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LA PARADOJA

DE LA PERSONA
Derecho a la diferencia; búsqueda de las raíces; afirmación de las minorías; renacimiento de
los nacionalismos y particularismos olvidados, es decir, resurgimiento de lo más arcaico;
reivindicación de las culturas más particulares (al punto de que "cultura" no se puede escribir
más que con la precaución de las comillas). Nuestra época que se hace llamar de la
globalización y la mundialización, no cesa de dividirse según las fracturas que la hacen explo-
tar. Bajo la delgada costra del supuesto pensamiento único se sienten los movimientos
telúricos y brutales de la identidad. Este análisis pretende ser una respuesta fundada en esa
búsqueda de individualidad e identidad de la persona.

Jean -Luc Marión' O\n riesgo se puede predecir que mien- la que no se puede incluso identificar y que,
tras el slogan de la globalización y de la por tanto, no se tiene ninguna oportunidad
"aldea única" más se autoproclame con una de superar puesto que se ignora incluso lo
arrogancia casi inconsciente de su violen- que en ella demanda una opción y una de-
cia, más las reivindicaciones de la identi- cisión.
dad —nacionales, étnicas, sociales, de cla- Nuestra opinión es que aquí los análisis
se, etc.— se van a exacerbar. Más incluso: políticos, económicos y sociológicos no sir-
tomarán un giro pulsional. Es ridículo escu- ven sino para tapar la crisis en cuestión,
char enfrentarse a los príncipes que creen incluida aquella que no se llega a avizorar,
gobernarnos, sostenedores de la "diferencia" hl discurso común no sirve para nada o, a
y defensores de lo universal, de la globali- lo más, para camuflar bajo silencio el he-
zación y del libre intercambio. A tal debate cho de que no se puede decir nada. Démos-
olímpicamente le falta un suelo sólido. En le, pues, por una vez, al análisis conceptual
efecto, uno lo constata en los dos lados: tanto —a la filosofía— una oportunidad de inten-
en la derecha (universalista en nombre del tar pensar lo que otros discursos esconden.
mercado, defensora de la diferencia en nom- Pues detrás de los debates sobre la identi-
bre de los terruños y de sus identidades pro- dad colectiva, sobre sus derechos y sus lí-
fundas), como en la izquierda (universalista mites —donde, seguro, la sociología y la
por jacobinismo y republicanismo, diferen- política se reservarán en última instancia la
* Profesor en la Universidad cial por comunitarismo o por nostalgia autoridad— se juega, amplificada a escala
de París-Sorbona, profesor autogestionaria). Todo esto sigue siendo in- de masas, la cuestión, en otro sentido más
invitado en la Universidad significante porque se ocupa de los sínto- difícil pero también más inteligible, de la
de Chicago. Esle texto fue
mas, sin reconstituir la crisis de la cual di- identidad personal. Podemos decir, incluso
publicado en la revista
Ettides, de octubre de chos síntomas ofrecen efectos todavía inin- anticipadamente —por cuanto se tratará del
1999, N"3.914. La traduc- teligibles. Estamos en crisis, pero no sabe- concepto que hay que encontrar y validar—
ción la hizo |uan Pablo mos aún de qué. Y la peor crisis sigue sien- , que aquí se juega la cuestión de la perso-
Contreras, S.J. do aquella que no se ha podido ver llegar, na. La identidad de la persona, la identidad

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(filosofía

que permite que nadie sea constreñido a anularse para que eventualmente yo no sea y sin embargo lo
a! punto de responder "¡Nadie! ¡No soy nadie!", piense, es necesario que yo exista al pensarlo y para
cuando se le pregunta por su identidad. Pues vivi- pensarlo. Pensar incluso que no existo implica pre-
mos en un mundo —¿y no ha sido el caso de todos cisamente que yo existo. Si pienso "yo no soy",
los mundos que nos han precedido?— donde cier- entonces soy.
tas personas ven que se les niega su derecho a ser Este argumento es irrefutable. Los innumerables
tratadas como una persona. La época en la que se ataques contra el "cogito cartesiano" no han hecho
impuso el sujeto raciona!, nuestro ego cogito tan otra cosa que reforzar su evidencia y su apodicti-
célebre, coincide como por azar con el tiempo en cidad. Que yo ponga en acción la existencia al rea-
que el comercio racionalizado de esclavos fue lizar el pensamiento, eso no se puede refutar. Aho-
institucionalizado por la economía liberal nacien- ra, otra conclusión sí se puede rebatir: al poner en
te. Y los triunfos del Yo trascendental de la ciencia a acción el pensamiento, ¿realizo mi existencia? ¿Es
menudo han tolerado, permitido, mejor dicho, pro- suficiente la existencia de un acto de pensamiento
ducido, una extensión de la esclavitud —el color en general para asegurar que yo, en cuanto persona
de la piel se encontró aventajadamente reemplaza- insustituible e irreductible, existo? Pues mi ego po-
do por los criterios primero religiosos, luego nacio- dría, en efecto, mostrarse como un sueño y una ilu-
nalistas, y finalmente, para pasar a la escala univer- sión {a la manera del budismo). Yo no podría existir
sal, ideológicos. Con los resultados que todos co- más que como una modalidad, superficial y
nocemos en nuestro siglo de hierro. La cuestión de provisoria, de un proceso indiferenciado que pen-
fondo es tratar los criterios que permitirían, al me- saría en mí, pero de hecho sin mí, siguiendo las le-
nos en el campo argumentativo, garantizar que na- yes de una racionalidad no solamente universal, sino
die sea impelido a reconocer que él es "nadie", a única e indiferenciada. Pues toda racionalidad tien-
conceder que él no es un hombre sino una especie de a lo universal, sobrepasa entonces la individuali-
de bestia superior o cadáver dotado de palabra. dad. Este spinozismo de la subjetividad no podría
minusvalorarse, pues es validado por el argumento:
E L Y O TRASCENDENTAL "esto piensa en mí sin mí" (Nietzsche, el psicoaná-
lisis clásico, el estructuralismo y sus avatares
¿Cómo alcanzar mi identidad? Es necesario dis- cognitivos), o por la hipótesis que afirma que todo
tinguir entre varias maneras de plantear la cuestión. pensamiento individual no pasa finalmente al acto
Una de ellas pregunta así: "¿Soy? ¿Existo?" La me- más que por un intelecto agente único, al cual sola-
tafísica conoce esta interrogante desde Descartes; mente conviene plegarse (la unicidad del intelecto
más aun, desde San Agustín. La respuesta a esta duda agente según los averroístas medievales, el circuito
es bien conocida. Supongamos que me equivoco al unificado de datos y de decisiones tomadas "en tiem-
asumir que yo soy y que existo, sea que yo sueñe o po real" por los internautas).
que esté loco, sea que toda mi ra- El ego cogito prueba una existencia a partir de
cionalidad aparezca falsificada o un pensamiento, pero no establece que este pensa-
que yo comprenda que ella deriva, miento o esta existencia sean míos. Lo que es tradu-
Lo que yo resulto como uno de sus efectos posibles, cido al léxico de la filosofía por la tesis del Yo tras-
de una racionalidad más com- cendental: reducido a "un pensamiento que acom-
ser concretamente prehensiva de la cual yo no tuviera paña todo pensamiento" (Kant}, sin que él mismo
ninguna ¡dea. En síntesis, suponga- pueda pensarse como un objeto particular dado, si-
(por mi cuerpo, en mos que mis evidencias primeras se gue siendo una función universal, que en principio
el espacio y en el revelan, de una manera u otra, se- toda subjetividad humana puede ejercer, pero de la
gundas, derivadas y, por tanto, du- cual no puede nunca apropiarse. Así, el Yo trascen-
tiempo) no es toda- dosas. Incluso en tal caso el argu- dental no me autoriza —al contrario, me prohibo—
mento se da vuelta. En efecto, para acceder a mi ¡denudad más propia. No se trata aquí
vía mi identidad. admitir que eventualmento yo no de una dificultad abstracta, que atormentaría sola-
sea, debo pensarlo; poro para pen- mente a los profesionales de la abstracción concep-
sarlo, para realizar de hecho el acto tual, sino del límite de nuestro comportamiento
de pensar, es necesario que yo ya sea, puesto que el como ciudadanos. Pues yo no llego a ser ciudada-
acto de pensarme, incluso si me equivoco y yo no no sino cuando tomo una posición neutra y umver-
soy, sigue siendo un acto, por tanto una existencia salmente compartida por todos los otros ciudada-
auténtica, tan sólida como lo parece. En síntesis, nos - neutra, porque en el acto de votar, por ejem-

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El Pensador, Rodin, 1880. filosofía!

tal desarrollo económico, en tal o cual confronta-


ción ideológica, en tal apogeo o tal decadencia,
en tal momento de salud o de enfermedad, en so-
ledad o en relación amorosa, etc. Pero, estas evi-
dencias de sentido común vacilan ante otra cons-
tatación: este cuerpo que yo soy, el que depende
evidentemente del espacio y del tiempo que me
han sido concedidos por la facticidad de mi modo
de existencia, precisamente porque ellos no se pue-
den refutar y por tanto pesan irrevocablemente so-
bre mí, tampoco pueden ser ratificados por mí, pues
en ningún momento he tenido la posibilidad de
elegirlos. Por el mismo movimiento, entonces, ellos
son míos por su fuerza irremediable, y me son ex-
traños por su arbitrariedad e incluso por su puro
azar. Yo habría podido ser emperador de China,
El ego cogito prueba haber nacido rico y poderoso, permanecer ángel o
una existencia a partir demonio, etc. - lo mismo que ser lo que soy, de
de un pensamiento, condición pobre o mediocre, de talento limitado,
pero no establece que de prestigio precario, etc. O a la inversa (es nece-
este pensamiento o esta sario tener un pensamiento a favor de los más pri-
existencia sean míos. vilegiados, que a su manera son tan pobres como
los pobres).
Lo que yo resulto ser concretamente (por mi
cuerpo, en el espacio y en el tiempo) no es todavía
mi identidad. Siempre puedo imaginar —con todo
pío, yo realizo una abstracción de mis caracteres derecho— que podría haber sido otro. Las grande-
empíricos (región, cultura local, historia familiar, zas de lo establecido, finalmente, a! contrario de
convicciones religiosas y políticas) para decidir pre- lo que ellas pretenden, no establecen nada (Pascal).
cisamente en cuanto ciudadano de un Estado esen- El tema literario que dice que yo no nací en mi
cialmente laico, que siendo así no hace acepción lugar (Stendhal, Hardy, Proust, etc.) no puede
de personas. En consecuencia, la problemática que refutarse: allí donde está mi cuerpo, en el espacio y
pregunta "¿Soy? ¿Existo?" no me permite alcanzar en el tiempo, yo no estoy necesariamente. Es incluso
mi identidad última. No disimulemos el corolario una de las tareas esenciales de todo individuo el lle-
de tal consecuencia: la búsqueda de un pensamien- gar -si puede- a identificarse con su posición espa-
to de la identidad no puede, por principio, asegurar- cio-temporal (no nos apresuremos a decir: sociológi-
se a través de los medios de la metafísica clásica. ca), sin residuo ni amargura ni nostalgia. No va de
suyo, por otra parte, que esta identificación sea un
E L CUERPO, EL ESPACIO Y EL TIEMPO bien, al contrario. Pues pertenece esencialmente a la
conciencia de sí el cuestionar que yo no sea sino lo
Se hace necesario, entonces, buscar otra formu- que soy. No se trata de una rebeldía de pequeño bur-
lación. Esta será, evidentemente, aquella que pre- gués, sino de una trascendencia gloriosa de sí frente a
gunta: "¿Qué soy yo?" Una posible respuesta sur- sí. No se trata de lo que yo podría haber sido en rela-
ge por sí sola: si yo no me individualizo por el ción con lo que soy, sino de lo que soy verdadera-
pensamiento (como trascendental), lo haré por mi mente en relación a lo que he llegado a ser —de la
cuerpo (como yo empírico). Dicho de otra mane- inconmensurabilidad de la posibilidad respecto de la
ra, el hombre no es lo que piensa, sino lo que efectividad.
come (Feuerbach). La sociología y la historia de- La pregunta "¿Qué soy?" no permite, pues, alcan-
sarrollan esta hipótesis. En el espacio, yo soy ahí zar mi individualidad ni mi identidad. Ella, al con-
donde estoy: el clima (Montesquieu), la clase so- trario, marca tanto más una separación entre lo que
cial (Marx), la cultura ideológica (Gramsci), la yo puedo decir (o lo que se puede decir) de mí y
educación (Bourdieu) me identifican. En el tiem- este yo, que mi yo mismo jamás agotará ni debe
po, yo soy cuando estoy: en tal o cual crisis, o en agotar. Yo permanezco otro —otro que yo.
if i Io s o f ía

L A CARNE consideración un fenómeno absolutamente único


en mí. Además de mi entendimiento y del pensa-
El fracaso de las dos primeras aproximaciones miento representativo (que corresponden a la pre-
nos exige reformular la pregunta por mal plantea- gunta: ¿Soy?), además de mi cuerpo enclavado en
da, o que encontremos una tercera. Ella podría plan- el tiempo y el espacio como cualquier otro ente ma-
tearse así: "¿Quién soy yo?" El punto en común de terial (que corresponde a la pregunta: ¿Qué soy?),
las dos respuestas precedentes (y el motivo de su yo descubro en mí la carne. Mejor: me descubro
fracaso} consistía en que su resultado (el ego exis- como carne. Por ella entendamos el único fenóme-
tente o el pensamiento del entendimiento) no sola- no que forma parte integrante del mundo, que no
mente no alcanzaba mi individualidad, sino que la solamente puede ser senlido (resentido, percibido,
excluía. Pues la existencia por el acto de pensar apercibido, pensado, etc.), sino que también siente,
califica todo acto de pensamiento y no el mío en se deja afectar. En una palabra: se expone —por el
particular, así como la racionalidad intelectual es- glorioso privilegio de la pasividad— al impacto del
tablece, por definición, la universalidad en cuanto mundo sobre él. El pensamiento racional, en cuan-
puede realizarse indiferentemente por todo indivi- to intencionalidad, apunta activamente a su objeto,
duo dotado de razón. Por consiguiente, superar esta lo precede sin proceder de él —ve y piensa sin sen-
aporía gemela demandaría de mi parte definirme tir ni recibir; él puede también ejercerse por otros
por un carácter conceptúaItnente inteligible y, sin distintos de mí, puesto que su centro de gravedad
embargo, definitivamente particularizante, indivi- sigue siendo el objeto que hay que constituir por y
dualizante. ¿Quién soy en cuanto soy tal que nadir para todos los entendimientos posibles. El cuerpo
puede tomar mi lugar y que yo a mi vez no puedo físico —incluso el mío— sigue siendo una parte del
tomar el lugar de otro, en cuanto estoy fijado a lo mundo, entre otras, que puede ser constituida en
que soy sin sustitución posible? objeto (por la física, la biología y la medicina) como
Rara intentar una respuesta hay que lomar en todas las otras, que no siente más que la silla donde
el cuerpo se sienta; además (como lo
muestra el caso de la anestesia) mi cuer-
po puede perfectamente aparecérseme
como aquello que es: no como yo, sino
como una simple parcela del mundo.
Puedo, además, cambiar al menos par-
cialmente de cuerpo físico al integrar ór-
ganos sacados de otros cuerpos físicos,
o al perder alguna porción, y seguir sien-
do, no obstante, yo mismo. Es tan cier-
to que no soy yo ese cuerpo, así trans-
formado, aunque1 siga (al menos en par-
te) siendo lo que yo soy.
La carne, en cambio, impone que me
deje afectar porque soy yo quien perci-
bo-no puedo sentir nada sin resentido,
no puedo conocer sino al asumir el im-
pacto de lo conocido. No hay represen-
tación neutra ni experiencia neutraliza-
da: yo debo soportar para conocer, no
puedo conocer más que soportando.
Cada apertura hacia el mundo me
involucra tanto a mí como al mundo, el
que irrumpe obligatoriamente en mí y
me hace llegar a ser yo mismo. La carne
designa lo que de mino puede sustraer-
se a los impactos incesantes de! mundo;
es lo que ataja (como separa una pelota
o un golpe) el flujo sin fin de la
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fenomenal ¡dad que sube hacia mí como por asalto. lo sentido bajo todas sus formas. El privilegio del
O dicho de otra manera, es lo que en mí se deja hombre sobre todos los demás entes, no importa de
clavar a sí mismo por los trazos del aparecer. En los qué manera lo definamos (lenguaje, pensamiento,
casos extremos del sufrimiento o del placer, el re- racionalidad, intencionalidad, esrar-en-el-mundo,
flejo de lo sentido toma incluso un poder tal que etc.), radica justamente en que él se expone a una
puede obnubilar al libre arbitrio de la clara y distin- más amplia y profunda afección, tan vasta que no
La conciencia de sí. En efecto, puedo ciertamente solamente le entrega un acceso a sí, sino al mundo,
abstraer científicamente la objetividad de las "cua- el cual le adviene como suyo por procuración. Aho-
lidades segundas", suspender mis opiniones por la ra, la posibilidad de tal afección no radica sino en
duda, o por la reducción distanciarme del mundo la carne, en esta propiedad que soy de no solamen-
de la actitud natural, pero, una vez que la percep- te hacerme percibir, sino sobre todo sentir, es decir,
ción alcanza el grado (variable y sin duda in- recibir impresiones que se imprimen en mí, me
determinable cuantitativamente) a partir del cual re- modifican y me diferencian de mí. Nada me afecta-
currimos a los términos de placer y de sufrimiento, ría como carne si yo mismo no me dejara afectar
la libertad no so nos concede para sustraernos a las en persona. Esta afección en sí, entonces, desde el
sensaciones, las cuales debemos simplemente in- origen, por sí, me califica como auto-afección. Yo
tentar soportar —sentir y resistir en una pasividad me determino como individuo insustituible en la me-
originaria que, en ambos casos, se denomina, con dida en que me experimento a mí mismo a partir de
mí mismo, con ocasión de lo que me experimenta
del exterior. Por esta autoafección yo no me expe-
rimento en reacción supuesta como subjetiva a las
"¿Quién soy?'1 La respuesta ahora se impone con experiencias de los objetos del mundo (como lo
postula el empirismo dentista), sino en respuesta a
claridad: yo soy mi carne que nadie puede ser en mi lo que experimento como carne de mí mismo —el
lugar, puesto que es en ella donde yo tomo lugar. sufrimiento y el placer, el gozo y la pena, el miedo,
la angustia o la serenidad. Las pasiones emergen
siempre del alma (Descartes) y me dan acceso a
mí mismo más que cualquier otra afección. La car-
ne que, no obstante me expone al mundo (mientras
jListeza, pasión. Ésta, por definición, se me impo-
la intencionalidad se limita a abrirme un mundo),
ne de tal modo que ya no soy libre ni de sustraer-
me asigna finalmente a mí mismo al introducirme a
me a ella ni de provocarla. Yo soy tomado en mi
mi propia afección de mí por mí mismo. De ahora
carne —mejor: en cuanto carne— en el punto don-
en adelante, y por primera vez, yo sé quien soy por-
de soporto la pasión y de la cual no puedo huir. En
que experimento desde donde yo me experimento,
efecto, no puedo escaparme de ese punto, simple-
en mi carne, allí donde estoy seguro de encontrar-
mente porque no queda ningún otro punto en re-
me, donde, también, por consecuencia, todo y to-
serva —por todos lados yo seré con y en cuanto mi
dos pueden alcanzarme. Tal sometimiento a mi car-
carne, y allí donde mi carne ya no sea más yo no
ne me designa a mí mismo —como se designa un
podré ir nunca. Mi carne me asigna el lugar y la
objetivo militar—, al otro y al mundo, esto es, a to-
instancia donde se trata verdadera e irreductible-
dos los que pueden en ella alcanzarme.
mente de míen persona.
No se trata de creerse prisionero de su cuerpo "¿Quién soy?" La respuesta ahora se impone con
como en una ideología gnóstica o dualista, puesto claridad: yo soy mi carne que nadie puede ser en
que no se trata precisamente de la parte del mundo mi lugar, puesto que es en ella donde yo tomo lugar.
extendido que yo puedo conocer como mi cuerpo; Esta carne, por otra parte, no me designa un lugar
tampoco incluso de aquello que se suele llamar mi (un emplazamiento) en el espacio (o en el tiempo),
"propio cuerpo", que de hecho no designa más que que se desplegaría primero vacío, sin mí. Yo no cua-
un cuerpo físico entre otros asignado aproximati jo en mi carne simplemente como un yeso, un ce-
vamente a mí, pero jamás idéntico a Mí. Nunca soy mento o una cola fría. La toma de carne no equiva-
prisionero de mi carne, pues soy precisamente ella— le a la toma de una fortaleza o a la de un rango en
el solo lugar donde yo soy porque yo lo soy, la ins- una enumeración, o a la de una casilla en un orde-
tancia donde yo puedo ejercer mi egoidad, porque namiento. La toma de la carne no es nada de eso
no me expongo más que por ella a lo que no soy, y porque ella no toma nada que no sea ella misma. Yo
sin lo cual yo no llegaría jamás a mí mismo, puosos tomo carne como tomo un rostro, apariencia, esti-

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sona. En primer lugar, la carne parece alienarme
respecto de las instancias exteriores. En segundo
lugar, ella, al asignarme a mí solo parece
reconducirme a un solipsismo. De hecho, la difi-
cultad aquí viene de una asunción demasiado res-
trictiva de mi carne, o más bien de aquello que
me afecta, lo cual no podemos en principio más
que concebir como la excitación de una sensa-
ción. Pero yo experimento mi carne de una ma-
nera mucho más radical y universal, puesto que
yo no soy solamente afectado por la acción de tal
cosa sobre mí, sino más bien por las emociones y
disposiciones de espíritu (la alegría y la tristeza,
el placer y el dolor, la angustia y el entusiasmo,
etc.) A éstas no hay que reducirlas al rango de
"estados de alma", puesto que no definen sólo y
precisamente mi subjetividad, sino la relación que
yo entablo con el mundo en su global idad. Y de-
finen la apariencia general de todos los aconteci-
mientos que me sucederán en un momento dado.
Más aun: mi carne me afecta afectando de cierta
manera todos estos fenómenos en su propia dis-
posición: hoy día todo me es penoso o alegre,
porque yo me auto-afecto de pena o alegría. Por
consiguiente, mi carne me confronta con el mun-
do entero de los fenómenos, en el cual ella fija la
tonalidad fundamental al afectarme. Lo que me
afecta y auto-afecta en mi carne no es tal o cual
sentimiento, ni tampoco tal o cual fenómeno del
mundo. Es más bien la exterioridad misma, la aper-
tura misma, la alteridad. No se trata aquí, enton-
ces, de elegir entre la exterioridad alienante y la
autoafección, sino de concebir que la exteriori-
dad misma, una vez unlversalizada, determina ra-
dicalmente mi ipseidad en cuanto carne auto-afec-
tada. Lo que yo soy o, más bien, ese quien soy, se
define por aquello que me adviene, por aquél,
entonces, que es otro que yo.

. . . Y EL LLAMADO

Torso de las lo, es decir que tomando carne llego a ser yo mismo. El otro que yo, ¿definiría finalmente lo más
Centauras, Allí, en la carne, aparezco y me preciso. En síntesis: en íntimo mío - mi persona? Mi persona en su car-
Rodin, 1884. cuanto accedo al rango de carne me pongo en juego ne, ¿me sería dada como un acontecimiento de
como tal, como yo mismo, como ipse. otra parte que mí mismo? Esta paradoja, en la cual
la ipseidad y la exterioridad se cruzan y se refuer-
E L ACONTECIMIENTO... zan, la hemos intentado comprender a través del
modelo del llamado. Yo soy aquél que recibiendo
Sin encargo, este resultado, aunque definitivo a el llamado de lo dado se recibe enteramente a sí
nuestros ojos, suscita una interrogante. La pasividad mismo a partir de aquello que recibe. Dicho mo-
que autoriza a la carne a abrir la auto-afección presen- delo se duplica en dos paradojas, sin las cuales,
ta dos caracteres contradictorios que parecen impedir permanece ininteligible. Veámoslas.
que al tomar carne yo alcance también rango de per- Primero, la paradoja de un llamado que puede

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e incluso que debe permanecer en un principio (o tivamente en a posteriori. De yo paso a ser un a


definitivamente) anónimo. En efecto, el llamado me quien, del nominativo yo paso al dativo. Yo existo
viene con el acontecer de todo fenómeno, que al en cuanto soy aquel a quien sobreviene lo que se
aparecer se da y exige —en silencio pero con insis- da, soy el originalmente no originario.
tencia— que se lo reciba. Ahora bien, incluso si so De este modo podemos concebir por qué y
trata de un acontecimiento mundano —limitado y cómo el término "persona"—tan antiguo y tan mal
comprensible— se da siempre y por definición de utilizado finalmente por la filosofía contemporá-
manera adelantada, sin previsión del todo, es decir, nea— ha podido tener la fuerza para reintroducirse
de manera imprevista; lo cual, entonces, me hace sin cesar en el debate. No es tanto porque noso-
responder siempre en retardo, a posteriori, dejándo- tros le hayamos dado una nueva acepción o que
me, portante, determinar por él. Tal retardo aumen- hayamos guardado vivo el extraordinario poder es-
ta incluso según la riqueza del fenómeno que se me peculativo que dicho término ganó en la teología
da en intuición, es decir, a mayor riqueza del fenó- trinitaria, sino porque no disponemos de otro con-
meno menor conceptualización directa de éste. Esto cepto para decir, en un idioma ya conocido, lo
es así al punto de que ciertos datos no sólo no pue- que la fenomenología finalmente alcanza en su
den jamás dejarse manejar completamente, sino que estudio del ego. La "persona" sirve todavía para
permanecen indecibles, a veces simplemente anóni- denominar el ego una vez que, al término de la
mos. Así no podré nunca responder acabadamente a metafísica, se intenta sobrepasar el yo trascenden-
tos datos originarios que me determinan en lo más tal, para desplegar aquel a quien sobrevienen el
íntimo; no podré jamás conocer objetivamente el len- acontecimiento y el llamado, esto es, lo entrega-
guaje que hablo, el nombre que llevo, ni el origen do que exige un donante.
del que provengo. Más aun: el llamado que tal o cual Volvamos al punto de partida. Se preguntaba por
otro me dirige permanecerá siempre inaccesible o qué la reivindicación de la identidad no cesa de
inagotable para mí, y esto porque yo empleará preci- crecer y de exacerbarse justo en la época de la
samente todo mi tiempo en intentar comprenderlo y globalización del mundo. Ahora podemos esbozar
desde tal comprensión responderle. A fortiori, si yo una respuesta. La globalización declina las defini-
admito que un llamado pudiera venirme de Dios, su ciones de la identidad a partir de dos preguntas me-
inmensidad me lo convertirá no solamente en impo- tafísicas: "¿Soy?" y "¿Qué soy?", y lo hace utilizan-
sible de controlar, sino por exceso, inaudible, de suer- do los modelos del pensamiento modelista, esto es,
te que, como todos los otros llamados, pero más que del pensamiento abstracto y universal (el cálculo,
ellos incluso, él se mantendrá anónimo —pues no la informática, las ciencias cognitivas, etc.), o los
hay nombres adecuados para nombrar a Dios, ni pa- de los corpus biológico, económico y social. Estos
labras convenientes para responderle. De hecho, si modelos identifican, pero de manera reductora, lo
uno lo piensa correctamente, todo llamado perma- que cada uno de nosotros sabe que es sin poder
nece como tal marcado de anonimato -porque él me decirlo, esto es, un sí mismo irreductible a lo que
precede siempre. comparte con una infinidad de otros. Estas identi-
La segunda paradoja es la de un yo, entregado y dades no sirven más que para disolverme en lo que
recibido como un llamado, que no brota de sí mis- no me aparece como propio; ellas provocan exac-
mo sino como respuesta a lo dado, que no surge tamente el inverso de lo que ambicionan, a saber,
sino en la medida en que responda suficientemen- la crisis de la identidad personal. Crisis que explota
te al llamado que lo convoca. Yo no estoy al origen en síntomas bien conocidos: violencia privada, ero-
del mundo, no lo estoy incluso de mi mundo; como tismo, protesta, comunitarismo, nacionalismos re-
carne, yo estoy en relación de afección con el mun- gresivos, etc., hasta el suicidio, esa calamidad cre-
do. Lo que se me aparece me afecta, y me afecta ciente. Ante estos silencios hablantes, ¿cómo ac-
porque me adviene sobre el modo de aconteci- ceder a aquel que soy realmente? Intentando ver
miento. Ahora bien, el acontecimiento, en cuanto lo que me adviene, lo que me llama y me precede
me precede, pone en cuestión mi pretensión a al- —-el acontecimiento a partir del cual yo sé de quién
canzar el rango de un yo (esto es, de un sujeto tras- soy. En última instancia, ¿qué llamado me gobier-
cendental que fija las condiciones de posibilidad na? Nadie más que yo puede saberlo, además del
de la experiencia y de sus objetos). El aconteci- llamado mismo, claro está. Ninguna otra persona
miento, en cuanto toma la iniciativa de mostrarse, podrá revelarme lo que yo soy en persona —a quien
esto es, de darse, adviene a priori y así haciendo yo he de responder. El tiempo de una vida nos es
me destituye de este a priori y me convierte defini- concedido para alcanzarlo.rji

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