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Arturo Reyes Fragoso

A cien años
de las historias de Mowgli
Cuadernos del Centro de Estudios del Escultismo

A CIEN AÑOS DE LAS HISTORIAS DE MOWGLI


1993, 2002 Arturo Reyes Fragoso

De la presente edición:

2002, Centro de Estudios del Escultismo


Ixtapan de la Sal 50, colonia Cumbria, Cuautitlán, Izcalli, estado de México,
C. P. 54740, teléfono 5873-2294

Portada y viñeta de colofón: S. Tresilian, tomadas de Las aventuras


de Mougli, Editorial Innovación, México, 1974.

Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin el permiso


correspondiente del editor.

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IMPRESO EN MÉXICO / PRINTED IN MEXICO

Para Luis Bernardo Pérez Puente

3
FOTO
Rudyard Kipling en 1882
(Fotografía de Bourne & Shepard, tomada de Vidas escritas,
Javier Marías, Ediciones Siruela, Madrid, 1992.)

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MÁS ALLÁ DE FLAVIO TIN TAN Y PELAYO

“Denme los primeros seis años de la vida de un niño y pueden


guardarse el resto.” La frase con que Rudyard Kipling inicia su
autobiografía Something of myself (Algo de mí mismo) puede por sí
sola condensar la imagen del escritor inglés y su obra frente al
escultismo, donde aún alcanza a distinguirse la bruma disipándose
entre la impenetrable vegetación de la selva hindú y un coro de
aullidos rasgando el silencio.
Ni su prolífica imaginación pudo prever cómo “Los hermanos
de Mowgli”, aquel cuento escrito en la soledad del invierno de
Vermont a la espera del nacimiento de su hija Josephine, publicado
poco después en el St. Nicholas Magazine, en 1893, culminaría con
la aparición de sus “Jungle Books”, los libros más difundidos y
recordados de su obra, sobrevivientes a los cantos de glorificación
de un imperio que decaería por no comprender a tiempo la
transmutación del poder de las armas al económico, y la obsoleta
convicción del orden, justicia y civilización impuestos por medio de
lanzas y fusiles, evolucionados a ametralladoras y gases asfixiantes,
antes de llegar a las bombas guiadas por láser y el terror atómico.
Quién dijera que a un siglo de distancia sería dentro de los
scouts, por medio de los lobatos que sábado a sábado entretejen sus
fantasías en torno a la figura de Mowgli y su manada, donde Kipling
encontraría un agradecimiento y valoración vigente, más allá de las
lecturas infantiles mata ratos, el análisis histórico condenatorio y las

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disneylescas versiones musicalizadas con la voz de Flavio, Tin Tan
y Pelayo.

EL RETRATISTA DE LA INDIA COLONIAL

Hijo de padre artista y madre aristócrata, Rudyard Kipling nace en


1865 en un Bombay donde, para los pocos residentes ingleses
perdidos en el universo étnico que desde siempre ha sido el
subcontinente indio, la metrópoli era su asidero a una identidad
propia. Sus primero años de vida los recuerda como una cotidiana
convivencia con mundos incomprensibles para el hombre blanco,
donde es más fácil que un niño dominé el indostaní que el inglés,
vea con naturalidad vivir al lado de un cementerio parsi, donde los
muertos son expuestos a los buitres, y la pregunta más normal a una
madre sea por qué apareció la mano de un niño en el patio trasero de
la casa.
A los seis años Kipling y su hermana menor son llevados a
Inglaterra por sus padres para depositarlos en una faster home (casa
de crianza); sesenta y cinco años después el escritor todavía
recordaría las brutales golpizas prodigadas por su directora fanática
de la religión y los castigos corporales como método pedagógico:
“Sin aviso ninguno, según mis recuerdos, mi madre volvió de la
India. Me contó después que la primera vez que subió a mi pieza
para darme un beso de buenas noches, yo levanté la mano como
para detener el golpe que estaba acostumbrado a recibir.” Sale de
ahí con una adquirida voracidad por la lectura y una miopía que
desde entonces lo obliga a usar gafas, valiéndole el mote de
“Escarabajo” por parte de sus compañeros de infancia.

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En 1878 ingresa a un internado donde termina de afianzar su
pasión por la literatura. A los dieciséis años su padre lo regresa a la
India para colocarlo como periodista en La gaceta civil y militar de
Lahore. “El trabajo era pesado. Representaba yo el cincuenta por
ciento del personal editorial de un diario de Punjab, una hermana
menor del gran Pioneer de Allahabad y del mismo propietario. Y un
diario sale todos los días aún cuando el cincuenta por ciento de su
personal tenga fiebre”, relata el escritor.
Ahí es donde Kipling empieza, partiendo de los
acontecimientos cotidianos, casi intrascendentes, a retratar por
escrito la vida de la India colonial. Para 1889 retorna a Inglaterra
con veinticuatro años de edad, cerca de diez libros publicados y una
enorme fama entre el público y círculos literarios ingleses.
Posteriormente se embarca en un viaje alrededor del mundo, contrae
matrimonio con Caroline Balestier con quien visita Japón, en un
viaje del que publicaría sus impresiones, para terminar por
establecerse en los Estados Unidos, en el poblado de Brattleboro,
Vermont, donde construye una casa que bautiza como “Naulakha”,
título de una de sus novelas.
Es en ese lugar, a miles de kilómetros de del lugar que lo
viera nacer y con una temperatura ambiental de varios grados bajo
cero, donde comenzaría a escribir sus historias de niños criados por
lobos. El manuscrito del primer borrador de “Los hermanos de
Mowgli” se lo regala a la enfermera que cuidara a su esposa e hija
recién nacida.
Regresa a Inglaterra fastidiado de América y la intromisión de
los periodistas en la vida de alguien quien ya es una celebridad
mundial. Su infatigable espíritu viajero vuelve a embarcarlo en el
invierno de 1897 rumbo a África del Sur, donde dos años después lo

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sorprende el estallido de la guerra anglo-bóer. Ayuda a editar un
diario para las tropas inglesas, lo cual le permite recorrer la zona de
combate.

Había contingentes extranjeros que insistían en luchar según la técnica


europea. Los bóers los colocaban en la vanguardia y se mantenían
alejados de ellos. En un encuentro, los “zarps” [nombre con que
denominaban a la policía del Transvaal] lucharon brillantemente y se
hicieron matar casi todos. Eran en su mayor parte suecos dignos de
simpatía

Permanece hasta el final del conflicto, cuestionándose los


motivos que llevaron a Inglaterra a sostener una guerra contra un
pueblo de inmigrantes holandeses que mantenía su hegemonía sobre
los territorios y pueblos nativos basada en el racismo.

La guerra se había convertido en un conjunto desagradable de


consideraciones políticas, reformas sociales y problemas de habitación,
más trabajos de maternidad y otras vanidades absurdas. Es posible —
aunque lo dudo— que en total hayamos muerto unos cuatro mil bóers.
Nuestras pérdidas, sobre todo por enfermedades susceptibles a prevenir
[tifoidea y disentería], deben haber sido seis veces ese número.

A inicios del siglo XX encontramos a Kipling y su familia


viajando constantemente entre Inglaterra y África —en 1901 publica
otro de sus libros más conocidos, la novela Kim—; es íntimo amigo
de Leander S. Jameson y Cecil Rhodes, dos siniestros personajes del
imperialismo, relación posteriormente puesta a relucir por los
detractores del escritor: el primero encabezaría en 1895 una fallida
invasión al todavía territorio bóer del Transvaal, que se conoció
como el “raid Jameson”; fue capturado y remitido a Inglaterra para

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ser juzgado. Esta acción se considera como uno de los antecedentes
directos de la guerra en la que ambas naciones se enfrascarían
cuatro años después.
Kipling relata en su autobiografía aquellas largas travesías
marinas:

Jameson vino con nosotros a casa una vez y cometió una impertinencia
en la mesa. Una señora muy inglesa con dos hijas rubias había sido
colocada allí el primer día de navegación. Cuando, razonablemente,
protestó de la comida y la llamó “de prisionero”, Jameson dijo:
—Como miembro de las clases criminales, le aseguro que es
peor.
En la próxima comida, estábamos solos en la mesa.

Baden-Powell sería otro compañero de viaje con quien


trabaría amistad, según lo consigna William Hillcourt en Las dos
vidas del héroe. El todavía militar en activo formaba parte de una
comitiva encargada de inspeccionar las tropas inglesas destacadas
en Sudáfrica, unos meses antes que al escritor le otorgaran el Premio
Nobel de Literatura de 1907, a los cuarenta y dos años de edad, lo
que lo convertiría en uno de los galardonados más jóvenes de la
historia.
En el diploma otorgado por la Academia sueca se leen las
razones del jurado para seleccionar su obra, donde confluye su
“poder de observación, la originalidad de la fantasía, la virilidad de
las ideas y el notable talento narrativo que caracterizan las
creaciones de este autor de fama mundial.”
Kipling escribe sus impresiones del viaje a Estocolmo para
asistir a la ceremonia de premiación, ensombrecida por la muerte
del soberano anfitrión, Óscar II.

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Mientras navegamos, el viejo rey de Suecia falleció. Cuando llegamos a
la ciudad, blanquísima bajo el sol, encontramos a todo el mundo en traje
de etiqueta. El duelo oficial fue curiosamente impresionante. La tarde
siguiente, los agraciados con el premio fuimos presentados al nuevo rey.
La oscuridad del invierno sobreviene en esas latitudes a las tres, y estaba
nevando. La mitad de la vasta extensión del palacio estaba apagada,
porque ahí yacía el cadáver del viejo rey.

Kipling se encontraba en el pináculo de la fama a la que todo


escritor podía aspirar; paradójicamente, en ese momento comenzó
su debacle. El imperio que exaltaba en sus versos y narraciones
comenzaba a mostrar fisuras. Europa se encontraba en el preámbulo
de la Primera Guerra Mundial, donde por cuatro años los ejércitos
contendientes se desangrarían en estériles carnicerías en las
trincheras, a donde millares de reclutas británicos marcharon
recitando “Si...”, su poema más popular. La Gran Guerra le jugaría
además la cruel ironía de arrancarle a su único hijo varón, John, “en
defensa del Imperio”, desaparecido durante la batalla de Loos, en
territorio francés, por lo que su padre no tendría siquiera el consuelo
de recoger un cuerpo al cual darle sepultura. Ya en 1899 había
experimentado una pérdida semejante con Josephine, su
primogénita, víctima de la neumonía.
Al término de la contienda, empezó a ser menospreciado por
los escritores de vanguardia —la corriente de la conciencia
anunciaba su arribo a la literatura, con las obras de James Joyce y
Virginia Woolf—. Sus libros por él considerados como
“trascendentes” encontraban cada vez menos aceptación entre el
público, mientras aumentaba la popularidad de sus obras menores,
como el propio Kipling consideraba a los Libros de la Selva.

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A partir de entonces, los estudiosos de su obra señalan que su
estilo se volvió más amargo y desilusionado, lleno de frustraciones
existenciales. Su último libro sería precisamente su autobiografía,
publicada en 1937, un año después de su muerte en Londres a los
setenta y un años de edad. En este texto hace todavía algunas
reflexiones sobre sus cuentos de animales y niños criados en la
selva; con fina ironía se queja de la gran cantidad de imitadores
surgidos a raíz de la publicación de sus “Jungle Books”. Menciona
como el principal a Edgar Rice Burroughs, autor de Tarzan of the
Apes, obra de lo que más lamenta es no haber visto su versión
cinematográfica; años después se suma a la lista la propia
Asociación de Scouts de México cuando, en 1962, a través de la
Editorial Escultismo publicara una “versión para lobatos”, firmada
por Roberto Hernández Orozco, titulada Las aventuras de Mougli
(sic), años después reeditada por César Macazaga en su Editorial
Innovación sin el crédito original.

KIPLING Y B-P

Recuerda el escritor en el ocaso de su vida:

Mi pieza de trabajo tenía siete pies por ocho, y de diciembre a abril, la


nieve llegaba hasta el marco de la ventana. Ocurrió que había escrito
un cuento sobre bosques americanos en el que se hablaba de un niño
criado por los lobos. En la inmovilidad y el silencio del 92, algunos
recuerdos de los leones masónicos de la revista de mi niñez y una frase
del Nade the Lily de Haggard, se combinaron con el eco de este cuento
[junto con la influencia de una obra escrita por su padre: Animales y
hombres en las Indias]. Después de extraer la idea principal de mi

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cerebro, la pluma la tomó por su cuenta y comenzó a escribir historias
sobre Mowgli y unos animales que después se convirtieron en los
“Libros de la Selva”.

Dados a conocer por primera vez en diversas revistas, el autor


reúne las historias de Mowgli en The Jungle Book, publicado en
1894; un segundo volumen aparece al año siguiente con los
restantes cuentos protagonizados por animales, incluido el
memorable “Rikki-tikki-tavi”, donde una mangosta se enfrenta a
una pareja de mortíferas cobras reales. Ambos libros se agruparían
en uno solo al ser traducidos al español con el título de El libro de
las Tierras Vírgenes.
La edición barcelonesa de Gustavo Gili incluye el siguiente
fragmento, tomado del prólogo escrito por el propio Kipling:

Las aventuras de Mowgli fueron recogidas, en varias épocas y lugares,


de multitud de fuentes, sobre las cuales desean los interesados que se
guarde el más estricto incógnito. Sin embargo, a tanta distancia, el Autor
se considera en libertad para dar las gracias, también, a un caballero
indio de los de viaja sepa, a un apreciable habitante de las más altas
lomas de Jakko, por su persuasiva aunque algo mordaz crítica de los
rasgos típicos de su raza: los presbipitecos [una especie de simios
originaria de Sumatra, aclara el traductor]. Sahi, sabio diligentísimo y
hábil, miembro de una disuelta manada que vagaba por las tierras de
Seeonee, y un artista conocidísimo en la mayor parte de las ferias
locales de la India meridional donde atrae a toda la juventud y a cuanto
hay de bello y culto en muchas aldeas, bailando, puesto el bozal, con su
amo, han contribuido también a este libro con valiosísimos datos acerca
de diversas gentes, maneras y costumbres.

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A principios de diciembre de 1916, mientras que en el
territorio continental europeo los ejércitos contendientes en la Gran
Guerra iniciaban su tercer año, inmovilizados entre el fango de las
trincheras, del otro lado del Canal de la Mancha Baden-Powell daba
a conocer un nuevo libro: The Wolf Cub’s Handbook, donde
presenta la propuesta del programa scout para la naciente rama
menor del escultismo, en la que el fundador junto con sus
colaboradores habían venido trabajando desde 1913, cuando dieron
a conocer una serie de “sugerencias para un reglamento de junior
scouts”, convertido luego en un reglamento para “lobatos o jóvenes
scouts”, término más del agrado de Baden-Powell, quien también
consideró los de “cachorros” y “potros”.
En el prólogo de la obra, publicada al español en 1943 por la
editorial Escultismo, en la traducción del ingeniero Jorge Núñez
Prida, ex Jefe Scout Nacional, se leen las siguientes palabras del
fundador del Movimiento Scout:

Todo niño, como todo lobezno, tiene magnífico apetito. Este libro es un
manjar ofrecido por un viejo lobo a los jóvenes lobatos.
En él hay carne jugosa que comer, pero también algunos huesos
duros de roer.
Si todo lobato que lo coma, entra lo mismo a los huesos que a la
carne, y se come lo mismo el gordo que el resto, yo espero que saque
tantas fuerzas como placer de cada dentellada.

Baden-Powell culmina con un agradecimiento a Kipling, “que


tanto ha hecho por dar a nuestra juventud su verdadero espíritu”,
agradeciéndole la autorización para citar su obra; éste no sólo se la
había concedido de forma inmediata por la abierta simpatía que le
profesaba al escultismo, sino porque su propio hijo, que ya para

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entonces estaba reportado como desaparecido en combate,
perteneció a una tropa scout.
No es extraño entender cómo el fundador del Movimiento
Scout decidiera emplear las historias de Kipling como la base del
marco simbólico del lobatismo, con base a los paralelismos en la
vida y mentalidad de ambos personajes quienes tuvieron vivencias
semejantes —los dos estuvieron en la India y África del Sur, en esta
última compartiendo la misma guerra—, gusto por la escritura y,
sobre todo, la convicción de la virilidad, patriotismo y respeto a las
instituciones (preferentemente la corona inglesa) como los
principales valores para convertir a la juventud en hombres de
carácter.
La simpatía de B-P a Kipling no fue gratuita: finalmente éste
exalta en sus libros su forma de vida. Se necesitaría un estudio de
las motivaciones ideológicas —que indudablemente las hubo— que
llevaron a Baden-Powell a escoger a Mowgli como el modelo del
lobatismo; lo cierto es que eligió, de entre la ya para entonces
profusa producción del escritor anglo-hindú, aquella que mejor
aguantaría la prueba del tiempo, ésa que decanta objetivos
didácticos y moralizantes (la trampa en que cayó B-P al empuñar la
pluma), dejando lo literario en su esencia pura. Los dos publicaron
una cantidad semejante de títulos, pero ésta sola obra de Kipling
contiene más Literatura (así, con mayúscula) que la treintena de
libros escritos por Baden-Powell.
Mientras se necesita justificar la obra del fundador del
Movimiento Scout, solicitándole al lector su comprensión del
contexto histórico en que fue concebida, para luego “extraer su
esencia” y “adaptarla a nuestras condiciones actuales” —su valor
radica en su condición de documentos históricos, algo sin duda

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importante, no más— El libro de las Tierras Vírgenes lleva un siglo
de sereno tránsito sin necesidad de reinterpretaciones
modernizadoras, incluso poniendo en jaque a la propia organización
escultista, al menos en México, donde a principios de la década de
los ochenta se cayó en la tentación de elaborar una imitación en
versión femenina: Relatos de foresta Andii, escrita por José Antonio
Sagredo, la cual dejó de reeditarse diez años después, a raíz de un
conflicto entre el autor y la Asociación, que culminó con la
expulsión de sus filas, sin existir a la fecha un texto que lo sustituya.
Desde entonces la sombra de Mowgli se proyecta sobre las
niñas scouts como una maldición, sin permitirles una personalidad
propia, mientras que todos los fines de semana, en algún local del
país, más de una manada de lobatos toma como motivación de su
junta alguna de las historias del niño-lobo y sus bestiales secuaces.

LA MAGIA DE NATHOO

De su profusa producción literaria, El libro de las Tierras Vírgenes


es la obra de Kipling que mejor alcanzó el calificativo de universal
—quizá él hubiera deseado que fuera alguna otra—; todo intento
posterior para contar una historia donde el hombre se enfrente a la
naturaleza —sin caer en la reconstrucción histórica del tipo de los
best sellers de Ayla y el Clan del Oso Cavernario— choca con el
espectro de los “Jungle Books”. Jack London se declararía un
ferviente admirador de Kipling, mientras William Golding, otro
galardonado con el Nobel, sale airoso del reto en El Señor de las
Moscas, al plasmar a la selva de regreso a su condición de infierno
primitivo.

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Finalmente, la magia de Nathoo —el bebé de leñadores
adoptado por la loba Raksha y su aprendizaje de la Ley de la Selva
—, prevalecería sobre el trasfondo ideológico de la supremacía de la
civilización sobre lo “salvaje”. Bagheera puede alardear sobre la
aniquilación de los habitantes de una aldea entera por mero
capricho, pero una palabra del Mowgli-Hombre bastará para
humillarla, aunque tampoco éste escapa de las convicciones
ideológicas de su creador: existe un cuento anterior a los “Jungle
Books”, donde Mowgli hace por primera vez su aparición como
personaje, titulado “En el rukh”, incluido en Many Inventions
(Invenciones varias), volumen de relatos de temática miscelánea
publicado en 1893; justo un siglo después, el texto se incluye en una
selección de relatos de Kipling puesta en circulación por la editorial
Fontamara, con el título de El regimiento fantasma y otras historias
de la India, y en 1996 Ediciones del Milenio lo publica de manera
independiente en un breve volumen.
En este relato encontramos la historia de Gisborne,
funcionario colonial del Departamento de Bosques y Selvas y su
encuentro con un muchacho salido de la selva que conoce todos sus
secretos, gracias a su capacidad para comunicarse con los animales
que la habitan. A diferencia de los otros cuentos conocidos, tenemos
a un Mowgli que si bien se conduce con seguridad y hasta soberbia
entre bestias y humanos, mientras éstos últimos sean hindúes o
musulmanes, resulta sumiso y hasta servil con el “hombre blanco”,
sin importar que sea inglés, o alemán, como Muller, el jefe de
Gisborne.

—Ahora escúchame —Muller se encaró con Mowgli y le habló en su


lengua nativa—. Soy el jefe de todos los rukhs de la India y de otros

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países más allá del Agua Oscura. Yo mismo desconozco el número de
hombres que están bajo mi mando. Tal vez sean cinco o diez mil. El
asunto es este: ya no vas a vagabundear por el rukh guiando de un lado a
otro a los animales de la selva por mera diversión, ahora me servirás a
mí, porque yo soy el gobierno en materia de bosques y selvas, y vivirás
en este rukh como guardia forestal, sacarás de este rukh a las cabras de
los pobladores cuando no existan órdenes de que entren a pastar, les
permitirás entrar cuando hayas recibido la orden de hacerlo, vigilarás,
como tú puedes hacerlo, que los jabalís y los nilghais no se reproduzcan
demasiado, informarás a Gisborne-sahib dónde andan los tigres y todo
lo que sucede en el bosque, y le avisarás de inmediato sobre cualquier
incendio que aparezca en el rukh, esto tú lo puedes hacer más rápido que
nadie. A cambio de ese trabajo cada mes te pagaré una cantidad de plata
y después de un tiempo, cuando tengas esposa, ganado, y quizá hijos, te
daré una pensión. ¿Qué te parece?
—Eso es justamente lo que yo... —empezó a decir Gisborne.
—Mi sahib me habló esta mañana de esa clase de trabajo. Todo
el día he estado caminando y pensándolo y ya tengo una respuesta.
Serviré, pero en este rukh y no en otro, con el sahib Gisborne y no con
otro.

Estamos ante el Rudyard Kipling representativo de la fe en la


justicia y el orden a través del colonialismo. Su obra tocó los
extremos en su derrotero crítico, y al escritor le alcanzó la vida para
presenciarlo: de ser el “cantor de las glorias del Imperio”, cayó al
desprecio que provoca algo preferible olvidar. Literariamente fue
relegado a un escritor decimonónico que produjo obras juveniles,
pero de ahí parte su revaloración: “Cuando se hace una promesa a
un muchacho, hay que cumplirla”, nos dice el propio Kipling, luego
de enviarle un ejemplar autografiado del Jungle Book a un escolar
sueco al que conoció durante su estancia en la nación nórdica para
recibir el Nobel. Esta frase condensa el saldo a favor de su obra,

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despojada de cargas ideológicas y políticas, dejando sólo lo literario,
valioso e importante.
Simplemente, lo esencial.

NOTA EDITORIAL

Mi primer acercamiento a la obra de Kipling se lo debo más a las


matinés del cine Continental que a los esfuerzos de mi Akela por
explicarme el marco simbólico de la Manada. La versión
disneyliana de El Libro de la Selva era el ejemplo representativo del
denominado espectáculo familiar, allá por los no tan lejanos años
setenta del siglo XX, sólo posible de presenciar acompañado de
papás, tías o hermanas con respectivo novio haciendo méritos.
El presente texto intenta ser la versión definitiva del
publicado en 1993 como folleto para el Campamento Nacional de
Lobatos, celebrado en Meztitla. Algunos fragmentos los reciclé para
la columna sobre temas escultistas que por entonces inicié en El
Universal, y volví a reproducirlo de forma íntegra en la revista La
Vida Literaria, en su número correspondiente a los meses de
noviembre-diciembre del mismo año. En 1996 utilicé una versión
condensada como prólogo para En el rukh, publicado por mi cuate

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Jorge García-Robles en sus Ediciones del Milenio, luego de
descubrir tres años atrás dicho relato recopilado en una antología de
Kipling guardada en la Biblioteca Nacional.
(Aquí agrego la precisión que poco después me hiciera el
padre Fernando Soto-Hay, quien me puso sobre la pista para rastrear
la relación entre Kipling y Baden-Powell. El escenario de aquella
charla fue sencillamente memorable: al pie de la huella de B-P, en
Meztitla, rodeados por los azorados participantes del curso de
adiestramiento que Soto-Hay, impecablemente uniformado, estaba
por clausurar en su calidad de director. Fue como el encuentro de
Hernán Cortés y Moctezuma Xocoyotzin. Adivinen quién se sentía
con el penacho de plumas en la cabeza.)
Por último, el título utilizado explica por sí solo la intención
de este trabajo: conmemorar el primer siglo de correrías de Mowgli
—acontecimiento que nadie más peló en su momento, por cierto—,
rendir un homenaje a su creador e informarles a lobatos y dirigentes
que el Rey Loui no es un nombre de selva.

Antiguo pueblo de San Simón Ticumac, otoño de 2001

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VIÑETA LOBOS
A cien años de las historias de Mowgli,
reedición del modesto homenaje al niño-lobo y sus
bestiales secuaces publicado originalmente so
pretexto del primer centenario de su
existencia, terminó de imprimirse
en la ciudad de México, en el
mes de enero de 2002.
La edición, de 1 000
ejemplares, estuvo
al cuidado del
autor.

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