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ABU GHRAIB

Gerónimo Martínez García


Los crotos
San Pedro de Rosales, Navolato, Sinaloa
24 de septiembre―31 de octubre de 2021
gmgcia@yahoo.com

Si usted quiere una interrogación seria, envía el prisionero a Jordania; si usted


quiere que sea torturado lo envía a Siria; y si usted quiere que desaparezca y no volverlo a
ver, lo envía a Egipto.
Bob Baer, exagente de la CIA

Nuestros programas son lícitos en la medida en que son valiosos.


Michael Hayden, director de la CIA

No creas a nadie. No creas a nadie. No creas a nadie. Te estarán mintiendo.


Julián Assange

El despertador del teléfono celular sonó a las 7 de la

mañana. Como lo había programado. A fin de asegurarse de que lo

podría escuchar cuando sonara, lo había dejado en la mesa de noche,

a un lado de la lamparilla con que solía alumbrar a la habitación. Y,

sobre todo, con la que iluminaba las lecturas que acostumbraba a

realizar en la cama. Semi acostado, como se había habituado a


hacerlo desde sus años de profesor rural. Sólo que, en aquellos

tiempos, se auxiliaba con lámparas de keroseno, porque la energía

eléctrica era una ilusión. Los tendidos de la luz estaban muy distantes

de aquellas lejanías donde se hallaba el caserío en que cumplía sus

responsabilidades escolares.

Había colocado el móvil al alcance de la mano, cuidando

también que el volumen de la alarma estuviera en el punto más alto.

Quería asegurarse de no quedarse dormido. Dicha preocupación

estaba fundada. Muy bien asentada. Se había tirado en la cama, sin

desvestirse, después de las 3 de la mañana. Y con la sangre inundada

por muchas botellas, vasos y copas de alcohol. Además de la

pantagruélica comida que su estómago recibiera durante la larga

jornada del día anterior.

Todo por aceptar la invitación a comer que le hiciera “el

mapache”, el legendario cantinero de prostíbulos cuya conocencia

venía desde la juventud. El anzuelo fue altamente efectivo: ““La

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mariposa”” quiere agasajarte”, le confió cuando lo invitó

telefónicamente. “Y yo también”, agregó.

No era para hacerse del rogar. El arte culinario de “la mariposa”

era como dicen que son los buenos vinos: viejo y acendrado. No

había receta que se le empinara. Pero la fama le venía de su

imaginación para crear platillos. Todo cabía en su recetario personal.

Fuera del mar, del aire o de la tierra. Y su toque conquistaba desde

el primer bocado. Si a eso se le emparejaba la sabiduría de “el

mapache” en la preparación de todo tipo de bebidas, el paraíso en la

tierra alcanzaba las alturas que todo conocedor y devoto de la buena

mesa y el buen beber podía imaginar. Y desear.

Como era sabido por algunas personas, “el mapache” y “la

mariposa” eran amigos muy cercanos. Su amistad enraizaba en la

niñez. Eran del mismo pueblo, de donde habían salido en su

incipiente pubertad para hacer la vida. Y juntos estaban desde

entonces, inseparablemente unidos por la amistad.

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Pues, bien. Desde la media tarde del día anterior, jueves para

ser exactos, hasta las dos de la mañana del siguiente día, Eulogio

España había sido atendido por la extraña pareja de viejos que

formaban el antiguo cantinero y el fogueado marmitón. La extendida

sesión dio tiempo para todo. Comer y beber, en primer lugar. Pero

también para cantar. “La mariposa” era un virtuoso de la guitarra.

Tenía varias. De buena factura todas. No cantaba, pero sabía

acompañar. Y a EE le daba por el canto. Y cantó. Y cantó. Hasta la

ronquedad, como solía decir. Quizá fue por esto último que la velada

trascendió el tiempo que hubiera requerido una comida normal.

Pero la calidez y don de gentes de sus anfitriones borraron de la

escena el conteo de las horas. Hasta que algo le dijo al jefe policíaco

que debía parar.

Cuando la alarma cumplió con su cometido, EE se sobresaltó.

No sabía dónde se hallaba. Lo primero que sintió fue como si el

motor de una Kawasaki de alto cilindraje hubiera sido arrancado en

la cabecera de la cama. Y así le parecía, porque deliberadamente


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había escogido, como ha quedado dicho, el tono más estridente de

las opciones del menú. Tardó varios segundos en reconocer el lugar

donde se hallaba. Y un intenso dolor de cabeza le puso ante su

memoria los acontecimientos de la tarde y la noche anterior. Eructó

y un líquido amargó le subió desde algún lugar hasta la garganta.

“¡Qué cruda!”, se dijo en silencio. Sacudió la cabeza como para

exorcizarla de las molestias que el exceso de alcohol le arrojaba a

puños por todos lados. Inútilmente.

Miró la carátula de móvil. Las 7 y diez. Calculó. Tenía el tiempo

justo para hacerse presente en el acto oficial que debía encabezar

por encargo del gobernador del estado, de gira desde hacía tres días

por Europa. Grecia y España, concretamente. La razón: atraer

inversionistas. La gente interesada en la cosa pública especulaba y se

hacía preguntas. España está más o menos claro. ¿Pero Grecia?

La ausencia del gobernador otorgaba a sus colaboradores un

tiempo de gracia para distenderse del estrés en que

permanentemente los tenía por la vigilancia a que los sometía. A


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algunos más que a otros. Uno de sus puerquitos era precisamente

Eulogio España. Y era explicable. El gobernador estaba obsesionado

con pacificar al estado. Y el jefe policíaco era una pieza clave para

alcanzar dicho propósito. Dicha ausencia le permitió a doble E

permitirse el agasajo que lo tenía en tan lamentable estado.

EE se incorporó trastabillante y se dirigió al ventanal del

departamento. A dos manos corrió la cortina ahulada que mantenía

a la habitación a obscuras. Un rayo amarillo intenso y brillante le

golpeó los ojos con tanta rapidez que antes de que los pudiera cerrar

había penetrado hasta lo más profundo dejando sembrada una

mancha negra allá muy hondo. Con un movimiento mecánico, casi

reflejo, cerró la cortina y se llevó las manos a la cara. “¡Oh, Dios!”,

exclamó con voz casi inaudible. Se mantuvo de pie ante el cortinero,

casi colgado de la tela. Tras un minuto, la corrió. Lentamente. Con

los ojos entrecerrados, administró el ingreso de la luz. El sol brillaba

intensamente. Era un sol joven. Lleno de vida. Soberbio. Prepotente.

Prometedor. Casi alucinante.


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Cuando el lienzo estuvo recogido completamente, abrió el

ventanal y dejó que el viento entrara libremente en la habitación.

Dio dos o tres pasos al balcón. Desde el quinto piso donde hallaba,

pudo apreciar el sol que arrancaba la jornada. Allá abajo, por la

ribera, los amantes de las caminatas y el troteo hacían sus rutinas

acostumbradas. El río se movía lentamente. Desde arriba, se

adivinaba su fuerza y su potencia. Llevaba sus aguas a los pueblos y

campos agrícolas del extenso valle de Culiacán. El edificio donde vivía

se levantaba en la margen derecha del Tamazula. Veía hacia el sur. Y

uno poco al oriente por donde salía el sol.

EE vivía solo. El departamento constituía una residencia

temporal. De trabajo. Su domicilio habitual se hallaba en Guamúchil,

municipio de Salvador Alvarado, al norte de la entidad. La Carretera

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su esposa y sus hijas. Y también el grueso de sus amigos. El

departamento de Culiacán era rentado. Pagaba la renta el gobierno

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estatal. Era dicho privilegio una concesión que el gobernador le había

concedido para que aceptara el puesto.

El jefe policíaco vivía solo, hay que recalcarlo.

A veces comía en restaurantes. En la calle, como se oía decir a

la gente que no podía, por las razones que fueran, acudir a su

vivienda con dicho propósito. Y también en su oficina. Contaba con

un servicio de comedor muy de su gusto. Pero prefería desayunar en

el departamento. Disponía de una alacena y un refrigerador bien

surtido. Sabía cocinar. Y no le disgustaba hacerlo. Podría contar con

un cocinero o cocinera que le preparara la comida, pero prefería

estar solo.

De vez en cuando, no muy seguido, lo visitaba su mujer. Era

maestra de escuela y dicha responsabilidad, más las exigencias de la

prole, limitaban tal posibilidad.

Eloísa Camacho Mercader, tal era su nombre, no era maestra

de grupo, sino de educación artística, con especialidad en danzas

folklóricas mexicanas. Eran legendarios los espectáculos que


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montaba los cierres del ciclo escolar, que llamaba caravanas

dancísticas nacionales, formados con cuadros representativos de los

bailes típicos de las diferentes regiones del país. Era oriunda de

Alhuey, municipio de Angostura. Había estudiado en la ciudad de

México, en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, en la

escuela de Amalia Hernández. Rondaba la media cuarentena y, a

pesar de la doble maternidad, conservaba su belleza e intacta su

figura. Belleza y figura que, cuando la conoció, hicieron enloquecer

al joven profesor Eulogio España. Tanto, que se lanzó a su conquista

con el empuje de un acorazado. La niña se resistió por su fama de

enamorado; pero la porfía, las súplicas, las promesas y las serenatas

terminaron por hacerla sucumbir. Muy pronto, la joven desposada

comprobó que sus aprensiones y las advertencias de sus familiares y

conocidos estaban justificadas. Genio y figura hasta la sepultura,

conseguido su propósito, EE continuó grabando muescas en la cacha

de su pistola.

Vivía solo, sea dicho una vez más.


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Pero tal estado de cosas abría la puerta a otras posibilidades.

Como recibir a su hermosa amante guasavense, Eleonora López-

Crespo, quien, dicho sotto voce, le había colonizado el seso. Y no por

cualquier cosa. Leo, como la llamaba en la intimidad, era muy

bonita. De buen cuerpo. De cultura mediana y razonablemente

enterada de las cosas del mundo. Podía sostener una conversación

sobre una aceptable relación de temas. Porque frecuentaba libros,

en especial de edición reciente, y recibía un buen puñado de revistas.

Era viuda de un policía federal de caminos que encontró la muerte

en el cumplimiento de su trabajo a manos de un delincuente que lo

acribilló a quemarropa dejándolo herido de muerte a orilla de

carretera, a unos pasos de su patrulla.

EE la miró por primera vez en el estadio de beisbol de los

Algodoneros de Guasave una ocasión en que, por razones de trabajo,

pernoctó en dicha población y decidió acudir a presenciar el juego

que sostendría dicho equipo contra los Tomateros de Culiacán. Lo

acompañaba un elemento de la corporación que le servía de guía y


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escolta. Como era costumbre en dichos espectáculos, la cerveza

corría sin límite alguno. Y no había que ir a procurarla, ya que los

vendedores la llevaban a donde uno estuviera sentado. Bastaba con

levantar el brazo. Y en un santiamén una mano experta ponía en la

de uno un vaso de cartón que rebosaba de espuma blanca y fresca.

El juego no había empezado y la mayor parte de los espectadores

sosegaban su impaciencia sentados o de pie, conversando con algún

amigo o vecino de ocasión o buscando con los ojos en la distancia a

alguna persona conocida.

De pronto, una rechifla típica se oyó en el graderío. Las

destinatarias de la algarabía eran un par de hermosas señoras que

se abrían paso entre los espectadores en busca de su butaca. Cuando

llegaron al punto y ocuparon su lugar, cesaron los silbidos. Eulogio

España se volvió a su acompañante con mirada inquisitiva. Fue

debidamente informado. En especial de que era posible acceder a su

recámara si de disponía de una chequera bien fondeada.

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Dos días después, el jefe policíaco cenaba con una de las chicas

en el mejor restaurante de la ciudad.

Un poco después se harían amantes.

Establecieron un acuerdo de exclusividad. Basado en una

premisa que descartaba cualquier otro compromiso más allá de la

mera convivencia. “Sexo sin amor, placer sin compromisos” era la

divisa. La habían respetado escrupulosamente. Hasta el día anterior,

cuando EE extrañó la compañía de su Leo y cayó en la cuenta de que

se había enamorado. Tal descubrimiento lo tomó por sorpresa. No

supo si con agrado o con desaprobación. Pero en todo caso, con

preocupación. Por lo que dicho sentimiento podría acarrear.

Cuando despertó completamente, el sentimiento de extrañeza

se hizo presente y la zozobra le clavó una espinilla de aprensión en

el estómago.

Movió la cabeza de un lado para otro y luego hacia atrás y hacia

adelante. Con marcada energía. Como si con dichos movimientos

pudiera expulsar los malestares de la resaca. Enseguida, recobró el


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ánimo. Se metió al privado. Se rasuró. Y se dio un baño largo. Es

decir: se mantuvo bajo la regadera más tiempo del que

acostumbraba. Cuando después recordó el hecho, comprendió que

había ocupado esos minutos en poner orden en sus pensamientos.

Pero, antes que nada, en su corazón.

Envuelto en una toalla se metió en la cocina. Puso la cafetera.

Mientras lo hacía, recordó a su compa tovarich Efraín que se dolía de

que en su oficina no era posible beber un buen café. Puso aceite en

un sartén y esperó a que estuviera a punto. Arrojó un par de huevos,

los revolvió y aplicó un poco de sal. De la alacena extrajo un paquete

de pan de barra y con una rebanada en la mano izquierda y un

tenedor en la otra, la emprendió contra el remedo de desayuno que

se había preparado. Ya había dado cuenta de los huevos revueltos

cuando la cafetera le avisó que el brebaje estaba a punto. Se sirvió

un poco y vació en el tazón el contenido de un estuchado de

endulzante artificial. Le dio un sorbo. No le gustó, pero hubo de

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aceptar que no podía disponer de otra cosa. No estaba ni en su casa

ni en su despacho.

Descolgó un uniforme de la policía.

El de gala.

Porque la comisión que debería atender más tarde así lo

requería. No se sentía a gusto en él. Ni con él. Porque sabía que no

era policía. Aunque el nombramiento y sus quehaceres cotidianos

dijeran otra cosa. Lo mismo que el reconocimiento que había

alcanzado, dentro y fuera de la organización. Especialmente de su

jefe, el insufrible gobernador de la entidad. Que nunca estaba

satisfecho con nada ni con nadie.

Él era profesor, no policía.

No lo olvidaba.

En ningún momento.

Cuando terminó de arreglarse, se miró en el espejo. De frente.

Irguió el cuerpo. Ajustó el nudo de la corbata. Se puso el quepí.

Luego, se lo quitó. Se miró de nuevo. De lado. Izquierdo. Derecho.


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Otra vez de frente. Se colocó el quepí de nuevo. Y se observó por

unos segundos. Le gustó la imagen que el cristal le regresaba. Se

acordó de su Leo. Y de su mujer. Y un torzoncillo lo amenazó con

obligarlo a ir al baño. Acercó la cara al espejo y notó que tenía los

ojos enrojecidos, tanto que parecían tomates. Se aplicó unas gotas

especiales que hicieron desaparecer el enrojecimiento.

Luego, con paso decidido, dejó la habitación. Tomó el ascensor

hasta el sótano donde lo esperaba su vehículo y la escolta que lo

acompañaría ese día 24 horas seguidas. Con una inclinación de

cabeza contestó el saludo de los elementos. Ocupó el lugar del

copiloto. Y dio la orden. “Andando.” Se puso los lentes de sol y

recargó la cabeza en el respaldo.

Despertó en el momento justo en que el chofer

traspasaba la reja de seguridad de la Escuela de Policía del Estado de

Sinaloa, la ya reputada EPES. El elemento sabía que su jefe se había

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dormido casi desde que salieran del sótano del edificio donde EE

residía. Se había guardado de dirigirle la palabra para no perturbar

su descanso. Hasta ese momento. Con voz baja e inclinándose hacia

él, le dijo: “jefe: Hemos llegado.” Seguramente doble E estaba

profundamente dormido, pero alguna alerta lo conectó de

inmediato con el entorno. La camioneta avanzaba despacio hacia un

lugar donde un grupo de personas se arracimaban en actitud de

espera.

En cuanto el vehículo se detuvo, un policía uniformado de gala

se aproximó y abrió la portezuela del copiloto. Se cuadró y le dijo:

― Bienvenido, comandante.

Con una cortesía semejante, EE le devolvió la deferencia.

― Descanso ― le dijo, usando una frase que los jefes

acostumbraban a usar para distender las cosas cuando se ponían

demasiado formales.

Lo saludó de mano y le preguntó como quien sigue un

protocolo de cortesía:
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― ¿Todo en orden?

― Sí, señor. Cuando usted indique.

Quien hablaba era el director de la escuela donde se

encontraban.

― Procedamos, entonces ― ordenó, al tiempo que se

encaminaba al lugar donde esperaban algunas personas vestidas de

uniforme. Eulogio España las identificó de inmediato. Eran

representantes del Ejército y la Armada, y de la Guardia Nacional.

Junto con él y el director de la escuela presidirían el acto que tendría

lugar. El comandante acudía a dicho evento por derecho propio, ya

que las actividades de la institución educativa le atañían

directamente. Pero había otra razón: llevaba la representación del

gobernador del estado. Ambas razones explicaban que se le

dispensaran tan especiales atenciones. EE saludó de mano a todos.

Eran conocidos. Habían coincidido en las tantas reuniones de

seguridad que las instituciones del área celebraban casi

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rutinariamente. Cumplido el protocolo, el comandante le indicó al

director de la escuela.

― Te seguimos.

Con una inclinación de cabeza, el aludido inició la marcha.

― Por aquí, por favor.

Tomó un sendero encementado que terminaba en un amplio

tejaban de usos múltiples. A medida que se acercaban, los

integrantes del grupo fueron apoderándose del paisaje. En un

extremo de la construcción se levantaba un entarimado de madera

que albergaba una mesa revestida con un paño verde, como los que

cubren las mesas de billar. Una escalerilla de dos peldaños facilitaba

el ascenso a dicho mueble, que alojaba cinco sillas, una para cada

uno de los miembros de la comitiva. Ante cada lugar, una hoja de

papel informaba del programa del evento. En el momento en que los

que integrarían la mesa de honor ingresaron al local, el maestro de

ceremonias les dio la bienvenida e invitó a la concurrencia a que los

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recibieran con aplausos, solicitud que fue atendida con inocultable

entusiasmo.

Con movimientos de la mano, el jefe policiaco invitó a sus

compañeros de presídium a que ocuparan sus asientos. Él hizo lo

propio. De inmediato, el maestro de ceremonias inició la reunión.

Con voz firme y bien articulada informó que la sesión tenía el

propósito de celebrar la graduación de una generación de policías de

investigación. Nombró a todos y a cada uno de los miembros de la

mesa de honor y destacó la asistencia de los graduados, sus

familiares cercanos y los integrantes de la generación que el año

siguiente cursaría el último año, por lo que 12 meses después

estarían siendo honrados con un homenaje parecido al que en ese

momento tenía lugar. Invitó enseguida a la concurrencia a ponerse

de pie para rendir honores a la bandera. El acto fue solemne. El toque

de bandera estuvo a cargo de la banda de guerra de la 9ª. Zona

Militar y la escolta estuvo integrada por alumnos de diferentes

grados, con excepción del último, precisamente el que se graduaba.


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A continuación, invitó a todos a ocupar sus lugares, tras lo cual

anunció que haría uso de la palabra el director de la escuela, quien

con paso seguro y firme se trasladó al atril donde se hallaba el

micrófono. Su discurso fue breve. Sin elocuencia exagerada. Dijo lo

que tenía que decir. Destacó la seriedad de los cursos, sustentada en

una planta de profesores sólida y comprometida, un plan y

programas de estudios pertinentes y de gran actualidad, gran

disciplina en el plantel, instalaciones dotadas con los mejores

elementos, a saber, biblioteca física y virtual, equipos diversos para

las prácticas de campo, asistencia personal a los alumnos, tanto

académica como psicológica, y una axiología sustentada en el

respeto a la gente y el compromiso con la comunidad.

Eulogio España escuchaba atentamente al director. Era un

ingeniero civil reconocido por su profesionalismo. Sin embargo,

también era sabido que la educación y la seguridad estaban más

cerca de su verdadera vocación. Y que había cultivado dichos campos

como vocación. Durante años. Hasta que un día descubrió que había
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adquirido en dichos temas una suficiencia teórica y técnica tales que

le concedieron el reconocimiento público correspondiente. Por esa

razón, el gobernador lo había distinguido con el nombramiento que

ostentaba.

Cuando le informó que lo había escogido para ocupar dicha

posición, le dijo: “Quiero que formes los policías que el estado

necesita. Nadie mejor que tú. Tienes toda la libertad que quieras.

Haz la mejor selección de estudiantes. Contrata a los mejores

maestros. Equipa el plantel con los materiales indispensables.

Atiende a los muchachos para que no se corrompan. Sabes a qué me

refiero.” A invitación del gobernador, EE había estado a su lado en

esa ocasión. Escuchó de viva voz sus palabras. Y las interiorizó, es

decir, las hizo propias.

En cumplimiento del compromiso adquirido, el experto en

tecnologías de construcción estaba entregando a la sociedad otras

estructuras. Estas, en la forma de personalidades creadas para servir

a la gente.
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El jefe policiaco y el director de la escuela eran amigos. Dicha

amistad había facilitado el trabajo del director. Doble E le comisionó

para cursos concretos a algunos de sus mejores elementos. Facilitó

sus instalaciones para la realización de trabajos de campo. Autorizó

que los alumnos participaran en operativos que no les significaran

peligro alguno.

Las palabras del ingeniero lo convocaban a la reflexión.

Sobre todo, las que advertían sobre los riesgos de que los

chicos se hundieran en la corrupción. O, simplemente, que en algún

momento se olvidaran del compromiso que adquirían al

incorporarse en alguno de los cuerpos policíacos del estado.

En eso pensaba cuando el maestro de ceremonias agradeció al

director del plantel su discurso y anunció el acto siguiente. La

entrega de los diplomas que acreditaban la culminación de los

estudios. El señor del micrófono anunció que la entrega tendría un

carácter simbólico, es decir, que un alumno, en realidad una joven,

recibiría el documento en representación de todos los graduados.


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Explicó que se había acordado con maestros y alumnos hacerlo así

para agilizar un acto contra el que conspiraba el calor de la hora. Tras

escuchar su nombre, la chica subió al estrado. Muy guapa y bien

formada. Y de porte excelente. Como correspondía a un agente

policíaco del área de investigación.

Doble E agradeció íntimamente dicha decisión porque la

resaca, fermentada por la virulencia del sol, lo hacía sudar

copiosamente. Tomó un vaso de agua y le dio un trago largo.

Lamentó que estuviera al tiempo.

Oyó con algún desespero incipiente que, a nombre de la

generación, un joven diría unas palabras. Como si lo hubiera

escuchado, el orador fue breve. Se limitó a cosas de membrete,

como agradecer la oportunidad recibida para capacitarse en

profesión tan importante y prometió, a nombre de sus compañeros

y en el suyo propio, que servirían a la sociedad con entrega plena.

Eulogio España se había dado tiempo para mirar a la cara a los

chicos.
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Ocupaban las primeras filas.

Los observó uno a uno.

Mientras, se hacía preguntas.

¿Cuántos lograrían escapar de los múltiples peligros que los

amenazarían desde el primer día de trabajo? Dichos peligros

formaban una lista muy larga, a saber: cooptación por los grupos

criminales, sobornos de la gente, corrupción de sus propios jefes,

seducción en el caso de las mujeres, tanto de parte de sus superiores

como de los varones del crimen. Eso sin descartar que algunos

tuvieran en mente desde ya planes ocultos para formar sus propias

bandas. Éstos últimos sabían que tal empresa sería fácil y rentable.

Porque socios sobrarían: otros elementos de las corporaciones y

delincuentes probados estarían al alcance de quien mostrara un

decidido empuje empresarial.

Pero cabía también la posibilidad de que unos cuantos se

mantuvieran fieles a su juramento. El que en el acto siguiente del

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programa habrían de pronunciar. Dicho juramento les fue tomado

por una maestra del plantel. Fue breve pero muy sentido.

Los rostros de los chicos le ofrecían elementos para la

conjetura. ¿Qué le esperaba a aquella morena guapa de ojos

relucientes que ocupaba una silla central de la segunda fila? ¿Qué

camino andaría el mocetón blanco de rostro pecoso que se erguía

fuerte y musculoso en la butaca de la derecha de la primera fila?

¿Qué cuentas rendiría el muchacho espigado de cara delgada y

afilada como la de un coyote que se movía nervioso en la tercera fila?

¿Qué pensar de la niña que con inocultable impaciencia echaba la

cabeza hacia tras y buscaba quién sabe qué cosas en el techo del

tejabán donde el evento se acercaba a su fin?

Éste llegó finalmente.

El maestro de ceremonias lo invitó a pronunciar el discurso de

clausura. Cuando se levantó sintió que el piso se le movía lo mismo

que lo que lo rodeaba. A fin de mantener el equilibrio caminó con

paso lento y separando los pies más que de costumbre. Cuando llegó
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al atril, encontró que un elemento de la corporación le había puesto

un texto de cuartilla y media. Así lo había pedido. Lo leyó con buena

voz y la entonación que la ocasión pedía. Concluyó deseándoles a los

recién graduados una vida profesional personalmente satisfactoria y

de servicio desinteresado para la sociedad.

Mientras hablaba, sintió que una presencia lo observaba.

Tomó conciencia de que el aura de Eleonora López-Crespo

estaba ahí, en algún lugar.

No supo si sentirse alegre o preocupado.

Cuando terminó, regresó a su lugar en la mesa de honor. Entre

los aplausos a que obligaba la ocasión. Enseguida, el maestro de

ceremonias invitó a la concurrencia a ponerse de pie para realizar los

estatutarios honores a la bandera.

Terminado el acto, EE departió por algunos minutos con los

compañeros de la mesa de honor, recibió los saludos de algunos

profesores y alumnos, concedió una entrevista banquetera breve a

los periodistas de la fuente y se despidió.


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Una vez en la camioneta, aflojó el nudo de la corbata y dio tres

tragos profundos al frasco de agua fría que su chofer, sabedor del

trance que lo agobiaba, le había puesto al alcance de la mano. En su

despacho, al que llegó por el ascensor exclusivo, se tendió en el

studio couch de su salón privado, dio instrucciones de que no se le

molestara y se durmió en un segundo. Despertó tras una hora de

sueño profundo. Se lavó la cara y se aplicó un buen puño de agua de

colonia. Se cepilló los dientes. Y recuperado al fin, se sentó ante el

escritorio del despacho. Llamó a la secretaria privada y se puso al

tanto de los asuntos del día. Revisó y aprobó la agenda.

Por la tarde, debería recibir a un grupo especial de los

graduados de esa mañana que tan mal lo había tratado.

Comió en el despacho.

Tenía un buen cocinero, quien le conocía los gustos.

No podía ser de otro modo.

El hombre tenía un excelente pedigrí: haber sido durante varios

años cocinero principal del mejor restaurante de Guamúchil, la tierra


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natal del jefe policíaco, y su cocinero de ocasión en algunas

festividades familiares especiales.

Eran cercanos.

Tanto que el guisandero le hablaba de tú.

Advertido de que el comandante traía entre pecho y espalda

una cruda gigantesca, le preparó su especial sopa de mariscos

levanta muertos. Sin duda, el menjurje hizo el efecto pronosticado,

porque tras comer y echarse una siesta corta, doble EE se sintió

completamente recuperado.

Y conforme con la agendado, a las 6 de la tarde recibió a los

noveles policías que había citado.

La historia iba así.

Cercana la culminación del ciclo escolar de la escuela de policía,

el gobernador autorizó a EE a incorporar a sus filas a 4 elementos. El

funcionario atendía así la propuesta de su jefe policíaco de fortalecer

las áreas de investigación. En particular, a las que más inteligencia

requerían que eran, por otra parte, departamentos señalados por


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sus buenos resultados, como lo demostraban los casos resueltos

satisfactoriamente.

Minutos antes de las 6 de la tarde, los jóvenes reclutas fueron

ingresados en la sala de juntas anexa al despacho del comandante

de la corporación. Se les indicó que permanecieran de pie.

Inmediatamente después, hicieron lo propio Genoveva Rentería,

Mario Pérez Valdovinos, Abril Cruz Vega y Luciano Dosestrellas.

Saludaron a los muchachos de mano y permanecieron igualmente de

pie. Formaron dos grupos. Uno a cada lado de la mesa. A la izquierda

los chicos; a la derecha los agentes.

A la hora señalada, se abrió la puerta del despacho y entró en

ella el comandante.

Iba relajado.

Y de buen humor.

Los invitó a sentarse e hizo lo propio. Descansó los brazos sobre

la mesa, los miró a la cara de conjunto, es decir, sin detenerse en

ninguno en particular y les dijo con voz calmada:


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― Sobran las presentaciones porque sé que todos se conocen.

Las varias ocasiones en que ustedes ― dirigió la mirada a los

muchachos ― participaron en las prácticas de campo lo hicieron

posible. Es más, están aquí porque en dichos ejercicios mostraron

cualidades especiales. Esto significa que su incorporación a las filas

de esta comandancia no es fruto del azar, sino de una evaluación

cuidadosa. Otros perfiles fueron considerados también. Pero la

decisión los favoreció. Su presencia aquí equivale a una selección. No

atribuible a mí. Nada de eso. Sino a los agentes que nos acompañan.

Si bien a partir de mañana, fecha de su ingreso, tendrán un

compromiso formal con la institución, habrán adquirido otro, este de

naturaleza moral, con estos detectives. No lo tomen a mal, pero

todos esperamos que sepan corresponder a tal confianza.

Trabajarán bajo sus órdenes. Que no es cualquier cosa. Son todos

ellos policías sumamente responsables; altamente capacitados. Van

a aprender mucho de ellos y con ellos. Hoy es su día de fiesta.

Seguramente los esperan sus familiares y amigos para festejar su


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graduación. Diviértanse, pero no se excedan. (Al decir esto, una

sonrisa se asomó a la cara de Eulogio España. Daba un consejo que

sólo 24 horas antes había ignorado olímpicamente.) Mañana

temprano, a las 8 para ser exactos, deberán presentarse en el

departamento de recursos humanos a firmar la documentación de

rigor. Cumplido el requisito, serán conducidos al área de trabajo que

les corresponda. Bienvenidos. Éxito. Que tengan una buena tarde.

Dando un suave manotazo a dos manos sobre la mesa, como

acostumbraba, dio por terminada la reunión y se retiró a su

despacho. Una llamada urgente reclamaba su interés.

Todos se pusieron de pie. Se acercaron e intercambiaron frases

de rigor. Todos exhibían su contento. Unos, porque habían

conseguido trabajo el día mismo de su graduación. Los otros, porque

veían aumentada y mejorada su capacidad de trabajo.

Quizá el más contento de todos era doble L, el genio

informático de la corporación.

Le había sido asignada una mujer.


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Respondía al nombre de Beatriz Montañista Alegre. En su

background figuraba un bachillerato en física y matemáticas. Según

su razonamiento, las ciencias exactas tenían mucho que aportar a la

criminalística. Otras personas pensaban como ella. Destacadamente,

el director de la escuela. Era también una informática muy

competente. De ahí que Luciano se hubiera inclinado decididamente

por incorporarla a su equipo de trabajo. Ella estaba igualmente

interesada. Sabía del estupendo apoyo que Dosestrellas prestaba a

las investigaciones que la corporación llevaba a cabo y pensaba que

le estaría muy bien profesionalmente si tuviera la oportunidad de

trabajar al lado del joven computólogo.

Y hete aquí que un día la suerte la puso justamente donde

ambicionaba estar.

Abril Cruz Vega no estaba menos contenta. De haber sido

ignorada durante mucho tiempo, su participación feliz en dos casos

sonados la habían posicionado muy bien en el ánimo del

comandante y de la corporación. Le fue asignado un masculino que


32
respondía al nombre de Lamberto Niñobueno Robles. Era sociólogo.

En realidad, había abandonado la carrera a medio camino. Abril

pensaba que la psicología, su campo, y la sociología harían una buena

pareja profesional. El tiempo lo diría.

Al área de Genoveva Rentería le fue asignada una mujer. Era

técnica en trabajo social, especialidad que había cursado en una

universidad privada de Culiacán. Tanto Genoveva como EE pensaban

que una persona con dicho antecedente venía bien con trabajos muy

vinculados con la naturaleza humana que de seguido la agente

realizaba, a saber, violencia familiar, violaciones, maltrato infantil,

abandono y explotación de adultos mayores. Respondía al nombre

de Isabel Orozco Cerecer.

Un varón, de nombre Irineo Balcázar Antúnez, fue asignado a

Mario Pérez Valdovinos. Por dos años, se había desempeñado como

agente de tránsito en el municipio de Culiacán y se le reconocía un

olfato notable para identificar vehículos irregulares o que hubieran

sido robados. Además, conocía como pocos los caminos y pueblos


33
del estado porque también había trabajado como vendedor de una

importante empresa especializada en comida chatarra. Era muy

conocido y conocía a mucha gente del pueblo. Tales activos eran sin

duda de gran valía cuando se realizaba trabajo de campo.

Hacia las nueve de la noche, Eulogio España dio por

terminada la jornada del día y se disponía a dejar el despacho.

Desesperaba por volver al departamento, ducharse y meterse en la

cama. Cenaría algo ligero, tal vez un sándwich o un platón de frutas.

O cualquier otra cosa de las que solía haber en el refrigerador.

Pero lo que más ansiaba era dormir.

El cuerpo resentía aun los estragos de la juerga del día anterior

y la jornada mañanera lo había puesto en la puerta de la

deshidratación. Sin embargo, retrasó unos minutos la salida porque

34
tenía un pendiente. Llamar a Eleonora. Lo hizo desde el teléfono

celular.

― Hola ― oyó la voz de la mujer. EE sintió el tono distinto al

acostumbrado. Atento. Educado. Pero hasta ahí. No cálido como era

costumbre.

― ¿Cómo estás? ― le preguntó.

― Bien. Gracias. ¿Y tú?

― Extrañándote. No te imaginas cuánto.

EE esperaba una confesión semejante. Sin embargo, le

contestó el silencio. Retomó la iniciativa.

― ¿Mando por ti? Podríamos pasar mañana y todo el domingo

juntos. El lunes te regresaría temprano. ¿Cómo la ves?

La mujer se tomó unos segundos en contestar. Un ligero

desasosiego perturbó la tranquilidad del comandante,

acostumbrado a recibir de ella respuestas prontas y complacientes.

― No puedo.

― ¿Cómo? ¿Por qué?


35
― La luna. Tú sabes.

― Pero si acaba de pasar. Diez, quince días. No más.

― ¿De veras? Perdí la cuenta.

― Lo recuerdo muy bien.

― Ha de haber surgido alguna irregularidad. En estas cosas no

se puede confiar. De repente se modifican los ciclos. Como tal vez

sea mi caso.

Eulogio España empezó a desesperarse. Le confió, casi en tono

de reclamo.

― Te llamé ayer. Por la mañana. Me invitaron a una comida y

quería que me acompañaras.

― No recibí tu llamada.

― Me extraña. Siempre traes el celular contigo.

― Seguramente, puse a cargar la batería. Tú sabes. ¡Aquí está!

― Lo dijo como si se acabara de enterar. Pero su exclamación sonó

falsa.

― Entonces, no puedes venir.


36
― No. Lo siento.

― Bueno. Otra vez será. Pero no quiero dejar de decirte que te

extraño como a nadie. Me haces falta. De verdad.

― Te creo ― repuso Eleonora―. Hasta luego.

La chica concluyó la conversación con un suspiro de alivio, que

EE alcanzó a percibir. Mantuvo al móvil cerca de la boca y luego lo

descansó lentamente en la mesita de noche. El comandante se

golpeó ligeramente la barbilla con el aparato y lo colocó en la bolsa

derecha del pantalón. Eleonora se tiró en la cama. Eulogio bajó al

estacionamiento y abordó la camioneta. Que lo esperaba. Ordenó al

chofer que lo llevara al departamento. Y meditó sobre la

conversación. ¿Por qué Eleonora se había mostrado tan evasiva,

cortante y lejana? Todo a la vez. No era la que conocía. Si supiera

cuánto la amaba. Como a nadie. Estaba seriamente enamorado. No

sabía si era bueno o malo. Pero así era. ¡Si ella lo supiera!

Doble E estaba equivocado en un punto.

37
Eleonora sí sabía que estaba enamorado. Y descubrirlo la

alarmó. Y la puso en guardia.

Para empezar, la premisa que sustentaba su relación había

estallado. “Sexo sin amor, placer sin compromisos.” Tal era el

acuerdo pactado. Y a todas luces, EE lo había quebrado. No entendía

el policía todas las implicaciones que tal situación generaría.

Posesión, para empezar. A partir de ese punto, el hombre la

reclamaría para él solo. Ya no la vería como una persona

independiente, libre, sino como una cosa que se posee. Ignoraba

también que dicha situación afectaría gravemente a su familia. A su

esposa. A sus hijas. Y a sus amigos igualmente. Y desde luego, a su

trabajo.

El enamoramiento se dio pausadamente.

Eleonora lo vio llegar. Y se alarmó. Y se puso alerta. Los

mensajes fueron varios. Las llamadas, casi diarias, para empezar. Y la

asiduidad con que reclamaba su presencia. Y los regalos. Alguna vez

la había ofrecido dinero. Y no le gustó. Decidió parar aquello. Poner


38
distancia. Tarea nada fácil porque el hombre se había enamorado

como adolescente. Se tiró en la cama y miró al techo. Era de madera.

Fijó la vista en una mancha con forma de cabeza de león que un nudo

de una tabla sugería. Y se preguntó. ¿Qué seguirá? ¿Cómo

reaccionará Eulogio?

La respuesta llegó a los dos días.

La prohijó un problema entre pescadores. Años atrás, en la

presa de Bacurato, sobre el río Sinaloa, se había formado una

cooperativa de pescadores. Tenían la concesión para explotar los

ricos cardúmenes de tilapia y lobina. Los cooperativistas obtenían lo

necesario para vivir con cierta suficiencia. Vendían en plaza, es decir,

en el embarcadero, al menudeo. Pero, sobre todo, entregaban el

producto a comerciantes de pescado que en camionetas equipadas

ad hoc acudían a recogerlo para venderlo en Guasave, Guamúchil y

Los Mochis, las poblaciones más grandes de la región.

Pero ¡ay!, la ambición. Un día surgió una cooperativa rival.

Sobre la misma ribera. A unos cuantos centenares de metros de la


39
primera. Desbrozaron el terreno e hicieron campamento. Y llevaron

lanchas equipadas con motor fuera de borda. Y empezaron a

trabajar. Casi de inmediato, aparecieron compradores. Los antiguos

cooperativistas, los fundadores del campo pesquero, quisieron hacer

valedero su derecho de exclusividad. Pero fue inútil. Los nuevos

arguyeron que, dado que eran vecinos del área de influencia de la

presa, también tenían derecho a explotar sus aguas. De las palabras

pasaron a los golpes y se temía que llegaran a las armas.

Si bien el problema era grave, podía ser manejado por la oficina

local de la corporación.

Pero Eulogio España decidió intervenir personalmente. Y se

trasladó a la zona de conflicto. Se limitó a instruir a los elementos del

destacamento que vigilaran que las cosas no pasaran a mayores,

mientras las dependencias burocráticas pertinentes mediaban en el

conflicto y encontraban la solución.

El viaje era un mero pretexto para lo que realmente tenía en

mente.
40
Acercarse a Eleonora López-Crespo.

Y lo hizo de una manera que pensó definitiva.

Concluyente.

Hacia la media noche se apersonó en la casa de la dama.

Llevaba con él al mejor trío musical de la ciudad. Había acordado con

ellos las canciones que entonarían. Inclusive las que él mismo

cantaría. Se hicieron presentes y empezó la serenata.

No duró.

A la segunda canción, se abrió la puerta de la casa y desde el

quicio, haciendo una seña inconfundible, Eleonora invitó al

enamorado a pasar al domicilio. Eulogio España atendió la invitación

con alegría de niño, porque pensó que su estrategia había

funcionado.

Se llevó un chasco.

La mujer lo hizo seguir y lo llevó a la sala, iluminada

tenuemente por una lámpara esquinera. Le indicó con una mano el

lugar donde debía sentarse y ocupó un lugar cercano.


41
Mirándolo a los ojos, le habló directamente, con una voz firme,

con un tono duro que Eulogio no le conocía.

― Eulogio: esto tiene que parar. Quiero platicar contigo

seriamente. Pero antes, despide a los músicos.

Eulogio obedeció y regresó a la casa tan sólo unos minutos

después. Ocupó el mismo lugar. Eleonora había encendido las luces

de la araña que pendía del techo.

Eulogio estaba desconcertado. La miraba a los ojos. A la

expectativa.

― Hemos tenido una relación muy bonita. Como amigos que

se reúnen para disfrutar cosas que les gustan. Hemos comido y

bebido y escuchado la música de nuestro agrado. Y aún, hemos

cantado. Me has llevado a conocer lugares. Y hemos disfrutado el

sexo. Vaya que sí. Pero todo a partir de una premisa. Cero

sentimientos. Es decir, nada de enamoramientos. Ni acurruques. Así

lo acordamos desde el principio. Y funcionó muy bien. Y ahora sales

con que estás enamorado. Como un chamaco. Acepto que me tengas


42
aprecio. Que te sientas a gusto conmigo. Pero no que me ames. Yo

amé a mi marido. Como no te puedes imaginar. Pero me lo mataron.

No podría amar a ningún otro hombre. Por más bueno que sea. Te

agradezco que me quieras. Aunque no sé qué significado le das a tal

palabra. Si de verdad implica que te nubla el seso, no lo acepto. Esto

que acabas de hacer es ridículo. Te has exhibido. Te has olvidado de

que eres un hombre público. Que tienes un nombre que debes

preservar. Una cosa es que nos encontremos discretamente, al

resguardo de la gente, y otra hacer ostentación. Puedes estar seguro

de que mañana todos en el estado sabrán que viniste a

serenatearme. Lo van a saber tus compañeros de trabajo. Y tu

familia. Recuerda: por todos lados hay ojos que miran y bocas que

hablan. Fuimos demasiado lejos. No quiero seguir. No quiero oír tus

palabras. Ni tus razones. Te pido que nos despidamos en buenos

términos. Que guardemos buenos recuerdos de las cosas que

compartimos. Te pido que no me guardes rencor. Quiero tener la

43
seguridad de que, si un día necesito de tu ayuda, estarás ahí con

buen ánimo para apoyarme.

Eleonora se levantó. Le extendió las manos al policía y lo ayudó

a incorporarse. Lo condujo a la puerta. Lo besó en una mejilla y, a

manera de despedida, le dijo, simplemente:

― Que descanses.

Eulogio España estaba tieso. Como estatua. No se dio cuenta

cuando Eleonora cerró la puerta y lo dejó afuera. Caminó como

autómata hacia la camioneta.

― ¿A dónde, jefe? ― le preguntó el chofer.

― A mi casa. A Guamúchil.

Llegó a su domicilio hacia la una y media de la madrugada. La

vivienda estaba a oscuras. Unas cuantas luces, las indispensables,

permanecían prendidas. Abrió la puerta principal y antes de entrar

despachó a los miembros de la escolta.

― Vayan al hotel. Descansen un rato. Los veo al rato, a las 8.

44
Entró en la casa. Se dirigió a la habitación principal. Se enfundó

un pijama y se metió en la cama. Su mujer dormía. Se despertó a

medias. Algo refunfuñó.

― Hazte para allá ― le dijo en voz baja.

No pareció sorprendida. Estaba acostumbrada a que su marido

llegara a altas horas de la noche. Porque lo había hecho por varios

años. Desde antes de que lo hicieran jefe policíaco. La abrazó de

inmediato.

Ella se dejó abrazar.

A las 9, tomó carretera. Se sentía vacío. Desenganchado. Las

palabras de Eleonora resonaban en su mente. Era verdad que no era

la primera vez que una mujer le cantaba las golondrinas, como decía

en broma cuando una chica le hacía saber que daba por terminaba

sus relaciones.

Pero Eleonora era otra cosa.

No sabía, sin embargo, que sus pesares no habían terminado.

Antes de llegar a Pericos, la población cercana, sonó el móvil. Era el


45
gobernador. Lo llamaba desde Barcelona. No hizo preámbulos. Fue

al grano.

― Eulogio, ¿en qué babosadas andas ahora? Te fuiste a dar

serenata y te corrieron con todo y músicos. Déjate de esas cosas. No

te van a traer nada bueno. Eres el hazmerreír de todo el estado. Te

dije que esa guasavense te había sorbido el seso. Y lo negaste. Ponte

a trabajar. En cuatro días estaré por allá. Espero que ya me tengas

aclarados los asuntos que te encargué. Quiero resolver esos

problemas ya.

Como acostumbraba, el gobernador cortó la conversación de

cuajo sin esperar a que la contraparte reaccionara. En esta ocasión,

EE lo agradeció. No estaba en condiciones de dar explicaciones ni de

hacer promesas de corrección del rumbo.

No habló en ningún momento.

A lo largo de la ruta se metió en sí mismo.

A reflexionar sobre los acontecimientos del día.

46
Le dolía la ruptura de su relación con Eleonora. Lo

tranquilizaba, sin embargo, que sabía, lo había sabido siempre, que

dicha ruptura llegaría en algún momento. Estaba contemplada no

sólo por él, sino por ella también. En el fondo lo suyo no había sido

algo más que una aventura. A pesar de eso, le dolía que el

rompimiento hubiera tenido lugar en forma tan abrupta. Y violenta.

Y penosa, también. Hubiera querido que se diera tras una

conversación amable. Como un acuerdo mutuo. Y que cada uno

hubiera seguido su senda llevando en el morral recuerdos gratos del

otro. Pero uno sólo puede suponer. Y desear. Y es la realidad la que

impone su ley.

Otro significado tenía la llamada del gobernador. No creía que

le importaran mucho sus devaneos. Otros lo hacían igualmente. Y él

mismo no podía presumir de estar limpio del todo. El mensaje del

ejecutivo estatal era otro. Le estaba diciendo que a pesar de la

distancia en que se hallaba, estaba al tanto de lo que ocurría en su

47
establo, como solía referirse a la entidad política que gobernaba.

Que estaba sobre todos. “Aun sobre ti, policía estrella.”

Así lo veía.

Por eso no le preocupaba mayormente.

Sí le preocupaba, en cambio, su mujer.

Cuando se acostó a su lado y se le insinuó, lo ignoró.

Absolutamente. Le levantó el zarzo, como se decía coloquialmente y

en forma un tanto vulgar. “Déjame dormir”, le había dicho entre

dientes. Y se volvió de espaldas.

En la mañana, la antes solícita esposa se mostró distante. Fría.

No le ofreció desayuno. Ni siquiera un café. Lo dejó ir con la “panza

vacía”. Y lo despidió de lejos. Con un gesto de compromiso. En la sala.

Ni siquiera desde la puerta de la casa o al pie de la camioneta, como

era costumbre.

La frialdad manifiesta de su esposa sí lo apesadumbraba. Lo

acongojaba. Le encogía el estómago.

48
Era evidente. En la actitud de su esposa anidaba también un

principio de algo. Que se negaba a admitir. Se percató de que había

rebasado el límite de tolerancia de su compañera de toda la vida.

Tomó conciencia igualmente de un gran error. Suponer que su

consorte era inmune a sus devaneos. Que los pasaría siempre por

alto. Que tendría un perdón concedido de antemano y por siempre.

Eso sí le preocupaba. Y le robaba el sosiego. Sabía que debía arreglar

las cosas. Aunque no sabía cómo. Los expedientes tradicionales no

le servirían. Estaba claro. Ni solicitudes de perdón, que no le creería.

Ni él mismo. Porque era como pedir permiso para la próxima falta.

Ni regalos. Ni serenatas. Nada de eso serviría. Porque el abismo que

advertía era tan grande que necesitaba de puentes más sólidos.

Había entendido en carne propia el significado de una vieja

advertencia. “Cuando una mujer se decide, es casi imposible

componer el camino”. ¿Había llegado a ese punto?

En su fuero interno, bullían cosas incompatibles.

Aparentemente, según él. Amaba a su esposa. Y también amaba a


49
Eleonora. Para qué engañarse. ¿Tendría que elegir? ¿A cuál? Pero

quería a las dos. ¿Cómo conseguir que a su vez las dos lo amaran a

él?

Los asuntos que el gobernador le había encargado a EE eran

menores. A piece of cake, como decía ahora, cada vez que se

presentaba la ocasión.

La frase se la había escuchado a una de sus hijas en una

conversación telefónica que la chica sostenía con una compañera de

clases un fin de semana que pasó en familia.

― Usaste una frase en inglés ― le preguntó afirmando cuando

la chamaca terminó de hablar.

― Sí. Piece of cake.

― ¿Qué significa?

― Se usa para indicar que algo de lo que se habla es fácil de

hacer.

50
EE movió la cabeza en señal de que entendía.

― Escríbemela ― le pidió con humildad. ― Dime cómo se

pronuncia ― le pidió luego cuando tuvo en las manos el papelito en

el que la chica había escrito la frase.

Memorizó la expresión y la incorporó a las pocas locuciones en

inglés que conocía y usaba cuando lo consideraba adecuado.

El primer asunto era muy simple. Y hasta penoso. Un rico

comerciante que había aportado un buen dinero a la campaña por la

gubernatura le pidió algo muy “afrentoso”. Tan vergonzoso que se le

enrojeció la cara, ya de por sí encarnada.

El hombre era viudo y caminaba los sesenta.

Y estaba casado en segundas nupcias con una joven que recién

había rebasado la treintena.

La chica había sido desde muy joven su secretaria privada y en

esa posición se hallaba cuando murió la esposa. En un lamentable

accidente automovilístico, en pleno centro de la ciudad, como

reportó un periodista de la página roja de un muy leído vespertino


51
de la urbe. El hombre quedó solo con dos mozalbetes que a la sazón

estudiaban en un internado suizo.

Se quedó solo, pues.

Y pasado el duelo, sintió la necesidad de llenar el hueco. Miró

en redondo en busca de posibles candidatas y muy pronto sus ojos

se toparon con otros que lo miraban en silencio con mensaje claros.

Algo así como “Aquí estoy. Podría ser yo.”

Y ella fue.

Porque los quehaceres cotidianos del jefe y de su empleada

eran propicios para cultivar el campo. Por razones de trabajo, y

aunque el hombre tenía varios intereses, pasaban varias horas

juntos. Porque la chica le servía en el local que fungía como el centro

de mando del apesadumbrado empresario. Influyó asimismo la

diligencia que la muchacha puso para jalar las miradas de su patrón.

Asesorada por la madre, mejoró su guardarropa y refinó el arreglo

de la cara. Con discreción y buen gusto. Y con buenos resultados. La

chica tenía sus encantos. Bonita y de buen ver. La madre, empleada


52
de una afamada casa de modas, sabía de esas cosas. Y las empleó al

máximo. Consiguió una línea de crédito con sus patronas para

ajuarar a la muchacha. Siempre buscando el equilibrio. Que se viera

bien, muy bien, pero sin exagerar. Aleccionada también, se mostró

muy diligente en atender ciertas necesidades del individuo. Que la

taza de café, como al señor le apetecía. Que encargarse de que su

agenda personal estuviera en orden. Que arreglarle las

reservaciones de avión y de hospedaje cuando el señor debía viajar.

Que asegurarse de que el chofer estuviera a tiempo para llevarlo y

traerlo. Que ver que las colegiaturas y las mesadas de los chicos que

estudiaban en Suiza se pagaran con puntualidad.

Poco a poco se fue adueñado de la agenda diaria del hombre.

Hasta que llegó el momento de que se volvió casi

indispensable. Trabajó por dentro. Desde la cercanía. Cosa que debe

destacarse porque no eran pocas las damas que hacían su lucha

desde fuera para atraer el interés del viudo. Mujeres empresarias y

del medio social al que pertenecía. Pero les ganó la jugada. Un día el
53
personaje se despertó sabiendo que su joven empleada formaba

parte de su vida. Y la miró con otros ojos. Como a una mujer, no

como una simple trabajadora. No como un objeto que está ahí para

cuando se lo necesite. Hubo pocas palabras. Estrictamente las

necesarias para formalizar una nueva relación, una relación que le

permitió a la empleada cambiar su apellido de soltera por el del rico

hombre de negocios que la había desposado.

Éste era el antecedente que daba pie al penoso asunto que el

empresario le había planteado al gobernador.

― He estado contigo siempre. No quiero que suene a chantaje.

Pero en la campaña electoral no dudé en afiliarme contigo. Aporté

recursos suficientes. Dinero. Vehículos. Gacetilleros. Tiempos de

radio y televisión. Y jalé a colegas a tu lado. No vengo a cobrarte

nada. Te vengo a pedir un favor. No puedo pedírselo a nadie más.

Podría contratar un servicio profesional. Pero no quiero

intermediarios. Quiero que tú te encargues. Es decir, que lo pongas

en manos de gente confiable. Sé que la tienes.


54
― Dime qué debo hacer. Quiero que sepas que haré lo que esté

en mis manos. Cuéntame.

El hombre estaba demacrado. Demudado. Su rostro

denunciaba los estragos de quién sabe cuántas noches de insomnio.

― Conoces a mi mujer. Es joven. Le llevó más de treinta años.

Como sabes, es mi segunda esposa. No quiero ir a los detalles. Pero

voy a ir al grano. Creo que tiene un amante. Quiero confirmarlo. Y

saber quién es. Saberlo me es muy importante. Te pido que pongas

la investigación en manos de una persona discreta. Me dolería que

la prensa se enterara.

― ¿Estás seguro de que tiene un amorío? ¿Tienes pruebas?

¿Indicios, al menos?

― Tengo esto.

Le extendió una fotografía que demostraba, sin lugar a duda, lo

que el hombre decía.

55
Mostraba a un hombre de mediana edad sentado ante una

mesa. Sostenía en una mano, la derecha, una copa. Por el contenido,

podría pensarse en champán o vino blanco. Veía al frente y sonreía.

Detrás de él, recargada sobre la espalda, con la cara pegada a

la mejilla y abrazándolo, una mujer sonreía también.

Era la esposa del empresario.

― Como puedes ver, no hay duda.

― ¿Sabes quién es? Me refiero al hombre desde luego.

― No lo conozco.

― ¿Reconoces el lugar?

― Ni idea.

― Parece un bar ― opinó el gobernador y agregó: ―Aunque

no hay elementos que permitan afirmarlo tajantemente.

El hombre no quiso especular. Volvió al principio.

― ¿Te encargas?

― Desde luego. Me hago cargo. Voy a encomendar el asunto a

una persona muy capaz y discreta. ¿Tengo una pregunta más?


56
― Dime. Escucho.

― ¿Cómo te hiciste de la foto?

― Me llegó en un sobre cerrado. Alguien lo deslizó por debajo

de la puerta de acceso vehicular. El jardinero lo encontró y lo puso

en mis manos.

El gobernador dio por terminada la entrevista, que por lo

demás había sido breve, tal como el visitante lo había prometido.

“No voy a quitarle mucho tiempo”, aseguró a la persona de la oficina

del ejecutivo estatal cuando solicitó ser recibido en audiencia

privada.

― Cuando tenga algo, te busco.

Se puso de pie y acompañó a su amigo a la puerta del despacho

donde lo despidió con un guiño de ojos afectuoso y unas cálidas

palmadas en la espalda.

57
Al secretario de finanzas del gobierno del estado le

gustaba el dinero. El gobernador lo sabía. Lo sabían todos. Se

sospechaba también que hacía transferencias a cuentas en el

extranjero. Lo que no estaba claro era la forma como se hacía de

recursos adicionales a los que establecía la nómina oficial. Sus gastos

concordaban con los ingresos que percibía como funcionario estatal.

Sin embargo, las murmuraciones no cesaban. Pero nadie había

proporcionado pruebas que les dieran sustento. La única hija del

tesorero estudiaba en el extranjero, era cierto, pero una vez más las

cuentas cuadraban: las colegiaturas y las transferencias para su

manutención eran pagadas con los ingresos que recibía por nómina.

Las murmuraciones llegaban a los oídos del gobernador.

Por mucho tiempo, las desestimó, porque entendía que eran

interesadas, es decir, inventadas y propaladas por personas de

dentro y fuera del gobierno que aspiraban a su puesto y buscaban

maneras de desacreditarlo para que el jefe lo echara fuera de

58
posición tan importante. El obstáculo estaba en la confianza que el

jefe le tenía, la cual estaba sustentada en la trayectoria profesional

del funcionario y en la maciza amistad que los unía. Sin embargo, la

gota que persistentemente golpeaba la roca terminó por horadarla.

Fue cuando el gobernador decidió investigar el asunto. Ordenó a EE

que por lo bajo sacara en limpio los manejos financieros de su

colaborador y amigo.

Las pesquisas iniciales descartaron que el funcionario recibiera

donaciones de ningún tipo. Los asuntos de su cartera eran tratados

con absoluta trasparencia. Para desnaturalizar cualquier sospecha

de que en su oficina se hacían arreglos bajo la mesa, cuando recibía

gentes ajenas a la administración, mantenía las puertas del despacho

completamente abiertas y las conversaciones adoptaban tonos

normales. No era cosa sencilla que a la vista de todos se pudiera

realizar acuerdos que concluyeran en alguna dádiva irregular.

Las actividades oficiales y privadas de los colaboradores

cercanos tampoco sugerían que tuvieran que ver con decisiones


59
susceptibles de degenerar en actos corruptos. Tampoco ahí había

asideros. No existían, por tanto, en el despacho las correas de

transmisión que eran cosa sabida en otras administraciones públicas.

Casi se podía afirmar que las cosas que se decían en los

mentideros eran fake news, frase que también había aprendido EE,

sólo que ahora a través de los medios de comunicación.

¿Era verdad que aprovechándose del puesto el alto funcionario

hacía negocios turbios? De ser así, ¿cómo? ¿Y dónde estaba el

dinero? Porque, a decir verdad, no se había localizado en ninguna

parte. Sin embargo, el gobernador no se daría por satisfecho con un

informe que concluyera en esos términos. Había que buscar más.

Exhaustivamente. Y en esos términos transitó la instrucción que EE

les dio a sus colaboradores.

― Hemos buscado respuestas de librito. Vayamos más allá.

Pensemos en contextos inverosímiles. Imposibles, si me apuran. Si el

señor está haciendo negocios fraudulentos, deben de haber dejado

60
huellas. Hay que buscarlas. Piensen qué pudiera haber más allá de

su entorno de trabajo. Mediten. Indaguen.

Y a imaginar y explorar nuevos escenarios se aplicaron los

sabuesos de Eulogio España.

La capitanía del puerto de Altata tenía conocimiento

de que algunos pescadores realizaban actividades que nada tenían

que ver con sus actividades profesionales. Algunas eran

perfectamente legales. Y legítimas. Tal era el caso, por ejemplo, de

la prestación de servicios turísticos. Es más, se las veía con agrado y

se las estimulaba porque contribuían al crecimiento económico del

puerto y su área de influencia. El gobierno estatal apoyaba dichas

actividades dando estímulos fiscales y apoyando ante los bancos a

los pescadores que requerían de créditos, fuera para adquirir

embarcaciones, o para montar un comedero.

Otras actividades no eran lo uno ni lo otro.

61
Ni legales, ni legítimas.

Figuraban aquí el trasiego de mercancías que eran acercadas a

la costa por navíos que fondeaban en alta mar a la espera de que

embarcaciones con motor fuera de borda acudieran a cargarlas en

las lanchas y transportarlas a tierra donde era recibidas por personas

que las introducían a los circuitos comerciales del valle y más allá

todavía.

Formaban en dicho trasiego cosas diversas como vinos y

licores, perfumería, latería fina, herramientas, ropa, refacciones,

medicamentos, armas y municiones. De tierra a los barcos los

mismos lancheros transportaban substancias prohibidas por la ley

nacional e internacional. Los barcos se encargaban de hacerlas llegar

a los puertos del pacífico norteamericano, marcadamente San

Francisco, California.

Todas esas actividades tenían lugar a altas horas de la noche.

Participaban los mismos grupos de pescadores, utilizando para ello

las embarcaciones que usaban para pescar. Sabían que participaban


62
de actividades penadas por la ley, pero los tranquilizaba decirse que

tenían que vivir y que dichas actividades les proporcionaban algunos

recursos para mejorar los ingresos familiares. Se decían unos a otros,

como un modo de acallar su conciencia y aminorar su

responsabilidad, que ellos se limitaban a mover cosas sin parar

mientes en lo que subían y bajaban de sus embarcaciones.

El capitán del puerto sabía de la existencia de dicho comercio,

pero poco podía hacer, si es que podía hacer algo, dada la cortedad

de los recursos de que disponía, tanto humanos como materiales,

para poner orden. Se limitaba a rendir informes a sus superiores,

quienes tampoco hacían nada, por las mismas razones. O por

desinterés. Aunque no faltaba quien pensara, y dijera, que por

complicidad.

Sin embargo, un día el reporte del capitán del puerto llevaba

una nota destacada con mayúsculas y letras rojas. Decía

simplemente: MUY IMPORTANTE. Y luego pasaba a informar que

tenía noticias firmes de desembarcos de personas. En dos ocasiones


63
hasta entonces. Cuando menos. Todo apuntaba a tráfico ilegal de

migrantes. Habían llegado a la playa en donde fueron recogidos por

individuos que los introdujeron a tierra con rumbo desconocido.

Informaba asimismo que, según sus confidentes, en fecha cercana se

esperaba un nuevo desembarco. Proporcionaba un dato que destacó

igualmente con rojo. Los individuos se comunicaban en voz baja, en

una lengua extraña, y miraban de reojo como si fueran

conspiradores. “Lo que hacía del conocimiento de la superioridad

para los fines que considere pertinentes.”

Esta vez el informe no cayó en saco roto.

El jefe de la delegación de la Secretaría de Marina en Culiacán

trasladó el despacho a la secretaría general de gobierno y sugirió que

se lo analizara en reunión extraordinaria del consejo estatal de

seguridad. El secretario general de gobierno, que fungía como jefe

de dicho grupo, comprendió de inmediato las razones que

sustentaban la sugerencia del delegado de marina y convocó con

64
carácter urgente a todos los integrantes del grupo a una reunión

para esa misma noche.

Todos los convocados asistieron; llegaron puntualmente. Había

cierta gravedad en los rostros. Aunque escueto, el citatorio

adelantaba indicios de que ciertos temores podrían estar tomando

cuerpo. En pocos minutos, se acordó lo que procedía hacer. Capturar

a las personas que pretendieran entra ilegalmente al país, recluirlos

en lugares seguros, aislarlos e interrogarlos.

Se comisionó a Eulogio España para que coordinara el

operativo. Aunque el delito, de ser el caso, competía al orden

federal, se decidió por recurrir a fuerzas locales para no alertar a

quienes estuvieran involucrados en el evento esperado, cosa que sí

podría suceder si se implicaba a fuerzas de la secretaría de marina o

de la defensa, ya que por diversas circunstancias serían fácilmente

detectables. El operativo se desplegaría en cuanto el capitán del

puerto comunicara la ocurrencia de movimientos extraordinarios, es

65
decir, desplazamientos que no correspondieran a la vocación de la

gente, que no era otra que la pesca.

Cuando la señal llegó, se dispararon varios operativos menores.

Desde campos pesqueros cercanos, partieron embarcaciones con

motores fuera de borda. Las ocupaban elementos policíacos vestidos

como marineros. Iban armados, con equipos de ataque y defensa. Se

estacionaron en lugares estratégicos. Su función consistía en avistar

la llegada del barco en el que se presumía que llegaría el contingente

imaginado. Y a trasmitir las coordenadas precisas. La movilización

empezó a las 9 de la noche.

Un segundo operativo comprometía a los drones de la

comandancia de investigación policíaca. Se pensó que bastaría con

dos. Uno registraría las movilizaciones de las embarcaciones

implicadas en el trasiego, desde que dejaran el puerto hasta su

regreso. Un segundo dron filmaría el barco de los contrabandistas.

La instrucción era que debería tomar videos del barco mismo y de la

gente que pululara en la cubierta de la embarcación. Se había


66
destacado la importancia de hacer tomas del personal, no sólo de las

gentes transportadas.

El tercer operativo tenía la misión de capturar a los sujetos

involucrados. Los supuestos ilegales y los pescadores que los

hubieran llevado a tierra.

El cuarto operativo consistía en una lancha rápida de la marina,

debidamente artillada. Se hallaba surta a varios kilómetros de

distancia del lugar donde se esperaba el desembarco y tenía la orden

de interceptar, detener y llevar a puerto al barco de marras para

investigación.

El barco esperado fue avistado a la 1:43 de la madrugada.

Navegaba despaciosamente en paralelo a la línea costera,

manteniendo de ella una distancia promedio constante de más

menos dos kilómetros. Cuando alcanzó la altura de la boca de la

bahía, se detuvo. No echó anclas. La noche estaba tranquila. El viento

soplaba despacio. Como si fuera una brisilla. Adquirió un movimiento

bamboleante. Y emitió brevemente ciertas señales luminosas que sin


67
duda constituían una clave con pleno significado para quien

estuviera en el secreto.

Inmediatamente, surgiendo de algún paraje escondido en la

playa, se escuchó el ruido de dos motores fuera de borda.

Seguidamente, se vio a sendas embarcaciones emprender una

carrera rápida en dirección del buque que sin duda las había

convocado. Los tripulantes conocían muy bien su oficio. Con

maestría superaban las olas que el mar interponía en su avance. En

cuestión de minutos, alcanzaron su objetivo. Se colocaron a los

costados del barco desde donde se hicieron descender sendas

escaleras marineras por las que bajaron, con suma destreza, por

cierto, hasta siete personas. Dicha maniobra les tomó unos cuantos

minutos. Luego, un cuarto de hora después, las lanchas traspusieron

la boca de la bahía y se enfilaron a puerto, a donde llegaron cuando

el reloj marcaba la 2:52. Los drones hicieron lo suyo. Lo mismo que

los otros operativos.

68
Eulogio España dirigió directamente el operativo. En un

primer momento, tuvo la idea de ponerlo en manos de Mario Pérez

Valdovinos, pero desistió y consideró que la naturaleza de lo que

podría estar atrás exigía que se pusiera al frente. Desde un lugar

estratégico, estuvo recibiendo informes por radio de las

embarcaciones espías. Por su parte, los drones le proporcionaban en

tiempo real imágenes de los acontecimientos. Lo mismo hicieron los

responsables de la captura y traslado de todos los involucrados, a

saber, los lancheros, los individuos que esperaban el “embarque” y

los personajes traficados.

El lugar estratégico desde donde supervisaba la operación no

era otro que el muelle de la casa de su amigo el profesor-escritor

frente a la que había pasado algunas semanas atrás. Precisamente

cuando el conocido como el caso del “Garrote” hubiera truncado el

idílico fin de semana que con tanto detalle e ilusión había planeado

pasar con su añorada Eleonora.

69
Mientras se movía nervioso de un lado a otro del muelle, las

imágenes de la hermosa guasavense volvían tercas a su memoria. La

casa en que se habían hospedado en aquella ocasión se levantaba a

escasos cincuenta o sesenta metros siguiendo la playa en dirección

del norte. Volvía hacia allá la mirada y suspiraba. Fugazmente pasó

por su mente la idea de hablarle por el móvil. ¿Pretexto? Saludarla,

simplemente. Preguntar por su salud. O, de plano, preguntarle si

había reconsiderado su actitud y podía sentirse perdonado. Pero

desechó la idea. La reconciliación, si cabía hablar de un

restablecimiento de las relaciones, requerían de un plan muy bien

elaborado. Además, no podía desentenderse, ni por un momento,

de la investigación en marcha que, cosa definitiva, caía como un

fardo sobre sus hombros. Sin embargo, las imágenes de sus mujeres

volvían tercas a su mente. Salía Eleonora y entraba su mujer. ¿Cómo

lograr su perdón? No quería perderla. Se había dado cuenta de que

la quería. La fuerza de la costumbre lo había hecho olvidarlo. Como

si se hubiera inmunizado. “Uno quiere, pero no se da cuenta. Querer


70
se hace tan natural como respirar. Es la conciencia de que se puede

perder algo querido lo que lo hace a uno percatarse de que ese algo

es una persona, que está ahí y necesita ser amada. Y reconocida.” En

palabras así, EE concluía lo que estaba en la base del alejamiento de

su mujer. Se decía también: “No basta con proveer cosas. Con estar.

Con ver y ser visto. Con juntarse, en cualquiera y todas las formas

como tal juntamiento puede tomar cuerpo. Hay que decirlo. De otras

maneras. Hacerlo explícito. Con actos. Con la palabra.” Cosas así se

decía también. Eleonora había roto con él con palabras. Con la voz

había cerrado el círculo del camino que los había juntado. Su mujer

había usado el silencio. La mirada. El gesto. Un lenguaje quizá más

concluyente.

Las dos mujeres tenían para él el mismo mensaje.

Hasta aquí.

No más.

Adiós.

Pero las razones no eran las mismas.


71
En su mujer había hastío. Desencanto. Frustración. En Eleonora

anidaba otra cosa. Miedo. Temor. A enamorarse otra vez. Pero ahora

de un hombre casado. Con el cual no habría futuro. No eran pues dos

casos iguales. ¿Qué soluciones habría ante dicho dilema? Muy fácil

creía el jefe policíaco si rompía con una. Si con su mujer,

sobrevendría el divorcio. Situación nada agradable. Pero no habría

de otra. Si victimaba a su querida, el olvido. Y eso lo traería el tiempo.

Pero si quería conservar a las dos, como en el fondo pretendía, el

panorama lucía muy complicado.

Vaya problema.

En esas andaba su mente cuando Mario Pérez Valdovinos le

informó por el móvil que tenía en su poder y a buen recaudo a todos

los sujetos que habían participado en el jaleo.

Los detenidos fueron organizados en tres grupos y trasladados

a Culiacán en sendos vehículos. En los separos de la corporación se

los confinó en celdas diferentes a fin de que no pudieran

comunicarse los de un tipo con los demás. Ya en los separos se


72
procedió a hacer los interrogatorios preliminares, consistentes en

obtención de información básica para formalizar su ingreso en

calidad de detenidos.

Los pescadores proporcionaron las credenciales para votar con

fotografía y a las primeras de cambio aceptaron su responsabilidad

en el traslado de los inmigrantes del barco a tierra. Se trataba de un

hombre maduro y de dos de sus hijos, jóvenes veinteañeros.

Reconocieron su falta. Y confesaron que lo hacían por dinero. “La

pesca no da. Hay que buscarle por donde se pueda. La mujer y los

chamacos tienen que comer e ir a la escuela. Además, muchos lo

hacen. Sabemos que está mal, pero no tanto.” Tales cosas

confesaron en un intento de justificar su falta. Se les informó que

permanecerían detenidos en la corporación y luego puestos a

disposición del juez que habría de determinar el rumbo que tomaría

su caso.

Los polleros resultaron gente conocida. Estaban fichados como

tales. Eran mexicanos; un sinaloense y dos sonorenses. Se


73
identificaron con credenciales para votar. En los expedientes del

Consejo Nacional de Seguridad se los consignaba como profesionales

del tráfico de personas de México a Estados Unidos. Tenían un largo

historial. Los tres habían purgado condenas por dicho delito.

Conocían las redes camineras de Sinaloa y Sonora. Conocían las

rutinas de los cuerpos policíacos, incluidos militares y marinos, y se

sabía que recibían protección de funcionarios de algunas

corporaciones, como las policías municipales y estatales y aun de los

servicios migratorios federales. Tales vínculos les procuraban una

elevada tasa de éxito en el trasiego de gente hasta la frontera. Más

aún: contaban con cómplices en las garitas fronterizas mismas, lo

que les permitía pasar la “mercancía” al otro lado de la frontera.

También consignaba el expediente que, a veces, realizaban

trabajos especiales, como el de esa noche. En esos casos tenían el

compromiso de llevar a la gente a través de una red de casas de

seguridad. Dicha red contaba con domicilios en las poblaciones de la

ruta. Del punto de desembarque en Altata, por ejemplo, eran


74
conducidos directamente a una vivienda en Culiacán en la que

permanecerían hasta que comprobaban que existían condiciones

favorables para mover la carga hasta el siguiente punto de la red, es

decir, a otra población. En dichos albergues recibían buena

alimentación y hospedaje adecuado. Sus servicios eran contratados

vía telefónica y por esa vía se les proporcionaba los necesarios

pormenores sobre la naturaleza de la carga, número de individuos,

fechas de llegada, características de la embarcación, horarios y otros

detalles. Eran servicios VIP. También se concertaban los pagos, es

decir, montos y fechas.

Su resiliencia era notable. Más de una vez la red había sido

severamente golpeada, pero luego se levantaban de sus cenizas para

continuar en la brega.

Los supuestos migrantes declararon su inocencia. Afirmaron

que eran mexicanos, lo que comprobaron con sendos pasaportes

expedidos por la delegación de la Secretaría de Relaciones Exteriores

en Tapachula, Chiapas. Se mostraban tranquilos. Y con seguridad


75
exigieron que se les liberara y dejara seguir su camino. Explicaron

que habían contratado los servicios del barco por parecerles más

seguros que la transportación vía terrestre, la cual, era sabido, era

muy peligrosa ya que quienes seguían dicho camino estaban

expuestos a todo tipo de violencias, tanto de parte de delincuentes

como de diversas autoridades. Declararon, sin ambages, que

pretendían ingresar ilegalmente a los Estados Unidos. Los movía la

necesidad de conseguir empleo, que su estado no les había podido

proporcionar. Si bien la explicación de los detenidos tenía mucho

sentido, los agentes les indicaron que habría que esperar a que un

juez de proceso determinara su situación, lo que ocurriría unas horas

después. En vía de mientras, les retuvieron los pasaportes. Les

extrañó a los agentes que ninguno contara con credencial para votar.

Les llamó la atención sobre todo porque si algo un mexicano cuidaba

de traer siempre consigo era precisamente dicho documento

probatorio de identidad.

76
Eulogio España estuvo pendiente de todo el proceso descrito.

Presenció los interrogatorios y fue hasta que concluyó el tercero que

dejó el despacho y se retiró a su departamento a descansar. Igual

hicieron todos los elementos que habían ejecutado el operativo.

Se tiró en la cama tal como iba. Vestido. Durmió varias horas.

Lo despertó el timbre del teléfono. El corazón le brincó en el pecho

y de un salto se sentó en el borde de la cama cuando identificó a la

persona que lo llamaba.

― ¿Cómo estás? ― oyó que una voz de mujer le preguntaba.

La sintió tibia. Cálida. Como un susurro que le supo a gloria.

Hablaron en voz baja. Él, cuando menos. Se enconchó para que

su voz no se escapara. Como en confidencia. De esas que

acostumbran los enamorados.

― Yo te busco ― dijo EE. Se llevó el móvil a la mejilla. Con

satisfacción. Sonreía. Movió la cabeza de un lado a otro como

regocijándose por haber recibido un regalo anhelado. En el extremo

de su contento, le dio un beso. Lo arrojó sobre la cama aun tendida


77
y razonablemente ordenada porque al llegar al departamento

algunas horas atrás no sólo no había levantado los tendidos sino

porque se había quedado dormido de inmediato, como una piedra.

Se despojó de la ropa, cumplió los rituales mañaneros y se metió en

la ducha. El agua estaba templada. Muy agradable. Se sorprendió

susurrando una canción que solía acompañarlo recurrentemente.

Ya no estás más a mi lado, corazón, en el alma sólo tengo


soledad, y si ya no puedo verte porque Dios me hizo
quererte para hacerme sufrir más.

Se secó y con movimientos rápidos y juguetones se roció

de Yves Saint Laurent de arriba abajo. Envuelto en la toalla se

trasladó a la cocina. Puso la cafetera y hurgó en el refrigerador. Se le

antojó unos huevos con tocino frito y puso al fuego de la estufa un

sartén y le arrojó unas tiras. Encendió el fuego y recogió la prensa del

día que como era costumbre un ayudante dejaba ante la puerta de

la habitación. Pasó las páginas de un diario y luego los demás sin

78
detenerse en ninguna nota. Le bastaba con leer los encabezados

para recoger su esencia. Se sirvió café en un tarro grande que

algunas semanas atrás le había regalado Eleonora y sonrió. Puso las

tiras fritas de tocino en un plato y sobre el aceite caliente vació dos

huevos. Le gustaban tiernos. Los sirvió a un lado del tocino y se sentó

a una mesa. Iba a hincarle el diente al primer bocado y se percató de

que le faltaba el pan. Tomó una barra de la alacena y volvió a la mesa.

Le gustaba el sabor del tocino frito, así como el ruidillo que hacía al

romperse en la boca al ser mordido. Despachó el desayuno en menos

tiempo del que le habían tomado los preparativos. Levantó los

trastos y los colocó en la tarja del fregadero. Abrió el maneral para

que se mojaran y los restos de la comida no se pegaran en la losa. Ya

vendría la mucama a lavarlos como correspondía. Puso la ropa del

día anterior en el cesto de la ropa sucia y escogió la que llevaría ese

día. Se inclinó por un traje de lino blanco, una camisa azul cielo y una

corbata morada. La formalidad del atuendo era obligada. El

79
gobernador lo había citado en su despacho, para las doce de ese día.

“Tráeme los pendientes”, le dijo con la sequedad que acostumbraba.

A las 10 de la mañana inició la reunión convocada para

analizar los sucesos de la madrugada anterior. Estaban presentes

Mario Pérez Valdovinos, Luciano Dosestrellas y Beatriz Montañista

Alegre. EE fue directamente al grano.

― Participaron tres tipos de personas. Los pescadores, los

polleros y los inmigrantes. Voy a referirme sólo a los últimos. Alegan

ser mexicanos y exigen que se les deje en libertad. Apoyan su

exigencia en los pasaportes que traían consigo en el momento de la

detención. Reconocen que pretenden entrar de mojados a territorio

norteamericano. Parece que su demanda es razonable. Y aún resulta

sensata su explicación de que escogieron venir en un barco porque

es más seguro, dados los muchos peligros que deben enfrentar

quienes lo hacen por carretera o ferrocarril. Sin embargo, hay cosas

80
que me inquietan. Su físico, en primer lugar. Su fenotipo no cuadra

con el del natural de aquellas tierras. Son más altos. Son cuarentenos

tempranos y se ven macizos, con la macicez del que está

acostumbrado al ejercicio físico. Luego está el asunto de los

pasaportes. Son nuevos, fueron expedidos en la misma ciudad el

mismo día. Es más, ostentan folios consecutivos. Y el acento de su

voz se siente raro, a falta de otra palabra más exacta. Mario, quiero

que te encargues de esta parte de la investigación. En cuanto tengas

algo, me avisas.

Mario Pérez Valdovinos, se levantó, se cuadró y dejó la sala de

juntas.

El comandante se volvió a los jóvenes que permanecían a la

expectativa. ¿Qué tendría para ellos el jefe doble E?

Luciano y Beatriz se habían conocido apenas. Sin embargo, los

dos sabían uno del otro. Que el joven informático había hecho

contribuciones decisivas para la solución de algunos casos muy

sonados era ampliamente sabido y comentado en todos los núcleos


81
policíacos de la entidad, la escuela de policía entre ellos. La chica

estaba al tanto y soñaba con trabajar al lado de agente tan original.

Por su parte, Luciano estaba informado de que en la relación de

alumnos de la escuela de ciencias policíacas figuraba una estudiante

que combinaba con maestría la informática con las ciencias exactas,

un hecho que la prefiguraba como una excelente futura

investigadora. Fue por esta razón que cuando el chico se enteró de

que se contrataría a algunos de los futuros egresados de la academia

de policía y que se pensaba asignarle uno de ellos, le pidió a EE que

contratara a la muchacha. Y los hados, que sí existen según algunos,

obsequió sus ambiciones.

― Es posible que estén ya enterados de que anoche en un

operativo capturamos a un grupo de personas, mexicanos según

afirman, que llegaron a altas horas de la noche, o a las primeras de

la madrugada –se puede ver de las dos maneras–, con la intención

confesada de seguir la ruta de la costa para internarse ilegalmente a

Estados Unidos. Podría ser cierto. Pero podría no ser así. Hay algunos
82
datos que me hacen pensar esto último. Sin embargo, no creo que

los podamos mantener detenidos mucho tiempo. Es necesario

desentrañar el misterio, si es que existe. Ya escucharon el encargo

que le hice al comandante Pérez Valdovinos. A ustedes les voy a

encargar otra parte de la investigación.

Eulogio España se removió en el sillón de cuero rojo que

normalmente ocupaba. No sabía si a propósito o mecánicamente.

Descargó el cuerpo en el descansabrazo derecho y los miró

alternativamente a los ojos. Quizá lo había hecho para darles tiempo

a preparar su mente para captar completamente la instrucción. O lo

que viniera. Si fue esto último, logró el propósito. Los chicos estaban

enganchados absolutamente.

― La operación fue grabada en todos sus puntos. Creo que no

dejamos cabos sueltos. Usamos drones de visión nocturna. Tengo

unas copias para ustedes. Les pido que las estudien detenidamente

y anoten todo lo que piensen que sea importante. Sean discretos. Y

83
rápidos. En unos minutos les serán llevados a su cubículo los

materiales. Suerte.

Eulogio España se levantó, los acompañó a la puerta y los

despidió con una palmada en la espalda. Los miró cuando tomaron

el pasillo. Y sonrió. No sabía si por la nostalgia por la juventud ya ida.

O porque se acordó de sus hijas que, en ese momento, deberían de

estar en la universidad. La recordación de la esposa fue inmediata.

Un rictus extraño le cruzó el rostro. ¿Vergüenza? ¿Temor?

¿Inseguridad? No sabía a ciencia cierta. Sí sabía, en cambio, que el

tiempo terminaría por escribir la historia.

Eulogio España llegó al despacho del gobernador a las

11:55. A las doce en punto se le indicó que podía pasar. El alto

ejecutivo tenía en gran estima la puntualidad. Hacía honor a ella. Y

era capaz, como lo había comprobado más de uno, de cancelar una

84
audiencia ya programada si el convocado se retrasaba, así exhibiera

las mejores explicaciones para justificar la tardanza. Ante el

escritorio, de pie, vestido impecablemente de traje, lo esperaba. Lo

saludó de mano con un apretón muy fuerte, y le indicó con la mano

derecha el lugar donde debería sentarse. Hizo lo propio. Y fue al

grano.

― ¿Adúltera?

Era obvio que preguntaba si la esposa de su amigo el

empresario que había sido alertado de que su mujer sostenía un

amorío era realmente lo que se le había dicho.

― Inocente ― contestó con un monosílabo, haciéndose eco de

una costumbre de su jefe que aborrecía los discursos largos por

innecesarios.

― ¿Y la foto?

Se refería ahora a la fotografía que el hombre de empresa

recibiera en la que su esposa aparecía en actitud más que

complaciente con un hombre joven y atractivo.


85
― Trucada.

En silencio, pero con un movimiento de cabeza de arriba abajo

le indicó que le explicara qué significaba aquella expresión.

― Es un photoshop. Alguien tomó la fotografía y substituyó el

rostro de la mujer con el rostro de la esposa del señor su amigo. El

joven de la foto es un actor venezolano no muy conocido y la dama

que lo acompañaba era su esposa. La fotografía original corresponde

a una campaña publicitaria que pretendía destacar el valor del amor

en la pareja. Fue una campaña financiada por una NGO

norteamericana contraria al amor libre y a todo lo que tiene que ver

con ello. La foto fue modificada en un estudio fotográfico de la plaza

de Santo Domingo, en la ciudad de México. Sin embargo, lo

descubrimos aquí, en los laboratorios de la corporación. Los técnicos

encargados del análisis forense señalaron que dicho trabajo no pudo

haberse realizado en plaza y señalaron que tenía todo el sello de una

empresa avecindada en la capital nacional. Genoveva Rentería, a

quien usted conoce y que estuvo a cargo de la investigación desde el


86
principio, se trasladó a la ciudad de México. Con el auxilio de colegas

de dicha ciudad, localizamos el laboratorio. Confirmaron la autoría

del trabajo y nos proporcionaron la información que nos permitió

armar toda la historia.

El gobernador asintió con un movimiento de cabeza. Y sin parar

los movimientos con los que expresaba su comprensión de la

explicación, preguntó:

― Eso significa que sabes quién lo hizo.

― Positivo. Y por qué.

― Cuéntame. Te escucho.

El gobernador estaba sumamente interesado. Que tal era el

caso lo indicaba que había echado el cuerpo sobre el escritorio y que

miraba al comandante directamente a los ojos.

Eulogio España se revolvió en el sillón. El cuero del asiento

respondió con un susurro sordo.

El gobernador echó el cuerpo hacia atrás, contra el respaldo del

sillón, y el preguntó.
87
― ¿Qué te detiene? ¿Tan grave es?

― Puedo contarle la historia. Es de una gran simpleza. De lo

que no estoy muy seguro es si deba conocerla.

― ¿Por qué no debería?

― Le ruego que me escuche.

Doble E había visto ya en el rostro de su jefe los rictus que

precedían a sus explosiones de ira. Eso explicaba su prudencia.

― Su amigo quería saber si su esposa le era infiel, como parecía

comprobar la fotografía que alguien le hizo llegar. En este sobre está

la respuesta escrita. Es la confesión escueta de quien realizó el

trabajo. Sin mayores detalles. Dice simplemente que quien firma en

cierta fecha hizo el photoshop e identifica a los personajes

involucrados en ella, es decir, el actor y su mujer. Sólo eso. Que

contesta lo que quería su amigo. En la confesión, que tengo en este

sobre, se explica, con suficiente detalle, quién lo ordenó, cuándo y

cuánto pago y cómo lo hizo. Más todavía.

El gobernador se había calmado y lucía interesado.


88
― En este otro sobre está la confesión de la persona que

ordenó el trabajo. Reconoce haberlo ordenado. Y confiesa el porqué.

― ¿Me los vas a dar?

La pregunta no era una orden. El gobernador parecía intuir que

había algo que debería considerar.

― Sí, si usted lo ordena. Pero si fuera el caso, le pido que

considere lo siguiente.

El gobernador lo miró a la cara, como pidiéndole que siguiera.

― Es probable que tras ser informado que la fotografía no

corresponde a la realidad, le pregunte más cosas. Querrá saber, por

ejemplo, quién lo hizo. Y luego preguntará por qué. Si usted lo ignora

podrá decirle, sin mentirle, que no se pudo enterar de más cosas que

las que le platicó. Si, en cambio, se entera de la historia hasta el final,

tendrá que mentir, y seguramente el hombre lo va a descubrir y le

exigirá que le cuente toda la verdad. Usted no se podrá negar. Y

puedo decirle que lo destrozaría. En un grado difícil de imaginar.

Eulogio España hizo un alto.


89
― Usted decide ― le dijo lentamente mirándolo a los ojos.

― Guarda los sobres. Al menos por el momento. Dame el que

cuenta la historia simple.

Tomó el sobre que EE le acercara sobre el escritorio, tomó una

plegadera y leyó rápidamente. Lo guardó en un cajón del escritorio.

― ¿Y el tesorero?

Eulogio España agarró aire.

― Es casi inocente de lo que se le acusa.

― Ai vas otra vez con tus galimatías. ¿Qué es eso de “casi”?

¿Tiene culpa o no? ¿Está haciendo negocios o no? Al grano.

― Él, no.

― ¿Quién sí?

El hombre se desesperaba.

― Su mujer y su hermano.

― ¿Qué hermano?

― El suyo, señor, Monseñor.

El gobernador dio un respingo.


90
― Eso sí que está para no creerse. ¿Su mujer y mi hermano el

cura? Estás seguro. Explícame todo. Todo. No omitas nada.

El gobernante estaba fuera de sí. Gritaba ya. Era tan notorio el

escándalo que tanto su secretaria privada como su jefe de

ayudantes, cada uno por su lado, es decir, por puertas distintas, se

asomaron alarmados.

― Fuera ― les gritó―. No interrumpan. Sigue.

― Tienen un sistema muy simple. Cuando un empresario o

cualquier persona interesada quiere obtener algo, como un pago

que se haya atrasado, un contrato, en fin, cosas que se resuelven en

la tesorería o en alguna dependencia en la que el tesorero tenga

influencia, …

― Lo que significa en todas. Él es el funcionario más poderoso

después de mí, no por nada maneja todo el presupuesto ― lo

interrumpió.

Se dio cuenta de su exabrupto, y ya más calmado, le indicó.

― Sigue.
91
― Bien. La persona que necesita conseguir algo acude a

Monseñor. Acuerdan los términos y acto seguido éste lo transmite a

la señora esposa del tesorero la que en algún momento y por

maneras que desconozco se las plantea a su marido. Éste actúa como

la señora se lo pide.

― No entiendo. ¿Por qué accede, si sabe que podría estar

cobijando alguna irregularidad, si fuera el caso?

EE permaneció callado.

― No te quedes callado. No eres ningún inocente. Dime. ¿Por

qué podría un hombre tan inteligente y con esa capacidad que tiene

obrar como un falderillo? Dime. ¿Qué piensas?

Eulogio España accedió.

― Le voy a decir lo que pienso. Porque usted me lo pide. Es una

mera hipótesis.

― Ai vas otra vez con tus rollos. Al grano.

― Usted los conoce a los dos. Son sus amigos desde la niñez.

Ella es bellísima. Por eso fue miss Sinaloa. Es joven y muy guapa. Es
92
una de las señoras más hermosas de estas tierras. En cambio, él es

muy feo. Desgarbado. Sin atributos físicos. ¿Qué le voy a contar? Él

es capaz de hacer cualquier cosa con tal de complacerla. Vive bajo

una serie de temores. Que lo engañe. Que lo deje. Llega a la histeria

cuando aparece un hombre guapo en la cercanía de la señora, más

si en el pasado tuvieron alguna relación sentimental. El señor

tesorero no roba ni hace negocios turbios. Complace el gusto de su

esposa por el dinero.

― ¿Y el dinero?

― Monseñor lo recibe. En su oficina. En su casa. Lo suele

entregar un tercero. La esposa, a veces. Un propio. Un servicio de

mensajería. No puedo decirle cómo lo reparten. No sé dónde lo

guardan. En descargo de ellos, cabe decir que no se trata de grandes

cantidades. Meros moches menores. Propinas por un servicio.

Eulogio España se disponía a dejar el despacho. Cuando giraba

el pomo de la puerta, lo llamó su jefe.

― Una cosa más.


93
― Sí, señor.

― Sé que agarraste a unos sujetos.

― Positivo.

― ¿Estaba en lo cierto el cónsul?

― No estoy seguro todavía. Pero podría ser. Hay algunos

indicios, no definitivos, que le podrían dar la razón.

― Infórmame en cuanto tengas algo.

― De inmediato, señor.

Antes de dejar el despacho, EE alcanzó a escuchar.

― Mi hermano. Carajo.

Eulogio España había urgido a sus colaboradores a

esclarecer el asunto de los extraños inmigrantes chiapanecos.

Veinticuatro horas después, recibió los primeros informes. Mario

Pérez Valdovinos solicitó audiencia urgente. Fue recibido de

inmediato. Lo acompañaba el técnico forense en voces y sonidos.

94
― ¿Qué tienen? ― les preguntó después de cruzar los saludos

de rutina.

― Los pasaportes son falsos ― informó Mario de inmediato.

― ¿Corroborado?

― Sí, señor. La Secretaría de Relaciones Exteriores los

desconoce. En ningún caso hay registro de ellos. Ni siquiera de que

se haya realizado un trámite para adquirirlos. La policía ministerial

de Chiapas localizó una imprenta que realiza ese tipo de trabajos.

Son caros, pero sus entregables son de excelente factura. Está

domiciliada en Tapachula. Ya andan sobre ellos. Pero lo fundamental

está claro. Nuestros visitantes pretenden andar en el territorio

mexicano con documentos apócrifos.

― ¿Qué encontraste?

Se dirigió ahora al técnico forense en ruidos, como se

designaba económicamente su trabajo. En el fondo había razón ya

que era experto en desmenuzar el ruido de un motor y determinar,

por ejemplo, a qué tipo de vehículo correspondía. Lo mismo con las


95
voces de animales. Y, por supuesto, con las voces humanas. Había

escuchado las grabaciones de cuando se había obligado a hablar a

los detenidos y se había formulado una primera idea.

― Su voz no es chiapaneca. Su español es ibérico. Todo apunta

a España. Tampoco es su lengua nativa. Hay resonancias de Oriente

Medio. La construcción es casi perfecta. Gramaticalmente. Pero el

acento distrae.

― ¿Oriente Medio? ¿Puedes ser más preciso? ¿Árabe? ¿Farsi?

¿Hebreo?

― Árabe, más bien.

A Eulogio España se le revolvió el estómago. Quizá el cónsul

norteamericano estaba en lo correcto.

― Siete individuos jóvenes, de apariencia recia, con pasaportes

demostradamente falsos, usando un español con ecos árabes. ¿De

dónde podrían venir? ¿Irak? ¿Podría ser?

Como no tenían más que aportar, los despidió, no sin antes

darles la instrucción de rigor.


96
― Gracias. Sigan buscando. Me avisan.

Cuando se quedó solo, meditó sobre la situación de los

detenidos. No había prisa por liberarlos. Eran delincuentes.

Delincuentes extranjeros. Nadie podría abogar por ellos. A no ser

que solicitaran los servicios del consulado de su país. Lo que los

delataría. Decidió esperar. Y no compartir lo que sabía. Con nadie.

No por el momento. Esperaría a los informes que en cualquier

momento le harían llegar los informáticos, como genéricamente se

refería a Beatriz Montañista Alegre y Luciano Dosestrellas.

Éstos llegaron al día siguiente.

Es de mencionar que en cuanto recibieron la instrucción, los

chicos se habían puesto a trabajar con entusiasmo digno de la mayor

ponderación. Partieron el trabajo en dos y cada uno tomó una parte.

Luciano se ocupó del barco y la tripulación.

Beatriz, de los viajeros misteriosos.

97
Doble L había introducido a la chica con su equipo de hackers y

les había pedido que la apoyaran. Beatriz tenía también los suyos. Y

los compartió con su nuevo socio.

Trabajaron con rapidez. Y precisión. Como si hubieran realizado

actividades semejantes cotidianamente, en sólo 24 horas de trabajo,

apenas interrumpido para descansar un poco y atender a las

necesidades elementales, obtuvieron información muy valiosa.

Dosestrellas descubrió que, si bien el barco navegaba con bandera

panameña, pertenecía a un rico armador iraquí vinculado con el ISIS

y Al Qaeda. Y que la tripulación estaba integrada por marinos muy

experimentados reclutados en las armadas de diferentes países,

como Irak, Corea del Norte y Siria. Igualmente, sorprendente resultó

el perfil del capitán del barco: un almirante en activo de la marina

rusa. El reporte de Beatriz dejó boquiabiertos a todos: los

misteriosos viajeros eran todos terroristas con un extendido

currículo en la ejecución de atentados en diversos lugares del

mundo.
98
Uno de los hackers contribuyó con una información que

resultaría crucial en la investigación. Les dijo:

De acuerdo con lo encontrado en los archivos de la CIA, sus


prisioneros son personas sumamente peligrosas; terroristas del
tipo suicida. Según lo encontrado en los del ISIS, son
combatientes. Pretenden ingresar a Estados Unidos para
cumplir una misión. Cada uno de los detenidos porta un chip
subcutáneo en el que se consigna la información sobre lo que
deberán hacer.

A doble E le extrañó que no hubiera ningún dato concreto

sobre los individuos. Como nombres, procedencias y ocupaciones.

“Tal vez por las prisas”, se dijo en el cerebro. “Ya habrá tiempo”, se

consoló. Sin embargo, el avance había sido substancioso.

Con dicha información, Eulogio España pidió ser recibido por el

gobernador de manera urgente. El encargado de las citas, con el

poder que el manejo casi discrecional de la agenda le confería, le

contestó:

― La agenda del señor está saturada. ¿Puede su asunto

esperar hasta mañana?

99
Eulogio España explotó.

― Que esté saturada o no es tu problema. Necesito verlo lo

más pronto posible. En este momento sería mejor. Hazme un

espacio. Ya. No para mañana. Para hoy. Para orita. El asunto que le

llevo es de la mayor importancia. Así infórmaselo. Y te advierto: te

puede costar el puesto.

Un cuarto de hora después, EE recibió la contestación.

― Que se venga. El señor lo recibirá de inmediato.

Apenas se sentó en el sillón acostumbrado, EE le soltó una

frase.

― El cónsul tenía razón. Los detenidos son gente de cuidado.

Por lo que sabemos, de suma gravedad. Para la CIA, son terroristas.

Para el ISIS, combatientes. En cualquier caso, se presume que

pretenden ingresar a Estados Unidos a realizar un atentado. No

sabemos en qué consistiría. Se supone que la información que lo

explica la traen consigo en un chip subcutáneo. Es mi deber

informarle que nos disponemos a escanearlos de arriba abajo, a


100
todos. Necesito su autorización. Por aquello de los derechos

humanos.

― Adelante. Voy a instruir al secretario de gobernación para

que cuide las formalidades.

Pulsó un botón.

― Ordene, señor ―se escuchó en el teléfono privado la voz del

alto funcionario.

― Ven a mi despacho de inmediato.

― Hay otra cosa ― continuó España ― . Una vez que los

tengamos, trataremos de interpretar su contenido. No sé si nuestra

capacidad técnica dé para tanto. De no ser así, tendríamos que

informar al consulado y el cónsul lo haría al embajador y éste al

Departamento de Estado, …

― Y al rato, los tendríamos aquí a todos. Y nos quitarían la

investigación. Se llevarían a los prisioneros. Y en un descuido, hasta

intentarían cargar contigo.

― Así es.
101
― No nos adelantemos. Encuentra ese grano de arroz. Digo

arroz, porque esos adminículos suelen ser pequeños, pero capaces

de albergar mucha información. Cuando los tengas, me avisas. El

asunto es más pesado de lo que simplemente parece.

El funcionario convocado entró al despacho como un bólido.

Antes de que ocupara un sillón, el gobernador le dijo:

― Como estás enterado, Eulogio capturó a un grupo de

inmigrantes ilegales. Al parecer, los angelitos son los terroristas que

el cónsul nos comunicó que podrían pretender ingresar a su país por

algún puerto costero. Tenemos información de que lo que se

proponen hacer está en chips que traen en algún lugar del cuerpo.

Eulogio y sus muchachos los van a escanear. Cuídales la espalda.

Derechos humanos. Y esas cosas. Por otra parte, es posible que

tengamos que dar parte al gobierno federal. Ve pensándole.

Pónganse de acuerdo.

Cuando EE se disponía a dejar la oficina, el gobernador lo

detuvo.
102
― Le informé a mi amigo. Se alegró como no tienes idea. No

quiere saber quién lo hizo ni por qué. Pero yo sí quiero saber. Así que

ya me lo puedes confiar.

― Es de una simpleza casi infantil, si no fuera tan grave.

― Qué te digo. Eres barroco hasta la médula.

― Al grano, pues. Fue el hijo menor de señor.

El gobernador hizo un gesto de extrañeza y lo animó a seguir.

― Celos. El muchacho piensa que la esposa de su amigo está

usurpando el lugar de su mamá. Ideó presentarla como lo hizo para

que su padre la repudiara. Alguien le dio la idea. En un viaje que hizo

a la capital, fue al estudio, que ya había localizado y contactado, hizo

el trato y regresó a casa con el misil cargado. Lo demás es historia.

― ¿Confesó?

― Ampliamente. Hasta las lágrimas. Está muy asustado.

― ¿Quién hizo el trabajo? Es decir, ¿quién lo interrogó?

― Genoveva Rentería.

― ¿Confiable?
103
― Al cien. Usted la conoce.

― Bien. Hazme llegar la confesión. Asegúrate de que no quede

ninguna copia. Voy a llamar al chico. A platicar. Y le voy a regresar el

testimonio. Para que se vuelva a sentir libre. Está muy tierno y no

quiero que cargue sobre su conciencia una pena tan grande. Otra

cosa: olvídate del asunto del tesorero. Como comprenderás, es un

arguende un tanto familiar. Lo voy a resolver. No lo dudes.

Cuando EE ganó la calle, el sol brillaba intensamente. Desde la

ventanilla de la camioneta, echó la vista al cielo. Lo encontró limpio,

azul, transparente. No se vislumbraba ni el más mínimo nublado que

anunciara la lluvia que todo mundo ansiaba para mitigar el calor del

verano que quemaba lo mismo a proletarios que a burgueses, como

decía su entrañable amigo compa tovarich Efraín.

Una señora de mediana edad se guarecía de los rayos ardientes

con un parasol negro de buena factura, por lo que podía apreciar a

los diez metros que los separaban. En una obra en construcción, los

albañiles se cubrían la cabeza con trapos de manta que usaban como


104
capucha. Semejaban talibanes. Sonrió por la comparación, pero eso

le habían parecido siempre. Un vendedor de aguas frescas pellizcaba

la camisa empapada en sudor para ganar algún frescor.

Una llamada telefónica lo sacó de sus divagaciones sobre el

calor y la lluvia. Se sobresaltó. Un pinchazo le atacó el bajo vientre.

Aceptó la llamada y se llevó el aparato al oído derecho. Quizá para

alejarlo de la oreja del chofer que era sabido tenía un oído tan fino

que era capaz de escuchar los pasos de una cucaracha que caminara

en la habitación vecina.

Contestó en susurro.

― Ordena ― le dijo en la forma acostumbrada.

― Llamé para saber cómo estás. No has llamado ni una vez

desde que saliste. Estamos preocupadas. Tus hijas preguntan por ti.

Te querían llamar, pero les pedí que no lo hicieran. Les expliqué que

podías estar en una reunión o en un operativo, y que una llamada

podría resultar impertinente. Ante su insistencia, me comprometí a

105
llamarte. ¿Estás bien? ¿Estás comiendo a tus horas? ¿Quieres que

vaya?

Quien le hablaba era su mujer. Se sintió un canalla. ¿Cómo era

posible que, a pesar de todo, su mujer se preocupara por él? Sin

embargo, se sintió feliz. Desestresado. Precisamente, por lo último.

¡Su mujer se preocupaba por él! Y quería venir a verlo.

― No sabes cuánto te agradezco esta llamada.

Lo dijo sinceramente. Casi con humildad.

Continuó:

― He tenido unos días muy ajetreados. Nos cayeron unos casos

estresantes. Pero sobrellevo las cosas. Trato de comer bien. Y sabes

que soy de sueño fácil. No creo que sea buena idea que vengas. No

podría atenderte.

― Entonces, ¿cuándo vas a venir? Te extraño. En realidad,

todas; no sólo yo.

Se le apretó el corazón. Y la garganta. Y un lagrimeo apenas

insinuado le nubló los ojos.


106
― No sé. Yo también las extraño ― lo dijo con honestidad ―.

Espero que los que nos ocupa termine de un momento a otro. Te

llamo para avisarte.

― No se te pase. Te extraño. Me haces falta. Recuérdalo. Me

voy. Hasta luego.

A Eulogio España le sonó sincera. Y creyó que a su esposa se le

había quebrado la voz.

― Hasta luego ― le dijo para concluir la conversación.

EE pensó que su despedida no había sido escuchada.

Le tomó 12 minutos alcanzar su oficina. La distancia que

mediaba entre su despacho y el del gobernador se reducía a media

docena de cuadras. Alguna vez, pensó en que podía acudir a sus citas

con el ejecutivo estatal caminado, pero desistió ante las advertencias

de sus colaboradores de los riesgos que podría correr. Un atentado

a su vida de parte de algún resentido. Y vaya que sobraban. Y entre

ellos, cabía considerar gente con el valor y la decisión suficientes

para hacerlo personalmente.


107
En su escritorio lo esperaba un reporte llegado por fax.

Procedía de la comandancia de la base de la Armada en

Topolobampo. Era escueto, se reducía a unas cuantas líneas. En

resumen, explicaba que la embarcación había sido capturada por un

interceptor Combat Boat 90H Polaris de la marina y que había sido

llevada a dicho puerto para investigación, pero que había sido

liberada porque no se habían encontrado elementos legales que

sustentaran su retención. La documentación del personal, incluidos

los oficiales, estaba en regla y la embarcación estaba autorizada por

el gobierno de México para realizar trabajo de cabotaje, tanto para

transporte de mercancías como de pasajeros. Y que, en virtud de

esto, había aceptado trasladar a las personas que había

desembarcado en Altata, a las que había recogido en Acapulco, las

que acreditaron su nacionalidad mexicana con pasaportes que el

capitán tuvo a la vista.

No había nada qué hacer.

108
Dedicó el resto del día a preparar los trabajos de escaneo.

A la mañana siguiente, todo estaba listo. Se reunió en su

despacho con abogados, notarios, trabajadores del área de derechos

humanos y los técnicos que harían el examen.

Los detenidos habían sido advertidos de que serían sometidos

a una inspección corporal, no invasiva, de cuyos detalles serían

informados en su momento. Tales explicaciones les fueron dadas a

conocer minutos antes del procedimiento. A uno por uno.

Separadamente. En la celda que ocupaban. Se les aclaró que se tenía

conocimientos ciertos de que en algún lugar del cuerpo escondían

un chip cuyo contenido, por razones de seguridad nacional, el

gobierno de la república necesitaba conocer. Se les pidió que, si la

presunción era correcta, confesaran el lugar donde lo llevaban y

autorizaran su extracción y revisión. Se les explicó también que, de

negarse, la investigación sería realizada, con apoyo de la fuerza

pública, si fuera necesario. La notificación les fue hecha en español

109
porque se sabía que lo entendían y desconocerse su lengua nacional,

en caso de que tuvieran una distinta a la lengua de Castilla. Se les

enteró de que en el grupo de personas había funcionarios

autorizados para verificar que la investigación se realizara de

acuerdo con los protocolos internacionales en la materia.

No se inmutaron. Permanecieron impertérritos. Dieron el

silencio por respuesta.

De hecho, desde que les fuera negada la libertad que habían

exigido, una vez que se les hubo demostrado que los pasaportes que

portaban eran falsos, se envolvieron en una cápsula de mutismo. Sin

embargo, adoptaron también una actitud sumisa. Obedecían,

mecánicamente, mostrando una mirada ausente, es decir, sin mirar

a los ojos, tendiendo la vista a lo lejos, hacia un punto o un lugar sólo

por ellos percibidos.

Se procedió entonces a desarrollar el operativo preparado.

Se les proporcionó una bata de tela delgada que cubría todo el

cuerpo, desde los hombros hasta el tobillo, y se les indicó, a cada uno
110
en su turno, que los dejarían solos por 10 minutos, tiempo suficiente

para que se despojaran de la ropa y se enfundaran el batín.

Todos lo hicieron.

Fueron llevados, uno por uno, a una sala especial donde se

hallaba un escáner tipo aeropuerto, un aparato israelí de última

generación utilizado para detectar piezas pequeñas de metal

insertas en la piel o en la carne superficial, como esquirlas de bala y

chips. Se les introdujo en la cámara cilíndrica y se les escaneó el

cuerpo. Los testigos observaban los avances a través de un monitor

adosado al aparato. Miraban acuciosamente las exploraciones que

hacía el dispositivo según lo determinaba el técnico responsable del

estudio. Una vez cumplido el procedimiento, se les pidió que se

tiraran en una cama de exploración donde se les escaneó mediante

un equipo manual. Los testigos conocieron en tiempo real las

excursiones que el técnico realizaba en áreas del cuerpo

previamente seleccionadas.

Las sospechas fueron confirmadas totalmente.


111
Se detectó que todos portaban, atrás del pabellón de la oreja

derecha, una pieza metálica del tamaño de un grano de arroz, un

poco mayor, en realidad, y se les informó que sería extraído por un

profesional de la medicina.

Los hombres dejaban hacer. Se plegaban sin resistencia.

Fueron regresados uno por uno conforme cumplían el rito. Vueltos a

la celda respectiva se les dio desayuno y luego se les invitó a tomar

un baño.

Todo fue escrupulosamente videograbado. Y notariado de

conformidad con las estipulaciones en la materia.

Los chips fueron puestos en manos expertas para desentrañar

su contenido, que tal era el objetivo explícito.

Estaban encriptados, pero mediante una tecnología blanda, es

decir, de uso y conocimiento común entre los profesionales del

medio, les fue a los especialistas relativamente fácil desvelar el

contenido.

112
La expectativa sobre lo que sería revelado era general. Había

una tensión que se palpaba en el ambiente de la sala. Algunos

respiraban con dificultad. Como si les faltara el aire. A otros les

sudaban las palmas de las manos.

Cuando la primera pieza reveló su secreto, el suspenso

aumentó aún más. Nadie sabía lo que se iba a encontrar. Pero el

hallazgo desafió cualquier expectativa. En el monitor se desplegó

nítidamente un diagrama. Como si correspondiera a una ciudad.

Líneas, calles y cajones como los que a veces se usan para indicar la

existencia de casas y edificios. En ciertos lugares se veían números.

Partían del 1. El suspenso se hizo mayor cuando el analista reveló el

contenido del siguiente archivo. Un enlistado. Empezaba con un

encabezado y luego los números, principiando por el número 1. El

número de números coincidía con los que aparecían en el diagrama.

A cada número seguía un párrafo. Ilegible para todos. Más bien,

inescrutable. Para todos sin excepción. Porque no estaban escritos

con palabras conocidas. Ni en un idioma que fuera familiar a ninguno


113
de ellos. Se volvieron a mirarse. Alguien se atrevió a lanzar una

hipótesis. ¿Hebreo? ¿Árabe?

Dejaron la respuesta para otro momento.

El examen del segundo chip se realizó en menos tiempo. Si bien

la tensión había disminuido, aún se mantenía en niveles elevados. El

primer archivo mostró algo parecido. Parecido, no igual. Un

diagrama. Líneas, calles, recuadros. Y números distribuidos en

aparente desorden. El segundo archivo mostró un listado semejante.

Exactamente los mismos números, encabezando párrafos escritos en

los mismos caracteres desconocidos.

La operación se repitió cinco veces más, hasta completar siete,

cantidad equivalente al número de chips retirados de los cuerpos de

los detenidos. En todos se reproducía el mismo formato: un

diagrama formado por líneas, calles o algo parecido y rectángulos

que bien podrían ser considerados casas y edificios, y números

dispuestos al azar, como para señalar ciertos lugares de especial

interés. Y luego, el archivo con párrafos escritos con un alfabeto


114
desconocido por todos, que alguno insistió en que podía ser hebreo

o árabe, o bien chino, coreano o japonés, como se animó a proponer

otro. Debe decirse que los diagramas eran distintos. Ninguno se

repetía, lo que permitía suponer con seguridad que

independientemente de lo que representaran se trataba de casos

diferentes.

Ante la vista de la información desvelada, se hacía evidente

para todos que había dos dudas que aclarar: qué decían aquellos

caracteres y qué significaban los diagramas. Eulogio España propuso,

moción que fue aceptada, que se llevara los textos al centro de

idiomas de la Universidad Autónoma de Sinaloa a fin de pedir que

alguno de los maestros del instituto los tradujera y que por otro lado

se determinara el significado de los diagramas.

Aceptada la moción, se encomendó a Mario Pérez Valdovinos

la primera tarea. Aunque la recomendación era innecesaria, se le

encargó que pidiera máxima discreción al traductor. Antes de que

Pérez Valdovinos saliera de la corporación a cumplir con la misión,


115
EE se comunicó telefónicamente con el director del centro de

idiomas. Eran amigos de juventud y se tenían confianza como para

que aquél le pidiera apoyo y le demandara prontitud y discreción.

― En unos minutos estará contigo Mario Pérez Valdovinos. Él

te explicará el asunto que nos lleva a pedir tu colaboración. Es de

importancia principal. Seguridad nacional, para acabar pronto ― dijo

esto último bajando la voz ―. Evalúa a quién se lo vas a encargar.

Tengo una investigación en curso que requiere de tu apoyo para

seguir adelante.

― Haré lo que pueda. Cuenta con ello. Faltaba más ― le

contestó el maestro en lenguas que dirigía el centro.

La otra tarea le fue encomendada al equipo de informáticos:

Luciano Dosestrellas y Beatriz Montañista Alegre.

Eulogio España los llamó a su presencia.

― Voy a poner en sus manos unos diagramas. No sé qué

significan. Por su aspecto, podrían corresponder a algún

emplazamiento. En México o en Estados Unidos. Podría tratarse de


116
campus universitarios, parques industriales, centros de diversiones.

Si estoy en lo cierto, en algún lugar deben de estar los modelos

originales. Pongan a trabajar toda su ciencia. Busquen bien.

Exhaustivamente. Y den con dichos lugares.

Los jóvenes informáticos recibieron la instrucción con

alegría. Desde el principio supieron qué hacer. Todo era cuestión de

paciencia. Contaban con la tecnología debida. Nuevecita:

Identificación de imágenes. Era el juguete nuevo, el de moda, en el

campo de la informática. En esencia, el trabajo se reducía a buscar

en el mundo inmenso de la información cosas parecidas o iguales a

un cierto modelo. De preferencia lo segundo. Estaban seguros de

que si lo que el comandante les había puesto en las manos

reproducía fielmente algo que existía en la realidad, lo encontrarían.

No sería tarea fácil, sin embargo. En la nube habría millones de

diagramas parecidos. El trabajo podría llevarles días. Subieron los

117
diagramas al disco duro de las computadoras de la corporación,

dieron las instrucciones respectivas y dejaron que las máquinas

hicieran lo que les correspondía. En los monitores, veían que en una

rapidísima sucesión las imágenes aparecían y desaparecían. Después

de un rato de observar las pantallas, sintieron lo ojos tan resecos que

decidieron dejar que las máquinas les avisaran cuando hubieran

encontrado los empates buscados. Dos horas más tarde, obtuvieron

el primer resultado. En la pantalla se veía lado a lado el insumo

introducido y el objeto a que pertenecía. Se quedaron helados.

Estupefactos. Ni parques industriales. Ni campos universitarios. Ni

centros de diversiones. Aquello era otra cosa. Muy distinta. Llena de

presagios. Capturaron la información en un archivo y reanudaron la

búsqueda. Con nuevas instrucciones. Más precisas. Porque ahora

sabían qué buscar. La pesquisa trascurrió ahora como mantequilla

en pan caliente. A piece of cake, para usar la frase que su jefe traía

de moda. Al encontrar el modelo del séptimo diagrama, una vez

copiado en un archivo, hicieron con toda la información recabada en


118
la extenuante jornada una presentación en PowerPoint. Estaban

listos. Solicitaron una cita urgente con el comandante. Fueron

recibidos de inmediato. Llevaron con ellos una laptop. La colocaron

en la mesa de la sala de reuniones y pasaron la primera lámina.

― ¡Qué! ― exclamó dando un salto en el sillón ―. Es cierto lo

que estoy viendo.

Por toda respuesta, Beatriz dio un clic y apareció la siguiente

diapositiva. La dejó algunos segundos ante los ojos del comandante,

los necesarios para que tomara nota mental de lo que tenía enfrente.

Y así sucesivamente hasta la última.

Doble E echó el cuerpo pesadamente contra el respaldo y se les

quedó mirando.

― Conque esto es lo que traían tras la oreja los angelitos ―

exclamó entre afirmando y preguntando ―. Está gruesísimo.

Movió la cabeza arriba abajo como quien se habla en silencio.

― Sólo falta saber lo que significan los garabatos de los otros

archivos.
119
Con un movimiento rápido, casi felino, tomó el auricular del

teléfono y marcó al del director del centro de idiomas. Puso el

altavoz e interrogó.

― Hola ― saludó ―. Te habla Eulogio España.

Y tras escuchar la voz del maestro-director, le preguntó

directamente.

― ¿Cómo va mi asunto? Dime que ya tienes lo que te encargué.

Los muchachos escuchaban en silencio. Atentamente.

― Positivo, como dicen ustedes. Tengo los pliegos ante mí, en

un sobre cerrado. Puedes mandar por él en cualquier momento.

― Gracias, hermano. No sabes cuánto te lo aprecio. Mando por

él. Te debo una ― concluyó, usando esa expresión tan extendida en

el medio burocrático.

Se dirigió a los chicos.

― Han hecho un estupendo trabajo. Los felicito. En unos

minutos habremos completado la historia. Regresen a su cueva. Pero

120
no se pierdan. Estoy seguro de que voy a necesitar su apoyo en algún

momento.

Antes de una hora, Mario Pérez Valdovinos ponía en manos de

su jefe el sobre esperado. Lo rasgó y leyó en silencio.

― Amazing ―usó ahora la frase que tanto le gustaba usar ―.

Esto se va a poner bueno.

Le mostró a su colaborador la presentación en PowerPoint y, a

continuación, el contenido de las hojas tamaño carta que había

sacado del sobre.

― Sorprendente ― asintió el policía.

Lo despidió e hizo llamar a la pareja de informáticos. Los

llamaba así, informáticos, genéricamente, porque le resultaba más

fácil que recordar sus nombres: Beatriz, Luciano.

― Aquí está lo que faltaba. Hagan una composición de cada

caso. La quiero en PowerPoint y en papel. Debe tener tres cosas. El

diagrama original, el encontrado por ustedes y la traducción al

español de los textos en árabe. Aunque no sé nada de eso, creo que


121
no debe de llevarles mucho tiempo. En cuanto lo tengan, lo traen. Y

prepárense porque les tengo otros encargos.

A los chicos les llevó media hora atender las instrucciones de

su jefe. Tras recibir el pedido, les habló en estos términos:

― No sabemos nada de los detenidos ―se refería a los

tenedores de los pasaportes falsos―. Búsquenlos. Así como

encontraron los modelos de los diagramas, estoy seguro de que

harán lo propio en este caso.

―Sí, señor.

Cuando los chicos dejaron el despacho, se concentró en los

materiales que le habían entregado. Los leyó detenidamente.

Imaginando escenarios. Dudando. Se preguntaba: ¿Le informo al

gobernador lo que hemos encontrado o espero a contar con lo que

los informáticos descubran? Se decidió por esto último, aunque puso

los materiales a la mano para el caso de que lo llamara para

preguntarle sobre los avances que hubiera en el momento. “Se va a

122
apuntar un diez ante el presidente y los norteamericanos”, se dijo

con satisfacción adelantada por lo que a él le podría tocar.

Como bien les había dicho el comandante, los jóvenes sabían

lo que tenían que hacer. Disponían del instrumental tecnológico, que

era el mismo que usaran para encontrar los modelos de los

diagramas. Se trataba de búsqueda de imágenes. Sólo que ahora de

personas. Podían hacerlo. Pero dudaban de poder ejecutarlo con la

prontitud que el jefe demandaba. Estaban conscientes de que

trabajando solos se tardarían mucho más. No sabían cuánto tiempo.

Días. Tal vez semanas. Decidieron echar mano de sus redes. De los

hackers, en concreto. Ellos mismos lo eran.

Beatriz pertenecía a una cofradía conocida como “Las

Monarcas”, en alusión a las mariposas de ese nombre que,

contrariamente de lo que su aspecto frágil podría sugerir, tenían una

fuerza y un sentido de orientación tales que se movían

circularmente, si cabe la metáfora, entre Canadá y México. Se

identificaba en el grupo como “Cosalinda10000”.


123
Dicha cofradía realizaba muchas tareas.

Una muy principal consistía en localizar chicas que hubieran

desaparecido, fuera por plagio o decisión propia.

Beatriz recordaba un caso en el que había participado.

La red tomó conocimiento de que, en Liverpool, Inglaterra,

había desaparecido una muchacha de escasos dieciséis años sin dejar

rastro. La familia estaba desolada. Sin más recurso que la fotografía

de la niña, se activó la red. Apoyándose en los registros de las

cámaras correspondientes, se fue reconstruyendo, paso a paso, la

ruta que había seguido. Liverpool, Heathrow, Ámsterdam, Berlín,

París. Nadie la acompañaba. En todos los lugares se la veía sola.

La última parada conocida era la Ville lumière, la ciudad de la

Luz.

Las cámaras la mostraban cuando dejó el aeropuerto y abordó

un automóvil, cuyas placas las cofrades pudieron identificar. Ahí se

les perdió el rastro. Sin embargo, con las imágenes del vehículo y el

124
número de la matrícula la policía localizó el domicilio y recuperó a la

chica.

Según la ficha emitida por las autoridades de la ciudad, la niña

había sido enganchada por el ISIS y el periplo la conduciría al Medio

Oriente. De eso se encargarían los que la recogieron en el Charles De

Gaulle. No había sido un secuestro, como se pensó en su momento,

sino uno de los frecuentes enganches de que es víctima la juventud

europea, que sucumbe a los encantos de las supuestas luchas que

los soldados de Alá sostienen contra ese genio del mal conocido

como Occidente.

Luciano Dosestrellas le había confiado a Beatriz una

experiencia semejante en algunos puntos. Su fraternidad era

conocida como “Cóndores”, en referencia a los majestuosos señores

de las alturas andinas. Su clave era “U7104295”. La U era la primera

vocal de su nombre y la cifra había sido creada por el generador de

números aleatorios augeweb.com.

125
El grupo participaba en una amplia variedad de asuntos, la

mayoría derechos, pero algunos no tanto. El chico había acudido a

ellos en más de una ocasión, sobre todo para resolver casos que

llevaba la corporación policiaca para la que trabajaba, como ha sido

descrito en entregas anteriores.

El caso narrado por doble L, como algunos apodaban a Luciano,

involucró a un pequeño de seis años oriundo de Santiago de Chile. El

pequeño fue arrebatado a la niñera que lo acompañaba en un

parque cercano al domicilio de la familia. Como se constató a las

pocas horas, el secuestro tenía una clara motivación económica. Se

solicitó una cantidad muy elevada en dólares americanos. La familia

podía pagar: el abuelo materno era un acaudalado minero del cobre.

El impacto emocional fue brutal. La abuela del chico sufrió un infarto

al miocardio que la llevó a la sala de cuidados intensivos de un

hospital privado. Y a la madre hubo que sedarla para que pudiera

superar el trance.

La niñera resultó tener muy buenas luces y mente fría.


126
No pudo detener al plagiario, pero alcanzó a ver que tenía un

amplio lunar rojo en la garganta y que el pequeño había sido subido

a un automóvil Ford de color azul cielo cuya matrícula terminaba en

67. Con esos datos, la fotografía del chiquito y las grabaciones de las

cámaras de vigilancia urbana se reconstruyó la ruta seguida por los

captores. No habían salido de la ciudad. Horas después del atentado,

el chico fue devuelto, sano y salvo, a la casa paterna. Los plagiarios,

una mujer y un par de varones, fueron prendidos en la casa de

seguridad donde mantenían al crío. La mujer era empleada del área

administrativa de la empresa minera, uno de los hombres era su

pareja y el otro un amigo que aceptó incorporarse a la aventura por

solidaridad y una prometida participación de las ganancias.

Ahora Beatriz y Luciano necesitaban el apoyo de sus pares. Les

compartieron las imágenes de los presos y les dieron algunos tips

sobre los rincones donde pudieran buscar. Lo que habían

descubierto a partir de los diagramas y su instinto policíaco les

127
habían dados pistas lógicas sobre el tipo de gente que buscaban y,

especialmente, dónde deberían buscarlas.

Y manos a la obra. Se lanzaron como una Blitzkrieg cibernética.

Con todo. Invadieron la nube sin misericordia. Violando todos los

protocolos de seguridad. Nada extraño, ya que para ellos no había

más barreras que las que imponían sus saberes, que no eran pocos.

Les tomó menos tiempo de lo que se habría esperado. Hacia la

madrugada, cumplieron la tarea.

Los informáticos, como llamaba EE a sus jóvenes

colaboradores, metieron la información en un sobre, lo dirigieron al

comandante, lo lacraron y lo entregaron en mano del agente

encargado del despacho. Luego, dejaron la corporación.

Decidieron agasajarse con un plato de menudo de nervio, garra

y pata y se dejaron caer por el mercadito Buelna, en diminutivo, para

distinguirlo del Garmendia, el mercado municipal principal de la

capital del estado. Después se fue cada uno por su rumbo a

descansar. Iban relajados. Satisfechos. Con esa paz interior tan única
128
e incomparable que da sentir que se ha hecho bien el trabajo

encomendado.

Eulogio España llegó temprano a la corporación. Y

de muy buen talante. Saludó a todos los empleados y agentes que

encontró en su paso camino del despacho. Buenos motivos

sustentaban su buen humor. La noche anterior le había regalado

buenas cosas. Primero, una cena de su agrado. Pidió a un restaurante

japonés una charola de sushi y un surtido de tempura. Cuando el

pedido llegó, se había quitado la ropa del día y se había enfundado

en un kimono. En uno de sus preferidos: le llegaba a media pierna,

como los refajos que usaba su mamá cuando era joven, con

estampados de dragones amarillos muy brillantes sobre un fondo

azul intenso. Recogió el pedido, pagó y se instaló ante el televisor.

En la mesa de centro lo esperaba una cerveza fría, recién retirada del

congelador. Puso la charola en las piernas y dio un clic al control para

129
activar la película que había empezado la noche anterior. En

realidad, el primer capítulo de la temporada dos de la serie Line of

Duty que ofrecía Netflix.

Entre bocados de sushi y tempura y tragos de cerveza se fue

adentrando en los pormenores de la cinta. Le gustaba la serie. Era

del género policíaco. Y como policía no podía evitar emitir juicios

sobre las decisiones que tomaban los agentes de la ley. En silencio,

por supuesto. Dio cuenta de la cena y de la cerveza, puso en pausa

la película y llevó al bote de la basura los trastos empleados. Ahí,

porque eran cosas desechables. Platos, charolas, cubiertos,

servilletas, salsas. Se sirvió otra cerveza, volvió a su sillón ante el

televisor y con un clic reanudó la película.

Volvió los ojos al móvil cuando escuchó el clásico sonido de una

llamada entrante. Eran la 11:47 de la noche. Lo sabía porque había

consultado el reloj unos segundos atrás.

Se sobresaltó cuando identificó a la persona que lo llamaba.

Era su mujer.
130
― ¿Cómo estás? ― le preguntó la dama ―. Espero no haberte

despertado.

― Nada de eso ― respondió atropelladamente. Se sintió medio

atolondrado ―. Estoy viendo un programa de televisión. Una serie

Policíaca.

― ¿Cenaste?

― Sí.

― ¿Bien?

― Opíparamente.

― Déjame adivinar. Pediste sushi y tempura. Y te tomaste dos

o tres cervezas.

― Positivo. Como que estuviste conmigo, a mi lado.

― Bueno. Te dejo. Tienes que descansar. ¿Cuándo vienes?

Su voz sonaba tranquila. Amorosa.

― Pronto. En cuanto cierre un caso de mucha gravedad.

Estamos muy avanzados. Yo te aviso.

― Espero tu llamada. Te extraño.


131
Cortó sin darle tiempo a que le dijera cuánto lo habían hecho

feliz la llamada y sus palabras.

Durmió como en sus tiempos estudiantiles. De un tirón.

Despertó solo, es decir, sin que lo sacar del sueño el despertador. Se

levantó de un salto, hizo lo de todos los días y se metió bajo la ducha.

Lo acompañó ahora la canción Flor, de Guty Cárdenas. Entre

tarareando y diciendo versos, que interrumpía cuando le caía el agua

en el rostro.

Flor se llamaba, flor era ella,


flor de los bosques en una palma,
flor de los cielos en una estrella.
Flor de mi vida, flor de mi alma. Flor de mi
vida, flor de mi alma.

Cantar en la ducha era una costumbre que traía desde los

tiempos estudiantiles. Cada vez una canción distinta. Que no escogía,

sino que surgía sola. Simplemente así. Siempre al despertarse. De

repente, se descubría tarareando y diciendo los versos de una

canción. En ocasiones, hasta el himno nacional.

132
Así había vivido. Y lejos de mortificarlo, agradecía en silencio

aquel regalo de quién sabe quién.

Se secó con una toalla blanca, larga y gruesa, la anudó a la

cintura y se metió en la cocina. Como lo ordenaba el rito diario. Puso

el café, tocino en la sartén, después un par de huevos. La hogaza de

pan al lado. Y listo. A desayunar, mientras ojeaba el periódico. Al

terminar, recogió la losa y la colocó en el fregadero.

Enseguida, se limpió los dientes, se vistió y dejó el

departamento. En el estacionamiento subterráneo, a un lado de la

portezuela de la camioneta, lo esperaba el chofer. Lo saludó de viva

voz, lo palmeó en la espalda y de un salto, o así lo creyó, subió a la

camioneta. Afuera lo esperaba la escolta en el vehículo especial.

Entró en la oficina como un bólido. Avisada de su llegada por la

vigilancia de la entrada principal, la secretaria lo esperaba para darle

el parte de algunas cosas urgentes y entregarle los despachos y la

correspondencia de la noche anterior. Al tiempo que la escuchaba,

pasaba los ojos por los pliegos y sobres. Se detuvo cuando vio el
133
sobre lacrado que le habían dejado los informáticos unas cuantas

horas atrás. Tomó una plegadera y lo rasgó. Con manos impacientes

sacó el contenido y, casi con una sensación de ahogo, leyó. Ahí

estaba el corazón de la historia. O al menos, la pieza que terminaba

por darle sentido pleno a la información que su equipo había juntado

en los días inmediatos.

Sacó de un cajón del escritorio un sobre de papel tamaño oficio

y extrajo su contenido. Lo acomodó frente a él. Y lo examinó. Se dijo

lentamente, en voz baja, casi en silencio. Como si hablara para él en

exclusiva.

― Aquí está casi todo lo que explica este asunto. Un par de

cositas. Y listo.

Hizo acudir a Mario Pérez Valdovinos.

―Manda por nuestros amigos pescadores. Que me los traigan.

Si preguntan, como seguramente lo harán, que les digan nomás que

quiero hacerles un par de preguntas. Si les dicen que están en marea,

que vayan por ellos. Los quiero aquí con carácter de urgente.
134
Los encontraron en el embarcadero, justamente cuando se

disponían a salir a marea.

― Ya los tenemos ― le informó por el móvil el agente

encargado del caso.

― ¿Al padre y los hijos?

― Positivo.

Cuando terminó la llamada, instruyó a su secretaria:

― Traen a tres pescadores. Me pasas al mayor. Que los otros

esperen en la antesala.

― Copiado.

Cincuenta minutos después, entró el pescador. Vestía ropa de

trabajo. Pantalón y camisa de mezclilla. De mezclilla gruesa. Y

sombrero de palma. Calzaba sandalias de hule.

Eulogio España lo miró con dureza.

― Pasa. Siéntate.

Le indicó un sillón frente a él. El hombre estaba amarillo. Por el

miedo, sin duda, porque no había otra razón. Terminó de leer unos
135
papeles, firmó algunos y oprimió un timbre. La secretaria privada

acudió. Sin decirle nada, le extendió los documentos. Cuando salió,

encaró al pescador.

― Me echaste mentira.

El hombre balbuceó algo ininteligible. Quiso decir algo, pero

sólo emitió un tartamudeo. EE no se inmutó.

― Me dijiste que el desembarco de hombres había ocurrido

sólo esa vez. Pero sé que no es así. Quiero que me cuentes la verdad.

¿Cuántos desembarcos semejantes hubo antes de ese? ¿Cuántas

personas? ¿Cómo eran?

El pescador quiso hablar, pero doble E lo interrumpió.

― Quiero saber la verdad. Estás metido en un lío grueso. Muy

grueso. Has cometido un delito de orden federal. Más todavía. Se

trata de un asunto de seguridad nacional. Eres cómplice de meter al

país a gente muy peligrosa. Y eso se paga con cárcel. Sin derecho a

fianza. A menos de que alguien como yo pueda ayudarte. Habla. Te

escucho. ¿Cuántos traslados hiciste?


136
― Entre cinco y seis.

― ¿Cuántos? Piensa. Precisa.

El pescador hizo un esfuerzo de memoria. Se ayudó con los

dedos para contar.

― Seis.

― ¿Seguro?

― Sí, señor.

― ¿Cuántos por viaje?

― A veces seis. A veces ocho.

― En cuanto tiempo.

― En 12 días exactos.

― ¿Qué tipo de gente?

― Todos iguales. Como los que conoció usted.

― ¿Todos varones?

― No. Había mujeres también.

― ¿Cuántas?

137
― No sé. Pero eran pocas. Es decir, había más hombres que

mujeres.

― ¿Quiénes los recogían?

― Los mismos que usted conoció.

EE meditó por unos segundos. Sabía que no podría obtener

nada más del asustado hombre de mar. Sabía también que éste le

había proporcionado lo que necesitaba saber. Por el interfono,

ordenó que un agente pasara al despacho y condujera al detenido a

los separos. Luego le ordenó a Mario Pérez Valdovinos:

― Tenlos detenidos un par de horas. Luego, dispón que en un

vehículo de la corporación los lleven a Altata y los dejen en libertad.

El jefe policíaco le ordenó a su secretaria privada que no le

pasara llamadas hasta nuevo aviso.

― Excepto del gobernador ― se cuidó en aclarar.

Puso el móvil en vibrar, lo colocó al alcance de la mano y se

dispuso a analizar la documentación del caso que lo mantenía

ocupado de manera principal.


138
― Aquí está todo lo necesario para explicar el asuntito. O casi

todo.

Hablaba en voz baja, como para él mismo. Era una costumbre

vieja. Sentía que de esa forma obtenía mayor penetración de los

problemas que lo ocuparan en el momento. Como si el sonido

reforzara lo que los ojos captaban

Tomó los diagramas y los observó cuidadosamente. Uno por

uno.

― Amazing ―se dijo―. ¿Quién lo iba a imaginar?

Sostenía en las manos un diagrama de los que los informáticos

le habían proporcionado. El título advertía sobre su contenido:

BASE DE LA FUERZA AÉREA LUKE EN GLENDALE, AZ

Recorrió con la vista las áreas de que constaba el conjunto.

Comparó con el diagrama que habían obtenido de los supuestos

inmigrantes ilegales. Ahora, los números anotados en dicho dibujo

adquirían sentido pleno. Destacaban puntos cruciales del


139
emplazamiento. Sitios vitales. Tales como los hangares, el hospital

militar, los dormitorios, las aulas de entrenamiento, la flota aérea,

los almacenes de municiones, la central eléctrica, los depósitos de

agua, los talleres. Los textos en árabe describían con detalle cada uno

de los emplazamientos.

Una nota, destacada en letras rojas, resumía la importancia de

la Luke AFB:

Encabeza, por su tamaño, la lista de las bases militares del


mundo, por encima de las de cualquier otro país, incluyendo
Rusia y China. Es el único lugar donde se puede capacitar
exhaustivamente a los pilotos de los aviones F-16 Falcon y el F-
35 Lightning II. Es un establecimiento crucial en el tablero de
defensa de los Estados Unidos. Dispone de más de 200
unidades aéreas para capacitación y misiones en cualquier
parte del mundo. Sus reclutas salen de la base en plena
capacidad para incorporarse a la acción bélica. Cada año gradúa
un promedio de 500 pilotos y alrededor de 700 técnicos. Estas
cifras figuran entre las de mayor rango en el mundo, cualquiera
que se tome como punto de comparación. Durante la Segunda
Gran Guerra, fue la principal base de entrenamiento de la
fuerza aérea de los Estados Unidos, lo que le mereció el título
de “Hogar del Piloto de Combate.”

Tomó la segunda tarjeta.

140
BASE DE LA FUERZA AÉREA DAVIS MONTHAN EN TUCSON, AZ

Comparó la tarjeta con la obtenida de los inmigrantes. Los

números hacían lo mismo: destacar lugares centrales del

emplazamiento. Los párrafos en árabe proporcionaban los detalles.

Una nota similar a la de la base anterior daba cuenta de la vocación

de esta segunda:

Es una de las estaciones militares más dinámicas de


Norteamérica. Su misión es entrenar y actualizar a pilotos
profesionales y ponerlos a punto para su incorporación activa
ante cualquier conflicto bélico que pudiera involucrar a la
fuerza aérea de los Estado Unidos. Se les capacita también para
servir en los programas norteamericanos de ayuda humanitaria
que pudieran surgir en cualquier parte del mundo. La historia
consigna dicha intervención ante desastres atribuibles a la
naturaleza o a guerras civiles. Es significativo también el rol que
ha desempeñado en la guerra antiterrorista. Figuran aquí
operaciones como las siguientes: Operación Libertad Duradera,
Operación Águila Noble y la Operación Libertad Iraquí.

La tercera tarjeta hacía referencia a otra base militar. Los

números indicaban lo mismo que las anteriores tarjetas: los puntos

de mayor relevancia para el funcionamiento del conjunto militar. Y

los textos daban los detalles. El título decía así:

141
BARRY M GOLDWATER RANGE BASE DE LA FUERZA AÉREA EN
PHOENIX, AZ

En pocas palabras, los informáticos habían sintetizado la

enorme importancia de la base en las operaciones de la fuerza aérea

de los Estados Unidos.

Es un campo de fuego real y bombardeo. No sólo es de los más


grandes del mundo, sino el de mayor avanzada tecnológica.
Aquí se llevan a la práctica los ensayos realizados en los
laboratorios. Esto es posible por su gran extensión territorial.
Los varios millones de acres con que cuenta hacen de esta base
uno de los campos de tiro más grandes del mundo. Practican
ahí tanto pilotos de la fuerza aérea como de la marina. Su
tamaño favorece la ejecución continua de ejercicios aire-aire y
aire-tierra. Los cielos del emplazamiento son cruzados por
aviones F16, F18 y los mundialmente famosos A 10 Thunderbolt
(conocido también como Warthog) y el AV 8B Harrier's. Ahí
suele ensayarse por primera vez las tecnologías de combate
salidas de los laboratorios. Los pilotos e infantes de marina
acantonados ahí disfrutan de las mejores condiciones de
vivienda, educación, entretenimiento y servicios médicos y
dentales.

Tomó otra tarjeta. Leyó:

BASE MILITAR FUERTE HUACHUCA EN COCHISE, AZ

142
En forma escueta, la tarjeta resumía la importancia de la base

militar.

Con sus 6,500 soldados en servicio activo, 7,400 dependientes


y 5,000 empleados civiles, esta base es una de las más
dinámicas de los Estados Unidos. En horas pico, es cosa común
contar más de 18 mil personas. Pero su importancia reside en
que es el centro de inteligencia del ejército norteamericano. Es
el cuartel general del Comando de Comunicaciones del Ejército.
Se la conoce como el hogar de los museos. El Museo de
Inteligencia en particular muestra el devenir histórico de las
tecnologías de inteligencia militar de ese país. El fuerte ofrece
todas las comodidades de una ciudad moderna, tales como
viviendas, centros deportivos, bancos, gasolineras y hospitales.

BASE DEL EJÉRCITO YUMA PROVING GROUND EN EL


CONDADO DE YUMA, AZ

Figura entre las bases militares más extendidas del mundo.


Ocupa más de 1300 millas cuadradas. Tal característica hace
posible que se realicen en ella prácticas de artillería de
cualquier dimensión, aun las más sofisticadas. Puede ensayarse
ahí prácticamente todo tipo de arma. Al estar lejos de todo
asentamiento humano, no existe riesgo de contaminación
acústica. Dispone de más de 5 mil kilómetros cuadrados de
espacio para ejercicios aéreos, lo que facilita la prueba de
aviones de combate y paracaidismo militar. Ahí radica el centro
de entrenamiento premier del cuerpo de marines. Provee 4
quintas partes del entrenamiento de aviación tierra-aire de
dicho cuerpo. Se clona casi todo tipo de locaciones, como
aldeas y pueblos. De esa manera, las prácticas se realizan en
condiciones muy parecidas a las que los soldados enfrentarán
cuando vayan a combate. Eso proporciona eficiencia en la
guerra y ahorra muchas vidas, sobre todo de soldados, y

143
economiza en el uso de vehículos y pertrechos militares. Como
se demostró en Afganistán e Irak. Sus instalaciones son
utilizadas principalmente para probar la idoneidad de diversos
equipos militares. Esta tarea consume nueve décimas partes de
los quehaceres totales de la base. Tal sucede con la mayor parte
del arsenal de combate terrestre. La estación aérea del cuerpo
de marines de esta base tiene un nombre que habla de su
importancia: “Instalación de Entrenamiento de Aviación
Premier del Cuerpo".

BASE DEL EJÉRCITO NAVAJO CAMP EN FLAGSTAFF, AZ

Es un complejo destinado a almacén de municiones y


entrenamiento del ejército de los Estados Unidos, en especial
de la Reserva, la Guardia Nacional, la Marina y la Fuerza Aérea.
Admite prácticas militares a gran escala, como las que implican
batallones completos. El carácter accidentado del terreno
permite la realización de operativos militares en diferentes
escenarios orográficos y climáticos. Se brinda entrenamiento
en el uso de armas personales como granadas y rifles M-16, M-
9, M-249, M-203. Incluye entrenamiento en sistemas
blindados, cursos de navegación terrestre y operaciones de
artillería.

BASE DEL CUERPO DE MARINES MCAS YUMA EN YUMA, AZ

Es una de las bases militares más importantes para el cuerpo


de marines. Es la instalación más activa y concurrida de ese
cuerpo. Ocupa un área desértica y admite el despliegue de
múltiples escuadrones y unidades. La base trabaja con los
aviones más avanzados existentes. Alberga al Marine Aircraft
Group y al MAWTS 1, así como a la Compañía de Logística de

144
Combate 16, el Grupo de Aeronaves de la Marina 13 y al
Escuadrón de Apoyo al Ala de la Marina 371.

Al terminar de leer las notas, Eulogio España se sentía

abrumado. Sofocado. En su mente se había clavado, como si la

hubieran amartillado con gruesos clavos y un marro pesado, una

idea, cuya dimensión, sin embargo, no acababa de comprender del

todo.

Se dijo en voz baja, pero no tanto como para que no lo hubieran

escuchado otras personas de haber estado en la sala donde se

hallaba:

― ¿Terrorismo? ¿Terroristas?

Vinieron en tropel imágenes de escenarios donde habían

ocurrido eventos de esa naturaleza.

Como el atentado de Oklahoma City perpetrado en 1995 por

Timothy McVeigh y Terry Nichols contra el Edificio Federal Alfred P.

Murrah, ubicado en el centro de dicha ciudad, en el que perecieron

145
168 personas y hubo más de 680 heridos. Los terroristas utilizaron

un coche bomba.

¿Qué pensarían utilizar sus detenidos si pudieran llevar a cabo

sus planes?

A esas alturas, la pregunta había dejado de ser retórica. EE

estaba convencido de que sus detenidos se proponían realizar actos

terroristas en alguna o en todas las bases militares norteamericanas

descritas en las tarjetas que descansaban en su escritorio.

Recordó también el atentado del Maratón de Boston de 2013

que dejó tres muertos y 282 heridos. En este fueron utilizadas dos

ollas a presión rellenas de metralla.

Y desde luego, el atentado emblema: el perpetrado contra las

torres gemelas de Nueva york. Tuvo lugar, bien lo recordaba, el 11

de septiembre de 2011. Fue orquestado bajo la batuta del líder de al

Qaeda Osama bin Laden. Hubo 2753 muertos. Las armas: dos

aviones: uno de American Airlines, otro de United Airlines.

146
Había muchos más. En Estados Unidos y en otros países. Como

todos ellos, los mencionados habían dejado una secuela de miedo

que perduraba aún. Y daños de otra naturaleza, como las pérdidas

económicas directas e indirectas y las afectaciones a la buena

marcha de muchas actividades de todo tipo vinculadas con los

objetos atacados.

¿A cuánto ascendió, por ejemplo, el costo en dólares por los

edificios dañados, lo que significó derribarlos y el retiro de

escombros, así como la edificación de los que habrían de

reemplazarlos? ¿A cuánto se elevó el valor de la producción de

bienes y servicios no realizada? ¿Cuánto sumó el costo de la gente

muerta y herida, en el caso absurdo de que se pudiera asignar algún

valor monetario a la vida de los seres humanos? ¿Cuánto?

¿Cuánto…? Preguntas mil que tal vez no sólo sería difícil plantear,

sino aún mucho más tratar de contestar.

147
Sin embargo, preguntarse era necesario. Tal vez indispensable.

¿Qué cabía cuestionarse en el caso que tenía en las manos y que

hasta ese momento sólo él conocía plenamente?

Si los atentados que él imaginaba se pudieran realizar, es claro

que conllevarían todo tipo de costos. Materiales: bienes perdidos,

tales como instalaciones, armas, municiones, equipos diversos.

Humanos: pilotos, técnicos, maestros, escuelas, personal de servicio

y sus familiares, como cónyuges, niñas, niños, jóvenes. Costos

relativamente fáciles de imaginar.

Pero había otros que en una primera vista podrían pasar

desapercibidos. ¿Cómo afectaría la capacidad de defensa de los

Estados Unidos? ¿Cómo y en qué grado impactaría la geopolítica, es

decir, el equilibrio mundial de fuerzas y el reacomodo de las

potencias? ¿Qué consecuencias habría en las bolsas de valores y en

los flujos financieros entre países? ¿Afectaría al equilibrio político

interno, esto es, el balance entre demócratas y republicanos? ¿Cómo

se realinearían los países de las áreas de influencia conocidas?


148
¿Intensificaría China su embestida sobre Latinoamérica? ¿Qué

harían los rusos en esa línea?

Preguntas. Muchas preguntas. Que surgirían si los atentados

que su mente imaginaba pudieran concretarse. ¿Hasta dónde podría

haber llegado la preparación de un ataque como el que presagiaba?

Él tenía en su poder a un puñado de supuestos terroristas, pero

¿habría más? ¿Otros que ya estuvieran en territorio americano

velando sus armas en la antesala de un ataque de proporciones

inimaginables?

Preguntas. Preguntas, pues.

Le quedaba una carta por destapar.

Los detenidos.

Tomó las tarjetas que consignaban sus datos. Y leyó.

Detenidamente. Estaban los nombres de todos y cada uno. Y su

filiación. Breve. Brevísima. Y prácticamente igual.

149
Levantó la bocina del teléfono de comunicación

interna y giró una instrucción. Al destinatario le había tomado

apenas un par de segundos identificar el origen de la llamada.

― Ordene, señor.

― Tráeme al detenido de la crujía 5. Esposado.

―De inmediato.

Diez minutos después, tocaron a la puerta.

― Adelante ― ordenó el comandante.

La puerta se abrió con un movimiento rápido y entró la persona

solicitada. Lo conducía el agente responsable de las celdas que

guardaban a los detenidos. El prisionero iba maniatado, como se

había instruido.

Eulogio España lo barrió con la mirada.

Sus ojos le mostraron a un hombre cincuentón, moreno claro,

esbelto, fuerte, bien proporcionado. Calculó su estatura. “1.75”, se

dijo mentalmente. Lo miró a los ojos. Eran de un café verdoso. Vio

150
en ellos una mirada serena, melancólica; como la de una persona

que hubiera sufrido todos los sufrimientos que un ser humano

podría llegar a conocer. Al comandante le dio la impresión de que

pertenecían a un individuo que había visto y vivido mucho de lo que

un hombre podría experimentar en el mundo.

Conducido por el carcelero, el detenido caminó hacia el

escritorio. Se detuvo a un par de pasos. Miró a su captor

directamente a los ojos. EE se percató de inmediato de que no había

en su mirada temor alguno. Había seguridad. Y algo extraño:

irradiaban un sentimiento de paz. Doble E sintió simpatía por el

extraño. No descubrió en él ningún atisbo de peligro.

― Quítale las esposas ― le ordenó al agente.

El policía pareció dudar.

Con un movimiento de cabeza, ratificó la instrucción.

― A sus órdenes.

― Déjanos solos. Espera en la antesala.

151
― Señor ― repuso el aludido con el lenguaje en uso en la

corporación.

Eulogio España estaba sentado ante el escritorio. Sin

levantarse, con un ademán, lo invitó a ocupar una silla frente a él.

El hombre obedeció al tiempo que se frotaba las muñecas.

― Gracias ― dijo con una voz clara y educada.

Se sentó erguido, recargando ligeramente el cuerpo en el

respaldo.

Se miraron a los ojos. Eulogio España deslizo sobre el cristal del

escritorio los diagramas que habían sido extraídos de los chips. El

hombre los miró fugazmente y dirigió al jefe policíaco una mirada

interrogadora.

Por toda respuesta, EE le habló en estos términos:

― Usted es soldado. Militar de alto grado del ejército iraquí.

Coronel, para ser precisos. Coronel Abdul Salam Arif.

El hombre se irguió en la silla y dijo en forma respetuosa:

― Señor.
152
― Anda muy lejos de su tierra, coronel.

Dirigió la mirada a los diagramas. Y lanzó un buscapiés:

― Esos diagramas corresponden a las siete bases de la fuerza

aérea norteamericana en Arizona. Un diagrama en cada chip de los

que les extrajimos. Ustedes siete son militares iraquíes. Todos

oficiales. Usted es el de mayor graduación. Eso me lleva suponer que

es el jefe.

El coronel no contestó. Simplemente lo miró a los ojos. EE

continuó:

― Ningún caso tiene que lo niegue. Disponemos de la

información dura que lo comprueba. Ustedes son militares. Pero han

entrado ilegalmente a mi país. Con documentos falsos. Y luego están

esos diagramas.

EE hizo una pausa. Y lanzó suavemente la pregunta que se

había formulado desde que atara todas las piezas de la información

recabada por sus colaboradores:

153
― ¿Terroristas? ¿Eso son ustedes? ¿Piezas de un operativo

para atacar a las bases aéreas de nuestro vecino del norte en

Arizona?

Abdul Salam se revolvió ligeramente en el sillón. Y con voz

calmada, respondió.

― No, señor. No somos terroristas.

― Entonces, ¿qué?

― Combatientes.

― ¿Hace una diferencia?

― Radical.

― Explíqueme, para entenderlo.

― Un terrorista realiza actos graves contra objetivos humanos

y materiales. Un terrorista pone una bomba en un estadio o en un

edificio público. O ametralla a los comensales de un restaurante o a

los alumnos de una escuela. No le interesan los daños directos, sino

el clima general de miedo o temor que provoca en la población, lo

que hace que la gente se refugie en sus casas, con las consecuencias
154
de todo tipo que ello trae consigo, y obliga a los gobiernos nacionales

a destinar recursos y a sobre reaccionar, lo que lo hace cometer

errores graves, como puede ser la agresión a otros países a los que

responsabiliza de estar detrás de los actos terroristas.

― ¿Y un combatiente? ¿No los haría terroristas hacer volar por

los aires instalaciones de las bases aéreas del ejército y la marina

americanos?

― No, señor. No nos mueve la intención de crear un estado de

pánico en la población.

― ¿Qué, entonces?

― A nosotros nos mueven otras motivaciones.

Eulogio España guardó silencio, pero con su mirada invitaba al

coronel a confesarlas. Así lo entendió el aludido.

― Justicia. Queremos justicia.

― Eso implica la existencia de agravios. De crímenes. De

acusaciones y defensas. Es decir, de juicios ante autoridades

competentes. ¿Cuáles serían esas motivaciones? ¿Qué les han hecho


155
a ustedes los residentes de esas bases militares? ¿De qué los acusan?

Además, ustedes son sólo siete personas. Muy pocos para tamaña

empresa. A menos de que haya muchos otros combatientes, como

los llama, involucrados.

El militar no contestó, pero EE percibió en sus ojos que había

dado en el clavo.

― Déjeme suponer que hay ya en Estados Unidos muchos otros

combatientes como ustedes, listos para dinamitar las bases. Y puesto

a hacer conjeturas, ¿cabría pensar en que otros vienen en camino?

Utilizando nuestro territorio como puerta de entrada.

De nuevo el silencio por respuesta.

― No me conteste si no quiere. Ésta es una mera charla. No

tiene ningún valor legal. Pero, a veces, ayuda hablar. Uno puede

ayudar a la causa propia. Para mí sería muy fácil, y de hecho es mi

obligación, entregarlos a quienes me indiquen mis jefes. A las

autoridades migratorias, muy probablemente. ¿Qué harían estas?

156
Estoy seguro de que ya lo adivinó. Los exiliarían a Estados Unidos.

¿Se imagina?

Calló y lo miró a los ojos. Luego le sugirió:

― Cuénteme. ¿Tengo razón? ¿Hay ya un ejército alrededor de

cada base militar? ¿Cuáles son esos agravios que pesan tanto como

para armar operativos de dimensiones tales que serían capaces de

causar daños tan severos que no alcanzo a imaginar?

El militar lo miró a los ojos. Eulogio España no pudo

desentrañar el propósito oculto en la mirada. Vio que entrecerraba

los párpados, como si evaluara pros y contras. Finalmente, se

decidió.

― ¿Qué sabe de mi país, Irak?

Eulogio España no titubeó.

― Nada. Recuerdo cosas vagas de mis clases de historia de la

escuela primaria y la secundaria. Mesopotamia. El Tigris y el Éufrates.

Sé que Bagdad es su capital. Que su cultura es milenaria y que es la

cuna de la civilización. En ese país nació la escritura. Prosperaron ahí


157
varios imperios, como el asirio y el babilonio. Hammurabi.

Nabucodonosor. Los jardines colgantes de Babilonia. Ideas sueltas.

Me confieso ignorante.

― No se preocupe. La distancia y, sobre todo, los escasos lazos

económicos existentes entre nuestras naciones explican que no nos

conozcamos. Si le preguntara usted a un iraquí medio qué sabe de

México, es probable que le contestara que nada y que sólo conocía

algunas generalidades, como haber oído de los aztecas, de que

practicaban sacrificios humanos, de la conquista española y su

vecindad con Estados Unidos. Voy a hablarle un poco del Irak actual.

Es un país en ruinas. Destrozado en todos sentidos. Dividido social y

políticamente. Corroído por la corrupción. Saqueado. Hay hambre.

Desnutrición. Escasea todo. De aquella nación luminosa del pasado

sólo queda la historia.

― ¿Qué les pasó?

― Somos víctimas de nuestros errores y de la maldad de otras

naciones. Las luchas entre dos grandes facciones religiosas, los chiíes
158
y los sunitas, por el control de la población y la economía, han

obstaculizado el progreso de Irak. Y, sobre todo, las guerras. Han sido

varias, pero son tres las más importantes. Las dos primeras

comparten el nombre: las guerras del golfo. Y han tenido lugar por

culpa nuestra. No del pueblo, sino de los gobernantes.

― ¿Hussein? ― se atrevió a preguntar EE.

― Sí. La primera contra Irán. Hussein reclamó el control del río

Shat al-Arab, llamado Arvanrud por los persas, y su área de

influencia, donde se localizaban ciudades iraníes

como Abadán y Jorramchar, así como el puerto iraquí de Basora.

Como todas las guerras, éstas tuvieron nombre. Irán la llamó la

Guerra Impuesta y la Santa Defensa. Hussein la llamó la Guerra

Relámpago, porque creía que sería breve. Confiaba en el apoyo de

los países occidentales, en que la población árabe asentada en Irán

se pondría de su lado y en la supuesta debilidad del país invadido a

consecuencia de la Revolución Iraní de 1979 que derrocó al Sha

Mohammad Reza Pahlevi. Se equivocó. La guerra se extendió por 9


159
años, desde 1980 hasta 1988; terminó sin vencedor ni vencido. Pero

con consecuencias muy graves para los dos países. Fue una de las

guerras más costosas desde la Segunda Guerra Mundial. Más de dos

millones de muertos y miles y miles de heridos. Tanto soldados como

población civil. Enormes fueron también los costos financieros: 1.2

billones de dólares en total. Sin contar los costos materiales y el

retraso del progreso de las dos naciones.

El coronel hizo un alto.

― Se ha de sentir abrumado por esta narración, pero siento

necesario hacerla para que nos entienda.

Eulogio España dedujo que el militar iraquí se refería a

entender la presencia de él y sus cofrades en tierras sinaloenses.

― Nada de eso ― repuso y agregó―: Me interesa mucho su

explicación. Tómese el tiempo que quiera.

Abdul Salam Arif agradeció el gesto y continuó su exposición.

― Hussein no consiguió nada, a no ser el descrédito de su

imagen dentro y fuera del país y, sobre todo, ante la comunidad


160
árabe. Y una deuda extranjera que lo asfixiaba: 40 mil millones de

dólares, que le significaban un pago anual de 3 mil millones por

concepto de intereses. Con un elemento adicional: Los bajos precios

del petróleo, que afectaban su principal fuente de ingresos por

exportaciones. Buscó un responsable y lo encontró en Kuwait.

Responsabilizó a dicho país de ampliar la producción de petróleo

para bajar los precios. Y no sólo eso, sino de que lo hacía

sobrexplotando el rico yacimiento de Rumaylak, que ambos países

compartían. Sobre esa premisa, invadió a su vecino. Pero había otras

razones. Una era la necesidad de acceder al golfo Pérsico desde el

puerto iraquí de Um Kasar, lo que conllevaría adueñarse de las islas

kuwaitíes de Bubiyan y Warbah. Había otra razón: el presidente

pretendía con tal acción reivindicarse ante la comunidad árabe.

Existía también una razón histórica: Irak ha sostenido que Kuwait es

en realidad parte de Irak, ya que dicho territorio, desde los tiempos

del imperio Otomano, formaba parte del Valiato de Basora. Hussein

nunca dudó del éxito de su empresa. Era, para empezar, más fuerte
161
militarmente que su vecino. Pero partió de un supuesto falso. Una

nota diplomática de la embajadora norteamericana en mi país le hizo

creer que Estados Unidos no intervendría en los conflictos entre

países árabes. Creyó también que no se involucraría en ningún otro

conflicto porque presumiblemente dicho país estaba paralizado por

el llamado síndrome de Vietnam que le significara 58 mil muertos.

Se equivocó. Rotundamente. No supo leer las nuevas señales. Las

tensiones entre las superpotencias se estaban relajando y un

patriotismo rejuvenecido se configuraba en Norteamérica. No

entendió, sobre todo, que las naciones industrializadas no

aceptarían un monopolio petrolero en las manos hostiles que la

invasión presagiaba. La invasión sí fue rápida. Una auténtica guerra

relámpago. Del 2 al 4 de agosto de 1990. Igualmente, rápida fue la

reacción de la comunidad internacional. La condena fue unánime.

Los principales líderes mundiales, tales como George H. Bush, Mijaíl

Gorbachov, Margaret Thatcher, François Mitterrand y Helmut Kohl

exigieron el regreso al estatus anterior, pero no fueron escuchados.


162
Lejos de eso, tras la ocupación sobrevino la anexión. Hussein creó la

Gobernación de Kuwait al frente de la cual puso a su primo Alí el

Químico. Ante la obstinación de Hussein, la Organización de las

Naciones Unidas autorizó una fuerza de coalición formada por 34

países y liderada por Estados Unidos para liberar al país invadido.

Ésta fue la Segunda Guerra del Golfo. Sadam Hussein la llamó la

Madre de Todas las Batallas. La coalición la designó Tormenta del

Desierto. Fue breve: duró menos de 100 días. Con ataques por aire y

tierra, el ejército iraquí fue derrotado en toda la línea. Kuwait fue

liberado, pero sus pozos fueron incendiados durante la retirada del

ejército vencido.

― Supimos de eso. Las imágenes dieron la vuelta al mundo

―comentó EE.

― Hussein estaba ávido de dinero. Los planes de la invasión

incluían la captura del Banco Central de Kuwait, la que realizó con

éxito. En camiones hizo trasladar a Bagdad todo el oro y los depósitos

en dinares kuwaitíes. El expolio ascendió a 160 mil millones. La


163
derrota de Hussein tuvo muchas y variadas consecuencias. De

entrada, la defenestración del régimen mismo. Su debilitamiento y

desprestigio. La pérdida de seres humanos. Se calcula que murieron

entre 20 mil y treinta mil iraquíes, mientras que los muertos de la

coalición ascendieron a 500. Y los sufrimientos de la población civil

que debió soportar las consecuencias del embargo prácticamente

general de Irak, específicamente del petróleo que le imposibilitó al

gobierno obtener las indispensables divisas para importar aun lo más

básico, como alimentos y medicinas. El tigre estaba herido. Y había

que ir tras él. Hasta aniquilarlo. Irak fue bombardeado, esgrimiendo

todo tipo de razones, sucesivamente en 1992, 1993 y 1998. Hasta

que, en 2002, el presidente Bush hijo acusó a Irak de formar con

Corea del Norte e Irán un eje del mal. Les endilgó el título de

terroristas. Tal acusación constituyó la base de la que se conoció

como la Guerra de Irak. Decretada por el Trío de las Azores, como se

conoció a la alianza que formaron George W. Bush, un cínico y

mentiroso, José María Aznar, un racista, narcisista y megalómano y


164
Tony Blair, un ingenuo manipulable. El pretexto: la supuesta

posesión de armas de destrucción masiva, argumento descartado

sistemáticamente por diversos medios, incluidos las inspecciones

mismas ordenadas por las Naciones Unidas.

― ¿Por qué trío de las Azores?

— Por el lugar donde se reunieron los tres para decidir la suerte

de mi país: Las Azores, oficialmente Región Autónoma de las Azores,

un grupo de 9 islas portuguesas ubicado en el Océano Atlántico, a

unos 1400 kilómetros de Lisboa. El 15 de marzo de 2003, los

mandatarios mencionados lanzaron un ultimátum al gobierno de

Irak instándolo a desarmarse, arguyendo la posesión de armas

químicas y de destrucción masiva. Lo acusaron también de mantener

vínculos estrechos con Al Qaeda. Para hablar con propiedad, más

bien cabría hablar de cuarteto, ya que participó, como anfitrión y

presidente de la Comisión Europea, el entonces primer ministro de

Portugal, José Manuel Durao Barroso; aunque, años después, se

llamó a engañado. Declaró también que había sido el presidente


165
español quien con más vehemencia había solicitado la celebración

de la cumbre que culminó en la invasión de mi país.

A pesar de la tranquilidad que había exhibido durante su

exposición, al llegar a este punto, el militar iraquí dejó traslucir un

sentimiento de enojo reprimido. Su rostro se endureció, lo mismo

que su mirada. Unas gotas de sudor le perlaron la frente. EE le acercó

una caja de toallas desechables. El hombre, con un gesto de

agradecimiento, tomó un par y se limpió el rostro. Luego, continuó:

— Fue una guerra montada en la mentira. Con toda

desfachatez, Bush le mintió al mundo. Afirmó que Irak poseía las

armas mencionadas, lo que lo convertía en una amenaza para la

región y para la comunidad internacional. Le mintió a su propio país;

a su congreso. Otro tanto, hizo Colin Powell, a la sazón jefe del

Departamento de Estado. Ante el Consejo de Seguridad de las

Naciones Unidas, afirmó que los servicios de inteligencia

norteamericanos habían comprobado que Irak disponía de armas de

destrucción masiva y que estaba fabricando una bomba atómica.


166
Años más tarde, reconoció que había sido engañado. En honor a la

verdad, Irak no representaba peligro para nadie. Era un país

empobrecido. Su ejército, hecho aparecer por los medios de

información como el cuarto más poderoso del mundo, estaba mal

armado y cansado. Las dos guerras anteriores lo habían desgastado.

Y, a pesar de lo creído, su armamento no era de vanguardia. Además,

tras la guerra de Kuwait, Irak había sido obligado a desmantelar sus

arsenales y a someterse a la supervisión internacional. Vencido el

plazo de 48 horas establecido por el trío, dio inicio la invasión. El 20

de marzo arrancó la guerra. Irak fue vencido rápidamente. El ataque

empezó con nutridos bombardeos seguidos de desplazamientos

terrestres. Se bombardeó todo. Sin piedad. Edificios, carreteras,

centrales eléctricas, aeropuertos, oficinas, emplazamientos

militares. Con precisión quirúrgica. La superioridad militar era

abrumadora. La coalición, aunque debemos decir, Estados Unidos,

usó lo mejor de su repertorio. Pieza decisiva fue la aviación. Aviones

de guerra de eficacia incuestionable. Los cielos iraquíes fueron


167
surcados infinidad de veces, de día y de noche, en todas direcciones,

por aeronaves de última generación, como el Panavia Tornado, el F-

14 Tomcat, el F-15 Eagle, el poderosísimo F-16 Fighting Falcon, el F-

17 Nighthawk. Se utilizó también el apoyo de aviones de vigilancia

electrónica como el E-3 AWACS, dotado en la parte superior de un

super radar rotativo, y el EF-111ª Raven. Y otras naves más. Todas

ellas poderosas máquinas de destrucción nunca vistas. Por esto

último es posible decir que la guerra contra mi país fue un

laboratorio de ensayo de armas de guerra y una intencionada

exhibición del poderío militar norteamericano.

El iraquí miró a los ojos a su captor, como diciéndole que tenía

aun muchas cosas que decir y como si le pidiera permiso para

continuar. EE lo miró en una forma que no indicaba otra cosa. Sus

ojos brillaban con el brillo que suscita el interés al enterarse de cosas

de las que no se tenía la menor noticia hasta entonces.

—Tal superioridad tecnológica explica que el conflicto haya

durado sólo unos pocos días. El primero de mayo, la fuerza invasora


168
ocupó Bagdad. Un mes y medio después de iniciado el conflicto. Los

medios de información difundieron mundialmente una imagen

emblemática: el momento en que la turba tira la estatua de cuerpo

entero de Sadam Hussein y arrastra la cabeza por el suelo. Con dicha

imagen se selló la etapa armada. Y anunció el inició de las penurias

de mi país. De todo orden: político, social, económico, moral. Con el

presidente huido, escondido en algún lugar desconocido, sin

instituciones políticas, sin policía que guardara el orden, sobrevino

el caos. Destruidos los circuitos productivos y los canales

comerciales, vino la escasez y el hambre. Y las enfermedades por la

desnutrición y la falta de medicinas. La rapiña, la violencia en las

calles y la corrupción hicieron presa de nosotros. Y la ocupación. Qué

experiencia tan dolorosa. Los soldados norteamericanos eran de

gatillo fácil. Mataban tanto desde el aire como a ras del suelo.

Porque tenían licencia para matar. Desde sus terribles helicópteros

Apache, disparaban sobre cualquier grupo humano que les pareciera

sospechoso. Y otro tanto hacían en las calles sobre cualquier vecino


169
o grupo de personas. No escapaban ni la gente encerrada en sus

hogares. Les bastaba la mera sospecha de que hubiera en ellas

personas desafectas a la ocupación para disparar sus armas. Miles

murieron así. Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, niños. Pero no

estaban solos en tareas tan ingratas. Los soldados de fortuna, los

mercenarios, hacían otro tanto. Al servicio de las fuerzas

norteamericanas. Contratados por el Pentágono. Constituyeron

prueba fehaciente de la privatización del conflicto. Al margen del

derecho internacional. Ajenos a cualquier control. Hubo varios

grupos. Todos integrados por gentes sin conciencia, indiferentes al

dolor. Bien pagados; a veces mejor que los soldados. Bien armados.

Y sobradamente entrenados. No pocos habían sido militares.

Aunque se sabe ahora que, llevados por la codicia, presentaron como

especialistas a meros improvisados. Choferes, por ejemplo,

contratados como interrogadores expertos. El grupo más famoso y

de más triste memoria fue el Blackwater. ¿Quiere conocer la

historia? Vale la pena. Es horrorizante. No se imagina cuánto. Un


170
pulpo. Una hidra. Con intereses en todo el mundo. No siempre

legales. Ni legítimos.

― Extiéndase cuanto guste. Tenemos tiempo.

En este punto, Eulogio España comprendió que bien valía la

pena dispensar un poco de consideración a su detenido. Y aunque

había estado dudando, se decidió:

― ¿Le apetece un café?

― Un té estaría muy bien.

― ¿Menta?

― Se lo agradecería.

Ordenó dos. Y aunque no sabía si iría una cosa con otra, pidió

galletas y dulces de sabores variados.

― Soy todo oídos.

El coronel asintió con un movimiento de cabeza. Y retomó la

voz.

¿Qué es Blackwater? En realidad, oficialmente ya no existe;

actualmente se la conoce como Academi. Sin embargo, en los


171
tiempos de la ocupación figuraba con dicho nombre. Cualquiera que

sea su denominación ― en realidad, ha tenido otros ―, la define un

hecho: es una organización norteamericana particular de corte

militar que brinda servicios de seguridad. A todo aquel que pueda

pagar y en cualquier lugar del mundo. Su sede oficial está en

Maclean, Virginia, Estados Unidos. Fue fundada por dos seals: Erik

Prince y Al Clark.

― Seals. ¿Qué es eso? ― preguntó el comandante.

― Seal es un acrónimo. Proviene de tres palabras inglesas: Se

de sea, que significa mar; a de air, aire y l de land, tierra. Los Seals

constituyen la fuerza de operaciones especiales de la Armada de los

Estados Unidos más importante. Sus elementos están altamente

calificados. Son soldados de élite. Prince asistió a la academia naval,

se graduó en Hillsdale College y durante la presidencia del primer

Bush estuvo como becario en la Casa Blanca. Es un contribuyente

asiduo del Comité Nacional Republicano. Estos datos son

importantes porque dan pistas sobre sus filiaciones políticas e


172
ideológicas. En 2009, Hillary Clinton se pronunció contra la presencia

de Blackwater y otras empresas militares privadas en Irak. Declaró:

“Hace tiempo que deberíamos haberle mostrado la puerta de salida

a estos contratistas.” Blackwater es más que Blackwater: está

integrada por 10 empresas subsidiarias, cada una con su propio

mandato. Destacan el Blackwater Training Center, donde se da

capacitación física y armamentística tanto a militares como a fuerzas

gubernamentales y de seguridad de entes públicos. El Blackwater

Target Systems, especializado en fabricar y dar mantenimiento a las

dianas de metal usadas en las prácticas de tiro al blanco de alta

precisión. Blackwater Security Consulting, contratada durante la

ocupación de mi país para dar seguridad a funcionarios, proteger

instalaciones, capacitar al ejército iraquí y a la policía y proporcionar

apoyo a las fuerzas de la coalición. Para realizar tales actividades la

organización dispone de helicópteros, aviones y blindados.

Blackwater K9, especializada en entrenar para propósitos policíacos

distintas razas de perros conocidos como perros de ataque.


173
Blackwater Airships, encargada de fabricar dirigibles operados a

distancia. Blackwater Armored Vehicles, destinada a fabricar y

operar vehículos blindados para transporte de personal. Blackwater

Maritime Solutions, creada para proporcionar entrenamiento táctico

a fuerzas de seguridad marítimas y aéreo-marítimas. Apoyó a las

fuerzas de seguridad griegas durante los juegos olímpicos Atenas

2004. También entrenó el año 2000 a la armada norteamericana

después del atentado perpetrado por terroristas yemeníes contra el

USS Cole. Greystone Limited, orientada a prestar servicios de

seguridad en alta mar. Su página web proclama su potencial para

proveer "personal de las mejores fuerzas armadas de todo el

mundo" en cualquier punto del planeta. Como puede usted advertir,

Blackwater es una organización militar paralela a las fuerzas

formales de los Estados Unidos, a las que sirve y de las que recibe

jugosos contratos. Una simbiosis en la que todos ganan. Unos,

dinero; otros, la posibilidad de realizar casi cualquier cosa, dentro y

fuera de la ley, sin verse en la desagradable situación de ocupar el


174
banquillo de los acusados de un juzgado militar o civil. Blackwater

prestó servicios de protección de caravanas de suministros y de

seguridad al personal de las fuerzas norteamericanas, pagados,

desde luego, por los contribuyentes norteamericanos. Durante los

años más álgidos de lo ocupación, los elementos de esa compañía

realizaron misiones nocturnas y detenciones arbitrarias.

Impunemente, porque gozaban de inmunidad legal. Paul Bremer,

segundo jefe del gobierno provisional de Irak, pomposamente

llamado Autoridad Provisional de la Coalición, antes de dejar el

puesto, firmó la Orden 17 que blindaba a Blackwater contra

cualquier intención de Irak de fincarle responsabilidades penales

sobre cualquier delito, como sería el caso de matar civiles, hecho que

fue sobradamente demostrado. Había mucho dinero de por medio.

Según un reportaje publicado en el periódico El País, Academi y otras

siete empresas de ese corte habrían recibido del gobierno

estadounidense en 2010 contratos por 10 mil millones de dólares

por cinco años para servicios de seguridad. Irak fue la muestra más
175
extrema de la privatización de la guerra. La guiada por la ganancia.

Por los negocios. Donde no tienen lugar ni sentido la justicia, la

libertad, los derechos humanos ni la dignidad. Donde un ser humano

deja de serlo y se convierte en un objeto del que se puede disponer

sin responsabilidad ni escrúpulos de conciencia.

El coronel hizo un alto. Bebió un sorbo del té de menta, tibio

para entonces. Lo paladeó y luego mordisqueó un mazapán de

cacahuate. Al parecer, le gustó, porque enseguida le arrancó un

pedazo más grande. Se lo llevó a la boca y se le pegó en el paladar a

juzgar por el movimiento de la lengua enderezado a separarlo. Miró

al policía, como esperando una reacción a sus palabras. No la hubo.

― Como puede ver, durante la ocupación, Bagdad y todo el país

estuvo en manos de dos ejércitos: uno en la superficie y otro en las

sombras. Pero los dos actuando de consuno. En contra de una nación

destrozada y una población desvalida, desprovista de cualquier

protección.

― Déjeme preguntarle algo.


176
― Lo que quiera.

― ¿Dónde estaba usted? ¿Qué hacía?

Contestó de inmediato.

― Estaba al frente de un grupo de élite responsable de dar

seguridad a uno de los palacios del presidente Hussein. Cuando las

tropas invasoras entraron a la ciudad, viendo que todo estaba

perdido, deshice mi unidad y les ordené que se esfumaran en el

anonimato. Debo confesar que yo hice lo mismo.

—Entiendo. Ahora explíqueme por qué están usted y sus

compañeros aquí.

— Voy a contestar su pregunta. Pero creo que es conveniente

que le informe de algo sumamente importante para nosotros.

El coronel hizo un alto momentáneo como para recabar la

aprobación de EE. Continuó:

― Hice lo que muchos otros soldados iraquíes. Formamos la

resistencia. Nos hicimos guerrilleros. Desde esas trincheras, dimos la

batalla. Pero fuimos perseguidos y aniquilados. Nos diezmaron.


177
Muchos murieron. Otros caímos prisioneros. Y ahí radica una de las

razones, porque no es la única, que explica mi presencia, nuestra

presencia aquí, en su país.

—No comprendo qué relación existe entre su captura allá y su

entrada ilegal a mi país.

— La historia que le he contado pretendía llegar precisamente

a este punto.

Hizo un alto.

Inadvertidamente, EE echó el cuerpo adelante. Como para

escuchar mejor. Cuando se percató de que había actuado como

cuando los adultos en su niñez contaban cuentos, recargó el cuerpo

contra el respaldo del sillón y adoptó una actitud de circunstancias.

― ¿Qué sabe de Abu Ghraib?

Eulogio España no pudo ocultar su ignorancia. Nunca había

escuchado la expresión. No le decía nada. Negó con la cabeza. Se

sintió torpe. Ignorante. Como cuando en la escuela primaria le

preguntaban cosas cuya respuesta desconocía.


178
― Nada ― aceptó con voz baja.

― Entonces, permítame que le explique. Abu Ghraib es un

poblado iraquí situado a 32 kilómetros al oeste de Bagdad. Debe su

fama a una cárcel construida por Hussein para aprisionar a todo tipo

de personas, principalmente a desafectos de su gobierno. Tenía

capacidad para albergar 14 mil prisioneros, hombres y mujeres. Fue

famosa por el trato brutal de que se les hacía objeto. La tortura y el

asesinato eran cosa común. A la caída de Hussein, la cárcel fue

saqueada. Se la despojó de todo lo que se pudo remover. El ejército

norteamericano la rescató y la convirtió en una prisión militar. Una

más de las muchas prisiones que tiene en el mundo. Se volvió

tristemente famosa por las brutalidades de que se hizo objeto a los

prisioneros. A todos. Mujeres, hombres, niños, adolescentes, viejos.

Había de todo. Algunos habían sido comprobadamente enemigos de

la ocupación. Otros, simplemente sospechosos. No pocos, fueron

detenidos por haber estado en el lugar y la hora equivocados. Había

también delincuentes comunes. No hay palabras capaces de


179
describir las cosas que pasaron ahí. Verdaderamente infernales. Se

les infringió todo tipo de sufrimientos. Físicos, en primer lugar.

Morales, psicológicos, religiosos también. La mayoría vivían en los

patios, en tiendas de campaña. Los abusos tuvieron lugar

principalmente bajo techo, en las mazmorras de los módulos

conocidos como 1a y 1b. El rosario de las torturas es largo y está lleno

de dolores. Imagínese lo que quiera. La realidad lo va a superar.

Golpes con los puños en el abdomen y cachetadas con la mano

extendida. El llamado walling, consistente en lanzar al prisionero

contra una pared y enseguida suturar las heridas con aguja e hilo, en

bruto, sobre la carne viva, es decir, sin anestesia. El submarino seco

y el mojado. Amedrentar con perros militares y serpientes

venenosas. Algunos fueron mordidos por aquellos y picados por las

segundas. Desnudarlos y someterlos a temperaturas congelantes,

arrojándoles además agua fría para hacer más doloroso el

sufrimiento. Someterlos por horas a altísimos niveles de sonido. O

bien a interminables sesiones de luz estroboscópica. El viajero


180
frecuente, como se llamaba el cambio de prisioneros de una celda a

otra con los ojos vendados a fin de que perdieran la noción de todo.

Obligar a las mujeres a despojarse del corpiño ante la mirada

obscena de los soldados y a masturbarse en público. Obligar a los

hombres a lo mismo. Desnudarlos y hacerlos caminar a gatas,

mientras eran montados por soldados. Hacer que formaran torres

amontonándose desnudos unos sobre otros. Hacer que caminaran

desnudos como perros mientras una mujer soldada los conducía con

una cadena anudada al cuello. Embadurnarlos con excreciones y

orinarse sobre ellos. Violación de niños y adolescentes. Y de mujeres.

Algunas resultaron embarazadas y al salir fueron asesinadas por sus

familiares aduciendo motivos de honor. Explorar y explotar las fobias

de los detenidos. Hacerlos permanecer de pie sobre basamentos de

30 x 30, desnudos, por horas, conectados por los dedos, los brazos y

el pene a extensiones eléctricas. Someterlos al ataúd, un encierro en

cajas que simulaban dicho medio para el entierro de cadáveres.

Hacer que los hombres vistieran prendas íntimas femeninas y mirar


181
pornografía gay. Obligarlos a escuchar el himno de Israel. Saltar

sobre sus pies desnudos. Golpearlos con escobas y sillas. Hacerlos

comer mezclas de lodo, pasta y heces. Sodomizarlos con tubos y

alimentarlos rectalmente. Golpearlos en las piernas con bastones

metálicos colapsables. Amedrentarlos con capturar a sus mujeres y

violarlas. Cubrirlos con deyecciones y tomarles fotografías. Tirar al

blanco con armas ligeras sobre la espalda. Mantenerlos por horas en

posiciones incómodas y atados estrechamente contra las rejas de la

crujía. O esposados por parejas espalda con espalda. Privación del

sueño hasta por días. Sacudidas violentas tomando al prisionero por

la solapa de la camisa. Encierro en espacios plagados de insectos.

Cosas inimaginables por quienes no hayan estado ahí. Se las llamaba

técnicas de interrogatorio mejoradas. Fueron diseñadas por

profesionales del castigo y aplicadas en las más de 100 prisiones

secretas que el gobierno de Estados Unidos tiene repartidas por el

mundo, en países amigos y aun en buques surtos en cualquier parte

del planeta, a donde llevan a los terroristas y sospechosos de serlo.


182
― ¿Y los medios? ¿Por qué no informaron sobre dichos

abusos? ¿Ignorancia?

― No sé. Algo se sabía de los abusos cometidos por las fuerzas

de ocupación. La cruz roja internacional, Amnistía Internacional y

Human Rights Watch los denunciaron, señalándolos como muestra

de un patrón más amplio de tortura sistemática de prisioneros en los

centros de detención norteamericanos en el extranjero, como

Guantánamo en Cuba, Bagram en Afganistán o, la peor de todas, la

isla de Diego García en el océano Índico. Pero los medios

permanecían insensibles. Tal vez pensaron que a la opinión pública

no le interesarían dichos temas. O por temor a la fuerza del ejército

de los Estados Unidos, el Departamento de Estado y la CIA. Casi nadie

quiere meterse con ellos. Cuando la presidencia misma conoció los

testimonios gráficos, decidió sepultarlos, por la imagen que podría

dar de las fuerzas militares y, sobre todo, por la reacción adversa

contra ellas que pudiera surgir en Estados Unidos y en el mundo. Se

limitaron a decir que la conducta de los soldados involucrados no


183
representaba el verdadero ser del ejército norteamericano. Los

perpetradores de los abusos narrados vendrían siendo como las

manzanas podridas de un canasto.

― ¿Castigos?

― Pocos. Prácticamente simbólicos. Hubo juicios, es cierto. En

algunos casos, las sentencias fueron exculpatorias. O bien, las penas

fueron ligeras: algunos meses de reclusión, degradación y multas.

Pocos ceses. Y aun hubo un par de ascensos. El pueblo iraquí sintió

aquello como una burla más.

― ¿y la ONU?

— ¿La ONU? Lo de siempre. Haciendo llamados a la prudencia,

al respeto a los derechos humanos. Condenando, en el mejor de los

casos, los excesos. Y emitiendo, en el otro extremo,

recomendaciones, que nadie solía respetar. Sobre todo, los

mandamases de las naciones poderosas.

184
Eulogio España estaba atónito. La boca seca. La narración le

había sido hecha con voz clara. Firme. Pausada. Se atrevió a

preguntar invadido por un sentimiento indefinible.

― ¿Estuvo usted ahí?

El militar lo miró a los ojos. Le contestó:

― Sí, señor. Y fui objeto de muchas de las vejaciones que le he

contado. Se ensañaron conmigo, y con gente como yo, porque creían

que sabíamos el lugar dónde se escondía Hussein. Llegaron a

mostrarme fotos de mis hijas en actitud de ser violadas por hombres

fornidos encapuchados. Y también de mi mujer en trance semejante.

Nada les pude decir. Nadie sabía dónde se había escondido el

presidente. A no ser la media docena de leales muy cercanos que

estaba siempre con él. Como se demostró en su tiempo. Cuando me

liberaron, era yo una piltrafa humana. Mi familia me trasladó a

España donde por años hemos tenido intereses inmobiliarios y

accionarios. Me internaron en una clínica de rehabilitación, donde

recibí tratamiento físico y, en especial, psicológico. Me recuperé;


185
aunque no puedo decir que completamente. Porque hay heridas que

no sanan. Nunca. España me trató muy bien. Me ayudó a convalecer.

Me dio su lengua, que, si bien ya conocía, me la enriqueció

apreciablemente. Me dio afecto. No sólo a mí. A todos los iraquíes

que llegamos por entonces. Me permitió convivir con mi familia; con

mi esposa y las hijas que procreamos, que no había disfrutado por

las exigencias del servicio militar. Me dio oportunidad de sentir el

repudio de la población hacia su presidente, el inefable Aznar, por

haber metido a su país en una guerra que no le pertenecía, llevado

por su absurda pretensión de sentarse a un lado del jefe de la nación

más poderosa. Pagó su megalomanía con el rechazo en las

elecciones que siguieron, tres días después, a los ataques terroristas

conocidos por el numerónimo 11M, por haber tenido lugar el 11 de

marzo de 2004, que mataron 193 personas y dejaron más de 2 mil

heridos. Me dio oportunidad de convivir con mis amigos soldados y

compañeros de infortunio en la cárcel de Abu Ghraib. Nos dio tiempo

y ambientes propicios para complotar. El intercambio de


186
experiencias despertó en nosotros un sentimiento desconocido. El

deseo de venganza. De cobrar afrentas. Y daños. Las sufridas por

nosotros y las experimentadas por nuestro país. Destrozado. Sumido

en el atraso, el hambre, la enfermedad, la corrupción. Nuestro

primer blanco sería Sadam Husein. Lo prenderíamos y someteríamos

a juicio. Lo buscaríamos hasta encontrarlo. No tuvimos tiempo. Los

norteamericanos lo hallaron el 13 de diciembre de ese mismo año

de 2003. Pensamos en otros objetivos.

― Las bases militares de Arizona ― se adelantó Eulogio España.

― Consideramos varias posibilidades. La Casa Blanca, el

Capitolio, Wall Street, la ONU y otras. El criterio principal era

que debíamos atacar a una entidad que concentrara las culpas.

Al menos, las principales. A quien pudiéramos responsabilizar

por los daños causados a nosotros y a nuestra patria.

Analizando y descartando alternativas, un día alguien propuso

las bases militares de Arizona. Los análisis que hicimos durante

varios días nos llevaron a concluir que satisfacían nuestros


187
propósitos. Claro que sí. En sus salones se había diseñado la

inteligencia militar que dio orden a todas las acciones bélicas

comandadas por los Estados Unidos, tanto de Kuwait como de

Irak. En sus cielos se probaron los aviones que destruyeron

nuestras ciudades, infraestructura carretera, campos agrícolas,

emplazamientos hidráulicos, edificios civiles, aeródromos

civiles y militares, nuestra flota de defensa aérea, el sistema

político, los sistemas de abasto de alimentos y cuanto se quiera

contar. En dichas bases se probaron nuevas armas de tierra que

más tarde fueron usadas en contra de nosotros. En sus campos

se entrenó a los soldados de aire y tierra que acribillaron a

nuestros soldados y a la población civil. Escogimos bien. Nos

preparamos para tal empresa. Reunimos capitales. Reclutamos

soldados. Recogimos y organizamos información pertinente.

Hicimos contactos y compromisos. Elaboramos planes de

ataque. Planificamos la penetración del territorio

norteamericano. Usamos México por la inmediatez al campo


188
de guerra. Hemos utilizado sus costas y la frontera. Muchos

están allá. Trabajando y esperando. Otros vienen en camino.

Los objetivos específicos están determinados. Nosotros somos

sólo una célula. El organismo está prácticamente listo para

atacar.

El coronel se revolvió en la silla. Suspiró con tranquilidad. Miró

de soslayo a su captor. Y retomó la palabra.

― Se ha de preguntar usted por qué le he contado todo esto,

si al descubrirme pongo en riesgo la operación. Debo decirle que está

tan avanzada que difícilmente podrán detenerla. Pero, sobre todo,

porque quiero su simpatía. Como le dije al principio, no somos

terroristas. Somos combatientes. Queremos castigar a los que nos

ofendieron y lastimaron. Mintiendo y abusando de su poder

superior.

Hizo un alto y lanzó lo que parecía una reflexión final, como un

ultimátum.

189
― Ahora que lo sabe, sabe también que sólo tiene dos caminos.

Nos deja en libertad para que sigamos nuestro destino o nos entrega

a la justicia, es decir, a los servicios migratorios o de seguridad que

para el caso sería lo mismo, ya que finalmente nos extraditarían a

Estados Unidos y nos encerrarían en Guantánamo, la cárcel madre

de todas las más de cien prisiones de terroristas de ese país en el

mundo. Sería para nosotros la tortura más cruel otra vez. Que no

podríamos resistir.

Esa noche, muy tarde ya, cuando el gobernador lo

recibió en audiencia privada, Eulogio España lo puso al tanto de todo

lo que estimó necesario del affaire de los indocumentados iraquíes.

Le refirió el final de la conversación: las alternativas que el coronel

Abdul Salam Arif le había planteado.

― ¿Qué harías tú?

― No sé, señor.

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―Yo tampoco ― repuso el alto ejecutivo.

Sin que se lo pidiera esta vez, el gobernador obsequió

a Eulogio España liberándolo de sus responsabilidades por el fin de

semana. Era jueves. Significaba que podría disponer de tres días

completos: viernes, sábado y domingo. Su mente procesó

rápidamente las implicaciones. Hacia las dos de la mañana pasó por

su despacho, se enteró de los asuntos pendientes y llamó a Mario

Pérez Valdovinos.

― Te quedas a cargo. Regreso el lunes.

Se dirigió a su casa y de camino, se reportó a una llamada que

su esposa le había hecho por la tarde.

― Queremos verte. Las niñas y yo.

Se le llenó el corazón de alegría.

― Mañana estaré por ahí.

― ¿A comer?

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― Con toda seguridad.

― No te vas a arrepentir. Cordero al horno, como te gusta. Y

tus hijas te harán tu postre favorito: lichis congelados cubiertos de

helado de vainilla.

Durmió hasta tarde, si se puede considerar tarde las 8 de la

mañana. Hizo lo de todos los días. Puso el noticiero de la televisión,

se rasuró y bañó. Envuelto en una bata, se preparó el desayuno, el

mismo de siempre, huevos fritos con tocino crujiente. Se sirvió café

y en un dos por tres dio cuenta de todo. Se lavó los dientes, se vistió

y a las 10:45 bajó al estacionamiento.

En el elevador siguió tatareando la canción que lo había

atrapado desde el mismísimo despertar:

Dime qué me diste, prieta linda


Creo que me tienes enyerbado
Porque todo cambia en esta vida
Sólo mi cariño no ha cambiado.

¡Ay!, la Prieta linda. Cómo le gustaba esa canción. Desde los

tiempos juveniles. Sobre todo, en la interpretación de “El rey del

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falsete”, el inolvidable Miguel Aceves Mejía. Tarareándola, dejó el

elevador y aun siguió así hasta que llegó al vehículo. El chofer sonrió.

Se dijo en silencio: “Está contento el jefe.”

― A Liverpool ― le ordenó de buen modo.

― Sí, señor.

Llegaron al punto a las 11 exactas, cuando un vigilante

franqueaba el acceso al área comercial. Varios grupos de

adolescentes que esperaban entraron en tropel. Los dejó pasar.

Luego, caminó a paso lento hacia el establecimiento que había

escogido. En la sección de perfumería, las demostradoras ponían sus

productos al alcance de los clientes. Tuvo el impulso de dirigirse al

de los productos Chanel, pero se detuvo. ¿No le había regalado no

hacía muchos días un # 5 a Eleonora López–Crespo? Cambió de

dirección y se acercó al mostrador de Gucci.

― Quiero algo suave para una dama a la que quiero agasajar.

Se decidió por un Gucci Memoire D Une Odeur edp 100 ml.

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― Recomiéndame ahora algo para un par de adolescentes muy

creídas.

La empleada sonrió y le sugirió cosas que “a las chicas están

volviendo locas.”

Eran las 12:15 cuando volvió al estacionamiento donde lo

esperaban su chofer y la escolta reglamentaria. Con la voz propia del

hombre seguro de sí mismo, ordenó:

― A casa. A Guamúchil.

― Señor.

Diez minutos después, a la altura del hotel Los Tres Ríos,

tomaron la carretera 15, dirección Nogales. Muy pronto, subieron al

puente sobre el distribuidor Culiacancito―Universidad. Cuando

llegaron al poblado la Presita, el comandante ya iba dormido. Por eso

no se percató cuando pasaron ante las instalaciones de la empresa

Lácteos Cázares, ni el Fraccionamiento Residencial Condado de San

Francisco, ni el poblado Limón de los Ramos, ni la caseta de peaje.

Cuando bajaban la pendiente del Cerro de la Campana, sonó el


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teléfono celular. Doble E se sobresaltó. En cuanto tomó conciencia

de la situación, lo que le llevó un par de segundos, aceptó la llamada

y se llevó el aparato a la oreja izquierda. Una voz de mujer lo saludó.

― Sé que vienes de camino. ¿Comemos juntos? Tengo un

lenguado listo para el horno y un par de botellas de Viuda de

Clicquot.

La voz emanaba arrullos de un río: del río Sinaloa.

Eulogio España se aturdió. Enmudeció. Su asistente, el del

finísimo oído, lo trajo a la realidad. Sin apartar la vista de la cinta

asfáltica, con un dejo de picardía, apenas disimulado, le preguntó:

― ¿Para dónde agarro, señor?GMG.

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