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ECONOMÍA POLÍTICA DE LA DEPENDENCIA Y EL SUBDESARROLLO

ROLANDO ASTARITA

Recibido: Agosto de 2010

1
Agradecimientos
Agradezco a Carlos Astarita por lectura de varios capítulos de este libro, sus
críticas y observaciones, en especial referidas a la articulación entre formaciones
precapitalistas, y la mundialización del capital.
A Carlos Bianco, quien me ayudó a profundizar en la relación entre tipo de cambio
y renta agraria.
A Mauricio Turkieh, quien leyó todo el borrador, corrigió no pocos errores y
contribuyó con sus consejos a darle forma de conjunto.
También estoy en deuda con mis alumnos de las carreras de Sociología, de la
Facultad de Ciencias Sociales; de Economía, de la Facultad de Ciencias
Económicas Universidad de Buenos Aires, y de la carrera de Comercio
Internacional, de la Universidad Nacional de Quilmes, quienes a través de
múltiples planteos y cuestionamientos contribuyeron a precisar problemas y me
estimularon a profundizar en temas.
Mi agradecimiento asimismo a Paola Menna Zapatiel, de la Biblioteca de la
Universidad Nacional de Quilmes, quien me ha prestado una gran ayuda al
proporcionarme materiales para mis investigaciones.

2
Presentación
Este libro constituye en muchos sentidos una continuación de Valor, mercado
mundial y globalización. En Valor… analizamos críticamente la teoría clásica del
imperialismo, a la luz de la teoría del valor trabajo de Marx, la dinámica del capital
que se deriva de ella, y de la globalización de la relación capital/trabajo. En el
presente trabajo abordamos la corriente de la dependencia; la temática del tipo de
cambio y el desarrollo desigual; y cuestiones vinculadas con la renta de la tierra,
su relación con la ganancia del capital y la tasa de interés, y con el desarrollo en
un país dependiente como Argentina.
En el primer capítulo brindamos un panorama de la corriente de la dependencia,
sus avances en relación a la teoría dominante en los medios académicos, sus
raíces teóricas y políticas, e introducimos a sus exponentes más destacados. En el
capítulo dos, y a fin de profundizar en las concepciones de la dependencia,
sintetizamos la obra de Ruy Mauro Marini, tal vez el teórico de la corriente que
más sistemáticamente aplicó las categorías de El Capital al estudio de la
dependencia en Latinoamérica. En el capítulo tres analizamos la teoría de Marini
desde la teoría marxiana del capital, su tesis sobre la acumulación dependiente, y
su noción de subimperialismo. A través de este examen buscamos demostrar que
no es necesaria una teoría de la acumulación específica para los países
dependientes, sino estudiar cómo se particularizan las tendencias y leyes
generales del capital. En el capítulo cuatro abordamos las tesis de la dependencia
desde el punto de vista del método y abogamos por un enfoque dialéctico de
totalidad concreta, a fin de superar las polaridades rígidas hacia las que se deslizó
la corriente de la dependencia. En el siguiente capítulo intentamos responder la
pregunta de qué fenómeno histórico expresó la dependencia y cuáles fueron las
razones de su crisis y desintegración. El capítulo seis cierra esta primera parte del
libro con una discusión sobre la “dependencia reformulada”, esto es, sobre las
posiciones –predominantes en la izquierda y el progresismo latinoamericano– que
actualmente defienden los autores dependentistas.
Los siguientes cinco capítulos, que componen la segunda parte del libro, están
dedicados a la relación entre tipo de cambio, precios y desarrollo en países
atrasados. El capítulo siete generaliza el modelo de tipo de cambio, y la discusión
sobre intercambio desigual que habíamos realizado en Valor…. Su conclusión
central es que en los países atrasados tecnológicamente se genera menos valor
por hora de trabajo que en los países adelantados tecnológicamente, aun cuando
puedan existir tipos de cambio “de equilibrio”, en el sentido que los define la
macroeconomía neoclásica. En el capítulo ocho sintetizamos la hipótesis de
Prebisch-Singer del deterioro de los términos de intercambio, subrayamos su
relevancia en el presente, y ofrecemos una explicación alternativa del porqué del
fenómeno, basada en la teoría del valor trabajo. Una primera versión de este
capítulo apareció en Astarita (2009b).
En el siguiente capítulo encaramos una crítica al modelo de tipo de cambio de
Shaikh, un referente marxista en la materia. Los capítulos 10 y 11 constituyen una
unidad. En ellos procuramos mostrar que existió una lógica en la alternancia de
períodos de tipo de cambio alto y bajo que hubo en Argentina desde mediados de

3
la década de 1970 a la actualidad. Sostenemos también que esa lógica estuvo en
la raíz de las recurrentes crisis cambiarias y financieras que atravesó el país.
La tercera parte está conformada por tres capítulos en los que analizamos la
cuestión de la renta agraria, el desarrollo del capitalismo agrario en la zona
cerealera y sojera de Argentina, y sus consecuencias sobre los ingresos en la
clase dominante. El estímulo inmediato para la elaboración de estos trabajos ha
sido el conflicto entre el Gobierno y los productores y propietarios de la tierra en la
zona cerealera y oleaginosa argentina, que se desarrolló desde marzo de 2008 y
no se cerró completamente al momento de escribir estas líneas (inicios de 2010).
Sin embargo el objetivo de estos capítulos no es en sí mismo el conflicto, sino
indagar en el desarrollo agrario de un país atrasado, pero con un sector de alta
productividad; y estudiar la dinámica que se plantea entre renta, ganancia e
ingresos del capital financiero. Para esto en el capítulo 12 presentamos una
explicación sencilla de la teoría de la renta de Marx, que en general es poco
conocida incluso entre los propios marxistas. Asimismo analizamos los cambios
que se han producido en las rentas diferenciales I y II; cuestionamos la existencia
hoy de la renta absoluta; y analizamos la relación entre la renta, la ganancia y el
interés. La explicación de esas categorías se amplía en Interludio I, a través de la
crítica a una interpretación de la teoría de la renta de Marx distinta de la que
defendemos; en este Interludio también abordamos la relación entre renta y tipo
de cambio. .
En el capítulo 13 analizamos el desarrollo del capitalismo agrario argentino como
parte de la globalización y la entrada del capital en el agro a nivel mundial. En este
capítulo volvemos también sobre cuestiones planteadas por los teóricos de la
dependencia sobre la articulación entre modos de producción no capitalista y el
desarrollo capitalista. En el Intermedio II explicamos cómo funcionan los mercados
de futuros, a fin de discutir la idea de que los precios de los alimentos, las materias
primas agrícolas y los productos energéticos son determinados por la actividad
financiera y especulativa. En el capítulo 14 aplicamos las categorías teóricas
discutidas al análisis del conflicto entre el Gobierno y el campo, con un pequeño
“modelo” de país dependiente, basado en lo desarrollado en los capítulos 10 y 11.
El análisis refuerza la idea, que defendemos a lo largo del libro, de que es
necesario superar las visiones linealmente “estancacionistas” que han
predominado en los estudios marxistas de los países subdesarrollados.
Por último, en el capítulo 15 nos preguntamos cuál es el significado hoy de la
dependencia, en el marco de nuestra tesis sobre que no existe explotación entre
países, como había planteado la tesis de la dependencia. Esta cuestión se vincula
estrechamente con los programas políticos, tradicionalmente tributarios de la
corriente de la dependencia, de la “liberación nacional”, la “independencia
económica” y la “autarquía económica”.

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Índice
PRIMERA PARTE:
LA CORRIENTE DE LA DEPENDENCIA
1. Corriente de la dependencia, características generales
2. Dependencia y subimperialismo en Ruy Mauro Marini
3. Discusión sobre Marini desde la teoría del valor trabajo
4. Dependencia, cuestiones metodológicas a la luz de la tradición hegeliana y
marxista
5. La realidad histórica que expresó la CD y las razones de su crisis
6. La dependencia reformulada
SEGUNDA PARTE
SUBDESARROLLO Y TIPO DE CAMBIO
7. Tipo de cambio “de equilibrio” y desequilibrio en términos de valor en el
intercambio
Apéndice: Intercambio entre el modo de producción capitalista y la
producción simple de mercancías
8. Deterioro de los términos de intercambio y teoría del valor trabajo
Apéndice: Explicación sencilla de precios de producción
9. Tipo de cambio y crisis externa crónica en Shaikh
10. Tipo de cambio y desarrollo dependiente, el caso argentino. Elementos
estructurales
11. Tipo de cambio, dinámica del desarrollo desigual y de las crisis en el caso
argentino
TERCERA PARTE
CAPITALISMO AGRARIO EN UN PAÍS SUBDESARROLLADO
12. Renta de la tierra y capital
Interludio I: Renta agraria, interés y tipo de cambio, discusiones teóricas
13. Globalización y desarrollo capitalista en el agro
Interludio II: Especulación financiera y precio de los granos
14. Renta agraria, ganancia del capital y retenciones
CONCLUSIÓN
15. ¿Qué es hoy la dependencia?
BIBLOGRAFÍA

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PRIMERA PARTE
LA CORRIENTE DE LA DEPENDENCIA
Capítulo 1
Corriente de la dependencia, características generales
La corriente de la dependencia (en adelante CD) fue un movimiento intelectual y
político que buscó explicar las raíces del atraso y el subdesarrollo en América
Latina, y analizar las relaciones desiguales entre los países de la periferia y los
países adelantados. Nació a mediados de la década de 1960 en la central de
Santiago de Chile de la CEPAL, y adquirió rápidamente influencia en la izquierda
latinoamericana y en círculos académicos e intelectuales de Europa y Estados
Unidos, hasta mediados de la década de 1980, cuando entró en un proceso de
crisis y dispersión. Sin embargo sus ideas siguen predominando en la izquierda y
en el nacionalismo radical latinoamericano.
Para comprender a la CD es conveniente entender cuáles fueron sus fuentes
teóricas; el contexto intelectual, social y político que rodeó su nacimiento; y en
oposición a qué pensamientos, por entonces prevalecientes, los autores de la
dependencia desarrollaron sus principales tesis.
INFLUENCIA DE LA CEPAL
El surgimiento de la CD se vincula, en primer lugar y de manera directa, con las
problemáticas que había instalado la CEPAL en la agenda de los estudios
sociales, así como con las limitaciones de esta corriente frente a la realidad
latinoamericana. En especial influyó en la CD la tesis de la CEPAL sobre que la
causa del atraso de América Latina residía en la forma en que la región se
insertaba en la economía mundial. Una cuestión que a su vez había sido
determinante en la creación de la CEPAL.
Efectivamente, la CEPAL nació en un entorno de deterioro de las relaciones de los
gobiernos latinoamericanos con Estados Unidos, en la inmediata segunda
posguerra. Una serie de factores se conjugaron para llevar a esa situación. Por
aquellos años se había reforzado la dependencia de América Latina con respecto
a las importaciones de manufacturas norteamericanas; habían caído sus reservas;
y existía un temor generalizado de que los precios de las materias primas se
establecieran en un mercado controlado por un único comprador, Estados Unidos.
La CEPAL fue creada, como agencia de las Naciones Unidas, a propuesta de
latinoamericanos con el objetivo de estudiar las formas de relación económica de
América Latina con los países del centro. Por eso desde su inicio estuvo integrada
por economistas mayoritariamente reformistas y keynesianos, que alentaban el
desarrollo de una burguesía nacional industrialista en Latinoamérica, la
intervención del Estado en la economía y la colaboración de clases para hacer
frente a las presiones externas. Este contexto explica la trascendencia que tuvo, a
fines de la década de 1940, la hipótesis de Prebisch-Singer, sobre el deterioro de
los términos de intercambio.
Según Prebisch y Singer, los países atrasados sufrían un deterioro creciente de
los precios de sus exportaciones primarias, en relación al precio de los bienes

6
industriales que importaban de los países adelantados; por lo tanto, seguía el
argumento, el comercio internacional entre el centro y la periferia no llevaba
automáticamente al desarrollo de la periferia, como postulaba la teoría ortodoxa. 1
De esta manera Prebisch y Singer cuestionaban la aplicabilidad de la teoría
neoclásica a los países atrasados, y afirmaban la necesidad de diferenciar
cualitativamente los países del centro capitalista de los países de la periferia. En
base a este diagnóstico la CEPAL rechazó el crecimiento basado en las
exportaciones, adoptó un enfoque nacionalista y proteccionista, e impulsó a las
corrientes desarrollistas de las burguesías latinoamericanas. Pero también abogó
por una industrialización sustentada en la entrada del capital extranjero.
Inicialmente el proyecto cepaliano despertó muchas esperanzas en América
Latina, pero hacia mediados de los años sesenta su desarrollismo, caracterizaba
la CD, entraba en un impasse. En América Latina continuaban la marginación y la
pobreza de vastos sectores; la entrada del capital extranjero había generado una
mayor dependencia de las importaciones de máquinas y equipos, y un continuo
drenaje de divisas por la remesa de utilidades y pago de regalías; además, los
países padecían crisis recurrentes en sus balanzas de pagos. Las economías
latinoamericanas se estancaban.2 De aquí la radicalización de economistas y
sociólogos cepalianos y heterodoxos, y la formación del movimiento de la
dependencia en convergencia con sectores marxistas. En 1968 Dos Santos
escribía:
Los hechos históricos han generado una crisis muy seria en las ciencias
sociales latinoamericanas. La década optimista fue seguida de una década
de pesimismo, caracterizada por el estancamiento económico y el fracaso
de las políticas de desarrollo (Dos Santos, 1975, p. 163).
Citaba luego a Prebisch, quien admitía que
…en la evolución de la economía latinoamericana en 1966, se advierten
nuevamente los dos rasgos que la vienen caracterizando desde hace años:
la lentitud y la irregularidad del crecimiento económico (ibid., p. 165).
Los dependentistas pensaban que el programa de la CEPAL había expresado las
aspiraciones de la burguesía latinoamericana a un desarrollo nacional autónomo.
Pero a partir de los sesenta, cuando esa burguesía había establecido una relación
de dependencia con los capitales extranjeros, ese programa había dejado de
corresponder “a los intereses propios de la clase que buscaba orientar y pasaba a
corresponder a un sueño utópico pequeñoburgués” (Bambirra, 1983, p. 31). 3 La
estrategia promovida por el desarrollismo generaba descapitalización, déficits
externos, crecimiento de las deudas y más dependencia (ibid., p. 29). Los

1
Con esto introducía la temática de los intercambios entre países adelantados y atrasados, que había estado
ausente de las preocupaciones marxistas, y de otros economistas heterodoxos, y sería retomada en la CD. En
el campo del marxismo la cuestión del intercambio desigual había sido mencionada por Bauer a comienzos
del siglo XX, en referencia a la cuestión nacional; pero no había atraído la atención de los marxistas.
2
En el cap. 5 veremos que sin embargo las cifras del crecimiento del producto en América Latina no avalaban
del todo esta tesis de la CD.
3
En Dos Santos (2003) se caracteriza a la CEPAL como “una organización emanada de los gobiernos
latinoamericanos y un órgano encargado de la propuesta de políticas y asesoría a gobiernos” (p. 67).

7
dependentistas también criticaban que la CEPAL hubiera subvalorado las medidas
distributivas, en especial la reforma agraria.
RADICALIZACIÓN DE LAS LUCHAS
A las dificultades económicas que enfrentaba el continente latinoamericano se
sumó el auge de las luchas populares y de liberación nacional, desde fines de los
años cincuenta. Se asistió por entonces al ascenso de movimientos de liberación,
nacionales y antiimperialistas, en Argelia, Congo Belga y Vietnam, entre otros
lugares. Más importante aún fue el triunfo de la Revolución Cubana, y el
fortalecimiento del guevarismo, con sus críticas a las concepciones stalinistas y al
reformismo burgués. Asimismo la Revolución Cultural china contribuyó a la
radicalización latinoamericana de los sesenta. Pero también hubo respuestas
reaccionarias y de la derecha. Entre comienzos y mediados de los sesenta se
producen el golpe militar en Brasil; la sangrienta represión al movimiento obrero y
popular en Indonesia; la invasión de Estados Unidos a República Dominicana; y el
golpe militar en Argentina, de 1966. Hubo en consecuencia una creciente
convicción en muchos sectores de la izquierda de que el avance social por la vía
keynesiana y democrática se cerraba para el Tercer Mundo.
Además, tuvo importancia el giro a la izquierda de un sector de la iglesia, que
profundizó en la línea del Concilio Vaticano II y dio lugar al surgimiento de la
Teología de la liberación. Militantes latinoamericanos que se habían iniciado en el
nacionalismo católico radicalizaron sus posturas en los sesenta y setenta,
adoptando planteos del marxismo y de otras teorías críticas. También incidió la
radicalización de la juventud de Estados Unidos y Europa, con sus críticas a la
sociedad de consumo, a la guerra en Vietnam y su lucha por la paz.
La CD estuvo integrada por muchos intelectuales de izquierda –principalmente
sociólogos y economistas– que no pertenecían a partidos políticos. Pero también
tuvieron posiciones dependentistas autores afines al maoísmo. Samir Amin fue el
más influyente; aunque tal vez no pueda ser incluido formalmente dentro de la CD.
Asimismo los trotskistas desarrollaron análisis con muchos puntos de contacto con
la CD, siendo Ernest Mandel el más destacado. La CD, siempre entendida en un
sentido amplio, también incluyó estructuralistas que descubrieron “los límites de un
proyecto nacional autónomo” (Dos Santos, 2003, p. 25). Entre estos últimos
mencionamos a Osvaldo Sunkel, los trabajos maduros de Celso Furtado, “e
inclusive la obra final de Raúl Prebisch reunida en su libro El capitalismo
periférico” (ibid.).4
SUPERACIÓN DE LA TEORÍA ORTODOXA DEL DESARROLLO
4
En este libro encontramos posiblemente las posiciones más radicalizadas de Prebisch. Plantea que el
mercado no puede ser el regulador del desarrollo en la periferia, ya que no resuelve las grandes fallas en las
relaciones centro-periferia, ni las tendencias excluyentes y conflictivas del desarrollo periférico. Constata que
en los países periféricos existe sobreoferta de mano de obra, y por lo tanto bajos salarios. También altos
ingresos concentrados en las clases propietarias, que siguen las pautas de consumo del centro, y una dinámica
de acumulación que implica un gran desperdicio en la acumulación del capital. Todo esto está acompañado de
la quiebra del liberalismo democrático (Prebisch escribe en tiempos de dictaduras en el Cono Sur de América
Latina). Termina proponiendo un uso social del excedente a cargo del Estado y una acción reguladora de éste
mediante la planeación democrática. Las resonancias keynesianas –del capítulo final de la Teoría General–
son notables.

8
La situación que acabamos de describir se combinó con una profunda
insatisfacción con la teoría burguesa del desarrollo dominante en los sesenta. Ésta
había sido establecida, en lo esencial, por Rostow (1974). Rostow planteaba que
existía una secuencia de etapas de crecimiento, que se repetían de forma más o
menos uniforme en todos los países que avanzaban hacia “la modernización”.
Esas etapas eran la sociedad tradicional; la del desarrollo de condiciones previas
para el impulso inicial; la etapa del impulso inicial, cuando se superaban los
obstáculos para el crecimiento y pasaban a dominar las fuerzas del progreso
económico; la etapa de la marcha hacia la madurez; y la era del alto consumo de
masas. Lo decisivo para que hubiera desarrollo, siempre según Rostow, era
favorecer la libre empresa, la importación de capital y la inserción plena en la
economía internacional.
Rostow pensaba que desde el impulso inicial a la madurez se necesitaban
aproximadamente 60 años porque, desde el punto de vista analítico, “un intervalo
de esa naturaleza puede apoyarse en la poderosa aritmética del interés
compuesto aplicado al monto de capital, en combinación con las consecuencias
de mayor alcance, debidas al poder de una sociedad de absorber la tecnología
moderna de tres generaciones” (p. 22).5 Y sostenía seriamente que lo suyo
constituía “una alternativa a la teoría de la historia moderna de Karl Marx” (p. 14).
Se trataba de una concepción lineal y mecánica, que fue adoptada por los poderes
políticos en los países centrales y en muchos de los atrasados. La ideología y el
programa de la Alianza para el Progreso, promovida por el presidente Kennedy,
reflejaron esta influencia.
La visión linealmente evolucionista del desarrollismo neoclásico se combinaba en
la ortodoxia dominante con una concepción dualista de las sociedades atrasadas.
Según el dualismo, las sociedades se dividían en un sector atrasado tradicional y
otro moderno, el capitalista. Se pensaba que a partir de la interacción entre esos
dos sectores se produciría el ensanchamiento progresivo del sector moderno y
una reducción del tradicional, hasta que todos los habitantes estuvieran incluidos
en el desarrollo. Aún modelos semi-heterodoxos, como el de Lewis, un referente
en la teoría del desarrollo, participaban de esta visión. Lewis pensaba que en
países atrasados con excedente de mano de obra en el sector “tradicional”
(precapitalista) podía haber desarrollo por la transferencia paulatina de
trabajadores hacia el sector “moderno” (capitalista). De esta forma el segundo
crecería a expensas del primero, que se iría achicando. 6 En consecuencia, las
teorías del desarrollo centraban sus análisis en los obstáculos y resistencias que
oponían las estructuras tradicionales al avance del sector “moderno”, y al
“despegue” de los países atrasados.
En oposición a esta visión auto-conformista del desarrollo la CD planteó que los
países no avanzaban mecánica ni linealmente desde el atraso a la madurez, y que
5
En El Capital Marx se burlaba de aquellos economistas que pensaban que si se hubiera puesto una libra
esterlina a interés compuesto hace 2000 años, hoy la humanidad dispondría de una fortuna incalculable. Pero
esta idea alocada es posible cuando se considera que el capital es “una cosa”, que crece mecánicamente, y no
una relación social. Rostow aplica esa primitiva noción a su esquema de desarrollo
6
Véase Lewis (1973); Lewis nunca revisó su postura esencial, a pesar de rectificaciones parciales; véase
Lewis (1979).

9
había que tener una visión histórica y de totalidad de la periferia. La perspectiva
histórica era importante para entender, contra lo que afirmaba Rostow, que todas
las sociedades habían tenido historia, y que muchos países subdesarrollados –
como India o China– habían sido en su momento “desarrollados”. Por otra parte,
desde la perspectiva de totalidad se podía comprender el atraso de la periferia
como producto del sistema mundial. Esto significaba que el subdesarrollo de la
periferia constituía el reflejo especular del desarrollo de los países adelantados; el
desarrollo de los países adelantados y el subdesarrollo de la periferia no eran
fenómenos independientes, sino partes de un mismo proceso, donde uno se
vinculaba orgánicamente al otro.7 Los países adelantados explotaban a los
atrasados; estos últimos transferían sus recursos al centro, y potenciaban el
desarrollo desigual de ambos polos. 8 No había por lo tanto desarrollos en sucesión
lineal, sino en paralelo, y el subdesarrollo de los países atrasados alimentaba el
desarrollo de los adelantados. En palabras de Dos Santos:
El tiempo histórico no es unilineal, no hay posibilidad de que una sociedad
se desplace hacia etapas anteriores de las sociedades existentes. Todas
las sociedades se mueven paralelas y juntas hacia una nueva sociedad.
Las sociedades capitalistas desarrolladas corresponden a una experiencia
histórica completamente superada…. (Dos Santos, 1975, p. 153).
Al respecto Shamsavari (1991) destaca que la escuela “introdujo una dimensión
histórica e internacional” al problema del desarrollo (p. 266), frente a las
construcciones de los neoclásicos. Se conforma así lo que posiblemente sea la
tesis central de la CD, que sostiene que las economías de los países
subordinados, o dominados, están condicionadas y dependen de las economías
del centro en un grado tal que les imposibilita tener un desarrollo capitalista
dinámico, con fuerza propia. Por eso el atraso no podía superarse, como pensaba
la corriente mayoritaria de la CEPAL, mediante algunas medidas correctivas en el
comercio internacional, ni incentivando la entrada de capital extranjero; o
apostando a un desarrollo capitalista autónomo, articulado por el Estado.
CRÍTICA DE LAS CONCEPCIONES STALINISTAS
La CD también criticó los análisis y las políticas de los partidos Comunistas
latinoamericanos. A principios de los años sesenta los partidos Comunistas
continuaban defendiendo la estrategia de la revolución por etapas, que había
definido la Internacional Comunista a comienzos de la década de 1930 para los
países atrasados. Planteaban que la falta de desarrollo en la periferia se debía a
las estructuras semi-feudales, mantenidas por las oligarquías terratenientes en
7
Estas ideas van a ser profundizadas por los teóricos de la “economía mundo”, corriente de la que
participaron André Gunder Frank, y Samir Amin.
8
La CD puso el énfasis en el colonialismo –o neocolonialismo– “externo”, esto es, en las relaciones de
explotación, mediante la transferencia de plusvalía, desde los países atrasados a los adelantados. Sin embargo,
y como señala Chilcote (1974), hubo autores como González Casanova, Oscar Lewis y Frantz Fanon, que
pusieron la atención en el colonialismo “interno”. Según esta perspectiva, las áreas rurales de los países
periféricos son explotadas por las ciudades. La idea de transferencia de excedente desde las áreas rurales a las
ciudades de los países subdesarrollados reaparece en Frank; véase más abajo. Discutimos algunas cuestiones
de método relativas a la relación entre formaciones económicas precapitalistas –economía parcelaria
campesina– y el modo de producción capitalista más adelante en este libro.

10
alianza con los monopolios imperialistas, y contrarias al fortalecimiento de una
clase capitalista industrial y nacional. Por eso las burguesías nacionales –eran
“nacionales” porque estaban interesadas en desarrollar capitalismos
independientes– tenían intereses “objetivamente enfrentados” al imperialismo y la
oligarquía. De aquí que los partidos Comunistas plantearan la necesidad de una
revolución democrático-burguesa que abriera camino a la industrialización y, en
consecuencia, al fortalecimiento social del proletariado. La estrategia
revolucionaria era “por etapas”. La primera etapa comprendería la revolución
democrática, popular y anti-imperialista. En ella la clase obrera sería aliada de la
burguesía nacional, y sólo después del triunfo de esta revolución se podría
avanzar hacia la segunda etapa, la revolución socialista.
La CD invirtió este razonamiento al sostener que el atraso y el subdesarrollo no
eran el producto de las estructuras atrasadas –feudales o precapitalistas–, sino el
resultado de la expansión del capitalismo mundial. Las burguesías nativas eran un
derivado de ese desarrollo capitalista, y sólo podían sobrevivir asociándose con el
capital extranjero y abdicando “de sus propios proyectos de desarrollo nacional
autónomo” (Bambirra, 1983, p. 65). No se trataba de una burguesía “nacional”,
como sostenían los comunistas, ya que no podía defender los intereses de la
nación independientemente de los intereses del capital extranjero, al que estaba
asociada.
Ellas [las burguesías criollas] no disponen de la propiedad privada de los
medios de producción fundamentales sino que la comparten con el
imperialismo desde una posición desventajosa, aunque eso no signifique
que sus ganancias no sean sustanciales (Bambirra, 1983, p. 65).
En consecuencia la CD planteaba que los industriales criollos no serían aliados de
los trabajadores y de los sectores populares en una futura revolución democrática.
La única salida para superar el atraso pasaba por el triunfo de la revolución
socialista, dirigida por la clase obrera, enfrentada al imperialismo, las oligarquías y
las burguesías nativas.
La crítica de la CD a los partidos Comunistas coincidía con el planteo de los
trotskistas –pero no con los partidos maoístas– sobre la incapacidad de las
burguesías de los países periféricos de encabezar o participar en luchas
revolucionarias contra el imperialismo. Y sobre la necesidad de abandonar la
estrategia de la revolución por etapas.
Los autores de la dependencia también cuestionaron la visión lineal y mecánica
del marxismo soviético, según la cual la humanidad debía atravesar,
necesariamente, las etapas del comunismo primitivo, el esclavismo, el feudalismo
y el capitalismo, antes de llegar al socialismo. En este respecto los aportes
fundamentales provinieron de antropólogos marxistas, que dieron pie, además a la
tesis de la articulación de los modos de producción (véase más abajo).
Destacamos los estudios de Maurice Godelier sobre el modo de producción
asiático (por ejemplo Godelier, 1971); la categoría de regímenes tributarios de
Amin (véase Amin, 1986); la noción de “modo de producción africano”, de

11
Coquery-Vidrovitch (Coquery-Vidrovitch, 1998); y los trabajos sobre el rol de las
formaciones no capitalistas africanas de Claude Meillassoux (1982).
Señalemos por último que si bien en líneas generales los partidos Comunistas
latinoamericanos rechazaron a la CD, Vania Bambirra apunta que en algunos de
ellos hubo una receptividad favorable a la dependencia. Por ejemplo, en militantes
del PC chileno; y en el PC brasileño habría habido, siempre según Bambirra,
“síntomas relevantes de reorientación”, en el sentido de plantear el carácter
socialista de la futura revolución (Bambirra, 1983, p. 10). De todas maneras los
partidos Comunistas de América Latina nunca modificaron sus concepciones
fundamentales.
TRADICIONES DESDE LA IZQUIERDA
Las ideas de la CD entroncaron a su vez con estudios y debates de más larga
data sobre el sistema mundial y el desarrollo. En primer lugar con la extensa
polémica entre el marxismo y el populismo ruso que tuvo lugar hacia fin del siglo
XIX y principios del siglo XX, sobre si Rusia seguiría la evolución de los países
capitalistas adelantados, o podría encarar vías alternativas de desarrollo. 9 Allí
quedaron establecidas algunas problemáticas que luego recorrerían los trabajos
sobre la dependencia. Entre ellas, la relación entre la acumulación y la ampliación
de los mercados internos. Los populistas habían sostenido, en oposición al
marxismo “ortodoxo”, que los bajos ingresos de las masas campesinas constituían
un obstáculo insuperable para el desarrollo capitalista, ya que limitaban
mortalmente a los mercados. Décadas más tarde autores de la CD –como lo
veremos en Marini– esgrimieron argumentos similares, y cuestionaron la
aplicabilidad de las leyes marxianas de la acumulación a los países
subdesarrollados. .
En segundo término, la CD adoptó y profundizó las tesis clásicas sobre el
imperialismo que elaboraron marxistas y radicales de principios de siglo XX. De
especial trascendencia fue el folleto de Lenin El imperialismo fase superior del
capitalismo. Siguiendo a Hilferding (1974), Lenin sostenía que el sistema
capitalista había pasado de una fase de libre competencia –típicamente las
décadas de 1860 y 1870– a una en que prevalecían los monopolios. Según este
enfoque, los precios eran administrados, y la economía podía ser manejada, a
través de la colusión y las relaciones de fuerza, por las grandes empresas .
Además, en los países más poderosos los mercados estaban saturados –las
masas carecían de poder de compra debido a la concentración de la riqueza–, y
los capitales debían salir al exterior por mercados y fuentes de aprovisionamiento
para evitar la depresión. La tendencia al estancamiento en el centro se reforzaba
por la hegemonía que había adquirido el capital financiero, que ejercía un rol
parasitario y retrógrado.
Por lo tanto la empresa colonial, según Lenin, era imprescindible para que el
capitalismo del centro se reprodujera. El monopolio y la necesidad de explotar a la
periferia explicaban también que en las relaciones económicas internacionales
prevaleciera la violencia para la extracción del excedente desde la periferia. El
9
Los textos del primer Lenin, con sus polémicas con los populistas, son característicos de esta literatura.

12
sistema de explotación colonial imperialista, sustentado en el saqueo y el pillaje,
se convertía en un rasgo característico de la época.
Naturalmente, si había un estado de guerra permanente para mantener el dominio
colonial y el saqueo, habría poco espacio para el desarrollo capitalista en los
países atrasados. Sin embargo los marxistas pensaban también que la
exportación de capitales desde los países centrales a la periferia generaría el
desarrollo de las fuerzas productivas en esta última. En su trabajo sobre el
imperialismo Lenin afirmaba que la exportación de capital repercutía en los países
en que era invertido, acelerando “extraordinariamente” el desarrollo del
capitalismo.10 Este pronóstico generaba una tensión –no reconocida teóricamente
en los escritos leninistas– con la idea del predominio del pillaje y el robo. Para
zanjar la cuestión, entre finales de los años veinte y principios de los treinta la
Internacional Comunista sentenció que las inversiones de los capitales
imperialistas sólo generaban atraso. En su sexto Congreso, en 1928, se aprobaron
las “Tesis sobre el movimiento revolucionario en los países coloniales y
semicoloniales”, en las que se afirmaba que la expansión del capitalismo en los
países coloniales y semicoloniales –ubicados mayoritariamente en Asia y África–
ya no era progresiva.11 En el siguiente Congreso, de 1934, esta tesis se extendió a
América Latina.
Estas ideas fueron profundizadas y sistematizadas, en la década de 1950, en un
conocido libro de Paul Baran sobre la economía política del crecimiento (véase
Baran, 1969). Aquí Baran anticipó mucho de lo que luego defenderían los autores
de la CD;12 de hecho, en los años sesenta y setenta normalmente se incluía a
Baran dentro de la corriente.
Baran planteó que el atraso, la miseria y el subdesarrollo de los países de la
periferia no se debían a causas internas, sino a la explotación de las potencias. El
caso más representativo era India, cuya economía había sido devastada por el
colonialismo inglés. Baran se apoyaba en datos de estadígrafos indios, que
calculaban que Gran Bretaña se apropiaba anualmente de aproximadamente el
10% del producto bruto de la India. Planteaba así la idea del “drenaje” o
“transfusión” de recursos de la periferia al centro. El excedente económico se
obtenía “de las masas subalimentadas, semidesnudas, mal alojadas y agotadas
por exceso de trabajo” (Baran, 1969, p. 172). Inevitablemente India se
subdesarrollaba en tanto Gran Bretaña se desarrollaba. La conexión de la periferia
con el capitalismo frenaba el desarrollo:

10
También Hilferding, quien escribe: “la exportación de capital… ha acelerado enormemente la subversión de
todas las viejas relaciones sociales y la difusión del capitalismo por el globo” (Hilferding, 1974, pp. 362-363).
La idea de que la entrada del capital extranjero promovería el desarrollo en la periferia ya había sido
adelantada por Marx. Por ejemplo, cuando se refirió a los efectos beneficiosos, a largo plazo, para el
desarrollo del capitalismo, que tendrían los ferrocarriles británicos en la India; volvemos sobre esta posición
de Marx en el cap. 6.
11
Como ha señalado Gabriel Palma, este Congreso debe ser considerado como “el punto de transición del
enfoque marxista respecto a la progresividad del capitalismo en las regiones atrasadas” (Palma, 1987, p. 46).
12
Cardoso (1977) relativiza la influencia de Baran, diciendo que no escribió nada que ya no estuviera presente
en la perspectiva del pensamiento crítico en América Latina antes de 1960. Pero el trabajo de Baran fue
publicado en los cincuenta.

13
… no puede haber duda de que si la cantidad de excedente económico que
Gran Bretaña extrajo de la India hubiese sido invertido en esta última, el
desarrollo económico de la India tendría en la actualidad poca similitud con
este cuadro sombrío (Baran, 1969, p. 172).
La contracara de la India era Japón, el único país que no había sido una colonia o
una dependencia del capitalismo avanzado; en consecuencia había gozado de un
“desarrollo nacional independiente” (ibid., p. 183).
Además del factor colonial, Baran aportó nuevos elementos a la tesis de que los
países atrasados eran explotados. Es que ya en los años cincuenta el colonialismo
estaba en retroceso, y era necesario modificar algunos planteos. Baran puso el
énfasis en la inversión extranjera directa (IED) de los países centrales en los
atrasados. Planteó que la entrada de capitales en la periferia era muy reducida, y
al poco tiempo existía una salida neta de recursos debida a la remesa de
utilidades, pagos de regalías, patentes, intereses, etc., por parte de los
monopolios. En consecuencia era mucho más lo que sacaban los imperialistas,
que lo que aportaban a los países atrasados con sus inversiones; las balanzas de
pagos sufrían crisis recurrentes.13 Así la IED, lejos de generar desarrollo,
provocaba estancamiento y miseria. Existía explotación de los países atrasados y
formalmente independientes por parte de los Estados imperialistas, aunque no por
medio del dominio colonial. Los monopolios extranjeros actuaban en combinación
con las oligarquías locales, conformando una alianza que impedía el progreso
social y económico. Por eso las relaciones capitalistas no se podían extender
plenamente en los países atrasados, y los regímenes periféricos eran “mercantil-
feudales”.
Estas posiciones se profundizaron luego con la explicación más general de Baran
y Sweezy (1982) sobre el capital monopolista, que intentaba actualizar las viejas
tesis del imperialismo. En particular porque Baran y Sweezy plantearon que si el
monopolio había pasado a dominar la economía, las leyes económicas
establecidas por Marx de alguna manera debían ser modificadas. Además, Baran
y Sweezy adoptaron además un enfoque claramente subconsumista. Sostenían
que la concentración del capital en manos del monopolio generaba un aumento de
los beneficios en grado tal, que no podía ser gastado por los capitalistas. De ahí
que hubiera un problema estructural de realización del producto, y la salida del
sistema pasaba por promover el gasto improductivo (armas, propaganda, etc.). 14
De manera que la supervivencia del capitalismo dependía del despilfarro
estructural; lo que explicaba la tendencia al estancamiento en el centro.
Esta obra de Baran y Sweezy fue considerada por muchos autores de la
dependencia como una actualización de las tesis leninistas del imperialismo y la
preponderancia de los monopolios. 15 La revista norteamericana Monthly Review,
animada por Baran y Sweezy, gozó de gran predicamento en la CD.

13
“[L]os países subdesarrollados… en conjunto, han enviado continuamente una gran parte de su excedente
económico hacia los más adelantados, bajo la forma de intereses y dividendos” (Baran, 1969, p. 211).
14
Lo esencial de este planteo ya estaba elaborado a fines de los cincuenta; véase Baran (1959).
15
Todavía en la década de 1990 Samir Amin reivindicaba todos estos análisis de Baran y Sweezy como punto
de partida para la comprensión del capitalismo contemporáneo; véase el capítulo 6.

14
La influencia de Baran y Sweezy se combinó con la que ejercieron marxistas más
“ortodoxos”, como Mandel. Mandel planteó que la tesis de la preeminencia del
monopolio no obligaba a generar una teoría distinta de la marxiana. Además, y a
pesar de conceder importancia al despilfarro, no tuvo una visión “estancacionista”
del capitalismo central. Mandel destacó que el capitalismo en los países
desarrollados había tenido la capacidad de ampliar los mercados después de la
Segunda Guerra, por lo menos hasta comienzos de la década de 1970.
LA TESIS DEL INTERCAMBIO DESIGUAL
En los años 1960, y en paralelo con la consolidación de la CD, apareció la tesis
del intercambio desigual, de Arghiri Emmanuel. Emmanuel (1972) sostenía que los
países atrasados transferían valor a los países adelantados por los mecanismos
de mercado. A diferencia de Prebisch, planteaba que esto no se debía a que las
exportaciones de la periferia fueran materias primas, ya que ocurría con todos los
productos de exportación de los países atrasados. El origen último del intercambio
desigual, según Emmanuel, eran los salarios extremadamente bajos que se
pagaban en la periferia subdesarrollada. Esto posibilitaba altas tasas de plusvalía;
dada la igualación de las tasas de ganancia, se generaba una transferencia de
valor desde los países atrasados a los adelantados.
Emmanuel afirmaba entonces que había explotación de los países atrasados por
parte de los países adelantados, aunque ya no se tratara de explotación colonial.
Concluía además en que no había posibilidad de establecer un programa
socialista internacional, porque los trabajadores de los países adelantados
participaban de la explotación de los trabajadores de los países atrasados. Esta
conclusión despertó muchas críticas contra Emmanuel. 16 A pesar de este
cuestionamiento, la tesis del intercambio desigual fue adoptada y defendida por
muchos autores de la CD.17
LA CD, UNIDAD Y DIVERGENCIAS
Hasta el momento nos hemos referido a la “corriente” de la dependencia dado el
tronco de ideas claves compartidas por los dependentistas: la imposibilidad de un
desarrollo capitalista con raíces propias de la periferia; la tesis de que los países
atrasados eran explotados por los monopolios y los países centrales; el sesgo
nacionalista radical de sus planteos; y la idea de que la transferencia de excedente
generaba desarrollo en los países imperialistas. A partir de estos puntos en común
hubo sin embargo importantes diferencias, razón por la cual es imposible hablar
de una “escuela”. Ya en los sesenta Cardoso constataba que los autores de la CD
tenían interpretaciones “discordantes entre sí en puntos significativos” (citado por
Bambirra). En 1981 Chilcote también apuntaba que “aquellos interesados en la
dependencia han reconocido que no existe una teoría general y unificada”
(Chilcote, 1981, p. 15). Y en su reseña y balance de la corriente Palma (1987)
decía que la dependencia nunca había logrado unificar una teoría, y era
conveniente hablar de una escuela unificada. Por este motivo la mejor forma de
16
Este problema planteado por Emmanuel nunca fue respondido, a nuestro modo de ver, de forma acabada.
De hecho, ya en Lenin encontramos esbozada esta idea, cuando afirma que en los países centrales hay una
aristocracia obrera que vive a costa de la explotación de las colonias.
17
Pero fue rechazada por Frank.

15
profundizar qué fue la CD es presentando las posiciones de sus principales
exponentes, y sus diferencias.
André Gunder Frank
Frank, junto a Cardoso y Faletto, fue el iniciador de la CD con la publicación en
Monthly Review, en 1966, de “The development of underdevelopment”, que fue la
base de su libro Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, publicado al año
siguiente. A pesar de que Frank nunca se reivindicó marxista, usó categorías del
marxismo, y siempre reconoció la influencia de Baran en su elaboración teórica.
Su tesis, en principio, es muy sencilla. Dice que cuando los países se vinculan al
mercado mundial se acrecientan las diferencias de sus economías porque se
produce una transferencia de excedente de un país al otro. 18 De manera que
pequeñas diferencias iniciales van creciendo exponencialmente, dando lugar a
que una minoría de países se desarrolle y una mayoría se subdesarrolle. Por eso,
siempre según Frank, cuanto más se vinculan los países de la periferia al mercado
mundial, más se subdesarrollan. Por ejemplo, el norte de Brasil había
experimentado un cierto auge cuando se había vinculado tempranamente, y de
manera intensa, al mercado mundial, pero luego había caído en la decadencia,
producto de esa vinculación. Algo parecido había ocurrido con el Potosí. También
había gozado de un período de esplendor cuando se había ligado al mercado
mundial, en la época de la colonia; pero finalmente se había subdesarrollado. En
cambio, cuando los países tomaban distancia del mercado mundial, crecían. Chile
se había desarrollado entre 1940 y 1948 cuando había estado aislado del mercado
mundial. En cuanto a los países adelantados, su desarrollo dependía de la
transferencia de recursos desde los países subdesarrollados.
Frank también planteaba que las sociedades campesinas eran explotadas por las
burguesías locales urbanas, y que había una cadena de transferencias de
excedente entre metrópolis, submetrópolis y regiones atrasadas, que conectaba al
último campesino de la periferia con los centros imperialistas más avanzados. Esta
visión ha sido calificada de “circulacionista”, porque parece decir que la circulación
de las mercancías genera el subdesarrollo y desarrollo.
Como una consecuencia de este enfoque las contradicciones fundamentales se
ubicaban en el nivel de las relaciones entre las metrópolis y los países dominados;
o de las metrópolis, submetrópolis y regiones explotadas. Las contradicciones de
clase parecían pasar a un plano secundario.
En crítica de la tesis de los partidos Comunistas sobre las “estructuras semi-
feudales y precapitalistas” de América Latina, Frank también planteó que la región
había sido capitalista desde la colonización. Para esto definía el capitalismo como
un sistema que produce para el mercado, y no por la relación de trabajo
asalariado, como sucede en Marx. Dado que la producción de América Latina
desde el origen del dominio colonial fue organizada para la exportación, Frank
concluía que no se podía hablar de feudalismo, y sí de capitalismo. Latinoamérica
había sido un satélite de las metrópolis desde el siglo XVII, dentro de la economía

18
Véase Frank (1973).

16
mundial capitalista. Esta caracterización de América Latina como capitalista dio
lugar a múltiples debates.
Al margen de esta discusión, Frank sostenía una tesis que, de alguna manera, fue
compartida por muchos de sus críticos, aunque con matices. Afirmaba que el
capitalismo latinoamericano no podía desplegar una lógica de reproducción
ampliada y de acumulación como se describe en El Capital, y que el desarrollo era
mero “lumpen-desarrollo”. De aquí también que no hubiera una clase capitalista
con raíces propias, sino una “lumpen-burguesía”. 19 Se trataba de un enfoque
claramente estancacionista.
Debe señalarse también que en su obra más madura Frank adoptó el enfoque de
la “economía mundo” –que compartió con Immanuel Wallerstein y Giovanni
Arrighi–, según el cual toda economía nacional debía pensarse como parte de una
totalidad de una forma aún más estrecha de lo que lo había hecho la CD. 20 Según
esta visión, los dependentistas analizaban a los países desarrollados y a los
subdesarrollados de manera demasiado fragmentaria, lo que inducía a pensar en
la posibilidad de desarrollos nacionales autónomos. El análisis desde la
perspectiva de la “economía mundo” –concebida como sistema– demostraba que
ningún país podía lograr un estado de independencia económica, o de “no
dependencia”, desvinculándose del mercado mundial. En consecuencia, también
era imposible construir un socialismo nacionalmente aislado; una tesis que Frank
compartió con los trotskistas.
Fernando Enrique Cardoso
Cardoso publica en 1969, junto a Faletto, Dependencia y desarrollo en América
Latina. Ensayo de interpretación sociológica, que todavía hoy es estudiado en
facultades de Ciencias Sociales de América Latina. Cardoso y Faletto plantean
que los análisis de Frank son mecánicos y caen en un determinismo economicista,
en el sentido que “lo externo” (el imperialismo) determina rígidamente el curso de
los países periféricos, anulando “lo interno”, esto es, las estructuras sociales y las
luchas de clases. En contraposición subrayan que debía tenerse en cuenta la
especificidad de las situaciones de la dependencia. Lo externo no podía ser una
entelequia, había que estudiar concretamente cómo reaparecía en el análisis de
cada economía local, en los diversos períodos históricos. El imperialismo
implicaba que lo externo se internalizaba y se traducía en formas de dominación a
través de Estados y clases sociales –o fracciones de clases–, con sus alianzas y
enfrentamientos. Por eso lo decisivo para explicar el subdesarrollo eran las
relaciones de fuerza y las alianzas de clases al interior de los países. Así el
análisis de Cardoso y Faletto procura centrarse en las luchas de las clases
sociales, y en las relaciones de poder que se establecían en cada país. A partir de
sostener que el imperialismo no determinaba de forma unívoca el estancamiento,
y que el curso de los acontecimientos dependía en gran medida “de lo interno”,
quedaba abierta la posibilidad de que hubiera desarrollo, aunque condicionado y
dependiente, en la periferia.
19
Véase Frank (1987). Baran ya había utilizado el término “lumpenburgués” para referirse a la clase mercantil
de los países atrasados.
20
Véase, por ejemplo, Frank (1979a) y (1988); también Wallerstein (1979).

17
Esta última idea se fortalecería luego en otros escritos de Cardoso. Por ejemplo,
en Cardoso (1977) aparece más claramente aún la crítica a la visión del
estancamiento permanente de Frank; y a la tesis de la superexplotación y el
subconsumismo de Marini. Crítico también de la idea de que en los países
atrasados no había dinamismo a causa del imperialismo, Cardoso planteaba que
la penetración del capital industrial y financiero aceleraba la producción de
plusvalía relativa e intensificaba las fuerzas productivas. Sostenía que el
imperialismo moderno difería del que había analizado Lenin, ya que ahora la
inversión extranjera se volcaba a la industria, no sólo a la producción de materias
primas; y además, los capitales de los países periféricos participaban en esas
empresas. Por lo tanto el desarrollo capitalista dependiente se había convertido en
una nueva forma de expansión del capital monopólico en el Tercer Mundo.
Siendo el autor menos estancacionista de la CD, de todas maneras Cardoso
mantuvo la idea de que las burguesías nativas eran explotadas por las burguesías
de los países imperialistas; y que los países atrasados eran explotados por los
adelantados. El Estado en América Latina constituía un “instrumento de la
dominación económica internacional” y las clases dominadas locales sufrían “una
doble explotación” (Cardoso, 1977, p. 13). 21 El desarrollo dependiente implicaba
una suerte de explotación del país atrasado por los oligopolios multinacionales, a
través de la apropiación desigual del excedente.
Theotonio Dos Santos
El marxista brasileño Dos Santos desarrolló la idea de la “nueva dependencia”. 22
Con esto intentó explicar la forma que adoptaba la dependencia a partir de la
entrada del capital extranjero en el sector manufacturero de los países atrasados.
Dos Santos pensaba que Lenin se había equivocado al pronosticar que la
inversión extranjera generaría desarrollo en la periferia, ya que el capital
monopolista se aliaba con los factores que mantenían el atraso, el subdesarrollo y
la dependencia. Esto implicaba que las economías de la periferia estaban
condicionadas por el desarrollo y expansión de los países dominantes. En tanto
estos últimos podían expandirse y autoimpulsarse, los países dependientes “sólo
lo pueden hacer como reflejo de esa expansión, que puede actuar positiva o
negativamente” (Dos Santos, 1975, p. 180). Los países dependientes estaban
…en retraso y bajo la explotación de los países dominantes. Los países
dominantes disponen así de un predominio tecnológico, comercial, de
capital y sociopolítico sobre los países dependientes… que les permite
imponerles condiciones de explotación y extraerle parte de los excedentes
producidos interiormente (ibid.).
La dependencia suponía entonces explotación y extracción del excedente de los
países atrasados. Esto posibilitaba el desarrollo industrial de algunos países, “y
21
Es sorprendente la similitud entre esta caracterización de Cardoso de las burguesías de los países atrasados,
y la que había dado Trotsky en los años treinta. Trotsky sostuvo que la burguesía de los países semicoloniales
(también la de los coloniales) era una clase “semi-gobernante, semi-oprimida” (Trotsky, 1937). Agreguemos
que consideraba que México, por ejemplo, era un país semicolonial; en este sentido difería de la manera en
que Lenin empleaba el término (véase el capítulo 15).
22
Nos basamos en Dos Santos (1968) y (1975).

18
limita ese mismo desarrollo en otros, sometiéndolos a las condiciones de
crecimiento inducido por los centros de dominación mundial” (ibid.). Dos Santos
pronosticaba que la dependencia de América Latina continuaría en tanto no
pudiera transformarse “en una economía autosostenible o independiente” (ibid., p.
181). Los países que habían roto con la dependencia eran los que –fines de la
década de 1960– habían buscado consolidar una economía “independiente”, como
sucedía en “los países socialistas del Tercer Mundo, como China, Corea, Vietnam
y Cuba” (ibid., p. 182)
Dos Santos no compartió la caracterización de Frank sobre América Latina como
capitalista desde la colonización, y sostuvo que se trataba de una “economía
colonial exportadora” (Dos Santos, 1975, p. 178). También, y en contraposición a
Frank, intentó dar más importancia a las estructuras económico-sociales de los
países latinoamericanos.
Ruy Mauro Marini
Marini se reivindicaba marxista y aplicó las categorías del marxismo al estudio del
subdesarrollo; dedicamos luego dos capítulos al análisis de su obra.
Samir Amin
Amin elabora en el marco de las tesis de Baran y Sweezy sobre el monopolio.
También estuvo influenciado por los estudios africanos de antropólogos marxistas,
como Coquery-Vidrovitch, Meillassoux y Rey; este último fue uno de los
principales referentes de la tesis sobre la “articulación de los modos de
producción”, junto con Amin.
Amin sostuvo (véase Amin 1986 para lo que sigue) que el modo de producción
capitalista necesitaba contrarrestar la tendencia a la caída de la tasa de ganancia
aumentando la explotación de la fuerza de trabajo. Sin embargo en los países
adelantados no podía aumentar la explotación sin poner en cuestión la
“acumulación autocentrada”. Por “acumulación autocentrada” Amin no entendía la
autarquía económica, sino que los salarios progresaran a medida que se
desarrollaban las fuerzas productivas.
A fin de no entrar en contradicción con la acumulación autocentrada, el
capitalismo monopolista mantenía, aunque modificadas, a las formaciones
sociales precapitalistas de la periferia. La función de los modos de producción
precapitalistas era suministrar mano de obra barata al centro, a través de la
emigración; y principalmente a las plantaciones y empresas monopólicas
exportadoras, establecidas en la periferia. Esta mano de obra barata era la clave
para que hubiera intercambio desigual. Por eso, a pesar de que el colonialismo
socavaba los modos de producción tradicionales, el capitalismo no se expandía en
el continente. El sistema preservaba esos modos precapitalistas, aunque en una
forma modificada. África sub sahariana constituía el caso paradigmático de esta
situación.
Según Amin, también sufrían el intercambio desigual los campesinos que vendían
su producción a través de los canales de comercialización dominados por los
monopolios, y a los precios establecidos por éstos. En definitiva, el intercambio

19
desigual era el mecanismo más importante mediante el cual el capitalismo central
explotaba a las formaciones precapitalistas, y posiblemente la cuestión teórica
decisiva de la época.23 Es que la economía mundial no podía funcionar, sostenía
Amin, sino como “articulación de modos de producción”. El modo de producción
capitalista era dominante, pero sobrevivía solo mediante la explotación de los
modos de producción precapitalistas. 24 Los bajos salarios y el control de los
precios por parte de los monopolios también explicaban, según Amin, el deterioro
de los términos de intercambio que había estudiado Prebisch.
Como consecuencia de esta situación en las periferias la proletarización,
entendida en el sentido de Marx, era incompleta. 25 Pero la clase proletaria en el
Tercer Mundo era muy amplia, ya que por “proletarios” Amin comprendía no sólo a
los trabajadores ocupados por el capital, sino también a las amplias capas de
marginados y desocupados permanentes en la periferia y, más importante, a las
“masas campesinas integradas en los intercambios mundiales, y que pagan como
tales, al igual que la clase obrera urbana, el precio del intercambio desigual”. 26
Debido a los bajos salarios y la proletarización incompleta, los mercados internos
de los países de la periferia eran restringidos, lo que acentuaba el estancamiento.
No había posibilidad de que se desarrollara un consumo de bienes durables por
parte de los trabajadores. La industrialización –por sustitución de importaciones–
que habían experimentado algunos países del Tercer Mundo no anulaba las
condiciones esenciales del atraso. Sus economías estaban desarticuladas porque
orientaban la producción conforme a las necesidades del centro. Eran en esencia
títeres del capitalismo central; “el centro modela a la periferia según sus
necesidades” (p. 162; énfasis nuestro). La periferia no podía pasar a un
crecimiento autocentrado y dinámico.
Ernest Mandel
Mandel, a igual que Amin, sostuvo que el mercado mundial sólo podía concebirse
como una articulación de modos de producción, entre formas precapitalistas
(subordinadas) y el modo capitalista (dominante). Planteó también que el
intercambio desigual se había convertido en la principal forma de explotación de
los países atrasados, y compartió la tesis del bloqueo del desarrollo capitalista en
la periferia. Por este motivo criticó la idea de Bujarin (1971) sobre que el modo de
producción capitalista tendía a ser planetario (véase Mandel, 1979). De todas
maneras ofreció una explicación distinta del mecanismo del intercambio desigual

23
“La controversia relativa a la cuestión del intercambio desigual aborda el gran problema de nuestra época”
(Amin, 1986, p. 292).
24
La idea de que el capitalismo sólo podía reproducirse manteniendo y explotando modos de producción
precapitalistas también la encontramos en Palloix (1971) y (1975), y Laclau (1984). Por ejemplo, Laclau
consideraba que las formaciones precapitalistas eran una “condición inherente al proceso de acumulación de
los países centrales” (p. 41).
25
Como una primera aproximación podemos decir que Marx entendía por clase proletaria a los trabajadores
subsumidos a la relación capitalista –esto es, que venden su fuerza de trabajo al capital– y a los que forman el
ejército industrial de reserva.
26
Amin pensaba que esas masas campesinas estaban proletarizadas o en vías de proletarización por su
integración al mercado mundial. De ahí que, en sintonía con la estrategia maoísta, Amin considerara que los
pueblos del Tercer Mundo, como conjunto oprimido, tenían potencialidades anticapitalistas.

20
que la brindada por Emmanuel y Amin. Sostuvo que los países atrasados, al
emplear más mano de obra en promedio que los países adelantados –debido al
atraso tecnológico– generaban más valor que los países adelantados. Y ese
excedente se transfería al centro a través del intercambio (Mandel, 1979). Esta
tesis luego la desarrollaron, en las décadas de 1980 y 1990, Carchedi y otros
marxistas.
CRÍTICAS A LA CD
Una revisión de las críticas que se dirigieron a la CD, en especial en las décadas
de 1970, y 1980, nos ayudará a tener un panorama más completo de sus
posiciones.
Al estudiar las críticas a la CD es necesario distinguir, en primer lugar, las que se
dirigieron desde fuera de la CD a algunos de sus autores; en segundo término, las
que surgieron del seno mismo de la corriente y tuvieron como destinatario algún
otro dependentista; y en tercer lugar, las que se destinaron al conjunto de la CD.
Naturalmente, sólo el último grupo constituye una crítica a la CD de conjunto. Sin
embargo muchas veces se asumió que las otras dos especies formaban parte, de
alguna manera, de un cuestionamiento global de la corriente. Esto ha suscitado
quejas de los dependentistas, en especial por la situación que se generó en torno
a Frank, el autor de la CD más cuestionado. A Frank se le criticó su
caracterización del capitalismo como un sistema de producción mercantil y su
afirmación de que desde la colonización América Latina había sido capitalista; 27
su enfoque circulacionista; su visión demasiado rígida del estancamiento crónico
de las periferias; y la (casi) desaparición del análisis en términos de clases
sociales. Pero Bambirra, Dos Santos, Cardoso, entre otros, subrayaron repetidas
veces que esas posturas no representaban sus propias posiciones, y que ellos
mismos habían criticado a Frank. Hay mucho de válido en esta defensa. Es una
realidad que no toda la CD fue rígidamente “estancacionista”, o sostuvo que la
mera conexión con el mercado mundial determinara el subdesarrollo y la ausencia
de una burguesía con raíces propias. El pensamiento de Marini, por ejemplo, es
sutil y complejo.
Por lo tanto, cuando se tiene en cuenta que muchas críticas se dirigieron a algún
miembro en particular de la CD; y que además en buena medida esas críticas
fueron compartidas por otros dependentistas, la cantidad de críticas a la corriente
se reduce notablemente. Fueron pocos los autores que cuestionaron de conjunto a
la CD a partir del examen de la obra de sus miembros más referenciados. En este
respecto, tal vez la crítica más conocida a la CD sea la de Cueva (1974). Vania
Bambirra (1983) la considera “el más serio esfuerzo de cuestionar las tesis de la
teoría de la dependencia” (p. 41). Dada su relevancia, presentamos sus ideas
centrales con alguna extensión.
Cueva comienza diciendo que con la teoría de la dependencia se daba una
situación paradójica, ya que criticaba la teoría burguesa del desarrollo tomando

27
Véase Laclau (1984) y Brenner (1979), quienes señalaron que el modo de producción se define a partir de la
forma en que se extrae el excedente. Una idea que ya antes había subrayado Maurice Dobb; véase Dobb
(1976). Brenner también hace una extensa crítica al circulacionismo de Frank.

21
ideas del marxismo, pero a su vez criticaba al marxismo tomando ideas del
desarrollismo y de las ciencias burguesas. Es que la CD reproducía el dualismo,
aunque invertido, ya que en lugar de ser el sector tradicional el responsable del
atraso –como sostenía la teoría burguesa del desarrollo–, en la visión
dependentista era el sector moderno el responsable del atraso. De esta manera,
además, la dependencia se deslizaba hacia un análisis en términos de regiones,
que dificultaba el análisis de clases. Si bien Cueva admitía que existía una
contradicción entre Estados imperialistas y dependientes, la misma había que
derivarla de las clases sociales; aunque no explicaba de qué manera debería
hacerse esa derivación.
También Cueva cuestiona que la CD estuviera preocupada por el desarrollo y no
por la explotación de clases. Afirma que esto impregnaba a la teoría de la
dependencia de un tinte nacionalista, y que la contradicción central era entre
clases sociales, y no en términos de naciones, como sostenía la CD. Critica por
otra parte a Dos Santos, en torno al rol del imperialismo, ya que, según Cueva, la
entrada de los capitales extranjeros desarrollaba el capitalismo en la periferia. En
cuanto a Cardoso y Faletto, habrían trabajado con un doble código, porque por un
lado adoptaban una perspectiva desarrollista, y por otra parte una marxista. Sin
embargo también habían dejado de lado la lucha de clases. Por eso de conjunto
los análisis de la CD se hacían en términos de “oligarquías”, “burguesías”, “clases
medias”, “sectores populares”, estando ausente la relación capital / trabajo. Cueva
también cuestiona a Marini por su división del mercado de productos, donde el
consumo de los obreros estaría estancado; y sostiene que no hay que formular
leyes particulares para el país dependiente, ya que las leyes generales del
capitalismo se manifiestan en estos países simplemente con sus rasgos
particulares. No había espacio teórico, por lo tanto, para asentar una teoría de la
dependencia. Por último, Cueva objeta que la CD tratara de explicar siempre el
desarrollo de una formación social por su articulación con otras formaciones, y no
por su dinámica interna.
La segunda crítica que destacamos es la de Dore y Weeks (1979) y Weeks
(1981), que están en la línea de Brenner (1979). Básicamente estos autores
sostienen que el error de la CD fue explicar el desarrollo desigual a nivel mundial
por las transferencias de plusvalía entre países, y no poner el acento –como
sucede en la teoría marxista– en la producción como causa de esa desigualdad.
Es que la explotación se da en una relación de clases, subrayan Dore y Weeks, y
no en una relación entre países; las transferencias internacionales de valor debían
entenderse desde esta perspectiva. En coincidencia con Brenner, sostienen que la
desigualdad entre los países es consecuencia de la explotación de clases en los
países atrasados, y que el desarrollo de los países avanzados no se basa en la
extracción de riqueza de las periferias. El capitalismo no acumula a partir de la
explotación de países, sino de la clase obrera. La explotación es apropiación del
trabajo excedente, pero esta idea desaparecía cuando se hablaba de explotación
entre países, como hacía la dependencia. Con ello también se esfumaba la noción
de modo de producción. En particular, Dore y Weeks cuestionan que los autores
de la CD hablaran de que a los países subdesarrollados se les quitaba “su”
excedente, como si éste perteneciera al país. Critican también la visión

22
subconsumista de Marini, como parte de una visión estancacionista. En cuanto a
Cardoso, su error era poner en un mismo plano de importancia lo externo y lo
interno; no advertía que lo que impulsa a la sociedad es la contradicción entre las
fuerzas productivas y las relaciones de producción, que da lugar a los conflictos de
clases.
Weeks (1981) repite algunos de estos argumentos, y destaca que dependencia y
marxismo son teorías alternativas. Sostiene que la evidencia empírica estaba en
contra de las tesis de la dependencia, desde el momento en que los flujos de
capital no se daban principalmente desde los países desarrollados a los
atrasados, como decía la CD que sucedía, sino entre los países adelantados. Esta
falla en el diagnóstico derivaba de la visión equivocada de la dependencia sobre la
dinámica de la acumulación.
Otras críticas fueron más matizadas. Por ejemplo Edelstein (1981) reivindicaba
que la CD hubiera planteado que la estructura de clases de los países periféricos
se había formado por la relación con el imperialismo, y en interacción con el
mercado mundial. De todas maneras admitía, como aspectos negativos, que la CD
definía un modo de producción a partir de un análisis circulacionista, que
minusvaloraba los procesos de trabajo y tendía a concebir la historia como un
conflicto entre las clases poseedoras.
Por último, señalemos que a partir del texto de Warren (1973), hubo cada vez más
escritos que cuestionaron la visión estancacionista de la CD, a la luz de la
industrialización que estaba teniendo lugar en muchos países de Asia y América
Latina; tratamos estas cuestiones en el capítulo cinco.
RESPUESTAS A LAS CRÍTICAS
Frank fue uno de los autores más cuestionados de la CD, y también uno de los
que más respondió a las críticas. En general su defensa consistió en una
matización de sus primeras posiciones más abiertamente circulacionistas. En
particular Frank admitió que había que tomar en consideración los factores
internos de los países, en especial la lucha de clases. 28 Sin embargo se trató, en
nuestra opinión, de concesiones de formulación más que de contenido. Es que si
bien reconoció que “sí, es más importante plantear y entender el subdesarrollo en
términos de clases” (Frank, 1987, p. 9), mantuvo la idea de que esa estructura de
clases era el resultado “de lo externo”. Así, la conquista colonial habría “formado”
en América Latina su estructura económica y de clases, que a su vez habría
generado “políticas de subdesarrollo en lo económico, social, cultural y político”
(ibid., p. 23). Por otra parte el imperialismo transformaba “la estructura económica
y de clases” de los países latinoamericanos; y el neoimperialismo “volvía a
transformar la estructura económica y de clase en nuestros días” (ibid., p. 27). En
definitiva, el factor decisivo continuaba siendo el “externo”. De hecho Frank nunca
terminó de plantear la centralidad de las contradicciones de clases. Tampoco
modificó su idea sobre que el capitalismo debía definirse a partir de las relaciones
de producción, como sostiene el marxismo.

28
Véase el “Mea Culpa” con que abre Frank (1987).

23
Por otra parte, y en un nivel más general, es de destacar la respuesta de Bambirra
a Cueva (véase Bambirra, 1983). 29 Bambirra señala que muchas de las críticas de
Cueva no corresponden a posiciones de la corriente, sino a algunos de sus
autores, y la mayor parte de las veces están referidas sólo a algunas de sus obras.
Afirma que Dos Santos, o ella misma, dan importancia a los factores internos y las
luchas de clases; no sostienen una tesis estancacionista y reconocen que la
entrada de capital acelera el desarrollo capitalista. Por otra parte Bambirra
reivindica que se ponga el foco en la problemática del desarrollo y el
subdesarrollo, que había sido planteada por la realidad latinoamericana, y
permanecía como tema a resolver por una futura revolución socialista.
A partir de aquí Bambirra responde el cuestionamiento de Cueva acerca de la falta
de centralidad de las contradicciones de clase en la CD, señalando que existían
dos contradicciones claves en la sociedad contemporánea. En primer lugar, la
contradicción entre el imperialismo y las naciones oprimidas (siguiendo a Lenin y
la Internacional Comunista). Y en segundo término, la contradicción entre la
burguesía y el proletariado. Ambas se fundían en la oposición entre el
imperialismo, en alianza con las burguesías locales, y el proletariado, junto a las
naciones oprimidas. De esta forma se podía tratar dialécticamente la tensión entre
las contradicciones de clases y las contradicciones nacionales. Esta respuesta
sería extensible a las críticas de Dore y Weeks. Es
CONCLUSIÓN
A partir de la teoría sobre el imperialismo y el monopolio de los marxistas de
principios de siglo XX, y nutrida de los enfoques nacional-desarrollistas de la
CEPAL, la CD planteó ideas que terminaron conformando un verdadero
paradigma dentro de la izquierda. Sostuvo que el sistema imperialista-monopólico
explotaba a los países del Tercer Mundo; que a raíz de esta explotación estos
países tenían bloqueada la vía del desarrollo capitalista en algún sentido
fundamental; y que la ruptura de esta relación de explotación, y una genuina
industrialización sólo podrían lograrse mediante el triunfo de la revolución
socialista. Muchas críticas que se dirigieron a la CD en realidad aludían a los
trabajos de algunos de sus autores, particularmente a Frank. Sin embargo Cueva
dirigió una crítica integral a la corriente. Más críticas se plantearon en las décadas
de 1970 y 1980, a medida que avanzaba la industrialización en muchos países de
Asia y América Latina.

29
Bambirra también responde a Octavio Rodríguez y Enrique Semo. Sin embargo Rodríguez no había
criticado a la dependencia de manera explícita; y Semo sólo lo había hecho de forma somera, como reconoce
la misma Bambirra. Lo esencial del planteo de la CD está por lo tanto en la respuesta de Bambirra a Cueva.
Dos Santos (2003) considera que aquí Bambirra refutó lo esencial de los cuestionamientos de Cueva.

24
Capítulo 2
Dependencia y subimperialismo en Ruy Mauro Marini
En este capítulo profundizamos en la CD a través de la obra de Ruy Mauro Marini,
teórico y militante brasileño, nacido en 1932 y fallecido en 1997. Marini fue uno de
los autores dependentistas que aplicó de forma más sistemática la teoría de Marx.
Además abordó desde la perspectiva de la ley del valor trabajo el complejo
problema que planteaba, ya claramente desde mediados de los sesenta, la
internacionalización del capital productivo. Esto significa que rechazó las
explicaciones del subdesarrollo basadas en la presión militar o diplomática –o sea,
en la coerción extraeconómica– e intentó una explicación integral, sustentada en
la dialéctica del valor y en la teoría de la plusvalía de Marx. Además fue
consciente de que no podía seguir analizándose la economía de Brasil como
simple apéndice neocolonial del imperialismo; ni al Estado brasileño de los
sesenta como una “marioneta de los yanquis”. Sus análisis abrían entonces la
posibilidad de una renovación de las visiones que se anclaban en la teoría
leninista del imperialismo, que él mismo reivindicaba.
LAS RAÍCES DE LA DEPENDENCIA
Marini (1973) brinda una explicación abarcativa sobre las causas históricas y la
dinámica de la dependencia. Sostiene que en las primeras etapas del capitalismo
América Latina tenía como función proveer de alimentos baratos a los países
desarrollados. Este comercio iba acompañado del deterioro de los términos de
intercambio, que era necesario explicar por la acción de la ley del valor en el
mercado mundial. Marini era consciente de que a medida que el mercado
alcanzaba formas más desarrolladas, la violencia política y militar destinada a
explotar a las naciones más débiles se volvía superflua, y que la explotación
pasaba a depender de la reproducción de relaciones económicas. Por lo tanto, al
ampliarse el mercado mundial, en la visión de Marini, se ampliaba la acción de la
ley del valor. Encontramos así una idea clave, la centralidad de la ley del valor
para explicar el atraso.
Por otra parte Marini pensaba que el análisis debía centrarse en la producción,
pero que esto era aplicable sólo para los países centrales, ya que el capitalismo
dependiente estaba condicionado por la circulación de mercancías. Esto sucedía
porque existía un intercambio desigual entre las naciones adelantadas –que
exportaban bienes manufacturados a las atrasadas–, y las naciones atrasadas –
que exportaban bienes primarios a las adelantadas. Los países que producían
bienes manufacturados podían fijar precios de monopolio, por encima de sus
valores, obteniendo ganancias superiores y configurando así el intercambio
desigual. Se producía por lo tanto una transferencia de valor fundada en el poder
del monopolio, lo que determinaba la explotación entre países. Ésta era la
segunda idea clave de Marini.
El intercambio desigual explicaba entonces por qué en América Latina la clase
dominante buscaba compensar la pérdida de plusvalía mediante la
superexplotación del trabajo. Por superexplotación Marini entendía la
intensificación de los ritmos de producción, la prolongación de los tiempos de

25
trabajo y la expropiación de una parte del trabajo necesario para reponer el valor
de la fuerza de trabajo. En una palabra, la fuerza de trabajo en la periferia no se
pagaba por su valor. Esto era posible por la sobreabundancia de mano de obra,
fenómeno que tenía su causa en una propiedad de la tierra altamente
concentrada. Se configuraba así un modo de producción “fundado exclusivamente
en la mayor explotación y no en el desarrollo de su capacidad productiva” (1973).
La superexplotación juega, por lo tanto, el rol central en Marini y se vincula
orgánicamente con las leyes de la acumulación mundial del capital. Es que las
exportaciones desde la periferia favorecen la acumulación en los países centrales,
debido al abaratamiento de los medios de subsistencia de los obreros de estos
países y el consiguiente retraso en la caída de la tasa de ganancia. 30 La
superexplotación estaba en el centro de las leyes del capital operando a escala
mundial.
Marini sostiene que en la primera etapa de inserción de las economías periféricas
en el mercado mundial no existían problemas de realización, a pesar de que la
superexplotación deprimía el mercado interno, ya que la venta ocurría en el
mercado mundial. El capital podía superexplotar sin preocuparse por la
reproducción de la fuerza de trabajo –la oferta de trabajo era abundante– ni por la
realización del producto. Paralelamente las ganancias inducían a un consumo
capitalista suntuario que se abastecía con importaciones, en base a la plusvalía
que no se reinvertía productivamente. En consecuencia se producía la
estratificación del mercado interno, donde las esferas altas se vinculaban con la
producción mundial a través de las importaciones. 31 Esto configuraba una
situación de dependencia, en donde las relaciones de producción de las naciones
subordinadas eran modificadas o recreadas para asegurar la reproducción
ampliada de la dependencia.
Sobre esa relación de dependencia se había desarrollado la industrialización por
sustitución de importaciones. Pero la industrialización en Argentina, Brasil, México
y otros países no había llegado a conformar, por lo menos en su primera etapa,
una verdadera economía industrial que implicara un salto cualitativo en el
desarrollo. La industria había continuado siendo una actividad subordinada a la
producción y exportación de productos primarios. Sólo cuando se produjo la crisis
de los treinta se había obstaculizado la acumulación basada en el mercado
externo, y el eje de la acumulación se había desplazado a la industria. A partir de
entonces la demanda de bienes que consumían los capitalistas se había
recentrado hacia el interior, lo que parecía articular nacionalmente a las
economías. Es sobre esta base, sigue Marini, que se había desplegado el
desarrollismo latinoamericano en la década de 1950, encarnado por la CEPAL. Lo
central sin embargo es que permanecían los obstáculos para la industrialización,
30
Según la ley sobre la evolución de la tasa de ganancia, formulada por Marx, a medida que progresa la
acumulación capitalista tiende a caer la rentabilidad del capital, lo que está en el origen de las crisis
capitalistas.
31
La preocupación por la estratificación del mercado interno, debida a la alta concentración del ingreso en los
estratos superiores de las clases dominantes nativas, y las limitaciones que esto plantea para la demanda, y el
desarrollo, están presentes en muchos teóricos de la dependencia. Por ejemplo, el tema es central en Furtado
(1971), (1973).

26
porque ésta se había producido sobre la base de la economía exportadora, sin
que se efectuaran las reformas estructurales que generaran un marco adecuado
para la industrialización. La superexplotación representaba una traba fundamental
para avanzar hacia una estructura productiva integrada; no era sólo un resultado
de la estructura económica, sino a su vez la reforzaba.
SUPEREXPLOTACIÓN Y MARGINACIÓN
Una de las cuestiones centrales del planteo de Marini fue que la superexplotación
y las grandes masas de desocupados generaban una demanda débil, y por lo
tanto una industria también débil, que sólo podía ensancharse cuando factores
externos, tales como una crisis externa, o las limitaciones de los excedentes de las
balanzas comerciales, cerraban parcialmente el acceso a la importación de las
esferas de alto consumo. De manera que la industrialización en América Latina no
generaba su propia demanda; nacía para atender una demanda preexistente y se
estructuraba en función de los mercados de los países desarrollados. La demanda
de los trabajadores no jugaba un rol significativo, como había sucedido en el
desarrollo capitalista clásico en los países centrales, donde el consumo de bienes
salariales había sido, y continuaba siendo, el motor de la acumulación del capital.
En los países adelantados la demanda de los trabajadores realizaba el producto,
pero en los países subdesarrollados el rol de la clase obrera era sólo de
productora, ya que el producto de su trabajo era exportado. No había necesidad
de que la clase obrera fuera consumidora para la venta del producto, porque éste
se realizaba por la demanda salarial en los países adelantados. De esta forma en
Marini –como señalan Dore y Weeks (1979)– surgía una teoría de los salarios en
los países desarrollados, ya que el salario sería establecido no según el valor de la
fuerza de trabajo, sino en torno al nivel que permitiera la venta del output. Así
también en Marini la contradicción entre el capital y el trabajo en los países
desarrollados sería superada en la esfera de la circulación, dado que ambos, el
capital y el trabajo, tendrían interés en que hubiera salarios altos. La explicación
de Marini tiene una clara vinculación con la idea de que los trabajadores de los
países adelantados participan en la explotación de los países atrasados, que fue
popular en las visiones “tercermundistas”.
A partir de lo anterior, la industrialización en América Latina había dado como
resultado un sector productor de bienes de consumo masivo que, siempre según
Marini, era poco dinámico, atrasado. Y un sector productor de bienes de consumo
de lujo o bienes durables –típicamente el automóvil– que era dinámico, y estaba
dirigido a los sectores altos y medios burgueses, de fuerte poder adquisitivo.
Dentro del sector productor de bienes de producción e insumos eran dinámicas las
industrias que producían insumos para las industrias de bienes de lujo. Una rápida
acumulación del capital solo era posible cuando existía un consumo masivo
creciente; lo que implicaba mejoras de los salarios a medida que aumentaba la
productividad, generándose así un círculo virtuoso. Pero en América Latina la
superexplotación no solo se mantenía, sino también se acentuaba cuando entraba
el capital extranjero en la industria, el comercio y los servicios básicos,
aumentando los obstáculos para dar lugar a una acumulación dinámica.

27
Sin embargo Marini tomó distancia de las tesis más claramente estancacionistas,
que eran populares entre los autores heterodoxos. Admitió que con la entrada del
capital extranjero en América Latina –en especial en Brasil, Argentina, México–
avanzaban la industrialización y la productividad del trabajo. El desarrollo
capitalista era deformado, porque la acumulación basada en la superexplotación
obstaculizaba el tránsito hacia la producción de plusvalía relativa, o sea, basada
en la tecnología y la productividad del trabajo. Esto ocurría porque el fundamento
de la dependencia era la superexplotación del trabajo, que ahogaba la realización
de la mercancía; el mercado estaba segmentado y la industria desarticulada.
LOS ESQUEMAS DE REPRODUCCIÓN DE MARX Y LA TESIS DE MARINI
Para profundizar en el planteo hay que tener presente la postura de Marini ante los
esquemas de reproducción de Marx. Con estos esquemas Marx demuestra que,
en tanto se mantengan ciertas proporciones, en el capitalismo no existirían
problemas con la realización del producto. Si se toma el modelo más sencillo, de
acumulación simple –donde toda la plusvalía se consume– y denominando sector I
al productor de bienes de producción, y sector II al productor de bienes de
consumo, Marx prueba, teóricamente, que la realización del producto jamás puede
depender exclusiva ni principalmente de los salarios. En términos numéricos, y
siendo
c = capital constante; v = capital variable; s = plusvalía:
I) 4000c + 1000v + 1000s = 6000
II) 2000c + 500v + 500s = 3000
El producto se agota, ya que del valor total de 6000 de medios de producción,
4000 son consumidos para la renovación de medios de producción en el sector I;
del valor de 3000 en medios de consumo, 1000 son consumidos por capitalistas y
trabajadores del mismo sector; y 2000 son consumidos por capitalistas y obreros
del sector I, a la vez que los capitalistas del sector II disponen entonces de 2000
para renovar los medios de producción que han consumido. En definitiva, la
condición de equilibrio es que v + s de I sea igual a c de II. Como puede
observarse, y de acuerdo a Marx, si los salarios bajan, la realización del producto
no ofrece problemas en tanto los capitalistas gasten la plusvalía. El problema no
se modifica si se trata de la acumulación ampliada, esto es, de la reinversión
productiva de la plusvalía. En este caso la magnitud de los medios de producción
generada en el sector I debe superar a los medios de producción consumidos;
pero siempre que la clase capitalista gaste la plusvalía, sea en consumo o
acumulación –y descontando que la clase trabajadora gasta sus salarios en
medios de consumo– no hay dificultades con la realización del producto. Una vez
más hay que destacar que los salarios solo representan una fracción de esa
realización. Nunca la venta del producto puede depender del salario; si así fuese
el sistema capitalista no podría funcionar.
Según Marx, entonces, la vitalidad de la acumulación no depende del salario
obrero, sino del gasto de los capitalistas. Marini en cambio sostiene que en los
países dependientes la traba fundamental para el desarrollo está en el

28
estrangulamiento de la demanda, debido a los bajos salarios y la desocupación. 32
¿Cómo encaja entonces su tesis con los esquemas de Marx? Su respuesta es que
los esquemas de reproducción son modelos abstractos, que no tienen aplicación
práctica en la medida en que hay que incluir en los análisis los aumentos de la
productividad, de la composición orgánica del capital, o la superexplotación. Más
aún, tomados de manera abstracta, los esquemas de Marx corresponderían a la
ley de Say; o sea, a la tesis que dice que toda oferta genera su propia demanda.
Frente a esto, y siguiendo a Lenin, Marini sostiene que el destino último de la
acumulación es la producción de bienes de consumo, y que el factor dinámico es
el consumo de los sectores populares. De manera que la acumulación del capital
sólo sería posible si aumentara el consumo de los sectores populares, algo que
sucedía en los países desarrollados, pero no podía ocurrir en los países
dependientes.
PLUSVALÍA EXTRAORDINARIA Y ACUMULACIÓN
La superexplotación y la desigualdad de la distribución del ingreso permiten
entonces explicar, según Marini, por qué se reproduce una estructura económica
desarticulada, donde la industrialización hereda la pauta de consumo que se ha
generado en la economía exportadora. Es que el desarrollo de la industria del país
dependiente se hizo fundamentalmente para sustituir importaciones destinadas a
las clases medias y altas, o sea, el 5% aproximadamente de la población total,
más el 15% del estrato siguiente (Marini, 1974). Para asegurar el dinamismo de
esta estrecha franja del mercado, se le traspasa poder de compra que
correspondería a los grupos de bajos ingresos, o sea, a las masas trabajadoras
sometidas a la superexplotación. Paralelamente, para aumentar la cuota de
explotación por mayor productividad del trabajo, se importan capitales y tecnología
extranjeras. Estas últimas se relacionan con patrones de consumo de sectores de
altos ingresos, por lo cual se mantiene la tendencia a la compresión del consumo
popular. Las tecnologías modernas, a su vez, aumentan el desempleo, el
subempleo y la marginalidad, y ayudan a asegurar la superexplotación. Además la
superexplotación agudiza la concentración del capital, ya que parte del fondo de
salarios va a la acumulación. A todas luces es claro que se acentúa el divorcio
entre la estructura productiva y las necesidades de consumo de las masas.
Se generan entonces graves desequilibrios intersectoriales, debido a la tendencia
al crecimiento desproporcionado de la producción de artículos suntuarios (sería un
subsector IIb, en los esquemas de reproducción), con respecto a la producción de
medios de producción (sector I) y bienes de consumo necesario (subsector IIa).
Este desequilibrio se combina con el predominio en la producción suntuaria por
parte del capital extranjero, lo que implica tecnología superior a la media,
estructuras monopólicas y manipulación de precios. Sin embargo Marini da más
importancia, para explicar el crecimiento desproporcionado, a la mecánica de
32
Los esquemas de reproducción siempre han representado un problema para aquellos teóricos que han visto
en los bajos salarios la dificultad fundamental de la acumulación capitalista. Es la llamada teoría del
subconsumo (véase Bleaney, 1977). No es casual que Marx haya formulado la crítica más contundente a la
teoría del subconsumo precisamente en la sección tercera del tomo II de El Capital, cuando presenta los
esquemas de reproducción.

29
generación de plusvalía extraordinaria que a las manipulaciones monopólicas de
precios (véase Marini 1979). Sostiene que si una o algunas empresas consiguen
elevar la productividad por encima del promedio de su rama productiva, obtendrán
plusvalías extraordinarias, debido a la diferencia entre el precio que rige en el
mercado, y el costo individual del innovador. La plusvalía extraordinaria que
obtiene el capitalista innovador proviene de una transferencia de plusvalía de los
otros capitalistas de la rama. 33 A su vez, cuando la nueva tecnología se generaliza,
la plusvalía extraordinaria desaparece y el producto se abarata. Si este producto
forma parte de la canasta de bienes del trabajador (producida por el sector IIa) o
constituye un insumo de su producción, el valor de la fuerza de trabajo se abarata
y, –todas las condiciones permaneciendo iguales– aumenta la plusvalía relativa.
Pero si el aumento de la productividad se registra en el sector IIb, aunque se anule
la plusvalía extraordinaria obtenida por el capitalista individual –cuando se
generaliza la innovación tecnológica– ese aumento de la productividad “seguirá
traduciéndose en un nivel de productividad superior al resto de la economía”. A
continuación sostiene que dado que el valor de la fuerza de trabajo permanece
inalterado, la mayor productividad del trabajo se traducirá en un grado de
explotación superior y también en una mayor cuota de plusvalía en la rama en
cuestión. Ahora la plusvalía extraordinaria no constituye una transferencia
intrasectorial sino que “se sitúa a nivel de las transferencias de valor
intersectoriales y de las relaciones de distribución en el conjunto de la economía”
(1979). Además, los productos suntuarios gozan de una mayor elasticidad de
demanda, debido a los aumentos de plusvalía en la economía y a que parte de
esa plusvalía no se acumula productivamente. Lo cual permite a los capitalistas de
IIb trasladar en menor medida los efectos del aumento de la productividad a los
precios.
De manera que existiría una transferencia intersectorial de plusvalía de I y IIa a IIb.
Como dice Marini, se trataría “de una situación similar a la que alude la noción de
intercambio desigual en la economía internacional”. Esto a su vez reduce la masa
de ganancia en I y IIa y presiona hacia abajo la tasa de ganancia. Así, IIb obtiene,
como sector, una plusvalía extraordinaria y presiona hacia abajo la tasa general de
ganancia; situación que se amplifica donde existe superexplotación. En
consecuencia tiende a inflarse el sector IIb –que goza de una demanda dinámica,
sostenida por el consumo de plusvalía– y el sector IIa tiene poco dinamismo. La
economía está desestructurada, con diferentes grados de desarrollo; y los
capitales extranjeros que han invertido en IIb reciben una plusvalía extra, similar a
la que ocurre en el esquema del intercambio desigual a nivel del comercio
internacional. De esta manera se amplían constantemente las brechas:
a) entre las industrias dinámicas (productoras de bienes suntuarios y de
bienes intermedios y equipos destinados a éstas) y las industrias
tradicionales;

33
Marini (1979) presenta el siguiente ejemplo teórico. Supongamos que dos empresas, A y B, fabrican
zapatos, siendo A de capital extranjero con mayor tecnología; A logra entonces una plusvalía extraordinaria y
“la mayor ganancia de A es, en consecuencia, un fenómeno normal, correspondiendo a la transferencia de
valor al interior de la rama de zapatos” (énfasis añadido).

30
b) entre las grandes empresas, en su mayoría extranjeras o ligadas al capital
extranjero, y las empresas medianas y pequeñas (Marini, 1974).
Las ramas que se benefician son las que se separan del consumo popular, y
existe una desproporción creciente entre la producción y el consumo. Esta
contradicción es entonces la clave de la dinámica del desarrollo dependiente en
Marini. Los graves problemas de realización que se presentan a su vez tratan de
resolverse con:
a) la intervención del Estado, creando mercados con obras de infraestructura,
vivienda, circunstancialmente la compra de armamento, y similares;
b) la concentración del ingreso para incrementar el poder de compra de los
sectores que demandan bienes de IIb;
c) la exportación de manufacturas.
El ítem (c) apunta a la necesidad de establecer un dinamismo exportador, que es
un resultado de las leyes propias de la acumulación dependiente, sustentada en la
superexplotación. De esta manera llegamos al concepto de subimperialismo. A
igual que en las tesis clásicas de Lenin, uno de los motivos centrales de la
expansión del capital hacia fuera es el agotamiento del mercado interno debido al
bajo poder de consumo de las masas trabajadoras.
SUBIMPERIALISMO
La tesis sobre el subimperialismo de Marini se deriva de lo que hemos visto y se
articula con la idea de que en las décadas de 1960 y 1970 se había producido una
diversificación y extensión de la industria manufacturera a escala mundial, lo que
resultaba en el escalonamiento y jerarquización de los países capitalistas en forma
piramidal, con el surgimiento de nuevos centros medianos de acumulación. Esto
es, de potencias capitalistas medianas, lo que lleva a hablar de la emergencia de
un subimperialismo. Se trataba de un proceso al mismo tiempo de diversificación e
integración, con una superpotencia a la cabeza, Estados Unidos. De hecho Marini
estaba registrando la internacionalización del capital, y el fortalecimiento de
centros de acumulación en las periferias. En Argentina, Brasil y México en
particular, se había registrado una fuerte entrada de IED desde el fin de la
Segunda Guerra. De esta manera el capital extranjero había reconquistado los
mercados internos, ya no a través del comercio, sino de la producción (Marini,
1977). Era la internacionalización del sistema productivo nacional y su integración
a la economía capitalista mundial. Ya no se asistía a una mera integración
productiva mediante enclaves, a una anexión de áreas de producción –extractivas
o agrícolas– a los centros industrializados, sino a la vinculación del capital
extranjero a un sector de la estructura productiva nacional.
Una consecuencia de esta entrada de inversiones extranjeras había sido una alta
concentración del capital –mayor aún que en los países desarrollados– y la
formación de un estrato de grandes empresas con una superioridad abrumadora
sobre el resto. Pero dadas las limitaciones estructurales de los mercados internos
para las industrias dinámicas, era imperioso impulsar las exportaciones
manufactureras, y de ahí, la necesidad de desplegar una política imperialista.

31
Brasil habría sido el país donde el fenómeno se había dado de manera más
acentuada, generándose un subimperialismo. El subimperialismo era la forma que
asumía la economía dependiente al llegar a la etapa de los monopolios y el capital
financiero. Implicaba dos componentes básicos: una composición orgánica del
capital media en la escala mundial de los aparatos productivos nacionales. Y una
política expansionista relativamente autónoma, que se acompañaba de una mayor
integración al sistema productivo imperialista y se mantenía bajo la hegemonía
ejercida por el imperialismo a escala mundial. En América Latina sólo Brasil
expresaba auténticamente este fenómeno; en Asia el rol subimperialista lo
jugaban Irán del Sha, e Israel en Oriente Medio.
Por otra parte el subimperialismo brasileño no era solo la expresión de un
fenómeno económico, sino también el resultado de la lucha de clases y del
proyecto político definido por el equipo tecnocrático militar que había asumido el
poder en 1964. Con respecto a la lucha de clases, constituía la respuesta al
ascenso de las luchas obreras y populares, iniciado en América Latina a mediados
de los cincuenta, y que había tenido su pico en el triunfo de la Revolución Cubana.
Marini también subrayó la intencionalidad ideológica del Estado militar brasileño,
que había adoptado de manera consciente el objetivo de transformarse en un
centro desde el cual se radiaría la expansión imperialista en América Latina. Este
análisis se oponía así al diagnóstico simplista de muchos que habían
caracterizado al gobierno militar brasileño como una marioneta de Estados
Unidos. Marini criticó la idea de que el Estado militar brasileño fuera un títere de
Washington. En su opinión se trataba de un proyecto integrado con el
imperialismo, pero relativamente autónomo, que respondía a las contradicciones
internas que enfrentaba la acumulación dependiente, en un contexto internacional
específico. En este marco, el Estado servía como mediación negociadora con las
potencias. Esto sucedía porque la burguesía de los países dependientes era débil
para negociar directamente con la burguesía imperialista. El gran capital se
aglomeraba con el Estado nacional, y éste se transformaba en lo que Bujarin
había descrito como un “trust capitalista nacional”. 34 Ese Estado conservaba cierta
autonomía con respecto al imperialismo, como se había evidenciado repetidas
veces en su política económica y en sus relaciones comerciales y diplomáticas.
Por ejemplo Brasil mantenía relaciones estrechas y privilegiadas con los países
africanos que se independizaban de Portugal, como Angola, a pesar de sus
gobiernos izquierdistas enfrentados a Estados Unidos y Sudáfrica. Brasil también
había exportado cereales a la URSS cuando el gobierno de Reagan había
impuesto un embargo; y el Estado brasileño había desarrollado una industria
nuclear independiente. Aunque Marini marcaba también los límites de esta
autonomía, porque el gobierno brasileño debía actuar en consonancia con los
intereses generales del capitalismo y de Estados Unidos en las cuestiones
decisivas. Su autonomía se desplegaba en áreas no vitales para el imperio.
Asentado entonces en la superexplotación y el aumento de la productividad,
impulsado por la entrada de inversiones extranjeras a la industria, y enfrentando
dificultades de realización, el desarrollo brasileño demandaba una política agresiva

34
Véase Bujarin (1971).

32
de expansionismo comercial. La agudización de la lucha por los mercados, y por
exportar manufacturas, constituía uno de los rasgos decisivos del imperialismo.
Sin embargo Marini se cuidó de identificar cualquier fenómeno de exportación
manufacturera con el subimperialismo. En su opinión, no era suficiente exportar
manufacturas para ser un país imperialista. Para que existiera subimperialismo era
necesario que hubiera un proceso industrial más dinámico e independiente que el
característico de una red de ensambladoras. Ese proceso dinámico se vinculaba al
desarrollo industrial, y la internacionalización del capital.
Un rasgo típico de imperialismo de Brasil lo constituía el intento del capital nativo
de asegurarse el control de las fuentes de materias primas: hierro y gas en Bolivia,
petróleo en Ecuador y en las ex colonias portuguesas en África, el potencial
hidroeléctrico en Paraguay. Brasil desplazaba a sus rivales, Argentina y
Venezuela, y se aseguraba áreas de influencia. También exportaba capital,
principalmente a través de empresas estatales; el caso representativo era
Petrobrás. Como parte integrante del proceso de internacionalización del capital,
Brasil recibía capitales, pero a su vez los reexportaba. Por último, Brasil podía
caracterizarse como un caso de subimperialismo porque poseía el rasgo
fundamental que –según las tesis leninistas clásicas– definía el imperialismo, una
acelerada monopolización y crecimiento del capital financiero.
CONCLUSIÓN
La obra de Marini constituyó uno de los intentos más acabados dentro de la
dependencia de aplicar las categorías marxianas al análisis de la realidad
latinoamericana, manteniendo también lo esencial de las tesis sobre el
imperialismo monopolista. Sin embargo, en cuestiones decisivas en lo que
respecta a la acumulación y reproducción ampliada del capital, Marini considera
que la teoría de El Capital no tiene aplicación. Los esquemas de reproducción de
Marx eran abstractos y conducían a la ley de Say; el bajo poder de compra de los
trabajadores restringía el mercado y el desarrollo capitalista; la generación de
plusvalía relativa estaba bloqueada en los países subdesarrollados; los salarios en
el Tercer Mundo se determinaban no según el valor de la fuerza de trabajo, sino
por la necesidad de sostener la venta del producto. Por último, y en línea con el
pensamiento leninista, el subimperialismo brasileño era una consecuencia de la
limitación de los mercados y la imposibilidad de realización interna del producto.
Paralelamente Marini constata que la ley del valor trabajo tenía mayor vigencia, a
medida que se extendía el mercado mundial, y que en el capitalismo se estaban
internacionalizando las fuerzas productivas.

33
Capítulo 3
Discusión sobre Marini desde la teoría del valor trabajo
Como ya hemos señalado en el capítulo anterior, uno de los rasgos que distinguió
el análisis de Marini fue su intento de aplicar sistemáticamente la teoría del valor
trabajo a los fenómenos que estudiaba. Si bien utilizaba el concepto de monopolio,
no se advierte que lo hiciera para significar que las grandes corporaciones
pudieran controlar y manipular los precios a voluntad. Su posición a veces es
ambigua, pero en términos generales aplica un encuadre analítico de mercados
competitivos; por ejemplo, cuando explica la generación de plusvalía relativa como
resultado de la competencia tecnológica. Es a partir desde este marco que
analizamos en algunos de problemas que plantean las explicaciones de Marini.
LA DINÁMICA DE LA ACUMULACIÓN Y EL SUBCONSUMISMO
Una de las cuestiones centrales de Marini, que también está presente en otros
teóricos de la dependencia y en la CEPAL, es su idea de que el estrangulamiento
de los mercados internos presenta formidables obstáculos para el desarrollo de las
fuerzas productivas en la periferia. Marini pensaba que los esquemas de
reproducción “a lo Marx” no tenían aplicación en los países dependientes, que su
aceptación implicaba admitir la validez de la ley de Say, y que la industrialización
estaba estructuralmente limitada por la falta de poder adquisitivo de los sectores
populares.
Empecemos entonces por la cuestión más abstracta, la relación entre los
esquemas de reproducción de Marx y la ley de Say. Como se recordará, esta ley
postula que a toda oferta le sigue inmediatamente una demanda; de lo que se
deriva que no podrían existir crisis generales de sobreproducción. Según Marini,
debido a que los esquemas de reproducción de Marx muestran cómo puede
ocurrir la venta del producto –si se cumplen ciertas proporciones–, los esquemas
avalan la ley de Say. Sin embargo es claro que la posibilidad no implica
necesariedad. Esto es, a partir de la afirmación –contenida en los esquemas de
Marx– de que si los capitalistas gastan la plusvalía, la realización del producto,
considerado globalmente, es posible, no se puede sostener –como hace la ley de
Say– que la sobreproducción generalizada es imposible. Esta segunda afirmación
sólo se podría defender si se pensara que los capitalistas siempre gastan su
plusvalía, sea en inversiones o consumo. Pero precisamente la teoría de las crisis
de Marx se basa en la idea de que en determinadas coyunturas los capitalistas
dejan de invertir; esto es, no se cumple la ley de Say. Con lo cual se demuestra,
contra lo que pensaba Marini, que la crítica marxiana de la ley de Say no pasa por
los esquemas de reproducción, sino por su teoría de la crisis. Los esquemas de
reproducción cumplen la función de demostrar por qué y cómo el capitalismo
puede reproducirse en escala creciente, ampliando los mercados. De ninguna
manera Marx trató de demostrar que inevitablemente, y siempre, a una compra le
sigue una venta, sino que, en tanto los capitalistas gasten la plusvalía, no debería
haber problemas para la realización de las ventas. La esencia del planteo se
deriva directamente de la concepción del valor trabajo, ya que a un valor generado
en la producción le debe corresponder, en promedio, un poder de compra

34
equivalente por el lado de la demanda. El valor, según la teoría de Marx, se
genera en la producción y se realiza en la venta. En la medida en que los
capitalistas y los trabajadores decidan ejercer su poder de compra, no tiene por
qué existir una crisis de realización. Esta circunstancia permite a Marx criticar las
explicaciones subconsumistas de las crisis; pero el rechazo de la tesis
subconsumista no es sinónimo de aceptación de la ley de Say.
En segundo término, y vinculado a lo anterior, los salarios bajos, la
superexplotación y el ejército industrial de reserva no constituyen en sí mismos
obstáculos para la acumulación capitalista, como pensaron Marini y otros teóricos
de la CD, sino más bien todo lo contrario. Es que en la medida en que los salarios
son bajos, la plusvalía puede ser alta, y si los capitalistas reinvierten una parte
importante de la misma en ampliar su capital, habrá crecimiento de las fuerzas
productivas, y por lo tanto de la oferta y de la demanda correspondientes. Este
fenómeno se ha dado en el capitalismo central; véanse, por ejemplo, los niveles
de explotación y miseria descritos por Marx y Engels durante la Revolución
Industrial inglesa, a la par que se desplegaba una intensa acumulación de capital.
Pero además, una vez iniciada la acumulación, la canasta de bienes de consumo
salarial también se modifica como resultado del mismo crecimiento de las fuerzas
productivas y de la clase obrera, incluso por el mayor poder de negociación de
ésta frente al capital. Por lo cual no es cierto que las industrias de bienes durables
estuvieran condenadas en América Latina a una demanda limitada a un cinco o
diez por ciento de la población. De hecho grandes sectores de la clase obrera en
Argentina, Brasil, Chile y otros países latinoamericanos accedieron al consumo de
bienes durables como refrigeradores, televisores, lavarropas, teléfonos, equipos
de música y similares. Y algunas capas –consideramos parte de la clase obrera a
todos los asalariados que están subsumidos a la relación capitalista– alcanzaron
el automóvil (aunque en la mayoría de los casos no sea un “cero kilómetro”). Todo
esto no niega la existencia de la superexplotación, la marginación y los ejércitos
industriales de reserva, pero pone las cosas en una perspectiva más ajustada a la
realidad. El problema no es menor porque muchas veces los diagnósticos de la
izquierda –en línea con la visión estancacionista– se vieron desmentidos por los
desarrollos del capitalismo en la periferia, precisamente por no entender esta
dinámica de la acumulación.35
De lo anterior se deriva entonces una crítica más general del estancacionismo, y
una perspectiva distinta de la que defendió la CD sobre los efectos de la entrada
del capital extranjero en los países atrasados. Marini y otros autores de la CD
pensaron que el rol de las burguesías locales no podía ser más que de
subordinación al capital extranjero que invertía en la periferia; si los mercados
estaban estructuralmente restringidos, no había espacio para una acumulación

35
Un ejemplo característico de esto fue la postura de la izquierda argentina cuando se produjo la privatización
de los teléfonos en Argentina, a comienzos de los noventa. Diagnosticó que el plan de la burguesía y el
gobierno consistía en que solo hubiera teléfonos para una minoría de privilegiados. La realidad es que en los
años que siguieron a la privatización el uso de los teléfonos se extendió a amplias franjas de la población,
incluida la clase obrera. Esto fue a la par de la superexplotación de amplias franjas, del aumento de la
marginación social y el ejército de desocupados en Argentina. El capitalismo amplía los mercados a través de
esta dialéctica contradictoria.

35
“auto” impulsada. Sin embargo la entrada del capital extranjero en los sectores
dinámicos de las economías atrasadas, y la dependencia tecnológica y financiera
con respecto a los centros imperialistas, no anularon la posibilidad de que se
desarrollaran empresas industriales en manos de fracciones de las burguesías
nativas. A veces estas fracciones se asociaron al capital extranjero; en otras
oportunidades capitalizaron renta agraria; o acumularon en base a la intensa
explotación del trabajo y crecieron desde empresas pequeñas y medianas hasta
alcanzar el status de empresas importantes, imitando avances tecnológicos o
pagando por tecnología de punta. No se trata de una burguesía que alcance el
poder del capitalismo central; pero tampoco estamos ante una burguesía lumpen y
meramente satélite. La dinámica de este capital ha respondido a las leyes más
generales de la acumulación capitalista.
Una consecuencia de la visión que estamos presentando es la necesidad de
volver a pensar críticamente sobre los efectos que tiene la IED en los países
atrasados. No sólo porque la IED fomenta el desarrollo capitalista, un fenómeno
que ya habían admitido Cardoso, Dos Santos o Marini, sino porque la IED no
impide que ese capitalismo dependiente adquiera dinámica propia. Lo cual
significa que la dirección y los modos de desarrollo en la periferia no están
“dictados” por las corporaciones internacionales. Se trata de formas de
acumulación locales que se articulan, a través de las leyes de la competencia
capitalista, con los capitales extranjeros, y en ese carácter entran en el mercado
mundial. Y es por esta misma dialéctica que estos capitales surgidos de los países
atrasados terminan participando en la mundialización de las inversiones; una
cuestión sobre la que volvemos más adelante.
LA TESIS DEL INTERCAMBIO DESIGUAL ENTRE SECTORES
Marini sostiene que si algunas empresas consiguen elevar su productividad por
encima del promedio de su rama productiva, obtendrán plusvalías extraordinarias,
debido a la diferencia entre el precio que rige en el mercado y el costo individual
de las empresas innovadoras. Ésta es, en principio, la postura de Marx. Sin
embargo Marini plantea también que esta plusvalía extraordinaria representa una
transferencia de plusvalía desde los otros capitalistas de la rama. Esta idea se ha
mantenido hasta el día de hoy en muchos autores, y constituye la base para
demostrar el intercambio desigual en Carchedi (1991), por ejemplo. La cuestión es
importante porque pone en primer plano no sólo la relevancia de la teoría del valor
para explicar el desarrollo en los países atrasados, sino también porque
demuestra la necesidad de realizar un análisis cuidadoso de las relaciones
implicadas. Uno de los problemas que notamos en los análisis sobre intercambio
desigual, y similares, es la relativa liviandad con que se postulan transferencias de
plusvalía y valor entre sectores o países.
Entrando ahora en la tesis de Marini, el problema es que no hay forma de explicar
de qué manera las empresas de menor tecnología generan mayor plusvalía dentro
de una rama, para que esa plusvalía pueda ser transferida (o reaparecer) como
plusvalía extraordinaria en la empresa innovadora. Las empresas que tienen una
tecnología modal (o promedio) con respecto a la rama, y venden al precio de
producción (costo + tasa media de ganancia), no pueden generar plusvalía extra

36
que esté disponible para ser transferida a parte alguna. Con menor razón pueden
generar plusvalía extra las empresas con menor tecnología que la modal, porque
cada hora de trabajo en estas empresas genera menos valor que la hora de
trabajo en las empresas con la tecnología modal. Puesto de manera más sencilla,
si una empresa emplea en promedio diez horas de trabajo para fabricar el
producto X, y las empresas modales emplean en promedio seis horas de trabajo,
la empresa atrasada no ha generado cuatro horas extras de valor. Por el contrario,
solo ha generado seis horas de valor (igual al tiempo de trabajo socialmente
necesario) y cuatro horas de trabajo no han sido validadas en el mercado como
generadoras de valor. ¿De dónde puede surgir la plusvalía extraordinaria? La
respuesta la da Marx al explicar que el trabajo en la empresa que tiene una
tecnología superior actúa como trabajo potenciado y genera más valor que el
trabajo que emplea tecnologías inferiores.36 Por lo tanto no existe transferencia de
plusvalor desde las empresas de menor tecnología a las empresas de mayor
tecnología.
Marini también sostiene que cuando la nueva tecnología se generaliza, la plusvalía
extraordinaria desaparece, el producto se abarata, y si este producto entra en la
canasta de consumo, aparece la plusvalía relativa. Esto efectivamente
corresponde a la dinámica del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el
capitalismo. Pero en seguida explica que si el aumento de la productividad se
registra en el sector IIb (productor de bienes de consumo suntuarios), y aunque se
anule la plusvalía extraordinaria obtenida por el capitalista individual –cuando se
generaliza la innovación tecnológica–, el aumento de la productividad seguirá
traduciéndose en un nivel de productividad superior al resto de la economía. De
manera que ahora la plusvalía extraordinaria de la que se apropia la rama surge
de la transferencia de plusvalía desde los sectores I y IIa al IIb.
De nuevo aparece el empeño por demostrar las transferencias de plusvalía entre
sectores. La redistribución de plusvalor entre ramas es un fenómeno natural en el
sistema capitalista, que da lugar a la igualación de la tasa de ganancia, y a los
precios de producción, que rigen los precios de mercado. Sin embargo esto
sucede no porque existan “diferentes productividades entre ramas”, sino porque
hay diferentes composiciones orgánicas de capital, lo que es muy distinto de lo
que afirma Marini. La diferencia es fundamental porque hablar de diferencias de
productividad entre ramas no tiene sentido económico. No se puede decir que la
empresa que produce el automóvil A sea más productiva que la empresa que
produce el avión B, porque es imposible comparar productividades cuando se
trata de valores de uso distintos. La productividad se relaciona con el tiempo de
trabajo necesario para generar determinado valor de uso, y por lo tanto no es
posible decidir qué trabajo es más productivo si los bienes físicos no se pueden
igualar. Pero si esto es así, la explicación de Marini sobre la diferencia de
productividad entre la rama IIb y el resto de la economía no tiene sentido. Por lo
tanto también se cae su explicación sobre la apropiación de una plusvalía
extraordinaria, en lo que respecta a la rama, a partir de la transferencia desde
otras ramas. Si en IIb se generaliza el cambio tecnológico, y no existen precios de
36
Esta cuestión también es clave para comprender la teoría de la renta de Marx, que presentamos en el
capítulo 12 y sobre la que profundizamos en el Interludio I.

37
monopolio, el precio del producto suntuario cae, y la plusvalía extraordinaria
desaparece. No hay manera de que esta última subsista en la rama.
Por supuesto, si la demanda supera la oferta, el precio de mercado puede ser
superior durante todo un tiempo al precio de producción. Esto implicará una tasa
de ganancia más alta para la rama; lo que en condiciones de movilidad de
capitales inducirá a otros capitales a entrar en la rama; lo que provocará el
aumento de la oferta, hasta que se iguale con la demanda, y el precio de mercado
se acerque al precio de producción determinado por –en promedio– la tasa media
de ganancia. No hay misterio en todo esto. A pesar de las trabas para la entrada
de capitales en ramas de alta concentración de las empresas, ésta es la mecánica
que se repite, en sus líneas fundamentales, tanto en los países adelantados como
en los atrasados.
Esta discusión es importante porque Marini asimila las supuestas transferencias
de plusvalías extraordinarias al intercambio desigual entre naciones. La matriz de
su razonamiento coincide con las explicaciones sobre intercambio desigual,
aplicadas al caso de competencia intra industrias. Mandel y Carchedi, entre otros,
sostienen por eso que los países atrasados transfieren plusvalía a los países
adelantados. De esta manera subsiste una idea de explotación, de alguna manera,
de los capitales que operan con tecnologías de avanzada, sobre los capitales que
tienen tecnología atrasada. Marini da lugar para que el mecanismo se aplique al
interior del país dependiente. Pero lo que sucede es que los capitales que
emplean tecnología de avanzada extraen más plusvalía de sus obreros, que los
capitales que emplean tecnología atrasada.
ESQUEMAS DE REPRODUCCIÓN Y ACUMULACIÓN DESIGUAL
Uno de los planteos centrales de Marini es que el desarrollo en las economías
dependientes es hasta cierto punto “deforme”, porque existe una gran
desproporción entre las ramas IIb, y los sectores de I que le proveen de insumos,
y el resto de la economía. Siendo importante la tesis sobre el sesgo de los países
de la periferia hacia el desarrollo desigual, y deformado –véase más adelante una
explicación de esta problemática vinculada a variaciones en el tipo de cambio– es
necesario precisar los mecanismos por los cuales se produce. En Marini subyace
la idea de que el sector IIa (productor de bienes de consumo masivo, salariales)
está condenado al estancamiento, debido al estrangulamiento de la demanda, y
que IIb (productor de bienes de lujo) es dinámico y goza de una mayor elasticidad
de demanda, de manera permanente. La esencia del problema residiría así en la
distribución extremadamente desigual del ingreso.
Pero esta idea no explica el desarrollo capitalista real de los países dependientes.
Es cierto que en los años sesenta el sector automotriz –epítome de la industria de
lujo en los escritos de la dependencia– fue uno de los más dinámicos en América
Latina, y que estuvo dominado por el capital extranjero, principalmente el
americano. Pero éste fue un rasgo que en buena medida se repitió también en los
capitalismos adelantados, y tiene que ver más con el desarrollo desigual que
caracteriza históricamente al sistema capitalista. Cuando aparecen productos
nuevos que ganan aceptación y gozan de alta demanda, se registran altas tasas

38
de crecimiento en las ramas que los producen. Esto sucedió y sigue sucediendo, y
es un fenómeno que han registrado de forma acabada los schumpeterianos. La
rama innovadora experimenta un alto dinamismo, hasta que el producto alcanza
madurez, y se estabiliza. Es lo que sucede en Argentina, por ejemplo, con la rama
informática, que crece –dato del año 2006– a tasas del 20 al 25% anual, o sea,
mucho más de lo que lo hace la economía de conjunto. Además, sucede muchas
veces que el producto nuevo en una primera instancia es consumido por los
sectores de más altos ingresos, y luego paulatinamente, a medida que aumenta la
productividad, puede “derramarse” hacia los sectores de ingresos más bajos,
incluidos los trabajadores. Para brindar algunos ejemplos sencillos y recientes, es
lo que sucedió con la televisión, los teléfonos celulares o las computadoras
personales; hoy estos productos los consumen capas importantes de la clase
trabajadora, aunque en sus inicios fueran demandados sólo por la burguesía y las
capas altas. Ya hemos explicado que esto se corresponde con la dinámica “a lo
Marx” del capitalismo.
Por otra parte, tampoco se ha verificado la idea de Marini de que los sectores I
(que no producen insumos para IIb) o IIa estaban condenados al estancamiento y
falta de dinamismo en los países dependientes. Por empezar porque en tanto
muchos productos de consumo duradero se incorporan a la canasta de bienes
salariales, la distinción misma entre IIa y IIb se va modificando; debe recordarse
que IIb está compuesto exclusivamente por los artículos de lujo que demandan los
capitalistas. Pero además, empresas capitalistas productoras de alimentos, o de
otros productos tradicionales, han tenido desarrollos dinámicos en América Latina,
así como en otras regiones periféricas (véase capítulos 12 y 13), y han dado lugar
incluso a la formación de grupos económicos importantes, con capacidad de
pelear mercados exteriores.
SUBIMPERIALISMO Y COMPETENCIA CAPITALISTA
La cuestión del subimperialismo en Marini remite a un problema que recorre las
elaboraciones marxistas del siglo XX, referido al significado preciso de la noción
de imperialismo. Como hemos intentado mostrar en Valor, mercado mundial y
globalización, el uso del término en el campo del marxismo siempre presentó
ambigüedades, que tienen su origen en la dicotomía teórica que subyace en las
tesis clásicas del imperialismo. El problema podemos sintetizarlo a partir de
preguntarnos si el imperialismo obedece a leyes de acumulación y desarrollo
distintas a las planteadas por Marx en El Capital, y si por lo tanto el capitalismo del
siglo XX se identifica con el imperialismo. O, si por el contrario –y ésta es una
formulación de Lenin– el imperialismo es solo una “superestructura” económica,
constituida por los monopolios, que no afecta en lo esencial al capitalismo “a lo
siglo XIX”, y coexiste con esta “base” económica. En el primer caso el capitalismo
se habría transformado en imperialismo –ésta también es una formulación de
Lenin– y si esto es así, la dinámica del capitalismo actual es cualitativamente
distinta, tanto para los países atrasados, como para los adelantados, que en la
época de la “libre competencia”. En el segundo caso, en cambio, habría que
trabajar teóricamente a partir de reconocer la existencia de dos dinámicas, una
regida por las leyes del capitalismo “a lo Marx”, y la otra por las leyes del

39
capitalismo monopólico; aunque este último fuera el que –pensaba Lenin–
prevalecería a largo plazo. Esta cuestión nunca fue clarificada, y por eso subsistió
la referida ambigüedad.37 Esa ambigüedad, o más bien esa dicotomía teórica,
puede ser superada unificando el análisis sobre la base de la vigencia de la
competencia y de la ley del valor trabajo en el capitalismo contemporáneo.
El problema con la categoría de Marini es que de manera aún más acentuada que
en las tesis leninistas, no alcanza a entenderse cuál es la especificidad que
caracterizaría al subimperialismo. Después de todo la lucha por los mercados, y
por exportar manufacturas, es característico de todo capital. Además, todo Estado
nacional defiende los intereses de “sus” capitales nacionales y trata de
posicionarlos de la mejor manera en el plano internacional. Esto sucedía en la
época que los teóricos del imperialismo definen de libre competencia, el siglo XIX,
y siguió sucediendo en el siglo XX y hasta la actualidad. En la medida en que esa
lucha opere a través de la competencia en el mercado mundial, estamos ante un
rasgo del capitalismo “en estado puro”. Todo capitalismo es agresivo, ya que la
lucha por los mercados es propiamente una guerra económica entre los capitales.
Y en muchos países dependientes se registra, a lo largo de las últimas décadas,
un proceso industrial más dinámico e independiente que el de meras redes de
ensambladoras. No se comprende por qué esto debería ser considerado un caso
de “subimperialismo”. Algo similar puede decirse de la exportación de capitales. La
exportación de capitales constituía uno de los elementos que definían el
imperialismo en las tesis de Lenin; pero lo era en tanto se integraba a lo que se
pensaba que constituía un sistema, o forma de funcionamiento, distinto del
capitalismo de “libre competencia”. Distinto porque el imperialismo en sentido
leninista se caracterizaba por la primacía de la extracción del excedente mediante
métodos no económicos. En consecuencia la categoría de subimperialismo, según
las características definidas por Marini, se puede aplicar a todos los países
capitalistas dependientes, que hayan desarrollado medianamente la exportación
de manufacturas, o alguna exportación de capitales. Con la mundialización de la
relación capitalista este fenómeno se registra en toda una serie de países
atrasados.
Esta circunstancia cobra especial relevancia cuando se intenta analizar algunos de
los conflictos y tensiones que recorren América Latina a mediados de la primera
década del siglo XXI. Es que las categorías de imperialismo, subimperialismo y
países dependientes conllevan la idea de la explotación de países y regiones por
otros países y regiones, “a lo Frank”. De manera que, según esta tesis, las
contradicciones y conflictos se darían a través de una amplia cadena de
eslabones, desde el imperialismo “máximo”, hasta la región más pobre del planeta;
cada uno de los eslabones intermedios sería al mismo tiempo explotado y
explotador. Así, por ejemplo, Finlandia sería imperialista con respecto a Uruguay,
por la instalación de la papelera Botnia en este país; pero Finlandia a su vez sería
explotada por países europeos más poderosos; y estos últimos por Estados
Unidos; a la vez que Uruguay sería explotado por los países europeos más
poderosos y Estados Unidos; y Finlandia por Estados Unidos. De la misma forma
37
Esta ambigüedad fue admitida por marxistas que trabajaron el tema, como Arrighi, Barrat-Brown, Sutcliffe
y otros. Para referencias y una discusión más detallada, remitimos de nuevo a Astarita (2006).

40
Bolivia sería explotada por Brasil, pero Brasil a su vez explotado por Estados
Unidos. Por lo tanto las disputas que tuvo durante 2007 y 2008 el gobierno
boliviano con Petrobrás por el precio a que se exportaba el gas, se interpretarían
como una lucha de liberación nacional. Pero desde la óptica que defendemos se
trataba de una tensión “normal” entre burguesías nacionales por el reparto de la
plusvalía. No hay necesidad de recurrir aquí a la idea de subimperialismo o
imperialismo.
CONCLUSIÓN
Si bien los escritos de Marini avanzan en el estudio de las economías
dependientes a partir de las categorías del valor y la plusvalía, el análisis termina
haciéndose en términos de conflictos nacionales. Además, cuestiones como la
acumulación capitalista, la generación de plusvalía, la formación diferenciada de
valor a partir de las diferentes productividades, y la dinámica del mercado en los
países dependientes, no estuvieron del todo bien resueltas por Marini. En su
marco teórico era muy difícil explicar las evoluciones en los países dependientes
del último cuarto de siglo, la ampliación de sus mercados internos en base a la
acumulación de capital y su inserción en la globalización. Por eso no es de
extrañar que la obra de Marini quedara envuelta en la crisis que terminó afectando
a toda la CD.

41
Capítulo 4
Dependencia, cuestiones metodológicas a la luz de la tradición hegeliana y
marxista
En este capítulo discutimos cuestiones referidas al método y la dialéctica
implicadas en los trabajos de la dependencia. Para esto tomaremos como punto
de referencia los balances críticos de la CD realizados por Blomström y Hettne
(1990) y Palma (1987). Magnus Bomström y Björn Hettne, y Gabriel Palma, no
sólo sintetizan algunas de las críticas más frecuentes que se han dirigido a la CD,
y los problemas que afrontó, sino también tienen el mérito de abrir la discusión a
las cuestiones de método que subyacían en la escuela. Estos autores consideran
que en la CD se desarrollaron polaridades analíticas que fueron difíciles de
superar, principalmente debido al enfoque metodológico. Palma, además, plantea
que la variante encabezada por Cardoso y Faletto, que él llama “el tercer enfoque
de la escuela”, habría establecido una vía correcta para superar las dificultades,
consistente en analizar las cuestiones desde el punto de vista de la interacción, y
no de las oposiciones rígidas y formales. Por eso enfatiza la importancia de la
“interacción dialéctica”.
El punto de vista que defenderemos es que si bien la interacción representa un
progreso con relación a las oposiciones rígidas, el método dialéctico exige ir más
allá de la interacción, para alcanzar las totalidades concretas, que se conforman
por la articulación entre lo universal –las leyes “generales” de las que hablan
Palma y Cardoso–, los particulares y los singulares. Este enfoque dialéctico sería
importante para las investigaciones sobre los países atrasados. Empezamos
entonces presentando una síntesis de los balances de Bomström y Hettne, y
Palma.
LOS BALANCES
Según Blomström y Hettne, la escuela habría entrado en crisis y decadencia
porque: 38
1. La CD sostuvo que el desarrollo capitalista no es viable en la periferia, y no
se va hacia un sistema plenamente capitalista. Fue un error sostener que
esto debía ser así, como si se tratara de la consecuencia de leyes
naturales.
2. Planteó que el capitalismo dependiente se basaba en la plusvalía absoluta
y la superexplotación de la mano de obra. Ignoró la posibilidad de que el
capitalismo dependiente avanzara hacia la extracción de plusvalía relativa y
el progreso tecnológico.
3. Sostuvo que la superexplotación de la mano de obra planteaba
restricciones insalvables para el crecimiento del mercado interno, y por lo
tanto para el desarrollo del capitalismo. Esto se ha demostrado erróneo.
4. Como derivado de la tesis anterior, la CD pensó que la burguesía nacional
de los países atrasados no tenía fuerza propia, era parasitaria, no podía
38
Hemos cambiado ligeramente la ordenación; además Blomström y Hettne agregan el fenómeno del
subimperialismo, que no hemos incluido por tratarse de un planteo específico de Marini.

42
lograr una acumulación del capital normal, ni era capaz de pensar en sus
propios intereses verdaderos. La experiencia demostró que las burguesías
de los países dependientes tenían mucha mayor autonomía e iniciativa que
la supuesta por la escuela.
5. La CD sostuvo que las únicas alternativas de la periferia son el socialismo o
el fascismo. Pero en muchos países dependientes se estabilizaron
democracias capitalistas.
Palma coincide con muchas de estas críticas, aunque sostiene que sólo una parte
de los teóricos de la dependencia habrían fracasado, y que esto sucedió porque
aplicaron un método de análisis abstracto y formal. Son los que no llegaron a
comprender, según Palma, la especificidad del proceso histórico de la penetración
capitalista en los países de la periferia, se limitaron a elaborar una tesis sobre el
inevitable estancamiento económico y una teoría formal del subdesarrollo. Estos
análisis estaban errados no sólo porque no se ajustaban a los hechos, sino
también porque eran de naturaleza “mecánico-formal”, “estáticos y ahistóricos”. En
consecuencia presentaron “esquemas incapaces de explicar la especificidad del
proceso de desarrollo económico y dominación política en los países periféricos”;
no pudieron detectar los procesos sociales más relevantes, ni explicar los
mecanismos de reproducción social y las formas de transformación de estas
sociedades; y se manejaron con conceptos vagos e imprecisos (p. 77). Sin
embargo Palma considera que lo que él llama el tercer enfoque dentro de la CD –
básicamente los trabajos de Cardoso y Faletto– muestra una metodología correcta
para el análisis de las situaciones concretas de la dependencia. Los puntos fuertes
de este tercer enfoque serían:
1. Al igual que los otros autores de la dependencia, los del tercer enfoque
concibieron las economías periféricas como partes integrantes del sistema
capitalista mundial, y entendieron que los determinantes generales para la
comprensión de estas sociedades se encuentran en el sistema mundial.
También fueron conscientes de que el capitalismo mundial en los años
sesenta era muy distinto del que había visto Lenin a comienzos de siglo; y
que contribuciones como las de Gramsci y Kalecki no habían sido
integradas a la teoría del imperialismo, lo que representaba una seria
falencia. Además el tercer enfoque incorporó de manera más satisfactoria
las transformaciones que estaban ocurriendo en el capitalismo mundial,
tales como la exportación de capital a la periferia y su industrialización; y se
dio cuenta de que la dependencia y la industrialización no eran
necesariamente contradictorias. De esta manera pudo postular que existía
un desarrollo dependiente, por lo menos en muchos países de la periferia.
2. El tercer enfoque amplió el análisis de los determinantes internos del
desarrollo de las economías periféricas, porque dio gran importancia a
cuestiones como la diversidad de recursos naturales, ubicación geográfica,
y similares.
3. Por último, la característica más importante del tercer enfoque es que
habría superado la discusión acerca de si los determinantes del

43
subdesarrollo y el desarrollo son los factores externos –mercado mundial,
imperialismo– o internos, al sostener que lo importante es la interacción de
los determinantes generales y específicos en situaciones concretas. Esto se
habría logrado por la síntesis de ambos planos del análisis –externo e
interno–, o sea, a partir de “una unidad dialéctica de ambos determinantes”
(Palma p. 73). Así se podría explicar cómo, por ejemplo, un mismo proceso
de expansión comercial había producido en diversas sociedades
latinoamericanas diferentes resultados (trabajo esclavo en algunos lugares,
explotación de la población indígena en otros, o formas incipientes de
trabajo asalariado). Lo importante es, desde el punto de vista del método
que reivindica Palma, el estudio de las especificidades de cada caso: las
formas en que se realizaron las alianzas de clases, en que se organizaron
los Estados, se adoptaron ideologías. De aquí que el objetivo sea elaborar
conceptos capaces de explicar cómo las tendencias generales de la
expansión capitalista se transforman en relaciones específicas entre los
individuos, las clases y el Estado; y cómo estas relaciones a su vez
reaccionan sobre las tendencias generales del sistema capitalista.
En síntesis, lo central en Palma es la interacción entre lo general y lo particular
para llegar a una explicación rica, que no caiga en el formalismo vacío. A esto le
llama “unidad dialéctica” de ambos determinantes. El método correcto entonces
sería el histórico-estructural, que postularon Cardoso y Faletto; una alternativa al
análisis esquemático y mecánico en que habrían incurrido Frank y otros autores
dependentistas. A partir de aquí se plantea también uno de los principales
problemas que enfrentó la CD, la relación entre “estructura/acción humana”.
Según Palma, la “integración dialéctica” entre ambas instancias, o sea, entre
estructura y conflicto (lucha de clases) sería la vía para superar los esquemas
rígidos.
Blomström y Hettne parecen también inclinarse por esta salida; una cuestión que
se vincula con la manera de superar las muchas polaridades en que, según
Blomström y Hettne, habría incurrido la CD. Estas polaridades serían:
1. Entre lo general y lo particular;
2. Entre lo externo y lo interno;
3. Entre holismo y particularismo, esto es, entre aquellos autores que
producen modelos globales cuyas dinámicas están determinadas por el
sistema en su totalidad; y otros “que construyen una perspectiva completa a
partir de las partes constituyentes” (p. 97);
4. Entre análisis económico y análisis sociopolítico; esto es, entre los autores
que “trabajan exclusivamente con un análisis económico” y otros que
“subrayan las condiciones sociales y políticas” (p. 99);
5. Entre “contradicciones sectoriales-regionales” y “contradicciones de clase”,
dicotomía que recorre los debates y críticas a la CD;
6. Entre subdesarrollo y desarrollo;
7. Entre voluntarismo y determinismo.

44
Todas estas polaridades, que no se pudieron superar ni resolver adecuadamente,
habrían contribuido entonces a la crisis de la CD. Siendo esto cierto, es necesario
sin embargo indagar cuáles fueron los criterios metodológicos que llevaron a
atascarse en esas dicotomías. Nuestra respuesta se basa, en lo esencial, en la
perspectiva planteada por Hegel, en particular en sus “lógicas” (Hegel, 1968 y
1997).
DESARROLLO HISTÓRICO Y DIALÉCTICA DEL DESARROLLO CAPITALISTA
Empecemos señalando que en los estudios y debates de la CD se han
superpuesto dos tipos de objetos de estudio y de problemáticas que deberían
distinguirse. En primer lugar, el desarrollo histórico de los modos de producción
precapitalistas a partir del momento en que se vinculan al mercado mundial
capitalista, ya sea en su génesis, o cuando éste ya había madurado. En segundo
lugar, la dinámica del capitalismo en los países subdesarrollados, cuando el modo
de producción capitalista ya había arraigado en esos países. Ambos tipos de
problemas están íntimamente entrelazados, desde el momento en que en una
formación social atrasada se combinan modos de producción precapitalistas con el
modo capitalista que está surgiendo. Pero desde el punto de vista del método
plantean cuestiones muy diferentes, porque la “teoría general” de la que hablan
Cardoso y Faletto, que supuestamente debería aplicarse a la intelección de la
evolución de las formas precapitalistas, no es propiamente una “teoría general” en
el sentido que lo constituye El Capital. A lo sumo se trata de las categorías del
materialismo histórico –conceptos como modo de producción, fuerzas productivas,
relaciones sociales– a partir de las cuales no existe posibilidad alguna de
establecer alguna lógica, o ley interna de evolución o transición al capitalismo.
Es significativo que Marx jamás elaboró semejante cosa, y sostuvo explícitamente
que no había manera de establecerla. Sí planteó, en cambio, que el capital tiene
un impulso a formar el mercado mundial, y que tiende a abolir “la producción de
valores directos” (propia de formaciones precapitalistas) y a poner en su lugar “la
producción basada sobre el capital” (Marx, 1989, t. 1 p. 360). Pero esto no
significa que pudiera elaborarse alguna “ley” general de desarrollo –o
subdesarrollo– para el conjunto de las regiones y modos de producción que se
vincularon con el mercado mundial. Marx nunca pretendió establecer una ley
supra histórica universal de este tipo, ni hay manera de hacerlo. Con razón,
refiriéndose a la concepción de Marx sobre esta cuestión, Zeitlin apunta:
El surgimiento del capitalismo [según Marx] no podía deducirse de ninguna
ley; no era históricamente inevitable; no hay ninguna necesidad histórica
que pueda explicar su nacimiento. Por el contrario, el capitalismo moderno
es el producto de la interacción y la convergencia de una variedad de
procesos histórico particulares (Zeitlin, 2001, p. 134).
Zeitlin recuerda a continuación la carta de Marx a Mijailovski, de fines de 1877, en
la que el autor de El Capital señalaba que el capítulo sobre la acumulación
primitiva sólo pretendía mostrar el camino por el cual había surgido el capitalismo
en Europa occidental, pero que este esbozo histórico no debía transformarse “en

45
una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo
pueblo” (Marx y Engels, 1973, p. 290). En esa carta Marx también planteaba que
….sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios
históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando
por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas
luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero
nunca se llegará a ello mediante la llave maestra universal de una teoría
histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser
suprahistórica (Marx y Engels, 1973, p. 291).
Por este motivo la idea –típica de los manuales stalinistas– de que la humanidad
debería atravesar necesariamente etapas –comunismo primitivo, esclavismo,
feudalismo, capitalismo, socialismo– tiene poco que ver con la concepción
marxiana, y de hecho no se verificó históricamente. También hemos visto esa
concepción abstracta general en Rostow. En este sentido tenían razón los teóricos
de la CD cuando criticaban este esquema. Pero también es un error pretender
deducir, por oposición al planteo lineal evolucionista, otra ley general, esta vez
estancacionista, como sucede con la “ley” de Frank de que inevitablemente la
vinculación con el mercado mundial generaría atraso y subdesarrollo en la
periferia. Es necesario el estudio de cada caso, poner el acento en las dotaciones
de recursos naturales, en las estructuraciones de clases y las luchas de éstas, en
los factores políticos y otros, para explicar las evoluciones particulares y
singulares. La explicación de por qué en Estados Unidos se da el reparto de tierra
y una colonización intensiva de las llanuras, y por qué eso no sucede en
Argentina, necesita de algo más que el planteo “vinculación o no al mercado
mundial”. De la misma manera para explicar por qué Argentina no evoluciona
como Canadá, o como Australia, etcétera. No hay aquí tampoco un “modelo” de
desarrollo agrario –alternativamente de bloqueo– que deban seguir –
alternativamente, no seguir– necesariamente los países o modos de producción.
Éste es el aspecto del asunto que resaltan correctamente Palma y Blomström y
Hettne.
Pero por otro lado, a partir de los análisis singulares, tampoco es posible
establecer “leyes” de evolución, como parecen sugerir Cardoso y Faletto, y Palma.
Tal vez la única “ley” es que a largo plazo el mercado mundial tiende a imponerse,
todos los países o regiones entran en la órbita del capital, y las relaciones
precapitalistas se transforman en relaciones capitalistas. Esta tendencia se ha
verificado, y el impulso hacia la mercantilización y el establecimiento de relaciones
capitalistas es más y más fuerte a medida que el mercado mundial se despliega
en tanto totalidad concreta, regida por el capital. Las transformaciones capitalistas
de las últimas décadas de las sociedades burocráticas no capitalistas –URSS,
China, Alemania Oriental y otras– se explican a partir de esta primacía del
mercado mundial. Pero esto sólo opera como tendencia, esto es, obedece al
impulso de la ley general; o de lo que en la dialéctica se llama “el universal”. Y del
universal de ninguna manera se pueden deducir los singulares, esto es, los ritmos
y modos de las transformaciones, las vías concretas, singulares, históricas. No es
posible hacerlo hoy, cuando el sistema mundial capitalista ha devenido una

46
totalidad completamente desplegada. Mucho menos es posible establecer alguna
ley general de evolución de las sociedades precapitalistas a partir de su
vinculación a un mercado mundial todavía incipiente. De ahí la importancia de la
crítica de Brenner (1979) a los teóricos de la “economía mundo”, al señalar –
siguiendo a Maurice Dobb– que la vinculación al mercado mundial no siempre dio
lugar a la disolución inmediata de las relaciones precapitalistas. El caso típico
fueron las regiones de Europa Oriental que producían alimentos para el mercado
mundial entre los siglos XVI y XVIII. Allí los señores reforzaron la servidumbre y la
presión sobre los campesinos para aumentar la extracción de excedente y
comerciar más exitosamente. La razón de por qué en Polonia se responde de esta
manera, y por qué en otro lugar se responde acelerando la descomposición de las
relaciones precapitalistas, sólo puede encontrarse en el estudio de la articulación
de clases interna de cada sociedad, su desarrollo de las fuerzas productivas, sus
riquezas en recursos naturales, la demanda del mercado, las luchas políticas, y
muchos otros factores. Esto que se aplica a la periferia, también rige para la
evolución de los países avanzados. El modo de producción capitalista necesita
como presupuesto la propiedad privada de los medios de producción, por un lado;
y la existencia de seres humanos “libres”, en el sentido que no poseen medios de
producción, y pueden vender su fuerza de trabajo. A partir de este presupuesto se
puede hablar de una lógica del capital, de una lógica de desarrollo. Pero las
condiciones históricas por las cuales se arriba a esos presupuestos no están
encerradas en ninguna lógica, y deben estudiarse en cada caso.
Planteada así la cuestión se puede advertir entonces que la interacción dialéctica
entre “ley general” y “casos singulares” que postularon Cardoso y Faletto, y
reivindica Palma como el camino de análisis, no tiene manera de rendir frutos si se
quiere deducir alguna ley según la cual las formaciones sociales de la periferia
habrían evolucionado al capitalismo. La “ley general” para esto no existe, salvo lo
que ya hemos señalado, el impulso tendencial a la mercantilización.
Tampoco hay manera de establecer una teoría general de evolución de las
regiones precapitalistas a partir de casos singulares, una idea que también anima
los trabajos de Cardoso y Faletto. Esto se debe a que es imposible deducir el
universal por simple comparación y extracción de elementos comunes. Es cierto
que ésta es la manera en que comúnmente se piensa que se elaboran los
conceptos, pero como explicó Hegel, por esta vía a lo sumo se tiene una
representación del universal. Es lo que Hegel llama “el universal vacío”, que se
consigue mediante abstracción (separación) de rasgos, para quedarse con lo que
es común a muchos. Este universal es estéril porque no tiene en su seno la
riqueza del contenido, la diferencia, la particularización y la negación. De aquí es
imposible deducir ley alguna de evolución, establecer la dinámica interna, y por
eso cuando lo obtenemos quedamos reducidos a una simple tipología, a la
clasificación. Es lo que ha sucedido, en definitiva, con algunos intentos de
establecer tipologías de desarrollo dependiente –economías de enclave,
economías precapitalistas subordinadas, etcétera– a partir de la comparación de
muchos casos singulares. La insistencia en lo “concreto”, obtenido por inducción,
conduce al universal abstracto. Pareciera que la teoría, lo universal, fuera lo vacío,
mientras que la riqueza del contenido marcha por otro carril, porque residiría sólo

47
en lo singular, y que “teorizar” es llenar el vacío con elementos tomados, sin
método, de lo empírico. Se desemboca así en una tipología weberiana, o
“modelos”, que constituirían el eslabón intermedio entre la teoría general (a lo
Marx), y los casos singulares. A pesar de que se lleva décadas tratando de sacar
algún rédito de esto, los estudios se estancan porque ese universal abstracto –el
modelo, o sea, la formación social “tipo”– está vacío de contenido.
Observemos también que el método de Frank para elaborar su ley general del
subdesarrollo tiene similitudes de fondo, a pesar de sus diferencias formales, con
el enfoque de generalización por inducción que estamos criticando. Es que Frank
arranca de una definición genérica sobre qué es capitalismo –producción para el
mercado– y se aboca luego al estudio de casos históricos singulares, a fin de
demostrar que siempre que hubo vinculación al mercado mundial, hubo
subdesarrollo en esos países, y viceversa. A partir de aquí generaliza. Así, el
método es apriorístico, al inicio, pero luego se desliza a la inducción abstractiva. A
Frank se le dirigieron muchas críticas porque siempre dejaba de lado, y
convenientemente, los datos que no entraban en su esquema. Pero este problema
es inherente al método mismo de la construcción teórica por abstracción de los
rasgos generales.
Desde el punto de vista dialéctico, entonces, la pretensión de la CD de establecer
alguna ley general de la evolución –alternativamente del “bloqueo”– de las
formaciones precapitalistas a partir de su vinculación al mercado mundial lleva a
un callejón sin salida, porque el objetivo mismo está mal planteado. Es la propia
dialéctica la que nos debe indicar sus límites y “los puntos en los que debe
introducirse el análisis histórico” (Marx, 1989, t. 1 p. 422). Uno de estos puntos es
el de la formación del capitalismo en las periferias, y las formas que adquirió
históricamente la transformación y/o disolución de los modos de producción
precapitalistas, hasta llegar a la etapa actual en que el modo de producción
capitalista ha adquirido clara preeminencia.
LA SITUACIÓN EN LOS SESENTA Y LA “TEORÍA GENERAL”
Según Cardoso y Palma, la teoría general estaba más o menos bien establecida al
momento de desarrollarse la CD y la cuestión a resolver era entender cómo se la
hacía interactuar con los casos particulares. Una idea que también está presente
en otros autores de la CD. La mayoría adoptó como marco de referencia la revista
Monthly Review, los escritos de Baran y Sweezy, parcialmente los trabajos de
Mandel, y en general la idea de la primacía del monopolio. Parecía entonces que
la teoría marxista estaba “lista” para ser aplicada al estudio de los casos
concretos, si bien era posible hacer todavía algunas mejoras (incorporar los
aportes de Kalecki, Gramsci, etcétera, como sugiere Palma).
Sin embargo, el estado teórico del marxismo en los sesenta y setenta en absoluto
era como se lo describe. La raíz del problema ya la hemos mencionado, y se
relaciona, en el terreno de la economía política, con el giro que introdujo en el
pensamiento marxista la tesis del predominio del monopolio. De hecho, no había
teoría que explicara la formación de precios de monopolio; pero entonces no podía
haber teoría científica de la determinación de la ganancia, ni de la acumulación del

48
capital. Éste era el estado de la “teoría general” que se quería aplicar a los casos
“concretos”. Con esta brújula los análisis “particulares” tenían graves problemas.
Así, por ejemplo, la tesis subconsumista de las crisis, o de la tendencia al
estancamiento, eran aceptadas como normales por muchos autores. La
concepción ricardiana del valor no se distinguía de la de Marx, o no había plena
conciencia de los problemas que encerraban.39 Algunos de estos temas se
pusieron en evidencia cuando Emmanuel planteó el intercambio desigual. La
discusión que siguió a la publicación de la obra de Emmanuel fue muy rica, pero
las elaboraciones coexistieron con el andamiaje teórico anterior. La formación de
precios por voluntad del monopolio se combinaba eclécticamente con referencias
a la teoría de los precios de producción de Marx. Cuestiones como los tipos de
cambio, o los problemas monetarios que enfrentaban los países atrasados, casi
no se abordaron, y no porque no hubiera voluntad de aplicar “la teoría general” a
los casos concretos, sino porque simplemente esa “teoría general” tenía
importantes huecos y problemas.
TEORÍA GENERAL Y CASOS PARTICULARES
Lo anterior nos permite abordar críticamente la idea de la necesidad de una
“interacción dialéctica” entre la teoría general y los casos particulares (o
singulares), que postula Palma. Frecuentemente se piensa que de alguna manera
ambas esferas interactúan, a partir de que están constituidas como totalidades
más o menos terminadas. Es la imagen de la herramienta (la teoría general) que
se aplica a un objeto de estudio (el singular). Esta perspectiva es superior al
enfoque mecánico y rígido de las oposiciones abstractas y, como dice Hegel, nos
pone “en el umbral” del concepto dialéctico; pero no garantiza un tratamiento
superador de las antinomias y por eso mismo, en tanto se insista en permanecer
en este plano, deviene estéril. En otras palabras, no brinda una salida porque
nunca se puede precisar la manera en que actúa la mentada interacción. Por esta
razón el “tercer enfoque” de la dependencia, a pesar de apuntar en la dirección
correcta, no pudo avanzar mucho más allá de plantear la necesidad de tener en
cuenta la interacción entre “el general” y “los particulares” (o los “singulares”).
El problema con la perspectiva de la interacción es que –y de nuevo recurrimos a
Hegel– lo general, o con más precisión, el universal, no existe si no es a través de
los casos particulares y de los singulares. Así, el capital no existe si no es a través
de los muchos tipos particulares de capital –agrario, financiero, industrial,
etcétera– y éstos sólo existen a través de los capitales singulares en competencia.
De manera que no hay forma de estudiar el capital en cuanto universal si no es a
través de estos capitales singulares y particulares; e inversamente, no se pueden
entender éstos si no es a partir del universal. Si no se capta esta relación, se corre
el riesgo de que el universal discurra por un carril por completo distinto de los
particulares y singulares, de manera que –y a pesar de las protestas de dialéctica
e interacción– no tengan nada que ver el uno con el otro.

39
Por concepción ricardiana del valor entendemos una teoría del valor que no otorga importancia a los
problemas del mercado, donde se realiza el valor generado en la producción, y por consiguiente descuida
también las cuestiones monetarias y financieras; discutimos estas cuestiones en Astarita (2006).

49
Pongamos todo esto en términos de un ejemplo, la generación de plusvalías
extraordinarias y de plusvalía relativa. La generación de plusvalía extraordinaria
siempre se da en casos singulares; por ejemplo, en la rama X (un particular) la
empresa A (un singular) es innovadora y logra plusvalías extraordinarias con tal o
cual costo de producción. La teoría, en cuanto universal, explica la lógica (la ley
interna) por medio de la cual se produce esa plusvalía extraordinaria, pero no
permite deducir la manera concreta en que se produce en cada caso la plusvalía
extraordinaria. Lo mismo sucede con la plusvalía relativa. La teoría solo explica
cómo puede surgir; pero que esto ocurra, y en qué grado, dependerá de muchos
factores, tales como el grado de organización sindical, la fase del ciclo capitalista,
etcétera, que son singulares.40
De manera que esta relación entre el universal y los casos singulares está
presente, y es inherente, a cualquier fenómeno que estudiemos. No existe un
capitalismo “puro” en los países avanzados, en los cuales el universal actúe de
manera también “pura”, porque siempre está particularizado y singularizado. Esto
significa que el problema no tiene por qué modificarse cualitativamente cuando se
estudian los países periféricos capitalistas, porque aquí también habrá que tener
en cuenta las diferencias de productividad particulares, las posibilidades
particulares de cambio tecnológico, o el grado de organización particular de los
trabajadores. A partir de este enfoque, las desventajas en tecnología, por ejemplo,
que afectan con frecuencia a las empresas de países dependientes, se pueden
integrar de manera relativamente sencilla en los estudios, sin necesidad de
postular otra lógica, distinta de la que rige en los países avanzados. En este
respecto la crítica de Cueva a la dependencia es completamente justa.
LÓGICA DEL CAPITAL O CREACIÓN LIBRE DEL SUJETO
La perspectiva que estamos defendiendo podría también ser un camino para
superar otras dicotomías que enfrentó la dependencia. En especial la dicotomía
entre estructuras sociales –leyes objetivas– y acciones de los sujetos, que recorre
buena parte de las discusiones de las ciencias sociales, y ciertamente los debates
sobre la CD. Planteada la cuestión de manera un poco esquemática, digamos que
en la perspectiva estructuralista los sujetos desaparecen; y en la visión subjetivista
las acciones de los sujetos pueden superar cualquier límite. De hecho, muchos
críticos de Frank sostuvieron que éste había caído en un determinismo absoluto, y
que no dejaba espacio para el accionar de los individuos. En particular Cardoso
sostuvo, contra Frank, que las potencialidades de las acciones humanas y de su
imaginación podían reemplazar a las estructuras vigentes “por otras no
predeterminadas” (Cardoso, 1977, p. 11). También la escuela de la regulación
plantea que los regímenes de acumulación son producto de creaciones más o
menos libres de las luchas de clases, y sus relaciones de fuerza, y que nada está
determinado (véase, por ejemplo, Lipietz, 1992). Aquí no existiría lógica alguna del
capital, ni tendencias objetivas del desarrollo capitalista. Por eso, en opinión de
Lipietz hay posibilidades inéditas, totalmente abiertas, para explorar formas de

40
Singulares que actúan en el marco, y a través de particulares: en el ejemplo, en tal sindicato, en tal país
capitalista, en tal rama, etcétera. Recuérdese que el particular es el mediador entre el general y el singular;
aunque a su vez cada una de las instancias media a las otras; véase nuevamente Hegel.

50
desarrollo a través de concertaciones nacionales. Esta perspectiva se opone
entonces por el vértice al llamado determinismo. Es como si la tensión encerrada
en la CD entre ambos polos se desplegara, pero inclinándose hacia el
voluntarismo y subjetivismo. Booth (1985) en crítica a la CD, también sostiene que
no existen leyes inherentes al capitalismo, y que todo lo que sucede en las
sociedades dependientes no tiene nada de “necesario”. Los planteos del llamado
post-marxismo se ubican en esta vena: el mundo se caracterizaría por la
heterogeneidad y la particularidad de los desarrollos, y no habría leyes
tendenciales de movimiento. Pero si no hay leyes de ningún tipo, económicas o
sociales, ¿cómo es posible construir ciencia? ¿Todo dependerá del despliegue
libre de la imaginación de los seres humanos? Responder por la afirmativa supone
afirmar que los seres humanos no enfrentan restricciones sociales de ningún tipo.
¿No se llega así al callejón del voluntarismo y el subjetivismo, de lo meramente
contingente y arbitrario?
La salida del problema pasa por aceptar que las llamadas leyes objetivas son un
resultado de la cosificación de las relaciones sociales entre los seres humanos.
Esto significa que los seres humanos generan los hechos económicos, pero no los
dominan, porque las relaciones sociales se les imponen como relaciones
objetivas, como sostenía Marx, que los obligan a actuar según cierta lógica. Por
ejemplo, puesto en la función de capitalista, cada empresario está obligado a ir al
máximo posible en la extracción de plusvalía al trabajador, so pena de perder en la
lucha competitiva. En la medida en que el capital se mundializa, esta constricción
se hace sentir con más y más fuerza, en tanto subsistan las relaciones de
producción. Las luchas sociales se inscriben en este cuadro –en tanto las luchas
sociales no cambien de raíz las relaciones de producción– y por lo tanto, y contra
lo que dicen Cardoso, Booth, los autores de la regulación y otros, esas luchas no
pueden obtener ni plasmar creaciones sociales completamente “nuevas”. Por eso,
y naturalmente, cuando Cardoso estuvo al frente del gobierno en Brasil, siguió las
“generales de la ley”, aplicando una política económica que, dentro de ciertos
márgenes, trataba de adecuarse a las necesidades del capital. Por supuesto, se
puede hablar de “traición” a los ideales de los sesenta y setenta; pero su enfoque
de “leyes generales” por un lado y “acción subjetiva por el otro”, relacionadas solo
al nivel de la “interacción”, dejaba un amplio margen para independizar las
segundas de las primeras. A pesar de los discursos y de la imaginación puesta en
ello, las primeras hicieron sentir su rigor –que no es otra cosa que la constricción
objetiva que impone el mundo de la competencia despiadada y la explotación de
clases– sobre los ensueños utópicos. Los límites de la “interacción dialéctica” se
revelan aquí de manera dramática.
Por esto también las tendencias a la centralización y concentración de los
capitales, a la expansión del mercado mundial, a la proletarización, no son
aleatorias, porque están contenidas en la estructura fundamental de la relación
capitalista. Esto significa que, si bien la evolución histórica no estuvo determinada
mecánicamente, una vez que el sistema capitalista se ha establecido sus impulsos
tendenciales están estructuralmente determinados. Por eso mismo las luchas de
clases se dan en contextos sociales y materiales que son dados, aunque sean,
parcialmente, el resultado de luchas anteriores. Estos contextos determinan las

51
posibilidades de cambio generados por las luchas de las masas. Así, por ejemplo,
las posibilidades de aumentos salariales dentro del sistema capitalista tienen
“techo”: cuando el alza de salarios amenaza seriamente la plusvalía, la
acumulación del capital se hace más lenta, o se acelera el cambio tecnológico, de
manera que se recrea el ejército industrial de reserva, y los salarios son
presionados nuevamente hacia la baja (véase Marx (1999) t. 1, cap. 23). Algunas
de las tendencias que se registran en las políticas económicas de los Estados a
nivel mundial pueden entenderse desde esta perspectiva. 41 Sólo el
cuestionamiento y cambio de las relaciones de producción –o sea, de propiedad–
puede eliminar esta constricción objetiva que encuentra el voluntarismo social.
EL ABORDAJE SOCIOLÓGICO DE CARDOSO Y FALETTO
Discutimos ahora otras cuestiones de método planteadas en Dependencia y
desarrollo en América Latina, de Cardoso y Faletto. Como sostienen sus autores
en el “Prefacio”, y reivindica Palma, su objetivo es mostrar cómo se da la
combinación entre economía, sociedad y política en momentos históricos y
situaciones estructurales distintas. Cardoso y Faletto tratan de demostrar que los
problemas económicos y políticos de América Latina no se pueden tomar como un
todo sin especificar las diferencias de estructura e historia que distinguen
situaciones, países y momentos (Cardoso y Faletto, 1973, pp. 1-2).
Hasta aquí la cuestión en principio no presenta objeciones desde el punto de vista
del método dialéctico, en el sentido que siempre es necesario estudiar en sus
particularidades cómo evolucionaron la economía, las alianzas políticas, las
estructuras de poder, las ideologías, etcétera, en momentos históricos y regiones
o países específicos. Sostener que no se puede tomar a América Latina como un
todo, y que hay que distinguir, es plenamente acertado. Sin embargo el trabajo de
Cardoso y Faletto no se queda en esto, porque de hecho despliega una
explicación de la evolución de América Latina que gira casi por entero en las
relaciones de poder y las alianzas de clase, que terminan quedando en el aire, ya
que nunca conectan con lo económico, esto es, con la producción y el intercambio,
con la generación excedente (o de valor y plusvalor), y con los problemas de la
acumulación.
Efectivamente, en aras de un análisis que se pretende “no economicista”, Cardoso
y Faletto desembarcan en las playas del subjetivismo y la sobrepolitización de las
instancias. Por ejemplo, mencionan las explicaciones sobre la desaceleración del
desarrollo económico de Argentina, Brasil y otros países en los sesenta, basadas
en la tesis del deterioro de los términos de intercambio. Sin embargo no analizan
estas explicaciones desde alguna teoría económica, y saltan directamente a la
cuestión de si algunos grupos habían perdido, o no, el control del sistema de
poder. A pesar de que advierten que no hay que sustituir el análisis económico por
el sociológico, y que se debe tener un enfoque integral, en los hechos reemplazan
el análisis económico por el sociológico y político. Por ejemplo, sostienen que el
desarrollo es el resultado

41
Remitimos a Astarita (2005).

52
… de la interacción de grupos y clases sociales que tienen un modo de
relación que les es propio y por lo tanto intereses y valores distintos, cuya
oposición, conciliación o superación da vida al sistema socioeconómico. La
estructura social y política se va modificando en la medida en que distintas
clases sociales y grupos sociales logran imponer sus intereses, su fuerza y
su dominación al conjunto de la sociedad (Cardoso y Faletto, 1973, p. 18;
énfasis agregado).
El desarrollo está explicado en términos de “fuerza”, “dominación”, “imposición de
intereses”. ¿Qué sucede con las fuerzas productivas? ¿Con la generación de
valor? ¿Con las formas específicas en que un espacio de valor se articula con el
mercado mundial? Sobre esto Cardoso y Faletto no tienen nada que decir. Todo
discurre por los carriles de las alianzas de clases, de las relaciones de fuerza y de
los “intereses y valores”. Analizando los “intereses y valores” que orientan las
acciones, el cambio se perfila “como un proceso que en las tensiones entre grupos
con intereses y orientaciones divergentes encuentra el filtro por el que han de
pasar los flujos puramente económicos” (ibid., pp. 18-19). A pesar de la oscuridad
de la rebuscada metáfora (“filtro” por que pasan “flujos puramente económicos”), lo
que transmiten Cardos y Faletto es que son las “tensiones entre grupos” las que
deciden la evolución económica de América Latina. ¿Qué sucede entonces con la
dinámica de la acumulación del capital en los años de la industrialización por
sustitución de importaciones, para poner un ejemplo? ¿Con la generación de
plusvalía absoluta o relativa? ¿Con el desarrollo de los mercados internos? ¿Con
la entrada de capital extranjero y su inserción en la estructura productiva
existente? Ninguna de estas cuestiones es señalada como metodológicamente
importante para el análisis, porque lo económico no es tenido en cuenta ni siquiera
en cuanto “base” (para utilizar la tradicional metáfora de “base y superestructura”).
Además, ¿por qué estos “filtros” sociales tienen tanto poder como para imponer
una u otra dirección al desarrollo económico? No hay explicación, pero Cardoso y
Faletto están convencidos de que “el problema teórico fundamental lo constituye la
determinación de los modos de dominación porque por su intermedio se
comprende la dinámica de las relaciones de clase” (p. 19; énfasis en el original).
Obsérvese que la cuestión ni siquiera se plantea en los términos de Brenner, esto
es, de la primacía de las relaciones de producción sobre las fuerzas productivas,
sino en términos puramente político-sociales, ya que son los modos de
dominación los que permiten comprender la dinámica de las relaciones de clase. Y
ambas –formas de dominación y estratificación social– “condicionan los
mecanismos y los tipos de control y decisión del sistema económico en cada
situación particular” (p. 21). Aquí se está proponiendo un abordaje casi opuesto al
del materialismo histórico. La interpretación de Cardoso y Faletto no es “global”,
sino unilateral, centrada en lo político, en las relaciones de fuerza y alianzas de
clases, y en la sobrepolitización del desarrollo económico. Para entender mejor
cómo opera este método propuesto por Cardoso y Faletto, analicemos todavía un
caso al que aplican este razonamiento.
Cardoso y Faletto sostienen que algunos países latinoamericanos, al proyectar la
defensa de su principal producto de exportación, propusieron una política de

53
devaluación. El tipo de cambio alto habría permitido, como consecuencia indirecta
y hasta cierto punto no intencional, la creación de condiciones favorables al
crecimiento, dando lugar a una mayor diferenciación económica. Sin embargo esa
política de devaluación no implicaba un proyecto de autonomía creciente y un
cambio de relaciones de clase, y aquí es donde, en opinión de Cardoso y Faletto,
parece faltar la esfera política. No se puede analizar, sostienen, la cuestión del
desarrollo exclusivamente desde el punto de vista de los estímulos y reacciones
del mercado: “si se parte de una interpretación global del desarrollo, los
argumentos basados en puros estímulos y reacciones de mercado resultan
insuficientes para explicar la industrialización y el progreso económico” (p. 26). De
aquí se desprende que lo único que habría faltado para que la política de tipo de
cambio alto tuviera éxito fue una “decisión política hacia la mayor autonomía”.
Pero… ¿no habría que preguntarse por qué razón en los países atrasados tienden
a establecerse monedas depreciadas en términos reales –que supuestamente
crean condiciones favorables al crecimiento– y sin embargo no logran salir del
atraso? ¿Por qué “espontáneamente” sucede esto? A partir de responder a esta
cuestión, ¿qué hay que decir de la lógica económica de acumulación impulsada
por el tipo de cambio alto? Se debería investigar, por lo menos, qué sucede con la
generación de valor en un país atrasado; cómo se conecta con el mercado
mundial a través del tipo de cambio alto; qué problemas se originan con los
términos de intercambio; qué sucede con la acumulación interna; cómo afectan las
variaciones del tipo de cambio el crecimiento de productividad de sectores y
ramas; qué consecuencias acarrea el tipo de cambio alto para la moneda y los
precios; y cuestiones semejantes. Temas que superan en mucho la problemática –
neoclásica en el fondo– “de estímulos y reacciones de mercado”, ya que remiten a
las leyes de generación de valor y de la acumulación.
Faltos de este estudio, y siempre con el pretexto de no caer en el “determinismo
economicista”, Cardoso y Faletto hacen intervenir “desde arriba” lo político, que
pudo estar, pero no estuvo:
Son justamente los factores políticos internos –vinculados, como es natural,
a la dinámica de los centros hegemónicos– los que pueden producir
políticas que se aprovechan de las ‘nuevas condiciones’ [tipo de cambio
alto] o de las nuevas oportunidades de crecimiento económico. De igual
modo, las fuerzas internas son las que definen el sentido y el alcance
político-social de la diferenciación ‘espontánea’ del sistema económico (p.
27).
Sin haber estudiado la relación económica entre los centros del capitalismo y los
países subdesarrollados, Cardoso y Faletto explican que son los factores
internos, vinculados a la dinámica de los centros hegemónicos, los que pueden
producir políticas que se aprovechen de las condiciones para el crecimiento. De
manera que esos factores internos, y su relación con los centros hegemónicos,
deberían ser explicados en base a consideraciones puramente idealistas, ya que
el análisis no está asentado en la mecánica económica subyacente al tipo de
cambio alto. Todo lo que dicen sobre el crecimiento basado en la moneda
depreciada es que da lugar a una “diferenciación espontánea del sistema”, esto

54
es, movido por su propio impulso. ¿En qué consiste ese impulso o espontaneidad?
Además, ¿acaso no hubo políticas de tipo de cambio alto impulsadas por los
gobiernos? ¿No eran expresión de ciertas necesidades de inserción en los
mercados mundiales, a partir de diferenciales en la generación de valor? Habiendo
pasado por alto estas cuestiones, insisten con el análisis “político-social”:
… es posible que los grupos tradicionales de dominación se opongan en un
principio a entregar su poder de control a los nuevos grupos sociales que
surgen con el proceso de industrialización; pero también pueden pactar con
ellos, alterando así las consecuencias renovadoras del desarrollo en el
plano político y social (p. 27).
Los grupos pueden pactar o no, tal vez afectando “las consecuencias renovadoras
del desarrollo”, sin que se explique en ningún momento qué relación tienen estos
cambios políticos, y sus efectos, con leyes económicas que no se conocen ni
indagan. Las alternativas políticas por lo tanto se desenvuelven en una esfera
autónoma, sin conexión con la relación económica. A lo sumo se hacen vagas
referencias a que el “tipo e intensidad de los cambios” –esto es, de la moneda
depreciada y la consiguiente industrialización– “dependen en parte” del modo de
vinculación de las economías nacionales al mercado mundial (p. 27). Pero ¿cómo
dependen? ¿Por qué, además, dependen “en parte”? Cardoso y Faletto no
explican, aunque insisten con su admonición sobre los peligros del análisis
“puramente económico”:
Tal perspectiva [el método defendido por Cardoso y Faletto] implica que no
se puede discutir con precisión el proceso de desarrollo desde el ángulo
puramente económico cuando el objetivo propuesto es comprender la
formación de las economías nacionales (p. 27).
Por supuesto, ningún análisis de la formación de las economías nacionales puede
quedarse en lo “puramente económico”. Pero el problema de la CD no es que sus
análisis fueran “puramente” económicos, sino que “lo económico” no estaba
cabalmente indagado; o lo estaba desde una perspectiva teórica equivocada
(teoría del monopolio y similares).
Para precisar aún más su argumento, Cardoso y Faletto agregan que no es
suficiente con el análisis de variables como tasas de productividad, ahorro y renta,
funciones de consumo, empleo, y similares. Por supuesto, no es suficiente con
estas variables –que están tomadas abstractamente por Cardoso y Faletto de la
literatura económica usual–, pero no porque éste sea un error “economicista”, sino
porque ninguna de estas variables explica las cuestiones del atraso y la
dependencia a no ser que se establezca su relación con alguna teoría de la
acumulación. Sin haber precisado esta relación, sostienen que se pueden
construir “modelos económicos”, que cobran significado siempre que estén
referidos a situaciones “globales, sociales y económicas, que les sirvan de base y
les presten sentido” (p. 28). De nuevo hay que preguntarse ¿en qué marco teórico
se construyen estos “modelos económicos”? ¿Keynesiano, marxista, kaleckiano?
Cardoso y Faletto no aclaran la cuestión, a pesar de su importancia. Además,
¿qué quiere decir que un modelo económico tiene que estar referido a una

55
situación económica y social que le sirva de base? ¿Significa que tiene que tener
relación con lo que sucede en la realidad? Pero… ¿existe algún “modelo
económico” elaborado por la dependencia para explicar el subdesarrollo, que no
haya pretendido estar conectado con la realidad?
Todo esto termina siempre en la misma conclusión: que lo político, las relaciones
de fuerzas entre las clases y las luchas por el dominio, pasan a ser lo decisivo
para explicar el desarrollo. A pesar de que en varios pasajes Cardoso y Faletto
hacen referencia a la interacción entre las instancias económica, social, política, la
actuación política de los grupos es lo que decide: “la actuación de las fuerzas,
grupos e instituciones sociales pasa a ser decisiva para el análisis del desarrollo”
(p. 28). Más explícitos aún, sostienen que la política “es el medio por el cual se
posibilita la determinación económica” (p. 131).
Por lo tanto no estamos ante un análisis concreto, como sostiene Palma, sino
abstracto, porque Cardoso y Faletto aislaron una variable –las estructuras de
dominación y la política– a partir de la cual pretendieron derivar toda la
problemática del desarrollo. Aquí se encuentra la raíz del análisis idealista en que
termina esta perspectiva y se expresa en la trayectoria política posterior de
Cardoso.
LO INTERNO Y LO EXTERNO
También se puede plantear en términos distintos a los de la dependencia la
relación entre “lo externo y lo interno”. El llamado “tercer enfoque” de la CD buscó
hacer una síntesis entre el enfoque que ponía énfasis en “lo interno” y el que ponía
el acento en “lo externo”, por la vía de la “interacción dialéctica” entre ambos
abordajes. Pero el capital implica tanto la producción como la circulación; y la
circulación no se limita al ámbito nacional, sino abarca necesariamente el mercado
mundial. En palabras de Marx, el comercio exterior, o sea, el mercado mundial, es
el que “desarrolla la verdadera naturaleza [la del sobreproducto] como valor, al
desarrollar el trabajo encarnado en él como trabajo social”, y por eso
…sólo el comercio exterior, el desarrollo del mercado hasta convertirse en
mercado mundial, hace que el dinero se desarrolle hasta transformarse en
dinero mundial, y el trabajo abstracto en trabajo social (Marx, 1975, t. 3 p.
209).
Esto implica concebir al capitalismo como una totalidad mundial. Pero se trata de
una totalidad concreta, plena de determinaciones. Una totalidad en la que rigen las
leyes del valor y la acumulación del capital, pero siempre a través de espacios
nacionales de valor que están mediados por los tipos de cambio, y subsumidos al
espacio mundial del valor. Por lo tanto no se trata de una conformada como “suma
de partes”, donde las unidades interactúan a partir de estar constituidas
nacionalmente, y según leyes de funcionamiento propias y diferentes. Desde el
punto de vista de la totalidad concreta hay que considerar que el trabajo abstracto,
la riqueza, el valor, el dinero abstracto “se desarrollan en la medida en que el
trabajo concreto se convierte en una totalidad de distintos modos de trabajo que
abarcan el mercado mundial” (Marx, 1975, t. 3 p. 209). Esto significa que los
trabajos humanos, los valores, etcétera, no pueden considerarse en un plano

56
meramente nacional, porque siempre son partes de una totalidad, que es el
mercado mundial. Por eso no tiene sentido hablar de determinantes específicos
(nacionales, “lo interno”) como si fueran de naturaleza distinta de los
determinantes generales (mercado mundial, “lo externo”). Así, por ejemplo, los
tipos de cambio –una cuestión que Marx no trató– median los espacios nacionales
de valor con el mercado mundial; y entre sí. Pero esto no sucede porque estos
espacios sean unidades en sí mismas, sometidas a leyes propias, sino porque son
particularizaciones del universal, de la totalidad que es el capital desplegado. La
pregunta de si son determinados por factores “internos” o “externos”, o cuál de
ellos es el principal, en consecuencia pierde sentido.
Es desde esta perspectiva que se puede abordar la dialéctica del valor en el plano
mundial, y en los espacios nacionales. Por ejemplo, por qué aumentan las
diferencias de ingresos entre los países, por qué las diferencias en los valores
generados por las unidades de trabajo desde los diferentes espacios nacionales,
por qué los desarrollos desiguales. Cada una de estas cuestiones no puede
resolverse sólo teniendo en cuenta el aspecto nacional; ni tampoco sólo el plano
mundial. La forma y cuantía en que el valor generado dentro de un país se
expresa en valor en el plano mundial, o sea, en dinero mundial, depende de la
articulación compleja entre producción y circulación, incluyendo ambas el mercado
mundial. En la medida en que la producción se internacionaliza, este fenómeno es
cada vez más acentuado.
Todo induce a poner el énfasis en los análisis concretos, como reclama Palma,
pero entendidos no como estudios donde se interrumpe la primacía del universal,
ni en los que éste funciona de manera externa, sino tomando en cuenta la riqueza
de lo particular. Esta es, por otra parte, la verdadera naturaleza del concreto,
entendido desde la dialéctica.
CONCLUSIÓN
Hemos destacado la importancia de un enfoque dialéctico, de las totalidades
concretas, para superar las polaridades rígidas en que cayó la CD. Lo cual se
articula con la necesidad de estudiar la dialéctica del valor a escala mundial. De
esta manera se podría comenzar a superar, en el sentido hegeliano, los aportes
de la CD. “Superar” aquí significa no sólo la crítica, sino también el “conservar”.
Conservar la perspectiva crítica de la CD sobre las corrientes del pensamiento
económico burgués del desarrollo, al tiempo que avanzar en la comprensión de la
dialéctica mundializada del capital, y sus particularidades.

57
Capítulo 5
La realidad histórica que expresó la CD y las razones de su crisis
En este capítulo analizamos qué reflejaron, desde el punto de vista de la historia
del sistema capitalista mundial, los escritos de la CD, y cuáles fueron los
problemas y dificultades que llevaron a su crisis en los ochenta. La idea que
defenderemos es que la teoría de la dependencia expresó fenómenos reales de la
expansión del sistema capitalista en la periferia, y que por eso mismo no se puede
sostener que estuvo completamente desacertada. El problema fue que su enfoque
pecó por unilateral. No advirtió que la expansión del capitalismo a la periferia era
un fenómeno contradictorio. Por eso mismo no pudo prever ni explicar la forma
que adquiriría la industrialización en el Tercer Mundo, en especial durante los
últimos 30 años.
¿QUÉ EXPRESÓ LA CD?
En lo que respecta a las tesis leninistas sobre el capitalismo monopólico, que
sustentaron los análisis de la CD, reflejaron la acelerada centralización de
capitales que ocurrió entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, en el
capitalismo avanzado. Esa centralización buscaba frenar una competencia
devastadora, provocada por la caída de los costos de transporte, y la consiguiente
baja de precios.42 Las tesis sobre el monopolio reflejaron este proceso de
formación de grandes corporaciones modernas; que no impidieron que siguiera
operando la competencia.
También fueron fenómenos reales la expansión colonialista, el pillaje y el saqueo
de las periferias. La expansión del capitalismo que se produjo a lo largo del siglo
XIX no se basó sólo en los intercambios voluntarios y la libre circulación de gente,
capitales e ideas entre Europa, América, Australia y Nueva Zelandia, como
pretenden los economistas neoclásicos. La otra cara de esos intercambios fueron
la esclavitud, el colonialismo, las intervenciones militares y la diplomacia de las
cañoneras. Recordemos que la esclavitud recién fue prohibida en las colonias
británicas en 1833, en EUA en 1865 y en Brasil en 1878. La guerra del opio contra
China y la amenaza militar directa a Japón obligaron a estos países a abrirse al
comercio mundial. El colonialismo se prolongó durante siglos y se generalizó a
fines del siglo XIX. De 1870 a 1914 las posesiones coloniales de Gran Bretaña
pasaron de 23,7 millones de kilómetros cuadrados a 32,8 millones; las de Francia
de 0,5 millones a 11,3 millones; las de Alemania de cero a 3,1 millones y las de
Rusia también de cero a 2,6 millones. Además, en ese período Japón entró en
Corea y Manchuria; EUA intervino en Centroamérica, toma Filipinas y Puerto Rico;
y Austria-Hungría ejercieron el mandato en los Balcanes. Por otra parte, las
grandes migraciones a América y otras regiones no fueron totalmente libres, ya
que estuvieron provocadas por la extrema miseria, violencia y despojo que
sufrieron millones de campesinos europeos (irlandeses, españoles, polacos,
italianos, entre otros).43 Los autores neoclásicos pasan por alto estos “detalles

42
Véase Duménil y Lévy (1996).
43
Entre 1820 y 1913 salieron más de 50 millones de emigrantes desde Europa hacia América, Australasia y
Sudáfrica.

58
históricos”. La CD, en cambio, los puso en el primer plano de la atención, y éste
fue un gran acierto.
Además, los autores de la dependencia, y en particular aquellos que suscribieron
la tesis de la “articulación de los modos de producción”, señalaron con acierto que
la mera vinculación al mercado mundial no generaba automáticamente la
transición al modo de producción capitalista desde las formaciones precapitalistas.
En muchos casos sólo la violencia dio lugar a la implantación del capitalismo la
periferia.
También la idea del estancamiento y retroceso de las fuerzas productivas en el
Tercer Mundo tiene su base real. Es que efectivamente hubo una generalizada
desindustrialización en la periferia a partir de la entrada de las potencias y sus
mercancías baratas, aupadas en las armas. Paul Bairoch sostiene que después de
1813 hay mucha evidencia de que el volumen total de la producción
manufacturera del Tercer Mundo comenzó a caer debido al impacto de las
importaciones provenientes de los centros metropolitanos:
La industrialización del primero [el mundo desarrollado] llevó a la
desindustrialización del último [el Tercer Mundo], y la contribución
proporcional de cada región al total del producto manufacturero fue
revertida casi exactamente. Si incluimos Japón entre los países del Tercer
Mundo de aquel tiempo, éste tenía todavía aproximadamente el 63% del
potencial manufacturero total del mundo en 1830, contra el 37% de Europa
y Norteamérica; para 1860 las proporciones habían devenido del 39% y
61% respectivamente” (Bairoch, 1982, p. 274).
Entre 1860 y 1913 el volumen total de la producción manufacturera mundial se
multiplicó por cuatro (y por tres en términos por habitante), y la diferencia entre el
centro y la periferia siguió aumentando. En 1913 los países desarrollados tenían el
92,5% de la producción manufacturera mundial, contra solo el 7,5% del Tercer
Mundo. Esto no ocurrió solo por la expansión en los países desarrollados, sino
también porque la desindustrialización detuvo al Tercer Mundo. La producción
manufacturera del Tercer Mundo cayó hasta el comienzo del siglo XX, y la brecha
con los países adelantados siguió ampliándose, aunque a tasas menores, hasta
1953, siempre según Bairoch.
Por lo tanto ell error de la CD no estuvo en destacar estos aspectos, sino en que
no tuvo en cuenta el carácter contradictorio que tenía la expansión imperialista y
colonial sobre la periferia. Es que la entrada de los países avanzados en la
periferia provocó devastación y estancamiento, pero paralelamente generó las
condiciones para el desarrollo de capitalismo. Este último aspecto es el que la CD
no pudo registrar. No advirtió que el proceso era contradictorio. Paulatinamente,
sobre el terreno arrasado por la violencia colonial e imperialista, comenzó la
acumulación del capital. En muchos países de América Latina y Asia surgieron
capitalismos industriales autóctonos, y fuertes en relación al capital comercial o
agrario. De ahí las vacilaciones y matices crecientes que introducen muchos
dependentistas en las visiones más rígidamente estancacionistas, aunque sin
revisar sus planteos básicos.

59
En definitiva, se verificó el proceso que Marx preveía que ocurriría en India con los
ferrocarriles británicos. Inglaterra entró en India por medio de la violencia, impuso
su dominio colonial y con ello la apertura a la competencia de las telas inglesas.
Para lo cual introdujo los ferrocarriles. Pero los ferrocarriles dieron paso, con el
tiempo, a capitales hindúes, e India, como otros países de la periferia, entró en las
vías del desarrollo capitalista.
Naturalmente se puede criticar a Marx porque –en sus artículos sobre la India de
1853– consideró que la acción revolucionaria del capital inglés sería más o menos
rápida y directa. Como señala Rey (1976), años después en El Capital Marx hubo
de reconocer que la resistencia “del modo de producción asiático” a la
penetración capitalista en India o China era en extremo tenaz e importante. Pero
de esto no debería deducirse, como hace Rey, que Marx hubiera escrito sus
apreciaciones de 1853 sólo “para molestar a los norteamericanos” (Rey, 1976, p.
15). El argumento de Marx es que una vez que el capitalismo arraiga –la entrada
del capital extranjero, por medio de la violencia, es el punto de arranque– tiende a
hacerse hegemónico, y a largo plazo único. El proceso no es lineal, pero la
tendencia parece clara. Por eso Marx destacaba el doble carácter de la inversión
británica, que provocaba devastación;44 pero también ponía la simiente del
desarrollo capitalista. Este diagnóstico de Marx fue cuestionado por los marxistas
del dependentismo.45 Pero la realidad es que el capitalismo indio se desarrolló; la
previsión de Marx en el largo plazo se demostró más acertada que los
diagnósticos de la CD.
Desde la perspectiva marxiana se puede comprender también el rol que
cumplieron las intervenciones imperialistas –operaciones de desestabilización,
promoción de golpes militares, etc.– en países que eran formalmente
independientes, en los siglos XIX y XX. Estas intervenciones impusieron gobiernos
y dictaduras militares favorables a los capitales de los países adelantados. Con
ello posibilitaron negociados y altísimas ganancias para sus corporaciones; se
justificaba hablar de violencia neocolonial sobre muchos países, como hizo la CD.
Sin embargo las inversiones extranjeras que acompañaban esas intervenciones
también contribuyeron –directa o indirectamente– al desarrollo de fuerzas
capitalistas locales, que luego fueron el sustento de gobiernos con capacidad de
resistencia y autonomía al dominio imperialista. Parafraseando a Marx, podemos
decir que la violencia fue la partera del capitalismo de las periferias, desbrozando
el camino para la reproducción del capital. Esto explica por qué desde el final de la
Segunda Guerra –y en muchos países atrasados por lo menos desde el período
de entreguerras– se registran casos de acumulación capitalista significativa en la
periferia. Por eso mismo la violencia directa con el tiempo dejó de ser el medio
fundamental de extracción del excedente.46
44
Decía que el progreso se realizaba “arrastrando a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la
degradación” (véase Marx y Engels, 1976, p. 109).
45
Amin explica la “equivocación” de Marx, esto es, el que hubiera pensado que “el ferrocarril dará lugar a las
industrias autocentradas”, a que no había alcanzado a ver la fuerza de los monopolios (véase Amin, 1986, pp.
159-160).
46
Cuando afirmamos que la violencia directa no juega un rol en la extracción del excedente, no estamos
sosteniendo que la violencia no desempeña un rol en el capitalismo. Lo que estamos señalando es que en los
modos de producción precapitalistas (y en la explotación colonial) la extracción del excedente se produce por

60
DESARROLLO CAPITALISTA Y SAQUEO COLONIAL
Desde hace años también está cuestionada la tesis de la CD de que el desarrollo
del capitalismo central dependió de la explotación colonial. Así Lipietz (1990)
criticó la idea de que el pillaje de la periferia haya sido cuantitativamente de gran
importancia para el crecimiento del centro. Menos todavía se puede afirmar que
después de la Segunda Guerra el crecimiento del centro se haya debido a las
transferencias de valor desde la periferia. Lo cual, agrega Lipietz, no niega la
gravedad que tuvo para la periferia la explotación colonial. Dore y Weeks (1979)
también cuestionan la idea de que el desarrollo del capitalismo en el centro
estuviera determinado por las transferencias de excedente desde las periferias no
capitalistas. En el mismo sentido Duchesne (2001-2002) –en crítica a Frank–,
sostiene que la Revolución Industrial inglesa se hubiera dado de todas maneras
sin los beneficios coloniales:
… entre 1700 y 1801 sólo entre el 8,4% y el 15,7% del cambio en el ingreso
nacional [de Gran Bretaña] puede atribuirse al total del comercio exterior. …
el comercio colonial, aunque creciente en proporción, siguió representando
un pequeño porcentaje del comercio exterior de Gran Bretaña durante ese
siglo. Por lo tanto, si usamos los cálculos de Bairoch, encontramos que en
el período entre 1720 y 1780-1790, el comercio exterior proveyó a Gran
Bretaña con el 4% al 8% de su demanda total, pero que el comercio con los
países no europeos representó entre el 33% y el 39% del total del comercio
británico, de manera que la contribución de los futuros países menos
desarrollados podría haber absorbido, a lo sumo, el 2% al 3% de la
demanda total. (Duchesne, 2001-2001, p. 441; énfasis en el original).
Con respecto a Europa, Duchesne cita a O’Brien, quien afirma que los beneficios
derivados del tráfico colonial no representaban más del 2% del PNB de Europa de
fines del siglo XVIII. Anotemos también que ya Hobson (1902) señalaba que la
contribución del comercio colonial a la economía británica era pequeña.
LA INDUSTRIALIZACIÓN Y LA CRISIS DE LA CD
Hacia mediados de la década de 1970 la CD llega a la cima de su evolución. En el
período previo al triunfo de los golpes militares en Chile, Uruguay y Argentina el
dependentismo tenía una fuerte presencia en las facultades de ciencias sociales
latinoamericanas; sus artículos y libros circulaban profusamente; sus ideas eran
populares en la vanguardia políticamente radicalizada, y repercutían en todo el
mundo. Refiriéndose a aquel momento, Dos Santos escribe:
En aquel período, que podríamos situar entre 1964 y 1974, el pensamiento
de la región cobró una dimensión planetaria, pasando a influenciar la
evolución de las ciencias sociales a un nivel universal (Dos Santos, 2003, p.
105).
medio de la coerción extra-económica. En el modo de producción capitalista la extracción del excedente
ocurre porque el trabajador “libre” está obligado a vender su fuerza de trabajo. Es en este respecto que Marx
destaca que la forma de extracción del excedente es económica. Ésta es la diferencia específica del modo de
producción capitalista con otros modos de producción. Naturalmente, en una sociedad en que los productores
directos están desposeídos de los medios de producción, la violencia juega un rol decisivo en defensa de la
propiedad privada del capital.

61
Dos Santos incluye al pensamiento de Prebisch y la CEPAL en ese movimiento
intelectual que dio origen a la dependencia y alcanza la cumbre en los setenta.
Sin embargo en esa época asomaron nubarrones en el horizonte de la CD. Por un
lado porque las cifras no avalaban la idea del estancamiento de la economía
latinoamericana. Por caso, desde 1965 a 1973 el crecimiento económico de
América Latina fue del 7,4% anual promedio, una tasa en absoluto desdeñable. El
producto por trabajador creció a una tasa del 2,7% anual entre 1960 y 1980 (datos
del FMI). En la década de los setenta se publicaron trabajos que demostraban que
en América Latina había posibilidades de algún grado de desarrollo tecnológico
autónomo; y que sus empresas generaban tecnología. 47 En Asia también
avanzaba la industrialización.
Esta situación provoca, a comienzos de los setenta, una de las críticas más
amplias a la CD, la de Bill Warren. Warren sostuvo que, contra lo que afirmaba la
CD, se había producido una importante industrialización en muchos países
subdesarrollados y que el período posterior a la Segunda Guerra era de ascenso
de las relaciones capitalistas y de las fuerzas productivas en el Tercer Mundo.
Explicó también que los principales obstáculos a este desarrollo estaban en las
contradicciones internas de los países de la periferia, y no en las relaciones del
imperialismo con el Tercer Mundo. Incluso planteó que las políticas de los países
imperialistas habían favorecido la industrialización, y que los lazos de dependencia
que ataban a los países atrasados con los imperialistas habían sido aflojados
considerablemente hacia la década de los setenta. Como resultado la distribución
del poder en el mundo se estaba haciendo menos desigual (véase Warren, 1973).
Warren no negaba que siguiera existiendo el imperialismo como sistema de
dominación y explotación, pero afirmaba que la dependencia había entrado en un
proceso de declinación irreversible. En los países subdesarrollados subsistían el
atraso de la agricultura y la desigualdad del desarrollo; pero no eran neocolonias,
ni estaban bloqueados en su desarrollo. Además los países subdesarrollados
podrían alcanzar en el futuro los niveles de tecnología y de las fuerzas productivas
de los países imperialistas. De manera que se avanzaba hacia la igualación de los
niveles de desarrollo de los países.48
Por otra parte, hacia fines de la década de 1970 la evolución de los Nuevos
Países Industrializados, (NPI), Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur
47
Por ejemplo, en los setenta Jorge Katz sostuvo que países como Argentina, Brasil, México, de
industrialización relativa, eran tecnológicamente dependientes del mundo desarrollado, pero tenían una
actividad inventiva que no carecía de importancia. Esa inventiva tecnológica tenía un carácter adaptativo y
subsidiario, destinada a mejoras marginales y adaptaciones al medio local de los diseños importados, pero
importante. Katz además registraba para Argentina un significativo aumento de la productividad entre 1960 y
1968 –período que según la CD era de crisis crónica y estancamiento– en la industria, y agregaba que existía
una incidencia importante de flujos acumulados de gastos domésticos en tareas de investigación y desarrollo,
además de la compra de tecnología en el exterior; véase Katz (1976). En Ablin et al. (1985), y en la misma
línea de pensamiento que Katz, se destaca, además, la inversión de empresas argentinas en el exterior.
48
Esta tesis desembocó más tarde en lo que hemos llamado (en Astarita, 2006) “globalismo extremo”; véase
Burbach y Robinson (1999) y Robinson y Harris (2000). Los autores que adhieren a este punto de vista
sostienen que hoy el mundo está asistiendo la formación de una clase capitalista transnacional unificada, con
participación de las burguesías del otrora Tercer Mundo; y que cada vez tiene menos sentido hablar de una
divisoria entre países desarrollados y subdesarrollados.

62
rompía todavía más con los viejos esquemas de la dependencia. A mediados de
los ochenta Mandel planteó que capitales con origen en Hong Kong se invertían
internacionalmente (véase Mandel, 1985). Pero no eran sólo los NPI. En 1981
Schiffer, en crítica a Amin, demostraba que la tasa promedio de inversión de los
países subdesarrollados era mayor, en porcentaje de PBI, que la de los países
adelantados; que la producción manufacturera de los primeros estaba destinada a
satisfacer principalmente el mercado interno y el consumo masivo, y no la
exportación y el consumo de la alta burguesía; que había habido desarrollo de la
industria pesada en Asia y América Latina; que al compás de ese desarrollo
habían subido los salarios industriales; y que cada vez más sectores de las
economías de esos continentes se integraban al capitalismo. A su vez Lipietz
señalaba:
La idea esencial del dependentismo… es, en efecto, que los Estados-
naciones de la periferia no pueden desarrollarse en el marco del capitalismo
porque los países desarrollados tienen siempre, y cada vez más, necesidad
de su subdesarrollo; a lo sumo, pueden conceder una “acumulación
dependiente”. Esta idea conoció su hora más gloriosa a raíz del fracaso de
las tentativas explícitas de escapar a la dependencia, particularmente en
América Latina, en la época del fordismo triunfante. Evidentemente hoy día,
esta tesis se critica severamente en la “nueva industrialización”… (Lipietz,
1990, p. 68).
En América Latina y Asia existía un capitalismo cuya dinámica no era un mero
reflejo especular de las economías centrales. En muchos países de Asia las tasas
de inversión eran superiores al 30%, en términos del pnb, y estaban sustentadas
en altos niveles de ahorro interno. ¿Cómo se podía afirmar que se trataba de una
“burguesía lumpen”, o sin dinámica propia? Además, los mercados internos de los
países que se industrializaron en América Latina y Asia evolucionaron según las
leyes más generales de la acumulación.
Como resultado, en Asia y América Latina surgieron empresas con capacidad de
expandirse internacionalmente. La idea (de Cardoso y otros) de que la clase
capitalista de los países dependientes era “semi-explotada” perdió sustento. Hoy,
por ejemplo, el capital mexicano se ha convertido en el sexto inversor dentro de
Estados Unidos; y los empresarios mexicanos toman la delantera para explicar a
sus pares estadounidenses cómo hay que aumentar la explotación de los obreros.
Capitales de Corea del Sur invierten y pagan bajos salarios en Inglaterra.
Compañías del Tercer Mundo presentan batalla competitiva a empresas de países
adelantados. Jaguar y Land Rover son compradas por Tata Motors, de India.
Empresas chinas empleaban, en 2008, unos 750.000 obreros en África, en
diferentes emprendimientos, desplazando en muchos casos a capitales
estadounidenses. Si bien las EMN (empresas multinacionales) de los países
atrasados no alcanzan la fuerza de las grandes corporaciones de EUA, Europa o
Japón, su crecimiento es innegable. México tiene gigantes como Cemex o Telmex;
Corea del Sur empresas como Hyundai Motors o Samsung Electronics; Malasia a
Petronas o Sime Darby; Brasil a Petrobrás, Vale, Embraer o Bradesco. Según un
estudio de Ernest & Joung, las EMN de países no adelantados tenían, en 2007, el

63
19% del valor bursátil acumulativo de las 1000 EMN más importantes. 49 Se trataba
de 221 empresas, de las cuales el 47% pertenecían a países atrasados distintos
de Rusia, Brasil, China e India. En términos globales, hacia 2006 la IED –
incluyendo fusiones y adquisiciones– desde los países atrasados había llegado a
US$ 174.000 millones, el 14% del total mundial; la participación de estos países
en el stock total de la IED –que es de US$ 1,3 billones– alcanzaba el 13%. En
1990 los países subdesarrollados tenían sólo el 5% del flujo de IED, y el 8% del
stock (véase The Economist 12/01/08). Esto no encaja ni siquiera en los
esquemas más ricos y complejos de la CD.
Frente a estas evoluciones, la CD se vio obligada a explicar. Bambirra (1983)
ofreció una tesis del tipo de “compensación”, diciendo que el desarrollo de los
nuevos países industrializados se conseguía a costa de enormes padecimientos y
la súper-explotación de las masas. Frank (1979b) sostuvo que en los países
asiáticos no había verdadero desarrollo a causa de las deudas externas y los
déficits en sus balanzas de pagos, el desempleo y la súper-explotación. Frank
también explicó las “contadas” industrializaciones periféricas por la misma teoría
de la dependencia, aunque con adecuaciones: el crecimiento de Corea se debía a
la crisis del capitalismo central en la década de 1970 (véase Frank, 1988). Era la
vieja idea de que cuando había crisis en el centro se producían huecos en el
sistema mundial por donde emergía la periferia. Sin embargo el capitalismo de
Corea del Sur siguió creciendo en los años 1980 cuando las economías del centro
–en particular la de EUA– se recuperaban.
Tampoco se verificó el pronóstico del estancamiento del capitalismo y del mercado
mundial.50
CRISIS DE LOS REGÍMENES “SOCIALISTAS” Y AUTÁRQUICOS
Los problemas para la CD se agravaron con las dificultades que afrontaban los
regímenes del “socialismo real”. A fines de la década de 1970 la dirección del
partido Comunista chino iniciaba las reformas pro mercado, que desembocarían
en la marcha del país al capitalismo. En los ochenta los campesinos comenzaron
a cultivar sus parcelas y comerciar la producción, y se elevó la productividad en el
agro. Lo cual ponía bajo un serio signo de interrogación las ideas de Amin, Rey y
otros autores acerca de la naturaleza anticapitalista de los campesinos chinos.
A mediados de esa misma década el partido Comunista de la URSS revelaba que
la economía soviética estaba estancada, que sus niveles de productividad eran
más bajos que en los capitalismos avanzados, y que no había manera de
continuar con el crecimiento sustentado en el uso extensivo de recursos naturales

49
Contra el 5% en 2000.
50
Frank (1988) pronosticaba, a fines de la década de 1980, que “la próxima recesión” agudizaría los
problemas crónicos del intercambio internacional, llevando a una declinación del comercio mundial; los
países atrasados se volcarían hacia la sustitución de importaciones, a una agricultura orientada a la
producción/consumo con base nacional o regional, y florecerían los acuerdos internacionales tipo trueque; los
países adelantados se volcarían progresivamente “hacia adentro”. Mandel (1986) previó una crisis del
capitalismo aún más grande que la que había sacudido al capitalismo en los años treinta, y una contracción de
largo plazo del mercado mundial.

64
y fuerza de trabajo. El problema también era admitido en otros países del bloque
comunista.
LA TESIS DE LA ARTICULACIÓN DE MODOS DE PRODUCCIÓN A PRUEBA
En cuanto a la tesis de la articulación de los modos de producción, no se verificó
su pronóstico de que el capitalismo intentaría preservar las formas sociales
precapitalistas. Las políticas desplegadas por la mayoría de los gobiernos del
Tercer Mundo y los organismos internacionales, en especial desde 1980,
apuntaron a introducir las relaciones mercantiles, promover la propiedad privada
de la tierra y las relaciones asalariadas.
Por supuesto, se puede admitir que las economías campesinas tradicionales
demostraron más capacidad de resistencia que la que preveían los marxistas
clásicos, como Lenin. Por caso, en la actualidad más del 90% de los derechos
sobre la tierra que tienen los campesinos en África subsahariana están generados
por la tenencia consuetudinaria (Mafeje, 2003). Pero sobre esta estructura
tradicional se ha expandido la producción pequeño-burguesa, con vistas al
mercado; y los pequeños campesinos responden cada vez más a los estímulos y
dictados del mercado. Además, y paradójicamente para la tesis de la
“articulación”, hoy hasta el 80% de los ingresos rurales en África subsahariana
provienen de áreas urbanas, en forma de remesas de trabajadores. Y como
señala Mafeje, a menudo de manera no intencional, las áreas rurales se
convirtieron en enormes asentamientos rurales empobrecidos, que albergan a
trabajadores urbanos desocupados. En cuanto a América Latina, y amplias
regiones de Asia, se han extendido los cultivos comerciales y la producción
capitalista agraria.51
Estas evoluciones llevaron a la crisis a la escuela de la dependencia. Además, con
el marco teórico de la dependencia cada vez se hacía más difícil contrarrestar la
ofensiva ideológica y política de las políticas neoliberales. Por eso se asistió a una
crisis ideológica y política que afectó a todas las corrientes que habían abogado
por vías alternativas de desarrollo. En América Latina las expresiones más
radicales del estructuralismo cepaliano quedaron marginadas, y muchos autores
revisaron sus posturas, admitiendo la necesidad de “respetar a los mercados” y
“mantener los equilibrios macroeconómicos fundamentales”. 52 Dentro de los
autores “fundadores” de la CD, el caso extremo fue Cardoso, quien terminó en la
derecha y siendo presidente de Brasil. Pero más en general, la CD no se mantuvo
como corriente, a pesar de que muchos dependentistas mantuvieron sus ideas. Al
decir de Bomström y Hettne (1990), entró en un proceso de “crisis y
desintegración”.

51
Ampliamos en el capítulo 13 sobre estos desarrollos, que son cruciales para la validez de las tesis de la
dependencia.
52
El estructuralismo clásico daría lugar, en la década de 1980, al neo-estructuralismo. Una síntesis de esta
evolución y de las posiciones del neo-estructuralismo puede verse en Fontaine y Lanzarotti (2001) y Guillen
Romo (2001). Algunos estructuralistas toman los aportes de los neo-schumpeterianos, y los enlazan con las
viejas tradiciones de la CEPAL, pero admitiendo la necesidad de superar el desarrollo basado en la
industrialización “hacia adentro”; puede consultarse Cassiolato et al. (2005). Una alternativa al planteamiento
del crecimiento hacia adentro es la de Sunkel con su tesis del “desarrollo desde dentro”; véase Sunkel (1991).

65
CONCLUSIÓN
La CD reflejó el fenómeno real de que el capitalismo se expandió en la periferia
extendiendo la violencia, el pillaje, el militarismo y las guerras coloniales. La
violencia abrió paso al capital en el Tercer Mundo. Pero al mismo tiempo este
proceso generaría las condiciones para el surgimiento de capitalismos nativos. Es
éste segundo aspecto el que la CD pasó por alto, en lo fundamental. De aquí que
la industrialización y desarrollo capitalista en buena parte del Tercer Mundo,
notablemente en Asia y América Latina, le hayan presentado problemas teóricos
importantes. A ello se sumó la crisis de los llamados regímenes socialistas. Esto
explicaría la dispersión de la corriente en la década de los ochenta.

66
Capítulo 6
La dependencia reformulada
A pesar de que la CD se desintegró como corriente hacia los años ochenta, sus
ideas esenciales siguieron vigentes hasta el presente en la izquierda y el
nacionalismo radical. Sus enfoques se difunden actualmente desde revistas
críticas y heterodoxas. Tal vez la de mayor renombre sea Monthly Review, de
Estados Unidos. Importantes autores adhieren a las ideas de la CD, aunque con
diversos grados de nacionalismo. El reputado sociólogo James Petras sostiene
actualmente la visión dependentista, defendida en numerosos artículos y libros. 53
Dos Santos mantiene prácticamente sin cambio las viejas posiciones y sus
escritos son estudiados en círculos amplios. 54 La Sociedad Latinoamericana de
Economía Política y Pensamiento Crítico, SEPLA, que agrupa a la mayoría de los
economistas de izquierda de América Latina, tiene un enfoque global afín a la
dependencia. En Argentina los Economistas de Izquierda (EDI), adherido a
SEPLA, comparte esa postura. Entre los autores argentinos más destacados que
siguen esta línea podemos citar a Atilio Boron., sociólogo y doctor en ciencias
políticas, y a Claudio Katz, el economista marxista más conocido en Argentina. 55
También encontramos las posiciones de la dependencia en la prensa política de la
izquierda, por lo menos, y hasta donde conocemos, en Argentina, México, Brasil,
Uruguay, Venezuela, Bolivia y Chile.
Sin embargo el pensamiento dependentista adoptó nuevas formas, principalmente
por la relevancia que adquirieron en las décadas de 1980 y 1990 las deudas
externas y el capital financiero internacional en muchos países atrasados. Se
mantuvo la tesis de que los países subdesarrollados son explotados por los países
atrasados, pero ahora no sólo a través del intercambio desigual y las remesas de
utilidades, sino también, y principalmente, por el pago de las deudas externas.
Además, a la denuncia tradicional del “capital monopólico y financiero”, se sumó la
del “neoliberalismo”. El “neoliberalismo” pasó a ser el responsable del ataque a los
trabajadores y los sectores populares, de la ofensiva privatizadora y la apertura de
los mercados. De esta manera continuó operándose, en el análisis y la política, el
desplazamiento de la contradicción de clase esencial en el modo de producción
capitalista del que hablaba Cueva. Los antagonismos centrales, según la
dependencia reformulada, estarían plasmados en oposiciones como
“neoliberalismo/pueblos”; “finanzas/pueblos”; “capital financiero/países oprimidos”,
y similares. La estrategia política siguió articulándose en torno a la “liberación
nacional” de los pueblos oprimidos, enfrentados ahora al capital financiero
imperialista y el neoliberalismo. Es en este marco teórico que muchos marxistas
“dependentistas” tratan de encajar la contradicción entre el capital y el trabajo.
53
Véase, por ejemplo, Petras (1995) y (2000).
54
A comienzos de la década de 2000, escribía: “Ellos no comprenden cómo el imperialismo bloquea el
desarrollo de las fuerzas productivas de las naciones colonizadas, mutila su poder de crecimiento económico,
de desarrollo educativo, de salud y otros. No consiguen entender el fenómeno de la sobreexplotación y la
transferencia internacional de excedentes generados en el Tercer Mundo y enviado a los países centrales”
(Dos Santos, 2003, p. 51).
55
Véase, por ejemplo, Boron (2008). Los trabajos de Katz pueden consultarse en su página web; Katz posee
una extensa producción teórica.

67
En la primera parte de este capítulo examinamos críticamente la versión más
popularizada de la dependencia reformulada. Para esto nos basamos en
Toussaint (2004), que contiene los planteos centrales más difundidos. Nuestra
crítica recoge e intenta profundizar muchos de los cuestionamientos que ya se
hicieron a la CD, especialmente en la línea planteada por Cueva.
En una segunda parte discutimos la reformulación que da Amin, en la década de
1990, a algunas de sus viejas tesis. Veremos que, siendo una obra más sutil y
compleja que la de Toussaint, subsisten sin embargo los problemas que
presentaba su teoría en las décadas de 1960 y 1970.

DICTADURA FINANCIERA Y TERCER MUNDO


Una idea fundamental de Toussaint es que a comienzos de la década de 1980 se
impuso en el mundo la hegemonía del capital financiero. Esta tesis está en
relación directa, y es tributaria, de la llamada “teoría de la financiarización”, que
afirma que hoy el capital financiero es el principal responsable del estancamiento y
las crisis.56
Este capital financiero se ha globalizado, y la globalización se debe
principalmente, sostiene Toussaint, a decisiones políticas de los gobiernos. Esto
significa que no responde a una tendencia inherente al capital, y en consecuencia
podría ser revertida sin acabar con el modo de producción capitalista. Además,
continúa la tesis dependentista de Toussaint, la mundialización no lleva al
desarrollo de las fuerzas productivas en el Tercer Mundo y el ex bloque del Este,
ya que las inversiones se dirigen principalmente hacia América del Norte, Europa
Occidental y Japón. En los países del Tercer Mundo y en el ex bloque del Este
sólo hay marginación y pobreza. Puede haber algunos crecimientos puntuales,
como sucede con los NPI asiáticos, y en algunas regiones de China, pero en el
resto del Tercer Mundo predomina el estancamiento. Las posibilidades de
desarrollo autónomo de la “aplastante mayoría de los países del Sur y del viejo
campo llamado socialista se encuentran aún más reducidas que en el período
histórico precedente” (Toussaint, 2004, p. 255). Imposibilidad de “desarrollo
autónomo” aquí se equipara con imposibilidad de “acumulación de capital
industrial” y con “bloqueo de desarrollo”.
Como sucedía en la CD tradicional, la tesis combina el factor externo con el
interno, ya que “el bloqueo del desarrollo no proviene solamente de las relaciones
de subordinación de la Periferia en relación al Centro”, sino también
…de la estructura de clase de los países de la periferia y de la incapacidad
de las burguesías locales para lanzarse a un proceso acumulativo de
crecimiento, lo que implicaría el desarrollo del mercado interno (ibíd.).
En los países del Tercer Mundo que basan su crecimiento en los bajos salarios y
las exportaciones, sostiene Toussaint, las importaciones crecen a una tasa más
56
Para un panorama de esta tesis, véase Chesnais (comp.) (1996) y (1997). Hemos hecho una crítica a esta
tesis en Astarita (2009a).

68
rápida que las exportaciones. En estos países no hay posibilidades de
reproducción ampliada; la burguesía es incapaz de acumular; el desarrollo está
bloqueado y los déficits de la balanza comercial son crónicos. El estancamiento,
sin embargo, no se limita al Tercer Mundo, porque en los países del centro –
también llamados “del Norte”, en oposición “al Sur”– una parte creciente de la
plusvalía se desvía hacia el sector financiero, que se convierte así en un
succionador de riquezas por sobre el capital industrial. Además aumenta el poder
de las multinacionales oligopólicas. Si bien Toussaint reconoce que existe una
poderosa competencia entre ellas, controlan sin embargo el mercado mundial e
imponen altos precios relativos a los productos que exportan a los países del
Tercer Mundo. A lo que se suman las decisiones políticas de los gobiernos de los
países industrializados, que agravan la caída relativa de los precios de los
productos que exporta el Sur. En consecuencia los países atrasados son
explotados debido a los precios establecidos por el poder oligopólico, y las
decisiones de los Estados imperialistas.
La idea de que los grupos concentrados pueden imponer los precios se extiende a
los mercados financieros. Toussaint afirma que los grandes bancos tienen la
facultad de establecer altas tasas de interés, o primas de riesgo, prácticamente a
discreción. En esto colaboran los gobiernos imperialistas, sus bancos centrales y
los organismos internacionales. Las tasas de interés están determinadas por
relaciones de fuerza, tanto por control de mercado –oligopolios financieros–, como
por poder político.
La combinación del deterioro de los términos de intercambio, el crecimiento de las
importaciones a una tasa más alta que las exportaciones, y las altas tasas de
interés, lleva al endeudamiento creciente. La deuda externa se convierte así en un
arma de dominio y sumisión. Junto a los planes de ajuste, sirve para domesticar a
los países atrasados. Debido a las altas tasas de interés, las transferencias son
crecientes. El Norte succiona la riqueza del Sur, aunque Toussaint aclara que la
explotación de países se articula con las relaciones de clases. El reembolso de la
deuda opera como una bomba de agua que extrae una parte del excedente
generado por los trabajadores, los pequeños productores y las empresas
familiares del Sur. Las clases dominantes del Tercer Mundo, “cobran sus
comisiones” y se enriquecen, mientras las economías nacionales “se estancan o
retroceden y las poblaciones del Sur se empobrecen”.
A estos perjuicios se agregan las transferencias de riquezas debidas a las
privatizaciones de empresas públicas; la repatriación de beneficios por las
sociedades transnacionales; los pagos de royalties, derechos de propiedad y
similares; y las colocaciones de los capitales pertenecientes a las clases
propietarias del Sur en las plazas financieras del Norte o en paraísos fiscales.
Eventualmente también se destinan fondos a la compra de bienes inmobiliarios en
el Norte. En consecuencia los países del Sur, incluidos los más grandes como
México, Brasil o India, retroceden hacia la “dependencia y subordinación” desde
un desarrollo relativamente autónomo que habrían iniciado con anterioridad al
advenimiento de la ofensiva neoliberal.
EXPLOTACIÓN FINANCIERA DE PAÍSES

69
En todo lo anterior la tesis del dominio del monopolio juega un rol clave, pero esta
vez aplicada a lo financiero. Toussaint habla de la competencia, pero ésta no
juega ningún papel efectivo en la determinación de las tasas de interés, ni en los
mercados financieros. Por eso Toussaint ni siquiera discute la teoría de Marx, que
sostiene que la tasa de interés se fija a partir de la oferta y demanda del capital
dinero, y por lo tanto está vinculada a los ciclos económicos. Es que adoptar la
teoría de Marx obligaría a desechar la explicación de la tasa de interés por
“relaciones de fuerza”.
Naturalmente, se puede sostener que la teoría de Marx está desactualizada, y que
la de Toussaint es la correcta. Pero la realidad es que la tesis de Toussaint –y más
en general, el punto de vista de la financiarización– es la que no puede explicar el
funcionamiento ni las evoluciones de los mercados financieros. Por ejemplo, los
autores de la financiarización (véase Chesnais, 1996 y 1997) han insistido en que
la hegemonía del capital financiero se expresó en las altas tasas de interés que se
decidieron a partir de fines de la década de 1970 en EUA y Gran Bretaña. Esas
tasas de interés habrían permitido al capital financiero obtener altas rentabilidades,
succionando plusvalía al capital productivo. Toussaint adhiere a esta idea. Sin
embargo en la década de 1990 las tasas de interés bajaron, y en la década
siguiente continuaron a niveles muy bajos. ¿Cómo se puede explicar esto si las
ganancias del capital financiero dependían de las tasas de interés, y éstas se
fijaban a voluntad y conveniencia de los bancos? ¿No habría que intentar
relacionar sus variaciones con los ciclos de la acumulación, con la velocidad de
rotación de los capitales, con la oferta y demanda de fondos en los mercados de
dinero y de capitales? Pero ésta es la teoría de Marx, que se ha dejado de lado.
Sin embargo en la realidad las cosas funcionan más de acuerdo con lo que dice la
teoría de Marx, que con lo que afirman Toussaint o Chesnais. Es que a los
mercados financieros mundiales concurren capitales provenientes de múltiples
países y sectores –fondos soberanos, excedentes líquidos de empresas
industriales o comerciales, rentistas acaudalados, etc.– y por eso estos
movimientos, y sus efectos, no pueden ser controlados por monopolio alguno.
Como explicaba Marx, el banco se le representa al economista vulgar como
todopoderoso. Pero las posibilidades de controlar la economía están limitadas por
fuerzas económicas que los propios capitalistas no dominan.
La cuestión tiene gran relevancia para el debate sobre la dependencia y el
tercermundismo. Para verlo, veamos un momento las tasas de interés que pagan
los gobiernos de los países atrasados. A mediados de 2008 los gobiernos de Chile
o Uruguay se endeudaban a una tasa muy inferior que la que pagaba el gobierno
argentino. Según la visión de Toussaint, esto se debería a una decisión, más o
menos arbitraria, de los banqueros del Norte y los organismos internacionales.
Pero el hecho es que la tasa que pagaba el gobierno argentino era la que
demandaba cualquier inversor financiero, sin esperar órdenes de nadie. Esto se
debe a que cuando se licitan los bonos en los mercados primarios, o se revenden
en los mercados secundarios, se establecen los precios de los activos a partir de
las ofertas y demandas de muchos inversores y agentes de fondos. De estos
precios se derivan las sobretasas –el llamado “riesgo país”, o la prima de riesgo–
que pagan los gobiernos. La cuestión se puede ver en los intereses que el

70
gobierno de Venezuela cobró al de Argentina en 2008. Ese año Argentina se
endeudó con Venezuela a una tasa que llegó casi al 15%. 57 El gobierno “socialista”
del presidente Hugo Chávez le cobraba a un país dependiente una tasa muy
superior de la que un banquero suizo, por ejemplo, le hacía pagar a Chile o
Uruguay. De acuerdo a la teoría de Marx, la tasa que cobraba el gobierno de
Venezuela fue un producto de las leyes del mercado capitalista. Según el enfoque
de Toussaint, no hay manera de explicar el asunto (a no ser que se recurra al
argumento de la “traición” de Chávez, o similares).
Toussaint también sostiene que los prestamistas extraen directamente el
excedente de los trabajadores. Lo cual induce a pensar que la contradicción
fundamental de la sociedad se da entre el propietario del capital dinerario, que
succiona excedente como un parásito, y “el pueblo”, entendido éste como la masa
de obreros asalariados y pequeños productores. Pero la realidad es que la
plusvalía es extraída no a nivel de prestamista/prestatario, sino por el capital en la
relación laboral. Por lo tanto la tasa de interés no mide el grado de explotación del
prestamista sobre el trabajador, como pretende Toussaint, y en general los
partidarios de la tesis de la “explotación por la deuda”, sino de qué manera se
divide la plusvalía entre los explotadores. Más en general, las ganancias que
reciben los propietarios del capital dinerario son las que les corresponden en tanto
encarnan la propiedad privada de los medios de producción, una de las
condiciones de existencia del capital (véase Marx, 1999, t. 3, sección 5). Los
prestatarios, a su vez, representan al capital en funciones, la segunda condición
de existencia del capital. La división de la plusvalía entre ambas fracciones no está
determinada, en consecuencia, por la ubicación geográfica de los prestatarios o
prestamistas. A pesar de lo que sostiene Toussaint, el “Norte” y el “Sur” en todo
esto tienen poco que ver. Por este motivo, además, los prestamistas “del Sur” no
reciben sólo “comisiones” por sus préstamos, sino también la tasa de interés en
las mismas condiciones que los “del Norte”.
EL ESTANCAMIENTO ETERNO
La idea de que el capitalismo está estancado desde hace tres o cuatro décadas
está muy difundida entre los autores de la dependencia reformulada. La postración
crónica del Tercer Mundo sería la expresión más acabada de ese estancamiento
generalizado. Como también lo sería la crisis de acumulación iniciada en 2007, en
EUA. Se sostiene que las economías desarrolladas ya estaban estancadas desde
hace 30 o más años. La idea del estancamiento es funcional para afirmar que los
pronósticos de la CD se han cumplido en lo esencial.
Pero no hay forma de congeniar esta tesis con lo sucedido en el último cuarto de
siglo. Es cierto que se produjeron crisis importantes y que hubo períodos
57
Entre 2005 y agosto de 2008 Venezuela prestó a Argentina US$ 7.599 millones; debido a los intereses, esto
representó un aumento de US$ 9.241 millones del monto de la deuda argentina. En 2005 los intereses fueron,
en promedio, del 8,5%; en 2006 del 8,1%; en 2007 del 9,6%; en la primera mitad de 2008 el promedio fue de
13,9%, llegando al 14,8% en agosto. Muchos bancos venezolanos realizaron buenos negocios con la deuda
argentina durante esos años. Es que el gobierno de Venezuela vendía una parte importante de los bonos
argentinos a bancos locales cobrando en bolívares al tipo de cambio oficial. Luego los bancos los vendían en
el mercado al dólar paralelo, que es mucho mayor que el oficial, y se quedaban con la diferencia. Quienes
compraban los bonos en el mercado, a su vez, lo hacían porque los utilizaban para sacar divisas de Venezuela.

71
prolongados de estancamiento y retroceso en países e incluso continentes
enteros. Por caso, la década de 1980 fue de retroceso para las economías de
América Latina. África subsahariana no se ha industrializado, y está relativamente
estancada. Japón, la segunda economía del mundo, no crece desde hace 15
años. Los países del centro y este de Europa, y los que conformaban la vieja
URSS, experimentaron un fuerte retroceso después de 1989, que duró casi una
década. Ha habido crisis como la asiática de 1987-1988, o la iniciada en 2007 en
el capitalismo desarrollado.
Sin embargo todo esto no significa que las fuerzas productivas, a escala mundial,
hayan dejado de crecer en las últimas décadas. De 1998 hasta 2008 la economía
mundial creció a una tasa promedio del 3,8% anual. 58 La economía de EUA no
estuvo estancada. Entre 1982 y 2008 el pnb estadounidense aumentó, en
términos reales, un 125%. La producción industrial creció el 90% entre 1980 y
2005; la de maquinaria industrial un 132% solo entre 1990 y 1999. La capacidad
de toda la industria aumentó el 64% entre 1990 y 2006. Tampoco estuvo detenida
la economía europea. Entre 1980 y 2008 el pnb por habitante en los 15 países de
la Unión Europea creció a una tasa anual del 1,83%; EUA lo hizo al 1,95%. No
estamos ante tasas propias de un “estancamiento”. Paralelamente el mercado
mundial se expandió. El volumen del comercio mundial creció a una tasa anual del
6,7% entre 1990 y 1999; y del 7% entre 2000 y 2007. No hay manera de congeniar
la idea de una producción bloqueada durante décadas con este desarrollo del
mercado.
Pero más importante para lo que nos ocupa es que las economías del Tercer
Mundo también han crecido. Los “países en desarrollo” crecieron a una tasa de
3,8% anual promedio entre 1989 y 1998; y al 6,5% anual entre 1999 y 2008. La
acumulación de capital en los países asiáticos es asombrosamente alta. La
inversión, medida en porcentaje del pnb, fue del 31,4% promedio entre 1986 y
1993, y del 32,4% entre 1994 y 2001. A mediados de la década de 2000 también
estaba creciendo Rusia. En 2008 las economías de China, India, Rusia y Brasil
gastaban US$ 1,2 billones en caminos, ferrocarriles, electricidad,
telecomunicaciones y otros proyectos; una suma equivalente al 6% de sus PNB
combinados; es el doble de la ratio de inversión promedio en infraestructura de los
países adelantados. China invirtió, entre 2003 y 2008, en términos reales, más en
infraestructura que en todo el siglo XX (The Economist 7/06/08). Se calcula que
más de la mitad de la inversión mundial en infraestructura se realizaba, en 2008,
en los países subdesarrollados.
Por supuesto, se trata de un desarrollo sustentado en altísimas tasas de
explotación, y nivel tecnológico relativamente bajo. Pero estos datos dejan sin
sustento a la tesis del estancamiento por décadas.
LA CRISIS CRÓNICA DE LAS BALANZAS DE PAGOS
Tampoco se puede sostener con algún fundamento que los países atrasados
estén sometidos de forma permanente a crisis en sus balanzas de pagos, debido a

58
Los datos que siguen están tomados del Bureau of Economic Analysis, de EUA; del FMI; Banco Mundial y
OMC.

72
que sus importaciones superan sistemáticamente a las exportaciones. Por
empezar, la afirmación carece de lógica. Es que si los países del Sur padecieran
déficits permanentes en sus cuentas corrientes no habría manera de efectuar una
transferencia en términos reales de riqueza a los países del Norte. Para que exista
esa transferencia debe haber excedentes genuinos. De lo contrario las deudas se
pagan tomando más deuda, como sucedió con Argentina en los noventa. En ese
período la balanza comercial y de cuenta corriente argentina eran deficitarias.
¿Cómo se podía entonces transferir divisas al exterior, para el pago de los
intereses de la deuda? Sólo podía hacerse tomando más deuda, o incentivando la
entrada de capitales, como sucedió cuando se privatizaron empresas del Estado.
Pero este remedio es de corto plazo y por eso mismo se terminó en una crisis de
la balanza de pagos –generada por la salida precipitada de capitales– que condujo
al estallido del régimen de convertibilidad de los noventa, y a una aguda crisis
económica. A partir de la devaluación del peso Argentina tuvo fuertes excedentes
en su cuenta corriente durante varios años, lo que permitió que efectuara una
transferencia en términos reales de recursos desde 2003 en adelante. Esto
significa que se pagó deuda con reservas obtenidas por el excedente comercial, al
que se sumó el excedente fiscal.
También los países asiáticos del Pacífico acumularon superávits luego de la crisis
de 1997-1998; y después de 2000 los países productores de petróleo. Como
resultado en 2008 las cuatro quintas partes de las reservas mundiales en dólares
no eran tenidas por los bancos centrales de los países del G-7, sino por los
bancos centrales de países atrasados, especialmente China y productores de
petróleo como Arabia Saudita. ¿Cómo se explica esto con la tesis de Toussaint?
La idea de que los países subdesarrollados están sometidos a una crisis crónica
de sus balanzas de pagos tampoco puede explicar que muchos se hayan
convertido en acreedores netos de gobiernos de países desarrollados. Ni puede
dar cuenta del hecho de que fondos estatales y bancos de Asia y Medio Oriente
tomen participaciones en firmas occidentales afectadas por las crisis financieras.
Según Morgan Stanley, sólo los fondos soberanos invirtieron US$ 33.400 millones
en activos financieros en Europa y Estados Unidos desde enero de 2006 hasta
fines de 2007.59
BURGUESÍAS NATIVAS Y DEUDA EXTERNA
Por otra parte no es cierto que las burguesías de los países atrasados cobren
meras “comisiones” por los pagos de las deudas externas, como afirma Toussaint.
Por ejemplo, muchos de los inversores en la deuda argentina son argentinos; a
ellos les corresponde una parte de la plusvalía generada en el país, como a
cualquier otro inversor. Además, la deuda externa no ha sido una “imposición” de
los banqueros del Norte y sus Estados a los países del Sur, como parece
desprenderse del dependentismo renovado. Cuando en los años 1970 los
gobiernos del Sur tomaron deuda, quedó especificado que las tasas serían
variables. Si en ese momento las tasas eran bajas, los que tomaban los créditos
eran conscientes de que podían subir. Por supuesto, todo esto dio lugar a
59
Volvemos a examinar la tesis del déficit crónico de las balanzas comerciales de los países atrasados en el
capítulo 9, donde presentamos más datos que desmienten la afirmación de Toussaint.

73
magníficas estafas y defraudaciones, cometidas por los gobiernos, con la
colaboración de banqueros y financistas nacionales y extranjeros. Por cada
préstamo los países tomadores de créditos pagaban jugosas comisiones; los
contratos establecían condiciones leoninas y contenían cláusulas extremadamente
perjudiciales –por ejemplo, se establecían tribunales en el exterior en caso de que
surgieran conflictos entre las partes– para los deudores. Pero todo esto, insistimos
en ello, obedecía a una razón de clase. Las burguesías de los países atrasados, o
las fracciones que habían accedido al poder, se regocijaban en festivales de
dinero y saqueo de los fondos públicos. Se ligaban de esta manera al capital
financiero internacional, y mediante los préstamos conseguían los fondos que les
permitían girar dinero al exterior.
Pero además hubo países que se endeudaron fuertemente y que desde el punto
de vista de las categorías empleadas por Amin, Mandel, Dos Santos y otros, eran
“independientes”, como fueron los casos de Polonia y Yugoslavia. Polonia fue al
default en 1981, antes que México. Yugoslavia estuvo agobiada por las deudas
hasta su disolución como país.
Se puede argumentar que en los países del Cono Sur de América Latina, en
Filipinas, Corea del Sur y en otros lugares había dictaduras militares. Pero el
endeudamiento fue saludado como positivo por los sectores más significativos de
la clase dominante. Tomemos el caso de Argentina. No solo la dictadura militar se
endeudó con aprobación de la clase dominante en su conjunto, sino también los
gobiernos argentinos siguieron haciéndolo durante los 25 años posteriores a 1983,
cuando se restableció la democracia. Una y otra vez las negociaciones de las
deudas dieron lugar a renovadas estafas y al rápido enriquecimiento de los que
actuaban como intermediarios. Nada de esto era objetado por la clase dominante.
Por ejemplo, cuando el gobierno de De la Rúa refinanció la deuda, en 2001, a
tasas exorbitantes y condiciones ruinosas, los políticos más representativos, los
grandes diarios y las cámaras empresarias saludaron la operación como un gran
“éxito”. Se trató de manifestaciones espontáneas; no fueron dictadas por el FMI o
Washington.
La cuestión se ilumina todavía más si recordamos que el monto total de la deuda
argentina coincide, aproximadamente, con el monto de los fondos que giraron al
exterior capitales argentinos y amplios sectores de las clases medias
acomodadas. Más precisamente, el monto de la deuda externa y el stock fugado
crecieron en paralelo. En 1974 la deuda externa era de US$ 7.600 millones, y el
capital fugado era prácticamente la mitad, US$ 3.800 millones. En 1982 las cifras
eran US$ 44.000 y US$ 34.000 millones, respectivamente. En 1989 la deuda era
de US$ 65.000 millones y los capitales fugados sumaban US$53.000 millones. A
fines de 2001 la deuda era de US$ 140.000 millones y el stock fugado de US$
138.000 millones (Gaggero, Casparrino y Libman, 2007). La deuda externa sirvió
para financiar una gigantesca transferencia de riqueza de la clase dominante
nativa hacia los mercados financieros internacionales. Este hecho demuestra que
la burguesía argentina no está “sometida”, ni es “el país” el que es “explotado” por
los “banqueros y financistas del Norte”, sino que estamos ante negocios que

74
obedecen a la lógica de la valorización de los capitales, y la conservación de esos
valores en los lugares que se consideran más seguros.
Naturalmente, las circunstancias varían según países. Por ejemplo, con respecto a
la deuda externa brasileña, Furtado (1985) sostiene que el endeudamiento entre
1974 y 1980 tuvo que ver con graves errores de la política económica del gobierno
militar y con los desequilibrios que arrastraba la industrialización desde la época
del “milagro brasileño”, en los sesenta. Tampoco aquí hay algo que exija una
teoría especial sobre el capital financiero. Por otra parte, la salida de capitales
desde los países subdesarrollados –entre ellos Brasil, México, Tailandia,
Indonesia, Chile, Argentina– para colocarse en los mercados es muy generalizada,
e indudablemente las deudas externas han estado en el corazón de estos
procesos.
NACIONALISMO, IED Y PRIVATIZACIONES
Más adelante en este libro examinamos con alguna atención los mecanismos del
llamado intercambio desigual y el deterioro de los términos de intercambio.
Adelantamos aquí que, desde la teoría del valor trabajo, una consecuencia que se
deriva de esos análisis es que los trabajadores de los países adelantados no
disponen de mejor nivel de vida porque participen de la “explotación” de los países
atrasados, sino porque viven y trabajan en espacios nacionales con mayor
desarrollo de las fuerzas productivas. Es equivocado afirmar, como hace la
dependencia reformulada, que los países más industrializados toman cada vez
más distancias en cuanto poder económico porque explotan a los países más
atrasados. Haití, Etiopía, Sudán, Bangladesh, Ecuador, para citar algunos casos
notables, generan poco valor agregado (y plusvalor) en relación a la economía
mundial porque sus capitalistas emplean poca tecnología, y atrasada; y poco
trabajo complejo. Es imposible que el crecimiento de Estados Unidos, Canadá o
Alemania dependa del plusvalor generado en estos países.
Además, en el caso de productos agrícolas puede haber apropiación, e
importante, de renta agraria por parte de las clases terratenientes de los países
atrasados. De acuerdo a la naturaleza de la renta –véase capítulo 12; también el
Interludio I– es imposible sostener que represente transferencia de valor desde los
países atrasados a los adelantados. Sí existe superexplotación por parte de los
capitales de países adelantados sobre los trabajadores de los países atrasados,
cuando pagan bajos salarios. Sin embargo, los capitales de los países atrasados
están en la misma situación con respecto a los trabajadores de sus países. Así
como también con respecto a los trabajadores de otros países en los que invierten
y pagan bajos salarios. Los capitales argentinos que emplean mano de obra en
Bolivia, los capitales chinos que emplean mano de obra de África, los mexicanos
que hacen lo propio en Estados Unidos, no son “imperialistas” con respecto a
estos países, aunque superexploten a esos trabajadores. Obedecen a la misma
racionalidad capitalista de cualquier otro capital.
Lo anterior se vincula con la discusión sobre si los países del Tercer Mundo son
explotados por vía de las IED. Lo cierto es que hoy las relaciones con los capitales
de los países adelantados se establecen, al menos en los países del Tercer

75
Mundo industrializados, en términos de negociaciones económicas propias de
cualquier relación ínter-capitalista. Para ejemplificarlo con Argentina, las
condiciones de participación del capital extranjero en la explotación de la clase
obrera argentina están determinadas por el poder económico relativo, y no por
algún poder político o militar particular. Cuando los capitales locales se asocian
con capitales extranjeros para llevar adelante alguna inversión, obtienen su tajada
en las ganancias según sus participaciones en el capital comprometido, como
sucede en cualquier otro país capitalista. Los capitales argentinos salen al exterior
y se colocan en inversiones de cartera, u realizan inversiones directas,
compartiendo la suerte de otros capitales. Lo mismo sucede con otros capitales de
países del Tercer Mundo.
También las privatizaciones ocurridas durante las décadas de 1980 y 1990 pueden
explicarse desde la lógica más general del capital. En el caso de Argentina, si bien
existió un interés directo del capital financiero, de los organismos de crédito
internacionales y del gobierno de EUA en que se privatizaran las empresas
estatales, la clase capitalista argentina estuvo de acuerdo y consideró que la
operación era beneficiosa para sus intereses. Las privatizaciones significaron que
todas las fracciones de la producción, y por lo tanto también los “servicios
públicos”, debían someterse a las leyes del mercado. Incluso las empresas que
siguieron bajo control estatal, se subordinaron a la racionalidad de la valorización.
No es cierto que esto se haya debido al triunfo de un régimen de acumulación de
“financiarización”. Es que está en la esencia de todo capital, no sólo el financiero,
el subordinarse a la exigencia implacable de la valorizarse o morir. Éste fue el
contenido de las privatizaciones, en Argentina y en otras partes del mundo. Que
esto lo llevaran a cabo capitales locales o extranjeros, o alguna combinación de
ambos, no era lo más importante.
Por otra parte, que muchas empresas públicas fueran vendidas a un precio vil a
inversores extranjeros, no significa que “el país” en particular fuera explotado; los
saqueadores del erario público eran tanto locales como extranjeros. Las acciones
de las empresas privatizadas fueron adquiridas por inversores de todos los colores
nacionales. Y cuando algunas de esas empresas en Argentina pasaron de nuevo
a manos del Estado, no hubo un cambio significativo para los trabajadores en lo
que hace a las condiciones laborales o salariales; ni para los usuarios; ni se
advirtió un desarrollo cualitativamente distinto de las fuerzas productivas. 60
Por último, no parece correcto considerar que las transferencias de valor impliquen
explotación entre regiones. Cuando un capitalista “del Sur” envía fondos “al Norte”,
no está participando de la explotación “del Sur por el Norte”; de la misma manera
que el Sur no explota al Norte cuando un capitalista del Norte envía fondos al Sur.
La observación se extiende a cualquier otra transferencia de valor en el sistema
mundial. El tema adquiere significado a la vista del volumen e importancia de
60
En agosto de 2008 la Defensoría del Pueblo de Argentina presentó un informe en el que señalaba que los
servicios que volvieron al Estado desde 2002, como Aguas Argentinas, Correo y varias líneas de trenes, no
mostraban mejoras y en muchos casos habían sufrido un mayor deterioro. Por ejemplo, en los trenes se
comprobaba que el servicio era prestado de manera deficiente, con deplorable estado de la infraestructura
ferroviaria, material rodante, vial y estaciones, lo cual lo tornaba altamente riesgoso para los pasajeros.
Consideraciones del mismo tenor correspondían a los servicios de aguas y al correo.

76
algunos flujos, como las remesas de divisas que realizan los trabajadores
inmigrantes hacia sus pueblos de origen; en 2007 alcanzaban los US$ 300.000
millones anuales.
LA REFORMULACIÓN DE AMIN EN LOS NOVENTA
La rica y extendida obra de Samir Amin –publicó desde fines de la década de 1950
hasta el presente– nos permite explorar algunas de las adaptaciones teóricas a
que obligaron los cambios ocurridos en el capitalismo, en el marco sin embargo de
la permanencia del enfoque tercermundista y dependentista. En el primer capítulo
nos habíamos basado en Amin (1986), publicado en 1973; ahora tomamos como
referencia Amin (1999), publicado en 1996.
En Amin (1999) el marco teórico general continúa siendo el de la teoría del
monopolio de Baran y Sweezy;61 la tendencia al subconsumo como problema
permanente del capitalismo; y el estancamiento de largo plazo del capitalismo. 62
Se inscribe también dentro de la corriente de la “articulación de los modos de
producción” (con particular influencia de Rey) y de la “economía mundo”. Amin
considera que estos dos enfoques, lejos de oponerse, son complementarios.
Precisemos sin embargo que, habiendo adoptado la tesis de la economía mundo,
Amin se diferencia de los “referentes” de la escuela (Wallerstein o Frank) en que
sostiene que lo específico del capitalismo es la producción basada en la gran
industria. De manera que la economía mundial capitalista habría existido sólo
después de la Revolución Industrial inglesa. Los teóricos de la economía mundo
piensan que hay economía capitalista desde 1500, o aun antes, porque definen al
capitalismo por la circulación de mercancías.
A estas ideas, más o menos “tradicionales”, Amin suma un nuevo énfasis en el rol
parasitario y perjudicial del capital financiero, en línea con la tesis de la
financiarización. Sin embargo y a diferencia de otros autores tercermundistas,
Amin sostiene que en el presente las relaciones económicas predominan sobre
las de extracción del excedente por medio de la violencia directa. Los centros
capitalistas dominantes, plantea, no buscan la conquista imperial, porque pueden
ejercer su dominación por medios económicos (p. 60). Por eso las relaciones entre
el centro y la periferia son ante todo económicas. Se trata de comprenderlas y
para ello Amin apela a la ley del valor.
Sostiene entonces que la ley del valor gobierna la vida económica y todo el
sistema social del mundo moderno. Sin embargo el sistema moderno es mundial,
y esta “economía mundo” se rige por lo que Amin llama la ley del valor
mundializada. Ésta se diferencia de la ley del valor a escala nacional porque a
escala nacional circulan los productos, los capitales y la fuerza de trabajo, pero a
nivel mundial sólo circulan productos y capitales, no la fuerza de trabajo. Por esta
razón, continúa Amin, el capitalismo realmente existente no puede reducirse al
modo de producción capitalista. Es que éste implica la circulación de la fuerza de
61
“Baran, Sweezy y Magdoff demostraron que, en el capitalismo de los monopolios, las leyes del mercado…
son cualitativamente distintas de las que regían los mercados capitalistas del siglo XIX” (p. 68). De aquí y
hasta el final del capítulo, salvo indicación en contrario, las citas se refieren a Amin (1996).
62
“El sistema económico entró desde principios de los años setenta en una larga fase de estancamiento
relativo” (p. 108).

77
trabajo; pero a nivel mundial ésta se encuentra compartimentada. Este hecho
basta, según Amin, para generar polarización a escala mundial, debido a las
diferencias en los costos de la fuerza de trabajo.
De manera que la ley del valor mundializada engendra la polarización y expresa la
pauperización que supone la acumulación a escala mundial. Esta ley también
subyace a los grandes conflictos y a “la rebelión de los pueblos de la periferia” (p.
59). Amin precisa que desde 1800 a 1945 la polarización “aparece en su forma
moderna con la división del mundo entre países industrializados y países no
industrializados” (p. 66). Sin embargo, la reciente industrialización de las periferias
–“impuesta a los centros dominantes por los movimientos de liberación nacional”
(p. 229) –, obliga a repensar la polarización. Hoy, argumenta Amin, ya no se
pueden pensar los centros como las regiones industrializadas, por oposición a las
periferias como regiones no industrializadas (p. 97). ¿Por qué entonces continúa la
polarización? La respuesta es que se debe a la no integración del mercado de
trabajo, pero hay que analizar cómo ocurre.
La polarización se produce, en primer lugar, por el intercambio desigual,
posibilitado por la más intensa explotación de los trabajadores de la periferia. En
segundo término, por la fuga de capitales de las periferias a los centros; y también
por la migración de trabajadores en el mismo sentido. De manera que el producto
de la superexplotación se transfiere en parte a los centros por el intercambio, y se
refuerza por las migraciones de capitales y trabajo. Esta transferencia de valor
constituye una fuerza capaz, por sí sola, de reproducir y profundizar la
polarización. Pero a ella se suman las posiciones de monopolio de los centros en
las finanzas, la tecnología, los medios de comunicación, el acceso a los recursos
naturales y las armas de destrucción masiva. Lo cual anula cualquier posibilidad
de éxito en la industrialización: “En este marco la industrialización periférica puede
volverse una especie de sistema moderno de putting out (encargos), controlado
por los centros financieros y tecnológicos” (p. 68). Más todavía:
… estos condicionamientos anulan el alcance de la industrialización de las
periferias y devalúan el trabajo productivo incorporado en estas
producciones, mientras que sobrevalúan, para beneficio de los centros, el
supuesto valor agregado de las actividades mediante las cuales operan los
monopolios (pp. 99-100).
Esto en cuanto al Tercer Mundo que se ha industrializado, que comprende Asia y
América Latina, ya que África ha quedado sin industrializar y pasa a integrar, en el
análisis de Amin, el Cuarto Mundo, integrado por los países que se hunden.
La solución a la polarización, propone Amin, pasaría por el desarme global; por el
acceso equitativo a los recursos del planeta; por la negociación de relaciones
económicas flexibles y abiertas pero controladas, entre las regiones del mundo;
por la gestión correcta del conflicto mundial/nacional en la comunicación, la cultura
y la política. Sin embargo las tendencias actuales no apuntan en este sentido y la
solución es acabar con la propiedad privada. En el presente predominan el caos,
el estancamiento y las crisis, generadas por la falta de coherencia del sistema
productivo mundial. Por este hecho

78
…la mundialización… tal cual es ahora, sigue siendo frágil, vulnerable y su
evolución no está controlada por el diseño de un marco social progresista,
que pudiera ser capaz de operar con eficacia y coherencia en todos los
niveles, del nacional al mundial (p. 151).
De todas maneras Amin tiene una visión optimista. La universalización que
inauguró el capitalismo tuvo un aspecto positivo, y es que los pueblos ya no
aceptan su suerte. Los excluidos, los africanos, árabes y musulmanes, los
latinoamericanos, van a conmover las estructuras que soportan. Además, los
norteamericanos y europeos “que no están desprovistos del sentido de iniciativa ni
de generosidad” (p. 156), tampoco aceptarán un esquema “neomedieval que
podría dejar fuera del confort incluso a sus propias clases populares” (ibid.). En
otro pasaje pronostica que los conflictos “entre los pueblos de Asia y el sistema
dominante ocuparán un lugar de primer orden en la historia venidera” (p. 105).
LA “REVISIÓN” DE AMIN
Amin registra algunos cambios importantes. Reconoce que la industrialización
entre 1945 y 1990, si bien desigual, fue un factor esencial en Asia y América
Latina. Ya no encontramos la idea de que en la periferia el capital industrial debe
estar subordinado el capital agrario o comercial. Tampoco afirma que los salarios
reales no pueden progresar con el desarrollo de las fuerzas productivas, como
sostenía la tesis de la imposibilidad de la acumulación “autocentrada”. Hay más
prudencia en este sentido. De todas maneras estas admisiones son más de forma
que de contenido. Es que la industrialización en el Tercer Mundo apuntaría, según
Amin, a un sistema de producción “por encargo”, o sea, completa y directamente
subordinado a los dictados del centro. Los condicionamientos que sufre esa
industrialización, además, anulan sus alcances. Por eso el surgimiento desde los
países subdesarrollados de capitales multinacionales, y de procesos de
acumulación importantes, no es registrado ni explicado por Amin. En consonancia
con esto, Amin tampoco puede explicar cómo encaja lo que ha sucedido en
América Latina y Asia con lo que decían sus viejas tesis. De ahí que se deslice
hacia la incoherencia. Es que en los años setenta Amin planteaba que la dinámica
de la periferia estaba completamente subordinada a los centros, y que sólo los
países “liberados” (del Este de Europa, China, etc.) escapaban a ese dominio. Sin
embargo en los noventa Amin explica la industrialización en Asia y América Latina
como el producto de los movimientos de liberación nacional. ¿No es que estas
economías evolucionaban como simple reflejo de lo que sucedía en las
metrópolis?
Pero además, la explicación se desentiende de lo sucedido. Es que muchos de los
países del Tercer Mundo que se industrializaron lo hicieron recibiendo IED, y con
gobiernos que poco tenían que ver con la “liberación nacional”. De manera que la
secuencia que presenta Amin no solo es incoherente, sino también irreal. En los
años 1960 y 1970, según sus viejas tesis, sólo estaban liberados los países del
sistema socialista, y el resto no podía alcanzar ninguna dinámica propia
industrializadora. Cuatro décadas después, sin embargo, reconoce que muchos de
esos países que “no podían” industrializarse, se industrializaron, pero como

79
resultado de movimientos de liberación nacional que, en los años sesenta o
setenta, en casi ningún lado estaban al frente de países “independientes”.
LA LEY MUNDIAL DEL VALOR SEGÚN AMIN
Varias de las cuestiones que trata Amin, como el estancamiento, la
financiarización o las tesis del intercambio desigual, ya las hemos discutido, o las
analizamos más adelante en este libro. Veamos pues la explicación de Amin
acerca de la ley del valor trabajo, su centralidad para explicar la “economía
mundo”, y la polarización.
Existen dos niveles de crítica posibles en este punto. El primero es, diríamos, “de
base”, y se refiere a la incoherencia lógica que existe entre la ley del valor trabajo
y la tesis del predominio del monopolio. En diferentes pasajes de este libro hemos
señalado lo esencial: la ley del valor trabajo –sea de Ricardo o Marx– no rige si no
hay competencia y si los precios se determinan por acuerdos monopólicos. Amin
dice basar su teoría “monopólica” del valor en Baran y Sweezy, pero éstos no
tienen tal teoría. Podríamos entonces detener nuestra crítica aquí, ya que el
planteo de Amin está construido sobre pies de barro. Sin embargo destacamos
también que su diferenciación entre “ley del valor nacional” y “ley del valor
mundial” es falsa. Veamos por qué.
Amin sostiene que sólo en el marco nacional existe circulación de la fuerza de
trabajo, además de productos y capitales, y que su falta de movilidad
transnacional constituye el rasgo característico de la ley del valor mundial, y la
razón última de la polarización. Pero se trata de una división artificial. Por empezar
porque en lo que respecta a los productos, en el mercado mundial tampoco existe
la circulación plena de la que habla Amin. Muchos son bienes no transables –
debido a los altos costos de transporte–, lo cual contribuye a la conformación de
los espacios de valor nacional. Además, los tipos de cambio inciden en estas
particularidades. Amin no menciona el tema, a pesar de su relevancia para
analizar la relación entre los tiempos de trabajo “nacionales”. Algo similar se puede
decir de las barreras al comercio, proteccionistas y de otro tipo. Sin embargo, más
importante aún es que, en contra de lo que afirma Amin, sí existe una circulación
mundial de fuerza de trabajo. Podemos admitir que la fuerza de trabajo no dispone
del grado de movilidad transfronteras que tienen los capitales y productos; pero su
movilidad es lo suficientemente alta como para permitir que en los países
adelantados también operen las leyes del salario.
Tomando como referencia la década de 1990, cuando escribe Amin, los
emigrantes mundiales representaban el 2,3% de la población mundial, lo mismo
que en 1965.63 Sin embargo lo esencial es que el fondo de emigrantes (los nacidos
en el extranjero) en el mundo desarrollado había subido desde el 3,1% en 1965 al
4,5% en 1990. En América del Norte, Europa Occidental y Australasia había
aumentado del 4,9 al 7,6% en el mismo lapso. Aunque menor que lo que habían
subido las razones comercio/pnb y capital extranjero/pnb, de todas maneras se
trataba de un aumento importante. También habían crecido las migraciones
temporarias y de retorno; lo cual no se reflejaba en los flujos netos, pero sí en los
63
Según datos que tomamos de Hatton y Williamson (2004); también para lo que sigue.

80
flujos brutos. Además en 1990 se calculaba que los inmigrantes ilegales
ampliaban en un 10 a 15% el fondo de nacidos en el extranjero en los países de la
OCDE. En EUA los promedios anuales de inmigrantes en la década de 1950 eran
252.000, y en la década de 1990 eran 916.000. El fondo de emigrantes había
bajado en los países atrasados, pero había aumentado notablemente en los
países adelantados. Estos flujos de inmigrantes engrosaban los ejércitos de
desocupados en los países centrales; por lo tanto también en éstos el salario
tendía a determinarse según el valor de la fuerza de trabajo.
La situación en lo esencial no ha cambiado en la década de 2000. Hoy continúan
los flujos de emigraciones desde el Tercer Mundo a los centros desarrollados, a
pesar de las trabas y limitaciones. En 2008, según la Organización Internacional
para las Migraciones, había en el mundo unos 200 millones de emigrantes
internacionales. Sólo en Estados Unidos, en 2009, había casi 12 millones de
inmigrantes indocumentados, que es el 4% de la población total. Situaciones
similares se viven en Europa. La consecuencia es que en los mercados laborales
de los países adelantados existe una continua sobreoferta de mano de obra,
proveniente en buena medida del Tercer Mundo. Lo cual ayudó a la ofensiva del
capital sobre el trabajo, en particular sobre los sectores sindicalizados
(tradicionalmente conocidos como la “aristrocracia obrera” del Primer Mundo).
Esto significa que opera, a nivel mundial, una tendencia a la homogenización de
las condiciones de trabajo, a la par de los impulsos a la segmentación y la
diferenciación. Lo cual sería imposible si se verificara la tesis de Amin sobre las
“dos dimensiones” del mercado mundial (sólo circularían productos y capitales).
Es a partir de este encuadre teórico general que sus conclusiones se ubican en el
terreno del tercermundismo nacionalista. El problema central, según Amin, es el
“caos y el desorden”, provocados por la falta de coherencia y control democrático
en el sistema mundial. La polarización ocurre por no circulación de la fuerza de
trabajo, y no porque la genere la relación de explotación capitalista,
independientemente de que la fuerza laboral circule con más o menos libertad. Es
por eso que, según Amin, la solución del problema pasaría por la “desconexión”,
que significa que un país somete sus relaciones exteriores a la lógica de su
desarrollo interno. Esta “desconexión” sería necesaria porque los flujos migratorios
están controlados. Un giro nacionalista acabaría entonces con la polarización.
La tesis de Amin, en última instancia, intenta mantener, por una vía artificiosa, la
vieja idea tercermundista del conflicto entre los “privilegiados del Norte” (que
incluiría a la clase obrera “aristocrática”, por lo menos la sindicalizada) y los
“pueblos del Sur”. No es de extrañar que ubique los enfrentamientos sociales en el
terreno de la lucha de los “excluidos” –latinoamericanos, africanos, etc., sin olvidar
a “los norteamericanos y europeos” molestos por la caída del nivel de vida de sus
trabajadores– contra los “centros”. Alternativamente, el enfrentamiento sería entre
los “pueblos de Asia” y “el sistema dominante”. La centralidad de la ley del valor
trabajo “a lo Amin” ha servido para hacer desaparecer la centralidad del conflicto
entre el capital y el trabajo. La vieja crítica de Cueva se aplica enteramente al
Amin de los noventa.

81
CONCLUSIÓN
En la dependencia reformulada se mantienen las ideas de la vieja dependencia,
enriquecidas por la tesis de la financiarización. El enfoque estancacionista y la
idea de que la economía mundial, y en particular las finanzas, son manejadas a
voluntad por los grandes poderes, y que los países atrasados, incluidas sus clases
capitalistas y gobiernos, son explotados, no pueden explicar la evolución real del
modo de producción capitalista mundializado. En el análisis más sofisticado y
complejo de Samir Amin se mantienen los elementos esenciales de la
dependencia, a pesar de que admite que han ocurrido algunos cambios, como la
industrialización.

82
SEGUNDA PARTE
SUBDESARROLLO Y TIPO DE CAMBIO
Capítulo 7
Tipo de cambio “de equilibrio” y desequilibrio en términos de valor en el
intercambio
Nuestro objetivo en este capítulo es volver sobre algunas cuestiones que hemos
discutido en el capítulo 11 de Valor, mercado mundial y globalización, referidas al
tipo de cambio, creación de valor e intercambio desigual. La idea que planteamos
entonces es que las empresas atrasadas tecnológicamente –generalmente
ubicadas en países atrasados o subdesarrollados– no generan más valor que las
empresas adelantadas tecnológicamente –generalmente ubicadas en los países
adelantados–, a pesar de que emplean más horas de trabajo en la producción de
los bienes que venden en el mercado mundial (o en los mercados de los países
adelantados). Desde este punto de vista hemos afirmado que en este caso no
existe intercambio desigual, en el sentido que lo han entendido los marxistas
desde que Emmanuel publicara su clásico libro, esto es, no hay transferencia de
valor desde los países atrasados a los países adelantados, por medio del
mercado. Sostenemos que las empresas de los países subdesarrollados –
atrasadas tecnológicamente– emplean más tiempo de trabajo, pero generan
menos valor; y lo inverso sucede con las empresas –adelantadas
tecnológicamente– de los países adelantados. Antes de continuar precisemos que
empleamos la expresión “país subdesarrollado” no para significar que un país esté
bloqueado en su desarrollo capitalista; o que su estructura capitalista no se rija
según las leyes del valor y la valorización, sino para designar países que están en
una situación de inferioridad tecnológica e industrial (aunque no necesariamente
en todas las ramas productivas) con respecto a los países adelantados. Por eso
también lo empleamos como sinónimo de “país atrasado”.
Por otra parte en ese capítulo 11 de Valor… presentamos una explicación de por
qué los países atrasados tienden a tener una moneda devaluada, en términos
reales, con respecto a las monedas de los países adelantados. Éste es un
fenómeno que en su momento habían tratado Balassa y Samuelson en sendos
trabajos de 1964, con un enfoque neoclásico. Desde entonces la depreciación
sistemática de las monedas de los países de menores ingresos parece
comprobada. Así por ejemplo, Summers y Heston (1991) afirman:
Lo que es mejor conocido de los resultados empíricos del Programa de
Comparación Internacional [ICP, siglas en inglés], es la documentación de
las diferencias entre el tipo de cambio de un país y su paridad de poder de
compra. La versión fuerte de la doctrina de la paridad de poder de compra
casseliana sostiene que la tasa de cambio de equilibrio a la cual las
monedas de dos países se comerciarán estará determinada por los niveles
de precios relativos de los países. La evidencia es inequívoca para cada
uno de los estudios que son puntos de referencia del ICP, acerca de que
esto no se cumple. No sólo las tasas de cambio difieren de manera
significativa de sus correspondientes paridades de poder de compra, sino

83
que lo hacen de manera sistemática: el nivel nacional de precios de un país,
definido como la ratio de su paridad de poder de compra con sus tasas de
cambio es una función creciente de su nivel de ingreso o estadio de
desarrollo (Summers y Heston, 1991, p. 331).
Balassa y Samuelson explicaron este hecho por los diferenciales de productividad
entre los sectores productores de bienes transables y bienes no transables,
utilizando la función de producción neoclásica y una ley de formación de precios
por mark up. La idea es que si los diferenciales de productividad entre los sectores
de bienes transables (en adelante, BT) y bienes no transables (BNT) en ambos
países fueran iguales, los tipos de cambio tenderían a establecerse en torno a la
paridad de poder de compra. Precisamos que no se toman en cuenta
imperfecciones de mercados, costos de transportes y otros factores, ya que se
procura explicar un fenómeno que es sistemático.
En Valor… procuramos mostrar el porqué de este fenómeno desde la ley del valor
trabajo, esto es, no apelando a la función de producción neoclásica. Sin embargo
en ese desarrollo teórico no explicamos con la suficiente claridad que el resultado
obtenido, a saber, la depreciación sistemática, en términos reales, del tipo de
cambio, opera en la medida en que se registren diferenciales de productividad
entre la producción de BT y BNT, entre el país adelantado y subdesarrollado, tal
como lo planteó Balassa. Esto es, si los diferenciales de productividad fueran
iguales, también desde la tesis del valor trabajo el tipo de cambio competitivo (el
tipo de cambio que permite exportar BT desde el país tecnológicamente atrasado)
coincidiría, teóricamente, con el tipo de cambio a paridad de poder de compra,
Eppc. Este resultado, que se presenta más abajo, aparentemente coincide con las
conclusiones de Balassa, y con los modelos neoclásicos del “tipo de cambio real
de equilibrio”, o “natural” (en adelante TCRE). Éste se define como el tipo de
cambio real que es consistente en todos los períodos con el equilibrio en el
mercado de bienes y con el balance de la cuenta corriente (a veces se utiliza
como referencia el balance de la balanza de pagos). En la literatura moderna
neoclásica se sostiene que la evolución del TCRE depende de los términos de
intercambio, del crecimiento de la productividad en los sectores productores de BT
y BNT, de los cambios en las preferencias de los consumidores, la composición
del gasto público, la estructura de los impuestos aduaneros y de las entradas de
capitales externos, como las variables más importantes. En otras palabras,
pareciera que si se llegara a un tipo de cambio alrededor de E ppc, que a su vez
garantizara la consistencia de la cuenta corriente, se habría llegado a un equilibrio
fundamental. Desde el punto de vista teórico esto puede suceder si los
diferenciales de productividad entre los sectores de BT y BNT en los países
adelantados y subdesarrollados son iguales. Se podría tener en este caso
equilibrio (oferta = demanda) en el mercado interno, equilibrio en la cuenta
corriente (las exportaciones son competitivas) y tipo de cambio a paridad de poder
de compra.
A pesar de que éste es sólo un supuesto teórico, es interesante examinarlo desde
la óptica de la ley del valor trabajo para demostrar que aún en el caso en que se
diera, no existiría equilibrio en el sentido profundo del término. Por el contrario,

84
seguiría existiendo lo que vamos a denominar desequilibrio en términos de valor
en el intercambio entre los espacios productivos del país adelantado y el país
atrasado.
A fin de explicar las cuestiones que acabamos de adelantar, en primer lugar
resumimos la argumentación de Balassa. En segundo término abordamos la
cuestión desde la teoría del valor trabajo, bajo el supuesto de iguales diferenciales
de productividad entre sectores BT y BNT, con precios directamente
proporcionales a los valores, para poner en evidencia el “desequilibrio”
fundamental en términos de tiempos de trabajo, al que hicimos referencia. En
tercer lugar planteamos las razones para mantener sin embargo la hipótesis de
que en la práctica se registran distintos diferenciales de productividad entre los
sectores, y que esto explica por qué ocurre la depreciación en términos reales de
las monedas de los países subdesarrollados.
EL MODELO DE BALASSA
El argumento de Balassa sostiene que el desarrollo tecnológico es más alto en el
sector de producción de los BT que en el sector que produce los BNT, y que esta
diferencia es más pronunciada en los países de altos ingresos. La mayor
productividad en BT implica que los salarios (= a la productividad marginal)
aumentan. El aumento de los salarios a su vez se generaliza al conjunto de la
economía, lo que provoca un aumento de los precios de los BNT. Esto genera la
suba general de precios (sube el índice general de precios, IPC); pero dado que el
tipo de cambio efectivo es igual a la razón entre los precios de los BT producidos
en el país, y los producidos en el exterior, el tipo de cambio real deberá
apreciarse. Para verlo en términos de ecuaciones, dado que
E = Pt / Pt* (1)
Siendo E = tipo de cambio nominal; Pt = precios de BT, del país que aumenta su
productividad; y Pt*= precios de BT del país que se atrasa tecnológicamente. 64 A
su vez, siendo q = tipo de cambio real,
q = E P*/P
Un aumento del nivel general de precios P con relación a P*, no compensado por
un aumento proporcional de E, provoca una baja de q, esto es, una apreciación en
términos reales de la moneda. Lo cual sucede siempre que el crecimiento de la
productividad en el sector de BT del país que tomamos como referencia sea
relativamente mayor que el crecimiento de la productividad en BNT. Para verlo
más claro, hacemos una pequeña formalización.
Sea ‘a’ la proporción de BNT que integran la canasta con la que se calcula el nivel
de precios, P y P*. A efectos de simplificación, suponemos que la participación de
BNT y BT es igual en ambos países. Tenemos entonces:
P = a Pnt + (1– a) Pt y P* = a Pnt*+ (1– a) Pt*; (2)
Utilizamos minúscula e itálica para señalar variación logarítmica; tenemos:
64
El tipo de cambio está expresado en términos de la moneda del país adelantado con respecto al país
atrasado.

85
q = e + p* – p (3)
Introduciendo en (3), (1) y (2), siempre en tasas de cambio, obtenemos:
q = a(pt – pnt) – a(pt* – pnt*)
Se observa que si los precios de los BNT domésticos crecen en una mayor
proporción que los precios de los BNT en el exterior, se obtiene una caída de q; la
moneda se aprecia.
LA CUESTIÓN DESDE LA TEORÍA DEL VALOR TRABAJO
Analicemos ahora el problema desde la teoría del valor trabajo. Consideremos que
los precios son proporcionales a los tiempos de trabajo empleados. Suponemos
que A es el país adelantado, y B el país atrasado. Suponemos que en cada uno de
ellos se producen dos bienes; un bien de consumo, Q c, transable; y un bien de
servicio, Qs, no transable. Suponemos también que en A se produce un bien de
producción de alta tecnología, Q p, necesario para que funcione la economía de
B.65 Suponemos también que los diferenciales de productividad en la producción
de ambos bienes en los dos países son iguales. Así, en A los capitales son 4
veces más productivos en la producción de ambos bienes que en B; en el modelo
una hora de tiempo de trabajo en A se expresa en $a 5, y que una hora de tiempo
de trabajo en B se expresa en $b 10. Suponemos que:
Producción en A:
Tiempo de trabajo empleado en Qc = 2 horas; precio de Qc = $a 10
Tiempo de trabajo empleado en Qs = 1 hora; precio de Qs = $a 5
Tiempo de trabajo empleado en Qp = 5 horas; precio de Qp = $a 25
Producción en B:
Tiempo de trabajo empleado en Qc = 8 horas; precio de Qc = $b 80
Tiempo de trabajo empleado en Qs = 4 horas; precio de Qs = $a 40
Si calculamos ahora la Eppc obtenemos: 66
Eppc = precio de la canasta en B / precio de la canasta en A
Eppc = $b 120 / $a 15; por lo tanto = $b 8/$a
A este nivel de tipo de cambio Q c producido en B puede ser vendido en A
(dejamos de lado los costos de transporte). Esto es, el tipo de cambio
“competitivo” coincide con el tipo de cambio a paridad de poder de compra, E ppc. El
resultado es lógico porque hemos supuesto que los diferenciales de tiempos de
trabajo entre ambos sectores son iguales. E ppc es proporcional a la razón de la
suma de los tiempos de trabajo empleados en Q c y Qs en B y en A (recuérdese
65
En Valor… supusimos también la producción de un bien Qr, medio de producción, que se produce en ambos
países, pero en B es de menor tecnología; esto justifica que la productividad general en B sea menor que en A.
En aras de la simplificación, ahora suponemos directamente que el espacio de valor de B es menos productivo
que A.
66
Ahora el tipo de cambio se expresa, como se hace habitualmente, en cantidad de moneda del país atrasado
por unidad monetaria del país adelantado; o sea, si se trata de Argentina y Estados Unidos, será $/US$.

86
que los precios son proporcionales a los tiempos de trabajo). Si en cambio la
diferencia entre el tiempo de trabajo empleado en la producción de Q c en B y el
tiempo de trabajo empleado en su producción en A es mayor que la diferencia
entre el tiempo de trabajo empleado en la producción de Q s en B y el empleado en
A, el tipo de cambio competitivo es mayor que el tipo de cambio a paridad de
poder de compra, Eppc. Este último es el resultado que habíamos presentado en
nuestro libro, y es el que más se acerca a la realidad.
Sin embargo lo interesante es discutir que aún en el caso en que el tipo de cambio
competitivo sea igual al tipo de cambio de paridad de poder de compra, no existe
equilibrio en un sentido profundo, desde la perspectiva del valor trabajo. Es que la
hora de trabajo de B genera un valor equivalente a sólo media hora de trabajo de
A. Por lo tanto si B debe importar el medio de producción Q p de A, y para eso
necesita exportar Qc a A, deberá emplear más tiempo de trabajo contra menos
tiempo de trabajo. Para verlo, supongamos que el total de tiempo disponible en A
y B sea de 1200 horas de trabajo.
Supongamos que la distribución del tiempo de trabajo en B sea:
800 horas para producir 100 unidades de Q c con un valor total de $b 8000;
400 horas para producir 100 unidades de Q s con un valor total de $b 4000.
En A la distribución social de los tiempos de trabajo es:
600 horas para producir 300 unidades de Q c con un valor total de $a 3000;
300 horas para producir 300 unidades de Q s con un valor total de $a 1500;
300 horas para producir 60 unidades de Qp con un valor total de $a 1500.
Supongamos que B necesita importar 10 unidades Q p de A; al tipo de cambio
$b8/$a (= Eppc), B debe destinar $b 2000, o sea, exportar 25 unidades de Q c,
equivalentes a 200 horas de trabajo, para comprar las 10 unidades Q p que
encierran sólo 50 horas de trabajo de A. En otras palabras, de su trabajo total de
1200 horas, B destina 200 horas a conseguir un producto cuyo valor es 50 horas
de A.
Podemos tener entonces un tipo de cambio a paridad de poder de compra, y un
equilibrio en la balanza comercial, pero sin embargo no existe equilibrio en
términos de valor. Por otra parte tampoco existe transferencia de valor de B hacia
A, porque el trabajo empleado en B representa trabajo “despotenciado” en A, esto
es, trabajo generador de menos valor. Existe un “desequilibrio en términos de
valor” en el intercambio entre el país desarrollado y el país atrasado; aunque no se
produzca una transferencia de valor del segundo al primero, como postula el
enfoque tradicional del intercambio desigual.
MÁS SOBRE EL DESEQUILIBRIO EN TÉRMINOS DE VALOR
Lo anterior demuestra que plantear que existe un equilibrio entre los países
porque el tipo de cambio se ubique a PPC, y porque la balanza comercial esté
equilibrada, es un grave error. El país subdesarrollado B necesariamente tendrá
un valor de su fuerza de trabajo menor que el país adelantado A, en términos

87
reales, debido al atraso de las fuerzas productivas. Si supusiéramos una tasa de
plusvalía en ambos países del 100%, esto es, que el tiempo de trabajo se divide
por igual entre trabajo necesario para reproducir el valor de la fuerza de trabajo, y
plustrabajo, y suponiendo que la mitad del salario se gaste en cada uno de los
bienes Qc y Qs, cada trabajador de B obtendrá por jornada de trabajo ¼ de unidad
de Qc y ½ de unidad de Qs. En cambio cada trabajador de A obtendrá,
lógicamente, cuatro veces más Q c y Qs, esto es, dos y cuatro unidades
respectivamente. Estos diferenciales de productividad explican las plusvalías
extraordinarias que surgen de la aplicación de tecnologías superiores a las
modales en la competencia en el mercado mundial.
La cuestión también se puede ver desde el punto de vista de la teoría del
equivalente de Marx. Como se explica en El Capital (cap. 3 t. 1) el dinero no tiene
precio, pero su valor se expresa en la serie de todas las mercancías a las cuales
sirve para la expresión del valor general. Recordemos también que “el dinero es la
forma de manifestación necesaria de la medida del valor inmanente a las
mercancías: el tiempo de trabajo” (Marx, 1999, t. 1, p. 115).
Ahora bien, cuando consideramos el tipo de cambio, se puede decir que el dinero
tiene un precio, expresado en el equivalente del país con el que se compara, o en
el equivalente que funciona a nivel de dinero mundial. Pero la paridad formal que
se puede establecer en este precio, esto es, la existencia de un tipo de cambio a
PPC, no deja de esconder la desigualdad de contenido de los tiempos de trabajo
que expresan cada uno de los equivalentes.
Efectivamente, en tanto $a 5 = 1 hora de trabajo socialmente necesario de A = ½
Qc o 1 Qs, sucede que $b 10 = 1 hora de trabajo socialmente necesario de B = 1/8
Qc o 1/4 Qs. Rigiendo Eppc, $a 5 equivalen a 4 horas de tiempo de trabajo de B. La
magnitud de valor del dinero de A, medida en horas de trabajo nacionales, por lo
tanto es muy superior a la magnitud de valor del dinero de B, a pesar de que el
precio del dinero de B se ubique a PPC. Esta cuestión no se puede advertir en la
explicación neoclásica tradicional sobre las “desviaciones” con respecto al tipo de
cambio que se consideraría de equilibrio. Tampoco surge en las presentaciones
habituales del tipo de cambio real. Es que si q = 1, significa que la canasta de
bienes producidos en B se intercambia por la misma canasta de bienes producidos
en A. Aparentemente estaríamos en equilibrio. Sin embargo, medidas en tiempos
de trabajo las canastas no son equivalentes. No hay equilibrio, insistimos, aunque
haya equilibrio en la balanza comercial.
La cuestión tiene entonces implicancias para el desarrollo a largo plazo de los
países. En la medida en que las producciones de valor son diferenciadas, los
países desarrollados tendrán más y más oportunidades de incrementar de manera
acumulativa sus diferencias, ya que sus trabajos actúan como trabajos
potenciados. La cuestión aún se hace más aguda si hacemos entrar en el
esquema el trabajo complejo. Al aumentar el trabajo dedicado a investigación y
desarrollo, aumenta el diferencial de generación de valor entre los países que
basan su producción en el trabajo simple, con respecto a los que ponen el acento
en el trabajo complejo. Los espacios de valor adelantados tecnológicamente
generan por lo tanto plusvalías extraordinarias, y además agregan más valor por

88
la intervención del trabajo complejo. Esto permitiría entender por qué países con
empresas de alta tecnología pueden sostener sus exportaciones aun cuando sus
monedas experimenten importantes apreciaciones. Un ejemplo lo encontramos en
las exportaciones europeas. Como señala The Economist (5/4/08) las
exportaciones europeas se mostraron relativamente insensibles a la apreciación
del euro de comienzos de la década de 2000. Esto se debe a que
aproximadamente la mitad de las exportaciones a países fuera de Europa son
medios de producción o bienes de consumo durables de alta tecnología, y los
compradores no encuentran fácilmente alternativas de la misma calidad. Por eso,
a pesar de la suba del euro hasta 2010, la demanda de productos de exportación
se mantuvo alta, especialmente de Alemania, donde los productos de alta
tecnología constituyen una parte importante de las ventas externas. Todas estas
cuestiones surgen entonces con claridad en cuanto se abordan los tipos de
cambio desde la perspectiva de la ley del valor trabajo, y la teoría del dinero de
Marx.
DIFERENCIAS CON BALASSA - SAMUELSON
El desarrollo que hemos presentado busca llamar la atención sobre el
desequilibrio en términos de valor en el intercambio entre países desarrollados y
subdesarrollados, desequilibrio que se produce aun cuando los tipos de cambio se
determinen según PPC. Sin embargo hemos visto que la mayoría de los países
subdesarrollados tienen una moneda depreciada con respecto a la PPC. Esto
sucede porque en el IPC entra el rubro “servicios” (educación, transporte, salud,
recreación) cuya productividad puede ser más baja que en un país adelantado,
pero no tanto como la diferencia que existe en la productividad de bienes
manufacturados. En la medida en que se den estos diferenciales, el E ppc será más
bajo que el E que permite la venta competitiva de productos del país
subdesarrollado en el mercado mundial. La concurrencia de los capitales
atrasados en el mercado mundial también fuerza a las devaluaciones en términos
reales de las monedas. Esta determinación estructural del tipo de cambio se
explica entonces a partir de uno de los elementos contenidos en el modelo
Balassa-Samuelson. Pero no supone, por supuesto, la función de producción
neoclásica; no supone tampoco que las tecnologías sean “recetas transferibles”, ni
que los “factores” capital y trabajo puedan combinarse en cualquier proporción.
Tampoco supone, como lo hace el marco neoclásico, que la rentabilidad de los
capitales se iguale a la tasa de interés vigente en el mercado mundial; ni que los
precios se formen según una regla de mark up, que jamás se explica
teóricamente.
Obsérvese que incluso desde la teoría neoclásica se han señalado las limitaciones
del modelo de Balassa, a pesar de que se trata del más referenciado a la hora de
explicar las diferencias sistemáticas de los tipos de cambio con respecto a las
PPC. Como admiten Froot y Rogoff (1996) el modelo no puede explicar la
persistencia a largo plazo la depreciación en términos reales de las monedas de
los países atrasados. Es que aunque la tecnología pueda diferir entre países, el
libre movimiento de ideas, junto al flujo de capital físico y humano, debería generar

89
una tendencia de largo plazo hacia la convergencia de los ingresos. Pero así no
hay razón para la persistencia del fenómeno observado.
CONCLUSIÓN
Desde la teoría del valor trabajo puede darse una explicación consistente del
fenómeno Balassa-Samuelson. En este enfoque se da lugar a plusvalías (y
ganancias) extraordinarias; la competencia es intraindustria y opera en el caso de
los bienes estandarizados a través de guerras de precios (y mejoras tecnológicas
del producto); y los precios se rigen según la ley del valor trabajo, mediada por el
hecho de que las mercancías son un producto del capital, esto es, las tasas de
ganancia entre ramas tienden a igualarse. En este marco teórico se ha
demostrado que, aun con tipos de cambio a PPC, existe un “desequilibrio” en
términos de valor sustancial. Por otra parte, se evidencia también que no existe
“explotación” del país subdesarrollado por el país adelantado, ya que no hay
transferencias de valor. En cuanto se incorpora al modelo el capital y la plusvalía,
se hace evidente que la explotación es sobre el trabajo, sea del país adelantado o
atrasado.

90
Apéndice
Intercambio entre el modo de producción capitalista y la producción simple
de mercancías.
La discusión sobre generación y transferencias de valor al interior del modo de
producción capitalista puede ser extendida a los intercambios entre modos de
producción de diferente naturaleza. Uno de los casos más comunes son los
intercambios entre el modo capitalista y el modo de producción simple de
mercancías, conformado típicamente por artesanos o campesinos parcelarios.
Éstos producen para el mercado en diferentes grados –por ejemplo, una parte de
la producción campesina puede destinarse al auto consumo–; pueden ser
propietarios de sus parcelas, pero también alquilar la tierra; y utilizar
ocasionalmente trabajo asalariado.
En la literatura de la dependencia es frecuente que se considere que existe
transferencia de valor desde el productor simple de mercancías al capitalista, a
través del mercado. Operaría entonces el mecanismo del intercambio desigual.
Esta tesis parece tener un fundamento sólido en que los campesinos o artesanos
con frecuencia ni siquiera reciben el equivalente al valor de su fuerza de trabajo.
Sin embargo es necesario evitar la confusión entre generación diferenciada de
valor (que ocurre a causa de las diferencias tecnológicas) y transferencia de valor.
Si, por ejemplo, el campesino o artesano emplea 20 horas de trabajo para producir
un bien que en el mercado vale 10 horas de trabajo, ello no significa que ese
campesino o artesano haya generado 20 horas de valor. En condiciones de
competencia y diferencias tecnológicas acentuadas, los productores con menor
tecnología generarán menos valor que los productores con mayor tecnología. Por
eso los artesanos o campesinos parcelarios pueden estar intercambiando más
horas de trabajo por menos horas de trabajo, sin que por ello estén transfiriendo
valor.
Por supuesto, si el campesino o artesano utiliza una tecnología modal, o
promedio, pero se ve obligado –debido a falta de poder de mercado– a vender su
producto por debajo del valor, tendremos intercambio desigual, generado por
algún mecanismo de monopolio. Algo similar puede ocurrir si el artesano o
campesino está obligado a comprar insumos a precios de monopolio. Se trata
entonces de estudiar de forma particularizada los diferentes escenarios.
Destaquemos por otra parte que la existencia de mercados en los que intervienen
empresas capitalistas y productores privados no implica que necesariamente
exista un control monopólico de los precios por parte de los capitalistas. En
mercados abastecidos por esos productores puede existir una competencia
despiadada. Para verlo, tomemos el caso del mercado La Salada, en Buenos
Aires, que –según la Unión Europea– se ha convertido en el mayor mercado ilegal
de América Latina. La Salada moviliza US$ 9 millones por semana y tiene unos
1500 puestos de venta. En el rubro de la ropa, constituye el mercado mayorista
más grande de Argentina, abasteciendo a unas 300 ferias minoristas. Miles de
productores pequeños, que emplean su trabajo y el de sus familias, compiten con
empresas capitalistas de diferente importancia. Aquí no existe mecanismo alguno

91
de determinación monopólica del precio de la ropa (aunque sí hay apropiación de
renta por el alquiler de los puestos de venta, y otras formas de comercio ilegal).
En definitiva, en cada caso hay que estudiar si existen diferencias tecnológicas, y
cuáles son las condiciones de realización del producto, así como de compra de
insumos. No se puede dictaminar, sin más, que siempre que los productores no
capitalistas reciben sólo el valor de su fuerza de trabajo (o menos), hay
transferencia de valor hacia los capitalistas.

92
Capítulo 8
Deterioro de los términos de intercambio y teoría del valor trabajo
La hipótesis de Raúl Prebisch y Hans Singer sobre el deterioro de los términos de
intercambio ha estado en el centro de muchos debates sobre el subdesarrollo. El
objetivo de este capítulo es examinarla desde el punto de vista de la teoría del
valor trabajo, y presentar una explicación alternativa, basada en la teoría de Marx.
Comenzamos presentando el argumento de Prebisch y Singer.
LA HIPÓTESIS DE PREBISCH- SINGER
La hipótesis original de Prebisch procura explicar por qué a partir de los años
1876-1880 se produjo un deterioro progresivo de la relación entre los precios de
los productos primarios y los artículos finales de la industria. Según las
estadísticas de las Naciones Unidas (véase Prebisch, 1986) esa relación había
pasado de un índice 100 en 1876-1880, a 68,7 en 1946-1947, y el problema era
explicar por qué sucedía esto cuando el aumento de la productividad había sido,
durante ese período, más pronunciado en la industria de los países adelantados
que en la producción primaria de los países de la periferia. En teoría, los precios
de los productos industriales deberían haber descendido en relación a los
productos primarios, pero había sucedido lo contrario.
La primera explicación del fenómeno por parte de Prebisch giró en torno a los
distintos mecanismos de formación de precios en los países adelantados y
atrasados. Básicamente la tesis dice que en los países industriales las ganancias
y salarios crecen más de lo que crece la productividad, mientras que en la periferia
sucede lo inverso. Un ejemplo numérico ilustra el argumento. Supongamos que en
el país industrial la productividad aumenta de un índice 100 a 160. Por lo tanto el
costo baja:
100 ÷ 1,6 = 62,5.
Pero si los ingresos (ganancias y salarios) se incrementan de un índice 100 a 180,
el precio final es:
62,5 × 1,8 = 112,5
Si en el país que produce productos primarios la productividad aumenta de 100 a
120, el costo baja:
100 ÷ 1,2 = 83,3
Pero si los ingresos (ganancias y salarios) se incrementan de 100 a 120, el precio
final es:
83,3 × 1,2 = 99,9
Por lo tanto la relación de precios productos industriales/ precios productos
primarios ha pasado de 1:1 a 1,125:1 (véase Prebisch, 1986).
Prebisch explicaba esta diferencia por los diferentes poderes de negociación
salarial en el centro y la periferia a través de los movimientos cíclicos de las
economías. Durante las fases ascendentes del ciclo en los países centrales
aumentaban los beneficios, pero a medida que seguía creciendo la economía una
93
parte de los beneficios se transformaba en aumentos de salarios, a causa de la
competencia entre los empresarios y el poder de los sindicatos. Luego, en la fase
descendente del ciclo económico, el beneficio se reducía, pero no los salarios,
debido a la resistencia sindical. En cambio en la periferia las masas obreras
estaban desorganizadas, de manera que no podían conseguir salarios
comparables con los salarios de los países centrales, ni mantenerlos. Por lo tanto
en la periferia durante las fases descendentes del ciclo económico los salarios y
beneficios caían de manera más fácil. Por este motivo Prebisch pensaba que la
industrialización en la periferia, al aumentar la productividad e incrementar el
poder de negociación sindical haría subir los salarios y elevaría relativamente el
precio de los productos primarios.
En cuanto a Singer, también señalaba que el deterioro de los términos de
intercambio no se debía a los costos reales de los productos manufacturados, ya
que la productividad había crecido menos rápidamente en los sectores
productores de alimentos y materias primas. Pero el progreso técnico de la
industria en los países desarrollados se traducía en una mejora de los ingresos en
esos países, mientras que el progreso técnico en la producción de alimentos y
materias primas generaba la caída de los precios de estos productos. La razón
radicaba en la inelasticidad ingreso de los alimentos; a medida que aumentaba el
ingreso, caía la tasa a la que aumentaba la demanda de estos productos. Y con
respecto a las materias primas, la caída de los precios se debía a que el progreso
técnico en la manufactura en buena medida consistía en una reducción del monto
de materia prima por unidad de producto. Como resultado de estos factores la
caída de los precios de las materias primas y los alimentos no sólo era cíclica, sino
también estructural (véase Singer, 1950).
En definitiva, la hipótesis de Prebisch-Singer refutaba la tesis de Ricardo y otros
economistas clásicos que pensaban que en el largo plazo los términos de
intercambio debían mejorar para los países exportadores de productos primarios,
debido a los rendimientos decrecientes de las tierras y las minas.
El segundo argumento de Prebisch, presentado años más tarde, retomó la
cuestión de las elasticidades, que había planteado Singer. En 1949 Prebisch había
cuestionado la idea de la competencia perfecta, pero en su informe a la
Conferencia Inaugural de la UNCTAD, en 1964, prácticamente desaparece la
referencia al poder del mercado y el razonamiento se refiere a la disparidad con
que tienden a crecer las exportaciones primarias en comparación con las
importaciones de bienes industriales en los países en desarrollo. Explica que
“[m]ientras las primeras se desenvuelven por lo general con relativa lentitud, salvo
excepciones, la demanda de importaciones industriales tiende a crecer con
celeridad…” (Prebisch, 1979, p. 21). Prebisch atribuía esto al progreso técnico, ya
que se reemplazaban cada vez más productos naturales por sintéticos, por lo cual
disminuía el contenido de los productos primarios en los bienes finales. Y también
a la menor elasticidad ingreso de los bienes primarios. A estos problemas se
sumaba el aumento de la producción agrícola en los países avanzados. Los
países atrasados ya no eran los únicos que exportaban bienes agrícolas, y los
excedentes presionaban a la baja los precios.

94
A pesar de que el proteccionismo y las subvenciones de las naciones
desarrolladas profundizaban el deterioro de los términos de intercambio, Prebisch
pensaba que la tendencia no se revertiría aunque se eliminaran las barreras
aduaneras, ya que obedecía a factores más profundos. Es que al crecer
lentamente la demanda de productos primarios, la creación de empleo sólo podía
absorber una proporción decreciente del incremento de la población de los países
en desarrollo para la producción de estos bienes; esta absorción además
disminuía por el progreso técnico. Por lo tanto había una amplia población
excedente –no absorbida con rapidez por la industria y los servicios– que
presionaba a la baja los salarios en los países de la periferia; los salarios no
aumentaban en relación directa al avance del progreso técnico. En cambio, en los
países desarrollados había escasez relativa de mano de obra y fuerte
organización sindical, por lo cual los salarios aumentaban conforme a los
aumentos de la productividad.
Es importante señalar, para lo que vamos a discutir luego, que el argumento hoy lo
extienden los autores de la CEPAL a la relación entre las ramas innovadoras y
dinámicas, y las que producen bienes manufacturados maduros. Los países
desarrollados, sostienen, concentran las ramas de producción más dinámicas, ya
que el cambio técnico se origina en el centro. Los bienes que producen estas
ramas gozan de una elasticidad ingreso superior a las ramas manufactureras en
su etapa madura; lo cual se refleja en una divergencia en los ritmos de crecimiento
y/o la aparición de problemas en las balanzas de pago de los países en desarrollo.
Esto es, en una brecha creciente de ingresos y estrangulamientos externos (véase
Ocampo, 2001).
LA EVIDENCIA EMPÍRICA
Si bien desde el punto de vista teórico la hipótesis no fue cuestionada, sí lo fue
desde la evidencia empírica (véase Hadass y Williamson, 2001, para lo que
sigue).
En primer lugar se observó que Prebisch se había basado en las estadísticas
comerciales de Gran Bretaña, que no representaba al conjunto de los países
desarrollados. En segundo término se objetó que había productos primarios
exportados por países desarrollados. En tercer lugar, se sostuvo que las
estadísticas británicas valuaban los productos exportados a precios f.o.b (libre a
bordo en el puerto de carga), y los productos importados a precios c.i.f. (costo,
seguro y flete en el puerto de destino), de manera que la mejora de los términos
de intercambio para Gran Bretaña podía deberse total o parcialmente a una caída
de los costos del transporte, y no a una caída de los precios recibidos por los
productores primarios. Y por último, se planteó que en la lista de productos
industriales entran permanentemente nuevos productos y además los productos
existentes tienden a mejorar su calidad, lo que no es registrado adecuadamente
por los índices de precios de las manufacturas.
De estas objeciones, tal vez la que ha tenido más importancia es la tercera. Es
que Hadass y Williamson demuestran que cuando se tienen en cuenta los precios
de los productos de importación y exportación en los mercados locales, se

95
comprueba que hubo una mejora de los términos de intercambio para los países
exportadores durante buena parte del período en que Prebisch y Singer dicen que
hubo deterioro. En especial para los países del Tercer Mundo abundantes en
tierras, como Argentina y Uruguay, habría habido una fuerte mejora de los
términos de intercambio hasta el inicio de la Primera Guerra mundial. Además, y a
la vista del aumento de los precios de las materias primas que se ha registrado
desde los inicios de los años 2000 hasta mediados de 2008, autores neoclásicos
han planteado que la hipótesis del deterioro de los términos de intercambio no se
cumple en absoluto.67 Según estos economistas, esto demostraría también lo
errado del programa de la CEPAL para América Latina; y, por supuesto, lo
acertado de los programas neoliberales recomendados por ellos mismos, los
organismos internacionales y los centros del establishment académico. La
hipótesis del deterioro de los términos de intercambio habría sido un gran cuento,
sin sustento en la realidad de la economía mundial.
Sin embargo, es una realidad que el deterioro de los términos de intercambio se
verifica a lo largo del siglo XX. Ocampo y Parra (2003) resumen la evidencia
empírica, y los datos parecen contundentes. Los autores toman 24 series de
precios de productos, que comprenden seis metales (aluminio, cobre, estaño,
plomo, plata y zinc); siete materias primas no alimentarias (aceite de palma,
algodón, caucho, cuero, lana, madera y yute); siete alimentos (arroz, azúcar,
banano, carne de cordero, carne de res, maíz y trigo); tres bebidas (cacao, café y
té) y tabaco. Además incluyen siete índices que fueron elaborados originariamente
para el período 1900-1986, y luego actualizados hasta 2000. También utilizan el
índice de precios de productos básicos de The Economist entre 1880 y 1999.
Ocampo y Parra demuestran entonces que en el siglo XX hubo un marcado
deterioro de los términos de intercambio, con una caída de largo plazo de los
índices agregados de precios relativos cercana al 1% anual, promedio. En su
conjunto, al año 2000, las materias primas habían perdido entre el 50 y 60% del
valor relativo que tenían frente a las manufacturas hasta la década de 1920; los
únicos productos que habían mejorado sus precios relativos eran carne de res,
madera y tabaco. Otros autores, citados por Ocampo y Parra, encontraron una
disminución acumulada de un 75% durante unos 140 años. Y el índice acumulado
de The Economist para productos básicos entre 1900-1904 y 1996-2000 presenta
una baja del 60,1%.
Ocampo y Parra también se preguntan si el movimiento fue continuo o
escalonado, esto es, con escalones que alteraron el nivel de precios de manera
permanente. Los autores se inclinan, a la vista de los datos, por esta última tesis.
Aunque no lo pueden establecer con total rigor econométrico, los resultados y la
propia historia económica les permiten concluir que los mayores cambios se
concretaron en torno a 1920 y 1980. Esto sugiere, según los autores, que fueron
un efecto rezagado de las grandes desaceleraciones experimentadas por la
economía mundial a partir de la Primera Guerra y de la crisis económica de inicios
de los setenta. El índice de The Economist, de todas maneras, muestra una
tendencia más continua, ya que se registra una fuerte caída, del 20%, en la
67
De acuerdo a CEPAL (2007-2008), los términos de intercambio, en 2008, para América Latina, eran 45%
superiores a los promedios de la década de 1990; para América del Sur la mejora era del 69%.

96
década de los veinte, y luego una tendencia negativa más o menos permanente
entre 1922 y 1979 de aproximadamente el 1% anual.
En cualquiera de los casos, y para lo que nos interesa aquí, parece no haber
dudas de que existió una tendencia secular de deterioro de los términos de
intercambio. Ocampo y Parra ponen el énfasis en el movimiento escalonado, otros
estudios afirman que el movimiento fue más suave, pero la tendencia de largo
plazo parece innegable. Y la cuestión sigue siendo relevante para el desarrollo de
la periferia; según la UNCTAD, 80 de los 147 países que se consideran “en
desarrollo” dependen en más de un 50% de las materias primas en sus
exportaciones.
No hay por lo tanto razones para desechar tan rápida y alegremente el deterioro
de los términos de intercambio, como hace la ortodoxia neoclásica. En primer
lugar, porque todavía es pronto para saber si estamos, a comienzos de 2010, ante
un cambio de tendencia de largo plazo en los precios relativos. Pero en segundo
término, y más importante, porque aun si estuviéramos ante un cambio de
tendencia secular, hay que preguntarse por qué hubo un deterioro de los términos
de intercambio a lo largo de, por lo menos, un siglo. ¿Qué teoría explica este
movimiento de largo plazo? También hay que explicar por qué muchos productos
manufacturados están experimentando en la actualidad un deterioro de sus
términos de intercambio. Es lo que sucede con textiles y confecciones, juguetes,
industria electrónica, acero y otros productos “maduros”.
PROBLEMAS DE LA HIPÓTESIS DESDE LA TEORÍA DEL VALOR TRABAJO
Debemos por lo tanto fundamentar teóricamente el deterioro de los términos de
intercambio. Pero en este respecto la explicación tradicional de la CEPAL presenta
algunos problemas.
En primer lugar, y tal vez el más serio, es que en su primer argumento Prebisch
termina recurriendo a una explicación basada en las relaciones de fuerza entre los
sindicatos y el capital; y en las relaciones de fuerza de mercado entre los capitales
de los países adelantados y los capitales de los países subdesarrollados. Es que
Prebisch sostiene que los mark-up, o recargos, sobre los costos, son diferentes en
los países adelantados y atrasados. Pero, ¿cuál es el nivel de ese recargo?
¿Cómo se establece? No hay teoría para esto, salvo decir que el nivel del mark-up
depende del nivel de fuerza para establecer el mark-up. Lo que equivale a una
petición de principio, ya que viene a decir que el nivel de fuerza de monopolio para
establecer el recargo es tal porque ése es el nivel de fuerza del monopolio. Por
eso este tipo de justificaciones, carentes de una perspectiva general, desembocan
en el estudio de casos particulares. Además, la tesis de que los precios se fijan de
manera de garantizar determinados niveles de salarios supone que no se desatan
guerras de precios en las ramas en cuestión; lo cual lleva a la conocida idea de
que la competencia opera a través de la diferenciación de productos y marcas. Sin
embargo en las ramas que producen bienes manufactureros, y máxime a nivel del
mercado mundial, ocurren luchas competitivas a través de presiones bajistas
sobre los precios; y esto abarca a los bienes de alta tecnología.

97
Por otra parte también es difícil explicar por qué los bajos salarios de los
productores de bienes primarios deben traducirse necesariamente en una baja de
relativa tendencial de los precios. Si se supone la fijación de precios por mark-up,
la baja tendencial de los precios relativos de las materias primas implica que, o
bien los salarios que se pagan en los países atrasados bajan año tras año; o que
los salarios que se pagan en los países adelantados suben tendencialmente, año
tras año. Pero la idea de que los salarios de los países subdesarrollados bajan
secularmente no se compatibiliza con que en estos países hubo procesos de
industrialización, que tienden, por lo menos, a estabilizar los salarios.
Otra posibilidad sería postular que los salarios en los países adelantados suben
tendencialmente. Pero entonces habría que demostrar que, también
tendencialmente, los trabajadores de los países adelantados tienen cada vez más
poder de negociación, de manera que imponen salarios cada vez más altos. Sin
embargo los sindicatos en los países de la OCDE perdieron fuerza a partir de fines
de los años setenta y a lo largo de las décadas siguientes –aumento de la
desocupación, desafiliación sindical, derrotas de luchas reivindicativas– y los
términos de intercambio se siguieron deteriorando para los países productores de
materias primas hasta, por lo menos, mediados de la década de 1990. En Estados
Unidos el salario del trabajador manufacturero promedio bajó, en términos reales,
un 15% entre fines de los setenta y fines de los noventa. En cuanto a los países
subdesarrollados, si bien también hubo ataques generalizados del capital al
trabajo, es difícil suponer que la fuerza de resistencia sindical era menor a fines
que a comienzos del siglo XX. Si los precios de los productos primarios, o de los
bienes que producen los países atrasados, bajan porque bajan los salarios, los
salarios de los países atrasados deberían haber bajado más, relativamente, con
respecto a sus ya bajísimos niveles de los años cincuenta y sesenta. No existen
pruebas empíricas de que esto haya sucedido. ¿Por qué se produjo entonces el
deterioro tendencial de los términos de intercambio?
En lo que respecta a las diferencias en las elasticidades ingreso de los bienes
primarios con respecto a los manufacturados, tampoco pueden explicar la
tendencia. Las elasticidades ingreso explican las oscilaciones de la demanda;
pero esas oscilaciones no pueden dar cuenta de las tendencias de los precios en
el largo plazo. Es que si la demanda de un bien crece a una determinada tasa –
inferior a lo que lo hace el resto de la economía– el crecimiento de la oferta
también tenderá a adaptarse a ese ritmo de la demanda, de manera que, en
promedio, los precios se adecuarán a los costos de producción, más un tasa
media de ganancia. Algo de esto registraba el informe de Prebisch a la UNCTAD,
de 1964. Desde la Gran Depresión a los años sesenta la tasa de crecimiento anual
y acumulativa del comercio de los bienes manufacturados fue del 3,1%, y la
producción manufacturera del mundo creció a una tasa anual del 3,4% anual; a su
vez la tasa de crecimiento anual y acumulativa del comercio de los bienes
primarios fue del 1,1% y la tasa de crecimiento de la producción primaria fue del
1,4% (las diferencias se supone que fueron absorbidas por los mercados internos).
Como puede verse, las ofertas se adecuaron, tendencialmente, al crecimiento de
las demandas; de manera que si bien puede haber habido excedentes de oferta
en ramas y durante períodos de tiempo, no puede haberse tratado de un

98
fenómeno constante a través de las décadas. En tanto en el mercado domine la
racionalidad del capital –y se trata de grandes empresas exportadoras, ya sean
ellas mismas productoras, o comercializadoras de bienes que compran a
pequeños productores– no pueden operar con el supuesto de una
sobreproducción permanente y sistemática. En el largo plazo debe tender a
imponerse la ley económica, esto es, los precios se ajustan a sus “precios
naturales” –para utilizar la expresión de Ricardo–, o sea, a los precios de
producción “a lo Marx”.
UNA EXPLICACIÓN DESDE LA TEORÍA DEL VALOR TRABAJO
La hipótesis que proponemos como alternativa a la explicación de Prebisch-Singer
es muy sencilla, y en gran medida es similar a la que se desprende de los planteos
de los neoschumpeterianos, que subrayan la importancia de la innovación y el
progreso tecnológico. Sin embargo, la diferencia con estos planteos es que nos
basamos en la teoría del valor trabajo. Desde esta perspectiva el deterioro de los
términos de intercambio se puede explicar por las diferencias crecientes entre el
trabajo complejo y el trabajo simple, a medida que avanza la investigación y el
desarrollo de nuevas tecnologías en los capitalismos avanzados.
La idea de trabajo simple y complejo se vincula con las diferencias en la
preparación de la fuerza de trabajo, y las consiguientes diferencias en la
generación de valor de los trabajos. El trabajo medio simple es el que resulta del
gasto de una fuerza de trabajo que, “término medio, todo hombre común, sin
necesidad de un desarrollo especial, posee en su organismo corporal” (Marx,
1999, t. 1, p. 54). Se puede considerar trabajo simple el trabajo de un operador de
máquina o un ensamblador de línea de montaje; son tareas que demandan poco
tiempo de entrenamiento para que alcanzar los estándares de productividad
medios. Por ejemplo en empresas de montaje o líneas de máquinas herramienta
los operarios recién incorporados pueden demorar dos semanas, a lo sumo, para
llegar al nivel de productividad media de sus compañeros. Difiriendo según los
países y los entornos o épocas culturales, el carácter de este trabajo medio
simple, como señala Marx, está dado para una sociedad determinada. A su vez el
trabajo complejo es el que exige una mayor preparación de la fuerza de trabajo, y
por lo tanto opera como trabajo simple potenciado “o más bien multiplicado, de
suerte que una pequeña cantidad de trabajo complejo equivale a una cantidad
mayor de trabajo simple” (Marx, 1999, t. 1 pp. 54-55).
Pues bien, cuando en una rama o empresa se emplean, en promedio, más
unidades de fuerza de trabajo calificado, se genera más valor por unidad de
tiempo que en las ramas o empresas que emplean, en promedio, más fuerza de
trabajo simple. Es similar al caso en que en una empresa se intensifica el trabajo
con respecto al promedio reinante en el resto de la industria. Si la intensificación
del trabajo ocurre sólo en determinadas esferas, “entonces equivale a más trabajo
complejo, a trabajo simple elevado a una potencia mayor” (Marx, 1975, t. 3, p.
252). En este respecto las diferencias salariales, en tanto reflejan las diferencias
en los gastos de preparación de la fuerza de trabajo, pueden brindar una
aproximación a las diferentes potencialidades de los trabajos como generadores
de valor. Una cuestión que Marx rescata de Ricardo:

99
Ricardo mostró que este hecho no impide la medición de las mercancías
por el tiempo de trabajo, si está dada la relación entre trabajo no
especializado y el especializado. Ello corresponde a las definiciones de los
salarios. Y en último análisis puede reducirse a los distintos valores de la
propia fuerza de trabajo, es decir, a sus costos de producción variables
(determinados por el tiempo de trabajo) (Marx, 1975, t. 3 p. 137).
Por lo tanto las empresas o ramas que emplean en alta proporción trabajo
calificado, o sea, dedicado a la elaboración de productos que requieren una
intensa formación en habilidades –diseñadores, matriceros, ingenieros, técnicos–
y bienes de producción que a su vez son el resultado de una alta acumulación de
capital y del empleo a través de generaciones de estas formas de trabajo
complejo, pueden generar más valor, en relación a las empresas o ramas que
emplean predominantemente trabajo simple. Y esta diferencia puede ser
creciente. Si las naciones desarrolladas concentran cada vez más el tipo de
producción que demanda trabajo complejo, y si los países subdesarrollados
concentran las actividades –sea en la producción de bienes primarios o
industriales– vinculadas a los trabajos simples, las diferencias de precios pueden
ser también crecientes. Esto sucede como consecuencia de la ley económica, no
por relaciones de fuerza a nivel de los sindicatos.
La hipótesis que presentamos se basa en la formación de precios de producción, a
partir del impulso a la igualación de las tasas de ganancia.
Para ver el tema, vamos a suponer una economía mundial formada por sólo dos
ramas, la A ubicada en el país adelantado, que emplea crecientes unidades de
trabajo complejo, para hacer un producto X. La rama B está ubicada en el país
subdesarrollado, y emplea trabajo simple para hacer un producto Y estandarizado.
No incluimos innovación de procesos que puedan hacer variar los tiempos de
trabajo empleados en la producción de X o Y; incorporar este supuesto no
alteraría las conclusiones del planteo. Suponemos entonces que existe una tasa
media de ganancia; las empresas que producen Y en B son capitales
transnacionales, que pueden invertir libremente en A para producir X. Empezamos
suponiendo que en el primer ciclo cada unidad de trabajo complejo en A se paga
US$ 10, y cada unidad genera US$ 10 dólares de plusvalía; se emplean dos
unidades de trabajo por cada producto X. En B por cada unidad de trabajo simple
se paga US$ 5 y genera US$ 5 de plusvalía; se emplean también dos unidades de
trabajo por cada producto Y. Nótese que las tasas de plusvalía son iguales en
ambas ramas; y que la diferencia salarial entre los trabajadores de A y B se debe
sólo a las diferencias entre trabajo complejo y simple; cada unidad de trabajo en A
equivale a 2 unidades de trabajo en B. A partir de aquí suponemos que la
diferencia inicial se amplía; en el siguiente ciclo cada unidad de trabajo complejo
que produce X equivale a 3 unidades de trabajo simple que produce Y; y en el
siguiente ciclo a cuatro unidades. Remarcamos que la tasa de plusvalía no se
modifica, y tampoco los outputs respectivos, desde el punto de vista cuantitativo.
En A se producen en los sucesivos ciclos 6 unidades de X, y en B 100 unidades
de Y. Por lo tanto, obtenemos:68
68
En el Apéndice de este capítulo se presenta una explicación sencilla del precio de producción.

100
Primer ciclo
Rama Generación de valor Precio producción
individual
A 90c + 20v + 20s = 130 20,95
Output = 6
B 90c + 10v + 10s = 110 1,143
Output = 100

La relación de intercambio indica que B debe entregar 18,33 productos Y a cambio


de cada bien X, generado en A.
Segundo ciclo
Rama Generación de valor Precio producción
individual
A 90c + 30v + 30s = 150 23,64
Output = 6
B 90c + 10v + 10s = 110 1,182
Output = 100

Al aumentar el trabajo complejo en A la relación de intercambio se deteriora para


B; ahora debe entregar 20 productos Y a cambio de cada bien X.
Tercer ciclo
Rama Generación de valor Precio de
producción
individual
A 90c + 40v + 40s = 170 26,38
Output = 6
B 90c + 10v + 10s = 110 1,217
Output = 100

En el tercer ciclo la relación de intercambio ha pasado a 21,67 bienes Y por cada


bien X, contra 18,33 bienes en el primer ciclo. A medida que aumenta la diferencia
entre trabajo complejo y simple, se produce el deterioro de los términos de
intercambio. Naturalmente, a partir de este esquema se pueden introducir otros
supuestos, que hacen el esquema más cercano a lo que sucede en el mundo
capitalista. Por ejemplo, suponer que los salarios que se pagan en el país B son
menores que los que se pagan en A. Asimismo que empresas de capitales
101
nacionales que producen en B deben competir también con empresas que
producen Y en A con mejor tecnología, y esto obliga a B a devaluar. Además, se
pueden introducir los cambios en los procesos productivos, de manera que se
generen más unidades de productos por unidad de tiempo. Cualquiera de estas
variantes no altera la conclusión básica.
Vale aclarar también que lo anterior puede explicar los movimientos tendenciales
de precios de los bienes primarios, o de bienes manufacturados “maduros”
(estandarizados), hacia la baja, pero éstos no niegan que durante períodos haya
reversiones parciales del deterioro de los términos de intercambio. Por ejemplo, si
durante un período la demanda supera de manera consistente la oferta de
determinados bienes primarios o manufacturados “maduros”, este hecho estará
indicando la necesidad de que se destinen más capitales –más trabajo social– a
su producción. En tanto los capitales se desplacen a estas ramas, y aumente la
oferta, los precios de mercado se establecerán alrededor de los precios de
producción. De la misma manera, si se trata de productos primarios extraídos de
fuentes naturales no renovables, puede producirse un aumento tendencial de los
tiempos de trabajo empleados en su obtención debido a la productividad
decreciente de las fuentes naturales. En este caso no se registraría un deterioro
de los términos de intercambio; esto puede suceder porque se necesitan
crecientes cantidades de trabajo simple para obtener una unidad de producto; o
porque es necesario emplear cada vez más dosis de trabajo complejo –por
ejemplo en investigaciones geológicas para localizar yacimientos petrolíferos–; o
por una combinación de ambos tipos de trabajo.

CONCLUSIÓN
La teoría del valor trabajo ofrece una explicación alternativa a la basada en el
poder de monopolio, del deterioro de los términos de intercambio. Por ejemplo, la
caída de los precios de los textiles en el siglo XIX –deterioro de los términos de
intercambio para Inglaterra– obedecería a una caída de los precios de los
productos “maduros”, debido a la reducción tendencial de los tiempos de trabajo, y
también a la utilización de menor trabajo complejo (por ejemplo porque se
simplifican las operaciones). Luego la suba relativa de los bienes manufacturados
a partir de fines del siglo XIX, comienzos del siglo XX, podría explicarse por la
creciente incorporación de trabajo complejo por parte de las empresas de países
centrales, en especial con la I&D, construcción de laboratorios, subsunción del
trabajo científico al capital –por caso, las universidades se incorporan de manera
creciente a la producción y mercantilización del conocimiento– y procesos
relacionados. Es lo que registran los teóricos de los Sistemas Nacionales de
Innovación desde fines del siglo XIX, con la “segunda revolución tecnológica”. De
esta manera se responde también a la cuarta objeción que se realiza a la hipótesis
de Prebisch-Singer, a saber, que en los productos manufacturados entran nuevos
productos, o tienden a mejorar su calidad. En la medida en que estas mejoras, o
innovaciones, sean productos de la inversión de más trabajo complejo con
respecto al trabajo simple, habrá deterioro de los términos de intercambio. Pero si

102
se consideran los bienes industriales que se estandarizan, podremos encontrar
que también sufren del deterioro de los términos de intercambio.
Esta explicación sólo busca ser una hipótesis de trabajo para futuras
elaboraciones e investigaciones empíricas.

103
Apéndice
Explicación sencilla de precios de producción
Los precios de producción surgen de la necesidad de igualar las tasas de
ganancia de las diferentes ramas de la economía, en las que existen,
naturalmente, diferentes relaciones entre capital constante y capital variable. 69 Las
mercancías no se pueden vender a precios directamente proporcionales a los
tiempos de trabajo, porque en ese caso las tasas de ganancia entre las ramas
serían muy distintas. Para ver por qué, supongamos que tenemos una economía
en la que existen tres ramas, con capitales por valor de $100 en cada una, pero
con composiciones de valor –esto es, relación entre capital constante y capital
variable– distintas. Supongamos que la tasa de plusvalía es del 100% en todas las
ramas. Si las mercancías se venden a precios directamente proporcionales a los
valores, tendríamos:

Rama Cap. cte Cap. var. Plusv. Precio valor Tasa de ganancia
%
A 90 10 10 110 10
B 80 20 20 120 20
C 70 30 30 130 30

Si las mercancías se vendieran a estos precios; los capitales fluirían hacia C, la


rama de mayor tasa de ganancia. Esto generaría una sobreoferta de productos C,
y una carencia de productos A y B. De manera que los precios de C bajarían y los
precios de A subirían, hasta que en promedio las tasas de ganancia se igualaran.
Desde el punto de vista analítico, esa tasa de ganancia común surge de dividir la
suma de las plusvalías (en nuestro ejemplo = 60) por el conjunto del capital
invertido (en nuestro ejemplo = 300). La tasa media de ganancia es del 20%, y los
precios se establecen a partir de un recargo sobre los costos, que comprenden la
suma del capital constante más el variable. Los precios que resultan, que Marx
llama de producción, garantizan una tasa de ganancia igual en todas las ramas.
En el ejemplo anterior:

Rama Cap. cte. Cap. var. Plusv. Precio Tasa media Precio de
ganancia en % Producción
Valor
A 90 10 10 110 120
B 80 20 20 120 20 120
C 70 30 30 130 120

69
Véase Marx, 1999, t. 3, cap. 9 para lo que sigue.

104
Así los capitales que tienen una menor proporción de capital variable que la
media, venden a un precio de producción superior al precio directamente
proporcional al valor. Lo inverso sucede con los capitales que tienen una mayor
proporción de capital variable que la media. La ley del valor se cumple, dado que
los valores globales producidos reaparecen en el producto final, y las ganancias
apropiadas por los capitales equivalen a las sumas de plusvalías; o sea, de
valores generados por los plustrabajos. Pero los precios individuales de las
mercancías ya no se corresponden a los tiempos de trabajo invertidos, en forma
estricta, en cada rama.

105
Capítulo 9
Tipo de cambio y crisis externa crónica en Shaikh
Los trabajos del economista marxista Anwar Shaikh sobre tipo de cambio y su
crítica a la teoría de las ventajas comparativas constituyen un punto de referencia
ineludible para todo aquél que desee abordar la cuestión desde el punto de vista
de la teoría del valor trabajo. Sin embargo, y con todo lo importante que ha sido el
aporte de Shaikh al avance de la economía política crítica, su explicación encierra
importantes problemas. Centralmente, porque no permite explicar el hecho cierto
de que los países atrasados tienen con frecuencia balanzas comerciales
excedentes; no padecen crisis crónicas en sus balanzas de pagos; y sus monedas
tienden a estar depreciadas en términos reales. Estas cuestiones no pueden ser
explicadas con el enfoque de Shaikh. Para ver por qué, comenzamos resumiendo
la crítica de Shaikh a las ventajas comparativas, para luego analizarla, y presentar
por último una visión alternativa.
LA CRÍTICA A LAS VENTAJAS COMPARATIVAS
Tal vez el trabajo de Shaikh sobre comercio internacional que más ha trascendido
fue la crítica de la teoría de las ventajas comparativas de Ricardo. Ese escrito de
Shaikh indudablemente constituye un hito para la crítica marxista de la teoría
burguesa del comercio internacional.
Acertadamente Shaikh muestra cómo la teoría de Ricardo depende crucialmente
de la teoría cuantitativa del dinero. Recordemos que en el ejemplo clásico de
Ricardo, sobre el comercio entre Inglaterra y Portugal, Portugal tiene mayor
productividad tanto en la fabricación de tela y vino que Inglaterra, pero mayor
productividad relativa en el vino que en la tela, con respecto a Inglaterra. Dada la
ventaja inicial en ambas ramas, Portugal comienza exportando ambos productos a
Inglaterra. Lo cual genera superávit comercial creciente en Portugal, y déficit en
Inglaterra. Pero la entrada de oro, según la teoría cuantitativa del dinero, eleva los
precios en Portugal; y la salida de oro baja los precios en Inglaterra. Esto continúa
hasta que la tela inglesa puede venderse más barata que la tela portuguesa. 70
Desde ese momento Inglaterra se especializa en la producción de tela, en la que
posee una ventaja relativa; y Portugal en la producción de vino.
Puede comprobarse que para que el mecanismo funcione de la manera descrita,
es clave que se cumpla la teoría cuantitativa del dinero. Y es en este punto,
sostiene Shaikh, donde “la teoría del dinero de Marx se hace crítica” (Shaikh,
1991, p. 197). Es que según la teoría de Marx, la entrada del oro en Portugal no
genera suba de precios, sino la acumulación de reservas, la baja de la tasa de
interés y la expansión de la producción. Por otro lado, la salida de oro de Inglaterra
provoca la caída de las reservas, la suba de la tasa de interés, la caída de la
inversión y de la producción de otras mercancías. De aquí concluye Shaikh que la
desventaja absoluta de Inglaterra se manifestará en un déficit comercial crónico,

70
Esto sucede según la teoría cuantitativa, a la que adhería Ricardo. Esta teoría dice que cuando aumenta la
cantidad de dinero, en relación a una masa de mercancías, suben los precios; y viceversa. En esencia, sigue
constituyendo la base de la teoría monetaria neoclásica.

106
compensado por la salida del oro; y la mayor eficiencia de Portugal en una
acumulación continuada de oro.
Sin embargo, llegado a este punto Shaikh se enfrenta con una cuestión que es
decisiva: ¿cómo es posible que pueda haber comercio internacional? Es obvio que
“semejante situación no puede seguir indefinidamente” (ibid), y que si se
consideran únicamente los flujos de mercancías, el comercio entre Inglaterra y
Portugal tiene que derrumbarse; el déficit comercial debe ser financiado. Interviene
entonces la tasa de interés. Dado que aumenta la tasa en Inglaterra, los
capitalistas de Portugal comienzan a prestar dinero a Inglaterra. Pero Shaikh
reconoce que tampoco así la situación estará equilibrada, porque Inglaterra tendrá
que pagar los intereses y devolver, eventualmente el principal. ¿Cómo puede
hacerlo si la producción se ha trasladado a Portugal, y si Inglaterra no puede
exportar? ¿De dónde va a obtener Inglaterra el oro para pagar a los prestamistas
portugueses? Aunque Shaikh no formula explícitamente todas estas preguntas, la
conclusión es inevitable: “Con todas las circunstancias iguales, hay que pagar: al
final, acosada por los déficits comerciales crónicos y deudas acrecentadas,
Inglaterra debe sucumbir” (ibid., p. 198). Las únicas mercancías que Inglaterra –o
cualquier país subdesarrollado– puede exportar son aquellas que produce a
menor valor; o en las que tiene alguna ventaja natural y única. Debido a que el
análisis de Shaikh se realiza en términos de precios-valores, no importa que haya
salarios más bajos en el país subdesarrollado, ya que su nivel “afecta las
ganancias pero no tiene efectos sobre los precios” (ibid., 199). El resultado
tampoco se modifica sustancialmente cuando se consideran los precios de
producción, porque “el precio medio de producción es igual al precio directo
promedio” (ibid.). La conclusión es que el país atrasado está condenado a
padecer déficits comerciales crónicos, y en el largo plazo el comercio sucumbe.
TIPO DE CAMBIO “ESTRUCTURAL”
El planteo anterior fue profundizado y completado con una explicación “estructural”
del tipo de cambio, sustentada en la idea de que lo fundamental son las ventajas
absolutas. En Shaikh (1999) se supone que el capital fluye libremente entre
países, y que los términos de intercambio –o sea, el tipo de cambio real– están
determinados por la igualación de las tasas de ganancia entre los capitales que
fijan precios para las mercancías que se comercian en el mercado mundial. Esto
es, los tipos de cambio reales están determinados por los precios relativos; que
están gobernados por los precios de producción y el mecanismo de igualación de
las tasas de ganancia. Por caso, suponemos que el país A es adelantado, produce
un medio de producción, K; y su moneda es $a (podemos pensar que se trata de
Estados Unidos, y la moneda es el US$). Suponemos, por otra parte, que el país
subdesarrollado es B, que produce un bien de consumo C, y su moneda es $b.
Según Shaikh, el tipo de cambio real q está determinado de la siguiente manera: 71
q = E PkA/PcB

71
Modificamos la notación de Shaikh para adaptarla a la notación usual de los textos de macroeconomía que
se utilizan en Argentina. El tipo de cambio nominal E es $b/$a; una suba de q, o de E, implica una
depreciación de la moneda del país atrasado, $b. Esto es, un deterioro de los términos de intercambio.

107
Los precios relativos de los bienes internacionales, y por lo tanto los términos de
intercambio entre naciones, se regulan de la misma manera que los precios
relativos dentro de los países. Esto significa, siempre según Shaikh, que los tipos
de cambio están regulados directamente por la ley del valor trabajo. Los precios
que intervienen en la determinación del tipo de cambio son los precios de
producción de los productos en los cuales los países son competitivos. Esta idea
es esencial en su planteo, ya que ha partido de la idea de que el tipo de cambio
está determinado por los costos laborales unitarios, que a su vez se equiparan con
los tiempos de trabajo sociales. Debido a que los costos laborales unitarios varían
muy lentamente, los tipos de cambio tienden, lógicamente, a ser estables.
De esta manera Shaikh refuerza su anterior crítica a la teoría neoclásica del
comercio internacional. Esencialmente porque plantea que es equivocado afirmar
que los tipos de cambio real se modifican al variar el tipo de cambio nominal, de
manera que los valores de las exportaciones y las importaciones eventualmente
se igualen. Sostiene, por el contrario, que los productores con altos costos pierden
en la competencia internacional, y en consecuencia los países atrasados están
condenados a padecer déficits crónicos. Lo inverso sucede, lógicamente, con los
productores tecnológicamente avanzados, ubicados en países adelantados. Los
déficits comerciales se mantienen en el tiempo porque al haber déficit bajan la
producción y el empleo.72 O bien porque la salida de dinero, debida al déficit
comercial continuo, provoca una disminución de la liquidez interna y suba de la
tasa de interés; por lo cual entran capitales que compensan, en la balanza de
pagos, el déficit comercial. Para sostener este planteo Shaikh debe demostrar que
las variaciones del tipo de cambio nominal no afectan al tipo de cambio real. Para
lo cual presenta básicamente dos argumentos.
En primer lugar sostiene que cualquier deterioro de los términos de intercambio
disminuye la tasa de ganancia de los capitales de los países que deprecian su
moneda. En nuestro ejemplo, la tasa de ganancia de los capitales B disminuye con
la suba de E y q. Es que si los capitales B determinan el precio a que se vende el
bien de consumo C, el ingreso de los capitales B, medido en moneda internacional
$a, será PcB/E. Dado que las tasas de ganancia negativas no pueden sostenerse
en el tiempo, es muy poco lo que puede fluctuar el tipo de cambio real. Por eso, en
caso de que se devaluara la moneda, y se cumplieran las condiciones de
elasticidad usuales, el resultado final de la depreciación de la moneda seguiría
siendo el colapso del comercio.
En segundo lugar, y dado que la tasa de ganancia no admite muchas variaciones,
la otra variable de ajuste que considera Shaikh son los salarios. Los salarios
deberían bajar considerablemente para que la depreciación de la moneda no
afectara a la tasa de ganancia. Pero esto supondría una situación irreal, en la cual
los trabajadores no defienden sus salarios reales. A lo sumo, podría existir un
efecto positivo sobre la balanza comercial en un primer momento; pero en el
mediano plazo los salarios suben, y se vuelve al déficit comercial. En definitiva, el
tipo de cambio real no es flexible. Las devaluaciones son siempre ineficaces. Sólo
las políticas y las instituciones proteccionistas pueden tener una incidencia
72
Se trata del enfoque keynesiano de la absorción, aunque Shaikh no lo menciona así.

108
importante en la balanza comercial, como lo habrían demostrado los países que
se industrializaron y desarrollaron, tales como Estados Unidos, Japón, Corea del
Sur.
PROBLEMAS DEL PLANTEO
Partimos de señalar que coincidimos con Shaikh en la necesidad de una teoría
sobre el tipo de cambio que vincule a éste a determinantes estructurales;
específicamente, con la teoría del valor trabajo. También destacamos su crítica a
la teoría de las ventajas comparativas, y su enfoque basado en las ventajas
absolutas. Sin embargo, a partir de estos puntos de coincidencia, afirmamos que
la tesis de Shaikh no logra explicar lo que sucede con el comercio de los países
dependientes, sus tipos de cambio, y las situaciones de sus balanzas de pago.
Puntualizamos cinco argumentos críticos sobre la tesis de Shaikh. Los cuatro
primeros giran en torno a cuestiones empíricas que el modelo de Shaikh no
explica; el quinto explora la que, en nuestra opinión, es la cuestión teórica
subyacente a los problemas que enfrenta su modelo.
1) Sobre el colapso permanente del comercio
Una primera y principal cuestión es que no existe el colapso permanente del
comercio, como se desprende de la crítica de Shaikh a las ventajas comparativas,
y de sus textos posteriores. En su ejemplo de Inglaterra “subdesarrollada”, si el
déficit comercial es crónico, sencillamente no puede haber comercio internacional,
ni tampoco desarrollo capitalista alguno. Esto se debe a que el financiamiento de
los déficits comerciales con entrada de capitales tiene un límite, determinado por
la necesidad de los prestamistas de recuperar el principal y los intereses en
moneda mundial. Si se trata de capitales que entran al país subdesarrollado
atraídos por la tasa de interés, en el corto o mediano plazo el pago de intereses se
hará sentir en la cuenta corriente; y en el mediano o largo plazo, el recupero del
principal pesará en la cuenta de capitales. Si se trata de inversiones directas,
habrá remesas de utilidades. En cualquier caso, no es posible financiar
indefinidamente los déficits comerciales.
Pero por otra parte es una realidad que los países atrasados han tenido superávits
comerciales durante muchos años. El caso de Argentina también es ejemplar. De
los 30 años comprendidos entre 1945 y 1975, la balanza comercial argentina tuvo
superávit en 20 años. Luego, en los finales de la década de 1970, la balanza
comercial fue deficitaria, pero desde 1980 a 1991 hubo otros diez años de
superávit; y volvió a tener fuertes superávits en la década de 2000. Si tomamos los
países subdesarrollados de conjunto, y según datos de la OMC, en los 57 años
que van desde 1950 a 2006, de conjunto tuvieron 27 años con déficit en sus
balanzas comerciales, y 30 años con superávit. Paradójicamente, los países
desarrollados de conjunto tuvieron más años de déficit. Es un resultado opuesto
de lo que predice la tesis de Shaikh.
2) Sobre la estabilidad del tipo de cambio real y su incidencia en la balanza
comercial
La experiencia de Argentina tampoco verifica que exista un tipo de cambio real
estable. Sobre un índice base 1 (= promedio de enero de 1980 a marzo de 2004)
109
el tipo de cambio real era de aproximadamente 0,50 en 1981; se ubicaba a niveles
superiores a 1 entre 1981 y 1991 (con picos que llegaban a casi 3); bajaba luego a
menos de 1 en la década de 1990, y saltaba de nuevo desde menos de 0,5 en
diciembre de 2001 a aproximadamente 1 en los años siguientes, según las
estadísticas del Banco Central. Subas de más del 100% y caídas del 50% o más.
¿Qué tiene de estable? Por otra parte, es imposible negar que estas variaciones
hayan incidido en la balanza comercial; hubo déficits cuando el tipo de cambio fue
bajo, y superávits cuando fue alto. Muchos otros países subdesarrollados
muestran fuertes variaciones del tipo de cambio real a lo largo de los años.
3) La incidencia del tipo de cambio nominal en el tipo de cambio real
Shaikh afirma que las variaciones del tipo de cambio nominal no inciden en el tipo
de cambio real. Pero es un hecho que las variaciones del tipo de cambio nominal
han incidido en el tipo de cambio real en Argentina, y en otros países
subdesarrollados. Así, cuando se ha fijado el tipo de cambio nominal en Argentina
–durante la dictadura militar y en los noventa para anclar la inflación– el tipo de
cambio real bajó, y la moneda permaneció apreciada, con respecto a sus niveles
históricos y a la productividad general, durante años. Inversamente, las
devaluaciones de 1981 y 2001 modificaron al alza el tipo de cambio, y la moneda
estuvo depreciada en términos reales durante varios años.
4) Las tasas de ganancia y el tipo de cambio
Shaikh sostiene que los tipos de cambio no pueden experimentar modificaciones
fuertes porque las tasas de ganancia están estructuralmente limitadas en sus
variaciones. Sin embargo, los tipos de cambio sí se modifican de manera
importante en los países subdesarrollados; y con ellos, las tasas de ganancia.
Tomando de nuevo el ejemplo de Argentina, la suba en términos reales del tipo de
cambio de 2001 aumentó los ingresos y la tasa de ganancia de los sectores
exportadores, y en general de los productores de bienes transables. Un resultado
que es opuesto a lo que predice la tesis de Shaikh. Su modelo no registra la
importancia que tienen las variaciones de los tipos de cambio en los países
atrasados en las variaciones de las tasas de ganancia de sectores productores de
bienes transables y no transables.
5) La razón teórica: especificidad de los espacios nacionales y los tipos de
cambio
El problema central del planteo de Shaikh es que hace abstracción de la
especificidad de los espacios nacionales de valor. No advierte diferencias entre
cómo se determinan los términos de intercambio entre países, y cómo se
determinan los precios relativos al interior de un país. Pero los espacios
nacionales de valor tienen una entidad propia, y por eso no pueden ser obviados.
Son espacios donde se realizan valores a partir de sus relaciones con
equivalentes nacionales; y donde estos valores “nacionales” se vinculan entre sí a
partir de las relaciones entre los equivalentes nacionales. Relaciones que no se
reducen a las razones entre los precios de producción, que postula Shaikh. Más
precisamente, los términos de intercambio no pueden ser determinados
directamente a partir de las relaciones entre tiempos de trabajos sociales, como

110
sostiene Shaikh, por la sencilla razón de que se trata de tiempos de trabajos que
operan en condiciones de productividad media muy distinta. Esta cuestión es
teóricamente esencial; el no tenerla en cuenta es lo que induce a Shaikh a pensar
que los países subdesarrollados sólo pueden tener déficits crónicos. Para verlo en
más detalle, sigamos la secuencia de su razonamiento:
a) Los tiempos de trabajo (o los precios de producción) determinan
directamente los tipos de cambio reales;
b) las mercancías competitivas son las que intervienen en la
determinación del tipo de cambio;
c) los capitales de los países subdesarrollados fijan los precios
internacionales de los bienes que exportan;
d) se deduce que el país subdesarrollado sólo puede exportar
productos en los que posea ventajas absolutas, o que le sean
específicos (considerando que la oferta y la demanda a nivel mundial
están equilibradas);
Ahora bien, si el tipo de cambio real está fijado según los precios de las
mercancías en cuya producción los capitales del país atrasado son competitivos,
el tipo de cambio real estará sobrevaluado. Para ver por qué, volvamos a nuestro
país B, subdesarrollado. Suponemos que en promedio su economía tiene una
productividad tres veces inferior a la del país A, adelantado. Sin embargo B posee
una industria en la que tiene nivel de competitividad internacional, que determina
el precio en el mercado mundial, tal como se supone en el modelo de Shaikh. Sea
el bien Qt. Esta producción representa una parte pequeña de su PBI, digamos, el
5%. Según Shaikh, el tipo de cambio real se establece a partir de la relación entre
los precios de producción (o precios valores) de los productos competitivos. Por lo
tanto en nuestro ejemplo el tipo de cambio estará determinado por la razón entre
el precio de Qt producido en B, y el precio de Qc y de Qp, producidos en A. Pero si
esto es así, el tipo de cambio entre $b y $a se establecerá a un nivel tal que la
moneda del país B estará apreciada con respecto a los niveles determinados por
la paridad de poder de compra, tal como se calculan habitualmente (o sea, como
relación entre los precios de canastas de bienes). Esto es, E’ (tipo de cambio a lo
Shaikh) < Eppc. La moneda de B está súper-apreciada, en términos reales y
nominales, con respecto a la paridad de poder de compra. Con este nivel de tipo
de cambio, el resto de las industrias de B, productoras de medios de producción o
de medios de consumo, no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir. Pero dado
que la producción de Qt representa sólo una pequeña fracción de la economía de
B, el déficit en cuenta corriente debe crecer a ritmos altísimos. Esto reforzaría la
visión de Shaikh de la imposibilidad de comercio por parte del país
subdesarrollado, su tendencia a déficits permanentes en la cuenta corriente,
etcétera.
Pero en la realidad sucede que el tipo de cambio de los países atrasados tiende a
estar por encima del tipo de cambio que teóricamente corresponde a la paridad
del poder de compra. Esto es, no está apreciado, sino depreciado en términos
reales. Lo cual se explica por el atraso general de las fuerzas productivas del país

111
subdesarrollado. En Valor… hemos planteado que de ese atraso deriva la
tendencia a los tipos de cambio “competitivos”, E*, que están por encima de E ppc.
Es lo que confirman las Penn Tables, lo que registra el modelo Balassa-
Samuelson, y lo que típicamente comprobamos los ciudadanos de los países
subdesarrollados cuando viajamos al exterior y nuestras monedas tienen menos
poder de compra que las monedas de los países adelantados.
Por otra parte, ¿qué sucedería si un país no posee ninguna industria que pueda
intervenir como formadora de precios en el mercado mundial? ¿Cómo se
establece en este caso el tipo de cambio, según el modelo de Shaikh? No hay
respuesta a esta cuestión. Además, incluso si un país tiene algún producto de
exportación en el que pueda ser formador de precios –en Argentina puede ser el
caso de los tubos sin costura, exportados por una empresa de tecnología de punta
a nivel mundial–, ¿qué razón teórica existe para decir que ese único precio es el
decisivo para establecer el tipo de cambio real? Nuestra respuesta es que
ninguna.
Destaquemos que, extrañamente, el planteo de Shaikh sobre la estabilidad de los
tipos de cambio real, y la no incidencia del tipo de cambio nominal en los términos
de intercambio, tiene un punto de contacto con los planteos neoclásicos que
sostienen que los precios y salarios son completamente flexibles y reaccionan
instantáneamente a los tipos de cambio nominal, de manera que el tipo de cambio
real permanece inalterado. Con esto apuntamos a una cuestión clave, que es que
Shaikh se deslizó a un enfoque ricardiano de la cuestión. Es un planteo ricardiano
y “ortodoxo” porque ha pasado por alto la dimensión monetaria del problema del
tipo de cambio. Es que en los planteos clásicos “a lo Ricardo”, o de los ortodoxos
neoclásicos, las variables monetarias no afectan, en el mediano o largo plazo, a
las variables “reales”. Aplicado al tipo de cambio, esto significa que las variaciones
del tipo de cambio nominal no afectan al tipo de cambio real. Por este motivo en la
explicación de Shaikh el tipo de cambio no tiene “espesor monetario”. El tipo de
cambio real se establece a partir de una relación entre precios de producción (o
entre tiempos de trabajo social), donde el tipo de cambio nominal es una variable
completamente neutra. Por este motivo entre las instituciones que incidieron
históricamente en las balanzas comerciales de los países, Shaikh no presta
atención a las políticas cambiarias. Pero las políticas cambiarias efectivamente
incidieron en los cursos históricos de los países subdesarrollados. Es imposible
entender la historia económica argentina, por ejemplo, sin tomar en cuenta este
problema.
UNA SOLUCIÓN ALTERNATIVA DESDE EL MARXISMO
La solución que hemos propuesto en nuestros trabajos intenta mantener el
aspecto “fuerte” del planteo de Shaikh, a saber, que existe una determinación
estructural, “en última instancia”, del tipo de cambio real establecida por la ley del
valor trabajo (véase Astarita, 2006). Sin embargo la ley del valor trabajo no debe
entenderse en un sentido ricardiano, sino “a lo Marx”. Hay que tener en cuenta no
sólo la tecnología y la productividad –que brindan las ventajas en términos
absolutos que destaca Shaikh– sino también los espacios en que se realizan los
valores, y los diferentes niveles de esta realización, según las relaciones entre los

112
equivalentes. Por eso pensamos que el modelo que hemos presentado permite
dar cuenta de lo que sucede con los tipos de cambio en los países
subdesarrollados. La idea básica es que en estos países opera un impulso a
mantener la moneda depreciada en términos reales (o sea, el tipo de cambio real
por encima del determinado a PPC); aunque esto a su vez genera presiones
inflacionarias recurrentes, que muchas veces desembocan en situaciones de alta
inflación. Esto ocurre porque los tipos de cambio nominales inciden en los tipos de
cambio reales; y porque los salarios en los países atrasados difieren
sustancialmente de los salarios en los países adelantados. Por otra parte, en
nuestra explicación no hace falta suponer que inevitablemente capitales de los
países atrasados determinan los precios mundiales de uno o más productos.
Simplemente suponemos que las empresas de los países atrasados son “precio-
aceptantes” en la mayoría de los rubros en que compiten, en especial en las
manufacturas, debido a su atraso tecnológico. Si el precio internacional, P*; está
dado, lógicamente la empresa del país exportador aumentará sus ingresos si la
moneda se deprecia, y a condición de que los salarios no aumenten en la misma
proporción en que se devaluó la moneda. En el caso de la empresa del país B,
exportadora de C, su ingreso por unidad de producto vendido será:
PcB = E Pc*
Esto es, el precio internacional (en dólares) de C, multiplicado por el tipo de
cambio. Cuando E sube la tasa de ganancia de las empresas de B, productoras de
C, aumenta si los salarios no suben en la misma proporción que la devaluación de
la moneda. Lo inverso sucede con la tasa de ganancia de sectores que producen
para el mercado interno, y utilizan insumos de importación.
CONCLUSIÓN
Si bien la crítica de Shaikh a la teoría de las ventajas comparativas ha
representado un avance importante para la teoría marxista del comercio
internacional, su enfoque en última instancia ricardiano sobre la determinación del
tipo de cambio –el tipo de cambio se determina directamente por las
productividades relativas de las industrias competitivas– no permite entender la
dimensión monetaria de la cuestión, y por ende a atribuir una estabilidad a los
tipos de cambio reales que no encontramos en la realidad. Peor aún, si se
verificase en la realidad el modelo de Shaikh, las monedas de los países
atrasados deberían estar permanentemente sobrevaluadas, incluso por encima de
lo que marca la paridad del poder de compra. Si ése fuera el caso, los déficits
comerciales serían permanentes, y los países atrasados no podrían competir.
Ninguno de estos hechos, sin embargo, se verifica en la realidad del capitalismo.
Estos problemas pueden superarse si se adopta un enfoque que, sin descuidar la
“base” diríamos estructural de determinación del tipo de cambio, a saber, los
tiempos de trabajo socialmente necesarios, dé lugar sin embargo a la dimensión
monetaria y a la incidencia de las variaciones del tipo de cambio nominal –junto
las variaciones de los salarios y otros precios internos– en el tipo de cambio real, y
por consiguiente, también sobre las tasas de ganancias de los diferentes sectores
productivos. En este enfoque las variables macroeconómicas, e incluso

113
financieras, juegan un rol para explicar las variaciones de mediano plazo del tipo
de cambio en los países atrasados, y sus repercusiones sobre el desarrollo
económico. En un plano más general, en lugar de derivarse una tesis del colapso
permanente del comercio –que equivale a la imposibilidad de desarrollarse como
país capitalista, esto es, integrado al mercado mundial– de nuestro planteo se
desprende una visión de un país dependiente y atrasado, con un desarrollo
extremadamente desigual.

114
Capítulo 10
Tipo de cambio y desarrollo dependiente, el caso argentino. Elementos
estructurales
En los últimos 35 años en Argentina se ha asistido a una alternancia de períodos
de tipo de cambio real alto y bajo. Tomando como punto de partida enero de
1974,73 se observa que entre esa fecha y marzo de 1976 se produce una
depreciación en términos reales del peso; luego, entre marzo de 1976 y febrero de
1981 el peso se aprecia, en términos reales; entre febrero de 1981 y comienzos de
1991 (se instala la convertibilidad), el tipo de cambio real aumenta; entre 1991 y
fines de 2001 baja; a partir de 2002, y hasta fines de 2009 vuelve a ser alto,
aunque con tendencia declinante debido a la aceleración de la inflación.
Las oscilaciones se inscriben a su vez dentro de una tendencia de largo plazo a la
depreciación en términos reales del peso. Entre 1913 y 1988 la moneda argentina
se habría depreciado un 80% con respecto al dólar y la libra; esto es, a una tasa
de aproximadamente el 1% anual (Froot y Rogoff, 1986). En octubre de 2007, el
peso estaba entre un 9 y 10% devaluado, en términos reales, con respecto al
promedio de 1988.74 Los tipos de cambio promedio durante los períodos de
apreciación real de la moneda –notoriamente, durante la Convertibilidad– no
revirtieron la tendencia de largo plazo.
Esta depreciación de la moneda en términos reales obedece, desde el punto de
vista de la ley del valor trabajo, a problemas estructurales de la economía, que
tienen que ver, principalmente, con su baja productividad global. La explicación
más general la hemos presentado en Astarita (2006), y volvimos a tratarla en el
capítulo siete de este libro. Aquí queremos explorar el porqué de las oscilaciones
periódicas del tipo de cambio. Nuestra hipótesis es que esos movimientos no se
deben a simples cambios de humores de los elencos gobernantes, sino que
obedecen a impulsos estructurales. El tipo de cambio alto mejora la competitividad
internacional de la industria; pero los impulsos inflacionarios que derivan de ese
régimen de cambio real alto generan las condiciones para reversiones hacia el tipo
de cambio bajo. De aquí también que los ciclos se combinen con una tendencia a
un desarrollo crecientemente desigual entre los sectores productores de bienes
transables y no transables. Comenzamos presentando el enfoque general.
MARCO GENERAL
El marco es el análisis a partir de la ley del valor trabajo y la teoría de la plusvalía.
Establecer esta premisa no es en absoluta obvia para los países dependientes, ya
que durante mucho tiempo se ha pensado que en estos países la teoría del valor
de Marx no tenía vigencia, o sólo regía de manera parcial, como hemos visto que
sucedía en muchos autores de la dependencia. La justificación para esta negación
era que no existía la libre competencia, dado el dominio de los monopolios, y las

73
En los primeros meses de 1974 se inicia un fuerte aumento del tipo de cambio real, que va a desatar, desde
abril de ese año, una creciente aceleración inflacionaria; véase Vitelli (1986). La crisis hacia la que se desliza
Argentina a fines de ese año, y estalla en 1975, marca el fin de la industrialización por sustitución de
importaciones.
74
Tomamos los datos del BCRA, pero corrigiendo según una inflación estimada del 20% durante 2007.

115
particularidades del atraso. De aquí se desprendía también que de alguna manera
las leyes de la acumulación capitalista no regían. Ninguno de estos supuestos se
sostiene en lo que sigue. Suponemos un país en el cual el modo de producción es
capitalista; la relación de explotación es de clase; hay competencia; y la tasa de
ganancia rige la acumulación.
Además, y en oposición a planteos neoclásicos, la tasa de interés es una parte de
la plusvalía; su aumento tiende a bajar la tasa de ganancia y puede agravar una
crisis de rentabilidad, pero no es el factor decisivo para las inversiones. Rigen las
leyes del valor y la acumulación capitalista, aunque adquieren sus formas
particulares. Al respecto, introducimos dos especificaciones.
En primer lugar, la economía dependiente tiene una menor productividad promedio
que las economías de los países desarrollados. Éste es un rasgo decisivo de la
economía argentina. Se ha calculado, por ejemplo, que la productividad promedio
de Argentina, a fines de la década de 1990, era apenas el 32% del nivel de
Estados Unidos. Por este motivo la hora de trabajo empleada en la producción de
determinada mercancía, en las empresas del país dependiente, genera, en
promedio, menos valor en el mercado mundial que la hora de trabajo empleada en
la empresa de un país tecnológicamente adelantado. Debido a que la economía
no está a la vanguardia del desarrollo tecnológico, depende crucialmente de la
importación de equipos avanzados y de tecnología.
En segundo lugar la economía es dependiente en tanto es “precio aceptante” en lo
que respecta a sus exportaciones. Esto significa que no puede desatar guerras de
precios; sus empresas, como regla general, no obtienen plusvalías extraordinarias
en el mercado mundial.
En tercer término, incluimos un sector exportador importante, pero no dominante,
que tiene una productividad similar a los estándares internacionales, y puede
competir con un tipo de cambio a la paridad de poder de compra. En períodos en
que el tipo de cambio es alto, este sector obtendrá plusvalías (que pueden
traducirse en rentas) superiores al resto de la economía. De esta manera
registramos la existencia de un fuerte sector agro exportador en la economía
argentina.75
CONCEPCIÓN MONETARIA BASADA EN MARX
En lo que sigue también se considera que la teoría de Marx tiene relevancia para
explicar los problemas monetarios de los países subdesarrollados. Sin embargo la
moneda del país dependiente no es un equivalente pleno, ya que su función como
tal está condicionada a su relación con las divisas que actúan como dinero
mundial, el dólar y el euro.
Siguiendo la teoría de Marx, las funciones del dinero se ordenan jerárquicamente;
esto es antes de actuar como medio de cambio el dinero debe tener valor. El valor
del dinero nacional está dado entonces por su relación con el dinero mundial, dólar
o euro. Esto sucede al margen de que exista un régimen de convertibilidad legal.

75
El comportamiento de este sector, así como la categoría teórica de la renta, y su relación con la ganancia, se
discuten en el capítulo 12.

116
La relación clave se establece entre la base monetaria –que constituye el dinero
propiamente dicho– y las reservas internacionales del Banco Central. Esto no
implica afirmar que exista una relación mecánica entre ambas magnitudes, o sea,
que a un aumento de la emisión monetaria, dada una cantidad de reservas, deba
corresponder necesariamente una depreciación del signo monetario nacional. La
moneda doméstica es signo de valor a partir de su relación con el dinero-divisa,
pero se trata de una relación sometida a múltiples mediaciones, incluso políticas y
legales. En tanto se mantenga la convicción de que el billete doméstico pueda
convertirse, a determinada paridad, al dólar o euro, mantendrá su valor, al margen
de que exista efectivamente la cantidad de reservas que pueda garantizar la
conversión efectiva de toda la base monetaria a esa paridad. Esto habilita a que
puedan darse discrepancias entre base y respaldo en divisas. Pero también
determina la existencia de límites a la emisión basada en el crédito interno; y abre
la posibilidad de que el equivalente doméstico sea sometido a cuestionamiento en
cuanto se advierta que la conversión a la paridad establecida no es posible.
Las consecuencias de que exista esta necesidad de validación son difíciles de
exagerar. Es que en la medida en que se cuestione el valor del equivalente
doméstico, habrá corridas hacia el dinero-divisa; de la misma manera que en el
siglo XIX en los países capitalistas se producía la corrida hacia el oro cuando el
billete estaba cuestionado como signo de valor. De aquí también la posibilidad de
que se desencadenen procesos inflacionarios debido a la pérdida de valor del
equivalente doméstico por su relación con el billete-divisa. 76 Remarcamos el
problema: no se trata de que el dinero doméstico pierda valor porque circula en
demasía con respecto a la masa de mercancías –como sostiene la teoría
cuantitativa del dinero–, sino de que pierde valor porque se debilita en tanto signo
de valor referido a la divisa. Esto explica también por qué las economías de los
países dependientes pueden verse forzadas a acumular enormes reservas de
dinero-divisa, muy por encima de lo que dictan sus necesidades comerciales, o de
transacciones corrientes. Se trata de fortalecer un equivalente que sólo es tal en
tanto esté validado por el equivalente (la divisa) reconocido como dinero mundial.
La realización del plusvalor está condicionada al retorno a la encarnación de valor,
a la moneda mundial. Esto rige para las empresas extranjeras que invierten en el
país, pero también para la clase capitalista nativa. El grado de valorización del
capital se mide en términos del dinero-divisa, no del dinero local. De aquí surge
también la necesidad para el capital que produce valor localmente, de que haya
respaldo para la validación del dinero.
Lo dicho también explica por qué, en la medida en que el dinero local entre en
espirales de depreciación acelerada –procesos de alta inflación e incluso
76
Contra lo que sostiene la tradición monetarista y neoclásica, históricamente en Argentina el principal
impulsor de la inflación no fue la emisión monetaria, sino las devaluaciones de la moneda. Vitelli (1986)
apunta que en todas las grandes rupturas de la estabilidad de precios, en junio de 1948, marzo de 1957, abril
de 1962, junio de 1970 y abril de 1974 “el tipo de cambio inició la estampida. Esta fue una mecánica
impulsora de la ruptura que tiene validez de carácter universal, ya que en todo quiebre, cualquiera haya sido
su explicación… el tipo de cambio fue el precio que siempre creció previa o simultáneamente a su inicio,
anticipándose en su expansión a los restantes precios” (p. 90). Lo mismo se puede afirmar de la disparada de
la inflación en Argentina a partir de fines de 2001.

117
hiperinflación– sus funciones pueden ser reemplazadas paulatinamente por el
dinero-divisa. Primero en cuanto medida de valor (por ejemplo, los precios de
viviendas y demás bienes durables se fijan en dólares o euros); segundo en
cuanto reserva de valor (normalmente se atesora en dólares; durante una crisis la
preferencia por la liquidez desata la corrida hacia el dólar, etc.); tercero, como
medio de pago (los contratos se fijan en dólares); y por último, incluso, como
medio de circulación interna (en casos extremos los consumidores compran con
dólares los bienes cotidianos). Llegada esta instancia en que el dinero doméstico
no sirve para la comparación de los tiempos de trabajo, es reemplazado
enteramente por el dinero-divisa. Esta situación explica que existe una
racionalidad en la estabilización de precios por medio del anclaje del tipo de
cambio. Si esto se vincula con los problemas de inserción en el mercado mundial
que tienen los capitales atrasados tecnológicamente, se comprende que surja una
dialéctica de ciclos de fuerte apreciación y depreciación de la moneda de un país
dependiente como Argentina. Estos ciclos a su vez se relacionan con cambios
abruptos en los parámetros de desarrollo, y en la situación de las balanzas de
pagos. Este capítulo gira en lo esencial en torno a estas cuestiones.
De la concepción monetaria que hemos esbozado, además, se derivan otras
consecuencias, que sintetizamos:
a) Es necesario distinguir entre la emisión exógena de dinero doméstico de su
creación endógena –esto es, a partir del crédito que otorgan los bancos–
con el desarrollo de la actividad capitalista. Como han demostrado
marxistas y poskeynesianos, la generación endógena de dinero no puede
tener consecuencias inflacionarias; lo cual derrumba la teoría cuantitativa. 77
b) Es necesario distinguir, a su vez, la emisión de dinero doméstico que
efectúa el Banco Central por compra de divisas; de la emisión para
monetizar los déficits fiscales. La primera, y contra lo que afirma la teoría
cuantitativa, no es inflacionaria. La idea de que es necesario “esterilizar”
masa monetaria, para evitar presiones inflacionarias, cuando aumentan las
reservas, no se sostiene. Por un lado, porque no necesariamente los
bancos utilizan las nuevas reservas para expandir la masa monetaria. Por
otra parte, y más fundamental, porque el dinero que no es necesario para la
circulación permanece como stock en moneda doméstica; o es vuelto a
colocar por los inversores en activos externos (véase Lavoie 2000). De esta
manera se derrumba el mecanismo de “ajuste a lo Hume” y el famoso
“trilema”.78
c) Por otra parte la emisión monetaria a partir de adelantos del Banco Central
al gobierno –por ejemplo, debida a la financiación de déficits fiscales– tiene
efectos inflacionarios. En este respecto parece cumplirse un aspecto de lo
que afirma la teoría cuantitativa, ya que este tipo de emisión genera

77
Estas cuestiones las tratamos en Astarita (2008).
78
Según el “trilema”, no se puede tener al mismo tiempo tipo de cambio fijo, ingreso de capitales y realizar
política monetaria. El mantenimiento del tipo de cambio fijo obliga al Banco Central a adquirir o vender todos
los dólares que se le solicitan. Esto provoca, siempre según la teoría monetaria ortodoxa, variaciones en la
masa monetaria, que se traducen en cambios en los niveles de precios.

118
aumento de los precios. Pero esto sucede porque aumenta la cantidad de
signos monetarios locales en relación al dinero-divisa que es respaldo. No
sucede, como postula la teoría cuantitativa, porque se esté comparando
una mayor masa de dinero con una cierta masa de mercancías (véase
Marx, 1980).
Estos mecanismos son esenciales para entender cómo se relaciona lo monetario
con los tipos de cambio y la balanza de pagos; y con los ciclos de acumulación y
crisis.
TIPO DE CAMBIO COMO ARTICULACIÓN DE ESPACIOS DE VALOR
En la literatura neoclásica el tipo de cambio se define como el precio de la moneda
extranjera en términos de la moneda doméstica. Esta definición no es incorrecta si
se toma como una primera aproximación a la cuestión. El problema es que el tipo
de cambio queda así definido a nivel de la mera forma sin contenido. Esto significa
que, como sucede con cualquier otro precio en el universo neoclásico, el tipo de
cambio no tiene espesor teórico; es una mera relación cuantitativa determinada
por la oferta y la demanda. Pero la oferta y la demanda por sí mismas no explican
nada. La teoría neoclásica no puede brindar un fundamento teórico para el dinero,
y por lo tanto tampoco puede hacerlo para las relaciones de cambio entre las
monedas.
En la teoría de Marx, por el contrario, el equivalente, esto es el dinero, es
encarnación del valor, o sea, de tiempo de trabajo social. En consecuencia el tipo
de cambio vincula dos equivalentes de tiempos de trabajos sociales,
nacionalmente determinados. Los tiempos sociales de trabajo nacionalmente
determinados a su vez se asientan en diferentes niveles de productividad, según
los países. En otras palabras, existen espacios nacionales de valor sustentados en
desarrollos desiguales de las fuerzas productivas. Esto obedece a que no existe
una única función de producción; las tecnologías no circulan libremente; no están
disponibles gratis; y para implementarlas exigen inversiones en capital fijo,
investigación y desarrollo, y capacitación de fuerza de trabajo. Por eso las
diferencias de productividad entre espacios nacionales de valor pueden ser
crecientes y acumulativas.
Los espacios nacionales de valor diferenciados son partes, además, de un
mercado mundial en el cual se hacen sociales múltiples trabajos nacionales y
privados. Esto explica la existencia de una relación compleja y articulada entre
espacios nacionales de distintas productividades, y el mercado mundial. Las
variaciones de los tipos de cambio entonces incidirán en qué tanto de los tiempos
de trabajo empleados nacionalmente son generadores de valor en otros espacios
nacionales, o en el espacio mundial. Esto significa que hay grandes diferencias en
la generación y realización de valor en términos del valor mundial o de otro país;
en las posibilidades de colocación de los productos (afectando de manera brusca
a las balanzas comerciales); en la capacidad de importación (importante cuando
se trata de importación de tecnologías o de insumos vitales para la industria); en la
capacidad de transferencias de valor realizado en el seno del espacio nacional
(crucial para los balances de la cuenta de capitales). No hay que representarse

119
un mundo estático, ni una economía que crece a tasas más o menos constantes,
como acostumbran los modelos mecánicamente lineales más o menos usuales,
no sólo ortodoxos, sino también muchos heterodoxos. En lo que sigue la idea
central es que pueden existir procesos acumulativos, que desembocan, pasados
ciertos umbrales, en cambios cualitativos, reversiones bruscas, y da lugar a
profundas torsiones en toda la estructura económica. Tratemos de explicar cuál es
la mecánica que subyace a este comportamiento.
DESARROLLO DISTORSIONADO, RELACIONES FUNDAMENTALES
a) Inversión y crecimiento
La inversión juega el rol clave en el desarrollo económico y en el ciclo. A diferencia
de los modelos neoclásicos, que toman la tasa de ahorro como el factor decisivo
del desarrollo a largo plazo, en esta concepción –que responde a la idea de los
clásicos y de Marx– lo decisivo es qué parte del ahorro se invierte
productivamente. En este respecto un aumento de la propensión a invertir, i, (i =
I/Y, donde I es inversión e Y es ingreso y/o output) mejora el crecimiento de la
economía a largo plazo.
La inversión se divide en inversión en capital circulante, Ic, e inversión en capital
fijo, If.
Ic está determinada por la tasa de crecimiento del ingreso, g y (= Y/Y); en
símbolos:
Ic = Ic(gy), siendo Ic/gy  0 (1)
A su vez If es función de la tasa de ganancia empresaria, e; de la variación de
esta tasa, e’; y de las expectativas de los empresarios sobre el crecimiento de la
economía, que resumimos en la variable .
e es la tasa de ganancia promedio –toma varios períodos– luego de pagar
intereses; o sea,
e =  - r (2)
e’ es la variación de e, de período a período, (por ejemplo de trimestre a
trimestre; quitando la estacionalidad, en caso que corresponda).  depende de la
evolución del ingreso (y por lo tanto de la demanda) de largo plazo que se prevé,
Y(e), que se vincula también a la existencia o no de sobrecapacidades; y del
desarrollo tecnológico general, . En símbolos entonces,
If = If (e’; e; ) (3)

 =  (Y(e); ; q(e)) (4)


La justificación económica de (1), (3) y (4) es la siguiente. 79 Con respecto a (1),
supone que cuando aumenta la demanda, por ejemplo a la salida de una recesión,
los empresarios tienen capacidad ociosa y ajustan su producción a la demanda

79
(2) se trata más abajo.

120
creciente, aumentando la contratación de horas de trabajo y comprando materia
prima. Recoge el principio de aceleración tradicional, aplicado al capital circulante;
pero no se hace supuesto alguno sobre retardos que puedan estar en la base de
los ciclos económicos.
(3) refleja las variables que influyen sobre la inversión en capital fijo, sean equipos
y maquinaria, y grandes instalaciones y plantas. A medida que el ciclo se afianza,
y también según el principio de aceleración, los empresarios aumentan la
inversión en equipos para ajustar la capacidad a la demanda. 80 Para decidir esta
inversión tienen en cuenta la evolución de la tasa de ganancia de trimestre a
trimestre. Esta evolución decide entonces las inversiones en capital fijo –refacción
de máquinas, reemplazo de algunos equipos– que implican períodos de
amortización relativamente breves. Pero por otra parte la If destinada a ampliación
de plantas, obras de largo plazo e infraestructura se decide tomando en cuenta no
sólo la evolución de la tasa de ganancia, sino también la tasa de ganancia
promedio en el sector en el mediano plazo, las expectativas de largo plazo de la
demanda – por ejemplo, cuánto puede evolucionar la demanda de determinado
producto en el largo plazo teniendo en cuenta la experiencia en otros países–, la
posibilidad de que haya sobrecapacidades, y cuál será la evolución de la inversión
en tecnología en general, . En cierto sentido  recoge la idea de Keynes (1986)
de los animal spirits, esto es, las olas de entusiasmo que animan las decisiones de
inversión; pero ancla en las perspectivas de largo plazo del desarrollo ligadas a la
evolución pasada de la economía. Con esta variable deseamos enfatizar que las
decisiones de invertir de los capitalistas no dependen exclusivamente de la
evolución pasada (reciente y de mediano plazo) de la tasa de ganancia.
Una consideración especial merece . En cierto sentido recoge la idea de Harrod
de la tasa “natural” de crecimiento, que pone un techo al crecimiento explosivo en
el largo plazo. Pero en tanto la tasa natural de crecimiento de Harrod es igual a la
tasa de crecimiento de la población más la tasa de desarrollo tecnológico, en
nuestra economía subdesarrollada suponemos que no hay restricciones por el
lado de la oferta de mano de obra. Sin embargo  presenta una restricción al
crecimiento que será mucho más fuerte que en los modelos harrodianos de
economías desarrolladas. Es que las decisiones de invertir en la economía
subdesarrollada, en especial en plantas y equipos de larga duración, están
condicionadas de manera decisiva por las inversiones generales en infraestructura
productiva. Para ilustrar este condicionamiento: en nuestra economía
subdesarrollada la decisión de realizar inversión en plantas petroquímicas, o
metalúrgicas, por ejemplo, estará influenciada por las previsiones que hagan los
capitalistas acerca de las disponibilidades de energía y/o materia prima a costos
competitivos.81  refleja esta constricción sobre las perspectivas de inversión.
Además, dado que se trata de una economía pequeña, siempre estará planteada
80
En nuestro trabajo no suponemos, como hacen los poskeynesianos, que las empresas trabajan
sistemáticamente con capacidad ociosa; no hay por lo tanto un problema sistemático de demanda. Si se tratara
de una economía desarrollada y articulada, supondríamos –como los clásicos- que la tasa de utilización real en
el largo plazo coincide con la tasa normal, entendiendo por “normal” no la tasa de utilización que es factible
desde el punto de vista técnico, sino aquella que implica un uso de los equipos que permite su mantenimiento
y un cierto “colchón” de capacidad.

121
la posibilidad de trasladar la decisión de invertir a otro país si no se satisface este
requerimiento. Por otra parte en la consideración de los empresarios jugará un rol
el tipo de cambio real esperado a mediano plazo, q(e); en especial su estabilidad.
Los cambios bruscos del tipo de cambio, y la consiguiente modificación de los
precios relativos y de las tasas de ganancia, es un fenómeno vinculado
estructuralmente a las necesidades de inserción de una economía atrasada
tecnológicamente en los mercados mundiales.
Se supone entonces que la If en plantas industriales y equipos de larga duración
otorga a los ciclos económicos una tonalidad expansiva importante. Esto significa
que en un contexto de crecimiento de grandes inversiones, las recesiones serían
suaves, y las fases alcistas sostenidas; en una palabra, habría desarrollo
“sustentable” en el largo plazo. En términos marxistas quiere decir que los
problemas para la acumulación provendrán de la propia acumulación, en particular
de la caída tendencial de la tasa de ganancia por sobreacumulación de capital. 82 If
aumenta , lo que a su vez influye positivamente sobre las expectativas
empresarias y realimenta la inversión, dándose así un círculo virtuoso. Lo opuesto
ocurre cuando se debilita la tasa de ganancia o aparecen constricciones de largo
plazo sobre .
b) Tasa de ganancia y tipo de cambio
Avanzamos en el estudio de la tasa de ganancia empresaria, e. Dejamos de lado
por ahora la influencia de la tasa de interés r, para examinar los factores que
determinan la tasa de ganancia “bruta”. En términos generales la tasa de ganancia
depende positivamente de la participación de los beneficios en el producto, del
producto por trabajador, y negativamente de la relación capital/trabajo. En
símbolos:
 = B/K = (B/Y) (Y/L) (L/K) (5)
Siendo B: beneficios; K: capital constante; Y: output; L: trabajo. A diferencia del
tratamiento tradicional de la literatura neoclásica o keynesiana, que sólo considera
el capital utilizado en la producción, en nuestro caso K registra el conjunto del
capital constante invertido por la empresa. También, a diferencia de la literatura
usual, Y/L no mide el producto físico por obrero, sino el producto medido a
moneda constante, por obrero. Esto significa que no siempre el aumento de la
productividad genera un aumento de la tasa de ganancia; es que el aumento de la
productividad se traduce en aumento del producto físico, pero da lugar a la baja de
precios. Aunque en el modelo de economía subdesarrollada este factor puede no
tener importancia, desde el punto de vista teórico es importante hacer esta
distinción; que por otra parte es básica para comprender por qué, desde el punto
de vista de Marx, aumentos de la productividad pueden ir acompañados de caída
de la tasa de ganancia.
81
Por ejemplo, grandes proyectos de inversión en plantas para la fabricación de productos como plásticos,
agroquímicos, solventes, fertilizantes, lubricantes, pueden estar condicionados a la provisión suficiente de gas
en los años que siguen a la puesta en funcionamiento de las nuevas plantas.
82
Este fenómeno “clásico” en términos marxistas de debilitamiento de la inversión sólo opera en la medida en
que exista una fuerte acumulación; algo que no suele suceder en los países subdesarrollados, sometidos a
ciclos cortos y convulsiones fuertes.

122
Debido a que se trata de un país subdesarrollado, donde la productividad general
por obrero es baja con relación a los niveles internacionales, este capitalismo
sostiene la tasa de ganancia a través de la intensificación de los ritmos de
producción, una alta relación B/Y y bajos salarios en términos de la moneda
mundial.83 La extrema desigualdad en la distribución de los ingresos es entonces,
hasta cierto punto, una necesidad “estructural” de la economía. 84 En nuestra
economía, la baja productividad afecta esencialmente a la industria; pero no a los
productores de BT agrarios.
La productividad, y por lo tanto la rentabilidad, pueden aumentar rápidamente al
comienzo de una fase expansiva, luego de la recesión, por la simple utilización de
capacidad ociosa. Esta variación del ingreso orienta, como dijimos, la Ic. Para ver
la incidencia de la capacidad ociosa en la tasa de ganancia, podemos expresar 
de una forma alternativa a (5):
 = B/K = (B/Y) (Q/K) (Y/Q) (5’)
Donde Q es capacidad, de manera que K/Q es la ratio tecnológica de capital-
capacidad e Y/Q es la ratio de utilización de la capacidad.
Pero además en nuestra economía subdesarrollada la tasa de ganancia de las
diferentes ramas estará influenciada por los precios relativos entre los bienes
transables (BT) y los bienes no transables (BNT); esto es, por el tipo de cambio
real, q (q = EP*/P). La influencia del tipo de cambio real sobre la rentabilidad es de
una naturaleza cualitativamente distinta a la que ejerce sobre la rentabilidad de los
sectores en los países adelantados. Esto se debe a que el tipo de cambio conecta
un espacio nacional de productividad relativamente más baja con el espacio
mundial, o los espacios nacionales de valor de los países adelantados. Dado el
atraso tecnológico relativo de los productores de BT del país subdesarrollado, se
comprende la importancia de las evoluciones de q para la tasa de ganancia de
estos sectores. El tipo de cambio influye el costo del capital y su composición
tecnológica. Llamando  a la proporción de capital fijo que se importa: 85
K = K + (1 - )K, siendo 0    1 (6)
/q  0 (7)
Por lo explicado antes,  influye en la tasa de desarrollo tecnológico:
 = () (8)

83
La adecuación bajista de los salarios a las exigencias de la tasa de rentabilidad puede ocurrir, bien vía
procesos devaluatorios-inflacionarios, o bien vía deflacionaria-desocupación, según el régimen cambiario
flotante o fijo (se desarrolla más abajo).
84
Este aspecto de la cuestión lo expresaba Marini con su tesis de la sobreexplotación (véase caps. 2 y 3). Sin
embargo en nuestro desarrollo la desigualdad de los ingresos o los bajos salarios no implican afirmar que los
trabajadores están impedidos de acceder a bienes de consumo durable, o que no actúa el mecanismo de la
plusvalía relativa, esto es, de los aumentos de plusvalía derivados del abaratamiento de los bienes de
consumo, generado por los avances en la productividad.
85
A efectos de simplificar, suponemos que la economía no necesita importar bienes de capital circulante;
incluir este factor no altera los resultados generales que obtenemos.

123
La incidencia del tipo de cambio real, q, sobre las tasas de ganancia de los
sectores productores de bienes transables y no transables será por lo tanto
compleja. En principio, y dada la modificación de los precios del producto, una
suba (baja) de q aumenta (baja) la tasa de ganancia de los sectores productores
de bienes transables y baja (aumenta) la tasa de ganancia de los sectores
productores de bienes no transables. Si designamos con eA la tasa de ganancia
en bienes transables, y con eB la tasa de ganancia en no transables, y desde el
punto de vista del output, tenemos:
eA /q  0; eB /q  0 (9)
Si se trata de BT del sector agrario, la suba del tipo de cambio real lleva a un
aumento extraordinario de las plusvalías del sector; este ingreso extraordinario
tenderá a traducirse en un aumento de la renta agraria (véase Interludio I).
Por otra parte, debido a que la suba del tipo de cambio real aumenta el costo de la
importación de equipos, su aumento incide negativamente en la tasa de ganancia
de las empresas que dependen de la importación de tecnología. Esto implica la
posibilidad de desfases temporales importantes y de efectos de retardo sobre la
evolución de la tasa de ganancia, en la medida en que los equipos se desgastan y
hace falta reponerlos, o es necesario avanzar tecnológicamente para mantener
competitivas a las empresas. Lo cual da lugar a comportamientos también
diferentes de las e y e’ en los sectores. Así, si se parte de una situación de alta
productividad en el sector productor de bienes transables –por caso, luego de un
período de renovación de equipos favorecida por un tipo de cambio cercano a la
paridad de poder de compra, Eppc– la suba de q implica una alta tasa de ganancia
del sector, por vía de la suba del precio del output, por el bajo costo (en términos
de la moneda mundial) del capital circulante y el bajo costo histórico (con relación
al tipo de cambio tendencial y competitivo, E*) de K. Lógicamente eA’ es positivo y
sube la inversión. Pero el costo de reposición de K es alto en caso de que  sea
alta y no pueda ser comprimida debido al atraso tecnológico del país. En este
último caso  se frena y tenemos un efecto negativo sobre la eA de largo plazo.
Esto explica que el crecimiento sustentando sobre un tipo de cambio competitivo,
E*, tenga constricciones de mediano y largo plazo en tanto no exista un fuerte
proceso de inversión en tecnología, investigación y desarrollo y grandes
inversiones en infraestructura. Por otra parte, períodos de apreciación cambiaria
pueden favorecer la tecnificación del sector agrario, aumentando todavía más su
competitividad.
A medida que continúa la producción los equipos se desgastan, se sobreutiliza
capacidad y la competitividad internacional depende más y más de mantener el
tipo de cambio E*. En definitiva, la tasa de ganancia de cada uno de los sectores
será función del nivel salarial, de la relación capital/trabajo, de la productividad y
del tipo de cambio real (jugando un rol importante las expectativas empresarias
acerca de la evolución de este último). Dado que la tasa de ganancia gobierna la
inversión fija en los sectores, y la inversión el crecimiento, se entiende que el
crecimiento sea extremadamente desarticulado. La participación de los sectores
productores de BT y BNT puede variar bruscamente al compás de las variaciones

124
del tipo de cambio, y de los precios relativos que acarrean. 86 El crecimiento
desarticulado repercute en el progreso tecnológico general, lo que a su vez
debilitará la tasa de ganancia y las perspectivas de inversión.
c) Sector agrario con alta productividad
En nuestro modelo existe un sector de alta productividad relativa, capaz de
exportar a un Eppc. Es el caso del sector agrario argentino que emplea tecnología
de avanzada. También existe una fracción de industria productora de bienes
agroindustriales (ejemplo, aceites), con capacidad de competir internacionalmente,
aunque de poco valor agregado (bajo empleo de trabajo complejo). Es importante
desprenderse de la idea, tradicional en la izquierda, de que subdesarrollo implica
atraso uniforme de todos los sectores de la economía. Por lo menos en los países
como Argentina, México, Chile y similares, no sólo existen empresas competitivas,
sino también sectores con alta capacidad competitiva.
Se debe introducir entonces en el análisis la renta diferencial, que corresponde a
los propietarios de la tierra, su relación con la tasa de ganancia y el tipo de
cambio. Estas cuestiones se discuten más adelante en este libro, ya que
demandan un debate específico sobre la renta. Lo importante aquí es que en los
períodos en que el tipo de cambio se establece a niveles “competitivos”, tanto la
renta como la tasa de ganancia del sector agrario, y del complejo agroindustrial
competitivo, tienden a subir. Lo cual mejora aún más la competitividad
internacional del sector, con la consiguiente mejora de la balanza comercial; y
presiona para la apreciación de la moneda.
d) Inversión extranjera y tasa de ganancia
Las oscilaciones de la tasa de ganancia tendrán una influencia sobre las entradas
de capitales, tanto en lo que respecta a las inversiones directas, como a
inversiones de cartera ligadas a sectores productivos (acciones o bonos). A
diferencia del planteo neo-estructuralista, el superávit en la cuenta de capitales no
depende única ni exclusivamente de la tasa de interés. 87 La justificación
económica de este planteo es que la IED no está regida en lo fundamental por la
tasa de interés, sino por las perspectivas de ganancia empresaria (en la cual la
tasa de interés juega un rol subordinado).

86
Por ejemplo, como consecuencia de la depreciación del peso en 2002, los sectores productores de BT
aumentaron su participación en el productor bruto interno del 25 al 45% (Coremberg, 2007).
87
Nos referimos a Frenkel (1981), Taylor (1992) (1998) y Frenkel y González Rozada (2000). En estos
trabajos se relaciona demasiado estrechamente la entrada y salida de capitales con las evoluciones de la tasa
de interés internacional. En estos modelos los factores endógenos de la economía subdesarrollada tienen poca
importancia. En Frenkel y González Rozada en particular se vincula nítidamente la evolución interna de la
economía a la tasa de interés externa y los movimientos de capitales. Se sostiene que el nivel de ingreso
depende positivamente de la base monetaria y de la tasa de interés; y la inversión positivamente del ingreso y
negativamente de la tasa de interés. Además, dado un sistema de cambio fijo con convertibilidad, la variación
de la base monetaria es igual a la variación de las reservas. En estas condiciones, la entrada de capitales –
decidida por los diferenciales de tasas de interés y las expectativas sobre tipo de cambio futuro– genera el
crecimiento y el auge; la acumulación de los déficits en el sector externo sin embargo induce a una tendencia
desacelerante del crecimiento, y eventualmente a la crisis. Sin negar algunas de estas vinculaciones,
consideramos que la cuestión es un poco más compleja.

125
La tasa de interés influirá en la entrada de capitales destinados a colocaciones
bancarias, con incidencia en el mercado monetario; a la compra de títulos públicos
y, en menor medida, a la compra de bonos de empresas. La inversión en bonos
empresarios está determinada por su tasa de rendimiento, ligada a la rentabilidad
esperada de la empresa, y el riesgo asociado a su desempeño. Las perspectivas
de ganancias en el sector accionario también puede inducir a la entrada de
capitales, con relativa independencia del diferencial entre la tasa de interés interna
y externa.
Por lo explicado en el punto anterior, la tasa de rentabilidad de la IED estará
afectada por las perspectivas de variación de q; la IED y la inversión de cartera en
empresas están condicionadas a las expectativas de los empresarios e inversores
en general sobre ganancias y estabilidad del tipo de cambio. Las valoraciones del
capital invertido pueden sufrir bruscas modificaciones por las variaciones del tipo
de cambio; con las variaciones del tipo de cambio también se pueden alterar
bruscamente las posibilidades de transformar valor generado en el espacio
nacional en valor mundial. Un tipo de cambio cercano a la paridad de poder de
compra, Eppc, mejora las condiciones en que la plusvalía se transforma en valor
mundial. La remesa de utilidades, a su vez, pone presión sobre la balanza de
cuenta corriente, y sobre las reservas, si no está compensada por la entrada de
capitales. Lo que agrava la restricción externa de la economía. Por otra parte E*
(esto es, un tipo de cambio “competitivo”) empeora las condiciones de
transferencia de plusvalor, pero alivia la restricción externa, al permitir la obtención
de divisas para efectuar esa transferencia. Esta contradicción es inherente a la
inserción de una economía subdesarrollada en el mercado mundial.
e) La restricción externa
Planteamos, por último, las habituales identidades macroeconómicas incorporando
la hipótesis de que existe deuda externa y se remiten utilidades al exterior
(Sf + Sp) – (I + G) = PX – EP*M – (r* + prima) EDx – EB* = Kx – Km88 (14)
Siendo Sf: ahorro fiscal; Sp: ahorro privado; I: inversión; G: gasto público; r*: tasa
de interés de referencia internacional; E: tipo de cambio; D x: deuda externa B*:
utilidades que se remesan al exterior; K x: salida de capitales y Km: entrada de
capitales.
La ecuación (14) no debería interpretarse de la forma estática –como meras
identidades contables– con que habitualmente se la presenta en los manuales de
macroeconomía. En esas presentaciones un aumento del ahorro genera
mecánicamente –si no se modifica el superávit fiscal– una mejora en el superávit
comercial; una suba de la inversión genera una caída del superávit comercial, etc.
En una versión alternativa, en cambio, las interrelaciones son más complejas y
dinámicas. En particular, y siguiendo la tesis keynesiana o marxista, debe
considerarse que la inversión es el factor activo –no el ahorro, como sostiene en
enfoque neoclásico–, de manera que un aumento de la inversión puede generar
los ingresos que den lugar al ahorro que financia la inversión. Asimismo si la

88
Si no varían las reservas internacionales.

126
inversión se vuelca al sector productor de transables, no necesariamente
presionará en sentido negativo sobre el superávit comercial.
CONCLUSIÓN
Hemos planteado las categorías centrales que nos permiten abordar la dinámica
de esta economía dependiente, en la que las variaciones de la tasa de cambio
ejercen una influencia notable sobre las tasas de ganancia de los sectores
productores de bienes transables y no transables, y por lo tanto en el desarrollo
del conjunto. Se trata ahora de esbozar las interrelaciones, en sus rasgos
fundamentales, entre estos factores.

127
Capítulo 11
Tipo de cambio, dinámica del desarrollo desigual y de las crisis en el caso
argentino
Tomando como marco de análisis lo explicado en el capítulo anterior, presentamos
la dinámica del crecimiento, que estará pautado por crisis recurrentes en el sector
externo, y variaciones bruscas del tipo de cambio.
Efectivamente, en nuestra economía subdesarrollada el desarrollo es
extremadamente desigual y se combinan e interactúan entre sí sectores con
ritmos de crecimiento muy distintos. El crecimiento distorsionado obedece a la
forma en que se inserta la economía dependiente en el mercado mundial y a las
tasas de ganancia diferenciales que afectan a los sectores de bienes transables y
no transables, según se resuelva esa inserción. Por eso no tomamos en cuenta la
diferencia de Marx entre sector productor de bienes de producción y sector
productor de bienes de consumo, sino la diferencia entre producción de BT y BNT,
y la incidencia de la tecnología y equipos importados en estos sectores. A esta
diferenciación agregamos la subdivisión dentro de los BT debida a la existencia de
bienes agrícolas. La economía de nuestro país subdesarrollado tiene empresas en
los dos sectores I y II planteados por Marx, pero lo importante es cómo se insertan
las empresas de ambos sectores en el espacio mundial. Tasas de ganancia
diferentes entre los sectores de producción de bienes transables y no transables
dan lugar a desarrollos desarticulados y desproporcionados de los sectores. Por
eso aún en períodos en que la economía está en auge, con crecimiento del
ingreso y la inversión, ramas enteras de la economía –ligadas ora al sector de BT,
ora a BNT– pueden estar languideciendo o incluso en crisis. Así, cuando se sale
de una recesión, alguno de los sectores puede experimentar un fuerte aumento de
la demanda, que satisface subiendo la ratio de utilización, en tanto el otro sector
no se recupera; o lo hace más lentamente. A medida que avanza la recuperación y
se llega a la plena utilización de la capacidad, se impone aumentar la capacidad,
esto es, invertir en equipos durables y posiblemente en nuevas plantas. Pero
dadas las incertidumbres acerca de la permanencia de los precios relativos, los
costos de importar tecnología (si predomina E*) y las perspectivas generales de la
economía (que incluyen ); o por incertidumbres derivadas de las restricciones
crecientes que se advierten en la balanza de pagos (si predomina E ppc), las
inversiones de largo aliento pueden postergarse o no realizarse. El nivel
tecnológico general permanece –en relación a los países más adelantado–
atrasado, aun durante los períodos en que aumenta la relación capital/trabajo. 89
Por lo tanto, y al contrario de lo que plantea el enfoque poskeynesiano de
crecimiento de Thirwall (1979), donde la tasa de crecimiento del país
89
Con categorías de análisis neoclásicas, que no compartimos, Coremberg (2007) registra este hecho en
Argentina. Comprueba que en la década de 1990 el crecimiento está sustentado en la acumulación de capital,
pero es de tipo extensivo; después de la devaluación de 2002 el crecimiento está más basado en el crecimiento
del empleo. Señalemos que desde el enfoque que adoptamos, la acumulación de capital implica
necesariamente mejora tecnológica. No existe aumento del stock de capital por obrero sin “desplazamiento”
de la función de producción, como pretende la literatura neoclásica (como señalaba hace años Kaldor). De
todas maneras la acumulación de capital puede realizarse sin adoptar la tecnología de punta a nivel mundial; o
ésta puede representar una porción pequeña del total de la incorporación tecnológica.

128
subdesarrollado depende exclusivamente de la elasticidad ingreso de las
exportaciones, y el tipo de cambio real es neutro en el largo plazo, en nuestro
planteo el tipo de cambio ejerce una influencia dominante, ya que expresa las
condiciones de inserción de la economía subdesarrollada en la economía mundial.
En otras palabras, el problema no es sólo ni principalmente de demanda, sino de
tasas de inversión productiva –y desarrollo tecnológico– por parte del capital del
país subdesarrollado; y de un desarrollo desigual y combinado, muy diferente del
desarrollo “proporcionado” que se refleja en los esquemas de reproducción de
Marx.90 Ese desarrollo distorsionado afecta a la productividad de conjunto de la
economía. Debemos incorporar ahora otros elementos para llegar a un análisis
dinámico.

CONSUMO Y AHORRO
La alta participación de los beneficios en el ingreso explica por qué el segundo
factor dinámico en el ciclo económico es el consumo en bienes durables – incluida
la construcción residencial– de la clase capitalista y de los sectores medios altos.
Debido a que este tipo de consumo es postergable –no hay necesidad de cambiar
el coche o de casa todos los años– y dado que el ingreso está altamente
concentrado, la decisión de consumo de estos sectores tiene una fuerte incidencia
en el ciclo.91 A diferencia de una economía desarrollada “normal”, donde se puede
considerar, de manera estilizada, al consumo una función del ingreso, y
principalmente de los salarios, en nuestra economía subdesarrollada el consumo
de los sectores pudientes tiene una gran incidencia en el mercado interno y será
función de las rentas capitalista, W, consideradas en un sentido amplio; 92 y de las
variaciones del stock de ahorro, S. Si llamamos Cc el consumo de la clase
capitalista, tenemos:
Cc = Cc(R; S) siendo Cc/W  0; Cc/S  0 (10)
En cuanto a su composición, Cc se divide en bienes de consumo no transables
(NT) y bienes transables (T) nacionales y extranjeros. Si establecemos que c
indica la proporción de bienes de consumo transables extranjeros, con respecto al
total de bienes de bienes transables consumidos, tenemos:
Cc = NT + cT + (1 - c)T; siendo 0   c1 (11)
A su vez c es función inversa del tipo de cambio real, q:
c = c(q); dc/dq  0 (12)
El consumo de la clase capitalista tiene así una fuerte incidencia sobre el ciclo; y el
consumo capitalista de bienes importados depende del tipo de cambio real. En
períodos de tipo de cambio a nivel E ppc, o cercano, este consumo capitalista influye
sobre la balanza comercial, y más en general sobre la cuenta corriente; por
ejemplo, salidas por turismo.
90
Lo cual no niega la existencia de contradicciones y crisis.
91
Este aspecto recoge la tradición de Celso Furtado y otros autores de la CEPAL acerca de los problemas
derivados de la estructura de la demanda de bienes de consumo en países atrasados.
92
Renta agraria y urbana, dividendos, rentas financieras.

129
Con respecto al ahorro, es plusvalía y está en manos de los capitalistas. Además
el ahorro no es un mero “flujo” que invariablemente desemboca en la inversión –es
la versión de los manuales de macroeconomía–, sino está compuesto también de
atesoramiento, sea en la forma de moneda local, o de activos financieros
extranjeros, AF* (incluyendo moneda extranjera). Si el ahorro va a la compra de
activos financieros locales, aumenta la inversión. Si el ahorro se congela en forma
de moneda local, o va a AF*, la inversión baja. Subrayamos que desde el punto de
vista macroeconómico lo que importa es la existencia de liquidez en forma de
stock que no es lanzada al circuito productivo. Ésta es una visión distinta de la que
presentan los textos convencionales de macroeconomía, donde el aumento de la
demanda de dinero invariablemente se considera un aumento de los encajes
monetarios en manos del público, que lleva al aumento de la tasa de interés (si no
se modifica la oferta monetaria, que se considera exógena). En los sistemas
monetarios modernos el aumento de las tenencias monetarias por parte del
público representa aumento de los depósitos; por lo tanto implica aumento de las
reservas excedentes de los bancos y mayor capacidad prestable de éstos. En
condiciones normales de ciclo económico, por lo tanto, un aumento de los encajes
monetarios puede traducirse en un incremento del crédito bancario. En cambio si
el aumento de los encajes monetarios por parte del público es acompañado por un
aumento de la preferencia por la liquidez de los bancos –ante la incertidumbre los
bancos restringen el crédito y aumentan los coeficientes de liquidez–, o el
aumento de liquidez de los bancos no es correspondido por un aumento de la
demanda de créditos, tenemos un fenómeno de atesoramiento, con repercusiones
negativas sobre la demanda agregada. Este corrimiento hacia la liquidez en los
países subdesarrollados se plasma finalmente en el atesoramiento en AF* por
parte de bancos, empresas, la clase alta e incluso las capas medias de la
población.
Dejamos apuntado que considerar al ahorro como stock plantea importantes
problemas relacionados con la valoración del ahorro, ya que se trata de activos
financieros. Aquí consideramos al ahorro medido a valores de mercado, no a costo
histórico (o sea, al precio de compra del activo). La justificación económica es que
el propietario del ahorro valora sus tenencias –y toma decisiones– teniendo en
cuenta el valor actual de las mismas. Esto implica, como anota Pollin (2002), que
el ahorro variará con las variaciones de los precios de los activos, y que no podrá
considerarse como un residuo del ingreso una vez efectuado el consumo.
Considerar al ahorro como stock también tiene la consecuencia de que las
decisiones de desahorrar o ahorrar ejercen una influencia en el consumo mucho
mayor que la que se desprende de considerar al ahorro sólo como flujo. Además,
las decisiones de aumentar el ahorro en AF* en contextos de incertidumbre
ejercen una nueva constricción sobre la balanza de pagos; lo inverso sucede en
situaciones de optimismo y desahorro. Dada por otra parte la incidencia de los
cambios de q –y de las crisis– sobre los precios de los activos financieros, se
comprenderá que las variaciones del ahorro pueden tener efectos amplificados
sobre la economía en general. Por último señalemos que el consumo suntuario
capitalista y el ahorro en activos financieros actúan en detrimento de la inversión
productiva, debilitando , aumentando las distorsiones del crecimiento y las

130
posibilidades de procesos acumulativos y reversiones bruscas de la coyuntura
económica.
TASA DE INTERÉS Y SECTOR FINANCIERO
A diferencia de los modelos convencionales de macroeconomía, donde la tasa de
interés se hace depender de las curvas de oferta y demanda monetaria, siendo la
primera exógena, aquí se considera que la tasa de interés depende en lo esencial
del ciclo capitalista, esto es, de la plasticidad con que se estén haciendo los
negocios y la facilidad que tengan los bancos para renovar los créditos a las
empresas. La política monetaria incide en esta situación, pero no puede alterarla
de fondo. Inyecciones de liquidez y/o bajas de la tasa de descuento del Banco
Central alivian la situación en la plaza monetaria, pero para las empresas lo
decisivo son los spreads por sobre la tasa de referencia que deben pagar para
hacerse de fondos. Si no hay confianza en la capacidad de repago de las
empresas los spreads suben.93 Esto sucede cuando los bancos, y los prestamistas
en general, comienzan a advertir que el pago de deudas por las empresas se hace
más lento. En la base del asunto están las crecientes dificultades para que siga
operando con facilidad la metamorfosis del capital mercancía en dinero, y con ello
la renovación del ciclo del capital. Por lo tanto consideramos que r es función de la
velocidad de rotación del capital  y de la tasa de referencia del Banco Central,
rBC, que tomamos como expresión de la política monetaria. En símbolos:
r = r (; rBC) siendo r/  0; r/ rBC  0 (13)
La tasa de referencia a su vez se correlaciona positivamente con la demanda de
reservas en poder del Banco Central. Una presión sobre las reservas lleva a un
aumento de la tasa de referencia, y de r.
El crédito bancario –y en general el mercado monetario– juega un rol importante
en Ic así como en Cc (bienes durables como automóvil y construcción residencial);
y un rol algo menor en la If, por la posibilidad de las empresas de financiarse en
los mercados de bonos o con flujo propio.
El crédito bancario cobra importancia creciente a medida que se avanza en un
ciclo alcista; a la salida de una depresión las empresas se financian fácilmente con
su flujo de caja; el consumo capitalista con desatesoramiento. Cuando progresa la
fase alcista del ciclo, el crédito lo impulsa y amplifica; aumentan los agregados
monetarios y los sectores que crecen renuevan y amplían su capital de trabajo
apoyándose en el crédito. La rotación del capital es fluida,  es alta, rBC es baja y r
también es baja.94 Debido a la naturaleza del capital circulante, la deuda de las
empresas con los bancos es esencialmente de corto plazo. Pero llegado un punto
de la expansión, los stocks de mercancías sin vender empiezan a aumentar; crece
la ratio deuda/capital propio, y en especial el peso de la deuda de corto plazo. Si el
aumento de la desconfianza lleva a aumentar el ahorro en AF*, habrá alza de r BC
93
Si los bancos endurecen las condiciones para otorgar el crédito –lo que en la literatura se llama un “credit
crunch”– también suben los spreads sobre títulos de corto plazo y la tasa a la que las empresas descuentan
documentos en el mercado monetario.
94
Con relación a los promedios históricos de la economía subdesarrollada. En lo que atañe a la influencia del
tiempo de circulación del capital sobre el mercado financiero, véase Marx (1999) t. 2 cap. 15.

131
elevando aún más r. Este aumento de r ejerce entonces una influencia negativa
sobre la tasa de ganancia empresaria, ya de por sí debilitada. Caen ’e y e –los
balances que ingresan en la Bolsa lo evidencian– y se frena la inversión en
equipos. El clima de negocios empeora, la tasa de interés sigue subiendo, el
consumo en bienes durables se contrae rápidamente; baja la inversión de largo
plazo.
Al acercarse al punto más alto del ciclo la economía pasa progresivamente a una
situación especulativa, y luego a una “situación Ponzi”, para utilizar la terminología
de Minsky.95 Ante la incertidumbre aumenta la preferencia por la liquidez en el
sentido que lo planteaba Keynes; se trata también del fenómeno de
“atesoramiento” del que habla Marx, y a partir del cual desarrolla su crítica a la ley
de Say. Sube la demanda de dinero con motivos precautorios y/o especulativos; 96
en la economía subdesarrollada esta corrida hacia la liquidez se manifiesta en el
aumento de la demanda de divisas. La preferencia por la liquidez puede estar
sobredeterminada por la incertidumbre que genera en los inversores la
acumulación de déficits fiscales, en cuenta corriente, y el crecimiento de la deuda
nominada en moneda extranjera. Están dadas las condiciones para que se
desarrolle una crisis cambiaria y financiera en el sentido Minsky. En un cuadro de
endeudamiento creciente los prestamistas desconfían del apalancamiento de las
empresas, los bancos se hacen adversos al riesgo y disminuyen drásticamente
sus préstamos, afectando los ingresos y la demanda agregada; y las tasas suben.
Las empresas venden activos y se hunden los precios de los títulos financieros,
aumentando el peso de las deudas. 97 Sin embargo, a diferencia de las
explicaciones Minsky, en nuestro desarrollo el sector financiero no es el origen de
la crisis, sino el medio por el cual se amplifica.
Si el Banco Central no responde a la creciente demanda de divisas aumentando la
tasa de interés, o bien las reservas bajan aún más rápidamente, o bien el tipo de
cambio sigue subiendo, conduciendo de todas maneras a la crisis. Por otra parte

95
En la situación especulativa las empresas están obligadas a renovar su deuda en cada período porque los
flujos que entran sólo cubren los costos de los intereses que pagan. El siguiente estadio es la situación Ponzi,
en la cual los flujos de ingresos de las empresas ni siquiera cubren los costos por interés, de manera que deben
tomar nueva deuda para pagar los intereses. El término “situación Ponzi” alude a la estafa que cometió en
EUA el italiano Carlo Ponzi, en la década de 1920. Ponzi pagaba altos rendimientos a los inversores
financieros con el capital de los inversores que ingresaban a su esquema. Naturalmente, Ponzi terminó en la
bancarrota.
96
Obsérvese que en la ortodoxia neoclásica la preferencia por la liquidez prácticamente ha desaparecido.
97
Este tipo de crisis fue desarrollada teóricamente por Minsky. Sobre las crisis Minsky, nos basamos en
Minsky (1982) y en la exposición de su teoría que presentan Papadimitriov y Wray (1999) y Schroeder
(2002). La explicación de las crisis de Minsky puede ser fácilmente extendida a los países atrasados, donde un
shock externo precipita el estallido de la crisis financiera y cambiaria; véase Schroeder (2002). El sistema
financiero debilitado amplía el shock. También en los modelos de los Nuevos Keynesianos el sector
financiero juega como amplificador o multiplicador de la crisis. Es lo que se llama el “acelerador financiero”,
desarrollado en Bernanke, Gertler y Gilchrist (1998). Un caso de aplicación del modelo del acelerador
financiero a las crisis cambiarias y financieras es Gertler, Gilchrist y Natalucci (2003). Sin embargo los
Nuevos Keynesianos reconocen que sus modelos no dan cuenta de las razones del golpe inicial que afecta a la
economía. El sector financiero sólo acentúa sus efectos, pero no explica por qué comienza la crisis.

132
lo financiero también amplifica y actúa como cadena de transmisión de las crisis
en el plano internacional (véase luego).
DINÁMICAS DE ACUMULACIÓN Y CRISIS
A partir de lo anterior presentamos escenarios alternativos.
a) Tipo de cambio competitivo, E*
En lo que sigue los subíndices A y B se refieren respectivamente al sector
transable y no transable. Con tipo de cambio real alto, eA y eA’ son elevadas,
dado el cambio relativo de los precios del producto, y suponiendo que no existen
necesidades inmediatas de importar K. Lógicamente g YA también es elevada; IcA
aumenta rápidamente en la primera fase del ciclo alcista por (1) 98, y luego lo hace
IfA por (3), en tanto se mantengan las perspectivas de ganancia y E*, aunque fA se
mantiene baja, repercutiendo negativamente en el desarrollo tecnológico . En el
sector B, eB y gYB son bajas y por lo tanto es débil la inversión en el sector de
conjunto; fB se mantiene incluso más baja que en el sector A. Dado que el sector
de no transables comprende infraestructura en transporte, energía,
comunicaciones y similares, la situación repercute negativamente en λ, y en las
perspectivas a largo plazo de la inversión.
Por otra parte Cc no pone presión sobre la balanza comercial, por (11) y (12), y la
tasa de financiamiento se mantiene baja para las empresas del sector A, y
parcialmente para el sector B. Las diferencias entre g YA y gYB indican que el
crecimiento es distorsionado. Veamos entonces dos escenarios de crecimiento
con E*.
El primero es de suba paulatina de los precios de los bienes no transables, en la
medida en que aumenta la absorción interna. Si el movimiento obrero tiene
capacidad de resistencia –por ejemplo por baja tasa de desocupación– también
suben los salarios. La suba de los precios de los no transables recompone eB en
tanto la suba de los salarios reduce la  general, por (5). La moneda en términos
reales se aprecia, ejerciendo presión sobre las ganancias de los productores de
bienes transables, y la dinámica de las exportaciones. Si la situación se prolonga
pueden aparecer déficits en la balanza comercial. Una forma de aliviar la
constricción externa es tomando deuda en los mercados internacionales. El
crecimiento de la deuda externa es un producto de la debilidad relativa de la
economía, no su causa. Aunque a su vez, superados ciertos niveles, reactúa
sobre la economía, debilitándola e imponiendo nuevas restricciones.
La forma de recuperar la capacidad de captación de divisas genuinas es
mejorando la balanza comercial. Debido al atraso tecnológico, la salida es intentar
nuevas devaluaciones que conducen a nuevas alzas de precios internos y
salarios. Se desemboca así en una dinámica inflacionaria, que empeora las
perspectivas generales de la economía. La inestabilidad de los precios relativos
afecta las evoluciones de eA y eB, aumenta la incertidumbre del capital y se
debilita la inversión de largo plazo (ecuaciones 3 y 4). La importación de
tecnología es baja, y la competitividad de las exportaciones se logra con salarios
98
A lo largo de este capítulo hacemos referencias a las ecuaciones presentadas en el capítulo anterior.

133
permanentemente devaluados en términos de la moneda mundial (ecuaciones 6 a
8). Cada salto en la depreciación de la moneda impulsa la inflación, y ésta obliga a
nuevas devaluaciones.99
Comienza entonces a crecer la demanda de divisas en tanto se prevén nuevas y
cada vez más rápidas devaluaciones. Aumenta el ahorro en AF*, debilitando más
la inversión. Si el Banco Central responde a la pérdida de reservas con la suba de
rBC se incrementa la presión financiera de las empresas y aumenta el incentivo
para colocar ahorros en AF. El ahorro deja de fluir a la inversión, ya que se divide
en AF* y AF (estas últimas colocaciones a una tasa de interés en ascenso). Los
activos de los bancos se componen de forma creciente de AF estatales, que
rinden altos intereses, y no de préstamos al sector privado. Las devaluaciones
elevan el peso de la deuda tomada en moneda extranjera, poniendo más presión
en el sector externo.
Por otra parte si la lucha de clases obliga a conceder repetidos aumentos
salariales que recuperan parte del terreno perdido en cada “ronda”, la espiral
inflacionaria se agudiza. La misma se convierte en el reflejo monetario de la
agudización de la lucha de clases por la resistencia de los obreros a la
desvalorización de su fuerza de trabajo. El aumento de precios adquiere una
velocidad inercial –los precios aumentan en el período t + 1 porque aumentaron en
el período t– y la economía se indexa. A diferencia de los que plantean los
modelos neoclásicos “de manual”, que la inflación favorece la inversión porque la
tasa de interés real se hace negativa, en un mercado financiero indexado la
inflación acelerada aumenta la tasa de interés real (véase Taylor, 1992, pp. 25-
26). Esto genera nuevas presiones negativas sobre la tasa de ganancia
empresaria
La moneda nacional progresivamente deja de actuar como medida y reserva de
valor. La recaudación fiscal baja en términos nominales, y posiblemente en
términos reales. El gobierno tiene dos opciones: o bien monetiza el déficit, lo que
lleva a más presión inflacionaria y por ende a mayor presión sobre el mercado
cambiario, acelerando las devaluaciones crónicas. O intenta colocar deuda a tasas
crecientes, que son aprovechadas por capitales especulativos, de corto plazo.
Para garantizar la entrada de estos capitales el gobierno puede intentar diversos
mecanismos financieros que actúan como seguros de cambio; por ejemplo, el
Banco Central garantiza operaciones swaps para capitales externos de corto
plazo.100 En cualquier caso, la tasa de interés interna debe ser superior a la tasa

99
Esta cuestión es destacada por explicaciones tradicionales del estructuralismo; por ejemplo por Aldo Ferrer
en la década de los setenta. La raíz de la inflación no es, en lo esencial, una cuestión monetaria, como
sostienen los monetaristas; aunque la monetización de los déficits fiscales reactúa sobre la tasa de inflación,
dándole mayor impulso.
100
Una operación swap de entrada de divisas consiste en comprar en el mercado spot la moneda local y al
mismo tiempo comprar futuro de dólar para asegurar la salida en una fecha determinada. De esta manera el
inversor puede evitar el riesgo cambiario por colocar dinero en el mercado local, y asegurarse una alta tasa de
rentabilidad, en términos de dólar. Ya en el año 1975 el Banco Central de Argentina, bajo conducción del
gobierno peronista, aseguraba este mecanismo de swap a fondos especulativos del exterior, con el fin de
obtener divisas en el corto plazo. Lógicamente este tipo de operaciones agrava todavía la situación económica
general.

134
internacional; es la única forma de que Tesorería puede colocar bonos. Esto
refuerza la necesidad de indexar la tasa de interés.
La tasa de interés cada vez más alta profundiza la caída de la inversión y del
consumo. La contracción de la demanda y la recesión afectan al sistema bancario.
Para no dejar caer a los bancos el Banco Central inyecta liquidez e interviene
devolviendo depósitos a los ahorristas cuando los bancos caen en la insolvencia –
no pueden recuperar los créditos debido a la crisis general– y deben ser
liquidados. La base monetaria crece, sin que aumenten los agregados monetarios
(M2 y M3 pueden estancarse o incluso decrecer) ni los créditos; la economía se
desmonetiza porque se recurre al dólar, a la par que se inyectan enormes sumas
de dinero. Llegado un punto, además, la aceleración de la inflación hace que el
tipo de cambio real ya no mejora, a pesar de las devaluaciones nominales de la
moneda.
La liquidación de bancos facilita la concentración en el sector financiero. En una
situación de pérdida constante y creciente del valor de la moneda, la ley del valor
sencillamente no puede funcionar. No hay forma de comparar los tiempos de
trabajo en el mercado. La coyuntura desemboca en la hiperinflación; la economía
prácticamente se detiene. La crisis financiera se generaliza, en tanto la crisis
cambiaria se ha hecho “crónica” porque la moneda se devalúa en forma casi
constante.
Un segundo escenario posible con tipo de cambio competitivo es de contención de
las presiones inflacionarias –puede explicarse por la recesión y alta
desocupación– luego de la devaluación, de manera que se mantiene alta la
rentabilidad de los sectores transables y baja la de sectores no transables. La
competitividad del sector transable es fuerte, pero a mediano plazo tenderá a
deteriorarse en la medida en que no crezca la If. Lo mismo sucederá si E* afecta la
importación de tecnología para el sector A. Vuelve a evidenciarse la importancia
de un desarrollo de las fuerzas productivas para superar las restricciones de
mediano y largo plazo. En la medida en que ese desarrollo no se produzca, la
constricción a mediano plazo para el desarrollo aparece por el lado de . La
inversión en la producción de insumos esenciales se hace más lenta, o cae, y se
generan cuellos de botella que pesan más y más a medida que progresa el ciclo.
Así, un cuello de botella en la producción energética puede adquirir un peso
creciente.
Por otra parte, si la falta de inversiones en sectores productores de bienes
intermedios básicos no transables lleva finalmente al aumento de los precios, se
producirá una mejora de la rentabilidad de estos sectores, a costa de una
apreciación en términos reales de la moneda. El resto de los capitales pueden
responder a esta situación aumentando la precarización del trabajo y los ritmos de
producción, y modernizando parcialmente la tecnología. Las tensiones entre los
sectores del capital por mantener la rentabilidad media intentan resolverse con el
aumento de la tasa de plusvalía. El resultado es la consolidación de una alta tasa
de explotación del trabajo. Es la base para una  alta.

135
Se produce así, de hecho, el “ajuste basado en el crecimiento exportador” al que
se han referido los neoestructuralistas (véase Frenkel y Rozenwurcel, 1989). En lo
esencial se reduce a aumentar la tasa de ahorro interno, a fin de aumentar la
razón exportaciones/ingreso. Lo cual sólo es posible “a través del mecanismo de
ahorro forzoso inducido por una sustancial redistribución regresiva del ingreso”
(Ibíd., p. 20; énfasis añadido). El ahorro aumenta porque aumenta la extracción de
plusvalía; esto exige que los salarios crezcan a un ritmo inferior al de la
productividad.101 El crecimiento se sostiene entonces a costa de un deterioro
permanente de los términos de intercambio y salarios bajos en términos de
moneda internacional. Las inversiones son parciales y el crecimiento sigue
caracterizándose por la falta de integración entre los sectores. Pero el
estrangulamiento se hace sentir a través del creciente retraso tecnológico con
respecto a los niveles internacionales. En un contexto internacional de
competencia por medio del cambio tecnológico, la competitividad sostenida
exclusivamente en tipo de cambio alto encuentra techos insalvables.
Además, en estos períodos de tipo de cambio alto, el sector productor de BT con
competitividad a nivel internacional obtiene altas rentabilidades –aumenta la renta
de la tierra– y genera un flujo de entrada de divisas importante, que obliga al
Banco Central a incrementar sus reservas, en aras de mantener el tipo de cambio
alto. La política monetaria usual es la esterilización de la masa monetaria. Esto es,
el Banco Central interviene en el mercado colocando títulos, con el objetivo de
absorber la liquidez, o parte de ella, que generó su absorción de dólares; éste es
claramente un factor de endeudamiento. Puede verse en esto la incidencia de
factores ideológicos; en este caso, de la teoría monetarista, con su “trilema” y el
modelo Mundell-Fleming.102
En todas las variantes del escenario del tipo de cambio alto se crean las
condiciones para que se pase a una etapa de apreciación de la moneda, aunque
varían los mecanismos, y la velocidad del pasaje. Si el régimen de tipo de cambio
alto desemboca en alta inflación, o aún en hiperinflación, llega el momento en que
el anclaje de la moneda al dólar se convierte en un medio para estabilizar los
precios. Si por el contrario el aumento de la inflación es lento, el tipo de cambio
real alto se erosiona paulatinamente, y se va en los hechos a un régimen de tipo
de cambio bajo. Esto se debe al temor de las autoridades monetarias a que
nuevas devaluaciones produzcan renovados impulsos a la inflación, con el peligro
de caer en alta inflación o incluso en hiperinflación.
b) Tipo de cambio bajo, o cercano a Eppc

101
Frenkel y Rozenwurcel reconocen que si la resistencia salarial impide que actúe el mecanismo de ahorro
forzoso –que está implicado en la devaluación, suba de precios y retraso de los salarios– el aumento del
coeficiente de exportaciones y el correspondiente aumento de la tasa de ahorro interna exigirán la disminución
de la participación de los sectores no asalariados en el ingreso. Pero éste es el sector encargado de invertir y
exportar; por lo tanto una baja de sus beneficios redundaría en una baja de la inversión, lo que atentaría contra
la meta del crecimiento; véase pp. 23-24.
102
Como ya hemos explicado en una nota anterior, según la visión convencional, toda entrada de divisas con
tipo de cambio fijo aumenta la oferta monetaria, que a su vez impulsa el aumento de los precios. El modelo
Mundell-Fleming es la formalización tradicional de esta cuestión en la macroeconomía ortodoxa. Para una
crítica de esta concepción remitimos de nuevo a Lavoie (2000).

136
Supongamos ahora el escenario de tipo de cambio fijo, con el que se busca anclar
la inflación. Baja el tipo de cambio esperado, E(e). eB aumenta y por lo tanto gyB
también sube; lo inverso sucede en el sector de transables donde sólo las
empresas de mayor tecnología y el sector agrario, en nuestro modelo, pueden
sobrevivir. Dada la estabilización, sectores que habían ahorrado en AF* los
vuelcan al mercado interno; crece Cc con lo que se impulsa una fase alcista del
ciclo. Aumenta la construcción residencial y la producción de bienes duraderos. Es
un ciclo impulsado por el consumo, la Ic y la If principalmente en equipos de
amortización a mediano plazo, y muy desigual entre los sectores. Por eso  no se
eleva significativamente.
En la medida en que la fijación de E se realiza luego de un proceso inflacionario,
se produce un aumento inercial de los precios internos que deja el tipo de cambio
real apreciado; el tipo de cambio se ubica a niveles cercanos a Eppc. Esto aumenta
la presión competitiva sobre el sector de bienes transables. Los sectores que
pueden sobrevivir renuevan la tecnología recurriendo principalmente a la
importación, lo que explica que a pesar del crecimiento económico ramas enteras
–por ejemplo productores de equipos y máquinas– trabajen con capacidad ociosa,
o a pérdida y deban cerrar.
La entrada de capitales con destino a los sectores favorecidos por el tipo de
cambio puede reforzar durante todo un período la tendencia a la apreciación de la
moneda. La contrapartida lógica del superávit en la cuenta de capitales es el
creciente déficit en la cuenta corriente. Dada la debilidad de la inversión en los
sectores productores de transables y las distorsiones en el crecimiento, la
inversión en plantas e infraestructura productiva, o en investigación y desarrollo de
largo plazo no es suficiente para cambiar la matriz productiva, ni para generar un
avance cualitativo tecnológico. La productividad crece, pero a costa de crecientes
desequilibrios en el sector externo, que termina actuando como una constricción
fundamental.
El desequilibrio externo se agudiza por el aumento del consumo en bienes
importados, por (11) y (12). Las tasas de interés se mantienen más altas que las
internacionales; es una consecuencia de la inestabilidad histórica del país
subdesarrollado y de las debilidades estructurales de su economía. A igualdad de
rendimientos ningún capital dinerario opta por el país subdesarrollado frente a la
seguridad que brindan los países desarrollados. Dadas las perspectivas de tipo de
cambio estable durante un período previsible, aumentan los flujos de capitales
externos para colocarse a tasas superiores a las internacionales. La inestabilidad
estructural de la economía también induce al sistema bancario a mantener mayor
encaje que en los países adelantados, y a establecer mayores spreads entre las
tasas activas y pasivas, para protegerse frente a posibles descalces. Todo esto
puede ir acompañado de maniobras y colusiones de tipo monopólico de los
diversos sectores, incluido el financiero, para asegurar una rentabilidad alta. Pero
por encima de estas maniobras –que realiza todo capital, sea productivo o
mercantil, cuando tiene oportunidad– lo que prima es una lógica financiera propia
del país subdesarrollado.

137
En cuanto a las empresas grandes, con acceso al crédito internacional, crece la
tentación de endeudarse en dólares si prevén un horizonte de estabilidad
cambiaria a mediano plazo y de mercado interno más o menos cautivo o
protegido. En todo caso, tendrán que endeudarse si quieren renovarse
tecnológicamente. El acceso al crédito internacional les otorga una ventaja con
relación a las empresas más pequeñas.
A medida que continúa el crecimiento con Eppc la balanza de cuenta corriente es
cada vez más deficitaria. Es financiada por la entrada de capitales, sea por
inversión directa –en especial en el período posterior al arranque del ciclo alcista–,
por inversiones de cartera y préstamos bancarios. De todas maneras la debilidad
estructural de la recuperación económica explica que continúe un “goteo” de fuga
de capital nativo. Paulatinamente también cobra importancia la remesa de
utilidades de las empresas que han invertido con vistas a la producción en el
sector no transables. El tipo de cambio permite realizar esa transferencia en
condiciones óptimas, ya que el equivalente valor del espacio nacional está
sobrevaluado con respecto a las condiciones estructurales de la economía.
La revalorización de la moneda implica también que los salarios suban en
términos de la moneda internacional. En estas condiciones la clase dominante
intentará aumentar la tasa de ganancia intensificando los ritmos de producción,
disminuyendo los beneficios sociales, precarizando las condiciones laborales y
bajando el salario. La resultante final de esta política dependerá de la capacidad
de resistencia del movimiento obrero.
Progresivamente aumenta el déficit acumulado de la cuenta corriente y la deuda
externa se hace sentir sobre las cuentas fiscales y la balanza de pagos. El déficit
de la cuenta corriente exige ser corregido; en última instancia es un reflejo de que
la inserción de la economía en el mercado mundial no ha sido exitosa, a pesar de
la renovación parcial de equipos e infraestructura que han posibilitado la mejora de
los términos de intercambio y la entrada de capitales. Un camino para mejorar la
competitividad sin tocar el tipo de cambio nominal es la deflación. Pero la
deflación no sólo es dificultosa por lo que implica con relación a la lucha de
clases,103 sino también porque se corre el riesgo de caer en la espiral
deflacionaria, que lleva a la preferencia por mantenerse líquido; esto es, induce a
postergar las inversiones y el consumo de bienes durables, a la espera que la
caída de precios toque fondo. Además la deflación aumenta el peso de las
deudas.104
En estas condiciones la economía es pasible de sufrir profundamente cualquier
shock externo. Por ejemplo, la suba de las tasas de interés en los países
centrales; o la devaluación de la moneda de un socio comercial importante puede
desatar un terremoto interno. A diferencia de los modelos neoclásicos, este shock
no actúa sobre una economía en estado de “equilibrios múltiples”, sino
profundamente desequilibrada y atravesada por contradicciones sociales. 105

103
La baja en términos nominales de los salarios genera mayores resistencias sindicales que la baja en
términos reales, usualmente operada a través de las devaluaciones y la inflación.
104
Véase el capítulo 19 de Keynes (1986) sobre los efectos de la deflación.

138
En la medida en que la situación externa empeora se incrementa la desconfianza
en la evolución de la economía. Llega un momento en que los inversores –en
especial los managers de carteras– exigen tasas cada vez más altas para
mantener sus colocaciones en activos de empresas locales, o en títulos públicos.
La suba de las tasas se acompaña de la caída de la bolsa de valores. El flujo de
entrada de capitales se detiene primero y se revierte luego. La alta y mediana
burguesía posterga el consumo, lo que repercute negativamente en el ingreso.
Aumenta el ahorro de estos sectores, y se vuelca a AF*. La caída de la demanda
interna afecta al sector productor de BNT; gyB y eB caen, bajando por lo tanto Ic e If
en el sector. Dado que los BNT eran principales impulsores de la fase alcista del
ciclo económico, éste se revierte rápidamente. Los bancos restringen el crédito y
suben las tasas. Ahora las empresas contraen deudas para financiar los stocks de
mercancías sin vender, y lo hacen a tasas más altas. La suba de la tasa de interés
se generaliza; suben los spreads entre tasas activas y pasivas domésticas y los
spreads entre las tasas de referencia internacionales y las que se cobran en el
mercado de dinero y de bonos. Esto agrava el peso de la deuda pública y privada
y potencia la desconfianza.
En la medida en que sube el déficit y aumenta el peso de las deudas se cierra el
acceso al crédito internacional. El mercado accionario se hunde, contribuyendo al
clima de pesimismo general. También los precios inmobiliarios retroceden,
poniendo presión en el sector financiero que empieza a advertir que no recuperará
muchos créditos. Se acelera la salida de capitales, incluyendo el retiro de
depósitos. El gobierno intenta frenar el proceso aumentando la tasa de interés; en
tanto la provisión de liquidez al sistema bancario está limitada por la necesidad de
mantener el tipo de cambio fijo. Pasamos a una situación Ponzi, donde los
deudores toman deuda para pagar intereses. Los balances de los bancos se
deterioran. La producción y el consumo siguen en espiral descendente. El ataque
especulativo contra la moneda puede desatarse antes de que el Banco Central
agote sus reservas. En este punto ocurre en parte la historia de Krugman (1979),
pero no hay previsión perfecta ni mercados eficientes, sino incertidumbre y
comportamientos “en manada” y salida de capitales, incluido el retiro precipitado
de depósitos bancarios.106 La devaluación finalmente se hace inevitable, en medio

105
Así la crisis financiera internacional desatada a partir del default ruso de agosto de 1998 implicó una suba
generalizada de los spreads de las tasas de interés en promedio para los siete países más importantes de
América latina de 450 puntos básicos, previos a la crisis, a 1.600 puntos básicos en agosto de 1998. La
entrada de capitales luego de la crisis se redujo drásticamente. De US$ 100.000 millones en el año que
terminaba en el segundo cuatrimestre de 1998, pasó a US$ 37.000 millones en el siguiente año; en términos
de PNB bajó del 5,5% a 1,9%. La reversión súbita es explicada en lo esencial por la salida de inversiones de
carteras. Luego siguió cayendo, al punto que en el año que terminaba en el cuarto trimestre de 2002 la entrada
de capitales a los siete países más importantes de América latina fue de sólo US$ 10.000 millones; todos los
datos tomados de Calvo y Talvi (2005). Sin embargo es de notar que la salida de capitales no afectó a los
países desarrollados. Tampoco a todos los países atrasados; México estuvo a salvo de los retiros. Con lo cual
se pone en cuestión la explicación de Calvo y Talvi, en el sentido que la crisis se habría debido a una salida
generalizada de los capitales sin atender a “fundamentals” de ningún tipo.
106
Krugman (1979) constituyó la base para los llamados “modelos de primera generación” de explicaciones
ortodoxas de las crisis “sudden stop”, esto es, de súbito freno de la entrada de capitales, y su salida
apresurada. Este primer modelo de Krugman atribuye la crisis al excesivo gasto fiscal, financiado con emisión
monetaria, y tipo de cambio fijo. Ante la previsión de una futura devaluación, y superado un punto crítico de

139
de una profunda y violenta contracción económica y hundimiento financiero. Se
pasa así a un período de tipo de cambio alto.
CONCLUSIÓN
En este capítulo hemos analizado los escenarios de crisis cambiarias, inspirados
en la crisis argentina. Intentamos mostrar que existe una lógica en la alternancia
de tipos de cambio alto y bajo que de Argentina en los últimos años, y vinculamos
esa alternancia con los ciclos de crecimiento extremadamente desigual entre
sectores; y el estallido periódico de crisis cambiarias y financieras. Puede
interpretarse que nuestra historia tiene algunos puntos de contacto con el enfoque
neoestructuralista y el planteo Minsky, pero a diferencia de éstos se ubica en el
cuadro teórico de la ley del valor trabajo, la producción de plusvalía y la
importancia de las variaciones de las tasas de ganancia entre sectores para el
comportamiento del tipo de cambio.
Destacamos que la dinámica repetida de estas crisis potencia el atraso
tecnológico relativo. En primer lugar, porque los cambios bruscos de la
rentabilidad de los sectores debilitan las inversiones a largo plazo, fundamentales
para superar el atraso. Se profundizan los desequilibrios estructurales; los
diferenciales de productividad se acentúan porque ora un sector, ora el otro, sufre
períodos más o menos prolongados de baja rentabilidad y por lo tanto de baja
inversión y renovación tecnológica. En segundo término, porque los cambios en la
situación competitiva de las exportaciones afectan a largo plazo la posibilidad de
inserción en la economía mundial. En tercer lugar, porque las crisis financieras y
bancarias periódicas –y los rescates a que se ve obligado el Estado– imponen
elevados costos en términos del pnb, y elevan el endeudamiento público. Esta
dinámica agudiza el desarrollo desigual que está implicado en la misma dialéctica
de producción del valor en espacios nacionales diferenciados por sus niveles de
productividad. De todas maneras la visión que presentamos aquí se diferencia de
los cuadros linealmente estancacionistas que predominan en los autores de la
dependencia, o sus continuadores. No hay estancamiento crónico, sino desarrollo
desigual y deformado de las fuerzas productivas, con procesos convulsos,
retroalimentación de desequilibrios, reversiones bruscas y agudas contradicciones.
Por otra parte, una conclusión, que atañe al análisis político, es que los cambios
en las tasas de rentabilidad de los sectores no se deben, en principio, a cambios
en lo que comúnmente se conoce como “el bloque de poder dominante”. El tema
es importante porque muchos analistas interpretan ex post los cambios ocurridos
en las tasas de rentabilidad entre los sectores como el resultado de políticas
articuladas ex profeso desde el Estado, con vistas a favorecer a tal o cual fracción
pérdida de reservas por el Banco Central, los inversores desatan el ataque especulativo mucho antes de que las
reservas se agoten, y obligan a la devaluación. Además de atribuir el origen de la crisis a un factor exógeno –
los malos manejos de la política– los supuestos del modelo son extremadamente irrealistas. El país produce un
único bien compuesto comerciable, no existen problemas de productividad ni de transformación de los valores
nacionales en valor internacional; se cumple la paridad de poder de compra; los precios y salarios son
completamente flexibles, el nivel de ingreso está al nivel del pleno empleo y los agentes actúan en un mundo
de expectativas racionales. Además la crisis se explica por la simple agregación de comportamientos “micro”,
de agentes enfrentados a una política incoherente. Estas características del modelo se mantienen en los
modelos de “segunda generación” y los subsiguientes elaborados por la ortodoxia.

140
de la clase dominante. Sin negar la influencia que puedan tener los grupos de
presión en las políticas económicas, nuestra visión es mucho más “objetivista”, en
el sentido que son las crisis las que plantean de hecho cambios en las tasas de
rentabilidad y abren, o cierran, períodos durante los cuales algunas fracciones del
capital pueden prevalecer sobre el resto. Si un determinado sector gozara durante
mucho tiempo de alta rentabilidad, los capitales fluirían masivamente al mismo.
Pero es la misma volatilidad de las tasas de rentabilidad y de la situación general
la que pone obstáculos a este movimiento. Por otra parte los programas
gubernamentales reflejan muchas veces a posteriori los cambios en la situación
económica; aunque a su vez pueden acentuar una línea de desarrollo.

141
TERCERA PARTE
CAPITALISMO AGRARIO EN UN PAÍS SUBDESARROLLADO
Capítulo 12
Renta de la tierra y capital
La teoría de la renta de la tierra es uno de los aspectos menos estudiados de la
teoría de Marx, pero de importancia para analizar la distribución del ingreso entre
las clases sociales y el desarrollo. A raíz del conflicto que se desarrolló a partir de
marzo de 2008 entre el Gobierno argentino y el campo, se evidenció la necesidad
de precisar, entre otras cuestiones, la categoría de renta agraria y su relación con
la ganancia y el interés; el vínculo entre el capital agrario, la propiedad de la tierra
y el capital financiero; y la relación de la acumulación en el agro argentino con el
desarrollo de la globalización del capital. Empezamos abordando la cuestión de la
renta en la teoría de Marx.
GENERALIDADES Y RENTA DIFERENCIAL I
Marx define la renta como todo aquello que paga el arrendatario al terrateniente
como canon por la autorización a explotar la tierra. Básicamente se origina en dos
circunstancias. En primer lugar, en el hecho de que las tierras tienen diferentes
fertilidades, y ubicaciones geográficas, y por lo tanto varían los costos de
producción. En segundo término, en que la tierra es un bien que no puede
reproducirse, y por lo tanto es monopolizable. La manera más sencilla de
introducir su mecanismo de formación es a partir de la renta diferencial I, que es la
renta que se origina por las diferencias de fertilidad natural de los suelos. Lo
hacemos con un ejemplo numérico.
Supongamos que existen tres tipos de tierra cerealeras, A, B y C, de diferentes
niveles de productividad; la A es la de menor productividad, y la C es la de mayor
productividad. La demanda de cereal es tal que se necesita la producción de los
tres tipos de tierra. Supongamos que en las tierras de tipo A por cada $25 de
capital invertido se obtiene un rendimiento de 1 unidad de cereal. Suponemos que
la tasa de ganancia del capital invertido en el agro –igual a la tasa media de
ganancia que prevalece en el resto de la economía– es del 20%; la ganancia cada
$25 de capital invertido es entonces $5. Esto significa que el precio de producción
de 1 unidad de cereal es $30. A su vez en la tierra B se producen, cada $25 de
capital invertido, 2 unidades de cereal; la ganancia es, lógicamente, $5. El “costo
de producción” (entendido aquí como capital invertido más ganancia) de cada
unidad de cereal es $15. Por último, si en la tierra C se producen, cada $25
unidades de capital invertido, 3 unidades de cereal, el “costo de producción” de
cada unidad de cereal es de $10. En principio, si estas diferencias de
productividad ocurrieran en cualquier rama de la economía en la que hubiera libre
competencia, se establecería un precio de producción que, en condiciones de
equilibrio entre la oferta y la demanda, coincidiría con el de las empresas modales.
Sin embargo esto no puede ocurrir en la agricultura, debido a que la tierra no es
un bien que se pueda reproducir a voluntad. Los propietarios de las tierras de
productividad superior, C y B poseen entonces una ventaja que no puede ser
igualada por los propietarios de las tierras A. Esta circunstancia hace que el precio
142
de mercado esté determinado por la peor tierra, en nuestro ejemplo, A. La unidad
de cereal se vende por lo tanto a $30; en las tierras B se obtiene un excedente de
$30, y en las C de $60. Este excedente es la renta que va al terrateniente. Varias
cuestiones son importantes de puntualizar.
En primer lugar, hay que distinguir entre la tasa de ganancia y la renta. Constituye
un error frecuente hablar de la rentabilidad del campo de conjunto, sin distinguir la
renta de la ganancia del capital. La renta corresponde al dueño de la tierra en
tanto es propietario de un bien no reproducible. La ganancia agraria, en cambio,
corresponde al empleo del capital, y se rige por las mismas leyes que gobiernan
las tasas de ganancia de cualquier otro sector de la economía. En particular, está
sometida a la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia que afecta a todas
las ramas del capital. Esto significa que cuando la tasa de ganancia en una rama
se eleva por encima de los niveles medios, aumenta el flujo de capitales hacia esa
rama, llevando la tasa de ganancia de ese sector nuevamente hacia el nivel
medio. En el sistema capitalista permanentemente hay ramas en expansión que
gozan tasas de ganancia más altas que los promedios, y atraen capitales; y ramas
en retroceso en las que sucede lo opuesto. Además, dentro de cada rama hay
empresas con tecnologías o economías de escala superiores a las modales, que
gozan de plusvalías extraordinarias; empresas con escalas y tecnologías modales,
que reciben la tasa media de ganancia; y empresas con escalas y tecnologías
inferiores a las modales, que no alcanzan la tasa media de ganancia. Las
plusvalías extraordinarias de los capitales avanzados tecnológicamente tienden a
desaparecer a medida que los cambios tecnológicos se generalizan en la rama.
La renta, en cambio, constituye una “súper ganancia”, de la que se apropia de
forma permanente el propietario de la tierra. Esta distinción entre ganancia y renta
es clave para comprender la especificidad histórica del modo capitalista de
producción. Como señala Marx, en tanto en las sociedades precapitalistas la renta
es la forma normal que asume el plusproducto –o el plusvalor, si se paga en
dinero–, la renta moderna es el excedente que va al terrateniente, por encima de
la parte del plusvalor que se apropia el capitalista, bajo la forma de ganancia. Lo
cual demanda las condiciones modernas de producción, entre ellas el
establecimiento de una tasa media de ganancia y precios de producción; esto es,
el dominio del capital. Por eso mismo también esta separación entre ganancia y
renta es el supuesto del modo de producción capitalista.
En segundo término, la renta no es el “ingreso que recibe el factor de producción
tierra”, como se la presenta en la literatura burguesa habitual, sino la plusvalía
remanente sobre la ganancia media del capital. La propiedad privada de la tierra
no es su fuente, sino la que permite apropiarse de una parte de la plusvalía bajo la
forma de renta. La mayor fertilidad relativa de las tierras B y C no genera más
valor, sino posibilita que la misma cantidad de trabajo humano se exprese en más
cantidad de valores de uso; y dado que el precio del producto está determinado
por la tierra A, es lógico que surja la renta. Es como si el trabajo aplicado en B y C
fuera trabajo potenciado, generador de más valor que el aplicado en A. El valor es
una categoría social; su magnitud depende del tiempo de trabajo socialmente
necesario, y éste está determinado tanto por la productividad del trabajo que
determina el precio de producción –en nuestro ejemplo, la productividad del

143
trabajo en A–, como por la necesidad social del producto –esto es, el tiempo de
trabajo que se está dispuesto a entregar a cambio–.
En tercer lugar, es claro que si por cualquier causa baja el precio del cereal, salen
de producción las tierras marginales, y las tierras que le siguen en la escala
ascendente de la productividad pasan a ser ahora las reguladoras. Esto es
importante a tener en cuenta cuando se estudia el efecto bajista sobre los precios
que tienen las retenciones a las exportaciones sobre los precios de los granos,
carne y otros productos del agro.
En cuarto lugar, la apropiación de la renta diferencial por parte del Estado no
modifica el precio del grano (si consideramos el precio mundial). Esto porque,
como se ha visto, la renta no contribuye a la formación de los precios. En otras
palabras, el cereal no es caro porque se paga una renta, sino que se paga una
renta porque el cereal es caro. Por lo cual es incorrecto afirmar que si baja la renta
se abaratan los precios de los cereales u oleaginosas. Sí modifica el precio interno
una variación de las retenciones, ya que lo desconecta, parcialmente, del precio
en el mercado mundial. Pero, naturalmente, el precio en el mercado mundial no se
modifica por esto; simplemente se trata de un procedimiento por el cual el Estado
se puede apropiar de una parte de la renta, dada la diferencia entre el precio
interno y el precio mundial. Por supuesto también, si se modifica el tipo de cambio
variará la renta de la que puede apropiarse el terrateniente, ya que se modifica el
precio interno del producto agrícola (véase el Interludio I para una discusión del
tema).
Por último, subrayamos que la renta depende de las productividades relativas.
Esto significa, en primer lugar, que no depende del tamaño de la tierra; una
parcela pequeña puede dar una renta relativamente más grande que una parcela
mayor. Por eso en la zona pampeana extensiones de tierra no muy grandes –
dadas las escalas productivas– pueden sin embargo generar importantes rentas. Y
zonas extensas en tierras peores dan poca renta relativa. En segundo término se
desprende que Ricardo se equivocaba cuando pensaba que la renta siempre
aumentaba con la suba de los precios del grano, y viceversa. De hecho, la
productividad total puede estar aumentando, de manera que bajen los precios de
los granos, en tanto aumenta la renta.

PRECIO DE LA TIERRA Y CAPITAL FICTICIO


Debido a que la tierra no es producto del trabajo, no puede tener valor. Sin
embargo es una mercancía –en la medida en que es apropiable– y por lo tanto
tiene precio. Se plantea entonces la cuestión de cómo se determina el precio de la
tierra. La respuesta de Marx es que se hace por el principio de la capitalización de
la renta con una tasa de interés determinada. 107 Se trata del mismo principio que
se aplica actualmente en la “superficie” de la sociedad capitalista, sólo que en
Marx el “rendimiento” de la tierra se explica a partir de la explotación del trabajo.
Supongamos, por ejemplo, que la tasa de interés de referencia de un país es el
107
“El precio de la tierra no es otra cosa que la renta capitalizada, y por ende anticipada” (Marx, 1999, t. 3 p.
1028).

144
6%; supongamos que una unidad de tierra da $200 de renta anual. Pues bien, se
puede suponer que esa renta corresponde al “rendimiento” de un capital ficticio –
en este caso la tierra– cuyo precio se calcula capitalizando la renta a una tasa de
interés que, por lo general, es más baja que la tasa de referencia. 108 En nuestro
ejemplo esta tasa puede ser del 5%. Por lo tanto el precio de esa unidad de tierra
será $200 ÷ 0,05 = $ 4000. Es claro que a medida que suba la renta, dada una
tasa de interés, el precio de la tierra sube; y a medida que baje la tasa de interés
de referencia, aumenta el precio de la tierra. El precio de la tierra se explica por la
ley del valor trabajo, y está indisolublemente ligado a la relación capitalista.
Entender que el precio de la tierra es renta capitalizada ayuda a resolver
cuestiones que se han discutido acaloradamente durante el conflicto entre el
campo y el Gobierno, y reaparecen comúnmente en los análisis sobre la tierra. Por
ejemplo, es frecuente que al hacer los cálculos de rentabilidad de una explotación
agrícola se considere el precio de la tierra como un componente del capital
invertido –sería “capital constante fijo”, en términos marxianos– por el
terrateniente- capitalista. Es lo que sucede en un cálculo realizado por la
Secretaría de Agricultura de Argentina, para campos propios y arrendados y
precios de fines de 2007, donde se habla de rentabilidades sobre “capital
invertido” que resultan asombrosamente bajas. Al margen de la exactitud de las
cifras sobre costos, impuestos, etcétera, lo que llama la atención es que este
cálculo no discrimina entre lo que es el capital –máquinas, semillas, fertilizantes,
pago de salarios– y lo invertido en la tierra que no constituye capital. Para ver por
qué, pensemos en la explotación capitalista típica, esto es, donde existe un
terrateniente que percibe renta y un arrendatario capitalista que contrata obreros
asalariados. En este caso el capital invertido por el terrateniente en la compra del
suelo “es para él, por cierto, una inversión de capital que devenga interés, pero
que nada tiene que ver en absoluto con el capital invertido en la propia agricultura”
(Marx, 1999, t.3, p. 1028).
Es que la tierra no es capital fijo ni circulante; simplemente es un bien inmueble,
una condición de producción. El título de propiedad que posee su comprador
constituye un título que le da derecho a percibir una parte del plusvalor, bajo la
forma de renta, pero nada tiene que ver con la producción de esa renta. Por eso
es similar al dinero invertido en un título del Estado; el título da derecho a
participar de los ingresos futuros del Estado, pero detrás del mismo no hay capital;
se trata de un capital ficticio. En el caso de la tierra, cuando el comprador abonó el
precio de la tierra, se desprendió de su capital, que ahora pasó a manos del
vendedor. “Por consiguiente, el capital no existe ya como capital del comprador,
pues éste ha dejado de tenerlo; por lo tanto no se cuenta entre el capital que de
alguna manera puede invertir en el propio suelo” (Ibíd.). Por lo tanto esta suma
desembolsada en la compra de la tierra no entra en el valor del producto, como sí
sucede con el valor de la máquina o de la materia prima. De ahí que el comprador
compare la inversión en tierra con la inversión en cualquier otro activo financiero.
Para él es un “capital” que rinde interés, aunque como capital sólo podrá realizarlo
mediante su reventa; en este sentido es que Marx lo considera capital potencial.
108
La razón de que sea más baja es que la tierra se considera una inversión más segura que la inversión
financiera.

145
La lógica que rige esta inversión, como sucede con cualquier otro activo
financiero, es la de ganar tanto con la renta como con la valorización de la tierra.
Esta perspectiva, propia del capital dinerario, se ve reflejada en los balances de
algunos grandes grupos del capitalismo agrario. Por ejemplo Cresud, de
Argentina, vende tierras compradas a precios bajos cuando considera que han
alcanzado una alta valorización.109
La distinción entre inversión en tierra y capital resurge a cada momento en el
cálculo del inversor financiero y del propietario. Este último calcula normalmente
cuánto le rinde la tierra si la arrienda, comparando con el beneficio que obtiene de
cualquier otro activo financiero; y las posibilidades de valorización del suelo. Por
otra parte calcula cuánto capital debe invertir para hacer producir el campo, y qué
ganancia obtiene. En base a esto puede decidir el curso a seguir; un cálculo que
adquiere especial significación en la dinámica del capitalismo agrario pampeano,
como veremos en seguida.
Por último señalamos que considerado desde el punto de vista del desarrollo de
las fuerzas productivas, y debido a que el desembolso de dinero en la compra de
tierras no es inversión de capital agrícola, la propiedad de la tierra constituye un
obstáculo para la agricultura y “de hecho contradice al modo de producción
capitalista” (Marx).
LA CRÍTICA DE LA PROPIEDAD PRIVADA DE LA TIERRA Y LA RENTA
Cuando se discute acerca de los ingresos del campo generalmente se hace
hincapié en la existencia, o no, de “ganancias extraordinarias” por parte de los
propietarios de la tierra. Como hemos visto, estas “ganancias” –que son rentas–
no se distinguen, la mayoría de las veces, de las ganancias del capital, y los
debates se centran en cuál sería su nivel éticamente “justo”. Con lo cual
desaparece cualquier cuestionamiento a la propiedad privada misma de la tierra.
La propiedad privada de la tierra aparece como algo natural. Sin embargo cabe
preguntarse en qué se fundamenta el derecho de propiedad privada de la tierra.
En la respuesta a esta pregunta, como señala Marx, la ideología burguesa fracasa
penosamente, incluso en sus exponentes más lúcidos. Es que la propiedad
privada de la tierra supone que hay personas que han monopolizado porciones del
planeta, “sobre las cuales pueden disponer como esferas exclusivas de su arbitrio
privado, con exclusión de todos los demás” (Marx, 1999, t. 3, p. 793). En
determinados momentos de la historia humana, algunas personas tomaron
posesión de tierras, las declararon de su propiedad, y excluyeron a todos los
demás. Que luego las tierras se comercien como cualquier otra mercancía no
cambia la naturaleza del problema. La renta sigue constituyendo un tributo que el
conjunto de la sociedad paga a quienes han monopolizado porciones del globo
terráqueo. Desde este punto de vista la defensa de la renta agraria, cualquiera sea
la forma que adopte, es una bandera reaccionaria. Éste es un punto del programa
del marxismo que es incompatible con las reivindicaciones de los productores
agrarios pampeanos, y con los partidos defensores del sistema capitalista. Sin

109
En su balance cerrado el 31/03/08 la empresa informaba la venta de 2470 hectáreas en Santa Fe a US$
2549 cada una. Cresud las había comprado en 1997 pagando US$ 309.

146
embargo, el hecho de que se naturalice la propiedad privada del suelo, que se
confunda el precio de la tierra con el capital, y que la renta se conciba, según la
apariencia del fenómeno, como un rendimiento de ese “capital”, constituye la base
material para la defensa del derecho del terrateniente a percibir ese ingreso. El
cuestionamiento a la renta que percibe el propietario de la tierra por parte del
marxismo es radical.
RENTA ABSOLUTA
La renta diferencial I, que se origina en las diferencias de las productividades
naturales del suelo es la que comúnmente se tiene en cuenta cuando se analiza la
cuestión de la tierra en Argentina. Pero Marx también pensaba –a diferencia de
Ricardo, que sólo concebía la renta diferencial– que la tierra de peor calidad
también generaba renta. Esta renta surgía, siempre según Marx, porque la
composición media del capital en la agricultura era más baja que en el promedio
de la economía capitalista. Recordemos que la composición del capital es la
relación entre capital constante y capital variable; esto es, la relación entre trabajo
muerto y trabajo vivo, que es el que genera el valor y la plusvalía. En condiciones
de libre competencia y movilidad de los capitales, las ramas en que existe una
composición del capital menor a la media venden su producción por debajo del
precio que correspondería directamente a sus valores; y en las ramas en las que
la composición del capital es superior a la media sucede lo contrario. Sin embargo,
seguía el razonamiento de Marx, en la agricultura no podía ocurrir esa nivelación,
debido a la propiedad privada de la tierra. Lo cual daba lugar a otra ganancia
“extra”, que constituía la renta absoluta, que recibe el propietario de la tierra de
peor calidad. Esto significa que Marx explica la renta en la peor tierra no a partir de
un precio de monopolio –esto es, por el poder de mercado o el capricho de la
demanda– sino por la ley del valor trabajo. Su supuesto crucial es que en la
agricultura la composición del capital es menor que en el resto de la economía.
Por eso en este respecto no es correcta la afirmación de Gastiazoro (1999)
cuando sostiene que la renta absoluta, en el sentido de Marx, “surge de la
superexplotación de los asalariados rurales por el mayor atraso relativo del
capitalismo en el campo”. En primer lugar porque, siempre según la teoría de
Marx, la renta absoluta es independiente de si existe o no superexplotación; la
existencia de superexplotación puede engrosar la renta, absoluta o diferencial,
pero no es la razón de ser de la renta absoluta. Aún cuando no exista
superexplotación, habrá renta absoluta si la composición orgánica en el campo es
menor que la composición orgánica promedio del resto de la economía capitalista.
Por lo tanto, y en segundo término, tampoco es correcto sostener, como también
afirma Gastiazoro, que la renta absoluta surge porque hay un mayor atraso
relativo del capitalismo en el campo. Lo que importa es la composición orgánica
media del capital, y la composición orgánica promedio en el campo. Puede haber
ramas de la economía con baja composición orgánica, que sin embargo estén a la
vanguardia de los avances tecnológicos. Por ejemplo, sectores en biotecnología o
genética poseen una alta relación de trabajo –que es complejo– sobre capital
constante, y son de avanzada. Esta confusión conceptual acerca de qué es renta
absoluta lleva a una parte de la izquierda –como el Partido Comunista

147
Revolucionario, al que pertenece Gastiazoro– a sostener que en Argentina este
tipo de renta juega un rol central.
Señalemos, por último, que la renta absoluta sí influye en el precio del producto
agrícola; si no existiera la renta absoluta el producto se vendería al precio de
producción que, lógicamente, debe ser más bajo que el precio-valor; siempre bajo
el supuesto de que la composición orgánica del capital en la agricultura es más
baja que en el promedio social.
DESARROLLO CAPITALISTA Y RENTA DIFERENCIAL II
Lo visto hasta aquí ha constituido los pilares teóricos habituales con los que se
explicaron las cuestiones de la tierra en Argentina. Pero también está la renta
diferencial II, que es la renta que surge por las sucesivas mejoras introducidas por
la inversión de capital en la tierra. En la medida en que esas mejoras se
incorporen de manera permanente a la tierra, son pasibles de ser usufructuadas
por el terrateniente en futuros contratos. Para verlo, supongamos que en nuestro
caso anterior un capitalista arrendatario introduce una mejora en el riego de la
tierra C, de manera que aumenta su productividad a 4 unidades de cereal cada
$25 de capital invertido más $7 por inversión extra. En este caso el capitalista
obtendrá un ingreso de $100, de los cuales $60 constituyen la renta, $25 reponen
el capital “normal” invertido, $7 el capital “extra” invertido; $5 constituyen entonces
la ganancia normal, y $3 una ganancia extraordinaria, producto de las mejoras.
Pero cuando la tierra esté disponible para que el terrateniente la alquile
nuevamente, esa mejora es una cualidad de la tierra que procurará la
correspondiente renta. El arrendatario se quedará de nuevo con la ganancia
media. El incremento de la renta deriva así de la inversión de capital, y es la renta
que Marx llama diferencial II. El análisis a partir de aquí se hace entonces más
complejo, porque las rentas diferenciales I y II dan lugar a muchas combinaciones,
según que los rendimientos de las sucesivas inversiones de capital en la tierra
sean crecientes, constantes o decrecientes; y según las inversiones se hagan en
tierras de diferentes fertilidades naturales. De esta forma aparecen muchos casos
en que la renta sube, pero no porque se vaya siempre a tierras peores, o porque
suban los precios de los productos agrícolas, como pensaba Ricardo.
En nuestra opinión esta renta diferencial cobra un significado especial en la
actualidad, ya que depende y es inherente al desarrollo del capitalismo. Expresa la
circunstancia de que el capital al alcanzar determinado nivel se convierte en el
factor decisivo de la agricultura y la fertilidad natural deja de ser el elemento
determinante de la renta. Una cuestión que ya destacaba Marx en Miseria de la
filosofía, cuando afirmaba que la fertilidad no es una cualidad tan natural como
podría pensarse, porque está estrechamente ligada a las relaciones sociales de su
tiempo, y volvía a afirmarla en El Capital:
… las propias leyes naturales del cultivo implican que, llegado a cierto nivel
del cultivo y a su correspondiente agotamiento del suelo, el capital –
considerado aquí, al mismo tiempo, en el sentido de medios de producción
ya producidos– se convierta en el elemento decisivo del cultivo (Marx, 1999,
t. 3, p. 868).

148
La existencia de la renta diferencial II está indicando que la tierra se transforma en
un campo de inversión para los capitales como cualquier otro. En relación a los
países subdesarrollados, la incorporación al análisis de la renta diferencial II es
importante. Ha sido tradicional en la izquierda minusvalorar la renta diferencia II –a
la par que se resaltó históricamente la renta diferencial I y la absoluta– porque se
parte de la premisa de que el desarrollo de las fuerzas productivas en el agro es
extremadamente débil, o despreciable. Pero esto hoy no tiene apoyo en la
realidad, por lo menos para extensas zonas de los países periféricos, como es el
caso de la zona oleaginosa y cerealera de Argentina.
Afirmar que la tierra se transforma en un campo de inversión para los capitales
como cualquier otro implica que a largo plazo debe aumentar la composición
orgánica del capital en la agricultura, y por lo tanto no hay razón para que su nivel
medio deba ser diferente a la de cualquier otra rama de la industria . En
consecuencia desaparece la base para la existencia de la renta absoluta. El propio
Marx admitía que la renta absoluta se basaba en “una diferencia histórica que
puede desaparecer” (Marx, 1975, t. 2, p. 89) y creía que en su época ya no regía
para la industria extractiva. Si la renta absoluta se basaba en el atraso relativo de
la agricultura con relación a la industria, no hay motivo para que permanezca
cuando la producción agrícola pasa a ser dominada por el capital como si fuera
una industria más. El desarrollo capitalista en las últimas décadas parece indicar
que ésta es la situación hoy. Es una realidad que tendencialmente en la
producción de cereales y oleaginosas, productos claves, disminuyó la utilización
de mano de obra, y aumentó la relación capital/trabajo. Por ejemplo, se ha
calculado que en 1830 un granjero de Estados Unidos empleaba entre 200 y 300
horas de trabajo para producir 100 bushels de trigo; en 1890 entre 40 y 50 horas;
en 1975 entre 3 y 4 horas. 110 Y todo indica que desde entonces el tiempo de
trabajo disminuyó. Lo mismo ha sucedido en las producciones de cereales y
oleaginosas en Brasil, Argentina y otros grandes productores.
RENTA EN LAS PEORES TIERRAS
Si no existe renta absoluta, cabe preguntarse entonces si existe renta en las
tierras peores. Para responder a esta pregunta vuelve a cobrar importancia la
renta diferencial II. Expliquemos el tema con cierto detalle, porque nos permitirá
abordar luego algunas de las contradicciones que se están evidenciando en el
agro en Argentina.
La tesis de Marx es que puede surgir renta en la peor tierra a partir de las
inversiones sucesivas de capital, en condiciones especiales que afectan a las
tierras marginales. Para ver cómo puede suceder, supongamos, como antes, que
la tierra peor, A, produce 1 unidad de cereal a un “costo de producción” (incluye la
ganancia) de $30, y que la tierra B produce 3,5 unidades de cereal a un costo de
producción de $60. Dado que el precio de mercado está determinado por la tierra
A, los productores de B venden las 3,5 unidades de cereal a $30 cada una,
obteniendo entonces $105. Descontado el “costo de producción” queda una renta
de $45.

110
Datos que tomamos del Economic Report of the President US, de 2007.

149
Supongamos ahora que la demanda aumenta, y se necesita producir 1 unidad
más de cereal. Se compara entonces cuánto cuesta producir esta unidad adicional
si se invierte más capital en la tierra A, en una tierra aún peor, A -1, o en B.
Supongamos que producir esta unidad adicional cuesta $35 en B, y $38 en A, o en
A -1. Lógicamente, la unidad adicional se produce en B. Entonces tenemos que B
produce ahora 4,5 unidades, de las cuales 3,5 unidades se producen a $60,
mientras que 1 unidad se produce a $35. En total en B las 4,5 unidades de cereal
se producen a $95 (siempre incluyendo la ganancia). Si se calcula el costo medio
de la producción en B, es claro que el mismo será $95 ÷ 4,5 = $21,11. En este
caso el precio regulador seguiría siendo el de A, o sea $30, y no habría renta en la
peor tierra. Sin embargo Marx aquí introduce una hipótesis crucial, ya que sostiene
que el precio regulador bien puede ser el de la unidad adicional producida en B, o
sea, $35. En este caso B vende las 4,5 unidades de cereal a $157,5; descontando
los $95 que corresponden al capital, queda una renta de $62,5. Puede verse que
la renta aumentó, esto es, tenemos renta diferencial II. A su vez en A aparece una
renta de $5. Es evidente que Marx está dando aquí un rol relevante al cálculo
comparativo marginal. Esto sucedería cuando no es posible disponer de nueva
tierra de calidad A que tenga la misma situación favorable que la cultivada
anteriormente, sino hay que recurrir a una segunda inversión de capital en A, que
implica una inversión menos rentable que en B; o, alternativamente, descender a
una tierra A -1, de peor calidad.
Otra situación en que la renta diferencial II puede dar lugar a renta en la tierra de
peor calidad es cuando la inversión adicional de capital permite un fuerte aumento
de la productividad en la tierra peor. Para verlo, partamos del caso que hemos
venido estudiando: en la tierra A una inversión de $25 permite producir 1 unidad
de cereal, con una ganancia de $5. Supongamos ahora que una segunda
inversión de $25 permite producir 2 unidades adicionales de cereal (la ganancia es
de $5, como siempre). De manera que se pueden producir 3 unidades de cereal a
un costo de producción de $60. El costo medio de la unidad de cereal es de $20;
si A sigue sin arrojar renta, el precio regulador pasa entonces a ser $20. En
cambio –y de nuevo esta hipótesis es crucial en el razonamiento de Marx para
explicar la aparición de renta en A– si se sigue considerando como precio
regulador el precio de la unidad de cereal que resulta de la primera inversión de
capital (o sea, $30), la producción total de A que se deriva de la primera y segunda
inversión reportará un ingreso de $90; y se genera una renta de $30. Todo
depende de que la primera inversión se mantenga como la decisiva.
Por supuesto Marx admite que en condiciones normales el precio regulador
debería disminuir, de forma que no habría renta en A. Sin embargo, sigue su
explicación, si la mejora afectara solamente a una parte pequeña de A, esta parte
mejor cultivada arrojará una ganancia excedente que el terrateniente terminará
fijando como renta. A medida que la tierra A fuera incorporando el nuevo método,
se iría formando renta. Marx considera también el caso en que hubiera
productividad decreciente de los capitales adicionales invertidos en A, pero para
nuestro estudio es suficiente con lo que hemos explicado. Lo central aquí es que a
medida que aumenta la inversión de capital, y se desarrolla la producción
capitalista, puede formarse renta incluso en las tierras marginales.

150
Por otra parte se puede ver que la distinción entre las rentas diferenciales I y II es,
hasta cierto punto, relativa. Es que siempre la renta diferencial I supone que haya
inversión de capital, ya que no hay suelo que dé producto sin inversión. Por eso
Marx plantea –no casualmente, cuando trata la renta diferencial II– que incluso
cuando se dice que 1 unidad del suelo peor, A, proporciona determinada cantidad
de productos, siempre se supone “que se emplea un capital determinado,
considerado normal bajo las condiciones de producción dadas” (Marx, 1999, t. 3,
p. 903).
Naturalmente, a la par que se desarrolla el capitalismo se eleva el nivel del capital
medio necesario. Por ejemplo, supongamos que se realizan nuevas inversiones de
capital en algunas tierras de A, y que otras no reciban este capital suplementario.
De esta manera se genera renta en las tierras de A mejor cultivadas, y aumenta la
renta de las tierras B, C, D, que también reciben capitales adicionales. En tanto las
parcelas de A que no recibieron ese capital adicional siguen determinando el
precio de producción. Pero llega un punto en que el nuevo tipo de explotación se
impone y se convierte en el tipo de explotación normal; en ese momento el precio
de producción disminuye, la renta de las mejores tierras vuelve a disminuir y “la
parte del suelo de A que no posea el capital medio de explotación deberá vender
por debajo de su precio de producción individual, es decir, por debajo de la
ganancia media” (Ibíd.). El nivel medio del capital necesario para explotar la tierra
en Argentina se ha venido elevando sistemáticamente en los últimos años;
asimismo la inversión de capital en tierras está poniendo en funcionamiento más y
más tierras marginales. Esto saca de la competencia a los productores más
débiles e impulsa la concentración del capital. Este tipo de inversión la estarían
realizando algunos grandes grupos en tierras marginales de Argentina. Por
ejemplo Cresud invertía, en 2008, en tierras en el sur de Salta, donde estaba
transformando en praderas sembradas unas 62.000 hectáreas de suelos
marginales. Directivos de Cresud también informaban, en 2008, que el grupo
estaba comprando las tierras a US$ 10 la hectárea (esto significa que esa tierra,
de hecho, no genera renta) e invirtiendo aproximadamente US$ 700 por hectárea.
Si el precio de las oleaginosas o cereales es establecido por otras tierras
marginales que no generan renta, y Cresud consigue, a partir de mejoras que
puedan considerarse permanentes, una productividad por hectárea superior a la
productividad de esas tierras marginales que siguen determinando el precio,
entonces las tierras marginales que adquirió darán renta. De esta manera la
inversión de capital “genera” renta agraria. Además, a mediano o largo plazo, los
propietarios-productores que no posean el capital suficiente para generar un nivel
de productividad similar al que consigue el capital más fuerte, terminarán siendo
eliminados. Esto se puede acelerar si baja el precio del grano o de la oleaginosa.
Por otra parte debe tenerse en cuenta que la renta diferencial I siempre es la base
sobre la que se asienta la renta diferencial II. Si hoy en la economía moderna no
hay posibilidad de obtener renta sin realizar fuertes inversiones de capital, debe
existir una base, dada por la fertilidad natural de la tierra, para que pueda formarse
una renta diferencial II. Por caso, la inversión de capital en la Pampa Húmeda hoy
es imprescindible para que exista renta. Pero ese capital a su vez está actuando

151
en un terreno de fertilidad natural superior a otros suelos; por ejemplo, a los suelos
de Tucumán o Salta que se dedican a la producción de trigo o soja.
LA CATEGORÍA DE “CAMPESINO” Y EL PRODUCTOR PAMPEANO
Durante el conflicto agrario las organizaciones de izquierda que se alinearon con
los productores rurales argumentaron que defendían a los pequeños y medianos
campesinos contra el avance de los grandes capitales agrarios y financieros.
Según esta visión, en la zona pampeana y productora de cereales y oleaginosas
existiría una capa de productores que no serían capitalistas, dado que no utilizan
mano de obra asalariada, o lo hacen en muy escaso volumen. Efectivamente, de
acuerdo al censo de 2002, en la zona pampeana casi la mitad de los
establecimientos sólo emplea trabajo familiar. Y de los establecimientos que tienen
asalariados permanentes, el 90% tiene menos de 4 trabajadores (véase Neiman,
2008). Debido a que una relación capitalista se define por la utilización de mano
de obra, y en una proporción tal que el dueño de los medios de producción pueda
vivir sin involucrarse directamente en el trabajo, 111 muchos de los propietarios-
productores de la zona pampeana –típicamente, que poseen establecimientos de
entre 50 y 300 hectáreas–, no serían capitalistas en el sentido estricto del término.
Sin embargo, cuando se analiza la rentabilidad de estos sectores, y sus
posibilidades, y se las compara con la situación típica de los campesinos
parcelarios, la cuestión aparece bajo una luz muy distinta. Para avanzar en este
estudio debemos precisar qué es la economía campesina, tal como históricamente
se la entendió en la literatura marxista y en los estudios sobre las clases sociales
en el campo.
Díaz-Polanco (1988) precisa las características que, según Marx, son distintivas
del régimen de propiedad parcelaria campesina en su forma “clásica”. Es la
formación social en que el campesino es propietario de la tierra que trabaja, de las
condiciones objetivas de producción, pero en la que “una parte preponderante del
producto agrario debe ser consumido, en cuanto medio directo de subsistencia por
los propios campesinos” (Marx, 1999, t. 3 p. 1023), y sólo una parte residual se
comercia. Cuando este tipo de propiedad del suelo está extendido, presupone
“que la población rural posee gran preponderancia numérica sobre la urbana”
(Marx, 1999, t. 3 p. 1023) y que el capitalismo está poco desarrollado en el agro.
Se la considera “clásica” porque sobre esta base se desarrollará el capitalismo:
El sistema capitalista se desarrollará sobre la disolución y la ruina de esta
forma clásica, destruyendo la industria campesina y separando al trabajador
campesino de sus condiciones objetivas de producción, convirtiendo a este
último en obrero asalariado cuya única propiedad es su fuerza de trabajo
(Díaz-Polanco, 1988, p. 78).

111
Véase el capítulo 9 del tomo 1 de El Capital, donde Marx explica que para que una suma de dinero se
convierta en capital es necesario un mínimo determinado. Si el dueño de los medios de producción debe
intervenir directamente en el proceso de producción como un obrero más, no será más que un “pequeño
maestro artesano”, un término medio entre el capitalista y el obrero. Al llegar a un cierto nivel del desarrollo,
la producción capitalista exige que el propietario de los medios de producción invierta todo su tiempo en
actuar como capitalista, esto es, como capital personificado.

152
Establecido este régimen en su forma “clásica”, a medida que se desarrollan las
relaciones mercantiles y el modo capitalista de producción, tenderá a producirse
una diferenciación en su seno. Los campesinos que posean la tierra más fértil, o
alguna otra ventaja, podrán realizar una renta diferencial, y también una ganancia;
en el sistema capitalista desarrollado este campesino adquiere luego la fisonomía
del Granjero (farmer) americano, esto es, de alguien que recibe normalmente
renta, y ganancia. Los campesinos acomodados también pueden evolucionar
hacia capitalistas arrendatarios, a través de formas de transición como la mediería
o aparcería.112 Y la mayoría del campesinado va camino a la ruina, a medida que
el capitalismo se desarrolla.
Debe subrayarse que por lo general los campesinos parcelarios no reciben
ingresos equivalentes a renta o ganancias, y tienden a conformarse con un
ingreso que apenas representa un salario:
Como límite de la explotación para el campesino parcelario no aparece, por
una parte, la ganancia media del capital, en tanto es un pequeño capitalista;
ni tampoco, por la otra, la necesidad de una renta, en tanto es terrateniente.
En su condición de pequeño capitalista no aparece para él, como límite
absoluto, otra cosa que el salario que se abona a sí mismo, previa
deducción de los costos propiamente dichos. Mientras el precio del
producto cubra su salario, cultivará su campo e inclusive y a menudo hasta
llegar a un límite físico del salario (Marx, 1999, t. 3 pp. 1024-1025).
Puede darse entonces una transferencia de excedente, bajo la forma de valor,
desde la pequeña producción campesina al modo de producción capitalista. Como
hemos señalado en el Apéndice al capítulo 7, esta circunstancia debe
diferenciarse, de todas maneras, de los casos en que el campesino sólo alcanza a
generar un valor equivalente al valor de su fuerza de trabajo (o menor aún), debido
a la escasa tecnología y baja productividad de su trabajo.
El debilitamiento de la economía predial también puede obligar a la combinación
del trabajo en la parcela con el trabajo asalariado por fuera de ella. Cuando ocurre
esto estamos en presencia de un campesino en transición al proletario, o sea, es
un “semi-campesino”, “semi-proletario”.
Al no recibir siquiera un equivalente al plustrabajo por encima del trabajo
necesario para reproducir su fuerza de trabajo y su familia, el campesino no
distingue la renta de la tierra como una categoría específica de su ingreso; ni una
ganancia, que correspondería a la inversión de “capital”. Por esta razón en las
economías campesinas no encontramos la racionalidad económica típica del
empresario capitalista, que se guía por el criterio de la rentabilidad. Como
sostienen Mayer y Grave, refiriéndose a campesinos del Perú:
Los campesinos usan el dinero para importar productos que no pueden
producir localmente, tales como gasolina, ropa, licor, comida e insumos
agrícolas. Cuando los términos de intercambio son desfavorables…, en
intentos desesperados por continuar exportando productos, devalúan los
112
El arrendatario adelanta parte del capital, además de su trabajo; y el terrateniente otra parte del capital.
Marx señala que esta forma está en transición hacia el arrendatario capitalista.

153
elementos de la economía que están bajo su control. A fin de continuar
operando, los campesinos deben vender sus productos por debajo del costo
de producción, absorbiendo las pérdidas en casa. A largo plazo esto lleva al
empobrecimiento (Mayer y Grave, 1999, p. 346).
Son esta clase de economías las que históricamente han conformado el contenido
de la llamada “cuestión campesina” en el marxismo. 113 Se habla de una “cuestión
campesina” por los debates acerca de qué programa debían levantar los
socialistas y la clase obrera para ganar al campesinado para la lucha contra el
capital. Dado que en el siglo XIX la mayor parte de la población en Europa
continental era campesina, resolver este problema era de mucha trascendencia
política.114 Marx y Engels pensaban que este campesinado debía ser ganado
como aliado del proletariado, mostrándole que su única salvación frente a la ruina
era adherir a un programa anticapitalista.
Sin embargo, a medida que se desarrolló el capitalismo en Europa, “la cuestión
campesina” tendió a desaparecer. Actualmente en Francia la proporción de
trabajadores empleados en el campo es de apenas el 5% del total de la fuerza
laboral del país; los porcentajes en otros países europeos y en Japón son
similares. En Estados Unidos sólo el 3% de la fuerza laboral está empleada en la
agricultura. Pero además, los granjeros de Francia, Alemania o Estados Unidos de
hoy tienen poca relación con aquellos campesinos en los que Marx y Engels
ponían esperanzas revolucionarias. Se han convertido en parte de la clase
capitalista, y actúan con la racionalidad propia de esta clase. Los granjeros,
rancheros y administradores de establecimientos de Estados Unidos y de otros
países adelantados perciben una renta, se apropian de plusvalía y realizan
inversiones que deciden según criterios de rentabilidad. Este tipo de economía
agraria no está subordinada a ninguna otra forma. Y éste también es el caso de
los productores de cereales y oleaginosas de Argentina. Su situación se parece
más a la de Estados Unidos, que a la del campesino parcelario de China o de
África subsahariana.
El productor de soja propietario de 100 hectáreas en Buenos Aires o Santa Fe no
puede ser incluido en la misma categoría social que el campesino parcelario. Su
fuerza económica y perspectivas son cualitativamente distintas. Produce
enteramente para el mercado; invierte capital calculando una tasa de ganancia;
obtiene normalmente plusvalor; y la renta entra en sus cálculos. Tampoco el
arrendatario pampeano, que realiza inversión de capital, aunque tenga pocos o
ningún trabajador asalariado, puede asimilarse al campesino que arrienda una
parcela de tierra y apenas sobrevive. El arrendatario productor pampeano recibirá

113
La cuestión campesina está vinculada, clásicamente, a la falta de tierra, y por lo tanto a las consignas de
reparto de la tierra y reforma agraria.
114
Por ejemplo en Francia, hacia mediados de siglo XIX, las dos terceras partes de la población vivía en el
campo; la mayoría eran campesinos parcelarios, agobiados por las deudas, y sobrevivían al borde del hambre.
De ahí que Marx y Engels formularan, durante la Revolución de 1848, un programa de regularización de las
hipotecas e indemnizaciones a estos campesinos; aclarando, de todas maneras, que su salvación estaba en un
programa anticapitalista. Para el campesinado alemán el programa incluía la anulación de las cargas semi-
feudales. Hacia fines de siglo XIX el problema campesino volvió a discutirse en la socialdemocracia francesa
y alemana.

154
como ingreso una parte de la plusvalía producida por el capital en general, que le
corresponde en tanto propietario de medios de producción, a igual que sucede en
cualquier rama de la economía en que haya una alta composición orgánica del
capital. Al calcular, por ejemplo, cuánto cobra por cosechar, incluye no sólo la
amortización de la maquinaria empleada, sino también una ganancia –que él
considera “interés”– por el capital invertido. En caso que trabaje él mismo la
maquinaria, su ingreso estará compuesto por un “salario” y una ganancia o
plusvalía, en cuanto propietario de medios de producción. Si contrata a un
asalariado para que maneje la cosechadora, su ingreso será pura ganancia
capitalista. La diferencia cuantitativa en fertilidad del suelo, tamaño del terreno,
inversión de capital, y excedente del que se apropia, da lugar a una diferencia
social, con respecto a la economía parcelaria campesina.
En consecuencia hay que distinguir la ruina de la pequeña unidad campesina
familiar de la “ruina” del propietario pequeño y medio, o del arrendatario de la
Pampa Húmeda, que realizan fuertes inversiones. La ruina de la pequeña unidad
campesina tradicional significa, en el mejor de los casos, terminar como proletario;
y muchas veces en el pauperismo y el hambre. El productor pampeano que no
puede competir con el capital más concentrado, con mucha frecuencia se
convierte en rentista, e incluso en rentista acomodado. En otros casos, podrá
transformarse en un pequeño propietario rentista de ciudad. 115 Su punto de partida
siempre será sustancialmente distinto al del campesino, aún cuando no emplee
mano de obra asalariada. Por este motivo las categorías sociales apropiadas para
el análisis en la zona pampeana y productora de cereales y oleaginosas son las
del propietario de la tierra, arrendatario capitalista y trabajador asalariado; o
alternativamente la de propietario-capitalista, que puede emplear mano de obra
asalariada en escasa proporción, pero tiene abierta la opción de convertirse en
rentista.
Con respecto a la clase trabajadora, debe subrayarse que debido a que el
desarrollo capitalista en la zona pampeana fue fuertemente ahorrador de mano de
obra, no dio lugar a un proletariado numéricamente numeroso. Del total de los
307.572 establecimientos censados en 2002, el 44% empleaba sólo trabajo
familiar; el 18,3% utilizaba trabajo familiar con trabajadores transitorios; el 32,2%
tenía asalariados permanentes, y quedaba un 5,3% sin discriminar. Además, de
los que tenían asalariados permanentes, el 54,7% tenía un asalariado
permanente; el 34,2% empleaba de dos a cuatro trabajadores permanentes; el
7,9% empleaba entre cinco y nueve trabajadores; y sólo el 3,2% empleaba 10 o
más asalariados permanentes (Neiman, 2008). 116
Esto permitiría entender también una característica del conflicto agrario argentino,
que es la ausencia de participación de la clase trabajadora con un programa de
reivindicaciones propias, independientes de las demandas levantadas por la
patronal. El reducido número de asalariados por establecimiento, y el
115
Aunque no poseemos estadísticas, hay mucha evidencia anecdótica –recogida en la prensa– de que parte de
la renta agraria obtenida por pequeños y medianos propietarios de la zona cerealera y oleaginosa argentina se
reinvierte en propiedad inmobiliaria en las ciudades.
116
De todas formas, también hubo un aumento de los trabajadores empleados por capitalistas contratistas. No
hemos encontrado cifras de los trabajadores empleados de esta manera.

155
involucramiento de muchos dueños en las tareas de producción, probablemente
ha dado lugar a una fuerte influencia de la patronal sobre los trabajadores. Esto a
pesar de que existe una alta explotación del trabajo. La Secretaría de Trabajo
calculaba, en 2009, que aproximadamente el 72% de los trabajadores del campo
están en negro. Según datos del INDEC, el salario promedio en el campo era, en
2008, de $ 1100, el 57% del salario promedio que regía en el resto de la
economía.117
Obsérvese que en la medida en que con estos niveles de salarios exista una
ganancia media para el capitalista, habrá un aumento de la renta de la tierra. Esto
es, una parte del salario en este caso está ingresando en la renta agraria (un caso
que contempla Marx; véase 1999, t. 3, p. 808). La primera manera práctica y
sencilla de bajar la renta agraria y comenzar a mejorar la distribución del ingreso
es aumentando los salarios de los trabajadores rurales.
CAPITAL FINANCIERO, POOL DE SIEMBRA Y CAPITAL AGRARIO
Una de las cuestiones que ha estado en el centro de muchos debates es el rol que
juega el capital financiero en la producción agraria. Muchos sostienen, en línea
con las tesis de la financiarización y de la dependencia reformulada, que existe
una contradicción fundamental entre el capital financiero –singularizado en los
pool de siembra– y el capital agrario; y que el avance de los pool de siembra
representa el predominio de la especulación parasitaria sobre la producción. Los
problemas actuales en el agro derivarían entonces de la naturaleza dañina de una
forma particular de dominación, la del capital financiero, y del antagonismo entre
ambas formas de capital.
Nuestra interpretación de la cuestión es opuesta a esta idea. Entre el capital
financiero y el capital productivo agrario no existe contradicción fundamental
alguna. Si bien pueden existir tensiones, ambos son sólo formas de existencia del
capital en general; los dos se nutren de la plusvalía –esto es, de la explotación del
trabajo humano– y están estrechamente relacionados. Constantemente montos de
capital dinero que participan en el ciclo de rotación del capital productivo se
invierten en los circuitos financieros, a la espera de volver a entrar en el circuito
productivo. Inversamente, el capital dinerario no puede valorizarse si no es a
través de su relación con el capital productivo. Existe un trasvase constante de
capitales de una forma a la otra.
Esta relación lleva incluso a la imbricación entre ambos tipos de capital. Un
ejemplo lo constituye el fondo de cobertura Ospraie Management, de Estados
Unidos. En 2008 Ospraie administraba una cartera de US$ 9.000 millones, y se lo
considera el fondo más poderoso de los que actuaban en los mercados financieros
de materias primas. Ese año comenzó a invertir en la cadena de valor de los
alimentos “en un esfuerzo por conseguir una visión de primera mano de lo que
está moviendo el mercado de bienes básicos” (The Wall Street Journal Americas
3/07/08), para lo cual compró por US$ 2.800 millones ConAgra Foods, una
empresa que negocia alimentos. Ospraie se convirtió así en uno de los mayores
operadores estadounidenses de granos. Su negocio es comprar el grano a los
117
En los cultivos industriales –50.000 trabajadores– los salarios eran, a comienzos de 2008, de apenas $868.

156
agricultores y venderlo a la cadena alimenticia, pero también opera barcazas y
planea entrar en ferrocarriles, o sea, en sectores generadores de plusvalor.
Asimismo está invirtiendo en campos; por ejemplo, en Uruguay, donde incrementó
la producción utilizando más fertilizante y mejor tecnología. Otros capitales siguen
el mismo camino:
…los grandes inversionistas están comprando cada vez más activos físicos
–desde granjas a refinerías– a medida que instituciones inyectan capital en
los commodities. Los propietarios tienen una clara ventaja sobre otros
inversionistas porque pueden comprender mejor la cadena alimenticia.
(TWSJA 3/07/08).
Por otro lado, también el capital productivo se reproduce en vinculación con el
capital dinerario. Por ejemplo, Cresud opera campos cerealeros, sojeros,
ganaderos, propios y arrendados; pero también posee una división financiera que
busca realizar ganancias especulando en derivados de los commodities, y otros
activos financieros.
Con la misma perspectiva teórica analizamos los pool de siembra. Éstos
constituyen sociedades de inversores –pueden adoptar la forma de fondos de
inversión o fideicomisos– que tienen como objetivo valorizarse aumentando la
escala productiva. En Argentina había, en 2008, unos 2700, que controlaban entre
el siete y el 10% de la tierra cultivada y contribuían con aproximadamente el 15%
de la financiación total de las inversiones agrarias. Típicamente los pool contratan
ingenieros, veterinarios y otros asesores para el alquiler de campos y su
explotación; toman seguros para cubrirse frente a contingencias climáticas; pagan
los servicios de siembra y cosecha a contratistas; y terminan la operación
comercializando el producto y retornando el capital invertido, más el rendimiento, a
los inversores. Muchos se han formado con capitales en ciudades del interior del
país y manejan entre 5000 y 20.000 hectáreas. Un pool de siembra que trabaja
20.000 hectáreas facturaba, en 2008, unos US$ 15 millones, con un rendimiento
promedio del 10% al 15% anual, en condiciones de cosechas normales. Algunos
operan decenas de miles de hectáreas. El mayor es el grupo Grobo, que operaba
(en 2008) 150.000 hectáreas, de las cuales el 90%, aproximadamente, eran
arrendadas; Grobo financia rutinariamente casi toda su operatoria con
fideicomisos. En este respecto es una empresa capitalista típica, en el sentido de
la división de clases en el campo “a lo Marx”, o sea, donde predomina el capitalista
arrendatario, pero que en este caso se financia con fideicomisos. El dinero que se
invierte en estos fideicomisos constituye una forma particular del capital dinerario
que se valoriza cuando es prestado a un capitalista empresario, y rinde interés. 118
No hay una diferencia conceptual entre esto y lo que sucede con cualquier otro
capital dinerario que se presta a industriales a través de los mercados de capitales
–bonos o acciones–; o que se deposita en una cuenta y se canaliza a la
producción a través de los préstamos bancarios. Por eso cuesta entender con qué
lógica se critica una forma de financiación en un rubro, y se acepta como algo

118
“… cualquier capital prestado, sea cual fuere su forma, y comoquiera que se halle modificado el reintegro
por la naturaleza de su valor de uso, siempre es sólo una forma particular del capital dinerario” (Marx, 1999, t.
3, p. 440).

157
normal en otra rama de la economía. El prestamista cede el dinero para que se lo
emplee como capital agrario. Por lo tanto es acreedor a una porción de la
plusvalía. El empresario recibe su porción en tanto encarna el capital en funciones.
Esta división entre capitalistas dinerarios y capitalistas en funciones genera la
división de la plusvalía en ganancia empresaria e interés. Sin embargo la plusvalía
que recibe el capitalista emprendedor aparece bajo una forma fetichizada, esto es,
no como resultado del trabajo impago, sino como “fruto de su trabajo”; por eso
esta plusvalía es considerada un “salario” de director. 119 Esta circunstancia hace
que los capitalistas en funciones muchas veces se presenten como víctimas
oprimidas –a la par de sus obreros asalariados– por el “capital financiero”. 120 De
ahí la idea –que registra religiosamente el pensamiento vulgar izquierdista– de que
existe un antagonismo fundamental entre el capital productivo y el capital dinero.
Por otra parte, y como sucede con cualquier otro capital de préstamo, la división
de la plusvalía entre la ganancia empresaria y el interés –la renta del fideicomiso–
está gobernada por la competencia. Si la renta financiera del inversor en el pool de
siembra es muy alta, esto atrae capitales, y la ganancia financiera tiende a bajar.
Por ejemplo, los fideicomisos en construcciones inmobiliarias urbanas en 2004 y
2005 en Argentina daban rendimientos de entre el 20% y 30%; a partir de la
entrada de más capitales en el sector, y el endurecimiento de las condiciones en el
mercado de viviendas, los rendimientos disminuyeron.
ESTRUCTURA COMPLEJA DE INGRESOS EN LA CLASE DOMINANTE
A partir de lo explicado hasta aquí puede advertirse que en el agro estamos frente
a una estructura compleja, rica en determinaciones, porque entran en juego todas
las formas en que se reparte el valor entre las clases, y la plusvalía entre las
fracciones del capital y los propietarios de la tierra. A nivel de las clases sociales
fundamentales, encontramos la división entre plusvalía y valor de la fuerza de
trabajo, que determina la tasa de explotación del trabajo asalariado por el capital.
A su vez, dada la masa de plusvalía, se debe analizar la manera en que se divide
entre las fracciones propietarias y la clase capitalista en general. Por un lado
encontramos la divisoria entre ganancia agraria y renta de la tierra; por otro, la
división de la ganancia agraria entre ganancia empresaria e interés. A esto se
agregan las diferenciaciones en la generación de plusvalía, ya que hay capitales
que reciben una tasa media de ganancia, otros capitales obtienen ganancias
extraordinarias y otros ganancias por debajo de la media. Por otra parte, puede
suceder que durante períodos más o menos prolongados, la tasa de ganancia
media de una rama sea más alta que en el promedio de la economía. Ya hemos
visto cómo las variaciones del tipo de cambio pueden incidir en las tasas de
ganancias entre sectores productores de bienes transables y no transables. En
particular, después de la devaluación del peso de 2001, la tasa de ganancia en el
sector agrícola argentino habría aumentado. Esto atrajo capitales, llevando a una

119
“… este propio proceso de explotación aparece como un mero proceso laboral., en el cual el capitalista
actuante sólo efectúa un trabajo diferente al del obrero. De modo que el trabajo de explotar y el trabajo
explotado son idénticos ambos en cuanto trabajo” (Marx, 1999, t. 3 p. 489).
120
“Frente al capitalista financiero, el capitalista industrial es un trabajador, pero un trabajador como
capitalista, es decir, como explotador del trabajo ajeno” (Marx, 1999, t. 3 p. 495).

158
mayor demanda de tierras, y aumento de la renta (véase Interludio I, y capítulo
14).
Por último, tenemos los impuestos, que constituyen otra fracción de la plusvalía, y
afectan de manera muy desigual, y según las técnicas impositivas, a las divisorias
de plusvalor entre las fracciones de la clase dominante. Desde el punto de vista
impositivo, y del reparto de la plusvalía, o el desarrollo del capitalismo, por
supuesto, no es lo mismo gravar la renta que la ganancia. De todas maneras la
imposición sólo afecta el reparto de la plusvalía entre las fracciones burguesas (y
los propietarios de la tierra y el capital); entre éstas y el Estado. No altera la
distribución del ingreso entre el capital y el trabajo.
Destaquemos por último que a medida que se profundizan las relaciones
capitalistas, la ley del valor rige más y más la evolución de la economía agraria. La
existencia de la propiedad privada de la tierra no niega esta ley. La propiedad de
la tierra permite al terrateniente apropiarse de una parte de la plusvalía, pero no
determina el precio del producto. Además, no se puede sostener con algún
fundamento que los precios de los granos y oleaginosas estén determinados por
algún poder monopólico en la producción. La producción en el agro argentino está
incluso menos concentrada que en otras ramas de la economía. Las 65 empresas
agrícolas más grandes del país tenían bajo producción cerealera y sojera, en
2008, unos 2,5 millones de hectáreas, lo que representaba algo menos del 10%
del total de la superficie cultivada.
CONCLUSIÓN
Las categorías marxianas de la renta agraria son plenamente aplicables al estudio
de la producción de cereales y oleaginosas en Argentina. Esto se debe a que
estamos en presencia de relaciones capitalistas desplegadas, donde impera la
lógica del mercado y la valorización de los capitales. Esto se aplica tanto al capital
productivo, como al capital financiero.
La economía de los productores de cereales y oleaginosas de la Pampa húmeda
argentina, por otra parte, debe distinguirse cualitativamente de las economías
campesinas tradicionales. En la zona cerealera y oleaginosa no existe una
cuestión campesina, tal como se ha entendido tradicionalmente en el pensamiento
marxista o de izquierda.

159
INTERLUDIO I:
RENTA AGRARIA, INTERÉS Y TIPO DE CAMBIO, DISCUSIONES TEÓRICAS
Desde hace años circula en círculos de la izquierda y del progresismo argentino,
en particular en la Universidad de Buenos Aires, la tesis de que la renta agraria se
origina por fuera del capital agrario. La renta sería plusvalía generada por el
obrero industrial, y apropiada por el terrateniente. Ya hace muchos años en la
Facultad de Filosofía y Letras se explicaba a los alumnos de la carrera de Historia
que la renta diferencial que recibían los terratenientes argentinos a fines del siglo
XIX y principios del siglo XX, no era creada por el trabajo agrícola, sino constituía
transferencia de plusvalor originado en las industrias de los países centrales.
Vinculada a esta tesis está la concepción de que la renta surge por un precio de
monopolio; y que la magnitud de la renta es independiente de las variaciones del
tipo de cambio.
El profesor Juan Iñigo Carrera, de la Universidad de Buenos Aires, es uno de los
mayores exponentes de la tesis de que la renta no se origina en el trabajo
agrícola, sino en la industria. En un escrito crítico de nuestras posiciones, afirma
que “la fuente de esta plusvalía [la renta] no se encuentra en la producción agraria
misma” (Iñigo Carrera, 2009, p. 3). En el mismo sentido sostiene que la sociedad
paga a los terratenientes con plusvalía generada por el trabajo de los obreros no
agrícolas (ibid, p. 4). Si esto fuera así, habría que concluir que la renta de la tierra
de la que se apropiaban los terratenientes argentinos antes de que el país se
industrializara, provenía del exterior. Y en la actualidad una parte importante de la
renta también debería generarse en el exterior, dado el atraso tecnológico e
industrial relativo de Argentina. En consecuencia estaríamos ante un “intercambio
desigual” a la inversa, ya que habría transferencia de plusvalía desde los países
adelantados a los atrasados. En el fondo de esta conclusión encontramos una
serie de errores teóricos que es necesario examinar. También es necesario
clarificar la teoría de la renta diferencial II que, como vimos antes, está vinculada
al desarrollo del capitalismo agrario. Y volver sobre la diferencia entre interés y
renta, cuestión en la cual también se evidencian confusiones. Como conclusión de
este Interludio ofrecemos una explicación de la relación entre renta y tipo de
cambio.
EL CONCEPTO DE RENTA DIFERENCIAL
El fondo del argumento de Juan Iñigo Carrera es que, según la teoría de Marx,
cuando el trabajo se aplica en una tierra de productividad superior, ese trabajo no
puede generar más valor que el trabajo menos productivo. Por lo tanto sostiene
que si el trabajo aplicado a la tierra de mayor fertilidad no genera más valor que el
trabajo aplicado a la tierra de menor fertilidad, no hay posibilidad de que la renta
sea plusvalía generada por el trabajo agrícola. Por eso también afirma que el
trabajo que en cualquier rama de la industria utiliza una tecnología superior a la
media no genera más valor que el trabajo social medio de esa rama.
Este razonamiento evidencia incomprensión de la teoría de Marx del valor, y
específicamente de la plusvalía extraordinaria. Ya hemos explicado que la
plusvalía extraordinaria surge porque en las empresas con ventajas tecnológicas

160
el trabajo actúa como trabajo potenciado, y genera más valor por unidad de tiempo
que el trabajo promedio de la rama. La renta diferencial de la tierra se explica por
este mecanismo. En varios pasajes de su obra Marx insiste en que no hay
diferencias conceptuales de fondo entre la renta diferencial y la plusvalía
extraordinaria que obtiene una empresa que utiliza mejor tecnología; por caso:
La existencia de diferentes ganancias excedentes o distintas rentas sobre
tierras de fertilidad variable no distingue a la agricultura de la industria. Lo
que la distingue es el hecho de que dichas ganancias excedentes en la
agricultura se conviertan en características permanentes… [en cambio] en
la industria… esas ganancias excedentes sólo aparecen en forma fugaz…
(Marx, 1975, t. 2, pp. 80-81).
Con lo cual está diciendo que se trata de una plusganancia “normal”, o sea, no
generada por “operaciones fortuitas de venta o por fluctuaciones en el precio de
mercado” (ibid.). La renta es una ganancia extraordinaria que se hace permanente
porque la tierra es monopolizable. Pero por eso también es plusganancia
generada en el trabajo agrícola. Es que si la plusganancia del capital industrial se
origina en el trabajo potenciado, y si a renta no se diferencia, en cuanto a su
fuente, de cualquier otra plusganancia, hay que concluir que, en la teoría de Marx,
la renta se origina en el trabajo agrícola. La renta, escribe Marx, es
…un excedente peculiar de esta esfera de la producción –la esfera
agrícola–… un excedente por encima de la parte del plustrabajo que el
capitalista reclama como peteneciéndole de antemano y normalmente
(Marx, 1999, t. 3, p. 1018; énfasis añadido).
En otro pasaje subraya que la renta no surge porque se eleve el precio de la
mercancía por sobre su plusvalía intrínseca (Marx, 1975, t. 2, p. 31). La renta
surge porque el producto agrario
…no tiene que trasladar a los otros la proporción de su plusvalía intrínseca
que sólo rinde la ganancia media, sino que es capaz de realizar una porción
de su propia plusvalía que constituye un excedente por encima de la
ganancia media (Marx, 1975, t. 2, p. 31; énfasis añadido).
Las citas abundan, todas en el mismo sentido. La tesis de Marx es bastante
distinta de lo que presenta Juan Iñigo Carrera. Sin embargo con esto no hemos
demostrado que la tesis de Marx sea correcta. ¿No podría tener la renta otro
origen, distinto de la producción agraria?
El problema es que si la renta no es originada en el sector agrícola, habría que
postular que surge por algún recargo monopólico sobre el precio del costo. Es la
idea –de esencia mercantilista– de que la ganancia (en este caso la renta) se
origina en el mercado. Pero con esta concepción, como señala Marx, salta por lo
aires “toda la base de la economía política” (Marx, 1975, t. 2, p. 208). Es que la
idea de la formación del precio del producto agrícola por “poder de mercado”, o
“monopolio”, con la que se busca explicar la renta, no tiene sustento teórico, y por
lo tanto no puede explicar un fenómeno que es sistemático. En ese marco no hay
posibilidad de entender científicamente la renta, ni en general la plusvalía; ambas
pasan a estar indeterminadas.
161
En todo esto subyace, además, una idea fundamental, que ya había enunciado
Ricardo, y Marx rescata: el producto agrícola no se encarece porque hay que
pagar renta, sino debe pagarse renta porque el producto agrícola es caro (véase
Ricardo, 1985, p. 56). Por eso en Ricardo y Marx la renta no es producto del
monopolio, sino es el monopolio de la tierra el que permite la apropiación de la
renta.
RENTA DIFERENCIAL II
Juan Iñigo Carrera sostiene también que en la agricultura no es necesario un
mínimo de capital, y explica que la renta diferencial II surge de la aplicación de
porciones adicionales de capital cada vez menos productivo. A consecuencia de la
introducción de la porción de capital que pone en movimiento trabajo menos
productivo, el precio de producción se ubica ahora por encima del correspondiente
a la aplicación intensiva del capital que anteriormente determinaba el precio, de
manera que:
Toda la producción se vende al mismo precio comercial, determinado por el
mayor precio de producción correspondiente a la porción de productividad
más baja, con independencia de la productividad correspondiente al trabajo
que produjo cada porción (Iñigo Carrera, 2009, p. 5).
Por lo tanto, siempre según Juan Iñigo Carrera, el precio de venta es establecido
por la última porción aplicada de capital que siempre es de menor productividad
que las anteriores. Afirma luego que “se trata de una renta proveniente del
monopolio sobre las condiciones naturales diferenciales” (ibid, p. 5; énfasis
agregado). Y sostiene que la renta diferencial II no es renta, sino el interés sobre
el capital equivalente por el período de vida útil normal del mismo (ibid, p. 8).
Pues bien, por empezar, no es cierto que en la agricultura no haga falta un mínimo
de capital. La renta diferencial II es posible porque hay inversiones de capital por
encima de los mínimos montos de capital necesarios para que, incluso en el caso
de la renta diferencial I, haya renta. Esto es, en la agricultura
… [e]xactamente de la misma manera que en la industria se requiere
determinado mínimo de capital para cada ramo de la actividad, a fin de
poder elaborar las mercancías a su precio de producción (Marx, 1999, t. 3,
p. 903).
Es que no estamos hablando de la unidad campesina familiar, sino de empresas
capitalistas que deben rendir una cierta tasa de ganancia, y por lo tanto deben
poner en producción determinadas cantidades de tierra, que exigen mínimos de
capital. Ya en El Capital Marx señalaba que después de 1846 se exigía a los
arrendatarios, por contrato, que desembolsasen 12 libras anuales por acre en
inversiones. Esto es, había un mínimo de inversión necesaria. Hoy permanece la
necesidad de este piso. Si bien pueden variar las calidades y cantidades de
insumos (calidad de semilla, cantidad y calidad de fertilizantes, etc.), no es posible
bajar de ciertos mínimos de inversión por hectárea. Tampoco, por supuesto, se
puede dejar de cumplir con las fases principales de la producción. Si se siembra y
luego no hay capital para levantar la cosecha, se está en un problema. Los que
creen que la soja, por ejemplo, es un “yuyo” y que su producción admite cualquier
162
monto de capital, en el fondo piensan que hoy la agricultura la lleva adelante una
“oligarquía parasitaria”, que no invierte y no opera según la racionalidad
capitalista. Por supuesto, el planteo de Marx se corresponde con su comprensión
profunda del desarrollo capitalista de las fuerzas productivas en el agro.
Vayamos ahora a la segunda cuestión. Hemos visto que según Juan Iñigo
Carrera, la renta diferencial se genera por sucesivas inversiones de capital, de
productividad decreciente, que hacen que el producto agrícola se venda al precio
comercial determinado por el precio de producción correspondiente a la última
porción de capital, de productividad más baja.
¿Es ésta la explicación de Marx? Categóricamente no. En la teoría de Marx la
renta diferencial II surge por las mejoras en la tierra que introduce el capitalista en
procura de elevar sus ganancias. Si tiene éxito, en tanto dure el contrato de
arrendamiento, el capitalista se embolsará esas plusganancias. Cuando venza el
contrato, si las inversiones de capital mejoraron de manera duradera la fertilidad
del suelo, el terrateniente estará en condiciones de apropiarse esa plusganancia
bajo la forma de renta. Ésta es la renta diferencial II. El precio de venta es
determinado por la peor tierra (no por la última inversión de capital, como dice
Juan Iñigo Carrera). La plusganancia que constituye la renta sigue determinada
por la diferencia entre el precio de producción “individual” del producto de la tierra
mejor (que ahora tiene fertilidad adquirida, además de la natural) y el precio de
producción del producto de la peor tierra. Todo esto está explicado por Marx en El
Capital, en los capítulos dedicados a la renta diferencial II. Primero, la renta surge
porque los capitalistas arrendatarios buscan plusganancias:
…la renta se fija al arrendar los terrenos, por lo cual las plusganancias que
surgen de la inversión sucesiva de capital fluyen hacia los bolsillos del
arrendatario mientras dure el contrato de arrendamiento (Marx, 1999, t. 3, p.
866).
Pero una vez terminado el contrato de arrendamiento esa fertilidad elevada por las
inversiones del capitalista coincide con la fertilidad natural, y da lugar a que la
plusganancia pase a manos del terrateniente:
En el caso de mejoras permanentes del suelo, al expirar el contrato de
arrendamiento la fertilidad diferencial artificialmente elevada del suelo
coincide con la fertilidad diferencial natural y por ello coincide la tasación de
la renta con la fertilidad diferente entre tipos de suelo, en general. (Marx,
1999, t. 3, p. 867; énfasis agregado).
Además, en la teoría de Marx la inversión adicional de capital no da como
resultado necesario la suba del precio agrícola.
Marx analiza los casos en que el precio del mercado es constante, creciente o
decreciente; y también en los que la productividad de la segunda inversión de
capital es constante, creciente o decreciente. Al “cruzar” estas posibilidades Marx
obtiene nueve casos básicos (no uno, como sucede en Juan Iñigo Carrera). Y,

163
como vimos, en Marx las inversiones de productividad decreciente sólo provocan
aumento del precio de mercado cuando se hacen en peor tierra.121
Preguntémonos ahora, ¿cuál de las teorías de la renta diferencial II es correcta, la
de Juan Iñigo Carrera o la de Marx?
Nuestra respuesta: la de Marx es correcta, no sólo porque es teóricamente
coherente, sino también porque explica lo que sucede en la realidad del
capitalismo agrario. Es que no es cierto que las inversiones sucesivas de capital
sean siempre de productividad decreciente. No hay nada que diga que esto es así.
Los rendimientos muchas veces son constantes o crecientes. Las revoluciones
científicas y técnicas en el agro lo atestiguan. Éste fue un punto importante
destacado por Marx, que se ha verificado.
Pero además, la idea de que el precio del producto agrícola no está determinado
por la peor tierra, sino por la última porción de capital, es lógicamente incoherente.
Para entender por qué, recordemos que Marx sostiene que la renta diferencial I y
la renta diferencial II se imbrican de manera compleja, y en la práctica son
indistinguibles (aunque analíticamente es importante diferenciarlas). Pero si esto
es así, no hay forma de sostener que la renta I está determinada por el cereal
producido con el capital aplicado a la tierra menos productiva, y la renta II por el
cereal producido con la porción de capital menos productiva. Más aún, si
seguimos la teoría del profesor Juan Iñigo Carrera deberíamos concluir que hay
dos precios del mismo producto agrícola, uno determinado por la última porción de
capital invertido, y el otro determinado por la peor tierra. Es un absurdo.
Por otra parte vimos que, según Juan Iñigo Carrera, una vez incorporada la renta
diferencial II, la renta proviene “del monopolio sobre las condiciones naturales
diferenciales” (Iñigo Carrera, 2009, p. 5; énfasis añadido). Marx, en cambio,
sostiene que la renta, una vez incorporada la renta diferencial II, proviene de la
fertilidad diferencial, coincidiendo en esa fertilidad diferencial la natural y la artificial
(esto es, la que se origina en las inversiones adicionales de capital). ¿Quién tiene
razón, Juan Iñigo Carrera o Marx? De nuevo tenemos que decir que, en nuestra
opinión, Marx está en lo correcto. Es que al considerar Juan Iñigo Carrera que la
renta proviene del monopolio sobre “condiciones naturales diferenciales”, termina
por no distinguir la renta diferencial II de la I, ya que la renta diferencial II no es un
producto de diferencias naturales del suelo, aunque tenga por base la renta
diferencial I. La renta diferencial II es el resultado de las mejoras que introduce el
capital en el suelo, que termina usufructuando el terrateniente. En palabras de
Marx:
Las así denominadas mejoras permanentes –que modifican las propiedades
físicas, y en parte las propiedades químicas del suelo, en virtud de
operaciones que cuestan un desembolso de capital y que pueden
121
Juan Iñigo Carrera dejó de lado la parte profunda de la teoría de la renta de Ricardo, a saber, que la renta es
valor generado en la producción agrícola. Sin embargo parece haber adoptado su parte más floja, ya que
Ricardo explicaba la renta diferencial por “un descenso absoluto de la productividad en la agricultura”, que
sería una especie de ley histórica del desarrollo (Marx, 1975, t. 2, p. 209). Aunque Juan Iñigo Carrera lo
aplica sólo a la renta diferencial II, a través del equivocado supuesto de que las porciones sucesivas de capital
ponen en movimiento trabajo de menor productividad.

164
considerarse como una incorporación del capital al suelo– desembocan casi
todas en conferir al suelo de un lugar determinado y restringido,
características que otros suelos… poseen por naturaleza (Marx, 1999, t. 3,
p. 948).
Por este motivo, cuando se refiere a la renta diferencial II Marx habla de las
diferentes fertilidades de la tierra, no de las diferentes fertilidades naturales.
RENTA Y TASA DE INTERÉS
Juan Iñigo Carrera también atribuye a Marx la idea de que la renta diferencial II es
en realidad interés.
Para sostener esta interpretación alude a pasajes en los que Marx parece asimilar
todo ingreso generado por las inversiones de capital en la tierra, al interés. Por
ejemplo, Marx dice que las mejoras incorporadas al suelo “caen en manos del
terrateniente en cuanto accidentes inseparables de la sustancia, del suelo”, y que
al momento de celebrar el nuevo contrato de arrendamiento “el terrateniente
añade a la renta propiamente dicha de la tierra el interés por el capital incorporado
a la tierra” (Marx, 1999, t. 3, p. 798). También afirma que “el interés de las
edificaciones, así como el del capital incorporado al suelo por el arrendamiento en
la agricultura”, que va al capitalista industrial, al especulador inmobiliario o al
arrendatario durante la vigencia del contrato, termina a la postre en manos del
terrateniente y engrosa su renta (ibid. p. 800). Estos pasajes (que son previos al
tratamiento específico de la renta diferencial II), parecen entonces apoyar la idea
de Juan Iñigo Carrera de que la renta diferencial II es interés, y constituye una
categoría distinta de la renta diferencial I.
Sin embargo cuando Marx trata la renta diferencial II, sostiene que es renta en el
mismo sentido que la renta diferencial I: “…la renta diferencial II sólo es una
expresión diferente de la renta diferencial I, pero que intrínsecamente coincide con
ella” (ibid. p. 870; énfasis añadido). Y precisa:
El que esa desigualdad se produzca para capitales diferentes,
sucesivamente invertidos en la misma porción de terreno, o en el caso de
capitales empleados para varias porciones de diferentes tipos de suelo, no
puede crear distingos en cuanto a la diferencia de fertilidad o de su
producto, y por ende en cuanto a la formación de la renta diferencial para
las partes del capital más productivamente invertidas. Sigue siendo el suelo
el que, con igual inversión de capital, presenta una fertilidad diferente, sólo
que en este caso [el de la renta diferencial II] el mismo suelo cumple, para
un capital sucesivamente invertido en diferentes porciones, la misma tarea
que desempeñan en I diferentes tipos de suelo para diferentes partes del
capital social, de igual magnitud, invertidas en ellos (Marx, 1999, t. 3, p.
870; énfasis añadido).
Si Marx hubiera considerado que la renta diferencial II es en realidad interés, lo
hubiera planteado en estos capítulos que tratan de la renta diferencial II, y de los
que extraemos estos pasajes. En ese caso hubiera tenido que explicar de qué
manera se combinan la renta diferencial I y ese “interés” en un único monto que en
realidad sería –según la interpretación Juan Iñigo Carrera– la unión de dos
165
categorías distintas. Pero en lugar de hacer esa distinción, Marx remarca que la
renta II es sólo una expresión diferente de la renta I, y que intrínsecamente
coincide con ella. Más aún, se burla de quienes pretenden hablar de renta cuando
estamos ante diferencias de fertilidad natural, y de interés cuando se trata de
diferencias de fertilidad producidas por las inversiones de capital:
Resulta entonces una teoría verdaderamente regocijante la que sostiene
que aquí, en el caso del suelo cuyas ventajas comparativas han sido
adquiridas, la renta es interés, mientras que en el otro, que posee dichas
ventajas por naturaleza, no lo es (Marx, 1999, t. 3, p. 948).
También en Teorías… advierte contra el error que comete Juan Iñigo Carrera.
Refiriéndose a quienes piensan que la parte de la renta de la tierra no es más que
interés sobre el capital fijo que se invirtió en la tierra, Marx dice “este
razonamiento es erróneo”, y recuerda que, como lo había observado Ricardo, “la
fertilidad así creada se fusionó en parte con la calidad natural del suelo”, por lo
que pasa a integrar la renta, sin más (véase Marx, 1975, t. 2, p. 118). Cuando
estudia el interés, en la sección V del tomo 3, Marx tampoco cree necesario
aclarar que en realidad la renta diferencial II es interés. Y en Teorías… advierte
que no hay que confundir la renta con el interés, ya que para el comprador de
tierra
…la renta del suelo aparece así, nada más que como interés de su capital
usado para comprarla; y de esta manera la renta de la tierra se ha vuelto
desde todo punto de vista irreconocible y aparece como un interés sobre el
capital (Marx, 1975, t. 1, p. 300).
¿Cómo se interpretan todos esos pasajes en los que Marx insiste en que la renta
diferencial II es renta y no interés? ¿Y cómo se explica que Marx diga en otras
partes de su texto que las inversiones incorporadas a la tierra generan interés?
Nuestra respuesta es que para comprender estas diferencias hay que poner a los
textos en sus contextos. Es que Marx está tratando dos tipos diferentes de
inversiones. Por un lado, las inversiones de capital fijo que se concretan en
edificios, canales, solares, instalaciones varias, y en las mejoras del suelo
relacionadas con este tipo de construcciones. Por otra parte las inversiones que
mejoran la fertilidad del suelo, y desde ese punto de vista generan una fertilidad
artificial que confluye a conformar, con la fertilidad natural, una única fertilidad.
El primer tipo de inversión no ha sido tratado sistemáticamente por Marx. Hasta
donde alcanza nuestro conocimiento, sólo existen anotaciones y referencias, en el
capítulo 37 del tomo 3 de El Capital, que sirve de introducción al análisis de la
renta de la tierra, y todavía más superficialmente en algunos pasajes del tomo 2,
cuando se refiere a construcción de las condiciones generales del trabajo. Marx
explica que cuando existen construcciones, por ejemplo viviendas edificadas por
arrendatarios que las alquilan, las mismas rinden un interés que en principio va a
los constructores, y luego se lo quedan los terratenientes (en Inglaterra había
contratos de alquiler de tierras por 99 años). Lo mismo sucede con inversiones en
la agricultura como solares, edificaciones varias, etc., y con las mejoras del suelo
que las acompañan:

166
El interés de las edificaciones, así como el del capital incorporado al suelo
por el arrendatario en la agricultura, recae en el capitalista industrial, el
especulador en construcciones o el arrendatario durante la vigencia del
contrato de alquiler, y en sí nada tiene que ver con la renta de la tierra, que
debe abonarse anualmente en fechas determinadas, por la utilización del
suelo (Marx, 1999, t. 3, p. 800).
El interés devengado por lo invertido en capital fijo que no modifica la
productividad agrícola del suelo, engrosa la renta del terrateniente cuando vence
el contrato de arrendamiento. Aquí sí estamos ante dos categorías, el interés y la
renta. Anotemos sin embargo que el rendimiento de este tipo de inversiones, y el
precio de estas construcciones, hubiera exigido un tratamiento más específico por
parte de Marx. Por ejemplo, el precio de viejas construcciones que se alquilan
puede no estar determinado por su costo de construcción más una ganancia
media, sino por la capitalización, a la tasa de interés, de su rendimiento. En varios
pasajes Marx parece insinuar que esto es lo que sucede a menudo.
En cualquier caso, la clasificación de Marx es coherente con su teoría del interés y
la renta. El interés es la parte de la plusvalía que le corresponde a todo capitalista
en tanto encarna la propiedad privada del capital, no de la tierra. Cuando hay
construcciones se trata de capital fijo que, como todo capital, da a su poseedor un
interés. La renta, por el contrario, es la parte de la plusvalía que va al terrateniente
en tanto éste es dueño de la tierra (que no es capital). 122 En la medida en que las
inversiones de capital mejoran la fertilidad del suelo (y una vez incorporadas esas
inversiones la fertilidad adquirida no se distingue de la natural), puede haber más
renta para el terrateniente. Por eso Marx se refiere, cuando habla de renta
diferencial II, a las mejoras de la fertilidad del suelo, no a los edificios u otro tipo
de construcciones que pudiera hacer el arrendatario. Por supuesto, puede haber
casos ambiguos y mixtos, pero ambas categorías básicas deben distinguirse. Por
este motivo Marx jamás dice, cuando trata la renta diferencial II, que ésta sea
interés; por el contrario, insiste en que debe considerarse renta.
Expliquemos todavía esto con un ejemplo. Supongamos que un arrendatario
agricultor construye una casa para vivir, y al expirar su contrato la casa queda
para el terrateniente, quien a su vez la alquila. Supongamos también que el
arrendatario agricultor mejoró la fertilidad del suelo. Pues bien, aquí se producen
para el terrateniente dos tipos distintos de ingresos: por el alquiler de la casa
recibe interés (más la amortización por la casa); por la fertilidad diferencial del
suelo recibe renta, en la cual coinciden la renta diferencial I y II. Por este motivo
122
Por supuesto, el dinero invertido por el terrateniente en la compra del terreno es para él un capital que
devenga interés, “pero no tiene que ver en absoluto con el capital invertido en la propia agricultura” (Marx,
1999, t. 3, p. 1028). Por este motivo la suma desembolsada en la compra de la tierra no entra en el valor del
producto, como sí sucede con el valor de la máquina o de la materia prima. El título de propiedad que posee el
terrateniente le da derecho a percibir una parte de la plusvalía bajo la forma de renta, pero no tiene nada que
ver con la producción de esa renta. Por eso es similar al dinero invertido en un título del Estado, que da
derecho a percibir los ingresos futuros del Estado, aunque detrás de ese título no haya capital. Desde el punto
de vista teórico más general, si el capital es valor que se valoriza, debe concluirse también que la tierra no
puede ser capital, desde el momento en que no tiene valor (aunque sí tiene precio).

167
Marx distingue el interés y la amortización del capital invertido en el edificio, de la
“renta del mero suelo”.
APLICACIÓN DE LAS CATEGORÍAS DISCUTIDAS Y TIPO DE CAMBIO
Si se comprende que la renta agraria se origina en el trabajo agrícola, y además si
se comprende que existe renta porque el precio del bien agrícola es alto (y no al
revés), se comprenderá también la incidencia del tipo de cambio sobre las
variaciones de la renta. Según la tesis de Juan Iñigo Carrera, cuando la moneda
está sobrevaluada el capital agrario se queda con una parte de la renta. 123 Pero
siguiendo la teoría de la renta de Marx, según la cual la renta existe porque el
precio del bien agrícola es alto (y no al revés), no hay manera de que exista algo
similar a lo que postula Juan Iñigo Carrera.
Para verlo, supongamos que la tierra peor A, en el país A, es la que fija el precio
del bien agrícola T. El país A tiene el dólar como moneda (este supuesto puede
quitarse con toda facilidad). En la tierra de A se obtiene una unidad de T con un
capital invertido de US$25. La ganancia del capital agrario es del 20%, de manera
que la ganancia es US$5. El precio de la unidad de T en el mercado mundial es
US$30. En A no hay renta diferencial.
Suponemos ahora el país B con tierras fértiles B; la moneda es $. La tierra B
produce en promedio 2 unidades de T por cada $25 de capital invertido. La tasa
de rentabilidad es también del 20%, la ganancia es $5. Suponemos en principio
que el tipo de cambio, E, es $1/US$. De manera que el capital de B vende en el
mercado mundial 2 unidades de T, por las que recibe US$60 (= $60). La renta es
lógicamente $30. Analizamos casos posibles.
Caso 1
Se produce una devaluación en B y los salarios y el costo general del capital
suben en la misma proporción. La devaluación es del 20%, de manera que E =
$1,2/US$. Ahora el capital invertido es $30; la ganancia es $6. El ingreso recibido
por la venta de 2 unidades de T sigue siendo de US$60, que se traducen en $72.
La renta ha subido a $36.
Conclusión, no ha habido alteración de la tasa de ganancia del capital; éste no ha
transferido valor a nadie; la renta en términos nominales aumenta con la
devaluación, a igual que los salarios y la ganancia; aunque en términos de la
moneda mundial la renta, como el resto de las variables, sigue igual que antes.
Caso 2.
Se produce una devaluación del 20% en B, pero lo salarios no suben. De manera
que aumentan los costos del capital, pero en menor medida que la devaluación;
suponemos que aumentan un 10%. Como en el caso 1, la competencia mundial
de los capitales lleva a la igualación de la tasa de ganancia. Ahora el capital
invertido es $27,5. La ganancia es $5,5. La renta en consecuencia es $39 (=
US$32,5).

123
Véase, por ejemplo, Iñigo Carrera (2008).

168
Conclusión: ahora sí la renta ha subido en términos reales, pero no porque haya
habido transferencia de plusvalía desde el capital al propietario de la tierra, sino
porque aumentó la tasa de explotación de los obrero, aumentando la plusvalía.
Caso 3
La moneda se revalúa un 20%, esto es, el tipo de cambio E = $0,8/US$.
Supongamos que los salarios no bajan, y que el capital invertido se mantiene
igual. Las 2 unidades de T vendidas en el mercado mundial a US$60 se traducen
ahora en $48. Dado que la inversión del capital es $25, y la ganancia sigue siendo
del 20%, la renta ha bajado a $18. ¿Qué sucedería si la moneda se sigue
revaluando y hay capitales que no dan la tasa de ganancia media? Pues
sencillamente en ese caso los capitales se retiran, y las tierras menos fértiles
salen de producción hasta que aumente el promedio del rendimiento en la tierra
del país B.
Conclusión: si se revaluó la moneda bajó la renta, dado que suponemos que los
salarios y el costo del capital constante suben en términos de dólares. El capital
invertido obtiene la misma ganancia porque tiene una productividad media que le
permite mantenerse competitivo.
A partir de estos casos pueden estudiarse otros. Por ejemplo, puede analizarse la
siguiente situación.124 Supongamos que el capital constante es $20 y el variable
$5, y que el tipo de cambio es E $1/1US$. Se produce una devaluación del 20%
en B, pero los salarios no suben y los costos del capital constante aumentan solo
el 5%. Relajamos el supuesto de la igualación de la tasa de ganancia a nivel
mundial. Durante todo un período este capital goza una tasa de ganancia superior
al promedio. El precio del producto es $36, y la ganancia del capital $10; aumentó
de US$ 5 a US$ 8,33. La renta es $36 (US$ 30). La suba de la ganancia del
capital proviene exclusivamente del aumento de la explotación. Es la situación
descrita en los capítulos 10 y 11. Los capitales vinculados a los bienes transables
aumentaron sus ganancias; los capitales vinculados a bienes no transables
disminuyeron sus ganancias (lo que se evidencia en la suba de sólo el 5% del
costo del capital constante).
Ahora entran capitales al agro, atraídos por la mayor ganancia, y aumenta la
presión por las tierras. Se produce aquí un fenómeno similar al que analiza Marx
cuando trata las plusvalías extraordinarias. Los capitales que reciben estas
plusvalías tienen un margen como para ceder una parte de esa plusvalía al
propietario de la tierra. Es lo que sucedió en Argentina en el período 2002-2008
(véase cap. 14). Los capitales agrarios pujan por la tierra y elevan las rentas –los
capitales más concentrados desplazan a los capitales medianos o pequeños–,
cediendo de esta forma una parte (que puede ser importante) de la plusvalía
extraordinaria que posibilitó la devaluación del peso.
Así queda aún más claro que en los tres casos analizados antes que no hubo
transferencia de plusvalía desde el capitalista agrario al propietario rural, ya que
ambos se benefician con la devaluación. La apropiación de un nivel de pluvalía
adicional encuentra como fuente última la explotación de los trabajadores. La
124
A partir de un caso elaborado por Carlos Bianco, quien me lo transmitió en una comunicación personal.

169
situación puede mantenerse en tanto se contengan los factores que llevan a la
suba del tipo de cambio real, discutidos en los capítulos 10 y 11.

170
Capítulo 13
Globalización y desarrollo capitalista en el agro
En este capítulo discutimos cuestiones referidas a la mundialización del capital y
su penetración en el agro; la situación de la producción campesina familiar frente a
la globalización, y los impulsos a la proletarización y polarización de las
sociedades agrarias tradicionales. La expansión de la producción capitalista de
cereales y oleaginosas en Argentina la analizamos como parte de este proceso de
profundización de las relaciones capitalistas a nivel planetario.
LA EXPANSIÓN CAPITALISTA Y DE LA CLASE OBRERA ASALARIADA
Algunos han explicado el conflicto entre el Gobierno y el campo como el producto
de una ofensiva recolonizadora sobre los países atrasados, liderada por los
gobiernos imperialistas, los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial) y los
monopolios transnacionales, especialmente financieros, con el propósito último de
establecer un monopolio sobre la producción mundial de alimentos. Contarían
para ello con la colaboración de los terratenientes y productores agrarios
argentinos, continuadores de la tradicional política “entreguista y cipaya de la
oligarquía”.
Nuestra visión del problema es opuesta a este enfoque, ya que caracterizamos el
tema agrario en el contexto de las leyes de la acumulación del capital y la
naturaleza del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo. El marco
de análisis no es el fortalecimiento de la oligarquía, ni el restablecimiento de una
dominación colonial, sino la expansión de las relaciones capitalistas a nivel
mundial. Esta es manifestación el impulso del capital, entendido como totalidad
concreta, a formar el mercado mundial. La expresión más clara de este proceso lo
constituye el aumento, en las últimas décadas, del flujo transnacional de los
capitales. El stock acumulado de IED casi se triplicó en los años ochenta, y en la
década siguiente más que se triplicó. Los flujos de IED en 2007 alcanzaron US$
1,5 billones, de los cuales US$ 535.000 millones correspondieron a los países
atrasados. Las corrientes de IED provenientes de los países atrasados pasaron de
US$ 12.000 millones en 1991 a US$ 99.000 millones en 2000, y US$ 210.000
millones en 2007. Los flujos totales de capitales a los países subdesarrollados en
2007 llegaron a los US$ 1,03 billones, un monto equivalente al 7,5% de sus
productos brutos internos (Economist Intelligence Unit). Paralelamente la
interdependencia comercial entre los países también creció exponencialmente, y
se profundizó la industrialización y la acumulación del capital en Asia y América
Latina.
Fue esta expansión la que dio fuerza a un movimiento de largo plazo de
urbanización y proletarización de la fuerza laboral, y disminución relativa de la
población rural. En 1996 el 46% de los trabajadores a nivel mundial estaban
empleados en tareas agrícolas, mientras que en 2007 la proporción había bajado
al 32%. Se calcula que unos 100 millones de personas abandonan el campo y se
incorporan anualmente a la fuerza laboral urbana en el mundo. China
posiblemente sea el caso más avanzado de este proceso. Desde que comenzaron
las reformas precapitalistas en ese país unos 100 millones de trabajadores

171
provenientes del campo se incorporaron al sector urbano; y entre 10 y 15 millones
se agregan anualmente a las ciudades. En 1980 los trabajadores agrícolas
representaban el 74% de la fuerza laboral de China, y el 64% en 2000.
La expansión mundial del capital, y de la clase obrera asalariada, va de la mano
de la ampliación de los mercados y de la creciente mercantilización de la
producción. Al proletarizarse los campesinos y artesanos aldeanos se convierten
en compradores de las mercancías necesarias para su subsistencia; las materias
primas agrícolas también son mercantilizadas.125
Todo confluye para provocar el aumento de la demanda mundial de alimentos. En
la medida en que se desarrolla la relación capital/ trabajo en China, Indonesia,
India y otras regiones, es necesario reproducir la nueva fuerza de trabajo urbana,
a los menores costos posibles. Pero no sólo aumenta el número de asalariados
que compra alimentos, sino también ocurren cambios en su canasta alimentaria; y
se modifican las pautas de consumo de los nuevos sectores medios. En China, y
de acuerdo a datos de la FAO, entre 1990 y 2002 el consumo de cereales
disminuyó un 20%, en tanto se triplicaron los consumos de frutas y huevos, y más
que se duplicaron los de carnes, lácteos y hortalizas. La ingesta de proteínas pasó
de 66 g/persona/día en 1990-1992 a 82 g/persona/día en 2001-2003. Procesos
similares se registran en India, otros países asiáticos y en Rusia. A nivel mundial
se pasó de una media de 2280 kcal/persona/día en 1960 a 2800 kcal/persona/día
en 2001-2003; la mayor parte del aumento se produjo en Asia. Este crecimiento de
la demanda mundial de materias primas, alimentos y energéticos constituiría la
base material para la creciente penetración del capital vastas zonas agrarias del
Tercer Mundo.
LOS FLUJOS DE CAPITAL HACIA EL AGRO
Si bien en la segunda posguerra las corrientes de inversiones transnacionales a la
agricultura no siguieron el ritmo de crecimiento de las inversiones en industria,
comercio o finanzas, en los últimos años se ha producido un aumento importante
de las mismas. Todavía entre 1989 y 1991 los flujos mundiales de IED en
agricultura permanecían por debajo de los US$ 1000 millones anuales; pero en
2005-2007 superaron los US$ 3000 millones. Aunque todavía es menos del 1%
del total mundial, puede estar marcando un cambio de tendencia. 126 También se
125
“Con la parte liberada de la población rural se liberan también, pues, sus medios alimentarios anteriores.
Éstos ahora se transforman en elemento material del capital variable. El campesino arrojado a los caminos
debe adquirir de su nuevo amo, el capitalista industrial, y bajo la forma del salario, el valor de esos medios
alimentarios. Lo que sucede con los medios de subsistencia, sucede también con las materias primas
agrícolas, destinadas a la industria. Se convierten en elemento del capital constante” (Marx, 1999, t. 1 p. 933).
Una parte significativa de los desplazados del campo se radica en los suburbios empobrecidos de las grandes
urbes, donde realiza trabajos mal pagos, o cae en la marginación y el pauperismo. Se ha calculado que unas
mil millones de personas viven en las “villas miserias” de Argentina, en las "favelas” de Brasil, y similares
en otros países. También en China la situación de los campesinos que dejan sus tierras para ir a las ciudades
es difícil; comúnmente, son tratados como ciudadanos de segunda. En África, la escasa industrialización hace
más dramática la llegada de campesinos arruinados a las ciudades; muchos permanecen desocupados en las
villas rurales.
126
Después de 1945 las actividades de las empresas multinacionales (EMN) relacionadas con la agricultura se
concentraron en las industrias proveedoras (insumos como semillas, maquinaria, fertilizantes, etc.) y en las
industrias downstream (comercialización, transporte, procesamiento de alimentos). Siguiendo este patrón, las

172
registra un aumento de las fusiones y adquisiciones transnacionales de empresas
agrícolas; su monto alcanzó US$ 1800 millones en 2007 y US$ 2100 millones en
2008 (UNCTAD, 2009 a).
Algunos casos significativos sirven para ilustrar el proceso. BlackRock, un fondo
de inversión con sede en Nueva York y operaciones en 19 países, que maneja
activos por US$ 1,35 billones, volcaba a mediados de la década de 2000 cientos
de millones de dólares para la compra de tierras en África subsahariana, y Europa.
Morgan Stanley, de Estados Unidos, compró en 2008 40.000 hectáreas en
Ucrania; Calix Agro, una división de Dreyfus, adquirió miles de hectáreas en Brasil;
Emergent Asset Managent, con sede en Londres, reunía, en 2008, entre US$ 450
y US$ 750 millones para invertir en la compra de tierras y desarrollos agrícolas en
África Subsahariana. Hyundai Heavy Industries invirtió en el agro en Liberia.
Alpcot Agro, de Suecia, compró unas 128.000 hectáreas en Rusia. Landkom, una
empresa con sede en Londres, y Black Herat Farming, con sede en Estocolmo,
han hecho fuertes inversiones en granjas en Ucrania. En marzo de 2009 Terra
Firma, una firma de inversión privada con sede en Londres anunció que compraba
el 90% de Consolidated Pastoral Company, que posee unas 5 millones de
hectáreas en Australia dedicadas a la cría de ganado. Al Qudra, un fondo de los
Emiratos Árabes Unidos, compró grandes extensiones en Marruecos y Argelia, y a
comienzos de 2009 cerraba acuerdos de compra de tierras en Pakistán, Siria,
Vietnam, Sudan e India.
Otros fondos están aumentando la inversión en la cadena del agro-negocio
mundial. Un ejemplo es DWS Global Equity Agribusiness Fund, con sede en
Australia, manejado por el Deutsche Bank. DWS posee acciones en Archer
Daniels Midland, una compañía integrada verticalmente que controla los procesos
de elaboración y comercialización de alimentos, comida para animales y derivados
químicos; en Sygenta, empresa suiza especializada en semillas; en la alemana K
& S, productora de fertilizantes; en Monsanto, Bunge y otras. En 2008 COFCO, un
conglomerado chino controlado por el Estado, compró el 5% de Smithfield, el
mayor productor mundial de cerdos; también se asoció con Filmar, el mayor
comerciante mundial de aceite de palma. En febrero de 2009 Nufarm, fabricante
australiano de agroquímicos logró la aprobación para comprar AH Marks, una de
las empresas químicas más antiguas de Gran Bretaña, con una amplia cartera de
herbicidas.
Dice el presidente de la consultora de finanzas Cole Partners, de Chicago, que
maneja un fideicomiso: “Hay un enorme interés en ‘poseer estructura’, tierras en
EMN hoy participan en los segmentos más rentables de las cadenas de valor. Son propietarias de marcas,
poseen conocimiento en logística, y se benefician de la propiedad intelectual, por ejemplo en semillas,
fertilizantes y otros bienes. Son los casos de ADM, Bunge, Cargill y Dreyfus en la comercialización de granos
en Brasil; de Monsanto en la provisión de semillas de soja genéticamente modificadas; de grandes
productoras de alimentos como Pepsico en India; o de diversas EMN en la compra de granos de café a
pequeños productores en Brasil, Colombia y Vietnam. Además, muchas EMN ejercen su influencia sobre las
economías campesinas a través de contratos, y otras formas de relación más o menos estables. En cuanto a la
propiedad directa de explotaciones agrícolas, las EMN se mantuvieron en algunos países como Costa Rica,
Honduras, Guatemala y Panamá. Por ejemplo la mitad de las bananas vendidas por Chiquita, Dole y Del
Monte se originan en sus propias plantaciones (UNCTAD, 2009a).

173
Estados Unidos, en la Argentina o en Inglaterra, allí donde las perspectivas de
ganancias son mejores” (La Nación, 7/07/08).
La forma en que operan estos capitales puede verse a través de un memorando,
de 2008, para inversores, de un fondo con sede en Estados Unidos. La propuesta
consistía en invertir en Chile, Brasil, México y Uruguay, países que el fondo
consideraba de bajo riesgo político. Proponía aportar capital para establecer joint
ventures con capitalistas de esos países; buscar tierras degradadas con potencial
de apreciación y empresarios agrícolas que estuvieran en problemas para
devolver préstamos bancarios. Al considerar las perspectivas de la inversión, el
fondo tomaba en cuenta las tendencias de largo plazo de los precios de los
alimentos; y que la tierra en América Latina estuviera más barata que en Estados
Unidos. Entre los diversos planes presentados, proponía comprar 15.000
hectáreas para cultivar soja y caña de azúcar en Brasil, a un precio de US$ 500 la
hectárea. Se trataba de tierra marginal, que el fondo pensaba mejorar mediante
una inversión promedio de otros US$ 400 por hectárea. La previsión era que el
precio de la tierra aumentara a un promedio del 10% anual en los siguientes años,
y que los precios de la producción subieran un 2,5% anualmente. De esta manera
aumentaría la renta diferencial; la intención era vender la tierra al cabo de algunos
años, concretando ganancias. Propuestas de este tipo hoy son comunes en los
mercados de inversión. Estamos ante una lógica de valorización mundializada del
capital, fuertemente condicionado por lo financiero.
También ha cobrado importancia la inversión de países que buscan asegurar su
provisión alimentaria; particularmente los gobiernos del Golfo, China y Corea del
Sur. Corea del Sur firmó acuerdos con Sudán para cultivar 690.000 hectáreas, y
los Emiratos Árabes Unidos por 400.00 hectáreas. La mayor parte de lo producido
se destinará a la exportación hacia los países inversores. Según The Economist
(23/05/09) el gobierno de Sudán planea dejar un quinto de la tierra cultivable para
gobiernos del Golfo. China se aseguró 2,8 millones de hectáreas en Congo para
cultivar aceite de palma; sería la plantación de aceite de palma más grande del
mundo. También negociaba, en 2009, con Zambia para cultivar en unas 2
millones de hectáreas; en este país las granjas chinas ya producen un cuarto de
los huevos que se venden en Lusaka.
De acuerdo a International Food Research Institute, de Washington, entre 15 y 20
millones de hectáreas de tierra de países pobres han estado sujetas a
transacciones, o han entrado en conversaciones en las que participan extranjeros,
desde 2006 hasta 2009. Equivale al tamaño de toda la tierra agrícola de Francia.
Calcula, conservadoramente, que el valor involucrado en estos montos oscilaría
entre los US$20.000 y US$30.000 millones. Puesta en producción, esa tierra
generaría entre 30 y 40 millones de toneladas de cereales anuales; una cifra
significativa si se tiene en cuenta que el comercio mundial de cereales es de
aproximadamente (en 2009) 220 millones de toneladas.
Paralelamente muchos capitales agrarios con raíces en la periferia se
internacionalizan. Por ejemplo, capitales agrarios argentinos han invertido
fuertemente en Uruguay, Brasil, Bolivia y Paraguay. Otro tanto hacen capitales
brasileños en otros países latinoamericanos. El grupo argentino Cresud poseía, en

174
2008, el 11% de las acciones de Brasil Agro, empresa brasileña con 144.000
hectáreas en ese país; y está buscando invertir en Uruguay, Paraguay y Bolivia;
Grobo está en alianza con capitales brasileños, y también realiza inversiones en
Venezuela. A su vez en el agro argentino entran capitales internacionales;
podemos citar los casos de Benetton (con 900.000 hectáreas); la australiana Liag;
Adecoagro, de Soros (250.000 hectáreas); Calix Agro, de Dreyfus. En el grupo
agrario El Tejar participan socios norteamericanos y británicos; en Cresud
inversionistas como Sam Zell, uno de los cinco mayores propietarios de inmuebles
de Estados Unidos, o Michael Steinhardt, dueño de un gran fondo de inversión
norteamericano.
Además, en términos relativos, la importancia de las EMN agrícolas surgidas en
los países atrsados es mayor que en otras actividades. En 2009, de las 25 EMN
más importantes del mundo que se basaban en la agricultura, 12 pertenecían a
países atrasados (Malasia, Tailandia, Sri Lanka, Indonesia, Papua Nueva Guinea,
India y Sudáfrica). Sime Darby Berhad, de Malasia, principal productor de aceite
de palma del mundo, ocupaba el primer lugar, por encima de Dole y Del Monte, de
EUA (UNCTADa 2009).
Esta mundialización del capital agrario no obedece a alguna ofensiva
circunstancial del “neoliberalismo”, sino al impulso del capital, sin distinciones de
nacionalidades, a someter a su imperio la producción agrícola.
DESARROLLO DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS Y CAÍDA DE PRECIOS
A medida que se amplía la reproducción global del capital, la producción de
alimentos adopta cada vez más la forma social de la mercancía, y se hace más
estandarizada. En la actualidad, el 90% de los alimentos del mundo se deriva de
sólo 15 cultivos y 8 especies animales. De manera que no se verificó la tesis,
bastante difundida en los años 1990, sobre el pasaje de un régimen de producción
masiva para un mercado masivo –fordismo, según la terminología de la escuela de
la regulación–, a un régimen posfordista, que se caracterizaría por la producción
especializada para sectores de alto poder de compra. 127 La presión por abaratar
los costos de reproducción de la fuerza de trabajo urbana –a lo que se suma la
expansión de los biocombustibles–, explica que la producción en masa de
alimentos siga siendo central en el capitalismo globalizado.
La mundialización del capital ha estado acompañada del desarrollo de las fuerzas
productivas en el agro. A partir de los años 1950 y 1960 se produce la revolución
verde, y con ella una progresiva expansión de la producción. 128 Le siguió la
revolución en la genética, la introducción de las máquinas computarizadas, y la
utilización de satélites para mejorar el manejo de suelos, fertilizantes y control de
los cultivos. Como resultado, entre 1961 y 2005 la producción de cereales en el
mundo creció a una tasa anual del 2,2%, y en los países subdesarrollados al
2,8%. Para el mismo período la tasa anual de crecimiento de la producción de
127
Según esta visión, la producción artesanal y campesina, focalizada en productos particulares, gozaría de un
amplio campo para su desarrollo. Este pronóstico sólo se ha cumplido para una pequeña franja de granjeros,
en su mayoría ubicados en países adelantados. Por ejemplo, los que producen productos orgánicos.
128
La revolución verde consistió en la introducción de nuevas variedades de cultivos de alto rendimiento,
sustentadas en la genética; en la utilización masiva de fertilizantes, herbicidas y pesticidas, y del riego.

175
oleaginosas en el mundo fue del 4%, y en los países subdesarrollados del 4,4%.
La de carne fue del 3% a nivel mundial y 4,8% para los países subdesarrollados; y
la de leche del 1,4 y 3,2%, respectivamente. La productividad también se
incrementó. Desde 1970 a 2000 el producto agrícola mundial –medido en dólares
estadounidenses de 1990– se duplicó, subiendo de US$ 645.900 millones a US$
1,3 billones, en tanto el trabajo agrícola creció el 40%, pasando de 898 millones a
1.300 millones de personas.129
Este incremento de la productividad explica que en el largo plazo se haya
registrado una baja tendencial de los precios agrícolas. Hacia 2006 el costo real
de la cesta de alimentos mundial había caído casi a la mitad a lo largo de los 30
años previos; los precios de numerosos productos alimenticios habían bajado un
2-3% anual en términos reales (FAO, 2009). El índice real de precios de los
alimentos que elabora la FAO (precios de los alimentos deflactado por el índice del
valor unitario de las manufacturas del Banco Mundial) disminuyó, desde inicios de
la década de 1960 hasta 1998-2000 más del 50% (ídem).
El uso de tecnologías avanzadas también permitió poner en producción tierras
marginales. A nivel mundial la tierra cultivada se incrementó en más del 25% entre
1960 y 2005, y el uso de tierra con riego se duplicó en los países
subdesarrollados, alcanzando 197 millones de hectáreas en 2000. 130 En Argentina,
Paraguay y Brasil se expandió notablemente el área cultivada; en Brasil, por
ejemplo, la tierra dedicada a la agricultura pasó de 52 millones de hectáreas en
1992 a 59 millones en 2005. China también aumentó, en el mismo lapso, las
tierras cultivadas de 124 a 140 millones; pero en los últimos años se están
reduciendo, a causa principalmente de la urbanización. En Rusia, Ucrania y
Kazajstán disminuyeron como producto de la crisis y la desarticulación del antiguo
sistema soviético, de 200 a 177 millones de hectáreas.
¿REVERSIÓN DE LA TENDENCIA DE PRECIOS?
A partir de 2000 comenzó una suba de los precios de los alimentos, que se
aceleró entre 2005, y mediados de 2008. En este últimó período los precios de las
materias primas alimenticias se duplicaron; el aceite de palma subió 140%, el
arroz 110%, el maíz 102%, el trigo 101% y la soja 86%. Con posterioridad a julio
de 2008 los precios cayeron, pero aún así a comienzos de 2010 estaban más altos
que antes del comienzo de la suba, a pesar de la recesión mundial, y de que la
agricultura estaba utilizando a pleno su capacidad productiva. Se plantea entonces
el interrogante sobre si estamos en presencia de un cambio de tendencia de los
precios, esta vez hacia el alza. Para dar una respuesta hay que articular el análisis
entre los movimientos tendenciales y la lógica de la ganancia que rige la inversión
en el modo de producción capitalista.

129
Cabe decir que a largo plazo la tesis maltusiana no se ha verificado. En 1946 la producción agregada
mundial de trigo, soja, maíz, arroz y cebada era de 375 millones de toneladas para una población mundial de
2300 millones de personas; en la actualidad hay una producción de granos de 2170 millones de toneladas,
para una población mundial de 6600 millones. A nivel mundial la producción de carne en los países
subdesarrollados más que se quintuplicó entre 1970 y 2005.
130
Sin embargo, el mal manejo de la irrigación produce la salinización de los suelos. Según la FAO, el 10%
de las tierras irrigadas sufren de salinización.

176
Empecemos señalando que la oferta de los alimentos no puede reaccionar
rápidamente a cambios en la demanda. La puesta en producción de nuevas tierras
exige fuertes inversiones, e inmovilizar capital por mucho tiempo. La decisión de
invertir se rige por la rentabilidad, y los movimientos de precios indican hasta qué
punto es necesario aplicar más o menos tiempo de trabajo social a una producción
determinada. Cuando en una rama la oferta supera a la demanda, bajan los
precios, las ganancias y la inversión; con el tiempo la oferta se adapta a la
demanda. Lo inverso sucede cuando la demanda supera a la oferta. Esto se aplica
a lo que sucedió en las últimas décadas. Debido a la baja de los precios, desde
mediados de los ochenta bajó la inversión en la agricultura, y en investigaciones,
en especial en los países subdesarrollados. La inversión de las economías
campesinas parcelarias fue extremadamente baja en la mayor parte del Tercer
Mundo. Los países subdesarrollados de conjunto invertían (en 2000) sólo el 0,56%
del valor agregado en agricultura en investigación y desarrollo, contra el 5,16% de
los países adelantados (UNCTADa 2009). También incidieron los programas
neoliberales de reducción del gasto público y del involucramiento del Estado en los
países atrasados, con sus consecuencias sobre obras de infraestructura. En 2004,
según la FAO, los países cuyas economías se basan en la agricultura invertían en
promedio sólo el 4% de su gasto público en la agricultura.
La consecuencia es que si bien los rendimientos siguieron creciendo, lo hicieron a
una tasa cada vez menor. En los países atrasados, los rendimientos de las tierras
cerealeras que crecían a tasas del 3 al 6% anual entre 1960 y 1980, en los 2000 lo
hacían al 1 o 2%, por debajo del crecimiento de la demanda (The Economist
19/04/08). De manera que cuando a comienzos de la década de 2000 comenzó a
aumentar la demanda de productos alimenticios, la oferta era insuficiente. A esto
se sumó la producción de etanol, que genera mayor demanda de cereales,
oleaginosas y azúcar. También influyeron algunos grandes desastres naturales,
que muchos vinculan al cambio climático global; y la suba de los precios del
petróleo, un insumo clave en el agro. Además incidió la caída del dólar, ya que los
alimentos cotizan en esa moneda. La FAO también señala la caída de las
existencias, que se produjo en los últimos años, a medida que mejoraron las redes
de comercialización, la gestión de los stocks y los países exportadores adoptaron
medidas para reducir los costos por almacenamiento. A estos factores se sumaría
una cierta influencia coyuntural, para formar la burbuja de precios, de la
especulación financiera con las materias primas, energéticos y alimentos (véase
Interludio II).
El problema de fondo, de todas maneras, es la inversión. La FAO estima que para
satisfacer las necesidades de la demanda mundial de alimentos en los próximos
años, la inversión neta en la agricultura debería elevarse a US$ 83.000 millones
anuales, lo que es aproximadamente un 50% más que el nivel actual. Si la baja
inversión no se revierte, podríamos asistir a un período más o menos largo de
suba tendencial de los precios de los alimentos y las materias primas. Sin
embargo es prematuro afirmar que se ha producido una “ruptura estructural” de la
tendencia de largo plazo (véase FAO, 2009). Si bien las economías campesinas
parcelarias, en especial las que producen escasamente para el mercado, no
responden con el aumento de la producción a la suba de los precios, las empresas

177
capitalistas pueden reaccionar más elásticamente al aumento de los precios y los
beneficios. Por eso la posibilidad de que retome la tendencia bajista de los precios
es contemplada en FAO (2009). Debe recordarse, por otra parte, que también a
comienzos de la década de 1970 hubo un pico alcista de los precios, y otro de
menor importancia a fines de esa década, pero ninguno modificó la tendencia que,
como vimos, fue descendente.
DESARROLLO CAPITALISTA Y ECONOMIAS CAMPESINAS
A nivel mundial se calcula que hay unos 1300 millones de pequeños campesinos y
trabajadores rurales sin tierra. Más precisamente, en 2006 la fuerza laboral
empleada en la agricultura comprendía 1378 millones de personas (sobre una
fuerza laboral mundial de 3085 millones), de las cuales 1338 millones
correspondían a los países en desarrollo (datos UNCTAD, 2008). Cientos de
millones de campesinos en el Tercer Mundo son propietarios de lotes de, a lo
sumo, una o dos hectáreas; y otros muchos millones ni siquiera son propietarios
de sus parcelas y deben pagar rentas a los terratenientes. ¿Cuál es la perspectiva
para estos campesinos?
En principio, desde el punto de vista teórico, podemos distinguir tres posiciones
principales. Por un lado, la visión del marxismo tradicional –véase por ejemplo
Lenin (1969)– sostiene que a medida que el capitalismo se desarrolla, y los
mercados penetran en el agro, aumenta la diferenciación del campesino; algunos
se enriquecen, y la inmensa mayoría se proletariza. Esta tendencia debería
imponerse de manera más o menos rápida.
Una segunda posición, cuyo origen podemos ubicarlo en los escritos de Alexandr
Chayanov y la escuela de la economía campesina, afirma que al no guiarse por
los criterios de la rentabilidad capitalista, las economías campesinas tienen una
gran capacidad para resistir a la competencia de las empresas capitalistas. Lo cual
explicaría la supervivencia de las economías parcelarias. 131
Una tercera postura está constituida por la tesis de la “articulación de los modos
de producción”, que como hemos visto, afirma que los modos de producción no
capitalistas son mantenidos por el propio capital. Esta tesis tiene algún punto de
contacto con la segunda, porque afirma también que los modos de producción
campesina tienen capacidad de resistencia al capital.
Por lo tanto la persistencia en la actualidad de los cientos de millones de
economías campesinas en Asia, América Latina y África parece dar sustento a la
segunda tesis, y parcialmente a la tercera (parcialmente porque no se ha
verificado que el capitalismo tienda a conservar los modos precapitalistas). La
pequeña propiedad campesina está muy extendida en Asia; aunque en muchos
países se combina con la gran plantación; y con la propiedad terrateniente que
131
Chayanov sostiene que son las necesidades de la familia las que constituyen el motor de la actividad
campesina; las categorías de renta, ganancia o salario no gobiernan sus criterios de producción. Esto
explicaría, según Chayanov, que la economía campesina pudiera vencer la explotación capitalista en cultivos
intensivos en períodos de bajas de precios. En esos períodos, en los que el mercado es desfavorable, el
capitalista reduce la producción, pero el campesino intensifica el trabajo. Chayanov pensaba también que
ningún poder político estaba en condiciones de modificar la naturaleza de la explotación campesina; véase
Chayanov et al. (1981).

178
alquila la tierra. También en América Latina perviven las economías campesinas,
incluso en países en los que el capitalismo agrario ha tenido un desarrrollo
importante.132 Más significativo aún es que en África subsahariana las economías
campesinas no han evolucionado siquiera hacia las formas de propiedad
individual de la tierra, que es la base para el desarrollo de una economía agraria
capitalista. La pertenencia a determinados linajes o clanes todavía hoy constituye
el principal criterio para la asignación de la tierra en amplias regiones. La tierra se
trata como una parte permanente de la existencia humana, y por lo general se la
considera garantizada; es un activo social, en principio inalienable. La
organización social se basa en el principio de linajes, y legalmente la propiedad es
tenida y transmitida por ellos. Además, por fuera de la tierra arable que está en
manos de unidades de producción individuales, hay tierras y elementos de uso
común (tierras para pastoreo, árboles para leña y construcción, etc.). 133
De manera que las economías campesinas se han demostrado mucho más
resistentes frente al capitalismo de lo que predecía la tesis marxista-leninista
tradicional. Sin embargo todo indica que el proceso de diferenciación y
desintegración de las economías campesinas es el que hoy tiene mayor vigencia .
Esto es lo que constata Tapella (2002) cuando estudia la situación de la pequeña
producción yerbatera de Argentina, y lo mismo puede afirmarse sobre la tendencia
mundial. Se trata de un proceso no lineal, mediado y lleno de contradicciones,
pero la dirección parece no dejar lugar a dudas.
En primer lugar, debe precisarse que si bien muchas unidades campesinas son de
“subsistencia”, esto no significa que no produzcan para el mercado. Como ya
señalaba Coquery-Vidrovitch, subsistencia no es sinónimo de autarquía. Si bien el
objetivo del campesino es la subsistencia, ello no implica la ausencia de
intercambios elementales en los mercados locales. Los mercados locales, a su
vez, hoy están cada vez más vinculados, a través de múltiples canales, con el
mercado mundial. Y desde hace tres décadas las economías campesinas sufren
en forma incrementada la competencia de los mercados en expansión, del cambio
tecnológico y el aumento tendencial de la productividad. Esta competencia
demanda inversiones de capital imposibles de realizar para las economías
campesinas parcelarias. La agricultura en pequeña escala, que debe enfrentar a
las empresas agrarias capitalistas, por lo general realiza poca inversión; es de
baja productividad; posee tecnologías rudimentarias; utiliza escasos insumos;
tiene problemas de comercialización; sufre altas pérdidas de los cultivos; y tiene
bajo acceso al crédito (FAO, 2009). Paralelamente la presión del mercado se hace
sentir en zonas cada vez más amplias:
Los mercados neoliberales tienen ahora mayor y mayor penetración en los
hinterlands rurales. Mientras esto puede brindar oportunidades a los
132
Barril García (2007) sostiene que en América Latina hay dos tipos de unidades, las empresas agropecuarias
(agricultura empresaria en todas sus reglas) y los pequeños productores familiares (que podrían incluir los
casos en que haya empleo de algún trabajo asalariado ocasional). Entre fines de la década de 1990 y
principios de la siguiente se calculaba que en los cinco países del Cono Sur la agricultura campesina
comprendía 4.975.000 explotaciones (lo que representaba el 84% del total de las explotaciones campesinas).
133
Véase Mafeje (2003); para una discusión sobre el modo de producción africano, véase Coquery-Vidrovitch
(1998).

179
productores rurales (como sucede en África Occidental), simultáneamente
incrementa la competencia para captar una parte de la demanda local, con
productores más distantes (como sucede con las importaciones de ropa de
algodón en África Occidental) (Battebury, 2007, p. 11).
La presión competitiva se incrementa por el proteccionismo y las subvenciones de
los países adelantados a sus propios campesinos. Sólo en 2003 el gobierno de
Estados Unidos subvencionaba por US$ 4000 millones a 25.000 productores de
algodón, provocando la crisis de más de 11 millones de campesinos africanos.
Ese año las subvenciones del orden de los US$ 10.000 millones a los productores
de maíz permitían a Estados Unidos exportar el producto a México, perjudicando a
los campesinos mexicanos. Las subvenciones al azúcar arruinaban a campesinos
de Malawi, Mozambique y Zambia, y las de la carne a los productores de
Sudáfrica.
Las EMN también atan a los campesinos a los mercados y a sus dictados. Las
grandes corporaciones imponen estándares, especificaciones de calidad y tiempos
de entrega. Asimismo establecen relaciones de subordinación de los campesinos
gracias al acceso a las redes mundiales de comercialización, a su capacidad
logística y control de marcas. Algunas EMN mantienen estas relaciones con
cientos de miles de campesinos. Por ejemplo, en 2008 Nestlé (Suiza) tenía más
de 600.000 contratos con granjeros, que actuaban como proveedores directos, en
unos 80 países atrasados y economías de los ex países de regimenes soviéticos.
Olam, una EMN de Singapur, se proveía de 17 productos agrícolas con 200.000
proveedores de unos 60 países. Unilever (Gran Bretaña y Países Bajos) tenía
unos 100.000 proveedores, pequeños y grandes campesinos, en países
atrasados. En Mozambique el 100% de la producción de algodón se compraba, en
2008, a los campesinos con contratos (UNCTAD 2009).
También los llamados “ajustes estructurales”, operados por los gobiernos de
países subdesarrollados, con el consejo de los organismos internacionales,
aceleran la subordinación a la ley del valor. Por todos lados favorecen las
economías de escala y las producciones destinadas a la exportación; reducen los
créditos subsidiados a los campesinos; liberalizan los precios de los insumos;
impulsan la utilización de insumos provistos por el gran capital transnacional, así
como la comercialización a través de las cadenas del agro-negocio. Durante las
décadas pasadas las deudas externas sirvieron como argumento extra para las
aperturas de las economías agrarias –vender en el mercado mundial para lograr
superávit comercial con el cual pagar la deuda– y eliminar las producciones
volcadas al mercado interno. Países dependientes de unas pocas exportaciones
en materias primas se vieron sometidos de la manera más cruda a los vaivenes de
los precios mundiales. Fue el caso de la sobreproducción de cacao a fines de la
década de 1980, que repercutió en una fuerte crisis en Ghana. Asimismo es
ilustrativa la crisis de sobreproducción mundial y hundimiento de los precios del
café en 2000-2001. En este caso, desde los años noventa el gobierno de Vietnam
impulsó nuevas variedades de cultivo –con perjuicios ecológicos– mediante
subvenciones a pequeños productores y ayudando a las “economías de finca”,
que implicaban la acumulación privada de tierras y el empleo de mano de obra

180
asalariada. El resultado fue un exceso mundial de oferta, con serios perjuicios a
otros países productores como Honduras, Guatemala, Nicaragua, Etiopía,
Indonesia.
Un caso trágicamente ejemplar es lo sucedido en Malawi a comienzos de la
década de 2000.134 En este país el Banco Mundial, el FMI y organismos de ayuda
promovieron, junto al gobierno, medidas pro mercado desde 1980. Se quitaron
subsidios para la compra de insumos a los campesinos, se privatizaron
organismos públicos, se intentó orientar la producción hacia cultivos comerciales y
la exportación.135 Como resultado hubo un proceso de diferenciación acentuado en
el agro. En la década de 1990 la producción agrícola creció a una tasa del 7%
anual, pero la pequeña producción estaba estancada. Sólo prosperó una minoría
de pequeños productores y empresas agrícolas, dedicados a cultivos comerciales.
Paralelamente se mantenían, o se extendían, la pobreza, el SIDA, la
discriminación de las mujeres (que constituyen el 87% de la fuerza laboral
agrícola). Además, al inicio de la década de 2000, habían disminuido las
oportunidades de migración –fuente de ingresos para las familias campesinas–;
aumentaba la presión demográfica; y las economías campesinas estaban
extremadamente debilitadas. En esas condiciones hubo inundaciones y se produjo
una hambruna. Se calcula que unas 500.000 personas murieron de hambre
durante la crisis de 2001-2002. A partir de este suceso el gobierno restituyó los
subsidios de fertlizantes a los campesinos y la producción medianamente se
restableció.
Sin embargo, y a pesar de estas experiencias trágicas, la receta usual permanece
invariable. Las rebajas de aranceles, las subvenciones agrícolas y el
proteccionismo ejercido por los países centrales, la liberalización del comercio, la
entrada de capitales, siguen incrementando la coerción del mercado sobre los
campesinos pobres, y empujando a estas economías a la crisis. En 2007 la FAO
debía admitir que en muchos sistemas agrícolas tradicionales de países
subdesarrollados se registraba un considerable aumento de la pobreza.
Por eso cada vez más los campesinos tratan de sobrevivir, diversificando
actividades. “Bricolage, o mezclar y combinar actividades, es una respuesta casi
universal [de los campesinos] a las presiones por el modo de vida, a los azares y
la caída general del ingreso” (Battebury, 2007, p. 7). En América Latina, Asia y
África las poblaciones campesinas están obligadas a diversificar sus actividades
con empleos por fuera de las granjas, realizar artesanías, o dedicarse al comercio;
o dependen de la remesa de miembros de la familia que emigraron a países
desarrollados (Roberts, 1990). La feminización del trabajo predial, que registran la
OIT y otros organismos internacionales, se debe a que en muchas regiones los
campesinos salen a buscar empleo fuera de su economía, y las mujeres, con
ayuda de los hijos, se dedican a la parcela. Numerosos organismos, tanto oficiales
como no gubernamentales, señalan que el aumento de la pobreza está

134
El caso de Malawi dio lugar a muchas discusiones. Nos basamos en Owusu y NG’ambi (2002) y Dorward
y Kydd (2003).
135
Según la teoría neoclásica del comercio internacional de las “ventajas comparativas”.

181
provocando el aumento de la explotación del trabajo infantil en el agro en India,
China, África subsahariana y otras regiones del Tercer Mundo.
Los campesinos pierden tierras y se proletarizan, o caen en la marginalidad. En
India cientos de miles de campesinos están siendo desplazados hacia tierras
marginales; poseen lotes que no alcanzan para proveerles los alimentos básicos,
no tienen la productividad mínima para competir con el capital agrario, o pierden
completamente la posesión de los mismos. Según diferentes cálculos, habría entre
13 y 18 millones de hogares campesinos que carecen de tierras; lo que implica de
70 a 100 millones de personas, que en su mayoría sobreviven como trabajadores
temporarios.136
También en China existen contradicciones crecientes en las economías
campesinas, producto del avance del capitalismo. 137 De acuerdo a denuncias de
organismos de ayuda internacionales, unos 40 millones de campesinos pobres
perdieron sus lotes por tomas compulsivas del gobierno para satisfacer demandas
de desarrollo urbano. Las presiones capitalistas se intensifican y la desigualdad
social se extiende.138 Los funcionarios locales se transforman en propietarios
medios; o venden tierras fiscales a empresas agrícolas privadas, que están
creciendo.139 A medida que avanzan las relaciones mercantiles y capitalistas,
aumentan las tensiones sociales.
Las tendencias emergentes de polarización espacial, y particularmente de
clases, fueron el resultado de la mercantilización del trabajo, la tierra y el
capital, enraizada y permitida por una alianza emergente entre el capital
doméstico e internacional, y la elite burocrática local (Kwan Lee y Selden,
2007).
Aunque oficialmente no hay campesinos sin tierras, habría unos 70 millones en
esa condición, y la cifra está aumentando en unos tres millones anuales. Hoy
136
Sobre la entrada del capital en el agro en India véase Mehta (2004).
137
En China hay unos 900 millones de campesinos. Según un estudio del Ministerio de Agricultura, de 1986,
realizado en 29 provincias, cada hogar campesino poseía, en promedio, 0,466 hectáreas, fragmentada en 5,85
parcelas, en promedio (véase Fu Chen, 1999). Según Hu Jing (2008), actualmente el promedio de tierra
cultivada por hogar es de 0,333 hectáreas.
138
“…medida por la distribución del ingreso China ha evolucionado desde ser una de las sociedades más
igualitarias del mundo en vísperas de la reforma, a ser, hacia 1995, una de las más desiguales de Asia, y hacia
comienzos de los 2000, del mundo. Aquí también la tendencia de la distribución del ingreso imita la tendencia
de EUA, Japón y muchos otros países. El coeficiente Gini para el país de conjunto ha empeorado a la
asombrosa tasa de 0,31 en 1978, a 0,38 en 1988, a 0,43 en 1997 y 0,47 en 2004” (Kwan Lee y Selden, 2007).
Según la Comisión para la Reforma y Desarrollo Nacional de China, en 2005 el 10% más rico de la población
urbana del país poseía el 45% de los activos urbanos, en tanto el 10% más pobre sólo tenía el 1,4%; citado por
Hu Jing (2008).
139
The Wall Street Journal Americas del 29/07/08 publica un artículo que tiene como título “Las megagranjas
chinas cultivan la consolidación”. La nota describe el caso de Longda Foodstuff Group Co, una de las
mayores empresas agrícolas de China, con 23.000 empleados. Longda posee 1600 ha, procesa 150.000
toneladas de alimentos y cuenta con alrededor de 30 subsidiarias. “Longda es un líder entre una nueva ola de
gigantes agrícolas chinos que están revolucionando la agricultura en un país que es de los mayores
consumidores y exportadores de alimentos. Compañías como Longda –‘cabezas de dragón’, como se conocen
aquí– están, en cierto sentido, recolectivizando las fragmentadas tierras agrícolas de China. Sin embargo, en
vez de unirlas en comunidades agrícolas ineficientes, las están industrializando con tecnología y economías de
escala”.

182
existe una generalizada conflictividad; sólo en 2005 se reportaron oficialmente
unos 87.000 incidentes de diferente grado de violencia. 140
También en África se está desarrollando una creciente diferenciación.
Refiriéndose a África subsahariana, Belélières et al. (2002) dicen que una minoría
de productores tiene capital y tierra, se rige con criterios empresarios y produce
enteramente para el mercado; mientras la mayoría de pequeños campesinos está
cada vez más pobre de recursos. Agregan:
El proceso de liberalización que comenzó en África subsahariana a fines de
la década de 1980 ha dado por resultado un profundo cambio estructural en
la conformación de los sistemas agrícolas. Estos cambios están
aumentando las desigualdades entre los diferentes tipos de granjeros, como
entre los mismos granjeros (Belélières et al., 2002).
Los autores señalan también que hoy todos los campesinos están ligados al
mercado, directa o indirectamente, y que existe una creciente fractura en la
agricultura, como la que ocurrió en América Latina, entre las granjas modernas y
orientadas al mercado, y la gran masa de pobladores rurales que están
marginados económicamente. Esta tendencia es reforzada por las agencias de
ayuda internacional y los nuevos principios de ayuda al desarrollo, que favorecen
a las empresas privadas.141 El proceso es acompañado por la reducción de las
parcelas. En Etiopía y Malawi, por ejemplo, el tamaño de la unidad de producción
típica campesina cayó de 1,2 hectáreas en la década de 1960, a 0,8 hectáreas en
la década de 1990 (The Economist 19/04/08).
Las políticas favorables al capital agrario y su concentración también suceden en
países donde el latifundio tiene tradición. Por caso, en Brasil:
La política agraria seguida por la dictadura militar en 1984 - 1985 favoreció
la aceleración del desarrollo capitalista en el campo a través de la adopción
de medidas para estimular el gran capital en la agricultura y concentrar la
propiedad. (…) la modernización capitalista de la agricultura fue
acompañada por la inversión de capital en la tierra rural y la promoción de
un vínculo entre los intereses financieros, industriales y agrarios con fuertes
conexiones locales y regionales. Los complejos agroindustriales que se
crearon con esto, vinculando industrias que producen insumos para la
agricultura, la agricultura moderna, y las industrias que procesan productos
agrícolas, fueron ayudados con generosos subsidios gubernamentales. (De
Almeida, Ruiz Sánchez y Hallewell, 2000, pp. 18-19).
Sólo en la zona de Río Grande do Sul se desplazaron unas 300.000 personas en
los últimos años, y otras 2,5 millones en Paraná. El MST (Movimiento Sin Tierra)
brasileño calcula que 20 millones de personas no tienen tierra y 7 millones apenas
140
Los problemas que atraviesan los campesinos chinos, y las tensiones sociales que se derivan, son
registradas por periodistas y autores de derecha y de izquierda. Además del ya citado Kwan Lee y Selden
(2007, véase también Loussouarm (2001); Thu-Trang Tran (2006); Hu Ping (2008); Bajoria (2008).
141
Los programas de desarrollo promovidos por los economistas neoclásicos asumen las tesis de Adam Smith,
a saber, que la vinculación con el mercado aumenta la especialización, y ésta genera el desarrollo de las
fuerzas productivas. Por eso bastaría promover el mercado y los derechos de propiedad para que haya
desarrollo. Una crítica marxista a esta tesis smithiana puede verse en Brenner (1977).

183
sobreviven en tierras ocupadas precariamente, como medieros o trabajadores
inmigrantes. La concentración de la propiedad de la tierra es una de las más altas
del mundo; el 40% de los granjeros tienen el 1% de la tierra, el 20% de los
propietarios poseen el 88%.
Miles de campesinos también son despojados de sus tierras por medio de la
violencia directa, o las pierden debido a los desplazamientos provocados por
guerras y conflictos.142
HAMBRE Y DEGRADACIÓN AMBIENTAL
Como resultado de los procesos que hemos descrito, millones de personas sufren
hambre crónica y desnutrición, a pesar de que el nivel de desarrollo de la
tecnología permitiría alimentar con creces a la población mundial.
Significativamente, tres de cada cuatro personas que pasan hambre en el mundo
viven en el campo. La devastación que genera la entrada del capitalismo en la
tierra, está en la raíz de este gigantesco drama humano. Es cierto, como
argumentan la FAO, el Banco Mundial y otros organismos internacionales, que la
proporción de personas subalimentadas descendió en las últimas décadas. En
1969-1971 había 960 millones, lo que representaba el 37% de la población
mundial, y en 2002-2004 había 830 millones, equivalente al 17% de la población.
Pero con las posibilidades tecnológicas de la actualidad, la única razón de que
persistan estas elevadas cifras de hambre se encuentra en las relaciones sociales
capitalistas. El hambre no es “natural”, sino tiene su explicación última en las
relaciones sociales de producción. En países como Brasil, Argentina o Paraguay,
que son grandes exportadores de alimentos, hay millones de personas que están
sufriendo de la malnutrición crónica. Además, ya desde 1995, o sea, antes del
aumento de los precios de la década del 2000, estaba aumentando la proporción y
el número de personas desnutridas en el Cercano Oriente, en Asia Oriental (a
excepción de China), zonas de América Latina y en África Central. Pero desde
2005 las cifras empeoraron rápidamente. A inicios de 2006, con el alza de precios,
la FAO debió admitir que el número de personas con mala nutrición crecía a razón
de 4 millones por año. En 2007 la situación se agravó, y se alcanzaron los 862
millones de hambrientos en el mundo. En octubre de 2008 había subido a 923
millones de personas. A esto hay que sumar más de 2000 millones que sufren lo
que se llama “hambre oculta”, o sea, carencias nutricionales severas por falta de
minerales, vitaminas y otros nutrientes. La mortalidad infantil es grave; en 2007
murieron 9,2 millones de personas antes de cumplir 5 años. A comienzos de 2008
unos 37 países enfrentaban crisis alimentarias; entre ellos, Bangladesh,
Zimbabwe, República Democrática del Congo, Irak, Afganistán, Haití. Hubo
levantamientos de poblaciones y manifestaciones en ciudades de África, Asia y
América Latina. Los límites y trabas a las exportaciones de alimentos que
impusieron muchos países productores agravaron la situación, al disminuir aún

142
Refiriéndose a América Latina, Kay (2003) dice que unas 15.000 personas murieron a causa de la violencia
agraria en Guatemala entre 1968 y 1996; más de 75.000 en El Salvador entre 1979 y 1995; 44.000 en
Colombia entre 1963 y 1998; 30.000 en Nicaragua entre 1982 y 1988; y 30.000 en Perú, entre 1981 y 1995.
Hay que agregar la violencia sistemática, incluidos asesinatos, ejercida por terratenientes y bandas de derecha
contra líderes y activistas del movimiento campesino de Brasil.

184
más la oferta.143 Si bien desde mediados de 2008 los precios de los alimentos
bajaron, esto fue producto de la crisis mundial. Un informe de la FAO de junio de
2009 había elevado a 1020 millones el número de personas subnutridas en el
mundo, lo cual representaba el 15% de la población total.
La otra cara de la expansión agrícola capitalista es el desprecio por el medio
ambiente, y la destrucción de suelos. Sólo la ampliación de las plantaciones
capitalistas de soja produjo la destrucción de 21 millones de hectáreas de bosques
en Brasil, 14 millones en Argentina y 2 millones en Paraguay. La sobreexplotación
de la tierra lleva a la degradación, la pérdida de materia orgánica, la desertización
y salinización de los suelos. Se calcula que anualmente en el mundo se pierden 6
millones de hectáreas de tierra productiva por erosión, salinización y
desertificación. En Brasil la erosión alcanza los 100 millones de hectáreas. Los
suelos de Punjab y Haryana, donde se produce el 40% del trigo de la India, están
sufriendo marcados descensos de fertilidad. En algunos países, la pérdida de
producción potencial que se puede atribuir al agotamiento del suelo equivale,
según la FAO, al 1,5% del PNB. A nivel mundial el 40% de la tierra agrícola estaría
seriamente degradada. En resumen, la expansión de las fuerzas productivas bajo
su forma capitalista es profundamente contradictoria; por un lado aumenta la
generación de riqueza material y se despliegan las posibilidades que ofrecen la
tecnología y la ciencia. Por otra parte aumentan las desigualdades sociales,
cientos de millones caen en la más absoluta pobreza, y se produce un colosal
despilfarro y destrucción de recursos naturales.
DESARROLLO AGRARIO PAMPEANO, PARTE DE LA MUNDIALIZACIÓN
En la zona pampeana y productora de cereales y oleaginosas de Argentina hubo
un importante desarrollo de las fuerzas productivas y del modo capitalista en las
últimas décadas. Esto constituye una expresión particularizada del proceso de
expansión mundial del modo de producción capitalista.144 El capital agrario de
Argentina ha acumulado al calor del capitalismo mundial; y su fracción más
poderosa está imbricada con el capital mundializado, en tanto las fracciones más
débiles pelean por garantizar su participación en los mercados mundiales en
crecimiento.
La aceleración del desarrollo capitalista agrario en la zona pampeana comenzó a
insinuarse hacia fines de la década de los setenta, aunque se interrumpió a
mediados de los años 1980. A la incertidumbre generada por el contexto
macroeconómico de esa década, se sumó una fuerte caída de los precios
internacionales, y mayor presión tributaria, lo que generó una crisis de
rentabilidad. Pero en la década siguiente la supresión de impuestos y las
facilidades para importar tecnología y maquinaria con tipo de cambio bajo,
generaron un aumento de rentabilidad en el agro pampeano que fue determinante
para el crecimiento de la inversión, del área cultivada y la productividad. 145 Se

143
En marzo de 2008 Camboya, Indonesia, Kazajstán, Argentina, Rusia, Ucrania, Vietnam y Tailandia habían
restringido las exportaciones de alimentos.
144
El carácter capitalista avanzado del desarrollo agrario argentino es subrayado en Bisang y Gutman (2005);
Bisang y Kosacof (2006) y Bisang (2008).
145
Véase López (2007); Barsky (1993) para la crisis de rentabilidad de los ochenta, también citado por López.

185
producen entonces algunas transformaciones trascendentes. La más importante
“fue la incorporación de variedades transgénicas en soja y maíz, que permitieron
un mejor control de las malezas y de menor costo” (Barsky, 2008 p. 283). Además,
se difundió la siembra directa, que “abarató costos y favoreció la conservación del
suelo al mantener la capa vegetal” (ibid). Estas mejoras a su vez fueron posibles, y
estuvieron acompañadas, de un avance en la mecanización:
En materia de mecanización se observa que la potencia de la maquinaria se
incrementa [durante los noventa] lo que se vincula con el trabajo en mayor
escala de productores y contratistas de maquinaria, y se producen múltiples
mejoras que incrementan la rapidez de los procesos y la calidad de las
labores, con dispositivos de precisión, sensores y comandos electrónicos y
sistemas de posicionamiento geográfico y satelital. Comienza a introducirse
en forma significativa el riego complementario en la agricultura extensiva,
sobre todo para el cultivo del maíz, lo que potencia notablemente sus
rendimientos al maximizar el uso de los fertilizantes (Barsky, 2008, p. 283).
Se avanzó en el control de plagas, en la variación y mejoramiento de semillas, y
en el uso de nutrientes y fertilizantes. La inversión de capital por hectárea se
incrementó. A mediados de 2008 el cultivo del maíz exigía, en promedio, unos
US$ 500 de inversión por hectárea en fertilizantes, semillas, plaguicidas, etcétera;
el cultivo de la soja unos US$ 260.
El desplazamiento de mano de obra a raíz de la mecanización en el agro, y el
aumento de la inversión por obrero, da como resultado el aumento de la
composición orgánica del capital. Lo cual implica que la renta absoluta tiende a
desaparecer y la renta diferencial II adquiere importancia. Estos cambios
constituyen expresiones del desarrollo capitalista. Esta idea se opone a la tesis –
véase Gastiazoro (1999)– de que la renta absoluta tiene un gran peso en la
actualidad en Argentina.146
Merced al empleo de las nuevas tecnologías, se produjo una expansión de la
frontera agraria, que pasó de 20 a 31 millones de hectáreas desde 1996 a 2007.
Extensas zonas de Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Entre Ríos, entre otras
provincias, se incorporaron a la producción de soja, principalmente. También
aumentó la productividad. A mediados de la década de 1980 la hectárea de tierra
rendía entre 15 a 20 quintales de soja como máximo; en 1995 estaba, en
promedio, en 23 quintales, y en 2007 el rendimiento promedio fue de 30 quintales.
En el caso del maíz, el rendimiento por hectárea pasó de 20 quintales en 1970 a
80 quintales en 2006. Dado el aumento de la productividad y la expansión de la
frontera agrícola, es lógico que la producción haya crecido considerablemente. La
producción sumada de cereales y oleaginosa a principios de la década de 1980
rondaba los 30 millones de toneladas. En 1996 era de 45 millones, de las cuales
15 correspondían a la soja y 30 a los cereales. En 2007 fue de 95 millones,
correspondiendo a la soja 48 millones (o sea, triplicando la producción con
146
Una renta absoluta que tendría por base, siempre según este enfoque, además de la súper explotación de la
clase obrera rural “el latifundio de origen feudal” y “las relaciones precapitalistas”. Este análisis es funcional
al Partido Comunista Revolucionario para plantear que el desarrollo del capitalismo estaría bloqueado por la
propiedad latifundista.

186
respecto a 1996) y 47 millones de toneladas a los cereales (un aumento del 60%
con respecto a 1996).
A pesar de que mucha tierra ganadera pasó a ser tierra agrícola –las pasturas
tradicionales de alfalfa, que se utilizaban para la invernada pasaron a tener
agricultura– y a pesar también de que la ganadería pasó a tierras de peor calidad,
el stock ganadero se mantuvo, e incluso aumentó en la primera parte de la
presente década. Según técnicos de AACREA, la producción nacional ganadera
habría aumentado un 27% de 2001 a 2005. Esto fue posible gracias a la
incorporación de fertilizantes, variedades forrajeras, mejor uso del pasto y el
empleo del grano de maíz como complemento. Aunque a partir de 2005 este
crecimiento comenzó a revertirse.
Este desarrollo trajo aparejado cambios en el tamaño de las propiedades, en
especial en la zona Pampeana. Según el Censo Agropecuario de 2002, el tamaño
promedio de las empresas agropecuarias en todo el país pasó de 469 hectáreas
en 1988 a 588 en 2002; una suba del 25%. El mayor crecimiento se dio en la zona
pampeana, donde se pasó de 400 hectáreas a 533; esto es, hubo un aumento del
35%. El número de las explotaciones más pequeñas, de hasta 500 hectáreas,
disminuyó un 18%; entre 1988 y 2002 desaparecieron cerca de 90.000
productores. Lo cual está en la línea tendencial de la concentración que ocurre en
otros países. El estrato de establecimientos de entre 500 a 2500 hectáreas, en
cambio, aumentó un 5%; y no aumentó el número de las explotaciones con más
de 2500 hectáreas. Esto último se explicaría por las necesidades de crecientes
inversiones de capital por hectárea. En el largo plazo tendió a desaparecer la
estancia que practicaba un cultivo extensivo y se beneficiaba de la renta absoluta
y la renta diferencial I.147 Además, se redujo relativamente la población rural de la
zona pampeana. En 2001 representaba el 6,9% del total de la población, contra el
16% en 1970.
Señalemos también que la tendencia al desarrollo capitalista no ha eliminado
completamente la pequeña producción, en particular en el Noroeste y Noreste
argentino, donde entre el 22% y 25 % de la población es rural. En la provincia de
Misiones el 85% de los 21.300 productores yerbateros poseen entre 1 y 10 ha,
representando el 51% de la superficie implantada; las unidades más pequeñas en
particular están prácticamente al nivel de subsistencia. 148 Según Obschatko
(2007), y en base al Censo Agropecuario de 2002, había en Argentina 218.868
pequeños productores. Dentro de esta categoría Obschatko incluye desde el
pequeño productor familiar que, a pesar de sus escasos recursos, puede
evolucionar con una reproducción ampliada, hasta el estrato de los pequeños
productores cuya dotación de recursos no le permite vivir exclusivamente de su
explotación. Estos campesinos deben realizar trabajos asalariados ocasionales,
viven en condiciones de acentuada pobreza y el mantenimiento de su campo se
147
Comentando el desarrollo del capitalismo norteamericano, Lenin señala que la eliminación de la pequeña
producción por la grande consiste en la eliminación de las explotaciones más grandes en superficie, pero
menos intensivas en capital, por explotaciones de tamaño más pequeño, más intensivas en capital y más
productivas; véase Lenin, 1915.
148
Relevamiento yerbatero, de 2002, Gobierno de la provincia de Misiones.

187
explica, en la mayoría de los casos, por el aporte que reciben de programas
públicos de asistencia social e ingresos eventuales.
De todas maneras la permanencia de la pequeña producción rural se combina con
el desarrollo capitalista. La producción en la zona pampeana y productora de
cereales y oleaginosas, en particular, obedece plenamente a la racionalidad del
capital. Cada vez más se imponen los capitales más desarrollados, con mayor
capacidad tecnológica y financiera, por sobre los más débiles. Algunos poseen
varios cientos de miles de hectáreas, y arriendan también decenas de miles.
Debido a su tamaño pueden beneficiarse con economías de escala, y obtener una
rentabilidad mayor de la que tiene el productor mediano o pequeño. Según los
datos preliminares (a mediados de 2009) del Censo 2008, en el lustro transcurrido
desde 2002 se acentuó la concentración. En 2002 existían 333.533
establecimientos agropecuarios, y en 2008 había 273.590; esto es, se había
producido una reducción del 18%.
Además hay una creciente integración de cadenas de valor. Las economías de
escala se extienden a las fases de la circulación del capital. Los grandes
productores pueden comprar los insumos con descuentos; o tienen la posibilidad
de vender su producción directamente a los exportadores, evitando intermediarios.
Este conjunto de factores explica el crecimiento que tuvieron algunos grupos
capitalistas, como Grobo, Adecoagro, Cresud, El Tejar, MSU, Cazenave, Olmedo
Agropecuaria, United Agro. También entraron en el negocio agrario argentino
transnacionales proveedoras de insumos. Entre ellas, Monsanto, que es dueña de
la patente de soja RR; empresas proveedoras de semillas, como Nidera; las que
proveen pesticidas, como Bayer o Sygenta; y las que se dedican al procesamiento
y/o comercialización, como Cargill, Bunge, Dreyfus o ADM. Cada vez más se
borran los límites entre lo agrario, industrial, financiero y comercial, como enfatizan
Bisang y Kosacoff (2006). Un caso ilustrativo lo constituye la participación de
Cresud en el negocio de la carne. Además de poseer, en 2008, 130.000 hectáreas
dedicadas a la ganadería y 99.000 cabezas de ganado, se asoció con Tyson
Food, el principal productor de carne de Estados Unidos, para montar un corral de
feed-lot y una planta frigorífica. Este tipo de vinculaciones en cadena es frecuente
en la estrategia de los grandes capitales. Otro ejemplo significativo es el grupo
Chemo, propiedad de la familia Sigman, que se inició en Barcelona, pero opera en
Argentina. Chemo tiene participación en Biogénesis Bagó (el primer laboratorio en
tener autorización para hacer la vacuna antiaftosa en Argentina); en el laboratorio
Elea; posee inversiones en ganadería, en plantaciones y explotación forestal; en la
cría de yacarés; desarrolla un proyecto de aprovechamiento del guanaco en Santa
Cruz; participa en una productora cinematográfica; en los medios, a través de
Capital Intelectual (Tres Puntos, TXT, y la edición del Cono Sur de Le Monde
Diplomatique), y tiene una fuerte participación accionaria (casi el 20%) en Gas
Natural Ban.149
149
La realidad de la diversificación de los capitales debería inducir a la reflexión a quienes acostumbran
interpretar los conflictos siempre en términos de luchas entre “fracciones del capital” (agrario, industrial,
comercial, etcétera), concibiéndolos como compartimentos estancos y fijos. Se trata de una tradición
intelectual que en los sesenta y setenta instaló Poulantzas, que hoy debería ser revisada. Si bien existen
tensiones entre diferentes sectores, éstas se dan en el marco también de una unidad, que está dada por las

188
También es importante destacar que ese desarrollo agrícola ocurre en un país
cuya economía sigue teniendo una productividad global inferior a la productividad
de los países desarrollados. La economía argentina sigue siendo una economía
atrasada. El capitalismo agrario pampeano continúa dependiendo de los avances
tecnológicos que ocurren en los países más desarrollados, y de la importación de
maquinaria y tecnología. Una consecuencia es que mientras el agro pampeano
puede competir con un tipo de cambio real bajo –y cuando los precios mundiales
de los alimentos son altos, también pueden hacerlo las zonas marginales– las
industrias que producen bienes transables “demandan” permanentemente un tipo
de cambio real alto para salvar la brecha de productividad que existe en el
mercado mundial.
SOJIZACIÓN Y DETERIORO DE LOS SUELOS
Como contrapartida del crecimiento de la productividad y la extensión de la
frontera agrícola, y de la mano de la sojización, se ha producido un deterioro de
los suelos. Sin embargo, y de acuerdo a los técnicos del INTA y de organizaciones
conservacionistas, no es la soja en sí la causante de los males, ni tampoco la
siembra directa.150 Un correcto manejo de la siembra directa, con rotación de los
cultivos, inclusión de cultivos de cobertura, manejo integrado de malezas, insectos
y enfermedades, reposición de nutrientes y con el uso científico de insumos, no
sólo preservan el suelo, sino pueden mejorarlo a largo plazo. En muchas zonas,
como señala Barsky, con la extensión de la siembra directa se comenzó a revertir
un proceso histórico de degradación del suelo.
Sin embargo la presión por las ganancias, combinada con la inversión inadecuada,
está generando crecientes problemas. Es que, como señala Roberto Casas,
director del Centro de Investigaciones de Recursos Naturales del INTA, “en los
últimos años nuestra agricultura se encamina hacia una simplificación extrema de
los sistemas productivos, lo cual nos hace potencialmente vulnerables” (Campo La
Nación, 5/07/08). En muchas zonas y establecimientos no hay suficiente rotación
de cultivos, ni se aplican otros cuidados. No existe un adecuado manejo de la
siembra directa y fertilización balanceada. Esto favorece la continuidad de plagas,
agentes patógenos y malezas, y la acidificación de los suelos. Como resultado
sólo en la región Pampeana habría, en 2008, unos 16 millones de hectáreas
afectadas por la acidificación. Esto es un indicador del desequilibrio que genera el
monocultivo por pérdida de nutrientes debido a los fertilizantes químicos de alto
índice de acidez. En zonas marginales productoras de soja, donde las tierras han
sido desmontadas recientemente, la desaparición de materia orgánica es aún más
veloz. La continua siembra directa provoca que los suelos sean más densos, lo
que afecta su permeabilidad y los hace menos capaces de resistir los procesos de
degradación. La soja también consume altas cantidades de minerales que no se
reponen con los fertilizantes. A esto se suma la eliminación de bosques. Según la
Secretaría de Medio Ambiente, entre 1998 y 2002, con la introducción de la soja
transgénica el área forestal se redujo en más de 900.000 hectáreas.
diferentes formas que adopta el capital. Por otra parte, los conflictos y tensiones muchas veces se registran en
el seno de un mismo tipo de capital; por ejemplo, entre productores de aceros y fabricantes de automóviles;
entre criadores de ganado y productores dedicados al engorde, etcétera.
150
Además del INTA, pueden consultarse AACREA.

189
En términos más generales, el INTA estima que los procesos de erosión hídrica y
eólica en Argentina afectan a unos 20 millones de hectáreas, lo que equivale al
20% del territorio nacional. Las regiones áridas y semiáridas presentan un 60% de
desertificación de moderada a severa, y un 10% de desertificación grave.
Por otra parte, nada parece confirmar la tesis –defendida por la Federación
Agraria– de que un cierto tamaño medio de la explotación agraria garantiza una
mejor conservación de los suelos. Cuando se trata de la propiedad arrendada, el
tratamiento “racional y consciente” del suelo es obstaculizado porque el
arrendatario restringe la inversión productiva de largo alcance que beneficiaría al
terrateniente. En la pequeña propiedad, muchas veces se evidencian falta de
recursos y conocimientos científicos.151 El problema se agrava cuando a los
gobiernos sólo les interesa aumentar la recaudación del presente, con desatención
de las consecuencias para las generaciones futuras.
CONCLUSIÓN
Con la globalización del capital se profundiza la penetración del mercado y se
extienden las relaciones salariales en el agro del Tercer Mundo. Cualquier análisis
nacional del tema agrario en los países subdesarrollados debe partir de las
tendencias a nivel mundial. Las tesis de la CD sobre el bloqueo de las formaciones
precapitalistas en la periferia no se verifican. En la zona pampeana y productora
de cereales y oleaginosas se ha desarrollado una clase capitalista que es parte de
este proceso de mundialización del capital. Se observa que la propiedad de la
tierra no impidió el desarrollo capitalista en el agro, como quiere creer la tesis que
sostiene que la “renta absoluta” y la “gran propiedad terrateniente de origen
feudal”, o la “oligarquía” impedirían el surgimiento de una clase de “granjeros”, al
estilo americano.
Además, ninguna fracción significativa de la clase dominante en Argentina, ni
ningún gobierno en el último cuarto de siglo se ha opuesto, o ha cuestionado, el
proceso de desarrollo capitalista agrario que acabamos de reseñar. Ni siquiera la
sojización fue seriamente cuestionada. Tampoco hubo críticas a las condiciones
salariales y laborales de los trabajadores rurales. La clase capitalista no puso
reparos a esta evolución capitalista. Los intereses del complejo que industrializa
productos agrarios están ligados a los intereses agrarios. En muchos casos se
trata de los mismos capitales, que invierten en una u otra actividad. Aunque
puedan existir tensiones, nada indica que alguna fracción significativa de la
burguesía argentina esté apostando por una industrialización “a expensas” del
agro.

151
“…el lugar del tratamiento consciente y racional del suelo en cuanto propiedad colectiva eterna, condición
inalienable de existencia y reproducción de la serie de generaciones humanas que se relevan unas a otras es
ocupado por la explotación y el despilfarro de las fuerzas del suelo…. En el caso de la pequeña propiedad,
ello ocurre por falta de medios y conocimientos científicos para la aplicación de la fuerza productiva social
del trabajo. En el caso de la gran propiedad, sucede ello porque se explotan esos medios con el objetivo de
que arrendatarios y propietarios se enriquezcan con la mayor rapidez posible. En uno y otro caso, por la
dependencia con respecto al precio de mercado” (Marx, 1999, t. 3, p. 1033).

190
INTERLUDIO II:
Especulación financiera y precios de los granos
Una idea muy extendida es que el alza de los precios de las materias primas
desde 2005 hasta mediados de 2008 se debió a los capitales financieros
especulativos que se volcaron a los mercados de futuros. No habría entonces
determinación objetiva de los precios; sus variaciones estarían sometidas a los
cambios de humores de los especuladores financieros.
Esta tesis ha sido criticada no sólo por economistas neoliberales que defienden la
hipótesis de los “mercados eficientes” –según la cual los precios de los activos
financieros siempre reflejan los fundamentos–, sino también por algunos “nuevos
keynesianismos”. El caso más notable es Paul Krugman. En un artículo publicado
en The New York Times, y refiriéndose al petróleo, Krugman sostuvo que la
actividad especulativa sólo hace subir los precios si hay aumento de inventarios.
Sin embargo, continuaba Krugman, en 2007-2008 los inventarios de petróleo no
habían aumentado, y por lo tanto no podía atribuirse la suba del crudo a la
especulación en los mercados de futuros (véase Krugman, 2008). Algo semejante
podría decirse entonces del alza de los granos.
Sin coincidir con los fundamentos del razonamiento de Krugman, 152 acordamos sin
embargo en que para que exista aumento de precios por la actividad especulativa
debe ocurrir un aumento de los stocks. Es que la especulación en los mercados de
futuros por sí misma sólo puede tener un efecto de corto plazo sobre los precios
de las mercancías subyacentes. La ley económica que determina el movimiento
de los precios –esto es, la ley del valor trabajo– no se ve suplantada por la
actividad especulativa, aunque ésta pueda contribuir a las oscilaciones de los
precios, y también a la formación de burbujas. 153
Para aclarar por qué esto es así, en lo que sigue explicamos brevemente cómo
funcionan los mercados de futuros. Para ello nos basamos en el informe del
Senado de EUA de 2009 sobre el mercado estadounidense de futuros de trigo y
su relación con el alza de precios (US Senate, 2009). Empecemos introduciendo
los instrumentos básicos.
Por un lado tenemos los contratos forward, que establecen la entrega en un
tiempo futuro de una cantidad de cierta mercancía, cuya calidad y el lugar de
entrega están especificados en el contrato, a un precio convenido. Los forward son
instrumentos particulares, esto es, sus características están acordadas entre las
partes. Por ejemplo, un granjero establece un forward con un acopiador, para

152
A pesar de sus críticas a la ortodoxia neoliberal, Krugman defiende la teoría neoclásica, según la cual los
precios se determinan por el simple juego de la oferta y la demanda.
153
A veces se piensa que la ley del valor trabajo de Marx no toma en cuenta a la oferta y la demanda. Se trata
de un error. La ley del valor trabajo sólo rige a través de las permanentes oscilaciones de la oferta y la
demanda. Además, en la determinación de los precios no solo interviene el tiempo de trabajo socialmente –
esto es, según la tecnología e intensidad de trabajo promedios en la rama– necesario para producirlos, sino
también el tiempo de trabajo que la sociedad está dispuesta a entregar por el producto. Este último aspecto
alude al lado de la demanda. La formación de stocks por motivos especulativos en consecuencia puede afectar
a los precios durante todo un período.

191
entregar cierta cantidad de trigo, de x calidad, en determinado tiempo y lugar. Los
contratos forward son difíciles de negociar.
Los contratos de futuros, por su parte, son esencialmente contratos forward pero
estandarizados. Esto significa que la cantidad y calidad son estándar, así como los
lugares y momentos de entrega. Lo único que varía es el precio. Los mercados de
futuros se organizan para comercializar estos contratos y son altamente líquidos.
Dado que las transacciones están supervisadas por las autoridades del mercado,
quienes operan en futuros están obligados a depositar garantías –que aumentan
en la medida en que los precios se mueven en contra del inversor– y las casas
que pueden entregar o recibir las mercancías están debidamente autorizadas. Las
garantías depositadas se recuperan en el momento de expiración del contrato. 154
Entre quienes actúan en los mercados de futuros debemos distinguir dos tipos de
operadores. Los que tienen relación directa con los bienes físicos –productores,
comerciantes, acopiadores, industriales que utilizan la materia prima, etc.– y los
especuladores, quienes no tienen interés directo en el bien. En una primera
aproximación se puede decir que los primeros operan en el mercado con el fin de
protegerse frente a posibles cambios de los precios, mientras los segundos
buscan hacer diferencias comprando y vendiendo los contratos.
Destaquemos que, contra lo que generalmente se piensa, los contratos de futuros
–de ahora en adelante nos referimos al mercado de granos, y específicamente al
trigo– raramente se utilizan para proveer la mercancía al comprador. En EUA sólo
entre el 1 y 2% del total de los contratos terminan en la entrega de la mercancía.
Sin embargo, juegan un rol importante en la comercialización del producto.
Para ver por qué, supongamos que un granjero en EUA firma un contrato forward
con un acopiador, por el cual se compromete a entregarle en determinada fecha y
a cierto precio, un determinada cantidad de trigo. El acopiador compra el grano al
terminar la cosecha y lo almacena para venderlo más tarde. Pero si baja el precio
del grano, sufrirá pérdidas. Para protegerse puede vender un contrato de futuro,
para lo cual elige un contrato que establece la fecha de entrega lo más cerca de la
fecha en que piensa que efectivamente va a vender el grano. En esta
circunstancia se dice que el acopiador está “largo” en el mercado cash (o de
contado) y tiene una posición “corta” en el mercado de futuro. Podemos suponer
que el acopiador compra trigo a US$ 4 por unidad en julio, y vendió futuro a US$ 6
para diciembre (la diferencia cubre sus costos de almacenamiento, seguro y
genera su ganancia).
Pues bien, el contrato de futuro requiere que el acopiador entregue el grano a una
determinada empresa autorizada por el mercado, y en un lugar especificado. Pero
por lo general los acopiadores, y otros comerciantes, entregan en otros lugares y
tiempos, y a otros compradores. Si éste es el caso del acopiador de nuestro
ejemplo, deberá deshacer (unwind) la protección al llegar diciembre. Para esto en
154
También se opera con opciones, pero las operaciones con futuros son más importantes en los mercados
financieros ligados a las materias primas agrícolas, a la energía o los metales. Las opciones dan derecho a la
compra del activo subyacente en el momento del ejercicio; se pueden ejercer o no, según convenga al
comprador de la opción. El contrato de futuro, en cambio, obliga a entregar (si se ha comprado futuro) o a
recibir (si se ha vendido futuro) la mercancía subyacente.

192
diciembre compra un contrato de futuro, por el cual está obligado a recibir la
misma cantidad de trigo que su anterior contrato de futuro le obligaba a entregar
en diciembre. Supongamos que el precio del contrato de futuro para diciembre es
ahora US$ 3; el acopiador compra futuro a US$ 3, con lo cual ganó US$ 3 en el
mercado de futuro (había vendido a US$ 6). Al mismo tiempo venderá la unidad de
trigo a US$ 3, suponiendo que el precio del futuro, al momento de su expiración,
coincide con el precio spot del mercado. En esta operación pierde US$ 1 (había
pagado US$ 4 al granjero), con lo cual la diferencia, según lo previsto al
protegerse, es de US$ 2.
Este ejemplo demuestra que para el éxito de la operación es fundamental la
convergencia entre los precios de futuro y spot. Si en diciembre el precio del futuro
es mayor que el precio de contado, el acopiador tendrá pérdidas (y viceversa). En
teoría los precios deben converger, y las diferencias son pequeñas. Sin embargo
la entrada de capitales especulativos puede distorsionar este funcionamiento. Y
esto es lo que sucedió, en especial a partir de 2005 en los mercados de materias
primas.
Los inversores especulativos en los mercados de futuros son de dos tipos, en lo
esencial. Por un lado están los que compran y venden directamente futuros,
apostando a hacer diferencias con la evolución de sus precios. Y por otra parte
encontramos a los que compran instrumentos financieros cuyo valor depende de
los índices de precios de las materias primas. El más común de estos
instrumentos es el commodity index swap (CIS); se trata de un instrumento que
paga un retorno basado en el valor de un índice especificado. Por ejemplo, un CIS
puede tener un valor vinculado a un índice que consiste en un 50% de petróleo y
un 50% de trigo. Quienes los emiten (swaps dealers) son grandes instituciones
financieras; en EUA como Bank of America, Citibank, Goldman Sachs, HSBC
Bank y J. P. Morgan Chase. Los inversores que compran los CIS son fondos de
pensión, de inversión, fondos de cobertura (hedge funds, altamente especulativos)
o inversores ricos. Se trata de un mercado descentralizado, no regulado.
¿Cómo afectan estas inversiones los mercados de futuros? Pues sucede que los
swaps dealers por lo general protegen su exposición comprando contratos de
futuros por un monto equivalente a lo que han vendido en el mercado swap. Por
ejemplo, si han vendido un swap basado en el índice del trigo, y el precio del trigo
sube, el emisor del swap tendrá una pérdida. Para protegerse comprará entonces
futuro de trigo por el monto equivalente. De esta manera está “corto” en el
mercado swap de trigo, y “largo” en el mercado de futuro de trigo. Su posición neta
es cero, y su ganancia se origina en las comisiones que recibe por la operación.
Las ganancias (o pérdidas) del inversor en el swap provienen, en primer lugar, de
los cambios de precios en el mercado de las mercancías incluidas en el índice.
Por ejemplo, si el índice contiene trigo, el tenedor del swap ganará si sube el
precio del trigo. En segundo término habrá una ganancia por la renovación de la
operación, que está ligada a la renovación de los futuros. Al acercarse la fecha en
que expira el contrato de futuro se venden estos contratos y simultáneamente se
compran otros con fechas más lejanas de expiración. Cuando el precio del
contrato de futuro que se vende es superior al precio del contrato que se compra,

193
habrá ganancias, y viceversa. Este componente de las ganancias (hay un tercero,
pero no lo tratamos aquí) es más importante que el derivado de las variaciones
directas de precios. Por eso en los últimos años se comprobó que las ganancias
de este tipo de instrumentos no fueron particularmente altas; es que en un
mercado alcista de futuros, habrá una pérdida importante por las renovaciones.
Con lo explicado tenemos los elementos para comprender lo sucedido en los
2000. Desde 2003 hubo una creciente ola de inversiones en estos instrumentos.
Los expertos “vendieron” la idea de que estos activos cuyo valor se basa en
índices de materias primas, petróleo o metales, constituían una protección efectiva
contra la inflación; sostuvieron que permitían diversificar las carteras; y que
estaban correlacionados negativamente con los movimientos de bonos y acciones.
Dado que el mercado bursátil estaba “de capa caída” (después de la crisis del
2000-2001), y los precios de las materias primas subían, se consideró que las
ganancias eran “seguras”.
De esta forma el valor total de los instrumentos indexados pasó de un estimado de
US$ 15.000 millones en 2003 a por lo menos US$ 200.000 millones a mediados
de 2008. En este último año los dealers en estos índices poseían entre el 40 y
45% de los contratos de compra en el mercado de futuros de trigo de Chicago; y
proporciones también muy altas en otros mercados de futuros. Esto llevó a que
hubiera una creciente demanda de compra de futuros que debían renovarse;
dado, además, que los precios de los futuros subían (con las consiguientes
pérdidas, por lo que se explicó antes), también hubo una tendencia a invertir en
futuros a plazos cada vez más alejados. Lo importante es que los precios del trigo
(y de otros bienes) del mercado al contado divergían fuertemente del precio de los
futuros. Y además ambos precios no convergían al momento de la expiración de
los contratos. Esto tuvo consecuencias en varios sentidos.
En primer lugar, desapareció una referencia orientadora de los precios para
productores, acopiadores, comerciantes y grandes compradores. En segundo
término, en la medida en que subían los precios de los futuros, se les exigía
reposición de garantías (margin call). Los que no podían cumplir, veían cerradas
sus posiciones. Se calcula que el acopiador promedio en EUA enfrentaba, en
2008, un costo de protección un 300% superior al de 2006. Pero además, al no
haber convergencia entre los precios de contado y del futuro en el momento de
expiración, los acopiadores sufrían pérdidas; ante esto los bancos limitaron el
crédito. Y los acopiadores encontraron beneficioso acumular stocks. Como
sostiene el subcomité del Senado de EUA que estudió esta situación:
Muchos traders y analistas explicaron que los altos precios de futuros
hacían más rentable para los acopiadores (elevators) de grano comprar
grano en el mercado cash, almacenarlo y entonces proteger estas compras
de grano con la venta de contratos de futuro de altos precios relativos, que
embarcarse en una operación de arbitraje (comprar trigo en el mercado
cash, vender el contrato de futuro y luego entregar el trigo) al expirar el
contrato. Cuando los spreads [diferencias entre los precios spot y de
futuros; aclaración nuestra]… el acopiador puede recuperar más que el
costo de almacenamiento del grano” (US Senate, 2009, p. 138).

194
Es en este sentido que la especulación afectó los precios, al aumentar el
almacenamiento. Sin embargo no está claro en qué medida aumentaron los
almacenamientos. Según FAO (2009) al cierre de las temporadas agrícolas que
finalizaron en 2008 las existencias mundiales de cereales habían aumentado
únicamente 1,5% desde su ya reducido nivel al comienzo de las temporadas, y
alcanzaban su nivel más bajo en 25 años. UNCTAD (2009b), que atribuye más
importancia a la actividad especulativa, señala que de todas maneras los registros
de las existencias no son fiables.155
En cualquier caso parece verificarse que la incidencia sobre los precios no puede
ser de largo plazo, porque el almacenamiento tiene costos crecientes a medida
que progresa. Sí parece indudable que la especulación aumentó la volatilidad de
los precios, e incidió en el alza, aunque no hay evidencia sólida de cuánto. Gilbert
(2008) anota también que la especulación generó mayor correlación entre los
mercados, debido a que se compraron indiscriminadamente índices, y afirma que
ayudó a generar la burbuja. Pero no encuentra pruebas de que los inversores
financieros generaran el alza de precios en lo fundamental; más bien los
inversores siguieron una tendencia, y la profundizaron, en especial en el período
de febrero a mayo de 2008. Mayer (2009) en cambio da mayor crédito a la idea de
que los inversores financieros pueden haber dado lugar a una onda alcista.
Sostiene que los dealers de índices afectaron en mayor medida los precios desde
el 2006, porque a diferencia de los especuladores tradicionales, que toman
posiciones cortas y largas en los mercados de futuros, quienes especulan con
índices sólo tienen posiciones largas, esto es, sólo compran contratos. Sin
embargo Mayer constata que hay poca correlación entre posiciones financieras y
cambios de precios para períodos extensos en oro, gas natural, crudo, cobre,
soja, aceite de soja, maíz y trigo. Mientras hay períodos y bienes primarios en los
que posiciones financieras y precios se mueven juntos, especialmente en la caída
de precios posterior a 2008, y ocasionalmente durante la subida, hay otros
períodos y bienes en los que el incremento de las posiciones financieras en
determinados bienes no aumenta, aunque estén subiendo los precios. En el
mismo sentido, The Economist (31/05/08) señala que en 2008, por ejemplo, subió
fuertemente la inversión especulativa en los mercados de futuro de níquel, y el
precio del metal cayó. Inversamente el precio del cadmio, un metal raro, aumentó
desde 2001 a 2008 más del doble de lo que lo hizo el petróleo, a pesar de que no
se negocia en los mercados de futuros (ídem). Además de la falta de correlación,
tampoco se ha encontrado una relación causal significativa de un impacto
sistemático de las posiciones financieras sobre los precios.
En síntesis, los precios se pueden desvincular en el corto plazo de los
“fundamentos” de la oferta y la demanda, debido a las operaciones financieras. En
este respecto la hipótesis neoclásica de los mercados eficientes no se verifica.
Pero no hay elementos científicos para sostener que la ley del valor trabajo no rige
los precios de los productos primarios debido a la inversión financiera
155
El informe de la UNCTAD sostiene que la actividad especulativa en 2007-2008 no favorecía el arbitraje
entre los precios spot y futuros, y que esto impulsó al alza a los precios. Pero no explica cómo actuaba este
mecanismo de arbitraje. Además reconoce que no hay pruebas claras de que haya habido una relación causal
entre incremento de la actividad financiera y el alza de precios.

195
especulativa. Los especuladores financieros se montan sobre tendencias que
están gobernadas, en su sentido profundo, por la ley de formación de precios . La
incidencia de los fondos financieros puede ser importante para la formación de la
burbuja, pero no pueden gobernar las tendencias de base.

196
Capítulo 14
Renta agraria, ganancia del capital y retenciones
En este capítulo aplicamos las categorías discutidas en el capítulo 12 al análisis
de un caso concreto, la evolución de la renta agraria y los precios de la tierra en la
zona cerealera y sojera argentina, su relación con la tasa de ganancia, y el
conflicto entre el campo y el Gobierno, a raíz de la suba de las retenciones a las
exportaciones. Utilizamos un pequeño modelo de economía dependiente, en la
línea de investigación que presentamos en los capítulos 10 y 11. Nuestra intención
es proponer una vía de análisis, y mostrar las relaciones que afectan a los
ingresos de las clases sociales y sus fracciones, en sus trazos gruesos. Una de
las conclusiones que surgirán es que las consecuencias de las retenciones sobre
la economía de conjunto no son lineales sino complejas, y sujetas a múltiples
determinaciones.
RENTABILIDAD AGRARIA
Nuestro punto de partida es precisar la rentabilidad de una explotación
representativa de los llamados “pequeños productores” de la zona pampeana, que
han sido uno de los pilares del conflicto con el Gobierno. Nuestro establecimiento
es un campo de soja, de 100 hectáreas, con un rendimiento de 3 toneladas por
hectárea. Tomamos un precio de noviembre de 2007; un precio internacional de la
soja US$ 400. Con retenciones del 35%, y tipo de cambio a $3/US$, el precio que
recibe el productor es de $800 por tonelada. 156
Para calcular la rentabilidad de este campo nos hemos basado en variadas
fuentes.157 Encontramos coincidencias entre ellas en lo que atañe a costos directos
e indirectos, pero no en los impuestos que se incluyen en los cálculos. Esto resulta
en importantes diferencias en las rentabilidades. En términos estrictos, de la
rentabilidad bruta habría que restar todos los impuestos –ganancias, inmobiliario,
ingresos brutos, bienes personales– para obtener la rentabilidad neta. Esto se
hace en alguna de las fuentes consultadas. Sin embargo, dado que nos interesa
encontrar la rentabilidad real promedio, y dado además que existe una importante
evasión, hemos calculado una deducción a la rentabilidad bruta por impuestos de
sólo el 22%.
Con el rinde de 3 toneladas por hectárea, y el precio de noviembre de 2007, el
valor de la producción de soja del campo que analizamos es de $240.000. La
suma de costos directos (semilla, agroquímicos, fertilizantes, labranza,
fumigaciones y cosecha) es $650 por hectárea. La suma de los costos indirectos
(transporte de 200 kilómetros, acondicionamiento del grano y comercialización) es
$350, también por hectárea. Esto da un costo total de $1000 pesos por hectárea; o
sea, para 100 ha el costo es $100.000. El margen bruto para el propietario-
156
Dado que nos interesa averiguar el orden del nivel de ganancia y renta, hemos “redondeado” los números,
a fin de facilitar el seguimiento de los cálculos.
157
Comparamos estudios de la Secretaría de Agricultura; Bolsa de Comercio de Rosario; revista Márgenes
Agropecuarios; Movimiento CREA; datos de fuente privada, de un campo sojero en la zona de Rosario, Santa
Fe. En líneas generales estos datos no son desmentidos por las fuentes oficiales. Las mayores divergencias las
encontramos en los impuestos; casi invariablemente las entidades vinculadas al agro incluyen en los costos
todos los impuestos. El Gobierno sostiene que la evasión fiscal en el agro es superior al 50%.

197
capitalista entonces es $140.000.158 Deduciendo el 22% de impuestos, el margen
neto es $110.000. Esto es, un capital de $100.000 obtiene un rendimiento de
$110.000. Sin embargo aquí está incluida la renta de la tierra. Para obtener la
ganancia del capital, suponemos que la renta equivale a 10 quintales de soja por
hectárea. Esto porque en promedios históricos de los últimos 20 años la renta
equivalió a la tercera parte de la producción. De manera que si el propietario-
productor alquila su campo de 100 ha, obtiene una renta de $80.000 anuales. La
tasa de ganancia “pura” es 30%, aproximadamente, para un capital que casi en su
totalidad rota en un año (suponemos que el productor alquila los servicios de
siembra y cosecha a otros capitalistas). Si hace doble siembra –soja de segunda y
trigo– la rentabilidad sube entre un 20% y 25%. Aunque no todas las tierras
admiten la doble siembra, ni tampoco se puede realizar todos los años.
Sin embargo la inversión en al agro está sujeta a mayores riesgos que en otras
ramas de la economía. Por eso un cálculo de la rentabilidad debe hacerse en base
a promedios de entre 5 y 10 años. Desde el sector rural se asegura que 2 de cada
5 cosechas dan pérdidas, o no dan ganancias. Es muy posible que este dato esté
“inflado”; pero no hemos encontrado registros estadísticos sobre la cuestión, que
por otra parte debería hacerse según regiones. Si una de cada cuatro cosechas no
diera ganancia (lo ingresado cubriera sólo los costos) la ganancia media para
nuestro campo de referencia sería del 22,5%.
Por otra parte las rentabilidades están muy condicionadas por las distancias, y
lógicamente, por las diferencias de rindes de los campos. Por ejemplo, en
Tucumán el rinde promedio es de 2,4 toneladas por hectárea, y el costo de
transporte es, naturalmente, mucho más alto que el que hemos calculado en
nuestro ejemplo hipotético. En el extremo opuesto, hay campos que tienen rindes
normales de 3,5 y hasta 4 toneladas por hectárea, y están en zonas cercanas a
los puertos. En la campaña 2006-2007 la producción promedio máxima fue de
3290 kilogramos, en Santa Fe, y la mínima fue de 1768 kilogramos, en Corrientes.
El promedio nacional fue de 2971 kilogramos, coincidente con el que hemos
supuesto en nuestro caso representativo. Las rentas por lo tanto varían
fuertemente según las regiones. Por otra parte hay que tener en cuenta los
tiempos de rotación del capital. Por ejemplo, para algunos capitales que arriendan
campos, la mayor parte de la inversión está compuesta de capital circulante:
inversión en semillas, fertilizantes y otros insumos, gastos de comercialización y
salarios. Pero si este capital contrata los servicios de siembra y cosecha a otros
capitalistas, recupera casi enteramente el capital invertido al cabo de 10 o 12
meses. Otras fracciones del capital (por ejemplo, contratistas que poseen
cosechadoras) invierten sumas muy importantes en capital fijo, que amortizan en
el largo plazo; la tasa de ganancia anual debe ser más alta, suponiéndose que se
cumpla la tendencia a la igualación de las tasas entre ramas.
AUMENTO DE LA RENTA AGRARIA
158
Este margen bruto, $1400 por hectárea, resultó coincidente con la rentabilidad declarada por un productor
con 60 ha, zona de Colon, Santa Fe, para un precio de la soja de $1060 por tonelada (retenciones del 35%) y
un rendimiento por hectárea de 2,8 toneladas, que tomamos de Campo La Nación del 28/06/08. En este caso,
sin embargo, tanto el precio como los costos eran 20% superiores a los que hemos tomado de octubre de
2007.

198
A partir de la determinación de la ganancia y renta introducimos la dinámica de
aumento de las rentas a partir de la competencia entre los capitales. Debido a que
la tierra es un bien limitado, los capitales deben pujar por entrar en la tierra y
arrendarla. En un marco de expansión de la demanda y aumento de los precios,
se explica que la tendencia haya sido a que cada vez entraran en juego capitales
más grandes, que ofrecieron, y ofrecen, pagar rentas más altas. Esto fue posible
porque estos capitales pueden hacer grandes diferencias en productividad, por
escalas; disminuir riesgos, ya que diversifican y/o contratan seguros; y abaratar
costos en la compra de insumos y en la comercialización del producto. 159 En
consecuencia se incrementa la presión competitiva en la producción, a la par que
aumenta la renta. Lo cual explica que los propietarios-productores pequeños y
medios crecientemente dejen la producción y pasen a ser propietarios que viven
del alquiler de sus tierras.
En el ejemplo de la tierra de 100 ha que hemos tomado como punto de referencia,
si el arriendo sube de 10 a 12 quintales por hectárea, la renta pasa de $80.000 a
$96.000; la ganancia pura baja en consecuencia de $30.000 a $14.000. Es lógico
que crezca la tentación de arrendar el campo. Esto es precisamente lo que ha
estado sucediendo en las tierras dedicadas al cultivo de oleaginosas y cereales.
Los grandes grupos y los pool han estado en condiciones de ofrecer rentas cada
vez más altas. Campos por los que en 2005 o 2006 se pagaban rentas de 10
quintales de soja la hectárea, en Santa Fe o Buenos Aires, en 2007 y 2008 se
alquilaron a 14, 15 o hasta 18 quintales. Según un estudio de AACREA, para soja
de primera, a precios de noviembre de 2007, en campos con rendimientos de 35
quintales por hectárea, los arrendamientos representaban entre el 45,7% y el 57%
del valor del producto; la ganancia bruta sobre capital invertido del arrendatario,
pagando un arrendamiento del 51% del valor del producto, era en ese caso del
19%. Suponiendo una tasa impositiva promedio del 30% (los grandes grupos
tienen menos posibilidad de evadir que los pequeños productores) la tasa de
ganancia neta sería del 13%. Tomando ahora un campo de trigo con un
rendimiento de 22 quintales por hectárea, precios de enero de 2008, el costo del
arrendamiento oscilaba entre el 29% y el 43,7% del valor del producto; y la
ganancia bruta era del 18% sobre capital invertido. Obsérvese que para pagar un
arrendamiento que equivale a más del 50% del valor del producto, debe de haber
una alta productividad relativa por parte del capital arrendador.
Presentamos otros varios cálculos sobre esta cuestión, para diferentes zonas,
tomados esta vez del suplemento rural de Clarín (22/05/07), y reproducido en la
página de Internet de AACREA. Para el centro de la provincia de Buenos Aires, un
campo de soja con un rendimiento de 28 quintales se alquilaba, para la campaña
2007-2008 en 13 quintales, equivalentes a US$ 240. Dado que el margen bruto de
la explotación era de US$ 283, el rendimiento para el arrendatario daba US$ 43.
Esto es, el propietario conseguía un ingreso casi 6 veces superior al del
arrendatario. Otro caso, presentado por el especialista Eduardo Manciana, para la
zona agrícola de Santa Fe, consistía en un campo que se alquilaba a 20 quintales
de soja la hectárea; siendo el costo de producción de 8 quintales, y el de
159
Por ejemplo, comprar insumos a gran escala, con descuentos del 15% o 20%; o vender directamente en los
puertos, en tanto el productor más pequeño está obligado a vender al acopiador.

199
comercialización de 5 quintales, el arrendatario debía obtener un rendimiento
superior a los 33 quintales para obtener ganancia. Según la consultora Agritend,
un propietario de 100 ha podía alquilarlas en 2007 a US$ 350, esto es, ganar US$
35.000 anuales. La tendencia continúa en 2008. De acuerdo a un informe
preparado por Guillermo Aiello, de la firma 3-EL Semillas, que reproduce
parcialmente Campo La Nación del 26/07/08, por un campo sojero con un rinde de
35 quintales se pagaba, en 2008, un alquiler de US$ 626, equivalente a 18
quintales.
Entre los factores que influyeron para el aumento de las rentas, hasta mediados
de 2008, también pueden intervenir las ventajas que derivan de integrar una
cadena de valores. El siguiente caso lo tomamos de un sitio de discusión en
Internet entre productores. El lugar es Henderson, provincia de Buenos Aires, y un
productor dice que los alquileres de los campos se estaban pagando, en 2007,
entre $1200 y $1400 la hectárea; sin embargo la empresa Molinos Río irrumpió en
la zona ofreciendo pagar, en 2008, de $1500 a $2000 la hectárea. El productor
calculaba que pagando esa renta, dados los costos y las distancias de los puertos,
la empresa debía obtener rendimientos superiores a las 3 toneladas por hectárea
para obtener ganancias. Molinos podía hacerlo porque, además de las economías
de escala, la harina de trigo paga menos retenciones. 160
En la medida en que el capital puja por hacerse de tierras para explotar, suben
entonces las rentas y muchos propietarios-capitalistas pequeños o medios se
convierten en propietarios-rentistas. En la pampa húmeda, se calcula que en 2008
el 50% del área sembrada correspondía a tierras alquiladas, y el fenómeno
seguiría creciendo:
Lo que está ocurriendo en Argentina es sintomático: según diversas
estimaciones que circulan en el sector, todos los años unos 1500
productores pasan a ser rentistas con parte o toda su explotación alquilando
a otros productores más grandes o pools (Campo La Nación 26/07/08).
Esto explicaría también el aumento sostenido de los precios de la tierra a través
de los años. Desde 1977 a 2001 el precio promedio de la tierra en Argentina subió
a una tasa anual del 2,4%; desde 2001 a 2007, lo hizo a una tasa del 17% anual; y
en el último año hubo una nueva aceleración. De febrero de 2007 a febrero de
2008 el precio de la hectárea en la zona maicera subió el 23% (en febrero de 2008
valía US$ 10.700); en el mismo período el precio de la hectárea triguera subió
45,5% (US$ 4.800 en febrero 2008); y el de la invernada aumentó el 41% (US$
5.500 en febrero 2008).161
Aquí aparece entonces un conflicto, porque muchos propietarios-productores no
pueden competir con las grandes empresas y pools. Pero la opción para la
mayoría no es morirse de hambre, sino transformarse en rentistas. Lo que en 2008
se considera un “pequeño productor” –trabaja el campo con su familia y algún
160
En 2008 el trigo paga 28% de retenciones, y su harina el 10%. Esto ha generado tensiones con los molinos
de Brasil, que acusan a Argentina de fomentar comercio desleal.
161
Son datos de la Bolsa de Cereales. Se han cuestionado estos valores, porque los agentes inmobiliarios dicen
que se está comerciando poca tierra, y los precios son más bien teóricos. De todas maneras son indicativos del
aumento de las rentas.

200
asalariado– con 100 ha sojeras, puede retirarse de la producción y seguir
recibiendo un ingreso equivalente, por lo menos, al doble de lo que recibe un
obrero argentino especializado de primer nivel. Un propietario de 300 ha que
alquilara la tierra a 15 quintales de soja la hectárea, recibiría un ingreso anual
bruto de aproximadamente US$ 130.000 (con un precio de $900 la tonelada en el
puerto de Rosario). Por eso la capacidad de resistencia y movilización de los
chacareros durante el conflicto con el Gobierno refleja a una burguesía que se ha
fortalecido luego de un proceso de intensa acumulación, mejora de los precios de
la tierra y de la renta.
Por supuesto, los que tienen menor cantidad de tierras pueden adoptar formas
sociales híbridas. Por ejemplo, un propietario de 50 ha puede alquilarlas,
asegurándose un piso de ingresos de US$ 18.000 o US$ 20.000 anuales, y tener
otro empleo complementario. Los que ya están trabajando en tierras arrendadas,
con equipos propios, pueden a su vez trabajar como subcontratistas para
empresas más grandes. Las variantes son muchas, debido a las diferencias de
rentabilidades, propiedades y capitales. Algunos sectores de propietarios-
capitalistas resisten la tendencia, en tanto quieren mantenerse como productores.
Globalmente parece asistirse a un proceso de concentración a nivel de la
producción, más que de la propiedad.
Ésta fue entonces una de las vertientes del conflicto con el gobierno. Por su
naturaleza es, por supuesto, un conflicto estrictamente interno a fracciones
capitalistas. La dirección de la Federación Agraria precisó correctamente la
cuestión cuando sostuvo que su lucha se articulaba a partir de definir un “sujeto
social” al que aspiraba, a saber, un propietario-capitalista medio (y próspero, hay
que añadir), que pudiera resistir la presión competitiva de los capitales más
poderosos. De ahí su exigencia de que bajaran las retenciones a los que producen
hasta 3000 toneladas. Nótese que esto implica proteger a propietarios-capitalistas
de campos de unas 1000 ha, valuados en por lo menos US$ 5 millones,
generadores de rentas potenciales de US$ 300.000 o US$ 400.000 anuales (con
los precios de mediados de 2008). Precisemos también que desde el punto de
vista histórico el proceso es inverso al que ocurría a principios del siglo veinte,
cuando la Federación Agraria Argentina surgió en lucha contra los altos precios de
los arrendamientos. En ese entonces eran los terratenientes los que exigían un
elevado alquiler a los arrendatarios. En la actualidad, el capital agrario es más
fuerte y ofrece una alta renta al propietario, y desplaza al capital más débil. Hoy el
capital ha pasado a ser el eje del proceso. En 1912 la demanda de rebaja en el
pago de los arrendamientos expresaba el interés de un pequeño agricultor que no
quería ver comido todo el excedente (o una gran parte) por la renta. Un siglo
después el reclamo de poner un límite a los alquileres de la tierra expresa el
interés económico de un sector capitalista que no puede competir contra otro
sector del capital agrario.
SUBA DE LAS RETENCIONES Y SUS EFECTOS
Abordamos en lo que sigue una de las cuestiones que más se han debatido a lo
largo del conflicto, el efecto de la suba de las retenciones. La discusión giró no
sólo sobre cuánto se afectaba a la rentabilidad de las explotaciones agrícolas, sino

201
también sobre sus consecuencias en los salarios, y para el “modelo” de desarrollo
del país –“modelo agro-exportador” versus “modelo industrialista”–. Si bien un
examen acabado de todas las cuestiones implicadas en estos debates excede los
límites de este trabajo, intentaremos presentar algunos elementos que sirvan para
avanzar en futuras investigaciones. Para eso vamos a partir de un pequeño y
sencillo “modelo” de economía dependiente, que produce y exporta trigo y soja.
UN PEQUEÑO MODELO DE ECONOMÍA DEPENDIENTE
Dado que nos interesa mostrar algunas relaciones básicas, trabajamos con una
economía muy simple.162 Tenemos un producto agrícola, S, que se exporta en su
totalidad. Otro producto agrícola T, que es materia prima para la fabricación del
bien de consumo J; la producción de T se exporta en sus dos terceras partes, y el
resto es consumido en el país para elaborar J, que integra la canasta de bienes de
los asalariados. El nivel de productividad en S y T está entre los más altos del
mundo. Se puede pasar fácilmente de la producción de S a la de T, y viceversa.
A su vez hay un sector industrial que produce X, que se utiliza como insumo
productivo en la industria y el campo, y se exporta; el bien J, que puede
importarse, y constituye, como dijimos, la canasta salarial; un bien F, que es no
transable, que consumen productivamente el agro y la industria, y también integra
la canasta salarial. La industria es atrasada con respecto a los estándares
mundiales de productividad. Tanto el agro como la industria utilizan además el
insumo F* que se importa; representa medios de producción de alta tecnología;
una expresión de la dependencia y atraso tecnológico del país. La exportación de
X es vital para el país, puesto que le permite tener un balance comercial con
superávit. El bien J no se exporta, pero las empresas que lo producen pueden
padecer la competencia externa si la moneda se aprecia por encima de
determinado nivel.
Designamos con Q el monto producido; por ejemplo, Q s es la cantidad producida
de S; designamos con E el tipo de cambio nominal; q el tipo de cambio real; p el
nivel de precios interno; p* el nivel ponderado de precios de los principales socios
comerciales del país; ρ es la tasa de retenciones a las exportaciones (ρ s las
retenciones a las exportaciones de S, etcétera); Н es el flujo de impuestos que va
al Gobierno. El precio ps que reciben los productores de S es entonces:
ps = Eps* (1 – ρs) (1)
De la misma manera, el precio interno de T es p t = Ep*t (1 – ρt) (1’)
Existen 3 tipos de tierra, A, B y C; A es la tierra de menor fertilidad, que no genera
renta y C la de mayor fertilidad. Sea Ms el vector de insumos utilizados por el
capital agrario productor de S (Mt el vector para la producción de T); π la tasa
media de ganancia; w el nivel de salarios; Ls la cantidad de unidades de trabajo
que se emplea por unidad de producto S (L t el insumo de trabajo para T); sea П la
renta de la tierra. El costo de producción Msp estará influenciado por el tipo de

162
En lo que sigue introducimos una serie de ecuaciones. Esto lo hacemos a fin de facilitar el seguimiento de
los argumentos. Pero en sí mismas las ecuaciones no prueban nada. El lector que lo desee, puede hacer el
mismo razonamiento “en palabras”. Lo importante es establecer las relaciones entre las variables.

202
cambio, ya que en Ms están incluido el insumo F* (su precio en moneda nacional
es Ep*F*).
Suponemos que la misma cantidad de capital (Msp y Lsw por unidad de producto)
se aplica en todas las tierras. Por lo tanto el precio de S estará determinado por
esa cantidad de capital (por unidad de producto) que se aplica a la peor tierra, A,
más la ganancia determinada por la tasa media de ganancia:
ps = (1 + π) (Msp + Lsw) (2)
El precio de producción pt se calcula de la misma manera, con los cambios
correspondientes.
En general, la formación de precios de producción –o sea, de los precios
tendenciales que tienden a imponerse, a través de las oscilaciones de los precios
de mercado– será:
p = (1 + π) (Mp + Lw) (3)
Donde M ahora es una matriz de insumos, y L un vector trabajo.
El salario cubre la canasta Jw de bien salarial; por lo tanto es:
w = pjJw (4)
A su vez, la renta П que produce la tierra B productora de S, será:
ПB = QBps – [(1 + π) (Msp + Lsw)] (5)
De forma similar se obtiene la renta de C, ПC:
ПC = QCps – [(1 + π) (Msp + Lsw)] (5’)
Con sus correspondientes variaciones se definen las rentas de las tierras que
producen T. El flujo de impuestos que recibe el Gobierno a causa de las
retenciones es:
Н = [Eps* Qs + (Ept* × 2/3Qt)] – [psQs + (pt × 2/3Qt)] (6)
El tipo de cambio real es:
q = Ep*/p (7)
Debido a que la industria es tecnológicamente atrasada, el tipo de cambio alto
actúa de hecho como barrera proteccionista; permite a las empresas productoras
de X competir en el mercado mundial; a las empresas productoras de J hacer
frente a las importaciones. La contrapartida es un salario bajo en términos de la
moneda mundial.
El tipo de cambio real para los productores de S es
qs = Eps* (1 – ρs) / p (8);
De la misma forma se calcula el tipo de cambio real para los productores de T.
qt = Ept* (1 – ρt) / p (8’)

203
Por último, agregamos una ecuación que expresa la manera en que en la teoría
económica usual, no marxista, se explica la formación de precios. Éstos se
determinan por un recargo, o mark-up, sobre los costos salariales, divididos por la
productividad, λ. Este recargo se distingue conceptualmente del “recargo”
conformado por la tasa de ganancia, π, de la teoría marxista. La justificación del
mark-up de la economía ortodoxa remite a “imperfecciones de mercado” que
nunca se explicitan teóricamente. La tasa de ganancia marxista ancla en la teoría
de la plusvalía, y por lo tanto en la teoría del valor trabajo. Entonces la ecuación
de precios de la teoría ortodoxa es:
p = (1 + μ) w/λ (9)
Subrayamos que μ es conceptualmente distinto de π. Por eso la ecuación (2)
admite variaciones de π que pueden deberse, por ejemplo, a la lucha de clases.
En (8), por el contrario, μ aparece fijada, y se supone que no cambia, por lo menos
en el corto y mediano plazo.
1. La política del Gobierno
a) Los argumentos inmediatos
Es claro que por (1), el aumento de r baja los precios internos de S y T, y
viceversa; de esta manera los precios internos pueden desconectarse, por lo
menos parcialmente, de la suba de los precios internacionales. La primera
justificación del Gobierno para introducir las retenciones móviles es mantener
estable el precio interno de T, a medida que sube p t*. Sostuvo que así defendía “la
mesa de los argentinos” y una distribución progresista del ingreso, ya que en
principio, por (4), el aumento de pt influye en el precio de la canasta de bienes
salariales. Si w no aumenta, disminuye J w, esto es, la cantidad de bien J que
consume el obrero. Sin embargo, debido a que la producción puede pasar
fácilmente a S, se corre el peligro de que el aumento relativo de los precios de S (y
de las rentas y ganancias ligadas a S) haga desaparecer la producción de T. Por
lo tanto deben aumentarse las retenciones de S. Por eso el Gobierno planteó que
con el aumento de ρs buscaba impedir la “sojización”.
Por otra parte (por 1, 1’ y 6), a medida que aumentan los precios internacionales y
las retenciones, y permaneciendo constante los volúmenes producidos, aumenta
el flujo de impuestos que recibe el Estado. El Gobierno explicó que transfería
ganancias extraordinarias del campo al Estado, que las utilizaría para construir
hospitales, escuelas, etcétera.
b) Razones de segundo nivel
Otra razón, que estuvo detrás de la decisión de aumentar las retenciones, tiene
que ver con mantener un tipo de cambio real alto, a fin de favorecer al sector
industrial, productor de bienes transables internacionalmente. Por (7), si aumenta
el nivel de precios interno, p, baja el tipo de cambio real; esto significa que la
moneda se aprecia en términos reales. Según la tesis comúnmente aceptada en la
economía ortodoxa, si aumentan los precios de los bienes salariales, aumentan
los salarios nominales, y este aumento se traslada (por 9) a todos los precios. En
consecuencia, un aumento de p t habría provocado una baja de q. Lo que quitaría

204
competitividad a la industria. También por este lado las retenciones habrían
ayudado a los trabajadores. Al sostenerse la competitividad de la industria, se
mantiene el nivel de ocupación; lo cual favorece el poder de negociación de la
clase trabajadora.
c) Otra razón, y poderosa
El argumento anterior se combina con otra razón que estuvo en el fondo de la
política del Gobierno, y que también atañe a la necesidad de mantener q alto.
Como hemos explicado, para que la devaluación de la moneda aumente la
competitividad de los sectores exportadores, es imprescindible que los salarios y
los precios internos no aumenten en la misma proporción en que lo hace el valor
del dólar (o el euro). Si al producirse la devaluación hay alta desocupación y
recesión los asalariados no piden aumentos, y los capitalistas productores de F y J
no aumentan los precios. Pero a medida que se recupera la economía, los salarios
y los precios de los bienes no transables, o que se comercian internamente,
empiezan a subir; el valor de la moneda se incrementa en términos reales. Para
mantener q alto, el Gobierno opta por poner precios máximos a J y F, y
subvencionar a los capitalistas que los producen, como compensación.
Las subvenciones frenan entonces la apreciación de la moneda. Sin embargo, si la
tasa de ganancia en los sectores productores de J y F no llega a la tasa media de
ganancia, la inversión no aumenta; en ese caso la productividad se estanca, en
tanto los costos siguen presionando la rentabilidad. Lo cual exige más
subvenciones para mantener el tipo de cambio alto. De esta manera las
subvenciones pasan a estar estructuralmente vinculadas al “modelo”. El
argumento de los partidarios del Gobierno que decía que con las retenciones
móviles se estaba defendiendo un “modelo de país” industrial contra el “modelo
agro-exportador”, tenía esta base. El hecho de que las subvenciones sean
endógenas, y se deban otorgar en escala creciente, condiciona fuertemente las
posibilidades de que el Gobierno destine fondos a obras de salud, educación,
etcétera.163 En nuestra pequeña economía esto quiere decir que la mayor parte del
flujo de impuestos va a subvencionar la producción de J y F.
Es claro que en el largo plazo el desarrollo industrial basado simplemente en el
tipo de cambio alto para la industria, sin atender a la inversión en ramas vitales,
erosiona la productividad. En particular, además, los precios de los insumos J y F
afectan la rentabilidad del sector agrario. 164 Por otra parte, si a pesar de las
subvenciones, los precios y salarios aumentan –los capitalistas que producen J y
F buscan una rentabilidad comparable con los que producen X; los trabajadores
presionan a medida que baja la desocupación– el tipo de cambio real de todas
maneras baja y la moneda se aprecia. La industria pierde competitividad; el intento
de recuperarla por medio de nuevas devaluaciones impulsa más la inflación.

163
A lo cual habría que sumar el pago de intereses y devolución del principal de la deuda externa. Aunque no
hemos incluido el factor deuda en nuestra economía, tiene indudable peso en la economía argentina.
164
La productividad “tranqueras adentro” del campo en Argentina se ve disminuida por la productividad
“tranqueras afuera”. Por ejemplo, el transporte del grano se realiza en camiones –una flota de unas 150.000
unidades– y no por tren, que sería más económico. Además, la mayoría de los caminos está en malas
condiciones. Los ejemplos pueden multiplicarse.

205
2. Efecto de la suba sobre los ingresos en el agro
Si la suba de las retenciones compensa exactamente el aumento de los precios
internacionales de S y T, y no suben los costos en la producción agrícola, los
precios internos se mantienen constantes. En este caso los tipos de cambios
reales, qs y qt, no se modifican; tampoco lo hacen los ingresos y las rentas. El
efecto es neutro. Si en cambio las subas de ρt y ρs son superiores a los aumentos
de pt* y ps*, salen de la producción tierras marginales. En nuestro pequeño modelo
el precio regulador pasa a ser el de la tierra B. La renta agraria de C se reduce. En
suma, baja la renta agraria. Si en nuestro modelo hubiéramos introducido algunas
tierras A en las que se hubieran efectuado inversiones de capital, en tanto otras
tierras A siguieran sin recibir inversiones, y por lo tanto estuvieran determinando el
precio de producción, la suba de las retenciones podría haber sacado de
producción a las tierras A “atrasadas”; y estaría por verse cuál de las tierras, la A
con inversión, o la B, determinaría el precio de producción de S y T. En cualquier
caso, la renta también disminuye, pero esta vez afectando directamente la
formación de renta diferencial II.
De esta manera la suba de las retenciones disminuye la renta agraria global.
Aunque si el contrato de arrendamiento está firmado al momento de producirse la
suba de ρ, se afectaría negativamente  durante el tiempo que dure el mismo. Sin
embargo, si suponemos que  tiende a establecerse a su nivel promedio, en línea
con el resto de la economía, los alquileres de las tierras bajarían en el mediano
plazo. Es lo que habría empezado a suceder durante el conflicto agrario; la prensa
especializada informaba que se estaban renegociando muchos contratos de
alquileres de tierras, a la baja. De la misma manera el capital puede presionar
para renegociar hacia la baja los contratos si aumenta el costo de los insumos y si
pt y ps permanecen constantes, a causa del aumento de ρt y ρs en la misma
proporción que pt* y ps*; todas estas alternativas se examinan con (5) y (5’),
“moviendo” las variables.
También puede suceder que algunos capitalistas de las tierras A acepten seguir
produciendo con una π inferior a la tasa media de ganancia. Por supuesto, ambos
efectos –baja de las rentas y baja de la tasa de ganancia de capitales en tierras
marginales– pueden darse de manera combinada. Esto explica la resistencia de
propietarios-rentistas y de arrendatarios, en especial de tierras marginales, a la
suba de las retenciones.
La renta también puede bajar en el caso que el aumento de las ρ compense
exactamente el aumento de pt* y ps*, pero aumenten los precios de los insumos
(por ejemplo, por aumento del precio pf*). En esta circunstancia también saldrán
de producción tierras marginales, a no ser que los capitales acepten producir con
una  inferior a la media. De hecho este último puede haber sido el caso en el
conflicto reciente, dado el aumento de insumos importados como fertilizantes
(además del aumento del gasto en transportes, etcétera). En cualquier caso,
aumenta la presión competitiva sobre los capitales más débiles. La suba de las
retenciones pone presión sobre los arrendatarios medianos y pequeños; e impulsa
la tendencia, que señalamos antes, de propietarios-capitalistas medianos y
pequeños a convertirse en rentistas. El efecto sobre los grandes grupos tendería a

206
ser neutro. Afecta a los grupos que poseen tierras, en tanto baja la renta. Pero en
lo que hace a la ganancia como arrendatarios capitalistas en las tierras intra-
marginales, la misma se mantiene;  debería tender a restablecerse en el agro, en
detrimento de la renta.
En síntesis, el aumento de ρ a una tasa por encima de la tasa de la que aumentan
los precios internacionales de S y T; o el aumento de r a la misma tasa en que
aumentan los precios internacionales de S y T, pero con aumento de los costos de
Ms y Mt, lleva a la baja de la renta.
3. Otros efectos
Debido a que, con la suba de las retenciones y la baja de precios, salen de
producción tierras marginales, Qs y Qt disminuyen; lo cual tiene un efecto negativo
(por 6) sobre Н. El resultado final sobre el monto de Н dependerá entonces de qué
pesa más, el aumento de ρ, o la baja de Q.
Al bajar el gasto de la renta que se capitaliza en construcciones urbanas, compra
de bienes de consumo duradero y gasto en consumo, hay un efecto depresivo
sobre las economías urbanas (especialmente en el interior). En nuestra economía,
disminuye la producción de J y F; la inversión agraria disminuye, porque baja la
inversión en tierras marginales. En caso de que los arrendatarios acepten trabajar
con una tasa de ganancia menor del promedio, disminuye su gasto de inversión en
insumos. Pero en un esquema ideal esto podría ser compensado por los gastos
estatales del Gobierno; por ejemplo, si derivara lo recaudado con las retenciones a
gastos en infraestructura, etcétera.
4. Incidencia en el costo salarial
A corto plazo la suba de ρt, en paralelo a la suba de pt*, frena el aumento del costo
de la fuerza de trabajo que ocurriría si pt aumentara a la par de pt*. Lo hace en la
proporción en que el precio de T participa en el precio final de J, el bien salarial. 165
Subrayamos que el incremento de ρt afecta directamente al costo de la fuerza de
trabajo y no al salario real. Esto es, no siempre que aumente el costo de la fuerza
de trabajo deberá bajar el salario real. En la historia reciente del capitalismo se
han dado períodos de intensa baja de los precios de los alimentos –como ocurrió
en la década de 1980– con caída de los salarios reales, por lo menos en Argentina
y en otros países latinoamericanos. Esto prueba que no existe una relación directa
entre precios de los alimentos y niveles salariales reales. Máxime en los países
que son productores mundiales de alimentos, donde un deterioro de los términos
de intercambio tiene efectos profundamente depresivos sobre la economía; y lo
inverso sucede cuando mejoran los términos de intercambio.
Más en general, el problema más importante es tener en cuenta que el valor de la
fuerza de trabajo se determina por el nivel del desarrollo de las fuerzas
productivas, el ciclo económico y el desarrollo e intensidad de la lucha de clases.

165
Una suba de, por ejemplo, el 100% del precio del trigo no se refleja en un aumento del 100% en el precio
del pan, como a veces se ha sostenido. El trigo representa sólo un 15% del precio final del pan. El precio del
pan está influenciado por los costos en una larga cadena de valor. Y luego hay que ponderar la participación
del pan –y otros alimentos– en la canasta final de bienes.

207
En este respecto es ilustrativo el método con que Marx analiza una situación que
podríamos calificar de similar a la que plantea el caso que analizamos. Cuando en
Inglaterra se discutía la eliminación del impuesto a las importaciones de los
cereales, los librecambistas sostenían que dado que se trataba de un impuesto
sobre los salarios, su eliminación permitiría elevar los salarios reales. Frente a
esto Marx demuestra que la eliminación del impuesto no modificaba
sustancialmente los salarios, ya que si se reducía el precio del pan por el cambio
del impuesto, bajarían los salarios. Esto debido a que los salarios, en el mediano
plazo, se establecen de acuerdo con el valor implicado en la reproducción de la
fuerza de trabajo, determinada por las condiciones sociales más generales (véase
Marx, 1848).
Es necesario por lo tanto analizar concretamente cuál es el efecto de la variación
del costo de la canasta de bienes (J w, en nuestro caso) sobre la tasa de plusvalía,
esto es, sobre la división entre el tiempo de trabajo necesario y el plustrabajo. De
la misma manera que no siempre que se abarata el costo de la fuerza de trabajo
aumentan los salarios reales –más bien la regla es la opuesta–, no siempre que se
encarece la fuerza de trabajo bajan los salarios reales. Todo depende del estadio
del ciclo económico –nivel de desocupación, que condiciona el poder del trabajo
frente al capital–, del nivel de organización sindical y política del movimiento
obrero, y de la coyuntura internacional, en especial la evolución de los precios
mundiales de los productos que exporta el país. Si ante el aumento de los precios
de los bienes salariales (de J en nuestra pequeña economía) la clase trabajadora
logra imponer al capital un aumento del salario en la misma proporción, la suba de
pt se habrá traducido en una baja de , no de w. Por supuesto, esto no puede
ocurrir en (9), donde se supone que el mark-up μ es inmodificable, y que por lo
tanto todo aumento de los costos salariales se debe traducir en un aumento de los
precios.
En términos más generales, y con la perspectiva que da la experiencia, tampoco
se puede afirmar que la política de retenciones haya mejorado la distribución del
ingreso a favor de las clases populares. Después de años de aplicación
sistemática de retenciones, la distribución del ingreso a fines de 2008 era peor que
a comienzos de la década de los noventa. Las retenciones no impidieron que la
inflación erosionara los salarios reales, entre 2005 y 2008, en un porcentaje
superior a lo que subieron los precios internos del trigo, la carne o la leche.
5. Efecto sobre los precios agrícolas en el largo plazo
Las retenciones permiten “desconectar” por un tiempo las variaciones de los
precios internacionales de los bienes transables, de las variaciones de los precios
internos. En este sentido generan un tipo de cambio particular, como se ve en (8),
(8’); esto es, median entre los espacios nacionales de valor y el espacio mundial.
Sin embargo la desconexión no puede ser absoluta, ni prolongarse
indefinidamente. A largo plazo termina imponiéndose la ley del valor trabajo, que
opera a escala mundial, en la medida en que el capital opera a nivel mundial. Es
una ilusión pensar que los precios los puede fijar algún poder político a voluntad.
Ni siquiera el aparato stalinista, en un régimen como el soviético en el que había
una economía totalmente estatizada, y donde funcionaban poderosos organismos

208
de planificación, fue capaz de “dominar” a la ley del valor. En tanto no existan las
condiciones sociales para la desaparición del mercado, éste no puede ser borrado
a fuerza de decretos desde arriba. Si esto era válido para la URSS, tiene mucha
más aplicación en una economía en la que domina la propiedad privada, en la que
los capitales deciden cuándo y dónde invertir, a nivel del planeta, según las tasas
de rentabilidad, y las seguridades para sus inversiones. Las subas de precios en
ciertas ramas están indicando que en esas ramas hace falta aumentar la oferta.
Por eso las tasas de ganancia en ellas tienden a elevarse por encima de la tasa
media de ganancia; los capitales emigran a esas ramas. Esto significa que se
incrementa la asignación de tiempo de trabajo social y de medios de producción a
las mismas, aumentando por lo tanto la oferta, hasta que los precios se estabilizan
y comienzan a revertir a la baja. A través de esta regulación –que implica un gran
despilfarro de recursos– se distribuyen los tiempos de trabajo social y se validan
los trabajos privados a escala mundial.
Veamos entonces qué sucede si pt* y ps* suben. Supongamos que aumentan
porque la demanda mundial está superando a la oferta. Supongamos también que
mientras sucede esto, pt y ps se mantienen estables, debido a que ρt y ρs
aumentan en la misma proporción que lo hacen los precios internacionales. En
este caso los precios internos no están dando ninguna señal de que es necesario
aumentar la oferta; por lo tanto la oferta interna se mantiene. Recordemos que si
al mismo tiempo está aumentando el precio de F*, o cualquier otro costo, la oferta
interna baja, como hemos explicado antes. Supongamos sin embargo que se
mantiene la oferta interna. Los capitales agrarios se reproducen a la misma
escala. Sin embargo, a nivel internacional, debido a que aumentan los precios y
los beneficios en el agro, sube la inversión. Los capitales entran en el agro; hay
capitales que salen de Argentina, ya que en este país se sigue produciendo a la
misma escala. A nivel mundial aumenta la productividad agraria –aumenta la
intensidad del capital– y se expande la frontera agrícola. Por ejemplo, en Brasil, en
los territorios de la ex URSS. Aumenta la producción mundial y bajan los precios.
Por otra parte, supongamos ahora que la suba de p t* y ps* se deba enteramente al
aumento del precio de un insumo básico, F*; o sea, los p t* y ps* suben en la
proporción exacta que compensa la suba del costo de F* (podemos suponer que
F* es fertilizante derivado del petróleo, gasoil, etcétera). En este caso, si ρt y ρs
aumentan, se produce una baja de  en el sector agrario, y una contracción de la
producción. Baja la productividad; los costos ahora aumentan a causa de esta
caída de la productividad. Disminuye el neto comercial; bajan los impuestos
captados por las retenciones debido a que también disminuye la producción.
INTERVENCIÓN DEL ESTADO Y LEY DEL VALOR
La política de subsidios, que juega un rol central en el esquema económico que
procura el desarrollo industrial con tipo de cambio alto, durante el conflicto agrario
se vistió con el discurso ideológico, de larga tradición, de “la lucha contra el
mercado”. Efectivamente, desde muchos sectores se sostuvo que la suba de las
retenciones, junto a los precios máximos y los cupos a las exportaciones de
alimentos, conformaba una ofensiva del Estado para imponerse a los mercados.
Los dirigentes de la izquierda nacionalista –en la senda de la corriente de la

209
dependencia– precisaron aún más la cuestión, afirmando que estaba en juego
quién decidía los precios, el Estado o el mercado. También muchos intelectuales
establecieron las coordenadas del enfrentamiento en términos del Estado (el polo
progresista) contra el agro y el mercado (el polo de la derecha). La idea
económica que subyace aquí es que los precios se fijan a partir de relaciones de
fuerzas, y que su determinación es una cuestión política. De ahí la creencia de
que con una suficiente dosis de aranceles, subsidios, tipos de cambio
diferenciados, precios máximos y similares, se puede desarrollar un vigoroso
capitalismo nacional. “La” batalla contra la derecha pasaría entonces por imponer
este control. Muchos marxistas comparten, en alguna medida, esta idea; o no la
cuestionan.
Nuestro enfoque es crítico de esta tesis. Sostenemos que en su estrategia no hay
nada de progresivo. Al afirmar esto somos conscientes de que estamos tocando
un tema sensible para la izquierda, donde está arraigada la idea de que “la crítica
práctica” al neoliberalismo pasa por defender la intervención del Estado en el
mercado, a fin de desarrollar un capitalismo “progresista, nacional y popular”. Pero
lo que debe pesar en el discurso crítico es el análisis científico, y no las ganas de
defender contra viento y marea algunos mitos establecidos y populares, pero
mistificadores.
Para exponer nuestro argumento, vamos a centrarnos en la política de subsidios
que se implementaba a mediados de 2008. Los defensores más lúcidos de esta
estrategia dicen que la misma es posible si existe un “manejo muy fino” del
Ministerio de Economía. Por eso la cuestión pasaría, al menos en los papeles, por
determinar un nivel de retenciones que no desaliente la producción agrícola;
aunque lo suficientemente alto como para que el Estado recaude y pueda otorgar
subsidios a industrias de energía, alimentos y otras, a fin de que no aumenten los
precios, y se mantenga el tipo de cambio “competitivo”. Paralelamente se deberían
generar mecanismos para impulsar la inversión en los sectores subsidiados, para
que a mediano o largo plazo aumenten la productividad y la producción.
Aclaremos que en principio no se puede negar que un cierto nivel de intervención
del Estado con retenciones y subsidios, puede contribuir a la formación de una
clase capitalista. Históricamente las medidas proteccionistas e intervensionistas
han tenido este efecto. Es en este sentido que Marx y Engels plantearon que el
proteccionismo era útil en la fase de surgimiento de una burguesía industrial. Sin
embargo no puede ser una política permanente, porque termina impidiendo que
actúe la regulación del valor, y obstaculizando el desarrollo de las fuerzas
productivas. Por eso Marx criticó el proteccionismo, y Engels hizo lo propio cuando
analizó las consecuencias de los subsidios y protecciones. Esta crítica de Engels,
en particular, adquiere renovada relevancia cuando se discute la coyuntura
económica de Argentina. Lo que sigue está fuertemente inspirado en ella (véase
Engels, 1888).
En primer lugar hay que notar que el proteccionismo tiende a generar,
inevitablemente, una espiral de subsidios y más protecciones. Es que si se
protege a una industria, argumenta Engels, se perjudica a otra, y por lo tanto hay
que protegerla. Pero al hacerlo, ahora se perjudica a la industria a la que primero

210
se quería proteger, y entonces hay que compensarla. Y esta compensación
reacciona, como antes, sobre todas las demás industrias, y así de seguido. De
esta manera se va estableciendo una red cada vez más intrincada de subsidios
cruzados. Esto es lo que sucedió en Argentina. Por ejemplo, cuando se
aumentaron, en 2007, las retenciones de la soja al 27,5%, el Gobierno explicó que
tomaba esa medida para compensar a los productores de trigo, ya que los precios
del cereal estaban reprimidos, debido a las limitaciones que tenía la exportación;
también dijo que con las retenciones se subsidiaría a los feedlots y a los criadores
de pollos, que habían sido castigados por el aumento de los precios del maíz. Y ya
entonces los molinos recibían subsidios por el trigo que pagaban por encima de
determinado máximo, establecido para el mercado interno, con la condición de
mantener la harina destinada al mercado interno a precios de noviembre de 2006.
A su vez, debido a que los criadores de ganado, pequeños y medianos, se
quejaban porque los feedlots les “pisaban” los precios –debido a los precios
máximos–, el Gobierno también les dedicó subsidios especiales. De esta manera
un granjero que tenía soja en una parte de su explotación, trigo en otra, y ganado
en otra, pagaba al Estado un impuesto con la parte sembrada con soja, para que
el Estado le devolviese ese mismo dinero por las partes del campo que tenía
sembradas con trigo y dedicadas al ganado; aunque también pagaba retenciones
por el trigo. A su vez debía recibir subsidios por el gasoil, con lo que se le devolvía
otra parte de los impuestos que había pagado con la soja y el trigo. Y así podría
seguirse con cada una de las industrias, explotaciones agrarias, medios de
transporte, etcétera, cada uno con sus respectivos precios máximos, cuotas para
vender, subsidios a cobrar. Si a esto se suma que se pretende diferenciar por
tamaños de explotación, el resultado es que cada vez se hace más difícil calcular
cuáles son los costos, las rentabilidades reales, y decidir a qué sectores subsidiar,
y en qué medida. Año tras año crece la red de subsidios, y con ella los montos
comprometidos. Esto sin contar los múltiples vericuetos de la burocracia del
Estado capitalista por las que se cuelan innumerables oportunidades para realizar
estafas y enriquecerse con todo tipo de maniobras fraudulentas.
Pero además existe otro problema, que es posiblemente más grave, y que
también señala Engels. El tema es que en las economías capitalistas hay
constantes cambios de la productividad, y en ramas enteras de la economía. Estos
cambios son tan rápidos que lo que hasta ayer pudo haber sido una estructura de
subsidios balanceada, hoy ya no lo es. Además, la mayoría de estas
transformaciones suceden al interior de las empresas, y se manifiestan ex post en
los mercados. Esto es inherente a una producción que se basa en la propiedad
privada y la competencia despiadada. En consecuencia no existe aparato estatal
capitalista que pueda determinar si se han producido cambios en los tiempos de
trabajo socialmente necesarios; qué incidencia tienen las transformaciones
tecnológicas; cómo influyen las variaciones de la demanda y de las necesidades
sociales sobre los precios; o en qué medida precisa las variaciones de los precios
internacionales afectan los costos y rentabilidades relativas de sectores. Por este
motivo inevitablemente aparecen desequilibrios en los sistemas de subsidios y
precios administrados desde el Estado; estos desequilibrios se reproducen a
escala ampliada a medida que avanza la acumulación del capital. Así se llega a un

211
punto en que surgen cuellos de botella. Esto ocurre porque los capitalistas que
sobreviven con subsidios invierten poco y no amplían su base productiva. Los
costos son crecientes; la baja rentabilidad acentúa la carencia de inversiones, y la
estructura productiva atrasada demanda más y más subsidios. Por último, si ya es
muy difícil tener un sistema de protecciones y subsidios equilibrado, más difícil aún
es librarse de él una vez que se ha instalado y consolidado.
En definitiva, fracasa lo que se buscaba, un desarrollo armónico de las fuerzas
productivas, con distribución progresista de los ingresos. Es común entonces que
finalmente los precios suban, las empresas atrasadas terminen yendo a la quiebra,
los salarios caigan y de a poco el capital reanude la acumulación en los sectores
en que estaba “trabado”. En la óptica de la izquierda esto se lee como “un giro a la
derecha”.
Tal vez lo más grave de todo esto es que desde el punto de vista ideológico el
saldo es muy negativo para las ideas de izquierda, porque se identifica la política
fracasada con alguna especie de socialismo. Es una ilusión pensar que la
intervención del Estado puede acabar con la anarquía de la producción capitalista,
dejando intactas las relaciones sociales de producción que constituyen la base de
esa anarquía capitalista. Por esta vía no hay manera de ganarle al neoliberalismo
reaccionario la batalla ideológica. Es que la ley del valor trabajo determina qué
parte del trabajo social total puede gastar la sociedad en la producción de cada
tipo particular de mercancía. En este sentido actúa como reguladora. Pero esta
regulación actúa a través de los precios, solo a posteriori, cuando los productos
han llegado al mercado y los tiempos de trabajo privados deben atravesar la
prueba de su validación social (que consiste en la venta de la mercancía). Este
“salto mortal” de la mercancía, como lo llamaba Marx, no puede eludirse con la
intervención del Estado. De aquí que esa regulación actúe por medio de
permanentes desequilibrios y movimientos anárquicos (véase Marx, 1999, t. 1,
cap. 12).
Señalemos también que, en un sentido más general, la intervención del Estado en
los mercados no define de por sí a una política económica progresista. Ha habido
regímenes extremadamente reaccionarios que fueron intervencionistas. Un
ejemplo paradigmático lo constituye la dictadura de Francisco Franco, en España;
en las décadas de 1940 y 1950 el Estado intervenía imponiendo precios máximos,
y su política era claramente de derechas.
Por último, la crítica a la pretensión de que el Estado capitalista pueda “dominar” la
ley del valor trabajo no significa renegar de regulaciones estatales para la
protección del medio ambiente, de la salud de la población; o que impidan el
trabajo infantil, precarizado, etc. Demandas de este tipo deberían figurar en el
primer plano de cualquier programa de izquierdas, o que simplemente se
considere progresista.
CONCLUSIONES
La expansión de la producción capitalista en el agro argentino, que acompaña a la
expansión mundial del sector, lleva a un aumento de la renta agraria, más que de
la tasa de ganancia agraria; e impulsa una creciente concentración de la

212
producción. El aumento de las retenciones a las exportaciones afecta a la renta
agraria, y también las producciones marginales. Los llamados pequeños y
medianos campesinos pampeanos son, en su mayoría, propietarios-capitalistas
que disponen de “pequeñas fortunas”. Si bien está en marcha un proceso de
concentración de la producción, sus rentas han subido y se convierten
crecientemente en terratenientes rentistas. Muchos se movilizaron porque no
quieren perder su condición de productores; no porque estuvieran amenazados
por la ruina. Por otra parte los capitalistas-arrendatarios medios se movilizaron
porque la suba de las retenciones aumentaba la presión que sobre ellos ejercen
los grandes grupos. Y los propietarios-capitalistas de tierras marginales lo hicieron
porque la medida del Gobierno podía sacarlos de la producción. Sigue tratándose
de fracciones de capitalistas, o propietarios de la tierra, que defienden su porción
de plusvalía, y la propiedad de la tierra. Todo indica que se trata de
reivindicaciones en las que la clase trabajadora no tiene nada que ganar.
Los efectos de las retenciones sobre los precios internos, y el crecimiento, son
complejos y ambiguos. Los salarios reales no dependen del nivel de retenciones,
sino de toda una serie de factores relacionados –principalmente los que se
establecen al nivel de las relaciones entre el capital y el trabajo– que hay que
analizar en cada caso en particular. A corto plazo las retenciones permiten
desconectar, parcialmente, los precios internos de los internacionales. A largo
plazo, sin embargo, no es posible evitar la ley del valor trabajo, que tiende a
imponerse. Por esta razón es que las políticas de subsidios, precios
administrados, y similares, tienen efectos limitados. Pueden ser funcionales, en
determinado período inicial, a la acumulación de un capital nativo; sin embargo no
pueden sustituir, de manera permanente, las leyes del mercado y la ganancia que
gobiernan la acumulación del capital. Máxime cuando éste está crecientemente
mundializado.

213
Capítulo 15
¿Qué es hoy la dependencia?
A modo de conclusión, dedicamos este capítulo de cierre a intentar definir qué es
hoy la dependencia. Un concepto que está en el centro de las caracterizaciones
sobre los países subdesarrollados. Dos Santos (1975) planteó que la dependencia
implica una relación de explotación entre países, lo que explicaba, en su visión,
por qué los países explotados no podían “autoimpulsarse”, y sólo crecían como
reflejo de la expansión de los países dominantes. Esto justificaba también que se
pudiera caracterizar su situación como “neocolonial”, o “semicolonial”. Este
significado del término es compartido por el dependentismo renovado, con los
lógicos matices que pueda haber.
Empecemos señalando que las expresiones “semicolonial” y “dependiente” fueron
utilizadas por Lenin en sus escritos sobre la cuestión nacional, a mediados de la
segunda década del siglo XX. El término semicolonial lo aplicaba a países que
tenían independencia política limitada, debido a que existía jurisdicción extranjera
sobre sus actos del gobierno, impuesta por la presencia militar de la potencia
dominante (o de varias potencias). Los casos típicos eran China, Turquía y
Persia.166 Los países “dependientes”, en cambio, eran aquellos que, siempre
según Lenin, eran políticamente independientes, pero dependientes
económicamente de los países más ricos. Entraban dentro de esta categoría
naciones como Argentina, Serbia, Bulgaria, Rumania, Grecia, Portugal y hasta
Rusia. “No solo los pequeños Estados, sino aún Rusia, por ejemplo, es
enteramente dependiente, económicamente, del poder del capital financiero de los
países burgueses ‘ricos`” (Lenin, 1914). Remontándose al siglo XIX, Lenin también
consideraba que Estados Unidos había sido, económicamente, una colonia de
Europa. A pesar de lo escueto de las referencias, y de las situaciones tan diversas
que abarcaba el término, pareciera que Lenin pensaba que los países
dependientes eran explotados, de alguna manera, por los países más ricos. En
algunos pasajes se refiere a las naciones dependientes como “colonias
económicas” de los países imperialistas. Argentina era una “colonia comercial” de
Inglaterra, y Portugal un “vasallo” de Inglaterra, aunque conservara su
independencia (Lenin, 1916).
Aunque Lenin no profundiza en la cuestión, los países dependientes no serían sin
embargo explotados en el sentido que sí lo eran las colonias y semicolonias,

166
En 1842 Gran Bretaña obligó a China a firmar el tratado de Nankin, por el cual debía liberar sus puertos,
fijar un tope a los derechos aduaneros de importación y permitir que los extranjeros tuvieran áreas
residenciales y comerciales fuera de la justicia local. Posteriormente China fue obligada a conceder nuevos
derechos de navegación fluvial, privilegios comerciales, y a permitir la fundación de más factorías extranjeras
a Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia y Japón; las potencias tenían estacionadas tropas y barcos, y sus
zonas estaban bajo administraciones propias. Persia y Turquía también estuvieron ocupadas parcialmente por
tropas de las potencias. Persia había sido dividida en 1907 entre Gran Bretaña y Rusia en áreas de influencia,
y más tarde, en 1919, Gran Bretaña le impuso oficiales británicos para organizar el ejército, ingenieros para la
construcción de un ferrocarril respaldado por crédito británico y la obligación de aceptar sus “consejos”. En
cuanto a Turquía, Gran Bretaña directamente dominaba su Estado; en 1920 las tropas inglesas llegaron a
ocupar Constantinopla.

214
donde la extracción del excedente estaba bien definida y se operaba mediante la
coerción extra-económica. El sistema colonial permitía la transferencia de recursos
–como materias primas– desde las periferias al centro, así como la apertura de
mercados para la sobreproducción crónica que, siempre según la tesis leninista,
existía en los países adelantados. Por eso implicaba la imposición de una minoría
extranjera sobre una población nativa, a partir de una relación de fuerza y
violencia directa. Como señala Hobson (1902) la ocupación la hacía una minoría
de funcionarios, comerciantes, organizadores industriales, asentada en el poder
militar, que ejercía un poder económico y político sobre grandes masas de
población, a la que se consideraba inferior e incapaz de autogobernarse política o
económicamente. La explotación adoptaba diversas formas: producción y
transporte con uso compulsivo de mano de obra –trabajadores de plantaciones,
portadores de cargas en África, etc–; economía de trata, que consistía en el
monopolio comercial del país dominante sobre monocultivos; impuestos de todo
tipo sobre los campesinos y artesanos; y acaparamiento de la tierra por parte de
los colonos. A las clases burguesas o pequeño burguesas nativas –comerciantes y
artesanos– no se les permitía comerciar con otras potencias o países en mejores
términos; ni podían tomar decisiones políticas, económicas, diplomáticas con un
mínimo de autonomía. La sociedad nativa era dominada por un aparato militar,
político y administrativo importado y mantenido con una violencia que podía llegar
al etnocidio.
Es a partir de esa relación de explotación colonial –o semicolonial– que Lenin
planteaba la demanda de liberación nacional, que significaba la conquista de la
autodeterminación política y la constitución de un Estado soberano. En su visión la
autodeterminación nacional no podía interpretarse como otra cosa “que el derecho
a la existencia de un Estado separado” (Lenin, 1914). La autodeterminación que
había logrado Noruega al independizarse de Suecia a principios de siglo XX no
afectaba a su dependencia económica, porque ésta derivaba del sistema
financiero imperialista en su totalidad, y no podía desaparecer en tanto hubiera
capitalismo (véase Lenin 1916). En consecuencia la demanda de
autodeterminación, o liberación nacional, desde el punto de vista económico, no
tenía sentido. Aunque no por esto la liberación nacional dejaba de tener
implicancias económicas, ya que permitía la formación de un Estado nacional con
independencia estatal, y terminaba con el pillaje y el robo vía coerción
extraeconómica. Por este motivo la autodeterminación generaba mejores
condiciones para el desarrollo del capitalismo (véase Lenin, 1916).
Como hemos visto, los autores de la CD, en cambio, consideraron que la
dependencia encerraba, decididamente, una relación de explotación entre países
establecida en los mismos términos, en esencia, que la relación colonial. De ahí
que también emplearan indistintamente los términos “semicolonial” y/o
“neocolonial” para designar a los países dependientes. De esta manera, y como
señalaba Warren (1973), se quería decir que con la independencia política no se
habían modificado las condiciones para el desarrollo de los países periféricos. Así,
la conquista de la independencia era rebajada en lo que hacía a su significación
histórica. Las luchas de liberación nacional triunfantes, desde la independencia de
América Latina, no habrían logrado ningún avance real. Por este motivo se

215
reivindicó una “segunda independencia” y la “liberación nacional”, ya no entendida,
como sucedía en Lenin, como una conquista política, sino como una liberación
económica de los países oprimidos. La liberación pasaba por conquistar la
autonomía y el autodesarrollo. Por este motivo la liberación nacional, entendida en
el sentido de acabar con la explotación imperialista, fue el común denominador de
todos los matices dependentistas, hasta el día de hoy. La secuencia “dependencia
= explotación y liberación nacional = independencia económica = fin de la
explotación imperialista”, fue aceptada casi como de sentido común.
El problema en esta concepción es que no está definido por qué y cómo se
produce la explotación de un país adelantado sobre el país dependiente. Y la
explotación colonial, tal como ocurría hasta bien entrado el siglo XX, hoy es un
fenómeno residual. Por eso el término dependencia no debería ser utilizado en el
sentido de denotar una relación de explotación entre países. A lo largo de este
libro nos hemos referido a esta cuestión en repetidas oportunidades. Una de las
consecuencias que se derivan de todo esto es que es necesario superar la
interpretación linealmente estancacionista sobre el subdesarrollo que predominó y
aún está presente en los autores de la dependencia y la dependencia reformulada.
Hemos procurado mostrar cómo los procesos han estado, y están, plenos de
contradicciones. La IED no provocó sólo devastación en la periferia dominada,
sino también generó las condiciones para el surgimiento de capitales locales. El
colonialismo y el neocolonialismo no anularon la posibilidad de que se generara
acumulación de capital local.
Hoy este carácter contradictorio del desarrollo se evidencia de manera más nítida
aún. La dependencia no impide que los mercados se amplíen siguiendo las leyes
de la acumulación del capital. El atraso tecnológico no implica que necesariamente
la productividad en todas las ramas y sectores del país atrasado sea menor que la
en los países adelantados; o que los países atrasados estén condenados a tener
déficits comerciales crónicos. La tendencia al tipo de cambio alto no significa
mecánicamente que no pueda haber períodos en que la moneda se aprecie, y se
generen dinámicas y crisis particulares por este motivo. De la devastación que
provoca la entrada del capital en las zonas campesinas no debe deducirse que en
esas zonas no se desarrollarán fuerzas productivas capitalistas. El hecho de que
las burguesías de los países subdesarrollados sean más débiles que la de sus
pares de los países altamente industrializados no significa que no haya capitales
que sean capaces de invertir globalmente. Lo importante entonces es abordar los
fenómenos de la dependencia y el subdesarrollo desde el punto de vista dialéctico.
Estamos ante procesos altamente contradictorios, donde ocurren causaciones
acumulativas, se generan desarrollos desiguales, y situaciones nuevas que
brindan oportunidades a las clases dominantes de los países periféricos de
insertarse en la globalización.
Naturalmente, en la medida en que existan diferencias de poder económico entre
los capitales, y entre los Estados que defienden a esos capitales, habrá presiones
políticas, diplomáticas, y de todo tipo, para hacer prevalecer los intereses de
determinado capital nacional. Pero esto no significa que se está ante una situación
de neocolonialismo. Lo que prevalecen son diferentes grados de desarrollo

216
capitalista, que se vinculan de maneras complejas, dando lugar a dinámicas
también complejas, que exigen estudios particulares. El fenómeno del agro
argentino (zona de cereales y oleaginosas), su inserción en la economía mundial,
y su combinación con el desarrollo del capitalismo atrasado nativo, es un ejemplo
de estas articulaciones complejas.
¿Significa lo anterior que la noción de dependencia haya perdido todo significado?
No en nuestra opinión, ya que el término es apropiado para designar una situación
de predominio tecnológico, comercial y financiero de los capitales de los países
más desarrollados, y de sus Estados. Las líneas directrices del avance
tecnológico, los cambios fundamentales de la economía mundial, la dinámica
financiera, ocurren en los países centrales. Países como Argentina, Malasia o
Colombia siguen estas corrientes. Las cuestiones que hemos discutido sobre el
deterioro en términos de valor, el deterioro de los términos de intercambio, el
desarrollo deformado con variaciones bruscas en el tipo de cambio, y similares,
son expresiones de esa dependencia. Sin embargo la dependencia no podrá ser
superada mediante el aislamiento y la autarquía económica. La autarquía de
Birmania y Corea del Norte, para mencionar las dos naciones en que este
programa se aplicó de la manera más consecuente y a largo plazo, no las ha
liberado de los condicionamientos objetivos que impone el sistema mundial
capitalista. La miseria y el atraso de las fuerzas productivas no liberan a nadie.
Sólo conforman el clima social y político propicio para la imposición de dictaduras
militares. Desde el punto de vista político, éste fue posiblemente el “punto ciego”
de la CD, que más influyó en su pérdida de credibilidad y en su crisis teórica y
política. Por este motivo la reconstitución de un programa de liberación y socialista
deberá tomar como eje, en las condiciones actuales del desarrollo capitalista, la
centralidad de la relación entre el capital y el trabajo.

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