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MOTIVOS

VII BIENAL DE ARQUITECTOS COLONIALES

EMILIO

VILLANUEVA

PRIMERA PARTE

MOTIVOS COLONIALES
POR

EMILIO VILLANUEVA P .

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MOTIVOS

COLONIALES

LA CIUDAD COLONIAL
EMILIO VILLANUEVA

Fragmento del libro “Urbanismo”
LA CIUDAD POST-COLOMBIANA
La América sajona. El sistema colonizador influyó poderosamente en el carácter de las ciudades de la América inglesa. No fueron, como es sabido, capitanes aventureros ni frailes catequizadores los que fundaron las primeras ciudades en esta parte del continente, sino navegantes, mercaderes y cuáqueros. Mientras las poblaciones conquistadas por los españoles se formaron alrededor de una plaza de armas, donde la iglesia y el cuartel fueron los primeros jalones, quedando como símbolos de la preocupación dominante en ellas, las de origen sajón surgieron del comercio y de la industria, encarriladas en normas de trabajo, si bien desnudas de espiritualismo. En la América sajona, las ciudades interiores se formaron especialmente sobre los lagos y los grandes ríos. El desarrollo de la aglomeración urbana en el continente norte se hizo cada vez más efectivo a medida que la inmigración europea se intensificaba; a su vez, ésta fue creciendo proporcionalmente con los progresos de la navegación. Desde que fue fundada Nueva Ámsterdam (1629), denominada después Nueva York hasta la independencia americana (1783), fueron numerosas las poblaciones creadas, pero a partir de esta fecha hasta nuestros días el incremento de las ciudades americanas adquiere el carácter de un fenómeno extraordinario. En esta evolución urbana de la América sajona, están señalados tres tipos característicos: a) Las ciudades del Atlántico; b) Las ciudades fluviales y lacustres; c) Las ciudades del “far west” y del Pacífico.

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Tomado del libro Esquema de la evolución urbana, 1943.

EMILIO

VILLANUEVA

LAS CIUDADES FLUVIALES Y LACUSTRES
Estas nacieron sobre los ríos caudalosos corno el Mississipi, el Misouri y el Ohio, o al borde de los grandes lagos. Principalmente el Ontario, el Erie y el Michigan. Los nombres de las más importantes de estas poblaciones son: Cincinati, que data de 1787; Louisville, construida al principio como simple fuerte y convertida después en “town” en 1778; Pittsburg, pobre “borough” del siglo XVII, hoy gigantesca y próspera metrópoli: Nashville, sobre Cunberland River, afluente del Mississipi; New Orleans, en la desembocadura del río del mismo nombre. Hacia el norte, sobre la orilla sudoeste el lago Erie, nació Búffalo, la ciudad que almacena y encauza hacía e Atlántico las riquezas de la región lacustre. Luego aparecieron en la orilla meridional del mismo lago Cleveland, que al presente tiene una importancia extraordinaria; Detroit, cuyo nombre vino del fuerte construido allí en 1701 por La Motte Cadillac; finalmente, Chicago, sobre la costa sud del lago Michigan, en medio de una planicie inmensa y rica. Entre estas, es digna también de citar Milwaukee.

Reproducción del Myflower, construido en 1588, en 1620 cruzó el Atlántico con 100 personas que fueron a colonizar Nueva Inglaterra, en un viaje que duró 66 días, a la derecha una reconstrucción en miniatura de una carabela de Colón, abajo tres vistas de la casa de Colón en Las Palmas de la Gran Canaria, foto F. Bedregal.

LAS CIUDADES DEL ATLÁNTICO
Son las fundadas en la costa de este océano en el período de los buques de vela, desde poco antes que el Myflower y el Speadwell arribasen a la bahía de Massachussets. En este tiempo se formaron la ciudades colonias que constituyeron los trece primeros Estados; fue cuando William Penn fundó Pensilvania, los cuáqueros, Filadelfia; Lord Baltimore, Maryland, (en recuerdo de la reina María), y los puritanos, Massachussets y Plymouth.

LAS CIUDADES DEL FAR WEST Y DEL PACÍFICO
A medida que se multiplicaban las líneas férreas y avanzaban hacia el oeste, nuevos centros urbanos marcaban esta progresión incesante del camino de hierro. Desde luego, las ciudades de penetración, como Omaha, Saint Joseph y Kansas City. El descubrimiento del oro en California y poco después en Colorado intensificó la formación de centros poblados, especialmente en la región comprendida entre las Montañas Rocosas y el Pacífico. En Colorado aparece Denver. Las ciudades de Pueblo y Tuczon nacieron como centros de distribución metalífera; luego vinieron Sacramento y Stockton. El auge de estos núcleos mineros buscó naturalmente el mercado marítimo más próximo; ese fue San Francisco, ciudad llamada a tener una importancia extraordinaria; en seguida vinieron Oakland, Astoria, Tacoma, San Diego y Los Ángeles. En el N. O., como consecuencia de la explotación de Alaska, que valorizó gran parte de la costa del Pacífico vecina al Canadá, aparecieron varias ciudades, entre ellas Puget, Sound, Seatle y Vancouver; esta última punto terminal de las líneas férreas de la Canadian Pacific y de la Northern Paciflc Railway.

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COLONIALES

Plano de México que H. Cortés, incluyó en

LA CIUDAD POST-COLOMBIANA

la segunda y tercera carta de relación a Carlos V.

La América sajona. El sistema colonizador influyó poderosamente en el carácter de las ciudades de la América inglesa. No fueron, como es sabido, capitanes aventureros ni frailes catequizadores los que fundaron las primeras ciudades en esta parte del continente, sino navegantes, mercaderes y cuáqueros. Mientras las poblaciones conquistadas por los españoles se formaron alrededor de una plaza de armas, donde la iglesia y el cuartel fueron los primeros jalones, quedando como símbolos de la preocupación dominante en ellas, las de origen sajón surgieron del comercio y de la industria, encarriladas en normas de trabajo, si bien desnudas de espiritualismo. En la América sajona, las ciudades interiores se formaron especialmente sobre los lagos y los grandes ríos. El desarrollo de la aglomeración urbana en el continente norte se hizo cada vez más efectivo a medida que la inmigración europea se intensificaba; a su vez, ésta fue creciendo proporcionalmente con los progresos de la navegación. Desde que fue fundada Nueva Ámsterdam (1629), denominada después Nueva York hasta la independencia americana (1783), fueron numerosas las poblaciones creadas, pero a partir de esta fecha hasta nuestros días el incremento de las ciudades americanas adquiere el carácter de un fenómeno extraordinario. En esta evolución urbana de la América sajona, están señalados tres tipos característicos: a) Las ciudades del Atlántico; b) Las ciudades fluviales y lacustres; c) Las ciudades del “far west” y del Pacífico.

germinación urbana. Hernán Cortés; fundó al comenzar sus conquistas Veracruz, sobre la antigua Quihuitzlan. Varias aldeas aztecas fuéron convertidas en posesiones defensiva transformándose más tarde en poblaciones criollas; tal así Cholula, la ciudad sagrada del Anahuac; Tlazcala, Itztapalapa y otras; finalmente, sobre las ruinas de Tenochtitlan, se levantó la ciudad de México. Las expediciones al imperio incásico fueron también fecundas en este orden. Francisco Pizarro y Diego de Almagro fundaron numerosas ciudades. El tránsito de sus exploraciones fue marcado por el descubrimiento de caseríos indígenas, que con un nombre nuevo o conservando el antiguo, se transformaron en poblaciones criollas. Así aparecieron Santa Cruz, Tumbes, Popayán, Quito, Cajamarca, Janja, finalmente la metrópoli de los Incas, el Cuzco. Así también surgieron, en el curso de la expedición de Almagro a Chile, las ciudades de Arequipa, Tacna, Copiapó y Valparaíso. Algunas veces, razones de economía y de política determinaron la aparición de nuevos centros urbanos La necesidad de una ciudad cercana al mar, que almacene la producción de metales y las riquezas del distrito peruano para ser enviadas a España, influyó en el ánimo de Pizarro para fundar Lima, llamada “ciudad de los reyes” en memoria de Carlos V y de su madre doña. Juana. El clima benigno de un sitio rico en recursos,

LA AMÉRICA LATINA
Las poblaciones de la América española surgieron sobre la ruta que siguieron los conquistadores. Desde Panamá hasta el Cuzco y desde Cuba hasta México, la colonización se realizó por capitanes aventureros cuya acción fue secundada por frailes misioneros que catequizaron a los indios. Si bien de esta manera se cristianizaron estas tierras, la libertad del aborigen fue virtualmente cancelada en beneficio del conquistador. La primera aldea establecida en La Española a base de la esclavitud del indio y del dominio del encomendero, se repitió en todas las regiones, y esta modalidad social fue un rasgo típico de la época colonial en la América latina. La conquista de México estuvo aparejada de un periodo de

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Mapa de Norteamérica y las rutas de penetración por el Pacífico; Fotografía de La Paz de fines siglo XIX, al fondo el Illimani; Antigua pintura de la ciudad de La Paz durante el cerco de 1781; Antigua cartografía de América Meridional y sus ciudades.

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LA CIUDAD POST-COLOMBIANA
La América sajona. El sistema colonizador influyó poderosamente en el carácter de las ciudades de la América inglesa. No fueron, como es sabido, capitanes aventureros ni frailes catequizadores los que fundaron las primeras ciudades en esta parte del continente, sino navegantes, mercaderes y cuáqueros. Mientras las poblaciones conquistadas por los españoles se formaron alrededor de una plaza de armas, donde la iglesia y el cuartel fueron los primeros jalones, quedando como símbolos de la preocupación dominante en ellas, las de origen sajón surgieron del comercio y de la industria, encarriladas en normas de trabajo, si bien desnudas de espiritualismo. En la América sajona, las ciudades interiores se formaron especialmente sobre los lagos y los grandes ríos. El desarrollo de la aglomeración urbana en el continente norte se hizo cada vez más efectivo a medida que la inmigración europea se intensificaba; a su vez, ésta fue creciendo proporcionalmente con los progresos de la navegación. Desde que fue fundada Nueva Ámsterdam (1629), denominada después Nueva York hasta la independencia americana (1783), fueron numerosas las poblaciones creadas, pero a partir de esta fecha hasta nuestros días el incremento de las ciudades americanas adquiere el carácter de un fenómeno extraordinario. En esta evolución urbana de la América sajona, están señalados tres tipos característicos: a) Las ciudades del Atlántico; b) Las ciudades fluviales y lacustres; c) Las ciudades del “far west” y del Pacífico.

transformándose más tarde en poblaciones criollas; tal así Cholula, la ciudad sagrada del Anahuac; Tlazcala, Itztapalapa y otras; finalmente, sobre las ruinas de Tenochtitlan, se levantó la ciudad de México. Las expediciones al imperio incásico fueron también fecundas en este orden. Francisco Pizarro y Diego de Almagro fundaron numerosas ciudades. El tránsito de sus exploraciones fue marcado por el descubrimiento de caseríos indígenas, que con un nombre nuevo o conservando el antiguo, se transformaron en poblaciones criollas. Así aparecieron Santa Cruz, Tumbes, Popayán, Quito, Cajamarca, Janja, finalmente la metrópoli de los Incas, el Cuzco. Así también surgieron, en el curso de la expedición de Almagro a Chile, las ciudades de Arequipa, Tacna, Copiapó y Valparaíso. Algunas veces, razones de economía y de política determinaron la aparición de nuevos centros urbanos La necesidad de una ciudad cercana al mar, que almacene la producción de metales y las riquezas del distrito peruano para ser enviadas a España, influyó en el ánimo de Pizarro para fundar Lima, llamada “ciudad de los reyes” en memoria de Carlos V y de su madre doña. Juana. El clima benigno de un sitio rico en recursos, centro natural de una zona importante, pesó en el ánimo de Pedro de Valdivia para fundar Santiago de Chile. Las condiciones excepcionales del fuerte establecido por Pedro de Mendoza en Santa María del Buen Aire, señalaron a Juan de Garay la necesidad de repoblar aquel sitio, llamado a convertirse en importante metrópoli. El fenómeno vial como factor de evolución urbana aparece claro después de la conquista y aun durante el proceso de ella. Ciudades y aldeas se fundaron o se formaron en el cruce de los grandes caminos, o bien jalonando rutas largas y difíciles tal fue el origen de Santa Cruz de la Sierra, en el trayecto de Asunción a Nueva Castilla; igualmente, el de Santa Fe de Veracruz, el de Tucumán, el de Salta, el de San Juan y el de Jujuy, durante las exploraciones de Aguirre, de Luis de Cabrera de Pérez de Zurita, de Hernando de Lerma y de Pedro del Castillo. También las minas jugaron rol esencial en este período de plasmación urbana. Los yacimientos auríferos del Alto Perú hicieron surgir numerosas poblaciones, entre otras la ciudad de La Paz, llamada así en memoria de la paz entre Almagro y Pizarro. Como centro de producción argentífera, nació la Villa Imperial de Potosí, famosa por haber sostenido con sus riquezas durante siglos el fausto de la corte de España. Fue por el curso que siguió la plata hacia el Atlántico, camino a la Metrópoli, que el río Solís se denominó Río de La Plata, y Provincias de La Plata o Argentina a las tributarias de aquella gran vía fluvial, que encauzó la producción del Cerro Rico hacia Europa durante la Colonia y que al presente cumple este mismo rol

LA AMÉRICA LATINA
Las poblaciones de la América española surgieron sobre la ruta que siguieron los conquistadores. Desde Panamá hasta el Cuzco y desde Cuba hasta México, la colonización se realizó por capitanes aventureros cuya acción fue secundada por frailes misioneros que catequizaron a los indios. Si bien de esta manera se cristianizaron estas tierras, la libertad del aborigen fue virtualmente cancelada en beneficio del conquistador. La primera aldea establecida en La Española a base de la esclavitud del indio y del dominio del encomendero, se repitió en todas las regiones, y esta modalidad social fue un rasgo típico de la época colonial en la América latina. La conquista de México estuvo aparejada de un periodo de germinación urbana. Hernán Cortés; fundó al comenzar sus conquistas Veracruz, sobre la antigua Quihuitzlan. Varias aldeas aztecas fuéron convertidas en posesiones defensiva

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VII BIENAL DE ARQUITECTOS

Cartagena de Indias, Antonio de Ulloa

San Francisco de Quito, Antonio de Ulloa

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Grafico de Atlas escolar 1908, Ghotha: Justus Perthes

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COLONIALES

Las plazas
Del curso dictado por el profesor

Emilio Villanueva P (*) .
La plaza es un espacio libre urbano destinado a reuniones o estacionamiento del público, con fines de carácter religioso, político, comercial, o que sirve simplemente para recreo y esparcimiento. Por consiguiente, no incluimos, o mejor dicho, -queda excluida de esta definición la plaza- encrucijada, que es todo lo contrario, es decir, un lugar de tránsito, de pasaje, destinado exclusivamente a la circulación. Se ha dado algunas veces el nombre de plaza a espacios abiertos, situados generalmente en el suburbio, tales como los llamados “campos de Marte”, “campos de feria” y otros. Pero esto impropiamente, pues la plaza es esencialmente un “ambiente cerrado”, rodeado de edificios, muchos de los cuales son por lo general de carácter público o semi-público. Naturalmente, esto está dentro de su concepción clásica, puesto que desempeña y ha desempeñado siempre una función de civilidad urbana. Así, vemos que la “plaza de la catedral”, la “plaza municipal”, la “plaza del castillo”, la “plaza de armas”, son las formas tradicionales de la plaza construida para permitir las reuniones originadas por la actividad inherente al carácter de estos sitios. Pero las plazas, aparte de esta finalidad tripartita, religiosa, política y comercial, que traen desde su primitiva forma, el “ágora” griego, el “foro civil” y el “foro venal” romanos tienen y han tenido además un rol que no es utilitario, una función estética: despejar el espacio urbano a fin de dar el mejor campo-perspectivo a los monumentos y edificios públicos, prestándoles un fondo conveniente que haga realzar su valor.

Plaza del Vaticano, foto F. Bedregal

Esta preocupación estética de la plaza ha sido preponderante, sobre todo en la época del Renacimiento. Entonces aparecieron las llamadas “plazas de arquitectura”, conjuntos monumentales que no responden a ninguna necesidad precisa de la actividad urbana, sino que juegan un rol relacionado exclusivamente con la estética de la ciudad. Constituyen, así, elementos esenciales de la belleza de una urbe; tal son, por ejemplo, la Plaza del Capitolio, en Roma, la Plaza de la Señoría, en Florencia, y otras. Si se quisiese hacer una nomenclatura de las plazas, se las podría dividir en plazas “regulares” e “irregulares”. Tanto unas como otras pueden ser “cerradas” o “abiertas”.

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* Tomado del número 8-9 de la revista Arquitectura y Urbanismo.

Se denomina “plaza cerrada” no sólo a la que se halla rodeada de edificios, sino a la que presenta en su perímetro una línea edificada sin solución de continuidad, es decir, sin ninguna abertura que permita perspectiva lejana, como la Plaza de los Vosgos, en París. Hay en este caso, cuando se penetra a un ambiente tal, una sensación de sorpresa ante la impresión repentina de un conjunto armonioso y limitado. La “plaza abierta”, que cada día se transforma en un lugar de creciente tránsito, es la que tiene en su esquina bocacalles que permiten un amplio ingreso y cuyos lados siguen generalmente las alineaciones de las calles vecinas. Las plazas “irregulares” corresponden casi exclusivamente a la época medioeval, así como las “regulares” son en su mayoría tipos del urbanismo renacente. La “plaza de la catedral” así como las “plazas municipales” del Medioevo, no sólo son irregulares, sino- agrupadas, es decir, son espacios no reunidos sino que se comunican. Son las catedrales especialmente las que han dado lugar a este sistema. Cada una de sus fachadas daban sobre una de estas plazetas cerradas, cuya agrupación y forma constituyen creaciones típicas de la sensibilidad romántica de esa época. Todas las ciudades principales de Europa cuentan con ejemplares admirables de “plazas de catedral”. La Plaza del Duomo, en Verona; las plazas agrupadas de la Catedral de Amiens y de la de Strasburgo, en Francia; las plazas agrupadas de San Jacobo, en Rotemburgo y las plazas de Nuremberg, en Alemania las de las catedrales de Burgos y Toledo, en España. Todas ellas manifiestan un sentido pintoresco de perspectiva cerrada, que al decir de Sitte, perseguía no sólo manifestar el espíritu religioso y místico, sino también producir un efecto estético expresivo. Las plazas municipales señoriales y municipales, como la Plaza de la Señoría, en Florencia, la Place de Grévé, París, la Plaza Maximiliano, de Nuremberg, la Piazza delle Erbe, en Verona, son también ejemplos sobresalientes de plazas irregulares agrupadas. Generalmente estas plazas no son atravesadas por tráfico, el cual pasa tangencialmente, sin cruzar por el interior. La cuestión de conservar el área central en forma útil para reuniones o estacionamientos se manifiesta por el hecho de estar este espacio destinado a mercado abierto. De ahí deriva algunas veces el nombre de “place du marché”, que tienen corrientemente en Francia. Las plazas regulares, por lo común de forma rectangular y circular, se han mantenido también en lo posible cerradas. Algunas veces se ha usado la forma trapecial y en muy pocos casos se han presentado agrupadas; quien sabe uno de los pocos ejemplos de estas dos características es la Plaza de San Marcos, en Venecia. En el siglo XVII, se hicieron en Francia muchas plazas cerradas con una concepción esencialmente monumental. La Plaza de las Victorias fue construida, de acuerdo a la voluntad del Mariscal de la Feuillade, para recibir una estatua de Luis XIV. Igualmente, la Place Vendome, de forma rectangular con los ángulos-chaflanados, la hizo Mansard con la misma finalidad. Las dimensiones de ambas y su proporción estaban subordinadas a tal objeto. Posteriormente se transformaron en plazas abiertas. El deseo de los soberanos de perpetuar su nombre se manifiesta claramente en casi todas las plazas construidas en el siglo XVIII. Se puede decir que durante este período no hubo ciudad principal de Francia que no tuviese una “plaza real”, con la insalvable estatua
Plaza Plaza Minerva, pequeño elefante de Bernini, Minerva, Roma, atrás el Panteón de Agripa.

Plaza de la Victoria.- Paris, Mansart 1687.

el pequeño elefante de Bernini

Plaza de Vendome, Paris, Mansart, 1670.1720.

Plaza de Luis XV, Francia.

ecuestre de Luis XV. Tal fue la de París denominada posteriormente Plaza de la Concordia; la plaza de Burdeos, llamada hoy de la Bolsa, que está formada por un rectángulo de 120 por 100 metros, abierta por uno de sus lados sobre el Garona; la Plaza Real de Nancy, actualmente Plaza Stanislas, que forma con la Plaza Carriére un solo conjunto; finalmente, la Plaza Real de Reims, construida por Legéndre, que es más pequeña que la de Nancy, pero que presenta las mismas disposiciones. La proporción de las plazas es cosa muy importante. En todas las épocas se ha estudiado este punto en tres dimensiones, sin embargo, es corriente para los que no saben urbanismo o sólo pretenden saberlo, dimensionarlas en plano. Se admite generalmente como relación entre la altura de los edificios y el espacio de reculamiento necesario para examinarlos, los siguientes términos: un reculamiento igual a la altura, permite examinar los detalles de arquitectura y escultura; un reculamiento igual a dos o tres veces la altura, da la perspectiva de conjunto; finalmente, cuando este reculamiento es igual a cuatro o cinco veces la altura, se abraza con la vista la silueta general y el cuadró perspectivo de la plaza. Como vamos a ver, el criterio que se ha seguido en muchas composiciones italianas del Renacimiento, no es tan simplista, pues obedece a relaciones más precisas. Además, toda regla o norma en este caso tiene un valor relativo. Por ejemplo, la Plaza de la Concordia, cuya vastedad espléndida no tiene por los cuatro lados otros límites que las vistas alejadas del Jardín de las Tullerías, del Bosque de Bolonia, de los edificios de Gabriel y del Palacio Borbón, tiene una belleza grandiosa indiscutible; por el contrario, las plazas de las catedrales góticas, estrechas, cerradas e irregulares, apenas si dejaban ver, con un ángulo de la parte superior de las portadas, pero cumplían su objetivo; este era el de dar al espectador una sensación de aplastamiento, lo cual, no sólo acentuaba el valor sugestivo del templo, sino también aumentaba el vuelo vertical de las líneas, en armonía con el espíritu místico. Piccinato hace un análisis muy interesante sobre las relaciones geométricas cumplidas en cuatro plazas de Italia: la Plaza San Marcos, de Venecia, la Piazza dell'Annunciata, de Florencia, la Plaza Farnesio, de Roma, y la Piazza del. Campidoglio, de Roma. Tanto la forma como las dimensiones de estas composiciones, no sólo fueron deliberadas, sino a base de relaciones perspectivas y de proporciones geométricas. Así, por ejemplo, el sistema de las dos plazas de San Marcos, de Venecia, que el urbanista citado llama “precioso ejemplo de investigación y de sabiduría”, está compuesto por dos trapecios rectangulares Plaza de la Trinidad o España.- Roma.

Shiller Platz.-Berlín.

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Campanario de la Catedral de Florencia “Campanile de Giotto”.

como se ve- en la figura del plano. Las alturas AA y A'A', y las medianas BB B'B', guardan entre ellas la proporción de la sección áurea, o sea la de la media y extrema razón. Los ángulos de amplificación perspectiva, que son de 11° y de 5 30' para los dos trapecios, también están en una razón proporcional de 1 a 2; finalmente, las diagonales de estas figuras se cortan perpendicularmente.(ilustración pag. siguiente ) Por otra parte todo, el conjunto arquitectónico parece que está en estrecha relación con la armonía de la planta, a efecto de producir un todo eurítmico. Como se ve, la urbanística gótica y la del Renacimiento trataron la cuestión de las plazas con un concepto espacial y de volumen bastante complejo y subordinado a razón. La evolución de la plaza, o más bien dicho, la derivación de ella de otros tipos de plaza que no son propiamente tales, y que han venido a formar espacios urbanos con una función distinta de la tradicional, se debe a la aparición del tráfico y a la introducción de las áreas verdes en las ciudades. El cruce de dos o más avenidas o calles no ofrecía, hasta el advenimiento de la época contemporánea, nada singular; pero, apenas apareció y se intensificó el tránsito de vehículos automotores, constituyó un punto lleno de conflictos, razón por la cual se ensancharon estos espacios, apareciendo lo que se ha denominado “plaza de circulación” o “plaza de encrucijada”. La “Plaza de encrucijada” forma capítulo aparte, puesto que su definición misma tiene un sentido opuesto a la de la plaza propiamente tal. Igualmente, la preocupación del verde, por razones múltiples, ha llevado a crear espacios urbanos con jardines, denominados “parques” o “plazas parques”, que entran en el renglón destinado al estudio de las “áreas verdes urbanas”. En muchas poblaciones, la plaza principal o de armas, es el núcleo de la zona política, como sucede en la mayor parte de las ciudades hispano-americanas, fundadas alrededor de este espacio, sobre el cual los conquistadores españoles situaban el cuartel, la gobernación y la iglesia. Este núcleo se ha constituido o tiende a constituirse en centro cívico. Una de las cosas importantes en la remodelación de estas plazas de armas, debiera ser la de sus dimensiones, ya que, si bien por su arquitectura están de la plaza clásica, son al mismo tiempo espacios de circulación, pues todo edificio público implica hoy un punto de concurrencia.

Plaza del Capitolio. Roma, Miguel Angel Buonarroti.

Plaza del Capitolio.- Roma, planta.

Plaza de San Pedro, Roma Plaza Dáuphine, Paris.

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VILLANUEVA

dentro de la tradición de la plaza clásica, son al mismo tiempo espacios de circulación, pues todo edificio público implica hoy un punto de concurrencia. Existen plazas pequeñas, es decir, “plazoletas”, que por su forma y dimensión tienen un carácter especial. Muchas veces tienen edificios sólo por dos de sus lados, como ocurre cuando se forman en la esquina de un bloque o manzana. En este caso son de gran utilidad para aumentar la visibilidad del tráfico. Hay quien sugiere la formación sistemática de estos espacios, como una manera de introducir variedad en el aspecto urbano, multiplicando al mismo tiempo los espacios verdes. En las ciudades antiguas, las plazoletas eran de forma irregular, generalmente cerca de los templos y con frecuencia agrupadas, formando un sistema de ambientes cerrados comunicados por pasajes. En las ciudades de montaña, donde las diferencias de nivel son pronunciadas, las plazas no se hallan en un plano horizontal. En este caso es importante que la línea de máxima pendiente sea la de la menor dimensión; asimismo, los monumentos y edificios principales debieran estar sobre la línea del lado superior. Las plazas constituyen un elemento representativo de la belleza arquitectónica y urbana. Son con frecuencia un exponente de la individualidad de una urbe. La Plaza de la Concordia, Trafalgar Square, la Plaza de la Señoría, la Plaza de San Marcos, la Plaza del Capitolio, sugieren la imagen íntegra de las ciudades a que pertenecen.
Plaza de Trinidad, Bolivia.

Plaza de armas de La Paz.

Plaza de Armas de Nueva Orleans.

Plaza de Guaqui,, Bolivia.

Arriba y a la izquierda, plaza de San Marcos de Venecia; derecha y abajo, Notre Dame, de Paris.

Plaza del Santo.- Padua.

Plaza de la Señoría.- Florencia.

Plaza de la Opera de Paris.

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Tapa y portadilla del libro Bolivia en el primer centenario de su independencia, por E. Villanueva