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El buen samaritano, Lc, 10, 26-37:

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Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué
cosa heredaré la vida eterna? 26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 27 Aquél,
respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Y le dijo: Bien
has respondido; haz esto, y vivirás. 29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a
Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de
Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se
fueron, dejándole medio muerto. 31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino,
y viéndole, pasó de largo. 32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole,
pasó de largo. 33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue
movido a misericordia; 34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y
poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. 35 Otro día al partir, sacó dos
denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo
pagaré cuando regrese. 36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que
cayó en manos de los ladrones? 37 Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús
le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

Reflexión según J. A. Pagola:

San Lucas sitúa la escena, que podría evocar un incidente real, en el camino que va de
Jerusalén a Jericó. Es una pendiente larga (27 kilómetros entre Jerusalén y Jericó), todavía
hoy famosa por los ataques de los bandidos (Jeremías). Cuando haga su
última peregrinación, Jesús seguirá ese camino en sentido inverso. 

El héroe de la parábola es un hombre corriente y moliente. Un viajero, que tiene justamente


lo que se necesita para hacer un viaje: su mula, y dentro del sillín, una cantimplora de vino,
y algunas vendas de tela. El hombre anda cómodamente por las posadas. Por lo demás, es
un samaritano, de una región poco recomendable; y baja de Jerusalén, donde es seguro que
no ha estado para adorar a Dios. El prefiere su monte de Garizim, donde han sacrificado
los Patriarcas. 

Pero bajo el vestido de ese viajero «corriente» palpita un corazón que no tiene nada de
vulgar. En un recodo, se espanta la caballería. Allí, en el suelo, está tendido un hombre, con
el rostro ensangrentado, asesinado tal vez... Respira jadeante, como en el estertor de la
agonía. El viajero se acerca. Se da cuenta entonces de la maniobra de los dos viajeros que
han pasado delante de él, un sacerdote judío y un levita. Exactamente en ese sitio, han
tirado de sus mulas para no pasar demasiado cerca de un muerto y evitar así una impureza
que habría podido trastornar su liturgia, su oficio del día. 

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El Samaritano no tiene esos escrúpulos. Pero tiene compasión. Y acercándose, le venda las
heridas. Echa en ellas óleo y vino, receta del viejo Hipócrates. Le hace montar sobre su
propia mula. Y yendo él a pie, sosteniendo fraternalmente al herido, le lleva a la 
hospedería y se encarga de cuidarle. Al día siguiente, saca de su faja dos denarios, y se los
da al posadero: «Cuida de este hombre, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi
regreso». 

Esto, lo que este buen hombre ha hecho, parece muy sencillo. «La caridad —decía Peguy—
es, por desgracia, algo natural. La caridad brota por sí sola. Para amar al prójimo, no hay
más que dejarse llevar, ver un poco de miseria. Para no amar al prójimo, habría que
violentarse, torturarse, atormentarse, contrariarse. Habría que ir en contra de uno mismo,
hacerse otro. La caridad fluye naturalmente, brota de manera sencilla, sin esfuerzo, como
el agua de un manantial. Es el primer movimiento del corazón. El primer latido, que es el
bueno. La caridad es una madre y una hermana». Sin duda alguna, resulta muy sencillo ser
«humano» (en el sentido que ha impuesto a esta palabra una civilización cristiana). 

Pero no es ahí donde nos lleva la parábola. Una cosa nos pone los pelos de punta: el
Sacerdote judío, el levita judío no han sacado, de su religión, más que razones para
dispensarse de la misericordia. Un fariseo los alabaría por haber colocado la preocupación
por la pureza legal, por encima de la caridad. Y aunque es cierto que el samaritano ha
vencido su repugnancia para recoger de la orilla del camino al moribundo lleno de sangre, y
ha «perdido su tiempo» ocupándose de él, y ha gastado con él su dinero (¿era tan rico?), y 
ha venido en socorro de un judío (por lo demás, la parábola no nos dice que el agonizante
fuese judío), aunque todo esto es verdad, Jesús nos lo presenta como ejemplo por esta otra
razón: su caridad es un acto religioso que en lo sucesivo estará colocado en la base 
de la santidad. 

La vieja religión era la que hablaba por la boca del escriba, cuando planteaba a Jesús la
única pregunta: «Maestro, ¿qué haré para conseguir la vida eterna? — ¿Qué dice la Ley? —
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus 
fuerzas; y al prójimo como a ti mismo. —Has respondido bien. Haz esto y vivirás». 

Había que atenerse a eso. Pero el escriba insiste: « ¿Quién es mi prójimo?» El escriba no
había entendido nunca el principio religioso profundo que une, que identifica casi el amor
de Dios y el amor del prójimo: «El que no ama a todos los hombres, no ama a ninguno de 
ellos como prójimo. Porque el prójimo es una persona hermana, y todos nosotros somos
hermanos en Dios. Excluir a un hombre de esta comunión, es excluir a Dios, y excluir a
Dios, es excluir toda relación fraterna» (Sertillanges). Si Dios es misericordia, ¿cómo no 

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va a ser todo misericordia el que le ame? «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es
misericordioso» (Lc 6, 36). Los Padres, de manera unánime, han explicado la parábola
como un misterio: «Toda la humanidad yace herida en el borde del camino, en la persona
de ese hombre, a quien los ladrones han despojado».

Cuando un hombre se inclina caritativamente sobre esta humanidad, tocando su alma, su


espíritu o su cuerpo, es siempre Jesús, el buen Samaritano, el que se inclina. Un gesto de 
caridad auténtica se hace un gesto de Cristo, con la profundidad de Cristo, con la anchura
de su humanidad. 

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