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LOS GRANDES ORADORES

DE
GRECIA Y ROMA

Estudios histórico-críticos
y doctrinales
por
Antonio Bravo y Tudela
LOS GRANDES ORADORES
DE

GRECIA Y ROMA
ESTIMUS M l i r i H I t l T I f l i S \ BOíTMSALES

' Iv>iH

D. ANTONIO BRAVO YTUDELA,

VALLADOL1D:
hsl,)bh'írinimió tipográfico de H. de ) . cP .4 S T O ‘~tf.
ÜFBBSOUB DEL 1LDST1E COLIGIO DE ¿BOGADOS.
CANTARHAMAS, NÚM 36
LOS GRANDES ORADORES
1>E

S ftE G I A ¥ R O ffi* .
LOS GRANDES ORADORES
he

G r e c ia - y B o m a *
ESTUDIOS HISTORICOS CRITICOS Y DOCTRINALES

POR

& . B ra v o y T u d e la .

6V'?^^^fD0,L,I=D:
IM I'BKNTA. L lH . V ALMACEN T)ll l'A lT .L
de Hijos de J, Pastor.
tufKn^miK [»kl lix-nu; COLKum pk AmAritw,
C a n L irra m s, 2 b,
18S0.
Esla obra es propiedad
de su autor quien se reserva
fas derechos qtte la ley le
írnnrcdfí.
CARTA-PRÓLOGO.

( i) Valladolid i.° de Mayo de 1886.

J$r. ¿Intani*} Viraro y %xulda.

<Mtty Sr. nmstro: Al aceptar esta CoTpora-


cion la obra que V. tan cariñosamente la dedica
en prueba de consideración y respeto no ha de
limitarse, satisfaciendo solamente las exigencias
de una conveniencia social, ú enviarle un testi­
monio de gratitud, fórmula sin fondo las más
veces, apariencia vana en otras de algo que 110
se siente, y que tan corriente y acostumbrada es
en estos tiempos en que un falso concepto

(tj Hay uq sello marginal qim dice •Colegio de Abogados de V*-


Jl*dolid>
II.

de la culta tolerancia lo convierte en pervertido


positivismo del egoísta que nunca dice ni siente
la verdad á cambio de no alterar los logros tran­
quilos de su utilidad, sino que sintiendo el ánimo
dulce y gratamente impresionado por la lectura
de su trabajo, manifestarse debe tal cual en la
intimidad de su sér se experimenta, enviar el
entusiasta y sincero aplauso al docto é integérri-
mo magistrado, que al lado de sus funciones
augustas en la administración de justicia, dedica
su incansable laboriosidad á sérios estudios sobre
la elocuencia de los tiempos clásicos, en los que
se le vé inspirarse en los altos ideales, en los
nobles y levantados propósitos que alientan al
alma generosa y pura, libre de las miserias y
pequeneces de una práctica casuística y corrup­
tora,
Digno de encomio es ciertamente traer al
presente relevantes tipos y ejemplos del pasado
que, al par de testimonios vivos de la verdad
eterna é inmutable, sirvan de estímulos y pode­
roso contraste, dando dirección cierta y segura
al ánimo atormentado en la edad actual por ese
maremagnum que le confunde y anonada sin
dejarle tiempo ni espacio para elevarse á lo supe­
rior y general, á lo sintético y fundamental.
Así, y por ese oportunísimo trabnjo la juven­
tud que viene a! estadio de la vida pública tendrá
provechosa enseñanza en el tipo y concepto del
orador y de la elocuencia que se le ofrece noble,
digno y elevado por el pensamiento y por la for­
ma, é inspirado siempre en los superiores moldes
de verdad y de justicia, norma del mundo y de
la vida.
No es en efecto la elocuencia arte de engaño
y apariencia, ni su concepto consiste solo en la
forma más ó ménos ataviada y vistosa que des­
lumbra y hasta arrebata por las galas, impresio­
nando la imaginación, ni tampoco puro artificio
retórico en que la medida y la cadencia dan pla­
cer al oido, sin llegar al corazon que siente y á
la razón que piensa, que se persuade é informa
en sus determinaciones, sino que en ella la idea
y el pensamiento entran como contenido y sus­
tancia, formando entonces el don semi-divino
que eleva al hombre al trono de sus facultades,
realizando el bien en uno de sus mas principales
aspectos. Asi, y solo asi concebida la elocuencia.
IV.

como V. la define y comprende en su concienzudo


trabajo, ofreciendo provechosísima enseñanza á
la juventud impedirá la insustancial locuacidad
en que por muchos se hace consistir la oratoria,
trayendo las inteligencias al recto camino para
formar oradores que sean columna y sosten de
la verdad y de la justicia, en vez de charlatanes
y habladores, sofistas y mistificadores de tan
grandes principios.
De igual manera aplaudirá la provechosa en­
señanza que ofrece en el delicado perfil en que
encuadra la figura del orador presentándole co­
mo la encamación constante de esos nobles y
levantados ideales, llamándole vir bonus dkcudi
peritus, porque ese es el tipo y concepto del
orador.
Quien no siente dsntro de su sér el sacro
fuego de esas verdades superiores, quien no
percibe ni informa su vida toda en sus brillantes
moldes no puede alcanzar con su mirada los lu­
minosos horizontes que h ofrecen, no puede
comunicarse con el sentimiento general que ins­
tintivamente los siente y proclama como lazo y
fondo común, ni puede conmoverle dándole los
V.

vuelos de la pasión y del sentimiento, ni puede,


en fin, dar á su palabra el calor y los acentos de
verdad que se impone y arrastra á todas las vo­
luntades. Preciso es que el orador lleve ante su
auditorio estas condiciones personales que le
ganarán la mitad de su camino, pues, como dijo
el satírico latino *st vis me flerc dole/idum est
primun ipsi tibi tu ni tua me infortunia ledent.»
Buena prueba de ello se ofrece en el trabajo
de V. con las figjras de Demóstenes y Cicerón,
que inspirados en las altisimas miras de la liber­
tad de ía pátria de la que siempre fueron decidi­
dos campeones con su palabra ardiente, podero­
sa, incontrastable, detienen ó desbaratan los
sediciosos planes, los destructores proyectos de
Filipo y de Catilina, concluyendo con ellos la
serie de oradores, porque entonces mueren ó se
oscurecen grandemente esos ideales al estin-
guirse la autonomía de la Grecia y el sentido de
la libertad y del público derecho en Roma con
su absorcion en el imperio.
Por esto entiende esta Corporation que al
realizarse en su obra estas levantadas aspiracio­
nes en una forma correcta, estilo elegante y
VI.

dicción pura, con gran copia de datos y envidia­


ble erudición, al par que con atinadas y profundas
observaciones de severa é imparcial crítica lite­
raria é histórica, se presta importante y valioso
servicio á las buenas letras y á los estudios sérios,
acrecentando al par los merecimientos de su
autor, ya bien conocido en anteriores y variadas
publicaciones, en las cátedras del Ateneo y en la
Comision general de Códigos de que fué digno
secretario en algún tiempo.
Y este Colegio que siempre se ha honrado
con la cordialísima amistad y buenas relaciones
de la Magistratura de esta Excma. Audiencia,
de alguno de cuyos dignísimos individuos de
inolvidable memoria conserva en su Biblioteca
testimonio elocuente de cariño y consideraciont
ve en esta dedicatoria un nuevo y poderoso
vinculo que le obliga y gustoso acepta para con
esa Magistratura.
Acepte V., pues, el testimonio de gratitud
que esta junta en representación del Colegio le
envía, en la seguridad de que su obra figurará
en lugar preferente de esta Biblioteca y su re­
cuerdo siempre cariñoso en la memoria de
V il.

todos los Colegiados y especialmente de los de


esta Junta que personalmente se ofrecen suyos
afectísimos S. S. Q. B. S. M., Demetrio Gutiérrez
Cañas. —Eladio Garda Amado. —Tomás de L tu­
cano Hernández■—Felipe Fernandez Vicario.—
Teodosio infante Pañi agua. — Ricardo Barrigón.
—José Alnioina Caballero.
AL ILUSTRE COLEGIO DE ABOGADOS
HE

D O L I O .

H O M EN A JE Y R E C U E R D O CARIÑOSO HE LA MAS ALTA

E STIM A Y CON SIDERACION:

K l i lt r / o r .
INTRODUCCION.

i.

Siempre que estudiamos al liombre; siempre que inten­


tamos darnos caepta de las relaciones de su organismo coa
los fenómenos que patentizan bub elevadas dotes de inteli­
gencia y sensibilidad, tropezamos con grandes é ineoldables
míetenos.
Misterios que nos alientan y vivifican; que nos empe­
queñecen y anodadan.
Misterios que nos permiten levantar reconocidos al
cielo nuestros ojos, ó nos obligan contundidos y avergon­
zados A bajarlos Imoia l& tierra, como si ésta fuese el
principio y el fin de todas nuestra» ilusiones, de todos
nuestros delirios y esperanzas.
— a—
H ay bu nosotros nobles y generosos iüBtintaB; elemen
ti* de vida destinados i no Bucumbir jumls; atributos
superiores, que bóIo pueden habernos eídootorgados por nna
mano omnipotente y divina:
Y ¡Lcambio de esos privilegios, de esos doneB. de esas
facultades, anacronismos que se traducen en pasiones, en
vergonzosos Instintos, qne reb la n nuestra dignidad y
marchitan de continuo las egregios facultades del almn.
Menester es, para no caer en las aberraciones de la
duda ó en los abismos de la Indiferencia, que nos remonte
mos más allá del mundo en que nace, en qne vive, crece y
muere la materia; que nuestro espíritu, para poder expli­
carse esos misterios, esos anacronismos, esetó contradiccio­
nes palmarias de nuestro Bér, rompa con bus brillan­
tes y doradas alas la grosera cárcel en que está encerrado,
y levantando el pensamiento á más nobles y trascendenta­
les propósito», busquemos el fundamento, la esencia de los
atributos qne nos distinguen de los demaa séres qne pue­
blan el universo, en algo Bnperíor, en algo qqe nos lia
sido concedido para merecer y alcanzar dicha mtU cum­
plida de la que nos es dable disfrutar en las breves horas
da nuestra peregrinación Bobre la tierra.

II.

Idea, verlo, razox, pensamiento, voces, términos son que


expresan un miBmo concepto; hilos conductores, por medio
de los cuales se verifica, tiene lugar In representación de
los objetos citeriores en el espíritu.
M irada, gesto, acción, escritura, lenguaje, maulfesta-
dones externas de lo que pasa, de lo que se atante dentro
del alma.
* ~ 9—

En conjnnto, elementos constitutivos de la supremacía


del hombre; ecos del mundo qne suspira ó rogé dentro
de nosotros; principios esenciales de la suífanria reflexiva,
sensible y pensadora qne anida en la materia, y cnya mn-
nifestuciou tía incompleta atendida la imperfección de loa
órganos de que se sirve.
E l lengnaje, la voz articulada, es biijo nn aspecto
meramente anatómico y fia¡ológico una parte no más del
gesto y de la acción; na sonido, el choque vibratorio del
aire al pasar por la glotis, profundamente estudiado por
Riherand, Bernrd, Gerdy, Fon miar, y Muller; elevado ¡í
nn concepto filosófico por Heder y Ha man, fundadores de
las teorías del lunatismo y de la espontaneidad de la
palabra, de que no nos es dable ocupamos en este sitio.
Plutarco decía: «nadie habla, ni cantú sino el hombre, á
quien los dioses han concedido el uso de la voz articulado.»
Platón, AriatAtelea, Cicerón y Dionisio de Siracnsn
entreven el origen histórico y racional de la palabra, qne
Descartes y Leibnitz atribuyen, como Plutarco, A la divi­
nidad; qne la esencia materialista representada por Locke,
Desttn-Tracy, Maine de Divain, y áun el misino Jouffroy,
rebajan al concepto de ana nneva conquista, de un adelan­
to, de un progreso, debido i nuestra sola y exclusiva acti­
vidad, ocasionando los sucesivos estravíos de Grim, Hum-
bold, Bunseu, Heyae y Stelutlial, todos ellos demostración
incuestionable de la imposibilidad de aclarar puntos tan
controvertidos, materias tan oscuras.
Todo nace, vive y muere; solo la palabra subsistente
& través de los siglos, llega hasta nosotros, la perciben
noestros oidoa, conmueven nuestra alma, excita nnestro
corazon, y por sn medio el hombre, animando el mondo
de los espíritus, realiza el modelo divino que siente dentro
de bí, le encama, le reviste de formas sensibles y nos le
ofrece palpable, definible, real, positivo y verdadero.
e
Naturaleza, hombre, inteligencia, palabra: hé aquí,
segnn Berryer, cuatro principios enlazados íntimamente
y necesarios para explicar la personalidad humana.
L a naturaleza existe, el hombre existe, y cotí el hombre
la palabra en sn acepción mas lata, la voz, el gesto, la
Mirada, auxiliares poderosísimos de eBe arte cuya liUtorfa
nos proponemos escribir por lo que liace ¿ la antigüedad.
A rte Bublime, arte qne lia menester grandes horizontes de
vida, de luz, de progreso, de libertad; de lo contrario,
muere, snonmbe ó se desnaturaliza y pervierte.
Sin la palabra, el hombre, la obra m is acabada del
Criador, sería la pobre impresión de un ser imperfecto: nada
revelarla sus altos Unes, y su existencia pasaría como pasa
la de esas delicadas flores qne viven solo nn día.
D é la palabra procede casi todo el perfeccionamiento
del hombre: 1& palabra domina al mundo, y la historia de
la palabra es una de las pruebas más convincentes de la
unidad de la pspecie humana.
L a voz se convierte en palabra y el gesto en acción,
cuando por sn medio se expresan los BBnl.Lmie.ntoa del alma.
L a palabra en el hombre no es como el canto en las
•vea asi es qne no hay>«faí»r«, en la acepción moral, filo­
sófica y literaria boj o la cual vamos A considerarla en estos
estadios, cuando la voz, al propio tiempo que lleva el sonido
&los oidos, no lleva también el pensamiento al alma: ttisi
aligaid signijicet, nisi aliud ad aures feral, aliud menti
in jerat, verbum non dicilur.
L apalabra, es pnes, en definitiva, algo mas qae el sig­
no del pensamiento; es bu espresion j sn cuerpo; irradia­
ción del espíritu; expresión de lo eterno y lo mudable,
de lo finito y lo infinito; alma del mundo.
Cabe idea bíq palabra, pero en ese caso la Idea queda
muerta, no Be trasmite.
L a palubra es vüla, y de ella parte como de an mauan-
tial purísimo revistiendo formas diversas, que revelan en
toda sq plenitud la esencialidad del espirito, y tacando á
1a parte íntima de naeatro sér, constituyen los rasgos mas
esenciales y característicos de nuestra personalidad.
El medio sensible de toda obra 6 composición literia es
la palabra.
Hay lenguaje en los animales, pero carecen de palabra
que es nn atributo esencial, privativo del aér racional, del
hombre.
Concepto en el en al la tomamos siempre que decimos
que la palabra es an don.

m.
La Biblia nos dice que en nn principio existía la g la b r a .
Qne la palabra era Dios.
Qne Dios habló al hombre, y el hombre impuso, por su
mandato, nombre á todas las iu>sas.
No BRtisfaoe tal respuesta á la pregunta qne dejamos
consignada á los espíritus analíticos, críticos y deseo uten-
tadizos de nuestros dias.
Los que niegan todo dogma, toda creencia religiosa,
toda revelación, todo principio, toda esencialidad divina
aquellos para quienes la razón lo es todo, y no ven ni Te-
conocen en parte alguna la ley Bnprema, la ley divina im­
poniéndose como origen, como fundamento de la vida xno>
ral, de la vida de la conciencia y la vida real: para éstos
la Biblia es tí lo mas nn libro curioso y digno de estadio
como cualquiera otro.
No hablemos de loa que sostienen que el hombre pro­
viene de un sór inferior en la escala zoológica; que el liom-
bre se ha ido perfeccionando lentamente hasta llegar í lo
qne es hoy. Para estos \ti palabra os an lenguaje más ó má-
noa aproximado al de loe anímales, lo cual vale tanto como
decir, qne el cerebro que piensa, el coraron que sienta, el
espíritu qne se eleva, el quid divinum que cnfil fuego sa­
grado arde en el fundo de nuestro organismo, todo ello es
ilusión y loco desvario.
¡Ilusión y loco desvario sin I ob cuales no h a b r ía resig­
nación bastante para reportar el trabajo y la fatiga que
en todoB los momeuloB de la existencia nos impone la lucha
Incesante del bien y d e l mal sobre la tierral
Hay una voz que resuena de continuo en el fondo de
nuestra alma; una voz que nos grita qne somos más que
grosera forma á miserable levadura.
Observando detenidamente nuestro propio espíritu,
pensando un solo instante en la actividad desús fncnllndes,
deteniéndonos a n te su recíproca correspondencia, nos venios
precisndoB á exclamar con San Agustín: M ulta mihi sitper
hoc obiritur adm irado, stupor appreTtetidit me.
Sí: todo cuanto dejam os dicho, y m ucho qne pndléramoB
añadir, afirma y p a te n tiz a qne el hom bre no ha nacido para
vivir encerrado en tf mismo. So. existencia no se concibe
bíq la existencia de los dem ás; la realización d e sub des­
tinos pende de la recíproca cooperacian de bus Hemqjantes;
nn secreto im p u lsó le obliga á manifestarse sin qne el más
refinado egoísmo sea suficiente para c o n tra re s ta r es,i nece­
sidad qne todos experim en tan : ¿eonceptum sermonen tenerc
quis poterill
La palabra, pues, no ha podido ser inventada, ni a d ­
quirida, como sostienen los que se separan de nuestro hu­
milde criterio en estas materias.
Ea nn atributo inherente <L la propia naturaleza del
hombre; naturaleza que viene de Dios, y solo han podido
ser obra de Dios.
— 13 —
Dada la idea del espíritu, nace necesaria y forzosamen­
te la de la palabra.
Sin que el entendimiento forme nn juicio, no Be concibe
la palabra; por eso la cansa impulsiva coextstente de la
p alabra es el pensamiento: lo que Augusto Nicolás llama el
lenguaje Intimo del alma; en otros términos, lo que nosotros
llamamos revelación.
«Y el Setior llevó bu m ano y tocó mi boca, y me dijn;
En tu boca he puesto mis palabra¿\»
Sin este don divino; sin la palabra (Yerbo) ¿qué
sería la criatura...? la ignorada planta que sin nombre
crece eu 1a inmensidad de loa campos; el grano de impercep­
tible arena que reposa en el fondo del mar; la arista que
vuela abrasadora por los insondables abismos del desierto
á impulsos del huracán.
La imágen de Dios, de cuya reproducción en el hom­
bre noB habla el gran libro, se «aplica perfectamente en
la palabra, como expresión del pensamiento humano; y
por eBto la palabra no es solo un me/lio, aino que e¿ eu
bí miBma un poder esencialmente creador,
Es efecto en cuauto al qne In pronuncia; es cansa res
pecto de aqnel A quien se dirige; no es la palabra, dicen los
materialistas, espíritu-, pero tampoco, añadimos nosotros,
ea la materia.
Pobres ciegos que no qnieren ver, compadezcámosles
ala odiarles, y procuremos en la escasa medida de nuestra-
fnerzua qne la juventud no caiga en los ubisinos insonda­
bles de la duda, de la negación y el escepticismo, que
seca toda fuente de inspiración y de arte, que mata todo
entusiasmo y acaba con toda resignación.
— 14—

IV.

Apesar de qne no se concibe ni se eaplicft un lenguaje


artificial resultado de nn convenio más ó méuoa explícito
y terminante, no lian faltado filósofos y filólogos que se
atrevan i combatir lo que como eterna á inmutable verdad
llevamos escrito con caractéres indelebles en nuestra pro­
pia conciencia.
Veamos cómo se expresan lo» que pretenden « p ilc a r
sin la «jada de la revelación- el origen del lenguaje.
El hombre, dicen, permaneció por más 6 niénos tiempo
mucfonnte el admirable espectáculo de los maravillas qne
le cercaban.
Después la alegría, el dolor, le hicieron prorrumpir
en grifos agudos y pen etrante, consiguiendo más tarde
inventar \&palabra, que deadti entóneos enmina paso á pa­
so á fu perfección.
H é aquí 1*0so cito el gran problema.
¿Para qué remontarnos á regiones que engrandecen y
subliman al hombre?
Contentémonos con esta desconsoladora teoría:— la pa­
labra no es más que una consecuencia inmediata, natural,
de la estructura de nuestros órganos.
Honísean, en medio de sus extravíos acerca del origen
de la sociedad, dice, *qne es imponible qne el idioma n a­
ciese y se estableciese por medios paramente humanos:»
Humbolt, célebre etnógrafo, á quien antes hamos citado,
asegura «que las lenguas no adquieren en desarrollo len­
tamente, sino que lo reciben (le unn Juersa íiwconodda, de
la mente humana,»
L a célebre Academia de Petersbnrgo decidió despues
— >5 —
de una larguísima investigación, «que todas las 1engrías
deben considerarse como dialectos de on idioma perdido.
Meriíin acepta la misma proposición, rogando á los qne
se atrevan á dudar de la un iilad del idioma despnes de
haber leído áAVIiiter, que estudien á Gunlinuoff; y Fede­
rico Schlegel, si bien eu uu principio no se decide á hablar
del idioma como uu beneficio del cielo, eu su última obra,
que no pudo concluir, aflrmu terminantemente, «que el
lenguaje lia sido concedido, comunicado y conferido al hom­
bre por Dios,*
Por último, escritores nuda sospechosos, Maiítre, Be-
llancbe y Lamenuais, siguiendo en la cuestión que nos ocu­
pa más ó inénos ostensiblemente las huellas de loa SS. P P .,
consultando el gran libro donde éstos aprendieran á conocer
la verdad, con cuyos brillantes resplandores iluminaron al
mundo, reconocen, más á ménos explícitamente, como único
origen del leu guaje la revelación
Bonad, al comienzo de este siglo, expaso nna nueva
teoría acerca del origen de la palabra.
Hé aquí la síutebis de sn sistema:
— «Es necesario, dice, &1 espíritu ulguua expresión
para que tenga coucieucia de sus pensamientos. Antes del
lenguaje, el entendimiento se asemejaba al libro cerrado
con siete sellos» £1 espíritu, 6in babel' oido la palabra, es
vacío, desnudo; no existe para sí mismo, ni pora los
demás.
Los hombrea reciben de unos á otros 1a existencia física por
medio de la generación; la existencia moral por medio de
la palabra.. Nuestro entendimiento es un lugar oscuro
donde no percibimos ninguna idea, ni ¿nn la de nuestra
propia Inteligencia, hasta qne la palabra Atfwatw, que
puede muy bien compararse á la palabra divina, ilumina á
todo hombre que viene al mundo, llevando la lux al seno
de laa tinieblas y penetrando hasta el espirita por el sen­
— 16—
tido del odio. EntonceB cada idea, llamada por so nombre,
se presento y responde como las estrellas eu el libro de
Job al mandato de D íos-H ém e aquí.»
El hombre para Boimld no eB más que tradición y
aatoridad; inteligencia servida por órganos. Do \a palabra
provienen, segnn él; las controversias de los deístas y los
ateos, de los cristianos y loa filósofos; y la palabra, aten­
diendo eu origen .divino, es la única prueba positiva de la
existencia de la divinidad. Teoría que conduce necesaria
y fatalmente al sensualismo, que Bouald mismo condena en
otros de bus escritores.
Por otra parte, ai la palabra ea tan absolutamente
necesaria para la manifestación de la idea, qne sin ella no
se concibe la existencia de la idea misma., ¿de qn¿ Bnerte-
deutro de túdus estos sistemas, ae explica la vida fritura
del pensamiento y la conciencia? ¿Cómo se concíbela e lis,
tencia del alma, despojada por más ó mános tiempo de los
órganos de que ae Birve? Ved aquí entre otras las conse­
cuencias de teorías que comienzan por reconocer el origen
divino de la palabra, pero qne ae pierden despues, que se
extravian lastimosamente, viniendo á caer en tásis atrevi­
das que repngnan ¿ la razón y á la lógica.
Lu verdad se impone aquí por s( miBma á la verdad
resalta con armonía., con la razón y con la conciencia, sin
que por otra porte se oponga i la revelación, quedando
á la vez demostrada nuestra tésis.

V.

Pora resolver el origen de la palabra, apelan algunos


al estudio de una ciencia, qne no desdeñamos ni tenemos
en poco por cierto; que lia hecho y hoce grandes progresos,
— i 7 —

merced á las profundas investigaciones de loa sabios qne


1a han cnitivado.
La etnografía, poderoso auxiliar para la historia, nos
ofrece léjos de contradecirlas, nuevas pruebas de las ver­
dades que dejamos enunciadas eu lo qne se refiere al ori­
gen comuu de la especie linniana y á la existencia de un
idioma prim itivo.
Lelbuitz puso eu el siglo X V II los verdaderos cimien­
tos déla ciencia etuogrMca, y apartándose del inútil em­
peño de los Ü1Ú30Í03 antiguos, dio nueva dirección á lo3
trabajos hechos eu eata materia, de sayo árida y penosa.
Hervá, Pandado, Catalina II de Huaia, Werdia, Adulang,
Vater, Ivlaproth, Balby-Abol, Remuaat.Whiter, Kennedy,
Gonlianoff, Merinn, D'Hammer, Schlegel, Humbolt y
otros, enya cita Be baria enojosa y hasta inoportuna en
este sitio, han seguido más 6 ménos sus huellaB.
No han sido estériles ciertamente los trabajos etnográ­
ficos.
Los entendimientos que lo flan todo ¿ la raion, lian
tenido qne confesarse vencidos, y machos han reconocido y
confesado que el Creador no pudo dotar al hombre de ana
sensibilidad esquitúta, de una inteligencia superior, de an
alma, en fin sin darle Á la vez recursos con que realizar en
la esfera de la vida todas estas facultades.
El origen divino de la palabra se demuestra, por la
misma fitología toda vez que siguiendo su historia en una
progresión ascendente Be llega á nn pauto en el cual hay
qne convenir en qne, existiendo entre los idiomas analogías
marcadísimas, por más que les separen diferencias esen­
ciales, esto no pnede ménos de ser el resultado de un su­
ceso extraño, de una gran perturbación, de nn cataclismo,
en fin; presumible y casi indudable.
— 18—

VI.

¿Deberemos, despues de las indicarioueB que dejamos


consignadas detenernos & Investigar cuál pado ser el
idioma primitivo'? ¿Contribuiría á poner término á las dis­
putas que ha originado esta cuestión, lo qne acerca de
ella pudiéramos escribir?.... La controversia sobre este
panto Be ha considerado por algunos como peligrosa, nos­
otros la conceptuamos, dentro del circulo qne noB hemos
trazado perfectamente inútil é innecesaria.
Por otra parte el origen divino de la palabra, como es-
presión natural del pensamiento humano, no excluye la
idea del trabajo, de la lucba y la conquista; que no es otro
según dejamos dicho el destino del hombre sobre la tierra:
m ilitia est vite super ierram.
L a palabra como vinculo de sociabilidad, como distin­
tivo del sér racional llena sa objeto aisladamente y sin
auxilio del arte.
La elocnencla como don, como manifestación espontánea
libre de los efectos y las grandes pasiones, lo llena igual­
mente sin auxiliar alguuo.
La esencia, el fundamento del arte no debemos sin em­
bargo buscarlo, faera de nosotros, sino dentro de nosotros
mismos; viniendo ¿ ser el resultado de la actividad, de la
energía del espirita aplicada á un fin, á nn objeto deter­
minado.
D e la confcsion de los términos nace generalmente la
confusion de las ideas.
D e aqui proviene y esto explica qne para uuos la elo­
cuencia «sólo sea una facnltad» y paca otroB «la aplicación
délas reglas del bien decir á arte del bien hablar.» Qne p a n
— 19 —
los primeros la elocuencia no se adquiera; qne para los
segundos no exista, sino se aprende.
Estrecho, limitado horizonte se ofrece ante nuestra
vista b¡ aceptando el criterio de los qne combaten las
regios, lo damos todo á la naturaleza; invencible* obstácu­
los si, aguardando á poseer los preceptos que la experien­
cia ha sancionado como buenos, desistimos de ensayar
nuestros propios recursos para expresar acertadamente lo
que sentimos.
La doble acepción que la palabra elocuencia tiene en
el lenguaje vnlgar, y aun en el de la ciencia, no debió ser
nunca motivo para esa confusion qne lamentamos, por
cnanto arredra sin motivo á mnchoB,y lanza á otros inde­
bidamente en una senda llena de escollos y precipicios.
La palabra elocuencia en nn sentido general es todo
arranque, toda manifestación exterior de laa pasiones, de
los sentimientos, de los afectos del alma; en un sentido más
limitado, más concreto, significa el arte de bien decir, «sa­
biduría qne habla discreta y copiosamente», según nuestro
V. Granada.
Bajo el primero de estos aspectos se dice con razón que
la elocuencia es una facultad, nn don, un privilegio qne
exUte machas veces hasta con independa de la palabra,
en el silencio y la inmovilidad, en lamiradn, en los movi­
mientos, en la acción; elocuencia eterna, inmutable, propia
délo? pueblos todos-, patrimonio del salvaje y del hombre
civilizado; iimafícieate, de corta duración en sus efectos, fi­
gurada, ardiente, impetuosa, llena de defectos y cuya hts-
tória no se Im escrito, ni se escribirá jámás.
Bajo el segundo, la elocuencia parte de nn período más
ó ménos lejano, más ó mdnos conocido; se manifiesta bajo
formas distintas; es patrimonio de unos pocos; Be aplica á los
negocios; se emplea como arma de poder y de conquista;
vive en las repúblicas y loa imperios, se muestra grande
— JO —
y sublime ¿ nuestros ojos; digna de ser estudiada en las
cansas qne ]a producen y los efectos que de ella Be dqjan
sentir en lo qne hay de mas noble y digno de la esfera de
la moral, del derecho, de los medios de conseguir el bien­
estar de las clases todas de la sociedad.
La elocuencia en este último sentido no se limita á con-
mover, sino que tiende principalmente á convencer, é impo­
niendo silencio á las malas pacones, á las exageradas
exigencias de los nnoa y limitaciones injusta* de I ob otros
Be deja percibir independiente, libre, franca, leal entre el
torbellino y revuelto mar de encontrados afectos, de in ­
tereses opuestos y aspiraciones distintas en defensa de la
verdad.

V IL

Para formarnos nna idea acabada, perfecta, de lo que


podemos llamar elocuencia prim itiva, no es necesario re­
currir A libro alguno: basta observar lo que acontece en la
infancia de las naciones y boy en los pueblos salvajes;
lo qne vemos, asi en las ciudades como en las aldeas; lo que
nos ensefian todos los diaa el trato de loa hombres, ya sean
rdBticoB ó instruidos.
Una madre á quien arrancan para sacrificarlo el hijo
de sus entrañas, el ser querido qne lleva pendiente de 6a
seno, y ve vacilar por algunos instantes al verdugo, habla;
y habla de nn modo, que aquel hombre endurecido siente
correr por sus mejillas nna lágrima, que sn brazo se debi­
lita, qne so resolución se acaba, viéndose obligado, d pesar
Bayo, á devolver la inooente víctima á aquella mujer que
sin estudio alguno ha sabido herir laB fibras más delicadas
de sn coTazon.
— ai —
E l anciano qne siente próximos los pasoB vacilante* de
1a muerte, que distingue en medio del delirio y la fiebre
bu fría y descarnada imagen, llama ú. sus descendientes,
lea obliga ti rodear su lecho para que puedan percibir sns
palabras, sus postre roB consejos, y esas palabras son BÍem-
pre sublimes, arrancan ayes de dolor, grabándose para
siempre por en energía en la memoria de laa personas á
quienes van dirigidas.
L a fervorosa plegarla del navegante, que aparados
todos los recursos de la experiencia, comprende que se
acerca el instante Bopremo de la catástrofe.
Los forzados consejos qne nn p ad re d á ¿ bu hijo; an
herm ano á bu herm ano; nn am igo á bu amigo, paTa de­
cidirle á tomar a n a penoBa resolución.....
ÉBtos y otroB muchos ejemplos que pudiéramos adnolr,
nos demuestran que el primer libro qne debemos consultar
para el estadio de la elocuencia, es nuestro propio espi­
rita: modus invtniendi quce inteligencia sunt. el modus
proferendi qua inteUectn surtí.
El tipo prim itivo está encarnado en nosotros, v i con
nosotros y se manifiesta allí donde el hombre siente y ex ­
presa, sin si\jecion á reglas, sos sentimientos.
D e esta opinion son Granada, Capmany, Casas, Lo*
pez, Martínez y Banz, y Ortiz de TJrruela entre nos­
otros, Berryer, Henry, Salignac de la Motte y otros au­
tores eytranjeros que por no ser prolijo omitimos, siguien­
do en eBte particular d loa grandes maestros de la dáBica
antigüedad.

Yin.
La elocuencia adquiere nueva vida, más importancia^
más valor por medio del arte.
— 22—
La palabra arle que precede ¿ la voz elocuencia, do
ea más que un término qne espresa lu elocuencia de una
manera determinada; esto es, «dirigida en sa desarrollo
por los preceptos de la sana razón. ■
Por esto La dicho San Agustín: Eloguentia vero facu l­
tas dicendi tst congruentcr explica ns quoo üeit/iinus.. Diflni-
cion la más completa, la mas acertada de la elocuencia,
toda ves qne por sí sola nos da ¿ conocer el doble signi­
ficado qne esta palabra tiene, según dejamos dicho, en el
lengiuye vulgar y en el de las escnelas.
E l hombre, qne vive en un mundo inferior ai mundo ¿
qne por instinto aspira, no perdió por completo, al ser
castigado* su facultad creadora. Consintió Dios, por un. ex­
ceso de su bondad infinita, que la criatura á pesar de la
calda adivinara algo de lo muchísimo que había perdido,
y el arte que nace en el hombre, que es la intuición se­
creta, misteriosa de todo lo grande, de todo lo sublime,
de todo lo bello, al buscar la fórmala concreta, capaz
de ser comprendida y «cutida por ios demás, se ve no obs­
tante precisado á apelar A la naturaleza, á robarla sus
colores sus sonidos, bus admirables armoní&B y sas en­
cantos.
El arte, qne tiene su origen cu el alma, vive, no lo du­
déis á expensas de la naturaleza. Entre la naturaleza y el
arte existen reluciónos iutimas, necesarias, traba enojosa
que snjeta al hombre á la tierra, separándole del mundo
de la idea, y le sirve al mismo tiempo para la expresión
de esa misma idea; prueba ostensible de la predilección del
Criador h¿cia bu m á s perfecta hechura; milagrosa mezcla
de en gran castigo y de nn inmenso amor, que solo se
concibe siendo la obra de nu Dios.
E b necesario, pues, el estadio de las reglas para ser
orador; no lo es tanto para ser elocuente.
L a naturaleza y el arte hábilmente hermanados, han
— 23 —
producido esas colosales figuras que con bu palabra lian
asombrado al mando.
El amor á lo bello es nna aspiración del hombre hácia
nna felicidad qne siente perdida; no pnede negarla sin con­
tradecirse á si mismo, puesto qne no sólo la de&ea, sino
qne la &pera\ de esta suerte la contemplación de lo bello
nos lleva á la poBesiou ds la verdad y á la práctica de la
virtud.

IX.

P a la b ra , elocuencia, a r tr .h é aquí tres términos que


despoes de lo qae dejamos dicho, se conciben y espllcan
con entera independencia.
La palabra es la espresion de la idea; la elocuencia es
el lenguaje de la pasión y del sentimiento; la palabra y la
elocuentia llenan, asi consideradas, stiH destinos aislada­
mente; pero llega nn plinto en que se enlazan por medio
del arle, del estadio de las reglas, tan injustamente comba­
tido, y nace la oratoria semejante á la diosa coronada de
Iob antiguos dias, tocando con sn frente en el Olimpo y
bollando con ana plantas el trono magnífico de los Elíseos
campos,
Modesta, sencilla y reflexiva, la oratoria aspira ende*
Unitiva al dominio de la razón.
El bnen gasto y la armonía; el detenido estudio de la
belleza; la perfección del lenguaje; el conocimiento de lo
qae hay de múltiple y vário, de fijo y constante en la ha*
mana naturaleza, son los medios de que Be vale para fijar
al cabo de machos siglos la atención de los hombría pensa­
dores, que tmáiümee lo aclaman como un poderosísimo me
dio de hacer triunfar la justicia, la libertad y la Teligion,
— 34—
Apresurémcnoi á desechar, pues, todo géuero de pre­
ocupación acerca de bí la naturaleza es superior al arte, ó
éste á la naturaleza para hacer buenos oradores.
Lo indudable es que el arle perfecciona las dotes que
tiene el hombre para ser naturalmente elocuente.
«No ea el arte el qne persuade, dice Plutarco, pero ayu­
da á persuadir.»
«Si al arte agregais la nataraleza, escribía Cicerón,
haréis prodigios.»
Y Qnintiliano, el más juicioso de los retóricos, dice
tratando de este particular; «La naturaleza puede mucho
Bin el arte, al paso qne éste sin aquella de nada serviría.
Pero bí ambas cosas Be juntan, aunque sea en nn grado
regular, siempre diré que la naturaleza es la que más con­
tribuye,»
PRIMERA PARTE-

ORADORES GRIEGOS.

CAPITULO PRIMERO.

E l O r i e n t e .— N a c im ie n t o d e l a r t e o r a t o r io .—
G r e c ia .— A t e n a s .— C ausas g e n e r a l e s d e l grax
DESARROLLO DE LA PALABRA ARTÍSTICA EN LA AN­
TIGÜEDAD.

1(° En vano se han empeñado algunos en fijar


la cuna de la palabra artística, de la palabra ora­
toria, de la elocuencia propiamente dicha en los pue­
blos del Oriente.
Ni la ludia, ni el Egipto, ni la Siria y la Media,
ni la Porsia y la China, ni ninguno de osos formida­
bles imperios que se alzan en los primeros dias de
la humanidad, como colosos cuya sombra oscurece
aún vastas regiones esclavas do sus tiránicas y
opresoras instituciones, fueron teatro á propósito
para brillar la elocuencia, que necesita dilatada es­
fera de acción, actividad, moviento, vida; lucha
donde engrandecerse y sublimarse hasta conseguir
la corona del trinufo y la victoria.
La palabra en los pueblos orientales rio pudo
4
— 26 —
ser ni futí en realidad otra cosa, que I¿i fórmula con­
cisa y misteriosa do la fuerza y del poder.
Del poder rodeado siempre de un aparato impo­
nente y aterrador; propio para subyugar á los hom­
bres, para obligarles de continuo á inclinarse háda
la tierra y besar sin murmurar la mano que los
hiero.
«El Oriente, dice el Sr. Gonzalo Moron, es una
página en blanco en el dorado libro de la elocutuicia.»
Yaüade para confirmar tan juicioso aserto:
cDoude domina el degradante é ignominioso im­
perio del sable y de Ja cimitarra; donde una casta
privilegiada y sacerdotal de Mandarines, de Brach-
mas, do Magos, de Bonzos ó de Druidas, oculta y
se reserva el cultivo del árbol de la ciencia, que ne­
cesita para arraigarse y florecer la inmensidad de
todos los espacios, las aguas de todos los Océanos,
los rocíos de todos los cielos, los aires de todas
las atmósferas y los rayos de los inmensos é infi­
nitos soles que lucen en la grandiosidad de los mun­
dos planetario, estelar y nebuloso. Alli donde el hom­
bre, olvidando su elevado orújen y su doble ca~
récier; olvidando que la ley del trabajo y de la
lucha os la condicíon necesaria de toda moralidad,
do todo progreso, y por quá no decirlo, de toda san­
tidad, se pierde en las vagas y nevulosas regiones
de la vida contemplativa, ó so deleita en abismarse
en los desolados confines del panteísmo y del nihi­
lismo, allí donde el hombro, 6 maldice la materia,
como si no fuese bella y augusta creación do Dios,
ó degrada y envilece el espíritu con la idolatría de
la fuerza, de la astucia, del fraude y do la sórdida y
asquerosa codicia, alli no ha existido jamás la elo­
cuencia con sus atributos sublimes.»
— 27 —
Y os cierto.
Donde el concepto de Dios os un mito: donde la
idea do la patria, de la justicia y do la libertad no
se concibe ni explica; dondo esos sagrados nombres
no tienen eco en el corazon, correspondencia en el
alma é influencia en la vida, allí no busquéis la elo­
cuencia: no busquéis la palabra útil y provechosa
que impulsa, que mueve, que atrae, que seduce, que
arrastra y convence.
^ En el principio de las sociedades se confunden los
poderes. El poder doméstico, el poder civil y el po­
der religioso se reconcentran en una mano, que lo
es todo; padre, rey y pontifico. Su voluntad y hasta
su capricho os ley; sus órdenes se obedecen sin dis­
cutir, se ejecutan sin exámen, y se cumplen sin pro­
testa.
Días talos son de oscuridad y do fu erza; no de
rason, de luz y de conciencia.
Imperan en esos periodos históricos formulas
místicas, que solo so modifican cuando se altera la
ruda sencillez do las eos tum bos primitivas; senci­
llez poco envidiable ciertamente cuando no os el
resultado de la moralidad y Ja virtud de los pueblos,
sino de su envilecimiento y dcgj-adacion.
En el Oriente la naturaleza es grande, inmensa,
sólo el hombre aparee*' pequeño; dominado por el
■panteísmo que lo anonada ante el ser absoluto, que
destruye su personalidad, que le aprisiona en un
espacio finito, no dejando A la inteligencia otro
campo ni otro consuelo que la contemplación.
Descuella alli la poesía como fórmula espontánea
do los grandes dolores y las grandes esperanzas;
cuntan los hombres y acompañan sus ayos de dolor
con suaves melodías, i'obadas al parecer por un fa­
— 28 —
vor do Jos dioses A instrumentos de oro y marfil.
crSe citan, dice Capmanv, rasgos y no discursos; hay
palabras y no hay estilo; hay imágenes y no hay
colorido; hay senciilcx y no hay decoro; hay gran­
deza y falla hermosura.»
El mundo exterior ejerce siempre un poderoso
influjo sobro la imaginación, y de aqui que ante el
brillante espectáculo de una naturaleza privilegiada;
de olevadas cumbres cubiertas de perpétua nieve;
de frondosos valles surcados por caudalosos rios y
rápidas corrientes; bajo árboles corpulentoa cuyos
troncos semejan hoy las columnas de nuestros tem­
plos en recuerdo de la significación sagrada que se
lis d.ihn. rl hombro, sin ol auxilio de la revelación,
falto de toda luz divina, dominado, subyugado, di­
vidido en castas, no os raro que ni supiese, ni pu­
diese hacer otra cosa que cantar sus pesares, 6 pre­
ludiar á lo más días de mayor ventura y felicidad.
El carácter peculiar de las lenguas orientales,
pertenecientes A la familia semítica, se acomodaba
poco por otra parte á la forma oratoria. Pur esto
vemos que las relaciones históricas, las fábulas, los
ejemplos tomados do la naturaleza, son principal­
mente los títulos do la gloria literaria que nos lega­
ron aquellos pueblos.

2 ° El punto, pues, de partida en estos estudios


no admite duda, no admite contradicción.
Un concepto más acabado, una nocion más exac­
ta, pero todavía incompleta, do la dignidad humana,
do la libertad y de los derechos del hombre, dan mo­
tivo á hipa labra oratoria.
Hubo vates inspirados antes que se rompiese uno
— 29—
do esos inñoilos lazos quo encadenaban al ciuda­
dano á la voluntad y al capricho del más fuerte. No
hubo palabra artística, no hubo verdadera, elo­
cuencia, hasta quo aparecieron e s a s instituciones
quo no sin fundamento constituyen la más risueña
esperanza de cuantos deseamos para la humanidad
dias de mayor grandeza, y para el pueblo la reali­
zación dó sus legitimas, nobles y levantadas aspi­
raciones.
Hoy, en medio do las intransigencias que so im­
ponen, de los errores que se difunden, del interés
con que so niegan 6 desnaturalizan ciertos derechos
inherentes ;l la personalidad humana, hay palabra
artística alli donde hay alguna sombra de libertad;
hay poetas quizás más tiernos, más expresivos, allí
donde más fuertes y más espesos son los hierros
do la cárcel on quo moral ó materiamente el genio,
el talento y la imaginación ¡se ven aprisionados.
La poesía os la expresión armónica de los gran­
des pesares.
La clm'itendía es el acento vigoroso, onórgico,
potente de las almas privilegiadas para quienes
importa antes que su propia satisfacción, la pros­
peridad general y el bien común.
P.iraset’ poeta basta sentir; para ser orador ea for­
zoso ademas de sentir hallarse dispuesto al combate,
A la contrariedad y al sacrificio.
El poeta arranca lágrimas; nos hace experimen­
tar más intimas, más dulces emociones si quereis;
el orador bá bienestar herirnos de un modo más
vivo, más enérgico y duradero.
No es. pues, en nuestra humilde opinion, la om*
torio, hija do la poesía, como sostienen autores res­
petabilísimos. sino bijí. del amor á la patria, del
— }o—
amor á la inocencia y á Ja justicia, del amor ó la
humanidad.
Aún no había or adores, so dice, y Homero habla
escrito su 1 Liada, fuento do arto, no lo negamos, en
los primeros siglos, de investigación y de ciencia
en el de Alejandro: pero no por esto origen verda­
dero d© la elocnencia, que lo tiene propio, exclusivo,
independiente, A nuestro ¿nodo do ver, en cuanto
puede establecerse y concebirse esa independencia,
teniendo en cuenta que el sentimiento da vida ¿ la
expresión poética, y el sentimiento es necesario eti
la expresión oratoria.
El amor á la patria engendra la oratoria politi-
ra; el amor á la inocencia y á la justicia inspira la
oratoria forense; ol amor ñ la humanidad crea la
oratoria sagrada, la oratoria cristiana.
Há menester en definitiva el orador do esos trea
grandes elementos para serto por completo y en ab­
soluto. El que logra reunir los todos es el que me­
jor interpreta y realiza en la historia el ideal de la
elocuencia, los destinos sublimes de la jxilabra.
Miontras la patria no existe en el sentimiento
de los más; mientras el amor á Dios y el cariño A
la libertad no constituyen un elemento de subordi­
nación, de fraternidad y de armonía entre los hom­
bres, no busquéis verdadera elocuencia, no busquéis
palabra útil, ni maestros de bien decir, ni oradores
que merezcan el nombre do tales.
Por más que los fundadores de las ciudades, de
las leyes y de los gobiernos civiles, en sentir de
Cicerón, debiesen recurrir á las armas de la elo­
cuencia pam salir airosos en sus empresas: por más
que según el Ab. Andrés, en los gobiernos antiguos
hayan sido frecuentes las ocasiones de hablar al
— 3* —

pueblo, do emitir dictamen verbal on los consejos


públicos y desempeñar embajadas; por más que en
los libros sagrados y en los profanos so citen ¡lustres
personajes, guerreros y monarcas tenidos por elo­
cuentes, todo esto no nos autoriza para referir á tan
remotos tiempos ol origen, ni el nacimiento del
arte oratorio.
Para poseer el arte de la elocuencia no basta,
dice un critico ilustre, cualquier principio de la fa­
cultad de hablar, so requiere una atenta reflexión
sobre los efectos de nuestros razonamientos y los de
los demas, una séria y repetida observación, initium
dicendi, dedil natura, initium artis obseroatío.
Arte que en vano so buscará en los orígenes de las
naciones, en la formación de los pueblos, ni en los
siglos bárbaros é incultos á que antes nos hornos re­
ferido.
Hay una fecha cierta para esta clase do estudios,
aquella en que cabo tomar la elocuencia como apli­
cación esmerada, como aplicación reflexiva, como
aplicación artística, nacida dol deseo de incli-
n;ir el animo do los hombres por. medio de un dis­
curso.
La elocuencia, hija do la experiencia, del senti­
miento, do la convicción y def patriotismo es la pri­
mera fórmula que nos ofrece la oratoria en la an­
tigüedad. Los pm-sonajes á quienes Homero hace
hablar, á quienes Herodoto y Tucídidus nos presen­
tan como oradores, no lo son en realidad.
ISstt’íibon dice, que al principio salió et aparato
poético; que mas tarde Cadmo, Perecidos y Ecateo
se dedicaron á escribir, dejando el metro y conser­
vando las otras partes poéticas. Plinio atribuye ó
Ferecides la gloria de ser el primer prosista entre
— 33 —

loa griegos, y á Cadmo la de haber sido el primor


historiador en el mismo estilo.

3.® En Grecia brillan por vez primera de un modo


ostensible, no solo los maestros del bien decir, sino
esos séres superiores que, sabiendo hermanar las
disposiciones de su entendimiento con la imitación y
el estudio, han logrado hacer de la palabra un po­
der invencible, un arma poderosa, una necesidad,
un elemento de vida y de la constitución interna
de las ilaciones; hasta el punto que hoy es imposi­
ble hacer enmudecer por completo al ciudadano en
la tribuna y en la prensa sin atentar contra la esen­
cia misma de.su autonomía y su personalidad.
A Grecia y Roma debemos cuanto poseemos de
más bello respecto de las letras y las nobles artes.
La libertad, dico Blair, es la verdadera nodriza
de genio, cuyos primeros vestigios os forzoso bus­
carlos en los dos grandes pueblos de la antigüedad,
en Grecia y Roma.
Pot* ello vamos nosotros á ocuparnos uuei vez
más de esta materia siempre nueva; siempre digna
de estudio y meditación.
Del imperio de la palnbra han nacido todos los
adelantos; de la libertad do la palabra las más pre­
ciadas conquistas de la civilización humana.—¡Pen­
samiento libre y palabra librel... Ved aquí todo un
mundo de grandes y fecundas creaciones. Destruid
sistemático y arbilrariamoncnte la libertad fiel pen­
samiento y cubriréis con denso velo la inteligencia
del hombre; destruid la libertad de la palabra y
dejareis á merced dol más fuerte los destinos y el
porvenir de las naciones.
“ 33 —
£1 pueblo griego colocado en medio de una na
tu ni loza privilegiada, bajo un cielo puro y traspa­
rente, vivia eu la patria natural del arto* cuya ex­
presión es la belleza. Formado de distintas tribus;
compuesta su civilización de elementos diversos,
fundidos más tarde, asimilidos cual nunca los lia
sabido reunir y asimilar pueblo alguno, crece, so
agiganta, so robustcco la cultura griega, no de
otro modo quo so arraigan 'y forman en poco tiem­
po corpulentos árboles en tierra virgen.
Aquella cultura no so parece á la civilización y
:i la cultura del Oriente; ni aún á la que la signo
inmediatamente, la cultura y la civilización romana.
Grecia es, en cierto sentido, un pueblo único, ex­
cepcional. cuya fisonomía ha llegado hasta nosotros
on soberbias creaciones, y obras inmortales.
Hasta Grecia la naturaleza lo es todo; en Grecia
el hombro es superior, infinitamente superior á la
naturaleza.
De Grecia parten y en Grecia so forman los ele­
mentos de la civilización europea.
Grecia es el lazo misterioso que une el pasado
con el presento-, sin eso eslabón do oro purísimo
todo so habría roto, perdido en la nebulosa atmós­
fera de un mundo inconcebible tí inexplicable para
nosotros.
Lo vago, lo incierto, lo terrible desaparece y Ja
historia comienza á dejar de ser un Urgido de horro­
res y crueldades, cuando ol pueblo griego se une, se
identifica, merced A los cantos homéricos, y más
principalmente al gran predominio que la palabra
adquiere en todos sentidos, y cou olla In personalidad
y la libertad humana.
En aquella tierra dividida por mares, entrecor-
— 34 —
tada por montañas y selvas, computista do cien is­
las. renovada por frecuentes emigraciones, la cner-
gia popular s© alza pujante hasta conseguir un dns-
arrollo que no es comparable ni áun al de las* más
grandes nacionalidades modernas.
En Grecia aparece el sentimiento de la libertad
poli tica, derribando los ídolos que forjara el miedo,
y croando los héroes cuya representación más per­
fecta tuvimos oeasion de admirar hace ¿ños en los
museos de Italia.
Cas telar docia nn el Ateneo de Madrid, dosdo el
sitio mismo que nosotros hemos ocupado indigna­
mente en diversas ocasiones. 1 «que Grecia era el
templo del hombre: templo abierto á todos los vien­
tos. aéreo, ligero. c«*n entradas para t o d a s las ¡deas
y las creaciones todas. Su religión, añadía, su polí­
tica, sus leyes, sus costumbres respiran unánimes
animación,, movimiento y vida. La concepción, la
espontaneidad y la energía son los caracteres de
aquella civilización: caráctorea precisos, indispon-
sabios á la elocuencia política.»
El elemento humano se une rí la naturaleza,
pero no se uno do un modo grosero sino ideal: y al
reposo supremo del Asia, al absolutismo de la India,
al quietismo de todas las grandes facultades creado­
ras sucede por su propio impulso la acción en su
más alto grado do esas mismas faculíades. libres,
sin trabas de cierto género como se necesita para
que ofrezca en todos tiempos la civilización humana
gigantescos resultados.
La palabra libertad podrá ser para algunos es-

l De las ivttiúnti (lodos por nosotros en aq u ella ducta corporaciun


«■Un u cad < » e tt o u m u ú k * .
— 35 —
piritas pusilánimes una amenaza y un peligro; pero
esevideute que sin la libertad el mundo no habría
dado un paso ni el hombre habría recobrado su
magostad ni podido plevar su mirada al cielo para
entrever más allá, do ese eter que nos cerca algo que
le animo, que le fortalezca para hacer y realizar el
progreso á costa do tantas lágrimas, de tantos sa­
crificios, de tantas persecuciones y tantos martirios.
Cuando mayor lia sido y es la cultura de las na­
ciónos* mas obligadas se han creido á estudiar co­
mo fuente do luz la literatura griega en todas sus
manifestaciones.
Roma futí bárbara y cruel hasta que ©l sol do
la Grecia iluminó su camino.
Las naciones modernas no vieron alborear el re­
nacimiento hasta que acudieron á la antigüedad
clásica; y hoy mismo los pueblos sábios lo son tanto
más cuanto mayor es el respeto con que cultivan
las ensenanzas de Grecia y Roma, salvadas del nau­
fragio universal en los tiempos medios por Ja indis­
cutible protección de la Iglesia católica.

4.° No se cultivó, sin embargo, de igual mane­


ra In oratoria en toda la Grecia, lo cnal demuestra
lo que dejarnos dicho, y es. que alli donde la pala­
bra no recibe aliento y vida de los dos principales
elementos que la subliman y engrandecen, la Itber-
tarly la dignidad hum ana, allí lá palab>*a artísti­
co no significa nada, ni influye, ni determina nun­
ca un alto nivel de verdadera cultura y civilización.
Fijémonos por un momento no más en este punto.
Esparta, vasto campamento militar, donde pre­
pondera una raza privilegiada y orgullosa; donde
— 36—
gimen esclavas otras dos, la primera, en cuanto á
la presentación de los tributos y do los contingentes
militares: la segunda, en la acepción más completa
de esta palabra, si produjo ingenios notables, no
fué nunca escenario á propósito para lucir sus ga­
las la elocuencia.
Licurgo dio leyes á esto pueblo, más bien para
mejorar su constitución física, que su manera de
ser política y civil. Comenzó olvidando quo la ver-
dadora libertad es bija do la virtud, y no se arrai­
ga jamás allí donde con uno u otro pretexto se vio­
lan los derechos inherentes á la personalidad hu­
mana. Hoy que poseemos el famosísimo código es­
partano á la luz de una mayor suma de civilización
y do progreso cinntífleu. filosófico y social, rechazar
debemos aquellos severos y rígidos preceptos exten­
sivos á la comida y al vestido de los ciudadanos;
aquellas restricciones tiránicas que hncian del hom­
bre una máquina, de la ciudad un cuartel, y de la
familia el mayor escarnio y la más grosera burla
No necesitamos traer á la memoria de lectores
ilustrados lo que fué Esparta para justificar nues­
tro aserto. Licurgo no fué para aquel pueblo un le­
gislador hábil y prudente. Penetró indiscreto, pene­
tró demasiado, penetró mucho á donde el legislador
no debo llegar, y semejante á los tiranuelos de todos
los tiempos, creyó que la ley para ser buena habia
de sobreponerse al ciudadano como sér racional,
inteligente y social, al individuo como ser nacido
para obtener más nobles y levantados destinos.
Nada se escapó á la acción do aquel celebrado
legislador; todo lo reglamentó, todo lo sometió á
reglas inflexibles é inexcusables; desde el santuario
inviolable de la conciencia, hasta la forma exterior
— 37 —
de las cosas; desde el modo do andar, do vestirse,
hasta la medida do los afectos y las pasiones.
Por esto las fotnosas leyes do Licurgo produje­
ran, no un pueblo libre, capaz y dispuesto para las
tides de la palabra, sino un pueblo altivo, feroz,
que so mantuvo bárbaro en medio de la civilización
que le rodeaba, y cansado de su inercia, concluyó
por hacer la guerra inris cruel y más injusta á sus
más allegado», A sus amigos y más próximos
vecinos,
ái do Esparta pasamos á los Estadas menores de
la Grecia, ni la Arcadia, pueblo antiquísimo; ni Co-
rinto, sentada á la orilla do dos mares, llave de to­
do el comercio entre el Poloponoso y Atenas y cuna
de Poriandro: ni la Beocia, uno do los siete Estados
do la Elade ó Grecia central: ni ninguno otro, han
de ofrecernos campo ni materia para nuestros es­
tudios: como no nos la ofrecen tampoco ninguna de
las numerosas colonias que desde el Asia Menor
hasta las m/is remotas ensenadas del Mar Negro,
desde ol Nilo hasta el Báltico, fundaron los griegos.
Prosigamos:
En Atenas se levanto por vez primera una tribu­
na. A su derredor se agrupa un puoblo vivo inge­
nioso, eleccionado en los negocios, susceptible, im­
presionable, culto, inteligente y libre; de carácter
ardiente é impetuoso, capaz de grandes hechos y
atrevidas empresas.
Un hombre sube las gradas de ese trono magní­
fico en niédio del iníis profundo silencio. Su semblan­
te pálido, su mirada inquieta, su andar lento y ma­
jestuoso hacen latir de esperanza millares de cora­
zones. Aún no han pronunciado sus Libios una fra­
se: no se ha percibido aún el sonido armonioso de
-3 8 -
sus primeras notas, y la muchedumbre ávida do
emociones, que espía los menores movimientos del
oráculo, pretende deducir de ellos sus opiniones, y
y aplaude frenética ó ruge amenazadora según los
afectos qne la dominan.
Tal senosofreoe el primer orador, tal se nos pre­
sentan después los colosos de la palabra en todos
tiempos.
«El hombre dice un abogado elocuentísimo, el se­
ñor López, cambia sus vestiduras, so convierte en
un númen que habla, por boca de un mortal inspira­
do, y con la magia de su poder y su grandeza domi­
na los corazones, subyuga la razón, ó impele y
arrastra á su capricho la voluntad.»
Atenas fué. como veremos mas adelante, la cuna
do la elocuencia.
Los atenienses, que se conceptuaban nacidos de
su propio suelo, sin que debieran su origen á otros
hombres, por más que sus instituciones primitivas
donuucien su origen extranjero, son los primeros
que sienten, adm iran, aplauden y prem ian los
triunfos de la palabra oratoria.

5 ° Oportuno nos.parece antesde concluir este


primer capítulo anticipar por vía de preámbulo á la
historia do la elocuencia antigua, las causas que en
general motivaron su gran desarrollo en Grecia y
Roma.
Un idioma rico, flexible, armonioso, abundante
en raicos, espontáneo en sus construcciones* múl­
tiple, variados incisivo, mezcla de diversos dialec­
tos, favorece en primer término el desarrollo de
la elocuencia en Grecia.
— 39 —
La rcligkrti transplantada do Oriooto sin perder
sus caracteres; conservando con pequeños variantes
todos los símbolos, las alegorías y las fábulas de la
India y del Egipto; mezcla de diversos orígenes,
bien pronto enriquecidos con nuevas y fantásticas
creacionos; dividida en un principio en tantas ra­
mas como tribus: extendiéndose primero por las
ciudades y más tardo por la naciou entera, la reli­
gión griega no inviste un carácter tínico; Antes bien
en su misma variedad encarna su belleza, sus poé­
ticos y singulares encantos.
La persona humana que tanto preocupó á los
griegos, dio á su culto formas diversas que las que
habían dado al suyo los pueblos antiguos; humani­
zaron esas formas, primero en creaciones imposibles
de una existencia material; m.:s tarde en héroes cu­
yos atributos era dable acepta '1 y concebir.
En Grecia no había acto de la vida pública ó de
la vida privada en que no tuviese inmediata in­
tervención una divinidad protectora, por lo que es
muy frecuente hallar en el principio de lodo discurso
griego una invocación á los dioses.
Sin recordar los caracteres ideológicos y etno­
gráficos, sin tener en cuenta el elemento religioso
de 1» civilización y la cultura griega, no es dable
explicar satisfactoriamente ciertos giros, determi­
nados pasajes de los grandes oradores de que va­
mos A ocuparnos.
Hoy no puedo estudiarse la historia, siquiera sea
un solo ramo el que haya de fijar nuestra atención,
sin acudir á todos los elementos constitutivos de la
civilización y la cultura del pueblo á que debamos
referirnos,
Favoreció mucho á la imaginación el culto grie­
— 40 —
go, y en este sentido influyó de ud modo notable en
la oratoria. Cuando se dice que el paganismo care­
cía do dogmas, de principios, do moral y de en­
señanza alguna,-so falta á la verdad; los Santos
Padres reconocen en sus obras cuanto de dog­
mático, moral y serio encarnaban las creencias
paganas, siéndonos precisamente por sus obras
on gran pprte conocida la teogonia de los pueblos
antiguos.
Para los griegos, belleza y virítul eran sinóni­
mos. y ejercían un poderoso influjo en las decisiones
más importantes relativas al modo constitutivo de
ser de la república. Los versos do Eurípides rom­
pieron las cadenas de los siracusanos, y la narración
de Horodoloy las poesías de Pindaro y Corina con­
tribuyeron mil veces A salvar la vida á ciudadanos
condenados á los más severos castigos y las más
cruelesexpiaciones.
Un gusto delicado, puro*, extensivo á las clases,
más humildes de la sociedad. Las diversiones, los
espectáculos, las coronas arrojadas ó distribuidas
en los juegos públicos, todo esto vino á favorecer en
Atenas, y más tarde en Roma, el desarrollo de la
elocuencia, imponiéndola una fisonomía especial
quo ha llegado hasta nosotros en términos que casi
podemos admirarla en todo su esplendor es evidente
que costó á los pueblos muchos siglos el verso li­
bres dol imperio de la fuerza.
La antigüedad, en medio de sus extravíos, guin­
da por ese instinto que dice al hombre anda, acepta
una fórmula imperfecta, insegura, pero gérmeu de
grandes hechos, do heroicos sacrificios y atrevidas
conquistas en el órden científico, en el orden polí­
tico y moral.
— 41 —
Esta fórmula á que nos referimos, y que con­
tribuyó muy especialmente al nacimiento de la elo­
cuencia, y A su gran d osar rol lo en Grecia y Roma,
es el socialismo] palabra quo asusta hoy; es tingo
pavorosa con quo se amenaza á los pueblos moder­
nos: que unos intentan conjurar por medio do la
violencia, y otros por medio do la libertad: proble­
ma constantemente discutido, analizado y estudiado
por las escuelas quo so disputan el predominio de la
opinion. y del quo no podemos ocuparnos en esto
sitio, sino en cuanto se reflere A nuestro propósito.
El socialismo, sentimiento universal A que lo sa­
crifican todo los griegos y los romanos; que llega A
ser la divinización del Estado, personificado en la
república y en la pátria; que absorbe el interés indi­
vidual eu el colectivo y general: que aniquilar
puede mal dirijido la moral privada y destruir la
familia, forma uno de los motivos más valiosos,
una de las causas más culminantes de la cultura
griega y romana, determinando el carácter político
y forense do su elocuencia.
El socialismo, que renace en nuestros dias bajo
fórmulas análogas, pero 110 idénticas A las antiguas;
quo aspira al triunfo de las ideas democráticas,
asociándolas al desarrollo de la industria y del tra­
bajo de quo nuestro siglo ,so muestra Avido é insa­
ciable. favorece grandemente en Grecia y Roma la
elocuencia.
Atenas os eu la antigüedad el más basto esce­
nario de la oratoria política, como Roma lo fué
do la oratot'ia forensc\ pero en uno y en otro
do ostos dos pueblos, si la discusión era constantp.
enérgica y animada, ora porque el socialismo im­
primía el sello do su intransigencia y su exetusivis-
42 — ‘

ido á aquella civilización, haciendo do la palabra


i**] camino y medio do adquirir y conquistar los pri­
meros puestos de la república.
El pueblo ateniense y el pueblo romano quo vi­
vía de continuo en las plazas públicas; que oía, to­
maba parte y decidía por sí los asuntos que tan vi­
vamente le interesaban; el pueblo hasta entonces
arrastrado, jamás persuadido, era natural que
honrase y distinguieso á los que por medio de la
palabra le mostraban por vez primera el secreto
de su poder y su grandeza.
Reunido on las Asambleas de la Grecia ó on los
Comicios do Roma, era actor ó testigo de una dis­
cusión animada, constante, no'pocas veces agresi­
va y agresora hasta el insulto. Aleccionado en esas
luchas gigantescas, rechazaba A todo aquel que no
se presentaba en la arena del combate provisto do
todas armas, y cada din les podía y les exigía más.
La organización política, la diversidad de los
tribunales, todo esto unido al estudio de la jurispru­
dencia, de la retórica, de la filosofía y del ¿lorecho,
dieron (\ los oradores de Grecia y Roma una supe­
rioridad á que eu cierlo sentido y bajo de diferentes
aspectos no se ha llegado nunca despues.
Los negocios mas arduos se trataban y resolvían
por medio del raciocinio y la discusión. Se estudia­
ba cuidadosamente el medio de. manejar las volun­
tades, y en aquellos continuos debates de la virtud
y la ambición, del patriotismo y la vanidad, del Ín­
teres y la envidia, do la abnegación y la vengan­
za, se empleaban toda clase de argumentos, se
aducían toda clase de pruebas, se apelaba á los re­
cursos mas extraños, se formaban en ñn grandes
oradores poli Líeos y forenses.
— 43 —
Entro las causas generales que favorecen el de­
sarrollo de la elocuencia en la antigüedad, la gran
mayoría fueron comunos á los dos pueblos dondo
por primera vez so cultiva la palabra como arte:
dondo se escucha «1 los oradores como oráculos en
las deliberaciones públicas, haciéndoles dueños y
árbitros de la paz y de guerra, terror y azoto de la
tiranía, y arma funesta 110 pocas veces de la opre­
sión y lainjusticia.
E1 carácter de la civilización griega y romana se
refleja de un modo admirable en su olocueticia; jus­
tificando esta verdad, este hecho histórico, innega­
ble, incontrovertible, el gran interés y la trascen­
dencia do estos estudios.
Ln lucha de clases en Atenas se verifica en las
calles, en las plazas y en los pórticos do los tem­
plos; en la república romana se hace ostensible por
medio do la ley y las rebeliones do la plebe.
En Grecia uua causa criminal se convertía siem­
pre en una lucha política; en Roma una contienda
política ora en definitiva un debato judicial.
La rivalidad entro Pisistrato y Solón invisto un
carácter político, al paso que la lucha entre los pa­
tricios y los plebeyos se hace ostensiblo on Roma
por medio de la ley y de las rebeliones dol pueblo.
La Terontila da origen á la formackn de las Doce,
Tfíbfns. y la retirada al monto Aventino á la crea­
ción de los tribunos, realizándose lentamente la
emancipación de la plebe por las leyes agrarias y
las rebeliones de los Graeos.
Los romanos, dados al desarrollo práctico de la
vida, concedían siu embargo, ménosal poder de la
palabra que los griegos. Su constitución política,
fuerte y poderosa por la unidad do los intereses y
—44—
do la acción, no consentía una intervención tan di­
recta de los oradores en las resoluciones públicas,
como acontecía en las repúblicas do la Grecia, don­
de la elocuencia constituía la octipacion única, ex­
clusiva de los ciudadanos.
Lysias, Ixeo, Isócrates y aun el mismo Demóste-
nes principalmente fueron oradores; los Gracos,
Pompeyo. Casio, Cicerón y César fueron A la vez
que oradores, magistrados, pontífices, pretores,
cónsules, tribunos, jurisconsultos y guerreros.
Era. por último, costumbre en Atenas pronunciar
el elogio fúnebre de los guerreros muertos en el cam­
po do batalla, y osto contribuyó, A dar un gran im­
pulso Ala elocuencia, imprimiéndola en todos senti­
dos un sollo eminentemente político.
Los pueblos griego y romano cumplieron, pues,
sin darse cuenta de ello. la ley del progreso; pro­
greso doloroso, como le llama un célebre orador
sagrado de nuestros dias, por cuanto el hombro se
halla condenado á reconquistar por el sufrimiento
la grandeza perdida por la rebelión y por el pUtcer.
La historia de osos dos pueblos nos presenta,
estudiada á la luz de una filosofía verdaderamente
racional, ejemplos numerosos de las tristes conse­
cuencias que acarrea el fundir en los e s t r e c h o s mol­
des, del fanatismo político las grandes cuestiones
qne afectan al órden social y al órden civil, A la for­
mación de las leyes, A la declaración de la paz y de
la guerra, á la lucha de clases, y á otras cuya impor­
tancia venia á ser en Grecia y Roma la misma que
se daba Alos negocios en que se interesaba un par­
ticular: solidaridad de pasiones y afectos que con­
tribuyó A dar mayor importancia en la antigüedad
A eso género de oratoria, cuyo carácter distintivo
— 45 -

os la elevación, el Ínteres general, la lucha ardiente


de las pasiones, la defensa del honor y la integridad
nacional; la de los rnás grandes objetos para el hom­
bre constituido en sociedad, de la elocuencuecia
jxAíiica, en fln, qne si bien nace casi al mismo tiem­
po quo la fot'ewe, no forma en definitiva, como
pretende JBerryor, un solo género de oratoria, sino
que ostenta sus más brillantes atractivos en medio
de la turbulenta agitación do las repúblicas de la
Gtt'cia. asi como el espíritu razonador, eminente­
mente práctico del pueblo romano, nos ofrcco la elo­
cuencia forense á su más grande altura.
Loque hoy nos parecería ridículo, lo quo no po­
dríamos tolerar contribuía entonces á los progreso-
do la palabra oratoria.
El gesto, los movimientos, [a prosodia artificiosa
del idioma, las fuertes inflexiones, la cantidad de las
silabas, todo era objeto do desvelo y de cuidado
para aquellos oradores, muchos de cuyos y más
famosos discursos, despojados de aquellos atracti­
vos. so caen hoy do nuestras manos por lo fatigosos,
por lo fríos y sin color.
Grupo todo él de singularísimas y escepcionalcs
circunstancias que vinieron á dar un decisivo im­
pulso A la oratoria en Grecia y Roma, y de las que
hemos creido debsr ocuparnos anticipadamente, asi
como de otros particulares, para evitar en lo suce­
sivo cuojosas y frecuentes digresiones, inclinando
á la vez hácia estos estudios el interés do nuestros
lectores.
CAPÍTULO II.

P r im e r a s p e c t o b a jo e l c u a l s e nos o f r e c e e x
LA HISTORIA LA PALABRA COMO ELEMENTO CONSCIEN­
TE B ILUSTRADO DE PERSUASION.—SOLON J P l-
s is t r a t o .— E l o c u en cia m il it a r — .R e t ó r ic o s y
SOPHTSTAS.

] ° El naci miento, la aparición del arte oratorio


se hace datar comunmente do la constitución polí­
tica de la Grecia. Desconocido en la primera época
do la civilización, qne podemos llamar, siguiendo á
Vico, la edad de los dioses, porque, como dejamos
dicho durante ella la idea religiosa absorbo la per­
sonalidad tí imprime un carácter tiránico y restric­
tivo á todas las manifestaciones del espíritu, brota
casi espontánea y naturalmente cuando á esa edad
sucede la de los hombres, y la vida pública principia
á agitarse y desenvolverse.
Lo que en esto hay de exac to es que la oratoria,
al contrario de las otras artés y de las ciencias no la
reciben los griegos do los egipcios. Los griegos son
los verdaderos padres de Ul olocuencui, hasta el
punto que las generaciones han repetido sin contra­
dicción los versos del poeto latino:

Gratis ingenium Gratis dedil ore rotundo


Musa loq ui.
Es más: producto de la belle/ji y del sentimiento
— 47
la jjalabra artixticn no pudo en realidad ser culti­
vada hasta que el pueblo griego poseyó en alio
grado la idolatría del arte y la libertad. Por esto la
vemos dibujarse en Solon y Pisistrato; retroceder
on aparioncia bajo el imperio do los retóricos y so-
phislas: elevarse á su mayor altura en Demóstenes
y Esquines, y decaer más tardo de uua manera os­
tensible y lamentable.
Precede A la palabra como nosotros la estudia­
mos, como expresión artística del pensamiento hu­
mano. á la elocuencia propiamente dicha, un perío­
do histórico cu el que los críticos no han fijado
hasta el presente con gran esmero su atención.
Periodo de espontaneidad y á la voz do cierta
reflexión y estiulia, duranto el cual no os. sin om-
bai'go, todavía la palabra producto consciente del
gonio dirigido y aleccionado por las r eglas del bien
decir.
Periodo que podemos llamar de iniciación, pero
on el que ya se distinguen y sefialan hombres supe­
riores, dotados do un lenguaje enérgico é ilustrado,
á quienes no cabe dar el dictado de oradores; escla­
recida vanguardia de la pléyade ilustro que les si­
gue inmediatamente, y que tan alto supo colocar el
nombro de Atenas bajo el punto do vista objeto de
estas tareas y de la cual no debíamos prescindir.
La elocuencia no os todavía un arte: pero los
que de olla se sirven para encauzar los destinos dol
pueblo griego, se muestran dotados do conocimien­
tos diversos, y hasta de cierto instinto oratorio,
cuyos resultados se dejan sentir on el éxito y la in­
fluencia do su palabra.
Intentaremos llenar esto vacio por lo quo á nos­
otros toca en este libro.
- 4» -

2.° Destácase en loe albores do la cultura grie­


ga la majestuosa y simpática figura, la personalidad
esclarecida de un hombro ilustro.
Esto hombre es muy conocido; se llamó:

SOLON (640-559),

Las dos célebres repúblicas, Esparta y Atonas,


tuvieron cada nna un famoso legislador, Lityirgo y
Solon y ambos imprimieron el sello de su carácter
A su especial civilización.
Con solo el predominio de sus patrióticos conso-
jos, y el ejemplo do sus virtudes, el segundo modi­
fica. cambia y suaviza la Índole cruel, tornadiza é
indomable de sus conciudadanos. 6 inicia los triun­
fos de Marathón y Salatnina.
Revelando á los atenienses el poder de la pala­
bra en las deliberaciones públicas, echa los cimien­
tos de la elocuencia política, que los griegos eleva­
ron a su mayor altura, al calor de las instituciones
que supo logarles esto grande hombre; modelo do
patricios, dechado de ciudadanos, y ejemplo digno
del mAs alto respeto para la posteridad.
Descendiente de Codro, Solon era hijo de Exe-
questidas. qne en hacienda y poder gozaba, según
Plutarco, de una modesta medianía, lo cual lo obli­
gó fi viajar en sus primeros años para adquirirse
el sustento y crearse una posicion m.is desahogada
ó independiente.
A sus relevantes cualidades. Asu amor á la li­
bertad, A sus talentos y vasta ilustración, atribuir
debemos la influencia de Solon en la suerte y los
futnros destinos de la Grecia. Influencia que sr
arraiga, quo dura. que subsiste durante mAsde una
—49—
centuria, constituyendo la savia de la cuitara ate­
niense, á la cual se debe en último término, el
perfeccionamiento, el gran desarrollo del arte ora*
torio en la antigüedad.
Solon no es sólo el fundador del primer gobierno
democrático del inundo, sing el instituidor de las
mas relevantes virtudes cívicas.
Su moral encierra el gérmen de una filosofía ra­
cional y elevada: sus leyes, cuyos priucipios se han
aceptado en parte por los demas pueblos, son mo­
delos de sabiduría, de previsión y de tacto político.
Sólon es el primero que se atreve A confiar re­
sueltamente al pueblo la decisión de los más graves
y trascendentales negocios de Estado, dejando con
habilidad suma la iniciativa ñ. los sabios y el con­
sejo á los ancianos; pero dando á la juventud y á
la plebe participación en el acuerdo. aleccionándola
ántes por un procedimiento hasta entóneos desusa­
do, por un procedimiento nuevo, por el procedi­
miento de la discusión.
Todo asunto de alguna gravedad se sometía al pue­
blo ateniense reunido en pública asamblea. El pre­
gonero invitaba primero á los ancianos, y despues á
los jóvenes para quo emitiesen su dictdmen, y sólo
despues de agotado el debate, tenia lugar la vo­
tación.
Dulce, afable, sábio, prudente y enérgico, Solon
dirige muchas veces las reuniones populares y em­
plea on ellas una elocuencia expontánea, á la vez
que grave severa, insinuante y persuasiva.
La posteridad h a ' conservado de Solon varias
composiciones poéticas, trozos, máximas y pensa­
mientos, por los cuales podemos inferir aproxima-
7
— 5° —

dnnmnte cual seria ci estilo y el giro especia! de su


palabra.
Ved aquí algunos curiosos tr a b a jo s do este géne
ro conservados por el juicioso Plutarco y traduci­
dos á nuestro idioma castellano por un erudito y
elegante escritor:
£1 qne posee gran copia de oro y plata»
Campos extensos de abundantes mieuea,
Y tutilea y caballos, y el que sólo
Tiene nn pasar honesto que le baste
A comer y vestir cómodamente,
Mujer é hijos, y á esto acreces
Juventud y honradez, la dichu eB llena.

Yo bien desee eu bienes ser muy rico;


M is no los quiero por injustos medios,
Que viene al flu la inevitable muerte.

Machos malvados en riqueza abundan,


Y ranchos buenos gimen en pobreza;
Mi virtu d 110 cambio con sus bienes
Que esta siempre es igual; y de riqueza
U sa y abusa el hombre cumuuineute.

A l pueblo di el poder qne bien le estaba


SU que en huiiur gnnara bi perdiera;
Los que excedían en influjo y bienes,
Ser ¡qjnstgs por esto 110 podían:
A todos los armé de fuerte escudo:
Y de vencer ea ¡ajusticia á nadie
Se dispensó la autoridad misma.

Os pagáis de la lengua y las palabras


D e un hombre eulabiador y artificioso;
— 5i —
Una astuta vnlpeja 1 tras ai os lleva,
Y tenéis todos la r&zon lisiada.

Si teueta que sufrir, vuestra es la culpa;


No de los dioses la llaméis castigo,
Dando vosotros alas á estas geutes *
Los habéis ensalzado, y ahora el pago
E s nna torpe y mala servidumbre.

Fatigados los atenienses de la dilatada y sangrien­


ta guerra que por ¿alamina habían sostenido con
los de Mogara, establecieron por ley, y bajo pena
de la vida, que ninguno hablase do emprender de
nuevo la ludia; Solon, no conforme coa esta resolu­
ción, que estimaba con razón humillante é ignomi­
niosa adopta un partido; se finge loco, compone un
poema de cien versos. lo estudia de memoria, se
encamina á la plaza pública, subo en el encano do
muñitor, y recita cantando una olegia cuyo comienzo
ora el siguiente:
P e Snlároina vengo, la envidiable,
Y este lugar en vuestra junta ocupo
Para cantaros deleitables versos.

Los atenienses acudan en tropel; rodean al poeta


y al oir s u s v e r s o s s i e n te n inflamarse su corazon.
Pisistrato adivina el efecto mágico do aquella
composicion, y favoro astuto los íines do su an­
tagonista. la ley queda abolida, y A grandes gritos
ol pueblo proclama y decide de nuevo emprender
la guerra.

1 Zorra, «ludiendo á la astucia de Arimon.


I Al udiesdo a Pialutrato y sos partidario#.
— 52 —
Notad aqui un triunfo inmediato do la poesía y la
elocuencia colocada al servicio de una causa patrió­
tica y justa.
Lo quo más dará ¿conocer á nuestros lectores la
palabra de Solon es la siguiente arenga que co­
nocemos por Demóstenos:

«Gracias á Júpiter y á loa demás inmortales —lea dijo


cierto día— jamás u verán por tierra Loa muros construidos
por nuestros mayores. Atanea, hija del Padre de Iob Dionea
extiende bu mano benéfica y poderosa sobre é s ta nuestra
ciudad querida. No pretendas ¡oh pueblo! arruinarla con
tus vicioa ni destruirla con til desmedida afición á los rique­
zas. Los qne te dirigen, te extravian, y en vez de aprove­
char ana talentos para enseñarte y encaminar tas pasos
Inicia la paz y la virtud, atraen sobre tí los mas grandes
desastres.— ¡Oro! gritan; |Oro! ¿qne importa la justicia?—
Nada hay sagrado para «líos, ni nada seguro en sos ma­
nos. Be atenta al tesoro de los Dioses y & la fortuna de los
particulares, con menosprecio de Témis, que lo ve todo en
silencio: ¡olí! el tiempo se encargará de vengarln. Males te­
rribles se extienden por todas partes. La libertad se trueca
en servidumbre; la discordia, gérmen de la guerra, cunde
y se infiltra por doquiera, amenazando úonvertirse en voraz
incendio. La sangre de los ciudadanos enrojece ya la tierra,
y este país, tan amado por nosotros desde ln infancia, Beri
primero destrozado, para despues Ber vendido por sus pro­
pios hijos. Estos son los ni ales qne nos oprimen, estos
los peligros qne nos amenazan. La muchedumbre sufre; las
casas de loa ricos se ven amenazadas, y los cerrojos, las de­
fensor un tumi es no sirven niAs qne de mayor estímulo para
qite el malo penetre hasta sorprender en el lecho á sus con­
fiadas victimas. ¡Oh mis conciudadanos! Las calamidades
— 53 —
nacen del olvido y del desprecio á 1&b leyes. E l yugo de
la ley es el mas suave yugo... Todo pueblo qae se estima,
comienza, por honrar y respetar la ley, llegando por tales
medios á ser s&bío, y i conquistar la integridad de sus de­
rechos.*

Solon no se doblegó nunca al interés, ni cedió á


la adulación- Conservó Ja entereza de su carácter
y la virilidad do hu inteligencia hasta el fin do sus
dias. Dulcificó las leyes do D/acou ideó el catastro
para dar sin violencia participación al pueblo en el
gobierno: e sta b le ó que la ofensa hechaá uno so en­
tendiera como hecha á todos los ciudadanos; modi­
ficó la organización dol Areópago; prohibió que se
difamase á los muertos, logrando por este medio
que las enemistades acabasen ante la santidad de
la turaba; quo so blasfemase ni injuriase á otro du­
rante los sacrificios, en las juntas, en los juicios, y
mientras la asistencia á los espectáculos; inició la
libertad de testar; obligó á que los padres diesen ofi­
cio A sus hijos, imitando on esto á los hebreos, dis­
pensándoles on caso contrario de la obligación de
mantener en ln vejez á sus primogenitores y. vigiló
para que nadie estuviese ocioso, castigando con se­
veras penas al holgazan: ensalzó, on fin, A la mujer
honrada y relegó al desprecio público A la ram era...
disposiciones todas que justifican la fuma de Solon*
Vencido y sin medios ya para contrarestar A su
rival Pisistrato pronunció aquella célebre sentencia:
«Atenienses, os habría sido fácil ahogar on
sus principio la tiranía; hoy seria más glorioso
pura vosotros exterminarla una vez consentida y
arraigada. >
— 54 —
Viendo que Jos suyos lo abandonaban, que el
pueblo no le prestaba oídos, so dirigió á su casa,
sacó fuora sus armas, y esclamó:
—He servido cuanto be podido á mi patria y á
las leyes:
Y dejándolas en la via pública, entró do nuevo
on su morada y se consagró hasta su muerto á la
meditación y al estudio, contestando A los pocos que
aun le querían y se mostraban recelosos de las ma­
quinaciones de su rival contra su persona:
—Nada tomáis: mo escudan mi ancianidad y mi
honradez.
Bellas palabras mi boca do un hombre que fue
creador de su pueblo mi la verdadera acepción do
esta palabra. No creador de un vasto imperio, do
una i mensa nacionalidad, do una monarquía dilatada
ó imposible de regir y gobernar; sino creador do
una república-modelo, quo bajo sus sabias y previ­
soras instituciones nace llena de vida, crece, y llega
al apogeo dr> su grandeza por el sendero de la li­
bertad y do la virtud, hermanas inseparables, hasta
el punto que no so concibo el imperio de la una sin
e.l calor vivificante y el predominio de la otra.
Solon enseña el primero con su ejemplo la justi­
cia y la moderación, y de una agrupación compues­
ta do aventureras, de malhechores que poblaban el
Ática, hace una nación dispuesta á st*guir y practi­
car sus humanitarias lecciones.
Ese afan por la celebridad, por la gloria que
caracteriza al pueblo griego «mi todas las manifesta­
ciones do la imaginación y del talento, tiene por
base, por origen el puro aliento de Solon.
Solon prepara los dias mas prósperos y risueños
de Atenas; hafre quo el sol del Ática ilumine con sus
— 55 —
rayos refulgentes no sólo las naciones antiguas, si­
no qne hayan podido llegar de él hasta nosotros
destellos luminosísimos capaces de guiar por los
Bondoros segaros del progreso á la humanidad.

P IS ÍS T R A T O , ( s ig l o v i .)

Plutarco designa A Pisistrato como el primero


de los oradores de Atenas, y con él están do acuerdo
algunos otros críticos é historiadores, concediendo
á este gran adulador do las masas, á este revolu­
cionario insigne, cualidades quo nosotros no le ne­
gamos, muy propias para ol logro de su ambición y
sus designios; pero quo no por ellas moroco el titulo
que le otorga, el titulo de un verdadero orador.
Colocado ni fronte del partido popular, no obs­
tante sus riquezas é ilustro cuna, Pisistrí.to os el
primero qne pronuncia la palabra iflimUIrtrf. que tan
falsas y peligrosas interpretaciones ha recibido en
todas épocas y recibe aun en nuestros dias.
Valiente y generoso, de aspecto simpático, según
Plutarco; do imaginación culta, se distinguió poI“ su
aplicación A las -artes liberales, elogiada por Dio­
nisio do Halicarnasio. sirviéndose de una palabra
fácil, dulce, persuasiva ó insinuante, logró conquis­
tar dos veces el poder que el pueblo le confirió de
buen grado, sin comprender que ora lasedde man­
do el mótil verdadero de la graa mayoría de sus
estudiadas ofertas.
Favorables las instituciones del pueblo ateniense,
propicias las revueltas políticas á quedaba márgen
la lucha entre el elemento aristocrático y ol popular
A los designios de un ambicioso, algo hallamos on
-< ¡6—
Pisístrato ciertamente, y aun algo más que en So­
ló n , que t í o os la locucion espontánea y primitiva
que antes de ahora hemos definido. El arte no por
ello aparece todavia en la verdadera acepción que
debemos darle. Se inicia on cierto sentido; pero se
inicia desnaturalizado y valiéndose ya do recursos,
do resortes que una recta y sana critica no puedo
ménos de rechazar, hasta ol estremo que ganoso
Pisístrato. do obtener la confianza del pueblo, apa­
reció tin día en la plaza pública cubierto de sangre
y fingiéndose herido por las intrigas de los nobles,
logró que se le destinase una guardia para su cus­
todia, de la cual se sirvió luogo para arrojar á los
Alcmeonidas de la ciudadela, y erigirso en jefe su­
premo de la república: rasgo que vasta por si solo
para comprender las diferencias que separarían
la palabra de Solon y la de su émulo y rival afor­
tunado.
Discípulo del gran filósofo, es filósofo como él;
pero más estimado y querido que su maestro pol­
la ciega y siempre impresionable multitud.
Legislador, dueño, rey de las voluntades. Pisís­
trato atrae las miradas hacia sí, más que hdeia la
república, y en esto so diferencia, se separa del
gran modelo á quien no supo imitar jamás, ni en
honradez, ni en abnegación, ni en sinceridad, ni en
amor pátrio, ni en ninguna de sus relebantes cua­
lidades.
Solon es el tipo del patricio honrado; Pisístrato el
del ambicioso que se sirve instintivamente de los
preceptos do la dialéctica, para arrebatar á la mu­
chedumbre y gamirse su voluntad y sus sufragios.
Hay pues una gran diferencia entre uno y otro:
Solon croa la república de Atenas; Pisístrato laco-
— 57 —
loca al borde del abismo. El uno es ol hombro sin­
cero, cuyo ejemplo se reproduce tan pocas veces
en la historia; el otro logra tener numerosos imi­
tadores entre sus compatriotas; los tuvo más tardo
en Roma, los ha tenido antes, los tiene hoy y los
tendrá siempre.
Solon ama á su pátria y se sacrificaba por ella:
Pisistrato por el contrario anhela su prosperidad,
su medro personal; tiene orgullo, tiene ambición,
y dominado por esa pasión quo ha malogrado y ma­
logra para el bien multitud de talentos privilegiados
se finge demóa'ata, A pesar de su odio & libertad
y mintiendo constantemente, consigue sobreponerse,
sobre su esclarecido maestro y amigo, que en vano
lo disputa con su sinceridad el predominio de la
pública opinion.
Luchan, Solon y Pisistrato en la plaza de Ate­
nas. Expone el uno sus servicios á la causa do la
libertad, sus leyes, sus virtudes, su cabeza encane­
cida, y el otro su juventud, sus heridas fingidas, y
Ja muchedumbre so (toja engaña!* y sigue al quo la
pierde, trnyéndole dos veces del destierro conduci­
do en triunfo para otorgarle entro aplausos ol poder
supremo.
Son necesarios algunos años para que \hpalabra
do Solon, ingenua, espontánea, verídica, inspirada
en el más puro patriotismo trueque el carácter y las
costumbres del pueblo ateniense: on unos pocos no
más la de Pisistrato opera un cambio m is profundo,
si cabe: y á la vuelta de sus viajes Solón llora y no
conoce á su pueblo.
Imitad jóvenes, os diré aunque carezca para ello
de autoridad, imitad A Solon en la sinceridad do sus
s
— y8 —
intenciones, si consagráis algún día vuestra palabra
al servicio do la patria-
El ambicioso os el tipo más contrario á los finos
levantados do la palabra humana aplicada h la di­
rección do los negocios públicos y á la defensa de I09
grandes intereses de las naciones. Contra él debe
aliarse enérgica protesta en los libros y on las cá­
tedras de rotórica y do elocuencia, hacinado ver las
funestas consecuencias que la seducción y el engaño
do los ambiciosos han acarreado en todo ttempo á
las muchedumbres, falseando los altos destinos do
la elocuoncia.
Atenas so levanta, brilla como república ordena­
da y juiciosa cuando Solon dirige sus destinos; se
prepara A la esclavitud del sable bajo ol poderío
usurpado con malas artes por Pisístrato. Tal sorá
siempre el destino do los pueblos quo no indagan,
que no procuran saber quién los habla con sinceri­
dad y quien les engaña.
Las arengas del gran legislador Solon fueron hi­
jas de nobles y patrióticos designios; la de su parien­
te y discípulo, producto hábilmente combinado de su
talonto y su ambición. La palabra de Solon ingenua,
franca, leal; la do Pisístrato robusta y varonil, pero
esencialmente artificiosa, como dirigida A un fin
poco digno y levantado. La una llena de abnegación
y desintares; la otra de afectos fingidos y trágica­
mente expresados; preludio esta última do muchas
otras que si no bastan á justificar las provencienes
injustas y á la suspicacia y recelos de muchos contra
la oratoria, habrán de modificar el entusiasmo cie­
go do los quo inspirándose en ideas más expansivas
y generosas quisieran fiarlo todo al exclusivo predo­
minio de la palabra.
— S9—
L a historia d o debe escribirse, ni leerse en vano;
es preciso sacar de olla lecciones y enseñanzas
prácticas para la vida. El contraste quccngigastesca
lucha ante el pueblo ateniense ofrecen Solon y Pisis­
trato, es un espectáculo quo se repito y esplica la gran
dificultad de distinguir muchas veces al bueno del
mal patricio, si sólo so les estudia por los efectos
de su elocuencia ante el gran jurado, no siempre
atinado é imparcial, de la opinion pública.
Pisistrato venció á Solon y se debió esto princi­
palmente al torcido uso de sus facultades, al em­
pleo de su palabra con un fin contrario A las exi­
gencias dol deber, quo en sentir, acertado por cierto,
do un orador contemporáneo constituye el calor on
los hombres públicos.
Solon habla á los atenienses oí lenguaje do la
verdad; Pisistrato, egoisto y enfatuado, halaga sus
pasiones, y el triufo es siempre para esto ultimo por
espíritu constante on la plebe de novedad.
|Ah! icuantos males ha traído ese espíritu y cuan­
tas páginas de la historia aparecen salpicadas do
sangre por esta sola causa'
Ménos odioso que otros tiranos, Pisistrato prote­
ge las artes según dejamos dicho: para mantener
al pueblo contento y sumiso, abre uno biblioteca,
ordena los poemas de Homero, y difunde por doquier
el amor á la suntuosidad y A la ostentación á quo
tanto so prestaba el carácter y las aficiones del
pueblo griego.

3,° Las arbitrariedades de Pisistrato y el desen­


freno de sus hijos atrajeron sobro los atenienses
inmensas calamidades.
— 6o—
Despues de su muerte se establece el gobierno
democrático, ronace enérgico y poderoso el senti­
miento do la libertad, y las guerras médicas (500
años antes do J.-C.), cambiando la dirección de los
espíritus, hacen quo la palabra, reflejo do las cos­
tumbres, adquiera durante un largo espacio de tiem­
po un ciarán tor militar , personificado, si asi nos es
lícito expresarnos, en M i l c í a d e s , que con 10.0000
hombres y algunos esclavos se presentó en Maratón
y combatió á los persas; on Temístocles, hombre
do pasiones impetuosas, activo, de acentos arrolla­
dores, mezcla do tribuno y hombre de Estado, y por
último, on Arístides quo supo eclipsar la fama do
su rival por su abnegación y sus virtudes.
El Ab. Henry cita á Gu st h é se como uno de los
quo contribuyeron al restablecimiento del gobierno
democrático; á Mnesipjule, discípulo de Solon y á
T hargélia , célebre en toda la Grecia por su belleza
por su mérito extraordinario, sus raros conocimien­
tos y sus arengas, y á la cual se la dió también el
título de sophista.

4.° Eti tanto que la escuela de Atenas fomen­


taba y engrandecía el imperio de la elocuencia, y
aleccionaba oradores, más por la fuerza de los
sus ejemplos quo por la sutileza do sus preceptos,
Syraeusn* la Atonas de la Sicilia, se mostraba rival
suya en todas las artes, y principalmente en lo quo
se refería á los que podemos calificar de medios
científicos y doctrinales del bien decir.
Quintiliano. Sexto Empírico, Aristóteles, San Ata-
nasio y cuantos más ó inrinos iividi^nUilmente han
querido explicar el origen do la elocuencia, os-
— í>! —
tán conformes eu designar & Syracusa como la
verdadera cuna dolarte oratorio. Allí por lo ménos
se escribiet'on pr eceptos; allí se abrió por C o r a x ,
amigo y confidente de Hieron, la primera escuela
de elocuencia; allí se sintió por todos los ciudadanos,
si bien no mucho ántos que on Atenas, la necesidad
y la conveniencia de hablar bien para reclamar con
éxito sus propiedades y sus derechos; allí, por último,
aparecieron Jos primeros ret&'ieos ofreciéndonos
este notabilísimo poriódo do la historia do la pala­
bra una enseñanza consoladora, toda vez que nos
hace ver quo hasta el horror favorece la ley fija y
constante, el dogma del progreso, que sólo los cie­
gos y sistemáticamente obcecados se atreven á
negar.
Los primeros pasos del arte son, empero y bajo
cierto sentido, funestos al arte mismo. La orato­
ria que no es ni debo ser otra cosa, quo la aplica­
ción acertada de los preceptos de la sana razón,
la oratoria se desvia apenas nace de su gran maes­
tra la naturaleza, y basada eu la dialéctico, va
aumentando rápidamente los preceptos hasta llegar
á un punto que se huo imposible retenerlos todos,
convirtiéndose on esclavos do sus propiosartificios los
que pretendían por tales medios ser oradores.
Dedicando todo su cuidado á la locucion, los re­
tóricos quo so daban á si mismo el modesto titulo
do sabios entre los sabios, lograron hacerso due­
ños de la multitud, y formando en su principio una
clase distinta do los oradores y de los filósofos, cul­
tivaron con fruto la ciencia de la política y del go­
bierno.
Pronto se separaron los retóricos y sophistas
del buen camino y mezclando la sabiduría con el
— b2 —
ai'te de litigar', dotados de un espíritu más superfi­
cial que profundo, prostituyeron on cuanto á su uso
oí don más preciado del hombre, llegando á soste­
ner como síntesis do sus doctrinas que «toda opi-
nion es cierta y verdadera;» fórmula quo ciertas
escuelas filosóficas de nuestros dias han vuelto á
resucitar, proclamando que «toda doctrina por sólo
el hecho do ser racional es verdadera.#
Fíié la primera y principal ocupación de los
sophistas enseñar la elocunncia, según dice Platón
en sus Diálogos, y confirman otros escritores, que se
han ocupado con inAs ó ménos desden de los repre­
sentantes deesta escuela. .i cuyo desarrollo y prepon­
derancia contribuyeron mucho las circunstancias.
Gente extraña, dice elAb- Andrés,deben parecer-
nos los retóricos y .sophistas, viéndoles unas veces
honrados por el pueblo, otras combatidos y censu­
rados duramente, oidos empero y buscados siempre.
Y es que estuvieron en moda en la Grecia
culta estos exagerados y poco comedidos partida­
rios del arte oratorio durante largo tiempo llegan­
do á abusar á de su preponderancia. De Syracusa
pasaron á Atenas, y el concurso y la celebridad de
sus escuelas atrajeron sobre ellos honores no otorga­
dos antes A otros hombres no menos ilustres, aumen­
tando estas distinciones exajeradas su petulancia y
vanidad.
L a c ro s a sustituyó á la jtoesia cuando ésta últi­
ma había recorrido ya sus periodos m is florecien­
tes, y de los prosistas A los retóricos no hubo más
quo un solo paso quo dar, habiendo entre los censu­
rados y ridiculizados rotóricos ó sophistas, prosis­
tas dotados de un talento poco común y do un mé­
rito indisputable.
— 6J —
Fueron estos, ontre otros, T is ia s . discípulo de
P r o t a g o b a s d e A b d e r a , hijo do ArUáinon (489-438),
primero que recorre las ciudades dando lomonus
do filosofía y de retórica, de genio activo, de ima­
ginación ardiente, aficionado á las cuestiones más
difíciles é intrincadas, y á quien debe considerarse
como uno de los principales jefes de los sophistas,
cuya profesión ejerció por espacio de muchos afios,
y entre cuyos discípulos contó á Sócrates; H i p i a s d e
E l e a f430), que reunió grandes riquezas, y viajó
por casi toda la Grecia, tipo el mas perfecto de la
vanidad humana y cuyos principales discursos hubo
de pronunciarlos en ol gimnasio de Atenas, de me­
moria prodigiosa, de estilo recargado y muy dado
á anfibologías y expresiones poéticas, las más de
las vc«?s inoportunas; P r ó d ig o d e C e a , discípulo
de Protágoras. que fundó una escuela el afio 430,
elogiado por Jenofonte en sus Memorias sobre Só­
crates, muy aficionado al uso de los sinónimos, y
á quien so condenó, como curjiptor de la juven­
tud ateniense, á beber la cicuta; Z e n o n d e E l e a .
que apareció en A tenas poco despues de Protágo­
ras, inventor de lo quo llamaba arte de dispu­
tar, nutrido en la doctrina sutil do Parménide, su
maestro, Aplicado á las paradojas, á crear y des­
truir argumentos caprichosos, silogismos embarazo­
sos y defender el pró y el contra, y cuya lengua
compara Timón á una espada de dos filos; A l c id a -
jias d e E l e a : P o l ig r a t e s a t e n ie n s e ; A n t ís t e n e s ;
y por últi­
T r a s ím a c o ; (Lé p a l o ; C r i t i a s ; T eo d o r o ;
mo, G o r g ia s d e L e o n t e (485-:í78), el más célebre
de todos ellos, por haber sabido dar á su estilo nuevo
colorido en la expresión, más riqueza y grandiosi­
dad que cuantos le precedieron, consagrando toda
— 64 —
su vida al servicio do la ciencia y cuya aparición en
Atenas tuvo lugar cuando contaba una edad avan­
zada.
Talos son los nombres quo la tradición ha con­
servado como los representantes de una escuela que
en definitiva no puede desdeiiar.se y quo prestó gran­
des servicios á la palabra artística, servicios digaos
de estima, y que contribuyeron a encauzar la elo­
cuencia como elemento consciente por una senda
de reflexión y estudio que más tarde, y pasado al­
gún tiempo, habría de dar escalentes resultados.
Fueron sutiles, ostentosos, vanos; se dedicaron
más á. escribir quo á pronunciar discursos, tomaron
de obras trozos al acaso las mas de las vecos, sin
acierLo y discreción; se condujeron mí'is como ver­
daderos charlatanes que como oradores; so mostra­
ron poco escrupulosos on política, irespetuósos con
las creencias religiosas de su época; tuvieron de­
masiado apego al producto material de sus servicios;
so perdieron en sutilezas, argumentos capciosos y en
cuestiones de todo punto inútiles, como los escolás­
ticos de los siglos medios* pero en medio de todos es­
tos defectos y todos estos inconvenientes, contribu­
yeron á generalizar el uso do la palabra, á enrique­
cer el idioma, á dar vida al espíritu y calor al pen­
samiento, títulos do gloria que no podemos negar­
les sin injusticia.
Los retóricos y sophistas quo vinieron á Atenas
transmitieron & sus habitantes el gusto y la afición
á las reglas del bien decir, que en breve en aquel
suelo privilegiado debían dar ópimos frutos, toman­
do la palabra un carácter artístico, y dando do si
los oradores quo prepararon la edad de oro de la
elocuencia griega.
CAPÍTULO III.

Se g u n d a época df> l a e l o c l t n c ia g r ie g a .— P e r i-
cles: T r o zo s m ás no tables de P lutarco acer­

ca d el m is m o .— O r a c ió n fúnebre e n elo g io de
Las HEROES MUERTOS EN CAMPABA-

l.o L a escuela a tómense abre ante nuestra vis­


ta un nuevo é importantísimo periodo en la historia
dn la palabra.
Continúa desenvolviéndose por algún tiempo el
elemento filosófico, más aun que el político; los re­
tóricos y sophistas coinciden como hemos dicho an­
tes, con los iniciadores del buen gusto; pero precede
á los grandes progresos de la elocuencia griega
algo que enlaza ostensiblemente la primera y la
segundo época del arte oratorio.
No es tan rápido, no es tan violento como han su­
puesto algunos el vuelo quo la palabra toinaen Ate­
nas. El arte hace sucamino lentamente, y si bien cre­
ce y se agiganta cu Grecia con más rapidez que en
parto alguna, no por esto so nos muestra de súbito
y sin la conveniente preparación.
De Solon á Pisistrato, de éste á Pendes, de Pé­
nelos á Lysias é lsúcrates, y de estos dos últimos
á Demóstenes y Esquines, hay cierta gradación que
los críticos no se han cuidado grao cosa de apreciar
con (Tenientemente.
Gradación tanto más importante y significativa
— 66—
para nosotros, cuanto qne, no solo justifica el plan
de nuestros estudios, sino que basta por sí solo para
destruir preocupaciones arraigadas en el ¡mimo de
muchos hombres de letras; preocupación os qtio cc-
don en daño de la verdad histórica y en despresti­
gio del trabajo como medio de llegar á ser orador.
Los enemigos sistemáticos de las reglas; los que
juzgan innecesarias las cfttedrás y los libros quo
tratan de la elocuencia, sostienen quo la palabra en
Grecia, nació, creció y so elevó al cénit de su ma­
yor apogeo casi sin precedentes, y esto no es
exacto.
Atenas halló los elementos necesarios para el
engrandecimiento de la oratoria, primero en las
instituciones democráticas di1 Solon, más tardo en
las enseñanzas tan desdeñadas de los retóricos y
los sophistas. Su idolatría por la libertad, su afición
á la filosofía, su entusiasmo por la belleza y por el
arte en todas sus manifestaciones, completaron la
séríe do los motivos, do las causas determinantes
del rápido progreso do la elocuencia griega. Pero
esto progreso se observa, so ve, y apreciarse puede
fijándose en este solo ramo de la cultura y la civi­
lización; no prescindiendo do otros que lo son más
ó ménos afines, pero comenzando por concederlo la
importancia que tiene on si mismo y muchos no han
querido otorgarlo.
La palabra como expresión artística del pen­
samiento humano sigue el curso ordinario do las
conquistas todas del hombro sobre la tierra. Es
resultado de algo que surge, quo naco dentro de
nosotros, y de algo no ménos importante quo se
adquiere con el tiempo y la esperiencia.
«E l arte y la ciencia no logran la gravedad do
— 67 —
la edad adulta sino dospues do pasar por las gra­
cias y los juegos de una infancia poética. Hornero
brilla en el centro del hemisferio intelectual de la
Grecia: Hosiodo canta la época de los dioses: Solon
legisla en métricos acentos, y solo despues do ellos
Tiene una goneracion de hombres ilustres quo ha­
cen do Atenas la escuela más esclarecida no sólo
de los pueblos antiguos sino do los siglos futuros.»
La Grecia so vió durante un largo periodo ma­
terialmente inundada por los retóricos y los sophis-
tas; poro dominando aun estos en el ánimo dol pue­
blo, so alzaron figuras dignas de vordadera estima,
y espocialísima mención por nuestra parte.

PERICLES (494-429).

2.° Renace con Feríeles la antigua, la primitiva


escuela oratoria iniciada por Solon; es decir, la es­
cuela que podemos llamar de la sinceridad y del
patriotismo á que debe darse la preferencia, el pri­
mor puesto tratándose dol ejercicio do la palabra,
Periclos abarca sin embargo casi por si solo una
época en la historia de la elocuencia antigua. Los
oradores que le preceden lo mismo que sus con­
temporáneos son pequeños ante él.
No hay en Grecia mas que un solo hombre elo­
cuente con quien compararle en cierto sentido y bajo
cierto aspecto; eso hombre es Demóstenes.
Periclos, Esquines y Demóstenes son en realidad
la encarnación viva de toda la fama oratoria do la
Grecia anticua.
Periclos, la enboza, ol estudio, la reflexión; Es­
quines. la espontaneidad, el fuego, la pasión; Demós­
tenes, la constancia, la energía, el corazou.
— 68—
Nada apenas nos queda de Pericles: la posteridad
no nos ha transmitido, de una manera auténtica al
ménos, ninguno de sus discursos, y sin embaí’go,
todos los críticos, todos los historiadores, asi antiguos
como modernos, convienen en concederlo como ora­
dor las más grandes dotes, las cualidades más rele­
vantes.
Aparece en Atenas cuando los sophistas deslum­
braban la multitud, ctíando tenía lugar la tercera
guerra Mesénica, y en realidad os el primero á quion
podemos dar el título do ot'ddor, porquo eu él se
reúnen, se combinan, se hermanan de una mane­
ra más ostensible el arte y la naturaleza.
Los griegos, más aun que los romanos, unieron
al cultivo de la oratoria el de las demas artes y el
de la filosofía, contribuyendo por este medio á su per­
fección. Naturaleza y arte según Cicerón son ele­
mentos precisos, indispensables, según dejamos di­
cho, en la elocuencia: Initium ergo dicendi dedil
natura} inüiwn artis observado.
No hay divergencia al juzgar á Pericles. Su solo
nombre conmueve al pueblo ateniense; su voz se
asemeja á la tormenta, y lanzan rayos que hieren
el corazón de cuantos le escuchan- ’

........................................ ici do Péricles


La v o ix .l1arden te voix, detous lescoeursraaitresse,
Frappe, íoudroie, agite, ápouvante la Grdce.

La vehemencia, el fuego, la expresión do sus


rasgos oratorios fueron causa de que se le compa­
rase á Júpitor, que la multitud creyera que en sus
lábios residía la diosa d éla Persuasión, y que se le
disignase con el titulo del Orador Olímpico.
— 69 —
Tonia el don do la oportunidad» el del convenci­
miento. el do la cortesanía y la sagacidad.
Se cree quo Periclos no escribía sus discursos,
sino que Jos improvisaba on la tribuna y al frente
de sus soldados; lo cual no excluyo que dispusiese,
como afirman algunos otros, su estructura y prepa­
rase los rasgos más notables de sus composiciones
oratorias.
Lo quo es evidente, lo que no admite duda, por
referirse áuna confesion propia de Poricles mismo,
es que meditaba mucho antes de hablar lo que de­
bía decir, quo tenia muy on cuenta el auditorio quo
había do escucharle, repitiendo con frecuencia esta
máxima antes de dirigirse á la asamblea:—Piensa,
piensa, Periclos, que vas á hablar á hombres libres,
á griegos, á atenienses.
Genio portentoso, talento colosal, léjosdedaúar-
le qne no poseamos nada suyo, esta circunstancia,
lo favorece haciendo que su palabra tenga ¡cosa
singular! el doblo encanto de la certeza y del
misterio.
Sabemos por sus mismos contemporáneo», lmsia
por sus émulos mismos, quo era tanta la fuerza de su
elocuencia y la vivacidad de su expresión, que pene­
traba en lo más intimo, hasta dejar un aguijón en
el corazon de los que le escuchaban; que el soldado
le seguía sin vacilar puesta eu él su confianza; que
so expresaba do un modo insiuuaute y vigoroso;
que poseía los resortes del talento oratorio: quema-
nejaba cu al. niuguno ia hermosa lengua griega;
que excedía y eclipsaba, en fin, á sus más egregios
contemporáneos, Anaxágoras. Sócrates y Pyth.':-
goras, filósofos: Eurípides y St>phoeles. poetas trá­
gicos; Herodoto y Thucydidos, historiadores; Phi-
— 7o —
dias escultor, y Zeuxi* famoso pintor; bastando su
fama para dar nombre á su siglo, que se titula hoy
como entóneos sin contradicción, siglo de Peíneles
Y todos estos elogios y todos estos juicios se
suceden sin protesta, se aceptan y pasan de una á
otra típoca, de los griegos á los romanos, do éstos
á nosotros, sin interrupción y sin eclipses.
«Pericles vale por si solo cien arengas escritas
y trabajadas á la suave y solitaria luz de una lám­
para nocturna, en sentir del Sr. Gonzalo Moron, y
sólo él es un poema homérico cantado con la varie­
dad armónica y melodiosa de todos los tonos, do
todas las mágicas vibraciones do la música griega
ó italiana-»
Hombre do Estado, guerrero sin par, político
eminente, patricio ilustre, veianse en Atenas por
todas partes pórticos, esculturas, inscripciones, pin­
turas, armas y trofeos como testimonios elocuentes
del talento, del valor de Pericles en las lides do lu
palabra y del ingenio, ó en los combates contra los
Persas y Espartanos.
Agarista, su madre, se dice, que soñó ántes do
darle A luz que había parido un león con una enor­
me cabeza, y en efecto, Pericles so distinguía por
esta circunstancia, quo ridiculizaron poetas tan lige­
ros y superficiales como Eupolis.
Educado por el músico y sophista Damon. por
Zenon de Elea, físico do la escuela do Parmenides.
y principalmente por Anaxíígoras de Clazomene,
debió, dice el crítico antes citado, á la disciplina y
al arte todos los prodigios que la disciplina y el
arte saben hacer, añadidos á las más grandes ap­
titudes naturales. Pericles poseyó además una de
las principales cualidades quo caracterizan A los
— 7l —
estadistas eminentes, la más completa seronidad y
dominio de si mismo, refiriendo Plutarco en com­
probación do esto, qne cierto día, habiéndolo un
joven disoluto y grosero llenado de ultrajes, Peri-
cles continuó despachando los negocios urgentes, y
cuando se hizo de noche el jóven le siguió injurian­
do hasta su casa. Lejos ti-’ inquietarse, al llegar á
la puerta, Periclos mandó .*1uno do sus criados quo
tomase una antorcha y acompanaso con olla al joven
hasta dejarlo en su morada.
Es un rasgo curioso del varón do quo en este
momento nos ocupamos.
Zenon dice quo era digna de imitarse la arro­
gancia. la majestad y la altiva dignidad de Pericles.
Aristóteles añade, que unos nacen para obede­
cer y otros para mandar, axioma'quc en su segunda
parte confirmó Pericles de un modo evidente 6 in-
putable.
Tiempo es que no divaguemos al acaso libando
aquí y allá los perfumes de las hermosísimas flo­
res que forman la corona dedicada á Pericles por
la posteridad; tiempo quo completemos éste, para
algunos quizá minucioso y por demás detenido es­
tudio, do un orador do que no poseemos trabajos
que confirmen las opiniones que aceptamos y hace­
mos nuestras, escuchaudo á su más esclarecido pa­
negirista, á Plutarco, traducido con admirable gra­
cejo y desenfado por ol erudito catedrático del
Ateneo de Madrid antes citado, por nuestro inolvi­
dable amigo el soííor Moron.
Halló este distinguido literato qne de modo al­
guno podía conocerse mejor á Pericles, ni apreciar
su talento oratorio y su grandeza política, que co­
piando, que trascribiendo literalmente algunos ras-
— 72—
gos do su vida escritos por Plutarco, y en esto
queremos imitarlo nosotros.
Plutarco no solo supo pintar magistralmcnto al
hombre; sino que nos di ó á conocer al político, al
guerrero, y reunió cuantos antecedentes han contri­
buido, reconocida su autenticidad, á que so tribute
A Pericles la más unánirao admiración*
Hay en las Vidas paralelas de Plutarco acentos
tan sinceros, reflexiones tan oportunas, juicios tan
atinados, que no es posible leerlas sin sen tirso v i­
vamente impresionado.
Y , sin embargo, este libro apenas si anda hoy
como debiera en manos de la juventud. Prestémosla
el servicio de reproducir aquí los Lrozes más nota­
bles. los párrafos más importantes de la biografía
de Pericles, no trsci ibieudola toda, sino tan solo en
la parte que se roflore A la especialidad de ostos es­
tudios:
«E l hombro, cuyo trato cultivó Pericles, dice Plu­
tarco, al que debió aquel tono y altivez de sentimien­
tos demasiado arrogante quizás para un Estado de­
mocrático, y la nobleza y dignidad en los modales
que tanto distinguieron y ornaron á este varón ilus­
tro, fuó Anaxágoras de Clazameno, á quien sus con-
tenporáneos llamaban el espíritu, sea por admira­
ción á su penetración y á su profunda inteligencia
de la naturaleza, sea por haber sido el primero eu
Grecia quo atribuyó ía formacion y el órden del
mundo, no al azar sino á una ¡ideliqencía pura y
simple, la cual sacó del seno del caos y unió entre
sí todas las sustancian homogéneas. Pericles tenía
una consideración particular á Anaxágorus, y apren­
dió en sus conversaciones el conocimiento de los
fenómenos del aire y dó toda la naturaleza. De
— 73—
este estudio provino on gran parto la elevación
y gr-.t vedad do su Animo; su eh-;ucion noble y
exenta ríe las afectaciones de la tribuna y de la
bajeza del estilo popular, y al propio tiempo la se-
verkUidde los rasgos de su fisonomía donde jamás
se vi ó pintada. In, sonrisa; la tranquilidad do su paso:
el tono de sn voz, siempre sostenido é igual', ía sen­
cillez de su porte, do su gesto y hasta de su vestido,
llegando hasta no sentir la menor alteración mien­
tras hablaba. cualquiera que fuesen tas j^ishnes
que te agitaran, y por fin, todas las cualidades que
hacían de Per iclos el objeto de la admiración uni­
versal...-
« Y no fueron estos, contimla el célebre panegi­
rista. los únicos frutos quo Pericles recogió do la
cosecha do Anaxágoras: aprendió también con su
trato A hacerse superior á los temores supersticiosos
que la vista de los fenómenos celestes inspira á los
que ignoran sus causas, y viven A expensas de esta
ignorancia en una continua agitación y como posei-
dos de un furor divino, mientras qne el honbre ins­
truido por el estudio do las leyes d éla naturaleza
siento hícia la divinidad una veneración llena de
seguridad, en vez do una dovocion superlieiosa y
siempre alarmada... Temiendo que la multitud se dis.
gustase dr' et viéndole do continuo guardó inter­
mitencias en sus relaciones con ella: no hablaba so­
bre todas las m aterias, ni se ponía siempre en es­
pectáculohreservándose solo para las grandes oca­
siones como la 7)'ireme de Sala mina, según la feliz
expresión de Crüolao. Fu las circunstancias ordi­
narias se hacia suplir por amigos y oradores adhe-
ridos d. susiníereses. figurando en Iré estos Efialtes,el
quo debilitó el poder del Areópagu: y srgun la frase
Id
- 74 -
do Platón, vertió pura y A manos lionas la libertad
sobro ol pueblo, quo una voz emborrachado, añaden
los poetas cómicos, como un caballo sin brida, no
pudo ya obedecer y se precipitó sobre las islas.
«Para formarse un estilo digno de su persona y
en armonía con sus pensamientos, recurrió Periclos
sin interrupción A las lecciones do Anaxágoras. Do­
tado por naturaleza do las disposiciones más fo­
liaos. k la sublimidad de sus sentimientos, A aque­
lla voluntad eficaz y perseverante, do quo habla el
divino Platón, nnia el arte admirable de sacar
partida de' iodo eu la argumentación, llega»do d
ser muy superior d los danm oradores de su tiem­
po. que le decían. Orador olímpico; si bien otros
son de opinion que este titulo se le concedió por los
grandes monumentos con que embelleció á Atenas,
por su habilidad en la ciencia del gobierno y en
la do las armas; si bien tío hay nizou alguna que
se oponga á que tan glorioso sobrenombro se
atribuya á la reunión de todas y cada una do tan
raras y sorprendentes cualidades...>»
No acaba aquí ol elogio de Plutarco:
*Feríeles, añade, hablaba siempre con extre­
mada circunspección, y cuantas veces subía d la
tribuna, suplicaba d los dioses que no permitiesen
se escapase de su boca ninguna palabra contraria
al ¡in que se proponía....»
Se citan de Pericles un gran número do inge­
niosos dichos.
Hablando una vez do la isla de Egina:—Seiia
necesario. dijo, quitar esta nube del ojo del P ü ’eo.
En otra ocasiou:— Yo ceo d la guerra, correr
del Peloponeso.
Sóphoeles, su colega en el mando do la flota, y
— 75 —

que navegaba con él. hacía un dia el elogio de la


belleza do un joven:—&}phocles. replicó interrum­
piéndole, un general no solo debe tener las manos
puras, sino también los ojos,
Plutarco termina la biografía de Pericles, una de
las más bellas que produjo su bien cortada pluma,
con el siguiente resumen ó epílogo, quo no queremos
ni debemos omitir para dar una cabal idea del ora­
dor que nos ocupa.
«Nosotros debemos, dice, á Pericles nuestra ad­
m ira d n por la dulzura y templanza quo conservó
siempre, aunque ocupado de negocios tan árduos y
entregado á tantas enemistades. Se la debemos
muy principalmente por aquella elevación ¡le senti­
mientos que le hacía mirar como su más bello título
de gloria el no haber janirts. revestido como so ha­
llaba dt* un poder tan grande y que duró cerca de
cuarenta años concedido nada al ódio ni á la cólera,
y no haberse nunca mostrado implacable con nin­
guno do sus enemigos. V aun esle misino sobre­
nombre tan faustuoso y arrogante dcoradai* olím­
pico. si había algo que pudiera impedir, que des­
pertase la envidia, y hacerlo digno y propio do Po-
ricles. era la pureza de su vida y su intachable
probidad en medio de un poder tan inmenso...
«Aleccionados termina, por los acontecimientos
que siguieron á la muerte de Pericles, no lardaron
los atenienses on comprenderlo que valia y on la­
mentar públicamente su pérdida. Los que durante
su vida sufrían con disgusto su poder, porque los
eclipsaba, confesaron ¡ninedia lamen te despues de
su muerte y luego que hubioron probado otros
uvutinres y tlemarfnfjm. que jamás hombre alguno
hubiii remudo tanta moderación y grandeza, tanta
— 70 —
dulzura y magostad. Y este podor, blanco do tan
odiosos ataques, esta monarquía. como so la lla­
maba, y esta tiranía, se reconoció entonces, que
había sido paca el Estado, como un arca do salva
cion; hasta tal punto el gobierno, ocurrido el fallo-
cimiento do Peíneles, se encenagó en la corrupción
y on la multitud de malas pasiones, á las cuales
habia obligado á ocultarle, debilitándolas, humi­
llándola» é impidiendo que so hicieran incurables,
manteniéndolas en la más completa impotencia.»
Hasta aquí el insigne biógrafo, hasta aqní el ele­
gante Plutarco, dospuos del cual 110 nos sentimos
con ánimo bastante para añadir de nuestra parto
una sola linea sobre Pericles.

3 ° Atribuyese á Pericles una famosa oraciou


dicha en elogio de los héroes muertos en la guerra
del Pcloponcso de la cuai se conservan algunos
trozos.
Trascribirlos os nuestro deber:

De l i » gacrreroB mnertoB uinguuo retrocedió AUle el


peligro; auslnbun vengar al enemigo y do perdonaron pura
conseguirlo Bacriflcio algalio. L a vida lea pareció pequeQa
cosa ante el placer de la venganza, prefiriendo ia muerte
á la iguominia de pasar por cobardes, y alcanzando el ca­
lificativo de esforzadas.
...A l hacer el donativo de en existencia ¿ la pdtrla me­
recieron elogios inmortales y nun gloriosa tumba que no
consistirá tanto en eee Barcófiigo de mármol destinado á
guardar sus ceuiz&e, como en el recuerdo y la admiración
que unánimes lea tributamos.
— 77 “
. ..L ob héroeB tienen el mando entero por sepultura...
Emulos de estos guerreros y persuadidos de que no hay
dicha sia libertad, ni libertad sin valor y virtudes cívicas,
uo vucileis, ni retrocedáis nunca ante los peligros y el
fragor del combate... L a muerte se recibe sin sentir cuando
sobreviene de improviso en los momentos supremo» en
que ae pelea, en qne se ludia por la pátria.»

Luego quo Poriclos hubo pronunciado esta ora-


cion, fué tan grande y genrral el efecto do sus pa­
labras que al bajar do la tribuna Jas mujeres le alar­
gaban sus manos, otras 1c arrojaban coronas y guir­
naldas como ¿í un atleta vencedor.
Elpinice. modelo de piedad fraternal, y que no
podía olvidar los agravios que su hermano Cimon
había recibido, acercándose al orador lo dijo:
— Pericles, no hay duda que cuanto has dicho es
admirable, y digno do tantos aplausos el haber he­
cho perecer á tantos y tan bravos ciudadanos, no
guerreando contra los Fenicios ó los Medos, como
Cimon, sino para arruinar ¿ una ciudad aliada de
Atenas.
Pericles la escuchó sin alterarse y la respondió
sonriéndose con un verso de Archileco:
t Vieja, ¿te perfumas todavía?»
CAPITULO IV

N uevas causas d el e n g r a n d e c im ie n t o d e l a p a -
labra a r t í s t i c a .— P erso najes i l u s t r e s .— R e­
f l e x i o n e s .— L y s i a s : I x e o : L ic u r g o : H i p é r i d e s .

1.° No podía monos de sentirse la Influencia de


Pericles, y si bien no concluyó por completo en Ato­
nas el imperio de los retó neos, la ¡talaban artística
adquirió á partir de esta época un tinte de mayor
pureza y severa dignidad, do que fueron represen­
tantes, en mayor ó menor escala. Antiphon, Cri-
tias, Hiéramenos, Alcibiades, Andocides, CafIn­
trato, y irlas principalmente Lysias, Ixeo ó Tsó-
crates•
Las calamidades que pesaron sobro Aténas, la
guerra del Peloponoso, que hizo caer la república
bajo la dominación de los treinta tiranos, cambia­
ron profundamente la disposición de los espíritus, y
el pesar público imprimió á las producciones todas
del genio una visible gravedad en sus diversas ma­
nifestaciones-
Comenzóse por abandonar los frívolos adornos,
las antítesis rebuscada?, los juegos de palabras que
tan en boga habían estado por largo tiempo, fijando
la atención en medios más sólidos y más seguros de
probar y convencer.
Plisóse mayor cuidado un oí fondo que un la for­
ma dolos discursos, comenzándose por estos medios
79 ~
á depurar ol gusto y á preparar par la unión do am­
bos elementos, necesarios, precisos A toda obra lite­
raria, á toda obra artística, el mayor apogeo de la
clocuecia griega.
Por esto tiempo los filósofos, qne tan tenazmente
habían conservado el metro en sus escritos, le aban­
donaron por completo, adoptando, según dice Dioni­
sio de Halicarnasio. una locucíon pomposa y maguí
fica, que se acercaba á la poesía, pero que no era el
metro ó ritmo poético, y que presto más sólidos ador­
nos y riquezas más positivas á la tribuna y al foro.

2.0 An t if ó n (480-410) Natural do Ramnov pueblo


marítimo del Atica, hijo de Sutil o, citado con aplauso
por Plutarco, so consagró á hi poesía, escribiendo
algunas tragedias do escasa valia; ideó, más tarde
un tratamiento moral pura los enfermos, quo tam­
poco le dió resultado, y abrió por último una cátedra
de oratoria, á la que so dice concurrieron Tucídidos,
Sócrates y Eurípides.
Escribió un Tratado de Retórica para uso de
sus discípulos quo mencionan con elogio Dionisio
do Halicarnasio y Quintiliano.
En opinion de algunos Antifon fué el primero, y
esto nos convenía hacerlo constar, que se valió de la
elocuencia para defender ante los tribunales los de­
rechos de sus clientes; habló también en las asam­
bleas populares, llegando á hacerse temible por su
dialéctica viéndose precisado por esta causaáconcre-
tarse á componer discursos para otros, on cuya ocu­
pación pasó con gran fruto la mayor parte de su vida.
Su estilo ha sido apreciado de distintas maneras-
Sus contemporáneos le pusieron el sobrenombre de
“ 8o—
Néstor. Dionisio do Halicarnasio le compara á Tu-
cídides, de quien dice, «que discurría admirable­
mente, y decía las» cosas tan bien como las pen­
saba»
De caracter inquieto, promovió, fin unión con Pí-
sandro, lít revolución quo derribó el gobierno popu­
lar durante la guerra del Peloponeso (410), siendo
enviado como embajador á Esparta para ajustar la
paz á toda costa y coa tal que so reconociese el
poder oligárquico, representado por el Consejo su­
premo de los cuatrocientos, que tan escasa duración
tuvo, cayendo bajo el poso do sns propios excesos y
su falta de patriotismo.
No creemos oportuno reproducir en nuestra
obra ninguno do los trabajo* que so citan de esto
retorico, debiendo reservar esta distinción para
otros de más reconocido mérito y aplicación, siendo
por otra parte más bien que verdaderas arengas,
ejercicios de escuela, faltospor lo común de colorido
é intención.
Las composiciones más apreciables quo la posto*
ridad nos ha legado de Antifon, son: uua sobre el
asesinato de Jlyodex, y la quo se titula del corista,
joven quo aprendía A bailar y cantar en casa de un
Corogo. y que habiendo tomado una bebida para quo
se le aclarase la voz. murió; acusando con esto mo­
tivo su padro al Corego como reo do asesinato.
Hay en estos discursos rasgos oratorios drr algu­
na estima, claridad on la exposición, distinguién­
dose por un lenguaje ausLero y conciso muy propio
do los debates forenses.
C r i t i a s , uno de los treinta tiranos, so señaló
ta ubien por su elocuencia, calificada de g ra v e , ele­
vada y pom posa por varios críticos é historiadores.
— 8i —
T ueram enes, de este personaje no se ha conser­
vado trabajo algun o, sabiendo tan solo, por Dioni-
niyio de Siracusa, quo esplioó retórica y tuvo por
discípulo á. lxóc ratos, Cicerón elogia sus escritos
sin haberlos leido, y por referencia ¿i personas que
lo merecían crédito.
A l c i b i a d e s , natural de Clineas, sobrino de Po-
riclos. y uno de los discípulos más estimados de Só-
eratos, ha merecido nn juicio severísimo de los
historiadores. Nada se conserva do este varón, cuya
biografía escribió con gran cstension Plutarco. Too-
lastro, autor de verdadera eslima» dice> «que Alci­
biades sobresalía mucho on la invención y en el co­
nocimiento de lo qué á cada asunto convenía,
añadiendo, «que carecía de facilidad, tropezando á
menudo, y parándose en medio de los períodos para
ver como había de continuar.»
Demóstenes califica á Alcibiades como el orador
más bohemente de su tiempo, censurando, no
obstante la conducta de este ambicioso do
de este hombro esclarecido on los fastos do
la historia griega: pero en quien, como en muchos
otros, la intriga y la vanidad' superaron con exceso
al amor á la justicia, á los nobles sentimientos do
la páh'ia y la libertad.
A niiúc '.iü e s , se señaló por la sencillez, el inéto-
y la claridad do sus discursos. Hijo de Leógaras.
pasó una vida muy agitada, habiéndose hecho sos­
pechoso por su lealtad A la patria hasta el punto de
habor pesado sobro él diversas acusaciones.
Denunciado por traidor ante el Sonado pronun­
ció una de sus mejores composiciones ó disenrsos.
C a l l i s t r a t o , por último, íué un orador expro-
11
— 8a —
sivo, vehemente en las imílgenes y de rasgos tan
brillantes quo conmovian al pueblo.
Otros oradores so citan por Dionisio do Halicar*
nasio en su docta critica, acoren de los cuales no
nos parect? oportuno hacer mas que la ligera men­
ción do sus nombres.
El arcaico Teodoro Bizantino, el débil y poco
persuasivo Anaximenes de Lamsaco; Teodecto,
Tcopompo, Ndncvaies, Efoiv), Filisto y Cefisiodoro,
Tmaitnaco de Calcedonia, puro y elegante, pero
de escaso interés en los asuntos de que se ocupó;
Poligvates, desaliñado* y pretencioso, y Zoilo muy
semejante á Critias el tirnno, florecieron por este
mismo tiempo.
Clasifican algunos críticos á los personajes cita-
tados en dos grupos, comprendiendo on uno á los
jwlüicos y oq otro á los forenses, división quo nos
parece convencional y arbitraria, toda vez quo su
nombradla es general y no concreta al género es­
pecial de su palabra.

y Las invasiones do los Persas y los triunfos


alcanzados sobro ellos por los atenienses, la guerra
del Peloponeso, que tuvo según hemos indicado
antes, dividida la Grecia durante más de vointe años,
influyeron en et curso y en la dirección de los ne­
gocios; pero l.i apimeion de un hombre, la subida al
trono de Macedonia deFilipo. imprimió nuevas co­
rrientes y ocasionó efectos marcadísimos en la ora­
toria,
Filipo, en vez de dar á conocer sus designios,
fingióse amigo do los mismos A quionos anhelaba
domeñar y protestando alianzas que favorecieran
— 83 —
sus planes, alimentando rivalidades personales, con­
siguió dividir las opiniones, y mientras unos califi­
caban sus miras sobro Ja Grecia con ojo certero y
previsor, otros seducidos por su política ó compra­
dos por su dinero hicieron au causa en el seno mis­
mo de la república.
Provino de aqui un nuevo género de lucha y de
jigautoscas lides entre los oradores griegos; lucha
do sinceridad por parte de unos, de artificio por el
de otros; lides ruidosísimas, apasionadas y que se
prolongaron durante casi todo el periodo compren­
dido por nosotros on esta segunda época, do la elo­
cuencia griega.
La palabra se hizo un arma poderosísima y
constantemente esgrimida, así en la plaza pública,
como en la Asamblea. Se hablaba á todas horas y
on todas partes; unos on contra do Filipo y otros en
su favor; unos aplaudiendo su conducta y denigran­
do'A los persas; oíros prefiriendo la amistad de és­
tos A ser aliados del rey de Macodonia.
Efervescencia, agitación quo en un pueblo im­
presionable, vehemente, tenia quo dar por resul­
tado, como sucedió on efecto, tipos admirables on
todos los géneros de elocuencia, como acontece
hoy, como sucede en nuestros dias 011 los que se
agitan intereses tan opuestos, ¡deas tan Encontradas,
aspiraciones tan diversas.
En aquella época la palabra era la única vál­
vula y el único resorte de la opinión pública; no ha­
bía prensa, apénas si habia libro, y nunca para
estas cosas.
¿Qué extraño, pues, quo la palabra adquiriese
tanta importancia y que el estudio do aquella pala-
- 84 -
bra. de aquellos acentos sea tan iilil y provechoso
para la humanidad?
Se aporcaba visiblemente, so acercaba á pasos
agigantados el instinto supremo pura la elocuencia
griega.
Los oradores anteriores y comtempor/meos de
Demóstoneg y Esquines nos ofrecen un cuadro bri­
llantísimo, y lejos do hacerles sombra alguna, ni
oscurecer su mérito, contribuyen á darles mayor
realce y m^s perfecto colorido.
Por esto, en ve/ de hacer entre ellos una sepa­
ración, lo hemos agrupado comprendiéndolos todos,
dentro do un período histórico, de una misma época.
Los distinguen diferencias más ó ménos nota­
bles A los ojos dula critica, no les separan tantas,
que signifiquen una nueva evolucion en ol sentido
filosófico, artístico y literario dentro del circulo á que
ceñimos estos estudios.
El uso de la palabra, el ejercicio de la oratoria,
llega por los motivos indicados A convertirse en una
verdadera profesion, lio sólo bajo el aspecto¡ íoIUícü,
sino bajo ol aspecto forense.
Los quo tienen necesidad de comparecer ante
los tribunales, no se flan ya de su propio criterio,
ni do sus propias fuerzas. Buscan con avidez, buscan
con afan, quien haciéndose cargo do sus intereses
les escriba la acusación ó la defensa, y s e permite
alguna vez, se tolera que la personalidad del de­
mandante ó del demaudado. del acusador ó del acu­
sado. se reemplace por quien habituado á hablar on
público sepa con mayor acierto ilustrar á los jueces
llamados á dictar el fallo ó pronunciar sentencia.
Así so vA introduciendo una laudable costumbre,
combatida por algunos, respetada no obstante por
— 85 —
todos los pueblos cultos y tenida en mucho con razón
por las naciones modernas.
La elocuencia so coloca resueltamente al servicio
do la justicia; es un elomento poderosísimo de quo
se hace uso sin menoscabo de la independencia y de
la imparcialidad de los juzgadores, y en beneficio de
los ciudadanos todos, sin distinción do clases, ni ge-
rarquías.
Trae su origen de este momento histórico la
íibofjacia. como magisterio, como sacerdocio pu­
blico, como ocupncion nobilísima, on la que hablan
de figurar despues los hombres más eminentos de
tantos pueblos.
Cosa la prevención que se tenía contra la pala­
bra on presencia del tribunal, y no solo se la acep­
ta, sino quo se roconocon sus ventajas y se confiesan
sus excelentes servicios A la inocencia y á la verdad.
Los personajes citados, pues, figuran indistinta­
mente on las lides políticas y on los debates forenses,
quedándonos sobrados documentos quo patentizan
esta dualidad de los que so consagraron con mayor
ó menor aplauso á la elocuencia duranto la época
que venimos estudiando.

4.° L y s ia s (493-414), Ocupa Lysias un puesto


preeminente, un lugar excepcional y casi tinioo on-
tre los retóricos griegos, por la sencillez, la claridad,
la pureza y la dulzura de su estilo.
La derrota do los Sibaritas por los Crotoniatas,
redujo á un dosiorto la célebre capital do los prime­
ros, repoblada más tarde bajo la protección de las
repúblicas do Esparta y Atonas. Los griegos quo
on unión de los restos dispersos do la antigua Síba-
— 86—
ris, so establecieron on ella, la pusieron por nombre
Turio, y allí acudió, entro otros. Lysias, perdiendo
con esto motivo la ciudadanía a ten ionso, en defen­
sa de la cual, y por recobrarla, pronunció más tar­
de varios de sus mejores discursos.
Aunque so ignora en realidad, de creer es que
Lysias so distinguiese ya nn Turio.
Cicerón, Quintiliano y Dionisio do Halicarnasio
alaban su elocuencia, llegando el primero á docir:
«que Atenas podia vanagloriarse de haber tenido
on él un orador casi perfecto»; el segundo, «que na­
da había inútil en sus trabajos oratorios, ni nada
exagerado, pareciendo en su palabra* más que rio
caudaloso, arroyo soseg¿ido. puro y cristalino.»
Dionisio de Halicarnasio elogia sobre todo sus
exordios, «en los que llego á ser, on su sentir, ini­
mitable»,
Conciso en la narración, animado on las pintu­
ras y clarísimo on la recopilación, Lysias era siem­
pre oido con agrado. Poco á poco se hacía lugar
entre sus oyentes, concluyendo por cstasiarles y
persuadirles sin violencia y sin trabajo.
Su ocupación constante, por espacio do algunos
arlos, fuá componer discursos forenses, de los cuales
algunos pronunció él mismo, habiéndo también dado
leccíonos de oratoria, si bien esto no aparece por
entero comprobado.
Distingiaso por la propiedad en el docir, circuns­
tancia más digna de aplauso, puesto que pasó en
Turia más de treinta anos y se hablaba on ella, di­
ferentes dialectos adomás del ático.
No solo hay órden y buen método en la coloca­
ráon de las palabras, sino quo se observa igual ila­
ción y encadenamiento en las ideas yen los pensa-
— ®7—
míentos de este escritor: Lysias subtiles atque ele-
ganSy et quo nihil, si oratorisatis sii docere., quae-
ras per'feclius, dice Quintiliano.
L\ eo . Glandes analogías, grandes semejanzas de
estilo encuentran los críticos todos, y hay en efecto
entre Lysias é lxeo, hasta el punto do afirmar
el Ab. Honry quo es en extremo difícil diferen­
ciarles.
La misma claridad, idéntica pureza: precisión y
armonía, Sólo se distingue lxeo de su comtempo-
ráneo, en qne es algo mas vehemente y expresivo,
y on que se muestra más artificioso en la elección
y en la disposición de las pruebas.
Dionisio de Halicarnasio. dice,comparando á lxeo
y Lysias: «Fijad vuestra vista en los cuadros anti­
guos, y observareis que son notables por la exacti­
tud del dibujo y por el primor de las formas; poro
no por el colorido, ni por la composicion. ni por la
buena distribución de las sombras, que formau el
mayor mérito de los modernos... pues tal es la di­
ferencia quo hay entro Ly?ias é lxeo. Lysias es la
sencillez misma; sencillez elegante, espontánea, na­
tural. lxeo revela en sus composiciones mayor tra­
bajo. En aquel domina la naturaleza^ en éste el
arte. Aquél hace una bolla narración sin saberlo;
éste se detiene, estudia para hacerla y lo consigue.
Al uno so le cree sin violencia; íi éste hay que es­
cucharlo con prevención. La bondad y la justicia so
muestran por si mismas en Lysias, mienrtras que
cu lxeo se las ve millares de voces como forzadas.»
La autoridad do tan esclarecido critico nos ex­
cusa de toda reflexión. La lectura de la oracion
forense do Ixoo, relativa á la herencia de Pirro, de­
muestra entro otras cosas quo la ciencia del dere­
— 88—
cho no estaba eu el lamentable atraso que algunos
suponen ántes de la época romana. '
L y c u r g o . Fué discípulo de Platón y de Isócra-
tos, y se distingió por su probidad y la acertada ad­
ministración de los negocios públicos.
Imitó á Pericles en el esmero con quo meditó
siempre sus discursos ántes de pronunciarlos. Se­
cundó con energía sus ideas y militó en el partido
de Demóstones, formando con él parte do la emba­
jada enviada por Aténas para cerciorarse de las
intenciones de los aliados, cuando Filipo amenazaba
por segunda vez la República.
Su popularidad fué grande entre los Atenienses,
y su discurso más saliente, os el quo improvisó in­
dignado á la vista de uu tal Leócrates. que al saber
la derrota de Queronea había huido ocultamente de
Atenas, llevando la alarma A Rodas y Megara, y
quo vuelto á Atenas dospucs de pasados más do
ocho años, pensó que so habria olvidado ya su co­
barde acción.
H i p é r i d e s . Cierto viajero inglés, llamado Harria,
compró el año 1847 eti Oriente unos papiros encon­
trados cerca de Tebas, que contenían, en un deplo­
rable estado, parte de la oracion que Hip&ridos pro*
nuncio contra Demóstenes por haber recibido dinero
del macedonio Harpalo, y otra del mismo dicha on
íiv o r de Licofron. Posteriormente, otro viajero in­
glés, Ardenio, adquirió en 1852el final déla segun­
da. y otra casi entera, que no puedo ponerse en
duda sean de este orador.
Se citan éntrelos recursos ó rasgos do ingenio
de Hipérides, el que motivó un decreto célebre por
el cual se dispuso que ningún orador defendien­
do á un acusado pudiese excitar la piednd do los
- 8 9 -
jueccs, y so prohibió la presencia de ios reos en el
acto de pronunciarse la sentencia.
Hipórides defendía áFrino, sacerdotisa de Vénus,
acusada por Eutias de impiedad. No obstante el
calor con quo mantuvo la inocencia do ésta,
al ver que iba á sor condenada, se acercó áella. y
soltándola repon ti na mentó los broches del vestido,
mostró sus secretos encantos ante los jueces, para
que compadecidos de tanta belleza la salvasen la
vida, logrando por tan estraño medio el objeto que
se había propuesto.
Cicerón, Quintilianoy otros, elogian oste rasgo
como un excelente ardid oratorio, que contribuyó
on mucho A la fama de üipérides, si bien otros
atribuyen este hecho á Anaxímeuc.
CAPÍTULO V.

I s ó c r a t e s : O p in io n e s y j u ic io s c r ít ic o s : s u s t r a ­
bajos o r a t r io o s .— A po g eo de la e l o c u e n c ia

GRIEGA.— DEMÚSTEXE& Y ESQUINES.

1 .* No on vano se despierta el buen gusto y las


aficiones literarias de un pueblo- No en vano se otor-
pan por rtl mismo aplausos y coronas á loa que se
desviven y afanan por ilustrarle, acrecentando su fa­
ma é inmortalizando su nombre.
Grecia figura sin contradicion á la cabeza de las
naciones sáblas en la historia del mundo; sus hom­
bros más esclarecidos en primera línea entre los
que han guiado á la humana ostirpe por ios sende­
ros del progreso, de la civilización y la libertad.
¡Nación envidiadlo'. [Egregios varones! Y o os
saludo, y en medio do mi insuficiencia, os admiro
con respeto y veneración.

ISÓCRATES (436-338).

Descuella como pocos, descuella, cual ninguno


quizás, entre los preceptistas y rotóricos griegos que
venimos citando, el gran Isócrates.
Su influencia en la elocuencia ática es decisiva;
sus servicios á la palabra humana como expresión
artística del pensamiento, incalculables é imperece-
— 9i —
lloros, hasta el punto que no concebimos quo haya
quien protonda hablar on público que no lea y estu­
die á Isócrates: quina se consagre á la tribuna ó
al foro, y áun A la cátedra sagrada, quo no busque
en osto maestro ontre los maestros, fuentes de luz,
do gusto é inspiración.
No hay on los trabajos do Isócrates el calor y la
vehemencia quo en los discursos de Démostenos;
poro no tiene rival, no tiene semejante en las dotes
de moderación, de aliño y de pureza que también
dicen á la elocuencia.
Fueron sus maestros Gorgias. Pródico. Tysias
y Theramencs: es decir, los mas famosos preceptis­
tas del periodo histórico que nos ocupa.
La debilidad de su constitución física le impidió
ocupar un primer puesto como orador, do lo cual
se conduele toda su vida: pero no rehusó por esto
el ser útil á sus conciudadanos y al arte oratorio.
Abrió para olio una cátedra do retórica, á la cual
acudieron do todas partes los jóvenes de más talento
siendo entro otros, discípulos suyos Ixeo, Lycurgo,
Hipérides y Demóstones. «Su casa era un gimnasio
abierto á toda la Grecia», según la feliz expresión
del orador romano, y «do su escuela, cumo do] caba­
llo de Troya; salía constantemente uní multitud de
hároesj). Tenia un don especial, para conocer la fuer­
za, el génio y el carácter de sus discípulos, estimu­
lándolos do mil maneras y sabiendo sacar siempre
un gran parlido desús disposiciones naturales.
La elocuencia académica, tal como nosotros la
comprondomos, no oncontrará jamás tipo más aca­
bado y perfecto.
Medita, escribe, liraa, corrige, se esmera, quizás
demasiado sogun algunos* pero osto constituye en
— g2—
Isócrates, no un defecto, sino un mérito. Llega has­
ta la nimiedad; poro llega conociéndolo y sabiéndo­
lo; es decir, llega por su propia voluntad, formando
por ello una escuela que ha prestado grandes ser­
vicios al arto oratorio.
Isócrates es un dechado de perfecciones qne
puedo acaso parecer en determinados momentos
monótono y frió; pero quo aun asi no admito com­
petencia, y pasa por uno de los modelos más aca­
bados que nos ofrecen los antiguos y los modernos
tiempos. Los mismos que le motejan han procura­
do imitarle, y si fuesen francos no podrían negarnos
quo los periodos más aplaudidos de sus discursos,
habrán sido por regla general los uiás meditados
y con más esmero dispuestos para producir efecto
y causar sensación.
Antes que arrebatarse, ántes que dejarse llevar
de las disposiciones naturales, es preciso al que
habla un trabajo de escuela y de bufete asiduo y
constante, y aun después de esto, los hombres ver-
daderamenle elocuentes de todas las épocas y luga­
res que han conquistado un nombre esclarecido como
oradores, jamás han dejadode planear, por lo menos,
sus discursos de empeño, y hasta de construirlos
con el mayor detenimiento ántes de pronunciarlos.
El orador, donde se muestra tal como es en si
y sabe hasta donde puede llegar, es en Ja réplica
y en las improvisaciones: pero no por ello puede
negarse el titulo do tal al que, como Isócrates, por
razones especiales, por defectos do pronunciación,
por falta do salud, por timidez de carácter ó por
otros motivos no acierta á brillar en tales ocasio­
nes, ó lleva para semejantes casos más ó ménos
preparados sus discursos.
— 93 -
Fácil os que on sentir de algunos uo debiéramos
hablar de Isócrates sino bajo el punto de vista de
la elocuencia de los escritos; pero osto sería por
nuestra parte desconocer la Índole de ese género
de oratoria, y atribuir, como se ha hecho ya con
sobrada ligereza al personaje quo nos ocupa, más
bien ol titulo de escritor que el de orador.
No: Isócrates merece figurar entre los oradores
griegos, y entre ellos como uno de los mejores y más
ilustres, por m is que no pronunciara apénas nin­
guno de los trabajos que compuso.
Fueron y sen estos verdaderas piezas oratorias
en su mayor parle, lo mismo considerándoles en la
forma quo el fondo\ discursos ó composiciones esen-
ciul y fundamentalmente oratorias en cuanto á la
elección del asunto, á la invención y á la disposición
ó estructura artística con que los redacta y dis­
pone. sin quo puedan confundirse en este particu­
lar con los demás géneros de las composiciones
literarias.
Isócrates en la acepción más precisa, más propia
y oportuna de esta palabra, 110 es solo un preceptis­
ta do mayor ó menor mérito; un observador que
expone teorías, preceptos y enseñanzas en forma
didáctica, sino que es a la vez un gran retórico, nn
gran filósofo, un gran político y digámoslo en suma,
una vez más, un gran orador.
Faltábale voz para hablar ante el pueblo y en
aquellas grandes asambleas en que materialmente
tronaban otros, y esto lo hizo cobarde y retraído.
No lo hubiese sido on nuestros parlamentos moder­
nos donde todo fuvorece y auxilia al orador, entran­
do por mucho para el mayor y más seguro éxito
de ciertos discursos, las dimensiones y las cxcelen-
— 94 —
tos condiciones acústicas dol salón en quo so han
pronunciado.
Dentro del aula, y ésta no debia ser pequeña
cuando hubo época do contar á cientos b u s discí­
pulos, Isócrates so hacia aplaudir con entusiasmo
y hasta con estrépito por sus oyentes y admiradores.
El conjunto do sus composiciones es magnífico,
habiendo pocos que le aventajen en grandilocuen­
cia, y en hacer un uso acortado y prudente de la
dialéctica.
Los que le acusan de debilidad y falta do patrio­
tismo olvidan tres hechos culminantes de su vida:
la defensa quo hizo, siendo muy jtfven aún, de Te-
ramones.. el luto que vistió anuido supo la sen­
tencia injusta pronunciada contra Sócrates, y por
último su amor á la pátria dejándose morir de
hambre á la edad de 98 años ante el terrible desas­
tre de Queronea.
Los que le motejan de interesado, le calumnian
igualmente; los que de frío y afeminado, no han
meditado bion sus trabajos oratorios. Tuvo ému­
los, tuvo enemigos como sucedo á todo hombre do
verdadero mérito: pero sus costumbres fueron so­
brias. castas, puras y su amor á la patria sin rival .>3
Dionisio do Halicarnasio escribió la biografía do
Sócrates de una manera admirable.
Pedro Mojía, al fin de la Silvia de Voria, tradu­
jo la Paranesis, tomándola de la versión latina do
Rodolfo Agrícola, Diego Gracian de Alderete ver­
tió del griego las dos oraciones Nieocles, impresas
on Salamanca en 1570, y por último. D. Ignacio L a­
zan lo hizo do nuevo de la Paranesis; si bien esta,
como otras traducciones suya?, quedaron inéditas,
siendo su pérdida on extromo sensible.
— 95 —
Los quo quieran conocer íntegros los escritos do
Isócrates, pueden leerlos admirable y fielmente tra­
ducidos á nuestro idioma castellano por D. A. Ranz
Romanillos.

2 ° Hemos visto nacer, crecer, desarrollarse y


desenvolverse la palabra como expresión artísti­
ca del pensamiento humano: hornos enumerado, con
la posible precisión y minuciosidad, sus primeros
pasos, sus dificultades y extravíos, sus legítimos
triunfos y sus victorias: hemos asistido á la obra
lenta y penosa, inconsciente unas veces, artificiosa
y violenta otras, do los retóricos y los sophistas
dentro y fuera del aula; llegamos ya al momento
en que la elocuencia propiamente dicha, despliega
toda su magnificencia y esplendor.
Si hasta el presento nuestra tarea ha ofrecido di­
ficultades, por referirse á tiempos acerca de los cua­
les apenas si alcanza el recuerdo de las generaciones
sabias, á partir de este momento lo múltiple, vario,
y no pocas voces injusto y apasionado de los pare­
ceres, hace en otro sentido que acrezca nuestro
compromiso.
Compromiso abrumador si do antemano no con­
tásemos con la benovoltincia de nuestros lectores y
de la docta corporacion á la cual dedicamos estas,
ya aflojas, tareas, aligeradas ahora para ofrecerlas
al colegio ilustre de abogados do Valladolid como
demostración pública del afecto quo sus individuos
todos nos inspiran, y de la alta estima que sus tra­
bajos oratorios merecen, teniendo ocasion de apre­
ciarlos diaria y constantemente en el desempeño de
nuestro cargo.
— 96—
Galanura, profundidad, erudición, calor, fuego*
vehemencia, imaginación, aplomo, sabiduría., cua­
lidades son qne descuellan en el foro do la Ciudad
en que imprimimos estos estudios, y que nos han
impulsado á darles á la estampa despues de tantos
años como ofrenda do admiración hacia irnos tros
compañeros, quo tanto contribuyen con su palabra
á mantener las gloriosas tradiciones de esta egre­
gia y antiquísima Chancillería.
No ha decaído, no el foro vallisoletano de su pro­
verbial nombradla y de su justa fama.
Los juicios orales olrocon nuevo campo á los
jóvenes p;ira enrayar diariamente sus facultades
y aquí, en Valladolid, la palabra artística tiene
tantos y tan excelentes representantes que en
parte alguna podía habérsenos ocurrido sacar del
olvido estas nuestras tareas sobre la elocuencia en
la antigüedad, seguros do que muchos, todos casi,
sabrán apreeiar el trabajo que representan dada su
competencia para correjirlas, suplirlas y enmen­
darlas.
Los escritores de los siglos xvn y x v i i i á quie­
nes debemos la mayor parte do los tesoros do la
antigüedad clásica, carecieron del espectáculo do
las libertades públicas, do las manifestaciones de la
palabra, de los procedimientos de los partidos, de
las lides de la prensa, de las luchas de las asam­
bleas, de los parlamento? y ateneos A que nosotros
estamos habituados, no pudiendo por ello abarcar
en toda su magnitud las gigantescas disputas del
Agora y del Foro, razón por la cual no podemos se­
guirles ciegamente, sin el peligro de aceptar sus no­
torias. injustas y evidentes inexperiencias.
Una historia de Grecia y Roma escrita en los
— 97—
siglos medios no puedo servirnos hoy do pauta y
guia para estos estudios, puos si ellos conocieron
mejor que nosotros el griego y el latín, si tenían
una educación escolástica más esmerada, si había
en ellos solidez de juicio, actitud para la crítica do­
cente, carecían do las inmensas ventajas de poder
apreciar por el presente un ayer que ellos sólo vis­
lumbraron á través de prismas fríos y sin calor.
Merced A sus trabajos han llegado hasta nosotros
los tesoros de la antigüedad; merced A las costum­
bres públicas de nuestros días, A nuestros mismos
errores y extravíos, á nuestras veleidades é incon­
secuencias, á la falta de un espíritu nacional bien
entendido, tirecia y Roma parece como que toman
cuerpo y so reproducen A nuestra vista tal como
fueron.
Si los antiguos carecían do luz bastante para
apreciar las turbulencias políticas, las agitaciones,
loa bandos, las enemistades, las recriminaciones
recíprocas, las acusaciones y calumnias quo unos á
otros se lanzaban los oradores griegos y^romanoa,
quizA esa luz es hoy demasiado viva y sumamente
difícil mostrarse sereno é imparcial cuando nos do­
minan pasiones de que no es siempre posible des­
prenderse ni prescindir.
Los antiguos no tenían términos de comparación;
nosotros los tenemos nuinerosós, y por esto mismo
corremos el riesgo de la ofuscación y del engano.
Huiremos, ó procuraremos al monos huir de
estos escollos, reclamando igual independencia de
opinión por parte de los que juzguen ostas nuestras
humildes tareas.
Por temperamento, por carácter, por hábito ho­
rnos rechazado siempre la exageración y la injusticia.
13
— 98—
Jamás hornos censurado ni batido palmas ante
los actos ó los discursos do nuestros hombres polí­
ticos por espíritu ciego y sistemático do oposición ú
de prosolítismo.
Nos entristece la misión de los demoiedores de
oficio, y nos repugna la adulación y la mentira de
los aplaudidores comprados por un puñado de oro
6 por una credencial.
Y si esto nos sucede al juzgar á nuestros com-
temporáneos. ¿será esta garantía de nuestra doble
imparcialidad al ocuparnos de los antiguos?
Isócrates. con noble lealtad y puro desinteres,
mostró á los atenienses el cuadro fiel y exactísimo
del estado político y social do la Grecia; poro la voz
de Isócrates, como voz de verdad, no fué oída ni
atendida.
Pintó con vivos colores los vicios que enervaban
la virilidad y la energía de sus conciudadanos; acon­
sejó A Filipo la conducta quo debía -seguir, firmada
la paz con la República: y todo esto fué en vano, y
todo esto fué inútil.
El pueblo ha preferido casi siempre ser enga­
ñado A ser reprendido, y los acentos patrióticos de
aquel gran carácter no sirvieron sino de fatídica
profecía, bien pronto realizada y cumplida.
Precedieron á la ruina del pueblo griego, á la
ruina de la República, violencias sin cuento, luchas
terribles, titánicas y sangrientas; y en medio de
esas luchas que invisten todas las formas más ó
ménos reproducidas despues en la historia, quo
abarcan todas las pasiones, brillan los oradores más
esclarecidos do la clásica autigüedad.
La elocuencia política, cuyo carácter distintivo
ha sido, y será en todos tiempos, la contradicción
— 99 —
ol choque do las ideas, de los afectos, de las pasio­
nes; la lucha entre los intereses permanentes y mu­
dables de los pueblos y las naciones; ol ayer y el
mañana oponiéndose tenaz y constante resistencia;
la verdad y el error colocados al servicio, no pocas
vecos, do la violencia y del engaño; la oratoria, po­
lítica griega encuentra on el momento á que hornos
llegado cu estos estudios, elementos poderosos, re­
cursos supremos, medios cual, nunca, de imponerse
de dominar, siendo arma enérgica, potente, avasalla­
dora, tiránica, terrible en mano de varones cuyos
nombres son de todos conocidos, cuyas arengas y
discursos sirven de modelos á la juventud, y á quie­
nes nos corresponde ya dar á conocer y juzgar con
entera imparcialidad y Ja conveniente detención.
Atrfnas futí grande mientras fu¿ una: fué grande
mientras se conservó fifi á las leyes de sus mayores;
so fraccionó, so d e sh iz o , cuando sus hijos prefirie-
rieron la licencia á la libertad, la molicie y el re­
galo á la virtud y al trabajo.
En contados dias recorro veloz el camino de la
gloria, agota su$ fuerzas de una vez para siempre,
y pasando con vertiginosa rapidez por el espacio,
deja tras si refulgcnto y luminosa estela.

3.° En momentos tales, en iustantos tan deci­


sivos, en los quo Grecia pudo escoger entro el ser
y ol dejar do sor. prefiriendo esto último, surgen las
dos más grandes figuras do la elocuencia política,
Demcwtenes y Esquines.
Rivales ambos, émulos uno de otro; amigos al
principio, enemigos más tarde, presta nao mtituo ca­
lor y vida, vigor y energía.
-- loo ■—
Oscurece ou definitiva Dcmústones & Esquines,
pero contribuye ésto & la mayor gloria y engrande*
cimiento do aquel.
Sin la competencia, sin la rivalidad de Esquines,
Domústones hubiera sobresalido mónos; sin el mé­
rito singular de Demos te nos, Esquines, hubiera sido
el primer orador do la Grecia.
Esquines resulta ser una primera figura en la
historia do la elocuencia antigua; Demústenes es la
primera figura eu la histmia de la palabra >como
expresión artística del pensamiento humanó.
Esquines hubiera bastado para dar nombre á un
siglo; Demóstenes personifica en si la historia de
la elocuencia.
Esquines pertenece A la Grecia; Demóstenes A la
humanidad.
Esquinóles un hombre; Domústones es un génio.
Ambos brillan á la voz, y de aquí quo no pocos
autores los juzgan bajo un solo epígrafe y un mismo
capítulo.
Nosotros no podemos imitar los que osto ha-
cou: Esquines redama de nosotros una preferente
atención: Démostenos podría y debiera ser matoria
de un libro. Porque acerca do este orador no se ha
dicho ni acaso so dirá nunca la última palabra.
¡Privilegio envidiable y solo otorgado á los ex­
cepcionales varones quo ocupan uu primer puosto
en la historia de la humanidad!
No podemos temer pasar por indiscretos, siondo
algo extensos cuando hemos litigado precisamente
al punto capital do nuestros estudios sobre la elo­
cuencia griega, y cuando el limite, el término do la
época quo nos ocupa es á la vez, la cúspide, el
---101---
céuit, el pináculo de la palabra eu una de sus más
importantes manifestaciones.
Estudiar y juzgar A Demóstenesyá Esquines, os
estudiar la elocuencia popular, la elocuencia po~
litica en sus más famosos maestros y esclarecidos
representantes.
Domóstones es la constelación más brillante, ol
astro más luminoso do la palabra humana.
Reunamos, pues, cuantos elementos nos sea da­
ble para llenar nuestro difícil cometido dando á la
vez algún interés y novedad á estos juicios.
Nuestra escasa reputación y nuestro pobre nom­
bre están comprometidos en tan arriesgada empre­
sa, que abordamos y seguimos confiando una vez
más on la indulgcueia do nuestros amigos, de
nuestros cogí pañeros, do nuestros lectores.
CAPÍTULO VI.

ESQUINES. D a t o s b io g r á f ic o s .— A c u s a c ió n con­
tra. Tim a b c o — Defensa contra D e m ú s t e k e s .—
R e f l e x io n e s .

ESQUINES (387-312).

I o Al fijarla ¿poco del nacimiento y la muerto


de Esquines seguimos la opinion. del. Ab. Henrr,
entendiendo quo no fué en la primera, sino on la
seguida embajada, cuando se acentuaron las luchas
judiciarias entre osto orador y el mas famoso de
la Grecia, de quien nos vamos á ocuparnos en breve
do un modo detenido. concienzudo y especial.
Tuvo Tromés entre otros hijos ti Esquines, que
como ciudadano de Atenas é hijo de ciudadano, fué
inscrito en la tribu de Pandiouide, A la que perte­
necía su padre.
De una constitución vigorosa, do un tempera­
mento casi atlético, Esquines se dedicó desde su ju­
ventud á los ejercicios gimnásticos, hasta que Aris-
tódemo, famoso actor trágico, prendado do su sonora
V02 y bella figura, lo hizo consagrarse á la escena
dedicándole por algunos años d copiar piezas dra­
máticas y hacérselas recitar despues en alta voz
ante sus compañeros. Más tarde se tiene por seguro
que llegó á ejecutar segundos y terceros papeles.
— 103 —
Medios eran éstos do ir perfeccionando las dotes
naturales quo Esquines tenia para set- orador.
Despues sirvió dos años en ol ejercito de Africa,
distinguiéndose por su valor en los cuerpos de tro­
pas auxiliares quo Atenas envió á los lacedemonios
para la guerra del Peloponeso. pero como por
mas que fuese honroso, no ora muy lucrativo el
servicio de las armas en Grecia, no es estraño ni
violento que Esquines lo abandonase pronto, acep­
tando pronto el modesto empleo de escribano del
Consejo de los Quinientos, con cuyos productos ape­
nas podía sostenerse, poniéndose luego al servicio
de Aristifon y deÉmulo, bajo cuya acertada dirección
so enteró de los negocios públicos y se aficionó al
estudio de las leyes.
¿Cuándo hizo Esquines sus primeros ensayos
como orador? Nu se sabo de cierto, lo que si puedo
negarse rotundamente es que Esquines recibiera
lecciones de oratoria de Piatún, Isócrates ni Alci-
damas.
Esquines fuó orador porque había nacido para
serlo; so lanzó A los debates políticos despues de
una vida agitada, propia para el desarrollo, según
dejamos dicho, de sus naturales do tes-
Una voluntad enérgica unida A un talento pri­
vilegiado para la palabra, hicieron de Esquines un
primer orador. Inteligente, despejado, buen hablis­
ta; de voz sonora y de arrogante figura, no por ello
dejaba de ser natural y sencillo en su porte. Cono­
cía el arle de recitar 011 público largas tiradas de
versos: habia f adquirid o en las tablas la serenidad
suficiente para imponerse á un auditorio numeroso
y nada puedo extrañarnos despues de cuanto de-
— 104 —
jamos dicho el éxito de sus primeros trabajos ora­
torios.
Lo seguro es quo hasta los cuarenta años no
hizo su entrada en la vida pública, ó al meuos que
hasta esta edad no fué conocido y estimado como
orador de primera nota.
A la guerra del Peloponeso siguió la de Tebas
contra Esparta; apenas sofocada ésta, surgió la do
los aliados contra Atenas y la llamada sagitada
de los foconses, que durante diez años trajo dividi­
dos y perturbados á los griegos, Olintia, Antipolis
y otras colonias se sublevaron también; unas por
emanciparse, y otras por querer permanecer unidas
A la madre patria, y á todos estos males se agre­
garon los que ya hemos indicado, destruyendo, ani­
quilando el poderío de aquel gran pueblo, juguete
de ambiciosos, victima de rivales sin conciencia,
de generales inexpertos, ínterin que al norte do
Grecia se agigantaba do día en dia otro regido por
por una antigua monarquía de que era la sazón
representante el gran Filipo.
Se hizó preciso conocer las intenciones do éste,
y o l año347, antes de J. C., so designó una emba­
jada, que se acertase al conquistador y procurase
ganarse su voluntad y simpatías.
Llegada que fué A -la córte de Macedonia, todos
esperaron mucho de Demóstcnes* pero este se cortó
ante el imponente aparato que le rodeaba; mientras
que Esquines que iba en ella, en quién ninguno se
había fijado, desempeñó con acierto, con tacto y
elocuencia su cometido, decidiendo la buena suorte
de aquel primer paso de los atenienses cerca de
Filipo.
Ño surgió de esta primera embajada la enemis­
— 105 —
tad entro Demóstenos y Esguines; Antes bion, De-
móstenes filé ol quo propuso quo se concedieso 6
Esquines la cena pública con quo se premiaba el
buen éxito en la representación de los asuntos de
Ja república. Una segunda, motivada por la falsía
de Filipo y la precisión de ligar á éste por medio
de un juramento al cumplimiento do lo pactado,
embajada do que formaron también parte Deinóste-
nes y Esquines, fuó el verdadero origen de la riva-
dad de estos dos grandes oradores.
Esquines, que ve ia crecer el poder do Filipo y
comprendía la decadoncia de su pátriu, quiso A
todo trance la paz con el conquistador, teniendo
de su parto los elementos juiciosos de Atenas. De-
móstenes, por patriotismo ó por ambición, creyó
mejor halagar la vanidad de sus conciudadanos, é
hizo la oposicion á Esquines y á sus amigos, califi­
cándolos de traidores y acusando ¿i Esquines de
venal y corrompido por el oro del rey do Macedonia.
¿'Eran ciertos lob cargos del gran orador contra
Esquines? Nosotros creemos que uo. Lo que había
es que los discursos de Domóstencs halagaban la
vanidad do los griegos, y se escachaban con pre­
vención los prudentes consejos de Esquines, como
se habian dusoido antes los de Isócrates; de aquí
que Demóstenos, so hicio.se popular y Esquines sos­
pechoso, cuando menos, á la gran mayoría de sus
conciudadanos.
El tiempo dió la razón á Esquines; poro ¡ah! cuan­
do era ya hora pasada para contener el torrente
avasallador del enemigo y evitar la proscripción y
la muerte.
No queria Esquines á Filipo como conquista­
dor, sino como mediador y pacificador de la (.írccia;
n
— io6—
y asi lo demostró en millares de ocasiones. Espera­
ba de él que pusiese término á las guerras que ani­
quilaban al pueblo griego, y en este supuesto su
¡dea era generosa, patriótica y digna de alabanza.
No quería la conquista, sino la pacificación de la
Grecia, la reconciliación de los estados rivales y la
conservación do su autonomía, de sus leyes y su li­
bertad- Bajo este supuesto ser partidario de Filipo
ora ser un político previsor, y lejos de poder cen­
surar por ello A Isócrates y á Esquines, las acusa­
ciones que contra ellos lanzó Deraóstenes, no amen­
guan su verdadero interés por la pátriay su previ­
sor y diplomático talento.

2.° Sirvióse el gran orador, sirvióso Domóste-


nes de Timarco para acusar á Esquines de sospe­
choso en la embajada de Macedonia y de haberse
vendido al oro de Filipo; pero Esquines supo des­
truir su intento acusando á Timarco de delitos feos
contra la honestidad y de otros cscesos. logrando
inutilizar á su contrario.
La acusación do Esquines contra Timarco es una
bella composicion: el plan del discurso es habilísimo.
Comienza diciendo que es la vez primera que
ejercita el derecho de citar á uno de sus conciuda­
danos ante uu tribunal; pero que lo haco en servicio
del Estado, de las leyes y de la justicia. No es él
quien acusa á Timarco. sino Timarco mismo quien
ha provocado la acusación. Hace la apología do la
democracia, la cual estriba, dice, on la observan­
cia de las leyes, por lo cunl so debo procurar, aña­
de, quo sean tnuy justas y por todos respetadas y
obedecidas. Elogia la do los primeros legisladores
- i o 7—
pe Aténas, en especial las que exigían el decoro que
deben guardar los ciudadanos de una república
desde su niñez, y á las cuales ha faltado Timarco.
Alegando su contrario quo no hay cosa más
engañosa que la fama le réplicó de una manora ad­
mirable.
De modo hábil estudiada y termina su discurso
Esquines, obligando á Timarco á no esperar ol
fallo del tribunal, según unos, ó á que fuese conde­
nado según otros, viéndose cubierto de infamia
y deshonor.
Se cuenta que Démoste oes empleó en la defensa
que compuso para Timarco once ánforas de agua1 .

3 .° Esquines se vió dos años despues acusado


por Demóstenes bajo protesto de haber desempe­
ñado mal la segunda embajada coreji de Filipo,
ofreciéndosele ocasion con esto motivo de pronun­
ciar uno de sus mejores discursos.
Hay eu efecto en el trabajo de Esquines claridad,
método, y al parecer espontaneidad y buena fé,
trasluciéndose claramente que su contrario obede­
cía á pasiones y onemistados personales para com­
batirle.

«S e extendió por toda la Grecia, ¡oh, atenienses! un


mal grave y funesto qne no pudo ser eoignrado sino 4

1 Medida de tiempo que se concedía al orador, e l cual


se graduaba por una clepsydra 6 reloj de agua á que se da-
a el nombre de ánfora.
— io 8 —
fuerza de fidelidad y vigilancia. En el Beño mismo de la
pátría estaba ei«e mal <jomo infiltrado. ¿Cuál era éste?
¡Ah! todua lo sabéis...
¿Qué resoluciones de tas qne conducen ni bien y á la snl-
vncion de la pátria oa proponían loa qae hoy me acusan de
no haber desempeñado bien la misión que ina confiasteis!?
— Oa hacían dirigir vneatras miradas & la cindadela, oa re­
cordaban la batalla de Sala mina, evocaban el recuerdo
d& nuKtros mayores y lo sagrado de sus tumbas... Y o
en cambio os decía, todo ello es bueno, pero seamos pru­
dentes y evitemos las faltas y rivalidades de nuestros an­
tepasados... T o estaba solo, nadie se presentaba á soco­
rrer la rep ú b lica; dúos esperaban el resaltado, otroB nos
eran ho stiles, y no pocos oradores hacían graugerfa de
la guerra,.. Aconsejé cutóncea al pneblo qne se reconci­
liase coa Filipo; lo hice coa la mejor intención, porque
hallaba preferible ana pos honrosa á una guerra funesta
y desastrosa.»

Estas explicaciones, dejan ciertamente en el


mejor lugar á Esquines, y desvirtúan los cargos que
Démostenos le dirigía.
El inórito de los hombres do Estado consisto prin­
cipalmente on la previsión, y previsor y prudente
semostró Esquines aconsejando y procurando lapa/,
con Filipo. Treinta votos le libraron de la muerte,
sin que su contrario, que obtuvo más de la quinta
partí» de ellos tuviese por esto que pagar la multa
impuesta á los acusadores temerarios.

4 ® So acercaba ol momento decisivo, se acer­


caba la ocasion mrts difícil y más brillante para
— 109 —
lucir rus talentos oratorios los dos grandes atlelas.
los dos émulos y rivales de la palabra ante el pueblo
ateniense.
Las luchas que precedieron al gran debate por
la corona no fueran más quo la preparación de este
último, el más famoso, el más renombrado de la
antigüedad, y. en opinion do muchos, de los siglos
todos, asi antiguos como modernos.
Poro no queremos anticipar aquí 3o que acerca
do las luchas políticas do Esquines y Deiftóstenos
hemos de decir, y concluir debemos con lo quo
acerca del primero de dichos oradores pasa por
más verosímil y comprobado.
Cicerón, que compara á Demóntenos y á Esquines
con dos gladiadores afamados, haco la apología do
ambos casi igualándolos en mérito, afirmando quo
no concibo, ni puedo darse en el uno mayor destre­
za, mayor brío y soltura on el ataque, ni mayor
agilidad, viveza y energía en el otro para la
defensa. ,
Algunos datos, curiosos por cierto, acerca de la
vida do Esquines, hallamos en la Historia efe la
Greda escrita por M. Mitford, miembro de la cá­
mara de los comunes dolngtaterra.
A las htchas judiciañas, siguió una lucha política
entro ambos oradores, que duró por'espacio de
quince años y que solo terminó oon la ruina com­
pleta do Esquinas.
fisto, despues do ser acusado por Demóstencs,
so colocó bajo la égida de su familia y sus clientes:
se salvó como hemos dicho, no sin jurar A los dio­
ses la venganza.
El resultado do esta venganza fué la lucha por
la Corona, tema pequeño en sí, origen, no obstante,
— I I O—

do los más bellos modelos de la elocuencia humana.


Vencido Esquines, se retiró A la isla de Rodas,
donde abrió nna escuela do retórica, según Plutarco,
«comenzando por leer su discurso contra Ctcsifon,
que fué muy aplaudido, y al siguiente dia el do De-
móstenes, que lo fué más.
Posteriormente so retiró á Sainos, donde murió
á la avanzada edad de 75 años.
Apolonio dice quo fué muerto por Antipatro á la
vez que otros oradores, pero esto no está com­
probado.
CAPÍTULO VII

DEMÓSTENES: I d e a s g e n e r a l e s ,— Co n c e p t o s de
a p r e c ia c ió n .— J u s t if ic a c ió n d e los m is m o s .—
O p in io n e s y j u ic io s c r ít ic o s .

DEMÓSTENES (381—323).

1.° Temíamos y deseábamos Hogar á oste capí­


tulo. El cúmulo de alabanzas; la multitud de coronas
tejidas por los hombres de más talento; las bellas y
perfumadas flores esparcidas en torno do la tumba
del orador más grande de la Grecia; el testimonio
unísono y constante do las generaciones; el fallo no
desmentido de los siglos... todo nos hace vacilar y
nos alienta é incita al mismo tiempo para intentar
añadir un elogio más á tantos elogios, una modesta
ofrenda do admiración á lanías como se han prodi­
gado al prototipo de la palabra bajo ol punto do
vista artística que venimos considerándola on estos
estudios.
Como acontece con frecuencia, los contemporá­
neos do Domóstenca apenas si se cuidaron de otra
cosa que de admirarle y aplaudirle. Los mayores
elogios han venido despues como resultado do la
detenida y meditada lectura de sus composiciones
oratorias, y el resultado do esa lectura ña sido siem-
— III —

pro el mismo, y lo es hoy á posar del transcurso


de tantos siglos.
Demóstouos no ha decaído un solo instante en el
concepto critico So le concedió desde luego un
puesto preeminente entro los oradores, y ese primor
puesto nadie ha osado disputársele. Se han llegado
á censurar ciertas particularidades do su vida pri­
vada, de su vida como hombre, como ciudadano,
como estadística, corno político; pero jamas se ha
puesto en duda su mérito como orador
Plutarco quo hizo, entre otros, el paralelo de Do-
móstenes y Cicerón, en medio de su reconocida par­
cialidad. encuentra on ambos grandes analogías. Y
dígase lo que se quiera, nosotros opinamos, contra
el parecer de muchos autores, quo ambos nacieron
igualmente oradores, como otros nacen guerreros,
músicos, poetas ó pintores.
Los que manteniendo ciertas ideas en materias
de arte han querido rebajar á Demóstenes, es por
no haber sondeado el motivo verdadero de sus pri­
meras contrariedades y del mal éxito de sus prime­
ros ensayos oratorios. Han pretendido deducir de
ciertos recursos que empleara para corregir defectos
de pronunciación, de forma en el decir, de amane­
ramientos é inexperiencias pasajeras, que Demóste-
nes llegó A ser orador A fuerza de constancia y de
manera alguna por su talento,por sus y disposicio­
nes naturales. Niegan á la primera figura de la
elocuencia dotes propias, y hacen de Ja palabra ar­
tística unamera conquista de la voluntad.
¡Ahí no: apresurémonos á destruir tales preocu­
paciones cuando se trata del primer dechado, del
primer modelo en la historia de la oratoria antigua
— ii3 —
y moderna, poniendo las cosas on su verdadero
punto de vista, en su verdadero lugar.
Que el hombre no sea extranjero en su patria,
tal es el destino do la ciencia, según Paignon: que
aprecie, quo estime en todo su valor la magnifi­
cencia que le rodea, tal es el objeto del arte.
La ciencia despierta en nosotros el sentimiento
de nuestra propia dignidad, abre anchos horizontes
A nuestro pensamiento, desarrolla gérmenes de
vida intelectual, que están como adormecidos en
nuestra organización. El arte, inénos árido que la
ciencia, más expansivo, tiende á descubrirnos mis­
terios de amor, misterios de poesía, de belleza, que
parten de nosotros, y á la vez vemos reproducidos
en tas maravillosas obras del Criador, ¡misteriosa
armonía que existo ontre el ideal dol hombre y la
fórmula expresiva de ose mismo ideal! ¡milagro que
á la vez quo nos sujeta A la tierra, nos separa de
olla y corno que nos acerca al cielo!
A la posesíon ¿le la ciencia y at conocimiento del
arte nos lleva la educación, medio necesario para
desenvolver la actividad de nuestras facultados y
elevarnos al mayor ó menor grado de perfección
do que son capaces* Conseguir por medio del estudio
la acertada combinación de la naturaleza y el arte:
tal es ol verdadero fin do la educación oratoria.
Sin disposiciones naturales, sin ol estudio y la
instrucción conveniente, 110 se concibe, más aún,
no ha existido ni existirá nunca un perfecto orador.
Los que creen que la naturaleza lo es todo, y
aquellos para quienes nada significa, van igual­
mente extraviados. Los que abogan por la supresión
de todo precepto, do toda enseñanza como contraria
al desarrollo de las facultados naturales, y los que
— 114—
como loa rotóricos griegos y los do los siglos me­
dios, creen que las aulas bastan por si solas para
formar oradores, han contribuido igualmente á
grandes extravias.
La historia do la elocuencia nos muestra desde
sus primeras páginas cual es el alcance do la edu­
cación oratoria. Los grandes maestros en el decir
debieron su fama á sus talentos en primer término,
y luego á la acertada aplicación de las reglas, que
no son «preceptos caprichosos ni practicas abusivas
y arbitrarias do una individualidad,> sino, como
dice Hermosilla, «principios otemos de eterna ver­
dad, fundados en la esencia misma de la cosas que
son objetos del arto.»
En toda adquisición dico Blair, el agente prin­
cipal es la naturaleza; poro olla no basta para
obtener el resultado que nos proponemos en
toda conquista. Pretender llegar á ser orador; es
decir, dominar, subyugar, atraer, convencer, per­
suadir.. . hablar, en una palabra, al entendimiento y
corazon. y pretenderlo sin trabajo, sin estudio, sin
largas horas do vigilia, sin sondear los profundos
arcanos de las pasiones que Imito esclavizan al hom­
bre, sin la posesion, en fln de muchos y muy diver­
sos conocimientos, es una quimera, una ilusión que
no reiteramos en este sitio para desalentar á los
que nos lean. Si do osto hacemos mérito, es on vista
de las preocupaciones quo se sostienen en opuesto
sentido por autores de justa fama y merecida nom­
bradla, ora cambationdo la educación oratoria, ora
dándola un mérito superior al que tiene on realidad.

2.° La juventud necesita dirección; necesita en­


— i i 5—
sayar sus fuerzas antes do arrojarse al palenque do
la pública discusión, donde la más pequeña caída
os peligrosa para el porvenir, donde se arrostra una
responsabilidad inmensa, capaz por si sola de hacer
estériles los más nobles y generosos esfuerzos. Ni
las academias, ni los ateneos mismos, son teatro a
propósito para hablar por vez primera; mucho me­
nos el pulpito, la tribuna ó el foro, donde con tanta
ligereza se comprometen sagrados objetos que
tanto interesan al hombro, á la sociedad y á las fa­
milias.
La educación oratoria, tal corno nosotros la com­
prendemos y desearíamos so establecióse on España
on voz do esterilizar las disposiciones naturales de
Ja juventud, Zas daría nueva vida, contribuyendo á
despertar en aquellos que sintiesen dentro do sí la
llama misteriosa de Ja inspiración, un valor, una
fuerza, una energía suficiente para vencer los obs­
táculos, las dificultades que se presentan para al­
canzar un puesto distinguido en cualquiera de las
profesiones en que la palabra es necesaria.
No hemos pretendido nunca, ni hoy al ropro-
duci r estas consideraciones que nos surgiere elequi-
vocado concepto que algunos tienen dol gran orador
d é la Grecia, y que ya consignamosen nuestra pri­
mera obra la Historia de la elocuencia ctHsíiana,
no pretendemos quo por medio do la educación
se esclavice el genio, ni se cohiban sus variados
y atrevidos vuelos, que .se le circunscriba ni estre­
che; queso cambien los caractéros, se recargue ni
fatigue la imaginación; quo se compriman los arran­
ques sublimes de la pasión y dol sentimiento, no.
Queremos que la educación oratoria sirva para hacer
conocer A la juventud sus propios recursos, para di­
— 116 —
rigir sus primeros pasos, abriendo ante su vista
ricos y variados horizontes de luz que la iluminen
en el difícil sendero de la gloria, ahorrándola al
mismo tiempo el doloroso espectáculo de esas sen­
sibles y vergonzosas derrotas quo por falta de sóli­
dos fundamentos presenciamos todos los días.
El estudio no da el talento, ni el genio, ni la
imaginación al que carece de estas dotes naturales:
pero «enseña, según Gapmany, á u s a r do ellas en
tiempo oportuno, á darles el temple conveniente y A
saber distribuir los adornos que pide toda composi-
cion elocuente.»
Las reglas que el Sr. López comparaba oportuna­
mente á los pilares que so colocan en los lados de
los caminos, sirven en efecto para darnos A conocer
lo quo hemos andado y Jo que nos falto qne andar
son puntos de vista quo no deben embarazar en lo
más mínimo la senda que nos proponemos reco­
rrer, ni ser un obstáculo á la precipitación de nues­
tra m archa.
' No es fácil empresa la de ser orador, y fuera ex­
traño que un empleo tan noble se pudiera ejercer
sin trabajo y sin estudio Lo que en la oratoria,
como eu todo, se necesita, es que los primeros pasos
sean firmes y seguros- Querer llegar demasiado
pronto, os no llegar; y el quo desde nn principio ex­
traga su gusto ó contrae hábitos perjudiciales, es
casi imposible que en lo sucesivo los reformo y sopa
prescindir de ellos. Lo mismo que para poder algún
dia pintar un cuadro se necesita empezar por
conocer los colores y el modo de usarlos, asi tam­
bién, para hablar en público, hace falta una gran
preparación. Todos los autores encomian m ás ó me­
nos la necesidad de trabajar para llegar (\ ser ora-
— ii 7—
(loros, y á un gran trabajo se dedicaron en su ju-
veutud Demóstenes y Cicerón, asistiendo á las es­
cuelas, ejercitando el temple do sus arm as y visi­
tando el Asia y la Grecia para enriquecer su enten­
dimiento y ensanchar el círculo do sus ideas.
Poro de osto á sostener con un célebre natura­
lista, quo la paciencia os el genio, y á suponer
confirmado este axioma por Demóstenes, hay una
g ran distancia. El genio es algo más, mucho más
que la constancia, que la paciencia del hombre: el
genio es el soplo de la divinidad, la llama miste­
riosa quo se oculta en el alm a, que ardo en la región
de la inteligencia y brilla en medio d é la s turbulen­
tas agitaciones do la vida para deslum bram os ó para
guiar nuestros pasos por la senda del bien. No le
busquéis si la Providencia 110 os ha enriquecido con
él, 110 le hallareis si no existo dentro de vosotros
mismos. Ved en confirmación de osto do qué manera
so manifiesta el sér á quien está confiada la difícil
misión de sintetizar un siglo, de revelarnos un se­
creto oculto en las entrañas de la tierra, de abrir
anto nuestros ojos un continente ignorado, de can­
ta r un nuevo himno, ó realizar una aspiración sen­
tida y no revelada, y decidnos lealmcnto si puede
sostenerse que el genio no os en suma otra cosa que
la constancia y la paciencia del hombre, . No. Por
mas que el estudio, la resignación, la fuerza de vo­
luntad, la lucha y hasta el infortunio sean casi siem­
pre patrimonio del genio, por estos medios no so
consigue y alcanza, sino que ellos son el crisol donde
se purifica, dondo adquiere el vigor necesario para
contrarestar la envidia que brota siempre on torno
suyo, cual la hiodra al pie de los muros más vene­
randos.
— l i 8—

Demóstenes, estudiado sin prevenciones ni apa­


sionamientos injustos, nos suministra una prueba de
la exactitud de las doctrinas que dejamos sentadas
y de las preliminares puestas en la introducción A
estos estudios.
Demóstenes da sus primeros pasos antes de tiem­
po; se arroja en un palenque para el quo había
nacido', pero lo hace sin preparar el filo de sus nr~
mas, y la muchedumbre, que no ve escrito en aque­
lla frente el destino sublime de los héroes, se rie do
sus vacilaciones y tardas expresiones.
Hé aquí, pues, un punto de partida distinto del
que han aceptado los críticos que con tanta injusti­
cia han juzgado al mas grande de los oradores asi
antiguos como modernos. La prim era contrariedad
fue1 para Demóstenes. como acontece siempre á los
hombres superiores, la prim era lección, cuyo fruto
recogió algunos años dospues el pueblo mismo do
quien la habia recibido. Si Demóstenes hubiese sido
uno de tantos como intentan salirse del circulo que
les os licito recorrer, Demóstenes no hubiera vuelto
A aparecer en medio de aquellos cuyos silbidos de­
bieron enrojer su rostro. Demóstenes es mAsgrande
cuando se retira de la plaza pública solo y abando­
nado. que cuando recorre en triunfo, en medio de las
aclamaciones más entusiastas las callos de Aténas.
Ninguno, quesepamos, lo ha contemplado ántes que
nosotros en ese instante supremo de su vida, en
ese momento decisivo de su ruina ó su grandeza,
en quo sabiendo conocerse y vencerse, so resuelve
á ocultarse á las miradas de los hombres, á luchar
con cuantos obstáculos se oponen á 1a realización
do sus nobles aspiraciones y á presentarse de nue­
vo para asom brara! mundo.
—ug —
Dos lecciones á cual más importantos encierra
en este punto la conducta de Demóstenes: una para
Los atrevidos, otra qara los meticulosos. Una pava
los que no se conocen ni quieren conocerse; otra
para los quo ceden á la prim era contrariedad y se
dan por vencidos con la más pequeña derrota; ex­
tremos perjudiciales y centra los que el mejor reme­
dio es la educación oratoria. En el áula se despier­
ta el genio ó se revela la impotencia; allí se estimula
el talento ó se conocen las escasas fuerzas de que
podemos disponer: los onsayos, repetimos una vez
más, fuera do la escuela, por felices quo sean son
siempre aventurados y peligrosos.
Han dado la generalidad de Jos críticos en nues­
tra opinion, demasiada importancia á los medios
que empleó Demóstenes para vencer su natural ti-
inideü, su voz débil, su pronunciación tarda, pintán­
dole de tal m anera en sus primeros pasos, que so
hace imposible concebir tantos defectos corregidos,
tantos obstáculos superados.
P a ra nosotros el poder dol arte, Ja aplicación do
las reglas que la experiencia ha sancionado como
buenas, no lo corrige todo, ni lo enmienda todo, co­
mo han pretendido demostrar muchos de los que han
escrito sobre Demóstenes. Pudo ser. el estilo do sus
primeros discursos, como dice Plutarco, tardo y rao-
nótomo. á lo que hay que añadir la dificultad de
agradar á un pueblo acostumbrado á la elocuencia
afectada y ampulosa de los retóricos; pero la cueva
subterr ánea de que nos hablan, las piedrecUas.
de que dicen so llenaba la boca, los gritos que
daba á la orilla del m ar para superar con su voz
la voz de la tormenta, casi so nos antojan exagera­
ciones inventadas por crédulos admiradores ó lo
— 130---
que es peor por satíricos envidiosos. Dar á seme­
jantes recursos un valor decisivo, como les dan al­
gunos. seria extraviar la opinion do los jóvenes, y
aun hacerles caer acaso en las mismas estravagan-
cias con la esperanzde obtener iguales resultados.
Las exageraciones nos parecen siempre peligrosas
y más aun en libros qtie han de ir á parar á ma­
nos de personas que, sin reflexión bastante., pueden
darlas un valor no conveniente.
Lo hemos dicho con entera convicción; y lo re ­
petimos. quo no nos merecen un completo crédito
muchos do los recursos do quo algunos sostienen se
valió Demóstenes para llegar A ser elocuente; más
aun aceptarlos valdría tanto como calificar de injus­
tas y de obcecadas á las generaciones quo han acla­
mado y reconocido su mérito sin rival y su gran
talento al saber apreciar la lección que habia
recibido, desarrollando en presencia de las m aravi­
llas de la naturaleza los gérm enes fecundos qne en­
cerraba en su alm a, adquiriendo el estilo que cali­
ficó de una m anera admirable el arzobispo deC am -
bray, y con el cual paroce, en sentir do otro escri­
tor aleman, que «evoca en rededor nuestro el genio
de la antigüedad, nos conmueve, nos convence, nos
arrastra hasta el punto, de sentirlo que él siente,
do crer lo quo él cree, de acomodar nuestra voluntad
á la suya, de indignarnos si se indigna, de respirar
libremente si hace brillar anto nuestros ojos ol
rayo consolador de la esperanza.»
Los que juzgan do este modo á Demóstenes, no
han leído sus Filípicas despues de muchos siglos,
cuando la atmósfera que crea la omulacion se ha
despojado, y hb admiran sin pasión los defectos y
las bellezas do sus más acabadas concepciones.
— 121 —
:1.a No os, pues, oí arte, y esto es lo que hemos
querido probar, no es el arte, por más importancia
que tenga á nuestros ojos, quien otorga y concede
lo que solo dimana do Dios. Demóstenes no es mé­
nos admirable por la elevación de sus ¡deas y
sentimientos, que por sus mismas palabras, de las
que se servia, dice Fenelon, como un hombre modesto
so sirve do los vestidos para cubrirse. Aspiró cons­
tantemente más á la elevación de la idea quo al
cuidado de la forma, según Hugo Blair, hasta el ex­
tremo que Plioio y Cicerón censuran en él expre­
siones violentas y descuidadas, y Quintiliano le
mostraba á sus discípulos como el tipo más perfecto
de una bol laza severa, superior siempre á los frivo­
los atavíos de ln afectación; autoridades cuya cita
parecerá adecuada en este sitio, para robustecer
nuestros débiles y desautorizados juicios.
No, es, por otra parte, inoportuno para delinear
con precisión el carácter de los grandes hombros,
fijarse y tener presentes ciertas particularidades de
su vida, más aún si su influencia so ha dejado sen­
tir en las manifestaciones de su talento.
Demóstenes ofrece un raro contraste, que nos
cumple hacer notar. En un principio se dedica al
foro, y en é\ se dice que se prostituyó, rebajándose
hasta el punto de aceptar la con fianza de las dos par­
tes en un mismo negocio, y de considerarse com­
pletamente indemnizado do ciertas injurias mediante
una cantidad, más ó menos considerable.
Despues de estos rasgos, que, á sor exactos le
favorecen bien poco, se consagra á la defensa de
la libertad do su patria, y ese sentimiento noble se
arraiga fuertemente en su airna, y parece como quo
16
— 122 —
agota y destruye sus malas inclinaciones, producto
sin duda do una oducacion abandonada.,
Demóstenes se m uestra en un principio violen­
to, apasionado, y no sabo otra cosa quo acusar;
acusar siempre por gusto, por inclinación, al paro-
cor por temperamento; al paso quo despues, confia­
do, generoso, noble, rehúsa las tentadoras ofertas
de Filipo, y le hace una guerra encarnizada, no
obstante babor adivinado la inconstancia del pueblo
á quien pretendía librar do la esclavitud por medio
de sus discursos. Hay en todo oatoá nuestro juicio
una nueva lección que grabarse dobe en la mentó
de todos los quo se consagran al ejercicio de la pa­
labra. La posteridad ha hecho justicia a l' gran de­
fensor de la independencia y la libertad de su patria;
la historia diviniza al héroe, y se olvida del servil
adulador, ó del hombre comprado á las pasionos
ruines y miserables. La elocuencia quo no acepta
las grandos causas, que no se coloca al servicio de
la justicia, do la religión, de la verdad, ó de la in­
dependencia del hombre constituido eu sociedad,
pasa desapercibida en la historia, ó solo tiene con­
tra si por regla general palabras do desprecio y
acusación.
No debiera, según lo qu<’ dejamos dicho, no de­
biera pertenecer hasta cierto punto, no pertenece en
realidad al dominio de nuestro libro la vida de Dc-
inóstcnes, hasta quo d<>spucs de largos afios de es­
tudio. comienza su glosiosa lacha contra Filipo. El
periúdo que media entre su aparición 011 el foro á
los diez y siete años, y su reaparición en la tribuna
á los treinta y uno. tiempo durante el cual escribe
acusaciones en nombre de diferentes ciudadanos, no
merece le consagremos un solo instante.
— 123 —
Al llegar,, empero. A esto segundo momento de
su existencia, ai ofrecérsenos como hábil político,
como defensor do los derechos de su patria, como
amigo dol pueblo, como escritor distinguido, como
ol primer orador político del mundo, on fin. nos ve­
mos rodeados de millares de elogios que no ten­
dríamos espacio para consignar, de juicios respe­
tabilísimos quo excitan el entusiasmo y hacen latir
presuroso el corazon, á cuyo compás desearíamos
seguir trazando un juicio digno de esta colosal figura,
quo representa todo un período en la historia do la
elocuencia, quo se eleva magostnosa por cima du
los siglos, casi siempre ensalzada, casi sirapre con­
tada, jam ás deprimida, jam ás olvidada.
Para escribir sobro Dñm ístenos con acierto,
para delinear, para bosquejar su personalidad, es
necesario tra e r A la memoria la historia de todos
los defensores de la libertad y la independencia de
los pueblos; es forzoso recordar todas las grandes
tiranías; es necesario despertar en nosotros ese
entusiasmo purísimo que inspira siempre el sucio
que nos ha visto nacer; en una palabra, es forzoso
identificarse con el gran sentimiento que le hizo
obrar tantas m aravillas, y A su calor dejar correr
la pluma, sin ponsar lo quo so escribo, y sintiendo
lo que se dice. Sólo asi concebimos pueda acortarse
A dar una ligera idea de loque, no la fantasía y la
imaginación, sino la tradición y la historia nos dicen
del gran orador do quien con especial satisfacción
nos ocupamos en o* te momento.
Asi como la poesía ha revestido de los atribu­
tos más bellos ;Vlos héroes objeto predilecto de los
cantos populares, de todos los pueblos; asi como
en literatura so han llegado á aceptar ciertas crea-
— 124 —
ciones fantásticas por considerarlas, no ya como
personajes <5 entidades reales y verdaderas, sino
como la síntesis de lo* atributos de un mismo órden
que pudieron serles comunes, asi en la historia de
la elocuencia no hay exageración ninguna, si deci­
mos. á despecho de Plutarco, que el tipo xnás per­
fecto, más acabado del orador político es Demóste­
nes, personificación verdadera de la elocuencia tri­
bunicia; resúmen de los atributo? comunes á todos
y á cada uno de los oradores populares de todos los
pueblos: creación sublime á la cual no falta requisito
alguno de cuantos son precisos para atraer sobre si
las simpatías do todos los siglos, qne unánimes le
han aclamado como el gran dechado en que deben
aprende cuantos aceptan la gran misión de regir los
destinos de un pueblo por medio do la palabra.
Demóstenes, como orador político, reúne en efec­
to, según los críticos quo do «51 han escrito, todas
las grandes cualidades quo entonces eran y en su
mayor parte son hoy y serán siempre indispensables
para brillaron osa genero difícil, espinoso y eu el
cual puede decirse con propiedad quo son muchos
los llamados y pocos los escogidos.
Conocimiento profundo de la historia y las tradi­
ciones del pueblo ateniense; intención marcada y
resolución valerosa para acoplar todo género de­
combates: flexibilidad on el reto y energía en la ré­
plica; naturalidad en el estilo y belleza en la forma;
calor en la imaginación y fuego en el alm a... y
presidiendo á todas estas cualidades, la m ayor, la
m ás necesaria do todas, el patriotismo.
Demóstenes se regenera al sentir arder en su
pecho una llama hasta entonces oculta ó am orti­
guada; Demóstenes crece, so hace un gigante al
— 125 —
correr animoso á la pelea; al aceptar el prim er pues­
to on el combato entre las filas do los enemigos del
conquistador. Adivina los peligros que amenazan á
sus conciudadanos, presiento la esclavitud y se ade­
lanta para destruirla con un valor, que no sabemos
como se atreve á negarle Plutarco.
Conocedor de los gustos, del carácter de los
atenienses, se haco sin em bargo, ilusiones genero­
sas que nnnG a so realizan; quiere renovar los tiem­
pos en quo la Grecia parecía un solo individuo, los
tiempos do Aríslides y do Te mis tocios, y toda esta
elevación de ideas y sentimientos reunidos, parte
do un solo sentimiento, irradian de un centro, y ese
centro es el amor á la patria; santo amor, sin el
cual, los mejores oradores políticos nos parecen
mercaderes ambulantes de objetos usurpados, 6 lo
quo es peor, sacrilegos tninkh'os dispuestos á se­
cundar los menores caprichos de sus señores.
Más do una vez hemos dicho, y no nos cansare­
mos de repetir, que la lectura de los oradores más
notables será estéril para la juventud, si con ella in­
tenta tan solo aprender A componer un discurso. La
educación oratoria ha sido, por lo genoraL de tal
naturaleza, han presidido en ella tantas preocupacio­
nes, tal espíritu de rutina, quo casi nos atre veri amos
á calificarla de nociva y perjudicial, sino lo fuese más
el incalificable abandono en que hoy se tiene este
ramo de la enseñanza pública. Creer llegar A sor
orador político con solo aprender do memoria, por
ejemplo, la Filípicas do Demóstenes ó su inmortal
discurso por la corona , os una ilusión que casi nos
parecería inconcebible si no la hubiésemos visto pro­
clamada- Lo que en esa lectura debemos buscar, á
más do la forma, es el espíritu que anima esas com­
— 126—
posiciones, las circunstancias en que se pronuncia­
ron, los obstAculos quo con ellas se lograron vencer
y las consecuencias que produjeron; en una pala­
bra, el resultado tangible. rca lt positivo do osos
trabajos. Hé aquí, á nuestro modo de ver, cual os
nuestra misión en estos estudios y debiera ser el
objeto principal de una acertada educación oratoria.
Catorce años duró la lucha gigantesca entro
Demóstenes y Filipo; lucha inconcebible cuando, se­
gún la feliz expresión del orador, la república no
ora más quo el armazón de la nave que habian re­
gido y gobernado Te mis tocios, Cimon y Pericles.
Durante eso tiempo el único obstáculo quo halla el
usurpador son las arengas do su constante enemigo;
que detienen su marcha, quo lo impacientan, que le
obligan á retroceder muchas veces, que desbaratan
ana planes, que hacen sobre todo revivir, siquiera
íueso momentáneamente, no ya un partido, una
fracción política, sino casi todos los Estados de la
Grecia, casi todos los ciudadanos do aquella república
moribunda, cuya agonía sin los discursos del insig­
ne orador no hubiera correspondido ¿i su pasada
grandeza.
Triunfo sin ejemplo es éste en la historia do la
palabra: montis solemne contra los quo niegan la
benéfica influencia de la oratoria en la suerte de los
imperios y en el destino de los pueblos. No estaba
en su mano disponer de los toso ros do la república,
ni halagar .1 sus partidarios cou honores y títulos,
con destinos y dádivas; y á pesar do carecer de estos
recursos, las voluntades ceden al influjo do su pala­
bra, y esa palabra es unrt constante acusación contra
la. apatía del pueblo, contra los que más de cerca le
m anejaban vendidos al oro de Filipo, contra las
— 137 —
costumbres públicas, contra la administración, con­
tra todo lo existente entonces. ¿Qué secreto, pues,
encerraban las arengas de Demóstenes. que no las­
timaban el orgullo de los atenienses y Antes bien Ies
persuadían de sus propios defectos? jAh! ose secreto
os ol quo constituyo la gran fuerza dol orador polí­
tico en todos los tiempos. Demóstenes, al aceptar
un partido, al colocarse al servicio de la república,
lo hizo no por iotores personal sino por convicrto-n.
Sus palabras, bien fuesen enérgicas acusaciones
contra la indiferencia del pueblo ó dolorosos recuer­
dos do dias más venturosos para herir su amor
propio, salían siempre del fondo de su oorazón y no
so contentaba con poner de manifiesto el peligro,
sino quo señalaba el remedio, entraba on Jos deta­
lles y avanzaba hasta indicarla manera más hábil
de ponerlos en ejecución Consecuente con sus prin­
cipios, obedecía ciegamente las inspiraciones de su
conciencia, y la m da franqueza quo revelan sus
trabajos era producto de su misma ingenuidad.
Verdad , patriotismo, consecuencia, lealtad : há
aqui por consiguiente una nueva lección que debe­
mos sacar de la historia de la vida de Demóstenes.
¿De qué sirve quo un orador suba á la tribuna y fin­
ja admirablemente efectos que no siente, principios
que no profesa? Sus palabras producirán un efecto
fugaz y pasajero. Al poco tiempo, la fascinación
desaparece, se recuerdan sus antecedentes, sus con­
tradicciones y no pocas veces la verdad misma en
bocjL de tales oradores se califica y tiene por sos­
pechosa.
Demóstenes se afilió al partido más noble y
digno. El pueblo, aunque tarde, adivina al fin por
instinto los móviles verdaderos de quien pretende
— 128 —
dirigirlo, y aunque victoréo y aplauda alquc halaga
sus pasiones, al que fomenta sus odios, no tarda m
inmolar en las aras de su justicia al que le ha con­
ducido más fácilmente al logro de sus malos de­
seos.
Gomo ciudadano, Demóstenes se afilió al partido
más levantado. L a causa de la libertad y la in­
dependencia de un pueblo será siempre una causa
sauta, y á ella consagró su vida, su fortuna,
su porvenir, el orador cuy o j uicio á grandes rasgos
venimos haciendo con gran temor y desconfianza.
«Si la república ha menester do sus consojos,
dice el Sr. González Andrés, alli está pronta su voz
on el Senado ó on las reuniones populares. Hay quo
desempeñar una legación delicada, alli su persona.
Los rocursos del Estado no bastan á mantener los
ejércitos, fortificar In ciudad, sostener la marina,
él los busca ó los da de sus propios bienes ó los re­
cibe de la Persia, aun con riesgo de facilitar pre­
textos á, la calumnia y arm as á sus adversarios.
Amenaza un gran peligro, no faltará al sitio en don­
de sea necesario ol apoyo do los buenos ciudadanos »
El que asi obraba, el que de til m anera cumplía
sus deberes, podía apostrofar al pueblo en los térmi­
nos que lo hizo en todas sus Filipims, sin concitar
sus iras, antes bien atrayéndose las simpatías do
todos los corazones honrados.
En los discursos todos de Démostenos se adm ira
el plan, la iuerza de las pruebas, la solided de los
razonamientos, la elevación de las ideas, la nobleza
de los sentimientos, la vivacidad del convenci­
miento. Su estilo se distingue por la energía y la
concision, adm irable y raro consorcio que se en­
cuentra en muy pocos oradores.
— 129 —
En cuanto á la acción todo hace croor quo debía
corresponder al fuego y la veheinoiicia do sus pa­
labras.
Si por sus obras quisiéramos deducir su carácter,
{5ste debía ser más bien austero que dulce, no ha­
llándose entre todos sus discursos ninguno apolo­
gético. Daba una gran importancia á la acción y
y así es que preguntándolo cual fuese la parto más
importantante del arte oratorio, contestó por tres
vecos que la acción, lo cual tiene su explicación
tratándose de una elocuencia cuyo objeto principal
era mover A un auditorio numeroso, formado do
ciudadanos libres, de ciudadanos de una gran repú­
blica, por m ás que esa república, estuviera deca­
dente y moribunda.

4 o Pongamos fln á nuestras humildes opinio­


nes y oigamos á las autoridades literarias do todos
los siglos, tomando sin orden cronológico sus opi­
niones y juicios críticos, sin la ridicula pretensión
do consignarlos todos, lo cual fuera tarea por de­
más incómoda y más propia para un gramático 6
un retórico que para un historiador. Lo quo nos
interesa es dem ostrar que no hemos exagerado
nuestras alabanzas, ni hemos escrito á capricho y
sin preparación convenienle este capítulo,
Demóstenes llena un cielo, representa toda una
etapa en la historia do la elocuencia; pero repre­
senta más que osto; El y Cicerón llenan el mundo
antiguo y el mundo moderno. Son dos creaciones
únicas, aisladas, solas en medio de sus contempo­
ráneos y casi solas aun entre los que les siguen
— IJO —

despues, y son. por sus raras cualidades oratorias


la admiración de los siglos.
¡Cuán pocos nombres tienen el privilegio envidia­
ble de poderse pronunciar al lado de éstos, y cuán
pocos pueblos el do presentar como Grecia, una plé­
yade tan ilustre como la que en órden científico,
artístico, m ilitar y de la elocuencia significan Aristó­
teles, Homero, Solon, Pericles, Fidias, Apelas, Ale­
jandro, Anaxágoras, Arquímedes, Incididos, Sófo­
cles. Aspasia y Demóstenes.
No anticipemos conceptos que podrán tener su
sitio y lugar oportuno; pero no ha sido España el
pueblo, la nación ménos favorecida, y hoy mismo
contilmos en el terreno á que pertenecen estos es­
tudios, con personalidades que son con justicia nues­
tro orgullo y el asombro de los pueblos cultos. Hoy
en medio de nuestra decadencia, do nnestras ren­
cillas eternas y de nuestras locas aventuras y peli­
grosos ensayos, tenemos oradores como pueblo al­
guno; oradores que son dentro y fuera de España
glorias contemporáneas dignas de figurar casi al
nivel, y al nivel mismo, algunos entre ellos, do los
dos grandes oradores (le Grecia y Roma- Nos falta,
empero, el aguijón que hace revivir ol patriotismo
en los ciudadanos y la unidad en las naciones; ol
aguijón, el estimulo poderoso, vivo, enérgico do un
peligro común...
¡Ah! bien pudiéramos verle en nuestros erro­
res, en nuestras divisiones, en el proceder de nues­
tros partidos, on las rivalidades y las envidias de
muchas de nuestras capacidades... Pero tales cosas
nos ciegan, nos ofuscan, no nos dejan razonar
fríamente, medir y sondear con calma el m alestar
general, el m alestar de todos, y poner remedio por
— 13* —
la unión y el á las desventuras de la
patria...
Guerras civiles que congratulan, que casi ale­
gran á los enemigos del poder público; que se ali­
mentan, que se sostienen con tal que ellas debiliten
ó se presum a quo pueden debilitar el principio de
autoridad, olvidando que sin ese principio enalte­
cido, y respetado por todos, no se concibe la exis­
tencia de la familia, la prosperidad, ni el engrande­
cimiento de las nació ñas...
Guerras mezquinas de pandillaje y de café; gue­
rras de calumnia, do difamación, que todo lo agos­
tan, que lodo lo pervierten, que lodo lo marchitan,
que todo lo ompoquoñoccn y desnaturalizan; odios
m al disimulados, rivalidades no encubiertas, orgu-
líos y vanidades desmedidos... males son estos que
podrían curar cotí su palabra y su talento los hom­
bres eminentes á que hemos aludido, si, convenci­
dos de que los peligros que nos cercan no son me­
nores por nacer dentro de nuestra propia casa, por
uo venir de fuera, so aplicaran á concluir con ellos,
cediendo todos algo on uras del :;entiinieulo que
produjo al más grande orador do lu Grecia, y ha
hecho llegue h a sta uosolros su nombre rodeado do
la aureola do la inmortalidad. ¡Cuán poca distancia
separa á muchos! ... No es distancia de principios,
de doctrina, ¡sino distancia de pasioncillas ó do deta­
lles da escaso valer y ninguna importancia.
Más de nna veü hemos oído algún griLo generoso
en el sentido que escribim os estas lúteas, y desea­
ríamos que ese grito eucontrara eco hoy, como
nunca, entre nosotros. La suerte de los pueblos
está on si\b¿r jtroyrenar avnnzando^y saber avan­
zar comarca arlo- Nuestro carácter meridiuiial ñus
— 132 —
arrastra, nos empuja siempre demasiado lójos; te­
nemos impaciencia do progreso ó irreflexiones im­
perdonables de conservar lo caduco y muerto. Esto
nos pierde, esto nos perjudica. Se piensa m ás en
deslumbrar, en fascinar, en seducir, que en ilustrar
la opinion pública, y esto consiste en que falta el
amor á la pátria, que brilla como móvil poderoso en
los magníficos discursos de Demóstenes.
Dionisio de Alicarnasio, que escribió un tratado
en alabanza de su talento, decía: «Cuando leo á De­
móstenes me parece que me inspira una divinidad,
y como que me lleva de una á otra parte arrastrado
por pasiones opuestas; por la desconfianza, la espe­
ranza, ol temor, ol menosprecio, el odio y la indig­
nación.!
El Ab. Maurv, célebre retórico y orador notable,
escribe: «Demóstenes es el atleta de la razón; la
defiende con todas las fuerzas de su genio» y la
tribuna donde habla se convierte en una lira; do­
mina á la vez á sus oyentes, á sus adversarlos y á
sus jueces. Es un general, un rey. un profeta, un
ángel tutelar de la patria.»»
«No hubo, en sentir de Cicerón, recurso ni arti­
ficio oratorio que Demóstones no descubriera. Nin­
gún estilo puede haber más delicado, más ro­
busto, m ás luminoso ni m ás puro quo ol &uyo. No
hay quien le iguale en grandiosidad, en vehem en­
cia, en belleza, en nobleza de dicción ni en majestad
de pensamientos.»
Quintih'ano le apellida «príncipe de los oradores
y norma de la elocuencia, sin quo haya sobra ni
falta on sus discursos.»
«Jamás la elocuencia, dice Groffoy, profana des­
empeñó un ministerio más sublime, on el tiempo y
— 1 33 —
on la persona do Demóstenes, y nunca so mauífesU)
con m ayor elevación do ideas y do aspiraciones.
Arrancar á un pueblo de los pasatiempos y las di­
versiones públicas, para, conducirle al campo do
batalla, es la más grande de las glorias y el mayor
triunfo do la palabra.»
Fué orador insigne, hombro do estado, adminis­
trador y estadista, pudiendo aplicarse á sus inmor­
tales arengas los versos de Horacio:

Omne tulit prtncíion. qui múscitit utile dulcí;


Lectorait delectando , partierque moneado.

Broughan hace grandes elogios cta Demóstenes;


César Cantú reconoco y aplaudo svi patriotismo,
«Fué la elocuencia do Domostones la grande la
ra ra elocuencia. No fué tan patético como Cicerón
y Masillon; pero sí tan sublime corno Hossuot, y más
sencillo y más lógico que el inmortal autor del Dis­
curso sobre la Historia univcrMl.»
«Las cuatro grandes condiciones de su oratoria,
fueron, la sencillez más Atica y la ausencia de todo
ripio y de toda redundancia, el valor más heróico.
la sublimidad más celaste, la lógica y la fuer/a
más vigorosa y nutrida do argumentación. En estas
grandes cualidades no tuvo ni tendrá jam ás rival.»
Como escritor, Dionisio de Halicarnasio, le con­
sidera superior á Tucidides en ol género sublime, á
Lysias on el sencillo. A Isócrates y A Platón en el
templado.
Villemain en nuestros dias ha escrito sobre De­
móstenes un notabilísimo estudio, y los historiado­
res, y los filósofos le tributan los mayores elogios.
— 134 —
Las ediciones de sus obras se multiplican, y sólo
entre nosotros son menos conocidas. Júntanse con
singular esmero y afanosa inteligencia argum entos,
elogios, observaciones, notas, todo cuanto puedo
esclarecer su vida y escritos. Sus arengas se leen
sin cesar en las escuelas, se traducon eu todos los
idiomas, se comentan y se explican, y son el per­
fecto é inimitable modelo que tienen á la vista los
que se consagran al foro y á la tribuna. Y hasta el
vulgo, eco providencial de los juicios de la historia,
pronuncia y repite su nombre, como en señal de quo
ha de durar su fama lo quo subsista la humanidad.
Ni la batalla de Queronea. ni la muerte de Filipo,
ni ia do Alejandro, ni el nuevo triunfo de Antipator,
son suficientes á domar aquel espíritu enérgico y
poderoso. Si; Demóstenes se muestra grande duran­
te su vida política, acierta á reunir las dotes del
hom bre de, Estado y del orador, y no es menos
digno de ser admirado on las épocas de la persecu­
ción y del infortunio. Sus aspiraciones son siempre
las mismas; al prim er vestigio de esperanza vuelve
á dirigir su palabra al pueblo, éste lo conduce con
gran pompa desde Egina, y entra triunfante en Até-
nas, considerándose más feliz que Alcibiades. Pero
¡ah! ¡contrastes de la vida j r de la inconstancia de los
pueblos! á este último suceso, próspero en su exis­
tencia, sucede el decreto do destierro, y poco despues
de su triunfo sobre Esquines, el de su muerte, su­
cumbiendo al pié do la estátua de Neptuno en la
Isla Calanria, 322 años antes de J. C. despue 9 de
haber preferido tomar el veneno, que entregarse á
los sectarios de Ja tiranía.
Demóstenes fu¿ culpable si se diese crédito á
Dina reo. su acusador; más Pausanias lo defiende, y
— 135“
él mismo protesta de su inocencia en cartas que es­
cribo á sus amigos de Aténas dentro do su prisión.
Por nuestra parte consideramos la acusación de De­
móstenes como una do las más odiosas tram as que
ha inventado la envidia y la adulación indigna que
en todos tiempos se ha tributado á los despótas, á
los enemigos de la libertad-
El pueblo ateniense colocó al pié de su estatua
este distico, verdadoro sarcasmo contra su misma
conducta y elogio A la voz del gran orador á quien,
con la m ayor indiferencia había visto perecer:

Demás tenes, bí tu fuerza hubiera sido


igual ¿ tp ingenio, jarata
habría domado la Q-recin el M arte de
Macedonia.
CAPÍTULO VIII.

L uchas ju d ic ia r ia s e n t r e E s q u in e s y De n ó s t e ­
l e s .— D is c u r s o d e E s q u in e s .— D is c u r so de De ­
m ó s t e n e s — R e f l e x io n e s .

L» Nos vomos precisados A rouuir do nuevo ios


Hombros do Demóstenes y Esquiaos, á ocuparnos,
siquiera sea brevísimamente, do sus notabilísimos
discursos p o rto corona', causa, motivo principal de
su fam a como oradores.
Y en verdad quo esta precisión lejos de sernos
desagradable nos proporcionará ocnsion de acentuar
las justísimas alabanzas quo ya les hornos tributado.
Asi como Sócrates nos presenta ante el tribunal
do los holiastes en toda su violencia el choque de
las pasiono“ y el tumulto do las Luchas judiciarias de
la democracia antigua. Demóstenes y Esquines nos
ofrecen el espectáculo más sosegado y tranquilo,
de un foro que so asemejaba algo, que se parecía
al de nuestros di as.
El tiempo había pacificado el recinto del gran Ju­
rado popular de Atenas. No era ya campo de combate
sangriento, de combate á muerto, eu el que toda
clase de arm as, la difamación, la impostura,'el falso
testimonio y hasta el soborno de los jueces, es lícito
y tolerado. El ingenio, la agudeza, el talento, la ha­
bilidad, ol arte imperan sobre los euérgicos y rudos
— 137 —
acentos do la exaltación y se observa y se ve un pro­
greso, un adelanto innegable, claro y manifiesto.
Y a hemos dicho algo acerca del motivo, de la
causa de la lucha entre Esquines y Demóstenes. El
senador Ctesifon propuso un decreto para que De­
móstenes fuese coronado por sus servicios al Estado,
y m uy especialmente por haber consagrado una
parte no despreciable de su fortuna á la reparación
de las m urallas do Atenas. El premio debía otor­
garse pública y solemnemente en las fiestas Dioni-
siacas ó de Baco, y la ceremonia tener lugar on el
teatro durante la representación de las tragedias
á que concurría todo el pueblo griego.
La proposicion se hizo el año 338 antes de J, C. Gg
decir, el mismodo la desastrosa batalla de Queronea,
por lo cual, y las grandes calamidades que pesaban
sobre la república, no fué posible que so discutiera,
evitando la exaltación de las pasiones publicas.
Ocho años despues, es decir, el 330, cuando Ale­
jandro habia salido y a para la J^ersia, tratóse de
reproducir ol decreto de Ctesifon, y Esquines, rival
de Demóstenes, se opuso á que ol pueblo lo apro­
base. Causa tan pequeña en si, una corona de escaso
valer dice un critico ilustre, díó márgen á las dos
má-s famosas piezas de la oratoria antigua, y es que
aquella corona, añadiremos nosotros, fué elpretesto
la manifestación de una lucha latente, pero temible,
de los dos partidos que se disputaban en Atenas
hacía largos afios el predominio de la opinion.
Pongamos aquí algunos trozos de esos dos g ran ­
des discursos.

2.° Discurso de Esquines «ObBemd, atenienses,


— 138—
observad (ice de manejo*, qae de Intrigas se ponen en jaego
para impedir lo que es regalar, lo que es justo y debido;
pero confio en loa dioses y en yoso tros, que prevalecerá la
ley ante todo y sobre todo.
Yo desearla, y vosotros debele desearlo Igualmente,
qae se guardase respeto y se observaran fielmente I ob es­
tablecidas por Solon con gran sabiduría, por lo qae Lace á
las asambleas públicas, al Senado y al árdea qae en las di a.
elisiones deben guardar Iob oradores.
Hoy y a es inútil, especialmente desde que mandan cier­
tos hombres, aquella pregunta del pregonero: ¿Quien de os-
presentes, mayor de 50 años, quiere hablar y despues lo
liarán los demos atenienses por el turno que les correspon­
da?... Habla el que quiere, el mAs osado por lo común, y
eso para proponeros co&as costradas á la ley.
Me diréis qne queda el correctivo de los tribunales;
teneis razón y en ellos confio. Más ea preciso qne os mostréis
severos eu cnanto A la traagresion de las leyes, pues, de lo
contrarío si cedieseis ea este punto aquel día habría conclni­
do el gobierno popular cuya existencia depeude del respeto
á la ley.
Acordaos, acordaos, atenienses, del juramento qne teneis
prestado de fallar conforme á la ley y no podréis menos de
perseguir y castigar al que os propouga algo en contra de
ella. Conduciros de otra suerte fuera hac«r traición ¿
puesto que ocupáis en la república y á la piBÍou nogasta
que os está confiada. No echeis en olvido que vosotroB re*
presentáis nn gran pueblo, purtc de él presente, parte de­
dicado á eas negocios en la confianza de que sabréis cum­
plir con vuestro deber.
Si ob presento á Ctesifon como reo de infracción de ley
so podréis menoB de imponerle la pena seflalada á este
delito, una vez qae os lo demuestre, contribuyendo yo con
— ,59 —
esta acoBacioa y vosotras con vuestro fallo á consolidar
el régimen popular.
En otros tiempoB no faltaron ciudadanos qne despues
de haber ejercido cargos públicos de importancia y mane­
jado fondos de qne debían responder se procuraban antes
de rendir cuentas elogios y demostraciones populares qne
íesvirtuaran despues el mal efecto de sn falta de honradez
en el desempeBo de sos destinos y (besen como nna anti­
cipada sanción de Bn conducta. Por esto Be dispuso qne
ninguno fuese coronado antes de rendir cuentas. Comen-
E¿$e barrenando el precepto legislativo proponiendo el pre­
mio para despues de las cuentas; pero Ctesífon ha ido mas
lejos, y sin escrúpulo alga do ha decretado qne Demóstenes
sea coronado cuando aun desempeña el cargo par el qne se
le otorgaría tal distinción. L a cosa es peregrina A inusi­
tada.
Oigo decir qne la magistratura que ejerce Demóstenes
na está sujeta A rendir cuentas: el precepto es terminante,
la ley dice, oidla: «Los magistrados nombrados por el pue­
blo, loa encargados de obras públicos y cualesquiera otros
qne manejan negocios de la república por más de 30 dins,
deben sujetarse antes de ser coronados á una Aprobación
previa y despueB de rendir cuentas,» Se me objetará qne
Demóstenes ha gastado de lo suyo y que nadie está obli­
gado á dar cuenta de bu liberalidad; yo ob digo, qne en
nuestra república no hay nadi¿ exento del deber qne os he
indicndo, ni los sacerdotes de ambos sexos, ni los trierar-
cii3, que gastan de lo sayo, ni los mas altos Consejeros-
como el de Areopago y el del Senado, acerca de los cua­
les la ley es t&n severa que les prohibe «ausentarse sin
dar cuenta.»—¿Con qué por haber pertenecido ni consejo de
los óOO no puedo suspeuder un viaje? eiclumarú alguno,..
No... Ni atm ejerciendo tales destinos te es dado hacer
ofrendas, ni consagrar los bienes A la religión, al hacer
— 140—
testamento, ai otras mil cosas. No basta alegar que no Be
bao manejado foudoa públicos es predio qae iw haga cons­
ta r esto en los registros.
Demóstenes ha ejercido cargo sujeto á rendición de
cuentas. Puedo citaros la ju n ta popular, bajo qne arcon-
te, el mes y el dia eu que fué nombrado administrador de
lo» fondoB del teatro, cargo qne reasume todas las demás
magistraturas.—¿Y ann empleado en tales condicione»
pretende Ctesifon que le coronéis antes de dar cuentas?...
L a ley prohíbe qne se corone un funcionario antes de dar
cuentas, estáis, pues, obligados por juramento á que ia ley
se cumpla.
L a tercera parte de mi acusación versa sobre el mo'
tivode otorgar i Demóstenes nna corona. Ctesifon dice
que es para premiar su virtud, $a valor y el haber dicho
y hecho siempre grandes cosas en favor de la república.
Si 70 os pruebo que no hay tales merecimientos en De*
móstenes, ¿podréis suscribir á lo propuesto por Ctesifon
que contra la prohibición de la ley alega datos falsos para
proponeros el decreto de concesion?...
Filócrates y Demóstenes quisieron poner término á la
guerra de Anffpolis, proponiendo, y logrando que el pue­
blo aprobase, que Filipo pudiera mandar embajadores
p&ratuuBtar la paz. Votado que fué eato Licino acusó á
Filócrates de haber hecho votar uu acto contrario á la
ley, DemósteneB defendió á bu colega y fué abauelto. Logró
mas tarde entrar eu el Senado para seguir apoyando en
todo i Filúcrate?, quien propuso Be sombrasen embajado­
res para, noticiar á Filipo la reaolucion anterior. Asi se
hizo, llegando loa embajadores en ocasion en que Atenas
había mandado emisarios á toda la Grecia para armarse
contra Filipo. E s decir, atenienses, que mientras Bolo se
pensaba en la guerra, Demóstenes tnn enemigo de Fiüpo,
Unido con Filócrates no pensaba sino en nja&tur la paz,
— Mi —
aan á trueque de atropellarlo todo... Hizo mas reunió al
pueblo en dia festivo contra la costumbre... y no solo pro'
puso la paz, Bino qne se formase alianza con Filipo oomo
cosa natural y lógica de la paz misma.
Ese hombre tfta adulador de Filipo asi que supo sa
mnerte, que fingió por cierto haberle sido revelado en sue­
lto», se mostró en público con una corona y nn ropaje
blanco, y ofreció nn sacrificio, á pesar de qne solo had a
siete dias qne hnbia perdido 4 en hija única, coyas honras
no habla celebrado todavía. Hombre que se conduce mui
con sna hijos no pnede ser buen ciudadano, ni buen admi­
nistrador délos intereses del Estado... S a e ta el presente
habéis visto á Demóstenes adulador de Filipo; desde que
llamado por los tébanos este prínaipe invadió la Fóclda y
terminó la guerra Sagrada, Demóstenes se I1Í20 era de la
indignación popalar y no halló medio mas sencillo de hacer
olvidar sns faltas qne desacreditar .1 los qne con él habían
trabajado por la pa«. Filócrates acusado por el mismo
Demóstenes faó desterrado y los demás nos vimos oiultrn-
tados y calumniadas, declarándose en el acto jefe de los
enemigos de Filipo. Si este proponía mandar los embaja­
dores á los atenienses los titulaba espías', si los dejaba de
mandar lo atribuía A menos precio de los de Atenas; y se
valia de an juego de palabras, log raudo que no se hiciera
nada.
Se vanagloria de haber rodeado el territorio de Atica
cou maros de bronce y de diamante... ¡Ah! bellas frases...
pero engañosas...¡Tal es el hombre honrado, desprendido,
benemérito qne se deja corromper y para qnien Cteaifon
pide una corona!..»
¡Oh! hombre el mas inútil para todo lo bueno y
mas osado eu la palabra, ¿pretender una corona? y vos­
otros atenienses ¿podréis concedérsela?... Ali! no; trasla­
daos conmigo al teatro, vezal pregonero que se adelanta.
— 143 —
y qne pregona vuestro decreto de eonceBion, y no olvi­
déis Ioh parientes de las víctimas inmoladas por bu canea,
sns lá g rim a , su indignación por vuestro olvido de los
héroes qae lloran vuestra loca insensatez. Que griego de
mediano criterio no recuerda con dolor tiempos mejores y
gobiernos mejores». No levasteis, atenienses, os lo pido
por Júpiter y los demás dioses inmortales, no levantáis
nn trofeo en la orquesta de Baco; no hagais qne el pueblo
de Atenas parezca un loco á los ojos de los demás pue­
blos de la G reda; no insúltele á esos pobres tétanos, re­
novándoles el recuerdo de bus desgracias irreparables, y a
que por cauaa de ese mismo que pide una corona, hau
tenido que ncojerseá nuestros hogares despnes de haber
perdido lúa Kuyos, de haber perdido sus templos, sus se­
pulcros y lo que es más sus hijos.
No 08 hallasteis presentes á tanta desventura, pero
vuestra imaginación puede sin violencia representaros nna
ciadad tomada por asalto, las murallas en tierra, las ca­
sas presas del iuceudio, mujeres libres reducidas 4 escla­
vitud en unión de sus hijos, ancianos y ancianas conster­
nados, llorando suplicando, maldiciendo á los que fueron
causa de sus desdiehau... Si al barquero de Salamiua que
no dirijo bien &u nnve se le priva del reino, ¿coa cuanta
más razón debeia prohibir que Demóstenes enorgullecido
y coronado vuelva á asir el timón del Estado. .?
Vedle hoy, vedle despues de la batalla de Qneronea,
de la que escapó cobarde, pusiliuiine, abatido, consterna
do, casi muerto, y no obstante tiene valor para solicitar se
le nombre mediador de la paz. Hicisteis bien despre­
ciándole...
FiualmentB cuando en el epüogo de Biidiflcnrso invoque
á los que so lian dejndo sobornar como él, imaginaos que
vela eu esta misma tribuna desde la cual os hablo, puestos
en flla para desmentir el testimonio falaz de la mentira
— 143 —
á los hombres mas esclarecidos de la república; d nn Solon
que os dotó de las leyes mejores y mas prudentes, que
afianzó el gobierno popalar, que con bu acostumbrada
modestia 08 ruega que no tengáis ámenos vuestros ju ra­
mentos y bus leyes; A na Arlstides, qne fijó los tributos
de los griegos...

. 3.° Discurso de Demóstenes. «Ante todo ¡oh ate­


nienses! invoco la asistencia de loa dioses y diosas, á fin
de que en la presente contienda quieran inspiraros para
conmigo igual benevolencia al amor de que siempre estuve
animado para con todoB vosotros y la pátria. Otra cosa
más les pido del mayor interés para vosotros, para vues­
tra piedad y.gloria, y es que al oircne, inclinen vuestroB
ánimos á despreciar los artificios de mi enemigo, lo con­
trario seria una injusticia atendiendo únicamente 1 las
leyes y it vuestro juramento acerca de su observancia. Es
tas de común acuerdo, previenen: que ambas paria; sean
oídas igualmente.., Si Esquines se hubiese cedido á la ver­
dadera acusación también yo, atenienses, entraría inme­
diatamente en la defensa del decreto controvertido; mas
como este empleó una buena parte del proceso en acu­
mular contra mi tantas otras cosas y calumnias, me pa­
rece necesario y muy justo hablar algo primeramente
acerca del particular, no sea qne alguno de vosotros, mo­
vido, de aquellos discursos, ngenos por cierto del asunto,
escuche tal vez con preocupación mis descargos.
...Atenienses: ai todo lo «apuesto, ei todo lo acusado,
alegado y referido fuese cierto, no habría en la república,
ni aun con mucho, castigos correspondientes que aplicar­
me. A nadie entre nosotros debe prohibirse subir á la tr i­
buna y hablar al pueblo; pero presentarse en ella para
desahogar aai el ódio y la envidia, ¡jaro á loa diosee que
— 144—
noca conforme á la política, ni á la rectitud, ni i lajn s-
ticinl Si en efecto él me veia perjudicar á Iob intereses
del Catado en tanto grado como ¿ates arrebatado decla­
maba á lo trágico, ¿por qué no trató de qae se me casti­
gase según ordenan las leyes en tales casos? ¿Por qué no
me delató y presentó para Bar juzgado ante vosotros? Si
me vei» dar decretos contra las leyes, ¿por qué no me
acusó de infractor contra laa mismas? ¡Ahí quién por can­
sa mía Bupo perseguir á Ctesifon, trayéndule de tribunal
en tribunal, & buen seguro que otro tanto hubiera hecho
conmigo, si él pudiese convercerae de ser verdadero reo.
SI, atenienses: en medio de rotos crímenes de que él solía
infiironrme á espaldas milis, y en cualquiera otro en que
me vicee delinquir contra vosotros, leyes hay para repri­
mir, suplicios, tribunales y sentencias con graves y atro­
ces castigos: de todo esto pudo valerse. Si asi constase ha­
berlo ejsentado, no se opondría su acusación á su conducta;
pero ahora despues de haberse desviado del verdadero ca­
mino, huido de censurar los hechos pasados ya tantos
tiempos hace, acumulando invectivas, oprobios y dicterios^
se pone á hacer el papel de cómico, de manera qne por
acusarme á mi delata á CLesifon; y siendo el móvil prin­
cipal de toda bu acusación el odio qne me tiene, nunca
c o m b a to conmigo cara á cara, sino que públicamente ases­
ta bus tiros contra otro para derribarle de su puesto. Por
eso, atenienses, entre otras cosos que pudieran alegarse por
Ctesifon, me parece pnede cou razón decirse, que la con­
tienda de estas disensiones solo debería trabarse entre
nosotros dos, y que en renlidad es mal hecho no hacerlo asi,
sin mezclar á otro en ellas en dafio sayo» lo que seria la
mayor iniquidad.
De aquí puede inferirse que todos los demás puntos
acriminados se habrán fraguado igualmente sin justicia
ni verdad. Quiero, no obstante, examinarlo ano por uno,
— >45 —
principalmente los que alegó Bobre la paz y la embajada,
calumniándome y atribuyéndome lo que fuó obra suya y de
Filócrates.
...T t í , |obl.. ¿qué nombre digno podré darte?., tú que
lo presenciabas, y reías que privaba á la Grecia de tan
grandes bienes y alianza, como ántes gritando trágicamen­
te relatabas, ¿te indignaste por ventnra entonces, 6 te
presentaste á exponer algo de loque ahorn censuras? Pues
í i yo, sobornado por Filipo, estorbaba la unión común de
los griegos, bien pudiste no callar, sino antes clamar, y
testificarlo, y demostrárselo á estos; mas tn nunca ío hicis­
te, ni persona alguna te oyó chistar Biquiera. ¿No es de
admirar?
...Nadie, atenienses prodiga sn caudal por la utilidad
del traidor: nadie ana vez logrado lo qne intenta, sa
vuelve á valer de sus consejos ni do su persona: de otro
modo ya no habría mayor fortuna que In de nn traidor.
Empero no es asi, no lo es. ¿Cómo es posible? todo al
contrario. Cuando el que aspira al imperio llega á tenerlo
todo en su poder, entonces Be hace dueüo también de los
traidores qne Antes se le vendieron: y sabedor de sn perfi­
dia, desplega luego contra ellos la desconfianza, el ódio,
la persecución. Aqni reclamo rnestra consideración, ate­
nienses; pues nnnque el tiempo de los sucesos haya pasado,
para el hombre prudente nnnca pasa el tiempo de refle­
xionarlos..,
— Mercenario pagado por Filipo ántes, y por Ale­
jandro ahora, ese es el nombre que yo te doy, y el
qne te dan todos. Si lo dudas, pregúntaselo á ellos mis­
mos. Mas no, yo lo haré por ti. Decidme, atenienses, ¿qué
es Esquines, amigo ó mercenario de Alejandro?... ¿No
oyes lo que dicen?...
...Maligna cosa, atenienses, maligna cosa eB nn calum­
niador, siempre y en todo envidiando y mnrmnrando: y
— 146 —
ese hombrecillo ademas de ser por naturaleza oda rapo-
ancla, ya desde el principio jamás hizo cosa buena, ni ese
gimió trágico, rústico orador bastardo, ¿De qué sirve
á la piitria tu elocuencia? ¿Aliara te tm vienes con
disputas sobre los cosas posados? Lo mismo e» eso qne ai
un médico nada hubiese dicho a i hecho á los enfermos pa­
ra sacarlos de bu enfermedad, y despues de muerto
al hacerle el funeral, se presentase y dijeses;—Si ese hom­
bre hubiese practicado esto tí aquello, no hubiera fallecido
llttseusatol ¿ahora te vienes eon eso?
.„D e las obligaciones propias de un orador pide cuenta
y cuanta quieras; no me opongo. ¿Y cuáles son estas? Ob
servar los principios de los negocios, prevenir las conse­
cuencias y auunciarlas. Todo esto lo hice yo. Y ¿cuáles
moa? Los occidentes que ocurran en los negocios, las mo­
rosidades, tergiversaciones, descuidos, diferencias, defectos
políticos propios de los pueblos todos, yerros indispensa­
bles, precaverlos cuanto sea posible; y por el contrario
esortar á todos & la concordia y A la amistad, y á la pron­
titud en cumplir con bq oblígaciou. Todo esto he practica­
do también; por lo mismo no habrá hombre alguno que
diga haber yo faltado ¿ lo que debo.
...Has el paralelo de la vida tuya y de la mia, con leal­
tad, con franqueza, no con, ódlo, ni envidia. Fuisteis maes­
tro de escuela, yo discípulo; tú iniciador yo iniciado; tu
bailarín, yo costeador de los gastos públicos; yo orador;
til actor de terceros papeles; yo espectador; tu desechado;
yo dosecbador; tu agente de los enemigos, yo de la pí-
tria... No digo mas,
...E l que como Esquines dice es celoso de las leyes y
del bien de la república, ya que no tenga otras prendas,
debe tener ¿ lo menos la de Bcutir cuando siente el pue­
bla, y alegrarse cuando se alegra, peni no con el preteslo
de gobernar la república, estar á favor de b u s enemigos*
— «47 —
esto en cabalmente lo que til has estado haciendo ahora á
las alaras, cuando afirmabas qué he Bido yo el autor de
iodo, y que por mi culpa habla caído la república en tantos
males, siendo asi que vosotros, atenienses sin mi dirección
ni mis consejos os movisteis al socorro de los griegos. «8j
voaotroü me dieseis este lauro, qne por mi os habíais em.
penado eo hacer frente 'al poder qne Be iba lovantundo
contra los griegos, moa favor me haríais ea esto solo qne
(¿nautas habéis hecho á todos. Y yo os lo estimarla...*

•Io Desistimos de continuar. Solo insertando


íntegros los discursos de Esquí oes y Demóstenes
cabe formar un juicio exacto de su vida. _
[Qué lucha! jqué debate tan magnífico! ¡Qué
acusación la de Esquines! que defensa, la de De­
móstenes! En el terreno legal la primera es supe­
rior á laregunda.
Demóstenes lucha con calma y vence íl su adversa­
rio, tiene conciencia de su superioridad y la de­
m uestra desde el prim er momento imponiéndose á
su auditorio. Subyuga, arrastra arrebata, conven­
ce sin violencia hasta obligar á inclinarse resuel­
tamente á su favor.
No os estraüo quo Esquines sucumbióse en osa
lucha titánica y gigantesca á la cual provocó irre­
flexivo al coloso do la palabra. Esquines, se apode­
ró acertadam ente de alpunas flaquezas do su ad­
versario, poro ésto tenia una brillante historia quo
oponer A sus suposiciones y salió vencedor en la
contienda. No fuó esta una lucha do hombre, sino
de pai tidoá partido, do opinión á opinión, y la roro-
ría un ptvtfslo do fines m a s levantados. El debato
ora jx/lit&o, esencialmente político, aunque revestía
— 148 —
formas personales... ¿Quién tenia razón...? Quizás
ora m ás previsor Esquinos; poro no m ás patriota
que Demóstenes á quien Filipo, Alejandro y Antipa-
ter conceptuaron millaros de veces como el mas
formidable bailador do su» planos contra la Grecia.
Demóstenes so hizo ilusiones, pero fueron nobles
ilusiones do las cuales participaba el auditorio que
lo escuchaba, los jueces que habian do juzgarle y
el pueblo entero que no estaba alü, sino ocupado
en sus faenas y tranquilo on el fallo de sus legíti­
mos re p r e s e n ta n te ^ mandatarios.
So dice quo el discurso do Demóstoncs fué un
triunfo continuado y no nos adm ira. Es el elogio
mas bello del valor y el heroísmo de su pueblo, á
la vez quo de sus propios merecimientos.
¿Quien resiste á Demóstenes despues de oirlo?
¿quién no se convence al ver la disposición de sus
pruebas , de la verdad de sus asertos y afirmacio­
nes? Se leen los documentos; se oye á los testigos;
el tribunal puede exam inarles á su antojo, juzga
por si de su acento, de su actitud, de la seguridad ó
vacilación do su afirmaciones, y no puede enga­
ñarse ni sor sorprendido fácilmente.
Esquines fué más hábil, más sosegado y grave
al principio de su discurso que en el resto de él. Su
lenguaje en muchos pasajes se asemeja al que pu­
diera emplear en nuestros dias un representante, un
órgano del ministerio público, hablando en nombre
de la ley y de la sociedad. Hizo un tratado comple­
to de la legislación ateniense en lo relativo á la
observancia de las costumbres. Es también digna
de elogio la parte de su discurso en que se dedica
á destruir anticipadamente los ardides, los medios
— 149 —

dilatorios y las sutilezas que Demóstenes podrá em­


plear para eludir los cargos.
Poro supera en todo Demóstenes á Esquines. £1
exordio de este es más natural, más sencillo y por
ello no menos magnifico.
CAPÍTULO IX.

U l t im o s oradores d e l a seg u n d a é po c a de la

ELOCUENCIA GRIEGA: DlNARCO, DÉMADES, FOCION.


— E FÍ GRATES, NÓCRATES APOLONI ATA.— REFLE­
XIONES g e n e r a l e s .— T e r c e r a é p o c a d e la e l o ­

c u e n c ia GRIEGA.

No term ina con Demóstenes y Esquines la se­


gunda época de la elocuencia griega.
Pertenecen á la misma otros oradores cuyos
nombros no podíamos, ni debíamos, sin sor injus­
tos, omitir en este libro.
Grecia, cuya historia es una epopeya, no su-
cambe. no mucre como un pueblo vulgar. Aun pn
medio de las convulsiones de su agonía ofrece des­
tellos luminosos, figuras dignas en diversos senti­
dos de mención honrosa y ospocial.
Vamos, pues, á dar una ligera idea do los ora­
dores que precedieron á la decadencia do la tribu­
na en Atonas.
Dinarco (390-360). No es dablo fijar mas que
aproximadamante las fechas del nacimiento y muer­
te de Dinarco, á quien elogia Hermójenes por su
dicción, y la escuela alejandrina colocó en el nú­
mero de los oradores clásico.
Nacido on Corinto ó en Atenas, futí en esta últi­
ma ciudad dondo residió durante muchos años y on
— 151 —
la quo so dió á conocer y so hizo aplaudir por sus
discursos políticos principalmente.
Solé han atribuido trabajos oratorios que, según
Dionisio de Halicarnasio, no eran suyos, cuyo docto
parecer se siguió para coleccionarlos mas auténti­
cos en la. ediccion DidoL
Los quo pasaban por suyos on la época del ci­
tado autor eran 27, do los cuales no han llegado
hasta nosotros mas qua tres* uno conlra Demóste­
nes, otro contra A nüogiim y otro contra Filocles.
Hay cierta semejauza en'el estilo, en el uso de
los giros y en el empleo de las figuras entre Di­
narco y Demóstenes, hasta el punto de creerse por
muchos quo el discurso que se dice de esto contra
Teocrínis no es suyo sino de Dinarco. Parecido no
obstante, semejanza que no llega ni con mucho á
ser identidad; semejanza posible y dable; poro que
aun colocando á gran distancia á uno y otro toda­
vía redunda en alabanza, aceptada que sea, del ora­
dor que ríos ocupa.
Détmdes debió á. su talento figurar en un pe­
riodo, en una época en que el ser orador tenia el
gran inconveniente do la emulación j la rivalidad
en un grado, en un estremo difícil y peligroso.
Démades ora hijo de un marinero y so croe que
ól ejerció por algún tiempo el oficio de remero. So
ignora la época do su nacimiento; era ateniense, de
la tribu Eneida y pueblo Laciade, desconociendo
los medios de que se valió para llegar A adquirir
una reputación envidiable.
Figuró como Dinarco en el partido de los reyes
de Macedonia, por lo cual fué uno de los mas en­
carnizados enemigos de Demóstenes. No subía este
una vez á la tribuna que no le si guióse Domados,
-is a -
desvirtuando no pocas voces con sus chistes y agu­
dezas, mas ingeniosas quo cutías las palabras y
los consejos del gran orador.
La cualidad mas relevante en Démades ora
la de saber improvisar un discurso, lo cual daba
á sus ataques y á.sus réplicas un sello de esponta­
neidad y deonergía que hacia inútiles millares de
veces los argum entos mejor dispuestos, las prue­
bas mas hábilmente combinadas. Esta rara habili­
dad en nna época en que nadie e ra m as estrafio
que la improvisación, tan necesaria por otra parto
en las luchas do la tribuna, debió contribuir á
darlo una gran importancia como orador y en efec­
to las historias se la conceden con mas ó menos
exageración.
De Démades no nos qneda trabajo alguno y se
le atribuyen espresiones que á ser suyas demues­
tran un vivo ingénio.
Antipater le acusa de estremadamente interesa­
do sin que nada bastase A saciar su falta de delica­
deza en este particular, le cual confirma un distin­
guido historiador, añadiendo que vendia con mu­
cha frecuencia al gobierno do su pátria. Su muerte
so creo acaeció el año 322 antes de J. C. según
unos, ó el 319 según otros.
Preguntándole quien había sido su m aestro con­
testó—La tribuna ó él tribunal; es decir la p rác­
tica y la csperiencia,
Tenia talento y una estrem ada penetración.
Mezcla de bueno y de malo, se hacía unas veces
querer y otras odiar.
En la batalla de Queronea, Démades fué hecho
prisionero, prestando graudes servicios á sus con­
ciudadanos, pues en los momentos en que Filipo
— 1 53 —
tíbrio de placer, se disponía á ensañarse contra
ellos, Démades se atrevió á decirle:— Ya que la
fortuna ie fia dejxii-ado hacer ei paitel de Aga­
menón, no te rebajes ahora representando el del
bufón Tersites. Con cuyas palabras Filipo recobró
ser natural, compasivo y generoso.
En otra ocasion cuando Alejandro amenazaba
penetrar e u e l Atica, despues de la destrucción do
Tébas, sino se le entregaban los oradores por él
designados, Démados intercedió por ellos, por cayo
hecho se acordó levantarle una esfátua de bronco
y asi se verificó.
Focion (400-317) se nos presenta en la historia
del segundo periodo de la elocuencia griega 7 como
una personalidad simpática, digna de ser estimada,
distinguiéndose no solo por su palabra, sino por su
valor, por sus virtudes, por su sabiduría, cualida­
des eminentes que atenúan en cierto sentido la gran
responsabilidad que pesa sobro él por haber acon­
sejado la inacción al pueblo ateniense, con la cual
vino á ceder casi sin protesta y cu silencio todos
sus legítimos derechos, todas sus conquistas re­
nunciando para siempre su porvenir.
H abrá quizá sorprendido A nuestros lectores la
preferencia que hemos dado y el entusiasmo con
quo hornos elogiado á los que siguiendo las hue­
llas de Demóstenes emplearon su elocuencia on
defensa de la libertad de la Grecia,- habrán extra-
fiado quizá el tesón con quo nos hornos negado A
admitir toda especie do rivalidad ó competencia co­
mo quieren algunos entre este y varios do sus com-
temporáneos, y debemos d ar sobre este particular
esplicaciones que podrán parecer más ó menos sa­
tisfactorias, pero que son el resultado de nuestras
»
— 154 —
convicciones, de nuestras ideas respecto á la misión
del orador político en todos tiempos.
La situación del pueblo griego en la época quo
venimos estudiando no podia ser más crítica. Todo
parecía augurar el cercano ítn do su grandeza; todo
hacía presagiar el límite que la providencia habia
señalado A su pasada altivez y señorío. Ni ejército,
ni recursos, ni poderosos aliados, ni elementos de
ningún género, y lo que es más, ni el patriotismo de
sus hijos, venia A contrarestar la torm enta cuyo
rum or se dejaba percibir. En tan supremos instan­
tes la mayoría de los oradores, es decir Los llama­
dos á influir sobre la opinion pública, se inclinan
del lado nn que parece soplar el viento más propi­
cio á sus intereses personales, poro no á los inte­
reses sagrados de la patria, y solo Demóstenes se­
cundado por unos cuantos que favorecen sus gene­
rosos esfuerzos, so propone despertar el entusiasmo
dormido. Jas grandes virtudes que habían servido
de sólidos cimientos á la guíndela de una de las na­
ciones más esclarecidas 011 la historia del mundo.
Ahora bien: los que asi es pusieron su reposo,
su fortuna, y hasta su vida; los quo hablando en
nombre del pasado procuraron alejar del suelo que
les vió nacer la infamia de una derrota sin defensa;
los que inflamados del mas puro patriotismo con
lágrim as de dolor, proclamaron las excelencias do
la libertad y de la independencia, cuando la liber­
tad y la independencia se veiau amenazadas, pró­
ximas A sucumbir; ¿pueden ni deben confundirse
con los quo con mayor ó menor nobleza y desinto-
ros contribuyeron á la realización de los deseos do
Filipo y de Alejandro? ¿Hay ni puede haber compe­
tencia posible ante el fallo severo é imparcial de la
— 1*5 —
historia entro los que procuraron romper las cade­
nas quo oprimían fuertemente a su.s conciudadanos,
y ios quo los decían, quo osas endonas vergonzosas
eran suaves, oran preferibles á la muerte llena do
gloría del que no se dá por vencido, sin haber pro­
curado a l menos sor antes vencedor? Ved pluDtcada
tan importante cuestión en un terreno en que nos
creemos invulnerables. No so trataba allí do esto ó ol
otro partido; de esta ó la otra forma do gobierno; so
trataba de la independencia do la Grecia entura, de
su nacionalidad amenazada, y el único camino no­
ble, digno, levantado, era la defensa del territo­
rio, de las leyes y las costumbres del pueblo. Los
que en esta ó idénticas situaciones colocaron ó co­
loquen su palabra, su pluma, su influencia, su va­
lor, su dinero, ó su sangre al servicio do la usurpa­
ción y del despojo, por poderosos motivos que para
ello aleguen, son y serán en nuestro sentir reos
de lesa nación y por lo tanto como oradores, como
escritores, como políticos, guerreros ó simples ins­
trumentos do una cabeza mejor organizada, respon­
sables ante la historia de los acontecimientos des­
graciados que pudieron ó puedan sobrevenir.
No obstante loque acabamos de manifestar, Fo-
cion es uno de los pocos en favor dolí-jal podemos
y tenemos la obligación de hacer una distinción
honrosa. Fucion no defendió de una manera direc­
ta y menos interesada, corno otros ora di «res, la cau­
sa de la tiranía- Focion que habia ejercido el mando
de las tropas cuarenta y cinco veces; quo había os-
perimontado los mayores desengaños: quo no podia
echar on olvido el estado de las costumbres, la si-
tuacion del erario público, la falta de un ejército
nacional, creyó de buena fé que la Grecia era im-
— 156—
potentó para defenderse; quo desagradar á Filipo
po lia atraer sobro su pálria m ayores calamidades
y de aquí sus consejos conciliadores, sus esfuerzos
para aplacar las iras dol conquistador.
Era el hombre previsor, el político severo é im­
parcial que procura alejar de su pátria las conse­
cuencias de una lucha on la que solo puede prome­
terse despues de la derrota m ayores exigencias de
su enemigo. Focion en este sentido servia m as bien
quo á Filipo Á su propio pais y le servia con tanto
mas éxito cuanto que en diferentes ocasiones obli­
gó al rey do Macodonia á retroceder ó á otorgar
concesiones que con la violencia no se hubieran
podido alcanzar.
Antos de la batallado Queronea, Focion pronosti­
có sus resultados; rogó á los atenienses quo depu­
siesen las armas, y cuando los vió vencidos, evitó
lás consecuencias de una retirada, tanto mas fu­
nesta cuanto inútil había sido el vano alarde de
una resistencia desesperada.
Animaba pues á Demóstenes y á Focion uu mis­
mo pensamiento, uu móvil generoso y noble, el
am or á su patria. A su impulso, latían sus corazo­
nes, y por esto el entusiasma del primero y el desa­
liento del segundo son a nuostros ojos dignos de
elogio, diferenciándoles, separándoles del resto de
sus contemporáneos y colocándoles á mayor altura
los grandes servicios que prestaron á la Grecia por
sendas opuestas, pero que partían de un misrap
punto, reconociendo por base el mas puro y acen-
trado patriotismo.
Focion aunque pertenecía á una familia humilde
tuvo por maestros á los m as célebres filósofos de su
época, contándose entre ellos á Platón que lo dis-
— ' 57 —
tinguía mucho entre sus discípulos. De carácter se­
vero. do costumbres rígidas, de aspecto imponente
y venerabte. Focion no supo adular jam ás, ni ó
los poderosos, ni á los humildes; dijo siempre la
verdad, y su reputación do hombro honrado era el
mejor y mas elocuente exordio do sus discursos y la
prueba mas fuerte p a rala causa que defendía.H a­
blaba siempre con (a m ayor mesura; las manos
ocultas bajo su manto, y procurando ser breve para
no fatigar al auditorio
La elocuencia do Focion fué la imajen do su ca­
rácter. Curiosas son por demás las noticias, los de­
tallos y particularidades que acerca de la vida do
Focion traen Diodoro do Sicilia, Adriano y espe­
cialmente Plutarco; todas ellas nos han servido pa­
ra formular nuestro juicio acerca de este hombro
insigne, nao de los últimos que contribuyeron A in­
mortalizar el nombre de Atenas, y A quien sus con­
ciudadanos pagaron con marcada ingratitud su
honradez y sus virtudes. Aht si estas no hubieran
contribuido poderosamente á influir en el dnimo do
los oyentes, la elocuencia de Focion hubiera pasa­
do desapercibida, y jam ás hubiera sido aplaudida.
Demóstenes solía decir cuando lo veía subir á la
tribuna:— Ved ahi el hacha de mis discursos.
Y con efecto. Focion cm el único capaz do mi ti-
tigar ol entusiasmo do nn pueblo predipuesto á
dejarse guiar sumiso á Ja derrota, mas bien que á
empuñar valeroso y resuelto las arm as y á defender
las instituciones bajo las cuales so habia llenado
de gloría.
Domóstenos si se quiere vino A representar en
Atonas un partido imprudente y temerario; pero
Focion aceptando la paz bajólas cláusulas que tu-
— t 58 —
va á bion imponer ol sucesor do Alejandro, llevó
demasiado lejos su espíritu conciliador, dando la­
g a r á que restablecida la democracia, el pueblo le
despojase del mando, condonándole á beber la cicu­
ta. «Ni uno solo, dice César Cantú, ni uno solo se
alzó on contra de aquella sentencia injusta, y por el
contrario muchos pidieron que so la añadiese el tor­
mento para hacerla mas cruel é ignominiosa.»
Los últimos momentos de Focion, fueron dignos
de la pureza de sus sentimientos y la honradez de
su vida. Confesó ingénuamente que habla admi­
nistrado mal la república y á ñn de librar do toda
responsabilidad a sus amigos so mostró sereno,
tranquilo, resignado, no obstante las injurias que
los prodigaron y cuando lo preguntaron ai tonia
que hacer algún encargo para su hijo, contestó:—¿Si:
que olvide la, injusticia con que á su padre tra­
tan los atenienses. El furor del pueblo fee ensañó
hasta con su cadáver privándole de los honores
fúnebres, y arrojándole fuera de los confines de
Atenas.
Una pobre mujer de M égara fui: la encargada
de recoger las cenizas do Focion y al depositarlas
on la tumba de sus m ayores se cuenta quo dijo:— Yo
te confio ¡oh tumba! los restos de un hombre hon­
rado; consermlos hasta que los atenienses reco­
bren su corazon y los reclame la pdtria a rre­
pentida.
Donde quiera que estudiemos al pueblo es siem­
pre el mismo. Injusto y cruel contra Focion se
mostró mas tarde arrepentido do haber injuriado
su memoria» erigiéndole una está tu a y llegando
hasta rendir udoracion á la casa en que había vivi­
do pobre y virtuoso.
— 159 —
Platón le enseñó á pensar, Jenócrates á despre­
ciar toda supremacía ó superioridad. No hizo nun­
ca una oposicion sistem ática á Demóstenes, como
acontecía con Domados y otros oradores, sino fun­
dada eu la fuerza do las cosas y de las circuns­
tancias.
L a isla de Eubea defendida por él, Bizanzio
rescatada del poder de Filipo y con ella el resto
del pa¡9, pruebas son de su valor y. pericia mi­
litar. Ninguno de sus discursos ha llegado hasta
nosotros, siendo, en sentir de algunos, lo mas pro­
bable que no escribiera ninguno, improvisando
en toda ocasion. Un dia que ol pueblo aplaudía en­
tusiasmado una de sus oraciones preguntó á uno
de sus amigos—¿fie me ha escapado alguna tonte­
ría cuando me aplauden los atenienses?.. Tal
ora la persuasión en que estaba de la impopulari­
dad de sus palabras.
Siempre el que reprendo d ia 4 Plutarco, á los
que yerran parece que les ocha en cara sus infor­
tunios, y la claridad en tales casos pasa por insolen^
cía y menosprecio, y esto aconteció, añade, A los
dos oradores que compara Focion el griego y Catón
el romano, ambos dice, virtuosos, justos y aventa­
jados en la politica.
Focion. según el bibliógrafo que más es tensa­
mente se ha ocupado de él, era tan severo que se
asegura no haberle visto nadie reír, ni lamentarse,
ni bailarse en baño público. Criticando Cares su
genio adusto. le contestó:—Ningún mal, atenienses
as ha hecho mi ceño, y e n cambio cuantas lágri­
mas han costado d la república las espresiones de
estos que os hacen rerr.
Policueto de Esfócia elogia mucho el lenguaje
— 160—
sentencioso do Focion y recogiendo algunos los di­
chos que pasan por suyos dan do su m anera de de­
cir una idea bastante aproximada y cabal.
So cita por algunos historiadores á Ifirocrates
corno orador notable perteneciente al último perio­
do de la buena época de la palabra en Atenas. Dio­
nisio de Halicarnasio le atribuye cualidades relevan­
tes, califica su estilo de severo, si bien añade que
era algún tanto jactancioso.
Como cierto orador le echase en cara lo bajo de
su linaje le replico.— Te llevo ventaja pues en m i
empieza la nobleza de m i linage y la de los tuyos
acaba en tí-
S u id a s c ita á I só c r a t e s A po l o n ia t o como hijo
de A m id a s , filósofo notable de Apolonia en el Ponto,
designándole como uno de los mejores y más aven­
tajados discípulos de Sócrates y do Platón. En las
exoquias do Mausolo rey do Halicarnaso rivalizó
con Tcodecto orador y poeta trágico, con Teopom-
po de Chio y con Ncuci'ates EiHtiHo.

2.# Hasta aquí la segunda época de la elocuencia


griega; hasta aquí el periodo m ás brillante de la
oratoria en Atenas.
Vencido por Filipo y sujeto por Alejandro el or­
gullo de los griegos viéronse estos precisadosá so­
meterse al yugo de uua monarquía absoluta y con
este cambio sino enmudeció repentinamente la p a ­
labra, falta la tribuna de sus elementos naturales,
so la ve ir decayendo visiblemente hasta su abso­
luta ruina y desaparición.
Surjon en la época que acabamos de estudiar las
oposiciones, los antagonismos que agitaron de con­
— 16 1 —
tinuo en su vida interna al pueblo griego; «inundo
de oposiciones encontradas, como dice un distingui­
do escritor y muy querido amigo nuestro, que so
manifiestan entro el elemento dorico y el elemento
jonio, entro repúblicas aristócratas y repúblicas
populares, entro el plan y el pensamiento de Licur­
go y el plan y el pensamiento de Solon; mundo
siempre en lucha, que no perece hasta la reali­
zación de sus providencíalos destinos.»
Las tendeucias opuestos entro aquella multitud
de Estados y de colonias debía producir sus conse­
cuencias, y las produjo en ol momento que para su
salvación las hubiera sido precisa la unidad civil
y política á que aspiraron algunos pocos oradores
cuyos nombres dejamos consignados-
Grao estrailos los griegos entro si y cuando les
convino m irarso como hermanos ante el peligro
común no pudieron entenderse. Solo las fiestas y
juegos helénicos originaron treguas en sus fraticí-
das guerras, viniendo A constituir un vinculo pasa­
jero y transitorio en el orden político y social; solo
de resultados prácticos en el terreno comercial, a r­
tístico y literario.
Faltaban á los griegos los lazos inquebrantables
que crea el sentimieuto nacional y no pudieron im­
provisarles los discursos de Demóstenes y sus es­
casos partidarios, porque oran tardíos. Contuvieron
la ruinado Atenas, miestras Esparta y Tobas su­
cumbían mas rápidamente; esto fué todo.
Do error en error Atenas misino se precipita y
rota la paz ya uo hay dique quo contenga la diso­
lución de aquel pueblo que hemos visto tan potente
y gigante. Fía sus destinos al vencedor, y Filipo
y Alejandro son los encargados do ir preparando
---- lf)2 —
en Oriente la hora de la regeneración del mundo
como Roma lo fué m as tarde do la de Occidente.
«Toda la misión de la Grecia se esplica por su
facultad civilizadora», dtco el autor antes citado
por lo cual la vida interior de este gran pueblo es
toda elaboración de ideas, de conceptos, de mani­
festaciones artísticas, científicas, filosóficas y lite­
rarias.
Grecia no muere; representada por Alejandro
marcha al Oriente, abre el Asia, crea como por
ensalmo grandes ciudades, infunde en ellas el espí­
ritu legendario quo la anima, y á, Alejandro sucede
César, siendo Roma la heredera legítima y natural
del pueblo griego
El nombro de Alejanrh'ia sustituye al de Ate­
nas como encarnación viva de la civilización y la
cultura humana; y esta ciudad viene á ser el lazo
do unión entre el Oriente y el Occidente. En su se­
no so fusionan elementos dispersos hasta entonces
y el mundo pagano empieza á presentir la necesi­
dad do algo quo herm ane á los hombros entro si.

3.0 Pocas páginas han consagrado los autores


á la tercera época de la elocuencia griega. La caí­
da de la república señala por lo común el término
de sus investigaciones históricas acerca do \npala­
bra en lo que so refiere al pueblo ateniense, preti­
riendo con injusto desden nombres de real y verda­
dero mérito, y lo que es mas estraño aun, desde­
ñando por superficiales, cuando no calificándolos
ligeram ente has^n de inútiles, trabajos importantísi­
mos que contribuyeron á enriquecer la teoría del
— 1*3 —
arto é imprimieron un nuevo giro á las aficiones y
á la dirección de la javentud.
Ya lo hemos dicho; Alejandro no fué un tirano,
□i un vulgar conquistador. Al ponerse al frente du
los destinos de la Grecia realiza una misión civili­
zadora y grande, lo cual hizo que estondiera su
protección á las ciencias y á las artes como instru­
mentos los mas seguros de su fama y de su gloria.
A loa célebres oradores do la república suceden
escritores, gramáticos y retóricos cuyo olvido fue­
ra en nosotros delito imperdonable cuando nos he­
mos propuesto en estos estudios trazar un cuadro,
lo mas completo y acabado que nos sea dable, no
solo de las vicisitudes de la elocuencia sino do los
adelantos, de los progresos del arte oratorio en la
antigüedad.
Es verdad que en el nuevo periodo que debe­
mos estudiar no solo faltan, sino quo abunda» los
corruptores do la palabra como es presión artística
del pensamiento humano; pero no todos lo son y
por lo tanto no es justo el anatema que se lanza en
absoluto contra los oradores y escritores do esta
época por la generalidad do los autores casi sin po­
der hacer salvedad alguna.
La elocuencia desaparece con la libertad; esto
ha sucedido siempre y sucederá Pero en Atenas
no muere de un solo golpe y on un solo dia; de­
cae de un modo visible y digno de un detenido
exáinen y esta decadencia so verifica con con­
diciones excepcionales-
¿Cuáles fueron las causas, se pregunta el Ab. An­
drés, dol cambio quo se opera en la palabra des­
pues do los brillantes triunfos de Esquines y Dé­
mostenos? ¿Cuál el nuevo gusto quo se introduce?
— 164 —
¿Y á quion, debo on definitiva atribuirse oí dolarte
oratorio? Contestando á estas preguntas con su na­
tural erudición y juiciosa crítica como ninguno lo
habia hecho antes que él.
No nos os licito dar á esta parte do nuestro tra­
bajo una gran ostonsion.
La elocuencia asiática representada por Dion
Crisóstorao y Casio Longino, la unión de la retórica
y la filoso fia; la elocuencia histórica, la .filosófica
y la de los escritos ea una palabra no caben dentro
del molde que nos hemos trazado.
Roma sucede A Grecia; Roma reclama nuestra
atención y nuestras miradas. Pero apresurem os á
consignarlo ; Roma recibe do Atenas la luz bri­
llante de la oratoria y á Roma van como maestros
los sdbios y los oradores atenienses.
«Entre Grecia y nosotros la antigüedad nos
ofrece una literatura y una civilización media, no
tan original y espontánea, que supla con las per­
fecciones del gusto y la cultura, lo que la falta de
génio y originalidad.»
La docta antigüedad romana naco del seno
mismo do la griega; sigue las vicisitudes de un
pueblo conquistador, ambicioso y turbulento; recibe
impulso y vive al calor de un imperio corrom­
pido que perece y muere en brazos de esa misma
corrupción.
Plauto y Terencio nos ofrecen m uestras do ele­
gancia; Lucrecio el suicida: el ardiente Propercio,
oí muelle Tibulo y el fecundo Ovidio, rinden pleito
homenaje, á la córte do Augusto,
Horacio brilla solo como un fenómeno entro
los ingenios citados, siondo uno de los talentos quo
honran la naturaleza humana.
— ib5 “
Cicerón rivaliza con los mejores oradores grie­
gos. El correpto y pulido Salustio, Julio César,
Varrou y Tito Livio inmortalizaron la lengua in­
ventada por el orgullo del pueblo rey* quo otros
denigraron como el duro y ampuloso Petronio, el
lúbrico Marcial, Sénoca mismo y ol áspero Ju-
vonal.
Qui u tilia no celebérrimo espafiol, cuyas institu­
ciones oratorias hemos estudiado. El erudito PÜdío
y Tácito brillan en la época decadente do la litera­
tura romana.
Tal es el resumen del nuevo cuadro histórico
quo vamos á emprender.
SEGUNDA PARTE,

ORADORES ROMANOS,

CAPÍTULO PRIMERO.

I d e a g e e e r a l d e i.a c u l t u r a y la c iv iliz a c ió n
r o m a n a .— D iv isió n h i s t ó r i c a d e la p a la b r a en
R o m a .—L a e l o c u e n c i a f o r e n s e e n l \ a n t i g ü e ­
dad y p rin c ip a lm e n te en R o m a.— F iso n o m ía
ESPECIAL DE LA ELOCUENCIA ROMANA.—COROLARIO.

I o Dos grandes aspectos nos ofrece la palabra


en Roma; en dos magníficos escenarios brillan los
oradores del jmcblo rey\ el uno el Foro, el otro
el Senado; en ambos la elocuencia merece un de­
tenido oxáuien y profundo estudio; exámen y es­
tudio de grandísima importancia en nuestros dias;
de oportunísimas enseñanzas pat a la época actual;
de más aplicación práctica que el que hemos hecho
respecto á la elocuoncia griega.
— i 67 —

De Grecia pasa A Roma la civilización y con ella


todos los adelantos y las conquistas del hombre
sobro la tierra. En lu oratoria, como en todo, los
griegos fueron maestros do los romanos. A Grecia
acudieron, según hemos dicho, sus primeros sabios,
sus primeros filósofos y sus primeros oradores; de
Grecia vinieron A Roma profesores de literatura, de
arte y filosofía; en los modelos griegos estudiaron,
y con la idea y el ufan do igualarlos se produjo en
Roma noble emulación que dió por resultado las
grandes figuras que hemos de dar á conocer on esta
parte do nuestros estudios.
Roma tenía un destino sublime; Roma estaba
llamada á ser lazo de unión del mundo antiguo y el
mundo moderno. Lo aquí que como elemento pri­
mordial, intuitivo, generador; como alma de su
propio ser y como esencia de su sustancia. Roma
tiene como ninguna otra nación antes que ella el
don de Ja asimilación, Ja facultad do hacer suyo lo
ajeno; no para conservarlo, sino para darlo; no para
que on ella se eslinga y muera, sino para que se
dilate y difunda hasta el punto que debiendo Roma
á la unidad el verdadero origen de su grandeza,
bajo esa mism a unidad cobija mas tarde á los demás
pueblos, y las civilizaciones posteriores son en más
ó en menos escala el resultado y el reflojo de su
civilización y su grandeza.
Poder, gerarquías, divinidades... todo so unifica
en Roma. A la ley do la fuerza, sucede Ja idea del
derecho; á la conquista m aterial, la conquista mo­
ral; A una legislación consuetudinaria, una legisla­
ción escrita y sabia.
Jja alianza, los privilegios de la ley quintaría, el
derocho de sufragio, el de conservar su propio go­
— i 68 —
bierno, la divorsidud do grados on ol régimen mu­
nicipal, la colonia m arítima, latina 6 romana; las
prefecturas y la libertad, son los medios do quo
Roma se vale pora hacer quo su Senado soa ol
conlro de tantas segregaciones.
Donde no es dable realizar ]a unidad apelan los
romanos á. la conciliación', nueva fórmala desco­
nocida como la anterior de los pueblos antiguos
y d é la que solo pudo ser autora una nación esen­
cial y eminentemente jurídica.
Roma se asocia en vez de repeler A los venci­
dos; les deja lo que no puedo perjudicar á su do­
minación y los dá en cambio lo quo engrandecién­
dolos le asegura sobre olios un dominio indestruc­
tible, por lo mismo que no estaba basado casi
nunca on la opresion y la tiranía. Como si Roma
predijese que en pos de su imperio sobre la lierra
había de venir otro imperio que habia de hacer do
la esclavitud moral y m aterial de los hombres un
ostado' escepcioual, fugaz, pasajero y transitorio.
Necesario, m enester es ser ciego para no ver
que el mundo ha cambiado fundamentalmente des­
do el cristianismo acá; para desconocer y negar
que las cadenas que forjara la barbarie, ol capri­
cho, la ambición, la vanidad y el orgullo no son
ya duraderas, ni lo serán jam ás, porque fué, es y
será Dios mismo el encargado de devolver al hom­
bre cuantas veces la pierda su verdadera liber­
tad, y esto por los medios únicos de merecerla y
conseguirla que son la civilización, el progreso, el
trabajo, la abnegación y el sacrificio; cortejo inse­
parable de la virtud, pero arm a irresistible oontra
la perpetuidad de toda sin razón y toda injusticia.
Hubo eaclusinisino en la conducta de Rom a coa
— ,69 —
los demas pueblos; pero un esclusivismo suavizado,
modificado por razones de alta previsión y alta po­
lítica. Rom a, dice confirmando nuestras anteriores
apreciaciones un escritora quien queríamos mucho.
—«Roma, era el término medio entro un mundo cu­
ya civilización iba á. term inar, y otro mundo, cuya,
civilización habia de venir; era el puente pordon-
de hablan de pasar las ideas dol mundo antiguo al
mundo moderno.»
La monarquía , la república y el imperio, fór­
mulas de gobierno que luchan haco mas do diez y
nueve siglos cumplen sus destinos, y en esos des­
tinos confiados al pueblo romano van envueltos
los destinos de la humanidad.
La palabra juega uq gran papel en la gran
obra do Roma; la 'elocuencia .sirve poderosamente
la realización do los destinos de aquel gran pue­
blo, y el Sentido y el Foro son los dos ejes, sobre
que descansan las sucesivas evoluciones políticas y
sociales de Roma.
Ante el Senado y el pueblo so ventilan, se dis­
cuten, se tratan y deciden los problemas que Jos
romanos estaban llamados á resolver; y por esto
la oratoria que casi acaba en Grecia con Esquines
y Demóstenes, renace con nuevos brios alentada
é inspirada por el genio tres veces sagrado de Ro­
ma y del Lacio.
Las disputas dei Foi-o favorecen el desarrullo
déla elocuencia tribunicia, l is discusiones del Se­
nado contribuyen, á que se cultive y so cree una
oratoria noblo y megestuosa. Ambas se perfeccio­
nan, una y otra so engrandecen al calor del patrio­
tismo) del respeto á los dioses y á las instituciones
antiguas, y dol amor á la gloria del nombre roma-
as
— [70—
uo. Inspirados en tan levantados ¡dallos los ora­
dores do este gran pueblo nos ofrecen rasgos y mo­
vimientos sublimas, generosos y p'il '“ticos do quo
habremos «le dar repetidas m uestras en ostos esta­
dios.

2.® Tres grandes grupos pueden formarse do


los oradores romanos correspondientes á las tres
épocas en que dividirse puede la historia de la elo­
cuencia rom ana en la antigüedad: 1.» De iniciación
y desarrollo; 52.» De perfección y de progreso; 3.a
Do decadencia.
A la primera época, 6 sea al primor grupo, co­
rresponden Catón. Scipion, Emiliano, Lelio, Tibe­
rio. Cayo. Antonio. Crasso, Cotta y Sulpicio.
A la segunda, ó sea el segundo grupo. César,
Hortensioy Cicerón.
A la tercera, ó sea el tercer grupo, Séneca el
filósofo. Quintiliano y Plinio el jóven.
A la elocuencia do los escritos pertenecen Tito
Libio, Saluslio, Julio César, Tácito, Corno lio Nepo­
te, Quinto Curcio y Justino.
Los oscüsos do la licencia retardan la perfección
de la elocuencia romana; la servidumbre quo la
es aun mas funesta, la hace perecer.
A iguales causas idénticos efectos; ¿serán esté­
riles despues de esto las facciones do la historia do
la palabra para la juventud que siga bondadosa ol
curso do estos estudios? Creemos qne no.

La vida pública do los antiguos contribuyó,


según dejamos indicado antes de ahora, al desarro-
— ' 7i —
lio do la oratoria en general favoreciendo al tiem­
po mismo ol de la elocuencia forense en particular.
Muy distinta las existencia de aquellos tiem­
pos á la nuestra; muy diversas nuestras costum­
bres á las suyas; al paso quo nosotros vivimos
comunmente dentro del hogar, reuniéndonos única­
mente en grandes asam bleas con motivo do las
festividades nacionales y religiosas, los antiguos
vivían do continuo en la plaza pública, en los atrios
ó bajo los pórticos de sus suntuosos edificios, ea el
circo, en el teatro ú eu ol foro, escuchando do con­
tinuo, ya las arengas y declamaciones de los tri­
bunos, ya los discursos mas sazonados, pero no por
ello monos exentos de vigor y de energía, quo se
pronunciaban ante los tribunales.
La justicia entro los antiguos emanaba del pue­
blo, en su nombre se administraba, y el pueblo co­
nocía de todas las grandes causas, ora en las asam­
bleas do Atenas ó en los comicios de Roma. Repre­
sentaban al pueblo en Grecia y Roma tribunales com­
puestos do numerosos jueces, A veces de mil y mil
quinientos individuos, casi nunca menos de qui­
nientos.
Fué muy varia la organización dolos tribunales
on Roma, siguiendo nn osto los cambios frocuentes
de la política y representándoles unas veces los pa­
tricios, otras los caballeros, otras la plebe y otras
por último el Senado. Por ello el carácter distintivo
de la elocuencia romana os el forense, como lo había
sido ol político en Grecia. En uno y otro pueblo la
multitud cuando no era juez era espectadora de los
grandes debates políticos ó forensos, y de apuí que
los oradores tuvieran quo rayar á una gran altura
y valerse de todo el poder y la fecundidad dol inge­
— 17 3 —
nio aplicado íi la palabra pera movor masas en las
que so hallaban representadas todas las clases, todos
los intereses y todas las pasiones do la sociedad.
Ni el ju ez único de nuestro anterior procedi­
miento, nt el tribunal colegiado de pueblos que van
en esto delante de? nosotros es comparable á aquella
organización, do que ni el jurado mismo es sino un
débil reflejo allí donde se halla establecido sin las
limitaciones á que han sujetado esta institución las
diversas exigencias y neTesidades do los tiempos,
de las costumbres y la organización política y civil
de los pueblos quo recogen do él no pocos bene­
ficios.
A las influencias de la opinion ha sucedido en
nuestros dias la mflexibilidad do los códigos, y esto
ha hecho decrecer on mucho la elocuencia 110 nos
atreverem os á decidir en absoluto si con daño <5
beneficio de la justicia.
Lo que si tenemos quo reconocer y confes&r es
quo tanto el orador forense en Roma, como ol ora­
dor político en Grecia, tenían ancho y dilatado ho­
rizonte, campo abierto sin límites, ni fronteras,
mientras hoy nuestros oradores luchan con obstá­
culos insuperables que cohíben y coartan sus a rra n ­
ques y movimientos oratorios hasta inspirar compa­
sión el estrecho círculo en que pueden moverse por
lo común on nuestros parlamentos y ante nuestros
tribunales. P ara ol brillo d é la elocuencia hace fal­
ta la libertad, lam as amplia libertad; perjudica es­
ta si se convierte on licencia; pero aun asi todo el
móvil el impulso generador de la palabra elocuen­
te ha sido y será siempre la libertad.
liabia otro elemento no menos importante, la
defensa era libre y éralo igualmente el derecho do
— 173 —
acusar; os decir quo esto alimentaba al primero y
ol primero favo roe: a al secundo, resultando de la
combinación de ambas un impulso fuertísimo para
que rayara á tanta altura como hemos do ver quo
rayó en Boma la elocuencia forense, verdadero re­
flejo do la civilización y do la cultura do aquel gran
puoblo.
Ni loa Estados, dccia Cicerón, quo comienzan su
vida, ni los im perios militares, han sido jam ás paí­
ses donde ha podido germ inar y florecer la elocuen­
cia. «Cuando Roma hubo vencido á Aníbal, A Vi-
riato, á Pirro, á Perseo de Macedonia, cuando el
gánio viril y raagestuoso del patricio romano se pu­
so en contacto por la conquista de Sicilia y de la
Grecia con la ciencia y el arte griego, de repente
surgió la elocuencia, porque el destino de la Grecia
respecto á Roma, fué también el destino do Italia
respecto a la Europa germánica. Grecia vencida dió
sus leyes, sus artos, sus costumbres ó. Roma, Ro­
ma vencedora las dió á s u vez al resto del mundo.»
El procedimiento escrito ha perjudicado á la
elocuencia forense en nuestros dias, al paso quo el
procedimiento oral contribuyó en Grecia y Roma
al engrandecimiento do eso mismo género do ora­
toria á que los griegos dañarán con las prohibicio­
nes impuestas ante? el Areopago. Loa padres do la
elocuencia política fueron, pues, los griegos; los pa­
dres de la elocuencia forense los romanos, y e s ta
sin q u ed ejarin de brillar una y otra en ambos pue­
blos; pero ol carácter distintivo da ambas se des­
taca de m anera que no ofrece duda alguna.
En Grecia la oratoria política so destina á todos
los grandes intereses, á todos los debates públicos,
á las decisiones de la paz de la guerra y á la de-
— 174 —
fen sa d e la libertad. En Roma la elocuencia forense
sn aplica á loa intereses privados, á la defensa de
las causas particulares, porquo eu ellas iban en­
vueltos los intereses generales y los asuntos mas
arduos de la patria.
Fué privilegio do los patricios el hablar en el
foro en los primeros dias de la república; lucharon
mas tarde por conquistarle los pleveyos y de esta
lucha surgieron nuevos elementos de vida para la
palabra» Dt»s únicos medios se conocían do obtener
los primeros puestos la espada ó la palabra, y era
frecuente en Grecia y Roma reunirse ambos para
ol engrandecimiento de una misma personalidad.

4.° La elocuencia latina os hija por espacio de


muchos años de la elocuencia griega. El idioma
culto, el idioma de los sábios, do los filósofos fué
el griego durante mucho tiempo, y asi no es estraño
ni puede sorprender que en un principio la orato­
ria latina no aparezca, viniendo A ser ol fruto, el re­
sultado de la cultura intelectual y política de aquel
gran pueblo
No podía consentir por largo espicio de tiempo
una tutela absoluta ol genio latino del génio griego.
Al paso q u e Roma se engrandecía on poder y g a­
naba en libertad filó adquiriendo fisonomía propia
y supo imprima’ ;i todas las manifestaciones de su
civilización el sello admirable de los nuevos elem en­
tos de que hemos hecho mención.
Menos idealistas, mas prrtctie.es los romanos que
los griegos; con un gobierno robusto y fuerte; con
un espíritu y una tendencia unitaria: obligando á
su s magistrados terminado el tiempo de sus desti-
— «75 —
nos & dar cuenta ante el Sonado de su administra­
ción y do sus actos mas insignificantes durante ella*
todas estas particularidades de su existencia, d«
su modo de sor produjeron multitud do leyes y
estos y aquellos grandes debates, cuya frecuencia
contribuyó poderosamente á la perfección y al en­
grandecimiento de la elocuencia, pero dándola un
giro distinto y ofreciéndosenos con nuevos atribu­
tos, producto lógico de tan singulares elementos.
Entre todos los puoblos antiguos ol romano os el
pueblo legislador por excelencia y el culto do la ley
fué para aquel gran pueblo un culto sacrosanto;
¿como no babia de surgir de uu principio tan escla­
recido una oratoria llena de grandes encantos y
atractivos? Surgió en efecto, la elocuencia forense
como no fué conocida, ni cultivada ni engrandecida
antes; y en opinion de muchos lo ha sido despues.
La severidad, la gravedad del pueblo romano
se trasmite y so refleja como era natural en su elo­
cuencia, y esta se distingue por su mayor correc­
ción y regularidad; muy propia de los que habian
de ser soñor.s y legisladores del mundo.
La historia de la oratoria romana está enlazada,
como lo está su historia política y civil, con la his­
toria del derecho de aquel gran pueblo, hasta ol
punto que no puede darse un paso eu el exámen de
aquella civilización sin estudiar sus leyes, sin co­
nocer las causas quo la produjeron, sin tenor pre­
sentes los elementos quo las fo rm a ro n , y como esas
leyes viven aun, se han perpertuado, de aqui el do­
ble interés que tiene para nosotros y para nuestros
dias el conocer la elocuencia romana con preferen­
cia á la elocuencia griega, el idioma latino al idioma
griego.
— 17<S —

5.o Veamos ©I sol esplendente de Grecia y Ro­


ma sin ofuscarnos; mirémoslo sin quo sus vivos
resplandores oscurezcan el espacio que nos cerca,
y do este modo el estudio de aquellas dos civili­
zaciones eu conjuuto ó en delalle examinadas, nos
será fructífero y provechoso; de lo contrario esto
género de trabajos d o servirá p a r a otra cosa quo
para hacer misantropes estériles, soñadores impo­
sibles ó pedantes insoportables.
Abiertos cual nunca están hoy los tesoros de la
antigüedad clásica y apenas si no es desconocido
elemento alguno para poder admirar y juzgar al
pueblo romano; sobre todo no en traducciones como
los basta á algunos, sino en sus origininales co-
rreptamente impresos y al alcance de las mas mo­
destas fortunas... Vuelvan, vuelvan los gobiernos
á ol estudio del idioma latino y eviten y corten los
males de uua educación Un imperfecta como la quo
se recibo por lo común eu España no por culpa del
profesorado, sino de la aglomeración do asignatu­
ras, do la variedad de testos y programas, do mé­
todos y planos, por ol esoesivo número de alumnos
y ante todo y sobre todo por la falta absoluta, com­
pleta do toda disciplina escolar.
A seguir mucho9 años la enseñanza del idioma
latino como hoy dentro de pocos aüos Cayacio,
Noodt, Brunneman, Voet, Vinio. Heineccio, W iert-
ner, Binkerrhoek, Finestres. Pichler, Duareno y
otros tantos serán inenteligibles para la juventud.
No; que esto no suceda para nuestro daño, cuando
no hay mal más fácil de remediar y corregir que el
q u e en estas líneas lamentamos.
— 177—
EU hecho de no hablara como idioma vivo el
latín en nuestros dias es un hecho providencial en
la historia. Los idiomas vivos se renuevan como
las hojas do los árboles, decía Horacio. 110 asi los
idiomas sábios los cuales so hallan bajo la tutela
de su mismo carácter y respetabilidad.
Hoy leemos á Terencio, á Fedro y á Cicerón como
no se los leería si el latín no fuese el idioma de los
doctos y el idioma de la Iglesia A quien se debo
principalmente su conservación sin los peligros de
haberse adulterado y perdido on manos del vulgo al
nacimiento do los idiomas modernos, como sin esa
protección de nuestra buena, calumniada y santa
madre hubiera sucedido.
Preguntemos con Moratin:—¿Llegará día en que
se aprenda por principios? ¿en que se estudien los
grandes modelos de la antigüedad?
A despertar su afición tienden estas nuestras mo­
destísimas tareas; al mismo objeto consagramos
durante dos años nuestras Conferencias en el Ate­
neo científico y literario de Madrid, y á obra tan
meritoria, en fin. invitamos con estas páginas á los
quo pesando por su valer en la balanza de los des­
tinos de uuostra patria puedan hacer lo qúe á nos­
otros no nos es dable en obsequio, en beneficio de la
juventud.
CAPÍTULO I I .

V a c io q u e n o s o f r e c e R oma en s l s p r im e r o s s i­

glos p o r lo q u é hace á la e l o c u e n c i a .— Epo­

cas DE ESPONTANEIDAD, DE REFLEXION V DE ES­

TUDIO: NOMBRES QUE LAS REPRESENTAN.— EPOCA

PRIMERA DE LA ELOCUENCIA ROMANA: CATON, SCl-


p io n . E m il ia n o , T ib e r io y Cayo G raco. •

1.° Corea de cinco siglos vive Roma sin histo­


ria poética y literaria.
Durante este tiempo la elocuencia propiamente
dicha no ejerce influencia alguna en la suerte y los
destinos de aquel gran pueblo, ó si determina al­
gún movimiento, alguna dirección en la marcha do
los sucesos, s u re‘cuerdo se pierde entro ol fragor
y el cstruondo dolos combates.
A sor posible en estos estudios y al hablar
de Roma remontarnos ;í los primeros dias dé su
fundación, es evidente que alli como en Grecia
hallaríamos la palabra como espresion natural,
como acento espontáneo, libre, sin reglas, sin
trabas do ningún género, do las pasiones y los
afectos humanos; que aquellos rudos guerreros,
aquellos generales intrépidos, aquellos caudillos
de bandos opuestos y facciones rivalos. habla­
rían á sus soldados para conducirles :’i la po­
lea, para enardecer y avivar sus odios; poro ya
— >79 —
hemos convenido antes de ahora on que osa pa­
labra no ha tenido nunca lugar, ni podido recoger­
se en las páginas do la historia.
La elocuencia como espresion mas ó monos ar­
tística del pensamiento no aparece súbita on los
anales dü ninguna nación. Es necesario cierta cul­
tura, cierto grado do civilización para que podamos
fijar y apreciar su origen, no como movimiento
inconsciente, sino como producto reflesito de la
voluntad.
Por otra parte, la historia no es, ni ha sido, ni
será jamás un tegido de conjeturas. La historia no
se inventa; la historia se hace, y luego se escribe,
y nadie hasta Cicerón, ha conservado nombro algu­
no, que fuera de los consignados por él, pueda te­
ner un puesto en estos estudios.
No hubo oradores en Roma hasta que la civili­
zación y la cultura griega iluminó con sus vivísimos
resplandores aquella región, privilegiada desde en­
tonces, oscura y sombría antes.
Esto podemos consignarlo sin vacilación y sin
temor alguuo de ser desmentido, pues lejos do ha­
cerse violencia á la nizon y á la lógica al afirmar­
lo como hecho histórico, razonable y lógico es tam­
bién el vacio que nosotros señalamos por mas que
parezca á alguno sobrado estenso y por domas
dilatado.
Roma no tuvo como pueblo culto representa­
ción alguna hasta que untándose en admirable con­
sorcio su génio profundo, tenaz y reflesivo, con el
géuio esplendente, libre y espansivo de la civili­
zación griega y oriental, comienza para Roma el
dia do su misión sublimo y la hora de sus provi­
denciales destinos.
— 18o —
Hora que señala on el cuadrante de los siglos
un paso gigantesco hada la redondón del hombre:
hacia la igualdad, la fraternidad y la libertad, que
Cristo habia d e le g a r á la tierra desdo el gol gota,
y que solo vivir puodo para sor fecunda en bienes
ít la sombra del madero tros veces santo de la
cruz.
Roma no es un pueblo á quo podemos dirigir
nuestras miradas mientras se forma, so organiza,
agiganta y crece; porque es fiera que ruge, incen­
dio quo abrasa, cetro que oprimo, espada quo hiere
y mata; nunca ¡m labra artística que adoctrina,
quo ilustra, que dirijo, que enseña y guia,
Roma para nosotros, historiadores do la elo­
cuencia, que es poosia del pensamiento, quo es per­
fección del lenguaje, quo es acento armónico de las
pasiones y los afectos del alma; para nosotros his­
toriadores de la oratoria, quo es conquista del en­
tendimiento y la razón ilustrada, progreso de arte,
producto de juicio y de reflexión, Roma os como si
no fuera; Roma no existe para nosotros ínterin que.
campo continuo de sangrientas luchas civiles, de
abances y retrocesos, de poder y de fuerza, no
crea por si. ni sabe inventar, ni ofrecernos, en iin.
suyo ó age no nada grande, nada civilizador, nada
espansivo y generoso, nada fecundo, y libre.
No somos historiadores de actos vandálicos, de
actos de opresion y tirania: no lo somos dn éxitos
fugaces y pasajeros, de arbitrariedad y do fuerza;
no es timos llamados dar cuenta de esas terribles
epopeyas escritas con la punta do la espada sobre
páginas do desolación y de sangre: ni A rccojpr lo^
nombres do esos héroes quo han sembrado el es-
terminio y el espanto on torno suyo; no. Nuestros
— 18 1 —
estudios comienzan allí dondo alborea la civiliza­
ción; dondo so dibuja y presiento la paz; dondo se
anuncia la palabra, en íin. como elemento do per­
suasión en vez do la espada qne lo es y lo se ni,
siempre de corrupción y enmienda; de tiranía y
opresion.
Seguir el curso, las vicisitudes de la palabra
artística en ol mundo.es ver la historiado la hu­
manidad á travos de un prisma sonriento y bri­
llante, de un prisma de oro. Cuando la palabra no
existe, cuando la palabra enmudece, no os fatiguéis
en vano; allí no existe, ó allí se ha estinguido la
cultura y la civilización, el progreso y la libertad.
En confirmación do esto vemos que Ja elocuen­
cia no ejerció eu Roma su influencia en las decisio­
nes del Senado, ni en las del pueblo, hasta quo ren­
didos, fatigados aquellos ilustres procores de lu­
chas civiles. volvieron sus miradas fi las conquistas
de la paz, al sosegado templo do las bollas letras,
cerrado Ínterin que el vocerío, qué el estruendo de
Jas legiones armadas llena el espacio y atruenan
los oidos.

2.° No por lo que dejamos dicho debe deducirse


que antes do la época marcada por casi todos Jos
críticos é historiadores no hubiese en Roma quien
hablase en público de un modo absoluto. Lo
qne hay es que en nuestro sentir autes de osa ¿po­
ca uo hubo elocuencia en el concepto que la he­
mos definido y puede historiarse.
Lo qne hay es que para fijar el comienzo de la
jxiUibra artística es menester quo el arte, siquie­
ra sea de un modo imperfecto y rudimentario, se
— 182 —
combino on mayor ó menor grado con la naturale­
za. suavice la rudeza de esta, y consienta distinguir
la espresicyi natural dol pensamiento humano, con
la espresion artística do ose mismo pensamiento re-
bestida de los caracteres quo la hemos repetidas vo­
ces y antes de ahora señalado.
Por otra parte ¿de donde ni do quien tomarlos
nombres de aquellos que por acaso hicieron uso de
la jiaiabt'a on los primitivos tiempos do un pueblo,
y se. valieron de ella como medio, como armado
persuasión, do conquista, do progreso y civiliza­
ción?... Los primeros filósofos, los primeros pensa­
dores. los primeros poetas, los primeros oi-adores,
no son por 1c» común los quo primero so citan y
aparecen en las historias. Antes de que se designo
uno han pasado muchos olvidados y desapercibidos.
Hace falta cierto grado de cultura para que so tri­
bute homenaje y se conceda, estimación á los que
sobresalen del resto del vulgo y dol común de las
gentes por sus talentos. La primera fórmula en
todos los pueblos de privilegio, do grandeza y po­
derío no es la del raciocinio, sino la do la fuerza, la
de la astucia, la del terror. Sores sobrenaturales
por sus dotes físicas, más que por sus cualidades
morales; tales son los primeros héroes do toda so­
ciedad primitiva do todo pueblo naciente. Antes la
e^jMuUi que hi palabr/r, osla ha sido la historia y lo
será siempre-
Se dá el easo do unirse ambas en esta ó aquella
individualidad; pero esto no constituye uo punto de
partida; es un suceso aislado quo hasta rara vez al
citarse merece la sanción do la critica, ni la fó do la
historia.
La ¡tatabra sin interés, sin importancia, sin in­
— i8 j —
fluencia existió on Roma, como on Grecia, como eu
ios pueblos todos, antes de que pueda dársela el
nombre de elocuencia. La arenga que brota de los
labios de un hombre de corazon eríjido en caudi­
llo de los demás: ol aconto enérgico, el gesto, la
mirada, la acción que se impone, que arrastra, quo
impulsa en instantes supremos, á Jas masas, á los
pueblos y A los soldados; esa elocuencia es patri­
monio de todas las épocas; todas las naciones la han
tenido y Roma la tuvo sin duda en un alto grado á
juzgar por las frasea que la dedican en algunos pa­
sajes de sus obras escritores antiguos y modernos*
El empeño de remontarse á épocas lejanas pue­
de esplicarse en Jos historiadores y hasta merecer
disculpa en <algunos, hasta cierto punto, como un
acto de vanidad nacional; poro ofrece el gravo
inconveniente de estraviar A los que vienen des­
pues, A los que inspiráudose en noticias inexac­
tas ó exageradas dan por verdadero lo que no lo
es, Cicerón cae en este delecto. En su afan de
citar nombres romanos que pudieran competir con
otros griegos anteriores á la doininacion de Roma
sobre Grecia, trae nna larga lista do varones mas
ó menos famosos, mas ó monos insignes en di­
versos conceptos, A quienes sin reparo alguno ca­
lifica de oradores, cuando en nuestro humilde
juicio no merecen este nombro, al menos en el ver­
dadero concepto que Jos damos en estos estudios.
Hubo en Roma como en Grecia un periodo que
no podia pasar dnsapercivido para nosotros; perio­
do de espontaneidad, al quo siguen otros de cierta
reflexión y estudio, que acusan ya algún adelanto,
algún progreso, poro que no forman todavía ver­
dadera época en la historia de la elocuencia con su-
— 184 —
jñcion á una critica razonada y prudente. No hay
motivo para que nos .suceda hoy en el particular
loque A Cicerón dii su tiempo. Cicerón escribía pa­
ra los suyos y nosotros escribimos cuando no ne­
cesitan los romanos de abolengos lejanos para ocu­
par un puesto preeminente en los anales de la hu­
manidad. Demos pues, á cada cosa el nombre que
debe tener: no violentemos la verdad y daremos
con ello prueba de uu juicio recto y un ospiritu
imparcial.
Hemos dicho que la historia de la elocuencia ro­
mana está enlazada con la historia del derecho y
la política do aquel grnn pueblo, y asi es en efecto.
No se dibuja ni se acentúa hasta despues de la
primera guwrra púnica; crece hasta su apojeo en la
república; decae y muere con el imperio- El neo-
renacimiento de la elocuencia latinarse debe A la
Iglesui y le representan con gloria los Stos. Padres.
A la clasificación 6 división indicada preceden
tiempos de rudeza, do calor, de fuego, de energía
si quereis y en ello convenimos; pero apenas de ar­
te. de estudio y reflexión: tiempos dentro do los
cuales; podemos colocar los personajes á quienes
Cicerón caliíiea sin salvedad alguna con ol pom­
poso titulo de oradores, no obstante presentarles
después en sus juicios como imperfectos, asperum
horri/íuiii genas dicendL
Junio Bruto. A quien alaba el orador romano y
con él otros escritores por su agudeza, por su in­
genio y capacidad; Mencoio y Agrippa. M. Vale*
rio, Appio Claudio, que decidió ai Senado á pactar
la paz con Pino; capis tolnbilis, sed jxtulo fei'vi-
dior ei'at oraiiü; C. Fabricio y M. Popilio, que
sabedor de un molin se revistió de sus insignias
— i8j —
pontificales y supo aplacar con su palabra á la mul­
lí tud.
G. Cabon, y los dos Jariios, L. Calpumio Pisón,
quo defendió muchas causas; I). Bruto; Q. Máximo
Philo, por su propiedad ou Ja dicción; P. Su bola,
por su agudeza; Scalo y Rutilio; M. Bruto, que so
dedicó especialmente á las acusaciones; oí famoso
jurisconsulto Q. Elio Tuboron. fuit medtciris m
dtcenda dnctis&tmus in disputando; Currion. G.
Fimbria. Q. Catulo, perfecius eruditas: Q. Me tolo
Numidico, M. Silano, Auxilio Scauro; A Albino, O.
y L. Meimnios, acusadores enérgicos y como ellos
Q. R. Varron y M. Gratidio, Goprion y otros cuya
cita so haría enojosa no merecen mas que esta
enumeración.
Cicerón no fué fruuco, ui leal con los suyos, con
daño en osle punto de su crédito como critico é
historiador.
Hubo, pues, de pasar mucho tiempo para quo la
palabra tuviese on Roma la importancia que Cice­
rón la concedo. Finjo A su gusto, crea á su placer
oradores. anticipando asi la época primera do la
elocuencia en Roma que comienza y. aun no de una
manera propiamente dicha, on Catón y los Graeos.

CATON (2 »...)

2.o Historiador, moralista, agrónomo y orador,


Catón es una do las figuras mas esclarecidas en la
historia romana. No obstante en el terreno en que
nosotros debemos juzgarle es donde se muestra
monos acreedor al elogio y la contemplación do la
posteridad.
<4
— 186 —s

Natural de Tusculo. nació, según su propio tes­


timonio, el año 234 antes do J. C. distinguiéndose
ya á. los diez y siete años por su valor en la guerra
contra Annibal. La educación que le dieron sus pa­
dres fué no mas quo mediana, pero él so aplicó
mucho; primero cultivando con alan las letras grie­
gas y mas tarde mostrando una afición decidida
por Tucydidesy á Demóstenes.
No perdió nunca, a pesar de los honores y dis­
tinciones que lo otorgaron por sus merecimientos;
la afición á los ocupaciones de la agricultura ni á
la vida soncilla do los primeros años de su exis­
tencia. So hizo célebre por su censura, debiéndose
á su palabra el haberse resuelto la torcera guerra
Púnica. La vida do Catón fué un combate no inte­
rrumpido: la aristocracia no tuvo enemigo mas te­
naz é implacable.
Catón y Ennio reasumen un siglo y son la perso­
nificación mas acentuada do las dos Tases dol genio
romano. Tito Livio hizo de Catón un retrato nota­
bilísimo: *Fué, dice, uno de esos talentos que sir­
ven admirablemente para la dirección de los nego­
cios públicos y privados. Entregábase con igual
actitud á las cosas de ia ciudad que á las dol cam­
po, y despues de alcanzar los honores supremos
por sus vastos conocimientos en la ciencia dol de­
recho, por su elocuencia, y su gloria militar, vivia
modestamente entregado al cultivo de su modesto
patrimonio. Era un génio universal, que so adap­
taba á todo y en todo se distinguía y señalaba. En
la guerra ora grande su arrojo y su bravura, y mas
de una voz dió muestras de ser un general consu­
mado. En la paz era ol mas hábil jurisconsulto, el
mas buscado y querido como orador... Era no obs-
— 18 7—
tanto hombro de un espíritu rudo, do uu lenguaje
acerbo y cáustico; su alma se mostró invenciblo á
las pasiones y su virtud era tari rígida que despre­
ció con altivez las riquezas y hasta la fama, á la
cual daba escasísimo valor. Económico, infatiga­
ble, intrépido, tenia el cuerpo y el alma do hierro
y la vejez misma quo lo destruyo todo no pudo con
Catón.»
P or lo quo hace a su elocuencia ya en tiempo
do Cicerón so habia olvidado completamente y na­
die leia sus trabajos oratorios. Tito Livio, añado
acerca do ella, que era estimada en su época; poro
el silencio de otros escritores nos patentiza que lo
exacto sobre este punto es lo dicho por el orador
romano.
Su manera de expresarse se hizo presto anticuada
é impropia por su rudeza y su enérgica naturalidad*
Parecíase Catón á Sócrates; en la conversación
era grosero, satírico y hasta desvergonzado; al con­
trario de en sus discursos en los que se mostraba
capaz de conmover y arrancar lágrimas á su audi­
torio- Catón, dicePierron, es un Sócrates, sí; pero
un Sócrates romano; os decir, un hombre de acción,
un hombre quo 110 sueña jíunás, y que so preocupa
principal y casi esclusivamento do lo quo os útil y
positivo.
Catón escribió sobro arte militar y otras mato-
rias, y según el A. Andrés, los antiguos lo estudia­
ban para adquirir abundancia de palabras y rigidez
y severidad on el estilo; siendo este en opinion de
todos, según dejamos dicho, áspero, y duro, no po­
cas vecos oscuro é ininteligible osjWi al mente en sus
tratados (le agricultura. Los prosistas romanos an­
teriores a Cicerón y á Sallustio no pueden coinpa-
— lab­
rarlo con estos; hay on todos ellos la aspereza, la
rudeza propia de los tiempos en que escribieron, co­
mo la había on todas las demás manifestaciones del
genio. Catón se señala en osto sobro todos, hasta
el punto de que un historiador y critico contemporá­
neo dice, «para escribir y hablar como Catón, se­
ria preciso sor Catón mismo » Plutarco que apenas
conoció al labrador de Tusculo, al soldado, al hom­
bro de Estado, al gran capilan y al insigne ciuda­
dano, reasume de esta manera los rasgos caracte­
rísticos de la elocuencia do Catón. «Era, dice, esta á
veces agradable y fuerte, dnlco y vehemente, festiva
y austera, sentenciosa y propia para la lucha.»
Catón combatió enérgicamente las novedades
griegas y contribuyó á que se prohibiesen las lectu­
ras pública.? de los trabajos do Carneados, por cali­
ficarlos do novedad peligrosa para la juventud. De­
finiendo á un orador perfecto se expresaba en estos
términos; olln hombre do bien versado y hábil en
el arto de bion decir.»
Poseemos los títulos de ochenta y nueve dis­
cursos de Catón y fraeinentos mas ó monos cston-
sos do otros. No os exagerado suponer con Cicerón
que enmpuso mas deciento cincuenta, algunos do
ellos informes en derecho, la mayoría oraciones
políticas.
Catón tuvo un hijo, a cuya enseñanza se consa­
gró con gran esmero, haciendo de tan noble ocu­
pación uno do los negocios mas importantes de su
vida.
Su tratado titulado de El Orador lo compuso
para su hijo, La vida humana, doria es como una
espada. Servios de ella con acierto y os scr& útil;
emplearla mal y os causara la muerte.

— l8(j—>
Los Orígenes* divididos on siete libros, os un
trabajo histérico estimable y en £1 se lee el discur­
so por los íihotlhs uno de sus mas afamados. La
Cabaña r Aulica es im escrito precioso y contiene
consejos provechosos de agricultura dignos de te­
nerles presentes en todos tiempos.
La juventud á pesar de las censuras de Catón
contra las novedades griegas faabia gustado uua
elocuencia á que 110 estaba acostumbrado y se afi-
ciourt A ella. El pueblo que no era indiferente al
correpto modo de dw ir do los oradores que imita­
ban á los griegos, oxigíó á estos desde entonces
algo mas que acción, que energía on el gesto y la
mirada, cualidades quo distinguían la elootieticia
do los varones que dejamos citodos y ora propia de
los tiempos do lucha en que so habían distinguido.
Cincuenta años de afición del pueblo romano
á la palabra elevan A esto á su mayor apojeo y
hacen quo ella soael medio mas seguro do obte­
ner. como acontecía en Grecia, los puestos y las
magistraturas d éla nación. Fuése por estos medios
despertando ol gusto y apareciendo lentamente el
arte on los oradores de que sucesivamente) vamos
A ocuparnos.

H.° ¡5ci p i ó n E m ilia n o , representa, un movimien­


to. un adelanto en la palabra. Es menos duro é in-
correpto quo los que le anteceden y se sabe de nn
modo cierto que recibió lecciones do maestros grie­
gos con fruto y aprovechamiento. Fué Scipion Emi­
liano un eminente jurisconsulto y se cree que de­
bió cultivar con éxito su palabra on el Foro.
Los ( ’íRACos, corn temporáneos d éla mayoría de
— ig o —
los oradores autos citados, fueron Tiberio y Cayo
(iraca, verdaderos tribunos; ardientes y fogosos
políticos; mas apasionados quo reflexivos; repre­
sentante#, en nna palabra, de la pasión y dol sen­
timiento, mas que del estudio y la reflexión. Aman­
tes do la plebe, jefes de partido, entusiastas defen­
sores de las leyes agrarias, por cuyo triunfo pe­
learon sin tregua, ni descanso en el Foro y en los
Comicios: hijos de Cornelia, «célebre matrona, mo­
delo de madres y dechado do mujeres* dice ol se­
ñor Gonzalo \loron. que prefirió vivir modestamen­
te en Roma, cuidar con esmero do Ja educación
desús hijos y conversar con los filósofos y litera­
tos de su tiempo, á llevar la coroua do reina y
compartir su honesto é inmaculado lecho de ho­
nestísima viuda con un soberano do Oriente.»
No son, empero, todavía Tiberio y Cayo Graco
modelos, como los califican algunos, ni represen­
tantes esclarecidos de la elocuencia romana, quo
habia de tardar en desarrollarse, como veremos
mas adelanto, bajo la influencia mas decisiva aun
do los modelos y las enseñanzas griegos.
No hemos de juzgar ;t los Gracos como políticos
y hacer reflejar el entusiasmo que como tales pu­
dieran inspirarnos en los elogios qne les tributemos
como oradores.
Esto hizo el Sr. Gonzalo Moron en el último de
los notables estudios quo dió A la estampa con ol
título de la Espada y la Palabra, y de aqui quo
nos los presento á mayor altura quo hubiera podido
colocar á Cicerón, si tuviésemos la suerto de poseer
su juicio acerca del orador romano.
Oigamos á Plutarco respecto de estos dos ora­
dores: «Tiberio, dice, tonia el rostro, la mirada y
— 191 —
los movimientos dulces y tranquilos: Gayo ora por
el contrario vivo é impetuoso. Cuando hablaban
eu público, el uno so mantenía on un mismo sitio
en actitud reservada, mientras el otro fué ol pri­
mero que introdujo entre los romanos la costum­
bre de pasearse en la tribuna y de echarse el man­
to por cima do las espaldas.»
Perteneció Tiberio, siendo muy jóven. al co­
legio do los aug-ures; se educó en la milicia y las
fatigas de los combates, sirviendo en Africa á las
órdenes de Scipion y mas tarde tomó parto on la
guerra de Numancia, contribuyendo á la salvación
dol ejército romano el respecto que A los solíanos
inspiraban las elevadas prendas de Tiberio.
Los Gracos ftterbn elocuentes, nosotros no he­
mos de negarlo; pero no fueron, repetir debemos,
como quieren algunos, tipos modelos acabados y
perfectos de la oratoria romana; su elncumcia
oportunamente dico un erudito historiador, «d e b ia
acercarse mucho á la elocuencia natural, y muy
poco A la elocuencia artística, que es la única capaz
de ocupar un puesto en los anales de la literatura
y do la historia.»
CAPÍTULO III.

Segundo grupo nn o r a d o r e s p e r t e n e c ie n t e s á la

PRIMERA KPOT.A Dlv L \ ELOCUENCIA ROMANA! A N ­

TONIO, C r ASSO. COTTA Y SULPICIO. — JURISCONSUL­


TOS.— SBGUNI í A KPOCA I)K la ELOCUENCIA ROMANA;
C ésar, M. B r u t o y H o u t k n s io .

L° Contribuyeron ofizcíimÁnte :il progreso de


la palabra en Roma despues de introducida la edu­
cación oratoria, la noble emulación de los juriscon­
sultos, las Disputatio fóris, los ejercicios públicos
y el estudio do las X II tablas.
Una voz tomada la toga viril era costumbre quo
los jóvenes se presentasen en ol Forn apadrinados
por sus maestros, siendo para ellos y sus familias
un día do jubilo inmenso en el que hacían su prime­
ra defensa ó pronunciaban su primer discurso.
Poro loque favoreció más á la perfección de la
palabra en Roma, no podemos dudarlo, fue el tra­
to, el roce de sus hijos más ilustres con los filósofos
y los históricos griegos quo eu gran número vinieron
á Italia, llevando el gusto hacia las bollas letras
que constituía su profesion y á los viajes al Atica.
Carneados, Crisolao y Diúgenes, embajadores grie­
gos, trasladaron á Roma al germen quo debía fe­
cundar muy luego en aquel suelo privilegiado y
producir on su sono opimos frutos.
— >93—
Gallo fué oí primero quo estableció una Cátedra
dn retórica On lengua nacional y aunque la prohi­
bición de concurrir ella vino despues, según de­
jamos dicho, Cicerón afirma que no so llegó á
cumplir de una manera completa y absoluta.
Antonio (144-88) Precedió a Crasso: pero no se
distinguió en la carrera política hasta después que
ÓI. Durante toda su vida tuvo en gran estima á este
gran orador, siendo copartícipe en sus trabajos y
confidento de sus pensamientos. El partido aristo­
crático halló en Antonio un apoyo decidido, un de­
fensor enérgico y perseverante. A la edad de cua­
renta y cuatro arlos obtuvo el consulado y al siguien­
te el título de procónsul do la Cilicia. El año 88
antes de J- C- fuá proscripto por Mario. Pudo ocul­
tarse en casa de un ciudadano amigo suyo, pero
descubierto en su retiro, futí decapitado y su cabeza
ospuesta sobre la tribuna de las arenga», siendo
esta la vez primera que se dió al pueblo tan san­
griento y horrible espectáculo.
Corresponde á este insigue repñblico la gloria
de haber sido uno de los primeros iniciadores de la
perfección de la palabra en Roma. Despues de bri-
llur en Atenas y Rodas se distinguo en su pátria,
tanto por su habilidad y corrección, como por la
manera nueva de esprosar sus pensamientos y su
declamación algún tanto sentimental. tfon enim
tum praíclarum est scire latine quarn turpe nes-
cire, ñeque tam id mihi omtm'cs boni, quarn ciris
7'wnani iJt'opium ckletur.
En su cualidad de procónsul de la Oilicia tuvo
ocasion de relacionarse con los griegos y bajo dife­
rentes preteStos recibir de ellos lecciones que supo
aprovechar, haciendo al regresar á su pátria que el
?5
— *94 —
pueblo escuchase con aplauso sos arengas y decla­
maciones. Excelente gramático, pensador poco co­
mún; instruido, conocedor dol dprocho; de carácter
severo y respetuoso, pero no por oslo exento do
afabilidad y agasajo; do voz dulce, do acento insi­
nuante, de aire noble; puro, exacto y elegante, sin
afectación, Antonio á figurar en un periodo históri­
co un poco mas propicio para la elocuencia que en
el que le cupo la suerte de haber nacido hubiera
sido un perfecto y acabado orador. Con el fin de
evitar que se le tildase de iniciador servil de los
griegos, hacia como Catón y como Cicerón mismo
hizo mas tarde, alarde de una locucion natural y
espontánea. Tenia una habilidad especial para co­
locar las pruebas, para ordenarlas y presentarlas
de improviso, descartando cuidadoso las palabras
de puro ornato, como si su único intento fuese ol do
aparecer enérgico y vehemente, cualidades quo
todavía estimaban sobre todas sus conciudadanos.
Antonio no escribió ninguno do sus discursos. Fal­
to de moralidad oratoria su único afan era el ob­
tener un feliz resultado con sus trabajos, profesan­
do la máxima absurda do que «la misión del
orador forense era hacer do lo negro blanco y
de lo blanco negro.» Sus clientes tenían en él un
atleta incansable, artificioso y sutil, en cuanto era
dable en aquel entonces. Obtuvo ruidosos triunfos,
siendo uno de los mas notables el que alcanzó en
favor de Manió Aquillio, á quien arrancó la túnica
para mostrar al pueblo sus heridas en prueba do
la injusticia con que se le acusaba de cobardía.
Cicerón admira la memoria prodigiosa y la abun­
dancia de Antonio. Los críticos lo califican del mis­
mo modo. En las oraciones judiciales igual á Crosso,
— 195 —
y superior á él on la política. Sus discursos hacían
una impresión profunda y duradera en el ánimo del
auditorio y se conservaban y trascribían los rasgos
mas notables do sus informes para uo olvidarlos,
ni pordorlcs de la memoria fácilmente. Se dice que
Compuso un tratadito sobre el Arle oratorio que no
ha llegado hasta nosotros.
L . L i c i n i o C r a s s o (140-91) Perteneció á una
ilustre familia de Licinia y nació on Roma el año
140 antes do J. C . ocho años despuos de la muerte
do Catón. A los veinte y uno hizo sus primeros en­
sayos como orador con grande aplauso. Luego se
menciona su brillante defensa de C. Carbón hecha
á los veinte y tres años y on la cual sostuvo la con­
veniencia de establecer una colonia en Narbona.
Pasó despues al Asia con ol cargo de Cuestor y
con este motivo recibió lecciones del famoso retóri­
co Metrodoro. De regreso á Roma no desaprovechó
ocasion alguua on que brillar como orador. A la
edad de veinte y siete años defendió á la voetal
Licinia parionta suya, obteniendo su absolución.
A los treinta y cuatro añosdofendió la ley Serví lia,
discurso que según Cicerón, fué una obra maestra.
El año 95 Crasso que era cónsul A la sazón hizo
una brillante defensa deQ- Cépion, obra muy lar­
ga en sentir del orador romano como elogio y muy
corta como informe.
Llevado de un celo exagerado dictó un decreto
do proscripción contra los maestros de la elocuen­
cia, mandando corrai* las escuelas de los retóricos
latinos, como, según dejamos dicho, lo fueron en
otro tiempo las do los retóricos y filósofos griegos.
Inútil fué este decreto como lo había sido ol qun
desterró á los maestros de Atonas; aquellos y estos
— 196 —
continuaron ejerciendo privadamente laeuseñanzade
la juventud en calidad do instructores y pedagogos.
Debió arrepentirse luego do aquella rcsolucion
por mas que la dictara, como indica Cicerón, no en
odio de la enseñanza oratoria, sino de los malos
maestros á quienes estaba conñada. Teníanse y so
reputaban Antonio y Crasso como los oráculos del
Foro.
Ved como se espresa Cicerón acerca de Crasso
como orador: Erat, dice, summa gravitas, erat
cum gravitate júnelosfacera etiaru ut urbanitatis
oraiorius, non scurrilís lepos. Latine loquendi
accurata, ctside molestia diligem eloquentia: in
disserendo mira explicaiio. Siendo esto uno de los
mayores elogios que leemos en Cicerón. La elo­
cuencia judicial con Grasso se elevó á uu alto gra­
do on Roma no menos que la elocuencia política.
Cicerón y con él otros muchos críticos é historia­
dores, lo reconocen y confiesan asi.
£ 1 informo sobre la validez do un testamento de
Coponio, en que tuvo por contrario á Scévola, y e!
que pronunció en defensa de Cn. Plauco teniendo
por competidor á M. Bruto, citados ambos por el
orador romano, muestran claramente «us raras
prendas para la elocuencia forense.
Sus defensas en favor de Pisón, de C. Aculiony
C. Sergio do las que se conservan algunos trozos
carecen de importancia literaria.
De sus discursos políticos el quo prouunció en
favor de C. Carbón es el mas celebrado. La muerte
de Crasso acaecida un aflo despues de su censura
fué muy sentida en Roma, si bien los aconteci­
mientos que poco después tuvieron lugar la hicio-
ron bion pronto olvidar.
— 197 —
Co t t a y S u l p i c i o fu ero n en la verdadera acep­
ción do ]a palabra discípulos de Crasso y Antonio;
asi al menos lo afirma Gicoron, do obstante que
ambos eran todavía muy jóvenes cuando florecie­
ron estos dos últimos oradores.
Cotta, de conplesion delicada, es de creer que
acomodase su palabra &las condicioues de su tem­
peramento suavizando la dicción, mostrándose
sobrio y exacto. Cotta determina de manera mas
visible un adelanto, un progreso en la palabra
y la elocuencia romana. Famoso orador, qui in vc-
niebai acute, dicébat puré ai salute, dice Pedro do
Salas; de ingónio penetrante, fu4 el primero que
logró acostumbrar á los romanos á encontrar de­
leito en una locucion atildada y en un continente
tranquilo y persuasivo, mas que trágico y decla­
matorio.
Cicerón calificó h Sulpicio dol mas patético y
mas trágico do los oradores de su época. Su voz
campanuda y sonora; su acción y sus movimientos
quizá mas propios del teatro que del Foro; su dic­
ción rápida é impetuosa, eu la cual no había nada
de redundancia, ni de sobra, hicieron de Sulpicio
un decidido competidor de Cotta ante la opiuion de
sus conciudadanos. A los elogios anteriores Cice­
rón añade quo eran dignas de encomio en Cotta
la fuerza de la invención, la pureza del estilo, y la
oportunidad de su acción acomodada al género do
su oratoria.
Sulpicio es en cierto sentido la antitesis de sn
coutrincante Cotta.
No habiendo llegado hasta nosotros sino conta­
dos frugmoutus do alguno» discursos de los orado-
ros que llevamos citados, tanto de los que forman
— i98 —
el primero como ol segundo grupo do la época pri­
mor.! do la elocuencia romana, no os de estrañar
la escasez do noticias y do Juicios criticos que acerca
de loa mismos hallamos en los autores que al efec­
to hemos procurado consultar.
Fiándose todos en la té do Cicerón hablan de ellos
como nosotros hornos hablado; pero bueno es no
echar en olvido lo quo hemos apuntado antes, y os
que el orador romano so propuso alagar con sus
exageradas elogios la vanidad nacional y su propia
vanidad-
Hubo no obstante en ol periodo histórico que
comprende esto y el capítulo anterior mas estro
podtico eu Roma que genios propios para ol culti vo
y menos para el adelanto y la perfección de la elo­
cuencia.

2.° L a primera pleyade de oradores que líoma


nos ofrece, si bien, como dejamos dicho, íncorrep-
tos y defectuosos, nos la suministra la jurispm -
ifencia. es hija del Foro, y precursora natural de
las grandes lumbreras de la palabra, asi como del
marcadísimo carácter de la elocuencia d« aquel
pueblo jurídico mas bien que político, jurídico en
primer término y ante todo.
No os propio do estos estudios detenernos á ha -
ccr el elogio de los varones que ilustraron con sus
escritos el derecho romano tanto on el primero co­
mo, on el que podemos designar, como el segundo
periodo de la primera ¿poca de la oratoria en Ro­
ma; pero no podemos excusarnos de hacerlo de
aquellos que á la vez se distinguen mas ó menos
como oradores.
— 199 —
A osto número pertenecen algunos de los citados
y los siguientes, Scipion Nasica, vehemente y enér­
gico; Junio Philo. muy apropiado; el cónsul Druso:
Q. F. Laboon; Sexto Eliov quiclem cicilio oui-
niittn ¡y&ntissimus sed eliam acl dicendum paratus;
Su1picio Galba, qui máxime onmium mbiltum
graeds litteris studuit, isqiic et oratorum in nu­
mero est habitus, et futí reliquis rebus ornatus ari­
que elegans: P. Sicinio Crosso, Sexto Elio Cato,/w-
m quiaem omium perUtsMnius; C. Sulpieio Galo;
Lucio Paulo; Servio Fulvio; Servio Fabio Pictor.jie-
tHslUterarum et mitiquttatis heneperitus\ Q. Metolo,
quo defendió á Cotta y Scipion Lelio elegante aunque
muy dado á la antigüedad.
C. Lelio y P. Africano, Curion y Curio, Scanro,
L. Capurnio Pirón, P. Rotulio Rufo, Cecilio Anti-
pater y Aquilio Galo, Q. Flamico, Messela y Q. Mé­
telo, cuyo mérito singularismo consistía on impresio­
nar fuertemente al pueblo por la mímica y la acción,
de lo cual el acto de presentar Bruto al pueblo el ca-
dáTor ensangrentado de Lucrecia para decidirle á
la espulsion de los Tarquinos es el rasgo mas sa-
liento y ol triunfo mas notable de la elocuencia dol
gesto, según Beryer, Q. Fabio Citnetatur y Ai.
Cornelia Ceicgo, alabado por el poeta Ennio; E.
Lopide, con otros infinitos jurisconsultos cuya enu­
meración so hace imposible.

3.° Casi sin pasar por la adolescencia, ci la


juventud, la elocuencia romana se nos ofrece viril,
fuerte, y se coloca á su mas grande altara.
Los últimos días do la república señalan la edad
de oro do la oratoria en Roma y la que para me-
— 200 —
Lodizar mas estos estudios designados como segun­
da época de la. elocuencia en aquel gran pueblo.
César y Bruto brillan antes que Cicerón y Hor-
tensio se disputasen una corona, tanto mas estima­
ble cuanto que aspiraron á ganarla en Lid abierta,
pública y solemne.
Periodo de adelanto repentino, de progreso rá­
pido y perfección absoluta; pero también fugaz y
pasajero, y cuya personificación parece encarnarse
en un solo nombre, que oscurece y eclipsa á todos
los demas, como si «1 génio romano en su tenden­
cia á la unidad no hubiera podido dar de si mas
que un solo orador, si bien este capaz por su
grandeza de competir con los mas famosos del
mundo.
En Grecia hemos asistido al desenvolvimiento
lento y gradual de la palabra; en Roma ese desen­
volvimiento existe; pero es apenas perceptible y
apreciablo para la historia. Obran en Grecia causas
diversas que influyen en Roma de igual manera en
favor de la elocuencia; pero allí esas causas van
dando poco A poco sus resultados, mientras que
aquí le dan de una vez y en un cortísimo espacio
de tiempo.
En los oradores griegos hay escala, graduación;
las cualidades que los distiuguen varían y se muí'
liplican diferenciándose en términos qne la alteza
do Demóstenes uo rebaja ni amengua el valor rela­
tivo de los demas. En los oradores romanos esa
graduación es menos sensible no solo en el tiempo
y en el espacio, sino en variedad de figuras dignas
de un exámen detenido ó individual.
De aquí que la materia sea menos estensa en
esta segunda parte con relación A lo primera. Alli
— aoi —
el campo era vasto y múltiple; aqui es relativa­
mente corto y limitado.
En la historia de Grecia pudimos llevar nues­
tros estudios degrado en grado y animar al lector
con el interés do un progreso claro y definido Al
escribir la historia do la oratoria romana nos en­
contramos desde luego con el coloso do aquel gran
pueblo, sin que sea dable dejar de verlo, dejar de
admirarle, desde el primer momento y hasta el fin.
Cicerón es altísima montaña que se alza sin
igual, sin competencia en la historia de la palabra
romaua, y no es dable sustraerse de su presencia
do quiera quo se fija la vista, la meute y el pensa­
miento para estudiar ó escribir acerca de esta ma­
teria ou ol terrono histórico, crítico y doctrinal.
Pasan los autores por todos los demas nombres
como con deseo de llegar, do detenerse y recrear­
se on el tipo perfecto, en el gran modelo de la ora­
toria mas severa, mas nutrida, mas grave, mas
propia de la razón y del entendimiento, de la orato­
ria romana, en fin, en su género la primera, en su
grandeza tan grande como la griega y la de cual­
quier otro pueblo en la edad moderna*
Hemos hecho un verdadero esfuerzo para no
contaminarnos en estos estadios conelafanT con el
pía rito en casi todos los historiadores de llegar
pronto tratándose do la elocuencia romana á la
tigura colosal do Cicerón acumulando sobro ella
toda la luz de la critica, do la investigación y drl
trabajo, al paso que han dojudo en las tinieblas nn
gran número de oradores dignos de especialisima
mención y estima.
¡Vano empeño ol nuestro! ¿Dónde hallar lo que
no existe? ¿dónde buscar lo quo nos niegan los úui-
ís
— 201 —
eos á quienes podríamos acudir en demanda de
elementos para trazar un cuadro completo, tan
completo como hubiera sido nuestro deseo y nues­
tra voluntad de la palabra en Roma?

C ésar (100-144.)

Ved aqui un nombre que no podíamos omitir,


y que no cabe recordar sin respeto. César ocu­
pa en la historia del mundo un lugar preeminente.
Como Alejandro descubre a la humanidad ori-
zontes desconocidos, y su obra, sin ser tan poética
es en cambio mas útil y duradera, Alejandro se
limita, dice Lauront, á revelar la existencia de la
India, mientras César descubro las Galias, la Gor-
mania y la Inglaterra; tierras barbaras, destina­
das A convertirlo en el corazon de la Europa, y
esparciendo las semillas de la cultura romana, he­
cha los fundamentos de la civilización moderna.
César fué á la vez que guerrero y conquista­
dor, polemista, gramático, poeta y orador, y dada
la universalidad do su génio en todo sobresalió á
idéntica altura.
Discípulo de Apolonio Molon, á quien oyeron la
mayoría de los varones que hemos citado, desde
muy niño reveló sus grandes dotes para brillar mas
tarde por las producciones de su ingénio.
Apenas contaba 21 anos cuindo acusó A Dola-
bella, y su palabra hizo en Roma una profunda
impresión. Tcmiondo las ropresalias de su onoraigo
se retiró á Rhodas donde no permaneció ocioso, re­
gresando con nuevos bríos un ano despues, hallan­
do en favor suyo toda entera la opinion do sus con­
ciudadanos.
— 303 —
La oracion fúnebre que pronunció en honor de
Julia, viuda de Mario y la defensa de su esposa
Cornelia se citan como dos acontecimientos en la
historia de la elocuencia romana.
Mas tarde resucitó con sus arengas el amorti­
guado partido do Mario contra Syla, suceso que do­
bla producir los mas grandes acontecimientos para
la república, y que desviando á César de so camino,
apartándole del faro, debían conducirle ála azarosa
existencia de los grandes guerreros, de los grandes
conquistadores. Seguirle en su dramática vida no
es propio de estos estudios, si bien el recuerdo de
sus mejores trabajos oratorios se enlaza con el de
sus heróicas empresas, ruidosos éxitos y gloriosas
campañas.
Unido por los mas estrechos vínculos de amistad
A Pompeyo juntos combatieron las pretensiones do
la aristocracia romana; separados despues, según lo
había predicho Catón, su rivalidad fué la causa
principal de las terribles hecatombes que tuvieron
lugar en las calles de Roma y ensangrentaron, pro­
fanándolos, los mas augustos lugares de la ciudad.
Genio privilegiado, de elevada alcurnia, de prodi­
giosa actividad, de palabra conmovedora 6 insinuan­
te. que acentúa y modula según las circunstancias,
fácil en sus escritos, César posen las mas grandes
cualidades pira ser brazo destinado a conducir á los
romanos á la realización de sus providenciales des­
tinos. La guerra en manos do César es mas huma­
na que la paz en las de sus enemigos lo cual le daba
derecho á usar de los privilegios del vencedor. Su
moderación, dice Montesquieu, despues do haberlo
usurpado todo, no merece mas que grandes elogios.
En el mundo antiguo los ciudadanos seguían la
— 204 —
misma suerte que ol resto de los hombres; en ol
mundo moderno, á que César daba principio; el ea-
terminio debía cesar para abrir paso á la marcha
y desenvolvimiento do un verdadero progreso y
una sólida civilización.
Guerrero invencible, político consumado, inspi­
rador do leyes sábías y de una para nosotros im­
portantísima porque inició anchos horizontes á la
elocuencia del Foro. César pasa con justicia por una
de las primeras capacidades del mando asi antiguo,
como moderno. Cicerón, dico de él, Ccesar autem,
raiionem adhibens, cunsuetudútem viiioram et
corruplam incorrajita consuetudine
emendat. Con solo esto elogio y el no menos es-
presivo do Quintiliano; exornal tanien hoc omnia
mira sermonis cujas propie estudiosas fuit elcgan-
tia, la fama de César queda asegurada en la histo­
ria como restaurador del buen gusto y la pureza
deladicciou; como orador, en fin, notable por su
acción npble y majestuosa y por su lucucion esme­
rada.
Vencida la revolucron de Catilina no estaba hecho
todo. Roma necesitaba mucho mAs que esto; necesi­
taba restablecer el derecho, asegurar su conquista,
estender su nombre y tul, fué la obra de César, á
quien cupo la fortuna de llevar el Occidente á Orien­
te y asegurar así ol tránsito providencial del mundo
antiguo al mundo moderno, de quo solo podía encar­
garse un pueblo como el romano y un caudillo como
César. Bajo la espada do César y como resultado do
su iniciativa y de su acción, Roma que carece, como
hemos dicho, de literatura nacional produce de sú­
bito y por ensalmo ol siglo de oro de su elocuencia.
César lo abre y César lo cierra. Durante su vida se
— 20 5 —
lleva á cabo la fusión de elementos diversos, que
unidos por el influjo do su poder y de su génio, dan
por resultado la perpetuidad en la historia del nom­
bre romano.
Marco Bruto, descendiente do Junio Bruto, so­
brino y yerno do Catón, e8 otro de los personajes
afamados de la república romana por su elocuencia,
por sus conocimientos en la filosofía griega y por
el estilo do sus Epístolas, muy elogiado por Cicerón.
Plutarco y otros críticos, entre ellos Fenelon y el
Ab. Andrés. Joven, adoptó elpartidodePompeyoapu
sur de que éste había dado muerte á su padre
¡Tanta era la rigidez de sus ideas como ciudadano
y su grande amor ála pátria!.. Creyó justa la causa
de su enemigo personal y la abrazó sin perdonar por
ello al asesino del qne le había dado el ser-
Tanta abnegación obligó A Pompoyo á deponer
sus rencores, y se cuenta quo al verlo llegar al
campamento antes de la batalla de Farsalia, se le ­
vantó de su asiento y lo abrazó.
La víspera de la famosa acción, dice Plutaroo,
como no le trajesen pronto su tienda, lejos de im­
pacientarse, mientras todos dormían ó pensaban on
lo que podía acaecerlos, Brnto se consagró has­
ta muy tarde á ordenar su compendio do Polibio.
Desterrado Bruto por causa de los acontecimien­
tos políticos so dirijió á Atenas, donde según Plutar­
co, se 1p hizo por el pueblo el mas afectuoso recibi­
miento. Consagrosealliá. oir al académicoTeomuesto
y al peripatético CrvÜipo, y entregado con ellos á la
filosofía simulaba estar ocioso y del todo descuidado;
pero procuraba en tanto las cosas do la guerra, si n
llegar á inspirar la menor sospecha hasta quo se lo
presentó ocasion propicia para el logro de sus pía-
— 206 —
nes. (Azarosa y poco envidiable es la vida de los poli-
ticos! Bruto no tuvo un solo dia de reposo, y los cam­
bios y mudanzas de su suerte fueron numerosas,
sufriéndolas todas resignado por amor á ia patria.
Considorado como orador Bruto confirma cuan­
tas apreciaciones dejamos hechas sobro la época en
quo floreció. Por sus Cartas se ve que su estilo,
censurado por Cicerón, no era tan duro y seco co­
mo rigoroso y patético; lo que hay es que Bruto so
desvió como César del camino de la elocuencia para
entregarse al de la politica.
Fenelon califica como uno de los rasgos mas
notables de la elocuencia antigua el trozo de una
Carta escrito por 13ruto á Cicerón que se halla
junto con las Epístolas de este, y en la cual le re­
prende por haberse humillado' á pedir perdón á
Augusto. A la cual el Ab. Andrés añade, «que on
realidad toda aquella carta, aunque dirigida á un
amigo y escrita en términos de llana franqueza, es­
ta redactada con verdadero fuego, con nérvio, vi­
gor y elocuencia», de donde infiere cuanto valdría
su oracion al pueblo despues do la muerte dol Cé­
sar eu la que «no faltarían, prosigue, aquellos rasgos
domostdnicos. aquel ardor de estilo, aquella vehe­
mencia y aquella gravedad propias de la persona
del orador y de la ocasionen que se pronunciaba.»
Los escritos de Bruto sobro la virtud, la paciencia
y otras materias filosóficas se podían comparar,
según Cicerón, con los mejores libros de los griegos.

H ortenshj (113-49.)

Cuantos nombres hemos citado antes de ahora


— 207 —
resultan oscuros al lado dol do Hoi*ten$io. Por des­
gracia. dice A. Piorron, para nosotros Hortensio
no es mas que un nombre famoso. No queda apenas
nada do sus discursos, ni otra cosa que el induda­
ble testimonio de Cicerón, sobre un varón que futí
su precursor mas inmediato y su rival mas for­
midable.
Do palabra sonora; de acción un tinto artificio­
sa* coiro la de casi todos los jurisconsultos do su
época; afluyonto por efecto do su vasta ilustración;
de estilo elegante y esmerado; notable por la divi­
sión de sus discursos1'y las recapitulaciones ó epí­
logos, en quo concretaba de manera admirable los
argumentos del contrario para despues refutarlos
victoriosamente, Hortensio en opinion do los críti­
cos seria el primero de los oradores romanos sino
tuviese por competidor á Cicerón.
Culto, florido on sus primeros afios; de peni o vi­
vo; iufatigablo en el trabajo; do una memoria pro­
digiosa y de un gusto perfecto, Hortensia alcanzó
puesto y fama entro sus conciudadanos.
Semejante al rayo que doslumbra, apenas fué
visto, cuando, según Cicerón, fué admirado como
una estátua de Phidias
Testigo y actor de los mas trascendentales acon­
tecimientos de la historia romana; viviendo en una
época fecunda en ruidosas causas y sucesos ex­
traordinarios, á la odad de diez y nueve años po­
seía ya raros conocimientos y se distinguía por su
elocuencia, hasta el estremo de ser calificado como
rey del Foro; título que ambicionó para si Cicerón
cuya gloria se elevaba á medida que decrecía la
de Hortensio, sin que por esta noble rivalidad y
competencia resultase enemistad entre ambos, an­
— ao8—
tes por ol contrarío ella fué origen y causa verda­
dera de la grande aplicación y do los mas notables
trabajos dol orador romano.
Cicerón, que hace justicia al talento de Horten-
río en cuantas ocasiones se ocupa do él, nos da á
conocer su juventud con grandes detalles, sus glo­
rias, sus triunfos y su carrera oratoria. Su fama y
nombradia fué tan general y tan justa quo ha resis­
tido á la acción del tiempo, llegando intacta hasta
nosotros, apesar de no conservarse ninguno de sus
trabajos oratorios. Se dice apropóstto de su prodi­
giosa memoria que en cierta ocasion habiendo asis­
tido á una almoneda de objetos varios que duró to­
do un dia pudo referir & la noche una por una las
cosas vendidas, su precio, ol nombre del comprador
y cuantas particularidades so habían hecho constar
en el libro formado al efecto.
Gran auxiliar de la elocuencia es la memoria y A
ella debió Hortensio, como otros muchos, la facilidad
de meditar y escribir sus discursos pronunciándo­
les sin equivocarse uua sola vez y de modo y ma­
nera que parecían improvisados*
Los dos famosos actores do aquella época Esopo
y Roscio. el uno en lo trágico y el otro en lo cómi­
co acudían á oirle y admiraban locos de entusias­
mo la propiedad de su acción que debia ser algún
tanto exagerada, pues sus enemigos políticos com­
paraban á. Hortensiooon una célebre bailarina lla­
mada Dionysia, designándole con este nombre pa­
ra rebajar su mérito y burlarse de él.
Despues que se encumbró tuvo menos esmuro y
cuidado en la preparación de sus discursos y esto
esplica quo su mejor época fuese en el concepto
oratorio la de su juventud.
— 209 —
Era según las opiniones mas autorizadas nimio
y minucioso, amigo dol fausto y la opulencia, si bien
no por ello so le podía reprochar nada respecto do
sus costumbres. Ño supo sustraerse de la corrup­
ción natural de la típoca y sus discursos adolecían,
según Quintiliano, de los defectos propios do aquella
turbulenta y decadente república, on la cual la insti­
tución do la justicia era muchas vocrs en manos de
los políticos mercancía & merced del mejor postor.
Los jueces vendían públicamente sus votos, siendo
máxima constante que ningun hombre rico podía
ser condenado. Por estos medios destruyeron los
romanos los fundamentos do su poder y su grande­
za en la hora que así convino á los designios do Ja
Providencia.
Hortensio acababa de ser designado para ol con­
sulado cuando aceptó la defensa del pretor Yerres
á quien defendía Cicerón y esta dice, «haber sido
la lucha más viva que jamás había tenido que man­
tener con él.»
Hortensio tuvo una hija llamada Quinta Hor­
tensia célebre por haber tomado á su cargo com­
batir un enorme tributo impuesto á las matronas
romanas en la época del triunvirato de Antonio, Le-
pido y Octavio, no siendo vanos sus nobles y gene­
rosos esfuerzos en favor do tan justa causa, pues­
to quo merced A los discursos de esta célebre ma­
trona hubo do decretarse su abolicion.
CAPÍTULO IV.

Cic e r ó n ; C o n c e p t o a l t ís im o que nos m e r e c e .—

J u ic io s c o m p a r a t iv o s e n t r e De m ó st e n e s y Ci­

cerón: PARCIALIDAD QUE tOS DISTINGUE.— DATOS


BIOGRÁFICOS-

CICERON (106--1&)

1.° Cuando hicimos el elogio del primero de los


oradores de la Grecia dejamos correr libre la plu­
ma á impulsos del entusiasmo y la admiración; y on
on este momento, cómo que nos sentimos inclina­
dos á revisar lo que allí digimos, 6 á calcar por en­
tero sobro lo entonces escrito, lo quo en alabanza
de Cicerón estamos obligados á consignar.
Coronas de inestimable valor ciñen el busto de
Demóstcnos; pero no son en menor número, ni me­
nos estimadas las esparcidas en torno de la tumba
dol orador romano. Y es quo ambos representan
en su concepto mas elevado la palabra humana,
Por fortuna para nosotros, ni puedo comparárseles
sin ofenderles, ni cabe desigualarles sin injusticia.
Son únicos entre todos, y únicos entro si. No ad­
miten rivalidad ni competencia; no admite» paran­
gón ni semejanza. Brillan eu los extensos y magní­
ficos horizontes de la elocuencia antigua como faros
— ai i —
de una misma intensidad de luz, pero do colores
distintos y cambiantes diversas. Los que los han
contemplado aisladamente han podido ofuscarse y
otorgar la palma íí uno con mengua del otro, sin
repemren que. siendo diversas las manifestaciones
del pensamiento, es dable una extimaríon idéntica
en el concopto critico y literario para los que en
distintos géneros han sido los maestros, los guias,
los dechados dé la humanidad.
De tal manera considerados el orador griego y
ol orador romano, no hay para qué torturar la
imaginación buscando fórmulas con quo conciliar
su alteza y sublimidad en la historia.
El nombre del uno no perjudica ni oscurece el
del otro. Antes bien, habiendo de recordarles á un
tiempo mismo, se ve que son la sintésis mas aca­
bada de cnanto do grande nos ofrece esto ramo,
este concepto especial do la literatura en la anti­
güedad.
Tienen Demóstenes y Cicerón puntos de contac­
to. ¿cómono?... Pero fuera deque uuo y otro na­
cen para sor oradores, de que uno y otro asom­
bran de igual manera á sus contemporáneos y de­
jan huellas infinitas é imperecederas para ser la
admiración de los siglos, es evidente que su génio.
producto do diversos tiempos y épocas distintas,
no so nos ofrece ni se nos manifiesta do igual ma­
nera. Demóstenes aspira á una libertad imposible
para el pueblo griego on vísperas de su muerto:
Cicerón reclama para Roma un principio do auto­
ridad, de poder y de fuerza que había perdido, por
quo se aproximaban tambion los últimos dias de
su república tiránica y absorbente. Ambos parece
que hablan un mis me idioma; ambos so inspiran en
clam or á la pfítria; poro oí uno canta ó delira,
mientras el otro razona y piensa.
Hay do Demóstenes á Cicerón y de Cicerón á
Démostenos igual distancia quo so manifiesta entre
la imaginación y el pensamiento, entre el eorazon
y la cabeza, entre ol sentimiento y la reflexión,
cuando imperan aislada é independientemente en
las resoluciones del hombre. Demóstenes eg la últi­
ma nota, el suspiro postrero do un pueblo poeta,
do un pueblo soñador, de un pueblo artista: Cicerón
es la primera palabrada verdad; la última fórmula
do vida para una sociedad que, estando A punto de
realizar sus fines providenciales on la historia, de­
bía regenerarse, cambiarse, ó sucumbir. Uno y
otro aparecen en Grecia y liorna en un momento
análogo, en hora suprema para aquellos do* gran­
des pueblos: el uno contribuye do buena fé con sus
nobles y levantados delirios á la ruina de su pátria
amada, el otro no logra tampoco con sus sinceros
acentos restaurar una república que, dospues de
revolcarse en ol fango y la miseria, debia caer en
brazos del imperio, victima de sus grandes errores
y estravios.
Ambos necesitaban buscar para su obra un pun­
to do apoyo, y ni uno ni otro tuvieron la fortuna
de encontrarlo. «Culpemos á Jos tiempos; poro no
á tan insignes varones.* Sus propósitos fueron
igualmente patrióticos y laudables; hubo do faltar­
les una generación capaz de comprenderles y de
seguir sus inspiraciones.
La gran mayoría de los autores no han sabido
Ocupar.so de Cicerón sin compararle con Demóste-
m?s; procedimiento, en nuestro entondor, censura-
— 213 —
ble y poco .í propósito para juzgar con acierto, con
fruto 6 imparcialidad al orador romano.
Diversas eran las corrientes que movieron á
Démostenos á combatir á Filipo de lasque obliga­
ron á. Cicerón á militar, ora en las huestes do Sila
contra Mario» ora on las de Poinpeyo contra Ca ti li­
na, y A vacilar mas tarde entro unas y otras ante
la grandeza y la superioridad de César... En el fon­
do uno y otro defendían igualmente la libertad de
su pátria; ambos contra la destrucción, el envile­
cimiento y la anarquía.
Hay en ol génio, á mas de la parte diviua, de lo
quo os don precioso del délo, elementos huma­
nos, producto lógico, indeclinable y á veces fatal
do circunstancian accidéntalos, do circunstancias
variables,'quo se rounon en un momento dado, que
se persotriflcaa. y encarnan en un individuo para
bien do la civilización y del progreso; ley quo se
realiza en la historia de un modo visible, poro
lento y seguro, como se elaboran las ideas en el
cerebro, como se desarrollan o lí el hombre las fa­
cultades para ostentarse en uu periodo do la vida
en toda su fuerza y vigor.
En esto sentido, hombres como Demóstenes y
Cicerón no pueden compararse; son igualmente
respetables como instrumentos de la Provideucía
cuyos destinos sublimos irradian de susfreutes y se
manifiestan eu sus actos, casi nunca idénticos, ja ­
más iguales.
Grandes patriotas y liberales fueron Demóstenes
y Cicerón, on la acepción más lata quo debe darse
á oslas palabras; porque ambos se colocaron dol lado
más útil para su patria. El orador griego y ol orador
romano quisieron á Grecia y á Roma Autos que á
— 314 —
todo, y por esto ol uno pedia á los griegos que so
armasen contra la tiranía de Filipo, mientras ol
otro aconsejaba á los romanos qne se defendiesen
de si mismos, combatiendo la demagogia y olerimon
que destruía su poder y su fuerza, y cuyos jefes
eran jóvenes de las primeras casas romanas; jóve­
nes degradados y envilecidos, como Glodio. Catili­
na, Creso, Cetego y César mismo, aduladores
dol populacho, ávidos de recuperar una fortu­
na perdida por el vicio, y do rehabilitar un nom­
bre manchado por la perversión y la licencia de sus
costa inbres.
Para algunos la libertad está reñida con el
principio de autoridad, y de aqui que acusón siste­
máticamente como enemigos de la libertad á cuan­
tos abogan y defienden la autoridad. ¡Error fuues-
to cuyos males hemos deplorado millares do veces
en nuestros dias, y que apénas concebimos se man­
tenga con sinceridad y de buena fé! En sentir de
los que asi piensan ó aparentan pensar, ir contra
la autoridad es siempre defender la libertad; como
sino fuesen tan sagrados, tan respetables los dere­
chos de la plebe como los de las claaes elevadas,
cuando ocupan unas y otras en la sociedad el lugar
quo tas corresponde, y satisfacen la misión que les
ostá reservada. Pueblo entregado á si mismo, no
lo decimos nosotros, abrid la historia y os conven­
cereis de olio, pueblo perdido. Pueblo en que im­
peran los celos, las enemistades, las envidias en­
tre los legítimos representantes de las categorías
que constituyen ta variedad, y que lo mismo en lo
íisico que eu lo moral es baso de órdeu y de ar­
món ia, pueblo perdido.
Adular á las muchedumbre, á las masas on
— 215 —
usos di as de vértigo, de delirio que preceden á las
grandes caídas do los pueblos, os por lo común ta­
rea reservadaá los ambiciosos y descreídos, y do
poca» veces á los miserables y á los traidores.
Decir on esas horas supremas de angustia y dú
dolor la verdad desnuda, y decirla con energía, sin
miedos pueriles, encendiendo el sentimiento que
inspira l&palabra en la llama purísima dol amor
al suelo que nos vió nacer, es obra de los héroes, es
obra de los inspirados, es obra de los escogidos, es
obra de los santos y de los mártires.
Mártires de la libertad, mártires de la elocuen­
cia. de la santa elocuencia, tal como la hemos de­
finido, tal como la definen los pensadores más ilus­
tres, tal como venimos estudiándola, fueron Demós­
tenes y Cicerón; no de esa elocuencia, como dice
Lamartine» «que os sólo arte de hablar á los hom­
bres en la plaza pública, sino del don, del privilegio
augusto do sentir mucho, de pensar rectamente y
de saberlo todo; de imaginar con esplendor, de ex­
presar con poder y de comunicar por la palabra
escrita ó hablada á los demás hombres la idea, el
sentimiento, la convicción do la verdad, la admira­
ción do lo grande, el gusto por lo honesto, el entu­
siasmo por la virtud, el sacrificio del deber, el he­
roísmo de la patria y la fe en la inmortalidad; cosas
todas que hacen el alma honrada, el corazon sensi­
ble, el espíritu justo, la razón sana, la ciencia popu­
lar, la imaginación artista, el patriotismo ardiente,
el ánimo viril, In libertad estimada, la filosofía y la
religión conformes con la más alta idea de la divi­
nidad; en una palabra, que hocen al individuo bue­
no, al pueblo grande y á la humanidad dichosa y
feliz, virtuosa y santa.#
— 2l6 —

2.° No os el paraleló, no es Ja comparacirtn el


medio más acortado do dar á conocor ni do juzgar
íi un personaje histórico. Casi siempre esto signifi­
ca ó conduce, cuando ménos, á una gran parciali­
dad y á muy grandes injusticias.
Si de esto pudiéramos abrigar alguna duda, nos
bastaría para desvanecerla ver el resollado quo
ofrecen los juicios comparativos, los juicios para­
lelos de Demóstenes y Cicerón.
Raro es el critico, el historiador ó ol literato
quo ha sabido colocarse en el justo medio. Lo mis­
mo los que conceden la primada A Demóstedos,
que los que dan la preferencia á Cicerón, olvidan la
época, el pueblo, las condiciones de lugar y de tiem­
po en quo uno y olro ejercieron sos facultades sus
dones, igualmente superiores y privilegiados: cuan­
do no los miden por el molde de sus opiniones po­
líticas, por sus preocupaciones de escuela y hasta
por mas extraños y mas violentos fines.
Desde ol griego Cecilio, que sin conocor el latin
según afirma Plutarco, so propuso desvirtuar y con­
tradecir la fama y nombradla del orador romano;
este último, quo despues de criticar á Cecilo cayó
en iguales defectos de parcialidad y de injusticia
hácia Cicerón; Quintiliano y Lougino. que son los
que se muestran mas justos y desapasionados, has­
ta los modernos Fenelon, Swift, Humo, Rapin, La
Harpe, Tirabosqui, Rousseau, La Fon tai ne y Vi-
llamrin, todos casi adolecen de los misinos defec­
tos, y á vuelta de elogios y alabanzas merecidas,
que recogeremos oportunamente respecto do Cice­
rón como lo hicimos al tratar do Demóstenes, hay
— 217 —
en ellos apreciaciones que no pocas veces desdicen
y parecen impropias del talento que Ies distingue,
de la vusía erudición quoostentau y de sus eleva­
das dotes como escritores, como críticos y literatos.
¡Tan peligroso es el sistema de la comparación y
del paralelo, que hace caer en el error á los hom­
bres del mas recto juicio y mas elevada inteligencia!
Huyamos, pues, en estos estudios dn toda com­
paración. Admiremos aisladamente á estos dos
grandes héroes de la palabra, procurando utilizar
de todos y de cada uno lo que pueda servirnos y
servir de guia y de ejemplo á la juventud. De esta
suerte, nuestros trabajos llevarán el sello de la me­
jor buena fé y la mas recta imparcialidad, únicos
títulos con que llegarán á ser en todo caso de algun
provecho y merecer la bondad de nuestros lectores.

3.® Antes de ocuparnos de Cicerón como ora­


dor, comencemos por conocer al hombre, aprove­
chando los datos que él mismo dejó consignados
sobro su vida en muchas de sus obras, y los que
debemos ó sus biógrafos mas ilustres.
De cuantas vidas se han escrito de Cicerón, nin­
guna tan artística, tan interesante, tan dramática
ni tan exacta como la de Plutarco y do los traduc­
tores de éste ninguno tan elegante, tan poético co­
mo A. Lamartine. No son solo los atinados juicios y
las oportunísimas reflexiones lo que aquilata el mé­
rito de uno y otro trabajo; es la forma con que nos
presentan, con que nos ofrecen los menores inci­
dentes relativos á la vida del orador romano.
Nació Cicerón, según la opinion mas acreditada,
en una modesta ciudad del pais de los Wolscus.
— a i» “
llamada Arpiño, de una familia do caballeros, el
dia :i do Enero del año 646 de Rnma, 106 ántes
de J.C.
Holviu, su madre, fué mujur superior por su
valor y au virtud, como todas las madres, dice La­
martine, en que so vacian los grandes hombrea.
En cuanto á su padre, todos son extremos, escribe
Plutarco, pjjes miéntras unos afirman que se crió
eu un lavadero, no falta quien haga subir au ori­
gen á Tulo Acio. que reinó gloriosamente sobre
los Wolscos.
No deja de ser curioso lo que so tiene por cosa
cierta respecto de la estima quo Cicerón hacía de su
nombro, pues se asegura que aconsejándole sus
amigos cuando pretendió las magistraturas roma­
nas quo le sustituyera por otro, contestó:— Y o sabré
hacerle mas ilustre que ol de los Escauros y Cátu-
loSi—Y se añade quo siendo Cuestor en Sicilia hi­
zo á los Dioses una ofrenda de plata on ia cual
mandó grabar sus dos primeros nombres, y en lu­
gar del tereoro dispuso que el artífice dibujara un
flavbnnzo.
Pasaba también en su época como cosa averi­
guada que su madre lo parió sin dolor y que un
génio, apareciéndose A su nodriza la hizo saber
quo en la vida de aquel niño estribaba la salud de
Koina- Pudo sor todo esto, dice Lamartine, efecto
do que su mirada y su fisonomía inspiraran eu ni
corazon do aquellas dos mujeres cierto presenti­
miento de lo que había de ser despues.
Lo que hay do exacto en talos relaciones es que,
escribiéndose la vida de los hombres ilustres des­
pués do ser notoria su grandeza, no faltan nunca
cuentos ó consejas mas ó menos verosímiles con
— 2I<) —
que alimentar la fantasía del pueblo y dar mayor
realeo ontre el vulgo á los quo son ídolos do su
aplauso y admiración.
No es preciso acudir hoy á este género de re­
cursos para hacer respetable é interesante ante ia
posteridad elgénio de Cicerón.
Helvia era ovidontemanto de una ilustre familia,
y los abuelos y tíos de Cicerón se habían señalado
por su capacidad para los cargos públicos y hasta
por algunos rasgos inesperados do elocuencia en
las diputaciones que los Wolscos habían enviado á
Roma en épocas diversas y anteriores. Vivían, 110
obstante, á la sazón del nacimiento y aún durante
la juventud de Cicerón, sin aspiraciones y consagra­
dos al culto do su modesto patrimonio. .No es
aventurada, autos bion tiene mucho de exacta, la
observación hecha por Lamartine do que el génio
no carece por lo común da abolengo, ni se mani­
fiesta aislado en una familia, mostrando sus gérme­
nes antes de llegar á ostentarse cu un fruto madu­
ro y consumado. La naturaleza, añade, y en esto
no estamos de acuerdo con el poeta ilustre, Ja na­
turaleza elabora largo tiempo sus obras en la huma­
nidad, como sucede en el reino mineral y vegetal,
y el hombro viene á ser una entidad sucesiva qnn
simboliza y acaso contiene on una sola alma las vir­
tudes do las almas de cien generaciones.
Cicerón, según el retrato que de él nos hacen
sus comtemporaHeos, y ol mismo reseña on sus es­
critos, era alto, como conviene al que ha de diri­
girse A una multitud y dominarla con su palabra.
Do fisonomía franca, noble, pura, cgrrecta, y ex-
presiva, como iluminada pur la superioridad de su
inteligencia; de frente ancha, nariz aguilena y muy
— 230 —
fina on su parlo superior; do mirada Urrae y recon­
centrada unns veces, de ordinaria segura sin pro-
vocacion; de labios delgados y hendidos; do meji­
llas prominentes, macilentas por la vigilia y el es­
tudio. Revolando en sos movimientos la calma del
filósofo y 011 ocasiones el ardimiento del tribuno, se
lo voia avnnzar hácia la tribuna, (rastres) y subir
al sitio consagrado por los augures: la multitud
callaba, un movimiento acentuadísimo do curiosi­
dad é interés era la señal inequívoca de que Cice­
rón iba á hablar. Ninguno obtuvo en Roma un pri­
vilegio semejan Lo. ninguno fué saludado con mayor
respeto y cariño qne él, cuando seguido do un nu­
meroso cortejo de retóricos griegos, de libertos, de
clientes, de ciudadauos reconocidos á los favores
de su elocuencia, de discípulos y admiradores, atra­
vesaba las calles de aquella ciudad grave y severa,
monumental y artística, cuyas ruinas hemos teni­
do la dicha, de contemplar, fingiéndonos la fanta­
sía v&r cruzar á la luz do la luna por entro colum­
nas mutilidas y paredones derruidos la sombra de
sus grandes hombres.
No puede escribirse con plena exactitud acerca
de Roma sin haber visto A Romn; no puedo estu­
diarse por entero so civilización sin haber ántes
hecho un esfuerzo supremo, y sitio por sitio, lugar
por lugar, haber reedificado oon la mente aquellos
restos colosales, aquellos restos soberbios, lo-
yendo en los tiempos que pasaron, tiempos que
fueron-
E1 imperio material del mundo se explica fácil­
mente siendo ¿jbra do un pueblo quo construyó el
Panteón, el Coliseo y las Termas; que á las lineas
rectas do la arquitectura antigua supq añadir el
--- 321 —

arco, símbolo dn unión y de enlace en Iré la simpli­


cidad primitiva y el atrevimiento moderno; quo
echó los cimientos y trazó las vías, las plazas, loe.
templos, los pórticos, los palacios, las maravillas,
en fin, que á c.ida paso y de continuo brotan del
sucio do Roma no bien so lo remuevo con nn fin
determinado y consciente ó con un objeto cual­
quiera.
Cuando en una tarde, sombría y triste por cier­
to, liona el alma do recuerdos dolorosos, dirigimos
nuestros pasos, solos, con un libro de memorias
011 la mano y sintiendo todo el orgullo de nuestra
noble pro festón dentro del pecho, hácia el Foro
romano, esperamos contemplar algo de la majestad
de aquel augusto recinto en que había resonado la
inimitable elocuencia de Cicerón. Conforme nos acer­
cábamos al lugar objeto de nuestra curiosidad y
nuestro interés, sorprendíanos la falta de indicios,
de señales que nos revelasen su presencia, y temía­
mos no haber comprendido bien el itinario que se
nos había indicado para encontrarlo. Cuando llega­
mos á dominar desde el 'ftibularium la prisión Ma-
inertina, eí templo de la Concordia, el de Vespa-
siano, el pórtico do Dii consentes, el arco de Sépti­
mo Severo, los Rostros, ol templo de Saturno, la
basílica Julia, el arco de Fabio, ol templo de Anto­
nio y do Faustína, la basílica Emiliana, la do Paulo
y los poqueños templos de Juno, aglomeración in­
formo de monumentos de épocas diversas, y pre­
guntamos por el Foro romano, nuestra alma sin
lió una pesadumbre grandísima... !el Foro romano
ha desaparecido, el Foro romano no existo..!
El sitio dondo resonó potente y majestuosa la
voz do Cicerón ha sido durante muchas siglos lu­
gar do escombros y do inmundicias, vertedero pú­
blico déla ciudad. Hoy es morcado do caballerías
y bueyes.
!Ah! iinaldita.mil veces maldita la ceguedad y
la barbarie humanal esclamamos. ¿Hasta cuándo las
dóciles y fanáticas muchedumbres, dirigidas por
hombres sin corazon y sin conciencia, han de ser
instrumentos de sangre, do exterminio y de muerte?
¿Hasta cuándo la obra del hombre no ha de ser sa­
grada para el hombre? ¿Hasta cuándo lo que repre­
senta el trabajo, las fatigas, los adelantos y los pro­
gresos de los siglos no ha ser respetado?
I2u nombre do las cosas mas santas so ha lleva­
do la destrucción á todas partes; en nombre de la
libertad, de la religión, on nombro do Dios mismo,
so han llenado de escombros lugares donde reinara
undia el arte, la alegria. la caridad y la virtud.
Roma, está llena do ruinas, y esas ruinas repre­
sentan la ceguedad de millares de generaciones. La
Europa moderna está llena de escombros, y osos es­
combros representan do igual manera lalgnoran-
cia. el rencor y la barbarte.
Los pueblos antiguos teman disculpa; los pue­
blos iluminados por la luz dol Evangelio do la tie­
nen. De gran número de monumentos romanos no
queda otra cosa que columnas y basamentos mu­
tilados. Lo quo la mano de los Papas no ha
conservado ó restaurado; lo que no ha arrancado
A fuerza de oro á Jas entrañas do la tiorraf no
existe.
¿Los actuales señores do Rotna encontrarán re­
cursos para poder hacer, aunqne q-uieran y lo de­
seen. lo que solo cotí el auxilio del orbe católico lia
podido hacerse hasta hoy?.. Dejemos al juicio de
— 22J —
nuestros lectores la contestación á esta pregunta,
y prosigamos nuestra tarea.
Según Lamartine, no pueden reprocharlo á (Ci­
cerón mas que dos cosas; la vanagloria do si mis­
mo, y las indecisiones de los últimos dias de su
vida hacia los tiranos de su pátria. El gran poeta
francés, al apreciar tales cosas como defectos obe­
decía seguramente á las exigencias de sus com­
promisos políticos, olvidaba algo que debia saber:
olvidaba que ol amor propio es consecuencia casi
forzosa y disculpable del mérito personal, condi­
ción inherente á la frágil naturaleza humana. Las
grandes figuras históricas, los grandes personajes
de las naciones, ántes y después del cristianismo,
no se diferencian un ¿ipice en cuanto ni amor de
si mismos. Por esto no hay ni puede haber compa­
ración posible entro loa héroes de la religión y los
héroes de la tierra. Cicerón pertenece á osles últi­
mos; la comtemplacton de si mismo es. pues, una
consecuencia natural de la índole, del carácter y de
la naturaleza do su celebridad. *
En cuanto á sus vacilaciones con los tiranos de
su pátria, as esta acusación inmerecida por lo que
hace á Cicerón. Cicerón no fué adulador de la tira­
nía, ni vaciló, como se deduce de las palabras de
Lamartine, entre ella y la libertad; defendió esta
última combatiendo á los enemigos mas implaca­
bles quo ha tenido y tendrá siempre; Jos que po­
niéndola falsamente en boca de continuo, no la rin­
den nunca culto dentro de su alma y su corazón.
La educación de Cicerón fué muy á propósito
para desarrollar sus múltiples y privilegiadas ap­
titudes. Cuando en nuestros dias se da el caso de
que un filósofo se muestre hábil polítíco, un huí-
--- 3 1 4 ----
gistrado poeta inspirado, un matemático autor dra­
mático do poderoso ingénio, so protesta en multi­
tud de tonos contra la osadía dol que de tal manera
traspasa los limites de su facultad ó profesión. En
Grecia y Roma, al contrario de lo que sucede hoy,
la enseñanza era un verdadero gimnasio en el que
no se ponia límite alguno á las disposiciones inte­
lectuales de la juventud. Se enseñaba gramática,
retórica, poética, oratoria, filosofía, historia, legis­
lación, bellas artes, ciencias naturales, medicina...
y abiertas las cátedras á cuantos concurrían á
ellas, á ninguno se le expedia. certificado de aptitud
ni competencia.
Cada cu.ul sobresalía en lo que constituía sus afi­
ciones, y si alguno lo abarcaba todo con su privi­
legiado talento, esto no inquietaba ni mortificaba á
los demas. No pedímos nosotros quo se dé á la en­
señanza hoy ese carácter, ni quo so supriman las
facultades ni los títulos académicos; pero consigna­
mos un hecho quo dió por resultado la grande al­
tura á que se elevaron algunos hombres en la an­
tigüedad.
Fueron maestros de Cicerón los mas afamados
do su época; aprendió en las letras griegas, como
nos sucede á nosotros hoy con los modelos latinos,
lo tradicional del ingánio humano, y en las letras
latinas los elementos del gónio romano; distinguién­
dose tanto desde sus primeros años, afirma Plu­
tarco, que sus condiscípulos le titulaban rey do los
escolares.
Los primeros trabajos literarios que hizo públi­
cos Cicerón fueron algunos poemas muy celebra­
dos on su tiempo, y de los duales sólo quedan al­
gunos fragmentos.
— 22?—
«L a poesía, dice Lamartine, esa flor del alma, es
la primera muestra dol talento de Cicerón- Sueño
primavoral de las grandes existencias, contiene en
sombras todas Jas realidades futuras de la vida;
reasume en ¡magines todas las cosas, ántes de co­
nocer las cosas mismas. La poesía es el preludio de
los pensamientos y el presentimiento de la acción.
Las naturalezas ricas, como César, Cicerón, Bruto,
Solon, Platón, comienzan por la imaginación y la
poosía... Cicerón fuó tan superior orador porque
fuó poeta..»
Plutarco asegura que b u (ama de poeta igualaba
á la que tenia como orador. «Reasumiendo cuanto
había sido pensado, cantado ó dicho de más bello,
añado Lamartine, ántes que él en la tierra, logra
formarse un tesoro inagotable do verdades, de
ejemplos, de imágenes, de elocuencia, de perfección
moral y cívica, quo supo acrecentar y apurar du­
rante su vida, para gloria de su patria y para su
propia gloria; inmortalidad terrena en que los hom­
bres de entonces hacían consistir sus merecimientos
y su virtud.»
La primera defensa de quo Cicerón se hizo car­
go despues de habertomado la loga viril, fué la de
Roscio, hijo de un proscripto. ¿í quion un liberto de
Sila compró sus bienes en una cantidad insignifi­
cante, y habiéndolo asi hecho entender públicamen­
te Sila para vengarse le acusó de parricida.
El triunfo mós completo coronó su arrojo, y su pa­
labra distinguióse, según Plutarco, por su voz do
excelente timbre y por su decir elocuente y apa­
sionado.
Fuese por temor á la venganza de Sila ó porque
el estudio y las fatigas del bufete quebrantasen su

— 22b —
salud, hizo poco despues uu viajo á Grecia, dondo
fuá recibido según merecía su fama. Aplicóse de
nuevo á la elocuencia, oyendo los consejos de An-
tioco Ascalonita y de otros célebres retóricos,
Muerto Sila, regresó A Roma, habiendo Antes
visitado el Asia y á Rodas, donde escuchó con fru­
to A Jenocles de Atramicio, á Dionisio de Magne­
sia^ á Menipo de Caria, á Apolonio Molon y al filó­
sofo Posidonio. No pudo excusarse ni tuvo mas re­
medio desde entonces, á pesar sayo, que consa­
grarse á la palabra, movido por los ruegos de sus
amigos y admiradores, y muy luego pretender y
aceptar los cargos públicos y las magistraturas mas
elevadas. Publicó, entre tanto, obras sobre la retó­
rica y el arte oratorio, que muestran la universa­
lidad de sus conocimientos.
Elegido Cuestor, magistratura que daba ascenso
al Senado, so lo confió el gobierno de la Sicilia, en
donde logró hacerse querer con delirio. En sus pro­
vechosas y frecuentes excursiones científicas ha­
lló la tumba do Arquímedos, haciendo restaurar
A su costil el monumento en que reposaban sus cn-
ni^as. Cumplido el tiempo do la cuestura, casó con
Terensia; compró una casa cerca del Foro, quo
abría á todo cuanto encerraba do notable la ciudad;
y ofreciendo gratuitamente su elocuencia á cuantos
de ella habían menester, enriqueciendo de continuo
su ya famosa biblioteca y pasando largas tempora­
das en su casa paterna, en Arpiño, en Cunes, en
las poóticas orillas del mar de Ñápoles, on TúscuJo
y al pié de las colinas do Alba, Cicerón vió deslizar
los años mas felices de su existencia, «contando,
añado con su inimitable estilo Lamartine, sus ho­
ras como un avaro cuenta el oro; dando uuas A la
— 237 —
elocuencia, otras & la poesía; estas A la filosofía,
aquellas al entretenimiento con sus amigos; algu­
nas al paseo bajo los árboles que él habia plantado
y entre las estatuas que él habia recogido; otras á
la comida, pocas al sueño, no perdiendo ninguua
para el trabajo; acostándose couel sol, y levantán­
dose» ántes del alba par-a mejor recoger su pensa­
miento en toda su fuerza y vigor.»
Tenia por entonces Cicerón unos cuarenta y dos
años, y su salud se habia restablecido por comple­
to. Seis aüos despues fué elegido Edil por el pueblo,
reunido en tribus. y contra la costumbre de los
demas, no adornó su casa cotí las estátuas de sus
antepasados. Fué este un rasgo de modestia ó do
noble orgullo en quien no quería deber á otros lo
que tenia el convencimiento de conseguir por si. Du­
rante esta época de su vida fué cuando compuso sus
famosas arengas contra Yerres. Dos anos mas tar­
de solicitó y obtuvo la Pretura, Poinppyu fué dic­
tador, y Cicerón su alma y su consejo.
Colocados en la pendiente de la vida pública no
es fácil retroceder. Cicerón, que no habia hablado
hasta entonces mas que ante los tribunales y ante
el Senado, vióso precisado, vióso arrastrado
á subir á la tribuna de las arengas y á encar­
garse de patrocinar ante el pueblo los altos
intereses de la república. La defensa de Poní poyo
fué el tema escogido para .su primer discurso polí­
tico, y esto le valió la enemistad de Antonio y la do
Catiliua, pretor á la sazón como él y ávido del con­
sulado, cuyo cargo lo disputa y alcanza Cicerón.
Trabándose desde entóneos guerra á muerte entre
los elementos mas disolventes y revolucionarios de
Roma y el célebre orador; pero Cicerón tiene el
— 328 —
valor de los héroes, y acepta sin vacilar los penosí­
simos deberes que le imponía la nombradia do su
elocuencia y el influjo do su palabra, colocándola
al servicio de la pátria.
«El consulado de Cicerón concluyó con el terror
de los facciosos y la estimación de los buenos ciu­
dadanos;» confesion preciosa debida A Lamartine, y
que consignamos en elogio del orador romano, por­
que ella no puede parecer sospechosa á los que do
buena fe no creen posible que la tiranía provenga
do los excesos de la libertad con tanta ó más facili­
dad acaso que de las arbitrariedades de la autoridad
y del poder.
Proclamóse por entonces á Cicerón Padre efe
la pdtria. y so le levantaron estatuas on las ciu­
dades de Italia como si fuese un Dios.
En la cumbro de las grandezas do la tierra es
donde está el mayor peligro para los que las alcan­
zan, aunque sea por su verdadoro mérito y valor.
La onvidia es el arma que esgrimen los misera­
bles, y los emponzoñados dardos de la envidia en­
cuentran eco bien pronto en los pueblos degrada­
dos. Cuando comtemplamos la situación do Roma
en la época del apogeo de Cicerón, nos sentimos
entristecer viendo las analogías que con nuestros
dias tienen aquellos dias y muchos de sus hombros
con otros á quienes sin duda por uno ü otro modo
debemos los males que nos afligen. ¿Seria posible
hoy que una voz honrada como la de Cicerón aca­
bara para siempre con las desdichas de la pátria?
¿No hemos oido mas de una vez voces honradas
perdidas en el vacio, estériles é infecundas para
el bien, para la unión y la armonía, para la paz y
el sosiego de España?
— 239 —
Tros partidos bastaron en Roma para la ruina
de la libertad y con ella para la ruina de la repú­
blica. ¡Cuántos fraccionan hoy á nuestros hombres
públicos y tienen en divifcion funesta las ciudados,
las villas, los pueblos y las aldeas mas pobres y
miserables!
Pompeyo representaba el primero y mas pode­
roso, querido del Sonado y del ejército, y cuyo sos­
ten eran Catón y Cicerón; Clodio capitaneaba ol
segundo, halagando los peores instintos de la plebe
y la codicia de sus tribunos; César el tercero,
rival y émulo do Pompeyo, y cuyo objetivo único,
bajo las apariencias mas democrática?, era la dic­
tadura del sable y la imposición absoluta de su vo­
luntad. Véase, prosigue Lamartine, cuáles eran en
Roma, en el momento en quo Cicerón alcanzaba el
poder, los fermentos y los factores del disgusto, del
trastorno y la perturbación. El jefe momentánea­
mente reconocido do todas facciones coaligadas pa­
ra la ruina de la República. si es quo la anarquía
puede tener un jefe, era Catilina, hombro de sangre
¡lustre, de temple varonil, d? una ambición y de una
audacia pertinaz, de osas que el pueblo toma equivo­
cado casi siempre por grandeza del alma; de una gran
celebridad militar, única cualidad que no puede dis­
putársele; do una de esas facundias depravadas
que silben hacer hervir los vicios en las flbrus co­
rrompidas del corazon humano; sospechoso, si no
convicto, de muerte de un hermano, do asesinatos
en la. vía Apia, de envenenamientos secretos, de
licencias casi tan infamas como los anteriores crí­
menes; envanecido hasta la insolencia de su na­
cimiento; fuerte por su popularidad, pronto en la
venganza, y en fln, escodado por medio de secretas
— 230 —

coaliciones con César. Glodio. Creso y otros sena­


dores, lo estaba también, para que un cierto cré­
dito cubriese sq dudoso renombre, para que nin­
guno osase reprocharle en público los delitos do
qne muchos le acusaban en secreto. Catilina era
también, según dejamos dicho, pretor y habia fi­
jado su ambición en el consulado. Apénas se vió
defraudado en sus esperanzas por el trluufo del
grande orador, cuando meditó derribar lo que no
había podido conquistar, asesinar al cónsul, pros­
cribir una parte del Senado, llamar los soldados
licenciados, los proletarios, los esclavos al asalto
de Roma, y hacer nacer en esa conflagración de to­
das las cosas á que son muy dados en todos tiem­
pos los ambiciosos de su temple, una ocasion do
desquite y una dictadura criminal para él y pa­
ra sos cómplices. Si el mismo CtSsar no estaba con
él. era al menos un confidente mudo y quizá im­
paciente del éxito de la conspiración.
A l mido inmenso de un plau tan vasto del que
solo las cabezas oslaban ocultas, pero cuyos miem­
bros descubrían en todas partes su existencia. Cice­
rón reuim el Senado y requiere A Catilina á confesar
ó á negar su crimen.
— ¡Mi crimen! respondo insolente el faccioso. ¿Ea
acaso un crimen querer dar una cabeza al poder
decapitado de la multitud, cuando el Senado, que
es la cabeza dol gobierno, no tiene cuerpo y no pue­
de nada por la patria?
Pronunciadas estas arrogantes palabras, Catilina
sale, y el Sonado, asombrado de tanta audacia, se
apresura á dar la dictadura temporal á Cicerón
para salvar á Roma. Catilina no se duerme des­
pués de una tan franca declaración de guerra A su
-231 —
pátria; envia á Manlio, uno de sus cómplices, quien
manda un cuerpo do veteranos en Toscana, la ór-
den de sublevar A sus soldados y de venir sobre
Roma. A cada uno de los conjurados les señala un
barrio de la ciudad y les designa la hora en que
deben reunir al pueblo y dirigir el movimiento. Las
armas, las autorchas están dispuestas, señalados
loa edificios, contadas las victimas... Cicerón es la
primera- En la sangre de su primer ciudadano debían
los malvados sepultar las antiguas leyus de Roma.
Una mujer ilustre, querida de uno de los jóvenes pa­
tricios asociados al complot, corre por la noche á ad­
vertir á Cicerón para que cierre al amanecer dol día
siguiente su casa á los sicarios. Se presen tan en efec­
to, armados en la puerta del cónsul, de quien te­
nían prometida la cabeza; pero laencuentran guar­
dada por un puñado de buenos ciudadanos.
Viviendo Cicerón, la ciudad tiene un centro, las
leyes una mano, la pátria una voz, el Senado un
guia. El resto de la conjuración es aplazada. Cice­
rón no cede por esto en vigilancia.
Convoca al Senado á la primera hora del dia en
el templo fortificado de Júpiter Statw ó conservador
de Roma. Catüina osa presentarse allí, convencido
deque la falta do pruebas contra él atestiguará su
inocencia, ó que la audacia intimidará al cónsul* A
su entrada en el Senado, todos los senadores se
separan de Catilina, como para preservarse dol con­
tagio ó de sospecha de toda criminalidad. Ei horror
ante la ley hace el vacío alrededor del conspirador.
Cicerón, indignado, pero no intimidado, so levanta y
dirige al enemigo público el terrible y elocuente
apóstrofo de todo9 conocido y admirado.
Nadie se atreve en Roma á defender á Catilina.
La pátria se salva por Cicerón.
CAPÍTULO V.

E l o c u e n c ia c in c e r o n ia n a .— C i c e r ó n orador fo­

rense — E s t u d io s c r ít ic o s y a p r e c ia c io n e s .

l.« Cicerón se dos ofrece grande ea todas la s


manifestaciones de su talento.
Grande como poeta, corno filósofo, comoescritor,
como ciudadano, como hombre de gobierno y de ac­
ción; pero el soberbio pedestal do su fama lo cons­
tituye su mérito como orador.
Su elocuencia eclipsa sus otras dotes; su palabra
oscurece sus demás merecimientos.
Por esto p a r a a b a r c a r bu gT an d e za basta medir­
la por el éxito de sus discursos; para comprenderla
en toda su estension considerarla bajo el punto de
vista especial de as!os estudios
«Su alma, dice Lamartine, fué por mucho tiem­
po el hogar del mondo y su voz el eco del uni­
verso.»
Juicio el mas concreto, el mas conciso, y á la
vez el mas expresivo que puede hacerse de la ver­
dadera significación del orador romano.
Calor y vida de la civilización y ln cultura de
uu gran pueblo; acento inspirado en los mas paras
sentimientos y las ideas mas levantadas y gene­
rosas.
Cicerón es un nuevo y gran prodigio en el curso
— 133 —
de nuestro libro. Sn reputación no cabe empero den­
tro de los limites pobres y desautorizados de nues­
tro humilde elogio.
Podremos admirarle, pero nos sentimos débiles 6
impotentes para cantar dignamente sn memoria.
Bu palabra, al igual que la de Demóstenes, más
parece palabra de genio que palabra do hombre; y
on sus labios residen, en sentir do un antigao es­
critor. las divinas gracias y la diosa de la persua­
sión.
Cicerón, en efecto, «hermosea cuanto toca,»«en­
grandece el habla humana,» y «aunque se ve que as­
pira A los primeros pnestos. su ambición na merece
censura on quien supo conquistar, en quien supo
merecer el título de Padre de su patria.»
Roma patrem patria;" Ciceronem libei'a dixii.
La dificultad para M. Tulio estiba en colocarse á.
la altura de las circunstancia en que vino al mun­
do. Nunca el idioma latino alcanzó mayor perfec­
ción; nunca el pueblo so mostró en Roma tan idóla­
tra do la elocuencia, ni jamás los acontecimientos
exigieron mayores dotes para ser orador,
Cicerón no sólo responde á todas estas exigen­
cias, sino que sabe traspasar los límites del es­
fuerzo humano, elevándose sobre el nivel de su si­
glo y do su pueblo. Julio César escribo: «Asi como
el genio romano es superior á sus conquistas, la
gloria de Cicerón, como orador, es superior á la
que logran los más famosos generales con sus vic­
torias.»
Después de leer sus discursos, no puede decirse
cuál es mejor. En todos y cada uno de olios pone en
práctica los sábios preceptos que consigna en sus
obras de retórica.
— 334 —
Concretemos.- Cicerón posoía todas l:is cualida­
des, las dotes todas que han constituido y cons­
tituirán en todos tiempos las necesarias á un
orador: talento, memoria, estudio, erudición, cons­
tancia, conocimiento dcJ idioma, do la historia y la
legislación, de las costumbres, de las necesidades
do sus contemporáneos; y á mas de esto, esa in­
tuición secreta, misteriosa, de todo lo grande, de
todo lo bello, do todo lo bueno, que os como el prin­
cipal agente de los grandes hombres llamados á
figurar en primera línea en los fastos de la estirpe
humana.
Sus diversas actitudes, Aun bajo el punto de vista
de la elocuencia, han tenido quo fraccionarse para
poder ser juzgadas con acierto y debida detención.
Cicerón, como orador forense, como orador
político y como escritor didáctico, no puede abar-
carso en conjunto; es menester contemplar por se­
parado cada una do estas manifestaciones do su
génio oratorio para apreciarlas debidamente. Como
poeta, como filósofo, como Jtombrc de Estado, co­
mo gobernante, no entra sino muy someramente
en la índole y el carácter do estos estudios.
Sus discursos revelan el mas perfecto conoci­
miento dol arte, no del arlo frío, sutil, artificioso
quo han supuesto algunos do sus émulos y apasio­
nados censores, sino del arto hábilmcnto hermana­
do con la naturaleza.
Habiéndoso dado á conocer despues de Catón,
do los Gracos, de Lelío, de Bruto, de Julio César
y de Hortensio, supera á todos ellos. Viniendo des­
pues de la universal y justa nombradía de Lysias,
Sócrates, Esquines y Demóstenes, se muestra, no
como discípulo, dice Plutarco, sino como rival de
— 335 “
bm esclarecidos maestros; y toma de todos ellos,
según eí Ab. Andrés, la fuerza, la delicadeza, la
abundancia y las cualidades que los distinguen y
señalan en el concepto critico y doctrinal. Y no
sólo hace suyos los relevantes merecimientos do
sus antepasados y de sus contemporáneos, sino que
mas que imitación ó traslado, llegan íi convertirse
en él en obras de su propio ingénio. «Cicerón no re­
cogió, dice Quintiliano, las aguas llovedizas, sino
que halló en si mismo un manantial fecundo; ma­
nantial do agua viva que corre perpétuo y abun­
dante durante su vida y en las múltiples y varia­
das manifestaciones de su existencia.»
Díceso quo habiendo consultado al oráculo de
Delphos, éste lo contestó:—Sigue siempre tus pro­
pias inspiraciones, en vez de la opinion de la mul­
titud; máxima profunda que no deben otvidar nun­
ca los hombres honrados, sobre todo en días de
lueba y perturbación, en tiempos revolucionarios.
Llamábanlo muchos el orador nuevo. y no solo
como nuevo, sino como único, so nos ofrece en la
historia de la olocuencia. Sonoro y armónico, rico
en periodos cadenciosos y expresiones magníficas;
natural y sublime á 1111 tiempo mismo; tipo de buen
docir, stigun Aulo Gelio, Cicerón sub í aprovechar
en sus composiciones oratorias la moral, la filoso­
fía, la historia, el derecho, la jurisprudencia, la
razón y el sentimiento; el alma, la cabeza y el co-
razon.
Muéstrase siempre claro, metódico, lógico, a r­
tístico; sus trabajos oratorios no tienen descuidos,
y lejos do ser monótonos, revelan siempre la mas
g rata espontaneidad. Y todas estas cualidades eran
en él producto de la multiplicidad, de la variedad,
— pó­
d e la universalidad do sus talentos y naturales dis­
posiciones.
No hay nunca en Cicerón violencia ni fuerza;
nada, en fin, que oprima, que fatigue, que canse
y moleste al lector. So comienza una de sos ora­
ciones y no se puede abandonar hasta su conclu­
sión- Tal era la habilidad con que pintaba, con
quo describía, con que seutia y hacia sentir á sus
oyentes, que éstos le seguían, lo acosaban y se
oponían á su paso colmándole do continuos obse­
quios y distinciones,
Sus mismos enemigos le aplauden y escriben
páginas enteras 011 su elogio. Uno de los interlocu­
tores de la saturnales de Macrobio dice: convicis
impenetrabilis est.
«La florida belleza, la rica abundancia y la acen­
tuada variedad do las oraciones do Cicerón pue­
den formar ciertamente las delicias do todas las
edades, escribo ol Ab. Andrés. En los exordios,
añade, no le encuentro competidor; jam ás repite en
ellos unas mismas ideas, sino que siempre son di­
versas. deduciéndose lógica y naturalm ente de la
causa misma, y predisponiendo m aravillosam ente el
camino de la oracion. Las narraciones son asimis­
mo inimitables y superiores á las de los griegos. La
destreza en evitar el ódio, y ganarse el afreto y Ja
benevolencia do los oyentes; la maestría eu maue-
ja r los ánimos; la ñnura en convertir á su iutGnto
todas las cosas, y todo lo quo es artificio oratorio,
se encuentra como en ninguno y con notable ven­
taja en Cicerón. La suavidad y la delicadeza de los
pensamientos; la grandeza y noble magnificencia
de las expresiones, de quo oportunamente se vaie;
las gentiles y graciosas m aneras con que ridiculiza
— 2J7 —
lo que quiere; la. variedad y vivacidad do los colo­
res, de quo so sirvo paru presenlar á uno odioso y
á otro despreciable; el arte de excitar los afectos,
sujetar los corazones y disponer á su arbitrio del
ánimo de los oyentes, son prendas comunes á todos
sus discursos.#
A este elogio añadir podemos el siguiente, que
se &9emeja mucho al de Lamartine: «Invención on
los argumentos, encadenamiento en los hechos, ele­
vación en las ideas, fuerza de raciocinio y armonía
en las palabras, novedad y esplendor en las imá­
genes, convicción do espíritu, patética del corazon,
gracia ó insinuación en los exordios, fuerza y efi­
cacia en las jjeroraciortes, belleza do la dicción,
magostad en la persona, dignidad en el gesto, todo
lleva en pocos ailos al jóven Cicerón al apogeo
del a rte y de la celebridad►Sus discursos, prepa­
rados en el silencio do sus vigilias, anotados y es­
critos con calma, corregidos, escritos do nuevo y
vueltos á corregir, comparados con los modolos de
la elocuencia griega, aprendidos párrafo por pá­
rrafo, en el baño, en los jardines y en los paseos
de las cercanías de Roma, recitados delante de sus
amigos, sometidos á la crítica de sus émulos ó de
sus maestros, pronunciados en público sobre el
tono dado por diapasones apostados en la muche­
dumbre, enriquecidos de esas inspiraciones súbitas
que aumentan la m aravilla de lo improvisto y el
fuego de la improvisación á la seguridad y á la
solidez de la palabra reflexionada, eran aconte-
cimientos en Roma; y revisados y publicados por
el orador sao aun acontecimientos para la pos­
teridad.»
Bruto y Costio quo lo acusan de hinchado y re­
— 2}S —
dundante , do asiático, repetidor, frió en las sales,
débil é inconstante, hablan con pasión de escuela, y
han arrastrado en pos do sí mullitud de espíritus
sobradam ente rígidos y descontentadizo®. Lo común
ha sido para censurar á Cicerón y & otros oradores
quo lacrítica se haya fijado en trozos, en períodos do
este ó el otro discurso, pero obrando así no es como
debe apreciarse y juzgarse la elocuencia cicero­
niana. Descender al examen de discurso por discur­
so, de trozo por trozo, dé pasaje por pasaje, no os
tarea propia de un historiador, ni áuu de un crítico,
sino á lo sumo de un gramático. Fuera de que ni
áun admitiendo eso procedimiento desmerece un
punto la justa, nombradla de Cicerón, ni su mérito
esclarecido.
Cicerón es grande á despecho de sus émulos y
sistemáticos censores; os grande á los ojos do la
humanidad entera que le ha otorgado y le otorga
un puesto preeminente y le conceptúa una lum­
brera de los siglos pasados, de las edades presen­
tes y las generaciones futuras, 8 us defectos al lado
de su belleza son nada.
L a falta de argumentación p a ra rebatir al
om trario, de que le acusa Quinti llano; el abuso de
las adornos, porque le censura Plutarco; el dema­
siado emj)eño en ser elocuente, qu© le encuentra
Fenelon. y el excesivo amor de si mismo, que lo
atribuyeKeíler, son lunares que sólo se Ten en este
ó el otro sitio, pero que no siendo comunes, ni aun
generales en sus trabajos oratorios, solo pueden
estim arse por una critica severa é implacable.
En cambio de esto, leer á Cicerón sin experi­
m entar las sensaciones que le dominan, sin sentir
ios afectos en que se enciende, sin verse subyugado
+ a39 —
bajo la m ágia y el encanto de su palabra, sin ex­
perim entar, en fin, la fuerza y el poder de su elo­
cuencia, es imposible en quien tenga algo de en­
tusiasmo en el alm a y de ardimiento en el corazou.
Los personajes que deprime, los varones quo en­
salza, las causas quo defiende, las resoluciones que
acón soja, los vicios que combate, laa virtudes que
pondera, los hechos que refiere, todo toma formas
visibles, formas tangibles y admirables en Cicerón.
No parece quo habla ó escribe, quo pinta ó re­
lata, sino que modela ó tyecuta. con sus manos
cuanto salo de su boca y produce su brillante ingénio.

2 .° ¡Cicerón!. nombre augusto; nombre que los


abogados no podemos ménos de pronunciar oon or­
gullo; nombre quo encierra, que encarna y sintetiza
en todo su esplendor la elocuencia forense, la pa­
labra artística ante los tribunales; esa santa elo­
cuencia cayos objetos son la justicia y la inocencia,
cuya desaparición del templo de las leyes signi­
ficaría la ruina do la dignidad, d« la independen­
cia, del decoro y la libertad humana.
Leyendo y admirando á Cicerón es como se com­
prende cuan necesaria es la palabra en los deba­
tes forenses. ¡Ah! no lo dudéis; sin ella la razón y
la inocencia, la verdad y la justicia carecían do un
poderoso am paro y de uti sosten precioso ante
aquellos en quienes la socieJad deposita la terrible
ti la vez quo sacrosanta facultad de dictar un fallo
civil <5 una sentencia criminal.
Llenos de sinceridad y buena fé, pedimos la p u ­
blicidad, la mayor publicidad posible en los proce*
dimientos civiles y criminales.
Justicia con grandes preeminencias sociales,
— 240 —
ejercida con respetabilidad y decoro, defendida y
recompensada ámptiamentc; sin atributos ni facul­
tades ocultas y misteriosas; sin fórmulas sibilíticas,
sin nada quo la haga terrible y tenebrosa. Justicia
incólume é intachable, en mano¿ expertas y honra­
das, serena y tranquila ante los cambios de la opi-
nion y las turbulencias de los tiempos. Justicia sin
ódios quo tem er, sin amenazas que cohíban su ac­
ción, sin imposiciones que la rebajen y denigren,
sin el favoritismo que la desprestigia y m ata alte­
rando las escalas y olvidando los grandes estímu­
los y las debidas recompensas. Justicia al servicio
de la hacienda, do la honra y de la vida de los ciu­
dadanos, sin trabas, sin dificultades, sin interme­
diarios enojosos, sin ruedas inútiles, gratuita; ase­
quible, expedita, ficil y pronta on su acción. Jus­
ticia ajena y estrada á la política, cstraña á los
partidos, campo neutral en la manora de ser do los
municipios, de las juntas y elecciones populares.
Jaeces instructores, tribunales colegiados, un
alto tribunal do casación; personal subalterno y au­
xiliar bien retribuido y garantido por la m a s rigu­
rosa imxmovilidad-
Redaccion on las fórmulas, minoración en las di­
ligencias, supresión de trámites dilatorios, públicos
y amplúimos debates... Dadme una organización
semejante, estadísticas bien hechas, registros do
penados, política judicial, y nada habría que de­
sear, nada que pedir, nada que oponer on lo que
se refiere á la administración de justicia superior,
ni mejor, ni mas económico, ni mas beneficioso, ni
mas perfecto y liberal.
Algo so ha hecho, algo se ha adelantado; pero
falta mucho aun quo hacer y reformar.
Prosigamos.
— 24» —

3 .o La palabra de Cicerón, resonando on los


tribunalos con todo el valor y la altísima significa­
ción quo él supo darla, asombra con razón, dico
Plutarco, á. los m as famosos oradores do Roma; y
áun hoy, despues dol cambio operado en las cos­
tumbres y on las leyes, muchos de sus informes
parecen escritos para pronunciarse auto nuestros
tribunales.
La elocuencia do Cicerón marca el dia mas ven­
turoso para la noble profesion dé la abogacía, base
desdo entonces de las mas altas reputaciones y re­
fugio de los talentos mas privilegiados y esclareci­
dos, como lo patentizan los individuos del docto
cuerpo á quien dedicamos, nuevamente revisados y
corregidos estos estudios.
La vez prim era que el jóven Cicerón avanza
hácialos ros/res, llevando bajo el brazo izquierdo
las tablillas encerados, y en su mano derecha el
estt/lo. y flaco, quebrado de color, pero interesan­
te como lo es siempre el que revela on su per­
sona la distinción de las fatigas del estudio, un
grito de asombro, de viva curiosidad, resonó ontro
la multitud... El novel abogado no so intimida; so
le ve conmoverse, poro no inmutarse. Todos callan,
todos so agolpan, para no perder una sola frase de
su boca.
¡Habla, ! de sorpresa eu sorpresa, de emocion
en emocion, de encanto en cncanto, Cicerón se hace
dueño de su auditorio, y al term inar su primer in­
fórme no hay quien dejo do adam arlo por el mayor
y mas famoso orador de Roma.
iTriunfo sin igual y sin ejemplo on las edades
antiguas!
— *43 —
A casi todos cuesta la fama muchos ensnyos, y A
no pocos, como á Demóstenes, pasar por verdade­
ros contratiempos y públicas derrotas.
A Cicerón se le otorga desde su prim er discurso
forense, la corona del vencedor, y con ella, se nos
presenta magestuoso y grande ante las generacio­
nes y ante la historia.
Maestro en el decir, no limita su magisterio á
sn siglo, á su época y á su pueblo, sino quo, guia,
ejemplo y modelo del mundo todo, no hay siglo, ni
época, ni nación alga na que ántes y ahora no le
haya concedido y le conceda el privilegio de ilus­
tra r 7 d irig irá la juventud, pudiendo pronosticarse
sin énfasis ni ridicula osadía que sus trabajos ora­
torios y sus obras retóricas serán siempt'e de igual
estima que lo fueron antes y lo son en la actualidad-
Entre los trabajos de Cicerón descuellan» sobre­
salen y se distinguen en prim er término, sus ale­
gaciones jurídicas, sus defensas y acusaciones fo­
renses.
Corrompidas las costumbres, depravada Roma
por el lujo, por las guerras, por los vicios de su
constitución política y por las proscripciones de
Sila y de los triumviros, nunca fueron tan frecuen­
tes los crímenes, las espoliaeiones, como los robos,
en los últimos tiempos de la república y los co­
mienzos del Imperio: Con-uptissima respublica
plurinie leges, escribe Tácito con su admirable pre­
cisión sobre esta época. Pero si de ello pudiéramos
abrigar alguna duda, bastarían A desvanecerla las
defensas jurídicas de Cicerón; pro Sece. Roscio de
Amelia , acusado de parricidio; pro A. Cinericio
A vito, acusado por su propia madre de asesino de
su padre político; pro C. Rabirio, que lo fué de
— M i­
ases ¡nato en la persona de un tribuno de Ja plebe;
pro L. Valerio Flaco , de cohecho; p ro P . Cornelia
Sila, encausado por soborno para obtener el consu­
lado; pro M. Celio Rufo, perseguido por violencia
tentativa de asesinato, y sus famosas acusaciones
contra Vetees, P . Ser'vüio Rulo, P. Vaíinio, y la
renombrada en favor de T. Anio Müon.
A las luchas del foro acudían, no sólo los hombres
mas notables do Roma, sino las mujeres y los ciu­
dadanos todos, ya por el carácter do la vida públi­
ca que entónces se hacia, ya porque esas luchas en­
volvían, según dejamos dicho, los intereses de la
república, dada la solidaridad de aquellos tiempos.
Por tales caminos, la elocuencia, forense en Roma
so había ido formando y creciendo, para elevarse
con Cicerón á una altura que no ha vuelto á tener
hasta casi nuestros dias, y de la cual se precipitó
¿ la caída de aquel gran Imperio, salvado tan sólo
por el derecho, que, siendo, como dice Leibnizt, la
razón escrita, había de sobrevivir y ser la baso
de las modernas legislaciones.
La oratoria formaba en Roma parto de la edu­
cación d é la juveutudy so conceptuaban sus ejer­
cicios tan út les al guerrero como al legislador, al
magistrado y aun al maa humilde ciudadano; prue­
ba ostensible, prueba inequívoca do que se com­
prendía toda la trascendencia de la palabra en la
gobernación de los pueblos y en la suerte y los des­
tinos do los hombres que viven en sociedad.
Afirmarlo debemos una vez mas, la vida huma­
na en su triple manifestación, moral, social y polí­
tica, encuentra en la oratoria elementos de ser
que no pueden uegarse ni desconocerse sin ofusca*
cíon. La vida, la propiedad, el honor, la familia.
— 244 —
constituyen la personalidad jurídica de todo ciuda­
dano.
El derecho, teniendo su arranque y su raiz en
el hombre, es el alm a de su existencia social, hoy
el elemento individualista de la moderna civiliza­
ción, y á no dudarlo, la gran palanca de su m ayor
progreso y seguro porvonir.
El derecho, como institución y como ciencia, es
para el hombre, socialmente considerado, de una
precisión absoluta, y la oratoria forense es y será
en todos tiempos su complemento. Por eso para
nosotros la oratoria forenso tiono tan altísima sig­
nificación y ofroce tan grandes dificultades su acor­
tado desempeño.
Comprendemos mejor y es m as fácil sor un
buen orador político, un excelente orador sagrado,
un notable orador académico y militar, que uu mo-
diano orador forense Y sino fijémonos un instante
y veremos que al paso que todo lo externo, todo lo
accidental favorece á los primeros, lo que no de­
pende do la voluntad, dol estudio y del talento, se
opone al mejor éxito dol orador forense. Los jue­
ces, el auditorio, la opinion pública, los autos, el
proceso, el tecnicismo forense, ol contrario, el reo,
las mas de las veces confeso, ó convicto por lo me­
nos, loa testigos... ¡Cuántas trnbasl ¡Cuántos obs­
táculos! Pues todos ellos no sólo supo vencerlos Ci­
cerón, sino que llegó & servirse de ellos y A con­
vertirlos ©n auxiliares poderosos do su palabra.
El m ayor mérito del orador romano estriba^ en
nuestro sentir, en la maestría con que aprovecha en
beneficio do .su nombre y de su fama las grandísi­
mas contrariedades quo le rodean, que le corean,
que le encierran, y le oprimen.
— 245 —
J. J. Rousseau dice eu son de menosprecio: «que
asi como Demóstenes fué un orador. Cicerón no fuá
mas que un abogado .»
Aceptamos la frase, solo que para nosotros en
vez de re b a ja rá Cicerón, como pretende Rousseau,
le eleva á su mas grande altara.
Cicerón es un abogado, abogado como vosotros
los quo componéis el litro. Colegio Vallisoletano,
como nosotros autores modestísimos de estos tra ­
bajos.'Abogado, si: Vir bonus dicentiipet'¡tus. varón
esclarecido, varón justo, varón bueno y peritísimo
en el decir. Varón para quien, como él mismo es­
cribe, hacer un discur'so es algo mas que nn juego,
algo m ás que un mero alarde de talento, de erudi­
ción y de buen gusto.
Que esto y no otra cosa es en muchos casos la
tarea de un orador, al paso que para el abogado
hacer un discurso es siempre acometer la obra
mas arriesgada, mas atrevida y mas grave, cuan­
do no, dice toxtualmoLÍo el mismo Cicerón, la obra
más superior de las obras humanas.
Sentencia propia de quien conocía por experien­
cia las dificultados de la oratoria forense, la mas
comprometida, la do menos recursos, mayorés exi­
gencias y mas penosos deberes.
Sentencia propia de quien se mostró siempre
digno representante de Ja inocencia y la verdad;
de quien, libre de indignas pasiones, no encontraba
premio bastante al trabajo del abogado, y prodigó
generoso su palabra, colocándola gratuitamente ¡il
servicio délos mas difíciles empeños.
Si J. J. Rousseau hubiese meditado un poco, no
hubiese escrito con su habitual acrimonia en contra
de Cicerón, y en contra á la vez que en la persona
— *46 —
del orador romano, de todo el nobilísimo profesora­
do forense que aquí en VaJladolid como en toda Es­
paña, cuenta tan dignísimos y esclarecidos represen­
tas tes, muchos de ellos amigos queridos nuestros á
quienesnoolvidarem osnuncu.uoolvidaremosjam ás.
El ilustre escritor francés no paró mientes, ó
mejor que esto no conocía, no se hizo cargo ni supo
estimar la posicion angustiosa del orador forense,
las exigencias que se le imponen y lo mucho que
estorban su camino aun en e l sentido moramente
artístico y literario.
No quiso ver eu el abogado al patrono de un
reo inocente, al defensor de una victima do la a v a ­
ricia, do la difamación, del engaño y de las mas
bajas y miserables pasiones; turbada, confundida,
anonada y porseguida; amenazada de m uerte, qui­
zás, sino pronuncia una palabra, sino cita un tes­
tigo ó presenta una prueba... No quiso contemplar
á Cicerón defendiendo á Roscio 6 acusando á Se-
vres; á Papiniano negando se á hacer la apología
de un crimen odioso; á Melesherbes abogando por
Luis XVI ante la Convención, seguro de pagar
con su vida el cumplimiento de sus deberes...
Abogados fueron Berroyer, Heurrion deP ansey
y D’Agucsseau. Abogados fueron y son hoy escla­
recidos jurisconsultos, ilustres y famosos gobernan­
tes, cuya enumeración fuera impropia de este sitio.
Si \mn posse ora [aren esse nisi bonum vb'un i;
á cuyo axioma añade Quintüiano: Plur'untm ad
omnia momenii esi in hoc positum, si vir bonm
creditur. Sic mira contigit ut non siitdian adro-
cali vkteatur aferré, sed jiene textil fidem.
No son bueuos abogados, uo> couto supone Ro
usaeau los quo venden su palabra, prostituyen su
— 247—
toga ó denigran ea profesion, qne oslo es muy raro
y excepcional, y e n España, lo decimos con orgullo,
ni pasa, ni sucede. No son abogados esos desdicha­
dos, tienen otro nombre que d quo la sociedad con­
cede á los que llenan en el foro sus penosos
deberes con talento, con hidalguía y desinteres; á
los quo como Cicerón, poseen la ciencia dol derecho
para defender y abogar, la abnegación, y la honra­
dez como atributos inherentes A tan augusto sacer­
docio, y la elocuencia, sin la cual el abogado 110
puede satisfacer por entero su misión. ¡Misión im­
portantísima en la realidad de la vida, y que no
concebimos como se atrevió á desconocer y menos­
preciar un pensador tan esclarecido como Rousseau.
Oratoria difícil la forense hemos dicho; la más
difícil quizás hemos de añadir, y no nos arrepenti­
mos ni nos desdecimos de esta que parecerá á algu­
nos atrevida afirmación.
Fijémonos por un momento, ya que hace á nues­
tro intento, en esto género de consideraciones.
La belleza en la forma, el patético, los afectos,
los arranques de la pasión y del sentimiento; las
imágenes, las figuras, los símiles, los ejemplos, las
digresiones; cnanto conmueve, cnanto seduce y
arrastra es licito al orador político, al orador sa­
grado; de todo osto ha de valerse á lo más con
sobriedad y economía el orador forense.
Los vuelos espontáneos de la imaginación, la li­
bertad en la acción, el abandono mas ó menos na­
tural ó hábilmente estudiado, recursos son de que
se vale con éxito la elocuencia en todas sus mani­
festaciones y quo están redados, prohibidos casi al
orador forense.
Ah! para el abogado la grandeza, la sublimidad
— 24& —
han de subordinarse á la gravedad, á la sencillez;
la imaginación y ol génio al estudio y la reflexión.
~Y tanto es esto asi, cuanto que no se ha tenido ni se
tendrá nunca por mejor abogado al que fiable me­
jor, sino al que ostente en los debates forenses mas
fria razón, mas recto juicio, mas sovera crítica, y
demuestre haber estudiado con mayor detenimien­
to y mejor fruto los autos ó el proceso.
¿Han pensado en esto cuantos han censurado á
Cicerón, cuantos han pretendido rebajar en su per­
sona á una clase cuyos servicios á la sociedad son
tan notorios é indiscutibles?
Sólo conociendo, sólo fijándose en las dificulta­
dos que tuvo que vencer Cicerón como orador fo­
rense y los que le siguen despues. es como, repeti­
mos una vez mas, puede apreciarse su mérito sin­
gular y su grandeza.
Si de las observaciones anteriores pasamos á.
otro género dé trabas que hacen premiosa y compro­
metida la situación del abogado en el sentido orato­
rio, veremos cuan raro es quo un hombre se elevo
en tan espinosa carrera á. la altura de Cicerón.
El tribunal ó el ju ez tienen altísimos deberes que
cumplir en oposiciou al mayor éxito del orador fo­
rense. Han do ser impasibles, fríos; examinar por
si las interioridades y los menoros detalles del pro­
ceso; leer las declaraciones de los testigos, compa­
rarlas, cotejarlas; medir matemáticamente lo alega­
do y probado, sin que en oposicion á esto hagan en
ellos ni deban producir efecto las galas del decir, ui
los encantos de la imaginación, ni Jos acentos de la
elocuencia; si chocan ó contradicen la verdad ju ­
rídica, la verdad legal.
¿Para qué entonces la palabra forense? exclama-
— =49 —
rán algunos. Un momento más y contestaremos A
esta observación.
El juzgador necesita quion le guie, quien le ense­
ñe. quien le ilumine en k Ardua tarea de dictar un
fallo ó pronunciar una sentencia.
El cliente ó el roo quiou abogue por él, quien
lleve su voz en la trem enda contienda, en Ja lucha
titánica no pocas veces do Jas apariencias que enga­
ñan, dol tiempo 6 la mala fó que destruye y boira
loa medios do descubrir y hacer triunfar la verdad.
Y por último, el auditorio mismo quien combata
sus injustas prevenciones, sus indebidas suscepti­
bilidades é irreflexivos apasionamientos; móviles
que por lo común ocasionan los nrás lamentables
extravíos do la opinion y conducen no pocas veces
al predominio do la sin razón y la injusticia.
¡Sublime elocuencia que tales deberos está llama­
da á llenar cerca del juzgador, respecto del roo ó del
eliontc, del auditorio y de la opinion pública! ¡Elo­
cuencia tan solo perseguida- y calumniada por la
ofuscación ó ol desconocimiento do tus atribuios, yo
te aplaudo, te ensalzo y encomio al ensalzar j aplau­
d irá tu más legitimo represen tanto en la antigüedad,
al orador romano!
Ahora bien; si on vez do sacerdotes de la noble
profesión de Ja abogacía, mo presentáis juglares de
la palabra forenso; si en vez de m ártires de sus
deberes. me dais hombres venales, tíciles de pros­
tituir sus talentos: si on vez de jueces rectos, enten­
didos 0 imparciales, me ofreceis ciudadanos co­
rrompidos ó incapaces de apreciar la verdad; si en
vez, on fin, de un auditorio comedido, atento, á
quion infunda confianza y respeto el tribunal, su­
ponéis masas que gritan, que gesticulan, que ame-
ai
— 250 —
nazan, que se imponen... esto será desnaturalizarlo
y subvertirlo todo, y con tales elementos razón es
qno anatematicéis, no ya la palabra como lo hicie­
ron los griegos ante el Areópago y los Egipcios en
sus tribunales, sino por idéntica razón toda forma,
todo aparato de juicio-
Por mas que la vet'dad sea la constante y ñel
aspiración del espíritu humano, so dice; por m as
que la verdad so manifieste y su sencilla é ingenua
exposición no se oponga á la verdadera elocuencia,
es, tal el predominio que tiene en el hombre la
imaginación, obran sobro nuestro ánimo tan direc­
tamente las cosas sensibles, nos apasionamos tan
pronto y tanto d é la belleza, que una misma ver­
dad, simplemente enunciada ó rebatida con todas
las galas del lenguaje y los recursos del arte ora­
torio, no se hace escuchar de igual m anera, ni con
el mismo interés.
Esto es cierto, no lo negamos, esto es evidente,
y por ello precisamente la elocuencia forense tiene
trabas enojosas y necesarias que la distinguen» que
la diferencian de los otros géneros de elocuencia,
El pueblo griego, impresionable, vehemente, vo­
luble 6 inconstanto; dado a la esterioridnd y á la
forma; apasionado, ligero, idólatra de la belleza, no
era el mas A propósito paro llevar á el Areópago
las exageraciones de una palabra artificiosa, y ante
ejemplos corno el de la cortesana Frinc, que deja­
mos referido, y otros arwilugos, no es extraño que
se prohibiese en ol - Areópago el uso do Ja elo­
cuencia.
¿Pero de qué clase do recursos se habla, do qüé
elocuencia para llevar al ánimo la persuasión que
se pretendo? No ya do recursos impropios de la elo-
— 251 —
cucncia forenso, siuo do todo género de oratoria;
no de la elocuencia propiamonto dicha, sino de los
ostravios y las escentricidades del ingenio, quo no
hacen regla, ni necesitan otro correctivo que un
buen sentido.
Por lo qne hace al auditorio, ¿cuán distinto es el
dol orador forense al do los demas oradores? Me­
nester es la fuerza de la convicción y la fuerza del
deber para que el orador forense contrares te las
malas condiciones en qne de ordinario lo colocan
un auditorio escaso, ó un auditorio por lo cornun
apasionado cuando es crecido y numeroso.
Agregúese A cuanto llevamos dicho la índole de
su misión, no pocas veces impitesia y for¿ada; el
rigorismo y la severidad de la ley: las citas obliga­
das do los artículos del Código ó de los anticuados
preceptos de la legislación civil; la demostración
critica, filosófica y jurídica de los hechos; la oposi-
cion del contrario, y dígasenos, ¿si no es exacto
ol juicio quo dejamos formulado acerca de la elo­
cuencia forense calificándola como la mas espinosa,
la mns difícil y comprometida? y ¿si de todo ello no
se desprende el mayor elogio quo puede hacerse
de Cicerón al afirmar que supo vencer tantos obs­
táculos cual ninguno ánies ni despues en los anti­
guos y los modernos tiempos?
Cicerón os pues como Demóstenes una prim era
figura en la historia de la palabra, y sus alegatos
forman la corona mas rica y variada de su envi­
diable reputación y de su gloria.
Y cuenta que la necesidad artística do sentir y
comunicar á otros los propios sentimientos no fué
tan general entre los romanos como entro los grie­
gos, por cuya razón los triunfos dé Cicerón son
— 252 —
mas meritorios y representan un mayor esfuerzo
por su parte que el de los mas afamados oradores
áticos.
Lo cual explica quo en Cicerón prepondero ol
arto sobre la naturaleza, mientras en Demóstenes
prepondera la naturaleza, sobre el arte.
Uno y otro, dando una distinta dirección A sus
talontos oratorios, respondieron admirablemente á
las necesidades del auditorio A guien habían de di­
rigir su palabra.
Se dice que Cicerón componía cuín gran esmero
los cpordios y en el resto se abandonaba A las im­
presiones del momento. La lectura de sus compo­
siciones oratorias nos demuestra por lo común lo
inexacto do esta observación.
Cicerón presenta on general idéntica atención
y el mismo esmero on las partes todas de sus dis­
cursos.
Poseía ademas una maravillosa habilidad pura
predisponer desde las prim eras palabras á sus jue­
ces y oxcitar vivamente su interés hacia la causa;
pero no era menor su acierto al ordenar los pe­
riodos de la narración, al disponer los hochos, al
refutar A su contrario y al poner fin A sus informes
jurídicos, on lo cual, escribe Pierron, no encuentra
rival.
«En las conclusiones, añade,’ es donde el orador
romano reconcentra, si asi puedodecir.se. todos los
recursos del arto, todas las fuerzas do su espíritu,
todas las grandes dotes do su ingenio» y donde
aparece con todas sus ventajas.»
CAPITULO V.

C ic e r ó n or a d o r p o l ít ic o .— E s c r it o r mnAcnco.
P oeta, fil ó so fo y p e n s a d o r .

L° Como orador político. Cicerón no ha sido


gonora]mente juagado con adorlo, con imparciali­
dad y buena fé. B1 mérito de sus discursos se ha
desconocido y so ha negado no pocas yecos cedien­
do A consideraciones que la crítica no debe nunca
tomar en cuenta, quo 110 son en manera alguna do
su jurisdicción ni competencia.
Si so nos dice, que Cicerón nació para abogado',
que en un periodo histórico normal, mrinos agitado
y turbulento na hubiera sido ni dobibo ser otra
cosa; que como hombre público no tiene la talla,
la altura que como orador forense, nosotros no ne­
garemos la exactitud de estas observaciones. Pero
de esto A cerrar los ojos A ia evidencia: de oslo A
acriminarlo ágria y severamente; de esto, en fin, A
pretender rebajar el valor artístico y litertuio do
sus Caíiíinátiias y sus Filipicas, hay una gran dis­
tancia.
Alma demasiado impresionable; carActor poco
euérgico y decidido; coraston noblo y. sincero, Cicerón
— 2*4 —
no aproadió ¿l hngir ni á. cerrar su pocho á las suges­
tiones do su conciencia.
Fue siempre el mismo: ni ol tiempo ni los años
le enseñaron á sobreponerse ni á imponerse á los
demás.
Con un prestigio y un talento superior al de Pom-
peyo, al d© César y al de Octavio, fué dócil instru­
mento de estos ambiciosos y juguete do los bandos
que sucesivamente capitanearon para conseguir el
poder. Se le censura precisamente on este concepto
por lo qne merece mayor y mas grande elogio; por
no haber querido transigir, por no haber querido
comtemporizar ni un solo instante con los enemigos
de toda autoridad, do todo principio de orden y de
justicia, do todo bien y prosperidad para su patria.
Azoto perpetuo de Ja demagogia; constante y
valeroso ariete de los encubiertos tiranos de la re­
pública, á oirse los consejos do Cicerón, ¿t seguirse
sus inspiraciones, Roma se hubiera salvado siompro-
Los ruegos de su mujer, de sus amigos y admi­
radores le decidieron á solicitar los primeros pues­
tos y las mas importantes m agistraturas; su'carác­
ter, sus gustos, sus aficiones, le llamaban empero
de continuo al reposo, al sosiego, á los goces del
campo y del estudio.
En su prim er destierro pretendió ya reunir su
modesto patrimonio y establecerse on Atenas, fin
de consagrar según Plutarco, el rosto de sus dias,
h la contemplación do lo bello, íí la. averiguación
de la verdad y á los goces dol arte.)»
En medio de las vicisitudes y los azares de su
existencia. Cicerón mostrase sieinpro partidario de
los placeres puros y tranquilos de la familia y lá
amistad. A su regreso de la Grecia, vive algunos
— 255 —
años alejado voluntariamente do los partidos, sin
pretender nada de los jefes, quo se lo disputaban,
ni dol pueblo que lo quería, hasta ol punto de ver­
so lodos obligados A menospreciarlo por el menos­
precio que él hacia do ios demas. Roscio, el actor,
era su mejor amigo y uno á otro se estudiaban; «el
actor, esforzándose, dice Lamartine, en imitar las
entonaciones, las actitudes y los gestos que la mis­
ma naturaleza inspiraba ACicerón; el orador, apren­
diendo la acción quo ol arte enseñaba A Roscio, de
cuya lucha entre la naturaleza que inspira y el a r­
te que modela, resultaba para el actor y para el ora­
dor la perfección, que consiste para aquel en no
fingir nada en el teatro que no salga do la natura­
leza, para este ol no enseñar en la tribuna nada
que no sea reconocido pór el arte y conforme á esa
suprema conveniencia do las cosas que llamamos
belleza y sabiduría.»
En sus discursos, en sus obras, y más aun en sus
Carias , Cicerón, suspira do continuo por el aleja­
miento, la soledad, el amor y el estudio. Siempre
que vuelve A la vida retirada, despues del ejerci­
cio de los cargos públicos, se muestra contento, y
se consagra con mayor ardor á sus escritos, que
«dedica, dice, A la ih&fración y al consueto de los
romanos.»
No tienen por lo común los discursos políticos
de Cicerón la fuerza, la energía, la behemencia que
requiero la tribuna; y A que los romanos estaban
acostumbrados- Si por acaso muestra el ardor y la
fogosidad del tribuno, presto transige, cede, olvida y
perdona; y oslo quo lo ennoblece A nuestros ojos, lo
perjudica en el concepto de aquellos quo no aprecian
los verdaderos móviles de su-conducta, de aquellos
-- —
quo miran la elocuencia de Cicerón al travos del
prisma do sus opiniones de escuela y de partido, y
no ceden un punto aunque reconozcan en ol fondo
el indri Lo quo la distingue y señala
Achaque propio do los partidos os y será siempre
hacer causa común cou los errores do aquellos quo
en el pasado les parecen afines. Como sí pudiera
estimarso de igual manera la libertad en todos los
países, en todas las naciones y en todas. las épo­
cas; como si lo que conviene A un siglo fuese idén­
tico y adaptable A otro; como si un grado de civili­
zación y de progreso exigiese iguales ffa'nuúas é
idénticos procedimientos que otro distinto. Y asi,
como bajo oslas equivocadas impresiones so juzga
y se escribe muchas veces la historia,asi se en­
salma ó denigra de igual manera á los hombros
superiores, lanzando contra ellos anatem as que
no merecen, ú rebájase su mérito por espíritu de
intransigencia, do rutina ó deailculo.
Vindicará Cicerón on este sentido es vindicar su
elocuencia, siempre robusta, siempre grande, áun
en sus composiciones mas tenues y desprovistas
do interés, como dice oportunamente el Ab. An­
drés. Pndicndo haber sido dueño de Koma, Ci­
cerón dejo siempre quo lo fueran otros despues de
servirse de él y de iingir hipócritas cualidades que
estaban lejos de poseer. Fué seducido, en ganado, y
esto le honra tanto mas. cuanto que los que asi
burlaron sü sinceridad, invocaron para ello los
nombres augustos de patria y libertad, que ol
orador romano amaba con delirio, y por los cuales
no escaseó nunca sacrificio alguno.
Herryor elogia su mdermmi, porque á olla atri­
buye la variedad y los distintos tonos, los diver-
— **7 —
sos matices de la elocuencia política de Cicerón.
Plinio haco una magnífica apología de las Camina­
rías y las Filípicas, y desdeña las magníficas acu.
saciones contra Vetees y la sublime y conmove­
dora defensa do Mikrn. «Si Cicerón,—dice B errjer,
—hubiese abrazado franca y resueltamente el par­
tido de César, el de Poinpeyo, el de Antonio y Cati­
lina. so habría perdido la mitad del mérito de su
elocuencia, puesto que la gran significación política
quo esto lo hubiera dado, lo habría hecho perder
en cambio aquella flexibilidad que admiramos en él
y quo nos revela las indecisiones, las fluctuaciones
de su carácter y las luchas perpótaas de su alm a .»
Berrycr aprecia, en nuestro sentir, al expresar­
se asi, como so merece la oratoria política de Cice­
rón, os decir, la aprecia mas por su lado artístico y
literario que por su lado político, que es como nos­
otros en estos estudios estabamos llamados á pre­
sentarla y ofrecerla á la consideración de nuestros
Lectores y como ejemplo para la juventud.
Cicerón defendió la libertad de su patria cuando
la república llevaba en su seno los gérmenes de su
ruina. Su palabra fué en su época la única inspirada
en nobles y patrióticos sentimientos. Todos sus dis­
cursos políticos los pronunció ó compuso Cicerón
despuos do su elovacion al consulado, y á excepción
de su o ración, pro lego Manilia y contra Cltlüina,
las demas son conmunmento ceusuradas y tenidas
por muy inferiores á sus alegaciones é informes
forenses. El tribuno Rullo habia propuesto el resta­
blecimiento de la Ley agraria para la repartición
de las tierras conquistadas, y Cicerón le contestó
en tres discursos, pronunciados uno en el Senado
y los otros dos ante ol pueblo.
— 35 8 —
Su estilo en estos trabajos es sencillo y natural;
sencillez y naturalidad herm anadas con la mayor
grandeza cual sólo se ve en Cicerón-
Mas vehementes, mas enérgicas las Calüina-
nVus, no hay crítico quo so atreva A desconocer su
mérito artístico y literario.
¿Qué hay, qué puede haber do superior» de mas
enérgico y elocuente al sublime apóstrofo con que
las dá principio? Apóstrofo que» segnn Lamartine,
«ha dejado sobre el nombre de Catilina una huella
. idéntica á 1A que el fuego del cielo deja sobre un
monumento arruinado.»
El pensamiento se precipita, la palabra se hace
breve, la indignación y el patriotismo no dejan
tiempo á la reflexión, al cálculo ni al estudio.
La palabra humana se ha elevado rarísim a vez
á semejante altura.
La prim era de las Catiiinarias es la mejor; las
otras no valen tanto, bajo el punto de visto del gé­
nero á que pertenecen. Destinadas á congratular al
Senado, á dar gracias A los Dioses y á demostrar
que debían ser castigados los cómplices de Catilina,
carecen de la energía y la fuerza de Ja primera.
En cuanto .'i su oracion p*o lego Manüia, hay
muchos quo la conceptúan suporior como arenga
política A las CnUtimrtas. Es ciertamente uua de
las mas hábiles y mas notables de Cicerón.
Cicerón, como orador político, se diferencia y
separa mucho de los demás oradores griegos y ro­
manos; es una excepción y una especialidad.
Se revela en sus oraciones políticas mas al abo­
gado que al tribuno. Es por lo común mas dulce y
persuasivo que enérgico y varonil; mas correcto,
mas sutil é ingenioso que espontáneo y libre; pero
— *59 —
advertir debemos que esto era lo quo convenía á un
auditorio grave, austero, razonador, lo que exigía
un idioma como la lengua latina, muy diversa de
la griega, áun despues del influjo quo en la mis­
ma se hizo sentir despues de la comunicación lite­
raria de ambos pueblos.
«Cualquiera que sea, dice un historiador, el
puesto que los diferentes juicios y gustos señalen ¿i
Cicerón entre los principales ingenios de la antigüe­
dad, nadie rehusará el colocarlo en ol número de
los hombres do m ás talento de los tiempos pa­
sados»

2.* A diferenciado la gran mayoría do los ora­


dores así antiguos como modernos, Cicerón no sólo
nos legó admirables ejemplos de su elocuencia,
sino obras retóricas de grandísimo mérito y apli­
cación práctica, de utilidad y provecho indisputable
para la juventud, á pesar do la indiferencia y el
desden con quo algunos las han juzgado.
Cicerón adoptó en la gran mayoría do esto gé­
nero de escritos la forma de diálogo, introducida
por Platón en los trabajos didácticos para suavizar
la aridez y la monotonía que les es propia.
No decimos por esto que sean iguales en este
sentido ol filósofo griego y el orador romano; pero
hay entre ellos puntos de identidad muy marcados.
Las obras retóricas mas conocidas de Cicerón
son: los tres libros De Oratore; el titulado senci­
llamente del Orador, un diálogo sobre los oradores
ilustres, titulado Bruius\ el tratado De optime f/e-
ncre oratorutn; los Tópicox\ Particiones orato­
rias, y dos libros sobre la Invención.
— abo —
Los tros libros titulados De Oratore son la ver­
dadera rotórica de Cicerón, A imitación de Platón,
según dejamos dicho, adopta on ella la forma de
di.'ílogo y hace intervenir on él ú los célebres ora­
dores Crasso, Antonio, Scávola, Sulpicio y Cotta.
En el prim er libro ti'ata de lo que debe constituir,
la baso de la educación oratoria, decidiéndose por
afirm ar que no es bastante el estudio de la retórica,
unido á u n tálenlo sólido y despejado, sino que el
hom bre elocuente ha menester mayor ilustración y
generales conocimientos en todas las ciencias. Eu
el segundo reseña los medios para hallar m ateria de
un discurso. Y en el tercero se ocupa de la locucion,
terminando con algunas reflexiones sobre el gesto
El libro titulado el Orador no es ménos bello
qne los tres anteriores y contiene consejos, reglas
oportunas y atinadas. Pro leude Cicerón en esta
obra dar idea do lo que sería un orador perfecto
«tal como jam ás ha existido, dice, pero como pu­
diera existir.» Hay on ella mucho personalismo,
mucho que revela haberse compuesto con singular
amor por su esclarecido autor. Aconseja A los jó­
venes la precisión de acomodar el estilo al asunto
explica las diferencias entre el tenue, el medio y
el subí/huí, recomendándolos tres según los casos:
ridiculiza á los que usan uno de ellos por pedante­
ría y repite la necesidad de los varios y múltiples
conocimientos quo deben adornar á cuantos so de­
dican al cultivo do la palabra.
La obra Brutus , site de Claris oraíoribus, de
que tantas veces nos hemos servido y citado con
elogio en el curso de estos estudios, es la mejor y
mas notable de Cicerón; la primera que en su gé­
nero debemos, siu disputa, á la antigüedad. Cora-
— 2 6 1—
púsola Cicerón on Tusculo cuando, despues de la
bntallu do Farsa lia, César se hizo duofio do Roma,
y él so vio precisado á retirarse de la política y de
los cargos públicos.
Verdadera historia de la palabra hasta el ora­
dor romano, á ella hemos acudido con gran fruto,
y sin ella habríanse perdido para siempre los nom­
bres délos varones ilustres cuyos retratos hace do
mano m aestra, marcando al mismo tiempo el naci­
miento do la elocuencia, sus progresos, la repre­
sentación que en ella tuvieron los oradores que
juzga, definiendo los géneros, revelando lós secre­
tos y los misterios del arto oratorio. Es ua trabajo
histórico y didáctico á la vez en el quo Cicerón re-
revela profuudos conocimientos sobro la elocuencia
griega y romana, ocupándose de la primera como
una deuda de gratitud, y de la segunda con la ele­
vación de un profundo pensador y un gran patriota.
Coleccion la mas rica, la mas variada y curiosa do
retratos y caracteres, bastaría el la sola para dar á
conocer todo el talento y la vasta erudición do su
autor, si cada uno de sus trabajos no fuese una
prueba ostensible de la valía inmensa de Cicerón.
El Ab. Andrés elogia mucho las tres obras que
dejamos citadas, calificándolas como las mas nota­
bles entre las que de su misma índole compuso
Cicerón. Adornadas oou las gracias y los encantos
do su inimitable estilo, ellas contienen todo lo quo
de mas delicado, de mas espiritual, de mas per­
fecto debemos á la antigüedad. Su lectura es intere­
sante y provechosísima, opinion que consignamos
á despocho do muchos que no dan valor ninguno
práctico á los escritos didácticos do Cicerón, atri­
buyéndoles ünes, propósitos quo ya no están un
— 262 —
uso ni pueden ponerse en moda. Precisamente Ci­
cerón so m uestra mas filósofo y literato quo árido
preceptista en la gran mayoría do sus tratados,
acomodándose en ello al gusto moderno, como ten­
dremos ocasion de demostrar acaso en ocasion
oportuna.
El-tratado De optimo gcnet'e oratorum es un
trabajo muy diminuto, escrito con el solo fin de
servir de prefacio á la introducción de los dos dis­
cursos por la Centona. Sostiene en él Cicerón que
el estilo ático es el mas perfecto, encerrándose en
él los tres caracteres, el sencillo, el sublimo y el
templado, empleados según conviene al objeto del
discurso.
Los Tópicos, dedicados al juriscousulto Treba-
cio, son un compendio ó extracto del tratado de
Aristóteles sobre el mismo asunto. Contienen la
teoría de los argumentos y do las pruebas judi-
ciarias, ó sea el método do hallar los argum en­
tos para componer un discurso mediante cier­
tos términos que los caracterizan, y á que didác­
ticamente se da ol nombre de lugares retóri­
cos. Es digno do mención por la memoria que
revela eu Cicerón el hecho de que cuando compu­
so esta obra no tenia á mano el original del filóso­
fo griego, y no obstante, recordaba admirablemen­
te sus pasajes mas iutor osan tos hasta con sus mis­
m as palabras.
So creo quo esta obra la compuso Cicerón du­
rante su viajo á R h ég io o lañ o 45 antes de nues­
tra era.
Las Particiones oratorias son una excelente re­
tórica dividida convenientemente, escrita en un es
tilo sencillo y claro, sucinto y elegante, y de utili-
— aí>3 —
dad indudable para los principiantes. También es­
tán en forma do diálogo entre el autor y su hijo.
Los dos libros de Invención oratot'ia que han
llegado hasta nosotros son lo monos importantes, y
se cree que los compuso Cicerón on su juventud.
Están redactados en un estilo y on una forma árida
y escolástica. Parecen mas bien trabajos de escue­
la, notas ó apuntes para uso particular del autor, y
hasta se dice que se publicaron contra su voluntad.
Es notable, sin embargo, el prefacio del libro pri­
mero que trata de los orígenes de la elocuencia y
do sus progresos, creyéndose en muchos pasajes
que se está leyendo al divino Platón.
So duda quo la Reláfica dedicada á Horenio
que algunos le atribuyon sea obra de Cicerón.

3.° No completaríamos el estudio que veni­


mos haciendo de Cicerón, si omitiésemos decir algo
acercado sus privilegiadas dotes de jweta, de sus
obras filosóficas y de sus cartas.
La fama de Cicerón como vate inspirado co­
mienza on su juventud y se prolonga hasta su muer­
te. Lucrecio, Cátulo y mas tarde Virgilio y Hora­
cio oscurecen la gloria del orador romano. El mé­
rito de los versos de Cicerón consistía principal­
mente en la forma superior en mucho á la omplea-
da por Ennio y Lucilio.
Lamartine, dice que Cicerón fué un grao orador
por haber sido un gran poeta; y aunque esta ob­
servación no envuelva un juicio absoluto sobre to­
dos los oradores, la verdad es que casi todos, quo
los mas, han sido á la vez que famosos por su elo-
— 264 —
euencia, célebres por sus versos y composiciones
literarias.
Los fragmentos que quedan de los versos do
Cicerón, y en especial el poemfta titulado Poncio
Glauco que cita Plutarco, escrito en versos tetrá­
metros, acusan un grado do perfección y de pro*
greso con respecto á la literatura romana.
El mayor número de las composiciones poéti­
cas de Cicerón fueron traducciones de los poetas
griegos.
Mas grande importancia y significación merece
Cicerón como filósofo quo como poeta,
Sus obras filosóficas fueron casi todas producto
do la madurez de su entendimiento y de su vasta
ilustración; el solaz y el consuelo de los últimos años
de su existencia.
Considerando la filosofía como prefacio de todos
los conocimientos, como base de todas las ciencias
y artes liberales, como antorcha vivísima de la ra ­
zón, m aestra y guia segura dol entendimiento, Ci­
cerón se consagró á su cultivo desde sns primeros
años, bajo la dirección de los mejores m aestros de
Italia y Grecia. Cuantos libros se habían escrito
ántcs quo él, fueron no solo leídos, sino estudiados
por el orador romano, demostrando todas sus com­
posiciones rasgos que patentizan la universalidad y
la solidez de sus conocimientos.
No es un filósofo excéntrico, monomaniaco é in­
transigente, como hay muchos. No presenta un
sistema completo y exclusivo; no tiene ¿presunción
do imponerse que caracteriza á casi todos los filóso­
fos, con daüo mil veces de su reputación y de su
nombre. Su filosofía es la filosofía del buen senti­
do, asociada á un gran talento y á un gran cú­
— a65—
mulo de conocimientos, Cicerón es ecléctico, cómo
ló son comunmente cuantos, obedeciendo á Ins im­
presionas ajenas, se empapanen ellas, y no abrigan
la vanidad y el orgullo do superarlas, sino de
arm ónizar lo que tengan de prudente, de juicioso,
de aceptable; «eclecticismo delicado, dice Piorron,
que no degenera nunca en sincretismo.»
Los principios cardinales on quo descansa la fi­
losofía de Cicerón, son los principios eternos en
quo se asionta la vida, moral y socialmento consi­
derada. Noconstruyeíl su antojo, ni crea un hombre,
un mundo ni un Dios, como hicieron otros; acep­
ta sobre estos extremos lo que la razón y el pensa­
miento tenían entonces por cosa cierta, y había r e ­
conocido como vordaderó la conciencia humana.
No es idealista ni se deja a rrastrar por el extremo
opuesto, ó sea el positivismo; so mantiene, fluctúa
ontre lo real y lo imaginario, sin negar, sin desco­
nocer la verdad absoluta y la relativa, sin transi­
gir con los extravios y las exageraciones de la fan­
tasía, ni contentarse con las experiencias de los sen­
tidos. Aristóteles lo es simpático y ejerce hasta
cierto punto sobre él una influencia ostensible. En
moral os estoico, pero ostóico razonable y sobrio.
«Admite, dice Pierron, las doctrinas del Pórtigo,
pero lo hace á beneficio do inventario. La nueva
Academia es su escuela favorita y predilecta.»
Los libros De üfficiis, son suficientes por si sólos
para acreditar á su autor; los de Senectuie, de
Amiciiia ; los tratados do Divinatione,d e Republka,
de Legibus y ol de Foto, á pesar de no haber llegado
por completo hasta nosotros; oí libro de Hortensia,
perdido; las Cuestiones académicas; la obra de Fi-
nibus bonorum et mak»'um\ las Cuestiones tuscula-
— ¿66—
ñas, y la obra de la Naturaleza de los Dioses, son
todas monumentos admirables de sabiduría, de gé-
nio, de gracia, de sinceridad y buona í<1. El libro do
Destino, que sólo conocemos mutilado; ol diálogo
titulado Catón ó de la vejez; el que lleva por epígra­
fe Lelio 6 de la amistad ; el tratado de los Deberes,
las Paradojas délos Estófaos, forman un conjunto de
producciones bastantes, cada una de por si, para
hacer imperecedera la faina de su autor.
iQué prodigiosa fecundidad! ¡qué talento y qué
erudición! «Enciérrense en esos libros, dice Plutar­
co, todos los dogmas de la antigüedad asiática,
egipcia y griega»; es decir de la antigüedad sábia.
Lo que los siglos habían producido de m.ls grande,
do m ás selecto y do más bello, lo acumula Cicerón
en sus producciones como orador, como poeta, co­
mo filósofo, como critico, como historiador y como
literato. No se conduce empero como un vulgar
anticuario que, á fuerza de tiempo, de dinero y
de paciencia, va acumulando preciosidades, sino
que despues de adquirirlas con un elevado criterio,
da su opinion y su juicio sobre todo, decidiéndose
siempre por lo mejor y lo m as escogido.
Cicerón no es un copista, ni un erudito, ni un
curioso diligente; os siempre, en todas las mani­
festaciones do su génio fecundísimo, un nluia, un
corazon. una cabeza admirablemente organizada
para asimilárselo todo y devolverlo á la hum ani­
dad enriquecido con nuevos encantos y mayores
maravillas.
Cicerón espara nosotros, no vacilamos en decirlo,
la figura mas importante de la antigüedad.la quo iioh
es mas simpática; la quo mas nos dice,y la. que
mejor hemos procurado estudiar y comprender.
— 2Í¡7—
La universalidad d e sú s conocimientos, la cja-
ridad do sus escritos, los asuntos de sus obras, de
sus discursos, todo os comprensible, y mucho pa-
reco escrito para nuestros dias. Cicerón es un hom­
bro do (tyer, y no obstan te so parecí» y asemeja á
multitud de hombros de hoy, á quienes vemos,
A quienes tratam os, á quienos admiramos diaria y
constantemente.
Abogados como él; poetas, filósofos, escritores,
publicistas y pensadores como él; políticos de sin­
ceridad indudable, auuquo sus opiniones disten en
mas ó en menos, vemos y tratamos todos los dias,
y sus nombres al leernos vendrán sin querer á la
imaginación de nuestros loctores.
¡La unión sincera do estos hombres cuánto bien
reportarla &España!
«Cicerón, dice Lamartino, reúne en torno suyo á
los varones mas ilustres do Roma, y los hace fi­
g u rar como interlocutores de sus escritos, desús diá­
logos admirables. Eran estos sus mejores amigos
y m alqueridos compañeros, Yarron, poeta ó his­
toriador, Bruto, filósofo austero y elegante, discí­
pulo de Platón y do Catón y amigo de César, Hor­
tensio, su rival y su amigo predilecto, y otros quo
dejamos citados •*
La playa murmurante del m ar do Bayas; los
bosques de higueras y vides entrelazadas que for­
man verdes y frescos pabellones en la costa de Cu­
nas; la terraza pintoresca de su casa de Gaeta ó
sus preciosos jardines regados con las aguas quo
se precipitan en ruidosas cascadas do las montanas
dn Tibnr, líürs son los sitios en que de ordinario
tienen Lugar los famosísimos diálogos de Cicerón.
^Comiénzalos siempre do una manera vaga y po­
— 268 —
co secura; despues so va creciendo, acentúa ol asun
lo, y se eleva por último á la mas grande altura.*
Eu sus Investigaciones sobre la existencia y
naturaleza de ¿os Dioses, y on su libro titulado de
ta República, Cicerón so elova por cima do todos
los países, de todas las edades anteriores á él, y á
través de las tinieblas, do los fantasmas y do las
supersticiones, llega hasta la uocion de uu ser
único, perfecto, justo, bueno, eternamente creador
por su providencia; quo subo á los astros y que
desciende á los átomos; principio y ñu de todo lo
que fué, de todo loque es, do todo lo quo <será;m-
vitablo, impalpable, al que llama Dios, Destino, Pro­
videncia, Creador, Remunerador, dando á cuanto
él ha creado lugar, tiempo, moralidad, rem unera­
ción y su ñu él, como cu él comenzó su principio
y su existencia.
Y estas doctrinas de Cicerón no son meramente
especulativas, como podria creerse, sino que respi­
ran la práctica religiosa, en él ia mas eficaz, sin­
cera, é imperativa.
«Algunos afectan creer—escribe—que la Divi-
uidadnoso interesa por el hombre, ni se mezcla en
sus accioues, ni determina sus destinos. [Ahí con
estas ideas, con estos principios, ¿qué seria la
piedad, la santülad y la religión?.. »
En otro pasaje:
«La caridades la madre, el origen de todas Jas
virtudes; ella es ol principio vivificante do la reli­
gión, y el culto no se funda sólo sobre la creen­
cia , sino quo tiene su base, su asiento y su Jugar
en eJ amor quo une al hombre con Dios .»
En otro;
«La naturaleza uno entre si á los hombres que
— 269 —

separa la maldad, haciéndolos olvidar que todos son


descendientes do loa Dioses...»
El derecho, lazo de la sociedad civil, es un la
doctrina de Cicerón una nuova fuerza de justicia,
de atracción, de caridad, de armonía y de amor
entro los hombres. El derecho, según él, hace que
los mortales estimen á sus semejantes tanto como
á si mismos; por su mediación, resulta que cada
uno de nosotros naco, no pára si, sino para el gé­
nero humano.
Entre los hombres, los mas perfectos son aque­
llos quo so creen nacidos para asistir, para defen­
der y para sor útiles á los dornas hombres.
Los sentimientos nobles y generosos de Cicerón
so revelan, se acentúan sobro todo, cnando habla
do los extranjeros.
En cuanto á la guerra, ved lo que escribia:
«Las cuestiones—dice—que dividen A los hom­
bros puedon resolverse do dos maneras: por la ra ­
zón, ó por fuorza. El primer medio es propio do
los hombres; el segundo do los animales: cuando
nos vemos precisados á emplear este último, nuos-
tiii conducta debo dar A conocor que al hacer la
guerra no buscamos otra cosa quo la paz *
En su libro sobre República^ el mejor, on sen­
tir de Lamartine, la filosofía, la piedad, la virtud,
la poesía y el genio do Cicerón se ostentan en uu
lenguaje digno do todos los siglos.
Su última parte, aquella en la que ol segundo
Scipion cuenta A Sus amigos un sueño q u e h a te n i-
nido on Africa, durante ol cual ha visto á su abue­
lo lo ha profetizado su muerto y aconsejado quo
desprecio por la pátria la vida y hasta la fama y la
gloria, es admirable.
CAPÍTULO VU

C a r t a s y d is c u r s o s .— F r a c m e n t o h .— N u e v o s da
TOS BIBLIOGRÁFICOS.*—CONCLUSION.

I.° Otro do los medios de conocer y admirar


á Cicerón os leyendo sus c a r ia s y sus discursos.
Las prim eras se suelen dividir en familiares «5
s e a n las dedicadas á sus amigos, las q u e dirigió A
Atico, las escritas á su herm ano Q u in to y las quo
se creen ó se suponen dirigidas á Bruto.
Las mas notables son las prim eras por su in­
terés histórico, crítico y filosófico, llevóla en
ellas do continuo Cicerón sus mas recónditos pen­
samientos, sus ilusiones, sus temores, sus espe­
ranzas y sus delirios.

«Me áloes, escribía A Atica en cierta ocas loa, que me


acuerde de mi miento, de mis máximas, de mis escritos, de
mis acciones pasadas, y que las tome por jaeces de lo qae
tengo hoy qne hacer. Te agradezco no me des otro consejo
y otro ejemplo qae yo misnio; pero considera el eu alguna
república, cualquiera qne esta Beft, un jefe de partido co­
metió nunca Cultas tan vergozoBas como la de nuestro ami­
go Poní peyó, qaie-n abandonando á Roma, desampara la
misma piltria por la cual y en In cnal bu deber y sn gloria
eran morir!.... Me escribí* en vuestra alegría, al abriga
délos acontecimientos, tranquilos en vuestras casas; Igno­
rando nnestniB calamidades, nuestras mis?rias, nuestras
— 37' —

vergüenzas, y qae nos vemos expulsados da nuestros hoga­


res, despojados de nnestros bieAes, caminando al acaso cnn
nutístrns mujeres y nuestros hijos, enlre dos ejéruitoe pron­
tos á chocarse sobre nuestras minas!.... Y do es por la
victoria por lo qne hemos sido obligados i abandonar i
Roma, no; es por la demencia de nuestro jefe Pompeyo; de
ese hombre sobre qnien descansan todos nuestros destinos,
cuyas mortales enfermedades nos amenazan casi cada año
sorprendernos! Por él abandonamos nuestra pátria, no pa­
ra reconquistarla volviendo A ella maB fuertes y mas
invencibles, t¡iuo para entregarla A las llamas y al pi­
llaje de nuestros enemigos!.» Vé áhi por que estamos
aquí con esta multitud de ciudadanos que hau salido con
nosotros da Roma, Boma está desierta; no hay nadie en
la ciudad ni ea los arrabales, ni en las eneas de campo, ni
en los jardines de las cercanías ie la villa jY Pompeyo
no nos encuentra aün bastante desterrados en esta ribera
del mor,- nos llama cerca de él en la Pulla!... ¿Qué dedu­
cir de todo esto? Amo ¿ Pompeyo, estoy pronto á sacrifi­
carme por él; pero debo pensar en la patria, y la pitria.
sin embargo, no es nn hombre!.,.»

En otra ocasion decía:


«Podéis contar qne no hay en Italia un hombre des­
creído qne no esté con César. ¡Partamos, pues, en basca
de Pompeyo! No espero n¡tda para la República, qne creo
abolida hasta en sus nmieM/as; pero parto para no ver lo
qne se hace á mis ojob, y lo que será mas siniestro aún.
César ha llegado al esceso de tomar como glorioso el nom­
bre de tirano, qne en otro tiempo le abochornaba; y Pom­
peyo, ligado ayer con el, prepara pur mar y tierra tina
guerra juste, es verdad, y necesaria, pero miñosa si es
vencido, y funesta 4tm á los ciudadanos si es vencedor,
¡Qttó hombres! ¡el ano lia desertado y el otro oprime á sn
— 372 —

patria! ¿Estoy, pues, á pesar de mis infortunios y revesas,


por debajo de la gloria y la fortuna de esos pretendidos
grandes hombrea? No, ninguno tan grande como el qne es
honrado. To no abdico mi filosofía. Yo lie procedido en vis­
ta de los dioses en todo cnanto he hecho por la República,
y lie previsto, hace catorce afios, esta tempestad, eu qne
perece la Italia. Yo partiré tranquilo con este testimonio
de mi conciencia.

2 ° Veamos ahora algo de sus discursos;

DE LA 1.» CATILINARIA.

<¡Oh tiempos! ¡Oh costumbres! Todas estas tramas, el


Benado las conoce, el cónsul las vó, y Catilina vive todavía!
Vive... ¿qué digo? viene al Senado y es admitido entre los
(■onBejeroB de la Repúbliea; y con la vista amenaza á cada
uno de nosotros con la muerte. Y nosotros, mny preciados
de hombrea de fortaleza, creemos cumplir con la República
con huir el cnerpo á los tiroB de este farioso.
Mucho tiempo Catilina, qne conven (a qne el cónsul
te pastera en nn suplicio, y descargase sobre tu cabeza el
golpe mortal que tanto h¿ dispone» tú descargar sobre
todos nosotros. ¿Acoso pudo el esclarecidísimo F . Escipion,
Pontífice Máximo, no siendo más qae nn particular, dar
muerte á Tiberio Graccho, qae alteraba eu parte la Cons­
titución de la República, y nosotros, alendo cónsules, he­
mos de sufrir á Catilina, qne á todo el orbe quiere destruir
& sangre y fuego? Porque no quiero traer A la memoria
aquellos tiempos antiquísimos, cuando Q. Servilio dió de
pubalndas á Spnrio Melio^ porque pensaba en novedades.
Hubo, hubo, en otro tiempo en nuestra República esa virtad
en los varones fuertes de castigar con mda rigor al ciuda-
— 273 —
daño pernicioso, qne al mayor enemigo. Pues tenemos Cati­
lina, contra ti nn decreto del Senado, fuerte y severo. No
falta á la República, ni el consejo, ni la autoridad de
este órden: nosotros, nosotros los cánsales, digolo clara­
mente, somos los qne la faltamos...
Recuerda por fin conmigo aquella noche paaadn. Yn
enteiderás qne estoy roas alerta para salvar í la Repú­
blica, qne tá para arruiuarla. Digo qae la noche pasada
fufóte entre nna tropa de espadachines (no me andaré con
rebozo) ¿ casa de M. Leca: qne concnrrierou al mismo
lugar innchos cómplices de tn locnra y tu maldad. ¿Te
atreves ¿ negar esto? ¿Por qué callas? te convenceré, ai
lo niegas; aquí en el Senado estoy viendo á varios qae se
hallaron allicoutigo.
¡Oh diost , inmortales! ¿en dónde estamos? ¿en qne clu-
dad vivimos? ¿qné República es la nuestra? Aquí, aqui
entre nosotros, padrea conscriptos, en este consejo, el mas
sagrado y grave del orbe, tenemos á los qae piensan en
mi muerte, y la de todos vosotros, la de Roma, In del
mundo entero. A estos está viendo el cónsul, y les pregun­
ta su parecer sobre I r República; y á uuos hombres, que
fuera razón hacer pedazos á cuchilladas, ui aun con las pa­
labras los vulnera. Te hallaste, pueB Catilina, en casa de
Leca aquella noche, distribuiste la Italia por partes, de­
terminaste á donde querías qne fuere cadA uno, hiciste
elección de los que habían de quedar en Roma y de los que
habías de sacar contigo, BeQalaste los parajes por donde
se habia de incendiar la ciudad, aseguraste que tu sal­
drías mny presto: les dijiste que necesitabas dilatar tu
partida, porque yo vivía. No faltaron dos caballeros roma­
nos que tf. sacasen de ese cuidado y se ofreciesen á matar­
me en mi cámara aquella misma noche, uu poco antes de
amanecer. Tpdaseaas averías conseguí yo saber apenas aca­
bada de disolver vuestra junta: fortifiqué y aseguré mi casa
K ’
i
— 274 —
uou maa gente, y negué la entrad» £ les caballeros que me
había* enriado á b&1adarme de madrugada, qne fneron los
mismos qne yo había prevenido á machos ^ i^ to s del ca­
rácter, qae ¿aquella hora irían á verme,..
¿Puede serte gastosa, Catilina, la la?, qae nos alum­
bra, el aire qae respiramos, cuando sabes qtie no hay
ninguno entre todos estos qne ignore qne la víspera de las
kalendas de Euero, el último día del consolado de Lepido
y de Tqlo, te hallabas en la plaza de loe Comicios, arma-
do de na pitíLal; que juntaste gente para m atar á. los cónsn-
lea y principales de la ciudad; que se frustró tu furioso y
execrable Intento, no por alguna consideración que hicieses,
ó por temor que concibieses, sino por la fortuita del pue­
blo romano? Y no quiero decir nada de aquel’ otros aten­
tados; porque d bou sabidos, 6 sucedieron \ í>co despues.
¿Cuántas Teces intentiwtes qnitarme la vida, tanto estan­
do nombrado cóiibíiI, como caando ya lo era? ¿Cuántos t i ­
ros tuyos disparados con ‘tal tino, qae parecía Imposible
librarme, coa sólo ladearme an poco, y como dicen, hur­
tando el cuerpo, los evité yo? Nada tratas, nada preten­
des, nada Idea» que yo no sapa A su debido tiempo. Y sin
embargo, uo desistes de tus iuteutos y esfuerzos. ¿Cuántas
veces bu te ha caldo ya ese puDal de los manos? ¿Y cuán­
tas por al£uug casualidad Be te escarrió de entre ellas?
Y con todo eso uo pueden estar sin él mucho tiempo. Cier­
tamente que no sé con qué ceremonias le lias consagrado,
cuando tienes por preciso clavarle eu el pecho de no cótianl.
¿Mas aliora qutí vida eu la tuya? Porque ya quiero
hablar contigo eu términos qne parezca me muere más la
compasion, que totalmente desmereces, qae el ódio, de
que eres digno. Entraste poco lia en el Senado. ¿Qnién de
este tan numeroso coucarso, de tantos amigos y parientes
tnyoB te saludó? Sino hay memoria de que esto haya pa­
sado á ningún otro, ¿aguardas á que le afrenten con las
— 375 —
palabras, cuando tienes sobre ti el severísimo jald o de bu
silencio? Y la circuid Unida deque á tn llegadaquedaron
esos ueieutos desocupados y todos loa consulares, qae ma­
chas veces lias destinado á la muerta, apenas te sentaste,
dejaron desamparados y vacíos los lagares qae están á tu
lado, ¿c¿mo piensas de esto? A. fé miu qae sí me viera te­
mido de mis mUuios esclavos en la forma que tú te vee de
todos tns compatriotas, pensil lia en dejar mi com: ¿Y tú
no piensas en dejar la ciudad? Y si llegara á caer, ann
que ala culpa mía, ea tan atroz sospecha y ódio de a is
conciududauos, elegiría untes privarme de su vista, que el
ser mirado de todos coa malos ojos. Y tú, que por el re­
mordimiento de tu conciencia conoce» que el ódio uni­
versal qne se te tinue es justo, y está mny de antemano
merecido, ¿no te determinaras á luur de la vista y presen­
cia de aquellos cuyos ánimos ofendes? Si tus padres te
temieran y aborrecieran, y no tos pudieras aplacar por
ningún medio, me parece á mi que te irías de su vista ¿ otra
parte. Ahora, pues, la patria, qae es nuestro madre común,
te aborrece y teme, y ya tiempo luí qae está en la inteli­
gencia de qne tü en nada pieiiúus, sino en su ruina. ¿No
respetarás su autoridad, no seguirás sn dictamen, no tem­
blarás de bu fuerza?.....*

*
DE LA DEFENSA DE MILON.

«Romanos ¡yo he matado! yo lie matado, no á Mello que


íné sospechoso de aspirar & la monarquía, por que pareció,
bajando el precio del trigo ¿ costa de su fortuna, buscar
can demasiado cuidado el favor de la multitud; no ¿ Tibe­
rio Graco, qae escitó nna sedición para destituir á bu co­
lega; los que le han dado la tañerte han llenado el
— —
mundo entero coa 1* gloria de mi nombre. Pero yo he
matado al hombre qne nuestros romanos mas ilustres
han sorprendido en adulterio; al hombre á quien el
Bnplido podía solamente, según el juicio del Senado, ha­
cerle espiar nuestro» misterios profanados; al hom­
bre que Súculo ha declarado, bajo la fé del juramento, col'
pable de Incesto cou an propia hermana.,.. Yo he matado
al faccioso que, secundado por esclavos armados, arrojó
de Roma ¿ un conciudadano que el Senado, qne el pueblo
romano, qne todas las naciones miraban como al salvador
de Roma y del imperio; que daba y arrebataba monar­
quías; qae distribuía el universo á merced de bab capri­
chos; que llenaba el Foro de cadáveres y de Bnngre; qae
obligaba por la violencia y por las armas al mas grande de
los romanos i encerrarse eu su cana; que no conoció j a ­
más freno ni en el crimen ni en el desarreglo; qno incen­
dió el templo de las ninfas, á fln de destruir los registros
públicos y para no dejar huella del empadronamiento. Si,
romanos, aquel que yo he matado uo respetaba ni las le­
yes, al los títulos, ni las propiedades; se amparaba de las
posesiones, no por los pleitos injustos y sentencias sorpren­
didas i la rigidez de los jueces, sino por la fuerza, mar­
chando con los soldados, bauderas desplegadas, á la cabe­
za de sus tropas; trató de despojar de bub bieues, no diré
¿ los EtruBCoa, objeto de sus desprecios, sino al laísmo
Quinto Vario, áeste ciudadano respetable, Bentado entre
nuestros jueces. £1 corrió los campos y los jardines, segui­
do de arquitectos y de agrimensores y eu la embriuguez de
sus esperanzas, no asignaba otros límites á sus dominios
qae el Janículo y los Alpes. T. Pacuvio, caballero romano,
se negó ¿venderle una isla en el la¿o Prelio: al instante
hiso trasportar allí materiales é instrumentos, y á la vista
del propietario, qne le miraba desde el otro limito, levan­
tó un edificio sobre nn terreno qne no era sayo. U na mn-
-a y ; —
jer, uu uiflo, uo encontraran gracia á sos ojos: A pomo y
Escancia fuerou amenazados de muerta sino le abandona­
ban eos jardines. ¡Que digo! Osó declarar A T. Tarfanio,
ai á Tarfanio, qne al no le dab# todo el dluero qae le habia
pedido, llevaría au cadáver ¿ su casa, d fin de echar sobre
este hombre respetable todo el ódio y la acusación de nn
asesinato.
¡Y no digáis qne llevado por la cólera declamo con más
pasión qne verdad contra au hombre qae fué mi enemigo!
Sin dada nadie tuvo como yo el derecho de aborrecerle; pero
el enemigo coman, y iui cólera personal podía apenas igua­
lar al horror qae inspiraba á todos. No es posible espresar,
ni aan concebir, ¿ qné panto de maldad ha llegado este
mónstrao. Y puesto qne se trata aqai de la maerte de Clo-
dio, imagiiiad, ciad&dauos, por qné nnestros pensamientos
son lib re s; nuestra alma puede representarse simples ficcio­
nes tan sensibles como los objetos qne hieren nuestra vista;
imaginad, digo, aun caaudo estuviese en mi poder absol­
ver A Milun, bajo la cotidicion de que Clodio reviva.., Y
qaé, jpalideceu! ¿Cuáles serían, pues, vq estros terrores si
estaviese vivo, puesto qne muerto cumo está, la sola idea de
que pueda revivir os llena de espanto?
Los griegos hocen honores divinos ¿aquellos que mataron
á los tiranos. ¿Qué no tengo visto en Atenas y en las otraa
cindades de Grecia? ¡Cuchita» lientas instituidas en memo­
ria de estoB generosos ciudadanos! ¡Qaé himnos! |Qné cán­
ticos! £1 recuerdo, el culto mismo de los pueblos consagran
sus nombres á la inmortalidad; y vosotros, léjus de decretar
honores al conservador de nn tau gmnde pueblo, al ven­
gador de tantas maldades, ¿sufriréis que se le lleve al stt*
pliciu?.....
Existe, si, ciertamente, existe un poder que preside ú
toda la nataralezs; y si eu nuestros cuerpos débiles y frá­
giles sentimos nn principio activo y pensante qne los ani-
— 278 —
ma, ¿cnÁnto mnbunaInteligenciasoberauadebe dirigirlos
movimientos admirables de este vasto universo? ¿H abrá
quien ose ponerlo en duda porque ee escape A nuestros
sentidos y que no se muestre 1 nuestras consideraciones?
Pero esta alma que esti en nosotros, por la que pensamos
y preveemoa, que me iuepira eu este momento eu que ha­
blo delante de vosotros, ¿unestra alma tambieu no es invi­
sible? ¿Quién sube cuál ea su esencia? ¿Quién puede decir
dónde reside? Es, pues, aquel poder eterno ¿ quieu nues­
tro imperio lia debido tantas veces éxito b y prosperidades
increíbles; es el que ha destruido y anonadado ese mons­
truo y le lia sugerido el püu&auiieuU) de irritar por bu
violencia, y de atacar á mano armnda al nías valeroso de
los hombres, á fin de que fuese vencido par nn ciudadano,
cuya derrota le liabria asegurado para siempre la licencia
y In impunidud. Eate grande acontecimiento no ha sido
conducido por un cousejo humano; no es auu un efecto or­
dinario de la protección de los inmortales.
Loa mismos lagares sagrados parecen moverse viendo
caer al impío y haber resobrad» el derecho de una justa
venganza. Os prtteho nqui, ¡colinas angradas de los Alba-
nos, ni tures asociados al mismo culto que los nuestros y no
menos antiguos qne los altares del pueblo romano; vos­
otros A qiileues habla dftirtbadu; vosotros eu quienes su
furor sacrilego hnbia nbatidn y destruido los bosques á fin
de aplastaros bajo los cimientos de sus locas construccio­
nes! Entonces vuestros dioses han señalado su poder, en
toncos vuestra magostad ultrajada por todos sus crímenes
se ha ir anifestado con claridad.
Y tú, dios tutelar del Lacio, gran Júpiter, tú, cuyas
leyes habia profaundo loa bosques y el territorio por las
abominaciones y los atentados de to la especie, tu paaton­
d a está eu ñu agotada. Sotáis todos vengados, y eu vues­
tra presencia lia sufrido la pena debida á tan tas maldades.
— *79—
RomanoB, nada ha hecho Aquí la casualidad. Ved en
qué lngares Clodio lia empellado el combate: delante de un
templo de la Buena Diosa; ni, en presencia de aquella di­
vinidad, cnyo suntuaria se eleva en el dominio del jdven y
virtuoso Sexto Guio, donde el profanador lia recibido aque­
lla herida qae debia ssr Begnida de so muerte cruel, y
hemos reconocido que el jálelo infame que le habia ab­
an elto otros vecw, no habla hecho mas que reservarle A es­
te ruidoso castigo.
Ademas, esta cólera de los dioses con qae él lia heri­
do á bus satélites de semejante vértigo, qne arrastran­
do au cuerpo por nna plaza manchado de sangre y lodo(
le han quemado sin llevar por acompañamiento las Imáge­
nes de m s antepasados, sin lamentaciones, megos ni canto
fúnebre, ni elogio, ni entierro, en nna palabra, bíu ningu­
no de esos tiltimoB deberes qne ann loa enemigos no nie­
gan a ens enemigo». Sin dada el cielo uo lia permitido qae
las imágenes da los cindadanos mas ilustres honrasen á
este execrable parricida, y su cadáver debía ser despeda­
zado en el lugar donde sil vida habia sido detectada.
Yo deploraba ln snerte del pueblo Tomano, condenado
despues de tanto tiempo A verle iiT.pnuemc'ntc hollar la re­
pública. El había manchado con adulterio los mus BantOB
misterios; abrogado los aenado-r.nnsuUcm maa respetable;
se había recatado abiertamente de las manos de los jae­
ces; Tribuno, había atormentado al Seuado, anulado lo
qne habia hecho, con el consentimiento de toda¡> las ór­
denes, para la salvncion de la república; él me habia des­
terrado de mi p&tria, habia tomado mis bienes, quemado
mi casa, perseguido á mi mujer y i mis hijos, declarado
nna gnerrn impía it Pompeyo, muerto alevosamente á los
ciudadanos, á los magistrados, reducida i cenizas ln casa
de mi hermano, devastado la E trnría, desposeído á machoB
propietarios... Infatigable en el crimen, prosiguió el cu reo
— 28o —
de sus atentados. Roma, la Italia, las provincias, las mo­
narquías no eran nn teatro bastante vasto para sus pro­
yectos estro vngiuitee...
En cnanto á mí, se despedaza mi corazoa, mi alma
está penetrada de un dolor mortal cnando oigo estos pa­
labras qne cada dia repite Milon delante de mi.—Adiós,
mis queridos concindanos, adiós; si para Biempre adiós!
Qne ellos vivan en paz, qae sean felices; qae se ctftnplan
todos Bas votos; qne esta dudad se mantenga célebre; esta
pátria, qne siempre me será querida, cualquiera qae sea el
trato qne ella me dé; que mis concindadados gocen sin mi
puesto qae no me es permitido gozar con ellos, de ana
tnuiqailidad qne, sin embargo, solo A mi me debería.
partiré, me alejaré! Sino puedo participar de la feli­
cidad de Roma, no tendré al menos el espectáculo de ana
males, y la ego qne hoya encontrado nua ciudad donde
las leyes y la libertad sean respetadas, alli fijaré mi resi­
dencia. ¡Vanos trabajos, afiade, esperauzas engafiosaB. inú­
tiles proyectos! Cnando durante mi tribunado, viendo la
república oprimida me adheri enteramente al Senado es­
pirante, á los caballeros romanos déaundoS de fnerzu y de
poder, á. los hombres de bien desalentados y oprimidos por
las armas de Clodio, ¿podía yo pensar qne me vería uu din
ábaadauado por los buenos ciudadanos?
Y tú, ¿por qné me diriges frecuentemente la palabra
despues de haberte devnelto i la pitria? ¿Debía yo espe­
rar que la pátria se cerniría un dia para mi? ¿Qné ha si­
do del Senadoá quien hemos estado coustantemeste adhe­
ridos, de aquellos caballeros, si, de aquellos caballeros
fieles á tuB intereses? ¿El celo de las ciudades munici­
pales? ¿Aquellas unánimes aclamaciones de toda la Italia?
Y tú mismo, Cicerón. ¿qué ha sido de tu voz, de aquella
voz saludable á tantos ciudadanos? ¿Es ella impotente para
mí solo, qne tantas veces he despreciado la muerte por tí?...
— 381 —
Yo ofi imploro, romanos, qne habéis vertido tu te a y m k
vnestra sangro por la patria; bravoB centuriones, intrépidos
soldadoH, á vosotros me dirijo en los peligros de nn hombre
valeroso, de qn ciudadano invencible. Estáis presentes, ¿qné
digo? estala armados para protejer este tribunal, y ¿veríais
nn héroe tal como él rechazado, desterrado y lanzado lejos
de Roma? ¡Qné desgraciado soy! Por el socorro de toa jueces,
¡oh Milonl has podido restablecerme en mi pátria, y no
podré con bu anzilio mantenerme allí. ¿Qná responderé &
mis hijos, qne te miran como nn Begundo padre?...»

3.° Terminemos:
Los acontecimientos se precipitan; el triunvirato
militar do Graso, Pompeyo y César, postrera salva­
ción do la república, se fracciona. Craso, que ha­
bia tomado el gobierno do Asia, acababa do per­
der sus legiones y do ser muerto en la guerra contra
los Partos. Julia, hija de César, quo Pompeyo ha­
bia desposado y que era el lazo de unión entro es­
tos dos rivales, acababa do morir, llevándose á la
tumba su concordia. Milon que habiendo encontra­
do á Clodio en el camino de su casa, le m ató, volvió
á ejercer funcioucs públicas, y el gobierno de la Ci-
licia. A su vuelta, los nviles, en vez de disminuir
pana la república, se multiplicaban y acrecían. Cé­
sar y Pompeyo habían llegado á sor incompatibles;
éste so sentía fatigado; aquel pujante y con brios
para todo.
Cicerón quiso reconciliarles; la elocuencia no se
ha hecho para los hombres sin corazon, como lo
son, por lo común, los ambiciosos: la palabra más
persuasiva del mundo fué pues, impotente para
obrar un milagro. La suerte estaba ecfiada una
— 2&2 —
vez pasado el Rubicon, y tras el atrevimiento de
César debía venir el término de la república
Cicerón censura on semejantes momentos la re-
signacioú y apatía do Pompeyo; es halagado por
César; pero éste no logra vencer su altivez y su en­
tereza. César entra en Roma sin el auxilio de los
consejos del gran orador y lo entrega todo i la vio­
lencia y al terror. Cicerón prevé su m uerte des­
pees de aquel reto entre él y el acariciado por la
fortuna y se decide á huir, llevando á au hija y á su
hermano consigo César y Pompeyo deciden por
medio do las arm as su larga contienda en la lla­
nura de Farsalia.
Tras estos sucesos, que dejamos narrados con
más rapidez que Plutarco y Lam artine por ser do
todos conocidos, Cicerou decae ciertamente, tran­
sige al parecer con la tiranía y pide gracia por sus
virtudes al vencedor. Hubo mediadores para este
arreglo, que Lam artine califica de deshonroso, pero
eu ol que Cicerón sólo es responsable de haber con­
sentido en él. Perdonable debilidad en un hombre
quo no podía vivir sin asfixiarse léjos de su patria
y de su hija Tulia, el delirio, el ensueño m ás puro
de su alm a, y á quien acaso se debieran principal­
mente sus contemplaciones con el César.
Era ya sexagenario Cicerón, y de debilidad en
debilidad, despues de haber repudiado á su mujer
Terencia; de casarse con unajóven, pupila suya; de
perder á su hija, do separarse de su esposa por ce­
los, se oculta, y os estonces cuando escribo sus
trabajos mas admirables.
Lo quo hace el mayor elogio del orador romano
es que 9us amigos no se atrevieran á confiarle la
tram a urdida p a ra asesinar al César. Cuando supo
— 2H* —
la trágica muerte dol déspota* no ocultó su alegría;
le pesaba sin duda, no la amistad, si no la condes-
cencía del tirano.
La m uerte del César no fué, como se creyó, la
hora del restablecimiento de la libertad perdida.
Antonio, enemigo de Cicerón, se erigió en árbitro
de la república en unión de Lépido, y amenazó al
orador por medio de sus sicarios. Cicerón se refu­
gió entóneos en Calabria, doudo Bruto y Casio le
informaron de que Roma le necesitaba y lo pedia
cod insistencia, y se acercó á Roma. Los ciudada­
nos se precipitaron á su paso como á la vuelta de
su prim er destierro.
La estrella de Antonio se extinguía y comenza­
ba á brillar la de Octavio, hijo de una sobrina del
gran César y declarado por éste su sucesor en su
testamento: Cicerón se unió á Octavio, y su reso­
lución fué mas útil á su causa que un ejército nu­
meroso.
Vencido Antonio, pero rehecho despues do su
derrota, penetra en Italia al frente do un ejército de
cien mil hombres para disputar á Octavio el poder;
Cicerón pronuncia entóneos sus Filípicas contra
Antonio, arrastra ea favor de su causa al Senado y
al pueblo, y miéntras Octavio encuentra preferi­
ble dividir el imperio qne juzgarlo en batalla du­
dosa.
Cerca de Bolonia, en una isla formada por el rio
Reno, se decide para siempre la suerte do la repú­
blica y la de Cicerón. Esto pierde el tiempo en dis­
cutir con sus amigos cuál debia ser su postren» re­
solución, y entre tanto se aproximan á Roma los
sicarios do Antouio. Se aleja por fin de Túsenlo y
se encierra en su casa de Astora, on la playa del
— 284 —
m ar de Nápoles, dondo su hermano, su sobrina, sus
libertos y esclavos le deciden á partir do nuevo,
on vez de esperar, como se proponía, los aconteci­
mientos y la muerte, si tal era su destino- Salo, en
efecto, y en el camino temiendo la indigencia á
que puede verse expuesto .ea el destierro confia á
su hermano Quinto el encargo do volver á Ancio á
proporcionarse dinero, mientras se encamina y se
propone esperarlo en su poético retiro de Gaeta.
La despedida expresiva y tierna de los hermanos
parece se r el presentimiento de su eterna sepa­
ración.
Aquel incidente perdió al orador romano. Quinto
y su hijo, no bien llegaron secretamente a Ancio
para cumplir la orden do Cicerón, fueron delatados
y muertos por ol 90 I0 crimen de su nombre. Pres­
to llogaron A Gaeta Un infaustas nuevas, y Cice­
rón dudó si huir ó presentarse en Roma. Salió de
su casa á ruegos de sus libertos y esclavos, vol­
viendo á regresar la noche del mismo dia. Funes­
tos augurios atemorizan á su leal servidumbre, que
le ruega parta sin dilación: so arrojan A sus piés,
dice Lamartine, traduciendo elegantemente A Plu­
tarco. le hacen una dulce violencia, le fuerzan á
quo vuelva á montar en su litera, y 1c llevan por
sendas apartadas y sombrías hácia la ribera, don-
do aguardaba anclada una galera.
Apénas habían andado algunos pasos, cuando
uu peloton de soldados mandados por el centurión
Herenio y el tribuno Popilio, dos de esos jefes do
bandas que presta q su espada á todos los crímenes
y quo no tienen otro parLido quo el del que mejor
los paga, llegan silenciosos á los muros do su cosa,
por el lado de tierra, y hallando cerradas las puer-
— 285 —
tas, las rompen y se precipitan dentro. Uno de estos
jefes, Pompilio, habia sido defendido y salvado por
Cicerón on una causa de parricidio... Otro traidor,
hijo do un liberto de su hermano, hace seflas á
los perseguidores del sitio por donde habia escapado
su patrono y su segundo padre. Herenío, Popilio y
los-suyos se lanzan on su busca, lo alcanzan;
Cicerón tes economiza con su valor mucho tiempo;
sale de su litera y les presenta su cuello, que Hore-
nio siega con su espada, llevando acto seguido su
cabeza á Antonio, en ocasíon que éste presidia la
junta del pueblo para la elección do las nuevas m a­
gistraturas.
—¡Bastado proscripciones!—osol ama el tirano
al ver la ensangrentada cabeza del orador romano.
Y manda que la coloquou entre sus manos en la
tribuna de las arengas.
Despues de este tremendo ejerapto, Fulvia, mu­
jer do Antonio, hizo quo la llevasen la cabeza de
Cicerón; la rocibió con alegría, la puso sobro
sus rodillas, la abofeteo, sacó la longua fuera do
los lábios y la atravesó con una larga aguja de
oro que sujetaba el cabo]lo de las matronas roma­
nas. «Semejante á las Furias, do que era imagen,
dice Lamartine, prolongó ol suplicio mas allá de
la muerte, no solo para deshonra eterna de su sexo;
sino para verguonza y dol pueblo romano.»
CONCLUSION,

Nos sentimos sin alientos, sin fuerzas bastantes


para proseguir y alargar mas estos estudios.
La docadencia se halla siempre inmediata á la
perfección, y esta ley provindencial en la historia
se cumple siempre para humillar la altivez y la so­
berbia humana.
Cicerón es la postrera figura de la elocuencia
política y forense en Roma.
Las guerras civiles, la corrupción de las costum­
bres en los últimos dias de la república, la nueva or­
ganización política, el imperio y las m agistratu­
ras que se reasumen en el Príncipe: la abolicion
tácita de la facultad do legislar el pueblo acordada
la estincion de los comicios, la dosa parición de los
tribunos, la diversa forma dada a l gobierno de las
provincias, la pérdida del derecho de acusación
por la aparición del ministerio público, m agistra­
tura creada en tiempo deNerva y Trajano, fueron,
entre otras, las principales causas de la dcoadoncia
de la oratoria, viéndose obligados los jurisconsul­
tos á dedicarse al estudio teórico-práctico do la ley,
A escribir on lugar de hablar,
^207 —
No fué ya desde entonces \a.palabt'a el escabel
seguro de los ambiciosos eu Roma, y las magistra­
turas en voz de otorgarse á las mas elocuentes co­
menzaron á ser dádiva del favor imperial, del vo­
to de las legiones, ó el premio del valor ganado al
frente de las guardias prctorianas.
«Todo cnanto pudo competir, dice Séneca, y aun
disputar la elocuencia romana á la soberbia Grecia
todo se halló en tiempo do Cicerón.» Con su muer­
te, puede decirse que termina, en efecto la historia
de la oratoria en la antigüedad; y la última, la pos­
trera página de esa historia guarda el nombre de
Cicerón como testimonio de su grandeza.
Pronosticado esto por el orador romano bien
pronto se realizan sus temores, y la palabra se co­
loca al servicio do la tiranía despues de haber sido
el valuarte de la libertad.
En Roma tiene su origen la corrupción de la
elocuencia, y de allí parte é irradia á las demás
provincias; la escuela de los declamadores, á seme­
janza de lo que tuvo lugar en Grecia, se enseñorea
é inventando un enojoso código para la educación
oratoria se hace maestra de las mas pomposas mi­
serias.
Todos, casi todos, aceptan las rígidas y minu­
ciosas prescripciones que embarazan sobremanera
la libre y espontánea manifestación de las ideas en
la tribuna ó el foro, y mas atentos al rigorismo de
las formas que al estudio de los mistoríopos resor­
tes que conmueven el corazon humano, y atraen al
auditorio, vulgarizan, estragan y corrompen su
gusto los oradores con afeminadas y estudiadas
maneras, con limadas y pulidas frases, espresion
las mas veces de un servilismo repugnante», de una
— 288 —
adulación que, asi empaña la magostad del mo­
narca, como trastorna y engríe á los que la em­
plean.
La oratoria no filé ya nomo en otro tiempo arte
sublime, sino oficio servil, cuyos primeros rudi­
mentos exigían y demandaban el sacrificio de la
independencia, de la libertad y del decoro.
Los rocuerdos de aquella gran nación cuya vida
se estinguia no debían evocarse jam ás; nadie se
atrevía osado á levantar el manto de oro con que
se disfraza siempre la pequeñez y la bajeza huma­
na justificando el adagio griego: talis hominibus
futí ovatio qualis vita.
Al vigor y la energía de la palabra sucede el
ruido y el estrépito de los festines, la molicie, el
fausto, la opulencia se generalizan, y no hemos de
citar aqui los nombres de los que contribuyen á la
ruina del g ra n a rte que hemos procurado historiar.
Que fuese uno ú otro retórico, este ó aquel de­
clamador insigne el primero que usara de refina­
dos conceptos y am aneradas formas ¿á qué coudu-
ce? Mecenas, Asinio Polioü, s u hijo Julio, Galion,
Casio Severo, Aurelio, Ovidio, Cestio, Mésala y otros
se dice que contribuyeron mas aun que motivaron
la caída de la elocuencia, no: las causas eran de
mayor importancia y trascendencia. Plineo, Fron­
tón, Tácito, Quintíüano. Séneca y Juvenal censuran
con toda la fuerza do su talento los defectos do sus
contemporáneos y no aciertan á. librarse de ellos, y
el famoso panegírico de Trajano, último destello de
la oratoria romana nos parece tanto mejor por
que en él so hacen grandes esfuerzos para apar­
tarse del mal gusto que dominaba en todas partes.
Homa despues de Cicerón, como Atenas despues
— 289 —
de Demóstenes, ve eclipsarse para siempre la elo­
cuencia que tan grande la habia hecho en los dias
de la república.
Su misión estaba cumplida; la hora habia sona­
do; el mundo iba á ser testigo do nuevas m aravi­
llas- L:i civilización antigua termina con la aparición
del crisliauisrao cuya iufluoncia eu la oratoria pro­
curamos exam inar de una m anera detenida y con­
cienzuda hace muchos aQos.
Í N D I C E ,

Pag.

Introducción. . . . , n

PARTE PRIMERA-ORADORES GRIEGOS.


Capítulo primero. El Oriente.— Nacimiento del
arte oratorio.— Grecia.— Atenas.— Causas gene­
rales del gran desarrollo de la palabra artística en la
antigüedad...................................................................... 25
Cap. II. Primer aspecto bajo el cual se nos
ofrece en la historia la palabra como elemento
consciente é ilustrado de persuasión.—Solon y
Pisistrato.—Elocuencia militar.— Retóricos y so-
phistas.......................................................................46
C a p . III. Segunda ¿poca d e la elocuencia
griega.— Pericles: trozos m is notables de Plutarco
acerca del mismo.— Oración fúnebre en elogio de
los héroes muertos en campaña................................. 65
C ap . IV. Nuevas causas del engrandecimiento
de la palabra artística.— Personajes ilustres.—Re-
llesiones.— Lysias: lxeo: Licurgo: Hyperides. . . 78
C ap . V. Isócrates: opiniones y juicios críticos:
sus trabajos oratorios.— Apogeo de Ja elocuencia
griega.— Demóstenes y Esquines.................... ..... 90
Par-

C ap . VI. Esquines: Datos biográficos,—Acu­


sación contra Timarco.— Defensa contra Demóste­
nes.— Refleslones. . ................................................... 102
C a p . VII. Demóstenes: Ideas generales.—
Conceptos de apreciación.—Justificación de los
mismos: opiniones y juicios críticos.......................... 1 i 2
C ap . Vlll. Luchas judiciarías entre Esquines y
Demóstenes.—Discurso de Esquines.—Idem de
Demóstenes.— Reflesiones............................................ 136
C ap . IX. Últimos oradores de la segunda épo­
ca de la elocuencia griega: Dinarco, Démades,
Focion, Efigrates, Isócrates Apoliniata.— Reflesio­
nes generales.—Tercera época de la elocuencia
griega...............................................................................150

PARTE SEGUNDA-ORADORES ROMANOS.


C apítulo prim ero , idea general de la cultura
y la civilización romana.—División histórica de la
palabra en Roma.—La elocuencia forense en la
antigüedad y principalmente en Roma.—Fisono­
mía especial de la elocuencia.—Corolario. . . . 166
C ap . II. Vacío que nos ofrece Roma en sus
primeros siglos por lo que hace i la elocuencia.—
Épocas de espontaneidad, dereflesion y de estudio:
nombres que las representan,—Epoca primera de
la elocuencia romana: Catón, Scipion, Emiliano,
Tiberio y Cayo Graco, ......................................... . 178
C a p . III, Segundo grupo de oradores perte­
necientes ¿ la primera época de la elocuencia ro-
Pág

mana: Antonio, Crasso, Cotta y Sulpicio.—Juris­


consultos.—Segunda época de la elocuencia roma­
na: César, M. Bruto y Hortensio................... ..... . 192
Cap. IV. Cicerón: concepto altísimo que nos
merece.—juicios comparativos entre Demóstenes y
Cicerón: particularidad que los distingue.—Datos
biográficos.................................................................. 210
C a p . V.
Elocuencia ciceroniana.—Cicerón ora­
dor forense.—Estudios críticos y apreciaciones. . 23*
C ap. VI. Cicerón orador político.—Escritor
didáctico, poeta, filósofo y pensador.. . . . . *53
C ap . Vil. Cartas y discursos.—Fragmentos.
Nuevos datos biográficos.—Conclusión...................
ERRATAS MAS NOTABLES,

«&■ Lionas. Dio). Hube decir.

9 23 nueva mera'
ro 12 impresión espresion
16 3J á la verdad ; la verdad
40 26 esplendor es esplendor y es
58 28 de muchas de otras
102 6 nos vamos á vamos á
lo 3 10 pronto el el
107 11 y 12 > únanse
‘ >3 J4 de que son de que somos
129 26 cielo ciclo
15° epígrafe Sócrates Ysócrates
*5* 10 nadie nada
. *57 21 contribuido podero­ iníluido tan pode'
samente ¿ influir rosa mente
200 25 graduación gradación
210 epígrafe Parcialidad Particularidad
270 id, bibliográficos biográficos