: Producciones culturales). El pasado como un sentido
más amplio > Divulgación, conciencia histórica de la sociedad a través de partidos políticos,
panfletos, etc. (Sánchez marcos)

El abordaje de la historiografía abarca al pasado y supone un problema de tipo político. Tiene un


impacto más allá que el académico. Ej.: Política influyendo en construcción historiográfica
(Construcción de identidad nacional)

*La historia de la historiografía, desde comienzos del siglo xx, se inclinó al examen de las obras
consideradas importantes y al de las vidas de sus autores, tendiendo a suponerlas ajenas a los
condicionamientos institucionales o político-culturales. Más adelante, la utilización de perspectivas
forjadas para otros casos condujo a que se atendiera a los procesos de organización de la historia
profesional, en general peculiares y limitados, mientras su dimensión política y social se tornaba
evidente. A partir de fines de los años setenta, en el escenario internacional, estos estudios se
cruzaron con los dedicados a la construcción de imaginarios sociales sobre el pasado, a los intentos
de fundar o controlar memorias colectivas y a las disputas por imponer una lectura del pasado sobre
otras, acciones todas en las que participaron, de un modo u otro, las instituciones de la historia
profesional, pero también el Estado, los partidos políticos y otros actores colectivos. Un nuevo objeto
de estudio parecía así haberse constituido.

El proceso de profesionalización de la historia exhibió una dimensión política fuerte; que la


historia profesional se atribuyó una tarea presente y social; que un conjunto de otros actores
colectivos continuaron organizando sus propios pasados y se empeñaron en difundirlos, y a veces
emplearon argumentos acuñados en sede académica; que las distintas versiones del pasado eran
utilizadas en disputas actuales; y que era imprescindible incorporar a nuestra agenda esos procesos
y actores, así como las prácticas y las producciones involucradas en ellos. Hoy, después de varios
años de desplegar líneas de trabajo que partieron de esas perspectivas, sigo convencido de su
productividad intelectual.

Las lecturas y los intercambios que fueron la forja de la noción de que el pasado es un problema
político con lazos muy fuertes con el contexto social y el cultural surgieron de una insatisfacción inicial
con el modo en que la historia de la historiografía tendía a practicarse en los años inmediatamente
posteriores al fin de la última dictadura. Había algunas excepciones, pero en general los objetos
privilegiados eran los contenidos de las obras del canon o las trayectorias de los autores que se
entendían consagrados; con muy poca frecuencia, se consideraban los temas de método. Por
entonces, en sus límites más audaces se comenzaba a analizar la organización y el funcionamiento
del complejo institucional o el proceso de profesionalización, lo que era una novedad frente a la etapa
anterior. Muchos de los trabajos eran sólidos y no era centralmente el punto de la calidad el que nos
inquietaba, sino la necesidad de preguntarnos algo previo y más primordial: de qué nos ocupábamos
quienes nos dedicábamos a la historia de la historiografía o, puesto de otro modo, qué preguntas
debíamos intentar responder. Aquella decisión de ubicar a la historia académica, profesional, de base
universitaria, y a sus héroes, en el centro de la atención, reclamaba asumir un presupuesto fuerte,
que indicaba que el corte entre esas instituciones y el resto de los lugares de producción de visiones
del pasado, y entre ellas y el contexto político, cultural y social, eran nítidos, profundos, estables,
permitiéndoles una autonomía muy marcada. Así, se tornaban casi autoexplicables. Según
entendíamos, en cambio, la idea de la existencia de un corte de ese tipo no era fácil de sostener.

Tales empeños, que venían a coincidir con políticas generales del Estado, suponían un intento de
expropiación y homogeneización cultural de grandes masas humanas y la búsqueda de reemplazo de
unas visiones del pasado por una imagen de la historia unificada, que tenía a la nación como su eje y
que promovía una identidad que ponía la condición ciudadana en el centro.

Parece evidente, que la naturaleza de la empresa estatal de creación de ciudadanos y patriotas en la


que los historiadores no dudaron en participar no sólo era política, sino que lo era de manera
estruendosa; así, la organización de la historia profesional encontraba buena parte de su explicación
en un contexto marcado por la consolidación de los estados nacionales que, de todos modos, tuvo
distintos ritmos en cada caso, europeo o americano. Por la vía de la enseñanza de historia y, quizás
aún más, a través de la liturgia patriótica, en la escuela primaria que se extendía, y por efecto de la
conmemoración estatal y  de la circulación de los productos del historiador en el mercado de bienes
culturales que pronto incluiría a nuevos públicos, la historia asumía una vocación de masas y
enlazaba con el horizonte social, de manera independiente de los resultados que sus intentos
efectivamente tuvieran y de las resistencias que encontraran.
Si desplazamos la atención de la segunda mitad del siglo xix europeo a la situación argentina,
cualquier lector medianamente interesado puede advertir tonos propios y también proximidades con
procesos más amplios. De los sectores del mundo cultural dedicados a indagar el pasado, la
historiografía con aspiración de saber especializado y posteriormente de profesionalidad fue uno
acotado en Argentina, con zonas que, en el siglo xx y por décadas, se mostraron reacias a cualquier
actualización de su biblioteca y del tipo de aproximaciones ensayadas.

Fuera de estos datos que refieren a trayectorias personales, también en la Argentina quienes se
dedicaron a la historia asumieron en conjunto, claro que con algún matiz y en el siglo xx, la tarea
profesional que tantos de sus colegas europeos se habían dado a sí mismos décadas atrás.

Por otra parte, tanto en el caso argentino como a mayor escala, se detecta una nota importante: la
debilidad del monopolio interpretativo del pasado por parte de la historia profesional o directamente
su ausencia. Este planteo debe asumirse cuidadosamente, ya que existen diferencias nacionales
significativas, pero ello no impide percibir tendencias generales. Así, pese a la existencia de un
cuerpo de especialistas reconocidos por el Estado, otros y diversos actores elaboran sus propias
interpretaciones del pasado, las difunden y tratan de competir con las que están ya en circulación, las
utilizan en la lucha social y política, intentando reforzar identidades o legitimar posiciones y buscan
instalarse en el mercado editorial. Esos actores son tanto individuales como colectivos: los políticos y
sus partidos, los funcionarios estatales ocupados en los museos, la conservación del patrimonio o las
conmemoraciones, organizaciones sociales que intentaban modificar o mantener el orden de las
cosas, algunos intelectuales interesados por la historia actúan sobre el pasado, sin dejar de apelar
ocasionalmente a argumentos de los historiadores. Desde nuestros puntos de vista, sus
intervenciones eran un objeto importante, que no podía dejarse de lado. A su vez, la incorporación de
estos otros problemas al horizonte de preocupaciones tenía un efecto adicional: al multiplicarse los
soportes sobre los cuales esas versiones circulaban, se multiplicaban también nuestras posibles
series documentales, nuestras potenciales fuentes, si se prefiere. Libros, artículos y tesis, las más
prestigiosas y clásicas, y también los manuales seguían allí, pero se agregaban, entre otros,
discursos en conmemoraciones, prácticas celebratorias estatales o sociales, decretos de instalación
o traslados de monumentos y de asignación de recursos, incluso poemas, novelas, pinturas, películas
y obras de teatro.

El proceso de organización de la historia profesional estuvo, desde el siglo xix, estrechamente


vinculado a la política y, por otro lado, mientras la producción de los profesionales lograba circulación
social por varias vías, otro tipo de representaciones del pasado, que habían sido organizadas con
reglas, objetivos y en ámbitos diversos, también lo hacían, en competencia con ella y entre sus
distintas versiones. Entendíamos, además, que esas representaciones del pasado, unas y otras,
fueron y son hoy el lugar y el objeto de lucha. Los habitantes del mundo profesional y sus obras
también participan de ellas, sea porque intervienen directamente o porque otros actores utilizan sus
producciones. Y finalmente, esas disputas por el pasado tenían por objeto dotar de legitimidad a un
orden social, una política específica, una identidad colectiva, actuales; enfrentamientos por controlar
el pasado en los que, sin embargo, aquello que estaba en juego era el presente. No nos parecía
entonces que esos fenómenos pudieran quedar fuera de aquello que debíamos investigar y enseñar:
a fines de los años ochenta se disponía de una producción internacional que había comenzado a
ganar visibilidad y prestigio desde mediados de la década anterior y ella formó parte de los materiales
que utilizamos. Sin aspirar a ninguna exhaustividad y sin apelar a los trabajos que provenían de otras
ciencias sociales, puede señalarse que, en la segunda mitad de los ochenta, se contaba, entre otros,
con la advertencia de Michel de Certeau, quien insistía en que la tarea historiográfica se articula en
una “esfera de producción socioeconómica, política y cultural” La recepción de estas propuestas de
reconsideración y extensión de nuestros temas en los años noventa, cuando algunos sectores de los
auditorios universitarios hacían suyas versiones de lo que por economía se ha llamado con
frecuencia –e imprecisión– el giro lingüístico, fue problemática. Para el autor era posible intentar un
saber científicamente construido sobre la organización de representaciones del pasado que no tenían
esa pretensión, al igual que sobre cualquier otro asunto histórico.

En cuanto a los pasados forjados por los partidos, la cuestión del período en el que me concentré, los
años treinta, no es secundaria. Según se admitía, era en esos años cuando se organizaba,
paulatinamente, una visión de la historia argentina alternativa a la clásica, en un nuevo contexto
modificado por el final de cierto modo de funcionamiento de la economía argentina por los efectos del
crack de 1929, por el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 y por una crisis más general de
las democracias y el liberalismo de envergadura occidental. De acuerdo con una opinión muy
corriente, el revisionismo y la llamada historia oficial habrían comenzado entonces un enfrentamiento
que duraría décadas, alineados ambos con los dos bloques en los que se estimaba dividido el campo
político y cultural argentino. Las primeras aproximaciones al tema, a mi juicio, permitieron poner en
entredicho esa interpretación.

En cuanto a los pasados forjados por los partidos, la cuestión del período en el que me concentré, los
años treinta, no es secundaria. Según se admitía, era en esos años cuando se organizaba,
paulatinamente, una visión de la historia argentina alternativa a la clásica, en un nuevo contexto
modificado por el final de cierto modo de funcionamiento de la economía argentina por los efectos del
crack de 1929, por el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 y por una más general crisis de
las democracias y el liberalismo de envergadura occidental. De acuerdo con una opinión muy
corriente, el revisionismo y la llamada historia oficial habrían comenzado entonces un enfrentamiento
que duraría décadas, alineados ambos con los dos bloques en los que se estimaba dividido el campo
político y cultural argentino. Las primeras aproximaciones al tema, a mi juicio, permitieron poner en
entredicho esa interpretación. En octubre de 1936, ocurrido ya el cambio de línea hacia la promoción
de los frentes populares, en el diario comunista Hoy aparecía una columna titulada “Historia argentina
por proletarios” que anticipaba que la “sección orientará en la difícil tarea de interpretar la historia del
país con criterio marxista”. En esas investigaciones se trabajó sobre el período de entreguerras, más
adecuado que el de los años treinta para percibir y explicar algunas tendencias persistentes en la
vocación, tanto estatal como profesional, de intervención sobre el pasado, que continuaron por
debajo de los cambios de administración. La compleja y delicada relación entre una historia en trance
de afirmarse profesionalmente y un Estado que continuaba su proceso de expansión y se
diversificaba tenía en su centro tanto las demandas estatales como las opiniones de los historiadores
sobre su profesión y su función social –que se han mencionado ya y a las que se retornará– y
también problemas de reconocimiento y autonomía. En el período, la noción de que la tarea de la
historia era, al mismo tiempo, científica y patriótica, de que podía colaborar en conquista de
consciencias para la nación sin resignar su objetividad, estaba muy extendida y es la que anima los
discursos de Levene ya citados. Simultáneamente, el análisis de ciertas políticas educativas permitió
percibir también, en los años treinta, un intento de apelación más sistemática a lo que se calificaba
como producción folklórica argentina, concebida como una herramienta pedagógica más en la tarea
de consolidación de la identidad nacional; había quien le atribuía todavía mayores poderes que a la
enseñanza de la historia, dado que permitía una aproximación más “sentimental” de los alumnos al
pasado. Por último, y teniendo a la vista el clima intelectual imperante en momentos de las
celebraciones de ambos centenarios, debe recordarse que Lugones y  Rojas hicieron por entonces
del Martín Fierro el poema épico nacional donde se expresaría el alma argentina; esa postura
encontró críticos en el mundo intelectual, pero también en ese espacio logró avanzar paulatinamente.
Mayo era un suceso político e institucional que abría una guerra de independencia y funcionaba
simbólicamente como episodio fundacional de la tradición política nacional, aquella que era
específicamente argentina. Aquel otro centro posible de la argentinidad se rastreaba en producciones
culturales rurales previas, más antiguas y primordiales, asociadas sin más precisión a un tipo social y
ubicadas temporalmente en la colonia. Tanto una como otra argumentación poseían lancos visibles y
eran, en un sentido, invenciones: es dudoso que Mayo fuera fruto de un esfuerzo general
independentista desde el comienzo o el primer paso del camino que llevaría a lo que fue luego la
Argentina; es equívoca la idea de que existiera una producción folklórica esencialmente nacional o un
tipo social que encarnara lo peculiar de la argentinidad. A pesar de sus notorios puntos de fuga, son
varias las observaciones a realizar acerca de estas invenciones. En principio, como se dijo, que todas
ellas remiten al pasado; en segundo lugar, que, como ocurre habitualmente, su eficacia en la
creación de sentido común no depende de su respaldo empírico o de su rigor científico, sino, una vez
más, de condiciones político-culturales presentes, que impactan en su circulación y recepción.

Sin mucha presencia en esos circuitos, pero dotados de visibilidad en el mundo cultural, otros
intelectuales, se dedicaron en aquellas décadas a la investigación histórica. Los revisionistas fueron
los de mayor fama posterior, pero no los únicos en los años treinta. La investigación sobre estos
actores –la historia de base universitaria, los revisionistas y otros intelectuales dedicados con cierta
frecuencia a los estudios históricos– permitió arribar a algunas conclusiones. Una de ellas desafiaba
la opinión que sostenía la condición marginal del revisionismo, que sus miembros exhiben como
indicio de la supuesta conspiración del silencio a la que habrían estado sometidos en los años treinta,
y sus adversarios explicaban como resultado de su escaso apego al trabajo riguroso en los archivos.
Los revisionistas eran marginales en la historiografía universitaria, pero no lo eran en el mundo
cultural. En sus elencos iniciales formaban intelectuales que habían tenido presencia importante en
Martín Fierro y otras revistas en los años veinte (Ernesto Palacio), que tenían apacibles relaciones

con Victoria Ocampo y Sur, mientras recibían premios literarios oficiales en los años treinta (Julio
Irazusta, quien también recibía felicitaciones de Emilio Ravignani por su Argentina y el imperialismo
británico de 1934), que eran novelistas exitosos en el plano de las ventas desde hacía muchos años
(Manuel Gálvez) o antiguos colaboradores de Claridad (Ramón Doll). Lejos de las opiniones que
suponen la existencia de un vínculo estrecho, la evidencia empírica demuestra que las políticas del
peronismo hacia el pasado no incluyeron argumentos revisionistas en lugares centrales entre 1945 y
1955; los recursos estatales fueron hacia entidades tradicionales como la Institución Mitre, para
sostener su revista, antes que al Instituto Rosas, revisionista; la presencia de hombres cercanos a la
nueva escuela y de antirrosistas como Rodolfo Puiggrós, que reeditaba en 1953 su Rosas, el
pequeño, de título transparente, era frecuente en las filas peronistas. Naturalmente, existieron
revisionistas que apoyaron al peronismo y peronistas que asumieron la lectura revisionista, pero las
posiciones revisionistas no fueron ni las únicas ni las dominantes dentro de ese movimiento, cuyas
políticas hacia el pasado fueron menos disruptivas, tal como indica el reiterado ejemplo de los
nombres de los ferrocarriles nacionalizados, que Arturo Jauretche ponía en 1959 como una prueba
que le parecía irrefutable de que el peronismo no había abierto el frente cultural mientras fue
gobierno. Un panorama acabado de la situación actual de los estudios sobre los modos de relación
de las sociedades con su pasado, sobre las memorias colectivas, sobre los usos del pasado, sería
imposible en este espacio. Puede plantearse, sin embargo, que las investigaciones avanzan sobre un
frente muy amplio y hoy varios historiadores han examinado ya los procesos de organización
institucional en el interior, lo que hizo entrar en crisis al relato clásico sobre la profesionalización
impulsada por la Nueva Escuela Histórica y ancló los procesos de especialización del saber histórico
en contextos sociales precisos. La relación entre los museos, la historiografía y la política ha sido
también transitada, así como las conmemoraciones incluidas las del Bicentenario. Las políticas hacia
el pasado desplegadas por distintos movimientos y administraciones fueron objeto de estudio, a
escala nacional –aun para períodos muy recientes– y provincial. El análisis de las versiones del
pasado organizadas no sólo fuera de la historia profesional sino también planteadas en relatos y
soportes que exceden al libro y al artículo se ha llevado también adelante. Desde mi punto de vista, y
en términos colectivos, todas estas líneas de trabajo se revelan dinámicas, interesantes y
promisorias. En cuanto a mis propias investigaciones, están ahora orientadas en dos sentidos
relacionados: por un lado, el estudio de lo que, a mi juicio, fue la reorganización de las relaciones
entre la historia –en este caso, fundamentalmente la universitaria– y la política luego de 1983- 1984.
Creo que existe cierta tendencia a naturalizar el contexto político del período; se trataría, entonces,
de un análisis semejante al que llevé adelante para otras coyunturas pero, esta vez, aplicado a las
últimas décadas. Si el contexto político jugó un papel en la historiografía durante los años treinta o
durante el primer peronismo, ¿por qué no indagar, más allá de la mención al pasar, cuál fue ese
papel en tiempos de la democracia?Por otro lado, creo que uno de los cambios importantes en la
historia profesional fue la expansión de la base institucional: más carreras de historia, más puestos
de trabajo, más estudiantes –al menos en términos absolutos–, más revistas, tesis, postgrados,
institutos y proyectos de investigación... Esa expansión ha cambiado la sociabilidad  universitaria, los
modos de la política dentro de las carreras, las exigencias académicas. Este proceso es, creo, visible,
pero no se cuenta con datos precisos de su magnitud. Un paso inicial sería, entonces, organizar una
imagen más fiel y precisa de esa transformación, cuya explicación cabal tendrá que recurrir una vez
más, según entiendo, a factores que exceden la profesión y remiten a su contexto.

SANCHEZ

El concepto de cultura histórica expresa una nueva manera de pensar y comprender la relación
efectiva y afectiva que un grupo humano mantiene con su pasado. Se trata de una categoría de
estudio que pretende ser más abarcante que la de historiografía, ya que se circunscribe al análisis de
la literatura histórica académica y propugna rastrear todos los estratos y procesos de la conciencia
histórica social, prestando atención a los agentes que la crean, los medios de difusión, las
representaciones que divulga y la recepción creativa por parte de la ciudadanía.

Si la cultura es el modo en que una sociedad interpreta, transmite y transforma la realidad, la cultura
histórica es el modo concreto y peculiar en que una sociedad se relaciona con su pasado. Al estudiar
la cultura histórica indagamos la elaboración social de la experiencia histórica y su plasmación
objetiva en la vida de una comunidad. Elaboración llevada a cabo distintos agentes sociales a través
de medios variados.
Es imposible acceder al pasado en cuanto que pasado. Para aproximarnos a él, debemos
representarlo, hacerlo presente mediante una reelaboración sintética y creativa. Por ello, el
conocimiento del pasado y su uso en el presente se enmarcan dentro de unas prácticas sociales de
interpretación y reproducción de la historia. La conciencia histórica de cada individuo se teje en el
seno de un sistema socio-comunicativo de interpretación, objetivación y uso público del pasado, es
decir, en el seno de una cultura histórica. Recientemente, se ha designado con el término de historia
pública a las representaciones del pasado que campean en los media. En cierto modo, la
aproximación sociocultural a la historiografía propuesta por Carbonell a fines de los 70, próxima a la
historia de las mentalidades, puede ser vista como un enlace entre la historia de la historiografía,
entendida como una noble vertiente de la historia intelectual, y el concepto actual de cultura histórica.
La noción de cultura histórica surge, con una tensión teórica y unas implicaciones filosóficas
innegables, como un concepto heurístico e interpretativo para comprender e investigar cómo se
crean, se difunden y transforman unas determinadas imágenes del pasado relativamente coherentes
y socialmente operativas, donde se objetiva y articula la conciencia histórica de una comunidad
humana.

Pero, como han propugnado, tanto Assmman como Catroga, no cabe contraponer de forma nítida la
historia a la memoria; una y otras deben imbricarse y disciplinarse mutuamente. Una historia fría y
distanciada, sería socialmente inerte y apenas operativa. Estaría cercana a la erudición estéril. Una
memoria partidista y confusa, ofrecería poco más que la exaltación ciega del grupo. El conjunto de
imágenes, ideas, nombres y valoraciones, que componen la visión del pasado que tiene una sociedad
no es fruto de las aportaciones de los historiadores profesionales o académicos. En la creación,
diseminación y recepción de esas representaciones del pasado inciden directamente más hoy las
novelas y films históricos, las revistas de divulgación sobre historia y patrimonio cultural, las series de
televisión, los libros escolares, las exposiciones conmemorativas y las recreaciones de
acontecimientos relevantes que llevan a cabo instituciones públicas, asociaciones, o parques
temáticos.

Para cerrar esta nota introductoria, aludiré a algunas dimensiones del concepto de cultura histórica
que los estudios en profundidad sobre este campo no pueden obviar, o, al menos, deben tener en
cuenta. La reflexión sobre la cultura histórica (sobre la presencia articulada del pasado en la vida de
una sociedad) conduce a abordar algunas cuestiones fundamentales de teoría o filosofía de la
historia. Entre estas, podríamos citar la crucial problemática de la aprehensión de la realidad y la
proyección del sujeto cognoscente en la representación del pasado (teorizada magistralmente por P.
Ricoeur), la simultaneidad de lo no simultáneo y la reflexión radical sobre el tiempo (tan cara a R.
Koselleck), la interrelación entre experiencias límites o traumáticas y conciencia histórica (un tema
predilecto de F. Ankersmit) o hasta qué punto puede tener vigencia el concepto de memoria colectiva.
Un concepto éste retomado recientemente por varios autores, en la estela de los trabajos ya clásicos
de M. Halwachs, y cuya discusión ha sido relanzada recientemente por figuras tan influyentes como
Pierre Nora, el creador de otro término clave, lieux de mémoire (lugares o referentes, no sólo físicos,
de la memoria). Por ello, acogeremos con gusto aquí algunos trabajos destacados en esos ámbitos.
Además de la dimensión prioritariamente cognitivo-existencial (conocimiento del pasado y orientación
en el tiempo), la cultura histórica posee otras no menos relevantes, como su plasmación estética y
objetivación artística. Por otro lado, en toda cultura histórica suele latir también una tensión política.
En efecto, la cultura histórica de una sociedad puede ser analizada desde una perspectiva político-
discursiva, y para ello es necesario indagar las agencias e instancias claves que intervienen en la
producción y difusión de los constructos simbólicos que la configuran. El análisis de los motivos de
estas intervenciones, ya sea para fortalecer la identidad, cohesionar un grupo o legitimar un dominio,
así como los mensajes nucleares que se orientan a esos fines, puede ser estudiado tanto desde una
perspectiva teórica general, como mediante estudios de casos.

Ambas aportaciones nos interesan. Al inaugurar este portal dedicado al estudio de la cultura histórica,
deseo sinceramente que sea un marco adecuado en el que encuentren amplia difusión los trabajos
que, desde hace algunos años, llevan realizando diversos académicos. Espero que invite también a
nuevas reflexiones y aportaciones, y que sea un ágora abierta en la que podamos encontrarnos y
debatir todos aquellos que sentimos pasión por la historia. Por una historia que no es ni puede ser un
legajo muerto, sino una dimensión del tiempo que sigue impregnando y orientando los pasos
presentes y futuros de nuestra sociedad global.

SEMANA 2 
DEVOTO
Existen desafíos en la disciplina histórica (de otras disciplinas) lejanas o cercanas, que
cuestionaron su estatuto de ciencias hasta sus métodos y resultados. A pesar de ocupar un lugar
relevante en 1914, la historia era una disciplina con escasa o nula capacidad de reflexión teórica, con
enormes problemas para legalizar o abstraer y modelizar con estrategias de conocimiento. Una
disciplina trabajo intensiva, no capital (intelectual) cuyo sentido último iba a ser puesta en permanente
cuestión en el campo científico. Todo ello se debe comprender en el siglo XIX. La disciplina histórica
tenía antes sus agresivos cuestionadores una ventaja y ella se encontraba en una larguísima
tradición de ejercicio como “historia” o como antigüedades que le daban la respetabilidad de su
ancianidad en la historia del pensamiento occidental. En el tránsito entre los ss. XVIII-XIX, se había
renovado fuertemente a través de la convergencia de dos tradiciones: aquella procedente de las
nuevas adquisiciones del método crítico-filológico para trabajar con los restos del pasado y aquella
que provenía de los esquemas generales interpretativos de la ilustración. 
Sin embargo, también en éste plano, los historiadores al tener que confrontarse con las propuestas
de la filosofía de la historia (Hegel en las primeras décadas del SXIX) debían elaborar un marco
conceptual que sirviera a la vez como deslinde de aquella y como una justificación de su supremacía
como instrumento para comprender al mundo. 
Lo esencial en este plano había sido dicho, ya antes que por Leopold von Ranke, por Wilhem von
Humboldt, el mentor del “partido” de los historiadores que en Berlín contendía con el de los filósofos
liderado por Hegel, en una celebrada conferencia (1821)  La tarea de la historia, según el pensador
alemán, era establecer con precisión los hechos a partir de los progresos del método filológico-crítico
y proceder a una síntesis donde la imaginación creativa del historiador, que operaba a través de la
intuición, lograba percibir las específicas conexiones profundas entre los mismos y restituye
(mediante una solución narrativa que incluía la potencia evocadora del poeta) el sentido verdadero de
una época que se encontraba escondida dentro de los hechos visibles. Así pues, la función del
historiador era “comprender” la totalidad de la vida de la humanidad en diferentes momentos en el
tiempo, desde ella misma, manteniéndose siempre cerca del “sentido de la realidad” y siempre lejos
de las especulaciones metafísicas. Se trataba de una comprensión de lo universal desde lo singular,
una singularidad doble, la de la individualidad de cada fenómeno histórico e individualidad irreductible
de cada época histórica. 
Del doble movimiento presente en la reflexión humboldtiana, el primero (establecer los hechos) era
menos problemático de defender para los historiadores, argumentativamente y en la tarea concreta,
que el segundo, la intuitiva síntesis combinatoria, y asimismo era menos cuestionable
conceptualmente también por los nuevos adversarios procedentes de las ciencias de la naturaleza o
de las ciencias sociales que tomaban como paradigma a la ciencia de la naturaleza. Se chocaba con
la frase de que la tarea del historiador era simplemente narrar las cosas tal cual efectivamente habían
sucedido, que alude a la primera de las dos dimensiones, parecía colocar al historiador en una vía
segura. Siempre se podía argumentar contra ella o que los hechos del pasado no eran susceptibles
de un conocimiento verdadero o que esa tarea era subalterna, auxiliar, meramente proveedora de
ellos para otras ciencias que si eran capaces de proyectos más ambiciosos con el empleo de ese
material laboriosamente recogido y purificado por los historiadores. Por otra parte, en relación con la
segunda dimensión de la propuesta humboldtiana, y esto es lo que percibió Droysen con claridad, era
evidente que el nuevo clima abierto en las sociedades occidentales con la expansión positivista,
debía producir otro tipo de cuestionamientos a la tarea del historiador, a sus procedimientos
cognoscitivos, a la misma cientificidad de la historia. Dicho proceso involucró tanto a los mismos
cultores de la profesión (fue un debate interno de historiadores y uno externo con otros actores por
fuera de la disciplina)  En este plano particularmente intenso y perdurable será el conflicto con las
ciencias sociales. En los dos territorios del debate, el de los historiadores y científicos sociales, era la
consagración de los procedimientos y ambiciones de las ciencias. De este modo, los debates dentro y
fuera de la disciplina atravesarían, con particular intensidad en el medio siglo anterior a la primera
guerra mundial pero también, aunque escape a nuestros intereses en este trabajo, hasta nuestros
días.
En el propio terreno de la historiografía, sucesivas impugnaciones surgieron en la segunda mitad del
sXIX desde historiadores positivistas (Ejemplo: Taine), quienes aprovecharon la gran revolución de
las ciencias físicas y la aplicaron a las ciencias humanas. En consecuencia, devaluaron fuertemente
el rol de los individuos en la historia sometiéndolos a distintas tensiones y subordinaciones, ante la
fuerza de los factores más generales, como las creencias, la religión, leyes mentales, la naturaleza, el
medio social o la raza. Priorizaron en la explicación las dimensiones sociales e institucionales en
oposición a aquellas basadas en los individuos, la política y el estado.

Más en concreto, se trataba de pasar, como señaló Buckle, de las observaciones empíricas a la
verdades científicas y ello implicaba un tránsito del estudio de los fenómenos como “regulares y
repetibles”. Así se convertía una disciplina que estaba en la “infancia”, como afirmaban Buckle o
Taine, en una ciencia a la altura de los nuevos tiempos y ello implicaba la importación de los métodos
y los procedimientos sea de las ciencias naturales sea de las nuevas ciencias sociales.
En éste punto, más allá de la común perspectiva “científica” existían, sin embargo, muchas
diferencias, como los modelos de referencia (En Taine, abarcaron desde la geometría hasta la
biología pasando por la fisiología; François Guizot había escrito, empleando la medicina como
analogía, de una “anatomía” de la historia que establece y describe los hechos y una “fisiología” que
reconstruye los hechos profundos- y la química. En Fustel, el tránsito fue de la referencia a las
ciencias experimentales a la de las ciencias de la observación ante la admisión de la imposibilidad de
aplicar a la historia) el método experimental e incluso el método inductivo y sí en cambio el de lo que
llamaba ciencias de la observación (la historia como “ciencia pasiva”). La historia era una ciencia a la
vez como la geología y la química.
El debate involucra dos planos diferentes: Uno, empujado por los estudiosos de modestas o nulas
ambiciones científicas, la polémica iba a detenerse poco o nada en las cuestiones teóricas y
metodológicas planteadas por los historiadores positivistas concentrándose simplemente en
reivindicar la dimensi ón filológica (aunque no siempre explorando todas las potencialidades de la
misma), para cuestionar desde la pura erudición la endeblez de las construcciones por aquellos
realizada. 
Las objeciones de Monod a Fustel involucraban tres cuestiones principales. La primera concernía al
estudio de los documentos. Munido de los avances que la historiografía alemana había realizado en
el método filológico-crítico, Monod sugería la  necesidad de interpretar el sentido de los documentos a
partir de la aproximación y la comparación entre todos los documentos disponibles; unos iluminaban
el sentido de los otros (e, implícitamente, tanto como lo iluminaban el trabajo realizado sobre ellos por
la erudición crítica posterior). Para Fustel, en cambio, de lo que se trataba era de analizar
aisladamente cada documento en sí mismo, lo más ingenuamente posible (desprovisto de las lecturas
e interpretaciones que sobre ellos habían hecho los historiadores posteriores), tratando de
desentrañar en él su sentido en los términos de su época que era irreductiblemente diferente de la
propia del historiador que lo llevaba a cabo. Es decir, ignorar la crítica moderna de las fuentes para
preservar los datos contenidos en las mismas, operación que implicaba una completa negación de los
modernos en beneficio de los antiguos12. Como dijo en una frase devenida célebre, prefería
equivocarse con Tito Livio que acertar con Niebuhr. Más allá de ello, las críticas involucraban, en
otros autores, al mismo tipo de fuentes a utilizar: fuentes literarias (y en este punto, la polémica era
también y más centralmente con Taine) y jurídicas o, en oposición, por ejemplo, fuentes diplomáticas
o epigráficas. Temas todos estos que darán lugar a otras objeciones polémicas posteriores, por
ejemplo por parte de Langlois y Seignobos y que llevarán a negar toda cientificidad heurística a la
operación propuesta por Fustel (y también y con mayor virulencia a aquella realizada por Taine). La
segunda cuestión involucraba la noción misma de “ciencia”. A la noción de la historia como una
“ciencia pura” del pasado propuesta por Fustel, en base a su semejanza con algunas de

BOURDE 

Para los partidarios de la «Nueva Historia», Michelet constituye una referencia ritual obligada, puesto
que se había consagrado a la «resurrección del pasado integral». Pretendió ser portavoz de una
historia otra, diferente, apta para hacer hablar a los «silencios», que diera amplio espacio a las
pulsiones irracionales. Ser un «resucitador», recrear la vida misma, constituye la ambición suprema
de cualquier historiador después de haber dedicado su vida a la investigación erudita. En los tiempos
actuales, en los que prevalece un tipo de historia tan diferente, con sus análisis seriales, curvas y
gráficas, Michelet resulta un modelo fascinante. Nos podemos preguntar si no es Michelet un mito
piadosamente conservado. Para analizarlo, nos basaremos principalmente en el célebre Préface á
l’histoire de Franc. 
Michelet afirmaba orgullosamente su ambición de haber decidido ser, desde el comienzo de su
carrera, el resucitador de la totalidad nacional en gestación a través de los siglos. Tal proclamación
exige algunos correctivos y algunas aclaraciones. B. Toda la obra del historiador, a decir verdad muy
diversa, está contenida en el Prefacio de 1869, dentro de las coordenadas de una única pulsión
creadora. Es el «relámpago de julio» (párrafo 1), luminosa revelación de Francia, fruto del trabajo de
cuarenta años. ¡Botón de muestra de la ideología pequeño-burguesa, al igual que la evocación de
aquella «brillante mañana de julio»! (párrafo 10). Parece evidente la trasposición de los valores
cristianos. 
Se trata de una iluminación mística, en la que «la llama lo simplifica todo». Esta obra, «concebida en
un instante», (párrafo 1), de hecho cambia en sus facetas, como lo demuestran las visiones sucesivas
de la Edad Media. C. Michelet desea alejarse radicalmente de la práctica histórica dominante,pero
manteniendo respeto y reverencia hacia sus colegas, de ahí que frecuentemente entone alabanzas
ante la institución histórica en germen: «Hombres eminentes lo habían estudiado.
La ignorancia acerca de «las fuentes primitivas, la mayor parte inéditas» (p. 4), ha permanecido hasta
1830-1836, incluso para el propio Michelet, cuya documentación era sobre todo libresca en el
momento en que escribía Précis d’Histoire Moderne (1828) y su Introductíon á Y Histoire Universelle
(1831). Formula un segundo motivo de queja respecto a sus eminentes colegas: carecen del sentido
de la historia total. Dan demasiada importancia a la política (p. 2) a expensas de otras instancias de la
realidad. Sólo tienen puntos de vista fragmentados, lo que les conduce a aislar los objetos de estudio
(la raza, las instituciones, etc.) sin aprehender las interrelaciones que hay entre los distintos dominios.
De esta manera se pierde de vista «la armonía superior», o sea, en el lenguaje actual, la
preocupación por la globalidad. Esta historia, «demasiado poco material, demasiado poco epiritual»
(pp. 22 y 23), descuida tanto el sustrato material como las elaboraciones del «alma nacional»,
situándose en un terreno intermedio entre lo político y lo institucional. Tercer motivo de queja: la noble
pléyade es víctima de los a priori ideológico. 
Aquí la ambición de totalidad está más claramente afirmada que nunca. La totalidad vivida que
pretende reconstruir Michelet se sitúa a un nivel más profundo que el «global» de los historiadores
actuales. Se trata de aprehender la unidad viva y no solamente instancias interrelacionadas. Todos
los escalones de la realidad, habitualmente separados, se subsumen en una armonía superior. 
La ambición del historiador consiste por tanto en reencontrar la vida histórica (p. 7) por dos caminos
complementarios:
 a) seguirla en todas sus vías, lo que implica extensa información, un trabajo minucioso dé
reconstrucción
b) restablecer... la acción recíproca de las diversas fuerzas en un poderoso movimiento, actitud que
responde evidentemente a una filosofía vitalista, tomada de Vico y de algunos historiadores
alemanes, según la cual hay un principio vital en la historia de la humanidad. 
Así podemos abarcar con más precisión el problema histórico de Michelet (p. 9), o sea, la
resurrección de la vida integral, comprendido en sus cálidas entrañas, en «sus organismos interiores
profundos».  “Son necesarios el ardor y la emoción”. Michelet nos proporciona el sustituto laico de la
resurrección de los muertos: «Un inmenso movimiento se agita ante mis ojos»
Esta última expresión nos incita a evocar el trabajo sobre sí misma (p. 18) de toda sociedad que,
según Michelet, constituye el propio movimiento de la historia, cuya concepción es para él
esencialmente dinámica. También evoca el gran trabajo de las naciones (p. 17), algo así como una
gestación continua de su propia personalidad, lo que le permite hacer justicia al fatalismo racial. Se
produce una operación de trituración y amalgamación, en la que todos los elementos originales se
funden para dar nacimiento a un organismo original. Se trata de una actividad moral, de una toma de
conciencia progresiva y no sólo de progresos yuxtapuestos. Esta idea vuelve a aparecer en el párrafo
19, en el que queda manifiestamente claro que el pensamiento de Michelet está vinculado a lo que se
podría llamar «vitalismo evolucionista», donde el principio vital usurpa los atributos de Dios. A sí
marcha la vida histórica trata de cómo se hace la fusión y la amalgama que conducen a la
elaboración de las personalidades nacionales diferentes. El modelo en la materia es, como no podía
por menos de ser, Francia, portaestandarte de la libertad del mundo. 
E. La relación existente entre el historiador y su obra está formulada en términos muy originales. El
autor está profundamente implicado en la operación que ha realizado. La objetividad, según Michelet,
es un falso problema. El historiador no debe pretender siquiera eclipsarse ante su trabajo, sino estar
presente en él, a todos los niveles, con sus pasiones y emociones. La presencia del historiador en su
obra es comparable con la del artista en la suya.
«Sólo se pueden penetrar los misterios del pasado» con la propia personalidad (p. 27). Únicamente
una relación amorosa con el tema permite llegar a tener una segunda percepción (p. 28). Es evidente
la inclinación de Michelet, bastante turbulenta, por el «grandioso, sombrío, terrible siglo xiv», tiempo
de pestes y de guerras, en cuyo contacto hallan resonancia los propios fantasmas del autor. 
La propia vida de Michelet se «halla involucrada» (p. 25) en la Histoire de France, libro nacido de la
«tormenta (otra vez la inclinación a la turbulencia) de la juventud» (p. 29), una locura, un trabajo
abrumador, al que se ha dedicado como si se tratara de la resolución de ‘un problema crucial (ver p.
9). «Ese ha sido mi único gran acontecimiento» (p. 25), frase que suena a confesión: pará el
historiador, su auténtica vida se halla entre los personajes del pasado, viviendo el tiempo presente
por delegación. Para Michelet, la historia se detiene en 1789, o más exactamente en 1790, en la
Fiesta de la Federación. A su vez, este libro es el producto de toda una vida dedicada a! trabajo, lo
que explica su homogeneidad, su profunda coherencia (p. 13): ha ido creciendo lentamente, como
una planta, a partir de un único método. Se presenta como un conjunto armónico, pleno de múltiples
ecos. Tales afirmaciones enmascaran muchas variaciones de fondo, si no de forma. Operando una
inversión en la relación entre el autor y su obra, encontramos líneas sorprendentes acerca del
historiador engendrado por el texto.
La obra de Michelet se salva por esta pasión que le devora. Roland Barthes ha dicho de él que era un
devorador de la historia, animado de un amor furioso por el trabajo, sometido a una disciplina
monacal a fin de saciar su apetito insaciable. Su ingestión de la historia tiene resonancias de ritual
(«he bebido demasiado la sangre de los muertos»), pero también algo de animal: «ramonea la
historia», dice Barthes. Es en este nivel donde radica la emoción y el atractivo de los escritos de
Michelet.
La grandiosa ambición enunciada en el Prefacio de 1869 no llega a realizarse a lo largo de la carrera
de Michelet por dos razones: El autor de la Histoire de France contempla el pasado, conias lentes de
su ideología y sufre el peso de su inconsciente, lo que determina que su aproximación a la materia
histórica sea selectiva. ' Sin pretender reprochar a Michelet el faltar a la objetividad que jamás
predicó, vamos a destacar, en primer lugar, dos ejemplos de la influencia determinante que sus
opciones ideológicas y políticas han ejercido sobre su visión del pasado. 
Su concepción de la Edad Media fluctúa en función de su historia personal y de sus compromisos
sucesivos, como lo ha demostrado admirablemente Jacques Le Goff: a) Desde 1833 a 1844, bajo la
influencia de la corriente romántica, monta una «hermosa Edad Media», a la vez material y espiritual,
en el seno de la cual se realiza «el gran movimiento progresi vo, interior, del alma nacional» 
Michelet todavía considera que el Cristianismo es una fuerza positiva que ha trabajado por la
liberación de los humildes. 
b) A partir de 1855 domina «la sombría Edad Media», «mi enemiga Edad Media»; así se expresa
tratando de rectificar sus obras precedentes. Fíasta entonces no había visto más que el ideal, ahora
descubre la realidad, su «estado extraño y monstruoso». Es su anticlericalismo, cada día más y más
virulento, el que le impele a esta negación. Incluso ya no halla gracia en su arte. La Iglesia, lejos de
ser la protectora deLpueblo, no es más que una institución represiva, y a cuyas víctimas rehabilita
(tanto a Abelardo como a los albigenses). La Iglesia prohíbe la fiesta y hace imperar la ignoracia. c)
Con La bruja (1862), Michelet descubre una Edad Media subterránea, en la que Satanás es el árbitro.
Satanás, «raro nombre de la libertad, la cual es cambiante, joven militante en principio, negativa,
creadora; después, más y más fecunda»  Un siglo, el siglo xrv, que ejerce una sombría fascinación
sobre Michelet, está pintado, más que cualquier otro, con colores diabólicos, 
d) Otro último cambio de Michelet; ya envejecido, asqueado por el triunfo del maqumismo, del capital
durante el segundo Imperio, retoma a la Edad Media de su juventud, período de vida desbordante y
de creatividad.  Se enfrentan los principios antitéticos en una especie de sustitución de la
psicomaquia de los autores medievales: gracia y justicia, fatalidad y libertad, Cristianismo y
Revolución. Todos lo excesos que se producen a lo largo del desarrollo de la historia están cu
riosamente asociados a la acción de la gracia, enemiga de la justicia, fuente de arbitrariedad y de
tiranía. Entre sus agentes se encuentran tanto los jesuítas como Bonaparte, mientras que los
valdenses y la bruja, por ejemplo, son heraldos de la justicia. A esta oposición binaria se suma otra: la
antítesis entre Cristianismo y Revolución. La segunda usurpa los atributos de la primera. 
Michelet, mago de la historia republicana, ha sido objeto de ataques muy vivos no totalmente
injustificados, por parte de Maurras, el cual dice con ironía: «Su procedimiento usual consiste en
elevar a la dignidad de Dios cada sedimento de idea general que se le ocurre. Michelet elaboró el
pensamiento con el corazón. 
Michelet estaba igualmente obsesionado por el deseo de entrar en re lación con los muertos y de
llegar a encontrar su «substancia corruptible». Los documentos, para él, eran voces que había que
escuchar. Quería rendir plena justicia a sus autores, cumpliendo, como signo de respeto hacia ellos,
un «gesto reparador», que consistía en desvelar el sentido profundo de su existencia y devolverles
una vida plena.
No hay resurrección posible si no se devuelve a los difuntos su «complexión», su circulación
sanguínea y la textura viva de su piel. Los retratos de Michelet no son el resultado de meditada
elaboración; por el contrario, los esboza rápidamente y uno o dos adjetivos bastan para evocar lo
esencial del individuo, a expensas de su anatomía.
En conclusión, podemos preguntarnos si Michelet, dada su percepción selectiva y partidista del
pasado, se ha limitado a mimar el sueño de la. resurrección de la vida integral. La respuesta es que, a
pesar de sus limitaciones, ha realizado, parcialmente, su proyecto. Poseyó, indudablemente, el
sentido de las grandes fuerzas colectivas en la obra de la historia. Su héroe por excelencia es el
pueblo, término mágico, a cuya invocación se resuelven las contradicciones y se reabsorben las
oposiciones, ya sean de edad, clase o sexo. El pueblo es andrógino, masculino y femenino a la vez,
porque asocia inteligencia e intuición. El pueblo, que ha ido emergiendo progresivamente a través de
la historia, tiene la vocación de congregar a todo el mundo. Efectivamente, ser pueblo es ante todo un
estado de espíritu. Cantor del pueblo, de sus sufrimientos y de sus triunfos, Michelet supo encontrar
espacio en su historia para describir el medio geográfico y climático y las interacciones entre los
cuerpos y el medio. Se interesa no sólo por la entidad del pueblo, sino por las condiciones de la vida
concreta de las masas. Dedica su atención al presupuesto familiar, a su alimentación e indumentaria,
con sus connotaciones sociales. También se interesa por todo lo que hasta entonces había quedado
a cargo de la sociedad y del análisis histórico: lo irracional, la herejía, los maleficios, los proscritos y
los marginados, la cultura popular... En este aspecto puede ser considerado como el precursor directo
de toda una línea de historiadores actuales 5 que se dedican a hacer resurgir todo cuanto fue objeto
de rechazo en el pasado. 

Es menester precisar los límites de su proyecto histórico, comprobar cómo le da cumplimiento en sus
escritos, y tener presentes los obstáculos que encontró, ideológicos Michelet afirmaba
orgullosamente su ambición de haber decidido ser, desde el comienzo de su carrera, el resucitador
de la totalidad nacional en gestación a través de los siglos. Desde 1852 hasta su muerte, en 1874,
vive pobremente en Nantes y en París, apasionadamente dedicado a escribir una obra literaria de
acentos proféticos: La mujer (1859), La bruja, La Biblia de la humanidad (1864). Al mismo tiempo
concluye su Historia de Francia con El Renacimiento y Los Tiempos Modernos (1857-1867).

Su obra se trata de una iluminación mística, en la que «la llama lo simplifica todo». Esta obra,
«concebida en un instante», (párrafo 1), de hecho cambia en sus facetas, como lo demuestran las
visiones sucesivas de la Edad Media, que explicaremos más adelante. Los grandes ímpetus
románticos de los párrafos 7 y 8 nos conmueven más que su mística republicana. Su pasión es la del
historiador en busca de la «vida misma». Su «violenta voluntad» de rehacerlo todo es análoga a la de
Gericault. Michelet irá «aprehendiendo y apropiándose todo» —se sobreentiende como materia
histórica—, para confesar al final de sus días. Michelet desea alejarse radicalmente de la práctica
histórica dominante, pero manteniendo respeto y reverencia hacia sus colegas, de ahí que
frecuentemente entonen alabanzas ante la institución histórica en germen. La ignorancia acerca de
«las fuentes primitivas, la mayor parte inéditas» (p. 4), ha permanecido hasta 1830-1836, incluso para
el propio Michelet, cuya documentación era sobre todo libresca en el momento en que escribía Précis
d’Histoire Moderne (1828) y su Introductíon á Y Histoire Universelle (1831).

CROCE 

El vehículo principal que utilizó Croce para divulgar sus obras fue la revista “La Crítica” (editada por él
mismo). Trabajó hombro con hombro con el también filósofo Gentile, con quien mantuvo una estrecha
amistad después rota a causa de la llegada del fascismo al gobierno italiano. El prestigio obtenido por
sus obras hizo que fuera designado senador y trabajase activamente en el proyecto de una profunda
reforma educativa. La llegada de Mussolini al poder hizo que abandonase de facto la política y se
refugiase nuevamente entre sus libros de Nápoles. La caída del régimen posibilitó su vuelta a la
arena política como uno de los principales baluartes del liberalismo italiano. Murió el 20 de noviembre
de 1952.

Croce, además de historiador destacado, hizo también contribuciones relevantes en los terrenos de la
filosofía, la estética y la política. Su producción literaria fue extraordinaria y asciende a más de cuatro
mil trabajos, la mayoría breves ensayos de erudición histórica, crítica de arte y de historia literaria y
política.

Dentro del campo propiamente histórico (aunque en Croce es difícil separar historia y filosofía)
destacan La revolución napolitana del 99 (1912), El teatro de Nápoles (1916), España en la vida
italiana durante el Renacimiento (1917), Curiosidades históricas (1919), La historia del reino de
Nápoles (1925) e Historia de Europa en el siglo XIX (1932). Obras que compaginó con otras más
cercanas a la teoría historiográfica como La Historia como pensamiento y acción, Teoría e historia de
la historiografía y Filosofía e Historiografía.

La historiografía fue siempre el centro de interés de Benedetto Croce, ligada a sus planteamientos
filosóficos (se le considera un idealista continuador de Hegel) que condensó en cuatro grandes obras
a las que denominó “Filosofía del espíritu”. Su concepción de la historia ha sido definida como
“historicismo absoluto”. Su tesis central parte de identificar o fundir los conceptos de historia y
realidad. Para Croce el historicismo significa que la vida misma del espíritu se hace historia y
evoluciona, no en el devenir dialéctico de una Idea o Absoluto abstracto, sino en el proceso de la
realidad histórica; es el concepto universal que deviene a la vez concreto e individualizado. Por ello,
la vida y la realidad entera se resuelven en la historia. Como el propio Croce señala, “historicismo es
la afirmación de que la vida y la realidad son historia y nada más que historia”. Siguiendo en cierto modo
el pensamiento hegeliano Croce considera que la historia es siempre racionalidad plena y, de este modo,
progreso. Los elementos irracionales que aparecen en el discurrir del ser humano (luchas y guerras) están
constituidos por manifestaciones de vitalidad, a veces desenfrenadas, de los hombres y de los pueblos. Dicha
vitalidad es necesaria para el progreso y en ningún caso la decadencia es vista como retroceso u obstáculo.
Todo lo contrario, sirve como formación o preparación de la nueva vida.

En cuanto al tratamiento de las fuentes y el acercamiento a los hechos. la posición de Croce es también muy
clara: el historiador debe valorarlos sin emitir juicios de opinión, ni sesgarlos, pues todos los hechos son
“históricos” y no hay por qué escoger entre ellos (“si el juicio es relación de sujeto y predicado, el sujeto, o sea,
el hecho, cualquiera que sea, que se juzga, es siempre un hecho histórico, algo que deviene, un proceso en
curso, porque hechos inmóviles ni se encuentran ni se conciben en el mundo de la realidad”). Mientras que las
fuentes, ya sean documentos o restos, no tienen otra misión que la de estimular y formar en el historiador
“estados del alma” que ya se encontraban en él.

*FUENTES 

VON RANKE 
Para Leopold Von Ranke (1986) el espíritu en la historia era considerado dinámico, escudriñante,
incrédulo ante todo dogma. Acercarse a su meta final, implicaba haber realizado previamente una
clasificación y comprensión de los acontecimientos pasados, además de tener la posibilidad de
observar dicho espíritu a través y en la medida que se consideraba al pasado como un objeto de
estudio (Ranke: 1986, 509). Solo de esta forma se podía analizar las diferentes sucesiones de las
sociedades, es decir: la historia a decir de Ranke (1986) debía ser una ciencia, ciencia humana de los
hombres, porque al parecer suponía tener un objeto de estudio, que no era otra cosa que el pasado
de los humanos y por ello emprender la reflexión al respecto era una tarea inaplazable. Este
posicionamiento frente a la realidad que adoptó el espíritu historiador fue la manera en que el hombre
tuvo la virtud, la inteligencia, la sabiduría humana (Ranke: 1986, 523) para entender que a las
diversas sociedades en espacios y tiempos diferentes de toda la historia humana habían de tener un
destino marcado, el cual solo podía desarrollarse por medio de las acciones de los hombres.
MICHELET
TAINE 

SEMANA 3 
BURGUERE 

GINZBURG 
MOMIGLIANO

Sobre el centenario de Croce, sostiene que muchos de los que lo conocieron afirman
(paradójicamente) que el autor era un enigma.  
El material autobiográfico y biográfico sobre él abunda, como es de esperarse. Sin embargo, la
abundancia, facilidad y elegancia de sus propios escritos y observaciones de sus amigos aumentan el
enigma básico de la personalidad de Croce. Parte de la dificultad para entenderlo reside en la
variedad de situaciones históricas en que actuó a lo largo de su larga vida. Antes de la guerra de
Libia, escribía filosofía sistemática y luego (con la Primera Guerra Mundial)  modificó sus ideas,
colaborando con demócratas-cristianos, nacionalistas y fascistas, aun cuando teóricamente estaba
distanciado. Fue el líder moral del antifascismo italiano y la referencia constante para las actividades
intelectuales de los propios fascistas. En la última década de su vida el viejo pensador tuvo que dar
cuenta de que las nuevas generaciones avanzaban por su propio camino, siendo influyente en sus
trabajos. “Creció” despacio (durante 18 años dedicó su tiempo a historia local de Nápoles y crítica
literaria) 
Consideró importantes los estudios de Marx, ya que aprendió que los sistemas legales reflejaban un
orden socioeconómico y que la historia política es una lucha por el poder. Pero Croce no tenía
intención o deseo de subvertir el orden social al que debía su riqueza y libertad para estudiar lo que
deseara y no le interesaba destruir el orden moral que reconocía como suyo, pese a que había
abandonado las creencias religiosas que lo habían creado. Su propia generación fue carducciana, y
además su carácter no era aventutero, casi provinciano. 
El contraste entre Croce y sus aliados más jóvenes era marcado, a nivel simbólico. Obraban de
buena fe, los genios autoproclamados que aprendian rapido, cuando consideraron el mensaje de
Croce como invitación a la rebelión. Tenían equívocos como Croce (engañado en sus esperanzas de
una rápida revoluciòn intelectual de importancia internacional) 
*A lo largo del tiempo se disolvieron alianzas y la Primera Guerra Mundial dejó a Croce en
aislamiento. Definió a esta como la guerra del materialismo histórico. En cuanto a su formación
académica, estudió a los grandes historiadores y reflexionó sobre el método histórico (Todo era
historia) Tras la Guerra, la ambigüedad sobre la escena italiana contemporánea se confirmó. 
En Italia, Croce bajo la influencia de Gentile, siendo ministro de educación (1920) introdujo la
instrucción religiosa (catecismo catolico) en las escuelas elementales del estado. Fue visto como
señal de la disposición de Croce a colaborar con el nuevo régimen. Entre 1923-24 apoyó la reforma
de la educación de Gentile contra ataques liberales/socialistas. La situación en Italia cambió
súbitamente (1925) El éxito mismo de la dictadura política de Mussolini hizo de Croce el virtual
dictador de la cultura italiana. El rasgo evidente del régimen fascista era que desalentó que hombres
inteligentes se dedicarán a la investigación. Continuó estudiando, descubriendo hechos nuevos y
escribiendo libros llenos de saber. 
La actividad de Croce durante el régimen fascista estuvo condicionada por ciertas reglas no escritas.
(Mussolini le permitía seguir con “La Critica” a condicion de que no se publicara ningun ataque politico
directo contra el gobierno fascista) Mussolini consideró conveniente mantener con vida una
publicación anticomunista, anticlerical y luego de 1933, antinazi. La selección tenía sus efectos
negativos, en una situación de virtual monopolio. Esa situación se hacía aún más estática debido a la
circunstancia de que cualquier critica a Croce se convertía automáticamente en apoyo al fascismo. 
El liberalismo que Croce presentaba a sus lectores era el de Constant, Guizot y Cavour, su
pensamiento económico se vinculó a De Man/Hopkins. Croce no era capaz de indicar un camino para
salir del fascismo (sino no hubiera podido hablar) Representaba un reproche constante al fascimo,
recordatorio de lo perdido (honestidad y libertad de pensamiento religioso, social, etc.) Hablaba por la
civilización italiana y su discurso era más conmovedor, se vinculaba con risorgimento. 
Entre 1925-33, el antifascismo activo se vinculo a Croce. Cuando estallò la SGM (alrededor de 1940)
Croce perdió su posición de jefe moral de la intelligentsia antifascista. Con el fin de la guerra y el
restablecimiento de la libertad de expresión (regreso a la libre circulación de las ideas en el ambito
internacional) los aspectos anticuados y reaccionarios de la actitud de Croce pasaron al primer plano.
La ocupación dominante de los ultimos años de Croce, formalizó la oposición e/ Croce-Marx.
Influencia sobre historiadores profesionales.  En el campo de la historia de Napoles, de la literatura e
historia de Italia en general, y también en la historia de las teorias esteticas, Croce ofrece muchísimas
esneñanzas. 
Toda la historia es contemporanea, los libros sirven para esclarecer problemas del presente. el
hincapie en las relaciones e/politica y etica; la simpatia con elites intelectuales que se oponían tanto a
los dirigentes como a las masas fueron tipicos de la historiografía italiana. 
*filosofía crociana, forma parte de la reconstrucción del pensamiento social europeo (1890-1930)
Sistema que elaboró (1900-9) era en sí tal que lo colocaba automaticamente fuera de la corriente
principal de la ciencia moderna. Al negar el caracter de verdadero conocimiento a las ciencias
naturales y las matematicas, dio un inesperado apoyo a aquellos italianos que confundían a Marconi
con Galilei. 
Croce se limitaba a literatura e historia, representativas de situaciones particulares. Podemos
entender la circunstancias del presente, si tenemos la inteligencia de mirar al pasado. No es algo que
podamos adquirir, la inteligencia histórica. Las fallas morales se deben a que la providencia no nos
ppne en el marco menral adecuado, por lo que no hallaremos la verdad. si a lo largo de los siglos el
comportamiento humano demostró ser diferente en asuntos politicos y privados, no hay nada que
hacer el respecto. Gracia, providencia, Humildad, son palabras que emplea Croce y definen su actitud
hacia la vida. 
La nota de misterio y resignación en la filosofía de Croce se reflejaba en la modestia personal,
puntillosa disciplina y su miedo a debilidad moral. La misma actitud no lo dejaba abrigar ilusiones
acerca de la posibilidad de evitar la violencia, castigo, desigualdad económica y dolor físico. El mundo
estaba fuera de control humano. Su serenidad goethiana fue alcanzada al precio de una dura
disciplina y le disgustan las preguntas personales inquisitivas. 

*FUENTES 
CROCE 
BLOCH 

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