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. 1.

MASONES,
CABALLEROS
E ILLUMINATI

. 2.
EDUARDO R. CALLAEY

MASONES,
CABALLEROS
E ILLUMINATI

SERIE ROJA
[AUTORES CONTEMPORÁNEOS]

. 3.
EDUARDO R. CALLAEY

MASONES,
CABALLEROS
E ILLUMINATI
El gran complot

. 4.
Masones, caballeros e Illuminati
Eduardo R. Callaey

editorial masonica.es®
SERIE ROJA (Autores contemporáneos)
www.masonica.es
© 2014 Eduardo R. Callaey
© 2014 EntreAcacias, S.L. (de la edición española)
© 2014 OliveCall Group (de la edición argentina)
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EntreAcacias, S.L.
Apdo. de Correos 32
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1ª edición: diciembre, 2014
ISBN (edición impresa): 978-84-943304-6-9
ISBN (edición digital): 978-84-943304-7-6

Edición digital
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ta en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación
pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de
los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos
mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad inte-
lectual (arts. 270 y ss. del Código Penal).

. 5.
A Luciana.

. 6.
ÍNDICE

Nota preliminar | 10
Introducción | 14
CAPÍTULO I
Los Masones y la Masonería | 19
1. ¿Qué significa la palabra masón? | 19
2. La Masonería: Una Escuela Iniciática | 21
3. El Lenguaje Simbólico | 22
4. El Secreto Masónico | 23
5. Los Masones en la Edad Media. La Era de la
Piedra | 25
6. Los Gremios de Constructores | 27
7. La Masonería Especulativa | 31
CAPÍTULO II
La Tradición Caballeresca y la Francmasonería
Escocesa | 36
1. La Caballería Masónica | 36
2. La Orden del Temple | 39
3. Los Templarios en el ejército de Robert Bru-
ce | 42

. 7.
4. Von Hund y la Orden de la Estricta Obser-
vancia | 46
CAPÍTULO III
La Masonería en las Islas Británicas | 50
1. Europa y las guerras religiosas | 50
2. Los Estuardo | 51
3. La Reacción Inglesa | 54
4. Una nueva Constitución para una nueva
Masonería | 57
CAPÍTULO IV
Los Elegidos y el Nacimiento del Escocismo | 60
1. La epopeya masónica escocesa | 60
2. Los «Grados Escoceses» | 63
3. Las Constituciones Francesas | 66
CAPÍTULO V
La conspiración estuardista y la excomunión
de Roma | 71
1. Escoceses en la Gran Logia de Francia | 71
2. Un príncipe masón en Florencia | 80
3. Roma fulmina a los masones | 82
4. El regreso de la Caballería | 90
CAPÍTULO VI
Carl-Gotthelf von Hund
La Orden de Estricta Observancia Templaria | 93
1. La pugna por el control de la Masonería
Continental | 93
2. La Tragedia Escocesa y el Ocaso de von
Hund | 100

. 8.
CAPÍTULO VII
Los Maestros Escoceses y los Illuminati | 107
1. La Reorganización de la Estricta Observan-
cia | 107
2. La Secta de Adán Weishaupt: Los Illumi-
nati | 113
3. La Batalla Final | 117
Epílogo | 125
Apéndice I
El Rito Escocés Antiguo y Aceptado | 129
Apéndice II
El papel del papado en el juicio a los Templa-
rios | 133
Apéndice III
Ritos que poseen en sus estructuras «Ordenes
de Caballería» | 140
Bibliografía | 144

. 9.
NOTA PRELIMINAR Y
AGRADECIMIENTOS

Entre los años 2001 y 2010 publiqué tres libros re-


ferentes a los orígenes de la masonería y al rol que juga-
ron las órdenes monásticas en la organización de las lo-
gias.1 Casi como una consecuencia natural de mis in-
vestigaciones sobre la masonería medieval, publiqué
otros dos libros que dan sustento al presente volumen. 2
Sin, embargo nunca, hasta hoy, enfoqué en un solo tex-
to los aspectos salientes de esta masonería de corte ca-

1 Monjes y Canteros (Buenos Aires, Dunken, 2001); Ordo Laico-


rum ab Monacorum Ordine (Buenos Aires, Academia de Estu-
dios Masónicos, 2001) editado luego como Los orígenes monásti-
cos de la francmasonería (Buenos Aires, Kier, 2006); De templo
Salomonis Liber y otros textos de Masonería Medieval (Madrid,
Manakel, 2010).
2 El otro Imperio Cristiano, de la Orden del Temple a la Franc-

masonería (España, Nowtilus, 2005) (México, Lectorum, 2006), El


Mito de la Revolución Masónica (España, Nowtilus, 2007) (Méxi-
co, Lectorum, 2008) ambos traducidos al italiano (Milán, Marco
Tropea Editore) y al búlgaro (Sofía, Ciela Publishing House) y
Las Claves Históricas del Símbolo Perdido (Madrid, Nowtilus,
2010) traducido al checo (Praga, Mlada Frontá, 2010).

. 10.
balleresco que tuvo su origen en el exilio de Jacobo II
Estuardo, luego de que fuera depuesto por el estatúder
Guillermo de Orange, quien reinaría en Gran Bretaña
con el nombre de Guillermo III. A ella le deben su par-
tida de nacimiento todos los Ritos Escoceses que se
practican fuera de Escocia.
Las fuentes que he utilizado son, en su gran mayoría,
francesas. No podría ser de otro modo tratándose de
una conjura que tuvo su epicentro en Francia. Si bien la
bibliografía está descripta en el final del libro, me siento
en deuda, principalmente, con André Kervella y Jean
François Var, ambos pertenecientes a una generación de
investigadores que está arrojando luz sobre el sinuoso
devenir de la masonería moderna.
Los masones están conociendo una nueva historia de
sus antecesores. Este proceso iniciado hace algunas dé-
cadas no tiene retorno. Las investigaciones en marcha y
la facilidad del acceso a la información están permi-
tiendo reconstruir una trama oculta y a la vez ocultada,
que nos muestra que la imagen conspirativa que se tie-
ne de ella, está bien ganada.
Decidí que la forma más adecuada de llevar adelante
esta obra era dividiéndola en tres partes. La primera re-
lacionada con el conflictivo nacimiento de la masonería
moderna en el siglo XVIII; la segunda con las guerras de
independencia y la lucha contra la Iglesia en el siglo XIX
y la tercera con su participación política en los grandes
acontecimientos del siglo XX, en particular su resisten-
cia al ascenso del fascismo, la reconstrucción de la Or-
den en los países del Este y su papel en las sucesivas
crisis de Medio Oriente. Esta es la primera de esas tres
partes, sin la cual, las dos restantes serían incomprensi-
bles.
Quisiera hacer algunos agradecimientos. En primer
lugar a mis Queridos Hermanos catalanes, comenzando
por Ramón Martí Blanco. Podría decirse que mi idea de

. 11.
escribir este libro nació en la visita que hicimos en 2012
al Monasterio de Ripoll, en la que hablamos mucho
acerca del conflicto que narra este libro. Sus aportes y
sus opiniones me han sido indispensables, al igual que
las de Ferrán Juste Delgado, otro de los pilares de la ca-
ballería masónica del siglo XXI. Ambos me han enseña-
do a amar cada santuario de Catalunya, y han hecho de
Barcelona mi lugar en el mundo. Sin embargo, si hay
un sitio que puedo relacionar con el tema de este libro,
es Can Quetu, en Sant Sadurní d’Anoia y las charlas allí
mantenidas. Qué decir de la hospitalidad de Josep Mar-
tí y de su familia, que me ha acogido en su casa de Cas-
telldefels en cada viaje, y con quien más de una vez
hemos imaginado el mundo que les tocó vivir a nues-
tros hermanos del siglo XVIII.
También tengo que agradecer a Jean François Var, fi-
gura insoslayable de la francmasonería francesa, quien
tuvo la generosidad de acompañar uno de los momen-
tos más importantes de mi vida masónica, en el que
comprendí, definitivamente, el sentido de la caballería.
A Eusebio Sandá Palacios, por su afecto, su poyo y por
haberme abierto las puertas de la hermandad masóni-
co-caballeresca de tradición británica hace ya diez años.
A Adrián Mac Liman, Director del prestigioso Centro
Ibérico de Estudios Masónicos, quién ha tenido la ama-
bilidad de publicar, en estos días, en Papeles de Maso-
nería 2014, un artículo titulado Orígenes del Templa-
rismo Masónico, que puede considerarse un anteceden-
te del presente libro. A María Elena Rodríguez, ex Jefa
del Archivo de la Gran Logia de la Argentina y miem-
bro del Grupo Ayacucho, infatigable colaboradora y
querida amiga, por su trabajo de traducción y organiza-
ción de gran parte del material que he utilizado como
bibliografía de esta obra. Tuve la suerte de tenerla a mi
lado en el Simposio de Logroño —convocado por el
Centro de Estudios Históricos de la Masonería Españo-

. 12.
la, presidido por José Antonio Ferrer Benimeli y auspi-
ciado por las Universidades de La Rioja y Zaragoza—
que fue mi primer experiencia al lado de masonólogos
de renombre y la oportunidad de confrontar mis ideas
sobre masonería y política. Al historiador Emmanuel
Mora Iglesias, por sus valiosos aportes sobre la franc-
masonería alemana en el siglo XVIII y por el privilegio
de tenerlo como consultor cada vez que he quedado
atrapado en el laberinto. Al Ing. Alfonso Castelao, por
el valioso gesto de aportarme la mejor bibliografía ita-
liana en torno al Manuscrito de Chinon y el juicio a los
Templarios. Al masonólogo Jorge Ferro, investigador
del CONICET, que me ha aportado un importante ma-
terial en torno a la masonería de origen estuardista y su
herencia. A mis hermanos de la Justa y Perfecta Logia
Cruz del Sur Nº 7 de Buenos Aires porque siempre me
han apoyado, tanto en los días de paz como en los de
tormenta. Una mención especial merece Roberto Neu-
markt, Soberano Gran Comendador del Supremo Con-
sejo Grado 33º para la República Argentina, cuya la-
mentable y prematura muerte me privó de su crítica y
dejó varios proyectos inconclusos, aunque alcanzamos
a discutir la obra de Kervella sobre los orígenes del es-
cocismo con gran entusiasmo.
Finalmente, agradezco especialmente a mi Querido
Amigo, Hermano y socio Oscar Olivera, por su apoyo
permanente, por su afecto, por su consejo, por su capa-
cidad para unir lo disperso y abrir, siempre, caminos de
encuentro. Ojalá la francmasonería fuese el reflejo de la
fraternidad que él transmite.
Resta aclarar que el contenido de este libro no re-
presenta a ninguna institución y que todo lo expresado
corre por mi exclusiva responsabilidad.

. 13.
INTRODUCCIÓN

Aunque todavía se discuta sobre si los orígenes de la


masonería deben buscarse en el monasticismo o en las
corporaciones de oficio de la Edad Media, existe cierto
consenso en que su tradición tiene que ver con los tra-
bajadores de la piedra, en particular con los constructo-
res de catedrales. Si esto es así, ¿por qué existen tantos
elementos provenientes de las órdenes de la caballería
en una organización que reclama su origen en los can-
teros y picapedreros medievales? ¿De dónde proviene
esta influencia? La respuesta está en la primitiva maso-
nería de Escocia.
En efecto, cierto número de Ritos Masónicos vigentes
reconoce la existencia de instancias superiores a las que
se denomina genéricamente con el nombre de Altos
Grados, Grados Filosóficos o Grados Colaterales. Una
proporción importante de ellos guarda la marca de una
tradición propia de los masones escoceses, que fue
trasvasada a Francia —y luego a Alemania— en medio
de la situación de desastre político y militar que se vivía
en las Islas Británicas a fines del siglo XVII.
La mayoría de los masones que actualmente practican
estos ritos escoceses no conoce los detalles de este pa-

. 14.
trón común en sus raíces. En el mejor de los casos la in-
fluencia escocesa es tomada en un sentido alegórico; en
otros se la ignora. Sin embargo, las trazas dejadas por la
caballería masónica escocesa pueden explicarnos mu-
cho acerca de las contradicciones y los conflictos que,
aún hoy, dividen a la Orden Masónica.
Para comprender el problema es necesario abordarlo
sin prejuicios, con el espíritu abierto a las investiga-
ciones más recientes, y estar dispuesto a romper mitos.
El primero de ellos es el que ha pretendido fijar el na-
cimiento de la francmasonería en una taberna de Lon-
dres en 1717. Esto no es cierto. Al menos no lo es en la
forma en la que habitualmente se explica. La masonería
especulativa no nació en aquella taberna londinense,
sino que ya existía en Escocia, Irlanda e Inglaterra dé-
cadas antes de la fecha que se pretende fijar. Debería-
mos preguntarnos: ¿por qué razón se sigue sosteniendo
este mito?
El dilema que se plantea aquí es que no hay una ra-
zón, sino varias. La primera de ellas tiene que ver con la
lucha por la hegemonía del relato. Los masones ingle-
ses siempre evitaron debatir sobre el papel de las logias
en las luchas dinásticas que enfrentaron a las Casas de
Hannover (protestante) y Estuardo (católica) en su puja
por el poder político y religioso. De hecho, es una cos-
tumbre de la masonería británica no discutir en sus ta-
lleres, ni de política, ni de religión. Esta actitud, am-
pliamente difundida en toda la francmasonería moder-
na, ha permitido crear un ámbito de amistad y concor-
dia en el seno de las logias.
Estas luchas entre el partido católico y el protestante,
pronto dejaron de ser un problema propio de las Islas
Británicas para trasladarse al continente, en donde las
logias se verían seriamente involucradas. La masonería
nació en medio de la conflagración de dos facciones en
guerra.

. 15.
Para esa época, a pocos masones les importaba que
sus ancestros hubiesen sido constructores de iglesias y
castillos. La presencia de masones operativos, es decir,
albañiles y maestros de obra, era —como veremos— ca-
si nula. Y si bien se habían mantenido los símbolos
propios de la arquitectura, otros provenientes de la he-
ráldica y del imaginario caballeresco, más acorde a la
nobleza —sin olvidar la multiplicidad de esoterismos—
ya estaban introducidos en las logias.
Los escoceses ganaron la partida en Francia y Ale-
mania, imponiendo en el continente una versión dife-
rente a la del relato inglés. Los ritos de ascendencia es-
cocesa se expandirían luego por todo el mundo, en
permanente competencia con los ingleses que, pese a
todo, lograron imponer ciertos criterios de regularidad,
es decir, reservarse el derecho de reconocer o no a
quienes trabajan según los Antiguos Linderos. 3 Las
Constituciones de Anderson, si bien reflejaban la ten-
dencia protestante de los Hannover, lograron establecer
un marco que sería, en el futuro, punto de encuentro
entre enemigos irreconciliables y una herramienta in-
superable para el ejercicio de la Tolerancia.
Pero hay una segunda razón: Comenzaba el Siglo de
las Luces y los hombres de la Ilustración traían nuevas
ideas que ponían en jaque a las instituciones (la monar-
quía absoluta y la Iglesia). La tensión crecía entre la
aristocracia conservadora y la incipiente aparición del
libre pensamiento. Al mismo tiempo se creaban sectas
que, alentadas por las luchas religiosas, se apresuraban
a asestar un golpe mortal a la Iglesia que veía amena-
zada su preeminencia.

3Se denomina Antiguos Linderos (Old Charges) al conjunto de


ordenanzas y Constituciones de los antiguos canteros de la Edad
Media.

. 16.
Los hombres de la Ilustración querían transformar la
sociedad, volviéndola más justa; las sectas, por el con-
trario, buscaban una revolución sangrienta.
La Revolución Francesa aniquiló la masonería cris-
tiana escocesa del siglo XVIII e impuso una nueva en la
que tuvo gran influencia la secta de Adam Weishaupt,
«Los Iluminados de Babiera», más conocida con el
nombre de Illuminati.
La masonería francesa post revolucionaria tenía sus
propias razones para hacer todos los esfuerzos posibles
por aniquilar cualquier resabio de una masonería caba-
lleresca de ascendencia escocesa. Diremos que fue im-
placable y que asesinó, sistemáticamente, a miles de
masones.4
Hay una tercera razón: A los masones liberales, que
rechazan todo vínculo de la masonería con las institu-
ciones del Antiguo Régimen, no les resulta cómoda la
presencia de Ordenes de Caballería en el escenario ma-
sónico, pues como tales, todas tenían su modelo en la
tradición católico-romana.5
La narración que contiene este libro bien podría ser
una novela de intrigas y complots con final trágico, sin
embargo no lo es; pues se trata de hechos rigurosamen-
te ciertos. Describe la trama de acciones políticas y mili-
tares que ubican a la francmasonería en el centro mis-
mo de las conspiraciones que asolaban a Europa en el
siglo XVIII. Refleja esa época y tiene la manifiesta inten-
ción de dar por tierra con la imagen estereotipada del
masón que, de pronto, deja de construir catedrales y se
convierte en un intelectual especulativo. Hubo en el

4 Ver El Mito de la Revolución Masónica. 2º Parte; La masonería

quebrada.
5 Al respecto remitimos al trabajo de Ferran Juste Delgado sobre

Ordenes de Caballería de Tradición católico-romana, (Barcelona,


2001).

. 17.
medio un proceso de transformación que acompañó a
los grandes cambios que sufría la sociedad. La masone-
ría moderna debió moldearse en medio de graves
apremios, y si aún conserva su prestigio es porque nun-
ca abandonó su sitio preponderante entre los actores
que construyen la historia.
Tal vez por eso la masonería sigue generando ex-
pectativas, y su historia —en gran parte aún desconoci-
da— siempre nos sorprende.
Sabiendo que actualmente subsisten casi las mismas
diferencias que enfrentaron a los primeros masones de
la era moderna, es inevitable que este libro sea contro-
vertido, solo por el hecho de sostener que esa masone-
ría caballeresca, que muchos rechazan, todavía está vi-
va y constituye la culminación de la Vía Iniciática que
sigue siendo el mayor tesoro de la francmasonería. To-
do lo demás bien podría reemplazarse por un partido
político o por un club filantrópico.
Conviene advertir al lector desprevenido que, al igual
que en mis publicaciones anteriores, no encontrará en
este libro un manual de simbología ni una lista de ma-
sones famosos. Apenas una descripción general de la
masonería y su historia pretérita en el primer capítulo.
Este libro trata de la otra masonería, la que construyó
las grandes conspiraciones de los últimos tres siglos
porque, esencialmente, es la herramienta más grande
jamás concebida para el arte de la construcción política.
Sin embargo, su lectura puede ser abordada tanto por
masones como por lectores interesados en la masonería
y su relación con el poder y la política.

. 18.
Capítulo I
LOS MASONES Y LA MASONERÍA

1. ¿Qué significa la palabra masón?

Cuando actualmente se menciona la palabra «masón»,


la primera imagen que viene a la mente de quien se
aproxima por primera vez al tema, es la de ciertos per-
sonajes que se reúnen en secreto, urden conspiraciones
políticas y están enfrentados mortalmente con la Igle-
sia.
En los manuales de historia se los menciona como in-
tegrantes de las sociedades patrióticas que dieron la in-
dependencia a muchos países del continente americano,
desde los Estados Unidos hasta la Argentina. La pala-
bra «masón» está indisolublemente ligada a la política,
a las intrigas y a las revoluciones. Sin embargo su signi-
ficado no tiene nada que ver con esto. Examinemos su
origen.
El primer documento que explica su etimología per-
tenece a la pluma de Isidoro (556-636), erudito y ar-
zobispo de Sevilla. Por lo tanto, podemos afirmar que el
vocablo masón ya estaba en uso en la alta Edad Media,
en tiempos anteriores al Imperio de Carlomagno. Según

. 19.
San Isidoro de Sevilla se denominaban maciones (alba-
ñiles) a los trabajadores de la construcción, a causa de
las máquinas (andamios), que utilizaban para alcanzar
la altura de las paredes6. De este vocablo macion deri-
van los términos macón (francés), mason (inglés), masón
(español), maurer (alemán) y muratore (italiano).7 Tam-
bién es frecuente encontrar en antiguos textos monásti-
cos el concepto latino magíster caementarius para definir
al maestro albañil. En determinado momento, éstos tra-
bajadores recibieron ciertas franquicias y privilegios
constituyéndose en gremios o corporaciones —llamados
a menudo guildas— que gozaban de libertades especia-
les, entre ellas la de moverse libremente a lo largo de
Europa. Es por esa razón que los masones se convirtie-
ron en francmasones al anteponer la palabra libre a la
de albañil (freemasons, freimaurer, francomuratori
etc.). Sin embargo, en la actualidad, se utiliza indistinta-
mente cualquiera de los dos vocablos (masón, francma-
són) para identificar a quienes pertenecen a la Masone-
ría.
Hasta aquí nada hace pensar que un masón tuviese
que ver con ninguna conspiración. Sin embargo, duran-
te siglos, el arte de construir ha sido algo misterioso y,
en cierta medida, las huellas dejadas por los propios
masones hacen pensar en un saber prohibido, secreto.
La palabra masonería tiene el mismo origen y hace re-
ferencia al oficio de los masones. Con el correr del tiem-
po se denominó masonería no solo al oficio sino a la
asociación que reunía en su seno a los masones. Pero
desde la antigüedad (y por ella nos referimos a las civi-
lizaciones de la Media Luna Fértil, Egipto, Grecia y
Roma), las organizaciones ligadas a la construcción tu-
vieron una estrecha relación con los «Misterios», es de-

6 San Isidoro de Sevilla, Etimologías, XIX, IX, 1.22


7 Niermeyer Lexicon Minus, machio-onis = masón

. 20.
cir con el aspecto más sagrado —y por lo tanto esotéri-
co— de dichas culturas. Las razones de este contacto
entre la masonería y los misterios pueden encontrarse
en el hecho de que las construcciones más importantes
eran los Templos dedicados a los antiguos dioses y que
estas construcciones monumentales solo podían reali-
zarse con conocimiento de la geometría, las ma-
temáticas y el dominio del cálculo de tensiones, suma-
do al de técnicas específicas que eran preservadas en el
mayor de los secretos. De allí que, desde su más remoto
origen, la masonería haya quedado asociada a un cono-
cimiento solo conocido por los iniciados, a un estricto
secreto y se la haya considerado como una Sociedad Se-
creta.
Como vemos, el imaginario popular que nos muestra
a los constructores reunirse en secreto, tiene un funda-
mento que se remonta a varios milenios. La masonería
es, en todo caso, una organización que, con distintos
nombres y características, ha estado asociada al miste-
rio y al secreto. Si es así, ha de tener un juramento, y un
modo particular de comprometerse a cumplirlo.

2. La Masonería: Una Escuela Iniciática

Dentro del amplio campo de las sociedades secretas


existe una categoría que se distingue del resto por su
propio peso. Son justamente las que tienen carácter ini-
ciático. A estas se las denomina genéricamente como
Ordenes Iniciáticas, pues la característica común es la
incorporación a través de una ceremonia ritual deno-
minada, precisamente Iniciación.
La iniciación, tal como se concibe en estas órdenes, es
una línea divisoria que marca dos dimensiones muy di-
ferentes de conocimiento; pero, fundamentalmente, dos
dimensiones diferentes de responsabilidades. Todo

. 21.
aquello que en la vida implica un profundo cambio en
esta dimensión de la responsabilidad, necesita de un ri-
to. Pues bien, nuestra cultura descansa sobre las pro-
fundas raíces psicológicas de estos ritos. Y todos ellos
responden a fuentes ancestrales y se convierten en las
herramientas más adecuadas para la transformación del
individuo.
La Masonería es, entonces, una Escuela Iniciática.
¿Qué significa esto? Significa que se ingresa a ella me-
diante una Iniciación que otorga al iniciado un lengua-
je especial y que este juramenta guardar y poner a cu-
bierto de cualquier persona no iniciada o de menor
grado.

3. El Lenguaje Simbólico

Ese lenguaje son los símbolos. Los francmasones se sir-


ven de los símbolos a modo de figuras alegóricas para
transmitir conocimientos y asegurar la continuidad de
sus enseñanzas.
Pero los masones agregaron a la simbología un con-
junto de leyendas. Incorporaron a su iconografía la de
las Órdenes más poderosas de la historia. De cada una
tomaron su médula y reclasificaron el resumen del mo-
delo humano.88
Desde tiempos lejanos, cuyo origen no ha sido jamás
precisado, la masonería desarrolló un lenguaje sim-
bólico. La mayoría de los símbolos que conforman este
lenguaje provienen de la arquitectura sagrada. Se di-
fundieron a lo largo de Europa durante la Edad Media
junto con la actividad de los constructores de grandes
catedrales y abadías. Es común encontrar en la icono-
grafía medieval imágenes de Dios sosteniendo en sus

8 Callaey, E; Las Claves Históricas del Símbolo Perdido.

. 22.
manos los instrumentos del Arte —generalmente un
compás— con los que traza los planos de la creación del
mundo. La arquitectura se consideraba, por lo tanto,
como una continuación terrestre del poder divino.
Quien erigía un templo desarrollaba un oficio vincula-
do con el propio Creador.
Sin embargo, muchos de estos símbolos aparecen en
épocas aun más remotas, desde las ruinas de Pompeya
hasta los confines del Mediterráneo Oriental. La rela-
ción del símbolo con la masonería es tan estrecha que
cualquier masón, medianamente instruido, sería capaz
de encontrar las huellas de sus hermanos en cualquier
ámbito en que estos se hayan desempeñado.
Aunque resulte sorprendente para la mentalidad mo-
derna, durante siglos, tal vez milenios, diferentes linajes
de iniciados preservaron un importante caudal de co-
nocimiento, trasmitiéndolo de maestro a discípulo.

4. El Secreto Masónico

Pero hay algo más complejo aún: Los masones —y an-


tes de ellos otras sociedades secretas del mismo tenor—
han tenido la vocación de construir futuros posibles.
¿Cómo lo hacen? Capaces de comprender la naturaleza
profunda del fenómeno humano, trabajan para generar
las condiciones y cambiar el curso de los acontecimien-
tos. Indagadores natos, entienden el idioma de los sig-
nos, las piedras talladas, los relatos fantásticos, los mi-
tos universales y los libros sagrados. Captan en ellos un
mensaje que permanece mudo para quien no lo com-
prende. Los masones no son solo protagonistas de la
historia; la construyen.

. 23.
Por lo tanto, cuando un profano 9 piensa que los ma-
sones se reúnen en secreto, poseen conocimientos ocul-
tos que guardan celosamente y que urden conspiracio-
nes, está en lo correcto. La cuestión radica en qué tipo
de conspiración realizan los masones. Tejer las bases de
futuros posibles es de por sí una gran conspiración.
Este concepto puede resultar curioso, y hasta com-
plejo. Pero es real; los masones aprenden a pararse en
un futuro al que quiere llegar. Desde allí pueden ver
cuáles condiciones debieran generarse para alcanzarlo.
La masonería que triunfa es la que ve al mundo desde
el futuro, y lo crea. De igual modo misterioso puede de-
jar trazado el plan en un lenguaje simbólico que otros
masones podrán interpretar y ejecutar.
El secreto masónico no está en los signos, ni en los to-
ques, ni en las palabras sino en esa capacidad de hacer
que las cosas se vuelvan comprensibles, resumidas en
su símbolo más potente: La Luz. Donde otros solo ven
piedras el masón ve una historia: Donde la mayoría es-
cucha una historia el masón decodifica una clave que
explica la historia.
No es posible comprender los acontecimientos del
mundo moderno sin ella; del mismo modo que no pue-
de comprenderse el mundo antiguo sin las Escuelas de
Misterios, ni la Edad Media sin la leyenda del Grial y la
Orden de la Caballería. La francmasonería emerge ante
los ojos del historiador apenas se rasga la superficie de
los hechos. Permanece impermeable a los curiosos y so-
lo se revela ante el que descubre que los acontecimien-
tos históricos no son el fruto azaroso de un destino po-
sible sino la consecuencia de un esfuerzo que intenta
dirigir su curso.

9En el lenguaje masónico se denomina profano a alguien que no


ha sido iniciado.

. 24.
5. Los Masones en la Edad Media. La Era
de la Piedra

Hace diez siglos Europa fue testigo de uno de los mo-


vimientos espirituales más potentes de la historia del
cristianismo. Luego de superar el terror del «fin del
mundo», provocado por la llegada del año mil del na-
cimiento de Jesús, los monjes benedictinos iniciaron
una profunda reforma de la Orden de San Benito, con-
vencidos de que la Iglesia y el mundo necesitaban un
nuevo impulso civilizador. La construcción de los más
grandes monumentos de piedra, románicos y góticos,
está asociada a este empuje que cambió el rostro de to-
do el continente. Para ese entonces, estos monjes cons-
tructores ya contaban con un andamiaje alegórico.
Hacia el siglo VIII, en Northumbria, el monje ingles
Beda, que sería llamado el Venerable, escribió un libro
acerca del Templo de Salomón, abriendo paso a la que
luego se convertiría en la leyenda central del actual
Tercer Grado de la francmasonería, el Grado de Maes-
tro Masón.
Este misterioso libro, del cual ya hemos hablado ex-
tensamente en otros ensayos, sienta las bases de las ale-
gorías a partir de las cuales se construirá todo el simbo-
lismo masónico. Se habla allí, por primera vez, de que
el hombre que se dedica a la construcción debe cuadrar
su propia piedra, convertirse en un hombre a escuadra,
es decir, recto, pulido y preparado para tomar parte en
la construcción colectiva de un Templo elevado a la
Gloria de Dios, el Gran Arquitecto del Universo. El
propio Beda cuenta en su libro que la obra fue inspira-
da por el trabajo de los masones que construyeron el
monaterio de San Pablo en Jarrow, donde sería ordena-
do diácono en 692 y monje en 703, y que se encontraba
en plena construcción. Beda pudo observar de qué mo-

. 25.
do estos monasterios eran construidos en piedra al esti-
lo romano,10 asomando hacia el mar y dominando los
estuarios del Tyle y el Wear.
Como a su vez era un gran estudioso del Antiguo
Testamento (se cree que tenía un maestro judío que le
enseñaba hebreo), encontró una gran similitud entre el
trabajo de estos masones y los que describen el Libro de
Reyes y Crónicas respecto de la construcción del Tem-
plo de Salomón.
Lo cierto es que esta obra de Beda —considerado uno
de los padres de la historia de Inglaterra— pronto se di-
fundió por el continente de la mano de los grandes
abades que construyeron la red de monasterios bene-
dictinos en los tiempos de Carlomagno. Finalmente
inspiró a los constructores de la Orden Cluniacense
(que toma su nombre de la abadía de Cluny, donde fue
fundada) y que puede ser considerada la primera mul-
tinacional de la que se tenga memoria, pues su red de
monasterios, con sus logias de constructores y sus uni-
dades de producción agraria, cubría toda la Europa
cristianizada.
Ya en el siglo XI, los cluniacenses habían establecido
reglamentos y constituciones para sus logias de cons-
tructores de iglesias y catedrales, incorporando a laicos
que utilizaban como mano de obra calificada. En efecto,
los monjes constructores de Cluny, constituyeron la
primera fuerza trasnacional de alcance continental en
todo el Imperio Romano Germánico, convirtiendo a sus
monasterios en el depósito de todo el saber de la época.
Durante un tiempo, el secreto de los masones fue con-
servado en la profundidad de los monasterios, al igual
que en sus bibliotecas se guardaba todo el conocimiento
de la antigüedad. Luego de siglos de decadencia, los

10Estilo romano (more romano) era la forma de referirse al arte


románico con el que se comenzaba a construir en Europa

. 26.
monjes que construyeron Europa recuperaron el anti-
guo sistema e imaginaron el futuro que querían para
Occidente. Con ese conocimiento y la estructura ade-
cuada erigieron nada menos que las bases de un Impe-
rio que duraría mil años.
El libro de Beda sirvió de guía para que los abades es-
tablecieran las corporaciones de constructores, susten-
tadas en la tradición del Antiguo Testamento, compa-
rando a Adonhiram (el superintendente a cargo de la
construcción del Templo de Salomón), con el propio
Cristo. Dentro de los muros de las grandes abadías se
gestó una nueva vía iniciática de tal magnitud y vitali-
dad que su capacidad constructora superaría a la del
antiguo Egipto en toda su historia. No nos detendremos
en esta cuestión, remitiendo al lector a nuestros trabajos
anteriores.11

6. Los Gremios de Constructores

Mientras el mundo medieval se transformaba, también


se transformaban los masones. Las estructuras creadas
por los benedictinos cedieron su lugar a las primeras
organizaciones gremiales y se produjo el nacimiento de
las corporaciones de oficios. En la medida en que las
ciudades resurgían, y con ellas el comercio, los monjes
dejaron de tener el monopolio del mercado, aunque si-
guieron poseyendo las más importantes unidades de
producción agraria y la mayor capacidad de produc-
ción literaria, sino la única.
En medio de esta transformación, las corporaciones
de albañiles y canteros desarrollaron una unidad de

11 Callaey, Eduardo, Monjes y Canteros (Buenos Aires, Dunken,

2001) La Masonería y sus Orígenes Cristianos (Buenos Aires,


Kier, 2006). También El Libro acerca del Templo de Salomón y
otros textos masónicos medievales. (Madrid, Manakel, 2010)

. 27.
trabajo (un taller) que los agrupaba y al que denomina-
ron logia.12 Estas estructuras se convirtieron en deposi-
tarias de un saber de naturaleza misteriosa. Sus inte-
grantes fueron los primeros en comprender el poder
que encerraban los números, las formas y las propor-
ciones. En las catedrales que construían podían experi-
mentar con tensiones y empujes, calcular posiciones as-
tronómicas, combinar las luces y los colores en las vi-
drieras, fijar imágenes en los relieves y establecer los
símbolos de una nueva civilización de piedra.
A medida que crecía la demanda de mano de obra,
los masones ganaron cierta libertad de movimiento, lo
que significó un privilegio extraordinario (denominado
«franquicia»), pues en tiempos del feudalismo los arte-
sanos y los habitantes de la comarcas pertenecían a la
tierra en la que habían nacido. La tierra (los alodios) se
transfería junto con los siervos que la trabajaban. De allí
que aquel que se trasladaba de un lugar a otro necesita-
ba de dichas franquicias.
La movilidad de los maestros masones, que se des-
plazaban de obra en obra, pronto permitió un hondo in-
tercambio de ideas y de tradiciones, una conjunción de
«espiritualidades» que constituyeron la particularidad
de la francmasonería. Esto se convirtió, muy pronto, en
un factor de poder. El masón, al desplazarse por los
caminos del Sacro Imperio, veía una realidad ampliada;
su consciencia tomaba otra dimensión del mundo: De
una visión fragmentada marchaba hacia otra visión de
totalidad.
Las logias agrupaban artistas y artesanos cuyo ca-
rácter itinerante los colocaba fuera del alcance munici-

12 El término logia tiene varias acepciones, pero generalmente se

entiende por ella a la pequeña construcción anexa a la obra prin-


cipal, en la que se guardan las herramientas y se reúnen los obre-
ros.

. 28.
pal, pero principalmente de la vigilancia estricta de la
Iglesia. La principal característica de los hombres que
integraban estas sociedades era su condición de hom-
bres libres. No estaban sometidos a vasallaje ni se en-
contraban bajo ninguna forma de servidumbre o escla-
vitud. Su condición de miembros de la logia dependía,
sin embargo, de un juramento que prestaban ante la au-
toridad comunal que confería «patente» al maestro iti-
nerante.
Georges Duby, describiendo el carácter laico de casi
todos los artistas a partir del siglo XII en adelante, se-
ñala que «estaban organizados en gremios muy pode-
rosos y muy especializados. Sustitutos del grupo fami-
liar, estas corporaciones representan para ellos un refu-
gio, facilitan los traslados de ciudad en ciudad, de obra
en obra y en consecuencia, los encuentros, la formación
de los aprendices, la difusión de las técnicas. Se mues-
tran también, como todos los cuerpos cerrados, tradi-
cionales, dominados por los más ancianos que no con-
fían en las iniciativas individuales, pero ya en el siglo
XIII existían cofradías de albañiles y orfebres».13
Este conjunto de maestros de la piedra, la madera y el
metal se constituyeron en gremios capaces de construir
moles de piedra de carácter asombroso. Con el trans-
curso de los siglos, desde sus orígenes hasta el creciente
intercambio técnico con los constructores de Medio
Oriente y Bizancio, las logias fueron adquiriendo un
mayor conocimiento técnico, no exento de un nexo cre-
ciente con corrientes espirituales de carácter esotérico.
Esta suerte de «saber reservado» requería de una inicia-
ción, un rito de pasaje mediante el cual el profano se
comprometía a guardar el secreto del «arte», a la vez
que ingresaba en una dimensión superior del «conoci-

Duby, Georges; La Época de las Catedrales (Madrid, Ediciones


13

Cátedra, 1993) p.191

. 29.
miento». Paul Jonhson define claramente esta cuestión
del «secreto de oficio» cuando dice:
Todos los artesanos medievales tenían secretos re-
lativos a sus oficios, pero los masones eran decidida-
mente obsesivos con los suyos, dado que asociaban es-
piritualmente los orígenes de su corporación con el
misterio de los números. Tenían desarrollada una idea
pseudocientífica en torno a los números, las proporcio-
nes y los intervalos, y memorizaban series de números
para tomar sus decisiones y trazar sus líneas. Como en
el antiguo Egipto —otra cultura de piedra tallada—
ellos tenían una tradición de «taller» muy fuerte y re-
glas establecidas para casi cualquier contingencia es-
tructural... Transmitían sus conocimientos oralmente y
los aprendían de memoria, bajando al papel lo menos
posible. Los manuales de construcción no existieron
hasta el siglo XVI.14
Reunidos en estructuras gremiales poderosas, y ca-
paces de desarrollar técnicas complejas, los hombres
que integraban estas logias tenían una formación parti-
cular y una posición estratégica en la sociedad. Con el
tiempo comprendieron que su poder radicaba en ser la
herramienta con la que se estaba construyendo la civili-
zación. Del mismo modo, los propios factores del poder
político y económico tomaron consciencia del papel re-
levante que los masones tendrían en el futuro.
Ese punto significó un momento de inflexión. Porque
al comprender que la masonería representaba una for-
midable herramienta de construcción, no solo de mo-
numentos de piedra sino de ideas, de conocimientos y
de poder, muchos hombres se acercaron a ella, ya no
para aprender los misterios de la piedra, sino para

14Johnson, Paul; Cathedrals of England, Scotland and Wales


(Londres, Weidenfeld & Nicolson, 1993). pp. 134 a 138.

. 30.
comprender —en el más absoluto resguardo— los de la
construcción social.
El fenómeno de las catedrales, que aún nos sor-
prende, fue un plan de alcances tan vastos que resulta
difícil de abarcar sin un gran esfuerzo de investigación.
Pero sin dudas, la red de catedrales construidas en todo
el continente europeo, fue la gran conspiración de la
piedra, y así lo entienden hoy la mayoría de los histo-
riadores cuando definen a ese sistema como el de «una
pedagogía de masas»15.
La catedral, construida en el centro de la ciudad, se
convierte en el lugar de encuentro con Dios, pero a su
vez es el lugar en el que se reúne el pueblo. La catedral
es el libro en el que leen los analfabetos, pues las pie-
dras narran las historias bíblicas. Pero en ese mismo
lenguaje de piedra está la clave de un conocimiento
preservado y reservado a los iniciados; es el refugio de
los desamparados, pero también la casa del obispo; es
el punto de celebración del carnaval, pero a la vez el re-
flejo fulgurante de la Jerusalén Celeste. En la catedral
está todo lo que el hombre necesita para encontrar su
dimensión humana.

7. La masonería especulativa

Es común leer que la masonería operativa medieval


comenzó su transformación en el siglo XVIII, aceptando
en el seno de las logias a hombres ajenos al oficio. Sin
embargo, actualmente sabemos que este proceso co-
menzó mucho antes. El cambio más importante no se
produjo en las formas sino subterráneamente, en el co-
razón de las logias. Crecía la presencia de miembros
honorarios, o masones aceptados en el seno de los talle-

15 Así la denomina, concretamente, George Duby.

. 31.
res. No se trataba de hombres de oficio sino de otros,
más interesados en la Piedra Filosofal que en cualquier
otra.
Se cree que el contacto de los masones —especial-
mente los de las Islas Británicas— con estos temas filo-
sóficos, se produjo a raíz de los numerosos viajes que
realizaban a Italia para estudiar la arquitectura, en
tiempos del arquitecto Palladio, país del que retorna-
ban, trayendo consigo el fruto del aprendizaje y la in-
vestigación.16 Pero también regresaban con las nuevas
ideas filosóficas que habían surgido en el Renacimiento
Italiano, vinculadas con tradiciones herméticas, mági-
cas y cabalísticas.17 Por entonces, Italia era un hervidero
de magos, astrólogos y alquimistas. Se estaban sentan-
do las bases de lo que se denominaría luego masonería
especulativa (por contraposición a la operativa, que era
la de los albañiles).
Este conjunto de ideas se denominó genéricamente fi-
losofía oculta. Francis Yates lo describe como un siste-
ma de conceptos construidos con elementos del herme-
tismo en la visión del filósofo Marcilio Ficino, más la in-
fluencia de una versión cristianizada de la cábala judía,
cuyo principal exponente fue el gran Pico de la Mirán-
dola. 18 Estas ideas tuvieron un serio impacto en la
francmasonería, donde fueron introducidas por la cre-
ciente incorporación de masones aceptados. La mayoría
de las palabras de pase y las palabras secretas de los
masones son vocablos hebreos, provenientes de la tra-
dición judía y de la cábala.19

16 Andrea di Pietro della Góndola (Andrea Palladio). (1508-1580)


fue un importante arquitecto italiano de la República de Venecia.
17 Callaey, Eduardo, El otro Imperio Cristiano, Cap. VII.
18 Yates, Frances A.; La filosofía oculta en la época isabelina (Mé-

xico, Fondo de Cultura Económica, 2000) p. 11.


19 Callaey, E, Ob cit Cap. XV.

. 32.
Otra corriente que influyó en la francmasonería, espe-
cialmente en Inglaterra, es la proveniente de la Her-
mandad de la Rosa Cruz, cuya irrupción pública se re-
monta a la Alemania de principios del siglo XVII. Tal ha
sido la influencia de los rosacruces en la francmasone-
ría que en muchos de sus ritos se ha perpetuado en un
Grado considerado central en el Rito Escocés Antiguo y
Aceptado y en el Rito Francés: el de Caballero o Prínci-
pe Rosacruz. Los rosacruces —como propone Frances
Yates— conforman un puente entre el Renacimiento y
la revolución científica, pues la aurora rosacruz ha de
reivindicarse, tarde o temprano, como la bisagra, el eje
de transición entre el mundo mágico de los grandes fi-
lósofos renacentistas y el nacimiento incipiente de la
investigación científica, tal como se concibe en la actua-
lidad.20
Pero cuando exploramos más profundamente, en-
contramos que existe en el seno de la masonería una
tradición mucho más antigua que la de los rosacruces y
aún que las corrientes filosóficas del Renacimiento: La
caballería.
Esta tradición está muy arraigada en los Ritos que se
desarrollaron en Francia, en la primera mitad del siglo
XVIII y que recibieron una fuerte influencia de los maso-
nes escoceses exiliados luego del derrocamiento de Ja-
cobo II. Para los masones escoceses la alianza entre can-
teros y nobles, entre constructores y caballeros, parece
remontarse a los tiempos de la independencia de Esco-
cia, proceso iniciado con la rebelión de William Wallace
y concluido con la victoria de Robert Bruce contra los
ingleses, ocurrida en la batalla de Bannockburn, librada
en las cercanías del castillo de Stirling en al año 1314.

20Callaey, E. El otro Imperio Cristiano; ver capítulo Los rosacru-


ces y la francmasonería.

. 33.
¿Pudo haber tenido la francmasonería una relación
tan temprana con la caballería? En principio resulta di-
fícil asimilar que ambas estructuras medievales (una
centrada en la construcción y otra en la guerra) hayan
tenido un vínculo profundo salvo su condición de ser
ambas producto del cristianismo romano. Pero, cuando
miramos más detenidamente, la imagen cambia.
Del mismo modo que la francmasonería ha cons-
truido un lenguaje que se manifiesta a través de la pie-
dra, la caballería tiene uno propio que es la heráldica,
también denominada Noble Saber. La heráldica es la
ciencia del blasón, el arte de explicar y describir los es-
cudos de armas de cada linaje, ciudad o persona. Es
también un campo de expresión artística en el que po-
demos encontrar nexos con la francmasonería.
Gerard de Sorval, dice al respecto:
[…] Los pueblos tienen sus lenguas que reflejan su ge-
nio propio, su naturaleza y su historia. Pero junto a las
lenguas nacionales, existen lenguajes propios para ex-
presar ciencias particulares, para explorar un campo de
la realidad. El blasón es una de estas lenguas, bastante
olvidada ciertamente, pero en absoluto muerta puesto
que continúa siendo utilizada oficialmente por nume-
rosos Estados, por la Iglesia católica, por multitud de
ciudades, provincias, oficios, y también por familias y
personas... incluso por marcas publicitarias. Al igual
que toda lengua, el blasón se aprende, comportando un
alfabeto, una sintaxis y unas determinadas reglas de
uso que es preciso conocer.21
Este lenguaje propio de la caballería no parece ajeno
al de los artesanos de la piedra y otros oficios. Grasset

21Sorval, Gérard de, Le langage secret du blason (France, Biblio-


thèque de l’Hermétisme, 1981). Traducción de R. Martí Blanco.

. 34.
d’Orset22 explica que los artistas afiliados a las corpora-
ciones, ligados a grupos itinerantes que viajaban de una
construcción a otra, utilizaban una escritura jeroglífica
con la que transcribían sus planos, sus diseños o sus
anotaciones. Esta escritura aparece en el siglo XI bajo el
nombre de blasón23 (Noble Saber o Arte Real). D’Orset
afirma que es la corporación de los esmaltadores (en
heráldica se llama esmaltes a los colores) la que provee-
rá las reglas del blasón, en tanto que la corporación de
los talladores de piedra se vincula a las divisas, que
significa «cosas a adivinar» del francés deviner [adivi-
nar] dévisa [divisa].24
Como vemos, existen elementos comunes tanto en la
francmasonería como en la caballería, más allá del he-
cho de que, canteros y caballeros, hayan estado unidos
por un mismo origen religioso y cultural. De modo que
este vínculo no debiera sorprender.
Hasta hace pocas décadas, este presupuesto era ab-
solutamente descalificado fuera de las logias de ascen-
dencia escocesa o impronta cristiana. En otras parecía
tratarse de una tradición olvidada. Sin embargo, con el
tiempo, no solo pude comprobar que existían corrientes
masónicas que la mantenían intacta sino que la caballe-
ría conserva su vigencia y su vigor en la francmasonería
moderna.
Pero hace falta conocer a los actores de esta historia;
para ello debemos trasladar, momentáneamente, nues-
tro escenario a Escocia.

22 d’Orset, Grasset; Archéologie mystérieuse 2 vol. (Francia, E-

Dite, 2001), Cf. Espalier, Limousin, el último testigo del Arte


Real.
23 Se llama blasón al conjunto de figuras, insignias o símbolos de

un escudo de armas.
24 Se da el nombre de «divisa» al lema o mote expresado en tér-

minos sucintos o por algunas figuras en un escudo de armas o


blasón.

. 35.
Capítulo II
LA TRADICIÓN CABALLERESCA Y
LA FRANCMASONERÍA ESCOCESA

1. La caballería masónica

En la actualidad hay varios ritos masónicos que re-


claman una herencia caballeresca. En algunos no solo
está presente sino que ha sido resguardada durante los
últimos tres siglos. En otros esta tradición fue trastoca-
da y adaptada, primero por la influencia de la Ilustra-
ción y luego por las corrientes republicanas, mutando
en la medida que la masonería acompañaba a los pro-
cesos políticos que vivía la sociedad. Pero esa adapta-
ción no ha podido quitar todos los elementos propios
del imaginario caballeresco, pues de hacerlo, estos ritos
habrían perdido todo su sentido.
Esta cohabitación de una masonería con símbolos y
leyendas propias del Antiguo Régimen con otra que na-
ció, justamente, como consecuencia del colapso de las
monarquías absolutas y de la hegemonía de la Iglesia
católica, provoca no pocas contradicciones y resulta
muy compleja de comprender si se la analiza en forma
superficial.

. 36.
Existen diversos sistemas masónicos que poseen, den-
tro de sus estructuras, Órdenes de Caballería; es decir,
que los estamentos caballerescos están integrados y
forman parte de la escala de grados del Rito o Régimen.
En estos casos, los grados caballerescos se encuentran
en la cima de la escala y gobiernan sobre los grados in-
feriores. Estas órdenes son, en su mayoría, herederas de
la Orden de la Estricta Observancia Templaria, que fue
influida y forjada a partir de la acción directa de la ma-
sonería escocesa estuardista.
Otros Ritos han tenido la misma influencia pero con
consecuencias y derroteros distintos, como el Rito Es-
cocés Antiguo y Aceptado, al cual dedicamos un
Apéndice de este libro. Pero en este caso no se trata de
una Orden de Caballería, sino de Grados que guardan
un resabio de las mismas. 25 Se podría decir que el
REAA —el más poderoso y numeroso de los sistemas
masónicos en la actualidad—, conserva buena parte de
la herencia escocesa.
Por último, cabe mencionar a la Orden Templaria ma-
sónica bajo jurisdicción británica. Su actual organiza-
ción data de principios del siglo XIX (posterior a los
acontecimientos que trataremos en los próximos capítu-
los), siendo la más numerosa y difundida de las orde-
nes masónico-caballerescas. Se denomina «The United,
Religious, Military and Masonic Orders of the Temple
and of Saint John of Jerusalem, Palestine, Rhodes and
Malta of England and Wales». Sin embargo su estructu-
ra es independiente y queda despegada de la masonería
simbólica inglesa. Como ente autónomo, su acceso está
restringido a masones cristianos. Aunque se la conside-
ra un «Grado Colateral» su posición es claramente su-
perior, pues para acceder a ella hay que poseer el Gra-
do de Maestro Masón y el de Compañero Real Arco. Su

25 Ver Apéndice I.

. 37.
Patrono es la reina Isabel II, quien ha sabido vestir el
hábito de la Orden. Esta organización mantiene ac-
tualmente hospitales de ojos en Jerusalén y en Gaza,
donde se han atendido a numerosas víctimas del con-
flicto en Medio Oriente.
Como datoadicional diremos que en 1917 el general
británico Edmund Allemby entró en Jerusalén al frente
de una división del ejército británico luego de vencer a
las tropas turco-otomanas, convirtiéndose en el primer
templario moderno que la pisaba en siglos. Desde 1224
ningún ejército cristiano había vuelto a la Ciudad Santa.
Este acontecimiento fue celebrado en Londres, según
relata John Robinson, con una ceremonia de los «barris-
ters», nombre con el que se identifica a los abogados
que trabajan en la zona de Temple Bar, cuya sede es la
antigua iglesia templaria, situada entre Fleet Street y el
río Támesis.
Robinson afirma que los «…barristers marcharon en
procesión a la iglesia circular de los templarios y colo-
caron la corona de laurel de la victoria sobre las efigies
de los caballeros, para transmitirle un mensaje sin pala-
bras: No estáis olvidados…».26 Quien recorre los rinco-
nes de Jerusalén, suele encontrarse con un monumento
erigido por esta Orden Templaria británica.
Aunque dejaremos la cuestión de la masonería en
Medio Oriente para un volumen futuro, es preciso men-
cionar que la masonería británica tuvo fuerte influencia
en ese enclave estratégico desde épocas tempranas, con-
tribuyendo, junto con la masonería francesa, a estable-
cer una avanzada occidental que, en su momento, dio
por resultado sendas democracias.
Pero como se verá, el eje en el cual se concentra la in-
fluencia caballeresca escocesa en la francmasonería, es

26John Robinson; Mazmorra, hoguera y espada (Editorial Planeta


S.A., Barcelona, 1994) , p. 505.

. 38.
la mencionada Orden de la Estricta Observancia Tem-
plaria, creada por el barón von Hund. Su historia per-
sonal, y la de su Orden, están teñidas por el enfrenta-
miento encarnizado entre los estuardistas escoceses y
los hannoverianos ingleses. La Estricta Observancia na-
ce, sin dudas, en el medio de un profundo quiebre.
Robinson sostiene que la masonería escocesa del siglo
XIV se forjó en la sangrienta insurrección comandada
por William Wallace, a tal punto que su libro más fa-
moso lleva por título Born in Blood (Nacidos en San-
gre)27. Con el correr del tiempo, en la medida en que fui
abordando la historiografía reciente en torno a la ma-
sonería del siglo XVIII, llegué a la conclusión —al igual
que muchos otros— de que el nacimiento de la masone-
ría moderna fue tan sangriento como el medieval, del
que habla Robinson. Y que, en efecto, las conspiraciones
han marcado el destino de la masonería, tanto en aque-
llos tiempos de castillos y caballeros, como en estos
otros que abordaremos en los próximos capítulos. De
algún modo los masones han sido fieles a su vocación
de construir más allá de la piedra.
Hagamos un repaso del origen de esta tradición ca-
balleresca en la masonería escocesa.

2. La Orden del Temple

A diferencia de la francmasonería, la Orden del Temple


tiene un origen cierto y una historia ampliamente do-
cumentada. Nació como consecuencia de la primera de
las peregrinaciones armadas a Tierra Santa, que luego
tomarían el nombre de «cruzadas». Fue creada por un
grupo de nueve caballeros provenientes en su mayoría
de Champagna, liderados por Hugo de Payens, y su ob-

27Robinson, John; Nacidos en sangre, Los secretos perdidos de la


francmasonería (España, Obelisco, 2012).

. 39.
jetivo inicial era el de amparar y proteger a los peregri-
nos.
En el año 1118 el rey Balduino II cedió parte del
«Templum Salomonis» a la naciente orden militar cu-
yos caballeros fueron llamados, por ese motivo, con el
nombre de Caballeros Templarios. Apenas pocos años
después ya se contaban en número de 300 y gozaban de
grandes privilegios concedidos por el monarca. Junto
con los Caballeros Hospitalarios y los Caballeros Teu-
tones conformaron el brazo armado de los reinos cris-
tianos en el Levante.
En un principio, su organización fue similar a la del
clero regular. Observaban votos de pobreza, castidad y
obediencia y se encontraban sometidos a la autoridad
del Patriarca de Jerusalén. En 1128, con el apoyo de san
Bernardo, el líder más carismático e influyente de toda
la cristiandad, el Concilio de Troyes aprobó su regla y
la orden quedó establecida en su doble condición de
monástica y militar. Ya para ese entonces era uno de los
ejércitos más poderosos de Tierra Santa.
En los siguientes dos siglos la fama de sus guerreros,
su capacidad de organización, su poderío económico y
su particular petulancia la convirtieron en la más admi-
rada y odiada milicia de la cristiandad. Poseían precep-
torías y encomiendas en toda Europa y en Medio
Oriente; participaban activamente en la reconquista de
España y acumulaban tal riqueza que pronto les permi-
tió crear un sistema de letras de cambio, precursor de la
banca privada. Llegaron a tener una importante flota
con asiento en el puerto de La Rochelle cuya súbita
desaparición, en momentos previos a la captura del
Temple de París, ha dado lugar a numerosas conjeturas.
Con la caída de Jerusalén se replegaron a sus castillos
sobre la costa del Mediterráneo Oriental. Luego de-
bieron abandonar Tierra Santa y se constituyeron en la
Isla de Chipre. Pero a principios del siglo XIV fueron

. 40.
acusados de herejía y prácticas infamantes. En Francia,
sus jefes fueron encarcelados, torturados y quemados
en la hoguera. El viernes 13 de octubre de 1307 todos
los templarios de Francia fueron apresados y encarce-
lados. Siete años después, el 18 de marzo de 1314, Jac-
ques de Molay el último de sus Grandes Maestres, jun-
to a Godofredo de Charney y otros caballeros, fueron
quemados por herejes relapsos en la ribera del Sena.28
Según la leyenda, en medio del martirio, Jacques de
Molay lanzó una maldición contra el monarca y el papa
conminándolos a comparecer ante el juicio de Dios an-
tes de un año. Pocos meses después ambos estaban
muertos.
Desde hace siglos los masones se proclaman he-
rederos del Temple, afirmación que puede encontrarse
en diversos ritos. Durante mucho tiempo los historia-
dores restaron importancia a esta cuestión. Sin embargo
la percepción de este vínculo cambió radicalmente en
los últimos años. Citaremos brevemente a John Robin-
son: «La persistencia de la leyenda y las frecuentes refe-
rencias a la orden [templaria] en el ritual masónico hi-
cieron lanzarme a varios años de investigación... Aun-
que no soy masón quedé fascinado por lo que iba des-
cubriendo en las raíces templarias del ritual masónico,
especialmente en lo que hace a los símbolos y termino-
logías tan antiguos que sus orígenes y significados se
han perdido para los propios masones».29
¿Pudo acaso la orden templaria sobrevivir oculta en
las logias masónicas? Como hemos dicho, la primera
respuesta hay que buscarla en la propia francmasone-

28Callaey, E. Ob. cit. Cap. I


29Robinson, John, Mazmorra, Hoguera y Espada (España. Plane-
ta, 1994) p. 504. (ya hemos mencionado que los resultados de esta
investigación fueron publicados en 1990 en una obra titulada
Born in Blood: The lost secrets of Freemasonry. (Nacidos en San-
gre).

. 41.
ría, especialmente en la masonería escocesa del siglo
XVIII.

3. Los Templarios en el ejército de Ro-


bert Bruce

Según la tradición masónica escocesa, numerosos caba-


lleros templarios —que habían huido de Inglaterra lue-
go de la abolición de su orden— se habrían refugiado
en Escocia en tiempos en que el futuro rey, Robert Bru-
ce, intentaba liberar a su país de la dominación inglesa.
La rebelión escocesa se había iniciado con William Wa-
llace, pero fracasó por las disputas internas de la noble-
za. Muerto Wallace, Robert Bruce asumió el liderazgo y
enfrentó al ejército de Eduardo II en la batalla de Ban-
nockburn, librada el 24 de junio de 1314.
¿Qué hay de cierto en esto? Evidentemente no existen
documentos de la época que puedan considerarse como
prueba de esta teoría. Pero hay varios puntos que de-
ben ser tenidos en cuenta respecto de la posible super-
vivencia templaria en Escocia. El primero de ellos es
que, a diferencia de lo que ocurrió en Francia, en donde
los templarios fueron tomados por sorpresa y apresa-
dos en una de las operaciones policiales más coordina-
das y perfectas que recuerde la historia, la situación fue
distinta en Inglaterra, Irlanda y la propia Escocia.
Desde un principio, Eduardo II se oponía a arrestar a
los templarios de Inglaterra a quienes respetaba y tenía
en alta consideración. Para cuando la Inquisición lo
obligó a cumplir con los arrestos, los templarios habían
tenido el tiempo suficiente de escapar y buscar refugio.
Los primeros encarcelamientos en Inglaterra ocurrieron
en enero de 1308, es decir tres meses después de los
ocurridos en Francia. En ese momento la situación con
la insurrección escocesa ya se tornaba grave y las preo-

. 42.
cupaciones del rey Eduardo II estaban muy lejos de la
cuestión templaria.30 Algo similar ocurrió en Irlanda, en
donde los templarios poseían numerosas prefecturas y
castillos. Algunos fueron apresados en el mes de febre-
ro (apenas treinta de una guarnición calculada en 300
caballeros) y no se conoce que hayan sufrido el mismo
martirio de sus hermanos franceses, ni mucho menos.
Otro tanto sucedió en Escocia, de modo que es muy pro-
bable que las fuerzas combinadas de templarios ingleses,
irlandeses y escoceses se hayan reunido el algún lugar en
el norte del territorio controlado por los hombres de
Bruce. Al fin y al cabo, la mayoría de ellos —guerreros
de elite, hábiles políticos y con una vasta red de contac-
tos y recursos— habían tenido cuatro meses para plani-
ficar la huida y escapar de la cárcel segura, la tortura y
la muerte.
¿Pero dónde se reunirían? ¿Existen pruebas de que
hayan combatido a las órdenes de Robert Bruce? Aquí
el tema se torna más complejo, pero a la vez más intere-
sante, porque si así fuera, explicaría por qué los escoce-
ses estuar distas del siglo XVIII —acorralados por el exi-
lio, y decididos a recuperar la independencia de su
país— le daban tanta importancia a aquella fuerza mili-
tar templaria que había sido decisiva en la guerra libra-
da por Bruce, provocándole una dura derrota a los ejér-
citos de Eduardo II. También explicaría por qué flotaba
en la atmósfera de la masonería escocesa este espíritu
de cruzada.
Según se sabe, los ingleses marcharon a la batalla
convencidos de que los escoceses no contaban con una
fuerza de caballería importante. No cualquier jefe mili-

30 Robert Aitken afirma incluso que los inquisidores debieron ac-

tuar con premura y salir de Inglaterra rápidamente dado el po-


der creciente de Bruce y los preparativos para la guerra. The
Knights Templars in Scotland.

. 43.
tar podía darse el lujo de contar con caballeros bien per-
trechados, y en el caso de Bruce se trataba de un ejército
en el que los soldados profesionales eran escasos y ha-
bía gran cantidad de gente de a pié que se le había uni-
do durante la insurrección. Los ingleses conocían esa
falencia en las tropas de Bruce y marcharon seguros y
confiados, con un enorme ejército muñido de una im-
portante cantidad de caballeros.
Actualmente se considera que el equipamiento de un
caballero medieval, con su corcel de batalla, más al me-
nos dos caballos auxiliares, su armadura, sus pajes etc.
equivalía al de un tanque de guerra moderno. En efec-
to, la caballería medieval tenía el mismo poder y rol de
combate que la actual caballería blindada. Era impen-
sable para los ingleses, que el rey Robert dispusiera de
los medios para armar una escuadra de caballeros que
hiciera frente a la suya. La irrupción de una carga de
caballería en medio de la batalla habría descalabrado la
estrategia de los jefes militares ingleses, inclinando la
victoria del lado de los escoceses. Siguiendo la misma
línea del relato, esa caballería que irrumpe por sorpre-
sa, no era otra que la de los templarios escoceses, ingle-
ses e irlandeses que habían puesto sus armas al servicio
de Bruce.
De acuerdo a las crónicas de la época y a los actuales
estudios, el ejército ingles se presentó a la batalla con
cerca de 2.000 caballeros y 15.000 infantes, de los cuales
una gran cantidad eran arqueros. Por su parte, los esco-
ceses contaban con un ejército de 6.500 hombres de a
pié y 500 jinetes.31
Lo sorprendente es que los escoceses ganaron la bata-
lla y masacraron al ejército del rey Eduardo II que de-
bió huir, dejando en el campo miles de ingleses muer-

31Black, Jeremy. (2005). The Seventy Great Battles of All Time.


pp. 71-73. Thames & Hudson Ltd.

. 44.
tos y otros miles de prisioneros. La batalla de Bannock-
burn resulta todavía un desafío para los estudiosos de
la guerra y es considerada una de las más importantes
de la historia. Pero más allá de la leyenda —que señala
que el jefe templario Pierre D’Aumont irrumpió en el
campo comandando una gran cantidad de caballeros
templarios y sembrando el pánico entre los ingleses—
lo cierto es que no se explica esta derrota sin un factor
que, al menos oficialmente, nunca fue reconocido.
Esta teoría fue ampliamente difundida por los his-
toriadores del siglo XIX. Recientemente, Michael Baigent
y Richard Leigh han hecho un excelente trabajo de reco-
lección de citas y fuentes entre las cuales hay algunas
que vale la pena mencionar.32
Charles G. Addison, en su obra The History of the
Knights Templar, escrita en 1824, afirma que muchos
templarios ingleses continuaron en libertad, habiendo
conseguido huir de sus perseguidores eliminando por
completo las marcas de su antigua profesión, y que al-
gunos de ellos habían escapado disfrazados hacia las
zonas montañosas y yermas de Gales, Escocia e Irlan-
da.33
Otros historiador inglés, Anthony Oneal Haye, es-
cribió en 1865: «[…] nos han dicho que habiendo deser-
tado del Temple, se enrolaron bajo las banderas de Ro-
bert Bruce y lucharon a su lado en Bannockburn… La
leyenda afirma que después de la decisiva batalla de
Bannockburn Bruce, a cambio de eminentes servicios,
formó con estos templarios un nuevo cuerpo».34

32 Baigent, Michael y Leigh, Richard, Masones y Templarios

(Madrid, Martínez Roca, 2005) pp. 82-84.


33 Addison, Charles G. Ob. cit. p. 213.
34 Haye, Anthony Oneal, The Persecution of the Knights Tem-

plars (Inglaterra, Thomas George Stevenson, 1865), p. 114.

. 45.
En tanto que el ya citado Robert Aitken sugiere que
«…los templarios encontraron refugio en las filas del
pequeño ejército del excomulgado rey Robert, cuyo te-
mor a ofender al rey de Francia habría sido sin dudas
superado por su deseo de asegurar el concurso de unos
cuantos hombres de armas capaces como guerreros».35
Más recientemente Desmond Sewuard afirmaría que
todos los templarios escoceses lograron escapar excepto
dos, y que sería muy posible que encontrasen refugio
con las guerrillas de Bruce, señalando que, de hecho, el
rey Robert nunca ratificó de manera legal la disolución
del Temple escocés. Podríamos seguir con una larga lis-
ta de historiadores que abonan esta hipótesis.
La tradición masónica afirma que los templarios hi-
cieron una alianza con Robert Bruce y constituyeron la
caballería de su ejército, actuando como un factor sor-
presa que no había sido previsto por los ingleses. Como
hemos visto, esta teoría parece tener cierto sustento his-
tórico. Sin embargo, nos interesa indagar hasta qué
punto esta fuerza templaria, reunida bajo la órdenes de
Bruce, se perpetuó en Escocia fusionándose con ele-
mentos masónicos o, simplemente, utilizando a la ma-
sonería como cobertura de su existencia.

4. Von Hund y la Orden de la Estricta


Observancia

Es en este punto donde, para nuestro trabajo, cobra vi-


tal importancia la Orden de la Estricta Observancia
Templaria, fundada en el siglo XVIII por el barón ale-
mán Carl-Gottelf von Hund, a instancias de los franc-
masones escoceses estuardistas exiliados en Francia.
Podemos afirmar que la supervivencia de las tradicio-

35 Aitken, Robert. Ob. cit. p 34.

. 46.
nes templarias en la francmasonería se deben, en gran
parte, a la acción de von Hund, y que lejos de confor-
mar una masonería «de salón» como muchas veces se
nos han querido presentar a la masonería aristocrática
de esa época, la masonería jugó un papel fundamental
en los acontecimiento políticos que sacudieron a Euro-
pa.
Los masones de la Estricta Observancia no iban por la
herencia «espiritual del Temple» sino por la restau-
ración de sus dominios, sus tierras, sus castillos y su
poder transnacional. Hay numerosas razones para sos-
tener esta afirmación, comenzando por las Actas de los
Conventos celebrados por la Orden.
Al presentar una alianza entre una orden heredera
del Temple y la masonería escocesa, se ponían en juego,
simultáneamente, el complot para lograr la indepen-
dencia de Escocia, la presión sobre Roma para lograr el
reconocimiento y restauración de la antigua orden
templaria y, como consecuencia, la consolidación de un
nuevo factor de poder político-militar que estuviese por
encima de los estados nacionales.
Como vemos, aquí se plantean una serie de interro-
gantes que abordaremos en los próximos capítulos. El
primero de ellos es determinar cómo se infiltraron estas
corrientes templarias en la francmasonería especulativa
que por entonces (primera mitad del siglo XVIII) se ex-
pandía en Europa, pero principalmente en Francia y en
Alemania. ¿Cuál era el objetivo político-militar de los
escoceses que alentaban esta tradición?
El segundo es el conflicto que, casi de inmediato, se
plantea con la masonería inglesa. La puja entre Inglate-
rra y los masones escoceses por el control de la orden
va más allá de una cuestión institucional. Como hemos
dicho, había un plan que no solo abarcaba la cuestión
de Escocia —siempre en el centro del complot— sino
también a la conformación de una estructura suprana-

. 47.
cional que reunificara a las distintas cristiandades eu-
ropeas surgidas luego de la Reforma. ¿Cuánto tardaría
en reaccionar la Iglesia frente al enemigo menos espe-
rado?
Resulta asombroso y a la vez desafiante pensar que
toda esta restauración caballeresca ocurría en pleno Si-
glo de las Luces y que, mientras los escoceses inflama-
ban el espíritu medieval en los corazones de la aristo-
cracia europea, hombres como d`Alembert, Rousseau,
Diderot y Voltaire construían el movimiento cultural e
intelectual de la Ilustración cuya finalidad era la de di-
sipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces
de la razón.
Autores como Peter Partner han expresado su asom-
bro por el rescate del templarismo propiciado por la
francmasonería. Le resulta sorprendente que en plena
Ilustración, una asociación como la masonería, que se
jactaba de venir a erradicar del mundo la superstición,
resucitara una estructura obsoleta del catolicismo me-
dieval para colocarla en el eje de su intelectualidad.
Con cierto sarcasmo, no comprende por qué los maso-
nes pretenden transformar a los templarios «de su os-
tensible estatus de monjes-soldados iletrados y fanáti-
cos al de profetas caballerescos ilustrados y sabios, que
habían utilizado su estancia en Tierra Santa para recu-
perar los secretos más profundos de Oriente y emanci-
parse de la credulidad católica medieval».36
Partner, al igual que muchos masones contemporá-
neos, no calibra con precisión los alcances de este inten-
to de restauración, tal vez cometiendo el error de creer
que toda la francmasonería del siglo XVIII se sintiera re-

36 Partner, Peter; The Murderer Magicians; The Templars and

their Myth, Publicado también en italiano: I Templari ; traduzio-


ne di Lucio Angelini (Torino, Einaudi, 1991).

. 48.
presentada por la Ilustración. Definitivamente no era
así.
¿Cómo no pensar en el choque inevitable que se pro-
duciría entre ambas tendencias? Aún más: mientras que
la restauración caballeresca avanzaba de la mano de los
francmasones escoceses y que, por otra parte, los filóso-
fos ya hablaban del librepensamiento, una tercera fuer-
za, de carácter extremista y violento —la Orden de los
Illuminati de Weishaup— solo pensaba en barrer de la
faz de la tierra a la monarquía y el clero.
Si pretendemos abordar la historia moderna de la
francmasonería hay que buscar el origen de esta dico-
tomía entre la Tradición y la Revolución, la Monarquía
y la República, la Fe y la Razón, porque estas posiciones
antagónicas continúan, en mayor o menor grado, pre-
sentes en las logias, tal como ocurría en el siglo XVIII.
Centraremos ahora nuestra atención en la epopeya de
los masones escoceses, único camino para comprender
de qué modo, decenas de príncipes de sangre real —y
sus ejércitos— jurarían lealtad al barón von Hund, Gran
Maestre de los masones alemanes de la Orden de la Es-
tricta Observancia. Pero para ello es menester conocer
las circunstancias históricas que llevaron a los masones
escoceses a introducir esta herencia templaria en la ma-
sonería europea continental.

. 49.
Capítulo III
LA MASONERÍA EN LAS ISLAS
BRITÁNICAS

1. Europa y las guerras religiosas

Durante el período comprendido entre el siglo XVI y el


XVII, la sociedad europea sufrió una profunda crisis re-
ligiosa. Inglaterra —país en el que se establece formal-
mente la primera Gran Logia de Masones Libres y
Aceptados en 1717— se vio afectada, no solo por los
conflictos religiosos —iniciados con la Reforma y se-
guidos con la ruptura entre Enrique VIII y Roma— sino
también por una interminable sucesión de guerras entre
las distintas dinastías que gobernaron el reino a lo largo
de ese extenso período de tiempo. No pocos historiado-
res han señalado la influencia de estos conflictos en esa
etapa fundacional de la masonería especulativa. Dice
Tort-Nouguès: «El problema que se plantea a los hom-
bres de esta época, primero en el siglo XVI y en el XVII,
en Europa en general y en Inglaterra en particular, es la
ruptura de la unidad cristiana, el cisma religioso de Eu-
ropa, como consecuencia de la Reforma… Esta dramá-

. 50.
tica ruptura provoca conflictos y guerras, que asolan
toda Europa y destrozan a los hombres de esta épo-
ca».37
Es importante esta cita porque nos permite enmarcar
al masón que habitaba las Islas Británicas en un con-
texto conflictivo, en particular al masón escocés. Siem-
pre cercana al poder, la masonería tanto en Escocia e Ir-
landa como en Inglaterra debió sufrir los avatares de la
política.
Desde fines del siglo XIV los masones de Gran Bretaña
se dividieron en dos corrientes marcadamente dife-
renciadas, corrientes que no solo adquirieron tradicio-
nes distintas sino que se enfrentaron políticamente en
una guerra que se libró en todos los frentes. En el caso
de Escocia, la francmasonería siempre formó parte del
establishment, al punto de que desde la Edad Media
existieron Grandes Maestres, lores protectores y digna-
tarios de la corona que actuaron como puente entre la
masonería y el poder político. Durante todo ese tiempo
reinó en Escocia la Casa Estuardo, cuya breve historia
contaremos a continuación a fin de ubicar al lector en el
marco general y el particular de la masonería escocesa.

2. Los Estuardo

La Casa Estuardo se remonta a los tiempos de las cru-


zadas y fue la familia reinante en Escocia desde 1371
hasta 1714. Formó parte del círculo de clanes que se
disputaron el poder desde esos tiempos remotos, entre
ellos los Bruce y los Baliol. Su nombre es sinónimo de
Escocia, y su historia está indisolublemente ligada a las
guerras dinásticas y religiosas de Gran Bretaña.

37Tort-Nouguès, Henri; La Idea Masónica; Ensayo sobre una fi-


losofía de la Masonería; (Barcelona Ediciones Kompas 1997); p.
19.

. 51.
Los monarcas Estuardo permanecieron fieles a la fe
católica hasta el reinado de María I (1542-87), que fue
reina de Escocia desde el mismo año de su nacimiento y
reina consorte de Francia por su matrimonio con Fran-
cisco II entre 1559 y 1560.
Pese a ser católica, María Estuardo mantuvo una po-
lítica de tolerancia hacia el protestantismo, pero un
complot urdido en medio de las guerras de la Reforma
la obligó a abdicar a favor de su hijo en 1567. Encarce-
lada por su prima, Isabel I de Inglaterra, logró evadirse
y encabezar un levantamiento que fue sofocado. Fue
condenada a muerte y decapitada en el castillo de Fot-
heringhay el 8 de febrero de 1587. Tenía 45 años cuan-
do, frente a sus verdugos, se declaró mártir de la iglesia
católica.
Su hijo Jacobo VI (1566-1625) fue educado como pro-
testante y en el marco de un sistema político que limita-
ba su poder. Sin embargo, luego de hacerse con el go-
bierno en 1578, demostró ser un monarca de fuerte ca-
rácter. En 1603, a la muerte de Isabel I, unificó bajo su
Corona la totalidad de las Islas Británicas, al heredar los
derechos sobre Inglaterra e Irlanda. Tomó el nombre de
Jacobo I.
A partir de ese momento ejerció el poder con mano de
hierro y pretendió restablecer una monarquía heredi-
taria de derecho divino. También ejerció un exclusivis-
mo religioso como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Es-
ta actitud provocó la rebelión de los católicos en 1605
(La Conspiración de la Pólvora) y el exilio de los puri-
tanos hacia Holanda y luego hacia América, donde lle-
garon a bordo del legendario Mayflower en 1620.
Su hijo Carlos I (1600-1649), continuó con la política
de autoridad real y se enfrentó al Parlamento provo-
cando una guerra civil en 1642. Derrotado por las fuer-
zas de Cromwell, fue decapitado, dando lugar a la úni-
ca y efímera República de la historia británica (1649-

. 52.
1660). Su hijo Carlos II (1630-1685) fue restablecido en el
trono en 1660 tras la muerte de Cromwell. No obstante,
no consiguió recuperar los poderes de un rey absoluto.
Por el contrario, puede afirmarse que durante su reina-
do se afianzó definitivamente el sistema británico de
monarquía parlamentaria.
Lo sucedió su hermano menor Jacobo II (1633-1701),
quien fracasó en el intento de restablecer el catolicismo
en Inglaterra. La resistencia de la Iglesia Anglicana y de
los líderes de los partidos parlamentarios llevó a éstos a
pedir la intervención del estatúder holandés Guillermo
de Orange para defender la hegemonía protestante en
Inglaterra.
Se produjo entonces el antecedente directo del tema
que nos ocupa: Guillermo de Orange desembarcó en la
isla en 1688 y destronó a Jacobo II, que era su suegro,
ocupando el trono de Inglaterra, Irlanda y Escocia, con
el nombre de Guillermo III, junto con su esposa, María
II (1662-1694). Este derrocamiento, que se conoce con el
irónico título de «La Revolución Gloriosa», fue en reali-
dad un golpe de estado. Jacobo II marcho al exilio, jun-
to con miles de militares y nobles escoceses, irlandeses
e ingleses católicos. Luis XIV de Francia le dio asilo en
el viejo castillo de Saint-Germain-en-Laye, desde donde
Jacobo II esperaba emprender una guerra de reconquis-
ta.
Entre los exiliados marcharon las numerosas logias
masónicas que ya operaban en el ejército y la armada
de Jacobo II. A sus partidarios se los denominó jacobi-
tas. Más tarde serían llamados también «estuardistas»,
en tanto que sostenían el derecho de los Estuardo a las
coronas de Irlanda, Inglaterra y Escocia. El exilio jacobi-
ta se estableció en ciudades sobre el litoral marítimo de

. 53.
Francia, pues escoceses y franceses eran aliados desde
el siglo XIII (La Auld Alliance).38
Derrocado Jacobo II, la Casa de Orange inició un pro-
ceso de unión con Escocia que tuvo como principal ob-
jetivo eliminar toda posibilidad de que un rey o reina
católico pudiera acceder al trono. Jacobo II murió en
1701. Inmediatamente, su hijo Jacobo Francisco Eduar-
do, fue declarado Rey de Inglaterra como Jacobo III y
de Escocia como Jacobo VIII, y reconocido por Francia,
España, los Estados Pontificios y Módena.
Durante el reinado de Guillermo III se establecieron
dos protocolos (el Acta de Establecimiento en 1703 el
Acta de Unión en 1717), con el fin de evitar el regreso
de la dinastía católica y asegurar la anexión de Escocia
al Reino Unido. Pero no se logró consumar la unión cul-
tural y social —mucho menos la religiosa— entre am-
bos países. Por el contrario, aumentó un enfrentamiento
del que aún quedan resabios y que ha sido una de las
causas del reciente plebiscito del 18 de septiembre de
2014. En tanto, Inglaterra se aseguraba que, en el futu-
ro, el trono estuviese ocupado por un monarca protes-
tante.

3. La Reacción Inglesa

Cuando la masonería inglesa decidió reorganizarse y


fundar la Gran Logia de Londres, los jacobitas exiliados
estaban aún más exacerbados por la asunción del ale-
mán Georg Ludwig von Hannover al trono de Gran
Bretaña, que tomó el nombre de Jorge I.
En ese contexto altamente conflictivo, el 24 de junio
de 1717, en una bulliciosa taberna de los suburbios de

38La Auld Alliance fue una serie de acuerdos y tratados, tanto de


defensa como de ataque contra Inglaterra, firmados entre Francia
y Escocia. El primero se remonta a 1295.

. 54.
Londres, se llevó a cabo una reunión que tendría gran
impacto en la historia de la masonería. Los masones allí
reunidos provenían de las logias con asiento en la pro-
pia ciudad de Londres, Westminster y otras localidades
cercanas.
Solo un puñado de ellos eran albañiles. El último tra-
bajo importante de los masones de Londres había sido
la reconstrucción de la catedral de San Pablo, destruida
por un incendio hacia fines del siglo XVII. Tampoco se
construían castillos. Las bombardas, los cañones y los
ingenios militares hacían perder efectividad a las anti-
guas murallas, que habían dejado de ser inexpugnables.
Desde el advenimiento de la pólvora, hasta el muro
más ancho y cimentado podía caer como una torre de
naipes. La guerra había cambiado.
Muchos masones de oficio habían emigrado a Escocia,
en donde todavía se construía con dinero de la Iglesia y
los monasterios permanecían fieles a Roma. Lo cierto es
que nada era como antaño. Los masones ingleses ya no
se dedicaban a erigir catedrales ni abadías. En su mayo-
ría nobles o hombres de ciencia, su pasión pasaba por
las intrigas políticas y los misterios de la naturaleza.
Pero no todos los albañiles de Londres, ni de Ingla-
terra —mucho menos los escoceses y los irlandeses—
veían con buenos ojos a estos hombres ajenos al oficio.
El conflicto estaba instalado desde hacía tiempo. Los
aceptados —que es el nombre con el que se conocía a
los masones que no pertenecían al gremio de los albañi-
les— tenían claro que los días de las logias, tal como se
las había conocido, estaban contados.
Ya no se construía en piedra a gran escala y tarde o
temprano no habría a quien enseñarle los secretos de la
construcción de arcos, bóvedas y arbotantes. Las técni-
cas habían cambiado, los planos se publicaban, los ma-
nuales sustituían a la tradición oral. ¿Qué esperar en-
tonces? Había que reconvertir al gremio, perpetuando

. 55.
la tradición que, en verdad, se remontaba a un pasado
que los propios albañiles habían olvidado.
La reunión convocada había sido propiciada por los
aceptados. Querían constituir una Gran Logia, un go-
bierno central que federara a las logias de Londres y les
diese un Estatuto común en el que se explicara el objeto
y sentido de la antigua fraternidad, se fijaran los anti-
guos linderos y se estableciera, definitivamente, el ca-
rácter de aceptados a los masones ajenos al oficio. Pero,
principalmente, querían hacerse con el poder político y
el prestigio de una asociación que se reivindicaba como
milenaria y que estaba entrenada en trabajar en secreto.
La Casa de Hannover quería el control de la única so-
ciedad secreta inglesa que le preocupaba.
Planteada la cuestión estalló una violenta discusión.
Algunos representantes de logias abandonaron in-
tempestivamente la reunión. No reconocerían la auto-
ridad de los aceptados ni estaban dispuestos a claudicar
sus usos y costumbres. Pero cuatro logias permanecie-
ron firmes y se constituyeron en asamblea. Aquella no-
che quedó conformada la Gran Logia de Londres y
Westminster. Desde ese día, la historia tendría un pro-
tagonista inesperado, el factor menos pensado, una or-
ganización que, en apenas un siglo, contribuiría a cam-
bihar el mapa geopolítico del mundo.
Poco tiempo después, numerosas logias de las Islas
Británicas se verían obligadas a darse a conocer a fin de
oponerse a la decisión de este pequeño grupo londinen-
se que pretendía dirigir la totalidad de la masonería bri-
tánica. Surgieron Grandes Logias en York, en Irlanda y
en Edimburgo con el fin de proteger sus propios intere-
ses y rechazar esta supuesta autoridad que se había
elegido a sí misma, dando lugar a la famosa disputa en-
tre «los antiguos» y «los modernos». Pues de ningún
modo podían admitir que el grupo londinense se arro-

. 56.
gara la patente de una masonería especulativa que ya
estaba ampliamente difundida.
André Kervella, en su libro sobre los Estuardo y la
Masonería, cuestiona acertadamente los orígenes exclu-
sivamente ingleses de la masonería especulativa y echa
por los suelos la teoría, hasta hace poco establecida, so-
bre esos mismos orígenes. Si reflexionamos y tenemos
en cuenta lo aportado en el presente estudio y la lógica
de los hechos históricos producidos, veremos que viene
a corroborar las afirmaciones de Kervella sobre la anti-
güedad de la masonería escocesa, anterior a la inglesa
en varias décadas.39
Esta división inicial no impidió que la Gran Logia de
Londres y Westminster tuviese un extraordinario éxito
y se convirtiese, rápidamente, en un preponderante fac-
tor político al servicio de la corona. Pero también co-
menzó una puja entre dos visiones diferentes de la
francmasonería. Esta nueva versión edulcorada no en-
contraba asidero en aquellos que permanecían fieles a
la tradición operativa, mucho menos a los escoceses que
tenían su propia tradición masónica, si se quiere, mu-
cho más institucionalizada y antigua que ésta que aca-
baban de fundar los masones de Londres.

4. Una nueva Constitución para una


nueva Masonería

Cuando James Anderson (1684-1746) y Jean Theophile


Désaguliers (1683-1744) tuvieron que establecer los an-
tiguos linderos y escribir las Constituciones que regi-
rían la nueva etapa de los masones libres y aceptados,
fueron muy cuidadosos en quitar de ellas cualquier res-

39 Kervella André, Les Rois Stuart et la Franc-Maçonnerie Édi-


tions Ivoire-Clair 2013.

. 57.
quicio de cristianismo romano. Y si bien estas constitu-
ciones, herederas legítimas de los antiguos documentos
de la Corporación, conformaron el marco normativo de
la denominada «masonería simbólica», no dejan de ser
la visión particular de una masonería protestante al
servicio de la dinastía Hannover. Tal era el revulsivo
que causaba en Anderson una concepción cristiana ro-
mana de la masonería, que solía referirse a las antiguas
constituciones de canteros medievales en forma despec-
tiva, denominándolas Gothic Contitutions. Tengamos
en cuenta que en esa época la palabra «gótico» era si-
nónimo de vetusto.
Fueron estos mismos líderes los que establecieron una
cronología particular a la historia de la francmasonería.
Pero, como hemos dicho alguna vez, las cronologías
son a la Historia como un álbum de fotografías a la vida
de un hombre. Como un hombre que decide mostrar de
su vida solo aquello que hace a ciertos intereses deter-
minados, algunos masones han elegido minuciosamen-
te la cronología de la masonería y la han impuesto con
éxito. Como veremos, el modelo masónico inglés fue
fuertemente resistido en Francia, en donde los masones
escoceses lograron reemplazarlo por otro más afín con
los ideales caballerescos y con su intención de infiltrar
la nueva orden con la antigua tradición templaria.
Resulta paradigmático que fuera un escocés, James
Anderson, —doctor en filosofía y notable predicador
presbiteriano— el compilador del famoso «Libro de las
Constituciones», una obra que escribió con el apoyo y la
supervisión de Jean Theóphile Désaguliers, importante
personaje de la Inglaterra de principios de siglo XVIII ,
Gran Maestre en 1719, sucesor de Jacobo Payne.
La obra le había sido encomendada en 1721 por la
Gran Logia, presidida entonces por el controvertido du-
que de Warthon. En ella debía «compilar y reunir todos
los datos, preceptos y reglamentos de la Fraternidad,

. 58.
tomados de las Constituciones antiguas de las logias
que existían entonces»40. La primera edición se conoció
en 1723, y hubo, aún, dos posteriores, en 1738 y en 1746.
Sobre estas Constituciones descansa gran parte del éxi-
to de la masonería moderna. Amados y criticados, An-
derson y Désaguliers, son el ejemplo más acabado de la
masonería hannoveriana protestante de principios del
siglo XVIII.
En su visión, la Fraternidad tenía un origen inme-
morial: Sobre aquella pretérita organización de noble li-
naje, se habían organizado luego las logias operativas
medievales, antecedente directo de la Gran Logia de
Londres que constituía, por derecho propio, la verdade-
ra y única francmasonería.
Anderson plantea la continuidad histórica desde las
edades míticas, la unidad filosófica, la universalidad
geográfica y —lo que es aún más audaz— la unidad de
acción de la francmasonería. Pero, como veremos, en
aquellos comienzos, de unidad hubo poco. El conflicto
estaba planteado y ahora el campo de batalla no era Es-
cocia, ni las Islas Británicas sino el propio suelo conti-
nental. Quienes se enfrentaban ya no usaban la trulla ni
el mazo sino la espada. Se iniciaba una guerra sorda
que terminaría en una revolución sangrienta.

40La cita es de A. Gallatin Mackey; Enciclopedia de la Francma-


sonería.

. 59.
Capítulo IV
LOS ELEGIDOS Y EL NACI-
MIENTO DEL ESCOCISMO

1. La epopeya masónica escocesa

Luego de la fundación de la primera Gran Logia de


Londres, la francmasonería inglesa puso en marcha una
rápida expansión hacia suelo francés, pero se vio limi-
tada por la acción de los masones escoceses cuya pre-
sencia en Francia llevaba algunos años.
Francia había sido el refugio natural de los jacobitas,
tanto escoceses, como irlandeses, cuyos jefes militares
se habían establecido con sus ejércitos, sus armadas y
sus respectivas logias en 1689, acompañando el exilio
de Jacobo II, instalado en Saint-Germain-en-Laye. Los
militares escoceses e irlandeses se caracterizaban por
una fuerte adhesión a la francmasonería, y sus estructu-
ras les llevaban una gran ventaja a los ingleses, que re-
cién se habían organizado, como hemos visto, en 1717.
Las raíces de las distintas masonerías escocesas tienen
su punto de partida en la acción de estos exiliados jaco-
bitas, que en un principio actuaban con mucha pruden-

. 60.
cia y tendían a mantener una cultura aislacionista. Fre-
cuentaban los salones parisinos más destacados y la
más alta sociedad, pero mantenían viva la esperanza de
retornar a su patria, por lo que se consideraban «de pa-
so» y mantenían una actitud prudente, siempre pen-
diente de los deseos de su rey exiliado.
Jacobo II murió en 1701. Inmediatamente, Luis XIV
reconoció a su hijo, Jacobo Francisco Eduardo, como
heredero legítimo de los tronos de Inglaterra y Escocia.
Lo siguieron España, los Estados Pontificios y Módena,
que se negaron a legitimar a Guillermo III como sobe-
rano británico. El nuevo pretendiente tomo el título de
Jacobo III de Inglaterra y Jacobo VIII de Escocia.
En 1715, después de la Paz de Utrech (1713), Jacobo
III encabezó una rebelión en Escocia que terminó en de-
rrota. Luego de una breve estancia en Saint-Germain-
en-Laye, y luego en Avignón, se estableció con su fami-
lia en Roma. Este acontecimiento parece ser el desenca-
denante de mayores aproximaciones entre los más fie-
les estuardistas y sus simpatizantes parisinos.41 A partir
de ese momento la acción de los masones escoceses se
acrecienta, tal vez porque comprenden que el éxito no
llegaría tan rápido. Todavía no se habla de una «Maso-
nería Escocesa»; en principio eran simplemente franc-
masones sin más epítetos, pero en los años veinte los
masones hannoverianos ingleses comienzan a presentar
una fuerte competencia.
Hacia 1725 funcionaban logias en París bajo los auspi-
cios de la Gran Logia de Londres. En ese momento los
escoceses sienten la necesidad acuciante de afirmar su
singularidad. Es allí, donde el desarrollo de los temas

41Kervella, André; La Maconnerie Ecossaise dans la France de


l’Ancien Régime; les années obscures 1720-1755 (Ed. du Rocher,
1999) p. 130.

. 61.
templarios y la caballería permiten marcar una fuerte
diferencia. Aparece entonces una masonería escocesa.
Lo curioso —dice André Kervella— es que tempra-
namente las logias llevan el apelativo de «escocesas»,
aunque en algunos casos, los irlandeses fueran los
promotores. Esto se explica porque la preponderancia
de los escoceses en las logias era muy fuerte y se impo-
nían como el principal vector de influencia. Afirma
Kervella: «Es necesario reconocer a los escoceses el pri-
vilegio de haber fundado una tendencia masónica que
lleva su nombre, porque esa tendencia pertenecía ya a
su patrimonio singular y confirieron su impronta a la
masonería que introdujeron en Francia».42
Y va más allá cuando sostiene que «es importante
subrayar que si persiste el concepto y el término de es-
cocés en la francmasonería, es porque la identificación
nacional de los jacobitas exiliados en Francia con su es-
tricto plan político, dejó una impronta imborrable fijan-
do líneas, principios e imaginería que modelarán una
masonería diversificada de la inglesa».43
Hacia 1730 las tensiones entre ambas masonerías se
habían acrecentado. Londres trataba de hacer pie en las
logias francesas, a la vez que observaba de cerca la acti-
vidad de los numerosos estuardistas exiliados, cuyo
principal objetivo era reorganizar una acción militar
contra Inglaterra que les permitiese recuperar la corona
reclamada por el pretendiente Estuardo. Para ello espe-
raban contar con el apoyo de Francia, aliada histórica, y
desde luego, de Roma.
También se había acrecentado la disposición de los
escoceses a abrirse, más que antes, a los no jacobitas.
Las logias masónicas bajo su control mantenían una
fuerte presencia en las provincias del litoral (Pas de Ca-

42 Kervella, André; Ob. cit. p. 134.


43 Kervella, André, Ob. cit. p. 411.

. 62.
lais, Picardía, Normandía, Bretaña y Aquitania), y en
algunas ciudades importantes del interior. Esta volun-
tad acelera la incorporación de nuevos adeptos. Dice
Kervella: «…La aceleración de los reclutamientos co-
mienza principalmente entre militares —nobles en su
mayoría— tanto franceses como de otras nacionalida-
des, en campaña sobre el Rhin y en Italia».44

2. Los «grados escoceses»

Para esta época se introduce un grado masónico no


previsto en los rituales oficiales de la masonería inglesa,
que solo admite tres: Aprendiz, Compañero y Maestro.
La aparición de esta suerte de «cuarto grado» al que
denominaban «Maestro Elegido» tenía por objeto la vi-
gilancia de las logias, el cumplimiento de ciertas nor-
mas de decoro y la custodia de la tradición. Sin embar-
go, en la práctica, era un modo de asegurarse el control
por parte de los escoceses.
Los elegidos se reunían en Capítulos, y se cree que es-
ta denominación obedece a que, en un principio, traba-
jaban en las salas capitulares de los monasterios france-
ses; existen grabados de época en los que se ven a mon-
jes y caballeros masones reunidos en estas salas, o par-
ticipando de ágapes fraternales. La principal preocupa-
ción de los ingleses era que en estos capítulos se urdía
la trama de la conjura estuardista.
Los ideólogos de la Gran Logia de Londres habían
promulgado en 1723 una «Constitución para los maso-
nes aceptados» en las que se había evitado minuciosa-
mente cualquier referencia a las antiguas tradiciones
escocesas acerca de un vínculo «cruzado» o «templario»
en la francmasonería. Con la misma minuciosidad se

44 Kervella, André, Ob. cit. p. 410.

. 63.
había evitado referencias a la religión católica, a la San-
tísima Trinidad, y a la Virgen María, habituales en los
centenares de reglamentos escritos por las antiguas
corporaciones de masones. Todas aquellas advocacio-
nes habían sido suprimidas y reemplazadas por una
fórmula más simple que solo mencionaba a la «Religión
que todos los hombres aceptan». De este modo, el espí-
ritu protestante de los redactores de aquellas Constitu-
ciones —adecuado a las múltiples expresiones que el
cristianismo tenía en Inglaterra y, principalmente, a la
religión de los príncipes gobernantes de la casa Hanno-
ver— había desplazado la antigua tradición romana de
los canteros.
En cambio, los masones de Escocia e Irlanda man-
tenían aquella tradición pero, imposibilitados por los
acontecimientos políticos y trasplantados desde sus
propias tierras insulares al continente, nada podían ha-
cer para imponerla en Inglaterra. Allí, la batalla había
sido ganada por el espíritu protestante de la cúpula po-
lítica de la Gran Logia de Londres. En Francia, en cam-
bio, los escoceses habían encontrado el camino abierto
para sus tradiciones y un suelo fértil. Se podría decir
más que eso: Un campo arado.
Ludovic Marcos, en su genial Historia del Rito Fran-
cés en el siglo XVIII, afirma que «hacia 1737, si bien la
masonería francesa había sabido adaptarse al corpus de
prescripciones inglesas, el medio social acusaba las di-
ferencias de aquel transplante». Dice Marcos que para
ese entonces el recuerdo de las corporaciones y confra-
ternidades medievales había desaparecido completa-
mente en la sociedad cultivada, donde el clasicismo
ilustrado borraba las huellas de un pasado lejano y una

. 64.
civilización gótica (como hemos visto, gótico era sinó-
nimo de viejo, vetusto).45
Marcos continúa diciendo: Por esa fecha la masonería
francesa integra algunos rasgos originales como el uso
de la espada, los guantes para la dama, los términos
tomados del lenguaje militar. Se ven claramente in-
fluencias mezcladas entre lo caballeresco, el hermetis-
mo, lo cristiano y lo escocés.46
Por entonces, la diferencia fundamental entre ambas
corrientes masónicas se centraba en el concepto de «ca-
ballería cristiana», en el simbolismo templario —propio
de los escoceses— y en su perfil marcadamente católico.
Mantenían una política selectiva, dirigida principal-
mente a la captación de nobles y religiosos, pero evita-
ban la presencia de toda connotación «cruzada» en los
grados simbólicos, reservándola para las cámaras capi-
tulares en manos de «elegidos» en su mayoría pertene-
cientes a la aristocracia.
Introducida esta diferencia, comienza a formarse una
nueva jerarquía masónica entre ambas estructuras. An-
dré Kervella afirma que mientras que en la masonería
simbólica el reclutamiento era bastante libre —se per-
mitía el ingreso de comerciantes y de la alta burgue-
sía—, en la segunda predominaba un deseo de selec-
ción, «de elitismo pronunciado», de allí la denomina-
ción de «elegidos».
Por otra parte la aristocracia militar francesa, que
simpatizaba con la causa estuardista, comienza a emu-
lar el espíritu de aquellas logias militares escocesas,
formando una suerte de «telón de fondo sobre el cual se
destaca ya una versión rudimentaria de lo que luego se

45 Marcos, Ludovic, Histoire du Rite Français au XVIIIe siecle.


(París, Editions Maçonniques de France, 1999) Ver Cap. I, Géne-
sis de las prácticas masónicas en Francia en el siglo XVIII.
46 Marcos, Ludovic, Ob. cit., Loc cit.

. 65.
denominaría escocismo». Kervella menciona, a modo
de ejemplo, los regimientos de Bonnac de Boulonnais y
de Traisnel, cuyos capitanes eran Venerables de las lo-
gias de dichos cuerpos militares.47 El adjetivo «Venera-
ble» con el que se distinguía al presidente de la logia
también parece haber sido introducido por los escoce-
ses y tiene reminiscencias de la Orden de San Benito,
que otorgaba esa dignidad a algunos abades.

3. Las Constituciones Francesas

A principios de la década de 1730 los escoceses estaban


muy cerca de controlar la masonería francesa. Pero si
pretendían asegurarse un contexto acorde con sus tra-
diciones, debían introducir cambios en su propia
«Constitución». En 1735 se redactaron Los antiguos de-
beres y ordenanzas de los masones, en los que se inclu-
ye una frase que contrasta radicalmente con las Consti-
tuciones inglesas. Ya no se habla de la religión que to-
dos los hombres aceptan sino de la religión cristiana en
la que todo hombre conviene.
No era una diferencia menor si se tiene en cuenta el
carácter «universal» que, desde un principio, se le pre-
tendió otorgar a las Constituciones de Anderson. La re-
dacción de este documento constituyó un hecho de la
mayor importancia, cuyas consecuencias se verían de
inmediato y afectarían a la francmasonería durante lar-
go tiempo. Al establecer el carácter restrictivo de una
masonería cristiana, los escoceses aseguraban el camino
a sus tradiciones templarias en la naciente francmaso-
nería francesa, que ahora estaban a punto de controlar.
Podría decirse que se estaban sentando las bases para la

47 Kervella, André, Ob. cit. p. 130.

. 66.
creación de una masonería verdaderamente francesa,
independiente de la Gran Logia de Londres.
El documento de 1735 lleva el título de Les devoirs
enjoints aux maçons livres. A priori aparenta seguir el
modelo de las Constituciones de Anderson, sin embar-
go, surge una clara diferencia en el perfil «teísta» de la
francmasonería francesa que queda abiertamente ex-
puesto, en contraposición al texto «deísta» de Ander-
son.48
El manuscrito ofrece otros puntos de interés para en-
tender el avance del control político por parte de los es-
coceses. Las primeras quince páginas reproducen los
denominados Deberes ordenados a los masones libres.
Luego, se transcriben los Reglamentos Generales esta-
blecidos en su momento por Felipe, duque de Wharton,
Gran Maestre de las logias de Francia. Pero el texto
anuncia «cambios hechos por el actual Gran Maestre,
Jacques Héctor MacLean, caballero Baronet de Escocia,
y a quien han sido concedidos con la aprobación de la
Gran Logia en la gran asamblea celebrada el 27 de di-
ciembre de 1735, día de San Juan Evangelista, para dar
reglas a todas las logias de dicho reino».
Más adelante, el propio MacLean se encarga de ex-
plicar las razones de estos «cambios»: «…Como desde
el gobierno del Muy Respetable Gran Maestre, el Muy
Alto y Muy Poderoso príncipe Felipe, duque de Whar-
ton, par de Inglaterra, se había descuidado desde hace
algún tiempo la exacta observancia de los reglamentos

48 Algunos autores —principalmente Alec Mellor— han querido

ver una antítesis entre el documento inglés de 1723 y el francés


de 1735 Este manuscrito, se encuentra en la Biblioteca Nacional
en París, en el Departamento de Manuscritos, bajo el Nº de ad-
quisición 20240. Su marca es F. M. 4 146. Fue propiedad de im-
portantes coleccionistas hasta que fue subastado en Amsterdan
en 1956. Una síntesis del mismo puede consultarse en la obra de
Alec Mellor: «La Desconocida Francmasonería Cristiana».

. 67.
y deberes a que están ligados los francmasones, bajo
gran perjuicio de la orden de la masonería, y de la ar-
monía de las Logias, nos, Jacques Héctor MacLean, ca-
ballero Baronet de Escocia, actual Gran Maestre… he-
mos ordenado los cambios que hemos considerado ne-
cesarios en las reglas que han sido establecidas por
nuestro predecesor etc.».
Sus dichos se ven confirmados por el análisis histórico.
Bajo el período de influencia hannoveriana, la masonería
francesa había reclutado en exceso gentes de la pequeña
burguesía, y se inclinaba peligrosamente a la frivolidad,
cuando no a la grosería. Los escoceses —en la medida
que crece su influencia— se proponen adecuar la
francmasonería a sus fines, reaccionando contra esta in-
cipiente y peligrosa vulgarización, junto con la nobleza
local y los espíritus más ilustrados.49 La ascendente in-
fluencia jacobita también se percibe en la introducción
de elementos del imaginario caballeresco, tales como el
uso de la espada, los pactos de sangre, los guantes para
la dama —propios del amor cortés— la disciplina mili-
tar, la fidelidad, el honor etc.
El documento se encuentra firmado por el propio
MacLean y por lord Charles Radclyffe, 5º conde de
Derwentwater. Al lado de su firma se agrega la frase
«Por orden del Muy Respetable Gran Maestre: el abad
Moret, Gran Secretario». Existen indicios que permiten
pensar que este Moret, era un abad irlandés que, habi-
tualmente, se encargaba de ejecutar las órdenes de lord
Derwentwater.50

49 Marcos, Ludovic; Ob. cit. Ver en particular el Cap. III, Las evo-

luciones rituales de la masonería francesa en el siglo XVIII.


50 Mellor cita dos opiniones en torno a Moret o Moore: un artícu-

lo de la Revue internationale des Sociétés secrètes (R.I.S.S) co-


menta que «…En lo concerniente al abad Moret, que firma en ca-
lidad de Gran Secretario los procesos verbales de la Gran Logia
celebrada en 1735 y 1736, prototipo de esos abades anfibios que

. 68.
Conviene advertir al lector que Charles Radclyffe, pe-
se a ser inglés, pertenecía a una ferviente familia es-
tuardista y que fue capturado en la insurrección jacobi-
ta de 1745 mientras navegaba para unirse a Carlos
Eduardo Estuardo, el joven pretendiente, hijo de Jacobo
III. Sería decapitado —como veremos— el 8 de diciem-
bre de 1746.
Podemos deducir de todo esto que, hacia 1735, la
Gran Logia de Francia estaba en manos de los estuar-
distas; que estos avanzaban decididamente en la cris-
tianización de la francmasonería francesa —condición
necesaria para avanzar en la introducción de una tradi-
ción «cruzada» y «templaria»— y que para ello conta-
ban con la colaboración, no solo de la nobleza sino
también de muchos religiosos, especialmente del clero
regular.
Otro personaje fundamental en el alto mando es-
tuardista, lord Balmerino, había logrado establecer un
importante centro masónico escocés en Avignón, la
propia ciudad de los papas. Aunque era la capital del
antiguo condado Venesino —un territorio pontificio
gobernado por legados papales con todo el poder tem-
poral y espiritual—, la ciudad tenía un perfil cosmopo-
lita y acogía gran cantidad de viajeros, militares y co-
merciantes de diversos orígenes.
La presencia de estuardistas en Avignón fue habitual
desde los tiempos de Jacobo III Estuardo, quien vivió
casi un año en la ciudad, entre 1716 y 1717, luego de la

nadan entre las dos aguas clerical y masónica, no hemos podido


encontrar ninguna información sobre él. En 1737, según el do-
cumento de Estocolmo, existió un nuevo Gran Secretario, llama-
do J. Moore». A lo que Mellor agrega que probablemente Moret
y Moore fueran la misma persona, habida cuenta que en la co-
rrespondencia de Fleury se hace referencia a «un abad More, ir-
landés», que se encargaba de la ejecución de las órdenes de lord
Derwentwater. Ob. cit. p. 93-94.

. 69.
fracasada rebelión de 1715 y antes de que se instalara
con su familia en Roma.
Hacia 1736, lord Balmerino tenía conformada allí una
logia con fuerte contenido aristocrático. Había iniciado
al marqués de Calviere y contaba entre sus miembros al
padre del marqués de Mirabeau.51 Para que el lector
tenga claro de que no se trataba de un simple juego de
poder cabe decir que, al igual que Charles Radclyffe,
lord Balmerino, Par de Escocia, sería ejecutado en la To-
rre de Londres en 1746. Pero no nos adelantemos tanto
en la historia. Un nuevo personaje entra en escena: El
caballero Ramsay.

51 Bricaud, Joany; Les Illuminés d’Avignon (París, Libr. Critique


É. Nourry, 1927) pp. 21-36. Afirma Bricaud que después de la Bu-
la de 1738 interrumpieron los trabajos. Aunque el parlamento de
París había rechazado registrar la Bula y los masones franceses
siguieron trabajando ignorándola supinamente. En Avignón aba-
tieron columnas tratándose de un territorio papal. Veremos en
los próximos capítulos la poca importancia que el propio Luis
XV otorgó a dicha excomunión.

. 70.
Capítulo V
LA CONSPIRACIÓN ESTUAR-
DISTA Y LA EXCOMUNIÓN DE
ROMA

1. Escoceses en la Gran Logia de Francia

En el siglo XVIII la francmasonería ya poseía algunas


particularidades que la convertían en la maquinaria
perfecta para cualquier conspiración. La historia lo de-
mostraría una y otra vez en el futuro. Pero lo importan-
te es que los masones del siglo XVIII ya sabían del
enorme potencial conspirativo de la institución que ha-
bían creado.
Si hay algo que debe reconocerse a la masonería es-
cocesa estuardista es que tuvieron la paciencia de mol-
dear esa maquinaria en virtud del futuro que imagina-
ban y a la vez construían. Cuando esa maquinaria estu-
vo lista apareció el hombre que les daría la victoria: Mi-
chael de Ramsay, baronet de Escocia. Pero antes de re-

. 71.
ferirnos a él y a su misión, situémonos en el lugar, el
tiempo y las circunstancias en las que le tocó actuar.52
Desde hacía tiempo se sabía en Londres y en París
que gran cantidad de nobles de espada y magistrados
del reino estaban ingresando en las logias francesas.
También se sabía que solo la aristocracia ganaba terreno
en las logias, y que ésta era afín con la causa escocesa.
Los ingleses establecidos en la corte de Luis XV trata-
ban de contrapesar esa fuerza oponiendo su propio par-
tido con la iniciación de grandes personajes. En Lon-
dres el periódico Saint James Evening Post, en su edi-
ción del 7 de septiembre de 1734, daba cuenta de que:
Desde París sabemos que se ha establecido última-
mente una logia de masones libres y aceptados en casa
de Su Gracia la duquesa de Portsmouth. Su Gracia el
duque de Richmond, asistido por otro distinguido no-
ble inglés, el presidente Montesquieu, el brigadier
Churchill… ha recibido a muchas personas distingui-
das en esta muy Antigua y Honorable Sociedad.53
Un año después, el 29 de septiembre de 1735, otra no-
ticia del mismo periódico londinense informaba desde
París:
[…] que Su Gracia el duque de Richmond y el Reverendo
Dr. Désaguliers, antiguos Grandes Maestres de la antigua
y honorable Sociedad de los Masones Libres y Acep-
tados… han convocado una logia…» Luego de mencionar
a los presentes —entre ellos el embajador de Inglaterra y
el presidente Montesquieu— destacaba que en la reunión
habían sido iniciados, entre otros, «Su Gracia el conde de
Kingston y el honorable conde de Saint Florentín, Secreta-
rio de Estado de Su Muy cristiana Majestad.

52 Necesariamente deberemos resumir esas circunstancias, que

fueron muchas y complejas. Una versión completa puede leerse


en mi libro El otro Imperio Cristiano.
53 Mellor, Alec; La desconocida francmasonería cristiana (Barce-

lona, Editorial AHR). pp. 146-147.

. 72.
Los movimientos eran constantes. Las logias con-
troladas por los escoceses sumaban cada vez a más no-
bles franceses mientras que sus enemigos ingleses
apuntaban a políticos de renombre y nobles que se
abrían a las nuevas ideas. Después de todo, era el Siglo
de las Luces.
Nada sucedía en Francia sin que lo supiese el carde-
nal André Hercule de Fleury, preceptor y principal
Consejero del rey. Las logias estaban debidamente vigi-
ladas por una sofisticada red de espías, pero aún así se
puede entender la prudencia de la policía frente a una
sociedad que cobijaba en su seno a ministros y secreta-
rios del propio Luis XV, a diplomáticos extranjeros y a
los servicios de inteligencia de toda Europa. Como ve-
mos, la francmasonería actual no ha inventado nada.
Sin embargo, el cardenal comenzaba a preocuparse y
decidió que era hora de mostrar un naipe. En marzo de
1737, el editor Barbier daba cuenta en su Journal de una
decisión del Consejo del Rey:
[…] Habiéndose enrolado en esta Orden algunos de
nuestros secretarios de Estado y varios duques y seño-
res… Como semejantes asambleas, además secretas,
son peligrosas para un Estado siendo que están com-
puestas de señores… El Señor Cardenal Fleury ha creí-
do un deber sofocar esta Orden de Caballería en su na-
cimiento prohibiendo a todos esos señores de reunirse
y convocar dichos capítulos.54
Nótese que ya en 1737 se menciona a la francma-
sonería como una «Orden de Caballería» y se hace refe-
rencia a los «capítulos» en vez de «logias». Sin dudas,
para esa fecha, el vocabulario «escocés» estaba amplia-
mente difundido en la francmasonería francesa.

54Le Forestier, R.; L’Occultisme et la franc-maçonnerie écossaise


(París, Librairie Académique, 1928) p. 180.

. 73.
Coincide con el momento en el que los maestros ele-
gidos pasan a llamarse Caballeros Elegidos. El cambio
no se produce de manera abrupta sino gradual, pero es
claro que la aristocracia necesita reajustar la estructura
y otorgar un carácter definitivamente caballeresco a la
Orden. A partir de aquí el esfuerzo irá en la dirección
dominante de conformar un Alto Grado en el cual se
reclutarán los Venerables de las Logias simbólicas.55
A raíz de este decreto, que en los hechos no produ-
ciría mayores consecuencias, los masones Caballeros
Elegidos dejaron de concurrir a las tabernas estable-
ciendo sus capítulos en castillos y palacios —donde los
nobles asentaban a sus propias logias— y en las abadías
benedictinas, pues eran numerosos los religiosos —en
particular del clero regular— que habían respondido a
esta alianza entre francmasonería y caballería, que per-
seguía un claro intento de restauración. Este cambio
complicó el espionaje de Fleury y aumentó el recelo so-
bre las actividades de los masones.
André Kerbella vuelve a ilustrarnos en este punto al
afirmar que, en efecto, la acción policial se limitó a la
prohibición de las logias que funcionaban en las taber-
nas, multando o encarcelando algunos taberneros o
masones de baja categoría… los señores tenían logias
en sus residencias, que continuaron funcionando sin in-
terrumpir demasiado las reuniones.56
Las presiones políticas se acentuaron. La policía se-
guía de cerca la actividad de las logias pero no se ani-
maba a actuar por temor a crear conflictos con la aristo-
cracia o con los dignatarios del gobierno. Para los esco-
ceses había llegado la hora de hacerse con el poder
completo de la Orden. El alto mando de la masonería
estuardista se decide por la estrategia más audaz: Char-

55 Kervella, André; Ob, cit. p. 107.


56 Kervella, André; Ob, cit. p. 410.

. 74.
les Radcliffe, lord Derwentwater, es electo Gran Maes-
tre y de inmediato designa a todos los dignatarios que
lo acompañan. La mayoría responde al movimiento es-
cocés: El control es total.
Acto seguido, en un salto hacia delante, los escoceses
intentan, con una sola acción, tentar al mismo Luis XV
ofreciéndole la Gran Maestría y detener, de ese modo,
cualquier posibilidad de represión. Pero necesitan un
líder al frente de la negociación. La elección recae en un
hombre al servicio de la Casa Estuardo; Radcliffe lo
acaba de designar en el cargo del Gran Orador en la
Gran Logia francesa. Lo llaman el caballero Ramsay.
Finalmente los escoceses encuentran al personaje que
haría de la masonería francesa el vehículo perfecto de la
causa estuardista.
Michael Andrew Ramsay nació en la ciudad escocesa
de Ayr —cabecera de la Provincia del mismo nombre—
en 1686.57 Se conoce muy poco acerca de su juventud
salvo que su padre era un panadero presbiteriano. Cur-
só sus estudios en la escuela de su ciudad natal y luego
en la Universidad de Edimburgo. Luego viajó a Holan-
da en momentos en que su vida estaba signada por la
duda religiosa, por el deseo de interiorizarse acerca de
las numerosas corrientes espirituales que por entonces
agitaban a Europa y, sin duda, por un espíritu aventu-
rero e inquieto.
Su definitiva conversión al catolicismo vendría luego
de 1709, año en que conoce a Fenelón y queda pro-
fundamente impactado por sus enseñanzas, de las que
se convertiría en fervoroso devoto. El duque de Orleáns
—por entonces Regente de Francia— le confirió el título

57 Tómese nota que la antigua capital de Ayr había sido Kilwin-

ning, asiento de una abadía fundada hacia el año 1140 que está
íntimamente ligada a la teoría de una supervivencia de la Orden
del Temple en Escocia. Ver nota nº 76.

. 75.
de caballero de la Orden de San Lázaro. De allí que se
lo conociese con el apelativo de «el caballero» Ramsay.
La muerte de Fenelón, ocurrida en 1715, fue un duro
golpe para Ramsay. En los años siguientes se dedicó a
publicar las obras de su maestro, Los diálogos de la Elo-
cuencia y Telémaco y en 1723 publicó su Vida de Fene-
lón, cuyo éxito obligó a la impresión de varias edicio-
nes. Ya era un personaje famoso en Francia e Inglaterra,
cuando se convirtió en preceptor del duque de Cha-
teau-Thierry, futuro príncipe de Turena, a quien dedicó
su obra Viajes de Ciro. Convocado por Jacobo III viajó a
Roma para desempeñarse en el cargo de preceptor de
Carlos Eduardo Estuardo. Decepcionado con las intri-
gas con las que debía convivir en la corte, regresó a
Francia, donde fue protegido por los duques de Boui-
llón hasta su muerte. A lo largo de su vida obtuvo im-
portantes reconocimientos: Fue elegido miembro de la
Real Sociedad de Ciencias de Londres y la Universidad
de Oxford le confirió un doctorado.
Pero lo que ha convertido a Ramsay en protagonista
principal de la trama de conspiraciones, misterios y so-
ciedades secretas de su época son dos discursos pro-
nunciados en el seno de la francmasonería francesa. El
primero, en una logia de San Juan el 26 de Diciembre
de 1736 y el segundo, en 1737, en la Gran Logia. En
ellos remontaría el origen de la francmasonería a la
época de las cruzadas, ligándola taxativamente con la
nobleza cristiana que conquistó la Tierra Santa. Ambos
discursos reivindicaban el vínculo y la responsabilidad
de los escoceses en la custodia de una antigua tradición
a través de los siglos; una tradición que —según su jui-
cio— debía encontrar en Francia su restauración defini-
tiva.
El noble auditorio que escuchó a Ramsay en sus dis-
cursos —la flor innata de la caballería francesa— se sen-
tía heredero de los constructores de las primeras cate-

. 76.
drales, pero mucho más de aquellos hombres que ha-
bían conquistado Jerusalén y fundado la Orden de los
Caballeros Templarios, los Hospitalarios y los Teuto-
nes. Para Ramsay, ambas instituciones —canteros y ca-
balleros— eran el corazón y el cerebro de la francmaso-
nería.
En la intencionalidad de este discurso intervenían
asuntos políticos y, fundamentalmente, religiosos, pues
lo que amalgamaba a ambas tradiciones en la mentali-
dad escocesa era su condición de católicas. Hay entre
los propósitos y finalidades de ambas Instituciones, pa-
ralelismos destacables —dice Martí Blanco— como el
hecho que la religión católico-romana les dio carta de
naturaleza y sentido a su existencia y el desarrollo de
un lenguaje propio, esculpido en la piedra en un caso y
pintado sobre los escudos con que se protegían los ca-
balleros en otro. Albañiles dedicados a la construcción
y guerreros montados a caballo, ya los hubo antes, pero
fue la religión la que dio un sentido trascendente a lo
que hasta entonces solo había sido un quehacer o dedi-
cación diaria.
La mención a los cruzados por parte de Ramsay no
hacía más que poner en manos de la nobleza un vehícu-
lo que le permitía soñar con una nueva era en la que el
Temple recobrara su gloria y su unidad. La Reforma, la
intransigencia de Roma y las guerras de religión habían
regado Europa con la sangre de sus más ilustres hijos.
El cristianismo se destruía a si mismo mientras que la
francmasonería hablaba de una herencia cristiana co-
mún. Ramsay presentaba a la masonería como la he-
rramienta capaz de construir una nueva Europa. Pero a
su vez, vale la pena repetirlo, no se apartaba del objeti-
vo primario: La cruzada nacional escocesa.
Y este complot escocés no hacía más que tensar el de-
licado equilibrio político entre Inglaterra y Francia,
agravado por la explosiva cuestión de la sucesión de

. 77.
Polonia que mantenía en vilo a Europa e inquietaba a
Roma, inmersa en la profunda contradicción que le ge-
neraba la existencia de una francmasonería dividida en-
tre una facción católica —leal a los Estuardo— sobre la
que carecía de control y otra —abiertamente protestan-
te y hostil— que había logrado penetrar en numerosas
ciudades del continente, desafiando abiertamente la au-
toridad episcopal.
La Iglesia observaba con preocupación la prolife-
ración de las logias, en especial aquellas que prescin-
dían de toda alineación con el catolicismo romano. En
ese contexto, y tal como lo refiere Kervella, no le era in-
diferente que los francmasones católicos hicieran con-
trapeso a sus hermanos protestantes. Pero le perturbaba
la manera en que los masones católicos estaban elabo-
rando su propia simbología, basada en una tradición
escocesa, fuertemente anclada en un pasado cruzado y
con un claro contenido de misterio y hermetismo.58
En la medida en que la francmasonería escocesa, aho-
ra fuertemente anclada en Francia, avanzaba en su
identificación con los cruzados —y fatalmente con los
caballeros templarios a quienes reivindicaba como sus
ancestros— la Iglesia enfrentaba la alternativa de per-
manecer en un permisivo silencio o condenar a las lo-
gias. Nada más odioso para el Santo Oficio del siglo
XVIII que tolerar una orden que —aún reivindicándose
cristiana— asumía como modelo de caballero la figura
de Jacobo de Molay, torturado y quemado vivo por el
rey Felipe con la supuesta complicidad del papa Cle-
mente V.59
El contexto del discurso de Ramsay de 1737 estaba
rodeado de todas estas circunstancias y algunas urgen-

58Kervella, Ob. cit. p. 410


59Al respecto de la responsabilidad del papado en el exterminio
de los templarios remitimos a la nota del Apéndice II.

. 78.
cias. Las relaciones entre Inglaterra y Francia se encon-
traban en manos de dos equilibristas: el cardenal Fleury
—a la sazón canciller de Luis XV— y Robert Walpole,
conde de Orfolk —primer ministro del rey Jorge II
Hannover—, quienes mantenían un delicado diálogo.
Fleury cuidaba las relaciones con Inglaterra sabiendo
que en las logias francesas los escoceses complotaban
contra Londres.
Otros gobernantes no eran tan tolerantes. En los Esta-
dos Pontificios, en España y en los Países Bajos había
comenzado una fuerte persecución y muchos masones
eran encarcelados. Roma presionaba a Luis XV, que en
verdad estaba más preocupado por anexar Lorena que
por el complot masónico.
Ramsay tenía la esperanza de evitar males mayores si
convencía al rey de colocarse al frente de todos los ma-
sones franceses. Para ello tenía pensado reunirlos en
Asamblea en la ciudad de París y ofrecer al rey el pa-
tronazgo de la Orden. Como parte de su plan había en-
viado al cardenal Fleury el discurso preparado con mo-
tivo de una serie de iniciaciones que tendrían lugar el
21 de marzo, acompañado de una larga exhortación al
prelado en la que, entre otras cosas, le decía:
[…] Quisiera que todos los discursos en las asambleas
de la joven nobleza de Francia, así como los que se dic-
ten en el extranjero, estuviesen henchidos de vuestro
espíritu; dignáos, Monseñor, apoyar a la sociedad de
los francmasones en los grandes objetivos que se ha fi-
jado.
La carta estaba fechada el 20 de marzo de 1737, un
año antes de que el papa Clemente XII prohibiera a clé-
rigos y fieles, bajo pena de excomunión, ingresar a las
filas de los masones, lo que demuestra que los temores
de Ramsay estaban plenamente justificados. La res-
puesta no se hizo esperar. En el margen del mismo tex-
to del discurso, Fleury había escrito unas pocas líneas

. 79.
en las que le explicaba que ni él, ni el rey podían aten-
der su petición.
Ramsay sufrió un profundo desaliento. No lograría
que el rey blandiese el mallete de Gran Maestre de to-
dos los masones de Francia. Pero a la larga evitaría la
proscripción sin que ello significara la sumisión de la
orden al monarca, ni a la Iglesia.

2. Un príncipe masón en Florencia

Hemos hecho referencia a la compleja trama diplo-


mática que enfrentaba a Francia y Gran Bretaña en 1737
y que uno de los acontecimientos que tenía en vilo a
Europa era la cuestión de la sucesión de Polonia, que
permanecía estancada. Ni la francmasonería inglesa, ni
la francesa, estaban ausentes a esta cuestión; a tal punto
que, como veremos, la solución se tejió en base a un
acuerdo entre prominentes masones ligados a la maso-
nería jacobita.
Esta cuestión debe comprenderse en su real di-
mensión. La francmasonería ya funcionaba como una
verdadera maquinaria conspirativa y controlaba una
red que incluía a gran parte de la aristocracia europea.
No se trataba por cierto de burgueses ni de comercian-
tes, sino de la nobleza y todo su aparato político y mili-
tar. La existencia de logias y estamentos masónicos se
perfilaba como una herramienta paralela a los canales
políticos tradicionales.
La Guerra de Sucesión de Polonia provocaba un con-
flicto en el que intervenían Alemania, que apoyaba los
derechos de Augusto de Sajonia —hijo del extinto Au-
gusto II, casado con la sobrina del emperador Carlos
VI— y Francia, que sostenía el partido de Estanislao
Leszczynsky, suegro de Luis XV. El conflicto afectaba
los intereses de otras potencias, como España, Rusia,

. 80.
Austria y los Países Bajos. Para Inglaterra era imperioso
controlar la negociación, que se había convertido en
una cuestión de Estado, en tanto que Fleury trataba por
todos los medios de mantener al margen a los ingleses.
Luis XV y su canciller sabían que oponerse a que Au-
gusto de Sajonia se quede con el trono de Polonia equi-
valía a iniciar una guerra contra el Imperio Alemán. Pe-
ro a su vez, si Leszczynsky —como dijimos, suegro del
rey— renunciaba a sus pretensiones, debía hacerlo de
modo que la compensación fuera justa y que, princi-
palmente, beneficiara a Francia.
Allec Mellor ha sostenido la hipótesis de que Ramsay
no pudo haber elegido peor momento para plantear su
plan a Fleury:
No era momento de descontentar al gabinete de Lon-
dres, ya decepcionado y amargado, pues no había po-
dido representar en su provecho el papel de mediador.
Mezclar la causa de los Estuardo con todas estas intri-
gas, en semejante momento, hubiera sido catastrófico.60
Sin embargo, todo hace pensar que Fleury supo sacar
provecho de las intrigas masónicas. No desconocía que
Leszczynsky era masón y que estaba ligado a la maso-
nería estuardista, y que en la misma corriente estaba
enrolado Francisco Esteban, duque de Lorena.61 Ambos
personajes eran claves para la resolución de conflicto

60 Mellor, Ob. cit. p. 138.


61 Francisco Esteban había sido iniciado en 1731, en el seno de la
primera logia establecida en La Haya, cuyo venerable maestro
era el conde de Chesterfield. Un año después, en tenida magna,
le fueron conferidos los grados de compañero y maestro. La ce-
remonia se realizó en Houghtou-Vall, la residencia de Robert
Walpole, conde de Orfolk —quien era nada menos que el primer
ministro de su majestad Jorge II Hannover— y contó con la par-
ticipación de los más ilustres masones ingleses, con su Gran
Maestre a la cabeza.

. 81.
polaco, y ambos eran permeables a la influencia estuar-
dista.
Los hechos se precipitaron con la muerte de Juán Gas-
tón de Médici, Gran Duque de Toscana. Ocurrida el 9
de julio de ese año. Por primera vez no había descen-
dencia Médici en Florencia, una joya que no permane-
cería sin dueño.
Se produce entonces una jugada maestra que pone en
evidencia el rol de los masones estuardistas, que actúan
rápidamente. Abierta la posibilidad de entronar a un
noble masón en Toscana, en la propia frontera de los
Estados Pontificios, Leszczynsky acepta quedarse con
Lorena —que a su muerte pasará a la corona francesa—
a cambio de que Francisco Esteban, duque de Lorena,
se quede con el Gran Ducado de Toscana. Este enroque,
urdido en el seno de la masonería tendría consecuen-
cias de magnitud.
Respecto de la relación de Leszicnsky con los es-
tuardistas, afirma Kervella «…cuando el rey de Polonia
recibe el ducado de Lorena existen allí vínculos que no
son menores. Evidentemente el suegro del Luis XV era
masón y mantenía relaciones muy estrechas con jacobi-
tas destacados como los O’Heguerty, quienes adquieren
tierras en el ducado de Lorena para establecer su resi-
dencia allí».62

3. Roma fulmina a los masones

En Roma la noticia cae como una bomba. Que la sobe-


ranía de Toscana pasara a manos de un francmasón,
ponía en alerta roja a la Iglesia. Prueba de ello es que el
25 de julio de 1737, apenas unos días después de la
muerte del último Médici, Clemente XII convoca a los

62 Kervella, André, Ob. cit. p. 39.

. 82.
cardenales Ottobone, Spinola y Jondedari. Del cónclave
participa el inquisidor del Santo Oficio en Florencia,
capital del Gran Ducado y el cardenal Firrao, Secretario
de los Estados Pontificios. La cuestión a tratar era qué
hacer con la francmasonería. Los capítulos de caballeros
elegidos se expandían sin cesar, ya se hablaba de caba-
llería templaria y se corría grave riesgo de que un prín-
cipe masón se hiciese con Toscana, como finalmente su-
cedería.
A esto se sumaba la creciente actividad masónica que
lord Balmerino desplegaba en Avignon, en las propias
barbas del legado pontificio en la ciudad de los papas.
Es muy probable que en esa reunión ya se hablara de la
excomunión de los masones. Pese a los esfuerzos de la
masonería católica estuardista, crecía en Roma la certe-
za del peligro letal que se cernía sobre la Iglesia.
El 28 de abril de 1738, un fatigado y ciego Clemente
XII, jaqueado por sus cardenales, incitado por el Gran
Inquisidor de Toscana —que veía con horror alzarse un
ducado masónico en el emblemático Gran Ducado de
los Médici— promulga, por fin, la bula «In Eminenti».
Roma no podía tolerar que aquel baluarte pontificio ca-
yera en manos de un masón iniciado en Londres, Fran-
cisco Esteban, duque de Lorena y nada menos que es-
poso de la emperatriz María Teresa Habsburgo.
Pero la suerte ya estaba echada. Cuatro días después,
el 2 de mayo de 1738, Francia, España, Gran Bretaña,
Holanda y el Imperio firmaron el «Tercer Tratado de
Viena» por el cual Leszczynsky renunciaba al trono po-
laco y reconocía la legalidad de Augusto de Sajonia, a
cambio de Lorena, con la condición de que esos territo-
rios fueran heredados por su hija, la esposa de Luis XV.
Francia —a su vez— aceptaba la sucesión de María Te-
resa Habsburgo como emperatriz del Imperio Austro
Húngaro. Francisco de Lorena, esposo de María Teresa,
recibía Toscana, en contra de los deseos de los españo-

. 83.
les, de modo que Francia no solo evitaba el peligro en
sus fronteras sino que también conseguía —con la futu-
ra anexión de Lorena— un sueño secular.
Roma comprobaría de inmediato que sus temores
respecto de Francisco Esteban, eran justificados. Ape-
nas asumió el nuevo Gran Duque, las cárceles fueron
abiertas y liberados los masones ingleses, en su mayoría
hannoverianos, apresados por la Inquisición. Este he-
cho demuestra que, pese a su cercanía con los jacobitas,
Francisco Esteban seguía manteniendo estrechos víncu-
los con Inglaterra, y que la fraternidad comenzaba a es-
tar por encima del disenso, mientras lo que estuviese en
juego no fuera la lucha por la propia Patria.
Impulsó nuevas logias, no solo en Florencia sino en el
resto del territorio. Creó un Consejo de Regencia que se
convertiría en la máxima institución estatal y llevaría a
cabo reformas que incluirían la imposición de límites a
la acción de la Iglesia. Ignoró completamente la bula de
1738.
Con posterioridad, su hijo Pietro Leopoldo I, Gran-
duca di Toscana, expulsaría a la orden religiosa de San-
to Stéfano, que mantenía al campesinado en condicio-
nes paupérrimas y reformaría la estructura socio terri-
torial imponiendo las ideas de la fisiocracia, que otorga
enorme relevancia a la producción agrícola y que puede
considerarse como un antecedente de la enfiteusis, un
régimen compartido de tenencia de la tierra que lleva
consigo la disociación del dominio entre el dominio di-
recto, correspondiente al propietario, y el útil, el de la
persona que usa y aprovecha la finca. En ese momento,
la fisiocracia representaba una reforma de avanzada. En
tiempos de Pietro Leopoldo, sus arquitectos llegaron a
colocar escuadras y compases en las garras del escudo
de armas de Toscana.
En cuanto a Francisco Esteban, pronto debería ocu-
parse de los asuntos del Imperio a causa de su matri-

. 84.
monio con la emperatriz María Teresa. Más tarde, como
tantos otros masones dieciochescos, abrazaría la alqui-
mia y se uniría a la Orden de la Estricta Observancia.
Luego de la publicación de la bula, la represión se
produjo en forma desigual, según el país y la influencia
que el clero ejerciera sobre los estados. Pese a que su
texto era lo suficientemente virulento como para no de-
jar dudas, el edicto de publicación mereció una aclara-
ción por parte del cardenal Firrao en 1739 —en un de-
creto para los Estados Pontificios— que agregaba «que
ninguna persona pueda reunirse, juntarse o agregarse,
en lugar alguno, con la indicada sociedad, ni hallarse
presente en sus asambleas, bajo pena de muerte, y con-
fiscación de sus bienes, en las que incurrirá irremisi-
blemente el contraventor, sin esperanza alguna de per-
dón…». Pero ya era tarde. En pocos años, el Discurso
de Ramsay se convertiría en el factor aglutinante de la
antigua nobleza dispuesta a una nueva cruzada que no
solo reafirmaría el carácter cristiano de la Orden, sino
también su voluntad de construir una nueva cristian-
dad más allá de las opiniones del Obispo de Roma.
Mientras tanto, se había abierto la caja de Pandora. La
francmasonería capitular tenía ahora un perfil definido
y una legitimidad institucional. Las tradiciones esco-
cesas, prolijamente excluidas de los protocolos masóni-
cos ingleses, se habían filtrado durante décadas a Fran-
cia. Los grados escoceses y su herencia templaria, man-
tenida en secreto por generaciones de masones en las
Islas Británicas se expandían en el continente con velo-
cidad pasmosa. Esto significaba un traspié para la ma-
sonería hannoveriana que en 1717 había «fundado» la
masonería moderna obviando toda referencia a las an-
tiguas tradiciones de origen templario. Las Constitu-
ciones de Anderson señalaban una línea divisoria tras
la cual se había borrado y destruido, tanto como se ha-
bía podido, la génesis de los grados escoceses. En el fu-

. 85.
turo, pese al malestar que esto provocaba a la Gran Lo-
gia de Londres, el proceso de «templarización» de la
francmasonería francesa no se detendría hasta la Re-
volución.
Hacia 1738 —apenas un año después del «discur-
so»— todo el alto mando masónico de Francia estaba en
manos de los escoceses estuardistas más puros: Ram-
say, MacLean, Balmerino y Radcliffe encabezaban los
poderosos capítulos de Caballeros Elegidos que conci-
taban todo el estado mayor jacobita y buena parte de
los pares del reino.
Luis XV tenía conciencia cabal del compromiso de la
corona con la causa de Escocia, a lo que se sumaban los
servicios que había dado la masonería estuardista a
Francia durante las negociaciones por la sucesión pola-
ca. El rey tenía más de una razón para no actuar contra
los masones.
La insurrección escocesa estaba en marcha y la cons-
piración buscaba el apoyo de Francia. El cardenal
Fleury acababa de recibir un mensaje por intermedio de
lord Sempill, Par de Escocia, enviado del mismísimo Ja-
cobo III Estuardo. Se trataba de un documento firmado
por siete jefes de clanes, reunidos secretamente en Es-
cocia, en el que aseguraban a Luis XV que «los escoce-
ses modernos son los verdaderos descendientes de
aquellos que tuvieron el honor de contarse durante si-
glos como los más fieles aliados de los reyes de Francia,
sus predecesores». Estaba firmada por James Drum-
mond, 3º duque de Perth, su tío Jean Drummond, Si-
món Frases de Lovat, Lord Linton conde de Traquaire;
Donald Cameron barón de Lochiel, William Mac Gre-
gor barón de Balhaldies y Jacques Campbell barón de
Achim-Breck.63

63 Kervella, Ob. cit. p. 383.

. 86.
Sin dudas se trataba de una encrucijada para Luis XV.
El mismo discurso utilizaban los masones estuardistas
en sus logias francesas cuando recordaban al rey que
«fueron los escoceses los que conservaron la herencia
espiritual e iniciática de las cruzadas y que los reyes de
Francia supieron siempre reconocerles su valor con-
fiándoles su guardia personal»64 Este grupo, conocido
como los siete conjurados, pedía desde Escocia que se
aceleraran los planes del desembarco estuardista en las
Islas.
La estrategia de los escoceses era contundente: Con-
trolar la masonería francesa a fin de contar con el apoyo
de la nobleza (léase sus ejércitos). Restaurar el ideal de
una caballería «templaria» utilizando como base a las
logias masónicas. Presionar al Luis XV desde Escocia
recordándole que habían sido históricamente sus mejo-
res aliados, para que los ayudara a barrer a la Casa de
Hannover y recuperar el trono.
«Esta idea —afirma Kervella— carecía de originali-
dad pero era rigurosamente cierta, pues en los últimos
dos siglos una galería de escoceses ilustres, grandes
capitanes, príncipes, señores, magistrados y oficiales
de la corona había prestado servicios a los monarcas
franceses sirviéndolos con intachable lealtad». ¿Qué
haría el rey, tironeado por las presiones de estos leales
jacobitas y una Iglesia que los quería ver encarcela-
dos?
Una vez más, los francmasones tomaron la iniciativa
y nombraron Gran Maestre a un francés: Louis Pardai-
llan de Gondrin, duque d’Antin, en reemplazo de
Radcliffe. Ahora la presión era mayor, puesto que en
caso de actuar contra los masones lo haría contra una
orden gobernada por uno de sus propios súbditos. Otra
jugada maestra.

64 Extraído del discurso de Ramsay.

. 87.
La ceremonia se llevó a cabo el 24 de junio, día de San
Juan, en el castillo de Aubigny (Pas de Calais) y fue
presidida por el duque de Richmond. Pero esta vez la
elección se había decidido sin el consentimiento de la
Gran Logia de Londres, en donde la noticia cayó como
un balde de agua fría; es muy probable que la cúpula
jacobita de la masonería francesa pautara la elección del
duque d’Antín con el propio Fleury.
Lo cierto es que 1738 pasó a la historia como el año de
la excomunión de los masones católicos, sobre la que
han corrido ríos de tinta. A la luz de lo expuesto pue-
den entenderse las causas políticas de la enigmática fra-
se contenida en la bula: «y por otras razones por nos
conocidas».65
No nos extenderemos sobre la cuestión de la ex-
comunión, pues queda claro que la misma, al igual que
el decreto del Cardenal Firrao para los Estados Pontifi-
cios es una reacción política, que se produce en el mar-
co de una persecución general, incluso en países protes-
tantes y aún musulmanes. Benimeli enmarca la prohibi-
ción en el hecho del secreto con que se rodeaban los
masones, los juramentos que hacían y el Derecho Ro-
mano en vigor, que los considera como sospechosos de
ir contra la tranquilidad pública. Señala, por otra parte,
que la excomunión llega «precisamente cuando la pre-
sencia de católicos, e incluso eclesiásticos, entre los ma-
sones, era mayoritaria…».66
Pero también fue el año en que la francmasonería
francesa se independizó definitivamente de la tutela in-
glesa e instaló solemnemente a un Gran Maestro de la

65 Mellor, Ob. cit. p. 144. Ver también El otro Imperio Cristiano p.


166 y ss.
66 Ferrer Benimeli, José Antonio, La Iglesia Católica y la Masone-

ría: Visión histórica; en Masonería y Religión: converfencias,


oposición, ¿incompatibilidad? (Madrid, Editorial Complutense,
1996). pp 187-201.

. 88.
Masonería del Reino de Francia. El duque d’Antin con-
taba al menos con un antecedente: Había sucedido a Ju-
les Hardouin-Mansard —uno de los grandes arquitec-
tos del Palacio de Versalles— en el cargo de «Superin-
tendente de Construcciones».67
En cuanto al rey, se hizo el sota y prefirió no darle
importancia al tema de la excomunión. En una nota di-
rigida al embajador de Roma, Saint-Aignam, justificó
de este modo su actitud:
[…] La bula que el papa ha dado contra los francma-
sones no bastará probablemente para abolir esta cofra-
día, sobre todo si no existe otro castigo que el temor a
la excomunión. La Corte de Roma ha aplicado tan a
menudo esta pena que ella es hoy día poco eficaz para
reprimir. Esta sociedad había comenzado a hacer algu-
nos progresos aquí. El rey le hizo saber que le disgus-
taba y desapareció.
Ramsay murió el 6 de mayo de 1743 en Saint-Ger-
main-en-Laye. Para entonces su misión estaba cumpli-
da. El complejo sistema diseñado por los francmasones
«escoceses» se había establecido con fuerza, lejos de la
tutela inglesa y al amparo de las iras de la Iglesia, cada
vez más convencida del peligro que se cernía sobre ella.
Paradójicamente, el triunfo de Ramsay había cerrado el
paso a los elementos más hostiles a la Iglesia y a la mo-
narquía. Pero en Roma persistía la certeza de que esta
masonería, que anclaba su poder en la aristocracia y ya
se presentaba como una caballería, se volvería más y
más peligrosa.

67 A Mansard le debemos el vocablo «mansarda» que se utiliza

en arquitectura para denominar a las ventanas que se colocan en


los tejados para iluminar y ventilar los desvanes de los edificios.

. 89.
4. El regreso de la Caballería

Para comprender adecuadamente los acontecimientos


que narraremos en las próximas páginas es necesario
conocer el drama político que subyacía detrás de la ac-
ción masónica de los escoceses. La carta ya menciona-
da, enviada a Luis XV por los jefes de los siete clanes,
no era una mera presión política. Quienes la firmaban
—los siete conjurados— se habían reunido secretamen-
te en Escocia para jurar solemnemente restablecer el
trono de los Estuardo. De allí que le fuera remitida al
rey por el mismísimo Jacobo III.
El documento contiene, como hemos visto, una exhor-
tación al rey recordándole que desde siglos atrás nu-
merosos oficiales escoceses se sacrificaron por sus pre-
decesores y que los escoceses modernos eran los verda-
deros descendientes de aquellos que tuvieron el honor
de contarse, durante siglos, como los más fieles aliados
de los reyes de Francia.
Insisten en que los escoceses han conservado la he-
rencia espiritual de los cruzados, en sintonía con Ram-
say, que era un político al servicio de la causa, en tanto
que los jefes de clanes pronto regarían el campo con su
sangre. Una cosa era el juego de intrigas en los salones
de París; otra muy distinta, la de los conjurados, que
preparaban la rebelión en Escocia, cuyo brazo político
había ganado el control de la masonería francesa.
Pero había en todos ellos una permanente remi-
niscencia de la caballería; no de cualquier caballería, ni
siquiera de la caballería como institución. Era, en defi-
nitiva, su modelo de nacionalismo.
¿Acaso era esta una obsesión propia de los escoceses?
Por cierto que no. El espíritu de cruzada estaba en el ai-
re; por eso tenía éxito y por eso era explotado por los
escoceses. Apenas unas décadas atrás, Europa había te-

. 90.
nido a las puertas de Viena a los ejércitos del Imperio
Otomano comandados por el visir Kara Mustafá. Resul-
ta difícil revivir ese momento dramático, porque de ha-
ber caído Viena, los turcos hubiesen penetrado en el co-
razón de Europa, y con ellos el Islam.
Todos los nobles que ahora abrazaban a la masonería
recordaban la batalla de Kahlemberg, librada en la ma-
ñana del 12 de septiembre de 1663.
La mayoría de los hombres que ahora estaban al fren-
te de las logias eran hijos o nietos de otros caballeros
que habían enfrentado, al mando de Sobiesky, rey de
Polonia, a esa horda tártara de 150.000 guerreros. Y
muchos de ellos habían muerto aquella mañana en
Kahlemberg, no en una gesta romántica, no en una de
las tantas guerras de religión que diezmaban a Europa
sino en una batalla tan decisiva como la que había li-
brado Carlos Martel, mil años antes, en las llanuras de
Poitiers.
Todos estos hombres reunidos en torno a Jan So-
biesky —cuyos descendientes eran ahora los caballeros
elegidos de las logias francesas— vivían su misión con
un verdadero espíritu de cruzada en el que no podía es-
tar ausente la inspiración de sus propios ancestros, el
eco de aquellos lejanos parientes que se habían batido
con los musulmanes en las arenas del Levante. En defi-
nitiva formaban parte de la misma aristocracia y aún se
sentaban bajo los estandartes que sus grandes abuelos
habían enarbolado frente a las murallas de Jerusalén.68
Esta atmósfera explica en parte el éxito de la predica
estuardista en la francmasonería francesa. La figura de
Godofredo de Bouillón, uno de los jefes de la primera
cruzada, se erguía como el modelo caballeresco al que
aspiraban los masones; caballeresco más que templario,

68Nos hemos referido extensamente a la vida de Godofredo de


Bouillón en El otro Imperio Cristiano.

. 91.
a decir de Kervella.69 El vínculo de Ramsay con los du-
ques de Bouillón no deja de ser una pieza clave en el
entramado que une a cruzados, templarios y masones,
pues era el preceptor, precisamente, de la Casa de Boui-
llón. Charles de La Tour Auvergne, 5º Duque de Boui-
llón formaba parte de la nobleza ilustrada. No solo era
fundador de logias —se llegó a hablar de una verdade-
ra «Orden Masónica de Bouillón»— con asiento en las
Ardenas, sino que introdujo en aquella región una im-
prenta que devino en la conformación de un polo editor
de la «Ilustración» de gran prestigio.69
Era lógico esperar que en medio de ese clima, en el
ámbito de esta masonería influyente, poderosa y a la
vez audaz, apareciera un líder que fuera más allá de la
retórica e intentara restaurar, ya no en espíritu sino ma-
terialmente, la antigua gloria ahora reverdecida.
Una caballería masónica, jamás vista, estaba a punto
de nacer, de manos de un barón alemán. Una caballería
que opacaría a los propios escoceses y haría ondear el
estandarte templario en cientos de castillos de Europa.
Había llegado la hora de la Orden de la Estricta Obser-
vancia.

69Su hijo, Godefroy III Charles Henri de La Tour d’Auvergne, 6º


Duque de Bouillon, (1728-1792), que había sido educado por
Ramsay, sería Gran Chambelán de Francia y se convertiría luego
en una pieza clave de la francmasonería de la «Estricta Obser-
vancia Templaria» creada por el barón von Hund. En 1774 era
Gran Maestre de los Directorios Escoceses de Auvernia, con sede
en Lyón; de Occitania, con sede en Bordeaux; de Borgoña, con
sede en Estrasburgo y de Septimania con sede en Montpellier
(ver voz en Frau-Abrines).

. 92.
Capítulo VI
CARL-GOTTHELF VON HUND
LA ORDEN DE LA ESTRICTA
OBSERVANCIA TEMPLARIA

1. La pugna por el control de la Ma-


sonería Continental

Hacia 1740 los escoceses habían logrado instalar, fir-


memente, la idea del temprano vínculo entre la maso-
nería y la Orden del Temple. Al calor de ese clima de
cruzada —que ya hemos descripto en el capítulo ante-
rior— aquello que en un principio había sido propuesto
como un retorno a las prácticas y virtudes de la caballe-
ría pasaba a convertirse, lisa y llanamente, en el retorno
del Temple. No todos los masones estaban de acuerdo
con esta postura y algunos lo manifestaban abiertamen-
te. Tal es el caso del marqués de Argens que publicó un
artículo en el que denunciaba que las logias jacobitas
pretendían arrogarse un linaje específicamente templa-
rio.70

70 Tuckett, The Origin of Additional Degrees, p.10.

. 93.
Pero las logias jacobitas evadían cualquier debate.
Simplemente seguían adelante, dedicadas a consolidar
su influencia en la masonería continental y brindar
apoyo a los que preparaban la sublevación en Inglaterra
y Escocia. Como hemos dicho, el alto mando masónico
estaba en manos de los líderes escoceses, entre ellos
lord William Boyd conde de Kilmarnock, Charles
Radclyffe conde de Derwentwater, lord Clifford barón
Chudleig, John Elphinstone lord Balmerino, Par de Es-
cocia y el propio caballero Ramsay baronet de Escocia
al igual que Jacques MacLean.71
Las urgencias de la guerra que se avecinaba —en la
que Francia había comprometido su apoyo subrepti-
cio— se convertían en las propias urgencias masónicas
en las logias, de cuya presión dependía en gran parte
ese apoyo. Pero la masonería no alcanzaba para com-
pletar el plan. Pese a los esfuerzos realizados por los es-
coceses las logias seguían siendo un punto de reunión
de hombres que buscaban saberes ocultos, otros que
utilizaban la red para organizar sus negocios y muchos
que encontraban un ámbito de sociabilidad en un siglo
que sufriría cambios vertiginosos.
Sin dejar de valerse de la francmasonería, a la que
consideraban una cantera de reclutamiento irremplaza-
ble, estos hombres concluyeron en que debía crearse
una verdadera Orden de Caballería que gobernara las
logias, pero que a su vez se despojara de las limitacio-
nes propias de la masonería y se constituyera en un po-
der en sí mismo, no detrás de bambalinas sino un poder
real, visible, temible. En otras palabras, ya no bastaba
con reclamar la herencia templaria sino de poseerla, li-
teralmente. La tarea era difícil, peligrosa, y de futuro

71 William Boyd conde de Kilmarnock asumiría como Gran

Maestre la conducción de la Gran Logia de Escocia en 1742. Sería


ejecutado en 1746.

. 94.
incierto. No debía ser llevada a cabo por un escocés
sino por alguien, indudablemente noble, que la sacara
del ámbito exclusivamente estuardista para darle carác-
ter continental.
Se necesitaba un hombre especial, un espíritu a la vez
justo y audaz, en alguna medida ingenuo, convencido
de la existencia de una tradición solo accesible a ciertos
iniciados; que fuese lo suficientemente dócil para acep-
tar ser controlado por los escoceses pero tan intrépido
como para concitar la lealtad de nobles y príncipes.
¿Dónde encontrarlo?
La oportunidad llegó en 1742. Frankfurt se había con-
vertido en el punto de reunión de toda la aristocracia
con motivo de la coronación de Carlos VII como Empe-
rador de Alemania. En la ciudad se daban cita grandes
embajadas, cuerpos militares con sus logias, nobles, es-
pías y caballeros que asistían a un evento de carácter
extraordinario. Una de las embajadas más importantes
era la enviada por Luis XV con el mariscal Belle-Isle a la
cabeza. En su comitiva había un nutrido número de
masones escoceses y franceses, incluido La Tierce, nada
menos que el redactor de las Constituciones de la Gran
Logia de Francia.
Como es costumbre en la masonería, aún hoy día, se
constituyó de inmediato una logia pro-tempore en la
que fueron iniciados muchos nobles alemanes, entre
ellos el barón Carl-Gotthelf von Hund, señor de Alten-
grotkau y de Lipse. Tenía apenas veintiún años, había
nacido en la Lucase y gozaba de cierta fortuna. Un año
después pasaría por la prueba de fuego.
Viajó a París en 1743 e inmediatamente pasó a formar
parte del núcleo íntimo de los jacobitas. Llegó apenas
seis meses antes de la muerte de Ramsay y tres años an-
tes de que Radclyffe, Kilmarnock y Balmerino fueran
decapitados en la Torre de Londres. Fue convocado en-
tonces —según él mismo referiría años más tarde— a

. 95.
un conclave secreto al más alto nivel de la masonería ja-
cobita. Allí, lord William Kilmarnock y lord Clifford, en
presencia de otro misterioso personaje —al que Hund
nunca se refirió con otro nombre que el de Caballero de
la pluma roja— fue hecho Caballero Templario. Se cree
que este misterioso caballero que menciona von Hund
no era otro que el propio Charles Radclyffe conde de
Derwetwater.
En la misma reunión le fue impuesto un nombre de
guerra con el que sería reconocido en adelante —eques
ab ense (caballero de la espada)— y se le comunicó la
historia secreta de la supervivencia templaria en Esco-
cia. En efecto, estos hombres explicaron a von Hund el
modo en que la Orden del Temple había mantenido en
secreto su existencia, estableciéndose en Escocia desde
las remotas épocas de la persecución. En rigor, la ver-
sión coincidía con el discurso de Ramsay, pero esta vez
los escoceses habían sido más explícitos en el carácter
«templario» de los refugiados. Se le dijo también que la
nómina de los Grandes Maestres sucedidos desde en-
tonces había permanecido igualmente secreta, así como
el nombre de los actuales jefes a los que se los denomi-
naba con el sugerente nombre de «Superiores Ignora-
dos». Nadie podía conocer la identidad de los jefes vi-
vos ni del actual Gran Maestre. Puede uno imaginarse
fácilmente cuánto sería explotada en adelante esta cues-
tión de los «superiores desconocidos». Pero volvamos a
nuestro relato.72
Von Hund recibió una Carta Patente que lo conver-
tía en Gran Maestre de la VIIIº provincia del Temple,
que era Alemania, e instrucciones precisas acerca de
su misión: Restablecer la Orden en sus antiguas pro-
vincias, armar caballeros templarios reclutándolos en-
tre los elementos más nobles de la francmasonería ca-

72 Un detalle complete puede leerse en El otro Imperio Cristino.

. 96.
pitular, y proveer el financiamiento económico de to-
da la nueva estructura. Como comprenderá el lector,
este era un plan de largo alcance, si se tiene en cuenta
que las antiguas provincias templarias eran: Inglate-
rra, con Irlanda y Escocia; Francia, con Normandía y
Borgoña; El Poitou, con Aquitania y Gascuña; Auver-
nia; Lombardía; Portugal; Aragón, con sus reinos, el
principado de Cataluña, el Rosellón y Navarra; Ale-
mania y Provenza.
Todo esto fue tomado muy en serio por von Hund,
que se abocó de inmediato a la tarea. A cambio solo re-
cibió el compromiso de que los superiores ignorados se
mantendrían en contacto epistolar y que, oportunamen-
te, recibiría futuras instrucciones.
Von Hund estaba convencido de que el misterioso
Eques a Penna Rubra (Caballero de la pluma roja) no
era otro que Carlos III Estuardo, el pretendiente jacobi-
ta al trono de los Estuardo, conocido popularmente
como el joven pretendiente, o simplemente Bonnie
Prince Charles. El príncipe tenía apenas 23 años; hijo de
Jacobo III había nacido en el exilio en Roma y educado
con un solo fin: Recuperar el trono de Inglaterra y Esco-
cia. Se puede entender que von Hund quedara impac-
tado por la misión que se le encomendaba, por quién la
avalaba y por las consecuencias políticas que implicaba.
Tenía la íntima convicción —señala Martí Blanco— que
se trataba en realidad del pretendiente Estuardo, Carlos
III, Gran Maestro de la Orden de Jerusalén, que lo
nombra en esta ocasión Gran Maestro de la VIIIª Pro-
vincia. Este último le habría confiado que su misión, si-
guiendo las órdenes de los «Superiores Desconocidos»,
era la de reformar, la de «rectificar» la francmasonería.
Se buscaba una restauración completa de la Orden del
Temple, y que esta, como Orden de Caballería, tuviese
por base una francmasonería «rectificada», sustentada
en las tradiciones de la masonería escocesa.

. 97.
Lo cierto es que von Hund regresó a Alemania y du-
rante varios años trabajó en el más absoluto secreto,
creando un cuerpo de Caballeros Templarios en virtud
de los poderes que le habían sido conferidos. Redactó
rituales de la Orden y trazó un programa económico
que se basaba en audaces operaciones financieras y co-
merciales, cuyas rentas otorgaron a la Orden un cre-
ciente tesoro. Para von Hund este no era más que el pa-
so previo para la recuperación de las antiguas posesio-
nes del Temple.
Para ello, sentó las bases de una historia propia que
diera sustento a sus aspiraciones. Las circunstancias de
su iniciación y las instrucciones recibidas del propio al-
to mando masónico escocés lo habilitaban para la em-
presa que llevaría a cabo.
Recién en 1751 funda una logia en Kittlitz, llamada
«Aux Trois colonnes», y se asocia con Wilhelm
Marschall von Biberstein, que era Gran Maestro pro-
vincial de las Logias inglesas y fundador de las de Al-
tenburg, «Archimède aux Trois planches à tracer», y
Naumburg sur Saale, «Les Trois marteaux», talleres a
partir de los cuales estableció un Capítulo de «Altos
Grados».73
La estructura de grados quedó de este modo:
CLASE SIMBÓLICA
§ Aprendiz
§ Compañero
§ Maestro

73Martí Blanco, Ob cit. Para un examen de los grados de Apren-


diz, Compañero, Maestro y Escocés verde de la Estricta Obser-
vancia, remitimos al lector a un estudio de Jean-François Var: La
Stricte Observance, Villard de Honnecourt nº 23, (París, 1991.)

. 98.
ORDEN INTERIOR
§ Maestro Escocés (o Escocés Rojo)
§ Escocés verde
§ Novicio
§ Caballero Templario
§ Eques Professus

Esta es la primera vez que aparece el Grado de Maes-


tro Escocés como bisagra entre la masonería simbólica y
la caballería. En el futuro pasará a formar parte de va-
rios Ritos, y se convertirá en el grado característico del
Régimen Escocés Rectificado, tomando el nombre de
Maestro Escocés de San Andrés.
A partir de allí el crecimiento de la Orden fue im-
parable. Le dio el nombre de Estricta Observancia
Templaria como recordatorio del juramento de absoluto
secreto que debían mantener sus afiliados. Sin embar-
go, lo más sorprendente es que estableció un sistema de
vasallaje volviendo a poner en práctica el sistema feu-
dal medieval. Créase o no, lo cierto es que al menos ca-
torce príncipes reinantes de Europa le juraron obedien-
cia y que solo en Alemania veintiséis nobles hicieron lo
propio, incluido el duque Ferdinand de Brunswick.74
Si se tiene en cuenta que todos estos príncipes y no-
bles eran cuadros de alto nivel de la francmasonería, re-
sulta claro que la Orden de la Estricta Observancia con-
troló gran parte de la masonería europea. Nunca antes
ni después se asistiría a una restauración tan profunda
del Temple.
Hasta 1764, la alianza y el secreto eran tan fuertes en
la nueva Orden que nadie sabía, salvo un pequeño nú-
cleo, quién era el Gran Maestre. Ese año von Hund se

74 También denominada Masonería rectificada o Reformada de

Dresde, puesto que el sistema había sido en principio adoptado


por las logias de Unwürden y Dresde.

. 99.
dio a conocer invitando a todos los masones de Europa
a unirse a su cruzada. Fue su momento de mayor gloria
pero también el del inicio de su ocaso, pues a la hora de
tener que explicar de dónde provenía su legitimidad,
debió confesar que hacía muchos años que no tenía
contacto con «los Superiores Ignorados».

2. La Tragedia Escocesa y el Ocaso de


von Hund

¿Qué ocurrió con los Superiores Ignorados? ¿Era von


Hund un farsante? Creemos que no. Desde su inicia-
ción en Frankfurt su destino quedó atado al de los esco-
ceses. Soldado leal, convencido de su misión, pese al
aislamiento y la desaparición de sus jefes, decidió con-
tinuar con el plan trazado hasta que la presión de sus
bases lo obligó a blanquear la situación.
Según los propios documentos de la Estricta Ob-
servancia, von Hund afirmaba que Pierre de Aumont,
preceptor de Auvernia, junto con siete caballeros y
otros dos preceptores, huyeron de Francia aproxima-
damente en 1310, escapando primero a Irlanda y luego
a la Isla de Mull. Allí unieron fuerzas con otros templa-
rios, presumiblemente refugiados de Inglaterra y Esco-
cia, dirigidos por un preceptor cuyo nombre es citado
como George Harris, un ex oficial de la orden en Ca-
burn y Hampton.
Continúa narrando el propio von Hund que, bajo los
auspicios conjuntos de Harris y Pierre de Aumont, se to-
mó la decisión de perpetuar la institución. Una lista de
Grandes Maestres templarios, confeccionada por él, mues-
tra a Pierre de Aumont sucediendo a Jacques de Molay.75

75 El mejor estudio acerca de von Hund y el sistema de la Estricta

Observancia se encuentra en la obra de Le Forestier que ya he-


mos citado. En tanto que la lista de Grandes Maestres confeccio-

. 100.
Esta circunstancia es improbable porque el preceptor
de Auvernia no era Pierre de Aumont. Pero este no es
el único lado flaco de la historia narrada por von Hund,
pues para 1310 la Isla de Mull estaba en poder de un
noble escocés de nombre Alexander McDougall de
Lorn, aliado de Eduardo II de Inglaterra. Lo más facti-
ble es que estos caballeros templarios se hayan refugia-
do en dos territorios que estaban bajo dominio de Ro-
bert Bruce estratégicamente ubicados en la ruta maríti-
ma que unía al Ulster, en Irlanda, con las bases de su-
ministros de Bruce en Argyll. Estos lugares a los que
hacemos referencia eran el Mull de Kintyre y el Mull de
Oa.
Von Hund decía haber escuchado esta historia de los
propios escoceses, y es muy posible que haya sido así.
Si hoy es fácil de confundir la Isla de Mull con el Mull
de Kintyre bien podría haberse confundido von Hund.
De allí que actualmente, la leyenda más difundida se-
ñale al Mull de Kintyre como el primer sitio en el que se
dio cita el exilio templario.76

nada por von Hund pueden consultarse en la obra de Thory,


C.A. Acta Latomorum ou chronologie de l’histoire de la franche-
maçonnerie française et étrangère, 2 vol, (París, 1815).
76 No obstante ello, otras tradiciones igualmente masónicas afir-

man que muchos templarios habrían optado por asimilarse a la


logia de la abadía de Kilwinning, fundando un nuevo ciclo al in-
troducir las tradiciones que traían consigo. La logia de Kilwin-
ning es, tal vez, la más legendaria de las logias masónicas escoce-
sas. Luego de las reformas que llevaron a la consolidación de la
francmasonería moderna, la logia de Kilwinning se negó por
mucho tiempo a integrarse a la Gran Logia de Escocia. Cuando
finalmente lo hizo se le otorgó el número «0», es decir, se la colo-
có por encima y antes de cualquier otra. Según otra versión, el
monarca escocés —en agradecimiento a estos caballeros— cede a
los templarios la torre de Kilwinning, contigua a la abadía del
mismo nombre, en donde estos fundarían una nueva orden liga-
da a la logia masónica que funcionaba en la abadía. La abadía de

. 101.
La mayoría de los historiadores coincide en eximirlo
del cargo de farsante; por el contrario, la figura de von
Hund despierta un gran respeto, pues de algún modo,
su plan tuvo el éxito que no acompañó a sus mentores.
Resulta difícil imaginar sus pensamientos frente a las
vicisitudes que vivirían quienes lo habían iniciado en
Frankfurt.
Veamos qué había sucedido.
El 2 de agosto de 1745, apenas dos años después de
que von Hund fuera armado Caballero Templario en el
marco que hemos descripto, el príncipe Carlos Eduardo
Estuardo, acompañado de un puñado de nobles leales,
desembarcó en Escocia, pero sin el apoyo militar fran-
cés que tanto había esperado. Después de muchos años
de esfuerzo, los estuardistas caían en la cuenta de que
Francia los había dejado librados a su suerte.
Luego del desembarco hubo un fuerte debate entre
quienes creían que debían hacerse fuertes en Escocia,
esperando el apoyo popular, y los que estaban conven-
cidos de que una marcha hacia Londres aceleraría la in-
surrección que derrotaría a los Hannover. En una vota-
ción celebrada en el Consejo de Guerra y por solo un
voto, ganó la opción de marchar hacia el sur. Pasaron
por Manchester y llegaron a Derby en diciembre. Pero
las revueltas populares nunca sucedieron y apenas pu-
dieron reclutar uno o dos centenares de voluntarios. La
operación había fracasado.
El príncipe ordenó la retirada, que fue penosa, no solo
por el descorazonamiento general sino porque el ejérci-
to hannoveriano los hostigaba de cerca. Finalmente los
alcanzó en abril de 1746, encerrándolos en la localidad
de Culloden. Al mando del duque de Cumberland, los

Kilwinning fue fundada por monjes benedictinos en el siglo XI, y


en ella funciona aún hoy, como hemos dicho, la más antigua lo-
gia de Escocia.

. 102.
ingleses lanzaron un ataque que liquidó a los jacobitas
en menos de una hora. La mayor parte de la expedición
murió en la batalla. De los sobrevivientes, muchos fue-
ron presos, algunos deportados y otros ejecutados. En-
tre estos últimos cabe incluir a lord Kilmarnock (Gran
Mastre de la Gan Logia de Escocia en 1742), a Charles
Radcliff, lord Derwentwater, (Gran Maestre de la Gran
Logia de Francia en 1737), y a lord Balmerino, Par de
Escocia (Líder de los Capítulos de Caballeros Elegidos
de Avignón, la ciudad de los papas y capital de Conda-
do Venesino), todos ellos decapitados en la Torre de
Londres antes de que culminara ese año trágico. Los
principales jefes de la caballería masónica escocesa ha-
bían muerto. Otro personaje importante en nuestra his-
toria, Jacques Héctor MacLean, caballero Baronet de Es-
cocia (que también fuera Gran Maestre de la Gran Lo-
gia de Francia en 1735), caería apresado en la batalla
para ser liberado recién dos años después. Su rastro se
pierde en su exilio francés.
El joven pretendiente, Bonnie Prince Charles, logró
escapar y marchó al exilio en Francia, en donde pronto
sufriría otro duro golpe.
Los estuardistas, pese el abandono del que habían si-
do víctimas, creían en la aliada Francia y aún en el mo-
mento más duro dieron muestras de esa lealtad conmo-
vedora. Prueba de ellos es la última carta escrita, horas
antes de morir, por Charles Radcliff, lord Derwentwater:
Muero como hijo verdadero, obediente y humilde de la
Santa iglesia católica y apostólica, en perfecta caridad
con la humanidad entera, queriendo verdaderamente
el bien de mi querido país, que nunca podrá ser feliz
sin hacer justicia al mejor y al más injustamente tratado
de los reyes. Muero con todos los sentimientos de grati-
tud, respeto y amor que tengo por el Rey de Francia,
Luis el Bienamado (un nombre glorioso). Recomiendo
a Su Majestad mi amada familia. Me arrepiento de to-

. 103.
dos mis pecados y tengo la firme confianza de obtener
merced el Dios misericordiosos, por los méritos de Je-
sucristo, su hijo bendito, nuestro Señor, a quien reco-
miendo mi alma. Amén.77
El desastre de Culloden fue el final de una era y de
toda una generación de masones jacobitas, que habían
marcado con su impronta, a la naciente francmasonería
francesa. La muerte de los líderes escoceses privó a la
Restauración Templaria de sus máximos inspiradores.
Esa es la causa por la que von Hund quedó aislado. En-
terado de la muerte de todos aquellos que lo habían ini-
ciado, esperó en vano que lo contactaran los «Superio-
res» a los que nunca conocería.
Cuando reconoció esta situación en 1764, comenzó un
proceso de crisis en la Orden; por un lado, como hemos
visto, más y más nobles se plegaban al movimiento, pe-
ro al mismo tiempo surgían situaciones complejas que
amenazaban con debilitar la Orden: Farsantes que se
presentaban asegurando ser «Superiores Desconoci-
dos», intentos de buscar a estos incógnitos jefes en lu-
gares inverosímiles de Escocia, planteos acerca de la le-
gítima autoridad de von Hund, etc.78
Como consecuencia de todos estos embrollos, la Es-
tricta Observancia entró en su etapa final, signada por
un estado deliberativo que dio lugar a una sucesión de
asambleas que desembocarían en el célebre Convento
de Wilhelmsbad. En el Convento de Köhlo, celebrado
en 1772, von Hund fue desplazado de la conducción del
la Orden, proclamándose al duque Ferdinand de
Brunswick Gran Maestre General de la Orden de los
Francmasones reunidos bajo el Régimen Rectificado
(Magnus Superior Ordinis). Se inició entonces un pro-

Mellor Alec, ob. Cit. p. 187-188.


77

Nos hemos referido extensamente a este período de crisis de la


78

EOT en El Mito de la Revolución Masónica.

. 104.
ceso de reorganización administrativa que completó la
restauración de las antiguas provincias templarias. La
tarea iniciada por von Hund fue completada gracias a
la acción de un importante núcleo de dirigentes, entre
los que cabe destacar a los barones de Weiler y de Wae-
chter.
Quedaron así constituidas las siguientes jusrisdic-
ciones: II° Provincia (Auvernia-Lyón); III° (Occitania-
Burdeos); V° (Borgoña-Estrasburgo); VII° (Alemania In-
ferior-sobre el Elba y el Oder); VIII° (Alta Alemania) y
la IX° (Italia, por escisión de la VIII).
No podemos culminar la narración de la tragedia es-
cocesa sin unas notas finales sobre el destino de los es-
tuardistas. A pesar de la derrota aplastante y de la
muerte de sus jefes, los masones escoceses no se dieron
por vencidos. Aquellos que pudieron salvarse siguieron
abriendo Capítulos en el continente con la esperanza de
concitar nuevos aliados y regresar a Escocia. Tal fue el
caso de los Capítulos de Toulouse, Nantes y Arras; in-
cluso llegaron a federar las logias escocesas preexisten-
tes en Marsella; pero Francia les reservaría otra traición.
En 1748, de conformidad con las disposiciones de la Paz
de Aquisgran, Carlos Eduardo Estuardo fue expulsado
de Francia. A partir de allí los escoceses (de nación)
abandonan paulatinamente sus esfuerzos; en cambio,
los masones escocistas (los que sin ser escoceses de na-
ción habían abrazado aquel sincretismo masónico caba-
lleresco) inician un largo camino, creando nuevos gra-
dos y sistemas masónicos, con sus propios Capítulos y
sus Logias de Perfección. Ya no es una masonería esco-
cesa sino de origen escocista. Hacia 1761 aparecería su
grado más emblemático: el de Caballero Kadosh. El es-
cocismo, con sus Capítulos de Elegidos, sus Logias de
Perfección y sus Grados de Caballería siguió —como
veremos— rumbos diferentes al de la Estricta Obser-

. 105.
vancia templaria, pese a que ambos tuvieron un origen
común.79
Pero mientras esto ocurría, la masonería europea es-
taba sufriendo otro tipo de infiltración, absolutamente
diferente en sus objetivos pero parecida en sus méto-
dos. Contrariamente a esta aristocracia que soñaba con
restaurar el antiguo Imperio, del cual se imaginaba co-
mo su brazo militar, en otros ámbitos, en los salones en
donde se discutía a Rousseau y a Voltaire o en las uni-
versidades en donde comenzaban a gestarse las corrien-
tes librepensadoras, surgía un movimiento radical cuyo
objetivo era la destrucción total y definitiva de la Iglesia
y de las monarquías.
Este movimiento estaba liderado por una secta que se
movía con extremo sigilo. Se llamaban a sí mismos Illu-
minati y estaban convencidos, al igual que décadas an-
tes los escoceses, que la francmasonería era la herra-
mienta más perfecta jamás concebida para llevar ade-
lante una conspiración. Los Illuminati habían sido fun-
dados por un oscuro profesor llamado Adam
Weishaup, probablemente la mente más letal para el
Antiguo Régimen. El único enemigo que se le oponía en
el control de la francmasonería era la Orden de la Es-
tricta Observancia. De modo que todo estaba dispuesto
para el mayor enfrentamiento que, hasta la fecha, re-
cuerde la sociedad de los masones.

79 Ver Apéndice I.

. 106.
Capítulo VII
LOS MAESTROS ESCOCESES Y
LOS ILLUMINATI

1. La Reorganización de la Estricta
Observancia

Impedido de presentar pruebas fehacientes de la verda-


dera filiación y origen de la Orden de la Estricta Ob-
servancia, el barón Hund fue removido de su cargo en el
Convento de Khölo, celebrado entre el 4 y el 24 de junio
de 1772. En su lugar fue electo Ferdinand de Brunswick
(1721-1792), duque de Brunswick-Lunebourg-Wolfen-
büttel, hermano del duque reinante Karl I.
Brunswick se dio a la tarea de insuflar nuevos bríos.
Comenzó entonces una fuerte expansión de la Orden,
que instaló establecimientos en Francia, Suiza, Dina-
marca, Polonia, Hungría y en Rusia, mientras que Italia
quedó integrada en la VIIIª Provincia de la Alta Alema-
nia, y Saboya a la IIª Provincia de Auvernia. En Francia
se organizará el «Directorio Escocés» de la Reforma en
tres provincias: Borgoña, Occitania y Auvernia, tenien-

. 107.
do por capitales Estrasburgo, Burdeos y Lyón. 80 Al
frente de ellos está Godefroy Henri de La Tour (1758-
1792) 6º Duque de Bouillón, hijo de quien fuera protec-
tor del caballero Ramsay.81
Al año siguiente, la Orden volvió a convocar un nue-
vo Convento, esta vez en Berlín. Señala Martí Blanco
que «el hecho destacable de ese Convento, fue el en-
frentamiento entre Zinnendorf y Ernst Werner von Ra-
ven (1727-1787) y que propició la salida y abandono de
Zinnendorf, que reivindicaba claramente un esoterismo
fundamentado en la magia divina y estaba muy poco
interesado en la leyenda templaria, mientras que los
dignatarios de la Estricta Observancia tenían como úni-
ca reivindicación el reapropiarse de la herencia templa-
ria».
Podemos agregar que von Raven había sido armado
caballero por el propio von Hund, junto con Joachim
Heinrich von Schröeder82 (1725-1795), quien sería pos-
teriormente el creador del Rito de Schröeder, muy ex-
tendido en Alemania.83 En cuanto a Johann Wilhelm
Zinnendorf —Cirujano en Jefe del Estado Mayor de
Berlín— también establecería un nuevo rito, apoyado
por el duque de Sudermania. Enfrentado con sus anti-
guos hermanos, firmó un acuerdo con los ingleses de la
Gran Logia Real York con base en Alemania, en el que
ambas partes se comprometían a tomar todas las medi-
das necesarias y hacer «cuantos esfuerzos fueran ima-
ginables» para precaver a la masonería contra «esta sec-
ta de masones que ha tomado el nombre de Estricta

80 Martí Blaco, Ramón. Ob cit.


81 Ver Frau Abrines, Tomo I, p. 175.
82 Bernheim, Alain, The Three Lios Lodge At Wismar; (Conferen-

cia en la Universidad de Lund, Suecia, 2004).


83 Actualmente, aunque de manera desgajada, el Rito de Schröe-

der se sigue practicando en la Resp# Logia Unitas 387, de la


Gran Logia de la Argentina.

. 108.
Observancia». Evidentemente los masones ingleses se-
guían preocupados por el legado de la francmasonería
caballeresca escocesa en el Continente y operaban en
consecuencia.84
El tercer Convento se llevó a cabo en Brunswick entre
mayo y julio de 1775. A él concurrieron 22 príncipes
alemanes, lo que permite apreciar la magnitud del po-
der que, para ese entonces, había reunido la Estricta
Observancia. Su principal objetivo seguía siendo, como
acabamos de ver, el reclamo de la restitución territorial
de la herencia templaria. Había que definir esta cues-
tión.
Von Hund fue convocado y sometido a un extenso in-
terrogatorio. Cansado y desprestigiado, volvió a repetir
la historia que todos sabían, sin poder demostrar la au-
tenticidad de los títulos que lo habían habilitado a res-
tablecer la Orden en Alemania, y sin poder probar la
existencia de las Superiores Ignorados, ni de aquellos
que lo vinculaban a la Orden del Temple. Ni Charles
Radcliff, ni lord Kilmarnok —conocedores de la misión
que se le había encomendado— podían salir en su de-
fensa. Decapitados veintinueve años antes, no quedaba
nadie que pudiera atestiguar en su favor. Y si von
Hund guardaba algún secreto, se lo llevaría a la tumba
un año después, el 10 de octubre de 1776.
Paradójicamente, von Hund fue víctima de una nom-
bramiento in pectore por parte del alto mando estuar-
dista, combinado con una misión secreta que comenza-
ba a hacer agua pese al éxito logrado. Sabemos que la
expresión in pectore (dentro del pecho) se dice del car-
denal que habiendo sido designado por el papa, aún no
ha sido proclamado. Pero esta expresión ha sido usada
en reiteradas oportunidades en la historia de la Orden

84Sobre la estructura de grados del los Ritos Escocés Rectificado,


Sueco y de Zinnendorf ver el Apéndice Nº III.

. 109.
del Temple y de la propia francmasonería. ¿Cuántos
Hermanos han quedado varados en medio de una mi-
sión secreta? ¿Cuántos han quedado con grados no re-
conocidos, por la prematura muerte de Grandes Maes-
tres o Altas Autoridades que así lo habían dispuesto? El
caso de von Hund es paradigmático.
Sin esas pruebas, la esencia misma de la Orden co-
menzaba a perder sentido; al respecto escribe Walter
Hess: «Todos estos acontecimientos mostrarían clara-
mente que el sistema, en despecho de su impresionante
despliegue, reposaba sobre frágiles bases. El Magnus
Superior Ordinis, el Duque Ferdinand de Brunswick y
su suplente, el Príncipe Charles de Hesse, se dieron per-
fecta cuenta de ésta situación. A partir de 1777, desarro-
llaron planes para una reforma total de la Estricta Ob-
servancia.»85
Esos planes encontraron el cauce en manos de un
hombre, considerado en la actualidad una de las figuras
más importantes de la historia de la masonería. Entra
aquí en escena Jean-Baptiste Willermoz (1730-1824).
Iniciado en 1750, a la edad de veinte años, fue elegido
Venerable Maestro solo dos años después. Al igual que
lo que ocurría en muchas logias francesas, reinaba en su
taller cierto relajamiento que no se condecía con lo que
Jean-Baptiste esperaba de la Orden. Según él mismo re-
lata en una carta que dirigiera a von Hund (14 de di-
ciembre de 1772)86, decidió fundar una nueva logia con
un grupo de hermanos que compartían sus mismas as-
piraciones. La denominaron La Perfecta Amistad y en
1756 obtuvieron una carta patente de la Gran Logia de
Francia.

85 W. Hess, Chevaliers et Franc-Maçons, Approche contemporai-

ne du Rite Écossais Rectifié, Ivoire-Clair, 2001, pp. 48-49.


86 Var, Ob. cit. p. 62.

. 110.
Continuó al frente de la logia hasta 1762, año en el
que ya se desempeñaba como Presidente de la Gran
Logia de Maestros Regulares de Lyón que él mismo ha-
bía contribuido a fundar. A partir de 1763 fue nombra-
do Gran Guarda Sellos. En 1765 lo encontramos fun-
dando un capítulo independiente con el nombre de Ca-
pítulo del Águila Negra, junto con su hermano Pierre-
Jacques, cuya actividad principal era la investigación
alquímica. Para ese entonces, Willermoz poseía un pro-
fundo conocimiento de las distintas vertientes masóni-
cas y se había convertido en un incansable buscador de
sistemas y Ritos que insuflasen un espíritu renovado, y
a la vez tradicional, a la francmasonería. Algunos auto-
res no dudan en atribuirle la creación el grado emble-
mático de «Caballero Rosacruz» que luego se incorpo-
raría al Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
Finalmente, en 1767, tomó contacto con la Orden de
los Caballeros Masones Élus Cohen del Universo fun-
dada por Martinez de Paqually en la que fue introduci-
do por Bacon de la Chevalerie y el marqués de Lusig-
nan. En 1772 descubrió la existencia de la Orden de la
Estricta Observancia Templaria que, en palabras de
Maurice Colinon: lo sedujo para siempre.87 El contacto
se hizo a través del barón de Weiler, a la sazón repre-
sentante de von Hund.
Se inició entonces el proceso en el que ambas es-
tructuras, la de la Estricta Observancia y la de los ma-
sones franceses liderados por Willermoz conformarían
un nuevo Régimen en base a un sistema de grados que
dotaría a la Orden de una vía iniciática y coherente
desde la Clase Simbólica hasta la Clase Secreta, y de
una Código que regularía su funcionamiento. Final-

87Colinon, Maurice, La Iglesia frente a la Masonería (Buenos Ai-


res, Editorial Huemul, 1962). Ver: Jean Baptiste Willermoz y la
Estricta Observancia. pp. 90-95.

. 111.
mente, la tradición de los canteros y la de los caballeros
estaba definitivamente unida.
Quedó así constituido el Régimen Escocés Rectificado
que tiene la particularidad de poseer el grado de Maes-
tro Escocés de San Andrés que completa y trasciende al
grado de Maestro Masón. El grado de Maestro Escocés
cumple la función de bisagra o conexión entre los tres
primeros grados simbólicos (Aprendiz, Compañero y
Maestro Masón) y la Orden de Caballería.88
La primera etapa de esta reforma se llevó a cabo en el
Convento de las Galias, celebrado en Lyón en 1778, en
el cual se presentaron todos los antecedentes y docu-
mentos que harían, de ésta, la mayor reorganización de
la masonería en el siglo XVIII.89
La Orden quedaría constituida por un nivel primario
que correspondía a la iniciación masónica tradicional,
un segundo nivel estatuido como una Orden de Caba-
llería y un tercer estamento (secreto), de naturaleza re-
ligiosa. Teniendo en cuenta que el primer nivel corres-
ponde al mundo de los oficios (el trabajo), que el se-
gundo a la caballería (relacionado con el armamento y
la guerra) y el tercero a la profesión de la fe, podríamos
decir que este régimen reproducía a la perfección el or-
den político-social medieval. Un orden funcional que
era el reflejo de una teología cristiana trinitaria y que
uno se ve tentado a evocar en su origen protohistórico,
ya planteado por Georges Dumézil cuando definió el
carácter trifuncional de los antiguos dioses indoira-
nios.90

88 El Grado de Maestro Escocés no solo se ha perdurado en el

Régimen Escocés Rectificado sino también en el Rito Sueco y el


Rito de Zinnendorf. Volvemos a remitir al lector al Apéndice III.
89 Cf. Var, Jean-François, Los Conventos Fundacionales del Régimen

Escocés Rectificado (España, Ediciones MASONICA.ES, 2014).


90 Cf. Dumézil, Georges Los dioses soberanos de los indoeuro-

peos, Barcelona, Herder, 1999.

. 112.
Sancionada la Reforma de Lyón en Francia, Ferdi-
nand de Brunswick y Carl von Hesse-Casel compren-
dieron la necesidad de aplicarla en Alemania a fin de
convertirla en universal. El sueño de una unidad de la
masonería rectificada escocesa estaba en marcha.91

2. La Secta de Adán Weishaupt: Los


Illuminati

Pero mientras esto ocurría, otras fuerzas comenzaban a


moverse dentro de la francmasonería y una sociedad
secreta estaba formándose en Alemania, más precisa-
mente en la región de Baviera. Europa ingresaba ple-
namente en la Ilustración y las nuevas ideas se expan-
dían con rapidez, seduciendo incluso a gente de la no-
bleza. El mundo estaba cambiando.
Pero los Iluminados de Baviera iban mucho más allá
de las ideas de la Ilustración. La organización había si-
do concebida por su fundador como una maquinaria
dirigida a destruir las bases religiosas y políticas sobre
las que se sustentaba el Antiguo Régimen. Se trataba de
una concepción radical, fanática y subversiva de la polí-
tica. Pasaría a la historia con el nombre de Illuminati, y
aunque en la actualidad algún despistado la defina co-
mo «un mito urbano», ocasionó más daño a la francma-
sonería que el conjunto de bulas pontificias, del mismo
modo que contribuyó a exacerbar la atmósfera de vio-
lencia que derivaría en la furia revolucionaria de 1789.
Su fundador, Adán Weishaupt (1748-1830) com-
prendió, como muchos otros antes y después que él,
que la francmasonería era una extraordinaria herra-
mienta de poder, a la vez que comprobó que resultaba

91Callaey, Eduardo, El Mito de la Revolución Masónica (Ver: La


Reforma de Lyón)

. 113.
permeable a la infiltración de sus bases. Y eso es lo que
hizo.
Los Illuminati implementaron un sofisticado sistema de
infiltración que no deja de sorprender por su eficiencia y
rapidez. Podríamos decir que cuando los masones final-
mente reaccionaron y la condenaron —uniéndose así a
los Estados que la consideraron subversiva desde un
principio— ya era tarde. El único masón que tuvo plena
consciencia del peligro que se avecinaba fue Joseph de
Maîstre, quien la definió como «un monstruo compues-
to de todos los monstruos y si nosotros no lo matamos,
nos matará».92
Desgraciadamente, la Orden de los Iluminados de
Baviera fue asociada con los francmasones, vinculándo-
los a causa de ello, con la violencia revolucionaria que
sacudiría Europa en las postrimerías del siglo XVIII.
El plan de infiltración fue tan eficaz que la secta —dice
Valentí Camp— «…fue considerada como elemento di-
rector de la Revolución social, que Weishaupt y otros
muchos agitadores reputaban inminente. Francia fue la
nación escogida para realizar tal empresa, como un la-
boratorio donde hacer el experimento, como lo fue más
tarde y lo vino siendo durante todo el siglo XIX».93
Podría decirse que Adán Weishaupt fue, para la ma-
sonería, el Caín del Siglo de las Luces. Nacido en 1748
en la ciudad de Ingolstadt, hijo de un profesor de dere-
cho penal, se recibió de abogado en 1768. Gracias a la
influencia del barón de Ickstatt (tío de su esposa), se
convirtió en profesor titular a los 25 años y decano de la
Facultad de Derecho a los 27.94

92 Cf. De Maîstre, Josep, La Francmasonería. Memoria Inédita al


Duque de Brunswick (España, Ediciones MASONICA.ES, 2013).
93 Valentí Camp, Santiago; Las sectas y las sociedades secretas

(Editorial Valle de México, México DF). Vol. II p. 656-658. Cf. Lu-


chet, Essai sur la secte des illuminés (París, 1843).
94 Bayard, ob.cit. 127.

. 114.
Weishaupt sentía un profundo odio contra el clero
católico, en especial contra los jesuitas que lo habían
educado. Creía que la religión asfixiaba a la verdadera
ciencia, sometía la voluntad de los príncipes y embrute-
cía al pueblo con el veneno de la superstición. Aborre-
cía, al igual que muchos otros intelectuales bávaros, las
desigualdades del absolutismo, quería aniquilar la mo-
narquía y destruir la Iglesia Católica.95
En 1776 creó un partido de oposición a los católicos
que controlaban la Universidad de Ingolstadt. En un
principio sus seguidores eran sus alumnos y discípulos
con los que se reunía en secreto. Pero pronto compren-
dió que si quería extender su secta, debía encontrar una
base de operaciones. En 1777, fue iniciado en la logia
Teodoro del Buen Consejo, que operaba en la ciudad de
Múnich. Los Illuminati entraron detrás de él. A sus
alumnos y discípulos se les unieron otros profesores; el
clima político era turbulento y pronto hubo dos logias
bajo el control de los Illuminati: una en Múnich y otra
en Eichstcedt. Sus miembros tomaban nombres simbó-
licos entre los del mundo clásico a fin de ocultar su
identidad.
La Orden de los Illuminati estaba dividida en cuatro
grados. En el primer grado el iniciado prestaba un jura-
mento de obediencia absoluta. En el segundo juraba lu-
char contra la superstición, la maledicencia y el despo-
tismo. En el tercero, descubría que el objetivo real de la
Orden era el de apoderarse de los estamentos del Esta-
do, exterminando príncipes y sacerdotes. En el cuarto y
último se le revelaba que todas las religiones carecían
igualmente de fundamento, imponiéndole el ateísmo.
Hacia 1780, Weishaupt había captado la voluntad del
marqués de Constanza (que tomó para sí el nombre de
Diómede) a quien le encomendó que fundara nuevas

95 Ibidem 128.

. 115.
logias integradas mayoritariamente por protestantes
que compartían su odio al catolicismo. En Francort-sur-
le-Mein el marqués se contactó con un hombre que se-
ría un factor clave en la historia de los Illuminati: El ba-
rón Adolf Franz Friedrich von Knigge, un ex miembro
de la Orden de la Estricta Observancia Templaria.
Von Knigge se convirtió en la mano derecha de
Weishaupt. En poco tiempo reclutaron numerosos cua-
dros entre la nobleza y la alta burguesía bávara y con-
trolaron gran parte de la administración pública. En
1781, von Knigge y Weishaupt sellaron un acuerdo de-
cisivo para el futuro de los Illuminati. Se decidió que
aquél se haría cargo de la organización de la secta, a fin
de infiltrar masivamente en la francmasonería alemana.
Si querían apoderarse de ella, primero hacía falta do-
blegarla y someterla. Pero von Knigge sabía que sin de-
rrotar a la Orden de la Estricta Observancia esto no se-
ría posible.
Cuando el Duque de Brunswick convocó al Convento
que se realizaría en Wilhelmsbad en 1782, Knigge supo
que había llegado el momento. Podría, por fin, llevar
las ideas de los Illuminati al más alto nivel masónico
jamás imaginado. Weishaupt, entusiasmado, le otorgó
plenos poderes y el control de toda la maquinaria de la
secta, que puso la lanza en ristre hacia lo que conside-
raban una batalla decisiva.
Dos masonerías, de corte diametralmente opuesto, se
enfrentarían en aquel año de 1782. Resulta abrumador
pensar que la masonería escocesa había tardado más de
cuarenta años en ver su sistema plasmado, en tanto que
Weishaupt había logrado, en apenas cinco, reclutar dos
mil masones calificados, ubicados en lugares estratégi-
cos y dispuestos a destruirlo todo en su afán de acabar
con la monarquía y la Iglesia.
Digamos, antes de ir al acto final de esta historia, que
pese a los posteriores anatemas de algunas Grandes

. 116.
Logias hacia la secta, existe una profusa literatura ma-
sónica que se niega a condenarla o lo hace solo a rega-
ñadientes, ratificando de este modo la profunda infil-
tración que logró en las filas masónicas y la supervi-
vencia de su espíritu en un vasto sector de la francma-
sonería.

3. La Batalla Final

El 16 de julio de 1782, Ferdinand, duque de Brunswick,


inauguró la primera sesión del Convento convocado en
Wilhelmsbad, ciudad cercana a Hanau, en territorio del
príncipe Carl von Hesse-Cassel. Ambos jefes y cabezas
de la Estricta Observancia se habían asegurado jugar de
locales en la decisiva contienda que se avecinaba. Esta-
ba en juego el destino de su Orden y —en gran parte—
de la propia francmasonería.
Treinta y seis delegados se presentaron ante el Con-
vento, procedentes de la Alta y la Baja Alemania, Ho-
landa, Rusia, Italia, Francia y Austria. Una gran expec-
tativa se había generado en todos los círculos masóni-
cos.
El primer conflicto no tardó en surgir. La Comisión
de Poderes, encargada de velar por la legitimidad de
los delegados, estaba controlada por la Estricta Obser-
vancia y, como suele ocurrir, puso todas las trabas po-
sibles al ingreso de aquellos que, se sabía de antemano,
votarían en contra de las resoluciones del Convento.
Pero no pudieron impedir que un grupo de racio-
nalistas —entre ellos el barón von Knigge y algunos
Illuminati— pudiera acreditar sus respectivas creden-
ciales.
Gran parte de la nobleza del Imperio Alemán y de
Francia estaba reunida en Wilhelmsbad. Aquello que se
iba a debatir afectaba a los Estados, pues la reivindica-

. 117.
ción templaria incluía a las tierras que alguna vez ha-
bían sido del Temple. Muchos de los presentes eran, a
su vez, representantes de aquellos Estados, o más aún:
El Estado mismo. Nos preguntamos ¿qué hubiese suce-
dido si estos príncipes hubiesen proclamado su de-
manda?
Como se esperaba, apenas iniciadas las sesiones, los
racionalistas, en alianza con los Illuminati, embistieron
con un violento discurso anticatólico. Los delegados
bávaros, principalmente los barones Adolf Franz von
Knigge y Franz Friedrich Dittfurth von Wetzlar, convir-
tieron las primeras jornadas en un debate encarnizado.
Luego de acusar a la Estricta Observancia de operar a
favor de Roma, haciendo responsables a los jesuitas de
nuclear a la francmasonería en beneficio del papado,
Dittfurth arremetió contra la restauración templaria,
invocando en su contra el apoyo del propio José II, em-
perador del Imperio Austro-Húngaro, el más antima-
són de los monarcas ilustrados.
La situación era de extrema volatilidad. Willermoz se
referiría a aquella irrupción de Dittfurth lamentando
«la osadía de emprender en una asamblea de cristianos
y atacar de la manera más escandalosa todo principio
de religión, de ridiculizar amargamente todo lo relacio-
nado con ella, de rebajar de todos los estados de la so-
ciedad civil los rangos y los títulos de los príncipes, en
fin, de proponer fundar una nueva masonería sobre es-
tos principios destructores de todo lo que existe de ver-
daderos lazos entre los hombres, la cual tendría por ba-
se la nueva filosofía del siglo».96

96Le Forestier Ob. cit. p. 669. La cita está tomada de Los Cuader-
nos Verdes N° 3 (Num. 9 des Cahiers Verts) editados por el Gran
Priorato de Hispania, del Régimen Escocés Rectificado; traduc-
ción de Ramón Martí Blanco, Barcelona, 2002, p. 38, nota 10.

. 118.
El plan de von Knigge comenzó a dar sus frutos. En-
tre sus nuevos aliados estaba Johann Joachim Bode, de-
legado del poderoso duque Ernst von Gotha. Digamos
que von Ghota no solo protegería a Weishaupt, el fun-
dador de los Illuminati, sino que impediría en el futuro
que le cortaran la cabeza.
Jean-Francois Var 97 describe aquella encrucijada en
estos términos:
Era necesario dilucidar entre los adversarios feroces de
la leyenda templaria, en particular Bode y los Ilumina-
dos de Baviera, y aquellos que reivindicaban la Orden
del Temple, fuera para obtener la devolución de los
bienes anteriormente poseídos por la Orden, fuera para
tener acceso a las ciencias herméticas supuestamente
detentadas por esta, y ocultada por los presuntos Supe-
riores Desconocidos quienes, supuestamente, garanti-
zaban su conservación.
El Convento tenía por objeto dos aspiraciones: Poner
freno a la multiplicidad de sistemas masónicos de «Al-
tos Grados» y dilucidar verdaderamente si la Orden te-
nía un origen templario. Podría decirse que fue un fra-
caso en cuanto al primer punto. Respecto del segundo
dejó en evidencia que existía una enorme dificultad pa-
ra probar la existencia del origen que buscaba resolver.
Como consecuencia de ese Convento nació el actual
Régimen Escocés Rectificado, que renunciaba a la he-
rencia material del Temple, pero que hacía una reivin-
dicación de la espiritual.
Pero no fue la única. Hay al menos dos que valen la
pena mencionar.
La primera es que luego de finalizado el Convento, la
gran mayoría de Hermanos alemanes que sostenían el
derecho a reivindicar la herencia total del Temple (tanto
material como jurídica y espiritual) volvió al seno de la

97 Los Cuadernos Verdes N° 1 (Num.7 des Cahiers Verts) p. 44.

. 119.
Orden de la Estricta Observancia, que siguió mante-
niendo una fuerte influencia sobre la masonería alema-
na hasta fines del siglo.
La segunda es que a partir de Wilhelmsbad se acre-
centó el poder de los Illuminati, que pugnaban por qui-
tar de la masonería todo lo que oliera a caballería esco-
cesa, y que salieron fortalecidos de aquél Convento. Es-
te debate, lejos de ser superficial, involucró a filósofos y
pensadores preclaros de la Alemania de fines del siglo
XVIII y principios del XIX, tales como Ignatius Aurelius
Fessler, Johann Gottlieb Fichte, Johann A. Schneider y
Karl Krause, entre otros.98
No todos estos hombres formaban un frente mono-
lítico en cuanto su visión de la Orden, puesto que —si
bien compartían una misma actitud frente al desen-
freno de ritos y grados, y creían firmemente en un ori-
gen medieval y gremial de la Orden— a veces no coin-
cidían en la necesidad de encontrar una «historia ofi-
cial». Al respecto, en la correspondencia entre Fichte y
Fessler, a la sazón enfrentados en una querella interna,
Fichte se pregunta: «¿Con qué propósito quiere el ma-
són una historia de su Orden, que le sirva, además, co-
mo explicación misma de esta misma Orden…?».99
Incluso sería necio desconocer que este debate aún se
mantiene en círculos académicos, además de mantener
fragmentada en la actualidad a la francmasonería. Baste
mencionar la obra de Oncina Coves sobre el epistolario
de Fichte Cartas a Constant, en la que afirma que:
Entre los rasgos principales de este período hay que
subrayar los siguientes: la introducción de los grados
superiores (a menudo tendiendo un velo de misterio

98Referimos al lector al Apéndice II


99Oncina Coves, Faustino; Filosofía de la Masonería, (Edición de
Faustino Oncina Coves, Istmo, Madrid 1997), pp. 17, 18 y si-
guientes.

. 120.
sobre los que ocupan el vértice de la jerarquía), deudo-
res de las Órdenes de los Caballeros, se había realizado
con menoscabo de los grados simbólicos provenientes
de la masonería operativa, esto es, de los gremios me-
dievales de constructores; la presencia del esoterismo
más burdo; y la proliferación por una parte, de siste-
mas y rituales masónicos y, por otra, de sectas no es-
trictamente masónicas, sembrando el caos.100
Poco tiempo después del Convento de Wilhelmsbad,
la Gran Logia Madre de Berlín pareció reaccionar frente
al avance de los Illuminati y emitió una declaración en
la que denunciaba a «los masones que degradan a la
francmasonería introduciendo en ella los principios del
iluminismo…». Algunos se arrepintieron de sus víncu-
los con la secta creada por Weishaupt y confesaron su
error ante el Elector de Babiera. La misma declaración
advertía que, de persistir esta infiltración en la Orden,
tarde o temprano el brazo secular (el propio Empera-
dor) atacaría a la masonería entera.
Dos años después, en 1785, la Orden de los Illuminati
fue disuelta y Weishaupt condenado. Bode intervino en
su favor y el príncipe von Gotha lo protegió en su corte.
Pero lejos de cesar en sus actos subversivos, siguió
conspirando y fue inspirador de las acciones del Terror,
durante la Revolución Francesa. Sus últimos años pasa-
ron en la clandestinidad, bajo el amparo de la masone-
ría que él mismo había corrompido.
Como dato mencionaré un documento revelador. En
1829 se imprimió una obra en dos tomos: Précis Histo-
rique de L’Ordre de la Franc-Maçonnerie.101 Su autor,
escondido bajo el pseudónimo J-C B# no deja dudas
acerca de su filiación. En el segundo volumen hay una

100Ob. cit. Ibidem.


101J-C B#, Précis Historique de L’Ordre de la Franc-Maçonnerie,
(París, Rapilly, Libraire, 1829) Vol. II pp. 295-98.

. 121.
larga nómina de masones ilustres con sus respectivas
biografías. En la letra «W» se mencionan solo tres: El
barón Walterstorff, chambelán de Dinamarca; Georges
Washington y Adam Weishaupt, que figura como
muerto en 1811, cuando en verdad murió un año des-
pués de la publicación referida, en 1830.
En todos esos años, entre 1811 y 1830, mientras sus
Hermanos lo hacían pasar por muerto, Weishaupt, fue
protegido por la Casa Saxon-Coburgo-Gotha. Aún así,
muchos siguieron denunciándolo, entre ellos el propio
Joseph de Maîstre —el primero en advertir el peligro
que representaba Weishaupt— que en 1811, casi treinta
años después de Wilhelmsbad, decía indignado: «Su je-
fe es conocido, sus crímenes, sus proyectos, sus cómpli-
ces y sus primeros éxitos lo son también; los reglamen-
tos de la secta han sido requisados y publicados por el
gobierno, traducidos al francés y publicados…» Resulta
claro que había muchos interesados en proteger al bá-
varo.
Emilio Corbiere102 sugiere que Hegel estaba en la lista
de los Illuminati. Se basa en las publicaciones de «Mi-
nerva», una revista masónica que dependía de la publi-
cación francesa La Chronique de Paris. El editor de la
versión germana, un masón alemán de nombre Ar-
chenholzt, confirma en su autobiografía que Hegel era
miembro de la secta.
También aparece vinculado con el Cercle social, y la
Confédération Universelle des Amis de la Verité, am-
bos puntos convergentes de grupos Illuminati revolu-
cionarios. Afirma Corbiere que cuando Hegel llega a
Frankfurt, en 1797, conocía perfectamente la existencia
de los Illuminati. Su amigo Fichte había sido acusado

102 Corbière, Emilio (bajo el seudónimo de Francisco de Miranda)

Hegel y la Masonería. (Buenos Aires, Revista Símbolo, Nº 60,


1997).

. 122.
de pertenecer a la secta después de escribir su libro Fi-
losofía de la Masonería y lo vigilaban de cerca. La nó-
mina de amistades masónicas de Hegel es enorme, en la
que destaca, entre muchos otros, Bode, figura clave en
el círculo que protegía a Weishaupt. Pero también están
Goethe, Hölderling, y Krause. Muchos de ellos estaban
bajo vigilancia, al igual que Fichte, sospechados de
Illuminati, incluidos el profesor Thiersch y el príncipe
Hardenberg, jefe del gobierno de Prusia. Justamente
Prusia se convierte en un centro revolucionario copado
por miembros de la secta creada por Weishaupt, todos
masones, fundadores de otra sociedad revolucionaria:
La Orden de Los Evérgétes.
Alemania continuó sufriendo el choque entre la Es-
tricta Observancia y los Illuminati hasta bien entrado el
siglo XIX. Claro ejemplo del encarnizamiento es Carl
Chirstian Krause, que combatió a la orden fundada por
von Hund, hasta que fue expulsado de su logia, la «Zu
den drei Schwerten», de Dresden, en 1810, junto con
Federico Mossdorf, otro amigo de Hegel. Es perseguido
en la vida civil y se le impide trabajar en la Universi-
dad.
Krause crearía una corriente filosófica denominada
krausismo, que tuvo fuerte influencia en España y en el
Rio de la Plata. Inspiró a Hipólito Yrigoyen, líder de la
Unión Cívica Radical y presidente de la República Ar-
gentina. Toda una generación de masones pertenecien-
tes a la UCR se forjó en el krausismo, incluido otro pre-
sidente argentino, don Arturo Illia. La mayoría ignora
que esa filosofía nació en medio de las luchas de Krause
contra la Orden de la Estricta Observancia.103

103 Un extenso artículo sobre Carl Krause puede leerse en mi li-

bro Monjes y Canteros. Ver capítulo I: Krause y la Rebelión de


los Historiadores.

. 123.
Desatado el Terror en Francia, Robespierre y los ja-
cobinos, inspirados por Weishaupt, lanzaron una im-
placable persecución contra la masonería del Antiguo
Régimen y muchos fueron ejecutados; otros escaparon
y algunos, heroicamente, defendieron los últimos bas-
tiones de la larga herencia escocesa. Tal fue el caso de
Henri de Virieu que murió en el asedio de Lyón en
1793. Ese mismo año serían guillotinados uno de los
hermanos de Jean Baptiste Willer moz y Felipe «Igual-
dad» duque de Chartres, el tristemente célebre Gran
Maestre del Gran Oriente de Francia, quien después de
haber traicionado a sus hermanos fue a su vez devora-
do por la propia revolución a la que había adherido.
Muchos de los líderes de la Estricta Observancia se
enrolaron en el ejército formado por Prusia y el Impe-
rio, cuyo objetivo era derrotar a la Revolución. Al man-
do estaba otro masón: el sobrino de Ferdinand de
Brunswuick, el duque Carl Wilhelm Ferdinand von
Brunswick.
Algunos sobrevivirían y la masonería francesa re-
nacería con un rostro diferente. La del siglo XVIII había
muerto, asesinada por la revolución. En Inglaterra, las
guerras franco inglesas también habían agotado las filas
de los masones; llegó entonces el momento de la recon-
ciliación. Masones «antiguos» y «modernos» sellaron la
paz en 1813 y, por primera vez, hubo en las Islas Britá-
nicas una masonería unificada. Paradójicamente, mien-
tras la caballería templaria se replegaba en Francia a la
espera de mejores tiempos, en Inglaterra nacía un nue-
vo templarismo, como si tanto dolor y tanta tragedia
debiesen ser reparados de algún modo.

. 124.
EPÍLOGO

Decía, al principio de este libro, que sin conocer este la-


do de la historia de la masonería en el siglo XVIII, resul-
ta imposible entender lo que luego vendría.
Al mirar hacia atrás y repasar la gesta de los estuar-
distas en Europa, es posible acercarse un poco más a los
claroscuros que anidan en la francmasonería. Com-
prender las traiciones y los cambios abruptos; los en-
frentamientos sangrientos y los intereses opuestos que
se jugaron en el seno de sus logias en esa etapa funda-
cional.
Cuando se mira el mapa de la batalla de Culloden y
se observa el rol de combate que Kilmarnock, Balme-
rino y MacLean jugaron en esa jornada, se entiende cla-
ramente que, ese día, la masonería cristiana fue derro-
tada militarmente por primera vez. La segunda derrota
militar llegaría casi medio siglo después, en la batalla
por la ciudad de Lyón, cuando corrían los días del Te-
rror.
En el futuro, quizá como resultado de «esos años os-
curos» —parafraseando a Kervella— la masonería
aprendería de sí misma y nunca, nadie, podría acusarla
de connivencia con los déspotas ni de complicidad con

. 125.
el fascismo. «No deja de ser sintomático —dice Ferrer
Benimeli— que los alemanes al entrar en París se apo-
deraran inmediatamente de la sede del Gran Oriente,
donde a los pocos días instalaron precisamente sus Ser-
vicios de Información de las Sociedades Secretas o con-
traespionaje político y militar, donde el teniente Moritz
dirigía el departamento relativo a la masonería…». Los
alemanes tenían claro que los archivos masónicos son
una de las fuentes más confiables y seguras de la histo-
ria.
Fue justamente en el Gobierno de Vichy, bajo el man-
dato del mariscal Pétain, que se centralizó toda la in-
formación sobre la masonería, constituyéndose el Servi-
cio de Sociedades Secretas a cuyo frente estaba Bernard
Fay, cuyo libro más famoso, La francmasonería y la re-
volución intelectual del siglo XVIII es una de las más in-
teligentes maniobras antimasónicas de la propaganda
fascista. Fay y muchos otros intelectuales filo-nazis, vi-
vieron y murieron convencidos de que el gran secreto
de la francmasonería es que no hay ningún secreto.
Sin dudas, el éxito más grande de la francmasonería
fue hacer creer a los intelectuales que el asunto del se-
creto era un mito. Pero el éxito más grande de los Illu-
minati fue hacer creer a los masones que Adam
Weishaupt y su secta también lo son. Así, la masonería
es una conspiración, dentro de otra, dentro de un calei-
doscopio.
Siempre fue necesario tener poder para participar en
política; y siempre fue necesario el dinero para alcanzar
el poder. Von Hund debió armar una gran estructura
financiera para sostener la Orden de la Estricta Obser-
vancia. Willermoz pudo dedicarse a su Reforma luego
de haber amasado una fortuna como sedero de Lyón. El
escocismo nació entre grandes magnates y militares que
cubrían las rutas entre Europa y las Antillas, y entre es-
tas y las ciudades del norte de los Estados Unidos.

. 126.
Aquella masonería estaba muy lejos, todavía, de los
movimientos sociales del siglo XIX y del XX. Esa nueva
masonería, republicana y contestataria, heredaría los
mismos usos y costumbres de sus predecesores. Pero
abriría un campo desconocido: el de la solidaridad so-
cial, la contención y la fraternidad.
La masonería enseñó al mundo que se puede jugar a
cuatro bandas. Incluso contra sí misma, si eso es necesa-
rio. Hay una anécdota interesante de Horace Walpole,
masón y Primer Ministro de Su Majestad Británica. En
1743, mientras los estuardistas ganaban terreno en
Francia, en Inglaterra la masonería parecía decaer. Dijo
entonces, con ironía: «La reputación de los francmaso-
nes está en su momento más bajo en Inglaterra. No veo
otra cosa que una persecución para ponerlos en boga».
También enseñó que muchos de sus hombres con-
sideraron que valía la pena el riesgo. Pues ser masón es
un acto de osadía. Y aún más osado entrar en las esferas
de la conducción de la Orden. La construcción no es un
oficio para gente delicada, ya que nunca se sabe de qué
andamio se desprenderá la piedra.
A lo largo de su extensa historia, ha habido nume-
rosos príncipes masones encomendando misiones a
otros masones dispuestos a cumplirlas. Émulos del «Jo-
ven Pretendiente» y de Von Hund, en muchos casos
tuvieron destinos similares al de nuestros protagonis-
tas. En otros crearon imperios que aún perduran.
Seríamos injustos si no reconociésemos que todos es-
tos acontecimientos han moldeado una institución que,
oportunamente, ha sabido impulsar el diálogo y la con-
cordia en un marco de hermandad desapasionada. Es
sabido que los grandes acuerdos no son el fruto de dis-
cursos pour la gallery, sino de consensos generalmente
construidos fuera de la pasión de las tribunas.
Pero como dice el dicho, aquello que nos salva es
también lo que nos pierde. Esa capacidad de secreto, de

. 127.
cobertura y de acción, ha sido una y otra vez utilizada
tanto para bien como para mal. Aunque resulte difícil
de aceptar, la masonería sigue dividida entre los here-
deros de la Estricta Observancia y los imitadores mo-
dernos de los Illuminati; entre quienes ven a la Orden
como una vía iniciática y quienes solo perciben la mag-
nífica herramienta capaz de adaptarse a cualquier con-
jura.
En el medio existe una larga tierra de nadie. Un ex-
tenso campo en donde todo es posible, desde la sociabi-
lidad fraternal hasta el esoterismo más exótico. Esa tie-
rra de nadie es la cantera de la que se nutren los cua-
dros de ambas tendencias.
Puede tomarse este libro como el prólogo de nuestro
próximo volumen; pues en el siglo XIX los ejércitos del
mundo —realistas e independentistas— casi todos al
mando de masones, cambiarían el mapa geopolítico de
Occidente y lo prepararían para el gran salto hacia el
progreso. Se gestarían las bases del Nuevo Orden
Mundial que no en vano, se atribuye a los masones. De-
trás de aquellos ejércitos llegarían las logias, y con ellas
el progreso, la educación y la esperanza.

. 128.
Apéndice I
EL RITO ESCOCÉS ANTIGUO Y
ACEPTADO

En el Rito Escocés Antiguo y Aceptado (R.E.A.A.), que


es el más difundido en el ámbito hispanoamericano,
encontramos grados que llevan por títulos nombres que
hablan por sí mismos: Caballero Rosacruz (18º), Caba-
llero de la Serpiente de Bronce (25º), Caballero del Sol
(28º), Gran Escocés de San Andrés (29º) entre otros,
siendo el más emblemático de todos el de Caballero
Kadosh (30º), también llamado Caballero del Águila
Blanca y Negra, este último con una clara reminiscencia
templaria.
Es relativamente sencillo encontrar literatura sobre el
R.E.A.A. en la que son frecuentes los temas vinculados
a la caballería y especialmente a las órdenes monástico-
militares surgidas en el tiempo de las cruzadas. El gra-
do de Caballero Kadosh parece ser la cúspide de la in-
fluencia escocesa en el R.E.A.A. En este grado hay un
fuerte contenido templario que, de algún modo, viene
insinuándose desde los grados anteriores, baste men-
cionar que el grado inmediato anterior refiere a San

. 129.
Andrés, el Santo Patrono de Escocia. Pero la estructura
propia del Rito no se asimila a la de una Orden de Ca-
ballería. Su aparición data de la segunda mitad del siglo
XVIII y se da en el marco de los Capítulos de Perfección
reservados a los Maestros Elegidos.
Dice Kervella:
Se trata de añadir al sistema de logias azules (los tres
primeros grados) Capítulos de Perfección con indivi-
duos cuidadosamente escogidos… Una vez admitidos
portaban una banda negra bordada con una cruz roja y
una capa blanca que también llevaba la cruz y recibían
espada y puñal. Detalle curioso porque la terminología
es de los Kadosh, término usado a repetición en los
protocolos de recepción… La literatura masónica sitúa
la aparición de este grado [Kadosh] en Francia hacia
1761 y como proveniente de Metz, por un militar fran-
cés con asiento allí.104
Esta referencia aparece reiteradamente en las in-
vestigaciones sobre los comienzos del escocismo. En un
trabajo publicado en los Cahiers de la Grande Loge de
France se puede leer: «Es en retorno de los desarrollos
alemanes del Escocismo que debe atribuirse la elabora-
ción en Francia de dos grados que tendrían gran noto-
riedad: el Soberano Príncipe Rosacruz (1762) y el de
Gran Elegido Caballero Kadosh. Pero si el primero era
“el catolicismo hecho grado”, el segundo —introducido
en Metz en marzo de 1761 por el Caballero du Barail,
joven oficial francés prisionero— olía a hoguera».105
La frase «olía a hoguera» puede entenderse en su
connotación templaria. Por otra parte, nadie mejor que
la Orden de la Estricta Observancia, había desarrollado

104Kervella, André; Ob. cit. p. 53.


105La Franc-Maçonnerie Ecossaise et la Grande Loge de France,
en Points de Vue Initiatiques, Cahiers de la Grande Loge de
France nº 38-39, París, 1980. Pag. 34.

. 130.
los grados escoceses en Alemania.106 Como sabemos, el
argumento del Grado de Caballero Kadosh es vindica-
tivo, tanto de Felipe el Hermoso como del papa Cle-
mente V y forma parte de los denominados «Grados de
Venganza» del R.E.A.A.
En cuanto al grado de Soberano Príncipe Rosacruz,
mencionado en la misma cita, ya hemos visto que se lo
atribuye al propio Jean Baptiste Willermoz, quien por
ese entonces (1762) se desempeñaba como Presidente
de la Gran Logia de Maestros Regulares de Lyón. No
sorprende que en un principio fuera «el catolicismo he-
cho grado», dada la catolicidad del propio Willermoz.
Hasta hace poco los historiadores del escocismo care-
cían de documentación convincente, pero a partir del
Estatuto de Quimper y del registro de Actas de la Logia
Saint Benoit podemos conocer mucho más acerca de sus
orígenes. Las Actas contienen al menos treinta páginas
sobre la Orden Sublime de los Caballeros Elegidos.107
Esta Orden se establece fijando Estatutos y Rituales
precisos a fines de 1750, dando así una estructura de
conjunto a los numerosos capítulos que existían en te-
rritorio francés. Gracias a un trabajo exhaustivo sobre
los archivos provinciales puede afirmarse que los Caba-
lleros Elegidos y todo lo que por entonces evoca la per-
fección o elección, tienen origen escocés y estuardista.108
La primera Logia Madre Escocesa fue fundada en
1745 por Étienne Morin. Se cree que el primer rito de-
nominado escocés fue el Rito Escocés Filosófico de la
Logia Madre de Marsella, creado hacia 1750 y que ya
estaba compuesto de 18 grados. Luego de éste, apareció
el Rito de Perfección, compuesto por el Consejo de Em-
peradores de Oriente y Occidente (estamos hablando

106 Ver Apéndice II.


107 Kervella, André; Ob. cit. p. 44.
108 Ob. cit. p. 44, 53, 64 y 107.

. 131.
de París, hacia 1758). En 1761 Morin parte a las Antillas
llevando una Carta Patente. Por entonces, el Rito de
Perfección ya tenía 25 grados. La fecha coincide con la
aparición del Grado de Caballero Kadosh.
Luego de diversas adaptaciones en América del Nor-
te, el 4 de diciembre de 1802, fue dada a conocer al
mundo, la creación de un Supremo Consejo de los So-
beranos Grandes Inspectores Generales, grado 33º y úl-
timo del R#E#A#A# en Charleston (EE.UU).
El Rito Escocés Antiguo y Aceptado arribó a Europa,
y más en concreto a Francia, de la mano del conde de
Grasse-Tilly, tras obtener una nueva Carta Patente de
Charleston. Grasse-Tilly retocó algunos rituales y ense-
ñanzas y su obra constituye hoy más o menos el Rito
Escocés Antiguo y Aceptado tal como se lo conoce. Po-
dríamos completar esta breve síntesis diciendo que el
Congreso Mundial de Lausana, de 1875, fijó de forma
definitiva el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, impi-
diendo la creación de nuevos grados o la modificación
de los existentes sin consenso universal de los Supre-
mos Consejos. Sus Grados conservan abundante len-
guaje referente a los Elegidos y a la Caballería.

. 132.
Apéndice II
EL PAPEL DEL PAPADO EN EL
JUICIO A LOS TEMPLARIOS

Las recientes investigaciones de Barbara Frale a partir


del «descubrimiento» del Manuscrito de Chinon, no de-
jan dudas acerca del papel del papa Clemente V en el
desgraciado final de la Orden, circunstancia que debie-
ra —a mi juicio— poner a revisión el carácter vindicati-
vo que determinados grados masónicos guardan res-
pecto de la supuesta actuación nefasta del papa en los
acontecimientos de 1307 y 1312, hoy desmentida.
Se trata de un documento que forma parte de la in-
vestigación pontificia llevada a cabo luego del apresa-
miento de los Templarios de Francia por parte de la po-
licía de Felipe, fechado en 1308.
Antes de que Barbara Frale encontrase el Manuscrito
de Chinón en los Archivos Secretos del Vaticano, hecho
ocurrido en el año 2001, las opiniones permanecían di-
vididas respecto de la actitud de la Iglesia frente al pro-
ceso iniciado por el rey.
Malcom Barber, autor de The Trial of de Templar, ca-
tedrático de la Universidad de Reading, realizó una

. 133.
profunda investigación del proceso, publicada en ita-
liano bajo el título Processo ai Templari, una questione
política, en la que sostiene que si Clemente hubiese es-
tado dispuesto a condescender con el golpe de mano
del 13 de octubre de 1307, podría haber llegado a un
acuerdo rápido, aunque sin dudas deshonroso, en be-
neficio de Felipe y la Orden hubiera sido disuelta sin
más. Sin embargo, inmediatamente promulga, el 22 de
noviembre, la bula «Pastoralis praeminentiae», con la
cual pone la cuestión templaria en el centro de la Igle-
sia, impidiendo de tal modo que quedara en manos de
Felipe. Al hacer público el proceso, éste no podría lle-
varse a cabo de la manera que el rey lo pretendía sin
detrimento de la reputación de las personas involucra-
das. Barber resume la posición de muchos historiadores
que consideraban a la Iglesia como otra víctima del rey.
Evidentemente los documentos descubiertos por Frale
han dado la razón a esta corriente.
Para quienes no conocen la obra de Malcom Barber
vale la pena señalar que es reconocido como el más des-
tacado investigador británico sobre los templarios. El
escritor Piers Paul Read —cuyo best-seller The Tem-
plars, publicado en 1999 en inglés y en español en el
2000, ha hecho las delicias de miles de masones— le
atribuye haber dicho que las especulaciones en torno a
los templarios, al filo del nuevo milenio, han generado
una «pequeña industria muy activa, rentable por igual
para científicos, historiadores del arte, periodistas, pu-
blicistas y expertos en televisión». Read sabrá por qué
lo dice.
En la contraparte citaremos a Andreas Beck, cate-
drático de la Universidad de Friburgo, autor de Der
Untergang der Templer, Groβter Justizmord des Mitte-
lalters, publicado en español con el título El Fin de los
Templarios, un exterminio en nombre de la legalidad,
libro en el que afirma que la sumisión de los templarios

. 134.
a los dirigentes de la Iglesia que los abandona y los per-
sigue, demuestra más que cualquier otra cosa que eran
fieles a la Iglesia y a la ortodoxia. Para Beck, la Iglesia
fue cómplice de los actos de tortura que llevaron a las
confesiones que habrían permitido declarar herética a la
Orden, a la vez que acusa a la Inquisición de haber oído
lo que con el empleo de la tortura se había propuesto
oír.
El Manuscrito de Chinon, y todos los documentos ad-
juntos a la investigación de Barbara Frale, desmienten
las conclusiones —muy bien intencionadas, pero equi-
vocadas— de Andreas Beck. Pero es claro que esta po-
sición ha sostenido la actitud propia de los «Grados de
Venganza».
Hemos creído oportuno reproducir ambas opiniones
porque exponen de modo muy crudo las diferencias
que subsistían respecto del Proceso a los Templarios,
opiniones que quedan zanjadas cuando se estudian las
conclusiones de la investigación de Frale, publicada ba-
jo el título Il Papato e il proceso ai Templari.
Los documentos a los que tuvo acceso la historiadora
italiana son categóricos respecto a la absolución de los
templarios por parte del papa y dieron lugar a una nue-
va serie de investigaciones entre las que destaca, en mi
opinión, la de Simoneta Cerrini. Veamos por qué.
Historiadora italiana, autora de una tesis sobre la es-
piritualidad de los templarios, y miembro destacado de
la Society for the Study of de Crusades and the Latin
East, Cerrini publicó un libro bajo el título La revolu-
tion des templiers que resulta de particular interés para
los masones, en especial para quienes investigamos el
templarismo masónico. Su trabajo plantea aspectos sen-
sibles: La ruptura del orden trifuncional de la sociedad
medieval y la autonomía espiritual del Temple; la exis-
tencia de una «liturgia» templaria en ultramar, diferen-
te a la que se practicaba en Occidente; la influencia de

. 135.
algunas corrientes judías —como la kabala— en el sim-
bolismo templario y, tal vez lo más controvertido: las
relaciones del Temple con el mundo islámico. Abramos
el juego.
La historia de la Orden del Temple ha sido analizada
desde las más diversas perspectivas. Su historia militar,
relacionada directamente con las cruzadas, es conocida
en sus más mínimos detalles, al igual que su origen y el
de su Regla, basada en la de la Orden de San Benito.
Pero, frecuentemente, esta historia militar del Temple
pasa por alto aspectos fundamentales que, de por sí,
constituyen una anomalía y una desviación en el orden
político-jurídico de la Edad Media: Su autonomía espi-
ritual y su independencia litúrgica.
Otra cuestión, que resulta a menudo compleja, es la
relación de los templarios con el Islam. No se trata de
un asunto menor, por el contrario, esta particularidad
debería ser tenida en cuenta en un momento en el que
el lenguaje neo-medieval de Al Qaeda y el EI (Estado
Islámico) reflota el odio a los «cruzados», un odio que
desconoce las similitudes éticas de ambas religiones. Es
famosa una frase de Saladino, que solía afirmar —en
tiempos en los que la conversión podía ser la única ruta
de salvación en la derrota— que un mal cristiano nunca
llegaría a ser un buen musulmán, del mismo modo que
un mal musulmán nunca llegaría a ser un buen cris-
tiano.
Tampoco es menor la cantidad de documentos que
reafirman la creencia de un «esoterismo templario» o, al
menos, la existencia de puntos de contacto con elemen-
tos provenientes de la kabala hebrea y del sufismo is-
lámico.
El problema que se presenta ante esta perspectiva es
que si todas estas aristas se mezclan o se quitan de con-
texto, entonces quedamos a un paso del absurdo, de un

. 136.
neotemplarismo fallido. Permítaseme abordar, esta vez,
la cuestión de la autonomía espiritual.
Desde los primeros siglos del cristianismo se ha re-
conocido una diferenciación entre clérigos y laicos y
una jerarquía que podría definirse como una distinción
carismática, no jurídica. Sin embargo, cuando se cristia-
nizó el Imperio Romano, las primeras instituciones cris-
tianas sufrieron un punto de inflexión al producirse la
primera división de funciones. El sacerdocio dio paso a
la conformación del clero, pero el papel de los laicos
nunca estuvo en duda. Simonetta Cerrini recuerda, por
ejemplo, que Ambrosio fue elegido obispo de Milán sin
ser siquiera sacerdote: era senador romano.
El orden jurídico-funcional de la sociedad medieval
tiene su origen en la trifuncionalidad religiosa y social
de los pueblos indoeuropeos —demostrada en la tesis
de Geoges Dumezil (otro autor que todos los masones
debieran leer para comprender las raíces del trinitaris-
mo) a cuyo trabajo nos remitimos— que se aplicaría
tanto al mundo de los dioses (Brahma-Vishnu-Shiva;
Aura Mazda-Ormuz-Arimán; Osiris-Isis-Horus, etc.)
como a los hombres.
En el caso del cristianismo, los primeros esquemas tri-
funcionales fueron establecidos por los Padres de la
Iglesia. Basado en dos pasajes del Evangelio de Mateo
(13:8 y 23), el primer modelo trifuncional de perfección
se refería a los mártires, las vírgenes y las personas ca-
sadas. Cuando cesó la persecución y ya no hubo márti-
res, la secuencia se modificó por esta otra: las vírgenes,
los viudos y las personas casadas. Finalmente, los mon-
jes tomaron el lugar de los mártires y se avanzó, casi a
fines del primer milenio, a un modelo en sintonía con la
tradición indoeuropea, dividiendo la sociedad entre los
orantes, los combatientes y los trabajadores (siervos-
agricultores). George Duby ha escrito importantes tra-
bajos en torno a la descripción de estos tres órdenes de

. 137.
la sociedad medieval, especialmente en su análisis de
las descripciones hechas por los obispos Adalbéron de
Laon y Gérard de Cambrai a principios del siglo XI.
Para Gérard de Cambrai el género humano estaba
compuesto por los oratores (personas que se apartan
del siglo y consagran su vida a la oración), los pugnato-
res (guerreros a quienes la santa plegaria de los orato-
res, a quienes protegen, expía de los delitos de sus ar-
mas), y a los agricultores. De manera similar, para
Adalbéron de Laon la Casa de Dios es Triple: algunos
oran, otros combaten —bellatores— y otros trabajan.
En este contexto, el Temple constituye una anomalía
en el orden trifuncional. En primer lugar porque se con-
juga en ellos a dos órdenes: los oratores y los bellatores.
Son monjes y a la vez guerreros, incluso algunos, como
su primer Maestre y Prior Hugues de Paiens, continúan
siendo laicos aún luego de que la nueva comunidad re-
ligiosa es reconocida oficialmente por la Iglesia. Y he
aquí el primer aspecto absolutamente original del Tem-
ple, pues como bien lo define Simoneta Cerrini, «…esa
resistencia, relacionada sin dudas con su condición de
combatiente, convertía a Hugues y a sus hermanos en
herederos de la realeza sagrada, la única vía laica hacia
la santidad que mantuvo autonomía respecto del cle-
ro».
El núcleo de este punto de ruptura en el orden ju-
rídico medieval está incorporado en el artículo 48 de la
Regla —artículo que evidentemente no proviene de la
Regla de San Benito— y que constituye un golpe de ti-
món de gravedad absoluta: matar al enemigo público
sin que sea pecado.
En el futuro, los caballeros del Temple no necesitarán
de los oratores, para que con sus «santas plegarias» ex-
píen los pecados de sus armas. Queda claro que los ca-
balleros del Temple adquirieron autonomía espiritual y
que dicha autonomía los convirtió en religiosos «lai-

. 138.
cos». Esta definición de Simonetta Cerrini, para quien
los templarios ocupan un lugar notable y original en la
historia de la espiritualidad de los laicos, aporta encar-
nadura a la justificación del templarismo masónico. No
solo eso: son palabras que provocan un eco inmediato
en el masón templario y que otorgan una pista a aque-
llos masones que —renegando de toda espiritualidad—
encuentran una contradicción entre la laicidad propia
de la Orden Masónica y la espiritualidad cuasi monás-
tica de la Orden del Temple.
Dejaremos para otra ocasión la cuestión del Islam.
Son tiempos de guerra y mucho aprenderíamos del tipo
de sociedad pluricultural que existió en Oriente Medio
en los dos siglos de presencia templaria.
De todo lo expuesto, tanto de la orden francmasónica,
su lenguaje simbólico y su compleja historia, así como
de la Orden del Temple, protagonista insoslayable de la
historia del Medioevo, enfrentamos un enorme desafío
al tratar de comprender las razones y las circunstancia
de la convergencia de ambas tradiciones.

. 139.
Apéndice III
RITOS QUE POSEEN EN SUS
ESTRUCTURAS «ÓRDENES DE
CABALLERÍA»
(a los que puede considerarse de impronta escocesa)

Rito Sueco

El Rito Sueco fue fundado en el año 1759 por Carl Frie-


drich von Eckleff (1723-1786). La estructura del Rito
Sueco está organizada a partir de un total de once gra-
dos repartidos en tres grupos, más un cuarto grado con
carácter administrativo. Los dos primeros grupos están
dedicados a los santos apóstoles Juan y Andrés, mien-
tras que el tercero se denomina «Capítulo». El último
grado, el grado XI, está en posesión de no más de 60
masones, nombrados directamente por la Gran Logia
de Suecia. Los miembros de este grado decimoprimero
forman el Gran Capítulo del rito, el cual está presidido
por el rey, el príncipe heredero, o bien el segundo va-
rón en la línea sucesoria al trono de Suecia. Existe aún
un decimosegundo grado más, el cual lo posee exclusi-

. 140.
vamente el rey de Suecia, o bien el varón de más alto
rango dentro de la familia real.
Grados de San Juan
1. Aprendiz / 2. Compañero / 3. Maestro
Grados de San Andrés
4. Maestro Elegido de San Andrés / 5. Maestro Esco-
cés o Maestro de San Andrés / 6. Caballero de Oriente
o Novicio.
Grados Capitulares
7. Muy Ilustre Caballero de Occidente o Verdadero
Templario o Favorito de Salomón / 8. Muy Alto e Ilus-
tre Caballero del Sur o Maestro Templario / 9. Her-
mano Iluminado o Favorito de San Andrés o del Cor-
dón púrpura / 10. Hermano de la Cruz o Muy Ilumi-
nado.
Grados Administrativos
11. Muy Alto e Iluminado Caballero de la Cruz Roja.
Gran Dignatario del Gran Capítulo / 12. Maestro

Rito de Zinnendorf

El Rito de Zinnendorf, que debe su nombre a su funda-


dor Johann Wilhelm von Zinnendorf (1731-1782), que
fue uno de los más próximos colaboradores de von
Hund en su empresa inicial de creación de la Estricta
Observancia. No obstante Zinnendorf, Eq. a Lapide Ni-
gro, decidirá tomar distancias respecto a la Estricta Ob-
servancia en diciembre de 1766, y edifica, en 1770, la
Gran Logia de los Francmasones de Alemania (Grosse
LandesLoge der Freimaurer von Deutschland) gracias a
los rituales recibidos del sueco Carl Friedrich Eckleff,

. 141.
recibiendo la Gran Logia de Zinnendorf la protección
de Federico el Grande y siendo reconocida por la Gran
Logia de Londres. Schubart, que había sido iniciado en
Braunschweig, en octubre de 1762, fue recibido después
Maestro Escocés por Johann Joachim Christoph Bode en
Hildesheim tres meses más tarde, y finalmente nom-
brado Diputado Gran Maestro de la Madre Logia de
Berlín en el mes de noviembre de 1763, encontrándose
en este mismo año con von Hund en Altenberg quien lo
nombra Visitador General de la VIIª.
El rito de Zinnendorf será reformado hacia el año
1819 por Christian Carl Wilhelm von Nettelbladt (1779-
1843) adquiriendo su forma actual estructurado en 7
grados, subdivididos de la manera siguiente:
Masonería de San Juan o azul
1. Aprendiz / 2. Compañero / 3. Maestro
Masonería de San Andrés o roja
4. Aprendiz y Compañero Escocés / 5. Maestro Escocés
Masonería Capitular
6. Clérigo o Favorito de San Juan / 7. Hermano Elegido

Régimen Escocés Rectificado

El Régimen Escocés Rectificado está estructurado en 6


grados subdivididos en dos Clases de la manera si-
guiente:
Clase Simbólica
Logias de San Juan
1. Aprendiz / 2. Compañero / 3. Maestro Masón

. 142.
Logias de San Andrés
4. Maestro Escocés de San Andrés
Orden Interior de caballería
5. Escudero Novicio / 6. Caballero Bienhechor de la
Ciudad Santa.
Esta estructura en dos Clases: la Clase Simbólica y la
Orden Interior, fueron las únicas Clases aprobadas en el
Convento de Wilhelmsbad de 1782, así como los ritua-
les para la práctica de cada uno de los grados, constitu-
yendo lo que legalmente hoy es el Régimen Escocés
Rectificado. El proyecto inicial de Jean-Baptiste Willer-
moz, comportaba una tercera Clase secreta, denomina-
da de la Profesión que nunca logró la sanción oficial del
Convento. Para mayor información sobre el particular
remitimos el lector a la obra de Jean-François VAR, Los
Conventos Fundacionales del Régimen Escocés Rectifi-
cado. Lyón 1778-Wilhelmsbad 1782, Editorial MASO-
NICA.ES, julio 2014.

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NOTA: El presente apéndice ha sido tomado de Martí
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Este libro terminó de componerse en
letra de tipo masónico Acacia 3
dentro de las colecciones de
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21 de diciembre de 2014
Solsticio de Invierno

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