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Algunas consideraciones sobre el COVID-19

[Coronavirus]

28 de marzo de 2020

Equipo de Bitácora (M-L)


EDITORES

Equipo de Bitácora Marxista-Leninista

Editado el 28 de marzo de 2020


Reeditado el 29 de noviembre de 2021

La presente edición, sin ánimo de lucro, no tiene más que un objetivo,


promover la comprensión de los fundamentos elementales del marxismo-
leninismo como fuente de las más avanzadas teorías de emancipación
proletaria:

«Henos aquí, construyendo los pilares de lo que ha de venir»


Contenido

Algunas consideraciones sobre el COVID-19 [Coronavirus] ------------------------ 5

Preámbulo ------------------------------------------------------------------------ 5

Las teorías conspiranoicas que circulan sobre el COVID-19 ---------------- 7

Los mensajes de los medios de comunicación, la intelectualidad y los


políticos capitalistas antes la crisis sanitaria ------------------------------- 32

El coronavirus y su repercusión en la economía capitalista mundial ---- 38

Medidas extraordinarias, filantropía y caridad de la burguesía en tiempos


de crisis -------------------------------------------------------------------------- 43

Algunos datos que demuestran la debacle del sistema sanitario español 57

Los catastrofistas que creen que los desastres naturales «aceleran la


revolución» ----------------------------------------------------------------------75

¿Qué es el COVID y qué implica en términos sanitarios? ----------------- 79


Equipo de Bitácora (M-L)

Algunas consideraciones sobre el COVID-19 [Coronavirus]

Preámbulo

Si bien tarde o temprano tendríamos que habernos pronunciado sobre la actual


crisis del coronavirus (COVID‑19) −enfermedad infecciosa provocada por el virus
SARS-CoV-2−, lo cierto es que el motivo principal que nos ha impulsado a
redactar este artículo ha sido otro fenómeno derivado, ¿cuál? Toda la serie de
especulaciones y teorías hilarantes que han salido al paso para intentar explicar
la pandemia vírica. Estas, por supuesto, si bien son ridículas y dañinas, no por
ello nos pillan por sorpresa, sino que eran de esperar, dado que los actores que
las predican o no dan para más o responden a una agenda programada muy
determinada.

Así pues, aprovechando la formación médico-sanitaria y aunado a un análisis


riguroso, el Equipo de Bitácora (M-L) estima urgente realizar algunas
aclaraciones al respecto sobre la crisis que hoy acontece, volviendo a advertir, que
el coronavirus no es el único peligro en periodos de crisis, puesto que los
demagogos y oportunistas intentarán pescar en río revuelto.

Dicho esto, y sin más dilaciones, vamos a presentar al lector las siete grandes
temáticas que iremos desgranando en el presente documento, para que de esta
forma él pueda realizar una libre inmersión sabiendo de antemano que temas
puede consultar, aunque siendo sinceros recomendamos que se realice una
lectura íntegra para que así el individuo pueda hacerse una idea más rica y
completa de todo el cuadro aquí representado:

1) Las teorías conspiranoicas que circulan sobre el COVID-19;

2) Los mensajes de los medios de comunicación, la intelectualidad y los políticos


capitalistas antes la crisis sanitaria

3) El coronavirus y su repercusión en la economía capitalista mundial;

4) Medidas extraordinarias, filantropía y caridad de la burguesía en tiempos de


crisis;

5) Algunos datos que demuestran la debacle del sistema sanitario español;

6) Los catastrofistas que creen que los desastres naturales «aceleran la


revolución»;

7) ¿Qué es el COVID-19 y qué implica en términos sanitarios?


En todo caso, cualquier objeción o desarrollo que quede pendiente esperamos que
sea comunicado por nuestros queridos lectores, puesto que para nuestra
plataforma es fundamental el desarrollo del debate, la confrontación y
acercamiento a la verdad, tanto con amigos como enemigos.
Las teorías conspiranoicas que circulan sobre el COVID-19

Tras nuestra lectura de los informes, discursos y otros documentos hechos


públicos de diversas organizaciones respecto a la pandemia del COVID-19
[coronavirus], bien sean estas más «progresistas» o «conservadoras», más
escoradas a la «izquierda» o a la «derecha», observamos, una vez más, que gran
parte de los políticos, artistas y filósofos, lejos de alejarse de las corrientes
pseudocientíficas, secundan y emiten declaraciones que terminan por reproducir
y dar por buenas una serie de hipótesis «conspiranoicas» de lo más ridículas, las
cuales no solo no aportan claridad al respecto, sino que acaban sembrando entre
la población −más aún si cabe− una mezcla de pánico y confusión. Bien, lo
primero que habría que dejar claro es que las ideas de esta gente son, por lo
general, muy fáciles de desmontar, pues encierran ingentes cantidades de
contradicciones.

El desconfiado y el charlatán comparten el conformismo agnóstico, a ambos les


basta con afirmar que «esto» o «aquello» no debe ser discutido por su
plausibilidad, porque «el ser humano es suficientemente retorcido» como para
hacer esto otro. Pero como dijo Lenin, «háblame de hechos y no de
posibilidades». En cambio, el hombre de ciencia, en lugar de arrojarse a la
especulación enajenada, en lugar de sumarse a la turba de «expertos» que se
dedican a la «opinología», comprobará qué hechos sostienen una teoría −o si
estos existen en absoluto−. Lo contrario es embarcarse en la cavilación estéril
que, tras días de quebraderos de cabeza, culmina en conclusiones carentes de
valor que deben ser arrojadas al contenedor de la especulación. Uno de los
pensadores materialistas más importantes del siglo XIX lo explicaba así:

«Esta incomprensibilidad no te da derecho a deducir las consecuencias


supersticiosas que la teología saca del conocimiento humano; no te da derecho
a fantasear en el campo de las causas naturales, porque solamente puedes decir:
«Yo no puedo explicar la vida desde estos fenómenos o causas naturales que me
son conocidas o desde el modo como ahora me son conocidas»; y no puedes decir
sin pretender haber agotado hasta la última gota de océano de la naturaleza
que la vida no sea totalmente explicable por medio de la superposición de seres
inventados; no te da derecho a hacerte ilusiones y a engañarte a ti mismo y a
los demás con una explicación que nada explica; no te da derecho a convertir en
«no saber» de las causas naturales y materiales en un «no saber» de dichas
causas, a divinizar tu ignorancia, a personalificarla y objetivizarla en un ser
que debería sacarte de encima tu ignorancia, pero que en realidad no expresa
más que la naturaleza de esa ignorancia tuya, que la ausencia de explicaciones
positivas y materiales. (...) En lugar de ser lo suficientemente honesto y humilde
como para decir: «No sé el motivo, no puedo explicarlo, me faltan datos, los
materiales» tú, con ayuda de la fantasía, conviertes estos defectos, estas
negaciones, estas definiciones de tu cabeza en seres positivos, en seres que son
inmateriales. (...) La ignorancia se conforma con seres inmateriales,
incorpóreos, no naturales, pero su inseparable compañera, la exuberante
fantasía, que siempre tiene cosas que hacer únicamente con seres altísimos y
supremos y máximos, eleva inmediatamente estas pobres producciones de la
ignorancia al rango de seres sobremateriales y sobrenaturales». (Ludwig
Feuerbach; La esencia de la religión, 1845)

«Sorprendentemente», en los análisis de este tipo de personas paranoicas y


especulativas siempre concluyen con el escenario más improbable. Estos señores,
a falta de datos concretos que permitan una examinación en profundidad, eluden
por completo los instrumentos esenciales del análisis lógico como, por ejemplo,
la «navaja de Ockham», que indica que: «En igualdad de condiciones, la
explicación más sencilla suele ser la más probable». El nominalismo del siglo
XIV, el racionalismo de este franciscano, es una filosofía más avanzada y cercana
al método científico que la que acostumbran estos seres. Pero, como no siempre
todo es tan sencillo como parece y esta formulación lógica no es suficiente −ni
mucho menos−, es hora de que empecemos a entrar en materia.

Comencemos observando algunas de las tesis conspirativas que se han viralizado


en los últimos meses:

«A través de Twitter y Facebook se ha extendido una idea falsa que atribuye el


brote de este virus a un complot promovido por el empresario y filántropo Bill
Gates, cofundador de Microsoft, y planificado a través de un laboratorio
británico. Esta teoría ha sido alentada por integrantes de la comunidad anti-
vacunas y el movimiento QAnon, fundado por simpatizantes de Donald Trump
que creen que el presidente de Estados Unidos, con la ayuda discreta de las
Fuerzas Armadas, se enfrenta a «élites globalistas» que pretenden socavar las
esencias del país. El multimillonario George Soros, destacados dirigentes
demócratas... y Bill Gates serían algunos de sus miembros destacados, según
este movimiento. (...) Finalmente, hay usuarios convencidos de que esta
enfermedad ha sido fabricada por grupos farmacéuticos interesados en vender
vacunas. Sin embargo, ahora mismo, gracias a que las autoridades chinas están
haciendo pública toda la información sobre el brote, cualquier laboratorio del
mundo puede trabajar en fabricar una vacuna para comercializarla después».
(El día.es; Del complot de Bill Gates a la mano de las farmacéuticas, 31 de enero
de 2020)

Algunos grupos revisionistas, es decir, aquellos que revisan las bases


fundamentales del método marxista, han reproducido estas teorías sin
problemas. Una parte de ellos acusa a un bloque imperialista en base a las
afirmaciones de los voceros del bloque antagónico. Otros coinciden con las ideas
más fantasmagóricas que la derecha conservadora difunde día y noche. También
hay unos pocos que recubren su discurso conspiranoico de un halo anticapitalista
−para así decorar sus historias fantásticas que en ningún momento pueden
sostener con datos ni pruebas empíricas concluyentes−. ¿Qué significa todo esto
a nivel filosófico, qué implica este subjetivismo?

«La negación de la presencia de un grano de verdad absoluta en las leyes de la


ciencia por parte de la filosofía burguesa moderna tiene como objetivo
reemplazar la verdad científica con lo «irracional», la fe, incluso la «fe animal»
−instinto−, etc. (...) Todo esto es necesario para que la reacción imperialista
pase de contrabando el oscurantismo y el misticismo a la ciencia y convierta la
ciencia en un instrumento para la esclavitud espiritual de las masas
trabajadoras». (V.P. Tugarinov; Sobre las leyes del mundo objetivo y las leyes
de la ciencia, 1952)

Todos ellos tratan de analizar un fenómeno no a partir del estudio de la realidad


concreta, sino partiendo de lo que deberían ser las conclusiones de su análisis,
reduciendo la argumentación a la justificación de sus prejuicios. Erigen su
análisis sobre concepciones absolutamente erradas en la comprensión del
funcionamiento del poder bajo el capitalismo: achacan a una élite bancaria la
capacidad de gobernar sin equívoco y al unísono cada fenómeno que tiene lugar
en el mundo −¡o quizás en el universo!−. No hay cabida para la casualidad; toman
el correcto principio de que nada ocurre porque sí −causalidad− para
distorsionarlo y situar a la mencionada «élite» a la cabeza de todo lo que ocurre
en el mundo, dependa esto −o no− exclusivamente del factor humano de la
ecuación. No hay nada en el mundo que no haya sido dictado por esta supuesta
élite todopoderosa y omnisciente; si hay una explosión en un edificio madrileño
debe ser parte de la política de choque y pánico de una élite interesada en «desviar
la atención» y «manipular la opinión pública». Si las cigüeñas alteran su vuelo
migratorio no es cuestión de la alteración de su hábitat natural, sino culpa del
Club Bilderberg o los anunakis −o vaya uno a saber que tontería−. Y, por
supuesto, una pandemia mundial no puede ser algo ajeno a la élite, esta tiene que
estar detrás de ella. Así, si se parte de este hecho−prejuicio, más bien−, si se
acepta su existencia, debe reconocerse que no hay ningún fenómeno que no haya
sido dictado por las élites entre bastidores. Se confunde la respuesta del capital
ante determinados fenómenos con las razones que los originan. Un error de
colegial:

«Se trata sencillamente de otra formulación del viejo amable método ideológico
que solía llamarse apriorístico, y que consiste en no registrar las propiedades
de un objeto estudiando el objeto, sino en deducirlas demostrativamente a partir
del concepto del objeto. El objeto debe regirse por el concepto, no el concepto por
el objeto. (...) La filosofía de la realidad muestra, pues, también aquí que es pura
ideología, deducción de la realidad no a partir de sí misma, sino a partir de la
representación. Si, pues, un tal ideólogo se dispone a construir la moral y el
derecho no con las condiciones sociales reales de los hombres que le rodean, sino
a partir del concepto o de los supuestos elementos simples de «la sociedad», ¿qué
material tiene para esa construcción? Lo tiene obviamente de dos tipos:
primero, el escaso resto de contenido real que tal vez quede en aquellas
abstracciones puestas como fundamento; segundo, el contenido que nuestro
ideólogo vuelva a introducir en ellas partiendo de su propia consciencia. Y ¿qué
encuentra en su consciencia? Sobre todo, concepciones morales y jurídicas que
son expresión más o menos adecuada −positiva o negativa, conformista o
polémica− de las condiciones sociales y políticas en las que vive; luego tal vez
nociones tomadas de la literatura principal; por último, quizá, manías
personales». (Friedrich Engels; Anti-Dühring, 1878)

Así, por ejemplo, llegaríamos a que para estos idealistas subjetivos, términos
como «coronavirus» o «pandemia», no serían acepciones objetivas basadas en el
estudio de dichas manifestaciones en la realidad concreta −en este caso, España
o el mundo− sino que, para estos «filósofos» de a pie −y otros «profesionales»
que se ganan la vida ejerciendo tales chorradas−, cada uno debería ser libre de
interpretarlos bajo las libres apetencias de su propio esquema mental: así pue,
tenemos que unos interpretan la presente crisis pandémica del COVID-19 como
sinónimo de «crisis desatada por un determinado país» −como alegan los líderes
imperialistas−, otros como «plan de dominación mundial» −globalistas
conspiranoicos−, e incluso como una «oportunidad revolucionaria» −como
celebran los catastrofistas−.

Y algunos dirán: «¡No, hombre! No es un afán subjetivo mío, esta concepción es


compartida por más compañeros». Bien, entonces este idealista cree que la
veracidad de un fenómeno no está basada en su objetividad real e independiente
del ser humano, ¡sino que depende del grado de cordura o locura del colectivo!

«Esta insistencia en la independencia del mundo exterior de la conciencia


humana es el principio que distingue al materialista dialéctico del subjetivista
en su actitud hacia la verdad objetiva. Para Bogdanov, la objetividad de una
cosa tiene un solo significado: su «general significado».

«El carácter objetivo del mundo físico», dice Bogdanov, «radica en esto, que no
existe para mí personalmente, sino para todos y tiene para todos un significado
definido, que estoy seguro es el mismo que para mí. La objetividad del orden
físico es su general significado».

Como vemos de lo anterior, Bogdanov entiende por objetividad la coincidencia


de representaciones en la conciencia de varios «co-hombres», y solo eso; niega
así una objetividad puramente concreta de la naturaleza, es decir, su
independencia del hombre y de la existencia humana. El principio
bogdanoviano de «significado general» establece la objetividad del mundo
material totalmente en dependencia del sujeto, como resultado de lo cual la
distinción entre ciencia y superstición parece borrarse. Este último punto es
enfatizado fuertemente por Lenin, quien declara que se puede decir de cualquier
creencia religiosa que se desee que posea un «significado general», porque
incluso hoy se puede encontrar que una «gran parte de la humanidad» se aferra
a ella». (M. Shirokov; Un libro de texto de filosofía marxista, 1937)

Por si el lector se ha perdido al no estar familiarizado con la terminología


filosófica, intentaremos explicarlo mediante otro ejemplo: la realidad objetividad
de que la Tierra es esférica y rota alrededor del Sol desde hace miles de millones
años no es algo que fuera alterado durante la Edad Antigua, cuando el
pensamiento mayoritario no contemplaba esta realidad. Incluso cuando se pudo
corroborar científicamente −confirmándose las teorizaciones previas− que la
Tierra es un orbe esférico que rota alrededor del Sol, una gran cantidad de
personas seguirían creyendo que la Tierra era el centro del universo durante largo
tiempo. ¿Quién tenía razón? ¿Quiénes apoyaban la antigua teoría, aún
mayoritaria? ¿O quienes, entonces en minoría, la reformularon de acuerdo con
las investigaciones científicas más avanzadas? Por mucho que se considerase que
el universo se comporta de un modo determinado, a este le «es indiferente» la
opinión que la mayoría de la humanidad tuviese −o tenga− de él. El universo
seguirá rigiéndose por sus leyes objetivas −a las que, no olvidemos, la humanidad
también está sometida−, independientes de las creencias y el grado de
conocimiento humano. Dicho de otro modo: por mucho que el número de
personas terraplanistas y geocéntricas creciese de forma exacerbada, esto no
comportaría ningún cambio en la física y composición de la Tierra y el Sistema
Solar que, evidentemente, no variarán en consonancia con la opinión
generalizada del ser humano, aún si esta se manifiesta de forma unánime. Esto
es así, pues que sepamos, hasta la fecha, ¡la humanidad no ha desarrollado la
capacidad de crear o destruir mundos y galaxias con el pensamiento!

a) Los «conspiranoicos» que aceptan alguna de las teorías de los


bloques imperialistas

Pasemos, pues, a ver los tres principales modelos de conspiración. Empecemos


por estos primero. Los líderes mundiales, como era de esperar en medio de una
guerra comercial entre China y los EE.UU., se han aventurado a intercambiar una
serie de acusaciones sin respaldo alguno, usándolas como arma arrojadiza para
denigrar al adversario. Así pues, China acusó a EE.UU. de haber comenzado el
COVID-19:

«El portavoz del Ministerio de Exteriores chino Zhao Lijan publicó un tuit en el
que sugería que podría ser el Ejército estadounidense quien llevó el nuevo
coronavirus a Wuhan. «La CDC [institución sanitaria estadounindense]
atrapada en el acto. ¿Cuándo comenzó el paciente cero en los Estados Unidos?
¿Cuántas personas están infectadas? ¿Cómo se llaman los hospitales? Podría
ser el ejército de EE. UU. quien llevó la epidemia a Wuhan. ¡Sean transparentes!
¡Hagan públicos sus datos! ¡Estados Unidos nos debe una explicación!».
(Euronews; Guerra de propaganda por el coronavirus entre Rusia, China,
Estados Unidos y la UE, 18 de marzo de 2020)
Rusia, aliada de conveniencia −e intermitente− del gigante asiático, se sumó al
juego de las especulaciones:

«Varios políticos y expertos advierten de que el nuevo coronavirus, denominado


COVID-19, es un arma biológica creada por Estados Unidos. Uno de estos
políticos es el líder del Partido Liberal Demócrata ruso −LDPR, por sus siglas
en inglés−, Vladimir Zhirinovski, quien ha dicho que EE.UU. cuenta con varios
laboratorios secretos cerca de China y Rusia, incluidos en Georgia, Kazajistán
y Ucrania, uno de cuyos productos fue la gripe porcina H1N1, según recogieron
el viernes los medios locales en un informe respecto al brote del coronavirus».
(Hispan TV; ‘EE.UU. ha producido el coronavirus en sus laboratorios secretos’,
14 de marzo de 2020)

Esto no es nuevo, en los años 80 comenzaron a detectarse los primeros casos de


SIDA, momento en el que los servicios secretos soviéticos consideraron que esta
era una buena ocasión para orquestar una campaña de desinformación contra los
EE.UU. Así pues, en 1983 usaron a sus periódicos, científicos y simpatizantes de
todo el mundo para propagar la idea de que la administración estadounidense
había diseñado la enfermedad en el laboratorio de Fort Detrick, algo que, como
reconoció en 1992 Yevgeny Primakov, el jefe del KGB, era un mero invento para
intentar desacreditar a su competidor.

Hoy día ocurre igual, pero para nuestra desgracia, las irracionales e interesadas
ideas de los Trump, Putin, Bolsonaro o Xi Jinping son la línea política a difundir
en la arena internacional para muchos de los «antisistema» de todas las partes
del globo. Para muestra un botón. Un conocido filósofo idealista que agrada a los
más crédulos de la «izquierda», Noam Chomsky, afirma categóricamente que la
actual crisis se trata de un plan de:

«La CIA, Bildeberg, Israel y demás poderes mundiales, [que] acuerdan hacer
estallar una guerra bacteriológica de baja intensidad, propagando en territorio
chino, un virus de laboratorio, el COVID-19. (...) Una vez consumida la
Pandemia paralizadora del planeta, llegará la segunda fase. Control total de la
guerra bacteriológica al poseer desde el primer momento la VACUNA GLOBAL
del Covid19 desde su producción en laboratorios americanos. Luego de la
dispersión y caos sanitario mundial, llegará el orden capitalista nuevamente,
así reseteadas las economías nacionales, el nuevo valor en alza se llamará
industria química USA, que a su antojo venderá patentes a países amigos y al
CONTRARIO, bloqueo farmacéutico a países enemigos, debilitándolos aún más,
si cabe o presionando a gobiernos hostiles a cambio de las vacunas salvadoras.
Tercera fase: Implementación del Nuevo Orden Mundial con el cambio de las
relaciones entre países:

-Desaparición de la Unión Europea.


-Desaparición de enemigos potenciales cómo Irán, Corea del Norte, Venezuela,
etc.

-Debilitamiento de China continental y Rusia.

- Nuevo patio trasero: USA en Latinoamérica.

-Globalización planetaria alrededor de la nueva USA y su poder omnímodo».


(Noam Chomsky; Insurgente; Noam Chomsky se ha pronunciado con esta
contundencia acerca del coronavirus, 20 de marzo de 2020)

Noam Chomsky lo tiene claro, pero, ¿es alguien de fiar? Él también tiene
clarísimo, por ejemplo, en su entrevista: «Sobre la violencia revolucionaria, el
comunismo y la izquierda estadounidense» (2013), que Lenin fue un
«contrarrevolucionario», pero que en «Estado y revolución» (1917) es «casi
anarquista». Y siguiendo a Bakunin, en su obra: «Sobre la democracia y la
educación» (2003), considera que los marxistas son la «burocracia roja» que
«implanta las dictaduras más violentas y despiadadas». En cambio, ¿cuáles son
las experiencias de referencia para Chomsky? En «Apuntes sobre anarquismo»
(1970) alaba los «logros de la revolución social en España» del anarquismo
español, y para ello se basa en concreto en autores como Abad de Santillán, quien
para quien no lo sepa en su obra «¿Por qué perdimos la guerra?» (1940) expresó
claras simpatías falangistas. He aquí una muestra de la validez de sus
divagaciones y su autoridad. Que cada uno decida, pero, para nosotros, desde
luego, no tomaremos jamás en serio a este cretino.

Pero no todo son delirios anarcoides. Desde España tenemos a la «La (Sin)Razón
Comunista», revista dirigida por el estrafalario Santiago Armesilla, unos
«socialchovinistas» viven de reproducir los dogmas de la secta-padre: la escuela
del filósofo nacionalista Gustavo Bueno. Ellos nos aseguraban que la culpa de
todo lo malo que acontece es de Soros y su élite globalista-posmoderna (sic).
Joaquim J.P. en su artículo así lo aseguraba:

«Eso está haciendo el gobierno [PSOE-Podemos]: administrar los negocios de


la burguesía; pero esa burguesía no tiene interés en que a España le vaya bien,
pues nuestro gobierno gestiona los intereses de la burguesía financiera
globalista, cuyo testaferro es George Soros. (...) El desarrollo de esta clase ha
comportado nuevas formas de dominación política, sociológica y económica.
(...) La Open Society Foundation es el proyecto geopolítico de la burguesía
financiera globalista anglosajona, y las clases políticas posmodernas son en
general su correa de transmisión». (La Razón Comunista; Crisis, Leyenda Rosa
de la Unión Europea, Coronavirus y desarrollo del socialismo en España, 2020)

Para nuestra fortuna, los armesillistas nos tranquilizaban con que en el escenario
internacional existen dirigentes valientes que se oponen a estos malévolos planes.
¿Y quiénes son? ¿Los pueblos, las masas, los individuos y colectivos
revolucionarios con su antiimperialismo? ¡No! ¡Los EE.UU. de Trump y la China
de Xi Jinping (sic)!:

«Dentro de este marco del desarrollo e implementación de la «Sociedad


Abierta» a escala global, desde 2016, ha surgido un fiero enemigo que podría
poner fin a la hegemonía y continuidad del proyecto de Soros: Donald Trump.
(...) [También] China ha puesto en jaque el beneficioso desarrollo que la
globalización había tenido hasta ahora para Occidente». (La Razón Comunista;
Crisis, Leyenda Rosa de la Unión Europea, Coronavirus y desarrollo del
socialismo en España, 2020)

En consecuencia, teorizan que existe una «burguesía progresista» y


«proteccionista» concentrada en la rama industrial, que sería Vox, mientras
existe una «burguesía financiera» reaccionaria y «librecambista-cosmopolita»,
que sería PSOE-Podemos −ellos por influyo de Armesilla niegan la definición de
Lenin sobre cómo se forma la oligarquía financiera en nuestra época, la cual es la
«fusión del capital bancario con el industrial»−. Véase el capítulo: «El
armesillismo rechaza a Lenin y su teoría del imperialismo» de 2021.

Para los armesillistas el primer bloque −el industrial− querría «defender la


nación española» y el segundo bloque −el financiero− diluirla, venderla a poderes
fácticos extranjeros:

«La gran burguesía industrial Occidental se ha visto amenazada de muerte por


el proyecto globalizador de la «Sociedad Abierta», que pretende mermar el
poder y peso de los Estados nación creando plataformas continentales
desreguladas y con instituciones con baja capacidad de intervención -es el
rumbo que sigue la Unión Europea desde su nacimiento-. Frente a este proyecto,
esta gran burguesía pretende frenar el proyecto destructor del Estado nación
para usarlo como salvaguarda de sus maltrechas industrias, recuperar
políticas proteccionistas para competir con China y evitar que ésta se haga con
el mercado Americano y Europeo». (La Razón Comunista; Crisis, Leyenda Rosa
de la Unión Europea, Coronavirus y desarrollo del socialismo en España, 2020)

Por ello, en la práctica, este grupo se presenta cual maoísta tercermundista


creyendo fervientemente que esta es una de las «contradicciones principales de
nuestro tiempo», arengando, pues, a que se cree un «frente único internacional»
en favor del «bloque de la burguesía industria-nacional» como única salvación
para el país. Esto no tiene sentido porque el empresariado industrial siempre ha
sido igual o más «cosmopolita» que los bancos a la hora de «vender los intereses
de la nación», deslocalizando sus empresas hacia otros lugares del mundo,
reinvirtiendo las ganancias en otros países más rentables, etc. Véase la obra:
«Unas reflexiones sobre la huelga de los trabajadores de LM Windpower en El
Bierzo» de 2021.
Este análisis de «La (Sin)Razón Comunista» respecto a un esquema nacionalista
clásico −aquel que elimina los intereses de clase por los juegos y maniobras entre
bloques imperialistas−; solo que aquí todo se reduce a la necedad de que
apoyando a un bloque y modelo España podría «resurgir de sus cenizas» −eso sí,
sin cambiar el modelo productivo, sin eliminar el capitalismo, ya que recordemos
el plan económico de Armesilla es «universalizar la propiedad privada», a lo
Proudhon−. Para Armesilla, pues, el mejor aliado de España es China:

«El auge de la República Popular China supone la apertura de una ventana de


oportunidad para nuestras dos naciones, Venezuela y España, en lo que
respecta a poder salir de los yugos imperialistas depredadores que las
atenazan». (Santiago Armesilla; Venezuela y la Leyenda Negra: mentiras e
Historia de España, 2020)

En honor de la verdad más bien habría que decir tal alianza es beneficiosa para
las élites económicas hispanas −que se pueden fijar en su homólogo chino para
saber cómo tener disciplinados a los asalariados para extraerles la plusvalía−,
pero nunca para la mayoría del pueblo. En cualquier caso, Armesilla justo
coincide con su exorganización, el moribundo Partido Comunista de España
(PCE), y con los viejos brezhnevistas del Partido Comunista de los Pueblos de
España (PCPE), los cuales confían en China como «aliado de la revolución» en la
Península Ibérica. ¡Ese es el nivel! Ese triste tercermundismo que juega todas sus
cartas no en la fuerza de sus organizaciones sino en apoyarse en un bloque
imperialista para combatir a otro.

En suma, cualquiera de estas variantes es una completa aberración


proimperialista. En su día, ya en el capítulo: «¿Lucha de clases o lucha entre
«proteccionismo» y «librecambismo»?» desgranamos esta visión tan clásica
como desacertada:

«Actualmente el término «proteccionismo», si se analiza con frialdad, es vacuo,


pues la burguesía no es garantía de nada que no pase por intentar adaptarse a
las condiciones para maximizar la extracción de plusvalía, usando y
combinando cualesquiera que sean las tácticas que le permitan acercarse a su
objetivo final. Debatir sobre si un Estado es exclusivamente proteccionista o
librecambista tiene el mismo sentido que las burdas tertulias escolásticas de la
televisión burguesa, donde unos pontifican que su Estado es eminentemente
«neoliberal» o exclusivamente «socialdemócrata» mientras que, en realidad, se
adoptan ambas políticas al mismo tiempo en diferentes sectores de la economía
nacional». Es más, con el paso del tiempo y la rápida evolución del mercado
mundial, las leyes y medidas establecidas por el gobierno nacional sobre el
comercio, bien pueden pasar de ser una fuerte barrera proteccionista a una
completa ganga para el inversor o importador extranjero. Las potencias
imperialistas, cuando dominan el comercio mundial, reducen el proteccionismo
interno −si no están recelosos de su competitividad puede que ni siquiera lleguen
a eso−, pero, por encima de todo, su política de cara al mundo es exigir el «libre
comercio» del mercado mundial en nombre de la «libertad» y el «progreso». Así
lo hizo el imperialismo británico con sus competidores −sabiendo que la división
internacional del trabajo le era altamente favorable−. Cuando la propaganda
del imperialismo hegemónico sobre las bonazas del librecambismo no era
suficiente se adoptaba la violencia abierta para abrir los mercados. (...) Si
ahondamos un poco más veremos que la supremacía económica de China en
diversos sectores y la posibilidad de difundir la idea del libre comercio mundial
de forma interesada no excluye que siga siendo partidaria de una política
proteccionista de su industria y sectores estratégicos. De hecho, las quejas de la
UE respecto al proteccionismo ruso y chino que obstaculizan sus exportaciones
son frecuentes». (Equipo de Bitácora (M-L); La deserción de Vincent Gouysse al
socialimperialismo chino; Un ejemplo de cómo la potencia de moda crea
ilusiones entre las mentes débiles, 2021)

Incluso individuos «de cabeza amueblada» han caído presa de estas


excentricidades, como le ha ocurrido al señor Vincent Gouysse, que de analista
marxista se ha pasado a la bancada de los analistas maoístas, antaño sus
enemigos. En su caso, veníamos advirtiendo que toda su atención se volcaba
obsesivamente en la guerra comercial entre EE.UU. y China −único tema que al
parecer considera hoy relevante, pues en los artículos de los últimos tiempos se
había dedicado a ello casi de forma exclusiva, y lejos de mejorar caminar seguro,
sus análisis cada vez derrapaban más−. Por tanto, era plausible −pero no
inevitable− que de tal obsesión acabase haciendo eco de alguna de las
innumerables arriesgadas tesis «conspiranoicas» que han circulado por la red
para intentar cuadrar lo que no le cerraba en sus investigaciones −la
desesperación clásica en la que incurre todo ser impaciente−:

«El coronavirus es una «falsa pandemia» cuyas cifras se inflan


deliberadamente y que ha surgido con el único propósito de crear un nuevo
orden mundial de capital financiero occidental». (Vincent Gouysse; EE.UU.
como el campeón del ultraliberalismo… de repente se convirtió en el campeón
mundial del proteccionismo económico, ¡demasiado tarde!, 2 de mayo de 2020)

De esta forma daba voz a quienes afirman sin pruebas concluyentes que «todo es
un plan de Trump para romper la economía china» o «una excusa para salvar su
economía aprovechando la crisis». ¡Sí, claro! Un maquiavélico plan trazado por
Trump, sobre todo si tenemos en cuenta que su nefasto y tardío desempeño
contra la pandemia acabó por ser una de las razones por las que perdió la
presidencia. Muy lógico todo, señor Gouysse. Claro que «el imperialismo es capaz
de todo». Pero si a cada acontecimiento de transcendencia: atentado terrorista,
guerra local, crisis económica, extinción de una especie foránea, en vez de explicar
las causas a partir de las lecciones históricas pertinentes que ya tenemos, más la
observación de los hechos constatables en la realidad concreta, concluimos sin
más que «todo es un plan secreto del imperialismo X» o «los manejos de una élite
oculta», no estaremos aportando nada a clarificar las causas, estaremos
parloteando bajo una carcasa «ultrarevolucionaria». Sin ir más lejos, así lo
explicamos por ejemplo cuando ocurrió el atentado yihadista de Barcelona de
2017:

«No se puede reducir todo atentado existente como hacen algunos a un «ataque
de bandera falsa» autoperpetrado por la burguesía en el poder porque sería
algo irreal. El terrorismo bien sea provocado de forma directa o indirectamente
también acarrea a su vez problemas para la misma burguesía en el gobierno,
ya que desde grupos rivales políticos se le reclama por no saber atajar la oleada
de ataques terroristas y no «saber defender a la ciudadanía», se crea un
desconecto entre las masas trabajadoras por el estado constante de inseguridad
en las calles, y por último económicamente supone un freno en sectores como el
turismo que afectará a la burguesía y pequeña burguesía. Por ello la burguesía
en el poder no puede hacer uso exclusivo del fenómeno del terrorismo para
mantenerse y reforzar su posición de poder, más bien puede aprovecharse del
fenómeno una vez acaecido o fomentarlo en diversos momentos para fines muy
concretos, pero sin pasarse, ya que las consecuencias pueden suponer su caída
política en favor de otras agrupaciones [como pasó con los atentados del 11-M
y el gobierno de Aznar, por ejemplo]. Por ello en cada atentado terrorista
debemos analizas todo sin apresurarnos a simplemente calificar sin pruebas
concluyentes que los atentados terroristas siempre son autoataques, sino nos
acercaríamos más a charlatanes de la «conspiración» que a analistas
marxistas». (Equipo de Bitácora (M-L); Aclaraciones pertinentes sobre el
atentado terrorista en Barcelona [Recopilación documental] , 2017)

Pero, insistimos, todo esto no sería entendible sin ser antes plenamente
conscientes que de un tiempo a esta parte el señor Gouysse venía aupando la
bandera prochina desde Francia. O dicho de otro modo: el investigador si bien no
está ni jamás estará inmunizado contra los datos falsos y las teorías falsas, desde
luego aumenta su probabilidad de contagiarse de tal «pandemia intelectual» si
abandona el enfoque del materialismo histórico y abraza modismos pasajeros,
que en este caso es la admiración hacia una superpotencia económica, como la
China capitalista y su séquito de mercenarios de pluma digital.

La respuesta siempre está en el análisis concienzudo de los hechos, y no en las


abstracciones mentales de estos «osados pensadores», estos «filósofos de la
desconfianza». Lo que debe quedar claro es que de esta modalidad de
«conspiranoicos» se basan en un reduccionismo tan simple como tonto −valga la
redundancia−: si un hecho cualquiera ha beneficiado a un determinante agente
político −o no lo ha perjudicado tanto como al resto−, este debe estar detrás del
hecho mencionado, debe haberlo provocado en beneficio propio. Esto es absurdo.
Tomemos un ejemplo histórico: la España de la época de Alfonso XIII y en el
contexto de la Primera Guerra Mundial (1914-18). Su neutralidad en el
enfrentamiento le permitió establecer relaciones comerciales prósperas con los
dos bloques imperialistas en pugna, por ende, algunos sectores de la economía
española entraron en una pequeña fase de bonanza pronunciada mientras duró
el conflicto. Por tanto, la guerra interesó a Madrid. Entonces, si seguimos la lógica
de estos «avispados analistas», ¿debemos concluir que los industriales,
terratenientes o banqueros hispanos provocaron esta conflagración mundial?
Nada más lejos de la realidad. Si tomamos los hechos, que suelen ser muy tozudos
−como para que permanezcan ocultos ad infinitum−, el capitalismo español pintó
muy poco como catalizador de la Primera Guerra Mundial, por mucho rédito que
extrajera de ella.

Esto significa que en ocasiones la burguesía se topa de bruces con los hechos, con
el devenir histórico. Es decir, que sea ajena a la causa de X fenómenos, no está
reñido con que reaccione y termine dominando la situación, con que intente
obtener todo el rédito político y económico que sea posible en dicho contexto
nuevo o atípico. Esto tampoco excluye que en otros casos sí sea la culpable y
responsable de haber provocado directa o indirectamente otros eventos
catastróficos. Al mismo tiempo, hay que recordar que la burguesía, como clase
social, no es y no puede ser un todo homogéneo. Aunque entre todos los
burgueses existan intereses comunes a veces surgen posibles escenarios que
benefician a algunas facciones y perjudican a otras, entrando estas últimas en
«colisión» temporal con las primeras. Esto tiene su reflejo en las disputas
parlamentarias entre partidos que representan a las distintas secciones de esta
clase −una lucha que, por supuesto, también se da entre bastidores, incluso con
mayor virulencia−. Estas pugnas ni mucho desaparecen con el fascismo, que no
es otra cosa que un modelo de dominación más autoritario, sino que en él siguen
produciéndose los desacuerdos entre los diversos escalafones que participan en
el entramado capitalista: entre empresarios agrarios, industriales, comerciantes,
prestamistas, especuladores, intermediarios, etc. La diferencia es que aquí, la
arena del parlamento se sustituye por la «camarilla del César», puesto que el
parlamento, de existir, es un elemento puramente decorativo −y en este caso lo
afirmamos con la mayor literalidad posible−.

b) Los «conspiranoicos» que siguen el discurso irracional de la


derecha más ultraconservadora.

Pasemos a la segunda franja de «conspiranoicos». Existe otra criatura dentro de


esta corriente chovinista antiglobalista ha salido a flote, en este caso Santiago
Abascal, el jovenzuelo vasco del Partido Popular (PP) apadrinado personalmente
por Gustavo Bueno en su momento −la Fundación DENAES y el libro que
escribieron juntos es prueba más que suficiente para que nadie niegue la mayor−.
Ahora, el señor Abascal denunciaba desde su nuevo partido, Vox, el «contubernio
de las élites globalistas». Al partido verde no le gusta tanto el bloque chino −como
a la «derechita cobarde» del PP o «La (Sin)Razón Comunista»−:

«El líder del partido, Santiago Abascal, señalando a China, declaró que
«España y todas las naciones democráticas deben impedir que los datos de sus
compatriotas, de millones de españoles, y de millones de europeos acaben en
manos de una empresa controlada por una tiranía comunista aprovechando la
instalación de la nueva tecnología del 5G». El Gobierno contestó a las preguntas
formuladas por Vox, según adelanta Voz Pópuli, que el despliegue del 5G se
realiza teniendo presente la normativa que establecen las «medidas de
protección sanitaria frente a las emisiones radioeléctricas, incluyendo las
relativas a la tecnología 5G». (El Plural; La obsesión de Vox con el 5G: tres
preguntas al Gobierno en dos meses, 8 de enero de 2021)

Ellos, siempre fieles al Caudillo, son más clásicos, por lo que prefieren seguir sus
pasos genuflexionándose ante los yankees o financiándose a través de las fuerzas
más oscurantistas de Irán, por lo que parece que Abascal, ese «superhéroe» que
ha embelesado a señoritas «muy patriotas» como Sofia Rincón, no es más que un
pelele más de los tantos que hemos tenido en esta nuestra España. ¡Qué
desilusión! En todo caso, hay que destacar la curiosa la preocupación por la salud
del líder de Vox, el mismo que niega la incidencia del ser humano en el cambio
climático −que precisamente presenta a China, junto a EE.UU., como uno de los
máximos protagonistas−:

«Abascal dijo que le preocupa que «nos digan a los hombres y mujeres del
mundo occidental que somos los culpables del cambio climático. Me parece que
es algo que no se puede probar». (20 Minutos; Santiago Abascal: «Que se diga
que el hombre es responsable del cambio climático no se puede probar», 20 de
febrero de 2020)

¿Por qué se hace esto? Para ir en consonancia con Trump o Jair «Caimán»
Bolsonaro −luego volveremos a esto−, con el guion de la nueva derecha
desacomplejada, la llamada «derecha alternativa» −la «alt right»−.

«En realidad, lo que quiere decir Gates es que nuestros Parlamentos soberanos
deben someterse a las decisiones de la Organización Mundial de la Salud −en lo
sanitario− ,o del Banco Mundial −en lo financiero−, o de la Organización
Mundial del Comercio −en lo mercantil−; por nuestro propio bien, porque
somos incapaces y no sabemos gobernarnos, y estos organismos de burócratas
con el apoyo financiero de unos cuantos filántropos como él resolverán todos
nuestros males y nos llevarán a ese magnífico paraíso del crecimiento
constante, el desarrollo sostenible, la biotecnología, la rentabilidad y la
productividad. Es la Gobernanza Mundial impuesta a golpe de pandemia».
(Jorge Buxadé; El gobierno mundial, 26 de abril de 2020)

Según este viejo falangista −y lo es, échenle un ojo a su biografía−, la pandemia


es un plan de Gates para imponer su agenda. Ajá, entendido. Aceptemos, por un
momento, este delirio fruto de una mente diarreica, sigamos. Para quien no lo
sepa, en la Península Ibérica, Vox son los que piden ayuda al «Tío Sam» para
«salvar el país», firmando manifiestos que piden la intervención de los marines
yankees en España, como ocurrió con la sección de Vox en Humanes:
«La iniciativa We the people: your voice in the White House, que estaría
circulando para que se recojan firmas ante la Casa Blanca, se ampara en que
España está siendo dirigida ilegalmente por un gobierno que proviene del
fraude electoral. Es por ello que desde este movimiento se solicita al «legítimo
gobierno» de Estados Unidos, el presidido por Donald Trump, que ponga en
funcionamiento al ejército estadounidense para deponer tanto al presidente
español como a sus aliados, a nivel local e internacional. (...) Entre el resto de
propuestas que plantea la iniciativa destaca la petición de que el gobierno
estadounidense asumiera temporalmente el liderazgo del Ejército español y de
los cuerpos policiales del país para mantener la paz en el proceso de transición
hacia un gobierno «que honre la voluntad del Pueblo Soberano de España
promulgando una democracia directa, segura y participativa a través de la
tecnología blockchain, que otorgue el derecho de destituir de inmediato a
cualquier representante». (Spanish revolution; Vox comparte una petición para
que Estados Unidos dé un golpe de estado en España, 11 de diciembre de 2020)

Pero ojo, porque, a su vez, son los mismos «antiglobalistas» que dan lecciones al
resto del mundo sobre la importancia de defender el «hondo patriotismo» y la no
injerencia externa de las «élites económicas extranjeras». Ese viejo
«patriotismo» falangista que hablaba de españolidad, ¡sí!, pero pidiendo auxilio
a las tropas marroquís de las colonias, a los aviones nazis o a las tropas regulares
de los fascistas italianos para ganar la guerra contra los «rojos apátridas».
Hablamos de los mismos «antiimperialistas» que en la posguerra desde «El
Pueblo» saludaron el establecimiento de las bases yankees en Rota y Morón.
¿Estáis seguro que vosotros no sois los «vendepatrias» que tanto nombráis en
vuestras soflamas?

Volviendo al presente, sus enemigos del gobierno, PSOE-Podemos, promueven lo


contrario, la alianza debe de ser con los demócratas estadounidenses de Joe
Biden. Suponemos que cuando Irene Montero dice que:

«Ha sido emocionante ver a @KamalaHarris prometer su cargo, primera


mujer afroasiática en llegar a la vicepresidencia de EE.UU. Esperamos que el
cambio, con el nuevo presidente @JoeBiden, abra una nueva etapa de
tolerancia, justicia social e igualdad. #InaugurationDay» (Irene Montero;
Twitter, 20 de enero de 2021)

Por «emocionante» se refiere a la incipiente militarización del teatro de


operaciones del Pacífico. Desde luego que será «emocionante» ver al USPACOM
recibir una nueva remesa de F-35, el novísimo caza de combate insignia del
mantenimiento de «la paz, la prosperidad y la libertad». Sí, el contenido social
del misil AGM-158 es transformador cuando sale despedido a las órdenes de una
mujer «afroasiática». Esperamos que el lector perdone este pequeño paréntesis
para repetir un chascarrillo tan manido, pero no podíamos desaprovechar la
oportunidad. ¿Debemos pedir ayuda al ala derecha de la burguesía
estadounidense −Rockefeller-Trump− para no ser controlados por su ala
izquierda −Gates-Biden−, aquella que tanto alaba Podemos?

Volviendo al tema que nos ocupa, ¿es este el «antiimperialismo patriota» de Vox?
Se nos olvida mencionar que mientras se produce esta «titánica lucha» por la
soberanía nacional, Repsol y demás empresas españolas siguen neocolonizando
el «Nuevo Mundo» en América Latina. Curioso el «concepto de libertad» de esta
gente. Parece ser que las ideas «joseantonianas» están más presentes que nunca
en dicha formación.

Esto, además, viene a corroborar que la ideología de la «antiglobalización» es


extremadamente laxa y contradictoria, tanto que lo mismo puede ser utilizada
por grupos apátridas anarquistas o hippies, que grupos nacionalistas
socialdemócratas, liberales o fascistas. Así, por ejemplo, Vox anima a la población
a que marque con la «X» la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta; pide
más financiación para las fiestas religiosas y para el «arte y fiesta nacional» de la
tauromaquia. Pero, a la vez reza porque:

«Aprovechemos las lecciones de esta crisis tenebrosa para convertirnos en un


país avanzado científica y tecnológicamente y que brillen en España, con la
ayuda de Dios, la confianza en nosotros mismos, la ciencia y la investigación».
(Santiago Abascal; Discurso, 12 de abril de 2020)

¿Qué podemos decir? La humanidad quizás hubiera avanzado más en estos siglos
si en lugar de desperdiciar sus energías sacando a pasear retratos inanimados de
madera por las calles o jalear la matanza de un animal sin más fin que la diversión,
se hubiera dedicado con más tesón a investigar el funcionamiento del mundo, a
hacer accesible sus conocimientos al «vulgo». Pero, claro, ya sabemos que estos
personajes se encargan de que esto no ocurra. Ahí está Vox, adalid del
oscurantismo medieval, solo que ahora estos fascistoides de siempre, sabedores
de que su ideología religiosa está de capa caída, ruegan «piedad» y «libertad de
expresión» para sus patochadas −la misma que ellos siempre han negado a otras
creencias−. Con un siempre patético relativismo filosófico, intentan hacer
conjugables religión y ciencia, es decir, ¡agua y aceite! Véase el capítulo: «La
Escuela de Gustavo Bueno y su promoción de la religión en la filosofía y cultura
de la nación» de 2020.

«Con la Iglesia hemos topado». Los dirigentes de Vox, que son amigos y parte
activa de esta Iglesia Católica, cierran sus discursos con un «Dios bendiga a
España» y que «otorgue salud a todos» −bueno, más bien a los «españoles de
bien», pero eso ya es secreto entre el feligrés y el Altísimo−. Lo cierto es que hasta
ahora no conocemos en la historia una crisis que se haya solucionado con el
famoso proverbio «Dios proveerá». Muy por el contrario, el creador más bien
parece divertirse viendo como su creación se destruye cual niño disfruta viendo
pelear a las hormigas que ha juntado en el circo de gladiadores que ha
improvisado. Por fortuna, los representantes de Dios en la tierra, como el
arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, tienen claro lo que no debemos hacer
durante una pandemia. Iluminándonos con las siguientes palabras de sabiduría
nos sermoneaba así este siervo del Señor:

«Literalmente afirmó: «El demonio existe en plena pandemia, intentando llevar


a cabo investigaciones para vacunas y para curaciones. Nos encontramos con
la dolorosísima noticia de que una de las vacunas se fabrica a base de células de
fetos abortados. Así de claro. Y eso es inhumano, eso es cruel, y ante eso no
podemos alabarlo ni bendecirlo, todo lo contrario». (...) «Podemos luchar con
otras maneras de actuar, a favor del hombre, no contra el hombre, y eso es ir en
contra del hombre, eso es despreciar al hombre mismo, primero se le mata con
el aborto y después se le manipula para ¡qué bueno, ¡mira qué bien! ya tenemos
una vacuna. No señor, tenemos una desgracia más, obra del diablo. Eso es lo
que quiere el diablo». (Cadena Ser; Cañizares: «Una vacuna del coronavirus se
fabrica a base de células de fetos abortados y es obra del diablo», 15 de junio de
2020)

La pregunta es, ¿si Dios es «omnisciente», no sabía de la rebelión de Lucifer, el


Ángel Caído, el Diablo? Si Dios es «benévolo» y «todopoderoso», ¿por qué deja
que el Diablo atormente a los mortales? Algunos responderán que fue porque
«Eva mordió la manzana tentada por el Diablo», ¿y qué Dios ecuánime es ese que
me hace pagar por lo que un supuesto ancestro hizo en su día? ¿No sabía una vez
más que Eva iba a pecar? ¿Por qué la humanidad tendría que aguantar el dolor y
enfermedad porque el Diablo haya sido travieso y Eva una ingenua? Pero mejor
dejemos el debate teológico para otro día ya que deshacer el entuerto de todas las
contradicciones de la Biblia nos llevaría hasta el Día del Juicio Final, nunca mejor
dicho. Véase la obra: «Materialismo dialéctico y religión; en conflicto
permanente» de 2011.

Es más, este tipo de teorías «conspiranoicas» también se reflejan en el mundo de


la música. Hace poco se hicieron virales las declaraciones de Miguel Bosé, icono
pop de la música española de los años 80, y uno de tantos artistas que apoyaron
la «campaña de la ceja» para aupar a Zapatero a la presidencia del gobierno en
2008 −hasta el punto de que estuvo a punto de ser ministro de Cultura−. Parece
ser que, con el tiempo, se ha ido desencantado de la socialdemocracia, pero solo
para dejarse llevar por teorías peregrinas como las que publicita el trumpismo
internacional, negando la existencia del «bicho» para, después, reconocer la
existencia del COVID-19 «con matices». Este «revolucionario» recomendaba no
usar mascarillas y arengó a sus seguidores a manifestarse contra la «tiranía
Gates-Sánchez», para después no asistir a la manifestación y aparecer
públicamente con mascarilla. Pero eso no es todo:

«Miguel Bosé vuelve a ser tendencia a costa de sus comentarios sobre la


pandemia de Covid-19. El cantante fue blanco de las críticas tras afirmar a
principios de junio que el virus «era una mentira» y acusar a Bill Gates, creador
de Microsoft, de querer controlar a la población con la nueva vacuna. Esta
semana, volvía a crear polémica en Twitter al ahondar en sus teorías
conspirativas. «Nos quieren matar», afirmaba el artista sin rodeos, haciendo
hincapié en su hipótesis sobre los peligros de la vacunación. En concreto
señalaba el comentario publicado por otra usuaria, @zuletamerchan, en la
plataforma que, a su vez, se hace eco del mensaje compartido por Juan Saiz en
Facebook». (Reacción mediática; Covid-19, gripe y la última teoría de Miguel
Bosé: «¡Nos quieren matar!», 10 de agosto de 2020)

«Yo digo no a la vacuna, no al 5G, no a la alianza España/Bill Gates». (Twitter;


Miguel Bosé, 9 de junio de 2020)

Según su lógica... ¿era el señor Bosé un «agente de Bill Gates» en 2008 al apoyar
al PSOE? ¿Es su reconversión hacia los antivacunas un caballo de Troya para este
noble movimiento? «No digo más». ¿No será simplemente el gobierno de turno
reformista le estaba utilizando en 2008 para ganar votos como a cualquier otro
tonto útil? ¿No será que hoy anda tan perdido como para repetir como un
papagayo lo que afirma Abascal, un hombre que jamás ha tenido oficio ni
beneficio salvo recibir dinero público de los chiringuitos y estafas del PP? Como
puede comprobar, señor Bosé, a veces todo es más fácil de lo que parece, no hay
una trama hollywoodiense detrás de cada acto de estupidez humana.

Por fortuna, la población actual no está tan idiotizada, hay esperanza, pues parece
que al menos conserva cierto racionalismo. ¿A qué nos referimos? Tras estos
episodios surrealistas hubo una marea de comentarios negativos en repulsa por
la actitud del artista, lo que causó la baja voluntaria de Miguel Bosé de toda red
social:

«Ante las informaciones aparecidas en diversos medios de comunicación


relativas a su baja en determinadas redes sociales, en nombre de nuestro
representado, Don Miguel Bosé Dominguín, queremos precisar, de manera
excepcional y de una vez y por todas, que el artista ha decidido voluntariamente
darse de baja en dichas redes sociales» explica la agencia en dicho
comunicado». (EFE México; Miguel Bosé aclara que su desaparición de las
redes sociales fue voluntaria, 1 de septiembre de 2020)

En realidad, todos estos artistas nunca se han dotado de una herramienta


filosófica materialista para comprender los fenómenos que ocurren a su
alrededor, que como tal solo puede ser en clave histórica y dialéctica. Es por ello
que, cuando entran en crisis, compran este tipo de explicaciones rocambolescas,
creyéndose muy «rompedores» y «contestatarios» ante el sistema que les ha
decepcionado. Esto también ocurre con los supuestos «artistas revolucionarios».
Pero deben saber que intentar combatir al sistema con este arsenal de memeces
y chismes es equivalente a intentar derribar un muro a cabezazos: uno puede
poner todo el empeño que quiera, pero no logrará nada. Ahora se nos entenderá
mejor.
¿Qué es lo que ocurre desde «Fachadolid», perdón Valladolid? Puligato, asegura
haber alzado la voz contra la «Plandemia». Para quien no conozca la simpática
banda de rock de estos muchachos, tienen unas letras afines a organizaciones
fascistas como Bastión Frontal. En una de sus últimas letras recitaban lo mismo
que Miguel Bosé pero incluyendo otros alegatos «conspiranoicos» más «arios»,
como la idea de que existe un plan para exterminar a la raza blanca:

«La premisa es clara y ya estaba planeado, romper la economía y convertirnos


en esclavos. (...) Eres un peón en manos de la ingenieria social, el fruto de la
agenda de este nuevo orden mundial (NOM). (...) Se llama plandemia el NOM
ha llegado para convertirte en esclavo. (...) Torhschild, Soros, Astor o
Rockefeller controlan el ojo del que nadie escapa ya». (Pugilato; Nueva
normalidad, 2021)

¿Acaso esta forma de pensar es exclusiva de la derecha más esquinada a la


derecha? No, resulta que la presunta «izquierda» que racionalmente debería
plantar cara al fascismo y su filosofía idealista hoy reproduce exactamente lo
mismo. Citemos ahora el caso de un rapero, Nyto. En teoría −y según sus propias
palabras− hace unos años estaba encaminándose a «estudiar y propagar el
marxismo» para así ayudar a la «emancipación de los trabajadores», aunque sólo
se quedó en eso, en un intento, pues apenas logró acercarse a una suerte de
semianarquismo. Pero hoy, por si quedaban dudas de su validez política, ha
decidido apartarse definitivamente de todo atisbo de pensamiento científico para
jugar a especular con las ideas que hablan sobre «planes secretos» de malévolas
logias que urden su «golpe final» para la «dominación mundial», defendiendo en
sus letras a los «antiglobalización», que, como ya hemos visto, suelen ser rancios
politicastros nacionalistas −no por casualidad podemos meter en este saco a los
seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno−:

«Tienen una agenda nombre y apellidos, globalistas de mierda con proyectos,


¡dilo! Gates, Soros, los visibles, tu mente es su tesoro, ¿veis todos? Todo
controlado y tú en el lodo. (...) ¿Qué pasa con tanto puesto no reciclado? ¿Dime,
qué pasa con ese futuro automatizado? En su agenda 2030 Bill y Sanchez al lado
se reúnen criminales para matarnos pavo. (...) Las cartas illuminati de antes
del 95, una agenda, ven el futuro, esto es un ciclo. Trump de presidente, las
torres gemelas, ¡bingo! Cuarentena, ¿esta es la última cena y viejo orden
extinto? (...) Qué curioso como en las pelis ¿eh? Netflix por cierto financiada por
élites. Gran show de Truman, en esta granja humana, por si aún lo dudan el
Gran Hermano hoy gana... (...) Canales como Exponiendo la Verdad. España el
laboratorio de la nueva realidad. (...) Sistema AI Mars ¿Creías que era por salud
chaval? Te implantarán cual vaca, el 5G lo harán funcionar. (...) Patria o
muerte, la mía suerte de vivir el fin». (Nyto; El inicio del fin, 23 de octubre de
2020)

He aquí como un músico conocido por su «haselismo» mantiene su


existencialismo pesimista mientras cae en las tesis «conspiranoicas» más
ridículas, llegando hasta el punto de azuzar con sospecha todos los avances de la
revolución científica y tecnológica cual inquisidor del siglo XVII. Es paradójico
quejarse de «engaños y «control de masas» de «los de arriba» cuando uno
mismo, pese a ser un intelectual, un «ilustrado», ejerce como vector para
confundir a los trabajadores a la hora de señalar al capital como responsable de
sus miserias, dispersándolo en cuentos para niños sobre complejos planes
globalistas y predicciones de iluminatis. ¿Qué los burgueses se reúnen en secreto
para debatir sobre sus negocios, que desean dominar la política, que pugnan entre
ellos y tienen redes clientelares donde se ayudan? ¡Vaya novedad! Cuando Nyto
conozca la teoría de la plusvalía le parecerá cuestión de brujería.

Nyto nos recomienda canales tan didácticos como «Exponiendo la verdad». Bien,
invitamos al lector que entre en él y no se deje llevar por los nombres extraños de
los títulos, sino que consuma alguno de sus vídeos y disfrute del gran torrente de
información sobre «iluminatis», «reptilianos», «satanismo», «viajes astrales»,
«curaciones milagrosas», «terraplanismo», «estados superiores de conciencia»
(sic), etc. El canal predilecto para todo borrego abducido por la pseudociencia.
Pero, él, como gran revolucionario preocupado por el pueblo, nos recomienda
esta valiosa información por nuestro bien.

En verdad, este pobre chaval, que ojala reencuentre el camino a la cordura, anda
tan, pero tan desorientado que, en clave de los ecologistas más místicos, dejó caer
inicialmente que la pandemia podía ser un castigo de la «Madre Naturaleza»:

«Así que recen a Dios que igual Madre Natura tiró los dados diciéndonos adiós».
(Nyto; Apocalipsis en pijama, 25 de marzo de 2020)

¿En qué quedamos, señor Nyto? ¿Es culpa de la «Madre Naturaleza» por los
«pecados de la humanidad»? ¿O es un «plan prediseñado» por las «élites
globalistas» para controlarnos? ¡Oh! ¡Ya lo vemos! ¡La «Madre Naturaleza» es un
nombre en clave ideado por los «reptlianos-illuminati» para esconderse de la
vista de pájaro que posee la gente como Nyto para destapar la verdad! ¡Por eso la
nevada histórica que nos asoló hace unas semanas no era sino esa «Élite»
haciendo caer PVC de unos O.V.N.Is que nos sobrevolaban! ¡Y esto en nombre de
la Mater Natura! En fin.

Planteémonos una última duda... ¿por qué entonces YouTube −que, como Google
y tantas otras multinacionales, es un siervo, según vosotros, de ese poder «en la
sombra»− no ha eliminado todo este contenido «subversivo» que desmonta «Su
Mentira»? ¿Por qué los medios de comunicación se hacen eco de lo que dicen
Bosé, Pugilato o él? ¿Por qué no censurarlos o eliminarlos físicamente, sin más?
¿O es que tienen una capacidad inferior a la de la CIA? ¿No? Entonces, ¿qué
sentido tiene dar voz a estos «profetas y salvadores de la humanidad» en tiempos
donde «todo está dado» para el «gran golpe final» que traerá el «Nuevo Orden
Mundial»? Hay cosas que, para los simples mortales y «alienados» como
nosotros, parecen imposibles de entender... ¿por qué estos señores siniestros se
iban a arriesgar a dejar tantos flecos sueltos que dieran al traste con tanto
esfuerzo? Parece ser que, pese a que ha desarrollado todo tipo de tecnologías para
la represión y medios de control mental de masas, este «Gran Poder Dictatorial
Global» olvida algunos «detalles», como eliminar la disidencia político-
ideológica del mismo modo que haría cualquier dictadorzuelo de una república
bananera. Será cosa de que esta burguesía alienígena-masónica es «de fuera» y
todavía tiene mucho que aprender de la «Realpolitik» terrícola…

Antes de dejar de lado la sorna y el ensañamiento y pasar al siguiente punto, que


consideramos especialmente importante dado el calado de la demagogia que
encierra, no podíamos acabar sin recordar estas míticas declaraciones de
Bolsonaro:

«El contrato de Pfizer es muy claro: no nos hacemos responsables de ninguno


de los efectos secundarios. Si llegas a convertirte en caimán es tu problema».
(Jair Bolsonaro; 12 de diciembre de 2020)

En honor a la verdad, y a pesar del revuelo que esta afirmación ha causado en


redes sociales, todo parece indicar que esta afirmación de Bolsonaro se trata de
«una forma de hablar». Aunque, conociendo el historial del presidente brasileño,
tampoco nos sorprendería que realmente tema convertirse en un caimán. Pero
tampoco podemos poner la mano en el fuego de alguien que suelta perlas como
que llevar mascarilla «es de gais», como si el «mariconismo» fuese una
enfermedad y como si este le impidiese al sujeto darle un buen croché por imbécil.

c) Los «conspiranoicos» que intentan adornar sus ideas con una


bocanada de fraseología revolucionaria y «anticapitalista»

Por último, traigamos a la mesa a los «conspiranoicos» de la «izquierda


combativa». Uno de los filósofos irracionales más laureados por posmodernos y
revisionistas a nivel mundial es Slavoj Žižek, este hoy profetiza que esta crisis
obligará al sistema capitalista a generar un cambio de paradigma, y nos presenta
su receta −un disparate recurrente entre los revisionistas y otros enemigos de la
ciencia−: una mezcla de «comunismo» y los «aspectos buenos» del capitalismo:

«Si a esto se agrega una posible nueva ola de refugiados, se obtiene la tormenta
perfecta, y creo que Europa está tan debilitada que no podrá reaccionar de
manera unificada, y eso es lo que quiero decir cuando digo que el coronavirus
da nueva oportunidad para el comunismo», dijo. «Por supuesto, no me refiero
al comunismo antiguo. Por comunismo, me refiero simplemente a lo que dice la
Organización Mundial de la Salud. Deberíamos movilizarnos, coordinarnos,
etc». (...). «Algún tipo de coordinación europea... tal vez incluso movilización en
tiempos de guerra. Incluso puede hacer aumentar la productividad. Lo que
quiero decir es que es posible mantener los lados buenos del capitalismo, pero
no obstante, a través de un estado coordinado, el esfuerzo social para
movilizarse. No solo con el coronavirus, esto es necesario con otras crisis
ecológicas, refugiados, etc». (Spectator USA; 'Lo que me gusta del coronavirus'
de Slavoj Žižek, 14 de marzo de 2020)

Si alguien quiere tomar como referencia al sofista y arlequín del posmodernismo


Slavoj Žižek, está en su total derecho. ¡Faltaría más! Si este le deja de convencer,
no le faltarán reemplazos en el extenso nicho de los filósofos del parloteo. Es en
tiempos como estos, tiempos de crisis, donde el espíritu pequeño burgués llega al
borde de la histeria, desesperado por comprar cualquier filosofía de la salvación,
cualquier libro de autoayuda para masas, cualquier secta religiosa. ¿Quizás la
propia vida sea una ilusión? ¿Existe la verdad o la moral? ¿Vale la pena discutir
por ella? ¿Debéis darme todas vuestras posesiones terrenales antes del suicidio
colectivo del miércoles? Esto divulgan él y los de su escuela de la charlatanería,
se llamen filósofos o clérigos. Véase el capítulo: «Instituciones, ciencia y
posmodernismo» de 2021.

Una de las tesis preferidas de esta última corriente ha sido que «el coronavirus es
una enfermedad más sin importancia», la cual el capitalismo emplea como excusa
para recortar derechos y libertades y, sobre todo, «salvar su sistema económico»
que «a nivel planetario estaría al borde del colapso». Un rancio partido
revisionista de «larga estirpe», el Partido Comunista Obrero de España (PCOE),
afirmaba que:

«Los capitalistas, lejos de ver el coronavirus como una de las muchas


enfermedades que a lo largo de la historia ha tenido que combatir el ser
humano, han visto en este momento una oportunidad para, por un lado,
justificar la bancarrota de su sistema económico a nivel planetario, del
imperialismo y, por el otro, aplicando la manipulación social a través de los
medios de masas generando el miedo entre los ciudadanos de los distintos
países, una fórmula para recortar derechos y libertades a los pueblos, a los
trabajadores, y adaptar la base económica a la realidad a la que nos está
llevando la descomposición del capitalismo monopolista». (Partido Comunista
Obrero de España; Coronavirus, la justificación de los capitalistas para salvar
su moribundo sistema económico, 12 de marzo de 2020)

Desde medios clásicos del eclecticismo, como La Haine, se nos advertía:

«A medida que pasan los días, y se van conociendo cada vez más casos de
enfermos por el coronavirus, va arraigando mi sospecha de que dicha
enfermedad ha sido «distribuida» en forma consciente del daño que podría
ocasionar». (Darío Herchhoren; Coronavirus: guerra química y bacteriológica,
19 de marzo de 2020)

Todos ellos son los mismos que alaban al régimen cubano, que sí «cree» en el
virus y su peligrosidad, pero que se gasta el dinero en pseudomedicinas como la
homeopatía:
«El Ministerio de Salud Pública de Cuba ha confirmado la utilización de un
producto homeopático para «mejorar las defensas» de colectivos y zonas en
riesgo por la expansión del nuevo coronavirus, del que ya se han detectado 350
casos y nueve fallecidos en la isla. El producto en cuestión es PrevengHo-Vir, de
fabricación cubana, ha explicado en rueda de prensa el director de
epidemiología del Ministerio, Francisco Durán». (Europa Press; Coronavirus.
Cuba recurre a la homeopatía para «mejorar las defensas» frente al
coronavirus, 7 de abril de 2020)

¿Qué será lo próximo, ver a Raúl Castro pidiéndole ayuda a los santeros? Eso es
imposible, porque él es más de rezar rosario en mano. Y de un grupo procubano,
pasamos a otro. En este caso, si observamos el vocero digital de los restos del
Partido Comunista de España (reconstituido), emite ideas similares, pero
enfocándolas a su monotema: la represión y el fascismo:

«La histeria del coronavirus es una maniobra para imponer el fascismo, la ley
marcial, el toque de queda y la anulación definitiva en todo el mundo de las
reliquias que quedaban de derechos y libertades fundamentales». (Movimiento
Político de Resistencia; Contagio: si aplaudimos la ley marcial, también
aplaudiremos la censura total, 19 de marzo de 2020)

Pobre Nyto, ahora entendemos su empanada mental. ¿En qué quedamos


señores? ¿No repetís en vuestros artículos día y noche que vivimos en un
«fascismo», que España es uno de los peores países en cuanto a represión? Ahora
consideran el coronavirus una «histeria» prediseñada por las altas esferas
−cuando el gobierno y sus medios, por el contrario, ignoraron el virus hasta que
el desastre se le vino encima−. Esto no es nada extraño en negacionistas del
cambio climático y la responsabilidad del hombre −más bien, del modo de
producción capitalista− en él, y que, de hecho, copian el discurso de la derecha
más conservadora sobre el tema −la de Brasil, Italia, España y EE.UU., más
concretamente−. Véase el capítulo: «El negacionismo del cambio climático y la
influencia del hombre en él» de 2017.

Su página está repleta de todo tipo de artículos negacionistas con artículos en


plan Bosé tipo «¡Abajo las mascarillas!». Así, por ejemplo, en abril de 2020
también se sumaron a la difusión del bulo de que el COVID-19 es poco menos que
un catarro:

«Ya estamos bastante por debajo de las previsiones y bastante por debajo de la
gripe común y corriente, por lo que la pregunta vuelve a saltar: ¿a qué viene
toda esta campaña?, ¿qué hay de nuevo y diferente respecto a otras
epidemias?». (Movimiento político de resistencia; ¿Está el mundo entero bajo la
ley marcial a causa de un catarro?, 2020)

Falso. En España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), durante gripe


estacional entre octubre de 2017 y septiembre de 2018 fallecieron en torno a 1.961
personas, mientras el Centro Nacional de Epidemiología (CNE) estima que puede
que unos 15.000 ciudadanos, porque analizó además el impacto indirecto de la
gripe. Sea como fuere, el COVID-19 en seis meses en España ha segado la vida de
casi 30.000 personas, hoy superando ya las cifras de 50.000 fallecidos, y va a
más. Sin contar, claro está, con las recurrentes secuelas derivadas del virus, que
no se asemejan en nada a las de una gripe común: disnea, pérdida de la movilidad
de las extremidades, mareos, migrañas, miocarditis, pericarditis, y un largo etc.
Véase el artículo de El País: «Covid persistente: las secuelas que no se van» de
2020.

Desafortunadamente, este es el «trabajo teórico de vanguardia» que puede


ofrecernos un PCE (r) o un PCOE, a cual más patético: rumorología,
especulaciones e idealismo por doquier. ¡Qué fantástica «labor de
concienciación» realizáis muchachos! Si ya de por sí sus artículos sobre política
causan vergüenza ajena, en otros campos donde son todavía más ignorantes, al
menos debería intentar no repetir los bulos de los más indocumentados, lo
decimos para que se ahorren estos ridículos. Compárese estas declaraciones con
las de cualquier secta «freak» de la «conspiranoia» que a continuación vamos a
tocar.

Somos conocedores que en la era digital todo el mundo puede dar su opinión y
llegar a miles de personas y damos gracias a ello que de esa manera podemos
ponernos en contacto con gente afín a nosotros. Pero entiéndase que en ocasiones
esto es como darle una metralleta a un simio, puesto que abre una puerta
gigantesca para la difusión de pseudocientíficas, las cuales, por el estado de
racionalidad general tan dudoso, no es difícil que acaban calando entre la
población. Las consecuencias de esto ya se vieron en EE.UU. con Trump
arengando a su pueblo a tomar lejía o detergente para combatir el COVID-19.

En México, desde Facebook, un grupo «comunista» afirma que el fascismo


domina casi todo el planeta −justo como en España hacen PCE (r)-PCOE−,
llamando a Joe Biden «nazi-fascista» (sic), a la vez que tenían tiempo de
advertirnos en enero de 2021 de no caer en la trampa del falso virus:

«¡Mil veces malditos sean todos los revisionistas; los miserables «comunistas»
y «socialistas» que se han unido a la dictadura burguesa en la ruin tarea de
mantener aterrorizados a los trabajadores con esta siniestra mentira!

Compañero proletario: ¡Rebélate! contra quienes te han engañado y convertido


en un títere, en un verdadero autómata. ¡Quítate el bozal y la careta, y lánzalos
a la lumbre; y únete a tu hermano trabajador! ¡Sublévate contra el maldito
gobierno dictatorial que te tiene en la miseria, en el hambre y en la esclavitud!

El «coronavirus no existe, ha sido sólo un diabólico invento del capitalismo


mundial. Cuyo objetivo central es tener aterrorizado al pueblo para que no se
insurreccione contra los explotadores capitalistas que han provocado la crisis
económica mundial

El «mortífero virus» ha sido una descomunal mentira tramada por la más


negra reacción mundial». (Voz del obrero; Continua el terror contra el pueblo,
2021)

¿Voz del obrero o «voz del conspiranoico»? Para estos señores el COVID es una
«descomunal mentira». ¡Suponemos que los 170.000 fallecidos en México son
actores que se han prestado para una macabra «performance»! Como dice el
refrán: «Aquí cada loco con su tema».

En fin, estos señores eluden el elemento esencial, el biológico. Para empezar,


alrededor del 60% de los patógenos infecciosos que afectan al ser humano lo
hacen por vía zoonótica. Es decir: somos huéspedes accidentales al adquirir
patógenos «más comunes» en otras especies. Estos patógenos evolucionan y, en
consecuencia, logran atravesar la barrera que separa a las especies entre sí. Es lo
que sucedió con el H1N1 y, muy probablemente, es lo que ha sucedido con el
SARS-CoV-2.

En este punto es preciso aclarar que los estudios sobre el SARS-CoV-2


encaminados a conocer el reservorio natural del virus, publicados por la revista
de divulgación científica «Nature Medicine», han concluido que el virus no es
resultado de una manipulación, sino que es fruto de la evolución natural. La
propia inteligencia yankee ha descartado que el virus fuera desarrollado como
arma biológica. Véase el artículo de El Diario: «La investigación de EE.UU. no
puede determinar el origen del coronavirus y descarta que fuera un arma
biológica» de 27 de agosto de 2021.

A falta de confirmación, se presumía que el coronavirus se propagó del


murciélago al pangolín, siendo este último la especie-reservorio desde donde
saltó al ser humano. En cambio, las afirmaciones categóricas que hemos visto
estos días sobre la causa del virus −a cada cual más disparatada que la anterior−,
aunque carecen de sentido y causarían la mofa de cualquier persona cuerda,
pasan como explicaciones coherentes en estos mundillos porque, a fin de cuentas,
portan la misma filosofía idealista que sus «adversarios» de la derecha. Véase el
capítulo: «El romanticismo y su influencia mística e irracionalista en la
«izquierda» de 2021.

Podríamos seguir citando y citando cientos de artículos que han circulado estos
días con sus extravagantes conclusiones, pero las ideas anteriores recogen la
esencia de este tipo de teorías y planteamientos. A los «marxistas» de pacotilla
que apoyan todo este tipo de sandeces nos gustaría preguntarles una cosa muy
sencilla, ¿creen realmente que un gobierno revolucionario debatiría con estos
cabezas de chorlito la obligatoriedad de la vacunación general? ¿Se imaginan al
gobierno bolchevique discutiendo con los místicos y supersticiosos de la época la
implementación de la vacuna de la viruela? Al menos no todos los revisionistas
son tan inconscientes como los que acabamos de ver:

«En un Estado que tenía a principios del siglo XX altísimas tasas de mortalidad
infantil −de cada 1.000 personas muertas dos tercios eran niños menores de 5
años− y de mortalidad por enfermedades infecciosas −tasa de mortalidad por
tuberculosis era de 400/100.000−, la puesta en marcha de servicios sanitarios
en todos los rincones del inmenso territorio se acompañó de la implementación
de medidas generalizadas de prevención (...) El triunfo de la Revolución en 1917
instaura las condiciones para aplicar esos avances, que habían permanecido
encerrados en los laboratorios, al conjunto de la población. Se realizó la primera
campaña de vacunación universal de la historia de la humanidad: el 18 de
septiembre de 1918, el Comisario del Pueblo de Salud Pública N.A. Semashko
adoptó el «Reglamento de vacunación contra la viruela» basado en el informe
científico de Gamaleya y en abril de 1919, el presidente del Consejo de
Comisarios del Pueblo, Lenin, firmó el decreto correspondiente. Fue la primera
campaña de vacunación universal de la historia de la humanidad». (Ángeles
Maestro; La vacuna rusa contra la covid-19, sobre los hombros de la URSS,
2020)

Los eclécticos de Red Roja jamás van a ilustrarnos en nada de cuestión político-
ideológica, por saber no saben ni donde tienen la mano izquierda, pero hay que
reconocer que, a diferencia respecto a los artículos anteriores que hemos ido
criticando a lo largo del documento, al menos no realizan un culto al
irracionalismo en esta cuestión, lo cual es de agradecer. Y es que, entre tanto, en
pleno siglo XXI, en mitad de una pandemia mundial, la mayoría de los
revisionistas desean llevarnos a la era de las cavernas gritando «¡No a las
vacunas!», «¡No a las medidas sanitarias!». Ahora, ¿creen en serio que una
dictadura del proletariado sería condescendiente con aquellos que, por su
imprudencia, ponen en riesgo a la colectividad?

«[Quienes justifican a estos elementos] hacen verdaderos malabarismos con el


tema de la influencia capitalista sobre este tipo de sujetos, y justifican todo en
base al concepto de «alienación» para dar carpetazo final al tema. Esto que
dicen es cierto: son productos del propio sistema y sus deficiencias, son sujetos
alienados. Hemos hablado infinidad de veces de la presión ideológico-cultural
que se ejerce desde la superestructura sobre los sujetos sociales, pero cuando se
exponen los errores de estos elementos y persisten sus errores no puede existir
compasión posible con ellos. Hacer la vista gorda sobre este tipo de actitudes en
períodos de desorganización y falta de clarividencia ideológica es más peligroso
aún; insistir en un trato amigable, aparcar las diferencias y confiar en una
reeducación futura −incluso de sujetos abiertamente recalcitrantes− no deja de
ser un ideario liberal del todo estúpido, que se acerca más a una premisa
cristiana de ejercer el perdón automático sin rencor ni reflexión alguno que a
una actitud marxista. Cuando varios elementos que no quieren, o no pueden
rectificar, son un claro obstáculo para el progreso, ¿quién si no los comunistas
deben analizar en profundidad y criticar estas actitudes que perjudican la
causa? ¿Se lo dejamos a los liberales burgueses y sus intelectuales para que
creen teorías como que todo el proletariado ha degenerado en [conspiranoicos]?
(...) Debe concluirse que por supuesto las condiciones materiales tienen el peso
decisivo que dan luz a estos fenómenos, en eso hemos insistido siempre, pero no
olvidemos la personalidad de cada sujeto y el nivel de fuerza de voluntad de
cada uno para autotransformarse, ya que no somos elementos pasivos
condenados al error. No olvidemos que, en una futura sociedad socialista, el
espíritu liberal e individualista, el afán autojustificador no le va a valer a nadie
de excusa para causar un perjuicio al bien colectivo ni a la propiedad común, no
servirá para estar por encima de las leyes populares». (Equipo de Bitácora (M-
L): Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE (r) y las prácticas
terroristas de los GRAPO, 2017)

Los mensajes de los medios de comunicación, la intelectualidad y los


políticos capitalistas antes la crisis sanitaria

Lejos de existir un plan desde las instituciones y medios de comunicación para


producir un «pánico generalizado» entre la población, la tónica general fue
quitarle hierro al asunto:

«Fernando Simón, coordinador de Emergencias Sanidad, ha dicho hoy que


«España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado» y
que esperan que «no haya transmisión local y en ese caso sería muy limitada y
muy controlada». (ABC; Fernando Simón: «España no va a tener, como mucho,
más allá de algún caso diagnosticado», 31 de enero de 2020)

En febrero, el Ministerio de Sanidad publicó el surrealista mensaje que viene a


continuación:

«Al llegar de una zona de riesgo puedes hacer vida normal. Si tras 14 días no
tienes ningún síntoma, no es necesario tomar medidas». #CoronavirusESP».
(Twitter; @sanidadgob, 26 de febrero de 2020)

La semana del 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, ya en países como


Alemania, Grecia, Polonia, Francia, se suspendían las clases, ferias, museos,
eventos deportivos, aglomeraciones, etc. Los expertos en salud ya advertían a
España el riesgo de permitir aglomeraciones. En cambio, desde el gobierno del
PSOE-Podemos se hicieron llamamientos para asistir a la manifestación del 8M,
ahí están las declaraciones de ministras como Carmen Calvo o Irene Montero.
Esto no fue casualidad, tenía el fin de dar publicidad a su Anteproyecto de Ley de
libertad sexual aprobada por el Consejo de Ministros, ya conocida como «Ley
Montero», la cual, como toda ley feminista, es altamente desigual y subjetivista,
aparte de contener contradicciones y palabras inexistentes en el vocabulario de la
RAE, pero eso es otro tema que abordaremos próximamente.
Varias figuras periodísticas conocidas en el mundo revisionista y en el mundo
feminista como Cristina Almeida, llegaron a afirmar con la demagogia que les
caracteriza, que ella recomendaba ir a la manifestación del 8M pese al virus
porque:

«Hemos tenido un virus durante siglos que ha sido el machismo y, como lo


seguimos teniendo, es mucho más peligroso, más nocivo y más desigual que el
coronavirus», ha reflexionado Cristina Almeida. «Por tanto, os llamo para irnos
a la manifestación el 8 de marzo», ha concluido». (La Sexta; El motivo de
Cristina Almeida para ir a la manifestación del 8M pese al coronavirus: «El
machismo es mucho más peligroso», 6 de marzo de 2020)

Todo esto que estamos viendo se hizo en contra de las recomendaciones de varios
expertos en salud:

«Madrid acogió el domingo la marcha feminista del 8-M, con 120.000


participantes, y el mitin de Vox, con 9.000 asistentes en un recinto cerrado como
Vistalegre, a pesar de que la ciudad cumplía desde al menos tres días antes las
condiciones en las que la agencia de salud pública europea cuestiona la
conveniencia de celebrar estos actos e incluso desaconseja a la población acudir
a ellos. Según un informe de riesgo fechado el 3 de marzo, esas condiciones son
que haya un aumento de casos importados de Covid-19 y la constatación de que
existe «una transmisión local limitada del virus». (...) En estas circunstancias,
los Gobiernos deben promover entre la población «medidas de distanciamiento
social», entre las que destaca en relación a este caso una sobre las demás:
«Evitar actos multitudinarios innecesarios». Además, sostiene el ECDC, las
autoridades tienen que «valorar si es conveniente cancelar estos actos en casos
excepcionales». El Ministerio de Sanidad y la Comunidad de Madrid
descartaron hacerlo y tampoco aconsejaron a la población adoptar las medidas
de distanciamiento social recomendadas, lo que en la práctica hubiera supuesto
llamar a no acudir a ambos eventos multitudinarios». (El País; Las marchas del
8-M se celebraron en contra del criterio de la agencia europea, 13 de marzo de
2020)

Como ejemplo del rol que han cumplido los medios de comunicación tenemos el
caso paradigmático del programa dirigido por Risto Mejide «Todo es mentira»,
un bochornoso espacio claramente sensacionalista y afín al gobierno
PSOE/Podemos, pero que, en esta ocasión en vez de usar el morbo de la tragedia
para atraer espectadores, parece que tocaba defender a toda costa los intereses de
la Moncloa contra viento y marea. Así en marzo se mofaban de la emergencia
sanitaria mundial, gritando «¡Vamos a morir todos!» entre risas y aclarando que
las noticias de los medios sobre la peligrosidad del coronavirus eran un
«tratamiento informativo apocalíptico», como decía la feminista Marta Flich.
Esto es solo un resquicio de lo que se ha podido ver en debates como «Espejo
Público», «Al rojo vivo» y demás basura televisiva, programas que se presentan
solamente como un poco más «serios», pero que solo se han dedicado a traer a la
palestra las diferentes tendencias dentro del parlamento.

En concreto, si ha habido una figura que ha intentado restarle importancia al


asunto ha sido el jefe de Podemos Pablo Echenique:

«El pasado 25 de febrero, el dirigente de Unidas Podemos Pablo Echenique lanzó


un mensaje que ahora parece un chiste: «el coronavirus está absolutamente
controlado en España». «En las portadas y en las tertulias, el coronavirus corre
desbocado y es una peligrosísima pandemia que causa pavor. En el mundo real,
el coronavirus está absolutamente controlado en España. Ojalá un día el
sistema mediático tenga la mitad de calidad que el sistema sanitario». Con este
mensaje y poco después con el discurso que dio Lorenzo Milá en Televisión
Española, Echenique quiso lanzar un aplaudido mensaje tranquilizador que
ahora parece un chiste y que muchos han querido recordar». (Javier de Benito
Hernández; El vidente Echenique, en febrero: «El coronavirus está controlado
en España», 18 de marzo de 2020)

Por supuesto, tanto él como Risto, han sufrido un escarnio público estos días, ya
que poco después de la manifestación, Begoña Gómez, Irene Montero y otras
cabezas visibles del gobierno que encabezaron la marcha del 8m dieron positivo
por coronavirus. Semanas después nadie del gobierno se ha dignado en hacer
autocrítica y asumir responsabilidades, pese a que España es el país del mundo
tras Italia con más muertes del mundo con más de 5.500 fallecidos y más de
40.000 hospitalizados, batiendo el récord de 832 muertes solo el 27 de marzo. En
el colmo del cinismo, pudimos ser testigos de una infame entrevista de Irene
Montero donde alegaba que las autoridades sanitarias no les habían advertido
−cosa que como hemos visto es mentira−. Los líderes de Vox, irresponsablemente
también arengaron a la gente a ir a su mitin el 8 de marzo de 2020 −teniendo sus
jefes síntomas evidentes de contagio−. Como consecuencia, varios días después
Ortega Smith o Santiago Abascal también dieron positivo al coronavirus. La
incompetencia de los políticos españoles para enfrentar la crisis es casi
inigualable, decimos, casi, porque realmente se lo están poniendo difícil en el
exterior.

Si alguien desea ver la seriedad con la que los líderes mundiales han afrontado la
crisis, puede echar un vistazo a las declaraciones previas del Presidente Boris
Johnson:

«La polémica estrategia de Boris Johnson para frenar el coronavirus toca a su


fin. La respuesta del Reino Unido a la pandemia, que consistía en dejar que el
virus fluyera de forma natural y fuera infectando a la población para generar
inmunidad, queda atrás después de que el primer ministro británico haya
reconocido el fracaso de la medida y pida una «acción drástica» para parar la
enfermedad. El gobierno ha recomendado a sus ciudadanos que teletrabajen y
que viajen solo si es estrictamente necesario». (Economía Digital; Reino Unido
asume el letal error de dejar que el virus circule, 18 de marzo de 2020)

Boris Johnson también ha confirmado haber sido infectado de coronavirus. En


los EE.UU. la gestión de Donald Trump no ha sido muy diferente, con una
negligente gestión y sin realizar autocrítica alguna tras tener que rectificar su
postura:

«11 DE FEBRERO. (...) «Para abril, ya saben, cuando caliente un poco,


milagrosamente se irá, eso es cierto. Solo tenemos 11 casos y todos están
mejorando», aseguró. Esto se ha comprobado es falso. En mayúsculas, la OMS
ha dicho que el virus que causa el covid-19 «se puede transmitir en TODAS LAS
ÁREAS, incluyendo aquellas de clima húmero y caliente». (...) 3 DE MARZO
Para este momento, el tono del presidente comenzaba a cambiar y hablaba ya
de una situación «imprevista». (...) «Pero es, ya sabes, algo nunca antes visto.
Lo tienes todo el tiempo, aunque no en esta magnitud (...) pasan cosas que nunca
imaginaste que sucederían, y tienes que afrontarlas. Tienes que hacer un
montón de buen trabajo. Y te haces cargo de la situación». 9 DE MARZO Este
día, en un tuit, Trump dijo que los medios que reportan «falsedades» y su
«socio», el Partido Demócrata, estaban haciendo todo lo posible por «inflar la
situación del coronavirus, mucho más allá de lo que sustentan los hechos». 17
DE MARZO «Siempre supe que era real, esto es una pandemia. Presentí que
sería una pandemia mucho antes de que se le catalogara como pandemia», dijo
en palabras diametralmente opuestas a las de fines de enero». (Univisión;
Trump se desdice en la crisis del coronavirus: va de «está controlado» a «sabía
que sería una pandemia», 19 de marzo de 2020)

Esta reacción precisamente echa abajo toda teoría conspiratoria sobre que el
virus habría sido producido y promovido por EE.UU., ¡¿no hubiera sido el
primero en reaccionar con medidas de contención en lugar de con una capacidad
de maniobrar tan lenta que pone en tela de juicio la propia reelección del
Presidente?!

En Colombia, Iván Duque como Presidente dijo sin sonrojo alguno:

«Seguidamente, el jefe de Estado señaló que en su despacho tiene un cuadro de


la Virgen de Chiquinquirá, «de la patrona de Colombia. Esta mañana me
desperté pidiéndole a esa patrona de Colombia que nos consagre como sociedad,
que consagre a nuestras familias». (El Tiempo; Duque le pide protección a la
Virgen de Chiquinquirá por coronavirus, 16 de marzo de 2020)

Esto no solo se reduce a los líderes de la derecha tradicional, en Venezuela el líder


del «socialismo del siglo XXI» alentó a las masas a que:

«Nosotros que somos hombres de Dios, devotos, fervientes, practicantes del


cristianismo de Cristo nuestro señor, tenemos que elevar la plegaria, por la
unidad de los venezolanos. (...) Yo le pido a los cristianos, a los católicos, a los
musulmanes, a los judíos y a la gente de todas las creencias y todas las religiones
que diariamente construyamos una cadena de oración por la salvación de la
humanidad». (Nicolás Maduro; Discurso, 19 de marzo de 2020)

La prueba es que las declaraciones de la derecha en Bolivia, con su Presidenta


Jeanine Áñez han sido calcadas. Esto es normal, ya que la interrelación entre los
pseudo y anti marxistas y la religión viene siendo notoria desde siempre, mucho
más como arma de manipulación. Consúltese el siguiente documento y también
nuestras anotaciones del documento para comprender la interrelación entre
religión y el pensamiento revisionista que trata de «corregir al marxismo» del
«sectarismo antireligioso». Véase la obra de Albania Hoy: «Alianza espiritual y
colaboración práctica entre el vaticano y las camarillas revisionistas» de 1975.

Aunque también hay quienes se han acogido a teorías naturalistas para explicar
el COVID-19. De nuevo desde Podemos se decía son sonrojo alguno:

«La concejal de Juventud de Arrecife, Elisabeth Merino −Somos Lanzarote-


Nueva Canarias−, ha afirmado que el coronavirus «es un aviso de la naturaleza
de que puede ser que estemos llenando la Tierra de muchas personas mayores y
no de jóvenes». En una radio local de Lanzarote, esta concejal de un partido «de
izquierdas y ecologista» lanzó hace unos días su particular «teoría». Según
Merino, sería la propia naturaleza quien ha lanzado el coronavirus para dar un
toque a la humanidad porque hemos colapsado el planeta con demasiados
ancianos». (COPE; Una concejal de izquierdas de Arrecife: «El coronavirus nos
avisa de que hay muchos mayores», 19 de marzo de 2020)

Nuestros lectores se preguntarán, ¿y qué se le puede contestar a esta memez


mística?

«Estos ideólogos influenciados por estas teorías y las del existencialismo


teorizaban la «inexorable extinción del ser humano, que será lo único que pueda
salvar la tierra», algo que de nuevo tiene más en común con posturas
nietzscheanas y misantrópicas −odio hacia el ser humano− que con cualquier
postura progresista seria. Si hay alguna doctrina que haya existido en un uso
racional de las fuerzas productivas y en poner por delante la educación
ideológica de los productores a la mera fría formación técnica en la era
moderna, ese ha sido el marxismo, aunque insistan en lo contrario los enemigos
del mismo». (Equipo de Bitácora (M-L): Estudio histórico sobre los bandazos
oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Realmente no merece la pena detenernos demasiado más con este tipo de


declaraciones, como los de Elisabeth Merino, ya que existen documentos
pertinentes sobre ello. Véase el capítulo: «Sobre el llamado ecologismo y
ecosocialismo» de 2017.

En todo caso, esta última recopilación de declaraciones que acabamos de hacer


demuestra que los políticos, periodistas, artistas, filósofos y en general todas
figuras representantes y afines al sistema capitalista más allá de diferentes
colores y matices, no han estado a la altura del problema ni en sus pronósticos ni
en sus medidas. Pero para eso no necesitábamos pasar por esta crisis y sufrirla en
nuestras carnes, simplemente nos bastaba con hacer memoria de otras
situaciones. No es tanto una cuestión de malos actores −los políticos− como de
mala película en general −las relaciones de producción capitalista−.

En tiempos de crisis, la desesperación, más el miedo, más la necesidad, más el


déficit educativo o en su defecto, la educación encaminada a potenciar los
sentimientos religiosos, hacen que afloren los profundos miedos inculcados por
siglos de dogmas de lo incognoscible que se vale de la fe en perjuicio de la razón.
Y, de hecho, es una palanca que sienta las bases elementales que requiere por
ejemplo el fascismo para lanzarse hacia la hegemonía política. No lo duden,
estamos ante la misma coyuntura político-económica que originó el nazi-
fascismo, otra cosa bien distinta es que la burguesía necesite del fascismo
realmente en la actualidad para seguir gobernando, y dado los bajos niveles de
concienciación entre los trabajadores y lo fácil que resulta manipularlos para
seguir manteniendo el sistema de explotación asalariada que les enriquece y
beneficia, no les hace falta. El tiempo les dirá −si alcanzan a salir de la alienación
que sufren− que la respuesta no está en las iglesias, sino en la revolución
proletaria integral, esa que ya es urgente, pues ella es la única que puede
solucionar la lacra del desempleo, un tratamiento adecuado de la cuestión
ecológica, una resolución justa y amistosa de la problemática de la opresión
nacional, la progresiva eliminación del chovinismo racial, del desequilibrio entre
ciudad y campo, entre trabajo manual e intelectual, y muchas otras cuestiones
que surgen o se arrastran bajo el capitalismo.

Los que recurren a tesis extrañas para explicar lo que hoy acontece recuerdan a
aquellos que para explicar el declive y caída de la URSS se ven obligados a recurrir
al guion ficticio que focaliza todo en las «maniobras de injerencia del
imperialismo», o reducen todo a «la traición» de uno u otro personaje visible;
pero casualmente no analizan los enormes hechos palpables que tienen delante,
y aceptan de buen grado especulaciones. Quienes proclaman de forma idealista
que esta crisis es consecuencia del equilibrio espiritual que «la madre naturaleza
busca» y que por eso «se nos castiga» sufren de un panteísmo arcaico; los que lo
explican en base a los designios de su dios también sufren de defectos muy
parecidos, recurriendo en consecuencia a explicaciones teológicas. Por ello, este
tipo de teorías no merecen ni ser comentadas en exceso, puesto que religión y
ciencia no casan, son como agua y aceite. Los existencialistas −algunos hasta
vestidos de marxistas− que proclaman que el virus es casi una «bendición» para
la «degeneración que ha llegado la humanidad», solo se les puede tachar de
misántropos y de individualistas derrotistas que difícilmente podrían tener
cabida en una sociedad colectiva sino reforman su pensamiento, así que en el
mejor de los casos les espera el ostracismo.
El coronavirus y su repercusión en la economía capitalista mundial

«La concepción materialista de la historia también tiene ahora muchos amigos


de ésos, para los cuales no es más que un pretexto para no estudiar la historia.
(...) En general, la palabra «materialista» sirve, en Alemania, a muchos
escritores jóvenes como una simple frase para clasificar sin necesidad de más
estudio todo lo habido y por haber; se pega esta etiqueta y se cree poder dar el
asunto por concluido. Pero nuestra concepción de la historia es, sobre todo, una
guía para el estudio y no una palanca para levantar construcciones a la manera
del hegelianismo. Hay que estudiar de nuevo toda la historia, investigar en
detalle las condiciones de vida de las diversas formaciones sociales, antes de
ponerse a derivar de ellas las ideas políticas, del derecho privado, estéticas,
filosóficas, religiosas, etc., que a ellas corresponden. Hasta hoy, en este terreno
se ha hecho poco, pues ha sido muy reducido el número de personas que se han
puesto seriamente a ello». (Friedrich Engels; Carta a Konrad Schmidt, 5 de
agosto de 1880)

Ningún favor hace a la verdad ni a la sociedad en general esos supuestos


«analistas marxistas» que tienden a las teorías estrafalarias y no al análisis
materialista-dialéctico. Para analizar un problema como el que supone la
expansión del coronavirus o cualquier otro −como fue el caso del terrorismo
yihadista en Barcelona en 2017; hay que huir por completo de teorías
«conspiranoicas», hay que centrarse en los hechos contrastados, y a partir de ahí
analizar con frialdad, con objetividad. Pero no se le puede pedir responsabilidad
y seriedad a quienes pisan una y otra vez el legado analítico de Marx y Engels.

a) ¿Un «virus diseñado» para «dañar otras economías», la «ingeniería


del desastre»?

En la mitad de la pandemia actual no tiene lógica alguna declarar que se trata de


un «virus fabricado con precisión en los laboratorios imperialistas», que fue
soltado para «dañar la potente economía China», o que ha sido diseñada para
«regular y organizar el empleo» en los países capitalistas. No hay ninguna
evidencia al respecto, lo que significa que estamos ante un ejercicio especulativo
y subjetivo, y en ese sentido: y nosotros no nos manejamos por actos de fe, por
muy plausibles que parezcan ciertas argumentaciones. Todo esto recuerda
también a las teorías conspirativas sobre que las guerras del capitalismo no se
produjeron por luchas interimperialistas, por el predominio de una potencia por
el control de las cuotas de mercado del otro competidor; sino que fue debido a
pretensiones demográficas de una supuesta organización mundial secreta que
impondría el «Nuevo Orden Mundial» reduciendo la población de la tierra para
poder consumir los recursos adecuadamente −según la teoría malthusiana−.

Lo que rompe por completo con la idea del «virus diseñado» es que este no se
detendría en dañar una economía en concreto, la china o cualquier otra que estos
señores tengan en mente, sino que, dada la globalización, este virus que ya se ha
convertido en pandemia mundial termina por afectar a todas las economías de
forma directa o indirecta. Dicho esto, habría que preguntarnos: ¿va la burguesía
a soltar un virus que dañará severamente su sistema económico y que por lo
demás, mal gestionado, puede abrir toda una época de cataclismos económico-
políticos que destruirían la tranquilidad del sistema? Definitivamente que no.
Esto parte de la errónea teoría del «capitalismo del desastre» −nosotros
preferimos referirnos a esto como «ingeniería del desastre»−, pero el sistema
capitalista siempre se basa en el desastre, ya sea a baja escala o hipertrofiado por
determinadas circunstancias de su naturaleza intrínseca, por eso mismo sus
actores se han ido adaptando para salir lo mejor parados posibles en situaciones
de crisis, incluso para aprovecharse de estas. Es así que vemos como ciertos
sectores económicos, especialmente en lo relacionado con la especulación
financiera, las industrias relacionadas con la seguridad, farmacológicas,
alimenticias, funeraria, etc. pueden sacar superbeneficios en estas situaciones de
drama social. Y pese a todo, la situación actual está produciendo la recesión de
sectores como el financiero debido a la gravedad de la crisis, que ha llevado si
bien no a la parálisis económica sí a una restricción notable a causa del cierre de
fronteras y las medidas de protección interregionales a escala nacional y mundial.

b) «El coronavirus ha venido a salvar el capitalismo», ¿pero acaso


estaba en un momento crítico?

Primero que todo. Para empezar a tomar en serio la tesis de que el coronavirus
ha sido diseñado para salvar el capitalismo… o que ha sido un accidente
afortunado para que el capitalismo pueda salvaguardar su estructura, habría que
demostrar la supuesta crisis que tenían estos países contagiados por el
coronavirus para así poder afirmar que necesitasen del mismo para tomar
medidas y tener una justificación plausible. Pero los propios datos económicos
desmienten tal propuesta. Centrémonos solo en España:

«La economía española creció un 2% en 2019, una décima por debajo de lo


previsto por el Gobierno y cuatro décimas menos que el 2,4% anotado en el año
anterior. Se trata de un crecimiento que todavía aguanta en un ejercicio
marcado por las tensiones comerciales, el Brexit, la pérdida de fuelle de China,
la brusca ralentización de la zona euro o las dificultades del automóvil. Casi
duplica el 1,2% registrado por el conjunto de la eurozona». (El País; La
economía española cerró 2019 con un crecimiento del 2% tras acelerarse en el
último trimestre, 31 de enero de 2020)

En el caso concreto del país ibérico, esta crisis ha frenado ya el turismo y el sector
servicios en general −pilar básico de la economía que ocupa casi el 70% del PIB−,
restringir el comercio −¡pero todavía proclaman estos zotes que el COVID-19 va
a salvar la economía española!−. Solo hay que ver la caída en picado de la banca
española y global cuando la cosa se puso seria:
«El Ibex 35 ha registrado este jueves la peor caída de su historia, al sufrir un
desplome del 14,06% en la sesión, que le ha llevado a cerrar en los 6.390,9
puntos, niveles de agosto de 2012. (...) La epidemia del coronavirus ha llevado
al selectivo a marcar su peor sesión bursátil, todavía peor que cuando se hundió
un 12,35% en la jornada en que los británicos decidieron abandonar la Unión
Europea en junio de 2016». (El Público; La Bolsa española sufre la peor caída
de su historia y Wall Street se hunde por la crisis del coronavirus, 12 de marzo
de 2020)

Este fenómeno económico de recesión lleva aparejado la reducción temporal o


definitiva de puestos de trabajo, la destrucción o disminución de la capacidad de
las fuerzas productivas. Lo que de nuevo implica que los países que sufren el virus
de forma severa pierdan competitividad frente a los que no lo tienen aún o les
afecta a bajos niveles. En cuanto a la pérdida de puestos laborales que está
comenzando a suceder, esta es una medida que dentro del capitalismo se torna
necesaria desde su propio punto de vista. Ahora, no debe interpretarse como han
hecho muchos, que se toman dichas medidas porque se viese ya en el horizonte
una gran crisis económica −ya que muchas de las grandes economías caminaban
a paso seguro y contaban con las leyes laborales vigentes en sus países que les
favorecían−, sino precisamente a efecto del paso del coronavirus, que, por
ejemplo, ha causado la meteórica caída de la demanda en muchos sectores de
importancia:

«En cuanto a la demanda, apuntó que se ha venido reduciendo desde la semana


pasada y que actualmente la caída se sitúa entre el 5% y el 7%, con mayor
incidencia en Madrid, La Rioja y Cataluña. De igual manera, indicó que se está
produciendo un descenso en el consumo de combustibles, especialmente
perceptible en el de queroseno para la aviación, que ha bajado entre un 70% y
un 80%». (El Confidencial; El Gobierno modificará el bono social para incluir a
los afectados por el coronavirus, 19 de marzo de 2020)

El coronavirus no ha salvado la economía, la está dañando sensiblemente. Dicho


virus repercute y rompe la fiabilidad de inversiones y fiabilidad del país que lo
sufre en todos los campos importantes.

Cuando repasemos algunos de los comentarios de figuras «anticapitalistas» que


creen destilar «sapiencia», solo repiten medias verdades o verdades por todos
sabidas: a) afirmar que «el coronavirus lo están sufriendo mucho más los
asalariados que los no asalariados», es una obviedad tan grande como decir que
la hambruna o las guerras afectan en mayor proporción a los proletarios que a los
burgueses; b) asegurar que «la privatización del sistema sanitario dificulta
afrontar la crisis sanitaria» actual es otra obviedad que nada añade; c) que «los
respectivos gobiernos capitalistas van a querer proteger a los bancos y grandes
empresas y harán todo para salvarlos», es otro comentario que no añade
información; d) que «las medidas que se han tomado son y serán insuficientes
para frenar al daño social que va a suceder», también es una afirmación correcta
pero nada sorprendente.

Pero todo esto no supone nada más, son efectos de la crisis y de la ineptitud del
sistema que la gestiona, pero de ahí no se pueden derivar causas más profundas.
Invertir la causa-efecto sin mayor argumentación es propio de metafísicos. Soltar
este tipo de frases anunciadas arriba no es el resultado de un «análisis
multilateral en profundidad», sino de repetir lo que todo el mundo puede saber a
priori de otras experiencias, por tanto, ello no te convierte en un gran analista,
sino que añadirle a esto teorías de la conspiración te convierten en cambio en un
charlatán y en un irresponsable.

c) ¿Acaso el capitalismo necesita de crisis autoinducidas cuando ya las


produce en su seno?

En el capitalismo tenemos la ley decreciente de la tasa de ganancia que estudió


Marx. Para contrarrestar esa tendencia hacia la baja, cada uno de los dueños
privados de los medios de producción, se sirven de diversos recursos para evitar
que baje esta tasa o cuota de ganancia. Unos pueden optar por aumentar la tasa
de explotación absoluta, es decir, aumentar el tiempo total de la jornada de
trabajo de los obreros. Otro recurso podría ser aumentar la presión sobre los
trabajadores mediante el aumento del paro forzoso. Medidas diferentes pudieran
consistir en cambiar la composición orgánica del capital, disminuyendo el capital
constante −edificios, materias primas, máquinas− respecto al variable −salarios
de los trabajadores−, o ambos a la vez. Esta contradicción, este movimiento de la
tendencia decreciente de la tasa de ganancia genera altibajos, desmesuras, entre
las fuerzas productivas y las relaciones de producción las cuales no se encuentran
en un estado de armonía entre ellas, aparecen de este modo las conocidas y
reiteradas crisis. Véase el capítulo: «El buenismo como guardián del orden
económico capitalista» de 2021.

d) El capitalismo no puede solucionar sus problemas, pero ha


demostrado desarrollado mecanismos para sobrevivir

En verdad, el capitalismo ha llegado a tener en el nuevo siglo una dominación tal


a su favor sobre la legislación laboral, un control de los sindicatos, además de
haber causado de forma efectiva un nivel de alienación tan alto entre los
trabajadores que no necesita de algo como una pandemia para «reestructurar la
economía». Puede prescindir perfectamente de dicho fenómeno para aplicar
despidos individuales o colectivos masivos. No necesita de todo eso para sacar
superbeneficios o bien para sobrevivir. Pero si somos objetivos, tampoco
podemos decir que a inicios del 2020 el capitalismo estuviese al borde del colapso
como para necesitar de un «empuje extra» como el fenómeno actual. En lo
económico no existía en ningún país avanzado, ni mucho menos en el mercado
mundial, una situación previa alarmante que justificase proclamar que el
coronavirus ha venido para salvar al capitalismo de su autodestrucción. Otra cosa
es que los «profetas de la revolución», esos que de Pascuas a Ramos anuncian el
fin irremediable del capitalismo sigan en sus trece, pero sobre esto ya dijimos:

«Todo grupo revisionista que hoy anuncia el fin próximo del capitalismo, cual
profeta que difunde de tanto en tanto el día del juicio final, tiene muy poco de
marxista y mucho de estafador de tres al cuarto. O, si se quiere otro ejemplo,
recuerdan demasiado a los ilustrados del siglo XVIII, a los románticos del siglo
XIX o a los positivistas del siglo XX. Todos ellos albergaban una fe ciega en el
progreso, ignorando los obstáculos y esfuerzos que tienen que sortear primero
para llevar a término su presunto proyecto transformador. A través de unos
análisis simplistas de la situación general de su época y con recetas utópicas
para la solución a sus problemas, estos pensadores vivían en una burbuja,
abrazados en todo momento a un cándido optimismo que flaco favor hacía a las
luchas revolucionarias. Venían a proclamar que los avances en las ciencias
naturales o el desarrollo de las fuerzas productivas marcaban el «paso
inexorable del progreso», el augurio de la «destrucción del viejo orden
establecido» y la «redención de la humanidad». Lo que ocurría en realidad era
que exageraban ilusamente los logros positivos de su causa, mientras a la vez
se menospreciaban temerariamente los rasgos negativos que detectaban a su
paso. Eran espíritus exaltados que, lejos de calibrar qué podían hacer y qué no
con las limitaciones impuestas por el tiempo y los recursos, ligaban sus deseos
a la realidad, y no la realidad a sus deseos. Así, mediante el voluntarismo,
forzaban a poner en marcha una empresa tan heroica como estúpida, destinada
al fracaso de antemano, una que muchas veces acompañaban de justificaciones
filosóficas bañadas en la idealización de la libertad, el progreso y la ciencia, a
veces con tonos casi religiosos, donde se hablaba de la «ineluctable victoria de
las fuerzas del bien sobre las del mal», lo que paradójicamente producía entre
muchos de sus oyentes una espera pasiva o la autosatisfacción. Nuestros jefes
revisionistas son fieles discípulos de estos pensadores, por eso no han avanzado
de la neblina de confusión, activismo sin reflexión y chascos que causan crisis
existenciales.

Este es el discurso clásico del populista, pero no del marxista con rigor y
seriedad. Lo cierto es que el capitalismo sí tiene «salida» a sus crisis, como ya
hemos afirmado. Lo hemos comprobado históricamente en sus últimas crisis:
rescatar a la banca privada con dinero público, cargar sobre los hombros de los
trabajadores mayores jornadas laborales y mayores impuestos, flexibilizar los
contratos laborales en beneficio del fácil despido y abaratar la indemnización,
recortes en campos públicos sensibles para los trabajadores −sanidad,
educación−, petición de nuevos créditos, renegociación de la deuda ya existente
o condonación de la deuda impagable, devaluación de la moneda o creación
artificial de la misma, búsqueda de nuevos mercados −incluso a costa de poder
iniciar una guerra−, expropiación o confiscación de los sectores necesarios,
represión a sangre y fuego... y muchísimas variables más que dependen del tipo
de país que sea y de donde se produzcan los déficits a tratar.
Estas fórmulas son las que podríamos llamar las «válvulas de escape» de las
que se vale la burguesía para evitar que su sistema se autodestruya por sus
crisis cíclicas. Otra cosa muy diferente son los cambios de gobierno, o los
cambios en las formas de dominación política, recetas a derecha e izquierda que
no alterarán los elementos indispensables que dan a luz las crisis: las leyes
económicas fundamentales del capitalismo −como la extracción de plusvalía, la
ley del valor, la búsqueda del capitalista de máximos beneficios posibles−.

En consecuencia, siempre habrá países en depresión económica, otros en


estancamiento y otros en crecimiento, pero jamás habrá ese «colapso del
sistema capitalista» −y menos a nivel mundial− salvo que los revolucionarios
induzcan tal final pasando de revolución en revolución, país a país, pero para
ello se necesitan unos requisitos que hoy no se cumplen ni de lejos.

Mientras el nivel de concienciación y organización de la clase obrera y otras


capas populares sea bajo o nulo, estas medidas serán fácilmente aplicables para
la burguesía sin mucha conmoción. Sin una estructura marxista-leninista sólida
y sin una influencia y autoridad respaldada sobre las amplias masas, las
futuras crisis que aguardan no solo no supondrán una «salida revolucionaria»,
sino que ni siquiera estaremos en posición de poder evitar la ofensiva del capital
cuando este pretenda cargar sobre los hombros de los trabajadores el peso de
la crisis. Aunque suene duro, esto es y será así porque en todo país en que los
trabajadores estén desorganizados no tienen la más mínima posibilidad de
defenderse ni de atacar eficazmente. Por ello, estas crisis socioeconómicas
siempre les serán sumamente dolorosas y en todo caso serán aprovechadas por
las distintas capas burguesas que pugnarán entre sí por derrocar o coaligarse
con la burguesía gubernamental». (Equipo de Bitácora (M-L): Estudio histórico
sobre los bandazos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los
GRAPO, 2017)

Medidas extraordinarias, filantropía y caridad de la burguesía en


tiempos de crisis

Antes de abordar el tema de las «medidas extraordinarias» y las «aportaciones


filantrópicas», hay que ponernos en contexto sobre lo que suele ocurrir ante este
tipo de crisis, como puede ser hoy la actual pandemia.

a) ¿Cómo se preparan los gobiernos para afrontar el desastre?

El gobierno de España, y muchos otros del resto del mundo, se están viendo
obligados a implementar medidas extraordinarias:

«En una rueda de prensa desde la Moncloa, Ribera defendió las medidas
adoptadas por el Gobierno para garantizar suministros esenciales como la luz,
el gas natural y el agua en este estado de alarma y aseguró que «ningún español
que piense que está pasando una situación de dificultad va a sufrir ningún
corte» de ninguno de ellos». (El Confidencial; El Gobierno modificará el bono
social para incluir a los afectados por el coronavirus, 19 de marzo de 2020)

En materia logística y de mando de la sanidad es de destacar que:

«Por primera vez en la historia de la democracia España dejará de tener 18


sanidades diferentes, la militar más las de las 17 comunidades autónomas, Un
155 sanitario, como han dicho algunos presidentes autonómicos. No se
nacionaliza la Sanidad como explicó ayer el presidente del Gobierno, Pedro
Sánchez, pero se pone «al servicio del Ministerio de Sanidad todas las
instituciones civiles, militares, públicas y privadas». (ABC; La Sanidad queda
bajo un mando único en España por el coronavirus, 16 de marzo de 2020)

Entre otras medidas, se ha dado una moratoria hipotecaria:

«Se considera que un cliente está en situación de vulnerabilidad cuando «el


deudor hipotecario pase a estar en situación de desempleo o, en caso de ser
empresario profesional, sufra una pérdida sustancial de sus ingresos o una
caída sustancia de sus ventas». También se considerará que es beneficiario de
esta medida los clientes que hayan rebajado sus ingresos hasta el equivalente a
a tres veces el IPREM anual de 14 pagas». El IPREM está situado en 7.519,59
euros anuales. Otra manera de considerar a un deudor como vulnerable es
«cuando el esfuerzo que representa la carga hipotecaria sobre la renta familiar
se haya multiplicado por al menos 1,3» a causa de la bajada de ingresos. Si se
trata de un autónomo, podrá considerarse vulnerable si ha sufrido «una caída»
de al menos del 40% de sus ingresos. El borrador con el que trabaja el Gobierno
es que la moratoria no «devengarán intereses». (La Vanguardia; El Gobierno
impone una moratoria en las hipotecas durante la crisis del coronavirus, 17 de
marzo de 2020)

Aún está por ver que estas medidas se cumplan íntegramente, cosa que dudamos.
Por citar un ejemplo, también «los gobiernos del cambio» de Podemos
prometieron el fin de los desahucios, la inseguridad, la especulación mobiliaria,
y nada cambió. Aunque, muy seguramente, después de la nefasta gestión
gubernamental PSOE/Podemos ambas formaciones deban esforzarse en cumplir
alguna de estas medidas en pro de frenar la sangría de votos que se avecina en las
próximas elecciones.

[Nota de 2021: En realidad la falta de cumplimiento de las promesas del gobierno


ha sido tal que ha superado nuestras expectativas. Véase el capítulo: «Los
oportunistas al rescate del «gobierno del cambio» de 2021.]

En Francia se han tomado medidas más contundentes para garantizar la


subsistencia de sus ciudadanos:
«En una alocución televisada, el presidente francés explicó que se dedicarán
300.000 millones de euros a salvar las empresas. Ninguna de ellas debe quebrar
debido al coronavirus. El Estado asumirá el pago de los créditos bancarios
contraídos. También se suspenderá el pago de impuestos y cotizaciones sociales,
de las facturas de agua, luz y gas, así como los alquileres. No quedó claro si esto
último se aplicará a las empresas o a toda la población, pero Macron insistió en
que «ningún francés quedará sin recursos». (La Vanguardia; Francia asume
los créditos y suspende el pago de alquileres, impuestos y recibos de luz, gas y
agua, 16 de marzo de 2020)

El gobierno de EE.UU. que inicialmente despreció la crisis, ha acabado reculando.


Esta gestión negligente ha hecho que el principal banco del país tome medidas
excepcionales que en otra situación no tomaría:

«La Reserva Federal (Fed) estadounidense ha anunciado finalmente este


domingo que baja los tipos de interés hasta el 0% e inyecta 700.000 millones de
dólares −625.000 millones de euros−». (ABC; La Reserva Federal rebaja al 0%
los tipos de interés y anuncia una inyección de 700.000 millones, 15 de marzo
de 2020)

¡¿Dónde se ha visto que un banco público o privado conceda un interés del 0%?!
El Banco Central Europeo (BCE), después de no ver la crisis tan seria como para
actuar con determinación, también ha acabado cambiando de opinión,
ofreciendo un pack de ayuda con grandes rebajas en los tipos de interés:

«Giro radical del Banco Central Europeo (BCE) en una semana. La autoridad
monetaria lanzó anoche un programa especial de 750.000 millones de euros
para adquirir títulos de deuda, lo que relaja las primas de riesgo tras el estrés
de las últimas semanas. El desplome de la rentabilidad de los bonos soberanos
se sitúa entre el 20% y el 50%, mientras que la bolsa cotiza con leves caídas tras
iniciar la sesión con fuertes alzas. «Si el mensaje al mercado del BCE de la
semana pasada fue un ‘haré lo que pueda’, con la acción de la pasada noche, el
mismo ya empieza a mutar a un ‘haré lo que sea necesario». (El Confidencial;
El BCE abarata el coste de la deuda hasta un 50%: «Vuelve al 'haré lo
necesario», 19 de marzo de 2020)

Algunos dirán que esta medida del BCE solo acrecentará más la dependencia de
los países europeos hacia dicho banco, lo cual es cierto, pero de nuevo insistimos,
dentro de la lógica capitalista, los gobernantes tienen dos alternativas ante este
abismo: o aceptar dicha ayuda y endeudarse más, o sucumbir a que su economía
pueda declararse en bancarrota en breve. El BCE bien podría haber exigido en
una situación como la actual unos intereses mayores aludiendo «la avalancha en
la demanda de préstamos», pero precisamente los ha rebajado porque no le
interesa poner en riesgo el sistema económico mundial, eso también implica
indirectamente evitar que caiga una pieza y se vea un efecto dominó. Aquí se ve
de manera clara como están íntimamente entrelazados el capital bancario y el
industrial, formando lo que ya Lenin llamaba capital financiero. Los bancos
necesitan las industrias para generar dinero a base de intereses y los empresarios
industriales se hallan necesitados constantemente de créditos bancarios para
poder mover la inmensa cuantía de capital que necesitan para crecer. Si cae uno
de los dos en pánico, repercute de la misma forma en el otro, es la anarquía de la
producción, su organización y distribución. Por ello, la economía global
capitalista se asemeja a un juego de equilibrismos −en el cual casi siempre salen
perdiendo los asalariados, a menos que muevan el trasero−.

b) ¿Es la primera vez que vemos a la burguesía dar concesiones ante


una emergencia sanitaria?

¿Es acaso esto nuevo? Quizás para los que no han cogido un libro de historia en
su vida, estas medidas suponen algo extrañísimo de explicar, algunos incluso lo
calificarán de «cambio inevitable en el paradigma económico», otros de «un
cambio de mentalidad de los poderosos», pero ni siquiera es un fenómeno nuevo
ni propio del capitalismo:

«Al igual que los Estados industriales de la actualidad, también las sociedades
preindustriales conocían procedimientos y mecanismos para aliviar un poco las
evidentes desigualdades en el reparto de la fortuna y los ingresos. (...)
Correspondía un papel importante a las transferencias voluntarias de bienes y
de ingresos en forma de fundaciones y de donaciones caritativas. (...) Su
principal objetivo ni en modo alguno era esa la intención no era la
diversificación de la demanda ni el incremento del estándar de vida, sino
asegurar los medios de subsistencia de las capas de la población, y con ello,
evitar hambrunas, inquietud y rebeldía». (Ernst Hinrichs; Introducción a la
historia de la Edad Moderna, 2012)

Hoy ocurre igual, hace tiempo que está más que demostrado que el capitalismo
se sabe adaptar a las situaciones de crisis, incluso aprovecha tales situaciones
para presentarse como un sistema benévolo. Es más, en situaciones de epidemias,
Engels observó cómo «la clase capitalista dominante no puede permitirse
impunemente el placer de favorecer las enfermedades epidémicas en el seno de
la clase obrera, pues sufriría ella misma las consecuencias», y «el ángel
exterminador es tan implacable con los capitalistas como con los obreros». Una
vez sabido esto, no cuesta entender entonces que:

«Desde el momento en que eso quedó científicamente establecido, los burgueses


humanitarios se encendieron en noble emulación por ver quién se preocupaba
más por la salud de sus obreros. Para acabar con los focos de epidemias, que no
cesan de reanudarse, fundaron sociedades, publicaron libros, proyectaron
planes, discutieron y promulgaron leyes. Se investigaron las condiciones de
habitación de los obreros y se hicieron intentos para remediar los males más
escandalosos». (Friedrich Engels; Contribución al problema de la vivienda,
1873)
Analizando los brotes de enfermedades en el siglo XIX, Engels ya expuso que la
clase dominante se había visto obligada a tomarse muy en serio estas situaciones,
ya que, lejos de lo que pudieran pensar algunos necios burgueses, la infección y
propagación de enfermedades en los barrios obreros repercutía directamente
sobre la mercancía que ellos contratan en el mercado laboral, por lo que esto
−tarde o temprano− se traducía en una pérdida de la mano de obra empleada, en
el cierre de puertos, de urbes, es decir, producía derivar en una bajada o
paralización de la productividad y la producción. Pero no solo eso, sino que
corrían el riesgo de que la enfermedad se propagase hasta el último rincón de sus
ciudades, incluso sus lujosas casas y mansiones:

«Las ciencias naturales modernas han demostrado que los llamados «barrios
insalubres», donde están hacinados los obreros, constituyen los focos de origen
de las epidemias que invaden nuestras ciudades de cuando en cuando. El cólera,
el tifus, la fiebre tifoidea, la viruela y otras enfermedades devastadoras
esparcen sus gérmenes en el aire pestilente y en las aguas contaminadas de estos
barrios obreros. Aquí no desaparecen casi nunca y se desarrollan en forma de
grandes epidemias cada vez que las circunstancias les son propicias. Estas
epidemias se extienden entonces a los otros barrios más aireados y más sanos
en que habitan los señores capitalistas. La clase capitalista dominante no puede
permitirse impunemente el placer de favorecer las enfermedades epidémicas en
el seno de la clase obrera, pues sufriría ella misma las consecuencias, ya que el
ángel exterminador es tan implacable con los capitalistas como con los
obreros». (Friedrich Engels; Contribución al problema de la vivienda, 1873)

Claro es que, dado el actual desarrollo de capitalismo monopólico y la


globalización, la nueva variable observable es la velocidad con que una nueva
enfermedad contagiosa pasa de afectar a una pequeña zona geográfica a
amenazar a todo el planeta e incluso a la sociedad humana en tiempo récord, algo
que solo puede ser contrarrestado con una rápida respuesta, que como se ha visto,
brilla por su ausencia. Y que por lo demás no solo se trata de una crisis sanitaria,
sino que trae consigo una crisis económica que podría no tener precedentes. Si
bien de momento hay acceso a productos de primera necesidad, en el momento
en que esto no esté garantizado derivará en una creciente inseguridad social.

La donación de los empresarios y diversos países capitalistas de material médico,


alimentos, tecnologías y demás, no corresponde fundamentalmente a la
filantropía de las figuras que los dirigen, sino que, en casi todos los casos, se
explica como un aprovechamiento del momento para realizar un lavado de
imagen. Aquí encontramos como la derecha tradicional defiende a figuras
empresariales como Amancio Ortega, bien conocidas por evadir impuestos, la
tenencia de trabajadores en condiciones paupérrimas e incluso practicar la
explotación asalariada infantil en los países del llamado «tercer mundo».

¿Mentimos? En absoluto. El empresario Amanacio Ortega ha donado 300.000


mascarillas a la sanidad pública, dicha empresa ha sido de los primeros en
decretar un Erte a 45.000 trabajadores, aunque dice garantizar su sueldo durante
la suspensión. Fuera de España cuenta con 145.000 trabajadores, lo que ya da a
entender que como para cualquier burgués: su prioridad no es el desarrollo de su
patria sino el de su bolsillo. Existe toda una legión de periodistas afines a él como
Juan Manuel López-Zafra, que afirman que es mentira que desarrolle actividades
de explotación infantil. Lo cierto es que Zara, otra de las empresas de Ortega, tuvo
que pagar una multa precisamente por esa causa. La Agencia EFE reportaba que:

«La multinacional española Zara deberá pagar 5 millones de reales −1,5


millones de dólares− en Brasil en el marco de un nuevo acuerdo firmado con la
Fiscalía por un caso de trabajo esclavo registrado en 2011, informó hoy el
Ministerio Público del Trabajo (MPT) de Sao Paulo». (El periódico; Zara deberá
pagar 1,5 millones dólares en Brasil por caso de trabajo esclavo, 13 de mayo de
2017)

Parte de la fortuna de este gran «patriota», se ha cosechado evadiendo impuestos


al Estado a través de diversas fórmulas:

«Amancio Ortega, dueño y fundador de la empresa textil Inditex es, con un


patrimonio estimado de más de 61.000 millones de euros, el segundo hombre
más rico del mundo según el ranking de la lista Forbes. La multinacional que
controla su buque insignia, Zara, declaró en 2015 un beneficio neto de 2.880
millones de euros, pero no es oro todo lo que reluce. De hecho, y según un estudio
presentado este jueves, sólo entre 2011 y 2014 Inditex se sirvió de «agresivas
técnicas de ingeniería fiscal» para evitar pagar 585,72 millones de euros en
impuestos. Y esta cantidad sólo supone una estimación de la elusión fiscal-legal,
a diferencia de la evasión fiscal- practicada por el gigante textil sirviéndose de
su red de empresas en Holanda, Irlanda y Suiza, aunque el estudio en cuestión
advierte de que la cifra exacta podría ser mucho más elevada. (...) Estos son sólo
algunos de los datos del informe presentado este jueves en el Europarlamento
por varios eurodiputados del grupo de Los Verdes/ Alianza Libre Europea en
rueda de prensa. A lo largo de una treintena de páginas, el estudio Tax
Shopping: explorando el negocio de elusión fiscal de Zara, que firma el
economista Marc Tataret -Universidad de Barcelona (UB)-, documenta algunas
de las «técnicas clásicas» empleadas por la empresa matriz para eludir
impuestos». (El Público; Inditex esquivó 600 millones en impuestos gracias a la
ingeniería fiscal, 7 de diciembre de 2016)

Casualmente, los economistas que niegan estas triquiñuelas de la economía


sumergida, son los mismos que luego se echan las manos a la cabeza con la
aparición de los «Papeles de Panamá».

En su momento, Friedrich Engels ya comentaba en sus tiempos las actividades de


estos «pajarracos»:
«¡Establecimientos de beneficencia! ¡Como si fuese ayudar al proletario el
comenzar por explotarlo hasta sangrar para luego poder desagraviarlo con
complacencia y farisaísmo con vuestro prurito de caridad y presentaros ante el
mundo como grandes benefactores de la humanidad, mientras devolvéis a ese
desdichado que habéis exprimido hasta la médula, la centésima parte de lo que
le corresponde! ¡Beneficencia que degrada aún más a aquel que la práctica que
a aquel que la recibe; beneficencia que hunde todavía más en el polvo al
desafortunado que se ha pisoteado, que implica que el paria deshumanizado,
excluido de la sociedad, renuncia en primer lugar a la última cosa que le queda,
a su aspiración a la cualidad de hombre, y mendiga primeramente su
benevolencia al lado de la burguesía, antes que ella le haga el favor de
estamparle en la frente, al darle la limosna, el sello de la deshumanización!».
(Friedrich Engels; La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845)

Ergo ya en la era preindustrial los mandatarios habían desarrollado mecanismos


para mantener su sistema a flote durante periodos de crisis. Las clases
explotadoras incluso se tomaban las donaciones como signo de prestigio y estatus
social:

«Para los que daban limosnas, la donación caritativa no solo era un deber
religioso, sino también una demostración social; el agolpamiento de mendigos
entorno a su persona y a su casa no se consideraba una carga, sino la
confirmación de su prestigio social. (...) Las limosnas y los donativos de los
particulares acomodados, de las instituciones eclesiásticas y estatales, paliaron
un poco las consecuencias de la pobreza estructural de la Europa preindustrial.
(...) Sin embargo sólo era un modesto paliativo del que no cabía esperar, ni se
esperaba, el fin de la desigualdad». (Ernst Hinrichs; Introducción a la historia
de la Edad Moderna, 2012)

Por su parte, Karl Marx vinculaba la práctica de la caridad con la influencia del
idealismo filosófico de la religión, que es el arma perfecta de las clases
explotadoras para engañar a los explotados, para aliviar su conciencia ante una
situación de precariedad y sufrimiento:

«Los principios sociales del cristianismo han tenido ya dieciocho siglos para
desenvolverse. (...) Los principios sociales del cristianismo predican la
necesidad de que exista una clase dominante y una clase dominada,
contentándose con formular el piadoso deseo que aquella sea lo más benéfica
posible. Los principios sociales del cristianismo dejan la desaparición de todas
las infamias para el cielo, justificando con esto la perpetuación de esas mismas
infamias sobre la tierra. Los principios sociales del cristianismo ven en todas las
maldades de los opresores contra los oprimidos el justo castigo del pecado
original y de los demás pecados del hombre o la prueba a que el Señor quiere
someter, según sus designios inescrutables, a la humanidad. Los principios
sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de la propia persona,
el envilecimiento, el servilismo, la humildad, todas las virtudes del canalla».
(Karl Marx; El comunismo del Rheinischer Beobachter, 12 de septiembre de
1847)

b) ¿China y Cuba como «modelos a seguir»?

¿Y a qué se ha dedicado la «izquierda hegemónica»? Pues resulta que durante la


crisis publicita la actuación de países imperialistas como China; ese mismo que
se ha dedicado a intentar hacer negocio durante la crisis vendiendo tests rápidos
sin controles de calidad, un régimen como el asiático que precisamente es
conocido por la falta de derechos laborales, por llevar a cabo una política exterior
agresiva en lo militar y económico:

«José Luis Centella: Se ha demostrado la prioridad del sector público, una


planificación de la economía bajo diversas formas. (…) Se ha demostrado que la
propiedad privada y la economía de mercado se ponen siempre al servicio del
control estratégico del poder público, del gobierno. (…) De manera que la
redistribución de la riqueza se plantea desde una sinergia entre el sistema
socialista y una economía de mercado socialista que permite liberar las fuerzas
productivas». (Partido Comunista de España; Acto «China en el nuevo
escenario mundial», 19 de octubre de 2020)

Aunque los representantes de esta «izquierda» antimarxista también tienen


tiempo en publicitar a todas horas a países como Cuba; que han mantenido
buenas relaciones con países fascistas y han mantenido desde el principio una
política de sumisa dependencia económica hacia los imperialismos −como la
propia España−:

«Todos estos hechos ponen manifiesto la superioridad de una sociedad con la


economía planificada como la China que, finalmente y tras una batalla ejemplar
en la que las personas fueron el centro de toda su gestión, no solo ha sido capaz
de vencer la pandemia, sino que está en condiciones de ofrecer, junto a Cuba y
sus brigadas médicas, su solidaridad internacionalista al mundo. HOY
VENCER AL COVID-19. MAÑANA DERROTAR AL CAPITALISMO». (Partido
Comunista de todos los Pueblos de España; 200.000 millones, no es un escudo,
es un plan de rescate empresarial con un limitado anexo social, 2020)

Pero, aun con todo, tratan de vendernos a ambos como «modelos de socialismo a
seguir y apoyar por sus excelsas políticas exteriores internacionalistas». Este es
un ejemplo de los muchos que existen. Para refutar estas afirmaciones
recomendamos los siguientes documentos.

Sobre China lo siguiente consúltese lo siguiente:

Véase el capítulo: «China como un «país pacífico que no se mete en asuntos


externos» de 2018.

Véase el capítulo: «La política socialimperialista de los gobernantes chinos no es


casual, es un reflejo de su política opresiva y explotadora en el interior» de 2018.
Sobre Cuba consúltese lo siguiente:

Véase el capítulo: «Sobre el supuesto intachable e innegable internacionalismo


de Cuba» de 2017.

Véase la obra: «Reflexiones sobre el VIIº Congreso del Partido «Comunista» de


Cuba y su línea económica» de 2016.

En estos últimos dos casos, en el supuesto de que fuese cierto que los aportes se
hacen por humanismo, les recordamos que la historia ha registrado casos de
altruismo entre bondadosos filántropos burgueses, que varios países capitalistas
han prestado gratuitamente o con intereses ayuda durante ciertos desastres
naturales recientes −véase los millones que tanto del gobierno español, ONGs,
Cruz Roja, como particulares, aportaron tras el terremoto que asoló Haití en
2010−. Eso no borra las relaciones de producción de sus respectivos países ni su
política exterior, y cuando subrayamos esto, por supuesto incluimos en esta lista
tanto a los países capitalistas «tradicionales» como a los países capitalistas del
revisionismo que se hacen pasar por «socialistas» y seguidores de las ideas de
Marx y Engels. Tampoco el tener un gran sistema sanitario o buenos servicios
públicos es sinónimo de «socialismo» como pregonan algunos, si eso fuese así,
países como Suiza, Singapur, Francia, Andorra o la propia España que siempre
ha salido en las listas de los países con mejores sistemas sanitarios sanitario,
serían más «socialistas» que nadie. Sobre los logros sociales como sinónimo de
«socialismo» marxista. Si consultamos lo que escribía el señor Gouysse antes de
vender su pluma a Pekín, este apuntaba con toda razón:

«Nos parece esencia aquí empezar con una digresión sobre los términos tan
distorsionados como son las palabras «izquierda» y «socialismo». Para todo
socialdemócrata como para todo revisionista y para todo pequeño burgués,
estas palabras definen no una sociedad donde es abolida la esclavitud
asalariada, sino una sociedad donde el bienestar material es asegurado a todos
o casi todos y donde es garantizado una cierta seguridad sobre el plan social y
de empleo. Para un no marxista se representa el socialismo como un simple
asunto de redistribución de las riquezas o se manifiesta por la baja pobreza o de
desigualdades, el socialismo es para él un índice de progresismos. Lo mismo que
un pequeño burgués contempla los «logros sociales» solo en el estrecho marco
nacional de su país, haciendo caso omiso del lugar que ocupan las relaciones de
producción. Para todos aquellos que se horrorizaron por el análisis de las
relaciones de producción, para aquellos que están tentados de continuar
clamando que «a pesar de todo» es decir a pesar de la existencia de una
burguesía monopolista de Estado, los países revisionistas permanecieron como
países «socialistas», «más igualitarios», tomemos en serio sus enfoques por un
momento. Si tomamos como indicador de socialismo el criterio de distribución
menos desigual de la riqueza, solo tenemos que comparar a los países bajo el
coeficiente de Gini. El coeficiente de Gini indica en qué medida se da la
distribución del ingreso de los hogares y como se apartan de una igualdad
perfecta. Varía de 0 a 100, presentando 0 la igualdad perfecta y 100 la
desigualdad máxima. (...) En 2005 el indicie de Gini daba un 67 a la media
mundial. Países como Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca poseen
actualmente las disparidades más reducidas de renta, materializándose en un
coeficiente superior a 20 pero inferior a 30 en tal índice». (Vincent Gouysse;
Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

c) Incluso estos «actos benévolos» no pueden enmascarar la esencia


del sistema

En resumen, como se está viendo, en España y otros países el gobierno se ha visto


obligado a asumir parte de la carga de la crisis con medidas como subvencionar
parcialmente a las empresas la reducción de jornada o la baja temporal. ¿Por qué,
por «buena voluntad»? No, para escapar a un escenario peor donde el pánico de
los empresarios por no sufrir los efectos de la recesión produjese una avalancha
mayor de despidos preventivos que, a su vez, crease una crisis más honda para el
gobierno con un número de desempleados permanentes que serían mantenidos
directamente por él, lo que indirectamente llevase aparejada una bajada de la
productividad y de la producción nacional:

«El primer objetivo es evitar que se dispare el desempleo, por lo que «se
priorizará la suspensión de los contratos y la reducción de las jornadas», ha
señalado Sánchez. El Gobierno va a flexibilizar los Expedientes de Regulación
de Empleo Temporal (ERTEs) para que las empresas ajusten sus plantillas sin
recurrir al despido. El Gobierno asumirá el pago del 70% de la base reguladora
a los trabajadores −medida por la cotización de los últimos 180 días− y, además,
bonificará las cuotas a la Seguridad Social de los empleadores, para que no
tengan que soportar ningún coste laboral extra. (...) Todos los trabajadores
afectados por ajustes de plantilla tendrán acceso a la prestación por desempleo
sin excepción. Esto significa que también la cobrarán aquellos que no hayan
cotizado lo suficiente para ser beneficiarios. En el caso de los autónomos, el
Consejo de Ministros ha aprobado facilitar el acceso de todos ellos al cese de
actividad, prestación conocida como el 'paro de los autónomos'. Todos los
cotizantes del RETA cuyo negocio se haya visto gravemente afectado por la
pandemia y sus consecuencias económicas, tendrá acceso a esta prestación.
Además, durante ese periodo tendrán bonificadas las cuotas a la Seguridad
Social y, si tiene asalariados, podrá acogerse a los ERTEs. El Gobierno también
ha aprobado un paquete de ayudas de 600 millones de euros para mejorar la
atención de los servicios sociales dedicados a las familias vulnerables. Estos
fondos se destinarán a las comunidades autónomas y corporaciones locales
para reforzar sus líneas de asistencia social». (El Confidencial; El Gobierno
movilizará 200.000 millones para amortiguar la crisis del coronavirus, 17 de
marzo de 2020)

En ciertas empresas la implementación de los ERTE es casi una obligación debido


al papel que desempeñan. Se alza la cuestión de la subsistencia de los
trabajadores que en teoría tanto el gobierno como las empresas dicen que van a
asegurar. Varias empresas como IKEA, Corte Inglés, Inditex han anunciado
«pagar íntegramente el sueldo a su plantilla» al menos durante las próximas
semanas, otras afirman que lo harán «todo lo que dure la cuarentena». Se vende
desde el capitalismo que «quien no trabaja es porque no quiere», cosa que como
sabemos no solo no es cierta, sino que además en una situación en la que el
gobierno no puede garantizar un desempeño «normal» de la producción y por
tanto de la búsqueda de empleo para el proletariado por las condiciones
existentes −en este caso por una causa externa como el virus−, lo mínimo es que
las empresas con ganancias multimillonarias y el propio Estado asuman la carga
recortando de donde haga falta. ¿Pero se puede esperar que esto se haga? No. En
todo caso, más le valdría a los trabajadores organizarse y hacer valer tales
peticiones defensivas, y no fiarse simplemente de las bonitas declaraciones de los
empresarios y políticos, porque si esperan que el Estado burgués les rescate van
muy mal encaminados: ya estamos viendo la respuesta deficiente que está dando
durante la crisis. Muy seguramente el gobierno al no buscar modificar y aumentar
sus métodos de ingreso −empezando por cortar el grifo a los parásitos−, su
solución chapucera será asumir gran parte de la carga a costa de endeudarse y/o
tratando de cargar la deuda sobre los trabajadores en un futuro cercano.

En otras empresas debido a su actividad deben permanecer abiertas como ocurre


con los servicios de correos, pero lejos de regularse que servicios son prioritarios
y cuales no, se mantiene actividad normal, obligando a los trabajadores a
mantener una alta movilidad para servicios del todo innecesarios, y sobre todo,
sin las condiciones de higiene y protección debidas como denuncian sus
trabajadores. Otras empresas como Carrefour o Mercadona tampoco pueden
cerrar debido a que son empresas de alimentos básicos, aquí, aunque han
reducido el horario, también los asalariados también demandan que las medidas
de seguridad se han implementado semanas tarde, estando los trabajadores
expuestos varias horas a multitud de personas. Un caso todavía más vergonzante
es la situación inhumana en la que se encuentran los jornaleros de la fresa de
zonas como Huelva o Almería, allí cerca de 500 trabajadores denuncian que a
estas alturas de la epidemia aún no tienen ningún tipo de protección frente al
coronavirus, eso sin contar con el hecho de que habitan en hacinamientos
forzosos, lo que aumenta las posibilidades de contagio.

Bajo estas medidas, la reducción de personal no evitará que muchas empresas,


pese a todo, sigan teniendo pérdidas o una reducción sustancial de sus beneficios
−mientras otras como las de alimentación seguramente hasta experimenten un
aumento de las ventas−. Paralelo a esto algunos «conspiranoicos» creen que la
crisis ha sido forzada para llevar a cabo una «transformación tecnológica» donde
de ahora en adelante las empresas no necesitaran a tantos empleados, y que de
ahí viene toda esta crisis autoinducida. Lo cierto es que al terminar la crisis puede
haber ciertos avances tecnológicos −o ninguno en especial−, pero de lo que
estamos seguros es que no los habrá en tal número ni en tal distribución que
permitan a todas las empresas seguir con el mismo número de plantilla de
empleados que durante la crisis. La razón de esto es simple: cualquier sistema
económico desarrolla mecanismos defensivos para así maniobrar y contrarrestar
las crisis −bien hablemos de periodos de turbulencias económicas o de sangrías
demográficas−.

Ahora, estos son mecanismos en muchos casos son espontáneos, intuitivos y


desiguales −pues no llegan a todas las empresas ni a todos los países−, por lo que
cuando la demanda vuelve a subir, y con ello la demanda de mano de obra, dichas
empresas que hayan sobrevivido se verán obligadas a reincorporar a dichos
empleados suspendidos temporalmente, a volver a introducir la jornada completa
en otros casos, y a contratar a nuevos empleados −algunos incluso de los que
previamente habían despedido−, o a introducir nuevos métodos de productividad
para compensar; y en caso de no poder satisfacer dicha capacidad de ampliación
serán absorbidas por los monopolios, como ya habrá ocurrido durante la crisis
con las empresas que entraron en quiebra. Esa es la dinámica del capitalismo en
su etapa monopolista. Muchos economistas del reformismo niegan esto y creen
que todo puede ser salvado a base de recetas keynesianas para la sociedad, pero
hasta el momento no han demostrado ser capaces de revertir esta tendencia.
Otros incluso niegan el proceso de monopolización, pero esto no es una opinión
nuestra, no es algo debatible, en definitiva... solo estamos recogiendo los
resultados de la historia sobre las crisis capitalistas. Véase el capítulo: «El
programa económico socialdemócrata de Podemos» de 2015.

Por último, no debemos olvidar que el gobierno ha inyectado dinero una vez más
a los bancos para evitar una crisis crediticia. Para quien no lo entienda, esto
significa que inyectará dinero a los bancos a través de dinero estatal y a través de
las empresas privadas −que seguramente en el futuro obtengan un interés por
dichos préstamos−:

«La mayor parte del paquete de medidas no tendrá coste presupuestario, ya que
se trata de líneas de liquidez a las empresas a través de avales y préstamos para
evitar una crisis de crédito −«credit crunch»−. En total, la línea de avales del
Estado ascenderá a 100.000 millones de euros, lo que significa que será el
Gobierno quien asuma el riesgo de morosidad para así aliviar a los bancos y
garantizar que siguen prestando». (El Confidencial; El Gobierno movilizará
200.000 millones para amortiguar la crisis del coronavirus, 17 de marzo de
2020)

Todo esto indica que no es que el «capitalismo haya provocado apropósito esta
crisis» ni que se trate de «pugnas imperialistas», sino que el capitalismo −en
general− no está preparado para solventar una debacle de este tipo −una
pandemia vírica− pese a tener los recursos materiales de sobra a su alcance, que
no sabe coordinarse a tiempo pese a ver lo que estaba sucediendo en otras
latitudes. La incompetencia gubernamental para frenar este tipo de fenómenos
va a dar una oportunidad para que efectivamente, unos sectores capitalistas
saquen muchos beneficios −como el caso de la industria alimenticia o
farmacológica− pero esto es algo que ocurre en muchísimas situaciones −ocurre
con las recesiones económicas, guerras, adquisición de patentes y otro tipo de
epidemias−. La competición por ver quien obtiene la primera vacuna en la que
están inmersos ahora mismo China, EE.UU., Rusia y Alemania, es buena prueba
de ello, pero no se puede calcular en qué momento y en qué proporciones se
distribuirá la dichosa vacuna, quizás cuando se logre el problema haya concluido
o esté por hacerlo.

En otro orden de cosas, hay que decir que la cuestión del coronavirus va a hacer
que los gobiernos se vean abocados a inyectar dinero para mantener a flote
muchas otras empresas importantes, pero también va a dedicar recursos en
sectores apremiantes del momento como buscar material y personal sanitario,
mantener el flujo de alimentos o acondicionar edificios para los más necesitados
−ya se ha visto como el gobierno español demagógicamente va a condicionar
lugares para los sin techo como si estas personas antes de la pandemia no
necesitasen de tal necesidad básica que en teoría recoge la Constitución de 1978−.
El Ministro de Sanidad Salvador Illa ha anunciado una compra masiva a China
de respiradores, mascarillas, tests rápidos, guantes y demás por valor de 432
millones de euros. A esto un inciso; más de 700.000 tests rápidos de la empresa
china Shenzhen Bioeasy Biotechnology resultaron defectuosos, ante lo cual el
gobierno chino comentó que dichos productos no habían pasado las inspecciones
requeridas según la legislación china pero que en cambio sí se podían vender al
mercado internacional.

Todo esto significa que se va a estar otorgando financiación estatal que bien se
podría aprovechar en invertir −desde la óptica capitalista− en otros sectores
mucho más suculentos en cuanto a ganancias −como sería exportar capital a otros
países o en crear nuevas empresas−. Con lo que el destino de ese dinero es en
muchas ocasiones una inversión de no retorno en servicios que demanda la crisis
sanitaria; un capital totalmente desperdiciado desde el punto de vista de la
rentabilidad capitalista.

¿Acaso alguna de estas medidas hubiera sido tomada sin la aparición del
coronavirus? ¿De verdad alguien cree que este pozo sin fondo que está siendo el
coronavirus en lo económico, es celebrado en secreto por los líderes políticos de
los países implicados? ¿Acaso dichas medidas extraordinarias en materia de
exención de impuestos, refuerzo de la sanidad, intereses bajos en los préstamos,
etcétera... no serán derogadas cuando la crisis acabe porque suponen un lastre
para el burgués?

d) Coronavirus y represión gubernamental

Sobre la restricción de circulación, no es nada extraño, siendo algo contemplado


en la legislación de los países capitalistas −pero es que los revisionistas igual que
carecen de conocimientos de historia o economía, no le podemos pedir
conocimientos en jurisprudencia−. Pero tampoco es específico de un país
capitalista, viene a ser lo normal en una situación de este tipo, imperen las
relaciones de producción que imperen; no se hace porque «la revolución esté a la
vuelta de la esquina», que no se engañe el lector con tal imbecilidad, sino porque
es la única manera de cortar las vías de transmisión de la enfermedad, o al menos
frenarla; son medidas epidemiológicas de manual. El problema fundamental
estaría en la prolongación del estado de alarma o excepción cuando la epidemia
ya esté superada, cuando no hay necesidad, pero no podemos adelantarnos a ese
panorama futuro, y por supuesto, en los abusos que se pueden cometer durante
las medidas lógicas a la hora de tratar una crisis sanitaria excepcional.
Recordemos que como contrapartida en estos momentos extraordinarios
también se permite vulnerar legalmente los derechos democrático-burgueses
contemplados en las cartas magnas, lo que otorga una facilidad mayor para hacer
pesquisas y redadas, físicas y cibernéticas.

¿A qué nos referimos? Durante momentos delicados como guerras hemos visto
como los gobiernos obtienen el poder absoluto de investigar, censurar y suprimir
organizaciones o individuos, también se llevan a cabo nacionalizaciones del
transporte y la industria si se alega que así es necesario «para salvaguardar los
intereses de la nación», por lo que no es ni una inclinación hacia la estatización
en lo económico ni una fascistización per se en lo político, sino un mecanismo
temporal del sistema para asegurarse mejor su gestión durante la crisis. Sea como
sea eso no justifica ni los casos de abusos de los cuerpos de seguridad a la hora de
multar y arrestar a ciertos individuos, ni que el ambiente sea aprovechado para
vulnerar otros derechos como tumbar la privacidad o el ya de por sí falso
«derecho al trabajo», «derecho a la libertad» y a la «vivienda digna». El trabajo
de los revolucionarios no está en promover una defensa abstracta de la libertad
como hacen los anarquistas y revisionistas, sino en explicar el papel del Estado
en una sociedad de clases. En explicar las dinámicas económicas del capitalismo
que hacen del desempleo una necesidad, y de la especulación de la vivienda su
rutina.

En algunos países como Rusia −de referencia para muchos de estos grupos como
el mencionado PCE (r)−, el salir a la calle ha sido penado mucho más
rigurosamente que en España:

«Escapar del confinamiento puede implicar incluso penas de prisión. La pena


más grave −cinco años− se da en caso de escapar de la cuarentena doméstica,
infectar a alguien y que la persona infectada muera. Si las acciones de la
persona enferma sólo condujeron a la infección múltiple de otras personas −sin
muertes− afronta una multa de hasta mil euros al cambio actual, trabajo
comunitario o un año de privación de libertad. Estos castigos están previstos en
el artículo 236 del Código Penal de la Federación de Rusia sobre violación de las
normas sanitarias y epidemiológicas». (El Mundo; Penas de cinco años de
prisión por violar la cuarentena domiciliaria por coronavirus en Rusia, 9 de
marzo de 2020)

En el extremo opuesto están aquellos que parece que todavía no comprenden la


gravedad del asunto y piden la normalización y libre circulación de personas
como si nada pasase; véase el trotskismo y sus organizaciones en Argentina. En
la misma línea, esta es la receta planteada por el gobierno del Frente Sandinista
en Nicaragua, allí, los cónyuges presidenciales Ortega-Murillo no han tomado
ninguna medida encaminada a impedir la transmisión de la enfermedad, no solo
han hecho caso omiso a las recomendaciones de la OMS, sino que han hecho lo
contrario, tan absurdo es que convocaron una marcha en contra del coronavirus:
la llamaron «Amor en tiempos del coronavirus» claramente influenciados por el
pensamiento mágico-religiosos del que hacen gala e inspirados en el literario
«realismo mágico», tal parece que en lugar de evitar el contagio de la enfermedad
su objetivo vaya en dirección opuesta. Coinciden con Bolsonaro en la forma de
encarar el problema, que calificó de «lunático» estúpido al gobernador de Sao
Paulo por decretar la cuarentena que incluye restricciones de circulación o cerrar
los comercios, ya que según él los efectos del virus iba a ser casi indetectables para
la mayoría de la población. El negacionismo en la gravedad sanitaria también fue
obra de Obrador en México. Semanas después parece que, ni «derecha» ni
«izquierda», ni unos ni otros, tienen tan firmes sus antiguas convicciones sobre
el coronavirus.

Algunos datos que demuestran la debacle del sistema sanitario


español

La crisis del COVID-19 está mostrando las carencias del sistema sanitario
español. Más arriba vimos que la imprudencia de las autoridades políticas para
enfrentar la pandemia, pero aparte de ello, ¿qué ocurre con el sistema sanitario
en sí? Aquí, más que referirnos a los fallos del sistema sanitario, habría que poner
el foco sobre otras cuestiones causales, ¿cuáles son las raíces de tales deficiencias,
el error del profesional, de la estructura, ambas?

a) ¿Acaso el sistema público sanitario puede estar fuera de toda


crítica?

Primero que todo, habría que aclarar que a ninguno de nosotros se le deberían
caer los anillos por reconocer que existen situaciones en el sistema público donde
la «mala praxis» del personal sanitario tiene relación con el «factor humano», es
decir, por falta de profesionalidad, pues esto ocurre en todos los sectores públicos
−y no nos engañemos señores liberales, también sucede lo mismo en las empresas
de sector privado debido a una amplia gama de razones que ahora abordaremos−.
Idealizar a colectivos como los médicos, las enfermeras o los auxiliares, es tan
nocivo como cualquier otro tipo idolatría. Esto, en primer lugar, ni siquiera tiene
que ver en su totalidad con las deficiencias del sistema −que también−, sino con
el mero hecho de que el ser humano, como tal, es falible, cosa que algunos olvidan.
Por ello en todo caso habría que preguntarse si este sistema estimula o no el
desempeño correcto de los profesionales, si los hace mejores o no, y aquí es
cuando comenzaremos a ver como la estructura sí importan −y mucho−.

El sector público, por sus propias características, depende más si cabe del
entramado en que se sustenta su andamiaje: el gobierno central, autonómico y la
dirección de los hospitales, quienes son sus gestores. Algo que bien saben los
profesionales −como ejecutores−, y el consumidor −como receptor del mismo
sistema− que no olvidemos, es al final quien lo sostiene con sus impuestos más
allá de que sea público o concertado. Dicho de otro modo: si el sistema no habilita
herramientas serias y eficaces para que los profesionales puedan manifestarse y
demandar una mejora del material y conocimiento con el que van a desempeñar
su trabajo −y si los gestores de mayor a menor rango no acceden−, el sistema
sanitario seguirá trabajando en base a un sobreesfuerzo colectivo de profesionales
que a duras penas cumplen su labor o están cualificados, rebajando su eficiencia
y perjudicando, por ende, al resto de la población. Por el otro lado, si el
consumidor no tiene mecanismos para protestar e intervenir sobre los déficits del
sistema sanitario −relevando a los trabajadores poco profesionales, denunciando
la tardanza en la asistencia médica, su calidad y demás−, tampoco puede limar
las aristas de este triángulo y convertirlo en un círculo armonioso que opere
correctamente.

¿Y a dónde conduce eso? Los fenómenos son bien conocidos por todos: listas de
espera eternas para ejecutar operaciones críticas, citas en los ambulatorios o
especialistas anuladas arguyendo «saturación», altas y rehabilitaciones con
«seguimientos médicos» que se reducen a un par de llamadas cada X meses,
recetas incomprensibles de fármacos para evitar mayores pruebas, servicios de
«urgencias» que atienden con 5h de retraso, desesperación, nervios y choques
entre pacientes, familiares y profesionales... entre otros. Lamentablemente, las
quejas y reclamaciones sirven de poco, y pensar que una «reforma integral» de la
sanidad pública y su «armonización real» es posible dentro bajo el capitalismo es
una quimera, pues sería como pensar que es factible una representación y
ejecución «democrática» sin la intervención de los intereses económicos de la
burguesía, la cual incluso en épocas de bonanza siempre intentará mantener la
sanidad en un estado «aceptable» gastando lo menos posible en ella,
pauperizando el servicio de la misma. De ahí el descontento generalizado en los
últimos años, que ha dado lugar a paradojas como que algunas personas dediquen
sus ahorros −o se planteen hacerlo− en un seguro médico privado... ¡pese a que
ya están pagando un sistema sanitario público!

Esto tiene amplia relación con cómo la «cultura del funcionario burócrata» ha
nucleado toda las sociedades y el funcionamiento de sus instituciones públicas,
con cómo los gobiernos son la cúspide de esta pirámide burocrática, mientras los
funcionarios aparecen como una especie de subsidiarios de estos, cuyo trabajo
depende de satisfacer unos cánones que responden a los intereses burgueses del
Estado, de los cuales no pueden escapar. Esto fue razonado en 1843 por un joven
Marx en un artículo que hoy merece la pena rescatar:

«Los cuerpos administrativos superiores están constreñidos a tener mayor


confianza en sus funcionarios que en las personas administradas, a las cuales
no se les puede suponer en posesión de igual conocimiento oficial. Un cuerpo
administrativo, más todavía, tiene sus tradiciones. (...) Tiene datos oficiales de
ingresos y gastos, tiene en todas partes, paralelamente a la realidad efectiva,
una realidad burocrática, la cual retiene su autoridad a pesar de lo mucho que
cambien los tiempos. (...) Las autoridades administrativas, aún con las mejores
intenciones, la más celosa humanidad y el más poderoso intelecto, no pueden
encontrar solución para un conflicto que sea mayor a lo momentáneo y
transitorio, el conflicto constante entre la realidad y los principios de la
administración. Porque no es su tarea oficial. (...) El realizar un quiebre en una
relación esencial o, si se quiere, en el destino. Esta relación esencial es la
burocrática, tanto dentro del cuerpo administrativo mismo, como en las
relaciones entre éste y el cuerpo administrado». (Karl Marx; Justificación de un
corresponsal de Mosel, 1843)

A su vez, en lo relativo a cómo funcionan estas instituciones administrativas,


sobre si satisfacen o no sus propósitos, ocurre algo fascinante. Y es que para los
ciudadanos externos a estos organismos, especialmente los de menos recursos, la
percepción cambia sustancialmente respecto a lo que dirían los profesionales:

«Por su parte, las personas particulares, que han observado la pobreza real de
los otros en el completo desarrollo de sus dimensiones, que la ven gradualmente
acercarse a ellos mismos, y quienes, más todavía, son conscientes de que el
interés particular que defienden es igualmente un interés del Estado, y éste es
defendido por ellos como interés del Estado, estas personas particulares no solo
se encuentran constreñidas a sentir que su propio honor está siendo impugnado,
sino que consideran que la realidad misma ha sido distorsionada bajo la
influencia de un punto de vista establecido arbitrario y unilateral». (Karl Marx;
Justificación de un corresponsal de Mosel, 1843)

b) ¿Ha recibido el sistema sanitario la debida financiación?

Lo cierto es que, con el sistema público sanitario, el gobierno −conformado por la


burguesía o representantes de la misma− ha gestionado históricamente un
servicio nacional que satisface una demanda social básica que ha sido
conquistada ya en la mayoría de Estados democrático-burgueses de todo el
planeta. La razón principal de la creación y extensión de este sector se debe, por
un lado, a las luchas obreras, pero, ante todo, a que la burguesía acabó dándose
cuenta de que debía mantener la mano de obra en condiciones mínimamente
decentes para su correcto funcionamiento. Con este sector estatal, la burguesía
gestiona los medios de producción −lo que no elimina su competencia, ni el
nepotismo, ni las concesiones y negocios con otras empresas privada para la
provisión de los centros de salud de todo tipo−, pero cuando estos centros se
privatizan, los capitalistas concretos que adquieren su gestión se ven obligados a
defender su parcela con mayor celo, ya que no es una gestión colectiva, sino
privada en el sentido más estricto. Esto, a su vez, no significa que no necesite de
contratos con el gobierno o sus empresas públicas para abastecerse u obtener
transporte de pacientes y recursos, por ejemplo.

En España, la nueva derecha y la tradicional −PP, C’s, Vox−, aunque también


elementos extravagantes como los anarco-capitalistas, argumentan que la ola de
recortes y privatizaciones efectuadas en el sector sanitario en los últimos años a
nivel nacional y regional no tienen relación alguna con la crisis sanitaria que se
vive hoy. ¡Incluso culpan a la existencia de la propia sanidad pública de ser la
causante del desastre! Para ello aluden a la supuesta gran inversión recibida estos
años y al poco estímulo de todos los trabajadores en su desempeño, cosa que
según dicen, se resolvería con la empresa privada. Así pues, si nos negamos a
idealizar a cualquier colectivo, también a estigmatizarlos. Quien afirma esto no
solo no comprende de economía, sino que es un demagogo desalmado que niega
el trabajo que están realizando gran parte de los sanitarios de distintos campos
con escasez de materiales y una presión psicológica límite.

También los intelectuales de ideología anarco-capitalista claman que el mercado


se regula solo, falacia que repiten como un mantra. De forma populista, ellos
también dicen lamentar los abusos de los monopolios en el precio de la luz o la
calefacción, entre otros, pero ignoran adrede las estadísticas y la historia
económica que demuestra que ese «dios invisible» del «libre mercado» no es sino
la ley del valor en su actuación, una realidad muy visible, un caballo que en el
capitalismo galopa sin freno y posibilita la creación y desempeño de los
monopolios en nuestra sociedad. De esa forma las empresas monopolísticas
hacen acopio de productos básicos o alteran los precios del mercado de forma
escandalosa, no pocas veces en contubernio con el Estado que se dice «neutral»
y asegura velar por el bien de «todos». Véase la obra de Marx: «Manuscritos
económicos y filosóficos» de 1844.

La línea de defensa de neoliberales y anarco-liberales está centrada no en analizar


los datos y exponer la verdad por el bien de la humanidad, sino en su pensamiento
sofista de querer imponer, sin importar cual sea la realidad, su modelo económico
capitalista a toda costa; uno donde las formas de propiedad privada abarcarían
todos los campos posibles como solución mágica a todos los problemas. En el caso
de estos anarcoides, la razón de esta ensoñación utópica suele estar en que a causa
de sus desconocimientos históricos idealizan el periodo premonopolistico, lo
presentan en sus cabezas huecas como si este hubiera sido el «reino de la
libertad», la época de la «economía verdaderamente natural del ser humano»; en
cambio, entre los neoliberales el motivo suele ser otro, y es que son parte −o
representantes− de los propietarios de los medios de producción, por lo que
quieren barra libre para hacer y deshacer sin cortapisas.
He aquí uno de los problemas: aunque hipotéticamente haya un aumento
progresivo de los presupuestos y también de los gastos destinados en salud
pública, puede que estos no necesariamente estén cubriendo debidamente las
demandas de la población, como efectivamente ha sucedido, en especial gracias
a la contratación de agentes privados por la sanidad pública. Esto es pues, un
silogismo barato. En el caso concreto de España, como veremos luego, cada vez
se destina una partida presupuestaria menor a la sanidad pública. Y, como es
evidente, no solo no hay un incremento progresivo del presupuesto para cubrir el
déficit adquisitivo de los centros hospitalarios, sino que no hay inversión
suficiente como para que la salud pública pueda contratar el necesario personal
médico sanitario, de mantenimiento y administrativo, así como adquirir lo más
avanzado de la técnica médica, añadido a los necesarios insumos médicos que en
estos tiempos se han visto limitados. En consecuencia, el nivel de la sanidad se va
degradando poco a poco. ¿Y a quién beneficia tal degradación? Que el lector
juzgue con lo que sigue a continuación.

En los últimos años España ha tenido un mayor gasto per cápita en salud. Desde
2012, con una inversión de 1.456€/per cápita, ha aumentado, y en 2018 se
destinaron 1.617 €/per cápita, pero como ya se ha dicho, esta subida es ínfima
para cubrir lo necesario −y es el resultado de años de desmantelamiento que
como luego veremos profundamente, se lleva realizando desde 2010 en la sanidad
pública−. En cuanto al gasto destinado concretamente a lo público en salud, los
datos destapan la mentira de que los gobiernos de PP/PSOE han protegido la
sanidad pública: en 2009 la partida del gasto total en salud destinada al gasto
público fue del 75,18%, cifra que se ha ido reduciendo hasta el 2018, con un
70,47%, un número que no sucedía desde hace décadas. Tendríamos que
retrotraernos al año 1974 para ver un 71,97%, ni qué hablar de porcentajes como
el 85,06% que fue destinado en 1983.

Quizá el ejemplo más paradigmático de que una inversión mayor en el sistema


sanitario no redunda en una mejora −cualitativa o cuantitativa de los servicios−
lo podemos encontrar en los EE.UU., cuya inversión en sanidad pública es
altísima a priori:

«El gasto público en sanidad en Estados Unidos creció 260.128,2 millones en


2019, es decir un 4,69%, hasta 2.752.127,7 millones de euros, con lo que
representó el 22,55% del gasto público total. En 2019, Estados Unidos se
mantuvo en la misma posición en el ranking de países por importe invertido en
sanidad, en el primer puesto de la lista, es decir es el país que más invierte en
sanidad. En cuanto a su proporción respecto al PIB, ha mantenido su posición
en el primer puesto de la lista, ya que es el país que más gasta en sanidad
respecto a su PIB. −según datosmacro.com−. Esto es así, evidentemente, porque
el sector está privatizado en su práctica totalidad». (Datosmacro.com; Gasto
público Salud por países, 2020)
Esto, visto así, sin más, puede dar a entender que la cobertura es más que
suficiente, pero, realmente, gran parte de la inversión no redunda en la población:

«De una encuesta realizada por Gallup en diciembre de 2019 se desprende que
el 25% de los estadounidenses reconocen que ellos o algún miembro de su familia
han postergado una visita al médico por una enfermedad grave porque no
pueden hacer frente al elevado coste de la visita, y el 33% ha postergado la visita
por enfermedades menos graves. Un estudio llevado a cabo por la Sociedad del
Cáncer de Estados en mayo de 2019 mostró que el 56% de los adultos del país
afirman tener algún tipo de dificultad para pagar las facturas médicas. (...) Un
estudio llevado a cabo en 2009 por investigadores de la Facultad de Medicina
de la Universidad de Harvard evidencia que 45.000 estadounidenses mueren
cada año como resultado directo de no tener un seguro de salud. En 2018, 27,8
millones de estadounidenses no tuvieron ningún tipo de seguro de salud durante
todo el año. (...) A pesar de que millones de estadounidenses posponen
tratamientos médicos debido a su elevado coste, Estados Unidos es el país
desarrollado que más gasta en atención sanitaria, si bien esto no se traduce en
buenos resultados y cada vez son menos las personas con cobertura médica.
Según un estudio de 2017, Estados Unidos se sitúa en la posición número 24 de
una clasificación mundial relativa a objetivos de salud pública marcados por
las Naciones Unidas». (El diario.es; El sistema sanitario de EE.UU. mata: el
25% de la población no se puede permitir el tratamiento médico que necesita, 12
de enero de 2020)

Como es bien sabido, el sistema público estadounidense está altamente


desequilibrado, siendo que muchos ciudadanos prefieren contratar los servicios
de un taxi o similares para ser trasladados al hospital en caso de emergencia al no
poder pagar la factura de una ambulancia, y con un seguro médico que depende
del trabajo y que, en caso de ser desempleado, se pierde −hoy existen
aproximadamente 27 millones de personas sin tal seguro médico−. Imagínese el
lector como se podrá gestionar una pandemia en un país donde una operación de
apéndice ronda los 25.000 euros, junto a un presidente que recomienda beber
lejía para combatir el virus.

En España ocurre algo parecido. Los datos generales enmascaran una realidad
muy diferente de lo que dicen los defensores de sistemas privados:

«El gasto público en sanidad en España creció 3.203 millones en 2019, es decir
un 1,22%, hasta 79.315,8 millones de euros, con lo que representó el 15,28% del
gasto público total. Esta cifra supone que el gasto público en sanidad en 2019
alcanzó el 6,37% del PIB, una subida 0,04 puntos respecto a 2018, en el que fue
el 6,33% del PIB. En 2019, España se mantuvo en la misma posición en el
ranking de países por importe invertido en sanidad, en el puesto 10. En cuanto
a su proporción respecto al PIB, ha mantenido su posición en el puesto 26».
(Datosmacro.com; Gasto público Salud por países, 2020)
c) La privatización como fenómeno paralelo a la degradación del
sistema público

Con la ley aprobada el 10 de abril de 1997 en plena época del gobierno de José
María Aznar, se permitió la entrada de la gestión privada en la sanidad. A partir
de entonces la estrategia de todos los partidos en el poder ha sido durante los
últimos años virar progresivamente hacia un modelo mixto con la privatización
de la sanidad:

«Un informe que acaba de publicar el Ministerio de Sanidad constata el


paralelismo entre los recortes y el negocio de la sanidad privada. Porque entre
2010 y 2014 el gasto público sanitario se redujo en 8.000 millones de euros al
mismo tiempo que el privado creció en casi 4.000, o lo que es lo mismo: de cada
dos euros recortados, uno fue a parar a la privada. «El recorte en la Sanidad
Pública ha creado una desconfianza en los ciudadanos y se han ido a la
privada», explica Rafael Bengoa [El exdirector de sistemas de salud de la OMS].
Una tesis que también refuerza el informe del propio Ministerio, porque el 80%
de ese gasto privado, procede directamente de los hogares. Para la asociación
en defensa de la Sanidad Pública, todo obedece a un plan político. El Ministerio
de Sanidad argumenta que en ese gasto privado se incluyen también los
copagos». (La sexta; Los recortes en la Sanidad Pública reforzaron al sector
privado durante los años centrales de la crisis, 9 de julio de 2018)

Esto se ha compatibilizado con otros métodos como vemos en estos simples


datos:

«1. Inversión

España destina un 5,9% de su PIB al gasto sanitario público y Catalunya, un


3,9%. La media europea es del 7,5%. Mientras tanto, aparecen nuevas
necesidades de atención primaria y aumentan los cuidados a largo plazo por el
envejecimiento.

2. Copago

La Comisión Europea señala que los pagos directos por medicamentos


aumentaron en España entre el 2010 y el 2014. Disminuyeron un poco en el 2015
hasta alcanzar el 24% del gasto sanitario total en el 2017. El porcentaje está
muy por encima de la media europea, situada en el 16%.

3. Temporalidad

La ratio de enfermeras está en 5,7 por cada mil habitantes: la media europea es
del 8,5. Todos los sanitarios han acusado un aumento de los contratos
temporales y parciales. Según CCOO, el 30% de todos los empleados tenía un
contrato temporal en el 2017, frente al 27% en el 2012.

4. Gasto privado
El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (CESCR), en el 2018,
señaló que entre el 2011 y el 2015 el gasto sanitario privado creció a una media
de un 2,8% anual, mientras el gasto público cayó a una tasa de un -0,8% anual.

5. Universalidad

El Real Decreto Ley 16/2012 derogó el principio de universalidad en el sistema


español dejando fuera a los inmigrantes sin papeles. Este decreto se derogó en
el 2018, pero la normativa todavía no ha sido desarrollada. Sigue habiendo
personas sin acceso a la sanidad pública». (El periódico; La sanidad pública de
España, al límite tras años de recortes, 18 de marzo de 2020)

Los métodos de privatización son una forma poco sutil de intentar maquillar los
resultados sobre ocupación de camas, listas de espera y otros tantos problemas
que proliferan en la sanidad pública. La burguesía usa, en este caso, la
privatización como usa la emigración y la inmigración −invitando a salir a los
primeros y no dando de alta a los segundos− para poder así maquillar los altos
niveles de desempleo. Y aun así hay datos que son imposibles de ocultar:

«Un total de 671.494 pacientes estaban esperando una intervención quirúrgica


en la sanidad pública española a finales de junio y el 15,8% de ellos llevaban más
de seis meses aguardando, según los datos del Sistema de Información sobre las
Listas de Espera en el Sistema Nacional de la Salud (SNS) publicados este
viernes por el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social. Es la cifra
más elevada desde el 2003, primer año del que hay datos en la web del
ministerio y Catalunya (con 168.108 pacientes), la comunidad con más
personas pendientes de una operación. La sigue Andalucía con 137.721 y, a
bastante más distancia, la Comunidad Valenciana (56.725), Madrid (52.579) y
Castilla-La Mancha (36.772)». (El periódico; Las listas de espera para una
operación baten récords históricos en España, 6 de diciembre de 2019)

Es cierto que en mitad de la pandemia se ha contratado una gran cantidad de


personal sanitario a toda prisa −¡solo faltaría!−, algo que también se ha hecho en
otros sectores −permitiéndose, por ejemplo, que los maestros sin el master de
profesorado puedan ejercer−, todo con tal de cubrir la demanda. Debe saberse,
empero, que esto es un producto temporal de la crisis sanitaria y que supone
disponer de personal que, en muchas ocasiones, no está preparado. En el caso
sanitario, la incorporación de más personal no ha aliviado suficientemente la
demanda, y el sistema ha seguido registrando deficiencias por doquier. El País,
periódico del gobierno del PSOE confesaba:

«No hay médicos ni personal de enfermería suficientes. La segunda ola de covid-


19 ha vuelto a poner en evidencia la falta de sanitarios en el Sistema Nacional
de Salud (SNS). Un problema estructural que no se soluciona por completo en
unos meses, pero para el que tampoco se han buscado suficientes alternativas:
ni las contrataciones necesarias ni la reorganización de unas consultas en las
que los profesionales −especialmente los de atención primaria− viven
sepultados bajo una montaña de pacientes y burocracia. (...) La propia
presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, lo reconocía este
lunes: «España tiene un problema de falta de médicos y enfermeras». (...) Si se
mide con la Unión Europea, se queda muy por debajo en médicos de primaria
−76,5 frente a una media de 123,4 por 100.000 habitantes, según los últimos
datos de Eurostat− y en enfermeras −520 por 100.000 habitantes frente a 840
en Europa−. Y eran estos los destinados a servir de dique de contención para
que la segunda ola del coronavirus no fuera tan violenta como la primera. Pero
se han visto completamente desbordados desde los primeros compases, cuando
empezaron el verano mermado por las vacaciones que les correspondían. Ante
las preguntas de los periodistas, Fernando Simón ha reconocido este lunes en
algunos servicios hay «una queja crónica de falta de recursos o sobrecarga».
(El País; Falta personal sanitario para frenar la segunda ola de la pandemia,
22 de septiembre de 2020)

En cuanto a salud mental se refiere, las cifras son aún más desastrosas. El total
de plazas en hospitales públicos de Psicólogos Internos Residentes (PIR), es
decir, el total de plazas para psicólogos públicos en hospitales, es de 189, ¡en todo
el Estado! Ya antes de la pandemia en España se notificaba que:

«El Defensor del Pueblo insta al Gobierno y a las Comunidades Autónomas a


estudiar de forma «urgente» qué hacer para incrementar el servicio de atención
a la salud mental en España: la ratio de profesionales en la sanidad pública era
en 2018 de 6 por cada 100.000 habitantes, tres veces menor que la media
europea, de 18». (El diario.es; Un informe muestra las carencias de España en
salud mental: hay tres veces menos psicólogos que la media de Europa, 30 de
enero de 2020)

Entiéndase qué consecuencias puede haber con esa ratio actualmente:

«Fórum Salud Mental ha alertado de que la pandemia del coronavirus puede


provocar un aumento de los problemas de salud mental y las adicciones. Según
diferentes estudios que ha analizado la organización, entre un 16,5 y un 28,8%
de la población podrán sufrir respectivamente, síntomas depresivos y ansiedad
de intensidad moderada-grave». (Forumsalutmental.org; Un 16,5% de la
población podría sufrir síntomas de depresión debido al Covid-19, 29 abril de
2020)

Esta situación o bien obliga a la mayoría de la población a convivir con un estado


mental cada vez más deteriorado el cual puede degenerar en alcoholismo y todo
tipo de adicciones; o a pagar una consulta privada, gasto imposible para la
mayoría de la población.

d) Las comunidades autónomas y su gestión regional


A todo esto también se suma que cada comunidad autónoma hace una gestión
propia de sus recursos sanitarios; esto es que no hay convergencia de prioridades
y objetivos, no existe un plan nacional de salud y, como se ha podido comprobar,
no existía un protocolo de actuación pormenorizado en caso de emergencia, cuyos
efectos han sido desastrosos en la actual pandemia: tan es así que incluso hay
diferencia en la gestión de los datos estadísticos de «morbimortalidad» entre
comunidades autónomas y entre estas y el gobierno central. Volviendo sobre el
tema, existe una descentralización y un modelo particular a cada cual peor en
cada comunidad autónoma. Todos utilizan métodos muy similares que acaban en
lo mismo. En regiones como Madrid, los madrileños han podido disfrutar de la
bonanza del neoliberalismo del PP: despidos de personal, venta de instalaciones,
privatizaciones bajo sistemas concertados, etcétera. En Cataluña, los
nacionalistas herederos de CIU y compañía nos mostraban el «camino
alternativo» a la «rancia Madrid», pero los gobernantes catalanes parece que se
parecen más de lo que quisieran a sus homólogos de la capital… allí la
privatización se ha desarrollado de forma similar, amparándose sobre todo en la
«externalización de servicios», es decir, se dejó de contratar personal e invertir
en infraestructura y técnica médica dentro de la sanidad pública, contratando, en
su lugar, clínicas privadas que asumen estos servicios resultando en una
catastrófica gestión en las residencias de ancianos y provocando muchas muertes
evitables.

«El último [informe de] Euro Health Consumer Index, publicado en febrero de
2019, coloca a España en el puesto 19. No del mundo, de Europa. De nuestro
sistema de salud destaca: «Muy descentralizado regionalmente. El sistema de
salud pública parece confiar un poquito demasiado en la sanidad privada para
conseguir una excelencia real. Los indicadores de resultados en 2018 han
mejorado, ahora están a la par con Islandia y Portugal. La encuesta de la
Organización de pacientes de 2018 −nuevamente− dio una mala visión sobre la
accesibilidad». Portugal, en el puesto 13 de este «ranking» es destacado por su
mejoría con respecto a años anteriores y su eficiencia: «ofrecen más por el
mismo precio», destacan. (...) Otro lugar común que se escucha estos días es que
el colapso de las UCI o la saturación hospitalaria son consecuencia de los
recortes efectuados durante la crisis económica que sacudió al país entre 2009
y 2015. Viendo el listado de la OCDE de inversión pública en Sanidad es evidente
que, en términos relativos, ahora invertimos un porcentaje menor de nuestro
PIB que antes de la recesión [véase el gráfico]. En 2009 se invirtió en la sanidad
pública un 6,77% del PIB y en 2018 un 6,24% pero en esta década el producto
interior bruto ha crecido, lo que arroja una mayor inversión per cápita ahora
que antes: 1.617 euros por persona frente a los 1.576 euros de 2009. Por
supuesto, no son lo mismo 1.617 euros ahora que hace diez años. Sea como fuere,
seguimos muy lejos de la cabeza de la clasificación en este aspecto. Ahora y
antes». (El Confidencial; Si España fuera la mejor sanidad del mundo no
necesitaríamos héroes contra el Covid-19, 29 de marzo de 2020)
Pero, respondiendo a la pregunta del millón, ¿qué han hecho las comunidades
autónomas a nivel regional para complementar las vagas disposiciones del
gobierno central?:

«La sanidad pública española lleva años funcionando al 100%. Desde el 2010,
tanto los gobiernos de España como los de sus diferentes autonomías −la
sanidad es una competencia transferida− aprobaron una serie de recortes
sanitarios que debilitaron el sistema y que lo dejaron desnudo a la hora de
afrontar, entre otras cosas, esta excepcional crisis sanitaria causada por la
pandemia de coronavirus. Según el sindicato Metges de Catalunya (MC),
Catalunya perdió, en los últimos años, unos 900 médicos de atención primaria
−aunque a raíz de la huelga del 2018 se recuperaron en torno a 250− y mil
camas de agudos». (El periódico; La sanidad pública de España, al límite tras
años de recortes, 18 de marzo de 2020)

En 2010, Comunidad de Madrid disponía de 3.37 camas por cada 1.000


habitantes, mientras que en 2017 la tasa era de 3.14. Actualmente dispone de un
4,5% menos. En 2010, Cataluña disponía de 4.30 camas por cada 1.000
habitantes, mientras que en 2017 la tasa era de 4.16. Actualmente dispone de un
1,5% menos. En 2010, Cantabria disponía de 3.78 camas por cada 1.000
habitantes, mientras que en 2017 la tasa era de 3.45 Actualmente dispone de un
8,5% menos. Véase el artículo «Si España fuera la mejor sanidad del mundo no
necesitaríamos héroes contra el Covid-19» del 29 de marzo de 2020.

He aquí algunos datos más que demuestran que sí ha habido recortes, pese a lo
que digan los negacionistas:

«España destina un 5,9% de su PIB al gasto sanitario público y Catalunya, un


3,9%. La media europea es del 7,5%. Mientras tanto, aparecen nuevas
necesidades de atención primaria y aumentan los cuidados a largo plazo por el
envejecimiento. (...) La Comisión Europea señala que los pagos directos por
medicamentos aumentaron en España entre el 2010 y el 2014. Disminuyeron un
poco en el 2015 hasta alcanzar el 24% del gasto sanitario total en el 2017. El
porcentaje está muy por encima de la media europea, situada en el 16%. (...) La
ratio de enfermeras está en 5,7 por cada mil habitantes: la media europea es del
8,5. Todos los sanitarios han acusado un aumento de los contratos temporales
y parciales. Según CCOO, el 30% de todos los empleados tenía un contrato
temporal en el 2017, frente al 27% en el 2012. (...) El Comité de Derechos
Económicos, Sociales y Culturales (CESCR), en el 2018, señaló que entre el 2011
y el 2015 el gasto sanitario privado creció a una media de un 2,8% anual,
mientras el gasto público cayó a una tasa de un -0,8% anual». (El periódico; La
sanidad pública de España, al límite tras años de recortes, 18 de marzo de 2020)

Veamos algunos rasgos de estas medidas tomadas durante años:


«En su informe 'State of Health in the UE. España. Perfil sanitario nacional
2019', la Comisión Europea (CE) destaca que «una importante parte» de los
profesionales sanitarios tienen «contratos temporales», lo que «aumenta la
tasa de rotación del personal». La Comisión incide especialmente en que el
porcentaje de enfermeras por ratio poblacional está «muy por debajo» de la
media de la Unión Europea (UE): 5,7 por cada mil habitantes frente al 8,5
europeo. «Hay una inquietud creciente sobre la escasez de enfermeras y
médicos, en particular de médicos de familia, ya que muchos se aproximan a la
edad de jubilación», recoge el informe. En Catalunya faltan unas 17.000
enfermeras, según el Consejo General de Enfermería. (...) Esta situación la viven
también otras comunidades autónomas. «En la Comunidad de Madrid se
hicieron recortes y reformas sin ningún tipo de planificación. Se construyeron
siete hospitales de concesión privada, pero en total disminuyó el número de
camas −se cerraron en los públicos−», denuncia Miguel Ángel Sánchez Chillón,
presidente del Ilustre Colegio de Médicos de Madrid (Icomem). «Hubo recortes
en personal y en la renovación de material. Ahora se nos ven más las costuras».
(El periódico; La sanidad pública de España, al límite tras años de recortes, 18
de marzo de 2020)

La excusa de la privatización sirvió además para que algunos, gobiernos


autonómicos, como el de Madrid, gobernado por el PP en los años dorados de
Esperanza Aguirre, se llenasen los bolsillos con esta trama de creación de
hospitales concertados mediante el tráfico de influencias y comisiones:

«El PP madrileño logró desviar alrededor de tres millones de euros de la


construcción de hospitales y centros de salud a su ‘caja B’ valiéndose de la
cláusula del 1%, un mecanismo aprobado por los máximos responsables del
partido en la etapa investigada por el 'caso Púnica' y en el que también se
apoyaron otras siete consejerías de la Comunidad de Madrid para desviar
fondos públicos. (...) En el caso concreto de Sanidad, la Consejería aprovechó
para el desvío la puesta en marcha del llamado ‘Plan de Infraestructuras
Sanitarias 2004-2007’ para la financiación de la construcción de nuevos
hospitales y centros de salud, que «confirió la cobertura oportuna», dice el
magistrado, para introducir en los pliegos de las licitaciones de los contratos la
cláusula del 1%». (RTVE; Caso Púnica Así funcionaba la cláusula del 1%: tres
millones de euros de la Sanidad madrileña desviados a las arcas del PP, 3 de
septiembre de 2019)

Hablando de desfalcos y derroches tenemos como ejemplo la última gran


maniobra de la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso y su
hospital:

«Los únicos profesionales contratados para la puesta en marcha del nuevo


hospital de pandemias de Madrid serán los 1.350 obreros que trabajan día y
noche para tenerlo listo a principios de noviembre. A partir de ahí, la
Comunidad de Madrid no contratará a médicos, enfermeros ni celadores para
operar en un centro de 80.000 metros cuadrados, más de 1.000 camas de
hospitalización y 48 camas uci. Sino que conformará una plantilla de sanitarios
a costa de diezmar las plantillas ya tensionadas de la red hospitalaria de
Madrid». (La Vanguardia; Ayuso inaugurará el nuevo hospital de pandemias
sin contratar personal sanitario, 27 de octubre de 2020)

Ayuso se jactaba de «realizar la proeza» de construir un hospital en tres meses


para tratar enfermos de coronavirus −al parecer la proeza le corresponde a ella y
no a los 1.350 obreros− y resulta que será a costa de reducir personal del resto de
hospitales, lo que significa que es como si no hubiera hecho nada, porque no
resuelve ni la situación de la falta de personal sanitario ni la falta de camas para
los pacientes. Por si la situación no se pareciera ya suficientemente a una broma,
ahora ofrece el hospital como almacén para la futura vacuna que nadie sabe
cuándo vendrá ni si será efectiva aún. El coste de todo este embrollo ha sido de
nada más que 100 millones de euros de momento. Viendo el historial de su
partido llevará un tiempo desembrollar el tráfico de influencias y la corrupción
involucradas en esta trama.

e) ¿Salvará la socialdemocracia el «Estado del bienestar»?

Aunque lo intenten ocultar los jefes del PSOE, su partido también ha sido
partícipe de la política de recortes en sanidad pública:

«El Gobierno ha enviado una carta a once comunidades autónomas en la que


pide un plan de ajuste y recortes en el gasto sanitario. Son aquellas que,
argumenta el ejecutivo, han superado el límite de endeudamiento acordado en
los presupuestos que aprobó en 2018 el Gobierno de Mariano Rajoy». (Cadena
Ser; El Gobierno exige a 11 comunidades que apliquen recortes en el gasto
sanitario, 31 de julio de 2019)

¿En cuánto se tradujo esa demanda?:

«Pedro Sánchez recorta el gasto sanitario en una décima del PIB y congela otras
partidas como Educación o protección del medio ambiente. El PSOE prometió a
Podemos elevar la partida hasta el 7% del PIB en 2023, pero ahora la recorta y
la deja en sólo el 5,9%». (La Razón; Los «recortes» de Sánchez a la sanidad
pública: 1.200 millones menos en 2020, 20 de octubre de 2019)

Algunos líderes han proclamado orgullosos durante años que España tiene el
mejor sistema sanitario, o al menos, uno de los mejores, obviamente en las listas
suelen utilizarse criterios bastante simplones:

«Ahora que los hospitales están saturados y un elevado porcentaje de los


trabajadores sanitarios están contagiados de Covid-19 por tener que
enfrentarse a cientos de casos cada día sin los equipamientos de protección
individual adecuados, comenzamos a intuir que, quizá, la raíz del problema fue
pensar que ese tipo de informes medían qué Sanidad es mejor como si fuese una
clasificación mundial de tenistas. El estudio del Foro Económico Mundial, por
ejemplo, medía la «esperanza de vida saludable», no la calidad de la asistencia
sanitaria. Otro de los informes que suele echar troncos a la caldera de este mito
es el de Bloomberg, que en su última edición nos situaba terceros del mundo tras
Hong Kong y Singapur. Pero, de nuevo, lo que este informe mide es la eficiencia
de los sistemas sanitarios, nada más. La nota final se basa en un 70% en la
esperanza de vida, un 20% en el gasto relativo al PIB y un 10% el gasto absoluto
en sanidad. Evidentemente, tenemos tendencia a exagerar aquellos informes
que nos dejan en mejor lugar. El problema es que uno de los más completos, el
que elabora anualmente el Commonwealth Fund con base en 80 indicadores
−Bloomberg usa solo tres− solamente incluye 11 países entre los que no está
España. Más allá de esto, si uno busca estudios que clasifiquen distintos
sistemas sanitarios puede encontrarlos, pero midan lo que midan no sitúan a
España en su podio». (El Confidencial; Si España fuera la mejor sanidad del
mundo no necesitaríamos héroes contra el Covid-19, 29 de marzo de 2020)

Debe entenderse que una alta esperanza de vida puede ser debido a múltiples
factores como el clima, la alimentación, geografía, comunicaciones, etc. La
realidad es que el viejo mito de la «fortaleza de la sanidad pública española» ya
no tiene más recorrido

Estamos seguros de que, pese a estos datos que algunos desconocen o no


recuerdan, los más crédulos, utópicos, y demagogos nos asegurarán que gracias
a esta crisis «el sistema ahora sí puede ser reformado», que esta crisis será «el
momento perfecto para concienciar a los de arriba y a los de debajo de que se debe
asentar una sanidad universal de calidad para que algo así no vuelva a suceder».
Esta es una promesa muchas veces hecha que nunca se ha cumplido y que no va
a cumplirse tampoco ahora. Es más, el principal actor de dicho escenario será la
falsa «izquierda» del PSOE, aunque estamos seguros de que su lacayo Podemos
y otras organizaciones menores se esforzarán por vender el nuevo relato como
actores de reparto. Pero el grupo que los capitanea no solo ha sido autor de
recortes en sanidad, sino que también es el culpable de la adhesión de España a
la OTAN y a la Unión Europea, conocido además por las medidas de
desindustrialización, terrorismo de Estado, y conocidos casos de corrupción en
los 80 y 90. Para muestra un dato: las mayores huelgas del postfranquismo se
han producido durante los gobiernos del PSOE en la era de Felipe González, el
cual atacó la sanidad, las pensiones, la educación y los derechos laborales.

f) ¿Por qué existen estas ilusiones de reformar el capitalismo?

Tener fe en que con el PSOE-Unidas Podemos se puede redimir de sus pecados


capitalistas, es desconocer las leyes económicas que operan en el capitalismo,
incluyendo las empresas estatales:

«¿Y es que acaso si los Estados Unidos de Obama nacionalizara-estatizara la


mayoría de sus empresas dejaría de ser un país imperialista o seguiría siendo
un país con un amplio sector estatal capitalista? ¿Dejaría de dominar la
burguesía estadounidense o es el capitalismo de Estado una forma de
dominación colectiva de la burguesía? ¿Acaso la socialdemocracia nórdica
cuando creaba un sector estatal que ocupaba gran parte de su economía
estaban creando socialismo o creaban capitalismo de Estado porque esas
empresas se regían por métodos y leyes capitalistas? La respuesta para todo
marxista en estas preguntas es siempre la segunda opción por supuesto. La
burguesía históricamente dependiendo del momento ha usado las
nacionalizaciones, la propiedad de tipo estatal y cooperativa, pero ello no ha
alterado el carácter capitalista de las relaciones de producción. Marx y Engels
ya explicaron los ejemplos de varios países que nacionalizaban las empresas
tabaqueras, de transporte y grandes sectores sobre todo en casos de guerra. O
si leemos a Lenin veremos cómo hablaba de que los monopolios estatales
agrandaban las ganancias de la burguesía, la corrupción y como también
estaban interrelacionados con la creación y saneamiento de los monopolios
privados». (Equipo de Bitácora (M-L); Algunas cuestiones económicas sobre la
restauración del capitalismo en la Unión Soviética y su carácter
socialimperialista, 2016)

En lo relativo a la forma de propiedad estatal, recordemos que esta ha sido


utilizada históricamente desde los albores del esclavismo hasta la actualidad. La
burguesía en el poder ha realizado «estatizaciones» o «nacionalizaciones» no solo
durante las etapas fascistas, sino tanto a través de la «socialdemocracia» como
también por parte del llamado «neoliberalismo». El gobierno nazi, el peronista,
el laboralista, el gaullista o sin ir más lejos el franquista, todos ellos aplicaron
medidas «intervencionistas» para financiar proyectos mineros, agrarios,
viviendas, transportes, obras de restauración, la industria armamentística, etc.
Lo mismo que decir de los gobiernos salidos del colonialismo, como ocurrió en la
India, Egipto, Argelia, Indonesia, y tantos otros. Por ende, es hora de que empiece
a quedar claro que el fascismo no había descubierto nada al aplicar eso que
algunos llaman «intervencionismo», pues es una máxima del capitalismo en
cualquiera de sus etapas, de una forma u otra está presente en la mayoría de
relaciones de producción, solo que con distinto propósito, dimensión y
funcionamiento. La clave aquí es que todos estos modelos de gestión económica
del siglo XX mantuvieron intactas las leyes de producción capitalistas, las mismas
que causan los temidos monopolios, pero no solo dan origen a estos, sino que
también permiten o desarrollan el desempleo, el endeudamiento, la carestía de
alimentos, el desaprovechamiento de los recursos o la producción descontrolada.
Fenómenos «maravillosos» que, dependiendo de un caso u otro, de una situación
o la contraria, nos encontramos a diario en nuestros sistemas. Pero, fuera de esto,
lo que es seguro, es que ni en las democracias burguesas ni en los fascismos se
produce un retroceso del proceso de monopolización, más bien lo contrario es
cierto: la ley dictamina aquí que en ambos casos se desarrolla tarde o temprano
su extensión, su omnipotencia sobre el mercado, su representación y control de
las instituciones políticas, judiciales, legislativas. Esto es una evidencia, puesto
que:

«Si el capitalismo pudiera adaptar la producción no a la obtención del máximo


de beneficios, sino al mejoramiento sistemático de la situación material de las
masas populares, si pudiera hacer que los beneficios no sirviesen para satisfacer
los caprichos de las clases parasitarias, para perfeccionar los métodos de
explotación y para exportar capitales, sino para elevar de manera sistemática
la situación material de los obreros y campesinos, no habría crisis. Pero
entonces el capitalismo dejaría de ser capitalismo. Para suprimir las crisis, hay
que suprimir el capitalismo». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin;
Informe Político del Comité Central ante el XVIº Congreso del Partido
Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 29 de junio de 1930)

Aquellos que dicen que los periodos de crisis, sea la época que sea, pueden servir
para purificar espiritualmente a los seres humanos y reformar la sociedad
pacíficamente no podrían ser más ilusos. Según esta gente los ricos se volverían
clementes y cabales ante los intereses generales de la población; la filantropía
ocasional y con claras intenciones de marketing se convertiría ahora en una
norma general del sistema, estupidez colosal donde las haya, si esto sucediera
sencillamente los capitalistas dejarían de ser capitalistas.

Lenin dedicó un escrito demoledor hacia las ilusiones que profesaban los
seguidores del «socialismo municipal» de los fabianos ingleses, unos utópicos de
planes reformadores para escapar de los males del capitalismo:

«La utopía filistea y reaccionaria de la realización parcial del socialismo


aparece con singular claridad como una causa perdida. Se traslada la atención
a la esfera de las cuestiones menudas de la vida local, no al problema de la
dominación de la burguesía como clase, no al problema de los instrumentos
principales de esta dominación, sino al problema referente a cómo gastar las
migajas arrojadas por la burguesía nea para «atender a las necesidades de la
población». Se comprende que si se destacan estos problemas relacionados con
el gasto de sumas insignificantes −en comparación con la masa total de
plusvalía y con la suma total de gastos estatales de la burguesía− que la propia
burguesía accede a entregar con destino a la sanidad pública −Engels señalaba
en «El problema de la vivienda» que las epidemias contagiosas en las ciudades
asustan a la propia burguesía−, con destino a la instrucción pública −¡la
burguesía no puede prescindir de obreros instruidos, capaces de adaptarse al
elevado nivel de la técnica!−, etc., en la esfera de problemas tan menudos es
posible perorar acerca de la «paz social», de los efectos nocivos de la lucha de
clases, etc. ¿De qué lucha de clases se puede hablar aquí, si la propia burguesía
gasta dinero para «atender a las necesidades de la población», para sanidad y
para instrucción pública? ¿Para qué hace falta la revolución social, si a través
de la administración autónoma local se puede ampliar poco a poco y
gradualmente la «propiedad colectiva», «socializar» la producción: los
tranvías de caballos y los mataderos a que hace referencia tan a propósito el
honorable Y. Larin? El oportunismo filisteo de esta «corriente» consiste en que
se olvidan los estrechos límites del llamado «socialismo municipal» −de hecho,
capitalismo municipal, como dicen con razón los socialdemócratas ingleses, al
rebatir a los fabianos−. Se olvidan que, mientras la burguesía domine como
clase, no puede permitir que se toque ni siquiera desde el punto de vista
«municipal» las verdaderas bases de su dominación; que si la burguesía
permite, tolera el «socialismo municipal», es justamente porque éste no toca las
bases de su dominación, no lesiona las fuentes serias de su riqueza, abarca
exclusivamente la estrecha esfera local de gastos que la propia burguesía
entrega a la gestión del «pueblo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Programa
agrario de la socialdemocracia en la primera revolución rusa de 1905-1907,
1907)

Esta es una crítica que hoy mantiene toda su vigencia. Es por ello que:

«Mientras exista el modo de producción capitalista, será absurdo querer


resolver aisladamente la cuestión de la vivienda o cualquier otra cuestión social
que afecte la suerte del obrero. La solución reside únicamente en la abolición del
modo de producción capitalista, en la apropiación por la clase obrera misma de
todos los medios de subsistencia y de trabajo». (Friedrich Engels; Contribución
al problema de la vivienda, 1873)

¡Pero qué se le puede pedir a estos personajes tan caricaturescos que desconocen
hasta los principios más básicos de la economía política! Aquí cabe destacar que
incurren en tres de los errores que distinguen al «socialismo utópico» del
«socialismo científico»:

a) En primer lugar, los que piensan que en la actual sociedad capitalista una o un
conjunto de empresas cooperativas de productores son el súmmum del
«anticapitalismo», como si estas fusen una isla «anticapitalista» en mitad del
océano capitalista, como si pudieran abstraerse del mundo y no operar bajo sus
leyes económicas. Esto no es sino un eco ilusorio de autores como Lassalle o
Schulze-Delitzsch:

«Ambos propagaron pequeñas cooperativas, tanto el uno como el otro sin la


ayuda estatal; sin embargo, en ambos casos, no estaban destinadas las
cooperativas a estar bajo la propiedad de los medios ya existentes de
producción, sino crear junto con la producción capitalista existente una nueva
cooperativa. Mi sugerencia requiere el ingreso de las cooperativas en la
producción existente. Se les debe dar la tierra que de otro modo sería
aprovechado por medios capitalistas: como lo exigido por la Comuna de París,
los trabajadores deben operar las fábricas cerradas por los propietarios de la
fábrica sobre una base cooperativa. Esa es la gran diferencia. Marx y yo no
dudábamos de que en la transición a la economía comunista completa
tendríamos que usar el sistema cooperativo como una etapa intermedia a gran
escala. Debe ser tan organizada en la sociedad, que en un principio el Estado
conserve la propiedad de los medios de producción para que los intereses
privados frente a frente a los de la cooperativa en su conjunto no puedan
deformar a esta última». (Friedrich Engels; Carta a August Bebel, Berlín 20 de
enero de 1886)

b) Aquellos que confunden el «socialismo» con el fetiche del «estatismo», de


nuevo como si bajo estas empresas no operasen las mismas leyes:

«Si la nacionalización de la industria del tabaco fuese socialismo, habría que


incluir entre los fundadores del socialismo a Napoleón y a Metternich. Cuando
el Estado belga, por razones políticas y financieras perfectamente vulgares,
decidió construir por su cuenta las principales líneas férreas del país, o cuando
Bismarck, sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello, nacionalizó
las líneas más importantes de la red ferroviaria de Prusia, pura y simplemente
para así poder manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para
convertir al personal de ferrocarriles en ganado electoral sumiso al gobierno y,
sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos sustraída a la
fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no tenían, ni directa ni
indirectamente, ni consciente ni inconscientemente nada de socialistas. De otro
modo, habría que clasificar también entre las instituciones socialistas a la Real
Compañía de Comercio Marítimo, la Real Manufactura de Porcelanas, y hasta
los sastres de compañía del ejército, sin olvidar la nacionalización de los
prostíbulos propuesta muy en serio, allá por el año treinta y tantos, bajo
Federico Guillermo III, por un hombre muy listo». (Friedrich Engels; Del
socialismo utópico al socialismo científico, 1892)

c) Y, por último, aquellos que consideran que lo «natural» o «progresista» es


volver a la pequeña propiedad privada del campesino aislado:

«La propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción es la base
de la pequeña producción y ésta es una condición necesaria para el desarrollo
de la producción social y de la libre individualidad del propio trabajador. Cierto
es que este modo de producción existe también bajo la esclavitud, bajo la
servidumbre de la gleba y en otras relaciones de dependencia. Pero sólo florece,
sólo despliega todas sus energías, sólo conquista la forma clásica adecuada allí
donde el trabajador es propietario privado y libre de las condiciones de trabajo
manejadas por él mismo, el campesino dueño de la tierra que trabaja, el
artesano dueño del instrumento que maneja como virtuoso. Este modo de
producción supone el fraccionamiento de la tierra y de los demás medios de
producción. Excluye la concentración de éstos y excluye también la cooperación,
la división del trabajo dentro de los mismos procesos de producción, el dominio
y la regulación social de la naturaleza, el libre desarrollo de las fuerzas
productivas de la sociedad. Sólo es compatible con unos límites estrechos y
primitivos de la producción y de la sociedad. Querer eternizarlo, equivaldría,
como acertadamente dice Pecqueur, a «decretar la mediocridad general». Pero,
al llegar a un cierto grado de progreso, él mismo crea los medios materiales
para su destrucción. A partir de este momento, en el seno de la sociedad se
agitan fuerzas y pasiones que se sienten aherrojadas por él. Hácese necesario
destruirlo, y es destruido. Su destrucción, la transformación de los medios de
producción individuales y desperdigados en medios socialmente concentrados
de producción, y por tanto de la propiedad minúscula de muchos en propiedad
gigantesca de unos pocos; la expropiación de la gran masa del pueblo,
privándola de la tierra y de los medios de vida e instrumentos de trabajo, esta
horrible y penosa expropiación de la masa del pueblo forma la prehistoria del
capital. (...) El monopolio del capital se convierte en traba del modo de
producción que ha florecido junto con él y bajo su amparo. La centralización de
los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a tal punto que se
hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Esta se rompe. Le llega la
hora a la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados. El
modo capitalista de apropiación que brota del modo capitalista de producción,
y, por tanto, la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la
propiedad privada individual basada en el trabajo propio. Pero la producción
capitalista engendra, con la fuerza inexorable de un proceso de la naturaleza,
su propia negación. Es la negación de la negación. Esta no restaura la
propiedad privada, sino la propiedad individual, basada en los progresos de la
era capitalista: en la cooperación y en la posesión colectiva de la tierra y de los
medios de producción creados por el propio trabajo». (Karl Marx; El Capital,
Tomo I, 1867)

Los catastrofistas que creen que los desastres naturales «aceleran la


revolución»

En los años 30 entre los círculos del Partido Comunista de Alemania (PCA) se
abanderó la idea de que cuanto más paupérrima fuese la situación de las masas
trabajadoras, más fácil sería para ellas darse cuenta de los males del capitalismo,
por lo que teorizaba que más pronto que tarde virarían hacia el partido
anticapitalista, los comunistas, para solucionar sus problemas. En su mentalidad,
la llegada de los nazis solo podía acelerar la revolución comunista, de ahí el
terrible eslogan: «Después de Hitler, nuestro turno». Esto fue motivo de
preocupación en la Internacional Comunista (IC), que denunció tal teoría
catastrofista:

«Dentro del partido, hemos detectado fenómenos malsanos que comenzaron a


aumentar a través de tendencias abiertamente correctas, distorsionando de
forma oportunista las tácticas de frente único y compadeciéndose ante los
socialdemócratas, así como tendencias sectarias expresadas durante las
elecciones en discursos de comunistas en la prensa durante la segunda vuelta,
donde pedían votar por la candidatura de Hitler porque el ascenso de Hitler al
poder agudizaría la situación política del país y conduciría a la aceleración del
resultado revolucionario». (Carta de Pyatnitsky a Stalin con un resumen
informativo adjunto sobre la actividad del Partido Comunista de Alemania, 10
de mayo de 1932)

En la práctica la llegada del fascismo en 1933 restringió aún más la libertad para
los comunistas, por lo que lejos de poder cumplir con su papel de educación y
dirección de las masas, prácticamente desaparecieron del mapa. Tiempo después
cuando estas empezaron a dar muestras de cierta resistencia durante el régimen
nazi, el partido comunista estaba bajo mínimos y no tenía un ambiente político
en el cual poder desempeñar su rol sin exponerse a dificultades extremas. Varias
de estas tesis fueron criticadas por la IC, aunque en honor a la verdad ella también
fue partícipe de otros errores similares en cuanto a la subestimación del fascismo,
tema que hemos ahondado en otros documentos. Se vuelve cómico pues, que
algunos hoy traten de reivindicar la teoría y de Thälmann como modelo
antifascista a seguir. El revisionismo vive del mito, pero el marxista trata de que
separar la paja del grano. Véase el capítulo: «Quien adopta el mito de Thälmann
acepta el destino al que conducen sus errores» de 2017.

Hoy muchos charlatanes parlotean que esta crisis causada por el COVID-19
pondrá o podría poner fin al sistema capitalista, abriendo enormes posibilidades
para una nueva «sociedad alternativa». En cualquiera de sus versiones esto es
una majadería y recuerda demasiado a otras teorías del colapso que ya hemos
analizado otras veces. Así pues, no son teorías nuevas, sino nociones adaptadas a
un escenario de pandemia, estos confusos planteamientos deben aclararse una
vez más, especialmente para aquellos elementos honestos que son afines a estas
tesis por motivos de inmadurez. Véase el capítulo: «La tendencia en ver en
cualquier crisis la tumba del capitalismo» de 2017.

En el primer supuesto, existen individuos de razonamiento utópico −es decir, que


como Pablo Hasél, ignoran las leyes sociales y son «comunistas de corazón» pero
«anarquistas de cerebro−, mientras hay otros imbuidos por corrientes afines a un
«primitivismo socio-económico» −es decir, que consideran que deberíamos
abandonar el capitalismo, pero no para transitar a algo cualitativamente superior,
sino más bien para retroceder a las sociedades del Neolítico−. Ambos grupos
esbozan que, «gracias» a los desastres naturales que veremos agudizarse dentro
de poco a razón del cambio climático −desbordamiento de ríos, subida del nivel
del mar, deforestaciones, incendios masivos, inundaciones, seísmos y demás−
y/o a fenómenos similares de la actual pandemia mundial −pero a una escala de
gravedad mucho mayor que la que vivimos− que esto hará colapsar tarde o
temprano las infraestructuras básicas creadas por el ser humano y sus
comunicaciones −puentes, carreteras, vehículos, internet, telefonía, etcétera−.

Pero este «afortunado» supuesto del que hablamos −feliz perspectiva, desde
luego, para los misántropos y las cucarachas, no para nosotros−, la sociedad no
caería por arte de magia en algo parecido al «comunismo» ni nada que, en la
mente de estos idiotas, se le pueda parecer. Pensar que en esta situación
apocalíptica la gente abrazaría el comunismo es erróneo: la mayoría de la
población antes, durante o después de tal catástrofe desconocería los
fundamentos del mismo, siendo, por tanto, que sería incapaz de implantarlo,
salvo que pensemos, cual socialista utópico, que «cada hombre lleva implantado
el germen del comunismo en lo profundo de su corazón» y demás pamplinas. Esta
simplificación sobre la revolucionarización de las masas solo cabe en la cabeza de
un soñador demente. En todo caso, a lo que se llegará es a experimentos
asociativos y ensayos caritativos como los que vemos hoy en la sociedad
capitalista. Más allá del grado de destrucción de las fuerzas productivas y el nivel
de retroceso que pudiera haber por este tipo de desastres naturales, lo más
probable es que el capitalismo, aunque sin estar tan «globalizado», continuase o,
en el peor de los casos, se retrocediera a una sociedad mercantil primitiva −donde
nos gustaría ver cómo se las arreglan los apologistas de la teoría catastrofista−.
Ha de quedar claro que apegarse a esta perspectiva con el fin de «crear una
sociedad mejor» es intentar matar una mosca a cañonazos.

Todo esto y no otra cosa sería la consecuencia lógica de este «anhelado desastre»,
ya que la sociedad que sufriese tales reveses vendría de una anterior sociedad
capitalista y su mentalidad estaría mayoritariamente encajada en los mismos
esquemas. De hecho, el instinto de supervivencia agudizaría el individualismo; ya
no se trataría de un consumismo para satisfacer el ego, sino de uno para satisfacer
el estómago. «¡Pero esa necesidad material y espiritual de algo nuevo y diferente
crearía la necesidad del comunismo!» dirán algunos. Esto es teorizar, pues, que
para que haya una sociedad comunista necesitamos volver a la época de las
cavernas o, peor aún, comparar el comunismo primitivo con el comunismo
contemporáneo, que, por si no se habían dado cuenta estos zotes, nada tienen que
ver.

Alguien que afirma que la humanidad necesita de un desastre natural −o


provocado− para cambiar de sistema donde paguen justos por pecadores es algo
sospechosamente reminiscente de los propósitos de los ecofascistas, sin embargo,
el marxismo promulga que el ser humano jamás debe ser sometido a la ciencia y
la técnica de forma pasiva, no debe dominar la naturaleza sin hacerse ninguna
pregunta; sino que la voluntad humana debe dominar la técnica siendo
consciente de que su uso no debe hacer mayor acopio que el de satisfacer sus
necesidades, razón por la que es necesario un cambio de sistema político,
económico y cultural. Véase el capítulo: «Sobre el llamado ecologismo y
ecosocialismo» de 2017.

El segundo supuesto, el de la teoría «catastrofista», piensa que «cuanto peor


mejor», ve en la actual crisis el mejor impulso posible para una futura revolución.
Esto es algo de lo que algunos maoístas y anarquistas se hacen eco estos días, pero
que es absurdo del todo. Pensar seriamente que el caos sanitario va a propiciar
una «agudización de las contradicciones de clase» y que, a su vez, esto llevará a
una «revolución», es un planteamiento quijotesco. Ante todo, es ignorar los
mecanismos del sistema para defenderse y salir airoso que ya explicamos más
arriba. Véase el capítulo: «La tendencia en ver en cualquier crisis la tumba del
capitalismo» de 2017.

Esto recuerda a los anarquistas, quienes desataban el terrorismo con fines


excitativos. ¿Por qué? Pues, según los ácratas, porque esto agudizaría la represión
sistémica que, a su vez, causaría un levantamiento popular o, en su defecto,
porque el terror podría hacer colapsar el sistema por el caos de las bombas y la
inseguridad, resultándoles así la toma de poder una empresa más asequible. ¿Qué
podía salir mal de un plan tan lógico?

«Svoboda [los eseristas] hace propaganda del terror como medio para
«excitar» al movimiento obrero e imprimirle un «fuerte impulso». ¡Es difícil
imaginarse una argumentación que se refute a sí misma con mayor evidencia!
Cabe preguntar si es que existen en la vida rusa tan pocos abusos, que aún falta
inventar medios «excitantes» especiales. Y, por otra parte, si hay quien no se
excita ni es excitable ni siquiera por la arbitrariedad rusa. (...) Además, unos
[los anarquistas] se precipitan en busca de «excitantes» artificiales, otros [los
reformistas] hablan de «reivindicaciones concretas». Ni los unos ni los otros
prestan suficiente atención al desarrollo de su propia actividad en lo que atañe
a la agitación política y a la organización de las denuncias políticas. Y ni ahora
ni en ningún otro momento se puede sustituir esto por nada». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

Pero en caso de que la crisis actual propiciase unas condiciones más aptas para la
agitación social, el factor subjetivo seguiría siendo casi nulo en la mayoría de los
países, con lo que seguirían sin darse los factores necesarios para una revolución
con mayúsculas. Dicho de otro modo: todo grupo o individuo que propaga que
hay que celebrar, incluso que hay promover el descontrol de una pandemia
mundial cuando se carece de una verdadera estructura política contrahegemónica
en activo que pueda capitalizar dicha crisis, es el equivalente a desear en vano el
sufrimiento de los asalariados, y normalmente esconde la vaga y egoísta
esperanza de que gracias a esto se resolverán mágicamente los problemas
relacionados con su falta de influencia sobre la población. Pero han de saber que
en el hipotético caso de esta situación extrema esta no será la panacea para
resolver sus tareas pendientes que llevan arrastrando toda una vida: bien sea en
lo ideológico −falta conocimientos y coherencia− o en lo organizativo −falta de
disciplina o eficacia−. Y si esta forma de discurrir es muy necia, más iluso aún es
imaginar que sin tener un «marco de referencia» templado en una y mil pruebas
−el partido−, algún buen día las masas decidirán −sin más− levantarse contra el
gobierno y, una vez lograda la proeza de derrocar al sistema imperante
espontáneamente, pasarán a construir la nueva sociedad socialista sin mayor
problema, a base de «amor», «solidaridad» y «culto a la justicia». Algo
surrealista, voluntarista y sin sustento histórico, pues en el milagroso caso de que
eso ocurriese, al día siguiente todos los integrantes de este proyecto estarían
discutiendo sobre cómo interpreta cada uno eso del «socialismo» y no se
pondrían de acuerdo ni en lo más básico. Se nota, pues, que estos tipos, más que
inspirados por Marx, están inspirados por el anarquismo de Bakunin más
nauseabundo e infantil:

«Un revolucionario desprecia cualquier teoría: renuncia a la ciencia actual y la


deja para las generaciones futuras». (Mijail Bakunin &; Sergei Nechayev;
Catecismo revolucionario, 1866)

El proletariado, hasta que no pueda tomar el poder y edificar su propio sistema,


debe defenderse dentro del capitalismo con toda la agresividad posible; debe
exigir y presionar para obtener todas las prebendas que pueda sobre materia de
vivienda, sanidad, educación, salarios, etcétera que mejoren su situación y que
permitan su organización, concienciación y actuación, y esto jamás podrá hacerlo
de forma efectiva sin un «marco de referencia» reglamentado y disciplinado. Lo
uno va con lo otro. Dicho esto, recordemos, el objetivo del partido no son las
reformas; centrarse unívocamente en ellas es muestra de una desviación
economicista sin perspectivas revolucionarias y un síntoma de su caída en el
posibilismo y el reformismo.

A su vez, tenemos asignado otra tarea, la de evidenciar ante los trabajadores que
las crisis no son casuales y que la incapacidad de los diversos gobiernos y sus
séquitos para resolverlas tampoco. Es decir, hay que explicar con paciencia y de
forma sencilla las causas de este tipo de situaciones recurrentes, pero sin caer en
el fatalismo y el derrotismo, sino tratando de abrir la perspectiva de que la
sociedad socialista −por supuesto, en su concepción científica, es decir, marxista-
leninista−, no solo es un modelo alternativo real, sino que es la única conclusión
lógica, la cual debe coronarse con la abolición de las clases sociales, el
comunismo.

Retomando la idea anterior, aquella que dice que «gracias a X desastre natural el
sistema económico capitalista volará por los aires», desconoce de todo concepto
de economía política. Quienes la propagan no parecen entender todavía que
mientras los trabajadores sigan en la inopia la burguesía tiene todo de cara para
maniobrar y hacer todo lo posible para que ese «hundimiento global de la
economía capitalista» nunca suceda.

¿Qué es el COVID y qué implica en términos sanitarios?

Concluimos con unas reflexiones centradas en lo sanitarios estrictamente.

«1.- No, el nuevo coronavirus no es el primer coronavirus capaz de infectar a los


seres humanos.

El nuevo coronavirus −cuyo nombre científico es SARS-CoV-2− es el séptimo de


esta familia que puede infectar a los seres humanos. Los otros seis conocidos son
el SARS CoV-1, el MERS, el HKU1, el NL63, el OC43 y el 229E.
2.- No, el nuevo virus no es el primero que causa una enfermedad respiratoria
grave.

Dos coronavirus anteriormente conocidos: el SARS CoV-1 y el MERS causan


enfermedades respiratorias graves.

Fallecen el 10% de las personas infectados por el SARS Cov-1, mientras que el
MERS causa la muerte del 30% de los pacientes.

3.- Que los murciélagos sean el origen del virus no es ninguna sorpresa. Desde
hace años sabemos que los murciélagos son una inmensa fuente de coronavirus.

En el año 2017, un grupo de científicos chinos tomó muestras de 1.000


murciélagos en varias cuevas del país. Descubrieron 73 nuevos coronavirus
hasta entonces desconocidos». (...) Aunque se cree que el actual coronavirus
saltó de modo natural al pangolín y de este a los humanos.

4.- No, el nuevo coronavirus no tiene origen en una «manipulación genética» de


laboratorio.

Un detallado análisis realizado por el virólogo Kristian G. Andersen, desmonta


otro de los bulos que circulan: el que afirma que el virus fue creado
intencionalmente en un laboratorio.

Utilizando la secuencia genética, Andersen encuentra características del virus


incompatible con el cultivo celular. En particular, la composición de la proteína
de la punta y el dominio de enganche del receptor». (El Público; Hechos contra
teorías de la conspiración sobre el origen del coronavirus, 19 de febrero de
2020)

La mortalidad de COVID-19 no es muy diferente al de la gripe común, pero el


problema real, y por lo que hay que extremar medidas, es que, si se produce una
gran masa de infectados de manera simultánea, pongamos hipotéticamente el
número de 100 millones de personas, la tasa de mortalidad causaría unos 5,8
millones de muertes −en la actualidad se han infectado 167.447 alrededor del
mundo y tiene una tasa de mortalidad de 5,8%−. En dicho caso, los sistemas de
salud no serían capaces de atender a los casos que lo requieran y colapsarían sin
remedio, esto traería un incremento de la mortalidad tanto por la enfermedad en
sí como por otras causas que no podrían ser resueltas dado el del colapso, como
ya ha pasado en países como Italia, con escenas dramáticas donde los protocolos
médicos decretaron el descarte de pacientes con cáncer, inmunodeficientes, con
problemas respiratorios, cardiovasculares y demás otras patologías. Esto haría
que las sociedades envejecidas tuvieran una situación realmente dramática, en
especial países como España que cuenta con una elevada proporción de población
de la tercera edad. El problema no es que la gente muera en Italia porque «es un
país» de viejos, como decía Bolsonaro con desdén, sino la capacidad sanitaria de
atender a viejos y jóvenes.
A pesar de cualquier protocolo puesto en marcha, por muy restrictivo que nos
parezca, pueden producir y derivar en errores que lleven al desastre: Italia es gran
ejemplo de ello, allí se produjo un error de diagnóstico; específicamente sucedió
que el fallo en el protocolo de manejo del paciente sospechoso de padecer COVID-
19 llevó a que el paciente cero de la actual crisis sanitaria del país no fuera
identificado a causa de su origen geográfico, en ese momento se creía que el
COVID-19 solo lo podían padecer foráneos, por lo que este sujeto sería enviado a
casa con un diagnóstico de enfermedad respiratoria común, el paciente socializó
y generó la situación que conocemos. Esto nos deja un ejemplo muy claro: a pesar
de que se tenga un protocolo de acción bien definido, este puede fallar, de ahí que
sea esencial tomar las necesarias precauciones.

Un punto esencial en la evolución de la enfermedad es la «carga viral», algo que


se empezó a estudiar hace años con el auge de los casos de VIH. La llamada «carga
viral» no es más que la concentración del virus en una muestra sanguínea, a
mayor carga viral peor respuesta inmunológica, y mayor probabilidad de
presentar formas graves de la enfermedad, de ahí la importancia de aislarse para
evitar reinfecciones; que quede claro que la carga viral es importante en el
desarrollo de la enfermedad, pero esa evolución también va a depender de otros
factores como es el caso del sistema inmunológico del sujeto infectado −hay
sistemas inmunológicos altamente eficientes que combaten absolutamente a todo
extraño que ingrese al organismo y otros sistemas inmunológicos que son más
blandos a la hora de defender al organismo, normalmente estos son los pacientes
que desarrollan la enfermedad−, también del estado nutricional, así como de la
edad.

También hemos hablado que las secuelas de pasar el coronavirus no son las
mismas que deja una gripe común. Uno no necesita haber estado grave u haber
necesitado de estar ingresado en la UCI para manifestar luego síntomas
persistentes semanas o meses después, incluso aunque los tests del individuo den
negativo. Estas secuelas pueden ir desde disnea, miocarditis, fatiga crónica,
mareos, migrañas, entumecimiento de las extremidades, sarpullidos, pérdida del
olfato, diarreas recurrentes, entre otros, sin contar cómo estos afectan a
patologías previas o derivadas como la ansiedad o depresión. Por ende, se
necesitará de una rehabilitación mucho mayor y un desconocimiento mucho
mayor de cómo solventar tales manifestaciones.

Aprovechamos para recomendar a los lectores que sigan las indicaciones


sanitarias, se informen y contrasten la información, eviten el contacto social
innecesario, extremen las medidas de higiene, sin caer en la histeria, pues esta
jamás ayuda en momentos así.

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