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Por la carta de Santiago nuestro Dios nos pedía, diría, que pusiéramos suma atención o
seria atención a todo lo referido a la Palabra. De un modo especial, que la pusiéramos en
práctica. Para eso, que la recibiéramos con docilidad, dice, “reciban con docilidad la Palabra
Sagrada en ustedes, que está para salvarlos”… que está para salvarlos…
Después en la antífona del aleluya decíamos: “el Padre ha querido engendrarnos con
su palabra de verdad”. ¿Cómo engendrarnos?. Claro, porque cuando se recibe con docilidad la
Palabra de Dios (ésta que ahí mismo dice que “ha sido centrada en nosotros”), generalmente
es como que fructifica o florece en una vida nueva.
La Palabra hace surgir una vida nueva, por tanto engendra vida; no es una expresión,
no es una frase, es una realidad. Si nosotros ponemos en práctica la Palabra, nos hace o nos
lleva a vivir una vida nueva, de amor, con todo lo que implica una vida de amor, de
compromiso en el amor.
Nueva para el hombre, como los hebreos, que no se caracteriza precisamente por vivir
una vida de compromiso en el amor. Entonces es real que “nos engendra” por la Palabra;
pero, se nos advierte que hay que poner en práctica la Palabra.
Poner en práctica la Palabra: que no se contenten sólo con oírla, de manera que se
engañen a ustedes mismos. Porque de ese riesgo, de captar la Palabra, de estar muy de
acuerdo con la Palabra, de que nos entusiasme porque la verdad ilumina, la verdad nos
produce gozo, pero no poner los medios, o los seguros, o lo que fuere, para que eso que
acabamos de escuchar se vaya haciendo vida - progresivamente, como toda vida, no se hace
de golpe-. Y terminamos engañándonos a nosotros mismos.
Por eso Cristo nos dice: “escuchen bien la Palabra, y compréndanme como es
debido”. Llama la atención antes de ponerse a hablar:”escúchenme todos y entiéndanme
bien”, escúchenme todos y entiéndanme bien, miren lo que les voy a decir.
Y ¿qué es lo que nos dice?
Que en esto de poner en práctica la Palabra, concretamente respecto a la dureza de los
presentes, puede ocurrir, y de hecho ocurre, que nos engañemos a nosotros mismos.
Primero advierte que la dureza no es un problema del cuerpo, que es algo interno, y
enumera esa larga lista. Llama la atención también, Cristo deteniéndose en un listado tan
extenso de lo que puede salir del corazón del hombre: malas intenciones, fornicaciones, robos,
homicidios, adulterios, avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, el embuste, la
difamación, el orgullo, el desatino, todas estas cosas malas que proceden del interior del
hombre y son las que manchan al hombre.
Y esto no sale del cuerpo, es obra del espíritu. Es obra del espíritu, surgen en el
espíritu del hombre por la acción del pecado, por acción de satanás. Perduran en el hombre,
producen agitación en el hombre, inquietan su vida, le quitan la paz, le quitan la alegría, le
quitan la visión clara, le quitan la vida.
Y a la postre se hace tan difícil vivir con este “alboroto” adentro, con este alboroto del
corazón adentro, que los creyentes de todos los tiempos, y diría de todas las religiones, como
no es fácil vivir con este alboroto, ni es tan fácil sacárselo tampoco, se buscan una especie de
morfina, de algo que adormezca, que haga callar el alboroto y que me evite el esfuerzo de
sacármelo totalmente.
Y consiste en eso que hacían los judíos: llenarse de prácticas religiosas, llenarse de
ritos que te adormezcan la conciencia, que te hagan decir como los fariseos: “gracias Señor
porque yo soy justo, yo pago los diezmos, yo pago el impuesto por la menta y el comino”. Y
sino ser igual que el publicano: “yo me lavo las manos antes de comer”.
Esclavizarse de cosas humanas, porque nada de esto estaba en la ley de Dios, son leyes
humanas. Que no todas son malas, ninguna es mala, quizás, al contrario, algunas son santas y
buenas, a condición que vengan de un corazón o de una actitud interna, pura, honesta, recta.
Los judíos utilizaban las abluciones, la manía por la limpieza, por las grandes
ceremonias, por las largas plegarias. Nosotros tenemos el incienso, las velas, las medallas, las
crucecitas (ya no alcanzan las cadenas para colgarse cosas en el cuello), las peregrinaciones,
las ceremonias de liturgia; eso que les gusta tanto a los curas: estar rodeados de chicos
vestidos de sotanitas blancas, parecen pajes reales, todo ese ornato de la liturgia. Las mil
cosas, las mil cosas…
Por eso ustedes han visto que yo soy muy riguroso, de no faltar en nada a la liturgia,
pero no agregar nada más que lo indispensable. Para no caer en esto, de creer que somos muy
piadosos, muy religiosos porque nos llenamos de incienso, de humo y de velas, y de sotanitas
blancas de niños inocentes. Porque nos manejamos muy bien con lo del Evangelio: “dejad que
los niños vengan a mi” y “a Cristo le gusta la presencia de los niños”, macana, es a mí que me
gusta estar rodeado de pajes y de --- .
Todas esas cosas: rosarios, rezos, confesiones, misas, todo, todo lo podemos usar para
adormecer la conciencia. Porque yo puedo decir: “bueno, mirá, si es por misa, yo voy a misa
todos los días; si es por confesarme, yo lo hago, si es por el rosario, yo rezo todos los días el
rosario. Bueno, pero Jesús dice, citando a Isaías: “este pueblo me honra con sus labios pero su
corazón está lejos de mí, en vano me rinden culto”. Todo ese culto puede ser vano… todo ese
culto puede ser vano.
¿Saben lo que es vano?: inútil, sin sentido. Por santa y sagrada que sea la cosa puede
ser sin sentido. A mí no me santifica ni me purifica automáticamente una cosa por santa y
sagrada que sea. Decía ayer en San Roque: “por más que yo distribuya la Eucaristía, -¡qué
cosa más santa y sagrada que el cuerpo y la sangre de Cristo!-, pero por el hecho de
distribuirla, de agarrar con mi mano no me purifica, me puede condenar si yo no lo hago con
la actitud interna de pureza.
Entonces ¡cuidado!. Cuidado, porque es tan difícil vivir con ese alboroto en el corazón
que los creyentes nos esclavizamos a veces en las prácticas religiosas. Nos esclavizamos, el
problema es esclavizarse.
Les decía: cosas santas y sagradas estupendas, si salen de un corazón puro o que desea
ser puro. Por eso no restrinjamos la pureza al terreno sexual, tampoco excluyamos lo sexual
de la pureza, como se hace ahora. Sigue incluida dentro de la pureza lo sexual.
Sepamos que hay una fuente de la que brotará la pureza hoy, pureza de nuestros
pensamientos, palabras y obras. Hay una fuente. Esa fuente es la que hará bastante limpio
siempre o constantemente manchada por la malicia, el orgullo o la codicia sexual no
controlada, todos los pensamientos, palabras y obras. Por lo tanto el esfuerzo tiene que estar
en purificar la fuente, y eso exige un serio esfuerzo de interiorización.
Pero ¡cuidado!, porque en la medida en que somos buenos practicantes corremos el
riesgo de creer que ir a misa, rezar, confesarse, purifica. Y repito: no hay más que una pureza
cristiana: la del amor. Lo dice Dios en la carta de Santiago. La religiosidad pura y sin mancha
delante de Dios, nuestro Padre, consiste en amar, consiste en ocuparse del huerto y de las
viudas cuando están necesitados.
El amar es no contaminarse con las cosas del mundo, porque lo del mundo corrompe
---- .
En eso consiste la religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre. No
en los largos rezos, no en lavar las jarras y los cueros por dentro, no en lavarse las manos, no
en las ceremonias litúrgicas, no en todo lo que podemos hacer. Todo eso nos ayudará, nos
servirá, nos alimentará, si surge o de un corazón puro o de una intencionalidad pura, o de un
deseo de pureza, de amar, de poder capacitarse para amar.
Por eso, nuestro deseo poderoso de amar, demostrado en actos de justicia, de ayuda
generosa, de servicio, de cariño, de bondad, esto que dice Dios en la carta de Santiago, es la
única fuente de pureza. Y cuando crece ese deseo en nosotros, de amar, y cuando obramos de
una manera cada vez más fraterna, ahí se purifica el corazón. Y brotan de él siempre cosas
verdaderas y buenas.
Nadie que esté en ese empeño por crecer en el amor puede dar frutos malos,
habitualmente. Todo el que esté en el empeño de amar, de crecer en el amor, de crear el reino
que el Padre nos manda crear, -el reino de amor, de justicia y paz-, no puede sino ser
generador de cosas verdaderas y buenas, nacidas evidentemente de una fuente pura.
Por eso hermanos, les decía que es cierto que la Palabra genera nueva vida, es cierto
que la Palabra puede salvarnos, a condición de que la pongamos en práctica, de que no
vayamos a engañarnos de que con sólo oírla, con sólo aprenderla, con sólo gustarla, basta.
Hay que vivirla. Y para eso el Señor nos da todos los medios, todas las posibilidades, entre
ellos el camino nuestro. Aprovechémosla, que así sea.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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