CAPÍTULO SEGUNDO.

PEDRO ALONSO PALACIOS.
Vuestro bisabuelo, queridos nietos; mi padre, Pedro Alonso Palacios, nació en el arrabal de San Lorenzo de Tábara el martes 7 de octubre de 1890, en el seno de una humilde familia de campesinos.

No considero necesario repetiros cual era la situación social y, sobre todo, económica en aquellos momentos, en aquel rincón de España. La miseria era un brazo poderoso que empujaba a aquella pobre gente, sin otro oficio que el de labrador y una exigua cultura, a abandonar su patria chica, su cuna, su hogar y, en muchos casos, hasta la propia familia, con la noble esperanza de conseguir algo más de bienestar consta para los ellos que y los suyos. Desafortunadamente, muchas veces, las cosas no pasaban de vanas esperanzas. Me que acometieron estas empresas siempre fueron los más valerosos y aguerridos: los mejores de la tribu. Pero no voy a ser yo quien os cuente esta primera parte

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de la vida de mi padre y de mis abuelos Tomás y Francisca, va a ser él, quien nos deleite con tan peregrinas historias. Como ya dejé dicho en el preámbulo de este relato, en el año 1974 el diario El Correo de Zamora, empezó a publicar una hoja quincenal dedicada a Tábara, que además de informar a los tabareses que andábamos errantes por el mundo de las cosas que sucedían en el pueblo, sirvió de ventana literaria para aquellos que estuvimos dispuestos a comunicarnos con los demás a través de ella. Como vais a tener tiempo de comprobar en sus manuscritos, los relatos que me enviaba no estaban en condiciones de ser publicados según salían de sus manos. Él también lo consideró así y por ese motivo me los mandaba a mí para que yo los puliese y los dejase listos para la publicación. En enero del 74 me mandó una carta y un relato que os ofreceré en su momento, pues quiero que antes disfrutéis de otra que, aunque me la enviara al año siguiente, trata de acontecimientos anteriores. No quiero seguir más adelante sin expresaros la emoción que me ha causado el volver a leer los viejos papeles de mi padre y la enorme admiración que, al hacerlo, he vuelto a sentir por él. Un hombre de 84 años y lleno de evidentes limitaciones (gramaticales, me refiero), no se amedrenta a la hora de coger un papel y una pluma con los que trasmitirnos algunas de sus impactantes vivencias. Los relatos que me envió no son confesiones secretas, e s algo que él siempre quiso gritar, y lo hizo todo lo fuerte que pudo y supo. En sus cartas lo deja ver bien claro, me los manda para que yo los sustancie , para que saque algo en limpio , algo que pueda ser mostrado con dignidad, para airearlo con orgullo; para que el mundo se entere de lo brutal que es a veces la vida, y de que siempre hay 2 alguien, como su madre

Francisca,

que

son

capaces

de

enfrentársele

a

pecho

descubierto, si lo que está en juego es el bienestar, cuando no la vida, de los suyos. De igual modo que en su día escribí “Campanadas en el corazón”, basándome en un relato que él me había mandado, en ésta ocasión he sacado en limpio y entrelazado ( sustanciado ) las historias de los viajes, primero de su padre a Bilbao, y de él al Brasil y Argentina, que de su puño y letra me enviara en una pequeña libreta bajo el título de “Mi

propia historia”. Añadiendo, tan sólo, que he procurando
guardar la esencia del contenido y su estilo personal, paso a ofrecéroslas para que las disfrutéis.

VIVENCIAS DE PEDRO ALONSO PALACIOS.
Duermo en una habitación que da a la calle. Siento todas las campanadas del reloj de la plaza durante la noche. Por la mañana, si abro la ventana, se inunda de sol toda la habitación y da gusto estar en la cama. Yo, a pesar de mis 84 años, no tengo ninguna enfermedad ni dolencia que me priven de dormir bien. Así que estoy acostado, tan tranquilo, hasta las diez o las once. Pasan los nietos, Pedro y Rafita, por la calle, camino de la escuela, todas las mañanas y me dicen: “Abuelito, ¿qué tal has pasado la noche?”. “Bien”, le contesto, y sigo otro ratito enfrascado en mis pensamientos. Entretenido en recordar acontecimientos ocurridos hace más de setenta años.

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Si llevo una vida tan tranquila es por que ya estoy jubilado. Empecé a cobrar la pensión el 1º de junio de 1.963, 750 pesetas mensuales. Era poco, pero no coticé más que un año a la Mutua de Alimentación como trabajador por cuenta propia. Esta pensión fue concedida, a los mayores de 70 años, por orden del Ministerio de Trabajo de 13 de diciembre de 1.961, y a mí no me permitió ni cotizar ni cobrar más. Fui de los primeros en cobrarla, pues anteriormente no existía esta ley. Esta mañana me desperté temprano y, en la cama, descansadamente, empecé a recordar cuando mi padre fue a trabajar a Bilbao, y aquel viaje que hice con mis padres y toda mi familia al Brasil.

DE SAN LORENZO A BILBAO.
En San Lorenzo, arrabal de Tábara, existía un matrimonio compuesto por Tomás y Francisca. Tomás era un

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hombre de una estatura regular; las formas de su cuerpo eran armoniosas y proporcionadas; tenía un buen tipo; su cuerpo no tenía ninguna falta física, y su carácter era un tanto grave. No era un hombre chistoso. Le gustaban las cosas serias. Francisca era más bien baja, muy simpática y agradable (todo lo contrario de su marido), continuamente gastaba bromas a sus semejantes y siempre hacía gracia lo que ella decía a cuantos la rodeaban. El matrimonio, desde su unión, se dedicaba a los trabajos del campo. Tenían una yunta de vacas, los aperos de labranza correspondientes y unas fincas que le producían trigo y otros cereales. En aquellos tiempos, por falta de abonos, tanto naturales como químicos, las cosechas eran muy pobres. La tierra no daba ni lo suficiente para el gasto y consumo de los que la trabajaban. Mal se comía y mal se vestía. La vida era penosa para los campesinos de las aldeas. Tomás y su esposa, hartos ya; viendo que sus esfuerzo s no eran recompensados, y lo mismo un año que otro, tomaron la decisión de que él saliese a alguna parte a buscar otra clase de trabajo y, si lo encontraba, ver de qué forma se podía enmendar la situación; claro que en aquellos tiempos, de un lugar de España a otro no había apenas diferencia y, aunque las cosas costaban poco, los salarios eran muy pequeños. El bueno de Tomás se fue a Bilbao. Allí se colocó en unas minas. El trabajo era duro y el jornal escaso, no guardaban relación. Francisca se quedó en casa con la “simple” obligación de cuidar de sus cuatro hijos, realizar las faenas del campo y atender al ganado. A pesar de ser una mujer habilidosa, la pobre no podía llegar a todo. Le escribe a su marido explicándole su situación y cómo no podía seguir en aquellas condiciones, que volviese. Tomás recibe esta triste misiva y haciéndose cargo del problema de su esposa y
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cansado de un trabajo que no le producía lo suficiente para remediar la situación familiar, no se hizo esperar y a los pocos días ya se encontraba en compañía de sus seres queridos.

LA AVENTURA BRASILEÑA.
Así pasaron algunos meses. En ese tiempo se abrieron unas migraciones directas al Brasil. niños Admitían pequeños. familias Estas completas, aunque tuviesen

migraciones eran para explotar terrenos por cuenta propia en diversos estados del Brasil. En plena selva amazónica. Allí se le llamaba "el mato".

El mato era un monte de arbolado alto y espeso, a través del cual no se podía pasar. Seguramente que desde que se creó el mundo no había llegado a aquellos lugares el ser humano. Yo, uno de los hijos del matrimonio a que se refiere esta historia, tenía la corta edad de ocho años, cuando
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en compañía de mis padres y mis tres hermanas me hallaba en aquel lugar brasileño. Y más adelante, cuando llegue la ocasión, os explicaré todo con más detalle y también el paisaje del "mato". Aunque, por mi corta edad y corto conocimiento, no me será posible daros todos los datos que desearía, trataré de esforzarme al máximo para recordar lo más posible y poder referiros, fehacientemente, cuanto allí presencié y viví. Pues bien, daré comienzo a la historia con la salida de los emigrantes de sus hogares con destino a tierras brasileñas.
BRASIL: En 1822 consiguió su independencia. En 1889 se proclamó República. Y con la Constitución de 1891, se formó la Confederación de Estados Unidos del Brasil que hoy conocemos

En la primavera de 1.898 el Gobierno del Brasil empezó a hacer propaganda por estas tierras zamoranas por medio de unas personas, conocidas como “ganchos”, escogidas para tal fin. Le pagarían bien, desde luego, a estos propagandistas; pues su trabajo, el de enganchar, lo hacían a la perfección. El Gobierno ofrecía a todas cuantas familias quisieran ir a aquel país, todo el terreno que pudiesen trabajar, gratis y en propiedad. También correrían por cuenta del Gobierno brasileño el viaje, una vez de abandonar el puerto de Vigo, y la manutención de todos los familiares hasta llegar a su lugar de destino. Además, le darían alimentos para el sostenimiento de la familia durante un año, utensilios de cocina, aperos de labranza, herramientas para cortar el arbolado de los terrenos que les entregasen y semillas adecuadas para cultivar dichos terrenos. Tomás y su esposa, al oír todo esto, sin dudarlo un instante, enseguida trataron de arreglar los papeles y ponerse
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en condiciones de emprender el viaje. Desde el principio lo tuvieron claro. Se pusieron de acuerdo con varias familias de San Lorenzo y otras de los pueblos vecinos. Todo fue rápido. A los pocos meses había apuntadas unas veinte familias completas de este contorno. Vendieron la hacienda (me refiero al ganado), todos sus enseres (las casas y las tierras, casi todos, las dejaron sin vender) y, con toda la valentía, en los primeros días de octubre del año 1.898, abandonaron sus hogares, decididos a embarcar en el puerto de Vigo, con destino al Brasil. Pero resulto que, al llegar a Vigo, era tanto el gentío que allí había (el Gobierno del Brasil no tenía bien organizado aquello y no disponía de los buques necesarios para transportar a tanta gente) que no consiguieron subir al barco. Otros tantos como los que ya habían embarcado, entre los que se encontraban ellos, tuvieron que esperar en Vigo a que aquel vapor fuera al Brasil a descargar a aquella gente y volviera a por los demás. El Gobierno brasileño no se hacía cargo de los gastos que estas pobres -¡y tan pobres!- familias pudiesen tener en Vigo hasta el regreso del vapor. El problema que se les presentaba era angustioso. Habían salido de sus casas ya con pocos recursos y no esperaban este contratiempo. Recuerdo que a mis pobres padres se les vino el cielo encima, sin saber que hacer de su vida. Los hijos tenían hambre. Pedían pan. Y recuerdo, como si fuese ahora mismo -y es que hay cosas que no se olvidan en la vida-, que compraban mis padres un pan de centeno, que pesaría unas seis libras,
LIBRA: Peso antiguo de Castilla, equivalente a 400 gramos. dividido en 16 onzas y

que sabía a gloria. Otros días era de maíz. Éste no tenía tan buen gusto; pero también nos gustaba. Y me pregunto ¿por
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qué nos sabría tanto? Pues muy sencillo, por que el hambre y la necesidad eran incalculables. Tampoco he olvidado un día que estábamos paseando por las calles de Vigo un grupo de niños de mi edad, y al pasar por la puerta de un despacho de pan, vimos que un carro se paraba a descargar varias canastas con barras. No sé cómo ocurrió; pero de una de las canastas se cayó una especie de chusco. Todos los allí presentes, que desde hacía rato no le quitábamos el ojo a los panes, nos abalanzamos hacia el chusco y antes de que llegara al suelo se había desintegrado. El hombre que estaba descargando hizo como si no hubiese visto nada y siguió su trabajo, al tiempo que nosotros nos alejábamos tratando de matar una poca de la mucha hambre que llevábamos encima .
Este episodio del chusco, en Vigo, no aparece en sus escritos, pero se lo oí contar a mi padre infinidad de veces.

Creo que sólo puede uno hacerse cargo de tal situación, pasando ocho días, sólo ocho, como aquel horrible mes que nosotros estuvimos en Vigo (llegando hasta vivir de la caridad) esperando al vapor que habría de llevarnos al Brasil. Pobres mis padres, que fueron los que llevaron el mayor peso de la situación. Allá por la primera quincena de noviembre emprendimos el viaje. El viaje pienso que debimos de hacerlo como una manada de corderos enjaulados en vagones. La verdad es que apenas recuerdo nada de él. Lo que sí recuerdo es que nos llevaron a desembarcar, a una ciudad llamada Manaus, capital del Estado de Amazonas. Una vez en tierra nos condujeron a un desinfestadero. En una habitación nos desinfestaban tanto a nosotros como a nuestras ropas. Nos llevaron a comer a un pabellón grande, especie de entablado. Allí nos tuvieron unos días, hasta que nos trasladaron a unos caseríos en un lugar llamado Montealegre. En este lugar ya
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se podía vivir; pues era un descampado grande donde había pastos y ganado. Por este pueblecito pasaba un río, puede que se tratase del Río Negro, afluente del Amazonas. Y a pesar de que Manaus está a más de mil kilómetros del Océano Atlántico, yo siempre tuve la idea de que estaba cercano al mar; pues quiero recordar que el tal río crecía y decrecía como lo hacen las rías al ritmo de las mareas; o tal vez esté equivocado. Como los componentes de las familias que allí habíamos llegado todos eran trabajadores del campo; para aquellos que estaban en edad de trabajar, tanto hombres como mujeres, el ocio era un vicio al que no estaban acostumbrados. Y como no se sabía el tiempo que íbamos a permanecer en aquella situación de espera, pidieron trabajo para estar más distraídos. Le ofrecieron la limpieza de un campo, para que produjese pastos para el ganado, al otro lado del río. Río que tendría unos doscientos metros de anchura y que era necesario atravesar en un bote de remos. Así transcurrieron unos días, ocupados en estas faenas. Uno de los días que ya estaban preparados para ir a coger el bote, llega uno de los jefecillos que organizaban aquello y dice: “Tomás Alonso y Víctor Arias que se queden, tienen que salir para la colonia que les ha sido adjudicada”. El resto del grupo siguió hasta el muelle, a coger el bote. Empiezan a cruzar el río; pero con tan mala suerte que, en la mitad, el bote empieza a zozobrar y termina hundiéndose. De los ocho que iban, cuatro se ahogaron y los otros cuatro lograron alcanzar corazón la al orilla milagrosamente. el triste Los supervivientes que en se dirigieron a donde estaban las familias. Aquí se me parte el recordar viví: cuadro aquellos triste momentos abrazos, lamentos, llantos...¡qué

escena! Cuatro amigos que se quedaron, para siempre, en el fondo de río. Cuatro paisanos, con los que hacía unos días habíamos cruzado el océano en busca de un futuro mejor,
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para los que ya no había futuro. Aquellos pobres ya habían hecho las Américas. Tomás y su familia todavía no habíamos emprendido el viaje; pero las órdenes recibidas eran tajantes y, con todo el dolor de su corazón, mis padres tuvieron que partir sin poder acompañar muertos. Colocamos los equipajes en una carreta arrastrada po r una yunta de bueyes. Las personas, incluidos los niños, seguíamos a la carreta a pie. A poco de emprender el viaje nos metimos en una zona de una arena fina y deslavada, de modo que según más se caminaba atrás que por para aquel atolladero Entre se el avanzaba para delante. a aquellas cuatro familias a enterrar a sus

cansancio, el calor y la arena no se aguantaba aquello. ¡Era horrible! Y para colmo de tantas penalidades sólo había que acordarse de la tragedia dejada atrás. ¡Pobre gente! El viaje era lentísimo. La carreta iba a muy poca velocidad, muy poca; pero suficiente para que las personas que la seguíamos a pie hubiéramos de esforzarnos para no quedarnos rezagados. Voy a hacer un comentario: Tomás, como ya hemos dicho, era poco alegre; pero con todo lo que estaba ocurriendo se le borró la sonrisa para siempre. Además era muy cobarde. Cuando su mujer le expuso lo del viaje no estuvo de acuerdo y lo emprendió en contra de su voluntad. Él nunca hubiese querido salir de su pueblo y menos a esos países tan lejanos y desconocidos. Sólo le daba algo de ánimo, la compañía de sus padres, Pedro y Eusebia, de edad muy avanzada, y la de una hermana soltera que los acompañaba. Cuando ocurrió el accidente del río, a Tomás y a su padre le entró una tristeza que ya no fueron capaces de quitársela de encima. Y durante la marcha por aquel arenal, daba miedo ver la pena reflejada en el rostro de aquellos dos hombres. Gracias a Francisca, decidida y arrogante, que, con una niña de pecho al cuello y
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otra de tres años a la espalda, nos infundía a todos ánimo y fuerzas. Por fin llegamos a un espeso bosque, lleno de maleza y perfectamente apropiado para escondrijo de alimañas, y allí mismo nos refugiamos, entre las matas, hasta el día siguiente que empezamos unos a cortar madera y otros a traer unas chapas de cinc para cubrir la especie de chabola que construimos, y que sería la vivienda de aquellas dos familias, compuestas de padres, hijos y nietos. A los pocos días comienzan Tomás y su padre a cortar árboles y matorrales, a los que, una vez pasados por el sol, le prendían fuego, para a continuación proceder a trabajar la tierra para poder sembrarla. Lo que más pronto se daba eran las patacas…
PATACA: Tubérculo de la raíz de esta planta, que es de color rojizo o amarillento, fusiforme, de seis a siete centímetros de longitud y cuatro o cinco de diámetro por la parte más gruesa, carne acuosa algo azucarada y buen comestible para el ganado.

que eran dulces y se podían comer de diversas formas; pues, al ser dulces, hasta en compota. También se producían, pero tardaban más en darse, café y tabaco. Además, en el campo se encontraban diversas plantas con frutos comestibles. Como el monte era tan espeso, había muchos animales salvajes. Lo que más se veía eran partidas de monos que saltaban de rama en rama chillando. Pero estos animales no eran ofensivos al hombre. También se veían muchas serpientes, de un tamaño descomunal: capaces de comerse una gallina entera, o un animal del tamaño de un cerdo de 40 kilos, o de un cordero. Pero no atacaban a la gente, más bien huían al ver a las personas. Otros animales o bichos raros nunca tuvimos ocasión de ver. O se ocultaban a los hombres o no se criaban por aquellos parajes.
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Así transcurrieron unos meses. Aquello era aburrido, triste y decepcionante; pues la maleza que cortabas por el día, crecía durante la noche. En este medio tiempo se murió la hija pequeña de Tomás, mi hermana Asunción que había nacido el 17 de agosto de 1896, con poco más de tres años. A mi padre empezó a hacérsele allí la vida insoportable y decidió irse al pueblo que había sido nuestro primer punto de destino, a Manaus, en busca de un trabajo menos duro y mejor remunerado. En Manaus la vida era distinta. Por lo menos allí había gente. Encontró trabajo en una empresa que se dedicaba a arreglar calles y a hacer carreteras. Nosotros nos quedamos en la selva, ya nos escribiría contándonos como le iba por allí. Esperando noticias de él, los días se hacían siglos. No había transcurrido mucho tiempo cuando nos escribe diciendo que ya podíamos ir a donde él estaba. A nosotros aquello nos llenó de alegría. Pero cuando llegamos, la figura de mi padre -más parecía un muerto viviente que otra cosa- nos hundió en la más profunda de las tristezas. Estaba agotado. No parecía ni su sombra. Nos quedamos asustados de ver aquel cadáver. Pocos días trabajó después de nuestra llegada. Entre la tristeza y el agotamiento cayó mortal. Al poco tiempo también muere nuestro abuelo, Pedro Alonso. En un abrir y cerrar de ojos se quedan las dos mujeres viudas y huérfanos todos sus hijos. Mi padre (lo digo sinceramente) como dejó el pueblo en contra su voluntad y, encima, todo le salía mal, después de la tragedia del río, le entró una pena que poco a poco lo fue consumiendo. Mi madre, desde luego, tenía otro carácter. Era má s fuerte. superar. Pero ante tanto sufrimiento a y tanta pero miseria, todavía se apoderó de ella un malestar y una debilidad imposibles de Estaba sentenciada morir; tuvo fuerzas suficientes para tomar una trascendental decisión:

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regresar a España. Entre el viaje al Brasil y el de regreso habían transcurrido año y medio. Conseguimos arreglar las cosas; pues aunque el contrato que se firmaba obligaba a permanecer en el Brasil al menos dos años; me temo que al ver aquellos señores nuestra situación debieron de pensar que era mejor dejarnos volver antes de tener que enterrarnos allí a todos, y emprendimos el viaje de regreso a España, por cuenta del Gobierno brasileño, mi madre, mis dos hermanas, mi abuela paterna y la hermana de mi padre que había ido con nosotros. Allí habíamos dejado, enterrados en aquel lejano país, a tres de nuestros seres más queridos. Por fin llegamos otra vez a España, a San Lorenzo, a aquella casa que habíamos dejado vacía hacía dieciocho meses. Mi madre llegó bastante delicada; por lo que unos primos de Pozuelo nos recogieron algún tiempo, hasta que ella poco a poco se fue recuperando. Nosotros, a medida que pasaba el tiempo, crecíamos e íbamos adquiriendo capacidad para realizar algunos trabajos que pudieran servir de ayuda a nuestra madre y lograr, poco a poco, ir reponiéndonos de lo perdido.

“CAMPANADAS EN EL CORAZÓN”.
Uno de los trabajos, entre otros, que un niño de nuev e años, como Pedro Alonso Palacios cuando regresó del Brasil, podía realizar, era el de zagal. Junto a la carta que mi padre me envió en 1974, adjuntaba una historia en la que yo me basé para escribir un artículo (que ya os prometí) que fue publicado en su día con 14

el título de “Campanadas en el corazón”, y que firmé como

Pedro Amaro , en vez de Pedro Amaro, hijo; por lo que mi
padre recibió muchas felicitaciones y lo motivó para seguir mandándome cosas. Al introducirlo en mi libro de poemas como mío, después del título coloqué una apostilla en la que decía que era mi padre el que había vivido la historia y el que me la había contado. En publicaciones anteriores digo que el zagal tenía nueve años (los que mi padre me dijo); pero con los datos que tengo en mi poder, si fue al Brasil con ocho, vino con nueve y medio, en abril o mayo, y esta historia tuvo lugar por el mes de enero, forzosamente mi padre tenía que tener diez años. También cambio la hora; pues considero que las ocho es muy tarde, ya que en Zamora en enero a las seis es completamente de noche.

CAMPANADAS EN EL CORAZÓN
( M i pa d re m e c o nt ó q u e
un dí a , s i e n do é l n i ño .. .)

Qué largas son las noches pasados los ochenta. Y mucho más largas aún las noches de invierno. Noches atrás, cansado de dormir -¡o de vivir cansado una pesadilla!- me desperté; o puede que lo hiciera mi decrépito carraspeo, o el frío de mi cuerpo -¡semejante al de aquella noche!-, o tal vez las campanadas del reloj –hermanas de aquéllas que entonces oí y hoy volvía a escuchar mientras dormía-. Tenía diez años, todo el valor que corresponde a esta edad y pocas chichas; tal vez por esto, a la hora de sacar fuerzas de flaqueza, me sobrara de donde hacerlo. Corría el mes de enero, del mismo modo que las aguas corrían por doquier a causa de las lluvias; pues, sin intermitencia, llovía
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desde hacía varios días. Empezaba a oscurecer y, no sin trabajo, arreábamos el ganado hacia el corral, situado en la Valina, el pastor y yo (zagal por aquel entonces en casa del abuelo materno de Juan Villalón, Antonio Fincias). Era la época de parir las ovejas y por ello la marcha resultaba más lenta y entrañaba más dificultades; pues raro era el día que, como aquél, no parían varias, y aunque algunos corderillos – hijos de la miseria- nacían ya muertos, o morían a poco de nacer, y eran abandonados a los lobos; con los vivos habríamos de cargar a hombros y continuar hacia el corral aquella marcha, al paso marcado por las esquilas de las ovejas, sus balidos tristes y el berreo lastimero de los corderillos. Pero antes de llegar, en el camino, nos sorprendió la noche –esa hada mala para cualquier zagal de diez años- y yo, además, tenía que volver a dormir a mi casa del arrabal; cosa que, en el silencio de la noche y su oscuridad, me resultaba más costosa que todo el trabajo de un día de cuidar ganado. Encerrado el rebaño, me despedí del pastor y emprendí el camino; cuando... a menos de un kilómetro, empecé a notar el agua a la altura de mis rodillas; “sin duda –pensé- estoy atravesando algún regato”; pero seguí andando y cada vez el agua me llegaba más arriba -como cada vez la noche se me antojaba más oscura-. Comprendí entonces que todas las lluvias caídas días atrás habían anegado aquella hondonada, convirtiéndola en una laguna, y yo... seguía andando (hubiera dado la vuelta, pero no estaba seguro de encontrar el camino de regreso), y ya me llegaba el agua a la cintura, cuando advertí que estaba pisando sobre guijarros, esta vez los de un regato de verdad; a continuación noté la tierra más blanda y, poco a poco, cada vez más marcado, empecé a oír el chapoteo de mis chanclos al andar: había logrado salvar el peligro; pero ¿dónde me encontraba? En vano busqué el camino; así
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que,

entre

jaras,

urces

y

carrascas, seguí andando, andando, andando. Cesó al fin de llover. Un cuerno le vi a la luna por entre dos nubes. “Cuando la luna tiene cuernos de gavilucho –recordé- llueve mucho, no llueve nada o queda el tiempo como estaba.” Y fue este airoso recuerdo el hito de esperanza que me obligaba a hacer un alto para orientarme de nuevo. Y en ese preciso instante, a través de la noche, llegaron hasta mí las campanadas del reloj de la plaza, dispuestas a indicarme el camino; consecuentes, segundos después me repetían su llamada. Eran las siete. A poco, la complaciente luna me permitía ver a mis pies las tierras de la Chanica y, más adelante ya, el tejar y las primeras casas de San Lorenzo; pero hasta no llegar a la mía, al lado de mis padres y hermanas, no arranqué a llorar. Han transcurrido setenta y cinco años y he oído mucha s campanadas desde aquel día; pero, en las que la otra noche me despertaron, en reconocí a las a mismas de aquella el vez: campanadas propicias que, a punto de salvar esta bajura anegada camino. Fue, por fin, el amanecer quien me trajo consigo el sueño, y ya llevaba el sol varias horas paseándose por las calles del pueblo cuando me desperté. Nada más levantarme, salí a la puerta de casa y alcé la vista hacia el reloj de la torre; contemplé primero su esfera y, un poco más arriba, su campana. ¡De qué forma tan fortuita me encontré mirando al cielo! Y mientras la radiante y cálida mañana de enero trataba de levantar mi ánimo y borrarme de la mente aquella pesadilla, de nuevo el reloj, con sus campanadas, vino a poner triste música de fondo a mis meditaciones . lágrimas, venían indicarme verdadero

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LA EXPERIENCIA ARGENTINA.
Así transcurrieron tres o cuatro años, trabajando mucho y pasando muchas fatigas. Un día mi madre volvió a casarse y volvimos a tener una casa montada, como en los tiempos anteriores al viaje al Brasil, o incluso mejor. Mi hermana mayor, Emilia, un día se empeñó en que se iba a Buenos Aires y se salió con la suya. Sacó el pasaporte y a Buenos Aires con el cuerpo. Al año de estar allí nos reclama a mí y a nuestra otra hermana María. A los dos meses nos hallábamos en la capital de la Argentina los tres hermanos, quedando en España mi madre con su nuevo marido, Martín Villalón Franco. Yo, que tenía más de cobarde que de valiente, salí de casa casi sin darme cuenta de a donde iba. Mi madre me preparó una ropita para el viaje que, en aquellos tiempos, era de poco valor y baja calidad. El viaje se hacía a lo pobre, éramos unos simples emigrantes, y el barco reunía unas condiciones pésimas, en todos los sentidos. Cuando llegué a Buenos Aires, al desembarcar y recoger el baúl donde iba la ropa, ¡sorpresa!, ni una sola prenda quedaba dentro de él. Ni tan siquiera tuve la ocurrencia de hacer una reclamación. Éramos más inocentes que los niños del limbo. Estas emocionantes historias serían, más bien, para se r redactadas por un escritor que supiese darle la emoción adecuada a las escenas; ya que el autor de los hechos relatados, allí vividos. En resumen, que el disgusto que me causó el robo de la ropa fue mayúsculo; pues aunque el valor de lo sustraído era escaso, me habían quitado toda la ropa que tenía y no me quedaba nada para cambiarme; para remplazar la ropa sucia del viaje (que buena falta tenía) y al menos presentarme algo
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carece

de

los

conocimientos

suficientes

para

expresar con el realismo que él desearía los acontecimientos

decente ante mi hermana que nos esperaba en la casa donde trabaja, en Buenos Aires, a una distancia como de kilómetro del puerto. Tomamos una carreta arrastrada por dos caballos para trasladarnos al lugar donde residía mi hermana. A parte de mi hermana María y yo, iban dos chicas, también de San Lorenzo, con las que habíamos viajado en compañía. Qué cuadro más desolador, y qué vergüenza debió de pasar mi hermana Emilia, cuando llegamos a la puerta de su casa con aquellas trazas. Unos paletos sucios y en una miserable carreta, en pleno centro de Buenos Aires. ¡Qué cosas nos suceden en la vida a los pobres desamparados! En este lugar trabajaba mi hermana de cocinera, y allí nos instalamos. Era un colegio privado de primera enseñanza, dirigido por un señor francés. María empezó a trabajar de niñera y yo como mucamo, para hacer la limpieza del colegio y servir las mesas del comedor a los niños que allí cursaban sus estudios en régimen de internado. En estas condiciones estuvimos los tres hermanos trabajando en el colegio durante ocho meses. Yo, poco a poco, fui familiarizándome con el trabajo y reponiendo el vestuario con arreglo a nuestras humildes posibilidades. El amo era poco simpático y tenía un carácter algo fuerte. Un día me riñó de malos modos; cosa que a mí me molestó y me largué de allí. Me puse a trabajar en un taller que se dedicaba a un

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lavar y planchar ropa. Mi trabajo consistía en recoger a domicilio la ropa sucia, entregar la limpia y hacer la limpieza de casa. En esta casa estuve siete años. Allí aprendí a lavar, a planchar y me fui haciendo hombre en todos los sentidos. Los sueldos que en aquella época se ganaban eran pequeños, poco más que para vivir. Poco podía yo ahorrar. Además, cuando uno es joven gasta más de lo necesario viciosamente y ahorra poco. Al final de estos siete años, mi
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hermana Emilia se vino para España, casada. Se casó allí con un chico, emigrante como nosotros y de nuestro mismo pueblo. Después se vino María y me quedé en Buenos Aires sólo yo. Como allí, solo, me aburría, un buen día decidí regresar a España. La verdad es que yo no sé que tiene la patria chica que todo el mundo desea volver a ella. Aunque en el país que estés vivas bien y ganes mucho dinero, el pueblo donde naciste siempre termina tirando de ti. Una vez en España, fui rehaciendo mi vida. Al poc o tiempo me casé, y puedo decir, sinceramente, que fue cuando empecé a vivir, lo que se dice vivir. Y si bien es cierto que en la vida hay momentos buenos y momentos malos, a mí, hasta entonces, sólo me habían tocado de los segundos, de los malos. Y hoy, pasados los años, doy gracias a Dios por haberme dado salud para llegar hasta aquí y poder contarlo, y un bienestar inimaginable en aquellos mis años jóvenes, donde los días de estrechez seguían a los de penuria.
---oooOOO O OOOooo---

Aún tratando de ser lo más exacto y veraz en mi relato, hay momentos en los que me invaden ciertas dudas, una especie de vació bajo mis pies, y la consiguiente falta de equilibrio que me lleva a buscar algo donde apoyarte. El problema es que no tengo donde hacerlo. No tengo a quien recurrir. Las cosas que mi padre me contó pienso que son ciertas . Pero pienso, también, que son todo lo ciertas y exactas que pueden ser al recordarlas y escribirlas 50, 60 ó 70 años después de haber ocurrido. Las fechas de los nacimientos, defunciones, bodas, etc., que os ofrezco, son exactas, cuando hay documentación; pero las de ciertos viajes y o tros acontecimientos a veces son el 21

resultado

de

cálculos

aproximativos

y

conjeturas

indagatorias. Mi padre nació el 7 de octubre de 1900, cierto, aunque en su D.N.I. apareciera el día 15; pero ¿en qué año se fue con su familia para Brasil?, eso ya es harina de otro costal. Comenta el valor de su madre el día que iban por aquel arenal camino de las tierras que le habían adjudicado, “con

una niña de pecho en brazos y otra de tres años a la espalda”. Su hermana María la que llevaba a espaldas nació
en 1893, y Asunción, la que murió allí, la niña de pecho, nació el 17 de agosto de 1896. O sea, que si mi padre tenía 8 años, Asunción podía estar tomando el pecho con 2 años y tres meses; pero María andaría alrededor de los cinco años, si no los había cumplido ya, en lugar de tres. Lo mismo ocurre con su marcha a la Argentina y el tiempo de estancia en aquel país, no me cuadran los cálculos. Pero no importa, cuando me falte n las fechas (tratando de minimizar la gran importancia que en realidad tienen), me atendré a los hechos. Digamos que mi padre se fue al Brasil con su familia con ocho añitos, que allí murieron su hermana Asunción, su padre Tomás y su abuelo paterno Pedro Alonso. Que al año y medio regresaron corridos y apaleados por las circunstancias y la parca. Que trabajó de porquero, zagal y tejero. Que… Echémosle ocupaciones. Lo de porquero pudo tratarse de alguna transacción co n algún vecino del pueblo: “Tú me aras o siembras tal tierra y mi hijo Pedro te guarda los cerdos tanto tiempo”. Aunque considero que no serían piaras muy grandes, al tratarse de un niño de diez años. Lo de zagal quedó visto en “Campanadas en el corazón”. un vistazo, antes de seguir, a estas

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El trabajo de tejero consistía en cavar la tierra, a la que se añadía el agua correspondiente hasta conseguir un espeso barro, pisoteándolo con una caballería, a base de dar vueltas, como si de una trilla se tratase. Una vez el barro amasado, se echaba una porción en un molde trapecial de madera, de las medidas de la teja a fabricar y unos tres centímetros escasos de espesor, se extendía sobre el molde hasta llenarlo y con una tabla recta se rasaba. Se retiraba el molde hacia arriba, ya que no tenía fondo. La pieza conseguida se colocaba sobre una madera curvada con su correspondiente mango, una especie de teja falsa que, además de darle la forma deseada, ayudaba a colocar la pieza en el suelo, lista para secar. Ya sólo faltaba, una vez secas, colocarlas en el horno para cocerlas. Supongo que al tratarse de un niño no le darían las tareas más duras; pero de todos modos no debió de resultarle nada fácil, pues toda su vida nos recordó los ardores de estómago que padeció en aquellos tiempos al agacharse a colocar, o a recoger, las tejas del suelo. Aseguraba que llegó a pensar que sus días en este mundo estaban contados. Afortunadamente aquel mal fue poco a poco remitiendo y nunca más volvió a padecer del estómago.

Decía… que su madre volvió a casarse, como dejé dicho con Martín Villalón Franco, “hombre de mucha comida, pero de poco trabajo”, según la opinión sarcástico-poética de su hijastro. Que tres o cuatro años, más tarde volvió a embarcar rumbo a la Argentina, con su hermana María y otras dos chicas de San Lorenzo, reclamados por su hermana mayor, Emilia, que había nacido el 14 de abril de 1887. Las cuentas me dan que él tendría alrededor de los 14 años. No quiero ni pensar que su madre dejase ir a su hermana María con tan sólo 11 añitos, al cargo de él, con 14. Emilia y María se casaron en la Argentina con dos hermanos, Nicolás y José del Rió Ferrero, ambos tabareses. Emilia regreso en el año 1917, María el mismo año y Pedro no creo que esperase hasta el 18.

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Pedro se casó en Tábara, el 25 de enero de 1919, con 28 años, con una preciosa tabaresa ocho años más joven que él, Cipriana Antón Salvador.

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