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4.1.

Valor agregado de un estudiante universitario en la construcción de la sociedad Según Isáziga,


Gabalán y Vásquez (2014): “el valor agregado no es un simple número sino un punto de partida
para el diseño de estrategias que conlleven un mejoramiento de la calidad de la educación
impartida” (p. 362). Por lo tanto, el valor agregado de los estudiantes universitarios al desarrollo
no debe considerarse en términos de cantidades dadas por la productividad o el rendimiento de
estos en su formación académica, pasantías o servicio comunitario, sino como la implementación
de estrategias para lograr una educación de calidad que se traduzca en beneficios a la economía,
el ambiente y la sociedad. Para Shavelson (citado en Isáziga et al., 2014) el estudiante en su
proceso formativo: Necesita convertirse en un ser que aprende e indaga permanentemente, a
través de un proceso sistémico y constante; en un ser atento a los cambios repentinos y en un ser
siempre dispuesto a adquirir nuevas destrezas, capacidades y competencias, que le permitan
apropiar de la mejor manera los nuevos conocimientos que se adquieren a través de dicho
proceso. (p. 363) Al respecto, Amat (citado en Isáziga et al., 2014) afirma que: En el ámbito
educativo, el tema del valor agregado suele volverse un poco más complejo a la hora de medirse
en un grupo de personas luego de un proceso, dado que deben analizarse con sumo cuidado,
tanto los resultados esperados como las implicaciones que tengan en los sujetos de medición. La
valoración del capital humano no ha sido muy estudiada en la literatura, debido a la subjetividad
que esto encierra o la disponibilidad de datos indirectos en los que se supone que una
determinada inversión en el desarrollo del personal está conectada con un indicador económico
de resultado. (p. 364) De acuerdo con Rodríguez y Vílchez (2017), el valor agregado se relaciona
directamente con la eficacia, por lo tanto, un estudiante o institución puede considerarse eficaz en
la medida 4 que agregue valor. Así mismo, la teoría de la eficacia se fundamenta en el valor
agregado para determinar la verdadera contribución de un sujeto u organización a un
determinado progreso (p. 46). Con base en las premisas anteriores, un estudiante universitario
eficaz debe contribuir al desarrollo; de forma específica, según su área de conocimiento, y de
manera global, considerando las aristas del desarrollo sostenible (sociedad, economía y ambiente).
En efecto, los estudiantes deben participar en los proyectos estratégicos contemplados en los
planes de desarrollo locales, nacionales o regionales, a través de acciones donde se implementen
los conocimientos adquiridos durante su proceso de formación, al mismo tiempo que socializan
con entes políticos o comunales para enriquecer sus competencias. Al relacionar educación
superior con el desarrollo social, Escrigas (2006) destaca que las universidades tienen una tarea
compleja, debido a su proyección pública y social. La mayoría de ellas tienen un públicas suponen
un modelo democrático de dirección, el cual aporta a otros ámbitos y al sector público, sin
embargo, el crecimiento tanto de las universidades públicas como privadas ha hecho que cada día
la gestión universitaria sea más compleja, principalmente en el área de gestión de recursos. Esta
complejidad se debe a las demandas de infraestructuras, a los servicios que prestan y al
entramado de relaciones sociales en las que participan activamente (p. 279). Por consiguiente,
Boni y Cerezo (2008) afirman que la educación para el desarrollo; se basa en: “un proceso de
enseñanza aprendizaje basado en valores, orientados básicamente a la ciudadanía, que busca
cambios en los comportamientos de todos nosotros, que haga posible la superación de las
desigualdades sociales que tan profundamente caracterizan el mundo en que vivimos” (p. 27). Por
otra parte, Vallaeys (citado en Rodríguez, 2012), indica que la participación de los estudiantes
universitarios en la promoción del desarrollo humano y sostenible es uno de los procesos que
integran la responsabilidad social universitaria. Dicha participación debe 5 complementarse con
gestión ética y ambiental, la formación de ciudadanos con valores y la producción de
conocimientos socialmente pertinentes (p. 19). Bajo el mismo enfoque, la Universidad de las
Américas (citada por Rodríguez, 2012) refiere que el aporte de las universidades al desarrollo:
Implica que los centros de educación superior se comprometen no sólo a formar buenos
profesionales, sino también personas sensibles a los problemas de los demás, comprometidas con
el desarrollo de su país y la inclusión social de los más vulnerables, personas entusiastas y
creativas en la articulación de su profesión con la promoción del desarrollo participativo de su
comunidad. (p. 26) De forma específica, Licandro (citado en Rodríguez, 2012) señala que las
tendencias modernas exigen a las instituciones de educación superior: “convertirse en una
universidad transformadora, comprometida con un modelo de desarrollo social inclusivo y
ambientalmente sustentable, cuyas funciones sustantivas y su gestión interna están al servicio de
la construcción de una sociedad más justa, equitativa y democrática” (p. 28). En consonancia,
Vallaeys (citado en Rodríguez, 2012) expresa que uno de los principios de la responsabilidad social
universitaria se refiere a la formación del estudiante como agente de desarrollo. Esta dimensión se
une a la transferencia de la ciencia al contexto social y a la promoción de una ciudadanía
democrática, integrando así, una triple dimensión (como se observa en la Imagen 1), dada por los
estudiantes, la ciencia y la democracia como base del desarrollo (p. 33). 6 Imagen 1. Triple
dimensión de la responsabilidad social universitaria Fuente: Elaboración propia a partir de
Vallaeys, F., citado en Domínguez y Rama (2012, p. 33). Para una educación transformadora, Boni
y Cerezo (2008) realizan una serie de propuestas organizadas en los niveles siguientes: 1)
Individual/personal Consiste en querer realizar un análisis de la conducta personal orientado al
establecimiento de relaciones éticas y efectivas con todas las personas con las que se interacciona,
tanto dentro como fuera de la organización. […] 2) Organizacional reflexionar sobre las prácticas
internas y las relaciones en la misma organización, poniendo especial atención en las relaciones de
poder. […] 3) Relaciones con el entorno enfatizar la rendición de cuentas dirigida a todos los
actores del desarrollo, especialmente a los más desfavorecidos. […]. (p. 31) En síntesis, las
universidades son instituciones fundamentales para el desarrollo, principalmente por la aplicación
de las investigaciones científicas y las adopciones tecnológicas para la resolución de problemas. En
este sentido, para contribuir efectivamente al desarrollo, las universidades deben actualizar y
mejorar continuamente sus líneas de investigación y sus programas de acción social, con el
objetivo de determinar 7 las demandas sociales reales y los mecanismos eficaces para transferir el
conocimiento hacia el desarrollo local, nacional o regional. 4.2. Impacto en el desarrollo cultural y
social de una generación profesional De forma general, Benavides (citado en Abundis, 2013)
define la profesión como: “un ejercicio experto y especializado aplicado a la construcción y al
diseño de obras, de prestaciones de servicios, que se ha obtenido a lo largo de un proceso de
formación” (p. 904). Bajo este concepto, las profesiones tienen una función primordial en el
desarrollo de la sociedad, ya que son esenciales para contribuir al bienestar humano y al
desarrollo colectivo. Por otro lado, Berumen (citado en Abundis, 2013) indica que: El surgimiento
de las profesiones obedece de alguna manera a la necesidad de contar con conocimientos o
saberes más especializados que permitan resolver problemas concretos, es decir, la naturaleza del
trabajo que se exige, supone que una profesión tiene que ver con actividades de gran valor,
indispensables para la colectividad y que demanda amplios conocimientos, así como una forma
específica de actuar. (p. 904) Entre las características generales de las profesiones, Abundis (2013)
resalta las siguientes: Se trata de una actividad social institucionalizada, las profesiones
proporcionan bienes y servicios necesarios para la sociedad, se requiere de una formación
especializada y reconocida para ejercerla, y existen colectivos profesionales que definen normas
aceptables para el ejercicio de la profesión, generalmente a través de códigos éticos. De estos
planteamientos se desprende que uno de los papeles fundamentales de las profesiones dentro de
la dinámica de la vida social, es cómo éstas proporcionan un bien que al hacerlo suyo los
destinatarios para quienes se desarrollan los trabajos de la profesión, sus vidas son afectadas de
manera positiva, se generan cambios y se tiene la oportunidad de contribuir al desarrollo del
medio social donde se inserta el profesional. (p. 905). 8 De forma más específica, Bermejo (citado
en Abundis, 2013), establece que una profesión puede definirse subjetivamente, debido a que: Le
permite al profesional ganarse la vida, quienes la ejercen van transformando algunas de sus
disposiciones personales y consolidando a través de su trabajo un nuevo modo de vinculación con
la sociedad, contribuye tanto a su maduración personal como a la construcción de la sociedad en
la que vive. Realizar de manera satisfactoria o insatisfactoria el trabajo profesional es decisivo para
el mayor o menor éxito de cualquier proyecto de vida personal. Además, el ingreso en una
actividad y en una comunidad profesional dota al profesional de una peculiar identidad y sentido
de pertenencia. (p. 905) Con base en lo anteriormente expuesto, Abundis (2013) afirma que: Las
profesiones juegan un papel vital en el desarrollo de la sociedad por los servicios que éstas le
prestan y los cuales están orientados a su crecimiento, expansión, progreso, bienestar y el confort,
ya sea en el plano teórico o en el práctico. Toda profesión pretende contribuir al desarrollo del
individuo que la ejerce, no sólo de manera individual, sino también colectiva, dado que el ejercicio
profesional carece de sentido si no tiene una dimensión social de servicio a otros, donde el
individuo desarrolla sus habilidades, capacidades y talentos en pro de un bien no sólo de sí, sino
también de los de su especie. (p. 907). En este sentido, Lerner (citado en Rodríguez, 2012) señala
que: Si la primera función social de la universidad es formar profesionales de excelencia y al
mismo tiempo personas éticamente concernidas, la universidad cumple sus responsabilidades
generando personas con conciencia histórica y espíritu cívico: seres capaces de reconocer la
situación de sus sociedades y de entender sus deberes hacia sus conciudadanos. Entre esas
personas capaces y honradas deben surgir los líderes de una sociedad humanitaria, justa y además
eficiente. (p. 18) En el mismo orden de ideas, Ramos (citado en Chirinos, 2009) indica que: “la
educación superior deberá estimular la recuperación de la mística en el ejercicio profesional y la
formación de científicos humanistas. Debe estar correspondida con una sólida educación
humanista impartida desde la educación básica” (p. 136). Al respecto, Martínez, Piñero y Figueroa
(2013) aclaran que: La educación superior se va transformando para formar cuadros profesionales
con capacidad intercultural, con habilidades y destrezas para ser aplicadas en el ámbito 9 laboral
globalizado; con capacidad para adquirir lógicas productivas internacionales y tener la
disponibilidad para trabajar en aquellos países donde se les solicite, aceptando la movilidad
internacional como algo natural y necesario. La preparación para ésta se da en el proceso de
formación, donde la movilidad estudiantil se presenta como la aspiración y necesidad juvenil por
alcanzar el estatus de universitarios globales, multiculturales. (p. 30) Para generar impactos
positivos en la sociedad, Rodríguez (2012) señala que las universidades deben implementar un
perfil ético-profesional basado en los principios siguientes:

• La centralidad de lo moral en el ser humano y su identidad que se expresa en el proyecto


personal basado en las legítimas aspiraciones y nobles ideales.
• Sentir que el mundo es nuestro hábitat donde vivimos, sentimos y nos relacionamos.

• La capacidad de detectar los problemas y encontrar alternativas de solución superando


objetivamente los dilemas éticos. • El respeto a la normativa y el código de ética de cada
profesión. (p. 36) Como es evidente, la generación de profesiones requiere un proceso formativo
donde los individuos adquieran competencias y alcancen títulos académicos que los certifiquen
como profesionales capacitados para el desarrollo de actividades en áreas específicas. Por lo
tanto, las universidades constituyen los principales centros de la formación especializada de
profesionales, capaces de responder a las demandas y problemas del mundo actual. En cuanto a
los impactos que la universidad puede generar en su entorno, Pérez (2009) los clasifica en cuatro
grupos: • Impactos de funcionamiento organizacional: como toda organización, la Universidad
genera impactos en la vida de las personas que en ella trabajan (personal de administración y
servicios y personal docente e investigador); así como efectos contaminantes del medioambiente,
de forma que su actividad produce una huella tanto humana como ecológica a gestionar conforme
a criterios socialmente responsables. 10 • Impactos educativos: la Universidad produce un
impacto directo sobre la formación de los jóvenes y profesionales, les aporta una determinada
manera de mirar y entender el mundo, y transmite una serie de valores de ciudadanía.
Igualmente, la Universidad presenta a sus estudiantes la deontología profesional de cada
disciplina, orientando y contribuyendo a definir en cada caso la ética de la profesión
correspondiente y su rol social. • Impactos cognitivos y epistemológicos: la universidad es ante
todo un centro de investigación, difusión y creación de conocimientos, de forma que tiene la
facultad de orientar o dirigir la producción del saber, el desarrollo de las tecnologías, la selección
de los temas de estudio, etc. En definitiva, tiene un poder cierto en la determinación de la agenda
científica de la sociedad y, en ese sentido, juega el papel de puente entre los mundos de la ciencia
y la sociedad, circunstancia que la hace responsable de promover una comunicación fluida entre
ambas, así como un acceso universal a la ciencia y el conocimiento. • Impactos sociales: el impacto
que produce la Universidad sobre la sociedad y su desarrollo económico, político, social y cultural
es claro. Por un parte, el futuro del entorno depende directamente de los profesionales y actores
que ésta forma en sus aulas; por otra parte, la universidad está llamada a ser un referente para la
sociedad, un actor social llamado a promover el crecimiento y el desarrollo de su entorno, a crear
capital social, a vincular sus estudios y la formación de sus estudiantes con la realidad social y
profesional del exterior, y a hacer el conocimiento accesible a todos. (pp. 8-9). Pérez (2009) resalta
que, debido a la importancia de los impactos de la universidad hacia su entorno la estimación de
los mismos permitirá identificar los grupos de personas (Imagen 2) que deben participar en una
universidad socialmente responsable: a. Las autoridades universitarias, el personal
(administrativo, docente e investigador) y los proveedores, desde la perspectiva del impacto
organizacional. b. Los estudiantes, desde la perspectiva del impacto educativo. c. Los
investigadores y docentes, desde la perspectiva del impacto cognitivo. d. La comunidad local, la
sociedad civil y los sectores público y privado como potenciales actores externos, desde la
perspectiva del impacto social. (p. 10). 11 Imagen 2. Actores de una universidad socialmentes
responsable Fuente: Elaboracion propia a partir de Pérez, F. (2009, p. 10). Así mismo, Pérez (2009)
indica que el reconocimiento de impactos hace posible que una organización delimite los ámbitos
de gestión que le permitirán contribuir positivamente con el desarrollo social, a través de cuatro
áreas: gestión interna de la organización, referida a los impactos de las actividades internas;
gestión de formación académica, relacionada con los impactos del proceso de enseñanza
aprendizaje; gestión del conocimiento, aplicada a la investigación o producción de saberes; y
gestión de participación social y relaciones exteriores, referida a la cooperación con agentes
externos (pp. 10-14). En síntesis, los profesionales constituyen ejes fundamentales para el
desarrollo. Los impactos de sus actividades pueden ser positivos o negativos y dependerán de la
forma como se lleven a cabo las acciones especializadas derivadas del tipo de profesión, así como
Universidad Autoridades Investigadores y docentes Sociedad Sector público Sector privado
Estudiantes 12 de la aceptación de la misma en la sociedad. Cada especialidad, requiere un
profesional diferente, el cual debe ser formado académicamente en un ámbito de conocimiento
específico en una institución educativa.

4.3. Empleabilidad juvenil y desarrollo económico Para afrontar el problema de desempleo juvenil,
Sánchez (2014) destaca que:

Se deben implementar políticas y programas integrales, con planes de acción caracterizados por la
diversidad de necesidades de la pluralidad de jóvenes existentes (capacitación laboral, formación
de jóvenes en la empresa, programas de primer empleo, apoyos de inserción al empleo, igualdad
de oportunidades, contratos de aprendizaje, fomento de empresas juveniles, apoyos económicos
para las empresas que contratan a trabajadores jóvenes, etcétera), que sean a su vez concretos y
operativos involucrando a toda la sociedad. (p. 151) Muchos países han abordado dicha
problemática a través de la implementación de programas de empleabilidad juvenil, que en
muchos casos han sido exitosos. Tal es el caso del programa brasileño Projovem, descrito por Siem
(citado en Sánchez, 2014) a través de las vertientes siguientes: a) Projovem adolescente. La
reinserción y la permanencia de los jóvenes en el sistema educativo, destinado a la población
entre 15 y 17 años. b) Projovem urbano, que busca elevar el nivel de escolaridad, la calidad
profesional y desarrollo de experiencias de participación juvenil. c) Projovem campo, enfocado a
ampliar la permanencia de los jóvenes campesinos en el sistema educativo, la calificación
profesional y el ejercicio de la ciudadanía. d) Projovem trabajador, que busca preparar a los
jóvenes para el mercado de trabajo, mediante la formación en ocupaciones alternativas. (p. 152)
Respecto a Projovem, Curi (citado en Sánchez, 2014) destaca que el programa garantiza: “la
permanencia en el sistema educativo como estrategia para la calificación profesional, además
propicia la participación de los jóvenes en el desarrollo de su comunidad” (p. 152). Esto significa
que un programa de empleabilidad juvenil dirigido al desarrollo sustentable 13 requiere que los
jóvenes no abandonen los estudios, sino que adapten la dinámica de trabajo con el proceso de
formación en las instituciones educativas. Al relacionar la función social de la universidad con el
desarrollo y la empleabilidad juvenil, Sánchez (2014) indica que: El servicio social nació como un
instrumento para vincular a la universidad con la sociedad, ya sea para que los estudiantes
apliquen sus conocimientos en beneficio de los intereses de la sociedad. Sin embargo, el servicio
social quizá debería reorientar sus funciones para además de ser un mecanismo que le permita a
los jóvenes retribuirle a la sociedad la preparación que ha recibido, se convierta también en un
trampolín que lo catapulte a un empleo permanente y de calidad. Convirtiéndose el servicio social
en un vehículo que permita la inserción de los jóvenes en el mercado de trabajo y en ese sentido
hacer efectiva la transición escuela-trabajo. (p. 158) Por otra parte, la empleabilidad juvenil
requiere la alianza entre organizaciones, empresas y Estado, como señala Sánchez (2014): Las
organizaciones de empleadores pueden promover el desarrollo de servicios eficientes que
permitan fusionar la demanda del mercado laboral con la oferta de trabajo juvenil. Pueden
trabajar estrechamente con instituciones dedicadas a la formación profesional, así como colaborar
en la definición de los objetivos y prioridades de las políticas nacionales de educación y formación
profesional. Las empresas pueden crear programas para jóvenes desfavorecidos, que tendrían a su
vez el apoyo del Estado. Asimismo, las empresas también pueden favorecer la participación de los
jóvenes como aprendices o pasantes, permitiéndoles acumular experiencia en el trabajo. (p. 159)
En el contexto legal, Damon (citado en Sánchez, 2014) afirma que: No bastan leyes que sólo
establezcan declarativamente la creación de programas de primer empleo. Tampoco pueden ser
bienvenidos los contratos de trabajo para jóvenes (aprendizaje, pasantías, becarios, formación
profesional, etcétera) que acentúen la precarización del empleo, la inseguridad de los ingresos,
una menor protección social y una mayor rotación laboral. Los contratos de aprendizaje deben ser
un instrumento inicial que les permita consolidar un empleo. No pueden devenir en un
instrumento de precarización de las condiciones de trabajo y de generación de trabajadores que a
pesar de contar con un empleo son pobres. (pp. 160-161) 14 A nivel global, la Organización
Internacional del Trabajo (OIT, 2020) estima que: La tasa de participación de los jóvenes (entre 15
y 24 años de edad) en la fuerza de trabajo ha seguido cayendo. Entre 1999 y 2019, a pesar de que
la población juvenil mundial ha aumentado de 1000 millones a 1300 millones, el número total de
jóvenes que participan en la fuerza de trabajo (los que están empleados o desempleados) ha
disminuido, al pasar de 568 millones a 497 millones. Aunque esta tendencia refleja la creciente
matriculación en instituciones de educación secundaria y superior, lo que en muchos países se
traduce en una fuerza de trabajo más calificada, también pone de relieve el gran número de
jóvenes que no están empleados y no cursan estudios. (p. 1) De acuerdo con los datos anteriores,
la empleabilidad juvenil está relacionada con la educación de los jóvenes en dos sentidos: por un
lado, algunos jóvenes, debido a sus compromisos como estudiantes, no poseen el tiempo
necesario para cumplir con un empleo; y, en otros casos, la formación en instituciones de
educación superior favorece a los jóvenes para conseguir empleo, debido a que las personas
preparadas tienen mayores competencias para participar en el mercado laboral. En el plano
socioeconómico, la OIT (2020) resalta que: Los trabajadores jóvenes continúan enfrentándose a
unas altas tasas de pobreza y están cada vez más expuestos a formas atípicas, informales y menos
seguras de empleo. Incluso entre los jóvenes que tienen un empleo, su situación dista mucho de
ser satisfactoria. De los 429 millones de trabajadores jóvenes en todo el mundo, unos 55 millones,
o el 13 por ciento, viven en condiciones de extrema pobreza (con unos ingresos inferiores a 1,90
dólares de los Estados Unidos al día), mientras que 71 millones, o el 17 por ciento, viven en
situación de pobreza moderada (con unos ingresos inferiores a 3,20 dólares de los Estados Unidos
al día). (p. 2) En general, la OIT (2020) asegura que: Hay una falta de trabajos decentes adecuados
para los jóvenes. Alentar a las mujeres y hombres jóvenes a realizar estudios universitarios no
resolverá de por sí el problema del desempleo juvenil. Es importante asegurar que los programas
de estudios universitarios sean de gran calidad y, además, que exista suficiente demanda de
competencias de licenciados. Sin embargo, en los últimos años, el número de participantes en la
fuerza de trabajo con una licenciatura no ha ido acompañado de un aumento similar del número
de trabajos altamente calificados. Este desequilibrio entre la demanda y la oferta de licenciados
universitarios es uno de los principales factores subyacentes a la tendencia a 15 la disminución de
la rentabilidad financiera privada de la educación superior observada en muchos países desde la
Gran Recesión de finales de los años 2000. Es fundamental promover políticas que generen
empleos decentes para las mujeres y los hombres jóvenes. (p. 4) En este sentido, la OIT (2020)
sugiere la implementación de políticas de empleabilidad juvenil según la premisa siguiente: Si bien
el desarrollo del nivel de educación y de las competencias de los trabajadores jóvenes es
primordial para asegurar el progreso, a menos que las medidas del lado de la oferta se
complementen o ajusten con medidas del lado de la demanda con miras a la creación de empleo,
el desánimo entre los jóvenes puede aumentar. Un enfoque integrado que incluya políticas
macroeconómicas y sectoriales para la creación de empleo, junto con políticas redistributivas,
sería una manera eficaz de promover el crecimiento. En este contexto, son importantes los
programas del mercado de trabajos activos y a gran escala orientados a los jóvenes
desfavorecidos, que probablemente tengan un efecto de expansión en la demanda de trabajo más
allá de los efectos directos en los participantes. (p. 5) A manera de ejemplo, la International Youth
Foundation y la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (IYF y USAID, 2015)
presentan un modelo de empleabilidad juvenil basado en dos fases: • Formación de los jóvenes
para el mundo del trabajo, de una duración de 7 semanas, en la cual ellos fortalecen actitudes
hacia el trabajo y desarrollan capacidades y habilidades para la vida y el empleo que les facilita
encaminarse hacia un futuro productivo. La formación trata temas como resolución de conflictos,
comunicación, responsabilidad y trabajo en equipo, además de ayudarles a reconocer sus
fortalezas y debilidades y mejorar la confianza en sí mismos. El joven se beneficia también por
medio de talleres complementarios y mediante el desarrollo de un plan de vida y carrera, un
currículum bien elaborado, y orientación práctica sobre entrevistas laborales. • Intermediación
laboral y educativa, durante 4 meses, que orienta a los jóvenes sobre opciones laborales acordes
con sus capacidades y aspiraciones y los deriva a las oportunidades laborales o educacionales
concretas según su plan de vida y carrera. Se les da seguimiento y asesoría para aumentar sus
posibilidades de éxito en conseguir el trabajo y mantenerse en ello. (p. 4) 16 Según IYF y USAID
(2015), este modelo puede ser adoptado por organizaciones civiles de cualquier área y tamaño o
puede incorporarse a otras actividades formativas, de capacitación técnica, de salud, o de servicio
social, entre otros. Además, puede dirigirse tanto a jóvenes como a otro tipo de personas,
teniendo en consideración los siguientes aspectos fundamentales: trabajo en equipo, sensibilidad
hacia la vulnerabilidad de los jóvenes, capacidad de reflexión, pensamiento crítico, organización,
planificación y evaluación continua (pp. 4-5). Metodológicamente, IYF y USAID (2015) describen el
modelo mediante una secuencia de seis etapas: planeación, donde
se caracterizan los componentes del modelo, sus etapas,
la logística y proveeduría; difusión y reclutamiento, orientada a la
divulgación del modelo para captar la participación de la población;
formación, referida a la recepción de insumos y al desarrollo de
capacidades;
intermediación laboral, donde se generan las oportunidades de
empleo;
gestión estratégica, relacionada con alianzas, estrategias y políticas
para alcanzar los objetivos;
monitoreo y evaluación, para medir los impactos y resultados
durante todas las fases para verificar el avance, detectar fallas y
proponer mejoras (pp. 6-7). Para una planeación efectiva, IYF y USAID (2015) indican que
se deben reconocer los elementos básicos que componen el modelo, considerando la
participación de los jóvenes en actividades delimitadas temporalmente de la siguiente forma:
preparación (3 – 4 semanas); difusión y reclutamiento de jóvenes (3 semanas); formación en
habilidades para la vida y el empleo (7 semanas); e intermediación laboral y educativa (4 meses),
tal como se evidencia en la Imagen 3 (p. 9). 17 Imagen 3. Períodos de las actividades de planeación
Fuente: Elaboración propia a partir de IYF y USAID (2015, p. 9). Con base en las experiencias de
adopción del modelo, IYF y USAID (2015) destacan el enfoque joven a joven, el cual aumenta la
eficiencia del modelo, debido a que la empatía entre el equipo operativo de jóvenes y los jóvenes
participantes reduce los tiempos para el desarrollo de la programación. Asimismo, este enfoque
ofrece una oportunidad para el desarrollo profesional de jóvenes que laboran en estos programas
de formación, transfiriendo sus habilidades a otros jóvenes (p. 15). En cuanto a la etapa de
difusión y reclutamiento, IYF y USAID (2015) ofrecen los siguientes señalamientos: Es cuando
promovemos los servicios que se van a ofrecer a los jóvenes en la comunidad, les invitamos a
participar y seleccionamos a los que vamos a inscribir para el cohorte o ciclo que está por
comenzar. Se requiere una buena planificación, conocimiento íntimamente las comunidades en
donde se van a ofrecer los servicios, materiales de Difusión y reclutamiento 3 semanas Formación
4 semanas Intermediación laboral y educativa 4 meses Preparación 3 – 4 semanas 18 difusión,
alianzas con los medios de comunicación y miembros claves de la comunidad, y sobre todo una
coordinación excelente del equipo operativo. (p. 24) En relación con la formación, IYF y USAID
(2015) destacan que tiene como objetivo “ayudar a los jóvenes a descubrir o desarrollar
capacidades que les permitan tomar decisiones sobre su plan de vida, incluyendo educación y
empleo, que los conduzcan a una vida productiva, saludable y comprometida con su comunidad”
(p. 34). A manera de ejemplo, IYF y USAID (2015) refieren los siguientes talleres de formación, los
cuales se han desarrollado exitosamente en algunas localidades: tecnologías de la información,
servicio al cliente y ventas, arte urbano, música o danza, salud sexual y reproductiva, lectura y
redacción, prevención de adicciones, liderazgo, inglés, y emprendedorismo (p. 39). Por otra parte,
IYF y USAID (2015) definen la intermediación laboral como el componente del programa donde el
equipo de consejeros acompaña y apoya a los jóvenes graduados, con la finalidad de ser
vinculados en puestos de trabajo o reinsertados en programas de educación o capacitación. Esta
fase da continuidad a la formación de los jóvenes, mediante el desarrollo de las competencias
adquiridas previamente y el empoderamiento de los participantes para vincularse a las nuevas
oportunidades laborales (p. 49). A partir de la intermediación laboral, IYF y USAID (2015)
identifican cinco posibles resultados: Empleo formal: Actividad productiva, remunerada y con
prestaciones sociales de ley, establecida a través de un contrato legal. Pasantía: Actividad laboral
bajo prueba de que puede derivar en la formalización a través de un contrato legal.
Emprendedorismo/Autoempleo: Situación en la que el joven crea su propio negocio o desarrolla
algún oficio por el cual se remuneran sus servicios. Capacitación técnica: Actividad de formación
que cuente con una certificación oficial, agregue valor curricular o eleve el grado de empleabilidad
de los jóvenes. 19 Educación formal: Sucede cuando el joven continúa con sus estudios en la
escuela normativa ya sea a nivel de escuela secundaria, preparatoria o universidad. (p. 49) De
forma gráfica, IYF y USAID (2015) representan las etapas de la intermediación laboral, tal como se
visualiza en la Imagen 4, considerando que en este periodo se materializan los objetivos
específicos del programa, los cuales conducen al propósito general de brindar al joven participante
una oportunidad laboral o educativa de acuerdo con su plan formativo (p. 50). Imagen 4. Etapas de
la intermediación laboral Fuente: IYF y USAID (2021, p. 50). En torno a la gestión estratégica, IYF y
USAID (2015) conciben esta etapa como la formulación e implementación de alianzas
interinstitucionales, procesos comunicativos y políticas internas para alcanzar los objetivos
propuestos. Entre los sectores estratégicos a considerar, se encuentran los sectores social,
académico, público y privado, los cuales pueden aportar esfuerzos y valor agregado a la ejecución
y sostenibilidad del modelo (pp. 59-60). Por último, IYF y USAID (2015) resaltan que la etapa de
monitoreo y evaluación tiene como objetivo obtener información válida y confiable sobre los
resultados e impactos del modelo, 20 dando a la vez seguimiento a la gestión del mismo y
determinando el alcance de las metas. El monitoreo se realiza durante todo el programa y se
refiere al proceso sistemático de recolección de datos sobre la implementación del mismo. Por su
parte, la evaluación se limita a determinar los resultados y los impactos, estimando la efectividad,
la eficiencia y la relevancia de la implementación del programa, además de brindar las medidas de
mejora a seguir para futuras implementaciones (p. 69). De acuerdo con los planteamientos
anteriores, todos los países deberían formular e implementar modelos de empleabilidad juvenil,
integrados por componentes apropiados según cada contexto. Dichos programas deben tener en
común el propósito de formar a los jóvenes para su vinculación con un empleo digno. Cabe
destacar que estos modelos no son responsabilidad única del Estado o de las instituciones
educativas, sino que deben ser desarrollados mediante alianzas, donde es indispensable la
participación de los organismos gubernamentales, las universidades, la comunidad y las empresas
públicas o privadas.

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