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L O S CR U ZAD O S

DE SAN PEDRO.
HISTORIA Y ESCENAS HISTÓRICAS
DE

LA GUERRA DE ROMA DEL AÑO 1867 ,


OBRA ESCRITA EN ITALIANO

POR EL P. JUAN JOSÉ FRANCO,


d e la C o m p a ñ ía d e J e s u s ,

Y TRADUCIDA POR D. JOSÉ MARÍA GARULLA,


Abogado del ilustre Colegio de M adrid.

TOMO PRIMERO.
DESRE PRINCIPIO HASTA LA TOMA DE. BAGNOItEA.

D e la 2 / E d ic ió n italiana, sa c a d a de la C iv jlia C a tto lica,


c o r r e g id a y e x ir a o r d in a r ia m e n ie au m en tad a.

M A D R ID :
IMPRENTA DE LA VIUDA DE AGUADO É HIJO.— PONTEJÜS, 8 .
INDICE DEL TOMO PRIMERO,

Dedicatoria á S. A . B . el Príncipe Don Alfonso de


fíorbon y Austria de Este, oficial de los zuavos
pontificios.......................................................... pag*. 3

INTRODUCCION.

1.°— Motivo de la obra....................................................■ 19


2 las fuentes históricas...................................... ... 23
3 .a— De las escenas históricas, y de las biografías____25
4 .°—De la forma y de la riqueza de la edición............ 28
5.°— Excusa y ofrecimiento al lector............... .......... ... 30
Ensayo bibliográfico sobre el argumento de nuestra
historia............ ............. ................................................36

HISTORIA Y ESCENAS HISTORICAS.

I. Idea de una historia completa.................................. 57


IL LoS primeros movimientos de la guerra en las
ciudades........................................................................ 74
III. Los perdidos de guantes blancos............................ 79
IV. Las batallas de los aduaneros............................... DO
V..El parlamento en Bapolano, ó la política secta­
ria en setiembre...............*..................... * ................ 10i
VI. Don Petronio y el Congreso de Ginebra............. 119
VIL La bandera de los Cruzados................................ 127
VIII. Las vocaciones de los m ercenarios.......... .. 134
IX. Otras vocaciones de los m e r ce n a r io s ...................153
X . Mas vocaciones de los mercenarios... . *...............160
XI. Los recluías de San Pedro......... ..........167
XIÍ, Garibaldi en- Ginebra............................................. ..179
X III. Episodio de Carouge.............................................191
XJV. El Congreso de ¡a paz, ó la declaración de
g u e r r a .. ....................... * ..................... ................. ..197
X V. La tUtima salida de Ginebra.......... .................... ..213
X V I. El grito ¡á (as arnvis! de los Cric-arios,........... ..218
X V II. Garibaldi...................... .......................................'¿41
X V III. La invasión................ .... . ........................ 257
XIX. Tramis del gobierno ¡taüanv dentro de Roma.. 276
XX. La sordo-inuda poli cía romana...........................280
XXI. Los aprestos militares para la defensa. . . . . . . 294
X XII. Acquape ndente ij los primeros fusilazos............303
X X III. Canino, Ischia, Valentano............................. 314
X X IV . íiagnoreaf 5 de octubre.................................... ..324
X X V . Las disputas garibahünas antes de ftatjnorea. 355
X X V I. Las disputas despues de Bag no rea............... ....365
X X V II. Las disputas diplomáticas.............................. ..374
A S. A. R. EL PRINCIPE

H ALFONSO DE » 1 I AUSTRIA DE ESTE,


OFICIAL DE LOS ZUAVOS PONTIFICIOS*

& CU OX,:

A j cuantos lean este libro, que refiere la mas horrible de


las conjuraciones urdidas contra la Santa Sede, y las
proezas inmortales realizadas por el ejército pontificio,
pero muy singularmente por los zuavos, parecerá de se­
guro, natural que dedique humildemente á Y. A. la tra­
ducción española: lo parecerá, s.obre todo, á cuantos
sepan que mis ideas marchan al compás de las de V. A .,
y que le profeso, desde que tuve la dicha de conocerle
en: el palacio de Ebenzweycr, un cariño cada dia mas
extraordinario, y una gratitud que no puede ser mayor,
por . las bondades do todo punto inmerecidas que ha
usado siempre con m igo, y por lo que ha hecho en
pro/de la causa, en defensa de^a cual ansio vivamente
derramar gota & gota, la sangre mis venas.
Al decir esto último de V. A. satisfago una necesi­
dad de mi corazon, y creo cumplir además un deber de
conciencia. Los hombres de bien han debido en todas
4
las épocas ponderar y encarecer las acciones generosas,
formando coro, por decirlo así, con aquella voz secreta,
del Empíreo descendida; que proporciona momentos
inefables á los que las ejecutan: han de hacerlo con ma­
yoría de razón en la presente, por lo mismo que conton
núa, tomando cada dia mas grandes proporciones, la
conspiración torpe y ruin para escarnecer todo lo digno,
todo lo noble, todo lo sublime, todo lo santo, ó separar
de ello la general atención, á fin de que no se atraiga
las simpatías, ni arranque los aplausos del inundo entero.
Permítame V. A. añadir algunas reflexiones que legi­
timarán mas y mas mi dedicatoria. Permítame V. A. ex ­
poner brevemente algo de lo que viene sucediendo, é
indicar despues otro mal gravísimo, que aumentará
mucho, si Dios no lo remedia, la/espantosa confusion dél
tiempo actual.
Dejando aparte algunos intérvalos, y prescindiendo
de muchas honrosas excepciones, no han cesado los ata­
ques á la Iglesia de Dios* Independientemente del mun­
do casi desconocido por los espíritus estrechos y desven­
turados, que se paran en la superficie de las cosas sin
penetrar en su fondo, cuyos moradores brillan y res­
plandecen con caracteres celestiales, existe otro qué,
con una insistencia y con una perseverancia verdade­
ramente diabólicas, no cesa de dirigir á la Esposa idola­
trada del Cordero sin mancilla los envenenados tiros de
la- calumnia infame, de la befa odiosa y de la criminal
indiferencia. Reficrome, como habrá V. A. comprendido,
á ese mundo engendrado por Lutero, por Rousseau, por
Voltaire, por Diderot, por los hombres sobre todo enca­
recimiento abominables de 1793, y por tantos otros que
no tengo precisión de mencionar; íi ese mundo que ha
combatido el dogma, menospreciado la moral, escarne­
cido los Sacramentos, ridiculizado á los ministros del
altar, desposeído k la Iglesia de sus bienes, negado, en
fin, todas y cada una de las santas verdades y de los
principios eternos, de los cuales no se pueden apartar
los listados que quieran cumplir su augusta misión pro­
videncial; á ese mundo que al ver su impotencia para
destruir la obra predilecta de Dios, y al notar que perece
cuanto nace contra ella, ha querido y quiere aún esta­
blecer un abominable consorcio entre la verdad y . el
error, el bien y el mal, la virtud y el vicio, Jesús y Sata­
nás; á esc mundo, en fin, que recientemente ha tratado
de obrar como si no existiera el otro, diciendo y asegu­
rando que toda la fuerza de este consistía en la impor­
tancia que se le daba.
Como 110 podía menos de suceder, esos ataques inso­
lentes han sido contrarestados por los católicos del uni­
verso, y principalmente por los mas ilustres, que arma­
dos de todas armas han comparecido en el palenque del
combate, llenos de viva fe, de santa decisión, de ardo­
roso entusiasmo. Los límites á que debo concretarme me
impiden referir sus triunfos; pero no pasaré adelante
sin recordar algunas de las victorias logradas reciente­
mente por su Madre amorosa y divina.
Contra el mundo mencionado, mas 6 menos enemigo
de las verdades reveladas, la Iglesia hizo hace poco
tiempo una solemne declaración en favor de la Madre de
Dios y de los hombres, que llenó de alegría inefable á
los cielos y á la tierra. Contra ese mundo, que con el
nombre de derecho nuevo, habia levantado un edificio
6
de sofismas que se consideraba indestructible, la Iglesia
elevó un monumento inmortal de sabiduría, que asombra
á la edad presente y asombrará mas aún á las venideras.
Contra esc mundo, que trató de glorificar, por medio de
la exposición de París, el mentido progreso material, que
si sale de sus cauces legítimos, conduce á la exaltación
de todo lo malo, la Iglesia preparó en ;Roma, centro de la
verdadera y de la bien comprendida civilización, que se
reduce á poner sobre la materia que degrada, el espíritu
que vivifica y engrandece* un espectáculo grandioso,
cuya sublimidad no ha descrito ni podrá jamás descri­
bir dignamente la pluma ó la lengua de un mortal. Con­
tra ese mundo, que alarmado por las victorias estupen­
das del otro, resolvió en sus antros darle un golpe mor­
tal, sin atreverse á manifestar á las claras sus proyectos
criminales, conocidos ya de todos los que han estudiado
con algún detenimiento en buenas fuentes la historia
contemporánea, la Iglesia reunió en la Ciudad Eterna,
con una simple indicación, á una muchedumbre de
jóvenes ilustres, magnánimos, generosos, intrépidos,
virtuosísimos, que hicieron considerar posible á los hom­
bres pensadores la repetición del feuóineno maravilloso
de las Cruzadas, si a ser llegase necesario para conser­
var el poder contra el cual, gracias á la memorable pro­
mesa de Dios, no han prevalecido, ni prevalecen ni pre­
valecerán las potestades del infierno. Contra esc mundo,
en fin, cayos vínculos están rotos, y deshechos los lazo*
de asimilación que le dieron en otros siglos cierta unidad
y cierto enlace, la Iglesia ha congregado á todos los su­
cesores de los Apóstoles, Maestros y depositarios de la
verdad, que asombran nuevamente al mundo por la uni-
7
Yonnidad do sus doctrinas y do sus ideas, de sus tenden­
cias y de sus aspiraciones, de sus.planes y de sus pro­
pósitos*
Eran necesarios estos recuerdos para venir á una
conclusion importante. Eran indispensables para soste­
ner sin la menor exajeracion, que el reinado de la im­
piedad está en vísperas de concluir, estando por conse­
cuencia en vísperas de comenzar la regeneración reli­
giosa, política, moral, científica y literaria, para la cual
hemos trabajado continuamente los hombres de buena
voluntad, consagrándonos á ella con toda nuestra alma,
con todo nuestro corazon, con todas nuestras facultades,
y con todas nuestras fuerzas. Las saludables consecuen­
cias de la gloriosa cruzada referida no se han hecho es­
perar, y han excedido las esperanzas de sus campeones
mas animosos y esforzados. Quiso Dios en sus bondades
emitir su espíritu vivificador, y toda Ja faz de la tierra
quedó como por encanto renovada y rejuvenecida.
Locura fuera desconocerlo. Solamente la ignorancia y
la mala fe pueden negar que poco á poco han ido ganan­
do terreno los que tienen 3a dicha inefable de ir por las
sendas hermosas déla virtud y del honor, hasta el p u n ­
to de haber adquirido ya tina fuerza incontrastable, con
la cual podrán en breve ahogar al mónstruo de la Revo­
lución, que tantos crímenes ha perpetrado, que tantas
infamias ha hecho, que tantas insolencias ha dicho, y
que, nueva, caja de Pandora, ha derramado por el mundo
to'da suerte de calamidades, desventuras é infortunios.
Considero, pues, indudable que la obra de Dios reem­
plazará pronto á la obra de Satanás. Indudable juzgo
también que ln Providencia ha suscitado en el ‘ inun­
8
do seres privilegiados, en los cuales quedará encarnada,
por decirlo así, dicha, regeneración venturosa. ¿Quienes
son esos hombres? Hé aquí la cuestión que, á mi modo de
ver, calificarse-no puede de tal.
Desde una cima elevada, á la cual no pueden subir los
que se dejan dominar por pasiones mas ó menos in d ig­
nas ó disculpables, se descubren perfectamente los cam­
pos inmensos que ocupan los hombres que confian reci­
bir pronto la honrosísima misión de gobernar las socie­
dades. En ellos, con dolor lo digo, dibújanse dos ten­
dencias diferentes y aun contrarias. Representada está
la una, que califico de fatal sin. vacilar, por los hombres
que amando á la Iglesia y reconociendo su origen celes­
tial, la miran con recelo mal disimulado, y hasta creen
oportuno limitar su influencia; por los hombres que se
consideran obligados por las circunstancias presentes, á
encubrir en los pliegues de la bandera monárquico-reli­
giosa, algunas de las instituciones indispensables para
conducir la nave del Estado á puerto de salvación; por
los hombres que juzgan deber aceptar, aunque con de­
terminadas salvedades, algunos de los principios de la
infanda filosofía moderna, que lleva en sus entrañas g é r­
menes mortales; por los hombres que colocan con injus­
ticia manifiesta, en primer lugar, ó por lo menos al ni­
vel de los que siempre marcharon por el camino real, á
los que proceden del campo enemigo; por los hombres
que miran con cierta prevención á los que han con­
seguido llegar á las alturas espléndidas de la virtud,
desde las cuales pueden descubrir con mirada penetran­
te la verdadera situación del mundo político, y aplicar
á los males que aflijen á la patria, sin cootemporizacio-
9
nes que no conducen á nada provechoso, el oportuno re­
medio; por los hombres á los cuales asusta la severidad
de los grandes caracteres, sin tener en cuenta que nun­
ca exijon á los demás lo que hacen ellos, auxiliados pol­
la gracia, que á sus rostros envia un destello divino; por
los hombres que, sin pensarlo, ni quererlo, ni advertirlo,
construirían si lograran el poder, ¡Dios no lo permita! un
ediñeio semejante al que ha venido á. tierra en España
con estrépito, y al que por instantes se va desmoronan­
do en otros países de Europa; por los hombres, en fin,
que, á trueque de mantener el orden material, veríanse
precisados á crear una situación de fuerza, de la que pue­
den prescindir los Gobiernos cuando plantean y desen­
vuelven una política de todo punto.ajustada á las subli­
mes prescripciones del Evangelio.
Representada está la otra por los hombres que tienen
la persuasión íntima, no solo de que la Iglesia y el Esta­
do han de reinar independientes en su esfera respecti­
va, sino también de que nada se pierde concediendo á la
primera, en los conflictos que pueden ocurrir, la prefe­
rencia debida; por los hombres que no se avergüenzan de
creer y de practicar públicamente, cuanto practicar y
creer nos manda la hija predilecta del Altísimo; por los
hombres que comprenden la precisión de plantear y des­
envolver una política francamente católica, gracias á la
cual marchó España al frente de todas las naciones ci­
vilizadas, en tiempos encerrados por desdicha en el frío
panteón de la historia; por los hombres cuya coopera-
cion directa y eficaz es indispensable para obtener el
objeto apetecido y ansiado ; por los hombres dispuestos
constantemente á todos los servicios, á todas las abne-
10
paciones, á todos los sacrificios; por los hombres que sa­
ben lo que ya reconocía el ilustre Marqués de Y aldega-
raas, á saber, que los grandes estadistas son precisa­
mente los que han procurado y conseguido domeñar sus
pasiones, conocer el corazon humano, y subir á la cum­
bre de la perfección cristiana; por los hombres que juz­
gan indispensable acabar, en cuanto lo consientan sus
ñacas fuerzas y la condicion de la pobre, frágil y cor­
rompida naturaleza humana, con todos los crímenes, con
todos los escándalos y con. todas las farsas; por los hom­
bres que están persuadidos de que conviene renunciar á
ciertas prerogativas cuya razón de ser ha pasado, á fin
de que Ja Iglesia brille con toda su hermosura resplan­
deciente; por los hombres dispuestos, si ocupan una po­
sición oficial, á proteger á los que cumplan con sus de­
beres, y á castigar á cuantos los desatiendan; por los
hombres á quienes, no obstante los esfuerzos de todos sus
enemigos, habrá de confiarse al fin la gobernación de
los Estados, puesto que son los únicos que pueden labrar
su dicha; por los hombres, para concluir, á los cuales
aconsejaría yo, si no amase á mi Dios, á mi Rey y á mi
Patria, que no saliesen nunca de la oscuridad en que vi­
ven, y constituye su delicia.
Quien no vea esas dos razas en los campos referidos,
no tiene ojos para contemplar los espectáculos del mun­
do mora!. Tampoco los tiene quien no ha notado aún
que V. A. es, en España y en Europa, uno de los repre­
sentantes mas altos, mas verdaderos, mas legítimos y
mas ilustres de los hombres cuyas, ideas y sentimientos
3ie procurado poner últimamente de realce. Pocas líneas
mas desvanecerán las dudas que puedan existir en el
11
espíritu de las personas poco acostumbradas á darse
cuenta de lo que acontece á su alrededor*
¡Ah! Sióntomc sin fuerzas, llegado á este punto, para
ensalzar dignamente la conducta que ha observado V. A .;
mas debo añadir algunas palabras, toda ves que soy de
los que apreciarla pueden mejor.
Estaba V. A. con su madre queridísima, que le ha edu­
cado como educan á los tiernos pedazos de su corazón
las hijas predilectas de la santa Iglesia de Jesucristo.
Hallábase además con parientes am ados, con tiernos
amigos y confíeles servidores, que le trataban con to­
dos los respetos debidos á un Príncipe, y se desvivían por
endulzarle las amarguras de la vida, de las cuales no se
ven libres los colocados en la cúspide de las efímeras y
caducas grandezas humanas. V ivía, por añadidura, en
un país delicioso, donde la naturaleza se viste y ostenta
con todas sus galas y con todos sus primores; cuyos ha­
bitantes, religiosos y sencillos, complacíanse en acreditar
el afecto y la veneración que le profesaban. Como si esto
no fuese bastante, contemplaba V. A. cada dia mas cer-
cano el momento venturoso de obtener en la Nación ca­
tólica por escelencia, los honores y las preeminencias pro­
pias del rango altísimo en que á Dios plugo colocarle.
Empleaba en fin V. A. el tiempo en cumplir con sus debe­
res, en desarrollar sus facultades superiores, y en hacer
todo lo posible para que no se retardase mas tiempo el
ansiado y apetecido dia de la restauración.
Pero V. A. descubría nuevos horizontes amplísimos, y
110 estaba por consiguiente satisfecho. Le ahogaba el
campo reducido en que se mecía, y creíase en la obliga­
ción de realizar empresas tan grandiosas como fecundas.
12
Abrasado entonces por el fuego de la fe, que arde con lla­
ma inextinguible en su corazon piadoso, y compelí do por
las dulbes, misteriosas é inexplicables violencias.del g e ­
nio, que acaso pueden contenerse pero que no pueden
dominarse nunca por completo, concibió Y. A . U. dos
resoluciones generosas, inspiradas sin duda por Aquci
que todo lo dirije y lo gobierna desde las alturas celes­
tiales, y supo además encubrirlas con la mayor diligen­
cia, para no verse precisado á combatir las oposiciones
formidables que surgirían naturalmente. Quiso V. A,
contemplar de cércalos, lugares venerandos, que santifi­
có con su presencia el Hijo de Dios al consumar la re­
dención del humane linaje á costa de amarguras, dolo­
res y suplicios, que no se pueden recordar sin que se
erice el cabello, sin que-se parta el corazon, sin que se
hiele la sangre en las venas. Quiso Y, A. recorrer los si­
tios augustos que durante la Edad Media presenciaron
un espectáculo sublime, que no se ha encarecido toda­
vía ni se podrá encarecer nunca dignamente. Quiso, en
fin, robustecer su ardor religioso, y levantar en aquellas
regiones inmortales, su espíritu al Autor de cuando ha
sido, es y será hasta la consumación de las edades.
V. A ., despues de realizar su viajo á Jerusalén, se di­
rigió á la Capital del mundo católico. ¿Con qué objeto?
Si alguno lo ignora, penetre Conmigo en espíritu por al­
gunos momentos en una reducida mansión del Vatica­
no, adornada con sencillez encantadora. Junto á una
mesa, sobre. la cual aparecen las santas imágenes de
Jesús,y de María, está sentado el mejor de los Reyes y
el mas amado de los Pontífices: sentado también está en
frente V. A., que tiene la satisfacción de ver el apacible
13
semblante, y de oír la dulce voz del venerable sucesor de
San Pedro. La excelente Archiduquesa María Beatriz ha
conocido, por fin, las intenciones nobilísimas del Princi­
pe, y persuadida de que no se puede oponer á ellas, le
ha recomendado al Pontifice-Rey, que siempre la miró
con particular predilección. «Envió á Vuestra Santidad
lo que mas amo en el mundo.» Es de suponer que al es­
cribir esto la egregia Señora, se preñaron sus ojos de lá­
grimas: que no por ser heroínas las matronas cristianas,
logran violentar absolutamente los impulsos naturales
de su corazon.
V. A. R. no tuvo que participar por consiguiente á
Pío IX su resolución inquebrantable. Antes de que la
manifestase, oyó decir al Vicario de Jesucristo, que le
constaba, pero que no podía permitir que fuese simple
zuavo. V. A, le contestó que estaba firmemente resuelto
á servir únicamente como tal, y Pío IX, comprendiendo
que la decisión era irrevocable, presentóle instantes des-
pues al valiente General Kanzler, ministro de la Guerra,
y al bizarro coronel Allet, gefe del cuerpo de zuavos,
que aguardaban sus órdenes en la antecámara ponti­
ficia.
Como simple zuavo sirvió realmente V. A. R. Pluma
mejor cortada que la mia se necesitaba para bosquejar
el cuadro de las privaciones sufridas y de las dulzuras
experimentadas por V, A. Terrible cosa para un Prínci­
pe de sangre real, descendiente de cien monarcas, dor­
mir en un cuartel sobre cama durísima, estar junto á
personas de humilde nacimiento y á veces de no esme­
rada educación, tener que levantarse cuando los albores
de la mañana no habian desvanecido aúu las tinieblas
14
de la noche, recibir diariamente pop espacio de algunas
horas una instrucción fatigosa, hacer marchas larguísi­
mas, cumplir las órdenes de los superiores, prestar, en
fin, los demás servicios propios de la noble carrera de las
armas. Terrible cosa en verdad; pero en cambio ¿hay d i­
cha pomparable con la de servir al venerable, al pacífi­
co, a l;bondadoso, al santo Pió IX? ¿Con la de obtener la
veneración extraordinaria y el respeto profundo de los
doscientos millones de católicos esparcidos por el uni­
verso, y de cuantos tienen un corazon generoso? ¿Con la
de lograr esa íntima satisfacción que proporciona Dios á
los que marchan impávidos por las sendas del verdadero
heroísmo? ¿Con la de conocer, por último, los efectos
maravillosos ó inefables de su amor, que permite á los
hombres atravesar el océano tempestuoso de la vida, y
sufrir con valor sobrehumano todos los contratiempos,
todas; las injusticias, todos los dolores, todas las. des­
gracias?
... ¡Ah! Recientemente tuve el honor de permanecer en
Montefiascone al lado de Y, A. R. dos dias inolvidables,
y el gozo imponderable también de observar una tras-
formacion sobre todo encarecimiento venturosa. ¡Efectos
prodigiosos y fecundos los de la virtud! El Príncipe dé­
bil que conociera en Ebenzweyer, estaba convertido en
un apuesto militar. Su-carácter taciturno había dado lu­
gar á otro alegre y espansivo. Era objeto de las mayores
deferencias por parte de los habitantes de la poblacion,
dp sus gefes, de sus compañeros de armas, y especial­
mente de los españoles. Preocupábale solo el temor de
abandonar el ejército 4 el Papa sin haber podido comba­
tir á sus adversarios. Esto se dignaba decirme V. A. R.
15
al señalarme el próximo confín de Toscana, invadido
meses antes por los desdichados aventureros de G*ari-
baldi.
Tales habían sido los frutos de su entrada en el ejér­
cito pontificio.
Nunca olvidaré los elogios que de V. A. R. tuve la
dicha de oir despues á Su Santidad, á Príncipes de la
Iglesia, á ilustres personages civiles, y á cuantos habían
tenido la dicha de conocerle.
Escuso decir que> permaneciendo en Roma, habia
tomado incremento la piedad de V. A., que siempre fué
muy grande. Constituía por lo tanto Y. A. R. la antí­
tesis, no solo de los indiferentes y de los impíos, sino
también de esos católicos cobardes, que se avergüenzan
de profesar á las claras la Religión de Jesucristo, y
sobre todo, de sujetarse á las prácticas que impone como
una obligación indeclinable; de esos católicos cobardes,
á quienes dan lecciones muchos protestantes egregios é
ilustres, cuyo proceder permite aguardar triunfos glo­
riosos para la Iglesia; de esos católicos cobardes, final­
mente, que amando en el fondo de su espíritu á la obra
predilecta de Dios, manifiestan cierto desden criminal
para no indisponerse con ciertas personas desventuradas,
y librarse de ataques determinados, sin tener en cuenta
que lo que comienza haciéndose de un modo solapado
contra Dios, concluye haciéndose con el mayor descaro
por ruindad y perversión.
Ts'o me causó maravilla la profunda religiosidad de
V. A. R. También la mia se aumentó de un modo extraor­
dinario en la Ciudad Eterna, y cónstame que toma igual­
mente grandes proporciones la de cuantos permanecen
16
algún tiempo en su recinto. ¡Dichosos mil veces los que
viven aliado de Pió IX, cuyas virtudes no pueden re­
cordarse sin ternura! ¡Dichosos mil veces los que viven
en-medio de tantos católicos ilustres, que han llegado á
la cumbre altísima de la santidad y de la. ciencia! ¡Di­
chosos mil veces, los que viven en esa gran Roma, donde
sé respira un ambiente divino; en esa gran liorna, que
ha logrado hermanar el progreso moral y el material,
aunque colocando al primero en el lugar mas distingui­
do; en esa gran Roma, que recuerda y recordará que no
pueden menos de venir á tierra con ruido estrepitoso las
civilizaciones que no se apoyan en el Autor de todo ade­
lantamiento legítimo; en esa gran Roma, donde se aviva
la fe, donde descubre la inteligencia horizontes vastísi­
mos, donde la voluntad ansia conducir á término feliz
empresas inmortales, donde se abre el corazon á las mas
risueñas, venturosas y legítimas esperanzas!
Escuso asimismo añadir que las ideas políticas de
V. A, R. conservaban toda su pureza é integridad. Inti­
mamente me persuadí de ello en Montefiascone, y mas
tarde en la capital de Francia. Las proporciones de la
presente dedicatoria me impiden dar detalles, que son
por lo demás innecesarios.
No concluiré sin dar con toda*la efusión de mi alma
gracias á Dios, que ha colocado á V. A. R. sobre casi
todos los Príncipes de Europa, mas ó menos hostiles k los
representantes de la legitimidad, y_ála casa de Borbon,
blanco de tantas acusaciones injuriosas. Ignoro si V. A. It.
está llamado á ocupar el trono de San Luis, al que tiene
incontrovertible derecho, según la opinion, de sabios
eminentes y de distinguidos estadistas; pero sé positi-
17
vamente que, sea cual sea el puesto en que Dios le co­
loque,. recordará con. su conducta la de aquel monarca
esclarecido y la de otros españoles, en pro de los que se
ha decretado el honor de los altares; pero sé positiva­
mente que V. A. R, contribuirá de una manera muy efi­
caz al triunfo de la restauración, que ha de sacarnos del
caos horrible y de la anarquía babilónica en que nos en­
contramos; pero sé positivamente que la circunstancia
de haber concebido ya V. A. R. generosos pensamientos
y tomado sublimes resoluciones, permito suponer y hasta
vaticinar que realizará hechos inmortales; pero sé posi­
tivamente que V. A. R. procurará por todos los medios
posibles que caígan las máscaras, que cesen las anfibo­
logías, y que concluyan esas medias tintas, aceptadas
por hombres que dicen.menos de lo que sienten cuando
se trata de lo bueno, ó insinúan mas cuando se trata de
lo malo; por hombres que sabrían arrostrar la muerte con
la intrepidez propia de quien sabe es el principio de la
vida, a quienes hace mella no obstante la gacetilla mas
insulsa del mas desvergonzado periódico; por hombres
que, sin embargo de ser buenos, parecen malos á los ojos
de la inmensa mayoría que, ignorando las razones ocul­
tas de lo que hacen y de lo que dicen, ha de juzgar por
lo que oye, por lo que lee y por lo que contempla; pero sé
positivamente, para concluir, que Y. A. R. es, y seguirá
siendo, una garantía sólida para los defensores mas en­
tusiastas de la Religión verdadera y de la Monarquía le­
gítima.
Líbreme Dios de suplicar á V. A. R. que siga por
la senda indicada. El atrevimiento, que merecería gran
castigo, es enteramente innecesario por fortuna. Y. A. R.
t Oho i. 2
18
continuará por ella, sin que le arredren las amarguras
que sufren todos los que reciben una misión providen­
cial, comparables solo con las experimentadas por el
Redentor del mundo, al fin de las que se halla indefec­
tiblemente la veneración entusiasta de todos los hom­
bres de bien , la corona de la inmortalidad que al tra­
vés de mil generaciones se conserva inmaculada, y la
posesion de aquella dicha inefable que no puede tener
fin.
Saluda con el respeto mas profundo, y se postra reve­
rentemente á los pies de V. A. R .(

& oée ¿dfaaría,


INTRODUCCION.

I ."— Motivo de la obra.

idir, primer pensamiento que gu ió mi pluma en esta


o b ra , fué cabalm ente el que indican las palabras
que figuran al principio, Escenas históricas: trataba
de divagar libremente por los variados acon teci­
mientos de la guerra rom ano-garibaldina, com bati­
da en el otoño de 18tí7. Anunciólo m u y desde el prin­
cip io , cuando despues de indicar cuál debía ser el
com etido del que se propusiera referir los sucesos,
sujetándose á la estrecha disciplina del historiador,
dije que para mí no elegia un sendero tan elevado.
Di á conocer mí propósito de la manera siguiente:
«Lo que diremos nosotros. Hasta aquí hemos p ro cu ­
rado inquirir lo que podría decir un gran historiador.
Hora es ya de manifestar lo que direm os nosotros,
simples novelistas, acostumbrados á ir por tierra y á.
conversar al calor de la lum bre. Helo aquí sencilla­
mente. Procurarem os, reunir los paralipómcnos de la
historia, y consignar algunos apurites, hechos de
corrida, en provecho del que quiera escribir alguna
vez crónicas, leyendas y biografías. Es costum bre
nuestra bosquejar estudiosa y detalladamente cier­
tos casos y casazos que los historiadores en copeta­
dos suelen omitir. Tvos agradará (cada cual tiene sus
gustos) ir, com o U lises, vagando por las calles de
varias ciudades, y confundirnos con el gen tío, para
20
escuchar las relaciones maravillosas de los charlata­
nes y de los titiriteros que mas en v og a estén con el
vu lgo. iDios sabe cuántas noticias nos suministra­
rán! ¿Oyese entretanto el estruendo de la fusilería?
M archaremos al punto del cual proceda, encontrán­
donos, sin saber cóm o, en presencia del sitio para
estudiar las batallas. Y si tenem os el capricho de
curiosear un p oco y de dirigir una mirada furtiva
á los m isterios del Arno y del Sena, ¿quién nos lo
impedí rá?—N adie.
Claro es que no presum irem os entrar con anteo­
jo s diplom áticos. A provechando esta ocasion , cúm ­
plenos decir que nos disgustan tanto com o el humo
en los o jo s .—No usamos lentes de n ingún color.
Y ¿quién podrá criticarnos porque gustem os re­
correr cortes y cortijos, así com o saltar por los cam ­
pos, en los cuales brillan espadas adornadas á lo an­
tig u o , ó se a g u za el puñal del bandido? Estamos en
nuestro derecho f y harem os lo que mas nos plazca:
hasta entrarem os por el cam ino en conversación con
el primero que se nos pondrá delante, v. g ., con un
periodista, con una damisela ga ribald in a, o con un
ministro de Estado veleta, siem pre con el fin santísi­
mo de hacer público todo lo que hayam os oido.
Una sola excepción querem os hacer esta vez á
nuestro método de novelistas; si bien queremos adap­
tarnos enteramente á los tiempos y á las personas,
queremos por otra parte prescindir de la trama, del
cam ino com ún, de la urdim bret del hilo, del diseño,
en una palabra, de todo orden y de toda regla. Aún
vam os mas adelante: queremos dirigir un ruego can­
didísimo al rey Desorden, y suplicarle que se digne
acom pañarnos desde el principio hasta-el medio y el
fin, y concedernos la gracia de marchar cóm oda­
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mente de una parte á otra» de decir sin disparatar
sapos y culebras, y de referirlo todo sin calum nia ni
murm uración. Esperamos que con su auxilio, tras
un relato vendrá una epístola, una fábula tras una
escena, y una conversación tras un memorándum.
Iremos así m archando y diciendo sucesivam ente todo
lo que sepamos.
Pero, señor, ¿no faltareis así al título de vuestra
publicación?
No, no; tenemos á los Cruzados de San Pedro en
la m ente y en el corazon; nuestra plum a los en con ­
trará oportunam ente rodeados de toda su g lo ría ,
sirviendo lo restante com o Satanás en el cuadro de
San M iguel. Si nos recom endam os al-Desorden, no es
de ningún modo para dar al público una cosa c o m ­
pletamente destartalada, sino para conform arnos un
poco con la m oda de hoy, y poder enviar delante, si
la expresión se nos consiente, vagones llenos de toda
clase de m ercancías. Sin otra molestia que la de p er­
m anecer en la v e n ta n a , verem os pasar la m uy v e r ­
dadera é interesantísima historia, sin galas y a d or­
nos de ninguna clase: exam inarem os en su misma
cara sus bellos rasgos y sus a rrugas feas, sabiendo
por consecuencia lo que tiene de a byecto y de su b li­
me, de sagrado y de profano, de civil y de m ilitar,
de romano y de bárbaro. Tal vez verem os desde
nuestro sitio cosas m uy divertidas, y despues otras
muy desagradables. No será nuestra la culpa, ^sos
llegarán provisiones para H eráclito que llora, y a lgo
se nos escapará para Demócrito que rie. Tom am os el
mundo com o viene.
Queremos, en fin, ser corteses con los lectores,
confiando que serán indulgentes con nosotros. Que­
remos com unicarles el telégram a con el cual ha res­
22
pondido el rey Desorden á nuestra súplica. He aquí
las mismas palabras de su M ajestad desaliñada;
«Desorden, gran que hacer en los palacios V ecch io,
Riccardi y Pitti. Grandes fiascos siempre en Rom a,
por lo cual ayudará solo de lejos. Impedirá el orden
com o Rattazzi oponíase á Garibaldi: en apariencia.
Comunique todo esto.»
Por consiguiente nosotros, si no podem os evitar
el orden, evitaremos la m onotonía.»
Con tal propósito entré en materia. Solo que ape­
nas hube dado los primeros pasos, cuando vi que
uno tras otro, resplandecían los acontecim ientos to ­
dos de la guerra, que brillaban con nueva luz, y que
despedían rayos'm agn íficos, por lo cual insensible­
m ente me llegué á persuadir de que la elección se­
ría m uy difícil, y de que ninguna obra de im agin a­
ción llegaría á tener ni con m ucho la natural belle­
za de la desnuda historia. Estas son escenas, decía­
m e á mí mismo, de un atractivo encantador. ;Oh si
pudiese describirlas sin disminuir el placer que ca u ­
sa su relato!
Añadíase á esto, que cada hora veia con m ayor
claridad el deseo universal de una historia com pleta
y fiel, que ninguno hasta entonces había escrito.
Para que modificase, por último, el plan prim itivo,
m e com pelía principalm ente un abundante caudal de
docum entos, cada vez m ayor. Parecíam e que oiria
pronto las quejas de mis lectores, si condenaba á si­
lencio tan ricos materiales históricos, que tanto enal­
tecían al Catolicismo, y que se deseaban con ocer con
gran avidez; ó si enseñaba, com o un pedazo de ves­
tidura real, una muestra solo á mi capricho. He aquí
por qué me decidí á escribir, además de las escenas
históricas, todos los particulares que habían de fo r-
23
mar una historia cabal y com pleta de la que y o lla­
maré -Cruzada de San Pedro.
*

2 .°—Üe las ftientes históricas.

Para llevar á término feliz el díficü trabajo , pen­


sé en lo mismo que me había determ inado primero,
ó sea en la abundancia de datos históricos que había
recibido. Cualquiera que fuese el hecho que debia
referir, abríanseme repentina y oportunamente las
fuentes de los relatos útiles, y sobre todo de los li­
bros y de los opúsculos, los cuales veían sucesiva­
mente la luz pública, é ilustraban el contenido gen e­
ral de la h istoria, ó alguna parte de ella. Recurrí
tam bién á los cronistas de la parte contraria, m as,
á decir verdad, con poco provecho, hallándoles co n ­
jurados para proseguir con la plum a la gu erra infa­
me, mal amen te intentada con las armas, y decididos
á manchar, pero no A teger la relación de los sucesos.
Añadí á los autores la prensa diaria y periódica de
todos los colores, la cual me ofreció datos no desa­
tendibles, sobre todo en los particulares de leve m on­
ta, relativos á las personas de las cuales se hacia
mención en las correspondencias privadas. Mies
mucho mas abundante me traían los procesos in s-
truidos por los tribunales rom anos contra los cons­
piradores que habían caído en poder del G obierno; y
aquellas otras com pilaciones de docum entos públicos,
ó relaciones que los ministros de Estado suelen p re ­
sentar en el parlamento de su nación respectiva. En
una palabra, me serví diligentem ente de cuanto, se­
g ú n mis n oticia s, habíase publicado y podía servir
24
á mi propósito, com o lo verá fácilmente quien lea la
instrucción bibliográfica que despues consignaré.
Además de esta riqueza, que ahora está reunida
para todos los lectores, otra raas escondida, y sin
com paración mas relevante, me proporcionaba la
cortesía de distinguidos personajes y la benevolencia
de los am igos. Al llega r á este punto, pláceme m ani­
festar públicam ente mi reconocim iento al Señor m i­
nistro de las armas pontificias, general K anzler, á
quien soy deudor de un perpetuo permiso para c o n ­
sultarlos archivos militares, fuente de la m ayor parte
y de lo m ejor que yo he publicado en estas páginas.
Por lo demás, ningún empleado público se mostró,
al ser rogad o, p oco dispuesto á facilitar copia de sus
docum entos: m e los han proporcionado originales, ó
trascritos, para m ayor fe. con la firma de los secre­
tarlos. (Por esta extraordinaria amabilidad, les mani­
fiesto gustosísim o mi gratitud; y declaro, que á n o
estarlo ya , tal presteza me hubiese con ven cid o de
de que en las oficinas rom anas, cuanto menos se an­
sia la va n agloria , tanto mas se acepta la honrada
publicidad. ^
No satisfecho aún con tantos docum entos oficiales,
no tenia empacho en preguntar de v iva voz ó por
carta á todos los que im aginaba en disposición de
proporcionarm e nuevas a cla ra cion es, recibiendo
pronto en su virtud, de autoridades locales ó de otros
testigos oculares, relaciones, cartas de familia, d ia ­
rios y escritos de todas clases. Tam bién de las diver­
sas provincias de Italia, muchas m em orias venían á
parar á mi escritorio, expedidas por corresponsales
afectuosos. Ninguno venció en gentileza á los oficia­
les del ejército pontificio, los cuales me confiaban con
franqueza militar, aun las cartas que en mas aprecio
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tenían, explicándom elas con dibujos y relaciones. Por
todo esto llegué á estar abrum ado, siendo m ayor rrii
fatiga al escoger entre tantos materiales.
No he llegado á tener nunca, con todo, la presun­
ción de haber conseguido invariablem ente decir toda
la verdad; ni me ha causado m aravilla v er cóm o lle­
gaban de m uchas partes nuevos datos excelentes y
varias rectificaciones: he aceptado los unos y las
otras gustosam ente, haciendo de todo el m érito debí-
do en la presente reimpresión. Espero que esta co n ­
fesión de errores com etidos (á la verdad, nunca en
cosas sustanciales) no quitará fe á la obra, para los
que consideren que no se halla casi ningún a co n te ci­
miento referido por varios historiadores coetáneos,
sin variantes en los porm enores. Fuera de que todos
los inteligentes en el arte difícil de escribir, com pren ­
derán m uy bien que no basta la diligencia ni el in ­
genio para concordar los testigos, aunque sean de
los que han presenciado los hechos y de integridad
no sospechosa.

3 .°—De las escenas históricas, y de las biografías.

No he querido suprimir ni cam biar las d escripcio­


nes de las costum bres que con m ayor confianza con ­
signé al principio, ¿Cómo había nunca de acom eter
un trabajo tan enojoso? Así ha nacido mi p rod u cción ,
pareciéndom e que no estorba com pletam ente lo á
que aludo* y que no ha salido m uy contrahecho. Si
no es así, que pase del mejor m odo posible su vida
natural. Le doy amplia licencia para ir por el m undo
cojeando, y solicitar el favor de quien se d ign e echarJ
le una mirada. Me hace confiar que será tolerado be*
26
nignam ente, saber que hasta h oy ha con segu ido c a ­
ricias mas bien excesivas que escasas, las cuales le
han vuelto alegre y orgu lloso. Con el mismo traje
con que com pareció la vez primera, fue acogido per­
fectam ente por los forasteros de allende los montes
y los mares, y de mas allá del Atlántico, que, según
el uso de las cortes antiguas observado con los tro­
vadores, en cam bio de sus cuentos, díéronle nuevos
vestidos, propios, de su pais, Esta es una razón m uy
grav e, que me impide alterar la forma prim itiva: las
diversas traducciones que se hacen á otros idiomas.
Otra razón. El describir escenas no perjudica á la
verdad, sino que mas bien le da realce. Se ofuscaría
si engendrase con fu sion , y si no se viese dónde
o torg a plaza el autor á su fantasía, y dónde con la
plomada en la mano, edifica sobre la base de d o cu -
mentos positivos. Pero aquí, si no estoy en un error,
pasa precisam ente lo contrario. No hay página de la
obra donde, con una simple mirada, no se pueda dis­
tinguir lo uno de lo otro. Si es así, ¿por qué tal m ez­
cla?— R espondo.— No existe m ezcla, sino un marco
para la tela pintada. La tela y el m arco forman el
cuadro, y no confusion: la pintura, por el contrario,
parece mas bella al que la examina, si está con el ce r­
co. Léanse, v. g ., las aventuras del Congreso de G i­
nebra, y ninguno será tan torpe que no descubra á
simple vista que todas están descritas con la historia
en la m ano, fuera del diálogo entre Quinet y Gari­
baldi y el m onólogo de este, los cuales se describen
de tal manera que nadie puede creerlos verosím iles.
Aunque así no fuera, parécem e que las citas frecuen­
tes puestas al pié de las páginas, deberían servir de
indicio sumamente cóm odo para que el lector no se
equivocase. Es tam bién m uy digno de tenerse en
27
cuenta, que la m ayor parte de mi obra no tiene n e­
cesidad de esta indicación, siendo un relato histórico
tan severo y evidente, que ninguno, aun q u erién d o­
lo, podría convertirlo en novela.
Pero sí es verdad que el detenerse un poco fuera
del sendero clásico no hace dudosa la narración, tam ­
bién lo es que ningún m otivo tenía para detenerme
allí demasiado. Muchas veces una escena me sirve para
coger de golpe una porcion de figuras que no p u e­
den bosquejarse en particular, y me sirve de luz pa­
ra iluminar brevem ente una serie de ensayos s e g u i­
dos, de hechos fracasados, de m onerías periódicas, y
así sucesivam ente. ¿Cómo hubiera podido de otra
manera evitar los bostezos de los lectores, y sobre
todo de las lectoras, que cogían Los Cruzados para
sufrir mas fácilmente el calor del estío? ¿Qué ventaja
hubiera conseguido enumerando m inuciosam ente
las interminables m ajaderías de José Garibaldi en
todas las ciudades de Italia? ¿Cómo dar á luz, uno
tras otro, los innum erables docum entos de la policía,
donde constan las fechorías de los perturbadores
grandes y pequeños? ¿Cómo publicar por su orden, y
sucesivamente los casos divertidos de estos y sus p e r­
cances? Ahora bien, toda esta madeja enm arañada
se desenreda, por medio de escenas históricas, en
pocos capítulos. Así he podido referir en breves p á ­
ginas la prisión cóm ica del Héroe de los dos mundos, y
la bataola que los sectarios m ovieron con este m otivo,
y la política engañosa del ministerio Rattazzi, y la
diplom acia de N igra, propia de un títere: á exam i­
nar seriamente los libros verdes, y los demás mentí -
deros diplom áticos, no hubiera tenido bastante con
medio volum en. De la propia manera, el inmenso cla ­
mor de la ju ventu d católica que se levantó para la
28
defensa del Santo Padre, requeriría por sí una larga
historia, dividida en tantas partes com o países; m ien­
tras que con el recurso de las escenas se retinen to­
das estas glorias en algunos focos de luz, que an u n ­
cian á todo buen observador el cíelo esplendidísimo
encubierto necesariamente en la som bra. En una pa­
labra, las escenas históricas son escorzos pinto­
rescos.
Por el contrario, á varias figuras mas ilustres, no
solo he señalado un lugar distinto en la com posicion,
sino que he procurado retratarías minuciosamente al
natural, com o H oracio Vernet en sus cuadros gu er­
reros de Versalles, y Podestí, en sus frescos religiosos
del Vaticano. Por reg la general, escogido lié mis hé­
roes singulares entre los que Dios mismo eligió para
el honor del m artirio. ¡Así hubiese podido y o eri­
girles un monumento, mas sólido y perenne que el
bronce! De todas maneras, confio que no disgustar;'!
á los lectores pararse en estos retratos particulares y
entretenerse un rato, com o para descansar de los pa­
sajes de la guerra.

4 °— De la forma y de la riqueza de Ja edición.

Es necesario, por último, que manifieste los m o ­


tivos de esta edición. Por lo que hace á la sustancia,
com o he dicho ya, no he cam biado nada, fuera de lo
que requería la verdad para ser mas conocida, y las
muchísimas añadiduras colocadas en sus lugares pro­
pios. M ucho he trabajado para reducirla á tamaño y
form a de poeo coste. Mas esto, que en los presentes
dias ha de ser el principal pensamiento de los
autores, no me ha dominado hasta el punto de
29
contentarme con publicar un libro feo y sin adornos.
Hélo enriquecido con unos Apuntes bibliográficos de los
libros y opúsculos sobre el propio argum ento de m i
obra, de los cuales lie tenido noticia hasta h oy; y he
compilado, por último, un Indice de las personas y de
los lugares principales m encionados en el decurso
de la narraciou. Esto en favor de aquellos cu yos
nombres y hechos se refieren, así com o en provech o
de sus amigos y conocidos que gustosam ente lo e x a ­
m i n e n . P on go el Ensayo á la cabeza del lib ro , y
colocaré el Indice al fin.
Pero nada servirá tanto para enriquecer m ejor y
llenar de luz toda la historia, com o el Mapa coro gráfico
y topográfico que de propósito se ha hecho, y se an u n ­
cia con esta reimpresión. Es un grab ad o de 67 c e n ­
tímetros de alto y 47Y 2 de ancho, que representa las
cin co provincias de la Santa Sede que fueron el tea ­
tro de la guerra. No se ha omitido nada de todo lo
relativo al movimiento del suelo, ni á las corrientes
de agua, montes, confines de los territorios, y linde­
ros con provincias confinantes; procurándose sobre
todo con gran diligencia distinguir las varias clases
de caminos, ó sea, de hierro, internacionales, ca rre­
teras y caminos vecinales. Al pié del mapa están deli­
neados seis planos de las ciudades ó aldeas donde se
combatieron las principales facciones: á un lado hay
una topografía com pleta para com prender los hechos
de Monte Rotondo y de Mentana, Nada digo de las
indicaciones de la poblacion relativa de las ciudades
y de las provincias, n i de otros datos que se han re u ­
nido. Es, para decirlo de una vez, una obra m u y bien
acabada, com o se podía esperar de los hábiles a rtis-
’ tas que la han hecho, á saber, Spinetti com o d ibu ­
jante, y Marchetti com o -grabador. D ebo también no
30
pocos apuntes y mejoras de este mapa á la extraor­
dinaria urbanidad del Estado Mayor pontificio, y al
ilustre P. A ngel Secchí, que le exam inaron, por lo
cual, á mi m odo de ver, no existe h oy ninguno mas
rico, mas com pleto, ni mas exacto de las provincias
que le quedan al Estado Pontificio.

5 ° — Excusa y ofrecimiento al lector.

Despues de las cosas antedichas, solo me resta


recom endar mi o b r a , haya salido com o haya salido,
á la benevolencia de los lectores. Por encim a de to­
dos mis propósitos, ha estado constantem ente el de
servir á la verdad. Espero que n in gun o de sus am a­
dores me reprochará, si algu na vez la hubiere co n ­
tado con demasiado brio ó con excesivo calor. Vela
delante de mí dos ejércitos acam pados, el uno con ­
tra el otro: favorecido aquel con las simpatías mas
ardientes del m undo católico, y execrado este por
todos los que tenian sentimientos de humanidad;
ven gad or el prim ero de la R eligión y del Vicario de
Jesucristo, y no solamente despreciado!· el segundo
de toda honestidad y de toda piedad, sino también
adversario del mism o Dios. A tal espectáculo ¿quién,
que abjurado no haya la fe, puede contenerse dentro
de aquel estilo de toleran cia, que invoca h oy el
m undo en p rovech o de los grandes delitos? Suelo re­
servar m i com pasion para la víctim a inocente, y no
para el verdu go m alvado. ¿En favor de quién hubie­
ra tenido por honrado el ejército de los g a rib a ld i-
nos? ¿En favor de estos? No, porque nadie, ni aun Dios,
los puede perdonar, si antes no se recon ocen ellos
mismos m alvados salteadores. ¿Eu favor del Gobierno
31
real que ocultam eute los·pagaba?M uclio menos, p o r­
que aquel G obierno fue cien veces mas culpable que
el pobre g-aribaldino, que militaba con frecu en cia
porque le habían seducido ó por pasión ju ven il.
¿Qué mérito tiene el Gobierno florentino de octu ­
bre de 1867 á los ojos de un escritor verídico é ita­
liano? Él ha arrebatado á su patria la religión todo
lo que ha podido; ha profanado los templos, con fis­
cado los hospicios, hecho padecer ham bre al clero,
perseguido el sacerdocio, despojado y escarnecido al
Gefe de la santa Iglesia; ha destruido la constitución
histórica de la Italia, derribado sus tronos resplan­
decientes de honor y de beneficen cia, y hum illado
sus famosas capitales; ha destruido su paz, su g lo ­
ria, su riqueza, sus leyes, sus buenas costum bres,
su familia cristiana, sus escuelas florecientes. ¿Qué
bien ha reportado á la Italia? La unidad de servi­
dum bre, impuesta con la traición, conservada con la
metralla, con el incendio de ciudades y con el fusi­
lamiento de cerca de treinta mil italianos, de lo cu a l
se vanagloria en su parlamento. También le ha dado
el ejército de Custozza y de Lissa, victorioso única­
mente en las carnicerías de Turin, contra ciudadanos
que se resistían á pagar; un erario de papel, y una
cámara de legisladores, á los cuales es preciso p ro­
cesar por hurto; descrédito en los países extranjeros,
y en el interior, miseria extraordinaria; em préstitos
y deudas crecientes; asesinatos que llegan á u n nú­
mero catorce veces m ayor que el de otras naciones
civilizadas; concubinato legal en vez: del m atrim o­
nio; ignorancia y blasfemias inmundas, en fin, far­
fulladas en sus academias, teatros y obras literarias,
propias de un pueblo al cual se dice que el hom bre
es hijo de los brutos: he aquí los méritos que tiene á
32
.maestros ojos el Gobierno de octubre de 1867. Veíale.
y<?, además m over guerra parricida contra el Padre
.universal de los cristianos: ¿no seré disculpable si
algu n a vez lo hubiese acusado con excesivo desden
íilial? Y sin em bargo, la ira no habla por m í, sino la
historia, que no h ago, por otra parte; la refiero úni-
camente.
Sí, la refiero para todos mis lectores, sin temor
de que ni aun los adversarios puedan aducir razón
algu n a para no creerm e; mas la ofrezco especial­
mente á las familias cristianas, y sobre todo á las
que dieron sus hijos para esta gu erra , y palpitaron
al saber las victorias de los Cruzados, y gimieron
por los que pasaron á m ejor vida, y aplaudieron á
los que sobrevivieron victoriosos. L a escribo y la
ofrezco á todas las almas justas, que alabaron á Dios
por el triunfo de la religión sobre las cum bres de
Hentana. Las personas de inteligencia y de corazoa
cristiano agradecerán . ciertamente, si no la obra,
mi deseo de trasmitir á la posteridad los nom bres de
los Cruzados de San Pedro, ceñidos con aureola im­
perecedera.
•Benditas las espadas que un amor celestial sacó
de la vaina para las peleas del Señor! No, n unca se
com batió gu erra mas santa, ni mas santamente, di­
cho sea para consuelo de los que han sobrevivido v
de los que les aman. Sé bien que en un siglo que se
ja cta de pelear por las ideas, y que pelea solo por la
materia ó A lo mas por el orgullo, parecerá inhuma­
no santificar una gu erra de religión . Mas y o pienso
y razono á lo antiguo, según las enseñanzas del ve­
tustísimo libro de los M acabeos, y de la eclesiástica
tradición de las Cruzadas , sin pedir indulgencia ;i
los que no creen en la Biblia y en la Iglesia. Mas
33
antes de entrar en el relato, saludo desde el um bral
á los Cruzados con estas palabras de San Bernardo,
antiguo predicador de las Cruzadas:
«Entre los profanos suélense suscitar debates y
m over guerras, no por otra cosa que por m ovim ien­
tos de ira irracion al, ó por apetito de vanagloria, ó
por avidez de engrandecim iento terrestre. Cierta­
mente que por estas razones no es seguro matar ni
cacr muerto.
»Por el contrario, los soldados de Cristo co m b a '
ten segurísimos las batallas de su Dios, sin temor á
pecado por matar al enem igo, ni á perder su propia
vida, puesto que la muerte dada á otros por. servir á
Jesucristo, ó encontrada por am or á É l, nada tiene
de culpable, y debe m erecer m ucha gloria. En el p ri­
mer caso gánase á Cristo, y se gana igualm ente en el
segundo; porque acepta gustoso la muerte del en e­
m igo como venganza debida á su justicia, pero mas
gustosamente la de un soldado, com o un premio que
debe consolarle. Así el soldado de Cristo está segu ro
al herir, y mas seguro ai ser herido; que al herir sirve
á su Dios, y al ser herido sírvese á sí propio.
»No lleva sin razón la espada al lado, por ser nada
menos que ministro de Dios para la venganza de los
inicuos y para la seguridad de los buenos. Y cierta­
mente, cuando mata uno de aquellos no es homicida»
sino, por decirlo así, maUciila: cum pliendo la ven ga n ­
za de Cristo contra los que obran perversamente, es
reputado defensor de los cristianos. Y si llegase d e s -
pues á ser m uerto, no quedaría privado de la vida,
sino que habría obtenido la verdadera. L a muerte,
pues, que da, es ganancia suya. Por la muerte del pa­
gano se gloría el cristiano, porque Cristo queda g lo ­
rificado; por la muerte del cristiano se abre la .m u -
¡1
34
nificencia del R ey supremo, que recoje para el g a ­
lardón al soldado caído. Sobre aquel, se alegrara el
bueno, por ver cum plida una venganza justa; sobre
este se dirá que verdaderamente recibe el justo su galar­
dón , siendo indudable que hay un Dios que ejerce su juicio
sobre él en la tierra (1). Ciertamente que ni aun á los
paganos deberíase m atar, si pudiera impedirse por
otros caminos que infestaran y oprim ieran demasia­
damente á los cristianos. Mas no siendo posible esto,
m ejor es que perezcan, que dejar el látigo de los pe­
cadores sobre la espalda de los justos, mayormente
teniendo en cuenta el peligro de que aun estos, no
haciéndolo así, cometan también iniquidades.
»¿Y cóm o no? Si siem pre fuera ilícito al cristiano
herir con espada, ¿hubiese nunca el Precursor man­
dado á los soldados que se contentasen con sus estU
pendios? ¿No hubiera prohibido todo gén ero de mili­
cia? Si esto (com o es ciertísimo) lo pueden hacer to­
dos los que fueron ordenados por Dios y no se com­
prom etieron á mas estrecha vida, ¿á quién m ejor, os
p regu n to, podrá convenir que á las personas en cu­
yas m anos y á cu yo valor encomendóse la guardia
de S io n , ciudad de nuestra fortaleza? Estos pueden
hacer de m odo que, rechazados los trasgresores de la
divina- ley, entre con seguridad la gente santa que
custodia la verdad. Sean por consiguiente confundi­
das con valor las gentes que ansian guerra; sean
m uertos los que conturban; y sean arrojados de la
ciudad del Señor todos los que com etan iniquidades,
todos los que desean robar las riquezas inestimables
que los pueblos cristianos han reunido en Jerusalén,
y todos los que quieran mancillar las cosas santas, y

(t) Salmo LVII, 12.


35·
poseer, com o si fuese sui heren cia, el santuario de
Dios. Deseiíváineñse las espadas de los fieles contra
}Ja éabeza de los enem igos, sirviendo para destruir
todo lo que se levante contra la ciencia de Dios, que
es la fe de los cristianos; que no lleguen nunca los
incrédulos á poder decir: ¿i. dónde se ha ido su Dios (1).
»Espelidos los cuales, volverá el Señor á su m an­
sión y á su herencia; indignado por ellos había dicho
en el Evangelio: He aquí que vuestra casa va á quedar
■desierta (2); y así se lamenta por el Profeta: He des­
amparado mi casa y he abandonado mi herencia (3).
Be cum plirá de este modo aquel dicho profético: el
^Señor redimió y libró á su pueblo; y así vendrán, y
cantarán him nos á Dios en el monte de Sion, y cor-
xerán en tropel á gozar de los bienes del Señor (4).
R egocíjate, ó Jerusalén’, y con oce ahora el tiempo
de tu visitación. Gozad reunidos, y alabad juntos al
Señor, porque ha consolado á su pueblo, ha redimido
á Jerusalén, y ha preparado su santo poder en pre­
sencia de todas las gentes. fO V irgen de Israel! ha­
bías caido, y ninguno te levantaba. Surge ahora y
levántate del polvo, ¡ó V irgen hija de Siou! L eván ­
tate, digo, sube á lo alto, y guarda la alegría que te
viene de tu Dios. No te se llamará jam ás abandona­
da, y tu tierra no se dirá desolada, porque se com ­
plació en ti el Señor, y tu suelo se poblará de valien­
tes. Vuelve los ojos á tu alrededor, y mira: todos se
congregaron y vinieron á ti. Tal auxilio se te ha en­
viado de arriba. Por medio de estos, se cum ple ya

(1) Salmo CXÍII, ±


7 .(2 ) San ftlfiLfiO, X X III, 38.
(3) Jerem ías, X II, 7.
;( i) Jeremías, X X V I, 11, 11
36
en ti la promesa antigua; Yo haré que seas la gloria de
los siglos y el gozo de todas las generaciones venideras, y
te alimentarás con Ja leclie de- las naciones, y te criarán
regios pechos (1). Y en otro lugar: Como una.madre
acaricia á sus hijos, así yo os consolaré á vosotros, y ha­
llareis vuestra paz y con solaclon en JerusaJén (2).»
Para los católicos, Roma es mas que Jerusalén.
Por lo que á mi hace, confiado en Dios entro coi*
gran b rio en historia tan grata al Santo: «y contra
la tiranía hostil, ya que no sé vibrar la lanza, v i­
braré la pluma, sirviendo con este libro á los Cru­
zados, á los cuales no puedo acom pañar con las
armas (3).

ENSAYO BIBLIOGRÁFICO
SOBIÍE EL

ARGUMENTO DE NUESTRA HISTORIA.

A cerbi J. Parte ó Relación sum aria, etc., de las c o ­


sas hechas por el general A cerbi, dirigida al g e n e ­
ral GaribaldL En el T)iritto de Florencia, 6 diciem ­
bre 1867.— Llena de falsedades sobre la guerra com ­
batida por los garibaldinos en la provincia de
V iterbo. Lombard-Martin la traduce y altera en
su libro, P réás, etc.

í 1) Isaías, LX , 13, 1G.


(2) Isaías, LX VI, 13.
(-1) San Bernardo, De las alabanzas á las nuevas m ilicia s, ele.,
]>rol. y cap. I, y Migne, t. III, p. 921,
37
Anuales de la chanté, ó ’ sea Le Contemporain * revue
d’économ ie chrétienne. Periódico parisiense m en­
sual, en 8.°—En el cuaderno del 30 de noviem bre
de 1868 hay un largo é interesante artículo, titu­
lado: Une anúndance a la- balaillc de Mentaría* escrito
por el doctor Carlos Ozanam, que la presenció,
com o gefe de un servicio voluntario de enfermería.
Année dominicaine (/*). Bulletin inensuel du T iers-
Ordre de Saint-Dominique (/’). Periódico de París,
en 8.°— Tiene m uchas y buenas relaciones, sobre
todo de hechos religiosos relativos á la guerra, en
los últimos cuadernos de 1867 y en los prim eros
de 1868.—Los PP. Ligiez y Vannutelli, dom inicos,
hicieron de misioneros castrenses, y redactaron de
sus casos, memorias m uy dignas de leerse.
Archivio deWecclesiastico. Periódico florentin o, m en­
sual, en 8.°— Tiene una excelente crónica, escrita
casi hora por hora, de los hechos de la guerra.
Véanse los cuadernos de noviem bre y diciem bre
de 1867.
Atti detfa commissione superiore d'inchiesta, sobre la fu ­
g a del general Garibaldi de la isla de Caprera, de­
jados sobre la mesa presidencial (del parlamento fío -
rentino) en la sesión del 20 de diciem bre de 1867.—
Cuaderno en 4.°, de 67 p ágin as.—Proceso ridículo,
que no sirvió ni aun para probar lo que era n oto­
rio, á saber, que Garibaldi se había fugad o p or
orden del ministro Iiattazzi.
B a t t i s t a Luigi. De Orte a Mentana.— Opúsculo g a rib a l-

dino, del cual solamente conozco el nom bre.


Remará de Quatrebarbes. A ngers.L ain é, 1868, 8;", de 64
páginas.— Contiene una buena n ecrología de Qua­
trebarbes, teniente de la artillería pontificia, h eri­
d o 'm o r ta l mente en Monte R otondo, con varias
38
cartas del difunt.Q, ó de otros relativas al m ism o.
La obra es del P. Letellíer, can ón igo, etc., que se
firm$ en la dedicatoria. Tam bién el P. B u Reau es­
cribió de Quatrebarbes en los Eludes rdigieuses.
BiütiTANi A g o s t i x o * Las últimas horas de la jornada de

Montana.— Es un parte lleno de falsedades en v a ­


rios pantos, pero que no carece de utilidad paria la
historia, Fué publicado en varios periódicos g a r í-
báldeseos, Ri forma, Diritto, etc., en los p rim eros
dias de noviem bre de 1867.
B e s s o n . Diacours prononcé au collége de Saínt-Fran-

fo is-X a v ier, dans un Service pour le repos de


l :ame d’Emmanuel Dufournel, ancien eleve de ce
collége, sous-lieutenant aux zouaves pontificaux;
par l’abbó Besson. 7.e édition, Besanzon, T u rber-
g u e, 1867,8.% de 32 p ágin as.— E nérgica y generosa
oración fiinebre. Citamos la 7 / edición por las aña­
diduras de cartas y de docum entos relativos á Ma­
nuel y a sn hermano Diosdado, m uerto pocos dia&
despues por la misma causa.
B e s t r K n . Les victoires de Rome, por el R , P. Kenelm

D igh yB este, de TOr. de S. Philippe: traducido del


inglés, sobre la edición segunda, París, D ouniol,
1S68, 8.\ de 44 páginas. Ensálzanse las recientes-
victorias de 1867.
B i a n c h i C e l e s t i n o . Mentana, narración histórica; 2 .1
'
edición, Milán, Barbini. 1868, 16.\ de 182 p ágin as.
Política impía é hipócrita, con m uchas verdades y
mentiras copiadas de otros escritores,
Bkouwers I, W . Información sobre el estado del c a to -
licism o en Holanda; discurso del abate, etc., en el
Congreso de Malinas, 6 setiem bre de 1867: tradu­
cido y anotado por Francisco Tirellí, de la Compa­
ñía de Jesús. Módena, tip. de la Inmaculada C on-
39
cep cion , 1867, 8.°, de 55 p ágin as.—Notables p a r­
ticulares sobre el m ovim iento militar católico en
favor del Papado.
C a m ie n e s (d i). Allocution prononcée dans l’ eglise p a -
roissiale de B rign on (Gard) par l ’ abbé, etc,, vic.
g é n á l ’ occasion du service fúnebre célébré en
Thonneur de Mr. Henri Pascal, sergent de la l . er
com pagn ie de L cr bataillon des zouaves pontifí-
c a u x , m ort glorieusem ent á Mentana le 3 n o -
vem bre 1867. Nimes, Bedot, 1867, 8.°, di pp. 31.—
Grandiosa y tierna oracion fúnebre.
C a u d e i x a V a l e r i a n o . Julio Waits Russel, zuavo p on ti­
ficio: memorias escritas por el periódico rom ano
II (Uvin Salvatore, por el P., etc., de la Compañía de
Jesús. Bom a, Salviucci, 1868, 16.°, de 26 pág. Dul­
ces y estimadas memorias, que el autor aum entó
despues, llega n do á com poner una com pleta b io ­
grafía, publicada en in g lés con el título de ,
Giulío W atts-R ussell, pontifical zouave. A b io ­
g ra p h y , written in italian, b y , etc., professor o f
dogm atic T h eology in the rom an college; transla­
ted b y W illiam Tylee, B. A. Oriel college, Oxford.
"With a Preface b y his Grace the A rchbishop o f
W estm inster, London, Philp, 1868,16.°, di pp. 98.
Chartier franc,ais. Periódico parisiense, publicado con
el fin de recoger los títulos auténticos de la nobleza
francesa. Prom ete ahora Varmoirial des Croisés
du X IX síecle, esto es, una noticia circunstanciada
de todos los caballeros franceses que m ilitaron p or
la Iglesia santa en estos últimos años: concluido
el trabajo, lo publicará aparte.
C a r t ü y v iíl s C a r l o . Eloge fimébre íles zouaves pontificaux,
morís pour la défense du S aint-Siége en 1867, p r o -
n o n c é á l’église de Sainte-G udnle, á B ruxelles, par
40
l ’abbé, etc., ch a n .h on ., etc, Lovauio,Peeters, 1867,
8.°, di pág. 32.—Bellísima oracion fúnebre.
Civiltá CaUolica {la). R om a, tipografía del periódico,
. que publica dos cuadernos en 8 .” cada m es.— Las
crónicas de cada uno, abundantes y ordenadas, cor­
respondientes á los últimos meses de 1867, contie­
nen una gran parte de la historia de la invasión
garibaldina, y de los actos diplomáticos que allí se
referen . N ingún periódico contem poráneo trae
tantas noticias sobre este argum ento.
Collection de prccis hisíoñques, etc. Periódico quincenal
de Bruselas, en 8.°—En los meses de octubre de
1867 y siguientes, se recogieron en él m uchas n o ­
ticias referentes a los hechos y á las personas de la
guerra rom ano-garibaldina.
Compte-rendu de Tassemblée genérale de l’ Associa-
tion catholitjue de St.-Pierre, tenue a Gand le 17
déceznbre 1867. Gante, Poelman, 1867, 8 .“, di 32
p p .— Contiene un m agnífico discurso del abogado
Y erspeyeu sobre los muertos eu la Cruzada de 1867,
y especialm ente sobre los belgas.
Cwitemporain (le). Véanse Anuales de la charité.
Corografía di chique province dello Stato pontificio, Roma
y su coma rea, V elle tr i, F rosi n on e, Ci vita vecchia y
Yiterho, teniendo en cuenta principalm ente la in­
vasión de 1867. Es un grabado m uy grande, con
la topografía de Meutana, y con varios planos,
publicado por La Civiltá caltolica.— Y é ase lo dicho
poco antes en la introducción, núm. 4.°
Correspon dance de Home. Periódico semanal de Roma,
en 4.° Diligentísim o recogedor de noticias de todos
los periódicos, sobre las personas y cosas de la
g u e rra .—Contiene también m uchas noticias o r ig i­
nales, Además de esto, ha dado traducida en fra n ­
41
cés, la obra Lo» Cruzados de San Pedro, á medida
que salía en la CwHtá Cattolica*
Da Bagnorea a Roma, ó sea los Cruzados del siglo X IX
en la defensa de la tum ba de San Pedro. Módena,
tip. de la inm aculada Concepción, 1868, 32. de
pág. V - 122-116. Contiene aventuras y hechos ais­
lados de la gu erra: la aeg’unda parte se com pone
de necrologías, El autor es el conde Cayetano Cas-
tellani Tarabiui, ya voluntario pontificio, que de­
dicó su obrita á la memoria del conde Carlos B er­
nardina m uerto en Mentana.
Oj: Frutaseis Pasquaie. Ai gioñosi drappelfi del Sanio
Padre Pió IX , por las victorias contra los en em i­
gas de la Santa Sede en 1867. Canción del P., etc.,
de los Pios Operarios. Roma, tip. tiberina, 1868,
8 .’ , de 31 pág·.— Correcta y briosa poesía. Véase la
noticia bibliográfica que dio la Civ. C a t t ser. VII,
vol. IÍI( pág*. 92.
D el Y e c c i u o P ie t r o . La colonna Frigyesi e la campagntt
romana del 1867. Turin, tip. de la Bandera del E s­
tudiante, 1867, opuse, en 8.°— Perversa narración
con espíritu sectario.
Divin Salvatore (il). Periódico romano, en 4 .“ Sale una
vez cada semana.—Muchísimo trabajó para reu n ir
noticias concernientes á los hechos de la Cruzada.
Escelente para consulta.
})ui‘umentí diplomatici, presentados por el ministro Me-
nabrea. Véase el Libro verde italiano.
Docmnenti relativi agli allimi avvenimenli, dejado sobre
la mesa presidencial (del parlamento florentino) en la
sesión del 20 de diciem bre de 1865, Cuaderno en 4.
de lo o págin as.—Es un verdadero proceso público
sobre la deslealtad del ministerio Rattazzi, form a­
do con documentos auténticos, y publicados por el
42
gabinete que le sucedió. Decim os lo p ropio de las
páginas añadidas que se publicaron p oco despues.
Para com plem ento de estos Documentos, léanse ta m ­
bién los dolía Commissione superiore ecc.
Documenti (otros) relativi agliultiml avvenimenü, com u ­
nicados por los ministros de la gu erra y de la m a­
rina á la oficina de la presidencia del parlam ento
florentino, el 3 de febrero de 1868. Cuaderno en 4 .\
de IOS págin as.— Véase lo dicho p oco antes.
Du R e a u . Bernard de Quatrebarbes; por el P. Du Reau,
de la C. de J. Paris, G oupy, 1869, 8.a, de 40 p á g i­
n as.—Memoria n ecrológica m uy bieu escrita.
Elogio fúnebre pronunciado en la catedral de R a tisb o-
na el 11 de diciem bre de 1867, en las solemnes exe­
quias por los soldados que cayeron en defensa de
la Santa Sede contra los recientísimos asaltos al
Estado Pontificio. Versión del austríaco de Mons.
Fernando Mansi. Rom a, Propaganda, 1868,12.% de
29 p ágin as.— Optimo trabajo del jesuíta Felipe
Lófler.
Emmanuele e Dioda lo DufoiirneL Sacado de Los Cruza­
dos de San Pedro de la CiviUá cattolka, cuaderno
461. Rom a, Civ. calL, 1869, 8.°, de 12 pág'inas.
E s s e i v a P i e t r o . Pugna nomentana. Carmen P etriE ssei-

va. Rom a. CivUtá cattolicat 1868, 8.*, de 11 p á g i­


n as.—El capitan P. Esseiva, suizo, militando p o r
el Santo P a d re , escribe los versos mas pulcros
que se pueden leer en nuestros dias. Léase una
breve mención en la Civ. catt., ser. VII, vol. III,
p . 606.
Études religieuscs, historiques et littéraires, por Padres
de la Compañía de Jesús. Periódico parisiense,
m ensual, en 8 / — Contiene varios artículos im por­
tantes para la historia de la Cruzada en los meses
43
que siguieron á la batalla de Mentana; especia l­
mente algunos de los PP. Chauveau, M arquigny y
Du Reau.
F a b r i z i N ic o l a ·. Relacione del general Fabrizi sobre
los hechos de Mentana, unida al parte que el c o ­
ronel Menotti Garibaldi dió sobre las operaciones
del cuerpo de insurrección del centro. En la Rifor­
ma de Florencia, 1'7 diciem bre 1867 y sig u ie n ­
tes.—Jactanciosa, falsa con frecuencia, y algu n as
veces im pía.
F a i l l y ( d i ) . El general d i Failly fué com andante g e ­
neral d e la espcclicion francesa: su parte sobre la
victoria de Mentana se leyó en todos los periódi­
cos, y fuó también traducido en la Civilta Caitolica,
ser. VI, vol. XII, p. 747.
F l e u r y , Campagne de la róvolution contre Rome, 1867;
por M. l'a bb é, etc. Précédé d'une lettre de-M gr.
M ermillod, év fique d’Hébron. Liaue, Josserand,
18ÍT8, 18.“, di pp. 187.—Rápida correría sobre su­
cesos de la guerra. Fue igualm ente traducido y
aumentado en austríaco, por di M oos, segú n la
nota siguiente.
Der Fehkug der Revolution in Italien gegen Rom
im October und November 1867. llebersetzt, v e r­
mehrt, mit Noten und B eilagen von Pfarrer M. von
Moos. Einsiedeln, Benziger, 1868, H.\ di pp. 192.
Fiianco G-jo. Gius. Les Crvises de S. P ierre; per le
P., etc. T ourn ai-P arigi-L ipsia, Casterman, 1869,
volum e 1.* in 16.°. di 500 p p .—Anuncio esta tra­
ducción en p rovech o de ios que no com prenden el
italiano. El volum en segundo está en prensa, y
m uy adelantado.
No habiendo visto aún impresas en libro aparte
las traducciones á otras lenguas publicadas en
44
periódicos estraujeros, me abstengo de incluirlas
en los apuntes bibliográficos.
F r a n c o Gio. G i u s . Biografía di Antonio Goldoni, m ode-

nés, cruzado de 18 años, muerto en el dia de la


Asunción de la V irgen 1868; escrita por el P., etc.
de la C. de J. 2 .11edición, m u y aumentada por el
autor. Módena, tip. de la Inmaculada Concepción.
1868, 3 2.\ d e 125 p ágin as.— Siendo m encionado en
la Historia de los Cruzados el nom bre de Goldoni,
aprovecho esta ocasion para recordar también la
vida, publicada ya en la Civiltá CaUoIica.
F r i g t e s i G u s t a v o . V italia nd 1867. Historia política

y militar, sacada de m uchos docum entos publica­


dos é inéditos, com o también de noticias especia­
les, por, etc., com andante de la %.a colum na en las
jornadas-de Monte R otondo y deM entana, Floren­
cia, Bencini, después Pellas, 1868 y sg\, 8."—Se pu ­
b lica por cuadernos. El primer volum en ya está en
la página 616, y aún trata de la política anterior á
la gu erra. Es cosa garibaldina, y eficazmente re ­
com endada por Garíbaldi; en religión , im pía, y
falsa casi siempre al ju zga r los hechos políticos.
Ignoram os cóm o saldra al referir los hechos m ili­
tares, pero si continua por la senda que hasta h o y
ha segu ido, no hará bien ni mal, porque la lectura
es insoportable.
From Home to Mentana (de Rom a á Mentana). Lon­
dres, .Sa andera, 1868, 1*2.·, de 308 p á gin a s.—Libro
de una m ujer anticatólica, admiradora de José
Garíbaldi y de sí misma. Poco h ay de historia cor­
respondiente al título, y en este p oco yerra fre­
cuentem ente. M ucho tiene ríe autobiografía, y en
esto no la ju z g o .
Gem,ahíje Euo. (di). Citiq rapportí du rév. P. Eugene
de Gerlache a S. G. M g T . Tizzani, archev-íque de
Nisibes, grand-aum ónier de l ’armée pontíficale,
pour servir a l’histoire de la carapagne d’octobre
et novem bre 1867. Extrait de la Corrcspondau.ee de
Home. Roma, tip. camerale, 18(58, 12.°, di pp. 38.—
Particulares edificantes.
G eyer B. P. Onzc pausehjL· Zuavcn (Nuestros zuavos
del Papa); door B. P. Geyer. Leida, G eyer, 1868,
8.°, di pp. 6 7 .—Poemita m u y apreciado de los ir­
landeses.
é periodiá. Es claro que todos los periódi­
cos diarios ó no diarios, durante la gu erra de in­
vasion, hablaron de las noticias corrientes: m en ­
cionam os con todo particularm ente, por tener
mas en abundancia noticias originales y verídicas,
el Giontale de Boma, l'Osservalore romano, el Verídi­
co, rom anos los tres y diarios, menos el ú ltim o,
que es semanal; l’J j moma de Florencia, el fíiritlo
cattolico de Módena, la Liberta caitoUca de XApoles,
YOsservatore cattolico de Milan, el Stendardú cattolico
de Genova, YUnita caitoUca de Turin, el Veneto cat­
tolico de V enecia, y la Vera buona novella de Flo­
rencia.
Fuera de Italia, el Bien public de Gante, el Cottr-
rier de Lyon, la Gazette da Midi de Marsella, el
Journal de Bruxelles; y tres de París, el Monde,
VUnion, YUnivers.
Be los periódicos que se publican por cuader­
nos, véanse los siguientes títulos especiales: Arma­
les· de la chaiité, Annee domhncaine, Archivio dell'
eccieslastieo, Chartier fran^ais, Cioilíá CattoHca, Co­
llection de precis historiqncs. Correspondance de Home,
Divin Salvatore, Études religiemes, Nuova Antolofjia,
Spectateur militaire, Tablet, Westminster Gazette.
46
G T e o d o r o . V o íi 1866 Ms 1869. Illustrirte G e­
r ie s in g e r

schichte von den Ereignissen des Jahres 1866 bis


au f unsere T age. Mit vielen H olzschnitten nach
Zeichnungen von E. Saes (Del 1866 al 1869. Histo­
ria ilustrada desde los m ovim ientos del año 1866
hasta nuestros dias. Con m uchos grabados en m a­
dera, segú n los dibujos de E. Sues)‘; von, etc.
Stutgarda, V ogler e Beinhauer, 1869, 8 .a, di pp.
96.—Escrito con propósitos sectarios é impíos, co ­
mo todas las obras del autor.
Gueuriem F a illa Franc. Meniana; canto por, etc. P a ­
lermo, 1868, op ú scu lo,— Lo con ozco únicam ente
por haberlo visto anunciado en periódicos p é­
simos.
G ü e r z o n i G i u s e p p e . V éase Nuova antología.
Huguet. Les victoires de Pie I X sur les Garibaldiens
en 1S67, et les soldats du Pápe devant l'histoire;
par le Pw P. H uguet. Paris, Buffet, 1868, 12.“, di
pp. X II-27 6.—Buenos rasgos históricos. Está tra­
ducida al austríaco con el título siguiente:
Der Triumph Pius'IX, in der Prüfungen von
1848 bis 1S67. (Triunfo de Pío IX en las tribulacio­
nes desde el 1848 hasta el 1S67}. SciaíTusa, Hurter,
1868, 8.°, di p p .'V II-318.— Les martyrs de la liberté
de l’Eglise en 1867. Nerola, M onte-Libretti, Monte-
R otondo, Mentana, par, etc. París y Lion, Girard,
1868, 12.°, de VIII-280 p á g in a s .- E l título dice
bastante de la obra. El autor es conocido.
HuiLLAitD-BaÉHOLLEs F. L. A. Notice sur JW. le duc de
Luynes, membre de Tlnstitüt, etc., par etc., París,
Plon, 1868, 8 .a, de 160 p ágin as,— Luynes murió llo­
rado por Rom a entera, habiendo contraido la úl­
tima enfermedad sirviendo en los Cruzados de San
Pedro.
47
Kanzler Ekmaxno. Parte á la Santidad de N. S. Papa
Pió IX , felizm ente reinante, del General Kanzler,
ministro de las armas, sobre la invasión del Esta-
do pontificio en el otoño de 1867. Rom a, Civiltá
Caltolica, 1868, 8.% de 62 p ágin as.—Es uno de los
docum entos mas preciosos para la historia, escrito
con mano militar. Contiene también íntegro el
parte sobre la batalla de Mentana, ya publicado
separadamente poco antes. Fue publicado tam bién
en francés, y reimpreso en Bolonia, tip. Inm acula­
da, 1868, 16.a, de 102 páginas, con el título de La
campagna romana del 1867. descrita, etc.
K ersabmic A l a n o ed E r v e o . Les soldáis dn Pape. Véase
Solüats.
Lacombg F. (di). La Campagne de 1867. Véase Spec-
tateur.
Laicüs FiLirro (nombre supuesto). PtOsen and Domen
aus dem Lcben Papst Plus I X (Rosas y espinas de
la vida del Papa Pió IX ), yon, etc. M aguncia, Kir-
chheim , 1868, 8 / , de VIII-235 p ágin as.— Obra es-
celente de un autor m uy popular en Alem ania.
L e f o v r e de B e l l e i 'e u u e . Le Cañada et les zouaves
pontificatix. Monreale (en el Canadá), stamp. N ou-
veau Monde, 18G8, 8.°, de pp. 260.— Particulares
relativos á los zuavos canadieses. Libro bueno y
hermoso.
L e u o u x D e s i d e r a t o . Xarrazione della Iwtlaglia di .¡lien-
tana. Véase este título.
Libro amarillo francés de 1867. Contiene los docum en­
tos diplomáticos del año corriente. Además de es­
tar impreso aparte, se halla en todos los diarios
franceses, y aun italianos, en los primeros núm e­
ros de diciem bre de 1867.
Libro verde italiano. Así vulgarm ente denominamos
48
]os Documentos diplomáticos presentados por el pre­
sidente del consejo y ministro de n egocios estran-
jeros. Sesión de la cámara de Florencia del 9 de
diciembre de 1867. Cuaderno en 4 / , de 31-66 pá­
g in a s.— Tiene dos partes: Cuestión de la legión de
Antibes, y Cuestión rom ana. Faltan allí los d o ­
cumentos del tratado entre el em perador Napoleon
y el rey V ictor Manuel durante la cesación del
ministerio italiano, en los dias de la insurrección
g-aribaldina en Roma en los próxim os siguientes.
Llena el vacío en parte el Libro amar ¡lio francés.
L ö f f l e r F il i p p o . V éase Elogio fúnebre.
LomuíD-MAitTiN. Précis historique sur l'insurrection ro-
maine. Operations militaires dans la province de
V iterbe durant la campag-ne de 1867, par, etc.,
citoyen des É tats-U nis, ex-m édecin des vo Ion tai­
res {división Acerbi). París, Dentu (F loren cia, im ­
prenta del periódico 1'Uaüe), 1868, 8 / , de 206 pá­
g in a s.—Recom endado por Garibaldi; pero no pue­
de hallarse un enem igo tan constante de la ver­
dad com o Lom bard-M artin: lo disfraza todo, é in­
venta casi completamente los h ech os.—Es también
impío, é insulta con frecuencia á la R eligion .
Lucienti O. Da Torino a Mentana. Opúsculo garibal-
dino, del cual solam ente con ozco el nombre.
Macchi H acro. 11 Congrcsso dclla pace, de, etc., 2 .a edi­
ción. Florencia, Mariani, 1868, 16.°, de 40 p á g i­
n as.—-Historia llena de falsedades y de blasfemias.
Álmanacco islorico ü'Italia, de, etc. VEpopea di Men-
fana. Florencia, Civelli, 1868, 16.*, de 166 p á g i-
n as.— Casi todo el libro está ocupado por u na rela ­
ción sumamente falsa de la invasión g’aribaldina,
intercalada con trozos de diarios y de docum entos,
escritos con impiedad y con injurias contra las c o ­
43'.
sas mas santas, M ácchi es-diputado del parlam en­
to italiano, y unoi de los g'efes del ateísmo en
Italia.
M a i l q ü i g n y E u g e n i o . Les -z-otuives hollandáis de l ’ a r m é e
du Pape, per le H. P;, etc¿-( de la C, de J, E strait
des Eludes rdigic-uses. P arísr Poussíelg'ue, 1868,
12.u, de 24 p ágin as.“ Articüloíj deliciosos.
.Mentc,>\cc[ Paolo. La . mano 'di' Dio en la última in va ­
sión contra Roma; m em orias históricas por Pablo
M encacci, rom ano. R om a, S alviu cci, 1868^69,
3-12.% de páginas -X II-288, VITL336, ¥111-527.—
Magnífica y bien ordenada coleccion de n arracio­
nes y de docum entos originales: una de las m ejo­
res fuentes de esta historia entre; los-libros publi­
cados.
MtíxTA-vA. Satyrcpar un Francais. Roma, tip. Camerale,
-1868, 8 /, de 34 páginas.—ti nérgicó y bien com bi­
nado poemita, del que hay alg*una noticia b ib lio ­
gráfica en la Cii!. catt., ser. V I lt vol. 4·, pág*. 601.-
Houfang CitisTbFOUp. D e rK a m p f um Rom, m id e seino
fdlg’en für Italien und die W elt: zwei R eden g-ehal-
ten auf den Katholikenversammlung-en zu M üns-
ter und Koln, am 2 dec. 1867, und 27 ja n . 1868.
(Pelea por Roma· y sus consecnencias para, la Ita ­
lia y el mundo: dos discursos pronunciados en la
reunión católica de Mtinster y Colonia* etc.; por el
doctor, ecle¿ can ón igo de la catedral.) M aguncia,
Kirchheim, 1868, g-r. S .“ de 30 p á g in a .—Elocuentes
y v ig'orosos discu rsos.. ■
X a r i x F r a n c e s c o . 'Parole tktte ál túmulo en el d i a d é las

solemnes exequias del -conde CaHos Beniardini, cabo


■de alojamientos en la artillería¡pontificia, muerto- en
la batalla de Mentana, -por H onseñor, etc. , auditor
de la Santa Rota, en la igiesia del Lucchaú en Rom a,
50
el día 16 de noviem bre de 1867. Rom a, tip, del
Osservatore Romano, 1867, 8·,", de 10 p á g in a s,— E s-
celente trabajo.
Narrazione della battaglia di Mentaría, y de los otros h e­
chos principales acaecidos en el Estado pontificio.
B olonia, M areggiani, 1868, 16.*, de 120 p ágin as.—
Publicado también en la original len g u a francesa.
Es trabajó; de Desiderio L eroux, jov en estudiante*
Efecho precipitadam ente, para satisfacer la cu rio­
sidad universal, poco des pues de Mentana.
Nuoua antología· de ciencias, letras y artes. P eriódico
florentino, m ensual, en 8 .“- E n m arzo y en abril
de 1868'publicó dos largos artículos, intitulados
Síucüi militan sull'ultima campagna insurrezwnale per
Roma. Lo firma José Guerzoni, diputado del parla­
mento florentino, que personalmente mandó en la
tentativa de insurrección ,el.dia23 de octubre. Los
llamaré .Estudios fantásticos, porque m uy poco de
acuerdo están con el arte de la gu erra, y m enos
aún con la verdad: ea cam bio hay en ellas m ucho
entusiasmo en honor de Garibaldi, y caen con fre­
cuencia, en el ridículo.
O ü e i x R o b e r t o . Joseph RiaJan, sergeut aux zouaves
pontificaux, par, etc., París, Lecoffre, 1868, 12.\
di pp. 379.— Eialan murió en Mentana. El libro
contiene su vida edificante, y su epistolario, cu y a
lectura es verdaderam ente m uy grata.
Peiuslli E i í c o l i x i GrovANSi.· Mentana. Relato de la in ­
surrección rom ana desde el 30 de octubre hasta el
■4 de noviem bre de 1867t-bosquejo topográfico dem os­
trativo,· por el coronel Juan Perelli Ercolini, g e fe
del estado m ayor del gen eral duque de Lante de
M ontefeltro, Florencia,, tip. del V ocabulario, 1868,
de gran tam año,— E s'u n mapa litografiado, que
51
pretende representar la top ografía desde Ííoraa á
Mentaría; y tiene alrededor una esplicacion h istó­
rica. Todo es im aginario, el d ib u jo y la relación:
no se podia hacer un trabajo mas necio.
Pilis I X en syn roemryk Leger (Pió IX y su glorioso
ejército); door C. W . Bolcluc, B ogaers, 1869,8.% de
295 páginas.—Breve historia de la cam paña de
1867, bien hecha. Habla especialm ente de lo rela­
tivo al cuerpo de los zuavos.
Poli Osgarhi; { di). Les soldáis dwPa-pe (1860-1867). París 7
Amyot, 1868, 16.n, de 559 p ágin as.— Pasa rápida­
mente por los acontecim ientos históricos, detenién­
dose con frecuencia en aventuras especiales que
recoge de todas partes.—Lectura deleitosa. El au­
tor quedó herido en Castelfidardo.
P oli 0. Qu'allons-nous faire en Italie? Opuse, en 8.",
noviem bre 1868.
Política {la) de resistenm- in Roma, y el ejército en 1867,
refutación de un opúsculo anónimo. A rtícu lo saca­
do del cuaderno 433 de la Cri’. Calí., Rom a, Civ.
Cati., 1868, 8.", de 42 p á gin a s.—Véase el título
siguiente.
Politique {la) de resistan ce a Home y el ejército pontifi­
cio en 1867, con la nota (le m ém oire n’est pas dans
le com m erce, et n ’ a ¿té tiré q u ’ á un tres petit nom ­
bre d’ eKemplaires). Blois, Locesne, 1868, S.% de
28 p ágin as.—Se procuró difundir en Roma este
’ opúsculo, escrito con m ucho celo y poca sindéresis,
para dar consejos á los ministros rom anos. La Civ.
Catt. lo refutó, ser. VIL vol. II, pág\ 5, y el artícu­
lo se publicó también aparte, con el título de La
política de resistencia, etc., refutación de un opúsculo
anónimo.
Proceso Acqnaroni, etc. Así m encionam os la relación
oá,
■fe c a l ante e l Tribunal Supremo de la- S;icra (Con­
sulta, eu.la· causa romana sobre.motín, y sostenida
insurrección en daño del Gobierno y del Estado,
contra D om ingo Acquaroni y otros. Está. Armad a
por el Ii. doctor Zing’arini, ju ez del procedo. Boma,
tip. Carneraje, 1869, 4.\ de 338 páginas. — Utilísimo
para la historia.
Procií-^o Aiam. etc. Así m encionam os la relación fis­
cal, ante el Tribunal Supremo de la Sacra Consul­
ta, eu la causa rom ana de insurrección prom ovida,
con la consecuencia de muchos hom icidios, contra
Julio Aiani y otros. Está firmada por G. M aggi.
ju e z . Impresa en Roma, sin fecha (por la tip. Ca-
merale, 1868), en 4 .“, de .202 páginas. — Utilísima pa-
ia la historia.
P r o w m Вот, Monti, 'Tognetli, etc. Asi m encionam os
ia relación fiscal, ante el Tribunal Supremo de hi
Sacra Consulta, en la causa romana de lesa m a­
je s ta d en primer grad o, por la curia y el fisco,
contra José Bossi, José Montí y Cayetano Tog*net-
t-i, etc. Está firmada por el doctor Marino de la
Bitta, juez. Impresa en Rom a, sin fecha (es de 1«
tip. Carneree, 1868), en 4 /’, de 2.2o páginas.— Utilí­
sima para la historia.
Quc$tione (sulla) romana. Pensamientos de un p rovin ­
ciano despues de los hechos de Mentana, de A. M.
Elorencía, Pellas, 1868, 8 /', de 75 p á gin a s.—Polí­
tica impía y desatinada.
Rap¡?orto del Comüalo romano dHnsurreziom'; etc., p u ­
blicado en la, -informa, periódico garibaldino de
Florencia, el dia 14 de diciem bre, y en otros d ia ­
rios. Mandóse-también distribuir en papel d elga d í­
sim o, con el título de Los últimos acontecimientos 4«
Лота, firmándolo falsamente: «El com ité rom ano
tic insurrección,» y con fecha también fin a d a :
..Roma, diciem bre 1867.»— Lleno de falsedades, y
: : es acusador m uy acerbo del partido garibaldinn
m onárquico: cnnlieiie, con todo, algunas noticia*
-■importantes, y es útil para la historia. Mencacci,
en la Mano de Dios', vol. I , página 31o, lo reim pri­
mió íntegro con notitas. y mas ampliamente lo c o ­
mentó la Ovilla Calía/ica, sor. VII, vol. I. pág. 23N.
Creemos que el autor sea F rancisco Cucchi. dipu ­
tado del parlamento italiano, y com andante de in
insurrección garibaldina de Roma.
Itapporto sidl'ospedalc a lio roo S . A gata, abierto en R o -
- má por el com ité de socorro para los h eridos, en el
otoño de 1867. liorna, tip. Carneraje* 1868, 8.", de 40
- p á g in a s .— Importantes noticias sobre la incom pa-
'■rabie caridad nsada con sus enem igos por los s e -
■ñores romanos. La Civ. C a tt. habló de ella en sn
revista d é la ser. VII. vol. III, p ág. 330'.
Relacione degil vltimi giorni di C iaseppe Moa ti ■: di C ae-
' taño Torpieili, ajusticiados en B om a el dia 24 de n o ­
viembre de 1868. A rtículo sacado del cuaderno 450
: de la Civiltá CáttoHca. aumentado. Roma. C:v. C-ati.,
■. -1868, 1 6 . de 52 págin as.— Monti yT ogn etti fueron
(no contando al diputarlo Y Cucchi, que se puso en
salvo) los principales autores de la mina (.?ue esta*
. ]ló en el cuartal Serristori el· 22 de octubre de 1867.
El relato es del mismo autor aa LoaCnt^odos de Sa ·:
- Pedro. . ,,

lie la z io n c d elta C O nm it-sionc c!i$ a eeo m p a g ito /,·■ a n im a ne>


ISápoies,
m agíjiorii R a ffa e /e D e lieim ed etlo a l h d e r n io .
1867, .8.", de 15 páginas. De 13enedeí:to murió c o m ­
batiendo contra el Santo Padre: en la relación w
continúa la guerra en que combatía.
Riiíeyius-Fkucb. I fís to in de la sc-cm lc cxpeditiait franca i -
54
ae a Borne, par, etc., avec une préface par Mr. le
vicom te de la Guéronniére. París, Pick, 1868, 8 .g,
de 256 páginas. Historia com puesta con demasiada
precipitación, con m uchos docum entos im portan­
tes, pero no raros. Entre otros defectos tiene el de
trastornar de una manera estraordinaria los n om ­
bres de las personas y de los lugares italianos. Sa­
na y útil.
JUcordo dei forlivesi morti ¡n Mentana. Forli, tip. d em o­
crática, 1868, &\ de 44 págin as.—Mentiras, b la s ­
femias, poesías é inscripciones que ultrajan á Dios
y al buen sentido.
Rut jes H. Ct. Leben, IFírteft urnt Leí den Seiner Ileilig -
l'eitdes Papst Pilis IX, ro n seinen frühesten In g e n -
djahren bis zur. G-egenwart (Vida, obras y padeci­
mientos de S. S. el Papa Pío IX , desde su prim era
ju ven tu d hasta el presente); vou Pfarrer D o c­
tor, etc. O berhausen.Spaarm ann, 1868,10 cu a d .e n
S.° g r. ,de 480 páginas, con 2 crom olitografías,— Op­
timo trabajo, en que se habla de la gu erra de 1867.
(Salzillo Tkodoro. 1 fatti d’anne dclle prodi kgioni pon-
tificie, en la invasión garibaldina de octubre y n o­
viembre de 1867 del Patrimonio de San Pedro, por
el cab., etc., socio de varias academ ias. Roma, tip.
tiberina, 1868, 12.°, de 64 p ágin as.—N arración
com pendiosa, escrita precipitadamente, verídica
por punto general.
Soldáis (¡es) du Pape. Journal de deux zouaves b re­
tón«. 2 /' édition* Nantes, Libaros, 1867, 8 .“, de 46
p á gin a s.— Particularidades atractivas. Sus autores
son los dos herm anos Alano ed Erveo Sioc'han di
Kersabiec.
Speclateur (le) mifitaire, recueil de scien ce, d ’ art et
d hístoire militaires. Periódico mensual parisiense,
en 8."—En los cuadernos del 15 de mayo y del lo
de junio de 1868, tiene dos artículos firmados por
F . de Lacombe, con el título: L a Campagnc de 1867
dam les États pontificavx. En ellos pasa brevemente
en revista los principales heclios de armas de di“
cha campaña.
TabJet [the). Periódico y revista de Londres, sema­
nal, en 4 .a, el mas importante de los periódicos
católicos de Inglaterra. Muchas noticias recogió
referentes á la guerra en los estados pontificios.
Tahaium O. Da Bagnorea a Montana. Véase este titulo,
Thikiis. Discours prononcés au Corps législatif, les 4
et 9 déccmbre 1867, sur la question romaine et sur
la politique extérieure. Édition populaire. Tours,
Mazereau, 18(57, 18.*, de 88 páginas.—Famosos dis­
cursos, en los cuales la política del Gobierno ita­
liano contra Roma está bien examinada.
V a n jtü ti íut V i n c e n z o . L a prigionia üel P. Vannutelli,
episodio de la invasión garibaldina de 1807: apun­
tes históricos sacados de su periódico. Roma, Sal-
viucci, 1869, 12.*, do 174 páginas.—El P. Vannute-
lli, dominico, fue en pellan militar pontificio, y es­
tuvo mucho tiempo en poder de los garibaldinos,
de los cuales sufrió un verdadero y largo martirio:
es relato sencillísimo, y atrae con todo de una ma­
nera singular.
Venosta Fiareis. Boma i snoi mártir i; noticias históri­
cas desde el año 1844 hasta el 1867, por, etc., 2/
edición. Milán, Barbmi; 1867, 16.\ de 192 pagi­
nas.—Libro de un republicano, enemigo de la
religiou y de la verdad histórica. Parece un viejo
manuscrito, rejuvenecido para publicarlo, con al­
gunas bagatelas sobre las cosas de 1867,
V enostaF.F. / fratdli Cairoli,por,etc., Milán,Barbini,
,-56
: 1808, J<¡-%de 174 pég'Uuií.—Panegírico prolijo y
, extravagante de· mártires de causas injustas y s a -
" ; críleg:as: Por último .cuenta con muchas: falsedades
. -el fin d.e Enrique ■Cairoli en 1867, bajo los muros
■; -dé Romrt. ■i 1 ■■■■ -
Ysírspejen G·. Coinpíc-rendu, etc. Véase este título.-
¥[hTCEvrí:,Y[H0isN¿o. Bcsoconfo statisticó dei .feviti cura-
, dos en ;el hospital, militar . y..en el de' 8, Jníin de
■Dios en el año 1867,q>or el doct, etc-·, cirujano ma­
yor del regimiente de zuavos, g'efe del servicio
quirúrgico del hospital, etc·. Roma, Civil tá Cu¡Mica ^
1868, .12,%.-de .32, páginas.--Diligente estudio, útil
para demostrar el éxito de las curas de los heridos
pontificios; franceses.y garibaldinos logradas eu
Roma. '’
Yiibalí Antonio, 'Le dieci'.giornat-e di Monte Rolando. Re­
lación histórica del profV D. Antonio Vital i, aca-
; démico tiberiuo. liorna, Aureli, 186S, 12.°, de 278
. . páginas,.con un mapa topográfico de Mentana y
... iío nte Rotovi-doRetiere co n . m ncha di 1igencia y
buen lenguaje,.ateniéndoseestrictamente á la ver-
. . dad histórica, los últimos diez ¿lias de la invasión.
, y especialmente los;hechos de Monte Rotondo y:dv'
Mentana. El· autor vive en aquel mismo sitio. V éa­
se , una breve revista: de su·, obra en la Gii>. Gail..
ser. VII, vol. III, pág. 608.
A Y a lin c o u r t Euüex'IO:-{dí).- L e Juras de -Mentana. N er.o la .
..Morjte Libretti, Monte Ryíoiulo. Lilla, Lefort, 1868,
,2.11edio., en 18.% de unas 350 páginas.—Buena y
deleitable lectura. E l autor, mezcló brevemente los
hechos con las biografías. -
Westmíiister GazeÁcí Periódico católico, semanal, de
Londres,.en 4.°—Muchas y buenas noticias origi-
- hales. ' , -
LOS CRUZADOS DE SAN PEBIIO,
HISTORIA

Y ESCENAS HISTÓRICAS DEL AÑO № 7.

I. ,.·

td ó;i d e una. h is t o r ia c o m p le ta .

KSDii el 10 de setiembre de 1867 hasta el mismo día


de noviembre del: propio ano, trascurrieron-en ]n
metrópoli'.del ■catolicismo sesenta,dias .sobre todo
encarecimiento hermosos, bajo el-.punto de vista c i­
vil, político, militar,, m oral y religioso. ¡Ah! leván­
tese,-levántese.· quien sepa bosquejarlos con los colo­
res de. Tioiajao* Esculpirlos eu marmol coino:Cáí¡pva,
fundirlos .y cincelarlos eii. broiíce'.como Celiini;· le­
vántese* sobre todo, quien pueda referirlos á las ge­
neraciones venideras con la- solemne raagestevl· de
César Baroniq. Si. se cousig'ue que uuá pluma vigo­
rosa'se ajaste dig-n-amenteiá la grandeza del asuntó,
las páginas escritas por ella pasarán, como herencia;
á. los cristianos,del porvenir,· entre las mas preciosas
de los tatileii eclesiásticos:' con ellas se, consolarán
los corazones cóntristados por la perversidad délos
tiempos; con, ellas templaránse los espíritus debilita­
58
dos por la vanidad del mundo; con ellas, en fin, los
finimos conturbados por las frecuentes victorias del
infierno, aprenderán que el.Espíritu del Padre y del
Hijo informa y gobierna perpetuamente la sociedad
católica. Tal economía 110 es una cosa nueva sino
antigua y constante, aunque resulte mas ó menos lo
contrario á la débil mirada del hombre. Los que vi­
vieron en Roma durante aquellos sesenta días, y vis­
lumbraron un poco la portentosa operacion celeste,
que resplandecía y se manifestaba de mil maneras,
jmeden muy bien afirmar que han visto durante su
vida la magnificencia de Dios.
Hubo un tiempo (así comenzaría quizás el histo­
riador) en el cual los enemigos de la Iglesia, en nu­
mero extraordinario, atrevidos por su próspera for­
tuna y dominados por el odio, habíanse conjurado, y
decidido que un día enmudeciera para siempre el
oráculo de Dios, puesto por Jesucristo en Roma, y
circundado por un reino insignificante, á fin de que,
pudiese hablar con libertad soberana á los reyes y á
los pueblos del cristianismo. Hacia mucho tiempo
que Satanás acariciaba este plan, pero no creia posi­
ble llevarlo á término feliz; los aludidos lo concibie­
ron·, lo consideraron seguro, y se dispusieron á ur­
dirlo. Para ocultar á los ojos del mundo el horror del
crimen, dijeron en alta voz que habían concebido é
imaginado tal sacrilegio con el único fin de añadir á
la familia italiana I03 hermanos de Roma, los cuales
(decían) demandaban auxilio, y de aliviar al mismo
Pontífice de la carga de una corona que no le ador­
naba, y de un cetro mucho mas gravoso que útil,
imitando asi la conducta de aquellos hijos prudentes,
que para guardar el honor de su padre enfermo y
chocho, le fuerzan á determinadas cosas, y despues
5ÍJ
de tan piadoso servicio, échanse á sus pies con gran
reverencia, y le piden perdón por la violencia mo­
mentánea, que no le han hecho por temeridad, sino
por amor filial.
Con semejante tinte de honestidad, burláronse los
pérfidos de la numerosa muchedumbre de honrados
Ala mundana, que se juzgan inocentes porque, en
lugar de. reconocer el derecho y de violarle simultá­
neamente, se limitan á negarlo primero y á comba­
tirlo despues, ó bien porque en la elección de sus
maldades eliden solo aquellas que ayudan á los in­
tereses materiales. Así pudieron todos los sectarios,
desde sus cuevas, levantar libremente el grito de:
¡á Iíoma, á Roma! y dirigir contra ella todo el poder
de los impíos confesos, en connivencia con los mun­
danos, nada mejores; así se pudo también agrupar
bajo su bandera á los políticos sabiondos, á los pa­
triotas-de puñal, á los herejes fanáticos, á los cató­
licos degenerados, á los hipócritas y á los desver­
gonzados, á los perversos y á. los tontos: pronto estu­
vo reunido para perseguir encarnizadamente al Pa­
pado, todo lo que hay de abyecto y despreciable en
la sociedad corrompida.
Para consumar la obra execranda (así continuará
el historiador}, encontráronse en aquel tiempo con
un orden de cosas grande y homicida, que se llama­
ba el reino de Italia. Con toda intención decimos el
reino, porque el pueblo de Italia aborrecía grande­
mente los designios revolucionarios. Pero lloraba en­
cadenado por .sus gobernantes, y sometido á una
servidumbre odiosa al par que ineludible, como la
nación francesa en el noventa y tres, y otras que
han caído bajo las garras de la tiranía. Durante mu­
chos años, el oculto conciliábulo no habia perdonado
nada con el íjn de hincar profundamente1las i:ñas en
la cosa publica,' dirigir al gobierno, y excitar á l;i
nación pára que secundase su* propósitos infames. Ai
propio tiempo demolía con martillo incesante ctial-
qurer obstáculo que se levantaba' contra: su propui
-^repotenciáv Para sofocar el gemido de la víctima que
se proponía* degollar, já-saber, -la· Iglesia:,'oprimió a!
dero italiano con 'leyes inicuas, amenazas, destier­
ros y cárceles; dispersáronse sus congregaciones, sr
disminuyó ■su número /se arrebató su reputación y
su haber;dos:seglares* sabios y'religiosos fueron ex­
cluidos'de las cátedras, privados de sus dignidades'y
de sus sueldos, despojados, en fin, por envidia, de!
■poder y dé'los Honores de- la corte: solo algunos con­
servaron-aquellos cargos, en los cuales nada podían
intentar contra los pérfidos designios de la secta do­
minante. Eran- elevados: por otra parte con gran es­
tudio, á los.puestos superiores,· los sectarios, así como
los que se mostraban dóeilfes á sus planes, y los acos­
tumbrados á ia servidumbre: á semejanza de estos,
escolian los prefectos,· las' autoridades subalternas,
.y .si-era posible, hasta, los ínfimos criados: vasta retir
níon de conspiradores incorporábase al Gobierno de·
la desventurada Italia. Por.donde acontecía que ha-
.liándose.todo el,nervio vivo de! país contra el que lo
gobernaba. -saber ariamente, :sus enem igos · podía i ¡
contar,· para la destrucción del Pontificado,'con e!
esfuerzo inmediato de veinticuatro millones de hom­
bres. ·,
•No mienor que su poder era la malvada voluntad
de.cada uno, á lin.de conseguir sus propósitos. Es­
taban resueltos á emplear la presteza ó la tardanzfi.
los,tratados ó lá: guerra; l a .perfidia ó la audacia, la
hipocresía ó el;ultraje, lrt violencia declarada ó h
til
ce re ta traición, los .procedimientos'militares ó"las··;
in venclones mas sa 1vajes·: reputaban, en una pala ■
bra, e?:celentes: todos los medios, con ta‘l qtie condu­
jeran al fin.
Cuando se habrá demostrado el qne se proponían
los conjurados, las grandes proporciones, la fuerza ■
y la perversidad de la conjuración, quedando cada,
ano. mediante infinidad de documentos conducentes ;
eiI objeto·, completamente ilustrado y convencido, se
pondrá--do realce la humana.debilidad del pontifica- ■
do contra el cual se procedía. El pontificado se per­
sonifica. en el Pontífice. Sentábase:por aquel tiempo·
en la silla; papal .(palabras del futuro historiador) un i
viejo cansada y encanecido, cuya magestad, casi di­
vina, habiaíi procurado los pérfidos muchas veces
disminuir;'habíanla, en efecto, empobrecido y des­
pojado de tal manera, que á descender de las grada*
de su trono de Roma, apenas hubiera encontrado-
para fijar el pie, un escaso ..trozo de tierra libre, de
■as usurpaciones precedentes. Persistían, en. su fe
ciertamente:, como también en *la reverencia y en el
amor (fu« .lo tenían, los. súbditos, que coutinuabau
bajo su gobierno; mas siendo como eran tan pocos
en número, hubiera parecido temeridad esponerlos
á la lucha contra la irrupción:enemiga.
No quedaba otro recurso al desolado: Pontífice ■
>pie hacer ©ir su .voz paternal, llamar á sus hijos de,
todas partes,·.y.· decirles:—Librad: mis canas de la
mayor afrenta·, y haced que no vea . caer ,el último
baluarte ¡de mi libertad y de la religión católica.— .
Podía, sin, duda, expresarse así el Vicario de Jesu--
cristg: pero ¿quién le hubiese atendido? Los reinos de- .
Italia,.dispuestos por Dios para proteger el suyo dev
la tierra, concentrado en Roma, habíanse rebelado ;
62
ya contra el ordenamiento divino; los de las nacio­
nes lejanas habían venido casi eri su totalidad á ma­
nos de gobernantes, de los que> según la humana
prudencia, no podía esperarse socorro.
Realmente, la primogénita de las naciones cris­
tianas,: la cristianísima, aquella en la cual el Vicario
del Hombre-Dios resucitó el imperio latino, á condi­
ción de armarlo para-la custodia del 'pequeño reino
de Pedro, gobernábase por leyes poco conformes
con los derechos de Dios, y reconocía solo (aun con
sofismas) los derechos del hombre. Verdad es que
en Francia, el Gobierno y el pueblo escuchan mas la
ley escrita en el corazon que la consignada en los
códigos, A sus lados, la Bélgica y la Baviera force­
jeaban bajo las garras de ministros resueltos á me­
ter, por decirlo así, en el cepo la libertad de los ca­
tólicos y á combatir sus derechos. Ensangrentado el
seno· de Austria por un golpe mortal ? aconsejábase
de sus enemigos, deseaba romper el justo pacto que
la reconciliara con la Iglesia, y destruir el mas no­
ble tratado que sos Césares habían suscrito en el
trascurso de doscientos ; años. Solamente la España,
siempre católica desde las cabañas hasta el trono,
anhelaba enviar al león de Castilla á defender al
Padre de los fieles; y lo hubiera enviado efectiva­
mente, á no disuadirla un vecino poderoso de su no­
ble intento, prometiéndola obrar mas y mejor y mas
pronto.·¿Qué auxilio se podía prometer el Pontífice
de sus hijos de América? Vivían los unos en aparta­
das tierras; hallábanse los otros divididos por dis­
cordias'fratricidas; estaban agitados aquellos por
gobernantes que duraban menos que las estaciones;
y oprimidos los de mas allá por instituciones hostiles
á la religión y á la justicia.
03
‘Considerábase además inútil recurrir á los Sobe­
ranos heterodoxos, sin embargo de qae aun á estos
la honestidad natural debía inspirarles celo en favor
del gefe espiritual de sus súbditos. Acababa de salir
la Prusia de una terrible guerra, sostenida contra el
mayor imperio católico de Alemania, y sostenida por
añadidura con fuerzas agregadas al reino de Italia;
la Holanda, si bien dulce con el catolicismo y respe­
tuosa con el. Papa, protestaba ser ante todo calvinis­
ta; la Inglaterra ponía sobre todo deber político el
carbon de piedra, el té y los fardos de ajgodon; la
Rusia, en fin, que procuraba con grandes golpes de
segur arrancar en su pais las ramas de la Iglesia cató­
lica, no era ciertamente á propósito para proteger el
árbol que tenia en Roma-sus·raíces mas profundas.
¿A cuál de las naciones del mundo debia dirigirse
por consecuencia el referido Pontífice de aquel
tiempo, en tanto que la tempestad rugía ya próxima,
hasta el punto de oírse los truenos y fulgurar, los
relámpagos? Un solo baluarte, le quedaba en su de­
bilidad, que. oponer á modo de dique al inminente ca­
taclismo: algunas líneas de una convención que no
había firmado ni reconocido, porque fué gestionada
sin su intervención y concluida sin su conocimiento:
frágil tela de araña, que podía desaparecer por un
soplo, como por un soplo habían desaparecido poco
antes las capitulaciones juradas,en ;Zurich y en Vi-
llafranca. Aun por estas debíanle proteger, y dejaron
con todo que le arrebataran sus Estados, sin que
sacasen la espada de la vaina, ni hiciesen un llama­
miento formal á los que tenían la obligación estrecha
de honrar su propia firma. Bien se puede decir, por
consiguiente, que el Pontífice, en parte alguna del
mundo podia cifrar la menor esperanza.
64'
*' -L legado'á éste plinto, él historiador pronunciará
el nombre del Pontífice reducido á tan extrema con­
dición,-diciendo que se llamaba Pió IX: Pió IX, ama­
do por íos justos; Pió IX, temido'por dos irreligiosos;
Pió IX í ensalzador déla Virgen Inmaculada y restau­
rador de-la g-erarquía eclesiástica, que-con una señal
reúne cerca de sí á quinientos sucesores de los Após­
toles·/y convoca á todos los del mundo católico, es­
perando congregar:mil, adictos á él, de las mismas
ideas y de los propios sentimientos.: Y nombrado así
el Pontífice de este tiempo (que· formará-época en la
cronología del cristianismo), ¿ invocada la-asistencia
de la gracia divina, entrará el'escritor animoso én
los hechos, .seg-uro de componer, juntamente con la
historia, un himno glorioso á la providencia de Jesu ­
cristo sobre su Igiesia, semejante al cántico de Moi­
sés en las orillas· del mar Rojo despues de'atravesa-
do. :Parécenos entrever aquellas1páginas en las que
aparecerá clarísimo el gran triunfo de Dios, y vamos
á intentar hacer de ellas una sencilla recapitulación.
■ A fines de setiembre de 1867 los nuevos bárbaros,
parte del paiS y parte de aventureros de allende
los montes y los mares, reunidos én Italia, propo­
níanse abiertamente el exterminio de Roma. No ha­
blaban entre sí de la unidad dé Italia con Roma, ca­
pital del reino. Esto se dijo á la plebe^ ing-énua y al
rey- Víctor Manuel; esto: se hizo decir por medio de
leg-ados á las cortes ¡extranjeras, y aun quizáslo dijo
e ít;su corazon el ministro Urbano Hattazzí, árbitrT) de'
la'stierte ele Italia; mas los g*efes de " lá guerra nido
dijeron ni lo pensaron. ¡Contentos con recibir de los
ministros del rey las armas/las provisiones, las pa-
g’as y;la promesa* de auxilio 'en todo! evento, pedían
á otro;? monarcas ocultos-otras órdenes, que estaban
65
dispuestos á cumplir. Y las órdenes, decían: —Levan­
tad en rebelión el Patrimonio de San Pedro; comprad,
si podéis, á los defensores del papado, y si no, fati­
gadlos con guerra promovida en cien lugares, hacién­
doles salir de Roma por cien asaltos al confín. De
antemano habréis metido en la ciudad millares de
sectarios, quienes repartirán armas á compañías de
los nuestros, 110 bien caigan de improviso sobre las
puertas: las minas y la traición las abrirán; y reu­
nidas las tropas entre las tinieblas de la noche, des­
truiréis mediante el hierro y el fuego, las escasas
fuerzas de la guarnición, asesinando además á los
cardenales, á los clérigos, y á los ciudadanos mas
conocidos por su adhesion al Soberano: en la confu­
sion universal escalarán algunos el Vaticano......otros
proclamarán dictador á José Garibaldi sobre el libre
Capitolio. Despues de mostrarlo un poco á la plebe,
se instalará José Mazzini, su política v su religion.
Tal era el mandato. Atila no pedia mas, ni tanto.
Pió IX conocía á estos hombres y adivinaba estos
propósitos. Se los recordaban con frecuencia los es­
píritus pusilánimes, que consternados por el fragor
de tantos solios que recientemente habían crujido en
Italia y en Europa, le pedian que cediese ante la tem­
pestad.—No, respondía el intrépido sucesor de tantos
mártires, nunca cederé. No defiendo el trono de mis
padres, sino el trono de San Pedro: Dios lo colocó en
Boma para la libertad del mundo cristiano, confióme
su custodia, y si le place, moriré por defenderlo. No
me aconsejéis otra cosa; no puedo.—Y disponía á
todo trance la guerra de defensa, con la misma sere­
nidad con la que hubiese ordenado preces en la basí­
lica vaticana. Maravillábanse los políticos al ver A
un Viejo, humanamente hablando tan desprovisto de
TOtfb j, y
66
todo, no asustarse, no hacer señal de turbación, ni
dudar sobre su conducta, sino dirigir tranquilo y
confiado el timón de la nave combatida, contra las
olas de la fortuna desdichada. No sabían los políticos
de ciencia mundana, que Pió IX se aconsejaba en las
calladas horas de la noche con el celestial piloto de
la Iglesia, y que este indicábale la estrella y prome­
tíale llegar al puerto.
Su primera victoria, ó por mejor decir, el primer
triunfo de la Providencia divina, se logró precisamen­
te allí donde los enemigos de Pío mas deseaban con­
seguir un fracaso, y donde al propio tiempo les pa­
recía mas fácil obtenerlo. Contaban estos indudable­
mente, sobre todo, con levantamientos populares,
para los que habían designado ya los gefes, desem­
bolsado el precio, y hecho saber al mundo el resul­
tado feliz. Los pueblos de la comarca y de las ciuda­
des levantáronse, sí, pero por ímpetu de fidelidad há-
cía su amado rey; pidieron las armas para defender­
le. Los súbditos de Pió IX eran como los grandes
italianos del tiempo de S. Gregorio II y de Alejan­
dro III. Fué maravillosa ciertamente la incontrasta­
ble firmeza de este puñado de fieles. Estaban como
aislados sobre un pedazo angosto de tierra, enclava­
dos en un reino enemigo, cercados de bayonetas siem­
pre en ristre, tentados por medio del oro, seducidos
continuamente con promesas de grandeza, de gloria,
de comercio, de adelantamientos y ventajas, aterra­
dos, en fin, con las mas terribles amenazas de ven­
ganzas personales; y sin embargo, su lealtad invio­
lable 110 pudo ser engañada ni vencida: ni aun se
pudo encubrir al mundo de manera que la calumnia
la pudiese poner en dnda. He aquí el resultado evi­
dente del secreto trabajo del dedo de Dios.
67
Si el pueblo causó maravilla, el ejército fue siem­
pre el estupor del mundo. Pió IX lo había levantado
poco á poco al punto á que los cónsules· levantaron
las legiones en el siglo de oro de la Roma antigua.
Un lugar-teniente suyo sentábase en el sitio desig­
nado, un pregonero llamaba al pueblo, y enganchá­
banse los ciudadanos. Siempre fué voluntaria la mi­
licia en el reino de San Pedro. Al pequeño número de
naturales del pais, agregábase un grupo de valero­
sos suizos, que militaban, en virtud de una costum­
bre inmemorial, por la Santa Sede; y algunos fran­
ceses, veteranos del ejército, que se habían inscrito
por amor á la bandera papal. Aumentado, empero,
el peligro, tropas tan insignificantes por su número
no bastaban siquiera para fingir una defensa. E n ­
tonces Pió, abandonado por los reyes, volvióse á los
pueblos, y á su grito (no fué propiamente tal, sino
secreta súplica de su corazon) pareció que una llama
déla fe primitiva había encendido la tierra cristiana.
Comenzó entonces aquella reunión universal de la
flor de los valientes en torno del santo estandarte:
comente viva, profunda, desinteresada, sublime,
que mas tarde había de contener el mismo Pontífice,
no porque fuese menos generosa, sino porque su
reino era demasiado pequeño, y era imposible reci­
bir á todós. A la hora presente, si el Santo Padre pu­
diese aceptar en las filas de su ejército á todos los
que desean y piden alistarse, de Alemania, de Espa­
ña, de América y de otras regiones, marcharían tan ­
tas legiones que se podría formar un ejército formi­
dable.
Verdad es que al romperse las hostilidades, no
habían podido engrosarse por falta de tiempo las filas
de estos magnánimos: Mas no los contemos, como no
68
los contó Pío IX, el cual, lejos de hacerlo, adoraba las
legiones de los ángeles destinadas á protegerlos si á
Dios le complacía; y como no se contaron ellos nun­
ca en presencia del enemigo, deseosos de saber úni­
camente dónde habíase acampado. ¡Buen Dios! ¿qué
soldados eran estos? Llamóseles nuevos Macabeos:
ciertamente también estaban destinados á librar la
ciudad y el templo de las profanaciones de Antioco,
inducidos por aquellas palabras de Matatías sobre el
monte Modín: Sígame quien tenga celo por la ley. Lla-
móseles nuevos Cruzados, y habían ciertamente res­
pondido como los cristianos á Urbano II: ;Dios lo
quiere! Mas los Macabeos y los Cruzados marchaban
entre los aplausos acordes de sus naciones respecti­
vas: los soldados del Papa debían sufrir con frecuen­
cia el desden del siglo degenerado, siendo de temer
que muchos esforzados aun entre el silbido de la me­
tralla, no podrían aguantar las burlas de una plebe
que sin embargo despreciaban. Hacían lo posible
para desalentarlos los políticos irreligiosos, y de­
cíanles:
—Jóvenes, ¿á qué fin armaros por una patria ex-
trangera, y por un rey que no es el vuestro?
—¡Falso! respondían los soldados de la religión.
Roma es la patria de quien tiene la fe romana: Pío IX
es mas que nuestro rey; es nuestro Padre.
—¿Pero quién os sostendrá si los príncipes os
abandonan?
—Nos sostendrá el santo derecho.
—Pero reflexionad que sois pocos; uno contra cua­
tro, uno contra diez, quizás uno contra ciento.
—Dios está con nosotros.
— ¡Fanáticos! ¡imprudentes! sereis traidoramente
asesinados, como en Castelfidardo.
69
—Venceremos si Dios quiere: moriremos si no,
com o en Castelfidardo, por nuestra santa religión.
En un siglo que delira por la Vanidad, por las
concupiscencias de la carne y por el dinero, y en el
cual los impíos daban por completamente muerta la
fe cristiana, tales discursos pronunciados en el seno
de millares de familias, bien pueden compararse con
los triunfos mas estrepitosos conseguidos por la
Iglesia.
No es maravilla que un ejército así formado, bien
que no pareciese bastante en tiempo de paz para el
servicio militar de la poblacion de Roma, ocupase
perfectamente en tiempo de guerra trescientos qui­
lómetros de frontera, invadida de continuo por pun~
tos diferentes; ni que venciese tantas veces cuantas
combatió, á pesar de hacerlo siempre con fuerzas in­
creíblemente inferiores en número. Cedió una sola
vez, en Monte Rotondo; pero jamás victoria alguna
resultó tan gloriosa como esta desgracia. Y cuando
el grueso del enemigo, que salía de todas partes,
aconsejó al experto general de Pió IX llamar á las
compañías victoriosas en los combates aislados, para
defender con lucha suprema la metrópoli del mundo
cristiano, aquellos valientes, no rendidos todavía si
bien debilitados, no abatidos ni domados, blandieron
ía espada alrededor del último refugio de Pedro, de­
cididos ¿salvarle, ó á quedar, como nuevos mártires,
sepultados junto á los mártires antiguos. La posteri­
dad, si no es mas cristiana que nosotros, compren­
derá difícilmente aquella orden militar, breve pero
sublime, escrita en aquel día de angustia por el ejér­
cito de Pío IX , que no se pudo promulgar por haber
venido el socorro francés. La orden decia en sustan-
cia .—Defenderemos los alrededores de Roma; des-
70
pues los muros; despues el Vaticano.—Los pruden_
tes de prudencia carnal no lo creerán, pero esta
orden militar fue firmada por los soldados del Papa,
y brillará como piedra preciosa en los anales del va­
lor cristiano, para alabanza heroica del que la escri­
bió, y de aquellos para los cuales pudo escribirse.
E l futuro historiador, para colocar en su sitio ver­
dadero estas glorias católicas, deberá persuadir de
que la bandera de la santa Iglesia consiguió la vic­
toria, mucho mas que por el valor de los combatien­
tes, por su virtud, y por las súplicas del pueblo cris­
tiano. El ardor de la oracion, la cual espera sin des­
confiar jamás, sostuvo el celo de la fe, que considera
dulce morir por Jesucristo. El celo de la fe venció en
Acqyapcndente, en Bagnorea, en Ischia, en Valentanth
en Farm se, en Monte Maggiore, en Moriconc, en S u-
biaco, en Monte Libretti, en VaUecorsa, en Nevóla, en
San Lorenzo, en Bor ghetto > en Monte S. Giovanni y en
filerbo; cambió la noche de estrago dispuesto en la
Roma papal, en noche de sangre para los conjura­
dos, y de ignominia pai’a los que los pagaban; im­
petró el socorro de Francia, donde revive el espíritu
de Carlomagno; y condujo últimamente á cinco mil
aliados al triunfo de Mentana.
Y bien lo comprendió el mundo católico, dando á
los muertos en esta guerra el nombre de mártires
de la religión. Si la Iglesia mandó con justa severi­
dad que se les erigiese un túmulo, y se les recitasen
las oraciones expiatorias como á los demás difuntos,
aplaudió, sin embargo, la confianza de los pueblos*
que los consideraban ya en su corazon como triun­
fadores coronados en el cielo. Esta persuasión uni­
versal fue la que secó las lágrimas de los parientes,
ó hizo espirar en los labios el lamento de las madres
71
y de las casadas, privadas de sus hijos y de sus es­
posos. Recordamos haber visto un noble viejo, padre
de ггао de dichos mártires, de rodillas sobre una pie­
dra en Mentana, mientras un testigo ocular le de­
cía:—Aquí yace vuestro hijo: esta tierra está empa­
pada con su sangre.—Como padre dejó que asomase
una lágrima furtiva en sus párpados; como cristiano
enjugóla presto con ]a mano, y retiró esta en segui­
da, volviendo á nosotros su semblante alegre y se­
reno. Aquel sitio, aquel acto, aquella mirada no se
borrarán nunca de nuestra mente.
Para bosquejar tan gran cuadro de admirable
virtud, no faltarán al historiador sombras y oscuros,
que harán aparecer á las figuras mas luminosas: el
maquiavelismo, con el cual obraba Florencia y dis­
ponía la malvada empresa, mientras perjuraba al
mundo que se disponía eficazmente á impedirla;
los designios execrables, realizados en parte en
Roma y en parte fallidos; las devastaciones de los
templos, y otras tenebrosas ignominias de los enemi­
gos del papado, que la historia tiene obligación de
poner de manifiesto.
Para dar, por último, color á la composiciou y
concluir dignamente la pintura, hablará del Gobier­
no italiano, primero y principal forjador de la guer­
ra sostenida contra la Roma cristiana, y dirá cómo
quedó maltrecho, convencido de impostor, derrotado
y maldecido por los hombres honrados de todas las
naciones civilizadas. Dirá que la estofa de conspira­
dores que se llamaba falsamente pueblo italiano,
rechazado de la cobarde invasión que hizo en tierra
de otros, hallóse en su pais, ignoramos si mas abor­
recido que despreciado; como también que este odio
y desprecio se dirigió sobre su gefe, mas que por
72
otra cosa, por su obstinada enemistad contra Roma,
lie aquí por qué A modo de fuego sagrado, la ene­
mistad del Gobierno sectario contra Roma consumió
la vida de la nación, antes tan rica y floreciente, pri­
vándola de todo producto y de todo crédito, hasta el
extremo de no poder encontrar quien la prestase un
céntimo, aun empeñando las tumbas de sus padres y
vendiendo los altares de su Dios. La enemistad con­
tra Roma hizo que su parlamento fuera semejante,
110 á una cámara de legisladores» sino á una compa­
ñía de chiquillos que gritan estrepitosamente al re­
dedor de un titiritero; ó á una galera donde los con­
denados se insolentan con palabras y hechos de pre­
sidiarios contra el capataz; ó á una taberna de borra­
chos, que andan entre sí á la greña para no pagar el
escote de la común francachela; ó á una reunión de
lavanderas, que se injurian, se arrancan los cabellos
y se arrojan los trapos sucios á la cara. La enemis­
tad contra Roma hace que un rey viva en Florencia,
y que sin embargo no reine; que suspire como des­
terrado por Turin, patria de sus abuelos; que los
sectarios lo halaguen con un trono en el Capitolio,
que jamás consentirán ellos mismos, ni la Italia, 111
el mundo; y que en el ínterin las provincias agrupa­
das con la perfidia bajo su cetro, comiencen á rebe-
lársele, y á volver amenazantes los ojos á la patria
dinastía.
■O Italiaí digo m al, ¡ó fantasma y vampiro de
la verdadera Italia! vuelve á mirar para tu tormento,
cómo el Padre del pueblo italiano se levanta sobre
su trono, lleno de gloria, realzado por el amor de to-
dos, y mas fuerte á medida que mas contradicciones
sufre: vuelve á mirarle, y desespera*
Y tú, verdadera Italia, víctima inocente de la ti-
73
ranía sectaria, goza y alégrate por el triunfo del
papado. Tú aplaudiste las victorias de los Cruzados
de San Pedro, muchos de los cuales eran tus hijos;
tú no les llamaste mercenarios, como no llamaste
extranjeros, sino hermanos, á los soldados de Fran­
cia, venidos para defender al Padre común. Espera,
recuperarás la antigua magestad, cuando será regi­
da como serlo debe la hija predilecta de la Iglesia
santa. Quizás el día está cercano.
He aquí bosquejado el discurso que, á nuestro
modo de ver, abriría vastos y luminosos horizontes á
nn historiador de los Cruzados de San Pedro del año
mil ochocientos sesenta y siete.
Mientras esperamos aquel historiador, que con
grandeza proporcionada al argumento sabrá dar
colorido á todas las partes de tan vasto plan, procu­
raremos describir, segim nuestras débiles faculta­
des, los hechos de mas bulto. Primero, cómo se pre­
paró la guerra; despues, cómo ardió y fue combatida;
y por fin, cómo hizo Dios que la causa justa saliese
victoriosa.
Permítasenos entretanto, que muy desde el co­
mienzo ajustemos el estilo á la bajeza de los modos
con que los partidarios de secta entraron en acción,
y hagamos lo posible para retratar á estos en pocos
rasgos y al natural.
74

II.
L o s prim eros m ovim ientos de la guerra
en las ciudades.

Los grandes acontecimientos suelen ser anuncia­


dos con anticipación extraordinaria. Cuando no los
predicen los profetas, los preven los sabios en sus
causas generadoras. Y si se escapan á la mirada de es­
tos, aparece siempre, digámoslo así, algún pimpollo
precoz, algún chispazo, alguna cosa que da ía señal
antes de que los hechos hablen por sí mismos. Así,
antes de que los sectarios enviasen descaradamente
un ejército contra Roma, enviaron espías disimula­
dos; y antes de que estallara la guerra de fusilería,
estalló otra que pudiéramos llamar de pellizcos y de
alfilerazos. Tal fue el 'sistema escogido por los ma-
zinianos, que tiraban la piedra y escondían la mano;
por los garibaldinos, que jugaban con las cartas des­
cubiertas; y por los que eran protegidos en el pala­
cio Riccardi, donde imaginaban que podrían dirigí r
á los unos y á los otros. Desde el Pitti se daban la*
órdenes y se observaba: no dirigía nadie á él sus mi­
radas.
Parecerá á muchos que el decoro no les consentía
darse pellizcos como los rateros malignos, ó alfilera-
zos como las educandas que montan en cólera. ¿Pero
qué? Aquellos hombrecillos, no pudiendo hacer mu­
cho, contentábanse con poco: alábese la intención.
Ciertamente, quien hubiera subido, en los meses que
precedieron á la guerra, sobre un peñasco de los
Apeninos, v. gi\, sobre la Gran Roca de Italia, para
echar una mirada á nuestra península, y prescín-
75
diendo de los italianos, hubiese solo espiado con un
anteojo á los italianísimos, hubiera descubierto co­
sas dignas de gran compasion. Había ya salido al
escenario Garibaldi, que mucho tiempo atrás había
manifestado á las potencias europeas, cómo y de
qué manera él, Garibaldi I, reconocíase á sí mismo
el único señor de Roma (1). Para referir á la plebe
sus derechos al trono, iba arriba y abajo por estafe­
ta, echando mas fuego que una girándula, y espar­
ciendo á su alrededor cuantas epístolas y cartitas ful­
minantes podían garabatear Esteban Canzio,el m é­
dico Albanese, y los demas secretarios agregados á
la cancillería de corte. El saltimbanquis, creyéndose
rey, decia inmediatamente á todos los curiosos que
se le ponían delante su sermón estereotipado.—A
Roma, á Roma, Papa, cáncer de Italia, palo á los sa­
cerdotes; vampiro, cólera, víboras, bastonazos, cuer­
das, iremos despues de refrescar, mercenarios, culata
del fusil, etc.: en suma, la misma tortilla con las co­
sas de costumbre. A ser venia un trasunto fiel de
cierto poeta.

Haced lugar al pedante que se empacha


Con sus versos torpes; va de ceca en meca,
Y como si fuesen bálsamo ó manteca,
Propínalos ¿á qué gente? á la borracha.
*
A pesar de toda esta confusion que atronaba las
ciudades y las villas, permanecía el pueblo tranqui­
lo. El que tropezaba con aquel entraño majadero,
pasaba á lo mas encogiéndose de hombros y diciendo:

tt) Despacho del Barón de M alaret, expedido el 2 de mayo


de 1867: en el Libra amarillo de F ran cia, del m ism o ano.
76
¿Qué manera de romper botas? ¿Cuándo concluirá
esto?—Otros, los aldeanos, se reían como chiquillos.
Quedaban agitándose á su alrededor sus compadres,
á quienes el oculto empresario mantenía vestidos con
camisas rojas para que formasen la comparsa, los
cuales quedándose solos en la plaza, con el fin de
violentar á los demás, se creían solos en el pais, y
hasta se flg'uraban ser el pais mismo. El Héroe de los
dos mundos, el Aire de los Apeninos (estos y otros
títulos lleva - Garibaldi), enteramente satisfecho por
tan feliz resultado, iba á escuchar á sus cantantes y
los violínes destemplados del pais que le entonaban
un himno; enternecíase recibiendo á una dudosa se­
ñora de reputación problemática, que le presentaba
un ramo de ñores con la punta encarnada; metía, en
fin* las zancas bajo la mesa; atracábase á expensas
del municipio ó de un bribón, y salia des^ues en un
tren pag-ado por el público, para ir á renovar en otra
parte las mismas bufonadas. Tal fué la g-uerra contra
Roma en los meses de agosto y de setiembre: g-uerra
de saltimbanquis, que no hubiese preocupado mucho
al enemigo á no estar detrás el ejército de Victor
Manuel, prometido y vendido al titiritero (1).
Los visires y los muftis de Garibaldi se fatigaban
extraordinariamente para imitar al gran Califa. ¡Qué
no hacia con el entendimiento y con la mano el mé­
dico Bertano! ¡O historia! Dígnate contar cómo Fe­
derico Salomone, diputado del parlamento, y Aquiles

(1) Docum entos referen tes íl los úllim os sucesos presentado*


ií las Cám aras italianas en 20 de d iciem bre de 1867, passim , es­
pecialm en te en la serie 2 .“ P or lo demás, lodos los prisioneros
garibaldinos oslaban conform es en afirm ar que el ejército real
d ebía segu ir sus pisadas.
77
Fazzari, y Carlos Leoni, y Camilo MasettL cabalga­
ban por los montes y valles del Abruzzo, poniéndose
de acuerdo con las bandas de los brtijantes. ¿Cuándo
nos pagareis? decían aquellos corteses asesinos.—A
Roma, respondía Salomone, á Roma con el puñal y
con el saco: os pagarán los curas; pedid mucho y mu­
cho tendréis. Tales promesas se hacían en las casas,
y nosotros podríamos citar el nombre de un infeliz
eclesiástico de los Abruzzos, que abusaba de su esta­
do (era sacerdote, maestro y síndico) para dar vueltas
impunemente al rededor de los jóvenes, y alistarlos
con la promesa de la rapiña ó cosa peor: este hom­
bre, garibaldino inveterado, se puso la camisa roja
y sirvió como oficial en Mentana, yendo poco des-
pues á morir á su tierra, natal, herido por horrenda
enfermedad y execrado por sus compañeros. La go­
losina con que procuraba atraer á los facinerosos, era
el saqueo.— ¡Ay de los clérigos! ¡Ay de los ricos!—
He aquí su grito público, de lo cual puede dar fe la
Italia entera.
Mas ninguno sobrepujaba en generosidad á la fa­
milia del mismo Garibaldi. Veíase todos los dias á su
primogénito Menotti (hijo según la naturaleza, y na­
da mas) romper las piedras de las calles de Liorna,
del brazo con Enrique Yalenti, alias Frandotto, la­
drón jubilado (1), y tratar juntos de la restauración
del orden moral en los Estados pontificios. Ricciotti,
el segundogénito, entreteníase en Londres en sacar
dinero á los sectarios ingleses (2), y por via de reci­

(i) R elación del P re fecto de Liorna del 21 de agosto: en tre


ios docum entos referid o s, pág. Í2 .
(’2) Véase el d iscurso del Cardenal Culien, pronunciado en
el banquete de D ublin, que se halla en los periódicos co rres*
78
bo, decíales indecencias é infamias contra Víctor Ma­
nuel, con frases tan dignas del predicador, que nin­
gún periódico se atrevió á publicarlas íntegras. Para
complacer á los amig03 de Garibaldi, escribíanseles
cosas capaces de ser envidiadas por las hienas. L e
verets...... (suprimimos las siguientes palabras sacri­
legas, porque van contra el hombre mas venerado
del mando y contra su ministro). Esperamos que esto
se verá, y que comeremos asi una de aquellas fritadas de
santo, verdaderamente dignas del siglo décimooctavo (1).
E l siglo décimooctavo recuerda evidentemente los tiem­
pos deliciosos, en los cuales los regeneradores de la
patria francesa comieron entrañas humanas, y ado­
raron á la diosa Iiazon, vestidos con pieles de aris­
tócratas curtidas. Era una carta que debia quitarse
de la historia de los hombres, y ponerse en la de los
monstruos. Los sectarios no pueden negar su exis­
tencia, porque si bien vino á poder de la policía úni­
camente con la firma de un tal JP. Chi, lleva nada
menos que esta dirección: Querido Maximiliano. Este
hombre, ilustre entre los garibaldi nos mas ardientes,
llámase Maximiliano Guerri, y el escrito fué secues­
trado en su casa.
Es verdad que el rebuzno del asno no llega al
cielo, mas también lo es que para ignominia del rei­
no de Italia, mientras promovíase así la guerra por
las plazas y sitios secretos, los diputados y senadores
de su parlamento conocían á tales monstruos, co-

p o n d ien tcsa! 2 i do d iciem bre. Edm undo R eales, el famoso gefe


reform ista, fue personalm ente á M onte Rotonilo á llevar á Ga­
ribald i el tribu to inglés, y recib ió una ovacion condigna del
apóstata fray Pantaleon.
(1) La carta fue escrita desde Falcian o, 20 de ju lio: en los
docum entos citados m as a rrib a , pág. 52.
79
mo lo es igualmente que los ministros y otros leían
estos documentos rabiosos, lo cual no les impedia ati­
zar el fuego en vez de apagarlo. Para que el insulto
al pudor llegase á su colmo, el gefe del gobierno de
Víctor Manuel osó publicar los documentos, á fin de
que se conociesen los designios revolucionarios, y el
apoyo que les habia prestado el gabinete.

III.
L o s perdidos de guantes blancos.

La calificación mas suave que se puede dar á los


que conocían y apoyaban los propósitos de la inva­
sión garibaldina, parécenos que es la de perdidos.
Pero tenían asiento, se dirá, en el Senado ó en las
Cámaras legislativas. Pues bien, tanto peor para el
uno y para las otras: lo mismo diríamos si mas ele­
vado sitio hubieran ocupado. Las obras juzgan á los
hombres. Es verdad que no á todos y á cada uno les
agradaba el mismo género de guerra. Ahullaban en
coro:
—A Roma, á Roma.
Tal era la palabra que todos los sectarios pro­
nunciaban; pero cuando despues se habia de poner
el cascabel al gato, aparecían los grados de la ho­
nestidad, exceptuando los propios de los hombres de
bien. L"no quería ir con Francia, otro con Prusia, este
con Rusia, y aquel con Inglaterra.
—No, chillaban otros; ni Francia ni el Kan de
Tartaria; la Italia lo conseguirá por sí misma con sus
infantes y con sus caballos.
—Sí, señores, gritaban los moderados, nosotros ele­
80
varemos sobre escudos á Víctor Manuel, emperador
latino en el Capitolio.
— ¡Cáspita! es necesario desembarazarnos de él in­
mediatamente, respondían los puros: ¿qué necesidad
tenemos de emperadores? ¡Vivamos nosotros!
Rattazzi intervenía.—¿Qué discursos? La Europti
nos impediría obrar: es preciso que llevemos á Víctor
Manuel, al menos despues de ir vosotros*
—Hemos comprendido: dad de beber al clérigo, ya
que tiene sed. Está bien, pero entonces enviad con
nosotros á vuestros cazadores, y que lejos de 110 ha­
cer nada, pasen la frontera.
— ¡Ah, si la Francia!.... si la convención de setiem­
bre murmuraba entre dientes Rattazzi, y engu­
llía las palabras.
Mientras en los salones mas escondidos del pala­
cio Vecchio, los padres de la patria manifestaban lo¿
pareceres mas distintos, Garibaldi advertía que era
poco el trabajo hecho en las turbas populares; y los
suyos, por el temor de quedarse solos en la empresa,
y por cierto miedo al Papa, mostrábanse mas dispues­
tos á hacer bravatas que á pasar el confin. Era, pues,
preciso, para tranquilizar á los de las camisas rojas,
que fuesen con ellos los soldados de Víctor Manuel,
y que les asegurasen los fiancos y las espaldas: á
fuerza de meterlo en la cabeza de cada uno, acaba­
ron por persuadir á todos. Faltaba quitar de delante
á San Pedro.—Esto costará muchísimo, decía uno.
—Todo lo contrario, pensó Garibaldi. ¿Qué cosa es
imposible para el héroe de los dos mundos? Las mis­
mas dificultades se trasforman en medios para su fin.
Celebrábase el centenario de San Pedro, que conmo­
vía el mundo católico atrayéndole á Roma, y sor
Giuseppe ofrecíase á evangelizar la Gruta de Mon-
81
summano. Dicho y hecho. Reúne á los neófitos, sube
al trípode, y ..... comienzan los oráculos.
—Hoy 29, hay ruido infernal en Roma: festejan el
centenario de San Pedro. No creáis nada, porque San
Pedro no ha existido jamás (1).·
A este famoso descubrimiento añadió el profeta
varios gruñidos, callando luego. Los fieles camisas
rojas se miraron á la cara, y dijeron:
—;Ah, sí! ¿San Pedro no existe? Tanto mejor. ¡Qué
lástima no haberlo sabido antesí
Y no pensaron mas en San Pedro, desterrado del
paraíso y del universo mundo.
Pero sí pensaban en él los senadores y los dipu­
tados, que en grandísimo número se hallaban en
Roma. Había de todas clases y colores, desde los la­
drones elegantes que quieren robar con el código en
la mano, hasta los belitres que manejan el puñal- En
aquellas benditas cámaras se encuentra de todo. Unos
cuantos de estos últimos llegaban á la ciudad de Pío IX
en el tren de la tarde la víspera del centenario, y se
metían en la habitación'de una buena mujer que los
aguardaba. Despertólos muy temprano el estruendo
del cañón del castillo de Sant-Angelo. Levantáronse á
tomar el aire por via de paseo, antes de ir á los ofi­
cios solemnes de la basílica Vaticana. Algunos no
habían estado nunca en Roma, y era una delicia oír
cómo se expresaban. Llegados al Quirinal, hízoles
entrar dentro el cicerone.
—Mira, mira qué gran patio, exclamó uno de los
viajeros, ¡bailaría dentro uua plaza!
—¡Y qué salas! añadió el cicerone. ¡Qué salones! ¡si

(l) R elación del Com andante de carab in ero s, en los doeu


metilos citad os m as a rrib a , pííg. 10.
tomo i. C
82
viesen Vds. aquí arriba! Pero Vds. tienen prisa, y
además no es hora de entrar.
—¡Qué lástima! añadía otro; nuestras cámaras es­
tarían magníficamente con esta entrada y con estas
escaleras: además, aquí habría sitio para todo......
hasta para el décimo.
— ¡Puf! ¡puf! hizo uno, mostrándose disgustado.
—Hahla en voz baja para que no nos oigan las mu-
geres romanas.
—Todo lo contrario. Será lo primero que se hará,
precisamente para dar que sentir á estas papistas
hipócritas.
E l cicerone, conociendo el viento que corría, se
reconcentró, y dijo para sus adentros:
—Cuidado, entre estos peces grandes hay tam­
bién..... prudencia, amigo!
Bien hacia en contenerse. Aquellos por el contra­
rio, encontraban un empleo mejor* y mas oportuno
que dar á cada hermoso palacio ó convento que des­
cubrían. Trasformaban aquel en un ministerio, este
en una prisión, y el de mas allá en un cuartel: aquí
delineaban una calle, allá destruían una iglesia, y
levantaban en otra parte una gran casa. Roma re­
nacía bajo sus pisadas, reedificada en medio de sus
charlatanerías. Llegados á la plaza del Capitolio, di­
jeron á su acompañante:
—-¿TSTo se podría subir á la torre?
—Sí, pero se necesita el permiso del Senador. -
—¿Qué dificultad hay en solicitarlo?
—¿Qué quieren VV., señores? respondió el cicero­
ne, que ya conocía el pelo de las personas á las cua­
les acompañaba; el marqués de Cavalletti es sin
duda un personaje muy cortés, pero no le gusta ver
subir y bajar á tanta gente dentro del Capitolio.
83
—¡Olí! cliando le mostrásemos nuestros medallo­
nes de diputado, estoy seguro de que consentiría.
—Crean VV, que no. No los enseñen, porque
nada conseguirán. No es para darles un consejo;
otros han estado con la medalla, y Ies ha respon­
dido:—Esto será oro puro para ir en el ferro-carril,
pero aquí 110 sirve de nada.—¿Tienen VV. en Roma
personas conocidas?
—No señor.
—Pues bien, disimulen, pero no puedo admitir á
nadie sin recomendación,
—¡Oh, oh, olí!
—¡Ah! sí: eso hizo aquel señor.
—(¡Cuidado con el amigo!) dijo uno en voz baja.
Con estas sabias instrucciones recibidas del cice­
rone, los diputados descendieron por la escalinata
de Araceli, no sin diseñar en el ínterin varias res­
tauraciones democráticas. En la Cancelaría, dejó
escapar uno las palabras siguientes:—Aquí dispondre­
mos las habitaciones de los ministros del futuro Em­
perador latino por todo el tiempo que lo usemos.
—¿Por qué razón?
—Para que el piadoso recuerdo de Pelegrin Rossi
no le abandone nunca.
—¡Oh! va, va; nuestros ministros no sueñan poco
111 mucho en hacerse dar de puñaladas por el rey.
¡Rattazzi! ¡qué bala mórbida! ¡qué alma de goma
elástica!......
—Señores, esclamó interrumpiéndoles el acompa­
ñante, preciso es que vayamos á San Pedro* si quie­
ren VV. llegar á tiempo' para ver la procesión* A lo
mas podremos dar una mirada en el camino al pala­
cio Farnesio: es uno de los mas hermosos del mundo.
Llegados á él, admiraron la fachada, la cornisa y
84
todo lo demás. Entraron en el patio, y dijeron al ins­
tante: ¡Qué habitación para un ex*rey!
El barbudo portero, que recogió estas últimas
palabras, plantóse delante de ellos dando una media
vuelta, y les dijo bruscamente:
—Aquí vive su magestad Francisco II, rey de las
Dos Sicilias: ¿quieren VV. algo?
—Nada, nada: solo ver......
Siguióles aquel ceñudo y desdeñoso, ora ponien­
do la mano en el pomo de su maza, ora mirando á las
nubes. Los diputados marcháronse de allí hablando
menos de lo de costumbre, y friéronse derechamente
á San Pedro. En el camino pudieron ver tremolar
sobre el fuerte del castillo de Sant-Angelo el gonfalon
de la Santa Iglesia-, y oir las músicas de los soldados
del Papa, que alegremente los saludaban al pasar;
disgustáronse viendo la muchedumbre que atrave­
saba el puente y esparcíase por las calles que van á
parar cerca de la basílica. Mas esto era muy poco
comparado con el martirio que les aguardaba. Aque­
lla multitud de sacerdotes y de seglares, de hombres
y de mujeres que se reunían, y que hablaban todas
las lenguas del mundo; aquella ola incesante que se
engolfaba desde los desembocaderos de las calles,
reuniéndose asi en el recinto del Vaticano mucha mas
gente que en la capital del reino de Italia; y en medio
de tanta mezcla, aquella paz, aquella tranquilidad y
aquel orden, sobre todo encarecimiento admirables,
contribuía á mortificarles de una manera extraor­
dinaria. Descendió finalmente el Papa del Vati­
cano por la escala real, y atravesó la plaza sobre la
silla gestatoria, acompañado de los que llevaban los
flabelli, y precedido de quinientos prelados que lle­
vaban mitra blanca:—-¡Viva Pió IX! ¡viva el Papa
Rey! exclamaba el pueblo agitando los pañuelos y
alzando los sombreros.—Y arrodillado, recibía la
bendición. Nuestros viajeros (efecto de la atmósfera
que les rodeaba) se descubrieron humildemente, y
recitaron en su interior el Padre nuestro, sin saber
lo que hacían.
Subieron despues la escalinata de la basílica,
muy despacio, como si tuviesen callos. Para ellos la
iluminación espléndida del templo, los tapices, la
historia de los nuevos santos pintada en cuadros
maravillosos, los grupos de arte, y el católico entu­
siasmo que allí se apoderaba de todos los hombres
de bien, eran vínicamente una función teatral y un
espectáculo curio,so, que nada decía á su corazon. An­
tes bien les molestaba grandemente la mag-estad de
Pío IX elevado sobre su trono, en presencia de la-
tumba inmobil de San Pedro, venerada y enaltecida
por todo el mundo. Pudieron resistir poco rato el
tormento, y se marcharon antes de que concluyese
la solemnidad. Un buen sediario del Papa había ido
á respirar un poco el aire libre junto á la puerta.
Estaba gordo, tranquilo, satisfecho con su traje de
gala de damasco encarnado, y ocupábase formal­
mente en estirar su corbata blanquísima, muy bien
almidonada y aplanchada.—Este debe ser un monse­
ñor, dijo entre sí uno de los diputados. Pensando ha­
cer una gran cosa, se acercó á él con estudiada cor­
tesía.
—Dígame por favor, reverendo, ¿es verdad que
el Santo Padre ha conminado con la excomunión á
los obispos, si no venían á Roma?
—¿Qué? respondió el sediario, mas fino de lo que
parecía; Su Santidad reserva las excomuniones para,
el que conspira contra Roma.
86
Los amigos se miraron al semblante, como di­
ciendo:—¡Nos ha conocido!—No añadieron una pala­
bra mas, y se marcharon en dirección á la galería
de Constantino, á fin de mirar los tapices. Habiendo
encontrado al fin un coche, volviéronse á su cuarto
llenos de bilis. Preguntóles la señora Cecilia (el ama
de la casa), viéndoles tan amostazados:
—¿Qué hay, señores? ¿No se han podido VV. colo­
car en las tribunas?
—No.
—T sin embargo, monseñor Borromeo había dis-
puesto sitio para mas de cinco mil personas.
—¿Ah, sí? volveremos otra vez con Garibaldi. Aho­
ra venga el desayuno.
—Estos deben ser piamonteses, pensó la buena
Cecilia. Equivocábase: no eran piamonteses, ni ita­
lianos, ni de otra patria. Los sectarios italianos no
tienen mas patria que la lógia masónica: las verda­
deras glorias, grandezas y dichas de Italia, son pa,ra
ellos hiel y veneno. ¡Pensar que un Soberano amigo
de Garibaldi y de ellos, ofrecía su espada para guar-
dar y. proteger á Pió IX! T con todo así fué; la ofre­
ció en tiempo de Rícasoli; ofrecióla otra vez, y estaba
resuelto á ofrecerla nuevamente, despues que La
Marmora hubiera entrado en Roma, detrás de los
garibaldinos: el manifiesto real estaba ya preparado.
Recibidas las órdenes de los gefes del Comité
maziniano puro (del malvaceo Comité nacional romano
se burlaban) (1), dieron salida en juntas secretas á los
sentimientos patrióticos. Supieron con gran pesar

(1) P a rte de los garibaldinos rep ublicanos, en La Riforma, de


U de d iciem b re. Hay un trozo en la cró n ica de la Ctu. Calí.,
ííia d e rn o 428, s e r. V II, vol. % pág. 237-251.
que los ciudadanos no querían rebelarse. El dinero
repartido profusamente por los ministros del rey, no
servia mas que para engordar á los alegres parro­
quianos del cale Doney de Florencia: por lo que hace
á Roma, la nobleza era inflexible, la gente del cam­
po papista por demás, y el pueblo estaba encariñado
extraordinariamente con el Papa y con San Pedro.
Habíanse comprometido una porcion de empleadi-
llos, de abogados sin pleitos, de médicos sin clientes,
y de holgazanes del Corso; pero era gente afemina­
da, viciosa y buena para murmurar, no para coger
la carabina: dispuestos á manejarla, solo habia un
centenar de mozos de matadero ó de lezna, de carre­
teros, de horneros y de cabreros. Aun estos, que
quizás se hubieran escapado en el dia del peligro
al primer olor de la pólvora, permanecían fieles á
condiciou de recibir puntualmente la paga con­
venida.
—Y esto ¿por qué?
—Porque están persuadidos, y ninguno les puede
disuadir, de que estaíian peor con nosotros (1). Si
aceptan nuestro dinero, es para cenar espléndida­
mente á nuestra costa en la Bufóla, ó comer pesca­
do fresco'en la Trattoria Romana de Trástevere. ¡Si
viéseis cómo se divierten los domingos con nuestros
cuartos! Dan en coche los mas alegres paseos del
mundo, se apean en los Tre Salami, en la Fia Trion-
faie, en el Mangani, en el Carciofolo, en el Testaccio,
en el Te&tacectto, y vuelven mas embriagados que otra
cosa, burlándose de nosotros que pagamos el escote.
Decidlo y volvedlo á decir en Florencia, porque no­

(1) Lo hemos o¡do, y se confirm a en los docum entos p u bli­


cados por los se c ta rio s, passim .
sotros conocemos á nuestra gente, aunque no lleve
señales. Los hijos de Roma no se dejarán sorprender:
enviad por lo tanto gente de fuera, identificada con
nuestras ideas: si no, todo está perdido,
—Pero ¿cómo enviarlos con estos gendarmes
pontificios, siempre alerta como los mastines de
guardia?
—Enviadlos separadamente, sin armas: no será
difícil armarlos despues. Ya los eunucos del comité
nacional nos han provisto de algunas puntas de ala­
bardas enmohecidas, que había fuera de la puerta de
San Pablo: otros trastos entran estos dias de contra­
bando, y nuestros amigos llevan las cajas á Roma
disfrazados de traficantes romanos. Pero se desea
mucha gente y atrevida: lo contrario, con estos mal­
ditos mercenarios, equivale á pagar al verdugo para
que nos degüelle (1).
Los diputados, al oír estos particulares, brama­
ban de indignación italianísíina, tanto mas cuanto
las palabras de los patriotas de Roma concordaban
extraordinariamente con las noticias que les habían
comunicado los comisionados de todas partes, en
cartas que publicaron despues los periódicos. Y te­
nían motivo para ello, porque pensaban mucho solo
en los millares de liras impuestas en los Vales roma­
nos, que,bajo la forma de pólizas mercantiles, no eran
mas que un empréstito de la República roja, redimible
por el Gobierno provisional que habia de nacer en el
Capitolio. Pero ¿quién afirmaba que aquellos pocos

(L) Así decían en co ro B ertaní y o íro s garibaEdinos. V éase,


e n tre los demás docum entos presentados á las Cám aras, ¡a c a r­
ta núm ero 18, página 60, y las palabras de JJIcnoLti Garibaldi»
página 38.
89
no tendrían que ir á Emaus, si Garibaldi no conse­
guía plantar la bandera en el Capitolio? Bien que no
eran solamente los diputados italianos los que hacían
desembolsos- Imitábanles muchos de sus compadres,
y banqueros holandeses, y vecinos de Londres, y ex­
celencias, y quizás gente aún mas encopetada. Lo
cierto es que el periódico oficial en París de los gari-
baldinos y de los fenianos, el Courrier fran^ais, con­
fesó, y no fue contradicho, que la empresa contra
Roma había sido dirigida por un ministro de estado,
á quien se dieron cincuenta mil florines. Y porque
algunos ingleses eruditos, mas que las liras moder­
nas deseaban las esculturas y los cuadros antiguos,
el General Romano empeñó tantos objetos inaprecia­
bles, que ¡ay de los museos de Roma si hubiera en­
trado aquel ostrogodo! Dios sabe cuántas obras
maestras hubieran sido libertadas.
En los días siguientes creció, llegando al último
extremo, el mal humor de nuestros peregrinos, por­
que vieron aumentado extraordinariamente el afecto
y la devocion al Pontífice, de los ciudadanos romanos
y de los católicos de todas partes. Hoy el discurso de
adhesion al Syllabus y al poder temporal del Papa,
redactado por los obispos; mañana otro semejante
del clero inferior, y al dia siguiente otro parecido de
los seglares; allí las protestas llevadas al Vaticano,
diferentes según las varias nacionalidades, pero to­
das imbuidas de un mismo espíritu. Digna es de
mención especial la nobilísima de los italianos, in^
signe por el gran número de sus firmas y por la ca­
lidad de los personajes que la presentaron. Oyóse
presto en Roma un crescendo de armonía católica que
asombraba á los presentes, y que, trasportado por el
eco de la fama, resonó en todo el universo: no se te­
90
nía memoria de nada semejante. Los enemigos de la
Iglesia y de su principado civil sentían correr por
sus huesos un frío involuntario, y se obstinaban con
todo en sus propósitos impíos: Boma ó muerte.

IV.
L a s batallas de los aduaneros.

Concluidos los parlamentos ocultos, las intrigas y


los tratos con los garibaldinos del puñal, dirigiéron­
se los parlamentarios á Florencia. Proponíanse prin­
cipalmente fundir el comité nacional malva con el
comité de acción sangre. Movíales á ello la precisión
militar de reunir mas brazos, y sobre todo la de fun­
dir al propio tiempo los diez mil francos mensuales,
con que venían amamantados por el tesoro real los
dóciles garibaldinos monárquicos (1). Encontraron
en Passo Córese al barbudo Buglielli, que los reci­
bió y agasajó. Era el correveidile de la secta, y man­
teníalo aquí el gobierno italiano. Ganábase honrada­
mente la paga real, haciendo de portanveces, de
emisario, y de trujaman entre los sicarios que había
dentro de Roma y del palacio Riccardi. Estaba en di­
cho punto desde los tiempos de LaMarmora y de Ri-
casoli, siendo siempre digno de sí y de sus comiten­
tes: no le ascendió sin gran razón el sabio Mena-
brea (2). Entonces nuestros republicanos se fiaban
poco de él, porque sabían que era mas aficionado á

(1) P a rle de los garibaldinos republicanos. Véase La Riforma


del l í de d iciem b re.
(2) Docum entos refe ren tes á ios últim os aco ntecim ien to s, y
tas notas de la Uniiá Catt., 12 d& en ero de 1868.
91
la buena paga de la monarquía que á la mala de la
república; pero así como no desesperaban de ver en­
tre los mazinianos á Rattazzi, amigo personal de
Víctor Manuel, no desesperaban tampoco del servi­
dor Buglielli, y le hicieron las mismas caricias que
disponían para el ex-ministro. Unicamente al despe­
dirse le obligaron, por decirlo así, á oir el chasquido
del látigo, repitiéndole el adagio que corría en aque-
Ha sazón de cosas entre los garibaldinos puros, á
propósito de Rattazzi: «Col recalentada, fraile e x ­
claustrado y judío hecho cristiano, nunca fueron cosa
buena (1).»
Habíanles precedido en Florencia oti'os colegas
del mismo color y de la misma estofa. Era necesario
oírles vociferar contra los obispos del mundo cató­
lico congregados en Roma. Se puede creer que fue­
ron los inspiradores de aquella circular infame dada
en Florencia el 1.° de agosto, y suscrita por el P. de
Campello, en la cual decíase á los legados cerca de
todas las cortes, que los prelados forasteros, viendo
en Italia las delicias del gobierno de Víctor Manuel
y en Roma los horrores del de Pió IX , devorados por
el hastío y por los celos, habían vuelto mucho mas
fanáticos contra los intereses de Italia (2).
Hermanos, de todas partes procedentes, reuníanse
al rededor de los llegados de Roma; en el café Doney
se hacían una multitud de consultas; en la biblio­
teca, y sobre todo en el patio del palacio Vecchio, ar­
mábase una confusion espantosa. A boca llena ha­
blaban-contra los rom«)fa^os de la panza redonda, ver*
daderas antiguallas ambulantes, según ellos, que

(1) Documentos citad os, ca rta núm . 6, píig. »5.


(2) libro verde. Cuestión romana, pág. 1G.
92
combatían la revolución italiana. Habladles, decían,
de Mazzini, de Garibaldi y aun de Victor Manuel, y
os responderán con una majadería. ¿Sabéis lo que
dice Menotti? Que los romanos son una multitud de pol­
trones (1). Hasta las señoras, mas todavía que los
hombres, os saltan á los ojos.—Lo cual era exacto,
hasta tal punto que, habiendo dejado escapar el mi­
nistro de una corte extranjera cierta palabra poco
reverente contra el Santo Padre, encontróse con una
respuesta terrible de una princesa romana, que le
avergonzó, y le hizo mudar de conversación. Todo
esto daba fiebre á los hermanos. Añádase á la rabia
profunda contra los de la Ciudad Eterna, la recon­
centrada por la reunión en Roma de medio mundo
católico, y se tendrá una idea del parasismo rabioso
de aquellos señores. Es necesario enseñar los dien­
tes, vociferaban, es necesario vengarse: este pere­
grinar á San Pedro es cuaudo menos una burla que
se nos hace.
—Bien, ¿y qué remedio?
—;Oh! no se debía dejarles pasar el confin.
—Sí, si; contestaba un diputado florentinesco,
que solía concurrir á la tertulia de la presidente del
Consejo: pronto se dice no dejarles pasar, pero de allá
habían venido órdenes fulminantes contra los que
estorbasen las fiestas de Roma. Padre lo ha dicho,
con que chiton, y boca cerrada.
—¿Qué? respondió un napolitano farfantón. ¿Ha de
llevar siempre babador la Italia? ¿Ha de ir siempre
en un carrito tirada por la nodriza? Tenemos ejército
y armada, con lo cual se sale de tutela. Siempre lo
he dicho. Con Rattazzi estamos peor que bajo las

(1) Doc. c it., pág. 38.


93
hoi’bones: ¿cuándo un Cassesero, un Ischitella ó un
Filangieri hubieran estado tan á partir un piñón
con un príncipe extranjero? Ni aun La Margherita,
tan reaccionario como Radetzki y el papa Gregorio,
hubiera sufrido tales soberbias forasteras: si señor,
el hombre del pequeño pais sabia tener muy alta la
palabra de su rey. Yo voto por un ministerio que
tenga la altivez nacional.
Un títere de la Permanente acariciábase la barba,
y decia en sus adentros , burlándose del napoli­
tano:— ;Ah! si las ranas tuvieran dientes, ¡qué des­
trozo! ¿Qué quereis? Fitimus Troes (habia estudiado
con los sacerdotes), fuit Itium et ingem gloria Dar-
danidim.
Oía por casualidad esta conversación un criado
que servia entonces los sorbetes, antiguo aduanero,
que, merecedor tlel presidio, se buscó una medalla y
la dignidad de camarero con g’uantes blancos en el
café (leí parlamento. Contentísimo de apalear á los
sacerdotes, en vez de apalear á los truhanes de una
galera, cobró alientos, y metióse con desparpajo en­
tre aquellos grandes hombres.—Si estos señores iltis-
trisimos me lo consintiesen, les diría el medio de im­
pedir que los franceses fuesen á Roma.
—Oigamos: ¿qué harías?
—Si estuviera en mi mano, haría que al llegar
los peregrinos á las aduanas de la frontera fuesen
mal recibidos, y los atribularía con muchas incomo-
didades y vejaciones, á fin de que pagasen bien ca­
ras las alegrías experimentadas en Roma al gritar:
¡Viva el Papa Rey!
Para aquellos magnánimos areopagitas, la ocur­
rencia del ex-co"brador fne como el huevo de Colon;
maravilláronse de que un vaso tan superior de filo­
94
sofía itálica permaneciera en un estante tan ínfimo;
hubieran deseado ponerle sobre el pecho la consa­
bida cruz de los santos, que brillaba en el ojal de cada
uno de ellos, por méritos extraordinariamente infe­
riores* No queriendo mostrarse inconsiderados, dig­
náronse premiarlo con una sonrisa muy afable. Pero
no pasó el dia siguiente sin que lo referido se men­
cionase con gran alabanza y recomendación. Solo que
lo dicho por el belitre habia sido pensado anterior­
mente por el ministro (¿cómo no?), y en parte puesto
en práctica. Faltaba solo proseguir la obra con mas
eficacia, y dar á la invencioD aire legal y malvado,
según la moda corriente.
Valia tanto como caer en el purgatorio, llegar
por aquellos dias á una frontera italiana. Cada em­
pleado principal, comprendida la ley y el espíritu del
legislador, salía al paso con su gentuza, dispuesto á
echarla sobre los pobres pasajeros.

El demonio Carón con gran fiereza


A lodos hace señas, los recoje;
Golpea á los que marchan sin presteza (1).

^—Señores, desciendan: la visita de la aduana.


Amaestrada la gentuza por una mirada malicio­
sa, conocía fácilmente á quiénes debía tratar con los
miramientos de costumbre, y á quiénes fastidiar en
grande: el gefe repartía la música y la ejecutaban
los aduaneros. Cajas, baúles, sombrereras, carteras
de viaje, bolsas, forros, bolsillos interiores, cuanto se
llevaba tirábase al suelo y conducíase al lugar del
registro: piden las llaves, abren aquí, cierran allá,

(1) Es un terceto del D ante, traducido librem ente.


95
examinan, estudian, palpan, sondean, y pasan revis­
ta: cada vez que aparecen objetos dudosos, recúrrese
al oráculo del oficial superior, con el único fin de in­
comodar al paciente doloroso, que allí está con el baúl
abierto aguardando la respuesta. Entre tanto mano­
sean otros la ropa, y quieren desplegarlo todo: pa­
ñuelos, pantalones, calzoncillos, camisas y camisoli­
nes, como si supiesen que hay contrabando dentro
de los forros y de los cosidos. Sácase la ropa sucia,
lo mismo que la limpia y aplanchada,
—Señor, ¿qué hay en este neceser? Y en aquel lio,
¿qué hay? ¿Qué hay en aquel estuche? ¡Oh, una cajita
cerrada con llave! Señora, ¿qué hay dentro?
—Nada, objetos de tocador.
—Permítame usted cumplir con mi obligación.
Casi metia en ella la nariz para oler las esencias
y los perfumes. Hubieran deshecho un lio de alfile­
res, sacado un duende del pelo, y establecido un tri­
bunal para la conciencia, ¿Encontraban una división
en medio del baúl? Al momento la sacaban fuera.
—No hay nada de contrabando, decia una señora,
son cintas y cosas de moda para mi uso.
Suplicar al aduanero era una cosa completamente
inútil. Era preciso amontonar las ropas sobre el mos­
trador, deshacer lo envuelto, y permitir al insolente
que lo manosease todo. Considerad qué gusto daria
á las damas húngaras, francesas, españolas, inglesas
y americanas, ver en las manos de aquella gente soez
sus sombreros á la última moda, y sus gorritos afel­
pados, que parecían hechos por las Gracias, lo mis­
mo que contemplar cómo metía con gusto sus dedos
en las blondas y en las guarniciones almidonadas,
rizadas, embellecidas; cómo echaba á perder las fran­
jas, los encajes, los tules» las cintas y las flores; có­
96
mo, en fin, lo dejaba todo ajado y revuelto, á la ma­
nera de una ensalada capuchina.
—¡Esto es abominable! exclamaba una señorita de
París. Y su padre, que presenciaba la operacion con
las manos en los bolsillos de su almilla y con el cue­
llo abrigado con una bufanda, decia entre dientes:
—¡Estos cobardes italianos! ¡cobardes!
Podríamos citar el nombre de una señora ilústre
que se desmayó á consecuencia de las injurias y de
las amenazas, habiendo tenido que ser socorrida por
los circunstantes.
Verdad es que se molestó de una manera especial
á los clérigos y á las demás personas eclesiásticas.
Ver un sombrero de tres picos ó una sotana, mayor­
mente morada, era como enseñar al toro un objeto
encarnado.
—Reverendo, ¿tiene usted algo que declarar?
Despues de oir que no, arrojábanse sobre los sa­
cos vaciándolos por completo, á fin de hallar alguna
cosa que pudieran suponer de contrabando.
—Monseñor, aquí hay una caja de tabaco.
—Para mi uso.
—Prohibido, entre los objetos de primera clase.
Confiscación y multa. Así lo quiere la ley.
—IXo lo creo, contesta Monseñor de Dreux-Brézé,
Recurriré por consiguiente á quien me haga ju s­
ticia.
—Se sellará entre tanto el cuerpo de la contraven­
ción, depositando V. S. Ilustrísíma 231 liras. Se le
dará recibo en debida forma.
La razón no se le daba sino despues de algunos
meses, y en el ínterin habia sido necesario sufrir la
molestia y la descortesía: la noble venganza contra
ios peregrinos de Roma se habia consumado. En otro
97
punto tenían dos hermanas de la caridad objetos
piadosos en sus pobres bolsas.
— ¡Oh! rosarios, imágenes, relicarios, Agmtsdei,
medallas.
—Están bendecidas por el Papa; no las toquen.
—La bendición no se ve: estos objetos se conside­
ran aquí productos de fábrica romana: paguen uste­
des el impuesto.
—¿Quién había de pensarlo? Solo nos queda dinero
para el viaje.....
—Pueden ustedes darme gracias si no son conde­
nadas á la pena. AI coger de nuevo la cajita dejaba
que se cayese, y los objetos iban rodando por la es­
tancia.
—¡Paciencia! esclamaba el villano guiñando el ojo,
paciencia.
—Sí, pero entretanto la máquina silba y el ferro­
carril parte......
—¡Paciencia!
Lo peor del caso era que á la puerta de entrada
de las estaciones hallábanse frecuentemente carazas
feas y chiquillos hoscos, apostados para burlarse de
los peregrinos, y sobre todo de los sacerdotes, y ha­
cer gesticulaciones con la boca: no faltaron pedradas,
ni barro, ni otras gracias parecidas, suficientes para
dar á los extrangeros una idea cabal de la civiliza­
ción de la Italia regenerada.
Y sin embargo esta innoble guerra, sostenida en
las fronteras por los Titanes de Florencia, no satis­
fizo al genio de los pillueíos de calle, Y vino por via
de suplemento, la invención de las fumigaciones. Hay
autores en pergamino, según los cuales son un ba­
luarte fortísimo contra el cólera, así como los hay
que califican de inútil charlatanería lo que aquellos
TOMO i, 7
98
dicen á este propósito. No tratamos de averiguar á
quiénes asiste la razón; sea de ello lo que fuere, na­
die se morirá por un poco de humo. Mas no se puede
negar que la fumigación á los peregrinos de Roma
fue una picardía mayúscula del Gobierno italiano, y
un gusto vil dado á los campeones de la secta anti­
papal. ¿Cómo? Toda la Italia gemia por la invasión de
la peste; los periódicos del septentrión y del mediodía
no se lamentaban de otra cosa; habíanse abierto nue­
vamente las casas de las fumigaciones; la plebe bra­
maba contra hombres y mujeres presuntos culpables
de la epidemia; y los sátrapas de Florencia ¿tenían
asco de los peregrinos de Roma, donde apenas exis­
tia la enfermedad? Así fué, sin embargo: se abrieron
gabinetes y casitas oscuras en la frontera; se paga­
ron guardas y practicantes; y los desgraciados pa­
sajeros fueron metidos en ellas inexorablemente para
que sufriesen las benéficas emanaciones del cloro:
cónstanos que con toda intención se aumentó la do­
sis en muchos lugares, y que no pocos viajeros fue­
ron fumigados y refumigados varias veces, de tan .
mala manera, que no se les quitó en muchos dias el
dolor de cabeza-
Era preciso ver á las ilustres señoras ultramonta­
nas y a los hombres distinguidos, cómo salían de
aquella pestilente atmósfera estornudando, tosiendo,
y echando imprecaciones á‘ la vileza de la venganza
florentina. Llegaba la indignación á su colmo cuan­
do, volviendo á tomar su ropa desplegada y esparcida
con el pretexto de la fumigación, encontrábanla llena
de ácidos corrosivos que la habían descolorido, que­
mado y chupado por completo. La Italia no puso en
ejecución, ni conoció,siquiera tan refinada villanía,
antes del retroceso revolucionario- Baste decir qu*
99
los mismos empleados, al menos los de mas edad,
sentían que les pesaba el uniforme, y se avergonza­
ban del servicio vituperable que les habían impuesto,
—¡ Oh! decían ¿no hasta que debamos aparecer como
gente sin educación, que nos obligan á imitar á los
verdugos?
La cosa llegó á tal punto, que un honrado farm a­
céutico romano creyó que se proporcionarla una g a ­
nancia y que haría uu bien á los demás, preparando
un contraveneno para la medicina italiana. Mandó
publicar en los periódicos el siguiente anuncio: «Aviso
interesante para los viajeros, etc. A fin de impedir
la molestia de la respiración del gas cloro en las fu­
migaciones, que ocasiona aridez y apretura en la
garganta, promueve la tos, las lágrimas, el estornu­
do, y aun produce asma, el boticario G. Alleori pro­
pone hoy al público inteligente, y sobre todo á los
viajeros, que para librarse de tal incomodidad, usen
el líquido que lo neutraliza, y que de propósito ha
ideado y dispuesto. El aire respirado gracias á este
líquido, es puro, y la fumigación no causa en el
estómago la menor alteración, que tal vez predis­
pone á la enfermedad del cólera.» Era propiamen­
te lo que pasaba, porque el maldito anticolérico de
las aduanas, echando á perder el estómago, poseía
la preciosa virtud de disponer al cólera.
El inteligente farmacéutico hizo un buen negocio,
pero mejor fruto recogió la Roma papal, que segura
de su derecho, y serena á pesar de mil insidias, abria
sus puertas al mundo entero, y albergaba confiada­
mente á sus propios enemigos, á fin de que gozasen
de sus fiestas soberanas y de los fulgores de su ma­
jestad. Todos los que tenían corazon comparaban,
al volver á su pais, las grandezas de la ciudad de
100
Pedro con las mezquinas ruindades de la Italia sec­
taria, manifestando desprecio hácia esta y admira­
ción por aquella. Era fácil por demás la comparación:
allá reinaba el orden y la libertad, aquí la licencia y
la escla vitad; allá se gozaba de paz y no se temía la
guerra; aqui existía la guerra en medio de la paz, y
la guerra hacíase por hombres que parecían muje­
res débiles y charlatanas. Ni siquiera los viajeros,
cosas sagradas en los países civilizados, eran respe­
tados por los dominadores de Italia. No les parece
bastante á los sectarios empobrecer á su patria; se
complacen en deshonrarla.
Entretanto en Roma, despues que se fueron los
prelados y el pueblo que habían concurrido á exal­
tar la patria de los católicos, quedó, para disponer la
traición, un conciliábulo de conspiradores. La trama
sacrilega, urdida desde muy atrás, reforzábase de
día en día: los malvados parricidas cambiaban el
nombre, pero multiplicaban las reuniones, y conce­
bían cada vez planes mas inicuos. Establecieron pri­
meramente el mentido Comité nacional romano; des­
pues se fundó con nombre no menos ridiculo, el Cen­
tro romano de insurrección, que dió origen á la falsa
Junta nacional romana, que tenia dentro y fuera so­
cios malvados, algunos de los cuales osaron llamarse
inspirados y movidos por la Francia (lj. La verdad
fué que los hilos maestros de estas maquinaciones
nefandas, venían á reunirse en la propia mano del
que gobernaba la Italia. Los ministros italianos cons­
piraron incesantemente durante muchos años dentro
de Koma: conspiraron favoreciendo con su influencia,

(1) V éase el p a rte de los garibaldinos rep ublicanos, en la


Rifortna , 14 d iciem bre.
101
dando cantidades, escribiendo y aprobando; al fin
Rattazzi entregó armas para la empresa vil. En lo
cual este amigo, felón ál príncipe que lo recomenda­
ba al pueblo, á fin de que lo esítmase como un buen
patriota, se dejó dominar .(asi lo quiso) de tal manera
por los facinerosos, que últimamente no sabia deci­
dir si aún conspiraba por el rey ó por José Mazzini.
Afortunadamente para Roma, con el íin de redu­
cir á la impotencia tan malvados planes, velaba, des­
de su anticua tumba, el apóstol Pedro, que inspiraba
de cerca á su sucesor Pío IX: afortunadamente para
Roma, la voz de Dios llamaba á su socorro á la ju ­
ventud invencible de los nuevos Cruzados. Dentro de
poco los hallaremos en el campo de batalla; en el ín­
terin hemos visto al pasar las primeras escaramuzas
de sus enemigaos.

v. / -··' ,
E l parlam ento en Rapolano, ó la. política
sectaria en seticm b rcX .'

«Abierto habia el parlamento Amor» y esto fue en


la ínclita Rapolano, no lejos de Siena, durante la es­
tación en la cual las uvas no están bien maduras to­
davía, pero comienzan á madurar. Hablando propia­
mente, debemos decir que los parlamentos sucedían­
se todos los dias: renovábanse los senadores y los
diputados, permaneciendo solo Invariable el presi­
dente. E l Capitán del pueblo, el Aire de los Apeninos,
el Héroe de los dos mundos, José Garibaldi, en suma,
hallábase allí en persona, habiéndose dig-nado (¡qué
bondad!) colarse en la casa de un benemérito mortal
de aquel pais, conocido con el nombre del conde
102
Pedro Bonínsegni: bajo el pretesto de curarse una
pierna, había establecido allí* su corte de facinerosos;
era una especie de sucursal del Olimpo de Caprera.
Al rededor del nuevo santuario hormigueaba una
multitud de viajeros y de viajeras de todas castas:
venían, hablaban un poco en voz baja, dábanse la
mano, y adiós: habían desaparecido. Figuraos cuál
sería el disgusto del pobre prefecto de Siena (cierto
papa) que no conocía la farsa dispuesta desde muy
atrás por Rattazzi, Garibaldi y otros. Había creído
que el ministro de estado era una persona bien edu­
cada» y un hombre honrado, resuelto á cumplir las
estipulaciones juradas; que tenia horror á los robos
y á los asesinatos del territorio pontificio; y que an­
siaba escarmentar á los mazinianos y á los garibal-
dinos. De aquí que, como buen empleado, siguiendo
al pié de la letra las instrucciones recibidas, estaba
muy sobre aviso, y montaba de continuo los anteojos
con el fin de mandar relaciones exactas á Florencia.
Advertía igualmente que los jóvenes alistados, de­
seando comparecer con camisa roja, no habían podi­
do hacerlo por carecer de ella, y que tampoco ha­
bían podido salir con cinturón del mismo color, por
la propia razón poderosa; que Garibaldi habia ido al
tiro, pero que no habia tirado; que en un ímpetu
sublime habia reprendido á los pintores {¡rcquiescant!)
de la catedral de Siena, porque en los siglos bárba­
ros habían pintado mitras en vez de pintar carabinas;
que cierta señora le habia presentado un ramo de
ñores; y otras cosas del mismo jaez. ¿Qué no escribía
el buen papa? № siquiera dejaba de comunicar al
palacio Riccardi, y despues de rechazo al parlamen­
to y á la Italia, que Garibaldi era trovador; que ha­
bia cantado una composición propia; que la Teresita
103
Garibaldi había tocado; y que todo esto había suce­
dido en casa del maestro Baldini, llamado el Charla-
tan (1). Cáusanos maravilla que el fiel relator no diese
cuenta también á Florencia de los estornudos y de
loe bostezos del peligroso Ñama de Rapolano, con la
debida anotacion del tono, de los sostenidos y de los
bemoles.
No solamente el prefecto de Siena manifestaba un
celo tan laudable; vigilábase por todas partes; los
comisarios de policía, los comandantes de los gen­
darmes y los guardias rurales desvivíanse por saber
á dónde se marchaba el general; escribían y volvían á
escribir; enviaban partes telegráficos y los volvían á
enviar; se rompían la cabeza sobre los despachos y
las cifras. Pero ¿en provecho de quién? El buen Ur­
bano daba ea Florencia grandes risotadas:
— ¡Necios! ¿Cómo no comprenden que si nosotros
nos manifestásemos hostiles, no se atrevería Garibal­
di á intentar semejantes empresas?
Alguna vez decia, por distracción, á Monzani ó á
otro escribiente:
—Responded que el Gobierno admira su celo, y que
vigilen mas y mejor.
Con gran frecuencia metía los papeles en su c a r­
tera para enseñarlos confidencialmente al embajador
de Francia.
—Vea, señor ministro: estoy de todo perfectamente
informado; V. y Moustier me están diciendo continua­
mente que los garibaldinos se mueven aquí y allá; lo
sé mejor que los demás, pero sé también que son co­
sas de chiquillos, y que no vale la pena de hablar de
_______
ti) Docum entos relativos á los últim os sucesos, y esp e cia l-
monte los firm ados por el p refecto de Sien a.
104
ellas. Vuestra excelencia puede asegurar á su go­
bierno que yo Rattazzi velo, que lo sé todo, y que lo
puedo todo, incluso hacer sudar en enero y helar en
agosto. Mire V. el despacho que hoy lie recibido: lea,
estudie y escríba.
Y cuando el barón de La Villestreux habia vuelto
las espaldas, el presidente del consejo decia á su se­
cretario con cierta señal de satisfacción:
—Buena treta le jugué; enviad á ver si el telégrafo
ha funcionado en servicio del embajador de Francia.
Despues de haber servido para este engaño deco­
rosísimo para nosotros los italianos, arrojábanse las
cartas en la cesta del olvido: esta fué la razón por la
cual muchas sobrevivieron á la quema general, que
t;l cauto ministro debía disponer de las mismas en
tiempos calamitosos. ¡Y luego se hacen aspavientos
por haberse declarado Rattazzi de improviso gefe de
los de la izquierda! ¡Majaderos! Él ha sido de la iz­
quierda desde que se le conoce: lo fué hasta en la
antecámara del rey, aunque no le disgustaba llevar
los galones y lucirlos.
Pero no salgamos de nuestro asunto. Una sesión
arcMsolemne á celebrarse iba en Rapolano. Habían
llegado en la tarde anterior cuatro sabiondos princi­
pales, esto es, cuatro diputados de las cámaras ita­
lianas, Acerbi, Frigerí, Castellazzo y Fanelli (1).
Recibían estos los homenajes y los avisos de Cris­
pí, de Nícotera, de Piancíani, de Fabrizí, de Ber-
fani, de Cucchi, de Guerzoni y de otros varios co­
legas suyos. Sepan todos que á las cámaras rapola-
nesas no faltaban los príncipes de la sangre, puesto
que Menotti comparecía en ellas frecuentemente: ha­

ll) l)oc. cit. pag. 3S.


105
bia también siempre asistentes al trono, grandes ofi­
ciales de corte, gentiles hombres de boca, y maestros
de ceremonias. El conde Boninsegni, como chambe­
lán nato, cumplimentaba á todos en nombre del hués­
ped soberano, é introduciéndolos en la antecámara
muy temprano, les decía:
—Señores, hablen despacio, porque su magestad
no se ha levantado todavía.
Lo que trataron secretamente no lo supo el pre­
fecto de Siena, aunque vigilaba mucho para inquirir
todo lo que sucediese en Rapolano; mas esto no em­
pece para que lo sepamos nosotros de oídas, y conte­
mos al menos la sustancia. Sábese perfectamente que
por aquellos dias, los fanfarrones de la secta discur­
rían con gran calor sobre lo hecho y lo que se debía
de hacer, siempre con el beneplácito del ’gobierno de
Florencia, si era posible, y únicamente con el del de
José Mazzini, si el del rey se oponía, teniendo la sar­
tén del mango.
Mientras aguardaban la audiencia, exponían al­
ternativamente la situación de la república. Daba
sobre todo mucho que estudiar un consejo de Crispí,
el cual, á guisa- de Mercurio, servia de mensajero en­
tre aquellos dioses mayores y menores. Así estaba
concebido.—Procurad no romper de frente con la
convención de setiembre: si no despertaríais á los de
Francia, y sabed que los franceses no se prestan
fácilmente, aunque se les llame. Si el señor de P a­
rís viese que los de las camisas rojas se precipitaban
abiertamente sobre Roma, daría (¿cómo' no?), daria
orden á Rattazzi para que hiciera cualquier cosa, y
este, por decoro, debería obedecerle. Pero si nos con­
tentamos. con disponer las cosas en secreto^ tiene
bastante osadía para negarlo todo categóricamente,
106
y dejar chasqueado al barón Malaret, y al barón sus-
títufco, y al marqués de Moustier, y á todos los de­
más. Cuando esté todo preparado para dar el golpe,
el valiente Urbano nos ayudará manifiestamente, y
con sus dos manos: entretendrá con la una á la Fran­
cia si manifiesta disgusto, y enviará con la otra para
nosotros caballería, artillería y cuanto necesitemos.
Tales eran los designios y los discursos de los ge-
fes del partido. Porque habían alimentado realmente
la ridicula esperanza de que el pueblo francés y su
Gobierno dejarían romper la firma del tratado de
setiembre; que renegarían de su honor; que se deja-
rian vituperar alegremente por el mundo católico,
cuyos derechos estaban comprometidos á sostener en
nombre de todos; y que dejarían á un lado los inte­
reses mas vitales, á fin de no contristar á los secta­
rios de Italia. En vano se hacían correr rumores so­
bre los preparativos de un tren de guerra en Tolon;
en vano se detenia la escuadra en las aguas de Cór­
cega, frente de Liorna; en vano Malaret primero
y La Villestreux despues amenazaban seriamente;
reíanse de todo* y consignaban luego en los periódi­
cos de la secta el consabido refrán: perro que ladra,
no muerde. La persuasión llegó á tal punto, que los
sectarios negaban en Civitavecchia la intervención,
cuando en los grandes cuarteles franceses prepará­
banse los alojamientos para el dia siguiente: én el
mismo de la insurrección intentada, Rattazzi expidió
al prefecto de Nápoles el telégrama siguiente: Fran­
cia no interviene (1). Acerbi, pro-dictador de Viterbo,
publicaba lo propio, cuando Civitavecchia estaba llena

(1) Cf. Docum entos citados, página 58; y el telégram a de


R attazzi, expedido con fech a 22 de octu b re, ib i, página 149.
107
de batallones franceses; y Garibaldi negaba la unión
del ejército francés con el papal, cuando ya los aliados
se dirigían á Meutana. Fue preciso convencerles con
argumentas á la ckassepot. Solo entonces creyeron.

Con el auxilio de Martin Bastón


Comprendieron muy pronto la razón.
Por lo demás, en cuanto á las virtudes secretas
de Rattazzi, la carta de Crispí decia milagrosamente
la verdad; porque aquel almibarado ministro miraba
durante el dia de mala manera á los garibaldinos, y
con ojos excelentes por la noche; encolerizábase con­
tra ellos en la mesa de su despacho, y advertía, por
debajo del tapete, lo que debían hacer; se mesaba
en la escena rabiosamente los cabellos , y dábales al
salir los abrazos mas fraternales y los besos mas es­
trepitosos. Era una delicia verles.
Los diputados del parlamento de Rapolano, con­
taron entonces con gran alegría sus fuerzas y sus
aprestos militares; con no menor las pesquisas, las
prisiones, las detenciones de la policía, los secuestros
de armas y de municiones.—Comparábalos cierta per­
sona entendida con una buena madre joven, que, te­
niendo á su pequeñuelo sobre sus rodillas, le dice,
despues de estirarle un poco las orejas: Arriba, hijo
mió, dame un beso.
—Es verdad, replicaba un meridional, pero en
mi pais, ciertos besos apretados dejan demasiado
impresa la señal, por lo que muchos no quieren reci­
birlos. Nuestro pobre Guerri tiene siempre miedo, y
amenazará por fin á Rattazzi con la roca Tarpeya (I).
Suya será la culpa si nos engaña, respondió un

(1) Doe. c ¡(., p;íg. 55.


108
sabiondo. Considerad por un instante qué buena
cosa hicimos mandando prender á unos cuantos mo­
zalbetes en Terni, antes del centenario de San Pe­
dro. Gracias á ello, nuestros planes son ahora cono­
cidos > patrocinados y pagados en Florencia: en P a­
rís lo ven todo, y nos mandan reproches diplomáti­
cos que Rattazzi se mete en el bolsillo. ¿Quereis mas?
Hemos cubierto el país con la red de las hermanda­
des de operarios de la sociedad del tiro, de los comi­
tés-de proletarios, de carbonarios rojos, de libres
pensadores y de demócratas; hemos atado, en suma,
de tal suerte á todos los nuestros, que con una mera
indicación podremos obligarles A cargar el fusil so­
bre sus espaldas. El Gobierno ha dicho, que cuando
queramos nos dará soldados y oficiales para que
amaestren y guien á los voluntarios. Disponemos
finalmente de las asociaciones femeninas; en Géno-
va, v. gr., de sus apóstolas. En su dia tendremos aquí
& la Martini (1), que os aseguro es una grande y va­
lerosa capitana·.
—¿De qué Martini habíais?
—¿No lo sabéis? De ía hermana del coronel Salas-
co- Es quizás mas decidida que madama White Ma­
rio. ¡Oh! creedme, estas pocas mujeres valen tanto,
por no decir mas, que los centros de insurrección
que tenemos en la frontera pontificia, y que aquellos
charlatanes de Viterbo y de-Yeletri.
—Lo comprendo; mas no se va con las mujeres á
la guerra: se necesitan jóvenes......
—Y los tenemos, dijo Menotti al entrar. Los ca­
zadores de Liorna están1pronto: los he reunido yo,
y ahora he dejado allí á Jacobo Sgarallino, un

(1) Doc. cit., püg. 38.


109
hombre malo, sí quereis, coa sus puntas de bandido;
pero es manejable, y basta. .
—Y yo, dijo el diputado Cticchi, he dejado en
Bérgamo á Jorge Cometti, antiguo carabinero de los
Alpes, que prueba perfectamente.;
—Están también Bertani y Mosto, que alistan
genoveses. Gente muy buena y probada. En Sora
trabaja perfectamente de Dominicis. Síazzoni y Lazzi
hacen milagros en Pisa, capaces de asombrar al
CampaniJe. Tenemos además amigos y corresponsa­
les en todas partes. ¡Hasta sacerdotes! La Hicca, de
Vendictis y el canónigo Mizzoni. No les matará el
plomo, pero aun permaneciendo en su casa, presta­
rán servicios excelentes, como dice nuestro Guerri.
Sin contar á Fray Pantaleon, que recluta gente como
el primero en Nápoles......
—Es propiamente el capellan mayor que nosotros
necesitamos: Garibaldi hará perfectamente lleván­
dolo consigo á Ginebra,
— ¡Eso es! Seamos mas devotos que la Corte: el
título de Gran limosnero que habia en la lista no ha
sabido reemplazarlo sino con el del canónigo Vacat, y
nuestro piadoso José tiene en la suya una procesion
de curas y de frailes. Es verdad que no dicen Misa,
mas esto ¿qué importa? Así no tendremos que oiría.
—Eh, dejemos las naderías y vengamos á las co­
sas de sustancia, como dice Fanelli. ¿Hay armas?
—No demasiadas, pero sí las suficientes: los de­
pósitos están junto á las puertas de Roma. Tenemos
también armas, municiones y uniformes en Turin,
en Liorna, en Pisa, en Génova, en Bolonia y en otros
puntos. Sabbatini nos hace saber que va recogiendo
las granadas consabidas. Guerri anuncia docenas de li­
mones: ya comprendéis de qué género se trata. Bis-
110
pónense para nuestro fin los fusiles de la Guardia
nacional, que ha prometido dejarse sorprender y de­
sarmar voluntariamente: el Gobierno se dejará ro­
bar los cartuchos necesarios, los pistones, la pólvo­
ra, etc., con tal que salvemos las apariencias. He aquí
lo que Rattazzi recomienda. Creo que es necesario sa­
lir de la red: heme avistado ya con los bravos mari­
nos de Liorna, y dentro de poco daré una vuelta por
Massa Marítima, y por todo el litoral, para ponerme
de acuerdo con los trabajadores acostumbrados á es-
tar dentro de las selvas (1). ¿Y despues? Adelante.
—Poco á poco, aprende á razonar mejor: es preci'
so saber primeramente lo que hay de cierto en punto
á negociaciones entabladas con los que están mas
allá del confin, para no dejarse engañar.
Menotti:—Esta es mi pesadumbre. A decir verdad,
los Romanos como Romanos, son una m ultitud de poltro­
nes. Oid este párrafo de una carta, añadió sacándola
de su cartera, de un amigo mió que escribe desde el
interior. «Sin un elemento italiano de fuera, es im­
posible que hagan nada estas cabezas vacías>y estoy
por añadir que lo es también obrar dentro de las
mismas murallas de la ciudad eterna....... «
—Pero si es así, interrumpió Fanelli, antiguo sol­
dado garibaldino, ¿por qué se distribuye tanto dine­
ro en Roma? ¡Diablo! ¡Que tantos comités no hallen
la manera de poner á'sueldo mil puñales entre la
Regola, Monti y Trastevere!
—No entiendo lo-que sucede. Aun los republica­
nos mas viejos se ponen á temblar cuando miran á

(1) Cf. Documentos citados, passim, y especialmente pp. 38,


4f¡, 47, 49, SO, 51, es; 07, 68, 09, 72, 90, 91, 92, 153, 123. 133, 145,
152. No acab aríam os nunca de citar.
111
Roma, y espántanse hasta de los frailes y de las
monjas, Se pretende que en los innumerables monas­
terios, tanto en los de mujeres como en los de hom­
bres, hay escondido y disfrazado un poderoso ele­
mento napolitano brigantesco, que soltará, llegado el
instante, el Gobierno ó el partido que lo paga, con el
fin de hacer frente á la revolución italiana. ;Nada
me sorprende ya! Soy hombre viejo, y he presencia­
do las cosas mas fieras en el partido de los curas (1).
—Decidme, continuó Menotti, ¿no estamos en el
caso de desesperar de los romanos? Por fortuna po­
demos enviarles gente para que se insurreccione
en su nombre.
—Comienzo á dudar, dijo uno de aquellos picaros,
de que Rattazzi tenga razón en toda la línea. Debería­
mos prescindir por ahora de Roma, disponer un le­
vantamiento en Viterbo y en Frosinone, y después
sitiarla con la bandera de Víctor Manuel, haciendo
altas protestas de fidelidad á la convención.
—¿Y qué diría la Francia?
—’Ricasoli pretende, que ofreciendo con aparato
solemne la espada del rey al Papa, y perjurando
francamente no tocar á Roma, solo veríamos en
París cumplimientos y aprobaciones (2). Deberíamos
aguardar despues que la Francia se hallase com­
prometida con los prusianos: entonces concluiría la
comedia, y marcharíamos sobre San Pedro.
—Cada uno tiene su modo de ver las cosas. Sabed
que Montechi dice y hace decir, que sería esta una

(1) Documentos citados, páginas 38 y


(2) Estamos muy distantes de responder do las cosas dichas
por los sectarios que m encion aremos en este libro. Los actos
diplomáiicos y los hechos militares hablan contra las aserciones
de RicasoLi,
112
solemne tontería. Daríase así lugar á que cual­
quier diablo ayudase á Roma: para nosotros el tiem­
po es fuego que consume. Él·quisiera que se in­
surreccionase Roma de cualquier modo, y que el es­
truendo del Capitolio resonara en las provincias: lo
hecho, hecho se queda fl).
Al llegar á este punto, el valiente Acerbi, que te­
nia sus miras especiales sobre la provincia de V iter­
bo, trató de conciliar los pareceres discordes:
—Lo uno no excluye lo otro: un movimiento impo­
nente en el país de Viterbo antes de que la cosa madu­
rase en Roma, distraería la fuerza de los papistas de
la capital, y sería causa de que hiciesen algo los ro­
manos, comprometidos. Al propio tiempo Fanelli aquí
y los demás que se han ofrecido á obrar en aquella
parte, á saber, Nicotera, Salornone y Pianciani, asal­
tarían á Frosinone con las bandas de Nápoles y de
los Abruzzos: Garibaldi .desde la Sabina, Menotti por
mar, y todo quedaría hecho, Nuestro Urbanito ha
prometido atar muy corto, bien que cortesmente, á
los espías, á fin de que podamos introducir lo nece­
sario. Ha prometido también que no faltarán los ví­
veres.
—Cierto, dijo Cucchi, que habia callado hasta en­
tonces. Este es el plan de guerra que satisface á los
hombres entendidos, Roma se hallaría encerrada en
un círculo de fuego. Siéntome con brios para perma­
necer dentro á la sombra de la cúpula de San Pedro, y
cargar la mina hasta la boca. Encenderé cuando vea
que las tropas del Papa han salido á perseguir á los
nuestros, y vosotros os colareis dentro al oir el ruido
estrepitoso. Si sale mal, no hay nada de lo dicho.

(1) Cf. Doc, cit., pág. as.


113
Insistió Acerbi en su plan favorito, añadiendo:
—Todo perfectamente, mas Yiterbo corre de mi
cuenta. Allí tengo mis hombres y trabajos seguros;
he preparado muchas cosas, y los cazadores romanos
competirán con los cazadores de L io rn a y de Genova:
salgo fiador de ellos.
—¿En qué te fundas? preguntó Menottir que no
congeniaba mucho con Acerbi.
—He aquí en qué, respondió el diputado, con ce­
remonia. El presidente del gabinete me ha hecho ver
una información oficial, enviada por Scoppa, prefecto
de Orvieto, según la que la provincia de Viterbo no
puede estar mejor dispuesta. El espíritu nacional de
los pueblos es excelente, y la guarnición, sobre ser
escasa, está mas deseosa de novedades que los ciu­
dadanos......
— ¡Si fuese verdad! gritó Menotti.
—Lo es sin duda de ningún género: los militares
prometen desertar en masa, proveer de armas á
cuantos las deseen> y hacer causa común con los li­
bertadores: los oficiales que no son nuestros, son ton­
tos. El mismo coronel Azzanesi es un patriota que
adora á G-aribaldi (1).
— ¡Qué se vó! repuso Menotti haciendo un gesto.
Es preciso abrir mucho los ojos. Apostaría cualquier
cosa á que el buen prefecto ha recogido estas noti­
cias de cualquier emigrado, que quiere lucir sus ha­
bilidades fantaseando levantamientos. ¿Sábese si está
comprometido el coronel Leali? ¿O Pagliaci? ¿O Lo-
renzini? ¿O Tondi?
—¿Quién lo puede saber?
—Lo cierto es que.no me fiaré délos papistas hasta

(1) Cf. Doc- cit„ pag. 48 y 71.


TOMO i.
114
que les vea empuñar las armas en el campo, porque
hablando aquí· entre nosotros, y muy en voz baja
con el fin de no desanimar á los voluntarios, las noti­
cias de Roma dicen que, prescindiendo de algunos,
especie de aves fénix, el grueso de la línea se batirá
como los mercenarios extranjeros, de los cuales es
inútil hablar. Considerad que han venido de todas
las partes del mundo para proporcionársela satisfac­
ción de tirar á las camisas rojas, lo cual les gusta
tanto como cazar jabalíes. En cuanto á los suizos, ya
se sabe que no hacen ruido, pero que allí están, y
que tiran parapetados en las murallas contra todo el
mundo. Los de Antibes, despues de las palabras m á­
gicas de Dumont, solo piensan en ganar la cruz de
la legión de honor. ¿Con quiénes podemos contar?
¿Con los gendarmes? jPor supuesto! Para que se rin­
dan será preciso matar dos veces á cada uno. Azza-
nesi, á quien suponen tan enamorado de nosotros, es
precisamente aquel que se batió en Castelfidardo
como un perro rabioso, y que cuando, despues de
caer prisionero, se le ofreció un ascenso en el ejército
italiano, respondió villanamente, que preferiría á
nuestras charreteras el puesto inferior en la guardia
del Papa. ¿Sabes lo que es? Lo considero capaz de re­
cibirnos á tiros.
—Será lo que será, dijo Acerbi: entretanto convie­
ne dejar correr estas voces.
— ¡Qué tontería! ¿Y si vamos con falsos espías, y
creyendo ir á bodas, vamos al matadero?
—Claro es, respondió Acerbi, que no será todo lo
que se dice; pero no faltan buenas disposiciones: fue­
ra de que, sin romper huevos no se pueden hacer
tortillas.
Entre las odiosas mentiras que por aquellos dias
115
se propalaron á boca llena en toda Italia, esta negrí­
sima calumnia en daño del valeroso coronel Azza-
nesi, de su batallón y de otros cuerpos fidelísimos, no
fué ciertamente la menos vil, ni la menos funesta
para el que la inventó. Lo cierto es que llevó gran
número de garibaldinos al confin romano: estudian­
tes pigres, jóvenes extraviados, artistas viciosos,
obreros de taberna, tramposos de plaza y de mercado,
volatines de teatro y de café, ociosos, en fin, de todas
clases, se dirigieron á la frontera, imaginándose que
marcharían entre aplausos, flores, vivas y otras de­
mostraciones de entusiasmo, como también que lo­
grarían, por via de recompensa, honores, premios y
medallas del Gobierno italiano; esperaban, en fin,
una segunda edición de lo sucedido en el reino de
Nápoles. Salióles cara la cuenta á los que lo creyeron,
y mordiéronse los labios muchos de los que pensaron
haber comprometido á los soldados del Papa, y al que
dignamente los mandaba desde Acquapendente has­
ta Frosinone, desde Civitavecchía hasta Nerola. Vol­
vamos ahora á nuestros parlamentarios.
Aunque frecuentemente se unian, se asociaban y
se fundían en conciliábulos, siempre quedaban en pié
grandes y profundas discordias, cuya desaparición no
se podia conseguir de ningún modo. Entre los impíos
y los hombres viciosos que por tales se conocen re­
cíprocamente, el desprecio mutuo mata y destruye
en su raiz cualquier vástago de amistad verdadera.
La ambición de cada uno hace que procuren colo­
carse sobre todo en primer lugar, y que miren de
mala manera al vecino despreciado. He aquí lo que
apareció clarísimo en aquel hervidero de ladrones,
de sectarios y de malandrines que se llamó partido
de acción. Desde el gefe primero hasta los últimos
116
soldados {prescindiendo de algunos jóvenes inexper­
tos, y de hombres engañados que se lamentaron al­
tamente de haher caído en tan vergonzoso lazo) no
había quien no hubiera estado en presidio ó quien
no lo mereciese; bullían entre ellos iras ocultas, en­
vidias y despechos, que apenas sabían disimular en
presencia del enemigo. Sus confesiones en el parla­
mento de Italia, los documentos infames dados á la
estampa, y las -controversias vituperables suscitadas
por ellos en todos los periódicos de la península, de­
muestran victoriosamente que no exajerainos.
Sí despues de mirar al pequeño grupo de los ga~
ribaklinos, republicanos puros y pios, como se llama­
ban (eran los cabecillas), dirigíase la vista al campo
de los liberales monárquicos, no podia menos de co­
nocerse que los unos estaban separados de los otros
por un abismo de distancia. No marchaban unidos á
la guerra, sino con la esperanza de sustituirse recí­
procamente, y de arrojarse desde el conquistado Ca­
pitolio á la roca Tarpeya. En sus mutuas correspon­
dencias, los inculpados y píos se decían que mas bien
se fiasen de los clericales y de los aristócratas descara­
dos, que de los liberales monárquicos engordados con
la bellota gubernativa, empicados, egoístas, siempre p er­
versos, acémilas envejecidas en los regios pesebres. Por
estos se combate de mil modos la venida , que no desean de­
masiado, del elemento garibahlino. A pesar de esto, á fin
de reunir gente y dinero, publicaban á los cuatro
vientos, que el pueblo italiano deseaba únicamente
dirigirse contra Roma y plantar en ella el estandarte
de la paz y de la prosperidad (1).

U) Cf. Doc. cit., pag. 3S, un, 38, ü9, ele. »Para nosotros oí
comité romano se presenta como un jn m en to envejecido en de-
117
Mientras disputaban así estos políticos, abriéron­
se las dos puertas del gabinete contiguo, y compare­
ció el presidente nato del parlamento garibaldino.
Garibaldi salia entonces de las manos del bañero,
enjugado, fajado, completamente vestido: llevaba
también el clásico pañuelo en el cuello, atado con un
nudo flojo:
*
Cual la tierna y hermosa florecita
Que, abatida y cerrada por el frió,
Enderézase ufana sobre el tallo
Cuando el sol esplendente la visita:

tal hicieron los diputados italianos y los demás de


la asamblea rapolanesa. ¡Pero ay de los que ven
de cerca á ciertos héroes fabricados expresamente!
Anúblase y oscurécese la aureola de su fama, y el
ambiente de su magestad se parece mucho al hedor
que despiden los machos cabríos. El pobre viejo no
estaba de buen humor, y aparecía indeciso y débil,
como el sol en otoño. Habíale Crispí escrito poco mas
ó menos lo propio que se habia dicho ya en la ante­
cámara sobre las disposiciones de la Francia, y él,
que para entrar por las puertas que se hallan de par
en par es el rey de los valientes, vacila y se asusta
(¡pobrecillo!) cuando es preciso atacar las cerradas.
Escuchó, empero, pensativo, los pareceres manifes­
tados hasta entonces, y abrió después su labio sobe­
rano, diciendo lo siguiente:
.—Amigos y fieles, he aquí el punto á que han lie-

terminados com edero s,- esclamaban los garibaldinos píos y pu ­


ros de la R ifo r m , l G d e c t i c r o de 1SG8; y proseguían diciendo
cosas por el eslilo.
118
y'ado nuestras cosas: somos cordíalísímamente odia­
dos dentro y fuera de Italia, y queridos solo por los
cismáticos, por los protestantes (no todos), y por mu­
chos francmasones. ¡Vergüenza me da decirlo! Todos
nos maldicen en Francia, y aquellos que son pagados
á peso de oro, y que reciben tanto por cada palabra
que escriben elogiándonos, son todavía mas aborre­
cidos que nosotros. He aquí por qué el Gobierno de
allá chilla fuerte apoyado en la convención, y nues­
tro querido Urbano no sabe qué partido tomar. Hace
lo posible y lo imposible para sorprender al ministro
La Villestreux (el barón de Malaret está con licen­
cia), pero ¿lo conseguirá? Figuraos que para lograrlo
procura persuadirle de que estamos desalentados, in­
decisos, desesperados, y de que nada podemos conse­
guir (1). Tal invención producirla su efecto si solo
fuesen ministros aquellos que queremos, y alguno mas,
gran amigo nuestro; pero el marqués de Moustier no
quiere nada con nosotros; los demás, á excepción de
dos, piensan de la propia manera; y para colmo de
desgracia, el emperador no se deja coger por la na­
riz: firme allí, quiere lo que quiere la Francia. Hasta
hoy todo ha marchado biea por medio de grandísi­
mos embustes, pero ahora Nigra dice á voz en grito
que nadie le cree ‘ y que se necesitan nuevos engaños.
He todo tiene la culpa Armand, que desde Roma nos
pone como ropa de pascua; y el cardenal Antonelli,
que todo lo sabe y lo participa al nuncio* ¡Parece
imposible! Kattazzi hace alterar las cifras de los par­
tes telegráficos, con un celo digno de la mayor ala­
banza, y sin embargo, el nuncio lo sabe todo como
por encanto, y lo descubre en seguida: no parece

(I) Libro am arillo, asuntos de Italia, carta del 3 de setiembre


119
sino que el diablo le dice ciertas cosas. En suma, he­
mos llegado á tal situación que Rattazzi, para defen­
derse de los cargos que desde P arís le díríjen, ha te ­
nido necesidad de discurrir la mentira de que yo .tengo
intención de volver á Caprera despues del congreso
de Ginebra (1). Quien se lo ha dicho, engáñase m a­
cho. Basta, lo compadezco, hace lo que puede; desde
aquí hasta que llegue el dia, compondremos cual­
quier comedia para quedar todos á salvo. Suceda lo
que suceda, aquí están Acerbi, y Menotti, y Fabrizi,
y Bertani, y Mosto, y Canzio, y Fazzari, y Evange-
listi, y Pianciani, y Frigyesi, y Nicotera, y Salomo-
ne; en fin, todos nuestros gefes continuarán siempre
sin novedad. Lo demás se determinará despues del
congreso, con el parecer de Julio Favre, y de los de­
más amigos de París que deben venir á Ginebra.

Las mejillas lanudas se pararon:


y los honorables diputados del parlamento de Rapo-
lano, conocida la suprema precisión de retirarse y
de seguir agazapados, respondieron:—Amen.
* —Bravo, hijos mios, dignos sois de la libertad.
—Querido José, buen viaje.
—Hasta que nos volvamos á ver despues del con­
greso.

VI.
Don Petronio y el Congreso de Ginebra.

¡Qué cabezas armónicas! ¡Qué cabezas armónicas


las de estos grandes curas de Bolonia! ¡No lo com-

(1) tffiro am arillo* asuntos de Italia, cart a del 3 de setiembre.


120
prendo! ¡Siempre diciendo y asegurando que no se
puede conseguir nada, y que hacer ciertas cosas es
lo mismo que lavar al burro la cabeza, y poner un
vejigatorio sobre una pierna de palo!......
—Vamos, señor Siró, no os deis á los perros: ¿qué
ha pasado?
— ¡Figuraos! ¡Me he desgáííitado para convencer
al cura Don Petronio de que debía ir al congreso
de Ginebra, y hablar á aquellos bribones: podía por
lo menos pronunciar su magnífico sermon sobre el
Mementomo. Le hubiese pagado el viaje para que
fuera en lugar de aquel charlatan» por no decir otra
cosa, del profesor Ceneri. Él, sin embargo, tozudo
como' un aragonés. Ya, ya. Cuando los curas se em­
peñan en una cosa, ni el diablo los puede disuadir.
—¿Y por qué no quiere ir al congreso?
—Porque dice que al congreso de los picaros no
pueden ir los hombres honrados.
—No digo yo eso; digo que pueden ir para conte­
nerles, como se puede hablar con los malhechores,
para persuadirles de que d&ben contentarse con la
bolsa cuando quieren la bolsa y la vida. ¿No tengo
razón?
—Teneis razón para dar y vender todos los días
de la semana. Hoy perdonadme, mereceis una paliza -
— ¡Por el agua cristalina! ¿Es posible que me
haya equivocado? ¿Puede equivocarse un hombre
que da para el dinero de San Pedro?
—Oíd: cuando un hombre honrado puede confiar
en que le escucharán, está bien. Es preciso entonces
que no ceje, que predique, que chille, que importu­
ne; pero no cuando sabe que será desatendido: ubi
auditus non est non effundas serm oncm . ¿Sabéis lo que
significa el proverbio, decir sus razones á los alguaci­
121
les, y hasta que punto se pierde el tiempo exponién­
dolas á los asesinos? Son esperados en Ginebra fray
Pantaleon, Julio Favre , Quinet, Ga ri bal di, Mauro
Macchi, ardientes promovedores todos de la guerra
sacrilega: ¡id á convertirlos!

Yace aquí fray Domingo convertido:


No rogueis por él....... es tiempo perdido.
—A. este paso llegaríais pronto á decir que Don
Petronio pecaría si aconsejase á las asesinos que de­
jaran de serlo.
—Siempre es lícito dar un consejo; mas siempre
es un mal que los buenos cristianos se mezclen con la
gente perdida, con peligro de librarla de los algua­
ciles- ¿No sabéis que cuando en una reunión hay un
hombre honrado, los gendarmes no sospechan mal
y siguen su camino, mientras que si ven caras de via-
crucis echan mano á las esposas, y cogiendo á este
y al otro, impiden que hagan fechorías? ¿No sabéis
que los ladrones cobran bríos cuando se hallan en
compañía de gente de bien? No, no, querido señor
Siró, cuanto mas lejos de los ladrones, mejor: dejad­
les cocer en su propio caldo, y si los gendarmes
hacen de ellos una redada, ¡firme contra los mas
gordos!
El señor Siró era un asiduo lector de la V ergine,
del E co del purgatorio t del Divoto de S a n Guiseppe, y de
muchos otros periódicos ascéticos: tampoco dejaba
de leer los políticos. No bien supo de lo que se trata­
ba, puestos los codos sobre su mesa:—¿Imprudente
Conducta! exclamó: Don Petronio y los Don Petronios,
con esta manía de no ensuciarse el terciopelo con los
andrajos de los ladrones, han procedido tan bien, que
estos les han despojado de la casaca y de la camisa.
122
Ahora les roban la piel....... mirad lo que hacen en
Francia, y en Bélgica, y en Inglaterra, y en Amé­
rica.......
¡Poco á poco! Esto es harina de otro costal. El
congreso que no se compone de ladrones, bueno es
y legítimo. Pueden á lo mas entrar dentro algunos
bandoleros, pero esto se remedia procurando que
vaya el número mas crecido que sea posible de hom­
bres buenos. Id, pues, ó. él sin vacilación, ¡ó intré­
pidos cristianos! Echad fuera á los bribones; haced
que prevalezca vuestra opinion, y habréis logrado
méritos para la gloria celestial, y conseguido sufra­
gios para las almas de los pobres difuntos. Pero ve­
nir aquí, al congreso de Ginebra; joh! á Don Petronio
le sobra razón para su repugnancia invencible. Sería
preciso para ir que, ante todo, el que fuera dijese á
aquellos señores: «Amigos mios, sois una coleccion
de perdidos, y representáis cierta cosa que en sí mis­
ma y por sí misma, es una maldad mayúscula y sub­
sistente, compuesta de rapiñas, de hurtos y de sacri­
legios. Para proceder bien es preciso, por consecuen­
cia, que comenceís destruyendo la cosa que repre­
sentáis. Hacedme, pues, el obsequio de renegar de
vuestras ideas, de deshacer lo hecho, y de suprimir
aquella cosa y este congreso.« Ahora bien. Decidme;
¿se puede pronunciar semejante discurso en el con­
greso de Ginebra? Sé perfectamente que hay gran­
des caracteres que lo pronunciarían sin dificultad,
pero sé también que son tan raros como los perros
amarillos. Milagro será que se hallen dos entre qui­
nientos. Sin embargo, si los encontráis, nada he di­
cho: podéis mandarlos sin dilación al congreso de
Ginebra. Pero entretanto no atribuléis á Don Petro­
nio y á los demás que piensan como él.
1*23
Enteramente lo contrario que el párroco de Bolo­
nia, pensaban los liberales. Desdé Francia, desde
Bélgica y desde Austria, los gefes de la naciente re­
pública europea dirigíanse apresuradamente á Gine­
bra, con el fin de asistir al Congreso de la paz. En
Bolonia pudo Don Petronio ver cómodamente á Gari­
baldi, y dirigióse al efecto á la estación. Tra, tra,
tra; coche que viene; látigo que suena; paso al Capi-
tan del pueblo, salud á la Gran Figura del siglo XIX;
fuera los sombreros; viva Garibaldi, El pobre hom­
bre llegaba de Rapolano, íntimamente persuadido
de que podría escalar los Alpes, y arribar á las ami­
gas ondas del Leman entre los aplausos del muudo
civilizado y el terror del bárbaro: los rateros no
preven nunca bastante las sorpresas de la policía.
Acompañábalo el mayor Bedeschini, y en todo el ca­
mino hasta Ginebra, .donde hizo alto el general, ha­
llábase una multitud de grupos con batideras, un
enjambre de guardias nacionales, de favoritos y de
trujamanes de su partido: hubo grandes abrazos, y
apretones de manos, y promesas, y palpitaciones
patrióticas, y estremecimientos de gozo. Garibaldi
no se dormía en las pajas, y razonaba sobre el esta­
do de la cosa pública, como si fuera ya presidente
del ministerio, rey, emperador y papa: parecía
decir: me he de meter el gobierno en el bolsillo.
Apenas se metia otra vez en el vagón, mandaba ti*
rar el cristal y volvía á sus meditaciones: llevaba en
el cuerpo el discurso que había de dar á luz en Gi­
nebra.
En el ínterin iba mirando Don Petronio la torre
de los Asnillos, y así filosofaba.“ ¡Si esta torre fuese
un feudo! Seria cosa de darla á Garibaldi, y de nom­
brarle barón, conde, marqués ó duque, mejor du­
124
que, sí, duque de los Asnillos, ¡Título hermoso, justo
y apropiado! ¡Qué tábano lo punza para ir á meterse
con los Ginebrinos! quem Ju p iter valí p erd ere , hunc de-
m entat Conozco bien álos ginebrinos, y conozco tam­
bién los relojes que fabrican. Considerad si los que
colocan los muelles, los resortes y las áncoras en los
relojes no han de ser de buen temple. Y entonces......
—Entonces, interrumpió un garibaldino que vol­
vía de ver el acompañamiento de Garibaldi y había
oido el monólogo de Don Petronio, entonces aumenta
el entusiasmo, y lo recibirán alegre, gozosa y triun­
falmente.
—Sí y no, repuso Don Petronio, podría suceder
que hallase los relojes con escapes de serpentina ó
de retroceso: ¡los hay de tantas clases! ¡Dios se la de­
pare buena! En cuanto á mí, os aseguro que está
p'erdido. Para salvar á vuestro Garibaldi convendría
que os cotítentáseis con enseñarlo por delante y por
detrás poniendo un candado en su boca: antes de
conducirlo á Ginebra debisteis meterle una mor­
daza.
—¿Por qué, señor?
—Porque ¡ay si habla!
—Convengo, dijo el garibaldino, en que no le da
el naipe para hablar con elegancia. Por esto, para que
lo hagan en su lugar, enviamos á Mauro Macchi,
Acerbi, y el profesor Ceneri: lo que no sepa, se lo es­
cribirán estos grandes hombres. Enviará los escritos
al congreso firmados y sellados, y parecerán los
mensajes de la corona. Pero para los trabajos rudos,
Garibaldi vale mas oro que pesa.
Sostengo que lo habéis engañado grandemente,
y que como no sabe coger la sartén por el mango,
causará lástima. Recordad lo que aconteció en Lón-
125
dres. Aquellos ingleses burlones, que tan larga la
saben cuando se proponen ridiculizar al prójimo, lo
habiau llamado con tal frenesí, que no parecía sino
que se abría un volcan. Hubo por consiguiente, do
quiera enseñó su hermosa cara, recibimientos mila­
grosos, gentío, apreturas, calor, tropel, banquetes
dignos de Asuero, aclamaciones en el teatro, ladies
que corrieron al besamanos, y en fin, duques y prín­
cipes que solicitaron su bendición. Esperad un poco:
Garibaldi no lmbia hablado aún. Garibaldi habla
(¡pobrecito! no sabe la fábula del burro vestido de
león), Garibaldi habla, y comienzan los visajes de los
que le oyen. Al día signiente le hace uno muecas, le
provoca el otro á, decir algo, le dedica éste frases
irónicas, le toca aquel las tablillas, y prorumpe el de
mas allá en silbidos que convenía oír: en suma, un
conjunto infernal. ¿Qué era? Que los ingleses habían
ido á ver á Garibaldi vestido de encarnado, poco
mas ó menos -como si fueran á ver á las monas;
sabido es que estas suelen hacer algunas mone­
rías, y que la gente acaba diciendo: ¡Que feas! ¡Qué
sucias! En una palabra, fue preciso hacerlo m ar­
char de allí á fuerza de cumplimientos, como lo
hacen ciertos napolitanos. Un señorito lord, pulido,
enguantado, elegante y de poca barba, peinada en
lo posible, preséntase con el ñu de visitar al de la
camisa roja; por sus maneras acicaladas v graciosas,
nunca este hubiera podido esperar el discurso que
pronunció.
—General Garibaldi, ¿cómo estáis?
—Bien, milor, perfectamente bien: gracias, estoy
muy bien.
— 'Sie parece sin embargo que os encuentro un
poco abatido; hoy teneis mal semblante.
126
— ¡Gomo! No lo habia reparado.
—Lo he reparado yo al momento. Hay en vuestra
fisonomía alguna cosa que me da cuidado*
—-Garibaldi se levanta, y se mira en el espejo.
Diablo! tengo mi color natural.
-C reedm e, continuó con mas seguridad el milor,
estáis pálido como la muerte......
—Y sin embargo, he dormido bien.
—No puede ser, general; habéis estado cierta­
mente desvelado toda la noche.
—¿Qué? He roncado como un lirón, y por añadi­
dura, eomo y bebo lo mismo que......iba á decir lo
mismo que un cerdo.
—No, gran Pepito, os engañais: coméis poquí­
simo, y bebeis como un canario.
—¡Oh! basta; ¿quereis saberlo mejor que yo? Esta
mañana he devorado un bistek perfectamente hecho.
—Os juro que lo habéis digerido mal.
—¿De qué procede, pues, mi gordura?
—Ah, ah, ah! Rióse aquí el lorcl, y dijo: Estáis
mu}r ñaco. Os adelgazais y consumís por instantes.
—¿Sabéis, milor, que hoy estáis gracioso?......
¿Quereis burlaros de mí?
¿Yo burlarme de vos? repuso el lord con seriedad
teatral: es solo la filantropía la que me impele; la
amistad habla por mi boca; quisiera que compren­
dieseis para vuestro bien, que este clima os prueba
mal. ¿No percibís la neblina de Londres? Se puede
cortar con un cuchillo. Si no procurase hacéroslo
comprender, todos vuestros amigos podrían llamar­
me parricida con razón.
En una palabra, tanto dijo el lord amigo de Ga­
ribaldi, y tantas cosas le metió en la cabeza, que el
pobre acabó por considerarse enfermo, y por poner-
127
se en manos de los médicos. Tomáronle estos el pul­
so, previnieron pócimas, lo fajaron con franela, le
pusieron el gorro de dormir, y lo taparon en un
coche del ferro-carril,
—Adiós, querido; buenos dias, Garibaldi; pasadlo
bien.
—No lo creeré nunca, dijo entonces el garibaldino
de Bolonia, no creeré nunca jamás que Garibaldi
haya hecho semejante fiasco.
—Os prometo otro igual, acabó diciendo D. Pe­
tronio, otro igual en Ginebra.

VIL
L a bandera de los Cruzados,

En el mismo dia en que el general Garibaldi subía


por las espaldas de los Alpes para levantar en Gine­
bra el estandarte de guerra contra la religion y la
Iglesia, cuatro distinguidas señoras americanas su­
bían las escaleras del Vaticano para presentar al
Vicario de Jesucristo, en nombre de las damas cató­
licas de su pátria, una bandera de seda profusa y
amorosamente bordada. Era también un estandarte
para el batallón de los voluntarios pontificios, vul­
garmente denominado de los zuavos. Allá en Gine­
bra queríase desplegar la enseña sacrilega en pre­
sencia de un pueblo reputado enemigo natural de
Roma, y dispuesto por consiguiente á saludarla con
aplausos estrepitosos; aquí debia desplegarse el san­
to lienzo en una galería, casi á puerta cerrada, y
delante de poquísimas personas: confiábase aquel á
una turba infame, en la seguridad de que ondearía
128
á la cabeza de treinta mil perdidos (1),asoldados con
secretos juramentos, y orgullosos por el favor que
habían conseguido de muchos hombres prepotentes
de la corte y de las provincias; .entregábase esta por
débiles mugeres á un viejo Sacerdote, para que lo
remitiese á un pequeño ejército de fieles. Y sin em­
bargo, esta bandera y no aquella lograría, por el
favor del cielo, la victoria.
Tal es el destino constante de la Iglesia: vencer
allí donde no luce la esperanzat á fin de que reco­
nozca en sus triunfos que solo Dios la socorrió, y
para que en sus mas terribles situaciones no deje de
orar, ni desconfíe de la restauración, ni dude de que
volverá á obtener lo perdido. Quizás no lo pensaron
allí las piadosas matronas; mas quien las hubiera re­
tratado en aquella postura humilde á los pies de
Pió IX, y á este, con una mano extendida sobre la
bandera, y con-los ojos elevados al cielo, hubiera ex­
presado al mismo tiempo un precioso símbolo de la
catolicidad, unida con su cabeza visible, pidiendo
auxilio al Salvador del mundo, y esperando conse­
guir por medios sobrenaturales, lo que no hubiera
podido lograr humanamente.
Semejante á las condiciones del estandarte de la
Iglesia es la suerte del ganfalón con que San Pedro
protege su angosto reino temporal. Es indiferente

(1) Tal es poco mas ö menos, el número de los invasores fiel


territorio pontificio, comprometidos por Garibaldi, d mejor elidió
por la secta de que se valia, durante la campaña de 1807. Están
comprendidos en dicho número muchos que retro cedieron poco
despues de pisar el terreno, y los muy pocos que por hipocre­
sía detuyo el gobierno temporal italiano. Otros aumentan el mo­
vimiento general de los garüxüdinos haslo el nú mero de cuaren­
ta mil.
129
que sea fuerte ó débil l a mano que lo empuña: no
es mas invencible cuando á l a cabeza marcha de
muchos regimientos, ni menos terrible cuando pe­
regrina casi solitario: el poder del beneplácito divino
lo gobierna. ¡Cuántas banderas que protegieron me­
dio mundo, no podrían dar sombra hoy á una violeta!
La bandera de San Pedro desafía las embravecidas
olas hace mas de diez siglos. Cien veces ha estado á
punto de rasgarse, y otras cien ha salido incólume.
Cuantas veces fué derribada, tantas otras se volvió á
levantar, como la palma del desierto, que se inclina
durante la tormenta para erguirse despues mucho
mas magestuosa. Nosotros l a vimos casi abandonada
sobre el desierto bastión del castillo de S a n t-A n gelo ,
despues que partió la guarnición francesa en diciem­
bre de 186G; y protegida luego por una compañía
brillante, congregada solo por la fe, ir á todas partes
acompañada siempre de la victoria.
Cierto, á nosotros presentes, que contemplábamos
el espectáculo, parecíanos á veces ver irradiado el
gonfalón venerable por la vecina tumba de San Pe­
dro. Cuando el viento lo extendía, y mostraba la v o z
sacrificio en él escrita, parecíanos también que los pe­
queños caractéres resplandecían con viva aureola,
que llenaban de luz suavísima las almas excelsas, y
que las atraían, dominadas por una embriaguez ce­
lestial- Y sin embargo, quien hubiese recorrido los
países civilizados, explorado lijeramente la,civiliza­
ción gangrenada que los emponzoña, y dirigido una
mirada fugitiva á los palacios reates, á los parla­
mentos, á las academias, á las escuelas, á los cen­
tros del comercio y del goce, hubiera estado muy
distante de creer que el deseo ardiente de dar la vida
por un bien sobrenatural, pudiese invadir aún tantos
TOMO I. ®
130
corazones y armar tantos brazos. Pero no; no mue­
re el espíritu vivificador de la Iglesia: aunque oculto,
anima y engendra la pasión misteriosa, que cifra su
mayor ventura en padecer por las grandes causas
cristianas. Mil y mil sintiéronla hervir en el pecho, y
alistáronse bajo la bandera de San Pedro;, millares de
millares, no pudiendo hacer lo propio, los envidiaron;
millones de millones identificáronse con ellos por
medio de oraciones, de lágrimas, de ofrendas y de
aplausos; en una palabra, se adhirió al movimiento
santo la cristiandad entera,
¿Qué decimos la cristiandad? La bandera de los
Cruzados impuso respeto y causó admiración á todos
3os corazones hidalgos y generosos. Francisco Guizot
no participa desgraciadamente de nuestra fe ni de
nuestra esperanza, y confesaba con todo, que el acu­
dir espontáneo de la católica juventud á la defensa
del venerando Padre que tan grandes peligros corría,
lleuaba su alma de ternura inefable. El príncipe de
Gales no consintió que su honor quedase manchado
por la calumnia óe haber favorecido ii los enemigos
de Pió IX, y mandóla desmentir en el Vaticano.
Jorge V f rey de Hannover, 110 vaciló en manifestar
las verdaderas disposiciones de su ánimo real por
medio de.públicos ofrecimientos á San Pedro. Nadie
ignora las solemnes declaraciones del monarca de
Prusia, que le conquistaron el vivo reconocimiento
de sus súbditos, adheridos á la Iglesia romana, y la
estimación de tantos otros*católicos alemanes, cuyo^
gobiernos, sin embargo de participar de la misma
fe, no procedieron de la propia manera.
Mas entre los príncipes protestantes, ninguno
comprendió tanto el deber de la eterna justicia como
el rey de Holanda. Guillermo III 110 se opuso á la
131
partida de muchos jóvenes animosos de su reino, ni:
disimuló su gratitud soberana, persuadido sin duda
de que las espadas esgrimidas en favor del mas sa­
crosanto de los derechos, no serian por esto inútiles
el día en que la patria las necesitase para defender
las reales prerog*ativas. Bien conocido es el caso de
aquel cruzado que, con gran aplauso del pais, resol­
vió pedir á su rey auxilio para los gastos del viaje á
Roma* «Si me hallase, respondió el monarca, en las
condiciones en que se encuentra el Papa, también
desearía vivamente que otros me ayudasen . » La pe­
tición fué en seguida benévolamente despachada.
¿Quién sabe si aquel valiente, favorecido por un prín­
cipe no católico, encontró en la frontera de un pais
católico la mentida libertad sectaria, que acogía con
pedradas y con brutales aullidos, por ninguna auto­
ridad refrenados, á los voluntarios del Santo Padre,
al mismo tiempo que, á expensas del tesoro, franquea­
ba los ferro-carriles á los sicarios que se dirigían á
Roma con los mismos intentos de Mahomet II?
Otros dos jóvenes holandeses, deseosos de alistarse
bajo la bandera de San Pedro, se consideraron, quizás
por razón de su grado, en el deber de pedir prime­
ramente la venia del soberano. Preséntanse á la
audiencia, y exponen su pensamiento.—Id, contesta el
sábio príncipe; no os detengo. ¿Pero cómo lo haría si
ocurriese alguna novedad por la cual os necesitase?
—Señor, hay el telégrafo: volaremos á vuestra
bandera.
— ¡Así me place! ¡Hé aquí dos holandeses intrépi­
dos! Os parecéis algo á uno'que tengo en mi carte­
ra!—Entonces Su M ajestad sacó una fotografía del
héroe de Monte Libretti, Pedro Jong, honor de la pá-
tria neerlandesa. Les dió por fin su reloj, y despidió­
132
les con exquisita cortesanía, diciendo:—No os olvi­
déis de vuestro rey.
No se olvidaron realmente estos, ni los otros hijos
de Holanda, El dia 19 de febrero de 1868, cumple­
años de Guillermo III, se reunieron, y enviaron á su
rey el parte telegráfico siguiente: «La juventud
neerlandesa al servicio del Papa, en este dia ventu­
roso augura á V. M., á quien aína y respeta, las
mas dichosas bendiciones del cielo. — C. de K ruyf, en
nombre de todos los zuavos neerlandeses victoriosos
en Mentana.» Cuatro horas despues recibían la res­
puesta: -«A C. de Kruyf, para los zuavos neerlandeses
al servicio del Papa. Kecibid las gracias afectuosas
del rey por vuestros felices augur ios.— Capellen,
ayudante de campo de S. M.»
¿Qué mas? No acudieron también anticatólicos a
congregarse bajo la bandera de San Pedro? Acudie­
ron, sí, é interrogados con este motivo, contestaron:
«No podemos contener la indignación; es demasiado
vil la guerra que se hace al Papa, y venimos á pe­
lear por él.» Entre los cazadores extranjeros milita­
ron cierto número de protestantes. Es poco decir que
militaron: sufrieron en Mentana el fuego mas vivo,
sin mover el pie, sin inclinar la frente, como un muro
de bronce, y no dejaron de estar en ningún encuen­
tro al nivel de sus compañeros de armas; algunos
quedaron heridos y otros murieron; los mas pidieron
en su lecho de muerte, la gracia de ser recibidos en
la fe de aquel Padre, cuya bandera habían tan bizar­
ramente defendido. Nosotros mismos heraos visto á
no pocos protestantes salir á caballo de Roma, incor­
porarse á los soldados pontificios en campaña, pelear
á su lado, y volver orgullosos de las heridas que ha­
bían recibido por la gran causa de Pió IX.
133
Durante los dias en los cuales comenzó á ondear
el estandarte de San Pedro sobre los campos de bata­
lla, no hubo en la tierra quien no sintiese que los ojos
se le iban al país romano, ni quien dejase de obser­
var que su corazon latía con violencia inusitada. No
hablo precisamente de la Italia católica, ni de las
personas adictas á la religión, que estaban llenas de
ansia y de temor, y que pedían á Dios que apresurase
la victoria; hablo también de los mundanos, que ape­
nas conservaban un resto de religiosidad ó de moral
humana, los cuales esperaban indecisos é inquietos el
triunfo de la bandera pontificia. Todos los corazones
palpitaban; todos se preguntaban recíprocamente,
pedían noticias, procuraban indagar los sucesos,
predecían lo que había de acontecer, interpretaban y
hacían comentarios sobre cada síntoma favorable ó
adverso. Al decir de un viajero, todas las conversa­
ciones de París, desde las mas humildes hasta las mas
encumbradas, versaban sobre los acontecimientos á
que aludo; no se hablaba, ni se podía hablar de otra
cosa. Lo propio sucedía en las demás ciudades del
mundo. La caida de Richmond, la toma de Sebasto­
pol, las batallas de Solferino y de Sadowa, no conmo­
vieron tanto la humana sociedad como la victoria de
Mentana; y lo que es mas, ningún hombre político
se atrevió á llamar honrada en una reunión de civi­
lizados, la bandera abatida en Mentana por el ejército
franco pontificio......Digo mal; hubo una excepción.
Federico Menabrea la llamó generosa. Mas ¿quién
despues de esto le calificará de generoso? ¿Quién lo
creerá hombre de bien?
Vergüenza para los que no se inclinaron reveren­
temente ante la bandera de los Cruzados de San
Pedro.
134

VIII.
L a s vocaciones cíe los mercenarios.

Tío, no tuvo parte la política en la vocacion de los


Cruzados de San Pedro; no la tuvo tampoco la carne
ni la sangre; Su grito era la resurrección de aquel
otro Dios lo q u iere , renovado por la misma fe; era el
antiguo voto sublime de los que dijeron en otro
tiempo: Mitramos todos en nuestra sencillez (1). Pero
como la fe es católica, ó sea universal, apareció ma­
nifiestamente católica la conmocion en favor del pon­
tificado, que corría peligro. Apresurábanse á socor­
rerlo, no solamente de la Europa, sino también del
Perú, de las Indias, de la Etiopía, de las Islas africa­
nas y de la Australia* La misma Italia, aunque fuer­
temente encadenada por un Gobierno cómplice de la
gTierra fratricida, dió á su padre amadísimo, á, pesar
de las amenazas, el correspondiente tributo de dine­
ro y de sangre. ¡Honor á Módena! Ella es, prescin­
diendo de la incomparable Roma (2), la mas digna de
alabanza y la mas ilustre; la que va delante de todas
sus hermanas; la que, con aplauso común, ofreció la
corona mas bella de su devocion filial. Ella es para
nosotros, lo que es la ciudad de Nantes entre las fran­
cesas, lo que es la de Gantes entre las belgas, lo que

(1) I Mac., I I , 37.


(5} Del breve co ntorno de R om a, y del confín que la c i r c u n ­
da, vino mas de la mitad deí eje rcito voluntario. En el mismo
regimiento de los zuavos, compuesto de forasteros por su ins­
titución primitiva, militaban c e r c a de 200 romanos, co m p r e n '
didos los músicos y tróm pelas.
135
es la de Amsterdam entre las holandesas, y lo que es
la Holanda entre todas las naciones. ¡Ay! que solo un
gran país faltó para el concierto común. Fué un pais
gobernado por un príncipe sinceramente adicto al
Santo Padre, un país ínclito por su fe, un pais donde
abundan las inteligencias privilegiadas, un pais fe­
cundo en grandes pensamientos, un pais, en fin, po­
blado por millones de católicos de corazon generoso
y de robusto brazo: no envió sin embargo, al ejérci­
to del Papa tantos hijos como la Italia esclavizada.
No tuvo eüa la culpa, sino el peor de los tiranos: nos
referimos á la libertad manoseada por los liberales.
Muévese ahora, empero, aquella nación invicta, y se
propone destruir las cadenas injuriosas; quizás un
dia la veremos con asombro marchar á la cabeza de
las cruzadas de San Pedro (1).
Es verdad que el entusiasmo cristiano, si bien
permanecía uno en la esencia, brillaba con luces di­
ferentes, y manifestábase con nuevos y variados co­
lores. A. veces aparecía con caracteres de honor real,
evangélico. Llega al Canadá la noticia de que Al­
fredo La Iíoque (cruzado de allí) ha quedado heri­
do en una batalla.—Y bien, exclaman los del pais,
¿han desarmado á nuestro representan ten Lo reem­
plazaremos. (Diez por uno!—¡Yo estoy pronto!—Y
yo.—Y yo.—Y yo.—Habían trascurrido muy pocos
dias, y hallábanse alistados treinta jóvenes para el
ejército del Papa; trascurrieron algunos mas, y los
treinta llegaron al número de ciento sesenta y tres.
Bien pudo el herido valeroso confortarse, pensando

(l) Mientras co rregim os.las pruebas de esta segtmda edición*


el inmenso movimiento católico de Alemania cumple lit e r a l ­
mente nuestra fácil profecía.
136
en que de cada g’ota de su sangre brotó un campeón
para San Pedro. .Otro del Canadá, Eduardo, también
La Roque, quedó muerto bajo las ruinas del cuartel
Serristori; ahora sonríe de seguro desde el cielo á sus
numerosos sucesores. Si esto no constituye el honor
mas puro de una nación cristiana, ignoramos dónde
se puede hallar un ejemplo mejor.
Ha}' honores que no desdicen del mas humilde
seguidor de Jesucristo. Merecerlos es una gloria de­
lante de los hombres y delante de Dios, Casimiro de
Blacas no estaba orgulloso de su gran nombre. Lejos
de estarlo, apenas salido de las aulas, daba los pri­
meros pasos: en. el mundo con el deseo de acreditarse
y aparecer alto por sus acciones, mas que por su n a­
cimiento. Indicábale la senda la frase antigua délos
ejércitos nobles: P ro Deo, pro reg e .—Por consiguiente,
pensó entre sí, es necesario que Blacas consagre
un dia la espada á la tumba de San Pedro, como sus
antecesores la consagraron al sepulcro de Jesucristo.
Corao para impedir que emprendiese la carrera de­
seada, sobrevino la maerte del duque su padre, y
llegó por añadidura una invitación afectuosa del
Conde de Chambord, que le llamaba á subrogar al
difunto en el grado de amigo, mas que de otra cosa,
de la familia real. No parecía bien dejar de corres­
ponder á ella. Resuelve por consecuencia, tras el
consejo de los suyos, dirigirse al castillo de Frohs-
dorff, estarse poco tiempo en él, con permiso del
Conde, en demostración de homenage leal, y desde
allí tomar pronto el camino de Roma. Una nube te­
nebrosa parecía entretanto levantarse sobre el cielo
del Vaticano, y amenazar sóriamente la venerada ca­
beza de Pió IX . Un mes, decía el duque jovencito,
solo un mes de tardanza puede robarme la coyuntu­
137
ra de "batirme por la religión; lo lloraría mientras vi­
viese. ¿Y si acaso se hiciese cualquier cosa sin mí?
Cosa infeliz para un Blacas, si llega tarde al campo
del honor.—Hizo impresión el magnánimo temor en
los allí reunidos; hízola en el duque Des Cars, tio y
mentor de Blacas; é hízola sobre todo en el corazon
religioso y excelso del conde de Chambord, cuyo
honor y cuya fe son las únicas piedras preciosas que
ha podido salvar en el naufragio de su fortuna: el
ardiente garzón se dirijió á Roma lleno de placer.
Ya cenia la espada con el pensamiento; ya milita­
ba bajo la divisa de los zuavos; ya exponía su exis­
tencia en el palenque glorioso. Pero ¡ay! Dios quería
de él un sacrificio mayor que el de derramar su san­
gre en el campo de batalla. Una fiebre terrible le
atacaba, estando de guarnición en Velletri, destruía
en pocos dias su juventud floreciente, y abríale in e­
xorablemente la tumba. Sin que él se apercibiese, le
disponían sus amigos para el tránsito, y le invitaban
(cosa fácil de conseguir de su piedad) á que recibiese
los Sacramentos, por vía de ejercicio de usual devo­
ción. í\o se hallaba quien tuviera el valor de hablar­
le de la muerte. De hecho, ¿á quién no temblaría la
voz al decir á un jovencito de diez y nueve años,
gefe de una de las casas mas ilustres de Francia: Se
ha tronchado tu ñor; parte de esta tierra, en torno de
la cual todo te sonríe y lisonjea?
Llega en tal conflicto el duque Des Cars: espán­
tase á la vista de la inminente desventura, pero des­
aprueba la excesiva indulgencia usada con el enfer­
mo por sus amigos.—No, dijo (son sus palabras ter­
minantes), un cruzado no debe ofrecer holocaustos á
medias: es indispensable que Casimiro conozca y se
conforme completamente con el decreto divino, y que
138
reporte todo el mérito cristiano. Dirigióse él mismo á
la cabecera, y reveló sin lágrimas á su amado sobri­
no la extremidad en que se bailaba. No puede ne­
garse que el sacrificio era inmenso; y con todo, no
pareció árduo á Casimiro de Blacas.—Si Dios lo
quiere, respondió sin desconsolarse, si Dios lo quie­
re, héme aquí:estoy pronto.—Y perfectamente demos­
tró que en él se ajustaba el valor de su ánimo á la
grandeza de^sus palabras, porque despues de hacer
el gran ofrecimiento de su vida, no pensó ni un mo­
mento en las vanidades de la tierra. Recogido con el
■espíritu en Dios, animábase y sonreía cuando se tra­
taba de las cosas del cielo, permaneciendo callado é
indiferente al hablarse de las naderías de la tierra.
En su última hora confortábase con las divinas pro­
mesas, y se regocijaba.—Me tocará, decia, pasar por
el purgatorio^ pero por lo que hace á la corona celes­
tial, creo tenerla segura: muero por nuestra santa
religión.
Así partía del mando un verdadero cruzado, en
la primavera de la vida, siendo ya digno de sus ma­
yores, tan intrépidos en las guerras santas. Digno
fue de su padre, muerto en el servicio mas puro de
una desgracia egregia:ty digno también de su abue­
lo, ministro de Francia, el cual, enviado embajador
á Roma, mereció que Pió VII tuviese á su hijo se­
gundo en la fuente bautismal. Este es el padre de
Blacas, jesuíta, que combate ahora en Tierra santa
por el Señor, no con el hierro, sino con la palabra
evangélica. Otro tio del joven cruzado, el P. de Da­
mas, procedente también de las misiones de' Palesti­
na, sacó sus restos mortales de Roma, y los condujo
á su pátria, depositándolos en el panteón de la fami­
lia, Hé aquí una estirpe que comprende la misión de
139
la nobleza cristiana. Volvamos ahora á los demás
cruzados.
Seguramente que para despertar los nobles sen­
timientos de la antigua orden caballeresca, era bas­
tante la vista de la magestad pontifical, tan cobar­
demente ultrajada. No puede imaginarse á qué punto
llegaba la noble indignación que bullía en los cora­
zones hidalgos, al contemplar al Vicario del Hombre-
Dios, despojado, vendido, mofado y escarnecido. Mi­
raban y volvían á mirar, por una parte la faz pia­
dosa de Pió IX, circundado por la aureola de la m u­
nificencia, de la bondad y de la mansedumbre, en el
acto de bendecir siempre á todos, inclusos sus ene­
migos mas pérfidos, á semejanza de Jesucristo cru­
cificado; y descubrían, por otra, á los nuevos judíos
que lo atormentaban furiosamente, y lo maldecían
en su presencia, despues de haberlo martirizado, de
haberse repartido el último trozo de su manto, de ha­
berlo amargado con hiel, y de haberse divertido
contemplando sus horribles padecimientos. ¡Ay, que
hasta su sangre fue pedida! Contristados todos los
espíritus por una trag*edia tan torpe, buscaban solí­
citos un vengador poderoso, un campeón intrépido,
y dirigían naturalmente sns^miradas á los príncipes
de la tierra, hijos también á su vez del Padre co­
mún. ¿Pero qué? Los gabinetes (al menos la mayor
parte) respondieron con palabras estériles por com­
pleto; y precisamente en la hora de la extremada
angustia de Pió IX, viose á príncipes católicos y
apostólicos de Europa viajar por diversion, pasar
hermosas revistas, y ahogar las penas de la vida
entre los placeres de la caza y del baile.
No respondían así los pueblos. En presencia del
ultraje inferido á Pió IX , dejaban escapar un gemido
140
profundo, universal, indescriptible. Renacía espon­
táneamente la Паша de las cruzadas. Parece imposi­
ble á los mundanos, y sin embargo, no podía suce­
der ni, sucederá de otra manera, hasta que no cese de
administrarse en el mundo el sacramento del bautis­
mo, el cual, gracias á Dios, se confiere A los hijos de
las cabañas lo propio que á los de los palacios, y en
los países abrasados por el sol meridional, lo mismo
que en aquellos á los 'cuales mortifica la bruma del
septentrión.
Entre todas las naciones, la virtud del bautismo
se mostraba i- sobre todo, en la holandesa á los ojos
de los hombres y de los ángeles.—¡El Papa corre
peligro!—Este breve grito asemejábase á una chispa
eléctrica vibrante sobre un cuadro mágico: levantá­
banse, y partían. En ciertas poblaciones, la juventud
católica se alzaba, sin exageración, como un solo
hombre: todos querían ir. Un buen campesino tenia
únicamente dos hijos en disposición de empuñar las
armas, y las necesidades domésticas le constreñían
á retener uno por lo menos. ¿Quién parte? ¿Quién se
queda? El mayor decia que al primogénito tocaba
dar. ejemplo, y mantener el honor de la familia; el
menor contestaba que era el menos útil en la casa, y
que sobre su hermano recaía principalmente la obli­
gación de sustentar al padre. El pleito era intrinca­
do, y fue indispensable que lo decidiera la suerte: el
favorecido por esta, lleno de alegría, unióse á la
cruzada de su pueblo. Geldrop, pequeña villa de
unos quinientos hogares, armó veinte cruzados; Ni­
naega, de veinticinco mil habitantes, dió cerca de
doscientos; mas de este número, Rotterdam; solo la
ciudad de Amsterdam, mucho mas de cuatrocientos.
Entre todas las diócesis del mundo católico, la
141
que alistó bajo la cruz mayor número de sus hijos,
filó una de la iglesia de Holanda. Me refiero á la
Harlemense, que dió mas de setecientos, en lo cual
todos reconocieron orgullosos el fruto de la sangre
délos mártires gorgomienses, que fué esparcida en
aquel pais, y glorificada recientemente con el honor
de los altares. Parece un favor del cielo que el pri­
mer cruzado que tuvo la ventura de derramar su
sangre sobre los campos pontificios en esta campa­
ña, fuese un hijo de aquella gran patria de los cru­
zados, ó sea de Holanda. Llamábase Nicolás Hey-
camp, y era de Amsterdam, Herido de muerte en
Bagnorea, cuando le trasportaban despues de con^
cluida la refriega, vió á uno de sus paisanos:—¿Tú
también aquí? le gritó. Para mí, sábelo, es cosa con­
cluida; pero recuerda tú nuestros pactos: ¡batirnos
como valientes! ¡Viva Pió IX !—Fallecía despues de
tres dias de lento suplicio, sin quejarse, y rebosando
de contento al ver que su vida se apagaba en favor
del Vicario de Jesucristo. ¡Hoy puede Holanda va­
nagloriarse de haber dado cerca* de tres mil cru­
zados!
Cierto que conviene á todos los voluntarios del
ejército pontificio el nombre de Cruzados de San
Pedro, mas también lo es que conviene de una ma­
nera especial á los heroicos jóvenes neerlandeses.
Habitantes de un pais pacífico, destinado desde
tiempo inmemorial al tráfico, al comercio, á nego­
cios de giro, á la navegación y á la agricultura, le-
vántanse de repente magnánimos é impetuosos, de­
jan á un lado los instrumentos de su profesión y los
intereses mercantiles, se alejan de sus hogares do­
mésticos, y enlazando en sus sombreros los colores
de la Santa Sede con los de su patria, hacen resonar
142
las campiñas, y los lagos y los ferro-carriles, con can­
ciones belicosas, en las cuales «juran sobre la tumba
de San Pedro ser fieles al Vicario de Cristo, y á la
Piedra que Jesús puso por fundamento del edificio de
la salud.»
¡Ah! que era delicioso verles salir en tropel de las
villas, y atravesar á tambor batiente las ciudades,
entre la admiración del pueblo católico y el respeto
de los disidentes, y llegar alegres y animosos á las
estaciones del ferro-carril. ¿Qué mejor armonía para
un oído y para un corazon atemperado á las bellezas
del orden moral, que escuchar los siguientes cantos
varoniles, en los cuales el valor guerrero se traducía
en pleno coro, con lenguaje de mártir?

¡A las armas, ó Bátavos!


Por Dios y su derecho
La muerte gloriosa
Debemos afrontar.
La lívida cabeza
Del á^pid asqueroso,
Al hombre fervoroso
No puede amedrentar.
Adelante jó Bátavos!
Nos guia la cruz santa;
Jamás, jam ás se espanta
Quien á su sombra está.
¡Valientes! Jesucristo
Nuestro guia será.
¡A.las armas, ó.Bátavos!
Valerosos seamos;
Nuestra sangre vertamos
De Jesucristo al pie.
A ti, Señor, ascienda
143
El sacrificio cimento
Del mártir que contento
Perezca por su fe.
Adelante ¡6 Bátavos!
Ning*uii mártir fallece;
En delicias se mece
Quien por Dios pereció;
En el Señor renace
Cuando morir creyó.

Otro cauto llamaba así á las armas, cuando


un heclio la invasión garibaldina:

Bajo el peso de la Cruz


Gime Pió en su mocada;
Una turba endemoniada
Contra el santo se lanzó;
Por saciar su sed insana,
Su sangre pura pidió.
Levántate, el arma toma,
Juventud neerlandesa,
Presurosa corre á Roma,
Neerlandesa juventud.
Con hierro cruel en la mano
Y gran furor en el seno,
De, Pió el santo, terreno ;
La feroz horda invadió;
Huellas de incendio inhumano
Yense por donde pasó.
Levántate, el arma toma ■
Juventud neerlandesa,
Presurosa corre á Roma,'
Neerlandesa juventud.
Sobre el altar consagrado .
144
Extiende su diestra impía;
Y cual pantera que espía
La presa que pronto olió,
En un momento devora
Cuanto airada profanó:
Levántate, el arma toma,
Juventud neerlandesa;
Presurosa el arma toma,
Neerlandesa juventud,

Tales eran las aspiraciones de los voluntarios de


Pió IX , y tales se confirmaron con la prueba incon­
trastable de los hechos. Por esto mueve casi á risa la
pretensión de ciertos espíritus porfiados, que procu­
raron descubrir en las vocaciones de los Cruzados de
fían Pedro un oculto intento político; las envilecie­
ron atribuyéndolas á descontento de los gobiernos
patrios. ¡Descubrimiento sobre toda ponderación
pueril, absurdo y ridículo! Nosotros los vimos llegar
á, Roma, conducidos por la marea creciente de la fe
popular indignada, y permanecer dentro de los mu­
ros de Roma con una perfecta unidad de miras. He­
mos oido sus conversaciones, contemplado sus ges­
tos y leído sus ca rtas; callaba todo espíritu de par­
tido, fuera el que fuese, y resplandecía un solo a r­
dor: pelear; por Jesucristo y por la libertad de su
Vicario, Eran, por decirlo así, la expresión armada
del pensamiento católico en el siglo diez y nueve,
así como las Ordenes militares espresaron en la edad
media el concepto cristiano. En otras parte podían
ser otra cosa, pero en Roma eran solo cruzados.
Entre el pueblo t padres ancianos decian al único
sosten de su edad caduca;—No pienses en mí: vé á
combatir á los enemigos del Padre común.—Madres
145
viadas, y tiernas esposas, y hermanas piadosas, con­
tenían el llanto de su corazon para suplicar de la
manera siguiente á los dulces objetos de su amor:—
Vuela á las batallas de Dios: rio te lloraremos si te
acoge entre los mártires.—Y quien no podia enviar
. á sus queridos, procuraba enviar socorros de dinero,
y el mendigo mandaba un pedazo de su pan, y sim­
ples braceros y operarías huérfanas daban alegre­
mente su óbolo, á costa de mil,desvelos conseguido.
Mientras escribíamos estos renglones, remitía una
muchacha muy joven al Sauto Padre una hoja de
papel, dentro de la cual había quinientas liras, tra ­
bajosa economía de toda su vida. El que no llora so­
bre ciertas cartas heróicas y humildes al propio
tiempo, que acompañaban las ofrendas de los pobres,
no tiene ojos para descubrir las bellezas mas brillan­
tes de la virtud, ó en vez de corazon. tiene uu peda­
zo de carne. Pió IX las cubrió muchas veces de lá ­
grimas vivas: nosotros las veremos con placer tras­
critas en los anales eclesiásticos.
¿Qué maravilla es que la valiente juventud que
conservó vivos los crismas del Espíritu Santo, infun-
didos en el bautismo y acumulados en el sacramen­
to, estoy por decir belicoso, de la confirmación, ofre­
ciese el tributo de lo que tenia en abundancia, esto
es, del vigor de su brazo y de su sangre incontami­
nada? ¿Qué necesidad hay de recurrir á vulgares pa­
labras sobre intereses de partido,para explicar un fe­
nómeno que llevaba en si mismo la explicación ver­
dadera, propia y adecuada? No pretendemos nosotros
por esto, haber demostrado que todos y cada uno de
los soldados de esta guerra estaban.libres, del polvo de
la humana fragilidad: confesamos que eran simples
mortales, descendientes de Adán. Mas no se les;nie^
T0.U0 i. 10
146
gue la gloria única é incontrastable de haber ido á
Romá, de haber peleado, recibido heridas y encon­
trado la muerte por la causa mas noble que· pueda
inflamar á corazón humano; la Religión de Jesu­
cristo.
Proclamábanlo ellos altamente:
—He tomado la cruz á fin de hacer penitencia por
mis pecados.
—Vengo á Roma para convertirme,
—Serviré é San Pedro en esta milicia.
—Bienaventurado el que muere por la religión, .
— ¡Oh, si pudiese derramar mi sangre en el primer
encuentro!
Nosotros hemos oído cien veces estos votos excel­
sos, y cien veces los oyó quien oírlos quiso. Salían
naturalmente y sin esfuerzo, como exhalaciones del
corazou, tanto de los labios de los que dejaban pala­
cios suntuosos ó casas ricas, como de los que habían,
abandonado su taller ó su habitación rustica: era la
política universal de los soldados de Pío IX.
Tal y no otra fué sin duda la política que guió al
cíelo á Enrique de Foucault des Bigottiéres, de Cha-
teau-Gontier, cujro arrepentimiento, y cuya breve
pero gloriosa milicia entre los zuavos, sirvieron de
ejemplo hasta el dia en que le asesinó en Roma un vil
sicario. Tal fué la política de Valeriano de Erp, gan-
tés, jovencito de tierna edad. No había sido educado
para las armas, sino que por el contrario, los estu­
dios, las letras y las ciencias políticas y administra­
tivas habíanle ocupado hasta el año vigésimo pri­
mero de su vida: después de obtener dos grados aca­
démicos, inclinábase á la carrera diplomática. En
vano le recordaba el mundo la nobleza de su sangre;
la eminente posicion de su padre, elevado á una lu*^
147
gar tenencia general del ejército belga; la bondad de
su ingenio y las dotes admirables de su caracter, que
le auguraban el porvenir mas risueño; el renombre
d éla cruzada de San Pedro, trajo á su memoria con
mayor viveza un recuerdo mucho mas noble; el de
sus antepasados, dos de los cuales murieron en las
batallas de Tierra Santa. «Es preciso que combata
por:1a fe y por la Iglesia,» iba diciendo á su padre el
piadoso garzón. En fin, cuando se supo en París la
invasión de las hordas enemigas, no pudo ser conte­
nido: voló á Roma, después de renovar el noble voto
por medio de una carta dirigida á su familia, llegan­
do á tiempo para alistarse en el cuerpo de los zuavos,
tomar un fusil, irse con los últimos que partieron, y
despues de nobles pruebas de valor, cuando la vic­
toria era ya segura, ensangrentar con toda su san­
gre el campo de Mentana. Con gran fundamento pu­
do escribir el barón su padre estas dignísimas pala­
bras. «Orgulloso me siento de mi hijo* Su pérdida
me es muy amarga, y sin embargo me conformo: no
élT sino únicamente nosotros experimentamos la pe­
na.« Y con gran razón Pió IX, justo apreciador de la
valentía cristiana, deseó que el hermano de Valeriano
llevara en nombre del difunto, las insignias de la
orden Piaña, y recordase á sus compatricios las glo­
rias del cruzado de la familia.
Mas antigua y no menos grande íué la vocacion
del conde Carlos de Alcántara, también gantes. Te­
nemos sus cartas en la mano: manifiéstanse alterna­
tivamente en ellas el celo del cruzado, la inmolación
del mártir, y la humildad del penitente, purísima
ñor, al decir de todos los que le conocieron y trata­
ron. De imaginación fogosa pero de corazon firme,
sabia contener los ímpetus mas generosos del afecto
148
con el freno de la razón y de la fe. Así escribía en 1865
á un sacerdote confidente suyo: «Hace mucho tiem ­
po que ansio la dicha de ir á Roma para ser zuavo.
Me causa envidia la suerte de aquellos valerosos de­
fensores: del Santo Padre. Pelear por la Iglesia cató­
lica, y si es preciso morir por la fe y por la defensa
de lá Santa Sede, ha llegado á ser hoy el mas ardiente
de mis deseos. No creáis, padre mió, que yo me lance
á esta carrera para dejar los estudios y proporcio­
narme descanso; no entra tal cosa en mi pensamien­
to. Corresponder á la invitación del Santo. Padre, ¿no
os parece una magnifica resolución? Quizás me res­
ponderos que aguarde el fin del año, y que será me­
jor no elegir estado hasta que haya concluido la filo-
soña. Pero ¿quién sabe si entonces llegaré á tiempo?
Todos los dias los zuavos se baten con los piamonte-
ses, disfrazados de. briganíes. (¡Infeliz Piamonte, que
nom bre te han preparado tus gobernantes!). Ya se cuentan
los muertos por ambas partes: ¿no ha llegado la hora
de partir, ofreciéndoseme la ocasion de obrar bien?
Cuando estudio, siénteme trasportado en espíritu en
medio de los batallones del Santo Padre; y ...... dicho
sea de una vez para siempre,-deseo ir únicamente
por motivos religiosos, y para expiación de mis peca­
dos. ¿No os parece, mi querido padre, que este, es un
buen camino de penitencia?»
. Esta carta decia mucho del corazon de Carlos de
Alcántara,· y sin embargo no manifestaba todos sus
tesoros. Para conocerlos bien, es preciso leer las sú­
plicas con que pedia á sus padres licencia para to­
mar la cruz. «No creáis que mi demanda sea una-
idea transitoria, una llamarada de entusiasmo. No;
pensaba en ella antes que nos dirigiésemos; á Roma,
despues de haber visto á los zuavos alojados en la
149
cumbre de las montañas, apenas reparados de las
injurias de la estación, y expuestos todos los dias á
los trabajos mas rudos y al tedio de la vida de guar­
nición. Si no os he hablado del asunto hasta hoy, ha
sido porque pensaba concluir mi educación, y porque
no quería, mis queridos padres, conturbaros. Un re­
tiro espiritual que acabo de concluir ahora en el co­
legio , me ha hecho vislumbrar la luz del Kspíritu
Santo. Me conocéis bien; no tengo para las ciencias
la disposición que tienen mis hermanos: ¿qué haré
por consiguiente, despues que volvamos á nuestra
casa? Pasear, ir á caballo, llevar una vida muelle y
ociosa, perder quizás mi alma, ¡Ah, lloraría quizás
mientras viviese haber desaprovechado la ocasiou
que se me presenta! Me diréis: espera el fin de los
estudios, y tu vocacion será mas firme y estará mas
probada. Sí, pero el tiempo pasa. ¿A qué fin diferirlo,
tratándose de defender la santa Iglesia, y derramar
la sangre por ella?»
Aún no se dejaba rendir por tan hermosas pala­
bras el conde Octavio, padre del joven cito: la pru­
dencia y el amor paternal aconsejábanle madurar
con pruebas una vocacion que se manifestaba tan
precoz y tan fogosa á un mismo tiempo. He aquí una
segunda y mas ardiente demanda del buen Carlos:
«Os lo repito, queridos padres, no v ay ais á creer que
me mueva por entusiasmo; veo en mi determinación
el dedo de Dios. Ya que no quiera pasar la vida ocio­
samente, debo tomar parte en una empresa cuya bon­
dad veo claramente, y á la cual me impulsa un mo­
vimiento del espíritu. No imaginéis que dejo de sen­
tir la amargura de dejaros, mi querido padre, y á la
buena mamá, tan delicada de salud, y á mis hermanos
y hermanas, y á toda la familia. Lejos de ello, esta
150
idea se me pone delante para retraerme;, pero si otra
es la voluntad de Dios, bendita sea. ¿Quién puede ver
tan combatida á la,Iglesia, y 4 nuestro -Santo Padre
el Papa, y no volar á: su socorro? Ha llegado la hora
en la cual todos los que hañ recibido el don déla plu­
ma deben emplearla., y combatir con la espada
cuantos han recibido el valor indispensable para
sostenerla; Creo realmente, que esta es mi carrera;
y como entro con un fin puramente religioso, no me
faltará la bendición de Dios. Con frecuencia me
ocurre que salgo ya de Roma, y pido al Señor
que me deje volver. Entre tanto encarguemos este
asunto á los sagrados Corazones de; Jesús y de María.
Hágase tu voluntad».
Y en otra carta, .cuando creia que estaba á punto
de alcanzar el consentimiento de sus padres: «Es n e­
cesario que nuestra familia, que ha combatido siem­
pre por la religión de sus mayores, contra los -moros
en España y contra los turcos, esté del mismo modo
representada en Roma. Si no hubiese otro motivo que
este, sería bastante. Hay por añadidura, que si se
muere en esta guerra se logra el martirio, y se va
derechamente, al cielo. Los cruzados defendían solo
el. sepulcro de Jesucristo, objeto casi casi material;
mientras que defender la Iglesia y al Vicario del
Hombre-Dios, es una, cosa espiritual, porque si el
Papa perdiese su reino temporal, la Iglesia quedaría
sin libertad.» ¡Qué sentimientos tan puros? Cuánto
debieron alegrarse en. la bienaventuranza con ideas
tan excelsas las almas luminosas de San ¡Pedro* de
Alcántara, la de; aquel otro Alcántara que en el si­
glo XIII llevaba el estandarte de Castilla contra los
musulmanes, y la de Luis .María, también del ¡mismo
nombre, que cayó en la triunfal jornada de Lepanto
151
■mandando la nave española la Natividad? ¿Quién hu­
biera osado prometerles, que sus heroicos espíritus
habían de florecer nuevamente en uno de sus lejanos
descendientes del siglo· decimonono? :
■ Léase lo siguiente, y se descubrirá mucho mejor
la grandeza del espíritu y los deseos nobilísimos de
Carlos. Escribióla en Marsella, poco antes de embar­
carse: «He ido en peregrinación á nuestra Señora de
la Guardia, con el fin de poner la travesía bajo la
protección de la estrella del mar, la cual, sin duda de
ninguna especie, me conducirá á buen puerto. No
temo: Dios no permitirá que los defensores d éla
Iglesia sufran una derrota, ^perjudicial para ellos y
contraria á sus designios. Daré otras noticias desde
la ciudad, en la cual todos mis deseos y esperanzas
-se verán realizados y cumplidas. ¡Qué alegría llevar
el fusil al hombro y el zurrón detrás, y contribuir con
todas las fuerzas á la seguridad de nuestra madre la
Iglesia! A ella, despues de Dios, debemos lo mas pre­
cioso, puesto que nos proporciona la fe y la regene­
ración. ¿Quién, por consiguiente.'no hará cuanto pue­
da por una causa tan hermosa? ¿Quién no dará vo­
luntariamente la vida, en la guerra mas noble y santa
del mundo? Os pido la bendición paternal, como en
otro tiempo la solicitaban las cruzados antes de di­
rigirse- á la reconquista del sepulcro de Jesucristo en
Palestina: yo me encamino á una cosa mejor- esto
es,-¿lib ertar á la Iglesia de; sus opresores, á devol­
verla su primitivo esplendor y sus derechos sácríle-
gamente usurpados. Acepto mi vocacion de la mano
de Dios, persuadido de que no habré de trabajar mu­
cho. Para mí es gran ventura padecer un poco por
nuestro Señor, que tanto padeció por nosotros en su
dolorosa pasión. He parecerán mas hermosos los dias
162
en. los cuales podré padecer mas. ¡Que Dios me sos­
tenga, me aliente, me fortifique! Solo está en Él la
fuente de aquella fuerza que puede sostener nuestra
naturaleza frágil y corrompida. Sé que nada pode­
mos sin Él, pero ,que todo lo podemos en Él que nos
conforta.— V uestro-chitado: ¡Dios lo quiere'.
C arlos.»

Despues de leer tales palabras, no causa ya ma­


ravilla que el venerable padre y los hermanos de
Carlos pudiesen subir las pendientes de Mentana,
buscar los vestigios de una sangre tan querida y en­
contrarlos al fin: nosotros les contemplamos, tacitur­
nos y pensativos,· sí, pero con los ojos enjutos. Lle­
vaban esculpidas en el corazon las cartas del hijo y
del hermano, en las cuales está, por decirlo así, se­
llado el acto del martirio: no llora el cristiano á sus
mártires. Confesamos ingenuamente que para noso­
tros tienen el mismo sabor que las de los santos re­
gistradas en las memorias antiguas, sobre todo al
considerar que los hechos fueron mas allá que las
promesas. Y no obstante Carlos, ó sea Don Carlos,
como le llamaban en familia (con el fin de recordar
á su augusto padrino Don Carlos Luís de Borbon,
conde de MontemoliB), no había cumplido aún los
veintiún años, tenia el semblante de blondo mucha­
cho imberbe, y era su índole benigna y afable: sola
la fe le hizo soldado, y ¡qué soldado! Lo encontrare­
mos despues en los campos de Mentana, y adornare­
mos su tumba con flores recientemente cogidas.
153

IX.
Otras vocaciones de los mercenarios.

Una verdadera y admirable comparación con


Carlos de Alcántara, que floreció en la ciudad de
Parma» se puede hacer en la persona del conde Ale­
jandro Zxleri Dal Verme. Como aquel, Alejandro
pertenecía á una familia ilustre; como aquel, creció
entre los ejemplos mas puros de piedad doméstica;
como aquel, fue educado en un mismo lugar religio­
so, y auu podemos añadir que por los mismos profe­
sores; como aquel, tu yo una imaginación ardiente,
que templó por medio de una vida virtuosa; como
aquel, en fin, fue pió, misericordioso, extraordinaria­
mente gentil y querido de todos. Una misma fue su
edad, y fue su muerte igualmente gloriosa, bien que
Alejandro no recibiera su herida en el campo de la
victoria. En una palabra, sería preciso repetir aquí
todo lo dicho anteriormente, si quisiéramos contar
la venida de Alejandro á las armas piadosas.
Si aquí nos faltan sus cartas, abundan en cambio
los testimonios de sus amigos, Con los cuales solía
conversar llanamente y con el corazon en los labios:
conserváronnos de él hasta las palabras. Las glorias
inmortales de los vencidos de Castelfidardo no le de­
jaban tener paz, y el ardor de tantos jóvenes ultra­
montanos que atravesaban la Italia, diciendo en alta
voz: «Vamos á tomar las armas por el Santo Padre,»
impulsábale hácia Üoma como torrente impetuoso:
la gallardía de su fe le confirmaba en su propósito
sublime de ir, y de ir cuanto antes. Pero necesitaba
dominarse y aguardar el fin del año escolar, no con­
.154
sintiendo los suyos que interrumpiera ios estudios
de la filosofía, en los cuáles sobresalía extraordina­
riamente. Miraba en el ínterin de lejos el Vaticano;
y el temor de que pudiera estallar de nuevo la guer­
ra antes de hallarse entre los'soldados de la Iglesia,
¡no solamente le daba cuidado, sino pena-profunda.
Pon ia toda ¡su atención en los peligros que á' Pió IX
circundaban·,- y miraba como insultos; qti£ debía
vengar, las amenazas que rugían á su alrededor
■contra el amado Padre, Tal era su afan, que los ami­
b o s íntimos oíanle k veces prorumpir, estando A so­
las, en gemidos y en suspiros. Quien le trataba con
familiaridadv asegura que los dolores del Vicario de
Jesucristo aparecían como reverberados en su fren­
te, y que no parecía sino que una nube de melanco­
lía ¡velaba el natural esplendor de su semblante.
«Decíame (así lo atestigua un confidente suyo) que
había llegado á perder el sueño, como también que
por la noche no-podía" conciliario hasta muy tarde,
siendo-además interrumpido y corto. Muchas veces
entró' en mi cuarto tan afligido, que sus ojos rio po­
dían contener las lágrim as; desfogando conmigo la
amargura de su corazón, echábame sus brazos al
cuello, y apoya'ndo la Cabeza sobre mi espalda, ro­
gábame que le diese alientos,, y lo calmase, porque
sentía estallar su corazón (l).»
K1 amigo, que hubiera podido conseguir mucho
de los padres de Alejandro-, en lügar de declararse
en su favor, hacia ¿orno que Contrariaba su inten­
ción, rio- verdaderamente para apartarle de ella, sino

( I ) L é a s e á Za^hosi, De la -uídti y costumbres dd conda Alejandro


Ziieñ bal Verme, artillero pohlxfició; Ye n ecia, 18G3: y M Q lza,
noUcias1referentes á Alejandro Ziíeri; Roma, 1802.
155
con el fin' de inquirir la profundidad de su propósito
y la alteza de su magnánimo deseo. Ivo había difi­
cultad que no propusiese,· pero prontamente las-sol­
ventaba el valeroso candidato. «Por lo que hace ¿ los
peligros espirituales que se hallan en la milicia;-'con­
fio en que Dios me librará de ellos con su gracia; po­
derosa, puesto que-así lo ha prometido: he suplicado
con fervor que me la conceda, y no me expondré á
ellos voluntariamente. Con respecto 4 las fuerzas
físicas, aunque mi robustez no sea extraordinaria,
paréceme, sin embargo, que tengo la suficiente,.-y
que aumentará mucho, con la. edad y con los ejercir
oíos militares. En cuanto al valor, otros mas tímidos
que yo y mas jóvenes hicieron proezas asombrosas
en.el combate de Castelfidardo, y espero en Dios que
podré renovarlas: me consideraré además afortuna­
dísimo si hallo la muerte por defender al Sumo Pon
tífice.» Añadía en fin. «isorabuena que otros puedan
hacer el mismo bien y aun mas quedándose en su
patria y en el seno de su familia, pero yo no: siénta­
me llamado á empuñar las armas bajo la enseña
papal. Paréceme que Dios lo quiere, y deseo hacer­
me soldado pontificio, á- fin de que mi ejemplo halle
imitadores entre otros nobles jóvenes italianos;»
■ ¡0 joven generoso! Mira desde el cielo ah orala
bella multitud de tus secuaces, y goza considerando
que, si bien al vestir el uniforme de los cruzados
había pocos nobles· italianos reunidos bajo la santa
bandera, hónranla hoy muchos'nombres y - los mas
ilustres: los Borghesi, los Rospigliosi, los Theofloli,
los itacchi, los Emaldí,- los, Rendé, los Capialbivdos
Negrotto, los G aleffv lo s De Buoi, los Coccapane,
los Rangoni, los T^rabiui, los Garrara, los Gallo
y Otros muchos. Yiólo -Roma, con aplauso llevar el
156
fusil,; y conducir el carrito, y cargarse el saco, y
someterse á las fatigas propias del cuartel, imitando
así.el ejemplo de tantos hombres egregios de todos
los países, 4 los. cuales ningún servicio militar pare­
cía vil ni deshonroso para un cruzado de San Pedro.
Sabemos que otros caballeros italianos aspiraron ar­
dientemente á las insignias por las cuales pereciste,
¡ó joven mártir! y que consiguieron muchos la mis*
ma vida y la propia muerte, sin contar otros valien­
tes ^que te siguieron, respecto de los cuales la noble-
za de su espíritu equivale á los blasones mas anti­
guos. Realizóse completamente tu deseo.
Para lisonjear en el ínterin su fantasía con algo
soldadesco, procuraba disponerse Alejandro á las
fatigas de cuartel. Arreglaba, por vía de ejemplo, una
habitación, hacia el lecho, quitaba el polvo á los
muebles y escobaba el suelo. Al que, sorprendiéndole
con la escoba en la mano, reprendíale por haber co­
gido una cosa que tanto desdecía de él, «¡qué! con­
testaba ¿no habré de hacer estos servicios si me toca
estar por la ordenanza cerca de un capitán? Gustaba
de sacar agua del pozo, afanábase por llevar gran ­
des pesos sobre la espalda, y decía, para explicar su
conducta:» Dentro-de:poco tendré que hacer mucho
mas: deberé llevar canastas de carne, de pan, pas­
tas, legumbres y qué. sé yo; deberé tirar el carrito
por las calles de Roma, y hacer el rancho cuando el
turno me llegue. ¡Qué gusto! jQué hermosura! ¡Seré
un cocinero magnífico!
Como Carlos; de Alcántara, Alejandro Zileri resol­
vióse despues de hacer por espacio de algunos días
meditaciones espirituales: las mismas razones religio­
sas hicieron menos sensible su penosa separación de
la casa paterna, del amor de sus hermanos y de las
157
caricias de sus hermanitas: el misino gozo 'purísimo
lo inundaba cuando vistió por fin el anhelado uni­
forme de artillero pontificio* Ambos sufrieron una
prematura muerte á consecuencia de una herida
cruel; y á la extrema· agonía -de los dos acudió de
lejanas tierras el autor de sus dias, llevando la últi­
ma bendición maternal, y confundiendo con los do­
lores y las oraciones del hijo, sus propias oraciones y
dolores; Dignos mostráronse los progenitores de en­
trambos de haber añadido un mártir á la muche­
dumbre de los cruzados; Tantas semejanzas, en fin, y
cotejos tan detallados se presentan ó nuestros ojos,
así en los hechos como en las palabras salidas de su
boca, que no podemos desconocer la sublime aura
que sopla uniforme en diversos climas, como es uni­
forme el espíritu por la cual se agita. Y no obstante;
el zuavo gantés y el artillero p armes ano no se encon­
traron juntos nunca: halláronse una . sola vez para
estar siempre unidos, cuando’en los umbrales del cielo
se saludaron recíprocamente con saludo militar, incli­
nando sus palmas. Puso fin á tu existencia ¡ó Ca'rlos!
el plomo enemigo, y á ti jó Alejandro! quizás el vene­
no sectario, pero os coronó una misma aureola (1).
Al flamenco y al italiano hay que añadir un fran­
cés no menos memorable; Bernardo dé Quatrebarbes,
primogénito del marqués Luis, y-sobrino de aquel
conde Teodoro, gobernador de Ancona en 1860, cuyo
nombre constituye una de las glorias mas puras del

(1) A nadie ofendemos en particular, ni aludimos ¡í las per­


sonas dignísimas que cu raro n al c o n d e . A l e ja n d r o . Z il c n , mas
es p o s i i i v o e n general·, que muchos enfermos fueron muertos
con v e n e n o , que, los s e d a d o s introdujeron en el hospital donde
murió. Esta voz llegó á ser pública antes de que ¡os'.sucesos· la confir­
masen; así dice la fleiap/oH fiscal ro im n a -d e tas, conspiraciones^ etc.,
158
ejército de San Pedro. E l cruzado Bernardo fue uno
dé los mil que brotaron de la sangre de Oastelfídardo;
una de aquellas almas de temple grandemente caba­
lleroso, á las cuales hizo aparecer hermosas sobre­
todo encarecimiento la espada invencible de León
La Moricierc. Y ciertamente que si para percibir las
armonías mas delicadas del honor cristiano se nece­
sita el candor del alma, ninguno era tan á propósito
como él, puesto que hasta el fin de su breve carrera,
reputósele (lo sabemos por las frases y por los escri-,
tos de sus camaradas) espíritu angélico bajo humano
semblante.
Precisamente mientras resonaba de boca en boca
el villano ultimátum de Cavour, la gritería salvaje
de Pan ti, y la injuria plebeya de Cialdini (¡masitada
do eM rangeros borrachos que trajo á Jinebro país la sal
del oro y el apetito del saqueo!.... ¡Sicarios comprados!)
Mientras el ultraje italiano.... no, sectario, encontra­
ba un eco extraordinariamente fementido hasta en
los salones diplomáticos de allende los Alpes; mien­
tras vagaba por el PoT por el Sena y por el Támesis
Tin clamor obsceno, salido, según las palabras de
Montalembert, del fondo de la vileza hum ana, para in­
sultar la bandera deprimida en Ancona entre rasgos
pasmosos de valor, presentóse Quatrebarbes, levantó
esta misma bandera desdeñando el insulto cobarde, y
quiso ardientemente vestir la enseña noble que los
viles intentaban manchar con su propio fango (1). Y

c o n t r a A u fjm to G uIm an dU y J u a n V c n a n z i, e le . R om a, lip, C am . a p o s t.,


1863, pág. 2-í. V e rd a d es, p a ra se r ju stos, que en la p ág in a !Í1
de la Sentencia que va con el vo lu m en , se añ ad o so la m e n te: Que
s o b re todo F e r r i , á fin d e o b ed ecer las o rd e n e s dd C o m ité, a m e n a z a b a
d e s c a ra d a m e n te hasta á c u a l q u i e r h e r i d o .
(t) V é a se (a c a r t a de C a v o u r al C ard enal A n ton cU i, 1 seü em -
159
vedlo en París para pedir consejo sobre su vocacion.
Ansiaba que fuese aprobada por un juez competente♦
y encontrólo con facilidad en el general La Moriciere,
que hallábase por aquel tiempo en París, á guisa de1
proscrito en su pátria. Aquel conocedor de. íos solda­
dos reconoció en seguida ál guerrero en Quatrebar-4
bes, como también en su amigo Carlos.de Falaiseau,
que lo acompañaba: las frases del general-sirvieron
á entrambos como de augurio y de pronóstico de un
éxito feliz* Por lo que hace A Bernardo, dejó las ter­
nuras de la familia, sin ostentación, sin estrépito y
sin disimulo, como aquel que sale de su casa con el
fin de cumplir sus deberes ordinarios. Hubiera pre­
ferido el arma de los zuavos, que le .recomendaron
sus condiscípulos y parientes; pero habiéndole aconse­
jado amigos respetables que se alistara eii la artille­
ría, hízolo así, no desmintiendo por consiguiente’la
pureza de su vocacion. No buscaba sino la bandera
de San Pedro.
Un acto semejante de abnegación evangélica (soló
quien conozca el ímpetu de los deseos juveniles pue­
de aquilatar su excelencia) mereció por ventura. la-
palma de una g’loriosa muerte al prototipo de caba-^
llero cristiano, que se llamó el conde Carlos Bernar-
dini de Luca. ¡Cuánto liabia deseado ser inscrito en el
batallón franco-belga! Y sin embargo, no habiéndo­
sele admitido porque quería conservarse entonces el.
nombre y la realidad de voluntarios ultramontanos,

l)re de 18G0, en la Cíiuííá cattolica·, série IV , volumen V IH , pá­


gina 103; siguiendo los demás docum entos públicos disem ina­
dos. por lodo el lomo* y esp ecialm ente e l - bando de V ícto r Ma­
nuel, página IOS; el libelo famoso bajo el nom bre de Memorándum,
en la página l l í ; y por fin, la circu la r del m inistro Thouvenel,
techada en 18 de o ctu bre. ¡Un m es despucs de Caslelíidardoi
160
no v a c i l ó un momentp en inmolar su noble ambición
á otra mas-elevada; esto es, á la de militar entre los
cruzados. Fué así doblemente hermano de armas de
Qüatrebarbes: maniobraron y cayeron en presencia
del enemigo con pocos dias de intérvalo, manejando
las mismas piezas y casi· sobre el mismo campo,
puesto que Bernardini cayó en Mentana, y Quatre-
barbes en Monterotondo.

■' - ' / X. ■ '


M as .vocaciones de los mercenarios.

Apenas se puede creer cuántas y cuán ardien­


te» vocaciones engendró la sublime derrota de Cas-
telfi dardo. Aquellos laureles velados por luto fúnebre
hablaron en alta voz, y fueron comprendidos por los
fuertes, para los cuáles, la justicia del derecho es sa-
grada, y lo es mas todavía cuando la violencia ó la
fortuna prevalecen por medios deshonrosos. Profética
fue la voz de aquel cruzado de espíritu animoso, que
al mirar en la víspera; de Castelfldardo las llanuras
у-Ло& montes de Lpreto cubiertos por cincuenta, mil
piamonteses, y los acampados escuadrones de caba­
llería,· y'los formidables trenes de artillería que esta­
ban lá vista, volvióse á<sus Camaradas y dijo, mas
intrépido todavía que Leónidas: «Quizás seremos des­
trozados todos mañana, pero no triunfarán sin em­
bargo; no derramaremos en vano nuestra sangre, ni
se apagará inútilmente nuestra vida.» ¡Y fue verdad!
La voz de aquel martirio retumbó desdé' las regiones
circunvecinas hasta los coñfmes: de Laponia, que
mandó dos de §,us hijos.; y,oída fué poi\los rusos y por
los polacos., que se reconocieron hermanos bajo la
161
bandera de San Pedro; moros y persas, americanos
y de la Oceanía vinieron para ponerse los vestidos
dé los muertos en Castelfidardo. Con aquella sangre,
y con aquellas vidas tan heróicamente prodigadas por
la Sede de San Pedro, creció- en-todo el mundo una
estirpe inflamada por los espíritus de los La Moricié-
re, de los Pimodan, de los Guérin, de los Lanascol,
de los Héliand, y de cien otros; estirpe que fue la
gloria de los nuevos combatientes, y que sobre las
cumbres de Mentana quitó el velo fúnebre á la ban­
dera cubierta en Aucona.
¿Quién no sabe que hoy visten el uniforme de zua­
vos cerca de ciento cincuenta ingleses, de los cuales
mas de cien han nacido en Irlanda? Verdad es que
debemos agradecer el celo incansable de un gentil
caballero escocés, llamado Gordon de Drimmen; pero
lo es igualmente que no hubiera conseguido con
tanta facilidad un éxito tan satisfactorio, sin la in­
fluencia de las gloriosas tradiciones del batallón de
San Patricio, que congregado tumultuariamente, y
no provisto aún de armas con las cuales emprender
la campaña perfectamente, supo dejar, con todo, im
renombre esclarecido (1). Podemos decir con verdad,
que hasta el dia de ayer la memoria de aquella guer­
ra de mártires despertaba nuevos campeones del sa­
grado derecho, que venían á cumplir los votos deja­
dos en el ejército pontificio desde las últimas victo­
rias. Los hemos contemplado, hemos oido su pública
profesión, y damos gracias á Dios porque no faltó
entre ellos una hermosa reunión de jóvenes italianos.
¡Verdaderamente que entre todas las empresas mas

(l) Parios del com andante O’ItciNy y del g en eral de La Mo


ríciére: en la civ. Cali., ser. IV , vol. V IH , pág. 241 y oL3.
t o m o i. 11
162
fecundas de los hombres, ning'una lo es tanto como
el sacrificio!
Había otras vocaciones que llamaré de familia.
Los hermanos llamaban á los hermanos; los primos
invitaban á los primos;-los¡parientes.atraían á los
parientes; era una cadena de honor. De los Mislei de
Módena, vistieron tres el mismo uniforme de artille­
ros; hubo en otros cuerpos tres Zwarthoed, tres Ro~
byns, tres Hazelzet, todos holandeses; tres Grech
Pubblio de Malta, que, por decirlo así, se alistaron
ayer, tres de Jerphamon, tres Le Marié, tres de La
Yaulx (el padre y dos hijos), tres de La Carteados
hijos con él padreados Raffélis-Soissan, hermanos del
conde Edgardo, que dejó escrito en su testamento: en ­
terradme c o m n i u niform e de zuavo pontifieio; tres nobles
jóvenes, Odón, Fernando y Estanislao de Mechen-
heim, con su primo el barón Rollone de Meckenheim,
que aún no tenia diez y seis, años; tres de Reau, pri­
mos de dos Quatrebarbes; cuatro de Yilléle, algunos
de los cuales habían pasado el Océano para militar
en el tiempo mas peligroso; tres Guérin, do los que
uno murió en Castelfidardo en olor de santidad, otro,
110 indigno del primero/ falleció en Mentana, y otro
sobrevivió para imitar los ejemplos de entrambos.
Una dama, religiosa en Roma, nos hablaba de cinco
sobrinos suyos que servían bajo la bandera pontificia,
y llevaban unos el nombre de Gouttepagñon y otros
el de Curzon; él de Charette llevábanlo cinco herma­
nos franceses, diseminados por todas las compañías.
No acabaríamos nunca si quisiéramos enumerar
aquí los que llevaban el mismo nombre y tenían la
misma sangre: valgan por todos los dos Dufournel;
moría el uno alegrándose de que su hermano, el ca-
pitan Adeodado, estuviera satisfecho de su conducta,
163
y aspiraba el otro alegrándose de; ir al cielo ju n ta­
mente con su hermano el teniente Manuel.
No se crea que cargaban con la crú 2 únicamente
lo^ de tierna edad. Si hasta aquí hemos mencionado
por- punto general las vocaciones de los jóvenes, es
porque la flor de la virtud parece mucho mas hermosa
cuando medra al lado de la de la juventud. Por lo de­
más, el batallón suizo, el ejército indígena, la legión
franco-romana y todos los demás cuerpos militares
hallábanse llenos de veteranos robustos, no menos
que de animosos jovencillos: veíanse además los squa-
drigU eti, milicia rural poderosa del Ernico, de la Sa­
bina y de la Campania, compuesta de hombres tan li-
jeros como fuertes y de abundante barba; había tam­
bién los gendarmes, de fija mirada, de ceño adusto,
bigotudos, é impertérritos-para todo servicio de ronda
y de guerra. Fuera de lo dicho, el regimiento de los
zuavos presentaba el espectáculo mas hermoso y pin­
toresco,, gracias á su continente oriental, y a los sem­
blantes imberbes, blancos y sonrosados de los unos,
que contrastaban con las caras fieras y barbudas de
los otros: todos empero eran iguales cuando se con­
templaba su paso, su mirada y su fuerza militar.
Hubo quien les llamó uná reunión de muchachos. ¡Ahí
¡QueDios arme siempre á semejantes muchachos para
la defensa del Vaticano! En cuanto á nosotros, al ver­
les marchar por las calles de Roina en compañías
formadas ó en columnas volantes, parecíanos ver á
los padres conduciendo á la guerra ¿ sus propios hi­
jos, y á. estos marchando á la defensa de los autores
de sus, dias. De hecho, &o pocos padres de familia
blandieron las a m a s .piadosas, sobre todo en los mo­
mentos de mas peligro: húbolos principalmente en
Castelfídardo. ■
164
[Benditas sean las casas, en las cuales unaheróica
fe hizo preponderar el interés religioso sobre todos
los demás, inclusos los dignos de consideración! P a ­
dres hubo que, no pudiendo tomar ellos mismos la
cruz, deleitábanse pensando que enviaban á sus h i­
jo s, y que así exponían la sangre común. Escribía
uno de estos: «No puedo pensar mas que en mi hijo;
si fuese dueño de mí persona, no obstante la' edad
que tengo, haríame zuavo sin vacilación. Los peli­
gros que mi Pablo puede correr no me harían du­
dar un instante: jam ás he podido comprender que uü
hombre vacile por tal motivo; y tengo además la per­
suasión de que nunca habré de avergonzarme de él.
Le doy mi consentimiento.»:Consuélese el noble pa­
dre que tan nobles palabras escribió: su hijo, Pablo
de Doynel, cayó en Meutana, sin desmentir su he­
roísmo ni el de su padre, én una larga serie de com­
bates, y en la lucha postrera de la agonía.
¿Quién puede describir ciertos espectáculos de
familia, en los cuales ofrecíase de común acuerdo la
sangre mas amada, estoy por decir sobre el altar de
Dios? ¿Quién referirá las frases tomadas de los márti­
res generosos, con las que bendecían las pobres m a­
dres á sus hijos antes de ir á la cruzada? Pedro Jong,
joven labrador de la villa de Lutjebroek, situada al
fin de la Holanda septentrional, volvía una tarde de
sus campos. Su madre, viuda, entreteníase recorrien­
do la columna de un periódico popular, y leía que
algunos del país lo habían dejado para servir bajo la
bandera de San Pedro. «¡Magnífico! exclamó la mu­
je r cristiana: esta sí que es bravura.» Oyóla Pedro, y
como si se tratase de ir á la feria vecina: «Madre, res­
pondió, si no tuviéseis dificultad, iría también..*,.
¡Qué fortuna morir por la feí» Comprendió la madre
165
que el Señor la llam aba entonces al gran sacrificio
de desprenderse ríe su hijo» único sosten de su fortu­
na modesta. Hízolo realm ente. «Sea; que p arta si
quiere.» La madre y el hijo habían hablado con el
corazon. Pedro se incorporó á los cruzados; fué la
gloria de Montelíbretti y de Holanda; la historia ve-
rídica de su muerte, que hemos escuchado de la boca
de sus compatricios y leido en las columnas de cien
periódicos, parece una invención homérica. Su retra­
to, que va en un millón de fotografías, fue admitido
en el álbum de su rey: nosotros lo contemplamos con
alegría delante de los ojos m ientras escribimos estos
renglones. Tenia estatura de gigante, cintura bien
formada, cuello robusto, semblante tranquilo y mi­
rada firme; el tipo verdadero de su pais. ¡Qué bien
está en el fondo de la pintura la basílica de San Pe­
dro! ¡Jong hizo allí tantas noches centinela con el
fusil al pié! ¡Dio por San Pedro tantas m uertes jus­
tas! ¡Aceptó por San Pedro tan dignam ente la suya!
Agólpanse las lágrim as á los ojos al escribir las
cándidas frases con que Julio AVatts-Russell, distin­
guido. mancebo inglés, contaba su vocacion. En la
víspera de Mentana hablaba; familiarmente con un
amigo de la inminente facción, como tam bién del
martirio esperado; y con irresistible alegría delcora-
zon, que se notaba en su semblante, decía de sí y de
su hermano Vifredo: «Papá nos ha enviado, y hemos
venido expresamente,á. morir por la Iglesia..;. Adiós,
hasta que nos volvamos á ver en el Paráiso!» Si estos
no son los.héroes de la hum ana sociedad, vanamente
se buscarán en otra parte. El pobre joven, que con­
taba poco mas de quince años, no advertía qu& pro­
nunciaba uno de aquellos dichos que nacen solo en
el corazon de los hombres cuya grandeza es verda-
I6fi
déramente sobrehumana.' No encontramos para él
mas digna comparación que otro dé su mismo pad're*
llegado á Roma poco despues de la m uerte de Julio.
«Al verlo le apreté la manó (así lo cuenta un amigo
de’entrambos), y le dijé: No s é si debo pronünciar p ri­
mero una palabra de pésame para el padre, ó de fe­
licitación para el cristiano.· Y' él, estrechándome la
mía, respondió,- despues de un .instante de silencio:
Estoy contento. Y tras una breve pausa: Si tuviese
diez hijos, los sacrificaría voluntariam ente á Dios
por una causa tan sa n ta ' { l) .» ü n padre que indica á
su hijo, flor de inocencia, de piedad y de respeto fi­
lial, la senda del m artirio voluntario, y un hijo que
m archa gozoso'por ella, muriendo en la prueba sin
que aquel lo llore, es para nosotros un espectáculo
completamente celestial, que despide un olor perfu­
mado de virtud antigua. De ellos, con gran justicia,
se ha llegado á escribir que so levantaron m as excelsos
que su época . Tales proezas sorprenden en efecto el
ánimo, lo trasportan á los primeros siglos de la
Iglesia, y lo disponen á esperar mucho de Inglaterra,
y de la g ran causa tan heróicam ente defendida.
Hasta aquí casi hemos hablado únicam ente de
los difuntos, acordándonos del adagio sagrado: mas
segura es la alabanza en sus sepulcros. ¿Qué sería si
nos fuese lícito levantar-el velo que cubre los esplen­
dores de tantas virtudes vivientes? ; O m ercenarios!
¡O padres! jO familias de los m ercenarios, yo os sa­
ludo! Tiempo llegará en el cüal la memoria lejana de
un antepasado m ercenario, será un título que honra­
rán todos los hombres de bien: las familias mas ariti-
\
(1) Cardclla, Julio fFalts-Russell, zu a v o pontificio. Roma, 1868,
opúsculo en 16." ■ ■
167
guas que enaltecieron sus escudos de armas en .Jeru -
salén, en Antioquía, en Ascalona, en Tolemaida y
en Damiata, no ensalzan empresa mas hermosa que
la cruz abatida en Castelfidardo y la levantada en
Mentana. ¡O m ercenarios, yo os saludo!
f
«
X I.

L o s reclutas de San Pedro.

r El que no ha visto á la juventud de una aldea di­


rigirse al sorteo para la quinta, ignora lo que es una
tempestad profunda encubierta con una calma apa­
rente. En los días anteriores, las madres, las herm a­
nas, los parientes han rogado ardientem ente al Se­
ñor, hecho votos, y prometido devociones para con­
seguir que salga libre aquel joven amado, á quien la
buena gente considera casi como una víctim a desti­
nada á la muerte. Bienaventurada se cree la m ujer
que consigue librar á su hijo del monstruo de la quin­
fa. Los jóvenes parten tranquilos en apariencia, p u g ­
nando por librarse dé los abrazos, de los besos, de
los augurios, de los pronósticos, de las lágrim as de
los parientes, y esforzándose por m ostrar un sem ­
blante mas alegre á medida que mas se oprime su
corazon. En el camino se forman castillos en el aire,
se fuma, se dicen chistes, sé hacen burlas y se can­
ta, pero no se rie; solo alguno, de vez en cuando, si
puede violentar su melancolía^ suelta la carcajada.
Comienza pronto una lucha.cruel, en la cual se pro­
cura £>or todos los medios posibles desviar la terrible
angustia que constantem ente atraviesa el corazon.
—Animo, muchachos; un instante y estaréis den­
tro ó fuera: acabe la agonía. *
168
— ¡Sí, pero primeramente es precisó sacar el nú­
mero!
—He aquí la urna: subid á la sala municipal.
¡Valor! ■
El desgraciado sube la escalera de la bailía, como
el criminal la del patíbul<¿. Llegado el instante, se
acerca: reina un silencio sepulcral á su alrededor',
m ientras mueve los números con mano temblorosa,
afectando indiferencia. ¿Viene un número bueno? Res­
pira con placer, y casi no cree lo que ven sus ojos.
Mírase aquel y se anota, -muéstrase á los circunstan­
tes, se quiere ver registrado, y anda por el salon un
murmullo diverso de envidia ó de congratulación.
Este no es un gozo que brilla; es satisfacción que so­
foca, y que solamente despues de algunos instantes,
estalla y se manifiesta. Entonces se a p u n ta la cédula
en el sombrero, se baja la escalera saltando alegre­
mente, y los amibos reciben en sus brazos al feliz
mortal, salido ileso de la torm enta. Entre tanto se
ha dirigido alguno al telégrafo: «Carlos número bue­
no, de fijo.»
¿Qué es esto? ¿Por qué se llama número bueno?
¿Qué deberá entenderse por número malo? El que no
lo sepa, pregúntelo á aquel valiente aldeano que allí
está, pálido, desalentado, y que hace lo posible para
disim ular la profunda desesperación que le asalta.
—Tenia ya el presentimiento, dice, me lo espera­
b a ..... no quiero pensar mas en el asunto.
Así procura encubrir á los demás y á sí propio
el inexplicable dolor que le oprime. ¡Ocho años fuera
de casa! Ya no hay padre para él, ni madre, ni her­
manas: quizás es preciso interrum pir las cándidas
relaciones con su prometida. ¡Ocho años! ¡Y es nece­
sario m archar! Los compañeros de desventura están
169
á su alrededor, le atolondran y le convidan á l a ta ­
berna, en donde se procura an eg aren , vino el llanto
del corazoa: re'córrense bromeando las: calles eü tro­
pel, y Lácense mil locuras. Todo inútil: está en 'la
mente fijo el número malo.
—Mas consuélate, mi querido joven; no se trata
sino de servir á la patria. ¿No es por ventura un ho­
nor? Esperante quizás en los campos de.la gloria pro­
mociones, grados..... ¿no has oído decir que cada
soldado lleva en el zurrón el bastón de general, y
que para sacarlo fuera, solo necesita dar pruebas de
valor?..... A los mas desgraciados, un hermoso par de
charreteras: relucientes, ó los galones de sargento
furrier... l. un cordon caballeresco, una m edalla.....
—¡Ah! sí. Gran -desgracia la mia; un número
malo.
Discúrranse las invenciones mas bellas del. m un­
do, invéntense las fábulas mas ingeniosas, y-pronún-
ciense las palabras mas rimbombantes: todo inútil.
El pobre recluta tiene fijo el número malo, y número
malo lo llaman sus parientes. Como tal lo deploran
los,amigos, y a silo consideran todos los del pais: A
fulano de tai le ha tocado un númefo malo.'No inten­
téis con trarestar el torrente de la opinion popular,
porque esta trabajará siempre para combatir- lá m en­
tira disculpable, quedando solo la triste verdad del
malaventurado número malo. 1
Los .reclutas de San Pedro forman precisam ente
el reverso de la medalla; son el prototipo del valor
magnánimo y del sacrificio tranquilo, por ser de todo
punto voluntario. No se hablaba entre ellos de n ú ­
mero bueno ó de número malo. Ellúto de. los parien­
tes no hacia funesta su partida, ni se oia el gemido
desolado de las madres y de las esposas: á lo mas
170
mezclábase-con las Apalabras risueñas alguna lágri-
.ma furtiva, que indicaba el precio de la víctima ofre­
cida, y lo espontáneo de la oblacion. La baronesa de
Ohaírette ■había dado de todo Corazón á la cruzada
cinco hijos, y habiéndose presentado de rodillas 'A
Ko IX, teniendo á su lado á sus dos pequeñas hijas,
- —¡Ah, Santo Padre! decía, si estas pudiesen lltr
var lá; i espada, las daría también voluntariam ente.
Otras madres acompañaban á sus amados hijos A
las estaciones, y.los bendecían; al partir, con semblan­
te firme y sereno. Al· volver decía una á sus amigas;
' ^ S i le hubiese visto vacilar al poner el pie en el
andén, le hubiera metido yo misma en el coche. Lá
prometida de u n joven duque· despedíase de su es­
poso,: dichosa: únicamente por la promesa, de que no
volvería A entregarla el anillo mientras el Panto P a ­
dre continuara en peligro::y así sucedió. Conocemos
k ¡una dama .ilustre, que penetrada del espíritu levan­
tado de su marido, decía sin vacilación en su presen­
cia:—¡Cuán'afortunados seriamos los dos si fueses
m ártir de la religión!—-Semejante discurso alegraba
él corazon del esposo cristiano> que había intentado
m archar ya por. la senda del martirio; pero m uy á
pesar suyo no le admitieron, solo porque las fuerzas
de su brazo no correspondían al ardimiento del va­
lor i Tenemos & la vista, leemos y tornamos; á leer una-
carta, en la cual cierta noble dama nos cuenta confi­
dencial m'en te; las frases de una excelente aldeana,
madre de uno de los muertos en Mentaría: «Fui A
vérla, dice la que;escribe...'.. Ella no se atrevía- á en­
tra r en el-sitio en que; y o estaba; c o i t í á su encuen­
tro, y la abracé. La pobre.madre .besaba mis vestidos
{había la clama consolado á l hijo en szt agonía), y no ce­
saba de m irarm e piadosamente al semblante, pero no
171
sabia cómo empezar la'conversación:* soló púdoltablar
después de mucho rato..:.. Sabed que yo misma ani­
mé á mi Julio· para qué paHiesé; yo misma orillé to­
das las dificultades suscitadas por s u s maestros. Te­
nían el presentimiento de qué:allí quedaría m uerto ó
heridío. Si muere, pensaba y o /ir á derechamente al
paraíso; si torna herido, me consideraré muy honra­
da y muy dichosa con poderle hacer dé enferme­
ra,» ¡O religión de Dios,' cuátl bella eres! Tu doctrina
espléndida educa en la soledad de los' campos almas
sublimes, para las cuales sería poco-premio una co­
rona. Bien por ellas, por cuanto les: aguarda el -Vertid,
ó benditos de m i P adre , á poéeetf ■e l reino que os está p re ­
parado desde la creación del m undo.
Para los soldados del Sánto'Padre -no se disponía
la urna, casi fu neraria/ért él fondo de la sala m uni­
cipal, ni les asustaba la consideración de la condena
al destierro forzado de la casa paterna. Abríanse por
él contrario libres oficinas de ‘a listamiento,, y los as­
pirantes se dirigían á ellas con gran satisfacción,'te­
miendo únicamente no1se r admitidos. ¡Era necesario
ver á los intrépidos alsacianos, cuando se dirigían á
Strasburgó, despues de haber'conseguido la póliza de
admisión! Dividíase en dos pártes el último día pa­
sado en el hogar doméstico: por la m añana se prepa­
raban espiritualmente para él viajé, y con el Pan de
los fuertes daban nuevo vigor á su ánimo dispuesto
para la guerra. ¿Y después? Iban despues á despe­
dirse alegremente dé los pariente^ y de'los amigos, v
á beber con sus futuros compañeros de arm as, no ya
con el fin de recordar el número malo, sino para re­
petir lo que decía nno: coir ^toda verdad:—Puede ser
que deje la piel'en la cam paña..... -ya no nie da tris­
teza alguna este, pensam iento.^E ste ·magnánimo
172
recitó por la noche sus oraciones con la familia.que
se quedaba.. Dio los. últimos abrazos, y recibió con
piedad filial la bendicÍQn ds sus padres. A la m añana
siguiente.siguióle su madre mucho rato con los ojos
Henqs de lagrimas; no habia ^puesto óbice á la in te ­
gridad del holocausto, ni haMa detenido á su hijo, ni
había tratado· de hacerle retroceder; las últimas pala-
braSíde despedida fueron estas:—Marcha, hijo m ioT
que; tú m archas bien y por buena causa: sé constan­
te; en :lasen d ad el honor t; ■...
Los.-hijos de Alsacia conservan toda la firmeza del
carácter tudesco, lo cual se conoció hasta en las sa­
lidas :y, respuestas de sus;cruzados. Llegó, por via de
ejemplo, á la casa donde se hacían los alistamientos,
un joven arrogante con aire decidido, propio de un
señor.—¡Ea! amigo, le dijo uno de los que allí esta­
ban, antes ;de inscribirte sabe que aquí no se da pre­
mio á los que se alistan.
No lo quisiera si me Ip diéseis: voy á batirme por
mi religión. .
. A otro, cierto amo pusilánime zumbábale así en
lo s a o s : . _
- —Verdaderamente e s . cosa de pensarlo dos ve­
ces..,., en este cuarto, de^ lu n a :es m uy desagradable
ir á Roma..,.. .
·.: —¿Qué, qué?Ni siquiera he pensado en esto: yo
pienso en.el Papa. . ... t
Un gendarm e se acerca, á una reunión de reclu­
tas, en l a :sala de la estación;—Ola, hijos mios, ¿á
dónde se va? ■. . .
_-A Rama. m;rE . .
¿A Boma? ¡caramba! ¿Habréis cobrado una buena
cantidad de dinero?.. v i
Ni ,ün ochavo.,No vayáis á pensar que queremos
1?3
vendei* la piel aquí; la queremos vender allá, ¿com­
prendéis? y venderla cara,’muy Cara. iOh, sí, palabra
de honor!
No se m ostraba menos digna la juventud de otras
naciones. Una familia :de Groninga venia discutien­
do sobre la marcha de un cruzado á ella pertenecien­
te, y como era natural, se ponía'sobre el tapete hasta
la cuestión de intereses: el ardoroso joven volvióse &
un hermano suyo, platero de profesion y le dijo: —
¿Ves esta mesa? podrías poner'encim a montones de
oró, y no lograrías disuadirme de mi propósito. ¡Ex­
traña inteligencia en verdad·,’la de este mercenario
del Papa! En su pátria, un monte de moneda no logró
satisfacerle: en Roma, Pió IX lo contentó con estas
'palabras: «¡Bravo, mi holandés! » y le puso en lam ano
una medallita de la Virgen. Escribía después á su
madre: «Mamá mía, bienaventurado el que podrá der­
ram ar hasta la última gota de su sangre. Los m árti­
res de todos los siglos descenderán para encontrarlo
y conducirlo al cielo.» Su voto'agradó al que conoce
la sinceridad de los deseos ocultos: una bala en el co­
razón dejóle muerto en la feroz refriega de Monteli-
bretti. Hé aquí su nombré, celebrado ahora en los
cánticos pátrios holandeses: Esteban Crone. '
Lo que parecerá mucho mas extraño es que a lg u ­
nos renunciaban á la situación de m erceuaños p a g a ­
dos, por el ardiente deseo de ser mercenarios g ra tü í-
tos. Hé aquí un ejemplo. Un camarero habíase g an a­
do por sus buenos servicios la estimación de un viejo
rico, hasta el punto de ofrecerle quinientas liras de
pensión vitalicia, solo á condicion de que quisiera ser­
virle hasta cerrarle los ojos. ¿Pero qué? el probo ser­
vidor oye decir que él Papa invita á sus hijos al ser­
vicio m ilitar.—Este servicio, dice para sus adentros
174
eLíntrépido cristiano, esm as. argente; mi señor en­
contrará cien que.me sustituyan: partamos por con­
siguiente.—Hace siete años que este noble m ercena­
rio sirye á San .Pedro, y ha logrado que aumente
mucho su f o r t u n a . p a r a el paraíso.
. —Señor,:decia otro,semejan te al precedente, ¿sa­
béis que estoy completamente resuelto á dejar vues­
tro sor vicio.
— ¡Olí! ¿por qué?
1 —Es preciso que vaya á servir al Papa.
■ Excelente idea* ^repuso,;áquel; pero dime, mí
querido Francisco, si volvieras despues de allí con
una pierna ó con un brazo de menos, ¿quién te m an­
tendría? ............
^ Y o pienso que Dios,, por cuyo amor perdería la '
pierna ó el brazo. Él. no perm itirá nunca que los de
mi pais me dejen sin .un pedazo:de pan,
/E scribió despues desde Roma á .s u s amos: «Os
aseguro, mis queridos señores, que si os he dejado,
ha sido solo porque Dios me llamaba á pelear. Si soy
cristiano, debo m ostrarm e tal,, y tal me mostraré.» Y
á, Sus parientes, que le;m andaban alguna cosilla en
atención á la pobre paga de zuavo: «Sabed que no he
venido aquí para aum entar mis bienes temporales y s in o
por m x salud espiritual# y por la vuestra. No procu­
réis,; pues, hacer vano este sacrificio: antes bien unios
á mí .para dar gracias á Dios por haberm e propor­
cionado tan excelente vocación.» ¡Bienaventurado y
bendito mercenario! Por si alguna vez estas pocas pa­
labras.se te pusieran delante de los ojos, rec íb ela fe­
licitación 4 el que las escribe, y sabe que las tuyas, no
brotaron por sí mismas de la-, tierra de tu corazon,
sino que la pura bondad del Padre .celestial arrojó la
semilla, cultivándolas la caridad inefable del Espíritu
175
tíanto. Pero repite y conserva diligentemente aque­
llos otros justos conceptos con los cuales se desfoga­
ba tu espíritu para dar gracias al Señor despues de
la fiera lucha de Mentana. «¡G-raciaa á Nuestra Seño­
ra de las Victorias! Durante el combate creía ver á
mucha gente reunida para cantar las alabanzas del
Señor, y pedir por nosotros, mientras nos perseguían;
los enemigos de Dios y de la Iglesia..... No me asom­
bro de no haber quedado herido; los que murieron,
claramente lo veo, eran mejores que yo,» ¡Ali! conser­
va esta verdadera luz que te üum iná para conocer
la debilidad de la hum ana virtud, y la potencia sobre­
natural que Dios nos concede: quizás un dia verás
sentado á un g ran m onarca en ínfimo lugar,, lejos de
la silla de tu gloria. No ea rey, delante de Dios, nin­
guno de los que ciñen corona real, ni es,siervo n in -:
gun mercenario.
Cuando la chispa de la cruzada liabia prendido
en un corazon generoso, salia la llama y . era inex^
tinguible: no se apagaba sino llegando á Roma, y
conduciendo el fusil sobre la espalda. Reprochábase
á un buen holandés, porque quería dejar á su„ma-
dra, que necesitaba su auxilio.—Dejadme primero:
socorrer á mi Padre, respondía, y mi madre no care­
cerá de lo indispensable.—-Un joven de una provin­
cia interior de Francia estaba detenido por cien obs­
táculos, y.por razones que conviene: callar,' 110 podiá
presentarse á la ju n ta de alistamiento; ansiaba, no
obstante, vestir el uniforme dé zuavo.; ¿Qué baeer?
Recoge á lo mejor un puñado dé dineror atraviesa la:
Francia á pié; y despues dé aventuras qué hubieran·
espantado á un pecho armado de diamante', consigue.,
llegar á las puertas de Roma. Concédesele luego lo _
que tanto anheló, olvida los,pasados peligros,¡ está
\76
contento, ea feliz; Un aldeano se desprendía ds los
brazos de susramigosv diciendo:—Voy ¿ combatir por:
el Santo Padre: confio volveros á ver, y abrazar nue­
vamente á mi anciana' m adre..... Si Dios lo dispone
de otra manera," hágase su voluntad: no· me disgus-
taria dar la vida poi‘ la religión.—Otro, campesino
tartíbien, fue- á tratar de su partida con el padre de
dos zuavos, que le respondió:
—Pues lo consultas conmigo, te diré que uo es
para ti la vida de zuavo.
Y· luego le describió con negros colores las m ar­
chas fatigosas, el fastidio perpétuo- de la vida, de
guarnición, los cien quehaceres de la cocina y del
cuartel, las crudas noches de centinela, y mil cosas
mas. Así hablaba el buen: hombre, creyendo quizás
hacer un favor á la familia de aquel, que le hubiera
visto partir con gran disgusto. Y salió tan airoso en
su intento, que el buen aspirante volvió á su casa
espantado. Llegó el domingo, y dijo á sus padres:
^ V o y á consultar directamente al Señor: haré lo
que me inspire.
Pasó una hora larga de rodillas delante del altar,
levantóse despues, y sin poner el pié en los umbrales
de su casa, corrió en derechura á tomar el tren para
Marsella. He aquí los m ercenarios del Papa.
Raro era el caso en-que los padres no daban licen­
cia á sus hijos, resueltos á tomar la cruz. Fueron,
sin dnda, mas frecuentes aquellos padres y aque­
llas madres, que se alegraban de todo corazon. ¡Qué
despedidas hubo! ¡Feliz el fotógrafo que hubiera po­
dido copiarlas, y trasm itirlas con toda su realidad ori­
ginal é indescriptible! Largo tiempo hacia que un
joven holandés luchaba entre el deseo de ser zuavo y
el tem or de disgustar á su madre. Es preciso añadir
177
que la buena señora, que frisaba en los setenta y dos,
merecía los delicados miramientos con que la tratab a
m uy tiernam ente su hijo. Pues bien, ella fué quien
primeramente rompió el silencio. Habia leido un li­
bro de gran fama en el pais, titulado: L a H olanda y
P ío I X , y hablando en una conversación de familia,
dejó escapar la siguiente aspiración:
—¡Oh, si uno de mis hijos fuese á servir al Santo
Padre! ¡Me creería la madre mas feliz de cuantas hay
en el mundo!
Fué como la mecha que da fuego á la pólvora: el
secreto candidato se levanta, toma la m anom aternal,
y pregunta:
—Madre, ¿lo decís de veras?
—De lo mas profundo del alma.
—Bien: alguno de nosotros hará, con el auxilio de
Dios, lo que tanto deseáis-
— ¿Quién? ¿tú?
—Sí, mamá, yo. Hace mas de un año que no pen­
saba sino en eso, y no me atrevía á decíroslo, tem e­
roso de contristaros. Pero ya está dicho.
—¡Buen Dios] esclamó la m atrona venerable, ele­
vando al cielo una mirada inefable; como nunca h a ­
bíamos merecido gracia tan grande, no me atrevía á
esperarla. Me consideraba indigna..... renazco á la
vida.
—Voy, pues, inm ediatam ente, y dispongo la
m archa.
F ué, en efecto, á poner brevísimamente sus
negocios en orden, dióse un convite á los parientes,
hubo fiestas y alegría universal, sobre todo por la
madre del futuro defensor del ;Papa. Este debía em­
prender el viaje antes, del alba* Sería preciso tener
aquí los pinceles del hábil flamenco que conocemos
TOMO I. 12
178
con el nombre de Gerardo delle Notti: 4 nosotros. fál-
tannos para bosquejar el cuadro, las luces, los claros-
oscuros y las sombras: copiamos únicamente la rela­
ción del joven cruzado* «Debía partir de c a sa á las
cuatro de la m añana, y era demasiado pronto p ara
que mi madre se pudiese levantar. Me dirigí, pues, á
su estancia para decirla: á Dios. No podré nunca ex­
presar lo que pasó en aquel instante en mi corazon,
—Yaíor, me dijo ella, dame agua bendita, mi
amado hijo, y ponte de rodillas. Hizo en mi frente la
señal de la cruz, y oró diciendo:“ El Señor, que te lia
bendecido hasta hoy, bendiga también tu empresa:
guárdete su bondad de todo pecado, y de la infideli­
dad mas mínima: cuando llegue la hora de combatir
por la Iglesia, marcha siempre delante, haz lo que
puedas, sé pródigo de tu vida, pórtate con intrepidez.
Por lo que á mí hace, te ofrezco con gozo y con
amor á Aquel de quien te recibí. ¡A Dios! m archa
alegre y contento, piensa en tu madre, en tus her­
manos y en tus herm anas cuando logres la dicha de
recibir la bendición de Pió -IX.»
Tales apariciones, en nuestro siglo, de los anti­
guos patriarcas, nos llenan de admiración y de dul­
zura inexplicable. iAh! no m archaban con estas b e n ­
diciones los partidarios de la m entida unidad de Ita­
lia. Hemos visto cartas de sus padres y de sus m a­
dres: ¡cuántos vestigios hemos encontrado en ellas de
am arga desolación y de angustia sin consuelo! Sabe­
mos de una infelicísima m ujer del pueblo que, acon­
sejada por su ternura, siguió desde lejos á su hijo de
diez y seis años, hasta que lo alcanzó en la mesnada
garibaldina. Reivindicólo piadosamente con supli­
cas, gritos y lágrimas, pero aquellos malvados, que
lo habian seducido por medio del engaño y sacado
179
con violencia de su casa, lejos de apiadarse de aquella
desconsolada madre, la neg'aron su hijo·allí presente,
y rechazáronla con las puntas de las bayonetas.
Así se reunían las tropas de los dos campos ene­
migas; las unas de muy diverso modo que las otras,
pero cada una dignam ente según su causa y su
bandera.

XII.
G a r ib a ld i e n G in e b r a ,

Bien puede afirmarse que en el Congreso de la paz,


celebrado en Ginebra poco despues del Parlam ento
de fíapolano, dióse la señal para que el ejército gari-
baldino levantase resueltamente su bandera contra
Roma;

Y á su primer empuje mil volaron


Troncos, rocas y chispas que asombraron.

¿Pero quién se sentirá con bríos (nosotros no, cier­


tamente) para tra tar tan grande y difícil asunto? ¡G a-
rtbakU en Ginebra! iQue se va á cantar! Es como quien
dijese: Aquiles en Troya; ó bien, Orlando en Üonces-
valles. Tiene del primero la extremidad de las pier­
nas, y del segundo la coronilla de la cabeza: G-ari-
baldi oscila entre Orlando furioso y Aquiles corredor.
Trompeta mas sonora requiérese para el asunto; un
canon ó la campana de Moscou serian apenas bastan­
tes para lo que se necesita, y nosotros podremos á lo
mas tocar aqui un silbato. Nos contentaremos, pues,
con hacer humildísimamente públicos algunos apun­
tes históricos, en los cuales los Homeros futuros po­
drán encontrar la entonación para su canto altísimo.
180
Vemos ya que mas de un valeroso cantor lia procu­
rado envolver al Héroe en el debido manto de gloria:
se han metido de bruces en el asunto, un Dumas, un
Victor Hugo, y un Quínet, sin contar la batahola de
algunos vates itálicos. ¿Pero qué? Aquel bendito Hé­
roe echa á perder todo aquello que se le pone enci­
ma: encuéntrase sin saber cómo descalzo, con el
manto sucio, andrajoso, y es preciso componerlo, re ­
novarlo, rehacerlo, barnizarlo, y subirlo al pedestal de
donde ha caido. Considerad cuál habrá sido la fatiga
de-José Guerzoni, que últimamente, en la N u o va A n ­
tología , ha tomado la empresa de negar el fracaso de
Mentana, y de subir otra vez el Héroe á caballo. Y no
es esto todo, porque despueslendrá que tapar las
grietas del templo de la gloria que se desmorona so­
bre su cabeza. Veremos lo que sucede: entretanto ya
le han puesto dos puntales, ó por mejor decir, le han
dedicado dos artículos, en los cuales el P eregrino de
Caprera es equiparado á Pedro el E rm ita ñ o , á Corio-
Ja n o , al león , á Hércules que sonríe á la diosa Hebe,
y en fin (estampando una execrabilísima blasfemia)
a t divino Redentor entre los pescadores de Nazareth.
Esto demuestra que los sectarios italianos no quieren
echar todavía el arnés heróico entre los muebles
viejos.
Volvamos á Ginebra, Si al descubrir este episodio
de la epopeya garibaldina resultase mezclada cual­
quier escena poco grave, culpa será nuestra y tam ­
bién de la historia, á la cual es preciso atenerse, co­
mo el pólipo á la roca.
Cuatro fueron las grandes jornadas de Garibaldi
en Ginebra. La prim era fué el 8 de setiembre: dia de
llegada y,de barullo universal. En él, la ju n ta de re­
cepción, precedida de Fazy, y acompañada de muchos
181
cantantes, periodistas y otros grandes hombres, suda
y ocúpase con mucho atan en consignar por escrito
el recibimiento que se ha de hacer á Garibaldi: este
m andará la batería de los tam bores; allá se colocarán
los trompetas; mas lejos una bandera federal, otra del
canton y otra italiana; en otro lu g ar los distintivos
de tal y tal comité; mas atrás otros tambores. Los fu­
tios se distribuían con su cuenta y razón: ocuparán
el suyo los hermanos del Cerco de Santiago, así como
los radicales del G rand-Sacconcx, y sucesivamente se
dispondrán el palco de los italianos, el cerrado de los
frauceses, el puesto de los austríacos, el circuito de
los científicos, el recinto de las corpoi’aciones de los
obreros, los asientos, en fin, de todas clases para los
del pais y los de fuera que ten g an derecho: todo se
ponía en orden, se colocaba en regla, disponíase
en fila y se arreglaba simétricamente, embellecién­
dose de trecho en trecho con banderolas de' asta y
armonizándose con tambores. Tulio Martello brinca­
ba por la Corratería, por el Muelle Grande, por la ca­
lle de los Alpes y por la de Bonnivard; recorría en
todas direcciones la del Monte Blanco, en coche unas
veces y á pié otras; entraba y salia de los cales, en­
carábase con cuantos hallaba, y se m etía en todos
los lugares referentes al futuro congreso. Era el g a ­
lopín que mas se afanaba en la g ran empresa de re ­
presentar á Garibaldi en G inebra, por lo que concer­
nía á la sociedad italiana.
Entre tanto los corresponsales de los periódicos
sectarios preparaban la pluma, hacían agüeros so­
bre el porvenir y tocaban á gloria: Garibaldi aquí.
Garibaldi allá; ha llegado: fué recibido en triunfo en
la orilla del lago; Fazy le ha consagrado con cere­
monia uu discurso mas elocuente y mas hospitalicio
182
que nunca; el Grande Hombre ha contestado esto y
esto; m añana enviaremos lo restante. Era una risa
ver aquella gimnástica de charlatanes y aquella poe­
sía de agoreros. ¿Qué habia en verdad? liada entre
dos platos. La administración de las embarcaciones
habia comprendido que la intención de aquel era ul­
trajar la religión’, el Papa y el derecho de gentes, y
■aunque no quiso hacer nada con el fin de contrariar­
le, tampoco quiso cargar al General sobre un buque
dispuesto expresamente para él: los ginebrinos vieron
llegar al Sem pione sin banderas ni pífanos, quieto,
quieto, según lo acostumbrado. Figuraos el hocico
que pusieron los comediantes de la recepción! Rabia-
ron por la burla! ¡Llamáronse vendidos y chasquea­
dos! Fue necesidad cruel, si quisieron contemplar la
O ran Figura, fría á recoger al fin del lago y traspor­
tarla en ferro-carril á Ginebra.
Afortunadamente para él, Edgardo Quinet había­
le precedido hasta Villeneuve, y curado la herida con
¿sermones piadosos, habiéndole ayudado en esto al­
gunas damas ó mujeres inglesas (¿á dónde no con­
cu rren ciertas viajeras que gustan de meter la nariz
en todo?) procedentes de las casas de campo próxi­
mas, que habían venido para copiar en su album la
Great In dividuality. Garibaldi, despues de haber escu­
chado los bellos discursos encomiásticos, y de haber
correspondido á los cumplimientos primeros, llevó á
Quinet al hueco de una ventana. Entonces comenzó
entre ellos un coloquio lírico, cuyo texto auténtico
ignorará siempre el vulgo de los terrestres. Procu­
rando adivinarlo por el modo con qué se estiraban
los bigotes, por sus ojazos de m ochuelo, y por los
movimientos del sem blante, parecía que Garibaldi
preguntaba:
183
—¿Estamos todos?
—Muchos, respondía el otro, los mejores, pero
todos, no.
—Espero que estará Julio Favre.
—Ah, no, ¡pohrecito! escribe que tiene una una
echada á perder.
—¡Qué desgracia! Julio Simón.....
—¡Oh, no, pobrecito! tiene un grano en el codo,
que le molesta.
—¡Caramba!.... ¿y Pelletan?
—¡Ay, no, pobrecito! se ha cortado el pelo
haciendo frió, y teme resfriarse en esta esta­
ción.....
— ¡Qué estación de mis botas! No quiere habérse­
las con la policía; he aquí su catarro. Fanfarrón y
adulador. Dejadlo estar; nos contentaremos con los
desterrados, con Ledm -R olim .....
—No se ha visto aún.
—¡Condenación! Hablemos de otra cosa: la Repú­
blica francesa estará bastante representada por Luis
Blanc......
—Quería venir, pero no pudo, porque....
—¡Diablo! Todos, pues, se queman el jergón.
Loado sea el cielo, que asistirá uno que vale por diez;
mi Víctor Hugo.
—Si hubiese venido, sí.
—¿Y no ha venido? ¡Qué oigo! Es un deshecho:
será preciso contentarse con Kossuth.
^-¿Qué? No se ha movido de s u casa.
—Es el diablo, exclamó Garíbaldi,· el gran diablo
del infierno que mete la col^a. Basta, entre yo y Maz-
s j 'i n i ......
—¡Buenas y gordas! Mazzini ha escrito un carta­
zo, en el cual dice entre claro y oscuro, que el Con­
184
greso de la Paz es una m ajadería, y que no quiere
m ancharse las manos (1).
Al decir esto Quinet, aguardaba un aluvión de
imprecaciones de marinero. Garibaldi, empero, se
m antuvo firme allí, abotonado y callado; al parecer,
una media sonrisa huyó por entre sus bigotes. De
aquí dedujo Quinet que Garibaldi y Mazzini se en­
tienden y se am an con furor, pero á una distancia
respetuosa, y que ninguno de los dos gusta de h a­
llarse con su amigo en el propio palco escénico: debi­
lidad de los grandes actores. Mas procurando encu­
brir la extraüeza de tal descubrimiento, comenzó i\
recitar á Garibaldi una gran ringlera de nombres-
ilustres, estrellas todas de prim era m agnitud, que
habían venido á embellecer el cielo de Ginebra.
—En cambio tenemos al ilustre Y ogt.....
—No lo recuerdo, respondió Garibaldi, procuran­
do acordarse.
—El ilustre G oegg.....
—¡Qué desdicha! Ya huyó de mi memoria.
—El ilustre Bakounine.....
—Me parece y no me parece..... debo haberle co­
nocido..... ¿en dónde?..,, en........
—El valiente Quinet, viendo que el Héroe de los

Cl) La carta fue publicada en ta Gaceta oficial de la repú­


blica de Mazzini, esto es, en la Unitá italiana, <3 inserta por aque­
llas dias en oíros periódicos de la secta. Véase hasta en los Do­
cumentos referentes á los últimos acontecimientos presentados A las
cámaras (pág. 46), la carta del prefecto de Génova al m inistro
RaUazzi, fecha del G de agosto, de la cual resulta que Mazzini,.
no viendo el m ovim iento garitaIdino bastante separado de la c $ -
fioria m onárquica, estaba disgustado de los amigos de Garibaldi:
pero no tardó mucho á formarse la amistad de Herodes y P í­
lalos.
185
dos mundos, en m ateria de historia contemporánea
decía mil desatinos, volvió al prim er discurso, que­
jándose nuevam ente de los malditos reaccionarios de
París, que habían impedido ir á los garibaldinos del
parlamento francés, y á tantos otros hombres emi­
nentes.
—Y bien, respondió Garibaldi siempre m agnáni­
mo, estará en Ginebra Quinet.... ¡y basta!
Está Garibaldi, exclamó á su vez Quinet, y para
Ginebra y el mundo es bastante.
—¡O Quinet inaccesible!
—¡O Garibaldi único.r
—¡Quinet, el paladín de la conciencia humana!
—¡Garibaldi, el redentor de Italia!
—¡Quinet, la luz del mundo!
— ¡Garibaldi, el sol de los dos!
—¡O hombre incorruptible!
—¡O hombre caído del cielo!
— A dito: ¡O héroe!
Echáronse aquí los brazos al cuello, se besaron
haciendo g ran ruido, y el grupo de los dos Numas
quedó circundado por una misma nube arom ática.
Mientras los semidioses confundían recíproca­
mente sus semblantes y sus barbas, se oyó en la calle
el ruido de los carruajes, y los ¡viva Garibaldi! ¡viva
el gran Italiano!
Entraban los enviados de Ginebra, que iban á re­
cibir á su huésped. Garibaldi no se hizo llam ar dos
veces, y descendió por sí mismo cortesmente en me­
dio del rebaño venido para festejarle. H abía un poco
de todo; demagogos de varios climas y de diverso
calor específico, no pocos franceses, alg’unos diputa­
dos del parlamento italiano, un sacerdote apóstata,
agentes de policía disfrazados de caballeros, y en fin.
186
algunas hembras, garibaldínas endemoniadas: todos
ilustres. Quitaron dé la fonda Bifron al Gran F ig u ­
rón. Aquí hacen notar los historiadores garibaldinos,
que hubo v n gran cambio de interjecciones, algunas de
las cuales, añadimos nosotros, fueron mas que frené­
ticas, impías, villanas, etc., etc..
Para no chafarlo al conducirlo á Ginebra, acolchá­
ronle, por decirlo así, con los doctores italianos Pa-
lasciano y Ríboli, que tenían orden de no perderlo de
vista. Estos señores recibieron el encargo (así al m e­
nos lo afirmaron los garibaldinos mas entusiastas) de
amonestar á los devotos para que no apretasen con
demasiada frecuencia la mano del General, porque á
fuerza de manosearla los adoradores indiscretos, es­
taba entorpecida. En las paradas, gran muchedum ­
bre. Pero fue una cosa lam entable (palabras siempre
de los escritores susodichos), que casi no se viera mas
que gente de baja estofa. E ran raras las levitas, y mas
raros todavía los sombreros. Muchos tramposos y
holgazanes, sociedad democrática, compañías de la
lezna y del clavo. El profeta no perdía ocasion de re­
citar benignam ente una retahila de vampiros, ví­
boras con sotana, raza negra y cosas semejantes.
Mucho mas se le ablandaba despues la piel, cuando
(por ejemplo en Morges) los cantantes le obligaban á
beber. Pero ¿quién puede repetir todas las cosas g r a ­
ciosas y bellas que hizo Garibaldi en aquella trave­
sía memorable? ¿Quién puede repetir las respuestas
monumentales que le fueron endosadas por sus trom ­
petas y tamborileros?
Y con todo, no se hizo caso de ti, celoso maestri-
11o, de ti, digo, Claudio Fontaioe, que sudaste dos
camisas para decir la arenga al Gran Figurón, p re ­
cisamente al atravesar el confín ginebrino. Toda
187
Ver soy x habló de ti, de tu ramito de flores, y de las
tonterías con las cuales lo acompañaste y él lo reci­
bió; tus conciudadanos de Carouge te m iran desde
entonces de mala m anera, y los de Versoyx te com­
padecen como si estuvieras tocado déla cabeza. ¡Com­
prometiste toda tu gloria para que hablasen de ti, y
nada dijeron sin embargo! ¡Ay, ingratos historiógra­
fos de Yaud y de GinebraI ¡ d e s m e m o r i a d o s cor­
responsales y periodistas! Afortunadamente para ti,
ó Fontaine, descendiente de Mercurio, hemos noso­
tros cosido una pieza sobre el desgarro.
De Versoyx á Ginebra no hay mas que un paso.
En la estación de la Roma protestante (como se suele
decir falsamente), dentro, fuera y á su alrededor h a ­
bia un hervidero de curio,sos, convidados, comités,
juntas y delegaciones, que se enm arañaban y habían
perdido la bandera propia. ¡Pobre gente! Merecía ex­
cusa y no lástim a. El program a de la recepción habia
sido escrito para una entrada por m ar, y el Gran Fi­
gurón liabia entrado por tierra. Este qui pro quo h a ­
bría desordenado la falange macedoniana, ¡Cuánto mas
debia trastornar las bandas y las zarabandas gine-
brinas. El baturrillo comenzó en la misma sala de la
estación. A Garibaldi lo llevaban de una parte á otra;
quién lo tiraba por aquí, y quién lo tiraba por-allá.—
A nosotros toca escoltarlo.—A nosotros corresponde
acompañarle,—Antes nos toca á nosotros.—No, seño­
res, á vosotros solamente os toca v e r,—Poco faltó
(son palabras de los historiadores garibaldinos) para
que los abanderados se apaleasen con las astas, y los
concertistas estuvieron á punto de tirarse a los mos­
tachos sus trombones respectivos. Edgardo Quinet
sudaba mucho, y se deshacía parlamentando por allí;
los admiradores se confundían espantados y escanda-
188
¡izados; el Gran Figurón parecía una estaca; por fin
Fazy lo cogió y llevólo á un coche. Los corresponsa­
les de los periódicos respiraron.
Entonces se preparó la procesion, caminando cada
uno detrás del que le precedía con sublime mezcla,
como dicen los referidos escritores, sin que se pudie­
se devanar la madeja una vez enm arañada. Así se
recorrió la calle del Monte Blanco hasta el palacio
Fazy, en donde se había preparado habitación para
Garibaldi. Ginebra no vio jam ás algarabía tan com­
pleta. Estaban cubiertas las esquinas de avisos, de
proclamas, de llamamientos, que invitaban álos pue­
blos á festejar al Huésped italiano; cada comisión,
subcomisión y vicesubcomision había enviado á su
gente para que fijase el m ayor número posible de to­
das medidas y colores. Referir los nombres superla­
tivos y las m ajaderías mayúsculas que se dijeron en­
tonces» es cosa superior á las fuerzas humanas; bas­
te decir que se habían devanado los sesos los ener­
gúmenos mas volcánicos del partido, siendo biena­
venturado aquel que decia un dislate mayor. La
palma de la desvergüenza correspondió á los c a r te le s
de la colonia italiana; los panegiristas de la secta, no
pudiendo salvarlos de las burlas, llamáronles carteles
estáticos.. Casi todas las hosterías y fondas estaban
empavesadas como en dia de fiesta, y en las demás
casas apenas se veia una bandera. Pero 110 nos per­
turbem os por estas bagatelas; al día siguiente todo
había desaparecido, los cartelones se cubrieron con
otros contrarios, y los que habían escrito los prime­
ros, entonaron el m ea culpa . Desde las tiendas y ven­
tanas exclamábase: ¡Viva Garibaldi! Los músicos
desconcertados, confusos y reducidos á pequeño nú­
mero, procuraban reunirse para tocar mal cualquier
189
cosa; las trompas sonaban por una parte, los tam bo­
res redoblaban por otra, y por otra hacían ruido los
falleros; parecía ana sinfonía de diablos machacados.
No por esto se descompuso la m archa triunfal de la
comitiva: los tres carruajes (dejados cortesmente por
un rico húngaro) subían muy lentamente, con arreos
y libreas de toda gala, llenos de amigos del huésped,
de presidentes, ó por lo menos de vicepresidentes de
cualquier reunión; el de enmedio llevaba á Garibaldi
con el señor Stroelin á la izquierda, y en el pescante
un ayudante de campo con camisa roja.
Estos despilfarros de grandeza dieron no poco que
hablar á los demócratas de conciencia escrupulosa,
tanto mas cuanto los carteles anunciaban un repu­
blicano número primero, desnudo de toda clase de
ambiciones y enemigo de vanos honores; un Cinci-
nato con sandalias en los pies y espada en la mano; y
otros embustes semejantes. Hubo quien dijo y quien
se mostró escandalizado; mas por entonces cada uno
procuró andar derecho, y encontrar un sitio para oir
bien la primer arenga. En efecto, no bien hubo sali­
do Garibaldi á la sala de respeto, hizo abrir comple­
tamente de par en par las vidrieras del balcón, y pre­
sentóse al público. Nada podia ir bien si no pronun­
ciaba el discurso escrito por sus amigos, los cuales
procuraron metérselo en la cabeza desde Bolonia, al
salir de la torre de los Asnillos.
Mas sea que el tumulto le hiciese perder la memo­
ria, sea que la v ista 'd e l auditorio le trastornase la
mollera, parecía que tartam udeaba en vez de hablar:
el hecho fué que ea la plaza no se oyó mas que otra
edición de sus acostum bradas m ajaderías.—Peste.....
monstruo..... caverna de idolatría y cíe mentiras,
etcétera; y solo le oyeron los mas próximos. El pobre
190
Fazy, que estaba cerca de él, casi con la postura de
una nodriza que tiene de los andadores á su chicuelo,
enderezaba todo lo posible las orejas para coger cada
sílaba, y al oir las salidas mas grotescas, apretaba
los dientes como si sintiera el frió de la fiebre. ¡Pero
qué tonterías!—¿Qué diablos embrolla?—¿A. qué fin
enredarse en este laberinto?—¡Tendré que corregirlo
en los periódicos! Algunos de los que estaban mas
cerca debajo del balcón aprobaban, y otros sacudían
la cabeza: un cristiano de pecho varonil y de voz so­
nora, aprovechando un instante de silencio,, gritó en
alta voz:—¡No es verdad! ¡falsoí ¡falso!—La gente
italianísima le robó las palabras de la boca, gritán-
dole además: —¡Silencio! ¡silencio!—Y la m uchedum­
bre, que no habia comprendido una palabra, lo cubrió
todo con aplausos ruidosos y con aclamaciones capa­
ces de hundir la capa dej cielo (1),
A las nueve de la noche, escribía un garibaldino,
m ientras - tomo yo la plum a, G aribaldi , Dios lo quiera,
duerm e. Podia dormir sobre sus laureles ganados fá­
cilmente, que fueron los últimos: en adelante liubu
solo una m ultitud de desgracias.
Estas cosas y muchas mas se escribieron: una sola
cosa no escribieron los sectarios de Garibaldi, ni qui­
zás llegó á s u noticia, ni la creerán si se les refiere.
Sin embargo, es verdadera, y nos consta por el tes­
timonio de una persona respetabilísima. En la mis­
ma hora en la cual, la plaza que hay delante de la

Ni el testo del discurso, mejorado por la Sume radicóle,


ni el que dio W n itá Caliolica, son propiamente los que pronuncia
Garibaldi: es verdad, sin embargo, que este últim o fue el dis­
curso genuino que tuvo en su m ente, y que pensd decir medio
en italiano m edio en francés.
191
estación, resonaba por los aplausos y vivas en honor
de aquel que iba á Ginebra con el propósito infame
de intim ar la guerra á Pío IX, un hombre de viva fe
conoció que era necesario el brazo de Dios para hu­
millar tan ta soberbia, y destruir la prepotencia de
los enemigos del Papadlos cuales con artificios innu­
merables, habían enloquecido á la m ultitud, siempre
necia. Entró por lo tanto en la catedral, que está cer­
ca, prosternóse ante la presencia del Redentor, y dijo
aquella misma oracion, que es *fama usó San Pedro
en conflicto sem ejan te:—Señor, humillad á vuestro
enemigo, y no perm itáis que sus embustes continúen
seduciendo i este pueblo, mas engañado que culpa­
ble.—Esta oracion ardiente duró quizás la tercer
parte de una hora. Pocos momentos despues, vuelto
4 su estancia, supo que manifestábase ya en la turba
un principio de arrepentimiento, y que el ídolo colo­
cado en el altar gracias á mil mentiras y m aquina­
ciones, comenzaba á decaer en la pública opinion:
Garibaldi habia recibido un mentís público desde que
abrió la boca en Ginebra.

XIII.
Episodio ele Carouge.

Aquí tiem bla la plum a y se cae casi de la mano,


al tener que recordar por obligación propia de los
escritores fieles, la increíble grosería del pueblo ca-
rugés. El, el Gran Figurón (si agrada mas F igurón
que Figura, por ser el masculino mas enérgico) ha­
bíase desvelado m uy alegre, lleno de buen humor y
de meliflua benevolencia hácia el buen pueblo rep u ­
192
blicano que le había aplaudido y reverenciado. E sta­
ba muy reconocido también al comité de recepción,
que le liabia provisto de tan bella casa, y le habia
proporcionado una cena excelente, y otras mil como­
didades que no desagradan ni á los héroes, mientras
visten la carne mortal. Para comenzar bien la segun­
da jornada, pensó dar un paseo en coche alrededor
de Carouge, y hacer una visita á una señora, c u -
yo nombre debe callarse para honor de su patria
noble y desventurada.—Esta galantería, pensaba éi,
me pondrá en buen lugar; se verá que lejos de ser
aquel bñgantaz-o mal pergeñado, como dicen los n e­
gros, soy un caballero que viste á la moda: entretan­
to se echa la llama sagrada entre el pueblo carugés.
Los amigos que estaban á su alrededor, aplau­
dieron su intento con grandes saludos: solo algún
hombre del pais mas listo, y conocedor de la topo­
grafía, torció un poco los labios. De todas maneras
los correos partieron, con el fin de anunciarlo al ilus­
trado público y á la ínclita guarnición. Este fué el
yerro principal, y la estrategia defectuosa, que des­
gració una empresa que de lo contrario hubiera salido
perfectamente. Hubiera sido mejor ir á la sordina y
llegar de improviso. Garibaldi prefirió enviar delan­
te los trompeteros, esperando enloquecer al pueblo
carugés, y renovar punto por punto las grandes
escenas del dia precedente. Pero no; aquellos villa­
nos, 110 habiendo sido instruidos ni preparados ante­
riorm ente, lo dejaron venir (salvo algunas escepcio-
nes respetables) con un aire de tanto me importa, que
verdaderamente era m uy mal síntoma. Y despues,
¡miren ustedes qué malicia! precisamente sobre el
hermoso puente de Carouge, murado por Napoleon I,
m ientras el General vestido con una camisa encarna-
193
da, capa de varios colores y sombrero torcido, venia
muy airoso á honrar con su presencia á los ciudada­
nos, vióse salir á su encuentro una cosa que 110 era
hombre ni mujer, sino un asno propiamente dicho,
enjaezado con una gualdrapa colorada: un asno g a-
ribaldino propio y verdadero.
Sin esta últim a circunstancia, era cosa de no de­
cir una palabra, pero con ella no podemos pasar ade­
lante sin referirlo; si hacemos mal oficio á los c a ru -
geses, ellos tendrán la culpa; la historia es la ven­
gadora de todos los derechos. ¿Es posible por ventu­
ra, que aquel asno se disfrazase de aquella manera,
por sí mismo? No: está probado que una porcion de
jóvenes picaronazos lo quitaron violentam ente del
establo, y que con alegría infernal, tirándolo por el
cabestro, por las orejas y por la cola, lograron po­
nerle la camisa garibaldina. El asno la rechazaba,
¿qué podia él solo contra tantos? Además, si hubiera
marchado por el camino de Garibaldi, v. g. para di­
vertirse, y por su gusto, no se podría hacer ningún
cargo á ios carugeses: pero está demostrado hasta la
evidencia, que el asno en cuestión no tenia propósito
de pasear, sino que, por el contrario, andabade mala
gana, y que se leía en su exterior el disgusto que in­
teriormente experim entaba por tan singular y alegre
locura; como también que aquellos inicuos lo em puja­
ron por detrás, le hicieron ir adelante, y en suma,
le forzaron á m archar contra Garibaldi. Todo esto
es inexcusable, y admitimos de buen talante, porque
asi lo han manifestado los testigos, que el pobre asno
se puso ä rebuznar delante de la comitiva del G ran
Figurón; pero aun esto no prueba nada, porque todos
pudieron ver á los malvados que lo constriñeron, mal
de su grado, á esta dem ostración. Ellos fueron los que
to m o i. 13
194
en aquella hora le dieron en las ovejas con un espon-
ton, sin miramiento de ninguna clase. ¿Qué burro,
por grande que hubiera sido su benevolencia hácia
Garibaldi , no hubiera rebuznado en tal conflicto?
Rieron los picarones y soltaron la carcajada, pero no
rió Garibaldi, que con su perspicacia natural com­
prendió la intención oculta del asno, de su traje y de
su rebuzno: envolvió en su desden al asno y á los
burreros, fulminó contra estos una m irada terrible, y
p r o s i g u i ó su camino.
Dice la crónica de Caroug’e, que los m alaventura­
dos autores de lo dicho» recibieron de los sectarios del
país el sobrenombre de jesuítas. ¿Lo merecían ó no lo
merecían? Nosotros no queremos entrar en estos trein ­
ta sueldos: juzgue la posteridad. Lo cierto es, por lo
que hace á la historia, que nosotros la hemos contado
precisamente como nos la refirió un carugés no arre­
pentido. Quizás ¡picarillo! era uno de la comitiva
empeñada en molestar las orejas del burro á fin de
conseguir que cantase.

Non ragioniam di lor: ma guarda, e passa,

como hicieron Garibaldi y sus batidores. Estos iban


delante, rogando cortcsmcnte á los ciudadanos que
saludasen. He aquí'que en el desembocadero de la
calle De los G randes F ilósofos , un grupo de jóvenes
(inútil es nombrarlos) oida la antífona, respondieron
encogiéndose de hombros;—Nosotros nos descubrimos
á los hombres de honor, pero no á Garibaldi.—Y se
quedaron allí m uy tiesos, como si hubieran comido
un asador. Los solicitantes se tragaron callandito
callandito la respuesta, y esperaron otra mejor mas
adelante, pero inútilmente. La polaca vivia en casa
195
de Jannin, en la calle de Santa Cruz. Como nadie ig ­
nora, Garibaldi huye de la cruz, y la considera de
mal augurio. A pesar de esto, el mal no le vino de
ella, sino de un lavadero que hay enfrente. Aquellas
serpientes de lavanderas, no sé sabe por qué, esta­
ban enfadadas con Garibaldi. Enfadadas, es decir
poco: estaban con un humor endiablado. Sin decir
oste ni moste salen de las casitas, y tal como esta-
ban, sucias y descompuestas, se colocan en batalla,
en el momento en que debia desmontar el Gran F i­
gurón. Las feroces fu ñ a s del Dante hubieran parecido
mansas al lado de aquellas furias carugesas. E ra
preciso verlas con las dos manos extendidas hacerle
burla, el semblante dirigido contra él y las bocas m uy
abiertas, gritando:—¡Has llegado, perro traidor!— iAh
ladrón, presidiario, asesino, anda, que el diablo te ......
canalla! En suma, una verdadera letanía de palabras
propias de lavanderas. Lo peor era que ciertas heroí­
nas de rapiña, ora sacaban las garras, ora blandían
el mueble con que golpeaban la ropa: á continuar
allí un poco mas, le hubieran buscado el bulto. Otras
hacían pelotitas con la ceniza, con el fin de arrojár­
selas á la cara. Pero plació á los hados que G aribal­
di las salvase de tantos delitos, salvándose á sí pro­
pio en la casa que iba á visitar: los gendarm es de la
república ginebrina calmaron la sedición. Así pudo
volver á Ginebra sin nuevos disgustos.
Mas al G ran Figurón le sabia muy mal tragar,
por decirlo así, semejante burla, porque le parecía
vergonzosa: hasta sus neófitos de la ciudad y del
contorno estaban resueltos á volverle la fama á todo
trance, y la oportunidad de realzarlo se presentaba
por sí misma, porque en aquella tarde' se dejaba de
trabajar, en atención á la fiesta, ó como allá dicen, á
196
la Voga de Carouge. Por consiguiente llevemos allí á
Garibaldi, dijeron los empleados de la corte: con luz
de gas la comparsa será m uy bonita, y aquellas piz­
peretas caruginas, hechizadas por su hermosura, irán
á su alrededor como las moscas á la miel, y con ellas,
y a se sabe» hasta los hombres se decidirán por noso­
tros.—Dióle á Garibaldi denteras este pronóstico, y
mandó pregonarlo por Ginebra entre los amigos.
Solo que el diablo envidioso se metió hasta en este
melonar; y oid de qué manera.
Como director de la fiesta iba el comité de la S o ­
ciedad del cañón . Sus individuos, sabedores de la be­
nigna condescendencia soberana, quisieron saber la
verdad, y averiguaron al fin, que la cosa estaba en
el punto que se anunciara: Garibaldi habia decidido,
en efecto, ir á danzar en su pais despues de las fati­
gas de la apertura del congreso.
—No señor, respondieron; que no se mezcle Gari­
baldi en nuestras fiestas. Si nos trae su ceño, noso­
tros lo dejaremos plantado allí, para que pueda bai­
lar con los bancos.
Debió referirse á Garibaldi esta embajada, ó mejor
dicho esta salida, porque aquellas caras graves de
Carouge son así: una vez dicha una cosa, ha de ser
aquella precisamente. No se vaya sin embargo á creer
que tan am arga píldora se le dió cruda y desnuda;
el señor Desgranges, consejero de estado y conse­
jero de Garibaldi, que se habia ganado ya sus simpa­
tías escoltándolo en la entrada triunfal, tradujo la
indignación furiosa del estilo carugés al estilo áulico,
le quitó la pimienta, compuso un jarabe, y dijo á Ga­
ribaldi:—La opinion pública no está bastante bien
dispuesta todavía en Carouge; general, haréis mejor
librándoos de esta gentuza.
197
Garibaldi (para salidas es el único) respondió fran­
camente:
—De los carugeses no me cuido poco ni mucho:
tanto es así, que no quería yo venir.
¿Por qué no decirlo antes? Basta; la ciudad de Ca-
rouge fue señalada con carbón en los registros g ari­
baldinos. Que la defienda quien guste; nosotros nos
sentimos sin ganas de hacerlo, porque si bien aque­
llos ciudadanos pretenden haberlo hecho con buen fin,
parécenos que con estas demostraciones de disgusto,
concurrieron no poco á los desastres de los días si­
guientes.'

X IV .
El Congreso de la paz, ó declaración de
gnerra.

P ara xaejor correr alza las velas


Ahora, navecilla de mi ingenio,
Que dejas tras de ti m ar tan funesto,

y contaremos cómo se abrió y fue cerrado des-


pues el Congreso de Ginebra. Decorábanlo con su
presencia muchas docenas de magnos varones; sin
contar el gran (Garibaldi; habíanse colado en él no
pocos bribones, no pocos estúpidos, y no pocos sim ­
ples enamorados del título: Congreso de la paz. Con­
cretándonos solo á los italianos, no habia uno que va­
liese dos sueldos: Ceneri\ g ran veleta; Domingo
Guerrazzi, el hombre del/Isno; fray Pantaleon, g ran
capellan de la corte garibaldina; Julio Martello, char­
latan politico; Mauro Macchí, de fe y de moral atea,
y otras cabezas de chorlito; toda gente de la misma
198
estofa..-. Alguno preguntará: ¿y no estaba Crispí? ¡Si
que estaba! Crispí es como el laurel de las fiestas, que
se halla en todas partes; Crispí en las cuevas m azi-
nianas y Crispí en los esplendores de la antecám ara
real; Crispí fiel á Rattazzi, y Crispí no infiel á M ena-
brea; Crispí en el parlamento y Crispí en la guerra.
Solo en*un sitio no ha podido penetrar, no obstante
desearlo mucho; en el palacio Ríccardi: pero ha fre­
cuentado todos los demás. Crispí de aquí, Crispí de
allá: hasta en Ginebra se encontrará.
Abrense ahora las puertas del palacio electoral, ó
como dice allá el pueblo republicano, de la fábrica
electoral. Hay en él un salón grande y adornado, que
sirve precisamente para los escrutinios políticos: el
municipio lo concede tam bién para otras asam bleas
populares. El comité del congreso lo habia obtenido
fácilmente. Adornaron el centro con un trofeo de
banderas, que debia representar á todas las nacio­
nes, estrecham ente unidas por el vínculo hermoso de
la paz, como en los tiempos de César Augusto. A la
cabeza surgía la tribuna, y debajo los sitiales del pre­
sidente, de los vicepresidentes, de los secretarios, de
los taquígrafos, y de todos los demás trastos que se
usan en tales circunstancias. Frente por frente de la
tribuna, dispusiéronse los sillones en los cuales de­
bían repantigarse los miembros^ eíectiyos de la asam ­
blea. Detrás habia bancos para la aristocracia p a g a ­
na, tanto m asculina como femenina. Lo restante,
platea rasa, que se conservó para los proletarios, lo^
cuales entraban á tabanazos, solo con enseñar la pó­
liza de ingreso, sellada por un congresista. Los gen­
darmes de la república ginebrina vigilaban disemi­
nados aquí y allá, con g ran uniforme; y los agentes-
de la policía francesa, quizás mas numerosos y mas
199
despiertos, estaban atiabando, con el solo encargo de
referir lo que sucediese.
Cada uno puede im aginar la muchedum bre que
acudió el primer dia á la apertura de un congreso
destinado, al decir de los bobalicones, ä traer nueva­
mente á la tierra el reino de Saturno, cuando atában­
se los perros con salchichas. Eran las dos de la ta r ­
de, calentaba un sol brillante, y corría un aire purí­
simo: nunca dia tan hermoso alegró las riberas del
Leman. Y además, ¿quién podía quedarse hecho un
bobo en casa, cuando se presentaba la ocasión de
contemplar con un solo golpe de vista, una coleccion
tan rara da personajes ilustres?
Su primer tarea fue constituir el tribunal, ó si se
quiere junta moderadora, encargada de confiar los
cargos A los peces mas grandes. A Garibaldi, como
inepto para regir una asamblea deliberante, colocó-
sele aparte, y con el fin de halagarlo, se le confirió el
título de presidente honorario:· para regir de hecho
el timón eligióse á Jolissaint, consejero de estado en
Berna,· suizo valeroso y experto para el teclado de los
congresos. A espaldas del presidente se colocó una
hilera de vicepresidentes, hombres (conviene decirlo)
tan partidarios de las camisas rojas, como dignos, al
menos la m ayor parte, de las camisas de fuerza.
Se dejó que hablase primero un tal Barni, vice­
presidente, desterrado francés, profesor, é ilustre por
las obras de Kant que habia traducido del original
oscuro con un lenguaje que lo era mas. Dijo este so­
bre los destinos del Congreso de la paz cosas ul-
traadm irables, que fueron mucho mas inteligibles
cuando un hombre de buen sentido, Schmiedlin de
Basilea, las hubo allí mismo refutado, diciendo en
sustancia; Hijos míos, no es cosa de charlar aqui
200
tanto sobre las formas de gobierno, porque nada tiene
que ver esto con la paz; las autocracias, lo mismo que
las repúblicas, movieron de tiempo en tiempo guerras
m uy encarnizadas. Dejemos, pues, en paz al gobierno
suizo, y tam bién á los restantes: no nos ocupemos
en los hechos de los demás, sino en los propios.
Aplaudieron calurosamente tan discreto discurso
los republicanos suizos, inclusos sus jefes, Alberto
Wessel, gran superintendente del círculo del F u ñ id -
no, y Fazy, su antagonista. Estos no acababan de
comprender que la gran m áquina del congreso no
fuese mas que una reunion de resortes y de muelles,
para lanzar con violencia y con éxito á. Garibaldi
contra ei Papa: ignoraban probablemente que Acco-
las, gran pontífice secreto del Com une revolucionario
degli operar fra n cesi, habia sublimado el Congreso de
la paz, diciendo en las instrucciones reservadas, que
no se tratase de conseguir semejante paz, sino de v io'
lento exterminio, y de fundar sobre las ruinas de las
religiones, del papado y de las monarquías, una re­
pública universal, atea y m aterialista, gobernada por
obreros, que deberían excluir á los nobles y á la cla­
se media (1). Los sectarios franceses se mofaron pues
del buen sentido suizo, como si se les quisiera poner
una mordaza. Entonces se traslució que los Accolas,
los Chauffour, los Chassin, los Clamageran y los de­
más habían venido á Ginebra para echar fuera la
baba, que no se atrevían á echar en París. Los italia­
nos, por el contrario, no pensaban sino en arm ar ru i­
do alrededor del Héroe de los dos mundos, y con tan-

(1) De los procesos crim inales instruidos en Parte y registrados


en los periódicos, especialm ente en el Univers del 22 y 23 diciem ­
bre d e 1867, y dei 7 en e r o de 1808.
201
to gusto se hubieran acomodado con la locura como
con la prudencia, con tal que su protagonista fue­
se aplaudido.
Garibaldi. que al decir de su archipámpano José
Guerzoni (i) es león para las empresas hercúleas y
niño in rebus parvis, mostróse aquí un poco mujer;
hizo como ciertas señoras pisaverdes, las cuales lie—
gan á la reunión á última hora con el fin de que las
gentes digan;—¿Quiénes son estas? ¡Qué elegantes!
¡Qué tocado! ¡Hermoso esl—Dejó que se calmara el
baturrillo, levantóse despues con ademan solemne, y
se dirigió con gran lentitud á la tribuna. Vestía como
un bobo de teatro: pantalón gris con una lista roja,
finísima camisa de franela de color de escarlata, y so­
bre las espaldas un puncho de guerrillero americano,
en que se veian los colores italianos, encarnado, rojo
y verde: afectaba un semblante recogido, y (cosa que
no creeríamos si no la supiésemos por testigos ocu­
lares) cierto aire de compunción, é iba con las manos
de vez en cuando cruzadas sobre el pecho» pavoneán­
dose mucho, no bien algún tonto decíale al oido: ¡Cui-
dado, que no resulte vuestra figura indigna de ser
pintada!
Inútil es ponderar el silencio profundo que reinó
en la asam blea-al comparecer en la tribuna. Sabíase
que Garibaldi
«Poeta bueno fue y soldado bravo,
T Augusto, según fama, exclamó un dia:
Capitan Garibaldi, soy tu esclavo.
A un tiempo peleaba y componía;
Mil veces con puñal cortó la pluma,
Y en la corte privando se le via.»

(1) ¡Viioca Antologiat cuaderno de marzo de 1868, pá£. íii3.


202
Pero esta vez faltóle la elocuencia, y los periodis­
tas de su partido aderezaron quizás de diez modos las
insípidas palabras que pronunció en aquella sesión
primera. Ciertos corresponsales, hasta osaron asegu­
rar que hablaba casi correctamente el francés. ¿Se
quiere mas? La verdad es que quien estaba cerca y
recogió las sílabas y hasta la pronunciación, asegu­
rónos de palabra y por escrito, que jam ás había
oído disparates tan ridiculos en ita lia n o . francés
y nizardo en estrecho maridaje. Sus principales
majaderías, traducidas al italiano inteligible, fueron
estas:
«Ciudadanos republicanos: estoy contento de ha­
ber venido á Ginebra, país de libertad. ¡Qué con­
tento estoy de hallarme en este hermoso pais! El
espectáculo es m uy bello, pero hay una cosa que
lo ensucia; esta cosa es la bandera francesa: es pre­
ciso quitarla, y entonces el espectáculo será her­
moso.»
Hasta aquí el discurso fue improvisado. Garibaldi
dijo lo que precede con el fin de renovar las preten­
siones de un tal Alberto Ferm é, socialista frené­
tico, el cual habia pedido poco antes que se arran­
case la bandera francesa del grupo en que estaba
con las otras. Entró despues el discurso prepa­
rado.
«Vengo, queridos conciudadanos, para deciros
dos palabras: estas dos.palabras son, que es necesa­
rio concluir con el.papism o, y quitar el monstruo que
vive en Eoma, Propongo una república para impe­
dir todo mal. Una cosa impide.la república: estacosn
son los curas, los obispos, el vampiro romano; pero
la cosa que lo impide sobre todo es el emperador.
Alguna cosa existe que es mas pésima, y son los je-
203
suitas. Mueran, pues, los jesuítas; m uera el empe­
rador Napoleon, y m uera el vampiro (1).»
Despues de estas locuras, no fue ya posible con­
tener la indignación extraordinaria que, mal compri­
mida, estalló aquí y allá desde las primeras pala­
bras.—íAl orden, al orden!—se gritó á un tiempo
desde todos los puntos del salon; el que tenia un sil­
bato (y no eran pocos) hacíalo sonar desesperada­
mente; el que no, metia dos dedos en los dientes, y d a­
ba unos chiñidos capaces de asordar á la asamblea.
Entre esta g ritería, hombres del pueblo encoleriza­
dos decían á voz en grito ;—¡Afuera los brigantes!—
¡Abajo Gari-baldi!—¡Es un loco!—¡Al m anicom io G ari­
baldi!—¡Yete á h acer!....—E ra un concierto de furor.
Los gendarmes se pusieron en medio, y con buenos
modos procuraron contener la borrasca indomable;
he aquí que un hombre como de unos cincuenta años
se presenta entonces enfrente de la tribuna, y comen­
zando una refutación proporcionada d ía s injurias del
orador, arrójale á la faz una palabra hedionda, que la
decencia impide consignar.
Garibaldi sintióse caer m uy bajo en la pública es­
timación, palideció, se puso á tem blar, y callóse. En

(1) fie aquí el texto fninco-nizardo, Lal com o r o s fué trasm i­


tido: *CÍtoycn$ répoublicains, ze soitts k c u re u x do it venir a Zénéure,
(Ians ze beau pays dou liberté. Com ze souis heurevx dou me írouver
dans ze beau pays. Low baslimcnl tí eft bic» beau, m a ü ij a une sauze que
on salit, cct zquzc « i ítrn (írap eau francése: il faut í’cíiícu cr, alors il séra
beau. Zc m'ení, ser concitoijcns, -pour vous dire deux mots. Ces deux mots
c'est dou finir a see le papism e, enléver Ion monstre qui esí íi Jíome. Ze t>iem
au miheu d'une répouhlique pour empesser tout le ma!. Una saxtze empesse
k répouhlique, cette sa m e sont lo w p r a lr e s , lous évesques, lou vam pire
romáin: ma la sauze qui empesse de plus c'est l’em péror: ma quelque sauce
de plus sont les zésouítes. Done a m orí Íes zésouiies, a m orí l’empéror №-
poleon, á morí Ion vam pire .*
204
vano sus sátrapas, poniéndose en pié, suplicando en
parte y en parte profiriendo amenazas, hacían ges­
tos y ademanes, á fin de aquietar á los irreverentes
contra el ídolo. Nada lograron: los silbidos y los vi­
tuperios parecían renacer á cada instante. Garibaldi
se repuso, levantóse de nuevo, é intentó volver á
usar de la palabra: fue ahogada su voz. Al fin des­
cendió de la tribuna. Por toda la sala se repetía: —
¡Fracaso, fracaso, fracaso completo! (1)
Desde este momento el Congreso de la paz se
puede decir que se precipitó rodando por la pendiente,
sin ser ya posible reanudar las cnerdas del saco. F&zy
dijo en alta voz, que las exorbitancias del general
italiano lo habían hecho naufragar. Realmente la se­
gunda sesión, semejante 4 la prim era, se llenó con
disputas entre socialistas franceses y honrados suizos
republicanos; oyéronse payasadas poéticas de Quinet,
insipideces añejas de Cenen y de Gambuzzi, partes
telegráficos expedidos por hombres y por mujeres;
comida recalentada, que no hizo avanzar un punto la
paz ni la g u e rra , y fue causa de que los ginebrinos
se arrepintiesen de haber dejado el palacio electoral
para una batahola de saltim banquis vulgares.
En el ínterin los católicos de Ginebra, de Carouge
y de los lugares vecinos no estaban seguram ente
mano sobre mano. Informáronse desde el prim er dia,
no bien se divulgaron las blasfemias de Garibaldi, y
fueron á encontrar á Monseñor Mermillod, su n a tu ­
ral consejero en tal conflicto.. Rogáronle que escri­
biese al Santo Padre, y le hiciera conocer los verda-

(1) Por el asentim iento de los periódicos católicos y de los


sectarios, y por los testigos auriculares y oculares que infor­
maron di; lo que acaeció, de palabra y por escrito.
205
deros sentimientos de la devoción filial de los cató­
licos ginebrinos, ofendida en sil casa por unos es-
trang'eros bellacos, pero viva y firme á toda prueba.
Al propio tiempo deseaban informarse de la m anera
de manifestar enérgicam ente la propia indignación,
y m antener los derechos de su conciencia y de su re ­
ligión. Los mas violentos proponían una reunión so­
lemne bajo las ventanas de Garibaldi, y una declara­
ción de principios manifestada con burlas v silbidos*
Monseñor, apercibiéndose de que aquellos eran muy
capaces de hacer silbar, no solo los silbatos sino tam ­
bién los palos y las piedras, tomó á su carg’o la tarea
de calmarlos, y con el fin de dar alguna salida al justo
enojo, les aconsejó que presentasen una queja á las
autoridades. Dicho y hecho: tres escritos se redactaron
á un tiempo: uno para el consejo federal, otro para
el consejo de estado del cantón, y otro para el Con­
greso de la paz: gran número de ginebrinos los firma­
ron con su nombre propio. Pedían en ellos altamente
que se respetase, al tenor de la ley, su dignidad de
ciudadanos y su conciencia de católicos, y protesta­
ban que no querían ni podían soportar que los foras­
teros vinieran á herir impunemente la una y la otra.
Concluían manifestando que las autoridades debían
tom arlas disposiciones oportunas.
Enviáronse las cartas, y pusieron, como era jus~
to, en grave compromiso, tanto á los m agistrados fe­
derales como á, los del cantón. Solo el Congreso de
la paz, ó mejor dicho los de la presidencia, sectarios
empedernidos, tuvieron la osadía de no leerlas públi­
camente. Fué lo peor que pudieron hacer, porque los
católicos se consideraron grandem ente ofendidos, y
resolvieron poner un dique á tan villana soberbia.
La sesión se convirtió en una batalla campal. Ceneri
206
dijo contra el Papa cosas dignas de un. demente. Otro
(el parisiense Fermé, según creemos) pidió que Na­
poleon fuese considerado como el mayor asesino del
mundo, lo cual rechazaron otros ferozmente. Los
amigos de Garibaldi fueron tan allá como los mas
furibundos, y afirmaron term inantem ente, no solo
que debían ser asesinados los príncipes, los reyes,
los soldados, los nobles y los de la policía, sino
tam bién que debían abolirse todas las religiones:
abajo el Papa y los sacerdotes, el protestantismo y
sus ministros. Un demonio encarnado osó enfurecerse
directamente contra Jesucristo, llamarle autor de to­
da discordia social y de toda desventura, y pedir que
se desterrase del mundo su memoria, para que libre
toda la superficie de la tierra, se estableciese la fra­
ternidad de los obreros, ó, para emplear su misma
expresión, de los iguales.
Por estos delirios satánicos se oyó en la asamblea
un estremecimiento semejante á los rugidos del mar
tempestuoso: Fazy, ardoroso promovedor de los fes­
tejos de Garibaldi, hastiado de oirles, arrójase á la
tribuna y exclama con voz de trueno:—Déjense aparte
tales principios, que ofenden la conciencia del pueblo
ginebrino.
Debajo, la tu rb a de los facinerosos juram entados
secretamente para procurar que triunfasen las pro­
puestas, respondía:—No queremos lecciones, sino li­
b ertad de conciencia.—Pues no la violéis, insultando
la conciencia de otros. Pido que se vote mi propuesta:
El congreso no debe tra tar de principios.
Voces der™fA votar, á votar! resonaron por todo
el salon.
El presidente consideróse obligado irresistible­
m ente á m andar Que girase la urna. Pero los que no
207
pensaban como aquel, alterando caprichosam ente los
votos, perturban el orden, se oponen al escrutinio, y
gritan:—La proposicion de Fazy es rechazada.—Fazy
que conoce el engaño, no dice una palabra, sino que
se coloca enmedio, é irritado por la injuria reniega
del cargo, se mete el sombrero en la cabeza, y vuel­
ve las espaldas al congreso: hacen lo mismo poco
despues algunos de sus colegas.
Parecía en el ínterin que el demonio andaba des­
encadenado por la asam blea: tal era la discordia
que reinaba. Quién aplaude lo hecho por Fazy, quién
lo desaprueba; los unos chillan contra los de la pre­
sidencia, que son defendidos por los otros. Tanto los
católicos como los protestantes, se ju zg an ofendidos
por los vituperios furiosos fulminados contra la reli­
gión.—No es ya, decían, un congreso de republica­
nos, sino una reunión de energúm enos. Las lenguas
de los oradores andaban como las aspas de un moli­
no, tanto en los sitiales de los congresistas como en
los bancos de los oyentes; era un diluvio de acusa­
ciones y de respuestas órgullosas: franceses, austría­
cos, italianos,, todos regañaban á un tiempo, procu­
rando cada uno levantar la voz sobre los restantes:
los mas cuerdos buscaban la puerta de salida para
dejar aquel infierno.
A las ocho de la noche había de celebrarse una
reunión popular extraordinaria, sin distinción de
creencias. Convocábala Fazy y sus consortes, para
protestar contra las barbaridades de los co/ií/restos
y lavarse las manos. Ho bastaba esto á los católicos,
que atrozmente ultrajados en su fe, ardían en'deseos
de humillar y de poner fin á todo trance al orgullo
de los e x tra n je ro s blasfemos.—¿Quién es este perro,
decían en alta voz, que viene á insultarnos en núes-
208
tra casa? ¡Un salteador de caminos, italiano!—;Y se
atreven, en presencia de nosotros católicos, á malde­
cir á nuestro Papa, á nuestra religión y á nuestro
Cristo!—¿Pues qué? Nosotros los ginebrinos, ¿no so­
mos señores de Ginebra?—;Y todo esto lo hacen una
docena de galeotes!—¡Afuera, afuera! O los hace salir
el consejo de estado, ó los hacemos salir nosotros.
Ninguno que nos haga traición tiene derecho á estar
aquí.—¿Creen atemorizamos quizás con sus barbas?
Apuntaremos con nuestras carabinas á ellas, y las
perfumaremos con pólvora á nuestro modo (1).
Aquella gente deseaba mucho, en verdad, venir
á las manos, y la cabeza les hervía extraordinaria­
mente: era, pues, de temer un conflicto de gran con­
sideración. He aquí por qué el sabio prelado, monse­
ñor Mermillod, que no podía menos de aplaudir la
intención y censurar el expediente demasiado eficaz,
les persuadió, con muchas razones, de que no debían
tomarse la justicia por su mano, y de que debían
atenerse á los medios legales. Aconsejóles que pre­
sentasen una reclamación mas enérgica al consejo
de estado, y que distribuyesen por toda Ginebra, en
cartelones de letras m uy grandes, la protesta recha­
zada por los congresistas. La protesta decía en sustan­
cia:—Un extranjero, que no comprende dónde ha
llegado ni de dónde ha venido, atiza la discordia
entre los ciudadanos pacíficos, é insulta nuestra pa­
tria, nuestra religión y la de nuestros padres. Noso­
tros católicos, protestamos contra sus palabras, y
pedimos al consejo de estado que no le deje conti­
n u a r.—Seguían las firmas de unos cuarenta ciudada­
nos principales.

(t) Palabras verdaderas, referidas por quien las oyó.


209
Entretanto el obispo dejó entender á los señores
del consejo, qiie como cabeza espiritual de los católi­
cos podía ciertam ente amonestarles para que no co­
metieran represalias indecorosas, pero que, sin tra ­
tar de meterse en el campo del preboste, ni de cerce­
narle sus facultades, no podía, bajo ningún concepto,
aconsejarle que perm itiera vulnerar el honor de la
religión y de la libertad de conciencia, garantida por
la ley. Añadió, que á la autoridad corresponde quitar
la yesca del fuego, y que por lo tanto se debia impo­
ner silencio á los provocadores extranjeros, cuya
arrogancia habia llegado á un punto intolerable; que
diese, pues, los avisos, y que tomase las disposiciones
oportunas, en la inteligencia de que, no haciéndolo,
sería suya la culpa, y responsable del daño que po­
día resultar.
Fuera de estas prudentes reflexiones del obispo,
oían los m agistrados el vago rum or de los católicos,
decididos á reivindicar sus derechos hasta con la
fuerza, y observaban que, indignados hasta los pro­
testantes, hacían causa común con aquellos, para que
no se menoscabase su respectiva libertad: compren­
dían además que m ostraría su disgusto la Francia,
insultada públicamente en el congreso. El consejo
federal de la nación suiza enviaba desde Berna ofi­
cios, á fin de que se procurase impedir que los ofi­
ciales del cantón·ginebrino se quejaran con justicia
al.imperador de los franceses, ó á otros gobiernos;
se mantuviese incólume la franquicia interior, me­
diante el cumplimiento de los deberes internaciona­
les; y se hiciera· saber á los forasteros perturbadores,
que la hospitalidad suiza no es para los que abusan
de ella.
Los mismos consejeros estaban extremadamente
TOMO I. lí
210
fastidiados de las rancias m ajaderías de Garibaldi y
de la impertinencia de los suyos; pero no se atrevían
á tomar ninguna determinación: les asustaban los
periódicos de la Europa sectaria, que-tenían la pluma
dispuesta en su daño, y que estaban á disposición
del congreso. La fírme actitud de los católicos ven­
ció su irresolución: el consejo reunióse para tra ta r
de un asunto urgente, y tomó la determinación de
hacer salir á Garibaldi y á, sos furibundos partida­
rios. Hé aquí que un comisario de policía se presen­
ta por la noche en la casa donde vive Garibaldi, y
solicita una audiencia inmediata.
—General, me disgusta el encargo, mas debo
cumplirlo: el consejo de estado os ruega que volváis
á pasar el confín.
—No habia necesidad de esto, responde el Gene­
ral, el Congreso se cerrará pasado m añana, y yo n e­
cesito estar pronto en Italia.*...
—Perdonad: tengo la orden de invitaros á que par-
tais m añana, y sin estrépito. ¿Me dais palabra?
Este rayo irreparable desanimó extraordinaria­
m ente á Garibaldi, que no pudiendo hacer otra cosa»
torvo é irritado, dejó escapar un:—Decid que sí.—
Y volvióle las espaldas. Sus favoritos, mas mohínos
aún, habíanse dispersado por sí propios desde que
oyeron que los católicos hablaban de hacer oler la
pólvora á los barbudos desenfrenados: los unos se
habían escondido en sus casas, y los otros habían to­
mado las de V i ll a d i e g o .
El Héroe hace venir luego á Caldesi, y le dice:—
Yete al telégrafo, y escribe que m añana á las nueve
parto de aquí.
—Pero ¿por qué? ¿Qué ha ocurrido?
—Escribe, y no hay que pensar en otra cosa.
211
—¿A quién escribo?
—Al diablo, para que se lleve á los ginebrinos y
arranque á Ginebra de raiz; ¡tarde volveré!
—Pero, Júpiter máximo, no os deis á los p er­
ros..... Aun cuando queráis salir de aquí, no es cosa
de escribir en seguida: habría un run run en el con­
greso..... Escribiremos despues de haber salido.
Escribe cuando quieras, en hora mala, pero haz
que Cucchi me aguamele en Belgirate pasado maña­
na. Quiero quitar de los zapatos hasta el polvo gine-
brino. ¡Hasta los protestantes echar fuera á Garibal­
di! ¡Maldición!
Así, poco mas ó menos, debió discurrir el Héroe
con el sub-héroe Caldesi (1), Pero ¿quién puede saber
cómo pasó aquella noche lúgubre? Quizás la pasó
dando arriba y abajp vueltas como el león (el león es
Garibaldi, et quidem león melenudo; como dice Guer-
zoni). Este león, con las garras recogidas en el pe­
cho, probablemente pensó en los dias anteriores, y en
las amorosas acogidas de Ginebra, y en los ramos de
ñores, y en los vivas, y en el tumulto del pueblo que
aplaudía*—Y sin embargo, me arrojan como se arro­
ja á un perro de la iglesia.—Y llevando á tiempos
anteriores el espíritu desolado, recordó «la epopeya
maravillosa de Montevideo y de Marsala,» colocó de~

(I) El telegram a de Caldesi á Cucchi es realm ente do algu­


nas horas posterior & la salida de Garibaldi. Cf. Documentos rela­
tivos á los últimos acontecimientos „ presentados á las Cámaras, pá­
gina 69. Francisco Cucchi, diputado del parlamento italiano, era
por aquellos dias el ministro de estado de Garibaldi en Lom­
bardia; poco despues fue personalm ente gefe de los sicarios
dentro de Roma; y ahora está persuadido de no haber hecho mas que
em p lir con stt deber, y está pronto á cumplirlo siem pre, como confiesa
en una carta, fechada en Florencia el H de enero de tSGS, é in ­
serta en la Rifonma-
212
lante de su pensamiento á sus fieles; al brillante
Missori; al festivo Antongini, milanés; al impasible
Mosto con los inseparables Stallo y Burlando, famo­
sos entre los carabineros genoveses; á Ergisto Bezzi,
gloria del nombre de Trento; á Sella y á Tolazzi, re­
presentantes del valor friulano; al óptimo Caldesi, de
Bolonia; á Tañara, de Parma; á Carlos Mayer, de Lior­
na, restos de batallas y heridas; al infatigable Salo-
mon, de los Abruzzos; al melancólico Di Benedetto,
palermitano; al húngaro Frigessy, organizador vigi­
lante y asiduo; á Mario (Alberto), corazonde soldado
y de poeta; á una porcion escogida de valientes ofi­
ciales del ejército, que habían hecho dimisión ó esta­
ban en expectativa, los Corazzí, los Rossmi, los De
Bernardi, los GulmanelU, y ..... los hermanos Cairoli,
intrépidos entre los intrépidos {1^ Quizás no pensó en
Medid, ni en Bixio, ni en Turr, ni en el ex-abate Sir-
tori, ni en Cosenz, ni en Sacchi, planetas todos que
daban vueltas en otras ocasiones alrededor del sol Ga-
ribaldi. escapados ahora por la tangente, gracias ála
disminuida fuerza centrípeta, y á la creciente atrac­
ción de otro centro planetario, que no mueve su am­
plísimo sistema con las fuerzas neutonianas, sino cor.
la simple virtud del apetito.—;Ay de mí! suspiraba el
Gran Figurón, todos estos que tengo á mi servicio ea
Italia, no están en Ginebra. Si estuviesen, no consen­
tirían que un alguacil bribón me arrojase de aquí n
latigazos, iAy I ¡Latigazos sobre el mostacho! ¡Peores
son que las balas en la corva! ¡Cosa mas dura es que
Aspromonte! ¿Cuánto mas me hubiese valido quedarme
en Rapolano! Allí me acariciaba el conde Boninseg-
ni; allí bebia, cantaba y comía confitura en casa de

(1) fíu ov a Antología, I, a n t e r i o r m e n t e c i t a d a .


213
mi buen carnicero Ciaramella, dadivoso y de manos
listas. iQuiero hacerle coronel! Allí hubiera podido
brillar en todo aquel contorno, sin excluir á Siena, y
recrearme con los coloquios del ilustre, barbudo y
renegado profesor del liceo sanes..... No recuerdo
ya su nombre, pero bien me acuerdo de mi queri­
dísimo y buen enano Barni. ¡Rogerio Barni! Siem­
pre estaba entre mis piés. ¡Lástima que en lugar de
ser un grano de pimienta sea una semilla de melon!
¡0 dulces baños de Rapolano! ¡O alegres ocios de
Siena! Y yo, tonto, que dejé todo aquello, para venir­
me á m eter en esta batahola de congreso austríaco y
rancés, que no entiendo ni me comprende.—Por lo
menos tendría en Siena cuatro adoradores..... ¡Pobre
Banchi! ¿Qué hará en este instante? Quizás piensa en
mí..... «Banchi de aquí, Banchi de allá.—Gran caba­
llero, de la ciudad.» Suda y vuelve á sudar,· corre y
vuelve á correr, y siempre por mí, trayendo cada
vez alguna cosilla! Proteo y Mercurio son sus santos,
en vez de San Vicente de Paul. ¡Viva Banchi! Por
fortuna no saben allá mi fracaso. Si lo supiesen, ha­
rían tocar á fiesta las campanas del JUÍnugia; la fuen­
te Branda siempre mana en Siena, al menos para mas
de uno de los consejeros del m unicipio.—Estas y otras
cosas que ignoramos pensó (es verosímil) Garibaldi
toda la noche, pasada en un continuo suspiro.

XV.
L a ú ltim a salida de G-inebra.

Salia entretanto la aurora tenebrosa del último


dia de Garibaldi en Ginebra; y salia, no ya con las
manos sonrosadas y con los carrillos encarnados, sino
214
con el semblante tristísimo, con la cabellera enm ara­
ñada, y con los mofletes ahumados, llevando además
un collar de carbón en la garganta.

¿Y qué persona habrá desapiadada


Que no derrame lágrim as á mares,

pensando que el Héroe de los dos mundos, el Sol


de los Apeninos, la Gran F igura, etc., era echado del
Congreso con la misma sencillez de formas, con la
cual el pertiguero de una iglesia hace salir de la casa
de Dios á un perro de aguas? A eso de las ocho Gari-
baldi tenia ya las botas puestas, estaba cubierto con
fieltro, y con el sombrero hasta los ojos. Poco des-
pues un coche cerrado lo llevaba al ferro-carril, sin
pífanos ni tambores. Él mismo, comprendiendo que
estaba el aire lleno de .azufre, quiso que nada se di­
jese sobre su fuga. Y esta prudente condescendencia
con las invitaciones de la policía ginebresa, no quedó
sin premio, puesto que los católicos, por su parte,
condescendieron también con suprim ir, hasta que
partiese, los cartelones, en los cuales el cobarde insul­
tador del Papa en Ginebra venia compelido al cum­
plimiento de su deber. Garibaldi no tuvo, por lo tan­
to, la am argura de verlos fijados en todas las esqui­
nas, y leídos con aplauso por el pueblo indignado.
Pero hubo de ver con sus ojos y oir con sus oídos
¿i la chiquillería correr detrás de el, y saludarle con
silbidos agudísimos, capaces de hacerse sentir á un
muerto. La gente que llegó á enterarse de su partida
precipitada, le aguardaba cuando bajó del coche, y
110 en ademan benévolo, como en el día de su arribo:

los muchachos llegaron despues en tropel, y nos


aseguran que no pocos habían aquel dia dejado de
215
ir á la escuela. Estaban a m a d o s de silbatos nuevos,
porque liubo (¿quién lo creerla? pero hay zizañeros
en todas partes) cabezas calientes que tuvieron gusto
en distribuir semejantes instrumentos, y que los re­
galaron á todos. ¡Considerad si los chiquillos los hicie­
ron sonar con alegría! Por añadidura decían en alta
voz, lo que podía esperarse de una chiquillería en-
venenada:—Márchate, brigante, y no vuelvas m as.—
¡Abajo Garibaldi!—¡Mueran los camisas rojas!—Y
otras cosas poco elegantes, que conviene callar. Lo
que mas disgustaba á Garibaldi y á los suyos, era
oírles g ritar con toda la fuerza de sus pulmones: —
jViva Pió IX!
La gente buena, al oír estos saludos decía:—Des­
cuento por los aplausos de la entrada.—Al menos se
sabrá que en Ginebra no se insulta impunemente al
Papa.—Le hemos quitado la m anía de hacer ruido
-contra Pió IX.—Le está bien, como la albarda al
asno.—El Gran Figurón, que gustaba m uy poco
«le que tales personas hubiesen ido á despedirle, se
puso en salvo precipitadam ente dentro de la sala de
espera, y todo lívido y verde de cólera, procuró mez­
clarse con el pequeño número de amigos que lo
acompañaban. Parecía que estaban amostazados por
sí y por él, por la expulsion vergonzosa, y procura­
ban ocultar la rabia venenosa que corroía sus entra­
ñas. El señor..... fuera, callaremos el nombre, un
señor se ere tíi rio, que habia venido por compromiso
•en coche con el huésped italiano, trató de que la con­
versación versase sobre m aterias menos desagrada­
bles, y llamando aparte al General, indicó á una s e ­
ñora que se acercase. Era su m ujer, que habia ido
á la estación con -el fín de ver aquel ente raro, alrede­
dor del cual se movía tanto ruido.
216
—General, dijo el secretario, tengo el fionor de
presentaros á mi esposa.
El general, que es m uy relamido con las damas,
alargó muy alegre la mano.
—El honor será mió en conocer una dama tan
gentil. Una buena g'aribaldina, ¿no es verdad?
- ^ o , respondió la señora, retirando la mano, una
católica...·.
—Y papista rabiosa, anadió el marido son­
riendo. ,
No sonrió, empero, el general, que disimulando
malamente la cólera, volvió las espaldas á la rebelde.
Este fué el último de los percances disgustosos que
se b u s c ó el pobre hombre en Ginebra. Despuesique
lo hubieron tapado en el coche, sus favoritos se que­
daron pensativos, discurriendo sobre todo la manera
de referir sabiam ente en los periódicos los hechos
pasados, deform a que se oscureciese todo lo posible
el fracaso del Congreso y la expulsión decretada
contra el protagonista. Las correspondencias que los
garibaldinos escribieron desde allí aquel dia y ios
siguientes, forman el m as rico mentidero que se
puede ver; unacoleccíon m ilagrosa de patrañas, des­
de las mas hábiles hasta las mas ridiculas. Y sin'em ­
bargo, no lograron extender un velo piadoso sobre la
cruel verdad. Los periodistas de todos colores alzaron
mucho la voz contra la Gran F igura, el Gran Patrio­
ta, el Héroe de ambos mundos y·de otros sitios: hasta
aquel bribonazo del Fígaro parisiense^ caballero ser­
vidor de todos los famosos de m ala fama, no supo
resistir al deseo de reírse del Héroe parastfo, lo cual
hizo que tuvieran fiebre nerviosa sus cofrades pen­
sionados y decorados por Florencia.
—¡Como en Londres! ¡como en Londres' confesa-
217
ban en coro unísono. ¡Un segundo Aspromonte! ¡un
Aspromonte irremediable]—Un personaje de celebri­
dad mas que europea, que por aquellos dias fué á
Ginebra y despues á Alemania y á Francia, nos con­
tó que en los ferro-carriles y en los vapores, las con­
versaciones versaban solo sobre el fracasó de Gari­
baldi, y que los franceses y los austríacos bendecían
unánimes á los ginebrínos, por haber tratado d ig n a­
mente al charlatan de Niza. Cuando encontraban á
los eclesiásticos les decían:—Debeis dar las gracias á
Garibaldi, porque si el -Papa le hubiese pagado, no le
hubiera podido servir mejor.—Por lo que hace á Gi­
nebra, inútil es decir que, tanto los ciudadanos cató­
licos como los protestantes, estaban alegres y festi­
vos por haber dado una buena lección al Héroe de
los dos m undos.—¡Lo hemos echado como á un per­
ro!—Tal era la expresión popular que salia de todos
los labios.
Despues que hubo partido, el congreso trató de
bajar el telón con la menor infamia posible: celebró,
empero, un par de reuniones, ó mejor dicho de ju e ­
gos de palabras, de bufonadas, y fué sepultado entre
la risa universal, y barrido de Ginebra hasta raer el
suelo. Habiendo querido los congresistas establecer
allí ignoramos qué oficinas:
—No, no, gritaron con todas sus fuerzas aquellos
ciudadanos; en Ginebra no lo queremos.
Tal fué el éxito del estrepitoso Congreso de la paz,
que tuvo la ridicula pretension de eclipsar el Cente­
nario de San Pedro* envilecer á los gobiernos honra­
dos, y sobre todo dar solemnidad á la declaración de
guerra contra el Vicario de Jesucristo.
El fracaso fué reconocido formalmente por los
francmasones en el B ullettino del Grande O riente delta
218
m assoneria in Italia (l), y atribuyóse á la circunstan­
cia de no haber observado la ley masónica, «que pro­
híbe envenenar con cuestiones irritantes el campo
fecundo del contacto fraternal.« Aquel que desde la
Roma protestante, como falsamente se dice, se lison­
jeaba con la idea de m archar y de ir de victoria en
victoria hasta instalarse en la Roma católica, salió de
allí á latigazos. Sus amigos ¡incluso Rattazzí! tam ­
bién á latig-azos lo arrojaron de tierra firme, y lla­
mándole despues, lo condujeron á la derrota de Men-
tan a. Un hombre de sentido común se hubiera g ra n ­
demente afrentado, y m uerto de desesperación. G a­
ribaldi apenas se acuerda de lo sucedido: despues de
los golpes está mas hermoso que nunca.
Mientras este, no como león sino como hiena,
atravesaba la Italia, desencadenando á los suyos con­
tra Roma, otros que oyeron el bramido salvaje,
atravesaban la Italia ó se dirigían por mar á Civita­
vecchia: eran los Cruzados. Ahora los encontrare­
mos operando y batiéndose.

XVI.
E l grito ¡á las arm as! de los Cruzados.

Al descender Garibaldi de los escarpados montes


de los Alpes, oyóse un grito salvaje que atravesó
todas las provincias de Italia. No es que aquel pobre
trasto, consumido por su m ala reputación, pudiese
aún conmover y atizar á la m ultitud, sino que á su
paso salia de nuevo u n a bandera desplegada por las
sectas, habiéndose convenido además en que, no

(t) Vol. 11, pag. 199-200.


219
bien se presentase, abandonarían las logias secretas
sus asquerosas m adrigueras, y se presentarían en la
plaza gritando:—¡Guerra, g u e rra , guerra de exter­
minio contraía Iglesia de Dios! La juventud, que cor­
ría impetuosa sedienta de sangre, seducida por astutos
intrigantes, ó m andada bajo pena de muerte, surgía,
se armaba, y (como ciertos coudenados que procuran
subir al patíbulo sin vileza) simulaba un ardor beli­
coso, contrario, en la m ayoría por lo menos, á los
impulsos del corazon.
El eco del obsceno tumulto que se dejaba oír en
las naciones cristianas, correspondía al grito ¡á las
armas! de los Cruzados. Desde muchos siglos, entre
los pueblos que se llaman adoradores del Hombre-
Dios, no se había oido un grito religioso mas entu­
siasta. Inútil es decir que la política pérfida había
aguzado sus arm as á fin de imponerles silencio.
Desde el mas ínfimo hasta el sumo, en todos los
grados de la sociedad civil, hombres poderosos por
su estado, por su reputación y por sus manejos, e s­
forzábanse con trabajos, sordos sí, pero incesantes y
pertinaces, en contener la generosa palpitación de
aquellos valerosos cristianos. Prim eram ente dejóse
correr la voz de que la caida de la Roma papal estaba
ya m adurada por el tiempo, y que no podia impedirse
por medios hum anos.—¿A. qué fin, decían los tru ja­
manes de los ocultos conciliábulos, ir á colocarse
bajo un edificio ruinoso, que por todas partes se
abre y desmorona?—Roma desmentía estos presagios
con la tranquila m agestad de su Pontífice Rey, con
los preparativos que hacia, y con la seguridad que
manifestaba; parecía que desafiaba los acontecimien­
tos. Los Cruzados no se turbaron.
Entonces hízose decir en alta voz que el ejército
220
real de la Italia sectaria, m archaría en auxilio de las
descompuestas bandas garibaldinaá, y que auu cuan­
do las tropas romanas consiguiesen rechazar á los
voluntarios, no podrían resistir el empuje incontras­
table de los batallones numerosos y aguerridos, y de
los trenes de artillería. Los cruzados respondieron:—
Nos batiremos contra los que vengan.—A. confortar­
los en su propósito contribuía mucho la confianza
de que al fin la Francia, acordándose de su honor, de
la fe nacional y de los pactos jurados, no accedería
á la ignom inia de un segundo Castelíidardo. Pero hé
aquí que para impedir este apoyo esparciéronse con
mucho arte pérfidas insinuaciones, según las cuales
aquel gobierno, perjurando en secreto y echando
bravatas en público, había pactado ya sobre el últi­
mo pedazo de tierra del patrimonio de San Pedro,
tomando por añadidura la odiosa tarea de combatir
con la fuerza, á otro cualquier potentado que se mos­
trase dispuesto á socorrer al Padre común. Calumnia
fué; pero no deja de ser indudable que la mala voz:
sostenida con mil ficciones, hacia que cada uno de­
biese dudar hum anam ente de la salvación de Roma.
Los mas crédulos, que constituyen la m ayoría, de­
bían decir:—Es, por consiguiente, loco atrevimiento
aventurarse á un peligro suprem o, no solo sin nin­
guna esperanza de salir bien; sino con certeza de
quedar derrotado.
A_ todos estos silbidos de serpiente, que hubieran
helado corazones armados de diam ante, la cristian­
dad opuso por única contestación la sencillez evan­
gélica: E sta es la victoria nuestra que vence al m u n d o ,
nuestra fe. El mundo quedó pocas veces vencido por
la fe en mas solemne contienda. Se congregaron to­
dos los elementos para impedirlo, y para despojar á
221
líoma de sus defensas: los engaños de los picaros, las
insidias de los mundanos, las condescendencias de los
diplomáticos, y cuanto pudo discurrirse ó im aginar­
se. Todo lo resistió esa fe invencible, que vislum bra
y mira con desden las torpes maquinaciones, antes
por decirlo así de conocerlas. Yióse reunido alrede­
dor del Vaticano un ejército, pequeño sí, pero que no
tuvo igual en el ardor de buscar la batalla, en la te ­
nacidad de la resistencia y en el desprecio de la
muerte. N inguna causa puram ente hum ana tuvo de­
fensores semejantes.
No escribimos, no, al acaso. Las tram as urdidas
con el fin de que Roma perdiese las esperanzas,
están descritas, para perpétua memoria, en los libros
oficiales, presentados por los ministros de los prínci­
pes á los parlamentos de las naciones: las efemérides
comunes de cualquier partido pueden servir de co­
mentario á los actos de los funcionarios públicos. No
hay entre nosotros ninguno, á menos que viviera en
despoblado, que en los meses aludidos no haya oido
hablar continuamente de las cosas antes referidas;
mucho de lo que ocurría veíase con los ojos.
Desde fines de setiembre, Garibaldi, no contento
con ag itar la antorcha de la rebelión que le habían
puesto en la mano, y agitarla sobre el confin ponti­
ficio, enviaba un bando al pueblo de Koma, compe­
liéndolo á entenderse con los suyos y á levantarse
en rebelión. «En Italia, decía, hay m uchos frailucos,
muchos jesuítas, muchos que han sacrificado sobre el
altar del vientre; pero es muy consolador decir que hay
también muchos heróicos tiradores del rey de Italia,
muchos soldados de la prim era artillería del mundo,
muchos descendientes de los trescientos Fabios.....
Adelante, pues, ió Romanos!—Romped vuestras a r ­
222
mas sobre las cogullas de vuestros opresores.»Bien es
verdad que el villano provocador fue preso pocos dias
despues en Sinalunga y conducido á Caprera, sabién­
dose que el Gobierno italianp procedía por las recia-
maciones aprem iantes del emperador de los france­
ses (1); pero descubríase también que la docilidad
m ostrada por el ministro Rattazzi no era mas que un
ardid diplomático, para burlarse del embajador francés
en Florencia y·del gabinete de París. En realidad de­
jab a que los sectarios desarrollasen su plan con toda
comodidad; que Menotti Garibaldi tomase el mando de
las bandas; que otros jefes bajo sus órdenes levantasen
la bandera de la invasion; y que los prefectos de las
provincias no tomasen disposiciones, ni se opusiesen
ni observasen lo que sucedía: algunos favorecieron
abiertam ente á los invasores. El ejército real se colo­
caba ciertamente en la frontera, pero mas bien pare­
cía que trataba de proteger á los enemigos del Pon­
tífice y de animarles á pasar el confin, prometiéndo­
les con seguridad guardarles las espaldas en caso de
retirada, basta que llegase la hora de entrar ellos
mismos y de seguir sus pisadas. Por todas partes se
agitaban las sectas masónicas, ya en tenebrosos es­
condrijos, ya á la luz del sol, y a en asambleas tum ul­
tuosas; el ministro del rey no les hacia perder las
esperanzas, asegurándolas que la convención esti­
pulada con Francia se anularla si se atrevían á ir
adelante, y le proporcionaban el modo de engañar á
las cortes con algún hecho gloriosamente cumplido,

(1) Despacho telegráfico del m arqués de Moustier á La Vitles-


treux, embajador de Francia en Florencia, en St de julio, y otro
de La Villestrcux á de Moustier, del 24 de setiem bre; en el Libro
amarillo-
223
y sobre todo con una llam arada aparente de rebelión
dentro del confín romano: suplicaba en cuanto á su
persona, que le perdonasen si aparecía severo aquí
y allá con los voluntarios garibaldinos; procuraría
no cargar la mano, limitándose á lo preciso para sa­
tisfacer la conciencia pública, y no mas. Entretanto
proveería con prudencia, de oro, de oficiales y de m u­
niciones, moviendo en último caso todo el ejército
real en guerra patente.
Este misterio de ignominia pesaba sobre la Euro­
pa durante los meses de setiembre y de octubre: los
particulares no sabian cómo levantar enteram ente el
velo, mas percibían el hedor de Florencia* como se
percibe (consiéntasenos la ju sta comparación) la
cloaca, aun cuando se cubra con cualquier cosa. Pero
los fieles cruzados confiaban solamente en el auxilio
de Dios y de su espada. Como suele decirse de la lie­
bre, dormían únicamente con un ojo. Muchos de
ellos á fines de setiembre estaban en movimiento
para incorporarse en el otoño con sus brigadas res­
pectivas; comprendido el tiempo que corría, calaban
las bayonetas, y de las licencias alcanzadas hacian
tacos para la carabina. Quatrebarbes, teniente de a r­
tillería, que había esperado siete anos con firmeza
inquebrantable el día de combatir, que siempre se le
escapaba, no era hombre de desaprovecharla ocasión,
ahora que al parecer venia á su encuentro. Fué uno
de los primeros que renunciaron á la licencia, y desde
el primer encuentro fué y a veterano, atreviéndose á
mandar el cañón á ciento cincuenta metros del ene-
migo, que hacia fuego, Su teniente coronel de Cha-
rette contó sus golpes soberbios (1). En cuanto á él, no

[ 1) Parte del general Kanzier sobre la invasión, e le -, pág. 37.


224
pensó mas que en alegrarse de no haber esperado v a­
namente tanto tiempo la feliz ventura de batirse por
San Pedro, y escribía gozoso á la marquesa su madre:
«■He oido pues, por fin, el silbido de las balas. Estoy
m uy alegre. Hace mucho tiempo que deseaba encon­
trarm e en el fuego. No he sentido temor alguno. Sin
duda me asaltaba la idea de la muerte, que podía he’
rirme á cada instante; mas esto no me turbaba. E sta­
ba tan absorbido por mi deber, que no podía consen­
tir la menor distracción'. Dad gracias al buen Dios
por mí; me había confesado y comulgado el día an­
tes de marchar.»
Hacia cinco años que ansiosamente aguardaba la
guerra el conde Carlos Bernardini, también artillero.
Invitábanle los suyos ardientem ente para las alegres
casas de campo de su país de Toscaua, y hallábase
casi dispuesto A contentarles', como aseguran sus
amigos, cuando sonó el grito de guerra. Arrojó lejos
de sí todos los demás pensamientos* y marchóse ale­
gre á Viterbo. Despues de la toma de Bagnorea
anunciaba,, rebosando de alegría, su felicidad á su
madre, ilustre señora de generosos sentimientos cris­
tianos. «Querida mamá: vuelvo del combate sano y
victorioso. Han silbado muchas balas junto á mí, pero
ninguna me .ha herido. El día 5 de octubre hemos
atacado y tomado á Bagnorea: demos gracias al Dios
altísimo que nos ha protegido..... EL fuego ha dura­
do cinco horas, y se ha consumido una buena can­
tidad de m uniciones..;.. ¿Qué júbilo he sentido
combatiendo por una causa tan santa! Debo decir
que el dia 5 de octubre ha sido el mas .feliz de mi
vida.,... No hubiera creído· nunca que conservase
tan ta calma y sangre fría en medio del combate: no
he experimentado sino el sentimiento de mi deber, y
22 ü
el g'ozo de ver cumplidos mis votos. Espero que 110
será la última batalla. Imagino que habréis estado
pensativa ea vez de alegraros conmigo. Y mi herm a­
no ¿está contento do hallarse con permiso?»
No sabia el valiente garzón que su hermano Mar­
tin, sargento de artillería, como él intrépido caballe­
ro cruzado, y como él ávido de combatir las santas
batallas, liabia oído ya el grito de ¡á las a m a s! y
volado á concluir sulicencia bajo la3banderas. Sabido
esto por Carlos, escribía de nuevo poco despues á su
madre: «Ha llegado á mi noticia, con gran ventura,
que mi hermano ha vuelto, con solicitud que le hon­
ra, á donde le llam aba el deber. ^ 0 somos muchos,
pero demostraremos á la Europa que, animados por
un santo principio, nos sabemos batir: antes que nos
rindamos m orirá g ran número de enemigos. La mis­
ma posicion en que nos encontramos (quería decir el
abandono aparente de las arm as francesas y las am enazas
d d ejército italiano) aum enta nuestro ardor y nuestro
arrojo. ¡Ved ahora si estaba yo en tiempo de pedir
permiso! Lo preveía todo. Tantas cosas á papá y á
mi hermano, que quisiera nutriese espíritu m arcial.
Os pido la bendición, y soy vuestro afectísimo obe­
diente hijo.»
Algunos cruzados que se habían marchado para
disfrutar de las delicias del hogar doméstico, habían
dejado en Roma sus procuradores, para que les avi­
sasen á la menor señal de peligro. En los primeros
dias de octubre habia por consecuencia gran confu­
sion y gentío en las oficinas del telégrafo; un verda­
dero asalto.—A M ano de tal en F rancia.—A fulano
de tal en Bélgica,—A otro tal en Alemania.—Señores,
sírvanme; es cosa u rg en te.—Fuera de esto, los coro­
neles de varios cuerpos escribían el 2 d'e octubre:—
TOMO r lo
226
«Volved inmediatamente á vuestro regimiento. Por
orden del ministro son llamados todos los que están
con licencia. Enteram ente vuestro, el Coronel.»
Gran número de ellos, movidos por los partes tele­
gráficos ó impulsados por su corazon, no esperaron las
órdenes del ministro de las arm as para volver á vestir
el honroso uniforme. El sargento (ahora oficial) Poli­
ciano Tarabini, encontrábase enelT irol, á donde h a ­
bía ido para gozar del otoño, cuando un amigo fiel
hízole llegar un parte telegráfico, concebido en tér­
minos misteriosos, para burlar las malas artes de los
empleados italianos. Ni él, ni el conde su padre, ni su
madre, venerable y fuerte m atrona, lo interpretaron
sino del modo siguiente: —¡Hay que partir en se g u í'
da!—La generosidad es proverbial en la familia. Til
hermano del sargento, zuavo como él, antes de ves­
tir aquel uniforme ambicionado, quiso ganárselo con
duro noviciado en la caballería estense, y no pudiendo
volver á tomar entonces la espada, tomó la pluma
para celebrar la decisión de sus compañeros de a r­
mas: el padre de entram bos, ministro de estado y
de m adura edad, acordóse de la juventud pasada en
el campo de batalla y arriesgada en el fuego, lamen­
tándose de no haberse hallado en Roma durante las
tremendas jornadas de octubre, para honrar sue
blancos cabellos inscribiéndose entre los voluntarios
romanos, y rondando con el fusil á la espalda, según
su propósito, que había manifestado ya. ¡Fortes crean-
tu r fortüm s!
En cuanto á su hijo., como el grito ;á las armas!
que oyera fue privado solamente, pensó en propor­
cionarse noticias ciertas. Escribió por la via de Fran­
cia, larg a pero segura, y por la de Italia, breve, pero
infestada por‘el gobierno de los m alandrines, que
227
molestaba con insidias á los militares romanos bajo
pretexto de impedir los movimientos garibaldinos.
No vaciló, sin embarg‘0 , en ir por Italia, oyendo en
todas las ciudades las vocinglerías de los periódicos
y de los sectarios jactanciosos, que contaban ya mil
novelas sobre los cien hechos de arm as victoriosos
de las bandas que habían entrado en el territorio
pontificio. Llegábase á decir que liabia caldo Roma,
ó por lo menos que estaba estrecham ente sitiada, y
próxima á capitular. En Pádua encontróse circunda­
do por la canalla garibaldina, que decía frenética: —
¡Hneran los que van á Roma! Burlóla con arte, y vió
á otros compañeros suyos arrestados como sí fueran
criminales, llegando á Roma, despues de cien per­
cances, á tiempo para batirse en las acciones del país
Je Viterbo, despues en el puente Nomentano, y por
fin en Mentana.
Si los mas próximos corrían á blandir sus espa­
das, los mas lejanos no tardaban en m archar. Reñían
para volver mas pronto, y apenas habían llegado,
dirigían una porcion de cartas á sus amigos, para
inducirles á engrosar las filas de los cruzados, Carlos
de Alcántara, verdadero tipo de valientes, estaba en
Gante, su patria. Cuando llegó el aviso para que vol­
viese, encontrábase por casualidad en Bruselas, con
el fin de asistir á una sesión del comité de las obras
pontificias, juntam ente con el conde su padre, que lo
presidia. Ahora bien, entrar de nuevo en su casa, leer
la carta, disponerse y partir, fué, por decirlo,así, obra
deunmomento. Entre los quehabian obtenido licencia,
tuvo el honor de ser de los primeros que nuevamente
tomaron el fusiL El mismo dia de su llegada dirigióse
áTívoli, muy alegre porque siendo sargento (en Men­
tana obtuvo las charreteras con la herida y la pal­
22S
ma del mártir}, ninguno liabia tenido que .sustituirle
en su trabajo de campaña. Escribía á la familia: «He
llegado á tiempo! Enviadme hombres; cuantos mas,
mejor: si estaño es la oportunidad de hacerlo, no lle­
g a rá nunca. Haced que los que tienen licencia se
pongan en camino. Yo estoy bien, y ruego por voso­
tros. Todos los días hay alguna cosa que hacer. Esta
misma m añana he tenido la fortuna de recibir al que
da la fuerza en los combates exteriores é interiores.
Recomendadme á Nuestra Señora de Flan des, á fin
de que Dios se digne servirse de mí como de instru­
mento para la defensa de nuestra santa madre Igle­
sia. Doy gracias al Señor por haberm e colocado aquí
en los puestos avanzados: no cederé por cierto mi lu­
g ar á persona del mundo. No puedo im aginar uno
mas hermoso para mí. Si Dios me quita la vida, creo
que serán estos años ni ios los mas preciosos para la
eternidad. Pienso alguna vez en los hermosos dias
trascurridos en medio de vosotros, queridos de mi
corazon, á los cuales tuve que abandonar precipita­
damente.-Me llam aba el deber aquí.» ¡Gran dicha
morir despues de tal carta, escrita con aquella sin­
ceridad de corazon que era propia de Carlos!
Ansiaba que cada uno procurase advertir á los
amigos, desparramados por toda Europa y entrete­
nidos en los ocios domésticos. Pero en Roma dejá­
base poco á la solicitud de los particulares, porque
los directores de la guerra, si podemos hablar así,
habían despachado ya diligentemente correos, y re­
mitido m ultitud de circulares para los puntos, en los
cuales no era de temer la mala fe de los empleados
italianos. F uera de que para que los soldados ponti­
ficios volviesen, bastaba el grito de:—¡En Roma se
baten! Así como no hay peor sordo que el que no
quiere oír, ninguno se prepara tan diligentemente
como el que desea prepararse. De hecho, todos los
buques que salían de Marsella para Civitavecchia
conducían bandas de cruzados que volvían al ejército
pontificio. Si quisiéramos enumerar aquí á los que
incontinenti se pusieron en camino, deberíamos enu­
merarlos todos; si quisiésemos citar uno que no se
hubiese atrevido á prescindir de los placeres, no sa­
bríamos á quién nombrar. Así se sirve la causa de la
religión.
Enfureciéronse sobre todo los que estaban con
licencia en sus casas respectivas, despues que co­
menzó á oirse el retum bo de las primeras descargas
Je fusilería que sonaron con motivo d é la invasión
de Viterbo, y el relato de aquellos hechos de armas,
tan gloriosos para el ejército pontificio, que fueron
con todo anunciados pérfidamente por el telégrafo
como triunfos de las bandas sectarias. Parecía que
ia tierra quemaba bajo sus pies; dejábanlo todo á un
lado pafa entrar en un coche y hacer el viaje. Sabe­
mos de una banda de jóvenes, en su mayor parte
zuavos franceses y belgas, ó de la legión franco-ro­
mana, que habiendo llegado á Marsella despues que
el buque correo había levado las anclas, sintiéronse
poseídos de tal desesperación, que no podian reco­
brar la calma.
—¿Quién ha partido? preguntaban.
—Ah, ¿quién se acuerda? ¡eran tantos!..... Había
de la legión, y habia tam bién zuavos..... El capitau
de Chalus, el teniente de Kermoal, el sargento m a­
yor de La Vau*, Alfredo Gascón!, de Pascal, de Clis-
son, ISeyron, de Plessis-Quinquis, de Lusignan, Octa­
vio Harscouet....;
—¡Y nosotros nos quedamos en tierra!
230
Interrogan, buscan, sondean, suplican: no parte
aquel día ningún otro buque. Se miran á la cara m u­
tuam ente, y se dicen al oido:
—Se dispone un vapor á nuestras expensas, y se
parte.
—¡Bravo!
Se debe m archar á todo trance.
Helos aquí salir á bordo de la Y Ule-de-M arseille ,
con encargo de que se diese al vapor toda su tuer­
za.— fA. la guerra!—¿Qué mercenarios hicieron jamás
otro tanto? El navio glorioso llevaba una porcion de
valientes distinguidos: jóvenes algunos de tierna
edad, como Camilo Breuillot, que renunció sin vaci­
lación al esparcimiento que le proporcionaba la ex­
posición de París; soldados otros de pocos meses y
veteranos de muchos años, como el teniente Luis Le-
febvre, y militares probados otros, que ya guerrearon
bajo las órdenes de La Moriciere: entre estos figura-
ban en prim era línea tres oficiales, á saber, los capi-
faues Alano de Charette, Augusto de Conesáln, y el
mayor Carlos de Lambilly, hijo de un cruzado de
San Luis, que tuvo la envidiable suerte de conducir
la vanguardia en la batalla de Mentana. En medio
de la juventud atrevida, llam aba la atención la figu­
ra reposada y paternal de monseñor de Woelmont.
que los soldados encontraban siempre con la sonrisa
en la boca, hasta en el campo de batalla. Partieron,
aclamados cien veces por la m ultitud, que gritaba:
— ¡Vivan los zuavos! ¡Viva Pió IX! ¡Viva la le­
gion! ;Viva el Papa Rey!
No bien llegaban á Civitavecchia, pedían un tren
inmediato para Roma. Los que volvían presentában­
se á sus coroneles, los cuales, como si fueran hijos
suyos, les festejaban, cuidaban y enaltecían. Un ca­
231
ballero muy distinguido, zuavo, que abrió sus ojos á
la luz en Italia, y m uy conocido nuestro, creíase, solo
por esta excelente acogida, remunerado de la prisa
qne se diera en volver, y escribía lleno de satisfac­
ción, á sus padres: «El coronel me ha recibido con
ki mayor cordialidad, apretándome la mano y dicién-
dome: ¡Así va bien! ¡bravo! estoy contento de vos:
'¡perfectamente!..... Partiré m añana á Viterbo; cam­
bio de batallón y encuéntrome así en una compañía
en acción, á la cual me manda el coronel para de­
mostrar que me aprecia. Estoy inuy orgulloso,»
Despues de ver al coronel iban al cuartel. Causaba
delicia verlos con la cabeza erguida, el paso ligero y
la mirada centelleante correr á sus cuarteles respecti­
vos, con el fin de saludar á sus compañeros de armas.
—¡Ya estamos aquí! decían al primer saludo.
—Fusilazos por todas partes: ¡adelante! ¡Viva
Pió IX!
—Y cañonazos además en Bag*norea: ¡pag’a doble
propiamente!
—La fortuna ha sido para la linea, porque ha des­
envainado la espada primero que los demás,
—¿Qué? ¿No estaban tam bién los zuavos? Sí, y
han tenido ya cuatro ó cinco encuentros: en Bag-no-
rea han roído un hueso duro.
—Duro ha sido para todos, y falta mucho que roer
todavía.
—Menos para los de la legión..... ¡Pobrecillos!
¡Cómo rabian! Los he visto en Civitavecchia; tascan
el freno y chillan. Considerad lo que ha de sucederá
un cuerpo de franceses ardorosos, que ven á los de­
más con la bayoneta calada, y tienen que estar en­
cerrados en una fortaleza. ¡Es una crueldad! Yo per­
dería la paciencia.
232
—Yo quisiera ser gendarm e por cuatro semanas:
ni menos van á todas partes, y sin ellos nada se
hace.....
—Nuestra compañía parte á Montero tondo.
—Los cazadores indígenas á í'rosinone.
—¿Y nosotros? ¡A. corrompernos en el cuartel! ¡Qué
desgracia!
«El teniente Lallemand, escribía el general de
Courteu al coronel Azzanesi á primeros de octubre,
que está con licencia y sirve en Víterbo (está con li­
cencia y sirve ¡extraña licencia!), pide con gran ins­
tancia disfrutar de ella en un destacamento activo, y
que le sustituya en el servicio sedentario de Viterbo
cualquier oficial que por estar enfermo no pueda
resistir las grandes fatigas.» El coronel Azzanesi, que
recibía en aquellos dias m ultitud de órdenes y partes
telegráficos, no se encontró quizás nunca en mayor
embarazo. Los convalecientes pedían el puesto de los
sanos. ¿Dónde hallar un enfermizo que quisiera ceder
el suyo? Un enfermero m ilitar del Sanio Spiritu nos
dijo, que cuando se oyeron fusilazos en las calles ve­
cinas, hubo enfermos que arrojaron al aire la taza de
sopa y saltaron de la cama, resueltos á coger el fusil,
añadiéndonos que á duras penas pudieron ser conte­
nidos. De todas m aneras, la fortuna de la guerra, sos­
tenida en tantos sitios diferentes, socorrió al valeroso
Lallemand, puesto que lo encontramos pocos di as des-
pues, al frente de media compañía de zuavos y de al­
gunos gendarmes, y d isfrutar de la licencia con un so­
berbio golpe de mano en Orte, de donde arrojó al ene­
migo, incomparablemente mas numeroso, que ocupa­
ba una posicion magnífica; lo arrojó como á una ban­
dada de palomas, únicamente con el terror de sumar-
cha, cuya fama supo aum entar con destreza suma.
233
Ni volvían los cruzados al regimiento solos, como
habían marchado; repetían continuamente el grito de
¡á las armas! haciendo propaganda siempre que e n ­
contraban jóvenes; los corazones puros ardían con
santo ardor, y les seguían. El conde de Falaiseau, te­
niente de. artillería, despues de volver precipitada’
mente á su puesto, escribía cartas fulminantes á sus
amigos de Francia. «Nuestra situación es grave, y
tíolo Dios sabe cómo concluirá el drama' á que asisti­
mos. De todas m aneras, bendigo A la providencia por
haber podido llegar á tiempo. Hasta aquí los nues­
tros lian llevado siempre la mejor parte; las tropas
han rivalizado en entusiasmo, en fidelidad y en valor;
pero la cuestión está en saber á qué número llega­
rán las bandas enemigas, las cuales se renuevan sin
cesar; desaparecen de un punto, p ara comparecer de
nuevo en otro; mejoran de. día en día sus arm as; y
consiguen el refuerzo de numerosos soldados y ofi­
ciales del ejército piamontés, que se pretende son li­
cenciados. Pero que no se sonría la revolución: no
conseguirá sus fines tan fácilmente como espera.
Aguardamos con impaciencia el auxilio: los alista­
mientos para liorna no fueron nunca tan oportunos.
Decidlo y volvedlo á decir á'las personas con las cua­
les habléis: tenemos aún necesidad de unos dos ó tres
mil infantes. A Dios, querido amigo. Será una ver­
güenza que la Francia se quede atrás, cuando la
Iglesia es atacada tan directam ente. Es absoluta­
mente preciso agitarse, y hacer llegar gente.»
Y la gente y los infantes llegaron. Reanimábanse
mutuamente los gloriosos vencidos de Castclfidardo,
y todos los demás que habían vestido el uniforme de
los cruzados. Parecíales que por la fraternidad de
armas y de honor estaban obligados á tomar de nue­
234
vo la espada. Así sucedió con el conde Gaspar de
Bourbon-Chalus, acordándose de la confianza que
tuvo en él La Moriciere, y que fue inscrito en el
estado mayor; así sucedió con el coronel Blumens-
tb.il, escritor ilustre sobre m aterias de guerra, y gran­
demente aficionado á las batallas sagradas; así suce­
dió con Antonio de Bermond, convaleciente aún del
mal que habíale obligado á pedir licencia, y que se
decidió, meditando el lema de su familia; P lus fídei eí
fídelitati quam viten; así sucedió, en fin, con el antiguo
oficial zuavo Chappedelaine-Davoust, el cual dejó es­
posa é hijos para servir en el ejército del Papa. Así
un antiguo sargento, Ku genio de Chabannes, tam ­
bién zuavo, que habia vuelto á su patria en tiempo
de paz, no supo contenerse en el de guerra, y confió
á otros la educación de su hija única, el mas dulce
contento de su vida: Federico de Saint-Sernin y Briot
de La Crocháis volaron á Roma, con la esperanza de
coger algunos laureles en el terreno que hablan re­
gado ya con su sangre. El sacrificio es una verdade­
ra é indescriptible pasión, mas seduce solo á los
magnánimos.
Noblemente sedujo á Enrique de La Salmoniére.
como sedujo a otros valientes. Teniendo solo diez y
nueve años de edad, habíase ya batido sobre los cam­
pos de Castelfidardo, de donde sacó una herida glo­
riosa: su madre pia lo llevó con m uletas á la presen­
cia de Pió IX, para que lo bendijese, y lograse así su
curación. Conmovido por fe tanta el augusto Pontí­
fice, no solo le consoló con su bendición, sino que lo
enalteció y abrazó con cariño de rey y de padre. Al
darle las gracias, ¿por qué, Santo Padre, le dijo, no
tengo yo mil vidas? Todas las daría por Vuestra San­
tidad.—La madre añadió dignam ente:—Y yo sería
235
mil veces feliz si mil veces pudiera daros á mi hijo.
Ahora bien, despues de tales promesas ¿podía La Sal-
moníére violentar los impulsos de su corazon? Las
noticias de la g'uerra -comenzada le sorprendieron es­
tando en vísperas de dar el anillo nupcial á una se­
ñorita que amaba; suspendió el cumplimiento del
pacto, y dijo á su prom etida:—Pío IX me puso con su
mano la cruz en el pecho: he consagrado á él mí san­
gre y mi vida.—Y partió. De la propia m anera sus­
pendió las grandes fiestas de sus bodas cercanas el
joven duque de C hevreuse,'ahora duque de Luynes,
que se m uestra tan valeroso para el Santo Padre en
tiempo de g-uerra, como grandem ente desprendido en
el de paz, y que tiene el privilegio de que á nadie
maravillen sus acciones nobilísimas; todos dicen:
¡Sig'ue las tradiciones de su familia! Marchó á la
guerra de simple zuavo, con el fusil al hombro.
Confusamente se presentaban así en todas partes
antiguos y nuevos campeones de San Pedro, sin que
ningún obstáculo fuese bastante á contenerlos. El
joven zuavo Onffroy, que tenia licencia y estaba en­
fermo, voló á term inar el permiso y la convalecen­
cia en el cuartel, y á servir con la espada aquella
causa que el barón su padre sirvió tan eficazmente
con su inteligencia, dirig-iendo la vasta obra de los
zuavos pontificios. Justino Garnier, sarg*ento m ayor,
y Jorge de Beireix, que acababan de llegar á F r a n ­
cia con el fin de asistir á las bodas de sus herm anos
y de sus herm anas, priváronse de tan justas y n a tu ­
rales alegrías, para no diferir su regreso siquiera por
algunas horas. Otros fueron m uy poco despues de
casados. Importa decir que las tiernas esposas se con­
formaban con que partiesen sus m aridos.—Por tal
causa, decían, marcha inmediatamente; yo robaré
236
por ti, mientras te batas por el Santo Padre.—Sobre
todos los de Europa, el patriciado de Francia mostró
en esta guerra el sentido profundo de aquel adagio:
nobleza obliga. Las listas de los cruzados están llenas
de sus nombres mas esclarecidos- Cuéntase que un
general piamontés, al leer la lista de los prisioneros
de Gastelfidardo, exclamó:—¡Qué nombres! iParece la
lista de invitación á un festín de Luis XIV!—Pero no
im aginaba que aquellos prisioneros, tan escarnecidos
entonces por el gobierno sectario, contra todo dere­
cho de gentes, volverían un día á empuñar las
armas*
Volvieron con nuevos compañeros, con cíen y mil
imitadores y secuaces, de todos los estados y condi­
ciones. Y llegaron á Roma, no solo jóvenes, sino tam ­
bién padres de familia, y hombres engolfados en los
negocios, como el banquero Bocher-Delangle, el abo­
gado Teodoro Gazeau, y entre otros innumerables,
aquel valeroso caballero señor de La Ptochetaillée,
que pidió licencia en el país donde ocupaba una gran
posícion, declarando que consideraba el peligro del
Santo Padre como peligro del mundo civilizado, y
que no podía prescindir de consagrarle su espada.
Pocos dias despues estaba en Roma, alistado ya, y
dirigíase á la provincia de Viterbo. Asediado por una
nube imponente de enemigos, dentro de una casa <\
la cual le habían conducido con un puñado de hé­
roes, conservó su sangre fria, y se entretuvo en dis­
p arar desde las* ventanas: á cada tiro decia casi chan­
ceándose:—¡Uno de menos! á otro ahora, Y volvía á
cargar de nuevo alegremente. Su brio m ilitar desde
que comenzó á gritarse ¡á las armas! acompañóle
hasta Mentana, á donde marchó tan sereno como ha­
bía entrado el di a anterior á celebrar, en casa de
237
típiilniaun, un banquete con sus compatriotas, llega­
dos reo ioíntemente para ir á la guerra.
Si la intrépida juventud se, agitaba en Francia al
grito de ¡á las armas! dado por los cruzados, la Bél­
gica, tan profundamente católica, 110 se quedaba
atrás; antes por el contrario, teniendo en cuenta el
número, le pasaba delante: Francia y Bélgica fueron
superadas, con aplauso común, por la fuerte y v a­
lerosa Holanda. De Suiza m archaban numerosas com­
pañías á reforzar las tilas de los carabineros: salían
otros de Inglaterra, y hasta de la infeliz Italia, que
ofreció su tributo, sin embargo de tener encadena­
das las manos y los pies. No hubo tierra cristiana,
aquende y allende los mares, que no repitiese: Nues­
tro Padre está en peligro: ¡á las armas! ¡álas armas!
Parecía que el grito resonaba en el aire, como el
badajo de la campana que toca á fuego, la cual va
mas de prisa á proporcion que aumenta el peligro*
Durante toda la guerra, en las populosas ciudades de
Bélgica, continuaban los alistamientos, en número
cada vez mas numeroso y mas brillante, de los m ora­
dores del pais. En Holanda, por el contrario, no habia
alistamientos, pero cada uno se ponía de acuerdo con
sus vecinos, y partían reunidos en brigadas, ento­
nando canciones á la g u erra santa, y al m artirio que
se sufre por la religión- ¡Era preciso ver especial­
mente por aquellos dias la tierra pacífica de la Ho­
landa septentrional! ¡Cómo sé agitaban impetuosos
aquellos ricos propietarios, católicos é hijos de m árti­
res! Al estampido del cañón de Bagnorea (y los partes
telegráficos mentían, glorificando la victoria de los
sectarios), mas de doscientos cruzados dirigiéronse á
Rotterdam, para emprender su viaje á R o m a la santa,
y con tal entusiasmo, que los mismos protestantes los
238
saludaron coa admiración y aplauso. El venerable y
patriarcal P a tcr x-ouavormn, como él mismo se llama­
ba, ó sea el sacerdote agustiniano P. C. de Ivruyt, no
podía resistir el asedio de los jóvenes que provistos
de papeles y de instrucciones, llenos de fe, y envia­
dos á Roma, acudían de todas partes para que les
dirigiese, Y lo propio sucedía eu las demás naciones
católicas. En vano esparcíase por los periódicos la
voz de que el ejército del rey Víctor Manuel habki
entrado ya en. Roma; la fe podía mas en los hombres
creyentes, y daba un mentís á las porfiadas noticias.
Corríase á las armas, lo cual sucedió hasta la víspe­
ra de Mentana, y ha sucedido hasta el día en que es­
cribimos los presentes renglones.
En aquellos dias dolorosos de crueles angustias
para el cristianismo, vióse llegar de improviso á
Roma á oficiales antiguos de varios ejércitos extran­
jero s, pedir un fusil, y m archar. Así llegaron Jorg'e
de Terruana y Pablo Costa de Beauregard, pertene­
cientes respectivamente al ejército y arm ada france­
sa; así llegó José Siciliano de Rende, oficial de la
m arina napolitana, que se distinguió en Gaeta, y
que vino á servir eu calidad de simple artillero pon­
tificio; así llegaron Enrique Lumley, Urbano y F er­
nando de Charette, los cuales, no obstante haber lle­
vado las charreteras en el ejército de Nápoles, pro­
testaron expresamente que no querían mas grado en
Roma que el último defensor del Papa. Casi en la
víspera de Ivlentana llegó Felipe de Tournon, uno de
los valientes de Castelfidardo, y elegante historiador
de aquella lucha gigantesca. Iiabia vacilado tres dias
entre el ansia de ser nuevamente cruzado, y el te­
mor de dejar inconsolable á su amada esposa; pero la
condesa de Tournon era digna de su consorte. Adver­
239
tida de lo que pasaba, ofreció sin dilación el penoso
sacrificio; su marido dispuso al instante con alegría
el coche, diciendo:—No sabia que fuese tan dura
prueba luchar contra el propio deber.
En aquellos dias espantables, vimos llegar anhe­
lante al vizconde de Beaurepaíre, jovencito de m uy
clara estirpe del Poitú, recibir grandes heridas en dos
horas de lucha terrible á la bayoneta, y ganarse por
ellas poco despues la bendición de Pió IX, y la digni­
dad de caballero de su orden. Casi al mismo tiempo
el conde Carlos de Ursel, vástago de una de las fami­
lias mas ilustres de Bélgica, se alistaba el dia 23, se
batía el 25 en la Lungaretta, y pocos dias despues,
en la última batalla. Entonces fueron inscritos tam ­
bién entre los simples soldados el ya oficial de zúa.
vos Ju an Moeller de Lovaina, que fue el primero que
entró en Mentana, donde dejó largo reguero de san­
gre, y el heroico Valeriano de Erp, que dejó allí la
vida: entrambos mártires.
Contemplábamos con admiración el valor de algu­
nos que batían el paso á compás, unos llevando u n i­
forme medio m ilitar, y otros traje de paisano y cara­
bina de caza, en defecto de fusil de munición,
cuando una distinguida señora francesa, la vizcon­
desa de Andigné, parienta de La Moriciere, fue objeto
de nuestras miradas; la vimos atravesar las calles de
Roma recorridas por las patrullas, pasar junto al ca­
non dirigido á la plaza de San Pedro, y conducir
consigo á dos hijos suyos: no se· detuvo hasta que
llegada á los pies de Pió IX, se los ofreció en vida y
en muerte: ¡era el 30 de octubre! Dignos los hijos de
su madre, y la madre digna de sus hijos.
¿Qué mas? ¿No llegaron por ventura gran número
de cruzados el dia antes de la batalla de Mentana?
240
Llegaron, y llegaron á tiempo, congratulándose de
que así sucediese. El último que se alistó entre los
zuavos fué quizás el joven conde Raczinski, sobrino
de la princesa Odescalchi, el cual, llegado precipita­
damente á Boma, dió su nombre algunas horas antes
de marchar; algunas despues yacia en el campo, víc~
tim a de una herida cruel y gloriosa.
Roma, entre los horrores de los sicarios, expuesta
á. las pérfidas armas de los viles que combatían en la
oscuridad con las bombas de Orsini, aparecía hermo­
sa por la fe de sus hijos, católicos de todo el mundo,
y por el aspecto de tantos jóvenes magnánimos que
iban llegando sucesivam ente, asemejándose á las
ondas del mar, y que preguntaban unánim es:—¿En
dónde se baten?—Algunos tenían la cara como los
colegiales en tiempo de vacaciones; anhelaban sufrir
el fuego y la m etralla, como si se tratase de una ex­
cursión de placer. Les preguntábam os secretamente:
—¿Por qué venís?
—Porque el Santo Padre nos llama.
—Pero ¿qué aguardais?
—¡O padre, decían, es bella cosa batirse por la fe
y morir m ártir de la religión!
Estas son las mismas palabras que nosotros h e­
mos ■oido con nuestros oidos y leído con nuestros
ojos. Damos aquí de ello clarísimo testimonio. Los
hombres m aduros hablaban como los jóvenes, y los
nacidos de familia ilustre, como los de condicion h u ­
milde: de todas las naciones salía la propia voz.
Tal fué el grito de ¡á las armas! dado por los
Cruzados de San Pedro.
XVII.
G a r Ü b a ld i.

El moderno Aníbal de la última guerra contra.


Roma fué José Garibaldi. Antes, por lo tanto, de en­
trar eu los hechos militares, importa ver de cerca su
cara, estudiar sus cualidades, y decir á qué clase de
héroes pertenece. 151 que fuera de Italia (y nosotros
escribimos para todos) oye que un partido se llam a
garibaldino, y garibaldina una guerra, cree con li­
gereza que Garibaldi es un hombre, un caudillo, un
jefe principal, ó por lo menos un gran agitador de
pueblos. ¡Falso, falsísimo! no es mas que una gran
máscara, por no decir un mascaron.
¿Cómo ha logrado, pues, fama? Helo aquL Desde
el 48 las sectas, omnipotentes en Italia, .eligiéronle
por bandera para que agítase al pueblo bajo. Desde
entonces, por ley secreta y perenne, es acompañado
de trompas, de churum belas, de pífanos y de plati­
llos; por donde va (cuando tiene misión) es preciso
aplaudir con aplausos frenéticos, redoblar los tam ­
bores, hacer que resuenen las trom pas, y echar
á vuelo las campanas; los sastres, los sombrereros y
los zapateros trabajan á lo Garibaldi; los dueños de los
cafés adornan los establecimientos con su nombre;
los comerciantes de estam pas exponen su retrato en
los escaparates; los posaderos lo encolan en las p a re ­
des, y los tenderos en sus habitaciones; los m unici­
pios marchan por este camino, y le dedican calles,
plazas y teatros; las sociedades democráticas, com­
puestas casi todas de bobos conducidos de la nariz
por simplones esperimentados, se llaman de G a ri-
T O M O I. te
242
baldi, y celebran su dia onomástico; los conspiradores
de fama, procuran incensarlo en los parlamentos;
ciertos ministros le sostienen la candela, y ciertos re­
yes lo llaman amigo; los poetas le alaban en compo^
siciones líricas; los historiadores le atribuyen proezas
heroicas; los periodistas, pagados á este propósito,
divulgan estos grandes elogios, dan cuenta de su
augusta tos y de sus laudables estornudos, lo atribu­
yen por añadidura casos admirables, aventuras ho-
'jméneas, persecuciones y aplausos, catástrofes y re­
surrecciones, retiradas y victorias, y confiesan estu­
pefactos que tiene en el cuerpo á la Italia, y aun que
la Italia es G aribaldi.

«Don Pepe estar no puede sin la corte.


Ni puede estar la corte sin Don Pepe.»

¿Cómo quereis que un hombre alrededor del cual


se mete tanto ruido, no llegue á ser famoso al menos
para la numerosa mayoría de los tontos? Y puesto
que á fuerza de engaños (de otros, no suyos) ha con­
seguido la mencionada apoteosis, es óbvio que hasta
los sabios deben pensar en él. ¿Por ventura no es
verdad que hasta la gente de juicio piensa en los un­
tadores, y en los que esparcen polvos coléricos, aun­
que solo existan en la estraviada m ente de los necios?
Sí, señores, y desgraciado del que intentase contra-
restar las calumnias populares: pasaría de seguro
por enemigo del pais, asándosele por fin en el fuego.
En Africa los [etiques mas monstruosos son cabal­
mente los mas estimados; en la China, cuanto mas
panzudo es u n ídolo, se considera mas hermoso.
Por lo demás, no está enteram ente desprovisto de
buenas cualidades para conservar el partido que ha
243
logrado: abunda, por el contrario, en ellas. Sabe es­
grim a y monta á caballo, m aneja la espada y la ca­
rabina, y aun mejor el puñal; poniendo la cara seria,
sabe hacer su papel en una entrada triunfal, y huir
á tiempo con fuga saludable; osa rasgar un diploma
de caballero, y retener un breve de espía, lo cual
pudo decir un ministro de estado y pudieron copiar
cíen periódicos, sin que perdiera el héroe la fama ni
el apetito (1); habla la gerigonza de la plebe; viste
de una m anera extraña y vistosa; charla de política y
un poco de cada cosa; truena contra las contribucio­
nes; se trata con los grandes como si lo fuera; se dice

(1) No queremos calumniar á nadie, sin excluir á José G ari­


baldi- Fuera de que ¿quú necesidad tenem os de calumniarte? R e ­
cientemente lia salido una especie de protesta suya, en la cual
rechaza el honor que le dispensó el m inistro Seward de contarlo
entre los agentes de la Gran República, porque dice que no tie­
ne derecho á öl. Pero no se traía de esto: se trata de asen tes
secretos, pagados con dinero secreto, para servicios secretos:
se trata de un nom bram iento de confidente de la policía. Oyólo
ast Seward, el parlamento am ericano con gran disgusto, y todos
los periódicos con escándalo im ponderable de los aficionados A
las camisas rojas. He aquf el honor que debe rechazar. Es preci­
so decir al ministro de los Estados-Unidos: «Habéis mentido; no
soy un espía,»
Despues de escrito lo anterior, Garibaldi mandd publicar
una carta de Seward , que se desdecía de io d ic h o , recono­
ciendo su equivocación. Juzgue el discreto lector si es mas
digno de fe un m inistro de estado, cuando dice, al rendir cuen­
tas al parlamento del dinero público: *Lo he dado íí tal y por
tal servicio: asi consta en los registros;» d cuando, com pelído,
según todas las probabilidades, por las reclam aciones d é lo s se c ­
tarios, responde: .H a sido un error.* A estar Garibaldi com ple­
tamente seguro, hubiese procedido de muy diverso modo: ha­
bría dado un mentís altanero A Seward, y lo hubiera provocado
á publicar los docum entos.
244
apasionado de los obreros y abogado de los oprimi­
dos; se finge pobre; se declara adversario de los po­
derosos; es brutalm ente franco en el hablar, indul­
gente con sus prosélitos, afable con sus soldados, y
enemigo de la crueldad inútil; conserva cierto espí­
ritu de justicia turca, y cierta dosis de honestidad de
fiel musulmán; afecta una religiosidad superlativa,
pero todo su culto se reduce á blasfemar de la Igle­
sia, y á pedir la sangro de los sacerdotes. Garibaldi,
si fuese rey, se parecería á Masanielto, á Rien-
zo, y á Juan de Leída, siendo en su virtud pro­
feta fanático, legislador bestial, verdugo sanguina-
no, charlatan perfecto en todo linaje de cosas: sería
adorado con furor el prim er día, y ahorcado con furor
en el segundo.
He aquí por qué ha hecho tanto ruido; he aquí
por qué dio nombre á un partido y á la guerra última,
sin que nos sea dable rechazar la· denominación. ¡Pero
es una cosa admirable! Despues de habérsele con
tantas máquinas subido al cielo, y de haber logrado
aquella grandísim a celebridad, que con razón parece
debería reservarse para los hombres de verdadero va­
lor, su nombre, sin saber por, qué, tiene siempre el
privilegio de mover á risa, mas que de producir la ad­
miración de las personas formales, No es culpa nues­
tra que los hombres de guerra respondan encogién­
dose de hombros al oir hablar del General: investi­
gad la opiníon de Cialdini, de La M annora, de He-
nabrea, do Persano y de los demás magnos varones
nuestros, y vereis cómo sueltan tam bién la carcaja­
da. No hace muchos meses que hablando un ex­
ministro en una asamblea de católicos ilustres, se
atrevió á decir: «Cuando h a b lo ,de los enemigos de
Pío IX , no me refiero al que se llama general
245
Garibaldi (1).” ¿Qué quereis? El nombre del general
(nos duele decirlo por lo que sufrirá su fama) produjo
una explosion de..... ¿indignación? ¡No, de risa! Los
soldados franceses, burlones basta en tiempo de
guerra, apenas hubieron conocido lo que valia en
Monterotondo, encontraron el nombre adecuado: Este
es el Duque de M uestra-tus-espaldas.
Y nosotros, confesamos m iestra ligereza, hemos
mentido muchas veces la tentación de reir á carcaja­
das al estudiar la maravillosa epopeya de Montevideo y
deM arsala (como canta el maravilloso diputado Guer-
zoni). y al meditar lo que ha hecho despues hasta hoy,
que descansa sobre sus marchitos laureles. Este
León, este Aquilea, este Alcides, este Marte, este
gran rey de las sombras, cuanto mas procuramos
acercarle al sol, otro tanto retrocede hácia las tinie­
blas; se presenta insignificante á nuestra considera-
ciou, y se achica hasta el nivel de un muñeco gran­
de y barbudo, de blusa encarnada, que baila aquí y
allá impulsado por otros, casi sin advertirlo. No ne­
garemos ciertam ente que ha conducido á término fe­
liz algunas de aquellas proezas que saben hacer los
jefes de los bandidos, y otros héroes del bosque:
confesamos que las ha hecho. Pero vanamente des­
cubrimos en él, aun con auxilio del telescopio y del
microscopio, aquella otra bondad intrínseca y perso­
nal que pone de manifiesto un gran político, un in­
trépido guerrero, ó por lo menos un valiente subor­
dinado. ¡Tiempo perdido! Se busca el Héroe, y se
encuentra el muñeco.
Mirad un muñeco, ó sea aquel títere tan conoci-

(1) Discurso pronunciado por do Fatloux en d útlim o coa


Srcso de los católicos en Bélgica.
246
do en Italia, hecho con trapos y maderas, em badur­
nado con colores, y compuesto coñ hilos. El titiri­
tero lo tiene suspendido sobre sus ejes, lo viste de
rey ó de polichinela, le pone la jiba ó se la quita, lo
presenta de mal humor ó placentero, airoso ó enamo­
rado, descontento ó feliz, lo saca á la escena ó lo
pega detrás de los bastidores, hasta que llega la hora
de volverlo á meter en el arcon de viaje. No hay n a­
da tan fácil de manejar como un muñeco: no hay
nada tan dócil como Garibaldi. En el 48, Garibaldi
era una especie de Hércules que acababa de salir de
tutela, y volvía á Italia con el fin de probar fortuna
en los azares de la g uerra. En Turin asomaba el
semblante aquí y allá: ninguno quería m ancharse
con el guerrillero de Montevideo, ni cou el proscrito
maziniano de Niza. Marcha al campo de Lombardía,
consigue una audiencia del rey Carlos Alberto, que
era caballero, y que le responde poco mas ó menos: —
Volved á las fechorías de antaño: aquella es vuestra
vocacion.—Mortificado por tal cumplimiento, se re ­
concilia con algunos amigos de su estofa, hace cua­
tro bravatas, y se deja luego conducir nuevam ente á
su sitio. Despues de la república romana, en la cual
le condujeron por la nariz los comediantes de enton­
ces, se vió rechazado y desconocido hasta por Cer-
deña. Despues del tratado de Villafranca, empéñase
en prolongarla comedia: mándanse los cazadores del
rey á perseguirlo, toma las de Villadiego, sigue .en
sus trece, da órdenes despóticamente, y marcha A la
CaUólica: allí le dicen:—¡Oh! amigo, ¿á qué juego ju ­
gamos? Y el majadero comprende que el baile ha
concluido, y déjase atar al clavo.
En el 60 lo coge Cavour, que era un gran maes­
tro de títeres, muñecos y figurillas de todas clases.
247
Jo enTía á la comedia de Sicilia, y lo liace salir de
nuevo caracoleando hasta Nápoles: el buen Gari­
baldi cree haber conquistado un par de reinos con su
inteligencia y con su brazo, sin sospechar un ins­
tante que los reinos log habia comprado á peso de oro
Cavour estando en Turin, Pero nada importa; lo com­
prenda ó no lo comprenda, le dan una sacudida des-
pues de hacer las últimas cabriolas: ¡fuera del palco!
¡al cajón! ;á Caprera! un puntapié en los riñones, y
en marcha.
En el 62, estaba el héroe consumido en aquel en­
cierro, y tuvo nuevamente deseos de saltar. Rattazzi,
siempre complaciente, le dijo:—Baila, pero con g a r­
bo; vete, pero no te olvides del hilo. Las cabriolas
salían admirablemente en donde se hacían, cuando
vino un yeto de la policía de París: fue necesario
creer. Rattazzi, siempre obediente, tira del hilo- ¡Ay,
que hasta los títeres se equivocan! Al nuestro se le
habia metido en su dura mala cabeza que habia lle­
gado á ser hombre, y hasta jefe de las turbas; de aquí
el obstinarse, el bram ar de cólera, y el dirigir recri­
minaciones. TTrbanito, siempre honrado, encontró en
seguida la receta: «Récipe, un par de escopetazos.»
Dicho y hecho; queda cojo por buena compostura, y
despues lo meten dentro de la caja en el Yarignano.
En honor de la verdad, Garibaldi no digirió nunca
enteramente estos escopetazos; básenos dicho que
aun ahora se levanta con el estómago descompuesto:
pero por sí ó por nó, pone alegre la cara, y se queda
tcon lo recibido.
Vino el 66, y Garibaldi estaba con humor de to­
mar el aire. Parecióle m entira que fueran á escritu­
rarlo, y sobre todo que se hallara con una compañía,
ó mejor dicho con un estado m ayor, compuesto denue­
248
ve diputados del parlamento italiano y de cinco perio­
distas, sin contar otros siete oficiales, —¡Hermosa cam-
pañaharem oseste año! dijo entre sí. Dirigió la guerra,
no saliendo nunca de caminos por los cuales podían
pasar los carruajes, lo cual no le impidió volaren loa
periódicos de victoria en victoria y de triunfo en triunfo.
Entretanto sus voluntarios, todos buenam ente á pié,
arrojados á lo s desfiladeros de los Alpes, hacían reir
á los tiroleses. Estos les m iraban desde las peñas, y
con sus hermosos stuteen hacíanlos caer como gam u­
zas á centenares y á millares, dejándoles por trofeo
la célebre acrópolis de Ampola, que desde aquí en
adelante se m arcará en los mapas, habiendo sido a n ­
tes una garita de aduaneros. Pero el g ran dolor de
Garibaldi consistió en que habia concluido la cucaña,
y llegado la hora de volver al baúl: quemó con he­
roico desden la lista de los honores ofrecidos á los
que habían sobrevivido, que habia él procurado ha­
cer sepultar en el Tirol, y con tal acto de bravura,
salió del palco escénico.
Pero nunca apareció tan cómico el g ran masca­
ron como en la ultima empresa de Roma. Repasad
con grande estudio el Libro Verde y el Libro Amari­
llo, las relaciones diplomáticas y los actos parlam en­
tarios; leed detenidamente los periódicos, y pasad por
el alambique las memorias secretas: la tentativa
contra Roma de los modernos m usulm anes, fué cosa
nefanda, grave, peligrosa (no sin motivo conmovió­
se de horror el mundo cristiano), y sin embargo, to ­
do lo referente á los actos personales de la cabeza
visible de la empresa, se resuelve en una solemnísi­
ma arlequinada. Desde m arzo, y con seguridad des­
de abril, el plan de la próxima cam paña contra el
Estado pontificio habia corrido á cargo de oficiales
249
de guerra, como demostraremos mas adelante, sien­
do precisamente puesto así en práctica despues. F al­
taba preparar la opinion pública á fin de que con­
sintiese. Ricasoli prim eram ente, y fíattazzi despues,
acudieron como de costumbre al trasto de Caprera.
Se le dijo:
—Pepe, tenemos necesidad de que al otro lado de
los Alpes se persuadan de que la Italia no estará
nunca tranquila hasta que le den á Roma por capi­
tal; marcha, por consecuencia, haz el oso, vuélvete
maniático, grita, ag ítate, mete mucho ruido; nos­
otros pagaremos los gastos, y jurarem os al mundo
que has obrado por tu cuenta, y que eres la
Italia.
—Garibaldi respondió:—Sí, señores, en seguida.—
Y i'ué á recorrer todos los teatros de Yenecia y de
otros puntos á costa del gabinete, protejido y acom­
pañado por los prefectos, servido por los trom petas y
tamborileros del partido, y haciendo un ruido infer­
nal: el pueblo italiano entraba solamente como es­
pectador indignado. Concluida la expedición, y vuel­
to de Ginebra, fué á ver al señor de Florencia, y le
dijo:—Urbano, ha llegado la hora de tomar las ar­
mas; están inscritos los soldados, y designados los
capitanes; los agitadores gritan, según lo convenido:
déjame m archar á Roma.
—Baldi mío, tú sabes si quiero yo ir á Roma!
pero por favor, poco á poco, sin estrépito.
—Garibaldi, que entiende de política tanto como
los murciélagos de luces, meneó la cabeza. No, á la
luz de! sol, en presencia de todos, ahora, en seguida,
y si los franceses se oponen, me los tragaré á todos
en un momento. ¡Oh! ¿sabes que con vuestra picara
convención me habéis roto bastante los tímpanos?
250
—¡No, y no! por ahora será preciso que moderen
tus ímpetus.
—¿Qué? ¿Tendrías quizás el mal gusto de hacer­
me retroceder?
—¡Dios me guarde! yo te obedezco á ti, pero esta
vez debes acomodarte á mi sistema, por amor á Ita­
lia* No podemos ir á Roma sin licencia, y procurare­
mos conseguirla; tengo el arte de obtenerla.
—¿De qué tenazas os servireis?
—Trato con Prusia para dar celos á la Francia,
y con F rancia para dar celos á la Prusia.
—¿Qué recompensa prometes si nos dan á Roma"
—A. la una y á la otra prometo lo mismo, reser­
vándome—ya se comprende—burlarm e de la una ó
de la otra, ó de las dos, según la necesidad.
—¡Bravo! esto es tener bien en boca la palabra
italiana.
—¡Oh! dímelo á mí; tengo para vender y para
conservar; pero tu entretanto no me rompas los hue­
vos en las cestas: habla cuando te diga que hables,
y cállate cuando te diga que guardes silencio.
—¡Entonces haré la figura de un tonto!
—Ya se sabe, pero por la p a tria.....
—¡He comprendido!
Llegados á este punto, Rattazzi llevó al buen
hombre á un-salón apartado, y le dijo en secreto.—
listamos seguros de tomar á Roma de la siguiente
m anera: conmocion interior allí, auxiliada por las
bandas exteriores ¡ ejército real que interviene para
poner orden; Francia que chilla y deja obrar. Toma,
pues, tus medidas, y no te asombres de nada: por la
m añana te apalearemos públicamente, y por la ta r ­
de comeremos en el mismo plato.—Esta fue la ilu­
sión de Rattazzi, que comunicó á los comités masó­
251
nicos; esta fué la que recogió y animó á las bandas
garibaldinas; esta fue la referida y comentada en
loa periódicos sectarios. Be aquí aquel trato mentido,
desleal y pérfido, que caracteriza todos los actos di­
plomáticos del gabinete de F lorencia, y que demos­
trará, para su baldón eterno, el Libro Verde del año
actual. Pero el cabecilla ridículo, que no sabe g u a r­
dar secretos, comenzó á m eter ruido, y casi al día
siguiente de su entrevista con R attazzi, participó el
acuerdo tomado á una diputación de los garibaldi-
nos de Montepulciano, quizás por aquello de que

Hontepulciano es el rey de los vinos,

diciéndoles: «Iremos á Roma; y presto: después ven­


drán á sacarnos los papistas, y volveremos á Ca-
prera (1).»
Lo singular era que todos los sectarios de la pe­
nínsula se habían conjurado contra fíattazzi, como
si comprimiera el movimiento de la nación. El mis­
mo representante interino de Francia en Florencia
(el embajador Malaret estaba en el campo) recu r­
ría á Rattazzi, como si fuera el hombre mejor del
mundo.—¿Oís, Excelencia, este gran rum or de ar­
mas y de armados? ¿Y la Convención? ¿No advertís
que Garibaldi m archa sobre liorna?
Rattazzi decia para sus adentros:—¡Qué bona­
chón es este hombre! ¡No comprende que yo lo dirijo
todo!
—Ahora es demasiado: m archa descaradamente.

(1) Discurso de Garibaldi, referido por los periódicos dem o­


cráticos y por oL i’o s . Véase la GozzeUa di Genova contemporánea,
y l'Vnilá Calfvlica.
252
— ¿OH! podéis iros, señor barón; 110 creáis todo lo
que se dice en la ciudad: son ruidos, fuego de paja,
y nada mas.
—¿Pero y si pasa el confín?
—(Y debe pasarlo: ¿no se lo lie mandado yo?) Te­
ned la seguridad, ilustrísimo, de que no lo pasará.
—¡Buenas palabras! Entretanto avanza..... y cer­
ca de la frontera.....
—Yo le haré retroceder si es necesario.
—En París se vería con placer un acto fuerte: ¿os
sentís con ánimo de hacerlo arrestar?
—Como de beber un vaso de agua: mirad, barón,
la nota fulminante que mando publicar m añana en
la Gazzetta uffiáale: la g a rib a h k ría quedará aturdida,
helada y m uerta de espanto.
La Villestreux leyó la nota del 21 de setiembre, y
dijo despues:
—Siendo así, escribiré al marqués, de Moustier
que todo va perfectamente.
—Muy bien, señor barón: saludadlo afectuosa­
m ente de mi parte (1).
Salido el representante interino, Rattazzi, ale-
grándose de un modo extraordinario, dijo para sus
adentros:—¡Qué crédulos son estos franceses! Sería
un pecado no burlarse de ellos.—Mas en medio de
aquel monólogo bienaventurado, ;he aquí que viene
un parte telegráfico m uy aprem iante:—Que venga
por caridad al telégrafo el ministro R attazzi; debe­
mos hablar extensamente.
—Tac, ta c ..... Nigra, ¡ó Nigra! estoy ya en la
oficina del telégrafo: habla.

(t) Tal es en sustancia el resum en del Libro Verde de F loren­


cia y de! Libro Amarillo de París.
253
—¡Diablo! ¿No reparas que la ilota francesa está
casi delante de Liorna? ¿Y dejas á ese títere rojo en
completa libertad?
—Di á todos que Garibaldi es un oso: el oso es­
capa un poco, pero yo estoy siempre con la v ara de
hierro: cuando sea indispensable le daré en el ho­
cico, y se m eterá en la jaula.
—Aquí dicen que el oso eres tú, y que Garibaldi
te hace bailar. Toma, pues, de nuevo» si p uedes, el
barlovento, un fuerte batacazo, y continuarás con la
gracia de estos señores. Lo menos que se puede h a­
cer para aplacar á los franceses, es meterlo en un
cuarto oscuro: aquí lo desean.
—¿Qué tábano te pica, Nígrote mió? sí no existie­
se Garibaldi, lo inventaría yo: sin sus bataholas
¿quién creería en la agitación de Italia para conse­
guir que Roma sea capital?
— ¡Necio! ata el asno á donde manda el señor: es­
conde á Garibaldi y deja á Menotti: ¿no es lo mismo?
—El necio eres tu, amig'o mió. Si hiciese una
grosería á Garibaldi, los g'aribaldinos del parlam en­
to me arrojarían al suelo el sillón de presidente.
—No hay cuidado: basta entenderse primero con
Garibaldi: el león se dejará esquilar como un corde­
ro, los suyos quemarán un poco de pólvora ¡ m el
honor, y despues estarán contentos de tener oficíales
y municiones, en vez de aquel pobre viejo cojo, ri­
dículo, desacreditado. Anda, hombre, date tono,
—Nigrra, Nig*ra, eres una g ran pieza. Apuesto á
que te iuspira el diablo, ó alguno mas bravo que él.
Voy á hacer lo mandado; pero tú procura que ahí
tomen la burla por lo serio.
—Haz lo que puedas por tu parte: en cuanto á
mí, si no los engaño, bien, múdame el nombre.
254
Rattazzi despachó en seguida un liomhre de
confianza para que advirtiese á Garibaldi la hurla,
que se habia de hacer álos franceses (¡burla que cos­
tó cara!)’; llamó después con sosiego á un lu g arte­
niente de los carabineros reales, y le dijo;—Según
mis informes, el general Garibaldi debe llegar á Si-
nalunga el m artes 24: id, llevad con vos la fuerza
necesaria, cogedlo y llevadlo á Alejandría,
—Pero, Excelencia ¿y sí el pueblo se amotinase?
—Haced fuego..... (y despues al oido.) Estamos
de acuerdo con él, y se dejará coger á buenas.
La escena se traslada, pues, á Sinalunga, ó como
dice el pueblo, á Asnolunga; representa una antecá­
m ara, con régios guardias de corps de camisa roja,
que aguardando el tiempo de engullir el Capitolio,
se adiestran en engullir el ron. El teniente de los
gendarm es se presenta m uy tem prano, con un gran
pliego en la mano.
—¿Se podría saludar al general?
—El león duerme; no se desvele al león.
—¿Qué? dice el oficial, me ag u ard a.—Y sin mas
ceremonias, llama á la puerta: toe, toe,
—¿Quién es? ru g e la voz 'del león.
—La justicia del rey, dice el teniente abriendo
un poco, y hablando en voz baja con el fin de no ser
oido de fuera.
—¿Ha venido ya? pase. Pero me parece demasia­
do pronto; Rattazzi me hizo avisar para despues del
almuerzo.
—General, haced lo que gustéis: no tengo prisa,
Garibaldi asómase á la puerta, con el gorro de
dormir, los ojos saliendo de sus órbitas, y exclama: —
¡La Italia está perdida! ¡Es un asesinato! ¡Un horror!
¡Se osa intim ar el arresto á un Garibaldi!
255
—¿Arrestar á Garibaldi? gritan Jos favoritos. ¡A
las armas! ¡A las armas! ¡Tiemble el universo!—
Mandad, general: ¿qué quereis que hagamos? Ca­
paces somos de rasgar el mundo con las m anos.—
Llamas, rayos, destrozos, exterminio, fin del mundo.
Marcharemos con la sangre hasta el cuello; hablad
solo: ¿qué ordenáis?
—Que me traigan el café. E ntretanto tomaré el
baño..... sabed que tengo esta costumbre.
El fiero general se baña, se enjug'a, come, bram a
de cólera, se dispone á m archar á Alejandría. Baja el
telón. Los espectadores tontos im aginaron que iba de
veras, y aplaudieron frenéticamente; los garibaldi-
íios de las calles se dieron á cien diablos con. m uy
mal talante: los garibaldinos de las logias bram aron
en público y rieron privadam ente. Garibaldi pasó
cuarenta ó cincuenta horas en una fortaleza, acom­
pañado como un príncipe en su casa real, y dirigióse
luego á Caprera, despues de convenir con Rattazzi
en lo que indican las palabras siguientes:—Hacedme
custodiar cruelmente: cuando llegue la ocasion tirad
del hilo, y volveré -X la escena.—Y así se hizo. De
allí á pocos dias se desliza en medio de cien y cien
guardias, da, metido en una barca, un paseo entre
los vapores de guerra, desembarca en Liorna, llega
triunfante á Florencia, charla, agita, reina. La gen­
te se habia olvidado de él.—¿Qué qnigm a es este?
decía. ¿O es un milagro?—El m ilagro era el propio de
los títeres; u na fuerte sacudida lo habia hecho salir
del arcon de Caprera y conducido á la escena de F lo ­
rencia. Fue á buscar al señor y le dijo:—¿Qué come­
dia se ha de hacer?
—Haz lo que quieras; no soy ministro ya, dijo
Rattazzi: habla cou Cialdini.
256
—Cialdini respondió: Haz lo que quieras; no ¿oy
ministro todavía.
Entonces, desesperado, envía un mensajero ai
rey:—M ajestad, Garibaldi esta en Florencia; ningu­
no, lo quiere hacer b ailar,—Victor Manuel continuó
fumando el cigarro, y el muñeco creyó que podía
bailar á su capricho. ¿A su capricho? ¡Quita allá!
Habíase agarrado á un nuevo titiritero, que se llama
José Mazzini. Por cuenta de este bailaba v a 'e n Vi­
terbo Acerbi, Nicotera en Frosinone, y Menotti en
Sabina, como Ricciotti habia cantado ya por él en
Londres, diciendo vituperios é ignominias contra
Victor Manuel; mas que todos se empeñó en bailar el
cojo José Garibaldi, hasta que cayendo desmayado
en las tablas, el ministro Menabrea lo hizo salir,' y
encerrar en el acostumbrado baúl de Caprera.
No hay en el mundo gobierno semejante al go­
bierno-de la Italia sectaria, como· no hay héroe que
pueda compararse con el héroe Garibaldi. ¿Hase
visto nunca un general tan laxo, tan flojo, tan sua­
ve? Lánzanlo á la guerra, y le obligan á la paz; le
coronan con laurel, v en seguida con acelgas; le
m andan que avance, y le tiran con bala á los talo­
nes; se coge y se deja; se saca á flor de. agua y se le
vuelve á sum ergir; es y deja de ser:—Señores ved al
general rojo bajo esto cubilete; lo cubro, soplo, fu h ....
ha desaparecido. Señores, el general ha desaparecido;
m irad, levanto el cubilete, y 110 está. Pero vuelvo á
poner el aparato, soplo nuevamente, doy un golpe
con la v arita m ágica, y torna el general 4 compare­
cer debajo: fu h ...,. tac. ¡lié aquí, señores, al general!
Vedlo aquí, armado desde la cabeza á, los pies: es él;
es Garibaldi.
Tal fue la intervención' del general José en esta
257
guerra, y tal es su historia, ó mejor dicho, el jugo, la
sustancia, la quinta esencia de la historia que noso­
tros hemos contado en breves palabras, pero sin que
falte nada capital, despojándola con toda intención,
de los follajes diplomáticos y periodísticos. Es evi­
dente que la guerra fue sostenida con riesgo extraor­
dinario de la Santa Sede; pero Garibaldi desempeñó
solo la parte importante confiada á los graciosos en
las representaciones populares. Para la plebe no hay
ni habrá nunca un personaje tan serio como un
payaso.
Pero volvamos un poco á nuestro camino, y con­
temos el principio de la invasión y los primeros fusi­
lazos.
XVIII.
L a in vasión .

Si bien nos parece que referir las locuras de los


hombres es mas propio de la comedia que de la histo­
ria, con el objeto de contentar á los que desean saber
con exactitud los hechos ocurridos, los dias en que
sucedieron, y los nombres propios de las personas
que en ellos figuraron, vamos á resum ir en breves
palabras los principios de la invasión garibaldesca.
La prisión de Garibaldi en Sinalunga levantó un
rumor increíble, absurdo y ridículo, si se considera la
cosa en sí misma. Desapareció de la escena, pero 110
se cerró el teatro, ni se interrum pió la farsa. ¿A qué
fin, por consiguiente, tanto ruido? Empero es in d u ­
dable que el gobierno de Rattazzi se habia servido
de todas las máquinas teatrales para dar al acto el
carácter de una especie de excomunión contra los se­
diciosos, á fin de ceñirse así el cinturón de paladín
to m o 1. 17
258
heróico de la fe jurada. Antes de dar principio á la
empresa, cogió la trompa, y dijo en la Gazzetta u fjl-
ciale: El ministerio ha observado hasta hoy con dili­
gencia grande la agitación que, tomando el nombre
glorioso de Roma; intentaba compeler al país á violar
aquellos pactos fundam entales que son hechos sag ra­
dos del voto del Parlam ento y del honor de la na­
ción..... El ministerio conoce su deber de custodiar
incólume la fe pública..... ningún ciudadano puede
hacerse superior á la ley. Si alguno se atreve á ir
contra la lealtad de lo pactado y á violar la frontera,
de lo cual se debe huir por el honor de nuestra
palabra, el ministerio no lo perm itirá de ningún
modo, dejando á los contraventores la responsabili­
dad de aquellos actos que hubieren p ro v o c a d o .E x ­
presábase así en alta voz el periódico el día 21 de
setiembre.
Pocos supieron la historia de esta nota ruidosa,
que fue un verdadero juguete cómico, y nada mas.
Pongámosla en claro, porque no se ha referido hasta
hoy por nadie, y nosotros sabemos de buena tinta lo
que sucedió. El 18 de setiembre, poco mas ó menos,
encontróse José Garibaldi con Menotti en Florencia:
acababa éste de disponer los armamentos de los
Abruzzos, y aquel volvía del Congreso de Ginebra.
¿Conferenciaron con Rattazzi? Dijeron que sí algunos
periódicos, pero la Gazzelta di Firenze, órgano de
aquel, lo negó term inantem ente, y hasta hizo anun­
ciar á otros diarios que el ministro habia procurado
disuadir á Garibaldi de su intento de apoderarse de
Roma (1). Para nosotros es un argum ento mas, que
dem uestra hubo conferencia y acuerdo cabal, la cir-

(l) Gaszetta d ’H alia, 20 setiem bre 18G7.


259
cunstancia de que negase el hecho y manifestara
disgusto. Demasiada razón tenia el ministro italiano
para encubrir sus maquinaciones, puesto caso que
trataba de poner en juego todas sus artes para evi­
tar la temida intervención francesa: precisamente el
mismo día en que los dos Garibaldi llegaban á Flo­
rencia, presentábase Menabrea en París para impe­
dir el golpe. Era, pues, necesario que pareciese rota
toda comunicación entre el jefe de los salteadores y el
del gobierno italiano; ¿cómo inducir de otra suerte á
Napoleon á que abandonase la causa de Roma? Dando,
empero, seguridades al gabinete imperial en punto
á que se impedirían los horrores de una invasion de
facinerosos, parecía mucho mas fácil conseguir, si
no un asentimiento formal, un disimulo político.
Mas al propio tiempo comprendía Rattazzi cuán
importante era para influir en el ánimo del em pera­
dor, trasformar de improviso las condiciones internas
del estado pontificio, por medio de alguna sombra
de sedición. Hé aquí por qué consideraba necesario
mantener agitadores en Roma y en el confin. Gari­
baldi era útilísimo para los dos intentos, puesto que ,
animaría á los sicarios metidos en Roma, y secunda­
ria en la frontera sus planes con el auxilio de las
bandas. Resolvió, pues, no adm itir al trasto, pero uti­
lizarle ocultamente; tomó con Garibaldi un partido,
eii virtud del cual debia este ir adelante, aparecer
hostil al gobierno, atravesar la frontera, y dado el
golpe sobre Roma, ceder á las tropas regulares que
niandarian los ministros del rey, con el pretexto de
hacer cesar los -estragos y el peligro del Santo P a ­
dre. Garibaldi convino en ello, y al dia siguiente dejó
traslucir lo decidido, diciendo abiertamente á los
montepulcianos que los voluntarios tomarían á Roma
260
por medio de la fuerza, entregándola despues á las
tropas reales. Entretanto el ministro italiano, que
temía tal vez que tratara el cabecilla de a g a rra r la
presa conservándola para sí, le puso al lado al m a­
yor G-hirelli, persona de su confianza, y á mucha
gente buscada entre la tropa, y además disciplinada,
con orden de apoyarle y entretenerle si era necesa­
rio;. á los que preguntaron sobre el nuevo actor in­
troducido en la escena, mandó responder que Ghi-
relli era confidente del ministro, y estaba encargado
de desconcertar los movimientos garibaldinos (1).
La verdad es que Rattazzi estaba tan seguro de
las negociaciones de París, y de los manejos obrados
en el confín, que se atrevió á vanagloriarse del
triunfo, con machos amigos y con otros. A unos de­
cía: Todo está convenido aquí, y París consiente. Con
otros dolíase así: Ahora el gobierno está competido; no
puede resistir el torrente de la pública opinion. Po­
dríamos referir el nombre de uno q u e , salido del pa­
lacio Riccardi y embargado por el gozo, díóse á di­
vulgar en las reuniones de los sectarios mas rabiosos
los designios del ministro de estado. A pesar de esto,
en la embajada ñ-ancesa de Florencia nada se supo,
porque los garibaldinos se guardaban en extremo de
los que la constituían. Estaba reservado á un ciuda~
daño particular advertir al gabinete de París. Un
católico francés, muy adicto al Papado, que estaba
entonces en Italia y tenia indicios de la novedad,
súpola resolución adoptada, y conoció sucesivamente
eí dia y la orden de la invasión convenida entre el
gobierno y el salteador: tomó el tren, y llevó volando

(t) Documentos referentes á los últimos acontecimientos, presentados


á las cámaras de Florencia, pág. 142..
261
la noticia á Roma. Mientras el voluntario embajador
viajaba rápidamente, dirigíase por sus instancias á
París un parte telegráfico reservadísimo, y salia de
allí una orden, ya que 110 digamos una resuelta y te r­
rible amenaza, contra el gobierno italiano. Rattazzi,
viéndose perdido, para conseguir cierta reputación,
creyó que 110 podia decidir otra cosa que encerrar á su
mandatario, y disponer al público con la nota ruidosa
publicada en el diario del gobierno, casi en la vís­
pera de la captura.
De todo este manejo, que no resulta en los actos
diplomáticos comunicados á los parlamentos, encon­
tramos (prescindiendo de nuestras informaciones
exactas) evidentes huellas en el despacho de Armand
al marqués de Moustier, fechado en Roma el 28 de
setiembre. Allí se dijo que el gobierno pontificio h a ­
bía tomado medidas para resistir y para reprimir (1),
y esto despues de haber, á nombre del cardenal An-
tonelli, dado las gracias al emperador por sus esfuer­
zos para imponer al gabinete italiano una política
menos malvada. Verdad es con todo, que los prepa­
rativos de la defensa contra la invasión no se hicie­
ron en Roma solamente á consecuencia del aviso
mencionado: solo renovó el ardor, é hizo que aum en­
tasen mucho. Realmente ya el 'coroirel Azzanesi h a­
bía trasmitido desde Viterbo noticias ciertas de la
invasión inminente, y hecho m archar á los puntos
amenazados dos compañías de zuavos, y la sexta del
segundo de línea: él mismo disponíase á reunirse con
las tropas (2). Avisos semejantes llegaban casi al

U) Libro amarillo.
(2) Documentos manuscritos de los Archivos, 19 de setiem bre
de 1867.
262
mismo tiempo del general Courten, y de otros oficia­
les: un parte telegráfico del comandante de Civita­
vecchia anunciaba explícitamente la entrada de Ga­
ribaldi en persona (1). Pero de las determinaciones
pontificias hablaremos mas adelante.
Garibaldi habia conseguido realmente licencia del
gobierno italiano para pasar la frontera pontificia. Es
igualm ente cierto que el dia24 se dejó prender como
cualquier otro fullero de plaza, manifestando á sus
cortesanos y al ministro del rey, su empeño de con­
vertir esta bufonada en un suceso capaz de cambiar
la política francesa.D ivulgaron aquellos una relación
trágica y protestas furibundas; mas Rattazzi fue el
primero en alzar la voz. Se publicó en el mismo dia
en el diario del gobierno una sarta de m entiras; en
las cuales se anunciaba el gran sacrificio hecho á la
santidad de los tratados, como también los esfuerzos
extraordinarios hechos para salvar la nave del estado
de la borrasca del pueblo embravecido, y para con­
tener el torrente impetuoso de la juventud guerrera,
que ya rebosaba en el territorio pontificio; así con­
cluía: «El ministerio, con la conciencia de su deber,
vela por la dignidad de la palabra italiana y por los
intereses de la nación.» Si esta fuese la palabra ita lia ­
n a , sería forzoso decir que el mas hipócrita entre los
embusteros, y el mas embustero entre los hipócritas,
hablaban italiano: pero no, aquella no fue la palabra
italiana, sino la de Urbano Rattazzi, de aquel Urba­
no que dejó tan infame memoria de su felonía en los
D ocum entos.relativos á los últim os acontecimientos presen­
tados á las cám aras italianas (2), porque con la misma

(1) Documentos manuscritos de los archivos, 17 de setiem bre.


(2) Desde la pág. 14S hásla la ViIL Léanse además oíros do-
2(33
palabra y en el misino dia ju ra b a la convención de
respetar el estado papal, y dirigía las tram as de los
sicarios dentro de liorna; asi como con la misma pa­
labra y en el mismo dia se vanagloriaba de su lealtad
contra los invasores del confin, y disponía para ellos
municiones, víveres y dinero,
Y no obstante, el embajador de Francia en Flo­
rencia no parecía preocuparse de todo esto que se
preparaba detrás de la cortina: escribía, sí, repetidas
veces, por el telégrafo y por el correo, á su principal
en París, ponderándole el inmenso efecto de la cap­
tura de Garibaldi, y la parte que había tenido en in­
ducir al gobierno italiano á tal resolución (1). Cor­
respondía el marqués de Moustier con encomios y
aplausos, no sin reprobar expresamente que se h u ­
biera tomado tan tarde una determinación que, acor­
dada mas pronto, hubiera producido muchas mas
ventajas (2). Los vituperios suspendiéronse con todo
cortesmente en el ilfbiúfór de la tarde, donde se cantó
un himno de alabanzas al ministro Kattazzi: los pe­
riódicos oficiosos del gobierno cantaron unos de tenor
y otros de barítono; los de Berlín y Londres de bajo:
pronto resultó un coro, ó mejor dicho una sinfonía á
grande orquesta en honor y gloria del gobierno ita­
liano, y tam bién del m onarca y del ministro que al

cuincnlos, etc., com unicados por los m inistros de ía guerra y


de la marina, y especialm ente Ja página E>G, donde se describe
el modo de preparan las bandas garibaldinas, con el pretexto de
proveer de nuevo los alm acenes de la guardia nacional, al m is­
mo tiempo que se haeian declaraciones de Icallad á la Con­
vención.
(1) Carla de La Villestrcux, 2í y 23 de setiembre; en el Libra
amarillo.
(2) Cartas deJ ministro tío Moustiej·, 2(i y 27 tic setiem bre, id.
264
frente de él se hallaban. Queríase, á fuerza de estí­
mulos, impedir que el gobierno de Florencia se
arrojara en brazos de la política de los ladrones de
bosque.
No es maravilla, por lo demás, que hasta los di­
plomáticos se dejasen deslumbrar por los esplendores
del ministro italiano. ¿Quién podía suponer tan vil
perfidia? ¿Tan desvergonzada mentira? ¿Tan perenne
arte de traición? EL ministro Rouland, en la tribuna
del senado francés, no se atrevió á tocar este punto,
y confesó terminantemente que no se proponía dis­
cutir sobre las sordas conspiraciones, de las que a p a ­
recían rastros en este tiempo (1). De este modo R at­
tazzi, no bienliubo partido G-avibaldi á Caprera, pudo
dirigirse á la embajada francesa, y asegurar á La
Villestreux que dos navios de g u e rra le vigilarían de
cerca (2): hizo publicar además los arrestos de los
voluntarios detenidos en el camino de Roma, las pes­
quisas, los secuestros de arm as, las órdenes trasm i­
tidas á las prefecturas, y las demás providencias to-
madas para contener la invasión (3).
Para dar mas colorido á estas falaces apariencias,
dejó correr en las logias sectarias la orden de que
hiciesen mucho ruido y se lamentasen con estrépito.
A la conocida voz de todos los comités, de las socie-
dades de obreros, de las juntas democráticas, y de
cien otras asambleas reunidas, comparecieron en las
calles los asalariados ó sorprendidos gritadores de

(1) Discurso de Roulier, en el senado francés, sesión del 30


(le noviem bre de 1867.
(2) Parte telegráfico de La VUlcslreux, 27 de setiem bre: en el
Libro amarillo.
(íi) Carta de Arm and, desde Roma, 28 de setiembre: en el
Libro am arillo.
265
plaza, y chillaron furibundos contra Hattazzi, como
si por haber puesto la mano sobre la sagrada perso­
na de Garibaldi, hubiese vituperado á Italia, y oscu­
recido su "doria para dar una satisfacción al org*ullo
francés. Maldijéronlo como enemigo de la patria, y
como verdugo desapiadado, que habia destruido con la
segur la libertad italiana. Los periodistas vomitaron
veneno y Iodo contra el ministro Rattazzi, y con g r i ­
tos descompasados pidieron que ü¡e le quitase la car­
tera: cubriéronse las esquinas con carteles infames
contra el g'obierno, se insultaron las estatuas del rey,
y Napoleon III fuó impunemente ajusticiado en efi­
gie. En Turin se tuvo la exquisita gracia de agitar
debajo de las ventanas del cónsul general francés
una horca, con la inscripción: para la Francia. Los
papeles italianos, en los dias posteriores al arresto
del gran salteador, casi no contienen sino detalles de
las cosas que se dijeron en aquel período de frenesí,
en Florencia» Milán, Turin, Yerona, Genova, Nápo-
les y otros lugares., con un torbellino de protestas,
griterías y pedradas.
¿A quién no le hubieran sorprendido tales artifi­
cios? Lo cierto es que muchísimos simples soldados
del partido garibaldesco quedaron engañados, con­
siderándose perseguidos y oprimidos por aquella m a­
no que los servia y acariciaba. No se engranaba em­
pero el cardenal Antonelli, que limitándose al es­
tricto deber diplomático, rogó al secretario de la
embajada francesa que «hiciese llegar su g ratitud al
gobierno del emperador.« Y entre tanto, á pesar de
«las rigurosas instrucciones comunicadas por el señor
Hattazzi á las autoridades italianas para que repri-
raiesenlas maquinaciones urdidas contra el territorio
pontificio,n como se le hacia decir por el gabinete de
266
París, expedía órdenes á fin de que se vigilasen las
fronteras, y m andaba encarcelar k los sediciosos in­
troducidos ya dentro del estado, entre los cuales de­
be citarse al feroz sicario Francisco Cucchi, diputa­
do, á quien echó fuera del confin (1). E hizo perfecta-
m ente, porque si bien habían salido de la cancillería
real de Florencia instrucciones severas (Heno está de
ellas el volumen de los D ocumentos referentes á los ú l­
timos acontecimientos, colocado en el banco del parla­
mento florentino) (2), lejos de impedir los movimien­
tos de las bandas invasoras, servían solo precisamen­
te para tem plar sus ímpetus, para guiarlas, para
dirigirlas, y sobre todo para poner á los diplomático*
en buen lugar. Realmente no cedia por nada el mo­
vimiento sectario: otros escritos del mencionado vo­
lumen lo demuestran (3); y si otras pruebas faltasen,
el hecho de la invasión ocurrido pocos dias despues
lo demostraría de una m anera victoriosa.
Á pesar de lo dicho, el gobierno mentiroso tra­
taba de recoger el codiciado fruto de su felonía. Las
antiguas gestiones para que la Francia desatendiese
su deber y m anchase el honor nacional, fueron pro­
tegidas por Rattazzi á mediados de setiembre, y ar­
dientemente aumentadas durante todo el mes de oc­
tubre (4). Además del embajador Jíigra, habíase
mandado al general La Harmora, con el fin de que

(1) Carta de Armand desde Roma, 28 de setiem bre: en ni


Libro am arillo .
(2) V éanse principalm ente las páginas 136 y 14*2.
(¡i) Léase, entre oirás, la página 103: y hasta las solem nes con­
fesiones de los garibaldinos en el parlamento italiano, desde el H
hasta el 22 de diciem bre de 18G7. La Civiltá Cattolica hizo de ellas
una recopilación, serio V il, volumen I, páginas 2n y siguientes.
(4) Oíi ne nous com iatt p o s sculement au role de dupe, on nous
. 267
abogase por la causa garibaldesca; y se pedia que,
con afrenta de la Convención estipulada en 14 de
setiembre de 1864 para m antener incólume el terri­
torio pontificio, se perm itiera entrar á mano arm a­
da, bajo el pretexto de que se conseguiría mejor la
salvación de Roma, dejando ejecutar con las armas·
reales lo que Garibaldi tratab a de hacer con el pu­
ñal de los facinerosos. Visto en Florencia que Nigra
y La Marmora adelantaban m uy poco, añadióseles,
como ya dijimos, á fin de que im portunara, el gene­
ral Menabrea, que llegó á París el dia 18 de setiem­
bre. Muclid^fué lo que gestionó cerca ele los m inis­
tros y de los personajes de la corte: poco el prove­
cho. La Valette se m ostraba m uy dispuesto á con­
tentarle; se adhería el ministro D uruy, leve peso en
la balanza; Rouher parecía contrario, pero no inac­
cesible á ciertas concesiones; el m arqués de Mous-
tier contestaba como dicta el honor á un caballero
francés; el príncipe Napoleon viajaba; ía emperatriz
se conducía como cristiana y española; el empera­
dor no cedía un punto. Esta últim a firmeza decidía
definitivamente la cuestión.
Napoleon 111 se defendía, oponiendo á lo que le
m anifestaban, la fe de los tratados, y el espíritu de
sil país, evidentemente inclinado á la cansa pontifi­
cia. Agregaba consejos á las negativas: que no resul­
taba pretexto plausible para la invasión; que los ro­
manos se m ostraban contentos de su propio estado,
amantes de su príncipe, y enemigos de novedades;
que la Italia misma deseaba solamente el reposo y la
restauración de sus enormes ruinas. Que se proce-

comriai'f rtw róle de (retíre. JDiscurso del m inistro de H ouslíer en


et parlam ento francas, sesión del 4 de noviem bre de 18G7.
268 .
diese por consecuencia contra los pocos agitadores
políticos, con lo cual se prestaría un gran servicio á
la corona italiana, siendo como eran enemigos de la
tranquilidad pública, de Pió IX, de Victor Manuel, y
de todos los demás principados legítimos. Tales con­
sejos resultan del conjunto de los actos divulgados
por entrambos gobiernos (1).
Para nosotros, que estuvimos sobre el lugar, es
claro como el sol de medio dia que el gobierno fran­
cés pensaba perfectamente. ¿A qué se reducía, en
efecto, la grande agitación de Italia? No se armaba
ciertamente contra el Papa la nación italiana, que
habia pagado espontáneamente al Santo Padre en
los últimos años el tributo quizás de seis millones de
liras, de las cuales se desprendió, no obstante su es­
casez, con el fin de asegurar la independencia de
aquel; ni tampoco los lectores de los periódicos polí­
ticos, literarios y piadosos, sinceram ente católicos,
que florecen en Italia eu mayor número sin compa­
ración que los sectarios, y tienen mas suscritores
que estos; ni, en fin, la inmensa mayoría que se vie­
ne, digámoslo así, á los ojos, que va frecuentemente
á las iglesias, que recibe los sacramentos, que llama
al Pontífice con el dulce nombre de Padre, y con los
títulos misteriosos, ya de Vice-Dios, ya de Dios en la
tierra. ¿Quién se arm aba por consiguiente? Aquella
misma sentina de plebe degradada, que en todos los
países parece ser el Estado* cuando, bajo la egi­
da del gobierno, lo puede todo en daño de todos:
Un puñado de brig antes, hez de la especie hum an a ; itn

(1) Libró verde del parlamento floren Lino: Libro am arillo y Libro
azul de Francia; notas de los diarios del gobierno, e le ., hasia
mitad de setiem bre.
269
pueblo faino , raza de arpias, que todo lo contam ina y d e­
vora , como dijeron ya en el 92, de la encruelecida
plebe de París, sus;mismos jefes (1), De los invaso­
res contemporáneos de Roma es m uy semejante la
pintura que bosquejaron los mismos que los defen­
dieron: entre otros los diputados del parlamento
italiano, enemigas jurados del poder tem poral de
Pío'IX (2). Ningún adversario suyo hubiera podido
describirlos con mas negro carbón. Uno de ellos, que
recibió la misión de rehabilitar á Garibaldi y á sus
partidarios, dijo lo siguiente: «Estaban aquí y allá,
en las ciudades, constituidos en comités, los im peni­
tentes de las logias y de las Ventas de treinta años ,
gente íntegra, austera, tenaz, que ha nacido y mo­
rirá conspirando unida á Mazzini, sumo gerarca de
los conjuradores, mejor que á Garibaldi, torpe para
las maquinaciones por su índole, pero ahora (por la
idea carísima de conseguir á Roma con la sorpresa
de una vasta conspiración, urdida á las barbas de la
policía de tres ó cuatro gobiernos, y de otros tantos
partidos), llamada á nueva vida, y reunida en torno
del hombre que la llamaba (Garibaldi), bien que do­
liéndose de que no supiese conspirar (3).»
.Con g ran fundamento rechazaba, por lo tanto, el
gobierno francés las. deshonrosas proposiciones de
Rattazzi. Mas este no se detenia por la negativa, y
se obstinaba en lograr por el fraude y la violencia,
el consentimiento que no podia obtener mediante

{1) P alab ras de V ergn iau d y d e Síey.és, referid as por B a-


rante, J/úíotre de í¡i Cowreníio», t. II, p . 22i; y t. III* p* 16& y
lfiíh
(2) Sesiones de las cámaras italianas, citadas poco antes.
(3) José Guerzoni, Kuava Anlol., cuaderno de marzo de 1868.
270
una composicion. Servíase á un tiempo de todos los
recursos: atemorizaba á la Francia, haciéndola en­
trever la alianza que desesperado negociaría con la
Prusia; encarecía exageradam ente la fermentación
del pueblo italiano, y ju ra b a que carecía de fuerzas
para contenerlo en la pendiente irresistible de Roma.
Armaba entretanto y guarnecía con fuertes batallo­
nes la frontera pontificia, para encontrarse en dis­
posición de caer sobre Roma, no bien viese á la
Francia comprometida en una guerra grande y peli­
grosa. Podia disponer todo esto en presencia de los
ministros franceses con su alta aprobación, y con
apariencias de lealtad al convenio, puesto que dába­
les á entender que sin estas medidas érale imposible
contrarestar las cien compañías de voluntarios que
se disponían á invadir la tierra prohibida.
Así nació el famoso cordon m ilitar, extendido al­
r e d e d o r del Estado pontificio con desprecio de la
conciencia pública. Despreció á Francia, que se con­
sideraba con derecho á m irar aquel ejército como un
dique poderoso íi contener la invasión garibaldesca;
despreció al romano Pontífice, contra el cual se reu ­
nía un ejército invasor, bajo pretexto de protección;
despreció á los garibaldinos, los cuales, al mismo
tiempo que recibían socorro para la empresa, eran
refrenados y contenidos cuando á Rattazzi placía;
despreció, en fin, al mismo ejército, condenado á
presenciar la violacion de los tratados, y destinado á
violarlos, sin saberlo.
En los últimos días de setiembre, los conspirado­
res introducidos en Roma se creían con fuerzas sufi­
cientes para intentar una insurrección: en el confín,
las bandas recogidas y las tropas reales hallábanse
dispuestas 4 franquear la barrera: faltaba única­
271
mente dar el grito de ¡á las armas! Entonces R attaz-
z¡, que á la cabeza de todo figuraba, intentó un es­
fuerzo supremo para sacudirse el tábano de la in ter­
vención francesa. Envió con este fin una extensa
carta en francés al embajador italiano en París, que
debia comunicar al emperador, en la cual encarecía
su lealtad demostrada con el arresto de Garibaldi, y
representaba á la nación italiana dispuesta á provo­
car todo género de tempestades para conseguir la
capital, á Jos Romanos dignos de reivindicar sus
derechos, y al gobierno del rey decidido á tra ta r con
la debida reverencia al Santo Padre (1). La conse­
cuencia de tales premisas no se sacaba, pero salia
por sí propia, teniendo presente la persona del ora­
dor. Al dia siguiente hizo hincapié con una petición
urgente. Un parte telegráfico (acudíase al telégrafo
para simular una novedad repentina) comenzaba
del modo siguiente: «Las noticias que se reciben de
líoma son graves, y pueden cam biar enteram ente la
posicion del gobierno:» y proseguía ordenando á Ni-
gra que volase á B iarritz, donde estaba el em pera­
dor, y le persuadiese de lo inminente en Roma de
un levantamiento popular, en cuyo caso la Italia ne­
cesitaría entrar en la capital, é impedir con las a r­
mas la proclamación en el Capitolio de una repúbli­
ca m áziniana; no pudiendo, por el contrario, meter
el pié el ejército francés sin suscitar una guerra
nacional de Italia contra la Francia (2).
Ni se contentaba con esto Rattazzi, pues avalo­
raba sus aserciones con el testimonio del embajador

(1) Carta de Rallazzi á Migra* 2S de setiem bre de 1808, en


el Libro verde, pág. 18.
(-) Parle telegráfico clcl 30 de setiem bre, ibi, p. ID,
'272
interino francés en Florencia, á, quien venia persua­
diendo con imperturbable aplomo de los embustes
mas insípidos. El señor Rattazzi (decía por telégrafo
La Villestreux al ministro Moustier, con fecha 2 de
octubre), líame asegurado que ninguna agresión
formal puede intentarse sobre las fronteras pontifi­
cias; que refuerza las tropas de guardia con todas las
fuerzas llamadas á Florencia para reprim ir los desór­
denes recientes; y que renueva de continuo las órde­
nes para vigilar el confin severamente. Pocas horas
despues enviábase un parte telegráfico semejante,
para excusar al ministro Rattazzi por cualquier pe­
queña banda garibaldi na que hubiese burlado su vi­
gilancia, y persistir en el cuidado activo que te­
nia (1). Poco mas tarde, nuevas cartas llegaban á la
cancillería imperial, del mismo diplomático residente
en Florencia, que exponían ámpliamente las mismas
falsedades y otras muchas (2).
Empero el marqués de Moustier tema otras fuen­
tes verdaderas sobre los hechos de Italia y de Roma,
y manifestaba de nuevo al encargado de negocios de
Francia, que todas las noticias que le había enviado
estaban contradichas por lo sucedido, y que tanto
Armand, secretario en Roma, como el gobierno pon­
tificio, podían demostrar concluyentemente todo lo
contrario de lo que venía Rattazzi asegurando (3).
Mientras se cambiaba esta correspondencia regu­
lar entre las cancillerías, el embajador italiano trata­
ba directamente con el emperador en Biarritz, y de­
fendía calurosamente las propuestas de su gobierno.

(1 ) Libro am arillo, 2 do octubre.


(2) Ibi, 3, 4, ¡J de octubre.
i,3) Ibi, 0 de octubre.
273
Parece que Napoleon III se tomó tiempo para m adu­
rar la respuesta, y quizás para pedir en aquel respi­
ro, verdaderas informaciones al telégrafo. No se sabe
con seguridad cuál fue su contestación, A juzgar por
la cuenta que dió Nigra de lo sucedido, en su parte
telegráfico de la tarde del 4 de octubre, parece que
el emperador no contradijo nada de lo manifestado
por su ministro, y que se quitó de enmedio al impor­
tuno pedigüeño, diciéndole poco mas ó menos: La
insurrección de los romanos que anunciais, 110 es un
hecho todavía; cuando lo sea, veremos lo que se ha
de hacer: 110 os mováis sin poneros de acuerdo con
nuestro gobierno. Pero Nigra comunicó esta contes­
tación á fiattazzi hermoseándola un poco, lo cual
sucede con aquello que ardientem ente se ansia cuan­
do aún no se ha probado la sustancia (I).
Tan pobre promesa, ó mejor dicho esperanza de
promesa, fue considerada en Florencia como un
triunfo. Rattazzi expidió con la rapidez del rayo p a r­
tes telegráficos en que daba las gracias mas expresi­
vas á Napoleon, y se'presentaba m uy dispuesto á
una inteligencia si la república estallaba en Roma:
entretanto, con perfidia extraordinaria dejaba pre­
sumir que los acontecimientos no darían quizás
tiempo por su prontitud á ninguna medida; pero que
si el gobierno italiano se encontrase arrastrado á
Roma, iría con el único propósito de calm ar los tu ­
multos, de poner fin á los estragos, y de negociar
despues con la Francia (2). Parécenos que esta con-
testación hubiera sido mas que suficiente para quitar
la venda de los ojos á Napoleon III, si hubiera sido

(t) litro verde , pág. 20.


(?) libro verde, 5 octubre, pág. 20.
TOMO I, 18
274
necesario. Lo cierto es que desde aquel dia el gobier­
no italiano solo consiguió de él amenazas y declara­
ciones hostiles, quedando Rattazzi deshonrado y en­
vilecido.
En el ínterin empero, este desventurado artífice
de conspiraciones, que sim ulaba una mentida leal­
tad, hacia correr entre los jefes de las bandas gari-
baldinas lo sucedido en París, trasforinándolo en una
formal promesa de soltarles la brida por completo,
para que pudieran promover la sedición de Roma y
reinar sobre el Capitolio, A esto, sin género de duda,
se refieren aquellas palabras de los garibaldinos re­
publicanos: «En virtud de nuestras informaciones,
que no podíamos considerar falaces, creíamos que en
presencia de una insurrección en la capital, la misma
Francia hubiera retrocedido, y que el gobierno ita­
liano no hubiera podido ya vacilar (1). Puede asegu­
rarse con verdad que comenzó entonces la guerra
general en todo el confin.
Aunque las hordas habían marchado ¿ sus pues­
tos, no era su número extraordinario, á excepción
de las reunidas en el país de Viterbo; desde aquel
dia se comenzó 4 engrosarlas descaradamente con
personas alistadas en público por autoridades y
oficiales del rey (2), y empujóse á los jóvenes de las
ju n tas sectarias, amenazando con dar de puñaladas

(1) Parte de los garibaldinos republicanos, publicado en la


inform a del 1-4 de diciem bre, con el título de Parle d d Comité ro*
m am de insurrección , e t c y aun mandado esparcir en forma de car­
ta, impresa en papel muy delgado, con el titulo de: lo s últimos
acontecimientos de Roma, y tirmada falsamente por el Comité romano
de insurrección. Tampoco la fecha (/loma, diciembre 1SG7) es exacta.
(2) Confesiones de los sectarios en el parlamento^ v é a c s e h u
sesiones arriba citadas.
27o
á los rehácios, y diciendo, con el fin de arrastrarles,
que solo encontrarían enfrente un puñado de defen­
sores; que serian socorridos por los paisanos amoti­
nados; que les guardaría las espaldas el ejército real;
que era seguro el éxito; y que sería muy grande la
recompensa. Un periódico sectario atrevióse á prede­
cir el día de la conquista de Roma, que había de ser
el 24 de octubre (1); no falló poco ni mucho, en cuan­
to á la intentona. Los comités garibaldinos y el ejér­
cito italiano les suministraban armamento y víveres;
tenían á su disposición todos los ferro-carriles de
Italia; y abríase, no bien se presentaban, el cordon
de guardia, como si las tropas hubiesen ido allí á es­
perar á los garibaldinos, con el solo deber de pre­
sentarles las armas. Muchos de los jefes del movi­
miento, metidos aún en sus antros de Florencia, fue­
ron inmediatamente á tomar los mandos que se les
designaran.
Menotti Garibaldi, lugarteniente general de su
padre, mandó el cuerpo central en la Sabina, pais
mas vecino que los otros á las murallas de Roma-
Hallábase á su lado el diputado Fabrizi, tenido por
experto en la milicia, y otros oficiales. Tenia en Terni
su almacén de provisiones, su vestuario, su armería, su
fragua, su depósito, su hospital de guerra, y todo lo
demás que conviene para una base de operaciones.
MU podia recibir fácilmente provisiones de los Abruz-
zos por el camino de Aquila, así como de Toscana y
de las Marcas por los dos ramales del ferro-carril;
desde allí podia disponer y dirigir los movimientos
de los demás cuerpos en toda la línea que llamare­
mos militante. Como alas de su centro, dos fuertes

(1) VIndipendenle <le Ñapóles, 9 de octubre-


276
columnas debían, desde la derecha y la Izquierda,
caer á un tiempo sobre Roma: de la primera, que ve ·
nia del confín de Toscana y de Orvieto hácia Y iter-
bo, era general el diputado Acerbi; mandaba la se­
gunda, procedente de la frontera de Nápoles, hácia
Frosinone y Yelletri, el diputado Nicotera. Dentro de
la metrópoli del cristianismo,-centro común de ope­
raciones, agitábanse ya otros dos diputados del par­
lamento italiano, á saber, José Guerzoni'y Francisco
Cíucchi; pasaba el primero por viajero inglés, y el
segundo era expulsado con frecuencia, pero volvía
siempre merced á un disfraz. Por estar reconocido
como jefe principal, y por disponer de gruesas su­
mas que le mandaba Rattazzi, acudían á este los fa­
cinerosos mas decididos y mas dóciles, que enviaban
uno tras otro los comités; ordenábalos en brigadas y
compañías, y los tenia prontos á levantarse, llegado
el instante oportuno, en nombre de los romanos.
Todo esto se pudo arreglar en Italia á la vista de
cuantos no eran ciegos; el ministro de Víctor Manuel
pudo negarlo todo, y pasar por enemigo implacable
déla invasión. ¡Tanto puede la constancia en el mentir!
Yeremos ahora cómo se disponía la defensa en
Roma, esperando el auxilio de Francia, que por fin
llegó á tiempo.
X IX .
T ra m as del gobierno italiano dentro de
R om a.

Ninguno dudaba en Italia, que tanto La Marmora


y Rícasoli como Rattazzi, llegados al ministerio,
querían vivamente reducir á esclavitud al Vicario de
Jesucristo. Una sola diferencia distinguía á este ulti­
277
mo; estaba resuelto á quitarle la corona, aunque fue­
ra preciso valerse del puñal y del furor de los asesi­
nos. Los sabios dejaron asomar una sonrisa de indig -
nación cuando, en el dia 15 de abril de 1867, le oye­
ron decir en el parlamento con mucha solemnidad:
«Tenemos una convención con la Francia..., Decla­
ramos altamente que persistimos en el propósito de
mantenerla, de lo cual no podemos prescindir, des­
pués déla obligación contraida.» En Roma, además
de conocerse al ministro mazimauo, sabíase que ha­
bía conseguido la cartera por obra de los enemigos
mas encarnizados del reino papal, que no estaban
satisfechos de los tímidos atentados de los gabinetes
anteriores. Esta es la ocasion de referir brevemente
la larga historia del Comité nacional rom ano, que fue
causa de que pululase u otros comités, juntas y cen­
tros, siempre bajo la abundante lluvia de oro del go­
bierno de Italia.
El barón Bautista Ricasoli, si bien respiraba, di­
gámoslo así, el aura de los consejos Ingleses y do
otros diplomáticos enemigos de Roma, no se atrevía,
como ministro, á romper abiertamente con la Fran ­
cia, ni á hollar los tratados. Hé aquí por qué se con­
cretaba á subvencionar á los conspiradores mas blan­
dos, los cuales verdaderamente no eran romanos en
su mayor parte, ni amigos de innovaciones, sino que
deseaban solo comerciar con su infame servicio. Cer­
ca del gobierno italiano los representaba un ComUó
de emigración rom ana, del mismo valer, despreciado
por amigos y enemigos, con el sobrenombre de p a r­
tido m alva. El honorable ministro hacia creer á estos
que el Estado pontificio se conseguiría de acuerdo con
Francia, cuando, sin sangre, se dispusiera un plebis­
cito civil que diese Roma á la Italia, y conservase al
278
Pontífice la soberanía del Vaticano y de las murallas
Leoninas (1). Y tuvo tal afición á este pensamiento,
que despachó negociadores oficiosos para que lo ven­
tilasen con Pió IX, disfrazando el vil ofrecimiento con
la promesa de proteger el Papado con ternura mas
filial que los franceses, así como con esperanzas de
restauración eclesiástica y de pacificación universal.
El partido m alva , manejado por Ricasoli, 110 se
significaba mas que con empresas de poco coste y de
ningún peligro: petardos de papel de estraza, esca­
rapelas, insinuaciones de igual valor, y á lo mas al­
gún envenenamiento por mano de médicos. Se va­
nagloriaba de tener aprestados grandes armamen­
tos, é inscritos numerosos sicarios; pero realmente
solo había su presunción y su orgullo, lo cual era de
esperar de sediciosos asalariados, autores de torpezas
domésticas y de crímenes comunes, trasformados en
hombres políticos para saciar su hambre y salir de
su oscuridad. Los nombres de los Gennarelli, de los
Checchetelli, de los Matriale, de los Ferri, de los
Fausti, de los Yenanzi, de los Gulmanelli, de los Ghi-
relli y de otros semejantes, serian suficientes para
llenar de baldón á todo el partido. Una de las empre­
sas mas famosas del Comité nacional, fué la de poner
á prueba la lealtad de los soldados pontificios, y alis­
tar traidores, á fuerza de mucho dinero y de grandes
promesas en nombre del Gobierno italiano (2): puede
afirmarse que no produjo ningún efecto.
, Si el comité inepto se contentaba con el sistema

(1) Llám ansc m urallas Leoninas las fabricad as por el Papa


L een IV en el siglo IX : rodean el V aticano con un arrabal que
va hasta el T ib er, y se llam a casi por n om bre propio el liorgo.
(2) Circular reserttfiífístwia del Comité, de agosto de 1865.
V éase íntegra en la Ctu, catt,, se rie V il, vo!. II, p. 3í-y.
279
de charlar y de percibir la paga, no sucedía lo m is­
mo con el Centro de insurrección , que pedia á Roma
por completo, y que fuera expulsado el Pontífice. El
Centro habíase constituido en Florencia, hácia no­
viembre de 1866, por influencia de algunos diplomá­
ticos. Es de creer que estos lo prepararon privada-
mente, y aun contra las instrucciones de sus go­
biernos respectivos; pero es indudable que se vió á
los enemigos mas pérfidos del Pontífice acudir fre­
cuentemente al embajador de una corte extranjera,
como también que fueron acompañados y recomen­
dados despues. al ministro italiano, de un modo se-
.mi-oficial, Procuraban estos separar á Italia de la po~
lítica francesa, y conseguir que obrase violentamen­
te contra Roma. Constituíanlo secretamente, además
de los diplomáticos forasteros, Kattazzi, Crispí, Nico-
tera, Tamaio, Cucchi, Guerzoni, Asproni y otros in­
dividuos del parlamento, que nada tenían de roma­
nos; antiguos sectarios todos, pertenecientes al C o­
mité de acción , que José Mazzini fundó á fines de 1849.
He aquí el motivo por el cual el Parte de la Junta de
insurrección romana confiesa que, «el Comité de ac­
ción se adhirió francamente á este Centro.« A pesar
de esto, Mazzini rehusaba pertenecer á la nueva so­
ciedad, fuese porque no la veia enteramente contra­
ria á la monarquía constitucional, fuese por ambi­
ción de mando. Para representar al Centro en Roma,
fueron designados Montecchi, Anieni, Bompiani, y
algunos otros romanos proscritos, que fundaron la
Ju n ta rom ana de insurrección, al frente de la cual pu­
sieron algunos felones vulgares, con orden termi­
nante de obedecer ciegamente á los de Florencia. E l
iin de esta reunión era la insurrección interior de
Roma y de las provincias.
280
No queremos entrar á describir aquí las discor­
dias y las avenencias, los enojos y las traiciones re­
cíprocas que se sucedieron entre los antiguos cons-
piradores que obedecían á los ministros del gobier­
no italiano, y los nuevos, identificados con el partido
de acción. lío sacaremos á relucir las viles acciones
de Ricasoli, de Checchetelli, deGhireli, de Frediani y
de otros semejantes, que figuraron como pacificadores
y medianeros, engañando con frecuencia, y siendo
con frecuencia engañados. Es fama que liabiendo pe­
dido encarecidamente Matías Montecchi á un augusto
personaje que no se olvidase del Centro de insurrec­
ción, contestó: «Obrad vos; yo no debo saber nada.>-
Hallándose otras veces en parecidas circunstancias,
y valiéndose del lenguaje común, había exclamado:
«Tengo ya llenos los bolsillos de esta Roma: los ita­
lianos la quieren, y cuando la tuvieran, pedirían la
China.» Y por último: «¡Maldita sea la Italia y todos
los que la habéis inventado!» La verdad es que tanto
hicieron los individuos de aquel, que lograron, no so­
lo la caida de Ricasoli, sino también que el poder
pasase á su jefe Rattazzi, y que su gobierno les sub­
vencionara espléndidamente con diez mil liras men­
suales. Por este revés de la fortuna, el partido m a l-
váceo fingió, mediante un acto publico, que no se­
guía obrando, y que dejaba el campo libre á la gente
de Rattazzi; pero secretamente conservóse unido á
Ricasoli y á sus consortes, envió espías á las juntas
ratazianas, propuso convenciones que se rechazaron,
combatió los designios de los otros, y envilecióles en
la prensa, siendo en este particular dignamente cor­
respondido, Al indagar sus hechos, parecía que se
hallaba una historia ideal de Judas y de su familia.
Llegado Urbano Rattazzi á la presidencia del ga-
281
bínete demostró que era torpe gobierno hasta en el
conspirar. ¿Fué por falta de inteligencia? Unos dicen
que sí; otros afirman fundadamente que su objeto era
solo librarse de la dependencia de Francia, arroján­
dose en brazos de sus enemigos. Al conmover el pais
contra la Convención hacia un gran juego, porque
ó el emperador lo toleraría, en cuyo caso le odiaría
la Francia, dando al mismo tiempo fuerzas á la Ita­
lia sectaria, ó el emperador decidiría intervenir, y
entonces le serian hostiles los sectarios italianos, sir­
viendo de esta suerte á los nuevos aliados, en daño
del antiguo magnánimo. Si fué tal su intento, lo con­
siguió realmente. No en vano sigue ahora Menabrea
las pisadas de Rattazzi. No en vano las logias masó­
nicas, en las recientes bodas régias, recibieron la
orden de festejar al príncipe prusiano y ofender al
francés. No en vano se subvenciona mas espléndida­
mente que nunca en secreto á los garibaldinos, con
la promesa formal, no solo de dejarles invadir el ter­
ritorio pontificio al dia siguiente del en que salgan
los franceses de Civitavecchía, sino también de se­
guirles con la bandera real.
Sea lo que fuere, Rattazzi divulgó entonces entre
los suyos la fatal noticia de que la Francia toleraría
la rebelión en Roma, aunque fuese armada y san­
grienta, llegando á, persuadirles hasta tal punto que
decían del modo mas desvergonzado: «Si Roma se
amotina, Francia no interviene.» He aquí la causa
de la inmensa agitación de los periódicos y de los
telégrafos servidores de la secta, que se notó al prin­
cipio de la invasión, y que tuvo por objeto convertirla
en insurrección espontánea. Pero no nos adelante­
mos á los sucesos.
Otro error grave, ó farsa premeditada de Rattaz-
282
zí, fué dejar elegir para jefe militar de su partido á
Garibaldi,, y darle venia para intentarlo todo. Gari­
baldi y los suyos propusieron planes muchas veces
frenéticos, v, g r., combatir por medio de una inva­
sión exterior la pereza del pueblo romano, que per­
sistía en manifestarse hostil á lo que se intentaba.
Los mazinianos y todos los. demás adversarios de la
casa de Saboya concurrieron con los garíbaldinos:
en breve fué dominado el Centro de insurrección de
Florencia, y conducido á las medidas mas viotentas,
No podian hacer mas, porque los sectarios forasteros
constituían su fuerza principal: en el pais romano
110 tenían raíces, ni hallaban protección. Aunque no
se les ocultaba, pues, la temeridad de la empresa,
para no quedar privados del premio de su larga fe­
lonía, hicieron buena cara, y agregaron la tarea de
disponer en favor de Garibaldi el empréstito inicia­
do ya para el auxilio de la em igración. En los nuevos
títulos estaba designado el antiguo y el nuevo pro­
pósito. «Suscricion para la insurrección de Roma......
para el auxilio de los voluntarios garibaldinos;» y se
vendieron entre los sectarios de Italia y de fuera.
Estas maquinaciones concluyeron con la gran tole­
rancia del gabinete de París, y provocaron resenti­
mientos y amenazas contra el gobierno italiano. De
aquí la perpétua doblez de Rattazzi, reducida á
odiar aparentemente al partido de acción, que pa­
gaba en realidad con dinero contante, y cuyos ocul­
tos misterios venían á concentrarse en su propio ga­
binete.
En el ínterin el Comité nacional romano, casi ol­
vidado, intentó alzar la cabeza, pidiendo las armas
de los amigos para que sirvieran en el día del peli­
gro, y reivindicando la dirección del movimiento in-
283
mínente. Fué su acto último, y quizás únicamente
una estratagema discurrida por los garibaldinos
con el fin de apoderarse de macho armamento, que
no hubieran logrado de seguro á pedirlo en nombre
de Garibaldi, cordialmente aborrecido, no solamente
por los buenos ciudadanos sino también por los fe­
lones. Realmente tampoco consiguió nada el bando
del Comité, por lo cual los garibaldinos tuvieron que
obrar con destreza, hacer venir de Florencia adver­
tencias imperiosas, y simular, en fin, uua alianza con
el Comité nacional romano.
Así nació, en julio de 1867, la Ju n ta nacional ro ­
mana, á la que podían pertenecer indistintamente
los monárquicos y los republicanos, á condicion
solo de preparar un levantamiento contra el Papa:
verläse despues si había de aceptarse á Victor
Manuel ó á José Mazzini. Alrededor de esta Junta
giraban dentro de Roma una porcion de diputados
del parlamento, de oficiales garibaldinos y del ejér­
cito italiano (1), los cuales llevaban los avisos del
partido de acción, las órdenes de Garibaldi y de R at­
tazzi: avisos y órdenes con frecuencia apremiantes,
á los cuales se respondía invariablemente: «No esta­
mos aún prontos.»
Los garibaldinos republicanos echaron la culpa
de tal inercia á los impuros elementos monárquicos,
que se habían metido en la Ju nta del comité nacional
romano: espíritus abyectos, decían, y esclavos aún
de la gente de Uicasoli y de la embajada francesa.
Conviene notar de ! paso, que aquel no tenia poder

(L) A estos aludíam os en el capítulo III : Los perdidos de guan­


tes blancos. Sirva para los que nos preguntan si escrib im o s una
historia: aan h s escenas históricas son historia.
284
sobre la Junta, y que menos aún lo tenia el embaja­
dor de Francia. Sabemos perfectamente que uno de
Roma, que iba muchas veces á la embajada, figuró
en el comité nacional romano llamado malváceo; que
no cesó de conspirar; que también perteneció por úl­
timo á la Ju nta; y que llegado el momento de o b ra r, se
ocultó, dejándose ver al otro lado de los montes; pero
no tenemos pruebas de que obrase por instigaciones
agenas: no damos de todas maneras fe á los traidores
que se dijeron vendidos. Tampoco consideraremos
cómplice de la conjuración al consulado inglés, solo
porque un criado de Russell, que esta b a ausente, tuvo
por largo tiempo un depósito de bombas de Orsini,
que no quiso despues remitir á la Junta, pretextando
que otros y no ella se las habían entregado. Volvien­
do al francés, plácenos rechazar aquí altamente las
afirmaciones de los garibaldinos, bastante gratuitas
en verdad, é injuriosas contra el único soberano que
socorrió con su ejército la causa pontificia.
Los mitologistas de la secta, como Guerzoni, in­
ventaban la fábula de que los de la Junta pedían un
aplazamiento hasta que «el brazo de Roma estuviese
armado,« que Garibaldi «otorgó quince días prime­
ro, y despues todo el setiembre,» y que «los romanos
lucieron esfuerzos inauditos para proporcionarse ar­
mas en el período designado; pero el octubre se apro­
ximaba, y la nave de la' carga preciosa 110 había
salido aún de su puerto (1).» .Todo esto es una sarta
de mentiras. Lo cierto es que fué preciso contempo­
rizar por la misma condicion de las cosas. La Ju nta
llamada nacional romana, compuesta de hombres
torpes y sanguinarios, no conseguía sino desden en

(1) En la mova Antol , cuaderno de marzo de 1863, p. iííí.


283
los ciudadanos, ni encontraba partidarios aun en los
hombres de ínfimo estado, por lo cual hubo de acu ­
dir á los de fuera para todo lo necesario: ni las tris­
tes armas reunidas muchos años atrás le fueron nun­
ca consignadas. Las famosas escuadras (llamábanlas
de ese modo), que decían jactanciosamente constaban
ya de tres mil valientes hijos de Bruto, 110 compare­
cían sino cuando sus jefes percibían la paga. El di­
nero del gobierno italiano se consumía sin provecho:
nada estaba en orden, y todo crujía. Cuando la im­
paciencia de los garibaldinos hizo que se oyesen las
primeras descargas de fusilería en el confín de Vi­
terbo, la Junta disolvióse por sí propia. No permane­
cieron en la brecha, ni el Comité romano viejo, ni la
Junta nueva, ni los demás, si se prescinde de alg u ­
nos mazinianos de puñal, que se llamaron Comité
nacional de insurrectio n , ó bien, mas falsamente aún,
Comité- romano de insu rrecció n .
Las últimas tentativas de insurrección fueron
obra de estos. No les faltaba dinero: Cucchi, declara­
do director de la empresa por común consentimiento
deRattazzi, de Garibaldi, y quizás también de Maz-
zini, habia recibido del ministro italiano trescientas
mil liras al partir de Florencia; Castellazzi habia lle­
vado otras sumas; expedían otras los comités secta­
rios existentes en todas las ciudades de Italia, y acu­
mulábanse otras con el empréstito negociado en Lon­
dres por Ricciotti Garibaldi, largamente difundido
entre los demagogos de Inglaterra y de Prusia. Con
este dinero se compró el concurso de un abogado ro­
mano, que pretendía ser el jefe político del movi­
miento; pagóse á otro criminal que se decía ser jefe
de la escuadra formada; se obtuvo la esperanza de
recibir las municiones que se creían facilitadas por
286
el Comité nacional; y se lograron en realidad rail
fusiles y doscientos revolvers. El depósito estaba
fuera de las murallas, en la villa Matteini, cerca de
la puerta de San Pablo, Hablaremos oportunamente
de esto mas adelante.
Pero lo difícil y casi lo imposible, era armar el
pueblo. Pocos y viles aceptaban dichas armas. Habia
necesidad de introducir asesinos venales, proceden­
tes de países lejanos. Procuróse esto con ardor ex­
traordinario, pero la cosa falló en gran parte. Fuera
de los garibaldinos visionarios, que los pusieron en
el parte del Comité romano de insurrección, ninguno
vió en la eterna ciudad á los ochocientos jóvenes, flor
de Roma.

XX.
L a sorcLo-muda policía romano..

Rica de dinero, alegre de cascos, íngeniosilla, re­


bosante de amor patrio, y liberalesca superlativa: he
aquí el retrato vivo y verdadero de cierta romana, y
quizás de dos ó de tres, pero no nos separemos de la
primera. Iban á su tertulia por la noche toda clase
de forasteros; á. últimos de setiembre y aun antes, á
ciertas horas de mucho calor, un salón suyo servia
para reunión de confianza á los conspiradores mazi-
nianos, los cuales, entonces mas que nunca, procura­
ban acercar y unir á los partidos de la insurrección.
Pagábanla con buenas alondras así como con muchos
cumplimientos, y hasta se le hacían indicaciones so­
bre las novedades del dia, sin ser aún iniciada en los
hondos secretos, porque no se fiaban de ella por ser
tan superficial. Manifestábame maravillados de sus
287
dichos, como á propósito para desagradar á los minis­
tros de estado; pensaban como ella sobre los teatros,
las modas, el gobierno* todo en fin; y recibían por
oro de veinticuatro quilates, cualquier extravagan­
cia que saliese de sus labios. Decíanla también con
frecuencia, que su conversación era la mas graciosa
y gentil de cuantas brillasen eu los salones de Italia
y del mundo: una mirada suya, una sonrisa, un rizo
de su cabello valía mucho mas que todas las serviles
romanas eu masa, verdaderas muñecas de papel de
estraza, sin alma, sin espíritu y sin corazon, cuya sola
patria era la basílica de San Pedro.
Erguíase con esto la política doncella, y consolá­
base á sí propia. Como tenia un color entre ceniciento
y verde-mar, y una boca que se apartaba mucho del
modelo, imaginaba desquitarse de la enemistad de
las gracias con la protección de Minerva. Creíase
convertida ya casi en la Aspasia de los modernos P e-
ricles, y mirándose al espejo decía para sus adentros:
—Pavo real no, pero águila sí. ¡Yo adquiero fama,
y me muestran con el dedo! Las demás tratan de
agradar á los pisaverdes con un poco de. color; yo
reino con el espíritu sobre los padres de la patria: en
mi salón se reúne el consejo de Italia, y yo soy la
presidenta!
A pesar de esto, halagaba en extremo á un tio
suyo, pelucon de policía y fiel como ninguno, del
cual esperaba heredar una suma considerable de es­
cudos romanos. En sus conversaciones con él habla­
ba enardeciéndose del Santo Padre, como la papista
mas apasionada. Figurábase también que lograría
sacar algo de su oficio, y saber cosas con las cuales
ganaría en el concepto de los suyos.
—Sabed, tío, que en la calle del Corso se ven cier­
288
tas caras que no me gustan. Alguna entruchada de
¡ J pensar que la policía no toma precauciones!
—¿Qué quieres hacer distando solo el confin una
hora y cinco minutos, habiendo tres ferro-carriles
que se cruzan en este pequeño estado, y el Tiber que
pasa por medio? Roma es la patria del universo: no
se puede examinar la conciencia de todos los pasa­
jeros, mayormente si se considera que los malvados
traen los mejores pasaportes del mundo, vistos, fir­
mados y sellados por el embajador A., ó el^cónsul B.
Solo la mano de Dios puede defender á Roma.
—jPero si al menos la policía echase á los bribo­
nes! ¡Si se hiciese un escarmiento!
—Se quisiera que el Papa hiciera de Roma el ser­
rallo de todos los picaros que llegan! No bastarían las
cárceles Nuevas, ni Termini, ni San Miguel, ni el
castillo de Sant-Angelo. Fuera de que, ¿quién da los
cuartos que se necesitan para la pitanza? El Papa
está mas pobre cada dia. Si ,ve, se chilla porque ve;
los diplomáticos se enfadan, y atruenan la cabeza al
cardenal Antonelli: si el Papa no ve, se chilla porque
no ve, y se dice que la policía se compone de moco­
sos, de torpes y de necios. Hay para que perdamos
la cabeza.
—¿Pues cómo salís del apuro? dijo la mujer.
Así, como se puede; se hace salir á unos, enciér­
rase á otros, muchos se van moviendo, y sirven como
de muestra en las fondas......y si te dijese que caen
en el garlito muchos pajarracos....i
— ¡Sí, cazar TV . á los pajarracos! Si alguna cosa
se descubre, es por'causa de algunos forasteros que
todo lo saben, porque los de Monte Citorio no descu­
brirían la cúpula de San Pedro en la mitad del dia.
—Pues mira, no es así: descubren lo que no te pue­
289
des figurar; podemos dar lecciones en ciertas cosas ó.
las policías del extranjero.
—Bueno es esto; entretanto todos perciben el olor
de lo que traman los garibaldinos, y solo ustedes na
saben nada, y van completamente á tientas.
—Xo es cierto: alguna cosa sabemos nosotros, y
por mejor decir, sabemos demasiado......
Al llegar a este punto soltó la malvada una risa
burlona.
—Saben VV. demasiado y sin embargo ahora que
van á tomar las armas están mano sobre mano!
—Ya se verá, concluyó el viejo. Hasta la vista,
¿Quién de los dos tenia razón? Ninguno entera­
mente, pero mucho mas el buen empleado, á quien
perfectamente constaba la vigilancia que se venia
ejerciendo desde muy atrás sobre las armas clandes­
tinas introducidas en el país; sabíase por quién, la
forma de las cajas, y las inscripciones mentirosas con
las cuales se procuraban pasar (1). Ciertos garibal­
dinos se vanagloriaron de haber permanecido en
Roma, en número de ochenta, muchos meses antes
de la invasión (2); mas debieron también confesar las
innumerables precauciones que tomaron. Y no hay
cosa mas fácil que vivir sin ser vigilado en una ciu­
dad inmensa, con calles tortuosas, callejones y calle­
juelas sin número» ceñida por almacenes, depósitos
y villas confinantes con los muros, visitada de conti­
nuo por forasteros que entran y salen, y sobre todo
con tantas fondas y casas de huéspedes, que pueden
fingir á su gusto el nombre, y la línea, y la pátria y
los pasaportes. A pesar de esto, la dirección de poli-
(1 ) Paitas para sopa. Docum entos manuscriLos de los archivos,
23 de abril de 1SG7.
(2) Cf. Véneto Cattol., 1 de febrero de 1888.
tom o 19
290
cía descubrió perfectamente, no obstante ir disfra­
zados, á u n centenar de los mas turbulentos facine­
rosos garibaldinos (1), y no dormía.
La presencia de estos se manifestaba especial­
mente por la noche con las proezas garibaldinas
acostumbradas: heridas, robos, puñaladas, anexionen
de relojes y de joyas; las bombas de Orsini no se
vieron hasta mediados de octubre. Y la ciega policía
mandaba echar mano diariamente á ocho ó diez hé­
roes, cosa inaudita en las fastos de Roma, como re­
sulta de los registros que aún se conservan. Secues­
traba también armas viles, camisas rojas, fajas tri­
colores, mapas sectarios, sumas de dinero que se
avenían mal con el traje de los que las tenían, y de­
pósitos de medallas, en algunas délas que se veia una
Italia con los bustos de Víctor Manuel y de José Ga~
ribaldi; otras (mas pérfidas y villanas) contenían los
del rey de Italia y del emperador de los franceses (2).
Algunos arrestados prorumpian en insultos contra
los gendarmes, y Ies amenazaban públicamente, di-
ciándoles que dentro de poco llevarían grillos y cosas
peores los defensores del Papa. Así, para citar algu­
nos nombres, en el dia 11 de octubre fueron cogidos
en una misma redada Gregorio Mayer, maltés, y el
caballero Luis Castellazzi, de P av ía, célebre por su
infame novela Tito Vczio, y mas célebre ahora, que
ha sido condenado por el tribunal de Roma á doce
años de presidio como jefe de insurrección. Estaba
con ellos Juan Marangoni, de Mantua, que fue sor­
prendido en el acto de escribir una correspondencia,
en la cual daba cuenta de la entrada de los prisione-

(1) D ocum entos, e tc., 3 de ju lio de 1867.


(2) E a el m ismo lugar, 23 de setiem b re y siguientes.
291
ros garibaldinos, decía que habían sido aclamados por
la multitud con rabia infinita del gobierno pontifi­
cio, y consignaba otras invenciones poéticas que me­
recían leerse. EL probo oficial de policía no pudo me­
nos de decirle algunas palabras picantes, sobre todo
al pensar que los prisioneros no habían llegado aún,
y que el visionario escritor les había visto antes de
ii* á la cárcel. Se desprendía de su carta que era uno
de los jefes de la conjuración, y sin embargo, la
crueldad de los tribunales se limitó á mandarle pasar
el confín. El dia 15 fue cogido Felipe Lorenzini, fa­
bricante de bombas de OrsinL
Algunos dias antes habían caído en las cárceles
de San Miguel el abogado Alejandro Cavallini, de
las Marcas, y el celebrado Juan Cairoli, de Pavía, á
quienes habían precedido el 8 dos compatriotas su ­
yos, Luís Pietrasanta, y el ingeniero Baltasar Stra-
gliati. Por aquellos días veíase vagamundear por
Roma á gran numero de ingenieros, que pensaban
construir de planta edificios para uso de la insur­
rección, de la invasión, y sobre todo, de las minas. Se
daba también alcance todos los dias á bribones ple­
beyos, llegados nuevamente de varios puntos de Ita­
l i a ^ vagamundos y á malas m ujeres; abundaban
estas de un modo extraordinario en las listas garibal-
descas. Rara vez resultaban estar al frente romanos
de algún nombre; alguno apenas reducido á prisión,
fue puesto en libertad; de los cuatro abogados agen*
tes, conocidísimos en los comités sectarios, cayó el
uno en poder de la justicia el 26 de octubre, el otro
pudo tomar las de V illa d ie g o , el tercero pudo huir
cómodamente, y el cuarto era tan poco temido, que
quizás no fue nunca buscado.
. Para los que consideren la muchedumbre de vía-
292
jeros que llegan á la metrópoli del mundo católico,
nada significa que Cucíhi, Guerzoni y otros de su
estofa pudieran permanecer escondidos, y salir des­
pues de Roma en noviembre, con pasaportes arran­
cados á la policía por un tercero. Lo cierto es que las
escuadras de sicarios, tan ensalzadas en los relatos-
garibaldinos, encontráronse prontamente privadas
de sus jefes, confundidas y amedrentadas, y que las
personas que los reemplazaron apenas se atrevieron
á sacar la cabeza; el ministro Rattazzi, que tanto-
oro les repartía para promover la insurrección espon­
tánea , veia todos los dias que le robaban los torosos
estipendios.
¡Cuántas amargas lágrimas debió derramar el po­
bre Urbano, al ver morir tísica desde su cuna la in­
surrección de Viterbo! Y con todo, los documentos
presentados al parlamento el 20 de diciembre, anun­
ciaban maravillas; se debía levantar como un gigan­
te de cien brazos, y sacudir con sus garras el Capito­
lio. Algunas marchas de las tropas de Viterbo y d&
los zuavos de Valentano, calurosamente aplaudidos
por las gentes del país, bastaron para amedrentarla,
ó mejor, para reducirla á la impotencia. El mismo
De Luca, elevado al honor de jefe de la insurrección
según diploma del comité de Orvieto, fue oportuna­
mente recomendado por el coronel Azzanesi á sus
gendarmes, y cogido con las manos en el saco. Rin­
dió las armas, ó sea la correspondencia, que no perju­
dicó á ninguno, por referirse á mas señalados bri­
bones de la provincia. Durante la campaña de octu­
bre no se oyó hablar mas de levantamientos, sino de
los valientes de Bagnaia, de Acquapendente, de Vi­
terbo, de Vallecorsa y de otros puntos, que al lado
de los gendarmes prestaron muy buenos servicios, y
293
contribuyeron á echar á los perturbadores extranje-
ros (1). Mas ridiculas fueron aún las insurrecciones
de otras provincias, por lo cual prescindimos de ellas
completamente.
A medida que se aproximaba la catástrofe final,
vemos que la madeja de las maquinaciones sectarias
devanábase por el gobierno pontificio; conviene decir
que no tan ciegamente tomó sus precauciones, cuando
tantas veces, aun despues de constituirse la trabajosa
Ju nta nacional» hubo que diferir la insurrección, pri­
mero por falta de brazos, de armas y de avisos, y'des-
pues porque sus jefes tenían que reanudar sus pla­
nes, desbaratados por la policía. De hecho, la explo­
sión fue decretada primero en abril, y tal era el aviso
que recibió Ghirelli (2), comunicado por Bautista Ri-
casoli; pero este mismo tuvo precisión de prescindir
de aquella urdimbre. Aplazóse despues para mediados

(l-J Documentos m a n u scrito s.d e los archivos, 19 de se tiem ­


b r e y siguientes.
(Sí) El señ or G hirelli nos escrihió que verd aderam ente estu ­
vo en Rom a por estos dias á desem peñar com isiones políticas
oficiosas por orden de su g o b iern o ...... oíicialm enie mandado á
las ordeños de S. E . el presid en ta del consejo de m inistros, pero
q u e ni en to nces ai nu nca basta boy aconsejó la in su rrección . No­
so tro s m encionam os lealm ente su rectificació n , m as dígasenos
por gracia: ¿cuál era la política prom ovida en Rom a por ftica -
soli? Es indudable y notorio que d eseaba, no una in su rrección fu­
riosa y san grienta ü lo garibaldino, sino suave y pérfida, para
q u ita r el dominio tem poral de las m anos del P on tífice. E ste géne­
ro de rebelión no debia d esp lacer á G hirelli, quien despues del
d ia 10 de octu bre de 18G7 dejd el m ando en las tropas rea les, á
íin de m andar las bandas y p re p arar el cam ino para la invasión
de las tropas reales, lo cual es evidentísim o y nos confirm a su
'Carla,. H allábase ademas en corresp on d en cia con Marangoni*
q u e d entro de Л о т а hacia de je fe cuando cayó en poder de la
p olicía ro m an a. (V . Proceso Acquaroni, e tc ., p¡Sg. 1 4 .)
294
de julio, luego para el 25 de setiembre, mas tarde
para primeros de octubre, y sucesivamente para el27,
el 21 y por fin para el 22; hubó quizás otros inter­
medios que no tratamos de indagar. Todo se desva­
neció como el humo.

X X I.
L o s aprestos m ilitares para la defensa.

Si el gobierno pontificio tenia los ojos puestos ea


las obras malvadas del interior, para desvanecerlas,,
no perdía de vista, con el fin de resistirlos, los tra­
bajos exteriores. Aquellos que se imaginaban cons­
pirar sin infundir sospechas, quedarían maravilla­
dos si pudiesen ver en, los archivos de Roma cómo
se contaban los pasos de los conspiradores principa­
les, inclusos los de aquel tímido Salvatori, tan de­
seoso de no dar ninguno en falso, á quien Rattazzi,
queriendo vigilar á los garibaldinos, mandó poner
preso por tratarse del que menos les podia servir (I).
Ahora bien: conocíanse perfectamente los viajes' de
Aristides Salvatori, sus entrevistas con Menotti* y
constaba el número de los que tenia á sueldo. Hay
que decir lo propio, prescindiendo de gente mas nom­
brada (2), de Cammelli, de Angel Bosquet, de Luis-
Pandolfi, de Cayetano Milleüorini, de José De A .n g e-
lis, y de otros cien. Y no solo se sabían sus pasos-
tortuosos, sino que llegaban también á Roma las lis­
tas de los futuros campeones de la guerra, formadas

(1) Docum entos referen tes á los últim os aco n tecim ien to s, p re - -
sentados á las cám aras, páginas 53 y siguien tes.
(2) Docum entos m anuscritos de los arch ivos, de agosto, etc.
295
en las ciudades vecinas, y despachos reservadísimos,
cor te sm ente despojados de las cifras con las cuales
los habían envuelto los sectarios.
Para los ministros de Roma era ridiculo en extre­
mo ver que Rattazzi, con ansiedad incomparable,
pedia á los prefectos de las provincias noticias sobre
los movimientos garibaldinos, cuyos hilos habla
agrupado y tejido; así como ver que hasta tal punto
eran, estos bobos y simples, que solo en setiembre
comprendieron que se trataba de la invasión (1). E l
inocente ministro enviaba por último partes telegrá­
ficos al embajador Isigra sobre la imprevista con-
mocion que amenazaba al parecer á Roma, y la di­
ficultad de contener á los invasores: los mismos g a -
ribaldinos estamparon y pretendieron dar á entender
que la invasión fue un movimiento generoso al par
que repentino del pueblo italiano* Sábese ahora que
todo esto fué una mentira desvergonzada. Unos do*
meses antes del centenario de San Pedro, esto es,
apenas hubo subido Rattazzi al ministerio, la insur­
rección y la invasión fueron discutidas, ventiladas y
resueltas con datos de militares. La prueba está en
que los ministros de Roma conocían todo el plan
aprobado anteriormente por los de Italia, y lo mani­
festaban á sus subalternos, particularizado en cinco
artículos. He aquí el texto que sacamos de una circu­
lar dada el 7 de junio de 1867, y que altamente
honra al que la suscribió.
«El gobierno superior, que nunca cesa de seguir
atentamente los pasos del famoso Garibaldi y sus in­
tenciones revolucionarias siempre dirigidas á Roma,

(1) D ocum entos relativos á los últim os acontecim ien tos, p re ­


sentados íí las cám aras, página 55.
296
ha podido saber que para lograr su fin, ha hecho en
una sesión u n nuevo p la n , que ha sido aprobado po r otros
jefes del partido de acción.
»El nuevo plan adoptado al objeto referido, con­
siste pues:
1-° «En formar pequeños grupos de insurgentes
armados, que tan pronto salgan como desaparezcan,
cuándo en un punto, cuándo en otro del territorio pon­
tificio, mandados por oficiales voluntarios romanos,
que militaron en la última guerra contra el Austria.
2* «No oponer resistencia, sino en caso urgente,
á las tropas pontificias, pero atraerlas á varios pun­
tos y diseminarlas todo lo posible,
3." «Llegada la orden, los diferentes destacamen­
tos, formando núcleo en las provincias de Viterbo,
írosinone, Velletri y Civitavecchia, y apoyados por
columnas organizadas en los países italianos limítro­
fes, irán derechamente sobre Roma, con la esperanza
de que todos estos movimientos podrán coincidir con
el alzamiento que Garibaldi tiene organizado en la
capital; pudiendoasí los insurgentes de dentro dar la
mano á los de fuera.
4.* «Los destacamentos organizados cerca de Ná-
poles, tomarán la dirección de las fuerzas de Frosi-
none y Velletri, que mandará un oficial superior g a-
ribaldino; y los otros, dirigidos en las provincias de
Viterbo y Civitavecchia, tienen el encargo de reunir
estas varias columnas.
5.* »Garibaldi á su vez, y en tiempo oportuno,
desembarcará en el litoral pontificio {1}.»
Véase cómo el plan de abril se siguió en octubre

(1) Docum entos m anu scritos de los arch ivos, 1 de ju n io


-.le 18G7.
297
sin quitar un ápice, con la sola diferencia de que no
habiéndose podido reunir insurgentes, supliéronse
con malvados forasteros, que los representaban. Al
dia siguiente del mencionado aviso, extendióse otro
mas vasto y minucioso, consignándose los nombres
de los garibaldinos designados hasta entonces para
mandar, el número de las bandas ya dispuestas, las
armas procedentes de Malta, su desembarque en
Liorna, los que las proporcionaban, el éxito en Italia
de los manifiestos garibaldinos, los principales sus-
critores del empréstito de Londres, etc., etc. Esto era
solo para uso muy reservado. Mas adelante se mul­
tiplicaron, de diversos puntos procedentes, avisos
semejantes (1).
Decir que sabíanse de oídas las órdenes de
guerra y los movimientos de los invasores, es decir
también que se disponía la defensa. Al retirarse
la guarnición francesa se había procurado aumen­
tar las fuerzas del estado, que según los registros
llegaban á trece mil hombres, comprendiendo la ad­
ministración y todos los demás servicios; al comen­
zar la guerra se pudo disponer de ocho mil comba­
tientes. El pais que pudo defenderse, fue dividido en
octubre de 1866 en dos distritos, á saber, Roma y
las provincias, encomendándose al general Zappi el
primero, y al general De Courten el segundo. Para
obrar mas fácilmente, Gubdividiéronse las provincias
en cinco lugartenencias, con el nombre de zonas mi­
litares: Viterbo, que se confió al coronel Azzanesi;
Civitavecchia, al teniente coronel Serra; Velletri y
Frosinone, al teniente coronel Giorgi; y Tívoli, que

(1) Docum entos m anuscritos de los arch iv os, S de ju n io y si­


g uientes.
298
con todo el confin desde Subiaco al Tiber, se dió ai
teniente coronel de Charette desde los primeros ru­
mores de las armas. Los comandantes de las zonas,
además de vigilar el país, tenian el encargo'de pro­
veer lo mas oportuno en el caso, de insulto extran­
jero, y de socorrerse recíprocamente por medio de
columnas volantes.
Como ya comenzaban á mover ruido las bandas
en las provincias limítrofes, trasmitíanse continua­
mente nuevas órdenes del ministro de las armas, se­
gún la actitud de la invasión. Habia sido esta defi­
nida-magníficamente por el general Kanzler. «Una
guerra de brigantss , un poco mas extendida porque se
trata de brigantcs políticos (1). Ante todo prescribíase,
no solo á las tropas de línea sino á las de buen go­
bierno, que no se desunieran demasiado, y que se co­
locaran en sitios fuertes y seguros, desde los cuales
marcharían á doquier apareciese un grupo de inva­
sores, no parando hasta destruirlo (2). Organizábase
además en Frosinone el batallón de reserva de los
auxiliares; reuníanse de nuevo las escuadrillas de los
voluntarios, subordinándolas á la gendarm ería (3);
y la policía civil acumulábase á la militar, bajo la
mano enérgica de los generales (4). A los falsos gri­
tos de ¡á las armas! respondía el ministro desvane­
ciendo aprensiones, y tomando nuevas medidas para
lo que podía suceder (5). Arreglóse perfectamente la
marina, que fué mucho mas útil de lo que se podía

(1) D ocum entos m anu scritos de los archivos. Despacho del


16 de agosto de 1867.
(2) Id. id. id ., 7 ju n io , etc.
(3) Id. id. id ., 16 agosto-
(4) Id. id. id., 27 id.
(3j Id. id. id ., 11 ju lio .
299
creer, para vigilar las costas, y facilitar otras opera­
ciones de guerra. A su cabeza figuraba el coronel
Cialdi, nombre mas grande en el mando científico
qué la pequeña marina pontificia. Mandábanse pro­
veer de nuevo entretanto, en la capital y en las pro­
vincias, los depósitos de uniformes, municiones, for­
ra je s; y no se olvidaron los hospitales volantes, para
cuyo servicio inscribiéronse cerca de ciento veinte
enfermeros, además de otros llegados despues, que
con espontánea generosidad comparecieron en los
dias mas precisos (1).
Como era de presumir, admirable fué la solicitud
del capellan mayor, monseñor Vicente Tízzani, para
proporcionar auxilios religiosos á los cruzados. Quiso
que cada batallón fuese acompañado de su propio
capeílan. Y como el guerrear aislado en tantos sitios
hacia insuficiente cualquier regular distribución de
sacerdotes, dispuso que hubiera siempre de reserva
en Roma los voluntarios del apostolado, seglares y
regulares. Encontróse así provisto, para cualquier
ocurrencia, de capellanes que hablaban diversos idio­
mas; y los tuvo prontos para los hospitales, para , las
marchas y para los combates, pudiendo servirse de
ellos, no solamente los pontificios, sino también los
aliados, y hasta los enemigos (2). En fin, nada olvidó
el activo gobierno para que todas las fuerzas del pe­
queño estado concurriesen á la defensa, y el Pontí­
fice-Rey de Roma pudo alegrarse con razón, viendo
que ninguno de sus ministros faltaba en lo mas mí­
nimo á su deber.

(1) Id. id. id., 27 agosto, e tc ., e tc .


(2) De muchas relacion es, y so bre todo del P arto oficial, 15
de n oviem bre de 18B7-
300
' A fines del mes de setiembre era sumamente ani­
mada la correspondencia entre los jefes del ejército
y el ministro Kanzler. De todos los confines anun­
ciábanse bandas apostadas á corta distancia, provis­
tas algunas de armas inglesas (1), y anunciábanse
también marchas amenazadoras, y que los alista­
mientos hacíanse ya con el mayor descaro.'Con res­
pecto á los paisanos, afirmaban todos, por el contra­
rio, con absoluta conformidad, que no se veía en ellos
indicio de movimiento sedicioso, y que los pocos per­
turbadores encontraban únicamente indiferencia y
desprecio (2). Las defensas del estado pontificio se
preparaban libremente con seguridad, y los recono­
cimientos generales de los puntos mas expuestos á
la incursión, desanimaban mucho á los malvados,
siendo aplaudidos con gran regocijo por los pueblos
fieles. No se habia intimado aún á los ausentes con
licencia que volviesen á sus cuerpos, pero muchos,
conocedores ya del peligro, retornaban voluntaria­
mente: los que no habían partido aún, desechaban
la idea de alejarse.
Resplandecía de un modo increíble el ardor de
los cruzados. La tropa indígena, como la llaman, se
compone de voluntarios en la Eterna Ciudad, alista­
dos en el pequeño estado actual, y en las provincias
arrebatadas por el gobierno italiano. Hombres arro­
gantes, muy bien mandados, valientes en los com­
bates, acostumbrados á. los peligros de la guerra. El
coronel Azzanesi, que conocía á sus soldados y com­
pañeros de armas del 60 (3), escribía ardidamente al

(1) Docum entos m anuscritos de los arch ivos, 6 de setiem b re.


(2) Docum entos m anuscritos de los archivos, p a ss im .
(3) V éa se el p arte del g eneral La M oriciere, en la cít?. Coíí.,
stfrie IV , v o l. V III, pag. ííi3 .
301
ministro: «Puedo asegurar á vuestra excelencia que,
comenzando por mí y concluyendo por el último sol­
dado, todos estamos dispuestos á obrar y á corres-
ponder enteramente á la confianza que deposita en
nosotros el gobierno:» Y añadía, con motivo de una
invasión de bandas garibaldinas: «Os aseguro, ex­
celencia, que con las tropas que se me han confiado,
nunca pediré auxilio, y que nos bastaremos......El
gobierno puede vivir tranquilo por esta provincia,
pues la tropa está decidida á morir, pero jamás á
ceder.» No le costaba trabajo al ministro Kanzler
prestar asentimiento á promesas tan arrogantes;
porque en el 60, siendo coronel, habia conducido
admirablemente al fuego á los soldados del Papa (1)."
Veremos cómo en 1S67 los hechos hablaron mas elo­
cuentemente aún que las palabras. Un hombre de
buen hum or, comandante de una pequeña guarni­
ción, compuesta en' su mayoría de zuavos, escribía
confidencialmente á su coronel Allet. «Esperamos á
estos benditos garibaldinos, que se hacen rogar de­
masiado. ¿Quién sabe? Quizás les ha entrado un poco
de miedo por las marchas y contramarchas de los
nuestros, de las cuales deben haber oido el rumor.
Quizás también, ¿quién puede saberlo? perciben el
olor de la belicosa guarnición de Valentano y de su
jefe. Justamente á mí me ha tocado el honor de
ocupar con mi compañía esta plaza formidable, que
conocéis perfectamente. Es un lugar sucio mas que
otra cosa, mas ¡eso de ser el primero!.... Dejando
aparte las bromas, hase confiado á mi vigilancia
este pedazo de frontera, por mi desgracia demasiado

(1) V éase el P a rte del g eneral La M oriciere, en la Ctt?. Caíí.,


sé rie IV , vol* V III, pág. ÍÍ13*
302
pacífica. No ceso de mandar batir los caminos y re­
conocer los lugares próximos, pero no aparece nin­
guna camisa roja en el horizonte. El domingo últi­
mo toda mi columna, compuesta de zuavos, drago­
nes y gendarmes, se puso en marcha para reunirse
al coronel (A w anesi) en el camino de las Grutas de
San Lorenzo. Creía llegado por fin el dia solemne, y
parecíame tocar el cielo con las manos, pero ¡oh des­
gracia! no se dejó ver perro ni gato, y hubimos de
volvernos mohínos á Valentano......Comienzo» pues
á dudar de la invasión, despues de haberla considera­
do inevitable. Para cualquier cosa que suceda, esta­
mos en guardia de dia y de noche. La tropa no está
mal alojada, y-los habitantes la ven aquí con gran­
dísimo gusto: física y moralmente no puede pedirse
mas. No gozo sino de las dulzuras de mi nuevo
cargo de comandante, y mi felicidad seria cabal si
la fortuna nos concediese la dicha de poder disparar
algunos tiros. Esperemos aún: el nudo se desatará
dentro de pocos días. En todo caso no puede ser du­
doso el resultado, y espero, mi coronel, que tendreis
motivo para estar contento de mí y de vuestros zua­
vos.» El brioso escritor, que era Salvador Jacque-
mont, y que pudo ■consolarse despues oyendo tiros
en abundancia, recibió, por fin, una herida gloriosa
en los campos de Mentana.
En el mismo dia en que se mandaba su carta, ar­
restábase á Garibaldi en Sínalunga. No se puede de­
cir cuán grande fué la pena y el desaliento que pro­
dujo esta noticia en los cuarteles de los cruzados:
miraban las bayonetas y los fusiles, y parecíales que
el gobierno italiano, como si tuviera envidia, se los
quitaba de las manos. Mas no se engañó ya el gobier­
no romano ni el ministro Kanzler,. porque cuando
303
el diplomático francés Armand, sobre las dos de la
•tarde, les comunicaba el gran suceso, condoliéndose
caballerosamente de que se arrebatase á las tropas,
tan bien dispuestas por él, la ocasion de probar su
valor, el general tenia ya en su cartera el siguiente
parte telegráfico, dig'no de toda fe: «El partido de
acción ha diferido el movimiento hasta el 30 del mes
actual (1).» Era necesario ver cómo en aquellos dias
al parecer pensaba precisamente lo contrario de lo
que decían los ministros italianos. La verdad es que
se cuidaba poco de dirigir su mirada aguda y pene­
trante á los misterios vergonzosos de Florencia,
como también que sabia avalorar exactamente la
sinceridad de Rattazzi, sus alardes de vigilancia
ejercida en el confin, y el hecho de atravesar navios
armados de corso, que llegaban á media milla de Ci­
vitavecchia. A medida que mas seguridades se le
daban de paz, mas aprestos hacia para la g'uerra.
Las facciones de Acquapendente, de Valentano y
de Bagnorea, no tardaron en demostrar que -el mi­
nistro de Pió IX habia comprendido perfectamente la
palabra italiana de Urbano Rattazzi.

XXII.
Accjiaapencíente y los prim eros fusilazos.

Al amanecer el dia consagrado á San Miguel,


príncipe de las legiones angélicas y patron de la
santa Iglesia, un parte telegráfico llevaba á Roma
el anuncio de la invasion de las hordas protegidas

(1) Docum entos m anu scritos de los arch ivos, 50 y 24 de se


lie robre.
304
por el gobierno italiano, que habían roto la frontera
de Yiterbo. «Garíbaldi ha entrado en las Grutas de
San Esteban: he dado las órdenes oportunas, y mar­
cho súbitamente á combatirlo.=A zzanesi.i> Tal fué eí
primer grito de la guerra encendida: sucesivamente
llegaron, en aquel dia y en los siguientes, noticias
de sucesos semejantes en otros sitios.
Una banda de unos cuarenta hombres armados,
despues de vadear el Tiber, había efectivamente
asaltado las Grutas de San Esteban, situadas casi á
igual distancia de Montefiascone que de Yiterbo.
Habiéndose presentado poco despues de mediodía
con fusiles y con las bayonetas caladas, quedaron
inmediatamente dueños de la aldea, porque los cua­
tro gendarmes que allí estaban de guardia, no po­
dían menos de ceder al número extraordinariamente
mayor. Los gari bal dinos pudieron, pues, saquear li­
bremente el cuartelillo y los fondos públicos; echaron
por tierra las armas pontificias, rompieron un busto
de Pió IX arrojándolo á la calle, y por via de com­
pensación, colocaron en la casa municipal una ban­
dera tricolor, é hicieron pagar á los habitantes mas
de doscientas liras. Parecióles á estos poco tratán­
dose de. tales ladrones, y despues de algunas horas
de angustia y espanto, viéronles contentísimos aban­
donar el país. Los bribones hicieron despues cosas
parecidas en Bomarzo, y luego en Soriano, donde
habiéndose apoderado del gobernador, y encontrán­
dolo poco dispuesto á sus villanas pretensiones, le
apuntaron muchas veces los fusiles á la cara, por lo
cual tuvo que refugiarse en las casas de s;is amigos.
La noche pasáronla en el bosque, del cual salieron á
la mañana siguiente, para caer sobre Caprarola y
otras aldeas. No era cosa fácil detener su correría,
305
porque conducidos por un desterrado muy conoce­
dor del pais, Corseri de nombre, sabían pelear allí
donde no había defensores armados, sino inermes
paisanos, á los cuales llevaban la libertad italiana
con no poco provecho suyo.
Una segunda horda semejante á la precedente
presentábase un poco mas al septentrión, hácia Bag-
norea; una tercera, que venia del confuí toscano,
marchaba entre el mar y el lag*o de Bolsena; una
cuarta, en fin, que desembocaba del Orvietano, caia
sobre Acquapendente, Esta última contaba con dos­
cientos cincuenta combatientes, y tenia por jefes á
varios proscritos; al conde Pagliacci de Yiterbo, á
Felipe Salvatori, de Caprarola, á un toscano bizco
que se llamaba Santiago Galliani, y á un tal Luis
Fontana, milanés, que se decía oficial de estado ma­
yor del general Acerbi. Otras hordas se desencade­
naron bien pronto sobre las restantes provincias; por
ahora las mas numerosas eran las del confin de Vi-
terbo- Trataban evidentemente de hacer salir á las
tropas de este punto, y de facilitar la insurrección de
los pocos revolucionarios allí existentes, para enca­
recer despues en toda Europa el levantamiento uni­
versal délos pueblos pontificios.
Para contrastar los propósitos y los hechos de los
invasores, había en.la provincia muy pocas fuerzas
del Papa; ocho escasas compañías de línea, que com­
ponían un total de cerca de setecientos hombres, una
sección de artillería mandada por el teniente Torria-
ni, y medio escuadrón de caballería ligera. Estaban
unos en Yiterbo, otros en Montefiascone y Civita.ca.a-
tellana. También Jiabja dos compañías completas del
regimiento de zuavos, que sumaban doscientas cua­
renta bayonetas, parte de las que estaban en Bolse-
TOMO i, -O
306
na y parte con la línea, además de un destacamento
en Va! en tarto, á fin de vigilar el confin de Toscana.
En los otros puntos, la guardia confiábase, como en
tiempo de paz, á dos compañías de gendarmes, cada
una de las cuales podia coutar con ciento cincuenta
hombres diseminados en cien lugares; escoltas me­
jor que combatientes. Había finalmente una compa­
ñía de setenta y cinco aduaneros movilizados, cono­
cidos en el pais con el nombre de gaarcUe di finanm
ó finanzieñ- Para todo el servicio militar y de _blien
gobierno, con una inmensa línea confinante que pro­
teger, Azzanesi tenia solo, pues, unos mil cuatrocien­
tos hombres (1), número suficiente apenas en tiempo
de paz, si el verdadero pueblo de Viterbo no fuese,
como es, subordinado, dócil, y muy amante del Pa­
dre Santo.
Salieron por lo tanto magníficamente las prime­
ras correrías á través de las aldeas desmanteladas.
La misma Acquapendente, situada sobre una penín­
sula angosta, entrante por tres lados en el territorio
de Toscana y de Orvieto, aunque guardada por vein­
tisiete gendarmes, pudo ser fácilmente dé los gari-
baldinos. El teniente Settimii, comandante de aquel
punto, sabedor del incremento que tomaban las ban­
das en los lugares vecinos bajo la protección del go­
bierno italiano, expidió en vano exploradores, y en
vano despachó correos y puso partes telegráficos pi­
diendo socorro; todo inútil, porque á pocos pasos mas
que dieran estaban encima de los agresores. Fallá­
ronle hasta los escuchas, y nada supo de la invasión
M sta q u e vió á los campesinos, desparramados para,
la vendimia, volver á entrar precipitadamente por la.

(1) D ocum entos m anuscritos de los archivos, 29 de octubre.


307
puerta Florentina» cerrarse las tiendas, y atrinche­
rarse cada uno con ardor dentro de su propia casa.
Sorprendido por lo tanto casi en él cuartel, pensó
solo en apuntalar la puerta y disponer la resistencia.
Habiéndole intimado la rendición con grandes aulli­
dos y disparos á las ventanas, respondió con un pisto­
letazo, quedando muerto uno délos agresores mas atre­
vidos. Este fue el primer fuego de la guerra, y ocurrió
á. eso de las tres de la tarde del dia 30 de setiembre.
Perdieron terreno en todas partes los valientes ca­
misas rojas, retirándose ála s puertas y á los callejo­
nes inmediatos. Quizás si los gendarmes hubieran
caído entonces con intrepidez sobre la muchedum­
bre consternada, la invasión de Acquapendente hu­
biera sido fatal para los invasores; de seguro que g a­
nando una situación mas ventajosa, hubiera podido
la resistencia aguardar el refuerzo, ya próximo ne­
cesariamente. ¿Mas cómo aventurarse á ciegas con­
tra un enemigo cuyas fuerzas se desconocían? Lo que
sucedió fue que, habiéndose pedido parlamentar, los
jefes de la horda salieron á la cabeza de trescien­
tos hombres armados, y determinaron que los g en ­
darmes, depuestas las armas, quedasen libres; á lo
que se respondió que les dieran veinticuatro horas
de tiempo, y que si durante ellas no llegaba socorro,
serian las condiciones aceptadas. Los garibaldinos
concedían solo quince minutos, y procuraban con
afan interponer también la autoridad del gobernador
el conde Marcelli t quien rehusó terminantemente
prestarse á tan vil oficio. Fue preciso conducir de
nuevo al asalto á los miserables desbandados.
Silbaron las balas dos horas contra el cuartel, y se
respondía con poco daño de una yu>tra parte, porque
las dos estaban á cubierto, hasta’'que los pontificios
308
notaron que ardía el techo, y juzgando la defensa
desesperada, para no abrasarse vivos, se rindieron.
Declaróseles prisioneros de guerra, y para 110 ser
conducidos detrás de las bandas perversas, firmaron
un papel, comprometiéndose á 110 combatir contra
los invasores durante noventa dias.
¿Pero qué valor podia darse á una capitulación
hecha con públicos malhechores, que no llevaban
bandera alguna, y que habian renegado seis dias
antes hasta del gobierno real, en nombre del que co­
metían mil latrocinios? Despues de saquear el cuar­
tel establecieron el general en casa de Leali, cons­
pirador conocidísimo, tolerado no obstante por la
benignidad del gobierno de Roma; enarbolaron la
bandera republicana, y emprendieron sus obras de
costumbre. Quedó destruido el archivo público, y sin
un céntimo el tesoro del estado y el de la ciudad; el
obispo, con amenazas y ultrajes, fue despojado de
todo el dinero que tenia. Aun para 110 infamar la em­
presa garíbaldina con saqueo violento en demasía, y
quizás con sangre de los ciudadanos, mandaron los
jefes que los hombres mas brutales se acamparan
fuera de las murallas; solo ellos se quedaron con los
mejor armados, para recoger mayor botin.
A la mañana siguiente, 1.° de octubre, renun­
ció su cargo el cuerpo municipal, continuando em­
pero temporalmente á fin de impedir mayores des­
órdenes. Habiéndosele pedido que desarmase á los
del pueblo, se opuso, y habiéndosele mandado que
diese las llaves para quitar el escudo pontificio del
frontis del palacio municipal, se.negó mas terminan­
temente aún. Entonces los infames rompieron las
cerraduras; el pueblo que creían insurreccionado, al
ver la fechoría, retiróse asustado de la plaza.
309
Entretanto habían venido de la frontera próxima,
sobre las pisadas de los salteadores con camisa roja,
ocho carabineros reales con uniforme completo, no
para contenerles, sino mas bien con el fin de animar­
les al patriótico latrocinio* Fueron al convento de
Santa María de los menores conventuales, algo dis­
tante de la ciudad, y bajo el pretexto de sacar de
allí ciertos desertores italianos, y no sabemos qué de­
pósitos de armas, indicaron el camino á los ladrones
de mas ruin estofa. Encamináronse pronto estos real­
mente al convento, aullando y diciendo que desde las
ventanas se habían hecho disparos. Uno de aquellos
bribones (soprano de teatro, s^gun dicen) dirigióse
armado al padre guardian, y le dijo: Hé aqu í:el reloj;
si dentro de media hora no se encuentran las armas,
sereis fusilado. El buen religioso, que habia protes­
tado ya no saber nada de armas ni de disparos, al
oir esta cruel amenaza, respondió:—Si la palabra de
un sacerdote no sirve de nada, réstame únicamente
que vosotros mismos veáis con vuestros ojos que
digo la verdad. Ahora volveré con las llaves,
No tardó quizás cuatro minutos, viendo al volver
que habían forzado ya puertas y cerraduras, que
buscaban fieramente las carabinas en las celdas del
superior y del ecónomo, y que habían robado el di­
nero del monasterio. Tan villano saqueo avergonzó
al fin á ciertos je fe s , que no eran malhechores de
oficio. Uno de ellos gritaba grandemente incomoda­
do:—¡Cobardes! ¡Soltad el dinero! ¡Por...... no se
deshonra á la Italia! ¡Soltad el dinero, — Un no­
ble sacerdote, el canónigo Falzacappa, encontrábase
allí por casualidad, y quedó sorprendido como los de­
más de lo que á los religiosos sucedía. Usando de
una feliz estratagema-, hizo' que los cuatro bandidos
310
que le parecieron mas rabiosos y dispuestos á venir á
las manos, le acompañasen á la poblacion, donde h a­
llando á Salvatori, le suplicó, le persuadió, dióle prisa
y le condujo al convento. Conociendo este bien á su
gente, mandó que formasen los héroes de rapiña y
que vaciasen sus bolsillos. El fraile se daba por muy
satisfecho de que sin hacer cosas peores salieran de
allí; no insistía en la restitución, sino en verlos fuera
del convento. Casi consiguió esto último. Decimos
casi, porque mientras permanecieron los garibaldi-
nos en Acquapendente, continuó en la portería de los
frailes el ir y volver de aquellos bribones, que no
cesaban de mendigar ropas y dinero, siempre con
aire malvado y con las armas en la mano.
Hasta aquí la insurrección, como decian los perió­
dicos sectarios, salia maravillosamente en todas par­
tes; vaciábanse las cajas, eran felizmente arrebata­
das las rentas del obispo y de los religiosos, saquea­
dos los vecinos, amedrentados los viejos y los niños,
colocada en fin sobre el asta de costumbre la bande­
ra tricolor, en señal de la naciente libertad republi­
cana. El conde Pagliacci, Tondi, los dos Taurelli, y
otros de la misma estofa, 110 solo se velan ya en su
pais, sino también elevados á gran altura en su pá-
tria desagradecida. El daño fue que para oscurecer
el horizonte sereno, se divulgó la noticia de la mar­
cha del coronel Azzanesi, que iba á pedir noticias de
lo sucedido. Fue como la lluvia sobre una zambra
campestre; los valerosos garibaldinos comenzaron á
mirar á su alrededor, y á estudiar cada uno el cami­
no mas próximo.
En verdad que no carecía el rumor de fundamen­
to. Realmente el comandante pontificio, que recorría
la provincia para inspeccionar ¡las guarniciones, y
311
había llegado á Montefiascone el 28 de setiembre,
supo sobre la una de la tarde que las bandas habían
pasado el confín» y poco despues, por sus explorado­
res, que habían invadido las Grutas de San Esteban.
Su primer pensamiento no fué habérselas con los in ­
vasores: conociendo la clase de enenygos que había
de combatir, procuró ante todo cortarles .la retirada,
con el fin de comprometerles á la pelea. Al amane­
cer el dia siguiente, tres columnas de línea , com­
puestas cada una de ciento seteuta hombres» llega­
ban al lugar por los caminos de Yiterbo, Montefias­
cone y Bagnorea. Vanamente, porque los garibaldi-
nos habían ya ido á saquear á Bomarzo. Mandó que
saliese á perseguirlos el capitan Sparagana, con no
pocos granaderos y cazadores, dirigiéndose él mismo
á Yitorchiano, Nada se consiguió. Eran tan diligen­
tes para levantar el campo los malandrines, que los
soldados de Pió IX encontraban solamente la desola­
ción que habían dejado en Lel país, y el júbilo de los
paisanos, que los acogían como libertadores.
El mas afortunado en darles caza fué el capitan
Patta, el cual habiendo sabido por Azzanesi que ha­
bía entrado una banda en Soriano, marchóse de Yi­
terbo tan precipitadamente, que pudo apoderarse de
una porcion de garibaldinos bisoños, llegados re­
cientemente. De todos los puestos salían las pequeñas
guarniciones á perseguir al enemigo, que no se po­
nía jamás á sus alcances: por gran milagro el te­
niente Morettini, que mandaba cierto número de
gendarmes y soldados de línea, llegó á cambiar con
los fugitivos algunos disparos cerca del bosque de
Fogliano, y coger á varios, antes de que desapare­
cieran entre la espesura.
Despues de haber ocupado nuevamente á Yiter-
312
Ido sin disparar un tiro, el coronel Azzanesi recibió
el aviso de la invasión de Acquapendente: había la
fama extraordinariamente aumentado el número de
los invasores. Movióse por lo tanto al dia siguiente,
1.° de octubre, con dos compañías de línea, una
pequeña brigada de gendarmes, y una sección de
artillería- Poco despues se desprendió en Monte-
fiascone de los cañones, agregándosele un destaca­
mento de zuavos en Bolsena: reunía un total de dos­
cientas treinta bayonetas. Los garibaldinos, no obs­
tante ocupar mejores sitios y reunir mas fuerza, no
aguardaron á sus perseguidores; mas al huir fueron
tan mal dirigidos, que en la calle de San Lorenzo
tropezaron con la cabeza de la columna que venia
sobre Acquapendente: atacados y dispersos en un
abrir y cerrar de ojos, dejaron una veintena en po­
der de los pontificios.
Inútil es ponderar el júbilo que mostraron los de
Acquapendente al ver desde lejos las banderas de los
libertadores. Salían de treinta horas de ansiedad y
agonía. Todo lo habían vuelto ya espontáneamente
á su sér primitivo, y Azzanesi, festejado con todos
los suyos, no tuvo que hacer otra cosa sino recomen­
dar ¿ los carceleros los presos en la sorpresa de San
Lorenzo. Otra porcion de camisas rojas, que corrían
fuera de sí en todas direcciones, cayeron en poder
del teniente Ramarini, que iba persiguiéndoles: hizo
una redada de diez y seis. Su empresa, digna de
mención especial, lo es con mayor motivo, porque el
atrevimiento militar alábase desde hace mucho
tiempo en el valiente veterano de Castelfidardo, don­
de por sus hechos heroicos fué nombrado oficial
en el campo de batalla por Pimodan. Mientras los
oficiales se habían ido á desayunar, oye decir que
313
una banda garibaldina está en los alrededores. Tso
se veia el medio de alcanzarla, porque los soldados
estaban mortalmente fatigados. Ramarini pide al co-
ronel Azzanesi que le deje buscar algunos hombres
de buena voluntad, á fin de hacer la prueba. Invita
á los suyos: eran 25, y todos gritan vamos, fuera
de dos muy cansados, que no podían correr. Lán­
zase con ellos sobre las huellas de los fugitivos: á la.
mitad del camino desesperan los soldados de alcan­
zar á los garibaldinos. Les dice:—marchad lentos y
compactos; yo los alcanzaré. Monta en un rocin sin
escuchar consejos ni súplicas, y llega á la vista déla
banda; parlamenta, la aterroriza, la amenaza con
que no se dará cuartel, la constriñe á deponer sú­
bitamente las armas y á rendirse prisionera. Llegan
entretanto los suyos, y al ver á su oficial rodeado
por diez y seis garibaldinos, casi se deciden ó in­
tentar librarlo á la bayoneta; pero al descubrir
el fardo de las armas rendidas, sin creer apenas
lo que ven sus ojos, aclaman á su teniente, y saltan
á su alrededor besándole la mano y la espada. Los
garibaldinos quedaron petrificados cuando se vieron
prisioneros de veintitrés hombres. Fueron metidos
entre las bayonetas y llevados á Acquapendente,
donde sus camaradas saludaron con aplausos y con
envidia Moble al afortunado lugarteniente. Por este
hecho, y por el valor que mostró en Viterbo, nómbra­
sele caballero de San Gregorio Magno. De este modo,
al comenzar la campaña habia en el fondo de las
cárceles cerca de cincuenta garibaldinos. Creció el
número de tal'm anera en los meses siguientes, que
hallándose atestadas todas las prisiones del estado,
se resolvió en Mentana arrojar sencillamente fuera
del confia á mas de cien, ^no obstante ser tan mere­
314
cedores de la pena condigna como los cogidos ante­
riormente.

XXIII.
Canino, Ischia, Valentano.

De estas tres facciones, la última fué la mas rele­


vante: para ser muy famosa, faltáronle únicamente
grandes proporciones. Bastará decir para convencer
de que fué notable, que concurrió estrategia y tácti­
ca, asedio y asalto, previsión militar y valor perso-
nal; cada cosa en su lugar, si bien en pequeño* Pero
refiramos con orden. La defensa de la provincia de
Viterbo por la parte de Toscana confióse á una com­
pañía de zuavos, esto es, á la tercera del segundo
batallón. Tenia por puesto la tierra de Valentano,
corno antes se dijo, de la cual era comandante el te­
niente Salvador Jacquemont, condecorado ya con
una orden caballeresca, y ascendido á capitan; g a ­
nado había ambas cosas Con su espada y con su san­
gre. Así él como los que sucesivamente le reempla­
zaron se sostuvieron en las frágiles murallas de la
villa, con todas aquellas precauciones de guerra que
se disponen para la defensa de cualquier mediana
fortaleza, por lo cual, lo sucedido en esta p l^ a , fuer­
te solo por la decisión de sus fieros defensores, ase­
mejóse mucho á las leyendas de los castillos fortifi­
cados de los antiguos barones. Enviaba de dia y de
noche grupos de batidores para que explorasen el
país vecino, y viesen lo que descubrían. Servia para
esto admirablemente un piquete de siete gendarmes,
mandado por el sargento Coraucci, que lo hacia
acompañar de guias expertos y fieles, de ayudantes
315
de campo improvisados, por si eran precisos, y siem­
pre de refuerzo para las operaciones. He aquí por
qué tenían miedo las bandas agrupadas hacia Yol-
tone y Pitigliano.
En el mismo dia en que pasaron Ja frontera por
la parte de Orvieto, los garibaldinos se atrevieron á
violar la de Toscaña hacia Canino, como se mani­
festó mas arriba. Mandábalos un tal Reinaldo Ales-
sandriní, desterrado del pais, que había cambiado
anteriormente el esponton de aduanero por la espada
de oficial garibaldino; hombre de corazon malvado,
muy fanfarrón, y muy dispuesto á robar. Los suyos
serian cien, estaban bien armados, y tenían la tier­
ra libre y sin defensores. La conquistaron sin dispa­
rar un tiro, y se dieron, según costumbre, y con
grandes quejas de sus pacíficos habitantes, á devas­
tarla, empobrecerla y oprimirla. Solo que eu el me­
jor instante de la victoria facilísima, compareció en
Valentano Jacquemont, con una patrulla volante de
treinta y seis zuavos. En un abrir y cerrar de ojos
entraban con la bayoneta calada, y ponian á los ene­
migos en la alternativa de batirse ó de huir.
E l épico de la garibaldería, el diputado José
Guerzoni, cuenta que la patrulla quedó prisionera (1).
La verdad es que los camisas rojas consiguieron una
ventaja notable, ó sea impedir un destrozo extraor­
dinario, porque huyeron tan listos, y lograron poner­
se en salvo tan felizmente dentro de las selvas, que
de los cien solo se cogieron dos, si bien hiriéronse al­
gunos mas desde lejos. Huyeron á toda prisa, y sil­
bados por los habitantes'de Canino, juraron vengar­
se grandemente del jefe importunísimo de Valenta-

(1) ¡Yiíora AnloL, cu a ü ern o de m arzo, p á g . 3 i7 .


316
no. En·tanto que aquellos recibían con grandes de-
mostraciones á los zuavos que habían vuelto de la
persecución, intentaban los fugitivos reunirse hácia
Montaita. Mas parece supieron que llegaría pronto
una compañía de la legión franco-romana, que salía
de aquel punto á perseguirles, por lo cual opinaron
que lo mejor sería huir, y pasar de nuevo el confín:
varios, para verse mas seguros, fuéronse á Earnese,
donde estaba el grueso de los suyos. Algunas mes­
nadas considerables hablan sorprendido á Ischia y A
Parnese, puutos indefendibles, puesto que una esca­
sa compañía dé zuavos no podía cubrir al mismo
tiempo aldeas que distaban cinco ó siete horas de sus
cuarteles. Y sin embargo, despues de la prueba feliz
de Canino, salió la compañía, dirigiéndose el temido
Jacquemont con unos setenta hombres para no aban­
donar las facciones de Acquapendente y d éla línea
del Tiber. Los salteadores tuvieron, .pues, necesidad
de atrincherarse en los puestos que ocupaban, y de
recibir á otros que se reunían en gran número, pro­
cedentes de los bosques del próximo confín.
Llegaba su número á trescientos, armados con
buenos fusiles y provistos de municiones: tomó su
mando un carnicero de Siena, llamado José Baldiñi.
vulgarmente conocido con el nombre de Ciaramella,
que se titulaba pomposamente coronel. Oímos decir
de él, que entre los jefes de los bandidos no era el mas
decidido á obrar perversamente, y que mantenía en­
tre los suyos cierta disciplina. Podía hacer bravatas
á su capricho, no existiendo en. Valentano sino cua­
renta y cinco soldados pontificios. A pesar de su de­
plorable situación, en vez de estarse agazapados,
hacían estos rondas y contra-rondas, guiados por su
sargento, y alguna vez por el comandante de la pía-
317
za, el intrépido subteniente Burdo, enviado por Azza-
nesi en lugar de Jacquemont. Parecíales poco á los
zuavos conservar su puesto, y encontraban gusto en
mortificar á los principales cuarteles garibaldinos, y
en amedrentarles de continuo. En la mañana del 4
quiso Burdo reconocer á sus vecinos de Ischia, y des­
pues de formar un destacamento con treinta zuavos
y algunos gendarmes conocedores del terreno, tomó
el camino, confiando la custodia de Valentano á los
quince restantes.
Mientras caminaba supo que se habia fortificado
el enemigo dentro de mi jardín amurallado delante
de la puerta, como también que habia levantado el
terreno, y abierto troneras. Yendo con todo siem­
pre adelante sus exploradores, hallaron una vanguar­
dia de ocho camisas rojas. Encontrarse y hacerse
fuego fue obra de un instante, mas los rojos retro­
cedieron y los del Papa continuaron. El grueso de
los enemigos habíase apostado á la derecha, por lo
cual los pontificios, despues de coger un cerro de
enfrente, los persiguieron y desbarataron durante
cinco cuartos de hora, con tan buena fortuna que
no pudieron llegar á rodearles, cosa que al parecer
intentaba el enemigo: ganando., por el contrario ter­
reno, llegaron ¿ trescientos metros del lugar. Conclui­
das las municiones bullíales ya en la cabeza el pen­
samiento de calar las bayonetas, y de hacer una cor­
rería por en medio. Oyéronse dentro entonces aulli­
dos extravagantes de viva Garibaldi, y además, rui-
dosas carcajadas masculinas, como si hubiese gran
fiesta.
Burdo tuvo una idea luminosa:—Esto es una se­
ñal para que sus hermanos de Farnese; caigan sobre
Valentano: ¡.Serian trescientos contra quince!—R e­
318
cogió incontinenti á los suyos, y con las debidas pre­
cauciones de avanzadas y de alas esten dicías en
guerrilla, volvió á entrar cuidadosamente en Valen-
taño. Eran las nueve y media de la mañana. Dejaban
detrás de sí ocho enemigos entre muertos y heridos:
ellos no sufrieron nada, pero llegaron cansados y dé­
biles, habiendo caminado cerca de seis horas y com­
batido durante dos. Mas no era tiempo de reposar.
En efecto; no habían trascurrido treinta minutos aún,
cuando en los collados vecinos aparecieron los cami­
sas rojas, como habia imaginado Burdo.
Un grito recorrió el pueblo:—¡Los garibaldinos^
¡Aquí están, aquí están!—La gente se encerraba en
las casas, las mujeres acudían á la Virgen, los niños
chillaban, la ansiedad y el espanto parecían indicar
que se-trataba de un asalto de sarracenos. Este amor
á los voluntarios de Garibaldi debíase á la fama de
sus maldades cometidas en los puntos invadidos, que
se creían en el contorno atroces y espantosas. Pero
allí habia de guarnición cuarenta y cinco caballeros
de la cruzada, mandados por el intrépido belga Car­
los Burdo. Fuerte, de sangre fria, obedecido con pun­
tualidad, y magníficamente secundado por los valien­
tes gendarmes, puso-sus centinelas, hizo reforzar las
puertas; construir barricadas y poner un gran mon-
ton de ramas en las desembocaduras mas peligrosas.
No había concluido los trabajos, cuando un grupo de
casas construidas fuera de la puerta Romana eran
ocupadas por los garibaldinos, y Valentano ceñida
por un círculo de fuego. El humo y las balas homi­
cidas salían de las ventanas de enfrente, de cada
tronco de árbol, dé los parapetos, y de las malezas.
La situación podia poner espanto en corazones
de bronce. Era el enemigo muy nuineróso, las mu­
319
rallas de una distancia enorme para cincuenta de-
fensores, y podían ser asaltadas además por varios
puntos: para colmo de males, las municiones de re­
serva se iban á concluir. Los cruzados pusieron su
confianza en Dios y en su bayoneta. Los piquetes or­
denados para la lucha respondieron fieramente, aun­
que con parsimonia, porque el comandante, que á to­
das partes acudía, recomendaba de mil maneras á los
suyos que 110 se presentaran sin necesidad, y que no
tirasen sin provecho, sino que se dirigiesen con tem­
planza á personas bien apuntadas, ó á grupos de
batalla. La verdad es que los enemigos se guardaban
muy diligentemente, y mas de lo que al propósito de
los acometedores convenía: era preciso embestirles
casi al vuelo, gracias á sus continuas evoluciones. A
uno que detrás de una cornisa enseñaba un muñeco
con la camisa garibaldina, le rompieron un brazo.
De un instante á otro esperaban los pontificios el
asalto con arma blanca : no pudiendo salir por su es­
caso número, alimentaban furiosos la esperanza de
causar con las bayonetas grandes destrozos en los
camisas rojas. Empero después de hacer disparos
inútiles por espacio de dos horas, oyeron que las
trompetas enemigas tocaban retirada, y además un
ruido estruendoso de balas desde las casas próximas
á la puerta, para proteger á los fugitivos.· Temían
los miserables que aquel puñado de valientes pudiera
salir á perseguirles. El coronel Ciaramella, que no se
habia visto aún en el combate, vióse ahora huir á
caballo, pero le alcanzó un tiro de arcabuz en los
riñones, quedando mas bien contuso que herido.
Bastó esto con todo para no ir á la campaña siguien­
te: ahora se nos dice que va mostrando en Siena, sú
patria, esta patente gloriosa de valor.
320
Entre muertos y heridos perdieron los asaltadores
veintiún hombres este dia, ó sea una séptima parte
dé los combatientes, algunos de los cuales mandaron
á lsch ia durante.el fuego. La pequeña guarnición res­
piró un poco, de lo que tenia mucha necesidad. Des-
pues del llamamiento no faltaba ninguno á la rese­
ña, ni habia quien mostrase rasguño ni herida: por
el contrario, en vez de pérdidas, resultó que habia
durante la pelea aumentado el número de los com­
batientes- Dos zuavos enfermos en el hospital, no
bien oyeron las descargas, se dejaron dominar por la
fiebre de la pólvora, mas acre todavía que la de la
enfermedad, y tomando el fusil, fueron á incorporar­
se'con los que peleaban: ¡no se pudo conseguir que
se retirasen hasta que llegaron refuerzos! Eduardo
de Haenens y Constantino Van Hoeydoncl·; son sus
nombres, dignos de consignarse en los fastos de los
cruzados de San Pedro; belgas los dos, y honrados
poivPio IX con una medalla de oro: llevóla consigo el
uno,.á. su patria „desp.ues que concluyó de servir, y
muéstrala el otro aún bajo las banderas pontificias.
., Los sargentos y :los cabos estaban rendidos por
la.s correrías, por los gritos, y por haber dado mu­
chas. vueltas.de puesto en puesto; los gendarmes h a­
bían combatido como los de la línea., mereciendo
elogios particulares Andrés Fraternali, de Fossom-
brone, que muy conocedor, del sitio, habia servido
al comandante magníficamente;.los soldados estaban
negros de humo, jadeantes de fatiga y llenos de su-
dor; eran imponderables .el placer y la satisfacción
pojr tan fbella jorn ad a, en la cual muchos habían
combatido poi; la. vez. primera, y se habían portado
.cpmo veteranos,. Comenzaba .entre ellos á difundirse
ía persuasión, que paco á poco fue echando prafun-
321
das raíces, de que militaban bajo la protección espe­
cial de Dios, que los libraba de las balas enemigas:
así es que mientras los garibaldinos, ladrones sacri­
legos y excomulgados, dejaban en el campo muchos
cadáveres en cada encuentro leve, los cruzados de
San Pedro salían*del fuego casi ilesos. Realmente la
desproporcion de las pérdidas en todas las acciones
de esta guerra, resultó siempre sobre todo encareci­
miento maravillosa.
El comandante Burdo, contentísimo de los que
habían peleado en abierta campaña y de los que
se habían defendido desde las murallas, no sabia á
quién encomiar mas: jtan egregiamente habíanse
todos portado! En cuanto á él, celebraban á porfía su
sensatez, su fortaleza y su valor. Un parte telegráfi­
co, enviado por uno de sus camaradas, anunció así
al coronel Allet el feliz suceso. «Ayer Burdo fué ase­
diado en Yalentauo: soberbia defensa.» Vino á dis­
minuir un poco el gozo de la victoria la pena de no­
tar que las municiones habian quedado grandemente
mermadas, con peligro de verse obligados á defen­
der mucho terreno, en caso de otro ataque, sin un
cartucho. Pero ya estaba advertido el coronel Azza-
nesi, y salía de Montefiascone media compañía de
zuavos, para levantar, si era preciso, el asedio de
Valentano, y proteger el envío de las provisiones.
Quiso Dios que AVyart, que conducía la columna,
forzando la marcha llegase por la tarde: viendo que
se liabia fugado e l enemigo, dejó una docena de los
suyos, volviéndose inmediatamente. Celebróse mu­
cho esto. Con los que habian llegado, y con los gen­
darmes, constaba la guarnición de sesenta y cinco
individuos, resueltos todos á defender la plaza con­
tra un número cualquiera de sitiadores.
tomo i.
322
Sabíase que las bandas garibaldinas engrosaban
de continuo en Ischia y Farnese, como también que
habían deliberado en consejo caer sobre Valentano
con fuerzas cinco ó seis veces mayores, y destruir á
todo trance aquel grupo de implacables pontificios,
que contenían y estorbaban todos s’us movimientos;
para la guarnición eran por lo tanto las horas tra­
bajosas y sin respiro. Además de tapar las brechas de
las antiguas murallas, abrir troneras, cegar puertas,
construir parapetos y poyos en las murallas, acumu­
lar terraplenes, cercos y barreras, tenia que hacer
por la noche rondas cansadísimas, y explorar el
campo, las calles, las aberturas,.las malezas, los ma­
torrales y las casas ruinosas; como si esto no basta­
se, había constantemente diez y siete puestos de es­
cuchas y centinelas. Un tenaz holandés denominado
Nicolás Verkley, colocado por el sargento de los
gendarmes en sitio importante, no ftie relevado por
una omision, y estuvo catorce horas de centinela sin
la menor queja, contentándose con comer, con el
fusil al brazo, un pequeño pan que le trajo un cam­
pesino. También él se volvió, pocos meses despues,
á su pátría Alpken, adornado el pecho con una bella
memoria de tanta constancia.
Parecía que no sentían el cansancio, y que se ol­
vidaban del reposo y del sueño; de este modo, ale­
gres, animosos é invencibles, permanecieron setenta
y dos horas aguardando al enemigo, y proponiéndo­
se combatirle. Al cuarto dia llegó de Roma el tenien­
te Alano Sioc’han de Iversabiec con la cuarta del se­
gundo batallón de zuavos, y además con unos cua­
renta novicios del depósito, guiados por el subte­
niente Joubert. A vista de tanta gente (eran cerca de
ciento cincuenta), los zuavos de Yalentano guarda­
323
ban con seguridad sus débiles muros, y creyendo
que irían Aperseguir al enemigo, saltaban como mu­
chachos y decían á voz en grito:—Que vengan ahora
quinientas ó mil camisas rojas, y que vengan presto;
si no, iremos á buscarlos nosotros.—Al dia siguiente
llegó una pequeña compañía de línea, conducida por
el capitan Sparagana, y además La Guiche, capitan
de estado mayor, para mandar ia columna de Valen­
tino; llegaron también órdenes del coronel Azzanesi
de tomar la ofensiva.
Mas adelante oiremos noticias. Entretanto el pri­
mer encuentro de los zuavos con los garibaldinos de
Canino, comunicado por un parte telegráfico de Azza-
nési al ministro de las armas, llegó á Roma el mar­
tes á medio dia, 1.* de octubre; el caballeresco minis­
tro remitió el despacho incontinenti al coronel de
los zuavos Allet. Estaba este á caballo entonces en
los prados de la Farnesina, dirigiendo los ejercicios
militares de sus batallones. Abriólo, leyó, hizo tocar
retreta, dió cuenta de su contenido. Decia solamente
cuatro palabras: «Un destacamento de zuavos ha
puesto en fuga en Canino álos garibaldinos; disper­
sos por los campos; aplausos del pueblo.» fís imposi­
ble referir el frenesí y el vértigo que produjo esta
lectura. Sacudían las carabinas y las espadas g ri­
tando:— ¡Viva Pió IX! ¡Vivan los zuavos de Canino!
El estruendo y la gritería llegaban hasta el monte
Mario. Aquel dia solo se habló en los cuarteles, de
Canino, de encuentros, y debatir á los camisas rojas.
Todos querían ir á la provincia de Viterbo, y por la
noche, soñaban que se habían marchado ya. ·
324

X X IV .
Bagiiorea, 5 de octubre.

Poco satisfechos quedaron en general los pontifi­


cios de la fácil recuperación de Acquapendente: en
premio de sus marchas trabajosas, solo habían con­
se g u id o apoderarse de algunos cam isas'rojas, & los
cuales metieron en la cárcel, siendo muy dignos los
mas de!presidio de Civitavecchia. Azzanesi, coman­
dante de la lugar-tenencia, no bien hubo entrado en la
ciudad, discurrió la forma de cortar la retirada á los
fugitivos y darles una lección saludable. Tal era tam­
bién el designio que venia inculcando el ministro
de las armas, y que recomendaba la buena táctica
militar.
Despues de añadir, pues, k la guarnición de Ac­
quapendente un destacamento de unos cien hom­
bres, entre gendarmes y zuavos, replegóse, trascur­
ridas algunas horas, sobre Bolsena, y al amanecer
el día siguiente, 3 de octubre, hizo partir de San
Lorenzo al capitan Le Gonidec, con ochenta poco
mas ó menos de los suyos, para que reconociese al­
gunas Casas de labor sospechosas cerca de Monte
Landro. Le Gonidec tuvo la buena fortuna de hallar
una banda considerable, que iba sobre Bagnorea.
Asaltóla furiosamente, pero huyendo á toda prisa los
garibaldinos, solo consiguió apoderarse de seis. Tan*
escasa pérdida pareció á estos una victoria. José
Guerzoni escribió con seguridad: «El dia 3 de octu­
bre se ha rechazado un ataque de pontificios en San
32o
Lorenzo (1).» Los zuavos consoláronse de la desgra­
cia con abundantes provisiones de vino y de queso;
no teniendo alas como los garibaldinos que las lleva­
ban, se apoderaron naturalmente de ellas, y les sir­
vieron para refocilarse de la corrida forzada. Pero los
pobres fugitivos no se liabian recobrado aún del mie­
do, cuando vieron brillar desde lejos las bayonetas de
una media compañía de línea, que salió de Bolsena.
Hé aquí por qué no osando ir adelante ni atrás, resol­
vieron atravesar los campos y los bosques, con el fin
de ganar el próximo confin orvietano, y dirigirse
desde allí á liagnorea sin hacer alto. En este segun­
do encuentro eran ya mas expertos, y dejaron solo un
prisionero, al teniente Sterpi, en señal de la huida.
Bagnoreafue invadida en el ínterin sin obstáculo;
suerte inevitable, en esta guerra, de las ciudades del
coufin. No pudiendo guardarse todas conveniente­
mente por la escasez del ejército, y 110 queriendo ex­
ponerse un puñado de valientes en cien lugares á un
terrible revés de los enemigos, presentaban conti­
nuamente el flanco descubierto. No hubiera sucedido
-eso sin la constante perfidia del g-oblerno italiano,
que dejaba en completa libertad á los salteadores en
todos los límites de la frontera para recorrer el pais,
reunirse, invadir, ponerse á salvo despues de la der­
rota, y presentarse de nuevo en ocasion favorable.
Ya en la noche del 29 de setiembre habían procu­
rado los ladrones sorprender á Bagnorea, ó conse­
guir por lo menos botin. Atacaron ante todo á los
frailes, en un lugar poco distante de las murallas. Al

( l) JVuoi-a /fufo}., de F lo r ., m arzo I8G8, 3¡o7. Tam bién £úííí*


bard-Martin, m en tiro so hasta un p u n ió in creíb le, so p rop orcion a
e l g u slo aquí (ic perseguir con la bayoneta á lo s p o n tilieio s.
326
oír el portero los fuertes aldabazos asomóse a una
ventana, y habiendo conocido de lo que se tra ta b a
corrió á la campana tirando con toda su fuerza. F u e
como si tocara á mal tiempo; tan prontamente se des­
vaneció la nube de los agresores. Procedieron con
gran cordura* porque los zuavos, que aún estaban en
la ciudad, halláronse pocos instantes despues en el
convento. No encontraron rastro alguno del enemi­
go, exceptuando una carretada de fusiles de muni­
ción, que babian echado por las viñas en la prudente
retirada.
La guarnición de Bagnorea fue poco despues lla­
mada, con gran pesar de los habitantes, algunos de
los que se retiraron á sitio mas seguro, siguiendo la
bandera de los soldados. ¡Tan detestable era la fama
de los pretendidos libertadores! No tardaron estos
mas de cuatro horas á presentarse. No podían esco­
ger mejor lugar, porque estaba situado sobre una
altura del confin, cómodo para recibir provisiones,
fácil para la defensa, y sobre todo (era para ellos lo·
principal) podían abandonarlo sin temor á los sol­
dados del Papa, que iban siempre á caza de garibal-
dinos. El famoso general Acerbi por lo tanto, ó mejor,
por él, los cabecillas Galliano,Corseri y otros, se pre­
cipitaron allí dentro con sus hordas. Acerbí estable-
ció en Bagnorea el depósito general, recibió al comi-
'té de insurrección de la provincia, llenó de armas la
ciudad, apostó sus infantes mas aguerridos, que lla­
maba Cazadores rum anos , y esperaba fundar allí una
base de operaciones. Mientras llegaba el mayor F ri-
gyesi, mandaron al abogado Ravini, convertido en
mayor, al coude Juan Pagliacci, á Tondi, á una mul­
titud de capitanes y tenientes, y no sabemos á qué
otros jefes de bandas.
327
Pero el coronel Azzanesi, que había tenido preci­
sión de desguarnecer un poco la plaza, 110 pensaba
consentir que anidasen los garibaldínos en ella. Ape-
ñas hubo desbaratado las bandas, que siempre cor­
rían, y adquirido de nuevo á Acquapendente, retro­
cedió á Bolsena, para disponer de cércala empresa de
Bagnorea. Corrían voces vagas, inciertas, pavorosas.
Expidió el 3 de octubre, á medio día, una columna
para que reconociera el terreno, ála s órdenes del ca­
pitán Gentil i, con la orden de tomar una posición fa­
vorable en las cercanías, comprometer al enemigo
con movimientos amenazadores A fin de que descu­
briese sus fuerzas, y dar un golpe de mano sobre la
poblacion, entrando por el punto que descubierto
quedase. Además de su compañía, Gentili llevaba
consigo unos veinte zuavos, guiados por el s a r g e n t o
mayor Juan Guérin, ahora teniente, y además al­
gunos gendarmes: en todo noventa y cinco comba­
tientes.
Comparecieron á la vista de Bagnorea, y habien­
do embestido los puntos mas avanzados, arrojaron á
sus defensores. Tomadas una despues de otra dos
barricadas con la punta de las bayonetas, Gentili
proponíase asaltar las fortificaciones del convento de
San Francisco, sitio excelente para alojarse con se­
guridad y disponer la entrada en la poblacion. Pero
al avanzar animoso no se apercibió de una partida
tres veces mas numerosa que la suya, llegada en
aquel momento de Lubriano, y que era precisamente
la del mayor Ravini: cansado ya, y envuelto por una.
fuerza excesiva y descansada, hizo tocar retirarla.
Apareció entonces admirable la intrepidez de Gué­
rin, que sostuvo con los suyos el empuje de los re­
cien llegados, y dio tiempo al grueso de la compañía
328
para que se recogiese sobre el camino de la Cervara,
y desde allí marchase á Bolsena. Una sola punta de
línea, que al atacar con ardor u la bayoneta había
llegado casi cerca de las murallas y se habia des­
prendido del cuerpo, quedó cortada y ‘prisionera. Ade­
más de estos, que eran veintidós, Gentili tuvo cinco
heridos. Recuperáronse despues los prisioneros: entre
tanto habia conseguido, aunque,costándole mucho, el
fin de la exploración, y privado al enemig-o de quince
personas, diez délas cuales murieron. Retornó, pues,
aplaudido por su gran ardor, ya que no por su com­
pleta fortuna.
Muy compadecidos fueron el cabo Sanitá, y Lilli,
soldado de línea, que se lanzaron antes que los demás
á las defensas, donde cinco garibaldinos quedaron
muertos á bayonetazos; fueron á su vez heridos, y
cayeron en poder del enemigo. Guérin fué enaltecido
hasta no mas por los oficiales de la expedición, y en­
salzado grandemente, como también los suyos, por
el comandante de la provincia. Plácenos aprovecha!·
esta primera ocasion para recordarlo, y añadir que
en lo sucesivo apeuas hubo acción en que no se ha­
llase Guérin, ni consiguiese alabanzas particulares
en las comunicaciones. Así peleaba un digno compa­
triota de José Guérin, uno de los mártires de Castel-
fidarclo: en la jornada de Mentana perdió á su her­
mano Pedro, que distinguióse mucho en la toma de
Subiaco: por el honor de la familia, otro hermano
llegó hace poco para empuñar las armas del difunto,
y engrandecer la gloria del nombre bretón.
Durante la noche, y al siguiente dia, entraron en
Bagnorea ciento cincuenta fusiles nuevos, y refuer­
zos de hombres y de provisiones, por lo cual la guar­
nición llegó casi al número de ochocientos comba-
329
tientes, cuyo valor no podia ser mas extraordinario.
El parte del general Kanzler sobre la invasión, dice
que 500 garibaldínos combatieron en este hecho de
armas. Se funda en el cómputo mínimo hecho, pol­
los comandantes pontificios t referente á las fuerzas
empeñadas en la acción, y no se extiende á toda la
guarnición que estaba de guardia en la ciudad y en
reserva. Nosotros nos referimos á lo atestiguado por
los de Bagnorea, y á otras informaciones graves,
que nos hacen creer indudable el número por noso­
tros citado. En ios Documentos relativos á los iiltimos
acontecimientos, presentados á las cámaras de Floren­
cia, se dijo: «Los voluntarios eran cerca de 1500;» y
el prefecto de Per usa fué quien así lo escribió (1).
Igualmente, en algún otro punto de poca importancia,
nos separamos alguna que otra vez de dicho parte,
verídico por regla general. Comprendan todos que
despues de muchos meses, y de estudios especiales
de documentos, se puede siempre rectificar una his­
toria contemporánea, aunque se refiera con gran
cuidado. En cuanto á los informes garibaldínos, co­
mo los del comité de insurrección, los de Acerbi, los
de Guerzoni, los de Lombard-Martin y los de Mauro
Macchi, salen constantemente tan falsos, que no te­
nemos paciencia para desmentirlos cada vez.
Ravini, y mas todavía los oficiales de Victor Ma­
nuel que militaban con las hordas, estudiaron los
trabajos de defensa; el sitio era para ellos sumamente
ventajoso. Bagnorea ocupa uu llano formado por las
faldas de una cadena de collados que la protejen de
los vientos del Norte y del Poniente. Un solo camino
real mete la cabeza en la parte amurallada de lá ciu-

(l) Página 12í.


330
dad (los otros lados están defendidos por barrancos
profundos): y viniendo de Montefíascone, encájase
largamente ¡i unos trescientos metros de la puerta,
entro las pendientes de la colina Scio, que estáu á la
derecha, y las de las Palare, que se hallan á la
izquierda. Desde este paso, formidable si es militar­
mente ocupado, se sale al campo allí donde por
la izquierda entra el camino de Capraccia en la car­
retera principal: en el ángulo que entre esta forma
esquina, álzase una gran fábrica, á saber, la iglesia
y el convento de franciscanos. Los garibaldinos h a ­
bían levantado fuertes empalizadas en los desembo­
caderos de los dos caminos, y habían convertido el
convento en reducto, é importa decir que no se hizo
esto sin atender á las prescripciones del arte militar.
Estaban por esto allí corno en un bastión guarnecido,
que dominaba la ciudad por encima de los dos únicos
caminos accesibles, encadenadoá las próximas defen­
sas y á otros puestos avanzados, desde los cuales po­
dían expedir las reservas y asegurar la retirada (1).
Vigilaban también déla otra parte los pontificios.
El ministro Kanzler insistía desde Roma en que con
celeridad y con movimiento seguro se deshiciese
aquel nido de salteadores, antes de que tomase mas
fuerza: el general de Courten, comandante superior
de las provincias, llegó en la tarde del 4 á Montefias-
cone, con el fin de tomar á pechos la empresa. Pero
el activo comandante del país de Viterbo lo había

{1} V éase nuestro grabado grande: Corografía de las cinco p r o ­


vincias del enlodo pontificio , teniendo en cuenta principalmente la in v a­
sión de 1807. Al pió de el hay una planta ex a cta de líag no rea y
del co ntorn o, que hemos mandado hacer para el esclarecim ien ­
to de esta herm osa facción .
331
dispuesto ya todo para dar el asalto al dia siguiente:
deseaba de un modo extraordinario recobrar aquel
pueblo, sobre toda ponderación fiel al Santo Padre;
fuera de que no poclia abandonar una posicion es­
tratégica, en la cual ponia el ángulo extremo de la
defensa de la provincia, colocando el otro en Valen-
taño, el vértice en Montefiascone, el depósito y la
reserva en Viterbo. El general no hizo mas, por lo
tanto, que añadir al cuerpo de operaciones una com­
pañía de línea, asegurando que podia quitarse á las
guarniciones, porque para sustituirla, salía de Roma
un buen refuerzo de ciento cincuenta zuavos.
Despues de esto, de Courten quiso con militar cor­
tesía, que el coronel que había felizmente concebido
el orden de la batalla, tuviese además el honor de
dirigirla. Como imaginaba que la acción sería grande,
y combatida en terrenos diferentes, le aumentó el
estado mayor con sus mismos ayudantes de campo,
los capitanes La Quiche y Eugenio de Maístre. Él se
contentó con asistir entre los combatientes como tes­
tigo ocular, estando pronto á presentarse allí donde
la necesidad requiriese consejo subitáneo.
Al amanecer el dia siguiente, los comandantes de
las dos columnas en que se dividía toda la expedi­
ción, recibieron instrucciones detalladas dei coronel
Azzanesi, quien conocedor de los lugares, é informado
por la exploración de Gentili, conocía el pais palmo
á palmo, y las nuevas operaciones del enemigo. Ma­
nifestaron gran alegría las tropas al anuncio de la
marcha: cada uno presentía que no sería esta una es­
caramuza de batidores, sino, un noble combate, céle­
bre en las proezas de la cruzada. De hecho, entre
tantas acciones de esta guerra, en la cual el valor y
la itítrepidez brillaron con heroicos esplendores, la
332
de Bagnorea tuvo pocas iguales, y quizás ninguna,
fuera de la de Mentana, fue mas sagazmente dis­
puesta, ni mas decididamente seguida, ni mas feliz­
mente acabada. Ninguna, de segui’o, antes de Men­
tana, consiguió tan alta nombradla, á, este y al otro
lado de los montes, con gloria imponderable del ejér­
cito de los cruzados.
La primera columna, confiada al capitan Le Go-
dinec, componíase de la cuarta compañía del prime­
ro de zuavos. Salió de Montefiasconeá las siete de la
mañana, torciendo sobre el camino de Orvieto hasta
la Capraccia. Allí la esperaba un destacamento de la
tercera, procedente de los cuarteles de Valen taño.
Se dividieron en tres secciones: la primera de ataque,
á las órdenes del subteniente de M irabaljla segunda
de sosten, conducida por el teniente W yart; y la ter­
cera de reserva, formada con los de Valen taño, ya
sometidos á prueba, que se confiaron al teniente Ja c -
quemont: en todo ciento setenta y cinco bayonetas.
Según su consigna debían marchar por el camino
de la Capraccia, acometer el reducto de San Fran­
cisco, superar las barreras, y reunirse debajo de la
ciudad con la columna de la línea, procedente del
camino de Montefiascone.
Movióse un cuarto de hora despues el capitan
ayudante mayor Zannetti con la columna principal,
compuesta de cuatro compañías de linea, á saber,
una de granaderos, y la primera, cuarta y quinta de
fusileros. Todas pertenecían al segundo batallón, y
daban un total de doscientos treinta hombres: iban
detrás dos piezas de campaña con treinta artilleros,
dirigidos por el teniente Torriani, y delante un grupo
de veinte dragones y cinco gendarmes, guiados por
el teniente Fabiani. Resolvióse últimamente que; por
333
la falta de personas á propósito, se confiara la enfer­
mería ambulante á los zapadores, los cuales, si 110 pu­
dieron mostrarse mny expertos, se portaron á lo me­
nos valerosamente, recogiendo los heridos hasta de
la boca de los fusiles del adversario. El fin de la ope­
ración propuesta á la línea, fue destruir los obstácu­
los del camino de Montefiascone, disponer los movi­
mientos hasta reunirse con la columna volante de
Capraccia, y atacar despues las puertas con las fuer­
zas reunidas. Toda la expedición, comprendidos diez
y ocho enfermos, constaba de cuatrocientos setenta
hombres (1), y no de mil doscientos, como dijeron
amedrentados los escribidores garibaldínos, y copió
la cabeza vacía del diputado Guerzoni (2).
Los zuavos, marchando con poco orden por la es­
trechez de los caminos, llegaron á las once á la vista
de la Cervara, viejo castillo ruinoso, distante una
milla escasa de Bagnorea. Aquí estaba el primer
puesto avanzado de los garibaldínos, numeroso, y
protegido por las casas y por los bosques entre los
cuales pasa el camino. Viéndose rodear por una ca­
dena de cazadores de la sección segunda, mientras la
primera procuraba forzar ardidamente el camino, se
dirigió, sin responder al empuje,· á un cerro que esta­
ba detrás. Aquí el terreno estaba raso y descubierto,
con gran peligro de los pontificios, que debían subir
encima de él. Sus extremidades cubiertas de plantas,
de viñas y de malezas, ofrecían grandes ventajas á
los enemigos emboscados que los aguardaban.

(1) V arios partes oficiales eri los docum entos m anu scritos d&
los arch ivos, ti de octubre; instru ccion es del coronel Azzanesi á
los com andantes de las dos colum nas; o irás R elacio n es esp ecia-
les de oficiales.
(2) m«>oít AnloL, marzo de 1868, p , 557.
334
Fue preciso atravesarlo á todo correr, bajo una
lluvia de balas que hicieron desgraciadamente do^
víctimas. Quedó herido el cabo Harmsen, de Amster-
dam, y herido mortalmente el zuavo Heykamp. Supo
este ofrecer dignamente su sacrificio, porque mien­
tras lo llevaban al hospital ambulante con una vérte­
bra despedazada, el vientre lacerado y el pecho abier­
to, gritó: ¡Viva Pío IX! recordando además á un ami­
go suyo el pacto que habían hecho de batirse intrépi­
damente. Tres días vivió aún con maravilla de todos,
esperando siempre los últimos consuelos de un reli­
gioso paisano suyo, el P. León AVilde, que acudió
para él desde Roma, recogió sus últimas palabras,
que fueron: viva Pió IX, y confortó su agonía sere­
na. Nicolás Heykamp fue el primer zuavo que san­
tificó con su sangre la Cruzada de San Pedro.
Al mismü tiempo atravesó también el plomo el
brazo izquierdo á Mirabal, pero contentóse con pa­
rarse un momento y fajar la herida con su pañuelo,
sirviéndose de la mano y de los dientes, despues de
lo que tomó de nuevo la* espada, metióse en la bata­
lla y alejó al enemigo palmo á palmo -de toda la lí­
nea, mientras Jacquemont, marchando adelante á la
derecha, entre el camino y el collado de las Palare,
ocupado por un gran núcleo de garibaldinos, impe­
dia en lo posible que los rechazados se reuniesen á
sus compañeros* Lográronlo con todo muchos.
Avanzando, se presentaba delante de los zuavos
un .tercer puesto de enemigos, que se apoyaban en
la capilla del Divino Amor, ó sea de la Yirgencita, y
que dominaba el camino de la derecha, constando de
mucha gente. Era, según dicen, su comandante el
capitan Barbieri, quien habiéndose movido tres veces
contra los del Papa, fue tres veces rechazado con
335
gran pérdida, hasta que arrojado de su terreno á viva
fuerza, y cortada su retirada á las murallas, se tuvo
quedirigir en derrota por el camino de Lubriano.Para
que no intentase ofender de nuevo y atacar por la
espalda el cuerpo de operaciones, Le Gonidec dispu­
so que grupos de cazadores guardasen aquel lado.
Dirigió despues las fuerzas al reducto San Francisco,
que estaba á la derecha, con el fin de atacarlo. Lo
rodeó ijor todos lados con su compañía, y en el ínte­
rin la reserva contenia A los garibaldínos de las P a-
lare, cuyo collado, situado un poco á las espaldas, in­
festaba de cerca las avenidas del convento.
Despues que hicieron enmudecer los tiros de las
ventanas con un gran torrente de fuego, arrojáron­
se los zuavos impacientes á la puerta, que forzaron
con sus espaldas y culatazos. Mirabal, olvidado de
su herida, fue quien dió en ella el primer golpe; g ra­
cias á tanto empuje crujió en breve, cedieron los
goznes,y dando gritos, precipitáronse dentro los zua­
vos en medio del fuego y de las balas. Los defenso­
res se retiraron al piso principal. Podían desde allí
oponer todavía una resistencia peligrosa, siendo cer­
ca de cincuenta; mas viendo tan próximas las bayo­
netas de los zuavos, el conde Pagliacci, que mandaba
el puesto, agitó desde una ventana del patio un pa-
ñuelito blanco, y asomándose despues gritó en len­
gua francesa: «Nos rendimos.)»
W yart los declaró prisioneros, dispuso que baja­
sen desarmados al patio, los contó, reunióles en un
cuarto, y los encerró, poniéndoles buena guardia, y
ocupando el resto del edificio militarmente. Para rea­
lizar la unión concebida, faltaba solo á los zuavos
batir los puestos dé las Palare, y forzar despues los
obstáculos contra el desembocadero del camino por
336
donde habían venido. Mas todo esto requería sangre,
tiempo y esfuerzos heroicos; preparábanse ya los co­
mandantes de los zuavos.
Entretanto por el camino de Montefiascone, al otro
lado de las Palare, avanzaba decidida la columna del
mayor Zannetti, con todas las precauciones que las
dificultades del sitio requerían. Llegado á las alturas
de las Casas Nuevas, donde priucipia el declive hácia
la ciudad, vió que al mismo tiempo la punta de la
vanguardia de los zuavos abría el fuego contra Cer-
vara. Como aquella posicion domina igualmente los
dos caminos, extendió enfrente una media compañía
de granaderos. Pero los garibaldinos, estrechados por
los zuavos, como vimos ya, no aguardaron á que les
cogieran eütre dos fuegos, y retiráronse de cerro en
cerro, hasta echarse en gran número sobre las Pala-
re. Aun allí, molestados desde la posicion de las Ca­
sas Nuevas, en vez de dirigirse al convento embesti­
do por los zuavos, fueron á emboscarse enfrente del
cerro Scio, á fin de destruir desde aquellos terribles
peñascos, con fuego fuerte y cruzado, el cuerpo prin­
cipal que descendía de las Caeas Nuevas. Esperaban
que opondría el reducto resistencia por sí, y que se­
ría bastantemente sostenido por el cuerpo avanzado
de BarbierL
El coronel Azzanesú que tenia el ojo puesto en
todo, antes de aventurar á los suyos en el paso sos­
pechoso, pegó espolazos al caballo, y con el teniente
Fabíani y cuatro dragones de escolta, fue á recono­
cer el terreno. No habia recorrido aún cien metros,
cuando se vió envuelto en una nube de fuego; las
balas silbaban á quema-ropa. Inclinados, pues, sobre
las clines de los caballos, volvieron á galope. La com­
pañía de granaderos, que marchaba á la cabeza de-
337
trás de la caballería, se dividió en dos partes, que se
dirigieron en dirección contraria hácia las colmas: el
capitan De Símoni hácia el cerro Scio, y á las Pala-
re el teniente Fontana; siguióle la cuarta de fusile­
ros dividida igualmente. Zannetti mandaba el rema­
nente de la infantería, ganando siempre terreno, y
conservándose á la altara de los destacamentos em­
peñados en el asalto. Salieron estos en torbellino de
ambas partes con el propósito inquebrantable de con­
seguir una victoria renombrada; lejos de amedren­
tarles el número tres veces superior de sus enemigos,
atacáronles pecho á pecho, sirviéronse del hierro y
del fuego, y los arrojaron por el deelive opuesto, sem­
brando el terreno de cadáveres y de heridos, y hacien­
do no pocos prisioneros.
Vanamente trataron los garibaldínos de levantar
la cabeza en la gran barricada que dominaba el cami­
no principal, porque los pontificios les siguieron con
las bayonetas caladas sin darles tregua ni descanso.
Bajando de los m ontes,. hicieron masa en los sitios
mas fuertes y les atacaron de frente y de lado con em­
puje tan violento, que destrozados los troncos, los
haces de leña y las barreras, muertos ú oprimidos
los defensores, saltaron encima exclamando como
grito de victoria: ¿Viva Pío IX!
Desde aquí dirigieron las bayonetas sobre las de­
fensas de la via de la Capraccia, que ganaron tam­
bién. Amparáronse precipitadamente los garibaldínos
en la ciudad. Los zuavos, viendo salir victoriosa la
cabeza de la línea, saludáronla desde la cumbre de
la barricada con ruidosas aclamaciones de ¡V ív a la
línea! Se correspondió con las de: ¡Vivan los zuavos!
Acababan estos de apoderarse del reducto de San
Francisco. Cien merecían los unos y los otros el
TOMO I, 32
338
aplauso fraternal. Habían arrojado al enemigo de
todas sus posiciones, con una série no interrumpida
de asaltos felices, y obtenido al fin la deseada nnion.
. Solo faltaba conseguir la ciudad. Los encerrados
en ella manifestábanse dispuestos á impedir fiera­
mente la entrada, y habían provisto ya de fusiles
fijos las ventanas y las guardillas de las casas que
dominaban á los asaltadores: no cesaban los dispa­
ros. El coronel Azzanesi cabalgaba bajo el fuego, con
el fin de explorar el sitio; viendo lo cual los suyos se
acercaron á el, y le pidieron encarecidamente que
■huyera de aquel peligro evidente; conmovido por
tanto, afecto los contentó en parte, continuando á pie
su carrera. No tenían inconveniente alguno en dar
con las bayonetas contra las murallas bajo cien bocas
mortíferas. Despues de disponer, empero, que sus ca­
zadores contrastaran el fuego de los adversarios, hizo
avanzar el cañón.
Dieron los artilleros gritos de júbilo, porque les
había llegado su vez por fin; .desde las Casas Nuevas
y desde la posicion de la Scierra lanzáronse á sus
piezas, y comenzaron á tirar granadas contra las ca­
sas fortificadas, pero la obra »alia larga por lo apar­
tado del lugar, y por su índole infeliz. He aquí por
qué, agotada la paciencia del comandante y de los
soldados, los artilleros desmontaron una pieza, y la
condujeron en brazos á un sitio donde llovían los dis­
paros, distante unos trescientos metros de la puerta;
animándose allí los unos álos otros, la cargaron, hi­
cieron la puntería y la dispararon. Al sexto, golpe
daba la puerta señales de romperse. Entonces se oyó
dentro de las murallas un alegre clamoreo de ¡Yiva
Pío IX! Habiendo desaparecido los fusiles, aparecie­
ron izadas sobre los tejados banderas blancas. Res­
339
pondió la tropa con iguales aclamaciones, abrióse la
puerta de par en par, y una multitud de gente loca
de alegría, corrió al encuentro de los libertadores.
Los garibaldinos se habían puesto en salvo por las
breñas por encima de la ciudad, abriéndose nuevos
caminos, según les aconsejaba el miedo. Fue para
ellos gran ventaja que la posicion de la ciudad no
permitiese rodearles con fuerzas escasas; pudieron
huir sin dificultad alguna.
Entraron entonces los pontificios formados en
compañías con las banderas desplegadas, pasando
sobre las ruinas de las defensas desbaratadas por
los ciudadanos. Todas las campanas tocaban á fiesta:
de las ventanas y de las tiendas abiertas de nuevo,
salían continuamente salvas de aplausos: — ¡Viva
Pío IX !—¡Vivan las tropas!— ¡Vivan los artilleros! —
Las mujeres, levantando las manos al cielo, llora­
ban de gozo, y dirigían en alta voz palabras de re­
conocimiento á la Virgen del Rosario: el entusiasmo
parecía tocar los límites del frenesí. Y con todo,
cuando se vió por fin la bandera bendita de los zua­
vos, un sentimiento generoso de gratitud hácia
aquellos nobles jóvenes, que habían venido de tierras
distantes con el fin de pelear en favor del Santo P a­
dre, inspiró nuevas congratulaciones y nuevos mo­
dos de manifestarlas. Poco despues reunióse la mú­
sica municipal, y recorrió la ciudad, llenándola de
alegres armonías: por la tarde se cantó en la cate­
dral un Te Deurn, permítasenos la frase, con furor
del pueblo: los paisanos invitaban á los militares
para que fuesen á descansar en sus casas y les
acompañasen á sus mesas. En una palabra, en B ag-
norea no hubo nunca dentro de sus murallas un en­
tusiasmo tan sencillo, y al propio tiempo tan cordial.
340
Los que lo dieron y tomaron en él parte, aseguran
conformes que toda descripción es nada comparada
eon la realidad. Tales eran los pueblos que se decian
rebelados contra el Soberano Pontífice (1).
Motivos tenían para alegrarse pueblo y ejército.
Al pensar los soldados en su gran fortuna de haber
combatido por espacio de tres horas, y en las mu­
chas pruebas de fidelidad y de valor dadas á la ban­
dera de San Pedro, se abandonaban al gozo mas
desmedido: vanagloriábanse además de sus jefes,
tan aptos para mandar, como dispuestos á correr los
mayores peligros personales.
Aumentaba el placer la señal manifiesta de la
protección celeste. No habia muerto ninguno, pues
aúu vivía Heykamp: los heridos no pasaban de
cinco. Lo creerá difícilmente la posteridad cuando
lea las historias de nuestros cruzados, y fije sobre
todo su consideración en las pérdidas sufridas por
sus enemigos desventurados. En aquella tarde fue­
ron enterrados veintinueve garibaldinos, y al dia
siguiente veintiséis, que se hallaron en las posiciones
mas distantes: los heridos curados en la ciudad fue­
ro« cuarenta y uno, y treinta próximamente los
trasportados en carros á Lubriano, sin contar los
contusos que se marcharon á pié: prisioneros ciento
diez (2). En suma, en tres horas, combatiendo desde

(1) P a rte s y relacion es antes citadas*


(2) Los p risioneros de la facción de B agnorea fueron 110 y
no m as: e l Giornale di Roma publicó sus nom bres y su p atria. El
Rapporto sull'invasione hace llegar su núm ero al de 178, porque
incluye OS de los en cuen tros a n terio res. De todos estos queda­
ron 26 en la provincia de Y ite rb o , y 152, conducidos á Rom a
con la guardia corresp on d iente, llegaron al eastillo de S a n t-A n ­
gelo el dia 11 de octu bre.
341
los lugares que habían escogido, estando á cubierto·,
y contra un número mucho menor de agresores, que
presentaban sus pechos, perdieron por lo menos tres­
cientas personas, es decir, tres quintas partes de las
que lucharon, y mas de la tercera de todas las fuer­
zas. Los trofeos de la victoria fueron muchas armas,
vestidos, arneses, caballos, y una bandera republi­
cana. Por la lista de los prisioneros y por su patria,
que se publicó entonces en los periódicos, resultó-
evidente que no eran estos insurgentes del pais, sino
una turba de malandrines, recogidos aquí y allá en
todas las ciudades de Italia.
Los poutiñcios atribuían tan desusada pérdida á la
mano vengadora de Dios. En cuanto á ellos, al verse
casi incólumes, dábanse á creer indudable de todo
punto que habían experimentado la protección pode­
rosa de la Reina del cielo, la cual en esta solemne vís­
pera del santo Rosario, habia protegido á los cruza­
dos contra los garibaldinos, como en siglos anteriores,
y en diasemejante, habia protegido á los cristianos en
Lepanto contra los Turcos. Tales palabras salían de
todos los labios, y tal .persuasión estaba en todos los
corazones. Ciertamente habían pasado aquel mismo
dia muchos rosarios por las manos de los que tan
vigorosamente manejaron las bayonetas: otros lo
llevaban colgado del cuello, lo cual vimos con nues­
tros ojos. Muchísimos, sobre todo entre los zuavos,
habían encendido nuevamente su ardor por la cru­
zada mediante los divinos sacramentos. Una con­
ciencia pura, una causa sublime y una esperanza
inmortal; he aquí los móviles secretos de aquella in­
trepidez que llenaba de terror irresistible á los gari­
baldinos.
Tratóse á los heridos y prisioneros con gran con-,
342
sideración, cumpliéndose así las órdenes terminan­
tes del ministro Kanzler, y la voluntad soberana del
Santo Padre. Tenemos á la vista tres ó cuatro prue­
bas incontestables. Casi no eran necesarias las órde­
nes, porque los pontificios, no solo despues de la ba­
talla sino también durante ella, guardaron formas
de humanidad, ejemplares por completo. Hubo quien
perdonó á quien le habia tirado á quema-ropa, lo­
grando desviar el golpe. «Hubieran muerto muchos
mas, escribía José Sevilla, despues de Bagnorea;
pero movía la piedad ver á los prisioneros pedir gra­
cia de rodillas con los brazos abiertos, acudir á la
Virgen, de quien tanto blasfemaban, y abrazarnos
diciendo que les habían engañado,» Como este va­
liente peruano lo atestiguaron otros cien de todas
las naciones, y lo atestiguarían los mismos garibal­
dinos sí fuesen hombres de bien. Otra cortesía com­
plació mucho á los vencidos, á saber, que se recono­
ciese habían defendido la plaza con arte y valor,
como también que se confesase que se habían reti­
rado con orden. Por lo que, concluía el oficial zuavo
cuyas palabras trascribimos, se dejaba traslucir
muy bien que con los camisas rojas habia mezclado
en abundancia un elemento de soldados regulares.
Sin embargo, á tratar benigna y compasivamen­
te á los garibaldinos, movíales solo la pura caridad
de Dios. El desprecio infame que habían hecho en
Bagnorea de todo lo humano y divino era tai, que
cada uno merecía, no las consideraciones guardadas
al infortunio m ilitarism o un cabestro, como sí fue­
sen bárbaros piratas. Cuando les vieron distantes de
sus murallas, los de Bagnorea imaginaron que ha­
bían salido de las garras de los demonios infernales.
Tío bien entraron las hordas, oyóse á su jete Gaglia-
343
m decir con salvaje gritería:— ¡Viva la república!
¡Abajo las coronas! ¡Mueran los curas! ¡Muera el
Papa! Durante los días que duró la ocupacion, no se
•abrieron los templos sagrados, y suspendióse basta
en la catedral el culto divino: muy mal lo hubieran
pasado los sacerdotes si se hubieran puesto delante
de aquellos bandidos-
Colocaron en seguida centinelas en el palacio epis­
copal, con la esperanza de lograr una gruesa suma
por el rescate del obispo, que estaba ya en seguro.
Por esta razón recorrieron furiosos aquellos bandi­
dos todas las salas, desordenaron atrevidos los mue­
bles, y desahogaron su furor sobre dos criados, fin­
giendo que habían intentado desarmar la guardia.
Los golpearon con la culata del fusil, y entretuvié­
ronse con alegría villana en abofetearles, gritando á
su alrededor: — Brigantes feos, ¿así traíais á los que
nos fatigamos para traeros el orden? Otros se fueron
¿ lle v a r un orden semejante al seminario, lo cual
equivale á decir que se apoderaron de los muebles y
de las provisiones. Y se apoderaban de todo, no so­
lamente para el uso desmedido de la canalla que ha­
bia dentro, sino también para botín, que sacaban en
abundancia del territorio pontificio: máquinas de
física, adornos, telas y cálices consagrados, fueron
por igual camino. No fue verdad, empero, que incen­
diasen la casa, como aseguraron algunos.
En ningún lugar merecieron tanto el nombre de
nuevos musulmanes, como en el convento de San
Francisco. Los de Bagnorea, los paisanos armados,
los zuavos, todos en fin, temblaban de horror al re­
cordar la desolación de aquel santuario. Baste decir
que desde esta primera incursion hasta la segunda,
esto es, cuando los de Garibaldi pasaron de nuevo.
344
por allí fugitivos despues de Mentana, quedó sin cul­
to el lugar sagrado. Quedaron también vacíos los
almacenes de los particulares, que tenían allí granos
y legumbres como en seguro depósito: vióronlos sus
dueños en poder de aquellos bandidos, llamados al
saqueo.
No les bastó hacer muchos estragos, y de mil
maneras. Gagliani, que se titulaba pomposamente
ayudante de campo de Garibaldi, rugía como una
hiena contra los religiosos;—Quiero cien duros aquí,
ahora......¡ó vuestra sangre!—No tenían dinero, y para
librarse dei puñal, tuvieron los frailes que suscribir
una carta-orden á cargo de un rico del país, que
tuvo á bien prestarles la suma. Entretanto los dignos
compañeros del comandante garibaldi no robaban
las celdas: lo que no les servia lo agujereaban, lo
destruían, y lo echaban por las ventanas. Uno de
aquellos picaros dirigió una cuchillada á la cabeza
del P. Fossati, que le habia suplicado por la miseri­
cordia de J)ios que le dejase ciertas ropas, exclaman­
do: ;Hasta la cabeza!—Por fortuna desvió el golpe
uno de los que allí estaban, menos inhumano. El sa­
cerdote cayó desmayado. Despues de haber despoja­
do la estancia de un lego, lo arrastraron por la esca­
lera, y le dieron puñadas y culatazos, siempre con
las puntas de las bayonetas encima del cuerpo. Así
se apoderaron del convento.
Restaba apoderarse de la iglesia. Confesonarios,
bancos, sillas y candeleros, todo fué tirado á tierra y
destruido por el solo placer de destrozar, propio de
energúmenos; el órgano fue destruido y robados Ios-
caños; en la sacristía forzáronse los armarios; los mi­
sales, las casullas y las vestiduras sagradas queda­
ron reducidas á un monton de andrajos. Solo consi­
345
guieron gracia los objetos mas preciosos, que desa­
p a reciera en un instante* Sus manos sucias y ra­
paces no respetaban ninguna cosa santa: los vasitos
del crisma sacramental se arrojaron al suelo, violá-
ronse los relicarios, y fueron arrojados entre las in­
mundicias los huesos venerandos de los santos; ho­
llaron con el pie los cálices y copones, é hicieron pe­
dazos el viril y el sagrario. Y á ñn de que resultára
evidente que no les impulsaba la golosina del oro,
sino el ansia infernal de sacrilegio, subieron encima
de los altares y atravesaron las imágenes con los pu­
ñales; escarnecieron y destrozaron las estatuas de
los santos que no podían utilizar, arrojando los pe­
dazos en la iglesia ó en la plaza. Escarnecieron hasta
una del divino Infante: fue golpeado· y roto un Cru­
cifijo.
Sí, los secuaces de Jo3é Garibakli golpearon y
rompieron el Crucifijo en Bagnorea el dia 3 de octu­
bre de 1S67: fueron testigos oculares todos los ciuda­
danos de aquella noble ciudad, que lloró de gran in­
dignación al ver revivir dentro de sus murallas á los
hugonotes y á los genízaros de Mahomet II. I)e pro­
pósito queremos olvidar otras acciones obscenas y
abominables con que fueron ultrajados los altares
del Dios vivo, y el cuerpo de Jesus Sacramentado.
¡Ojalá pueda Dios borrarlos de sus registros antes de
que llegue el dia de su venganza! Sabemos que hu­
bo no pocos garibaldinos que maldijeron la hora en
la cual se habían incorporado con aquella horda en­
demoniada. La verdad es que la fama de sus fechorías
produjo en los paises vecinos execración inextingui­
ble contra los profanadores, y que en las regiones le­
janas se horrorizaron las almas cristianas, y todos
los que conservaban costumbres y sentimientos hu­
346
manos. Callamos las injurias contra los ciudadanos
particulares. Semejante suerte reservaban á Roma, si
la espada de los cruzados, la bandera de Francia, y
sobre todo la misericordia de Dios, no les hubiesen
atajado el paso.
No se puede ponderar el dolor que suscitaba en
el corazon de los cruzados piadosos la vista de seme­
jantes horrores: contáronlos, como testigos de vista,
en cartas que no parecían escritas con tinta, sino con
lágrimas. ¡Ay de la reputación de los italianos, si los
católicos de todas las partes del mundo, vueltos á su
patria, no supieran distinguir entre los garibaldinos
y los italianos! Nosotros les suplicamos recuerden
que en Italia, no se confunde la Bélgica con los pi~
iocchi, ni la Alemania con los anabaptistas, ni la
Francia con los hugonotes, con los descamisados y
con los revolucionarios del 93 (1).
Los valientes jóvenes iban todos por la tarde á es­
cribir cartas para sus madres, para sus parientes y
para sus amigos. Rasgaban una hoja del libro de
memorias, y escribían al correr de la pluma las cosas
que habían hecho, las que habían visto ó imaginado
ver, las que habían oido y las que habían imaginado
oir: escribían con alegría y entusiasmo, con los
ojos llenos aún de polvo, y con la cabeza atronada
por el estruendo del cañón. No hay que buscar en
ellas la precisión de la historia, impropia de las mis­
mas; pero su contenido deja traslucir el alma que
arde por la religión sublime, y la fe del cruzado. En
los cuarteles y en los caminos (los que volvían á otros
campamentos) reuníanse en grupos, y se contaban
recíprocamente lo que les habia sucedido. Elsargen-

(1) De las R elacio n es de los h ab itan tes de B agn orea.


347
to zuavo Dujardin encuentra en un sitio á seis g ari-
baldinos; arrójase al primero y lo deja frió, amenaza
á dos haciéndolos prisioneros, y consigue que los
otros tomen las de Villadiego, dándose por muy sa­
tisfechos de haber escapado con vida del poder de
aquel hombre terrible. Narciso Dujardin, honor de
la intrepidez belga, ascendió á, subteniente pocos dias
despues; herido en Mentana, fue caballero de la orden
Piaña, y teniente el dia 14 de noviembre. Otros se
burlaban del sargento G-aston de Villéíe, porque ha­
bíase apoderado de una burra garibaldina; pero no
.se arrepintió de ello, porque habiéndosele dislocado
un pié, pudo seguir, montado en aquel animal, á su
compañía, y batirse despues en otras acciones. Otros
contaban los agujeros y los pedazos de sus panta­
lones y almillas. Otros referían el espectáculo de los
camisas rojas que se arrojaron precipitadamente por
las ventanas del convento, no bien vieron entrar en
él á los zuavos (1). Sevilla, el valiente cabo peruano
(ahora lleva las charreteras de oficial), andaba en

(1) Cs que voyanl une so u a v e, donl le nom est <i 'Versailles, dit en
riant: Ces f/ens-tä jiö w j font un crin a de descendre des Croisésf Mais il
me semble q u ’ils en dcscendent encare mieux que m u s/— (Osear de Poli,
tes soíílaíj dit Pape, pag. 310.) La g racia de esta frase, d icha en
medio de las balas, se p erd ería por com pleto si se trad u jese al
italiano, lie m o s reunido algunas noticias de Poli, pero no se d is­
gusten nuestros lectores fran ceses si con frecu en cia nos a p arta­
mos de ellas. Su lib ro , muy am eno, se funda en gran p arte en
correspon d en cias de soldados y de periódicos, escritas por p a r­
ticulares, de mas im portancia cuando refieren a v en taras perso­
nales, que cuando es preciso co n sid erar el conjunto de las
acciones. En general, rogamos que no se pare m ucha la aten ­
ción en las d iferen cias que existen en tre nu estro libro y otros
sem ejantes, e scrito s frecu entem en te con mas candor m ilitar que
con exactitud extrao rd in aria. Nosotros nos atenem os en la n a r ­
ración, rigurosam ente <1 los actos dignos de toda fe.
348
boca de todos; al mirar 4 un oficial enemigo, vina
una bala que pasó entre el cañón de su fusil y la ba­
queta. La cosa fué singular: la fe del cruzado atri­
buyó el hecho, con razón, á una gracia del cielo, por­
que el plomo mortífero había ido á parar á cuatro de­
dos de distancia de la medalla de la Virgen que le
diera Pío IX. En cuanto á Mirabal, colmábanle de
alabanzas: quién lo había visto aquí y quién lo había
visto allá, lleno de sangre y animando á los suyos
para que le siguiesen: algún veterano decia:—Así
era ya en Castelfidardo: ¡tenia entonces diez y seis
años! En suma, los zuavos eran una especie de his­
toria viva que contaban alegremente.
Los dragones encarecían la proeza del cabo Ber-
ni, que había perseguido á un garibaldino en su
fuga, apoderándose de su caballo y de sus armas. Los
artilleros estaban tranquilos por haber hecho ju gar
ya una vez las granadas, y aplaudían á Bernardini
y Ambrosio porque habían dirigido los golpes entre
los silbidos de las balas, como hubieran'podido ha­
cerlo á la sombra de un jardín. Encomiólos grande­
mente, y á los demás que sirvieron las piezas, el co­
mandante en sus informes: el cabo Carlos Bernardi-
ni obtuvo mayor recompensa en el cielo, que le aco­
gió mártir en las cumbres de Mentana. Entre los
granaderos y fusileros se advertía una gran emula­
ción sobre asaltos y barricadas.
—El primero que saltó sobre la barricada fue el
furrier Vignoli y el cabo D’Andrassí.
—Y despues Duca, y despues......
—¿Qué? El sargento mayor Cacciatori fue el pri­
mero en otra parte.
—Y Tolfa, y Ceccarini, y G-uerríeri, y Bettare-
111, .y.....
349
— ¡Estábamos todos! La verdad es que el primero,
propiamente el primero, ha sido el teniente Savini.
¡Cómo nos arrastraba detrás de sí con los ojos y con
Ja voz' ¡Siempre adelante con la espada! ¡Qué rayo!
¡Qué espectáculo!
—Apuesto á que Savini se pone encima una cruz.
—¿Y qué, si sale verdad? tiene ya cubierto el pe­
cho: es un viejo de Castelfidardo, y cogió ya una me­
ses atrás.
— ¡La cogió! ¡Vaya una frase! Cógela tú de aquel
modo: tú solo, con un pequeño revolver en la mano,
y enfrente á cuatro brújanles armados hasta los dien-'
tes, á los cuales hizo prisioneros!
Alcanzaba una aventura a la otra, como se suele
coger un racimo de cerezas cuando se quiere solo
una; hasta que la conversación moría en las risota­
das y en el sueño, que se concillaba bebiendo algu­
nas veces, ó brindando por las futuras acciones y
premios consiguientes. No faltaron las unas ni los
otros. Ni faltaron tampoco los poetas de regimiento,
que compusieron de repente ciertas estrofas de mu­
cha gracia. Entre el chocar de las copas cantábase á
coro el siguiente estribillo:

Y la canalla rea
Huyó de Bagnorea,

Enterado al dia siguiente por un parte telegráfico


el ejército pontificio, gracias al ministro de la guer­
ra, del «brillante hecho de armas de Bagnorea,» ex­
perimentó gran alegría, considerándolo como un pre­
sagio feliz, tanto mas cuanto al principio concibie­
ron el temor de que los garibaldinos huirían según
costumbre, sin querer entrar en batalla, A la guar-
350
nicion de Roma se comunicó lo sucedido con una bri­
llante orden del dia del general Zappi. Otros coman­
dantes leyeron el glorioso despacho Alas tropas, que
prorumpian en aplausos estrepitosos: los amigos y
los compañeros de Azzanesi le enviaron felicitacio­
nes: los romanos vieron interpretados sus sentimien­
tos hácía la tropa de la provincia de Viterbo en una
magnífica felicitación, que se expidió al comandante
de la misma. Porque nosotros vemos y oimos en Ro­
ma al pueblo romano, constándonos por consiguiente
que aquel documento era realmente la expresión de
todos los corazones, queremos consignarlo en la his­
toria.
«Soldados pontificios de la provincia de Viterbo.
nEn estos momentos, en los cuales la Europa en­
tera tiene los ojos puestos en vosotros, y aplaude el
valor que os conduce de victoria en victoria, permi­
tid que también nosotros os dirijamos un saludo, una
enhorabuena, una expresión de agradecimiento.
i>Sít os saludamos con alegría extraordinaria, va­
lientes soldados de la mas santa de las causas, intré­
pidos campeones de la tiara de Pedro, defensores ad­
mirables de este sagrado estandarte del Vicario de
Jesucristo, que simboliza el honor, la virtud, la ju s­
ticia, la libertad, la religión, y el amparo de todo de­
recho doméstico, civil, social, humano y divino.
»Sí, nos congratulamos de todo corazon con voso­
tros, por los rápidos y continuos triunfos que, á cos­
ta de vuestro sudor y de vuestra sangre, conseguís
todos los dias sobre los enemigos mortales de Dios, de
la Iglesia santa, de la Italia católica, y de esta Roma
nuestra, sede de 'todas las grandezas y guardadora
de la civilización cristiana. En ocho diás, vosotros,
que sois un puñado de valientes, teniendo enfrente la
351
multitud de enemigos que invaden por todos lados
la bella provincia encomendada á vuestra custodia,
en ocho dias habéis peleado y vencido ya diez veces,
y puesto en fuga siempre á los invasores, y conquis­
tado trofeos, y hecho mas de trescientos prisioneros,
y muerto ó herido á, mas de cíen adversarios, sin
perder siquiera veinte de los vuestros; en dos horas
habéis realizado en Bagnorea una empresa, por la
cual se consideraría honrado el ejército mas aguer­
rido de Europa.
»Sí, os damos gracias con afecto cordialísimo por
lo que hacéis en favor de la paz, de los bienes y de
las vidas de nuestros pueblos hermanos; por la glo­
ria que proporcionáis á la pátria; y por el honor que,
peleando y venciendo con tanta bravura, hacéis á
Roma, al estado de San Pedro y al catolicismo.
’»¡Valerosos soldados de Pió IX, ínclitos restos de
Castelfidardo y de Ancona! Sois alabados unánime­
mente por todos los que conocen la fe, la honradez y
el valor militar. Sois bendecidos por doscientos millo­
nes de fieles, que os aclaman héroes, y os reconocen
mártires afortunados de la libertad, de la. Iglesia y
del mundo.
»¡Animo, pues y constancia! Nuestros corazones
y nuestras súplicas ardientes al Dios de los ejércitos,
están y son para vosotros. El cielo y la tierra implo­
ran para vosotros el premio debido á los esforzados
campeones de la fe; la gloria celestial y la terrestre,
los laureles caducos del tiempo y la aureola inmor­
tal de la eternidad.
«¡Soldados pontificios de la provincia de Yiterbo!
Seguid peleando y venciendo; nosotros esperamos
que, terminada la lucha, volváis á esta gran Roma,
para cubriros de flores, para abrazaros, y para gritar
352
á vuestro paso: [Viva Pió IX, Papa y Rey! ¡Vivan los
héroes de Valentano y los gloriosos combatientes de
Bagnorea!
»Roma 7 de octubre de 1867.»
Los Romanos.

El espíritu de los romanos no se conmovía solo


por las ventajas que había conseguido la gran causa
de la Roma papal y soberana, sino también por la
vanagloria popular del honor alcanzado por uno de
sus hijos; Azzanesi vino al mundo dentro de sus mu-
rallas, y comenzó aquí su carrera con el fusil al hom­
bro. Es el mismo, se decía entonces en las conversa^
ciones de Roma* que en la heroica desgracia de Cas­
telfidardo recibió en el campo, del coronel Pimodan,
el mando del batallón, y que despues de grandes
pruebas, caído prisionero, oyó al general Cugia que
le prometía el grado de mayor y halagüeñas espe­
ranzas de futuros ascensos en el ejército del rey de
Turin.
—No puedo, respondió Azzanesi, he prestado ju ­
ramento al rey de Roma.
—Pero quedareis libre de él cuando Roma será
nuestra, lo cual no puede tardar.
—En tal caso ¿dejareis una compañía de honor al
Santo Padre?
—Oh, esto sí, no somos musulmanes.
—Pues bien, acabó diciendo Azzanesi, yo seré un
soldado de aquella compañía.
Pió IX fue quien puso el sello de un elogio auto­
rizado á las tropas de la provincia de Viterbo, «El
Santo Padre (tal decia el parte telegráfico qué man­
daba el ministro de las armas al general Courten),
contentísimo por el brillante comportamiento de las
353
tropas, bendice á sus jefes y á todos. Dígame quién
se ha distinguido especialmente. Prosígase con ener­
gía la dispersión y la persecución de los brújanles
garibaldmos.=Ikima 5 de octubre. = K a n z le r.» El
general Courteu comunicó á los suyos la palabra
soberana con la siguiente orden del dia;
«Oficiales, subalternos y soldados.
«¡Soldados! En el hecho de ayer 5 del actual fui
testigo del valor y de la abnegación que demostra­
ron todos los cuerpos que en él tomaron parte.
»Despues de un vivo combate de tres horas, li-
brásteis á Bagnorea de las hordas garibaldinas, que
la oprimían desde algunos dias. Vuestro grito en el
momento de la acción fue ¡Viva Pió IX! Y con otro
igual os acogió rebosando de alegría la fiel poblacion
de Bagnorea.
»El Santo Padre, nuestro adorado Soberano, se ha
dignado manifestar su satisfacción por vuestra con­
ducta brillante, bendiciendo á los jefes y á todos los
soldados.
«¡Oficiales,subalternos y soldados! Estoy contento
de vosotros, y me considero feliz por mandaros.
«El general comandante de la primera subdivi­
sión, R . de-Coarten.*

XXV.
L a s disputas garibaldinas antes de B a g ­
norea.

Aquellos pocos cañonazos del 5 de octubre parece


que resonaron mas estruendosos en la garibaldería de
Florencia que en las puertas de Bagnorea. Fue una
agua santa llovida sobre una porcion de energúme-
TOHO J, 2íí
354
ríos. Por lo demás, aun sin esto, ios políticos ponían
tín tumulto la Italia entera. Comprendamos, empero,
que el pueblo es una cosa, y otra las disputas de la
hez del mismo. La nación italiana se decidía resuel­
tamente por la causa papal, esperaba los verídicos
boletines de la guerra con imponderable ansiedad, y
aplaudia la próspera fortuna de las armas de los cru­
zados; á los búrdeles de plaza 'agrupábanse los come­
diantes de costumbre, instigados por los empresarios
de cajón, como sucede en todas partes y siempre, en
los movimientos que no son naturales, impuestos á
las poblaciones á fuerza de imposturas y de bribo­
nadas. Isingun sabio apoya sus juicios en lo que ha­
cen las naciones durante un vértigo. Quien hubiese
juzgado á la Francia por las hordas que pasaban de
las obscenidades de la diosa razón á las matanzas de
los monstruos del 93, hubiera debido compadecerla y
considerarla como un pueblo de caníbales, habitante
en una gran selva entre el Iíhin y los Pirineos, sepa­
rado para siempre de la historia de la civilización
cristiana. Y con todo, al dia siguiente, cuando el pri­
mer Cónsul abrió de nuevo las iglesias, el pueblo
francés invadiólas casi con furor, arrodillóse sobre lo¿
antiquísimos mármoles, y oró largamente delante de
los altares profanados por los tiranos. Aquel solo dia
justificó á la nación en la presencia de la sociedad
humana.
Con mucha mayor razón deben cesar las calum­
nias contra la nación italiana, por haberse oido en
octubre último voces de fieras silvestres, imprecan­
do todo lo que sobre la tierra existe de sagrado. E*
imposible que entre veinticinco millones de personas
piadosas no se halle, mayormente en las grandes ciu­
dades, una escoria de hombres perversos ó seduci­
355
dos, prontos á perturbar el orden y á cometer atroci­
dades, si los deja en libertad quien los tiene encade­
nados. Londres quedaría en poder de los roughs, si los
agentes de la policía se cruzasen de brazos un solo
dia. ¿Qué sucedería en las demás capitales si faltaran
un solo dia las bayonetas?
Y en Italia, no solo se quitaba todo freno á la ple­
be, sino que se la incitaba, y recibía dinero además
para que vociferase contra el Santo Padre. Tal era
la obra secreta de los que mandaban en la nación.
Solo que los hombres que andaban en ella, según el
perpétuo destino de la Italia sectaria, fueron tan
poco cautos en ocultar su propia perfidia, que resul­
taron al mismo tiempo picaros, viles y bobos. Si el
sacrilegio pudiera llegar á ser asunto de comedia,
Urbano Rattazzi podría vanagloriarse de haberlo
conseguido. Procuró, como todos saben, repetir en
Roma el juego del 62 en Sicilia, con la diferencia de
que entonces cedió á las órdenes del gabinete de Pa­
rís é hizo disparar contra los garibaldinos, y aliora
intentó ceder á los garibaldinos, engañando ó vio­
lentando al gabinete de París -
Como llegó primero á Florencia el parte telegrá­
fico de la prisión de Garibaldi, los jefes del partido
fueron á ver á Rattazzi, su natural consejero. Las
palabras que se pronunciaron entonces no ’son cono­
cidas, pero en resumen, discurrían ellos de la si­
guiente manera:—Ahora se ha hecho un gran sacri­
ficio: es preciso recoger el fruto sembrado, pero en
el ínterin es muy doloroso que debamos llegar á tal
extremo.
—¿Qué quereis? respondió Rattazzi: ä mí me han
tirado por los cabellos. Había jurado y perjurado al
emperador que la invasión era una fantasmagoría
356
de los sacerdotes, y me hizo decir terminantemente:
«Basta ya: sé dónde están los depósitos de las armas
garibaldinas; he aquí la lista, los nombres y los ape­
llidos de los jefes: lo sé todo.« Comprended que me
conviene meter poco ruido. Ahora os toca á vosotros
ayudarme á mover las tropas del rey, y á concluir la
comedia: en cuanto á mí, no puedo hacer mas que
el personaje del tirano. Haré secuestrar aquí y allá
algunas cajas de fusiles, que os restituiré con usura:
haré coger algunos garibaldinos de los mas tontos,
dejando pasar á los mas hábiles....* En suma, voso­
tros me comprendéis.
—Comprender es una cosa y aprobar es otra: es­
tas ficciones con nuestros hermanos podrán produ­
cir muy mala impresión.
— ¡Hombres, magníficamente! Esto es lo que quie­
ro: que chillen y que se crean perdidos y asesina­
dos. Hasta vosotros debeis trabajar en este sentido......
—¿Y si Kapoleon exigiese una declaración formal
de renegar de nuestro Garibaldi?
—Le mando .dos. Copio á Cavour. «El abajo fir­
mado, de orden de S. M., no vacila en declarar que
el gobierno del rey es completamente extraño á
cualquier acto del general Garibaldi, e tc .; y que el
real gobierno no puede menos de desaprobarlo for­
malmente.— Cavour.= 2 6 de mayo de 1860.» Com­
prended que cambiaré la fecha.
—Y cuando hayan aumentado los nuestros en la
provincia de Yiterbo, ó bien...**
—Entonces diré que soy arrastrado, violentado, y
copiaré á Cavour: «Ninguna fuerza puede impedir
que del mediodía y del norte de la península, milla­
res de italianos acudan en auxilio de sus herma­
nos.:=Cízyour.— 14 de setiembre de 1860.»
357
—Bi despues vencemos......
—iSi venceis ¿lespues! Mirad, aun cuando solo
consig'uiéseis conquistar la hostería de Córese, ó Ca-
nemorto, os cubriré de condecoraciones, de laureles
y de dinero. Tengo ya preparado el decreto: «Se
combatía por la libertad en Sicilia (pongo aquí, por
ejemplo, Canemorto ), cuando un valiente guerrero
amigo de la Italia y mió, el general Garibaldi, cor­
ría á su ayuda. Eran italianos: yo no podia ni debía
contenerles. = Victor M anuel.=Il\ibvica.do, Cavour .= .9
de octubre de 1860.» ¡Ved qué modelos! Hasta las fe­
chas convienen poco mas ó menos. Solo hay que ha­
cer alguna enmienda leve, echar encima la salva­
dera, y el honor quedará en salvo......Ahora, fuera,
id, representad bien la indignación del pueblo italia­
no, y ved de hacer una linterna mágica á propósito.
Acerbi, Cairoli, Fabrizi, Crispí y otros de la com­
pañía miráronse, y despues dijo uno de ellos:—Aquí
es preciso comenzar con una protesta ruidosa......
Rattazzi:—Dejadme solo concluir la nota para la
Gaceta oficial. Os prestaré despues mi pluma, y po­
dréis escribir vuestra protesta aquí, sobre mi escri­
torio: mis palabras serán faramalla, y las vuestras
serán pólvora para los patanes.—Y seguía escribien­
do, y guiñando el ojo; «la franca y precisa declara­
ción de estar firmemente resuelto á cumplir su deber
y á mantener la fe dada» (1) Anadia despues, sol­
tando la carcajada:—Si no sé violar esta fe, no me
llaméis mas Urbano Rattazzi.
Todo esto, tomado en conjunto, es pura historia.
Así comenzaron las protestas, las amenazas, las
demostraciones de dolor patriótico, y los gritos por la

U) Gazz. Uff., i set.


358
captura del Héroe de los dos mundos. Los garibaldi -
nos salieron del gabinete de Rattazzi con las manos
en la cabeza, en señal del dolor tremendo que les cor­
roía las entrañas. En menos tiempo del necesario para
decirlo, estuvieron los actores y las comparsas en su
sitio. Las esquinas cubríanse de furibundas exclama­
ciones. Ciertos guardias nacionales se arrancaban el
cinturón militar, del cual estaban grandemente has­
tiados, y lo arrojaban lejos de sí. Los Jcafés, comen­
zando por el Doney de Florencia, y las tabernas, lle­
garon á ser fraguas infernales de patriotismo. Los for­
jadores de la independencia italiana fueron llamados
por sus propios jefes, los cuales les manifestaron lo
que debian hacer; de ahí los grupos, los silbidos y
las griterías: los vagos y los curiosos uníanse á la
turba tumultuosa, y la seguían como un rebaño de
ovejas, para ver el espectáculo, que consistía en de­
cir mil villanías contra Rattazzi, en insultar las es-
tátuas del rey, en conducir procesionalmente, en ho­
nor de la Francia, horcas que eran saludadas con
gritos de fiera, y en otras demostraciones parecidas
de civilización progresiva. Despues salían á la calle
cuestores con banda, síndicos con gran divisa, mili­
cianos de la guardia nacional, gendarmes, bombe­
ros, alguaciles con uniforme, y alguaciles con traje
de paisano. Luego lamentaciones fijadas en las es­
quinas y redobles de tambores; se toca generala;
por aquí viene la infantería y la caballería por allá;
mírase á una parte y óyese decir: sálvese quien pue­
da; en otra se descubre que toman también las de
V i l l a d i e g o ; en todas p a r t e s palos, pedradas* d e s o r ­
den era: un infierno capaz de dar vahídos á una es~
tátua de bronce.
Rattazzi, que liabia regulado, dispuesto é indica-
359
tío el justo límite de cada tempestad, hacia de padre
noble, indig-nado de los caprichos de sus hijos. Lla­
ma á las autoridades de Florencia, y las dice: —¡Ved
la conspiración fraguada ocultamente contra mi! Y
no lo merecía, porque he hecho prender á Garibaldi,
violentado por la necesidad suprema del país, con
las lágrimas en los ojos, con la quiragra en las ma­
nos..... compadecedme.
— ¡Habéis hecho bien! exclamaron aquellos, y
algunos, que no le habían entendido, dijeron en voz
mas alta que los otros: ¡Muy bien! ¡No se podía pro­
ceder mejor.1 ¡Obrad siempre así! Lo que hacéis» no
lo liaría mejor Salomon.
Las gloriosas zarabandas de Florencia copiáron­
se fielmente en Alejandría, en Siena, en Yerona, en
Pistoya, en Pádua, en Ferrara, en Ñapóles, en Mi­
lán y en toda Italia, En unos puntos mas duraderas,
y en otros ahogadas en su nacimiento; en unos muy
ruidosas y en otros muy raquíticas; en unos mas ca­
lientes y en otros mas frias, según las condiciones
atmosféricas. En Tarín, en la pacífica y sensata Tu-
rin, la cruel estrella de Marte turbaba á los estu­
diantes, y con su influencia prepotente los sacaba
de la escuela, y los conducía por el camino de la
gloria, á meter ruido con las banderas. Marchaba
el tumulto por la calle de Dora Grossa, 110 sabemos
si mas cerca de la puerta Susa ó de la plaza Cas­
in o . Solo cuentan las historias que en un piso ter­
cero vivía una mujer que no pensaba como aquellas
gentes. Habiendo oído pasar la batahola bajo su
ventana, comprende que sus ideas están comprome­
tidas; se conmueve, se altera, pierde la paciencia,
jura tomar la ofensiva» y corre á empuñar las ar­
mas.
360
—Ana, dice gritando á la sirvienta, Ana, trae
aquí fusiles, pistolas, piezas de campaña......
—Señora, solo tengo las tijeras, y un alfiler
grande.
—Las encontraré yo.
La mujer deseaba el fuego griego, los carros fal­
cados, los torpedos, los obuses, el rayo; miraba á su
alrededor con ojos ardientes, y como el furor inventa
las armas si 110 existen, vió un vaso cubierto en un
sitio determinado. La señora se .dobla los puños,
coge el arma por el mango, y p ía ff,.... sobre los de la
demostración.
Los balcones estaban atestados de cabezas: con­
siderad la risa inextinguible. Los heridos miraron al
tercer piso, y prorumpieron en imprecaciones con'
tra la heroína enemiga. Enjugáronse despues ca­
llandito, y siguieron á lo espartano la bandera. Pero
no perdonaron el insulto hecho á la patria: cuatro
de los peor tratados, se dirigieron aquel mismo dia á
la redacción de un periódico, y redactaron una pro­
testa contra la rociada artificial, declarando que no
habían sido ensuciados con buena intención, y que
habían arrojado aquel líquido sobre su cabeza (¡qué
penetración!) con el propósito indudable de hacerles
un desprecio . La Gazzetía del popolo (era este el perió­
dico) se ofendió altamente, como requería el caso
terrible, pero, siempre magnánima, refirió el hecho
callando los nombres.
Hubiera sido este uno de los acontecimientos mas
memorables de la captura de Garibaldi, si Génova no
mereciese las primeras alabanzas. Existe allí un Co­
mité democrático fem enino, terrible arnés para comba­
tir la prepotencia de los tiranos. Oanzio, Burlando,
Mosto, y en fin, todos los garibaldinos genoveses mas
361
talludos no sirven para descalzar al comité femenino.
Una de las capitanas, al saber la prisión del gran pa­
triota, pénese la casaquilla encarnada, y corre á
buscar á las comadres vecinas.
—¿No sabéis que Garibaldi está en la cárcel?
— jEn la cárcel! <;el grande, el sumo (1).«
— ¡'Oh! no sé qué decir; «han detenido su marcha,
y lo han echado en una prisión.»
—Si es asi, nosotras permaneceremos siempre
'alejadas de la madre pátria, de la tierra de Lucre­
cia, de Cornelia, de Clelia.»
— «El llanto y la indignación por el arresto vio­
lento quedarán esculpidos siempre en nuestro co­
razón.»
—Pero considerad que no está muerto, de ningún
modo: mañana ó pasado mañana lo pondrán en li­
bertad.
— «Y no podremos menos de exclamar con ale­
gría: Garibaldi está bueno, Garibaldi está libre;
basta.»
—Oh, sí, las exclamaciones son hermosas y bue­
nas; pero convendría que hasta él las oyese: reuná-
monos en consejo.
—Reunámonos en consejo.
—Dicho y hecho; las intrépidas consejeras se po­
nen en marcha con el fin de buscar á otras señoras.
Porque es de saber que, según nos dice un periódico
bribón de Florencia, militaban muchas señoras bajo
aquel estandarte. En un instante se reunieron en gran
número; faltaba solo la presidenta. Siéntase la secre-

(t) P alabras au tén ticas de la exposición su scrita por la c ita ­


da señ ora Leonor líu rclli, presid en ta; suyas son tam bién las
siguientes que van en tre com as.
362
taria en el banco, y con talante militar quínase la
cofia, y abre la sesión.—Tiene la palabra la hermana
B erta.—Once se levantan á perorar, y ensartan su
discurso tan fácilmente, que parecía una carrera de
caballos.—La secretaria toca la campanilla. — ¿Qué
campanilla? Aquí no hay que decirnos nada; es pre­
ciso que vayamos en cuerpo á ver á Garibaldi..., No:
basta una diputación de las mas ancianas del comi­
té .—Mejor de las mas jóvenes, porque la Italia joven
está en peligro.—Sí.—lío.—Yo iré de mi cuenta: na­
die puede impedírmelo.—La secretaria no debe ocu­
par la presidencia.
—Elijamos otra,—¿Quién?—Y o.—y o .—Debe serla
de mas edad.
—¿Quién es la mas vieja? gritó una pisaverde. Fuá
como si hubiera caído un rayo; el gallinero quedó un
momento silencioso, sorprendido y consternado. Nin­
guna quería ser ya presidenta. Una, á la cual todas
las diputadas volvían los ojos y otorgaban el honor
d éla presidencia, llena de cólera dejó escapar un: —
¿Qué? Tengo solo treinta y cinco.
—Sin contar los de las zapatillas.
—No señora, yo no cubro las arrugas con nada.
—Pues yo no llevo nada debajo de las trenzas,
yo.—Y yo aquí.—Y yo allá.—Y estaban á punto de
pasar de las palabras a los hechos. Se habían ade­
lantado con las uñas preparadas, hacíanse muecas, y
las lenguas andaban como aspas de molino, cuando
entró con paso grave y solemne doña Leonor Bure-
llij presidenta.
La presidenta:—¿Así, hé?
—He ha llamado vieja; y mostraba á la rival con
el dedo.
— iElla me ha llamado fea!
363
—¿Qué importa? Cuando la pátria está en peli­
gro......
—Quisiera saber lo que haríais si os llamasen
vieja fea.
—Calla, parlanchína* en los momentos solemnes
de la patria, debe concluir la guerra civil. La Italia
va á perecer si no dirigimos un m ensaje á Garibaldi.
—Pero ¿quién lo llevará?
—Escribámoslo primeramente, y pensaremos des­
pues en lo demás.—Y comenzó á dictar; la secreta­
ria escribió, firmó la presidenta, y la Italia vió com­
parecer, para alivio de sus amarguras, un documen­
to auténtico, en el cual se anunciaba que en sus do­
lorosos infortunios, la pátria podia contar siempre
con un comité democrático fem enino, constituido p ere n ­
nemente, y capaz de remitir á Garibaldi un mensaje
de posesas.
¿Será preciso decir que los periódicos garibaldi-
nos elevaron á las nubes aquel juego de palabras1’
No hay que maravillarse; en aquellos dias los perio­
distas no razonaban mejor que el comité femenino.
JjA m ico di Bologna, en un rapto de pindárica deses­
peración, aullaba: «¿Quién lo hubiera creído? Es un
hecho sin embarg*o. El Leon de Caprera, el Héroe de
dos mundos, el hombre que no tiene igual entre los
vivientes, está hoy en poder de otros, y retenido pri­
sionero en la fortificada Alejandría,« A muy pocos
pasos del comité, publicábase el D overe, aquel pia­
doso diario que va pronunciando oráculos, y espern
que «la Italia...... encontrará con la sonda el hierro
antiguo para entibiarlo en la sangre de los Galos,
que ofenden hoy brutalmente el honor y la paciencia
del país.« ¡Cuántas vilezas no estampa el Dovere con
jactancia infinita! Nosotros no las consignamos, ni
364
consignamos las de otros, para no ofender brutalm en­
te el honor nuestro, y la paciencia de los lectores. Bas­
te decir que un diablillo loco atravesaba lleno de fu­
ror la Italia entera, comentando las desvergüenzas
de Garibaldi, charlatan número uno.—Garibaldi de­
cía: «He dado dos coronas al Rey, Nápoles y Sicilia;
y me reducen á prisión.« Apenas estuvo en la forta­
leza, suscribió un artículo donde se leia: «Los roma­
nos tienen, como los esclavos, el derecho de levan­
tarse contra los déspotas.» Disparaba por ese estilo
pistoletazos, y daba cuchilladas con la pluma, conclu­
yendo con una orden perentoria de desembarazar el
camino de la fraternidad humana de su enemigo mas
abominable, el Papado, Al marchar á Caprera, ju ra­
ba á la turba de sus favoritos: «Roma será nuestra á
despecho de todos los diablos vestidos de sacerdote ó
de Bonaparte.» Desde Caprera expedía para refuerzo
una carta llena de sollozos ridículos, y la consignaba
en las manos de madama Mario. ¡Siempre mujeres!
Mientras en Italia se irritaban así fingidamente
Garibaldi, los garibaldinos y las garíbaldinas contra
un acto, como dijeron en sus protestas, de que ape­
nas hay ejemplo en las infamias de las tiranías mas
crueles, fuera de Italia periódicos dignos, periódicos
ministeriales, periódicos oficiosos y periódicos secta­
rios de todos colores y matices, alababan extraordi­
nariamente la determinación de Rattazzi, calificando
su política, en el hecho á que nos referimos, de muy
discreta y de muy sábia. Parece maravilloso este
acuerdo, que tiene su razón de ser. Los periódicos de
buenos principios creían que la Francia había forza­
do á Rattazzi á obrar, y esperaban que desistiría este
de la agresión; los aduladores de oficio, sobre todo
en Francia, encarecían, según costumbre, la obra de
365
su señor; los enemigos de Roma celebraban la ficción
del ministro sectario, por juzgarla muy ¿propósito
para calmar la indignación del pueblo francés, y
contener el torrente de los voluntarios que m archa­
ban á la defensa de Roma; la defendían principal­
mente porque el crimen difícil siempre de realizar
por un golpe de mano de Garibaldi, se perpetraría,
seguramente si se confiaba á los ministros italianos.
Tal intención se trasluce, y está confesada explícita­
mente por los periódicos ingleses (1).

XXVI.
L a s disputas despues de B agnorea.

Calmadas un tanto las disputas por haber desa­


parecido Garibaldi de la escena, vinieron otras mas
terribles. Habia corrido la voz de que el gabinete
francés, renegando y maldiciendo la manifiesta in­
vasión de los estados pontificios, habia permitido y
aprobado la insurrección interior contra Pió IX. En
su virtud todos los sátrapas del partido diéronse á
prepararla y á convertirla en un hecho: la Agencia
Stefani recibió la orden de anunciar por el telégrafo
á toda Europa la insurrección; cien periódicos revolu­
cionarios exclamaban todos los dias: ¡se han levan­
tado!
,.La Platea: «La revolución es inminente en Roma.»
¿torna: «En Florencia corrió el dia 28 (set.) la voz
de una violenta insurrección en Roma.»
Diriíto: «Se habla de una insurrección que ha es-

(1) Times, 28 de setie m b re de J867; Daily Telegraph del m ismo


dia.
366
tallado en Roma.» Y en breve liada oír el cañón, por
medio de un parte telegráfico misterioso. «Nerola 5
de octubre. ¡A. la una de la noche! Oyense repetidor
cañonazos por la parte de Roma. Los voluntarlos
avanzan de todos los puntos, y los poutificios des­
guarnecen la provincia, concentrándose en la ciudad
contrastada. Es inminente un suceso decisivo.» ¡Pen­
sar que se dedicaba el· pueblo en Roma á los placeres
del otoño, y que el ministro de las armas no había
creído aún necesario llamar á los soldados que tenían
licencia, cuando los periódicos sectarios y la Agen­
cia Stéfani atronaban con estas bufonadas á toda la
Europa!
• Opinione: «Roma parece convertida en un campo
de batalla.»
L a Ga%zetta de Genova sabia los detalles y los nom­
bres de los jefes de la insurrección romana: añadía
que los garibaldinos estaban dispuestos á socorrer á
los insurgentes, y que Garibaldi ■«abandonará su
roca, y se pondrá volando á la cabeza de sus volun­
tarios. ^ Otros periódicos afirmaban que tenían sobre
su escritorio la lista de los señores del gobierno pro­
visional de Roma. Esto era poco, y queríanse además
provincias levantadas y victorias: se hallaron real­
mente.
Agenzia Stefani: «En la provincia de Viterbo hay
algunas bandas de insurgentes. Una, compuesta de
ochenta jóvenes, rodeó en Acquapendente el cuartel
de los gendarmes......En Yiterbo reina una gran agi­
tación.»
Opinione: «Ha comenzado el movimiento en Orte.»
E l B om a: «Los insurgentes se baten y vencen. El
entusiasmo de las ciudades ha llegado á su colmo.
Muchos puntos de la provincia de Yelletri están ocu­
367
pados por las bandas de los insurrectos......Velletri se
ha pronunciado. Quinientos voluntarios la cus­
todian.»
C orriere dalle M arche; «Asegurase que los cara­
bineros pontificios, los militares extranjeros y los
guardias de seguridad pública se han retirado al ter­
ritorio italiano, abandonando sus puestos, habiendo
sido arrojados por las columnas de los voluntarios.
Testigos oculares dicen que han viajado con ellos
hasta Foligno.»
Di ritió: «Menotti Garibaldi ha entrado en Monte-
fiascone...... Los soldados pontificios han huido en di­
rección á l'íoma.«
Comitaio d'inaurrez-ionc viterbese: «La bandera na­
cional ondea sobre los muros de esta ciudad (Viterbo,
m ios países de la luna) y en varios puntos de la pro­
vincia...... Aquí se combate y se muere por la com­
pleta unidad de Italia. Ko permitiréis que se renue­
ven las matanzas de Perusa, ni que extranjeros asa-
lanados por la tiranía vengan á ocupar nuevamente
nuestro territorio. Ayudadnos, hermanos, y cantare­
mos en breve sobre el Capitolio el himno de la vic­
toria.»
II C ourrier frain'ah, periódico garibaldino de París,
seguía el mismo camino qué los garibaidinos de Ita­
lia, y no estaba satisfecho sí no pregonaba cada dia
un par de victorias de su Héroe. En el país de Pulci-
nellasc recogían las victorias á sacos, á montones,
á carretadas, porque no habia en él gabelas.
Pololo d'Italia: «Canino y Monteíiascone están en
poder de los insurgentes. Anagni se ha pronuncia­
do, y las tropas pontificias que fueron de Ferentino
para reprimir el movimiento, han sido rechazadas
con grandes pérdidas.«
308
Indipendente; «En los alrededores de Roma está
Menotti Garibaldi á la cabeza de 500 jóvenes. Un
destacamento de línea que salió de Roma precipita­
damente, ha sido batido por completo. En Córese una
banda de insurgentes tuvo un encuentro con los zua­
vos mandados por el general Charette, y-fueron der­
rotados. Otras dos compañías de zuavos fueron bati­
das en Latera. En los hechos de Acquapendente y
Bagnorea, las tropas pontificias habrán sufrido la
pérdida, entre muertos y heridos, de unos doscientos
cincuenta hombres.»-
A este paso, todos los dias que salia el sol, aquellos
buenos charlatanes embusteros marchaban entre
victorias al Capitolio. Es una diversión leer de nuevo
lo dicho por aquellos matachines. La Italia de Pulci­
nella tenia también la manía de las deserciones: á
todas horas desertaban los soldados pontificios por
compañías y batallones formados con banderas y ba­
gajes; los zuavos desertaban en parte, y eran en par­
te divididos en trozos, ó se fugaban con las bayone­
tas en los riñones: faltó poco para que no desertase
la cúpula de San Pedro del brazo con la roca Tarpe-
ya. E l Popolo d*Italia , mas rápido aún en sus movi­
mientos, habia conquistado ya en los primeros dias
de octubre, nueve villas y ciudades solo en la pro-
vincia de Yiterbo, y las tenia bajo su cetro de pluma
de ganso: habia reducido k prisión doscientos gen­
darmes pontificios, muerto ochenta soldados de línea,
recibido compañías y mas compañías de desertores,
y pasado con la espada un cuerpo de 2.500 soldados
del Papa, con tan horrendo destrozo, que fueron muy
pocos los que se salvaron de aquel periódico, mas que
homicida* A creerle, hubiérais dicho que el Papa te­
nia el ejército de Jerges, solo por el placer de enviar
360
cada dia un regimiento con el fin de que lo acuchi-
liasen.
Garibaldi exclamaba desde el olimpo de Caprera:
■"¡A los italianos! Se combate eu la tierra romana.—
No escucheis palabras de duda cobarde,—Moveos.» —
Escribía también al diputado Acerbi, nombrándolo
su lugarteniente para la invasion; y poco despues,
conociendo que era un mal gusano, decía por el
telégrafo á los romanos: «Pongo la dirección de la
empresa en manos de mi hijo Menotti, en la certeza
de que sabrá vencer ó morir en su puesto.» ¡Debili­
dad propia de padres viejos! Meuotti huyó, y huyó
siempre: en Mentana huyó con el ilustre autor de sus
dias. Cuando llegó la carta á los romanos, inserta en
los periódicos sectarios, los garibaldinos habían sido
ya derrotados en cinco ó seis facciones.
Esto no impidió que Garibaldi se mostrara com­
placido por los admirables triunfos que conseguían
con el deseo. Dirigióles desde Caprera un saludo de
índole tan sublime, que queremos referirlo por ente­
ro. Servirá para esculpir en la historia el carácter
del Héroe de los dos mundos, y para mostrarlo como
es, á saber, digno de todas las casas de locos que hay
en la tierra.
«¡Salve, ó vencedores de Acquapendente y de B ag -
norea! Los mercenarios extranjeros han huido al
presentarse los jóvenes y valerosos campeones de la
libertad italiana; v los matachines sedientos de san­
gre, han probado la exquisita generosidad de los so­
berbios vencedores.
»A vosotros, sacerdotes, refinadores y maestros de
cárceles, de tormentos y de hogueras; á vosotros, que
bebeis en el cáliz de vuestras mentiras la sangre de
los libertadores con el placer de la hiena; á vosotros
TOMO I-
370
se os perdona! y se perdona á vuestros verdugos asa­
lariados, cieno pestífero de todas las cloacas de la
Santa Alianza.
»Italianos, moveos; esta es la hora mas solemne
de vuestra existencia política y la mas decisiva.
»No ceseis de protestar continua y enérgicamen­
te contra los bellacos instrumentos de la tiranía ex­
tra n jera .
«Recordadlo: os harán promesas de oportunidad, de
tiempos m ejores ...... ¡Mentiras!...... ¡No les creáis! ¡Os
engañarán por la centésima vez!
»En fin: armaos, y no envaineis el acero hasta que
no veáis tremolar vuestra bandera sobre las siete co­
linas, y enviados á sus señores los negros rufianes
del despotismo.
11 Caprera 8 de octubre de 1867.=/. Garibaldi.»
En tanto que este estruendo de insurrecciones y
de victorias asordaba el mundo, la verdad se abria
paso lenta y trabajosamente, y los trujamanes de la
gloria garibaldina, advertían que los laureles distri­
buidos se trasformaban en acelgas, y que era preciso
preparar una retirada, con el fin de no hacer reir mas
á carcajada tendida.
P erscveranza: «Esta mañana se han hecho correr
voces tristes por demás, ¡Ay de mí! los pontificios se
las prometían muy felices.»
Gmzetta del popolo: «El tiempo lluvioso ha impe­
dido movimientos decisivos.»
Gazzetía di Genova: «Los insurgentes tienen armas
pésimas, carecen de las cosas mas necesarias, y has­
ta de dirección, porque Garibaldi está en Caprera.»
Ga%%etta d'ítalia: «El movimiento ha sido intem­
pestivo..... seamos cautos en acoger todas las no­
ticias.»
371
Otros, atizados por Rattazzi, aparentaban atizarte
;í él. «Que 110 se ha j a Rattazzi ilusiones (así amena­
zaba el g’aribaldino Conte Cauour): conviene subir al
Capitolio, ó precipitarse desde la roca Tarpeya.» Y
algunos dias despues, acordándose de que pedían una
cosa en París y ele que hacíase lo contrario, reprendía
ásperamente al emperador. «Nos gritáis en alta voz
desde las riberas del Sena: P erm aneced en Florencia; y
nosotros respondemos desde las del Tiber: Vamos á
Roma. Y por si despues de las palabras trataseis de
acudir á los hechos, acordaos de que, como fuisteis
impotente para borrar la afrenta de Sadova, impo-
tente sereis también para impedir la entrada de los
italianos en Roma.» L a Perseveranza, órg-ano oficioso
de Rattazzi, daba por segura la entrada de las tropas
reales en el territorio pontificio: los diarios oficiosos
del gobierno francés respondían de rechazo: «No sola­
mente no ha pasado el confin el ejército real de Víctor
Manuel, como se aseg*ura, sino que es imposible que
lo.pase.» E l Galiani, de Chieti, escrito en el idioma de
los centauros, tanto mas ameno cuanto mas airado,
así sollozaba. «¿Porqué no se quiere que los patriotas
que se levantan, reciban auxilio contra aquella hor­
da de mercenarios extranjeros y de aquellos faquines
que se llaman zuavos?«
Ciertos periódicos mas radicales iban á buscar de­
rechamente la raíz del mal, y para distraer al señor
de Francia de las cosas de Roma, lo suponían reñido
con la Prusia. La GazzeUa d’Italia decía en alta voz:
«Varias potencias hacen las ofertas mas ventajosas al
jobierno italiano para separarle de la órbita de su
política,» Otros hablaban mas claramente aún. «En­
contramos en nuestra correspondencia (habla L a R i-
forma ), que por disposición del ministerio prusiano se
372
lia distribuido á los oficiales de todas las armas un
diccionario de bolsillo francés-austríaco, y un mapa
militar que señala muy cuidadosamente las provin­
cias orientales y septentrionales de la Francia.« No
contentos los periodistas con conquistar la Francia
por medio de golpes de diccionarios y de mapas, se
habian desembarazado ya de Napoleon III. «Napoleon
está enfermo, y peor para él, para él solo!» Así ha­
blaba el Genova.
Y era, sin embargo, delicioso ver los movimien­
tos de estos títeres, que nunca supieron apaciguar
los ánimos en tiempo de paz ni combatir en el de
guerra, ni en ninguno mostrarse justos ó injustos,
sin aquellas niñerías que suelen avergonzar hasta á
los malvados. Para ellos, hablar y mentir es una mis­
ma cosa. Tenían precision de dar importancia á las
primeras empresas, y he aquí una multitud de en­
cuentros, de luchas y de asaltos, en todos los que sa­
lían victoriosos y triunfantes, mientras algunas ban­
das procuraban ganar el confín, dispersadas ó bati­
das. Era necesario también animar á los necios para
que tomasen las armas, y he aquí á los periódicos
atronarnos con las deserciones de los pontificios, y
con los cuentos de poblaciones que cubrían de ñores
á los insurgentes, de gendarmes que se pasaban á
Iqs garíbaldinos, y de zuavos que decían: Viva Gari­
baldi- Convenia azuzar las pasiones del vulgo, y he
aquí las calumnias atroces contra las tropas, y con­
tra los oficiales pontificios, presentados como verdu­
gos de los prisioneros, y contra el Santo Padre, á
quien atribuían el propósito de destruir ¿ Roma con
las bombas. Importaba dar á entender que la R a n cia
era cómplice, y he aquí comunicada la noticia á to­
dos los jefes, gritándose por lo tanto en toda la Italia
373
y fuera: «Ha prometido la Francia no intervenir.-
[Eternamente mentirosos! ¡Eternamente viles!
Rattazzi, mas embustero él solo que los demás
juntos, mentía con todos y siempre. A los garibaldi-
nos republicanos los engañaba, diciendo:—Obrad;
estoy con vosotros.—A los garibaldinos constitucio­
nales los engañaba diciendo:—Estoy de acuerdo con
la Francia.—A la Francia la engañaba diciendo: —
He rodeado los Estados pontificios de un vigilante
cordon de tropas, pero el pueblo se agita, y me
arrastra,
Ni la Italia se agitaba, ni existia el cordon ala­
bado. Ponderábase en alta voz la incomodidad de
tener cuarenta mil hombres alrededor de la frontera,
y sin embargo, el famoso cordon nunca llegó al nu­
mero de diez ó doce mil: los escrita del partido in­
dignábanse viendo que el ejército italiano hacia cen­
tinela al Papa contra la nación, según decían, y con
dispendios infinitos. La verdad es, que para la agre­
sión de la provincia de Viterbo, Acerbi formó en
Orvieto, y á vista de todos, sn primera base de ope­
raciones; Terni y Rieti se habían convertido en dos
campos militares para Menotti, que asaltaba la Sa­
bina; Nicotera, que se agitaba en el territorio napo­
litano, obró muy cómodamente al flanco de las tro­
pas reales apostadas en Pastena; ellas y los oficiales
del gobierno le proporcionaban y á los suyos provi­
siones, dábanles banquetes, y les hacían mil obse­
quios.
Ahora id, y contad tranquilamente las políticas
de estos titiriteros, embozados en capas de ministros
y pomposamente vestidos. La historia mas ajustada á
la verdad contábala un florentino del Mercado viejo,
quien al volver de la estación f atestada de garibal-
374
dínos armados y de cajas llenas de provisiones mili­
tares, iba diciendo en alta voz:—¡Y dicen que hay un
cordon en el confin que les impide pasar! Sí, sí, los
cordones son los que los dejan partir, y mas conloues
somos nosotros que pagamos a tales majaderos.

XXVII.
L a s disputas diplomáticas.

Querido Urbano Rattazzi.

París 9 de octubre de 1867.


«i\o escribo al ministro de estado, sino á mi am i­
go ürbanito: para ti, pues, y para madama Rattazzi.
Cuidado que la carta vaya con los papeles destina­
dos al Libro verde. Allí habrá ya sin esta un montou
de chácharas, Oye, mi vida es aquí un passio, y tú
entretanto haces en esa el dómine prepotente, sin
acordarte de mí, que me doy todos los dias á los per­
ros, y hago el diplomático. Querido, deja que desem­
buche un rato, y te coja yerros sobre yerros y des­
cuidos sobre descuidos. Por aquellos pocos cumpli­
mientos del- Moniteiir sobre la prisión de Garibaldi,
has perdido la cabeza, y has pensado sacar diez y
ocho con tres dados. He ido á besar el manípulo y á
tentar el terreno. El emperador no se ha dejado en­
gañar poco ni mucho por estas cosas. ¡Cáspita! co­
noce nuestros pecados veniales, mortales y origina­
les, como si le hubiéramos hecho confesion general.
Ha comprendido perfectísimamente que se le ha h e­
cho una burla: no son estos los Aspromontes que le
gustan. Hele dicho:
375
—Señor, este acto enérgico debe daros la medida
de nuestra lealtad.
Él: —No tantas habladurías: quiero hechos.—Tenia
el aire de un padre que dice á sus hijos: Ahora id y
estad quietos, porque si hacéis rarezas habrá golpes.
—Pero, señor, añadí yo, os habéis dignado ala­
barnos en el Monitcur por nuestra excelente con­
ducta en la escuela.
É l:—No por lo que hacéis, sino por lo que haréis.
En suma, es claro que ha creido deber imitar á
las madres fastidiadas de las rabietas de sus niños,
que se ponen á acariciarlos:—¿Por qué haces el malo,
hijo mió, siendo tan bueno? Yo estoy persuadido de
que allí no se le podía soplar debajo de los bigotes-
He procurado dar vueltas alrededor de los ministros:
; tiempo perdido! Para decírtelo sin rebozo, el fruto
de mi peregrinación á, sus palacios ha sido muy
poco. Tengo una gran conferencia con íiouher, pero
cuando se viene á la conclusion, me responde:—
Quiero todo lo que quiere S. M. el emperador.
—¿Y si quisiera mandarnos á la muerte?
—¿Qué necesidad hay de que vosotros existáis?—
¡Asi me contesta!
—Excelencia, he visto ahora al emperador: está
en buena......
™¿Os ha dado un cigarro para que fumáseis
con él?
—Esto no......
—¡Mala señal!
—No he querido importunarlo, porque me pare­
cía que estaba indispuesto; pero vos podríais aven­
turar una palabra en favor nuestro por aquel asunto
de Tolon.
—Explicaos: ¿qué asunto de Tolon?
376
—Hablo de aquella escuadra acorazada, dispuesta
siempre á salir......
—¿Qué mal os hace?
—¿Qué mal? poneos un poco en nuestro lugar*,
caro ministro, y. considerad despues si semejante lá­
tigo, siempre suspendido allí en el armario, no nfrs
debe amedrentar. ¿Qué creeis? nosotros italianos, fun­
didos en los moldes unitarios, distamos mucho de ser
los piamonteses de otro tiempo* Aquellos villanos de
entonces, bigotudos y bronceados, montaban la
guardia sobre los Alpes con el fusil cargado, daban
sendos golpes, y también los recibían. Ahora, por el
contrario, unidos como perros y gatos en un saco,
brillamos mas en la elocuencia que en las armas:
nos hemos convertido casi en mujeres. Vamos, sed
bueno, excelencia: ya que perdonamos al padre que
tenga el látigo, suplicadle que lo tenga escondido......
así, para nuestro reposo...... ¡Rogad por nosotros!
Estaba presente el simpático Lavalette; ayudába­
me diciendo:—Sí, sí, ¡pobres hijos! Rouher, rogad por
ellos.
Él, por el contrario, no sabia hacer otra cosa que
enfurecerse cada vez mas, y repetir:—Sed buenos,
y no se hablará de castigaros.
Júrote, Urbano, que aquí nos tienen en un zapa­
to. ¡Cuán cordialmente nos desprecian! Y para de­
cirlo de una vez, nosotros tenemos la culpa. Para
tratar como embajador italiano, debo todos los días
olvidarme de que soy piamontés. Antes de ir á las
audiencias hago una hora de ejercicio, con el fin de
disponer bien las vértebras para las contorsiones:
me inclino, me doblo, me pongo de rodillas, me hu­
millo, ando á gatas por el pavimento, me arrastra
por el polvo, y lamo todo lo que encuentro en tierra.
377
con el-fin de acostumbrarme á lam erlas botas de
aquellos señores: este ejercicio preparatorio apenas
basta á descoyuntarme lo necesario. Por fortuna
soy procurador de oficio, y tú, que eres abogado,
debes saber que los procuradores tienen no poco de
la anguila,
Duruy quisiera protegernos, pero no puede por­
que, como dice, no hay insurrección en Roma: se ha
visto claramente que los pueblos pontificios están
como una balsa de aceite, y que los garibaldinos lle­
gados de fuera, gustan tanto como el humo en los
ojos.—Haced un plebiscito, dice con insistencia,
haced un plebiscito civil, tranquilo, decoroso, en el
modo y forma que enseña el buen Barón Bautista
RicasoU: entonces os protegeré. Pero conspiraciones
mazmianas, repúblicas, irrupciones de fuera y á
mano armada, ¡Dios me guarde!
También vosotros estáis desorientados, contesto
yo: si allá no nos quieren, es absolutamente necesa­
rio entrar por el camino de las conspiraciones y de
las irrupciones. ¿No hemos llegado así á Módena, á
las Marcas, á la Umbría, á Toscana y á las Dos Si-
cilias? ¿Pues cómo quereis que no conspiremos los de
la Italia una? Está en nuestra sangre: nacimos cons­
pirando, y conspirando moriremos. Vosotros, que ha­
béis escrito la historia de las monas hasta nosotros,
no ignoráis ciertamente que desde el año 48, nues­
tros diplomáticos, en sus instrucciones, han encon­
trado siempre este artículo* primero: «Conspirad.»
Migliorati conspiraba en Roma, Villamarina conspi­
raba en Ñapóles, Boncompagni conspiraba en Flo­
rencia, y así sucesivamente: es de cajón. Cuantos en
el dia ocupan entre nosotros cierta posicion son
conspiradores: leed la lista de nuestros generales.
378
Persano, La Marmora, Pianelli, Pan ti, Henabrea,
Cialdini,. Durando, Pepe, Bixio, Medici, etc. ¿Hay
alguno que no esté manchado? ¿Y los ministros? Í3as-
ta nombrarlos: Gioberti, Cavour, Farini, Ricasoli,
Córdova, Minghetti, Peruzzi, Pepoli, Rattazzi: todos
de una estofa. Haber merecido una cadena, es casi
una condicion esencial para conseguir un ministe­
rio. Yo mismo, si no hubiese conspirado sin cesar,
ahora sería un procuradorcillo de cierta reputación,
y no tendría el honor de hablaros con casaca bor­
dada. Nuestro gobierno, en suma, no es mas que
una conspiración permanente: el emperador no pue­
de querernos, pues, desnaturalizados; deberia ver
gustoso que conspirásemos un poquito, y dejarnos
despues consumar la invasión á su tiempo, como lo
hemos hecho siempre.
Así he arengado, y ciertamente le he convencido,
aunque no persuadido. Me ha contestado lo siguien­
te.—Aunque así es, me lavo las manos. El empera­
dor os ha protegido bastante: ahora debe pensar en
su persona y en su dinastía. Es necesario que se
acuerde también un poco de la Francia que existe, á
su alrededor. De los periódicos franceses no teneis
uno favorable, á excepción de los comprados. Los
mariscales y los generales están contra vosotros: os
juro que si su magestad los llamase á consejo, no ha­
bría uno, uno solo, que os manifestase simpatías.
Tiene además llenos los bolsillos de vuestras criatu-
radas. Sabe todas las caricias que andais haciendo
al señor Usedom, al dia siguiente, por decirlo así,
del en que el emperador de los franceses os ha dado
á Venecia en premio de Lissa y de Custozza. Si os
dejase obrar á vuestro capricho, sobrevendrían des­
gracias mayores que las de Méjico y de Sadowa; den­
379
tro de poco estaría Mazzini en el Capitolio, y Luis
Blanc y Félix Pyat á las puertas de las Tullerías......
Lo siento por vosotros, y lo siento en el alma, por­
que siempre fui de los vuestros; pero ahora quereis
demasiado, si en vez de un plebiscito legal, intentáis
que se os deje la brida en el cuello para conspirar é
invadir libremente.
Figúrate, querido Urbano, lo que será Moustier
si Duruy habla de este modo. Baste decir que Mous-
tier es un hombre de bien. Ku las reuniones de
palacio me trata con finos modales, me atusa los bi­
gotes, у ше coge por los carrillos; pero si estando á
solas le hablo de relegar al olvido la convención, me
contesta muy duramente. Quisiera que tratases tu
con ellos por via de ensayo, aunque fuese una sola
vez: pedirías al momento ser trasladado A Inglaterra.
Yo, 110 ; aquí estoy y estaré siempre, mientras la pa­
tria exija que yo preste mi bigote para los malos tra­
tamientos. Me pone uu gran dilema:—O el gobierno
italiano se juzga comprometido por su firma, ó no se
juzga comprometido. En el primer caso, aténgase á
lo hecho: en el segundo sois caribes, hurones, bes­
tias salvajes. ¿Por qué pretendeis llevar chupas y cal­
zones? Es preciso meteros la muserola y la cadena:
si 110 basta, os aplastaremos á golpes.
—No te figures que nada he dicho contra este a r­
gumento; he replicado, porque además de los paste­
les que se preparan en la cocina, conozco los de la
diplomácia.
—Excelencia, he dicho yo, persuadios de que no­
sotros hemos jurado no ir á Н ота con intención en­
teramente depravada; con el propósito firmísimo de
engañar al mundo, y especialmente á la Francia y
al emperador......
380
—El emperador, dijo Moustier interrumpiéndo­
me, lo sabe: sabe que sois embusteros: he aquí por
qué os ha hecho cambiar de habitación con vuestros
trastos, de Turin á Florencia, corao también declarar
que os bastaba lo robado y que no queríais robar
mas; por esto os ha hecho escribir la convención: ha­
ced lo convenido, y dormid tranquilos.
—¿Ohí ¿creíais que tratábamos de renunciar á los
medios morales?
Moustier:
—0 teneis derecho á Roma, y entonces podéis ir
con cañones, ó no teneis derecho, y entonces las per­
sonas honradas......
—Las personas honradas no pueden robar; pero
nosotros 110 robamos: anexionamos solamente. Hemos
hecho hasta hoy magníficas adquisiciones por vía de
anexión: ¿porqué hemos de abandonar ahora esta feliz
y benigna interpretación del séptimo mandamiento,
que puede conducir al paraíso á todos los ladrones?
—Intentadlo, me dijo secamente.
—Marqués, exclamé haciendo el bravo, obliga­
reis á la Italia á negociar .alianzas que repugnan á
su corazon reconocido.
¡Nunca lo hubiese dicho! Houstier, con una risa
burlona, me contestó: Buen provecho le hagan. Ten­
drán por dote la quiebra, y por joyas del a ju a r , Lissa
y Custozza. La tercera parte de vuestro ejército se
compone de napolitanos, que han prometido tirar so­
bre los oficiales piamonteses. Que Ratazzi en sus fre­
cuentes y largos coloquios con la persona cuyo nom­
bre conozco, no se olvide de advertir esto al nuevo
prometido. Sobre todo que no prometa el paraninfo,
el amor ni la felicidad de la esposa. Y volvióme la
espalda.
3S1
Querido Urbano, te confieso que estos argumen­
tos hacen encoger la piel, cuando se piensa que se
pueden demostrar con la buena lógica de ochocien­
tos mil chasscpots, sin contar con otras pruebas raya­
das y silogismos de metralla: nosotros carecemos de
armas, y estamos sin camisa. Hubieras permanecido
tu allí, hecho un bobo: yo, por el contrario, he ido muy
peripuesto á ver al emperador: ¡ay, y qué cara tan
seria! En el camino he borroneado en mi libro de
memorias una oracion, elocuente como ninguna.
—Señor, he comenzado diciendo, nosotros hemos
sido buenos; hemos metido en la cárcel á Garibaldi
y á innumerables garibaldinos, secuestrado monto­
nes de armas y municiones, estrechado, rodeado y
sellado herméticamente los estados del Santo Padre
con un cordon m ilitar...... ¡Qué cordon! Es preciso
verlo para formarse una idea. Pero ¿qué quereis? em­
pujando empujando, los patriotas pasan por medio
de cien mallas, y échame de un salto en el confin
prohibido. El pobre Rattazzi no puede mas: gastos
enormes é incomodidades inauditas para tener cua­
renta mil hombres en el·campo: los insurgentes del
pais úñense entretanto con sus hermanos de Italia, y
los garibaldinos caminan de victoria en victoria:
dentro de poco entrarán en Roma, muy á pesar nues­
tro. Magestad, el pueblo italiano es un pueblo adul­
to; se burla de los babadores y de las nodrizas; quie­
re hacer lo que se le antoje: es un océano tempes­
tuoso; nadie puede contenerlo; el hado nos em­
puja á conquistar nuestra capital. Y así á este paso
añadí innumerables cosas, capaces de ser envidia-
das por Demóstenes y por Cicerón al defenderse á sí
propio.
Napoleon III lo escuchó todo sin quitarse el ci­
382
garro de la boca, sin sonreír ni fruncir el entrecejo,
contestando despues:
— No.
—Y si nosotros, á pesar de vuestro 110 , fuésemos
á Roma, ¿os contentaríais con estirarnos las orejas y
decir que somos malos?
—No.
—Pero, señor, el rey de Italia no puede volver
atrás sin jugarse la corona: en el Capitolio se pro­
clamaría la república......y cierto.
—No-
—Y despues el rey está obligado, hasta en con­
ciencia, á salvar al Santo Padre de las garras de los
garibaldinos. ¡Si supiéseis, magostad, qué malvados
son los garibaldinos!
—No.
—No temáis por el Papa. Víctor Manuel ha pro­
metido tratarlo con los mayores miramientos; como
un hijo amoroso trata á su buen padre*
—No.
—Adelante. Vengamos á un arreglo: cuando es­
taremos en Roma, nos entenderemos con vos, señor.
-"No.
—Llevaremos solo el parlamento al Quirinal......
el rey no se moverá de Florencia.
—No.
—Bien, no entraremos en Roma: enviaremos solo
á La Marmora para que ponga la espada del rey Víc­
tor Manuel á disposición del Santo Padre.
—No.
—¿Y si nos olvidásemos de Roma, y cogiésemos
solo cualquier provincia, ó por ejemplo, una parte de
la de Frosínone, ó un pedazo de la de Viterbo?
—No.
383
—Es claro que reconoceremos formalmente la so­
beranía tlel pontífice en todo lo demás.
—No.
—Oid, señor: si así lo mandais, entraremos en
Roma, nos apoderaremos de los garibaldinos, y des­
pues que salgan, saldremos también nosotros.
—So.
—Sí parece mejor, para mas decoro, entraremos
simultáneamente; los vuestros en Civitavecchia y los
nuestros en Córese: intervención mista. ¿Os place?
—No.
—Permitidnos á lo menos decir que se está exa­
minando otra vez la convención de setiembre.
—No.
—No sé qué decir, ni qué cosa podemos hacer, ó
deshacer, ó contrahacer, para conseguir vuestra im­
perial complacencia.
—Mantened la convención.
. ¡Urbano, Urbano mió! despues de tal conversación
quise darme al diablo. Ven tú, ó manda á Arese, á
LaMarmora, á Menabrea, á todos los que quieras: yo
no hago mas pruebas: No te queda, otro partido que
ju gar con las cartas descubiertas, y hacer lo demás.
Pero te advierto, para tu bien y el nuestro, que el
dia en que la invasión garibaldina ó real no podrá,
ocultarse á los ojos de Francia, debes contar con que
la escuadra francesa zarpará de Tolon.»
Constantino ísigra no escribió esta carta, pero á
escribirla hubiera eoutado ciertamente con entera
verdad la historia de sus negociaciones, dignísimas
de Pantalón de Bisognosi: su carta sería una rara
perla de veracidad en el Libro verde, donde tantas
mentiras se acumularon. Sin ella ¿cómo referir seria­
mente las payasadas diplomáticas del gobierno ita­
384
liano en París, durante la guerra garibaldina? Había
pasado el tiempo del conde Antonini, decoroso y se­
vero enviado del rey de las Dos Sícilias, y estaba le­
jos la nobleza del genovés Brignole Sale, á quien se
dló el sobrenombre de gran embajador del pequeño
rey: los caballerescos tratados de los antiguos diplo­
máticos de Italia, habíanse convertido en engaños
de estafadores.

FIN DEL TOMO PRIMERO.