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¡Tocan a Misa!

Así se avisaban los unos a los otros en nuestros pueblos de antaño.

¡Y todos corrían a la Iglesia!


Hoy con frecuencia corremos, sí, pero es a escudarnos tras muy
variadas disculpas para no ir: “Si voy, es para que no digan, y eso es
hipocresía…”; “Si voy, es porque me obligan, y para eso, mejor no
ir…”; “lo que importa es hacer el bien…”; “la mayoría no va…”; para
terminar con la clásica pregunta:
“Total, ¿para qué ir a misa?” Para responder, recordad aquellas
palabras: “No os podéis imaginar qué deseos tenía de comer Pascua
con vosotros”. Son las que Jesús comenzó diciendo a sus más
íntimos aquella tarde de jueves en
Acudió a compartir con ellos, por última vez, el rito de la célebre
cena pascual judía.

¿Qué por qué debemos ir a Misa?


Pues por eso: para satisfacer esos deseos de Jesús. ¡Y basta!

Empezar a discutir acerca de la necesidad o ganas que nosotros


tengamos de acudir, o de la obligación que la Iglesia nos imponga, es
enfocar la cuestión al revés.
Todo en el cristianismo parte del mismo principio: Él nos crea, Él
llama a nuestra puerta, Él desea cenar con nosotros, Él…, siempre es
Él y sólo Él quién lleva la iniciativa. Siempre es Él quien desea el
encuentro con nosotros.”Adán, ¿dónde estás?”, preguntaba ya allá
en el Paraíso.

A nosotros nos queda tan sólo la doble opción: la de satisfacer o no


ese deseo. Aunque también es un compromiso: el de motivarnos
para que la elección tenga signo positivo. Para que sepamos
respondernos a este otro interrogante:

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¿Cómo apreciar y vivir más y mejor la Misa?

Pero motivarnos, ¿cómo? De entre los muchos caminos que


podemos elegir hemos optado por revivir el sentido de todo cuanto
vemos, hacemos, escuchamos y oramos en cada celebración
eucarística.

Pensamos que así, de un mayor conocimiento, pasaremos a un


mayor aprecio. Y desde un mayor aprecio, pronto llegaremos a no
desaprovechar una sola oportunidad de aplicarnos esas maravillosas
palabras que pronuncia el sacerdote durante la Comunión:
“Dichosos los llamados a esta mesa del Señor”.

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Comencemos por sentirnos invitados al banquete
EL HONOR ES UNA INVITACIÓN

Sin este sentimiento de “sentirnos invitados”, convertido en gozo,


nada de lo que venga después tendrá sentido. Todos hemos
experimentado desde niños la alegría de sabernos invitados, así
como la de que alguien aceptase nuestra invitación.
Lo mismo que el disgusto por la no invitación, o por el rechazo o
disculpa ante la nuestra.

Esta ilusión o desencanto no es cosa de niños o de simples humanos,


el Corazón de Cristo experimentó otro tanto, y si no, recordemos lo
parábola de aquél rey que montó en cólera ante las disculpas y no
asistencia de sus invitados.

Por eso, si de verdad queremos revisar nuestras celebraciones


eucarísticas, comencemos por aquí.
Por “sentirnos invitados”, por creer que es Dios mismo que nos
invita. Nosotros, tan sensibles ante tantos, y a veces tan enojosos
compromisos sociales con los que a menudo debemos cumplir, no
sólo no podemos hacerle esto feo a Él, sino que debe invadirnos. Si
nos sienta tan mal cuando alguien “pasa” de nuestra invitación,
¿cómo “pasar” nosotros de la de Dios?

INVITADOS A UNA COMIDA FAMILIAR

En efecto, Jesús hace coincidir el comienzo de su Pasión con la


celebración de la Cena de la pascual judía; y es dentro del marco de
esta Cena Pascual donde protagoniza la primera Celebración
Eucarística. La relatan los evangelistas y lo refería Pablo:

“Yo recibí del Señor lo que os trasmití: que el Señor, la noche en que
era entregado, tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: Esto es mi

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cuerpo que se entregará por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Lo mismo después de cenar, tomó la copa y dijo: esta es la nueva
alianza sellada con mi sangre. Cada vez que la bebáis, hacedlo
también acordándoos de mí”.

Esta coincidencia de ambas ha impregnado a la Misa de muchos de


los grandes y pequeños simbolismos que subyacen en una comida
familiar como aquella.

a. El simbolismo de su poder liberador:

Es evidente que para los judíos era aquella Pascua su fiesta principal;
les recordaba su liberación de la esclavitud del Faraón de Egipto, a la
vez que la libertad espiritual que les conseguiría un día el Mesías;
ahora bien, siendo esto así, es lógico pensar que Jesús quiso dotar a
su celebración eucarística de este mismo sentido liberador para
cuantos en el nuevo pueblo de su Iglesia quedasen salvos por su cruz
y su resurrección.
b. El simbolismo de su poder evocador:

Doce siglos llevaban los judíos del tiempo del Señor evocando
aquellos hechos y sintiéndose convocados e identificados como
pueblo por esta celebración. Veinte llevamos ya nosotros, los
cristianos de hoy, y nada puede haber tan evocador de los hechos
cruciales de nuestra redención, ni que tanto nos identifiquen como
seguidores del Señor, como ser comensales de este sagrado
Banquete. ¿O no se define al cristiano como un hombre que va a
Misa?

c. El simbolismo mismo de todo banquete familiar:

En la Eucaristía no celebramos propiamente la última Cena, sino la


muerte y resurrección de Jesucristo, su misterio pascual. Pero lo

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hacemos repitiendo los gestos y palabras del Maestro en la última
Cena; es decir, lo hacemos dentro de todo cuando identifica la
reunión de unos cuantos familiares o amigos para comer. De ahí su
palpable semejanza:

- Misa y banquete familiar comienzan por un momento de acogida.


Un momento hecho en familia de los que tocan al timbre desde
afuera, y del abrir a quienes llegan, los de casa; de los besos y
saludos y parabienes mutuos, etc. y repetido un nuestra Misa por el
saludo del sacerdote que en nombre de Dios también acoge a sus
fieles. Son los ritos iniciales.

- Tras de la acogida, tienen familiares y amigos un montón de cosas


que decirse y escucharse: noticias, impresiones, mensajes. Lo que
equivale en la Misa a la Liturgia de la Palabra. Dios mismo habla a los
suyos con palabras del Antiguo y Nuevo Testamento; palabras que
debe aclarar y acercar luego el sacerdote en la homilía.

- Pasado el tiempo del hablar y el escuchar, los anfitriones invitan a


los suyos a comer. Lo mismo que la Iglesia nos invita a la Liturgia
Eucarística. Una parte esta de la Misa con los tres momentos bien
diferenciados: el del ofrecimiento del pan y del vino, el de su
consagración o acción de gracias, y el de su distribución o comunión.

- A una buena comida le siguen siempre palabras de gratitud y, por


fin, el momento de despedirse. Son los Ritos de Conclusión o Envío,
de nuestra Misa. De hecho, el mismo nombre de “Misa”, viene de
aquí, de esta misión que el Señor nos da al concluir cada uno
haciéndonos enviados suyos al mundo que nos espera: “Ite, Missa
est”. Id, se acabó la Misa.

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Antes del banquete PRESENTÉMONOS
Reunidos en el nombre del Señor, que nos ha consagrado ante su
altar, celebremos el misterio de la fe, bajo el signo del amor y la
unidad…

MAS QUE “INVITADOS”, SOMOS…”ACTORES”

Hasta el Concilio Vaticano II al sacerdote de le llamaba “celebrante”


y a los fieles “asistentes”. Después de su reforma litúrgica se llama
“celebrantes” a todos cuantos participan en la Eucaristía, aunque
existan distintos “ministerios” entre ellos. Como si se tratara de una
voz en “off”, los iré presentando:

- Este es el “sacerdote”, representa a Cristo-Cabeza de la Iglesia.


Preside y realiza aquello que le compete en exclusiva; puede suplir
en aquellos que sea propio de quién no esté.

- Este es el “diácono”. Lo suyo es llevar y proclamar el Evangelio.

- Este el “monitor”. Anima la celebración y puede dirigir los cantos


del público.

- Estos son los “lectores”. Leen la Palabra de Dios a toda la


asamblea.

- Este, el “salmista”, encargado de recitar o cantar el Salmo


responsorial

- Estos, los “acólitos”, que ayudan al sacerdote para cosas puntuales.

- Estos, los “portadores de las ofrendas”, para el Ofertorio.

- Ese es nuestro “Coro”, para animar la música y el canto.

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- Una o más personas realizaran también, “las colectas”.

- Y por fin, los “fieles”; nombre que recibimos todos los bautizados
que nos sólo asistimos, sino que intervinimos continuamente en la
Celebración Eucarística, aunque no ejerzamos ningún ministerio en
particular. No somos, mejor, no debemos ser “asistentes”, sino
“celebrantes”.

TODOS PARTICIPAMOS; NO TODOS INTERVENIMOS

Distingamos muy bien entre lo que es “participar” e “intervenir”.

La “participación” nos corresponde a todos y ha de ser plena; esto


es poniendo en ella el alma, vida y corazón. A mantener esta
atención nos ayudan quienes “intervienen o intervenimos” en cada
momento puntual leyendo, cantando, respondiendo, levantándonos,
sentándonos, etc.

Aquí es donde más interés hay que poner: en conseguir una


participación plenamente consciente y activa, tanto del grupo, como
de cada individuo.

A esta participación se oponen frontalmente actitudes tales como:

- Acaparar misioneros en lugar de repartirlos, sobre todo por parte


del sacerdote.

- Ausencia de un “monitor” que integre a los fieles en plegarias,


ritos, cantos, posturas y gestos.

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- El desequilibrio entre lo que se “hace” (leer, hablar, cantar, ofrecer,
sentarse o levantarse) y lo que se “calla y contempla”.

- Hacer, decir o cantar siempre lo mismo y del mismo modo.

- La excesiva dispersión o lejanía física de los fieles, tanto respecto al


altar, como los unos de los otros.

- Cierto abuso del tiempo, sobre todo al hablar, y la falta de un cierto


ritmo, que hacen la celebración interminable y cansina.

- Monopolizar todo el canto desde el coro…

Pero cuidado, no porque intervengan muchos participamos mejor.


La participación es algo muy personal. Es meterse uno mismo en la
celebración. Es sentirse realmente ante el Señor y los hermanos. Es
vivir en cada momento el misterio global que estamos celebrando, lo
que alguien en nombre de todos está haciendo, junto con la
resonancia que todo ello produce en mí gracias a mi plena
participación hecha de escuchas, respuestas, cantos, silencios,
posturas y gestos.

Recordemos también algo sobre…LUGARES, ORNAMENTOS Y


OBJETOS
Cuando estamos o vamos de visita hacemos lo mismo. Hay que
aprender o recordar dónde está cada lugar en esa casa; qué valor
afectivo o real tiene esto o qué función tiene el otro; que
significado dar a tales o cuales gestos o cómo sintonizar con todos.
Y todo, no por cuestión de protocolo o etiqueta, sino para que el
fin de la reunión se logre más plenamente, y hasta para resultarnos
más gratos los unos a los otros.
¿Por qué no pensar esto cuando llegamos al Templo?
En toda Celebración Eucarística destacan en primer lugar unos…

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LUGARES:

El altar:

Simboliza a Cristo, sacerdote, víctima y Altar del sacrificio incruento


como único es el Señor. Equivale a una mesa, la mesa donde vamos
a celebrar este misterioso Banquete. Está situado en el centro del
presbítero, es fijo, y por lo que representa ha de ser venerado al
máximo, tanto dentro como fuera de la celebración. Por ello, el
sacerdote lo besa al comenzar y al terminar la Misa. Y cuando se
utiliza el inciensa.

Encima no han de ponerse sino únicamente los vasos sagrados con


el pan y el vino para la Eucaristía. Bien visible, sin taparlos.

¡Lástima que a veces se le utilice como revuelta mesa de trabajo,


estantería de libros y objetos de culto, peana de floreros y hasta
como muro donde pegar carteles!

El Ambón:

Si el altar era la “Mesa de la Eucaristía”, éste es “Mesa de la


Palabra”. Cierto que para proclamar ésta puede bastar con un simple
atril, pero cualquiera puede admitir que la dignidad de la Palabra
existe mucho más.

Hacia él debemos dirigir la mirada cuando se nos proclame o se nos


explique aquélla. Es absurda la costumbre de algunos fieles que
creen ser más devoto escuchar al sacerdote o lector mirando
fijamente hacia el Sagrario o con los ojos recogidos fervorosamente.

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No olvidemos que el Ambón es un “lugar”, no un “mueble”. Y que
sobre él sólo pueden colocarse el Leccionario o Evangeliario. Por eso
va contra su dignidad el convertirlo en armario donde guardar hojas
y libritos, o donde colgar rosarios.

La Sede:

La sede no es sólo el lugar donde en ocasiones se sienta el sacerdote


o celebrante principal, tiene también un hondo simbolismo. Desde
ella es Cristo mismo quien preside la asamblea en la persona del
ministerio que lo representa. Por eso mismo ha de destacar en
dignidad del resto de los asientos. Y nunca debe de estar colocada
delante del altar para que un símbolo no oculte al otro.

La sede es única, no triple como a veces aparenta. Única porque uno


es el Señor del que es icono quien preside. Es el lugar propio del que
enseña, del que tiene autoridad. Por eso las primitivas comunidades
cristianas representaban siempre a Cristo.

En ella debe comenzar cada Celebración Eucarística que se celebre


con el pueblo, sin distinción entre los domingos y los días ordinarios,
misas rezadas o solemnes. Desde ella escucha quien preside las
lecturas de la Palabra, puede predicar la homilía, recitar el Credo y
dirigir la Oración Universal.

LOS ORNAMENTOS

Venimos repitiendo que, dentro de la celebración de la Eucaristía, el


sacerdote representa a Cristo, de ahí que, tanto su comportamiento
como su modo de vestir deben recordárnoslo. He aquí el porqué de
que se vista de un modo especial.

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El “alba” es una túnica blanca que le cubre por completo y que
simboliza el vestido bautismal.

La “estola” es una franja alargada de tela que le cuelga por igual


sobre los hombros y que es el símbolo de la función sacerdotal.

La “casulla” es un largo manto más corto que el alba, que le cubre


por completo, del mismo color de la estola.

Los colores, también tiene su significado propio, de acuerdo con el


ministerio o santo recordado:

El “blanco” recuerda la luz, la gloria, el triunfo y la alegría. Se usa,


sobre todo en los tiempos de Navidad, Pascua, memoria de muchos
santos y fiestas comunes.

El “rojo” es el mismo color del amor y de la sangre. Se utiliza por lo


mismo el Domingo de Ramos, viernes Santo, Pentecostés y memoria
de los mártires.

El “verde” es el color de la esperanza y del crecimiento. Es propio del


tiempo ordinario.

El “morado” color de la penitencia, de la conversión y del dolor. De


ahí que sea el color de Adviento y Cuaresma, así como de las misas
por los difuntos y celebraciones penitenciales.

El “azul” un color que la liturgia permite utilizar en España en la


fiesta de la Inmaculada Concepción.

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LOS LIBROS Y VASOS SAGRADOS

He aquí los principales:

El “Leccionario”. Un grueso libro que contiene las lecturas de la


Pascua que ha de leer el lector en cada Eucaristía.

El “Misal”. Es el libro en que el sacerdote encuentra todas las


oraciones e indicaciones o rúbricas que la liturgia propone en cada
celebración.

La “patena” y el “copón” son dos recipientes de materia lo más


delgada posible, dispuestos para contener las hostias antes y
después de la Consagración.

Y el “cáliz”, por fin, es una copa de in material semejante al anterior,


que antes de la Consagración contiene el vino y, a partir de ella, la
Sangre del Señor.

Celebrar la Eucaristía requiere, por fin


Un SABER ESTAR
Juntos cantando la alegría de vernos unidos en la fe
Y el amor, juntos sintiendo en nuestras vidas la
Alegre presencia del Señor…

SABER “REUNIRNOS EN FAMILIA”

La celebración eucarística es antes que nada “reunión” de la familia


de los hijos de Dios dispersos por el pecado; “asamblea litúrgica”

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que celebra los misterios del Señor, a la vez que mesa en la que se
alimenta con el pan de su Palabra y de su Cuerpo.

Ahora bien, este “reunirnos constituyendo una comunidad orante”


no es una empresa fácil:

Es algo más, mucho más que “orar los unos por los otros”.

Es algo más, mucho más que orar “los unos juntos a los otros”.

Como diría San Ignacio de Antioquía, ora en común la comunidad


cuyos miembros pasan a ser como cuerdas de una lira que, con el
impulso del Espíritu, y bajo los dedos del sacerdote u obispo que
preside, entonen todos ellos una melodía única.

Sólo diluyendo mi fe, mis intenciones, mis gustos y preferencias


personales, mis cantos y mis silencios, mi sentarme y levantarme en
el ritmo de la comunidad; sólo aportando lo mejor de mí mismo y
asumiendo como mío lo mejor de los demás; sólo sintiendo la pena y
las alegrías ajenas como sé que sientes los demás de las mías; sólo
de este modo puede uno orar al unísono; esto es, en familia, en
asamblea, en comunidad eso de: “te alabamos…, te bendecimos…,
te adoramos…, te damos gracias Señor, Dios del universo”. Sólo así
puede uno rezar de verdad el “Padre… ¡nuestro!” Sólo de este modo
será la asamblea litúrgica, y todo ella, la que ore, aclame y dé
gracias.

Este “reunirse” es una gracia…

¡Claro que no es empresa fácil conseguir esta unión de corazones!

Andamos demasiado dispersos. Vamos cada uno demasiado “a lo


nuestro”. Reproducimos con demasiada frecuencia la escena de

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aquel fariseo que subió al templo a orar. Debe animarnos, sin
embargo, el considerar que esta reunificación es “gracia”, a la vez
que “tarea”.

Es “gracia”, porque el pegamento que nos ha de aglutinar e el mismo


Señor. Él es quien convoca, primero, para enviarnos, después. Él y
nadie como Él ha de ser quien nos ensamble y cohesione.

De ahí que lo primero que tenemos que hacer, apenas nos


congreguemos físicamente ante el altar, sea el sentir su presencia
muy en medio de nosotros. “Donde dos o más se junten en mi
nombre, allí estaré yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

Solemos poner no poco empeño en dar vida a nuestras Eucaristías


repartiendo papeles, ensayando cantos, modificando rúbricas… ¡Y
olvidamos que la verdadera fuerza centrípeta y el auténtico
animador es Él!

Sintámosle muy como codo a codo con nosotros. Para ellos, no


olvidemos sus “disfraces preferidos” dentro de la asamblea litúrgica:

- Cristo se nos hace presente, primero, en la imagen de la propia


asamblea como la expresión más fiel que es su misma Iglesia.

Cristo se nos hace presente, luego, en la figura del sacerdote. De ahí


su peculiar modo de vestir. De ahí que se dirija a la comunidad, no
como uno de tantos: “démonos la paz”, “vayamos en paz”, sino en
nombre del mismo Señor: “daos fraternalmente la paz”, “podéis ir
en paz”.

Cristo se nos hace presente, por fin, en la Palabra proclamada o


escuchada, y, sobre todo, en el Pan y en el Vino de la Eucaristía.

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Pero saber reunirse es también una tarea:

Evidente que mucho depende de nosotros a la hora de celebrar un


común los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Primero, reviviendo nuestra convicción de que en esto consiste


ciertamente orar en Iglesia; de que ésta es la oración agradable al
Señor. Hemos de superar todo individualismo; hemos de
sobreponernos a la inercia de la costumbre, a la desgana, a la mera
pasividad; hemos de meternos, en fin, en ese movimiento de vaivén
por el cual habrá momentos en los que yo me deje llevar por los
demás, mientras otros seré yo quien también arrastre con mi
entusiasmo al responder, contar o, simplemente, con mi saber estar
junto a los demás.

Citemos, a modo de ejemplo, algunas actitudes creadoras de


comunidad:

- Crea comunidad el simple hecho de llegar puntualmente a la


iglesia.

- Crea comunidad el ponernos lo más cerca del altar y lo más


cercanos los unos de los otros. Más que un banquete familiar,
nuestras Eucaristías parecen a veces un restaurante de carretera,
donde cada cual se sienta lo más lejos posible del otro.

- Crea comunidad el expresar de algún modo (con un gesto sencillo,


con una palabra amable, con una sonrisa) la acogida que hacemos al
de al lado; aunque sea un desconocido, es un hermano con quien
vas a compartir tu propia fe. ¿No nos saludamos, acaso, al entrar en

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el ascensor, salas de espera, etc.? ¡Lástima de aquellas tertulias de
los pórticos de nuestras iglesias rurales!

Crea comunidad el responder, cantar, sentarse, levantarse y, sobre


todo, desearse la paz, con prontitud y ganas.

- Crea comunidad el brindarse a leer, cantar, etc., si uno juzga que


tienes cualidades. Y más, si a uno le invitan a hacerlo.

SABER “CALLAR” Y SABER “HABLAR”

- Los silencios:

Son algo mucho más importantes de lo que pensamos dentro de


nuestras celebraciones eucarísticas.

Zarandeados a diario por ruidos y prisas, parece que le tengamos


pánico al silencio. Tanto, que raramente le permitimos aflojar un
poquito ya que, como si de un insecto inoportuno se tratase, rápido
lo suprimimos con más comentarios, más canto, más música y hasta
más oraciones “personales”.

-Con esta conducta, olvidamos cosas muy primarias:

- Que también la oración litúrgica…”escucha del Señor”.

- Que la página necesita de blancos para poder leer el negro de su


letra.
- Que sin silencio es imposible todo proceso de asimilación personal.

Nuestra liturgia, no sólo permite, sino que anima y urge para que
salpiquemos nuestras celebraciones de los distintos tipos de
silencios fecundos que la enriquecen:

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- Silencios que predisponen a la escucha: Después de invitar a orar.

- Silencios que recogen. Para dolerse uno de los propios pecados.

- Silencios que predisponen a reflexión: Después de cada lectura.

- Silencios que relajan: Presenciando la procesión de ofrendas.

- Silencios que crean intimidad y gratitud: Después de la Comunión.

- Silencios “punto y aparte”: Entre las distintas partes de la


Eucaristía.

¡Cuidado! No se trata de alargar por alargar nuestras reuniones.

Tratamos de recuperar para la Eucaristía ese coeficiente de actitud


contemplativa que ha de tener siempre la cercanía del Señor. Se
trata de no transplantar las prisas de fuera a la paz de los templos.
Se trata de darnos tiempos para que pueda desarrollarse
medianamente en nuestro interior ese proceso de oír-escuchar-
comprender-amar y comprometernos. Se trata de suplir tanta
palabra y gesto, por el eficacísimo lenguaje del silencio. Por eso,
porque recordamos la frase de san Juan de la Cruz: “Que el lenguaje
que Él más oye es el callado amor”.

- El hablar “a una sola voz”:


Pero también hay momentos en los que debemos hablar.

Hay dentro de nuestras celebraciones eucarísticas unas oraciones


preciosas que debemos recitar al unísono, en iglesia. Son, sobre
todo, ese “Gloria”, una de las plegarias más antiguas de nuestra
liturgia , ese “Credo”, como profesión abierta y compartida de esa

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misma fe que nos une a todo; esa aclamación adoradora del
“Santo”; ese merecernos entre el sentido de filiación y de
fraternidad que experimentamos en cada “Padrenuestro”, etc.

Escuchémonos mutuamente, hagamos las mismas pautas,


acomodémonos a un mismo ritmo. Hacerlo al unísono es reproducir
la atmósfera de aquellas primitivas comunidades cristianas en las
que todos tenían un solo corazón y una sola alma.

Cantando la Misa, no en la Misa:

Es muy importante que cantemos en nuestras Eucaristías.

- Venimos de un pueblo-el Pueblo de la Biblia-que oraba cantando.


- Cantando expresamos mejor todas vibraciones interiores.
- Cantar es orar con cuerpo y alma.
- El canto une a los orantes.
- Cantamos porque, en el fondo, toda oración es fiesta.
- Cantamos porque, al hacerlo, ayudamos a los demás a orar.

Sin embargo, es conveniente hacer una advertencia: Debemos


cantar “la Misa”, no “en” la Misa, ni “durante” la Misa.

Cantar la Misa es cantar los textos propios de la Eucaristía que


celebramos. De lo contrario volveremos a lo que tanto nos costó
quitar: A aquella tendencia a aprovechar la Misa para rezar rosarios,
novenas, etc. Es decir, para no estar a lo que debemos estar.

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RITOS INICIALES

Importancia y significado
La Misa con unos “ritos iniciales” que tiene una finalidad muy
concreta: La de reunificar a unos individuos tan fragmentados y
dispersos como somos cada uno de nosotros. Llegamos de la calle,
de la vida de los mil y un problemas cotidianos, y tenemos, de
pronto, que ponernos a la escucha de la Palabra del Señor y a
celebrar los ministerios de su pasión, muerte y resurrección. Esto
es imposible sin recuperar ante el sentido de una triple presencia:

a.- Sentirnos presentes nosotros mismos. Reunificarnos. Ser


capaces de estar a lo que estamos.

b.- Pero ni venimos a estar simplemente los unos junto a los otros,
venimos a formar una Asamblea. Por ello hemos de sentirnos como
cuerdas de una misma lira con la que, emitimos entre todos una
única melodía.

c.- Y por fin, ¡sentirle a Él en medio de nosotros! Actualizar su


promesa de “estar en medio de aquellos que se reúnan en su
Nombre”.
Los primeros minutos de cada Celebración Eucarística son muy
importantes. Pensemos en el comienzo de un concierto, en la
parrilla de salida de una carretera, en la salida a escena de un
teatro.

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EL CANTO DE ENTRADA

Es un símbolo bellísimo de nuestra condición de peregrinos; de


nuestro caminar como Pueblo al encuentro del Señor.

Es un canto destinado, a la vez, a abrir nuestra celebración, a


hermanarnos a las asistentes, a recordarnos del misterio litúrgico del
día, y reforzar su carácter festivo. Debemos cantarlo todos los
asistentes, si lo sabemos, o al menos el coro.

Si hay procesión de entrada, acompaña a ésta; y se hay incensación,


concluye con ella. Cuando no hay procesión, lo indica el sacerdote
después de haber besado el altar y saludado al pueblo.

EL BESO DEL ALTAR

Vemos que lo primero que hace el sacerdote que preside apenas


llegan al Altar es besarlo. Unámonos a él en espíritu y besémoslo
también nosotros.

Será un gesto precioso y muy lógico si recordamos que:

- el Altar representa a Cristo,


- es el mejor “punto de encuentro” entre Dios y el hombre,
- es el lugar donde brotan el Cuerpo y la Sangre del Señor,
- es la mesa a la que nos sentamos todos los hijos del Padre Dios,
- es, como el propio Cristo, la piedra anular de nuestra Iglesia.

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LA SEÑAL DE LA CRUZ

Una vez besado el Altar, el sacerdote se dirige a la Sede donde,


terminado el Canto, hace con todos nosotros la Señal de la Cruz.

Por nuestra parte, mientras la trazábamos sobre nosotros, todos


decidimos y pedimos en voz alta comenzar la celebración “en el
nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.

No nos contentemos con garabatear sobre nosotros este signo de un


modo mecánico. Vivamos su simbolismo:

- La Cruz es el símbolo por excelencia del cristianismo.


- Es algo así como nuestra “marca registrada”.
- Puesta sobre nosotros, nos avala como cristianos de ley.
- Recuerda nuestro Bautismo.
- Nos advierte que la Eucaristía tiene mucho que ver con la Cruz.
- Nos anima a asistir en virtud y para honor y gloria de la Trinidad.

EL SALUDO DEL SACERDOTE

Todo encuentro lo solemos comenzar con un saludo. No podía faltar


en éste en el que queremos experimentar el gozo de sentirnos
reunidos en el nombre del Señor. De ahí que sea este saludo mutuo
el primer contacto entre el sacerdote y la asamblea.

Además de la función propia de todo saludo, éste trata de reavivar


en nosotros su sentido cristiano, y el misterio de nuestra asamblea
litúrgica.

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En efecto, el sacerdote nos mira y descubre en nosotros la presencia
del Señor resucitado. Nosotros le miramos y reconocemos en él al
mismo Cristo. Reconocer esto, es confesar que a partir de este
momento, no vamos a ser nosotros los verdaderos protagonistas de
cuanto hagamos, sino Él y su Espíritu.

De todos los saludos el más característico y que resume a todos es


éste:

“El Señor esté con vosotros”, nos dice el sacerdote:

Lo afirma, pero no basta. Es preciso que todos los asistentes nos


abramos a esa presencia y que no la olvidemos. De poco serviría que
el Señor estuviese realmente es medio de nosotros se no nos
enteráramos. Por eso nos lo desea. Porque toda presencia no es
completa hasta que no es aceptada y acogida.

Y con tu Espíritu, respondemos nosotros.

Y al responder, deseamos a quien nos preside que el Espíritu de


Cristo que un día recibió por medio de la imposición de manos del
obispo para celebrar la Eucaristía, esté presente en él en estos
momentos en que preside nuestra asamblea.

¡Claro que se trata de un saludo ritual y litúrgico!, pero ello no debe


impedir que sea un verdadero saludo. Nada, pues, de frío e
hipócrita, sino calido y sincero. No olvidemos, sin embargo, que se
trata de un saludo cristiano para abrir una celebración cristiana, de
hondas raíces bíblico-cristianas. Debemos cuidar la expresividad o
espontaneidad haciendo siempre referencia al don de Dios.

No basta con que nos digamos: “Buenos días”, ni “hola, ¿qué tal?”.

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ACTO PENITENCIAL
Supone que vistamos de fiesta nuestro propio corazón.

En un libro del Antiguo Testamento se nos cuanta cómo un día en el


que Dios se le apareció a Moisés llamándolo desde una zarza que
ardía sin consumirse, le advirtió antes de que se le acercarse:
“Descálzate porque el lugar que pisas es santo”.
Y Moisés comprendió que nadie puede entrar en la cercanía de Dios
de cualquier modo.

Debemos pensar lo mismo cuando nos acercamos al Altar del Señor.


Este es el significado del momento penitencial de toda Eucaristía. Un
rito que se desarrolla en tres tiempos:

- Un primer momento en el que caemos en la cuenta de que es


Él y de quienes somos nosotros. De lo que decimos creer y la
congruencia de nuestras obras.
- Otro segundo en el que, tras en un fugaz silencio en que
reconocemos nuestra condición de pecadores, le pedimos
llenos de dolor y propósito: “Señor, ten piedad”…
- Y otro tercero, en el que oramos confiados en su perdón: “Dios
Todopoderoso, tenga misericordia de nosotros, perdone
nuestros pecados…”
- Nuestra vestidura para el Banquete Eucarístico al que nos
disponemos a entrar será tanto más bella cuanto más sincera
haya sido nuestra confesión, no sólo de nuestros pecados, sino
de la ternura del corazón de nuestro Padre-Dios.

EL “GLORIA”

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Es el más bello de todos los cánticos cristianos. Equivale a una
explosión de gozo por sentirnos unidos alabando, bendiciendo,
adorando y glorificando a Dios. Es la prueba de que todo egoísmo,
todo personalismo ha sido superado, y de que, al fin, todos estamos
integrados en la Asamblea que predice la Cuidad Futura.

Como canto de alabanza por antonomasia que es, deberíamos


cantarlo siempre que pudiéramos, sobre todo en Navidad. Pero, sin
embargo, no podemos recitarlo siempre.

El “Gloria” es, cierto, uno de nuestros cantos litúrgicos más antiguos.


Pero también uno de los que ha tenido una historia más accidentada
un nuestra liturgia. Suprimido y aceptado en diversas ocasiones, en
el momento actual no podemos ni siquiera recitarlo, por ejemplo, en
Adviento o Cuaresma o misas de difuntos, por su carácter alegre y
festivo. Ni en las celebraciones feriales, por su matiz festivo o
solemne.

¿Cuándo podremos recitar o cantar cada amanecer el “¡Gloria a Dios


en el Cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!”? Es lo
que hacían nuestros primitivos cristianos… ¡y se encontraban tan
bien!

ORACIÓN COLECTA

Ya reunidos, dispuestos ya en cuerpo y alma todos nos disponemos a


orar. Y la primera de nuestras plegarias es la que conocemos como
“Oración colecta”. “Colecta”, es latín significa precisamente esto:
“reunida”, “congregada”.

El sacerdote comienza diciendo: “Oremos”. Siguen unos momentos


de silencio en los que debemos avivar la presencia de Dios ante el

24
cual estamos, y ponernos en disposición de orar. Recitada la oración
por el sacerdote, la asamblea manifiesta que la hace suya
respondiendo: “Amén”.

LITURGIA de la PALABRA
(Un Dios que habla)
“Habla, Señor, habla, Señor, que tu siervo escucha”

NO ADORAMOS A UN DIOS MUDO

La gran noticia que la Iglesia nos da en cada Eucaristía y por la que


nosotros nos debemos alegrar es que nuestro Dios no es un Dios
mudo. Al contrario, Él nos habla y, por pura lógica, nosotros
debemos escucharle.

El Señor se comunica con nosotros con muy diversos lenguajes:

- Mediante su Creación. “En cada cosita que Él creo hay mucho más
de lo se entiende”, nos dice santa Teresa.
- Nos habla a través de cada acontecimiento. Si supiésemos
contemplar la vida, toda la vida nos hablaría de Él.

- Nos habla desde lo profundo de nuestro propio corazón. “Cuando


desees escucharle, dice Jesús, entra en ti mismo, cierra la puerta, y
allá en lo escondido hablar a tu “Padre…”

- Llegada la plenitud de los tiempos, el autor de la Carta a los


Hebreos nos dice que el mismo Dios “que había hablado a nuestros
padres por medio de los profetas, nos ha hablado por medio de su
Hijo” (Hb 1, 1-2).

- Y como toda la palabra de Dios es hermosísima, por eso mismo


están cuidadosamente recogidas todas en la Biblia. Un libro que es

25
punto de referencia indiscutible para nuestra Iglesia. Un libro del
que se nutre constantemente. Un libro que es para ella luz, apoyo,
fuente y pan sabrosísimo.
De ahí que la santa Misa sea liturgia de la Palabra y Liturgia de la
Eucaristía. Ambas forman parte integrante y esencial de cada
celebración. Son dos las mesas a las que nos sentamos: la mesa del
“Pan de la Palabra” y la del “Pan de la Eucaristía”.

El mismo Misal nos advierte: “Cuando se leen en la Iglesia las


Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente
en su Palabra, anuncia el Evangelio”. Por eso, la liturgia de la Palabra
no es introducción o preparación para liturgia eucarística, sino algo
esencial de ella.

EL MINISTERIO DEL LECTOR


El ministerio del “Lector” ha sido recuperado y revalorizado a partir
del Vaticano II. Por su medio, la Palabra que un día se hizo escritura,
vuelve a hacerse Palabra para que pueda hacerse acogida por los
que la escuchan.

El lector hace visible al Dios que habla; se convierten en un signo


vivo; le prestan su voz humana para iniciar ese diálogo amistoso que
siempre inicia el Señor.
- Si su voz no suena, dice Schokel,
No resonará la Palabra de Cristo;
- si su voz no se articula, la Palabra se volverá
Confusa;
- si no se le da el bien sentido,
El pueblo no la comprenderá bien;
- si no se le da la debida expresión,
La Palabra perderá su fuerza;
- y no vale apelar a la omnipotencia divina,
Ya que ésta pasa siempre por la encarnación.

26
Por ello, nunca insistiremos lo suficiente en la preparación de los
lectores; preparación que deberá cuidarse en un doble sentido:

- Espiritual: estima de la Palabra de Dios,

Formación bíblica y litúrgica.

- Y técnico: conocimiento de las técnicas de la comunicación y


lectura.

Algo muy sencillo de decir, pero muy difícil de conseguir y de


proyectar en esas dos lecturas que les tocará hacer del Antiguo y
Nuevo testamento.

Cinco han sido siempre las características de la lectura en público,


características cuyo dominio supone todo un arte y que exigen una
preparación tanto remota como inmediata:

- Lectura “lenta”: El oyente necesita tiempo para captar todo el


mensaje. Un silencio largo para el lector es corto para quien
escucha. Por eso el lector deberá cuidar sus pausas entre el título del
libro y su texto, y entre éste y la aclamación final. Sin olvidar otras
menores entre frases y párrafos.

- Lectura “clara”. Si queremos que a los fieles les llegue toda y sola la
Palabra que estamos proclamando.

- Lectura “alta”. Dependiendo de disponer o no de una correcta


megafonía.

- Lectura “comprensible”. Dando a cada frase la expresión y el tono


que le corresponde.

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- Lectura, en fin, “dialogal”. Esto es, levando de vez en cuando los
ojos del libro y mirando a los fieles en señal de cercanía y de
solicitud empática.

CUANDO ALGUIEN TE HABLA…, ESCUCHA.

Nos lo repetían de niños:

“Carlitos: Cuando alguien te habla, debes escuchar”. Y nos lo


tenemos que repetir ahora: Cada vez que el lector o lectora tome la
palabra en el templo, no debemos tener otro ocupación sino la de…
¡escuchar!

Sin embargo, desde que Jesús nos contó aquella maravillosa


Parábola del Sembrador, somos demasiados cristianos que no
acogemos la semilla como tierra mullida y bien dispuesta. Cae
demasiadas veces a la mitad del camino, o entre las piedras, o
espinos, o sencillamente, la aventamos a la finca del vecino diciendo
aquello de “¡qué bien le vendría eso a fulanito”!

Pero ahora queremos concentrarnos en la dificultad que tiene de


germinar por la simple razón de no haberla escuchado o podido
escuchar.

El corazón de Dios dejó dichas palabras clarísimas, en situaciones


clarísimas, para que los hombres las entendiesen clarísimamente.
Hoy esa misma palabra se nos transmite muchas veces por alguien
que pronuncia mal, sin apenas voz, y lo que es peor, incluso
demostrando que ni él mismo entiende lo que lee. De aquí la
importancia de realizar bien la lectura.

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Pero también la de disponer lo mejor posible a su escucha relajando
nuestro cuerpo, serenando nuestra mente y purificando nuestro
corazón. Y la de favorecer su interiorización con espacios oportunos
de silencio después de cada invitación a que oremos, y de cada
lectura.

Otros elementos de la MESA de la PALABRA


Nos referirnos aquí y ahora a la “Homilía”, a la “Profesión de fe” y a
la “Oración de los fieles”.

LA HOMILIA:
Después de la proclamación de las lecturas en las misas de los
domingos, fiestas de precepto, exequias y celebración de los demás
sacramentos, el sacerdote pronuncia la “homilía”. Su comentario a
las lecturas escuchadas.

Homilía, quiere decir discurso sencillo, coloquial, familiar.

Ya allá por el año 150, san Justino explicaba de este modo lo que era
la homilía: “Cuando el lector ha terminado de leer, el que preside
toma la palabra y exhorta a todos a cumplir tan buenas enseñanzas”
(Apología 1,67).

Una homilía bien hecha entusiasma el interior de los fieles y los


compromete un poco más en la tarea de pasar por la vida amando a
Dios y haciendo el bien.

¿Un modelo de homilía?

Abramos el evangelio de san Lucas 4, 16-22.


Ahí la tenemos.

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Llega Jesús a su pueblo. Va el sábado a la Sinagoga. Sube al estrado.
Abre la Escritura por el libro de Isaías, concretamente por el capítulo
61, versículo primero, y comienza a leer:

El Espíritu del Señor está sobre mí…Él me ha enviado a dar la vista a


los ciegos y a dar la libertad a los presos y oprimidos…

Enrolla de nuevo el rollo de la ley y comenta el texto; es decir,


pronuncia su homilía:

“Hoy se han cumplido estas palabras”, dice con una voz clara,
directa, convencida, pero a la vez amable.

¡Excelente homilía! Breve, incisiva y tan fácil de escuchar que nadie


se le ha dormido.

La homilía tiene como dos objetivos:

1) Recordar a cuantos asisten a la Misa todo cuanto el Señor ha


hecho de “bueno”.

2) Convencerles de que cuanto hizo de bueno “en aquel tiempo”, lo


sigue haciendo y más, “en este nuestro tiempo”. ¿Criterio para saber
si la homilía que predicó o que escuchó es buena o deficiente?
Analizar las “ganas de vivir” que deja o quita.

Dicha la cosa así, parece sencilla, pero no es fácil de hacer una


homilía. Se necesita, por un lado, la preparación del sacerdote; pero
no menos la participación de los fieles. Aquél debe consultar de vez
en cuando a éstos, y hasta debería formar parte un pequeño equipo
con quien preparar sus palabras dominicales. Y los fieles deben,
además, escuchar con una mentalidad tan positiva como la de
aquella santa mujer que fue Teresa de Jesús, según la cual, nunca

30
hubo sermón, por malo que fuese, del que no sacase algún
provecho.

¡Ah, claro, y que sea breve! Que más de uno lamente su rápido
final…

EL CREDO

Durante la Misa, uno de los momentos más concretos y fuertes de


adhesión a la Palabra de Dios es el de la proclamación del “Credo” o
“Símbolo de los Apóstoles”. La palabra “símbolo” viene del griego y
significa “resumen”. Y eso es el “Credo”: el resumen más repetido y
apreciado de cuanto nos dice la Biblia. Proclamando con convicción y
devoción el “Credo”, expresamos pública y gozosamente nuestra fe
y nuestra adhesión a todo lo que la Escritura dice desde el Génesis
hasta el Apocalipsis.

Es curioso observar que el mismo “Creado” comienza con la creación


del mundo y termina con su final.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Sigue a la recitación del “Credo” y se la conoce también como


“Oración Universal”. Una oración en la que nos ocupamos de “todo
el mundo”. Una oración atenta a cuanto ocurre lejos y cerca de
nosotros. Una oración de y por todos los hombres.

Cristo no vino a este mundo y habló y sufrió y murió y resucitó para


unos pocos, sino para todos. No quiso anunciar se Buena Noticia a
unos pocos, sino a todo el mundo. Esta es la actitud que tiene la
Iglesia y quiere que tengamos durante la Misa. Recuerda a todos
cuanto hizo en la última Cena, se proclama la Palabra para todos, y…
se ruega no sólo por éste o por aquel, sino por todos.

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La “Oración de los Fieles” es el momento en que menos raquíticos
debemos ser. Hemos de pensar y pedir “a lo grande”. Hemos de
tener presentes a todos los niños, a todos los jóvenes, a todos los
trabajadores y parados y amigos y enemigos y padres y madres y
sacerdotes y obispos y creyentes y ateos del mundo.

Dios quiere que todos se salven y es bueno para con todos. Dios es
mucho Dios. No le pidamos tacañamente. Ni mecánicamente.
Respondamos a poder ser cantando. O al menos, con todo el
corazón.

LITURGIA EUCARÍSTICA
La otra mesa
Bendito seas, Señor, por este pan y este vino, que generoso nos
diste para caminar contigo, y serán para nosotros alimento en el
camino…

LOS CUATRO TIEMPOS DE LA LITURGIA EUCARÍSTICA

El la Eucaristía no celebramos propiamente la última Cena, sino la


muerte y resurrección de Jesucristo, su misterio pascual. Pero lo
hacemos repitiendo sus mismas palabras y gestos de aquel
momento. De ahí que necesitamos conocer el sentido alcance de
esos gestos para comprender la liturgia eucarística y la misma Misa.
Nosotros cumplimos el mandato del Señor: “Haced esto en memoria
mía”.

Jesús el día de su pasión:


a) Tomó pan y copa.
b) Pronunció la acción de gracias.
c) Lo partió.
d) Y se lo dio a sus discípulos.

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Es lo mismo que hacemos nosotros en cada Plegaria Eucarística:
a) Preparamos el pan y el vino en la presentación de las ofrendas.
b) Decimos la acción de gracias en la “Plegaria eucarística”.
c) Partimos el pan en la fracción.
d) Y lo repartimos en la comunión.

PREPARACIÓN Y PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS:

Antes se llamaba “Ofertorio”, ahora no, porque la verdadera ofrenda


de Jesucristo tiene lugar en la Plegaria Eucarística, no aquí. Lo propio
de aquí es presentar, primero ante el Altar, luego ante Dios, lo que
más tarde se va a utilizar en la Plegaria Eucarística.

- Presentación ante el Altar:


¿Qué hemos de presentar? Primero y siempre, el pan y el vino, que
nunca han de estar antes sobre el Altar, sino que han de ser traídos
por los fieles, dentro de la denominada “procesión de ofrendas”, por
los monaguillos o por el propio sacerdote.

Además puede presentarse ciertas ofrendas que luego quedarán


para la Iglesia, los pobres, etc.

Suelen cometerse aquí dos errores frecuentes. El de dar esta


“procesión de ofrendas” un relieve e importancia que no le
corresponde. O el de que, por aquello de vincular la Misa con la vida
de los que asisten a ella, se lleven al Altar libros, herramientas,
juegos, y hasta cosas inimaginables. Evitemos todo esto que oculta
los verdaderos símbolos eucarísticos del pan y el vino, y, sobre todo,
no lo pongamos jamás sobre el Altar, pues lo convertiremos en
figura de Cristo y Mesa de su Banquete, en mostrador de feria.

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- Presentación del pan y el vino ante el Señor:
El celebrante toma, primero el pan y luego el vino y los eleva un
poquito mientras pronuncia con voz suave unas oraciones ricas en
sugerencias para nuestra oración y nuestra vida:

- El pan y el vino son Dones de Dios, pero tampoco tareas del


hombre.
- Simbolizan el alimento y la fiesta imprescindible para nuestro vivir.
- Cristo toma de nuestra humildad para darnos su divinidad.
- Dios necesita de nosotros, para realizarse.
- Él necesita de nuestro trabajo y lucha para fructificar en nosotros.
- No sólo hemos de ofrecer dones, sino que debemos
autoofrecernos.
- Las gotas de agua que echamos en el vino del cáliz simbolizan la
función de la naturaleza divina con la nuestra.

LA COLECTA

A algunas personas les molesta mucho ese momento en que unas


personas voluntarias pasan la cestita o bolsa solicitando de los fieles
una limosna. Habitualmente suele estar destinada al sostenimiento
del culto y pastoral en general, pero muchas veces lleva un destino
concreto: Misiones, Seminario, Diócesis, Manos Unidas, hambre, etc.

Les molesta, dicen, que en lugar y en unos momentos en que todo


ha de invitar a la oración, suene el tintineo de monedas o se les
moleste a uno solicitando este donativo.

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Sin embargo no están en lo cierto. Los primeros cristianos, ya desde
sus primeras celebraciones eucarísticas, recolectaban fondos para
atender a huérfanos o viudas o necesidades de otras comunidades
más pobres. Y esto se vio siempre como el mejor complemento y
símbolo del sacrificio eucarístico. ¿Qué mejor modo de prepararse
uno para comulgar con Cristo, que éste de comulgar antes con los
hermanos tratando de paliar sus necesidades? ¿Podemos pensar de
alguien, incapaz de ofrecerse él mismo a su Señor? Lo que sí que
habrá que procurar es que se haga lo más rápida y silenciosamente
posible.

Es, además, un tiempo de relax, de sosiego, de respiro entre esos


dos tiempos fuertes que son la liturgia de la Palabra y la Plegaria
Eucarística. Un tiempo parea el silencio recogido y la serena
contemplación.

LA PLEGARIA EUCARÍSTICA
En el corazón del Ministerio
Hemos llegado al momento más importante de la Misa: la “Plegaria
Eucarística”. Estamos ciertamente en el corazón del ministerio. Sin
ella, no hay Misa. Recordemos que la tarde de la última Cena, Jesús
tomó el pan, lo bendijo y pronunció la Acción de Gracias, esta es, la
“Plegaria Eucarística” (Lc 22,19). Sus principales pasos son éstos…

PREFACIO

“Dar gracias”, he aquí el fin de toda la Misa. Dárselas al Señor por


tantos dones como nos dio ayer, nos ha dado hoy, y nos dará
mañana, es también el fin de todo Prefacio. Es él se nos recuerdan
algunos motivos para esa gratitud.

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El Prefacio es un momento muy oportuno para recordar que la Misa
no es sólo sacerdote. Todos tenemos que meternos dentro de
expresiones como éstas: “te ofrecemos” “te damos gracias”, “te
rogamos”, con que él se dirige a Dios.

Verdaderamente es digno y saludable que en todo tiempo y lugar te


demos gracias, Señor. ¡Precioso comienzo este! Los creyentes que,
como cualquier humano, todo lo hacemos enmarcando en las
coordenadas de tiempo y lugar, ¿seremos de hacerlo todo
enmarcándolo también en las de nuestra gratitud?

SANTO…SANTO…SANTO…

La acción de gracias que recita o canta el presidente, termina con


esta aclamación recitada o cantada por toda la asamblea. Es una
solemne aclamación que dirigimos al Padre, fuente de todo bien y de
todas las cosas. La Iglesia del cielo y de la tierra se funde en una sola
alabanza.

EPÍCLESIS

Con esta palabra griega, un tanto rara, nos referimos a la invocación


que hace el sacerdote celebrante al Espíritu Santo para que
descienda sobre el pan y el vino y los convierta con su poder en el
Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. El sacerdote la recita extendiendo
sus manos sobre ambos.

CONSAGRACIÓN O RELATO DE LA CENA


Nuestra fe se centra en un acontecimiento: el de la muerte y
resurrección de Cristo. Como ella, la Plegaria Eucarística, también se
centra en su relato. Un relato que es a la vez recuerdo y presencia.

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Narrando lo que ocurrió a Jesús la víspera de su Pasión, y repitiendo
sus palabras y gestos, se nos hace presente en el altar.

Hoy se ha desprovisto a este momento de aquel encuadre


misterioso y un tanto mágico que tenía antes –sabemos que es la
fuerza del Espíritu Santo la que transforma el pan y el vino a través
del ministerio del sacerdote, identificado en esos momentos con
Jesucristo-; pero sigue siendo el punto central de la Celebración
Eucarística, y más en concreto, de su Plegaria.

Este es, por otra parte, el único momento que deberíamos


presenciar de rodillas. Ninguna postura mejor para demostrar
nuestra atención, admiración; más aún, nuestra adoración ante la
aparición y presencia real de Jesús-Eucaristía en medio de nosotros.

Terminada la Consagración, toda la asamblea aclama el


acontecimiento que acaba de tener lugar. Lo aclama recordando que
allí se hace presente toda la historia de la salvación: el ministerio
pascual de Jesucristo y la espera de su venida gloriosa.

EL MEMORIAL

Después de esta aclamación, el sacerdote reemprende la Plegaria y


vuelve a recordar lo que Jesús hizo, no sólo durante la última Cena,
sino durante todo su vida, incluso recuerda u venida al final de los
tiempos.

Esta referencia al pasado, este memorial, es algo más que un simple


recuerdo. Tiene la virtud de revivirlo. Lo que sucedió entonces,
vuelve a suceder aquí y ahora para nosotros. Nosotros mismos
entramos dentro del acontecimiento salvador de la Pascua del
Señor.

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Por eso se califica a la Eucaristía como “memorial de la Pascua de
Cristo”. Por eso mismo estamos en el núcleo central de la Plegaria
que elevamos al Padre.
LA OFRENDA

Al recuerdo se une el ofrecimiento. El memorial del misterio pascual


de Jesús lleva a presentar al Padre este sacramento, que es la única
ofrenda que ha realizado plenamente la unión entre Dios y los
hombres, el único sacrificio, la única donación amorosa total, que ha
cumplido definitivamente lo que los antiguos sacrificios no podían
realizar.

La entrega que hizo Jesús en la Cruz, se actualiza en la celebración de


la Eucaristía. La Eucaristía no es un sacrificio en sentido absoluto,
sino relativo, en relación con el de la Cruz, que es el único Sacrificio,
suficiente e irrepetible. Lo que hace la Iglesia es poner en la
presencia del Padre el acontecimiento de la Muerte Pascual de
Cristo. No ofrecemos a Dios animales o cosas, sino a Jesucristo, al
que nosotros nos unimos para ofrecernos con Él.

2ª EPÍCLESIS

Junto con esta ofrenda, la Iglesia invoca de nuevo al Espíritu Santo,


para que lo mismo que ha convertido el pan y el vino en el Cuerpo y
la Sangre de Jesucristo, convierta a la asamblea reunida en Cuerpo
del Señor.
La Iglesia se une a Jesucristo para ofrecerse junto con Él al Padre.
Unimos toda nuestra existencia, con lo bueno y con lo malo, a la
donación de Cristo. Una ofrenda que ha de abarcar toda nuestra
vida y no sólo el momento de la celebración eucarística.

INTERCESIONES

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La salvación definitiva no ha llegado aún; los cristianos tenemos que
recorrer un camino duro y doloroso. Por eso pasamos a recordar las
necesidades de la Iglesia y del mundo. Nombramos al Papa y a
nuestro Obispo, no para pedir por ellos, sino para manifestar nuestra
comunión con la Iglesia local la Iglesia Universal, de las que el Papa y
el Obispo son los guías y los pastores. Con ellos también ponemos de
manifiesto que lo que estamos haciendo no es una celebración
personal o de un grupo determinado, sino una celebración en
comunión con toda la Iglesia. Pedimos por la Iglesia peregrina, por
los difuntos y tenemos presentes a los santos, sobre todo, a la
Virgen María y a los Apóstoles.

DOXOLOGIA

Es la aclamación final del Padre, por Jesucristo, en la comunión del


Espíritu Santo: “Por Cristo, con Él…y en Él”. Por Cristo nos ha venido
de Dios todos los bienes y por Cristo se eleva al Padre nuestra mejor
alabanza. Así Cristo es el mediador en ambos sentidos: descendiente
y ascendente. Por eso el sacerdote eleva el Pan y el Vino convertidos
en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, porque resume toda la creación y
toda la historia de la Salvación.

Aunque el común de los fieles suele conocer como “elevación” la


que el sacerdote hace mostrando al pueblo el pan y el vino recién
consagrados, ésta es propiamente hablando, la auténtica
“elevación” de toda la Misa.

La Asamblea responde “Amén” a la doxología y a toda la Plegaría


Eucarística. Un “Amén” que debería ser contado solemnemente. Un
“Amén” que se convierte en la palabra clave de toda nuestra
participación. Un “Amén” que resume y apostilla nuestra adhesión
plena a cuanto hemos hecho en la Plegaria Eucarística:

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Ante los dones que el Señor nos ha hecho: ¡Amén! Ante la
transustanciación del pan y el vino en Cuerpo y Sangre del Señor:
¡Amén! Ante la proclamación de que Cristo, muerto y resucitado,
vive para siempre a la derecha del Padre: ¡Amén! Ante la plegaria
hecha por el Papa, los obispos y unos por otros: ¡Amén!

¡Amén! Palabra extraordinaria que utilizaremos eternamente en el


cielo para adorar al Padre (Ap 5, 14).

LA COMUNIÓN
Nuestra Estación-Término
Toda la celebración de la Eucaristía conduce hasta este último
momento: participar en la mesa preparada, alimentarse del Cuerpo
y de la Sangre de Jesucristo. Es el Banquete Pascual, al que está
invitada la Iglesia. Es comunión con Dios y con los hermanos. Tres
son los ritos que preparan y conducen a esta participación en el
banquete: el Padrenuestro, el gesto de la paz y la fracción del pan.
Con ellos se resaltan dos aspectos decisivos de la Comunión, que la
Eucaristía significa y realiza: el anhelo escatológico del Reino de
Dios y la comunión mutua entre los cristianos.

EL PADRENUESTRO

Es la oración del Señor, la plegaria de los hijos del Padre.

Manifiesta todo lo que se nos da sacramentalmente en la Comunión:


el pan de este mundo y el Pan de Vida, el Reino, el perdón de Dios y
la capacidad de perdonarnos mutuamente, la liberación del mal y
del Maligno. El presidente de la celebración lo introduce con una
invitación sencilla, el Misal dice que “con estas o parecidas palabras”
(e indica cuáles). No es, por tanto, el momento de hacer una
pequeña homilía que aburre, cansa y distrae. Difícilmente

40
mejoraremos los modelos que nos ofrece el Misal o la Liturgia de las
Horas. Ni se trata tampoco de ofrecer el Padrenuestro por nadie,
sino de repetir la oración nos prepare para recibir mejor la
Eucaristía. Sobran todos los adornos con que a veces se rodea el rezo
del Padrenuestro. La Oración del Señor tiene suficiente importancia
por sí misma y no necesita de ningún añadido. Y si la cambiamos, ya
no es la oración del Señor.

ELGESTO DE LA PAZ: UN GESTO EXIGENTE

Al darnos la paz, aceptamos el compromiso de trabajar por la


comunión y la reconciliación de los hermanos, como condición
necesaria para participar honestamente en la Mesa del Señor. En un
mundo dividido entre ricos y pobres, derechas e izquierdas, blancos
y negros…y en una Iglesia que vive también estas mismas divisiones,
hacer el gesto de la paz no tiene sólo el sentido de reconciliación
individual, sino también colectiva.

Afirmamos que estas divisiones, que sacramentalmente ya están


superadas, deben estarlo también en la vida real. Queremos, al
menos, luchar para que se superen, para que haya igualdad en la
sociedad y en la Iglesia, para que no haya enemistades por razón de
raza, cultura, etc… El gesto de la paz puede realizarse de muchas
maneras, pero lo más común entre nosotros es darse la mano, un
abrazo y, en algunas ocasiones, un beso. Pero solamente se hacen
con las personas que tenemos al lado.

El sacerdote, sin embargo, da la paz…”a todos”. Lo hace con estas


conocidas palabras: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”.
De ahí, que no sea muy litúrgico eso de bajar a dársela a cada uno de
los fieles. Ni siquiera a una representación. Y, menos, a dos o tres
privilegiados.

41
No conviene, tampoco, hacer moniciones previas a gestos tan
evidentes como éste. Al querer explicarlo todo, muchas veces
quitamos el significado a lo que hacemos. Y la paz es un gesto que
entiende perfectamente a todo el mundo. Esto no quita que algún
día muy señalado y vinculado con el tema de la “Paz”, lo queramos
resaltar, como por ejemplo, en Navidad o en la Jornada de la Paz, del
1 de enero.

LA FRACCIÓN DEL PAN

En el Nuevo Testamento, la celebración de la Eucaristía es conocida


como “fracción del Pan”. Muy pronto se vio en este rito la entrega
sacrificial del Señor. No como simple alusión piadosa o alegórica,
sino como un verdadero gesto simbólico de la muerte del Señor en
la Cruz.

En las catacumbas se encuentran pinturas donde se representa a la


Eucaristía mediante de un sacerdote que parte el pan, rodeado de
los demás miembros de la asamblea. El gesto significa que del único
pan que es Jesucristo, participa toda la asamblea, de manera que ya
no es una simple yuxtaposición de personas sino una comunidad que
participa del mismo alimento: Jesucristo.

Es necesario partir el pan para poderlo compartir. El sacrificio es


necesario para la vida. Partir el pan es una acción destructiva para
realizar una acción positiva, que es el compartir.

La fracción del Pan es un gesto a recuperar en nuestras Eucaristías y


sería conveniente darle un mayor relieve, ya suele pasar
desapercibido en la mayoría de las celebraciones.

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Para ello es necesario no partir el pan hasta que concluya el gesto de
darse la paz y su canto correspondiente, si le hay, y que habría
intentar suprimir, ya que no está siendo prescrito y entorpece la
celebración. Y en segundo lugar, deberíamos usar formas grandes
para partirlas en este momento, de manera que esta fracción sea
visible para todos. O como mínimo, partir la forma grande en varios
trozos para que de ella comulguen algunos fieles.

Mientras el presidente de la celebración parte el pan, se dice o se


canta “Cordero de Dios”, que no se sustituye nunca por el canto de
la paz. El presidente un pequeño trozo de Pan consagrado con la
sangre de Cristo contenida en el cáliz. Este rito es signo de la
comunión con el Obispo.

LA COMUNIÓN

Es el momento en que la Celebración llega a su objetivo final. Los


signos deben ayudar a vivirlo así.

El sacerdote presenta el Cuerpo de Cristo: “Este es el Cordero de


Dios…”. Jesucristo se entrega a los que somos pecadores como
perdón y ayuda, aunque los pecados graves sólo se perdonen en el
Sacramento de la Reconciliación.

Deberíamos comulgar siempre bajo las dos especies, ya que Cristo


nos dijo: “Tomad y comed”, o “Tomad y bebed” dirigido a todos y no
sólo al que preside la Eucaristía. El Vaticano II ha dado la posibilidad
de volver a comulgar bajo las dos especies, y los distintos los nuevos
documentos de la reforma conciliar han ido abriendo el abanico de
ocasiones en los que se puede llevar a cabo. Es un derecho de todo
cristiano.

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Es necesario descubrir lo que significa comulgar bajo las dos
especies, ya que de este modo se vencen los perjuicios que pueda
haber. Si es la voluntad de Cristo, y así lo manifestó al instituir la
Eucaristía en la última Cena, hemos de aprovechar todas las
ocasiones de realizar esta voluntad del Señor: bodas, primeras
comuniones, confirmaciones…y sobre todo, que no falte en la
celebración más importante de todo el año, como es la Vigilia
Pascual en la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección.

La comunión la recibimos y no nos la damos nosotros mismos. La


procesión para recibirla debe ser digna y no desordenada, de
manera que nos sintamos acompañados por los demás hacia la
participación en el alimento que el Señor nos ofrece.

Aunque, según la normativa de la vigente, se puede comulgar en la


boca o en la mano, la comunión en la mano expresa mejor lo que se
hace. Esta era la única forma de comulgar en el cristiano primitivo.
San Cirilo de Jerusalén predicaba a los nuevos cristianos el Domingo
de Pascua del año 348 y les decía: “Cuando te acerques a comulgar,
haz con tu mano derecha un trono a la izquierda, que recibirá al Rey.
En el hueco de la mano recibe el Cuerpo de Cristo y responde
“Amén”. Después, consúmelo, teniendo cuidado de no perder nada
de Él”. La forma correcta de comulgar en la mano es la siguiente: La
mano izquierda se presenta extendida y debajo la derecha (los
zurdos al revés). El sacerdote dice “El Cuerpo de Cristo”, mientras se
lo muestra al que comulga y éste responde “Amén”. Deja la forma
de la mano (no hay que cogerla en el aire), nos colocamos a un lado,
la tomamos de la mano izquierda con la manos derecha y la
llevamos a la boca.

Cuando se comulga bajo las dos especies, el sacerdote nos dice “La
Sangre de Cristo”, y también respondemos “Amén”.

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Este “Amén” que pronunciamos al recibir el Cuerpo de Cristo es la
respuesta personal que damos a toda la Eucaristía y no sólo al
Cuerpo de Cristo, frente al “Amén” comunitario de otros momentos,
por ejemplo, el final de la Plegaria Eucarística. Es un sí al la Palabra
proclamada y que se ha hecho pan para nosotros.

Durante la comunión no estamos de rodillas, y después de comulgar,


tampoco; sino que estamos de pie. Después de comulgar nos
sentamos para dar gracias. El momento de silencio que sigue, no es
para rezar padrenuestros ni avemarías, sino para dar gracias a Dios
por la participación en la Eucaristía. También se puede reflexionar
sobre la Palabra de Dios que hemos recibido. Y si se canta, cantar
con todos. La comunión nos une a Jesucristo, pero también a los
hermanos.

Decimos que este momento es para dar gracias a Dios por la


participación en la Eucaristía, porque la Plegaria Eucarística es la
gran Plegaria de acción de gracias, que comienza con el Prefacio, en
el que cada día, cada domingo, cada fiesta, se enumeran el motivo o
motivos por los que damos gracias a Dios. Por tanto, tampoco tiene
sentido alguno el salir en este momento a exponer motivos de
acción de gracias, so pena de que ya no celebramos la Eucaristía que
nos mandó celebrar el Señor.

La comunión termina con una oración que el sacerdote dice en


nombre de todos y que hacemos nuestra respondiendo “Amén”.
Esta oración se llama “Poscomunión”. En ella se hace referencia a la
Eucaristía y a los misterios en que hemos participado.

RITOS DE CONCLUSIÓN
Enviados a la vida

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Id, por el mundo, anunciando el amor, mensajeros de la vida, de la
paz, y el perdón. Sed, amigo, los testigos de mi Resurrección, id
llevando mi presencia, con vosotros estoy…

Es un momento breve y sencillo, a la vez que intenso.

Si los primeros momentos de la Eucaristía pretenden de formar la


asamblea y disponernos para participar en la doble Mesa de la
Palabra y de la Eucaristía, los últimos nos quieren disponer para salir
de nuevo al quehacer cotidiano.

La asamblea se dispersa y el presidente de la celebración invoca


sobre ella la fuerza y la bendición de Dios, para que lo que hemos
celebrado, lo vivamos y anunciemos ahora en nuestra vida diaria.

El rito de despedida no consiste sólo en decir que la Misa ha


terminado. Es una verdadera misión que se nos encomienda, un
gesto, unas palabras con que se nos envía a seguir construyendo en
el mundo el Reino de Dios…La Misa no termina hasta que el
sacerdote no envía, diciendo: “Podéis ir en paz”. De ahí que la
costumbre de algunas personas de marcharse durante la comunión
o antes de la conclusión final sea una costumbre que hay que
corregir. Es una celebración de toda la asamblea y hay que concluirla
con la dignidad de haber realizado una cosa importante.

En este momento puede haber una monición final, para ayudarnos a


empalmar la celebración con la vida, invitándolos a llevar a la
práctica lo que se acaba de celebrar.

El acto central de la despedida es la “Bendición”.

Las palabras del presidente van acompañadas de un gesto: la señal


de la Cruz. Dios nos bendice por la Cruz de Cristo. La asamblea no se

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santigua, sino que inclina un poco la cabeza y responde “Amén”,
nunca “Así sea”.

Algunos días, todos los domingos (excepto los de Cuaresma) y


fiestas, se nos bendice solemnemente. Esta bendición consta de tres
invocaciones, a las que la asamblea va respondiendo “Amén”. Y
termina como la simple, con la fórmula trinitaria: “La bendición de
Dios todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo…”

La bendición y las palabras finales las dice el sacerdote como


ministro que representa a Jesucristo, por eso no dice “La bendición…
descienda sobre nosotros”. O “podemos ir en paz”, sino “…
descienda sobre vosotros” y “podéis ir en paz”. Si se dice “sobre
nosotros”, sobra el “Amén” y el “demos gracias a Dios” como
respuesta del pueblo.
Parecería, además, como que le diera vergüenza el actuar en estos
como lo que es, como ministro de Cristo.

Desde el ALTAR al SAGRARIO


Y del SAGRARIO al ALTAR

“PODEIS IR EN PAZ”. Son las últimas palabras que nos dirige el


sacerdote. Y salimos del templo. Y volvemos todos a la prosa diaria
de nuestros afanes diarios. Bajamos del Monte. Regresamos a la
vida. ¿Acabó todo? No. La misa, si; pero nos queda el TODO. Gracias
a la Misa, nos queda en el Sagrario una Presencia, un Alimento, una
Compañía…Nos queda Él: Jesús Sacramentado.

El Misterio Eucarístico lo hemos desdoblado los católicos en dos


facetas de similar importancia: la del “Sacrificio” –ese Memorial de
la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor que acabamos de
celebrar en la Misa-; y la del “Sacramento” o “Santa Reserva”, que

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hace el sacerdote de las especies consagradas y no consumidas en la
Celebración Eucarística.

Nacen, pues, de este Misterio dos fuentes de incalculables


beneficios: El Altar y el Sagrario; por lo que será un lamentable error,
tanto a nivel pastoral como particular, vivirlos tan por separado, que
olvidemos su relación íntima.

Cierto que sin Misa, no existiría el Sacramento; pero sin el Sagrario,


también perderíamos, entre otra infinidad de dones, la mejor forma
de motivarnos hacia nuestra próxima Celebración Eucarística.

Nada como el culto a Jesús Sacramentado, nos hará valorar la


celebración de la Pascua del Señor hasta que Él vuelva. Y Él va a ser,
a su vez, quién más nos ayude a cumplir esa misión con que se nos
devuelve a la vida tras del “Podéis ir en Paz” de cada Misa. Él va a ser
el Dios presente, el Dios que se nos da a sí mismo como fuerza y
alimento de nuestro caminar, el Dios que prometió estar con
nosotros hasta el final. Él será, en fin, el mejor camino de vuelta
hacia el Altar.

Si al comienzo decíamos que la Misa debíamos acudir porque con


gran deseo deseó siempre Jesús cenar esa Pascua con nosotros;
tampoco podemos olvidar que, si de verdad creemos en la Presencia
real de Jesús en el Sagrario, el Señor está ahí y nos llama…

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