2 - ¿PRISIONERO? ¿GRUMETE? ¿NAKAMA?

Un fuerte golpe despertó a Jim. Estaba tumbado boca abajo, en lo que parecía ser la cubierta de un barco. El olor a sal y a pólvora impregnaba el aire. La cabeza le daba vueltas: ¡No te he traído a mi barco para que te quedes contemplando el suelo, muchacho! – dijo una voz ronca y poderosa – ¡Está tan lleno de mierda como la cubierta de cualquier otro navío! Jim se incorporó y levantó la mirada del suelo. Ante él se alzaban varias figuras varoniles, entre las cuales destacaba la gruesa silueta de un hombre de grandes dimensiones. La sombra dio un paso y una luz mortecina iluminó su figura. Jim sintió un escalofrío al ver el rostro de aquel hombre. Era un rostro grueso, curtido por el viento, con una espesa barba; pero lo que hizo que se sobresaltara era la horrorosa quemadura que cubría el lado izquierdo de aquella cara. La barba de aquel hombre no crecía allí donde las ampollas endurecidas desfiguraban el rostro. Una mueca parecida a una sonrisa, de dientes amarillentos y ennegrecidos, perfilaba aquel espantoso retrato: ¿Precioso, verdad? – dijo el pirata sonriente mientras se señalaba el lado quemado de la cara – Esto me lo hizo un puto logia que decía haber comido la fruta “Flama-Flama”. ¿O era “Fuego-Fuego”? “Llama-Llama”, mi capitán – aclaró uno de los hombres. ¡Cómo sea! – dijo el hombre quemado, restándole importancia al asunto – El gilipollas era un novato con aires de grandeza. Pensaba que por ser un usuario de las habilidades iba a darme mucho por el culo – sonrió –¡Pues al final fui yo el que le clavó mi espada en el culo, y mi polla en el entrecejo! – rió con energías.

-

¿No será al revés, mi capitán? – comentó entre risas uno de los presentes. El interpelado se llevó la mano a la pistola que le colgaba del cinto y disparó a su interlocutor. El hombre cayó con un grito de dolor y se llevó las manos a la rodilla derecha.

-

¡¡No me hagas dejarte tullido, Flanner!! – rugió el capitán – ¡¡¡AL PRÓXIMO QUE TRATE DE INTERRUMPIRME CON SUS GILIPOLLECES LE CUELGO DEL PALO DE MESANA CON SU VERGA COMO CLAVO!!! – el grito acalló cualquier posible comentario. El capitán corsario se volvió hacia Jim – Bueno, muchacho. Te preguntarás porqué te he rescatado, ¿verdad? – el chico asintió con lentitud. Aún le costaba asimilar las cosas – En realidad he venido aquí persiguiendo a uno de mis hombres. ¡Otro gilipollas! – se quejó – Como ves, estoy rodeado de ellos – señaló a su tripulación – Ese cabrón se llevó uno de mis botes y se marchó sin despedirse siquiera. ¿Te lo puedes creer? – Jim negó con la cabeza lentamente, como si esa fuera la respuesta que el pirata esperaba. El capitán corsario rió con ganas, y luego prosiguió – Llevé mi barco hasta aquí, con el fin de atrapar a ese imbécil y despellejarlo como es debido, ¡pero veo que tú te me has adelantado! – volvió a reír – Tienes madera para esto, chico. Te has cargado a uno de mis hombres, y aún me sorprende el cómo. Pero claro, has matado a un miembro de mi tripulación así, por las buenas, ¡sin consultarme ni nada! – sonrió – Así que qué menos que ocupar su lugar, ¿no te parece? – Jim lo miró nervioso. Tragó saliva y reunió valor para hablar.

-

E-Es que… Yo… Tengo que volver a mi hogar, y… – dijo entre titubeos. A tu hogar – saboreó las palabras – ¿A qué hogar te refieres? – dijo como si estuviera desconcertado – ¡Este es tu hogar! ¡A partir de este día, este barco será tu casa! – señaló con energía.

-

P-Pero yo tengo… – empezó Jim. Pero tú tienes un deber para conmigo – terminó el pirata por él – Y ese deber es tomar el lugar del hombre que has matado – el capitán corsario volvió a sonreír – Tú eres de pueblo, ¿no, muchacho? Pues míralo de esta forma. Si yo te robará el grano, tú me exigirías su pago, ¿verdad? – señaló – Pues esto es lo mismo. Tienes que pagarme la perdida que me has ocasionado – Jim lo miraba sin ser capaz de creer lo que oía – ¡Venga, muchacho, alegra esa cara! ¡Vas a pasar a formar parte de la tripulación de Belguen “Mediabarba”! ¡¡“El Terror del East Blue”!! – los piratas alzaron los brazos y lanzaron un grito ebrio a modo de ovación.

-

¡No…! – empezó Jim – ¡Yo no puedo quedarme aquí…! ¡Tengo que volver al pueblo! – las lágrimas empezaron a acumularse en sus párpados – ¡¡Tengo que saber si Bell está…!! ¡¡Está…!! ¡¡Bell…!!

-

Vamos, chico, no llores, que vas a hacer que se me parta el corazón – dijo el pirata sonriente – ¡Lomie, Balduin! – gritó.

-

¡Sí, mi capitán! – respondieron los interpelados al unísono. ¡Procuradle un camarote lo más confortable posible a nuestro nuevo grumete! – los piratas agarraron a Jim de los hombros. El llamado Belguen le dio la espalda y se echó el sombrero que le ceñía la cabeza hacia adelante – Tendrá algún conocido por el que llorar – dijo con solemnidad.

-

¡A la orden, mi capitán! – asintieron los dos piratas. ¡No! – gritó Jim – ¡No, espera, yo no…! ¡¡Tengo que volver a tierra! – siguió gritando. Un sonoro portazo le hizo perder de vista la cubierta del barco, y al que a partir de aquel día sería su capitán. ***

La puerta de su camarote se abrió. La luz de un candil bañó la estancia. Jim, aún tirado en el suelo, se fijó en el plato de comida que no había tocado todavía. No recordaba durante cuánto tiempo había estado llorando a solas en su camarote. Ni cuánto tiempo había pasado desde que sus lágrimas se secasen. Pero lo que sí tenía claro tras ver como aquel pirata que aguardaba de pie frente a él había abierto la puerta, es que ya era noche cerrada: ¡Vamos, grumete, hay trabajo que hacer! – le indicó el hombre frente a la puerta. Yo no soy el grumete de nadie – dijo Jim en tono cansado, como si la cosa no fuera con él. ¡Pues eres el grumete de este barco! – le indicó airado el pirata. Se acercó a él con paso firme y le arrastró de una oreja hacia fuera – ¡¡Y lo serás hasta que el capitán crea que ya no le eres de más utilidad!! El corsario le sacó del camarote con una fuerte patada en el trasero. El hombre dejó junto a su cuerpo maltrecho y tirado en plena cubierta, un cubo lleno de agua. Le lanzó una bayeta empapada a la cara: ¡Toma! – le indicó – ¡Ponte a fregar la parte superior de la cubierta de popa! ¡El capitán quiere que lo dejes todo lo más reluciente posible antes de que lo eches a perder meándote encima! – y dicho esto, se marchó, dejándole con su obligada tarea. Sin otra cosa que hacer, Jim se forzó a ejecutar la labor que le había sido encomendada. Ya le había quedado claro que aquello no era un crucero de placer. Pero no se había resignado a olvidar su hogar. Eso nunca. Le costará lo que le costase, abandonaría ese barco y volvería a casa.

El chico se dio cuenta de que estaba limpiando el suelo con sus propias lágrimas. “Mierda, no haga otra cosa más que llorar”, pensó, y se frotó los ojos con rabia. Ya no era el momento de compadecerse de sí mismo. Ya había derramado suficientes lágrimas. Buscaría la forma de escapar de aquel maldito navío. De una forma u otra: Sin duda, te gusta mi suelo – dijo divertida una ronca voz a su espalda. Una voz que ya le era familiar – Tanto que te ha dado por sacarle brillo. Jim se dio la vuelta. El capitán lo miraba sonriente. La quemadura del lado izquierdo de la cara le brillaba de forma desagradable: Sólo sigo las órdenes “del capitán” – remarcó furioso el chico. ¿Las órdenes del capitán? – comentó extrañado el hombre quemado – ¡Pues no serán las mías! – rió. ¡P-Pero uno de tus hombres me dijo que me habías ordenado limpiar la cubierta! – empezó. ¿Uno de mis hombres? – volvió a extrañarse – ¡La madre que me…! ¿Ha sido Golber, verdad? No lo sé – contestó dudoso. ¡Por supuesto que ha sido él! – reafirmó el hombre, y luego soltó una prolongada y ronca risa – ¡Menudo cabronazo! ¡Se ha escapado de la tarea que lo encomendé! – el pirata lo miró divertido – ¿¡Y te la ha encasquetado a ti!? – volvió a reír. Jim estaba rojo de rabia. “Mierda.”, pensó. “Hacen conmigo lo que quieren”. Luego volvió a mirar al capitán: ¿¡Entonces no me querías para nada!? – le preguntó al corsario, airado.

-

Vigila tu tono, chaval – le recordó el pirata – Soy tu capitán. No tienes derecho a tutearme – Jim bajó la cabeza temeroso – Pero bueno, si quieres, puedes acompañarme a mi camarote. Tengo unas cuantas preguntas que hacerte. Y cuanto menos tarde en hacerlas, mejor. Ven conmigo.

Jim obedeció al pirata. Soltó la bayeta con rabia en el cubo, y se dispuso a seguirle. En la noche, la cubierta del barco estaba prácticamente vacía. Casi todos dormían, a excepción de algunos bucaneros que se aseguraban de comprobar el estado de las velas, y de manejar el timón. Además de la luz que brillaba en lo alto, en el puesto del vigía: Solitario, ese Hawkins – dijo el capitán pirata al ver como el muchacho observaba hacia arriba – Es un hombre de pocas palabras. No dice casi nada, pero cuando divisa tierra o avisa de un contratiempo, se hace oír como la tormenta más embravecida – río contento – Es un buen hombre. Uno de los pocos que me quedan. La mayor parte de mi tripulación está compuesta por sucios rateros que sólo esperan llevarse la parte más grande del botín con cada pillaje – dijo apenado – Luffy, Kid, Law, Drake, Teach… ¡Esos sí que eran auténticos piratas, y no la chusma que puebla estas aguas hoy en día! Yo por aquel entonces no era más que un grumete. ¡Cómo tú ahora! – señaló – Pero ya era capaz de darme cuenta de su grandeza… – sonrió durante un largo rato. Jim no pudo evitar sonreír también. De algún modo, aquellas historias le fascinaban – En fin, ¡no sé ni porque te estoy contando esto! ¡Se supone que eres tú el que tiene que darme respuestas a mí! ¡No yo a ti! – rió – ¡Anda, pasa! – dijo al llegar a su camarote. La habitación del capitán era un lugar lúgubre y sucio, como cualquier otro rincón de aquel navío. No obstante, era el más ostentoso, y tenía un cierto aire regio. Denotaba

quién dormía allí. El hogar de la persona que gobernaba aquel barco. Jim se fijó en una jaula situada a la derecha de la mesa principal del camarote, allí donde el capitán trazaba la ruta a seguir, y donde planeaba cada uno de sus golpes con el resto de oficiales de la tripulación. En el interior de la jaula, sujeto férreamente a una vara de madera, reposaba el esqueleto de un pájaro: El bueno de Lolwaldo – indicó el capitán – Una grata compañía, ¡sobre todo desde que dejó de cantar! – rió con ganas. Jim no pudo sino sentir una cierta lástima por el pobre ave – ¡Bueno, chico, toma asiento! – indicó el corsario señalando una de las maltrechas sillas. Jim se sentó apoyando todo el peso en los pies. Aquel mueble no parecía muy resistente, y no quería llevarse ninguna sorpresa desagradable. El capitán se sentó en su sillón de pieles oscurecidas por el tiempo y la suciedad: Bueno, chico, empecemos – dijo el pirata – Dime tu nombre – Jim se dispuso a obedecer. Golden, señor – indicó – Jim Golden. ¡Jimbo! – exclamó el pirata – Creo que una puta con la que me acosté tenía un bastardo que se llamaba igual. ¡Yo no soy ningún hijo de…! – empezó el chico. Y nadie lo ha insinuado – le cortó el hombre – Jim – saboreó el nombre – Es un buen nombre para un zagal – asintió para sí – Bueno, Jimbo, ¿y de dónde eres? De Fuschia – prosiguió con la presentación – Una aldea perteneciente al reino de Goa. Así que era a Fuschia donde se dirigía Damer – meditó el pirata. ¿Perdón? – se extrañó Jim.

-

El truhán al que te cepillaste – indicó el capitán – Pensé que tendría asuntos pendientes en la Terminal Gray. Pero veo que me equivocaba. ¿Qué hacía él en tu pueblo? – quiso saber. Jim se paró un momento, pensando en si podría confiar en aquel hombre. Saltaba a la vista que no, pero era elegir entre eso u otra cosa mucho peor. Y a fin de cuentas, el secreto se había perdido en el fondo del mar.

-

Andaba detrás de una fruta del diablo – dijo – La fruta “Goma-Goma” – la sorpresa se reflejó en los ojos del corsario.

-

¿La “Goma-Goma”? – exclamó – ¿Y qué hacia la “Goma-Goma” en un pueblucho como el tuyo? – preguntó.

-

Eso me habría gustado saber a mí – indicó el chaval – Al parecer, uno de los aldeanos de mi pueblo navegó hace tiempo por el Grand Line, y se hizo con ella.

-

Ya veo – dijo el pirata – Y la fruta, ¿qué pasó? ¿¡Consiguió Damer hacerse con ella!?

-

Sí – asintió Jim – Pero también le costó la vida – el pirata lo miró extrañado. Explícate – dijo. Logré engañarle – dijo tras pensar un rato la respuesta – Le hice comer la fruta contra su voluntad, y le engañé para que se lanzara al mar – no quería andarse con rodeos, ni comentar nada acerca de Bell.

-

Creo que a esa explicación le faltan algunos detalles – le indicó el capitán, como si supiera que ocultaba algo.

-

E-Es todo lo que hay que explicar – se apresuró a decir Jim – Ese pirata probó la fruta, se lanzó al mar sin saber que la había probado, y se ahogó – terminó.

-

Ya, ¿y ese corte? – preguntó con curiosidad el pirata. Era la primera vez que Jim reparaba en su herida desde que había abandonado el camarote. Al ir a tocarse la zona donde el tal Damer le había cortado, palpó unos vendajes – Mi médico de

abordo te curó la herida mientras dormías – aclaró el capitán. Jim no recordaba haberse rendido al sueño, pero supuso que entre tanto llanto, en algún momento habría perdido la consciencia – Esa herida que tienes, ¿te la hizo Damer? – preguntó el capitán. S-Sí – asintió lentamente el muchacho. ¡Menudo animal! – comentó el pirata – Por lo visto, te arrancó prácticamente toda la oreja izquierda. El resto del corte es bastante superficial, pero te quedará una buena cicatriz. Entiendo – dijo Jim, abatido. ¡No es motivo de pena, muchacho! – rió el pirata – ¡Es una prueba irrefutable de tu valor! ¡Luce esa cicatriz con orgullo! – Jim sonrió levemente, y luego volvió a poner rápidamente una expresión neutral. Aquel pirata empezaba a caerle bien, y aquello le preocupaba. ¿Puedo retirarme ya? – se atrevió a preguntar. Sí – sonrió el pirata – Por hoy es suficiente – Jim se levantó de la silla – Pero déjame acompañarte a tu camarote – aclaró el capitán – Tengo que cantarle las cuarenta a ese capullo de Golber – ambos abandonaron el camarote. Las pisadas del capitán pirata y las del propio Jim resonaban en la noche, y los tablones de la cubierta del barco crujían de forma rítmica a cada paso. Una brisa de aire nocturno le vino de frente, y pudo sentir los olores del mar. Sonrió ante aquello, y recordó como en su pueblo había soñado siempre con conseguir un barco, reunir una tripulación de hombres fieles y navegar por el mar, siguiendo la estela del hombre al que idolatraba. Bien pensado, ¿no era aquello una especie de primer paso en su sueño? Muchos piratas comenzaban sus andaduras como simples grumetes. ¡El mismo “Mediabarba” lo había comentado! Sí, tal vez no estuviera en el barco que él deseara, ni con la tripulación que

él deseara, pero si algo tenía claro es que se le había ofrecido la oportunidad de ser pirata. ¿No sería una estupidez dejarla escapar? Nada le aseguraba que fuera a servir a “Mediabarba” de por vida. En cuanto viera la ocasión idónea, formaría su propia tripulación. Aunque tuviera que amotinarse para ello. Jim estaba haciéndose promesas y más promesas cuando se fijó en el hombre que se acercaba hacia ellos. El mismo que le había ordenado fregar la cubierta. Pese a haber incumplido una orden, no se vio alarmado al ver a su capitán junto al crío al que había engañado: ¡¡Golber!! – gritó el capitán – ¡¡Maldito rufián!! ¡¡Te dije que te pusieras a limpiar la cubierta!! Estoy en ello, mi capitán – dijo el hombre en un tono pausado, sin atisbo de culpa. ¡¡Pues más te vale que no vuelva a verte holgazaneando!! – le reprendió – ¡¡Cómo no muevas el trasero, voy a taponártelo y a abrirte un nuevo agujero en el entrecejo!! – gritó. A sus órdenes, mi capitán – dijo con el mismo tono pausado. El hombre pasó entre ambos. Jim lo miró con disimulo, y se sobresaltó al ver como el corsario le devolvía la mirada. Sus ojos eran fríos como el hielo, y estaban cargados de odio, aunque no habría sabido decir si era exactamente hacia él. Ese Golber – se quejó el capitán según se alejaba el mencionado – ¡Te juro que aún no sé cómo lo dejé subir a bordo de este barco! ¡Menudo canalla! – Jim asintió lentamente. De pronto, notó como una especie de escalofrío. Una voz que no era la suya, en su cabeza. Un pensamiento ajeno. Una especie de corazonada. ¡Al suelo! – gritó llevado por un impulso. Jim se lanzó hacia el capitán, lo derribó, y ambos cayeron sobre la cubierta. Un sonoro disparo resonó en la noche.

-

¿¡Qué demonios…!? – se extrañó el capitán. Jim alzó la cabeza junto a él hacia la fuente del sonido. De pie estaba Golber, con la pistola en mano, aún humeante – ¡¡Golber!! ¡¡¡MALDITO PERRO TRAIDOR!!! – gritó el capitán. El interpelado frunció el ceño, molesto por haber errado, y volvió a apuntar hacia ellos. Jim cerró los ojos, temeroso.

Un segundo disparo resonó en la cubierta. Jim oyó el sonido que hace un fardo pesado al caer. Abrió los ojos. Estaba ileso. Se giró a su izquierda y le sorprendió ver que el capitán también. Volvió la vista al frente. Golber yacía tirado en cubierta, sobre un charco de sangre. Tenía una herida en la cabeza. El capitán miró hacia arriba, de donde parecía provenir el segundo disparo: ¡¡Hawkins, maldita sea!! – gritó al vigía – ¡¡¡QUERÍA HABERLE INTERROGADO ANTES!!! – Jim atisbó a ver al pirata asomado en su puesto, con un rifle en las manos. Le pareció ver como una sonrisa se dibujaba en su rostro. N-Nos ha salvado – dijo Jim asombrado. ¡Y al salvarnos se ha cargado a Golber! – se quejó el capitán – ¡Y con él la razón del porqué el muy cabrón se ha atrevido a atacarme! – luego bajo la mirada al chico – Y tú, ¿cómo sabías que nos iba a disparar? – preguntó al muchacho. Y-Yo… – empezó Jim. ¿Cómo lo había sabido? Ni él mismo sabría decir por qué – Lo sentí – se limitó a responder. Con que lo sentiste, ¿eh? – indicó el capitán – Qué curioso – meditó. ¡Mi capitán, mi capitán! – unos cuantos piratas se acercaron a la escena – ¿Está usted bien? – las puertas de algunos camarotes comenzaron a abrirse. Tripulantes que se habían visto despertados al oír los disparos.

-

¡¡Pues claro que estoy bien, imbéciles!! – comentó airado el capitán – ¿¡O es que no lo veis!? – los piratas lo miraron sin saber que decir – ¡¡Dejaos de gilipolleces y arrojar el cuerpo de ese desgraciado al mar!! ¡Aunque creo que le sentará mal incluso a los peces! – bufó. Los hombres obedecieron y se retiraron con el cuerpo inerte de Golber. El capitán miró al vigía – ¡Y tú, Hawkins! ¡Tienes buena puntería, pero que no se te suba a la cabeza! ¡¡Sigue ojo avizor!! – el vigía se llevó el canto de la mano a la frente, en señal de obediencia, y volvió a su vigilia. El capitán volvió a mirar a Jim – Muchacho, – dijo – es posible que seas poseedor de un don extraordinario poco frecuente. Y como tú capitán, ¡no voy a dejar que lo eches a perder! – le advirtió – ¡Será mejor que esta noche descanses como es debido, porque a partir de mañana, vas a desear no haber nacido!

-

N-No entiendo – dijo extrañado. ¡Ya lo entenderás, a su debido tiempo! – dijo el pirata – ¡¡Demonios!! – maldijo – ¡Maldito Golber! ¡¡Ya decía yo que no era de fiar!! – se volvió de nuevo – ¿¡Ves lo que te decía!? ¡¡Gilipollas por todos lados!! ¡Espero que a ti al menos te entre en la cabeza quién es tu capitán, y a quien deberás lealtad a partir de ahora, porque tengo esperanzas puestas en ti!

-

¿E-En mí? – repitió Jim. ¡Espada y pistola! – dijo – ¡Navegación y pillaje! ¡¡Sangre y pólvora!! – lo miró fijamente – ¡Te lo enseñaré todo! Y sobre todo, ¡te enseñaré a dominar tu Haki!

-

¿Mi qué? – preguntó Jim perplejo.

Aquella noche, Jim no pudo pegar ojo, pensando en lo que quiera que aquel hombre le tuviera preparado. Su estadía en aquel bajel pirata acaba de comenzar. Y algo le decía que iba a ser larga. Muy larga…

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful