4 – EL CAPITÁN PIRATA

Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Jim observó al pirata, aguardando. El dolor. La muerte. Ambas cosas se hacían esperar. La pistola seguía apuntándole. Miró fijamente a Grimauld. El traidor parecía mirarle también. Y había algo extraño en su mirada. Jim no supo decir que era. ¿Perplejidad, tal vez? De pronto se sobresaltó al ver como bajaba la vista, con suma lentitud. Siguió el movimiento de sus ojos. Algo parecía gotear del pecho de Grimauld. Una sustancia oscura. Con la falta de luz no pudo distinguirla bien. ¿Sangre, quizás? El traidor alzó la mirada de nuevo, hacia él. Sus movimientos eran pausados. Parecían languidecer con el tiempo. El corsario enseñó los dientes en una media sonrisa de incredulidad. Luego cayó de rodillas. Jim seguía manteniéndole la mirada, y siguió observándole con detenimiento cuando el hombre cayó desplomado a un lado, muerto. Percibió todo aquello como si se encontrara en una clase de sueño. Como si fuera una historia que no tenía nada que ver con él. Luego reaccionó y se llevó la mano derecha al pecho. Aunque de forma irregular, aún podía escuchar los latidos de su corazón: Estoy vivo – murmuró, como si intentara convencerse de ello así mismo.

El joven echó un vistazo a su alrededor. Entre la multitud de cadáveres, alcanzó a ver a un Hawkins que se incorporaba entre dificultades. El rifle tirado en el suelo, a su lado, aún humeaba tras el último disparo.

Jim avanzó corriendo al lado del vigía. El hombre se taponaba con fuerza la herida del estómago, que sangraba en abundancia. El joven pirata lo ayudó a incorporarse. El esfuerzo hizo que el corsario soltara un quejido ahogado: ¡Hawkins! – dijo – Hawkins, ¿has sido tú quién…? – un ataque de tos del vigía le hizo detenerse. Jim apartó su mano, ahora pegajosa, de la espalda de su compañero, y vio la sangre que brotaba de allí, en el lugar por el que la espada del marine enemigo había entrado y salido. El hombre intentó incorporarse. Jim lo ayudó a tumbarse boca arriba en el suelo, y sus miradas se cruzaron. Jim… – empezó el vigía. Su voz era extraña. Tenía un tono adormilado, como si estuviera bajo los efectos del opio. No se parecía en nada a los estridentes gritos que pegaba cuando avistaba tierra firme desde su puesto habitual – Jim, – siguió – déjame aquí. Tienes que regresar al barco – su voz era cada vez más débil – Tienes que avisarles… Un sonido de cañonazos retumbó en la noche, como el estallido repentino de una tormenta. Jim se puso en pie, alarmado. En el horizonte, alcanzó a divisar las luces de varios navíos que se aproximaban con rapidez al alumbrado flotante que era el barco de Mediabarba. El bajel pirata había avanzado en la noche hacia ellos, y en aquel momento, estaba siendo perseguido por una flota enemiga. Jim contó las luces bajo el resplandor de la luna. Había por lo menos cinco barcos enemigos: Me temo que ya es demasiado tarde para eso – le indicó abatido al vigía, bajando la mirada. El hombre lo observaba con cansancio. El brillo de sus ojos se apagaba por momentos. Entonces huye – le indicó jadeando – Toma este barco y escapa – empezó a toser de nuevo y a escupir sangre – Sí lo que ese cabrón ha dicho antes es

cierto… Si de verdad han traído con ellos a un almirante de la Marina, ¡el capitán no tiene nada que hacer! ¡No digas eso! – le increpó Jim furioso – ¡¡El capitán no se dejaría vencer ante nadie!! ¡¡¡ÉL ES EL HOMBRE MÁS TEMIBLE DE TODO EL EAST BLUE!!! – gritó. El vigía lo miraba fijamente. Del East Blue, sí – dijo – Pero ante los grandes poderes del Grand Line, no tiene nada que hacer… ¡¡¡MENTIRA!!! – volvió a gritar él. Tú no has estado allí, chico – le informó – No has visto lo que yo vi. Aquello es un mundo completamente diferente – Jim lo miró. La desesperación comenzaba a aflorar en él. ¿Tan terrible es? – preguntó. No te haces a la idea – dijo Hawkins – No lo llaman “el Cementerio de los Piratas” por nada. Las olas, el viento, el clima… Las leyes que rigen ese mar no tienen cabida aquí – siguió – Y aquello es un hervidero de piratas. Tripulaciones más fuertes que la nuestra navegan esas aguas, convirtiéndolas en una tumba submarina para todo aquel infeliz que se atreva a adentrarse en ellas – Jim se paró a meditar unos instantes. Lo comprendo – dijo – Pero aun así… Escucha, Jim, porque no me queda mucho tiempo – dijo el vigía – ¡Vete! ¡Coge este barco y vete! Navega por el mar por tu cuenta, forma tu propia tripulación… ¡Lo que quieras! – el aliento comenzaba a faltarle – Pero si te quedas aquí, sólo encontrarás la muerte – Jim lo miró fijamente. ¿Huir? ¿Abandonar a los suyos y huir? ¿Qué clase de hombre haría semejante canallada?

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No huiré – dijo finalmente. Jim… – empezó Hawkins. ¡No los abandonaré! – siguió. ¡¡Jim!! – gritó el vigía – ¡Escúchame, maldita sea! ¡¡No!! – increpó él – ¡¡Escúchame tú!! – le miró fijamente – ¡Es de nuestros nakamas de quiénes estamos hablando! ¡¡De nuestro capitán!! – apretó los dientes rabioso – ¡No puedo dejar a ese hombre a su suerte! Ese viejo quemado… – cerró los ojos con amargura y los volvió abrir – ¡Para bien o para mal, ese viejo quemado me convirtió en lo que soy! ¡¡En un pirata!! – gritó – ¿¡Y pretendes que lo traicione!? ¿¡A él!? ¿¡A la persona que me empujó a dar el primer paso de mi sueño!?

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¡Jim, escúchame, el capitán no querría que…! – empezó Hawkins. ¡No me importa! – le cortó. Avanzó decidido a la borda del barco, donde el vigía había atado unas horas atrás el garfio. Lo desenganchó de un puntapié – Tú quédate aquí descansando – dijo – Cuando todo haya terminado, regresaremos a por ti.

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¡¡Jim, escúchame!! – le gritó el vigía. El joven se giró hacia él – ¿¡Qué pretendes hacer tú contra toda una flota!? ¡¡Morirás!!

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Más tarde o más temprano – dijo él con cansancio. Y saltó a la barca con decisión.

***

“La calma que precedió a la tempestad”, pensó Jim al ver aquello. Hacía tan solo unas pocas horas antes, cuando navegaba junto a sus compañeros en plena noche, en pos de aquel navío de los marines; la mar estaba completamente en calma. En cambio, ahora, al ver la situación en la que se encontraba, pensó que jamás en su vida se había topado con un mar tan embravecido como aquel, pese a los ocho años que llevaba embarcado con Mediabarba. Las balas de cañón silbaban como una fuerte brisa. Una de ellas cayó muy cerca de su embarcación, que a punto estuvo de volcarse. Aquello era como una tormenta, salvo que los truenos y rayos se veían sustituidos por cosas aún más desagradables: el entrechocar del acero, el crujir de la madera de los barcos, las explosiones del disparo de los cañones, los alaridos de dolor… En aquel momento, Jim podía contemplar un pequeño pedacito del infierno en la tierra. Los navíos de la Marina avanzaban a ojos vista, cercando al bajel pirata de Mediabarba. Las balas de cañón caían al mar, muy cerca del barco, cuando la fortuna era propicia. Otras veces, en cambio, impactaban en cubierta, rasgaban el velamen acercándose peligrosamente al palo mayor, o bien mutilaban a los hombres que peleaban con las velas y trataban por todos los medios de tapar los agujeros ocasionados por el bombardeo enemigo. Es una masacre – murmuró para sí Jim con un hilo de voz – Van a hundir el “Mechero del Infierno” – el barco de Mediabarba agonizaba. Según su embarcación se aproximaba al navío, era capaz de oírlo. “El Mechero” sufría. La madera gemía ante los disparos de una forma que parecía casi humana. Jim contuvo las lágrimas y preparó el garfio para embarcar.

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¡¡Taponad las vías de agua!! – oyó gritar al capitán con su habitual voz ronca nada más subir a bordo – ¡¡Como esos cabrones echen a pique mi barco, os voy a mandar al fondo del mar de una patada para reflotarlo!!

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¡Mi capitán! – se presentó Jim al verlo. Belguen se volvió hacia él. ¿¡Jimbo!? – lo miró con cara de sorpresa – ¿¡Qué diablos haces tú aquí!? ¿¡Dónde demonios están los demás!?

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¡¡Muertos, señor!! – anunció – ¡¡Grimauld nos ha traicionado!! ¡¡¡HA SIDO ÉL QUIÉN HA DADO EL AVISO A LA MARINA!!!

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¿¡¡CÓMOOOOOO!!? – aquello le sacó de sus casillas – ¿¡¡QUE ESE PEQUEÑO BASTARDO HIZO QUÉEE!!? – lanzó un grito atronador, similar al rugido de una bestia – ¡¡¡AHORA SÍ QUE SE ME HAN HINCHADO LAS PELOTAS!!! – lo miró jadeando – ¡Jimbo, vete de aquí! – dijo – ¡¡Esto ya es una batalla perdida!!

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¡¡No!! – replicó él – ¡¡Me quedaré a luchar junto a los demás!! ¿¡Acaso estás contradiciendo una de mis órdenes!? – le miró airado – ¡¡Como capitán de este barco, te ordeno que…!!

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¡¡Mi capitán!! – el grito de uno de los piratas les interrumpió. Orckham corría hacia ellos alarmado – ¡¡Uno de los barcos enemigos se aproxima por proa con rumbo de colisión!! – tanto Belguen como Jim se giraron a mirar en la dirección indicada. Un navío que doblaba en tamaño al resto de naves de la Marina avanzaba cortando las olas a gran velocidad. Jim se fijó en el mascarón de proa del barco: la cabeza de un rinoceronte enfurecido, preparado para embestir.

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¡¡¡GIRAD EL TIMÓN!!! – bramó Mediabarba. Su voz era un trueno que retumbaba de proa a popa – ¡¡¡VIRAD EL RUMBO A LA DE YAAAA!!!

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¡¡Demasiado tarde, mi capitán!! – gritó Orckham – ¡¡¡NO TENEMOS TIEMPO PARA MANIOBRAR!!!

Cuando el navío de la Marina impactó contra ellos, un pequeño terremoto sacudió toda la nave corsaria. Jim perdió pie y cayó al suelo. Sintió bajo él como el barco era arrastrado unos cuantos metros hacia atrás. Alzó la cabeza y alcanzó a ver al capitán, que había clavado su espada en la cubierta y se aferraba a ella con firmeza para mantenerse en pie: ¡¡¡INFORME DE DAÑOS!!! – bramó, cuando el barco todavía temblaba tras la embestida. ¡¡Sí, mi capitán!! – respondió uno de los piratas. Por la voz supuso que era Tyrg – ¡¡Tenemos un boquete enorme en proa!! ¡¡El agua lo está inundando todo!! ¡¡Malditos bastardos!! – gritó Belguen – ¡¡Nos han penetrado como a una vulgar ramera!! ¡¡¡Y ENCIMA NOS QUIEREN DEJAR PREÑADOS!!! – estalló – ¡¡¡PUES YO NO PIENSO CAMBIAR PAÑALES!!! El balanceo de la sacudida terminó. Jim volvió a ponerse en pie. Garell, otro de los hombres de Mediabarba, se acercó corriendo ante ellos. Su rostro estaba más pálido de lo habitual: ¡¡Mi capitán! – informó, casi histérico – ¡¡L-La boca del rinoceronte se ha abierto!! ¡¡Un pelotón de marines ha abordado el barco!! – tomó aire con dificultad – ¡¡¡Y “RINOCERONTE DE PIEDRA” VA CON ELLOS!!! ¿¡Cómo que “la boca del rinoceronte se ha abierto”!? – inquirió. ¡¡El mascarón enemigo es una compuerta, mi capitán!! – dijo – ¡¡La boca del rinoceronte se ha abierto y el enemigo ha salido de ella y nos ha abordado!!

El ruido de una multitud de pisadas empezó a hacerse oír desde proa. Un ruido que vino acompañado del sonido de alaridos y disparos. Jim se fijó con detenimiento. Desde la zona de impacto, por la boca abierta del rinoceronte, los marines del barco enemigo salían en tropel. Diez, veinte, treinta… Eran toda una multitud. Y delante de ellos, un hombre de constitución fuerte y estatura elevada lideraba el pelotón. El hombre caminaba con tranquilidad, despacio, como si se paseara por la cubierta de su propio barco. Presentaba varias cicatrices de guerra en el rostro, pero lo que más llamó la atención de Jim era el peinado que llevaba. Llevaba el pelo engrasado, que peinado con suma pulcritud, tomaba la forma de un tupé doble y curvado, terminado en punta. Parecía intentar emular los cuernos del animal cuyo barco llevaba como mascarón de proa: ¡¡Rodead el barco!! – el hombre del “tupé-rinoceronte” daba una orden tras otra mientras que, con sumo cuidado, se pasaba un peine con elegancia por el pelo – ¡¡Matad a todo aquel que oponga resistencia!! – siguió – ¡¡¡PERO RECORDAD QUE MEDIABARBA ES MÍO!!! ¡¡A sus órdenes, almirante Tackle Ground!! – asintieron los marines que lo acompañaban. “Rinoceronte de Piedra” – Mediabarba murmuraba entre dientes, malhumorado. Jim se volvió hacia él. ¿Tan peligroso es? – preguntó, extrañado. El hombre parecía fuerte, sin duda. Pero más allá de su buena forma física, no veía nada que lo inquietara. Lo peligroso de él son sus poderes del diablo – comentó el capitán. Jim volvió a mirar al marine, que seguía paseándose con tranquilidad por la cubierta. ¿También es un usuario de las habilidades? – preguntó.

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Todos los almirantes lo son – respondió Mediabarba. El joven le volvió a mirar – Y de los más temibles – le hizo una señal con la cabeza hacia delante – Y si quieras comprobar hasta qué punto llega su fuerza, será mejor que no pierdas detalle – Jim miró al frente. Dos de los hombres de Mediabarba acababan de cargar contra el almirante, espada en mano.

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Con que el mismísimo “Rinoceronte de Piedra” se presenta en nuestro barco, ¿eh? – indicó Flanner mientras corría sonriente.

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Si le matamos, – continuó Tyrg – ¡nuestros nombres serán conocidos en el mundo entero!

Ambos piratas se abalanzaron sobre el almirante de la Marina, y hundieron su espada en el pecho del hombre. El marine retrocedió hacia atrás, con los aceros atravesándole de lado a lado. Los piratas se miraron con una sonrisa triunfal: Pues lo han derrotado – dijo Jim, defraudado. ¿Eso crees? – inquirió Mediabarba. El joven se fijó de nuevo. El almirante no parecía mostrar ninguna expresión de dolor. Agachó la cabeza y miró a sus agresores con gesto indiferente. Luego dio un suspiro y volvió a sacar el peine, para colocarse el doble tupé. ¿Pero qué ha sido eso? – dijo mientras se peinaba – Los hombres de verdad usan sus puños – explicó. El marine contrajo los músculos del torso y las espadas de ambos piratas se quebraron. Los pedazos de acero cayeron al suelo. Estaba ileso. ¿Cómo lo ha…? – se giró Jim a Mediabarba. Espera y verás – le cortó el capitán. El joven volvió a mirar al almirante, que ladeaba el cuello hacia los lados, como si calentara. Venga, – dijo el marine – Pelead como lo harían los hombres de verdad. Quiero comprobar la fuerza de vuestros puños – sonrió.

Los piratas palidecieron durante un momento. Flanner logró sobreponerse a la sorpresa y le asestó un puñetazo en la mandíbula. Tyrg siguió el ejemplo de su compañero, y lanzó un directo contra el vientre de su enemigo. Poco después de atacar, ambos piratas se agarraron la mano con la que habían golpeado, y comenzaron a proferir alaridos de dolor: No valéis una mierda – dijo el almirante, decepcionado – ¿¡Ha eso le llamáis puñetazo!? ¡Joder! ¿Cuánto pesáis? – preguntó – ¿Setenta kilos? ¿¡Ochenta!? ¡Pues vuestros golpes son más flojos que los de un peso pluma! – se quejó. ¿¡Se han roto la mano al golpearle!? – inquirió Jim. Mediabarba se limitó a sonreír. Supongo que os tendré que enseñar como golpean los hombres de verdad – siguió el almirante. Alzó los puños para cubrirse la cara, y empezó a pegar pequeños botes en el sitio. ¿Qué está haciendo? – preguntó Jim extrañado, que jamás había visto esa forma de pelear. Boxeo – respondió el capitán. ¿Boxeo? – inquirió – ¿¡Qué coño es eso!? Es natural que no lo conozcas, – explicó Mediabarba – ya que no has salido del East Blue. El boxeo es una disciplina de combate impartida por los habitantes de la Isla Karate, en el South Blue – dijo – Antes de formar parte de la Marina, “Rinoceronte de Piedra” consiguió el título de “Campeón Mundial del Boxeo” con tan solo dieciséis años. Jim contempló con detenimiento los movimientos del almirante. Flanner y Tyrg seguían doloridos, pero no parecían dispuestos a abandonar así como así. El primero se abalanzó hacia el marine, profiriendo un alarido mientras asestaba un puñetazo con toda su rabia.

El almirante se balanceó hacia un lado, esquivándole sin dificultades, y contraatacó con un golpe descendente, a la cabeza: ¡Crochet contundente! – gritó. El puñetazo fue demoledor. La madera de la cubierta del barco se quebró al caer Flanner con el golpe. El corsario no volvió a levantarse. Al ver a su compañero caer, Tyrg intentó atacar con un puñetazo ascendente la mandíbula del almirante, llevado por el odio. El marine volvió a balancearse, esta vez agachándose para esquivar el ataque, y lanzó un golpe al mentón como contra: ¡Gancho terrestre! – gritó. Jim pudo ver como el puño y brazo del almirante adquirían un aspecto rocoso, como de piedra, y golpeaban de una forma demoledora el rostro de Tyrg, partiéndole la mandíbula en el acto. ¿Eso ha sido…? – comentó Jim impresionado. Sí, – asintió Mediabarba interrumpiéndole – su brazo se ha convertido en piedra. Esos son los poderes de “Rinoceronte de Piedra”. Fruta del diablo del tipo logia. La fruta “Roca-Roca”. Desde que la probó, es un “hombre roca” – explicó. ¿Por eso las espadas no le hicieron nada? – inquirió él. Así es – siguió el capitán – Para lograr herir a un logia, los métodos convencionales no sirven de nada – cogió con firmeza la espada que había clavado en cubierta y avanzó hacia el almirante – Ahora tienes que irte – le dijo a Jim, mientras daba un paso al frente y se ponía delante suya. Pero… – empezó él. El joven dirigió la mirada al frente.

El almirante de la Marina movió el cuello hacia los lados. Se sacó el peine y lo volvió a pasar por su doble tupé. Cuando vio a Mediabarba, una sonrisa se dibujó en su rostro:

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Vaya, vaya, vaya – dijo – Belguen “Mediabarba”. “El Terror del East Blue” – saludó – No todos los días se tiene el placer de conocer a uno de los “Señores de la Sal”. Es un honor – siguió – Supongo que ya sabes quién soy, ¿me equivoco?

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Uno tiene que conocer bien a sus enemigos – contestó Mediabarba, con el ceño fruncido. Luego le lanzó una sonrisa – Aunque no considero un placer al haberme encontrado contigo. Y mucho menos un honor – el almirante sonrió ante la puya.

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Siempre has sido un viejo de lo más interesante – dijo divertido. Se pasó los dedos por el mentón – Dime una cosa. Es algo que me lleva rondando por la cabeza desde hace mucho – comentó – ¿Qué llevó a los “Señores de la Sal” a abandonar el Grand Line y volver a los mares a los que pertenecían?

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No tengo la obligación de contestarte a eso – replicó Mediabarba – Aunque si quieres un motivo simple, – se sacudió de hombros – te diré que no aguantaba el clima – el almirante rió con ganas.

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¿Que “no aguantabas el clima”? – siguió entre risas. Lo volvió a mirar divertido – Eres un viejo interesante, sin duda – comentó. Luego suspiró con cansancio – En fin, creo que ya vale de cháchara por hoy. He venido a por tu cabeza – lo miró seriamente – Y supongo que no vas a tener la cortesía de dejarte arrestar amablemente, ¿verdad? – el pirata lanzó un tajo al aire y se dispuso para atacar.

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¡Supones bien! – dijo. El almirante hecho el puño hacia atrás, dispuesto a asestar un golpe demoledor.

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¡¡Puño pétreo!! – gritó. Un gigantesco brazo de roca se dirigió hacia el capitán, a una velocidad endiablada. El hombre afianzó los pies al suelo y extendió la mano que tenía libre para detener el golpe. Paró los tres metros de ancho del

puño de piedra con tan sólo una mano desnuda. Su cuerpo apenas cedió un ápice ante el impacto. Jim lo miró boquiabierto. El capitán lanzó un grito desgarrador, hundiendo los dedos de la mano en la roca, y desvió el puño de piedra hacia arriba. El almirante cayó hacia atrás por la inercia, y su brazo volvió a su forma y tamaño habituales: Haki – comentó el marine, mientras se incorporaba. Volvió a sacar el peine para colocarse el tupé – Ya me habían informado de ello hace años en el cuartel, pero lo había olvidado por completo – sonrió tras terminar de arreglarse el pelo. El almirante se lanzó corriendo hacia él y saltó dispuesto a realizar un ataque desde el aire – ¡¡Sin duda sois un grano en el culo!! – gritó. El capitán pirata se llevó la espada que sujetaba con la diestra hacia la cintura, para preparar su ataque. ¡¡Águila Victoriosa!! – gritó mientras lanzaba un tajo en la dirección del marine. La estocada de Belguen se proyectó hacia arriba, y tomó la forma de un ave con las alas extendidas para el vuelo. El almirante se cubrió con ambos brazos y recibió el golpe, que lo lanzó volando por toda la cubierta, hasta caer en el otro extremo del barco. Mediabarba aprovechó el tiempo ganado para dirigirse hacia Jim – ¿¡Todavía aquí!? – dijo – ¡¡Creí que haberte dicho que te fueras!! ¡No pienso dejarte sólo! – replicó él. ¿¡Es qué aún no lo entiendes!? – gritó el capitán – ¡¡No tenemos nada que hacer contra un enemigo así!! ¡¡Tu espada no me sirve aquí!! Pero… – empezó. ¡Escucha, Jimbo! – dijo – ¡Yo ya estoy viejo para esto, pero tú tienes toda la vida por delante! ¡¡Quedarte aquí es una completa majadería!! ¡¡Huye de este barco!! – siguió – ¡¡Forma tu propia tripulación si quieres!! ¡¡Navega como tu propio capitán y encuentra Raftel!!

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¿Raftel? – pregunto él. ¡Sí, Raftel! – siguió Mediabarba – ¡Desde que me convertí en pirata, siempre tuve deseos de ir allí! – dijo – ¡Es una isla de leyenda! ¡¡La última parada en el Grand Line!! ¡¡¡EL SUEÑO DE TODO PIRATA QUE SE PRECIE!!! – gritó con una voz cargada de pena. Jim pudo ver como las lágrimas resbalaban por las mejillas del capitán. Era la primera vez que lo veía llorar – Yo… – empezó. Ya no parecía el hombre brutal que era. Que imponía respeto con una sola mirada. Que llamaba al orden con una sola orden. Ahora parecía un anciano cansado y nostálgico, que se agarraba a sus últimos momentos de vida – ¡Yo no voy a poder cumplir mi sueño! – dijo con lágrimas en los ojos – ¡¡Pero estoy seguro de que tú lo conseguirás por mí!! – le agarró de los hombros – ¡¡¡ESTOY SEGURO DE QUE LA ENCONTRARÁS, JIM GOLDEN!!!

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Capitán… – murmuró Jim. También era la primera vez que se dirigía hacia él así. El sonido de la madera al crujir resonó en proa. Una nube de polvo se alzaba frente a ellos.

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Ya había olvidado lo que dolía que te cortaran – oyeron la voz del almirante de la Marina. La nube se disipó. “Rinoceronte de Piedra” avanzaba hacia ellos, con las mangas de su traje destrozadas y ambos brazos ensangrentados – ¡¡Los hombres luchan con sus puños!! – gritó indignado.

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Ahora vete – indicó el capitán a Jim. Pero yo… – empezó. El joven miró al almirante, que había extendido sus dos brazos de piedra maciza, de un tamaño descomunal.

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¡¡Abrazo de Gaia!! – gritó el marine.

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¡¡Vete!! – gritó Mediabarba, mientras empujaba al joven a un lado. Los brazos de roca del almirante se extendieron hacia el capitán pirata, y las gigantescas manos se cerraron formando una prisión de piedra.

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¡¡¡CAPITÁAAAN!!! – gritó Jim. La piedra se retorcía, y las manos parecían apretar cada vez con más fuerza. Un destello afilado recorrió la prisión rocosa.

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¡¡¡TRONO VACÍO!!! – retumbó la voz de Mediabarba. Las manos de piedra estallaron en mil pedazos.

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¡¡Capitán!! – volvió a gritar Jim, esperanzado. Pero su rostro palideció al ver al capitán jadeando ensangrentado. A duras penas se mantenía en pie, apoyándose en su espada. Jim corrió hacia él – ¿¡Capitán está usted…!? – Belguen le sacudió un doloroso revés con la mano libre, que lo hizo caer al suelo. Jim se tocó sorprendido el rostro, mientras miraba al pirata – ¿¡Pero por qué me ha…!?

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¿¡¡ES QUE NO ME HAS ESCUCHADO!!? – vociferó Mediabarba – ¡¡¡ABANDONA AHORA MISMO ESTA NAVE!!! ¡¡¡ES UNA OOOORDEEEEN!!!

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¡¡Pero…!! – un quejido de dolor resonó frente a ellos. ¡¡Eres un viejo duro de pelar!! – soltó el almirante jadeando – ¡¡Pero terminaré este round con el siguiente golpe!! – se agachó y hundió ambos puños en la madera de la cubierta. Mediabarba corrió hacia Jim y lo alzó en vilo por el cuello de la camisa.

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¡¡¡VETE DE AQUÍ!!! – gritó mientras le lanzaba por la borda con fuerza. ¡¡¡MONTAÑA MADRE!!! – gritó “Rinoceronte de Piedra”. ¡¡¡ENCUENTRA ESE LUGAR, JIM GOLDEN!!! – oyó por última vez la voz del que había sido su capitán durante ocho largos años, mientras lo perdía de vista en su caída. Un gigantesco montículo de rocas brotó en el centro del barco

pirata, partiéndolo en dos. Jim cayó al mar con un doloroso espaldarazo que le quitó el aire. Encima de él, lo que quedaba del “Mechero del Infierno” se hundía sin remisión. Los hombres de Mediabarba flotaban en el agua como cuerpos muertos. Mientras descendía lentamente hacia el fondo, arrastrado por la corriente, contempló como los últimos ocho años que había vivido se hundían en el mar, dispersos en multitud de pedazos. Junto a la humedad del agua salada, Jim pudo sentir la humedad de sus propias lágrimas. Se suponía que había hecho bien. Se suponía que aquello era la última orden de su capitán. Pero si había sido así, ¿por qué se sentía como un traidor? ¿¡Por qué pensaba que los había fallado a todos!? “Abandona esta nave”, había dicho Mediabarba. “Vete de aquí”. Jim jamás se habría ofrecido a cumplir esa orden. ¡Jamás! “Pero la he cumplido”, pensó al ver como el barco y sus nakamas se hundían en el mar. Cerró los ojos llorosos con rabia, para no ver aquello. “¡¡La he cumplido!!”, maldijo.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

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