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SAN FRANCISCO DE LA PAZ
UN CAPITULO DEL LIBRO “MOTIVOS COLONIALES”

Por EMILIO VILLANUEVA P . Ilustraciones del artista italiano Emilio Amoretti
No podríamos decir fruto de qué artífice es este templo, ni qué influencias individuales filtráronse en el numen que dio vida y severa prestancia a su arquitectura. No fueron ciertamente el gusto atildado de Juan de Mora o Alonso Carbonell, ni la ostentación decorativa de Miguel Zumárraga o de Tomé, tampoco la severidad clasicista de Fray Ascondo y de Fray Lorenzo de San Nicolás, que vivieron con la espina nostálgica de la aspereza herreriana, los que alentaron el juicio y acicatearon la inspiración del anónimo artista. A la verdad, que sólo cabe pensar que lo que dio vuelo a la capacidad creadora de éste, fue lo mismo que impulso a tantos como él, desconocidos autores de templos y cenobios: la llama de acendrada fe mística y el arrebato de una sincera y profunda vocación. Típica y arcaica, con ese tono bistre que adquieren las fábricas seculares, esta iglesia muéstrasenos como un ejemplar peregrino de arte colonial. No hubiéramos detenido en ella nuestra observación por el sólo talante del paisaje circunvecino, si la barroca fantasía de sus entrepaños, la talla de sus columnas cosmatescas, el arco trilobulado de su puerta axial, y hasta la desnuda torre con que un tardío reparo ha desequilibrado su contorno, no asumiesen a primera vista los rasgos de una fisonomía preeminente, noble y provecta. Situada en ángulo de una irregular plazuela, que es verdadero zoco a donde converge el ajetreo de buhoneros y traficantes al por menor, la dignidad de sus formas reñiríase con la mezquindad del barrio que la circunda, si no la precediera un extenso atrium. Dijérase que así se aparta del innoble medio urbano con alcurniano miramiento, y a las veces, que la sonoridad grave y recóndita, de vibración profunda, de sus campanas, asumiera el místico predicamento de otros tiempos para imponer silencio y recato al tráfago ruidoso de los aledaños mercachifles. No han presidido en ella la gallardía y las delicadas preocupaciones que aparejaron fina molduración y tallas ponderadas en sus congéneros de la ciudad de los Reyes,

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donde el estilo no se detiene, dócil, a expresar la propia peculiaridad de la comarca, sino que se encamina hacia la tutela de la Metrópoli y trata de hacer un trasunto fiel de todos los primores que el campeante barroco de Alonso Cano hacía florecer en la Clérica de Salamanca o en San Isidoro el Real de Madrid. Tampoco tiene la atildadura clásica y el ritmo de ordenada distribución que en la Catedral de Méjico nos dicen cuán hábiles copistas fueron aquellos alarifes discípulos de Herrera y cuán persistente afección guardaban al arte escurialense de allende los mares. Es una iglesia sencilla, austera, fosca, donde han hecho obra común el primer gran principio, que es la Verdad, y la primera gran cualidad, que es el vigor. De aquí que San Francisco sea de una individualidad única. Es una especie de romance criollo donde han perdido valor prístino las voces del hispano solar, para dar sitio a las entonaciones indias, produciendo una sola y viril modulación: la hispano-americana; porque, magüer todas las básicas formas que el arte ibérico ha prendido en esta arquitectura, hay compenetradas en ella muy revelantes influencias comarcanas. Aquel ancestral amaño de los entalladores “collas” que escuadraron las dovelas horizontales de Sillustani y trabajaron la urdimbre afiligranada de la Puerta del Sol arrabá incásico, donde ha quedado eternizado el torvo Viracocha y su extraña cohorte de pasantes antropocóndores, aquel ancestral amaño, decimos, de los autóctonos de Tihuanacu, unido a la enjundia del genio hispano mudéjar, salió a luz para expresar con candor y extraña originalidad las formas romanescas de las fábricas: bóvedas, arcos y pilares, y el barroquismo enlaberintado de las portadas y retablos. Alboreaba el décimo octavo siglo, no había concluido su primer cuarto, a la época en que el rey Don Felipe V llevaba la Metrópoli tras del tono fastuoso y absolutista de su muy grande e ilustre tío Luis XIV recogiendo carísimos laureles en Flandes e Italia y ahogando en sangre los ímpetus regionalistas de Valencia y Aragón, cuando en esta América implantábanse los primeros regalismos con que el régimen borbónico, no contento con alcabalas, encomiendas, almojarifazgos, estancos y el quinto cuantioso del oro y la plata extraída de las minas, inauguraba sus nuevos sistemas explotativos. Y aunque el fervorizante mecenismo del Marqués de Villena llevara a implantar académicas fundaciones en la Metrópoli y Felipe de Anjou hiciera, en la Granja y el Real Palacio de San Ildefonso, ostentosos trasuntos versallescos, estos corregimientos alto-peruanos, sujetos a la férrea y

“paternal” férula y virreinal del inflexible Almendáriz, no eran auspiciosos campos donde pudieran madurar las mieses de artísticos refinamientos ni aparecer prestantes arquitecturas. Sólo el misticismo conventual y misionero, en su infatigable cruzada evangélica, era capaz de trasfundir fuerza, entusiasmo y ayuda al genio creador de peregrinos artífices entre beatísimos votos y poéticas geometrías—; sólo el misticismo conventual y misionero, poderoso entonces, podía alentar la erección de ornamentadas canterías. Pero no fuera capaz de llevar a término esta obra, íntegramente ejecutada de labrada arenisca desde los sillares de podios hasta las dovelas anulares que cierran el primoroso dombo del crucero, el solo esfuerzo de la orden franciscana, aun cuando ésta, inspirada en milagrosas leyendas, donde la fe allana lo insuperable y familiariza con el prodigio, hiciera surgir, desde en la virreinal urbe hasta en la aldea del último corregimiento, iglesias y capillas, con porfiado tesón e iluminado numen. Por más que el tiempo abonanzara un tanto por virtud del crecimiento de las minas, las siempre necesitadas arcas del convento no habríanse dado abasto para llenar en orden y en cumplido tiempo las cuentas de cantería y las de tallistas y retableros. Fue preciso que interviniese un milagro, como aquellos que sirvieron para historiar las primeras piedras catedralicias del siglo undécimo, o estotros que adornan el episodio de leyendas y consejas, para que surgiese sin impedimentos ni aflicativos percances, la fábrica todo del templo y la caprichosa maraña de sus altares y púlpitos.

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Y es así que aconteció, a decir de la tradición, que habiendo en aquella época, entre la muy devota feligresía del convento, un minero criollo que andaba tras de descubrir ciertos yacimientos auríferos en la cuenca del río Orco y como quiera que no pudiese dar cima a sus proyectos con sólo la ayuda de sus esfuerzos, hizo fervorosa manda de coadyuvar a la construcción del templo si el santo de Asís alcanzábale de Nuestro Señor la gracia de encontrar lo que afanosamente buscaba. Y diz que así fué, y que en habiéndose efectuado el milagro y él entrado en posesión de muy grandes recursos, cumplió el ofrecimiento hecho al patrono franciscano, donando a la caja afecta a los gastos de la iglesia 600 mil pesos de a 8 de buena ley. Con este valioso subsidio bien pronto estuvieron los pilares, muros y estribos a punto de recibir las bóvedas, las que fueron cerradas el año de gracia de 1768 con gran contentamiento de alarifes y canteros, y con inusitado júbilo del guardián misacantos y legos del convento. Seis años tardaron en preparar los altares los maestros tallistas, y el templo concluido interiormente, faltando a la fachada las dos torres, recibió en 1772 la solemne consagración que entregábalo al culto, de manos de aquel dignísimo prelado cuya memoria aún perdura: don Gregorio Francisco de Campos, teólogo del Claustro de Oviedo, del Consejo de su Magd., y que distinguiérase por su ferventísimo celo evangélico y sus muy grandes virtudes. Lástima es, y muy grande, que el frontispicio no hubiera podido ser rematado completamente por el maestro que hizo la concepción del conjunto arquitectónico. En el sitio que ocupa la torre desoladamente escueta y horriblemente uniforme, fruto del arte simplista y rudimentario de algún moderno constructor, estamos seguros que habríase levantado un gracioso campanario, como aquellos que con sus gradaciones y remates, recuerdan en Jaén y Zaragoza el alminar morisco; o quién sabe el contorno de esta fachada hubiera estado flanqueado por dos expresivas y grandiosas torres como las muy bellas del Obradoiro de Santiago de Compostela. La portada, como todas aquellas donde el churriguerismo ha puesto el desenfreno decorativo iniciado por Guarini y desarrollado en España los artistas cuyas licencias mereciérales el ser llamados “heresiarcas salmanticenses,” es un campo de abundantes festones, donde alternan con igual predominio las lacerías, las conchas, las hojas, las volutas y los entrelazados. Pero aquí el adorno no se retuerce grácil y serpenteante, como en el Hospicio de Madrid o en la Casa del Marqués de Dos Aguas, en Valencia, sino que adquiere una rigidez y un relieve asaz significativos, por cuanto nos hablan de la índole de los artífices que ejecutaron la obra. El realismo de la interpretación ibérica, propio del arte occidental, no se expresa libre y abiertamente, está paralizado por sospechosa manía estilizante, delatora de fuentes asiáticas, manía estilizante que a nosotros se nos ocurre trasfundida por dos distintas modalidades: la mudéjar y la aymara.

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Esta doble sugestión, que se insinúa fuertemente en todo el conjunto, dando rigidez a los perfiles, quietud y solemnidad a los paneles, lleva el vuelo de nuestras asociaciones hasta encontrar extrañas coincidencias de gusto y temperamento entre la raza americana y aquella de los conversos que hicieron esta fábrica. Si se examinan las formas predilectas de los tallistas “collas,” se verá que en su disposición y en sus relieves guardan el mismo ritmo y la misma expresión que los atauriques y caireles que coronan las puertas de entrada moriscas: la misma entonación a las tracerías profusas, el mismo amor a lo geométrico y a la repetición. La piedra de Viacha, de la que está hecho todo el frontispicio, tiene una entonación que se aviene muy bien con estas complicaciones arquitectónicas, y que les da un aspecto de seriedad y de vetustez muy pronunciado. El pardo terroso y uniforme de esta arenisca, muy lejos del tono riente de las calcáreas blanquecinas y de la amena coloración de los granitos feldespáticos, no es propicio para abonar flamantes paramentos y sí para ostentar la verdinegra pátina de venerables fábricas. La ordenanza exterior, hecha sobre tres líneas axiales, correspondientes a las tres puertas, se ve justificada cuando se penetra la parte interna y desde el espacio cubierto por el audaz arco escarzano del coro, se contempla la perspectiva concertada de la nave central y de las de deambulatorio. La forma del plano es la basilical, sin capillas laterales ni absidiales, con presbiterium rectangular está inspirada, sin duda, en las plantas coetáneas de la Península. Esta disposición de triple nave, crucero, ábside sencillo y cimborrio, es la de todas las iglesias conventuales y de parroquia esparcidas por el celo ferventísimo de cenobios y clerecías en ciudades y villorrios del altiplano. Pero hay en ésta algo diferente del aspecto de todas ellas, y es el obraje de cantería, rasgo que pone en el conjunto una característica superior, de prestancia genuina.

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Ya no son los entrepaños de muros enjalbegados, iluminados con luz de ingenuos y pretenciosos dorados, ni las molduraciones finas y complicadas hechas de yeso, ni las enbrolladas ordenanzas donde arquitrabes y cornisas se quiebran y entrelazan para formar candorosas sutilezas de ornato, ni menos aún las muy ingenuas imitaciones del mármol, en placas y zócalos. Es la piedra en toda su pureza de sinceridad constructiva, mostrando en las faces del sillar, del salmerón, de la dovela, la estática cumplida de la obra, la índole homogénea del conjunto, su legitimidad, su carácter fuerte, resistente y duradero. No fue, en el numen del franciscano artífice que ordenó esta estructura, divisa directora y pauta ejemplar la gracia complicada y la atildada delicadeza del churriguerismo, que puso en la Cartuja de Granada y en la iglesia de los Santos Juanes, en Valencia, hermanados brotes de los sutiles florilegios de Góngora, sino la austeridad que expresó Simón Rodríguez en San Francisco de Santiago de Compostela, o la de aquellos templos de más reculada época, en que la sobriedad cristiana recién salida de las Catacumbas, buscaba el tono sencillo y recatado que se ven aún en las románicas estructuras de San Esteban de Nevers o Nótre Dame la Grande de Poitiers. La nave principal está cubierta por una bóveda de cañon dividida en tramos por arcos torales que corresponden a los pilares. En el intradós de estos arcos, al igual que en la bóveda misma, hay placas festoneadas a manera de exornación que recuerdan tímidamente los casetones del estilo romano pero que también podrían resumir otras reminiscencias, donde bien pudieran estar comprendidas los florones octopetálicos de arte bizantino. Acometen el medio cañón lunetos circulares, los cuales muestran en sus artistas de penetración pronunciadas inflexiones, que si son muestras delatoras de cimbraje deficiente o de descuidada obra de mano, son también patentes demostraciones de

sinceridad constructiva; sinceridad constructiva, reflejo del cristiano amor a la verdad, que deja que se acusen los defectos y errores, antes de incurrir en la mentira de aparentes revestimientos! Dichos lunetos dejan penetrar una luz asaz escasa y difusa, no tanto por la limitación del vano como por la calidad de la ventana, donde el nunca bien ponderado purismo arquitectónico del constructor, ávido de adaptar las formas a la calidad de los materiales del país, ha despreciado el vidrio y ha reemplazado por dallas monolíticas de alabastro extraído de canteras comarcanas. Ese alabastro llamado “berenguela”, de reflejos opalinos y color marfileño, se aviene con propiedad admirable a la franciscana sobriedad de los paramentos pétreos. Malgrado la amortiguada claridad que traslucen, estas alabastrinas dallas, que guardan el mismo ritmo de severidad penitente del interior de la iglesia, se nos muestran con bastante propiedad, pues están allá con la misma armonía con que se complementan, con expresión diametralmente opuesta, la suntuosidad del gótico flamígero y la esplendidez lumínica de las vidrieras de Chartres o de Amiens. Las naves colaterales, umbrosas y escuetas, son de corrección geométrica encantadora. Cada uno de los tramos en que están divididas, afectan la forma cuadrada y están cubiertos por una bóveda vahida, la cual al penetrar en los muros y arcos torales, hace ver bien aparejadas enjutas. El regular dovelado de ellas y del casco superior del dombo, son cosas muy acabadas y que indican que quien las ejecutó fué fabricante de gran talla y hombre de mucho juicio; lo que es digno de admiración, pues no siempre aquellos alarifes que profesaron el arte

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arquitectónico, fueron diestros y peritos en el acomodo de bóvedas y arcos, más aun si tales órganos estaban llamados a salvar grandes luces o claros. Y a esta sazón, viénesenos a la memoria el caso que Cayetano Botari cuenta en sus atinados Diálogos, de fontana el joven, a quien se le cayó la columna Antonina de Monte Citorio y que una otra vez, habiéndosele derrumbado el arco toral de una gran capilla y quitado la vida a muchas personas dijo con flema y serenidad que esas eran cosas del cuidado del albañil.

La esplendidez de su decoración unida a la policromía, fuerte o vaga, pero siempre abundosa, con que el ingenio de ornamentistas y pintores corona las formas gráciles y ostentosas de los estilos ornamentados, da la impresión de una fiesta lineal y cromática, del contorno variado, del tono pictórico y otros cien detalles. Son los accidentes externos los que ejercen dominio absoluto sobre nosotros. Así es el espíritu decorativo que predominó, verbigracia, en aquellas ciudades coloniales donde hicieron brote las formas cortesanas de la metrópoli hispana, o el modo exultante, vivaz y expresivo de las ciudades de Andalucía. Tal pasa en las capitales de Méjico y del Perú, cuyas matrices se visten de muy galanos y preciados primores. Bien se ve que San Francisco de La Paz no recibió este género de impulsos. Su ordenanza, repetimos, es fosca y austera como la de los templos ejecutados en el estilo llamado “de placas”, inventado por Casas de Novoa y desarrollado por Fray Miguel Ferro Cabeiro. Hay en sus naves la sencillez y la grandeza de la iglesia franciscana levantada en la capital coruñesa a la época en que reaccionábase contra el florilegio licencioso de Churriguera y Tomé, y que había de ser un canon de plásticas formas en que hubieron de troquelarse muchas iglesias erigidas bajo la advocación de San Francisco de Asís. Ciertamente, el carácter, las cualidades, el temperamento y el tono moral de un artífice, impregnan fuertemente el conjunto y la esencia de su obra, y así como las creaciones extraornamentadas del Churriguera expresan a las claras que fueron profano numen y profanas manos de donde salieron, así estas del estilo “de placas” dicen muy bien que fueron cenobitas sus autores, aquellos Fray Samos, Fray Ferro, Fray Castro, Fray Fontecoba: uno de cuyos secuaces debió ser, a no dudar, el autor de estas graves y sencillas fábricas. No es posible negar que San Francisco de La Paz fue hecho por manos criollas: hay ciertas tosquedades y cierta impericia en los detalles. Las cornisas, fuertes y aboceladas, no siguen ningún perfil, igualmente los capiteles. No obstante el digno continente de sus masas, se ve, pues, que no fueron hechas estas naves para esplender con faustos procesionales y pomposas liturgias. En sus muros no hay la pulcritud, la delicadeza, el refinamiento que tiene Santo Domingo de Lima, por ejemplo, donde se ve a las claras un cuadro digno del boato y del esplendor que tras si arrastraban, en festivales días, provectas figuras de virreyes y cabildantes. En los muros de esta iglesia no hay pulcritud, delicadeza ni refinamiento; sus suelos no están revestidos con dallas de ajedrezado
Formación geológica en la zona de Sopcaahi y Llojeta foto Bedregal

Cábenos conjeturar que el autor de estas fábricas no fue hombre de tan vulgar talante. Fue a no dudar, de ingenio y de recursos, con sobrado caudal de experiencias, “con muchas endostrías y jometrías,” como aquellos cistercienses de Borgoña cuyos únicos desvelos alternábanse entre el místico fervor de vísperas y maitines y las muy hondas y largas reflexiones sobre el vuelo de bóvedas y arbotantes, y que sobre ser poseedores de artístico numen, fueron muy diestros y amañados fabriqueros. Las iglesias cubiertas por suntuoso revestimiento, con pilastras acanaladas, frisos rameados, frontones y otros elementos del acervo neo-clásico, o con placas, conchas, cornucopias y demás pormenores propios del barroco, distraen la vista con sus variaciones y disloques.

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mármol ni con esmaltadas solerías; sus pilares no tienen paneles ni recuadros; no hay prestantes rejerías en el ábside, ni en el fondo de su transcepto hay túmulos enterratorios ni ornamentadas hornacinas; todo es franciscanamente rudo y sencillo. En el ámbito de estas naves trasciende el voto de un ascetismo claustral y rígido. Sólo los altares y los doseles se cubren de atavío. Sobre ellos ha caído la fiesta de un aderezo inverosímil y estupendo, donde hay todos los retorcimientos imaginables. Es la misma exuberante riqueza de los retablos de Acosta que en el Salvador de Sevilla proclama a máxima expresión del barroquismo imperante, y de todos aquellos salidos de manos de obrajeros churrigueras, donde éstos hicieron correr abundosa y potente la inventiva y el ingenio, dando en el campo del arte plástica digna réplica a los sutiles culturismos de aquel tiempo. Pero en esta enlaberintada urdimbre no hay el tono castizo; se mezclan en la composición insinuaciones indianas y muy revelantes pruritos agarentos. La factura de estos atares, repetimos, es una constatación de aquellas fuerzas que pervivieron juntas en el arte arquitectónico de aquellas épocas coloniales. El áureo encaje de sus tallas, y que resplandece hoy ya tristemente con el brillo amortiguado de sus oros raídos, haciendo contraste con la rudeza que pone en el conjunto el aparejo visible de la cantería, parécenos amasado por manos ibéricas, muslímicas y aymaras. Todas tres tuvieron así una hora coincidente en el estilo barroco, cuya expresión sirvió para que injertasen, con peregrina simpatía. su amor asiático al ornato frondoso y sin deslinde. El tono bistre de la piedra, suavizado por el blanquecino color del emboquillado, forma al amparo de las medias luces y de las sombras, variadas sinfonías de tonos grises y ocres, desde las exultantes y claras del lucernario hasta las obscuras de los muros laterales. En esta gama de tintes pardos, que a ser sola hubiera ahogado la perspectiva interna en desolada monotonía, estética ley de oposición exigía un tema de valores contrapuestos, y he aquí que a llenar tales fines de artística preocupación, vienen al parecer con premeditados miramientos, los grandes altares del fondo, y los tronos y doseles adosados a los pilares. Cada uno de estos tronos, acopio lujurioso de retorcidos ramajes, destácase sobre la desnuda piedra, dando a la visión, cansada de la desnudez geométrica y esteorotómica de la construcción, un necesario socorro de ornato, el cual lleva la atención de la ponderada estática de la estructura al motivo puramente ornamental, donde sólo han afincado el genio y la fantasía. Es de esta suerte que aquello que hubiera sido lóbrego y desnudo transfórmase en austero y despejado; lo que hubiérase mostrado con pobreza y desolada vacuidad, revístese de expresión y de carácter.

Pero donde se hace mayor el interés artístico de una iglesia, donde culminan los reparos constructivos, es en el transcepto, mayormente cuando como aquí, los paramentos se revisten de una expresión de equilibrio, donde hay la dinámica concertada de pilares, bóvedas y arcos, expresándose en toda su disposición interna, llevando la vista a seguir la curva de los intradoses y la mente a considerar el cálculo de esfuerzos y empuje. Asi, pues, el encanto de este templo porque este templo tiene un encanto: la fuerza, el vigor, el carácter de sus líneas totales, su bien concertada estructura de piedra; su incomparable sabor criollo-colonial, el encanto de este templo, decimos, acrece en el cimborrio. Dijérase que por un momento su fisonomía interna afloja el ceño de su severidad y se reviste de alegres apariencias; que el ambiente caliginoso se hace transparente y ligero; que las formas rudas y graves transfórmanse en gráciles y esbeltas.

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El orden ascendente de las líneas y la luz difusa y uniforme que baja del lucernario, llevan el ojo a subir al punto zenital del alífero conjunto, siguiendo las circulares directrices de archivoltios y arquitrabes. El dovelado aparente, que en las bóvedas y arcos bajos ayuda a razonar sobre la juiciosa disposición de las masas, de acuerdo con leyes de estática, en los grandes arcos formeros de crucero, nos insinúa técnicas reflexiones sobre la dinámica contenida en el bien concertado equilibrio de esos órganos. Resulta de aquí una admiración que va haciéndose más grande cuanto más justificado se encuentra el detalle constructivo, cuanto más sale en relieve el intrínseco valor de la ordenanza, cuanto más evidénciase el ajustado obraje de la fábrica. Se ve bien por qué el autor no quiso poner nada sobre estos sillares, y los dejó tal como resultaron, con sus defectos, pero también con todas las excelencias de sus cortes y combinaciones. Los estucados y arrocabes, por muy cuidadosos que hubiesen sido, hubiéranse avenido mal con esta arquitectura, la cual, si aceptó en sus altares el corrugado festón de tallas barrocas, por ser divina ofrenda y homenaje al tabernáculo, no quiso revestirse de otras seducciones que las muy lógicas y parcas que naturalmente se desprenden de la estructura. Este carácter es singular en el arte colonial, arte cuya filiación no arranca de graves y recatados estilos, y sí más bien de aquellas esplendorosas escuelas que dieron al acervo, artístico de España las gracias del “plateresco”, la desenvoltura del “barroco” y las formas movedizas y embrolladas del “churriguerismo,” tal como se constata en las innúmeras iglesias que de la época colonial aún subsisten en esta América, pues sería extraño encontrar, entre los templos parroquiales y de convento, o entre aquellas más humildes que atalayan las plazuelas de aldea, alguno que no luzca elementos decorativos, y cuyos muros de ladrillo o de modesto adobe, no se cubran con ingenuas y pretenciosas exornaciones.

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¿Cuál es el estilo de San Francisco de La Paz? Aunque nos hemos referido a los rasgos de su austera fisonomía y a la factura de sus fábricas, no hemos dicho nada respecto a su estilo. Este templo, como es fácil presumir, es barroco, pero con un barroquismo singular y peregrino, porque, mientras en la portada del frontispicio y en los altares campea extraordinaria profusión decorativa sembrada de pruritos orientales y aymaras, los órganos interiores asumen una muy expresiva fisonomía románica. Entre aquellos motivos dignos de atención, no sólo por su admirable y acabada factura, sino también por la rareza y el exotismo de sus formas, están los temas esculturados de las pechinas del cimborrio. No es mudéjar la fuente de donde ha venido la concepción de estos motivos, pues no hay nada parecido en ninguna de las iglesias levantadas por artífices mozárabes. El arabismo de los siglos XIV y XV, en Santa María la Blanca, en Toledo, o en San Pablo de Córdova, se expresa en otra forma: son las tracerías, los almocárabes, los atauriques, ya solos o ya combinados con pormenores góticos o renacentistas. los que demuestran claramente la influencia agarena. Pero estos temas, en que aparece un pote y sobre el pote el frondoso y enlaberintado ramaje de un árbol, que bien podía ser el árbol de la vida de los coptos o el ciprés de Zaratustra, no tienen una filiación clara.

Fuera indispensable hacer una labor de búsqueda paciente y prolija para desentrañar el origen de este extraño motivo ornamental, repetido con persistencia lo mismo en las enjutas y nichos como en paneles decorativos y ataires de puertas. Aunque la forma del pote del follaje tiene carácter acentuadamente americano por la rigidez del trazo, el carácter de la composición es netamente asiático. Si alguien ha calificado de muslímico este tema, no es precisamente porque corresponda al arte de este tronco étnico, sino porque pudo aparecer en las obras de aquella masa agarena que, después de la Reconquista, quedó en la península ibérica a convivir con la población cristiana y dentro la cual agitáronse muy heterogéneos componentes orientales, desde el hebreo y el sirio hasta el persa sasánide. San Francisco de La Paz, envuelto en el ropaje de su sencilla a la vez que insólita arquitectura, donde hay la más peregrina fusión de artísticas influencias, es la concreción tangible de su valioso espíritu pretérito. El fraile que concibió sus masas y sus ámbitos; los pacientes obrajeros que calaron los retorcidos festones de sus doseles y altares, los rosetones y tracerías de la portada externa; los

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amañados canteros, que concertaron sus dombos y su extraordinario cimborrio, y tallaron sus pechinas; los retablistas que hicieron la urdimbre barroca del presibiterio, no han inscripto su nombre sobre ningún plinto ni platabanda; pero han dejado en esas esmeradas formas un jirón de su alma, sencilla y fervorosa. La turbulenta corriente del progreso, la indispensable evolución, en el devenir de las cosas y acontecimientos, impondría caracteres nuevos y flamantes a la ciudad, aumentando su clamoreo industrioso y su inquieta actividad. Entonces la mustia quietud del rincón franciscano sumiríanse más profundamente en el sueño de las pasadas centurias coloniales. Pero sobre la grave y misteriosa calma de su portón trilobular, donde descansa el cobre herrumbroso de sus simbólicas aldabas, posáranse los ojos de algún insólito soñador, de vez en cuando, como a la puerta de un ensueño viviente que encerrase preciados secretos de artística tradición.

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San Francisco, grabado de Genaro Ibañez.

“Plazuela”,iglesia de San Francisco de La Paz, grabado del artista paceño Genaro Ibañez.

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El Neptuno, estatua de estilo barroco italiano Plaza del montículo en La Paz. Portada de estilo barroco mestizo, Montículo, La Paz.

LA QUESTIÓN
DU CHACO BOREAL

----oOo---El punto de vista de Bolivia ---------------Seguimiento de un artículo sobre el punto de vista neutral, “El conflicto de Bolivia y Paraguay” de Luois Guillaine, redactor político de “Le temps”

prefacio de Henry Brouard -----0----impreso por Joseph Jitschtaler 1934

CAPÍTULO I El Sr. Caballero de Bedoya, Ministro del Paraguay en Francia que acaba de hacer una exposición sobre la cuestión del Chaco Boreal en el semanario parisino “L`Amerique Latine” comienza su primer artículo afirmando que el litigio entre Bolivia y el Paraguay en el pasado no era más que un diferendo que consistía únicamente en una delimitación de fronteras, esta aserción no tiene fundamento, La Cancillería boliviana ha establecido desde el inicio de los debates diplomáticos que los dos puntos esenciales alegados reportan precisa y justamente sobre el derecho de propiedad de la “Real Audiencia de Charcas”, sobre la totali-dad del territorio comprendido entre los ríos Paraguay y Pilcomayo, mientras que el otro muestra la base jurídica de su tesis, es decir el “uti possidetis” de 1810. El afirmar que la evolución de lo que llama las pretensiones bolivianas, datan de estos últimos tiempos y que uno puede darse cuenta al examinar los diversos tratados y protocolos realizados con la finalidad de arreglar el litigio. Para comenzar es preciso afirmar que esos tratados y protocolos nunca han estado concluidos, siendo solamente acomodos propuestos por Bolivia y rechazados por el Paraguay, estos acuerdos, por otra parte, han comportado una característica transaccional que se deduce del mismo texto, por ejemplo el tratado de Guijarro-Decoud dice en su artículo 1º “las Repúblicas de Bolivia y Paraguay declaran que ellas han convenido en fijar sus límites sin discusión de títulos y antecedentes”. También el tratado Ichazo-Benítez no deja ninguna duda sobre la materia en litigio, basta decir su primera cláusula: “En nombre de Dios todopoderoso las Repúblicas de Bolivia y Paraguay y con la meta de zanjar su antigua querella sobre el territorio ubicado sobre la orilla derecha del río Paraguay y la orilla izquierda sobre el río Pilcomayo…”. Se habla también de un cambio de la tesis boliviana.“Es muy reciente, dice el Sr. Bedoya, que Bolivia no considere la cuestión del Chaco como una controversia de fronteras, haciendo consignar en el acto de final Washington que se trata de una cuestión territorial”. Esta afirmación no nos asombraría por parte de un periodista, pero nosotros la encontramos casi inexplicable formulada por uno diplomático, en vista de que esto significa olvido o desconocimiento de los antecedentes de la cuestión, como el memorando dirigido por el Dr. Mariano Baptista al gobierno paraguayo en 1891, donde el Ministro de Bolivia dice textualmente “Es solo con el afán de zanjar sobre un terreno de amistad que el gobierno boliviano renuncia a un debate rigurosamente jurídico, donde la noción pura del derecho daría a cada uno lo que le pertenece: para Bolivia todo el Chaco Boreal”. Se podría hacer numerosas citas como las que ponen en evidencia el litigio desde sus orígenes, que es un diferendo de posesión. Pero al mismo tiempo que se habla de un cambio repentino de la tesis boliviana a partir de 1929, nos esforzamos en constatar una evolución gradual de esos reclamos. Vamos a remarcar, sin embargo que esta evolución tal como nos la muestra el Sr. Bedoya a través de los tratados y protocolos caídos, es una evolución, en sentido inverso. En efecto por los datos e indicios precisos que da el tratado Guijarro-Decout (15 de octubre de 1879), deja al Paraguay alrededor de 11.250.000 hectáreas; el tratado Ichazo-Benites, de 23 de noviembre de 1894, atribuía al Paraguay 10.750.000 hectáreas y, finalmente el protocolo Pinilla-Soler, dejando a este mismo país, 16.875.000 hectáreas, desde el primer acuerdo hasta el último el avance paraguayo es considerable del paralelo 22 al 2030 ocupando sucesivamente Puerto Sastre, Puerto Guaraní, Puerto Olimpo, Puerto Oleda, etc., hasta llegar a Puerto Pacho en 1888, esto mostraría un cosa paradójica,

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que Bolivia considera que sus límites son más ventajosos, además que abrevian su territorio. Es evidente que el gobierno boliviano jamás hizo avances progresivos, todo lo contrario, su política es de respeto y consideración, una política de concesiones y reconocimientos. Insinuando que en una lógica elemental que la nación boliviana desarrolló un plan de penetración sistemática, que en lugar de ratificar los acuerdos los habría rechazado, admitiéndolos tal vez al principio, como el Paraguay, para sepultarlos finalmente en los archivos de su Parlamento. En verdad, estas cosas irracionales son afirmadas como un pretexto para afirmar un pretendido cambio de tesis, es así que el Sr. Bedoya no duda en decir que Bolivia, por necesidad de su causa, ha llegado a negar la existencia del Chaco como una antigua colonia, este es un notorio absurdo, justamente la existencia de esta entidad es lo que los publicistas bolivianos han sostenido todo el tiempo. En cuanto a la opinión del historiador, pensamos que no han hablado precisamente de este sujeto, para tener una idea del Chaco como una entidad colonial, no hay que inquirir en los libros del Sr. Enrique de Gandia, Paraguayófilo, sospechoso de parcialidad, es suficiente consultar cualquier texto de América española y allí se verá que las tierras del Chaco fueron aumentadas a las que habían sido explotado por Andrés Manzo y Nuflo de Chávez, fueron acordadas por la corona de España en 1563 a la “Real Audiencia de Charcas”, que el soberano español por Cédula Real del 1 de octubre de 1566 especifica que el Chaco hace parte del territorio de Charcas, estableciendo expresamente que la tierra de Guara, Paraguay no se liga a la región del Chaco, que el rey Felipe IV en 1661, por Cédula Real de ese año, conserva la misma extensión que el territorio de la Real Audiencia de Charcas; que diez años después, cuando la Real

Audiencia de Buenos Aires es suprimida. El Chaco se englobó en la capitanía y gobernación de Santa Cruz, Bolivia, que últimamente, cuando las ordenanzas de intendencias en 1782, el obispo de Santa Cruz y la intendencia del mismo nombre tenían la misma jurisdicción, comprendiendo en sus límites el Chaco Boreal, en una palabra podemos ver en la historia a través de todos los cambios políticos y administrativos de la época colonial que la región en litigio ha constituido una entidad bien definida, perteneciendo a la Audiencia de Charcas, por disposición expresa del rey de España. La tesis boliviana es tan evidente que no tiene necesidad de otras pruebas, que las que surgen de acontecimientos importantes de la historia colonial de América española. Bolivia no ha inventado teorías para sostener sus derechos, tampoco ha ido a hurgar los archivos en busca de índices probatorios, no ha concebido consideraciones jurídicas especiales, las mismas proposiciones que sus hombres de Estado proponían hace cuarenta años son las de sus publicistas de hoy. Por el contrario, el Paraguay, en lo que concierne a sus procederes y sus ideas sobre este asunto, ha hecho una considerable evolución, desde épocas del canciller Venancio López, que confesaba ingenuamente en 1891 no estar todavía preparado para responder al ministro boliviano Mariano Baptista , habiendo hecho éste las más categóricas afirmaciones del “uti possidetis”, de derecho hasta nuestros días, donde ese principio ha sufrido un arreglo especial, el progreso es considerablemente notablemente. Veamos cómo se han tomado en consideración dos elementos dentro de este principio de posesión, “la posesión” y la posesión “de hecho”, como pretende el Sr. Bedoya y de ésta manera han puesto como referencia la fecha de 1810, como punto de partida, único del derecho de posesión americana. Donde ese principio ha sufrido un arreglo, en efecto los publicistas paraguayos ahora han transformado el “uti possidetis” en doctrina “de hecho” olvidando que no ha sido adoptada en América en el sentido que tiene el derecho romano, es decir, en la forma en que es entendido y adoptado entre dos o varias naciones en guerra, estando los límites en ese caso establecidos de acuerdo a la ocupación. En los países hispanoamericanos el “uti possidetis” regla las delimitaciones de sus territorios respetando la última voluntad del rey de España, en el momento de la emancipación, por consecuencia es definido por la ley española (cédulas reales) estableciendo jurisdicción por orden directa del Soberano. Por esta razón no se pueden considerar dos elementos en este principio, la posesión “en potencia” y la posesión “en acto” como pretende el señor Bedoya y es también por lo que se ha fijado la fecha de 1810 como punto de partida del derecho de posesión americano. La extraña concesión de ubicar el “uti possidetis” en 1810 en 1825, el año de la independencia de Bolivia, es realmente arbitraria. Nunca se ha hecho parecidas transposiciones, aunque se dicen, que son usuales. Esta es la nueva teoría inventada por Eusebio Ayala, con la finalidad de encontrar un periodo único de posesión paraguaya, (1810 a 1825) sobre el Chaco Boreal. Pero el Señor Ayala no ha tomado en cuenta que su país ha permanecido en estado federativo hasta 1842, siendo éste en realidad el año de la independencia del Paraguay. La diferenciación sutil que descompone el “uti possidetis” donde se consideran dos elementos es inadmisible. El “uti possidetis” significa en América título de posesión; para aplicarlo no hay que arreglar un sustratum de posesión de hecho, como dice el Sr. Bedoya, puesto que esta posesión de hecho no es otra cosa que la ocupación fundada en

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la violencia y en muchos casos favorecida por la proximidad, como en el caso del Paraguay. La posesión de hecho nos llevaría a pensar que el espíritu que inspira el “uti posideteis”, en los países americanos, como solución jurídica para los litigios de fronteras ha sido falseado desde el momento en que solo quisiera justificar y sancionar la conquista. CAPÍTULO II El Paraguay no podía prescindir de los aspectos histórico-legales del problema y tuvo que buscar antecedentes para justificar la ocupación del litoral al oeste del río que lleva el mismo nombre. Vio el peligro de ir al encuentro del “uti possidetis” y terminó por aceptar, acomodando sus puntos de vista por esos “doctores en límites”. Por otra parte, puso en evidencia los menudos incidentes de su vida colonial, para sacar conclusiones que defendían su tesis. Es así que algunas tentativas de “reducción” entre las que se encuentra el establecimiento de una finca por el carpintero Ascencio Flecha, también un campo de labranza establecido por el padre Amancio Gonzales (carpintero y padre por otra parte que volvieron pronto a la rivera opuesta por miedo a que los maten los avispones y las abejas) son presentados como esfuerzos secundarios cumplidos por el Paraguay para catequizar a los indígenas del Chaco. Si nos remitimos al diario del capitán de Fragata don Francisco Aguirre, jefe de la Delimitación entre España y Portugal (1793), esos pretendidos profesores de catecismo no fueron sino “buenas gentes que atravesaron el río buscando y tratando de llevar un pequeño ganado al pasto de la rivera inexplorada”. Y como esas magras hazañas, de los que el Paraguay pretende sacar títulos históricos, son casi todas las acciones heroicas y civilizatorias de esos “conquistadores espirituales” de los que habla el Sr. Bedoya. En cuanto a la fundación del fuerte Borbón, invocada a menudo como prueba de

San Javier de Velasco

San Javier de Velasco.

dominio exclusivo, no viene de una iniciativa paraguaya. Esta placita fuerte no fue tampoco erigida con vistas a extender el territorio del Paraguay, ostensiblemente, como pretendía el Señor Rosario de Miranda, que la rivera derecha pertenece a ese país. La Corona española la construyó para defender sus posiciones de las incursiones de los portugueses. Fue una obra, como dicen todos los historiadores, de protección de la soberanía hispanoamericana. Por otra parte, el emplazamiento del fuerte Borbón en la rivera occidental del río fue determinada por las condiciones de resistencia del suelo no podían consolidarse en el litoral opuesto a causa del mal terreno. Así lo testimonia un reportaje dirigido al Rey de España D. Felipe D´Azara, cosmógrafo, historiador y geógrafo al servicio de Carlos IV. En cuanto a la jurisdicción eclesiástica del Chaco, ningún documento histórico atestigua que haya sido sometida a los obispos de Asunción. Todo lo contrario, la cédula real del 5 de agosto de 1777 establece expresamente que ese distrito pertenecía el gobierno del arzobispado de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Además de la bula del papa Pablo III, del 1 de julio de 1547 que nombra al obispo de Asunción, establece claramente que esa diócesis comprendía sólo lo que le sería asignado por el Rey. Y éste adjudica el Chaco a la “Real Audiencia de Charcas”. Además de las cédulas reales y la bula de fundación hay el testimonio de casi todos los religiosos misioneros en América del

San Ignacio de Velasco.

Sur. El padre Bautista, autor de la homología del Paraguay, el padre Guevara, el padre Solís, Fray Juan Patricio Fernández, Fray Diego de Mendoza y otros, cuando hablan de las obras de catequización dentro de la región comprendida ente los ríos Paraguay y Pilcomayo, afirma que siempre fueron realizadas dentro del “Chaco de la Charcas”. Nosotros estamos de acuerdo con el Sr. Bedoya cuando dice como principio, sin ninguna excepción, que la división eclesiástica está sujeta a los mismos límites que para la administrativa. Siguiendo esta regla, si el Chaco pertenecía al Obispado de Santa Cruz, es lógico que haya sido una dependencia de la “Real Audiencia de Charcas”. Nosotros no quisiéramos establecer esta circunstancia como argumento principal que pruebe la jurisdicción política y administrativa de Bolivia sobre la tierra disputada, al estilo del Sr. Bedoya, sino queremos mostrar que ese punto de vista viene a confirmar lo que está establecido por las cédulas reales y como testimonio de numerosas expediciones enviadas por las

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Concepción de Velasco.

María etc., son empresas industriales con sede en Buenos Aires. El gobierno paraguayo, tomo la iniciativa de ocupar para adquirir el derecho de lo que se llama posesión “de hecho”. Su contribución a esas explotaciones consistió en autorizar la subasta de esas tierras o de entregarlas a título gratuito. Tratándose de tierras ajenas, no tiene ningún mérito. Como ya dijimos, es sólo después de la guerra contra Brasil, Argentina y Uruguay que ésta “valorización” del Chaco comienza en ese entonces. Anteriormente, el Paraguay no se encontraba en condiciones de poblar, ni civilizar; ni siquiera su propio territorio. El historiador argentino Carlos Navarra la Marca, afirma que la República de Paraguay hasta 1870 quedó aislada y embrutecida y que entra en la vida civilizada sólo después de la guerra de la triple alianza. Contrariamente a lo que dice el Sr. Bedoya, Bolivia ha ejercido sobre el Chaco una jurisdicción efectiva desde la primera época de la dominación española. Efectivamente la “Real Audiencia de Charcas” ordena en 1590 a Beltrán Otazo de Guevara el establecimiento de Nueva Rioja: en 1614 a Días de Guzmán, la fundación de Colonias y de pueblos de San Pedro de Magdalena y El Palmar en el territorio de los Llanos de Manzó (Chaco). En 1615, Fernando de Araujo realiza una exploración en la misma región. En 1673 don Martín Armenta y Zárate recorre la zona del Pilcomayo. La “Real Audiencia de Charcas” ordena también la fundación de las misiones religiosas de Tambalera y Tayaguazú.—, también de San Ignacio de Samucos . Sería pues larga la enumeración de todas las expediciones y de todos los establecimientos que ella organiza durante el periodo de la conquista y el virreinato. Bolivia, durante el transcurso de su vida de nación independiente, también ha ejercido jurisdicción sobre el territorio en litigio. En 1831, siguiendo el consejo del eminente explorador francés D´Orbigny, envió expediciones que atravesaron el Chaco Boreal entre las cuales la más

En muchas ocasiones, los aventureros que se atrevían a pasar al litoral del oeste eran cruelmente asesinados. El terror causado por la furia de los indígenas era tan grande que durante mucho tiempo no querían repetir la aventura. Cuando leemos las crónicas de los capitanes y de los misioneros que relataban los incidentes de la vida colonial del Chaco a todas luces es insensato y desatinado decir que el Paraguay ha descubierto, catequizado, poblado y civilizado ese territorio. Las únicas “reducciones” mencionadas por los historiadores son las que se llamaban “Remolinos” y “Naranjay”. Pero si además nos remitimos al comisario Real D. Juan Francisco de Aguirre, veremos que están situadas en la rivera izquierda y que toda su tarea consiste en vivir en paz con las tribus de los alrededores, no habiendo bautizado más que a un viejo guaycurú “in artículo mortis”. He aquí todo el esfuerzo secular del Paraguay para catequizar El Chaco! Entonces la penetración paraguaya no comenzó en 1855 con la fundación de Villa Burdeos, hoy Villa-Hayes. Después de la guerra de la triple Alianza, esta penetración se convirtió en un verdadero éxodo, la necesidad de resarcirse de largos años de lucha llevó al gobierno de Asunción a desplegar un plan sistemático de ocupación industrial de tierras en litigio, pero hay que decir que estas ondas expansivas, no fueron obra ni esfuerzo de capitanes paraguayos. Los grandes explotadores forestales y agrícolas establecidas en la orilla derecha del río pertenecen a compañías extranjeras en especial argentinas. Puerto Casado, Puerto Galileo, Puerto Pinasco, Puerto

San José de Chiquitos.

antiguas provincias bolivianas, verdaderas expediciones, no simples incursiones de una orilla a otra del río Paraguay, como aquellas que los españoles de Asunción emprendieron en el siglo XVIII sin autorización ni conocimiento del gobierno de la metrópoli. CAPITULO III Las incursiones del Paraguay fueron dictadas sólo por la codicia. La mayor parte de sus ciudades están situadas en las orillas del río de ese nombre, nos damos cuenta que sus habitantes en la época colonial hubieron sentido necesidad de llegar a la orilla opuesta atraídos por la riqueza de sus bosques vírgenes, abriéndose ante sus ojos como una promesa de inagotable tesoro. Miraban con tanta codicia por el mismo hecho que pertenecía a otra provincia a Charcas. Sin embargo, el Paraguay no pudo jamás penetrar en esas tierras por miedo a las hordas feroces, a los avispones y abejas que se mostraban terriblemente hostiles llegando incluso a atravesar el río para saquear a los pueblos de la orilla izquierda.
Fotografias F. Bedregal

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importante es la de Manuel Luis Oliden, que estableció en esas tierras pequeñas explotaciones agrícolas y varios pueblos. En 1843 el gobierno boliviano otorga a una compañía belga un millón de acres de terreno cerca del río Pilcomayo. Este mismo año el geógrafo Magariños lleva a cabo una expedición en los mismos lugares y funda las colonias de Caiza y Bella Esperanza. En 1844 quinientos hombres comandados por el general Fermín Rivero, llegando justamente hasta Jaurú, cerca de la desembocadura del río Villa María. De 1864 a 1870 los bolivianos hicieron todavía otras importantes exploraciones en el Chaco. Se ve pues por todos los actos de soberanía cumplidos por Bolivia que bien podría hacer valer esa posición “in acto” del que habla el señor Bedoya, si se admitiera el concepto del “uti possidetis” de hecho. En cuanto a la posesión de derecho invocadas por el gobierno boliviano el Ministro del Paraguay en Francia cree que es puramente hipotética. “Bolivia, dice ha hecho la transposición de una jurisdicción judicial en un derecho de propiedad territorial y pretende recuperar el Chaco como heredera de una institución que es solo un tribunal de apelación”. Por otra parte, afirma que Bolivia se ha formado de cuatro provincias del virreinato de Buenos Aires, no habiendo sido constituida en el pasado por ninguna entidad colonial. Para comenzar hay que decir que los pueblos bolivianos en virtud de parentescos étnicos y geográficos, como también por el acercamiento de su cultura precolombina tienen características muy netas. He aquí porque han adquirido una personalidad propia desde las primeras épocas de la conquista española, habiendo constituido una entidad bien definida que se ha mantenido invariable a través de todos los cambios. Nacida bajo el nombre de Nueva Toledo, Alto Perú y Charcas, también su capital tenía tres nombres: Ciudad de la Plata, Charcas y Chuquisaca.

Una vez proclamada la independencia del Alto Perú se la llamó República Bolívar en honor al Libertador de América y a su capital Sucre, el nombre del Gran Mariscal de Ayacucho. Negar que Bolivia es la antigua Charcas equivaldría a decir que su capital y la ciudad de Charcas no son lo mismo. Además, las audiencias coloniales de América no fueron solamente tribunales, sino instituciones políticas y administrativas. La corona de España les atribuía facultades de gobierno: iniciaban conquistas, fundaban reinos, organizaban expediciones militares, ordenaban el establecimiento de misiones religiosas etc. Los “gobernadores” de los “corregidores” los “alcaldes mayores” dependían de las audiencias. Su autoridad era tan grande que las leyes coloniales (Leyes de Indias) las facultaban incluso para nombrar virreyes al orden “cuando era necesario pero sin demostración de publicidad”. La “Real Audiencia de Charcas” antes y después de la ordenanza de intendentes, fue la depositaria de la autoridad real. Ejerció autoridad en los distritos creados por ley de 1782, siendo su presidente el capitán general de otras provincias y jefe del gobierno militar de Mojos y Chiquitos. Según el eminente profesor argentino Ruiz Guinazú, las audiencias fueron verdadera provincias federales, grupos históricos jurídica y políticamente circunscritos encerrando un concepto definido de soberanía local; la base sustancial y positiva del sistema político español. Ellas lógicamente han debido moldear la estructura geográfica de las nacionalidades hispano-americanas. Por consecuencia es absurdo decir que Bolivia funda su tesis sobre ese principio, traspasa de manera abusiva una jurisdicción puramente jurídica en un derecho de propiedad territorial.

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San Javier y Concepción de Velasco Santa Cruz de la Sierra. Fotos F. Bedregal.