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1°- Peligros que la Iglesia enfrentó en el primer siglo:

El cristianismo siempre se ha visto enfrentado con problemas internos y externos en cada


fase de su historia. La Iglesia tuvo que enfrentar el serio problema interno de la herejía y
buscar soluciones, y al mismo tiempo, resolver el problema externo de la persecución del
Estado romano. Antes de 250 la persecución fue más bien local y esporádica, aunque
muchos perecieron, incluso muchos líderes.

La primera persecución de la Iglesia: tuvo lugar en el año 67, bajo Nerón, el sexto
emperador de Roma. Este monarca reinó por el espacio de cinco años de una manera
tolerable, pero luego dio rienda suelta al mayor desenfreno y a las más atroces
barbaridades. Entre otros caprichos diabólicos, ordenó que la ciudad de Roma fuera
incendiada, orden que fue cumplida por sus oficiales, guardas y siervos. Mientras la ciudad
imperial estaba en llamas, subió a la torre de Mecenas, tocando la lira y cantando el cántico
del incendio de Troya, declarando abiertamente que «deseaba la ruina de todas las cosas
antes de su muerte». Además del gran edificio del Circo, muchos otros palacios y casas
quedaron destruidos; varios miles de personas perecieron en las llamas, o se ahogaron en
el humo, o quedaron sepultados bajo las ruinas.

Este terrible incendio duró nueve años. Cuando Nerón descubrió que, su conducta era
intensamente censurada, y que era objeto de un profundo odio, decidió inculpar a los
cristianos, a la vez para excusarse para aprovechar la oportunidad para llenar su mirada
con nuevas crueldades. Esta fue la causa de la primera persecución; y las brutalidades
cometidas contra los cristianos fueron tales que incluso movieron a los mismos romanos a
compasión. Nerón incluso refinó sus crueldades e inventó todo tipo de castigos contra los
cristianos que pudiera inventar la más infernal imaginación. En particular, hizo que
algunos fueran cosidos en pieles de animales silvestres, antojándolos a los perros hasta que
expiraran; a otros los vistió de camisas atiesadas con cera, atándolos a postes, y los
encendió en sus jardines, para iluminarlos. Esta persecución fue general por todo el
Imperio Romano; pero más bien aumentó que disminuyó el espíritu del cristianismo. Fue
durante esta persecución que fueron martirizados el apóstol Pablo y el apóstol Pedro.

La segunda persecución, bajo Domiciano, el 81 d. C.

El emperador Domiciano, de natural inclinado a la crueldad, dio muerte primero a su


hermano, y luego suscitó la segunda persecución contra los cristianos. En su furor dio
muerte a algunos senadores romanos, a algunos por malicia, y a otros para confiscar sus
fincas. Luego mandó que todos los pertenecientes al linaje de David fueran ejecutados.

Entre los numerosos mártires que sufrieron durante esta persecución estaban Simeón,
obispo de Jerusalén, que fue crucificado, y el apóstol Juan, que fue hervido en aceite, y
luego desterrado a Patmos. Flavia, hija de un senador romano, fue asimismo desterrada al
Ponto; y se dictó una ley diciendo: «Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal,
quede exento de castigo sin que renuncie a su religión».

Durante este reinado se redactaron varias historias inventadas, con el fin de dañar a los
cristianos. Tal era el apasionamiento de los paganos que si cualquier hambre, epidemia o
terremotos asolaban cualquiera de las provincias romanas, se achacaba a los cristianos.
Estas persecuciones contra los cristianos aumentaron el número de informadores, y
muchos, movidos por la codicia, testificaron en falso contra las vidas de los inocentes.
Otra dificultad fue que cuando cualquier cristiano era llevado ante los tribunales, se les
sometía a un juramento de prueba, y si rehusaban tomarlo, se les sentenciaba a muerte,
mientras que si se confesaban cristianos, la sentencia era la misma.

La tercera persecución, bajo Trajano, 108 d.C.

En la tercera persecución, Plinio el Joven, hombre erudito y famoso, viendo la lamentable


matanza de cristianos, y movido por ella a compasión, escribió a Trajano, comunicándole
que había muchos miles de ellos que eran muertos a diario, que no habían hecho nada
contrario a las leyes de Roma, por lo que no merecían persecución. «Todo lo que ellos
contaban acerca de su crimen o error (como se tenga que llamar) sólo consistía en esto:
que solían reunirse en determinado día antes del amanecer, y repetir juntos una oración
compuesta en honor de Cristo como Dios, y a comprometerse por obligación no
ciertamente a cometer maldad alguna, sino al contrario, a nunca cometer hurtos, robos o
adulterio, a nunca falsear su palabra, a nunca defraudar a nadie; después de lo cual era
costumbre separarse, y volverse a reunir después para participar en común de una comida
inocente.»

En esta persecución fue martirizado Ignacio, que es tenido en gran reverencia entre
muchos y había sido designado al obispado de Antioquía.

Adriano, el sucesor de Trajano, prosiguió esta tercera persecución con tanta severidad
como su sucesor. Alrededor de este tiempo fueron martirizados Alejandro, obispo de
Roma, y sus dos diáconos; también Quirino y Hermes, con sus familias; Zeno, un noble
romano, y alrededor de diez mil otros cristianos.

Adriano, al morir en el 138 d.C., fue sucedido por Antonino Pío, uno de los más gentiles
monarcas que jamás minara, y que detuvo las persecuciones contra los cristianos.

La cuarta persecución, bajo Marco Aurelio Antonino, 162 d.C.

Marco Aurelio sucedió en el trono en el año 161 de nuestro Señor, era un hombre de
naturaleza más rígida y severa, y aunque elogiable en el estudio de la filosofía y en su
actividad de gobierno, fue duro y fiero contra los cristianos, y desencadenó la cuarta
persecución.

Las crueldades ejecutadas en esta persecución fueron de tal calibre que muchos de los
espectadores se estremecían de horror al verlas, y quedaban atónitos ante el valor de los
sufrientes. Algunos de los mártires eran obligados a pasar, con sus pies ya heridos, sobre
espinas, clavos, aguzadas conchas, etc., puestos de punta; otros eran azotados hasta que
quedaban a la vista sus tendones y venas, y, después de haber sufrido los más atroces
tormentos que pudieran inventarse, eran destruidos por las muertes más temibles.

Policarpo, el venerable obispo de Esmirna, se ocultó al oír que le estaban buscando, pero
fue descubierto por un niño. Tras dar una comida a los guardas que le habían prendido, les
pidió una hora de oración, lo que le permitieron, y oró con tal fervor que los guardas que le
habían arrestado sintieron haberlo hecho. Sin embargo, lo llevaron ante el procónsul, y fue
condenado y quemado en la plaza del mercado.

La quinta persecución, comenzando con Severo, el 192 d.C.


Severo, recuperado de una grave enfermedad por los cuidados de un cristiano, llegó a ser
un gran favorecedor de los cristianos en general; pero al prevalecer los prejuicios y la furia
de la multitud ignorante, se pusieron en acción unas leyes obsoletas contra los cristianos.
El avance del cristianismo alarmaba a los paganos, y reavivaron la enmohecida calumnia
de achacarles a los cristianos desgracias accidentales que sobrevenían. Esta persecución se
desencadenó en el 192 d.C.

Pero aunque rugía la malicia persecutoria, sin embargo el Evangelio resplandecía


fulgurosarnente; y firme como inexpugnable roca resistía con éxito a los ataques de sus
chillones enemigos. Tertuliano, que vivió en esta época, nos informa de que si los cristianos
se hubieran ido en masa de los territorios romanos, el imperio habría quedado despoblado
en gran manera.

La sexta persecución, bajo Maximino, el 235 d.C.

El 235 d.C. comenzó, bajo Maximino, una nueva persecución. El gobernador de Capadocia,
Seremiano, hizo todo lo posible para exterminar a los cristianos de aquella provincia.

Durante esta persecución, suscitada por Maximino, muchísimos cristianos fueron


ejecutados sin juicio, y enterrados indiscriminadamente a montones, a veces cincuenta o
sesenta echados juntos en una fosa común, sin la más mínima decencia.

Al morir el tirano Maximino en el 238 d.C., le sucedió Gordiano, y durante su reinado, así
como el de su sucesor, Felipe, la Iglesia estuvo libre de persecuciones durante más de diez
años; pero en el 249 d.C. se desató una violenta persecución en Alejandría, por instigación
de un sacerdote pagano, sin conocimiento del emperador.

La séptima persecución, bajo Decio, el 249 d.C.

Ésta estuvo ocasionada en parte por el aborrecimiento que tenía contra su predecesor
Felipe, que era considerado cristiano, y tuvo lugar en parte por sus celos ante el asombroso
avance del cristianismo; porque los templos paganos comenzaban a ser abandonados, y las
iglesias cristianas estaban llenas.

Estas razones estimularon a Decio a intentar la extirpación del nombre mismo de


cristiano; y fue cosa desafortunada para el Evangelio que varios errores se habían deslizado
para este tiempo dentro de la Iglesia; los cristianos estaban divididos entre sí; los intereses
propios dividían a aquellos a los que el amor social debía haber mantenido unidos; y la
virulencia del orgullo dio lugar a una variedad de facciones.

Los paganos, en general, tenían la ambición de poner en acción los decretos imperiales en
esta ocasión, y consideraban el asesinato de los cristianos como un mérito para sí mismos.
En esta ocasión los mártires fueron innumerables; pero haremos relación de los
principales.

Fabiano, obispo de Roma, fue la primera persona en posición eminente que sintió la
severidad de esta persecución. El difunto emperador había puesto su tesoro al cuidado de
este buen hombre, debido a su integridad. Pero Decio, al no hallar tanto como su avaricia
le había hecho esperar, decidió vengarse del buen prelado. Fue entonces arrestado, y
decapitado el 20 de enero del 250 d.C.
Julián, nativo de Cilicia, como nos informa Crisóstomo, fue arrestado por ser cristiano. Fue
metido en una bolsa de cuero, junto con varias serpientes y escorpiones, y echado así al
mar.

Decio publicó un edicto en 250 que demandaba por lo menos un sacrificio anual de
ofrendas sobre los altares romanos a sus dioses y al genio del emperador.

Pedro, un joven muy atractivo tanto de físico como por sus cualidades intelectuales, fue
decapitado por rehusar sacrificar a Venus. En el juicio declaró: «Estoy atónito de que
sacrifiquéis a una mujer tan infame, cuyas abominaciones son registradas por vuestros
mismos historiadores, y cuya vida consistió de unas acciones que vuestras mismas leyes
castigarían. No, al verdadero Dios ofreceré yo el sacrificio aceptable de alabanzas y
oraciones.» Al oír esto Optimo, procónsul de Asia, ordenó al preso que fuera estirado en la
rueda de tormento, rompiéndole todos los huesos, y luego fue enviado a ser decapitado.

A Nicomaco, hecho comparecer ante el procónsul como cristiano, le mandaron que


sacrificara a los ídolos paganos. Nicomaco replicó: «No puedo dar a demonios la
reverencia debida sólo al Todopoderoso.» Esta manera de hablar enfureció de tal manera
al procónsul que Nicomaco fue puesto en el potro. Después de soportar los tormentos
durante un tiempo, se retractó; pero apenas si había dado tal prueba de debilidad que cayó
en las mayores agonías, cayó al suelo, y expiró inmediatamente.

Denisa, una joven de sólo dieciséis años, que contempló este terrible juicio, exclamó de
repente: «Oh infeliz, ¡para qué comprar un momento de alivio a costa de una eternidad de
miseria! » Optimo, al oír esto, la llamó, y al reconocerse Denisa como cristiana, fue poco
después decapitada, por orden suya.

La octava persecución, bajo Valeriano, 257 d.C.

Ésta comenzó bajo Valeriano, en el mes de abril del 257 d.C., y continuó durante tres años
y seis meses. Los mártires que cayeron en esta persecución fueron innumerables, y sus
torturas y muertes igual de variadas y penosas.

Esteban, obispo de Roma, fue decapitado aquel mismo año, y por aquel tiempo Saturnino,
el piadoso obispo ortodoxo de Toulouse, que rehusó sacrificar a los ídolos, fue tratado con
todas las más bárbaras indignidades imaginables, y atado por los pies a la cola de un toro.
Al darse una señal, el enfurecido animal fue conducido escaleras abajo por las escalinatas
del templo, con lo que él fue destrozado el cráneo del digno mártir hasta salírsele los sesos.

Sixto sucedió a Esteban como obispo de Roma. Se supone que era griego de nacimiento u
origen, y había servido durante un tiempo como diácono bajo Esteban. Su gran fidelidad,
singular sabiduría y valor no común lo distinguieron en muchas ocasiones; y la feliz
conclusión de una controversia con algunos herejes es generalmente adscrita a su piedad y
prudencia. En el año 258, Marciano, que dirigía los asuntos del gobierno en Roma,
consiguió una orden del emperador Valeriano para dar muerte a todo el clero cristiano de
Roma, y por ello el obispo, con seis de sus diáconos, sufrió el martirio en el 258.

Cipriano, obispo de Cartago, un eminente prelado y adorno de la Iglesia. El resplandor de


su genio iba templado por la solidez de su juicio; y con todas las virtudes del caballero
combinaba las virtudes de un cristiano. Sus doctrinas eran ortodoxas y puras; su lenguaje,
fácil y elegante; y sus maneras gentiles y atrayentes; en resumen, era a la vez un predicador
piadoso y cortés. En su juventud había sido educado en los principios de los gentiles, y
poseyendo una fortuna considerable, había vivido en toda la extravagancia del esplendor y
en toda la dignidad del boato.

Alrededor del año 246, Cecilio, ministro cristiano de Cartago, devino el feliz instrumento
de su conversión, por lo cual, y por el gran afecto que siempre sintió para con el autor de su
conversión, fue llamado Cecilio Cipriano. Antes de su bautismo estudió cuidadosamente
las Escrituras, e impactado por las bellezas de las verdades que contenían, decidió
practicar las virtudes que en ellas se recomendaban. Después de su bautismo, vendió sus
posesiones, distribuyó su dinero entre los pobres, se vistió -de manera llana, y comenzó
una vida de austeridad. Pronto fue nombrado presbítero, y, sumamente admirado por sus
virtudes y obras, fue, a la muerte de Donato en el 248 d.C., elegido casi unánimemente
obispo de Cartago.

Los cuidados de Cipriano no se extendían sólo a Cartago, sino a Numidia y Mauritanía. En


todas sus transacciones tuvo siempre gran atención a pedir el consejo de su clero, sabiendo
que sólo la unanimidad podría ser de servicio a la iglesia, siendo ésta su máxima: «Que el
obispo estaba en la iglesia, y la iglesia en el obispo, de manera que la unidad sólo puede ser
preservada mediante un estrecho vínculo entre el pastor y su grey.»

En el 250 d.C. Cipriano fue públicamente proscrito por el emperador Decio, bajo el nombre
de Cecilio Cipriano, obispo de los cristianos; y el clamor universal de los paganos fue:
«Cipriano a los leones; Cipriano a las fieras.» Sin embargo, el obispo se apartó del furor del
populacho, y sus posesiones fueron de inmediato confiscadas. Durante su retiro, escribió
treinta piadosas y elegantes epístolas a su grey; pero varios cismas que tuvieron entonces
lugar en la Iglesia le provocaron gran ansiedad. Al disminuir el rigor de la persecución,
volvió a Cartago, e hizo todo lo que estaba en su mano para deshacer las opiniones
erróneas. Al desatarse sobre Cartago una terrible peste, fue, como era costumbre, achacada
a los cristianos; y los magistrados comenzaron entonces una persecución, lo que ocasionó
una epístola de ellos a Cipriano, en respuesta a la cual él vindicó la causa del cristianismo.
En el 257 d.C. Cipliano fue hecho comparecer ante el procánsul Aspasio Patumo, que lo
desterró a una pequeña ciudad en el mar de Libia. Al morir este procónsul, volvió a
Cartago, pero fue pronto arrestado, y llevado ante el nuevo gobernador, que lo condenó a
ser decapitado; esta sentencia fue ejecutada el catorce de septiembre del 258 d.C.

Es aquí oportuno observar la singular pero mísera suerte del emperador Valeriano, que
durante tanto tiempo y tan duramente persiguió a los cristianos. Este tirano fue hecho
prisionero, mediante una estratagema, por Sapor, emperador de Persia, que lo llevó a su
propio país, tratándolo allí con la más inusitada indignidad, haciéndole arrodillarse como
el más humilde esclavo, y poniendo sobre él los pies a modo de banqueta cuando montaba
en su caballo. Después de haberlo tenido durante siete años en este abyecto estado de
esclavitud, hizo que le sacaran los ojos, aunque tenía entonces ochenta y tres años. No
saciando con ello sus deseos de venganza, pronto ordenó que lo despellejaran vivo y que le
frotaran sal en la carne viva, muriendo bajo tales torturas. Así cayó uno de los más
tiránicos emperadores de Roma, y uno de los más grandes perseguidores de los cristianos.

En el 260 d.C. sucedió Gallieno, hijo de Valeriano, y durante su reinado (aparte de unos
pocos mártires) la Iglesia gozó de paz durante algunos años.

La novena persecución bajo Aureliano, 274 d.C.


Los principales que padecieron en esta fueron: Félix, obispo de Roma. Este prelado accedió
a la sede de Roma en el 274. Fue el primer mártir de la petulancia de Aureliano, siendo
decapitado en el veintidós de diciembre aquel mismo año.

Agapito, un joven caballero, que había vendido sus posesiones y dado el dinero a los
pobres, fue arrestado como cristiano, torturado, y luego decapitado en Praeneste, una
ciudad a un día de viaje de Roma.

Estos son los únicos mártires que fueron registrados durante este reinado, que pronto vio
su fin, al ser el emperador asesinado en Bizancio por sus propios criados.

Aureliano fue sucedido por Tácito, que fue seguido por Probo, y éste por Caro; al ser
muerto este emperador por un rayo, sus hijos Camio y Numeriano le sucedieron, y durante
todos estos reinados la iglesia tuvo paz.

Diocleciano accedió al trono imperial en el 284 d.C. Al principio mostró gran favor a los
cristianos. En el año 286 asoció consigo en el imperio a Maximiano. Algunos cristianos
fueron muertos antes que se desatara ninguna persecución general. Entre estos se
encontraban Feliciano y Primo, que eran hermanos.

En el año 286 de Cristo tuvo lugar un hecho de lo más notable. Una legión de soldados, que
consistía de seis mil seiscientos sesenta y seis hombres, estaba totalmente constituida por
cristianos. Esta legión era llamada la Legión Tebana, porque los hombres habían sido
reclutados en Tebas; estuvieron acuartelados en oriente hasta que el emperador
Maximiano ordenó que se dirigieran a las Galias, para que le ayudaran contra los rebeldes
de Borgofia. Pasaron los Alpes, entrando en las Galias, a las órdenes de Mauricio, Cándido
y Exupernio, sus dignos comandantes, y al final se reunieron con el emperador.
Maximiano, para este tiempo, ordenó un sacrificio general, al que debía asistir todo el
ejército; también ordenó que se debiera tomar juramento de lealtad y al mismo tiempo que
se debía jurar ayudar a la extirpación del cristianismo en las Galias. Alarmados ante estas
órdenes, cada uno de los componentes de la Legión Tebana rehusó de manera absoluta
sacrificar o tomar los juramentos prescritos. Esto enfureció de tal manera a Maximiano
que ordenó que toda la legión fuera diezmada, esto es, que se seleccionara a uno * de cada
diez hombres, y matarlo a espada. Habiéndose ejecutado esta sanguinaria orden, el resto
permanecieron inflexibles, teniendo lugar una segunda diezmación, y uno de cada diez
hombres de los que quedaban vivos fue muerto a espada. Este segundo castigo no tuvo más
efectos que el primero; los soldados se mantuvieron firmes en su decisión y en sus
principios, pero por consejo de sus oficiales hicieron una protesta de fidelidad a su
emperador. Se podría pensar que esto iba a ablandar al emperador, pero tuvo el efecto
contrario, porque, encolerizado ante la perseverancia y unanimidad que demostraban,
ordenó que toda la legión fuera muerta, lo que fue efectivamente ejecutado por las otras
tropas, que los despedazaron con sus espadas, el 22 de septiembre del 286.

La décima persecución, bajo Diocleciano, 303 d.C.

Bajo los emperadores romanos, y comúnmente llamada la Era de los Mártires, fue
ocasionada en parte por el número en aumento de los cristianos y por sus crecientes
riquezas, y por el odio de Galerio, el hijo adoptivo de Diocleciano, que, estimulado por su
madre, una fanática pagana, nunca dejó de empujar al emperador para que iniciara esta
persecución hasta que logró su propósito.
El día fatal fijado para el comienzo de la sangrienta obra era el veintitrés de febrero del 303
d.C., el día en que se celebraba la Terminalia, y en el que, como se jactaban los crueles
paganos, esperaban terminar con el cristianismo. En el día señalado comenzó la
persecución en Nicomedia, en la mañana del cual el prefecto de la ciudad acudió, con un
gran número de oficiales y alguaciles, a la iglesia de los cristianos, donde, forzando las
puertas, tomaron todos los libros sagrados y los lanzaron a las llamas.

Toda esta acción tuvo lugar en presencia de Diocleciano y Galerio, los cuales, no
satisfechos con quemar los libros, hicieron derruir la iglesia sin dejar ni rastro. Esto fue
seguido por un severo edicto, ordenando la destrucción de todas las otras iglesias y libros
de los cristianos; pronto siguió una orden, para proscribir a los cristianos de todas las
denominaciones.

La publicación de este edicto ocasionó un martirio inmediato, porque un atrevido cristiano


no sólo lo arrancó del lugar en el que estaba puesto, sino que execró el nombre del
emperador por esta injusticia. Una provocación así fue suficiente para atraer sobre sí la
venganza pagana; fue entonces arrestado, severamente torturado, y finalmente quemado
vivo.

Todos los cristianos fueron prendidos y encarcelados; Galerio ordenó en privado que el
palacio imperial fuera incendiado, para que los cristianos fueran acusados de incendiarios,
dándose una plausible razón para llevar a cabo la persecución con la mayor de las
severidades. Comenzó un sacrificio general, lo que ocasionó vahos martirios. No se hacía
distinción de edad ni de sexo; el nombre de cristiano era tan odioso para los paganos que
todos inmediatamente cayeron víctimas de sus opiniones. Muchas casas fueron
incendiadas, y familias cristianas enteras perecieron en las llamas; a otros les ataron
piedras en el cuello, y atados juntos fueron llevados al mar. La persecución se hizo general
en todas las provincias romanas, pero principalmente en el este. Por cuanto duró diez
años, es imposible determinar el número de mártires, ni enumerar las varias formas de
martirio.

Potros, azotes, espadas, dagas, cruces, veneno y hambre se emplearon en los diversos
lugares para dar muerte a los cristianos; y se agotó la imaginación en el esfuerzo de
inventar torturas contra gentes que no habían cometido crimen alguno, sino que pensaban
de manera distinta de los seguidores de la superstición.

Una ciudad de Frigia, totalmente poblada por cristianos, fue quemada, y todos los
moradores perecieron en las llamas.

Cansados de la degollina, finalmente, varios gobernadores de provincias presentaron ante


la corte imperial lo inapropiado de tal conducta. Por ello a muchos se les eximió de ser
ejecutados, pero, aunque no eran muertos, se hacía todo por hacerles la vida miserable; a
muchos se les cortaban las orejas, las narices, se les sacaba el ojo derecho, se inutilizaban
sus miembros mediante terribles dislocaciones, y se les quemaba la carne en lugares
visibles con hierros candentes.

HEREJÍAS EN LOS PRIMEROS SIGLOS.

Los cristianos del segundo y tercer siglo tuvieron que pelear una guerra por dos frentes.
Mientras luchaban por preservar su existencia delante de los intentos del estado romano
para abolirles, al mismo tiempo estaban luchando para preservar la pureza doctrinal
dentro de la Iglesia. Los convertidos a la fe cristiana, o venían de un fondo de legalismo
judío, o del ambiente intelectual de filosofía griega. Muchos de estos creyentes, hasta que
la Iglesia podía instruirles, tenían tendencia a llevar sus viejas ideas al nuevo ambiente.

Antes de considerar algunas de las herejías de los primeros siglos, cabe hacer una breve
aclaración de conceptos. Es muy común comprobar entre quienes no están muy
familiarizados con estas cuestiones, el tener por sinónimos dos términos bien diferentes,
Herejía y Cisma. Por Herejía (del griego, háiresis), se entiende a ‘la acción de todo aquel
que habiendo recibido el bautismo cristiano, obstinadamente pone en duda o propone
doctrinas contrarias a la Verdad revelada’, es decir, un verdadero acto de voluntaria
infidelidad.

En cambio, un cisma (del griego, sjisma) implica un acto de separación o rebelión que
desgarra la Unidad del rebaño de Cristo (1 Cor 1,10; 11,18; 12,25). De allí que el cismático
sea quien origina el cisma como el que adhiere libremente, por convicción o de hecho. Así,
un cisma puede no estar motivado por una Herejía, en cambio una Herejía, al cuestionar la
ortodoxia dogmática, inevitablemente conlleva un acto cismático. Dicho esto, y sin
pretender abarcarlas a todas, expondremos algunas de las principales herejías que se han
dado a lo largo de los siglos, muchas de las cuales llegaron hacer conmover los cimientos
mismos de la Iglesia de Cristo.

Siglo I

Ebionitas (o Nazorenos) – secta de tendencia judaizante extendida en Palestina y Siria.


Sus seguidores fueron aquellos judíos que habían abrazado el Cristianismo pero quisieron
conservar muchas de las prácticas y tradiciones propias de la Sinagoga. Creían que Dios
había dividido el imperio de las cosas entre Jesucristo y el demonio, concediéndole a éste
último, poder sobre el mundo; en cambio a Cristo, le correspondía el poder de la eternidad.
Aferrados a un monoteísmo estricto o unitario, sus seguidores promovieron la estricta
observancia de la ley de Moisés al considerarla indispensable para alcanzar la salvación. Al
rechazar las enseñanzas de Pablo, no dudaron de acusarlo de ‘apostata’. Dada la dificultad
que encontraban en conciliar el unitarismo de Dios con la divinidad de Cristo, optaron por
negar esta última. En consecuencia lo imaginaron como un hombre común, creado, hijo de
José (o de un soldado romano) y de María (de quien la mayoría rechazaba su virginidad).
Según los ebionistas, Cristo alcanzó el carácter de Mesías o ‘Hijo de Dios’ por sus virtudes
‘divinas’ al habérsele unido un ser “celestial”, pero negando que la fe en Él pudiera traer
aparejada la salvación.

Rechazaron los escritos del Nuevo Testamento, excepto el de S. Mateo (pero sin el
versículo 1,13 que hace referencia a la María como virgen), guiándose preferentemente por
los apócrifos ‘Evangelio de los Hebreos’ y el ‘Evangelio de Pedro’. Por sus heterodoxas
doctrinas fueron repudiados tanto por el pueblo judío por ‘apóstatas’, como por los
cristianos por ‘herejes’. No llegaron hasta nuestros días escritos de los ebionitas por lo que
sus doctrinas fueron conocidas a través de las referencias que de ellos hicieron tanto
Orígenes como Ireneo. Finalmente, la herejía ebionita eclipsó en el curso del s. IV.

Nicolaítas – secta liderada –se cree- por Nicolás de Antioquía, uno de los siete diáconos
designados por los Apóstoles en Jerusalén (ver Hch. 6,5) conforme lo testimonia
Tertuliano, entre otros, identificación que los estudiosos han puesto en duda últimamente.
Conocidos por sus costumbres licenciosas -las que no consideraron impuras-, provocó, por
parte de sus contemporáneos, identificaran el término “nicolaíta” con toda perversión
moral y religiosa. Sus doctrinas relativas a la resurrección de la carne y al bautismo
reconocían una fuerte influencia del gnosticismo. Esta comunidad es citada y condenada
por el apóstol Juan en el libro del Apocalipsis 2:6,15 y 24. Finalmente, los nicolaítas fueron
absorbidos por las diversas corrientes gnósticas que surgieron durante el siglo II.

Docetismo – se conoce bajo este nombre a la herejía cristológica de origen gnóstico, que
creía ver en la humanidad de Cristo sólo como una apariencia (del griego dókesis).
Afirmaron que Aquél no había recibido de María nada corpóreo ya que el Mesías había
asumido sólo lo que habría de salvar y, la carne, por cierto, no podía ser salvada, lo que
claramente contradice las Sagradas Escrituras en: 1Jn 1,13-14;1Jn 4,2-3;2Jn 7. En síntesis,
rechazaron la encarnación de Dios y su sufrimiento, por entenderlo un acontecimiento
indigno y escandaloso, pensamiento que se encontraba en consonancia con el paganismo
vigente en aquella época, negadora de toda ‘íntima’ intervención divina en la historia del
hombre, como lo describe S. Pablo en 1 Cor. 1,23-24.

Como puede observarse, tales doctrinas tendían a comprometer la veracidad del


nacimiento, pasión y muerte de Cristo, como así también el valor real de su acción
Redentora. Tertuliano y San Ireneo combatieron estas ideas defendiendo con vehemencia
la encarnación del Verbo. Finalmente, el docetismo desapareció en el s. III.

Siglo II

Gnosticísmo – conjunto de doctrinas sincrético-religiosas, que adoptó enseñanzas de


origen iranianas, judeo-cristianas, caldeas, babilonicas, egipcias e hindúes. Sus principales
promotores entre los cristianos fueron Simón el Mago, Cerinto, Carpócrates, Valentino,
Satrunino y Basílides, entre muchos otros. Puede reconocerse en la mayoría de los autores
gnósticos el haber abrevado tanto en el pensamiento griego, principalmente en las ideas de
Plotino, como de parte de aquella teología mística y especulativa de la sinagoga (Cábala)
pervertida bajo la lamentable influencia de las doctrinas panteístas babilónicas, iranianas y
persas, como del sabeísmo (culto a los astros) y otras tradiciones religiosas paganas
durante los años del obligado exilio (siglos VI a IV antes de Cristo), influjo que algunos
estudiosos remontan hasta el s. XVI a.C. durante el período del destierro en Egipto. Así, la
visión ‘racionalista’ de los misterios divinos y su total rechazo al recurso de la Fe, impidió a
los gnósticos captarlos en su total dimensión y profundidad pues para ellos, la Fe, debía ser
reemplazada por los rudimentos de la filosofía.

En consecuencia, y ya que la Verdad podía ser alcanzada solo mediante el recurso de la


razón, los misterios de la Fe quedaron subordinadas a las doctrinas cuyo origen reconocen
sólo al hombre. Sin que sea posible, en esta breve síntesis, efectuar una descripción única y
total del gnosticismo, dada la multiplicidad de las facetas dadas por sus propugnadores, si
puede intentarse una relativa caracterización, teniendo en cuenta algunos puntos en
común. En ese marco, el gnosticismo sostuvo la existencia de un conocimiento particular o
especial, superior a la Fe, cuya consecución permitía alcanzar o asegurar la salvación del
alma. Dicho ‘conocimiento’ venía legado por un Revelador Celeste a unos pocos elegidos (o
iniciados) el que (como dijimos) constituía el fundamento y garantía de la futura salvación.
En consecuencia, el recurso a la Fe quedaba totalmente mitigado como así también la
trascendencia de las buenas obras.

Otro elemento determinante del gnosticismo fue su concepción ontológica caracterizada


por el dualismo. Si bien creían que el origen de todas las cosas (buenas y malas,
espirituales y materiales) provenían de un único super-principio (monismo ontológico), el
Pléroma (lo Absoluto identificado con la Nada), recurrieron al dualismo para resolver el
problema del Mal. Así, Dios era un ser ‘puro y espiritual’ que se encontraba fuera del
mundo, sin contacto real con él, motivo por el cual rechazaron su naturaleza creadora. Tal
actividad era concedida a un espíritu intermedio (Demiurgo), autor del mundo sensible y
material, al que identificaban con el principio del Mal. Sin embargo, la concepción gnóstica
del mal era una realidad positiva (en abierta contradicción con la concepción cristiana para
la considera negativa), atento que el mismo –al igual que el bien- provenía de un principio
común, lo Absoluto (el Pléroma), donde ambos libraban un combate eterno. De allí se
explica el desdén o desprecio que los gnósticos tenían por la noción de pecado. Por otro
lado, creían que entre Dios y el mundo material existía una serie de seres espirituales
llamados ‘Eones’, cuya procedencia se originaba en una emanación de Dios. Su carácter lo
imprimía el grado de cercanía que tenían con el Absoluto. En consecuencia, los más
cercanos eran más perfectos que las más lejanas.

La particular visión del mundo material, provocó entre los gnósticos un total rechazo a
todos los Sacramentos, especialmente en el de la Eucaristía. Jesucristo era entendido como
la encarnación de un ser espiritual (o Eón) por Dios. Entendían que para lograr un
conocimiento pleno de sus enseñanzas no bastaba con recurrir a las contenidas en las
Sagradas Escrituras, sino que debía recurrirse al ‘conocimiento gnóstico’. Creían que
Yahveh era un ser espiritual superior pero de naturaleza caída, el Demiurgo, creador del
mundo y de la carne, que había logrado ser adorado por éstos como Dios. A su vez, la
redención era equiparada a un mero acto de iluminación (gnosis), mediante el cual el
hombre podía liberarse de la prisión que representaba la materia para poder regresar al
mundo celestial o espiritual.

Este concluyente rechazo de la materia los llevó inevitablemente a rechazar la realidad de


la resurrección de la carne. Varió dentro de las corrientes gnósticas la necesidad del
seguimiento de normas ascéticas, por lo que algunas las consideraron indispensables (vgr.
Saturnino) y otras no (vgr. Basílides). Algunos llegaron a considerar legítimo renegar de la
Fe (en época de persecuciones) para evitar el martirio, entendiendo que la adquisición de
un ‘conocimiento liberador’ era una forma más elevada de martirio. Sus prosélitos o
seguidores, eran clasificados en tres tipos: 1) los ílicos o materiales, para los que no había
salvación posible; 2) los psíquicos, quienes se salvarían con la ayuda de Cristo y, 3) los
gnósticos (o perfectos) quienes ya tenían la salvación asegurada. Creían que el mundo
material sería definitivamente destruido cuando el Demiurgo (o Yahveh) fuera sometido
por Dios, restaurándose así todas las cosas.

Como se ha dicho anteriormente, el gnosticismo estuvo conformado por diversas


tendencias, muchas de ellas divergentes entre sí, por ello y de manera sintética exponemos
a continuación las más importantes:

1) Valentin, se cree de origen judío o egipcio, fue quizás el más importante representante
del gnosticismo. Proponía que en Cristo se encontraba absorbido el Jesús de los
Evangelios, y su misión redentora quedaba rebajada a la de un simple mediador más entre
Dios y el Hombre. Por su parte, el hombre tenía la misión de liberarse de la materia ya que
ésta tenía por fundamento un principio inferior y de naturaleza malvada. Su visión
cosmológica estuvo representada por un mundo espiritual (pléroma), dirigido por un Dios
invisible acompañado por 30 eónes superiores. En cambio el mundo material, fue creado
por el Demiurgo, quien a su vez creó el Hombre. Sin que aquél supiera, el Hombre había
recibido un elemento pneumático que le permite, a su muerte, regresar al mundo
espiritual. Creía que el mal es una falsa dirección del bien, atento que surge de la oposición
entre el deseo de los eons de unirse al gran abismo (Pléroma) y la impotencia para lograrlo.
Enseñaba que el orden actual de las cosas cesaría cuando se realice en la tierra la total
redención. Ello provocaría el retorno de todos los seres a su condición primitiva (en el
Pléroma), siendo finalmente destruida la materia y con ello, el mal.

2) Saturnino, quien vivió en Antioquia en tiempos del emperador Adriano y predicó en


Siria, tuvo en sus doctrinas un fuerte sesgo ascético, al punto de rechazar el matrimonio
por considerarlo un acto de naturaleza malvada. Creía que Dios había creado a los ángeles
y éstos encabezados por el ángel Yahvéh, crearon al mundo material y al hombre. Este, sin
embargo, poseía una porción o chispa de divinidad que le permitía elevarse al mundo
espiritual. Afirmaba que Cristo fue enviado por Dios para redimir al hombre del yugo de
Yahvéh.

3) Basílides, de origen egipcio, difundió sus ideas principalmente en Alejandría.


Representó la rama gnóstica que ensalzó el acto mismo del ‘conocimiento gnóstico’ en
desmedro de la moralidad de las acciones, al igual que Carpócrates, aunque éste último
llevó al extremo tal idea. Afirmaba que en Cristo, primer eón, fue enviado por Dios para
liberar al mundo de la esclavitud de Yavé (Demiurgo). Sostenía que Cristo, como ser
espiritual increado, no pudo sufrir la pasión, tomando su lugar Simón de Cirene.

4) Bardésanes, sirio, predicó sus doctrinas en Alejandría. En general, continuó el


pensamiento de Valentín pero acompañó su prédica con populares himnos litúrgicos.
Suponía la eternidad de los principios del bien y del mal. Afirmaba que las emanaciones
espirituales del mal al enamorarse de la Luz (el bien) buscaban elevarse al Pléroma
(Absoluto), el que estaba constituido por 365 inteligencias denominadas Abraxas.

5) Ofitas, grupo gnóstico que imaginó la expulsión de Adán y Eva del Paraíso junto con la
serpiente (tentadora), cuyos descendientes tenían por misión continuar tentando el género
humano.

6) Simón, el Mago. Este singular personaje de origen judío o samaritano --citado en los
Hechos a los Apóstoles 12, 9 y ss- y que tuvo en Meandro su principal discípulo, creía en la
existencia de una primera Potencia Divina, Infinita y Principio de Todo. Ese Primer Dios,
identificado consigo mismo, denominándolo Simón, había engendrado a Sophía y a través
de ella, engendró el Cosmos, el universo todo. Pero Sophía cayó en las redes de las fuerzas
inferiores, o sea, la materia. Simón (la Potencia divina) vino al mundo a rescatarla y a
iniciar la redención universal. De allí, que Simón fuera adorado por sus seguidores como
Zeus y su compañera, la esclava tiria Helena, quien representaba la encarnación del primer
pensamiento traído a la existencia por Dios, era adorada como Atenas.

7) Cerinto, afirmaba –según decía por revelación angélica- que el mundo no era obra de
Dios sino de un poder distinto, el demiurgo. Enseñaba que Cristo no había nacido de la
Virgen María ni padeció en la cruz, sino que lo hizo Jesús, hijo natural de María, en quien
Cristo había morado luego del bautismo, para luego abandonarlo en las horas previas a la
pasión. Su particular visión milenarista, le hizo sostener que llegaría tiempos en los que se
instalaría un reino terrenal de mil años, en el que Jerusalén sería su centro, y durante el
cual los hombres podrían satisfacer todos sus apetitos carnales.

Cabe resaltar que la herejía gnóstica fue especialmente combatida, entre otros, por Ireneo,
Orígenes Tertuliano e Hipólito romano. Por último, el gnosticísmo clásico si bien ha
decaído hasta prácticamente desaparecer, muchas de sus enseñanzas han ido mutando con
el correr de los siglos, siendo la llamada ‘New Age’ una de sus principales difusoras en la
actualidad. En cambio, los restos de antigua Iglesia Gnóstica aún subsisten en pequeñas
comunidades de la Mesopotamia septentrional.

Monarquianismo adopcionista (o dinamista) – Teodoto de Bizancio fue el principal


propulsor de esta herejía de corte cristológico. Influido por diversas corrientes ebionitas y
gnósticas, sostuvo que Cristo era sólo un hombre común (o un ángel según corrientes
adopcionistas más antiguas), nacido sobrenaturalmente de la virgen María por obra del
Espíritu Santo. Creía que su condición divina la recibió al ser ‘adoptado’ como Hijo de Dios
durante el bautismo en el río Jordán (según otros adopcionistas ello habría ocurrido
después de su resurrección). En consecuencia, el Logos (o Verbo) era sólo una fuerza de
energía divina que entró temporalmente en Cristo para poder éste ejercer su misión
mesiánica.

A pesar de que Teodoto fue excomulgado por el papa Victor I (192-201), consiguió formar
en Roma una comunidad de seguidores quienes, con el fin de defender sus doctrinas, no
solo recurrieron a las Sagradas Escrituras sino al pensamiento de diversos filósofos como
Aristóteles, Platón y Euclides. Otros importantes representantes de la herejía adopcionista
fueron Teodoto el Joven, quien afirmaba que Melquisedec era una especie de
intermediario entre Dios y los ángeles, y principalmente, Pablo de Samosata, obispo de
Antioquía (260-268) y el obispo de Sirmio, Flotino (excomulgado en el año 351). En sus
predicaciones Pablo comenzó a negar la doctrina trinitaria como la divinidad de Cristo,
ante lo cual en el año 264 se convocó a un sínodo con la finalidad de exigirle una
retractación de sus opiniones. La actitud dubitativa por él demostrada motivó que en un
nuevo sínodo (268) se decidiera excomulgarlo y deponerlo del cargo eclesiástico que
ostentaba.

En el curso de la historia, y antes de la aparición de Teodoto de Bizancio como de Pablo de


Samosata, hubo una versión más antigua y mitigada del adopcionismo, que lo
encontramos entre los años 140-150 en el pensamiento de Hermas (se cree de origen
judío), hermano del por entonces Pio I (142-157) y autor del famosísimo “El Pastor’. Según
aquél, Cristo es el siervo escogido (adoptado) por Dios, en quien habita el Espíritu Santo
(al que no concibe como persona sino como una potencia divina) y participa de sus
privilegios con motivo de su fidelidad.

Por útlimo, en el curso del siglo VIII reapareció el adopcionismo reformulado por el obispo
de Urgel, Félix y por Elipando de Toledo. La herejía fue condenada solemnemente durante
el segundo Concilio Ecuménico de Nicea (787) y luego por el papa Adriano I en el año 794.

Montanismo (del griego enkrateia = abstinencia, templanza) – herejía de tendencias


milenaristas y místicas, suscitada por Montano, natural de Frigia (Asia menor). Anunció el
próximo advenimiento de Cristo, el descenso de la Santa Jerusalén y la instauración del
reino milenario profetizado en el libro del Apocalipsis. Junto a sus discípulas, Prisca (o
Priscila) y Maximila, predicó una rigurosa moral, prohibiendo las segundas nupcias, el
placer, los adornos las artes y la filosofía. Promovió el ayuno periódico como así también el
testimonio a través del martirio. Montano creía que por inspiración divina todo hombre
estaba en condiciones de ser ‘profeta’, condición que él mismo creía tener. Una de sus
doctrinas más controvertidas fue el rechazo de toda posibilidad de perdón y
restablecimiento de la comunión con la Iglesia de todo aquél bautizado que hubiera
cometido actos impuros. El montanismo se extendió principalmente en Asia menor donde
se constituyó en una iglesia organizada. El gran apologeta latino, Quinto Septimio Florente
Tertuliano, natural de Cartago, cayó en el error montanista en el año 207, perdurando en él
hasta el final de sus días. El montanismo fue particularmente combatido por Apolinar de
Getápoli, Milcíades, Apolonio y Gayo. Durante el s. III prácticamente se extinguió,
quedando pequeños vestigios en oriente.

Encratismo – herejía promovida por el doceta Julio Cassiano, autor de la obra ‘Según la
Continencia’,y por su discípulo Taciano, siendo este su innegable organizador. Orientados
por el principio gnóstico que tiene a la materia identificada con el mal (dualismo gnóstico),
y en la creencia de que había que luchar denodadamente contra ella, profesaron un
riguroso ascetismo prohibiendo tanto la consumición de vino (celebraban la eucaristía con
agua) y de carne, como así también la ostentación de riqueza. Tildaron la
práctica matrimonial como una exaltación de la materia y por ende del mal. Se cree que
los apócrifos Hechos de San Pablo, San Juan y San Pedro fueron escritos por seguidores
del encratismo.

Las diversas posturas que surgieron de su seno originaron un sin fin de nuevas sectas,
entre las cuales corresponde destacar a la de los Severianos, liderados por un tal Severo,
quienes influenciados por las secta de los ebionitas, rechazaron todas las epístolas de San
Pablo como los Hechos de los Apóstoles. También encontramos a los Continentes muy
influenciados por los maniqueos; los Apotácticos (o renunciadores) quienes se
caracterizaban por llevar una vida fuertemente ascética al punto de renunciar a todo placer
temporal; los Acuarianos o hidropasianos, cuyo nombre deriva de su práctica de celebrar
la Eucaristía sólo con agua, y por último, los Sacóforos, los que se distinguían por la
vestimenta que utilizaban.Sus principales adversarios fueron hombres de la talla de
Tertuliano, Epifanio, San Hipólito romano, San Ireneo, Orígenes y Clemente de Alejandría.
Durante el s. IV, el asceta capadocio, Eustaquio de Sabaste, dio un nuevo impulso al
encratismo, el que fue condenado en el año 390 por el papa san Siricio (385-398) durante
el sínodo llevado a cabo en Sido de Panfilia, para luego desaparecer.

Marcionismo – herejía de origen gnóstico, difundida por Marción, natural de Sínope


(hoy Turquía). Llegado a Roma (139) decidió fundar su propia Iglesia al ser expulsado de la
comunidad cristiana a la que concurría en al año 144. Anteriormente ya había sido
excomulgado por su padre, quien se cree era obispo de Sínope. Marción, en sus
enseñanzas, diferenciaba el Dios revelado en el Nuevo Testamento del Dios del Antiguo
Testamento, siendo el primero misericordioso y benévolo a diferencia del Dios de Israel al
que entendía como el de justicia, señor del mundo en el que había impuesto la ley y el
temor. Consideraba al cristianismo como la sustitución del judaísmo y no como su
cumplimento.

Estableció el primer canon conocido del Nuevo Testamento, del que aceptaba como
canónicos sólo al Evangelio de Lucas y las diez Espístolas de Pablo, rechazando el resto
como todo el Antiguo Testamento. Negó que Cristo hubiera nacido de la María según la
carne, como así también negaba su muerte real en la cruz al carecer Aquél de un cuerpo
real (sólo era aparente). Practicante de un ascetismo riguroso, prohibió el vino, la carne y
el matrimonio. Combatieron esta herejía Ireneo, Tertuliano, Justino, Melitón de Sardes y
Teófilo de Antioquía. Un discípulo de Marción, Apeles, dio un nuevo impulso a sus
doctrinas, pero modificándolas en algunos aspectos. Rechazó el principio dualista del
gnosticísmo, afirmando que la creación había sido obra de un ángel caído y no del
Demiurgo (a quien identificaba con el Dios del A.T.). Creyó en la preexistencia de las
almas, considerando que las mismas habían sido encerradas en un cuerpo al ser arrojadas
al mundo material, salvo en el caso de Cristo que por su condición celestial no fue éste el
que estuvo en el mundo terrenal sino su apariencia. Definitivamente, el marcionismo se
extinguió en el s. V.

Siglo III

Maniqueísmo –conjunto de doctrinas difundidas por Mani (Manes o Manijaios), natural


Mardin, Mesopotamia (216), quien nació en el seno de una noble familia persa aunque se
cree de origen judío. Según Manes, a la edad de 13 años fue testigo principal de una visión
del Espíritu Santo que le reveló una nueva doctrina. Más allá de esta fábula, en realidad si
recibió de joven una fuerte influencia del gnosticismo, del marcionismo como de las
enseñanzas judeo-cristianas. Su intención original fue la de crear una nueva religión de
carácter ‘universal’ que lograra abarcar a todas las demás religiones. Así, para la
formulación de sus exóticas doctrinas se valió del cristianismo, del zoroastrismo y del
budismo.

Luego de fundar su propia iglesia, difundió sus doctrinas por la India, Egipto, China,
Mongolia, norte de Africa y aún España, siendo perseguido en Persia donde terminó sus
días decapitado en prisión (276). Sintéticamente, sus teorías se centraban en la eterna
lucha entre el bien y el mal, propio del dualismo gnóstico, arguyendo la existencia de un
principio de Luz y otro de las Tinieblas, ambos increados, siendo éste último el creador del
mundo material. En contrapartida, de la Luz procedían las almas humanas las que habían
caído prisioneras al mundo material. Ambos principios eran opuestos, pero entre ellos, el
Bien y el Mal, no hay un abismo que los separa sino que sus límites se tocan o rozan, sin
confundirse. Es decir, donde uno concluye comienza el otro.

Manes creía que para alcanzar la salvación el hombre debía obtener una iluminación
especial, lo que podía obtenerse mediante el ejercicio de la limosna, la oración y el ayuno,
considerando tanto a Buda, Cristo y a Zoroastro como ‘profetas superados’. Jesús tuvo la
misión de comunicar esa ‘iluminación’ y por ende, era considerado ‘maestro y salvador’,
siendo Mani el enviado de Jesús, su Apóstol por excelencia. La iglesia maniquea estuvo
constituida por una organización fuertemente jerárquica y la vida de sus seguidores se rigió
por rigurosas reglas morales. Así, promovió Mani la abstención de las relaciones sexuales,
la consumición de carne y vino, prohibió el recurso a la mentira y el perjurio, la blasfemia,
la apostasía, el juramento como el de participar en guerras. Sus seguidores se dividían en
‘elegidos’, quienes eran los que practicaban las creencias maniqueas y por ello tenían
garantizado su ingreso al ‘paraíso de luz’; y los ‘oyentes’ quienes sólo escuchaban sus
prédicas y que por no practicar a conciencia la fe maniquea, a su muerte debían
transmigrar sus almas de cuerpo en cuerpo, hasta llegar al de un elegido que lo llevaría a la
salvación. En su culto, no se administraba nada que se asemejara a los sacramentos (los
que eran rechazados por Mani) salvo una caricatura de lo que es la eucaristía, la que estaba
reservada a unos pocos elegidos. Actualmente subsisten algunas comunidades en oriente,
siendo su fiesta principal la que celebran durante los primeros meses de cada año,
denominada “Bema” y en el que se recuerda el supuesto martirio de su maestro, Mani.

Monarquianismo modalista (o patripasianismo) Sabelialismo – La herejía modalista


fue difundida principalmente por Noeto de Esmirna, Epígono, Cleómenes, Praxeas y
Sabelio. Rechazaron éstos –aunque diferenciados por matices propios- el dogma
Trinitario, por considerar que la misma ponía en peligro la unidad de Dios. En general, y
para salvar tal dificultad, sostuvieron que Dios era una única Persona Divina pero que
actuaba de diversos ‘modos’ o ‘funciones’ para hacerse conocer por el hombre y salvarlo.
Noeto de Esmirna, quien predicó principalmente por Asia Menor, acusó a la Iglesia de
‘dietismo’, atento entendía que ella defendía la existencia de una divinidad doble, la del
Padre y la del Hijo, lo que motivó que en el año 200 fuera excomulgado de la Iglesia de
Esmirna. Praxeas, solía ufanarse de haber confesado su fe en tiempos de persecución. En el
período en que residió en Cartago tuvo en Tertuliano un implacable adversario, al punto tal
que escribió contra Praxeas la notable obra ‘Adversus Praxeam’.

Como fruto de su sólida y abrumadora argumentación, impulsó a Praxeas a retractarse.


Dentro de esta corriente, en el s. III surgieron dos nuevos líderes del modalismo,
Cleómenes y Sabelio de Ptolemaida. Sin duda alguna, sobresalió la figura de éste último
atento que fue quien renovó las ideas de sus antecesores. Influenciado por el monoteísmo
riguroso propugnado por los judíos, consideraba a Dios como una sustancia individual y
universal, eterna y espiritual (o mónada) que se manifestaba en tres operaciones diversas:
como Padre creó el mundo, como Hijo fue su redentor y como Espíritu Santo obraba en su
santificación. Sus ideas hacían emanar de la unidad silenciosa, tranquila y absoluta de
Dios, el alma de Cristo, el Espíritu Santo y por último, el alma del hombre y de todo el
unvierso. Estas doctrinas alcanzaron un nivel tan inusitado de aceptación que todo tipo de
monarquianismo fue designada en adelante bajo el nombre de ‘sabelianismo’.
Combatida la herejía por Tertuliano, Eusebio de Cesarea, San Hipólito y San Hilario de
Poitiers, el modalismo fue condenado por los papas San Calixto ( (218-222), San Dionisio
(259-268) y San Felipe I (269-274), para luego languidecer en el s. V.

Subordinacionismo – conjunto de opiniones teológicas de carácter heterodoxo


elaboradas por diversos autores cristianos que, con el fin de contrarrestar la
herejía modalista, intentaron explicar y defender la doctrina trinitaria. En general, es
unánime la opinión de los estudiosos en el sentido de que el subordinacionismo no
constituyó una herejía propiamente dicha, puesto que si bien contrariaba la ortodoxia de la
doctrina, nunca pretendió –por parte de sus propugnadores- constituirse en una doctrina
oficial, sino un intento, una mera opinión teológica que, al ser llamados sus autores por la
Iglesia a atenerse fielmente a las doctrinas ortodoxas, estos se sometieron a sus dictados
pacíficamente. Influenciados por la filosofía estoica, los subordinacionistas cometían el
error de destacar exageradamente la distinción existente entre el Padre y el Hijo, al punto
de llegar a subordinar –en mayor o menor medida- el Hijo al Padre.

Así, pensaban que en el Hijo de Dios operaban dos realidades diversas: una, la del Logos
interior, esto es, la Palabra pensada, formulada mentalmente, igual al Padre eterno; la
otra, era la del Logos exterior, o la Palabra pronunciada, pensada por el Padre como
instrumento de la creación que permite el contacto con el mundo fuera de Dios, y en tal
carácter, no era igual a Dios-Padre, ni eterno como El, puesto que la creación viene en el
tiempo, por lo que el Hijo de Dios (como la creación), en su carácter de Logos exterior, no
es sino fruto de una libre decisión de Dios. En consecuencia, si Dios es quien determina
crear al mundo, necesariamente el Hijo se encuentra subordinado al Padre. Muchas ideas
de los llamados Padres de la Iglesia fueron influidas por estas opiniones, como fueron los
casos de Justino, Hipólito, Orígenes y Tertuliano.

Novacianismo – se conoce con este nombre al cisma llevado a cabo en el año 251 por el
presbítero romano, Novaciano. La disputa surgió cuando el papa san Cornelio (251-252)
dispuso el perdón y readmisión de aquellos que, durante las persecuciones, habían
apostatado o renegado (relapsos) de su Fe, en la medida que estuvieran dispuestos a
cumplir una penitencia. Novaciano se rebeló contra esta disposición al considerar que
aquellos no podían ser readmitidos, ya que la iglesia sólo podía estar conformada por
hombres ‘puros y santos’. Ello motivó que fueran condenadas sus teorías en un sínodo
llevado a cabo en el año 251. Ante ello, Novaciano y sus seguidores desconocieron la
autoridad del legítimo pontífice, haciéndose designar en su lugar, ocupando Novaciano un
triste lugar en la historia de los anti-papas (251-268). La Iglesia novaciana se desarrollo
principalmente en oriente próximo, las que definitivamente desaparecieron en el curso del
s. VII.

Otro cisma, de características similares a las del novacianismo, tuvo lugar en el seno de la
iglesia nor-africana. Esta fue encabezada por el presbítero Novato y su bienhechor,
Felicísimo. El por entonces, obispo de Cartago, Cipriano había dispuesto normas similares
a las promulgadas por el papa Cornelio respecto a la admisión de apostatas y renegados. A
diferencia de los novacianos, Novato y Felicísimo rechazaron tal disposición reclamando la
abolición de la necesidad del cumplimiento de una penitencia. Para lograr sus objetivos,
paradojalmente se aliaron a los novacianos, pero poco tiempo después y sin haber
conseguido mayores frutos, el movimiento se disolvió.

Por último, un nuevo cisma (bajo las mismas características del promovido por los
novacianos) se produjo a inicios del siglo IV, encabezado por el obispo de Licrópolis
(Tebaida), Melecio. A causa de las persecuciones ordenadas por el emperador Diocleciano
(243-313), el obispo de Alejandría, Pedro, no podía ejercer su ministerio, por lo que
Melecio decidió actuar en su lugar. Al aminorar el hostigamiento de las autoridades, Pedro
pudo volver a su sede (306) y entre sus primeras decisiones fue la de resolver la situación
de los apóstatas y renegados (relapsos). Al adoptar medidas moderadas y conciliatorias
para resolver su situación, al igual que el papa Cornelio, Melecio decidió repudiarlas
provocando un cisma y creando una nueva iglesia a la que denominó ‘Iglesia de los
Mártires’. En el año 308, por su actitud de rebeldía, Melecio fue condenado a trabajos
forzados en el exilio.Al morir el obispo Pedro (+311), decidió regresar para fallecer poco
tiempo después. Con la aparición de la herejía arriana y encontrándose muy menguadas las
fuerzas de la comunidad fundada por Melecio, decidieron unirse a aquella para luego
desaparecer durante el curso del s. VI.

Siglo IV

Arrianismo – Resulta ésta una de las herejías más importantes surgidas desde dentro del
Cristianismo. Su nombre recuerda a su promotor, el sacerdote libio y al parecer de origen
judío, Arrio (256-336), dotado de una gran elocuencia y erudición. Discípulo de Luciano de
Antioquía (fundador de una célebre escuela teológica), fue ordenado sacerdote ejerciendo
su ministerio en Baucalis, una de las nueve iglesias de Alejandría. No fue sino hasta haber
alcanzado la edad de 60 años (320) cuando comenzó a predicar sus particulares doctrinas,
caracterizadas por un descarnado realismo teológico tendiente a eliminar el sentido del
‘misterio’ que, para muchos, se debió a una fuerte influencia de las escuelas filosóficas
vigentes por entonces (aristotelismo, platonismo, estoicismo y muy especialmente las
enseñanzas del judío alejandrino, Filón).

Tales influencias resultaron a la postre, la clave para que sus ideas se impusieran
rápidamente entre sus contemporáneos. Arrio enseñaba que Dios era uno, trascendental al
mundo, en el que no había más que un principio, el Padre. Si bien no negó explícitamente
la doctrina Trinitaria, la comprensión que hacía de la misma lo alejó definitivamente de la
ortodoxia. Así, al identificar los términos engendrado y creado, creía que el Verbo no podía
ser equiparado a Dios-Padre puesto que Aquél era la primer creación de Dios, superior a
todas las demás, al que solía designar con los títulos de Logos, Sophía y hasta Dios, pero
aclarando que el Hijo no era igual ni consubstancial al Padre, ya que, entre el Verbo y Dios
existía una abismo de diferencia.

Recurriendo a sus propias palabras, Arrio afirmaba “el Hijo no siempre ha existido (...), el
mismo Logos de Dios ha sido creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no
existía antes de ser hecho, y también El tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios.
Aunque sea llamado Dios, no es verdaderamente tal”. En consecuencia, para Arrio el Hijo
era una especie de Demiurgo, un segundo Dios, en otras palabras, un intermediario entre
Dios y las criaturas, no engendrado sino creado, y que tuvo a su cargo la creación. Su
enérgico rechazo a la doctrina de la generación estuvo motivada en impedir, por
considerarlo inadmisible, una visión dualista del Dios uno y único. Tampoco llegó al
extremo de negar la Encarnación del Verbo, sin embargo creía que Cristo no era una
persona divina, ya que el Logos encarnado no era verdadero Dios. Por otra parte, su
interpretación lo llevó a considerar que el Verbo al encarnarse ocupó el lugar del alma
humana, por lo que Cristo carecía de ella. Sus doctrinas relativas al Espíritu Santo
siguieron la misma suerte que las del Verbo, esto es, resaltó su condición de creatura, pero
de un rango aún inferior a la de Aquél.

La historia nos relata la rápida difusión que las doctrinas arrianas tuvieron por el imperio
romano, principalmente entre los cuadros militares, los nobles y hasta el clero (sobre todo
del norte de Africa y Palestina), no así respecto del común del pueblo. Ante el imparable
proselitismo de los arrianos y advertido de sus nefastas doctrinas, el obispo de Antioquía,
Alejandro, actuó en consonancia, generándose una fuerte controversia entre los dos
partidos en pugna: el católico y el arriano. Ante ese estado de cosas, el emperador
Constantino I, el Grande (280-337) –quien en un principio se mantuvo al margen- junto al
papa san Silvestre I (313-335) decidió convocar a un concilio que zanjara el asunto. Previo
a ello, en el año 324, y gracias a la prédica del obispo de Córdoba, Osio, se convocó a un
sínodo donde Arrio y sus doctrinas fueron condenadas. Así, un 30 de mayo del año 325, en
Nicea, se llevó a cabo el I Concilio Ecuménico, en el que participaron 318 padres
conciliares entre los cuales se encontraban los legados del Papa y los representantes del
arrianismo. Estos últimos al negarse a firmar el célebre ‘Símbolo de Nicea’ (que reafirmó el
llamado ‘Símbolo de los Apóstoles’ y la Encarnación del Verbo) como la condena impuesta
a las doctrinas de Arrio, terminaron por retirarse del concilio.

A pesar de la condena recibida, Arrio no se retractó siendo por ello desterrado. Sin
amilanarse, continuó difundiendo sus doctrinas heréticas hasta lograr el favor y la
protección de gran parte de la nobleza, del ejército y del clero. Por su parte, el emperador
Constantino había relajado en mucho sus medidas contra los arrianos, lo que les permitió,
intrigas mediante, acosar al obispo Atanasio, logrando que sufriera su primer destierro en
el año 335. Este gran hombre sufrió durante su vida, cinco destierros ordenados por
diversos emperadores (Constancio, Juliano el apóstata y Valente) destierros que ocuparon
una buena parte de su vida.

Ello no impidió que en el año 366 fuera rehabilitado en su sede episcopal por el emperador
Teodosio, el Grande, puesto que ocupó hasta su muerte en el año 373. A pesar de los
esfuerzos de los partidarios de Arrio para lograr su rehabilitación, este antes murió en
Bizancio (336), por lo que sus seguidores decidieron continuar su labor, ganando para su
causa inmensas regiones de Europa, particularmente Alemania (con la conversión de los
pueblos Visigodos) y España, como así también regiones del norte de África. La llegada al
trono imperial de Constancio (350) implicó que el arrianismo se convirtiera en su religión
oficial.

Así, los arrianos convocaron diversos sínodos y concilios, como los de Sirmio (351), Tracia
(359) y Constantinopla (360) en los que impusieron una fórmula de fe arriana. Esta
situación de incertidumbre de los defensores de la ortodoxia duró hasta la llegada al trono
de Teodosio, el Grande (379-395), quien convocó, junto a Dámaso I (366-384) a un nuevo
concilio ecuménico, el I de Constantinopla (381). Allí fue confirmado el ‘Símbolo de Nicea’
y nuevamente condenadas las doctrinas arrianas. Hombres de la talla de san Atanasio, san
Gregorio Magno y el obispo de Córdoba (España), Osio, se constituyeron en sus principales
detractores.

Si bien el arrianismo decayó definitivamente en el s. VII, no sin antes producir una


variante a la que se la llamó semi-arrianismo, muchas de sus teorías –principalmente las
cristológicas y trinitarias- renacieron con la Reforma Protestante (s. XVI) bajo las ideas de
Miguel Servet y por los antitrinitarios liderados por Fauso Socino, entre otros.
Contemporáneamente, fueron recogidas por numerosas sectas como es caso de los
tristemente célebres, Testigos de Jehová.

Donatismo – herejía y cisma promovida por el obispo nor-africano, Donato. La herejía


donatista tuvo su origen en la reacción de algunos obispos pertenecientes a la Iglesia del
norte de África ante las persecuciones llevadas a cabo por las autoridades imperiales a
principios del s. IV (303-305). Durante la misma, los obispos se vieron obligados a
entregar todas las Sagradas Escrituras que tuvieren en su poder, motivo por el cual Donato
y sus seguidores les tildaron de ‘traidores’. Con la pretensión de reformar la Iglesia, y
haciendo hincapié en la necesidad de su pureza, fue que elaboró su doctrina exponiéndolas
sobre base de dos principios: 1) la Iglesia es una sociedad de hombres perfectos, de santos,
y 2) los Sacramentos administrados por sacerdotes indignos eran absolutamente inválidos.
Fue la gran figura de San Agustín la que se alzó contra la herejía donatista (también lo hizo
Octavio de Milevi), refutando aquellos principios con los siguientes fundamentos: 1) la
Iglesia está constituida por hombres buenos y malos, y, 2) los Sacramentos reciben su
eficacia de Cristo y no de quienes lo administran.

El cisma fue ocasionado, principalmente, por parte de las comunidades nor-africanas


lideradas por un grupo de obispos de Numidia, quienes se habían opuesto al
nombramiento de Ceciliano como obispo de Cartago, ya que la consagración había sido
efectuado por Felix de Aptonga, considerado por aquellos uno de los ‘traidores’ por la
actitud tomada durante las persecuciones. Depuesto Ceciliano, nombraron al donatista
Mayorino y a su muerte (315), consagraron en la sede episcopal al mismísimo Donato.
Acontecida su muerte en el año 355, quedaron como líderes del donatismo, Parmiliano (o
Parmeniano) y el obispo de Cirta, Petiliano. Vigente durante los siglos IV y V, a pesar de la
represión ordenada por el emperador Honorio (393-423), la herejía donatista decayó, para
casi desaparecer en el s. VII con la llegada de los musulmanes, hecho que trajo
consecuencias aún más graves para la Iglesia.

2°- Persecución – Diocleciano.


La mayor persecución fue sin duda la última, que tuvo lugar a comienzos del siglo IV,
dentro del marco de la gran reforma de las estructuras de Roma realizada por el
emperador Diocleciano. El nuevo régimen instituido por el fundador del Bajo Imperio
fue la «Tetrarquía», es decir, el gobierno por un «colegio imperial» de cuatro miembros,
que se distribuían la administración de los inmensos territorios romanos. El régimen
tetrárquico atribuía a la religión tradicional un destacado papel en la regeneración del
Imperio, pese a lo cual Diocleciano no persiguió a los cristianos durante los primeros
dieciocho años de su reinado. Diversos factores —entre ellos sin duda la influencia
del césar Galerio— fueron determinantes del comienzo de esta tardía pero durísima
persecución.

Cuatro edictos contra los cristianos fueron promulgados entre febrero del año 303 y marzo
del 304, con el designio de terminar de una vez para siempre con el Cristianismo y la
Iglesia. La persecución fue muy violenta e hizo muchos mártires en la mayoría de las
provincias del Imperio. Tan sólo las Galias y Britania —gobernadas por el Cesar Constancio
Cloro, simpatizante con el Cristianismo y padre del futuro Emperador Constantino—
quedaron prácticamente inmunes de los rigores persecutorios. El balance final de esta
última y gran persecución constituyó un absoluto fracaso. Diocleciano, tras renunciar al
trono imperial, vivió todavía lo suficiente en su Dalmacia natal para presenciar, desde su
retiro de Spalato, el epílogo de la era de las persecuciones y los comienzos de una época de
libertad para la Iglesia y los cristianos.

La persecución de Diocleciano o «Gran Persecución» fue el último y quizá más sangriento


acometimiento a los cristianos en el Imperio Romano. En 303, el emperador Diocleciano y
sus colegas Maximiano, Galerio y Constancio emitieron una serie de edictos donde
revocaban los derechos legales de los cristianos y exigían a la vez que cumplieran con las
prácticas religiosas tradicionales. Posteriores decretos encaminados al clérigo demandaron
el sacrificio universal, ordenándoles a los habitantes realizar sacrificios a sus dioses. La
persecución varió en intensidad a lo largo del imperio —las más débiles represiones se
presentaron en Galia y Britania, donde únicamente se aplicó el primer edicto, mientras que
las más violentas se dieron en las provincias orientales—. Aunque las leyes persecutorias
serían anuladas por diferentes emperadores en distintas épocas, tradicionalmente el fin de
las persecuciones a los cristianos fue marcado por el edicto de Milán de Valerio Licinio y
Constantino el Grande.

Los cristianos habían sido objeto de discriminación a nivel local en el Imperio, aunque los
primeros emperadores se mostraron reacios a formular leyes generales contra ellos. No fue
sino hasta la década de 250, durante los reinados de Decio y Valeriano, que este tipo de
leyes comenzó a aprobarse. Bajo esta legislación, los cristianos se vieron obligados a
sacrificar a los dioses paganos, o de lo contrario, afrontar el prisión y pena de muerte.
Después de la llegada al trono de Galieno en 260, estas leyes fueron abolidas. La llegada al
trono de Diocleciano en 284 no marcó una reversión inmediata del desprecio al
Cristianismo, pero sí anunciaba un cambio gradual en las actitudes oficiales hacia las
minorías religiosas. En los primeros quince años de su reinado, Diocleciano purgó el
ejército de cristianos, condenó a los maniqueos a muerte, y se rodeó de oponentes públicos
a la cristiandad. La preferencia de Diocleciano por un gobierno activista, combinado con su
autoimagen como restaurador del glorioso pasado de Roma, presagió la más profunda
persecución en la historia de Roma. En el invierno de 302, Galerio presionó a Diocleciano
para comenzar una persecución general de los cristianos. Diocleciano no estaba del todo
convencido, y preguntó al oráculo de Apolo para guiarle. La respuesta del oráculo fue
entendida como un apoyo a la posición de Galerio, y la persecución generalizada se inició el
24 de febrero de 303.

Las políticas persecutorias variaron en intensidad a lo largo del Imperio. Mientras que
Galerio y Diocleciano fueron ávidos persecutores, Constancio no era muy entusiasta al
respecto. Edictos persecutorios posteriores, incluyendo la llamada al sacrificio universal,
no fueron aplicados en sus dominios. Su hijo, Constantino, tras su toma de posesión en
306, restauró a los cristianos a la completa legalidad y les retornó las propiedades que les
habían sido confiscadas durante la persecución. Ese mismo año, en Italia, el usurpador
Majencio desplazó al sucesor de Maximiano, Severo, prometiendo una total tolerancia
religiosa. Galerio dio por finalizada la persecución en Oriente en 311, pero fue reanudada
en Egipto, Palestina y Asia Menor por su sucesor, Maximino. Constantino y Licinio, el
sucesor de Severo, firmaron el "edicto de Milán" en 313, el cual ofrecía una aceptación de la
Cristiandad más comprensiva que la que proponía el edicto de Galerio. Licinio expulsó a
Maximino en 313, finalizando así la persecución en el Oriente.

La persecución no controló sin embargo el crecimiento de la iglesia. En 324, Constantino


era el único gobernante del Imperio, y la Cristiandad se había convertido en su religión
predilecta. Aunque la persecución resultó en las muertes —de acuerdo con estimaciones
actuales— de 3000 cristianos, así como en la tortura, encarcelamiento, o relocación de
muchos otros, la mayoría de los cristianos evitaron el castigo. La persecución causó, sin
embargo, que muchas iglesias se dividiesen entre aquellos que habían cumplido con las
autoridades (los "traditores"), y aquellos que se habían mantenido "puros". Algunos
cismas, como el de los Donatistas en el norte de África y los Melecianos en Egipto,
persistieron largo tiempo tras las persecuciones. Los Donatistas no se reconciliarían con la
iglesia católica sino hasta después de 411. En los siglos posteriores, algunos cristianos
crearon un "culto a los mártires", y exageraron las barbaridades de la era de las
persecuciones. Estas recopilaciones fueron criticadas durante el Renacimiento y después,
de forma notable, por Edward Gibbon. Por otra parte, historiadores modernos como
G.E.M. de Ste.Croix han intentado determinar si las fuentes cristianas exageraron
realmente la perspectiva de la persecución de Diocleciano.

Cristianos en el ejército

Al concluir las guerras persas en 299, los co-emperadores Diocleciano y Galerio viajaron de
Persia a la Antioquía siria (Antakia). El rector cristiano Lactancio anotó que, en Antioquía
en algún momento de 299, los emperadores realizaron sacrificios y adivinaciones como
intento de predecir el futuro. Los auspicios, lectores de augurios en animales sacrificados,
fueron incapaces de leer los animales sacrificados, y siguieron fallando después de varios
intentos. El maestro auspicio, por tanto, declaró que este fallo se debía a las interrupciones
en el proceso ocasionadas por hombres profanos. Al respecto, se observó que algunos
cristianos en la casa imperial habían realizado la señal de la cruz durante dichas
ceremonias, por lo que fueron culpados de haber interrumpido la adivinación de los
auspicios. Diocleciano, enfurecido por estos acontecimientos, declaró que todos los
miembros del jurado debían realizar un sacrificio por sí mismos. Junto a Galerio envió
cartas a los mandos militares, exigiendo que todo el ejército realizase sacrificios, bajo pena
de expulsión. Dado que no hay notas sobre derramamiento de sangre en la narrativa de
Lactancio, los cristianos del hogar imperial debieron haber sobrevivido a lo anterior.

Eusebio de Cesárea, un historiador eclesiástico contemporáneo, cuenta una historia


similar: a los comandantes se les ordenó darle a sus tropas a elegir entre el sacrificio o la
pérdida de rango. Si bien estas condiciones resultaban exigentes —el soldado perdería su
carrera militar, su pensión estatal y sus ahorros personales— por lo menos no eran
mortales. De acuerdo a Eusebio, la purga fue ampliamente exitosa, aunque Eusebio se
mostró confundido sobre algunos aspectos técnicos del evento y su caracterización del
tamaño general de la apostasía resulta ambigua. El historiador también atribuye la
iniciativa de la purga a Galerio, en vez de Diocleciano.

Eusebio, Lactancio, y Constantino coinciden en que Galerio fue el impulsor de la purga


militar, así como su principal beneficiario. Diocleciano, a pesar de su conservadurismo
religioso, todavía tenía tendencia a la tolerancia religiosa. Contrariamente, Galerio era un
pagano devoto y apasionado. De acuerdo a fuentes cristianas, él era por lo tanto el
primordial defensor de tal persecución. Asimismo, este último estaba más dispuesto a
utilizar esta posición para su propio beneficio político. Siendo el emperador de menor
rango, Galerio siempre era listado al último en documentos imperiales. De hecho, no fue
sino hasta la conclusión de la guerra persa en 299, que tuvo su propio palacio principal.
Lactancio menciona que Galerio estaba ansioso por alcanzar un rango más alto en la
jerarquía imperial. La madre de Galerio, Rómula, era una enconada anticristiana, pues
había sido una sacerdotisa pagana en Dacia y odiaba a los cristianos porque éstos evitaban
sus festivales. Prestigioso e influyente tras sus victorias en la guerra persa, Galerio podría
haber deseado compensar una humillación previa que tuvo en Antioquía, cuando
Diocleciano lo obligó a caminar en la parte delantera de la caravana imperial, en vez de
unirse internamente a ella. Su resentimiento pasó a alimentar su descontento con las
políticas oficiales de la tolerancia; desde el 302, probablemente instó a Diocleciano a
promulgar una ley general contra los cristianos. Puesto que Diocleciano ya estaba rodeado
por una camarilla anticristiana de consejeros, dichas sugerencias debieron haber tomado
mayor interés.

El 23 de febrero de 303 Diocleciano ordenó que la iglesia cristiana recientemente


construida en Nicomedia fuera arrasada, sus escrituras quemadas y se apoderó de sus
tesoros. El 23 de febrero fue la fiesta de la Terminalia, en honor a Término, el dios de las
fronteras. Los emperadores pensaron que era lo apropiado. Fue el día en que terminaría el
cristianismo. Al día siguiente Diocleciano publicó el “Edicto contra los cristianos”. Los
objetivos claves de este edicto eran, como lo habían sido durante la persecución de
Valeriano, de propiedad cristiana y clérigos. El decreto ordenó la destrucción de las
escrituras cristianas, de los libros litúrgicos, y de los lugares de culto en todo el imperio, así
como prohibió a los cristianos hacer montajes para el culto. Asimismo, se les privó del
derecho de petición ante los tribunales, haciéndolos sujetos potenciales de la tortura
judicial; durante muchos años los cristianos no podían responder a las acciones
interpuestas en contra de ellos en el tribunal; los senadores, equites, decuriones, veteranos
y soldados cristianos fueron privados de sus rangos, y los ciudadanos imperiales fueron re-
esclavizados.

Diocleciano pidió que el edicto se ejerciera “sin derramamiento de sangre”, contra las
exigencias de Galerio de que todos se negaban a ser sacrificados quemándoseles vivos. A
pesar de la solicitud de Diocleciano, los jueces locales a menudo aplicaban ejecuciones
durante la persecución, como castigo capital fue uno de sus poderes discrecionales. La
recomendación de Galerio —quemándolos vivos— se convirtió en un método común de
ejecución de los cristianos en el Oriente. Después de que el edicto fuera publicado en
Nicomedia, un hombre llamado Eurius lo arrancó y rompió, gritando “aquí están tus
triunfos góticos y sármatas”. Fue arrestado por traición, torturado y quemado vivo poco
después, convirtiéndose en el primer mártir del edicto. Las medidas del edicto fueron
conocidas e impuestas en Palestina en marzo o abril (justo antes de Pascua), y fue utilizado
por los oficiales locales en África del Norte entre mayo y junio. El primer mártir en Cesárea
fue ejecutado el 7 de junio; el edicto entró en vigor en Creta a partir del 19 de mayo. El
primer edicto fue el único edicto legalmente obligatorio en el Oeste. En el Este, se
desarrolló progresivamente una legislación más estricta.

En el verano del 303, siguiendo una serie de rebeliones en Malatya y Siria, un segundo
edicto fue publicado, ordenando el arresto y encarcelamiento de todos los obispos y
sacerdotes. En el juicio del historiador Roger Rees, no era lógicamente necesario este
segundo edicto que Diocleciano emitió indicando que el primer edicto era inconsistente, o
que no trabajaba tan rápidamente como él lo necesitaba. Después de la publicación del
segundo decreto, las prisiones se llenaron —el sistema penitenciario subdesarrollado del
tiempo no podían mantener a los diáconos, los lectores, los sacerdotes, los obispos, y los
exorcistas forzados sobre ellos. Eusebio escribe que el decreto produjo el encarcelamiento
de muchos sacerdotes y los criminales ordinarios estuvieron muy “apretados”, y tuvieron
que liberarlos.

Pero, sin duda, el gran aporte de Diocleciano fue la instauración de la tetrarquía al dividir
el Imperio en cuatro partes dirigidas por dos augustos y dos césares. Diocleciano, como
augusto de Oriente quedó con el gobierno de Tracia, Asia y Egipto; el cesar Galerio de la
península balcánica, excepto Tracia; el augusto de occidente, Maximiano, de Italia,
Hispania y África, y el césar Constancio Cloro de la Galia y Britania. Cada augusto debía
renunciar al poder a los 20 años para cederlo al césar quién ocuparía el cargo de augusto y
nombraría un nuevo césar. De esta manera se garantizaba el orden de sucesión y se
eliminaban las usurpaciones.

Por lo tanto, el 1 de mayo del año 305 los augustos Diocleciano y Maximiano dimitían y se
dedicaban a la vida privada. Diocleciano se estableció en el palacio que se había construido
en Spalatum (actual Split) en la Dalmacia, rechazando las invitaciones de Maximiano para
intervenir en la grave crisis manifestada tras su retirada, que conducía a la guerra entre sus
sucesores.

Murió, retirado en su villa en el año 313.

3°- Herejía Ebionista.


Definición

Palabra derivada de ebion, que en hebreo significa “pobre”. Fue una corriente del
cristianismo primitivo que se mantenía fiel a la Ley de Moisés, cumpliendo ordenanzas
judías como la circuncisión, el guardar el sábado, las prohibiciones alimenticias, etc. Se
cree que estás comunidades permanecieron hasta aproximadamente el Siglo IV.

Se diferenciaban de los Nazarenos, pues estos últimos, eran judíos, que creían que Jesús
era Dios y Cristo (Mesías), y además de guardar el sábado, celebraban los domingos la
resurrección del Señor.

Origen
Esta secta judía tuvo su origen en el primer siglo de la iglesia. “De acuerdo con los
estudiosos de la actualidad quienes han estudiado su pertenencia a la historia, los ebionitas
existieron como una comunidad distinta de la cristiandad temprana, antes y después de la
destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era, pero fueron marginados y
perseguidos por cristianos gentiles a pesar de la posibilidad de que hayan sido tan fieles a
las enseñanzas de Jesús como el mismo Saulo de Tarso”.

Fuentes

No existe mucha evidencia sobre la existencia de los ebionitas, la poca que se conoce es por
las críticas realizadas por los antiguos teólogos y escritores de la iglesia primitiva, que se
oponían a sus falsas enseñanzas, y se referían a ellos como “judaizantes”.

Justino Mártir los describió como una secta alejada del cristianismo, con una observancia
obligatoria a la Ley de Moisés. Ireneo de Lyon fue el primero en usar el término “ebionitas”
en el 180 d.C. al reconocerlos como una corriente herética tercamente aferrada a la ley.

Orígenes enfatizó en que el término ebionista venía del hebreo “pobre” y dijo además lo
siguiente: “Hay algunos de ellos quienes aceptan a Jesús y debido a eso, ellos se consideran
como cristianos. Sin embargo, ellos rigen sus vidas de acuerdo a las leyes judías, igual que
las multitudes judías. Existen dos sectas de los ebionitas. Una de esas sectas reconoce junto
con nosotros que Cristo nació de una virgen. La otra secta niega esto y afirma que Él fue
engendrado como cualquier otro ser humano”. Esto que escribió Orígenes es muy
importante debido a que reconoce la existencia de por lo menos dos clases de ebionitas:
Los que creían en el nacimiento virginal de Cristo, y los que veían a Jesús únicamente
como un profeta.

El relato más completo lo proporcionó Epifanio de Salamis, quien en el Siglo IV escribió


el Panarion, también conocido como Adversus Haereses, un tratado denunciando el
Ebionismo, junto ochenta doctrinas heréticas de la época.

Doctrina

Se regían por la Torá y por el Evangelio de Mateo, pero rechazaban categóricamente los
escritos del apóstol Pablo, por considerarlo apóstata de la Ley. También reconocen un libro
llamado “Evangelio de los Nazarenos”, del cual no se conoce mayor información y se cree
que posiblemente era el mismo Evangelio de Mateo pero en hebreo.

Algunos de los ebionistas se identificaban con el legalismo fariseo y otros con los esenios, a
lo que Pablo se opuso en la epístola a los Gálatas.

Sus principales creencias eran:

Afirmaban que Jesús era el Mesías, pero no aceptaban su preexistencia, ni su naturaleza


divina. Creían que era un hombre igual a Moisés o David, engendrado de manera natural
por José y María, adoptado como Hijo de Dios hasta el bautismo. Esta última es una
herejía conocida como Adopcionismo.

La observancia de la Ley mosáica y la circuncisión eran fundamentales para la salvación.


Cristo regresaría pronto para establecer su reino Milenial en la ciudad de Jerusalén.

“Walter A. Elwell hace un breve resumen de lo que creían los ebionitas: “Los ebionitas
negaban la preexistencia del Logos, veneraban a Jerusalén, veían el cristianismo como
obediencia a un código moral que cumplía la ley, veían a Jesús como el que fue ungido en
su bautismo enseñando que Jesús fue elegido debido a que guardó la ley perfectamente,
enfatizaban la epístola de Santiago y rechazaban la soteriología Paulina. Algunos se
inclinaban hacia un dualismo gnóstico. Muchos otros eran vegetarianos y practicaban
varios rituales de limpieza los cuales culminaban en bautismo”.

4°- Docetismo.
La herejía docética toma este nombre de la raíz griega dokéō (δοκέω), que significa
“parecer o parecerle a uno”. Es una doctrina aparecida a finales del primer siglo de la era
cristiana, que afirmaba que Cristo no había sufrido la crucifixión, ya que su cuerpo sólo era
aparente y no real. Es esta idea la que el apóstol Juan quiere desestimar cuando escribe su
primera carta universal 1 Jn 1:1. Incluso el filósofo gnóstico Basílides afirmó, para explicar
el traslado de la cruz, que fue Simón de Cirene y no Cristo quien la cargó. La herejía tiene
su raíz en la influencia platónica, que afirma que son las ideas las únicas realidades y
nuestro mundo es sólo un reflejo, una imagen; además, se nutría de la idea, hasta cierto
punto generalizado en aquella época, de que la materia era corrupta, que "el cuerpo es la
cárcel del espíritu", como decían los griegos. La doctrina docética, enraizada también en el
dualismo gnóstico, dividía tajantemente los conceptos de cuerpo y espíritu, atribuyendo
todo lo temporal, ilusorio y corrupto al primero y todo lo eterno, real y perfecto al segundo;
de ahí que sostuviera que el cuerpo de Cristo fue tan sólo una ilusión y que, de igual modo,
su crucifixión existió más que como mera apariencia. El Islam conserva también este punto
de vista y sostiene que el cuerpo del profeta Isa (el nombre con que conocen a Jesucristo)
sólo fue crucificado como una ilusión.

El docetismo representa la primera crítica seria hecha a la fe de la joven comunidad


cristiana que entraba en contacto y, por fuerza de las circunstancias, el conflicto con el
mundo cultural y religioso extrajudío. Esta teoría herética, vinculada en muchos aspectos a
aquella corriente tan compleja y fragmentaria de pensamiento que suele calificarse con el
nombre de gnosticismo y que se difundió sobre todo en el siglo II, viene a minar en sus
raíces el misterio de Cristo, en cuanto que, negando la verdad y por tanto la concreción de
la condición humana del Hijo de Dios, excluye de hecho la posibilidad de la encarnación.
La negación es la otra cara de una teoría orientada a asignar al Verbo tan sólo una
existencia humana aparente (del substantivo griego dokesis, apariencia), prácticamente
deshistorizada y por tanto sin ninguna influencia en orden a la revelación y a la salvación
realizada por él.

La razón de esta posición tiene que atribuirse al “escándalo” que suscitaba en el ambiente
pagano el anuncio de Cristo crucificado y resucitado. Era simplemente absurdo pensar que
Dios hubiera podido compartir la suerte de los hombres, hasta hacerse en todo semejante a
ellos; y no sólo eso, sino incluso morir en el patíbulo infamante de la cruz. Una afirmación
de este tipo parecía totalmente blasfema. A la nueva concepción de Dios propagada por los
cristianos, los adversarios oponen la concepción tradicional, con la que, si por un lado se
intenta mantener intactas la trascendencia, la inmutabilidad y la impasibilidad de la
divinidad, por otro quedan prisioneros de una ideología religiosa desfavorable en definitiva
al hombre, incapaz como era de admitir la más pequeña implicación de Dios en las
vicisitudes humanas.

De los escritos del apóstol Juan se deduce que ya dentro de las primeras comunidades
cristianas se habían insinuado ciertas ideas bastante parecidas a las que sostenían los
docetas: «si reconocen que Jesucristo es verdaderamente hombre, son de Dios; pero si no
lo reconocen, no son de Dios» ( 1 Jn 4, 2-3; cf. también 2 Jn 7). Aquí aparece dictada con
claridad la «regla» de la fe: Dios que, mientras que se hizo “carne” ( Jn 1,14), es decir,
hombre totalmente semejante a nosotros, sigue siendo Dios. Se confiesa, por tanto, que en
él Dios se reveló y comunicó definitivamente al hombre en su realidad trinitaria.

El apóstol Pablo hace eco a la intervención de Juan cuando proclama:

“Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura
para los paganos. Mas, para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un
Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,23-24).

La defensa de la verdad de la encarnación, de la que dependen tanto la consistencia como


la eficacia universal y eterna del valor revelativo-salvífico correspondiente, vio empeñados
a los Padres apostólicos y sobre todo a Ireneo de Lyón y a Tertuliano.

5°- Maniqueísmo.
Orígenes

Manes (210276 aproximadamente) fundó esta religión. Su libro sagrado se llamaba


Arzhang y lo enriqueció con ilustraciones, con lo que se ganó el sobrenombre de “El
Pintor”. Con el fin de proteger a su obra de la falsificación y asegurarla contra el olvido,
Manes le concedió mucha importancia al hecho de de mantener un registro escrito de su
sistema doctrinal. Con esto esperaba superar a sus predecesores, los profetas anteriores y
los fundadores de religiones, quienes en su opinión no habían compuesto obras de motus
propio y cuyo mensaje, por lo tanto, sólo había sido transmitido en parte. Con este
propósito desarrolló una nueva y práctica escritura y compuso una serie de obras para ser
reproducidas y copiadas, dando una gran importancia a este hecho.

Manes comenzó a predicar a una muy temprana edad. Dice haber recibido una revelación
divina de un espíritu, al que más tarde llamó su Gemelo, su Syszygos (doble, ángel
protector o 'yo divino'). Este espíritu le enseñó la verdad divina, a partir de la cual
desarrollaría la religión maniquea. Su “gemelo divino” o “yo verdadero” llevó a Manes a ser
un “gnóstico”: alguien con un conocimiento divino y una mirada liberadora de las cosas.
Proclamó ser el “Paráclito de la Verdad”, como se prometió en el Nuevo Testamento.

Mientras el maniqueísmo se extendía por el mundo, la grandes grupos religiosos existentes


como el cristianismo y el zoroastrismo competían por obtener un mayor poder político y
social. Aunque tenía menos adeptos que estos grupos, el maniqueísmo se ganó el apoyo de
varias figuras políticas de alto rango. Con la ayuda del Imperio Persa, Manes inició
expediciones misioneras. Después fracasó al intentar ganarse a la siguiente generación y se
granjeó el rechazo del clero zoroástrico. Se cree que Manes murió esperando la ejecución
por parte del emperador persa Bahram I. Su muerte está fechada en 276 o 277.
En 1969 la Universidad de Colonia adquirió un minúsculo códice a través de unos
comerciantes de antigüedades egipcios. Este manuscrito contiene una transcripción al
griego de un texto que describe la vida de Manes. Este texto es en la actualidad la principal
fuente de conocimiento acerca de una de las más influyentes religiones del pasado.

Teología

La característica principal del maniqueísmo es el dualismo. Manes distinguió dos


naturalezas existentes desde el principio de los tiempos: luz (Ormuz) y oscuridad
(Ahrimán). El reino de la luz vivía en paz, mientras que el de la oscuridad se debatía en una
lucha constante consigo mismo. El universo es el resultado temporal de un ataque al reino
de la luz por parte del de las tinieblas, y fue creado por el Espíritu de la vida, que surgió del
reino de la luz producto de su mezcla con el de las tinieblas.

Los maniqueos realizaron muchos esfuerzos para incluir todas las tradiciones religiosas en
su fe. Como resultado de este esfuerzo, conservaron muchas obras cristianas apócrifas,
como el Evangelio de Tomás que de otra forma se habría perdido. Manes se mostraba
como “discípulo de Jesucristo”, pero la primitiva Iglesia lo rechazaba por herético. Manes
se declaraba (y también otros se refirieron a él) como el Paráclito, el Mesías predecido y la
realización de todas las religiones. Para los maniqueos Jesús era el Hijo de Dios, pero que
había venido a la tierra a salvar su propia alma. Jesús, Buda y otras muchas figuras
religiosas habían sido enviadas a la humanidad para ayudarla en su liberación espiritual.
En el sistema de Manes, la figura de Jesús era desmenuzada en varias figuras individuales:
“Jesús el luminoso” como figura celestial de revelación, y sufre solo en apariencia (la
crucifixión es simbólica más que real), “Jesús el sufriente”, símbolo de las partículas de luz
sufrientes.

También recoge el maniqueísmo tradiciones budistas. La transmigración de las almas se


convirtió en una creencia maniquea. También la estructura de la comunidad de Manes
dividida en cuatro partes (monjes y creyentes, separados a su vez por sexos) era de
influencia budista.

En práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males que cometidos
porque cree que no son producto de la libre voluntad sino del dominio de Satanás sobre
nuestra vida.

Expansión

La nueva religión se mostraba a sí misma como una ideología apropiada para el Imperio
Persa, que de esta forma conseguía dejar de lado a la omnipotente casta sacerdotal
zoroástrica de los Magos.
De esta forma, Manes es capaz de predicar sus enseñanzas sin oposición, enviando sus
discípulos en varias direcciones.
“He sembrado el grano de la vida, de este a oeste; como puedes ver mi esperanza ha ido
hacia el este del mundo y hacia todas las regiones de la tierra. Ninguno de los apóstoles
hizo esto...”(Kephalaia, p.16).”

El maniqueísmo se extendió rápidamente hacia oriente y occidente. Alcanzó Roma por


medio del apóstol Psattiq hacia el año 280 de nuestra era, habiendo pasado antes por
Egipto en 244 y 251. La fe maniquea floreció en la zona de Fayum en Egipto en 290. Hacia
el 300 la “enseñanza de la luz” puede ser encontrada en Siria, norte de Arabia, Egipto y
norte de África, donde incorporó a Agustín de Hipona del 373 al 382. Se fundaron
monasterios maniqueos en Roma en el año 312, durante el pontificado católico de
Miltiades. En el 354, Hilario de Poitiers escribió que el maniqueísmo se había hecho fuerte
en el Sur de Francia.

La fe maniquea fue ampliamente perseguida. En el año 291 la persecución en el Imperio


Persa se recrudeció con el asesinato del apóstol Sisin por parte de Bahram II y el destierro
de muchos maniqueos. En el 296 Diocleciano decretó contra los maniqueos: “Ordeno que
sus organizadores y líderes sean condenados a la pena capital y condenados al fuego con
sus abominables escrituras”. Como resultado de este decreto muchos maniqueos sufrieron
el martirio en Egipto y el norte de África. En el año 381 los cristianos solicitaron a Teodosio
I la abolición de los derechos civiles de los Maniqueos. Éste ordenó la muerte de los monjes
Maniqueos en 382.

La fe mantuvo una esporádica e intermitente existencia en occidente (Mesopotamia,


África, Península Ibérica, Francia, norte de Italia, Balcanes) durante los siguientes 1000
años, y floreció por un tiempo en su lugar de origen (Persia) y aun más allá en el oriente:
Norte de la India, Oeste de China, el Tibet, donde el grueso de la población siguió sus
principios hasta el momento de su desaparición en el siglo XIII. La religión fue adoptada
por Bugug Khan y fue la religión oficial hasta la invasión de los mongoles 500 años
después. Se expandió hacia el este por las rutas de comercio, alcanzando lugares tan
alejados como Chang'an, la capital de la dinastía Tang en China.
Se ha documentado que en el siglo IX el Califa Ma'mum toleró una comunidad maniquea.

Maniqueísmo y cristianismo

Cuando los cristianos contactaron con la fe maniquea, ésta fue tachada de herejía, entre
otras cosas por provenir del área gnóstica de Persia. Agustín de Hipona fue maniqueo.
Según contó en sus Ilustración 2: Difusión del Maniqueísmo Confesiones de San Agustín
después de ocho años de profesar el maniqueísmo se convirtió en cristiano ortodoxo y en
enemigo de la religión de Manes.

En la actualidad se debate cuanto influyó el maniqueísmo en el cristianismo. El hecho de


que San Agustín hubiese sido maniqueo antes que cristiano da lugar a que nos
preguntemos cuan influido estaba éste y sus escritos por la religión de Manes. Si tenemos
en cuenta la importancia de los escritos del obispo de Hipona en la posterior evolución del
cristianismo es fácil pensar que el maniqueísmo ha tenido una gran relevancia en la
historia del cristianismo.

Se ha sugerido por parte de algunos autores que los Bogomiles, Paulicianos y Cátaros
estaban fuertemente influidos por los maniqueos. De todas formas, no quedan registros del
ritual o doctrina de los Cátaros ni de los Bogomiles, y la carga de filosofía maniquea en
ellos fue medida por sus contemporáneos ortodoxos. Estas sectas eran sin duda dualistas y
afirmaban que el mundo era obra de un demiurgo de origen satánico. Si este dualismo es
de influencia maniquea o no lo es imposible determinar. Parece que los cátaros adoptaron
los principios maniqueos de la organización eclesiástica, pero nada más. Prisciliano y sus
seguidores trataron de aportar al cristianismo lo que ellos consideraban valioso del
maniqueísmo.

El maniqueísmo se presenta como una doctrina de salvación y tiene como mito


cosmogónico el alma caída en la materia, que deberá ser liberada por su “nous”, para ello,
se habla de ciertas relaciones entre el espíritu, la luz y el semen. Todos ellos se convierten
en el punto de partida para una serie de reglas de abstinencia alimentaria y sexual. De esta
manera se identifica en su doctrina la existencia alimentos impuros, como las carnes y
costumbres como la monogamia, la no violencia, el respeto a los animales, la oración en
cuatro momentos del día, ritos de purificación, observación de las fiestas, confesión
pública d ellos pecada y cierta analogía con las nociones indias de metempsicosis y
reencarnación.

6°- Montanismo.
En la segunda mitad del s. II, coincidiendo con el periodo de crecimiento de la Iglesia, se
inició un movimiento ideológico sumamente peligroso para el desarrollo interior de la
joven Iglesia: la tendencia rigorista. Esta nueva corriente, representada en su primera
aparición por Montano y sus discípulos, surge no por influencia de ideas filosóficas como
en el gnosticismo, sino de las mismas entrañas del cristianismo. Se presenta como el ideal
de perfección del mismo Jesús y trata de corregir supuestas desviaciones del espíritu
cristiano. Se llamó a sí misma nueva profecía. Los que la combatieron la designaron como
la «herejía de los frigios», con lo que aluden al espacio geográfico en que se inició el
movimiento. Sólo en el s. IV halló la denominación de montanismo, cuando se quiso poner
de relieve el papel que Montano desempeñó en su génesis.

En los primeros años de la Iglesia Dios derramó con frecuencia sobre sus fieles el carisma
de la profecía. Entre ellos había aparecido, acá y allá, algún falso profeta, que despertó la
desconfianza sobre la actuación de tales carismáticos. El peligro era real y de él avisaba la
Didaché. Tampoco faltaron a veces tensiones pero se logró el equilibrio ya que la profecía
se reconoció siempre juzgada por la fe y, por tanto, por la tradición apostólica y sus
representantes. Montano, en cambio, defiende y sostiene una concepción de la profecía
que le lleva a chocar con la autoridad de la Iglesia, y a separarse de la comunión
eclesiástica. A la Iglesia jerárquica se opone una iglesia carismática, proclamando que los
poderes espirituales se perpetúan en la Iglesia, no por sucesión apostólica, sino por la
trasmisión de carismas, de la que Montano y sus profetas se presentan como herederos. La
evolución del montanismo pasa por una fase inicial, un estado de modificación por obra de
Tertuliano, y un periodo de definitiva decadencia tras la victoria de la Iglesia.

Fase inicial. Siendo Grato procónsul del Asia Menor el neófito Montano comenzó a
predicar en la aldea de Ardabau, en las provincias asiáticas de Frigia y Misia (Eusebio,
Historia eclesiástica, 5,16,19). Poco después de su bautismo se presentó como profeta y
reformador, pretendiendo ser el órgano del Espíritu Santo (lo 14, 16.26), que sólo ahora,
por obra suya iba a conducir a la cristiandad a la verdad entera. A los comienzos se recibió
este mensaje con escepticismo, mas cuando dos mujeres, Priscila y Maximila, se adhirieron
y pronunciaron también en forma extática sus profecías y, sobre todo, cuando Montano
prometió a sus secuaces lugar eminente en la venidera Jerusalén celestial, una ola de
entusiasmo acabó con los reparos (Epifanio, Panarion, 48,10; Tertuliano, De exhortatione
castitatis, 10). Los tres profetas se limitaban a la propaganda oral. No escribieron sus
oráculos, ni se dispuso en los comienzos de ningún escritor de fama para ponerlos por
escrito. Más tarde los oráculos de Montano y sus compañeras se recogieron y difundieron,
pero nos han llegado muy pocos. Solamente se hallan consignados en los escritores
antimontanistas o en Tertuliano. Si se quiere responder a la pregunta sobre el fondo de la
nueva profecía, hay que valerse de los informes de sus adversarios. No puede realmente
demostrarse una conexión entre los antiguos cultos frigios y la nueva profecía, pero parece
existir cierta propensión de la población del interior de Asia Menor hacia la exaltación
religiosa.
La característica más saliente de la doctrina de Montano es el mensaje escatológico: la
vuelta del Señor es inminente y con ella empezará, en la llanura junto a la pequeña ciudad
de Pepuza, la Jerusalén celestial. En algunos distritos del Imperio Romano se notaba cierta
disposición a recibir tal mensaje, que hacían deseable las graves calamidades que bajo
Marco Aurelio habían traído consigo la peste, la guerra y la miseria social. De haberse
limitado a predicar su mensaje escatológico, la ola montanista hubiera quedado sin
profundidad ni repercusión lejana: el fallo de las predicciones hubiera desemborrachado
los espíritus. Pero los profetas en cuestión sacaron de su misión muchas consecuencias que
suponían amplias y decisivas incisiones en la vida de la comunidad eclesiástica. Si la
venida de Cristo era inminente, decían, debía vivirse un ayuno riguroso como medio para
preparar el alma al advenimiento de Cristo. Hasta entonces esta práctica penitencial se
había limitado a dos días a la semana, y la Iglesia la recomendaba a los fieles como práctica
voluntaria. Montano fue mucho más allá y lo impuso a todos los cristianos, sin
interrupción alguna, pues la venida de Cristo iba a ser por momentos una realidad. Como
esta realidad falló, el ayuno se limitó al precepto de los corrientes ayunos estacionales.
Pero la obligación se extendió hasta la tarde del día de ayuno, y aún se añadieron dos
semanas de abstinencia, durante las cuales sólo se podían comer frutos secos (Tertuliano,
De ieiunio, 2,10).

Orientación fundamentalmente escatológica tienen también otras exigencias del


montanismo: vedaba al cristiano huir o esconderse en época de persecución; evitar el
martirio significaba, decían, un apego a este mundo, que se encaminaba a su fin. A los que
habían cometido pecados graves (capitales): apostasía, homicidio o adulterio les era
negada para siempre la admisión en la Iglesia. También es significativa la actitud de los
dirigentes del montanismo frente al matrimonio. Lo condenan por considerar que
encadena las personas a este mundo y piden que se renuncie a él. Las dos profetisas
Priscila y Maximila abandonaron la comunidad conyugal con sus maridos, pusieron como
deber imitar su ejemplo y prohibieron la celebración de matrimonios en el corto espacio
que, según sus visiones, faltaba para la venida del Señor (Tertuliano transforma
posteriormente esta prescripción en la condena de las segundas nupcias). Priscila a las
razones escatológicas contra el matrimonio, añadía otra: la abstención de la vida
matrimonial, decía, capacita particularmente para las visiones y comunicaciones proféticas
(Eusebio, o. c., 3,5.18.3).

Expansión. El efecto de esta campaña de supuesta reforma y rigorismo fue de momento


arrollador. A los numerosos adeptos en Frigia se añadieron pronto nuevas fundaciones en
Lidia y Galacia. Saliendo de las provincias del Asia Menor, hizo su entrada en Siria, y ganó
secuaces particularmente en Antioquía. Pronto alzó también cabeza en Tracia,
extendiéndose así al Occidente. En fecha temprana tuvieron noticia del movimiento
montanista las iglesias de Lyón y Vienne en las Galias, como hace notar Eusebio (o. c.,
5,3.4), el cual conoció una correspondencia entre dichas iglesias y «hermanos» de Asia y
Frigia.

El papa Eleuterio (175-189), fue informado sobre la aparición de la nueva profecía. No


parece que la considerara un serio peligro, pues no consta que pronunciara condenación
alguna. Algo después, en los inicios de su pontificado, el papa Ceferino (198-217) no lo
juzgó al principio desfavorablemente, pues expidió cartas de paz a sus seguidores, lo que
equivalía a expresar la comunión eclesiástica. Posteriormente cambió la actitud. Tertuliano
atribuye ese cambio al influjo del asiático Práxeas, que le habría informado más
puntualmente (Tertuliano, Adv. Praxeam, 1).
La muerte de los tres primeros representantes de la profecía representó un primer golpe
para la ulterior propagación del movimiento. Maximila murió el 179 y ella precisamente
había anunciado: «Después de mí no vendrá ningún profeta, sino la consumación del fin»
(Epifanio, o. c., 48,2.4). Con este oráculo permitió a muchos adeptos un juicio sobre la
autenticidad de la predicción, que sólo podía ser negativo. Probablemente se hubiera
parado completamente el movimiento, y con seguridad hubiera tomado otras formas la
polémica de la Iglesia con él, si un hombre de la talla de Tertuliano no se hubiera adherido
a semejante concepción, volviendo a llamar la atención sobre la nueva profecía.

6°- Monarquismo.

El nombre monarquismo fue usado por primera vez por Tertuliano (150–
220 d.C.) para designar a grupos antitrinitarios que surgieron durante el
siglo III. Los monarquistas también recibieron el nombre de unitarios a
causa del énfasis que daban a la unidad numérica y personal de la
Deidad.
Había fundamentalmente dos grupos monarquistas: 1) Los racionalistas
o dinámicos y 2) los modalistas o patripasianos. Los racionalistas o
dinámicos negaban la deidad de Cristo, considerándolo como una fuerza
o poder, mientras que los modalistas identificaban al Hijo con el Padre,
negando así la pluralidad de personas en la deidad y aceptando una
trinidad económica, es decir, un triple modo de revelación en lugar de
una trinidad de personas.

Monarquismo racionalista o dinámico

Este grupo consideraba a Cristo como un mero hombre lleno del poder
divino (a semejanza de Moisés o Elías). Ese poder divino existía en Cristo
desde el principio de Su vida, pues, los monarquistas admitían que Jesús
había sido generado sobrenaturalmente por el Espíritu Santo. A esta
clase de monarquismo pertenecían varios grupos:

1. Los teodosianos: Grupo fundado por un tal Teodoto el curtidor,


quien después de haber negado a Cristo durante una de las
persecuciones afirmó que solamente había negado a un hombre.
Teodoto fue finalmente excomulgado por Víctor, el obispo de
Roma.
2. Los artemistas: Este grupo fue fundado por Artemo quien se
había trasladado a Roma y comenzó a predicar que la doctrina de
la deidad de Cristo era una invocación y un regreso al politeísmo
pagano. Artemo fue excomulgado por Ceferino (202–217) y
acusado de usar argumentos filosóficos para apoyar sus
enseñanzas.
3. Pablo de Samosata: Llegó a ser el más famoso de los
monarquistas racionalistas. Era un obispo de Antioquía en el año
260 d.C., al mismo tiempo que ocupaba un elevado puesto civil.
Negaba la personalidad del Logos y del Espíritu Santo,
considerándoles solamente poderes de Dios, como son la mente y
la razón en el hombre. Admitía que el Logos habitaba en Cristo en
una medida superior a otros mensajeros de Dios, pero creía que
Cristo había sido gradualmente elevado a una posición de dignidad
divina. También creía que Cristo había permanecido libre del
pecado, había vencido el pecado de nuestros antepasados y se
había convertido en Salvador de la raza humana. Entre los años
268–269 d.C. los obispos de Siria que trabajaban bajo su dirección,
acusaron a Pablo de Samosata de herejía, arrogancia, vanidad y
avaricia y lo depusieron.

En resumen, esta primera clase de monarquismo puede clasificarse


como ebionista, es decir, esa especie de cristianismo judaizado que
pretendía hacer que la salvación dependiese de la observancia de la ley
y además consideraba a Jesús como el Mesías prometido, pero como un
mero hombre producto de la unión de José y María.

Monarquismo modalista o patripasiano

Este grupo o clase de monarquismo enseñaba que el Dios único y


Supremo por un acto de Su propia voluntad se autolimitó, haciéndose
hombre. De modo que el Hijo es el Padre revelado en la carne. Estos sólo
reconocían como Dios al que se había manifestado en Cristo y acusaban
a sus oponentes de enseñar que hay más de un Dios.
Varios nombres se mencionan como exponentes del monarquismo
modalista. El primero de ellos es Praxeas. Este procedía del Asia Menor,
pero se trasladó a Roma en tiempos de Marco Aurelio (161–180 d.C.). Allí
procuró la condenación del montanismo y enseñó abiertamente su
doctrina patripasiana, logrando convencer aun al obispo Víctor.
Praxeas apelaba a pasajes tales como Isaías 45:5; Juan 10:30 y 14:9
para apoyar sus enseñanzas, pasando por alto que dichos textos no son
antitrinitarios, sino que enfatizan la unidad de la esencia divina. Es
evidente que Praxeas no hacía distinción alguna entre persona y esencia
ya que acusaba a sus oponentes de ser triteístas. Estrechamente
relacionados con las enseñanzas de Praxeas, estaban Noeto de Esmirna
y un tal Calixto. Ambos enseñaban que el Hijo era meramente una
manifestación del Padre.
Por el año 200 d.C., un hombre llamado Sabelio comenzó a enseñar que
Dios se autorevela en tres modos diferentes: 1) Como Padre creó todas
las cosas y dio la ley a Israel, 2) como Hijo tomó la tarea de la redención,
y 3) como Espíritu Santo, después de haber completado la obra
redentora. Cada una de estas formas de manifestación, según Sabelio,
se efectúa cuando la otra termina. Es decir, Sabelio afirmaba que la
Deidad era unipersonal. Rotundamente negaba que Dios fuese Padre,
Hijo y Espíritu Santo al mismo tiempo.
En resumen, los adeptos del monarquismo querían proteger la unidad de
Dios, pero al hacerlo cayeron en el error del unitarianismo. Pablo de
Samosata, Praxeas, Sabelio y todos sus seguidores han errado al no ser
capaces de armonizar adecuadamente las enseñanzas de la Biblia.
Trinitarianismo no es lo mismo que triteísmo. La esencia divina es una,
las personalidades que componen esa esencia son tres.

7°- Padres de la Iglesia.


La palabra padre se aplicaba al maestro y los maestros se consideraban como padres de sus
alumnos. El oficio de enseñar incumbía al obispo y se hizo extensivo a los escritores
eclesiásticos siempre que fueran reconocidos como representantes de la tradición de la
Iglesia.

Hoy se consideran Padres de la Iglesia los que reúnen las siguientes condiciones: ortodoxia
de doctrina, santidad de vida, aprobación eclesiástica y antigüedad. Cuando estos Padres
hablan de doctrinas, hablan de ellas como de doctrinas universalmente admitidas.
Nosotros aceptamos lo que ellos enseñan porque dan testimonio de que en su tiempo las
profesaban todos los cristianos, en todas partes. Nunca hablan de sus opiniones personales

Son estos Padres, escritores cristianos del siglo I o principios del II cuyas enseñanzas
pueden considerarse como eco bastante directo de la predicación de los Apóstoles a
quienes conocieron personalmente. Se les da mucha importancia por considerar la
Tradición como fuente de la fe.

Padres apostólicos

Terminología puesta en uso por los eruditos del siglo XVII. Se consideran: Bernabé,
Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna y Hermas, lo que fue
ampliado luego con Papías de Hierápolis. Hermas y Bernabé se colocan dentro de los
escritos apócrifos.

Los Padres apostólicos pertenecen a la generación inmediata a la de los apóstoles. Sus


escritos responden a determinadas exigencias concretas de las cristiandades en un
determinado momento, por lo que en sus escritos predominan los temas morales,
disciplinares o cultuales siendo que su contenido doctrinal no aparece como muy rico y
profundo. Se insinúan las que habrían de ser líneas fundamentales del pensamiento
cristiano, tratando de guiar y edificar a los fieles.

Sus escritos son de carácter pastoral. Por contenido y estilo están en relación con los
escritos del Nuevo Testamento, en particular con las Epístolas. Se les puede considerar
como eslabones entre la época de la revelación y la de la tradición, y como testigos de
importancia para la fe cristiana.

A pesar de pertenecer a regiones muy distintas del Imperio Romano presentan un conjunto
uniforme de ideas, dando una imagen clara de la doctrina cristiana a fines del siglo I.
Típico de estos escritos es su carácter escatológico. La parusía se considera inminente. El
recuerdo de Cristo es vivo, acusando por El una profunda nostalgia. Presentan una
doctrina cristológica uniforme: Jesucristo, Hijo de Dios, preexistente, que participó en la
creación.

Un poco de historia:

Después de la Ascensión del Señor al Cielo y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés,
los Apóstoles, cumpliendo el mandato de Cristo, se dispersaron por todo el mundo
entonces conocido para llevar a cabo la misión que el Señor mismo les había confiado: id,
pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed
que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 19-20).

Muy pronto, comenzando por Jerusalén y por Judea, el Cristianismo se extendió por toda
Palestina y llegó a Siria y Asia Menor, al norte de Africa, a Roma y hasta los confines de
Occidente. En todas partes, los Apóstoles y los discípulos de la primera hora transmitieron
a otros lo que ellos habían recibido, dando así origen a la Tradición viva de la Iglesia. Los
primeros eslabones de esta larga cadena que llega hasta nuestros días son los Apóstoles; de
ellos penden, como eslabones inmediatos, los Padres y escritores de finales del siglo I y
primera mitad del siglo II, a los que habitualmente se denomina apostólicos por haber
conocido personalmente a aquellos primeros. El nombre proviene del patrólogo Cotelier
que, en el siglo XVI, hizo la edición príncipe de las obras de cinco de esos Padres, que
según él «florecieron en los tiempos apostólicos». En esa primera edición, figuran la
Epístola de Bernabé (que entonces se supuso equivocadamente que había sido escrita por
el compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos); Clemente Romano (que
efectivamente, según el testimonio de Ireneo, conoció y trató a los Apóstoles Pedro y
Pablo); Hermas (a quien erróneamente se identificó con el personaje de ese nombre citado
por San Pablo en la Epístola a los Romanos); Ignacio de Antioquía (que muy bien pudo
conocer a los Apóstoles), y Policarpo (de quien Ireneo testimonia explícitamente que había
conocido al Apóstol Juan).

A estas obras se unieron poco a poco las de otros Padres o escritores de esa época que se
fueron descubriendo: la «Didaché» («Doctrina de los Doce Apóstoles»), que es el más
antiguo de estos escritos; la homilía llamada «Secunda Clementis» (se atribuyó por algún
tiempo a aquel gran Obispo de Roma), y otras obras, como las «Odas de Salomón» o los
pocos fragmentos de Papías de Hierápolis que se conservan.

Característica común de este grupo de escritos, no muy numeroso, es que nos transmiten la
predicación apostólica con una frescura e inmediatez que contrasta con su vetusta
antigüedad. Son escritos nacidos en el seno de la comunidad cristiana, casi siempre por
obra de sus Pastores, destinados al alimento espiritual de los fieles. La Iglesia estaba
entonces recién nacida y, aunque desde el principio tuvo que sufrir contradicciones (basta
leer el libro de los Hechos de los Apóstoles), no permitió el Señor que la asaltaran, en esta
época tan joven, grandes herejías como las que surgirían más tarde. Como escribe el
antiguo historiador de la Iglesia, Hegesipo, sólo «cuando el sagrado coro de los Apóstoles
hubo terminado su vida, y había pasado la generación de los que habían tenido la suerte de
escuchar con sus propios oídos a la Sabiduría divina, entonces fue cuando empezó el
ataque de errores impíos, por obra del extravío de los maestros de doctrinas extrañas».
Estos, como los hemos llamado, no se proponen defender la fe frente a paganos, judíos o
herejes (aunque algún eco de tal defensa se encuentra de vez en cuando), ni pretenden
desarrollar científicamente la doctrina, sino que tratan de transmitirla como la han
recibido, con recuerdos e impresiones a veces muy personales. Su estilo es, por eso, directo
y sencillo; hablan de lo que viven y de lo que han visto vivir a los primeros discípulos:
aquellos que conocieron a Cristo cuando vivía entre los hombres y tocaron—como afirma
Juan—al mismo Verbo de la vida (1 Jn 1, 1).

La datación de estos escritos va desde el año 70 (en vida, por tanto, de algunos de los
Apóstoles) hasta mediados del siglo II, cuando muere Policarpo de Esmirna, que había
conocido al Apóstol San Juan. Un largo arco de tiempo, cuya parte final se superpone a los
comienzos de la segunda etapa, la de los apologistas y defensores de la fe, que pondrán los
fundamentos de la teología y pasarán el relevo de la Tradición—superando numerosas
persecuciones, de dentro y de fuera—a los que serían las luminarias de los grandes
Concilios ecuménicos de la antigüedad.

Policarpo de Esmirna.
Obispo de Esmirna y mártir, perteneciente a la época de los Padres Apostólicos. Nace en el
año 85. Parece ser que recibe el bautismo en la infancia, y no en la adolescencia como se
dice en la Vita Polycarpi, cap. 3, ya que a la hora de ser interrogado por el procónsul afirma
que contaba 86 años de vida cristiana (Martyrium Polycarpi, cap. 9). Retrasar la fecha de
su bautismo equivale a hacerle llegar casi centenario al martirio, dato que parece
incompatible con su viaje a Roma en el 154, y que no hubiese omitido el autor del
Martyrium. Es muy posible que descienda de padres cristianos no prevenientes de medios
judeocristianos. Ireneo de Lyon, que le había conocido en Esmirna, afirma que Policarpo
había recibido las enseñanzas de los Apóstoles y que éstos le habían instituido obispo de
Esmirna (cfr. Adv. Haer., III,3,4). En la carta a Florino, compañero de infancia en
Esmirna, caído en el gnosticismo, Ireneo recuerda las relaciones existentes entre Policarpo
y el Apóstol Juan (Eusebio, Hist. Eccl., V,20,6).

Tertuliano, recogiendo una tradición de la Iglesia de Esmirna, añade que fue instituido
obispo por ese mismo Apóstol (De Praesc., 32,2). Hacia el año 110 Policarpo. debe ocupar
ya la sede de Esmirna. Ignacio de Antioquía le estima particularmente (cfr. Carta a los
Efesios, 21,11), y desde Troas, camino del martirio, escribe dos cartas, una a la iglesia de
Esmirna y otra a su obispo Policarpo, agradeciendo la hospitalidad que se le ha prestado
durante su estancia en dicha ciudad y pidiendo que se envíe un delegado a la iglesia de
Antioquía para felicitarla por el cese de la persecución. Ignacio reconoce a Policarpo como
varón apostólico y le recomienda su rebaño (cfr. Eusebio, o. c. III, 36). Según testimonio de
Ireneo (Eusebio, o. c. IV,14,1), Policarpo marcha a Roma bajo el pontificado del papa
Aniceto (154/155-165/166) para discutir la fecha de la celebración de la Pascua. La iglesia
de Roma hacía coincidir siempre la celebración de la Pascua con un domingo, mientras que
las de Asia la celebraban siempre el 14 de marzo, fuese cual fuese el día de la semana.

Aniceto no pudo persuadir a Policarpo de que no celebrase la Pascua conforme a la


tradición recibida de los Apóstoles; Policarpo tampoco convenció a Aniceto de que dejase
la costumbre recibida de los presbíteros que le habían precedido, pero ambos guardaron la
paz (Eusebio, o. c. V,24,16).

La labor pastoral de Policarpo debió de ser muy fecunda. El Martyrium, cap. 12, pone en
boca de los paganos que ven entrar a Policarpo en el estadio: «¡El doctor de Asia, el
destructor de nuestros dioses! ». Es eficaz asimismo su actividad contra la herejía,
haciendo volver a la Iglesia a numerosos seguidores de Valentín y Marción. Durante su
estancia en Roma encuentra a este último, cuyo padre conocía, y le llama «primogénito de
Satanás» (Ireneo, Adv. Haer. II1,3,4). Al estallar la persecución bajo el proconsulado de
Decio Cuadrato, a ruego de sus fieles, Policarpo se esconde en una casa de campo siendo
descubierto por la traición de un esclavo. Antes de salir de la casa ora en voz alta por «toda
la Iglesia extendida por todo el mundo». Su cuerpo, arrojado a las llamas, no fue
totalmente consumido por ellas. Los cristianos pudieron recoger sus huesos (cfr.
Martyrium P., caps. 8,9, 17.18). El Martyrium termina con un apéndice cronológico
bastante preciso, cuyas indicaciones no parecen recusables. Según esto, la fecha del
martirio debe situarse en 23 feb. 155, o quizá el 22 feb. 156. Las objeciones provenientes de
Eusebio (Hist. Ecel. IV,15) situando el martirio de Policarpo en el tiempo de Marco
Aurelio, año 177, no parecen tener validez.

Cartas. Según Ireneo (Adv. Haer. III, 3, 4) Policarpo habría escrito diversas cartas. Sólo se
conserva la carta a los fieles de Filipo en Macedonia, transmitida por nueve manuscritos,
los mismos que transmiten la Epístola a Bernabé. En todos ellos es común una laguna en el
cap. 1X, 2, donde el texto enlaza con la Epístola a Bernabé V, 7. Para completar dicha
laguna se recurre a Eusebio (Hist. Eccl. III, 36, 13), que ha conservado los caps. IX y XIII,
el primero completo, y el segundo hasta la última frase. Se posee además una antigua y
libre versión completa latina del texto. Parece existir una pequeña discrepancia entre los
caps. IX y XIII: mientras que en el primero Policarpo habla de Ignacio y sus compañeros
como si conociese su muerte, en el segundo parece ignorarla.

Esta discrepancia, qué no es suficiente para dudar de su autenticidad, ha llevado a P. N.


Harrison (Polycarp's two Epistles to the P/hilippians, Cambridge 1936) a defender que el
texto contenido en la actual redacción es la unión de dos cartas: el cap. XIII sería un
pequeño billete enviado a los filipenses acompañando las cartas de Ignacio, y el resto una
carta posterior. Sin embargo, permanece la duda, ya que el cap. IX habla en términos vagos
y el cap. XIII, aunque Policarpo sea ya conocedor de la muerte de Ignacio, podría constituir
sólo una petición de detalles. La carta, sencilla y corta, pertenece al género parenético.
Contiene una profesión de fe en Dios Padre y en Nuestro Señor Jesucristo (12, 2).
Jesucristo aparece como sacerdote eterno en estrecha dependencia con la epístola a los
Hebreos (36, 1; 61, 1; 64). La resurrección de Jesús es el testimonio más claro de su
filiación divina (1, 2; 2, 1; 12, 2). El cap. VII es una fuerte diatriba contra la tendencia
doceta, que niega la venida de Cristo en cuerpo real, que no confiesa el testimonio de la
cruz, ni cree en la resurrección ni en el juicio, terminando con una exhortación a ser fieles a
la «tradición recibida desde el principio».

El «Martyrium Polycarpi». Es una carta dirigida por la iglesia de Esmirna a la de


Filomelium, villa de Frigia, escrita por testigos oculares, al parecer antes del primer
aniversario del martirio de Policarpo, ya que en el cap. 18,3 se habla de que los fieles han
recogido las cenizas del mártir obispo para enterrarlas en un lugar adecuado donde
vendrán a celebrar el aniversario. Nada permite dudar de su autenticidad. El autor exhorta
a seguir el ejemplo de Policarpo, enseñando que el martirio no es otra cosa que la imitación
de Cristo. El cap. XIV contiene una oración de procedencia litúrgica con abundantes y
espontáneas reminiscencias bíblicas, conteniendo una doxología trinitaria importante. El
mártir se dirige a Dios todopoderoso «Padre de tu Hijo muy amado (único) y bendito
Jesucristo», afirmación que une al monoteísmo judío la profesión del misterio cristiano.
Jesucristo recibe los epítetos de hijo (país) y bendito (eulogetós). El primer término
recuerda la expresión de «siervo de Yahwéh», pues puede significar hijo o siervo. El
segundo término no se encuentra en la literatura cristiana primitiva fuera de este texto más
que aplicado a Dios Padre y en fórmulas de sabor litúrgico. La doxología final, «... por
quien (Cristo) a Ti con El y con el Espíritu Santo la gloria ahora y por los siglos de los siglos
amén», debido a que es excepcional en la literatura de los dos primeros siglos y no es clara
la tradición manuscrita, presenta fuertes dudas sobre su autenticidad. El texto del
Martyrium nos llega conservado en seis manuscritos en condiciones muy desfavorables.
Termina con un postscriptum cronológico.

Los manuscritos añaden (cap. 22,1) un apéndice que puede haber sido adjuntado por la
Iglesia de Filomelium, pero que en su redacción actual y con la doxología larga parece ser
del s. IV. Un segundo apéndice (22,2-4) es un añadido probablemente del mismo siglo.

8° Problemática del Concilio de Nicea.


Después de su victoria contra Licinus, el emperador de oriente, en septiembre de 324 d.C.
Constantino dueño absoluto del Imperio Romano, se esforzó en arreglar los litigios entre
los diferentes obispos de oriente, como ya hizo en occidente por causa del donatismo
convocando los sínodos de Roma en el 311 y el de Arlés en el 314. Así convocó a los
diferentes obispos a un sínodo comparable en todo a los comitia (comicios) de las órdenes
civiles del Imperio. Este concilio fue convocado primeramente en Ancyra y después, por
razones de comodidad el propio emperador, en Nicea, donde en sus inmediaciones más
próximas se encontraba la residencia imperial de Nicomedia.

Vemos que el emperador, tras haber logrado la unificación y uniformidad total del imperio
bajo su persona, trataba de hacer lo mismo con el cristianismo, a imagen del propio
imperio. Este concilio no fue convocado por la iglesia o uno de sus obispos, sino por un
emperador sobre el que aún hoy recaen serias dudas entorno a lo genuino de su fe
cristiana, puesto que era un adorador del Solis Invictus (Sol Invicto). La pretensión
posterior del obispado de Roma de ejercer una primacía jerárquica sobre el resto de la
cristiandad tiene mucho que ver con este deseo de uniformidad imperial.

Por deseo del emperador romano Constantino, el concilio se reunió en la ciudad de Nicea,
en el Asía Menor y cerca de Constantinopla, en el año 325 el 20 de mayo, la mañana de las
fiestas de conmemoración de su victoria sobre su rival Licinio.Es esta asamblea la que la
posteridad conoce como el Primer Concilio Ecuménico, es decir, universal.

El número exacto de los obispos que asistieron al concilio nos es desconocido, pero al
parecer fueron unos trescientos. Para comprender la importancia de lo que estaba
aconteciendo, recordemos que varios de los presentes habían sufrido cárcel, tortura o exilio
poco antes, y que algunos llevaban en sus cuerpos las marcas físicas de su fidelidad. Y
ahora, pocos años después de aquellos días de pruebas, todos estos obispos eran invitados
a reunirse en la ciudad de Nicea, y el emperador cubría todos sus gastos. Muchos de los
presentes se conocían de oídas o por correspondencia. Pero ahora, por primera vez en la
historia de la iglesia, podían tener una visión física de la universalidad de su fe. En su "Vida
de Constantino" Eusebio de Cesarea nos describe la escena:

"Allí se reunieron los más distinguidos ministros de Dios, de Europa, Libia, es decir
África y Asia. Una sola casa de oración, como si hubiera sido ampliada por obra de Dios,
cobijaba a sirios y cilicios, fenicios y árabes, delegados de la Palestina y del Egipto,
tebanos y libios, junto a los que venían de la región de Mesopotamia. Había también un
obispo persa, y tampoco faltaba un escita en la asamblea. El Ponto, Galacia, Panfilia,
Capadocia, Asia y Frigia enviaron a sus obispos más distinguidos, juntos a los que vivían
en las zonas más recónditas de Tracia, Macedonia, Acaya y el Epiro. Hasta de la misma
Espafía, uno de gran fama (Osio de Córdoba) se sentó como miembro de la gran
asamblea. El obispo de la ciudad imperial (Roma) no pudo asistir debido a su avanzada
edad, pero sus presbíteros lo representaron. Constantino es el primer príncipe de todas
las edades en haber juntado semejante guirnalda mediante el vínculo de la paz, y
habérsela presentado a su Salvador como ofrenda de gratitud por las victorias que había
logrado sobre todos sus enemigos"

En este ambiente de euforia, los obispos se dedicaron a discutir las muchas cuestiones
legislativas que era necesario resolver una vez terminada la persecución. La asamblea
aprobó una serie de reglas para la readmisión de los caídos, acerca del modo en que los
presbíteros y obispos debían ser elegidos y ordenados, y sobre el orden de precedencia
entre las diversas sedes.

Pero la cuestión más escabrosa que el Concilio de Nicea tenía que discutir era
la controversia arriana. En lo referente a este asunto, había en el concilio varias
tendencias:

Primera tendencia: Arrianos.


En primer lugar, había un pequeño grupo de arrianos convencidos, capitaneados por
Eusebio de Nicomedia -personaje importantísimo en toda esta controversia, que no ha de
confundirse con Eusebio de Cesarea. Puesto que Arrio no era obispo, no tenía derecho a
participar en las deliberaciones del concilio. En todo caso, Eusebio y los suyos estaban
convencidos de que su posición era correcta, y que tan pronto como la asamblea escuchase
su punto de vista, expuesto con toda claridad, reivindicaría a Arrio y reprendería a
Alejandro por haberle condenado.

Segunda tendencia: Trinitarios Antiarrianos.


En segundo lugar, había un pequeño grupo que estaba convencido de que las doctrinas de
Arrio ponían en peligro el centro mismo de la fe cristiana, y que por tanto era necesario
condenarlas. El jefe de este grupo era Alejandro de Alejandría. Junto a él estaba un joven
diácono que después se haría famoso como uno de los gigantes cristianos del siglo IV,
Atanasio.

Tercera tendencia: Trinitarios tradicionalistas.


Los obispos que procedían del oeste, es decir, de la región del Imperio donde se hablaba el
latín, no se interesaban en la especulación teológica. Para ellos la doctrina de la Trinidad se
resumía en la vieja fórmula enunciada por Tertuliano más de un siglo antes: una
substancia y tres personas.

Cuarta tendencia: Patripasionistas.


Otro pequeño grupo -probablemente no más de tres o cuatro- sostenía posiciones cercanas
al "patripasionismo", es decir, la doctrina según la cual el Padre y el Hijo son uno mismo, y
por tanto el Padre sufrió en la cruz. Aunque estas personas estuvieron de acuerdo con las
decisiones de Nicea, después fueron condenadas. Empero, a fin de no complicar demasiado
nuestra narración, no nos ocuparemos más de ellas.

Quinta tendencia: Neutrales.


Por último, la mayoría de los obispos presentes no pertenecía ninguno de estos grupos.
Para ellos, era una verdadera lástima hecho de que, ahora que por fin la iglesia gozaba de
paz frente al Imperio, Arrio y Alejandro se hubieran envuelto en una controversia que
amenazaba dividir la iglesia. La esperanza de estos obispos, al comenzar la asamblea,
parece haber sido lograr una posición conciliatoria, resolver las diferencias entre Alejandro
y Arrio, y olvidar la cuestión. Ejemplo típico de esta actitud es Eusebio de Cesarea.

Reacción del concilio al escuchar las ideas arrianas.


En esto estaban las cosas cuando Eusebio de Nicornedia, el jefe del partido arriano, pidió
la palabra para exponer su doctrina. Al parecer, Eusebio estaba tan convencido de la
verdad de lo que decía, que se sentía seguro de que tan pronto como los obispos
escucharan una exposición clara de sus doctrinas las aceptarían como correctas, y en esto
terminaría la cuestión. Pero cuando los obispos oyeron la exposición de las doctrinas
arrianas su reacción fue muy distinta de lo que Eusebio esperaba. La doctrina según la cual
el Hijo o Verbo no era sino una criatura -por muy exaltada que fuese esa criatura- les
pareció atentar contra el corazón mismo de su fe. A los gritos de "¡blasfemia!", "¡mentira!"
y "¡herejía!", Eusebio tuvo que callar, y se nos cuenta que algunos de los presentes le
arrancaron su discurso, lo hicieron pedazos y lo pisotearon.

El resultado de todo esto fue que la actitud de la asamblea cambió. Mientras antes la
mayoría quería tratar el caso con la mayor suavidad posible, y quizá evitar condenar a
persona alguna, ahora la mayoría estaba convencida de que era necesario condenar las
doctrinas expuestas por Eusebio de Nicomedia.

Al principio se intentó lograr ese propósito mediante el uso exclusivo de citas bíblicas.
Pero pronto resultó claro que los arrianos podían interpretar cualquier cita de un modo
que les resultaba favorable, o al menos aceptable. Por esta razón, la asamblea decidió
componer un credo que expresara la fe de la iglesia en lo referente a las cuestiones que se
debatían. Tras un proceso que no podemos narrar aquí, pero que incluyó entre otras cosas
la intervención de Constantino sugiriendo que se incluyera la palabra "consubstancial"
-palabra ésta que discutiremos más adelante en este capítulo, se llegó a la siguiente
fórmula, que se conoce como el Credo de Nicea:

El Credo Niceno
“Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e
invisibles.
Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es
decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios
verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las
cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra;
quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se
hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los
muertos.
Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser
engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra
substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos
anatematiza la iglesia católica”.

Esta fórmula, a la que después se le añadieron varias cláusulas -y se le restaron los


anatemas del último párrafo- es la base de lo que hoy se llama “Credo Niceno”, que es el
credo cristiano más universalmente aceptado. El llamado "Credo de los Apóstoles", por
haberse originado en Roma y nunca haber sido conocido en el Oriente, es utilizado sólo por
las iglesias de origen occidental, es decir, la romana y las protestantes. Pero el Credo
Niceno, al mismo tiempo que es usado por la mayoría de las iglesias occidentales, es el
credo más común entre las iglesias ortodoxas orientales, griega, rusa, etc.

Al hacer un análisis del Credo, resulta claro que el propósito de esta fórmula es excluir toda
doctrina que pretenda que el Verbo es en algún sentido una criatura. Esto puede verse en
primer lugar en frases tales como “Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios
verdadero”. Pero puede verse también en otros lugares, como cuando el Credo dice
“engendrado, no hecho”. Nótese que al principio el mismo Credo había dicho que el Padre
era “hacedor de todas las cosas visibles e invisibles”. Por tanto, al decir que el Hijo no es
“hecho”, se le está excluyendo de esas cosas “visibles e invisibles” que el Padre hizo.
Además, en el último párrafo se condena a quienes digan que el Hijo “fue hecho de las
cosas que no son”, es decir, que fue hecho de la nada, como la creación. Y en el texto del
Credo, para no dejar lugar a dudas, se nos dice que el Hijo es engendrado “de la substancia
del Padre”, y que es “consubstancial al Padre”. Esta última frase, “consubstancial al Padre”,
fue la que más resistencia provocó contra el Credo de Nicea, pues parecía dar a entender
que el Padre y el Hijo son una misma cosa, aunque su sentido aquí no es ése, sino sólo
asegurar que el Hijo no es hecho de la nada, como las criaturas.

En todo caso, los obispos se consideraron satisfechos con este credo, y procedieron a
firmarlo, dando así a entender que era una expresión genuina de su fe. Sólo unos pocos
-entre ellos Eusebio de Nicomedia- se negaron a firmarlo. Estos fueron condenados por la
asamblea, y depuestos. Pero a esta sentencia Constantino añadió la suya, ordenando que
los obispos depuestos abandonaran sus ciudades. Esta sentencia de exilio añadida a la de
herejía tuvo funestas consecuencias, como ya hemos dicho, pues estableció el precedente
según el cual el estado intervendría para asegurar la ortodoxia de la iglesia o de sus
miembros.
La controversia arriana después del concilio
El Concilio de Nicea no puso fin a la discusión. Eusebio de Nicomedia era un político hábil,
y además parece haber sido pariente lejano de Constantino. Su estrategia fue ganarse de
nuevo la simpatía del emperador, quien pronto le permitió regresar a Nicomedia. Puesto
que en esa ciudad se encontraba la residencia veraniega de Constantino, esto le
proporcionó a Eusebio el modo de acercarse cada vez más al emperador. A la postre, hasta
el propio Arrio fue traído del destierro, y Constantino le ordenó al obispo de
Constantinopla que admitiera al hereje a la comunión.

El obispo debatía si obedecer al emperador o a su conciencia cuando Arrio murió. En el


año 328 Alejandro de Alejandría murió, y le sucedió Atanasio, el diácono que le había
acompañado en Nicea, y que desde ese momento sería el gran campeón de la causa nicena.
A partir de entonces, dicha causa quedó tan identificada con la persona del nuevo obispo
de Alejandría, que casi podría decirse que la historia subsiguiente de la controversia
arriana es la biografía de Atanasio. Baste decir que, tras una serie de manejos, Eusebio de
Nicomedia y sus seguidores lograron que Constantino enviara a Atanasio al exilio. Antes
habían logrado que el emperador pronunciara sentencias semejantes contra varios otros de
los jefes del partido niceno. Cuando Constantino decidió por fin recibir el bautismo, en su
lecho de muerte, lo recibió de manos de Eusebio de Nicomedia.

A la muerte de Constantino, tras un breve interregno, le sucedieron sus tres hijos


Constantino II, Constante y Constancio. A Constantino II le tocó la región de las Galias,
Gran Bretaña, España y Marruecos. A Constancio le tocó la mayor parte del Oriente. Y los
territorios de Constante quedaron en medio de los de sus dos hermanos, pues le
correspondió el norte de Africa, Italia, y algunos territorios al norte de Italia. Al principio
la nueva situación favoreció a los nicenos, pues el mayor de los tres hijos de Constantino
favorecía su causa, e hizo regresar del exilio a Atanasio y los demás. Pero cuando estalló la
guerra entre Constantino II y Constante, Constancio, que como hemos dicho reinaba en el
Oriente, se sintió libre para establecer su política en pro de los arrianos.

Una vez más Atanasio se vio obligado a partir al exilio, del cual volvió cuando, a la muerte
de Constantino II, todo el Occidente quedó unificado bajo Constante, y Constancio tuvo
que moderar sus inclinaciones arrianas. Pero a la larga Constancio quedó como dueño
único del Imperio, y fue entonces que, como diría Jerónimo "el mundo despertó como de
un profundo sueño y se encontró con que se había vuelto arriano". De nuevo los jefes
nicenos tuvieron que abandonar sus diócesis, y la presión imperial fue tal que a la postre
los ancianos Osio de Córdoba y Liberio -el obispo de Roma- firmaron una confesión de fe
arriana.

Consecuencias del concilio


Pero, ¿Cuales fueron las consecuencias de que el Imperio Romano se aliase con el
cristianismo?, ¿Cómo es posible que aquellos héroes de la fe que aún poseían en su cuerpo
las marcas del martirio obedeciesen al poder temporal congregándose en un concilio
convocado por un emperador pagano, o por condescender, cristianizado a medias?

Constantino colmó de privilegios a los cristianos y elevó a muchos obispos a puestos


importantes, confiándoles, en ocasiones, tareas más propias de funcionarios civiles que de
pastores de la Iglesia de Cristo. A cambio, él no cesó de entrometerse en las cuestiones de
la Iglesia, diciendo de sí mismo que era «el obispo de los de afuera» de la Iglesia. Las
nefastas consecuencias de este contubernio no fueron previstas entonces. Debido, sin
duda, al agradecimiento que querían expresar al emperador que acabó con las
persecuciones, los cristianos permitieron que éste se inmiscuyera en demasía en el terreno
puramente eclesiástico y espiritual de la Cristiandad. Las influencias fueron recíprocas:
comenzaron a aparecer prelados mundanos que en el ejercicio del favor estatal que
disfrutaban no estaban, sin embargo, inmunizados a las tentaciones corruptoras del poder
y daban así un espectáculo poco edificante. Esta corriente tendría su culminación en la
Edad Media y el Renacimiento. Como reacción a esta secularización de los principales
oficiales de la Iglesia, surgieron el ascetismo y el monasticismo que trataban de ser una
vuelta a la pureza de vida primitiva, pero que no siempre escogieron los mejores medios
para ello.

La mentalidad romana fue penetrando cada vez más el carácter de la cristiandad se exigió
la mas completa uniformidad en las cuestiones más secundarias, como la fijación de la
fecha de la Pascua y otras trivialidades parecidas que ya habían agitado vanamente los
espíritus a finales del siglo III. Estas tendencias a la uniformidad fueron consideradas por
los emperadores como un medio sumamente útil del que servirse para lograr la más
completa unificación del Imperio. Contrariamente a lo que generalmente se dice, el Edicto
de Milán no estableció el Cristianismo como religión del imperio. Esto vendría después, en
el año 380 bajo Teodosio. El cristianismo no se convirtió en la religión oficial en tiempos
de Constantino, pero devino la religión popular, la religión de moda, pues era la que
profesaba el emperador. Tal popularidad, divorciada en muchos casos de motivos
espirituales fue nefasta:

«La masa del Imperio romano -escribe Schaff- fue bautizada solamente con agua, no con el
Espíritu y el fuego del Evangelio, y trajo así las costumbres y las prácticas paganas al
santuario cristiano bajo nombres diferentes»:
«Sabemos por Eusebio -nos explica Newman (un cardenal Católico Romano)-, que
Constantino, para atraer a los paganos a la nueva religión, traspuso a ésta los ornamentos
externos a los cuales estaban acostumbrados. El uso de templos dedicados a santos
particulares, ornamentados en ocasiones con ramas de árboles; incienso, lámparas y velas;
ofrendas votivas para recobrar la salud; agua bendita; fiestas y estaciones, procesiones,
bendiciones a los campos; vestidos sacerdotales, la tonsura, el anillo de bodas, las
imágenes en fecha más tardía, quizá el canto eclesiástico, el Kyrie Eleison, todo esto tiene
un origen pagano y fue santificado mediante su adaptación en la Iglesia» J. H. Newman.
An Essay on the Development of Christian Doctrine, pp. 359, 360.
Esta situación preparó el camino a la promulgación del Cristianismo como religión oficial
del Imperio romano. De manera que, los primeros edictos de Constantino y Licinio,
proclamando la libertad de todos los cultos, no significaron el fin de la intolerancia
religiosa sino que se convirtieron en las simples etapas iniciales de otra intolerancia que
estaba en puertas. La plena libertad de conciencia que legalizaron los decretos de 313 y 314
era algo demasiado anticipado a los tiempos y pronto fue echada en olvido. Sirvió tan sólo
para que, de alguna manera, Constantino lograra la introducción de la nueva fe en la
legalidad del Imperio.

Cuatro siglos de predicación del Evangelio, pese a todas las imperfecciones de los
cristianos, habían dejado una huella cuyas Influencias se notaban cada vez más en la vida
social. La doctrina del hombre creado a imagen de Dios impuso restricciones a la
costumbre de marcar a los esclavos en la cara y aún inició la serie de medidas que,
finalmente, darían fin a la esclavitud misma. Comenzaron las medidas tendentes a la
protección de los niños abandonados por sus padres ya la salvaguardia de la santidad del
matrimonio. Pese a la infiltración del espíritu y las maneras paganas en la Iglesia, y pese a
la propia decadencia espiritual de ésta, el poder del Evangelio hizo su impacto en el
Imperio y aún más allá de sus fronteras. Pero, es en estas épocas cuando resulta más difícil
el trazar la línea que distingue lo que es meramente institución eclesiástica y la que es la
verdadera Ecclesia.

La libertad ganada con la sangre de los mártires y el sufrimiento de los confesores, se buscó
a partir de entonces en las adulaciones y los contubernios con el gobierno imperial. Sin
darse cuenta, las Iglesias se debilitaron pues perdieron un elemento básico de la vida
espiritual: la libertad moral. En aquel tiempo, no obstante, creyeron que por el contrario,
hallaban su más grande emancipación.

Los concilios que tuvieron lugar inmediatamente después de la paz de Constantino, se


resintieron de la intervención estatal que habría de coartar la plena libertad espiritual de
los sínodos y la vida de la Cristiandad.

Para Constantino, el cristianismo vendría a ser la culminación del proceso unificador que
había estado obrando en el Imperio desde hacía siglos. Había logrado que sólo hubiera un
emperador, una ley y una ciudadanía para todos los hombres libres. Sólo faltaba una
religión única para todo el Imperio. Para ello era preciso que hubiera igualmente una sola
Cristiandad, uniformada al máximo posible. De esta manera, las discusiones doctrinales o
disciplinarias de la Iglesia se convirtieron en problema de Estado.

9º- El Concilio de Calcedonia.


El Cuarto Concilio Ecuménico, tuvo lugar en el 451, desde Octubre 8 hasta el 1 de
Noviembre, en Calcedonia, una ciudad de Bitinia en Asia Menor. Su principal propósito fue
defender la doctrina Católica ortodoxa en contra de la herejía de Eutiques y los
Monofisistas, aunque la disciplina eclesiástica y la jurisdicción también ocuparon la
atención del Concilio. Por un pequeño margen se había condenado en el Concilio de Éfeso,
en el 431, por un margen pequeño la herejía de Nestorio acerca de las dos personas en
Cristo, cuando el error opuesto a esta herejía apareció. Puesto que Nestorio totalmente
dividió lo divino y lo humano en Cristo, de tal forma que pensó en la existencia de dos
seres en Cristo, llegó a ser de la incumbencia de sus opositores enfatizar la unidad de Cristo
y mostrar al hombre - Dios, no como dos seres sino como uno. Algunos de sus oponentes,
en sus esfuerzos para mantener la unidad física de Cristo, sostuvieron que las dos
naturalezas existentes en Él, la divina y la humana, estaban tan íntimamente unidas que
llegaban a ser físicamente una, puesto que la naturaleza humana era completamente
absorbida por la divina. Así resultaba un Cristo, no solo con una sola personalidad sino
también con una sola naturaleza. Después de la Encarnación, dijeron ellos, ninguna
distinción podía hacerse en Cristo entre lo divino y lo humano. Los principales
representantes de esta enseñanza fueron Dioscoros, patriarca de Alejandría, y Eutiques, un
archimandrita o presidente de un monasterio fuera de Constantinopla. El error
Monofisista, tal como fue llamado (del griego mono physis, una sola naturaleza), reclamó
la autoridad de San Cirilo, a causa de las imprecisiones en algunas expresiones del gran
profesor de Alejandría.

El error de Eutiques primero fue advertido por Domnus, patriarca de Antioquía; Eusebio,
Obispo de Doryleum (Frigia), prefirió hacer una acusación formal en contra del primero,
en un sínodo en Constantinopla en Noviembre de ese año. Esta junta declaró como materia
de fe que después de la Encarnación, Cristo tenía dos naturalezas en una hipóstasis o
persona, luego que Él era uno solo, un solo Hijo, un solo Señor. Eutiques, quien se
presentó antes de este sínodo, protestó afirmando lo contrario, que antes de la
Encarnación, existían dos naturalezas, pero que después de La Unión solo hubo una
naturaleza en Cristo, y que la humanidad de Él no era de la misma esencia que la nuestra.
Esas afirmaciones fueron encontradas contrarias a la ortodoxia cristiana. Eutiques fue
depuesto de sus cargos, excomulgado y privado de su posición en el monasterio. Él
protestó y apeló por una restitución al Papa León I (440 - 461), a otros distinguidos
Obispos, y a Teodosio II. El Obispo Flaviano de Constantinopla, informó al Papa León y a
otros Obispos de lo que había ocurrido en su ciudad. Eutiques ganó la simpatía del
emperador, a través de los representantes de los monjes y los de Dióscoros, patriarca de
Antioquía; el emperador fue inducido a convocar un nuevo Concilio en Éfeso. El Papa
León, Dióscoros, y varios Obispos fueron invitados a asistir e investigar de nuevo la
ortodoxia de Eutiques. El Papa no pudo ir, pero envió a tres delegados como sus
representantes y portadores de cartas a personajes prominentes de Oriente y al inminente
sínodo. Entre esas cartas, todas las cuales llevan la fecha 13 de Junio del 449, está una
conocida como “Epístola Dogmática” de León I, en la cual explica el misterio de la
Encarnación, con referencia especial a las preguntas elevadas por Eutiques. Así, él declaró
que después de la Encarnación, que fue adecuada a cada naturaleza y substancia en Cristo,
permanecieron intactas, ambas unidas a una única persona, de tal forma, que cada
naturaleza actuaba de acuerdo con sus propias cualidades y características. El Papa no
dudó en condenar a Eutiques y su doctrina. El Concilio se celebró en Éfeso, en Agosto del
449. Sólo a los amigos y simpatizantes de Dióscoros y Eutiques se les permitió tener voz. El
patriarca de Alejandría presidió e ignoró a los delegados papales, y no permitió que se
leyeran en la asamblea las cartas del Papa León, incluyendo la "Epístola Dogmática".
Eutiques fue declarado ortodoxo y reinstalado en su sacerdocio y oficio monástico. Por otro
lado, Flaviano de Constantinopla y Eusebio de Doryleum fueron depuestos. El primero fue
exilado, y murió poco después a consecuencia del maltrato, y le sucedió el diácono
Anatolio, simpatizante de Dióscoros. Debido a la extrema violencia de Dióscoros y sus
simpatizantes, esta asamblea fue denominada por León I el "Latrocinio" o Concilio de
Éfeso del Robo, nombre que se ha asociado a él.

Teodosio II, quien simpatizó con Eutiques, aprobó estos actos violentos; León I, por otra
parte, cuando fue completamente informado acerca de lo ocurrido en Éfeso, en un sínodo
en Roma y a través de varias cartas, condenó todas las Actas del Concilio así llamado.
Rehusó también a reconocer a Anatolio como Obispo oficial de Constantinopla, al menos
hasta que pudiese dar explicaciones satisfactorias acerca de sus creencias. Al mismo
tiempo, exigió al emperador convocar de nuevo a un Concilio en Italia, para enderezar los
errores cometidos en Éfeso. Como razón especial para la oportunidad, y aún, necesidad, de
este nuevo Concilio, alegó la apelación del depuesto Flaviano de Constantinopla. Teodosio
sin embargo, declinó satisfacer los deseos del Papa. En esta etapa, la repentina muerte del
emperador (28 de Julio del 450) cambió de una la situación religiosa del Oriente. Teodosio
fue sucedido por su hermana Pulqueria, quien ofreció su mano y con ella el trono al
valiente general llamado Marciano (450 - 457). Ambos se opusieron a la nueva enseñanza
de Dióscoros y Eutiques, y Marciano de una informó a León I de su voluntad para convocar
a un nuevo Concilio, de acuerdo al deseo del Papa. Mientras tanto, la situación había
cambiado. Anatolio de Constantinopla, y con él, muchos otros Obispos, condenaron las
enseñanzas de Eutiques y aceptaron la epístola dogmática del Papa León I. Cualquier otra
discusión respecto al Dogma de Fe parecía superflua. Europa Occidental, mientras tanto,
estaba en estado de agitación debido de los Hunos bajo Atila, por cuya razón, la mayoría de
los Obispos Occidentales no podían asistir al Concilio convocado en el Oriente. León I en
consecuencia, se manifestó en varias ocasiones contra un Concilio y escribió en este
sentido al emperador Marciano, la Emperatriz Pulqueria, Anatolio de Constantinopla y
Julian de Cos; todas esas cartas llevan la fecha Junio 9 del 451. El 17 de Mayo del 451,
Marciano emitió un decreto, en nombre también del emperador Valentiniano III (425 -
455), ordenando que todos los Obispos metropolitanos, con sus Obispos diocesanos, se
reunieran en Septiembre de ese año en Nicea, Bitinia, para un Concilio general que tenía el
propósito de poner en orden las materias de fe recientemente puesta en duda.

Insatisfecho con esta acción, el Papa, sin embargo, estuvo de acuerdo en enviar sus
representantes a Nicea. Designó como delegados a Pascasio, Obispo de Lilybeum,
(Marsala) en Sicilia, Lucencio, también un Obispo, Julian, Obispo de Cos, y dos sacerdotes,
Bonifacio y Basil; Pascasio debía presidir el cercano Concilio en lugar del Papa. Del 24 al
26 de Junio del 451, León I escribió varias cartas, al emperador Marciano, a su delegado
Pascasio, a Anatolio de Constantinopla, a Julian de Cos, y al sínodo mismo; en las que
expresaba el deseo que los decretos de la asamblea debían estar conformes con sus
enseñanzas, expuestas en sus epístolas dogmáticas. También se dieron instrucciones
detalladas a los delegados papales, con guías para el Concilio; estos documentos, sin
embargo, se han destruido, con la excepción de dos fragmentos preservados por las Actas
del Concilio. En Julio partieron para su destino. Muchos Obispos llegaron a Nicea durante
el verano, pero la apertura de la asamblea se pospuso debido a la dificultad del emperador
para estar presente. Finalmente, a disgusto de los Obispos, en quienes crecía el disgusto
por la demora, Marciano solicitó su presencia en Calcedonia, vecina de Constantinopla. Lo
que así se hizo, dando comienzo el Concilio el 8 de Octubre.

Con toda probabilidad, se hizo un informe oficial de las reuniones durante el Concilio
mismo o un poco después. Los Obispos reunidos informaron al Papa que una copia de
todas las Actas se le haría llegar en Marzo del 453. El Papa León I, ordenó hacer, a Julián
de Cos, que estaba en Constantinopla, una colección de todas las Actas y traducirlas al
latín. Existen aún versiones muy antiguas de ellas en griego y latín. La mayoría de los
documentos, especialmente las minutas de las sesiones, se escribieron en griego; otras, por
ejemplo las misivas imperiales, fueron publicadas en ambas lenguas; otras, por ejemplo,
las cartas papales, fueron escritas en latín. Eventualmente, casi todas ellas fueron
traducidas a ambos idiomas.

No se conoce el número exacto de los Obispos presentes. En una carta a León I, el sínodo
mismo habla de 520, aunque el Papa habla de 600, aunque una estimación habla de 630,
incluyendo los representantes de los Obispos ausentes. Ningún Concilio previo podía
ufanarse de tan gran número de Obispos reunidos, ya que apenas si igualaban y rara vez
sobrepasaban ese número. El Concilio sin embargo, no fue representativo de los países de
donde llegaron muchos Obispos. Aparte de los delegados papales, y de dos Obispos de
África, prácticamente todos los Obispos pertenecían a la Iglesia Oriental. Ésta, sin
embargo, estuvo bien representada; las dos grandes enviaron sus contingentes las
prefecturas o divisiones civiles, de Oriente y de Iliria, comprendiendo Egipto, el Oriente
(incluyendo Palestina). Los más prominentes entre los Obispos de Oriente fueron Anatolio
de Constantinopla, Máximo de Antioquía, Dioscoros de Alejandría, Juvenal de Jerusalem,
Talasio de Cesarea en Capadocia, Esteban de Éfeso, Quintilo de Heraclea, y Pedro de
Corinto. El honor de presidir esta Venerable asamblea recayó sobre Pascasio, Obispo de
Lilybeum, el primero de los delegados papales, de acuerdo con la intención de León I,
manifestada en su carta al emperador Marciano (Junio 24 del 451). Un poco después del
Concilio, escribiendo a los Obispos de la Galia, menciona que sus legados presidieron en su
lugar en el sínodo de Oriente. Adicionalmente, proclamó la apertura del Concilio en el
nombre y en lugar del Papa León I. Los miembros del sínodo reconocieron esta
prerrogativa de los delegados papales, cuando escribiendo al Papa, declaraban que él los
presidía a través de sus representantes. En interés del orden y para mantener un
procedimiento regular, el emperador Marciano señaló a unas personas de alto rango, como
comisionados, a quienes se les otorgó lugares de honor en el Concilio. Su jurisdicción, sin
embargo, no cubría las materias eclesiásticas o religiosas que estaban en discusión. Los
comisionados sólo establecían el orden de los temas en las sesiones; abrían las discusiones,
ponían en consideración de la asamblea las materias que debían discutirse, solicitaban los
votos de los Obispos sobre varios aspectos, y cerraban las sesiones. Además de éstos,
estuvieron presente varios miembros del Senado, quienes compartieron el lugar de honor
con los comisionados imperiales.

Desde el principio de la primera sesión, los delegados papales, en cabeza de Pascasio,


protestaron en contra de la presencia de Dióscoros de Alejandría. Se favoreció una
acusación formal por herejía y acciones injustas cometidas en el Concilio de Éfeso llamado
del Robo por parte de Eusebio de Doryleum, y por sugerencia de los comisionados
imperiales, fue removido de su silla de entre los Obispos y privado del voto. Para hacer una
investigación completa de su caso, se leyeron las Actas completas del Concilio del Robo,
con las del sínodo sostenido en el 448 por Flaviano de Constantinopla, lo que ocupó la
primera sesión en su totalidad. Al final, los comisionados imperiales declararon que puesto
que Flaviano de Constantinopla y otros Obispos habían sido depuestos injustamente por el
Concilio del Robo, debería ser justo que Dioscóros y los líderes de ese sínodo debieran
sufrir, ahora, ese mismo castigo. Un cierto número de los Obispos estuvo de acuerdo, pero
finalmente se declararon satisfechos con la deposición única de Dióscoros.

La segunda sesión (Octubre 10) estuvo ocupada con la lectura de los testimonios
relacionados con asuntos de fe, especialmente aquellos bajo discusión. Entre ellos estaba
los símbolos o credos de los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381); las dos cartas
de San Cirilo de Alejandría, la segunda carta a Nestorio y la carta escrita a los Obispos de
Antioquía en 433, después de su reconciliación con ellos; finalmente se leyó la epístola
dogmática del Papa León I. Todos estos documentos fueron aprobados por el Concilio.
Cuando la famosa epístola del Papa fue leída, los miembros del Concilio manifestaron que
la fe contenida en ella, era la fe de los Padres y de los Apóstoles; que a través de León,
había hablado Pedro.

La tercera sesión tuvo lugar el 13 de Octubre; los comisionados imperiales y cierto número
de Obispos estaban ausentes. Eusebio de Doryleum presentó una nueva acusación en
contra de Dióscoros de Alejandría, en la que los cargos de herejía e injusticia, cometidos
durante el Concilio del Robo se repitieron de nuevo. Tres eclesiásticos y un laico de
Alejandría, presentaron igualmente acusaciones en contra del Obispo, quien fue declarado
culpable de muchos cargos de injusticia y conducta impropia. Al final de la sesión, los
delegados papales declararon que Dióscoros debía ser privado de su cargo de Obispo y de
todas las dignidades eclesiásticas por haber apoyado al herético Eutiques, por haber
excomulgado al Papa León I y por haberse rehusado en responder a los cargos hechos en
contra de él. Todos los miembros presentes estuvieron de acuerdo con esta proposición, y
el decreto de deposición fue dado a conocer al mismo Dióscoros, a los eclesiásticos
Alejandrinos que estaban con él en Calcedonia, a los emperadores Marciano y Valentiniano
III, y a la Emperatriz Pulqueria.
La cuarta sesión que tuvo dos reuniones, se sostuvo entre el 17 y 20 de Octubre. Los
Obispos de nuevo aprobaron la epístola dogmática del Papa León I a petición de los
comisionados imperiales; los anteriores simpatizantes de Dióscoros en el Concilio del
Robo, Juvenal de Jerusalem, Talasio de Cesarea en Capadocia, Eusebio de Ancyra,
Eustacio de Berytus y Basil de Seleucia en Sicilia, fueron perdonados y admitidos a las
sesiones; se hizo una investigación sobre la ortodoxia de varios Obispos de Egipto, los
mismo que sobre los monjes y archimandritas sospechosos de ser seguidores de Eutiques;
finalmente una disputa, entre Focio de Tiro y Eustacio de Berytus, acerca de la extensión
territorial de sus respectivas jurisdicciones fue resuelta.

La más importante de todas las sesiones fue la quinta, ocurrida el 22 de Octubre; en ella los
Obispos publicaron un decreto referente a la fe cristiana, que debía considerarse como un
decreto dogmático específico del Cuarto Concilio General. Se designó una comisión
especial, compuesta por los delegados papales, Anatolio de Constantinopla, Máximo de
Antioquía, Juvenal de Jerusalén y otras personas, para redactar el credo o símbolo.
Después, de nuevo aprobaron los decretos y símbolos del Concilio de Nicea (325),
Constantinopla (381) y Éfeso (431), también como las enseñanzas de San Cirilo en contra
de Nestorio y la epístola dogmática del Papa León I; el documento dice:

“Enseñamos... a uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, el único engendrado, conocido en dos
naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”.

Después de recitar los decretos, todos los Obispos declararon que tal era la verdadera fe, y
que todos debían inmediatamente colocar sus nombres en él. Los comisionados imperiales
comunicaron que debían comunicar al emperador el decreto aprobado por los Obispos.

La sexta sesión (Octubre 25) se celebró con una especial solemnidad; Marciano y Pulqueria
estaban presentes y muy atentos, con todos los comisionados imperiales y el Senado. El
emperador habló en forma especial; los decretos de fe de la sesión precedente fueron leídos
de nuevo y aprobados por él. Con alegres aclamaciones al emperador y la Emperatriz, que
fueron comparados con Constantino y Helena, concluyeron las reuniones.
Se llegó al objeto del Concilio en la sexta sesión, y solo materias secundarias fueron
tratadas en las siguientes sesiones; de ellas, la séptima y la octava se celebraron el 26 de
Octubre.

En la séptima se aprobó un acuerdo entre Máximo de Antioquía y Juvenal de Jerusalén, de


acuerdo al cual, el territorio del Patriarcado de Jerusalén se restringió a tres provincias en
Palestina.

En la octava sesión, Teodoreto de Ciro, anteriormente un simpatizante de Nestorio, fue


compelido a condenar el nombre de su amigo, bajo coerción de expulsión del Concilio. Fue
luego reinstalado en obispado.

Las sesiones novena y décima (27 y 28 de Octubre) se ocuparon del caso de Ibas, Obispo de
Edesa, quien había sido depuesto por las acusaciones de algunos de sus eclesiásticos. La
acusación fue infundada e Ibas fue reinstalado en su cargo. Se tomó una decisión para que
Máximo de Antioquía pagase una pensión a su depuesto predecesor, Donato.

Las sesiones décimo primera y décimo segunda (29 y 30 de Octubre) analizaron el


conflicto entre Bassiano y Esteban, ambos elevados en forma sucesiva pero irregular a la
sede de Éfeso. El Concilio declaró que debía escogerse un nuevo Obispo para esa ciudad,
reteniendo los dos anteriores su dignidad episcopal, con una pensión tomada de los
ingresos de la iglesia de Éfeso.

La decimotercera sesión (30 de Octubre) decidió sobre un conflicto de jurisdicción.


Eunomio de Nicomedia y Anastasio de Nicea, reclamaban derechos metropolitanos, al
menos para una parte de Bitinia. El Concilio decretó que en una provincia solo podría
haber un Obispo metropolitano, decidiendo la disputa a favor del Obispo de Nicomedia.

La décimacuarta sesión (31 de Octubre) decidió sobre las rivalidades de Sabiniano y


Atanasio por la obispado de Perrha en Siria. Sabiniano había sido escogido en lugar de
Atanasio, depuesto por el sínodo de Antioquía en el 455; posteriormente Atanasio fue
reinstalado por el Concilio de Éfeso, del Robo. El Concilio decretó que debían hacerse
investigaciones adicionales sobre los cargos contra Atanasio; Sabiniano mantenía la sede
en el interregno. Si los cargos eran falsos, Atanasio debía ser reinstalado y Sabiniano
recibiría una pensión de la diócesis. En la misma sesión se leyó una carta del Papa León I, y
el Concilio aprobó las decisiones a favor de Máximo de Antioquía en su conflicto con
Juvenal de Jerusalem, y su obligación de proveer con alimentos a su predecesor Domnus.

En la decimoquinta sesión (31 de Octubre), el Concilio adoptó y aprobó veintiocho cánones


disciplinarios. Los delegados papales, sin embargo, también como los comisionados
imperiales, abandonaron la sesión al principio, previendo probablemente, que debía
definirse primero la posición jerárquica del Obispo de Constantinopla, como realmente
ocurrió en el canon 28.

1. Aprobó los cánones que provinieron de los sínodos anteriores


2. Determinó castigos severos en contra de quienes confirieran órdenes o posiciones
eclesiásticas por dinero, o recibieran tales órdenes o posiciones con ese mismo
motivo, y actuaran como intermediarios en tales transacciones
3. El tercero prohibió el tráfico seglar a todos los eclesiásticos, excepto en el interés de
menores, huérfanos, y otras personas necesitadas
4. Prohibió la erección de un monasterio u oratorio sin el permiso del propio Obispo,
recomendando a los monjes una vida de retiro, mortificación y oración, y
prohibiendo el recibo de esclavos sin el permiso del Superior
5. Inculcó los cánones de los sínodos precedentes, referentes al traslado de Obispos y
clérigos de una ciudad a otra
6. Recomendó que nadie debía ser ordenado, a menos que fuese asignado a un oficio
eclesiástico. Aquellos que fuesen ordenados en contrario a esta providencia, no
debían ejercer dicho oficio
7. Prohibió a los eclesiásticos desempeñarse en el arte militar o en un servicio seglar
8. Decretó que los clérigos de las casas de caridad, monasterios, u oratorios de
mártires, debían sujetarse al Obispo de su territorio
9. Ordenó que los eclesiásticos debían conducir sus asuntos legales sólo ante el
Obispo, el sínodo de la provincia, el Exarca o el Obispo de Constantinopla
10. Prohibió a los eclesiásticos registrarse en las iglesias de diferentes lugares
11. Ordenó que los pobres y necesitados, cuando viajasen, debían estar provistos de
cartas de recomendación de las iglesias
12. Prohibió a los Obispos obtener de los emperadores el título de metropolitano en
perjuicio del verdadero metropolitano de esa provincia
13. Prohibió a los clérigos extranjeros ejercer su oficio a menos que tuviesen cartas de
recomendación de su respectivo Obispo
14. Prohibió a los clérigos menores casarse con mujeres heréticas o entregar a sus hijos
en matrimonio a herejes
15. Ordenó que ninguna diaconisa se ordenase por debajo de los cuarenta años, y que a
ninguna de ellas se le permitiese abandonar ese cargo y casarse
16. Prohibió el matrimonio de vírgenes o monjes consagrados a Dios
17. Ordenó que las parroquias en los distritos rurales debían permanecer bajo la
jurisdicciones de sus respectivos Obispos; pero si una nueva ciudad fuese
construida por el emperador, su organización eclesiástica debía determinarse por el
Estado
18. Prohibió las organizaciones secretas en la Iglesia, principalmente entre clérigos y
monjes
19. Ordenó que los Obispos de una provincia debían reunirse dos veces al año en un
sínodo regular
20. Prohibió de nuevo la transferencia de un eclesiástico de una ciudad a otra, excepto
en el caso de necesidad grave
21. Ordenó que las reclamaciones en contra de los Obispos o clérigos solo debían oírse
luego de una investigación sobre el carácter del acusador
22. Prohibió a los eclesiásticos apropiarse de los bienes de un Obispo muerto
23. Prohibió a los clérigos y monjes vivir temporalmente en Constantinopla sin que
mediase el permiso de su Obispo
24. Ordenó que los monasterios, una vez establecidos, siempre con una propiedad
adecuada, no debían convertirse a otros propósitos
25. Ordenó que el metropolitano debía ordenar los Obispos de su provincia dentro de
los tres meses posteriores a su elección
26. Ordenó que la propiedad eclesiástica no debía administrarse únicamente por el
Obispo, sino por un procurador especial
27. Decretó severas penas en contra del rapto de mujeres
28. Ratificó el tercer canon del Concilio de Constantinopla (381), y decretó que puesto
que la ciudad de Constantinopla fue honrada con el privilegio de tener al
emperador y el Senado dentro de ella, su Obispo también debía tener prerrogativas
especiales y ser el segundo en rango, después del Obispo de Roma. En consecuencia
él debía consagrar los tres Obispos de las diócesis del Ponto, Asia y Capadocia
Este último canon provocó otra sesión del Concilio, la decimosexta, el 1 de Noviembre. Los
delegados papales protestaron en contra de este canon, alegando que tenían instrucciones
especiales del Papa León I en ese aspecto; que el canon violaba las prerrogativas de los
Patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalem, y era contrario a los cánones (VI y VII) del
Concilio de Nicea. Sus protestas, sin embargo, no fueron escuchadas, y el Concilio persistió
en mantener este canon en sus Actas. Con este incidente se cerró el Concilio de Calcedonia.

Al cierre de las sesiones, el Concilio escribió una carta al Papa León I, en la que los Padres
le informaron de lo que se había hecho, y le agradecieron la exposición de Fe Cristiana
contenida en su epístola dogmática; hablaron de los delegados como si ellos hubiesen
presidido en su nombre, y le solicitaron la ratificación de las materias disciplinarias
aprobadas, particularmente el canon 28. Esta carta fue enviada a los delegados papales,
quienes partieron pronto a Roma, después de la última sesión del Concilio. Cartas
similares se escribieron al Papa León en Diciembre, por el emperador Marciano y Anatolio
de Constantinopla. En respuesta, el Papa León protestó vivamente en contra del canon 28
y lo declaró nulo ya que estaba en contra de las prerrogativas de los Obispos de Antioquía y
Alejandría, y en contra de los decretos del Concilio de Nicea. Igualmente, las protestas
estaban contenidas en las cartas escritas el 22 de Mayo al Emperador Marciano, la
Emperatriz Pulqueria, y Anatolio de Constantinopla. Por otra parte, el Papa ratificó las
Actas del Concilio de Calcedonia, pero solo en lo que se refería a materias de fe. Esta
aprobación está contenida en las cartas escritas el 21 de Marzo, del 453, a los Obispos que
tomaron parte en el Concilio; por esta razón, el Concilio de Calcedonia, al menos para las
primeras seis sesiones, llegó a ser un sínodo ecuménico, y fue considerado como tal por
todos los cristianos, tanto en el tiempo del Papa León como después de Él.

El Emperador Marciano emitió varios edictos (7 de Febrero, 13 de Marzo, y 28 de Julio del


452), en los cuales aprobó los decretos del Concilio de Calcedonia, prohibiendo todo tipo
de discusión sobre cuestiones de fe, prohibiéndoles a los seguidores de Eutiques a tener
sacerdotes de su corriente, a vivir en monasterios, a mantener reuniones, a heredar, a
testar cualquier cosa a sus seguidores, o unirse al ejército. Los clérigos seguidores de
Eutiques, hasta esta fecha ortodoxos, y los monjes de sus monasterios, debían de ser
expulsados del territorio romano, tanto como donde estuvieran los maniqueístas. Los
escritos de Eutiques debían de ser quemados, sus autores, o aquellos quienes los difundían,
debían de ser castigados con confiscaciones y destierros. Finalmente Eutiques y Dioscoros
fueron desterrados. El primero murió poco después, mientras que el último vivió hasta el
año 454 en Gangra, Paflagonia.

El Concilio de Calcedonia con su definición dogmática, no puso fin a la controversia sobre


las naturalezas de Cristo (Bardenhewer, Patrologie, 2nd ed., 321-22). En Palestina, Siria,
Armenia, Egipto y otros países, muchos monjes y eclesiásticos rehusaron aceptar las
definiciones de Calcedonia, y hasta nuestros días se encuentran Monofisistas.
Seminario Bíblico de Fe

Historia
Eclesiástica II
Profesor: Jorge Warszawsky
Alumnos: Sara Castillo, Ricardo Pucheta.