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DIA DOS: En el seguimiento de Cristo

¿Qué gracias puedes pedir durante esta novena?


La gracia de la oración: experimentar la presencia de Dios en lo más íntimo de
tu corazón.
La gracia de la conversión: dejar que Dios modele tu corazón, déjate reconciliar
con él y permítele que te fortalezca.
La gracia de la predicación: que la alegría de ese tesoro recibido te dé la alegría
de anunciar las maravillas de Dios.
Por la señal…
Oración de un penitente
Santa María Magdalena, tú que obtuviste el perdón de Jesús de todos tus
pecados, tú que lo has asistido hasta su último suspiro al pie de la cruz, tú que
fuiste el primer testigo de su resurrección y del primer anuncio de la alegría
pascual, te suplico que escuches mi oración. Intercede por mí ante nuestro
Señor Jesucristo, para que me conceda su perdón por todos mis pecados, mis
dudas, mi falta de bondad y caridad con mis parientes, y con todos los que
están cerca de mí, por todos mis errores cometidos voluntariamente o
involuntariamente. Ahora que estás cerca de Jesús, no me abandones en mi
desamparo. Haz que el Señor me otorgue la absolución, que me permita
recuperar la serenidad, la paz del corazón, del alma y del espíritu.
Amén

El Evangelio - Lucas 8, 1-3


Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando
la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también
algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades:
María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana,
esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los
ayudaban con sus bienes.
Meditación
Liberada de todos sus pecados, exorcizada de todos sus demonios, María
Magdalena, serena y radiante por el perdón de Dios, desea seguir a Cristo y
ayudarlo économicamente. Cristo la llama a formar parte de su rebaño. Cristo,
el pastor por excelencia, reúne a sus ovejas. Construye su cuerpo. Desde los
apóstoles hasta las santas mujeres, todos se ponen en marcha. Van de pueblo
en pueblo para proclamar el Reino de los cielos. Los discípulos y las mujeres
como María Magdalena tienen el privilegio de recibir enseñanzas particulares.
Cristo les enseña uno de los puntos capitales de su enseñanza: la disposición
espiritual a adoptar para ser discípulo. María Magdalena escucha atentamente
las palabras del maestro. Ella retiene dos pilares fundamentales: ser pobre
como Cristo que se hizo pobre y ser dócil al Espíritu Santo.

Después de ser tocada por la gracia, María Magdalena toma conciencia de la


felicidad a la cual nos llama Cristo. Esa felicidad supera nuestras esperanzas
humanas, es divina. Como cualquier felicidad auténtica, debe ser construida.
La edificación de la felicidad de Dios exige una cosa. Esta exigencia es ante
todo una llamada a la pobreza. La pobreza a la cual nos llama Cristo es
espiritual antes de ser material. La pobreza material es la señal visible de una
auténtica pobreza espiritual. Esa pobreza consiste en renunciar a sí mismo, es
decir, renunciar a todo lo que nos impide ir libremente a Dios. Renunciar
significa rechazar nuestros placeres egoístas para estar enteramente
orientados hacia Dios y hacia los demás. Cristo nos llama a renunciar a todos
nuestros tesoros terrenales, a nuestros deseos impuros, a nuestras maneras
tan humanas de pensar, de reflexionar, de amar y de actuar. Nos invita a dejar
en sus hombros nuestras cargas, nuestras dificultades, nuestros fracasos,
nuestros problemas, nuestras alegrías humanas para adoptar sus
preocupaciones. Depositar nuestras cargas ante Cristo significa cargar con su
yugo. Él nos invita a mirar nuestras preocupaciones a su manera. «Vengan a mí
los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con
mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas
encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mateo 11,
28-30). Renunciar significa depositar a los pies de Cristo todo nuestro ser para
que, por su gracia, nos eleve a la vida que Dios quiere para nosotros. «Porque
el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará»
(Lucas 9, 24). Renunciar a sí mismo significa responder al llamado de Dios con
un «sí» libre y sincero.

Esa pobreza a la cual nos invita Cristo es una disposición para acoger la riqueza
de Dios y dejarse moldear por la gracia. La gracia de Dios actúa en el corazón
del hombre que está disponible para acogerla. Ser disponible requiere la
humildad del corazón y la docilidad al Espíritu Santo. María Magdalena se
dispone por la humildad a dejar que actúe la gracia en lo más íntimo de ella
misma. En sus oraciones, le pide a Dios que venga en ella para que haga de ella
su morada. «Señor, permite que yo me deje moldear por tu gracia, que me deje
reconciliar por tu perdón, que me deje transformar por tu palabra, que me deje
llevar por Cristo, que me deje guiar por tu Hijo, que me deje sanar por el
verdadero médico de los corazones, que me deje encaminar en la buena
dirección por el que has enviado, Tú, el camino, la verdad y la vida.» Ser dócil al
Espíritu significa tener una confianza inalterable en Dios. Al confiar en Dios, Le
permito que actúe en lo más íntimo de mi corazón. Confío en Él porque sé que
sólo Él me conoce, que sólo Él conoce los caminos que he de tomar para
encontrar la felicidad última. Sólo Él conoce el verdadero bien que
corresponde con lo que soy. Sólo Él conoce el bien al cual me llama para
servirlo. Sólo Él conoce el lugar en el cual podré realizarme, ser más feliz y
entregarme sin medida como Él mismo se entregó totalmente.
Tomo un minuto para meditar todas estas cosas en mi corazón (Lucas, 2:19)

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