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GOEBBELS

Ralf Georg Reuth

GOEBBELS

Una biografía

Traducción Beatriz
de la Fuente Marina
Primera edición: octubre de 2009

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Título original: Goebbels. Eine Biographie


© Ralf Georg Reuth, 1990
© PiperVerlag GmbH, Munich, 1990
© De la traducción: Beatriz de la Fuente Marina, 2009
© La Esfera de los Libros, S. L.,
2009 Avenida de Alfonso XIII, 1,
bajos 28002 Madrid
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ISBN: 978-84-9734-878-2
Depósito legal: M. 36.787-2009
Fotocomposición: Versal CD, S. L.
Fotomecánica: Unidad Editorial
Impresión: Anzos Encuademación:
Méndez Impreso en España-Príníed
in Spain
índice

Introducción ......................................................................... 1

Capítulo 1
¿Por qué Dios le había hecho de tal forma que la gente
se riera y se burlara de él? (1897-1917) ....................................
17

Capítulo 2
Caos en mí (1917-1921) ..........................................................
39

Capítulo 3
¡Fuera dudas! Quiero ser fuerte y creer (1921-1923) ...............
69

Capítulo 4
¿Quién es este hombre? Mitad plebeyo, mitad dios.
¿El Cristo verdadero o sólo San Juan? (1924-1926) .................
91

Capítulo 5
Berlín.. .un lodazal de vicios. ¿Y ahí me tengo que meter yo?
(1926-1928) .............................................................................
127
8 Goebbels

Capítulo 6
Queremos ser revolucionarios, y seguir siéndolo
(1928-1930) ............................................................................ 161

Capítulo 7
Ahora somos rigurosamente legales, igual de legales
(1930-1931) ............................................................................. 191

Capítulo 8
¿No es como un milagro que un simple cabo de la guerra
mundial haya relevado a las casas de los Hohenzollern
y de los Habsburgo? (1931-1933) ...........................................
243

Capítulo 9
Vamos a persuadir a la gente hasta que quede a nuestra merced
(1933) ......................................................................................
309

Capítulo 10
El camino a nuestra libertad pasa por crisis y peligros
(1934-1936) ............................................................................. 353

Capítulo 11
¡Führer, ordena, nosotros te seguimos! (1936-1939) ................
407

Capítulo 12
Él está bajo la protección del Todopoderoso (1939-1941) ........
481

Capítulo 13
¿Queréis la guerra total? (1941-1944) .....................................
553

Capítulo 14
La venganza nuestra virtud, el odio nuestro deber
(1944_1945) ............................................................................. 629
índice

Capítulo 15
Vivir en el mundo que viene después del Führer y del
nacionalsocialismo ya no vale la pena (1945)................................681

Anexo...........................................................................................705
Notas.............................................................................................707
índice onomástico........................................................................847
Introducción

¿Por qué precisamente un libro sobre Joseph Goebbels? Esta pre-


gunta se me ha planteado repetidas veces durante los últimos años. En
ocasiones la respuesta me puso en apuros, pues se trataba ante todo de
un impulso propio de ahondar de esta forma en el nacionalsocialismo
y su génesis, un fenómeno de difícil comprensión que marcó el siglo
de manera decisiva. El motivo más concreto de este libro, aunque no
el preponderante, consistió en que la última biografía de Goebbels se
escribió hace casi veinte años y el trabajo mejor fundamentado hasta
ahora —el de Helmut Heiber—* hace casi treinta, y, en comparación
con el material hoy disponible, tuvieron que basarse en un corpus de
fuentes más bien modesto.
Esta limitación explica probablemente también las divergentes inter-
pretaciones en la bibliografía sobre Goebbels publicada hasta ahora. En
este sentido son hitos los ensayos de Rolf Hochhuth 2 y de Joachim Fest.3
Aquí «el creyente que apasiona por apasionado» (Hochhuth), allí «el
maquia- velista hasta las últimas consecuencias» (Fest). El trabajo
temprano deWer- ner Stephan hizo de Goebbels el «demonio de una
dictadura»4 y Viktor Reimann lo caracterizó como un propagandista más
bien racional.5 Man- vell y Fraenkel veían en el hombre del pie
contrahecho al insatisfecho que finalmente encontró una compensación en
la fe en el Führer y su ideo- logía.6 En su libro ya mencionado, Heiber
relativizó esta imagen, al con- siderar que la verdadera esencia del
apasionado agitador y, con todo, hom- brecito digno de lástima radicaba
en su trastorno puberal nunca superado.
12 Goebbel
s

Pero ¿quién era realmente Joseph Goebbels? Ya en las primeras


investigaciones me topé con un obstáculo que al principio parecía
infranqueable. No se podía acceder a las obras que se encontraban
en el Archivo Federal de Coblenza, es decir, a las fotocopias allí
par- cialmente archivadas de los documentos de Goebbels
depositados en una caja fuerte de Lausana del periodo anterior a
1924. El abogado suizo Francoís Genoud, que no oculta en modo
alguno su simpatía por Joseph Goebbels, no sólo contaba con los
derechos de explota- ción de estos escritos y notas de Goebbels,
sino que además tenía en su poder estos documentos tempranos. Se
necesitó mucho esfuerzo y paciencia antes de que, en una sala de
juntas de la editorial Piper de Munich, se abriera por vez primera
para un biógrafo el viejo baúl de tela y vieran la luz varios cientos
de cartas, numerosos ensayos lite- rarios y demás documentos y,
envueltas en papel de seda, unas cuan- tas fotografías tempranas de
Goebbels y sus novias de su etapa estu- diantil.
Además de estas obras, que informan con detalle sobre la evolu-
ción de la personalidad de este hombre, otro pilar sobre el que se
apoya este libro lo han constituido los diarios de Goebbels, 7 los cua-
les, a pesar de que en ellos se manifieste «un fatuo reflejo de sí mis-
mo y una autosugestiva tendencia a la mentira», se deben apreciar
mucho por su importancia. De ellos también se ha analizado en pri-
mer lugar una pequeña parte desde el punto de vista biográfico.
Puesto que se sabía que los diarios correspondientes a los años
1944-1945, junto con algunos otros fragmentos, se encontraban en
el Berlín Este, también me esforcé por conseguir esos documentos.
Enseguida se establecieron contactos al otro lado del muro que
todavía entonces dividía la ciudad, pero el examen de parte de estos
diarios debía ir acompañado de contraprestaciones no aceptables,
motivo por el cual esta fuente siguió cerrada para mí, con excepción
de algunos frag- mentos. Entretanto ha quedado demostrado que los
diarios de los años 1944-1945 se encontraron durante muchos años
en manos del Ministerio de Seguridad del Estado. Hoy ya no existe
el servicio secreto de la RDA, que intentaba sacar provecho incluso
de docu-
mentos históricos, ya fuera para desacreditar a los servicios de
inves- tigación de la Alemania Federal o para adquirir divisas. Así
volvieron los diarios allí descubiertos en el verano de 1990 al
Archivo Estatal Central de la RDA en Potsdam,8 y copias de ellos al
Instituto de His- toria Contemporánea de Munich, donde se trabaja
desde hace algu- nos años en una edición de las fuentes. A última
hora, por así decir, pude incorporar su estudio a mi texto ya
terminado.
La tercera columna de la documentación en que se basa este libro
la constituye el amplio material del Archivo Federal de Coblenza,
así como el del Berlín Document Center y los documentos —
examina- dos por primera vez sistemáticamente en relación con una
biografía de Goebbels— sobre los numerosos procesos judiciales
contra Goebbels durante la denominada «época de lucha» en Berlín,
que se encuentran en el archivo regional de la capital y en
estanterías llenas de polvo en el desván de la Fiscalía de la
Audiencia Provincial de Moabit. Esto se completa con varias
colecciones menores de archivos nacionales y extran- jeros, entre ellas
los escritos políticos de Horst Wessel de la biblioteca de los
Jagelones de Cracovia, que informan sobre la actuación del jefe de
distrito Goebbels y que hasta ahora se daban por perdidos en Occi-
dente.
Junto con los escritos y artículos de periódico del propagandista,
además de la revisión de muchas leyendas que se propagan
insistente- mente en la bibliografía, se ha podido responder de nuevo
a la cuestión central de si en el caso de Goebbels se trata del
creyente o del maquia- velista, y a la pregunta que ello conlleva
sobre la naturaleza de su rela- ción con Hitler y el
nacionalsocialismo. También ha sido posible escla- recer la evolución
del antisemitismo goebbeliano, que hasta ahora, y a menos que no se
tildara asimismo de oportunismo con respecto a Hitler, se explicaba
de manera muy insuficiente por el hecho de que las soli- citudes del
desempleado doctor en filosofía fueron rechazadas por edi- tores de
periódicos judíos. Gracias a las fuentes se ha podido modificar, entre
otras cuestiones, el papel desempeñado por Goebbels en la revuel- ta
de Stennes, las crisis de Strasser, el golpe de Rohm, en relación con
el 20 de julio de 1944, y durante los últimos días en el búnker
A pesar de todo, tengo presente que, en vista del enorme
volumen de la documentación, estas cuestiones y muchas otras sólo
han podi- do ser rozadas. Esto vale en particular para las estructuras
organizati- vas del aparato propagandístico o por ejemplo para las
propias opera- ciones propagandísticas. Tratar esto último de
manera exhaustiva no podía ser el objetivo de este libro, toda vez
que existen trabajos fun- damentales como los de Boelcke,9
Bramsted10 y Balfour.11 También habría rebasado el marco de este
trabajo analizar al detalle la plétora de literatura secundaria, ya
apenas abarcable. A mí me importaba más bien redactar una crónica
que se rigiera principalmente por las fuen- tes sobre la vida de
Joseph Goebbels desde su nacimiento en Rheydt hasta su lúgubre
final en un Berlín que se venía abajo y que hoy, cua- renta y cinco
años después, está superando por fin las consecuencias políticas de
la Segunda Guerra Mundial. Quizás el presente libro, con sus
numerosas referencias bibliográficas, pueda animar a alguno que
otro a profundizar en alguna cuestión.
Antes de que sigan conmigo la trayectoria vital de Joseph Goeb-
bels, me gustaría dar las gracias. Se dirigen al señor doctor
Oldenha- ge y a la señora Loenartz, del Archivo Federal de
Coblenza, a los señores doctores Reichardt, Wetzel y Krukowski,
así como a la seño- ra Baumgart, del Archivo Regional de Berlín,
al señor doctor Lohr y al señor Lamers, del Archivo Municipal de
Monchengladblach, así como al señor Kunert, de la oficina local de
relaciones públicas. Ellos me ayudaron de una manera tan poco
burocrática como el señor Feh- lauer, del Berlín Document Center,
o la señora Perz, de la Adminis- tración Interna de Berlín. Además
debo mi agradecimiento al señor profesor doctor Herbst, del
Instituto de Historia Contemporánea, que al igual que mi colega
varsoviano, el señor Dietrich, y el señor Striefler, de la Freie
Universitát de Berlín, me sirvió de ayuda en la adquisición de las
fuentes, al señor doctor Blasius y al señor profesor doctor Wollstein,
que corrigieron errores de contenido y me apor- taron muchos
buenos consejos, a la señora doctora Seybold y al señor Schaub, que
se encargaron de la revisión lingüística, o de las galera- das, así
como al señor Wank y al señor doctor Martin, de la editorial
Piper, por el buen trabajo en común. Mi especial agradecimiento va
dirigido a mi mujer. Sin su paciencia, sin su comprensión y colabo-
ración no se podría haber escrito este libro.
Capítulo 1

¿POR QUÉ DIOS LE HABÍA HECHO DE TAL FORMA


QUE LA GENTE SE RIERA Y SE BURLARA DE ÉL?
(1897-1917)

E n el año 1897, cuando nació Joseph Goebbels, el imperio alemán


estaba en su esplendor. Desde su formación tras la victoria sobre
Francia dos décadas y media antes, había ascendido con una velocidad
impresionante hasta convertirse en una gran potencia. Políticamente com-
petía con las grandes potencias coloniales por «un puesto al sol»,1 «polí-
tica mundial como tarea, potencia mundial como objetivo», decía el lema
del ejército y de la economía a este respecto, que portó con entusiasmo
parte de la alta y pequeña burguesía, lema que había llevado Alemania a
la Entente franco-rusa todavía en conflicto con el imperio británico. En
el año del nacimiento de Goebbels, el emperador Guillermo II tuvo en
cuenta de manera especial esta aspiración a convertirse en potencia mun-
dial. Encargó al secretario de Estado del departamento de la marina impe-
rial, Tirpitz, la construcción de una gran armada alemana.
Esta armada no sólo debía ser expresión de la grandeza imperial,
sino también garante de las nuevas fuentes de materias primas y mer-
cados de consumo de ultramar. Lo cierto es que la Alemania del siglo
que terminaba tenía a sus espaldas sobre todo un desarrollo económi-
co vertiginoso. En el comercio mundial, el joven imperio ya se encon-
traba en segundo lugar después de Inglaterra; en la producción indus-
trial total aventajaba ya a la hasta ahora primera potencia económica.
Puesto que el dominio sobre la naturaleza aumentaba así como los hori-
zontes del saber se rebasaban cada día que pasaba, parecía que el creci-
miento no tenía límites establecidos.
18 Goebbels

Y, con todo, este florecimiento rápidamente desplegado tuvo cierta


limitación, que se manifestó en las contradicciones del momento.
Así, Guillermo II jugaba con las formas y colores del Gran Elector de
Bran- deburgo y del gran Federico, mientras que hacía tiempo que
los inte- reses organizados se habían hecho con el control de la política;
y, a pesar de que la burguesía de la economía, las finanzas y la
educación fue la marca característica de la época, sus críticos
intelectuales, de Marx a Nietzsche, de Wagner a Freud, ya veían que
había llegado el fin de este mundo burgués.
Aunque el cambio se anunciaba especialmente en las metrópolis,
en todas las partes del imperio el terreno estaba abonado para ello,
inclu- yendo el Bajo Rin, la región de donde procedían los
Goebbels. En ese apacible mundo marcado por el catolicismo, con
sus viejas tradiciones campesinas y artesanales, ya había puesto pie la
modernidad; a partir de las fábricas de tejidos e hilados establecidas
desde hacía tiempo en la zona se había desarrollado una industria
textil. El trabajo en los centros atraía a la gente de los pueblos, pues
ofrecía perspectivas de una vida mejor, esperanzas que luego se
desvanecieron para muchos con la ruti- na diaria, fastidiosamente
gris, de un proletariado urbano que cada vez se hacía más numeroso.
Uno de los que habían dado la espalda a su pueblo para hacer
for- tuna en Rheydt, esa pujante pequeña ciudad industrial «cerca de
Dus- seldorf y no muy lejos de Colonia», fue el abuelo de Joseph
Goebbels, Konrad.2 El labrador de Gevelsdorf, cerca de Jülich
(todavía se escribía con ó'),3 que se había casado con la hija de un
sastre, Gertrud Margare- te Rosskamp, de Beckrath, siguió, aun así,
siendo durante toda su vida un simple trabajador de una de las
numerosas fábricas. Como vastago de gente pobre, su hijo Fritz,4 el
padre de Joseph Goebbels, nacido el 14 de abril de 1867, tuvo que
contribuir con un sueldo desde joven. Empezó como recadero en la
fábrica de mechas de Rheydt W. H. Len- nartz. Como también en
esta empresa la dirección y la administración requerían cada vez
más trabajo, se ofreció una oportunidad de ascenso a los trabajadores
diligentes. Fritz Goebbels, del que su hijo Joseph escri- bió después
que se había entregado por entero a su trabajo,5 «por humil-
de que fuera», la aprovechó. Llegó a ser un pequeño empleado que,
en calidad de lo que se llamaba «proletario de cuello alto», realizaba
traba- jos de oficina, antes de alcanzar el puesto de contable durante
la gue- rra mundial. En los años veinte, el propietario de la empresa
Lennartz, que entretanto había pasado a llamarseVereinigte
Dochtfabriken GmbH (Fábricas de mechas unidas S.L.), le otorgó
incluso poder general, con lo que la familia del gerente se había
ganado por fin un puesto en la pequeña burguesía.6
En el año 1892, Fritz Goebbels contrajo matrimonio con Kathari-
na Odenhausen. Ella había nacido en Übach, en la vertiente
holande- sa del río fronterizo Wurm [Ubach over Worms], y había
pasado su juventud en Rheindahlen. Su padre, el herrador Johann
Michael Oden- hausen, había muerto por una deficiencia cardíaca
sin haber cumplido los sesenta. Su viuda, Johanna María Katharina
(de soltera Coer- vers), para sacar también adelante a los más
jóvenes de los seis hijos que habían nacido del matrimonio, le llevaba
la casa a un «primer párro- co» que era pariente lejano y al que
llamaban respetuosamente el
«señor». Puesto que cada comensal que dejara de sentarse a la mesa
en la casa del párroco suponía ante todo un alivio para sus difíciles
cir- cunstancias vitales, su hija Katharina había entrado a servir
desde muy pronto en casa de un campesino, hasta que se desposó
con el obrero Fritz Goebbels.
La familia Goebbels vivía muy modestamente en su pequeño
piso de la calle Odenkirchener Strasse 186, el actual número 202.7
Después de Konrad, Hans y María, que murió prematuramente, aquí
nació el 29 de octubre de 1897 su tercer hijo varón, Joseph
Goebbels. Junto con sus hermanos, dos y cuatro años mayores que
él, así como con sus dos hermanas nacidas tras el cambio de siglo,
Elisabeth (1901) y María (1910), creció en una familia en armonía. El
padre, Fritz Goebbels, era un hom- bre formal de «rectitud
prusiana»,8 que quería a sus hijos «tal como él entendía el amor. A
su mujer casi la quería todavía más. Por eso siem- pre sentía la
necesidad de atormentarla con pequeñas sutilezas y enre- dos, como
hacen acaso las personas que sienten que aman más de lo que son
amadas».9 En igual medida que Joseph y sus hermanos temían
la «educación espartana»10 de su padre, así apreciaban las bondades
de su sencilla madre, que tenía tendencia a la melancolía. A Joseph le
unía con ella una relación especialmente estrecha, y ella también tenía
mucho afecto a su cuarto hijo. Quizás le quiso precisamente a él con
tanta «ido- latría» porque casi pierde la vida en su alumbramiento,
pensó él des- pués; lo cierto es que le regaló a este hijo el cariño
«que le dejó a deber a su marido». La madre, a la cual él después
glorificó verdaderamente por su «enigmática sencillez»,11 era su
«mejor y más fiel admiradora».12 Ella siguió siendo durante toda su
vida su punto de referencia en la casa paterna, que sería para él hasta
mediados de los años veinte una espe- cie de refugio.
De sus parientes se acordaba Joseph Goebbels con distinta
simpatía. Mientras que a la abuela Odenhausen no la llegó a conocer
de mane- ra consciente y de su abuelo Konrad Goebbels sólo le
quedó grabada en la memoria la gran nariz típica de la familia, de la
abuela paterna,
«una pequeña y cariñosa mujercita», que vivió hasta bien entrados
sus años de juventud, guardaba «muy tiernos y agradables
recuerdos».Tam- bién quiso mucho a la hermana de su madre, la
«madrina Christina», por su carácter alegre. En cambio, por
irritable, maliciosa y envidiosa tenía a la «tía Elisabeth», la hermana
pequeña del padre, que iba «direc- ta por el camino de las
solteronas». Se acordaba de manera especial de su tío Heinrich, un
viajante «de tejidos», que los visitaba dos veces al año, antes de
cada temporada, con los últimos muestrarios.
El hecho de que Joseph Goebbels guardara un recuerdo especial
jus- to de él, al que veía en tan raras ocasiones, se debe probablemente
a que Heinrich era un hombre sociable y alegre, y que por ese motivo
se dife- renciaba de los otros Goebbels, quienes parecían más bien
caracteri- zarse por la «melancolía» atribuida a la gente del Bajo Rin,
que con fre- cuencia se relaciona con la monotonía del paisaje y el
catolicismo de profunda raigambre. Para la gente sencilla, es decir,
también para los Goebbels, este catolicismo era una fe plástica,
conforme a la cual el Dios que reina sobre todas las cosas castiga y
recompensa en este mundo, y, cuanto más a menudo se le rece el
rosario, tanto más benevolente se muestra. Puesto que se temía su
ira, había que tenerle el más humilde
respeto, tanto a él como a sus ministros de negro en esta tierra. La
visi- ta diaria a la iglesia, la confesión y la oración común en casa,
durante la cual la madre les hacía a los hijos arrodillados la señal de
la cruz en la frente con agua bendita, pertenecían a la vida de los
Goebbels tanto como el pan de cada día por el que el padre
trabajaba en la fábrica de mechas Lennartz.
Aproximadamente dos años después del nacimiento de Joseph,
los Goebbels volvían a tener un buen motivo para dar gracias al
Señor. Fritz Goebbels había ascendido a auxiliar mercantil y ganaba
desde entonces 2.100 marcos al año, más una cantidad
extraordinaria fija de 250 marcos,13 de modo que la familia se pudo
trasladar a una vivienda más confortable en la calle Dahlener Strasse.
Cuando con el cambio de siglo vino al mundo el cuarto hijo,
Elisabeth, esta casa también se que- dó pequeña. El ahorro y el
trabajo permitieron a los Goebbels com- prar ese mismo año una de
las pequeñas casas adosadas típicas de la región, también en la
Dahlener Strasse, algo más cerca en dirección al centro de la ciudad.
Esta casita «poco vistosa», con el número 140, des- pués el 156, que
ha sobrevivido a los agitados tiempos hasta el día de hoy, la
consideraba Joseph Goebbels como su casa paterna, pues aquí
«despertó» él «a la vida propiamente dicha».14
Esta vida comenzó de manera difícil para Joseph. A corta edad estu-
vo a punto de morir de una pulmonía «con terribles delirios
febriles». Se salvó, pero siguió siendo un «jovencito débil». Poco
después del comienzo de siglo Joseph enfermó de osteomielitis,15 uno
de los «acon- tecimientos determinantes» de su niñez, como él
mismo opinaba.16 En la pierna derecha —escribió en sus
Erinnerungsblatter [Notas autobiográ- ficas]—, tras un extenso paseo
en familia, se volvió a dejar notar su «vie- ja dolencia en el pie» con
fortísimos dolores. Durante dos años, el médi- co de cabecera y el
masajista se esforzaron por remediar la parálisis de la pierna derecha,
que ya parecía estar superada. Sin embargo, entonces tuvieron que
comunicar a los desesperados padres que el pie de Joseph sufriría
«parálisis de por vida», que no crecería de forma normal y que se
convertiría paulatinamente en un pie deforme. Fritz y Katharina
Goebbels no se conformaron con eso y acudieron con Joseph incluso
a profesores de la Universidad de Bonn, lo que bien sabe Dios no
era lo más natural del mundo a comienzos de siglo tratándose de un
sim- ple empleado. Con todo, incluso a las eminencias sólo les quedaba
«enco- gerse de hombros». Más tarde, cuando ya había cojeado por
la vida durante un tiempo con un antiestético aparato ortopédico
que debía sostener y mantener recto el pie paralizado, los cirujanos
del hospital Maria-Hilf de Mónchengladbach operaron al joven, que
ya tenía diez años.17 La intervención no tuvo éxito, de modo que se
tuvo que renun- ciar definitivamente a la esperanza de librar al
muchacho del pie con- trahecho.
La suerte de Joseph Goebbels fue percibida por los devotos
padres, y en particular por la madre, como un castigo divino que
pesaba sobre la familia, pues en el pensamiento simple y
marcadamente católico de la gente se vinculaban a ello oscuras
asociaciones. Por este motivo cogía Katharina Goebbels a «su
Joselito» de la mano repetidas veces y lo lle- vaba a la iglesia de
Nuestra Señora de Rheydt, donde, arrodillada jun- to a él, imploraba
en voz baja al Señor que le diera fuerzas al niño y alejara el mal de
él y de la familia. Por miedo a las habladurías de los vecinos llegó
ella a afirmar que la dolencia de Joseph no se debía a una
enfermedad, sino a un accidente: no se dio cuenta de que el pie del
niño había quedado enganchado en un banco cuando ella lo
levantó.18 Así y todo, al poco tiempo de enfermar, se decía del
pequeño Joseph que «había salido distinto a su familia».19
El joven, por su parte, no podía entender la supuesta relación
entre su deformidad y las cosas de la fe. Esto, pero sobre todo las
hirientes y compasivas miradas de los adultos y las burlas de sus
compañeros de juegos, hicieron que el defecto físico le pareciera
una anormalidad de su persona, que lo empañaba todo.20 Así, pronto
empezó a sentirse infe- rior, a evitar la calle y a esconderse cada vez
más en su pequeña habi- tación, en el primer piso de la casita situada
en la Dáhlener Strasse. Con veintidós años, en una mirada
retrospectiva a su juventud, escribió que siempre había pensado que
sus camaradas se avergonzaban de él «por- que ya no podía correr y
saltar como ellos, y entonces en ocasiones le atormentaba su
soledad. (...) la idea de que los demás no querían que
jugara con ellos, de que su aislamiento no se debía sólo a su propia
voluntad, eso le hacía sentirse solo.Y no únicamente eso, sino que ade-
más le amargaba. Cuando veía que los demás corrían y retozaban y
sal- taban, entonces murmuraba contra su Dios, que (...) le había
hecho eso, entonces odiaba a los demás, porque no eran como él,
entonces se reía de su madre, porque aún quería tener consigo a un
lisiado así».21
Nada cambió en las dificultades de este muchacho delgado, con
apa- riencia de torpe, con una cabeza desproporcionadamente
grande y un pie que se iba atrofiando, cuando en la Pascua de 1904
comenzó a asis- tir a la escuela primaria, muy cerca de la casa de sus
padres. No gusta- ba a sus compañeros porque era reservado y se
aislaba de los demás; a los profesores, porque era testarudo, un
«muchacho maduro para su edad», cuya aplicación por otra parte
dejaba que desear. Cuando una vez más no había hecho los deberes
o cuando simplemente les provo- caba, en ocasiones le pegaban.
Éste es a buen seguro el motivo por el cual asociaba principalmente
malos recuerdos a su etapa de escuela ele- mental, y sobre todo a los
profesores. A uno lo calificó de «vil y sinver- güenza, que nos
maltrataba a los niños», a otro de «trolero» que largó
«toda clase de tonterías». Sólo le gustaba un profesor que «hablaba
con verdadero entusiasmo»,22 pues sabía despertar la imaginación del
joven.
Cuando tuvo que pasar tres semanas en el hospital como conse-
cuencia de la operación del pie, leía de la mañana a la noche los
libros de cuentos que su madrina Christina le había traído «del rico
Herbert Beines», uno de sus compañeros de clase. «Mis primeros
cuentos (...). Estos libros fueron los primeros que despertaron mi
placer por la lec- tura. A partir de entonces devoraba cualquier letra
impresa, incluyendo los periódicos, también la política, sin entender
lo más mínimo».23 Se dedicó con detenimiento a una anticuada
edición en dos volúmenes de un diccionario de conversación, el
Kleiner Meyer,24 que en su día había adquirido su padre. Pronto
comprendió que estaba capacitado para contrarrestar en el terreno
del conocimiento su detrimento físico. El sentimiento de su propia
inferioridad le llevó a una constante súper compensación. No
soportó que nadie «fuera mejor que él en su terre- no, pues
consideraba a todos los demás lo bastante malos como para
que quisieran excluirle de su comunidad también
intelectualmente.Y esa idea le daba diligencia y energía». Al fin y al
cabo, era uno de los mejores de su clase.25
Fritz Goebbels y su mujer, alentados por el deseo de que un día
sus hijos tuvieran una vida mejor que la suya, veían con satisfacción
que Joseph se aplicara a los estudios. Hicieron todo lo posible por
crear las condiciones necesarias para ello. Y no les resultó fácil, pues
el ascenso social de la familia acarreaba unos gastos que volvieron a
acabar ense- guida con la ganancia extraordinaria. Como oficinista,
Fritz Goebbels tenía que llevar una impoluta camisa blanca y
también diariamente un terso sombrero. Ahora la familia le debía a su
posición social el tener un
«salón» provisto de sillones de felpa, sofá, aparador, dos cuadros del
abue- lo y la abuela con marcos dorados y un considerable número
de figuri- tas, aunque el salón sólo se utilizaba en ocasiones muy
especiales.26
A pesar de que Fritz Goebbels asentaba cada céntimo gastado en un
cuaderno de cuentas azul,27 para repasar al final de mes y ver dónde
se podría ahorrar una que otra moneda, los Goebbels tenían que
ganar dinero extra trabajando en casa. «Hacíamos mechas torcidas, un
trabajo muy laborioso con el que enseguida te empezaban a doler los
ojos y la espalda. Mi padre también ayudaba cuando por la tarde
volvía de la oficina y había leído el periódico. Por supuesto que este
trabajo sólo nos reportaba algunos céntimos. Pero se utilizaba cada
céntimo para escalar al siguiente peldaño del ascenso social»;28 los
Goebbels padres ponían su principal atención en la buena educación
de sus hijos.
En el caso de Joseph, el mejor dotado intelectualmente, se daba
por supuesto que, al igual que sus dos hermanos Konrad y Hans,
asistiría al instituto municipal con bachillerato reformado situado en
la Augusta- strasse de Rheydt.Antes de que llegara la Pascua de
1908,29 Fritz Goeb- bels consiguió provocar un cambio en el último
certificado de la ense- ñanza primaria: se redujo el número de faltas
debidas a su malformación durante el cuarto y el quinto curso, y todas
las notas subieron de «nota- ble» a «sobresaliente».
Joseph Goebbels se alegraba de tener la posibilidad de asistir a la
escuela superior, sobre todo «porque ahora creía poder triunfar
sobre
sus camaradas, que se reían y burlaban de él».30 Cuando sus compañeros
le insultaban —como él mismo se decía— por su malformación,
entonces ellos por su parte tenían también que «aprender a temerle»;
él quería aventajar a todos por su rendimiento escolar, y para ello tra -
bajaba con empeño desde el primer día de clase. Sus compañeros pron-
to tuvieron que pedirle ayuda. El les dejaba sentir su superioridad y «se
alegraba (...) en su interior, pues veía que el camino por el que iba era
el correcto».31
Ningún esfuerzo era demasiado para Joseph Goebbels. Destacaba en
todo, llegó a ser el mejor, ya fuera en latín, geografía, alemán o mate -
máticas.32 También en las disciplinas artísticas, educación plástica y
música, desarrolló una ambición verdaderamente enfermiza, que se veía
intensificada porque su padre se la fomentaba con buenas intenciones.
En el año 1909 incluso compraron un piano para este hijo que apren-
día tan fácilmente. Más de treinta años después Joseph Goebbels le con-
tó a su ayudante cómo le llamó su padre para revelarle sus intenciones.
«Fuimos juntos a verlo. Costaba 300 marcos y por supuesto era de segun-
da mano y estaba ya bastante desvencijado». Pero al mismo tiempo era
«la esencia de la formación y del bienestar, el distintivo de una forma
de vida elevada, el símbolo de la burguesía»,33 en cuyo umbral estaban
los Goebbels al acabar el primer decenio del siglo. En este piano prac-
ticaba Joseph Goebbels bajo la estricta vigilancia del padre, siguiendo
un ejemplar bastante estropeado de la escuela de música Dammsche
Klavierschule.
Joseph Goebbels desarrolló unas dotes especiales para el teatro. De
niño ya había escrito en casa «tragedias de terror». En las representa-
ciones anuales del colegio impresionaba ahora por su talento interpre-
tativo. La forma efectista de comunicarse, los gestos y las muecas eran
su fuerte. Pero no se lucía sólo en el teatro de aficionados, sino también
en la vida diaria; presuntuoso y arrogante, a menudo dejaba de ser él
mismo, pues todo estaba calculado para impresionar. 34 A veces mentía,
contaba embustes, y luego eso le pesaba mucho. Aliviaba su conciencia
cuando cogía su devocionario, iba a la iglesia y el sacerdote oía su con-
fesión.35
Igual de importantes eran para él las clases de religión que
impartía el capellán Johannes Mollen, pero siempre le atormentaba
la pregunta:
«¿Por qué Dios le había hecho de tal forma que la gente se riera y se
burlara de él? ¿Por qué no podía él como los demás amarse a sí
mismo y amar la vida? ¿Por qué tenía él que odiar cuando quería y
debía amar?». Por eso estaba descontento con su Dios. «A menudo
creía que ni siquie- ra existía».36 Y sin embargo ponía toda su
esperanza en él, ya que sólo Dios le permitía tener esperanzas de
encontrar también un día reco- nocimiento y amor.
A principios de abril de 1910, el alumno más aventajado de Mollen
tomó la primera comunión con el respetado capellán y en compañía
de sus compañeros de clase, para los cuales él no era un buen
compa- ñero. En el recordatorio que mostraba a María con el niño
se citaba el pasaje 3.4. del Cantar de los Cantares: «Encontré al amado
de mi alma».37 El estudiante, de trece años de edad, quería dedicar en
adelante toda su vida a esta sentencia, con la esperanza de que le
hiciera justicia. Soña- ba con celebrar un día la sagrada misa como
«monseñor» o encabezar en Rheydt la procesión del Corpus con un
magnífico traje ceremonial. Los padres apoyaban al joven en su afán
de estudiar teología, no sólo por convicción o por razones de
prestigio, sino también porque la carre- ra de teología estaba
especialmente indicada, ya que la Iglesia cubría los gastos.
Asimismo marcaron al muchacho las opiniones típicas de la
época, tales como las que transmitía la clase de historia. «Allí
estábamos no- sotros sentados y apretábamos los puños y con los ojos
centelleantes nos quedábamos colgados de sus labios»,38 escribió
Goebbels más tarde en una glorificadora retrospectiva del maestro
superior Bartels, en cuyas clases de historia se explicaban las
expediciones conquistadoras de Ale- jandro Magno. Era la historia de
las hazañas de grandes hombres que hicieron época, y el macedonio
simbolizaba la grandeza que en ese momento la Alemania del
emperador se disponía a alcanzar. La decisiva victoria sobre Francia
en la guerra de 1870-1871, para la cual el nombre de Sedán se había
convertido en un símbolo, representaba el ascenso de la Alemania
prusiana. Historiadores como Heinrich vonTreitschke,
Max Lenz o Erich Marks, del mismo modo que los profesores de
his- toria, veían ahora en la rivalidad con Inglaterra la continuación
de ese proceso que poco después llevaría a Alemania a ser una
potencia mun- dial. Justificaban esta postura, tal como correspondía a
la época, con las teorías de Darwin, según las cuales la expansión
política era la confir- mación de la propia vitalidad y al mismo
tiempo una misión nacional, que debía servir para extender la propia
cultura, a la que se atribuía un valor mayor.
Aunque Goebbels creyera que su Señor le había castigado,
porque le permitía vivir como lisiado en un mundo que veneraba al
proto- tipo del hombre fuerte, aun así la patria y la fe eran
constantes de su pensamiento. A su esperanza en Dios se añadían
fantasías que lo ale- jaban de la realidad. Se las ofrecían los libros a
los que dedicaba la mayor parte de su tiempo.39 Con frecuencia se
ponía en el papel del héroe que no podía ser en vida. «Entonces no
estaba tan resentido por el hecho de no poder andar por ahí jugando
como los demás, enton- ces se alegraba de que también para él, el
lisiado, existiera un mundo de placer».40
Empezó a cultivar estas sensaciones, tomó él mismo la pluma y
en 1912 escribió su primer poema con motivo del fallecimiento del
hijo del empresario Lennartz, que había muerto durante una
operación. Joseph Goebbels hizo unos versos al respecto, alentado
por la ficción de haber perdido a un «verdadero amigo»: «Aquí estoy
yo ante tu fére- tro, / contemplando tus helados miembros, / tú eras
mi amigo, sí, el verdadero / al que en vida cariño yo debí. / Ahora de
mi lado has teni- do que irte, / dejar la vida que adiós te dice, / dejar
el mundo y sus pla- ceres, / dejar la esperanza que fulgura aquí ».41-42
Además de este «típico lamento escolar», como más tarde
observó de forma autocrítica, pronto aparecieron poemas de similar
afectación que sin embargo respondían plenamente al gusto de la
época —como un poema a la primavera—43 en los que expresaba sus
emociones. Ahora pensaba a veces que por su actividad de poeta
pertenecía al grupo de las personas de excepción, a las que Dios
había dotado de un talento especial: «quizás porque Dios le había
marcado en el cuerpo».44
La destreza que poco a poco adquirió en el manejo de la lengua,
su interés por la literatura y la lírica se vieron estimulados por su
profesor de alemán,Voss. Él consiguió romper el muro de desconfianza
quejoseph Goebbels había levantado en torno a sí.Voss también
«había tenido que luchar» en su juventud. Quizás por eso —especuló
después Goebbels— intentó entenderle. El profesor invitaba al joven
impedido a su casa, le recomendaba libros y conversaba con él. «A
veces podía parecer que el profesor admiraba a su extraño alumno
por su peculiaridad», conjetu- raba Goebbels sobre el «primer
amigo de su vida»,45 que en su época estudiantil ejerció sobre él «el
mayor influjo».46
Voss también prestó su ayuda cuando el padre de Joseph
Goebbels ya no pudo costear la matrícula y los otros gastos de la
formación de su hijo. Le procuró niños de padres acomodados para
que les impartie- ra clases particulares. «Su profesor había intercedido
por él, y de esa for- ma le recibieron en todas partes con cariño y
amabilidad».47 Como correspondía a la marcada necesidad de cariño
y reconocimiento que sentía el adolescente, inmediatamente endiosó
a la madre —que vela- ba por él y le mimaba— de uno de los
estudiantes que se le habían encomendado. Por primera vez empezó
a cuidar su aspecto externo, se hizo algo menos introvertido, a veces
incluso desenvuelto. «Y el hecho de que nadie lo supiera, ni siquiera
el objeto de su amor, eso le hacía doblemente feliz (...). Cuando
yacía despierto en la cama y sus her- manos dormían, entonces él
hacía versos, los recitaba en alto y pensa- ba que ella le oía y le
alababa. Ésa era su mayor alegría».48
Con todo, para sus años de juventud siguió siendo determinante
el abismo entre la amarga realidad y la existencia ficticia en la que se
refu- giaba. En ocasiones esto se hacía patente de una manera
demasiada brus- ca, como cuando se dejó olvidados debajo de su
pupitre los poemas dedicados a la madre de su alumno y al día
siguiente se recitaron delan- te de toda la clase con alusiones diversas a
su malformación.49 De manera no menos catastrófica debió
experimentar el joven sus primeros intentos de acercarse al sexo
opuesto. El objetivo de sus esfuerzos era precisamente el sueño
dorado de su hermano, una tal María LifFers, que también iba al
instituto. Cuando él le hizo claras proposiciones y ade-
más le envió fingidas cartas de amor, el asunto trascendió y se produjo
el escándalo. En casa, en donde se habían presentado los padres de la
chica, su hermano Hans arremetió contra él con la navaja de afeitar; en
el instituto se le negó una beca municipal que Fritz Goebbels había
dado por segura. Aunque al padre no le resultó fácil seguir costeando
la formación de su hijo, éste, a pesar de su seria falta y a diferencia de
sus dos hermanos mayores, debía hacer los tres cursos del instituto refor-
mista en el mismo centro hasta obtener el bachillerato, condición pre-
via para hacer la carrera de teología.
Tras las vacaciones de Semana Santa de 1914,Joseph Goebbels pasó
al séptimo curso del instituto. De la «seria pesadilla» que —como escri-
biría diez años después Hitler en la prisión militar de Landsberg— afec-
tó entonces a la gente «abrasadoramente como un febril calor tropical», 50
no llegó a notar mucho el estudiante adolescente. Pero a buen seguro
percibió también las discusiones sobre si llegaría la guerra que había de
acabar con las tensiones de la política interior, pues hacía mucho que los
nuevos métodos de trabajo mecanizados y las estructuras sociales que se
transformaban a la par no encajaban en la ordenación de ese imperio.
Contradicciones insalvables y cambios vertiginosos marcaron la época, a
la que, según la perspectiva de muchos contemporáneos, venía unido algo
demasiado sobrio y racional, «carente de alma» e inspirador de miedo,
que parecía pesar sombríamente sobre la época. Por este motivo la mayo-
ría sentía la guerra que se cernía como una solución a todo ello.
Cuando el 28 de junio cayeron en Sarajevo los disparos sobre el suce-
sor al trono austríaco, el archiduque Francisco Fernando, y poco des-
pués con las movilizaciones se ponía en marcha un mecanismo impa-
rable y fatal, cuando en las pequeñas ciudades industriales del Bajo Rin,
como en todo el resto del imperio, la gente se abandonaba con entu -
siasmo a la guerra, Joseph Goebbels unía su voz al coro patriótico, que
ya veía desfilar a las tropas del emperador por los Campos Elíseos de la
capital francesa: esto parecía la realización de lo que él había aprendi-
do en las clases de historia, de lo que el capellán había predicado desde
el pulpito y de lo que la pequeña burguesía, de donde él procedía,
había propagado entusiásticamente.
La vivencia común de aquellos días no dejó de surtir efecto sobre
el joven Goebbels, pues a sus diecisésis años la guerra entrañaba para
él la esperanza de un futuro mejor. Desde la niñez había deseado
«integrar- se», y ahora por fin experimentaba la sensación de
solidaridad, que pro- porcionaba protección, cuando a principios de
agosto, tras las movili- zaciones, se encontraba entre la multitud y
vitoreaba a los hermanados por la marcha al compás; en ese
momento nadie prestó atención a su malformación.Tenía la misma
sensación que durante la misa salvo que no estaba arrodillado en la
iglesia, sino de pie al borde la calle, y en lugar del «alabado sea el
Señor» entonaba el Alemania, Alemania por encima de todo.
A él le habría gustado estar entre aquellos que, como su hermano
mayor Hans, su compañero de clase Fritz Prang o un tal Richard
Flis- ges, al que acababa de conocer, entraron inmediatamente en
campaña por la patria, pues —como escribió en una redacción— «el
soldado que se marcha a la guerra por su mujer y sus hijos, por su
hogar y su casa, por su tierra y su patria, para entregar su tierna y
joven vida, presta a la patria el servicio más ilustre y honroso».51
Pero la malformación tantas veces maldecida por él le degradó una
vez más a la categoría de mar- ginado, situación en la que nada
pudo cambiar «el certificado de apti- tud científica para el servicio
voluntario anual»52 que se había hecho expedir durante esa misma
Pascua. Quizás para no verse confrontado constantemente con este
déficit, Joseph Goebbels, que el primer invier- no de la guerra había
hecho durante algunas semanas una especie de prestación
sustitutoria en el banco imperial, se interesaba poco por el
transcurso detallado de las operaciones militares. Se conformaba, en
su lugar, con una información general sobre si las cosas iban bien o
menos bien en los frentes, pues de todos modos no podían ir mal.
Puesto que no era sólo el valiente ejército el que conducía a la
«vic- toria definitiva», como escribió en otra redacción escolar,53 veía
enton- ces que su contribución radicaba en militar en la «diligente
tropa» de los no menos imprescindibles «no combatientes». Tal
como requerían los carteles fijados en muchas partes con las
indicaciones de la coman- dancia general para la población civil,
estaba muy atento a los sospe-
chosos en el frente de la patria, y se mostró especialmente solícito cuan-
do el director de la escuela encargó empaquetar los «donativos de
Navidad» de la ciudad de Rheydt para sus hijos en campaña y poner-
les las direcciones.54 De esta forma Joseph Goebbels había encontrado
una tarea que en esos días le dio sensación de pertenencia, aunque no
pudiera estar «en el frente».
Ahora también se estaba abriendo más a sus compañeros de clase y
se hizo amigo de Hubert Hompesch y de Willy Zilles. Cuando fueron
llamados a filas, les escribía con regularidad las novedades de la patria,
en particular de la escuela, donde las clases superiores empezaban a
vaciar- se cada vez más. Ellos a su vez le informaban entusiásticamente a
él, «el habitante de la selva virgen (...) en el lejano noroeste»,55 de sus
expe- riencias en el ejército. Mil veces más le gustaba su vida actual que la
ante- rior etapa estudiantil, escribió eJ fusilero —envidiado por Joseph
Goeb- bels—Willy Zilles,56 que como todos los «grises de campaña» 57
soñaba con volver algún día a casa como un héroe con la Cruz de
Hierro.
La euforia nacional, que había invadido sobre todo a la joven gene-
ración, ocultó también la procedencia de Joseph Goebbels, que en tiem-
pos de paz seguramente le habría causado más problemas que ahora en
la guerra al hijo casi adulto del «proletario de cuello alto» en el grado
superior del instituto, entre los hijos de comerciantes, funcionarios y
médicos.Y no sólo eso, sino que también por ese motivo pudo madu-
rar en el joven la visión de una «verdadera comunidad popular», a la
que pertenecía, al igual que los ricos, la «gente sencilla», entre la que sin
embargo él mismo ya no se contaba por sus sobresalientes resultados
escolares. «Nunca —escribió en julio de 1915 a Willy Zilles, que se
encontraba a la sazón en un hospital militar de Silesia— podría estar de
acuerdo con la exclamación de Horacio odi profanum vulgus (odio al
vulgo ignorante)». En lugar de eso, quería dejarse guiar por una sen-
tencia del escritor Wilhelm Raabe, que comprendió al pueblo como
ningún otro. Entendía su «presta atención a las callejuelas» 58 como un
viraje hacia el pueblo, sin olvidar por ello «nuestra elevada tarea», la
«aspiración hacia arriba» que resuena en las palabras de Raabe «alza la
vista a las estrellas».59
Raabe era para él, a diferencia de Gottfried Keller o Theodor
Storm, a los que valoraba mucho además de los clásicos,60 un
«brillante mode- lo»,61 sobre todo porque, en opinión de Goebbels,
el poeta había crea- do en el citado viejo Ulex de la novela La gente
del bosque el «prototi- po del idealista y soñador alemán». 62 Puesto
que Goebbels creía reconocerse tanto en el héroe como en su
creador, escribió sobre este último y su visión de una comunidad
popular alemana que Raabe siem- pre había mirado hacia arriba en
su vida: «Así pudo soportar la poster- gación durante años sin
perder su buen humor ni su ánimo vital, apre- ciado sólo por pocos
amigos, subestimado casi por toda Alemania, pero convencido de su
elevado oficio. Así siguió luchando, si no para sus coe- táneos, sí para
una generación posterior. ¿Somos nosotros esa genera- ción?».63
Puesto que al Joseph Goebbels de la pequeña casa en la Dahlener
Strasse la guerra parecía reportarle un mundo mejor o, en cualquier
caso, una parte de lo que hasta ahora le había sido negado, terminó
por entenderla como expresión de la actuación divina. Esto lo
reflejan las ardientes redacciones que escribió en los primeros
meses de la guerra durante las clases de alemán conVoss.64 Allí citaba
las viejas melodías de las guerras de independencia, la de «Dios, que
hizo crecer el hierro», evocaba los mitos de tiempos remotos,
cuando los antepasados de los que emprendían el asalto en
Langemarck «iban a la batalla con cantos y gritos de júbilo». La
muerte anónima en el campo de batalla le pare- cía a él, que se había
quedado en casa, «hermosa y honorable», era glo- rificada como un
acto sagrado, como una víctima en el «altar de la patria», una
víctima como había sido en su día Cristo en el Gólgota por mor de la
humanidad. Religión y patriotismo parecían fundirse en la
concepción del mundo de Joseph Goebbels.
Entre sus profesores —a excepción de Voss y de Bartels, que
acaba- ba de ser condecorado con la Cruz de Hierro— creía percibir
un «esca- queo general», y precisamente el capellán Mollen no
compartía el entu- siasmo patriótico. Antes de agosto de 1914 ya se
había mostrado pesimista y había hecho ver a sus alumnos los
horrores de lo que se aproxima- ba.65 Puesto que siguió hablando en
contra del espíritu de la época,
Joseph Goebbels adoptó con respecto a él una actitud cada vez más
escéptica, aunque sin cuestionar por ello su autoridad de un modo
ge- neral.
Sin embargo, el estudiante pronto tuvo que comprobar que las
adver- tencias de Mollen tenían su razón de ser; en el instituto de la
Augus- tastrasse siempre había que lamentar la «muerte heroica» de
un «anti- guo alumno» por el emperador y por la patria. En vista de
las bajas, en casa de los Goebbels no se afrontó el llamamiento a filas
de Konrad para el 1 de agosto de 191566 con el entusiasmo sin
reservas del año ante- rior, sino más bien con sentimientos
encontrados. Por una parte esta- ba el orgullo de que ahora él
también pudiera ir a la guerra por Ale- mania con el uniforme del
emperador, por otra parte el horror de lo que posiblemente le
amenazaba.
Una preocupación adicional supuso para la familia en otoño de
1915 una enfermedad de Elisabeth. El Día de los Difuntos la
preocupación se convirtió en dolor. La tisis, como se acostumbraba a
llamar entonces a la tuberculosis pulmonar, se había cobrado la vida
de la muchacha. Joseph y Fritz Goebbels rezaron el padrenuestro67
junto a su cama, y el maestro superiorVoss, que había sido reclutado
provisionalmente para el servicio militar en Aquisgrán, escribió a su
talentoso pupilo que en esos días no había prácticamente nadie «que
no pierda a un ser queri- do (...), y así tenemos que consolarnos los
unos a los otros y mantener la cabeza alta, pues todavía no hemos
acabado, y no sabemos lo que aún tendremos que soportar hasta que
llegue por fin la gran hora feliz de la paz».68
Al dolor por la muerte de su hermana menor, que también puso en
verso, se sumaría a comienzos del verano del año siguiente la
tormentosa preocupación por la vida de su hermano Hans, que estaba
combatiendo en el escenario bélico occidental y del que no se habían
tenido señales de vida desde hacía semanas.69 A ello se añadía la ya de
por sí triste vida diaria, agravada siempre por la prolongación de la
guerra. En la «escuela», donde sólo quedaban unos pocos en las clases
superiores y le faltaban los compañeros con los que hablar, los temas de
las redacciones sólo giraban ya en torno a la pregunta: «¿Por qué
debemos'
queremos y vamos a ganar?».Voss, que ya había regresado, volvía a hacer
escribir ahora sobre la fuerza de la esperanza, de la cual Joseph
Goeb- bels pensaba que era «la que nos permite soportar esta
violenta época llena de sangre y lágrimas», para luego citar la obra
de Uhland: «Oh, pobre corazón, olvida el tormento, pronto cambiará
todo, todo».70
Aunque los Goebbels de la Dahlener Strasse recibieron la
tranqui- lizadora noticia de que Hans se encontraba sano y salvo en
cautiverio francés, a Joseph le había quedado poco de la euforia
inicial. Las noti- cias sobre las victorias alemanas, que sin embargo
nunca conducían a la victoria, le habían dejado claro que aún había
que recorrer un largo y difícil camino antes de que se produjera el
desenlace y se hicieran rea- lidad las expectativas y esperanzas ligadas
a él. Las cartas que recibía aho- ra de sus compañeros en campaña
parecían corroborarlo. La retórica demasiado enfática había dado
paso a los sobrios relatos de la vida lle- na de privaciones, que
seguía estando marcada por una estricta noción del deber para con la
patria, como por ejemplo cuando su compañero de clase, el
suboficial Hompesch, le escribió que prefería resistir «hasta el final»
antes de que «el enemigo penetre en el territorio interior, antes de
poner en peligro a nuestras familias en casa, todos nuestros bienes
en la patria».71
Poco a poco los remitentes de las cartas se iban distanciando,
pues vivían en mundos demasiado distintos. A ello también había
contri- buido en buena medida la primera relación amorosa entre
Goebbels y una chica de la vecina Rheindahlen,72 que comenzó a
partir de Pascua de 1916, al tiempo del «infierno deVerdún». Lene
Krage, como se lla- maba, si bien no era «inteligente», era muy
guapa para sus años.73 Al principio de conocerse en la Gartenstrasse
de Rheydt, él era, como más tarde escribió, «la persona más feliz de la
tierra», pues apenas podía con- cebir que él, «el pobre lisiado (...)
hubiera besado a la chica más her- mosa». Lene, por su parte,
admiraba a su «chico del alma» por su inte- ligencia: «¡Qué pequeña
soy yo en comparación contigo (...)! Y es que tú me pareces digno de
adoración. Podría llegar a deificarte», escribió ella en una de sus
muchas cartas.74 Él, sin embargo, pronto empezó a preguntarse
cómo podía amar a una chica a la que consideraba tonta,
y llegó a la conclusión de que «este amor, por inocente que fuera,
tenía un no sé qué de impureza».75 Su «oscuro» deseo, según creía, sólo
orien- tado al instinto, a la sexualidad en resumidas cuentas, lo
consideraba reprobable, pues para él era ante todo la tentación del
mal. Por eso
«luchaba contra el sexo» y acababa creyendo que estaba enfermo
por- que amenazaba con salir derrotado en esta batalla. Cuando por la
noche se ocultó con Lene Krage en el parque imperial de Rheydt y
ella se convirtió en una «mujer amante», la había perdido
definitivamente, y con ella su buena conciencia.
En marzo de 1917, año de hambre, Joseph Goebbels sacó el
bachi- llerato. Su certificado de bachiller, al igual que los certificados
anterio- res, era digno de ver. «Sobresaliente» en religión, alemán y
latín; «nota- ble» en griego, francés, historia, geografía e incluso en física
y matemáticas, asignaturas para las que no tenía «talento ninguno»,
según él mismo manifestó. Con esto quedaba libre del «oral» y,
puesto que había escrito la mejor redacción en alemán, tuvo la
ocasión de pronunciar el dis- curso de despedida de su promoción,
de estructura perfecta y que aún excedía el espíritu de la época,
marcado ya de por sí por un patriotis- mo exageradamente patético.
Lo que el débil Joseph Goebbels expuso aquel 21 de marzo76 en el
salón de actos, detrás de la cátedra, ante el claustro de profesores, la
dirección del centro y los estudiantes, conte- nía todas aquellas ideas
que caracterizaban la cosmovisión de su gene- ración, que él había
interiorizado de manera especial. Con voz emo- cionada recordó a
los oyentes que ellos «son los miembros de esa gran Alemania en la
que todo el mundo tiene fijada la vista con miedo y admiración».
Entonces apeló a la «misión global» del pueblo «de poe- tas y
pensadores», que ahora tenía que demostrar «que es más que eso,
que lleva inherente la legitimación de ser la líder política e
intelectual del mundo». Habló marcialmente de Bismarck, el
hombre «tan duro como el acero y el hierro», de «nuestro
emperador», que ha desenvai- nado la espada «sin turbarse, contra
Dios y el mundo».Todo culminó al final en una exaltación divina: «Y
tú Alemania, poderosa patria, tú tie- rra sagrada de nuestros padres,
mantente firme, firme en el peligro y en la muerte. Tú has demostrado
tu heroísmo y saldrás asimismo victoriosa
de la batalla final (...). No tememos por ti. Confiamos en el Dios
eter- no, que quiere que la justicia sea vencedora, en cuya mano está
el futu- ro. (...) Dios bendiga a la patria».77
Parece ser que tras este discurso el director del colegio le dio
unas palmaditas en el hombro y le dijo que por desgracia no había
naci- do para orador.78 Pero Joseph Goebbels no se había propuesto
ser orador, y tampoco quería ya predicar desde el pulpito. Para
decep- ción de sus padres, había desechado desde hacía tiempo su
plan de estudiar teología.Ya en 1915Voss le había aconsejado
estudiar entre otras cosas alemán, y a modo de complemento
aprender neerlandés. Seguramente con vistas a futuras anexiones,
Voss pensaba entonces que por este camino su alumno podría hacer
las oposiciones tras la guerra «en muy poco tiempo». Aunque
Joseph Goebbels había pro- gresado ya mucho en el aprendizaje de
la lengua neerlandesa,79 gra- cias a que pasó algunas vacaciones
cerca de Aquisgrán, donde había crecido su madre, él estaba
pensando de manera transitoria en la carre- ra de medicina, de lo que
sin embargo Voss volvió a disuadirle. A ins- tancias de él acabó
decidiéndose por filología clásica, germanística e historia.
La tan «deseada hora que nos libera» ya había llegado. Pero lo
cierto es que no se presentó bajo el aspecto en que la había
celebrado Goeb- bels en su discurso del bachillerato. Ni tenía el
mundo ante sus ojos con el «joven y fresco arrebol matutino del
primer día de mayo», ni había una razón para mirar «con ojos
embriagados toda la hermosura y toda la felicidad de la tierra» y
exclamar de júbilo «con toda magnificencia»:
«¡Oh mundo, oh mundo hermoso, apenas se te ve entre tantas
flores!». Detrás del lema que Goebbels y el resto de bachilleres
dieron a la cere- monia «con obstinado optimismo»,80 se escondían
sueños rebosantes nacidos de la necesidad, anhelos, después de tres
años de guerra llenos de privaciones, también para la población
civil.
Así y todo, cuando en estos tiempos difíciles Fritz Goebbels se
atre- vía a pensar en otra cosa para su hijo que no fuera la carrera de
teolo- gía, eso se debía a que el cabeza de familia había ascendido a
contable de la fábrica de mechas Lennartz y ganaba unos cuantos
marcos más.
Con la modesta ayuda del padre y los ahorros de las clases particulares
saldría adelante, esperaba Joseph Goebbels, hasta que tras la esperada
victoria de Alemania en la guerra mundial se mejoraran también para
él las cosas de manera decisiva.
Capítulo 2

CAOS EN MÍ
(1917-1921)

H acia nuevos horizontes para la familia partía en abril de 1917


este joven soñador, con un profundo complejo de inferioridad y un
impetuoso deseo de reconocimiento y protección. Por una parte le
lle- naba de orgullo poder estudiar, siendo hijo de un pequeño
empleado, con la élite de la juventud alemana; por otra parte,
también tenía algo de miedo, pues no sabía cómo le recibirían los
compañeros, a él, el lisia- do. Por eso probablemente el día de
primavera en que dejó la casa pater- na y a su novia Lene Krage para
inscribirse en la Universidad de Bonn
1
le pareció «áspero y frío».
Joseph Goebbels se instaló en una modesta habitación amueblada
de la Koblenzer Strasse, y, como todo recién llegado, se familiarizó
con la capital imperial y su alma máter, en la que, a pesar de los
malos tiem- pos, la vida estudiantil seguía su ritmo tradicional.
Predominaban las agrupaciones y asociaciones de estudiantes, que
llevaban los colores heráldicos y a quienes, pese a todas las diferencias,
unía la profunda vene- ración por el emperador y el amor a la patria.
Y, como es natural, el joven estudiante buscó compañía allí
inmediatamente, fascinado por la tan celebrada suntuosidad de las
corporaciones de estudiantes. Siguien- do el consejo de su antiguo
profesor de religión, el capellán Mollen, poco después de comenzar
el semestre se unió a la asociación católica de estudiantes Unitas
Sigfridia, donde su procedencia pequeñoburgue- sa desempeñaba un
papel menos importante que en otras corporacio- nes elitistas.2 En el
círculo de miembros de la asociación se puso aho-
40 Goebbel
s

ra el nombre de «Ulex». Según él mismo manifestó, lo había


elegido porque le gustaba mucho una novela de Raabe en la que el
héroe lle- vaba este nombre, «un viejo idealista alemán, profundo y
soñador, como somos todos los alemanes, a pesar de toda la
industria y las corrientes materialistas de la época».3
En la corporación de Bonn, fuertemente diezmada por los llama-
mientos a filas y los avisos para los voluntarios de guerra, Joseph
Goeb- bels encontró una sustitución de su casa paterna, y en el
estudiante de derecho Karl Heinz Kólsch, llamado «Pille», al que
cogió de inmedia- to gran cariño, a un buen camarada. Desde
entonces, el «principiante» luchó a su lado incansablemente —
quizás también para compensar su ineptitud para la guerra— por la
cohesión de la asociación católica. Sabía lucirse de manera especial
en los actos de la Unitas Sigfridia, casi siempre organizados por él
mismo, que tenían como objetivo contri- buir a la edificación
patriótica y al fortalecimiento de la fe. Así, poco después de su
ingreso, el 24 de junio de 1917, pronunció durante una fiesta de la
asociación una conferencia sobre Wilhelm Raabe que resul- tó muy
elogiada.4 En otra ocasión habló sobre arte religioso, y, según el
juicio de un conocido profesor de Bonn, ésa fue la mejor ponencia
que había escuchado nunca de un estudiante.5 De manera muy
similar se expresó también cuarenta años después el capellán Mollen,
que a ins- tancias de su antiguo alumno fue a Bonn para pronunciar
ante los «Sig- fridos» una conferencia sobre historia eclesiástica. El
hecho de que
—según Mollen— aún tras largo tiempo guardara un agradable
recuer- do de aquella interesante tarde se explica por la alegría tan
especial que le había dado su antiguo alumno con su viva
participación.6
La «vida unitaria» comportaba, incluso en esos tiempos de
guerra, importantes francachelas. Requerían dinero, de manera que
Joseph Goebbels pronto tuvo la certeza de que los recursos que
había traído
—aquellos que había podido ahorrar en casa— no serían suficientes
ni siquiera para un semestre, aun conformándose con la vida más
mode- rada y el estómago a menudo vacío. Nada podían cambiar en
eso los ingresos extras de las mal pagadas clases particulares que daba a
los hijos de funcionarios acomodados de la capital renana. La
notificación del
llamamiento al servicio militar auxiliar 7 le libró finalmente de la lamen-
table situación de tener que abandonar antes de tiempo la universidad
por razones económicas. Con pagarés y cuentas pendientes en el equi-
paje, en junio de 1917 volvió amargado a la casa de sus padres, en
Rheydt. En casa,Joseph Goebbels volvió a refugiarse por de pronto en
su mundo de ensueños, que se inventó bajo el título de Los que aman el
sol,8 antes de que, en lugar de las ilusiones sobre «amor, vida y felicidad,
cosas que forman un conjunto, como el aire y el agua», llegara el sobrio
servicio como soldado de oficina en la institución de socorro patrióti -
ca. Puesto que los superiores no sabían muy bien qué hacer con este
hombre cojo y débil, de aspecto tan poco soldadesco, pronto le volvie-
ron a mandar a casa. Allí completó el «relato» que había empezado y
escribió un segundo al que dio el título de Soy un escolar errante, un tipo
desordenado...9 Esta obra, dedicada a su «querido compañero de fatigas
Karl Heinz Kólsch», trataba de la regalada vida estudiantil, del amor y
de la muerte. Poco después tildaba ambos trabajos, siendo muy crítico
consigo mismo, de «sentimentalismo hinchado» y de ser «apenas sopor-
tables», después de que le fueran devueltos por el periódico de Colo-
nia Kólnische Zeitung, adonde los había enviado pidiendo que los publi-
caran.10 Más importante para Joseph Goebbels debió de ser la previsión
para el siguiente semestre de invierno en Bonn. De nuevo fue el cape-
llán Mollen quien sabía qué había que hacer. Siguiendo su consejo, a
principios de septiembre de 1917 presentó una solicitud para una beca
de estudios en la venerable asociación católica de Alberto Magno de
Colonia. Escribió que su padre ocupaba un cargo de contable y que él
no podía pretender hacer uso de los exiguos fondos que le quedaban
libres de su salario, dado el encarecimiento de la vida actual. Apelando
al patriotismo del destinatario, Goebbels indicó que esos fondos ser-
vían más que nada para apoyar a sus dos hermanos, de los cuales el mayor
estaba en el escenario bélico occidental, mientras que el menor se encon-
traba en cautiverio francés; él había quedado exento del servicio mili-
tar debido a una dolencia en el pie. Puesto que quería continuar sus
estudios, «dependía completamente de la caridad de mis correligiona-
rios católicos».11 Se necesitaron todavía algunas cartas y documentos
del solicitante, así como la declaración por escrito del capellán de
que éste procedía de «honrados padres católicos» y merecía la mejor
reco- mendación «por su comportamiento religioso y moral»,12 para
que la asociación de Alberto Magno se mostrara caritativa. A
principios de octubre, justo a tiempo por tratarse del comienzo del
semestre de invier- no, se concedió a Joseph Goebbels un préstamo
por valor de 180 mar- cos. Esta suma y los 780 marcos que se le
pagarían durante los cinco semestres siguientes nunca se habrían
concedido si la asociación de Alberto Magno hubiera adivinado que
no sería hasta 1930 cuando, obli- gado por varios procesos y
embargos, el futuro jefe del distrito berlinés reintegraría 400 marcos
en un pago a plazos.13
De vuelta en Bonn, en las postrimerías de un otoño en el que la
revolución bolchevique permitía confiar en un pronto final de la
gue- rra al menos en el Este, Goebbels volvió a asumir al lado de
«Pille» Kólsch el papel de estudiante corporativo. En el informe de
la asocia- ción escribió sobre «grandes tabernas idóneas» que
«dirigían como pre- sidentes» y que en parte habían tenido una
«evolución espléndida».Tam- bién se hablaba de «amenos viajes a la
ancha y hermosa campiña alemana, que la asociación de estudiantes
emprende casi todos los sábados y domingos».14 Un momento
importante en la vida de los Sigfridos de Bonn era la asistencia al
aniversario de la fundación de la Unitas en Frankfurt. El exaltado
Goebbels llegó con el uniforme de gala y las sim- bólicas espadas y
se mostró decepcionado cuando sus homólogos de Frankfurt le
explicaron que, debido al rigor de los tiempos y en vista del gran
número de caídos procedentes de la asociación Unitas, esta vez se
iba a renunciar a los viejos ritos estudiantiles habituales otras veces.
Parece, sin embargo, que a Goebbels esto no le conmovió mucho; esa
misma tarde escribió en el cancionero a un «viejo señor» de Frank-
furt: «A quien no le gusta el vino, la mujer y el canto, toda su vida será
un mentecato».15
Fiel a este lema, Joseph Goebbels se enamoró de la hermana
menor de Kólsch, Agnes, a la que había conocido en una visita a la
casa pater- na de, su compañero en Werl. El hombre enjuto, de
aspecto simpático y voz sonora fue recibido allí cordialmente. El
estilo de vida liberal de
la familia, la amabilidad de la señora de la casa, que se complacía en
considerarse su «mamá número dos»,16 pero sobre todo su hija Agnes,
le habían encantado.17 Durante la segunda mitad del semestre de invier-
no, Goebbels pasó casi más tiempo en Werl que en la Universidad de
Bonn.Allí compartía entretanto la habitación con «Pille» Kólsch. Cuan-
do éste se decidió, en la primavera de 1918, a continuar sus estudios en
Friburgo, Goebbels siguió a su «ideal» a la lejana, pequeña ciudad uni-
versitaria situada al pie de la Selva Negra.
No sólo Agnes Kólsch, sino también los Sigfridos lamentaron pro-
fundamente la marcha de los dos. En los informes de la Unitas se dice
acerca de ambos: «Con una energía incansable llevaron firmemente en
sus manos las riendas de la asociación, supieron animar a los miembros
para que siguieran implicándose siempre y fomentar una próspera vida
social durante el tiempo de su actuación conjunta». La continuación
del informe muestra en qué medida Goebbels hizo gala de un risueño
carácter estudiantil: «Gracias a su sociabilidad y a su radiante humor han
sabido ganarse a muchos nuevos miembros para la asociación (...). En
la taberna donde se les despidió, en Rómlinghoven, se pudo ver por el
gran número de los allí presentes (...) cuántos corazones habían con-
quistado de un golpe en los dos semestres (...). En ese mismo lugar se
les dio las gracias por todo el tiempo y esfuerzo que habían sacrificado
por la causa de la asociación, y se les prometió que su recuerdo siem-
pre estaría arraigado en nosotros».18
En mayo de 1918 —en ese mismo momento se paralizaba la última
gran ofensiva del ejército imperial que debía traer el desenlace en el Oeste
—Joseph Goebbels viajó a Friburgo. «Un viaje maravilloso por todo el
sur. Llegada a las seis. Kólsch me da un abrazo.Vivo con él. Calle
Breisacher Strasse».19 Al margen de la carrera, volvió a comprometerse
enseguida enérgicamente junto con su compañero en la asociación de
la Unitas.20 Sin embargo, su amistad pronto se iba a romper. El de Werl
se había hecho amigo de la estudiante de derecho y economía política
Anka Stalherm. Durante las clases del arqueólogo Thiersch sobre la vida
y obra de Winckelmann, ella le llamó la atención a Goebbels, y cuan-
do Kólsch se la presentó quedó igualmente entusiasmado. Desde
ese
momento todo su interés se dirigía a la joven mujer, que tenía una
«boca de auténtico ensueño» y un «pelo rubio tirando a castaño que
caía en pesados bucles sobre el maravilloso cuello».21 Poco a poco
se fueron conociendo. «Anka y yo siempre nos sonreímos». El
pobretón y la hija de la rica familia de Recklinghausen formaron
finalmente una pareja.
«En mí se ha producido una satisfacción sin medida».22
Entre Kólsch y Goebbels se produjeron como consecuencia
«horri- bles escenas», y la decepcionada Agnes Kólsch se indignó desde
su leja- nía, porque «por desgracia lo había estimado demasiado,
juzgándolo demasiado noble y maduro». Su «que te vaya bien, no ha
podido ser»23 le preocupó poco a Goebbels. El amor por Anka
Stalherm le hizo olvi- dar al «pobre diablo», como él mismo se
designaba, el final de su amis- tad con los Kólsch, su eterna escasez
de dinero e incluso su pie tullido. Seis años después escribió sobre
ese semestre de verano en Friburgo que quizás fue la época más
feliz de su vida. Sólo el ataque nocturno de los biplanos franceses
sobre la pequeña ciudad universitaria que dor- mía le volvió a
recordar que todavía no había acabado la guerra.24
Eso tampoco preocupaba a los dos enamorados cuando hacia el
final del semestre de verano tuvieron que separarse. Anka Stalherm
viajó a Recklinghausen, a la casa de sus padres, y también Joseph
Goebbels tuvo que levantar su campamento en Friburgo, pues él solo
apenas habría podido arreglárselas. Lo que se llevó de allí cuando el
4 de agosto de 1918 partió en dirección a su casa fue la conclusión
—a la que había llegado después de dos semestres y también por su
relación con la aco- modada Anka Stalherm— de que como hijo de la
alma máter se encon- traba en una elevada capa social, «pero yo era
en ella un paria, un pros- crito, sólo un extranjero con deportación
suspendida, no porque yo rindiera menos que los demás o fuera
menos listo, sino sólo porque me faltaba el dinero que al resto les
procuraba abundantemente el bolsillo de sus padres».25
La injusticia que veía en ello inspiró a Joseph Goebbels un
drama que había concebido y empezado mientras todavía estaba en
Friburgo; en casa, en Rheydt, se retiró a su habitación y trabajó en
ello como un poseso. En largas cartas diarias informaba al respecto a
Anka Stalherm,
Caos era mí 45

que, según creía, era la que le daba las fuerzas .Ya el 21 de agosto le pudo
comunicar que había puesto punto final a su Judas Iscariote, la «tragedia
bíblica».26 Ésta le debía «contar a ella todo lo que en este momento atra-
viesa mi desbordado corazón». 27 En más de 100 páginas, escritas con
pequeña e inclinada letra de Sütterlin,28 Anka Stalherm, a la que él le
había mandado el manuscrito inmediatamente, leyó la historia de Judas,
el «marginado» y «soñador» que quiere seguir a aquel del que cree que
funda un «reino nuevo, casi infinito». Cuando Judas se hace discípulo
de Jesús, comprueba para decepción suya que el reino de su Padre no
es de este mundo: «Y entonces, en ese momento, soplar a un pueblo
oprimido piadosas sentencias al oído, hablar del reino en otros mundos
que es gloria sin fin y sin límites, eso marca mi pequeña cabeza y espí-
ritu»,29 hace decir Goebbels a su héroe sobre Cristo. Aquél acaba por
traicionar a su maestro, para hacer realidad por sí mismo, en lugar de
Jesús, el reino de Dios en este mundo. Tras este hecho queda patente
para Judas toda la tragedia de su actuación, que sólo debía haber servido
para conseguir un mundo justo. «Y aun así el cielo es mi testigo de que
Judas no se convirtió en traidor por dinero».30 Finalmente, a Judas sólo
le queda redimirse de la culpa mediante el suicidio.
Este escrito, surgido bajo el influjo de la lectura de Así habló Zara-
tustra, de Nietzsche,31 que refleja las dudas de Goebbels no tanto sobre
la existencia de Dios, sino sobre la premisa de que la anhelada justicia
podía nacer de la fe católica, encontró réplica. Procedía del capellán
Mollen, que había tenido conocimiento del trabajo de Goebbels y que
por eso le había pedido que fuera a hablar con él. Puesto que Goebbels
adivinaba lo que le esperaba, se alentó escribiendo a Anka Stalherm que
iba a «cantar las cuarenta» a Mollen. 32 Sin embargo, el encuentro trans-
currió de manera muy distinta. Su respeto ante el eclesiástico le obli -
gó a controlarse extraordinariamente cuando éste aludió a lo «nocivo»
de su creación literaria. «Imagínate, la exigencia de la Iglesia llega tan
lejos que incluso estoy obligado a destruir mi propio ejemplar en un
limitado espacio de tiempo», escribió a Recklinghausen y le indicó a
su destinataria que habría roto su Judas en cien pedazos si lo hubiera
tenido a mano.33 Así se echó tierra a la esperanza —alimentada por los
46 Goebbel
s

ánimos del antiguo profesor de alemán Voss— de encontrar un


editor para su Judas Iscariote, pues no quería «romper bajo ningún
concepto con la fe y la religión de mi niñez».34
De que, sin embargo, lo hiciera pronto se iban a encargar
aconteci- mientos que arruinaron la visión del mundo de Joseph
Goebbels. No sólo se perdió la guerra de manera completamente
inesperada para él, sino que se desvanecieron de repente sus
expectativas vinculadas a un resultado victorioso. El 11 de
noviembre de 1918, el político de cen- tro Matthias Erzberger, que
estaba al frente de la delegación alemana en lugar de un militar del
tercer Alto Mando del Ejército, firmó en un vagón de tren en el
bosque de Compiégne, a unos cuantos kilómetros al noreste de
París, un armisticio que equivalía a una capitulación. El hecho de
que en aquel momento todavía se hablara de victoria, de que nunca
había caído un tiro en suelo alemán, antes bien, que el ejército
alemán había vencido en el Este y había penetrado mucho en el
terri- torio enemigo en el Oeste, hizo que este proceso resultara
difícilmente comprensible para muchas personas en Alemania.
Y todavía menos explicable era lo que ocurría ahora en el interior
del imperio. Nada había quedado de la unidad que al comienzo de la
guerra había jurado Guillermo II con la fórmula de que no conocía
ya más partidos, sino sólo alemanes. Este emperador abdicó el 11 de
noviem- bre de 1918.Ya durante los días anteriores se habían sublevado
los mari- neros en las costas. En Alemania se habían constituido por
todas partes
—también en la ciudad natal de Goebbels, Rheydt— consejos de
obre- ros y soldados. El 9 de noviembre, en Berlín, el
socialdemócrata Schei- demann había proclamado la república, y
poco después el líder de los espartaquistas, Liebknecht, proclamó la
«libre república socialista».
Joseph Goebbels vivió estos días en Wurtzburgo, ciudad imperial
y universitaria situada en Franconia del Meno, donde él y Anka
Stalherm continuaron sus estudios desde finales de septiembre y pasaron
un «mag- nífico otoño». En sus Erinnerungsbldtter anotó:
«Revolución. Repug- nancia. Regreso de las tropas. Anka llora».35
Al principio él minimizó los acontecimientos, calificándolos como
el desenfreno de una «masa ciega y tosca», que algún día volvería a
necesitar de seguro «una men-
te directora».36 En una carta del 13 de noviembre preguntó a Fritz Prang,
su viejo compañero de clase de Rheydt: «¿No crees tú también que
vuelve la hora en la que de nuevo hay que recurrir al espíritu y a la
fuerza en medio de la confusión de la masa vulgar e indiferente?
Espe- remos esa hora y no dejemos de armarnos para esta lucha con
una per- sistente instrucción intelectual. Es duro tener que vivir
estos difíciles momentos de nuestra patria, pero quién sabe si no
vamos a sacar pro- vecho de ello. Creo que Alemania ha perdido la
guerra, y sin embargo ha sido ganada para nuestra patria. Cuando el
vino fermenta, salen a la superficie todos los elementos malos, pero
son retirados y sólo queda algo exquisito».37
Joseph Goebbels no podía entender las causas. Los años de la
gue- rra, los años de la solidaridad nacional con la que él había
crecido, no le habían permitido ver que las conmociones actuales
eran en buena medida el resultado de un proceso que había
comenzado ya con la industrialización mucho antes del fin de siglo.
Al igual que los jóvenes soldados en las «tormentas de acero», el del
«frente de la patria» no había conocido otra cosa que aquella forma
de convivencia de un patriotis- mo exagerado. Tanto más chocante
fue para él el desmoronamiento de esta visión engañosa cuanto que
realmente había creído en la «verda- dera comunidad popular».
Joseph Goebbels, que en la Universidad Julius Maximilian de Wurtz-
burgo asistía a las clases de historia antigua con el nacionalista
Julius Kaerst y de germanística con Hubert Roetteken,38 reaccionó a
los acon- tecimientos como la mayor parte de su generación, de
acuerdo con un impulso destructivo de su persona, o incluso con
mayor violencia; esta- ba desesperado cuando sus coetáneos sólo
sentían malestar. Así pues, tenía que reaccionar con más exageración
y radicalismo al «destino ale- mán», que poco a poco parecía
confundirse con el suyo propio. Se tra- taba principalmente —
pensaba en esos días— de aprender y después hacerlo mejor; ésa era
la lección de esta guerra. «Si viviera, querría vivir, aprender y renacer
con Alemania, si no a nivel político, sí a nivel moral», escribió
Goebbels en su búsqueda del sentido de la guerra mundial, cuya
hipotética esencia quería hallar.39
Sin embargo, lo primero que tuvo que reconocer fue que su inter-
pretación de los acontecimientos de noviembre de 1918 había
resulta- do ser a todas luces insuficiente. No aparecieron las fuerzas
autorregu- ladoras por las que había apostado en la carta a Fritz
Prang. En su lugar parecía confirmarse el lema de futuro «viva la
anarquía», propagado cíni- camente en la carta de respuesta de su
amigo, que estaba bajo la impre- sión de la «muerte heroica» de su
hermano.40 En efecto, desde el 4 de enero de 1919 luchaban los
espartaquistas de Liebknecht y de Rosa Luxemburgo contra aquellos
que se declaraban partidarios de la Asam- blea Nacional y, por ende,
del parlamentarismo democrático. Un social- demócrata, Gustav
Noske, se puso finalmente en Berlín a la cabeza de un cuerpo franco
que, como la mayoría de aquellas asociaciones mili- tares, estaba
compuesto por los despojos de la guerra mundial. El levan- tamiento
de los espartaquistas fue reprimido y se dio muerte a sus líde- res,
Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Aunque la situación se
estabilizaba en la capital, los conflictos de enero en Berlín marcaron
el comienzo de los desórdenes revolucionarios en Alemania.
En estos tiempos difíciles, los padres de Goebbels estaban
preocu- pados por su hijo, que estudiaba lejos. Motivos para ello
daba su esta- do físico, pues Joseph, que se había quedado en los
huesos, se veía afec- tado por constantes dolores de cabeza y más
impedido que de costumbre por un desperfecto en su aparato
ortopédico, que al parecer era difícil de reparar. A principios de
octubre, el padre, Fritz, había pedido a su hijo que «en adelante le
enviara dos veces por semana una nota, aun- que fuera corta».41 En
noviembre escribía que si la situación enWurtz- burgo se hiciera
«demasiado peligrosa», «entonces seguramente se cerrará también la
universidad, y así te vienes a casa».42 Pero en diciembre el hijo
comunicó a la Dahlener Strasse que ni siquiera pasaría las Navida-
des en el hogar paterno, aunque el padre le había seguido dando en
más de una docena de cartas dinero y consejos bienintencionados
para el viaje a casa, no exento de problemas. Fritz Goebbels escribió
a Wurtz- burgo que ya antes había sido de la opinión de que habría
sido prefe- rible una ciudad universitaria cerca de casa.43 No dejaba
de exhortar a su hijo a que procurara volver a casa lo más
rápidamente posible al ter-
minar el semestre, «para que se pongan en orden tus cosas, como la
máquina, etc., y para que vuelvas a estar bien alimentado. Aparte, si te
quedaras más, eso supondría demasiados gastos».44
El 24 de enero de 1919Joseph Goebbels volvió finalmente a RJieydt,
tras haberse dado de baja, como correspondía, en el registro de empa-
dronamiento de Wurtzburgo dos días antes; había cerrado su cuaderno
de clase con un Deo gratias cuatro veces subrayado. En Colonia cruzó
con el tren el Rin y entró por tanto en territorio ocupado. «Entra un
jovencísimo inglés con un casco de acero, muy amable, ve que llevo un
papel en la mano: All right! Para eso todas las molestias de los días ante-
riores». En la estación donde tuvo que esperar el enlace una noche entera
con un «frío de muerte», los numerosos ingleses y franceses le ofre-
cieron una «imagen confusa y peculiar».45 En su ciudad natal, las tropas
de ocupación apenas le dieron ya una impresión confusa. Los belgas
habían impuesto un bloqueo nocturno de salida y ejercían un régimen
muy riguroso. Incluso las cartas estaban sujetas a la censura y no se podí-
an escribir con la corriente caligrafía de Sütterlin. «Horrorizado» por
tener que soportar esto durante tres meses, escribió a Anka Stalherm a
Recklinghausen con cuidadas letras latinas. 46 Unos días después, cuando
creía que había que aguantar hasta el hartazgo las iniquidades del
régimen de ocupación, pensaba que aquí ya no estaba en casa, «en Ale-
mania ya no estoy en Alemania».47
La vuelta a casa de Joseph Goebbels estuvo marcada también por la
impresión de otro acontecimiento. En el Reich acababan de tener lugar
las elecciones para la Asamblea Nacional alemana. En Wurtzburgo había
votado de mala gana, pero siguiendo la tradición de sus padres católi-
cos, a la organización regional bávara del partido de centro, el Partido
Popular Bávaro (BayerischeVolkspartei).48 Algunos de sus compañeros
de clase que habían vuelto de la guerra, así como su hermano Konrad,
habían dado sus votos a los nacionalistas alemanes (Deutschnationale). 49
Joseph también se sentía más cerca de ellos, pero no los había podido
votar porque no se habían presentado en Baviera.50 Si ya sufría porque
no todos los alemanes eran tan sensatos y habían votado «correctamente»
por el bien de la patria, la idea de que los partidos rivalizaran unos con
otros en distintas constelaciones, en vista de la miseria general, le
era verdaderamente insoportable. Cuando el SPD
(Sozialdemokratische Partei Deutschlands, Partido Socialdemócrata
de Alemania), el liberal de izquierda DDP (Deutsche Demokratische
Partei, Partido Demo- crático Alemán) y el Centro formaron el
gobierno del Reich, con el socialdemócrata Friedrich Ebert a la
cabeza, que le daba «una impre- sión indigna»,51 se dio cuenta de
«qué poco maduro está el pueblo para la república».52
Una prueba de ello la veía Goebbels en las fuerzas centrífugas
que ahora, en el momento de la derrota y de las convulsiones
internas, pare- cían amenazar la unidad del Reich. Preguntó a Anka
Stalherm si entre ellos se hablaba «mucho de una república renano-
westfaliana» y le advir- tió que no se dejara engañar; «es todo una
comedia de traición a la patria por parte de estos hermanos negros de
la fe que no tienen escrúpulos. Hay un viejo proverbio que dice que
cuando un barco se hunde, las ratas son las primeras en
abandonarlo.Y yo creo que sólo una comuni- dad ha entendido este
bueno y venturoso dicho de una manera tan bri- llante como nuestro
centro conservador (...). Esta gente sería realmente capaz de formar
un imperio del sur de Alemania con Austria y procla- mar al Papa
como primer presidente. No se puede tomar a mal a los católicos
que no se lamenten por Prusia, bajo cuyo régimen eran de hecho
personas de segunda clase». Le daban ganas de llorar de cólera y
rabia, «pero ¡qué se le va a hacer! Somos un pobre pueblo, y quien
toda- vía siente dentro de sí un ápice de amor por su patria alemana,
a ése no le queda más remedio que tragar saliva y callar».53
Es significativo que Joseph Goebbels echara también la culpa a
esta república de las diferencias sociales.Y tanto más importante le
parecía ser este aspecto, cuando él, «el pobre diablo» del monedero
siempre vacío, veía la barrera social que se levantaba entre él y Anka
Stalherm. Muy difícil le resultaba soportar que la joven, muy cerca de
la cual había vivido como subinquilino en Wurtzburgo, le tuviera
que mantener a menudo, y que le propusiera a él, enfermo de cuerpo
y alma, pagarle un tratamiento que era urgentemente necesario, lo
que sin embargo su orgullo no permitió. Especialmente doloroso
para él era que la familia
aconsejara a Anka Stalherm de manera constante no mezclarse mucho
con ese pobretón discapacitado. Cuando volvió a casa, a Recklinghau-
sen, su madre la mandó a confesarse para que se liberara de los pecados
cometidos con él. Pero ella rezaba por él, «para que Nuestro Señor haga
que vuelvas a estar pronto sano y todo sea tan hermoso como tú sue -
ñas». Aunque Anka le apoyaba, debido a las diferencias sociales se pro-
dujo en febrero una seria desavenencia entre ambos, después de la cual
él le escribió que le dijera a su madre que ésa había sido su última car -
ta, «quizás te perdone».54 Después de reconciliarse, él lamentó ante ella
que había sido muy duro tener que incluir su falta de recursos en su
esfera de consideraciones, «pero tú sabes que entonces (...) me instas-
te a dejarte opinar en este asunto y, por tanto, a hacerte sufrir».55
Aunque aún decía ser conservador, aquellos que pretendían luchar
por un mundo más justo no fueron pronto sólo «las masas ciegas y tos-
cas». En Rheydt discutía ahora incluso con los trabajadores organiza-
dos. «De esta manera se llega al menos a entender los movimientos de
la clase obrera». Aun cuando él «nunca jamás» pudiera aprobarlos, tal
como escribió comedidamente a la hija de burgueses, estas conversa-
ciones le revelaban «algún que otro problema (...), que valdría real-
mente la pena examinar de cerca alguna vez».56
Esto lo había hecho Joseph Goebbels a su manera en esos días de
febrero del año 1919. Había terminado un segundo drama, Heinrich
Kampfert,57 en el que volvía a reflejar su propio conflicto. Su protago-
nista es el «héroe silencioso» Heinrich Kampfert. «Trabajar y seguir
luchando», dice su lema, pero «la lucha era más dura, pues a la lucha
intelectual se sumaba ahora la lucha por el pan de cada día». A la pobreza
del resignado Heinrich Kampfert se contrapone una rica familia aris-
tocrática de cuya hija está enamorado el protagonista. Ella se declara
partidaria de él y advierte a los suyos: «En la riqueza reside también una
tremenda responsabilidad, una responsabilidad hacia las clases que viven
en la miseria y pasan hambre.Y si se pasa por alto esta responsabilidad,
entonces se conjura a los espíritus que ya no podrán ser frenados: el
peligro social».58 Heinrich Kampfert sufre porque se le ha negado la
justicia, pero no es capaz de ganársela a través de la injusticia. Esta «heri-
da abierta entre el querer y el poder»59 no logra cerrarla. Sigue
siendo, como el Raskolnikov de Dostoievski en Crimen y castigo?0
obra de la que se ocupa Heinrich Kámpfert en el tercer y último
acto, un prisio- nero de su ser cristiano en un «mundo corrompido».
A Goebbels, la contraposición entre las pretensiones y la realidad
dentro del catolicismo le parecía insalvable.61 Ya enWurtzburgo actuó
en consecuencia y se salió de la asociación católica Unitas,62 a la
que en un primer momento también había pertenecido en esa
ciudad. La Nochebuena de 1918, que pasó con Anka Stalherm en la
mal calenta- da habitación de la estudiante en la ciudad franconiana,63
fue la primera en su vida en que no acudió a la Misa del Gallo.
Desde entonces rehu- só ir a la iglesia y a confesarse. Su visión de
las cosas, hasta hace poco relativamente estable, cedía ahora ante el
reconocimiento de no saber ya orientarse en el mundo.64
Apoyo en esta situación le dio su antiguo compañero de colegio
Richard Flisges, el hijo de un campesino de los alrededores de
Rheydt. Durante largos paseos forjaban planes sobre su futuro y el de
la nación.
«Un antiguo compañero de clase, Flisges, que hasta ahora había de-
sempeñado el papel de subteniente y que ahora quiere estudiar tam-
bién germanística de la misma manera que yo (...) es mi
acompañante diario».65 Este hombre alto que tenía la Cruz de Hierro
y un brazo atravesado por un balazo —una figura heroica para el cojo
de baja esta- tura no apto para la guerra— fascinaba a Goebbels con
sus ideas sobre Dios y el mundo. Por eso convenció al nuevo amigo
para que empe- zara la carrera en Friburgo, adonde volvía a seguir a
su novia Anka Stal- herm para el semestre de verano de 1919.
Flisges, que «era infinitamente libre y que estaba por encima (...)
de todo lo que hoy se llama "cultura" y en el fondo sólo es artificio
con- tra la naturaleza»,66 le aconsejó ahondar en Marx y Engels.
Reflexio- naba ahora —anotó— sobre la cuestión social y discutía
con Flisges noches enteras sobre Dios,67 que se convirtió para él
cada vez más en sinónimo de fraternidad, igualdad y justicia. En su
actuación veía él la fuerza contraria a la realidad alemana, percibida
como injusta, caracte- rizada por el desprecio a las personas y por un
materialismo sin alma.
Aquí Goebbels se vio de nuevo inspirado por la obra de Dostoievski y
su visión de una Rusia socialista de base místico-religiosa, socialista en
el sentido de que la fe en Dios es el gran factor de integración del pue-
blo, la «personalidad sintética de todo el pueblo», «el cuerpo de Dios».68
La fuerza para semejantes reflexiones mortificantes se la daba de nue-
vo Anka Stalherm. Ella era la que alegraba sus sombríos pensamientos,
cuando, durante las clases a las que asistían juntos, flirteaba con su «que -
rido y dulce niñito», que ese verano en Friburgo buscaba evadirse tam-
bién con exaltados poemas románticos.69 Su alma de poeta encontró
una aprobación cuando la editorial Xenien de Leipzig se mostró dis -
puesta a publicar una antología bajo el título Nemt, Fruwe, disen Kranz.70
El párrafo 7 del contrato, que le llegó por correo a mediados de junio
de 1919, arruinó de golpe la alegría del estudiante. 71 Allí decía que, en
concepto de gastos de edición, etc., con la firma de este contrato se
debían pagar a la editorial 860 marcos al contado por parte del señor
Joseph Goebbels.Aun cuando durante las vacaciones semestrales habló
a su antiguo profesor de alemánVoss sobre una próxima edición, 72 rechazó
con amargura la ayuda económica de su novia, puesto que de todas
maneras ya pagaba bastante por él.73
En agosto de 1919, en una desvencijada habitación del Münster west-
faliano —en la cercana Anholt pasaba las vacaciones Anka Stalherm con
unos parientes— escribió Joseph Goebbels, que entonces tenía veinti -
dós años, su «propia historia con el corazón en la mano». Con Michael
Voormanns Jugendjahre74 [Los años de juventud de Michael Voormann] surgió
el primer y único retrato de sí mismo escrito con sinceridad críti ca, en
el que Goebbels —en el camino hacia la estabilización psíquica—
relataba «todo su sufrimiento sin maquillarlo, tal como yo lo veo»: 75 su
odio a la gente, su ambición enfermiza, con la que trataba en la escue
la de compensar su defecto físico, y cómo se hizo cada vez «más arro-
gante y despótico» cuando le fue dado el éxito. «Así pues, iba camino
de convertirse en un raro despótico, y no en un carácter totalmente
estable».76 A Anka Stalherm, a la que le enviaba la obra a Anholt «entrega
por entrega», le profetizó su futuro como el de una trágica persona
anómala al decir de «Michael»: «Tú serás un hombre, Michael, tal como
el muchacho que fuiste en tu juventud, solitario y apartado del mun-
do, y lleno del deseo de aquello que no puedes conseguir y por lo
que lucharás en vano hasta el fin de tus días».77
Durante el invierno de 1919-1920,Joseph Goebbels y Anka Stal-
herm estudiaron en la capital bávara. El Munich de la posguerra era
una ciudad efervescente, que borboteaba. En la primavera de 1919, una
mino- ría extremista de izquierdas había proclamado la república
senatorial.78 Las visiones románticas habían dado frutos grotescos,
cuando, por ejem- plo, en un decreto se declararon abolidos el trabajo,
las relaciones de sub- ordinación y el pensamiento jurídico, y se
ordenó a los periódicos que imprimieran en sus primeras planas
poemas de Holderlin o de Schiller al lado de los últimos decretos
revolucionarios. A los idealistas les siguie- ron duros revolucionarios
de profesión. Las tropas fieles al gobierno imperial pusieron fin con
sangrientos enfrentamientos al corto periodo de dominio del soviet
muniqués. Desde la derecha amenazaban la repú- blica legiones de
contendientes de la guerra mundial que estaban des- arraigados y
faltos de perspectivas. Organizados en grupos de lucha y cuerpos
francos, tomaban su ideología de los numerosos círculos, aso-
ciaciones y organizaciones nacionales-antisemitas, en parte con un
tin- te ocultista, como por ejemplo la sociedad Thule. Uno de estos
grupos era el Partido Alemán de los Trabajadores (Deutsche
Arbeiterspartei), fundado durante el denominado levantamiento de
los espartaquistas, y que se había puesto como objetivo la
reconciliación de nación y socia- lismo. A él se había unido un
fracasado de nombre Adolf Hitler. El 16 de octubre de 1919, unas tres
semanas después de que los dos estudian- tes hubieran ocupado sus
habitaciones —-Joseph Goebbels «muy a las afueras, en Neuhausen,
en la calle Romanstrasse» y Anka Stalherm en el centro de Munich—
habló por vez primera este Hitler en un acto del Partido Alemán de
los Trabajadores y «electrizó» a la gente.
Al igual que todas las universidades alemanas, cuyas aulas
llenaban ahora los que habían regresado de la guerra mundial, la de
Munich ofre- cía un trasunto de la situación política. Multiforme,
confuso y deses- tructurado debió parecerles a los coetáneos este
brusco cambio a todos los niveles. Cuando en febrero de 1919 el
estudiante, subteniente de la
reserva y conde Antón von Arco-Valley asesinó al presidente de Bavie-
ra, el socialdemócrata Kurt Eisner, dando así la señal para la proclama-
ción de la república senatorial, los estudiantes de tendencia nacional lo
alabaron como a un héroe, calificándolo de «tiranicida» y «libertador de
Baviera». El proceso contra el autor del atentado, que comenzó en ene-
ro de 1920, también lo siguió Joseph Goebbels con una enardecida toma
de posición a favor de Arco-Valley. Cuando los jueces dictaron la sen-
tencia de muerte, que después se conmutó por cadena perpetua, 79 el
estudiante del Bajo Rin quedó conmovido, pues le parecía que Arco-
Valley sólo había luchado contra la injusticia.80
Joseph Goebbels estaba de manera ilegal en Munich, pues el ayun-
tamiento había decretado una prohibición de residencia para los «estu-
diantes no bávaros».81 En pocos días ya se le habían acabado los recur -
sos pecuniarios en ese semestre de invierno de 1919-1920. Para no vivir
sólo a expensas de Anka Stalherm, subastó sus trajes y malvendió su
barato reloj de pulsera. Cuando durante las fiestas de Navidad la joven
se fue a la montaña con amigos adinerados, su orgullo le impidió acom-
pañarla. El día de Nochebuena anduvo vagando sin rumbo fijo por
Munich82 y pensando amargado a «qué indigna dependencia, tanto espi-
ritual como material» había llegado con el tiempo con respecto a ella.
A ello se añadía que la madre de Anka Stalherm volvía a intrigar con-
tra la relación de su hija. «¿Tiene el resto de la gente derecho a despre -
ciarme y a tratarme con deshonra e infamia porque te quiero?», 83 se
preguntaba, en lucha con su destino.
Cuando Joseph Goebbels se atormentaba por su papel de margina-
do, entonces cavilaba siempre también sobre el «Dios justo». Así se ocu-
pó, entre otros, de Ibsen, cuyos naturalistas dramas sociales ponían de
manifiesto la fragilidad de la ordenación del mundo burgués. Leyó las
obras de Strindberg, con su religiosidad a veces de tinte mítico y mági-
co. Estudió las piezas del dramaturgo expresionista Georg Kaiser, que
tematizaban la vida dominada por el dinero y la máquina, y se dedicó
a los escritos del poeta romántico-ocultista Gustav Meyrink. Le impre-
sionó mucho el drama de Tolstoi Y la luz brilla en las tinieblas, cuyo
héroe reniega de la Iglesia oficial —pues no sólo garantizaba la
inviolabilidad
del patrimonio adquirido de manera ilegítima, sino que sancionaba
tam- bién el servicio militar y la guerra— y sin embargo sigue
siendo un preso de este mundo «terrible y corrompido». Esta
búsqueda de orien- tación la resumió más tarde Goebbels en sus
notas autobiográficas con un lapidario encabezamiento: «Caos en
mí».84
Ya a finales de octubre de 1919 había escrito sobre ello a casa y
pedi- do a su padre: «Dime que no me maldices como al hijo
perdido que abandonó a sus padres y se descarrió». Encontró consuelo
en Fritz Goeb- bels, que le respondió: «Cuando tú ahora sigues
escribiendo "si pierdo mi fe...", puedo suponer que todavía no la has
perdido, y que son sólo dudas las que te atormentan. Entonces te
puedo tranquilizar diciéndo- te que ninguna persona, especialmente
en los años de juventud, se ve libre de estas dudas, y que aquellos
que sufren más por estas dudas no son ni mucho menos los peores
cristianos.También aquí la victoria sólo se alcanza luchando. Por ese
motivo, no participar en los sacramentos es un gran error, pues ¿qué
adulto sería capaz de afirmar que se acerca siempre a la mesa del
Señor con el corazón puro de la niñez, como lo hizo el día de su
primera comunión? Ahora te tengo que hacer algu- nas preguntas,
pues si nuestra relación ha de contar con la misma con- fianza de
antes, que nadie desea más que yo, tendría que saber la res- puesta a
estas cuestiones. 1. ¿Has escrito libros, o tienes la intención de
hacerlo, que no se puedan conciliar con la religión católica? 2.
¿Quie- res quizá elegir una profesión en la que no encaja ningún
católico? Si no es éste el caso, y tus dudas son de otro calibre, sólo te
digo una cosa: reza, que yo también rezo, y Nuestro Señor te ayudará
a que todo vaya bien».85
Los bienintencionados consejos del padre no libraron a Joseph
Goeb- bels de serias depresiones. Amenazador le parecía el contraste
entre su visión de un «mundo justo y bueno», en el que él también
tendría un sitio adecuado, y la experiencia tan sombría de la
realidad. Como en muchas ocasiones anteriores, se desahogaba
escribiendo. Probablemen- te bajo el influjo de su amigo Richard
Flisges, que en ese momento estudiaba en Friburgo y que le escribía
con regularidad, surgió entre finales de 1919 y principios de 1920 el
«fragmento de un drama» gara-
bateado en un cuaderno: Lucha de la clase obrera,86 o, como más tarde
lo llamó en sus memorias, El trabajo. La pieza es una denuncia
contra la injusticia social proyectada en el ambiente de los
trabajadores fabriles, cuyo tono se eleva en parte hasta la invectiva.
El héroe de Goebbels pregunta: «¿Por qué no odian ustedes a todos
aquellos que han destro- zado su juventud, que ahora vuelven a
destrozar la juventud de la nue- va generación, que ya alargan
codiciosamente las manos hacia sus hijos (...)?: porque ellos os han
robado la capacidad de odiar, de odiar con todo el ardor de un
corazón fuerte, de odiar todo lo vil y malo. Pues os han robado la
razón, os han convertido en animales que no saben odiar ni amar
(...). Pero yo quiero saber odiar (...) y odio a todos los que quieren
robarme lo que me pertenece, porque Dios me lo ha dado (...). Oh,
yo sé odiar y no quiero olvidarlo. Oh, qué hermoso es saber odiar».
El protagonista de Goebbels saca fuerzas de sus sentimientos de odio,
de los que espera que los demás también los experimenten. Con-
cluye Goebbels con una vitalista metáfora natural típica de la época:
«Lo sé, lo siento.Y entonces azotará sobre vosotros un viento
tempes- tuoso, y entonces se viene abajo todo lo caduco y
podrido».87
A finales de enero de 1920, Joseph Goebbels volvió a Rheydt,
pe- leado con Anka Stalherm, enfermo de cuerpo y alma. Esperaba
encon- trar en el seno de la familia «calma y aclaración». El hecho
de que se recuperase poco a poco en casa se debía al ambiente que
le era cono- cido, a los cuidados de su madre y a la buena relación
con su hermano Hans, cuyo regreso del cautiverio francés le
emocionó profundamen- te. Acerca de ello escribió a Anka Stalherm,
con la que se volvió a recon- ciliar pronto: «El recibimiento no te lo
puedo describir de ninguna manera. Se me saltaron las lágrimas
cuando le di la mano. El reencuentro después de cinco años nunca lo
olvidaré. La primera vez que la fami- lia se volvía a reunir al
completo en torno a la vieja y querida mesa (...). Sólo te quiero
decir una cosa. La llamada Grande Nation merece ser exterminada
de la faz de la tierra. Lo ha dicho mi hermano».88 Aún más dijo el
airado Hans Goebbels, a saber, que aborrecía la guerra, pero que si se
volviera a ir contra Francia, quería tomar parte en ella desde el
primer día. Sus declaraciones dieron a Joseph y a la familia un moti-
vo de preocupación, que pudiera meterse en líos con los soldados de
ocupación belgas.89 Sólo parecía distraerle la idea de retomar el
bachi- llerato para seguir estudiando. Joseph Goebbels apoyó a su
hermano en ese aspecto contra la oposición del padre y del hermano
mayor Kon- rad, que apremiaban al que había vuelto a casa para que
buscara un tra- bajo «y así poder ganar dinero».90
También Joseph Goebbels, que como siempre durante las
vacacio- nes ganaba con las clases particulares unos cuantos marcos para
el siguien- te semestre, presentaba solicitudes de trabajo con vistas
al final de su carrera, todavía no previsible. Así trató de obtener un
puesto de educa- dor en la Prusia Oriental.91 A una carta en la que
solicitó un puesto similar en Holanda por sus conocimientos de
neerlandés,92 recibió incluso una respuesta provisional a principios de
marzo.Ya soñaba con que- darse en Holanda si le gustaba.93
De tales planes le sacaron violentamente a Joseph Goebbels, que
tam- bién se estaba dedicando en casa a Dostoievski, Tolstoi y la
revolución rusa, unas «noticias sensacionales desde Berlín» el 13 de
marzo de 1920. La brigada de marina Ehrhardt y otras formaciones
de cuerpos fran- cos, cuya disolución había ordenado el gobierno del
Reich, habían ocu- pado el barrio gubernamental y proclamado
canciller imperial al pan- germanista Kapp. Goebbels comentó los
acontecimientos con su novia de la alta burguesía como un «gran
éxito» de los «derechistas radicales (...) como (...) no era menos de
esperar». Era cuestionable «si un gobier- no de derechas es algo
bueno para nosotros», especulaba él y planteaba la pregunta retórica
—resultante de su desprecio por el «sistema» de Weimar— de qué
no está podrido hoy en el Estado de Dinamarca.9495
Cuando fracasó el golpe de Kapp, hecho que acarreó disturbios
en el Reich y en las regiones —en la cuenca del Ruhr pronto
estaban luchando 50.000 hombres en un ejército rojo alemán contra
la repú- blica— anotó acerca de los acontecimientos que leía en el
periódico al que estaba suscrito, el Kólnische Zeitung: «Revolución
roja en la cuen- ca del Ruhr (...). Me entusiasmo aunque sea desde
lejos».96 Segura- mente este entusiasmo por la lucha antisistema de
los comunistas ateos, de la que esperaba no obstante la anhelada
justicia divina, inspi-
ró a Joseph Goebbels a profundizar otra vez durante aquellas semanas
en Rheydt en la lucha de los trabajadores. El resultado fue una «acción
en tres actos», de un patetismo convencido, que llevaba por título La
siembra.97 De nuevo se habla en ella de un mundo «picado» y «podri do»
que barrerá «una clara y triunfante tormenta de primavera» procedente
del «ardor del alma», por contraposición a un ordenamiento de
sentido materialista. Pues el «mundo es bueno, tiene que ser bueno y,
si ahora no lo es, debe volver a serlo. Un nuevo mundo tiene que levan -
tarse del anterior, radiante y grandioso, y todos, todos serán felices en
este mundo». Para esto se necesitaría un «hombre nuevo» —éste tam-
bién era uno de los patrones ideológicos predominantes entonces—
que sepa que «todos nosotros somos eslabones de una cadena (..^.Esla-
bones igual de grandes e igual de pequeños». Cuando estos trabajado -
res despierten y se rebelen contra la esclavitud y la opresión, estarán
echando la simiente para la «estirpe que va madurando, fuerte y her-
mosa, del nuevo hombre».
Richard Flisges, con el que Joseph Goebbels se vio a menudo durante
la Pascua de 1920, quedó entusiasmado al leer La siembra. Quizá porque
cada vez podía contar menos con la aprobación de Anka Stalherm,
Flisges se convirtió ahora en su «mejor amigo», y cuando la joven mujer,
que reaccionó «con indignación» a La siembra, empezó a apartarse de
Goebbels, fue de nuevo Flisges quien le ayudó. Si la diferente proce-
dencia de ambos les había llevado a menudo a pruebas que superaron
con euforia, el abismo que existía ahora entre ellos debido a la ideas de
inspiración socialista de Goebbels era insalvable. Haciendo caso omiso
de los desórdenes revolucionarios que sacudían al Reich,la hija de bur-
gueses había seguido siendo plenamente burguesa. El mundo del que
venía le ofrecía todos los privilegios. Un novio que estaba entusiasma-
do con la revolución roja y que se alegraba de que la niña bien prote-
gida conociera ahora por fin el terror tenía que resultarle cada vez más
distante.98
A mediados de abril, Goebbels le escribió una carta que no sólo
resultó ser una denuncia de las injusticias sociales, de las cuales él se con-
sideraba víctima, sino que mencionaba también a los supuestos culpa-
bles y su «interacción internacional»: «Es perverso y desconsolador
que un mundo de tantos y tantos cientos de millones de personas esté
domi- nado por una sola casta, en cuya mano está llevar a millones
de perso- nas a la vida o la muerte, según su capricho (léase el
imperialismo en Francia, el capitalismo en Inglaterra y
Norteamérica, quizá también en Alemania, etc.). Esta casta ha
extendido sus hilos por toda la tierra, el capitalismo no conoce
ninguna nacionalidad (un ejemplo son las espan- tosas y francamente
atroces circunstancias dentro del capitalismo ale- mán durante la
guerra, cuya internacionalidad dio lugar a una situación en la que,
durante los enfrentamientos, los prisioneros de guerra ale- manes —
se pueden aducir pruebas— descargaron en Marsella cañones
alemanes con marcas de fábrica de empresas alemanas y que
estaban destinados a aniquilar vidas alemanas). Este capitalismo no
ha aprendi- do nada de los nuevos tiempos, ni tampoco quiere
aprender, pues pone sus propios intereses por delante de los
intereses del resto de millones de personas. ¿Se les puede reprochar
a estos millones que luchen por sus intereses y sólo por sus intereses?
¿Se les puede reprochar que aspi- ren a una unión internacional cuyo
objetivo es luchar contra el corrupto capitalismo? ¿Se puede reprobar
que una buena parte de la culta juventud combativa arremeta contra
que la educación se pueda com- prar y no se le conceda a quien
tiene las aptitudes para ella? ¿No es absurdo que personas con las
dotes intelectuales más brillantes se vean reducidas a la miseria y se
malogren porque otros derrochan, despilfa- rran y malgastan el
dinero que a ellas les podría servir de ayuda? (...) Tú dices que la
vieja clase acomodada se ha ganado sus propiedades trabajando
duramente. Vale que eso sea verdad en muchos casos. Pero
¿sabes tú también cómo vivía el trabajador en la época en que el
capi- talismo "se ganó" sus propiedades?».99
En el semestre de verano de 1920,Anka Stalherm continuó la
carre- ra en Friburgo y no en Heidelberg, como Joseph Goebbels.
Allí éste se volvía a poner manos a la obra con optimismo,
fortalecido psíqui- ca y económicamente por las vacaciones en casa.
«Mi confianza en el futuro es inquebrantable»,100 le escribió él,
quien en sus presuntuosas cartas casi diarias daba detallada
información sobre su carrera, que aho-
ra quería terminar. Se estaba dedicando al Goethe de Gundolf y a su
Shakespeare y el espíritu alemán, a Ana Karenina de Tolstoi, así como a
El arte de Alberto Durero de WólfUin.101 Estaba leyendo el Wilhelm Meis-
ter, sobre el que su antiguo profesor de alemán Voss había dicho
que todo estaba en él. Estaba estudiando los reportajes sobre arte del
perió- dico Frankfurter Zeitung, elaborando un trabajo «muy extenso»
para un seminario sobre «La participación de Goethe en las reseñas
del Frank- furter Gelehrte Anzeigen» y escribiendo un verso aquí y
allá.102 «Se puede hacer poesía muy bien cuando se está en
Heidelberg y no se tiene ninguna preocupación».103 Sin embargo, las
preocupaciones no se hicieron esperar mucho. Después de que Anka
Stalherm le visitara por Pen- tecostés, sus cartas se volvieron más
escasas. Pronto se enteró Goebbels de que un compañero de Friburgo
la estaba cortejando, al parecer no sin éxito, y que además la
pretendía un abogado de nombre doctor Georg Mumme. Goebbels
emprendió la huida hacia delante y le ofre- ció el compromiso
matrimonial. «Si no te sientes con la fuerza sufi- ciente para decir
que sí, entonces tenemos que separarnos».104 Pero ella no aceptó.
Anotó él: «Días difíciles. Me quedo solo. Pido un último cambio de
impresiones».105 Éste se produjo sin que fuera el último. Joseph
Goebbels amenazaba con suicidarse. Después de que él le escri- biera
una dramática carta, «he sufrido bastante y ¿cuánto más tendré que
sufrir?»,106 Anka Stalherm se dejó convencer una vez más, segura-
mente por compasión, y le prometió la fidelidad que sin embargo no
mantuvo.
El 1 de octubre de 1920 redactó incluso un testamento,107 en el
que nombraba a su hermano Hans «administrador de su legado
literario», convencido de la significación de sus escritos, tras la
desavenencia con Anka Stalherm sólo valorados ya por Flisges. El
resto de sus pertenen- cias —un despertador, un dibujo y unos
cuantos libros— se los asignó meticulosamente a su amigo y a los
miembros de la familia. También ordenó que se vendiera «su ropa y
el resto de posesiones no dispuestas de otro modo» y que con lo que
se sacara se pagaran sus deudas. Se debía exigir a Anka Stalherm que
quemara sus cartas y todos sus escri- tos. «Que sea feliz y soporte mi
muerte (...). Me despido gustosamen-
te de esta vida, que para mí no era más que un infierno». Sin
embargo, Goebbels no murió, sino que sufrió una crisis nerviosa.
Pero lo que había querido conseguir con el anuncio de suicidio, a
saber, atraer hacia sí el cuidado especial de los suyos, lo había
logrado. Mientras que su madre intentaba consolarle, Goebbels
padre prometió a su hijo, eter- namente necesitado de dinero, una
ayuda hasta el final de sus estudios mayor que la que ya de por sí le
costaba bastante reunir. Hans, el her- mano menor de Joseph
Goebbels, escribió a Anka Stalherm para vol- ver a juntar a ambos;
su carta no tuvo respuesta. Durante largos paseos, Richard Flisges
escuchaba pacientemente el sufrimiento amoroso de su amigo, que
luego dijo acerca de él: «Flisges es el único que me entien- de (...) no
pregunta nada, hace todo por mí y sabe exactamente lo que pienso y
siento».108
Cuando se aproximaba el semestre de invierno de 1920-1921, Richard
Flisges acompañó a su lábil amigo durante algunos días a
Heidelberg para buscar con él a Anka Stalherm. Puesto que no dieron
con ella, Flis- ges viajó a Munich por encargo de Goebbels, quien le
costeó los gas- tos, para localizarla allí. Pocos días después, a finales
de octubre, escri- bió a Goebbels que la había visto con un
«aristócrata de dinero que llevaba un chaqué con muchos botones y
broches de oro».109 Flisges exhortó a su amigo a que fuera enseguida
si quería volver a verla y hablar con ella. Goebbels le siguió a
Munich. Juntos fueron a la casa de la Amalienstrasse en la que vivía
Anka Stalherm. Su amigo, al que había enviado por delante, tuvo que
traerle poco tiempo después a él, que estaba esperando, la «funesta
noticia» de que la joven mujer se había marchado a Friburgo con «su
prometido».Tras una larga tarde en el café Stadt Wien [Ciudad
deViena], el desesperado Goebbels emprendió el camino de regreso
a Heidelberg. Desde allí le escribió primero una car- ta conminatoria
que después lamentó, luego una «carta de arrepenti- miento» que ya
no pudo cambiar nada: Anka Stalherm se casó con el abogado
Mumme, no con el histriónico pobretón continuamente ator-
mentado por las dudas. Ella le confesó a modo de despedida que
estaba
«muy triste», «porque siento que tú fuiste el primer y último hombre
que me amó como yo quería, y como yo necesito para ser feliz»,110
y él respondió definitivamente por última vez que no se arrepentía
de nada de lo que había dicho, hecho y escrito. «Todo eso lo tuve que
hacer porque me obligó una voz dentro de mí».111
Si alguna vez llegaba a ser alguien —escribió después Goebbels
— le gustaría volver a encontrarse con Anka Stalherm. Su deseo se
haría realidad en el año 1928.Tras el reencuentro con ella en
Weimar, el jefe del distrito de Berlín confió a su diario que, al lado
de su recuerdo, pali- decía el resto de la belleza femenina. A las
numerosas señoras con las que trataba en Berlín las calificaba de
«juguetes» y la pregunta de por qué sólo jugaba con los
sentimientos de otras mujeres se la contestaba a sí mismo con la
«venganza de la criatura engañada (por Anka Stal- herm)».112 En los
tiempos siguientes quedaron aquí y allá durante sus largos
recorridos propagandísticos. Se querían «como si sólo hubiera
pasado un día entre 1920 y ahora».113 A cada persona se le concede
como mucho una vez en la vida un amor que la llena totalmente, 114
escribió él con entusiasmo en su diario después de esos encuentros
ardientemente deseados. Con todo, en su interior él ya no seguía
sien- do adicto a ella, pues aceptaba de buen grado el curso de las
cosas, que había cambiado tanto la situación de ambos: la estudiante
que enton- ces estaba llena de optimismo ante la vida se atormentaba
en un matri- monio desdichado; él, el pobretón de antes, iba camino
hacia arriba.
«Así actúa la venganza tardíamente, pero con más crueldad. Pero
está bien así. No nos fue posible estar juntos.Yo tenía que ir por el
camino de la acción».115 Cuando conoció a Magda Quandt, su futura
esposa, cesaron los contactos con Anka Mumme. Sólo unos años
después, en otoño de 1933, él volvió a tener noticias suyas. La
mujer, entretanto separada y en malas condiciones económicas, se
dirigía ahora al pode- roso ministro de Propaganda para pedir ayuda;
como consecuencia, él le procuró un puesto en la redacción de la
revista femenina berlinesa
Die Dame [La señora].
Pero en el invierno de 1920 Goebbels no era ni jefe del distrito
berlinés ni ministro de Propaganda, sino un pobre estudiante de Hej-
delberg que, bajo la impresión de lo que le había sucedido a él, créía
ver en el hombre al «canalla» por antonomasia. Goebbels intentaba
dominar su desesperación dándose a la bebida, como más tarde
sostu- vo, o refugiándose en los libros. Su situación personal se vio
corrobo- rada a nivel general por la lectura de La decadencia de
occidente de Spen- gler.116 En la morfología de la historia del
epígono de Nietzsche, Goebbels leyó que todas las culturas están
sujetas a unas leyes vitales eternas de nacimiento y desaparición;
leyó acerca de la era industrial, materialista y sin alma, la
«civilización» que es el principio del fin de toda «cultura».Y, como
gran parte de su generación, vio que lo escrito antes de la guerra
mundial lo confirmaba el presente alemán. En este libro, Spengler
desbarataba precisamente aquella visión del «mun- do justo» hacia la
que siempre había tendido la esperanza de Goeb- bels; así pues, en
vista de estas regularidades eternas del nacimiento y la
desaparición, sólo debía ser creador el elemento más fuerte. Sobre
el efecto que le causó esta lectura escribió: «Pesimismo.
Desesperación. Ya no creo en nada».117
En las cartas que Goebbels escribía a casa durante aquellos días
se leía un sentimiento de desesperanza y falta de sentido, agravado
aún más por una enfermedad. Así, el padre le aconsejó a principios de
diciem- bre que no llevara al extremo los estudios, pues no todo se
podía con- seguir a la fuerza. Sus preocupaciones por lo que
respectaba al futuro eran infundadas. «Mirar al futuro con confianza
en Dios, eso es lo mejor. Cumpliendo con el propio deber (...) y
dejando disponer a Nuestro Señor, así se llega lo más lejos posible».118
Las bienintencionadas líneas del padre y sobre todo su giro de dinero
permitieron a Joseph Goeb- bels pasar la Navidad con los suyos en
Rheydt. Eso le hizo recobrar algo de confianza. En primavera de
1921 se lanzó de lleno al trabajo, pues había que terminar la carrera
y quitar así a sus padres la carga econó- mica. Aspiraba al título de
doctor. Las oposiciones le habrían posibili- tado el acceso al servicio
público y, por tanto, una subsistencia asegu- rada incluso en tiempos
revueltos, pero no la reputación del título que él perseguía, en cierto
modo como compensación a su déficit físico y social. Durante toda
su vida —ya como jefe del distrito de Berlín o como ministro del
Reich— el sentimiento de su propia inferioridad le haría atribuir una
importancia especial al hecho de ser «el doctor». Se
hacía, tratar siempre de «señor doctor» e incluso escribía como inicia-
les de su firma «Dr. G.».
Ya durante el semestre de invierno de 1919-1920, en Munich, había
tenido la intención de doctorarse con una tesis sobre la pantomima bajo
la dirección del después famoso historiador de la literatura e investiga-
dor teatral Artur Kutscher, a cuyas clases asistía también Brecht, entre
otros.119 Goebbels fue a su tutoría, pero desechó el proyecto, que al
parecer respondía más bien a un capricho nacido durante su asistencia a
las representaciones teatrales de Munich. En vista de ello, decidió docto-
rarse con el historiador de la literatura y biógrafo de Goethe Friedrich
Gundolf, que era un judío conocido en su época. El profesor, a cuyo
curso de cuatro horas sobre Los fundadores de la escuela romántica había
asistido Goebbels en el semestre de verano de 1920, fue alumno de las
clases magistrales de Stefan George, sobre el que dijo Gottfried Benn
que era «el núcleo en torno al cual giraban Spengler, Curtius,Troeltsch,
Frobenius...». A todos ellos, y por supuesto también a Gundolf, les mar-
có George, quien creía que la época burguesa iba acercándose a su fin
y en cuyo lugar debía llegar algo nuevo.
Goebbels decía con gran entusiasmo sobre Gundolf que era un «hom-
bre extraordinariamente amable» y «atento». 120 Fue a la tutoría del pro-
fesor y le insistió en que quería un tema para la tesis. Puesto que éste,
tras rechazar un llamamiento a Berlín, había quedado eximido de impar-
tir seminarios y de hacer exámenes, remitió a Goebbels a su colega, el
consejero privado profesor doctor barón Von Waldberg. De éste, alum-
no del germanista Scherer, recibió el estudiante en el semestre de invier-
no de 1920-1921 la tarea de trabajar sobre Wilhelm Schütz, un drama-
turgo poco conocido de la escuela romántica de la primera mitad del
siglo XIX. Provisto de una extensa bibliografía, Joseph Goebbels
empezó con el trabajo en abril de 1921 en la casa de sus padres en
Rheydt, donde se le había acondicionado como estudio su viejo
«cuartito».
En cuatro meses justos, a lo largo de todo el verano, escribió la tesis
sobre el converso del romanticismo.121 En su prefacio, Goebbels citó, a
la manera de una profesión de fe, parte del conocido parlamento de
Shatov en Los demonios de Dostoievski: «Con todo, la razón y el saber
han desempeñado siempre en la vida de los pueblos un papel
secunda- rio y subordinado, y seguirá siendo así eternamente. Los
pueblos son formados e impulsados en su camino por una fuerza de
naturaleza muy distinta, por una fuerza imperiosa y apremiante cuyo
origen permane- ce quizá desconocido e inexplicable, pero que
existe de todos modos». Esta «fuerza imperiosa y apremiante» la
veía actuar Goebbels de una manera especial tanto en el
romanticismo como en el momento pre- sente. Así escribió en la
introducción: «Tanto aquí como allí una espi- ritualidad llevada casi
hasta lo enfermizo, un ardor y un anhelo —lle- vados casi hasta la
ebullición— por alcanzar algo más elevado y mejor que lo que
vivimos y ambicionamos. Una exaltación de los sentimien- tos, no
siempre exenta de un cierto sentimentalismo, una fluctuación
desordenada de pensamientos e ideas que a menudo luchan unas
con- tra otras y que sin embargo parecen haber surgido de los
mismos ele- mentos; pero en ninguna parte aparece la satisfacción,
el equilibrio, la armonía, la calma. En ambos casos, tiempos serios y
difíciles en la vida de los pueblos, se puede hablar casi de crisis
europeas. Todo el mundo siente el sofoco en el aire, respira con
dificultad en esta atmósfera (...)• Tanto aquí como allí se extiende
una ilustración superficial que encuen- tra su finalidad y su objetivo
en el ateísmo llano y trivial. Pero contra ello lucha la joven
generación de los buscadores de Dios, de los místi- cos, de los
románticos. Hablan de idealismo y amor, veneran a un Dios que es
vivido místicamente por el individuo, creen en un mundo bue- no».
Pero en ninguna parte hay un «genio fuerte que del caos de la épo- ca
lleve por nuevas ondas a nuevos tiempos».122
En el austríaco que acababa de someterse en Munich al pequeño
Partido Alemán de los Trabajadores no veía Goebbels todavía al
anhe- lado «genio fuerte». Lo poco que había podido saber por los
entusiás- ticos relatos de su antiguo compañero de clase Fritz Prang,
que estu- diaba en Munich, sobre el orador de taberna y sus secuaces
no le impresionó al parecer nada en absoluto. Durante aquel verano
de 1921, Joseph Goebbels cobró un «profundo cariño»123 por una chica
del vecin- dario, María Kamerbeek, que le mecanografió su trabajo,
y cuando en otoño su hermano Konrad se casó con Káthe, una
pariente de María,
entregó una colaboración para el periódico de bodas124 con la que
pro- bablemente quería burlarse de los partidarios de Hitler allí
presentes. Dibujó a un niño sentado en un orinal y escribió debajo
dos líneas: «En cuanto veo una cruz gamada, me entran ganas de hacer
caca».125126
Pocos días después de la boda, Joseph Goebbels presentó el
trabajo, que había dedicado a sus padres, en el decanato de la
Universidad de Heidelberg.Ya antes había recibido de Waldberg
algunas ediciones más, pero no quiso incorporar su estudio al texto
ya terminado. Goebbels tampoco había sido especialmente
meticuloso con la investigación de las fuentes; se le habían escapado
importantes reseñas críticas de su autor. Aunque en la interpretación de
los escritos de Schütz siguió punto por punto las pautas comunes y,
con su escaso aprecio por la Ilustración, concordaba plenamente con
la doctrina predominante, el profesor Von Waldberg calificó el
tratado de 215 páginas, bien formulado, salpicado de conceptos como
«destino», «pueblo», «amor a la patria», «entusias- mo» y «grandeza
de espíritu» con un rite superato, como se puede leer en el acta
conservada en la Universidad Ruperto Carola de Heidel- berg.127
El 16 de noviembre de 1921 recibió Joseph Goebbels, para el 18
del mismo mes, la citación para el «riguroso», el examen oral. «A
Heidel- berg. (...) Visita a los profesores. Con sombrero de copa.
Richard (Flis- ges) está conmigo. La última noche empollando. Un
moca cargado. Y después al examen».128 Aun cuando no transcurrió
todo tan favorable- mente como había imaginado, Goebbels aprobó
los exámenes orales con los profesores Von Waldberg, Oncken, Paum
y Neumann. Se le hizo entrega de un título de doctor provisional y
fue feliz —como anotó después con orgullo— cuando Waldberg le
trató el primero de «señor doctor». Después de enviar un telegrama a
sus padres, pasó la noche de copas con Richard Flisges en un mesón
de Heidelberg. A la mañana siguiente emprendieron juntos el
camino a Bonn, donde estudiaban algunos de sus amigos de Rheydt.
Dos días enteros se pasó Goebbels de fiesta con ellos en las tabernas
habituales en las que como «princi- piante» y «presidente de la
corporación» había vivido alegres horas de francachela durante sus
dos semestres en Bonn. Después prosiguió su
viaje a Rheydt. El recibimiento allí nunca lo olvidaría: «Todos en la
estación. La casa adornada, muchas flores».129
En la familia estaban orgullosos del hijo menor. ¡Qué gran
ascenso el que había vivido Goebbels padre a finales de noviembre
de 1921! Él mismo había comenzado como pobre peón y subido a
procurador a fuerza de trabajo duro y perseverante. Él y su mujer
habían guardado cada céntimo para poder ir pagando la modesta
casita en la Dahlener Strasse y al mismo tiempo facilitar a los hijos
una buena formación. Konrad y Hans habían obtenido un título de
enseñanza secundaria. Mientras que María, la menor de los cuatro
Goebbels hijos, entró en el instituto, ahora Joseph había terminado
con éxito incluso una carrera y había vuelto a casa con el título de
doctor. Los padres acogieron con orgullo, satisfacción y alguna que
otra oración de gracias el hecho de que sus deseos para el niño
enfermizo se hubieran más que realizado. Si la naturaleza no había
sido muy benévola con Joseph Goebbels, al menos lo iba a tener
mejor por una vez en cuanto a prestigio e ingre- sos. Los padres no
dudaban que ahora se le abrirían al joven «señor doc- tor» todas las
puertas y que pronto tendría fortuna también en la vida profesional.
El exitoso fin de la carrera le había permitido también a Joseph
Goebbels reprimir algunos sentimientos que le atormentaban.
Disfrutó cuando los parientes visitaron en la casa paterna al
flamante doctor, cuando los vecinos de la Dahlener Strasse le
profesaban respeto aña- diendo al saludarle el título a su apellido de
manera que se oyera, o cuando en el café Remges, adonde ya acudía
como estudiante, contaba algo y se le escuchaba con notable mayor
atención que antes. Incluso su profundo dolor por la separación de
Anka Stalherm se reprimió gracias a la relación que poco después
inició con otra mujer, la maes- tra de Rheydt Else Janke. En
resumen, la sombría visión del mundo de Joseph Goebbels parecía
ahora dejar lugar a la esperanza de un futuro más claro.
Capítulo 3

¡FUERA DUDAS! QUIERO SER FUERTE Y CREER


(1921-1923)

E l doctor Joseph Goebbels, que ahora buscaba escapar a la


estrechez pequeñoburguesa de la casa paterna, hasta el momento no
se había planteado seriamente su futuro profesional. Quería ser
escritor o perio- dista autónomo. El hecho de que con una profesión
así apenas podría sustentarse no desempeñaba casi ningún papel en
sus consideraciones, pues equivalían más que nada a sus sueños.
Incluso de manera pasajera contempló la posibilidad de emigrar a la
India con Richard Flisges.Ya en Friburgo se habían dedicado ambos
a la filosofía india y fantaseado con una vida bajo el sol meridional.
Después de regresar a Rheydt, a Joseph Goebbels le volvió a atrapar
la rutina, y el sueño indio pasó. En ello nada cambió la exhortación
de Richard Flisges de no perder de vista la India, «pues en ninguna
parte puede ser peor que aquí en nues- tra patria».1 En efecto, el año
1921 que terminaba ofrecía unas condi- ciones increíblemente
desfavorables para los que querían empezar a tra- bajar. El desempleo
y la escasez como consecuencia de haber perdido la guerra mundial
seguían pesando mucho sobre Alemania. Es cierto que las potencias
vencedoras acababan de reducir con el Tratado de Londres la
cuantía de las reparaciones que habían dictado al Reich en
Versalles; con todo, los 132.000 millones de marcos de oro exigidos
ahora tampoco permitían esperar un despegue económico.
Pese a todo, la suerte que Richard Flisges deseó a su amigo «en
cual- quier caso» pareció sonreírle a Goebbels a principios del año
1922. Él, que se complacía en hablar —sin tener los pies en el suelo
— sobre Dios
70 Goebbel
s

y el mundo, pero principalmente sobre la época actual, recibió una apro-


bación pública. «Gran sensación»,2 como sostuvo orgullosamente des-
pués, provocaron seis artículos suyos que el Westdeutsche Landeszeitung
[Periódico regional de la Alemania occidental publicó entre enero y
marzo
«en libre sucesión». La redacción no compartía en modo alguno las opi-
niones allí defendidas, pero las consideraba —como se podía leer en la
introducción al segundo artículo— «un serio intento de explicar la
enigmática cara de esfinge de nuestra oscura época».3
Una vez más manifestaba Goebbels allí que el culpable de la «confu-
sión política, intelectual y moral de nuestros días» es el materialismo.
Bajo el influjo de la lectura de Spengler escribió Goebbels en el artículo
titu- lado «Del espíritu de nuestro tiempo» que el materialismo era «una
con- secuencia, quizás incluso una manifestación final de un violento
proceso (...) cuyas raíces hay que buscarlas en las décadas posteriores a
1870, en los años de expansión industrial y de "saturación alemana"». A él
contra- ponía Goebbels —por así decirlo, como remedio universal—,
siguiendo a Dostoievski, la conciencia de un «alma alemana», la ficción
de una fuer- za que radica en algún lugar de lo místico y que dirige el
destino del pue- blo. A ello asociaba él la idea de un «cuerpo orgánico del
pueblo», que ya creía haber vivido —así le parecía retrospectivamente
— en la cohesión del pueblo alemán al comienzo de la guerra mundial.
De sí mismo afir- maba que amaba a «mi Alemania desde lo más hondo
de mi corazón»,4 y que en una sagrada glorificación de lo político podía
concluir: «El amor a la patria es un oficio divino», y «ser alemán significa
hoy estar tranquilo y esperar y trabajar retiradamente en uno mismo».5
En su artículo «Del sentido de nuestro tiempo», 6 Joseph Goebbels
se dirigía contra esos «alemanes de bien que piensan que la salvación
nos debe llegar de fuera». Les exhortaba a rechazar todo «lo ajeno al
propio ser» y a despertar la «propia alma» para una nueva vida. Final-
mente alentaba al lector para que, a la vista del «sistema» de Weimar y
de las ignominiosas cesiones de territorio y reparaciones impuestas al
Reich, no se dejara «engañar» y pensara que «el alma alemana está muer-
ta. Sólo está enferma, es cierto, de gravedad, pues se la ha maltratado,
avasallado y pisoteado».
Joseph Goebbels no entendió las capitulaciones parciales de Weimar
que se impusieron también tras la conclusión de la paz, de manera que
el «sistema» le parecía estar cargado de culpa desde un principio. Puesto
que no quería conformarse con los pesimistas pronósticos de Spen-
gler,7 se mostraba convencido —tal como escribió en su artículo «De
la verdadera germanidad»—8 de que tampoco esta vez, como siempre
en tiempos de apuros, faltaría la reacción del «alma alemana contra lo
ajeno a nuestro propio ser». En primavera de 1922 ya creía adivinar
dónde se robustecería el «alma alemana». Seguramente no en la corrom-
pida capital del Reich. «No, no, de Berlín no nos puede llegar la salva-
ción (...). A veces parece como si en el sur quisiera salir un nuevo sol».
Por el «nuevo sol» entendía Goebbels las agrupaciones nacionales que
se formaban precipitadamente en el crisol de Munich, entre las cuales
daba cada vez más que hablar el NSDAP de Hitler. Si hacía sólo unos
pocos meses se había burlado de los nacionalsocialistas, ahora empeza-
ba a percibirlos como la expresión de la rebelde «alma alemana», moti-
vo por el cual seguía con interés su fortalecimiento.
Goebbels pronto tuvo otro motivo más para ser optimista. Gracias a
la recomendación de un conocido, que ya le había ayudado en la publi-
cación de sus seis artículos, en otoño consiguió un empleo en prácti -
cas, por horas, en la sección cultural del Westdeutsche Landeszeitung. Las
esperanzas que esto le dio de obtener en el futuro un empleo a tiem -
po completo se vieron frustradas pocas semanas después por una carta
del redactor jefe Müller. Puesto que se tenía que publicar un diario
matutino holandés y había que colocar a su redactor, por desgracia se
veía obligado a pedirle que interrumpiera su trabajo por horas. 9
A su «función extraordinaria» en el Westdeutsche Landeszeitung,10 en
el transcurso de la cual publicó unos cuantos reportajes breves e intras-
cendentes que firmó como «Dr. G.», siguieron de nuevo días de mor-
tificante ociosidad. A finales de octubre se vieron interrumpidos por
una conferencia en el salón de actos de la Escuela de Comercio e Indus-
tria de Rheydt. Goebbels habló sobre la literatura alemana contempo-
ránea.11 Aunque las entradas, que no hacía mucho costaban treinta pfen-
nigs, valían ahora ya treinta marcos12 como consecuencia de la inflación,
el acto —durante el cual se explayó principalmente sobre Spengler
— tuvo buena afluencia de público, de manera que reportó al orador
algu- nos billetes que se sumaron a los ingresos de las clases
particulares que daba aquí y allá. Fuera de eso, la conferencia sirvió
de ayuda a su mal- trecha autoestima. Se acordaba con orgullo de
que la tarde había sido todo un éxito y de que su novia Else Janke
había estado «feliz».
Entretanto, a Goebbels le unía una relación estable con Else
Janke, la maestra de primaria que vivía justo al lado de la casa de
sus padres en la Dahlener Strasse. Después de que se la presentaran
en una fiesta de la Agrupación Comercial Católica, la había
cortejado con determi- nación. Se necesitaron largos paseos e
intercambios de opiniones para que la joven mujer, que tenía los pies
en el suelo, empezara a sucumbir al «querido señor doctor», que supo
ocultar una vez más su fuero inter- no detrás de elevadas y
encantadoras charlas. En Baltrum, una isla del mar del Norte —allí
pasó ella sus vacaciones a finales de verano y Joseph Goebbels tuvo la
oportunidad de visitarla durante algunos días—, se hicieron
finalmente pareja. En las cartas que Else Janke le escribió tras su
partida hablaba apasionadamente del «delicioso tiempo que nos brin-
dó Baltrum»,13 y él también estaba encantado.
Pero no era el amor que le había unido a Anka Stalherm. Su rela-
ción era más bien la de dos camaradas.A Goebbels no se le ocultó que,
a pesar de toda la simpatía y admiración por su inteligencia, a ella el
pie deforme le hacía dudar si podría ser también el padre adecuado
para sus hijos. Probablemente por eso ella puso mucho cuidado en
ocultar la relación con él ante los vecinos de Rheydt.14 En no pocas
ocasiones esto dio lugar a discusiones que debieron de doler
especialmente a Goebbels, pues le hacían volver a tener muy
presente su defecto físico. Los conflictos de este tipo se superaban la
mayoría de las veces con paté- ticas promesas de amor, que en último
término nacían de la conclusión de que juntos podían hacer frente
mejor a las inclemencias de la vida.
Finalmente fue «Elsita», como él la llamaba, la que se puso a
buscar un empleo para su prometido. Ella siempre hacía volver a la
cruda ruti- na a Goebbels, quien de repente concebía planes
eufóricos sobre su futuro como escritor y luego caía de nuevo en
una profunda depre-
sión. «Tenemos que volvernos un poco más humildes y conseguir
no echar enseguida todo por la borda».15 A ese sentido de la realidad
hubo que agradecer el que ella finalmente tuviera éxito. Un pariente
lejano ofreció a su «prometido» un empleo en una sucursal del
Dresdner Bank en Colonia. A Goebbels no le entusiasmaba en absoluto
la idea y, cuan- do la cuestión se concretó en diciembre de 1922,
fueron necesarias las apremiantes palabras de Else Janke: «Nos
alegraremos de que haya sido así, y creo que lo más correcto sería que
aceptes el puesto, si no te resul- ta demasiado difícil».16 A esto siguió
una clarificadora discusión en la casa paterna del reticente. Puesto
que Goebbels se veía obligado ante Else Janke y su familia —a
cuyas expensas vivía básicamente— a apro- vechar cualquier
oportunidad que se presentara de ganarse el pan, pro- metió —tal
como aseguró a los suyos de nuevo en Navidad— empe- zar en el
banco, aun cuando todavía hizo algunos débiles y vanos intentos de
encontrar antes «un puesto decente».
El puesto en el banco equivalía para Goebbels a una traición de sus
difusos «ideales», en los que se enfrascaba cada vez más. Él, que creía
en recobrar la conciencia del «alma alemana» y que no había dejado
pasar ninguna oportunidad de proclamarlo entre sus conocidos de
Rheydt con un tono casi mesiánico, tenía que entrar ahora en un
«templo del materialismo». Deprimido en vista de estas circunstancias,
escribió el frustrado escritor a Else Janke en las Navidades de 1922: «El
mundo se ha vuelto loco, e incluso los mejores se disponen ahora a
tomar parte en el tumultuoso baile por el becerro de oro.Y lo peor de
todo es que no lo reconocen, sino que intentan disfrazarlo e incluso
justificarlo, argumentando que los nuevos tiempos exigen otro tipo de
personas, que hay que adaptarse a las circunstancias. Sí, éstos
entonarán canciones este año con alegría y entusiasmo acerca de Cristo,
el dador de paz. Yo no puedo, pues no veo paz alguna, ni en el mundo
ni en mí. Fuera hay vacío y monotonía, y en mi interior se han derribado
los altares festivos y se han destruido las imágenes de júbilo. La
mundanidad comienza a meterse en las casas, donde antes sólo reinaban
el espíritu y el amor: lo llaman tener en cuenta los nuevos tiempos.
Gran destino, ¿cómo pue-do sostenerme ante ti? Ya no puedo ser tu fiel
servidor.Todos te han
abandonado, los últimos y mejores han abjurado de tus banderas y
han salido al mundo. Ahora me toca a mí».17
El 2 de enero de 1923 Goebbels empezó su trabajo en la sucursal
del Dresdner Bank. Todas las mañanas a las cinco y media viajaba
en tren de Rheydt a Colonia. Por las tardes, alrededor de las ocho,
cuan- do volvía, le iba a buscar Else Janke a la estación. Unos días
más tarde encontró en la avenida de Siebengebirgsallee en
Klettenberg, en el sur de la ciudad catedralicia, una habitación que
podía pagar justo con su
«deplorable salario». Por lo demás, el sueldo no llegaba ni siquiera
para la comida, así que seguía dependiendo de los paquetes de
alimentos y de los giros de dinero que recibía de casa. 18 A pesar de
tener una carrera y un título de doctor, en la vida profesional seguía
siendo el «pobre diablo». En vista de esta amarga desilusión, al
parecer sólo pudo aguan- tar por el consuelo de su prometida, que
rogaba a su «cariño», como lo llamaba, que resistiera19 y que
«simplemente diera por seguro que ven- drían días mejores».20
Muchas tardes ella le visitaba, y los fines de sema- na los pasaban en el
Rheydt natal.
La situación se complicó a partir del 11 de enero de 1923, pues
los acontecimientos políticos habían provocado que se vinieran
abajo las infraestructuras en el Rin y en el Ruhr. Bajo el pretexto de
que Ale- mania no había cumplido con sus obligaciones de
reparación, un ejér- cito franco-belga había cruzado ese día el Rin y
había ocupado la cuen- ca del Ruhr. Con el apoyo de todos los
partidos alemanes, el gobierno del Reich reaccionó suspendiendo el
pago de las reparaciones y dio instrucciones a sus funcionarios de no
ejecutar las órdenes de las poten- cias ocupantes. La población
también se declaró en huelga, por lo cual se paralizaron en su mayor
parte las minas, las fábricas y los ferrocarri- les. Con la resistencia
pasiva, los ocupantes debían convencerse de que su política de
«fianzas productivas» rendía grandes beneficios. En estas semanas,
sentidas por Goebbels como «horribles» y durante las cuales escribió
«poemas desesperados», vio una vez más la prueba de la «depra-
vación» de los políticos del «sistema», que se limitaban a meras
decla- maciones, y del «sistema» en definitiva. Con tanta más
atención siguió, sirviéndose de distintos periódicos, el proceso en el
sur de Alemania.
Allí, el agitador local de Baviera, Hitler, había afirmado en instigadores
discursos la idea del «liderazgo de un Führer» y se le había llenado
la boca al proclamar que quería poner fin inmediatamente a la
impoten- cia alemana. En abril de 1923 se reunieron en Munich las
asociaciones patrióticas de toda Baviera para comenzar a actuar al
acabar el mes. Sin embargo, el intento de boicotear el mitin de mayo
de los izquierdistas en el prado de la Theresienwiese y de derribar al
mismo tiempo el gobierno bávaro fracasó estrepitosamente. Los
frustrados golpistas se sometieron a las órdenes de la Reichswehr y
de la policía, exponién- dose así al ludibrio de la nación entera.
En lugar de la esperanza de que, partiendo desde el sur, las cosas
cam- biaran por fin a mejor en el Reich, Goebbels llegó a la
conclusión de que sólo empeoraría todo. Entretanto, los belgas y los
franceses se las habían arreglado para instalarse en la cuenca del
Ruhr con técnicos, ingenieros y ferroviarios propios, y con un
ejército de trabajadores extranjeros. Volvieron a poner en marcha
para uso propio las minas y los ferrocarriles. La consecuencia fue
que el Reich, en estado de ruina económica, agotó todos sus recursos
con las continuas prestaciones para el territorio ocupado, y la
inflación siguió aumentando. El desempleo y la pobreza que éste
acarreaba adquirieron proporciones alarmantes especialmente en las
ciudades. Goebbels escribió a modo de denuncia:
«Aquí en Colonia mueren al mes unos cien niños de hambre y tisis» y
«ellos se sientan en su mesa teórica y deliberan qué se debe
entender por resistencia pasiva y si hay que desocupar la cuenca del
Ruhr por etapas». Se indignaba de que la Iglesia católica poseyera
en el tesoro catedralicio una lujosa custodia por valor de 12 millones
de marcos de oro. Esto equivaldría hoy a 280.000 millones de marcos.
«Con ese dine- ro se podría enviar a 560.000 niños enfermos de
hambre durante dos meses al campo y al sanatorio y así recuperarlos
para la vida activa».21
Goebbels, cuyo estado físico y nervioso se había vuelto a
deterio- rar, consideraba también como una injusticia lo que veía
diariamente en el banco: los pequeños burgueses perdían sus
ahorros con la infla- ción, en cambio los compromisos de deudas
que pesaban sobre el sue- lo y los bienes reales eran prácticamente
anulados y sus propietarios se
volvían más ricos de lo que ya eran; los especuladores sin
escrúpulos acumulaban inmensas fortunas mediante las operaciones
de divisas y la barata adquisición de bienes raíces de gente que había
entrado en apu- ros, mientras que fuera del banco vivían en la
miseria personas ino- centes. «Habláis de inversión de capital, pero
detrás de esta bonita pala- bra se esconde sólo un hambre bestial por
ganar más. Digo bestial: es ofensivo para las bestias, pues las
bestias sólo comen hasta que están saciadas», comentaba Goebbels
acerca del comportamiento financiero de aquellos círculos.22
Al parecer, tampoco era extraño entre sus compañeros
aprovechar para negocios cuestionables la vertiginosa caída del
marco: si en abril de 1923 el dólar costaba unos 20.000 marcos, a
principios de agosto ya se pagaba por él un millón de marcos.
Informó a Else Janke acerca de un «fenómeno característico»: las
acciones del Dresdner Bank en la bolsa de Colonia habían subido de
un millón a dos millones de mar- cos. A la una habían llegado a la
sección de negociación de efectos las cotizaciones previas. Poco
después, algunos hombres jóvenes de esta sección le preguntaban a
él en la contabilidad del depósito, donde aún no se conocía la nueva
cotización, quién de los empleados de la casa todavía poseía
acciones del Dresdner Bank y las vendía por 1.200.000 marcos.
«Cuando hoy por la tarde le expliqué a uno de los jóvenes canallas
que yo consideraba su conducta como un fraude muy inde- cente y
mezquino, sólo tuvo para mí un compasivo encogimiento de
hombros. Y ni uno solo de los que escucharon nuestra discusión me
dio la razón.Todo el mundo era de la misma opinión: el negocio es
el negocio».23
El ya no se sentía parte de este mundo, confesó en junio de 1923
a Else Janke, quien también había empezado a resignarse. Es
horrible
—le había escrito ella a Colonia ya a finales de abril— «cómo estos
tiempos tristes y difíciles pesan constantemente sobre nosotros
como una abrumadora carga, cómo te vuelven desgraciado y
desesperado».24 Quizás por eso sintió deseo de rendirle cuentas a
ella sobre su desper- diciada vida en más de treinta páginas escritas
a mano. «Sé que un día las cosas me fueron mejor. Hoy soy un barco
encallado en un banco de
arena (...)• No me dejan tranquilidad para volver a mí mismo. Estar
insatisfecho en el trabajo es un terrible suplicio». 25 Generalizando su
suerte, preguntaba si los «jóvenes intelectuales» no estaban tan descon-
tentos porque no se les concedía el lugar adecuado. «Los viejos de ayer»
tenían la palabra y se aprovechaban de ellos, «que llevamos un nuevo
mundo en el pecho y sólo soportamos el viejo con vergüenza y des-
precio».
A su condición psíquica respondía el hecho de que a las fases de pro-
funda depresión siguieran siempre arranques de voluntad fanática. Enton-
ces escribía a Else Janke que no eran los economistas ni los directores
de bancos los que conducirían a una nueva época, sino aquellos que
habían permanecido «limpios» y no se habían «manchado» las manos
«con los tesoros de un mundo sin Dios». Quería ser en un nuevo mun-
do lo que hoy no podía ser.Y si esta nueva época llegara demasiado tar -
de para él, bueno, también era grande y bello ser el precursor de una
gran época. No era el único que pensaba así. Estaba totalmente de acuer-
do con los mejores, con la juventud. «Nosotros seremos el fermento
que revoluciona y trae nueva vida. Tendremos derecho a decir la pri-
mera palabra en los nuevos tiempos. Y esta palabra será: verdad, lucha
contra la mentira y el engaño, amor».26
Ni siquiera diez años tardaría en empezar para él la «gran época». Al
hecho de que ésta pudiera empezar contribuyó la situación que se agu-
dizó a principios de verano de 1923 en la Alemania sacudida por la cri-
sis. Mientras que el impotente gabinete de Cuno buscaba salidas de-
sesperadamente, en el territorio ocupado amenazaba con derrumbarse
la resistencia pasiva. La iniciativa pasó ahora cada vez más a los radica-
les. Hacía mucho que hombres como Leo Schlageter habían formado
unidades que cometían atentados contra las tropas de ocupación y sus
instalaciones. Éstos solamente conducían a su vez a acciones de repre-
salia sin ninguna piedad y empeoraban así la suerte de la gente. En medio
de la necesidad y de la confusión general, cometían abusos toda clase
de granujas .Víctima suya fue Joseph Goebbels en un viaje en coche de
Colonia a Rheydt. Dramatizando y esforzándose una vez más por pro-
yectar todo el caos de su tiempo a lo que le había ocurrido a él, anotó
78 Goebbe
k

después: «Ataque por sorpresa. Herido grave. En ambulancia a casa. (...)


Madre casi un infarto».27
Cuando, catorce días después, el «herido grave» se restableció y regre-
só a Colonia, cayó de nuevo en profundas depresiones. Puesto que para
él la ciudad era un asco, el banco un completo sinsentido y sus ingre -
sos «iguales a cero», aunque los ceros no dejaban de crecer en su nómi-
na, volvió a llamar la atención sobre sus necesidades con amenazas de
suicidio. Sin embargo, los ánimos de Else Janke le dieron nueva fuerza.
«¡Fuera dudas! Quiero ser fuerte y creer».28 Ahora se apercibía de los
«frenéticos tiempos» con una «secreta alegría», 29 pues en ellos parecía
anunciarse la posibilidad de un nuevo comienzo. «Sí, tiene que llegar el
caos para que la situación mejore».30
En julio de 1923 Goebbels creía no poder aguantar más en el ban-
co. Decidió darse de baja por enfermedad, hizo en vano el «teatro» ante
dos médicos y poco después un tercero le dio de baja «por seis sema -
nas», pues entretanto el impostor había enfermado de verdad. Unos
cuantos días después se sentía ya tan bien que, como el año anterior,
pudo viajar con Else Janke a Baltrum, su «paraíso». 31 Los apacibles días
que allí vivió, de los que esperaba un sosiego interior, tuvieron sin
embargo un fin inesperado. Su amigo Richard Flisges, que para enton-
ces había dejado la carrera y se había puesto a trabajar como simple
obrero en una mina en el lago Schliersee de la Alta Baviera, había per-
dido allí la vida en un accidente minero. A la noticia Goebbels reac -
cionó con «conmoción. No soy dueño de mí mismo. Solo en el mun-
do (...). Lo he perdido todo».32
Para erigir un «monumento literario» a Flisges, el «valiente soldado
del trabajo» que tantas veces le había apoyado durante la carrera,Joseph
Goebbels decidió escribir una novela: Michael Voormann. El destino de
un hombre a través de su diario.33 Lo único que coincide con su escrito
redac- tado cuatro años y medio antes, Los años de juventud de Michael
Voor- mann, es el nombre del héroe. A diferencia del texto
completamente autobiográfico de finales del verano de 1919, en el que
«MichaelVoor- mann» es sinónimo de Joseph Goebbels, el
protagonista del año 1923 se convierte en una síntesis de Richard
Flisges y Goebbels.
El texto es una prueba de que Joseph Goebbels ya no quería con-
formarse con su lamentable existencia —y la del «pobre pueblo
perdi- do»— que Dios permitía. Así escribió en el «preludio»: «De
misterio- sas profundidades suben en eterna transformación fuerzas
de una vida joven. La disgregación y la disolución significan en esta
época más que eso; no decadencia sino transición (...). En los
corazones de los jóve- nes arde caliente y abrasadora el ansia de la
reconstrucción, de la nueva vida y de la joven forma. Con dolor
esperan ese día. En las buhardillas de las grandes ciudades, llenas de
hambre, frío y tormento espiritual, van creciendo la esperanza y el
símbolo de otro tiempo. Fe, trabajo y anhelo son las virtudes que
unen a la nueva juventud en su fáustico impulso creador. Esto
último hace que los jóvenes se unan: el espíritu de resurgimiento, el
liberarse del materialismo, el avanzar hacia la fe, el amor, la fervorosa
entrega».34
La acción, reducida al mínimo en el Michael, sirve después casi
exclu- sivamente para exponer su visión del mundo. Con el género
del «dia- rio novelado», Goebbels evitaba tener que presentarla con
una lógica de contenido. En su lugar aparece un conglomerado
confuso de des- cripciones de situación y tesis sobre un «nuevo
tiempo», enriquecido con fragmentos de la abundante literatura que
había hecho suya. Ade- más de la Biblia, ejercieron su influjo el
Fausto y el Wilhelm Meister de Goethe, las obras de Nietzsche —
especialmente su Zaratustra— y los escritos de Dostoievski.
Con el «destino del hombre» en el umbral de un «nuevo tiempo»,
que conduce a un «nuevo hombre alemán» —caracterizado por su
«ins- tinto», su «valor» y su «fe» y, por tanto, el prototipo contrario
al inte- lectual, supuestamente sin alma, consagrado al materialismo—
35
el autor
«hacía añicos» de forma definitiva su «viejo mundo religioso».36
Michael/Goebbels, que había confiado en vano en la «justicia» del «Dios
cristiano», piensa que da igual en qué se crea, que lo único
importan- te es creer. Igual que si se tratara de un fetiche, jura esta
creencia inde- terminada de la que espera un mundo mejor: «¡Tú mi
fe fuerte, fer- viente, poderosa. Tú mi compañera de camino, mi
orientación, mi amiga y mi Dios!».37 Cuanto más creyera, cuanto más
venerara a su fetiche,
80 Goebbels

tanta más vitalidad tendría, tanto más fuerte sería —concluía conse-
cuentemente—. No otra cosa significa cuando Michael/Goebbels
dice:
«Cuanto más grande y más fuerte hago a Dios, más grande y más
fuer- te soy yo mismo».38
Si la fe de Goebbels en Cristo había vivido de sus actos y los de
otros creyentes, su nueva fe no vivía menos de los actos del hombre;
mejor dicho, de su sacrificio. Puesto que ahora la fe en sí misma se
había con- vertido en Dios, en motor, ya no se necesitaba la redención
de la huma- nidad por medio del sacrificio de Cristo. El «hombre
moderno», que lleva en sí mismo la fe y por ende a Dios, redime a
su especie por su propio sacrificio. Michael/Goebbels, el «Cristo-
socialista», se sacrifica por amor a la humanidad.39 Goebbels daba
así un sentido a la muerte en la mina y al fallecimiento de Richard
Flisges, pero también a su pro- pia vida de lisiado desempleado.
Aunque el «hombre moderno» de Goebbels se puede redimir a sí
mismo, él busca al «redentor» hecho hombre.Ya en su tesis había expre-
sado Goebbels su anhelo de encontrar un «genio fuerte». Ahora
hace preguntar a su «Michael» si no hay nadie que conozca el
camino hacia un futuro mejor.40 Al igual que Jesucristo, el hijo de su
«Dios supera- do», había servido al Creador como intercesor de su
vis spiritualis cató- lica, en el nuevo «mundo de fe» de Joseph
Goebbels se necesitaba a su vez un mediador que le diera solidez.
Con los componentes de la fe, el anhelo de encarnación de esa fe
y finalmente la autoredención a través del sacrificio, Goebbels estaba
anti- cipando las patéticas y hueras palabras pseudorreügiosas del culto
nacio- nalsocialista, con el que después se sugeriría a la gente que
hacía saltar las cadenas de la realidad. En 1925 escribió Goebbels:
«Hemos apren- dido que la política ya no es el arte de lo posible.
Según las leyes de la mecánica, lo que queremos es inalcanzable e
irrealizable. Lo sabemos. Y sin embargo seguimos actuando después
de esta conclusión, porque creemos en el milagro, en lo imposible y
en lo inalcanzable. Para no- sotros la política es el milagro de lo
imposible».41 Una y otra vez pro- clamaría la fe en lo imposible. En
el año 1933, mucho tiempo después de haber encontrado en el
Führer Adolf Hitler la encarnación de su fe,
podría en efecto predicar el milagro de lo imposible hecho realidad.
Incluso diez años más tarde, después de que se anunciara el final con la
catástrofe de Stalingrado, glorificada como sacrificio nacional y precio
del triunfo futuro, Goebbels lo volvería a invocar. Pero esta vez el mila-
gro no se produjo.
Después de que Joseph Goebbels acabara su Michael Voormann, dedi-
có también a la memoria de Richard Flisges, su amigo fallecido en el
accidente, un artículo en el periódico Rheydter Zeitung.42 En la «saluta-
ción de Navidad para Schliersee dirigida a una tumba callada», volvía
a celebrar su muerte como un sacrificio simbólico para el anhelado
mundo mejor. Olgi Esenwein, la novia de la víctima, a la que Goeb -
bels le envió a Suiza tanto el artículo de periódico como también más
tarde una copia del Michael Voormann, dijo que él había sido la única
persona que había comprendido a Richard Flisges en toda su «belleza
y magnanimidad», la cual, «tras pasar por toda nuestra cultura, le devol-
vía a lo sencillo, a lo natural, a lo divino».43
Cuando en 1929, tras varios retoques, se publicaba en la editorial
nacionalsocialista Eher de Munich el Michael con el nuevo título de El
destino de un alemán a través de su diario, 44 Michael/Goebbels era conse-
cuentemente un «buscador de Dios» sólo al principio. A diferencia del
texto primitivo, lo «encuentra» en el propio presente: «Existe uno que
sabe el camino.Yo quiero hacerme digno de él».45
Si en la versión de 1923, que equivale a una huida de la miseria exis-
tente en la realidad, la fe de Michael Voormann residía en un anhelo inde-
terminado de alcanzar un «mundo mejor», ahora se expresaban de mane-
ra concreta las fuerzas buenas y sobre todo perniciosas, en cuya colisión
debía consumarse el destino de Alemania. El protagonista se convertía
en un «trabajador de frente y puño»46 profundamente arraigado en la
germanidad, en resumen, en el prototipo del nuevo hombre nacional-
socialista. En el resto de personajes se refleja la república deWeimar tal
como la veía el autor. Ahí está la novia de Michael, Hertha Holk, que
representa la burguesía. Al igual que la Anka Stalherm de Goebbels,
Hertha Holk no puede entender a Michael, quien, además de los «ejér-
citos de negros» en el Rin,47 se queja de la desalmada y corrupta influen-
cia de los «barrigas gordas», de los judíos como la «úlcera purulenta
en el cuerpo de nuestra enferma nacionalidad alemana»48 y, por
tanto, les echa la culpa de la penuria alemana. La figura de Iwan
Wienurowsky, un revolucionario ruso, estaba marcada en la primera
versión de 1923 por la fascinación de Goebbels por la Rusia de
Dostoievski. Ahora el autor hace decir al moribundo Michael,
anticipando la ampliación hacia el este establecida en el programa de
Hitler: «Iwan, infame».49 Sin que se pudiera tratar de una
manipulación posterior, en las dos versiones
«Michael» muere además con su simbólico sacrificio justamente el
30 de enero, el día en que, según la perspectiva del autor, años más
tarde se haría realidad la «nueva época» con la subida de Hitler al
poder.
El periodista Heinz Pol, del Weltbühne, escribió en 1931 sobre el
Michael que era la «manifestación perfecta» de lo que los camisas
par- das llaman «el espíritu alemán y el alma alemana». Afirmaba que
había leído el libro varias veces y que sin embargo no había
encontrado una sola frase de la que se pudiera decir que tuviera
«sentimiento alemán» o estuviera escrita en un «estilo alemán». «Lo
que sin embargo encon- tré —y una prueba de ello es una de cada
tres palabras— ha sido esa desvergüenza nada alemana,
absolutamente patológica», según el juicio de Pol, «con la que un
mugroso literato no deja de desgarrarse el pecho y vociferar "los
cuatro novísimos"».50
Pero volvamos al año 1923. A principios de septiembre, Goebbels
había regresado de Baltrum conmocionado por la muerte de Richard
Flisges. Poco después recibió en Rheydt la carta de despido del
Dresd- ner Bank, hecho que sin embargo ocultó a sus padres. Para dar
la impre- sión de que seguía ejerciendo su empleo, volvió a viajar a
Colonia. Pero lo cierto era que ahora él también pertenecía a la
legión de los desem- pleados. Tenía que vivir con un florín toda la
semana, pues no recibía subsidio de desempleo. Lo único
constructivo que hacía era trabajar en un «drama histórico» que llamó
Der Wandereí51 [el caminante o el via- jero], pues él mismo viajaba
entre los tiempos antiguos y modernos conforme a su autognosis.
A Goebbels la situación le parecía tan desesperante que se dedicaba
a buscar trabajo con poca energía, aunque le aseguraba a Else Janke
que
hacía todo lo que podía y que repasaba todos los anuncios de los
perió- dicos en busca de empleos adecuados.52 Hans Goebbels, que
no había retomado el bachillerato —como en realidad había sido su
intención tras volver a casa del cautiverio francés—, sino que
ejercía un trabajo fijo en Neuss, ayudó a su hermano facilitándole la
dirección de una empresa en la que debía pedir trabajo. Joseph no
podía esperar otro tipo de apoyo de su hermano, ya que su puesto le
proporcionaba «lo justo para comer y vivir. Qué más se puede pedir
en el momento actual, cuando los ricos se hacen cada vez más ricos
y los pobres cada vez más pobres. Es verdaderamente admirable
cómo los cerdos bien nutridos siempre se las arreglan para hacer
recaer toda la miseria y todas las pre- ocupaciones, todos los pagos y
deudas sobre los más pobres de entre los pobres en Alemania».53
A mediados de septiembre, Fritz Goebbels seguía sin saber que su
hijo estaba parado, pero se había enterado de que buscaba trabajo.
Con la preocupación de que pudiera poner en peligro su puesto en el
ban- co, le hacía ver que, dada la dificultad de los tiempos, no era
tan fácil encontrar un cargo adecuado. Así pues, le aconsejaba que
durante algún tiempo lo intentara en un banco de Rheydt donde su
hermano Kon- rad tenía algunas relaciones. «Así al menos tendrías
bastante para comer y podrías esperar tranquilamente hasta que
encuentres un puesto ade- cuado para ti», decía una carta del
padre,54 que sin embargo no sabía muy bien qué hacer con las
aspiraciones profesionales de su hijo y que en todo caso daba
preferencia a una ocupación estable, como por ejem- plo en un
banco.
Puesto que ni siquiera la abnegada ayuda de Else Janke podía
librar a Joseph Goebbels de pasar hambre, escribió a su padre una
carta de- sesperada confiando en que éste le pidiera que se fuera a
casa. Le decía que tenía una enfermedad nerviosa, lo que
seguramente le vendría de familia.55 Le salieron bien las cuentas. El
preocupado padre rechazó esto último enérgicamente, pero le pidió a
su hijo que volviera a la casa paterna pese a su supuesta colocación
en el banco, ya que en esa difi- cil situación no podía esperar otro
tipo de ayuda. Después de qué el padre le enviara incluso el dinero
para el viaje, Joseph Goebbels aban-
donó la ciudad catedralicia a principios de octubre de 1923 para
encon- trar refugio —como tantas otras veces en los últimos años—
en el seno de la familia.
En casa, colmado de atenciones por parte de su familia, vivió las
con- secuencias del completo desmoronamiento de la resistencia
pasiva en los territorios ocupados. Tras la caída del gabinete de
Cuno, el 13 de agosto de 1923 se formó un gobierno de gran
coalición con el canci- ller Gustav Stresemann a la cabeza.
Precisamente el líder de un partido nacional de derechas, como era
el Partido Popular Alemán (Deutsche Volkspartei, DVP), había
capitulado en política exterior al dar por ter- minada el 26 de
septiembre la fracasada política obstruccionista. De los partidos del
«sistema», tan aborrecidos por Goebbels, que «cambiaban de camisa
según la conveniencia» —así escribió—, ahora ninguno admi- tía haber
estado a favor de la resistencia pasiva. «Todos sabían hace tiem- po
que saldría mal» —hasta el Kólnische Zeitung, al que él estaba abo-
nado.
En este y otros periódicos leía acerca de los conatos
revolucionarios de los derechistas e izquierdistas extremos en el
Reich, en el cual el gobierno de Stresemann había decretado el
estado de excepción en septiembre. Leía que en Sajonia y en
Hamburgo crecía rápidamente la influencia de los comunistas, leía
acerca de los nacionalsocialistas de Hitler, que daban cada vez más
que hablar, pero confiaba poco en ellos dadas las experiencias de la
primavera. El «caos» que había anhelado para que las cosas fueran a
mejor le parecía ahora omnipresente. «Tur- bulentos días de beber
por desesperación», dijo haber pasado —según escribió con gran
patetismo—, pues creía tener que presenciar ahora la caída del
proyecto alemán.56
Las noticias sobre los acontecimientos de Munich del 8 y del 9
de noviembre de 1923 le sacaron de su letargo: la «revolución
nacional» proclamada por Hitler, ¿introduciría de hecho el deseado
cambio, en vista del decreciente poder del gobierno del Reich en
Berlín y tenien- do como fondo la desesperada precariedad del país,
cuya moneda esta- ba destruida y cuya economía se encontraba
profundamente arruina- da? Pero, antes de que acabara el 8 de
noviembre de 1923, los supuestos
aliados conservadores de Hitler se habían vuelto a distanciar de él.
Cre- yendo poder quizás forzar todavía el destino, los «traicionados»,
lidera- dos por Hitler y Ludendorff, el general de la guerra mundial,
formaron al día siguiente una manifestación por el centro de
Munich en direc- ción al Ministerio de Guerra. En la Feldherrnhalle
[el Pórtico de los Generales], donde las columnas marcharon
directamente contra un cor- dón policial mientras cantaban el Oh,
Deutschland hoch in Ehren [Oh, Alemania, de alta gloria], pasó lo
que pasó: un único disparo, al que siguió un breve pero violento
tiroteo. El balance: 17 muertos, numero- sas detenciones, un golpe
de Estado fracasado y en la lejana Rheydt un decepcionado pobretón
sin trabajo.
Hacia finales del año 1923 empezaron a consolidarse las cosas en
el Reich. En un principio la joven república había podido defenderse
con- tra los ataques de la derecha y de la izquierda. Cuando el 23 de
noviem- bre Stresemann dimitió tras cien días de cancillería,
también se había puesto término a la inflación y saneado la moneda
alemana. Con el marco renta (rentenmark) se había creado una
estable unidad de com- pensación del marco. Pronto fue sustituido
por el marco del Reich (reichsmark), que se mantuvo estable gracias al
flujo de capital extranje- ro que entraba en Alemania. Esto conllevó un
lento despegue de la eco- nomía y con ello una reducción del
desempleo.
Puesto que el descalabro y el nuevo comienzo no tuvieron lugar,
por de pronto todo seguía siendo igual para Goebbels. Por ese
motivo, los apuros le hicieron intensificar la búsqueda de empleo.Tras
haber tra- tado ya de obtener un cargo en el Vossische Zeitung,57 en
enero de 1924 envió, entre otras, una larga carta de solicitud de empleo
al BerlinerTage- blatt. En este prestigioso periódico liberal aspiraba a
un puesto de redac- tor y cifraba sus expectativas salariales en 250
marcos al mes.58 En res- puesta a otro anuncio de la editorial Mosse,
se «tomó la libertad» de ofrecer sus servicios como redactor. Para
presentarse como un hombre de formación universal y para dar a su
curriculum la necesaria con- tundencia, envió una relación
«retocada» de sus supuestas actividades después de terminar la
carrera. De noviembre de 1921 hasta agosto de 1922 había
estudiado en Bonn y en Berlín «historia moderna del tea-
tro y del periodismo». Tras dos meses de meritorio en el
Westdeutsche Landeszeitung, de octubre hasta finales de 1923 se
dedicó al «estudio pri- vado de la economía política y pública».
«Amplias ramas del sistema bancario moderno» afirmaba haber
conocido durante sus nueve meses en el Dresdner Bank. Como
«ocupación secundaria» había estudiado economía política en la
Universidad de Colonia y en ocasiones había sido colaborador de
grandes diarios de la Alemania occidental. «Como consecuencia de
leves trastornos nerviosos que me causaron el trabajo excesivo y un
accidente, me vi obligado a renunciar a mi ocupación en Colonia».59
Con todo, los esfuerzos del que ya estaba «completamente
restablecido» no tuvieron éxito.
Para que, en vista de todas estas decepciones, pudiera escribir
«des- de el fondo del alma» su amargura, Else Janke le había regalado
en octu- bre de 1923 un «libro para uso diario», es decir un diario. El
17 del mis- mo mes empezó a anotar en él todas las noches lo que le
atormentaba. A este diario antepuso en verano de 1924 sus llamadas
Erinnemngsblát- ter [notas autobiográficas], en las que resumía su
vida hasta ese mes de octubre en estilo telegráfico. Afirmaba que
escribía «porque mi pensa- miento me resulta una tortura y un placer.
Antes, cuando era domingo y avanzaba la tarde, ya no estaba
tranquilo. Entonces pesaba sobre mi alma toda la semana con su
tormento infantil. La mejor manera de remediarlo era coger mi
devocionario e ir a la iglesia. Reflexionaba sobre todo lo bueno y lo
malo que me había traído la semana, y luego me dirigía al sacerdote
y me confesaba para aliviar mi alma. Ahora, al escribir, tengo la
misma sensación. Me parece como si tuviera que ir a confesarme.
Quiero liberar mi alma hasta de la última carga».60
En esos casos siempre se justificaba ante sí mismo con la idea de
que él no era responsable de su destino. Siempre echaba la culpa al
«mun- do corrupto». Puesto que se negaba a deponer todo lo que se
llaman ideas propias, valor cívico, personalidad, carácter, para él
permanecía cerrado el acceso a ese mundo materialista61 —escribió,
refugiándose en la visión de ser un fenómeno excepcional—.Todas
esas virtudes que él pretendía tener se las negaba a la mayoría de sus
congéneres. Así, decía del prototipo del «burgués provinciano» de
Rheydt que le resultaba
aburrida y molesta cualquier conversación intelectual. «Son vagos
has- ta para jugar al skaf2 —algunos dicen que incluso para el coito
—, no es de extrañar que se pongan gordos, rollizos y sebosos».63
Los odiaba a todos porque se sentía apartado; pese a la carrera y
al título de doctor, o precisamente por ello, parecía seguir siendo un
mar- ginado que vivía aún a expensas de sus padres y de su
prometida. «Esta miseria de vivir a costa ajena. Me rompo la cabeza
pensando cómo pue- do poner fin a este indigno Estado», 64 escribió
en su diario. En otro sitio reconocía que «nada me espera: ninguna
alegría, ningún dolor, nin- gún deber ni ninguna tarea (...). Mísera
vida, que se tiene que regir por el maldito dinero».65 Había
aprendido a odiar de manera especial el dinero, que le faltaba desde
siempre; de él —pensaba— proceden todas las «desgracias del
mundo. Es como si las riquezas fueran la encarna- ción del mal en
el principio del mundo. Odio el dinero desde lo más hondo de mi
alma».66 Sentimientos igual de hostiles albergaba contra aquellos
cuyos negocios monetarios había tenido que contribuir a rea- lizar
diariamente durante su época en el banco, contra los judíos, a los
que pertenecían también Mosse y Ullstein, quienes —así lo veía él
en cualquier caso— le habían negado el sustento.67
Respecto a los judíos no se tenían más prejuicios en la casa
paterna de Rheydt que en cualquier otra parte de la pequeña
burguesía cató- lica. Se les tenía por particularmente inteligentes y
hábiles en el mane- jo del dinero, lo que sin embargo no cambiaba
nada en el hecho de que se veía en ellos a alemanes enteramente
normales, entre otras cosas por- que habían luchado y caído en la
guerra mundial por el emperador y por la patria. Desde que
Goebbels padre ascendiera a fuerza de traba- jo, su familia mantenía
relaciones de amistad con la de un abogado judío.68 Estaban un poco
orgullosos de ello, pues realzaba la propia repu- tación. El bachiller del
pie deforme había podido visitar en ocasiones al doctor Josef Joseph
—así se llamaba el prestigioso abogado— para departir con él sobre
literatura, y durante su época de estudiante había encontrado
siempre en el amigo de la literatura a alguien con quien hablar. Ante
Anka Stalherm se había quejado en su día sobre la historia de la
literatura de Adolf Bartels: «Sabes que tengo bastante aversión
a este exagerado antisemitismo (...)• No es que pueda decir que los
judíos sean mis mejores amigos, pero creo que ni con insultos ni
polé- micas, y ni siquiera con pogromos, se acaba con ellos, y aunque
se pudie- ra hacer de esta manera, sería muy indigno e inhumano». 69
Entonces Goebbels pensaba que el mejor método contra su supuesta
preponde- rancia era hacer las cosas mejor. Eso es lo que procuró
mientras estu- diaba con Gundolf, el germanista judío al que
admiraba. Después de hacer la tesis doctoral con el «medio judío»
Von Waldberg, igualmente apreciado por él, siguió el consejo de su
amigo y vecino doctor Joseph de sacar el máximo provecho a su
estudio con el profesor judío en Hei- delberg y hacerse orador o
escritor.70
Su actitud respecto a los judíos sólo empezó a cambiar desde
1922. En esa época, su prometida Else Janke le «confesó» durante
una discu- sión debida a su dolencia en el pie que era hija de madre
judía y padre cristiano. En un principio Goebbels se mostró
molesto. El «primer encanto» —pensó— había pasado.71 Pero no
cambió su actitud hacia ella, aun cuando para él ya existiera un
«problema judío». Al parecer, la lectura de La decadencia de Occidente
de Spengler le había hecho fami- liarizarse con esas ideas. Es cierto
que durante su conferencia de octu- bre de 1922 tuvo grandes
elogios para Gundolf, pero aun así juzgó las opiniones de Spengler
sobre el judaismo como «de eminente impor- tancia». Le parecía que
«aquí la cuestión judía se considera desde la raíz. Se debería admitir
que este capítulo aporta un esclarecimiento intelec- tual de la
cuestión judía».72
Con todo, fueron sus «experiencias» y «conclusiones» en el
banco las que primero llevaron este problema al centro de las
preocupaciones de Goebbels.73 El resultado fue que el «problema
racial», cuyos com- ponentes anatómicos tenía que dejar siempre de
lado el hombre del pie zambo por razones evidentes, empezó a
empañar poco a poco su rela- ción con Else Janke. Tras una de las
numerosas discusiones ella le escri- bió: «En realidad, toda la
conversación que hace poco venimos mante- niendo sobre el
problema racial me importunaba claramente. No me podía quitar la
idea de la cabeza y veía realmente en este problema casi un obstáculo
para nuestra futura convivencia. Estoy firmemente con-
vencida de que en este aspecto piensas sin duda muy
exageradamen- te...».74
Como se desprende de sus notas autobiográficas, Goebbels esta-
ba leyendo entonces Los fundamentos del siglo xix, de Houston Ste-
wart Chamberlain.75 El británico había «desarrollado» la doctrina
racial del francés Gobineau, quien la había expuesto en su tratado
sobre La desigualdad de las razas humanas,76 y había llegado a la con-
clusión de que los arios son «el alma de la cultura» y de que sólo
hay dos razas puras: la aria y la judía. La primera, que llevaría en sí
mis- ma el legado de la Antigüedad —el arte y la filosofía griegas,
el dere- cho romano y el cristianismo— es la elegida como «raza
dominan- te» para superar el espíritu materialista imperante en la
época y hacer llegar una nueva era. La condición para ello es la
«pureza» de la raza, pues «las nobles razas humanas quedan para
siempre sin alma y exclui- das del "género que aspira a la luz" por el
dogma semítico del mate- rialismo, que en este caso y a diferencia
del cristianismo se ha man- tenido libre de todas las mezclas arias».77
La ideología de Chamberlain
—sobre el que, tras un encuentro en Bayreuth, escribiría después
eufóricamente en su diario que era el «precursor», el «pionero», el
«padre de nuestro espíritu»—78 no dejó de influir en la percepción
del Goebbels de ventiséis años.
Goebbels empezó a ver en los judíos la encarnación del
materialis- mo, del mal por antonomasia, del «anticristo»79 y, por tanto,
al culpable concreto de las desgracias de este mundo. ¿No procedían
del judaismo los protagonistas tanto del comunismo materialista y
por ende corrup- to como del capitalismo igualmente materialista y
su orden democrá- tico? Judíos eran Marx,Trotski, Rosa Luxemburgo,
así como el ex minis- tro de Exteriores del Reich Rathenau y Hugo
Preuss, el creador de la constitución de Weimar. A partir de ahí
concluyó Goebbels que el «mar- xismo es una comedia judía que trata
de castrar y depravar a los pue- blos conscientes de su raza».80 El
comunismo y el capitalismo o, como diría Goebbels más tarde, el
«marxismo y la bolsa» perseguían en su opi- nión un único objetivo
común: «la completa eliminación de cualquier poder nacional, el
traslado de toda economía al poder de uno solo: el
capital bursátil de Judas»81 —en la guerra mundial y en la época del «sis-
tema» veía los indicios de ello.
El camino hacia un mundo mejor —pensaba Goebbels— pasaba
primero por la lucha contra la supuesta hegemonía del «judaismo inter -
nacional». La decadencia de Occidente, que Spengler predijo en el paso
de la «cultura» a una etapa final de materialismo desalmado, la «civili-
zación», podía evitarse desde el punto de vista de Goebbels con la «supre-
sión» del judaismo. De nosotros depende, del «nuevo hombre» —había
dicho Goebbels— superar el temor a la decadencia profetizado por
Spengler.82
Aunque semejantes «convicciones» conferían al conjunto una dimen-
sión gigantesca, al principio aún no se atrevía a expresarlas o a refle -
xionar siquiera sobre las consecuencias resultantes. Por de pronto se
conformaba con invectivas directas contra los judíos, que escribía desde
el fondo del alma. En sus diarios tempranos se pueden leer descali-
ficaciones como «puercos», «traidores» y «vampiros». Al comienzo a
veces le asaltaban los escrúpulos, cuando por ejemplo añadía que al
hombre le es muy difícil salirse de su pellejo, pero que el suyo era ahora
«par - cialmente antisemita».83 Sólo cuando se sintió respaldado por gente
de idéntica o parecida opinión y había encontrado al Führer que debía
seguir, sus escrúpulos cedieron ante «la implacable lógica de lo que debe
ser y de lo que estamos dispuestos a hacer porque así debe ser». 84
Capítulo 4

¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? MITAD PLEBEYO,


MITAD DIOS. ¿EL CRISTO VERDADERO
o SÓLO SAN JUAN?
(1924-1926)

D esde su vuelta a casa en octubre de 1923, Goebbels vivía


retirado en el hogar paterno de la Dahlener Strasse. Evitaba
encontrarse
con la gente, estaba descontento con su suerte, que equiparaba a la
de la nación, y se refugiaba cada vez más en su fe en un «mundo
justo», que tenía que llegar al igual que su precursor. En junio había
anhelado un «Florian Geyer de nuestro tiempo, que clave el puñal
en medio del corazón a la discordia alemana»,1 y también en su Michael
había buscado una personalidad que pudiera conocer el camino.2
Ahora —a principios del año 1924— Goebbels empezó a atribuir
este papel a un hombre, a una persona real, Adolf Hitler.
En este sentido, el momento desencadenante fue al parecer el
pro- ceso por alta traición que tuvo lugar en febrero en Munich,
durante el cual el fracasado golpista de noviembre, alentado por la
disposición sumamente benévola del tribunal, utilizó el banquillo de
acusado como tribuna de orador. Defendió el golpe como un acto
patriótico que no tenía nada que ver con la «vergonzosa traición» de
los revolucionarios de 1918. Así pues, en ese día del proceso Hitler
ganó nuevos partida- rios, y cuando al final de mes los jueces
dictaron su sentencia extrema- damente benigna —cinco años de
prisión—, en amplios sectores de la opinión pública alemana las
simpatías estaban del lado del protagonis- ta, Hitler.
Al parecer, Goebbels también se contaba ahora entre sus
admirado- res. Hitler había dicho exactamente lo que él pensaba —
escribió dos años
92 Goebbel
s

después—, pues había expresado algo más «que el propio tormento y


la propia lucha. Aludió a la miseria de toda una generación, que busca
hom- bres y misiones con una confusa impaciencia. Lo que dijo es el
catecis- mo de la nueva fe política en medio de la desesperación de
un mundo sin dios que se desmorona. No se quedó callado. Un dios
le inspiró que dijera lo que estamos sufriendo. Expresó nuestro
tormento en palabras consoladoras, formuló frases de confianza en el
milagro venidero».3
En cualquier caso, en la primavera de 1924 a Goebbels le había
entra- do la curiosidad por saber qué se escondía detrás de ese
hombre y de su partido. Por ese motivo se juntaba de vez en cuando
con su antiguo compañero de clase Fritz Prang. Éste, hijo de un
empresario, que se preocupaba un poco por el pobretón desempleado,
contribuyó a impulsar la causa del NSDAP en la ilegalidad. La
prohibición del partido impuesta en Renania tras el golpe de Hitler
había obligado a los nacionalso- cialistas a improvisar. Junto con el
Partido Nacional Alemán de la Liber- tad (Deutschvólkische
Freiheitspartei,DVFrP), readmitido desde febrero de 1924, y obviando
diferencias ideológicas no dirimidas, formaron para las elecciones al
Parlamento del 4 de mayo de 1924 la Unión del Par- tido Nacional
Alemán de la Libertad y el NSDAP (Vereinigte Deutsch- vólkische
Freiheitspartei und NSDAP)4 que se presentaba en Renania como
Bloque Nacional Social. La base de esta alianza electoral, en la que
el Partido Nacional Alemán de la Libertad seguía existiendo como
organización propia, fue un programa de compromiso aprobado el
16 de marzo de 1924, que constaba de 59 puntos con una
orientación estrictamente antisemita y el llamamiento a la lucha
contra el parla- mentarismo, el «mammonismo» y el «marxismo». El
8 de abril de 1924, en el barrio de Elberfeld, en Wuppertal, y cinco
días más tarde en el de Barmen, con Erich Koch como orador —el
empleado ferroviario com- pañero de lucha de Schlageter—, tuvo
lugar una asamblea constituyente del Bloque Nacional Social, que
obtuvo en las elecciones un más que considerable éxito con un 6,5
por ciento de media en el Reich. 5 En Rheydt, los nacional-sociales
consiguieron un número no desdeñable de 738 votos y pudieron
mandar un representante al ayuntamiento, ya que a las elecciones del
Parlamento se unían las de los concejales.6
A partir de entonces, Goebbels también participó de vez en cuando
en los debates vespertinos del bloque, como en junio de 1924,
cuando acompañó a Prang a un encuentro del DVFrP en el distrito de
Elber-feld, en Wuppertal. Anotó, decepcionado, en su diario: «Así
que éstos son los líderes del movimiento nacional en el territorio
ocupado.Vosotros judíos y señores franceses y belgas no necesitáis
tener miedo. Con éstos estáis seguros. Pocas veces he asistido a una
asamblea en la que se desvariara tanto».7 Si se abstuvo de hacer
críticas durante el acto fue porque Friedrich Wiegershaus, concejal
de Elberfeld y líder del parti- do, publicaba un pequeño periódico de
lucha bajo el título de Vólkis- che Freiheit [Libertad nacional] en el
que Goebbels quería colocar algu- nos artículos. Con la mediación de
Prang, Wiegershaus accedió, pues tenía dificultades para llenar el
periódico, que salía con irregularidad. Así regresó Goebbels de
Elberfeld con el encargo de escribir cinco artí- culos, pero sin que se
le hubieran ofrecido honorarios por ello. Lo que además se llevó ese
día de Elberfeld fue la certeza de adonde dirigirse, no hacia los
«viejos», que querían mejorar la política concreta en el sen- tido de la
Alemania imperial, sino hacia aquellos que en principio no querían
ejercer una política constructiva, sino hacer tabula rasa, es decir,
«hacia los jóvenes, que desean realmente el hombre nuevo
(...).Debo ir mejor hacia Munich que hacia Berlín».8
Sólo a unos pocos kilómetros de Munich, en la prisión militar de
Landsberg, se encontraba el hombre que en adelante iba a arraigarse
en su conciencia con mayor fuerza cada vez. Su papel tenía algo de
apari- ción, pues había abandonado la escena política tan pronto como
la había pisado. Precisamente porque no lo conocía, porque no se
oía nada de él mientras estaba en prisión, porque se hablaba menos
de él de lo que se conjeturaba, porque se embellecían muchas cosas,
Goebbels empe- zó a proyectar en aquel Hitler su anhelo de la idea
salvadora y del hom- bre de acción. «Si Hitler estuviera libre...», así
lo expresó el 30 de junio de 1924 en su diario, y continuó escribiendo
durante algunas líneas más que tenía que conocer pronto a un líder
nacional, «para que pueda vol- ver a coger nuevo aliento y nueva
seguridad en mí mismo. Así pasa siempre».9
A un líder nacional —aunque no fuera Hitler— iba a conocer pron-
to Goebbels. A principios de agosto, Prang le anunció que le llevaría a
Weimar para el encuentro de los grupos y partidos nacionales de
todo el Reich.Ya a mediados de julio se habían congregado allí los
líderes del DVFrP con los de las organizaciones sucesoras del NSDAP,
ilegali- zado desde el golpe de Hitler, para acordar la unificación
definitiva. El plan fracasó, pero se acometería un nuevo intento en el
encuentro con- vocado para el 17 y el 18 de agosto en Weimar.
Cuando llegó el día anhelado por Goebbels, Prang le tuvo que
comu- nicar cuando ya estaba listo para viajar en el andén que,
contra lo espe- rado, no había podido conseguir el importe del billete
para éste. Mien- tras que el amigo partió solo en dirección a
Weimar, el decepcionado Goebbels se consoló diciéndose que el
congreso de un partido era des- pués de todo «algo terrible».10 Pero
cuando finalmente sí que llegó el dinero del billete, volvió a cambiar
de opinión igual de rápido y siguió entusiasmado a Prang hasta
Weimar. Éste sería uno de los aconteci- mientos que le iban a abrir
nuevas perspectivas, pues introdujo al joven Goebbels —que desde
hacía tanto tiempo había albergado vanas espe- ranzas de poder
ganarse la vida como escritor libre o periodista inde- pendiente—
definitivamente en la política y, por ende, en el camino hacia Hitler.
Por primera vez en su vida, Goebbels viajó al corazón del Reich,
del cual llegaría a ser el poderoso ministro de Propaganda en menos
de nueve años. Puesto que había dejado atrás por poco tiempo su
pobre y gris existencia, cuando se acercaba a su destino tras horas de
viaje en tren se levantó para él un «espléndido día»: «Bebra. Café.
Seguimos. Eise- nach. El castillo de Wartburg se esconde entre la
niebla. Seguimos. De- jamos atrás carreteras y pueblos... el tren entra
silbando en un valle cerrado. Brilla una ciudad roja: Weimar», el
«lugar de la feliz cultura de un tiempo más hermoso».11 Al instante se
apresura por las calles en direc- ción al Teatro Nacional, donde tenía
lugar el congreso, sumamente modesto. A cada paso piensa en Goethe.
«Weimar es Goethe», se decía con entusiasmo; cuando por fin llegó, se
alegró en el alma al verse entre la «bendita juventud» que luchaba
con él.
En el Teatro Nacional, donde encontró a Prang, se le heló poco
des- pués la sangre en las venas, pues vio al «gran hombre» que
durante la guerra había regido los destinos de millones de personas:
el general Erich Ludendorff. Con su presencia Goebbels se sentía
rodeado de his- toria. Pronto se encontró también en el grupo de
«jóvenes idealistas alemanes», con un porte marcial y «cara a cara»
con el «gran hombre» de la guerra mundial. «Escucha a todos (.. .).Yo
también hablo. Le expon- go las circunstancias. Me presta atención y
asiente en señal de aproba- ción. Me da la razón. Me observa
fijamente. De arriba abajo. No pare- ce descontento». Así,
Goebbels, receptivo al reconocimiento, se dejó entusiasmar de
inmediato por el viejo general. Con él dejó de lado
«muchas objeciones escépticas» y le dio «el último y firme crédito». Así
y todo, Goebbels no vio en él, que tenía casi sesenta años, al «líder
nato» de la juventud alemana. Si acaso, sólo podría serlo a ojos de
Goebbels el encarcelado en la prisión de Landsberg.
EnWeimar Goebbels encontró también a otros hombres del
«movi- miento», como por ejemplo al diputado parlamentario y
fundador del DVFrP Albert von Graefe. De él dijo que era un
«nacional de pura cepa», un aristócrata de cuna con una chaqueta
diplomática negra. Allí también estaban Gregor Strasser, «el
apacible farmacéutico de Bavie- ra. Alto, algo relleno, con una
profunda voz de contrabajo de cervece- ría», uno de los hombres
más importantes del NSDAP, así como su cofundador Gottfried
Feder, el «estudiante corporativo» que es el «nacio- nal político-
financiero». Goebbels conoció además a Julius Streicher, que había
creado el periódico demagógico antisemita Der Stürmer [El
asaltante]. Él era «el fanático de labios apretados. Un furibundo.
Qui- zás algo patológico. Pero está bien así.También necesitamos a
esos (...). Hitler también tiene que sacar algún partido». Finalmente
también se encontraban allí los «altos señores» de Renania, Koch y
Ernst zu Reven- tlow, el «conde inteligente y sarcástico, político
internacional del movi- miento», quien —si se da crédito a los
informes de los periódicos— negoció en 1923 con los principales
representantes del KPD [siglas germanas del Partido Comunista de
Alemania] una coalición de ambos partidos.12
Junto a los «soldados de la guardia de Hitler», los hombres del
terri- torio ocupado eran el centro de atención en Weimar. «Se nos
celebra a los renanos como a héroes. Combatientes de la Marca
Occidental», escribió Goebbels, que se veía especialmente realzado
por ello. Se sen- tía como entonces, en el año 1914, pues en este
círculo dejaba de ser por fin el marginado huraño. Aquí en Weimar
podía distinguirse por sus ideas, a las que Ludendorff se había poco
menos que adherido. Se sentía protegido entre la «élite de los
íntegros y leales», a la que para él habían ascendido de inmediato los
presentes. «Como en una casa gran- de con muchos niños (...). Eso
reconforta mucho y da una gran segu- ridad y satisfacción. Por así
decir, una gran confraternidad. Con el espí- ritu del pueblo.
Combatientes de un mismo frente. Bajo la señal de la esvástica». Así
pues, sintió «un escalofrío por la espalda» mientras estaba delante del
Teatro Nacional durante la ceremonia de clausura, donde hombres
de todas las partes del Reich desfilaban delante de los líderes
portando banderas con la esvástica, donde se entonaban las canciones
del
«movimiento» y se pronunciaban enérgicos discursos de despedida
que se interrumpían con «estrepitosos vivas» cuando salía el
nombre de Hitler. Después de que nacionales y nacionalsocialistas
se unieran
—bajo el liderazgo a escala del Reich de Graefe, Ludendorff y
Gregor Strasser— en el Movimiento Nacionalsocialista por la
Libertad de la Gran Alemania (Nationalsozialistische
Freiheitsbewegung Grossdeuts- chlands, NSFB), sumamente frágil y
no exento de controversias ideo- lógicas, Goebbels escribió casi a
modo de conclusión de su estancia en Weimar: «La cuestión
nacional está relacionada para mí con todas las cuestiones del
espíritu y de la religión. Empiezo a pensar a la manera nacional. Ya
no tiene nada que ver con la política. Es un modo de ver el mundo».
Lleno de fe en una «misión más elevada», en adelante Goebbels
se puso por entero al servicio de esa visión del mundo, que
describió en sus artículos para el periódico Volkische Freiheit como
«resultado del sentimiento social del siglo XX» y «magnífico intento de
resolver la cues- tión social por la vía nacional».13 El 21 de agosto
fundó junto con Prang una delegación local en Gladbach del
Movimiento Nacionalsocialista
por la Libertad de la Gran Alemania, 14 unión que al parecer se hizo
efectiva, pese a todos los obstáculos, al menos en el distrito de Rena- nia-
Norte. Las primeras reuniones en Rheydt tuvieron lugar en la his - tórica
cervecería de Batze-Móhn y en el local de Caumann en la Augus-
tastrasse,15 durante las cuales Goebbels y Prang familiarizaban a los pocos
asistentes con el ideario nacional y nacionalsocialista. Otros días corrí-
an de un debate a otro, sin importar si lo organizaban los nacionales,
los socialdemócratas o los comunistas. Un primer conflicto con las auto-
ridades de la ocupación belga y un serio interrogatorio 16 tampoco pudie-
ron hacerle desistir de emplear toda su energía en ganar adeptos. «Así,
nosotros, los apóstoles del nuevo pensamiento, tenemos que despertar
al pueblo. Alemania tiene que salir del sueño».17
En uno de esos actos fue cuando Goebbels hizo su debut como ora-
dor. Según informó Prang a finales de los años cincuenta, Goebbels fue
cojeando vacilante hasta el estrado y allí ofreció una imagen extraña,
con una chaqueta demasiado grande sobre su delgado cuerpo. Además,
el «queridos compatriotas alemanes» con el que se dirigió a los comu-
nistas allí reunidos los sacó de quicio al instante. Al ser tildado de «explo-
tador capitalista» por alguien enfurecido, le invitó sagazmente a subir al
estrado para que enseñara el dinero que llevaba consigo. Mientras gri -
taba a la gente «así veremos quién de nosotros tiene más dinero», sacó
sin vacilar su gastado monedero y al agitarlo cayeron unas cuantas mone-
das de diez pfennigs en la tribuna del orador. Así resolvió Goebbels la
situación a su favor y pudo seguir hablando.1-
Las siguientes intervenciones también dieron a Goebbels la impre-
sión de ser un orador de talento, con y sin texto escrito. Decía que las
ideas le venían «solas». Hablaba de cosas que le preocupaban a él, pero
sobre todo de la injusticia social. Puesto que los problemas de sus oyen-
tes, sus necesidades e inquietudes eran al fin y al cabo las suyas propias,
sabía cómo se sentían, lograba expresar sus emociones. Decía «exacta-
mente lo que pensaban» y así conseguía que atendieran a su interpre-
tación del «mundo materialista sin alma», la «fiesta de locos de los bol -
cheviques y judíos». En sus intervenciones procuraba que le siguiera
hasta la última persona. Sabía explicar a la gente las «irrefutables con-
secuencias» y movilizar a sus oyentes. Allí donde hablaba —
primero sólo en el entorno de Rheydt, pero pronto en toda Renania
— con- vertía las salas y las trastiendas de las tabernas llenas de
humo en un auténtico revuelo. Ya en septiembre de 1924 escribió
satisfecho en su diario que su fama de orador se extendía «por las
filas de los adictos al pensamiento nacionalsocialista en toda
Renania».19
El 1 de octubre de 1924 Goebbels obtuvo el puesto de redactor
del Vólkische Freiheit,2® que, reeditado por Wiegershaus, se presentaba
como periódico de lucha territorial del «Movimiento Libertario
Nacional- socialista por una Gran Alemania nacional-social», tal como
figuraba en la cabecera del periódico sabatino. En calidad de
redactor, Goebbels viajaba todos los jueves y viernes a Wuppertal-
Elberfeld para dirigir las correcciones y la compaginación.21 El resto
de los días de la semana escribía artículos, siempre y cuando no
estuviera de viaje para «predi- car». Aunque estaba completamente
sobrecargado de trabajo, ahora vol- vía a estar relativamente satisfecho
después de mucho tiempo, pues había
«encontrado un objetivo firme, en el que tengo puesta la vista sin cesar:
¡Libertad para Alemania! (...) Me alegro de que mis fuerzas estén
aho- ra al servicio de una gran misión. Es cierto que nuestro
periódico de Elberfeld es todavía de poca monta, pero para eso soy
joven y atrevido, para hacer de él algo decente.Yo mismo me tengo
que forjar mi fama, pues no hay nadie que a mí, pobre diablo, me lo
dé todo hecho».22
Goebbels escribía para el Vólkische Freiheit artículos polémicos
con un estilo logrado. Ahí estaba el «Diario político», continuado
casi en cada edición, en el que denunciaba críticamente todos los
aconteci- mientos posibles de la política exterior, como por ejemplo el
Plan Dawes, con el que los vencedores fijaron de nuevo la cuantía de
las reparacio- nes, o en política interior los supuestos delitos de los
«corruptos polí- ticos del sistema». En los «Reflejos de luz»,23 que
firmaba como «Ulex», su antiguo nombre de la corporación
estudiantil, sacaba breves noticias que iban desde lo irónico a lo
ridículo, pasando por lo grotesco, como por ejemplo sobre el
canciller del Reich Marx: «Su política fue a menu- do cualquier cosa
menos buena. Pero siempre fue bienintencionada y sincera. Se ha
dejado engañar a menudo por los demás, pero él no ha
querido nunca engañar a nadie». 24 En esta misma sección atacaba sobre
todo a prominentes periodistas judíos, como al «granuja judío Jakob
Cohn, alias Jackie Coogan», a Siegfried Jacobsohn, el editor del
Weltbühne, o a Theodore WolfF del renombrado Berliner Tageblatt, a
quien una vez le solicitó trabajo en vano, de lo cual ahora se estaba
vengando.
Además de las secciones que se repetían con regularidad, entre las
que también se contaban los artículos «De mi carpeta del día», el redac -
tor del Volkische Freiheit, quien en algunos números escribía personal-
mente dos tercios del pequeño periódico —la mayoría de las veces tenía
cuatro o cinco páginas— redactaba también patéticos artículos de fon-
do como «Catástrofe del liberalismo», 25 «El fiasco de la literatura ale-
mana moderna»,26 «Industria y bolsa»,27 o «Cuestiones culturales nacio-
nales»,28 en los que propagaba una y otra vez las tesis centrales de su
ideario. En su tratado sobre el «Problema del líder»29 pone de relieve
los puntos débiles del «sistema» de manera demasiado enfática, pero aun
así certera: «El líder democrático es un líder por gracia de las masas.
Tiene que favorecer constantemente los bajos instintos de las masas para
mantenerse con vida. Trabaja para el día y no para la época. Su obra es
para el partido y no para la generación. Se ve obligado de continuo a
presentar al pueblo éxitos momentáneos, de lo contrario es barrido por
sus insatisfechos votantes (...) así prefiere llevar a la nación a la ruina
nacional, de un éxito pasajero a otro. Por otra parte, muy pronto se ve
abocado a la más abrumadora dependencia de los poderes del dinero y
del negocio. Sí, sólo sube a través de estos poderes, éstos determinan su
elección y él se degrada a sí mismo al estatus de mercenario de la bolsa
y del capital. Así se ve coartado en su actuación política por ambas
partes. Por una parte tiene que ganarse el veleidoso aplauso del pueblo,
por otra rendir pleitesía al peligroso poder del dinero».
Al político democrático así caracterizado oponía Goebbels el «ideal
heroico del Führer». En su opinión, uno de los mayores méritos del
movimiento nacional en cuanto al proyecto alemán era que se hubiera
realzado claramente este «ideal heroico del Führer». «No es la masa la
que lleva en sí el proyecto de futuro, sino el individuo fuerte, que tie ne
el valor y la voluntad de vivir y de sacrificarse. La masa está muer-
ta, ¿cómo va a alumbrar nueva vida? Pero el hombre fuerte está vivo.
Tiene vida e infunde vida.Tiene fuerza para despertar a los muertos. A
nosotros nos corresponde creer en esta fuerza y confiar en ella, servirla
solícita y desinteresadamente».30
Aunque Goebbels no mencionaba el nombre de Hitler en este artí-
culo del Vólkische Freiheit del 20 de septiembre de 1924, no dejaba lugar
a dudas de que veía en él la encarnación del «ideal heroico del Führer»,
pues el redactor de este periódico de lucha colocó debajo de su artí -
culo unas palabras de Hitler a los jóvenes. Incluso dedicó el Vólkische
Freiheit del 8 de noviembre31 exclusivamente a Hitler, detenido en la
prisión militar de Landsberg. Adornaba la primera página del «número
de Adolf Hitler», bajo el título de «Al gran tamborilero por el rena-
cimiento nacional», un retrato suyo dibujado junto con la demanda de
que fuera devuelto al pueblo alemán. En el «Diario político» de la
siguiente edición celebraba a Hitler como al «gran apóstol alemán» que
tenía que padecer por sus ideas. Era el destino de todos los grandes
hombres ser despreciados y perseguidos por sus creencias, escribió Goeb-
bels, asegurando acto seguido que millones de corazones seguían latien-
do con una fe absoluta «en el único». En qué medida el redactor, para
disgusto de su editor nacional Wiegershaus, había elegido ya entonces
como mediador de su fe a aquel Hitler con el que no se había encon-
trado nunca y del que no había leído nada, lo ponen de manifiesto sus
demás comentarios laudatorios: «Él nos ha vuelto a enseñar la vieja leal-
tad alemana; vamos a mantenerla hasta la victoria o hasta la caída. Agra-
dezcamos al destino que nos haya dado a este hombre, el timonel en la
necesidad, el apóstol de la verdad, el guía hacia la libertad, el adepto, el
fanático del amor, el que clama en la lucha, el héroe de la lealtad, el sím-
bolo de la conciencia alemana».32
Aun cuando el distrito de Renania-Norte exigiera al gobierno báva-
ro que liberara a Hitler inmediatamente y además telegrafiara al preso
que confiaban «en que nuestro Führer (...) volviera a tocar pronto el
tambor de la libertad»,33 sin embargo persistían aquí también las dife-
rencias entre los nacionales y los nacionalsocialistas. Los frentes se recru-
decieron con el resultado del 7 de diciembre en las segundas eleccio-
nes al Parlamento del año 1924, en las cuales el número de votos para
el Movimiento Nacionalsocialista por la Libertad de la Gran Alemania
bajó en más de un millón hasta los 907.000 (en el distrito de Renania-
Norte el movimiento cayó del 6,4 al 1,25 por ciento). Goebbels escri-
bió en el Volkische Freiheit con toda franqueza de qué lado estaba bajo
el título «La necesidad del momento. ¡Unirse!». Echaba la culpa de la
«batalla perdida» a los nacionales. «Necesitamos luchadores, no cobar-
des, no burgueses, no caciques y no mandatarios». No, el movimiento
necesita luchadores «que lleven en nosotros el pensamiento nacional-
socialista puro (...) la adhesión incondicional al socialismo,que es nues-
tro destino y nuestra histórica misión universal (...) a una nueva fe, a
la firme confianza en la victoria definitiva». Exhortaba enérgicamente
a sus compatriotas a poner la idea «por encima de todo (...) entonces
encontraremos el valor para, en la lucha por esta idea, pasar por enci -
ma de cosas y personas con la seguridad intuitiva del revolucionario
nato».34
El preludio de «Leipzig», que, como había escrito Goebbels en su
llamamiento a la «unión», seguiría al de «Jena», comenzó justo el día en
que salió el Volkische Freiheit con los comentarios de su redactor sobre
las elecciones parlamentarias. Probablemente el mal resultado del movi-
miento abrió a Hitler la puerta de la prisión militar de Landsberg el 20
de diciembre de 1924, después de menos de nueve meses, aunque esta-
ba condenado a cinco años de arresto. Caminaba hacia la libertad un
hombre que ya mucho antes de su excarcelación había anunciado que
haría una «clara criba» entre sus partidarios planteándoles una única pre-
gunta: «¿Quién debe ser el Führer político?». 35 Planteársela al pequeño
redactor cojo del Volkische Freiheit estaba de más. Éste celebró exalta-
damente a Hitler, al que seguía sin conocer, como «la encarnación de
nuestra fe y de nuestra idea. La juventud de Alemania vuelve a tener a
su Führer. Esperamos su consigna».36
La consigna dada por Hitler fue la separación de los nacionales, a los
cuales en la primera parte de Mi lucha, que acababa de terminar, desig-
naba como «sonámbulos» a los que se deja decir disparates para reírse
de ellos,37 y la nueva fundación del NSDAP, cuya prohibición se levan-
tó en todo el Reich en febrero de 1925. El 26 de febrero volvió a
salir por primera vez el Volkischer Beobachter [Observador nacional]. En
el edi- torial de Hitler «Un nuevo comienzo», en las «directrices para
la orga- nización del partido» publicadas al mismo tiempo y en su
discurso del día siguiente cuidadosamente escenificado en la
cervecería de Munich Bürgerbráukeller, reivindicaba el liderazgo en
solitario rechazando todas las condiciones y exhortando a los
compañeros del partido a poner fin a la discordia y a hacer política.
Puesto que fue ensalzado, y no sólo por Goebbels, logró con una
única intervención lo que Ludendorff, Stras- ser y otros se habían
esforzado en vano por conseguir durante su ausen- cia: la unidad del
movimiento.
Hitler confió la nueva organización del NSDAP en la Alemania
noroccidental exclusivamente a Gregor Strasser, que estaba plenamen-
te comprometido con él. «Si vivo por una idea, seguiré y me
declararé partidario de aquel de quien sé que impulsa mi idea
suprema de la manera más enérgica y con la mayor probabilidad de
éxito».38 El recio y sobrio descendiente de la alta burguesía bajo-
bávara, con sus ideas de un socialismo alemán muy próximas a las
de Goebbels —aunque por una motivación bien distinta— se puso
así al servicio del nacionalso- cialismo y se convirtió en organizador
del movimiento de Hitler. A tra- vés de él, con quien Goebbels ya
había hablado una vez el año anterior durante la conmemoración de
Tannenberg en Elberfeld,39 tuvo que pasar el camino de Goebbels
hacia Hitler. Por eso, ya antes de que aca- bara el año 1924, el
elocuente orador y propagandista del pie torcido se había dirigido a
Karl Kaufmann, persona de confianza de Strasser a la que había
conocido en las elecciones parlamentarias de 1924.40 Al antiguo
«combatiente del Ruhr» y del cuerpo franco, quien antes del golpe
de noviembre en Munich ya había enviado a Hitler desde Elber- feld
pruebas de lealtad,41 Goebbels intentó ofrecerle sus servicios, pues
sabía que sus días como redactor del Volkische Freiheit conWiegershaus
como editor estaban contados. En efecto, el 20 de enero de 1925
éste le envió su despido de facto. Después de que los amigos de
Goebbels hubieran declarado ahora que la separación de los nacionales
ya se había llevado a cabo —argumentó Wiegershaus— él podía
«dar por hecho
que usted renuncia por decisión propia a proseguir con la
redacción».42 Con la retirada de Goebbels, el Volkische Freiheit
también suspendió su publicación.
Sólo cuando el 22 de febrero de 1925 se inauguró en Hamm la
nueva organización del NSDAP en el norte de Alemania bajo la
direc- ción de Gregor Strasser, se vislumbró una posibilidad de
trabajo para Goebbels, que se había afiliado de inmediato al
partido.43 En marzo, durante un encuentro de líderes
nacionalsocialistas en Harburg, fue nombrado, a propuesta de
Kaufmann, secretario general del distrito Renania-Norte,44 cuya
dirección se encomendó al escritor germano- báltico Axel Ripke.
Según se desprende de los informes de la policía de Wuppertal, que
observaba al NSDAP por su orientación anticons- titucional,
Goebbels, que se había instalado en una pequeña y barata vivienda
de la calle Holzerstrasse de Elberfeld, aparecía ahora en cali- dad de
secretario general «en todos los actos solemnes (...) como ora- dor;
además es el encargado de las tardes de conversación establecidas
por el líder K. Kaufmann de la delegación local del NSDAP en
Elber- feld».45
Ahora se repetían las apariciones de Goebbels, que entretanto
había descubierto por medio de la práctica el efecto de la palabra
hablada. Entre el 1 de octubre de 1924 y el 1 de octubre de 1925
pronunció 189 discursos incendiarios, sobre todo en Renania y en el
resto del noroeste del Reich. Una de sus «grandes» intervenciones
tuvo lugar durante la conmemoración de Schlageter en la extensión
de Golzheim en Dusseldorf, cuando habló delante de 1.300
asistentes. El militante de la resistencia ejecutado allí en el verano
del año anterior por las tro- pas de ocupación francesas fue
glorificado como mártir de la «guerra del Ruhr». Convencido del
particular efecto emocional que provoca- ba entre los oyentes el
destino del individuo como «víctima», el secre- tario general del
distrito pronto «descubrió» a Hans Hustert, miembro de un cuerpo
franco que cumplía condena en presidio por el atentado con ácido
cianhídrico que perpetró contra el alcalde de Kassel, Schei- demann.
Este, que había proclamado la república en 1918, se había con
vertido en un símbolo de la «época del sistema».
Los grupos a los que se dirigían los nacionalsocialistas eran,
además de los pequeñoburgueses que se estaban empobreciendo, los
trabaja- dores y los desempleados; el principal adversario era por
tanto el pode- roso Partido Comunista, que al igual que el NSDAP
alegaba querer sus- tituir la república de Weimar por un «justo orden
social». Así pues, la agitación del NSDAP y de su orador Goebbels
se tenía que dirigir en primer lugar contra el KPD, si es que el
partido quería superar sus comienzos sectarios y convertirse en un
movimiento de lucha con una adhesión fanática de las masas. Las
consecuencias fueron en ocasiones serios encontronazos con los
comunistas, como por ejemplo a princi- pios de junio durante una
consagración de la bandera en la zona mon- tañosa de Remscheid.
Los dos partidos arremetieron uno contra otro como fuera de sí. Se
detuvo a 120 comunistas, dos policías resultaron heridos de bala
dum-dum y él estuvo «en medio de todo», apuntó Goeb- bels, que no
evitó el peligro porque, si antes no había sido apto para el servicio
militar, ahora podía por fin mostrar a los demás que no le fal- taba
valor.46
En el blanco de la agitación goebbeliana contra el odiado
«sistema» se encontraba desde primavera sobre todo la política
exterior de Stre- semann. Sin ni siquiera haberlo analizado de cerca,
introdujo a la fuer- za dentro de su corsé ideológico el tratado de
Locarno, que se estaba perfilando —con el que el Reich reconocía
las fronteras occidentales existentes, siendo desalojada a cambio
antes de tiempo una parte del territorio ocupado—, así como las
negociaciones sobre el pacto de segu- ridad con la Unión Soviética. A
sus ojos, la exitosa política exterior de Stresemann se convirtió en
una «funesta mezcla de engaño, cinismo, infamia y fariseísmo»,47
cuyo verdadero trasfondo era la «conjuración internacional del
judaismo», que utilizaba el capitalismo y el marxismo para sus
aspiraciones hegemónicas mundiales.
Como secretario general del distrito, Goebbels se dedicó en ade-
lante de manera más intensiva a la organización de la propaganda.
Con Prang ya había discutido al respecto en calidad de redactor del
Volkis- che Freiheit. Había conseguido ganarse al amigo para tres
artículos en serie sobre los principios de un trabajo propagandístico
adecuado a los
tiempos.48 Puesto que se creía que sólo se podía movilizar a las masas
por medio de un «aparato de prensa y propaganda metódicamente de-
sarrollado», estaba claro, como escribía Prang, que el trabajo debía
comen- zar en las delegaciones locales. Su «misión más distinguida»
consiste en
«crear también, aparte de la directiva (...) un puesto de propagandista
o, para hablar en lenguaje de negocios, de jefe publicitario, que sólo se
podría encomendar a un simpatizante resuelto, enérgico y entendido
en cuestiones nacionales. Este hombre tiene que dedicar toda su aten -
ción, dentro del ámbito propagandístico a su cargo, a difundir el perió-
dico oficial del distrito y a distribuir folletos y material propagandísti-
co».49
Goebbels trabajaba ahora a nivel de distrito según estas directrices.
Entre otras cosas, diseñó modelos para la propaganda en octavillas. Entre
las secciones del partido encontraron gran difusión —publicados por él
— los 15 diseños para carteles u octavillas para anunciar conferencias del
NSDAP.50 Se basaban en «magistrales» patrones de Hitler,51 quien por
su parte se había ocupado del significado central del trabajo
propagan-
dístico para la política y lo había escrito en su libro recién publicado.
En abril aparecieron por primera vez las llamadas «cartas de
informa- ción» del distrito Renania-Norte redactadas por Goebbels,52
que estaba trabajando febrilmente. Se trataba de circulares con
directrices y noticias sobre todo para las distintas secciones.
En ellas escribía Goebbels también sobre la cuestión central que
había contribuido a la ruptura con los nacionales y que ahora se dis-
cutía entre gran polémica en todas las filas del NSDAP del norte de
Alemania, a saber, si en el partido debía tener prioridad el
nacionalis- mo o el socialismo. En la secretaría de Elberfeld se había
llegado inclu- so a desavenencias. Mientras que Goebbels y
Kaufmann concedían cla- ra prioridad al socialismo, Ripke, el
director del distrito de Renania-Norte, defendía al parecer la opinión
contraria. A mediados de abril escribió Goebbels en su diario:
«Odia (...) mi radicalismo a muerte. Sólo es un burgués camuflado.
Con éste no se hace ninguna revolución.Y lo peor de todo: puede
apoyarse en Hitler». Pocas líneas más abajo se dice: «Adolf Hitler, no
puedo perder la esperanza en ti».53
Goebbels entendía que Ripke faltaba a la verdad sobre Hitler; Hitler
estaba más bien —como poco después anotó— «en la vía de la
lucha de clases».54
Por una parte estaban las constantes diferencias con Ripke, quien
había calado bien a su secretario general al calificarle como
peligroso, porque creía lo que decía; por otra estaban como siempre
los apuros económicos. Los pocos marcos que Goebbels recibía de la
limitada caja del partido en concepto de reembolso de gastos no le
llegaban siquiera para vivir. Por eso se las arreglaba más mal que
bien, y tenía que seguir tomando dinero prestado. A finales de abril
—como tantas veces a lo largo de su vida— no sabía ya qué hacer.
Probablemente tendría que poner punto final a Elberfeld, pues se le
estaba acabando el «maldito dinero», escribió con resignación, pero
sin perder la ocasión de ensal- zar su propio trabajo político con un
asomo de megalomanía: el pue- blo alemán apenas puede confiar en
la salvación, pues contamina, deni- gra o deja morirse de hambre a
«los líderes que el destino le ha brindado».55
Goebbels, que incluso llegó a temer que Ripke quisiera
expulsarles del partido a él y a Kaufmann,56 aun así no se dio por
vencido, sino que siguió discutiendo con el «burgués radicalizado»
sobre la cuestión de qué querían en realidad los nacionalsocialistas.
«¿Sólo quebrantar el Tra- tado deVersalles o, más aún, poner en
marcha el socialismo?». Para él la pregunta central era qué pensaba
Hitler, pues sin duda partía de que su visión de las cosas debía ser
idéntica a la suya. «La segunda semana des- pués de Pentecostés
sacaremos algo en claro».57Y es que en esa semana debían reunirse en
un congreso enWeimar los jefes de los distritos del norte y del
noroeste de Alemania, si bien éste no tuvo lugar realmente hasta el
12 de julio de 1925.58
En la mañana de ese día, en un local de reuniones llamado Erho-
lungssaal (sala de descanso), Goebbels se encontró por primera vez
con Hitler.59 En el congreso de jefes de distrito, que sólo es
mencionado brevemente en un informe de Hinrich Lohsejefe del
distrito de Schles- wig-Holstein, el Führer pasó por alto una vez más
cuestiones de prin- cipios y, en lugar de ello, se celebró a sí mismo
como ideología. Gre-
gor Strasser quedó muy impresionado de su intervención en Weimar
y afirmó que sólo Hitler era el verdadero motor del partido. 60
¡Cuánto debió de entusiasmarse Goebbels en esa primera ocasión!
No se ha transmitido su reacción directa, pero sí que después de
Weimar creía todavía con más firmeza en su Führer.
En todos los aspectos en que Hitler no satisfacía las expectativas
de Goebbels, éste lo achacaba categóricamente a la mala influencia
de su entorno de Munich. A su juicio, en especial Hermann Esser, un
anti- guo compañero de lucha de Hitler de la época del DAP [siglas
germa- nas del Partido Alemán de los Trabajadores] era la «perdición»
de Hitler.61 De hecho, algunos militantes volvieron la espalda al
partido por causa de Esser, pues el desenfrenado antisemita, que había
sido el director pro- pagandístico del NSDAP hasta 1923, había
demostrado ser cuestiona- ble por su carácter. El Führer, que se
esforzaba por presentarse como alguien que estaba por encima de
todo, no intervino conscientemen- te, sino que se ocupó en su lugar
de la concepción del segundo volu- men de Mi lucha. De esta
manera daba pábulo a una idea que se esta- ba extendiendo en los
círculos del partido y que después estuvo en boca de millones de
personas, articulada en la frase: «Si lo supiera el Füh- rer. ..». En qué
medida esto valía también para el secretario general del distrito
Goebbels lo evidencia asimismo su idea de que podría salvarle del
influjo de las «personas equivocadas» y ganárselo totalmente para
los socialistas del noroeste de Alemania si consiguiera alguna vez estar
a solas con él dos horas.62
Goebbels, quien por su radicalidad era llamado «Robespierre» en
la secretaría del distrito por sus compañeros de partido,63 cuanto
más se acercaba emocionalmente a Hitler, tanto más veía en la
actuación del odiado Ripke una falta de lealtad respecto a él, como
cuando aquél se unió a algunos jefes de distrito del noroeste de
Alemania que a media- dos de abril de 1925 habían propuesto
«encomendar a las distintas jefa- turas de distrito la expedición de
los libros de militancia» y no a la ofi- cina central de Munich.64
Aparte de la «extraordinaria sobrecarga» de ésta, fundaron su
intento en que la organización del partido en el no- roeste de
Alemania tenía una avanzada estructura.65 Aunque inmedia-
tamente Munich comunicó de manera categórica que el «Señor
Hitler» daba gran importancia a que la expedición de los libros de
afiliación fuera gestionada exclusivamente por la secretaría de
Munich,66 Ripke no acató la orden.
Puesto que hacía mucho que Goebbels tenía claro que o él o Rip-
ke tendrían que «caer»,67 con la cuestión de los libros de militancia
se presentó la deseada ocasión de derribar a su jefe de distrito. Su
com- portamiento, es decir, enviar a Munich la cuota de ingreso por
valor de un marco, la voluntaria contribución extraordinaria para la
propagan- da y 10 pfennigs de la cuota mensual de socio, de al
menos 50 pfen- nigs, pero sin presentar allí las listas de miembros, le
hizo a Goebbels y a Kaufmann relativamente fácil poner a Ripke
bajo sospecha de mal- versación. Enseguida se encontraron aliados,
entre ellos Gregor Stras- ser, que desde siempre se había figurado una
cosa semejante.68 Después de ponerse en marcha la intriga, el jefe de
distrito se despidió hasta el cierre de la investigación, que se
convocó enseguida, pero que, al exi- gir mucho tiempo, terminó por
estancarse. Goebbels, que ahora diri- gía provisionalmente el
distrito como interino junto a su amigo Kauf- mann, quien
entretanto se había convertido «casi» en un sustituto de Richard
Flisges,69 pudo declarar con satisfacción: «Ripke está acabado, así que
podemos empezar con el nuevo trabajo».70 Éste lo inició Goeb- bels
notificando a su Führer en Munich el número de miembros de las
delegaciones locales del distrito de Renania-Norte y, por tanto,
mani- festándole su adhesión incondicional.71
El acercamiento de Goebbels a Hitler se vio favorecido en
adelan- te por los planes de Gregor Strasser, quien, en parte para
poder opo- nerse en cierta medida a la «dictadura» de Esser en la
dirección del par- tido, se resolvió a coordinar la organización de
todas las fuerzas del NSDAP en la zona noroeste de Alemania.
Además, quería crear un «órga- no de gestión intelectual para el partido»,
las Cartas nacionalsocialistas.72 El 20 de agosto de 1925 llegó a
Elberfeld para cambiar impresiones con sus partidarios del lugar,
Kaufmann y Goebbels.73 Se acordó que Goeb- bels dirigiera la revista
con Strasser como editor. Entre otras cosas por- que el puesto de
redactor le reportaría un sueldo mensual de 150 mar-
eos,74 Goebbels anotó con gran satisfacción en su diario que con las
Cartas nacionalsocialistas se conseguía ahora un «medio de lucha contra
los rancios caciques de Munich», con el que por fin se harían
respetar por Hitler.75
En la reunión del 10 de septiembre en Hagen, en la que participa-
ron el jefe de distrito TheodorVahlen (Pomerania), Hinrich Lohse
(Schleswig-Holstein), el capitán retirado Franz von PfefFer
(Westfalia), Robert Ley (Renania-Sur) y los jefes de los distritos de
Hannover, Han- nover-Sur, Hesse-Nassau, Luneburgo-Stade, Gran-
Hamburgo, Gran- Berlín, así como la jefatura provisional del
distrito de Renania-Norte, el ala de Strasser consiguió imponer sus
ideas. Se acordó fundar una
«comunidad de trabajo norte-oeste» con sede en Wuppertal-
Elberfeld. Goebbels pasaría a ser su secretario general y, como
había convenido ya con Strasser, que no asistió a Hagen, asumiría la
redacción de las Car- tas nacionalsocialistas. Aunque el redactor del
informe sobre el congreso de Hagen admitía que la impresión general
de los líderes había sido
«poco satisfactoria»76 y que, debido a diferentes concepciones
progra- máticas, de ningún modo podían entrar enjuego como
bloque contra el nocivo entorno de Hitler en Munich y sus ideas
político-reacciona- rias, Goebbels se mostró optimista. El
representante del distrito de Rena- nia-Norte, que calificó el informe
de «demasiado intelectual» y «no necesariamente fiable a primera
vista»,77 creía, en efecto, que Hitler esta- ba en vías de «pasarse del
todo a nuestro lado, pues es joven y sabe lo que es sacrificarse»78.
Puesto que Goebbels, que el 27 de septiembre de 1925 en un
con- greso en Dusseldorf fue elegido también secretario general del
distri- to de Renania-Norte —el cargo de jefe de distrito recayó en
Kauf- mann—,79 tuvo que replantearse pronto semejantes expectativas
por ser exageradas, ya que los muniqueses no desaprovechaban
ninguna opor- tunidad de intrigar ante el «jefe» contra él y Strasser,
apostó de lleno por una entrevista esclarecedora. A finales de octubre
vio la oportuni- dad para ella. Para esa fecha estaba planeado un
viaje de Hitler al no- roeste de Alemania. En el tiempo que le quedaba
hasta entonces, Goeb- bels se concentró en Mi lucha. En muchos
pasajes creía reconocer sus
propias ideas, por ejemplo cuando leyó acerca de «la doctrina judía
del marxismo», comprometida exclusivamente con el número y la
masa y que negaba la importancia de la «nacionalidad» y de la
«raza», robán- dole así a la humanidad la condición previa de su
existencia,80 o la res- puesta de Hitler al «desafio judío-marxista»,
que consiste en un «gran movimiento popular», en «erupciones
volcánicas de pasiones humanas y emociones anímicas excitadas por
la cruel diosa de la necesidad».81
Lo que evidentemente Goebbels reprimió en su totalidad al leer
el libro de Hitler fueron los juicios controvertidos entre él y el autor.
Así, no podía compartir las ideas de «su jefe» sobre una «nueva
campaña ger- mana»82 hacia el este, debido a sus simpatías por la
literatura rusa y el
«alma rusa» que en ella se expresaba, y en la cuestión social, tan
decisi- va para él, Hitler tampoco representaba precisamente la visión
de Goeb- bels, quien veía en el bolchevismo al heredero del
nacionalismo ruso. En su opinión, ningún zar había entendido los
instintos nacionales del pueblo ruso como Lenin, que a diferencia de
los comunistas alemanes no era ningún marxista internacionalista.
«Lenin sacrificó a Marx y dio a cambio la libertad a Rusia. Ahora
quieren sacrificar la libertad ale- mana a Marx».83 Goebbels atribuía
esto al «liderazgo judío» en el comu- nismo alemán. Él, quien una vez
se había definido como «comunista alemán»,84 defendía por tanto el
bolchevismo, siempre que no tuviera una base internacionalista,
para él equivalente a judía, mientras que Hitler —comprometido por
entero con el pensamiento burgués— rechazaba el bolchevismo
decididamente y veía en el eslavo al «infra- humano». En qué
mínimo grado estas divergencias afectaron en aquel otoño de 1925 a
la relación de Goebbels con Hitler lo evidencia una vez más el
hecho de que, después de acabar de leer el libro con un
«impetuoso interés», se preguntó a pesar de todo: «¿Quién es este
hom- bre? Mitad plebeyo, mitad dios. ¿El Cristo verdadero o sólo San
Juan?».85
Cuando el 6 de noviembre Goebbels encontró por segunda vez a
Hitler en Brunswick, el programa del partido siguió sin desempeñar
ningún papel. Antes bien, Goebbels se rindió por completo a la
fasci- nación del «jefe». «Vamos en coche al encuentro con Hitler
(...).Ya se levanta de golpe, ahí está delante de nosotros. Me
estrecha la mano,
como un viejo amigo.Y esos grandes ojos azules, como estrellas. Se ale-
gra de verme. Estoy absolutamente feliz».86 Goebbels sólo se
apercibió de su apariencia, de cómo se presentaba, de cómo hablaba,
y lo hacía
«con gracia, ironía, humor, sarcasmo, con seriedad, con fervor, con
pasión». Ahora anotó en su diario: «Este hombre lo tiene todo para
ser rey. El tribuno de la plebe nato. El futuro dictador».
Apenas catorce días después, en un mitin del NSDAP en Plauen,
volvieron a verse los dos hombres. Goebbels observó atentamente
que Hitler le volvió a saludar «como a un viejo amigo». Al parecer, este
últi- mo se había dado cuenta enseguida de que el pequeño hombre
cojo no era sólo la cabeza ideológica del ala de Strasser y un
brillante pro- pagandista, sino que además ensalzaba al «jefe» como
ningún otro, tal como él quería que se le viera: como al enviado de
un poder superior. Por eso Hitler halagó y «veló» por Goebbels, y
éste lo agradeció inme- diatamente con un enfático afecto: «Cómo le
quiero».87 Ahora Goeb- bels sólo quería ser el amigo de Hitler.88
Unos meses después escribió sobre el encuentro de Plauen que
había sentido en «lo más hondo del alma» la «satisfacción» de estar
detrás de un hombre que encarnaba en toda su persona la voluntad de
libertad. «Hasta entonces era para mí un jefe. Luego se convirtió en
un amigo. Un amigo y un maestro al que me siento unido por una
idea común hasta las últimas consecuencias».89
Con la imagen del «jefe» como equipaje y su «saludo a Renania»
todavía en el oído, Goebbels marchó de Plauen a Hannover, donde
el 22 de noviembre de 1925, «con autorización expresa» de Hitler, se
fun- dó oficialmente la «comunidad de trabajo del noroeste».90 Sus
miem- bros se comprometían según el parágrafo 12 del estatuto a
«servir con espíritu de compañerismo a la idea del nacionalsocialismo
bajo la direc- ción de su Führer Adolf Hitler».91 De esta manera, el
distrito del NSDAP del norte de Alemania se hizo independiente hasta
cierto grado, sin que se vieran menoscabadas en lo más mínimo las
pretensiones de mando de Hitler.
En la controvertida cuestión del futuro curso político, los jefes de
distrito y funcionarios del partido reunidos en Hannover acordaron
concluir un programa de inmediato. Gregor Strasser había
elaborado
ya un amplio borrador sobre las «cuestiones fundamentales del
nacio- nalsocialismo», que debía ser remitido a los jefes de distrito
tras la reu- nión de Hannover. Además, se encargó a Kaufmann y a
Goebbels, quien consideraba «deficiente» el borrador de Strasser,92 la
presentación para mediados de diciembre de un detallado borrador del
programa. A par- tir del conjunto de borradores y posicionamientos
se debería aprobar un proyecto programático asumido por todos en
el congreso convoca- do para el 24 de enero de 1926 otra vez en
Hannover.
A principios de enero, Goebbels terminó el documento, en el que
había trabajado durante noches enteras en la secretaría de Elberfeld,
situada en la Holzer-Strasse. No se nos ha transmitido. De todos
modos, su contenido se puede reconstruir a partir del Pequeño ABC
del nacio- nalsocialista elaborado por él más de dos meses antes.93
Según éste, el objetivo de la política del NSDAP debía consistir en
luchar por los dere- chos de «libertad y pan» del «sector oprimido de
los compatriotas ale- manes». «Para llegar a ser una nación, hay que
dar a su sector oprimi- do independencia política, libertad y
propiedad». Por eso exigía una reforma agraria para la
reestructuración y limitación de la propiedad privada, mientras que
en el sector industrial, de «capital productivo», perseguía la
nacionalización de importantes empresas. El principal ene- migo de la
«libertad alemana nacionalsocialista» lo veía en el «capitalis- mo
bursátil». «El capital bursátil no es un capital productivo, sino para-
sitariamente especulativo.94 Ya no está vinculado a la tierra, sino
que carece de suelo y es internacional; no trabaja de manera
productiva, sino que se ha abierto paso en el desarrollo normal de la
producción para sacar intereses de ella. Se compone de valores
muebles, es decir, de dine- ro en metálico; sus principales titulares son
los grandes capitalistas ju- díos, que tienen el afán de hacer que los
pueblos productivos trabajen para ellos, y de llenar sus propios
bolsillos con el rendimiento del tra- bajo». El «capital bursátil» junto
con su «reclamo», el sistema parlamen- tario-democrático, trabaja
mano a mano con los líderes del marxismo, pues éstos proceden de
la misma raza judía. Ambos son los principales enemigos de la
libertad alemana. Contra ellos, los nacionalsocialistas quieren«hacer
la guerra a muerte». Goebbels escribió en su diario que
debido al programa tendría probablemente que librar una «dura
lucha» con la «comunidad de trabajo». «Pero no podrán rebatirme
nada serio. Ya he examinado todas las objeciones».95 Esto lo
consideraba indis- pensable, sobre todo porque entretanto algunos
jefes de distrito ya ha- bían criticado duramente el borrador que se
había distribuido de Gre- gor Strasser,96 quien pensaba de modo
parecido en muchas cuestiones centrales. Goebbels sabía que, aparte
de su confuso pensamiento socia- lista, sería particularmente
complicado imponer entre los jefes de dis- trito sus ideas en materia
de política exterior.
Goebbels, que en diciembre había empezado a leer la «profética
visión» de Arthur Moeller van den Bruck, El Tercer Reich,97 rechazaba
una orientación occidental de la futura Alemania nacionalsocialista. Ya
siendo un joven estudiante creía haber descubierto a través de la
recep- ción de los dramaturgos rusos que la idiosincrasia del pueblo
ruso esta- ba emparentada con la del alemán; también en ella se
reflejaban las cues- tiones fundamentales de la existencia humana.
Como redactor del Volkische Freiheit había escrito en 1924 que en
Rusia entonces se estaba llevando a cabo la misma lucha «de gran
depuración nacional» que en Alemania. Estaba convencido de que
Rusia «un día amanecerá con el espíritu de su más grande pensador,
con el espíritu de Dostoievski». En este sentido, Goebbels se
imaginaba una Rusia «liberada del inter- nacionalismo judío», que
luchando conseguiría el «estado nacional socia- lista» como «eterna
negativa al materialismo». Rusia recorrería con Ale- mania este camino
y sería el modelo de Alemania, porque «es el aliado que la naturaleza
nos ha dado contra la diabólica tentación y corrup- ción de
Occidente», había polemizado en las Cartas nacionalsocialistas.98
Cuando el 24 de enero de 1926 se reunieron en Hannover los jefes
de los distritos del norte de Alemania para discutir el futuro
programa del partido, el secretario general de la «comunidad de
trabajo» recibió duras críticas, como se esperaba, a causa de sus
ideas en política exte- rior. Uno de los portavoces de los ataques que
Goebbels sintió como
«desmedidos» fue Feder, venido desde Munich, al que Goebbels
llamó despreciativamente «vasallo de los réditos» y «cactus de la
revaloriza- ción»."Tras un interminable debate, finalmente Goebbels
«disparo con
toda furia —como escribió en su diario no sin exagerar—: Rusia,
Ale- mania, capital occidental, bolchevismo... hablo media hora,
una ente- ra. Todos escuchan sin parpadear. Y luego una aprobación
impetuosa. Hemos vencido (...). Se acabó: Strasser me estrecha la
mano. Feder pequeño y feo».100
Sin embargo, el congreso no transcurrió de manera tan triunfal,
pues lo que se aprobó unánimemente en Hannover se declaró
material para una proyectada revisión del programa de 25 puntos
elaborado por Feder. Junto con la decisión de crear a partir del 1 de
marzo de 1926 un perió- dico —El Nacional Socialista— para la zona
norte de la «comunidad de trabajo», siendo Gregor Strasser el
redactor jefe, en una editorial de lucha fundada expresamente para
este fin, también se aprobó en Han- nover una resolución sobre la
cuestión, controvertidamente discutida, de la indemnización a los
príncipes. Los socialdemócratas y los comu- nistas habían
presentado en el Parlamento la propuesta de realizar un plebiscito
sobre la cuestión de si se debía llevar a cabo una expropia- ción de
los bienes inmuebles del rey y los príncipes de manera que su
propiedad pasara a la república. Esta moción no sólo preocupó a la
opi- nión pública de izquierdas, sino también a las clases medias, que
veían con indignación cómo los príncipes recibían indemnizaciones
mien- tras que el gobierno del Reich se negaba a compensar al gran
número de pequeños rentistas que habían ayudado a financiar los
empréstitos de guerra. En la resolución de Hannover se rechazó,
como era de espe- rar, una indemnización, tal como la que defendían
sobre todo los muni- queses. No obstante, se evitó agravar el
conflicto innecesariamente, expresando en la resolución que no
querían adelantarse a la decisión de la central del partido.101
Asimismo se declaraba que la cuestión de la indemnización a los
príncipes «no es una cuestión que afecte al parti- do como tal en sus
intereses fundamentales».
Así pues, Hannover no fue ningún «desafío» a Hitler, tal como
hizo circular tras la Segunda Guerra Mundial el hermano de Gregor
Stras- ser, Otto; tampoco es cierto que Goebbels, durante el debate
sobre la indemnización a los príncipes defendida por Munich y
rechazada estric- tamente por él, «se pusiera en pie de un salto» y
exigiera con «cortan-
te desdén» la exclusión del partido del «señor Hitler», 102 según afirmó
después Otto Strasser. Al contrario: por Navidades Hitler le había envia-
do a Goebbels un ejemplar de su libro encuadernado en piel, que éste
calificó como el «regalo de Navidad más bonito», máxime cuando venía
con una dedicatoria del autor que valoraba la «ejemplar lucha» de Goeb-
bels. A principios de febrero Hitler le había escrito personalmente, lo
que supuso una «gran alegría»103 para Goebbels, tan receptivo a cualquier
elogio y que ahora coleccionaba «encantado» fotografías «de él» 104 como
antes estampitas de Cristo y María.
Tanta admiración, tanto entusiasmo le unía a «su Hitler» que dio por
hecho que se ganarían a éste definitivamente para el socialismo, tal como
él lo entendía, cuando Hitler por su parte le invitó a Bamberg a un con-
greso de dirigentes «para tomar posición con respecto a una serie de
importantes cuestiones que de momento están en el aire». 105 El opti-
mismo de Goebbels se vio reforzado con los comentarios de Gregor
Strasser, que el 10 de febrero le informó acerca de un compañero del
partido que se había puesto más de su lado.106 Así anotó Goebbels en
su diario: «En Bamberg seremos la bella esquiva y atraeremos a Hitler
a nuestro terreno. En todas las ciudades observo con gran satisfacción
que nuestro espíritu marcha, es decir, el socialista. Ya nadie cree en
Munich. Elberfeld se convertirá en la meca del socialismo alemán».107
Cuando el 13 de febrero de 1926 Goebbels se reunió en Bamberg
con Strasser para trazar el «plan de operaciones» antes de que comen-
zara el congreso,108 ambos estaban todavía «de buen humor», pues no
sospechaban que Hitler iba a ser su adversario. A través de Feder estaba
informado acerca de los congresos de la «comunidad de trabajo» en
Hannover;109 la resolución allí aprobada sobre la indemnización a los
príncipes estorbaba sus esfuerzos con respecto a la burguesía y la eco-
nomía. Con la misma antipatía debió de ver Hitler la continua discu-
sión sobre un futuro programa del partido, ya que esto le comprome-
tería y cercenaría su omnipotencia como Führer del movimiento.
Con el objeto de crear las condiciones necesarias para corregir el
rumbo introducido por la «comunidad de trabajo» en el NSDAP, Hitler
había convocado la reunión con muy poca antelación y además se había
reservado el exacto orden del día. La primera medida tuvo como
con- secuencia que faltaran algunos de los más renombrados jefes de
distri- to de la «comunidad de trabajo», como el programático
Ludolf Haase, futuro jefe del distrito de Hannover-Sur y Gotinga, o
el capitán Franz von Pfeffer, líder de las SA y jefe del distrito del
Ruhr, de manera que los jefes de los distritos del sur de Alemania,
reforzados por diputados del Reich y del land, constituían la mayoría
entre los aproximadamen- te sesenta asistentes. De este modo,
aunque la «comunidad de trabajo» de los jefes de los distritos del
norte estaba bien representada, los por- tavoces de la oposición a la
indemnización a los príncipes y de la revi- sión del programa se
reducían esencialmente a Gregor Strasser y a Goeb- bels.
El congreso de dirigentes de Bamberg se inauguró el 14 de
febrero con las «declaraciones normativas» de Hitler «sobre la posición
que toma el nacionalsocialismo respecto a las cuestiones actuales más
importan- tes».110 Habló con gran énfasis durante varias horas. Una
vez que ter- minó por fin, agotado, y tras haber desestimado casi
todo lo que movía a Goebbels y a sus amigos, éste estaba «como
fulminado. ¿Qué Hitler es éste? ¿Un reaccionario? Increíblemente
torpe e inseguro. La cues- tión rusa: completamente desacertada.
Italia e Inglaterra aliados natu- rales. ¡Horrible! Nuestra misión es la
aniquilación del bolchevismo. ¡El bolchevismo es una trama judía!
Tenemos que heredar Rusia. ¡180 millo- nes de personas! La
indemnización a los príncipes. El derecho es el dere- cho, también
para los príncipes. La cuestión de la propiedad privada,
¡no menearla! (sic). ¡Espantoso!».111 Como fulminado por la
interven- ción de Hitler debía de estar también Gregor Strasser, que
ahora tomó la palabra. Habló «atropelladamente, temblando, con
poca habilidad», constantemente interrumpido por los gritos de los
partidarios de Hitler del sur de Alemania. Ahora todos esperaban al
elocuente pequeño doc- tor, que se había hecho anunciar en Bamberg
como el «adalid de la idea nacionalsocialista en Renania».112 Pero éste
no habló, para estupefacción de Strasser y del resto de alemanes del
norte, con lo que la táctica del Führer de desligar a Goebbels de la
falange de Strasser registró un primer éxito importante justo en el
momento adecuado. Es más,
con el mutismo de Goebbels fracasó el intento de la «comunidad de
trabajo» de determinar el curso futuro del NSDAP y de hacer de Elber-
feld una «meca del socialismo», y tropezó en el principio del Führer, en
la omnipotencia y adhesión incondicional que reivindicaba Hitler.
Si Goebbels no había hablado en Bamberg, había sido porque su
fe en Hitler y su misión histórica era más fuerte que su ideología
socia- lista. ¿No había escrito él en el Michael que no importaba
tanto en qué se creía, como creer? Puesto que su fe era la clave para
sobrevivir en un mundo corrompido por el «hombre canalla» y dado
que Hitler se había convertido en la encarnación de esa fe, podía
apartarse de sus convic- ciones políticas, pero no de su Führer. A él
seguía Goebbels, aun cuan- do realzara patéticamente lo que acababa
de vivir como una «de las mayores decepciones de su vida», hasta
tal punto que durante su viaje nocturno en tren hacia Elberfeld
incluso le pareció que «ya no creía del todo» en Hitler.113 Sin
embargo, antes de que despuntara el día, tras una
«noche espantosa», Goebbels volvió a ver en Hitler a la víctima de
su entorno de Munich. Hitler no debería «dejarse atar las manos por
los sinvergüenzas de abajo», anotó en su diario en un protector
autoenga- ño. Lo que siguió escribiendo era la consecuencia de eso:
decidió pro- poner a Gregor Strasser y a Kaufmann presentarse
juntos ante Hitler
«para hablar muy seriamente con él»,114 sin que luego lo concretara,
pues temía una nueva decepción.
Así pues, por de pronto todo siguió como antes: Goebbels estaba
de parte de Strasser, quien en secreto reconoció su derrota y no
atentó contra la ilimitada autoridad de Hitler por tratarse del Führer.
La pri- mera colaboración del bajo-bávaro en las Cartas
nacionalsocialistas tras el congreso de Bamberg se asemejó a un
panegírico, en el que celebraba a «nuestro Führer Adolf Hitler»
como el «sembrador del socialismo nacional», quien había «llevado
por todo el suelo alemán el poder de su idea a través del poder de su
discurso y de la grandeza de su persona- lidad».115 Goebbels pensaba
que «el jefe» era de hecho «un gran tipo».116 Con todo, la disputa entre
la «comunidad de trabajo» y los muniqueses por el favor de Hitler
no se había aquietado. Cuando el 21 de febrero de 1926 se volvieron
a reunir los del norte en Hannover «para un asun-
to importantísimo», el resultado de sus deliberaciones rezó:
«Fortale- cernos. Conceder a los muniqueses la victoria pírrica.
Trabajar, forta- lecernos, después luchar por el socialismo».117
Pocos días después de Bamberg, Goebbels y Strasser
reemprendie- ron la lucha ya perdida. El adversario debía ser, además
del redactor jefe del Vdlkischer Beobachter, el balto-germano Alfred
Rosenberg, y sobre todo el especialista en el programa del partido,
Feder. Strasser le había hecho saber a éste que, debido a sus
declaraciones acerca de su borra- dor del programa —el de Strasser
— tenía que dar por terminada la
«relación de confianza».118 Al mismo tiempo, la secretaría de
Elberfeld bajo la dirección del «doctor» escribió que en la siguiente
asamblea general del partido a principios de marzo en Essen habría
que renun- ciar a la ponencia de Feder «sobre los fundamentos
programáticos del movimiento nacionalsocialista», a no ser que Feder
«se conformara con media hora de intervención al final del
congreso». Feder entendió esta notificación tal como estaba pensada,
«como una rotunda provocación». Envió un telegrama a Hitler y
recibió de éste la orden «de ir a Essen bajo cualquier
circunstancia»,119 ya que tenía perfectamente en mente la controversia
de Feder, el guardián del programa del partido designado por Hitler,
con los líderes de la comunidad de trabajo; y es que él mismo
quedaba fuera de las divergencias programáticas.
Por lo demás, Hitler aprovechaba cualquier ocasión para ganarse
del todo a Goebbels también en las cuestiones de contenido. Para el
8 de abril le invitó a Munich120 a él, a Kaufmann y a Von Pfeffer,
quienes dirigían en igualdad de condiciones el gran distrito del Ruhr
creado en el congreso de Essen a partir de los distritos de Renania-
Norte y Westfalia. La puesta en escena comenzó ya en la estación
central. Al bajar del tren, los hombres fueron recogidos por el
cromado Mercedes- Compresor de Hitler. Durante el viaje por la
metrópolis del Isar, les sal- taron a la vista «enormes carteles» en las
columnas publicitarias que anunciaban la intervención del «doctor
Goebbels» en la cervecería Bür- gerbráu.A la mañana siguiente los
visitó Hitler. «Está ahí en un cuarto de hora. Alto, sano, lleno de vida.
Me gusta», anotó Goebbels en su dia- rio. A la tarde siguiente, tras
horas llenas de melancólicos recuerdos de
Anka Stalherm, el pequeño hombre entró cojeando y con el corazón
palpitante en la bodega llena de humo de la Bürgerbráu. «Y
entonces hablo dos horas y media. Lo doy todo. Hay alboroto y
ruido. Al final Hitler me da un abrazo. Se me saltan las lágrimas.
Siento algo parecido a la felicidad».
Cuando Hitler, tras una comida a solas con él, abordó el conflicto
en el partido y expuso una «mezcolanza de acusaciones», en las que
Kaufmann se llevaba una «reprimenda» y Goebbels también «sale
mal- parado», este último seguía viendo en Hitler «al buen tipo».
Cuando se hubieron acabado las filípicas del «maestro», éste explicó
durante varias horas su ideario programático. Habló de Rusia, que
quiere «devorar- nos», de Inglaterra y de Italia como los aliados
naturales de Alemania, y también de la cuestión social, tan
importante para Goebbels, respecto a la cual hizo concesiones a su
invitado, aunque sin decirlo verdade- ramente en serio. Habló en
favor de «una mezcla de colectivismo e indi- vidualismo»:
«Producción, puesto que es fructífera, individual. Los consorcios,
los trust, la producción manufacturada, el transporte, etc.,
socializados». Goebbels encontró de inmediato las declaraciones de
Hitler como «brillantes» y «convincentes», pues de todos modos
hacía tiempo que estaba seguro de querer rendirse ante «el más
grande, el genio político».
En los días siguientes, Goebbels se volvió a encontrar varias
veces con Hitler. Cenaron con la querida del Führer, Geli Raubal, la
hija de su hermanastra y asistenta, y hablaron de nuevo sobre la
cuestión de la futura orientación de Alemania en materia de política
exterior. Aun- que Goebbels creía que Hitler no había comprendido
todavía el «pro- blema de Rusia» en toda su dimensión, una vez más
consideró su argu- mentación como «irrefutable».121 Finalmente
viajaron ambos con el Mercedes a Stuttgart para hablar allí. Hitler lo
elogió, lo abrazó; al pare- cer le había cogido cariño «como a
ninguno», suponía Goebbels. Inclu- so tuvo ocasión de celebrar el
treinta y siete cumpleaños del «jefe» con él, que se deleitaba
recordando la marcha en la Feldherrnhalle.122
Junto con este hombre quería Goebbels entablar la «última lucha
gigantesca» contra el «marxismo y la bolsa», una «lucha que nos
traerá
la victoria o el hundimiento».123 El propagandista, que en el año
1926 viajó de acá para allá por el Reich para anunciar a la gente su
mensaje
—dictado por el odio— acerca de un futuro mejor en un Tercer
Reich, ahora se consideraba comprometido de manera decisiva con
la planifi- cación y ejecución de esta lucha, como miembro del
«Estado Mayor», tal como escribió en un artículo del mismo
nombre que «levantó una gran polvareda», según él creía, y que
redactó todavía completamente bajo la impresión de lo que acababa
de vivir con Hitler. En él se decía:
«Está cerrado el círculo en torno a su persona, ve en usted al
portador de la idea que nos vincula al final inefable a través del
pensamiento y de la forma. La legión del futuro que está dispuesta a
recorrer hasta el fin el terrible camino a través de la desesperación y
el tormento».Y seguía: «Entonces puede que llegue un día en que
todo se hunda. Pero nosotros no nos hundimos. Entonces puede que
llegue un momento en el que el populacho se enfurezca contra usted
y grite y vocifere "¡crucifícalo!"; entonces nosotros permanecemos
inquebrantables y exclamamos y cantamos \hosanna!. Entonces está a
su alrededor la falan- ge de los últimos, que no se desesperan ni
siquiera ante la muerte. La plana mayor de los hombres de carácter,
de los de hierro, que ya no quieren vivir si Alemania muere».124
La bien calculada atención de Hitler hacia Goebbels despertó la
envi- dia y el recelo entre sus enemigos en el entorno inmediato del
«jefe». Aún a principios de mayo de 1926, Feder quería enfurecer a
Hitler con un artículo de Goebbels «verdaderamente inaudito,
contrario a la polí- tica defendida hasta ahora por nuestro órgano
central», que había apa- recido antes de Bamberg en las «Cartas
nacionalsocialistas». «Un agita- dor comunista no puede hablar» de
otra forma,125 opinaba Feder acerca de las ideas en materia de
política exterior del secretario general de la
«comunidad de trabajo». Era cierto que en vista de tales palabras se podía
«hablar (...) más fácilmente ante una asamblea con una fuerte
represen- tación comunista», pero entonces ya no era
nacionalsocialista. Feder intentaba arruinar la fama de Goebbels como
orador propagandístico.126
También en la secretaría de Elberfeld hubo desavenencias, no
tanto porque se vieran con malos ojos las muestras de favor del
«jefe» hacia
el pequeño doctor, sino porque éste intentaba cada vez menos influir
en Hitler con el espíritu de la ideología socialista. A principios de mayo
recibió Goebbels, quien seguía hablando de que Elberfeld vencería, una
«desvergonzada carta» de Kaufmann, quien le reprochaba que permi-
tiera la falta de la necesaria tenacidad. 127 Sin embargo, la «materia incen-
diaria» entre ellos pudo eludirse con una conversación esclarecedora. 128
Cuando a mediados de junio Hitler visitó el gran distrito del Ruhr 129 y
al mes siguiente acudieron al congreso del partido en Weimar,130 Goebbels
evitó en los encuentros las cuestiones programáticas, hecho que
agravó aún más las tensiones. Ahora le reprochaba no sólo Kaufmann,
sino también Strasser, que se hubiera rendido ante Munich y Hitler.
Este hecho, ampliamente divulgado, circuló entre los nacionalsocialis-
tas del norte de Alemania como el «Damasco de Joseph Goebbels». 131
Este se defendió con escritos personales a Strasser y a Kaufmann, así
como más tarde con una réplica abierta en las «Cartas nacionalsocialis -
tas», de las cuales era redactor.Allí reprochaba a sus compañeros de par -
tido que se enredaran en teorías y no supieran lo que querían en rea-
lidad. «No imaginéis lo que excede con mucho el horizonte de lo
realmente alcanzable. No prometáis lo que no podéis cumplir. No cre-
áis en un paraíso del futuro, sino "sólo" en una misión por la que mere-
ce la pena vivir. Convertios en realistas de la revolución para que un
día podáis ser realistas de la política». Afirmaba haberse rendido al «Füh-
rer (...) no con premura lisonjera», sino «con aquel viejo orgullo de los
hombres ante los tronos reales».132
Los cálculos de Hitler dieron resultado. Al ala de Strasser se le había
quitado su cabeza ideológica. El intento de proporcionar al NSDAP un
programa que superara los lugares comunes de los «25 puntos» de Feder,
entretanto declarados por Hitler como «inviolables», había fracasado, dán-
dose así el paso más importante hacia el principio del Führer. Mientras
que Gregor Strasser seguía creyendo que el «jefe» estaba aun así com-
prometido con la idea no formulada de una nueva Alemania socialmen-
te justa, y sólo años más tarde se dio cuenta de que había estado sujeto a
la mera arbitrariedad, Goebbels era su fanático servidor. Lo que tarde o
temprano se desenmascaró para Strasser y para otros millones de perso-
ñas siguió siendo sagrado para él hasta el final, pues Hitler era a su juicio
«un instrumento de esa voluntad divina que configura la historia».
Lo lejos que llegó la imaginación de Goebbels en el verano de
1926 lo demuestran numerosas anotaciones de su diario, en las que
no sólo glorificaba a Hitler como al nuevo Mesías, sino que lo ponía
en rela- ción con milagros y fenómenos de la naturaleza. Así apuntó a
finales de julio de 1926, durante una estancia en el monte de
Obersalzberg a lo largo de la cual hizo varias excursiones con su
Führer, que Hitler era un genio. «Me deja impresionado. Así es:
cariñoso, bueno, compasivo como un niño. Astuto, listo y hábil
como un gato. Estrepitosamente grande y gigante como un león. Un
buen tipo, un hombre. Habla del Estado. Por la tarde, de la conquista
del Estado y del sentido de la revo- lución política. Ideas que yo ya
había tenido, pero que aún no había expresado. Después de cenar
estamos todavía un buen rato sentados en el jardín del Marineheim
[la Casa de la Marina], y él predica el nuevo Estado y cómo lo vamos
a ganar luchando. Suena a profecía. Arriba, en el cielo, una nube
blanca adopta la forma de la esvástica. En el cielo hay una luz
rutilante que no puede ser una estrella. ¿Una señal del destino? Nos
vamos tarde a casa. En lontananza brilla Salzburgo. Siento algo
parecido a la felicidad. Esta vida merece la pena ser vivida. "Mi
cabeza no rodará por tierra hasta que mi misión esté cumplida".
Éstas fueron sus últimas palabras. Así es él. Sí, así es».133
No cabe duda de que Goebbels se veía también a sí mismo como
instrumento de la «voluntad divina», por lo cual debía doblegarse
ante Hitler, una vez más en contra de sus propias ideas.Y es que desde
junio de 1926 se pensaba en voz alta desde la dirección del partido en
Munich si destinar a Goebbels como jefe de distrito a Berlín. El
hombre de Strasser, el jefe de distrito doctor Ernst Schlange, había
renunciado a su cargo, pues la dirección del partido y la jefatura de las
SA estaban enfren- tadas sin remedio. A Goebbels, que durante los
últimos meses había pro- nunciado algunos discursos en Berlín y que
había visitado también una vez el Reichstag, no le entusiasmó la idea
en un principio. «Todos quie- ren que vaya a Berlín como salvador.
Doy gracias por el peñascal»,134 anotó; ya que él prefería mucho
más ir a Munich, junto a «su jefe».
Goebbels debía reorganizar en Berlín el partido enfrentado, que
ni siquiera contaba con 500 afiliados, y fomentar así la causa del
movi- miento nacionalsocialista. Hitler sabía que la fuerza del
partido dependía de las capacidades de sus «figuras» regionales «del
partido y de las SA». Si veía en Goebbels al hombre adecuado y, en
contra de lo que acostumbraba, no designó a alguien del lugar,135
fue porque lo consideraba un activista muy elocuente y un
intelectual incansable que le seguiría incondicionalmente.
Semejante jefe de partido, que además encajaba bien en el «rojo
Berlín» debido a sus ideas socialistas y que al mismo tiempo, como
adversario de los Strasser, debía limitar su influencia allí, era
justamente el hombre apropiado para allanarle el camino hacia la
capital del Reich y, por ende, al poder.
Durante el congreso del partido en Weimar, el 3 y el 4 de julio
de 1926, confrontado de nuevo con la idea, Goebbels se preguntó por
pri- mera vez en serio si debía ir a Berlín, 136 entre otras cosas
porque el ambiente no dejaba de empeorar en la secretaría de
Elberfeld.Tres sema- nas después de que a finales de agosto de 1926
se le exigiera formal- mente por parte de la dirección del partido
«asumir el distrito de Ber- lín provisionalmente por un plazo de
cuatro meses»,137 se informó personalmente in situ sobre su posible
nueva función. Muy a la mane- ra del jefe «recibió» a Schlange, el
jefe del distrito retirado, y a su dele- gado Erich Schmiedicke.
«Ambos quieren que venga. ¿Debo o no?». Una vez que se hizo de
noche en la capital del Reich y fue paseando por las calles con
algunos compañeros del partido, se quedó horrorizado. «Berlín de
noche. Un lodazal de vicios. ¿Y ahí me tengo que meter yo?».138 El
día siguiente le sosegó. Con una encantadora compañía femenina
salió hacia Potsdam. En el palacio de Sanssouci fue «de emoción
en emoción», escribió en su diario. Cuando se paró delante del
sepulcro de Federico II en la Garnisonskirche (Iglesia del Cuartel),
para él fue éste uno de los «grandes momentos» de su vida, pues
una vez más creía sentir el «aliento de la historia».
Al parecer, la cuestión de si debía ir a Berlín como jefe de distrito
quedó decidida para él cuando supo por el chófer de Hitler, Emil Mau-
rice, lo importante que consideraba el Führer su misión en Berlín. El
724 Goebbel
s

9 y 10 de octubre Goebbels estuvo otra vez con el NSDAP de la capi


tal del Reich, que celebraba en Potsdam su primer día de los
habitan tes de la Marca de Brandeburgo (Márkertag), durante el cual
habló ante los militantes del partido reunidos en la pista para
dirigibles de Ber lín.139 Sin embargo, no dio a conocer allí su decisión
ya tomada, pues le gustaba hacerse de rogar. Aún el 16 de octubre le
escribió Schmie- dicke que él, Goebbels, debía haber sentido, sobre
todo durante el día de la independencia de la Marca en Potsdam, «en
qué medida todos los compañeros berlineses del partido desean que
usted sea el jefe en Ber lín». Este deseo —seguía el jefe del distrito
en funciones— se basaba en la firme creencia de que él era el único
capaz de fortalecer la orga nización como tal en Berlín y de
impulsar el movimiento.140
Antes de que Goebbels diera la espalda a Elberfeld, del que su
trai- ción a la causa del socialismo se consideraba probada, arregló
sus asun- tos privados. Entre ellos estaba su relación con Else Janke.
Cuanto más se había consagrado al nacionalsocialismo, tanto más la
había desaten- dido, a ella que era hija de madre judía y padre
cristiano, pues con su pie deforme ya ofrecía a sus rivales bastante
posibilidad de ataque. Des- de el principio no había dejado
participar en su trabajo político a la joven mujer, que siempre le
animaba a continuar y que había forjado planes de un futuro común
a su lado.141 Una vez que se trasladó defi- nitivamente a Elberfeld —
allí adquirió un perro de nombre Benno, al que, según dijo, le cogió
«cada vez más cariño» a medida que conoció mejor a las personas
—,142 al principio siguió visitándola a menudo. Más tarde, cuando él
empezó a viajar en tren de mitin en mitin, se veían cada vez menos.
Entonces discutían a veces sobre la «cuestión racial», 10 que
terminaba en serias humillaciones para la mujer. Pero también
pasaban horas llenas de armonía, tras las cuales Goebbels pensaba, como
en junio de 1925, que le gustaría mucho como esposa, si no fuera
«de media sangre».143
En otoño vio que se aproximaba ineludiblemente la separación,
la cual embelleció con palabras rimbombantes —«¡Se me desgarra el
cora- zón!»—144 como si se tratara de un sacrificio personal que
tenía que hacer en aras de su vocación. Cuando finalmente ella le
escribió una
«desesperada carta de despedida», él volvió a cambiar de actitud. Sin
embargo, cuanto más se granjeó el favor de Hitler a lo largo del año
siguiente, tanto más arrogante se volvió con respecto a ella. Por «peque-
ñas y sentimentales» tenía ahora las preocupaciones de la mujer, que ya
sólo le servía de «agradable pequeña relajación». 145 En junio ella quiso
poner fin al indigno juego. Le escribió de nuevo una carta de despedi-
da, que él comentó en su diario: «Ya ni siquiera podemos ser camara-
das. Nos separa un mundo».146 Con todo, la carta de Else Janke todavía
no significó el fin de la relación con la maestra de Rheydt. Sólo cuan-
do Goebbels se decidió a ir a Berlín, le dio pasaporte de manera defi-
nitiva. En su diario señaló lapidariamente al respecto que había dicho
adiós a la vida de los demás «en nombre de Dios». Sus sentimientos los
dedicó de inmediato a aquella encantadora acompañante berlinesa a la
que había vuelto a encontrar en la capital del Reich a mediados de
octubre, cuando una vez más antes de su cambio definitivo estuvo con
sus futuros compañeros de partido, quienes celebraban entusiásticamente
que el «terrible interregno» y el «tremendo caos en el distrito» pronto
serían cosa del pasado.147
El 28 de octubre, tras semanas durante las cuales Goebbels volvió a
estar de gira propagandística, Hitler, con quien creía poder conquistar
un mundo si le dejaran,148 le nombró oficialmente jefe del distrito de
Gran-Berlín.149 Ahora ya no percibía la ciudad como «desierto de asfalto»
o «ciénaga de una cultura moribunda», sino como «metrópolis» y
«central».150 Firmemente resuelto a luchar y a vencer por sus creencias,
es decir, por el nacionalsocialismo y por su encarnación, Hitler, Goeb-
bels abandonó finalmente Elberfeld el 7 de noviembre de 1926, en
dirección a la capital del Reich.
Capítulo 5

BERLÍN. .. UN LODAZAL DE VICIOS.


¿Y AHÍ ME TENGO QUE METER YO?
(1926-1928)

C uando el 7 de noviembre de 1926 Goebbels, el nuevo jefe de


dis- trito,1 se bajó del tren en la estación Anhalter Bahnhof de
Berlín, llegaba a la capital de un país que empezaba a reponerse de
las con- secuencias de la guerra mundial. La política exterior de
Stresemann volvía a asegurar al Reich poco a poco un sitio en el
juego de pode- res; gracias al Plan Dawes hacía ahora dos años que
entraba en el país sobre todo capital americano, que ayudó a que se
restableciera la eco- nomía nacional.Todo esto se dejaba sentir en la
capital. El estancamiento había cedido el paso a una sed de actividad
incesante y fecunda. Nove- dades, récords y escándalos —hoy
elevados por la prensa a la categoría de noticias sensacionales y
mañana vueltos a olvidar— se sucedían rápi- damente. En un folleto
publicitario se ensalzaba a la ciudad como la más rápida del mundo,
como la «Nueva York de Europa». «Se cruza la Potsdamer Platz, el
Spittelmarkt, la Alexanderplatz, la calle de la esta- ción Stettiner
Bahnhof, Wedding y esa clase de lugares. Ahí se observa el
gigantesco movimiento (...). El corazón del Reich, este Berlín, pal-
pita vida. Cuatro millones de personas en marcha, un quinceavo de
la
2
población alemana con el paso acelerado».
Por muy dinámico que fuera este Berlín, por mucho que deslum-
hrara su atractivo brillo, las diferencias sociales eran
tremendamente manifiestas pese al auge económico. En ninguna
parte del país choca- ban con más dureza la ostentosa riqueza y la
amarga pobreza. Política- mente esto se articulaba en una izquierda
fuerte. El año anterior, en las
128 Goebbels

elecciones municipales, los comunistas habían conseguido 43


escaños, logrando así más que duplicar el número de mandatos en
relación con las elecciones del año 1921. Con 74 escaños, los
socialdemócratas eran el partido más fuerte en el ayuntamiento rojo de
la Alexanderplatz. Jun- to con los comunistas habrían dispuesto de la
mayoría absoluta. Sin embargo, la cooperación estaba descartada por
las distintas posiciones que ya en 1919 habían dividido al
movimiento obrero: los comunistas luchaban por la dictadura del
proletariado, mientras que los socialde- mócratas eran partidarios
del parlamentarismo y de la república. Por eso, de grado o por
fuerza, al igual que en el Parlamento de Prusia, los socialdemócratas
colaboraban en la concejalía de Berlín con una parte del grupo
burgués, el Partido Democrático Alemán (Deutsche Demo- kratische
Partei, DDP), el Centro y el Partido Popular Alemán (Deuts- che
Volkspartei, DVP).
En el Parlamento del «rojo Berlín», en el que la derecha tenía a
su representante más fuerte en el Partido Popular Nacional Alemán
(Deutsch- nationale Volkspartei, DNVP),los nacionalsocialistas no
estaban repre- sentados y de cualquier manera el partido, fundado
nuevamente el 17 de febrero de 1925 en la capital del Reich, vivía
con la estrechez de un insignificante grupúsculo del movimiento
nacional. Sólo contaba con unos pocos cientos de afiliados y
simpatizantes, cuya base residía sobre todo en Spandau.A diferencia
de los demás distritos obreros de Berlín, aquí se había dejado ver ya
en el año 1921 un fuerte potencial nacio- nal, que había dado lugar a
una sorpresa en las elecciones a la asamblea de concejales y a las
asambleas de distrito. La Federación Social Alema- na (Deutsch-
Sozialer-Bund, DSB) —tenía la cruz gamada como emble- ma— se
convirtió en su día, con el 11,9 por ciento de los votos, en el cuarto
partido de Spandau. Esto se volvió a lograr en las elecciones al
Reichstag de mayo de 1924: ahora, con el 8,8 por ciento de los
votos, igualado con el DVP. Sólo el SPD, el DNVP y el KPD eran
más fuer- tes. Sin embargo, en los años siguientes, también en
Spandau se había reducido la proporción de votos del DSB hasta la
insignificancia.3
En otoño de 1926 las cosas no estaban mejor para la
organización del NSDAP. Habían surgido tensiones por la formación
de los grupos
berlineses más activos de la Frontbann (aquellas unidades militares fun-
dadas durante el tiempo en que estuvieron prohibidos el NSDAP y las
SA) y de los miembros de las secciones nacionales de las SA, dirigidas
por Kurt Daluege. Un activismo proletario de ideología difusa por par-
te de las SA, que se dirigía sobre todo contra el KPD y su aparato mili -
tar, había entrado aquí de manera creciente en conflicto con la agru-
pación en torno a los hermanos Strasser, que apostaba por una tarea de
convicción. También cuando su adalid Schlange fue cesado en junio de
1926 y el partido berlinés pasó a ser dirigido por su suplente Schmie-
dicke —asimismo un hombre de Strasser— la disensión continuó cre-
ciendo. En la reunión de dirigentes del 25 de agosto de 1925 se abo-
fetearon Otto Strasser y Heinz Oskar Hauenstein, el ex dirigente del
grupo «Schlageter» de la Frontbann y antiguo jefe de la organización
Heinz, al que Daluege y sus SA presentaron como futuro jefe de dis-
trito.4 En adelante, las asambleas del partido se convirtieron en «la pales-
tra de dos direcciones casi igual de fuertes (...).Este desgarro interior
no dejó de ejercer influjo sobre los afiliados del partido y la opinión
pública. El impacto del partido se redujo a cero». 5 La organización polí-
tica amenazaba con desmoronarse.
Aunque los Strasser no lograran en Berlín poner fin a las desave-
nencias del partido, la capital del Reich era sin embargo, junto a Essen,
central de la región del Rin-Ruhr, el punto de partida de su influjo
dentro del NSDAP. En Berlín estaba la sede de la «editorial de lucha»
de Gregor Strasser, recientemente nombrado por Hitler jefe de orga-
nización del Reich, y de su hermano Otto, en la que también partici-
paban Schlange yVahlen, el antiguo jefe del distrito de Pomerania. Pese
a que la tirada de todas las impresiones no superaba el número de 8.000
y la editorial trabajaba en «números rojos», 6 el semanario que aquí se
imprimía, El Nacional Socialista (Der Nationale Sozialist), que aparecía
con siete membretes distintos, entre ellos el de Periódico obrero de Ber-
lín? transmitía a los afiliados del partido la orientación más bien socia-
lista de los Strasser y no las ideas de Hitler.
Los Strasser miraban con escepticismo al nuevo jefe del distrito Ber-
lín-Brandeburgo, que se acababa de formar reuniendo los distritos de
Gran-Berlín y Potsdam.8 En él veían entretanto a un traidor de la
causa del socialismo, que ahora por orden de Hitler iba a trabajar en
su esfera de actuación berlinesa. Si no expresaban en voz alta sus
resenti- mientos hacia el intruso y en lugar de ello intentaban ponerse
de acuer- do con él, era porque el 5 de noviembre de 19269 el «jefe»
había inves- tido a Goebbels de poderes extraordinarios que hacían
de él un factor a tomar muy en serio en su cálculo. El jefe de distrito,
que estaba direc- tamente subordinado a Hitler, podía, entre otras
cosas, «depurar» el par- tido berlinés sin tener que convocar la
comisión de investigación y arbi- traje de Munich, tal como se
contemplaba en los estatutos.
En consecuencia actuó Otto Strasser, ya al recibir en la estación
al recién llegado y procurarle alojamiento a un «precio de favor»10 en
Am Karlsbad número 5, cerca del canal Landwehrkanal y del puente
Pots- damer Brücke. En la espaciosa vivienda de Hans Steiger,
redactor del Berliner Lokalanzeiger y amigo de Strasser, cuya mujer
alojaba a huéspe- des selectos, Goebbels disfrutó de numerosos
privilegios. Así, la dueña hizo instalar a petición suya un espejo de la
altura de un hombre en la amplia habitación, delante del cual
Goebbels podía ensayar los gestos y la mímica de sus intervenciones
como orador. Además se le permitía utilizar el salón y otras
habitaciones.11 Donde ciento cincuenta años antes Goebbels habría
encontrado al poeta EichendorfF, que vivió en la casa con jardín del
inmueble vecino, coincidió ahora con un «círculo de amigos del
partido inteligentes y de confianza» que se alojaban en casa de
Steiger y que facilitaron al forastero los primeros pasos en Berlín,
pero que al mismo tiempo posibilitaron a los hermanos Stras- ser
estar continuamente bien informados al respecto.12
También fue Otto Strasser el que presentó a Goebbels cuando
éste hizo su debut en la casa de la asociación de veteranos, situada
en la Chausséestrasse, el 9 de noviembre de 1926, con motivo de la
conme- moración de los caídos del golpe de Munich. Aquél recordó
una sig- nificativa «escaramuza» en esta intervención: Goebbels llegó
con retra- so y en un «taxi pronunciadamente grande y bonito». Él,
Strasser, encontró impertinente que les hiciera esperar y se molestó
por el «aparatoso coche»: todos sus adeptos eran «pobres diablos» y
se iban a escandali-
zar. Goebbels se sonrió con aire de superioridad: «En eso está usted
muy equivocado, Strasser (...). No debo coger un taxi.Al contrario. Si
pudie- ra viajar en dos coches, vendría en dos. La gente debe ver
que la casa puede aparentar». Examinando con atención al
auditorio, se dirigió finalmente a la tribuna del orador atravesando
la sala.13 Lo que Otto Strasser pasa por alto en sus memorias es el
éxito que Goebbels cose- chó en ese momento con su actuación: y es
que la casa de la asociación de veteranos debió de parecer un
atolladero cuando el «Doctor», como enseguida lo llamaron
respetuosamente los afiliados del partido, termi- nó su discurso de
varias horas con la voz ronca.
Además de los llamamientos que allí hizo a la unidad del partido,
aquel 9 de noviembre Goebbels ya había tomado disposiciones con-
cretas. En su primera circular a los jefes de sección y de las
delegacio- nes locales, prohibió sin vacilaciones cualquier debate
ulterior sobre la lucha entre el ala de Daluege/Hauenstein y la de
Strasser /Schmiedic- ke, amenazando a los que no se atuvieran a
ello con la expulsión del partido.14 Al mismo tiempo, para disgusto
de los Strasser, no sólo dejó intacta la posición de Daluege como
líder berlinés de las SA, sino que incluso lo nombró representante
suyo. Puesto que Goebbels hacía buen uso de su derecho a
«depurar», consiguió poner punto final al pasado y empezar de
nuevo, sobre lo cual hubo acuerdo poco después en una primera
asamblea general de los afiliados.15
Un paso «adelante» dio Goebbels el día de penitencia16 de 1926,
al fundar en elViktoria-Garten, una sala de Wilmersdorf, la Liga
Nacio- nalsocialista por la Libertad (Nationalsozialistischer
Freiheitsbund).17 Con ello retomó un viejo plan.Ya en Elberfeld, con
la creación de un cuadro rigurosamente organizado, una «unida
comunidad de sacrifi- cio», había querido dotar al partido local de
una base financiera y de personal segura, aunque modesta.18 En
Berlín pertenecían ahora al cír- culo entre 200 y 400 compañeros del
partido, que se declaraban dis- puestos a proporcionar con
«sacrificadas contribuciones mensuales» en total 1.500 marcos, con
los que el distrito debía quedar en condicio- nes de costear las
primeras medidas para la lucha por la capital del Reich.19
Se trataba no tanto de un «trabajo de convicción», como prefería el
círculo de Strasser, sino de un activismo sin reparos. Para Goebbels, que
había analizado la Psicología de las masas de Le Bon,20 eso equivalía a la
propaganda, que él consideraba «completamente lábil», ya que tenía que
adaptarse a las distintas circunstancias. 21 En el caso de Berlín significaba
tener en cuenta su particular estructura social y política, su agitado
ritmo vanguardista. «Berlín necesita la sensación como el pez el agua»,
comprendió Goebbels rápidamente. «Esta ciudad vive de eso, y toda
propaganda política que no lo haya reconocido no logrará su objeti -
vo».22
Se trataba, por tanto, de llamar la atención, costase lo que costase.Y
quien quisiera llamar la atención, tenía que hacerlo a ojos de todos, en
la calle. En la edad de las masas, ésta era, a su juicio, «la característica de
la política moderna. Quien pueda conquistar la calle, ése puede con -
quistar también a las masas; y quien conquista a las masas, conquista con
ello el Estado», opinó retrospectivamente. 23 Para preparar para esto a los
miembros de la «comunidad de sacrificio» hacía falta sobre todo un
aleccionamiento oratorio, pues «ninguna otra cosa ha conformado al
fascismo y al bolchevismo más que el gran orador, el gran creador de
la palabra. No hay ninguna diferencia entre el orador y el político»,
escribió Goebbels, quien ya el 16 de noviembre fundó una escuela de
oratoria.24
Estas ideas también las demostró en la práctica. Para dar prueba de
la presencia del partido nacionalsocialista de Berlín, inmediatamente
después de su llegada fijó para el 14 de noviembre, domingo, una mar-
cha propagandística a través de Neukólln. El Spandauer Volksblatt infor-
mó al respecto.25 Bajo el titular «La esvástica contra la estrella soviéti-
ca», se decía sin exagerar que la marcha en el rojo Neukólln había
despertado una «poderosa atención» y que pronto habían acudido nume-
rosas personas de todas partes, principalmente comunistas. Se dijeron
provocadoras palabras y pronto se pasó a actos de violencia, en cuyo
transcurso «se utilizaron proyectiles, palos e incluso pistolas».26
La paliza que sus compañeros de partido habían recibido por parte
de los comunistas dejó claro a Goebbels que aún no había llegado el
momento para semejantes marchas propagandísticas. Primero había que
tratar más bien de aleccionar ideológicamente al grupito de partidarios
y consolidar así la cohesión en las propias filas. Luego Goebbels califi-
có «la idea» como requisito de toda propaganda. Pero no era necesario
exponer esa idea científicamente en un libro grueso, sino que más bien
debía constar sólo de un «tema muy breve y comprensible popular-
mente (...). Nunca encontrarán millones de personas que dejen su vida
por un libro. Nunca encontrarán millones de personas que dejen su
vida por un programa económico. Pero un día millones de personas
estarán dispuestas a caer por un Evangelio».27
Así pues, durante las primeras semanas de Goebbels en Berlín, no
pasó ningún día en que no hablara en las reuniones a sus correligiona-
rios y les machacara la fe en este «Evangelio» apelando a sus emocio-
nes. En una «fiesta de Navidad alemana», a la que la sección local de
Spandau, el «bastión más firme del movimiento» 28 en la «lucha por Ber-
lín», había invitado en los salones de actos Seitz «a todos los hombres y
mujeres de ideología alemana», Goebbels demostró su saber hacer una
vez más. Proclamó a su «comunidad» que había una fe que iba a mover
montañas, y que esta fe crearía un nuevo Reich en el que viviría el ver-
dadero cristianismo. Según informó el Spandauer Havelzeitung, de orien-
tación popular-nacional, los allí presentes contestaron a las palabras del
jefe de distrito con «atronadores vivas».29
La fascinación que emanaba de Goebbels, a la que muchos «no po-
dían sustraerse», la describió el hijo de un párroco berlinés, de dieci-
nueve años, que acababa de afiliarse a las SA: Horst Wessel. 30 El año
anterior había terminado el bachillerato en el Luisenstádtisches Gymna-
sium, y después se había matriculado en la Universidad de Friedrich
Wilhelm para la carrera de derecho, pero pronto la abandonó. 31 «Tenían
una idea —decía Wessel— que antes había pertenecido a Bismarck y a
la Wiking-Bund [Federación Vikinga], es decir, algo que en reali dad
faltaba por completo a las organizaciones militares». Esta idea, la fe en
un mundo justo en forma de un socialismo nacional «con el acento en
el socialismo», fascinaba en una época en que los ideales y valores se
creían perdidos y hacía que el hijo del párroco, para quien el par-
tido había sido un «despertar político», levantara los ojos hacia el «pre -
dicador» berlinés de esta idea. «El talento para la oratoria y la organi -
zación de que este hombre hizo gala es único. No había nada para lo
que no demostrara estar a la altura. Los afiliados del partido estaban ape -
gados a él con mucho cariño. Las SA se habrían dejado cortar en peda-
zos por él. Goebbels era como el propio Hitler. Goebbels era ante todo
nuestro Goebbels».32
Sus fanáticas e incesantes actividades trajeron consigo en poquísimo
tiempo un cambio de ambiente en el partido berlinés, sobre el que Wes-
sel escribió: «Al ver la abnegación de los afiliados del partido, se cobraba,
en medio de la desesperación de esos días (...) nuevo ánimo y nueva fe
en el futuro».33 Cada acto fortalecía la cohesión dentro del partido y le
conseguía algunos «nuevos», ya fuera en el congreso del distrito el 9 de
enero o en la asamblea de la «Liga por la libertad» dos días más tarde.
Aquella tarde estuvo marcada por la impresión directa de la muerte de
Houston Stewart Chamberlain. «En un acertado discurso en memoria
suya, el compañero doctor Goebbels expuso la vida y sobre todo la tra-
yectoria intelectual de este hombre (...). La tarde terminó con la solem-
ne promesa de ser un día los consumadores prácticos de sus doctrinas».34
A comienzos del año 1927 Goebbels iba a poder trasladar la secreta-
ría, llamada «fumadero de opio», de las sucias bóvedas de un sótano en
el edificio trasero de la Potsdamer Strasse 109 35 al primer piso del edi-
ficio delantero de la Lützowstrasse 44, donde se habían alquilado cuatro
habitaciones «con dos conexiones a la red telefónica». 36 Pronto se hizo
realidad también la fundación de una orquesta del distrito formada por
entre 40 y 50 personas, así como la adquisición de un «vehículo de guar-
dia», con el que en manifestaciones propagandísticas y pendencias se
podía transportar de manera rápida y barata una tropa de intervención
móvil al correspondiente escenario. «Y así se sucederá tarea tras tarea»
—escribió en sus informes Reinhold Muchow, el jefe de organización
de la sección de Neukólln, que estaba fascinado por el nuevo jefe de dis-
trito— «hasta que la "Liga por la libertad"—según el compañero doc-
tor Goebbels— tenga que desempeñar su última tarea, cuando llegue la
orden de desalojar y ocupar el edificio del Reichstag».37
Ese camino lo tenían que allanar sobre todo las SA, el equivalente
de la comunista Liga Roja de Combatientes en el Frente (Roter
Front- kámpfer-Bund),la organización terrorista y de lucha callejera
del KPD. Los camisas pardas no estaban a la altura de la misma, por
lo que Goeb- bels tramitaba su reestructuración. Los grupos de las SA,
hasta ahora for- mados según el modelo de los distritos
administrativos, cambiaron su nombre por el de departamentos, y se
reunieron bajo tres estandartes, el del centro urbano, el de los barrios
periféricos y el de Brandeburgo. Los efectivos del estandarte I
comprendían en ese momento 280 personas, los de los 20
departamentos tenían según ello una media de 14 perso- nas.38 A
Goebbels le había resultado difícil —escribió retrospectiva- mente
— hacer «soldados políticos» disciplinados de una caterva de pen-
dencieros, desempleados en su mayoría, que daban la bienvenida a
cualquier disputa, aun entre ellos mismos. De hecho, en los años
siguien- tes, el conflicto entre la dirección del partido y los soldados de
las SA se convertiría en uno de los problemas centrales del jefe de
distrito.
A comienzos del año 1927 Goebbels se dio cuenta de que, a pesar
de todas las actividades, la capital del Reich no tomaba nota de su
par- tido ni de su nuevo jefe de distrito. La prensa importante no
había dado cuenta siquiera de las brutales reyertas que habían tenido
lugar con los comunistas durante y después de un mitin en los
salones de actos Seitz de Spandau a finales de enero. Para
indignación suya, tampoco se men- cionaron en los periódicos
berlineses los disturbios que se produjeron durante el «día de la
libertad nacionalsocialista» en Cottbus,39 en la Marca de Brandeburgo,
y durante la marcha en Pasewalk, donde unos años antes Hitler
había acabado en el hospital militar cegado por la guerra química.
Ahora bien, la policía se había «movilizado» contra ellos des- pués de
que «dejaran medio muertos a seis policías en Cottbus» y «mata- ran a
tiros a uno e hirieran a varios en Pasewalk», escribió el miembro de
las SA Wessel, quien entretanto, al igual que su modelo Goebbels,
también estaba dispuesto a caminar sobre cadáveres por un mundo
mejor.40
Impaciente e insatisfecho con los resultados obtenidos hasta
enton- ces por su propaganda, Goebbels se decidió a celebrar un
primer gran
mitin en la «boca del lobo», en el «rojo Wedding». El acto estaba con-
cebido desde un principio como una provocación que debía acarrear
la gran batalla con los comunistas y finalmente la anhelada notoriedad.
El lugar que Goebbels eligió fueron los salones Pharus, en un patio inte-
rior de la Müllerstrasse, donde tradicionalmente se reunían para sus actos
los comunistas y donde dos años más tarde se celebraría el duodécimo
congreso del partido KPD, siendo su presidente Ernst Thalmann.
Si hasta ese momento los carteles del NSDAP, baratos y de peque-
ño formato, prácticamente habían pasado desapercibidos por su poca
vistosidad en las columnas anunciadoras junto a la publicidad cinema-
tográfica y comercial, ahora enormes carteles de color rojo sangre comu-
nicaban la próxima reunión en los salones Pharus. 41 No fue Goebbels
su inventor, sino que se limitó a introducirlos en la capital del Reich,
siguiendo una vez más la «dirección escénica» de su Führer.Y es que
Hitler había escrito en Mi lucha, tal como había leído dos años antes el
jefe de distrito: «Tras una minuciosa y concienzuda reflexión hemos
elegido el color rojo de nuestros carteles para provocar así a la izquier -
da, para indignarla e inducirla a venir a nuestras asambleas, aunque sólo
sea para boicotearlas, de modo que podamos al menos hablar con esa
gente».42
El 11 de febrero de 1927, en el «rojo Wedding», el «pardo» jefe de
distrito llegó cojeando a la tribuna del orador para hablar sobre el «des -
moronamiento del Estado de clases burgués». Antes incluso de tomar
la palabra, estalló en la sala —donde se habían personado muchos comu-
nistas— una feroz batalla durante la cual miembros de ambos partidos
arremetieron entre sí con guantes y barras de hierro, hasta que los comu-
nistas, inferiores numéricamente, se retiraron bajo la protección de la
policía, que ya había irrumpido. Los periódicos burgueses, descalifica-
dos por Goebbels como «prensa judía», informaron con grandes titula-
res. Por vez primera los nacionalsocialistas y su jefe de distrito estaban
en boca de todos, aunque sólo por un día, antes de que la disneica gran
ciudad proporcionara nuevos titulares.
Goebbels pudo calificar la «batalla en el Pharus» como «un buen prin-
cipio», no sólo por la nutrida representación lograda por el partido, sino
también por otro motivo. Le parecía que había abierto los ojos a aque -
llos que todavía dudaban del débil tullido. Creía haberles demostrado
que tenía valor, que no se espantaba ante nada. Había probado sus bri -
llantes aptitudes propagandísticas, por ejemplo al acuñar delante de las
«víctimas del terrorismo comunista» puestas en fila la expresión del
«hom- bre de las SA desconocido», que se convertiría en el símbolo de la
tropa del partido y más tarde saldría del anonimato en la persona de Horst
Wessel. De este «hombre de las SA desconocido», tomado del «soldado
desconocido», habló Goebbels como del «aristócrata del Tercer Reich»,
que día a día no hace otra cosa más que lo que es su deber, «obedeciendo
a una ley que no conoce y apenas comprende». En cualquier caso, Goeb-
bels sabía transmitir a sus oyentes algo de la supuesta superioridad de «la
idea», convertirlos en creyentes. El nacionalsocialismo tenía que ser para
ellos una cuestión de corazón, con lo que él parecía distanciarse no sólo
de las restantes tendencias políticas, sino también del mundo de la gran
ciudad, juzgado como materialistamente frío.
Los actos propagandísticos organizados por Goebbels siempre ape-
laban a las emociones y a los instintos de su auditorio. Así sucedió tam-
bién en el segundo «día de la Marca», en marzo de 1927, la celebración
del segundo aniversario de la fundación de las SA berlinesas, que ya
preludiaba en pequeño la representación posterior del NSDAP. El jefe
de distrito despidió a sus compañeros berlineses del partido con una
banda de tambores en la estación Anhalter Bahnhof, desde donde via-
jaron aTrebbin en la tarde del 19 de marzo. 43 Una vez que llegaron allí,
asumieron la dirección Goebbels y Daluege, que se habían adelantado
con el automóvil azul oscuro del distrito. A la luz de las antorchas mar-
charon 400 personas a las montañas de Lówendorf. Allí se conmemo-
ró, unidos en torno a un fuego nocturno, a las «víctimas del movi -
miento». Aquí, a treinta kilómetros de distancia de «la gran ciudad de
Moloc», del «centro judaizado», de «la morada del terror, de la sangre,
de la ignominia», en el silencio de la campiña de la Marca, el discurso
de Goebbels a sus correligionarios se convirtió en un «oficio divino».
Para la mañana del domingo siguiente estaba fijado un mitin en la
plaza mayor de Trebbin. Alrededor del automóvil del distrito, el Opel-
Landaulet44 azul de siete plazas que servía de plataforma para el
orador, se habían colocado los miembros de las SA con los estandartes
del dis- trito de Berlín «bendecidos» por Hitler enWeimar en 1925 y
dieciséis banderas desplegadas con el símbolo de la esvástica. La
entonación de la «canción de la Marca» y el discurso anterior de
Daluege constituye- ron el prólogo a la intervención del jefe de
distrito. Como ya había sucedido antes con frecuencia, los temas de
Goebbels en Trebbin tam- bién fueron el nacionalismo y el socialismo;
«nuestro gran Führer Adolf Hitler», el «simple cabo», reunió ambos
principios con la «visión» de que la lucha entre ambos exponía al
pueblo alemán al hundimiento. En esta lucha contra el marxismo
judío —así gritó a los asistentes— «la sangre (...) ha seguido siendo
el mejor aglutinante,que nos debe man- tener unidos en la
subsiguiente lucha».45
Esta sangre iba a correr pronto, después de que Goebbels y
Dalue- ge salieran rápidamente en dirección a Berlín entre gritos de
«Alema- nia despierta» y pasando por la calle formada por las filas
de sus adep- tos. Y es que, como bien había calculado el jefe de
distrito, los nacionalsocialistas que volvían a casa se encontraron al
subirse al tren en Trebbin con una banda de zamponas de la Liga
Roja de Comba- tientes que venía de Jüterbog, acompañada por
Paul Hoffmann, dipu- tado comunista del Parlamento de Prusia. Lo
que ya comenzó duran- te el viaje en tren, fue a más en la estación
Lichterfelde-Ost, adonde había acudido un «comité de recibimiento»
constituido por varios cien- tos de afiliados y partidarios del NSDAP
de todo Berlín. El tren toda- vía no se había parado cuando las SA
asaltaron el compartimento de los pocos combatientes rojos. Unos
minutos después todo había pasa- do. Goebbels, que hasta entonces
se había mantenido en segundo tér- mino, entró en la liza y ante
centenares de curiosos hizo retroceder a sus hombres.46 Cuando los
nacionalsocialistas partieron en dirección al centro de la ciudad,
quedaron, además del vagón completamente des- truido, que
presentaba doce impactos de bala, y las zamponas hechas añicos,
seis heridos graves y diez heridos leves.47
A las pardas columnas de marcha las precedía Goebbels en automó-
vil, para —como después declaró a la policía— «estudiar» los
ánimos
de los transeúntes.48 Lo cierto es que él dirigía a sus hombres y los
ins- tigaba a más agresiones. Las víctimas eran judíos, a quienes las
gentes de las SA golpeaban con palos y puños.49 Los primeros
pogromos que había presenciado el Berlín de la república de Weimar
estaban todavía en marcha cuando el jefe de distrito gritó a la
multitud en la plaza de Wittenbergplatz, a poca distancia de la iglesia
conmemorativa del empe- rador Guillermo (Kaiser-Wilhelm-
Gedáchtniskirche): «Hemos venido por primera vez públicamente a
Berlín con intenciones pacíficas. La Liga Roja de Combatientes nos
ha obligado al derramamiento de san- gre. No estamos dispuestos a
seguir dejándonos tratar como ciudada- nos de segunda clase».50
Los acontecimientos de aquel 20 de marzo fueron tratados por
exten- so en la prensa. Esto dio publicidad a los nacionalsocialistas e
hizo aumen- tar el número de miembros. Según un informe
confidencial llegado al departamento político (IA) de la policía, en
marzo de 1927 se registra- ron unas 400 nuevas inscripciones, de
manera que el número total de afiliados del distrito de Berlín-
Brandeburgo ascendía entretanto a 3.000, de los cuales, sin embargo,
sólo una parte participaba activamente en mítines y demás actos.51
El incidente también tuvo consecuencias para Goebbels a otro
res- pecto. Sin que se llegara a un proceso contra él, poco después
de los acontecimientos de Lichterfelde-Ost se le ordenó acudir al
cuartel gene- ral de la policía en Alexanderplatz para prestar
declaración.Ya el 11 de enero de 1927 había «visitado al jefe de
policía de Berlín». Entonces se le hizo saber que había pendiente
contra él un proceso en el Tribunal del Estado por enaltecer a los
asesinos del antiguo ministro de Exte- riores del Reich, Walter
Rathenau. Sin embargo, el proceso se suspen- dió después.52
Tras apenas medio año de jefatura de distrito en Berlín, Goebbels
se iba creyendo poco a poco seguro de poder movilizar a un número
de partidarios suficientemente grande como digno telón de fondo
para una intervención de Hitler en la capital. Esto era tanto más
importan- te cuanto que Hitler, debido a una prohibición de hablar,
no podía pro- nunciar un discurso públicamente en Prusia y por ese
motivo el mar-
140 Goebbe
k

co tenía que ser un acto cerrado. Cuando el hombre de Munich


habló el 1 de mayo en el Clou, un local de fiestas de la
Mauerstrasse, y fue festejado frenéticamente por los asistentes,
Goebbels pudo ciertamen- te presentar a Hitler un pequeño partido
consolidado y demostrar así su exitoso trabajo, pero la anhelada
resonancia pública quedó sin embar- go muy por debajo de las
expectativas. Esto fue así, entre otras cosas, porque los comunistas
ignoraron la intervención de Hitler. Puesto que no hubo disturbios,
la prensa también pasó por alto la visita de Hitler a la capital del
Reich. Sólo algunos diarios regionales informaron
—con comentarios desfavorables— del acto que tuvo lugar en el
«Clou». Goebbels aprovechó una reunión mayor del partido tres días
des- pués en la asociación de veteranos para airear su disgusto e
instigó sin disimulo contra los correspondientes periodistas.53 Delante
del público congregado leyó los informes periodísticos de éstos. Al
escritor del artículo «más odioso y malévolo» lo descalificó como un
«abyecto cer- do judío» y añadió entre las risas de los asistentes que
esperaba que le denunciara por ese insulto, para enterarse del verdadero
nombre y direc- ción del que escribía con pseudónimo. Al mismo
tiempo incitaba a sus correligionarios a averiguar por su parte la
identidad del escritor para
«hacerle una visita y darle las gracias enérgicamente».
Los polémicos comentarios racistas de Goebbels tropezaron con
la protesta de uno de los asistentes. Un hombre de cincuenta y tres
años llamado Friedrich Stucke gritó al orador: «Sí, sí, usted es el
auténtico joven germánico». Goebbels se quedó sin palabras.Tras un
«silencio ini- cial» y «cierta concentración» replicó: «Usted quiere que
le echen», a lo que Stucke respondió «¡tú sí que...!». Se desencadenó
un tumulto.Algu- nos afiliados indignados exigían matar a palos al
«perro». Antes de que Stucke pudiera abandonar la sala, lo agarraron y
le dio un puñetazo bajo los ojos el funcionario del departamento
político de la jefatura de poli- cía, siempre presente en las asambleas
del NSDAP y del KPD.54
Seguramente habría quedado como un incidente entre muchos si
el golpeado Stucke no hubiera sido un eclesiástico. Había entrado
por casualidad en la asamblea, al atraer su curiosidad la brigada
móvil de policía que previsoramente estaba emplazada delante de la
casa de la
asociación de veteranos.55 Los periódicos berlineses reaccionaron
ante el incidente con toda dureza y crearon el ambiente público que
hizo fácil al gobierno prusiano proceder contra el NSDAP tras los
aconte- cimientos ocurridos en los salones Pharus y en la estación
Lichterfel- de-Ost. El partido —escribió el consejero del Interior
Albert Grze- sinski— volvía a utilizar métodos de lucha que sólo se
podían calificar como «bandidaje político». A través de ellos «se
creaba de nuevo una atmósfera como la que había en Alemania antes
del asesinato de Rathe- nau y que resultó tan perniciosa para nuestro
pueblo. Quien en las asam- bleas exhorta públicamente, de manera
más o menos clara, a brutales actos de violencia contra los que tienen
otras ideas se sitúa fuera de todo derecho (...) y será tratado como
corresponde».56
Aún ese mismo día —corría el 5 de mayo de 1927— el jefe de
poli- cía de Berlín, Karl Zorgiebel, basándose en el artículo 124 de
la cons- titución del Reich, declaró disuelto el distrito de Berlín-
Brandeburgo del NSDAP con todas sus suborganizaciones —las SA
[Sturmabtei- lung], las SS [Schutzstaffel], la Liga Nacionalsocialista
por la Libertad [Nationalsozialistischer Freiheitsbund], la Liga
Estudiantil Nacionalso- cialista de la delegación de Berlín
[Nationalsozialistischer Studenten- bund Ortsgruppe Berlín] y la
Juventud Obrera Alemana de Berlín (Juventud Hitleriana) [Deutsche
Arbeiterjugend Berlín (Hitlerjugend)]—
«porque los objetivos de estas organizaciones contravienen a las
leyes penales».57 La prohibición del partido, contra la que Goebbels
elevó en vano una protesta,58 traía consigo una prohibición de uso de
la palabra para el jefe de distrito. La pérdida del instrumento
propagandístico más importante seguramente pesó más a Goebbels
que la propia prohibi- ción del partido. El fracaso de la misión
goebbeliana en la capital del Reich parecía así quedar confirmado. El
editorial del renombrado Vos- sische Zeitung constataba que «se había
cumplido el destino de una direc- ción política equivocada, incluso en
contra de los buenos elementos propios», a «manos de unos cuantos
agitadores y demagogos sin escrú- pulos».59
El revés, contra los nacionalsocialistas berlineses hizo entrar en
liza inmediatamente a aquellos que desde el principio no habían
estado de
142 Goebbel
s

acuerdo con los métodos de agitación introducidos por Goebbels.


Los portavoces de esta tendencia procedían —aunque también por
su dife- rente orientación política— del círculo formado en torno a
los her- manos Strasser. En el Berliner Arbeiterzeitung [Periódico Berlinés de
los Tra- bajadores], habían atacado a Goebbels ya repetidas veces. El
punto culminante lo constituyó un artículo difundido por los
Strasser en el mismo periódico sobre las «consecuencias de la
mezcla racial»,60 para el que al parecer había prestado su nombre
como testaferro un funcio- nario del partido de Elberfeld, Koch, el
futuro comisario del Reich para Ucrania. El final de la exposición
decía, aludiendo a Goebbels, que una
«fealdad repulsiva» y un carácter particularmente mezquino debían
con- siderarse consecuencias de la «mezcla de razas». Como ejemplo
citó el autor entre otros aVoltaire, el «maestro de los desaires y
falsedades», así como al cojo Talleyrand, que desde la Revolución
Francesa hasta el Congreso de Viena y la Santa Alianza había
cambiado de convicciones políticas como de camisa.
Entonces se dio la feliz coincidencia de que Goebbels se reunió
con Hitler en el congreso del partido del distrito del Ruhr el 23/24
de abril de 1927 en Essen. Al margen de un mitin le expuso a éste su
sospecha de que un «pequeño empleado ferroviario» como Koch no
debía ser tan inteligente como para escribir semejante artículo. Más
bien se trata- ría de una campaña de los Strasser. 61 Hitler garantizó a
Goebbels su respaldo, pero en realidad pensaba mantenerse al
margen de los con- flictos internos, por lo que aconsejó a Goebbels
entre otras cosas que cambiara impresiones con los hermanos Strasser
para de este modo qui- tarse de en medio el asunto. Con el mismo
propósito intervino Hitler ante Kaufmann, el jefe del distrito Rin-
Ruhr y superior de Koch. El 26 de abril, Koch, que declaró «por su
honor» no ser el autor, hizo saber al jefe del distrito berlinés que no
había «pensado ni de lejos» en un ataque personal.62 Con su escrito,
en el que para concluir pedía a Goeb- bels «que pusiera a Hitler al
corriente», parecía arreglado el asunto; pero sólo por el momento,
como se iba a demostrar.
Goebbels empezó ahora a refrenar con determinación el influjo
de los hermanos Strasser, que volvía a crecer desde la prohibición del
par-
tido. Por este motivo, y no tanto, como después escribió, para
mante- ner unidos a los nacionalsocialistas berlineses, emprendió un
proyecto que ya había planteado en diciembre de 1925 en una
correspondencia epistolar con Otto Strasser,63 el de crear un
periódico propio. Contra tal propósito iba a dejarse notar resistencia
en las propias filas, pues en la «editorial de lucha» de los hermanos
Strasser se publicaba ya el Ber- liner Arbeiterzeitung, un semanario
que hasta ese momento se conside- raba el periódico del partido del
NSDAP berlinés. De todos modos, le costaba consolidarse y ahora
además se iba a encontrar bajo la presión de la competencia directa.
A ello se añadía la enorme situación de com- petencia en el panorama
periodístico berlinés, donde según el catálo- go ALA sólo en el año
1927 había unos 130 diarios y semanarios polí- ticos.64
De inmediato, los Strasser valoraron debidamente el paso del jefe
de distrito. Respondieron a la provocación tildando a Goebbels ante
Hitler de «mentiroso» y «fanfarrón», pues afirmaba haber estado
activo ya en 1919 con el Führer en Munich y haber acudido al Ruhr
cuando esta- lló la resistencia contra los ocupantes franco-belgas,
donde entre otras cosas organizó el NSDAP. Sin embargo, los rivales
del jefe del distrito berlinés, quien en efecto difundía repetidamente
esta leyenda durante sus apariciones como orador del partido, no se
conformaron con eso. A comienzos de junio de 1927 propagaron
rumores de una disputa entre Hitler y Goebbels, que en un verano
pobre en sucesos fueron acogidos con gratitud por algunos
periódicos. Hitler le «había dado un buen jabón» al «noble ario de los
rizos negros», a su «alumno preferen- te», decía haber conocido de
«fuente fidedigna» el Welt am Abend,65 mientras que el Berliner
Tageblatt hablaba de «hermanos hostiles».66
Así pues, a Goebbels le vino muy a propósito que el 4 de junio
de 1927 entrara en la liza un compañero berlinés del partido, que
confir- mó su sospecha de que los hermanos Strasser habían sido los
iniciado- res del insultante artículo de abril, con el que pretendían
socavar su autoridad en Berlín.67 Como táctica astuta, ahora
Goebbels pasó direc- tamente a la ofensiva,dirigiéndose de nuevo al
«muy respetada, queri- do señor Hitler». Le aseguró su fidelidad,
calificó todo de «cobarde agre-
sión» y le hizo saber que para él sólo había «una de dos». «Que
usted me aconseja callar ante esta nueva bribonada y decir amén:
entonces estoy evidentemente dispuesto a observar la absoluta
disciplina del par- tido (...). Pero en ese caso pido que se me
suspenda de mi cargo como jefe del distrito de Berlín-
Brandeburgo».68
Goebbels estaba seguro de lo que hacía y por eso iba a por todas.
Para el 10 de junio de 1927 invitó a sus partidarios más fieles, pero
no a los hermanos Strasser, a una sesión extraordinaria del partido
berlinés en las salas de la Deutscher Frauenorden [Orden Femenina
Alemana].69 Exigió a los asistentes una unánime declaración de
confianza, de la mis- ma manera que la esperaba de Hitler, pues de
lo contrario no quería permanecer en Berlín ni una hora más, así
abrió la asamblea, antes de exponer las circunstancias desde su
perspectiva. Las especulaciones sobre el origen de su defecto físico las
enmendó con la declaración falsa de que «su pie zambo no era un
defecto de nacimiento, sino que se debía a un accidente», con lo
cual el polémico artículo era «tanto más mons- truoso». La
propuesta del segundo suplente del jefe del distrito berli- nés, Emil
Holtz, de escuchar también a los hermanos Strasser sobre los
reproches formulados contra él, pasó inadvertida entre la
indignación general que ahora se levantó. Pronto la sesión de tarde
se convirtió en un tribunal que culminó con las suposiciones del
caricaturista y faná- tico antisemita Hans Schweitzer de que Otto
Strasser debía de tener
«sangre judía en sus venas».Ya por fuera daban prueba de ello «el roji-
zo pelo ondulado, la nariz aguileña, la cara hinchada y carnosa».
Aquel 10 de junio también figuró en el orden del día la
publicación del nuevo periódico. A la pregunta de cómo se debían
posicionar los compañeros del partido ante el nuevo órgano,
Daluege respondió que el Vólkischer Beobachter [El Observador
Nacional] se debía considerar un órgano central y el periódico de
Goebbels, un órgano del distrito. Quien se lo pudiera permitir, podía
mantener además el Berliner Arbeiterzei- tung.70 El redactor de las
actas, el futuro jefe del distrito de Brandebur- go, Holtz, se dirigió
poco después a Hitler con la misma cuestión. La situación en Berlín
—así escribió— «se ha desarrollado en los últimos tiempos de tal
manera, que su inmediata presencia me parece urgente-
mente necesaria. De lo contrario, se corre el peligro de que se
destru- ya el movimiento berlinés». Se trataba —siguió— del
antagonismo Stras- ser-Goebbels.Al último le corresponde el mérito
de incitar a los ber- lineses a los mayores rendimientos. Strasser ha
creado con el Berliner Arbeiterzeitung un órgano eficaz para el
movimiento de la capital, cuya publicación es puesta en duda por el
nuevo semanario que se ha fun- dado. Puesto que Goebbels firma
como editor, se presenta como perió- dico del partido. Pero, ya que
se ha exhortado a suscribirse a todos los afiliados del partido de
Berlín y Brandeburgo y de más allá, la nueva publicación se dirige
contra el Berliner Arbeiterzeitung.71 Holtz no adi- vinó que de este
modo estaba describiendo exactamente la intención de Hitler, a
quien le venía muy bien la limitación de la prensa de Stras- ser con la
aparición de un periódico de Goebbels, que entraba en cons- ciente
competencia con ella.72
El 20 de junio Goebbels estuvo en Munich para poner en claro la
cuestión berlinesa. Quería aplacar a sus enemigos en el entorno de
Hitler, y por ese motivo empleó un tono moderado, casi de disculpa,
en la tarde de las deliberaciones centrales del NSDAP en el salón de
actos Matháser. Cuando hacía nueve meses había llegado a la
ciudad, de cuatro millones de habitantes, le había quedado claro que
no se podía conquistar en unos pocos meses. Su objetivo había sido
—argumen- tó— dar a conocer el movimiento en Berlín durante el
primer semes- tre, lo que de hecho se había logrado. A la inculpación
hecha por Stras- ser de que él mismo había provocado la prohibición
del partido con sus métodos propagandísticos, Goebbels objetó
durante su discurso ante los compañeros muniqueses del partido —el
propio Hitler no asistió— que la prohibición se había traído por los
pelos y que en cualquier caso él había estado en el camino correcto,
como había demostrado el núme- ro creciente de afiliados.73
Como resultado de su encuentro con Hitler, al que seguramente
sor- prendió la inesperada actitud decidida en el escrito del jefe de
distrito, Hitler publicó el 25 de junio en el Volkischer Beobachter una
declaración respecto a la disputa.74 Allí se decía que todas esas
afirmaciones habían sido inventadas con un objetivo evidente por
parte del «amarillismo
judío». «Mi relación con el señor doctor Goebbels no ha cambiado
lo más mínimo, sigue gozando igual que antes de mi completa
confian- za».75 A pesar de esta declaración, Goebbels, que una vez
más había sucumbido a la fascinación por Hitler, no podía estar
plenamente satis- fecho, pues no se había producido la anhelada
condena de los Strasser. En lugar de ello, Hitler comunicó a los
rivales del jefe de distrito a tra- vés de la comisión de investigación
y arbitraje, con la que ya se había establecido comunicación
telefónica, que él «personalmente pondría término a la cuestión en el
círculo más grande posible de todos los inte- resados en Berlín».76
En el tema del periódico de Goebbels, Hitler se declaró a favor
de que se hiciera cargo del semanario la propia editorial del partido,
la Eher-Verlag de Munich. Aunque esto iba en contra de la idea de
Goeb- bels, que quería dirigir solo su periódico, aun así la intención
de Hitler significaba de manera indirecta una aprobación para el
proyecto de com- petencia a los periódicos de los Strasser, a quienes
declaró que el nue- vo periódico de Goebbels tendría un carácter
«neutral».77 Puesto que la anunciada asunción del periódico
goebbeliano por parte de la edi- torial del partido sólo era una
declaración de intenciones de Hitler, esto no impidió al jefe de distrito
hacer los últimos preparativos para la publi- cación de su periódico de
lucha. El primer número debía aparecer el 4 de julio de 1927, una
fecha muy poco favorable para la presentación de un nuevo
periódico, pues quedaba por delante el verano pobre en noti- cias.
El periódico de lucha llevaba el nombre DerAngriff [ElAtaque].
«Este nombre era efectivo desde el punto de vista propagandístico y
de hecho abarcaba todo lo que queríamos y hacia lo que
aspirábamos».78 La escenificación organizada con motivo de la
presentación del periódico comenzó el 1 de julio de 1927. Los
primeros carteles, de un rojo chillón, que se colocaron en las
columnas anunciadoras de la capital del Reich llevaban impreso
Der Angriff con un gran signo de interrogación. El siguiente
anuncio, con la misma presentación, debía seguir aumentando la
curiosidad. «Der Angriff tiene lugar el 4 de julio», se podía leer
ahora. Los transeúntes sólo se enteraron de que se trataba de un
nuevo
semanario cuando los jóvenes hitlerianos lo ofrecieron en las calles
de Berlín. El primer número del Angriff,79 cuya cabecera
propagandística- mente efectiva la había diseñado Schweitzer,80 no
pudo satisfacer en modo alguno la ambición de Goebbels de que su
periódico entrara algún día «en la serie de los grandes órganos
periodísticos de la capital del Reich»:81 «Me sobrecogieron la
vergüenza, el desconsuelo y la des- esperación al comparar este
sucedáneo con lo que yo realmente había deseado. ¡Un miserable
periodicucho, una majadería impresa! Así me pareció este primer
número. Mucha buena voluntad, pero poca habili- dad».82 La
presentación exterior era deficiente, el papel y la impresión de mala
calidad. También en la redacción había algunos errores, que se
debían atribuir principalmente a la escasa experiencia periodística
del secretario general del distrito, Dagobert Dürr.83 El editor
Goebbels había designado sin más al secretario político de la
delegación berline- sa del NSDAP. Debía hacer las veces del verdadero
redactor jefe, el futu- ro primer alcalde de Berlín, Julius Lippert. El
caso era que Lippert, que antes había sido redactor del nacional
Deutsches Tageblatt, editado por Reinhold Wulle, tenía que cumplir
una condena de seis semanas des- de el día de la primera
publicación.
Con todo, incluso después de que Lippert fuera puesto en
libertad, el Angriff seguía con grandísimas dificultades, pues
entretanto el aban- dono de algunos colaboradores había llevado a
una crisis de personal. Pero esto no hizo a Goebbels desistir de
intentar deshancar por todos los medios al periódico de la
competencia, el de los Strasser. Así reser- vó a su periódico toda la
información práctica que afectaba a la rutina local del partido, como
las fechas de las sesiones y de los actos, los pun- tos de venta.. .84
Llegó incluso a hacer que hombres de confianza de las SA agredieran
a los vendedores ambulantes del Berliner Arbeiterzeitung, para
responsabilizar después a los comunistas. Mientras que la tirada del
periódico de los Strasser se estancó y luego disminuyólos 2.000
ejem- plares impresos del Angriff fueron vendiéndose poco a poco.
Pero el hecho de que tres meses después se hubiera impuesto hasta el
punto de poder financiarse por sí mismo, como afirmaba Goebbels,
parece más que cuestionable.
Una característica del periódico de lucha eran las caricaturas de
Schweitzer. Esta persona de confianza de Goebbels, que también tra-
bajaba para el Vólkischer Beobachter y el Brennessel, firmaba sus dibujos
con el nombre altogermánico del martillo deThor, «Mjolnir». 85 Schweit-
zer, que gracias a la protección de Goebbels ascendió en octubre de
1935 a comisionado del Reich para la modelación artística, luego a
senador de cultura del Reich, presidente de la cámara del Reich de las
artes plásticas y comandante de las SS (sturmbannfuhrer) en el «Estado
Mayor del Fiihrer del Reich», trasladaba perfectamente a sus dibujos el
potencial de agresión verbal de su jefe. Ya antes de la fundación del
Angriff Goebbels había celebrado su «genio gráfico»86 en una carta
abierta: «condensado, duro, austero, de una plasticidad masculinamente
segura, de una pasión fustigadora y una verdad interior reflejada hasta
el fondo (...). Nadie es capaz de imitarlo. Ahora me siento a ver los tra -
zos de carboncillo todavía recientes y no me canso de contemplar la
contundencia de estas instigadoras consignas gráficas».87
Las caricaturas de Schweitzer constituían, junto a los editoriales de
Goebbels y su «Diario político»88 (una panorámica con comentarios
polémicos acerca de los acontecimientos de la semana en materia de
política interior y exterior), una «unidad propagandística» que a su jui-
cio «distinguía» al nuevo periódico del lunes «de los demás periódicos
existentes hasta ahora en Berlín».89 Goebbels habló a este respecto de
un efecto propagandístico verdaderamente «irresistible».90 La palabra y
la imagen no servían al objetivo «de informar, sino de espolear, enar-
decer, aguijonear».91 La sugestión al lector «debe hacerse sin rodeos,
categóricamente, con un objetivo firme y con perseverancia.Todos los
pensamientos y sentimientos del lector deben ser arrastrados hacia una
dirección determinada».92 Así, lo consecuente era que Der Angriff^ape-
lara mucho más a la emoción que a la razón del lector, que quisiera más
persuadirle que convencerle. Todo en el Angriff, «incluso cada noticia»,
era tendencioso, y no pretendía ser de otra forma.93
Característico del Angriffse hizo también su «estilo enfático, agresi-
vo y no obstante sencillo y popular». 94 Especialmente en sus editoriales,
que él calificaba como «una alocución de la calle puesta en papel»,95
Goebbels conseguía plasmar este carácter retórico. «El lector debía tener
la impresión de que el escritor del artículo era en realidad un orador
que estaba a su lado y que quería convertirle a su opinión con un razo -
namiento sencillo e irrefutable». 96 Goebbels había aprendido esto de la
«prensa marxista». «El marxismo no ha vencido gracias a sus editoria -
les, sino gracias a que cada editorial marxista era un pequeño discurso
propagandístico», analizó en su discurso «Cognición y propaganda» del
9 de enero de 1928. 97
La postura del órgano recién fundado era incuestionable. «En eso
nos entendimos y no hubo entre nosotros ni siquiera una disputa al res -
pecto». 98 Desde el principio no se dejó ninguna duda sobre el objeti vo
por el que se luchaba: la destrucción de la república de Weimar y de
aquellos que la trajeron. De acuerdo con la distorsionada visión ideo -
lógica de los nacionalsocialistas y con el criterio aducido por Hitler en
Mi lucha de no mostrar «nunca a la masa dos o más adversarios, porque
99
si no esto lleva a una completa disgregación de la fuerza combativa»,
sólo podía ser uno el enemigo contra el que se dirigía esta lucha: los
judíos. «Este elemento negativo tiene que ser exterminado de las cuen -
tas alemanas, o estropeará eternamente las cuentas». 100
Goebbels explicó el porqué a sus lectores directamente en el primer
editorial: «Somos enemigos de los judíos porque somos defensores de
la libertad del pueblo alemán. El judío es la causa y el beneficiario de
nuestra esclavitud. Ha aprovechado la precariedad social de las grandes
masas populares para hacer más profunda la infortunada división entre
izquierda y derecha en el seno de nuestro pueblo, ha hecho dos mita -
des de Alemania, sentando así la base para la pérdida de la Gran Gue -
rra, por una parte, y para la falsificación de la revolución, por otra». 101
«El judío» era para Goebbels un «organismo parasitario», el «prototipo
del intelectual», el improductivo «demonio de la decadencia» e igual -
mente el «consciente destructor de nuestra raza», ya que ha «echado a
perder nuestra moral, socavado nuestras costumbres y roto nuestra fuer-
za».102
Como tan a menudo hizo en sus campañas, Goebbels orientó tam-
bién en este caso su proceder por la táctica de sus adversarios de izquier-
da. «Al igual que la socialdemocracia antes de la guerra no sólo
com- batió un sistema que le era enemigo, sino también a sus
representantes visibles y expuestos, así debíamos nosotros también
(...) basar nuestra táctica en ello».103 Para Goebbels, que como
impedido conocía el poder de tales estigmatizaciones, el exponente
fue Bernhard Weiss,104 quien en marzo de 1927 había sido
nombrado vicepresidente de la Jefatura de Policía «judeo-marxista»
en la Alexanderplatz de Berlín y cuya poli- cía política había
participado de manera decisiva en la prohibición del NSDAP
berlinés.
Weiss, que nació en 1880 en el seno de una familia de la alta
bur- guesía judía de Berlín, fue capitán de caballería en la Primera
Guerra Mundial y se le condecoró con la Cruz de Hierro de primera
clase. Su retrato le había llamado la atención a Goebbels después de
la prohibi- ción del partido, cuando el Volkischer Beobachter publicó la
foto de Weiss en primera plana.105 Más bien bajo, con el pelo oscuro
y gruesas gafas de concha, Weiss respondía perfectamente a la
imagen que Goebbels tenía del prototípico enemigo judeo-marxista
que había que «exter- minar», aunque el vicepresidente de la policía
no pertenecía ni al SPD ni al KPD, sino al partido de la burguesía
liberal, el DDR Sólo hacía falta ya un nombre pegadizo para
«despedazarlo» por completo como objeto de la propaganda.
Cuando el 15 de agosto de 1927 Goebbels dedicó su primer editorial
a Weiss, había encontrado ese nombre: «Isi- doro».106
El nombre «Isidoro» (Isidor en alemán) no fue una ocurrencia
del agitador.También lo había tomado de los comunistas. Este
apodo, que aspiraba a un efecto difamatorio, ya se había utilizado
repetidamente en el Rote Fahne [Bandera Roja].107 «Isidoro», aunque
de ningún modo era de origen hebreo, sino griego, se usaba a menudo
como insulto108 y ocupaba un lugar destacado, por lo que a su
connotación negativa se refiere, por debajo de «Cohn», «Levy» y
«Schmul». No el llamativo antisemitismo de los disturbios, sino
este antisemitismo medio encu- bierto y diario constituía el terreno
fecundo sobre el cual el ataque de Goebbels a Weiss pudo seguir
creciendo y desarrollar una eficacia polí- tica.109
Goebbels, que ya inmediatamente después de la prohibición había
atacado con violencia aWeiss durante un acto del partido en Stuttgart,
hizo enseguida del Angriffun «periódico de lucha contra Isidoro»,110
cuajado —en particular la página local «Desde el desierto de asfalto» y
la columna «¡Cuidado, porra!»— de menciones del apodo y de carica-
turas de «Isidoro» hechas por «Mjólnip>. Aquí se podía leer sobre el
«espía de esvásticas de Isidorito»; allá sugería la caricatura de Schweitzer
que Weiss, pese a conocer los ataques delictivos de la Liga Roja de Com-
batientes, no procedía contra ella. Incluso el crucigrama silábico de la
sección de anuncios iba dirigido contra él; una solución rezaba: «difun-
de el Angriff hasta que Isidoro sea vencido», o «Isidoro está acabado, si
todo el mundo da un donativo al Angriff».111
Las caricaturas más agresivas y los artículos del Angriff mis infames
aparecieron reunidos en 1928 en el Libro de Isidoro112 y al año siguiente
en el Nuevo libro de Isidoro,113 que en el periódico de lucha de Goebbels
eran encomiados continuamente y según éste «se vendieron como el
pan».114 El brutal cinismo que caracterizaba la lucha de Goebbels
contra Weiss queda claro en la introducción del libro por su lema: «Isi -
doro no es un hombre concreto, una persona que aparezca en el códi-
go civil (...). Isidoro no es un hombre concreto, una persona que ten-
ga cara. Isidoro es el rostro, desfigurado por la cobardía y la hipocresía,
de la llamada democracia, que el 9 de noviembre de 1918 ocupó los
tronos vacíos y hoy agita sobre nuestras cabezas la porra de la más libre
república».115
El odio de Goebbels contra Weiss se había acrecentado sin límites
sobre todo porque el vicepresidente de policía, que luchaba a favor de
la democracia, hacía que los hombres de la policía política velaran aten-
tamente por la estricta observancia de la prohibición del partido. En
Moabit se habían sentado diariamente delante de los jueces miembros
de las SA. El primero se había puesto la prohibida camisa parda, el segun-
do había amenazado la paz y la seguridad públicas mostrando un emble-
ma del partido, el tercero había dado una bofetada a un «judío insolente
y arrogante» —escribió después Goebbels restando importancia a las
provocaciones a las que había instigado a sus partidarios para hacer saber
a la opinión pública que el partido «aun prohibido está vivo»,116
como rezaba el lema ideado por él.117
En realidad, la prohibición perjudicó poco al partido en la
medida en que la organización siguió existiendo en esencia, aunque
bajo otro nombre. La secretaría del distrito se convirtió en oficina de
delegados. Las subdivisiones de las SA pasaron a ser asociaciones,
como el club de bolos Los Nueve, el club de natación Alta Ola, el
club de senderismo Viejo Berlín o el Club estrella de los Alpes de
Wessel, cuyo estableci- miento de reunión habitual era una pastelería
situada en la Pasteurstra- se. Cuando la policía política desintegraba y
prohibía una asociación de este tipo, la propia gente de las SA
fundaba una nueva con otro nom- bre y en otro lugar. Además, por
un par de pfennigs que costaba el bille- te, podían atravesar las
fronteras de Berlín con el uniforme de las SA en la mochila, para sin
molestia alguna mantener vivo el pardo romanti- cismo
revolucionario con marchas y asambleas en la Marca de Bran-
deburgo, en Teltow o en Falkensee.
Al amanecer del 5 de agosto de 1927 abandonaron Berlín de esta
manera unos cincuenta hombres de las SA, saliendo hacia
Nuremberg para una marcha a pie propagandística —que sin
embargo servía más para fomentar la cohesión— con motivo del
congreso del partido a nivel del Reich. Wessel, que se contaba entre
ellos, describió en su rela- ción del viaje cómo el grupito se había
aproximado finalmente a Nurem- berg tras ir en tren, en la superficie
de carga de camiones y varias veces a pie por las ciudades y pueblos
de la Marca de Brandeburgo y de Sajo- nia, a través de la Selva de
Turingia y de Franconia. Dejaron atrás a los
«impedidos» para entrar en la ciudad «marchando» a buen paso.118
Allí se encontraron con otros 400 berlineses de las SA y
compañeros del partido, que habían seguido hasta Nuremberg a su
jefe de distrito con motivo de este tercer congreso del partido. La
ciudad parecía un «cam- pamento pardo». «Nuremberg, nadie la
olvida fácilmente», escribió el entusiasmado Wessel, que
participaba por primera vez en un acto de este tipo, el cual mostraba
a su juicio el fortalecimiento del movimien- to general. Además de las
marchas, las proclamas y los desfiles de antor- chas, la entrega de dos
nuevos estandartes a las SA berlinesas constitu-
yó un momento culminante del congreso. Al final pensó Wessel, lleno
de optimismo: «Después de semejante encuentro a nivel del Reich, ¡qué
importaba a los berlineses tener que volver a una ciudad en la que su
actividad estaba prohibida!».119
Con tanta más rebeldía se dejaron arrestar en conjunto los 450 asis-
tentes al congreso del partido, después de que Weiss hiciera detener su
tren antes de llegar a Teltow, en la Marca. Acusados de ser miembros de
una organización prohibida, fueron transportados en camiones descu-
biertos —como si de un viaje propagandístico se tratara— a través de
Berlín hasta el cuartel general de la policía en la Alexanderplatz, donde
la mayoría de ellos fueron retenidos por una noche. Por fin se volvía a
tomar nota de ellos, debió de pensar Goebbels, que por su parte se
quejó con gran patetismo en el Angriff: «Os pregunto: ¿es eso una
acción heroica? Tú, joven rubio, si te afloran las lágrimas a los ojos, reprí-
melas. No llores delante de estos jueces con el semblante triste».120
En aquellos días de prohibición del partido, Goebbels volvió a ejer-
cer la actividad de «escritor». Además de revisar su Michael del año 1923
(que se publicó en 1929 en la editorial muniquesa del partido, siguió
siendo «invendible» hasta 1933 y con el comienzo de la guerra iba a ver
su decimocuarta edición), completó Der Wanderer [El Caminante], «una
obra en un prólogo, once cuadros y un epílogo». En esta pieza, comen-
zada en 1923 en el barrio Klettenberg de Colonia, en un momento de
extrema necesidad y ahora dedicada «a la otra Alemania», Goebbels se
valió de su motivo tan manido de la pretendida omnipotencia de la fe,
cuando escribió: «La fe/ es todo./ Despierta la fe en el mundo/ que
despierta así al hombre./ El hombre no está muerto,/ sólo duerme./
La fe es la fuerza/ que lo despierta a la vida./ Tú tienes la palabra/ tú
tienes la fe/ tú tienes la fuerza/ (...) / El nuevo Reich llegará».121
Para representar como obra dramática Der Wanderer, ese tratado
ligado a las categorías fijas del bien y del mal, Goebbels contrató a
algunos actores desempleados. El 6 de noviembre tuvo lugar el estreno en
el teatro Wallner de Berlín. Mientras que en el Angriff se podía leer que
Der Wanderer era un ejemplo de «las nuevas tendencias culturales de una
joven cosmovisión»,122 otros periódicos lo criticaron despiadadamente.
Esto no hizo desistir al autor de enviar a la «escena experimental nacio-
nalsocialista», creada por él bajo la dirección de Robert Rohde, a hacer
una gira por los alrededores de Berlín con el Wanderer durante los años
siguientes.123 Más tarde, tras la subida al poder, Goebbels hizo que la
pieza teatral se representara incluso en teatros regionales y estatales,
como los de Gotha,Wurtzburgo, Gotinga y Jena.124
Entre las actividades con las que Goebbels intentó en la época de la
prohibición propagar la idea nacionalsocialista y mantener cohesionado
el partido estaba también la formación de una llamada «escuela de polí-
tica» a comienzos de octubre de 1927. 125 Bajo el pretexto de querer
hacer de la política «como observación de los hechos» un bien común
de las capas sociales más amplias posibles, para ponerla en condiciones
de «llevar a efecto su misión histórica con un mínimo de sofismas y
extravíos», creó para sí la posibilidad de eludir la prohibición de palabra
que le habían impuesto. Goebbels, que sin embargo tomaba también la
palabra en discusiones en otros lugares, pronunció en su «escuela» la
ponencia inaugural sobre el tema «¿Qué es política?»; poco después habló
sobre «Los cimientos del Estado» y sobre «Cognición y propaganda».
Entre los ponentes se encontraban además Reventlow, Lippert y Wil-
helm Frick, el presidente del grupo nacionalsocialista en el Parlamento.
El proyecto continuó cuando el 29 de octubre de 1927 expiró la
prohibición de palabra para Goebbels.Ya el 8 de noviembre volvió a
hablar por primera vez públicamente en el Orpheum de la Hasenhei-
de al sur de Berlín. Los carteles que anunciaban esta y las futuras inter -
venciones llevaban ahora como nueva provocación el rótulo: «Con la
autorización de la jefatura de policía». 126 Verdaderamente alentado por la
suspensión de la prohibición de palabra, Goebbels volvió a intensificar
los ataques contra la dirección policial de Berlín en el Angriff. Introducía
la campaña contra Weiss una caricatura que mostraba al vicepresidente
de la policía con forma de asno sobre una superficie helada y que
llevaba esta ofensiva leyenda: «Cuando al Isidoro le va demasiado
bien...».127'128
Tras el levantamiento de la prohibición de palabra, Weiss volvió a
ordenar que las intervenciones de Goebbels y de otros líderes nació-
nalsocialistas fueran controladas al detalle por funcionarios del depar-
tamento IA, dirigido por él, y que se elaboraran minuciosos informes
sobre comentarios y actividades inconstitucionales. Cada edición del
Angriff era sometida a un riguroso examen inmediatamente después de
su publicación. El 7 de diciembre de 1927,Weiss presentó por prime-
ra vez una querella por injurias y por los cambios de nombre. Cuando
se le pidieron responsabilidades, Goebbels intentó excusarse en el inte-
rrogatorio que tuvo lugar a comienzos de 1928, argumentando que
como editor no era responsable, en virtud de la ley de prensa, del con-
tenido del periódico. Además, sólo había conocido el contenido del
periódico después de su impresión.Tampoco sabía de quién provenían
el incriminado artículo y la caricatura.129
El 28 de febrero de 1928 compareció por primera vez ante un tribu-
nal en la capital del Reich, pero no por la difamación de Weiss, sino como
consecuencia de los acontecimientos ocurridos en la casa de la asocia-
ción de veteranos en mayo de 1927. El tribunal de escabinos de Berlín-
Centro lo encontró culpable de incitación a la violencia. El caso es que
como redactor de las Nationalsozialistische Briefe [Cartas nacionalsocialistas],
editadas por Gregor Strasser, había publicado en abril de 1927 en un artí-
culo sobre el tema «concentración de masas» normas de conducta para
los líderes o ponentes de las asambleas y descrito cómo había que mane-
jar los disturbios y cuándo tenía que intervenir el servicio de orden. 130
Siguiendo exactamente este patrón, se había «enviado a paseo», fuera de
la asociación de veteranos, al párroco de la comunidad reformista. Se le
condenó a seis semanas de cárcel, contra lo que el abogado de Goebbels
interpuso de inmediato recurso de apelación.Tuvo un éxito parcial, pues,
aunque los jueces lo declararon culpable de la exhortación a la lesión cor-
poral, tuvieron en cuenta «que él había actuado de buena fe y con bue-
na conciencia».131 «En el colegio de jueces había un judío, Lówenstein.
De lo contrario es probable que hubiéramos sido absueltos. La senten-
cia: en lugar de la elevada pena de cárcel (...) 600 marcos para mí. No
voy a pagar ni un solo pfennig»,132 fue el balance que hizo Goebbels.
El 31 de marzo de 1928, la jefatura de policía levantó después de
once meses la prohibición del NSDAP berlinés, alegando que se le que-
ría dar «la libre posibilidad de prepararse para las elecciones».133
Sin embargo, esto sucedió relativamente tarde —ciertamente no sin
un sen- tido oculto—, pues el 15 de febrero ya era seguro que habría
nuevas elecciones. Desde comienzos de año, cuando el 19 de enero
el minis- tro de las Fuerzas Armadas Gessler tuvo que ceder su puesto
al teniente general Wilhelm Groener por deseo de Hindenburg, se
perfiló cla- ramente el fracaso del gobierno de Marx, sostenido por
el bloque burgués. Las tensiones latentes en materia de política
social y la con- troversia en torno a la política exterior de
Stresemann—los naciona- listas alemanes la apoyaban siempre con
gran reserva— crecieron con motivo de las deliberaciones para una
nueva ley escolar del Reich y condujeron a la posterior ruptura del
bloque burgués.
Fue «un momento grande y solemne», incluso una «hora
histórica», cuando el NSDAP berlinés fue «fundado de nuevo» el 13 de
abril, escri- bió Goebbels,134 que tuvo que improvisar, dado el corto
periodo de tiempo que quedaba hasta las elecciones al Parlamento
del 20 de mayo y en vista de la reducida caja del partido. Así pues,
concentró su pro- paganda principalmente en estorbar los mítines
electorales de otros par- tidos, como por ejemplo el de Georg
Bernhard, un representante del Partido Democrático Alemán
(Deutsche Demokratische Partei, DDP) y miembro del consejo
económico del Reich. El Vossische Zeitung comentó: «Con frases
hueras (...) se conseguirá doblegar el espíritu de la democracia tan
poco como con una fuerza pulmonar de corto alcan- ce». Allí donde
el «espíritu» del nacionalismo se había perdido en vocin- glerías, se veía
«en alguna parte una predisposición a la lógica y al espí- ritu que
todavía hoy está en el subconsciente. Elevar esta razón
subconsciente hasta la consciencia y prestar oído finalmente a los
argu- mentos de la lógica es el objetivo de la actividad
propagandística demo- crática en la actual campaña electoral. Se
conseguirá, o el espíritu des- tructivo del barullo nacionalista
conducirá a nuevas catástrofes para fatalidad de Alemania».135
Este espíritu destructivo fue el que Goebbels intentó difundir
durante la campaña electoral con la ayuda de «discos de
gramófono», en los que las consignas pardas estaban acompañadas —
así informó el Vossis-
che Zeitung— de «espantosos cantos de combate». 136 Aunque no disponía
de los recursos financieros para una amplia puesta en práctica de esta
moderna técnica, era absolutamente consciente de su significación. Esto
también lo había aprendido de la «izquierda», que realizaba así su
campaña electoral. «La artillería más pesada de la propaganda contem-
poránea» la exhibía el SPD, que había adquirido una serie de automó-
viles modernos con altavoces instalados encima.137 El SPD introdujo
durante esta campaña electoral otra novedad, «que combinaba con el
gramófono la presentación de cintas cinematográficas». 138 Grupos de
actores que representaban sketchs políticos y anuncios luminosos com-
pletaban este repertorio propagandístico. El KPD —según informaban
los periódicos— había introducido además otras formas no ortodoxas
de propaganda. Celebró en Leipzig, por ejemplo, una «tarde comunis-
ta de variedades», a la que también contribuyó el director Erwin Pis-
cator, el «defensor de lo político en el arte».
Una de las principales armas de la propaganda nacionalsocialista era
el propio jefe del distrito berlinés. El que entretanto se había converti-
do en el orador más conocido del partido además de Hitler viajó en
esas pocas semanas que quedaban hasta las elecciones a lo largo y ancho
del Reich,para «predicar» acerca del futuro Tercer Reich.El 17 de abril
habló en Bielefeld, al día siguiente en el barrio Barmen de Wuppertal;
de vuelta en Berlín escribió «editoriales, octavillas y carteles como alma
que lleva el diablo».139 El 19 de abril grabó de nuevo un «disco fono-
gráfico», la tarde siguiente habló con motivo del cumpleaños del «jefe»
en la casa de la asociación de veteranos, el 23 de abril en Colonia, el 24
en Wiesbaden, el 25 en el barrio Friedenau de Berlín, ante un «distin -
guidísimo público burgués».140
Las incesantes actividades del jefe de distrito sólo se vieron entor-
pecidas por las autoridades de lo penal. El 17 de abril recibió las dos
primeras de un total de seis citaciones por injurias al vicepresidente de
policía. «Ya es hora de que sea inmune»,141 apuntó Goebbels, que ante
esta situación había sido nominado por su partido con vistas a su anhe-
lada entrada en el Parlamento, que le protegería de nuevas actuaciones
penales. Hasta entonces intentaba retrasar el juicio. Alegaba tener que
organizar «varios mítines electorales en el sur de Alemania el día en
cuestión» y por tanto «verse obstaculizado en el obligado
desempeño de la propaganda, al estar en un puesto muy
comprometido como can- didato para el Parlamento del Reich y del
land».142 Después de que se rechazara un aplazamiento, Goebbels
hizo saber al tribunal que consi- deraba esto «un impedimento
directo para la propaganda electoral» y llamaba la atención
amenazadoramente «sobre todas las consecuencias eventuales que
conciernen a la inhibición electoral»,143 sin éxito, pues el tribunal no se
dejó engañar. Convencido de que Goebbels se «esfor- zaba
sistemáticamente» por eludir la prosecución penal,144 Weiss había
intervenido ante la fiscalía. El 23 de abril hizo observar al
procurador general que «el doctor Goebbels intenta metódicamente
demorar el pro- cedimiento hasta las próximas elecciones, quizá para
llegar a disfrutar de la inmunidad parlamentaria».145 Ya en marzo,
Weiss había exigido a la fiscalía que «procediera con una sanción
ejemplar» contra Goebbels y otros miembros de la redacción del
Angriff por las reiteradas injurias.146
La vista del «proceso de Isidoro»147 tuvo lugar el 28 de abril de 1928.
En plena campaña electoral, Goebbels quería «esta vez luchar con el
silencio».148 El tribunal confirmó a Weiss que las calumnias llenas
de odio por parte del jefe de distrito eran injurias antisemitas que
ponían de manifiesto un «completo desprecio moral del adversario
(...) y una injustificable hostilidad y embrutecimiento».149 Goebbels era
—de acuerdo con el juez— el líder del partido en Berlín; por tanto,
como editor tenía un determinante influjo sobre el contenido y la
configuración exterior del periódico.150 Goebbels y el coprocesado
Dürr fueron final- mente condenados a tres semanas de cárcel por
«injuria pública y colec- tiva a través de la prensa».
El abogado de Goebbels, Richter, apeló la sentencia con el argu-
mento de que «Isidoro» no se refería personalmente a Weiss, sino
que más bien la expresión era un «concepto genérico que pretende
criticar la judeización de puestos determinantes que impera en este
momento en Prusia». Así el jefe de distrito pudo proseguir su
campaña propa- gandística sin ser molestado. Aun cuando a principios
de mayo declaró que la propaganda surtía un efecto «fabuloso»,
pronto estuvo «hasta la
coronilla» de hablar.151 No obstante, su odio al «sistema» le hizo
aguantar. Ya fuera en Aschaffenburg, en Schweinfurt, en Leipzig o
repetida- mente en Berlín, instigaba a su auditorio, atizaba el miedo
a la infla- ción, al desempleo y a los enemigos de la guerra mundial.
En la última semana antes de las elecciones volvió a intensificar su
trabajo: sólo el 14 de mayo habló doce veces en Munich. Para el
sprint final en la capi- tal del Reich, pese a estar físicamente
agotado, movilizó de nuevo las últimas reservas de energía y estuvo
«perfectamente a punto».152
Goebbels, a quien habían apoyado las SA en Berlín con marchas
pro- pagandísticas, no valoraba con demasiado optimismo los
pronósticos electorales. «En general eran buenos»,153 pero hasta sus
modestas espe- ranzas se vieron frustradas, pues el NSDAP sólo
alcanzó el 2,6 por ciento de los votos, perdiendo así con respecto a
las elecciones del tercer Reichstag del 7 de diciembre de 1924 el 0,4
por ciento o casi 100.000 electores. Este era el peor resultado desde
que el partido entró por pri- mera vez en el Reichstag el 4 de mayo
de 1924 con 32 diputados. Des- pués de obtener 14 diputados en
diciembre de 1924, ahora sólo pudo mandar a 12.
Por el contrario, el SPD registró su mayor éxito desde 1919, con
más de nueve millones de votos.También el KPD, con 3,25 millones,
logró un incremento de medio millón de votos. No menos alarmante
que la subida de los comunistas era para el futuro de la república la
descom- posición de los grandes partidos de derechas, que vino
acompañada de la disgregación del espectro electoral de derechas.
Junto a los 73 dipu- tados del DNVP y los 45 del DVP, accedieron
al nuevo Reichstag 51 representantes de pequeñas agrupaciones de
derechas que tenían los más dispares programas agrarios y relativos a
las clases medias. Cuando en 1929 comenzó la gran crisis
económica, estos millones de votantes de derechas que se habían
quedado sin patria política iban a confluir en los nacionalsocialistas,
de quienes los nacionalistas alemanes habían afirmado en la última
campaña electoral que no eran más que «camo- rristas a los que les
gustaba imitar a Mussolini».154
En la capital del Reich, los nacionalsocialistas no habían superado
la dimensión de un pequeño partido en las elecciones de mayo de
1928.
En total había votado a su favor el 1,5 por ciento de los electores. 155
Sin duda había contribuido a ello la larga etapa de prohibición,
durante la cual la prensa sólo había tomado nota del grupúsculo en
raras oca- siones pese a los esfuerzos del jefe de distrito, así como
la corta cam- paña electoral llevada a cabo con modestos recursos.
Aunque al día siguiente de las elecciones Goebbels se hiciera creer
en su diario que el resultado era «un hermoso éxito», 156 de
inmediato se vio afectado por «depresiones»,157 pues sabía que
durante el año y medio que había estado luchando en Berlín por el
nacionalsocialismo no había cambia- do prácticamente nada.
El resultado de las elecciones al Parlamento entrañó al menos
una satisfacción personal para Goebbels. El, que ni siquiera hacía
cinco años había tenido que vivir con sus padres como un «pobre
diablo», se encon- traba entre aquellos diputados del NSDAP que
accedieron al cuarto Reichstag alemán. Así, con todo, éste fue para
él un paso adelante, en dirección al Tercer Reich. Que llegaría, eso no
lo dudaba Goebbels pese a todos los reveses y decepciones, mientras
él no dejara de creer en ello.
Capítulo 6

QUEREMOS SER REVOLUCIONARIOS,


Y SEGUIR SIÉNDOLO
(1928-1930)

E l 13 de junio de 1928 el diputado Goebbels subió cojeando las


escaleras hasta la entrada del Parlamento alemán para asistir a su
sesión constituyente. Agradable le pareció el aplauso de algunos
curio- sos que se encontraban a la puerta, pues, entre los casi
quinientos par- lamentarios presentes en el amplio hemiciclo de la
sala de plenos bajo la imponente cúpula del edificio diseñado por
Wallot, los doce nacio- nalsocialistas se debían de sentir como un
perdido grupúsculo. Incluso dentro de éste, Goebbels pertenecía más
bien a los divergentes, pues el presidente del grupo Frick y el
diputado Feder, Gregor Strasser, el jefe del cuerpo franco Franz
Freiherr Ritter von Epp y el «algo abotarga- do» capitán de aviación
Hermann Góring1 —éste se había marchado al extranjero tras el
golpe de noviembre, había regresado a Alemania hacía algunos
meses y se había asentado ahora en Berlín con un con- trato de la
Fábrica Bávara de Motores— eran sin excepción «viejos
combatientes» que ya habían estado presentes en 1923 en Munich.
Su inseguridad en un terreno que le era extraño despertó en
Goeb- bels la obsesión de estar expuesto de manera muy especial a
la «tenta- ción del mal». Todo el funcionamiento —escribió sobre
sus primeras impresiones en el pleno— de la «enajenada escuela
judía» era tan «infa- me y taimado», pero al mismo tiempo tan
«dulce y tentador» —pensa- ba Goebbels, ahora dotado de
inmunidad, dietas y demás privilegios—
«que sólo unos pocos caracteres se sobreponen a él.Tengo la seria
volun- tad de permanecer fuerte y creo y espero lograrlo».2 Él
mismo no se
762 Goebbel
s

veía a la altura de esa «prueba», entre otras cosas porque estaba con-
vencido de que el parlamentarismo «hacía tiempo que estaba a punto
de sucumbir»3 y de que los nacionalsocialistas estaban destinados a «aca-
bar con este sistema por sí solos y a no debilitarse en manera alguna
ante sus enfermizos síntomas».4
Después de que los «gordos liberales» —en palabras de Goebbels—
hubieran «juntado» el gobierno5 —era la gran coalición encabezada por
el socialdemócrata Müller—, el jefe de distrito pronunció su «discurso
inaugural» el 10 de julio durante la primera deliberación sobre un pro-
yecto de ley acerca de la fiesta nacional: «Cuando uno por primera vez
participa como novato parlamentario en este mareo democrático, pue-
de ver las estrellas»;6 así comenzó sus declaraciones, que no sólo le aca-
rrearon una reprimenda del vicepresidente del Reichstag, Esser, sino
también la enérgica protesta de los demócratas. El mismo comentó sobre
su primera intervención que «había dicho a esos cerdos una opinión
que les había dejado pasmados. E hizo efecto. La sensación del Reichs-
tag. ¡Qué rayos va a echar mañana el amarillismo!».7
Aunque la prensa dio gusto a Goebbels, si bien no se hizo de su inter -
vención un «hecho sensacional», iban a pasar casi nueve meses hasta que
volviera a tomar la palabra el encargado de «cultura e interior» dentro
del grupo parlamentario de los nacionalsocialistas. Si guardó silencio fue
porque él entendía el nacionalsocialismo como un movimiento revolu-
cionario extraparlamentario. «¿Qué nos importa a nosotros el Reichs-
tag?», escribió con desdén en el Angriff. «No tenemos nada que ver con
el Parlamento. Lo rechazamos desde dentro y tampoco tenemos reparo
en expresarlo firmemente hacia afuera (.. .).Yo no soy un miembro del
Reichstag.Yo soy un Idl, un IdF [Inhaber der Immunitdt; Inhaber der
Frei- fahrtkarte] un beneficiario de la inmunidad y de la tarjeta de viajes
gra- tis. (Un Idl) denuesta al "sistema" y recibe a cambio las gracias de la
repú- blica en forma de 750 marcos de mensualidad».8
Sin embargo, el mandato parlamentario no sólo reportó a Goebbels
la tarjeta gratuita para viajar en primera clase y la anhelada inmunidad
que le protegía de la detención policial, sino que también mejoró su
consideración dentro del partido, maltrecha tras la prohibición del
NSDAP en Berlín, y por tanto su posición frente a los Strasser.9 A fina-
les de mayo y principios de junio de 1928, éstos le habían echado
indi- rectamente la culpa en las «Cartas nacionalsocialistas» por el
decepcio- nante resultado del partido en Berlín. Gregor escribió que
los correspondientes cargos del partido tenían que revisar el trabajo
reali- zado hasta ahora en métodos y contenido.10 Otto declaró que
los pro- letarios se habían ido con los comunistas, los verdaderos
triunfadores. Él también aludió a Goebbels sin mencionar el nombre
en su artículo, al hablar de «hombres infinitamente listos».11
Semejantes ataques agravaron sin límite el odio de Goebbels.
Otto Strasser, el «Satanás» del movimiento, tenía que ser «aniquilado»,
«cos- tara lo que costara», anotó en su diario, para hacer de
inmediato la sal- vedad de que es imposible imponerse a Strasser.
«Ese canalla es dema- siado astuto y pérfido».12 Cuando además dijo
haberse enterado de que habían tenido lugar negociaciones entre
Otto Strasser, Reventlow y Kaufinann «con el objeto de fundar un
nuevo partido en el que se ha de acentuar más la línea socialista», se
indignó contra su adversario, del que en realidad estaba más cerca
políticamente. Iban contra Hitler. «Estos señores quieren ser ellos los
jefes.Yo estaré al acecho. Estoy con Hitler, pase lo que pase. Aunque
me dé de bofetadas».13
Después de que «su jefe» no interviniera, aunque le había
informa- do de lo que se había enterado, Goebbels acarició la idea
de presentar su «dimisión», porque «estaba harto» de la situación en
Berlín.14 Cambió de opinión cuando el 14 de julio de 1928 —ese
mismo día, para satisfacción del jefe del distrito berlinés, el
Parlamento promulgó una amnistía para todos los delitos políticos
cometidos antes del 1 de ene- ro de 1928— Hitler llegó a Berlín y
calmó los espíritus en una «larga entrevista personal» con los
Strasser. A Goebbels le aseguró que había procedido «duramente
contra el doctor Strasser», de modo que aquél creyó que la editorial
de lucha, la fuente del influjo de los Strasser en el partido de la
Alemania septentrional, se iba a «liquidar» enseguida. Cuando
Hitler, empleando una hábil táctica, se mostró además lleno de
aprobación para el trabajo de Goebbels, éste ya no pensó más en
una
«dimisión»: «Me quedo. El jefe está de mi parte al cien por cíen
164 Goebbel
s

Entre otras cosas, para calmar la situación en el partido berlinés, Hitler


aceleró el proyecto de reorganizar los distritos del NSDAP
basándose en las circunscripciones electorales del Parlamento. Para
el distrito de Berlín-Brandeburgo esto significaba la división en un
distrito de Gran- Berlín y en un distrito de Brandeburgo. De éste,
que Goebbels califi- có inmediatamente de «subdistrito»,16 se hizo
cargo el amigo de Stras- ser, Holtz,17 el 1 de octubre de 1928, cuando
el plan se llevó finalmente a la práctica. «Se divide mi distrito. (...)
¡Gracias a Dios! Así me evitan muchos disgustos»,18 anotó Goebbels, a
quien Hitler, teniendo en cuenta su susceptibilidad, le había
agradecido expresamente «su excelente trabajo en el territorio en
cuestión, que posibilitaba la creación allí de un distrito propio». Así,
el margen de acción organizativa quedó limi- tado para Goebbels a
la capital del Reich, pero allí se amplió, pues los Strasser
pertenecían en adelante al «subdistrito» de Brandeburgo.
En el verano de 1928, al jefe del distrito de Gran-Berlín le
depara- ron preocupaciones no sólo los hermanos Strasser, sino
también las SA berlinesas. Pese a todos los esfuerzos, no se había
conseguido conver- tirlas en una mera tropa del partido. Si, al igual
que antes, se parecían más bien a una liga militar no ideológica, esto
se debía a las disposi- ciones dictadas con arreglo al programa de
reorganización, según las cuales a partir de noviembre de 1926
ningún miembro del partido podía ser líder político y al mismo
tiempo miembro de las SA.19 En la pri- mavera de 1928, por orden
de Franz von PfeíFer, que había sido nom- brado por Hitler «jefe
supremo de las SA», las secciones berlinesas de las SA fueron
también sustituidas por un sistema de tropas de asalto agrupadas en
cinco estandartes. Sus líderes militares, a la cabeza de ellos Walter
Stennes, el oficial de la guerra mundial, combatiente del cuer- po
franco y distribuidor de armas, reivindicaban su autonomía respecto a
los civiles de la dirección del partido, por parte de los cuales se
sentían abandonados de todos modos, dados los modestos subsidios
financieros. Goebbels consideró tales aspiraciones como «carentes
de instinto político» y les reprochó que ni podían «odiar» ni habían
des- cubierto «al judío».20 La consecuencia: el aparato paramilitar
amenazaba con independizarse.
Para evitar un retroceso del NSDAP en Berlín, en opinión de Goeb-
bels había que dejar la política a los políticos y las SA debían tener la
misión de intervenir a favor de la ejecución de esa política.21 Pero
antes de poder «echar un rapapolvo a esos señores»,22 a mediados de
agosto de 1928 se agravó de lleno la crisis. Él hablaba de una «crisis
de la liga militar», tal como la había pronosticado desde hacía
tiempo. El origen estuvo en una reclamación pecuniaria de Stennes
por valor de 3.500 marcos a la dirección a nivel del Reich. Puesto
que Munich no pagó, el 10 de agosto Stennes reunió en torno a sí a
los líderes de las SA pre- sentes en Berlín, denostó a Hitler y aVon
Pfeffer como «canallas» y, tras exponer las circunstancias, hizo que
algunos de los sublevados se die- ran de baja del partido, hecho que
fue comunicado de inmediato tele- gráficamente a la dirección del
Reich.23
Goebbels, que se enteró de ello en su lugar de vacaciones,
Garmisch- Partenkirchen, en Baviera, opinó que ahora había que
poner en claro el asunto definitivamente: «Partido o liga militar,
revolución o reac- ción».24 Las conversaciones que mantuvo a su
regreso con Stennes y otros hombres de las SA, así como el pago de
los 3.500 marcos, toda- vía hicieron posible un acuerdo.25 Al jefe de
distrito le pareció que la crisis estaba «solucionada» cuando Hitler,
al que creía de nuevo total- mente de su parte, le aseguró que en un
futuro cercano hablaría dos veces ante las SA berlinesas. Ya a finales
de agosto —en ese momento Goebbels se encontraba otra vez en el
lugar turístico de la Alta Baviera
— Hitler habló en una sala «completamente abarrotada» de Frie-
drichshain. Su intervención fue un «rotundo éxito», pensó Horst
Wes- sel, a quien le había llamado la atención en la asamblea sobre
todo la gran cantidad de caras nuevas para él.26
Si en el distrito se podía afrontar con optimismo la «lucha de
oto- ño e invierno», como creía Wessel, no era sólo porque Goebbels y
Sten- nes hubieran arreglado sus diferencias y ahora quisieran
«colaborar leal- mente»,27 sino también por el trabajo organizativo
que caracterizó las postrimerías del verano de 1928. En él tomó
parte de manera decisiva Reinhold Muchow. El 1 de julio Goebbels
le había nombrado, a sus veintitrés años jefe de organización del
distrito de Gran-Berlín,28 cuya
secretaría se había trasladado el 27 de junio de la Lützowstrasse a la
Ber- liner Strasse 77. Muchow desarrolló un plan de organización
que debía sustituir a las viejas estructuras del distrito.29 Tomando
como modelo la organización del partido comunista, había
proyectado un sistema
—célula, célula de calle, sección, departamento o circunscripción,
dis- trito— que se introdujo ahora en Berlín y que más tarde fue
adopta- do por la dirección del NSDAP a nivel del Reich para la
organización del partido en toda Alemania.30
En la instrucción de los líderes de célula colaboró también el
miem- bro de las SA Horst Wessel, que acababa de convertirse en jefe
de las células de calle de la «sección de asalto Alexanderplatz».31
Wessel había permanecido en Viena entre enero y julio de 1928 para
estudiar allí, por orden de Goebbels, la organización y los métodos
de trabajo de la unión de la juventud nacionalsocialista del partido
de Viena. En el NSDAP éste se consideraba un activo fuerte:
rigurosamente organiza- do, con una disposición centralizada, con
«mucho idealismo y abnega- ción». De vuelta en Berlín, Wessel se
había aplicado primero al trabajo con la juventud, antes de dedicarse a
la constitución del sistema de célu- las de Muchow, y así, en contra de
los estatutos de las SA, al verdadero trabajo del partido.32
Al mismo tiempo, en coordinación con Goebbels, Muchow tomó
la iniciativa para formar una organización de células de empresa con
el objetivo de poder desarrollar de manera más eficaz la lucha «por el
alma de los trabajadores». Después de que se fundara, aún durante
la época de prohibición, una primera «célula de empresa»
nacionalsocialista en la firma Knorrbremse S.A. de Lichterfelde, ya
el 30 de julio de 1928 se abrió dentro de la jefatura del distrito
berlinés una «secretaría para asun- tos de los trabajadores». Tras las
elecciones municipales de noviembre de 1929, el distrito iba a
recibir un departamento de células de empre- sa «en condiciones de
actuar».33 Esta fue también una innovación que posteriormente fue
adoptada por el jefe de organización del Reich, Gregor Strasser, y
que llevó a la creación el 15 de enero de 1931 de un departamento de
células de empresa del Reich (RBA por sus siglas ale- manas,
Reichsbetriebszellenabteilung) dentro del NSDAP.34
Los progresos organizativos del partido berlinés, en el que —según
Goebbels— se iba haciendo visible poco a poco un «cuerpo de líde-
res»,35 encontraron su expresión en la primera gran acción propagan-
dística, la llamada «semana Dawes». Fue inaugurada en los últimos días
de septiembre con un número extraordinario del Angriff, del que se
vendieron unos 50.000 ejemplares. 36Tras mítines en la cervecería Bock-
brauerei, de la asociación de veteranos salieron miles de personas hacia
Teltow para celebrar el tercer «día de la Marca». A los desfiles de las SA
siguió la «marcha de entrada» de éstas en la capital del Reich. En Lich-
terfelde, al suroeste de Berlín, el jefe de distrito, que se había adelanta-
do, esperaba a las columnas de marcha. Quedó entusiasmado por «los
magníficos jóvenes», que entonaban una y otra vez la canción berlinesa
de las SA, publicada por vez primera el 25 de junio de 1928 en el
Angriff, sobre las «columnas de asalto»37 preparadas para la «lucha
racial».
«Sólo cuando los judíos se desangren seremos libres», resonaba por las
calles, en cuyas aceras se agolpaban las gentes para ver desfilar, en parte
con repugnancia, pero en parte también con entusiasmo, a «las columnas
de asalto de la dictadura de Hitler» —así decía la canción—, a las que
sólo la muerte podía vencer.
El mismo día Berlín vivió su primera concentración nacionalsocia-
lista de masas. Fue el broche y el momento culminante de la «semana
Dawes».Varios miles de personas se habían reunido en el palacio de
deportes, «lleno a rebosar», donde Goebbels habló por primera vez 38
junto al diputado parlamentario Reventlow y al jefe del distrito de la
Marca Oriental, Richard Paul Wilhelm Kube. Goebbels estuvo «a tope»,
mientras fuera, en la Potsdamer Strasse, los que no habían podido entrar
en el palacio de deportes por lo lleno que estaba libraban una sangrienta
lucha callejera con los comunistas. Sólo los nacionalsocialistas registra-
ron veintitrés heridos, entre ellos tres graves. Mientras tanto, en el inte-
rior reinó una «tremenda agitación»; a Goebbels le costó trabajo volver
a «hacerse» con los reunidos, para luego instigar de nuevo al auditorio
contra la república, que calificó de «campo de acción para los instintos
ladrones» y de «guarida de asesinos». El NSDAP —prometió— cons-
truirá otro Estado a partir de éste e instaurará el «nuevo Reich alemán»
a su debido tiempo.39 Una vez que llegó al final y se extinguió el último
«sobre todo en el mundo»,40 después de que la gente se agolpara
furiosa en las salidas y fuera se avivaran las reyertas con los comunistas,
Goebbels estaba en su elemento: «El corazón salta de alegría».41
La alegría del jefe de distrito se convirtió sin embargo en pura feli -
cidad con la carta de Hitler, que había leído en los periódicos acerca
del espectáculo escenificado en Berlín y le felicitaba. «Lleno de elogio
hacia mí. "Berlín, ésa es su obra"». 42 Con los sentimientos exaltados y
sobrestimando en gran manera la significación del movimiento de la
capital, Goebbels escribió en su diario que «todo» volvía a mirar hacia
Berlín. «Somos el centro».43 Cuando el 13 de octubre Hitler llegó al
Spree y sorprendió a Goebbels en la redacción del Angriff, se mostró
una vez más lleno de aprobación hacia el jefe de distrito. El «jefe», que
«habló muy duramente contra el doctor Strasser», debió de quedar «entu-
siasmado» también con la nueva edición del Angriff,44 cuya tirada
aumentó ese otoño. Si en noviembre se sumaron 200 suscriptores, lo que
Goeb bels atribuyó al «nivel intelectual» del Angriff45 en invierno de
1928 los
«diligentes publicistas» alcanzaron nuevas cifras récord.46 No obstante,
en ese momento la tirada no debió de superar los 7.500 en total.
Después de que el gobierno prusiano levantara a Hitler la prohibi-
ción de palabra, el Angriff anunció su intervención en Berlín para el 16
de noviembre. Cuando habló en el palacio de deportes, interrumpido
una y otra vez por «salvas de aplausos», la sala estaba «llena de curiosos.
Entre ellos varios miles de adictos al partido de los nacionalsocialistas
(...). Delante, cerca de la tribuna del orador —según el Vossische Zei-
tung—47 algunos diputados del partido. El bajo y moreno doctor Goeb-
bels con los exaltados ojos negro azabache y los finos labios». Éste dejó
constancia de esa tarde, después de que Hitler terminara agotado su ins-
tigador discurso de dos horas y media, como el «mayor éxito» de su tra-
bajo hasta entonces realizado en Berlín.48
La intervención de Hitler trajo cola, de manera que por fin Goeb-
bels parecía tener en Berlín la primera «víctima sangrienta» que podía
explotar propagandísticamente. Uno de los hombres de las SA, que había
estado en la taquilla del palacio de deportes, un tal Hans-Georg Küte-
meyer, de la sección de asalto 15, fue rescatado muerto al día
siguien- te del Landwehrkanal, unos cuantos kilómetros al sur del
lugar donde la gente del cuerpo franco arrojó al canal a la asesinada
Rosa Luxem- burgo en enero de 1919. Cuando Goebbels se enteró,
tuvo por seguro que los comunistas habían matado a Kütemeyer
alevosamente. Mien- tras que la «prensa judía» —según Goebbels—
intentaba simular un sui- cidio,49 él empezó enseguida a glorificar al
miembro fallecido de las SA con objeto de convertirle en un mito.
En el Angriff estilizó la imagen del muerto como si del tipo ideal de
nacionalsocialista se tratara. Allí se hablaba de diligencia, conciencia
del deber, lealtad y amor a su Füh- rer; se había sonrojado al verle y
oírle por primera vez. Puesto que las pesquisas policiales y, por
consiguiente, los informes de los periódicos berlineses corroboraban
la tesis del suicidio, Goebbels tuvo que pre- sentar argumentos en
contra. Así decía haber visto, tal como escribió en el Angriff, un taxi
«lleno de sanguinarios canallas rojos» y además las barras de hierro
con que destrozaron la pálida cara del hombre de las SA para dejarla
hecha «un eccehomo en un abrir y cerrar de ojos». 50 El vicepresidente
Weiss prohibió un cortejo fúnebre.Así pues, Goebbels tuvo que
limitar el patético espectáculo propagandístico al entierro. Sin
embargo, las declaraciones demasiado transparentes del jefe de
distrito llevaron a Weiss a «tantear» también a éste. «La policía
busca datos sobre el caso Kütemeyer. Violación de la inmunidad.
De nuevo una terrible confusión. Este maldito Isidoro no se anda
con rodeos. Se encontraron dos pistolas. ¡Una historia desagradable!
Así que las perse- cuciones se reanudan con toda dureza. Pero
nosotros sabremos defen- dernos (...).Todo esto es naturalmente otra
confabulación de la poli- cía. Ahora quieren taparnos la boca antes de
las negociaciones sobre las reparaciones»,51 sostenía Goebbels al
respecto en su diario. Aunque los nacionalsocialistas detenidos en la
secretaría del distrito en el curso de la investigación fueron puestos
pronto en libertad y Goebbels declaró que «Isidoro» había vuelto a
hacer «grandiosamente el ridículo»,52 el mito de Kütemeyer como
víctima de los rojos fracasó ante la realidad, sobre la que
informaban extensamente los periódicos de la capital del Reich.
Pero, incluso sin este mito —desde entonces la sección de asalto
de Lichterfelde llevó el nombre de Kütemeyer—, el NSDAP siguió
ade- lante en el distrito; la base la proporcionaba la gran política.
Tras lar- gas conversaciones previas, en septiembre de 1928 los
mediadores de Alemania, Francia, Inglaterra, Italia y Japón
acordaron en Ginebra ini- ciar negociaciones oficiales sobre la
desocupación anticipada de Rena- nia y establecer una comisión de
expertos que debía redactar las pro- puestas para la regulación
completa y definitiva de las reparaciones. Después de que el resto
del año transcurriera con la preparación de la conferencia, el 9 de
febrero de 1929 se celebró la conferencia de exper- tos en París, bajo
la presidencia del americano Young. Al principio las reclamaciones
de los países acreedores se fijaban en un pago anual de unos 2.700
millones de marcos oro, que posteriormente se redujo a
2.300 millones, frente a una propuesta alemana de 1.600 millones
de marcos oro.
Las sumas millonarias sobre las que se negoció en la metrópolis
del Sena ofrecían un extraño contraste con la pobreza que iba
ganando terreno en el Reich. En otoño del año 1928, la coyuntura
había expe- rimentado un perceptible retroceso. Los primeros
afectados fueron los pobres y la denominada «gente humilde». Si en
octubre de 1927 el número de desempleados estaba todavía por
debajo de la barrera del millón, en el gélido invierno de 1928-1929
aumentó a un ritmo ver- tiginoso. En diciembre eran casi dos
millones, en enero ya casi tres, y en febrero, cuando comenzaron a
negociar las delegaciones, más de tres millones. Ante esta situación,
¿qué le iba a parecer más indicado al NSDAP que transformar
propagandísticamente la miseria económica en una consecuencia de
las «cargas tributarias»?
En adelante, en sus discursos incendiarios o en los artículos del Angriff,
Goebbels repetía a la gente con una pesadez insuperable aquello que
«realmente» sucedía en París, a saber, un complot gigantesco del «judais-
mo internacional», que pretendía esclavizar al pueblo alemán y
llevar así a Occidente a la ruina. «El pueblo alemán ha atravesado
las nume- rosas estaciones del Gólgota y sus verdugos se disponen
ahora a cruci- ficarlo entre risas burlonas».53 A Goebbels no le bastaba
con «predicar»
eso, sino que además lo creía, pues todo encajaba en su
estereotipada visión de las cosas.
En unas notas manuscritas que empezó en 1929 con vistas al pro-
yecto de un libro, apuntó que debería haber sido tarea de la opinión
pública y del gobierno alemán atraer con una propaganda radical la
atención del mundo hacia la pobreza que reinaba en Alemania, para
en las siguientes «resoluciones decisivas» poner del lado alemán a una
par- te, por pequeña que fuera, de las simpatías de los países
neutrales. «El gobierno alemán no lo ha hecho, y tampoco pretende
hacerlo en las próximas semanas, según parece»,54 de lo que él
deducía otra vez su complicidad con el «judaismo internacional».
Esta sospecha la vio confirmada cuando a mediados de febrero se
conoció en Berlín que el adversario de Stalin «Bronstein, alias
Trotski», un judío —según Goebbels— «que quizás tenía sobre su
conciencia los mayores crímenes de los que una persona se había
hecho jamás culpa- ble», iba a abandonar la Unión Soviética para
solicitar eventualmente asilo político en Alemania. «El gobierno del
Reich tratará la cuestión y esperemos que se llegue a un sí, escribe el
Berliner Tageblatt. La bolsa y el bolchevismo de la mano. El pueblo
subyugado se plantea la pregun- ta: ¿qué más pruebas queréis?».55
Hasta qué punto se había apoderado ya de él aquel delirio de la
«gigantesca amenaza» que suponía el «ju- daismo internacional» lo
ilustra un sueño que anotó poco antes de las Navidades de 1929:
«Estaba en una escuela y me perseguían por los amplios pasillos
varios rabinos de la Galitzia oriental. Detrás de mí gri- taban todo el
tiempo "¡Odio!".Yo iba unos pasos por delante de ellos y respondía
con el mismo grito. Así durante horas. Pero no me alcan- zaban».56
Sin embargo, no fue tanto la idea de una conspiración mundial
como la pura necesidad lo que convirtió a muchos en partidarios de
aquellos que ofrecían explicaciones sencillas y prometían ayuda. La
consecuen- cia fue que en mayo de 1929 los nacionalsocialistas
obtuvieron el 5 por ciento de los votos en las elecciones al
Parlamento regional de Sajonia. En Mecklemburgo-Schwerin el
partido alcanzó todavía un 4 por cien- to. En el ayuntamiento de
Coburg obtuvo por primera vez una mayo-
ría. Este éxito en las elecciones locales y regionales hizo que Hitler
cre- yera posible llegar al poder por la vía legal. Había que tener en
cuen- ta, además de la Stahlhelm (Casco de Acero), la liga de los
alemanes que combatieron en el frente durante la Primera Guerra
Mundial, al DNVP, que en octubre de 1928, al hacerse cargo de la
presidencia del partido el magnate de los medios de comunicación
Alfred Hugenberg, se había apartado radicalmente de la línea
defendida hasta entonces, girando hacia una oposición por principio
contra Weimar y Versalles. El plan Young, que en 1929 ocupaba en
Alemania el centro de la polémica en materia de política exterior e
interior, era también el objeto principal de su ofensiva contra el
«sistema». Aunque la nueva regulación de las reparaciones ofrecía
buenas perspectivas para el Reich alemán, y pese a que además la
desocupación anticipada de las partes todavía ocupa- das de
Renania sólo tendría lugar con la aceptación del planYoung, la
duración por varias generaciones de la carga así como las
anualidades todavía altas constituían oportunos puntos de ataque
para la oposición de derechas. Su campaña iba a comenzar con la
demanda de un ple- biscito contra el planYoung. Cuando en la
primavera de 1929, ante el comienzo de las negociaciones, se
constituyó la «comisión nacional del Reich» del DNVP, y el líder de la
Stahlhelm, Franz Seldte, se enroló en el frente contrario al planYoung,
Hider pronto empezó también a coque- tear con la idea de adhesión
de su partido.
Para Goebbels, la convergencia con la «reacción» detestada por
él equivalía a una traición a la causa del nacionalsocialismo, tanto
más cuanto que la propaganda del partido contra el plan Young
permitía esperar por vez primera la captación de grandes masas.
Consideraba la
«comisión nacional del Reich» como un indicio del ascenso del pro-
pio partido,57 pues veía en ella el intento del DNVP de evitar una fuga
de sus electores hacia los nacionalsocialistas. Por tanto, para Goebbels
se trataba de que otros no le quitaran el éxito de las manos y de no
enfadar por medio de una alianza con las fuerzas nacional-conserva-
doras a aquellos a los que quería llegar principalmente: la clase obrera.
Sobre un acercamiento del NSDAP a la «ultrarreaccionaria» Stahl-
helm, que al igual que el DNVP se regía por las ideas sociales y poli-
ticas de la época imperial, Goebbels sostuvo a principios de abril la
siguiente opinión: «La Stahlhelm y nosotros. Un asunto cada vez
más serio. El Volkischer Beobachter ejerce en esta cuestión ya de
manera direc- ta una política oportunista. Y precisamente ahora,
cuando se trata de no perder los nervios. Es para volverse loco.
Todavía tenemos dema- siados burgueses en el partido. El rumbo de
Munich es a veces into- lerable. No estoy dispuesto a participar en
un dudoso compromiso. Seguiré el camino recto, aunque me cueste
mi propio puesto. En oca- siones dudo de Hitler. ¿Por qué no habla?
Los oportunistas quieren coger los frutos antes de que maduren.
Reflexiono sobre ello horas y horas y llego siempre a las mismas
conclusiones. No lo puedo evitar (...).A veces me gustaría gritar de
rabia ante la posibilidad de que se estropee ahora lo que todos
nosotros hemos construido con tan gran- des sacrificios».58
Cuando Goebbels se enteró de que su «jefe» quería acercarse a la
«reacción» para «embaucarla», temió que fuera embaucado él mismo.
«Me andaré con cuidado.Y avisaré a su debido tiempo».59 Durante una
larga entrevista con Hitler en el hotel Sanssouci de Berlín, en el que
éste solía alojarse siempre, se desvanecieron las dudas del jefe de
distri- to. Estaba «completamente satisfecho», pues Hitler también
rechazaba enérgicamente la petición de plebiscito y había redactado
incluso una memoria en contra.60 Las palabras de Hitler le habían
«devuelto la ale- gría y sobre todo la seguridad».61 Estaba
convencido de que ahora la
«reacción que estaba en marcha» quedaría hecha «puré».62
Goebbels quería ahora volverse agresivo y proceder contra esos
«dile tantes».63 Lo hizo no dejando pasar ninguna oportunidad para
cargar contra los Hugenberg y los Seldte, ya fuera durante sus
discursos o en el Angriff. El 13 de mayo de 1929 escribió un
editorial: «Contra la reac ción»; el 27 del mismo mes volvió a
posicionarse contra el «frente úni co», aunque en una circular de la
dirección del partido se disponía que la política oportunista expuesta
en el Volkischer Beobachter debía ser observada en las conferencias
y en la prensa.64 Él se ocuparía de que la línea del partido siguiera
recta, pues «queremos ser revolucionarios y seguir siéndolo», anotó
en su diario.65
La postura del jefe del distrito berlinés entraba sin embargo
dentro del cálculo de Hitler. Garantizaba la disociación
propagandística del partido respecto al DNVP y la Stahlhelm,
mientras que al mismo tiem- po él podía cortejarlos y mantener la
relación con ellos sobre todo a través de Ritter von Epp. De lo que
Goebbels tuvo noticia el 28 de mayo durante su conversación con
Hitler y su secretario privado Rudolf Hess cuadraba con esos planes.
Hitler anunció que no quería partici- par en el día de los
combatientes de la Stahlhelm, que se iba a celebrar en Munich. No
obstante, ante el jefe de distrito restó importancia al hecho de que
Von Epp asistiera en su lugar, de manera que Goebbels pudo hacer
constar una vez más que se habían despedido «como siem- pre, en
absoluta conformidad».66 Si Goebbels entendió el compromiso como
una victoria, al pretender que los «revolucionarios entre no- sotros»,
es decir, sobre todo él, habían estado alerta,67 eso se debía también a
que Hitler le había prometido el cargo de jefe de propa- ganda del
Reich.
La esperanza de vencer a los odiados Strasser hizo que Goebbels
siguiera viviendo con la creencia de que el «jefe» compartía su
opinión en el tema de la convergencia con el DNVP y la Stahlhelm.
Al igual que antes, no dejaba pasar ninguna oportunidad para
defender su pos- tura. A finales de junio, durante un mitin en los
salones de actos del Nuevo Mundo en el parque Hasenheide de
Neukólln, donde celebra- ba sus asambleas principalmente la
izquierda, expuso «por qué nosotros no podemos participar en el
frente único de los patriotas de Dawes».68 Tras una tarde con Hitler
en Berlín pocos días después ya no quedó nada de eso. Una vez más,
su posición no resistió la confrontación con
«su jefe», al que le debía todo y al que «quería más que a nadie».Y
lo que era igualmente importante: esa tarde Hitler había reiterado su
pro- mesa de convertirle en jefe de propaganda del Reich. Así
escribió lue- go Goebbels en su diario, como si nunca hubiera
sostenido otra opi- nión: «Respecto a la petición de plebiscito de los
nacionalistas alemanes, nos aunamos contra Versalles y Young. Pero
nosotros nos abriremos paso hasta la cima y quitaremos al DNVP la
máscara de la cara. Somos lo bastante fuertes como para ganar en
cualquier alianza».69
El 9 de julio de 1929 se constituyó la «Comisión del Reich para
la petición de un plebiscito contra el plan Young», con Hugenberg,
Seld- te, el consejero de justicia Class, de la Liga pangermánica
(Alldeutscher Verband) y Hitler como líderes de la «oposición
nacional». Goebbels, al que le llegó la noticia durante sus
vacaciones de verano en Prerow, en el mar Báltico, comentó que le
dolía en el alma ver a Hitler en ese grupo. De nuevo entendía que su
misión como «guardián de la revo- lución» consistía en cuidar «de
que no se nos tome el pelo y de ver que en todo ese jaleo recibamos
el liderazgo y arrastremos a los demás. Lo conseguiremos, aunque el
peligro de la reacción entre nosotros es hoy mayor que nunca».70
La realidad era que volvía a engañarse a sí mismo. Al igual que en
la cuestión de participar en la petición del plebiscito, en el futuro
tam- bién iba a tener poco que ver con el rumbo que marcaba el
partido. Se había puesto en manos de Hitler, y a él le seguía
incondicionalmente, aunque a veces le surgieran ligeras dudas.
Éstas se desvanecían ense- guida cuando el éxito daba la razón a
Hitler. Así iba a ocurrir también esta vez. En efecto, el NSDAP logró
por vez primera la oportunidad de intervenir en un asunto importante
de la política alemana, comenzan- do así a encontrar más aceptación
entre la población de ideas naciona- listas. Esto iba a ser realmente
importante en el contexto de la crisis económica mundial, cuyas
consecuencias sociales y económicas hicie- ron a muchas personas
buscar alternativas políticas.71
El pacto de Hitler con la «reacción» había hecho temer a
Goebbels desde el principio una derrota total en la lucha por la clase
obrera de Ber- lín, hasta ahora relativamente infructuosa. Ahí fue el
KPD el que sacó provecho de las circunstancias agravadas por la crisis
económica. Puesto que en esta situación se mantuvo en Berlín la
prohibición de reunión al aire libre en el tradicional «día de lucha de
la clase obrera», el KPD bus- có por orden de Stalin la confrontación
con el gobierno prusiano, el eje principal de la república de Weimar
sostenido por el SPD.
En innumerables artículos, el Rote Fahne [Bandera Roja] amenazaba
con responder a la prohibición con acciones armadas. El 1 de mayo
de 1929, los comunistas —a diferencia de los sindicatos y de los
socialde-
mócratas, denostados por ellos como «socialfascistas»—
convocaron manifestaciones callejeras en diferentes partes de la
ciudad. Se produjo una catástrofe. En Neukólln, por miedo a los
francotiradores, los agen- tes de policía lanzaron disparos de aviso,
que los combatientes rojos aprovecharon para romper por su parte el
fuego de manera aislada. Ense- guida estallaron violentas luchas
callejeras, en las que la policía proce- dió con insólita dureza,
utilizando ametralladoras y carros de combate. Las luchas duraron
hasta bien entrada la noche, para avivarse de nuevo en los dos días
siguientes. El balance del «mayo sangriento» fue de 33 muertos, 198
civiles heridos, 47 policías heridos, así como 1.228 dete- nidos.
Como consecuencia, la organización de lucha comunista, la Liga Roja
de Combatientes en el Frente (Roter Frontkámpfer-Bund) fue
prohibida en Prusia y poco después también en el Reich. Sin embar-
go, la organización siguió trabajando en la clandestinidad.
Por orden de su jefe de distrito, el NSDAP berlinés se había
abste- nido en el «día mundial del proletariado», pues el conflicto
demostra- ba que el gobierno era débil y los comunistas una
amenaza, y aparte de ello desestabilizaba el «sistema». «Esta es la
bien anclada república. ¡Es para echarse a llorar!», decía Goebbels
con afectación.72 En el Angriff, bajo el titular «Plebeyos muertos,
caciques cobardes y capitalistas risue- ños», comparó la sinrazón de
los tiroteos comunistas con el impulso revolucionario de los camisas
pardas, la única alternativa.73 De hecho, debió de haber
incorporaciones a las SA provenientes de la Liga Roja de
Combatientes en el Frente.74
Goebbels, por su parte, pasó ahora a la ofensiva. Las SA tenían que
demostrar, con desfiles y otras actividades propagandísticas en los barrios
proletarios, el atractivo y la preponderancia del NSDAP, en realidad
muy pequeño comparado con los oponentes comunistas. Goebbels
enco- mendó esta tarea a líderes de las SA que consideraba
particularmente idóneos, entre ellos a Wessel, quien a principios de
mayo asumió el man- do del grupo 34 de las SA, distrito de asalto de
Friedrichshain, que poco después recibió el número 5. En vista de la
exitosa propaganda del joven nacionalsocialista, antes de que acabara
el mes su grupo fue elevado a la categoría de sección de asalto.75
Su radio de acción comprendía el Fischerkiez, ese barrio berlinés
de mala fama dominado por el KPD, situado entre el palacio real de
Ber- lín y la jefatura de policía de la Alexanderplatz, y en el que
vivían los más pobres de entre los pobres. A finales de agosto, tras
algunas refrie- gas sin graves consecuencias, se produjo un serio
incidente delante del local Hoppe, el cuartel general del KPD en
Kiez. «Los fascistas asesi- nan en Berlín», decía el titular resaltado
del Rote Fahne el 28 de agos- to. Se informaba de que, en un asalto
al local del partido, Hoppe, habí- an resultado heridos de gravedad
cuatro trabajadores y uno herido leve. Otra vez la policía había
dejado escapar a los asesinos y en su lugar había arrestado a cuatro
trabajadores.Ya era hora de que «en vista de la protección que la
policía ofrece a los fascistas, la población proletaria recurra a la
defensa propia y extermine a la gentuza fascista». En el Angnff, en
el que posteriormente se introdujo incluso la rúbrica «Acon-
tecimientos en el frente de Fischerkiez», se podía leer sobre el
mismo incidente que el coche que llevaba a la sección de asalto 5
había para- do y que Wessel había pronunciado un discurso dirigido
a los «habi- tantes de la bolchevique guarida de ladrones», a lo largo
del cual había prevenido contra la prosecución del terror comunista.
En un abrir y cerrar de ojos, unos individuos oscuros habían
convertido la calle en un tumultuoso infierno. Entonces las gentes de
las SA estuvieron en su elemento.76
Si en el duodécimo congreso del KPD celebrado en junio en los
salones Pharus de Wedding ya se tomó en serio a «los de la
esvástica» como adversarios, aunque se seguía viendo en el SPD al
principal ene- migo, ahora se decía en una notificación del partido
comunista de Ber- lín-Brandeburgo que la tarea de desmoralizar al
proletariado por medio de la violencia había pasado de los
«socialfascistas» a los nacionalsocia- listas aliados con ellos. El terror
blanco que se auguraba en los análisis del Komintern llevaría en el
futuro una camisa parda. El asalto al local del partido de Hoppe era
por tanto la continuación de medidas con- trarrevolucionarias.77 Así
pues, el lema que se daba en el periódico de lucha a finales de
agosto, probablemente por iniciativa de una persona de confianza de
Stalin, Heinz Neumann, el candidato del Politburó y
redactor jefe del Rote Fahne, decía: «Apalead a los fascistas allí donde
los encontréis».
Goebbels aceptó la declaración de guerra de los comunistas. «La
lucha debe ser y será librada a brazo partido.Y está bien así»,
anotó.79 En efecto, los miembros del aparato militar ilegal del KPD,
muy supe- riores numéricamente y mejor organizados, atacaban
ahora con más fuerza que nunca. Cada vez con mayor frecuencia
eran agredidos gru- pos de las SA, y cada vez con mayor frecuencia
se vengaban los «par- dos» con asaltos planeados cuidadosamente.
Con qué odio se enfrenta- ban lo reflejaba la lengua de los periódicos
de lucha. En el Angriff, que entretanto aparecía ya dos veces por
semana, los barrios de obreros pasa- ban a ser un «infierno rojo», los
comunistas «moscovitas» o «bestias que rugen y braman», de entre
quienes las mujeres eran las que se compor- taban más salvajemente.
«Gritan, silban, incluso se desnudan desver- gonzadamente delante
de nosotros». Eran «animales venenosos»80 que debían ser
«exterminados» o «extinguidos». En el Rote Fahne no se leía algo
distinto. Se hablaba de la «peste parda» y del «asesino de trabaja-
dores Goebbels».
El 22 de septiembre, Goebbels, que en los actos y mítines del
parti- do hacía continuamente propaganda contra la «peste mundial
judeo- bolchevique» y su «complot», es decir el plan Young, escapó
por poco a los comunistas. En el «rojo Neukólln», en la estación
Górlitzer Bahn- hofjo reconocieron. Él mismo escribió al respecto:
«Ante mis ojos apa- recen porras, puñales, puños de hierro. Me dan
un golpe sobre el hom- bro. Al volverme hacia un lado, un comunista
se me encara. Se oye un tiro. Vuelan piedras. Tonak pierde ya mucha
sangre. Un salvaje tiroteo. Suenan tiros desde el coche. La turba se
retira. Tapo la herida a Tonak. Se pone en marcha con mucha sangre
fría (...). Estamos salvados».81
Sin duda, Goebbels atribuyó a su destino más alto el haberse
salva- do. Como disposición de la fortuna entendió seguramente
también los acontecimientos que afectaron a la joven república a
partir de octubre de 1929. El día 3 de ese mes murió Stresemann, el
ministro de Exte- riores del Reich. Goebbels, que escribió sobre una
«ejecución por fallo cardiaco», sostuvo que se había quitado de en
medio una piedra en el
camino hacia la «libertad alemana», pues con su muerte la coalición
de Weimar perdía su figura integracionista central. Poco después se
haría evidente que, en determinadas cuestiones de la política social,
ya no era posible un compromiso entre el ala empresarial del DVP y
el ala sindi- cal del SPD.
Pocos días después de la muerte de Stresemann, el «viernes
negro» en Wall Street hizo que perdiera su fundamento la nueva
disposición de los pagos a título de reparaciones por parte de
Alemania, a la que venía unida la retirada de las tropas aliadas en el
año 1930 de la ocupada Rena- nia. A finales de octubre, la cotización
del dólar y los valores de la bolsa de Nueva York cayeron en picado,
de manera que el capital extranjero, que en los años pasados había
fluido a Alemania con tanta abundancia, quedó congelado de
repente. Comenzó una enorme recesión econó- mica, en cuyo
transcurso el número de parados ascendió a 3,39 millo- nes hasta
enero de 1930. Con esta situación de fondo, el satisfacer repa-
raciones por valor de 2.000 millones de marcos oro durante
cincuenta y ocho años, tal como preveía el planYoung, resultaba
grotesco.
La petición de plebiscito de la «oposición nacional» contra el
plan Young, que tuvo lugar entre el 16 y el 29 de octubre, salió
adelante con dificultades. Sólo la apoyó poco más del indispensable
10 por ciento de quienes tenían derecho a voto. De acuerdo con la
Constitución, el pro- yecto de ley tenía que presentarse ahora en el
Parlamento. «Ahora pue- de seguir el numerito», comentó Goebbels
refiriéndose a la incesante agitación.82 Puesto que la petición de
plebiscito fue rechazada en el Parlamento con gran mayoría a finales
de noviembre, se tenía que cele- brar un referéndum en el que era
necesaria la aprobación de más del 50 por ciento de los votantes.Ya
que al final sólo votó a favor un 13,81 por ciento, es decir, «lo que
oportunamente esperaban las personas razo- nables según el estado de
cosas», Goebbels vio corroborada su origina- ria postura negativa
respecto al ingreso del NSDAP en la comisión del Reich.83
Ahora sólo era el presidente del Reich quien podía impedir la
acep- tación del planYoung. Dado que no cabía esperar tal cosa,
pasó a estar en el centro de la agitación propagandística. Bajo el
titular «¿Vive Hin-
denburg todavía?», Goebbels le denigró en el Angriff.94 Allí se decía que
en el asunto del plan Young, como siempre en casos similares, el
señor Von Hindenburg haría «lo que le sugirieran sus consejeros judíos
y mar- xistas». En una caricatura se representó al presidente del
Reich como el impasible dios de los germanos, que ve sin
perturbarse cómo gene- raciones del pueblo alemán son llevadas con
cadenas a la esclavitud. «Y el salvador, mirando», ponía debajo.
Con más dureza si cabe ajustó Goebbels las cuentas con «el
viejo» después de que el plan Young, que había sido firmado el 20
de enero de 1930 en La Haya, fuera aprobado a instancias de
Hindenburg por el Parlamento el 12 de marzo con 270 votos frente a
192. Sobre una inter- vención del jefe de distrito en la asociación de
veteranos, los funcio- narios de la policía política hicieron constar
en su informe que aquél había anunciado que desde ahora ya nada
unía al pueblo alemán con Hindenburg, puesto que con la firma se
había convertido en un «esbi- rro del gobierno especulador y de la
república especuladora» (Schiebe- rrepublik). El NSDAP ya no
quería saber nada de él. Después de que Goebbels —así siguieron
informando los funcionarios— leyera un mani- fiesto de Hitler al
pueblo alemán, pasó a hablar de nuevo sobre el pre- sidente del
Reich en un tono denigrante y le reprochó haber robado el futuro a
la joven generación.85
El clima al que había conducido la propaganda contra el
«sistema» y sus «caciquiles representantes» lo pone de manifiesto un
escándalo de corrupción en Berlín que alcanzó su punto culminante
en noviembre de 1929 y que sacudió a la república de Weimar
mucho más allá de las fronteras de la ciudad. Los hermanos Sklarek,
propietarios de una socie- dad de confección de ropa que entre otras
cosas proveía de uniformes a la policía, habían realizado
fraudulentas operaciones de crédito en detrimento del Berliner
Stadtbank [Banco de la Ciudad de Berlín]. Además habían hecho
entrega de artículos rebajados a funcionarios y políticos municipales
—entre otros al primer alcalde Gustav Boss del Partido
Democrático Alemán— que se consideraron exageradamente como
sobornos. El 7 de noviembre, Boss, cuya inocencia se demostró más
tarde, tuvo que dimitir como víctima de una campaña de prensa
suprapartidista. Con una postura unánime, la prensa (desde el Rote Fah-
ne hasta los periódicos sensacionalistas de las editoriales Ullstein y Mos-
se, pasando por el Berliner Lokal-Anzeiger [Noticiero Local de Berlín] de
Hugenberg y el Angriffde Goebbels) había aprovechado el escándalo
de los Sklarek para emprender una desenfrenada campaña de sospecha
y difamación contra el primer alcalde, al que tacharon de principal res-
ponsable.
Todo esto contribuyó a que en las elecciones municipales de Ber-
lín celebradas el 17 de noviembre de 1929 los nacionalsocialistas con-
siguieran reunir el 5,8 por cierto de los votos, o, lo que es lo mismo,
132.097 votos. Tras los resultados sumamente modestos de las pasadas
elecciones, Goebbels hablaba ahora de que se habían cumplido los «sue-
ños más aventurados». «Sobre todo en los barrios proletarios» creía regis-
trar un «fuerte incremento». «Al marxismo total le hemos arrebatado
50.000 votos. Éste es el indicio más alentador».86 En el Angriff empleó
el mismo tono pensando en los Strasser. «Hitler se come a Karl Marx»;
así tituló su análisis electoral, 87 aunque el KPD obtuvo más del cuá-
druple de votos que los «de la esvástica». Cómo «calculaba» Goebbels
lo muestra el resultado del partido en el «rojo Wedding». Allí el NSDAP
aumentó su proporción de votos en un 300 por ciento. Sin embargo,
en comparación absoluta, sólo alcanzó en total un 3,1 por ciento fren -
te al KPD, que logró allí un 40,6 por ciento.
Este resultado de ningún modo brillante era, no obstante, un paso
más en el camino hacia los éxitos posteriores, dado que a partir de aho-
ra los nacionalsocialistas pudieron acceder al foro de la política muni -
cipal berlinesa y utilizarlo como tribuna propagandística. Su grupo tenía
13 concejales, a cuya cabeza estaba Goebbels, quien, sin embargo, mien-
tras desempeñó su mandato,88 nunca tomó la palabra en el ayuntamiento
berlinés.89 Fueron sus compañeros de grupo los que se encargaron de
hacer la vida imposible a sus adversarios, en particular a los comunis-
tas. Éstos habían conseguido 21 escaños más y, liderados por el presi-
dente de grupo Wilhelm Pieck, el futuro presidente de la RDA, eran
con un total de 56 escaños el segundo partido más fuerte, tras el SPD,
en el ayuntamiento rojo de la Alexanderplatz.
El resultado electoral indujo a Goebbels a organizar un aparato
polí- tico municipal. Preparado como una unidad especial, el grupo
de con- cejales debía perseguir la «contaminación» de Berlín con la
propagan- da municipal nacionalsocialista. Para facilitar la
coordinación y la información, el grupo publicaba un boletín
municipal berlinés (Berli- ner Kommunal-Mitteilungsblatt) e instruía
a los colaboradores para las siguientes campañas electorales. Una vez
más, estas medidas fueron de- sarrolladas y en parte también realizadas
por Muchow, persona de con- fianza de Goebbels.
Por orden del jefe de distrito, Muchow emprendió pronto
también la mejora del sistema de células, para disciplinar al partido,
consolidar su estructura y, por tanto, hacerlo «más eficaz y flexible»,
en definitiva, más combativo.90 Sustituyó a entre 400 y 500 jefes de las
células de calle, que hasta entonces habían propuesto las SA, por
miembros civiles del partido. Al mismo tiempo se limitaron las
células al número prescrito de 50 compañeros del partido como
máximo. Si a los 300 nuevos jefes de célula que se añadieron se
sumaban los miembros de las jefaturas de sección de casi 50
secciones y unos 20 puntos de apoyo de éstas, resul- taba una cifra
de unos 1.200 funcionarios, con lo que el NSDAP ber- linés
disponía del mayor número de funcionarios en un distrito.91
Para Goebbels, que poco a poco iba echando sobre la capital del
Reich una red cada vez más densa «de bien formados y obstinados
opo- sitores del sistema», el año 1929 terminó con una conmoción
personal. El 7 de diciembre de 1929 recibió la noticia de la muerte
de su padre. Su viaje a Rheydt se convirtió en una excursión teatral
al pasado. «Ahí están los hijos ante el ataúd de su padre, llorando,
llorando, llorando.
¡Cuántas veces me han hecho bien estas manos! ¡Cuántas veces esta
boca me ha infundido aliento! Todo silencioso, frío, inmóvil». Y sacó
una conclusión: «La vida es dura e inexorable».92 Tras dos días
ocupados en preparar el sepelio, dos tardes en las que hablaron «de
padre», la familia lo enterró en el cementerio de Rheydt. Pronto se
despidió de la familia en la pequeña casa de la Dahlener Strasse, en
especial de su madre. «Siento la ardorosa felicidad de tener todavía a
esta madre. Ella será mi mejor camarada».93
Camaradas berlineses iba Goebbels a perder varios en las
siguientes semanas.Ya estuviera realmente afectado o sólo lo
aparentara, siempre encontraba palabras patéticas y veía su muerte
prioritariamente bajo un aspecto propagandístico. Así sucedió cuando
Walter Fischer, que hasta pocos días antes había pertenecido a las SA,
perdió la vida en un enfren- tamiento con comunistas. En la
Fehrbelliner Platz, al oeste de Berlín, Goebbels hizo desfilar a las SA
antes de pronunciar su discurso, en el que acogió como
nacionalsocialista al que se había salido del partido, lo glorificó
como «víctima sangrienta» que clamaba venganza, para a
continuación incitar a la rebelión contra la «roja banda de asesinos»
a la «enorme multitud de gente» reunida, entre la que se encontraba
tam- bién el príncipe prusiano Augusto Guillermo con el uniforme
de las SA. El acto de duelo terminó con los discursos de Góring y
del jefe de sección Wessel.94
Al hermano de este último, Werner, que también pertenecía a las
SA, le dieron sepultura poco antes de fin de año. Se había
extraviado durante una ruta de esquí en los Montes de Silesia y se
había congela- do. Quinientos hombres de las SA marcharon con
antorchas encendi- das, pasando por delante de la casa de Karl
Liebknecht, hasta el cemen- terio de St. Nikolai. «Fue conmovedor y
emocionante. Apenas podía hablar», observó el jefe de distrito sobre
el entierro.95 Dos semanas más tarde le tocaría al hermano del recién
inhumado y uno de sus adeptos más leales: Horst Wessel.
Temido y odiado en la lucha por el Fischerkiez, Wessel, que
desde finales del año anterior —siguiendo el modelo comunista—
había entra- do marchando en los barrios de los trabajadores con una
banda de zam- ponas, estaba desde hacía tiempo en la lista negra de
la Liga Roja de Combatientes en el Frente.96 Sólo hacía falta un
momento oportuno. Éste se presentó al atardecer del 14 de enero de
1930, cuando una viuda apellidada Salm se personó en un local de la
Dragonerstrasse. Allí pidió a los miembros de una célula de calle
comunista que estaban reu- nidos en el lugar que procedieran contra
un «nazi» con quien tenía dife- rencias a causa del alquiler. En un
primer momento lo rechazaron, n*xf-v que la viuda había celebrado
por la iglesia el funeral de su marido":
fallecido, un viejo comunista. Sin embargo, cuando oyeron el
nombre de Wessel, los hombres prometieron su apoyo.97
Para evitar llamar la atención, se dirigieron en pequeños grupos a
la casa donde vivía Wessel en la Grosse Frankfurter Strasse. Los
comba- tientes de la Liga Roja Albert Hóhler y Erwin Rückert
subieron las escaleras hasta la vivienda, los demás aseguraron la
calle. Tras sacar el revólver, Hóhler llamó a la puerta. Cuando abrió
el hombre de las SA, el comunista disparó. Wessel se derrumbó
gravemente herido ante los ojos de su novia, Erna Jaenichen, una
antigua prostituta. Hóhler y el resto emprendieron la huida. Entrada
la noche, mientras los médicos del hospital St.Joseph de
Friedrichshain, adonde fue llevado Wessel, se esforzaban por salvar
su vida, los miembros de la Liga Roja de Com- batientes notificaron
el suceso a la jefatura del distrito del KPD, donde se empezó de
inmediato a organizar la huida de los principales impli- cados. A la
viuda Salm se la citó a la mañana siguiente en la casa de Karl
Liebknecht, donde un funcionario le exhortó a presentar el asunto
ante la policía judicial como una disputa entre proxenetas.98
Tres días después del atentado en la Grosse Frankfurter Strasse,
Goeb- bels pasó «una hora difícil» con la desesperada madre de
Wessel, quien le contó la vida de su hijo: la historia del estudiante
que había dejado la carrera y se había unido a los
nacionalsocialistas para luchar en sus filas por un «mundo mejor».
Ella, que era viuda de un párroco, también le habló del afán
misionero de su hijo, que se había enamorado de una prostituta y la
había sacado de la calle. «Como en una novela de Dos- toievski: el
idiota, el trabajador, la prostituta, la familia burguesa, eter- nos
remordimientos de conciencia, eterno tormento», comentó Goeb-
bels sobre la vida de este «idealista soñador».99
Poco después estaba junto a la cama de Wessel. El «jefe de
sección» de las SA había sobrevivido a una operación durante la cual
le contu- vieron las hemorragias internas. Pero los cirujanos no
habían conse- guido extraer la bala, que se había alojado delante del
cerebelo. Goeb- bels observó en su diario: «Toda la cara acribillada,
desfigurada. Me mira muy fijamente; después se le llenan los ojos de
lágrimas y balbucea: "Hay que resistir. Me alegro". Estoy a punto de
llorar».100 Sin embar-
go, antes de que Goebbels escribiera esto, ya había explotado propa-
gandísticamente el sufrimiento de Wessel. Su informe afectado y
paté- tico para los lectores del Angriff culminaba con la petición llena
de odio de «molerles los huesos» a los asesinos. «Contra eso ya no hay
más argu- mentos».101 De esta manera, Goebbels contestaba al último
artículo del Rote Fahne, en el que se decía que el «estudiante nazi
Wessel» era un proxeneta. «La agresión a Wessel, un crimen pasional.
Una evidente cam- paña falaz de la prensa policial (...). Hóhler no es
miembro del KPD. El partido comunista no tiene nada que ver con
tales hechos».102 A ins- tancias de Goebbels, el primero en
contraatacar fue el Volkischer Beo- bachter en su edición del 19 de
enero, bajo el titular «Proxenetas y ase- sinos como abanderados del
frente rojo», donde se afirmaba que en las pesquisas efectuadas hasta
entonces sobre el atentado se había demos- trado irrecusablemente
que el crimen había sido preparado por los comunistas hacía tiempo.
Una vez más se había puesto de manifiesto que los jefes del frente
rojo y los proxenetas trabajaban juntos —se decía— y: «¿Qué
opinan los honrados trabajadores alemanes del KPD de que su
bandera roja sea portada por delincuentes y "hombres" que viven
del dinero de la prostitución?». En el número del Angriff apare- cido
el 21 de enero, no sólo se reproducía el relato de Goebbels desde el
lecho de Wessel, sino también una requisitoria formulada por los
redactores del periódico de lucha con una detallada descripción de
la persona, en la que el NSDAP berlinés aumentaba a 1.000 los 500
mar- cos que ofrecía como recompensa la policía a cambio de
indicios que llevaran a la detención de Hóhler.
Mientras que en un principio el estado de salud de Wessel
parecía estabilizarse, la guerra propagandística entre los periódicos
nacionalso- cialistas y comunistas continuó de forma exacerbada. El
3 de febrero de 1930 la policía detuvo a Hóhler, que había sido
traicionado por un comunista, y en los días siguientes a más miembros
del KPD de los bajos fondos berlineses, que eran sospechosos de
complicidad. Puesto que algunos de ellos se declararon culpables,
ahora quedaba claro que se había tratado de un atentado de
motivación política contra el «jefe de sección». De todo ello,
Goebbels salió vencedor. A los redactores del
Rote Fahne no les quedó más remedio que distanciarse de Hóhler y
los demás compañeros.
El estado de salud de Horst Wessel, que ya era conocido en todo
el Reich gracias a la información de la gran prensa, empeoró
rápidamen- te. «Está muy mal. Desde hace tres días tiene 39,5 de
fiebre y no come nada. Está en los huesos. Me preocupa mucho su
curación (...) ¡Que Dios le guarde!»,103 esperaba Goebbels, también sin
duda porque el aten- tado contra Wessel, las desacertadas tácticas de la
prensa comunista y el resultado de las pesquisas policiales le habían
dado como nunca antes la oportunidad de sacar provecho para el
NSDAP de un asesinato polí- tico. Cuanto más se alargara la agonía
de Wessel, sobre el que se infor- maba extensamente en cada número
del Angriff, más personas se com- padecerían y dirigirían su odio
contra los autores y finalmente también contra el «sistema», que no
era capaz de evitar esa violencia, calculaba Goebbels.
El 23 de febrero de 1930 murió, a los veintitrés años de edad, el
hijo del párroco, que se había distinguido en cientos de peleas y
debates de salón a favor del movimiento: un nuevo «mártir por el
Tercer Reich», como lo calificó Goebbels. Mientras en todo el
territorio germano- parlante se redactaban reportajes sobre la muerte
de Wessel para los periódicos del día siguiente, Goebbels, Góring y
Dürr deliberaban sobre cómo había que proceder ahora. Acordaron
que los compañeros del partido guardaran luto hasta el 12 de marzo.
Hasta esa fecha debían evi- tar diversiones públicas. Los padres tenían
que enseñar a los hijos a pedir en oración que todos los jóvenes
alemanes se llenaran del «espíritu de sacrificio» de Wessel. Hasta el
12 de marzo se conmemoraría a Wessel en todos los actos del partido.
Además se decidió cambiar el nombre de la sección de asalto 5 por el
de «sección de asalto 5 Horst Wessel».104
El funeral debía convertirse en una manifestación de masas con
des- files y discursos, de manera que causara un gran efecto en el
público. Sin embargo, las autoridades no concedieron el permiso.
Una vez que fracasaron todos los intentos por hacer cambiar de
opinión a los cargos competentes, Goebbels se dirigió a los
familiares del fallecido. Como consecuencia, la hermana de Wessel
se mostró dispuesta a visitar al pre-
sidente del Reich. Su padre había conocido personalmente a
Hinden- burg cuando fue sacerdote castrense durante la guerra
mundial. Puesto que no se le dio audiencia, la cosa quedó en lo
mismo: sólo se auto- rizaron diez vehículos de acompañamiento
para el cortejo fúnebre. Goebbels habló de «una bajeza brutal», pues
el espectáculo se debía limi- tar ahora al cementerio.
El hecho de que, a pesar de todo, el entierro se convirtiera en otro
éxito propagandístico para Goebbels se debió, no tanto a su emotiva
necrológica en el Angriff como al KPD. La dirección del partido
había convocado para el día del entierro una contramanifestación.
Pese al amplio dispositivo policial movilizado en el recorrido del
cortejo fúne- bre desde la casa de los padres de Wessel al cementerio
de St. Nikolai, la antigua parroquia del progenitor, estaba
programado que se produ- jeran actos de violencia. Los comunistas
—calculaba Goebbels con su insuperable cinismo— quedarían
desenmascarados como bárbaros irre- verentes, y la policía
demostraría una vez más su ineptitud, ya que no era capaz de
garantizar el desarrollo pacífico de un sepelio.
Lo único que decepcionó a Goebbels fue que Hitler, a quien
había hecho saber por teléfono la situación en Berlín, rehusara «de
hecho» su asistencia al entierro del jefe de sección de las SA. La
tarde anterior intentó de nuevo convencerle personalmente de la
necesidad de su pre- sencia, pues quería que el Führer viviera su
triunfo de primera mano.105 El jefe de distrito, que echó la culpa a
Rudolf Hess de la decisión con- traria de Hitler, no pudo impedir
que éste permaneciera en Berchtes- gaden, mientras él, a primeras
horas de la tarde del 1 de marzo de 1930, pronunciaba unas
ponderadas palabras en la casa de los padres de Wes- sel y los jefes
de sección del cuarto estandarte cogían a hombros el fére- tro para
colocarlo en el coche fúnebre tirado por dos caballos, al que seguían
los afligidos parientes, miembros de las SA y funcionarios del partido.
«Así avanza el cortejo fúnebre a través de la muchedumbre, que hace
reverencias en silencio. La gente se apiña en los bordes de la calle,
unas 20.000 o 30.000 personas». En la Bülowplatz, donde estaba la
ofi- cina central del KPD, se hicieron notar los adversarios de los
nacional- socialistas, sonaba La Internacional. En la Koblanstrasse los
comunistas
rompieron las barreras policiales; las piedras volaban, el coche fúnebre
se balanceaba, se oía el estruendo de los tiros. Tras otras escenas dramá -
ticas, el cortejo fúnebre llegó finalmente al cementerio de St. Nikolai,
en Prenzlauer Berg.106
Fuera de los muros del cementerio, en los que resaltaba en letras
blancas la frase «Al proxeneta Wessel un último ¡viva Hitler!», 107 albo-
rotaban miles de personas; dentro no eran pocos los que querían ren-
dir el último homenaje a «su jefe de sección», entre ellos Góring, el jefe
de las SAVon Pfeffer y el príncipe Augusto Guillermo de Prusia. A los
acordes de Yo tenía un cantarada, se introdujo en la fosa la caja, cubierta
con la bandera de la esvástica. Primero hablaron los dos sacerdotes de
la parroquia, después los representantes de las asociaciones estudianti-
les Normannia y Allemania Wien, a las que había pertenecido Wessel,
y por último siguió la intervención cuidadosamente preparada del jefe
de distrito, que pasó la «última revista». «¡Horst Wessel!», gritó Goeb-
bels. «¡Presente!», respondieron los compañeros de las SA del difunto,
antes de que Goebbels volviera a tomar la palabra. Wessel es un «Cris to
socialista», alguien que a través de sus hechos clama: «Acercaos a mí, os
voy a redimir (...). Uno debe dar ejemplo y sacrificarse a sí mismo.
¡Adelante!, estoy dispuesto». «Por medio del sacrificio a la redención»,
«por medio de la lucha a la victoria». Al igual que años antes había dado
visos de sacrificio a la muerte de su amigo Flisges, Goebbels quería aho-
ra convertir a Wessel en símbolo del movimiento nacionalsocialista. Y
así proclamó en el cementerio de St. Nikolai: «Y cuando las SA estén
reunidas para la gran revista, cuando cada uno sea llamado, el Führer
también mencionará tu nombre, camarada Wessel. Y todos y cada uno
de los miembros de las SA responden con una sola voz: ¡Presente! (...)
Donde quiera que esté Alemania, allí estás tú, Horst Wessel».108
De que, en efecto, Wessel pasara a ser un «símbolo» del movimien-
to se ocupó una canción, hasta entonces poco cantada, que había escri-
to él en marzo del año 1929 y que ahora entonaron ante su tumba los
hombres de las SA: «¡Arriba la bandera! Las filas bien cerradas. /Las SA
marchan con paso valiente y firme./ Los camaradas que mataron el fren-
te rojo y la reacción/ marchan con su espíritu en nuestras filas»109. Duran-
te el entierro, al que siguieron tumultuosas luchas callejeras, Goebbels
pronosticó que en diez años cantarían esto los niños en las escuelas, los
trabajadores en las fabricas, los soldados en las carreteras. Se equivocó,
pues la canción de Wessel no tardaría ni siquiera tres años en conver-
tirse en el verdadero himno nacional alemán durante doce años.
Capítulo 7

AHORA SOMOS RIGUROSAMENTE LEGALES,


IGUAL DE LEGALES
(1930-1931)

U n verdadero símbolo del ascenso del NSDAP lo constituyó el


hecho de que el 1 de mayo de 1930 Goebbels trasladara la
secre-
taría del distrito al número 10 de la Hedemannstrasse, en
Kreuzberg, muy cerca de la cancillería del Reich.1 La Gran
Coalición, que se había ido descomponiendo progresivamente desde
la muerte de Stresemann, acabó de romperse ante la cuestión de si las
contribuciones para el segu- ro de desempleo debían incrementarse
en medio punto o no. Con este fracaso de los partidos democráticos
de centro, que pese a la agudiza- ción constante de la crisis no
fueron ya capaces de encontrar un con- senso mínimo, se había
sustraído la base al gabinete de Müller. El 27 de marzo presentó su
renuncia, y con él el último gobierno parlamenta- rio de la república
de Weimar.
Por muy satisfecho que estuviera Goebbels con la consolidación
del movimiento, desde comienzos de año tendría que preocuparse
seria- mente por su propia autoridad, pues el conflicto latente entre
él y los hermanos Strasser había estallado con gran virulencia. El
motivo radi- caba en el anuncio que sus rivales hicieron en las Cartas
nacionalsocialis- tas de publicar para el 1 de marzo un diario de la
editorial de lucha.2 Esto indignó a Goebbels, tanto más cuanto que
la central muniquesa del partido planeaba imprimir de inmediato
una edición berlinesa del Vólkischer Beobachter. Goebbels, cuyo
Angriff aparecía ahora dos veces por semana, veía en ambos
proyectos un ataque a su influjo en el par- tido en el norte de
Alemania.
192 Goebbels

Por ese motivo propuso a Hitler publicar también su periódico


dia- riamente con fondos de Munich.3 Aunque éste le aseguraba una
y otra vez su especial «solidaridad y afecto» y en privado emitía los
«juicios más duros» sobre el «socialismo de salón» de los Strasser, que
ponía en peligro su orientación política abierta hacia todos lados y en
particular sus contactos con la gran industria, mostró en principio
cierta reserva, como ya había sucedido tantas veces anteriormente.4
El Führer era el único que tenía la culpa, porque no tomaba
resoluciones ni hacía valer su autoridad,5 anotó Goebbels una vez;
otra vez escribió que Hitler tenía que mantenerse fuerte, de lo
contrario él y su liderazgo estarían perdidos frente a Strasser.6
Goebbels no dejaba pasar ninguna oportu- nidad de enojar a Hitler
contra los Strasser. Para poder intrigar mejor, decidió incluso crear
un propio «departamento de espionaje».7 Pero todo esto no evitó que
el 1 de marzo de 1930, el día del sepelio deWes- sel, se publicaran
por primera vez el diario de la editorial de lucha y la edición
berlinesa del Vólkischer Beobachter.
Puesto que ahora para Goebbels «estaba claro» que Hitler había «capi-
tulado abiertamente ante ese bajobávaro megalómano, pequeño y
tai- mado y sus secuaces», creía estar «dispuesto a todo»; pero
«nunca a la lucha» contra Hitler, «sino a la dimisión».8 Ni siquiera la
intención de Hitler, corroborada de nuevo, de convertir a Goebbels en
el jefe de pro- paganda del Reich podía surtir efecto esta vez. Hitler
le había faltado a la palabra cinco veces y por eso había perdido
cualquier crédito para él. «Se esconde, no toma decisiones, ya no
dirige, sino que deja las cosas a la deriva».9 Sólo cuando Hitler, que
había llegado a la capital del Reich el 29 de marzo debido a la
dimisión del gabinete de Müller, no sólo ofreció a su jefe de distrito
un cargo ministerial en Sajonia sino que además le reveló que
«había caído un telón» entre él y Otto Strasser, el mundo le volvió a
parecer a Goebbels más amable. Ahora creía poder convencer a
Hitler de que actuara.10 Pero éste no pensaba en absoluto en ello,
pues contaba con el pronto fracaso de Brüning, a quien el día
anterior Hindenburg le había encomendado la creación de un
gabine- te presidencial. Una intervención de Hitler en la disputa
entre Goeb- bels y los Strasser habría hecho públicas las
desavenencias dentro del
partido y habría frustrado las esperanzas depositadas en las nuevas
elec- ciones en el caso de una disolución del Parlamento.
Así pues, la lucha de poder entre Goebbels y el ala de los Strasser
se libró por de pronto en los periódicos de los adversarios. 11
Goebbels abrió la ofensiva. El contenido y el tono de sus artículos
pronto fue recrudeciéndose, pasando de la crítica política al insulto.
Descalificaba a Otto Strasser —con un vocabulario muy en la línea
de Hitler— como
«literato» e «intelectual», «eternamente en busca de objetos» en los que
«desahogar su cólera folletinesca». En otro pasaje le negaba la
capacidad de comprender la esencia de la revolución. «Este
lamentable fracasado
—escribió el jefe de distrito en su artículo «Radicalismo de despacho»—12
bien puede ser radical, pues su radicalismo nunca y en ninguna
parte está comprometido de manera responsable con un grupo de
adeptos. Y para él la revolución tampoco es una estación de tránsito
hacia nue- vas cosas, sino un objeto en sí misma. La planea en la
mesa de su des- pacho, sin considerar las posibilidades reales». El ala
de Strasser contes- tó en las Cartas nacionalsocialistas que la
revolución alemana como
«transformación espiritual y mental» del siglo se proclamaba tanto
en los escritos de Moeller van den Bruck, Spengler, Niekisch,Winnig,
Jün- ger y otros muchos como en los «mártires de Munich, Leuna,
Berlín».13
Una vez que se desvanecieron las esperanzas de una rápida
disolu- ción del Parlamento, el 26 de abril, delante de sus más altos
funciona- rios, que de todas partes del Reich habían sido convocados
a Munich para un congreso de dirigentes, Hitler se posicionó
claramente en con- tra de los Strasser y sus partidarios. Esta ala
siempre había criticado la aproximación de Hitler a los nacionalistas
alemanes y su pretensión de ganarse el favor de los líderes
industriales, y en su lugar había hecho gala de un recalcitrante
anticapitalismo, había abogado por importan- tes nacionalizaciones e
intercedido en favor de una alianza con la Unión Soviética. «Un
extraordinario ajuste de cuentas con Strasser, la edito- rial de lucha,
los bolcheviques de salón (...). Hitler vuelve a dirigir.
¡Gracias a Dios! Todos le siguen con entusiasmo. Strasser y su
círculo están anonadados. Está ahí sentado como la mala
conciencia» Si Goebbels hizo constar esto en su diario con tanto
énfasis, fue entre
otras cosas porque además Hitler había cumplido por fin lo que le
había prometido hacía casi un año.Y es que, tras el «ajuste de cuentas»
con los Strasser —se trataba más bien de una crítica moderada— se
había vuelto a levantar y había anunciado en medio de un «silencio
contenido» su nombramiento —el de Goebbels— como jefe de pro-
paganda del Reich.
Así pues, Goebbels ocupó un cargo al que en 1927 había
renuncia- do Gregor Strasser poniéndolo en manos de Hitler. El
representante del
«presidente de la comisión de propaganda», como se llamaba
oficial- mente el jefe de propaganda del Reich, siguió siendo un
hombre al que Hitler había elegido ya antes de Strasser. Era su
antiguo secretario, el ingeniero agrónomo Heinrich Himmler. Éste,
procedente de una fami- lia de la Baja Baviera e hijo de un profesor
de instituto, que había ter- minado los estudios en 1922 y después
había estado mucho tiempo sin empleo, había seguido una evolución
similar a la de su nuevo superior; estuvo marcada por una pedante
estrechez y por una fijación cada vez más fuerte en un
antisemitismo radical como clave para entender el mundo. La
primera impresión que Goebbels tuvo de él: no es «excesi- vamente
inteligente, pero sí trabajador y honrado».15 Le preocupaba un poco
que Himmler todavía se inclinara hacia Strasser, lo que sin embar- go
él le iba a «quitar». Pero no hizo falta, pues el hombre de las gafas de
níquel pronto abandonó la jefatura de propaganda del Reich para
con- vertirse en comandante supremo de las SS.
Apenas cuatro semanas después de su ascenso a la primera fila
del partido, Goebbels experimentó una nueva satisfacción. Se había
pro- ducido un choque abierto entre Otto Strasser y Hitler. El 21 de
mayo y al día siguiente, en su alojamiento berlinés, el hotel
Sanssouci, Hitler propuso a Otto Strasser la compra de la editorial
de lucha por parte de Max Amann, para así eliminar por la «vía
pacífica» la influencia de Stras- ser en el NSDAP. Pero Otto Strasser
no admitió la propuesta y en su lugar criticó en presencia de su
hermano, que guardaba silencio, la orien- tación política del «jefe».
Éste, ahora completamente desconcertado, til- dó al propietario de la
editorial de lucha de «bolchevique», antes de interrumpir la
entrevista poniendo una excusa.16
Hitler, que ya había tomado una resolución, aseguró a su jefe de pro-
paganda del Reich que inmediatamente después de las elecciones al
Parlamento regional de Sajonia, las cuales preparó Goebbels durante
algunas estancias en la jefatura de propaganda de Munich, quería pro-
ceder contra Otto Strasser. Si intervenía en ese mismo instante y se
hiciera público el escándalo en el partido, temía por el incremento de
votos, que se daba por seguro en esa región del Reich. 17 Por tanto,
Goebbels se conformó con mantener el conflicto a fuego lento hasta
entonces. En un artículo destinado al día de las elecciones, el 22 de
junio de 1930, defendió una vez más las ideas de legalidad de Hitler
como necesidad programática. «Entonces uno me dice otro camino para
llegar al poder. Pero no aleguéis que el fracaso de este sistema es inevi-
table». Además «en la parte contraria hay uno que espera como no -
sotros, y hacerle frente por todos los medios es nuestra misión más peren-
toria: el bolchevismo. O el nacionalismo conquista pronto el poder o
nuestra sentencia está firmada».18
Después de que en Sajonia, con el 14,4 por ciento, el NSDAP casi
triplicara su proporción de votos con respecto a las elecciones de mayo
del año anterior, Goebbels creía ver cumplido su objetivo tras cuatro
años de desavenencias con los Strasser, pues Hitler dictó una precipita-
da ordenanza a la que seguiría el 30 de junio una carta del mismo tenor
destinada a publicarse. En ella se decía: «A usted, querido señor doctor
Goebbels, le coloqué hace años en el cargo más difícil del Reich con
la esperanza de que su energía y resolución lograran (...) crear una orga -
nización unificada y disciplinada. Usted ha resuelto esa tarea de tal modo
que tiene asegurada la gratitud del movimiento y mi más alto recono -
cimiento. Hoy le debo pedir que, continuando con la tarea en su día
encomendada, lleve a cabo sin reparos la depuración del partido (...).
Le respaldan toda la organización del movimiento, toda la plana de diri-
gentes, las SA y las SS al completo, todos los representantes del partido
(...) y tiene en su contra a media docena de pleitistas profesionales y
literatoides».19
Antes de que Goebbels excluyera del partido a sus rivales con los
procedimientos necesarios para ello, éstos tomaron la iniciativa. Duran-
te las asambleas de jefes de distrito de Berlín y Brandeburgo, el editor
de la Nationalsozialistische Pressekonferenz [Conferencia de Prensa Nacio-
nalsocialista] , Eugen Mossakowsky, acusó a Goebbels de mentir. Éste se
había hecho pasar por combatiente del Ruhr, mancillando así ei nom-
bre de los «verdaderos héroes» de la resistencia antifrancesa, como por
ejemplo Leo Schlageter. Además Goebbels no había dudado en ade -
lantar la fecha de su entrada en el partido mediante una falsificación de
documentos para poder aparecer como miembro de la «vieja guardia».
La exigencia por parte de Mossakowsky de una comparecencia ante la
comisión de investigación y arbitraje del partido exponía a Goebbels
al peligro de ser desenmascarado públicamente. 20 Así pues, temía con
razón que esto fuera «agua para el molino de toda la prensa e incluso
de Scherl.Y esto significa que yo tengo que pagar el pato».21
Sin embargo, Hitler dio órdenes de demorar la investigación del
asunto y en su lugar iniciar un procedimiento de exclusión contra Mos-
sakowsky por «actividad perjudicial para el partido». El hombre de Stras-
ser se fue sin la intervención de la comisión y justificó su paso entre
otras cosas con la persona del jefe de distrito, cuyas «depuraciones»
comenzaban ahora. Después de haber expulsado a cinco colaboradores
de Otto Strasser, Goebbels convocó para el 30 de junio una asamblea
general de miembros del distrito de Berlín, a la que asistieron, además
del presidente de la comisión de investigación y arbitraje de la jefatu-
ra del Reich, el comandante Walter Buch, también Goring,Von Epp y
otros líderes del partido, pero no Hitler, quien una vez más dejó a otros
el «trabajo sucio».22
Strasser y algunos de sus partidarios intentaron aprovechar la ocasión
para defender públicamente su punto de vista. No obstante, a la entrada
del palacio de deportes, el servicio de orden de las SA les prohibió el
acce- so con el argumento de que pertenecían al distrito de Brandeburgo
y no al de Gran-Berlín. Poco después, en el interior, el jefe berlinés daba
rien- da suelta a una sarta de improperios contra la «pandilla de literatos».
Ame- nazó con «destrozarla con el martillo férreo de nuestra disciplina».
Cuan- do leyó un mensaje de Hitler contra los «literatos», las cinco mil
personas del palacio de deportes se salieron de quicio. «¡A la horca!»,
gritaban una
y otra vez entre la multitud los fanatizadores.Tres colaboradores del dia -
rio de los Strasser tuvieron el valor de levantarse y abandonar la sala entre
insultos y burlas, después de que Goebbels los exhortara a ello. Aquel 30
de junio terminó con un juramento de lealtad al Führer y, por ende, a
su jefe de distrito berlinés. Así terminó la carrera de Otto Strasser y sus
partidarios en el NSDAP. Pocos días más tarde, después de dirigir sin
éxito un ultimátum a Hitler para que retirara en un plazo de
veinticuatro horas las expulsiones del partido que habían tenido lugar
hasta entonces contra sus compañeros de lucha, abandonaban el partido
los socialistas par- dos, cuya ideología seguía llevando también Goebbels
en su interior.
Si el asunto pudo «arreglarse» con un perjuicio mínimo para el par-
tido, se debía sobre todo a la habilidad táctica de Hitler y no precisa-
mente a la de Goebbels. Este último estaba enojado de sólo haber podi-
do descartar a Otto Strasser y no directamente también a Gregor, quien
había renunciado a su puesto de redactor en la editorial de lucha y había
seguido fiel a Hitler. Goebbels no se daba cuenta de que, al quedarse el
hermano de los Strasser que tenía más aceptación en las filas de los
nacionalsocialistas, el desertor no podía esperar ninguna lealtad de la
base.23 Es cierto que los «literatos» se agruparían bajo el liderazgo de
Otto Strasser, pero su organización, el Frente Negro, nunca pasarían de
ser un club de debate.
Los espíritus parecían haberse calmado cuando el presidente del
Reich, tras consultar a Brüning, que gobernaba con mayorías parla-
mentarias alternativas, disolvió el Parlamento el 18 de julio y convocó
elecciones para el 14 de septiembre, después de que SPD, KPD, NSDAP
y sectores del DNVP hubieran desestimado el decreto ley «para subsa-
nar el estado de emergencia financiero, económico y social». En vista
de la difícil situación del país y tras el resultado relativamente bueno de
su partido en las elecciones municipales de Berlín el año anterior, Goeb-
bels contaba con un considerable incremento de votos en el Reich. Por
eso escribió en el Angriff que el movimiento iba entrando en la última
etapa de su ascenso. «Ya hacía tiempo que había dejado atrás la época
de la mera propaganda y ahora comenzaba aquí y allá a ejercer políti -
ca en el gran sentido, es decir, política de Estado».24
Bajo el lema «libertad y pan», el jefe de propaganda del Reich
orga- nizó una campaña electoral de unas dimensiones que el partido
no había conocido hasta entonces. Su «hoja de ruta» preveía poner en
funciona- miento la campaña lentamente y a partir de mediados de
agosto de 1930 aumentar al máximo de revoluciones, «para llegar al
14 de sep- tiembre a un ritmo vertiginoso».25 El en persona no sólo
se encargaba de la coordinación y la organización, para lo cual viajó
repetidas veces a Munich, sino que redactaba octavillas y carteles
electorales, escribía artículos para el Angriffy viajaba, sobre todo en
calidad de orador, por todo el país.
En eficaz propaganda electoral logró Goebbels convertir también
cinco demandas por injurias que tenía pendientes de juicio a media-
dos de agosto. Las autoridades penales prusianas habían querido a
toda costa poner entre rejas a Goebbels antes de las elecciones al
Parlamen- to, en un momento en que no había Parlamento ni, por
tanto, inmu- nidad. Pero no consiguieron este objetivo; es más, los
procedimientos terminaron con un patinazo para los tribunales y
garantizaron publici- dad para el propagandista en toda la prensa
alemana.
El 12 de agosto Goebbels tuvo que defenderse en Hannover por
injurias contra el presidente de la región de Prusia, Otto Braun, del
que había afirmado que había sido sobornado por un «judío de
Galitzia». En la estación fue recibido por una multitud que había
sido convoca- da. Su abogado, el conde Rüdiger von der Goltz, «no
había visto nun- ca nada semejante». Con el jefe del distrito de
Hannover, Rust, y el jefe de las SA,Viktor Lutze, viajó Goebbels en
un anticipado triunfo por las calles hasta el Palacio de Justicia.
Delante del juez afirmó que no había acusado de corrupción a
Braun, sino a Bauer, el antiguo canciller del Reich.26 Goebbels fue
absuelto. Los miembros de las SA lo sacaron a hombros de la sala de
audiencias, delante de la cual se habían persona- do cientos de
nacionalsocialistas a los que nuevamente se había dado cita.27
El éxito propagandístico más espectacular sería, dos días después
de_ la absolución en Hannover, el juicio de apelación del
denominado pro- ceso Hindenburg, cuya primera instancia ya había
sido tramitada el 31
de mayo. Debido a las injurias vertidas en un artículo del Angriff de
diciembre del año anterior, el presidente del Reich había presentado una
querella, a lo cual el consejero de Justicia prusiano había pedido al
fiscal general en el tribunal cameral de Berlín que «dedicara especial
atención» al asunto, «en particular a su agilización». 28 A mediados de
mayo, el pro- pio Hindenburg había apremiado de nuevo al ministro
de Justicia del Reich para que intentara conseguir una rápida
tramitación del proce- so.29 Durante la primera vista, que siguió
poco después y para la que Goebbels ya se había preparado
detenidamente con su abogado Von der Goltz,30 asumió «sin reservas»
la responsabilidad de su artículo, en el que había acusado a Hindenburg
de traición al pueblo alemán.31
El fiscal pidió nueve meses de prisión. Después habló Goltz «con
gran eficacia», y también Goebbels añadió «un breve pero jugoso
comen- tario final», entre ovaciones desde la tribuna del público.32
Hábilmente expresó su «convencimiento» de contar con una
condena sólo viendo ya la composición del tribunal, en el que había
dos judíos.33 El resultado del juicio de primera instancia puso de
manifiesto una vez más la total impotencia del Estado de derecho
frente al agitador sin escrúpulos: «Ochocientos marcos de multa.
Con un largo consideran- do que es un informe en mi defensa. En
todo se comparte mi criterio. Podría gritar de alegría. Para
Hindenburg un entierro de primera cla- se. Fuera, ovaciones como
nunca (...). En la prensa no se habla más que del proceso.Aparecen
imágenes y caricaturas en masa (...). Una mag- nífica propaganda
para nosotros».34
La vista de apelación del 14 de agosto ante la segunda sala de lo
penal del Tribunal Regional de Berlín comenzó con una sensación.
El fiscal dio lectura a un escrito que Hindenburg había dirigido al
consejero de Justicia de Prusia. En él se decía que él, Hindenburg,
de una explica- ción que le había dado el señor doctor Goebbels,
infería que éste no había pretendido una injuria personal contra él y
que había actuado únicamente en salvaguardia de sus intereses
políticos. En el escrito del presidente del Reich se decía a modo de
conclusión que «personal- mente daba el asunto por terminado y ya
no tenía ningún interés en un castigo del señor doctor Goebbels».35
A continuación, el fiscal superior abogó por un rechazo de la
ape- lación del acusado Goebbels, puesto que la injuria a
Hindenburg esta- ba totalmente demostrada. Si solicitaba al tribunal
rechazar asimismo la apelación del fiscal, era exclusivamente por la
carta de Hindenburg, a cuyo deseo quería dar cumplimiento. Como
consecuencia, los jueces desestimaron el recurso del fiscal, pero
revocaron la sentencia de pri- mera instancia ante la insistente
apelación de Goebbels y absolvieron al acusado a expensas del erario
público.36
Mientras que las gacetas se escandalizaron —el Vossische
Zeitung hablaba de un «considerando verdaderamente peculiar» y el
socialde- mócrata Vorwarts [Adelante], sarcásticamente, de una
«brillante actua- ción de nuestra justicia»—37 el periódico de lucha
de Goebbels se mostraba triunfante. La absolución era una pequeña
recompensa para el hecho de «haber aguantado durante meses el
fuego nutrido del amarillismo judío con toda la calma y serenidad
que aporta el sentido firme de la justicia», se decía con un cinismo
prácticamente insu- perable.38 El Angriff hacía especial hincapié en
que el presidente del Reich había hecho esa declaración «sin nuestra
intervención», lo que da a entender el supuesto contrario. Ritter von
Epp había ayudado al jefe de propaganda del Reich con un «material
devastador contra Hin- denburg».39 ¿Qué si no, fuera la que fuere la
naturaleza de la contun- dente presión, habría movido a un cambio
de opinión tan repentino a un presidente del Reich «sensiblemente
dolido»40 y que repetida- mente había apremiado a las autoridades
para una agilización del pro- ceso? En las memorias de Goltz
aparece en relación con esta decla- ración un hombre que dos años
más tarde desempeñaría un papel central en la toma del poder por
parte de Hitler: el jefe de la canci- llería presidencial de Hindenburg,
el ambiguo secretario de Estado Otto Meissner. Él debió de redactar
la declaración durante un encuen- tro con el abogado de Goebbels y
después mostrársela al presidente del Reich. Éste, según las
memorias de Goltz, sólo habría deseado un pequeño cambio. No
debía decirse que las explicaciones de Goebbels le habían
«convencido», sino que de ellas había «inferido» que éste no había
querido injuriarle.41
Entre otras cosas gracias a estos éxitos, Goebbels aguardaba con
más optimismo las elecciones a cada día que pasaba. Esto cambió
brusca- mente cuando, tras un discurso que pronunció en Breslavia
(Bres- lau/Wroc_aw) a últimas horas de la tarde del 30 de agosto de
1930, una llamada desde Berlín interrumpió el sueño del jefe de
distrito. Por orden de Stennes, que entretanto había ascendido a jefe
supremo de las SA (OSAF por sus siglas alemanas) del distrito este,
hombres de la sec- ción de asalto 31 de Charlottenburg habían
ocupado y destrozado la secretaría del NSDAP situada en la
Hedemannstrasse. Los jefes berli- neses de las SA, insatisfechos con
la orientación de Hitler y agrupados en torno a Stennes, temían que
tras las elecciones parlamentarias el par- tido se esforzara por
participar en el gobierno de una forma tan enér- gica como en Sajonia,
donde había fracasado sólo por la oposición del DVP. En ese caso las
SA veían que seguiría disminuyendo su influencia, ya de por sí reducida
por la prohibición del uniforme que acababa de imponer el consejero
de Interior prusiano.Ya que además no se había aceptado su petición
de rebajar las contribuciones y de recibir algún subsidio, habían
exigido escaños parlamentarios para el Reichstag, por así decir como
compensación por las continuas postergaciones. Para calmar los
irritados ánimos, Goebbels había prometido a Stennes los escaños
exigidos, pero luego había dejado aparte a las SA en la nomi- nación
de los candidatos. Cuando se puso de manifiesto el engaño, Sten- nes
negó inmediatamente la obediencia a él y al partido, y pasó a la
acción cuando Goebbels estaba en Breslavia. Cuando el jefe de
distrito se enteró de lo ocurrido, perdió los nervios «durante algunos
segundos», pues temía que, a dos semanas de las elecciones
parlamentarias, le hicieran perder los frutos de su trabajo.42 Enseguida
tomó la decisión de regresar a Berlín. Antes de subir al automóvil del
distrito, que Tonak, el chófer, conducía a una «verdadera velocidad
loca» a través de la noche silesiana, llamó y sacó del sueño a Hitler,
que se encontraba en Bay- reuth y que al amanecer también se dirigió
inmediatamente a Berlín en avión. En el Herzog von Coburg
[Duque de Coburg], un pequeño hotel junto a la Anhalter Bahnhof,
se reunieron Hitler, Stennes y Goeb- bels. Una persona de confianza
del Führer, Ernst Hanfstaengf, que
también estaba presente —en su casa, situada junto al Staffelsee, se había
escondido Hitler provisionalmente tras el fracasado golpe de noviem- bre
—, recordó que, al margen del interminable debate, Stennes le había dicho
que el causante de toda la revuelta no era otro que Goebbels. 43 Al
jefe de las SA no le faltaba del todo razón, pues había sido el jefe del
distrito quien con su comportamiento había provocado la rebelión de
los miembros de las SA.
Después de que se separaran sin haber llegado a un acuerdo, Goeb-
bels afirma en sus propios testimonios que «exhortó» a Hitler a ceder.
Se desconoce hasta qué punto hizo esto realmente. Lo único que consta
es que el Führer, tras una larga noche, transigió y ofreció a Stennes, a
quien se mandó llamar, un aumento de las cuotas en beneficio de
las SA. Cuando éste aceptó, se dice que Hider le prometió con un apre-
tón de manos no distanciarse de él en el futuro. 44 La «tregua» fue sellada
delante de las SA berlinesas, reunidas en la casa de la asociación de
veteranos. Los observadores del departamento IA escribieron en su
informe que Hitler, a lo largo de su discurso, pidió reiteradamente con-
fianza a las SA y que al final, «alzando la voz ya de por sí forzada hasta
gritos casi histéricos», apeló a la lealtad de los congregados: «En este
momento juramos que nada es capaz de separarnos, tan cierto como
que Dios nos puede ayudar contra todos los demonios. Que nuestro
Dios todopoderoso bendiga nuestra lucha». Se acallaron por señas los
vivas que comenzaban, «porque Hitler, con las manos juntas, como
absorto en la oración, escuchaba sus propias palabras».45
Goebbels rebosaba de alegría: «Todo está en orden. Así acaba el gol-
pe de Stennes».46 Tenía motivos más que suficientes para ello, pues con
el rápido arreglo la rebelión apenas se hizo pública. Los periódicos espe-
culaban. Partidarios de Otto Strasser habrían maquinado la «querella
entre hermanos». Los escasos informes eran vagos y no alcanzaron gran
repercusión. Por tanto, Goebbels se permitía suponer que podría «recu-
perar la pérdida provocada por las SA» en las casi dos semanas que que -
daban hasta las elecciones parlamentarias.
Incansablemente, a veces hasta la completa extenuación, trabajaba el
jefe de distrito en esta fase final de la campaña electoral. El 5 de sep-
tiembre habló en Nuremberg, el 6 en Munich, al día siguiente voló en
un avión especial hacia Konigsberg, donde instigó a las masas en la aba -
rrotada sala de congresos de la ciudad. Con el tren nocturno, de vuel -
ta a Berlín. Allí, el 7 de septiembre viajó a lo largo y ancho de la ciu-
dad a la cabeza de 60 camiones ocupados por gentes de las SA. El día
siguiente comenzó con trabajos de organización en la secretaría. «Can-
sado y rendido» estaba por la tarde detrás de la tribuna del orador en el
palacio de deportes, después habló en la Alexanderplatz «a los proleta-
rios» y finalmente en el oeste más acomodado «a los burgueses». Hasta
siete veces al día «predicaba» durante la última semana de la campaña
electoral, impulsado por una confianza fanática en el éxito.
El punto culminante de la primera campaña electoral de Goebbels
como jefe de propaganda del Reich lo constituyó el mitin en el pala-
cio de deportes de la tarde del 10 de septiembre. Se debieron de soli -
citar unas 100.000 entradas. Cuando Hitler pisó el foro, los gritos de
júbilo que estallaron se asemejaron a un «huracán». 47 En un discurso de
una hora, Hitler proclamó lo que había escrito en su «Manifiesto al pue-
blo alemán» del Volkischer Beobachter de ese mismo día: «La consigna
para el 14 de septiembre sólo puede decir: ¡Venced a los "bancarrotis-
tas" políticos de nuestros viejos partidos! ¡Aniquilad a quienes disuel-
ven nuestra unidad nacional! ¡Fuera los responsables de nuestra ruina!
¡Compatriota, únete a la marcha del frente pardo de una Alemania que
despierta! Tu no al sistema actual significa: lista 9. ¡El 14 de septiembre
haz pedazos a los interesados en engañar al pueblo!». 48 Goebbels quedó
«fascinado» por la intervención de Hitler. «¿Quién habla ahora de
todas las pequeñas preocupaciones? Ya tenemos la victoria en el bolsi -
llo».49
El mismo día de las elecciones, el jefe de distrito apeló una vez más
en el Angriffz todos los nacionalsocialistas a que intervinieran plena-
mente en los últimos esfuerzos y ejercieran un influjo personal sobre
los demás. Seguro de sí mismo, llamó la atención sobre el hecho de que
el NSDAP tenía en esta campaña electoral «razones suficientes para el
alarde».50 Los resultados, que se difundieron a partir de la tarde, supe-
raron todas las previsiones. La proporción de votos del NSDAP había
subido de manera sensacional. En total 107 escaños, casi nueve
veces más que hasta entonces, obtuvo el partido en el quinto
Reichstag ale- mán. Al fin y al cabo, en Berlín habían votado a los
nacionalsocialistas
395.000 personas; dos años antes fueron 39.000. Tras el KPD (27,3
por ciento) y el SPD (27,2 por ciento), el NSDAP se había
convertido con el 14,7 por ciento de los votos en el tercer partido
más fuerte de Berlín, aunque estaba muy por debajo de la media del
Reich.
En el palacio de deportes, donde la tarde de las elecciones
Goebbels creyó sentir un «entusiasmo como en 1914», lo llevaron a
hombros, a él, el pequeño doctor, que horas más tarde anotaba en su
diario que los partidos burgueses del Reich estaban «aniquilados».
Aunque eso no correspondiera aún a la realidad exactamente, habían
sufrido unas pér- didas catastróficas. Con la crisis económica —-
esto se puso de mani- fiesto ahora— sectores de la clase media se
habían adherido a los nacio- nalsocialistas, una tendencia que siguió
intensificándose hasta 1932, de manera que los partidos de centro
desaparecieron casi por completo de la escena.51 Ahora, en
septiembre de 1930, sólo el DNVP perdió 32 de sus 73 escaños en el
Parlamento, el DDP 5 de sus 25 y también el DVP perdió un tercio de
sus escaños. Pudieron reafirmarse el Centro y el SPD, que sólo
sufrió pérdidas insignificantes. Otro triunfador de las elecciones fue
el enemigo más acérrimo del NSDAP, el partido comu- nista, que
pudo enviar al Parlamento 77 en lugar de 54 representantes. Por un
momento, a Goebbels le parecía ahora que le esperaba la
recompensa por su esfuerzo. Durante una entrevista en la que
también participó Goring, Hitler había prometido a su jefe de
distrito berlinés el «poder en Prusia».52 Él, Goebbels, al que sólo
hacía unos pocos años habían despreciado cuando vivía en su Rheydt
natal sin trabajo ni pers- pectivas, iba a convertirse por obra de su
Führer en el hombre más poderoso de Prusia. Su primera intención
era entonces «acabar» con los odiados judíos, capitalistas y
bolcheviques, es decir, «ajustar las cuentas» con todo el «sistema».
Sería una venganza personal por lo que el mun- do, según creía, le
había hecho. El requisito previo era —así lo explicó Hitler durante
la entrevista— que Hindenburg formara un gobierno
del Reich con el NSDAP, el DNVP y el Centro según las condiciones
de los nacionalsocialistas. Él, Hitler, iba a exigir el Ministerio del
Inte- rior y de Defensa, así como otra cartera para su partido, y
además la disolución de la «coalición prusiana» formada por SPD,
DDP y Cen- tro. Si Hitler pensaba formular estas pretensiones
desmedidas, equiva- lentes a una subida al poder, era porque le
seguía quedando la opción de proseguir la lucha contra el «sistema»
a la antigua usanza y de este modo aproximarse igualmente al poder
del Estado. Aunque esto corres- pondía más a las ideas goebbelianas
de un nacionalsocialismo como movimiento revolucionario, no se
oponía a las declaraciones de Hitler en el sentido de que el poder
también podía conseguirse bajo una capa de legalidad; al fin y al
cabo, ésta también le ofrecía halagüeñas pers- pectivas a él
personalmente.
Puesto que Goebbels seguía viendo en la orientación de Hitler
una medida táctica a corto plazo, aceptó que a partir de ahora se
aprove- chara cualquier oportunidad para disipar las dudas sobre la
legalidad del NSDAP y para presentarlo como un partido capaz de
gobernar y de formar coalición. Muy apropiado en este sentido
pareció un proceso
-que despertó mucho interés en el país— ante el tribunal imperial de
Leipzig contra tres oficiales de la guarnición de Ulm, que habían
con- travenido a un decreto del ministro de Defensa del Reich y que
habían establecido contacto con el NSDAP. El abogado de Hitler, Hans
Frank, consiguió —tal como se le había pedido— dar acceso a su
cliente al estrado de los testigos y, por ende, a la opinión pública
alemana. A ésta le comunicó Hitler el 25 de septiembre de 1930,
bajo juramento y con tanta energía como seguridad en sí mismo,
que él y su partido estaban sujetos «como una piedra» al terreno de
la legalidad.
Sin duda fue molesto para Hitler que el tribunal le confrontara
pre- cisamente con las consignas revolucionarias del jefe del distrito
berli- nés. Concretamente un juez le preguntó acerca del folleto
goebbelia- no El Naci-Soci,53 en el que el jefe de distrito había
proclamado que en la lucha por el poder iban a «rodar cabezas».
Hitler también tuvo que explicar cuál era la intención de Goebbels
al escribir en una «lección por correspondencia para un curso de
líderes»: «Los revolucionarios de palabra se convertirán en
revolucionarios de hecho; para este objetivo
nos vale cualquier medio, no nos asusta ninguna revolución».54
Hitler empleó una cuidadosa táctica y salió de la comprometida
situación ase- gurando que el camino al poder que el NSDAP quería
recorrer era legal. Pero si se llegaba al final de ese camino legal, si,
como esperaba, se obtenían entre 150 y 200 escaños en las
elecciones, entonces la revo- lución total se produciría por sí sola. «Y
cuando tengamos el poder, por supuesto que rodarán cabezas».55
Goebbels, sin duda avergonzado por haber puesto en apuros
argu- mentativos a su Führer, le corroboró de inmediato que había
habla- do con inteligencia y perspicacia. Goebbels reveló el carácter
mera- mente retórico de los asertos de Hitler a Richard Scheringer,
uno de los jóvenes oficiales acusados en Leipzig, en cuyo espíritu
de compa- ñerismo creía ver a la «joven» Alemania comprometida
con la «futura clase obrera».56 Entre risas le dijo a Scheringer que
consideraba el jura- mento de legalidad de Hitler una «jugada
genial». Pues «¿qué —pre- guntaba— van a hacer luego esos tipos
contra nosotros? Sólo han esta- do esperando para echarnos la zarpa.
Ahora somos rigurosamente legales, igual de legales».57
Hitler, quien al igual que Goebbels veía en el parlamentarismo
—así lo habrían podido leer los jueces de Leipzig en Mi lucha—
«uno de los síntomas más graves de la decadencia de la
humanidad»,58 resul- taba convincente. A fin de cuentas, Goebbels
pudo anotar «inmensas simpatías» a favor del partido.59 Tanto en la
Reichswehr [las fuerzas armadas del Reich], cuyo peso era cada vez
mayor dada la desintegra- ción del orden estatal, como también en
una parte importante de la ciudadanía, Leipzig siguió contribuyendo
al proceso de revalorización del Führer y del partido. Hitler
empezaba a ser presentable en socie- dad, pues parecía estar dejando
atrás su pasado revolucionario.
Sin embargo, no se llegó a una participación del NSDAP en el
gobier- no del Reich. Los intentos del canciller del Reich Brüning
(Centro) por ganarse al NSDAP para una «oposición constructiva»
fracasaron, aunque en una entrevista con Hitler, Strasser y Frick el 6
de octubre de 1930 Brüning se ofreció incluso para «procurar que en
todos los par- lamentos regionales (...) donde fuera posible
numéricamente el NSDAP
y el Centro formaran gobierno de manera conjunta».60 El hecho de
que, pese a todo, Brüning no tuviera que hacer frente a una
«mayoría negativa» se debió al cambio de postura del grupo
parlamentario del SPD. Con la creciente amenaza para la república,
también en la social- democracia había tenido lugar un cambio de
opinión, que hizo que pasaran a segundo plano las diferencias con el
gobierno de Brüning res- pecto a los intereses políticos. Así pues, en
otoño de 1930 volvió a abrirse paso una fase de tolerancia por parte
del SPD hacia Brüning, que había sido nombrado de nuevo por
Hindenburg canciller del Reich y que gobernaba por decretos leyes.
Como apoyo y complemento estaba el gobierno regional prusiano,
formado por SPD, Centro y DDP, con el presidente Braun a la
cabeza, y su propia política de coalición.
Así pues, no le faltaba razón a Goebbels cuando el 5 de octubre
de 1930 escribió en el Angriff: «La llave del poder sobre Alemania
está en Prusia. Quien tiene Prusia tiene el Reich».Y destacó su
propio papel al seguir explicando que el camino hacia el poder en
Prusia con su preponderante posición en la política estatal pasaba por
la conquista de Berlín. A diferencia de Hitler y de Góring —éste se
iba estable- ciendo cada vez más en la capital del Reich—, que
hacían antesala a las élites conservadoras y líderes económicos del
Estado, Goebbels proseguía en Berlín su desenfrenada
propaganda.Ya que en las mani- festaciones de legalidad él sólo
había visto un compromiso táctico, ahora le servía cualquier cosa
que desestabilizara al Estado y fortale- ciera al movimiento.
El aliado más poderoso de Goebbels pasó a ser cada vez más la
penu- ria que se iba agravando en Alemania. Hacía tiempo que el
número de desempleados había rebasado la frontera de los tres
millones. En la capi- tal del Reich, una de cada diez personas de los
aproximadamente 2,5 millones que conformaban la población activa
estaba sin trabajo en oto- ño de 1930. Sólo dos tercios escasos de
ellas recibían pequeñas presta- ciones por desempleo o un subsidio de
crisis; las demás tenían que vivir del exiguo dinero ahorrado por la
asistencia social de los municipios o pasar necesidades sin ningún
tipo de ayuda, mientras estaban abiertas a aquellos que prometían
transformaciones radicales para mejorar.
Para —en competencia con el KPD, muy influyente en Berlín—
movilizar a las víctimas de la gran crisis a favor de la lucha nacionalso -
cialista contra el gobierno prusiano, Goebbels ordenó la participación
de las células de empresa nacionalsocialistas cuando a mediados de octu -
bre de 1930 los sindicatos convocaron la huelga de los operarios meta-
lúrgicos de Berlín. Con su agitación superó en radicalidad a los comu -
nistas. En el Angriff atacó a las «hienas bursátiles» judías, que se
enriquecían a costa de los trabajadores alemanes.61 Esto llevó a preguntarse
al Vos- sische Zeitung cómo este tono tan brutal podía conciliarse con
las entre- vistas que Hitler había concedido en las últimas semanas y días a
la prensa de Rothermere y Hearst, para precisamente delante de esas
«hienas bursátiles dar prueba de que el nacionalsocialismo representa
hoy en día la única barrera contra la rebelión social y la bolchevización
de Ale- mania».62
A la lucha de Goebbels por la clase obrera pertenecía también el
enfrentamiento «argumentativo» con el comunismo. Así pues, a media-
dos de octubre se había acercado a la central del partido en la casa de
Liebknecht y había invitado al miembro del Politburó Neumann a una
tarde de debate en la sala de Friedrichshain, garantizándole un «salvo-
conducto» y un tiempo determinado para hablar. El principal teórico
alemán de Stalin y redactor jefe del Rote Fahne aceptó y apareció con
un gran número de adeptos. Sin embargo, su intervención el 28 de octu-
bre no cumplió ni de lejos las expectativas que se había formado Goeb-
bels. Decepcionado, anotó que el comunista y temido «zar rojo de Ale-
mania» había estado «muy apocado» desde el comienzo del discurso y
sólo había dicho «sandeces». Terminó pronto, «porque no tiene nada
más que decir,y luego es aplastado por mí despiadadamente (...). Un
demoledor ajuste de cuentas que muestra a nuestra gente la absoluta
superioridad del partido. Así que éste es el gran Neumann. Está ahí sen-
tado, bajo y feo, y al final le abandona su propia gente. Gritos de júbilo
sin fin».63 Lo que Goebbels no sabía aquella víspera de su treinta y tres
cumpleaños era que se había medido con el hombre falso. Era un
comunista llamado Willi Mielenz, que se parecía a Neumann en esta-
tura y aspecto y que, con el pelo teñido y su discurso aprendido de
memoria, debía «doblar» a su compañero. Mientras tanto, el verdadero
«zar rojo», que quería evitar la pelea de masas que se esperaba, perma -
neció en la casa de Karl Liebknecht.64
Si bien esa tarde no se produjeron actos de violencia, los enfrenta-
mientos brutales —que causaban alarma entre los berlineses y seguían
atizando la crisis— entre miembros de la prohibida Liga Roja de Com-
batientes en el Frente y las SA constituían la norma, pues estas últimas
se internaban cada vez más en los reductos de obreros por orden del
jefe de distrito. En otoño de 1930 figuraban en el primer plano de la
sangrienta actualidad, además del Fischerkiez, también Kreuzberg y la
parte de Charlottenburg que se conocía popularmente en Berlín como
«pequeño Wedding». Allí operaba la aterradora Sección de asalto 33,
que dirigía Eberhard Maikowski, temido por su brutalidad. Como era
regla general en las SA, entre sus soldados del partido también se unían
el odio por los antagonistas rojos y las poderosas reservas contra los bur-
gueses. En un pequeño librito en memoria de su jefe de sección «caí -
do» el 30 de enero de 1933, los hombres de las SA comunicaban que
su eje de ataque también se había dirigido contra «la irreflexión y la
cobardía» de la burguesía. Esta burguesía había cedido al marxismo la
calle y, por tanto, el poder político.65
Estas manifestaciones, que reflejaban el contraste entre la orienta-
ción hacia la legalidad de Hitler y la lucha aparentemente social-revo-
lucionaria del jefe de distrito, no tenían sin embargo nada que ver con
la realidad. La fiscalía y la policía prusianas libraban una enconada lucha
contra los enemigos de la república de izquierdas y de derechas. El vice-
presidente de policía Weiss, junto con el asesor gubernamental Heinz
Schoch y el comisario judicial Johannes Stumm, del departamento IA,
había elaborado un estudio sobre la fidelidad constitucional del NSDAP
y sus líderes, siguiendo las órdenes del consejero de Interior prusiano,
el socialdemócrata Cari Severing, que había sucedido en el cargo a Grze-
sinski a finales de febrero de 1930. En él llegaban a la conclusión de
que el partido era una asociación hostil al Estado y de que Hitler, Goeb-
bels y otros debían ser perseguidos por la sospecha de serias vulnera-
ciones de las disposiciones penales, así como por fomentar y pertene-
cer a una asociación hostil al Estado. La memoria fue entregada el
28 de agosto a Karl August Werner, procurador general de Leipzig,
para instarle a ejercer la acción pública, cosa que sin embargo
nunca ocu- rriría.66
Mejor funcionaba la interacción entre Weiss y la fiscalía
prusiana, que aprovechaba de forma consecuente los periodos libres
de inmuni- dad para hacer avanzar los procesos pendientes contra
Goebbels. Sin embargo, le resultaba difícil hacer responder a éste,
como en el caso de las seis demandas por injurias que debían ser
vistas el 29 de septiembre de 1930 ante el tribunal de escabinos de
Charlottenburg.Tres días antes de la fecha establecida llegó al
presidente un escrito del abogado de Goebbels,Von der Goltz. En él
excusaba a su cliente alegando que nece- sitaba «reposo urgente»,
motivo por el cual solicitaba un aplazamiento del juicio.67
Considerando acertadamente queVon der Goltz quería sal- var a su
cliente hasta el periodo de inmunidad, el juez presidente recha- zó la
solicitud. Entonces intervino Goebbels personalmente y envió ese
mismo día un escrito al tribunal pidiendo un aplazamiento de la
fecha. Un documento de su médico, Leonardo Conti, el futuro jefe
de Sani- dad del Reich, certificaba que tenía una afección estomacal,
por lo que no podía hacer frente a las tensiones que acarreaba un
proceso de esas características.68 Después de que el tribunal
denegara de nuevo la soli- citud y Goebbels no compareciera en la
vista oral,69 aquél ordenó la comparecencia forzosa para el 13 de
octubre de 1930, el día en que Goebbels recuperaba la inmunidad
por su participación en la asamblea constituyente del Parlamento.70
En vista de ello, Goebbels desapareció de Berlín el 10 de
octubre, mientras Von der Goltz se dirigió de nuevo al tribunal con
la intención de conseguir un aplazamiento de la fecha. Alegó el peso
político de su cliente, que acababa de ser confirmado por las
elecciones parlamenta- rias. Éste, como importante diputado del
Reichstag del segundo gru- po parlamentario más significativo, el
día de la constitución del Parla- mento, «atendiendo a la formación
del gobierno que previsiblemente se va a encomendar en breve a
este grupo, en observancia de la Cons- titución y de las prácticas
parlamentarias generales, tiene cosas más
importantes que hacer que ocuparse de las demandas por injurias de
sus adversarios políticos, máxime cuando considera que sus abiertas
palabras, por las que se encuentra procesado, han sido legitimadas moral
y políticamente por el aumento millonario de votantes».71
La víspera de ese 13 de octubre de 1930, Goebbels regresó de Wei-
mar a Berlín en la parte trasera de una limusina con los cristales tinta -
dos. En Wannsee el coche fue controlado por un agente de policía que
sin embargo no reconoció a Goebbels. 72 La noche y la mañana siguiente,
durante la cual la policía registró su vivienda, 73 las pasó en casa de unos
amigos. Inmediatamente antes de que comenzara la asamblea cons-
tituyente,Tonak le llevó a una «velocidad infernal» al edificio del Reichs-
tag, en cuya entrada estuvieron a punto de cogerle un par de policías
judiciales. Pero pudo escabullirse justo a tiempo entre el gentío. En el
pleno, su grupo parlamentario, cuyos miembros se habían presentado
con la camisa parda —en Prusia estaba prohibido llevarla, pero no se
podía castigar en el caso de diputados protegidos por la inmunidad—,
le hizo un «ruidoso recibimiento» con vivas al «salvador de Berlín».74
«Sí, estoy saboteando vuestra justicia burguesa»,75 gritó a sus adversa-
rios políticos.
Como un importante éxito en la lucha contra el gobierno prusiano
valoró Goebbels el hecho de que, a partir de otoño de 1930, el Angriff no
sólo se publicara dos veces por semana, sino a diario. Para ello, a ins-
tancias de Hitler, había creado junto con Max Amann, el director de la
editorial central del NSDAP, una sociedad limitada en la que la edito-
rial Eher tenía una participación del 60 por ciento y el distrito de Ber-
lín del 40 por ciento. Goebbels, que era el único responsable del con-
tenido del diario, sospechó primero que detrás se escondía una «artimaña»,
pero finalmente se convenció de que el partido sólo quería asegurarse
su influencia cuando él un día ya no estuviera.
Entre «vivas a varias voces» de los colaboradores —tal como recordó
después el redactor jefe Lippert—, el 1 de noviembre de 1930 salió en
la casa de la Hedemannstrasse 10, sede también ahora de la redacción y
de la imprenta del periódico de lucha, un Angriff que, según las inten-
ciones de Goebbels, debía ser «todavía más radical» de lo que había sido
la publicación bisemanal. Para satisfacer ese objetivo, se inició de inme-
diato otra campaña de gran envergadura contra el vicepresidente de poli-
cía Weiss. Con los nuevos «serios ataques personales» contra el «judío
Weíss», que ahora era denigrado por supuestos delitos de su hermano,
Goebbels esperaba «aniquilar» por fin a su aborrecido rival. 76 Pero el
resultado fue otro: el jefe de policía de Berlín, Grzesinski, respondió a
los ataques contra su «vice» imponiendo el 10 de noviembre de 1930 al
periódico de lucha del jefe de distrito una prohibición de una semana.
Empleando una hábil táctica, Grzesinski no justificó su actuación con
la serie de artículos contra Weiss, cosa que sólo habría aprovechado
Goebbels con fines propagandísticos. Se remitió en cambio a un
pequeño informe en el que Lippert comentó con las siguientes pala -
bras una bofetada que Zorgiebel, el predecesor de Grzesinski, se había
llevado de un comunista durante un interrogatorio testifical: «Rara-
mente, pero sí a veces, no nos resultan del todo antipáticas las acciones
de los comunistas».77 Ahí, según Grzesinski, «radicaba una aprobación
expresa del acto de violencia cometido por un comunista contra el hasta
ahora jefe de policía por su actividad política, hecho punible según el
artículo 5, inciso 4 de la Ley de Protección de la República». 78 La
decidida actuación de Grzesinski afectó a Goebbels, pues la falta de seis
ediciones del periódico de lucha equivalía a una pérdida de unos 15.000
marcos, difícil de asimilar dada la situación financiera siempre crítica
del distrito. Poco después Goebbels se vengó del severo golpe que había
recibido. Saboteó la versión alemana de la película americana Im Wes-
ten Nichts Neues79 —-basada en la conocida novela de Remarque sobre la
guerra mundial— que había sido producida por la Ufa 80 y que se
estrenó en Berlín a principios de diciembre. El jefe de propaganda del
Reich esperaba poder lograr la suspensión de la película antibelicista y,
por ende, infligir una sensible pérdida de autoridad al consejero de Inte-
rior prusiano Severing, cuyo departamento acababa de permitir dicha
obra cinematográfica. «Ahora está en juego el prestigio: ¿Severing o
yo?»,81 escribió Goebbels impulsado por la fanática voluntad de decidir
la prueba de fuerza a su favor y de demostrar a su Führer, que pre-
cisamente estaba en Berlín, de qué era capaz.
La campaña de Goebbels comenzó en la sala Mozart, uno de los
grandes cines del Berlín oeste. Participaron unos 150 compañeros
del partido, miembros de las SA y el propio jefe de distrito. Ese 4 de
diciem- bre de 1930, la tarde siguiente al estreno, cuando iba a
comenzar la segunda sesión, el «comando ejecutor» transformó
enseguida el cine en una «casa de locos». Se oyeron silbidos y gritos
como «[judíos fue- ra!»; los hombres de las SA abofetearon a los
espectadores judíos o a quienes tenían por tales; desde la galería se
lanzaron bombas fétidas y en el patio de butacas se soltaron ratones
blancos. Finalmente, en el desconcierto general —la proyección se
había interrumpido hacía rato—, el diputado del NSDAP Ludwig
Münchmeyer, un clérigo evan- gélico, dio comienzo desde la tribuna
a un discurso de protesta con- tra la película, que Goebbels
interrumpió al grito de que Hitler esta- ba a las puertas de Berlín.
Cuando la policía desalojó la sala, más de uno no hizo mucho uso
de la porra, pues muchos estaban igualmen- te en contra de la
película antibelicista. Goebbels pensó incluso que toda la nación
estaba de su parte. La repercusión en sectores de la pren- sa parecía
darle la razón.
En el Angriff hizo escribir que, cuando se mostró la «cobardía de
los voluntarios de guerra», se suscitó una tempestad de protestas
entre el público. Al día siguiente, el jefe de distrito puso la calle en
pie de gue- rra. Tanto en la tarde del 8 como del 9 y 10 de
diciembre se produje- ron manifestaciones de protesta, sobre todo en
los barrios occidentales de la ciudad, a las que —según Goebbels—
concurrieron hasta 40.000 personas. En realidad fueron sólo unas
6.000.82 Especialmente el día 8 tuvieron lugar verdaderas luchas
callejeras entre los sublevados y la poli- cía, que intentaba siempre sin
éxito disolver la manifestación. A los acor- des de la canción de
HorstWessel se formó finalmente una «enorme marcha de
protesta», a la que Goebbels y algunos otros funcionarios
«pasaron revista» con el brazo alzado como saludo hitleriano. «Más
de una hora. De seis en fondo. ¡Fantástico! Esto no lo había vivido
toda- vía el oeste de Berlín».83
Lo que el jefe de distrito hizo constar en su diario con
tantaJsastis- facción fue comentado por el Vossische Zeitung como una
nueva varian-
te del terror nacionalsocialista. Hasta la fecha había sido una táctica
exclusivamente de los radicales de izquierda el convocar
manifestacio- nes públicas en plazas cuya elección ya indicaba que
no se aspiraba a una manifestación ordenada, sino a la provocación
de la policía y al terrorismo callejero, se decía en el periódico, que
en la medida de sus posibilidades apoyaba el anuncio del jefe de
policía84 de «asegurar por todos los medios» que la película se siga
proyectando y de «proteger al público de la mejor manera posible
ante todas las provocaciones y actos de violencia de los elementos
pendencieros».85
Después de que los disturbios tuvieran en vilo a la capital del
Reich durante días enteros, Grzesinski, tras consultar a la consejería
de Inte- rior prusiana, ordenó con efecto inmediato la prohibición de
toda mani- festación, mitin o desfile a cielo abierto. Pese a la
resolución que había mostrado el gobierno prusiano, al día siguiente
la oficina superior de control cinematográfico, que acababa de
autorizar la película, decretó su suspensión «por amenazar la
reputación alemana». Goebbels habló de una victoria «tan grandiosa
como no cabía imaginar», pues la «calle nacionalsocialista» parecía
haber dictado su actuación al gobierno del Reich.86 Aunque esto no
fuera cierto, sino que habían sido las oposi- ciones y resentimientos
en amplios sectores del bando conservador los que finalmente
motivaron la decisión, el jefe de distrito reivindicó el triunfo
exclusivamente para sí.
Con el comienzo del año 1931 siguió creciendo el desempleo y
con él la violencia en la calle, pues la pobreza y la miseria que
existían a la sombra de la riqueza, de las fachadas glamurosas de los
locales de diver- siones, de los esplendorosos actos de ostentación de la
«distinguida socie- dad», elegante y a la moda, de la capital del Reich
constituían un fértil caldo de cultivo. Antes de que amaneciera la
mañana del 1 de enero sobre Berlín, antes de que Goebbels hubiera
abandonado la velada de Nochevieja en el salón de su protectora
Viktoria von Dirksen, que siem- pre le apoyaba con donaciones y
contactos, hubo que lamentar las pri- meras víctimas del nuevo año.
Durante una pelea en el noreste de la ciudad, un hombre de las SA
había abatido con un revólver a un miem- bro de la Reichsbanner87 y
a una persona ajena a la reyerta. Ambos
murieron poco después en el hospital, 88 hecho que Goebbels comentó
cínica y lacónicamente: «Eso impone respeto».89
La tarde del 22 de enero de 1931 se vio él mismo envuelto en una
pelea de masas, cuando debatió en la sala de Friedrichshain con Walter
Ulbricht, diputado parlamentario del KPD y presidente de la jefatura
de la circunscripción Berlín-Brandeburgo. Después de que el comunis-
ta terminara su discurso, los combatientes de la Liga Roja que le acom-
pañaban entonaron La Internacional para no dejar a Goebbels tomar la
palabra. Como respuesta, los nacionalsocialistas cantaron todavía más alto
su «contra-himno», la canción de Horst Wessel. Pronto volaron las pri-
meras sillas. Siguió una batalla sin par dentro de la sala. Cuando final -
mente llegó la policía y detuvo a 34 alborotadores, encontró más de 100
heridos, entre ellos numerosos graves, que fueron trasladados al hospital
Bethanien de Kreuzberg con fracturas de cráneo.90
Seis días después, un miembro berlinés de las SA apuñaló por la espal-
da al comunista Schirmer.91 La noche del 1 de febrero de 1931, durante
una sangrienta lucha callejera en el barrio de Charlottenburg, fue
asesinado a tiros Grüneberg, miembro del aparato militar ilegal del KPD,
resultando gravemente heridos otros dos comunistas.92 Como conse-
cuencia, el KPD convocó grandes manifestaciones en distintos lugares.
Durante el mitin más importante, que tuvo lugar el 4 de febrero, la her-
mana de Grüneberg exigió la lucha contra el «capital» y sus colabora-
dores socialdemócratas y nacionalsocialistas, y recordó además a los
«grandes líderes Liebknecht y Luxemburgo». Erich Weinert, futuro pre-
sidente del Nationalkomitee Freies Deutschland [Comité Nacional por
una Alemania libre], recitó poemas. El discurso final lo pronunció el
miembro del Politburó Hermann Remmele. Sus palabras fueron una
mezcla de amenazas y promesas: tras la muerte de los dos combatien-
tes, todos los trabajadores estaban convencidos de que este «sistema es
hostil al pueblo», que «en su falta de soluciones no tiene sitio ya para la
vida del proletariado, y debe ser derrotado», palabras que bien podría
haber pronunciado Goebbels.93
La muerte de los dos comunistas sirvió a Ulbricht de ocasión para
atacar duramente al jefe de distrito durante la segunda deliberación
sobre la ley presupuestaria del Reich para 1931, que tuvo lugar el 5
de febrero en el Parlamento. «El señor Goebbels» tiene muchos
moti- vos para renunciar hoy a hablar en primer lugar, porque tiene
miedo de que sus frases, sus mentiras, que proclama
permanentemente en el Angriff, puedan ser refutadas y pulverizadas.
La «verdad» que Ulbricht presentó en el pleno del Reichstag en
contra del jefe de distrito era más bien que los nacionalsocialistas,
con el terrorismo asesino de las semanas pasadas, aseguraron las
«arcas de la gran industria (...) frente el asalto de los desempleados»
y corrieron en auxilio de la «burgue- sía». «No en vano el señor
Hitler mantiene tan a menudo entrevistas en Renania con los
representantes de la gran industria alemana». Para terminar,
Ulbricht habló incluso de una cooperación evidente entre la policía
prusiana y los nacionalsocialistas. En Berlín, Grzesinski pro- hibía
las manifestaciones en masa de los trabajadores contra el fascis- mo,
mientras que los nacionalsocialistas aprovechaban esto para esce-
nificar su terror asesino. Como consecuencia, el comunista anunció
el armamento de los trabajadores como medida para la «autodefensa
proletaria».94
De la misma manera que Ulbricht, quien como por rutina
acusaba de colaboracionismo a los principales enemigos del KPD,
procedía Goebbels al tildar repetidamente de marxista —sobre todo en el
Angriff-— al jefe de policía socialdemócrata Grzesinski. Éste, sin
embargo, apoya- do por el gobierno prusiano, se mostraba por ello
poco impresionado. A comienzos de febrero de 1931 prohibió de
nuevo el periódico de lucha, esta vez por catorce días. A mediados
de mes, una centena de policías ocuparon la secretaría del NSDAP
para incautarse de material probatorio para los procesos pendientes.
Se practicaron registros domi- ciliarios a dirigentes de las SA.95
Además, el jefe de policía reforzó los servicios de patrullas en
algunos distritos de la ciudad que se habían convertido en foco de
los excesos radicales entre nacionalsocialistas y comunistas, e hizo
investigar en qué medida los propietarios de locales de reunión rojos
y pardos, en cuyo entorno siempre se producían vio- lentos
disturbios, estaban implicados en ellos, para reaccionar dado el caso
retirándoles la licencia.96
Aunque la cuota de delitos políticos esclarecidos era alta,
Grzesins- ki, que actuaba con determinación, y su «vice» no
consiguieron repri- mir el terrorismo con los medios de que disponía
la policía. Estorbaba sus planes la coyuntura política, dado que
Brüning debía tender —al menos a más largo plazo— a una
integración de los nacionalsocialistas, por lo cual el gobierno
prusiano estaba solo en la lucha contra el terro- rismo pardo. Esto se
hizo cada vez más difícil, pues la exasperación ante el continuo
empeoramiento de la situación económica llevaba a que cada vez
más personas cayeran en manos de los seductores rojos y par- dos.
Durante los mítines se intentaba convertir sus miedos, miserias y
esperanzas en odio y fanatismo. Así sucedió también el 30 de enero
de 1931, cuando el elocuente Goebbels fustigó una vez más el
presente alemán para a continuación anunciar la «salvación del mal»,
semejante a una erupción, que iba a llegar en forma de un Tercer
Reich. El ambien- te en el abarrotado palacio de deportes era un
pequeño preludio del día en el que había de levantarse el pueblo y
desatarse la tormenta, hizo constar Goebbels en su diario. Doce años
después, con la misma fór- mula y en el mismo lugar, haría que el
pueblo se levantara. La tormen- ta que desencadenó casi se lleva por
delante al propio pueblo.
A la dinámica revolucionaria que crecía en la calle correspondía la
salida suscitada por Goebbels de los 107 diputados
nacionalsocialistas del Reichstag, después de que el 9 de febrero se
cambiara el reglamen- to y, por ende, se redujeran las posibilidades de
abusar de la inmunidad parlamentaria. Anteriormente, el grupo de
Goebbels había «empleado el último recurso de obstrucción»97 contra
esta resolución sin éxito. Un voto de censura nacionalsocialista
contra el gobierno de Brüning, apo- yado por el DNVP y el KPD, fue
desestimado con ayuda del SPD. Aun- que Goebbels justificó la salida
del Parlamento con esta negativa, lo que principalmente le importaba
era dar a conocer a la opinión pública que el partido se distanciaba
del ineficaz «Parlamento de Young» y que se seguía entendiendo
como un movimiento revolucionario.
Eso mismo decía la «proclama»98 redactada por Goebbels que el
10 de febrero leyó el diputado del NSDAP Franz Stóhr en nombre
del grupo parlamentario, que se había levantado de sus asientos, entre
nume-
rosos llamamientos al orden del presidente del Reichstag, Paul Lóbe.
Puesto que la base jurídica de la decisión tomada por el gabinete pre-
sidencial, que de todos modos ya gobernaba con una legalidad decre-
ciente, era realmente cuestionable, Goebbels lo tuvo fácil para atacar al
gobierno: con la «modificación anticonstitucional del reglamento, que
entraña una violación de la oposición», este Parlamento, al que desca -
lificó como la «casa de la violación constitucional organizada», se ha
revelado a la nación y a la opinión pública como lo que era desde un
principio, un «mecanismo organizativo del capitalismo tributario inter-
nacional». Puesto que la política ya no se podía ejercer con los medios
de la lucha parlamentaria, «vamos a abandonar el Reichstag y, en la lucha
por el alma del pueblo, a hacer de la causa de la nación nuestra propia
causa».
Si a mediados de enero de 1931 Goebbels había pensado mantener
el impulso del partido con un creciente activismo," pocos días después
del «éxodo» del NSDAP estaba dedicado a coordinar las actividades de
las SA, el Angriff y la secretaría para la «lucha por el pueblo». Esperaba
que ahora se derritiera el «hielo de la congelación» y que la oposición
se pusiera verdaderamente «en forma». Este agitado comienzo del año
dio a la base y al propio jefe de distrito un poco la impresión de estar
en una revolucionaria «lucha final». Por ese motivo, la relación entre las
SA y la dirección política de Berlín mejoró ostensiblemente. En la segun-
da mitad del año 1930 pesó sobre ella la orientación hacia la legalidad
y la suntuosa imagen que adoptaron los «caciques de Munich», que aca-
baban de adquirir el palacio Barlow como central del partido. Goeb-
bels, que siempre se imaginaba del lado de los «soldados proletarios»,
había querido repetidas veces llamar la atención de Hitler sobre el cre-
ciente descontento dentro de las SA. Aunque hiciera estas reflexiones
con «su jefe» y éste una vez más supiera halagarle, en la mayoría de los
casos no quedaba nada de estos propósitos. Lo mismo ocurrió en noviem-
bre de 1930. Hitler le había enseñado al jefe de distrito la «fabulosa
habitación» del palacio Barlow en la que residiría el jefe de propagan-
da del Reich durante sus estancias en Munich y además le había reve-
lado su intención de convertirla en una «alhaja».100
De regreso en Berlín, Goebbels volvió enseguida a hacer coro a los
descontentos «reyes de las SA» contra la «escandalosa pocilga de
Munich», expresión con la que se refería, no a Hitler, sino a los
«burgueses» de su entorno.101 Con acrecentado interés había seguido el
congreso de las SA que se celebró a finales de noviembre de 1930 en
la capital bávara, a la que viajaron los jefes de las secciones de asalto de
todo el Reich. Al parecer Hitler consiguió soslayar el descontento y
transmitir a los asistentes su concepto de «legalidad», aunque no lo
aplaudieran de cora- zón, pero sí de tal manera que no perjudicara al
romanticismo de los combatientes político-revolucionarios integrados en
el ejército pardo del partido. Goebbels observó en su día con un
optimismo muy afec- tado que el congreso había «dejado a los chicos
completamente satis- fechos» y que todos volvían a estar «de buen
ánimo».102
Si ahora, en febrero de 1931, Goebbels veía bien la situación entre
las SA y la dirección del distrito, ya no se trataba simplemente de un
optimismo afectado. En ese momento ya se había aproximado incluso
a Stennes. El jefe de las SA le había visitado varias veces en su nueva
casa de Steglitz, situada en la calle Am Bákequell. Pronto Goebbels cre-
yó haber sido injusto con Stennes en el pasado.Y cuando el hombre de
las SA le puso públicamente «por las nubes», Goebbels se dejó llevar
por el entusiasmo hasta el punto de declarar que el poder del Estado
sólo se podía obtener teniendo como base a la disciplinada organiza-
ción de las SA, impulsada por un brío revolucionario, pero nunca con
el vago trasfondo de una mera adhesión al partido.
La responsabilidad de las evoluciones erróneas dentro del movi-
miento la achacaban Stennes y Goebbels a los «caciques muniqueses»,
que en realidad rechazaban el socialismo y sólo pretendían hacer caer
en la trampa a los «verdaderos» hombres del movimiento. A diferencia
de Stennes, quien pese a su alta estima por Hitler también le incluía
entre los «caciques muniqueses», Goebbels seguía alimentando su auto-
engaño político de que el Führer era una víctima de su entorno polí-
tico, un entorno que le odiaba a él, Goebbels, porque era socialista y lo
seguiría siendo y porque incluso recurría a «tejemanejes» con respecto
a Hider. Contra este entorno, contra Esser, Feder, Rosenberg y los demás,
consideraba ahora dirigida la «alianza» que cerró el 21 de febrero
de 1931 con Stennes: «SA más yo. Ése es el poder».103
Cuatro días después, el capitán retirado Ernst Rohm, que acababa
de regresar de Bolivia y había sido nombrado por Hitler jefe de la
pla- na mayor de las SA, dispuso que en adelante las secciones de asalto
tuvie- ran prohibida la participación en luchas callejeras, y los jefes
de las SA cualquier actividad oratoria. El enfadado Stennes veía así
reducido deci- sivamente su poder y Goebbels se propuso de nuevo
mediar entre Munich y las SA. «Ahora Munich también tiene que
hacer algo. Una única sede es muy poco para el partido más poderoso
de Alemania».104 A juicio de Goebbels, el grupo parlamentario debía
poner a prueba la revolución y convocar un Parlamento incompleto
en Weimar.105 El 4 de marzo, durante un congreso del distrito en la
cervecería berlinesa Bockbrauerei, anunció a los cuatro vientos que
ya no se planteaba una vuelta del NSDAP al Reichstag.106 Cuando al
día siguiente llegó a Munich y quiso discutir «a solas» con Hitler el
asunto de las SA y sus ideas políticas, una vez más no quedó mucho
de todos esos propósitos. La fascinación que emanaba del Führer le
hizo llegar a la conclusión de que éste tenía en todo la visión
correcta, con la salvedad de que era
«demasiado blando y demasiado propenso a transigir».107
El dilema de sentirse por una parte vinculado a Stennes y a las
SA y querer por otra parte seguir a Hitler, para él la autoridad
inviolable, llevó a Goebbels de autoengaño en autoengaño. Éste
alcanzó su pun- to culminante cuando, en marzo de 1931, después de
celebrar por todo lo alto el primer aniversario de la muerte de Horst
Wessel, intentó ase- gurarse la lealtad de las SA con una
escenificación especial: un miem- bro de las SA le salvaría de un
«atentado con bomba» simulado. La «ins- piración» se la dio la
preocupación de Hitler de que pudiera ser víctima de un atentado.108
Probablemente a través de su secretario particular, el conde
Schim- melmann, hizo enviar un paquetito que llegó el 13 de marzo
a la secre- taría del distrito de la Hedemannstrasse. En él había
algunos petardos, un poco de pólvora negra suelta dentro de un
envoltorio, así como un primitivo mecanismo de encendido
formado por cerillas y la corres-
pondiente superficie de rozamiento. Dos días antes, Goebbels había
dado instrucciones personalmente a EduardWeiss, colaborador del Angriff
y miembro de las SA, para que abriera todo el correo dirigido al jefe
de distrito, alegando que temía un atentado contra su persona. 109 Así
sucedió ese viernes 13, pero sin que se encendieran los petardos o la
pólvora negra.
Ese mismo día, el secretario general del distrito, Hans Meinshausen,
informó a los compañeros del partido. El catedrático de instituto, que
se había hecho un nombre como «orador del Reich» y que había par-
ticipado en la fundación de la delegación berlinesa de la unión de pro-
fesores nacionalsocialistas, comunicó durante una asamblea que «a la
una del mediodía se había cometido un abominable atentado contra
nuestro Goebbels».110 Incluso antes de dar parte a la policía111 se imprimió
la primera plana del Angriff, que con un enorme titular hablaba del
«atentado contra el doctor Goebbels» como de una «infame bribo-
nada».112 En la página 3, bajo el título «Carga explosiva en un paquete
postal: los últimos recursos desesperados», seguía una descripción del
«atentado», en la que se destacaba el prudente comportamiento del
hombre de las SA «Ede» Weiss, que había desactivado «el funesto e infer-
nal mecanismo». En su diario anotó Goebbels al respecto: «Ayer por la
mañana hubo una tentativa de atentado contra mí. A la calle de la secre-
taría llegó por correo un paquete con cuerpos explosivos (...). Si hubiera
explotado habría perdido los ojos y la cara».113 El jefe de distrito se
engañaba a sí mismo con el cuento del atentado.
Si la escenificación del atentado ya indicaba un creciente desasosie-
go dentro de las SA, éste creció cuando Hans Kippenberger, diputado
comunista del Parlamento, leyó una sensacional declaración de la que
se desprendía que el nacionalsocialista Scheringer, que se había dado a
conocer por un proceso de alta traición ante el tribunal imperial de
Leipzig, se había pasado al KPD. Más dolorosa que el paso mismo fue
para Goebbels su argumentación. Scheringer manifestó que la política
práctica de los dirigentes nacionalsocialistas no concordaba con sus radi-
cales palabras. Junto con la burguesía alemana, Hitler y Rosenberg se
humillarían ante los «estados de rapiña capitalistas». A todo el que real-
mente luchara por la liberación nacional y social del pueblo alemán,
Lenin le había indicado el camino.114
Al cambio de Scheringer, que el KPD aprovechó
propagandística- mente, se sumó el proyecto de un programa
económico redactado por los «caciques de Munich». Para Goebbels,
quien temía la desintegración del partido, este documento,
completamente ajustado a la línea de argu- mentación de Scheringer,
significaba un «punto de inflexión» en el movimiento, porque en él
«no había ni huella de socialismo».115Ya que la cosa no podía quedar
así, creía estar decidido de nuevo a «decirle cuatro verdades»116 a
Hitler, que no tenía ni idea del sentir de las masas. En la central de
Munich se reunió primero con Rohm el 23 de marzo. 117 El jefe de la
plana mayor le dio a conocer sus desavenencias con el «jefe
supremo del este», Stennes, quien criticaba cada vez más
abiertamente el rumbo tomado por Hitler.118 «Lo tiene todo listo para
destituirle; llega el jefe y aconseja lo contrario. Nos cuesta trabajo
hacer cambiar de opinión a R.». De las «cuatro verdades» no quedó
luego ni rastro. Hitler estuvo «fabuloso» con él. «Ahí abajo es el único
sensato y claro». Como resultado de su estancia en Munich,
Goebbels tenía por seguro que en caso de conflicto estaría del lado
de Hitler, y quería «volver a poner en órbita» a Stennes. Lo
consiguió seguramente porque él mismo también tenía pensamientos
y sentimientos igual de ambivalentes. En cualquier caso, el jefe de las
SA seguía viendo en el jefe de distrito berlinés a su aliado.1 9
Cuando el 28 de marzo, en vista del continuo terrorismo de
izquier- da y de derecha, Hindenburg promulgó un decreto ley que
preveía el registro obligatorio para las reuniones políticas y la
censura de carteles y octavillas, las tensiones entre Berlín y Munich
se agravaron inevita- blemente. Para las SA, que siempre operaban
con un pie en la ilegali- dad, el margen se había vuelto ahora más
pequeño, es decir, casi incom- patible con el «respeto a las leyes»
exigido por Hitler. Goebbels dio rienda suelta a su enfado: «¡Viva la
legalidad! Da náuseas. Ahora tene- mos que idear nuevos métodos de
trabajo. Será muy difícil».120
Al mismo tiempo, con el decreto ley de Hindenburg, la
revolucio- naria punta de lanza del movimiento, las SA, seguiría
perdiendo impor-
tancia. Como consecuencia del decreto ley, estaba incluso en el aire una
prohibición de las SA.121 Así pues, Stennes lideró ahora su confronta-
ción con Munich tan enérgicamente que el conflicto por la orienta -
ción del partido, tanto tiempo latente, se acercó a su cénit. Desde la
perspectiva muniquesa parecía que Goebbels tiraba de la misma cuer-
da que Stennes, pues en sus discursos el jefe de distrito reprochaba a la
central «errores capitales» en sus relaciones con las SA. 122 Como causa
principal de todo el mal denunciaba reiteradamente que se había hecho
demasiado caso al «enemigo», es decir, a aquellos que se declaraban par-
tidarios del Estado y de la ley. A favor de ellos —temía— se sacrificaría
«el espíritu revolucionario del movimiento».123
Mientras que Goebbels hacía responsable de esta situación a Góring
en primer término,124 en realidad era Hitler quien marcaba el rumbo de-
saprobado por su jefe del distrito berlinés. Se había comprometido en
estilo declamatorio con la legalidad y ahora temía que los encontrona-
zos entre las SA y el poder del Estado, que aumentarían irremediable-
mente con la entrada en vigor del decreto ley, socavaran su credibilidad.
Para explicar esto a Goebbels, Hitler le ordenó por teléfono que se des-
plazara a Weimar para un congreso de dirigentes que tendría lugar el 1
de abril. Con la certeza de poder doblegarle aumentando su autoridad,
allí se le iban a otorgar plenos poderes. La autorización decía que, «en vis-
ta del decreto ley promulgado», existía el gran riesgo «de que se haga rea-
lidad la intención de los enemigos internos de instigar y arrastrar al movi -
miento a acciones ilegales y de que, por tanto, se brinde finalmente a los
enemigos de la lucha por la libertad alemana la posibilidad de reprimir y
disolver el movimiento». Esto era lo que llevaban intentando hacía meses
«fuerzas sin escrúpulos», a saber, sembrar discordia en las distintas forma-
ciones del movimiento, proseguía Hitler, y anunciaba que «sin atender a
las posibles consecuencias, iba a limpiar» ahora el partido de sus «ele-
mentos subversivos, sin importar en qué posición y en qué departamen-
to del partido se encuentren». Luego autorizaba a Goebbels a hacer lo
mismo en su distrito: «Haga lo que haga, yo le respaldo», concluía Hitler.125
Sin embargo, para entonces Hitler ya había tomado la medida deci 7
siva. Con un buen cálculo, había decretado la destitución de Sterpft^s a •
' Si*
través de Rohm. Una indiscreción hizo que la noticia se filtrara en la
capital del Reich el 31 de marzo, antes por tanto de la orden propia -
mente dicha. Entonces Goebbels ya había abandonado Berlín y sólo se
enteró de lo que allí sucedía cuando la mañana del 1 de abril, proce-
dente de Dresde, donde el día anterior había hablado en dos actos, se
encontró en Weimar con un Hitler «muy serio». Stennes y sectores de
las SA se habían rebelado. Así pues, el propósito de Goebbels, ya de por
sí ilusorio, de conseguir un compromiso firme entre él y Hitler ya no
se podía llevar a la práctica. No le quedaba más remedio que rendirse
ante los hechos y declararse «partidario del Führer abiertamente y sin
reservas».126
Éste aún recibió el 1 de abril un telegrama de Stennes en el que le
preguntaba si su sustitución a través de Rohm se había producido legal-
mente. Cuando Hitler le telegrafió de vuelta que no tenía que hacer pre-
guntas, sino acatar órdenes, la ruptura fue definitiva, de manera que las
cosas siguieron agravándose. Poco después, numerosas unidades de las SA
echaron a los funcionarios del partido y de su dirección de la central
situada en la Hedemannstrasse y ocuparon las salas de la redacción del
Angriff para hacer difundir en el periódico una proclama que significaba
una abierta «declaración de guerra» a Munich. En ella, Stennes anunciaba
que, llevado por la confianza de las unidades de las SA subordinadas a él,
había
«ordenado que las SA asumieran la dirección del movimiento en las pro-
vincias de Mecklemburgo, Pomerania, Brandeburgo-Marca Oriental,
Silesia y en la capital del Reich». 127 Los rebeldes, a los que no se había
unido el jefe berlinés de las SA ni el representante de Goebbels, Dalue-
ge, justificaron su actuación alegando que la dirección política del NSDAP
había entremezclado tendencias burgués-liberales con el «empuje revo-
lucionario de las SA».Así «se había tocado el nervio vital del movimien -
to, del que cabía esperar que eliminara la miseria social del pueblo ale-
mán». «A las SA sólo les importa la victoria de la idea en la lucha por el
pueblo y la patria. La sangre de Horst Wessel y de miles de camaradas no
debe haberse derramado en vano».128
Mientras que la crisis seguía agudizándose y no sólo las fuerzas
democráticas de la república depositaban en ella la esperanza de que
el NSDAP se hubiera salido de órbita debido a la división que se
per- filaba, Goebbels, que calificó la revuelta de Stennes como una
«trai- ción a nuestra causa glorificada por sangre y muerte», 129 hizo
lo que Hitler había hecho tantas veces en situaciones de crisis: dejó
primero que las cosas siguieran su curso y no pensó en volver por el
momento a su puesto en Berlín. Para no permitir que cayera la más
mínima sombra sobre su lealtad a Hitler, tomó también hacia fuera
una clara posición y le siguió a Munich, donde adoptaron juntos las
contrame- didas necesarias. Entre ellas estaba un editorial que
redactaron con- juntamente contra los desertores y que apareció en
el Vólkischer Beo- bachter. Siguieron proclamas al partido berlinés.
En ellas Hitler se encolerizaba por la calumnia de que «nuestro
compañero el doctor Goebbels, vuestro jefe y mi amigo» hubiera
hecho causa común con la facción de los conjurados. «Yo no
necesito defender a vuestro jefe de distrito, pues está tan por encima
de la gentuza que trabaja con esos medios que cualquier defensa
sería una ofensa para él». Finalmente, Hitler exigía a los
compañeros del partido y miembros de las SA de Berlín que
siguieran a Goebbels con una «lealtad incondicional» y que
confiaran en él sin reservas, igual que él, Hitler, confiaba sin
reservas en el jefe de distrito.130
Al mismo tiempo, el Führer rechazó a su «comisario político, el
comandante del este» Hermann Góring, quien intentaba sacar
prove- cho del golpe de Stennes y de la ausencia de Goebbels, al
procurar con- seguir precisamente los plenos poderes que había
recibido Goebbels en Weimar. Semejantes votos de confianza, «de una
magnificencia que no había visto hasta ahora en él»,131 debieron de
ser especialmente impor- tantes para Goebbels en ese momento. El
caso es que Góring, en cuya
«maravillosa casa» fue recibido cordialmente al principio —en
Pascua de 1930 el «tipo estupendo» le había llevado incluso a Suecia
para pasar varios días con la familia de su mujer, Karin— estaba a
punto de con- vertirse en su gran adversario en la capital del Reich.
Cuanto más bus- cara Hitler el contacto con la economía y los
nacionalistas alemanes, tanta más importancia cobraría para él
Góring, quien podía abrir las puertas precisamente a esos círculos.
Cuando el 7 de abril Goebbels regresó finalmente a la capital del
Reich con el propósito de no olvidar la lealtad que le había
demostra- do Hitler y de echar a los traidores «de manera que se
oiga»,132 el punto culminante de la crisis ya había pasado. No se
había producido un incendio de rápida propagación. Las
manifestaciones de lealtad, que habían llegado a la central de
Munich desde todos los distritos, lo con- firmaron.También en Berlín
surtieron efecto los llamamientos de Hitler y Goebbels. Los
miembros de las SA disidentes volvieron al partido. Este paso fue
facilitado por concesiones financieras como el «suple- mento para
las SA» ordenado por Hitler y el incremento de la cuota de ingreso
en el partido en beneficio de las SA, así como la participación ahora
garantizada en las «donaciones al tesoro de lucha».
Ya el 11 de abril, tras un discurso pronunciado ante más de 2.000
funcionarios en la avenida Kurfiirstendamm, durante el cual se
mostró claramente partidario de la orientación hacia la legalidad de
Hitler,133 Goebbels pudo constatar que el aparato del partido
permanecía «inal- terado», pues no había desertado ningún jefe de
circunscripción ni nin- gún funcionario político. Apenas una semana
después, el sucesor pro- visional de Stennes, Paul Schulz, presentó al
jefe de distrito en el palacio de deportes una sección de asalto
«depurada», con una nueva forma- ción leal a Hitler. Ante 4.000
asistentes, que habían respondido a un
«llamamiento general», Goebbels se esforzó por minimizar las
diferen- cias entre las SA y la dirección política. Las palabras
revolucionarias del partidario de la legalidad surtieron efecto. En su
diario anotó —feliz por haber superado la crisis— con gran
patetismo: «Hablo yo. Muchos lloran. Es un gran momento (...).
Desfile al son de la música. Las SA de Berlín en pie. Resplandecen
las banderas, se yerguen los estandar- tes. Mi felicidad es inmensa.
Ahora ningún diablo podrá volver a qui- tarme a estos muchachos».134
Por muy impresionante que le pudiera parecer a Goebbels esta
mani- festación, por muy rigurosa que fuera la «depuración» que
quisieran hacer Schulz en las SA y él en el partido, Stennes no se dio
tan rápida- mente por vencido. No dejaba pasar ninguna oportunidad
para, por medio de informaciones bien calculadas a la prensa, mostrar
divergen-
cias entre Goebbels y Hitler, o acusar al jefe de distrito de colaborar
secretamente con los rebeldes. Además, Stennes había fundado un perió-
dico cuyo título, Arbeiter, Bauern, Soldaten [Obreros, campesinos, soldados],
informaba de manera inequívoca sobre la posición de los disidentes.
Inmediatamente después de su primera aparición en abril, Goebbels
lo había tildado de «disparate confuso».135 El periódico volvió a causar
sen- sación cuando a principios de mayo se reprodujo una
declaración jura- da de EduardWeiss, el colaborador del Angriff
expulsado por Goebbels y partidario de Stennes. Weiss se había
retractado ante la oficina de inves- tigación de la declaración que
prestó en relación con el atentado con- tra Goebbels, afirmando que
había sido inducido por su antiguo jefe a hacer una declaración
falsa. Como introducción a la declaración jura- da se podía leer que
ya no se abusaría más de aquellos «que el propio doctor Goebbels
calificó un día como los "descontentos, los inquietos, los
obsesionados: los idealistas"».136
Lo que los partidarios de Goebbels intentaban explicar como una
«venganza tardía» era comentado por el Vossische Zeitung
expresando que «el "héroe" del atentado, el mago político Goebbels,
el señor de los luciones y de los ratones blancos» había quedado
«desencantado» ante la opinión pública.137 Mientras que este
periódico dejó tal como estaba la historia del supuesto atentado con
bomba, el Rote Fahne presentó más detalles al día siguiente. Muy
claro fue el mentís del jefe de distrito desenmascarado, y muy dignos
de ser destacados vuelven a ser los apuntes de su diario. Creyendo
haber sido realmente víctima de un atentado, allí se habla de una
«"Stennesada" de mentiras y tergiversa- ciones».138
La crisis de Stennes casi superó la capacidad de Goebbels de
enga- ñarse a sí mismo. Por una parte veía en los aproximadamente
300 disi- dentes de las SA traidores potenciales, tras haber reprimido
ya la idea de que era él quien los había traicionado; por otra parte
tenía que reco- nocer que entre ellos había «mucha gente honrada».
Uno de ellos era Hustert, que había atentado contra Scheidemann, al
que Goebbels había realzado como «mártir de la causa nacional» y
por cuya excarcelación había intercedido. La «cantidad de errores»
que él también, Goebbels,
había cometido, no radicaba a su juicio en no haber intentado nunca
reconciliar a Stennes y a Hitler, sino en haber sido demasiado
«confia- do». Había creído «con demasiada fuerza» en las personas.
Abandona- do a la idea de que los hombres que le rodeaban eran
malos, lleno de un sincero desprecio los apostrofó como un
«montón de escoria»,139 compensando de ese modo, como ya había
hecho desde que era joven, sus propias deficiencias.
En esta situación sentía una mayor necesidad de apoyo, que,
después de numerosos amoríos superficiales —ya fuera con «Támara»,
«Xenia»,
«Erika» o «Jutta»—, empezó a buscar en una joven mujer a la cual
había empleado desde noviembre de 1930 para organizar su archivo
privado. Pero él no iba a ser capaz de abrirse a la «hermosa mujer
apellidada Quandt». 140También se aplicaba a su relación con ella lo que
hacía poco había anotado en su diario, que después de la separación de
Anka Stal- herm el amor sólo llegaba «hasta la superficie del
corazón» y el fondo permanecía intacto.141
Magda Quandt fascinaba a Goebbels, pues con su elegante
aspecto y su porte superior encarnaba un mundo al que él no había
tenido acce- so. Semejante tipo de mujer no era precisamente
habitual en el ámbi- to de los nacionalsocialistas ni tampoco en el
entorno más cercano de Goebbels. Se había criado en condiciones
acomodadas. Había termi- nado su formación escolar con el
bachillerato. Poco tiempo después
—-Johanna María Magdalena Friedlánder pertenecía entretanto a un
distinguido internado para señoritas de Goslar— conoció al gran
indus- trial Günther Quandt, quien se casó en enero de 1921 con
Magda, que había cumplido hacía poco los-diecinueve años.142
La vida que ahora llevaba al lado de Quandt comportaba sin
duda algunas ventajas extraordinarias, pero inevitablemente estaba
hecha a medida de las exigencias que el imperio económico creado
por Quandt hacía pesar sobre el exitoso hombre de negocios. Dejaba
poco espacio para las ideas más bien románticas de una mujer joven
que —siendo todavía estudiante y alumna de un internado— ahora
de repente tenía que estar al frente de una gran familia. El viudo
Quandt, que era vein- te años mayor que Magda, había aportado al
matrimonio dos hijos
mayores, Hellmuth y Herbert, a los que se sumó en noviembre de
1921 su hijo común Harald. Los deberes maternales y las tareas de
represen- tación al lado de su marido, que los llevaron en el año
1927 a Estados Unidos y a Latinoamérica, ocultaron al principio el
progresivo distan- ciamiento de los cónyuges, que sin embargo
condujo en el verano de 1929 a una separación definitiva cuando
Magda se mostró en público con un joven amante.
Después de ponerse de acuerdo sobre la custodia de Harald, que
tenía siete años —viviría hasta los catorce años con su madre y
después o en caso de que ella se volviera a casar regresaría a casa de
su padre— y de que Quandt hubiera dotado a Magda
económicamente con tan- ta generosidad que tenía garantizado un
futuro sin preocupaciones mate- riales, ella se instaló en una ostentosa
vivienda del elegante Westend de Berlín, en el número 2 de la
Reichskanzlerplatz, no muy lejos del cha- let de Quandt situado en la
Frankenallee. En busca de ocupaciones para su vida, durante la
campaña electoral parlamentaria de 1930 Magda Quandt vino a dar
en un mitin del NSDAP en el palacio de deportes, donde hablaron
Goebbels y Hitler. Bajo los efectos de la impresión inmediata debió
de tomar espontáneamente la decisión de unirse al movimiento. Poco
después de su ingreso en el partido el 1 de septiembre de 1930,144 pasó
a ocuparse ad honorem en el oeste de Berlín de la sec- ción femenina
de esa delegación del NSDAP, antes de ofrecer sus ser- vicios a la
secretaría de la Hedemannstrasse.145 Allí, la elegante mujer conoció
más de cerca al enjuto hombre del pie deforme. En Goebbels creyó
descubrir al idealista puro, al incansable precursor de un mundo
mejor que se levantaría con el Tercer Reich. Lo que Magda no vio
fue que para ello estaba dispuesto a cometer cualquier injusticia,
que su fanática voluntad no se basaba en otra cosa que en un infinito
menos- precio de las personas.
Goebbels pronto deseó el amor de la joven mujer de veintinueve
años.146 Una relación de esas características compensaría de manera
especial su defecto físico y su humilde origen, como cuando Anka Stal-
herm, en cierto modo similar a Magda, estaba a su lado. A ello se aña-
día que Magda Quandt, quien a lo largo de su vida no se había visto
obligada a enfrentarse a la miseria y la privación, estaba sin embargo
seriamente comprometida con el nacionalsocialismo. Goebbels, quien,
además de su «irresistible belleza», le atribuía buen juicio, «un sentido
vital sensato, ajustado a la realidad» y «un pensamiento y comporta-
miento generoso»,147 revivía verdaderamente en su presencia. Juntos
pasaron tardes «insuperablemente» hermosas,148 después de las cuales él
se sentía «casi como en un sueño.Tan repleto de colmada felicidad». 149
Con el agravamiento de la crisis de Stennes, Goebbels, que ahora
creía amar «ya sólo a una», 150 le dedicó cada vez más atención a ella. Sin
embargo, en ese momento no podía ser un apoyo para él, pues a ella la
«evasión» de su mundo le había creado una gran cantidad de compli-
caciones. Ahí estaba su ex marido, con el que tras la separación tenía
una relación a todas luces mejor que antes; en cualquier caso, los dos
comían juntos a menudo en el exclusivo restaurante berlinés Horcher.
Günther Quandt, así como su familia, cuyo apellido seguía llevando
Magda, desaprobaban su compromiso con el nacionalsocialismo y cri-
ticaban con extrema dureza su relación con el jefe del distrito berlinés.
De ellos y también de sus propios padres —Auguste Behrend lo menos-
preciaba, Oskar Ritschel ni siquiera lo llegó a conocer de cerca— 151
tenía que aguantar «cosas horribles»,152 como se quejaba Goebbels. Pre-
cisamente en el climax de la crisis culminaron también las dificultades
de Magda, hasta tal punto que Goebbels casi la dio por perdida. Su
amante, el motivo de la separación de su matrimonio con Quandt, echó
mano de la pistola, porque él no le quería dejar libre el camino hacia
el agitador del pie deforme. Para Goebbels eso se convirtió en una «tor-
tura». Unos «celos locos»,153 como creía no haber vuelto a sentir desde
los días de Anka Stalherm, le condujeron según sus palabras a la «más
profunda desesperación».154 La inevitabilidad de la suerte que supues-
tamente le había marcado el destino encontró su máxima expresión en
una apreciación que refleja una vez más su papel —en el que se había
encasillado a sí mismo— de ser la sacrificada excepción, así como su
ilimitado desprecio por el ser humano: «Tengo que quedarme solo y
me quedaré solo (.. .).Y basta ya de pensar en mí. ¿Qué es ya esta mise-
rable vida? ¿Y este montón de mierda llamado hombre?».155
En abril de 1931 no sólo le daban a Goebbels preocupaciones el
golpe de Stennes y su relación con Magda Quandt, sino también la
policía y la fiscalía. «Los procesos me dejan muerto (...). En mi
mesa se vuelven a amontonar las citaciones. Me dan náuseas. Pero
no pue- do perder los nervios. Eso es lo que quiere el enemigo».156
La maqui- naria penal se había vuelto a poner en movimiento de
manera inten- sificada después de que el 9 de febrero el Parlamento
cambiara su reglamento, de modo que se podía anular más
fácilmente la inmuni- dad de los diputados. Ese mismo día había
determinado en contra de Goebbels, en relación con una demanda
por injurias del vicepresiden- te de policía Weiss, «conceder permiso
para dictar y en su caso llevar a efecto una orden de comparecencia
contra su miembro el doctor Goeb- bels»,157 con lo cual el fiscal
general había dispuesto que se hiciera avanzar el proceso «con la
mayor celeridad», fijando la vista oral para la fecha más temprana
posible.158
Fue el 14 de abril de 1931 cuando se vio la causa por un
comenta- rio que hizo Goebbels el 26 de septiembre de 1929
durante un dis- curso en la casa de la asociación de veteranos: «No
hablamos de un Ber- lín corrupto o del bolchevismo de la
administración berlinesa. ¡No! "Decimos sólo Isidoro Weiss. Con eso
basta"».159 Según el considerando, Goebbels justificó esto ante el
tribunal de la siguiente manera: «Cuando el marxista habla de la
monarquía, dice sencillamente Guillermo; si habla del fascismo,
dice Mussolini. Menciona siempre al hombre y en el hombre el
pueblo reconoce el sistema. Esa es la verdadera razón por la que el
marxismo se ha vuelto más popular (...). Cuando él (Goeb- bels)
mencionó precisamente al doctor Weiss como exponente de un
determinado sistema, lo hizo exclusivamente teniendo en cuenta al
sec- tor de sus oyentes o lectores menos informado en materia
política, pues el nombre del vicepresidente de policía como el apoyo
más destacado de la administración berlinesa lo conoce cualquier
niño, mientras que, si hubiera mencionado otro nombre, el acusado
no habría podido pre- suponer sin más que era conocido, de manera
que no habría podido designar a todo el sistema con el nombre de una
persona».160 Sin embar- go, el tribunal reconoció que Goebbels «había
querido expresar su des-
precio» a Weiss «por su origen judío», lo declaró culpable de injuria
y lo condenó a una multa de 1.500 marcos del Reich.
Tres días después, Goebbels se encontraba ante el tribunal de
esca- binos de Schoneberg.161 Después de que el 27 de abril no se
presentara una vez más en la fecha de la vista oral por un total de
ocho causas penales —comparecencia que había eludido siempre con
distintos pre- textos poco convincentes—, la fiscalía lo sacó de la
capital bávara en una complicada operación policial. Se encontraba
allí para asistir a un congreso interno del partido sobre el tema
«prensa y propaganda». Un agente viajó expresamente a Munich y,
con ayuda oficial de la policía del lugar, registró los conocidos
locales que frecuentaba el NSDAP en busca de Goebbels, hasta que
finalmente lo encontró a última hora de la tarde en la sección de
vinos del restaurante Grosser Rosengarten.162 Esa misma noche fue
enviado en tren de regreso a Berlín, donde que- dó inmediatamente
bajo arresto en aislamiento «entre las risas burlonas de chulos y
ladrones»,163 tal como él lo quería ver. Ante su abogado Otto
Kamecke dio rienda suelta a su ira por la acción del fiscal Stenig y
bramó «que había que acordarse de este hombre para después».164
Pocas horas más tarde, Goebbels se encontraba ante el tribunal
de escabinos de Charlottenburg, precisamente frente a ese fiscal
Stenig.
«Ese cerdo agita los ánimos contra mí.Y entonces yo empiezo a gritar.
Toda la rabia se la lanzo al tribunal a la cara.Toda la infamia de esta bati-
da.Y luego me niego a cualquier declaración»,165 así describió Goebbels
su intervención. Sin embargo, salió bien librado de ella, pues el
tribunal no pareció adivinar del todo el trasfondo político e
ideológico con el que operaba Goebbels. Así pues, resultó absuelto
en el caso de la injuria contra la comunidad religiosa judía que
apareció en la primera página del Angriff del 15 de abril de 1929.166
El artículo se ocupaba de la muerte no esclarecida de un muchacho
cerca de Bamberg.167 En el texto se decía que se podían hacer
pesquisas seguramente pro- metedoras «si uno se planteara la
pregunta de sobre qué "comunidad religiosa" existente en Alemania
pesa desde hace siglos la sospecha de tener entre sus filas a fanáticos
que se sirven de la sangre de niños cris- tianos para fines rituales».
El tribunal dictaminó que la afirmación de
que la comunidad religiosa israelita estaba bajo sospecha de tener entre
sus adeptos a fanáticos que perpetraran esa clase de crímenes no ence-
rraba «ningún hecho injurioso», pues no se sugería con ninguna pala -
bra «que aprobara o tolerara semejante conducta (...). El hecho de que
la expresión comunidad religiosa aparezca entre comillas significa en el
peor de los casos que el autor no reconoce a los judíos como
comunidad religiosa ni su fe como religión. Ésa es una crítica suya que
no rebasa el límite de lo admisible».168
En la causa de Magnus Heimannsberg, coronel de policía y coman-
dante de la policía urbana berlinesa, cuya vida privada había sido trata-
da maliciosamente y con todos los pormenores en un artículo del
Angriff,169 ya se vislumbró durante el interrogatorio del redactor copro-
cesado Martin Bethke que Goebbels también saldría airoso en este caso.
Después de que el tribunal diera crédito a la afirmación del redactor
de que el texto en cuestión había sido escrito por un autor que traba-
jaba con el pseudónimo de «Polente» [poli], 170 creyeron con compla-
cencia que Goebbels —acusado en este caso por su responsabilidad en
el derecho de prensa como editor y redactor responsable del Angriff-—
no había conocido los artículos antes de que salieran a la luz y que, de
haberlo hecho, no habría permitido su publicación. 171 «De la persona-
lidad del acusado (Goebbels) se ha tenido la impresión de que no dice
falsedades al tribunal por miedo a su responsabilidad», 172 creyeron en
consecuencia poder constatar los jueces y llegaron a la pese a todo bené-
vola conclusión de que Goebbels había desempeñado sus deberes como
redactor responsable «de una manera muy deficiente» y de que la «fal -
ta de un control suficiente» podía llevar a que en el Angriff aparecieran
injurias y difamaciones, «aun cuando él no las apruebe en absoluto».
Por «grave imprudencia», Goebbels fue condenado en el caso de Hei-
mannsberg a una multa de 300 marcos del Reich.173
En otro caso, que se remontaba también al año 1929 pero que no se
vio hasta el mismo día, Goebbels tuvo que defenderse por injurias con-
tra el antiguo jefe de policía Zórgiebel. Durante un discurso lo había
tildado de «soplón cerdo y jeta». 174 En el juicio negó «haber dicho algo
semejante. No tenía por costumbre mencionar a alguien y luego aña-
dir descalificaciones. Además, hasta este proceso no había oído esas pala-
bras, que no querían decir nada para él», explicó, e hizo creer al tribu-
nal con gran sarcasmo que quizás había hablado «ocasionalmente, pero
sin duda no en este contexto», de «lamejetas». 175 «Esta expresión la había
creado él para designar a los subordinados que querían congraciarse con
sus superiores incluso de manera indecorosa. Así pues, esta palabra nun -
ca se podría emplear para referirse a un jefe de policía que es él mismo
la autoridad suprema». La sentencia fue en este caso una multa de 100
marcos del Reich. En segunda instancia quedó en absolución. 176
En los ocho casos cuyo juicio estaba fijado para ese 29 de abril, Goeb-
bels fue condenado en total a 1.500 marcos de multa y a un mes de
prisión, una pena contra la que los abogados de Goebbels, como es lógi-
co, interpusieron recurso de apelación.Ya el 1 de mayo comparecía ante
el tribunal de escabinos de Berlín-Centro, que lo condenó en tres cau-
sas a 1.000 marcos de multa. Goebbels reaccionó con una táctica obs-
truccionista: «Ya no me defiendo. Ante los tribunales prusianos sólo
queda callar y seguir trabajando».177
Con el objeto de poner las sentencias en ridículo a posteriori, comen-
zó acto seguido por parte de Goebbels y de sus abogados un regateo
consistente en pagar las multas y recargos a la caja del tribunal en las
sumas más pequeñas, o en retrasar todo lo posible el pago con toda cla-
se de pretextos poco convincentes hasta una próxima amnistía que cabía
esperar con seguridad, con la que el gobierno del Reich buscaría apa -
ciguar las diferencias políticas. Así, por ejemplo, en la causa de Weiss
contra Goebbels del 14 de abril, una vez que se denegó la apelación y
la casación, propusieron pagar la cuantía total a satisfacer de 1.840,08
marcos del Reich en plazos de 25 marcos mensuales.178 Aunque luego
se le concedió a Goebbels por disposición judicial un fraccionamiento
en 500 marcos mensuales, desde diciembre de 1931 hasta diciembre de
1932 ingresó en la caja del tribunal once mensualidades de 100 mar -
cos, sumas que —como demuestran los recibos— se pagaron de la «caja
especial» de su secretario privado Schimmelmann. Una comprobación
por parte del tribunal de los recursos económicos del jefe de distrito
ya había evidenciado que estaba «en condiciones de pagar mensualida-
des por un importe de al menos 250 marcos del Reich»,179 pero esto
preocupaba poco a Goebbels. Siguió transfiriendo sumas de 100
mar- cos. El 24 de febrero de 1932, el fiscal superior competente
declaró finalmente su conformidad con esas cuantías, antes de que
Goebbels fuera dispensado del resto por la ley del Reich sobre
impunidad del 21 de diciembre de 1932. En otros casos, la diferencia
entre lo que se abo- nó y lo que se condonó por medio de la amnistía
fue sustancialmente mayor,180 por no hablar de la pena de prisión de
muchas semanas, de la que Goebbels no cumplió ni un solo día.
Sin embargo, el «dineral»181 que esto supuso por el gran número
de multas pronto acarreó a Goebbels dificultades económicas. Para
reme- diarlas sustrajo al parecer fondos de las SA berlinesas.
Hanfstaengl, nom- brado por Hitler jefe de prensa extranjera tras las
elecciones de sep- tiembre de 1930, recordaba que una suma de
14.000 marcos facilitada para ese propósito se perdió en el camino,
que pasaba por la caja del jefe de distrito. En los círculos del partido
se propagó entonces la afir- mación de que Goebbels era el
responsable de ello. Los que estaban enterados lo pusieron en
relación con la aventura amorosa entre Goeb- bels y Magda Quandt
«y con las cargas económicas resultantes que pesa- ban sobre el
apasionado admirador».182
Después de que Magda Quandt abandonara definitivamente a su
antiguo amor y convenciera a los Quandt de la irrevocabilidad de su
decisión de seguir a Goebbels, éste pronto empezó a forjar «planes
de futuro» con ella.183 Durante las vacaciones de Pentecostés, que
pasaron juntos en la finca de los Quandt en Severin, al noroeste de
la pequeña ciudad mecklemburguesa de Parchim, la desigual pareja
se hizo una
«solemne promesa». Querían casarse cuando aquello por lo que
ahora ambos vivían y en lo que ambos creían ciegamente, el Tercer
Reich, ese hipotético mundo mejor, se hubiera hecho realidad.184
Aparte de los procesos —a mediados de mayo fue condenado a
dos meses de prisión por injurias contra el vicepresidente de policía
Weiss185 y a 500 marcos por incitar al odio entre clases—, Goebbels
tenía razones para ser optimista en ese principio de verano de
1931.Y es que en mayo irrumpió en Alemania aquella tercera oleada
de la crisis econó-
mica mundial, la cual convenía a sus objetivos, pues ante todo arruina-
ba la esperanza depositada en una mejora general de las condiciones
económicas y sociales. Tampoco supuso un cambio sustancial la firma
de la moratoria Hoover el 24 de julio de 1931, con la que se aplazaban
por un año todos los pagos alemanes a título de reparaciones.
Tras la quiebra de la Osterreichische Kreditanstalt [Institución de
Crédito Austríaca], a mediados de julio declararon su insolvencia el
Darmstádter Bank y el Banco Nacional. La afluencia masiva, motivada
por el pánico, a todos los institutos de crédito alemanes condujo pro-
visionalmente al cierre de todos los bancos, cajas de ahorro y bolsas. El
número de parados registrados en la oficina de empleo, que había alcan-
zado en enero los 4,1 millones, apenas bajó durante el verano y hasta
finales de año ascendió a más de 6 millones. Se extendieron el hambre,
la miseria y la desesperación en proporciones hasta ahora desconoci-
das, y al mismo tiempo desapareció la confianza de los alemanes en el
«sistema» de Weimar y en sus partidos democráticos.
Aunque, por tanto, las condiciones para la lucha revolucionaria con-
tra el «sistema» continuaron mejorando, Goebbels, tras la experiencia
del golpe de Stennes, siguió la trayectoria de legalidad de su Führer
al menos superficialmente. Cuando la Stahlhelm se esforzó por conse-
guir un referéndum para la disolución anticipada del Parlamento pru-
siano, los nacionalsocialistas hicieron causa común. A finales de junio
también se unió el KPD al frente de derechas. Antes había tenido lugar
la intervención de Stalin, quien exhortó a sus colegas alemanes a que
su partido se mantuviera en segundo plano en el proceso revoluciona-
rio y a que dejara al NSDAP el terreno de la demagogia nacional. Una
vez más recordó a los líderes comunistas que el precursor del «fascis-
mo» era el gobierno de Brüning, y el principal apoyo de éste el gobier-
no prusiano formado por los socialfascistas. Por eso había que hacerlo
caer.186
Pese a la reforzada coalición, Goebbels se vio en apuros para expli-
car la participación del KPD, pues no encajaba de ningún modo en su
cliché de los «partidos marxistas hermanos KPD y SPD». El 6 de agos-
to habló durante un mitin en Berlín-Friedenau, distorsionando com-
pletamente la realidad, de que sólo la presión de los militantes había
obligado al KPD a participar. A la oposición nacional le importaba más
bien Prusia y el Reich. «Si se logra volver a hacer a Prusia prusiana,
entonces también podremos volver a hacer a Alemania alemana».187
Con la preocupación de no poder hacer frente al ataque conjunto
de la extrema izquierda y la extrema derecha, el presidente socialde-
mócrata del gobierno prusiano, Braun, apoyándose en un decreto
ley que acababa de promulgar el presidente del Reich, ordenó a los
diarios que imprimieran un «llamamiento del gobierno del Estado
prusiano». En él se decía, con una valoración sumamente realista de
la situación:
«Partidos de derechas, la Stahlhelm y los comunistas —enemigos
mor- tales irreconciliables asociados en una unión antinatural—
llaman a un referéndum para la disolución del Parlamento regional
prusiano (...). Con la consecución del referéndum quieren que se
vea a lo lejos la señal de fuego de que en Alemania ha llegado el
final de la democra- cia, de la república democrática».188
Para evitar más prohibiciones del Angriff—el periódico de lucha
había sido prohibido por el consejero de Interior prusiano a
principios de junio primero por cuatro semanas, luego sólo por dos y
al mes siguien- te de nuevo por una semana—,189 Goebbels cumplió
la orden de impri- mir el llamamiento. La tarde del 7 de agosto, con
gran habilidad dema- gógica, reaccionó a la derrota que se le había
infligido planteando a las masas fanatizadas que se habían reunido en
el palacio de deportes ber- linés la pregunta retórica de qué siente un
nacionalsocialista cuando lee en su periódico algo semejante. El odio
y la cólera —ésta era su res- puesta— amenazaban con apoderarse
de él. Eso estaba bien así, pues
«¿de dónde íbamos a sacar hoy el ánimo para trabajar si no nos
dieran las fuerzas la cólera, el odio y la ira?».190
Un «Filipos», que Goebbels había prometido en el palacio de
depor- tes a los partidos de centro, y muy especialmente a la
«lamentable y corrompida socialdemocracia, traidora de la patria»,
no llegó a ser el 9 de agosto de 1931. El referéndum fracasó
probablemente por la nega- tiva de muchos comunistas a hacer
causa común con el NSDAP. Esa tarde se propagaron rumores
desenfrenados de una revolución roja. En
el barrio berlinés de Prenzlauer Berg la policía tuvo que acordonar
calles enteras porque francotiradores del prohibido aparato militar
del KPD disparaban a uniformados y civiles. El precedente fueron los
asesinatos de los capitanes de policía Paul Anlauf y Franz Lenck, que
se produje- ron en la Bülowplatz, muy cerca de la casa de Karl
Liebknecht. Uno de los dos jóvenes comunistas que durante una
reunión provisional de la jefatura del partido de Berlín-Brandeburgo
habían recibido la orden por parte de Ulbricht y Neumann de
disparar los tiros mortales se lla- maba Erich Mielke.191 Veintiséis años
más tarde se convertiría en la RDA en ministro para la Seguridad del
Estado, cargo que ocuparía durante más de treinta años.
Goebbels convirtió sin vacilaciones el fracaso del referéndum en
una victoria de su partido y atribuyó el «chasco total» a sus
«socios», por- que no habían podido movilizar a sus partidarios. Y,
como es natural, atizó de inmediato públicamente la indignación por
los pérfidos asesi- natos, sobre los que informaba por extenso el
Angriff. En las semanas pasadas no había transcurrido prácticamente
ningún día «en el que no se matara o hiriera a un nacionalsocialista,
a un miembro de la Stahl- helm o a un agente de policía a manos de
criminales comunistas».192 En efecto, la violencia se había convertido
a ojos vista en una empresa del KPD, sobre todo de su aparato
militar. Después de que el Rote Fah-ne llamara a la ofensiva contra los
«cuarteles nazis»,193 cuyas direcciones se publicaron en el periódico de
lucha, los locales de reunión de las sec- ciones de las SA se
convirtieron en objeto preferente de los ataques comunistas, como el
9 de septiembre, cuando un comando asesino comunista asaltó la
taberna Zur Hochburg. Cuando los hombres des- cargaron toda su
munición y escaparon, dejaron atrás a varios miem- bros de las SA
heridos de gravedad, de los cuales uno murió poco des- pués.194
Cuatro semanas más tarde se produjo otro baño de sangre.
Entonando La Internacional, 20 comunistas marcharon calle arriba
por la Richardstrasse de Neukólln; delante del hostal Bówe, lugar de
reu- nión de la sección de asalto 21, algunos de ellos se apartaron
del gru- po y dispararon indiscriminadamente en el local, muy
concurrido. El balance: una docena de miembros de las SA heridos y
gravemente heri-
dos y un muerto.195 Fue una de las 29 víctimas que se cobraron en la
capital del Reich los sangrientos enfrentamientos políticos del año
196

Entre otras cosas, el número creciente de acciones sangrientas


por parte de los comunistas contribuyó a que, en todos los sectores
de la población, la actitud de los individuos siguiera cambiando a
favor de los nacionalsocialistas. La adhesión a la legalidad,
constantemente expues- ta, y sobre todo el pathos nacional de los
dirigentes del partido surtie- ron efecto. Incluso representantes
principales de la socialdemocracia veían que el peligro real para
Alemania procedía del KDP, que estaba bajo control soviético.197 A los
nacionalsocialistas, por el contrario, cada vez más personas les
concedían el papel de aliados; lo cierto es que muchos empezaron a
ver en ellos «el único bastión seguro de Alema- nia contra la gran
marea roja y bolchevique».198
Nada cambiaron en ello acontecimientos como los que se
produje- ron el 12 de septiembre de 1931 en la avenida berlinesa de
Kurfurs- tendamm. De un informe confidencial dirigido al
departamento polí- tico de la jefatura superior de policía199 se
desprendía que a comienzos del mes Goebbels había hablado con el
jefe de las SA berlinesas y dipu- tado del Parlamento regional
prusiano, el conde Wolf-Heinrich von Helldorf,200 oficial de la
guerra mundial y combatiente del cuerpo de voluntarios, sobre una
«manifestación de desempleados» que debería tener lugar en la
fiesta del nuevo año judío. Lo que se escondía detrás de ella se vio
en la tarde de aquel 12 de septiembre: Helldorf, quien en el año
1922 tuvo abierto en el tribunal regional de Güstrow un suma- rio
por homicidio que más tarde se sobreseyó,201 subía y bajaba por la
Kurfiirstendamm en un Opel verde y dirigía a sus hombres,
camufla- dos como transeúntes normales, para que insultaran,
injuriaran y gol- pearan «a personas cuyo aspecto físico permitía
deducir su pertenencia al judaismo».202 El pogromo duró dos horas,
durante las cuales los agentes del jefe de policía arrestaron a
numerosos nacionalsocialistas, entre ellos al conde Helldorf.
Goebbels, que con tales acciones se proponía disminuir el
abismo siempre creciente entre la dirección muniquesa y la base
revoluciona-
ria del movimiento y canalizar las agresiones dentro de las SA en su
sentido, se vio expuesto a mayores dificultades cuando Hitler,
Hugen- berg y otros líderes de la «reacción», con ayuda de algunos
grandes indus- triales, se unieron el 11 de noviembre en el Frente de
Harzburg para luchar conjuntamente por el poder en el Reich. No
sólo en las SA ber- linesas se acogió esto con consternación, pues
ahora se había presenta- do la prueba del «aburguesamiento» y el
«caciquismo» temidos ya hacía tiempo.
Así pues, Goebbels reunió todas las energías para explicar al
«hom- bre de las SA» en reuniones y tardes de debate el «carácter
instrumen- tal» de la alianza, sobre el que él mismo no dudaba ni un
instante, e incluso para jurarle que con ella se pretendía derribar a
Brüning y disol- ver el poder enemigo. Esto sólo era posible por la
vía de la legalidad, por lo cual no veía ningún motivo para apartarse
de ella, pues la con- quista del poder, que se diferenciaba por
principio de la finalidad del poder, sólo era posible en una
coalición.203 Pese a todo, esta táctica no parecía demasiado creíble y
no pudo evitar sino en escasa medida que la esperanza depositada por
muchos miembros de las SA en una mejo- ra de la situación social a
través del NSDAP cediera el paso a una ten- sión nerviosa, a una
irritación paralizante, de la que nadie sabía si se descargaría y, en tal
caso, cuándo.
Esta irritación se vio agravada por acontecimientos sobre los que
en otras circunstancias se habría hecho fácilmente la vista gorda. Entre
ellos estaba el proceso contra los miembros de las SA detenidos
durante el pogromo en la Kurfiirstendamm berlinesa, incluido su
jefe, el conde Helldorf. Aunque el tribunal consideró a este último
culpable de la autoría y lo condenó como «cabecilla» a una pena de
cárcel, su aboga- do Roland Freisler consiguió en el juicio de
apelación conmutar la con- dena por una multa total de 100 marcos
del Reich.204 Una participación decisiva para la indulgente sentencia
contra Helldorf—quien después del 20 de julio de 1944 sería
condenado a muerte por el mis- mo Freisler— fue la de Goebbels.
En el estrado de los testigos insultó a voz en grito al tribunal, por lo
cual se ganó una multa disciplinaria de 500 marcos, pero, cuando se
le interrogó por los hechos en sí, se
negó ilícitamente a declarar,205 motivo por el cual se imposibilitó a los
jueces —tal como escribieron en la sentencia— probar «con una pro-
babilidad rayana en la certeza» la autoría de Helldorf en los altercados. 206
Mucho peor que a Helldorf les fiie a los miembros de las SA acusados.
Por perturbación del orden público recibieron penas de cárcel de hasta
dos años, que, aunque en los juicios de apelación se redujeron a entre
cuatro y diez meses,207 no hicieron desaparecer el descontento por el trato
desigual. Éste encontró expresión en octavillas que circularon en
diciembre en el entorno de las SA de la capital del Reich. En ellas se
podía leer que tenían el deber de hablar abiertamente y sin reservas, por
lo cual ya no seguían a los jefes Goebbels y Helldorf, personas que los
habían «traicionado y vendido». Habían sido «instigados sistemáticamente
y por medio de órdenes a los diferentes enfrentamientos, como por
ejemplo en la Kurfurstendamm (...). Pero ¿y en el proceso? Nos aban-
donan a nuestra suerte (...).Ése no es el compañerismo por el que hemos
luchado y nos hemos desangrado. Es más bien el caciquismo de Goeb-
bels y hasta del último septembrino.208 De esa gente nos separa todo».209 En
esta crítica situación, contra el jefe de distrito también trabajaba el jefe
de la plana mayor de las SA, Rohm, que había caído en descrédito
entre muchos miembros de las SA debido en parte a su inactividad y
en parte a los rumores de que era objeto.Todo comenzó en primavera
de 1931, cuando la crisis de Stennes se acercaba a su culmen.
Entonces llegó un indicio a la fiscalía berlinesa a raíz del cual se prac-
ticó un registro domiciliario a un médico berlinés por trastornos sexua-
les, durante el cual se confiscaron varias cartas de Rohm en las que éste
reconocía abiertamente su homosexualidad. Escribía que las mujeres le
causaban horror, especialmente las que lo acosaban con su amor. De
esto, así como de la falta de compañeros, se quejaba al «querido doc-
tor», al que le pedía una «fijación» de su «constelación», es decir, un
horóscopo de su vida amorosa.210 La fiscalía instruyó un sumario por
«lascivia contra natura».211 Antes de que se suspendiera por falta de prue-
bas, entre otros Helmut Klotz, un periodista cercano al SPD, dio a cono-
cer el asunto con publicaciones en la prensa, de manera que las ten-
dencias del corpulento condotiero pronto fueron tema de conversación.
Goebbels, que achacaba al jefe de la plana mayor buena parte de
la responsabilidad por la crisis de Stennes, enseguida intervino en el
asun- to, no sólo proporcionando pruebas de cargo contra Rohm,
sino tam- bién difundiendo «los degradantes comentarios y bromas»
en amplios círculos.212 Lo que se decía de Rohm pronto le sirvió de
pretexto para perseguir solapadamente su destitución. En verano,
durante una reu- nión de la redacción del Angriff, intentó ganarse a
Max Amann, el direc- tor de la editorial Eher venido desde Munich,
«para que éste exigiera a Hitler la destitución del jefe de la plana
mayor en nombre de los com- pañeros del partido del norte de
Alemania».213 Pero esto fracasó y Rohm se vengó. Para el jefe de la
plana mayor y aquellos que estaban de su parte, el punto de partida
fue la relación entre Goebbels y la elegante Magda Quandt, pues
simbolizaba verdaderamente la línea tomada por el partido a ojos de
muchos de sus miembros. Los partidarios de Rohm propalaron todo
tipo de rumores, llegando a afirmar que en esta rela- ción Goebbels
no había puesto sus miras en Magda Quandt, sino en su hijo menor
de edad.214 Además de los excesos homosexuales de Rohm, a finales de
1931 también fue la comidilla de toda la ciudad «la relación
imposible (e inmoral)» del «cojo».
Todo esto contribuyó a que aumentara la distancia entre la direc-
ción del partido y sus militantes. Las reacciones a las intervenciones
de Goebbels tras una prohibición de palabra y reunión de cuatro
semanas constituían una clara evidencia. Por más que se esforzaba,
por ejemplo durante un mitin del estandarte 6 de las SA en la sala de
conciertos Clou, por arrastrar a los reunidos profetizando que los
nacionalsocia- listas, fortalecidos por el silencio de las semanas
pasadas, ahora pasaban a la batalla final, y aun prometiendo que la
victoria se conseguiría en cuatro o cinco meses, el entusiasmo no
llegaba a generalizarse. Así, los observadores del departamento IA de
la jefatura de policía anotaron en su informe que los aplausos de
aprobación después de su «impresio- nante discurso» de altos vuelos
habían sido «llamativamente escasos».215
¿Quizás cabía esperar que tocaran a su fin los tiempos dorados del
pro- pagandista pardo?
Capítulo 8

¿NO ES COMO UN MILAGRO QUE UN SIMPLE CABO


DE LA GUERRA MUNDIAL HAYA RELEVADO A
LAS CASAS DE LOS HOHENZOLLERN
Y DE LOS HABSBURGO?
(1931-1933)

E ra un día frío aquel 19 de diciembre de 1931 en el que


Goebbels, con un traje oscuro, salió con su esposa de la pequeña
casa del alcal-
de de Goldenbow, en cuyo salón ambos acababan de convertirse
ante la ley en marido y mujer. La novia, discretamente vestida, se había
cogi- do del brazo de su cojo esposo. Junto a ellos iba Harald Quandt,
de diez años de edad, con el uniforme de la organización juvenil del
NSDAP, detrás los padrinos Hitler y Ritter von Epp —los dos de
paisano—, la madre de Magda y su cuñada Ello Quandt, así como
unos pocos ami- gos. El pequeño círculo se puso en camino hacia el
cercano pueblo mecklemburgués de Severin. Allí, en la iglesia
decorada con banderas de esvásticas, los novios sellaron su unión
también ante Dios, del que al menos Goebbels se había apartado
hacía tiempo. Después de la boda evangélica, la celebración tuvo
lugar en la quinta de Quandt, cuyo mayordomo Granzow, quien
siete meses después ya sería presidente regional de Mecklemburgo-
Schwerin, lo había preparado todo.1
Si, contra los planes originales, la boda se celebró en la intimidad, lejos
de Berlín, antes de que el Tercer Reich se hiciera realidad, fue por el
deseo expreso de Goebbels, dada la atmósfera crítica que reinaba entre
los par tidarios, en su mayoría proletarios, del NSDAP en la capital
del Reich. Se trataba de legalizar la relación y así evitar dar pábulo a
las habladurías, que se amplificaban con todo tipo de historias sobre el
«caciquismo» del jefe de distrito. Esto le pareció a Goebbels aún más
necesario porque su mujer se acababa de enterar de que estaba
embarazada.
244 Goebbel
s

Sin embargo, las cuentas no salieron bien. No sólo dentro del


movi- miento, sino sobre todo entre los adversarios políticos, la boda
de Goeb- bels era un tema muy en boga. Así se podía leer en el AP-
Korrespon- denz, editado por Klotz y cercano al SPD: «Al señor
Goebbels le indigna con razón que su mujer —incluso antes de que
fuera su mujer— haya sido arrastrada por determinados periódicos a
la sucia línea política. Invita a todo el que dude de la "procedencia
puramente aria" de su mujer a que se "cerciore examinando su
apariencia". No lo ponemos en duda. Pero nos tememos que el
dueño y señor resulte extraño en esa compañía. Hay que
imaginárselo: una mujer rubia y alta, de ojos azules y nórdica, como
es debido, y a su lado el pequeño Isidoro Goeb- bels.
¿"Nordificarlo"? No sabemos si el señor Goebbels es apto para ello
e igualmente ignoramos si el proceso en esa dirección puede lle- var
al objetivo deseado».2
En vista del creciente desmembramiento del partido, a Goebbels
le vinieron muy bien los actos de violencia que se volvieron a
acumular en Berlín a comienzos del año 1932, pues con el
tratamiento propa- gandístico correspondiente debían mejorar no
sólo la cohesión de las SA, sino también la seguridad de este cuerpo
en sí mismo. Además, por primera vez después de Bad Harzburg,
tenían la impresión de desem- peñar un papel en la lucha por la
conquista del poder. Así pues, el apa- rato propagandístico de
Goebbels trabajó al máximo rendimiento cuan- do el 19 de enero de
1932, durante un serio enfrentamiento en el grupo de parcelas de
Felseneck, perdieron la vida dos miembros de la Liga Roja de
Combatientes en el Frente y otro de las SA. En el Angriff des-
potricaba contra la «asesina peste roja» de Moscú, que con una
metó- dica campaña de difamación instigaba a cometer actos de
violencia con- tra los nacionalsocialistas, y realzaba como heroísmo
patriótico la intervención de las SA contra la «roja chusma de
criminales» en Felse- neck, donde había muerto un «soldado
alemán».3
De forma parecida procedió cuando, pocos días después,
hombres de la Liga Roja de Combatientes, como venganza por
Felseneck, mata- ron de cinco puñaladas a Herbert Norkus, un
estudiante de instituto de quince años, cuando repartía octavillas
nacionalsocialistas en Moa-
bit. El hecho estuvo precedido por una reunión de partidarios de
Sten- nes y comunistas, en cuyo transcurso estos últimos se habían
dejado convencer para llevar a cabo el atentado después de unas
cuantas pala- bras amables y la promesa de diez jarras de cerveza.4
Goebbels hizo un llamamiento para acabar de una vez con estos
«infanticidas rojos», con estas «bestias». Para hacer especial hincapié
en ello, llegó en el Angriffa. un mal gusto casi insuperable, al escribir
acerca de una «macilenta cara pueril con los ojos medio abiertos,
vidriosos» que «en un desconsola- dor crepúsculo gris» mira al
vacío, para después proseguir: «La tierna cabeza ha sido pisoteada y
convertida en una masa sangrienta. Grandes y profundas heridas se
adentran en el delgado cuerpo, y un desgarro mortal se abre en los
pulmones y el corazón (...). Cansado irrumpe el crepúsculo negro.
El vacío de la muerte mira fijamente desde los dos ojos vidriosos».5
Los esfuerzos de Goebbels por mantener cohesionado el partido
ber- linés eran desbaratados por el «caciquismo» y el
«aburguesamiento» del partido, que a ojos de muchos compañeros
había dado otro paso ade- lante con la intervención de Hitler en el
club industrial de Colonia el 27 de enero de 1932. No obstante, a
esta opinión también contribuía el modo de vida del jefe de distrito
después de su matrimonio. Para entonces ya se había trasladado de
su modesto alojamiento en Steglitz a la casa de alta burguesía de su
mujer en la Reichskanzlerplatz, que en adelante se convertiría en
punto de encuentro de las personalidades par- das y del sector de la
sociedad berlinesa que simpatizaba con ellas. La señora Von
Dirksen, Helene y Edwin Bechstein, los Hanfstaengl y el
matrimonio Von Helldorf se reunían allí. Cuando Hitler se
encontraba con su séquito en la ciudad, también le gustaba acercarse
hasta Westend, a casa de los Goebbels, desde el hotel de lujo
Kaiserhof, situado enfren- te de la cancillería del Reich y que se
había convertido en su cuartel general berlinés después del más
modesto Sanssouci. Los Goebbels se deshacían por agradar a Hitler:
la señora de la casa preparaba sus platos favoritos, el señor de la casa
le reproducía en el gramófono las graba- ciones de sus mejores
discursos, y ambos se quedaban absortos escu- chando los largos
monólogos de Hitler.
Durante esos encuentros, Goebbels intentaba trasladar a su
Führer las preocupaciones que le atormentaban sobre el
«movimiento». El jefe de distrito se mostraba convencido de que la
alianza de conveniencia con la «reacción» sólo se podía mantener
ya durante un breve tiempo, si el movimiento no quería perder de
vista su finalidad social-revolu- cionaria —que él le atribuía, pero
que realmente no era perseguida en serio por Hitler y la dirección
muniquesa— y por tanto desmoronar- se tarde o temprano. Para
evitarlo había que librar ahora la «primera lucha enérgica con la
reacción».6 Goebbels veía una posibilidad de ponerla en práctica
con una candidatura de Hitler a las elecciones pre- sidenciales del
Reich de marzo de 1932. La campaña electoral que él organizaría
con «obras maestras de la propaganda» y «con unas dimen- siones sin
precedentes» devolvería al movimiento el dinamismo perdi- do y
además le colocaría a él en el centro de los acontecimientos por su
calidad de jefe de propaganda del Reich.
Con su acentuada necesidad de aprobación, especialmente por
par- te de Hitler, Goebbels no dejó pasar ninguna oportunidad para
hacer que aquél consolidara esa idea, una vez que hubo reflexionado
sobre ese paso. El 18 de enero decía haber abogado «fuertemente» por
su can- didatura.7 A principios de febrero, tras una «larga deliberación»,
a Goeb- bels le parecía que Hitler se había decidido definitivamente.8
Sin embar- go, pocos días después, cuando Hitler estuvo de nuevo en
la capital del Reich, Goebbels tuvo que constatar decepcionado que
todo volvía a estar «en el aire».9 Finalmente Hitler, que no había
encontrado con Hugenberg ningún denominador común sobre la
manera de proceder, se decidió por una candidatura, después de
haber «calculado minucio- samente» todo otra vez con Goebbels en
el hotel Kaiserhof.10
El 22 de febrero de 1932 —Hitler le había dado permiso para
«ade- lantarse»—n el jefe de propaganda del Reich daba a conocer
la candi- datura del Führer para las nuevas elecciones presidenciales
durante una asamblea general del NSDAP berlinés en el palacio de
deportes. Casi diez minutos debió de hacerse oír el «entusiasmo
desbordante».
«Impetuosas muestras de adhesión al Führer. La gente se levanta,
grita de alegría, da vivas. La bóveda amenaza con romperse. Un
espectáculo
fascinante. Éste es realmente un movimiento que debe vencer. Reina
un éxtasis indescriptible (...). A última hora de la tarde llama el Führer
por teléfono. Le informo y luego viene a nuestra casa. Se alegra de que
la proclamación de su candidatura haya tenido tanto éxito». 12
En la central muniquesa del partido los acontecimientos de Berlín
provocaron desconcierto, pues al parecer el anuncio de Goebbels no
concordaba con los compromisos que había tomado Hitler antes de su
partida hacia la capital del Reich. A la mañana siguiente, la dirección
del partido prohibía en un telegrama circular de prensa «la difusión de
esta noticia (...) pues Goebbels ha actuado sin la aprobación de Hitler».
Aunque Hitler intervino inmediatamente y pocas horas después un
segundo telegrama anulaba de nuevo la orden, la prensa aprovechó la
supuesta obstinación del jefe de propaganda del Reich y propagó el
«bulo» de que éste «se había dejado llevar por el ambiente de la asam-
blea». «¡Qué mal informado está el amarillismo! O, mejor dicho, hace
como si estuviera mal informado. Resumiendo, la lucha ha empezado
con mucho empuje (...). Los ejércitos políticos se aproximan a la bata-
lla decisiva».13
Horas después de que Goebbels hubiera anotado esto en su diario,
pasó a atacar directamente al candidato rival de Hitler, Hindenburg,
duran- te el debate parlamentario sobre el día de las elecciones. «Dime
quién te alaba y te diré quién eres». Hindenburg es «alabado por la prensa
amari- lla de Berlín, alabado por el partido de los desertores»,14 gritó
Goebbels a los diputados mientras señalaba a las filas de los
socialdemócratas. Se produjeron escenas tumultuosas, durante las cuales
Goebbels tuvo que tragarse como repuesta el calificativo de «soldado de
salón». Como con- secuencia, el presidente del Parlamento, Lóbe,
interrumpió la sesión. El consejo mayor excluyó entonces a Goebbels de
su ulterior desarrollo por haber injuriado al jefe del Estado, ante lo cual
abandonó la sala entre vivas de los diputados nacionalsocialistas. Luego,
en un duro ajuste de cuentas, el diputado del SPD Kurt Schumacher
condenó la «mezquindad moral e intelectual» que provocaba el
nacionalsocialismo.15
La «guerra electoral» la abrió Goebbels con la intervención de Hitler
en el palacio de deportes de Berlín el 27 de febrero. Movilizó «todo el
ruidoso aparato de la refinada sugestión de las masas»: el redoble de
tam- bores de las SA, las marchas militares y la entrada de banderas.
«Prime- ro sube Goebbels al estrado para preparar retóricamente la
aparición del "Führer" y para amoldar bien a la masa», así siguió
describiendo el acontecimiento el Vossische Zeitung, «luego se da a las
SA la orden de "¡Atención, firmes!" y se oyen en el repentino
silencio del enorme recinto los vivas in crescendo de fuera. Por la
calle del "pueblo" avanza Adolf Hitler».16 Su discurso duró varias
horas. Cuanta más emoción ponía al hablar, tanto más
desenfrenadamente gesticulaba, tanto más alti- va se volvía la
expresión de su rostro; parecía embriagarse con el pate- tismo de sus
propias palabras: el día de las elecciones, el 13 de marzo, no estaba
en juego una nueva presidencia, sino más bien la «destruc- ción del
9 de noviembre». Pero, a diferencia de Goebbels, Hitler pres- cindió
de cualquier ataque personal a los candidatos de los partidos
mayoritarios: «En su día servimos al general mariscal de campo con leal-
tad y obediencia. Hoy le decimos: "Tú eres para nosotros demasiado
venerable como para que pudiéramos permitir que se escondan
detrás de ti aquellos a los que queremos aniquilar. Debes echarte a un
lado"».17
Mientras que el DNVP de Hugenberg con Theodor Duesterberg,
el segundo presidente federal de la Stahlhelm,y el KPD con
Thálmann presentaban a sus propios candidatos —sin posibilidades
—, el SPD tomó partido, de grado o por fuerza, por Hindenburg.
«Contra Hitler, ésa es la consigna para el 13 de marzo. No hay
evasiva. ¿Hitler o Hin- denburg? No hay una tercera opción. Todo
voto que se deposite con- tra Hindenburg es un voto a favor de
Hitler. Todo voto que se arre- bate aThálmann, el candidato del
KPD, y se sume a Hindenburg es un golpe contra Hitler», se decía en
la edición del Vorwdrts del 27 de febre- ro de 1932.
Para poder llevar a cabo la campaña electoral de manera más
rigu- rosa, Goebbels trasladó en primavera de 1932 la jefatura de
propagan- da del Reich de Munich a Berlín. En su oficina de la
Hedemannstras- se tenían lugar diariamente deliberaciones durante
las cuales él instruía a sus «altos funcionarios» sobre la «táctica siempre
cambiante».18 La pro- paganda se concertaba en todo detalle con los
colaboradores más impor-
tantes de la dirección del Reich, del Angriff, que se había vuelto a
pro- hibir a finales de febrero, así como con el jefe de propaganda
del dis- trito nombrado en agosto del año anterior, Karoly
Kampmann,19 y el jefe de organización de Berlín, Karl Hanke. Éste,
un convencido opo- sitor al «sistema», había sido despedido por la
ciudad de Berlín de su cargo de maestro superior de enseñanza
profesional debido a sus acti- vidades revolucionarias a favor del
NSDAP, al que pertenecía desde el 1 de noviembre de 1928, y desde
entonces estaba consagrado por com- pleto al partido. De miembro
de las SA, pasando por orador de asam- bleas y fundador de células
de empresa, finalmente había entrado en la plantilla de Goebbels.
Como jefe de organización —así se vanaglorió después a lo largo de
su vida— descubrió y montó las pistas de tenis berlinesas como un
espacio apropiado para las asambleas en el que su jefe podía hablar a
las masas.20
Junto a los numerosos discursos que pronunció Goebbels, los
carte- les fueron un medio propagandístico prioritario en esta
campaña elec- toral. De acuerdo con su opinión de que la cantidad
de medios publi- citarios empleados repercutía en el número de votos,
a finales de febrero de 1932 ya había «salido al país» medio millón
de carteles, y también en los paneles publicitarios alquilados y en las
columnas anunciadoras de Berlín los grandes carteles en color, en
parte diseñados por el cari- caturista Schweitzer, hacían propaganda
del NSDAP. Puesto que Han- ke, en colaboración con los jefes de las
SA, había apostado a hombres de la sección de asalto delante de los
carteles para custodiarlos, se pro- dujeron allí repetidos
enfrentamientos, en particular con miembros del KPD.Ya que las SA
también formaron comandos para sabotear a su vez los carteles de
éstos, a principios de marzo de 1932 comenzó en la capi- tal del
Reich una «guerra de carteles» en toda regla.21
Sin embargo, Goebbels también se sirvió de otros métodos
propa- gandísticos que estaban a la altura de los tiempos desde el
punto de vis- ta técnico. Con una tirada de 50.000 ejemplares, se
realizó un disco fonográfico tan pequeño que se pudo enviar en un
sobre normal. «Los partidarios del sistema se quedarán asombrados
cuando pongan este dis- quito en el gramófono»,22 observó. Para la
proyección nocturna en pía-
zas o en los cines de las grandes ciudades alemanas, Goebbels y sus
ayu- dantes habían elaborado una película sonora de diez minutos
que pre- tendía sugerir a la masa electoral la omnipresencia de los
líderes nacio- nalsocialistas, pero sobre todo la del único Führer.23
Como nunca antes, durante esta campaña electoral Goebbels
ensal- zó la figura de Hitler hasta convertirla en un mito. En su
edición del Angriff del 5 marzo, bajo el titular «Nosotros votamos a
Adolf Hitler», lo calificaba como el «pangermano», el «Führer», el
«profeta» y el
«combatiente». «Hitler el pangermano», eso significaba el hombre
que, como austríaco de nacimiento, había sentido en su propia car-
ne la «necesidad nacional», cuya vida hasta ahora había estado
siem- pre llena del anhelo de un Gran Reich Alemán. También
significaba el antiguo obrero que conocía la obra y a los
trabajadores y que com- partía su difícil suerte, así como el soldado
del frente que se había puesto como objetivo hacer realidad las
legítimas pretensiones de sus compañeros de armas por la vía de la
política de Estado. «Hitler, el Führer» había conseguido levantar una
pequeña secta, objeto de escar- nio y burla, hasta convertirla en el
movimiento de masas más impo- nente de Europa.24
La tarde de las elecciones el Führer permaneció en Munich,
mien- tras que Goebbels y su mujer ofrecían un convite.
«Escuchamos por la radio los resultados electorales. Las noticias van
goteando poco a poco (...).A las dos de la noche, el sueño del poder
se ha esfumado por el momento», resumió Goebbels desilusionado.Y
prosiguió: «No nos hemos equivocado tanto en la estimación de
nuestros votos como en la esti- mación de las posibilidades para el
partido contrario».25 Hindenburg había obtenido el 49,6 por ciento
del total de votos válidos deposita- dos. Aunque Hitler alcanzó un
30,1 por ciento, y esto suponía una subi- da con respecto a las
elecciones parlamentarias del año 1930,1a decep- ción fue enorme
en la Reichskanzlerplatz. Pero Goebbels, con su inquebrantable fe,
volvió a cobrar ánimos de inmediato, apoyado por la actitud de que
hizo gala Hitler cuando habló con él por teléfono esa misma noche.
«Ha conservado absolutamente la serenidad y está por encima de la
situación.Tampoco esperé nunca otra cosa de él (...). No
vacila ni un instante en emprender de nuevo la lucha (...)• Una batalla
perdida no decide el resultado de la campaña militar».26
Poco antes de las votaciones se habían practicado registros domici-
liarios en la secretaría del distrito berlinés, y el consejero del Interior
prusiano, Severing, había instruido una causa por alta traición contra
Goebbels, que más tarde se sobreseyó. Aún con mayor obstinación se
puso éste de nuevo manos a la obra. 27 Ya al día siguiente, el partido había
superado a su juicio la «depresión momentánea». Motivos para este opti-
mismo le dio su intervención al lado de Hitler en la nueva sala de con -
gresos de Weimar. «¡Lucha! ¡Ataque! ¡Fanfarrias! (...) Ataco con mor-
dacidad. El Führer habla en una extraordinaria sinfonía de espíritu
ofensivo. El partido se volverá a poner en pie».28
Los métodos que, «sopesándolos muy cuidadosamente»,29 empleó
Goebbels durante el breve tiempo que quedaba hasta la segunda vuelta
del 10 de abril, necesaria dado que ninguno de los candidatos había
alcanzado la mayoría absoluta, se correspondían en lo esencial con los
de las semanas pasadas. Aparte de los 800.000 ejemplares adicionales del
Vólkischer Beobachter que, inmediatamente antes de las elecciones, se
imprimían a diario y se distribuían a los distritos, hubo una destacada
novedad: puesto que sólo se podía volver a «agitar» a las masas «con
métodos grandiosos»,30 Goebbels hizo que hacia el mediodía del 3 de
abril, una vez que terminó la «paz de Pascua» proclamada por el presi-
dente del Reich —éste había reducido aún más el tiempo de la cam-
paña electoral—, el Führer emprendiera una gira en avión por Alema-
nia, en cuyo transcurso debía hablar diariamente en tres o cuatro ciudades,
a ser posible en plazas públicas o en pistas deportivas. De este modo
Goebbels esperaba que Hitler llegara aproximadamente a un millón y
medio de personas pese al escaso tiempo disponible.31
En los órganos del NSDAP se debía informar diariamente por exten-
so sobre la sensación que causó asombro incluso en América. 33 Para
32

aumentar la eficacia mediática más allá de la prensa nacionalsocialista,


el jefe de propaganda del Reich ordenó en una circular que se inicia-
ran conversaciones en todos los distritos con la «prensa burguesa favo-
rable a nosotros». Para descartar de antemano una apariencia competí-
dora con estos periódicos burgueses, se recomendaba llevar a cabo
las negociaciones «no a través de la dirección de nuestros periódicos,
sino por medio de miembros de la dirección del distrito».34
Goebbels partió de la idea de que, en el plazo de tan pocos días,
no había posibilidad de conseguir un número considerable de votos
del Centro y del SPD. Por eso puso sus miras en irrumpir por todos
los medios en los sectores burgueses del Frente de Hindenburg. En
una circular a todos los jefes de distrito, el jefe de propaganda del
Reich escribió que se trataba de luchar «en particular por el burgués
alemán», al que el adversario se ganaría «con sentimentalismo y con
el miedo ante la incertidumbre de lo nuevo»; por la mujer, cuyos votos
los obten- dría «apelando a las lágrimas y al miedo a una guerra»; y
por «el pen- sionista y el funcionario», que serían engañados con
«alusiones a la infla- ción, a la bajada de las pensiones y a la hostilidad
nacionalsocialista contra los funcionarios». A los votantes de
Duesterberg había que dejarles cla- ro que la consigna de Hugenberg
de renunciar a la prosecución de la lucha era equivocada. Aunque
Hitler no ganara en la segunda vuelta, cada voto de más que
obtuviera sería una advertencia al gobierno y a los partidos del
«sistema» respecto a continuar con una política de decre- tos.35
Cuando el 10 de abril de 1932 se contaron los votos de la
segunda vuelta de las elecciones presidenciales del Reich, Goebbels
tuvo que reconocer que la infiltración en el cuerpo de electores de
Hindenburg había fracasado. El anciano mariscal había obtenido el
53 por ciento de los votos. Sin embargo, Hitler había ganado 2
millones de votos más con respecto al 13 de marzo. Evidentemente
recayeron en él no sólo la mayoría de los votos de Duesterberg, sino
también una parte de los 1,3 millones que perdió el candidato del
KPD,Thálmann, respecto a la pri- mera vuelta. «Su derrota es nuestra
mayor victoria», constató Goebbels, quien no obstante atribuyó
prácticamente la misma importancia al hecho de haber logrado
atraer casi todos los votos de la «reacción» a la parte de Hitler.36
Igual de halagüeñas consideró Goebbels las perspectivas para las
elecciones al Parlamento regional de Prusia, fijadas para el 24 de
abril
junto con las de Anhalt, Baviera, Hamburgo y Wurtemberg.Ya al
día siguiente de las elecciones a la presidencia del Reich anotó: «La
lucha prusiana está lista. Prosigue sin tomar respiro. Se informa a la
prensa y se marca el rumbo. Disponemos de catorce días. Queremos
producir una obra maestra propagandística. Llegan los jefes
electorales de Wur- temberg para recibir sus directrices. En Anhalt
tenemos las mejores probabilidades de éxito. En Wurtemberg las
cosas están peor de momen- to. Allí las relaciones de poder son
bastante confusas. Pero en esta región debemos hacer todo lo posible
por conseguir al menos un éxito rela- tivo. Los jefes de
circunscripción están reunidos. Reina un ambiente fantástico».37
El ambiente se enturbió ese mismo día, cuando Goebbels se
enteró de que el ministro de Interior y de la Reichswehr, Wilhelm
Groener, proyectaba prohibir en todo el territorio del Reich las SA,
que habían alcanzado más de 400.000 miembros, así como las SS.
Groener había calificado hacía poco a Hitler como una persona
discreta, honrada, ver- daderamente idealista, y había querido incluir
al partido en la respon- sabilidad gubernamental; pero, después de
que se encontraran instruc- ciones de Hitler a las SA que implicaban
una traición a la patria, cambió de opinión y accedió a la petición
correspondiente de los consejeros de Interior regionales.
Inmediatamente después de que, la tarde del 13 de abril, se
promulgara el decreto ley presidencial «Para la protección de la
autoridad estatal», la policía ocupó una vez más el edificio del parti-
do en la Hedemannstrasse, lo registró y cerró las salas de las SA.
Goebbels sospechó las consecuencias de gran alcance que
conlleva- ba la prohibición de las SA, la cual la organización ya no
podía que- brantar, sino que solamente venía a dificultar el
mantenimiento de la disciplina y del orden interno en la ilegalidad.
En su diario anotó sobre Groener, al que apoyaba Brüning, que
quizás se le podía hacer fracasar en esa cuestión. En efecto, el
decreto ley, que Hindenburg firmó con- tra su voluntad, trajo consigo
serias divergencias de opinión en el ban- do conservador, que
llegaron hasta el gabinete de Brüning y al entorno más próximo de
Hindenburg. Incluso el príncipe heredero elevo voz contra «la
supresión del magnífico material humano».38
El 16 de abril se confirmó el pronóstico de Goebbels, al enterarse
por su mediador Helldorf de que el presidente del Reich había
escrito una enfadada carta a Groener en la que le hacía saber que se
podrían presentar objeciones parecidas a las esgrimidas contra las SA
también contra la Reichsbanner, la organización del SPD de soldados
en el fren- te. Por eso solicitaba a Groener que «examinara con la
misma seriedad» el material probatorio de que disponía en ese
sentido, tal como él, Hin- denburg, lo había hecho a su vez con la
prohibición precedente de las SA. Según esto, a Goebbels no le
faltaba razón cuando hablaba de una
«grave derrota» del gobierno de Brüning, que, de todos modos, fue
tam- bién una derrota del presidente del Reich y del sistema
presidencial.
Y una derrota fue la que el jefe de propaganda del Reich, quien
debido a la prohibición de las SA llevaba a cabo la campaña electoral
en condiciones más complicadas, había infligido al canciller del
Reich ya el día anterior durante un acto celebrado en el palacio de
deportes berlinés. Puesto que Brüning se había negado a debatir allí
pública- mente con Goebbels, éste había pedido que le grabaran en
un disco un discurso del canciller y que lo reprodujeran al principio
del acto. Des- pués de eso le resultó fácil «refutar» los comentarios
de Brüning y así transportar a un frenético entusiasmo a las 18.000
personas del palacio de deportes, del que se habían vendido todas
las localidades.
La propaganda de Goebbels fue respaldada por un segundo
recorri- do germano de Hitler, al que aquél admiraba una vez más
por su tena- cidad. Con el resultado de las elecciones a los
parlamentos regionales infligió una nueva derrota a las fuerzas del
Estado. Los nacionalsocia- listas continuaron con su trayectoria de
éxitos en las cinco regiones. En Prusia, el NSDAP fue incluso el
partido más fuerte con un 36,3 por ciento. Aún más trascendente fue
el hecho de que el gobierno de ese land, formado por SPD, DDP y
Centro, con Braun (SPD) a la cabeza, perdió su mayoría
parlamentaria. Presentó su renuncia, pero siguió asu- miendo la
gerencia dado que no se consiguió la mayoría absoluta reque- rida
para la nueva elección del presidente regional.
El resultado de las elecciones al Parlamento prusiano del 24 de
abril de 1932 no permitía ni a la Gran Coalición ni al Frente de
Harzburg,
pero sí a los nacionalsocialistas junto con el Centro, elegir un
presidente regional, que según el reglamento modificado poco antes
de las elec- ciones exigía la mayoría absoluta. Así pues, Goebbels
veía al NSDAP ante una decisión difícil: «Con el Centro al poder o
contra el Centro contra el poder. En el Parlamento no hay nada que
hacer sin el Cen- tro, ni en Prusia ni el Reich. Hay que pensarlo
detenidamente».39
El jefe de propaganda del Reich, que consideraba viable el
«trabajo sucio del coalicionismo»40 como medio para un fin, aunque
le repug- naba por ser una necedad no revolucionaria, no estaba
seguro en este asunto, como demuestran las anotaciones que hizo en
su diario inme- diatamente después de las elecciones prusianas. Si el
23 de abril apun- taba que se debía llegar al poder en breve, «de lo
contrario moriremos entre victorias electorales»,41 tres días más tarde
constataba que era muy desagradable «estar entre la espada y la
pared».42
Cuando a finales de abril Hitler fue como invitado a la casa de la
Reichskanzlerplatz, puso al corriente a Goebbels de un plan que en
ese momento no parecía sin embargo una solución a las dificultades:
mien- tras que Goebbels había estado ocupado de lleno con la
campaña elec- toral prusiana, Helldorf había ido dos veces a hablar
con el jefe de la oficina ministerial de la Reichswehr, Kurt von
Schleicher, sin que Goeb- bels diera demasiada importancia a estos
encuentros. Helldorf, aparen- temente sin tener a Goebbels en cuenta,
había preparado el terreno para una reunión entre el general y Hitler,
que de hecho tuvo lugar el 26 de abril. Durante este encuentro, el
intrigante general tanteó a Hitler con sus propias ideas respecto al
futuro político de Alemania, tratando de averiguar si Hitler
participaría en un gobierno del Reich de dere- chas o al menos lo
toleraría si se eliminara la prohibición de las SA y se convocaran
nuevas elecciones.
Tras los tanteos de Schleicher, que veía en el movimiento
nacional- socialista una «sana reacción del cuerpo popular», ya que
«a diferencia del KPD tiene una actitud positiva (...) hacia la política
militar»,43 se escondía la estrategia de vincular al NSDAP en la
responsabilidad guber- namental con el objetivo de imponerle una
trayectoria más moderada o incluso de dividir el movimiento.
Schleicher pretendía despolitizar
las unidades militares y reunirías de forma suprapartidista en una
orga- nización paramilitar estatal, que debía preparar la
transformación de la Reichswehr para que pasara a ser una milicia
en lugar de un ejército profesional. Esto exigía un alto grado de
habilidad táctica de la que no creía capaz a Brüning, por lo cual fue
él quien instrumentalizó el con- flicto sobre la prohibición de las SA
en el bando conservador contra Groener y, por ende, finalmente
contra Brüning, con el objetivo de derribar a los dos.
Desde la perspectiva de Hitler, se trataba de utilizar a su vez a la
«reac- ción» agrupada en torno a Schleicher para los propios fines.
Por eso había que dar la impresión de que se pactaba seriamente con
ella, pero en realidad retirarse en el momento oportuno, es decir, tras
el desman- telamiento del gobierno de Brüning. Esta táctica la
entendió inmedia- tamente el jefe de propaganda del Reich, cuando
ese 27 de abril Hitler le informó sobre lo «bien» que había
transcurrido su entrevista con Schleicher el día anterior.44 Poco
después, a principios de mayo, Goeb- bels infería satisfecho de los
periódicos que las intrigas de la «camarilla de oficiales» contra
Brüning y Groener ya se habían puesto en marcha.
Cuando el 7 de mayo Hitler se reunió con el general Schleicher
para la «entrevista decisiva», asistieron además de él Góring y «algunos
seño- res del entorno más próximo del presidente del Reich», entre
ellos el jefe de la cancillería del Reich, Meissner,45 pero no Goebbels.
Éste, per- sona non grata para la «reacción», sólo se enteró a
posteriori a través de Hitler de cuál era el convencimiento de sus
interlocutores, a saber, que Brüning caería en los próximos días,
porque el presidente del Reich le iba a retirar su confianza.46 Sobre
el planeado desarrollo de la intriga observó Goebbels en su diario:
«El Führer se entrevistará lo más pron- to posible con el presidente
del Reich. Después empezará a rodar la cosa. Un gabinete de
transición sin colores nos franqueará el paso. A ser posible no muy
fuerte, para que lo podamos disolver más fácilmente. Lo principal es
que se nos restituya la libertad de manifestación».47
Por «libertad de manifestación» entendía Goebbels la anulación
de todas las «leyes coercitivas», desde la prohibición de las SA y las
SS hasta las de palabra y concentración. Él, que una vez más
apostaba por la
omnipotencia de la propaganda, quería volver a producir «una obra
maestra» tras la caída de Brüning y la disolución del Parlamento. Ya el
3 de mayo había tratado detalladamente la reforma del aparato
propa- gandístico al completo en la jefatura de propaganda del
Reich, que se había trasladado de vuelta a Munich. «En los próximos
meses, la carga principal del trabajo recae sobre la propaganda.
Toda nuestra técnica debe perfeccionarse al máximo. Sólo los
métodos más novedosos y pre- cisos conducirán a la victoria».48
Sin embargo, la tarea del jefe de propaganda del Reich, que se
preo- cupaba por los adeptos revolucionarios del partido, consistió
primero en intensificar la agitación contra Brüning y Groener. Así
pues, el 9 de mayo escribió un «duro artículo» contra el canciller.
Después, en el Par- lamento, que acababa de celebrar sesión durante
varios días por las dis- cusiones sobre el presupuesto, Góring atacó
al ministro de la Reichs- wehr «enérgica y violentamente». Groener,
impedido por enfermedad, defendió a duras penas la prohibición de
las SA. «Lo abucheamos tan- to que toda la cámara tiembla y se
desternilla de risa. Al final sólo se tiene compasión de él»,49 se
burlaba Goebbels. La desafortunada inter- vención de Groener hizo
surgir dudas sobre su cargo en el bando con- servador. El 11 de
mayo observaba el jefe de distrito con optimismo:
«El ejército ya no lo quiere. Incluso su propio entorno exige su
desti- tución. Es un buen comienzo; cuando uno cae, después rueda
todo el gabinete y con él el sistema».50
Brüning contraatacó hábilmente al desarme de su ministro de
Inte- rior y de la Reichswehr poniendo el peso de su discurso
parlamenta- rio en la política exterior. Con las alusiones a los éxitos
que se espera- ban en ese campo y las expectativas favorables en la
política económica y financiera combinó una intensa crítica a la
política destructiva de la oposición de derechas, «que no tiene en
cuenta la conservación de la capacidad de resistencia del pueblo
alemán ni la situación de Alema- nia en materia de política exterior»
y sólo quiere «hacer propaganda aprovechando estas dificultades».51
Brüning estaba convencido de haber dirigido con éxito al Reich a
través de la crisis: el fin de las reparacio- nes era inminente, y
después se podían poner inmediatamente en mar-
cha las medidas para la creación de empleo ya preparadas, pero que
has- ta entonces se habían tenido que postergar debido a las
reparaciones.
En aquella fase de comienzos del verano de 1932, en la que Brü-
ning creía estar a cien metros de la meta, el adversario berlinés de
Goeb- bels, Gregor Strasser, empleaba un tono moderado. Su
discurso parla- mentario sobre el «anhelo anticapitalista» mereció
mucha atención, pues en el plan propuesto para el fomento del
empleo se apreciaba un ver- dadero interés por solucionar los
problemas económicos y sociales. Incluso Brüning declaró que
había escuchado la exposición de Stras- ser «con extraordinario
interés (...) pues en gran parte coincide con las medidas que tiene
preparadas el gobierno del Reich», aunque su opi- nión fuera
distinta en el tema de la financiación.52 Los socialdemócra- tas
dejaron en manos de su antiguo ministro de Hacienda, Hilferding, la
réplica en el Parlamento, y el Vorwdrts escribió que el discurso de
Gregor Strasser «representaba un intento de enfrentarse por primera
vez a los problemas reales de la economía política, aunque fuera de
una manera muy diletante».53
Goebbels, a quien le importaba más la apariencia revolucionaria
que la creación de empleo, sólo sentía desprecio por su antiguo rival,
entre otras cosas por la popularidad de que éste gozaba. Así y todo,
utilizó su discurso en un comentario de su rotativo berlinés, para
demostrar a los
«señores del sistema decadente» que el NSDAP, a diferencia de lo que
afirmaban, disponía de un buen programa.54 También instrumentalizó
bajo otro aspecto la nueva trayectoria de Strasser, que respetaba el
com- promiso y el mantenimiento del sistema, pues encubría el
complot con- junto de Hitler y de los hombres del entorno de
Hindenburg contra el canciller del Reich. «Es divertido observar
cómo el amarillismo judío, que generalmente está tan bien
informado, se tambalea en la oscuridad. Sigue creyendo que
queremos aliarnos con el Centro. ¡Ingenuos idio- tas!».5
El 12 de mayo de 1932, en el Reichstag las cosas salieron a pedir
de boca para el jefe de propaganda del Reich. En el pasillo del
Parlamen- to, diputados nacionalsocialistas, entre ellos Edmund
Heines, jefe sile- siano de las SA y amigo de Rohm, apalearon al
periodista Klotz por
haber publicado un folleto que contenía cartas del homosexual
Rohm. Tras convocar urgentemente una sesión del consejo mayor,
el presi- dente del Parlamento, Lóbe, dio orden «de que la policía
judicial arres- tara a los culpables a los que hubiera que investigar, sin
importar si per- tenecían a la cámara o no».56 Cuando poco después
apareció en el pleno el vicepresidente de policía Weiss con unos
cincuenta agentes y se colo- có en el palco del gobierno, se
produjeron tumultos. «¡Isidoro! ¡Isido- ro!», vociferaban los
diputados nacionalsocialistas, desde cuyo centro gritó el jefe de
distrito: «Aquí viene el cerdo a provocar».57 Pero Weiss no se dejó
desconcertar. Sus agentes detuvieron a cuatro nacionalso- cialistas.
Aun así, el «fabuloso día» tuvo su verdadero broche de oro al final,
pues Groener, el ministro de la Reichswehr, presentó su dimisión. El
23 de mayo, Goebbels pudo constatar con satisfacción que la crisis
seguía conforme al programa previsto.58 Para él esto implicaba
realizar los más duros ataques contra Brüning en su prensa y
propaganda. «Ya está completamente solo. Busca colaboradores
desesperadamente (...). Desde la parte de Strasser se lanza fuego de
hostigamiento. Pero nosotros ponemos contraminas (...). Nuestros
campañoles están traba- jando para roer por completo la posición de
Brüning».59 Apenas dos semanas después, Werner von Alvensleben,
un intermediario de los nacionalsocialistas con el presidente del
Reich, comunicaba que la ope- ración entraba en su última fase.
Meissner había partido hacia Neudeck para encontrarse con
Hindenburg, donde el anciano mariscal se halla- ba descansando en
su finca. Le llevaba el proyecto de un nuevo decreto ley redactado
por el gobierno de Brüning. Éste preveía entre otras cosas la
«colonización» de los bienes no susceptibles de desendeuda- miento
en el este, lo que ya de antemano había sido condenado por los
prusianos orientales hacendados del entorno de Hindenburg como
un
«propósito de expropiación agrario-bolchevique». Hindenburg, muy
enojado contra Brüning por la influencia de su entorno más
inmediato y sobre todo de Schleicher, aprovechó la ocasión para llevar
a la práctica la decisión que ya había tomado hacía tiempo: dejar vía
libre a un gobierno de derechas liderado por Franz von Papen,
amigo íntimo de Schleicher. En un primer momento, Hindenburg se
negó a recibir a
Brüning en Neudeck. Cuando el 29 de mayo se reunió con él en
Ber- lín, le explicó que no estaba dispuesto a firmar el nuevo
decreto ley, con lo cual quedaba decidido de manera definitiva el
destino del can- ciller presidencial y el de la república de Weimar.
Goebbels estaba a punto de dictar otro artículo contra Brüning
cuan- do tuvo conocimiento del estado de cosas: «Ha explotado la
bomba. A las doce del mediodía Brüning ha presentado la dimisión
conjunta del gabinete al presidente del Reich. El sistema se viene
abajo (.. .).Voy en coche hasta Nauen para encontrarme con el
Führer, que viene de Mec- klemburgo (...). El presidente del Reich
quiere hablar con él en el trans- curso de la tarde. Me cambio a su
coche y le oriento acerca de todo. No cabemos en nosotros mismos
de gozo».60 Cuando, pocas horas más tarde, se volvió a reunir con
Hitler y se enteró de que la entrevista con el presidente del Reich
había ido bien, su alegría fue inmensa, pues, a cambio de que el
NSDAP tolerara provisionalmente el gobierno de Papen, se anularía
ahora la prohibición de las SA.Y lo que era más importante: se
disolvería el Parlamento.61
La disolución del Parlamento implicaba nuevas elecciones. En la
lucha por el poder, el papel central pasaría de aquellos que
mantenían contacto con la «reacción», de nuevo al jefe de
propaganda del Reich. En el caso de que la campaña electoral fuera
lo más corta posible y el adversario no se pudiera recuperar,62
Goebbels hacía una valoración optimista de las posibilidades, entre
otras cosas porque el NSDAP había obtenido la mayoría absoluta en
las elecciones de Oldenburgo con 24 de 46 escaños. «Es el primer
gran golpe», comentaba Goebbels, y aña- día que ya no habría
manera de pararlos si fuera así en todo el país.63
Además de los preparativos para la cuarta campaña electoral del
año 1932, lo que ahora importaba —análogamente al «itinerario» de
Hitler para la propaganda goebbeliana— era «rehuir la cercanía
comprome- tedora de estos gamberros burgueses. De lo contrario
estamos perdi- dos».64 Lo cierto era que Von Schleicher y Von
Papen, quien el 1 de junio había formado un «gabinete» presidencial
«de concentración nacio- nal», se estaban esforzando por incluir al
NSDAP en la responsabilidad gubernamental con el objeto de
«domarlo».65 Además, a cambio de anu-
lar las prohibiciones, exigían a Hitler que siguiera dando su
aprobación a largo plazo al «gabinete de los barones».66
Después de que el 4 de junio se disolviera el Parlamento, el jefe
de propaganda del Reich hizo una calculada campaña contra el
nuevo gobierno. El 6 de junio publicó un polémico artículo contra el
nue- vo canciller, y el 14 de junio, poco antes de la readmisión de las
SA y las SS, otro enconado ataque contra Von Papen, quien en
colaboración con Hindenburg pronto cumplió los compromisos
acordados con Hitler, sin lograr con ello evitar el creciente
distanciamiento de los nacional- socialistas respecto a su gabinete.
Sólo Gregor Strasser trabajaba en con- tra de las diligencias que el
jefe de propaganda del Reich había conve- nido con Hitler; durante
un discurso pronunciado ese mismo día renunció conscientemente a
«una fuerte polémica contra lo pasado y contra los adversarios
políticos» y anunció que estaba dispuesto a una verdadera
cooperación. Goebbels se indignó de que la prensa contra- ria
calificara este discurso como «sensato en cuanto a la política de Esta-
do». Para él éste era «realmente el juicio más demoledor que se
puede imaginar».67
Asimismo, al enfado de Goebbels con Gregor Strasser
contribuyó principalmente el hecho de que éste fuera el primer
representante del movimiento en dirigirse a la opinión pública a
través de la radio del Reich con su discurso sobre «La idea de
Estado del nacionalsocialis- mo». Strasser, responsable de la
radiodifusión como jefe de organiza- ción del partido y consciente de
la significación futura de la radio, había aconsejado a Hitler que
añadiera la «libertad de radio», es decir, la aper- tura de la radio
también a oradores y ponentes nacionalsocialistas, a sus condiciones
para una posible tolerancia del gobierno de Papen. Ya el 11 de
junio, el ministro del Interior del Reich, el barón Wilhelm von Gayl,
siguiendo las instrucciones de Papen, proclamó la apertura gene- ral
de la radio, que daba acceso a los nacionalsocialistas a las ondas del
éter.68
Para anunciar a los partidarios revolucionarios del movimiento
que el sitio del partido no estaba al lado de la «reacción», y para
desbaratar el discurso radiado de Strasser, esa misma tarde, haciendo
caso omiso a la
prohibición de las SA, Goebbels apareció con unos 45 miembros
uni- formados de éstas en la Potsdamer Platz, el lugar más
concurrido de la capital del Reich. Aunque hicieron todo lo posible
por provocar, no se movió «ni Cristo». «Los guardias nos miran
perplejos y luego apartan la vista avergonzados».69 El primer
decreto ley del gabinete de Papen en materia de política económica,
fechado el 14 de junio y presentado al día siguiente a la opinión
pública, le vino muy bien a Goebbels. Le servía de pretexto para
descartar una futura tolerancia del gabinete de Papen. Era
«marcadamente capitalista» y afectaba «duramente sobre todo a los
pobres. Contra eso sólo cabe la lucha», comentaba Goebbels.70
Durante la campaña electoral parlamentaria, que aumentaba sus
revo- luciones a principios de julio de 1932 —para enojo del jefe de
propa- ganda del Reich el gobierno había fijado las elecciones para
la fecha más tardía posible, el 31 de julio—, Goebbels atacó cada
vez con más dureza al gobierno de Papen. Cuando el ministro del
Interior del Reich prohibió una marcha de las SA por Unter den
Linden, alegando que, de lo contrario, también tendría que
autorizársela a los comunistas,71 esto supuso para Hitler el pretexto
esperado para negar de nuevo la tolerancia al gabinete de Papen.
Esto dio vía libre a Goebbels para una agitación desenfrenada. Por
ejemplo, cuando Von Papen regresó a Ber- lín a principios de julio
con un tratado de la Conferencia de Lausana en el que se establecía
el fin de los pagos alemanes a título de repara- ciones, transformó su
éxito en materia de política exterior en un fra- caso.72 La campaña
contra Papen alcanzó su punto culminante el 10 de julio, cuando
Goebbels habló en el Lustgarten de Berlín, donde Karl Liebknecht
había proclamado la república socialista en noviembre de 1918.
Durante ese acto fanatizó a 100.000 personas, según creía. «El
desafío es acogido por las masas con un entusiasmo nunca visto.
Con esta formidable manifestación de masas hemos rebasado los límites.
Aho- ra estamos libres de la política de tolerancia. Ahora podemos
volver a marchar en nuestra propia dirección».73
El 18 de julio Goebbels pudo hablar por primera vez en la radio
del Reich. Su intervención estuvo precedida por una contundente
dispu- ta con el Ministerio del Interior. Allí fue reenviado para su
autoriza-
ción el texto que Goebbels presentó en la emisora Funk-Stunde
[Hora de la radio] inmediatamente después de la apertura de la radio
para dis- cursos e informes políticos. El texto pasó luego varias veces
del conse- jero ministerial competente —había puesto en el informe
la adverten- cia destinada a su ministro de que «rebasa el marco de
lo habitual y de lo admisible en la radio»—74 a Goebbels y viceversa.
Como fin del pro- cedimiento, el jefe de distrito formuló de una
manera completamente nueva sus comentarios sobre «El
nacionalismo como necesidad de la política de Estado»75 y los
volvió a presentar bajo el título «Carácter nacional como
fundamento de la cultura nacional».76 Sólo habían fal- tado «algunas
palabras», opinó después de haberse puesto por fin delan- te del
micrófono en la casa berlinesa de la radio. De todos modos, des-
pués de esta intervención Goebbels tuvo la sensación de que su
discurso no había sido eficaz. Prefería hablar en las asambleas.
Entonces estaban las salas repletas y a toda la gente la dominaba un
«salvaje entusiasmo combativo».77
El programa con el que Goebbels cargó en este sentido le exigió
una absoluta dedicación durante esas semanas^ «Apenas se recobra
el juicio.Te llevan de acá para allá por toda Alemania en tren, en
coche y en avión. Se llega a una ciudad media hora antes del
comienzo, a veces incluso más tarde; luego se sube uno a la tribuna
del orador y habla (...). Mientras tanto tiene que lidiar con el calor,
con la palabra, con la lógica del pensamiento, con una voz que se
vuelve cada vez más ron- ca, con el problema de una mala acústica,
con el aire cargado de 10.000 personas apretujadas que le oprime
(...). Cuando se termina el discur- so, uno se encuentra como si
acabara de salir de un baño caliente ves- tido hasta arriba. Se sube al
coche y viaja otras dos horas».78
El calor de esta campaña electoral durante el verano de 1932 y la
anulación de la prohibición de las SA y de las SS, en vigor desde el 16
de junio, provocaron una nueva oleada de violencia en Alemania, en
la que, pese a los seis millones de parados, la crisis económica había
deja- do atrás su peor momento. Al igual que durante el «mayo
sangriento» del año 1929, en aquellos días de julio los tanques de la
policía se moví- an ruidosamente por las calles de la capital del Reich.
Los asesinatos
por razones políticas estaban a la orden del día. Desde hacía tiempo,
los grandes periódicos ya no informaban sobre actos de violencia
aislados, sino que más bien traían noticias colectivas acerca del
«frente de la gue- rra civil». Dos días después de que Hitler
comenzara el 15 de julio un nuevo recorrido por Alemania, que le
debía llevar hasta final de mes a 50 ciudades del Reich, el terrorismo
de los comunistas, provocado por las SA, alcanzó un culmen
sangriento en Hamburgo-Altona. En un solo domingo murieron 18
personas. El gobierno prusiano reaccionó pro- hibiendo todas las
manifestaciones al aire libre. Para Goebbels un pre- texto más para
seguir atizando la crisis: «El gobierno nos golpea por- que la
Comuna nos dispara. Prohibe nuestras manifestaciones porque los
destructores del Estado y de la cultura podrían ser una provocación.
Todo el sistema es una auténtica catástrofe y se le puede aplicar el
dicho de "a lo que cae, hay que ayudarlo a caer"». 79 Cuarenta y ocho
horas después caía el gobierno prusiano y con él el último y más
importante bastión de un gobierno y un ejecutivo republicano
sólido. Con la funesta argumentación de que el gobierno de Braun
ya no era capaz de mantener la paz y el orden, y apoyándose en el
artículo 48 de la Constitución, Hindenburg, apremiado por Papen,
ordenó su destitu- ción. Al mismo tiempo, el presidente del Reich
decretó el estado de excepción en Berlín y en la provincia de
Brandeburgo, y confirió el poder gubernamental a Franz Bracht,
primer alcalde de Essen y perso- na de confianza de Papen.
Con profundo agrado escuchó Goebbels esta noticia por la radio
en Treuenbrietzen, en la Marca de Brandeburgo, mientras estaba en
una pequeña taberna.80 Con especial satisfacción veía que sus
adversarios más perseverantes y enconados, contra los que había
luchado desde su llegada a Berlín y a los que él odiaba por ser una
encarnación del «sis- tema», a saber, el jefe de policía Grzesinski, el
comandante de la poli- cía berlinesa, Heimannsberg, y sobre todo el
vicepresidente de policía Weiss, habían sido víctimas del golpe que
Von Papen había asestado a Prusia. Sólo unas semanas antes,
cuando había vuelto a ser injuriado por Goebbels en el Parlamento,
el valiente Weiss, confiando en el buen funcionamiento del orden
republicano, había presentado una décimo-
séptima y última querella contra su enemigo. El jefe de policía
Grze- sinski, que apoyó la instancia, pidió al tribunal competente
«que inten- tara conseguir una pena realmente alta para el inculpado»,
toda vez que Goebbels «tenía varios antecedentes penales por
injurias al vicepresi- dente de policía».81 Sin embargo, como otra
serie de procedimientos, éste también se sobreseyó en diciembre de
1932, como consecuencia de la amnistía navideña del general Von
Schleicher.
Ahora, en julio de 1932,Weiss, Heimannsberg y Grzesinski, a
quien le comunicó por teléfono su destitución un tal teniente general
Gerd von Rundstedt,82 fueron arrestados y retenidos durante algunas
horas en un club social de la Reichswehr situado en la
Seydlitzstrasse berli- nesa. Después de que firmaran que tras la
destitución de sus cargos no emprenderían ningún acto oficial en la
jefatura de policía, fueron pues- tos en libertad ese mismo día. Poco
después de la subida al poder de Hitler, Grzesinski y Weiss
abandonaron en dramáticas circunstancias su patria, por cuyo orden
republicano habían luchado durante años.
Ávido de venganza, Goebbels, que con la desaparición del
gobier- no prusiano creía estar más cerca que nunca del objetivo de
subir al poder, había hecho una lista «con toda la gentuza que había
que elimi- nar en Prusia».Al decir que alguna gente temía que los
«barones» no dejaran nada más por hacer, también se incluía sin duda
a sí mismo. De buen grado habría ajustado él personalmente la
cuentas con sus adver- sarios de la jefatura de policía, con sede en la
Alexanderplatz. Entre sus subordinados, los policías normales,
observó ahora una «notable ama- bilidad».83 En efecto, la policía ya
sólo procedía —si es que lo hacía— contra los comunistas. La
consecuencia: los disturbios y las luchas calle- jeras siguieron
aumentado. Sólo el 31 de julio, día en que los alemanes elegían su
nuevo Parlamento, el terrorismo político se cobró nueve muertos.
El resultado de estas elecciones debió de ser decepcionante para
el jefe de propaganda del Reich. Lo cierto es que las elecciones de
Mec- klemburgo, Hesse y Turingia, donde el NSDAP obtuvo la
mayoría abso- luta o le faltó poco para conseguirla, habían fortalecido
su esperanza de lograr lo mismo también en las elecciones
parlamentarias. Pero no se
llegó ni de lejos. Con el 37,3 por ciento de los votos, el NSDAP, que
ahora representaba el grupo parlamentario más fuerte, con 230 esca-
ños, sólo pudo superar exiguamente, pese a todos los esfuerzos, su resul-
tado con respecto a las dos vueltas presidenciales de marzo y abril. Pare-
cía vislumbrarse el final de su prodigioso ascenso.
Durante un tiempo también lo vio así Goebbels, en cuyo distrito el
NSDAP, con un 28,6 por ciento, aventajaba al resto de partidos —su
resultado fue mejor en las zonas burguesas que en los barrios de obre- ros
—,84 pero aun así estaba muy alejado de la «conquista» de Berlín.
«Por esta vía no alcanzamos la mayoría absoluta. Así que hay que seguir
otro camino», anotó desilusionado en su diario.85 La alternativa ante la
que veía que se hallaba ahora el partido era: «O la más enérgica oposi-
ción o el poder», para erradicar por fin el marxismo. «Tolerar mata», 86
pues eso aminoraba el brío revolucionario del movimiento y amena-
zaba con desintegrarlo. Pero ¿cómo se podía conseguir el poder?
El 2 de agosto Goebbels estaba en el lago Tegernsee cuando Hitler
discutía este asunto con sus más altos funcionarios. «¿Legalidad? ¿Con
el Centro? ¡Da náuseas! (...) Deliberamos pero no llegamos a ninguna
conclusión».87 Dos días más tarde Hitler hizo saber a Goebbels que iba
a comunicar a Schleicher las pretensiones de mando del partido. Aparte
de su cancillería iba a exigir —según dijo a Goebbels— carteras
ministeriales para Frick (Interior), Góring (Aire), Strasser (Trabajo) y,
finalmente, la de Educación Pública para Goebbels. «Eso quiere decir
que o todo el poder o nada. Así está bien».88
Sin embargo, Hitler no pensaba realmente solicitar la cartera de Edu-
cación para Goebbels. Sabía muy bien que su entrada en el gobierno
sería inaceptable para los «barones». Según informó Schleicher, ese 6 de
agosto Hitler quería saber que se salvaguardaría el carácter de un gabi-
nete presidencial y «sólo pretendía introducir cambios en el actual
gabinete en la medida en que fuera necesario para su entrada como
canciller y la concesión del Ministerio del Interior a Strasser;
eventualmente se plantearía la utilización de Góring para cualquier
cargo».89
Cuando ese mismo día Goebbels se encontraba en el Obersalzberg,
allí reinaba un ambiente festivo, pues, en su entrevista con Schleicher,
Hitler había tenido la impresión de que aceptaba sus exigencias. Sin duda
con vistas a un reparto de carteras al que se aspiraba para más tarde, le
aseguró a Goebbels que, en caso de subir al gobierno, junto a Strasser,
Goring y otros nacionalsocialistas, a él le encomendaría, además de la car-
tera de Educación del Reich, la consejería de Cultura prusiana. 90 «Un
gabinete de hombres», celebraba Goebbels, quien creía que el poder pron-
to sería accesible para sí mismo y para el movimiento de Hitler, un poder
al que nunca más renunciarían: «Muertos nos tendrían que sacar. Esta será
una solución total. Requiere sangre, pero depura y limpia».91
Goebbels se veía ahora en una distinguida posición, cuando escri-
bió entusiasmado en su diario después de una conversación con su vene-
rado Führer: «Hemos deliberado sobre todo el asunto de la educa -
ción pública. Se me encarga la escuela, la universidad, el cine, la radio,
el teatro, la propaganda. Un área enorme. Toda una vida llena. Una
misión histórica. Me alegro. Estoy de acuerdo con Hitler en todo lo
esencial. Eso es lo principal. La educación nacional del pueblo alemán
se pone en mis manos.Yo la controlaré (...). He tratado con Hanke en
detalle el tema del distrito berlinés. Sigo siendo todo lo que soy. Jefe de
distrito, jefe de propaganda del Reich. Representantes por todas par-
tes. Pero la cosa sigue dependiendo de mí».92
El 9 de agosto se apagó el optimismo de Goebbels. Hitler le expre-
só el temor de que el camino al poder aún estuviera asociado a muchas
dificultades.93 El hecho era que había sabido de Schleicher a través de
Strasser que, contra lo que se esperaba, su nombramiento como canci-
ller sería más que cuestionable. Hitler, decidido a jugarse el todo por el
todo, escribió en el Volkischer Beobachter que se excluía «una participa-
ción insuficiente en el gobierno concedida por condescendencia» y que
él debería ser «llamado a liderar un gabinete del Reich formado por
personalidades».94 Goebbels aplaudió a Hitler,95 quien, para insistir en
sus exigencias, hizo que se reunieran numerosas unidades de las SA en
torno a la capital del Reich96 y además ejerció presión amenazando con
una coalición con el Centro.97
En esta situación, en la que Goebbels animaba a Hitler a jugarse todo
a una carta, fue una vez más Gregor Strasser el que proporcionó mate-
ria de conflicto dentro del partido. El jefe de organización del Reich
abogaba por aceptar una vicecancillería de Hitler. Sin embargo, los perió-
dicos no informaron sólo acerca de esta disparidad de criterios; tam-
bién entre Goebbels y Hitler había habido diferencias, según algunos
artículos. De todos modos, estas afirmaciones carecían de
fundamento. Si se formulaban era porque Goebbels, sobre todo en el
Angriff, sin tener en cuenta la aspiración a que la «reacción» aprobara
una cancillería de Hitler, se las daba de revolucionario, pues a su
juicio había que hacer el juego a los seguidores pequeñoburgueses y
proletarios del partido para mantenerlos bajo la bandera de la
esvástica.
Hitler desmintió los «relatos novelescos sobre la "división" dentro
de la dirección del partido nacionalsocialista y la "oposición" que,
según dicen, ejercen contra mí ciertos líderes, como el doctor
Goebbels, Gre- gor Strasser, etc.». Por el contrario, aseguró «que
quizás nunca había existido entre los distintos líderes una
conformidad de opiniones más rigurosa y ejemplar sobre la situación
política».98 En Prien am Chiem- see, donde se reunió la dirección del
partido el 11 de agosto, Hitler hizo efectiva esta «conformidad»
criticando a Strasser —para regocijo del jefe de propaganda del
Reich— y declarando su irrevocable decisión de aferrarse a su
exigencia de «todo o nada», aunque había oído hablar de la postura
negativa de Hindenburg.
Como «tormentosa y angustiante» sintió Goebbels la espera de Hitler,
después de que éste, acompañado por Rohm y Frick, saliera la tarde
del 13 de agosto de la casa goebbeliana del Westend berlinés en
dirección al barrio gubernamental con el fin de reunirse con
Hindenburg para una entrevista decisiva. ¿Cómo reaccionaría el
mariscal de campo? Los que se habían quedado aguardando
recibieron la respuesta más rápido de lo que esperaban: el presidente
del Reich —una última vez clarivi- dente e inflexible— había
rechazado con pocas palabras la exigencia de Hitler de un «poder
estatal íntegro a gran escala» y había argumentado su negativa «muy
categóricamente» diciendo «que ante su conciencia y sus deberes
para con la patria no podía hacerse responsable de enco- mendar
todo el poder gubernamental exclusivamente al movimiento
nacionalsocialista, el cual tiene la intención de utilizar este poder uni-
lateralmente».99 No obstante, conforme al «plan de domesticación» de
Schleicher, le ofreció la vicecancillería, con la que no se conformó
Hitler. La entrevista, en la que también participó el secretario de Esta-
do Meissner, no duró ni siquiera veinte minutos. La maniobra de Hitler
para hacerse con el poder había fracasado.
Tras la «fría despedida» de Hindenburg, acudieron a la Reichskanz-
lerplatz para celebrar una sesión de crisis, pues cada uno de los presen-
tes tenía claras las consecuencias del fracaso. Inevitablemente, según
Goebbels, «la consecuencia sería una tremenda depresión en el movi-
miento y en el cuerpo de electores», 100 pues «todo el partido (...) ya
contaba con el poder».101 Especialmente afectadas se verían las SA, en
cuyas filas de todos modos se tenía poca simpatía por la trayectoria de
legalidad. En efecto, allí la decepción se descargó al grito de «reacción
inmediata».102 «Quién sabe si se podrá parar a sus formaciones», era el
temor de Goebbels, pues «nada es más difícil que decir a una tropa segu-
ra de triunfar que la victoria se ha escurrido de las manos».103
Mientras que en la capital del Reich corrían como la pólvora rumo-
res de un inminente golpe de Hitler, mientras que la gente se agolpa -
ba fuera de la casa de Goebbels y se oían continuamente gritos que lla-
maban al Führer, dentro se trabajaba febrilmente. Rohm y Hitler se
esforzaban por convencer a los jefes de las SA —convocados urgente-
mente, decepcionados y dispuestos a todo— de la falta de perspectivas
de un ataque armado. Goebbels escribía un enérgico artículo contra la
«reacción». Otros dictaban actas y proclamas. Un mandato dirigido a
las SA y a las SS, que se publicó en el Volkischer Beobachter, ordenaba
una «breve tregua», durante la cual había que «hacer el más amplio uso
de las vacaciones» y «evitar en lo posible las llamadas, los ejercicios, las
revistas (,..)».104
Goebbels también se dio una «tregua». El 14 de agosto, mientras que
la prensa burguesa alababa a Hindenburg —desde la dimisión de Brü-
ning frecuentemente criticado— como el «guardián de la constitución»
y mencionaba el rechazo de Hitler como un paralelo de su victoria en
Tannenberg, Goebbels se marchó de vacaciones a la playa del Báltico
de Heiligendamm. La derrota del NSDAP le preocupó menos porque
Hitler, al que admiraba por su «tranquila serenidad», había vuelto a hacer
que reafirmara su fe ciega en el triunfo del nacionalsocialismo. Hitler
permanecía imperturbable ante todas las vacilaciones, esperanzas, ideas
vagas y sospechas, como un «polo inmóvil en el vuelo de las aparien-
cias».105-106
Cuando, tras días de relajación en el Mar Báltico, Goebbels fue lla -
mado por Hitler a Berchtesgaden, éste estaba de nuevo «lleno de una
107
clara serenidad», a ojos de su seguidor más fiel. Hitler quería conti-
nuar la vieja línea. Por una parte creía no poder conseguir una mayo -
ría parlamentaria para el NSDAP, y por otra temía el desgaste del par -
t ido si formaba una coalición de gobierno con el Centro, tal como
postulaba Gregor Strasser. La «solución de centro» sólo quería ponerla
enjuego como medio de presión contra los «barones», para preparar el
camino a su cancillería al frente de un gabinete presidencial. El hués -
ped declaró inmediatamente su total conformidad con su Führer, pues,
a diferencia de la oposición o de la coalición, un gabinete presidencial
108
liderado por Hitler tenía al menos «el olor de la ilegalidad», puesto
que Hindenburg y la Reichswehr bloqueaban un cambio de régimen
revolucionario según el modelo de Mussolini.
Dada la paralizante resignación que se generalizó en el movimiento
a partir del 13 de agosto, el principal interés de la propaganda nacio -
nalsocialista consistía en acentuar más la apariencia revolucionaria y
antirreaccionaria. Con la correspondiente contundencia actuó cuando
a finales de agosto, en la localidad altosilesiana de Potempa, cinco miem-
bros de las SA fueron condenados a muerte por un tribunal especial de
Beuthen [Bytom] por el brutal asesinato de un obrero comunista pola -
co, después de que un decreto ley del gobierno del Reich declarara el
estado de sitio como severa amenaza contra el terrorismo político y los
actos de violencia. Hitler, al solidarizarse con los asesinos abiertamen te
y sin vergüenza alguna —su telegrama a los condenados decía: «¡Cama-
radas míos! En vista de esta atroz sentencia de muerte me siento uni -
109
do a vosotros por un infinito afecto»— puso de manifiesto lo que
entendía por «legalidad» y demostró lo acertado que había sido el pare -
cer de Hindenburg del 13 de agosto. Aparte de eso, Hitler dirigió duros
ataques contra Von Papen, cuyo respaldo por parte de los partidos
polí- ticos iba desapareciendo progresivamente. Lo denostó como
«perro de presa» y calificó la lucha contra un gobierno bajo el que
esto fuera posi- ble como un deber de su partido.110
Los juicios contra los miembros de las SA sirvieron a Goebbels de
ocasión para atacar no sólo al régimen de Papen, sino al «enemigo
uni- versal judeo-marxista» en su conjunto. «Los judíos tienen la
culpa», decía en el Angriff la conclusión que sacó de los sucesos de
Potempa.111 Como casi siempre, la ruda polémica de Goebbels
respondía a algo más que a un cálculo táctico. En el enfrentamiento
con la «reacción» podía dar rienda suelta a su odio después de que
fracasara la subida al poder. Sin cesar, con una entrega fanática —el
hecho de que el 1 de septiembre Magda diera a luz a su primer hijo
en común, la niña Helga, significó para él un fausto acontecimiento
al margen— pronunciaba discursos incendiarios, agitaba los ánimos
en el Angriff y gestionaba la reorgani- zación de la jefatura de
propaganda del Reich. El deseo de Goebbels era que en su
disposición se perfilaran ya desde entonces las estructu- ras del
ministerio que más tarde pretendía crear y dirigir. Además, gran parte
de la organización del partido, que todavía había que arrebatar a
Strasser, pasaría a ser competencia suya. Sus planes encontraron la apro-
bación de Hitler, pues a éste nada le comprometía a hacer promesas
sobre las que no era el momento de decidir.
El 12 de septiembre los nacionalsocialistas tomaron renovado
ímpe- tu. En lugar de apostar por abrirse paso ellos mismos, aspiraban a
la des- trucción del gabinete de Papen y de los restos del sistema
presidencial. Así, Goebbels pudo constatar con satisfacción que la
primera aparición del canciller —cuyo gabinete se encontraba
irremediablemente aisla- do por los partidos políticos— en el nuevo
Reichstag terminó con «la derrota parlamentaria más terrible que ha
habido nunca».112 Góring, quien como representante del grupo
parlamentario más fuerte fue ele- gido presidente del Reichstag con
los votos del Centro, sucediendo así al socialdemócrata Lóbe, nada
más comenzar la sesión dio la palabra en armoniosa cooperación al
presidente del grupo del KPD,ErnstTorgler, para una moción de
censura, y ello pese a que Von Papen señaló estar
dispuesto a una disolución del Parlamento. Sin brindar a Papen la
opor- tunidad de dar lectura a la orden de disolución del presidente
del Reich, apresuradamente preparada, Góring sometió acto seguido
el asunto a votación, de manera que el canciller del Reich no pudo
evitar la mani- fiesta derrota. Sólo 42 de 512 diputados le otorgaron
la confianza.
Así pues, una nueva campaña electoral —como fecha se fijó el 6
de noviembre de 1932— resultó inevitable. Goebbels sabía que esta
vez las probabilidades de éxito serían mucho menores, dado el
callejón sin salida al que se habían dirigido desde agosto, por lo cual
se abstuvo de pronósticos optimistas.113 Ahí estaban los efectos
psicológicos parali- zantes del 13 de agosto y de los asuntos de
Potempa. Además era pal- pable el hastío de la población por ser
llamada a las urnas ya por quinta vez en el plazo de un año.Y
finalmente estaban las cajas vacías,114 que dificultaban el trabajo del
jefe de propaganda del Reich, quien para la fase de la campaña
electoral volvió a trasladar su oficina a Berlín —aho- ra en la central
del partido donde se acababan de instalar en la Voss- trasse.
Goebbels apostó ahora por un activismo total y movilizó en esta
campaña electoral todos los medios imaginables. El Angriffy otros perió-
dicos de la prensa nacionalsocialista aparecerían dos veces al día. En
par- ticular disponía, al igual que en las campañas precedentes desde
1930, de una combativa reserva de unos mil oradores del partido,
según su propio testimonio, los mejores que había dado nunca
Alemania.115 Des- de 1928 eran formados sistemáticamente en una
«escuela de oratoria del NSDAP» bajo control de la «jefatura de
propaganda del Reich», con el objeto de asegurar un estilo
propagandístico uniforme para los apro- ximadamente 34.000
mítines.116 Al frente de todos estaban naturalmente él mismo y Hitler,
que repitió su gira por Alemania también durante esta campaña. Una
motivación adicional supuso para Goebbels la orden de Hitler según
la cual Gregor Strasser le tenía que transferir el control sobre los
asuntos de la radio.
Así pues, Goebbels se hizo cargo —junto con su infraestructura
ya muy desarrollada— de la «Federación del Reich de radioyentes
alema- nes para la cultura, la profesión y la nacionalidad»,117 creada en
agosto
de 1930 por el DNVP y la Stahlhelm y desde marzo de 1932 contro-
lada exclusivamente por los nacionalsocialistas .Ya desde finales de 1930,
por asimilación con la organización del partido, se había instalado
una red de observatorios radiofónicos de los grupos locales, de
distrito y circunscripción, que difundían la propaganda contra la
«radiodifusión judeo-marxista». En las propias emisoras se fundaron
«células de empre- sa» nacionalsocialistas, que, en caso de una toma
del poder nacionalso- cialista, deberían asumir las funciones más
importantes de la emisión y hacer frente a cualquier resistencia.
Goebbels siguió ampliando de inme- diato esta infraestructura,
formuló un nuevo «programa para la toma de posesión de la radio»118
y elaboró nuevas listas de personal con el fin de estar bien preparado
para la «hora X».119
En la campaña electoral pendiente veía Goebbels el «último enfren-
tamiento» que tenía que realizar el NSDAP antes de su subida al
poder. Aunque en todo el Reich libraban sangrientas luchas callejeras
las SA y los miembros del aparato militar ilegal del KPD, aislado por
su postura antisocialdemócrata, este «último enfrentamiento» debía
dirigirse ajuicio de Goebbels contra la «reacción».A finales de
septiembre —en este mes se solidarizaron el NSDAP y el KPD con la
huelga de arrendatarios de Berlín— había comenzado la campaña con
una orden del partido que prohibía a los nacionalsocialistas comprar
periódicos burgueses.120 Goebbels se apuntó un éxito el 19 de octubre
cuando aceptó una invitación del DNVP a la Neue Welt [Nuevo
Mundo], una sala de la Hasenheide berlinesa,121 para intervenir en una
gran asamblea del partido de Hugenberg.Tras haberse preparado
concienzudamente, tras ser introducido a hombros por los miembros
de las SA en la sala, en la que se habían reunido subrepticiamente más
compañeros del partido que nacionalistas alemanes, le resultó fácil
asombrar a todos con sus argumentos. En «una extraordinaria oleada
de entusiasmo» debió de alborotarse la sala. Las «espontáneas
manifestaciones callejeras» que siguie- ron a la asamblea, durante las
cuales se entonó repetidamente la canción de Horst Wessel, aún no se
habían disuelto cuando Goebbels ya estaba dando directrices a la
prensa propia. Se imprimieron en gran tira-da números especiales del
Angriff, pues sospechaba que los nacionalis-
tas alemanes se servirían de la preponderancia de su prensa para «dar
el cambiazo» y transformar su derrota en victoria.122
Goebbels, que en esta campaña electoral volvía a denunciar la
«dic- tadura de los ricachones»,123 sintió casi como una traición el
hecho de que Gregor Strasser sacara consecuencias del 13 de agosto y
confirmara durante sus intervenciones oratorias su voluntad de
colaborar con los nacionalistas alemanes de Hugenberg, así como
que repitiera su afir- mación del 10 de mayo de que el movimiento
nacionalsocialista esta- ba dispuesto a cooperar con cualquiera que
diera el sí a Alemania y que quisiera salvarla junto con los
nacionalsocialistas.124 Tales intervenciones de Strasser, como la que
tuvo lugar en el palacio de deportes dos días después del triunfo
goebbeliano en la Neue Welt, indignaban al jefe de propaganda del
Reich, tanto más cuanto que la prensa burguesa informaba por
extenso sobre ellas, haciendo pública por tanto la de- sunión dentro
del NSDAP.
Otra confusión respecto a la posición política del NSDAP la pro-
vocó Goebbels cuando el 2 de noviembre de 1932 comenzó la
huelga en la compañía de transportes berlinesa, la
BerlinerVerkehrsgesellschaft. En esta piedra angular de la economía
municipal, en su día alabada y admirada por su expansión y
modernidad y ahora en la crisis sentida como una abrumadora carga
que ponía a la ciudad al borde de la insol- vencia,125 los salarios se
iban a reducir mínimamente con arreglo a un decreto ley del
gobierno del Reich. Aunque sólo se trataba de dos pfen- nigs a la hora,
en sus diarios Goebbels se engañaba a sí mismo argumen- tando que
de esta manera se ponían en peligro «los derechos vitales más
antiguos de los trabajadores del tranvía».126 Pero, una vez más, esto
le brindaba una gran oportunidad para presentar a la opinión pública
la alternativa «de que el propósito y la intención de nuestro rumbo
anti- rreaccionario nacen realmente desde dentro, de que el NSDAP
repre- senta en efecto una nueva forma de actuación política y un
alejamien- to consciente de los métodos burgueses».127
Por orden suya, la Organización Nacionalsocialista de Células de
Empresa declaró su disposición a la huelga. Lo mismo hizo la
Oposi- ción Sindical Revolucionaria (Revolutionáre Gewerkschafts-
Opposi-
tion, RGO). Cuando en el referéndum bastante más de la mitad de la
plantilla se declaró a favor, la huelga se convocó esa misma tarde. Goeb-
bels reaccionó con enojo a la información de la prensa burguesa, según
la cual él había promovido esa huelga a espaldas de Hitler para dar al
partido una «orientación bolchevique»; en realidad Hitler había apro-
bado su punto de vista y, según Goebbels, había hablado por teléfono
con él a cada hora. «Si no hubiéramos actuado así, ya no seríamos un
partido socialista y de trabajadores», 128 y eso lo seguía siendo el NSDAP
en la imaginación idealista de Goebbels.
Mientras que, solidariamente unidos, Goebbels y Ulbricht, quien
había asumido el liderazgo huelguista por parte del KPD, fustigaban a
los «opresores de los trabajadores» y a la «reacción» en el Angriff o en
el Rote Fahne, prohibido desde el comienzo de la huelga pero que se
seguía imprimiendo y distribuyendo ilegalmente, los piquetes nacio-
nalsocialistas y comunistas marcharon hasta las puertas de la estación
de depósito. Miembros de las SA y combatientes rojos del Frente reco-
rrían juntos las calles de Berlín para apalear a los esquiroles y destruir
autobuses y tranvías de la empresa de transportes berlinesa que estu-
vieran en marcha. El 4 de noviembre se intensificó la violencia. Se pro-
dujeron graves enfrentamientos entre los huelguistas y la policía, en
cuyo transcurso murieron a tiros tres personas y casi cincuenta resul -
taron heridas.129
La participación de los nacionalsocialistas en la huelga de la empre-
sa de transportes berlinesa atizó los primitivos miedos burgueses. La
imagen de las SA, sus métodos, así como las consignas socialistas de la
propaganda del partido hacían temer que el ala socialista de éste vol-
viera a ganar influencia y que la cooperación entre los extremistas de
izquierdas y de derechas fuera sólo el principio. El Deutsche Allgemeine
Zeitung, de la derecha liberal, veía también en la huelga un «aconteci -
miento de gravísimo alcance».130 Al día siguiente se observaba en el
mismo periódico «cuan profundamente ha calado en el pueblo alemán el
pensamiento proletario y de lucha de clases, y también —y ésa es la
mayor diferencia con respecto a las huelgas del mismo tipo de 1919 y
1923— en el bando de la derecha».131
El discurso que Von Papen dirigió al pueblo a través de todas las
emi- soras alemanas dos días antes de las elecciones parlamentarias
subrayó precisamente esta contradicción de manera explícita, con el
objetivo de agravar las diferencias dentro del movimiento
nacionalsocialista. Se había dado crédito al «grito de guerra de Hitler
contra el marxismo y a favor de la renovación nacional». Ahora los
nacionalsocialistas intentaban hacer fracasar el programa económico
del gobierno del Reich colaborando con el «bolchevismo ateo», lo
que significaba la «muerte de nuestra mile- naria cultura». Esto era un
atentado contra la nación, que había movi- lizado aquí sus últimas
reservas de energía.132
La tormenta de indignación, la exaltación con que reaccionó la
opi- nión pública dejó ver a Goebbels rápidamente que la campaña
surtiría más bien un efecto desfavorable para el resultado de las
elecciones par- lamentarias. Aunque pensaba que el prestigio del
partido había aumen- tado en pocos días «espectacularmente» entre la
clase obrera, tenía que reconocer que posiblemente esto no se
traduciría todavía en las pre- sentes elecciones. Pero él se dejaba
guiar por la consideración de que este «activo» tendría un valor
incalculable en el futuro. Había que ope- rar con largos periodos de
tiempo, «pues en definitiva queremos con- quistar Berlín, y ahí no
importa si perdemos varias decenas de miles de votos en unas
elecciones más o menos intrascendentes, que de todos modos
carecen de significación en la lucha activa y revolucionaria».133
Probablemente debido a los pronósticos no demasiado buenos, a
Goebbels le parecía que pesaba sobre Berlín un «ambiente
sofocante, bochornoso». El mismo día de las elecciones —ese 6 de
noviembre de 1932 estuvieron parados los medios de transporte
como consecuencia de la huelga en la empresa berlinesa—
transcurrió para él con una «tre- menda tensión».134 La pregunta
clave era a cuánto ascenderían las pér- didas. Los resultados que
llegaban por la tarde desde los distritos bur- gueses de Berlín no
auguraban nada bueno. En Zehlendorf el NSDAP perdió un 7 por
ciento de los votos, en Steglitz el 6 y en Wilmersdorf más de un 5
por ciento. Pero los nacionalsocialistas también sufrieron pérdidas
en las circunscripciones de obreros, como Wedding y Frie-
drichshain, aunque fueron mínimas.135 En conjunto, cayeron de un 28,6
a un 26,2 por ciento en la capital del Reich. Por el contrario, el
KPD, ahora el partido más fuerte de Berlín, obtuvo un 31,3 por
ciento, aven- tajando así por primera vez al SPD, por el que sólo
optaron un 23,3 por ciento de los electores.136
En Berlín, las pérdidas del NSDAP fueron menores que en el
pro- medio del Reich. Allí se apartaron del NSDAP más de 2
millones de votantes, lo que supuso un retroceso del 37,3 al 33,1
por ciento, aun- que siguió siendo con diferencia el grupo
parlamentario más numero- so con 196 diputados. También el
Centro y el SPD obtuvieron peores resultados que en las pasadas
elecciones. En comparación, el KPD, el DNVP y partidos menores
como el DVP registraron ascensos consi- derables. Ahora ya no
existía la posibilidad de que el NSDAP formara mayoría con el
Centro, con lo que el DNVP alcanzó su objetivo de recuperar una
posición clave.
Goebbels sabía que las consecuencias de la derrota serían serias,
pues el movimiento nacionalsocialista había perdido su aureola de
marcha imparable hacia el poder. Sin embargo, «no tenemos que
hacernos repro- ches por eso»,137 se decía.Ahí estaba por una parte el 13
de agosto, que, a juicio de Goebbels, las masas aún no habían llegado
a comprender; no mencionó Potempa, al menos en la versión
publicada de su diario. Pero también estaba el «aprovechamiento sin
escrúpulos que había hecho la propaganda nacional-alemana de nuestros
contactos con el Centro».138 Al hecho de que hubiera fracasado
completamente la participación de los nacionalsocialistas —por él
iniciada— en la huelga del transporte berlinés, a la que se prestó
atención en todo el Reich y de la que espe- raba una infiltración en
el potencial electoral de los trabajadores, le dio artificiosamente la
vuelta. Apoyándose en una comparación con las elec- ciones de 1919 y
1932, escribió en el Angriff. «Teniendo en cuenta las cifras
electorales más altas y que los votos marxistas sólo han permane-
cido igual, se ha producido en efecto una decisiva infiltración en el
ban- do marxista».139
Puesto que Hitler llamaba a la prosecución de la lucha,140
Goebbels también volvió a mirar enseguida hacia adelante. En
Munich, Hitler le orientó sobre el rumbo a seguir. La «reacción» se
quedará asombrada.
«Nosotros no hacemos nada a medias», 141 manifestó en su diario, ali-
viado por la tenacidad de su Führer. Por este Hitler, que al atardecer,
en el círculo íntimo, relató alguna desesperada situación de la guerra
mundial y finalmente dejó que leyera en alto una de sus cartas de cam-
paña; por un «hombre tan fabuloso», él también quería dar su vida.
Pese a la energía con que Goebbels pensaba reemprender la lucha,
tras regresar a Berlín pronto tuvo que darse cuenta con desencanto de
que el «despecho inicial» en el partido había dado paso a una «lángui -
da depresión». En todas partes surgían ahora la indignación, la disen -
sión y las discrepancias. «Así pasa siempre: tras la derrota sale a flote todo
lo peor, y hay que matarse semanas enteras trabajando contra eso». 142 A
ello se sumaba el estado cada vez más desconsolador de la caja del par-
tido, dado que el ingreso de donaciones remitió rápidamente. «Sólo rui-
na, deudas y obligaciones», se quejaba Goebbels. 143 Se trataba sobre todo
de deudas cambiarías de pequeños acreedores, proveedores, sastres,
pequeñas constructoras, que, mientras el partido progresaba y la toma
del poder parecía estar cada vez más cerca, contaban con recobrar su
dinero con intereses e intereses acumulados, y que ahora habían perdi-
do la paciencia. El Vossische Zeitung se burlaba de ello diciendo que sin
duda no era una casualidad que los miembros de las SA inundaran las
calles con el sonsonete de sus alcancías y que por ejemplo en el centro
de Berlín superaran con mucho el número del resto de mendigos. En
lugar de «para la colecta invernal del NSDAP» debería rezar «colecta
invernal para el NSDAP».144
En vista de la seria crisis del partido, Goebbels y Hitler acordaron
que todos los trabajos de organización y fomento internos tenían que
supeditarse «a la única misión de intensificar exteriormente nuestra pro -
paganda».145 Goebbels aguijoneaba sin cesar a los colaboradores y com-
pañeros del partido. El mismo se impuso la tarea adicional de escribir
todos los días un artículo contra el gabinete. «La gota de agua horada
la piedra. No es que se vea de inmediato el éxito de estos ataques, pero
a la larga no quedarán sin efecto», se decía, dándose ánimos.146
Esos ánimos los iba a necesitar, pues Hitler y Goebbels tuvieron que
hacer frente al verdadero problema cuando, por la presión de Schlei-
cher, que desde el 13 de agosto se había apartado de «su» canciller,
el 17 de noviembre de 1932 Papen presentó la dimisión de su
gabinete, aislado parlamentariamente, con el fin de dar a
Hindenburg vía libre para negociar con los líderes de los partidos.
El resultado de las elec- ciones había disminuido sustancialmente las
probabilidades de éxito de una cancillería de Hitler con respecto al
13 de agosto, no tanto porque el NSDAP ya no pudiera formar
mayoría con el Centro, con lo que asi- mismo desaparecía la amenaza
de una coalición, sino más bien porque entre los adversarios del partido
se generalizó la certeza de que el NSDAP había dejado atrás su mejor
momento.
El jefe de propaganda del Reich se dio cuenta con preocupación
de la discrepancia entre la esperanza y la posibilidad real, que
necesa- riamente desembocaría en una repetición del 13 de agosto
con sus devastadoras consecuencias psicológicas. En efecto, los
adeptos del partido creían que ahora Hindenburg nombraría a
Hitler. Delante del hotel Kaiserhof, desde donde el cabo de la
guerra mundial inten- taba hacer por segunda vez su «jugada para
alcanzar el poder», la gen- te se reunió en aquellos días de
noviembre y prorrumpió en vivas a Hitler, el futuro canciller,
aunque después de dos encuentros entre éste y el «viejo señor» los
diálogos ya habían tocado fondo. Hinden- burg había establecido la
condición de que Hitler se buscara una mayo- ría parlamentaria.
Aunque el secretario de Estado Meissner se esforzó
extraordinaria- mente por hacer atractiva a Hitler una mayoría de
ese tipo, a partir de la cual pudiera formarse una cancillería
presidencial,147 éste —estimu- lado por Goebbels, que defendía con
perseverancia el «todo o nada»— respondió a través de un
memorándum que semejante «encargo era irrealizable debido a su
contradicción interna». Como consecuencia, Hindenburg rechazó
las exigencias de Hitler, repetidas en el memo- rándum, aunque
renombrados industriales y grandes terratenientes habí- an intercedido
en su favor. Temía con razón que un «gabinete presi- dencial
liderado por los nacionalsocialistas se convierta forzosamente en
una dictadura del partido, con todas sus consecuencias para la agu-
dización de las diferencias en el pueblo alemán: el señor presidente
del
Reich no podría tolerar ante su juramento y su conciencia el
haberlas motivado».148
Ni las declaraciones de prensa de Goebbels ni el «imperturbable
lla- mamiento» de Hitler al partido pudieron finalmente hacer
olvidar que su nueva maniobra para conseguir el poder había
fracasado inespera- damente pronto. En modo alguno «se había
evitado felizmente otro 13 de agosto», tal como Goebbels quería
creer y hacer creer; y el partido ya no estaba «firme e
inquebrantable», pues tras el desastre de las elec- ciones de
noviembre se habían alzado las voces de aquellos que temían que la
continua oposición arruinara al movimiento nacionalsocialista. Al
frente de todas esas voces estaba la de su antagonista Gregor
Strasser.
Puesto que la prensa informaba cada vez con más frecuencia de
la disparidad de criterios dentro del partido, que poco a poco se iba
agra- vando y convirtiendo en disputa, Strasser, Goebbels, Frick,
Góring y Rohm reaccionaron con una declaración conjunta que se
publicó el 25 de noviembre en el Vólkischer Beobachter y en la que
tildaban tales informes de «noticias tendenciosas sin fundamento», al
tiempo que con- firmaban que iban a «permanecer unidos en una
diamantina lealtad al Führer del movimiento».149 Sin embargo, esto
alimentó las especula- ciones contrarias, máxime cuando el mismo día
se podía oír en el Minis- terio de la Reichswehr que la actitud de
Strasser con respecto a Hitler sólo derivaba del espíritu de
compañerismo. Se decía que Strasser esta- ba dispuesto a reemplazarle
personalmente.150
El 4 de diciembre, el día después de que Hindenburg nombrara al
general Von Schleicher canciller presidencial tras haberse impuesto
a Papen, Schleicher volvió a tomar contacto directo con Strasser
para ofrecerle el cargo de vicecanciller y el Ministerio de Trabajo.
Detrás se escondía el plan de Schleicher de dividir al NSDAP, para
lograr una tolerancia del gobierno por parte de todos los partidos a
través de un
«eje sindical». Cuando Goebbels se enteró del encuentro de Strasser
con Schleicher, habló enseguida de la «peor traición al Führer y al
partido» e instigó a Hitler contra su representante, porque ahora creía
poder ven- cerlo definitivamente.151
Goebbels esperaba que la ruptura tuviera lugar en el congreso de
dirigentes celebrado en el hotel Kaiserhof el 5 de diciembre, durante
el cual Strasser intentó otra vez ganarse a Hitler para la causa de una
tolerancia con Schleicher, ya que éste amenazaba con nuevas
eleccio- nes. Pero en el momento actual unas elecciones serían
funestas para el partido, como demostró el resultado de las elecciones
municipales turin- genses, en las que el NSDAP había sufrido serias
pérdidas en compara- ción con las elecciones del 31 de julio. Por el
contrario, Hitler hizo con- siderar que la mera participación en el
gobierno significaría la derrota segura del «movimiento». No
afloraron sin embargo los «más duros enfrentamientos»,152 que más
bien respondían a los deseos de Goeb- bels. Hitler se esforzó para
que la cuestión no se convirtiera en una prueba de nervios y por
conservar al mismo tiempo su margen de acción político. Gracias a su
superioridad retórica, frente a la disyuntiva entre tolerancia o
disolución del Parlamento y nuevas elecciones, supo mos- trar una
tercera vía que por el momento ayudó a evitar la ruptura. Hitler
propuso conceder a Schleicher un «plazo de circulación»,
establecien- do como condiciones la amnistía, el «restablecimiento
social», el dere- cho a la legítima defensa, la libertad de manifestación
y el aplazamiento provisional del Parlamento.153
Él éxito que se le negó a Strasser tanto aquí como durante una
reu- nión del grupo parlamentario, en la que Hitler —de nuevo sin
com- prometerse definitivamente— lamentó el «afán de transigir»
dentro del partido, al final le hizo renunciar.Tras otra disputa con
Hitler que Goeb- bels avivó enérgicamente, en cuyo transcurso el
Führer prohibió a Strasser aceptar cualquier cargo en el gabinete de
Schleicher y además le incriminó «las sospechas más canallas», Gregor
Strasser se dio por ven- cido.154 Los «tétricos muchachos» del entorno
más directo de Hitler, el pérfido «diablo cojo» Goebbels, el «cerdo»
Rohm y Góring, el «brutal egoísta al que Alemania le trae sin
cuidado» —así expresó su opinión sobre ellos el patriota
nacionalsocialista Strasser— estaban cerca de con- seguir su
objetivo.155
La mañana del 8 de diciembre, Gregor Strasser remitió a Hitler,
que residía en el hotel Kaiserhof, un escrito en el que declaraba no
poder
compartir ya el rumbo político del partido, consistente en dejar que
Alemania se arrojara al caos y sólo después comenzar los trabajos cons-
tructivos nacionalsocialistas. Por ese motivo quería dimitir de sus car-
gos en el partido, renunciar a su escaño parlamentario y volver al movi-
miento como «soldado raso».156 Así pues, Goebbels vio llegado el
momento en el que su oponente consumaba su «traición» públicamente.
A eso se ajustaba un artículo publicado el 9 de diciembre en el Tagliche
Rundschau [La revista diaria], un periódico cercano a Schleicher. En él
se exigía una reforma del NSDAP bajo el liderazgo de Strasser, en la
que debían participar todas las fuerzas del partido con voluntad cons-
tructiva. Como parte de la «conjuración» vio Goebbels también el hecho
de que al mismo tiempo otro de sus antiguos rivales, el programático
Feder, pidiera de repente su suspensión a Hitler, porque veía amenaza-
da la fuerza de choque del partido con la proyectada disolución del
departamento principal IV —dirigido por él— para la economía de la
«dirección del Reich» y del departamento de ingeniería técnica. 157
Mientras que Hitler aún temía, como especulaba erróneamente la
prensa liberal, que Strasser emprendiera ahora un «ataque general» y ame-
nazara, en caso de una división del movimiento, con romper las relacio-
nes en tres minutos,158 Goebbels aprovechó la crisis para seguir dándose
importancia ante el Führer con una eficiente gestión de la crisis. En
total acuerdo con Hitler, el 8 de diciembre ya había declarado mediante
un comunicado de la oficina de prensa del Reich que Strasser se tomaba
con permiso del Führer tres semanas libres por motivos de enfer -
medad. «Todos los demás rumores e informaciones al respecto son falsos
y carecen de todo fundamento». En el Angriff Goebbels fue más claro.
Allí se podía leer que la excedencia de Strasser nunca podría impedir el
hecho de que el NSDAP prosiguiera su camino «con los objetivos cla-
ros y sin ninguna claudicación». El Führer no traicionaría el programa
que le había dado desde el principio ni ante el «marxismo» ni ante la
«reacción», aunque costara sillones ministeriales.159
La superación de la crisis dependía decisivamente de hasta qué pun-
to se lograba comprometer con Hitler a los funcionarios del partido y,
sobre todo, a los potenciales partidarios de Strasser. Las condiciones no
eran malas, pues Strasser —tal como se averiguó entretanto— había
abandonado Berlín con rumbo a Italia para pasar allí unas
vacaciones. Esto hizo que se desplomara la teoría de la
conspiración, difundida en el entorno de Hitler principalmente por
Goebbels. Así pues, la tarde del 10 de diciembre de 1932, a Hitler le
resultó fácil poner al partido de su lado sin atacar directamente a
Strasser, primero ante los jefes de distrito e inspectores, después en
la casa de Góring ante el grupo par- lamentario.
Si, por el contrario, Goebbels manifestó que Hitler había hablado
«demoledoramente contra Strasser y aún más contra Feder» y se
había apuntado un gran éxito, fue porque se produjo de manera
espontánea una declaración de lealtad de la que Goebbels concluyó
con demasia- da precipitación: «Strasser está solo. ¡Es hombre
muerto!».160 Tras seis años de lucha, Goebbels creía haber «aniquilado»
definitivamente a Gre- gor Strasser, pues ya el 8 de diciembre Hitler
había distribuido delante de él el aparato de poder del jefe de
organización del Reich. La cartera de Educación Popular se
desgajaría de la jefatura de organización del Reich —que ahora
Hitler quería asumir personalmente— y se trans- feriría a
Goebbels.161
Sin embargo, muy poco después Goebbels tuvo que comprobar
que las cosas no habían llegado ni mucho menos tan lejos como él
había sospechado. La costumbre de Hitler de tomar una última
decisión sólo cuando fuera inevitable y se impusiera por sí misma le
había permiti- do evitar una ruptura definitiva con Gregor Strasser. Así
pues, Hitler se distanció del artículo del Angriffy declaró en él el 12
de diciembre que los comentarios reproducidos tres días antes sobre la
suspensión de Gre- gor Strasser no eran aprobados por él, ya que
«cbntienen algunas obser- vaciones carentes de delicadeza». Como
consecuencia, Goebbels se apre- suró a asegurar en el Angriff su
subordinación a Hitler, subrayando como tan a menudo lo había
hecho que él no representaba ninguna direc- ción particular dentro
del partido. Para él había «una única dirección, y ésa es la que
determina el Führer».162
Aunque las opiniones dentro del partido, como Goebbels tenia
que reconocer, estaban «todavía divididas», Hitler logró superar la
aguda cri-
sis. Mucha importancia tuvo el hecho de que, por el momento, se
pudie- ran evitar nuevas elecciones parlamentarias, pues las
esperanzas conti- nuamente frustradas del año 1932 habían tenido
un precio por lo que respectaba al número de adeptos. A un ritmo
vertiginoso le dieron la espalda al partido, que al parecer estaba en
quiebra. Esta tendencia se vio favorecida por la situación política
general. Gracias a los esfuerzos del gobierno de Brüning, después de
las reparaciones también se anu- laron las restricciones militares
establecidas en el Tratado de Versalles. Asimismo, la crisis
económica, que había hecho irrupción en Alema- nia con la caída de
la bolsa de Nueva York y cuyas consecuencias socia- les habían
contribuido a preparar el camino al nacionalsocialismo, pare- cía haber
dejado atrás su peor momento, si bien la cifra de desempleados seguía
tocando la barrera de los seis millones. La sensación de haber
pasado ya el momento más crítico, aunque no se hubiera abierto
paso entre los sectores más amplios de la población, era perceptible
en los editoriales de los grandes periódicos con motivo del cambio
de año de 1932 a 1933. El Frankfurter Zeitung creía, poder constatar
que «el vio- lento ataque nacionalsocialista al Estado» se había
rechazado.163
A las malas perspectivas de futuro del partido, que Goebbels
con- cebía como las últimas pruebas antes de subir al poder, se sumó
a fina- les de año la enfermedad de su esposa. Después de que el 23
de diciem- bre de 1932 ambos volvieran a casa tras la celebración de
Navidad del distrito, la invadió un repentino malestar. El doctor al
que llamaron, el profesor Walter Stoeckel, la autoridad de esa época
en materia de gine- cología, ordenó su inmediato ingreso en la
fundación Ida Simón, el servicio privado de la clínica ginecológica
universitaria, donde Mag- da había dado a luz.164 La situación de
Magda era grave, tal como explicó el profesor Stoeckel a Goebbels el
día de Nochebuena.165 La enorme tensión de las últimas semanas y
meses había dejado huella en la mujer, que acababa de ser madre por
segunda vez. Volvieron a aparecer aquellos espasmos cardiacos a
causa de los cuales ya tuvo que someterse una vez a tratamiento
médico tras la muerte repentina del hijo de Quandt, Hellmuth,
algunos años antes, aún durante su matrimonio con éste.
Cuando parecía que le volvía a ir mejor, Goebbels, que había
pasa- do la Navidad con su hijastro Harald, viajó a Berchtesgaden
para pasar allí el fin de año en compañía de Hitler y de otros
nacionalsocialistas prominentes. Mientras que desde Berlín llegaban
noticias de que su mujer había vuelto a empeorar, allí se abrían para
Hitler y su partido en vías de descenso perspectivas que podrían
cambiar su destino aparentemen- te ineludible. El hecho era que Ley
había llegado al Obersalzberg en compañía de un «señor de
Colonia» que transmitió a Hitler la noticia de que Von Alvensleben y
Von Papen querían entrevistarse con él.
El día de Año Nuevo, María, la hermana pequeña de Goebbels,
que se encontraba en Berlín, tuvo que hacer volver urgentemente a
su her- mano, pues el estado de salud de Magda había empeorado
dramática- mente.166 Así se le escapó a Goebbels que ya el 4 de enero
—para enton- ces Magda había pasado lo peor— tuvo lugar el
encuentro acordado en el Obersalzberg en casa del barón Kurt von
Schróder, banquero de Colonia y presidente del Herrenklub
[Asociación de Caballeros] de la ciudad catedralicia. Sólo al día
siguiente se enteró de la «sensación», como calificó el acuerdo entre
Von Papen y Hitler. Éste le informó por extenso acerca de ello y
Goebbels anotó en su diario: «Papen riguro- samente en contra de
Schleicher. Lo quiere derribar y quitar de en medio. Todavía le
escucha el viejo. Incluso vive con él. Se ha prepara- do un acuerdo
con nosotros. O bien la cancillería o bien ministerios de poder.
Defensa e Interior. Eso ya suena bien. Schleicher no tiene ninguna
orden de disolución.Va de mal en peor».167
Si Schleicher, sobre el que Goebbels ya había profetizado en diciem-
bre que fracasaría a causa de sus propias artimañas, iba «de mal en
peor», era porque sus esfuerzos por encontrar una amplia base para
su gabi- nete habían sido infructuosos. Aunque seguía pugnando por
conseguir a Strasser y circulaban todo tipo de rumores al respecto, no
había logra- do poner de su parte a vastos sectores del NSDAP. La
dirección del SPD rechazaba «cualquier pacto», y también la lucha del
general por los sin- dicatos fracasó en esos días. Así, Schleicher perdió
todo su crédito entre los derechistas, desde cuyas filas ahora se
intrigaba con más intensidad contra su gabinete, aislado por los
partidos políticos.
Con un determinante despliegue de fuerzas, al NSDAP le
importa- ba ahora dar la impresión de que había superado el bajón y
de que aspi- raba de manera imparable al poder. En la capital del
Reich, además de innovaciones organizativas, Goebbels efectuó
cambios de personal. Así, tal como había proyectado ya en diciembre
del año anterior, sustituyó a Lippert, que a su juicio se había vuelto
demasiado cómodo, por Kamp- mann como redactor jefe. De este
modo, Goebbels había querido con- fiar la jefatura de redacción a un
activo propagandista berlinés, para que también el A ngriff asumiera
con más fuerza el liderazgo propagandísti- co en esta «lucha final»,
recordaba más tarde Kampmann.168
Además de los numerosos grandes mítines y desfiles planeados
para enero de 1933, la muerte del joven hitleriano berlinés Walter
Wagnitz y del miembro de las SA Erich Sagasser vinieron muy a
propósito, pues las dos «víctimas sangrientas» ofrecían además a
Goebbels la posibilidad de movilizar al partido berlinés y de hacer
constar su presencia en la opinión pública. Según esto, las
escenificaciones de Goebbels fueron espectaculares. «Como a un
príncipe» se debía enterrar a Wagnitz. El 6 de enero, en dimensiones
hasta ahora casi desconocidas, el cortejo fúne- bre, encabezado por él
y otros «grandes del partido», marchó «entre interminables
multitudes», para terminar con un «espectáculo» de entie- rro también
ante «inmensas multitudes».169 Cuando Sagasser, que en diciembre
había sido apuñalado por un comunista en Moabit, sucum- bió a sus
heridas el 8 de enero, no iba a correr distinta suerte.170
En esta situación, las elecciones fijadas para el 15 de enero en el
minúsculo Estado de Lippe tuvieron una trascendental importancia
psi- cológica. A Goebbels le costó mucho trabajo reunir los fondos
necesa- rios. Pero concentró todas las energías en este pequeño land,
con sólo
100.000 personas con derecho a voto, para dar lugar a un éxito de
pres- tigio que el NSDAP necesitaba urgentemente. El plan general
que ela- boró para esta campaña electoral —en el Angriff se vendió
como un
«asalto»—m preveía la gran entrada en acción de todos los oradores
prominentes del partido. Él mismo habló diariamente durante los
últi- mos días antes de las elecciones en las ciudades y pueblos de
Lippe. Durante la «batalla por la tierra de Arminio», como calificó la
campa-
ña electoral del lugar aludiendo a la importante victoria del
Querusco, Goebbels se reunió en algunas ocasiones con Hitler,
quien le informa- ba en cada caso sobre los últimos progresos.
Aunque Hindenburg se siguió resistiendo, después de que el 15
de enero casi el 40 por ciento de los electores de Lippe votaran a los
nacio- nalsocialistas, éstos dieron un paso decisivo para la
consecución de su objetivo. Si bien seguían siendo menos votos de
los que el NSDAP había obtenido allí en las elecciones
parlamentarias del 31 de julio de 1932, y con aproximadamente
40.000 votos sólo 6.000 más que los del 6 de noviembre de 1932, el
efecto psicológico fue enorme. Muy segu- ro de sí mismo escribió
Goebbels en su periódico de lucha bajo el títu- lo «¡Victoria de
Hitler! El dictamen popular de Lippe», que «el movi- miento
nacionalsocialista ha superado el estancamiento al que le habían
forzado temporalmente las maniobras sin escrúpulos de gobiernos
de apariencia nacional, y ahora vuelve a la ofensiva en toda la línea.
Aque- llo que amplios sectores del electorado no pudieron entender
en agos- to, septiembre, octubre y noviembre del año pasado, eso lo
empiezan a comprender ahora paulatinamente: que el 13 de agosto y
el 25 de noviembre Hitler hizo bien en rechazar la responsabilidad
si no se le concedía al mismo tiempo la correspondiente plenitud de
poderes».172
La satisfacción también parecía llegarle a Goebbels en el asunto
de Strasser, quien tras su regreso a la capital del Reich el 3 de enero
había provocado gran confusión: en los periódicos se leía incluso
que era inminente su nombramiento como vicecanciller. Lo cierto
era que Hitler había mantenido sin aclarar la relación con Strasser —
quien espe- raba una reconciliación con él— mientras se vio
obligado a tener en cuenta los ánimos dentro del partido. Cuando el
resultado de las elec- ciones confirmó la validez de la trayectoria de
Hitler, abandonó defi- nitivamente al viejo oponente de Goebbels
durante una conferencia de jefes de distrito celebrada en Weimar.
Bajo la presidencia de Hess, pri- mero se había debatido
acaloradamente; nadie quería ya tener nada que ver con las ideas
políticas de Strasser. Después pronunció Hitler un dis- curso de tres
horas, que Goebbels comentó diciendo que ahora sí esta- ba
«decidida» la caída de Strasser.173 Esta vez no se iba a equivocar. El
jovial bajobávaro, querido mucho más allá de las fronteras del
partido, al que a menudo había envidiado y al que había temido en la
lucha por el favor de Hitler y de los compañeros berlineses, al que
había apren- dido a odiar porque sentía que le descubría el juego,
este Gregor Stras- ser, uno de los últimos triunfos de Schleicher en el
partida por el poder, fue expulsado así de la escena política.
La convicción de Goebbels de que las cosas se cumplían si les
ponía voluntad se vio igualmente confirmada porque, además de sus
éxitos y los de su partido, Magda también estaba recuperando
fuerzas. Pese a la campaña electoral, Hitler había preguntado por su
salud casi diaria- mente. El 19 de enero ambos le hicieron una visita
en la clínica gine- cológica universitaria, aprovechando también para
dar una «clase polí- tica» a los profesores.174 El profesor Stoeckel
recuerda que la curva de temperatura de Magda «bajó muy
repentinamente» y que luego él excla- mó espontáneamente a Hitler,
que pasó a desempeñar el papel de sal- vador: «Señor Hitler, si su
presencia ante la cama de la enferma Alema- nia tiene el mismo efecto
que aquí, entonces Alemania sanará pronto».175
A esa ilusión sucumbieron también Von Papen, Hugenberg y Seld-
te, quienes discutían con Hitler y Góring la posibilidad de formar un
gobierno nacional con una importante participación de los nacional-
socialistas y de los nacionalistas alemanes, así como las personas
que compondrían ese gabinete. Como apoyo adicional estaba el
aparato pro- pagandístico de Goebbels, concentrado contra
Schleicher. Para dejar claro a todo el mundo que no se podría seguir
adelante sin el NSDAP, el 22 de enero —ese mismo día Hitler se
reunió con Von Papen, Meiss- ner y Oskar von Hindenburg para una
entrevista en la que «allanó el terreno»—176 puso en escena una gran
manifestación con la que quería al mismo tiempo provocar a los
comunistas para que cometieran actos de violencia. Una vez más
quedarían como una amenaza para la república.
En homenaje a Horst Wessel, ese día marcharon miles de
nacional- socialistas desde todos los puntos de la ciudad hasta la
Bülowplatz, muy cerca de la casa de Karl Liebknecht. Desde allí,
una enorme comitiva encabezada por Hitler, Goebbels, Rohm y otros
líderes del NSDAP se
dirigió al cementerio de St. Nikolai, donde tres años antes habían
ente- rrado al jefe de la sección de asalto. Después de los redobles de
tambo- res, de los himnos y de la canción «del buen camarada»,
durante la cual se bajaron las banderas, Hitler ensalzó la muerte de
Wessel como un sacrificio simbólico y descubrió una placa en su
honor. El día conclu- yó, como tantas otras veces, con un mitin en el
palacio de deportes, pero, para decepción de Goebbels, no se
produjeron incidentes signifi- cativos debido al enorme dispositivo
policial.177
El 25 de enero el KPD «respondió» con una manifestación por
las calles de Berlín. El Rote Fahne habló de un «imponente desfile
contra el fascismo». Según éste fueron 130.000 personas las que
vitorearon al comité central y al camarada Thálmann.178 E incluso
Friedrich Stamp- fer, el redactor jefe del socialdemócrata Vorwárts,
mostró simpatía a las masas, pues reconocía «el odio mil veces
justificado contra la clamoro- sa injusticia de nuestra situación
social», de la que hacía corresponsable a Schleicher.179 En el
aristocrático general canciller, el SPD veía un peli- gro mucho mayor
para la república que en el demagogo Hitler, del que se seguía
suponiendo que pronto se iría a pique.
Si el desfile del KPD había pretendido mostrar su resolución de
emprender una lucha armada, que en efecto muchas personas
sentían amenazadoramente cercana en vista de las revoluciones
políticas que se estaban abriendo paso, la tensión llegó a su punto
culminante cuando el 28 de enero Von Schleicher quiso disolver el
Parlamento, Hinden- burg no lo aceptó y el general presentó la
dimisión conjunta de su gabi- nete. Goebbels, que ya se había
enterado el día anterior por Alvensle- ben de la inminente renuncia
de Schleicher, se quedó sorprendido de la celeridad con que se
había producido el hecho. Regresó inmediata- mente de Rostock,
donde había hablado ante estudiantes, a Berlín, pero siguió siendo
escéptico con respecto a la «banda de impostores», como calificaba al
entorno del «alevoso» e «imprevisible» Hindenburg, y tenía razones
para no hacerse ilusiones.180
Lo cierto era que, para entonces, la resistencia de Hindenburg
con- tra la cancillería de Hitler ya se había quebrado. Por qué razón el
ancia- no mariscal de campo —aún el 26 de enero había afirmado en
un reci-
bimiento del jefe del Alto Mando militar, el general barón Von
Ham- merstein-Equord: «No me creerán capaces, señorías, de
nombrar a ese cabo austriaco canciller del Reich»—181 cedió
finalmente a los ruegos de sus apuntadores conservadores, no se ha
explicado nunca claramen- te. ¿Era ésta la disposición del presidente
del Reich, de ochenta y seis años de edad, del que se decía que a
veces ya no podía seguir las cosas, o había otras razones para su
cambio de opinión?
En ese momento, el crédito y la posición del presidente del Reich
se veían seriamente amenazados: por una parte, un pariente estaba
implicado en el «escándalo de la ayuda oriental», muy discutido en
la comisión presupuestaria y en la opinión pública; por otra parte, se
hablaba de un turbio asunto fiscal de Hindenburg, porque aún en
vida había transferido su finca de Neudeck, adquirida con dinero
donado, a su hijo Oskar, lo que era legal en sentido jurídico, pero no
parecía compatible con la imagen de su inviolable honradez. El
presidente del Reich temía que de todo ello surgieran comisiones de
investigación, que habrían podido desembocar en un proceso de
destitución plebis- citario incoado con una mayoría de dos tercios o
en una demanda ante el tribunal del Estado basada en el cargo de
haber vulnerado la Cons- titución.182
Si los nacionalsocialistas ejercieron presión sobre Hindenburg,
no debió de ser cosa de Goebbels —aunque decía tener en sus
manos
«material aplastante contra Hindenburg»—183 sino de aquellos que
ha- bían negociado con la camarilla conservadora. Éstos eran el
presidente del Parlamento, Góring, al que miraba con escepticismo
como com- petidor y burgués, y sobre todo el propio Hitler, quien el
18 de enero se había reunido en un segundo encuentro infructuoso
con Von Papen en la casa del hombre de negocios Joachim von
Ribbentrop, situada en el barrio Dahlem de Berlín. A este encuentro le
siguió el del 22 de ene- ro. En él Hitler habló también a solas con el
hijo del presidente del Reich, que como consecuencia reconsideró su
actitud negativa con res- pecto al apremiante aspirante al poder. Nunca
quedó claro si Hitler sólo se sirvió de su sugestiva elocuencia o si
ejerció también otro tipo de Presión.
En el bando conservador, además de su hijo Oskar y de Franz
von Papen, también contribuyó a materializar la decisión del
presidente del Reich el hombre que ya en 1930, junto con el
abogado de Goebbels, Von der Goltz, había hecho posible el
misterioso cambio del presidente del Reich en la causa penal contra
el jefe de propaganda: el secretario de Estado Meissner.Tras la
subida al poder, la «eminencia gris», que entraría en el NSDAP en
1934 y seguiría el camino de Hitler durante largos años en posición
destacada, reivindicaría para sí el haber inter- venido de manera
decisiva en su ascenso al poder.185
Goebbels, informado sobre el último estado de cosas por Hitler,
quien en aquellos días solía estar en la Reichskanzlerplatz, volvió a
de- sempeñar más bien el papel de mero espectador también en esta
fase de la subida al poder, cuando circulaba el rumor de que
Schleicher y el jefe del Alto Mando militar, el barón Von
Hammerstein-Equord, pla- neaban un golpe de Estado. La tarde del
29 de enero de 1933 se pre- sentó en la casa goebbeliana Von
Alvensleben e informó sobre los pla- nes del golpe. Puesto que
Hindenburg iba a instaurar un gabinete minoritario de Papen, pero
la Reichswehr no estaba dispuesta a con- sentirlo, se iba a llevar a
Hindenburg a Neudeck y a detener a su hijo Oskar. El jefe de
propaganda del Reich «puso al corriente» de inme- diato a Hitler y a
Góring, que esperaban en la sala contigua. 186 Para Hitler se
planteaba ahora la pregunta —siempre que la información fuera
cierta— de qué perseguía Schleicher con un golpe de Estado. Por una
parte, la Reichswehr estaba a favor de una integración del NSDAP,
porque temía una guerra civil en caso de un gobierno de Papen-
Hugen- berg;por otra parte, Schleicher era contrario a la cancillería de
Hitler.187
Mientras que Goebbels vio confirmados sus resentimientos
contra toda la «chusma reaccionaria», Hitler vislumbró la oportunidad
de ejer- cer presión a sus compañeros aristocráticos. «Muy furioso»,
con un audaz gesto demagógico, Hitler no sólo dio al instante la voz
de alarma a las SA berlinesas, sino que, anticipándose patéticamente al
esperado poder, dispuso que se prepararan para ocupar la
Wilhelmstrasse seis batallones de policía que ni siquiera existían. Al
mismo tiempo, por orden suya, Góring informó a Meissner y a Von
Papen. Estos aprovecharon ense-
guida el fantasma de un inminente golpe militar para acelerar las
cosas. De hecho, Von Papen se veía a punto de culminar una obra
maestra política: haberse vengado de Schleicher y llevar a Hitler a la
responsa- bilidad gubernamental sin entregarle el Estado, pues el
Führer no se convertiría en canciller de un gabinete presidencial,
sino que debía gobernar con una mayoría parlamentaria. El «jinete»
creía poder inte- grar y domar a Hitler en colaboración con
Hindenburg. A quienes lo amonestaban les objetaba con arrogancia:
«Se equivocan, nos lo hemos ganado».18
Goebbels esperaba con numerosos compañeros del partido en el
hotel Kaiserhof cuando, el 30 de enero de 1933, poco antes de la
diez de la mañana, Von Papen acompañó a los miembros del
proyectado gobierno a través de los jardines nevados de los
ministerios hasta la pre- sencia del presidente del Reich. Allí estaban,
además de Hitler, el futu- ro canciller del Reich, también Góring,
que recibiría un Ministerio del Aire de nueva creación (en principio
todavía sin cartera), así como el cargo de consejero de Interior
prusiano, y Frick, a quien estaba asigna- do el Ministerio de Interior
del Reich. Una cartera para Goebbels sólo habría supuesto un
obstáculo en las negociaciones con los conserva- dores. Hitler
nunca le había dicho esto abiertamente a su jefe de pro- paganda del
Reich, sino que el día anterior le había declarado «solem- nemente»
que tenía asegurado su ministerio. Hasta las inmediatas nuevas
elecciones, que se impusieron contra la resistencia de Hugenberg en
la antesala de Hindenburg, por así decir en el último minuto, le
reserva- ría su puesto un «testaferro».189
Goebbels había manifestado que eso le bastaba por el momento.
Quería dedicarse por entero a la decisiva campaña electoral, 190 que ahora
se realizaría con la ventaja electoral del canciller y con el aparato
estatal. Sin embargo, el hecho de quedar postergado le decepcionó.
Sólo después de que su Führer, con un marcado sentido del
patetismo, se bajara del coche delante del hotel Kaiserhof, de que
entrara en él a tra- vés de un pasillo de gente y detrás de Góring,
que marchaba delante pregonando la noticia, sólo después de que
Hitler caminara en silencio entre sus partidarios y de que se le
llenaran los ojos de lágrimas, su
decepción dio paso a la alegría de que el hombre en quien había
empe- zado a creer años antes, al que finalmente idolatró, se hubiera
conver- tido en canciller.
Como en un sueño —así le pareció después— volaron las horas
de ese día de la «gran decisión», del «cambio histórico», en
definitiva, del
«gran milagro».Viajó a la oficina del distrito y anunció allí la
«novedad de las cosas», coordinó, organizó, se reunió entre medias
con un «gran- dísimo» Hitler y luego visitó con el jefe de la prensa
extranjera, Hanfs- taengl, a su entusiasmada mujer Magda, cuya
próxima salida del hospi- tal ofrecía otro motivo de alegría. Al
atardecer, Goebbels permaneció en el hotel Kaiserhof esperando
con algunos otros el gran desfile de antorchas con el que debía
terminar el día. Poco después, casi intermi- nables columnas
marchaban a través de la Puerta de Brandeburgo y delante de la
cancillería, bajo la luz flameante, entre los acordes de la canción de
Horst Wessel continuamente entonada, muchos con la creen- cia de
estar en camino hacia un mundo mejor. En una ventana de la
cancillería estaba el anciano mariscal con la vista clavada en las
forma- ciones que pasaban delante de él. Un par de ventanas más
allá, aquél a quien parecía pertenecer el futuro; detrás de él, en
penumbra —ade- más de Góring y Hess—, aparecía de vez en
cuando Goebbels, que había venido momentáneamente a la
cancillería como principal orga- nizador del espectáculo destinado a
engrandecer el acontecimiento.
Goebbels quiso ver en él la marcha triunfal de su fanática fe, la
vic- toria de su voluntad, pues, desde su perspectiva, la fe en «el
milagro de lo imposible» —con estas palabras había parafraseado en
1926 la esencia del nacionalsocialismo— se había hecho realidad
justo en el décimo aniversario de la muerte de su amigo Flisges. ¿Qué
razón habría podido predecir semejante futuro al pobre lisiado de la
Dahlener Strasse de Rlieydt, que gritaba pidiendo su salvación, o al
fracasado cabo de la gue- rra mundial con su grotesca conducta
proselitista? «¿No es como un milagro —preguntaría después
Goebbels— que un simple cabo de la guerra mundial haya relevado a
las casas de los Hohenzollern y de los Habsburgo?».191 Lo que a él le
podía parecer un «gran milagro» más bien el efecto de fuerzas históricas y
políticas, así como la particu-
lar constelación de protagonistas que había nacido de ellas y que llevó
—en modo alguno de manera espontánea— a este 30 de enero de
1933. Como si ahora la discordia y la lucha de los años pasados
hubieran terminado, como si ya sólo hubiera un único pueblo —
exactamente como él se lo había imaginado en sus visiones de una
comunidad popu- lar—, así hizo Goebbels celebrar el
acontecimiento, que fue transmiti- do a las regiones alemanas por
todas las emisoras del Reich, con la úni- ca negativa de las
estaciones de Stuttgart y Munich. En una emisión que obligó a
hacer siguiendo las instrucciones del nuevo ministro de Interior del
Reich, Frick, y pese a la protesta de los responsables, pro- siguió su
artificio propagandístico después del discurso de Góring, dejan- do
intervenir a los compañeros del partido como «ciudadanos» de todos
los sectores de la población. Ninguno de ellos era realmente el que
pre- tendía ser: ni siquiera Albert Tonak, el antiguo combatiente del
Frente Rojo, que tras la batalla en los salones Pharus de Wedding se
había pasa- do a las SA y poco después conducía el coche del jefe de
distrito. Las últimas palabras de la transmisión le salieron a Goebbels
del alma: «Es conmovedor para mí ver cómo en esta ciudad en la
que comenzamos hace seis años con un puñado de personas, cómo en
esta ciudad se levan- ta realmente todo el pueblo, cómo abajo pasan
desfilando las personas, trabajadores y burgueses, campesinos,
estudiantes y soldados, una gran comunidad del pueblo en la que ya
no se pregunta si uno es burgués o proletario, católico o protestante,
sino que sólo se pregunta: ¿Qué eres, adonde perteneces y en qué te
declaras partidario de tu país? Eso es para nosotros, los
nacionalsocialistas, la mayor satisfacción de este día. En nuestra
opinión la lucha no se acaba aquí, sino que mañana tem- prano
comenzaremos a trabajar y a la luchar de nuevo.Tenemos el ple- no
convencimiento de que llegará un día en que no sólo se levantará el
movimiento nacionalsocialista, sino todo un pueblo, en que todo un
pueblo recordará sus valores primitivos y emprenderá la marcha
hacia un nuevo futuro. Por el trabajo y por el pan, por la libertad y
el honor tenemos que luchar, y esta lucha la llevaremos hasta el final,
y creemos que será bendición y prosperidad para la nación alemana
(...). Se pue- de decir con sobrada razón: Alemania se está
despertando».193
Lo cierto era que esta Alemania estaba dividida en dos bandos, como
demostraron los acontecimientos que tuvieron lugar en esa «noche
del gran milagro». El jefe de la temida «sección sanguinaria 33»,
Maikows- ki, que «esa misma tarde había pasado desfilando delante
del Führer con la cabeza alta», y un agente de policía fueron muertos
a tiros.194 Con la exaltación del triunfo, Maikowski entró con sus
hombres en la calle Wallstrasse de Charlottenburg, un baluarte del
KPD. Allí se encontra- ron con miembros de la Liga Roja de
Combatientes que se habían reu- nido rápidamente y con el
escuadrón de protección que llevaba el nom- bre del revolucionario
de izquierdas sajón-tur ingense Max Holz. En la confusión de la
pelea, que se entabló pronto, se lanzaron los letales tiros de revólver.
Quién los disparó, nunca pudo ser aclarado.195
Puesto que tenían el poder en las manos, Goebbels vio en la
muerte del jefe de sección y del agente de policía la ocasión
adecuada para justificar propagandísticamente y llevar a efecto la ya
de todos modos inminente «erradicación» de la «peste» comunista. Con
sus radicales pre- tensiones, con las que quería hacer cesar el miedo
de las SA al «caci- quismo» del partido y contentar a las secciones
de asalto, que exigían un cambio revolucionario, despertó rechazo
en un principio. Hitler, con quien se reunió en la mañana del 31 de
enero en el hotel Kaiser- hof, quería conservar la apariencia de
legalidad. Por el momento había que prescindir de «contramedidas
directas». «La tentativa revoluciona- ria bolchevique tiene primero
que recrudecerse», explicó Hitler al decepcionado Goebbels.196
En realidad, en el KPD no sólo se propagaron la huelga y
finalmente la huelga general, sino que circulaban también noticias
según las cua- les era inminente el levantamiento armado como
respuesta a la canci- llería de Hitler. Ni la mayoría de los comunistas
alemanes ni los parti- darios y la dirección del NSDAP contaban
con que la dirección del KPD siguiera finalmente las órdenes del
Komintern, que saboteó por todos los medios los esfuerzos dentro
del partido por una gran «alian- za antifascista» con el SPD y que,
por tanto, dejaría seguir su curso al proceso de unificación pardo, del
que no se esperaba sin embargo tanta contundencia y celeridad.197
Los sangrientos enfrentamientos que se repetían entre las SA y la
Liga Roja de Combatientes en el Frente, que se interpretaban como
indicios seguros de una revuelta comunista, hicieron que a Hitler le
pareciera indicado reprimir paso a paso y de manera «legal» esta
supues- ta amenaza. Tras entrevistarse con Góring, éste, en calidad
de interino como consejero de Interior prusiano, ordenó el 2 de
febrero prohibir todas las manifestaciones del KPD y de sus
organizaciones paralelas en toda Prusia; al mismo tiempo se
practicaron registros en las oficinas cen- trales del KPD. En la
berlinesa casa de Karl Liebknecht se confiscaron
«impresos ilegales», tal como informó el Vossische Zeitung.198
Entretanto, Goebbels se dedicaba por completo a las próximas
elec- ciones, de las que Hitler pensaba que serían las últimas de una
manera u otra.199 De las medidas de su adversario Góring contra el
KPD apenas se preocupó. De otro modo actuó cuando el 4 de
febrero Hitler hizo que se publicara un decreto ley «para la
protección del pueblo alemán», que autorizaba al gobierno a prohibir
huelgas en empresas importantes, así como asambleas y
manifestaciones cuando «se tema un peligro directo para el orden
público». Poco después, Goebbels explicó maliciosamente a la
«prensa judía» que los decretos ley eran el «manual de comportamiento
de la política».200 Con ellos se tenía una base jurídica para eliminar los
periódicos de la oposición de izquierdas por medio de prohibiciones
y, por tanto, hacer más eficiente la propia propaganda del
«renacimiento nacional» del pueblo alemán.
Aunque Goebbels continuaba hablando sin trabas a favor de la
pró- xima «erradicación» del «marxismo», el objetivo marcado por
Hitler seguía consistiendo en simular la «legalidad» de su actuación.
Así pues, los oradores del NSDAP tenían que llamar la atención
sobre el hecho de que el nuevo gobierno debía su nombramiento a
la confianza de Hindenburg. Es más, si los oradores electorales que
hacía poco le ha- bían atacado refiriéndose a él como un «debilucho
senil e inepto», como el hombre que había perdido la guerra, ahora
ensalzaban a Hindenburg como una «destacada figura heroica»,
como el «venerable e infatigable fideicomisario del pueblo alemán»
y el «mariscal del invicto ejército alemán», era porque su nombre
debía avalar (realmente siendo utiliza-
do) la política nacionalsocialista «comprometida con el bien de la
patria».201
A los alemanes se les machacaba ahora con que sólo el movimiento
nacionalsocialista y su Führer podían aún salvar a la nación del «ene-
migo público judeo-marxista», que había hecho que se tambalearan
seriamente sus bases y la había expuesto a la ruina. Las exequias por los
fallecidos en la noche del 31 de enero ofrecían una buena oportunidad
para ello, pues Goebbels era el más entendido en memorables esce-
narios fúnebres. Como si de un símbolo se tratara, hizo que en la cate -
dral de Berlín se colocaran uno al lado del otro los ataúdes del jefe de
sección y del agente de policía, flanqueados por las guardias de honor
de sus camaradas; delante, reunidos en la misma armonía, los notables
pardos y no pardos, entre los que se encontraban también el canciller
del Reich y su jefe de propaganda.202
A instancias de Goebbels, la emisora berlinesa Funkstunde envió a
uno de sus reporteros más populares, Fritz Otto Busch, para que infor -
mara a los radioyentes de todo el Reich sobre la marcha del cortejo
fúnebre al «son admonitorio» de las campanas de la catedral. Apenas
cabía imaginar un adoctrinamiento más sutil y efectista: Busch habla-
ba con sumo patetismo del gran rey Federico, «al que en este instante
veía descender en persona de su caballo del monumento situado en
Unter den Linden y acercarse al ataúd de Maikowski para agradecer al
difunto su cumplimiento del deber». Después, desde el cementerio de
los Inválidos, las ondas del éter transmitieron a todo el país el sermón
del sacerdote y las «apasionadas palabras de nuestro jefe de distrito», ya
tan a menudo pronunciadas, sobre el «sacrificio, la muerte y la salva-
ción».203
Después de todo, en esta campaña electoral Goebbels utilizó la radio
por primera vez de manera masiva, aunque, dado el reparto de funcio-
nes dirigentes determinado por la política de partidos, el NSDAP tenía
que mostrarse por el momento comprometido con la coalición guber-
namental. Por eso, en un principio los nacionalsocialistas permanecie-
ron en segundo término, pese a ser generalmente los «directores de la
emisión», es decir, los directores del programa, en las posiciones políti-
cas recién creadas. Aunque a principios de febrero Goebbels había anun-
ciado en el hotel Kaiserhof con enérgicas palabras la rápida eliminación
de los «viejos caciques del sistema» en la radio, «y hasta el 5 de marzo
en una medida que no pueda hacer peligrar el remate de nuestra cam-
paña electoral»,204 en el fondo tenía claro que la verdadera «reforma de
la radio» sólo podría tener lugar «después del 5 de marzo».205
Sin embargo, en estas semanas de campaña electoral apenas pasó un
día sin que todas las emisoras difundieran al menos un discurso electo-
ral, que la mayoría de las veces ocupaba todo el programa de la tarde.
Eugen Hadamovsky, que había sido nombrado por Goebbels en 1931
primer observador radiofónico del NSDAP para el distrito, que luego
lideró la Federación del Reich de radioyentes alemanes y que en 1932
entró en la jefatura de propaganda del Reich, organizaba las retrans-
misiones de los mítines de Hitler, sobre los que constató: «Empezamos
en la radio con una fantástica oleada de influencia política, agitación y
propaganda en todas sus formas. Desde el 10 de febrero hasta el 4 de
marzo, casi todas las tardes se emitieron discursos del canciller del Reich
a través de algunas o todas las emisoras alemanas (...). Era necesario
semejante fuego nutrido en masa para hacer que todo el pueblo agu-
zara los oídos y dirigiera su atención al nuevo gobierno de Hitler». 206
Así, Hitler sólo pronunciaba sus discursos electorales en las ciudades
que tenían una emisora de radio.207 Las retransmisiones debían reali-
zarse «en medio del pueblo», para proporcionar a los oyentes una ima-
gen plástica de lo que ocurría en las asambleas nacionalsocialistas, una
imagen de esa pseudo-religiosidad enfática, adornada de patetismo, pero
que sin embargo, o precisamente por eso, tocaba los sentimientos de las
masas, una religiosidad que culminaba en el «amén» con que Hitler ter-
minaba sus discursos.
Goebbels siempre introducía con un reportaje los discursos de Hitler,
que se retransmitían por la radio y se recibían en todo el Reich. El
Frankfurter Zeitung comentó la intervención del jefe de propaganda del
Reich en el palacio de deportes berlinés, la «gran tribuna del nacio-
nalsocialismo»:208 se presentaba primero «como el superlativo nato: fas-
cinante, único; una expectación febril, una expectación que crece febril-
mente; las multitudes se apelotonan, todo es una masa humana en la
que ya no se reconoce a los individuos».209 Sólo después hablaba Hitler e
intensificaba lo que ya no parecía poder intensificarse, hasta que las
masas entraban en un «delirio sin sentido»,210 como observaba Goeb-
bels con satisfacción.
Esas intervenciones radiofónicas alimentaban los rumores de que
Goebbels, que hasta ahora se había quedado con las manos vacías en el
reparto de poderes, iba a recibir el cargo de comisario político de la
radio a nivel del Reich.211 Esto agravó el sentimiento que ya le carco-
mía de verse postergado y aumentó su notoria desconfianza. La «reac-
ción» dictaba que se le «aplastara» contra la pared y se pretendía arrin-
conarlo —se lamentaba— y Hitler apenas le ayudaba. 212 Su ambiciosa
mujer, que estaba «muy triste» y lloraba de impaciencia porque él no
prosperaba, reforzaba sus recelos. 213 Cuando Rust se convirtió en con-
sejero de Cultura de Prusia y Walther Funk, el antiguo redactor jefe del
periódico financiero líder en Berlín, el Bertiner Borsenzeitung [Periódico
Bursátil Berlinés], en secretario de Estado para prensa y propaganda,
Goebbels fue presa de una paralizante depresión. 214 Pasó «horas amar-
gas», se sentía «abandonado por todos» y «casi cansado de vivir».215
Preocupaciones adicionales le daba la mala situación financiera del
partido, que cuestionaba el despliegue sin trabas de la propaganda. «Ni
Cristo» se preocupaba por la cuestión económica. En Munich eran
demasiado optimistas por lo que respectaba a las elecciones, se lamen-
taba Goebbels, entre otras cosas porque ahora no se le concedía la aten-
ción que él consideraba oportuna. Cuando el 13 de febrero Hanke le
comunicó que no cabía contar con ningún fondo para la campaña elec-
toral, anotó furioso en su diario que en ese caso el «gordo Góring debe-
ría renunciar por una vez a algo de caviar».216
Góring, tachado de «reaccionario» por el cada vez más descontento
Goebbels, entre otras cosas debido al dispendioso estilo de vida de aquél,
había monopolizado ya la iniciativa en Prusia. Después de disolver el
Parlamento regional prusiano el 4 de febrero, introdujo solapadamen-
te un sinnúmero de los denominados «comisarios honoríficos» en la
consejería de Interior prusiana, que se instalaron allí y decretaron des-
pidos y modificaciones en un importante cambio de personal.
Goring dedicó especial atención a las jefaturas de policía, que en
poco tiempo cubrió en gran parte con jefes de las SA. Para aliviar la
carga de los poli- cías numerarios, el 22 de febrero ordenó la
formación de un cuerpo auxiliar de policía de unos 50.000 hombres,
sobre todo de las SA y de las SS, haciendo que se derrumbara
abiertamente la ficción de la neu- tralidad policial al favorecer el
predominio de los vinculados al parti- do. «Mis medidas», así decía
la argumentación de Goring, quien creó la comisaría regional de
policía secreta prusiana, de la cual nació la ofici- na central de
seguridad del Reich, «no sufrirán menoscabo por medio de ninguna
objeción jurídica».217
El 24 de febrero, el día después de que el KPD celebrara un gran
mitin en el palacio de deportes berlinés, Goring hizo ocupar la casa
de Karl Liebknecht y cerrarla «hasta nuevo aviso». Esto último fue
justifi- cado por la oficina de prensa oficial después de la acción
alegando que se había confiscado una serie de octavillas del KPD
«que exhortaban a actividades de alta traición o actos de
violencia».218 El 25 de febrero, cuando el jefe de la policía política
nombrado por Goring, Rudolf Diels, emprendió el trabajo en la casa
de Karl Liebknecht «con toda su ener- gía», la oficina presentó el
sorprendente comunicado de que en habi- taciones subterráneas se
habían encontrado «muchos cientos de quin- tales de material de
alta traición». En los impresos se llamaba a la
«subversión armada, a la revolución sangrienta». «Escritos sobre la
revo- lución rusa sirven de aleccionamiento e instrucción para los
jefes de los escuadrones comunistas. Se indica cómo nada más
empezar la revolu- ción se debe detener y fusilar a ciudadanos que
gozan de crédito en todas partes (...). Ninguna habitación ni ningún
impreso quedará sin un minucioso examen», se decía en la
declaración, que se cerraba con la advertencia de que se necesitaría
un trabajo de semanas, advertencia que bloqueaba cualquier
demanda de información.219
Mientras que en la edición nocturna del 24 de febrero el
Vossische Zeitung informaba en primera plana sobre la ocupación y
el cierre de la central del partido, así como por extenso en la edición
matutina del 26 de febrero sobre los «hallazgos» en las «bóvedas
secretas», el perió-
dico de lucha de Goebbels se limitó a una información
inusitadamente breve. Sobre el golpe de Góring se podían leer sólo
nueve líneas en el Angriff del 24 de febrero, en la edición del día
siguiente una sola frase y en el número del 27 de febrero un
comunicado. No se mencionaban siquiera los impresos que
llamaban a la subversión armada o a la revolución. Sólo se
notificaba que se había incautado «material de alta traición».
Sin duda para mostrar que no necesitaba a Góring, en Berlín
Goeb- bels se concentró de lleno en su gran campaña
propagandística para el
«día de la nación que resucita», el 4 de marzo. Para entonces ya
habían remitido sus depresiones. Durante un viaje en el marco de la
campaña electoral, Hitler le había comunicado en Essen que ahora el
vicecanci- ller Von Papen estaba de acuerdo con crear un nuevo
ministerio para él. Por fin volvió a estar totalmente animado cuando
una donación millonada para la campaña electoral por parte de
líderes industriales220 cambió de repente las condiciones para la
propaganda. Ahora creía poder demostrar a sus adversarios «qué se
puede hacer con el aparato estatal cuando se sabe utilizarlo».221
La tarde del 27 de febrero de 1933 fijó detalladamente con
algunos colaboradores y jefes de las SA la campaña propagandística
para el «día de la nación que resucita» y dio las instrucciones
necesarias a la propia prensa. En todas las partes del Reich debía
haber desfiles de las SA. Al atardecer estaban reunidos en la casa
goebbeliana de la Reichskanzler- platz Hitler y algunos otros líderes
del partido, cuando el jefe de pren- sa extranjera del NSDAP,
Hanfstaengl, igualmente invitado pero que se había quedado en casa
por un resfriado, llamó por teléfono y pidió «sin aliento» hablar con
el Führer. Cuando Goebbels preguntó qué pasaba y se ofreció para
comunicárselo a Hitler, Hanfstaengl perdió la pacien- cia: «Dígale que
el Reichstag se está quemando». «Hanfstaengl, ¿estás de broma?»,
respondió Goebbels brevemente. «Si me cree capaz de algo así,
venga aquí y véalo con sus propios ojos», contestó Hanfstaengl y
colgó. El jefe de la prensa extranjera recordó haber informado
después a dos periodistas. «Apenas había colgado el teléfono
cuando volvió a sonar. Era Goebbels otra vez: "He hablado con el
Führer; quiere saber
qué es realmente lo que pasa. ¡Basta de bromas!'.Yo me enfadé:"Hagan
el favor de venir ustedes mismos y cerciórense de si digo disparates o
no.Todo el edificio está en llamas"».222
En un principio, Hanfstaengl estaba convencido de que Goebbels se
había quedado sorprendido por la noticia, como escribió después de la
Segunda Guerra Mundial: «El pequeño doctor era, como es sabido, un
perfecto embustero, pero si alguna vez una voz denotó de verdad enfa-
do y recelo, ése era su caso aquella tarde». 223 Hay muchas pruebas a favor
de esta primera impresión (que pronto Hanfstaengl revisó bajo el efec-
to que le produjo la lectura de los periódicos extranjeros), pues Goeb-
bels creía no necesitar ese señuelo para movilizar a «los últimos» para
la causa del nacionalsocialismo, desde que contaba con suficientes recur-
sos económicos. Con esos fondos y con la ayuda del aparato estatal aho-
ra disponible, estaba convencido de llevar a la victoria al NSDAP en las
elecciones parlamentarias del 5 de marzo y de este modo mejorar su
autoestima, dañada desde hacía semanas.
Este éxito que esperaba con seguridad debía ser exclusivamente suyo.
Un incendio provocado por él no encajaba en sus cálculos, pues para
su realización habría sido precisa una estrecha colaboración con Goring,
que para entonces ya dominaba en Prusia y al que miraba con malos
ojos.224 Si, con todo, Goebbels hubiera organizado esa acción con él,
no habría tratado tan marginalmente en su periódico de lucha los regis-
tros de las centrales del partido comunista promovidos por Goring, con
fabulosos «resultados» para la propaganda. Precisamente en esos «resul-
tados» se apoyaría Góring después del 27 de febrero cuando culpó a los
comunistas de haber incendiado el Reichstag.225
La autoría del incendio del Reichstag —en el caso de que hubiera
que atribuírsela a los nacionalsocialistas—226 respondía indudablemente
más de cerca al carácter del «hombre de acción» Góring, del que
Hitler había dicho en una ocasión que era «un hombre de hierro, sin
escrúpulos». Si primero los comunistas y enseguida también otros adver-
sarios del nacionalsocialismo vieron en Goebbels al iniciador, fue sobre
todo porque el infierno nocturno de aquel 27 de febrero parecía enca-
jar perfectamente en el cliché del «diablo cojo», la encarnación del mal
por antonomasia. Más probable es que, de manera análoga a los
acon- tecimientos que precedieron al 30 de enero, las cosas pasaran a
toda pri- sa por delante de Goebbels y que él sólo se enterara de
ellas a poste-
* 227
non.
Eso mismo induce a suponer el comportamiento posterior de
Goeb- bels, después de que recibiera la llamada de Hanfstaengl y se
asegurara volviéndolo a llamar. En compañía de Hitler bajó a cien
kilómetros por hora la avenida Charlottenburger Chaussee. Poco
antes de las diez y media llegaron ambos al Reichstag, desde cuya
«destacada cúpula» su- bían al frío cielo nocturno llamas y un negro
humo. Los cordones poli- ciales detuvieron el coche. Cuando los
agentes reconocieron a Hitler, se abrió el cordón. A través de la
puerta 2, a través de filas de oficiales de policía y de bomberos, a
través de mangueras de agua entraron en el edificio.228 Al igual que
poco después el vicecancillerVon Papen, que también acudió
corriendo, encontraron en el interior a un solícito Góring, por quien
pronto supieron que había sido detenido un incen- diario comunista
en el salón del pleno del Parlamento.
Era un hombre robusto, desconcertado, con deficiencia visual, de
mirada ausente, al que se identificó como Marinus van der Lubbe,
ofi- cial de albañil de la ciudad holandesa de Leiden y vagabundo
con ante- cedentes penales. Durante días había estado errando por los
alrededores de Berlín.Tenía un pasado comunista, como pronto se
demostró. Al ser detenido, el hombre, medio desnudo y empapado
en sudor, que había pasado la noche anterior en una celda de la
policía local de Hennigs- dorf,229 no hizo ningún esfuerzo por negar
que había encendido el fuego. Poco después declaró haber tomado
espontáneamente la decisión y haberla llevado a cabo solo. Había
comprado cuatro cajitas de encende- dores de carbón, había entrado
en el edificio y había prendido fuego en varios lugares, para lo que
se había valido de la camisa como material incendiario. A la pregunta
de por qué lo había hecho respondió el holan- dés, que tenía
claramente una deficiencia mental, que «quería llamar la atención
sobre el hecho de que el trabajador quiere tener el poder».230
En el primer comunicado del servicio de prensa oficial prusiano,
corregido después por Góring, se dio la imagen de una conspiración
comunista a gran escala, haciendo caso omiso de las declaraciones
que prestó Van der Lubbe en una comisaría de policía de la Puerta de
Bran- deburgo en presencia del jefe de la policía política, Diels. En
el comu- nicado se decía que el incendio era hasta ahora «el acto
terrorista más atroz del bolchevismo en Alemania».231 Un agente de
policía había observado en el edificio a oscuras a personas con
antorchas encendi- das. Disparó acto seguido. Se logró coger a uno
de los autores. Luego se seguía diciendo que, entre los «cientos de
quintales de material des- tructivo» que la policía había encontrado
en el registro de la casa de Karl Liebknecht, se hallaban las
instrucciones para este atentado terro- rista. «Según esto se van a
incendiar edificios gubernamentales, museos, castillos y empresas de
vital importancia». Con la incautación del mate- rial se habían puesto
trabas a la ejecución sistemática de la revolución bolchevique. «Sin
embargo, el incendio del Reichstag debía ser la señal para la revuelta
sangrienta y la guerra civil».
Con la certeza de haber encontrado finalmente la legitimación
para el golpe decisivo contra el «marxismo», Goring, tras
convenirlo con Hitler —se dice que en la conmoción éste gritó que
se abatiera todo lo que se les pusiera en el camino—232 puso en
estado de máxima alerta a toda la policía. Durante la noche fueron
detenidos unos 4.000 fun- cionarios, sobre todo del KPD, así como
numerosos intelectuales de izquierdas, entre ellos Cari von Ossietzky
y Egon Erwin Kisch. Se ocu- paron varias sedes del partido y
editoriales socialdemócratas; periódi- cos que todavía no estaban
prohibidos se excluyeron ahora.
Goebbels, al que junto con Hitler,Von Papen y el comandante de
la ciudad de Berlín, Schaumburg, guió por el edificio en llamas del
Par- lamento el jefe de policía de Góring, el contralmirante Magnus
von Levetzow,233 a continuación —evidentemente expuesto a la fuerza
de la improvisación— se apresuró a ir al distrito «para informar allí
y pre- pararlo todo para cualquier eventualidad». Con Hitler,
después de que éste puso al corriente al consejo ministerial
urgentemente convocado, se reunió en el hotel Kaiserhof, desde
donde se dirigieron a la desier- ta redacción del Volkischer
Beobachter para escribir conjuntamente edi- toriales y proclamas.234
El objetivo, marcado por los acontecimientos, de ese trabajo
propa- gandístico nocturno era —después de que en una primera
declaración oficial se interpretara el incendio como el preludio de
una rebelión comunista— no sólo justificar ante la opinión pública las
represalias ini- ciadas por Góring y preparar próximas gestiones, sino
presentar de nue- vo al movimiento nacionalsocialista, con Hitler a la
cabeza, como la única fuerza capaz de salvar a Alemania de una
revolución comunista. Esta intención encontró su máxima expresión
en el editorial del Angriff que Goebbels puso por escrito aquella
noche. En él descargó todo su odio, escribiendo que el comunismo
tenía que ser erradicado tan pro- fundamente que ni siquiera quedara
su nombre. Exhortaba a conferir a Hitler el mandato para ello:
«Ahora ponte en pie, nación alemana. Ahora levántate y da tu
opinión. Ahora, el 5 de marzo, irrumpirá el jui- cio de Dios sobre la
universal peste roja, y lo anunciará a través de la voz del pueblo.
Hitler quiere actuar. Hitler actuará. Dadle el poder para elo».235
El 28 de febrero de 1933, mientras los jóvenes hitlerianos
vendían el Angriff por las calles de Berlín, mientras el presidente del
grupo par- lamentario del KPD, Ernst Torgler, acusado de
complicidad, compare- cía ante la policía, el presidente del Reich
concedió al canciller Hitler el poder exigido. Tras una exposición
dramática de los acontecimien- tos de las últimas horas, Hindenburg
firmó un decreto ley que se le pre- sentó, por el cual se derogaron
todos los derechos fundamentales, se amplió considerablemente el
campo de aplicación de la pena de muerte y además se prepararon
numerosas maniobras contra las regiones. El decreto ley «para la
protección del pueblo y del Estado», completado por otro decreto
del mismo día «contra la traición al pueblo alemán y maquinaciones
de alta traición» y por la «ley de autorización» aproba- da algunas
semanas más tarde, fue la decisiva base pseudo legal de la
dominación nacionalsocialista y sin duda la ley más importante del
Ter- cer Reich, pues el Estado de derecho se vio ahora sustituido por
un permanente estado de excepción.
Mientras que en todas partes de Alemania eran arrestados miles
de comunistas y socialdemócratas, mientras que los miembros de las
SA
saldaban cruelmente viejas cuentas en sótanos y patios interiores,
mien- tras que los combatientes de la Liga Roja se pasaban en masa a
los «par- dos» —en parte por miedo, en parte por la fascinación del
poder del que hacían gala—, la campaña propagandística goebbeliana
se acercaba a su punto culminante con la precisión de un reloj
después de espec- taculares mítines multitudinarios en Breslavia,
Hamburgo y Berlín. En una «concentración nunca acontecida», el
«día de la nación que resu- cita», el 4 de marzo de 1933, se agotaron
todas las posibilidades propa- gandísticas.236 Como sitio desde el
cual Hitler hablaría al pueblo por todas las emisoras «con supremo
fervor y entrega» había elegido Goeb- bels Kónigsberg, la vieja ciudad
de coronación prusiana, en alusión cons- ciente a la mayoría absoluta
que se esperaba con seguridad en las elec- ciones del día siguiente.
Después de que Hitler terminara su discurso
—introducido por el reportaje del jefe de propaganda del Reich—
con un llamamiento a los alemanes para que volvieran a llevar la
cabeza «alta y orgullosa», sonó potentemente en el «acorde final» del
Führer la ora- ción holandesa de acción de gracias, que finalmente
quedó ahogada en su última estrofa por el repique de campanas de la
catedral de Kónigs- berg. En ese mismo momento desfilaban por
todas las partes del Reich columnas de las SA, mientras que en los
montes y a lo largo de las fron- teras se encendieron los denominados
«fuegos de la libertad». Embria- gado por su propia escenificación
escribió Goebbels al respecto: «Cua- renta millones de personas (...)
son conscientes del gran cambio de era. Centenares de miles
tomarán en este momento la decisión final de seguir a Hitler y de
luchar en su ánimo por la resurrección de la nación (...).Toda
Alemania se asemeja a una única antorcha, grande y brillan- te. Se
ha producido, tal como queríamos, el día de la nación que resu-
cita».237
Sin embargo, las grandes expectativas de Goebbels no se
cumplie- ron.238 Con un 43,9 por ciento de los votos, el NSDAP no
consiguió claramente la mayoría absoluta y siguió dependiendo de
su compañe- ro de coalición, el negro, blanco y rojo DNVP, que
obtuvo un 8 por ciento. El Centro y los socialdemócratas se
consolidaron con un 11,3 y un 18,3 por ciento de los votos
respectivamente, y el KPD, con su
12,3 por ciento, tampoco sufrió una pérdida excesiva.
Particularmente decepcionante debió de ser para Goebbels el hecho
de que el NSDAP obtuviera precisamente en Berlín el segundo peor
resultado, con un 31,3 por ciento, después de la circunscripción
electoral 20 (Colonia- Aquisgrán), con un 30,1 por ciento.239
Goebbels transformó propagandísticamente estos resultados en
una victoria «fantástica e increíble», en un «glorioso triunfo». Él, que
creía en la omnipotencia de la propaganda, tampoco podía ni quería
reco- nocerse a sí mismo que, pese a las tan halagüeñas
perspectivas, no se había alcanzado el objetivo deseado. «¿Pero qué
significan ahora ya las cifras? Dominamos en el Reich y en Prusia;
todos los demás han caí- do derrotados. (...) Alemania está
despierta», afirmaba sin más, dejan- do de lado los hechos.240
Por consiguiente, la propaganda de Goebbels, ateniéndose a las cifras,
no había conquistado para los nacionalsocialistas ni el Reich ni su
capi- tal. No obstante, había contribuido de manera decisiva al
ascenso de éstos y a su subida al poder, pues fue la primera en dar
dinamismo al movimiento del sur de Alemania, que causaba una
impresión más bien indolente; fue la primera en dar amplitud al
movimiento, conciliando lo que parecía inconciliable, manteniendo
unido lo que en realidad no encajaba. Cuando Goebbels, como jefe
de distrito o más tarde como jefe del Reich, dirigía repetidamente su
propaganda llena de odio con- tra la burguesía y la «reacción» y
hablaba en favor del socialismo, vin- culaba hacia sí a la parte
proletario-socialista de la base del partido y, en definitiva, hacia el
«reaccionario» Hitler, al que él se había consagrado. Su actuación,
determinada por su división interior y su deformación psíquica, fue
la que contribuyó de manera decisiva a que el partido no se
escindiera en dos bandos como consecuencia del congreso de Bam-
berg, del golpe de Stennes o de las crisis de Strasser.
Sin duda, estas contradicciones no podían transmitirse por medio
de programas del partido, sino sólo por medio de la persona.
Goebbels supo predisponer a las masas a favor del austríaco, cabo
de la guerra mundial y agitador político, a favor de ese tipo raro con
su ridicula con- ciencia proselitista. Del mismo modo que éste se
había convertido para
él en un punto de referencia y apoyo personal, sería también punto
de referencia y apoyo para el pueblo, pues Goebbels lo celebraba en
una glorificación pseudo religiosa como el portador de esperanzas,
como el guía que los sacaría de las miserias y privaciones del
momento.241
Pero sólo esto no habría conducido al éxito, como demostraron
las elecciones parlamentarias con la ventaja electoral del canciller, un
apa- rato de mayor tamaño y una oposición en parte ya descartada.
Antes bien, se necesitó una gran crisis económica, el fracaso de los
partidos democráticos, un presidente del Reich senil y finalmente
una arrogan- te camarilla de aristócratas que se creía todopoderosa,
a la cual Hitler midió con las propias categorías de ésta y que le
sirvió de trampolín al poder en la desesperada situación en la que se
encontraba en la segun- da mitad del año 1932. A todos los que
encarnaban ese sistema, que en su día parecía no tener sitio para el
entonces desempleado e impedido Goebbels, éste los despreciaba
tanto más por su debilidad. Más tarde constataría con malicia que
sin duda «una de las mejores bromas de la democracia siempre será
que ella misma proporcionó a sus enemigos mortales los medios por
los que iba a ser destruida».242
Capítulo 9

VAMOS A PERSUADIR A LA GENTE HASTA


QUE QUEDE A NUESTRA MERCED
(1933)

E l 14 de marzo de 1933, la Agencia Telegráfica Wolff notificó


que Hindenburg había tomado juramento al doctor Paul Joseph
Goeb- bels como ministro del Reich para la Educación popular y la
Propa- ganda. «Bueno, el trompetista también quiere ser algo», debió
de decir el presidente del Reich el día anterior al firmar el acta de
nombra- miento del «escritor». Seis años y medio después de su
traslado desde Wuppertal-Elberfeld a la capital, ahora Goebbels
podía dar rienda suel- ta a su odio contra los judíos y los marxistas
apoyándose en el poder del aparato estatal y del partido.
Despiadadamente, iba a hacer caer aho- ra sobre ellos la espada de su
ira y a «derribarlos por su descarada sober- bia».1 A todos los demás
los quería incorporar a la «comunidad popu- lan) nacionalsocialista,
amasarlos y moldearlos2 como si quisiera demostrar que realmente sólo
eran un «montón de mierda», tal como solía tildar-
los tan a menudo con sumo desprecio.3
Oficialmente, el Ministerio del Reich para la Educación Popular
y la Propaganda —así decía el decreto fundacional— debía
perseguir el objetivo de impulsar «entre la población la educación y
la propaganda sobre la política del gobierno del Reich y sobre la
reconstrucción nacio- nal de la patria alemana».4 Sin embargo,
realmente se trataba de poner en marcha entre las masas una
«movilización espiritual»,5 de «persua- dirlas hasta que queden a
nuestra merced».6 Cuando el ministro más joven del gabinete, con
treinta y cinco años, habló por primera vez el 16 de marzo de 1933
ante la conferencia de prensa del gobierno del
310 Goebbel
s

Reich, mencionó su objetivo con toda franqueza: el pueblo debía


empe- zar «a pensar unitariamente, a reaccionar unitariamente y a
ponerse a disposición del gobierno con total simpatía».7 El pueblo
como sumiso instrumento en manos de Hitler respondía a la visión
goebbeliana de un «pueblo unido». Si este gobierno estaba decidido
a «no retroceder nunca, nunca, jamás y bajo ninguna circunstancia»,
entonces a la larga no se podría contentar con saber que le
respaldaba un 52 por ciento y, por tanto, aterrorizar al 48 por ciento
restante, sino que vería que su próxima misión consistía en ganarse
al 48 por ciento restante.8
Durante mucho tiempo, los socios de los nacionalsocialistas que
pro- cedían de las élites tradicionales se habían negado a aprobar que
se con- fiara la misión de la propaganda precisamente al hombre que
en el pasa- do no había dejado pasar ninguna oportunidad de agitar
contra ellos. Se necesitaron profundas conversaciones entre Hitler y
su vicecanciller Von Papen hasta que este último accedió. Hugenberg,
el antiguo y nue- vo ministro de Economía y Alimentación, fue el que
durante más tiem- po se opuso a este plan. Cuando el 11 de marzo el
gabinete se encar- gó de la cuestión, a Hitler le costó trabajo sacar
adelante el ministerio de Goebbels. Una de sus «principales tareas»,
manifestó, «sería la prepa- ración de importantes acciones
gubernamentales». Como ejemplo
—sarcástico— mencionó la cuestión de los aceites y las grasas, que
ocu- paba entonces al gabinete. «Tiene que explicarse al pueblo que
el cam- pesino se arruinaría si no se hiciera algo por mejorar la
venta de sus productos».9 El último intento, sin posibilidades de
éxito, por parte de Hugenberg para retrasar al menos la decisión
fracasó. El canciller, al que habían querido «domar» por medio de la
«integración», se impuso. Ese mismo día el gabinete aprobó el
establecimiento del nuevo ministe- rio.10
Ya el 6 de marzo Goebbels había hablado con Hitler sobre la estruc-
tura del ministerio. Según ello, «incorporaría en una única y vasta
orga- nización»11 —de manera similar a la oficina propagandística del
partido a nivel del Reich— prensa, radio, cine, teatro y propaganda
en cinco departamentos, de manera que tenía competencias en casi
todos los ámbitos en los que era «posible una influencia intelectual
sobre la
nación».12 Sin embargo, Hitler no había otorgado a Goebbels la
esfera de acción de la «educación popular» que le había prometido
en enero y agosto de 1932;13 la puso en manos del antiguo profesor
y consejero interino de Cultura de Prusia, el jefe del distrito de
Hannover, Rust, quien el 30 de abril de 1934 sería nombrado
ministro del Reich de Ciencia, Educación y Formación Popular. No
obstante, Goebbels se sobrepuso pronto a la decepción, pues las
tareas que se le habían asig- nado eran «las que guardan más
estrecha relación conmigo personal- mente y a las que por eso me
voy a dedicar con mucho ahínco y con gran satisfacción interna de
entregarme a ellas».14
Goebbels también había aclarado con su Führer el tema de la
desig- nación de su ministerio.15 Ahí habían surgido diferencias. A
juicio de Goebbels, en el nombre establecido por Hitler, «Ministerio
del Reich para la Educación Popular y la Propaganda», no se
resaltaban por una parte sus importantes tareas en el ámbito de la
cultura y de las artes, y por otra parte la palabra «propaganda» tenía
para Goebbels un «regus- to amargo».16 Pero, dado que su propuesta de
nombrar a la cartera «Minis- terio del Reich de Cultura y Educación
Popular» fue rechazada por Hitler,17 pronto se disuadió de su
antipatía hacia la palabra «propagan- da». Era injustamente una
palabra «muy denigrada y a menudo mal entendida». Aunque el lego
se imaginaba al oírla «algo de escaso valor o incluso despreciable»,18
sobre el propagandista no sólo recaía la misión de «administrar a la
masa complejos razonamientos en crudo y sin coci- nar», sino que era
más bien un artista que tenía que «comprender las secretas
oscilaciones del alma del pueblo hacia una parte o hacia la otra».19
Luego la propaganda era para él un «arte de la política de Esta- do»
que había que desarrollar.20 Así pues, la estilizó hasta convertirla en
un proceso creativo, en un asunto de la fantasía productiva; en
defini- tiva, en algo plenamente positivo.21
Por el contrario, sí hubo acuerdo sobre el emplazamiento del
nue- vo ministerio. Después de su entrevista del 6 de marzo en la
cancille- ría del Reich, Goebbels y Hitler visitaron el edificio, el
Palacio de Leo- poldo (Leopold-Palais), situado en la Wilhelmplatz
8/9, que había sido construido en 1737 y reformado cien años
después por Schinkel. A
Goebbels le gustó sobremanera, aunque algunas cosas le parecieron
«anticuadas y pasadas de moda».22 En una inspección más detenida
dio inmediatamente la orden a algunos miembros de las SA de que
quitaran el estuco de las paredes y de que descolgaran las pesadas
cor- tinas de felpa, que olían a moho y estaban roídas por las
polillas, pues no podía trabajar «con esa oscuridad».23 Poco después
ya sólo queda- ban «turbias nubes de polvo (...) de la desaparecida
suntuosidad de los burócratas».24 El 22 de marzo Goebbels pudo
instalarse en su resi- dencia oficial.
Con el lema de «limpiar entre las personas al igual que se debe
hacer en las habitaciones», pues «los de ayer no pueden ser
precursores del mañana»,25 el ministro de Propaganda se encargó de
que el ministerio
«nacionalsocialista de nacimiento»,26 junto con las instancias
inferiores de las regiones y las provincias,27 estuviera compuesto
«casi exclusiva- mente» por compañeros del partido. En su mayoría
apenas habían reba- sado la treintena, teniendo por tanto una media
de diez años menos que la élite del partido.28 Goebbels era
consciente de que no entendían
«el tema burocrático igual de bien que los viejos funcionarios»,
pero aportaban cualidades que eran mucho más útiles para sus
propósitos, en el caso de que quisiera forjar un arma contundente:
«Fogosidad, entu- siasmo y un fresco idealismo».29
El hecho de que realmente lograra reunir en torno a sí una planti-
lla ambiciosa y eficiente respondía, además de al alto nivel educativo
de sus colaboradores —más de la mitad de ellos había asistido a la
univer- sidad y muchos se habían doctorado—, sobre todo a su
radical rechazo de la «época del sistema», que, a causa de las
anteriores fases de crisis sociales y económicas, había significado en
muchas ocasiones desempleo y, por ende, exclusión social para ellos,
procedentes princi- palmente de la media o pequeña burguesía. La
mayoría se había afiliado al NSDAP mucho antes de 1933.30 En
muchos casos habían trabajado con Goebbels en la jefatura de
propaganda del Reich del NSDAP, en la jefatura del distrito berlinés
o en la redacción del Angriff. Casi cien de los trescientos cincuenta
funcionarios y empleados con los que empezó Goebbels31 llevaban la
insignia de oro del partido.32
En la oficina ministerial estaba como jefe de negociado de
personal Karl Hanke, de veintinueve años, antiguo jefe de
organización del dis- trito de Berlín y jefe de la oficina central de
propaganda del NSDAP a nivel del Reich. Con esta persona de
confianza desde hacía muchos años, que desde 1932 era su
ayudante personal y que el 27 de junio de 1933 fue ascendido a
secretario de Estado, ejercía Goebbels la política actual.33 Hitler
otorgó las atribuciones de organización y finanzas, en el nivel de la
secretaría de Estado, a su consejero económico más impor- tante,
Walther Funk, que desde el 30 de enero de 1933 hasta finales de
1937 fue también jefe de prensa del gobierno del Reich.Tal como
había determinado Hitler, Funk debía organizar el Ministerio de
Propagan- da «para que Goebbels no tenga que ocuparse de las
cuestiones de admi- nistración, finanzas y organización».34 Funk, a
quien como jefe de la administración (departamento I) le asistía uno
de los pocos «converti- dos» de la «época del sistema», el antiguo
nacional-conservador Erich Greiner,35 fue quizá —como mánager en
la lucha por competencias dentro del partido— el apoyo más eficaz
de Goebbels.36
Wilhelm Haegert, de veintiséis años, dirigía el departamento de
pro- paganda, que como es natural tenía «un peso dominante»
dentro del ministerio.37 El antiguo suplente del jefe de la delegación
del NSDAP en Angermünde pasó a ser en 1931 jefe del
departamento de protec- ción jurídica del distrito de Gran-Berlín y
en 1932 jefe de personal de la jefatura de propaganda del Reich en
Munich, antes de que Goeb- bels lo llamara a su ministerio. A la
cabeza del departamento responsa- ble de cinematografía puso
Goebbels a Ernst Seeger, y a Otto Laubin- ger le encomendó las
competencias del teatro.
Como director del departamento de prensa nombró Goebbels a
Kurt Jahncke, quien al mismo tiempo era suplente de radiodifusión en
la ofi- cina del jefe de prensa del gobierno del Reich. Debía velar por
que la prensa no sólo «informara», sino que también «instruyera», tal
como expu- so Goebbels su misión a grandes rasgos el 16 de marzo.
Tenía que ser «por así decir un piano en manos del gobierno, que el
gobierno pueda tocan>. Éste era el «estado ideal», y conseguirlo era a
su juicio una de sus «prin- cipales tareas».38 La monotonía y el
aburrimiento que esto amenazaba
Goebbels intentaba combatirlos con su fórmula de que la prensa debía
ser «uniforme en los principios», pero «multiforme en los matices». 39 El
propio Goebbels consideraba la prensa como un producto y un instru-
mento del espíritu liberal e ilustrado de la Revolución Francesa; así pues,
la prensa procuraría «evitar en lo posible una concepción y una orienta-
ción totalitarias».40 Especialmente marcado le parecía en este sentido el
influjo del «judaismo internacionalista», entre otras cosas por sus expe-
riencias personales.Ya en 1926 había «analizado» que especialmente esos
periódicos que eran «mensajeros de la putrefacción» y «promotores de la
catástrofe» contaminaban las «creencias, las costumbres y la conciencia
nacional» de los «buenos alemanes» y del «hombre de bien».4142
Esto iba a cambiar pronto. Así, la semioficial Agencia Telegráfica
Wolff, en la que desde 1928 se habían infiltrado sistemáticamente los
nacional- socialistas, la Unión Telegráfica de Hugenberg y la Compañía
Telegráfi ca Continental se fusionaron en la Agencia de Noticias Alemana
(Deuts- ches Nachrichtenbüro, DNB), subordinada a la vigilancia oficial
del Ministerio de Propaganda y que llegó a tener el monopolio del
Estado. La unificación la llevó a cabo Alfred Ingeniar Berndt, que aún no
tenía los veintiocho años. El «prototipo del atizador nacionalsocialista» 43
fue nombrado a principios de febrero de 1933 comisionado del Reich
para la Agencia Telegráfica Wolff, y después de la fusión asumió el cargo
de redactor jefe de la DNB. Con su ambición, con su capacidad para pre-
sentar la realidad bajo su punto de vista, con su desconsideración y falta
de escrúpulos, impresionó tanto a Goebbels 44 que el ministro de Propa-
ganda le encomendó más tarde funciones directivas en su ministerio.
Otro paso decisivo en la unificación de la prensa consistió en que, con
la ley de redactores, la responsabilidad del editor, que hasta ahora com-
prendía lo periodístico, se transfirió también al redactor. Así pues, al igual
que los editores, cuyo círculo también se «unificó» pronto, estaba directa-
mente sujeto a la intervención estatal. En caso de que no gozaran de sim-
patías, Goebbels los amenazaba con tacharlos de la lista de empleo, con
amonestaciones e incluso con el «ingreso» en un campo de concentración.
Un efecto disuasorio tuvo ya la primera oleada de prohibiciones
motivada por el decreto del 4 de febrero de 1933 para la «protección
del pueblo alemán», del que fueron víctimas de inmediato varios
«órga- nos judíos».45 Siguieron periódicos de izquierdas, entre ellos el
Vorwárts y el Rote Fahne; a Goebbels esto le pareció «un alivio para
el alma».46 En julio de 1933 el ministro pudo celebrar como el
«derrumbamiento de un baluarte judeo-liberal»47 el final del gigante
periodístico Mos-se, en el que diez años antes Goebbels había
buscado sin éxito colocarse. En noviembre de 1933 fue «unificada»
la editorial Ullstein; el periódico que ésta publicaba, el Vossische
Zeitung, fue suprimido por Goebbels en marzo de 1934.48 Una
excepción constituyó el Frankfurter Zeitung. Este periódico líder de
la burguesía liberal, con muchos lectores en el extranjero, fue
tolerado por los nacionalsocialistas hasta finales de agosto de 1943,
puesto que les servía, por así decirlo, de pan- talla.49 Era el que mejor
lograba salvaguardar la propia integridad e incluso a veces sacar a la
luz entre líneas puntos de vista contradicto- rios.
Además de las prohibiciones, la presión económica y las
depuracio- nes de personal en las redacciones de los periódicos aún
permitidos, la
«conferencia de prensa en el gobierno del Reich», fundada en 1917
y que ahora se llamaba «conferencia de prensa del gobierno del
Reich», le sirvió a Goebbels como el verdadero instrumento para
dirigir a la prensa, aunque sólo participaba en ella con motivo de los
aconteci- mientos más importantes.50 Si antes la presidencia de la
conferencia de prensa concedía autorizaciones o acreditaciones,
ahora el departamen- to de prensa del Ministerio de Propaganda
seleccionaba a los asistentes que cada mediodía debían recibir allí las
«órdenes» e «instrucciones» oficiales, o «ser orientados», como se
denominaba tal costumbre.51 Junto con las «indicaciones» de la oficina
de prensa del NSDAP a escala del Reich, las «informaciones
confidenciales» para redactores o el servicio de revistas de la jefatura
de propaganda de Goebbels —aquí aparecieron Unser Wille una Weg
[Nuestro querer es poder] a partir de 1936; Parole derWoche [Consigna
de la semana] a partir de 1937 y demás material informativo—, estas
directrices, que afectaban a todos los ámbitos de la vida imaginables
—entre 1933 y 1945 en total unas 75.000— constituían «la columna
vertebral del dirigismo periodístico».52
Pero la dirección de la prensa no estaba exclusivamente en manos
de Goebbels, pues aquí también Hitler, que gobernaba según el prin-
cipio de «divide y vencerás», había compensado pesos y contrapesos. El
contrapeso de Otto Dietrich con respecto a Goebbels consistía, por una
parte, en su función como presidente de la Federación del Reich de
Prensa Alemana y como vicepresidente de la Cámara de Prensa del
Reich —desde 1933 en adelante le correspondió la supervisión y orien-
tación ideológica de los redactores—, pero por otra parte también en
su cercanía a Hitler, quien en 1931 había confiado el cargo de jefe de
prensa del NSDAP del Reich al antiguo redactor de prensa. Por la
demanda de Dietrich de poder dar de manera autónoma directrices a
los representantes de la prensa pronto surgieron continuas tensiones y
disputas con el Ministerio de Propaganda.53
A Goebbels le iba a nacer otro contrapeso en la persona de Max Amann,
el presidente de la Cámara de Prensa del Reich y director de la editorial
Eher perteneciente al partido. Si en el año 1933 el NSDAP sólo poseía
un 2,5 por ciento de las editoriales periodísticas alemanas con unos 120
diarios y semanarios, que en conjunto tenían una tirada de aproximada-
mente un millón de ejemplares, Amann, sargento de Hider en la Primera
Guerra Mundial, compró hasta 1939 casi un millar y medio de edito-
riales con más de 2.000 periódicos54 —entre ellas la Editorial Alemana
con el Deutsche Allgemeine Zeitung, el Berliner Borsenzeitung y en 1939, con
ocasión del cincuenta cumpleaños de Hitler, el Frankfurter Zeitung— e
incorporó hasta 1945 al trust de prensa nacionalsocialista más del 80 por
ciento de las editoriales alemanas.55 En estas gestiones Amann contó con
la ayuda del fiduciario del Reich Max Winkler, quien —encubierto por
holdings y sociedades de financiación aparentemente neutrales— reali-
zaba las compras, y del colaborador del propio Amann Rolf Rienhardt,
quien dirigía la oficina de administración del jefe de prensa del NSDAP
del Reich. En su posición como vicedirector permanente de la Federa-
ción del Reich de Editores Periodísticos Alemanes, Rienhardt aglutina-
ba «todo el poder prescriptivo, administrativo y judicial» en el sector de
las editoriales periodísticas, con lo cual tenía al mismo tiempo un poder
casi ilimitado en los asuntos de personal de toda la prensa alemana.
Goebbels dedicó una singularísima atención a la radio. En este
terre- no iba pronto a mandar él solo. A ningún departamento de su
minis- terio «dedicó un análisis propio tan intenso» como al tercero,
declaró en Nuremberg el que fue durante años su ayudante personal,
Moritz von Schirmeister.56 Este medio, que apenas tenía diez años, lo
conside- raba Goebbels como «autoritario en esencia»57 y —hasta que
se inventó la televisión—58 como el instrumento para la sugestión de
las masas, que «por su naturaleza es apropiado para el Estado total».59
Sólo la radio garantizaba a su juicio que se pudiera abarcar totalmente
a la población. Para crear las condiciones técnicas necesarias para
ello hizo ampliar la red de estaciones emisoras, instalar en calles y
plazas «columnas de alta- voces del Reich» e incentivar la
producción de un económico aparato receptor, el «receptor del
pueblo», por 76 marcos, que popularmente se conoció después como
el «piquito de Goebbels».60
Ya antes de ser nombrado ministro, Goebbels había empezado a
poner bajo su control este medio desde el punto de vista organizati-
vo.61 Tenía la ambición de «crear la primera radio moderna del
mun- do».62 A mediados de marzo, el ministro del Interior del Reich le
había encomendado «las tareas de personal, políticas, culturales y
progra- máticas de la radio». El comisario político de la radio,
director de la sociedad radiofónica del Reich y primer jefe del
departamento de radio en el ministerio de Goebbels, Gustav
Krukenberg, cuyas fun- ciones fueron asumidas en julio de 1933 por
Eugen Hadamovsky, que sólo tenía veintiocho años —éste se
convirtió en jefe de emisiones del Reich, o lo que es lo mismo, en
director de los programas de todas las emisoras del Reich, y en
director de la sociedad radiofónica del Reich—63 y por Horst
Dressler-Andress —quien dirigía el departa- mento de radio en el
Ministerio de Propaganda—, ahora ya no reci- bía órdenes del
ministro del Interior, sino del ministro de Educación Popular y
Propaganda.64 Además, el 22 de marzo Goebbels acordó con el
ministro de Comunicaciones del Reich, el barón Von Eltz-
Rübenach, quien delegó en el ministerio de Goebbels la parte de las
comunicaciones referente a la sociedad radiofónica del Reich, que
la supervisión de la radio ejercida hasta ahora por éste quedaría en
ade-
lante exclusivamente en manos suyas.65 Comunicaciones sólo seguía
siendo responsable de la realización técnica.
Tres días después, Goebbels citó a los intendentes y directores de
las sociedades radiofónicas en la «Casa de la radio» berlinesa. Dando
reite- rados puñetazos en la tribuna del orador, dejó categóricamente
claro quién llevaba ahora la voz cantante: «No tenemos ningún
reparo en decirlo: la radio nos pertenece a nosotros, a nadie más.Y
pondremos la radio al servicio de nuestra idea, y ninguna otra idea
encontrará aquí expresión».66 Para terminar ordenó una «acción de
depuración» que debía eliminar de las emisoras de radio «los últimos
elementos marxis- tas».67 Víctimas de esta acción fueron los
directores de las estaciones regionales, que habían perdido su
independencia y que ahora, como emisoras del Reich, estaban
subordinadas a la central berlinesa, así como muchos jefes de los
departamentos de noticias, conferencias y entrevistas, o dirigentes.
Muchos de los pioneros de la radio —a ojos de Goebbels
«literatoides, liberalillos, sólo técnicos que cobraban dine- ro y creaban
gastos»—68 desaparecieron de la esfera pública. Pocas sema- nas después
de la toma de posesión del cargo por parte de Goebbels, se decía en
una notificación de la sociedad radiofónica del Reich que, desde la
«reestructuración» de la radio, 98 dirigentes y otros 38 emple- ados
habían «abandonado» las sociedades radiofónicas y habían sido sus-
tituidos por «viejos combatientes del levantamiento nacional, que
por el trabajo realizado hasta entonces y por su calidad personal
garantiza- ban que iban a hacer progresar la radio por la vía indicada
por el doc- tor Goebbels».69
Una «fantástica oleada de influencia política, agitación y
propagan- da en todas sus formas»70 inundó entonces la esfera
pública alemana. Durante los primeros meses se retransmitieron
sobre todo discursos de los altos funcionarios nacionalsocialistas,
pronunciados en las muchas festividades nacionales y en los grandes
actos que se acumulaban. La política, si quería ser moderna, tenía
que dirigirse a la nación en todas las Ocasiones posibles, dejarla
sonar.71 El comienzo lo marcó la solemne inauguración del Reichstag,
durante la cual efectuaron su primer gran despliegue la radio del
Reich y el noticiario Wochenschau [Cróni-
ca de la semana]. Al igual que había celebrado el 4 de marzo como «día
de la nación que resucita», ahora se propuso instituir el 21 de marzo
como «día del levantamiento nacional», muy al «estilo del modelado
nacionalsocialista».72 Pero en la planificación no consiguió dejar aparte
a la Reichswehr, a la Stahlhelm, a las asociaciones monárquicas y a las
iglesias. La dirección del acontecimiento —misas en la iglesia de San
Nicolás de Potsdam y en la de San Pedro y San Pablo, un acto solem-
ne en la Garnisonskirche [iglesia del Cuartel], lugar de enterramiento
de Federico el Grande, así como un desfile final— no le satisfizo en
todos los puntos, pues se incluían muy pocos elementos nacionalsocia-
listas. Por eso convenció a Hitler para que no participara en ninguna
de las ceremonias preliminares e hiciera acto de presencia sólo en la
Garnisonskirche.73 En su lugar, Goebbels organizó un «homenaje a los
caídos» en el cementerio de Luisenstadt, donde estaban enterrados varios
de los miembros de las SA fallecidos durante las luchas callejeras de los
años pasados en Berlín. El jefe de la prensa extranjera, Hanfstaengl, habló
después de una «obra maestra de la improvisación teatral». 74 Sin embar-
go, esto no era precisamente improvisación, sino rutina cargada de sim-
bolismo, como cuando Goebbels, ducho en «sepelios», honraba a los
«mártires» del movimiento, cuando avanzaba entre las filas de hombres
de las SA y depositaba la corona con la esvástica en la cinta, tras lo cual
Hitler estrechaba la mano a los familiares y todos guardaban silencio
durante un momento, antes de que se repitiera la ceremonia en la siguiente
tumba.
Desde el cementerio de Luisenstadt bajaron en un convoy de auto-
móviles la Reichsstrasse 1, «entre multitudes que no dejaban de dar gri-
tos de júbilo»,75 en dirección a Potsdam, engalanada con traje de fiesta.
Con frac y sombrero de copa, que significativamente en esos tiempos
usó cada vez más en lugar del traje pardo, entró el canciller del Reich
acompañado del presidente del Reich, que llevaba el uniforme de maris-
cal, en la Garnisonskirche, donde ya habían ocupado sus asientos Goeb-
bels y el resto de ministros y diputados parlamentarios. Hindenburg,
después de detenerse un instante delante del palco imperial y de levan-
tar el bastón de mando a modo de saludo, después de que se fuera extin-
320 Goebbe
k

guiendo el Nun danket alie Gott [Ahora dad todos gracias a Dios] del
himno de Leuthen, leyó con concisión y seriedad su mensaje, en el
que evocó el «viejo espíritu de este lugar glorioso contra el egoísmo
y las disputas entre partidos (...) en beneficio de una Alemania
orgullosa y unida». A continuación, en tono patético, pensando en los
corazones de aquellos que se consideraban guardianes de las
tradiciones prusianas, Hitler aseguró a los reunidos y a la nación
que le seguía por la radio que la Alemania nacionalsocialista
continuaría con el pasado y que mar- charía hacia un futuro digno de
ese pasado. Todos quedaron «honda- mente conmovidos», escribió
Goebbels, no menos impresionado por el acontecimiento y que
decía haber visto cómo a Hindenburg se le llenaban los ojos de
lágrimas.76
El «día de Potsdam», con el apretón de manos entre el mariscal y
el cabo que se difundió en millones de postales y carteles, apeló a la
emo- ción nacional y sugirió no sólo a las masas burgués-
conservadoras la reconciliación entre la vieja y la nueva Alemania.
«Como una ola hura- canada» había barrido Alemania el entusiasmo
nacional y, «así lo espe- ramos, ha desbordado los diques que
algunos partidos habían levanta- do contra ellos y abierto puertas que
hasta entonces habían permanecido obstinadamente cerradas», escribió el
Berliner Bórsenzeitung.11 Todo esto debía hacer creer que los catorce
años anteriores desde la derrota y la revolución habían sido un mal
sueño, que ahora, tras años de discordia, el camino de la gloriosa
historia alemana seguía su curso natural.
Este ambiente se hizo sentir cuando dos días después, en la ópera
Kroll, transformada en Parlamento y que había sido acordonada por
las SS y decorada con los emblemas y colores de la «nueva era»,
incluso el Centro y el Partido del Estado Alemán (Deutsche
Staatspartei) dieron su aprobación a la ley de autorización del
NSDAP, cuyos diputados se habían presentado con el uniforme
pardo. Sólo el grupo del SPD, diez- mado por las persecuciones y
los arrestos, se negó a conceder a Hitler una absoluta libertad de
acción durante cuatro años, tal como preveía la ley. Antes de la
votación, su presidente, Otto Wels, pronunció un valiente discurso
—pese a la enormemente errónea estimación política de la situación
— en el que justificaba la postura negativa de su par-
tido y terminaba con un llamamiento a la conciencia del derecho del
pueblo y con un saludo a los perseguidos y a los oprimidos: «Su
perse- verancia y lealtad merecen admiración. Su arrojo reivindicativo,
su inque- brantable esperanza garantizan un futuro más brillante».78
Éste fue el último discurso de la oposición en el Parlamento, que en
adelante sólo constituyó el telón de fondo para las intervenciones
del Führer, pues los nacionalsocialistas eran ahora también
«constitucionalmente los seño- res del Reich», como manifestó
satisfecho Goebbels en su diario.79
Un día después de esa memorable sesión parlamentaria,
Goebbels pudo presentar un proyecto de ley que él había propuesto
hacía mucho desde dentro del partido y que se impuso en el
gabinete de Hitler: el día 1 de mayo se convertiría en fiesta nacional
del pueblo alemán, hacién- dose así realidad un viejo sueño de la
clase obrera alemana. Junto con los programas de creación de
empleo implementados por el gobierno del Reich, que debían poner
fin a la penuria general, el ministro de Propaganda esperaba que esta
medida, acogida sensacionalmente en la opinión pública, ejerciera
un efecto remolino sobre aquellos por los que había luchado desde
siempre: los trabajadores. Así, el nuevo régi- men intentaba ofrecer
algo a cada grupo social. Pero quien no contri- buyera, quien se
opusiera, ése era perseguido, vuelto a aleccionar y, si no se dejaba,
«exterminado». La crítica ya sólo les estaba permitida a aquellos
«que no tienen miedo de ir al campo de concentración», ame- nazaba
claramente en el Angriff90 Goebbels, quien, en calidad de jefe del
distrito berlinés, hacía que las SA llevaran esas órdenes a la prácti- ca.
A algunos de los confinados allí, como al escritor de la Prusia Orien-
tal Ernst Wiechert, los hacía comparecer Goebbels ante sí para
«dego- llarlos» mentalmente —como él decía— con una «filípica»
de una brutalidad verbal insuperable.81
Goebbels encontraba satisfacción en semejantes escenas, pues le
ser- vían como válvula de escape a su odio. Realmente se deleitaba
con la orgía de venganza que continuaba desde el incendio del
Reichstag, en cuyo transcurso miles de personas desaparecieron en los
campos de con- centración: hombres como el socialdemócrata Julius
Leber, el sindicalista Wilhelm Leuschner y el anarquista Erich
Mühsam, del que Goebbels
322 Goebbel
s

dijo que era un «agitador judío» con el que se cortaría por lo sano y que
en 1934 murió como consecuencia de las torturas en el campo de con -
centración de Oranienburg, o muchos directores de las emisoras de radio,
los «barones de la radio», que por orden de Goebbels fueron trasladados
a Oranienburg.82 «Ali» Hohler, el combatiente de la Liga Roja que en
1930 había disparado a Horst Wessel los tiros mortales, fue sacado de la
cárcel con falsificación de hechos por parte de miembros de las SA y
asesinado de manera bestial en un bosque cerca de Berlín.83
Desde el primer día de la toma de posesión de su cargo, Goebbels
consideró su «deber» emplear su aparato contra aquellos a los que no
sólo echaba la culpa de la desgracia de Alemania en el pasado, sino a los
que también veía como una amenaza para la existencia futura de la
nación, contra los judíos. Quería demostrarles que los nacionalsocialis-
tas estaban «dispuestos a todo». 84 Para preparar una primera llamada de
atención hacia lo inconcebible, hacia la deseada «extirpación» del ju-
daismo del «cuerpo del pueblo alemán», Hitler llamó a su ministro de
Propaganda a Berchtesgaden. «En la soledad de la montaña», 85 donde
según sus propias declaraciones podía «pensar mejor», 86 su Führer había
tomado la decisión de emprender una acción de gran envergadura con-
tra los judíos alemanes.
Goebbels llegó el 26 de marzo a la casa de montaña (el Berghof),
donde Hitler había convocado a varios altos funcionarios del partido
para una conferencia. En su transcurso, Julius Streicher, antisemita y edi-
tor del periódico demagógico Der Stürmer [El asaltante], fue nombrado
jefe de la «comisión central» encargada de la planificación y la organi -
zación, a la que también pertenecía Muchow, el antiguo colaborador
de Goebbels y ahora jefe suplente de la organización nacionalsocialista
de células de empresa, así como Heinrich Himmler y Robert Ley. 87
Hubo acuerdo en que, para justificar esta acción frente al pueblo ale -
mán y los miembros del gobierno, era necesario un motivo que fuera
más allá de la «convicción» tan a menudo propagada de que los «judíos
de acción internacionalista» eran los «únicos culpables». A ese propósito
serviría la posición crítica de los periódicos ingleses y americanos —
Goebbels la denominó «campaña difamatoria»— respecto al gobier-
no de Hider-Papen, que se reinterpretó como un complot precisamente
de ese «judaismo corrosivo». Así pues, el boicot recibiría el carácter de
una medida ejecutada con resolución, pero defensiva, para la protec-
ción del Reich.88
Goebbels preparó un documento89 que, según la decisión de Hitler,
convocaba a todas las organizaciones del partido a un boicot de los
negocios judíos en Alemania para el 1 de abril de 1933. 90 El punto 11
decía: «Nacionalsocialistas, habéis hecho realidad el milagro de derri-
bar con un solo ataque el Estado de noviembre; esta segunda misión la
resolveréis de la misma manera. El judaismo internacional debe saber:
(...) Hemos acabado con los agitadores marxistas en Alemania, no van
a conseguir que nos postremos de rodillas, ni aunque ahora prosigan
desde el extranjero sus criminales perfidias contra el pueblo. ¡Nacio-
nalsocialistas! El sábado, a las 10 en punto, el judaismo sabrá a quién
ha declarado la lucha».91
El día del boicot, en el que el Ministerio de Propaganda comenzó
oficialmente sus actividades, Goebbels habló en el Lustgarten berlinés
«contra la campaña difamatoria del judaismo mundial». En este discur-
so, que se retransmitió por todas las emisoras alemanas, Goebbels anun-
ció que si los judíos alemanes declaraban hoy en día no tener la culpa
de que los de su misma raza denigraran al régimen nacional de Ale -
mania en Inglaterra y América, entonces los nacionalsocialistas tampo-
co tendrían la culpa si pedían cuentas a los judíos «por los cauces abso -
lutamente legítimos y legales»; pocos días más tarde esto se llevó a efecto
en las disposiciones de la ley para la «reconstitución del funcionariado
profesional» (7-4-1933), que excluía a los «no arios» del empleo en el
servicio público. Goebbels siguió amenazando con que los «pecados»
de los judíos no se habían olvidado: «De las tumbas de Flandes y Polo-
nia se levantan dos millones de soldados alemanes y denuncian que el
judío Toller pudiera escribir en Alemania que el ideal heroico es el más
estúpido de todos los ideales. Dos millones de soldados se levantan y
denuncian que la revista judía Weltbühne pudiera escribir: "Los soldados
son siempre asesinos", que el profesor judío Lessing pudiera escribir:
"Los soldados alemanes han caído por una basura"».92
El llamamiento que hizo a continuación de creer en «nuestra
orgu- llosa misión» se llevó a la práctica ese mismo día. En todos
los puntos del Reich fueron secuestrados conciudadanos judíos,
delante de sus negocios se montaron guardias de las SA; se
pintarrajearon y se rom- pieron los escaparates; en Leipzig tuvieron
lugar razias en sinagogas y casas parroquiales judías.93 Goebbels,
que siguió al detalle los sucesos en Berlín, los percibió como un
«imponente espectáculo» y vio con satisfacción la «ejemplar
disciplina».94 Pero entre la población esto no fue acogido en absoluto
tan positivamente como Goebbels había espe- rado.
Aún más impresionante debía ser la celebración del cumpleaños
de Hitler, en adelante el acontecimiento más señalado en el
calendario de fiestas nacionalsocialista. Después de que la víspera
Goebbels ensalzara a su Führer como el salvador de la nación en un
discurso que se leyó para todas las emisoras, el 20 de abril tuvieron
lugar en todo el país mar- chas, desfiles de banderas y actos festivos.
Apenas había pasado este hito, los esfuerzos del ministro se
concentraron en los preparativos de las fies- tas de mayo. Debían
convertirse en un acontecimiento de masas como el mundo no lo
había visto nunca, en «una obra maestra de la organi- zación y de la
manifestación multitudinaria»,95 fantaseaba Goebbels, a quien el
gabinete había confiado la gestión. Durante días enteros tra- bajó en
el proyecto de las celebraciones nocturnas del campo de Tem-
pelhof junto con Hanke y con un acreditado especialista en desfiles
masivos, Leopold Gutterer, antiguo jefe de propaganda del distrito
de Hannover y actual encargado de mítines y fiestas nacionales en el
Minis- terio de Propaganda. Al grupo de planificación dirigido por
Goebbels pronto se unió un joven arquitecto, profesor adjunto en la
Escuela Téc- nica Superior de Berlín, que se había afiliado a las SA
en 1931 ya las SS el año siguiente. Albert Speer, como se llamaba el
arribista, elaboró un proyecto para la parte decorativa, que en la
planificación del Minis- terio de Propaganda se asemejaba a una
«fiesta con competición de tiro», llamando así enseguida la atención
de Goebbels.96
El trabajo del ministro se vio interrumpido por una estancia en
Rheydt. El concejo municipal de su ciudad natal, controlado por el
NSDAP, había propuesto a instancias de Fritz Prang su nombramiento
como hijo predilecto. Aquellos que entonces, a comienzos de los años
veinte, habían estigmatizado por su defecto físico a ese inteligente chi -
co raro y se habían reído con desprecio, los que más tarde, una vez que
se marchó y volvió como orador del partido, se habían burlado de él,
solicitaban ahora su favor. Su desprecio por la «gente canalla» no servía
más que para confirmarlo. No se trataba, como escribió en la versión
publicada de su diario, de soportar el agasajo sólo por su madre. 97 Antes
bien, estaba ansioso de exhibirlo ante ellos y, sobre todo, ante sí mismo.
Consideraba como un resarcimiento por las humillaciones de aquellos
años el que, durante su viaje desde Colonia —adonde había llegado con
el avión especial la tarde del 23 de abril de 1933— a Rheydt, la gente
esperara en las carreteras y saludara a la limusina del «señor ministro del
Reich» que pasaba a toda velocidad, el que la pequeña ciudad se hubie-
ra vestido de fiesta y que las autoridades municipales hubieran decidi-
do cambiar el nombre de la Dahlener Strasse, donde había crecido, por
el de Joseph-Goebbels-Strasse.
El programa de fiestas era muy intenso. 98 Comenzó la tarde de su lle-
gada con una representación de la Juventud de Max Halbe en el audito-
rio municipal, con la colaboración de la conocida actriz María Paudler,
y continuó a la mañana siguiente con una visita a su antigua escuela, el
centro de secundaria de Rheydt. Después de «estrechar la mano duran-
te largo rato» a sus antiguos profesores y —como se podía leer en el
Rheyd- ter Zeitung— apenas ser capaz de articular palabra de la «emoción
inter- na», se presentaron en el salón de actos ante todo el alumnado allí
reunido, salón donde se le había permitido pronunciar el discurso de gala
en la primavera de 1917 por ser el mejor bachiller. El director del colegio,
Harring, lo ensalzó como «prestigio de esta escuela, orgullo de esta ciu-
dad y gloria de nuestra patria alemana». El director creía descubrir la
razón de su «alto y soberbio éxito» en el hecho de que el «señor ministro
del Reich» había seguido un desarrollo y una formación «que me gustaría
denominar verdaderamente humanista». Pero por humanista entendía «de
manera muy general el objetivo de ser un homo humanus, un verdadero
hombre, una persona en perfecta armonía».99
Por la tarde, las autoridades de la administración, los concejales y
un nutrido grupo de invitados de honor, entre ellos la mujer de
Joseph Goebbels, Magda, su hijastro Harald, su madre, sus
hermanos María, Konrad y Hans y viejos camaradas, como su
amigo de colegio y com- pañero de bachiller Fritz Prang, que en su
día le había llevado a los nacionales, se congregaron en el
ayuntamiento, ostentosamente enga- lanado, donde se le hizo
entrega a Goebbels del diploma de ciudadanía honoraria de la ciudad
de Gladbach-Rheydt.Tras los comentarios ver- daderamente
panegíricos del primer alcalde, Handschumacher, que con- cluyó con
un «Que Dios esté siempre con Rheydt. (...) ¡Viva, viva, viva!»,100 y
después de entonar al unísono Alemania, Alemania, por encima de todo,
el homenajeado habló desde la escalinata del ayuntamiento a la
multitud apiñada, que había acudido a la «plaza de Adolf Hitler».
En un «discurso conceptual y lleno de sagrado fanatismo y
fogosidad arrebatadora», anunció la próxima separación de Rheydt
de Gladbach, lo que fue acogido por los reunidos con
«indescriptibles gritos de júbi- lo», pues en ese caso serían los
únicos en tener al ministro de Propa- ganda del Reich como hijo
predilecto.101
Las celebraciones finalizaron con un desfile de antorchas por la Joseph-
Goebbels-Strasse, al que el hijo de la ciudad pasó revista entre los
acor- des de la marcha de honor y de la canción de Horst Wessel,
con el bra- zo en alto, de pie en un coche descapotable aparcado
delante de la casa paterna, mientras los suyos contemplaban el
espectáculo desde los ven- tanucos de la pequeña casa. Cuando,
después de una reunión con vie- jos conocidos y compañeros del
partido de Rheydt en la sala Rütten y una breve noche en el hotel
Palast, partió al día siguiente en direc- ción a Berlín, estaba
profundamente satisfecho. El cronista del periódi- co local manifestó
que habían pasado un día «como Rheydt nunca lo había vivido y
como no hay otro en su agitada historia».102
De vuelta en Berlín, Goebbels se consagró de nuevo a los
prepara- tivos del «día del trabajo nacional», que se iba a convertir
en un gran éxito propagandístico. Centenares de miles de personas
se dieron cita en el campo de Tempelhof, delante de la gigantesca
tribuna de Speer con las enormes banderas de esvásticas, y
siguieron el impresionante
espectáculo compuesto de proclamas, canciones, representaciones y
la intervención del Führer. Uno de los invitados de honor de la
diplo- macia, el embajador francés André Francois-Poncet, observó al
respec- to: «Tras unas palabras introductorias de Goebbels, Hitler
sube a la tri- buna del orador. Los focos se apagan, excepto los que
bañan al Führer de una brillante luz, de manera que parece estar
como en un barco legendario sobre el ir y venir de las masas. Reina
el silencio como en una iglesia. Hitler habla».103
Cuando esta primera fiesta nacional de los trabajadores terminó
con unos inmensos fuegos artificiales, cuyo momento estelar fue el
res- plandor del gran retrato del Führer formado por fuegos de
Bengala, Goebbels también había sucumbido a la propia
escenificación de este espectáculo dirigido a millones de personas.
Sobre él escribió que los berlineses, que un par de años antes aún se
estaban disparando entre sí con ametralladoras, habían salido con
toda la familia, obreros y bur- gueses, ricos y pobres, empresarios y
subordinados. «Una furiosa borra- chera de entusiasmo se ha
apoderado de la gente. Los acordes de la can- ción de Horst Wessel
suben al eterno cielo de la noche con fuerza y fe. Las ondas del éter
llevan las voces (...) a toda Alemania, (...) y ahora en todas partes
cantan a coro (...). Aquí nadie puede quedarse fuera, todos
pertenecemos al mismo grupo, y ya no es una frase huera: nos
hemos convertido en un único pueblo de hermanos».104
Aunque esto seguía siendo una visión, es cierto que, tras pocos meses
de despliegue del poder pardo, la oposición contra el
nacionalsocialis- mo comenzó a desmoronarse. Amplios sectores de
la clase obrera vol- vieron la espalda a sus partidos y sindicatos,
facilitando así su desverte- bración, que ahora avanzaba
aceleradamente. Sin encontrar resistencia, el 2 de mayo unidades de
las SS y de las SA ocuparon en todo el Reich las casas sindicales, así
como las correspondientes empresas y bancos obreros. Poco
después, por orden de Góring,se ocuparon todas las sedes y se
incautaron los fondos del SPD y de la Reichsbanner. Por esa ava-
lancha de unificación forzosa, que, partiendo en marzo del mando
sobre la policía, había alcanzado primero a las regiones, también
fueron arro- llados pronto los demás partidos políticos, organizaciones
y asociacio-
nes de intereses. La Iglesia protestante consiguió hacerle frente, pero
a precio de escindirse en Iglesia Confesora y Cristianos Alemanes. Por
el contrario, la Iglesia católica, que en un principio había declarado la
gue- rra a los nacionalsocialistas, entró en la «corriente parda»
gracias a las negociaciones entabladas por Hitler, que culminaron en
el concordato del Reich, pues el tratado, que resaltaba solemnemente
la «libertad del culto y de la religión católica», no dejó de surtir
efecto en los católicos alemanes.
Asimismo, en las universidades del país ya sólo existía una débil
volun- tad de autoafirmación. En el nacionalsocialismo, con la
propagada «comu- nidad popular» y el «liderazgo orgánico», se
manifestaba finalmente para muchos docentes aquello sobre lo que
habían teorizado desde hacía tiempo en los coloquios. Renombrados
profesores como Heidegger, Pinder y Sauerbruch pusieron
enseguida sus nombres al final de pro- clamas y juramentos de
fidelidad. Un signo adecuado a la época tam- bién quiso tener la
Federación Alemana de Estudiantes, a cuyo frente hubo un
nacionalsocialista desde julio de 1931. La dirección de esta
asociación estudiantil voluntaria, la más grande de Alemania, intentaba
ahora incluso superar a la Liga Estudiantil Nacionalsocialista por lo
que respectaba a la «pureza» de la doctrina.105 Ya el 2 y el 9 de abril, un
dele- gado de la Federación Alemana de Estudiantes había hablado
con un representante del Ministerio de Propaganda sobre un acto
«simbólico», planeado para principios de mayo, en el que se
quemarían escritos
«corrosivos», es decir, escritos de judíos, marxistas y demás autores
«antia- lemanes», y el 10 de abril había solicitado ayuda económica
al Minis- terio de Propaganda. A la persona a la que se dirigieron le
pidieron que intercediera ante el «compañero de partido y ministro
Goebbels» en favor de la concesión del dinero. El ministro, quien ya
había sido nom- brado orador principal en el proyecto programático
paralelo de la que- ma de libros en Berlín, afrontaba este plan, que
en general aprobaba, más bien con sentimientos encontrados por
razones personales, pues había estudiado con profesores judíos como
Gundolf y Waldberg. Este último, un ferviente patriota alemán,
acababa de ser borrado de la lista de docentes por «no ario» tras la
promulgación de la ley para la «recons-
titución del funcionariado profesional». En los primeros años
Goebbels había alabado con gran entusiasmo a ambos profesores, e
incluso cuan- do empezó a ver en el judaismo la decadencia del
mundo, su inmenso odio no iba dirigido a ellos personalmente.Ya
que, con su intervención en la quema de libros, temía llamar la
atención de sus adversarios sobre este pasado, vaciló y dejó a la
Federación Alemana de Estudiantes con la incertidumbre de si
podían contar con él o no. Sólo cuando el 3 de mayo la asociación
estudiantil le volvió a pedir por escrito que pro- nunciara el
«discurso incendiario» en la noche del 10 de mayo, el ayu- dante
expresó la aprobación del ministro.
Cuando a medianoche —al mismo tiempo ardían las hogueras en
muchas ciudades universitarias del Reich— Goebbels llegó en un
coche descapotable a la Plaza de la Ópera de Berlín, enfrente de la
venerable Universidad Federico Guillermo, dio la impresión de «no
estar dema- siado entusiasmado con el asunto».106 De todos modos, ya
al principio de su discurso «en contra del espíritu antialemán»,
anunció el final de la
«era de un exagerado intelectualismo judío».107 En las llamas de los
20.000 volúmenes veía desmoronarse el «fundamento intelectual de
la república de noviembre».108 Sin embargo, era evidente que,
durante el breve discurso pronunciado a la luz del fuego nocturno y
retransmitido por la radio, no se encontró en su forma habitual. En
lugar de agitar como de costumbre «con una voz ronca y
retumbante», habló «más bien civilizadamente» e intentó «moderar
más que instigar», recordaba Golo Mann,109 quien como estudiante
estuvo presente cuando Goeb- bels atacó a buena parte de la mejor
vida intelectual y cultural alemana como «porquería intelectual» de
los desarraigados «literatoides judíos».1 0
También la esposa de Goebbels, Magda, consagrada al
nacionalso- cialismo con no menos radicalismo, se puso en esos días
al servicio del régimen. El 14 de mayo pronunció en la radio «de un
modo perfecto», como encomió su marido lleno de orgullo,111 el
primer discurso del día de la madre, en el que subrayó que la
«madre alemana» se situaba
«ya por instinto» al lado de Hitler y que, «tras comprender sus
elevados objetivos espirituales y morales, se convertía en una
entusiasta adepta y
en una fanática luchadora».112 La mujer del ministro de Propaganda,
rubia y de ojos azules, se prestaba de manera extraordinaria como repre-
sentante de la Alemania nacionalsocialista, pues respondía perfectamente
al difundido cliché de la «moderna mujer alemana». Ésta tenía en el
Estado nacionalsocialista, calificado de «masculino»,113 la única misión
de «ser hermosa y traer hijos al mundo», 114 como en cierta ocasión
expresó Goebbels sin rodeos.
Magda, quien siempre tuvo un «contacto» personal sumamente bue-
no con Hitler, fue en muchos aspectos una ayuda para el advenedizo
Goebbels. A diferencia de su marido, que no manejaba con fluidez nin-
guna lengua extranjera moderna, ella dominaba varios idiomas, entre
otros el italiano,115 lo que le benefició mucho en el primer viaje al
extranjero, que a finales de mayo de 1933 les llevó a ella y a Goebbels
a Roma. La elegante y mundana mujer se mostraba segura y efectista
en sus intervenciones. A ella le debía Goebbels el que se disiparan su
inseguridad y sus dudas de si causaría una «impresión correcta» en esta
visita oficial.116 En esta época hacía constar repetidamente en su diario lo
«maravillosamente»117 que Magda cumplía su misión. Con ello se
refería sobre todo al banquete de gala al lado de Mussolini, quien figu-
ró entre sus «grandes conquistas»,118 no escatimó cumplidos y manifestó
su «fabulosa» opinión acerca de Magda.
Pero ella no sólo daba a Goebbels confianza en sí mismo, sino que
velaba ambiciosamente por su autoridad política. Así, sufrió con él cuan-
do el asunto de la delimitación de competencias respecto a otros minis-
terios le provocó «mucha indignación». 119 La causa radicaba en que las
tareas del nuevo ministerio no estaban fijadas con exactitud en el decreto
fundacional firmado por Hindenburg; antes bien, este decreto auto-
rizaba al canciller del Reich a establecer las competencias. 120 Ya que
Hitler se abstuvo conscientemente de ello en cierto grado, los conflic-
tos entre las respectivas carteras resultaron inevitables. Sin duda el más
serio lo tuvo que lidiar en un principio con el ministro del Interior del
Reich, Frick, y es que el Ministerio del Interior era el que más com -
petencias tenía que ceder al Ministerio de Propaganda recién creado,
pues hasta entonces los asuntos culturales del Reich se habían atribuí-
do principalmente a aquél.121 Además, Goebbels tenía en la persona
de Frick, el antiguo consejero de Interior y Educación popular de
Turin- gia, a un rival predestinado y nada desdeñable en materia de
cultura. Sin embargo, consiguió sacar ventaja a Frick con el decidido
apoyo del astuto táctico Funk. No sin orgullo anotó pronto en su
diario: «Todo el departamento de cultura del Ministerio del Interior
depende ahora de mí».12
En el «decreto del canciller del Reich sobre las tareas del
ministro del Reich para la Educación Popular y la Propaganda»,123
publicado el 30 de junio de 1933 por la disputa con Frick, Hitler no
concedía a Goebbels todo lo que éste había deseado,124 pero en él se
decía que era
«responsable de todas las tareas de influencia intelectual sobre la nación».
De las atribuciones del Ministerio del Interior, pasaban a depender
de él «la instrucción general en política interior, la Escuela Superior
de Política, la implantación y celebración de los días festivos
nacionales y festividades estatales en colaboración con el ministro
del Interior, la prensa (con el Instituto de Periodismo), la radio, el
himno nacional, la Biblioteca Alemana de Leipzig, el arte, el
fomento de la música inclu- yendo la Orquesta Filarmónica, los
asuntos teatrales y cinematográfi- cos», así como la «lucha contra la
literatura barata».125
Mientras que el Ministerio de Economía y el de Alimentación tuvie-
ron que cederle la propaganda económica y los asuntos de
publicidad, exposiciones y ferias, y el Ministerio de Transportes la
propaganda de transportes y comunicaciones, el Ministerio de
Exteriores, de acuerdo con el decreto, tenía que transferir de su
ámbito de competencias al Ministerio de Propaganda «el sistema
informativo y la propaganda en el extranjero, el arte, las
exposiciones de arte, la cinematografía y los deportes en el
extranjero». También el departamento de prensa del gobierno del
Reich, que hasta ahora había estado integrado en el Minis- terio de
Exteriores, se incorporaría al Ministerio de Propaganda. El 10 de
mayo Goebbels tuvo que luchar duramente por ello en una delibe-
ración de dirigentes.126 En un principio, el ministro de Exteriores, Kons-
tantin von Neurath, no quería darse por satisfecho. El 16 de mayo
envió negociadores a Goebbels, que sin embargo poco consiguieron
frente a
su determinación y capacidad de imponerse. Una «sentencia termi-
nante» de Hitler —así lo vio Goebbels— en una nueva deliberación
de dirigentes celebrada el 24 de mayo,127 durante la cual se dice que el
can- ciller del Reich defendió «con brío» el criterio de Goebbels,
aseguró al ministro de Propaganda el quedar al cargo de la
propaganda activa en el extranjero y dejó finalmente aVon Neurath
sin conseguir su obje- tivo.128
En la cuestión de las competencias, Goebbels llegó a enfrentarse
asi- mismo con Góring en el verano de 1933, aunque su relación se
había distendido visiblemente desde que aquél también fue nombrado
minis- tro. Puesto que ahora ya no se sentía postergado, celebró el
nombra- miento de Góring como presidente regional de Prusia en
abril, prin- cipalmente porque ahora por fin también estaba
«garantizada una clara y enérgica orientación nacionalsocialista para
este land tan importan- te».129 Si hacía poco Goebbels había atacado
la política de Góring como
«reaccionaria», al mes siguiente, en una «entrevista», el enjuto
agitador y el pesado vividor hicieron responsables de su a veces
difícil relación a los «chismosos», que eran los peores perturbadores.130
Pero la concordia duró poco. Goebbels, que tenía el poder en
Ber- lín sobre los «teatros del Reich» —la Volksbühne y el teatro de la
Nollen- dorfplatz, así como la Ópera Alemana—m siempre estaba
criticando la
«chulería uniformada» del «gordo».132 Cuando en junio Góring se negó
a renunciar a su responsabilidad sobre el Teatro Estatal Prusiano,
que abarcaba desde la plaza de Gendarmenmarkt hasta Unter den
Linden,133 enseguida se volvió a leer en sus escritos sobre la
«descarada fanfarro- nería» de su adversario134 y se rescató el viejo
argumento de que Góring se comportaba con demasiada complacencia
con la noble «reacción».135 Y es que, si se comparaban los edificios,
palidecían todos los teatros que tenía Goebbels bajo su control, pero
Góring no se dejó arrebatar este
«tesoro», aunque aquél no cesaba de intentarlo.
El conflicto abierto entre ellos se produjo cuando Góring disputó
al ministro de Propaganda el monopolio sobre la radio. El 12 de
junio, en una «circulan) dirigida a varios ministerios del Reich y
gobier- nos regionales, Góring llamó la atención sobre el hecho de
«que la
radio no se presta de ningún modo a ser administrada por una sola
mano, a saber, exclusivamente por el Reich. Es mucho más propio
de la naturaleza de la radio combinar los intereses de diferente
índole y de diferente envergadura del Reich y de las regiones, hasta
el punto de que la gestión de la radio sólo sea posible a partir de
una estrecha colaboración entre ambos, si es que se desean
conseguir los mejores resultados de esta importante rama de la
administración del Estado».136
Cuando el 17 de junio Goebbels tuvo noticia del escrito, vio «la
ocasión para atacar».137 Calificó la carta como «una desfachatez»,
tenía una «rabia tremenda» y lo primero que quería era «ir volando
directamente a Hitler», quien ahora debía emitir su dictamen; pero
finalmente dejó «madurar el asunto».138 Goebbels no dudaba de que
Góring saldría perdiendo en esto,139 pues, al igual que para Hitler,
la
«rigurosa centralización» era para Goebbels la medida de todas las
cosas.140 «No conservar, sino liquidar», era la estrategia de ambos
con respecto a las regiones, en particular por lo que se refería a la
poderosa Prusia.141 Goebbels desacreditó a Góring acusándole de
propagar sólo por su «sed de poder» un «regionalismo» que había
encontrado expresión en el asunto de la radio.142Varias veces se dirigió
a Hitler con esta cuestión, hasta que éste finalmente confirmó la
exclusiva competencia de Goebbels sobre la radio.143
Goebbels también tuvo éxito en sus gestiones para conseguir una
residencia oficial adecuada, que él se había fijado a la sombra de la
Puer- ta de Brandeburgo, en el más septentrional de los siete jardines
minis- teriales, como se los denominaba, entre la Wilhelmstrasse y la
Friedrich- Ebert-Strasse. Pero el antiguo palacio de los mayordomos
reales de Prusia había servido hasta ahora de domicilio oficial al
correspondiente minis- tro de Alimentación del Reich. Con el apoyo
de Hitler, que dio su apro- bación el 28 de junio,144 Goebbels
aprovechó la dimisión de Hugen- berg para adelantarse a su sucesor
en el Ministerio de Alimentación, Darré, a la hora de ocupar la
vivienda. Aun antes del nombramiento de Darré, Goebbels se dirigió a
él «por la cesión de la casa».Ya que Goeb- bels le comunicó que Hitler
así lo deseaba, pues quería tenerle inme-
diatamente cerca», Darré accedió al ruego del ministro de
Propagan- da.145
El nuevo señor de la casa situada en la calle Hermann-Goring-
Stras- se 20, como se llamó la Friedrich-Ebert-Strasse a partir de
agosto de 1933, siguió creando problemas a Darré; impidió la
necesaria amplia- ción del Ministerio de Alimentación porque le
«molestaban» esos tra- bajos en su residencia oficial, según sospechó
Darré.146 Por el contrario, las reformas en la propia casa ministerial
comenzaron enseguida y a gran escala. Albert Speer dirigía las obras,
que comprendían también la anexión de un gran edificio
residencial.147 El 30 de junio de 1933 Goebbels entregó la llave a su
mujer, pero en la alegría de ésta se mez- cló de inmediato una gota de
amargura: los muebles elegidos por Speer no le gustaban.148 Así que
hubo que cambiarlos por otros, pues, a pesar de la sencillez que
proclamaban, los Goebbels empezaban a vivir en un ambiente cada
vez más lujoso. El seguía intentando evitar esa impre- sión hacia
fuera —así, por ejemplo, en las Navidades de 1933 hizo que su
hermano mayor Konrad reconviniera a su hermano Hans por su cara
limusina—,149 pero en lo que se refería a la decoración de sus
viviendas y casas se subordinaba a Magda, cuyo «gusto fabuloso»
siempre hacía constar.Y ella —quién no lo iba a comprender
teniendo en cuenta las condiciones de su primer matrimonio— se
regía por lo que era bue- no y caro, aunque, a diferencia de la pasión
que sentían las esposas de otros muchos compañeros del partido por
lo cursi y lo ostentoso, tenía un gusto certero y sobre todo estilo,
hecho que revelan sus encargos a los Talleres Unidos de Munich. Y
sabía crear un ambiente en el que también Hitler se sintió muy bien
en privado durante años —un vínculo adicional entre el Führer y su
jefe de propaganda.
Cuando condujeron orgullosos a Hitler a través de la casa y el
jar- dín, éste mostró un «completo y sincero entusiasmo» y
compartió su opinión de que era «como un pequeño palacio de
recreo».150 Hitler sólo desaprobó muy duramente las acuarelas de
Nolde, que Speer había tomado prestadas para la vivienda de
Eberhard Hanfstaengl, el director de la Nationalgalerie [Galería
Nacional]. Aunque a los Goebbels les encantaban esas acuarelas, el
ministro hizo llamar inmediatamente a
Speer y le comunicó que eran «sencillamente imposibles» y que había
que retirarlas «al instante».151 También aquí la opinión de Hitler, «enten-
dido en arte», estaba para él y su esposa por encima de todo.
Hasta qué punto el deseo de Hitler era una orden para los Goebbels
lo ilustra también el papel que desempeñó en un conflicto entre ambos:
en julio de 1933 Magda quería asumir la presidencia de un nuevo cen-
tro de moda alemán, cosa que Goebbels rechazó de manera tajante, pues
las mujeres tenían que concentrarse exclusivamente en la familia y no
desempeñar ningún papel activo en la esfera pública. Así que se produ-
jeron «ruidosas escenas».152 Cuando, como consecuencia de ello, Magda
se negó a acompañar a su marido a Bayreuth para el festival de Wag-ner,
que era sagrado para los dirigentes nacionalsocialistas, la cosa se
convirtió en un «serio conflicto».153 Hitler, quien, después de que Goeb-
bels se presentara allí solo, reaccionó «horrorizado», dio inmediatamente
la orden de traer a Magda en avión desde Berlín. Ahora ella ya no se
hizo más de rogar y apareció después del primer acto de Los maestros
cantores «con una belleza resplandeciente».154 Los «ánimos» todavía «muy
abatidos» entre ella y Goebbels sólo fueron superados tras las nuevas
insistencias de Hitler. Aún en Bayreuth, escribió Goebbels en su diario
con un agradecimiento pueril: «Hitler restablece la paz entre Magda y
yo», es un «verdadero amigo» y «lo quiero mucho».155
Puede que la causa de estas desavenencias estuviera en el estado psí-
quico del ministro de Propaganda, pues un nuevo competidor tocaba
la posición de poder de Goebbels. Ley, que con el Frente Alemán del
Trabajo (DAF, en sus siglas alemanas) se había apropiado de la organi-
zación y del enorme capital de los sindicatos y seguros sociales desar-
ticulados,156 tenía la intención de integrar en el frente a todas las fede-
raciones de trabajadores, incluida la Asociación Profesional de Artistas,
lo que recortaría decisivamente las posibilidades de Goebbels de influir
en materia político-cultural. Esta idea provocó en Goebbels una reac-
ción «casi de pánico».157 Con la mayor celeridad posible se presentó
ante el representante de su Führer, Rudolf Hess, con quien habló «seria-
mente» el 6 de julio sobre las intenciones de Ley, 158 operando con la
palabra clave «marxismo», un arma habitual contra el DAF. El 10 de julio
advirtió en un artículo contra las «tendencias marxistas» dentro de
la Organización Nacionalsocialista de Células de Empresa, NSBO
en siglas alemanas.159 Había que tener cuidado de que el marxismo,
pri- vado de sus posibilidades de organización, no encontrara «una
nueva palestra ideológica» en la NSBO. No todo el que se ponía la
insignia de la NSBO era por ello un leal soldado de Hitler.Y pensar
que el mar- xismo estaba completamente exterminado tras el final
del SPD y del KPD, eso se podía esperar de otros, pero no de
«nosotros, viejos nacio- nalsocialistas».160 Tres días después, en un
escrito dirigido a la cancillería del Reich, acusó a Ley de seguir
siendo partidario del clasismo y del sindicalismo marxistas, lo que
«siempre prometía buenos resultados tra- tándose de Hitler, que
padecía el síndrome de Strasser».161 Goebbels pedía «que se buscara
lo más pronto posible el arbitraje del señor can- ciller del Reich en
este asunto» y «que en el sector artístico se le die- ran instrucciones
al Frente del Trabajo de no atentar contra la conti- nuidad de las
asociaciones profesionales existentes que colaboran conmigo».162
Goebbels justificó su exigencia alegando que tenía inten- ción de
«presentar propuestas para la creación de una Cámara de Cul- tura
del Reich, que estaría formada por las organizaciones de los dis-
tintos ámbitos» pertenecientes a su «esfera de acción»163 y que abarcaría
a todos los «trabajadores culturales» del Reich bajo su dirección.
Puesto que Hitler no le respondió con una negativa decidida,
Goeb- bels dio de inmediato el siguiente paso y pocos días después
añadió a su carta una «nota» que llevaba por título «Ideas básicas
para la crea- ción de una Cámara de Cultura del Reich».164 Por muy
poco que se hubiera dejado madurar el escrito desde el punto de
vista ideológico, estuvo disponible rápidamente, y ante todo de eso
se trataba ahora en su situación,165 pues una organización de este tipo
no había tenido nin- guna importancia en el momento en que se
planificó la estructura del Ministerio de Propaganda. En estas «ideas
básicas», Goebbels castiga- ba duramente las supuestas
«aberraciones» ideológicas de Ley. Había que observar —se
decía--.que «no todos entendían» la «línea» del nacionalsocialismo
de hacer de la constante formación cultural, en la que Goebbels veía
el «gran proyecto sociológico del siglo xx»,166 «el
cimiento natural del Estado de la comunidad creadora nacional». De
este modo, Goebbels quería oponerse a los frentes sociales y a la
repre- sentación de intereses económicos con una nueva «razón de
ser»: la creación artística libre sería reemplazada por el servicio a la
«comuni- dad popular»,167 estableciéndose así el deseado frente único
de Estado y cultura.168 Ley, en cambio —así lo afirmaba Goebbels
—, apoyaba
«tendencias que reducen la construcción estatal exclusivamente al
terre- no de las luchas sociales y quieren hacer de ella una especie de
comu- nidad de trabajo paritaria reactivando el ideario
sindicalista».169 Estas
«direcciones opuestas —seguía diciendo— quizás no se han
manifes- tado en ninguna parte con más fuerza y gravedad» que en
la esfera de acción asignada al Ministerio de Propaganda. Por este
motivo, pero también porque el ministerio tenía la misión de «fundir
en un con- junto la educación estatal y la formación de la
identidad», el Ministe- rio de Propaganda necesitaba «para el
desempeño de sus tareas asocia- ciones de prensa, radio, literatura,
teatro, cinematografía, música y artes plásticas, y no asociaciones de
trabajadores y patronos, en las que se subraya de la manera más
contundente posible la uniformidad del inte- rés económico y se
reprime la disparidad de condiciones de los ramos profesionales».170
Durante un «largo cambio de impresiones de carácter general»
con Hitler, que tuvo lugar el 24 de agosto en el Obersalzberg, el
Führer dio por buenas las ideas de Goebbels y expresó la «más
plena admira- ción» por su trabajo.171 Después todo fue muy rápido. A
finales de mes se discutió por primera vez a nivel de ponentes el
correspondiente «Pro- yecto para una ley de Cámara de Prensa y
Cultura». En la «deliberación de dirigentes» del 19 de septiembre se
logró un «consenso» y ya el 22 de septiembre se aprobó la ley172 que
otorgaba a Goebbels plenos pode- res «para unir en corporaciones de
derecho público» a los «miembros del ramo de actividades que
comprendía su esfera de acción». Así exis- tía, aparte del DAF de
Ley, un segundo sindicato del Estado controla- do por Goebbels
para los profesionales del sector cultural. El ministro de Propaganda
había conseguido una «obra maestra en el arte de la improvisación
política».173
Aunque Hitler dio por terminada la «revolución parda» ya el 7 de
julio de 1933 —lo que significaba tanto como: el ejército y la
econo- mía se dejan en paz y todo lo demás está bajo control— y
pese a que las medidas más perentorias para la unificación forzosa se
habían con- cluido más o menos, el aparato propagandístico de
Goebbels seguía tra- bajando al máximo rendimiento e intentaba
entusiasmar a la nación con fiestas y desfiles multitudinarios para
combatir el letargo que a menudo se observaba. En el año de la subida
al poder, se celebró a prin- cipios de septiembre en Nuremberg el
«congreso de la victoria del par- tido del Reich» con una pompa
nunca vista. Cientos de miles de per- sonas se acercaron a la capital
de Franconia para presenciarlo. A los que se quedaron en casa, la radio,
la prensa, el noticiario Wochenschau y final- mente la película de Leni
Riefenstahl les transmitieron esa Victoria de la fe, como decía
significativamente el título de esta última.
Si la penuria ya no pesaba tanto sobre la gente, se debía entre
otras cosas al efecto de la propaganda, que exhibía de manera
incansable los esfuerzos y logros sociales del régimen.Ya se tratara de
medidas para el fomento del empleo, como las obras del tramo de
autopista entre Frank- furt y Heidelberg, que comenzaron en
septiembre, o iniciativas de bene- ficencia, como la campaña de
socorro invernal, la radio del Reich y la prensa siempre estaban
presentes e informaban detalladamente sobre la primera piedra
colocada por Hitler aquí o el discurso inaugural pro- nunciado por el
ministro de Propaganda allá. La dinámica de los acon- tecimientos y
la experiencia de comunidad propagada en todas partes debían
sugerir a la gente la excitación ante lo nuevo y la consolidación del
estado de cosas antes de que realmente hubiera mejorado su situa-
ción económica. Cada vez más personas de todas las capas sociales
iban sucumbiendo poco a poco al hechizo pardo con sus lemas de
«elimi- nación del desempleo», restauración del «honor nacional» y
una «comu- nidad popular» que salvaba todas las barreras sociales. Sin
embargo, había muchas cosas inquietantes, que daban motivos para
dudar, como los ata- ques contra los judíos o la construcción de
campos de concentración, así como el terrorismo contra quienes
tenían diferente ideología polí- tica, como por ejemplo durante la
«semana sangrienta de Kópenick»,
en la que 91 personas fueron cruelmente masacradas por las SA.174 Pero,
puesto que las cosas habían venido así y de todos modos nada se
podía hacer como individuo particular, en Alemania muchos se
excusaban alegando que ellos no tenían nada ver con eso. Y, a fin de
cuentas, ¿no habían tenido todas las revoluciones sus excesos que
tarde o temprano habían vuelto a disminuir?
En cambio, entre los enemigos occidentales de la guerra mundial,
la dictadura de Hitler, con la radical eliminación de personas que no
goza- ban de su simpatía política, pero sobre todo el antisemitismo
decreta- do por el Estado, aumentaron las aversiones contra el
Reich. En esos países, las abiertas declaraciones de enemistad estaban
a la orden del día y pesaban cada vez más sobre las relaciones
exteriores. Por ese motivo, en otoño Hitler tuvo que frenar a su
ministro de Propaganda, quien tras la consolidación de su esfera de
influencia dedicó toda su energía a la lucha contra los ciudadanos de
credo judío, la «peste universal que había que exterminar». Así, la
ponencia que le había encargado a Goebbels para el congreso del
partido sobre «El problema racial y la propaganda mundial» le
resultó demasiado agresiva. «Por razones de política exte- rior», muy
a pesar del orador, el texto tuvo que ser «suavizado en la cuestión
judía».175
Sin embargo, Goebbels fue para Hitler la primera opción cuando
se trató de calmar los ánimos internacionales. Como gesto de un
supues- to pacifismo alemán, que Hitler ya había exhibido a lo
grande en su discurso parlamentario del 17 de mayo de 1933, envió
en una misión especial, además de a su ministro de Exteriores,Von
Neurath, a su más hábil dialéctico a Ginebra para el congreso de la
Sociedad de Nacio- nes de finales de septiembre de 1933. «Del
mismo modo que nuestros adversarios en política interior no se
dieron cuenta hasta 1932 de hacia dónde nos dirigíamos, de que la
promesa de legalidad era sólo un ardid», así se deberían salvar ahora
«todos los peligrosos escollos» de la «zona de riesgo» por medio de
juramentos de paz; con ello se refería a la fase de «capacitación para
la guerra», que Goebbels consideraba la condi- ción indispensable
para la supervivencia de Alemania en un mundo de enemigos y el
primer paso en el camino hacia el gran imperio conti-
nental.176 De acuerdo con esta regla, la propaganda de Hitler y
Goeb- bels en política exterior tuvo el siguiente lema encubridor
entre 1933 y 1936: «No somos una Alemania militarista».177
Después de su visita a la Italia amiga de Mussolini, éste era el
segun- do viaje oficial de Goebbels al extranjero. En él se presentó
por pri- mera vez ante los representantes de aquellos países en contra
de cuyos sistemas democráticos, sin conocerlos en lo más mínimo,
había des- plegado una campaña difamatoria tan grande. En
consecuencia, la impresión que se llevó de la asamblea de la
Sociedad de Naciones el 25 de septiembre fue «deprimente». «Una
reunión de muertos» se cele- bró allí, sobre la que sentenció con
tanta ironía como desprecio que esto era el «parlamentarismo de las
naciones».178 El delegado alemán en Berna, Ernst von Weizsácker,
había esperado que Goebbels sacara
«útiles impresiones».179 En realidad fueron de este tipo: «Lo único
inte- resante era observar a la gente. Sir John Simón, ministro de
Exterio- res inglés. Alto e imponente (...). Dollfuss, un enano, un
petimetre, un bribón. Por lo demás, nada raro (...). Nosotros los
alemanes les damos cien vueltas.Todo sin dignidad ni estilo.Aquí ha
encajado y se ha sen- tido bien Stresemann. Esto no es para
nosotros (...). Me fastidia haber participado. El Ministerio de
Exteriores se caga en los pantalones de miedo».180
Pero también él mismo, «la sensación de la asamblea plenaria»,181 fue
«examinado y juzgado».182 En el ambiente ginebrino tan denostado
por él —informa el intérprete jefe del Ministerio de Exteriores, Paul
Schmidt—183 Goebbels se movió sin embargo «con absoluta
desenvol- tura», «como si llevara años siendo delegado en la
Sociedad de Nacio- nes». Lo cierto es que el «hombre salvaje de
Alemania» causó una impre- sión tranquila y cuidada, y Goebbels
cambió su violento vocabulario de agitador político, habitualmente
tan delator, por una cuidada jerga diplomática. La máscara era
perfecta. El intérprete Schmidt tuvo la impresión de que «casi
todos» los interlocutores extranjeros de Goeb- bels «se quedaron
igual de sorprendidos que yo al encontrar frente a sí, en lugar de al
vocinglero tribuno del pueblo, al tipo completamente normal de
delegado de la Sociedad de Naciones, que sonreía amable-
mente de vez en cuando, como hubo decenas en las asambleas de sep-
tiembre».184
Von Weizsácker lo confirmó. La «rica mezcla» de la delegación gine-
brina con personalidades del NSDAP «dio muy buen resultado», pen-
saba. Los extranjeros que hablaron con Goebbels se despidieron en gene-
ral con la impresión de que en ese movimiento había algo que merecía
un estudio más detenido.185 Para sus «negocios suizos»,Weizsácker quedó
asimismo «muy satisfecho»186 con la visita de Goebbels, a lo que pudo
contribuir considerablemente una cena del 27 de septiembre de 1933
con el profesor ginebrino de Historia Moderna y futuro comisario de
la Sociedad de Naciones en Danzig, Cari Jacob Burckhardt. En ella
Goebbels decía haber logrado cambiar a su favor el «frío ambiente» ini-
cial entre los suizos.187 También creía haber desvanecido las preocupa-
ciones del consejero federal suizo Giuseppe Motta por los «deseos de
expansión nacionalsocialistas», de manera que finalmente el «burgués
metido a político» se fue al parecer «muy satisfecho».188
Un efecto similar hizo constar Schmidt sobre la intervención de
Goebbels ante los representantes de la prensa internacional la tarde del
28 de septiembre de 1933 en la abarrotada sala de los espejos del hotel
Carlton de Ginebra. Su conferencia sobre «La Alemania nacionalsocia-
lista y su misión de paz»189 volvió a estar perfectamente en la línea de
la propaganda alemana de los años 1933-1936. 190 En ella Goebbels
rechazó como «grotesca»191 la tesis de que la nueva Alemania estuviera
preparando una futura política expansionista y sostuvo que era «injus -
to» conjeturar un deseo de guerra por parte de Alemania cuando todo
el sistema sobre el que se basaba el gobierno alemán estaba «impregna-
do de un espíritu pacifista».192 Schmidt refiere que el comentario de
Goebbels sobre que el nuevo régimen era una «ennoblecida forma de
democracia en la que se gobierna autoritariamente según el mandato
del pueblo»193 fue acogido en muchos casos con «incrédulo escepticis-
mo» y alguna «sonrisa irónica». Del mismo modo, sus promesas de paz
resultaron demasiado halagüeñas teniendo como fondo las Señales del
nuevo tiempo194 que llegaban desde Alemania. Sin embargo, los comen-
tarios hábilmente calculados que hizo Goebbels sobre el auténtico peli-
gro, el bolchevismo, encontraron gestos de asentimiento en el
audito- rio, sobre todo entre algunos ingleses y americanos.195
De todos modos, más que el fondo fue la forma en que Goebbels
se expresaba y hablaba lo que dejó una cierta impresión «positiva»
en el auditorio internacional, pues éste también se «sorprendió de
que el desmedido demagogo que veían en Goebbels por sus
comentarios aho- ra estuviera delante de ellos de una forma tan
civilizada y amable».196 Justo esta sensación contradictoria dejó el
discurso de Goebbels en el corresponsal del Times londinense, quien
escribió «que el tono en que Goebbels expuso sus ideas fue
extraordinariamente suave y de manera inequívoca debía ser un gesto
útil y conciliador para las negociaciones sobre el desarme, pero
contrastaba extrañamente con algunas senten- cias anteriores
procedentes de la misma fuente».197 Un periódico pari- sino llegó a
manifestar que Goebbels había hablado «como Stresemann en su
día».198 Cuando a continuación el ministro de Propaganda se mezcló
libremente con los periodistas y respondió incluso a las preguntas
más duras sobre la libertad de prensa, la cuestión judía o los campos
de concentración «con temperamento, capacidad de réplica y
diploma- cia»,199 pudo estar seguro de su «reconocimiento, aunque
fuera invo- luntario».200 El ministro de Exteriores francés, Joseph
Paul-Boncour, a ojos de Goebbels un «vanidoso desagradable.
Francés y literatoide. No un buen tipo»,201 informó al presidente de su
consejo de ministros, Dala- dier, sobre el diálogo de dos horas que
mantuvo con Goebbels y que no le había dejado del todo
indiferente: «Conversación fogosa, ojos ardientes, gestos de una
mano elegante y fina, que contrastan como los ojos con el cuerpo
deforme y que subrayan, acentúan y amplifican sus esfuerzos de
argumentación. Este ministro de Propaganda trae la pro- paganda a la
diplomacia».202
Antes de su vuelo de regreso a Berlín del día siguiente, Schmidt
oyó al ministro de Propaganda hablar de una atmósfera terrible, de
confu- sión, intrigas y disimulo.203 Al parecer, Goebbels, pese a su
éxito, estaba desconcertado por el foro extranjero: tenía el
convencimiento de que los representantes de la Sociedad de
Naciones estaban unidos en cuan- to a su hostilidad contra la
Alemania nacionalsocialista. Al menos eso
era lo que todos le habían «dejado sentir claramente, aunque por
fuera se mostraran tan amables».204 El enviado italiano Suvich estaba
«visi- blemente influenciado por los franceses», hablaba de guerra y
peligro y además estaba «plenamente contra nosotros» en la
cuestión austriaca, anotó Goebbels en su diario y resumió: «Italia es un
país de sacro egoís- mo (...). Suvich es rival nuestro. Intenta
ocultarlo (...). Pero yo no me dejo engañar».205 El ministro de
Exteriores húngaro, el conde Kanya, le informó de la «psicosis
bélica» que reinaba en París, de lo cual Goeb- bels concluyó que
París buscaba «torpedear el desarme».206 En el asunto de la igualdad
de armamentos exigida por Hitler, Goebbels no pudo hacer desistir
de su postura negativa ni a Jean Louis Barthou, el anti- guo
presidente de la comisión de reparaciones y futuro ministro de
Exteriores francés, ni a Paul-Boncour, pese a dos largas entrevistas que
mantuvieron el 29 de septiembre de 1933, en las que intentó
hacerles perder su «miedo cerval» con innumerables «argumentos».207
Sólo los encuentros ginebrinos con el ministro de Exteriores
pola- co, Josef Beck, y con el presidente del Senado de Danzig,
Hermann Rauschning, quien «con seguridad no hace tonterías»,
transcurrieron de manera satisfactoria para Goebbels. Con Beck
puede uno «arreglár- selas», es «joven e impresionable», observó
Goebbels. Además Beck quie- re «librarse de Francia y tender más
hacia Berlín»,208 un proceso que desembocó el 26 de enero de 1934
en un pacto de amistad y no agre- sión germano-polaco. Con él,
Alemania dio un paso decisivo para salir de su aislamiento en
política exterior, aislamiento hacia el que Hitler
—sin duda vio corroborada la decisión que ya había tomado por el
informe negativo de Goebbels con respecto a Ginebra— había
dirigi- do al país con la salida de la Conferencia para el Desarme y de
la Socie- dad de Naciones el 14 de octubre de 1933.
Aquí también, en la fase de «capacitación para la guerra» de Alema-
nia, un hábil reparto de papeles encubrió la estrategia de engaño.
Mien- tras que Hitler daba a conocer su decisión en la radio,
Goebbels, por orden del gobierno, volvía a declarar en una
conferencia de prensa la adhesión «a una política del más sincero
pacifismo y disposición -con- ciliadora».209 Lo repitió en su discurso
de política exterior «Laiuchade
344 Goebbe
ü

Alemania por la paz y la igualdad» el 20 de octubre en el palacio de


deportes berlinés, en el que justificó públicamente la salida de
Alema- nia de la Sociedad de Naciones y de las negociaciones para el
desarme:
«Si hemos abandonado la Sociedad de Naciones y la Conferencia
para el Desarme, no ha sido para preparar la guerra. Adolf Hitler ha
decla- rado con razón en su discurso radiado que sólo un loco
desearía la gue- rra. Nos hemos salido para limpiar el ambiente, para
mostrar al mundo que así no se puede seguir». En lugar de ocuparse
con responsabilidad de las catástrofes económicas, los políticos se
dedicaban a «convertir a Alemania en cabeza de turco»,210 decía
disipando en el interior los fun- dados temores del exterior.
La indignación que reinaba en Ginebra por la salida alemana y
las aisladas peticiones de acciones militares contra Alemania fueron en
vano, y esto confirmó el juicio de Goebbels sobre la «decadencia» de
las demo- cracias occidentales. En el Reich —tal como él y Hitler
querían hacer creer— no se derramaba ni una lágrima por la
Sociedad de Naciones, sino que más bien se aplaudía la salida.
Nadie habría entendido «que hubiéramos continuado por medio del
debate aquello que los partidos de Weimar realizaron durante diez
años». El pueblo quiere ver algo, no lo que «meditabundos
intelectuales» consideren conveniente, sino una acción arrebatadora
que documente la decidida voluntad de empezar de nuevo.211
Ahora le tocaba a Hitler demostrar por su parte al extranjero que
todo el pueblo alemán seguía su política en un «frente único sin pre-
cedentes».212 Por eso hizo que se sancionara la salida de la Sociedad
de Naciones, unida a la pregunta por la aprobación general de su
política, con un plebiscito asociado a la reelección del Parlamento
votado el 5 de marzo. Como tan a menudo en los años pasados, en
las pocas sema- nas que quedaban hasta el día de las elecciones, el 12
de noviembre vol- vió a arrollar el país una gigantesca oleada de
mítines multitudinarios retransmitidos por la radio, de desfiles y
llamamientos en masa. En millo- nes de carteles se exigía justicia y
libertad para la patria. Una vez más Goebbels, que hacía las veces
de jefe electoral del Reich, cumplió con una enorme carga de
intervenciones oratorias y entrevistas con el obje-
tivo de que sus «compatriotas» dieran su voto a favor de la política de
Hitler como símbolo de su fiel y leal confianza, sobre todo con vistas
al extranjero.
No se necesitaba ningún don profético para predecir que el resulta-
do de la votación respondería a las expectativas. Es cierto que la lista úni-
ca garantizaba de todos modos el éxito, pero también estaba demasiado
presente Versalles con sus cesiones de territorio, con sus zonas de ocu-
pación y los pagos de reparaciones, estaba demasiado vivo el recuerdo
de las humillaciones que depararon a Alemania las negociaciones tribu-
tarias o el que se echara mano de la cuenca del Ruhr, como para poder
negar el «sí» al «Führer y a la patria». Así pues, el plebiscito y la asociada
reelección del Parlamento, que ahora por vez primera estaba hecho «de
una sola pieza»,213 integrado casi exclusivamente por diputados nacio-
nalsocialistas, fue un temprano momento estelar de la aprobación de
Hitler en Alemania y, por ende, un éxito íntegro de su ministro.
El 8 de noviembre éste había declarado como testigo ante el tribu-
nal imperial de Leipzig en el proceso por el incendio del Reichstag,
intentando minimizar el daño que causaba este proceso, iniciado ya
hacía semanas, sobre todo en el extranjero. El caso era que, tanto en el
Reich —aunque con la boca tapada— como en el extranjero, el pro-
ceso contra el autor confeso Marinus van der Lubbe, contra el antiguo
presidente del grupo parlamentario comunista,Torgler, 214 así como contra
los comunistas búlgaros Dimitrov, Popov y Tanev, había reavivado la
discusión sobre aquello que habían difundido escritos en parte prohi-
bidos y en su mayoría comunistas: la autoría nacionalsocialista del deli-
to. En el estrado de los testigos, transformado en plataforma propagan-
dística, Goebbels hizo un «llamamiento al sentido de la justicia del
mundo» y exigió a la prensa extranjera que reprodujera su «minuciosa
descripción de las verdaderas circunstancias del delito» con el mismo
rigor que le había concedido al Braunbuch [Libropardo],215 el cual inten-
taba probar la culpabilidad nacionalsocialista en el incendio del Reichs-
tag.216 Era inadmisible —declaró Goebbels— que «el gobierno de un
pueblo decente y honrado siga estando bajo sospecha ante el mundo
de una manera tan falaz».
346 Goebbel
s

De «absurda» y de «distorsión sin escrúpulos de la realidad»


calificó Goebbels la teoría que le imputaba la autoría intelectual del
incendio. Para eliminar a un partido «al que habríamos podido pasar
a cuchillo y aniquilar en cualquier momento que quisiéramos», para
eso habría dis- puesto de otros medios. Como igualmente «absurda»,
rechazó la impu- tación de que los nacionalsocialistas habrían tenido
motivos para aco- meter «algo especial», particularmente debido a
los malos pronósticos para las elecciones del 5 de marzo. Por el
contrario, encontraba —como había hecho Góring cuatro días antes
— toda una serie de argumentos para la autoría comunista del
atentado. Los comunistas —así lo expuso el ministro de Propaganda
tergiversando gravemente la realidad— ha- bían sido los únicos
«beneficiarios» del incendio y con él habían que- rido dar «la señal
para la rebelión general». Había sido su «última opor- tunidad» de
«reprimir el levantamiento nacional».
Por «absolutamente absurda» y por una «estúpida broma» —así
declaró respondiendo a la pregunta de cuándo había tenido conoci-
miento del incendio del Reichstag— tomó él en un principio la
comu- nicación telefónica de Hanfstaengl. En consonancia con las
memo- rias de posguerra de éste, Goebbels siguió refiriendo en
Leipzig que sólo había transmitido la noticia a Hitler, que se
encontraba en su casa de la Reichskanzlerplatz, después de que el
jefe de la prensa extran- jera le avisara por segunda vez.
«Sorprendido» e «incrédulo» se había dirigido luego con Hitler «a
un ritmo vertiginoso» hacia el Reichs- tag, donde Góring los recibió
media hora después del aviso de Hanfs- taengl en la puerta 2 con la
explicación de que se trataba de un aten- tado político y de que ya se
había detenido a uno de los autores, un comunista holandés.
De la intervención de casi tres horas del ministro de Propaganda,
el profesor Justus Hedemann, jurista de Jena y testigo del proceso,
sacó la impresión de que Goebbels había sido «extremadamente
sugestivo» y
«también concluyente desde el punto de vista del contenido», sobre
todo «teniendo en cuenta la situación psicológica» que imperaba
enton- ces. Cuando Goebbels empleaba la palabra «absurdo» al final
de una exposición de ideas, sonaba tan consecuente «como si no
hubiera sido
posible ningún otro juicio».217 Aunque puede que esto también lo
sin- tieran así los espectadores con sus nutridos aplausos, entre ellos
Magda Goebbels —Hedemann anotó: «(...) Los lindos ojos,
calculadamente sombríos; las ondas del cabello, de un rubio pajizo,
bajo una capucha negra; una mirada muy expresiva (...)
¡Clotilde!»—,218 los jueces del Reich llegaron a otra conclusión.
Condenaron a muerte aVan der Lub- be como «autor único», pero
absolvieron a Torgler, Dimitrov, Tanev y Popov, dando una negativa
ridiculizadora a la teoría nacionalsocialista de la conspiración
comunista.
Los jueces de Leipzig aún no habían emitido la sentencia cuando
Goebbels, poco después del éxito triunfal en las elecciones
parlamen- tarias, con una reforzada confianza en sí mismo, accedió a
la tribuna del orador de la Filarmónica de Berlín para, en presencia
de su Führer, pronunciar el discurso solemne con motivo del acto
fundacional de la Cámara de Cultura del Reich.219 El presidente de
la Cámara, Goeb- bels, todavía entusiasmado por el resultado de las
elecciones, mostró enfáticamente las perspectivas de futuro de las
artes en Alemania, que evidenciarían que el «gran despertar alemán
de nuestra era» no sólo era político, sino también cultural. Las
medidas que él establecía con ese fin las dictaba el «sentido común».
Lo que eso significaba ya lo habían expe- rimentado amargamente
durante la primera mitad del año un buen número de impopulares
escritores, actores, intendentes y directores artís- ticos. Privados de
perspectivas profesionales de futuro, muchos fueron abandonando
Alemania paulatinamente, entre ellos Thomas y Heinrich Mann,
Arnold Zweig, Alfred Dóblin y el director de cine Fritz Lang. Los
judíos se vieron afectados con especial dureza; Goebbels declaró
abiertamente que, según su «opinión y experiencia», «un coetáneo judío»
era «en general incompetente para gestionar el patrimonio cultural
de Alemania».220 Así, Otto Klemperer, el director de la Ópera
Estatal de Berlín, después de que se le concediera la medalla de
Goethe aún en 1933, fue despedido «por razones raciales». Quienes
no habían emigra- do o habían perdido las simpatías del régimen,
quedaron ahora inte- grados forzosamente en la Cámara de Cultura
del Reich, subordinada al Ministerio de Propaganda y compuesta
por siete cámaras menores:
literatura, prensa, radio, teatro, música, cinematografía y artes plásticas
del Reich.221
Goebbels, que acababa de «depurar» las redacciones de los periódi-
cos por medio de una ley de redactores, se esforzó mucho por disipar
miedos y temores222 asegurando durante su discurso inaugural que en
Alemania no encontraría su hogar la «censura»223 y que la única pre-
tensión consistía en ser «los benévolos patronos del arte y la cultura ale-
mana». Había que poner coto al «diletantismo insensible y sin vida de
una legión de ineptos»; la «incultura» y la «involución reaccionaria», que
obstruían a los jóvenes el camino hacia arriba, debían ser definitiva-
mente cosa del pasado. Sólo «manos consagradas» tendrían «el derecho
de servir en los altares del arte». 224 Así intentó ganarse al menos a algu-
nos «iconos» para que colaboraran en la Alemania nacionalsocialista,
pues no podía permitir que se produjera un éxodo completo de artis-
tas, si es que la palabra de Hitler acerca de un florecimiento cultural en
Alemania aún debía tener un ápice de autoridad.
En un primer momento, la estrategia que esto implicaba de «neu-
tralizar a la burguesía liberal y ganar prestigio en el extranjero» 225 iba a
salir bien. En efecto, hubo un número no despreciable de artistas pro-
minentes dispuestos a colaborar en las instituciones del régimen nacio-
nalsocialista, entre ellos Wilhelm Furtwángler, uno de los directores de
orquesta más importantes del siglo XX, pero también los compositores
Richard Strauss y Paul Hindemith, el poeta lírico Gottfried Benn, e
incluso el premio Nobel de Literatura Gerhart Hauptmann se puso a
bien con el Estado nacionalsocialista.
Con esta política cultural, Goebbels, que procedía con habilidad y
había incluido en sus cálculos una apariencia positiva hacia el exterior,
encontró sin embargo la enconada resistencia de un hombre al que muy
a sabiendas había asignado un lugar en las últimas filas durante la cere-
monia fundacional de la Cámara de Cultura del Reich: Alfred Rosen-
berg. El jefe de la Liga para la Defensa de la Cultura Alemana, no ofi -
cial en el partido, que se había quejado ante Hess por el trato que se le
daba,226 sólo servía a Goebbels de escarnio. Le calificaba despreciativa-
mente como «filósofo del Reich»227 y tildaba de «eructo filosófico»228
su tratado El mito del siglo xx, publicado en 1930. Rosenberg
velaba dogmáticamente por la «pureza de la idea» del
nacionalsocialismo —es decir, la vuelta al pasado, a la mística
alemana, a Goethe, a Schopen- hauer, a Nietzsche, a Wagner y a las
Thingstátten,229 y el rechazo radical de todo lo nuevo—,230 lo que
ocasionalmente provocaba también observaciones despectivas de
otros compañeros del partido. Góring pen- saba que si mandara
Rosenberg «no habría ya teatro alemán, sino sólo culto, consejos
abiertos, mitos y cuentos por el estilo».231
Rosenberg, quien en noviembre de 1925 ya había reprochado a
Goebbels desviaciones «pro bolcheviques» en el Vólkischer
Beobachter232 del cual era redactor jefe, volvió a escribir en julio de
1933 en el Vólkischer Beobachter dirigiéndose a su adversario que
alrededor de hombres como Nolde o Barlach se enardecía «una viva
polémica»; un grupo de artistas nacionalsocialistas que se decía
revolucionario levantaba sobre el pavés a estas figuras controvertidas.233
El caso era que, contra la difamación de toda la modernidad artística
ejercida por Rosenberg con la ayuda de su Liga para la Defensa de
la Cultura Alemana, se había dirigido una acción de jóvenes artistas
y estudiantes pertenecientes al NSDAP, presumiblemente con el
secreto beneplácito de Goebbels. Bajo la dirección de los pintores Otto
Andreas Schreiber y Hans Jakob Wei-demann —ponente artístico
del Ministerio de Propaganda y futuro vicepresidente de la Cámara
de Cinematografía del Reich—, se inauguró el 22 de julio de 1933
en la galería privada Ferdinand Moeller de Berlín la exposición
«Treinta artistas alemanes», con obras del expresionismo alemán,
entre otros de Barlach, Macke, Nolde, Rohlfs y Pechs-tein. Aunque
la muestra fue cerrada a los tres días por orden del ministro del
Interior, Frick, el hecho de que Weidemann perteneciera al
Ministerio de Propaganda llevó incluso en el extranjero a la sospecha
de que Goebbels fomentara en secreto esta y otras empresas de los
artistas.234
Si Rosenberg intrigaba y actuaba contra Goebbels, era, aparte de
las diferencias ideológicas, por el puro poder. El «frío báltico»,235
como Goebbels a veces le llamaba, había querido asegurarse una gran
influen- cia en las esferas culturales del Reichjusto esa influencia que
tenía aho-
ra Goebbels gracias a su ministerio y a la Cámara de Cultura del
Reich, cuyo número de socios ascendía a cientos de miles y que a
finales de 1937 ya tenía empleados con contrato a 2.050
colaboradores.236 Con su
«instinto para las imposibilidades políticas»,237 Rosenberg se lo había
jugado todo por la primacía dentro del partido238 y hasta entonces
poco había alcanzado. No logró prosperar con el departamento de
asuntos exteriores del NSDAP, que dirigía desde abril de 1933 y
que intenta- ba en vano utilizar como trampolín hacia el Ministerio
de Exteriores del Reich, ni tampoco consiguió que Hitler hiciera
efectivo el reco- nocimiento oficial del partido para su Liga de
Defensa de la Cultura Alemana, fundada por él en diciembre de
1928 y que desde 1934 lle- vó el nombre de Comunidad Cultural
Nacionalsocialista.239
La posición de Rosenberg se debilitó todavía más porque, en la
dis- puta entre su aliado Ley y Goebbels, se abrió paso un
compromiso en noviembre, después de la fundación de la Cámara de
Cultura del Reich. Aunque por de pronto el ministro de Propaganda
había alcanzado lo que quería con la creación de la cámara, aún
había problemas con Ley por una serie de importantes
organizaciones profesionales, de las que se seguía dudando si debían
incorporarse al DAF o a la Cámara de Cul- tura del Reich. Sin
embargo, dado que Ley dependía de la ayuda de Goebbels para
elaborar un programa cultural popular para la organiza- ción de
tiempo libre, llamado Fuerza a través de la Alegría (Kraft durch
Freude, KdF), cedió en los puntos litigiosos. Como
contraprestación, Goebbels reconoció y apoyó la organización de
Ley, KdF. De manera significativa, aparecieron juntos en el acto
fundacional de la nueva orga- nización de tiempo libre el día de los
difuntos de 1933. Goebbels agra- deció a Ley que el proyecto «se
hubiera debatido y llevado a cabo de plena conformidad con el
Ministerio de Propaganda del Reich».240
Así pues, en diciembre de 1933 Goebbels pudo volver la vista
atrás hacia un año repleto de éxitos para él, en el que, como él lo
veía, se había restablecido la «unidad del pensamiento popular».241
Además de la jefatura del departamento de propaganda del NSDAP
y del Minis- terio de Propaganda, con la Cámara de Cultura del
Reich, que pronto tuvo filiales en todo el país al igual que el
ministerio berlinés, dis-
ponía de un tercer pilar para su poder, con el que podía impulsar en
el pueblo la «movilización intelectual» que demandaba la
orientación expansionista de Hitler en política exterior. Pero el
colmo de su felici- dad al final del «año revolucionario» fue la
«carta muy afectuosa» del Führer242 que éste escribió a su «querido
doctor Goebbels» por Año Nuevo. En ella resaltaba que Goebbels
había «hecho de la propaganda del partido un arma de fuerza
inaudita, a la que había sucumbido a lo largo del año un enemigo tras
otro».243
Capítulo 10

EL CAMINO A NUESTRA LIBERTAD PASA


POR CRISIS Y PELIGROS
(1934-1936)

A hora Goebbels ya no se conformaba con los beneficios económi-


cos de su ascenso, con la ostentosa casa oficial, la limusina y los
trajes hechos a medida. Movido por un enfermizo complejo de infe-
rioridad, buscaba siempre una nueva autoafirmación, por ejemplo en
el glamuroso mundo del cine, que ya había apreciado durante la «épo-
ca de lucha». Disfrutaba presentándose como ministro del ramo entre
«la gente más curiosa del mundo», 1 ya fuera en recepciones, después de
los estrenos o durante una de sus habituales visitas al club de la Asocia-
ción de Artistas Alemanes creada por él, situado en la berlinesa Vikto-
riastrasse, donde le lisonjeaban aquellas pequeñas y grandes estrellas del
cine que sólo había podido admirar en la pantalla en los primeros años.
Primero se reunían en Caputh, a la orilla del lago Schwielowsee, y lue-
go en una casa alquilada para los fines de semana en Kladow an der
Havel, donde antes había vivido el actor de cine Hans Albers. Para sí
Goebbels pensaba que sus huéspedes eran divertidos, aunque «comple-
tamente inofensivos» y «sin idea alguna» en materia política,2 pero qui-
zá precisamente por eso el ministro, que luchaba contra la inteligencia
crítica, podía darse importancia entre ellos de manera especial.
La invitada más habitual en casa de los Goebbels era Jenny Jugo, a la que
el ministro no sólo apreciaba por su alegre temperamento, sino también por
su competencia en el mundo del cine.Ya había sido una estrella en la época
del cine mudo, pero era una de las pocas que había logrado dar el salto a la
era de las películas sonoras. Con su interpretación de Eli-
354 Goebbel
s

sa» al lado de Gustaf Gründgens en el Pigmalión de Shaw, se estableció


en el año 1935 como actriz cómica de primer orden. Después de que en
Pas- cua de 1934 Goebbels adquiriera el yate Baldur, blanco como la
nieve, y el correspondiente permiso para manejarlo, 3 se realizaban salidas
conjun- tas en barco en los espacios navegables de la Marca de
Brandeburgo, o se celebraban alegres veladas en las que se bebía bastante,
siempre con Jenny Jugo, a quien a veces acompañaba su marido Friedrich
Benfer. Luise Ull- rich se contaba también entre los huéspedes
bienvenidos. Había conven- cido al ministro del Reich con su primera
película, El rebelde (1932), diri- gida por Luis Trenker, que, junto con el
Acorazado Potemkin de Serguei Eisenstein, los Nibelungos de Fritz Lang
y Ana Karenina —llevada al cine en 1925 con la «divina» Greta Garbo, 4 a
ojos de Goebbels la «mejor actriz de todas»—,5 ensalzaba como la cuarta
de aquellas películas clásicas que habían dejado en él «una impresión
indeleble» y que había recomendado a los «señores del cine» como
«punto de referencia» para su futuro traba - jo.6 Goebbels, que todas las
noches proyectaba para esparcimiento suyo y de sus invitados una, a veces
dos películas de la más reciente producción alemana —en ocasiones
también americana—, tenía en privado una opi- nión sumamente positiva
sobre la calidad de la industria cinematográfica americana,7 que aventajaba
a la alemana en algunas cosas. Entre las pro- ducciones de Hollywood, que
condenaba públicamente, la que más le gus- taba era Lo que el viento se
llevó.
Las hermanas bailarinas Hópfher, Irene von Meyendorff, Max Schme-
ling y su mujer Anny Ondra, Erika Dannhoff, Emil Jannings y el direc-
tor Veit Harían —éste primero con su esposa Hilde Korber, después
con Kristina Sóderbaum— completaban la ronda, a la que también
per- tenecían Ello Quandt, la ex cuñada y amiga íntima de Magda,
su ami- ga Hela Strehl, así como los matrimonios Bouhler,Von
Helldorf,Von Arent y Von Schaumburg, sin que pareciera molestarle
el origen noble de estos últimos, aunque en los demás casos sólo
manifestaba un enor- me desprecio por la «distinguida gentuza de
sociedad».8 A Leni Rie- fenstahl también le unían vínculos de
amistad con el matrimonio Goeb- bels y con Hitler. En opinión de
Goebbels, ella era «la única de todas las estrellas que nos
entiende».9
Los actores y directores de cine se agrupaban en torno al ministro
de Propaganda porque el camino hacia una gran carrera no era
posible sin su protección. Pronto mandó en el sector del cine tan
omnímoda- mente como en la radio. Así, hizo que se elaboraran
listas con los acto- res especialmente valorados por él, entre ellas una
en la que incluyeron a los favoritos de Hitler en el mundo del cine,
como Henny Porten, Lil Dagover, Otto Gebühr y otros. Las
preferencias de la nueva generación se registraban asimismo en listas
después de una inspección minuciosa por parte del ministro;10 las
femeninas, como sabía todo el mundo en los círculos interesados, a
veces se incorporaban sólo cuando las seño- ras se mostraban
complacientes con las inclinaciones eróticas del minis- tro. Géza von
Czifíra, un conocido director del género de entreteni- miento, refiere
que el secretario personal del ministro, Georg Wilhelm Müller, tenía
que procurar que estas citas, que habitualmente tenían lugar en el
ministerio, pasaran inadvertidas.11 Entre otras cosas por su pie
deforme, que disparaba la imaginación, pronto tuvo fama de aman- te
diabólico. Puesto que los objetos de su deseo trabajaban en su mayo-
ría en los estudios cinematográficos Ufa, se propagó la alusión al
«sáti- ro de Babelsberg».
No sólo los actores y los directores, sino también los productores
dependían de Goebbels, pues éste se había hecho con un amplio ins-
trumental que le permitía intervenir directamente en todas las fases
de la creación cinematográfica. El departamento de cine del
Ministerio de Propaganda, cuyo jefe Seeger era al mismo tiempo
presidente de la ofi- cina superior de control —a partir de 1942
director de cine del Reich—, vigilaba los planes de producción de la
industria cinematográfica. Allí mismo era donde se examinaban —
más tarde lo hacía un asesor artís- tico del Reich— todos los
guiones para verificar si tenían la orienta- ción artística e intelectual
«adecuada». De forma análoga, en el depar- tamento de dramaturgia
del Reich, de la sección teatral, se controlaba toda la producción
dramática de teatro, ópera y opereta,12 tareas que el ministro se fue
atribuyendo cada vez más, de la misma forma que algu- nos años
más tarde decidía prácticamente solo sobre repartos y pro- yectos.
Casi todas las noches Goebbels leía guiones y los modificaba
según sus ideas con un «lápiz ministerial» de color verde muy
temido entre los directores. Sólo entonces el Banco de Crédito
Cinematográ- fico, creado por cuatro bancos, podía decidir sobre las
solicitudes de financiación. Pero Goebbels intervenía incluso en los
rodajes. Con fre- cuencia hacía visitas a los estudios, «controlaba» las
escenas, denomina- das «muestras», que se habían rodado y daba
finalmente menciones de calidad a la película terminada. A partir de
octubre de 1935 él decidía en solitario sobre las prohibiciones
cinematográficas.13
Con la censura y el sistema de menciones como instrumentos
adi- cionales, que, estando estrictamente separados durante la
república de Weimar, Goebbels unificó bajo su poder, se reservaba
no sólo el con- trol de contenidos sobre la producción
cinematográfica alemana, sino que al mismo tiempo tenía la
posibilidad de ejercer una presión eco- nómica sobre las compañías
de producción, pues una única mención de calidad —por término
medio una película obtenía tres de ellas duran- te el Tercer Reich—
significaba una reducción fiscal del cuatro por ciento para la
película en cuestión. Con una recaudación media reque- rida de unos
dos millones y medio de marcos del Reich, esto suponía unos
100.000 marcos, sólo aproximadamente un quinto de los costes de
producción.14
Cuando, al principio de su actividad ministerial, Goebbels se
había imaginado al «cineasta» como un «apasionado amante del
arte fílmi- co»15 —compartía este entusiasmo con Hitler, a quien un
año le envió como regalo de Navidad «30 películas de primera
categoría» y «18 de Micky Maus» (sic)—16 no había sido sin un
sentido oculto. Calculada- mente, Goebbels engatusaba a actores y
directores, promovía el culto a las estrellas, autorizaba sueldos
astronómicos, se encargaba de sus pro- blemas fiscales y pagaba con
el consentimiento de Hitler «honorarios extras libres de impuestos»17
a «cineastas atormentados por los impues- tos», y finalmente los
revalorizaba concediéndoles títulos honoríficos como «profesor» o
«actor del Estado». Está claro que de esta forma hacía que se avinieran
a los objetivos del régimen, a cuyos altos funcionarios les gustaba
adornarse en público con su compañía. Hermann Goring llevó al
altar a la «actriz del Estado» Emmy Sonnemann, con una pom-
pa casi regia, en la catedral de Berlín, convirtiéndola así en la
primera dama del Estado.
Mientras que Goebbels, cuya mujer había dado a luz el 15 de
abril de 1934 a una niña a la que llamaron Hilde, disfrutaba de la
vida sien- do el centro de la gente chic relacionada con el cine en la
capital del Reich, para la masa de seguidores proletarios del partido,
en particular para muchos de aquellos «soldados del partido» a los que
Goebbels había prometido en los «años de lucha» la revolución social,
la «salvación» en un Tercer Reich, todo seguía siendo como antes. A
diferencia de los funcionarios, para ellos no se habían cumplido las
esperanzas de mejo- rar sus condiciones de vida que habían
depositado en la subida al poder de Hitler.Y es que, a cada día que
pasaba, quedaba claro que el cami- no para salir de la crisis
económica sería mucho más largo de lo que habían augurado los
nuevos gobernantes.
El movimiento nacionalsocialista, que había provocado en
amplios sectores de la población la sensación de un resurgimiento,
había perdi- do fuerza visiblemente; se había vuelto a instalar la
anodina normali- dad del día a día. Por ese motivo, en la base del
partido pardo se hacía oír cada vez más la exigencia de continuar la
revolución hasta que ellos también gozaran de sus supuestas
bendiciones. La consigna de la «segun- da revolución» empezó a
circular por los locales de las secciones de asal- to. Es más, de ella
esperaban los que se sentían estafados con la recom- pensa recibida
que devolviera a las SA su vieja importancia. «Lo que quiero, lo
sabe Hitler perfectamente —escribió Rohm, el jefe de la pla- na
mayor de las SA—, se lo he dicho bastantes veces. No un segundo
recuelo del viejo ejército imperial. ¿Somos una revolución o no?
(...) Si lo somos, de nuestro ímpetu tiene que nacer algo nuevo,
como los ejércitos de masas de la Revolución Francesa».18 Sin
embargo, en febrero de 1934, con vistas a sus planes expansionistas,
Hitler no dio prioridad a un ejército miliciano como el que se
imaginaba Rohm, al que además le debía corresponder el papel
político preponderante en Ale- mania, sino a la Wehrmacht y al
servicio militar obligatorio, aumen- tando así el abismo existente
entre él y el comandante supremo de las SA.
Entre los socios de gobierno burgués-nacionales, esto dio pábulo
a la esperanza de que quizás aún fuera posible transformar la
dictadura totalitaria del partido en un gobierno autoritario más
moderado. Como punto de partida para ese proceso, que debía
desembocar en la instau- ración de una monarquía constitucional, se
consideraba la decisión sobre la sucesión del anciano presidente del
Reich. El 21 de mayo, Goebbels se enteró por el ministro de
Defensa,Von Blomberg, de que Papen per- seguía esos «ambiciosos
planes». Quería reemplazar a Hindenburg cuan- do muriera el viejo
señor. «Ni hablar de ello. Al contrario, entonces es cuando se hará
una verdadera limpieza», escribió Goebbels al respecto en su
diario.19
El 17 de junio, el vicecanciller Von Papen pronunció ante la
comu- nidad universitaria de Marburgo un discurso que mereció
mucha aten- ción, que había sido redactado por su colaborador
Edgar Jung y en el que se ejercía una crítica despiadada contra el
dominio del NSDAP.20 Papen, que sobreestimaba mucho su
posición, condenó en él los rumo- res acerca de la «segunda
revolución», así como la lucha del régimen contra el supuesto
«intelectualismo». Fustigó muy abiertamente el terro- rismo pardo
como «resultado de una mala conciencia»21 y lanzó fuertes ataques
contra el férreo dirigismo de la prensa por parte del Ministerio de
Propaganda. Hacia éste iban dirigidas igualmente observaciones
como «a los grandes hombres no los hace la propaganda, sino que
cre- cen a través de sus hechos»,22 o «ninguna organización ni
ninguna pro- paganda, por buena que sea, será capaz a la larga de
conservar por sí sola la confianza».23 Pero Papen fue aún más lejos al
calificar la dominación de un solo partido como un estado de
transición y aludir por tanto a una restauración de la monarquía.24
Ya el 11 de mayo de 1934, en vista de la evolución de la política
interior, en vista de la protesta de la «reacción», Goebbels dio
comien- zo a una «campaña informativa», preparada durante largo
tiempo, con- tra los «alarmistas y criticones», con un discurso en el
palacio de depor- tes berlinés. A la alocución, retransmitida por la
radio, sobre la que Rosenberg escribió que en ella había vuelto a
triunfar «el agitador de 1928 sobre el ministro»,25 siguieron
intervenciones del ministro de Pro-
paganda en todo el Reich.A mediados de junio se vieron interrumpi -
das por una visita oficial a Polonia, adonde Goebbels viajó por orden
de Hitler para corroborar allí también las intenciones «pacíficas» de la
política de la nueva Alemania, que aspiraban a la «igualdad de derechos»
y al «restablecimiento del honor».26
Si Goebbels, que acababa de regresar de Varsovia, siguió en buena
medida presentando en clave sus ataques contra los «alarmistas» burgués-
conservadores en el congreso del partido del distrito turingense cele-
brado en Gera el 17 de junio, 27 al día siguiente, durante un mitin mul-
titudinario en el Friburgo de Badén, protestó —aludiendo a los
comentarios de Papen— contra el hecho de «que la gente que en 1918
demostró no ser apta para el liderazgo ahora se agrupa a nuestro lado y
tiene la más benévola disposición de gobernar». 28 La crítica de Papen
también llevó a Goebbels a seguir intensificando su campaña propa-
gandística. Durante la fiesta de solsticio del distrito de Gran-Berlín cele-
brada en el estadio de Neukólln el 21 de junio de 1934, gritó a la mul-
titud que los nacionalsocialistas se habían apropiado del poder porque
no había habido nadie más que reivindicara ese derecho, «ningún prín-
cipe heredero, ningún eminente economista, ningún gran banquero ni
ningún cabecilla parlamentario. Todos han dejado que las cosas patina-
ran», siendo los causantes del desempleo que ahora el gobierno nacio-
nalsocialista pronto eliminaría. Mejor habría sido acerrojar a todos «esos
señores», afirmaba el furibundo Goebbels, interrumpido una y otra vez
por los aplausos, antes de que finalmente expresara su total desprecio por
el mundo burgués-conservador insultando a sus representantes, esos «dis-
tinguidos señores», como «ridículos renacuajos» y exhortara a las masas
a hacerles frente, «y ya veréis cómo retroceden con cobardía». 29 Después
de esto, el vicecanciller Papen fue a quejarse ante Hitler y amenazó con
ofrecer su dimisión a Hindenburg porque el Ministerio de Propaganda
había suspendido sin más la retransmisión radiada de su discurso de Mar-
burgo y había impedido su divulgación en la prensa. 30 Sin embargo, el
canciller logró aplazar la acción de protesta de su «vice» hasta Neudeck.
De todos modos, desde la perspectiva de Goebbels, el conflicto con
la «reacción» siguió aumentando. La Federación del Reich de oficiales
alemanes echó al comandante supremo de las SA, Rohm, de sus
filas. El 26 de junio, Hitler, como si él mismo quisiera que el
problema se agravara, ordenó la detención de Edgar Jung, que había
redactado el discurso de Marburgo pronunciado por Von Papen. El 27
de junio, cuan- do la «clerigalla» también dirigió un fuerte ataque al
Estado en una car- ta pastoral, Goebbels enmarcó este hecho en el
contexto de la aguda crisis maquinada por Von Papen «y
cómplices». «La situación es cada vez más grave. El Führer tiene
que actuar. De lo contrario la reacción será superior a nuestras
fuerzas», anotó lleno de preocupación.31
La mañana del 29 de junio creyó que Hitler estaba
definitivamente decidido. Éste ordenó por teléfono a su ministro de
Propaganda que fuera inmediatamente a Bad Godesberg, donde
pensaba presenciar una retreta del Servicio de Trabajo del Reich ante
la fachada del hotel Dre- esen que daba al Rin. Con la certeza de que
había llegado por fin la hora de ajustar las cuentas con la
«reacción», Goebbels subió alrede- dor de las diez a un avión
especial en el aeródromo de Tempelhof. Cuando llegó a Bad
Godesberg, el consternado Goebbels se enteró de que su Führer no
quería proceder primariamente contra la «reacción», sino que iba a
dirigir el golpe de guillotina sobre todo contra las SA.32 Aunque las
tensiones entre el partido y las SA habían disminuido de manera
perceptible precisamente en las últimas semanas, aunque pare- cía
que las ambiciones de Rohm podrían conciliarse con las preten-
siones de la Reichswehr por una vía intermedia, Hitler había
tomado al parecer esa decisión durante una estancia de tres días en
su casa de la sierra. Ni ahora, puesto que aún no se había arreglado
la sucesión del vegetativo presidente del Reich, ni con vistas a sus
próximos obje- tivos, creía poder arriesgar una ruptura con las
fuerzas burgués-con- servadoras de la Reichswehr, la industria y el
funcionariado. Hitler cal- culaba que con la eliminación de Rohm y
de sus amigos y, por ende, con la negativa a una segunda revolución
«socialista», no sólo atajaría la amenazadora crisis, sino que pondría
plenamente de su lado a sus socios aristocráticos.33
Con toda su fijación puesta en la «reacción» que odiaba,
Goebbels no había visto, o no había querido ver, todos los indicios
que anuncia-
ban el golpe contra la desprevenida jefatura de las SA, que
disfrutaban del permiso de vacaciones. Rudolf Hess, persona de
confianza de Hitler, había dirigido sus ataques el 25 de junio contra
los «provocadores»
—aludiendo a las SA— que intentaban instigar a unos compatriotas
contra los otros y encubrían «este juego criminal con el honroso
nom- bre de "segunda revolución"».34 Goebbels no podía saber que
tanto Góring como Himmler, quien el 20 de abril de 1934 había sido
nom- brado por Hitler jefe de la oficina de policía secreta del Estado
prusia- no, y el jefe del Servicio de Seguridad, Reinhard Heydrich,
habían con- certado la acción con la jefatura de las Fuerzas Armadas,
es decir, con Werner von Blomberg, y se habían asegurado el respaldo
de éstas. Goeb- bels tampoco conocía la verdadera razón por la cual
Hitler había aban- donado Berlín el 28 de junio y había volado a
Essen para la boda del jefe de distrito Terboven. Lo cierto era que
allí fijó con los invitados Góring y Himmler el plan de acción
concreto. Según éste, los jefes de las SA —en principio Hitler
pensaba al parecer sólo en unos pocos hombres del entorno de
Rohm— debían recibir la orden de acudir a BadWiessee con el
pretexto de mantener un debate abierto y, una vez allí, ser detenidos.
Cuando, tras su llegada al hotel Dreesen, se puso a Goebbels al
corriente de este plan, por un momento tuvo que enfren- tarse a la
realidad. Una vez más Hitler se revelaba como «reaccionario». Una
vez más Goebbels se resignó inmediatamente, aunque tuvo que
actuar de nuevo en contra de sus propias ideas. Para que no cupiera
la más mínima duda de su lealtad a Hitler, debió insistir en que se le
per- mitiera participar en la acción que Hitler había organizado
personal- mente.Y así finalmente —como observó Rosenberg con
desprecio— fue «admitido en empresas de hombres».35
Aún de noche, a las dos de la mañana del 30 de junio de 1934
—horas antes de lo planeado originalmente, pues desde Munich y
Ber- lín llegaban noticias según las cuales parecía que los jefes de las
SA habí- an adivinado el asunto y de hecho se estaban rebelando en
Munich— se elevaba en Bonn-Hangelar «hacia el cielo nocturno
cubierto de nie- bla» el Ju 52 que transportaba a Hitler, a sus ayudantes
Wilhelm Brück- ner,Julius Schaub y a los chóferes Julius Schreck y
Erich Kempka, así
como al jefe de prensa del Reich, Dietrich, y a Goebbels. Como más
tarde informó Goebbels dramatizando en su discurso radiado al pue-
blo alemán, en este vuelo el Führer se sentó en silencio en el primer
asiento de la gran cabina y permaneció inmóvil con la vista clavada
en la ancha oscuridad.36
Desde el aeropuerto de Munich, en el que aterrizó el grupo alre-
dedor de las 4.30 de la mañana, el comando de la muerte se dirigió
de inmediato a la consejería de Interior bávara. La gran ruptura con
los supuestos iniciadores —que ya habían sido buscados por
unidades de las SS— de la marcha de las SA que se desarrolló la
víspera, durante la cual tres mil alborotadores pertenecientes a las SA
habían manifestado enérgicamente su disposición de oponerse a
cualquier traición, comen- zó con el teniente general Schneidhuber
(obergruppenführer), el jefe de policía de Munich y el general de
división Schmid (gruppenführer),jefe de las SA de Munich. Hitler les
gritó «con una indignación tremenda» y les arrancó las charreteras de
los hombros; a continuación fueron con- ducidos a la prisión de
Stadelheim. Goebbels vio como un voto espe- cial de confianza el
que Hitler también le llevara a Wiessee para la ver- dadera operación.
Más tarde, el ministro de Propaganda se vanagloriaba de que, aparte
de la escolta regular del Führer de las SS, sólo «sus fieles camaradas»
pudieron viajar con él.
Alrededor de las siete de la mañana llegaron al hotel Hanslbauer
de Bad Wiessee, donde se habían alojado Rohm y su gente. Pene-
traron en el edificio sin encontrar la menor resistencia. Primero iba
Hitler con la fusta, seguido de los demás, entre los cuales el cojo
Goebbels se abría paso adelante, de manera que estuvo muy cerca
cuando Hitler abrió bruscamente la puerta de la habitación de Rohm
y le gritó que estaba detenido. El jefe de la plana mayor apenas
pudo contestar un somnoliento «Heil, mi Führer» antes de
comprender la gravedad de la situación. Hitler procedió de la misma
manera con los demás jefes de las SA, de lo cual Goebbels retuvo
en su memoria la
«repugnante y casi vomitiva escena» en la que Hitler sorprendió a
Edmund Heines en la habitación de enfrente, pues estaba con un
homosexual.37
Goebbels observó lleno de admiración cómo Hitler, después de haber
desmantelado el «nido de conspiradores», controló la situación
extre- madamente crítica que se produjo con la llegada de la guardia
perso- nal de Rohm desde Munich. Le hizo frente «con integridad y
hom- bría» y ordenó volver inmediatamente a Munich; los hombres
de las SA los siguieron. Con gran dramatismo —según Goebbels—
transcurrió también el viaje de vuelta a Munich, durante el cual
volvió a estar al lado de Hitler en la parte trasera de su Mercedes. 38
Constantemente, en intervalos de pocos minutos, se encontraban con
los coches de los jefes de las SA que se dirigían al congreso de
Wiessee. Fueron deteni- dos personalmente por Hitler y entregados
al comando de las SS, que, al igual que a Rohm, Heines y los
demás, los llevó a Stadelheim, don- de fueron asesinados.
De vuelta en Munich, alrededor de las diez, Goebbels pudo
comu- nicar a Góring telefónicamente desde el antedespacho de
Ritter von Epp «que la mayor parte de los criminales están
arrestados» y que él
—Góring— ahora podía «cumplir su misión».39 Así pues, el proyecto
«Colibrí», nombre con que se encubrió la operación, se puso en
mar- cha también en Berlín y en el resto del territorio de Reich.
Mientras que en la capital bávara Goebbels recibía ya de Hitler las
directrices propagandísticas y daba las primeras instrucciones para
la prensa y la radio, las SS y la policía detuvieron a más
«conspiradores» del grupo de jefes de las SA y los mataron. En
Silesia, en un funesto delirio homici- da, decenas de miembros de las
SA que no sospechaban nada fueron asesinados por las SS de
Himmler.
La tarde del 30 de junio Goebbels, que tenía cara «de no sentirse
bien y tener ganas de vomitar»,40 volvió en avión a Berlín al lado de
Hitler, donde fueron recibidos en el aeródromo deTempelhof con hon-
ras militares y un gran comité de bienvenida en el que estaban
Góring, Himmler, Daluege y otros. Excitado e impaciente, Hitler
hizo que se le entregara inmediatamente la lista de los asesinados, que
Góring había ampliado por cuenta propia.41
Entre la lluvia de balas de una brigada asesina habían muerto a la
hora del mediodía el general Von Schleicher y su mujer en el
despacho
de su casa de Neubabelsberg. El general de división Von Bredow
tam- bién había sido asesinado, así como el jefe de la Acción
Católica, el director ministerial Erich Klausener. Uno de los
comandos de la muerte había acabado con el secretario particular de
Papen,Von Bose, y su más directo colaborador Jung, el que había
redactado el discurso de Marburgo. El vicecanciller fue arrestado pese
a sus protestas. Había ofre- cido a Hitler su dimisión, pero se le
necesitaba todavía como enlace con Hindenburg y por eso salvó la
vida.
En la lista negra estaba también el nombre de una persona que
hasta Bamberg había sido para Goebbels un camarada, luego un
rival y finalmente un encarnizado enemigo: Gregor Strasser.
Ascendido para entonces a vicepresidente de la empresa
farmacéutica Schering-Kahl- baum, había asegurado en repetidas
ocasiones a la dirección del parti- do que desde «aquel aciago
diciembre de 1932» se había «abstenido escrupulosamente de toda
actuación política». El 18 de junio, Gregor Strasser, cuyo hermano
Otto conspiraba contra Hitler desde Praga, diri- gió un escrito a Hess
con un funesto presentimiento de lo que iba a suceder. «En virtud de
los diez años de sacrificada y abnegada actividad en la fase de
consolidación del partido» le pedía protección y consejo de qué
podía hacer para «huir de cualquier debate sobre su persona» y
«sobre todo descartar la infamante e indescriptiblemente lacerante impre-
sión de que tengo una actitud hostil al partido».42 A Gregor Strasser este
escrito ya no le sirvió de nada. Alrededor de las 14.30 del 30 de
junio fue sacado de su casa por un grupo de diez hombres, conducido
al cuar- tel general de la policía estatal secreta y liquidado a
primeras horas de la noche en un sótano del edificio de la Prinz-
Albrecht-Strasse.43
El hecho de que Strasser, Schleicher y otros «reaccionarios»
pudie- ran haber estado entre los «traidores a la patria» facilitó a
Goebbels el autoengaño. ¿Qué podría haber motivado la operación,
en vista del gol- pe hacia ambas partes, más que una conspiración?
Después de todo, ¿no le había parecido Strasser sospechoso desde
hacía tiempo? ¿No había colaborado éste con Schleicher ya en
diciembre de 1932? ¿Y Rohm?
¿No se podía creer a este homosexual capaz de algo así? 44 A Goebbels
se le presentaron ahora conexiones donde no las había, pero con
cuya
suposición se guardaba de reconocer que, con la eliminación de los jefes
de las SA, Hitler había llevado a cabo el desmantelamiento del ejérci -
to pardo del partido y, por tanto, del objetivo revolucionario que para
Goebbels encarnaba.
Puesto que, contra todas las reglas de la propaganda, Hitler guarda-
ba silencio y no tomó la palabra hasta el 13 de julio con un discurso
poco convincente lleno de contradicciones, le cumplió a Goebbels diri-
girse a la opinión pública alemana por todas las emisoras del Reich el
1 de julio. Como si una vez más buscara justificar ante sí mismo por
qué Hitler le había dejado a oscuras durante tanto tiempo, anunció a
los «compatriotas» nada más empezar el discurso que «el Führer (...)
como suele hacer en situaciones graves y difíciles, ha vuelto a actuar
según su viejo principio de sólo decir aquello que se debe decir, a aquel
que lo debe saber y en el momento en que lo debe saber». Goebbels
glorificó a Hitler como «salvador de la patria» con una dramática des-
cripción de los acontecimientos, en cuyo transcurso habló repetida-
mente de la «vida desordenada» y de la «vergonzosa y repugnante anor-
malidad sexual» de los jefes de las SA. Hitler y «sus incondicionales» no
habían podido permitir que «su trabajo constructivo, iniciado con inde-
cible sacrificio de toda la nación», fuera puesto en peligro por una
«pequeña banda de criminales» que estaba aliada con la «reacción» y un
poder extranjero. Distorsionando completamente los hechos, Goebbels
reclamó para la actuación de Hitler el concepto de «segunda revolu-
ción», que ahora había llegado, «pero de manera distinta» a como aqué-
llos se la imaginaban.45
La radio y las publicaciones en la prensa de los siguientes d ías con-
tinuaron las mentiras. No se dieron datos precisos sobre la cifra de muer-
tos; debieron de ser más de doscientos. En los periódicos del 3 de julio,
entre los nombres de siete jefes de las SA se podía leer el de Rohm. Se
decía que se le había dado la oportunidad de asumir las consecuencias
de sus «actos de traición a la patria». Como no lo había hecho, había
sido ejecutado. Además había una pequeña nota en la que se afirmaba
que el general retirado Von Schleicher, quien contra la seguridad del
Estado había mantenido relaciones con las fuerzas hostiles de la jefatu-
ra de las SA y con poderes externos, había opuesto resistencia con su
arma cuando iba a ser detenido por agentes de la policía judicial.
«En el tiroteo que se produjo resultaron heridos de muerte él y su
mujer, que se puso en medio», se decía lapidariamente. Los
nombres de los demás asesinados sólo los difundió por de pronto el
rumor, pues una orden del Ministerio de Propaganda había
prohibido a la prensa publi- car esquelas de los asesinados o de los
«disparados en la huida».
El 10 de julio de 1934, a las ocho de la tarde, Goebbels habló a
tra- vés de todas las emisoras de radio alemanas sobre el «30 de
junio en el espejo del extranjero». Después de alabar a la prensa
alemana, que había
«apoyado al gobierno con una disciplina y una receptividad dignas
de aplauso», y por ende a sí mismo, atribuyó a las noticias falsas de los
perió- dicos extranjeros el propósito de querer aumentar el
desconcierto gene- ral en Alemania; así desvió la atención de lo que
realmente había pasa- do —y de lo que se había ocultado— para
terminar tildando las especulaciones de la prensa extranjera de
«campaña de difamación», que en su maldad sólo podía ser
comparada «con la propaganda de atroci- dades inventadas que se
puso en escena durante la guerra contra Ale- mania».46
El encubrimiento propagandístico de los acontecimientos se vio
faci- litado de manera decisiva por la actuación de los cómplices de
Hitler que procedían de la élite tradicional. Arreglaron felicitaciones
telegrá- ficas del presidente del Reich a Hitler y Góring. En ellas,
Hindenburg, que languidecía hacia la muerte en Neudeck, se refería
a Hitler como la persona que los había salvado de un «serio peligro»
y le manifestaba su «más sentido agradecimiento» y su «sincero
reconocimiento».47 El ministro de Defensa del Reich, Blomberg, que
había asumido con con- descendencia el asesinato de dos de sus
generales pese a la indignada oposición en sectores del ejército, dio
enfáticamente las gracias al «hom- bre de Estado y soldado Hitler»,
que con su «valiente y decidida actua- ción» había evitado la guerra
civil. El capitán general, quien ahora veía garantizada la posición de
monopolio de la Wehrmacht en el Estado como dueña de las armas,
hizo esto en nombre de todo el gabinete, que de inmediato y con
extrema diligencia aprobó una ley cuyo único parra-
fo daba por lícita la brutal depuración como «legítima defensa del
Esta- do».48
La «legalidad» de la represión de la «revuelta de Rohm», que
ahora Goebbels exhibía a lo grande en la prensa y en la radio, hizo
que la opinión pública pasara por alto su brutalidad. En lugar del
miedo al terrorismo de las SA y a la amenaza de una «segunda
revolución», lle- gó un hondo respiro, pues las «fuerzas buenas» del
movimiento nacio- nalsocialista parecían haber triunfado
definitivamente. Apenas nadie vislumbró en aquel verano de 1934
los verdaderos nexos causales, ape- nas nadie adivinó que Hitler sólo
se había acercado en apariencia al mundo burgués-conservador, a
sus instituciones políticas, para degra- darlas ahora con más fuerza a
un mero instrumento de su desmesurada sed de poder.
El proceso que empezó con el fulminante golpe de liberación
con- tra las SA encontró un rápido final. Justo en el momento en
que los alemanes tomaban aliento pese a la alarma que habían
provocado los acontecimientos, cuando los socios conservadores
creían haber llevado a Hitler al «buen camino», los boletines del
equipo médico encabeza- do por el profesor Ferdinand Sauerbruch
anunciaron desde Neudeck que el fallecimiento del presidente del
Reich se produciría en cuestión de días. Hitler, aprovechando el
momento, buscó ahora la autocracia. El 1 de agosto, haciendo sin
más caso omiso del principio de legalidad, presentó al consejo de
ministros una ley sobre la sucesión que fusiona- ba el cargo de
presidente del Reich con el de «Führer y canciller del Reich».49
Entró en vigor en menos de veinticuatro horas, pues en la mañana
del 2 de agosto murió Paul von Hindenburg a la edad de ochen- ta y
seis años. A las 9.25 todas las emisoras de radio interrumpieron su
programación. El ministro de Propaganda daba a conocer la muerte
del presidente del Reich y mariscal de campo de la guerra mundial
con una voz lánguida que afectaba tristeza. Tras un silencio
radiofónico de media hora, Goebbels comunicó «las primeras
medidas y disposiciones legales necesarias en tal ocasión».50 Pocas
horas después de que se extin- guiera en el éter el Yo tenía un
camarada, el ministro de Defensa del Reich, el capitán general Von
Blomberg, ordenó lo que ya estaba con-
venido hacía tiempo; mandó que los soldados de la Wehrmacht
alema- na juraran por el «Führer del Reich y del pueblo alemán,Adolf
Hitler». La escenificación del duelo, de la que Goebbels se encargó
de inme- diato, se convirtió, al igual que el día de Potsdam del año
anterior, en un símbolo de la continuidad política. Comenzó el 6 de
agosto con un fune- ral del Parlamento alemán en la ópera Kroll, en
el que Hitler pronunció el discurso fúnebre. Al día siguiente, el
cadáver fue trasladado en un des- file militar de Neudeck a
Tannenberg, hasta el colosal monumento con- memorativo de aquella
batalla de la que Hindenburg salió victorioso en el año 1914. Allí,
después de que formaran las unidades tradicionales del mariscal que
acompañaban el féretro y los numerosos combatientes de entonces,
dio comienzo el acto estatal con la Heroica de Beethoven. Siguió el
sermón del obispo castrense evangélico de la Reichswehr, cánticos, una
salva de honor y finalmente la intervención del orador principal: el
pre-
51
sidente del Reich y canciller, el Führer Adolf Hitler.
Aunque durante su discurso subrayó precisamente esa
continuidad, la herencia, faltaba la declaración del testador. Se
encontró doce días después de la muerte del mariscal, cuando Franz
von Papen se presen- tó en Berchtesgaden: éste entregó a Hitler un
testamento político de Hindenburg, sobre el que enseguida corrió el
rumor de que era falso. Por una parte se había hallado bastante tarde
—Goebbels hizo declarar inmediatamente después de la muerte de
Hindenburg que no se había encontrado testamento alguno—52 y,
por otra, el estilo del documento apenas cuadraba con la sencilla
manera de expresarse de Hindenburg, como cuando se hablaba del
«valle de la más profunda tribulación» des- de el que «su canciller», el
«abanderado de la cultura occidental», había dirigido el Reich. A
diferencia de la reiterada mención de Hitler, no aparecían ni el
emperador ni Dios, a los que Hindenburg tanto había venerado.
Algunos creían que el propio Hitler era el falsificador; otros, como el
embajador francés Francois-Poncet, apostaban por la partici- pación
de la camarilla del entorno de Otto Meissner, Oskar von Hin-
denburg y Franz von Papen.53
Para no depender del favor de la Reichswehr, Hitler —tal como
estaba decidido desde 1933—54 vinculó la toma de posesión del poder
total con un plebiscito. De nuevo, con el apoyo de la jefatura de
pro- paganda del NSDAP —el «autotrén imperial Alemania» y el «tren
auxi- liar Baviera» garantizaron la asistencia técnica y el
aprovisionamiento de los grandes mítines—, una oleada de
propaganda inundó el país, de nuevo la consulta no dejó ningún
margen de libertad y de nuevo se intervino manipuladoramente en
la votación. De todos modos, el 19 de agosto de 1934 no se
cumplieron las exigentes expectativas de Hitler y Goebbels. Aunque
se calculó que un 89,9 por ciento votó a favor del Führer, Hitler y su
ministro de Propaganda recibieron el resultado con cara de
turbación.55
Ya antes del plebiscito, Alfred Rosenberg, a cuyas ambiciones había
cedido Hitler a principios de año con un cargo de supervisión de
toda la instrucción intelectual e ideológica del NSDAP, había
preparado un ataque general contra Goebbels. Como punto de
arranque tomó su dis- curso justificativo sobre los acontecimientos
del 30 de junio, que ha- bían dejado en todo el mundo una
«impresión verdaderamente catas- trófica». Goebbels había
«confundido el cargo de ministro del Reich con el papel de un
agitador de barrio».56 «Sólo porque una persona sin sentido de la
medida da rienda suelta a su lengua y a su vanidad» todo el Reich
alemán se expone «al más serio peligro», se indignaba el que desde
la muerte violenta de Gregor Strasser era probablemente el rival
interno del ministro de Propaganda más enérgico y tenaz, que
busca- ba por esa vía dar vigor a sus ambiciones en materia de
política exte- rior. A principios de agosto pidió a Hess «con mucha
(...) insistencia» que propusiera al Führer otorgarle a él, Rosenberg,
plenos poderes para la política exterior de todo el movimiento.57
Un gran enfado supuso también para Rosenberg el manifiesto
elec- toral que Goebbels, quien obstruía el acceso de su adversario a
la radio con todos los medios a su alcance,58 había dirigido a los artistas.
Se pidió a Ernst Barlach, Emil Nolde y Ludwig Mies van der Rohe,
entre otros, que lo firmaran. Por el hecho de que un consejero
gubernamental del ministerio de Goebbels hubiera «rogado
encarecidamente» a los «bol- cheviques culturales» y a los «artistas
Barlach y Nolde, contra los que luchamos» que intercedieran a favor
de Hitler —así informaron las Base-
ler Nachrichten [Noticias basilienses]— guardó rencor a Goebbels
durante largo tiempo el «comisionado del Führer para la supervisión
de toda la instrucción y la formación intelectual e ideológica del
NSDAP». Encontraba «deprimente pedir firmas para el Führer a
aquellos contra los que llevamos luchando al máximo desde hace
años en nuestra polí- tica cultural».59 Goebbels intentó debilitar su
crítica con el argumento de que también se había exhortado a firmar
manifiestos electorales a determinados obispos católicos.60 Pero
Rosenberg consideró que esta comparación «no se sostenía de
ningún modo», puesto que el partido
«nunca había atacado» a los obispos católicos en cuestión y «el
Führer siempre había proclamado frente a ellos el principio estatal
de toleran- cia religiosa». Por el contrario, las «personalidades
artísticas» afectadas
«habían sido rechazadas terminantemente por el propio Führer», lo que
«se ha manifestado públicamente en repetidas ocasiones con
absoluta claridad»,61 replicó Rosenberg.
En adelante se iba a producir un enfrentamiento interminable y
encarnizado entre Goebbels y Rosenberg en las cuestiones
culturales. El 30 de agosto, Rosenberg escribió al presidente de la
Cámara de Cul- tura del Reich «que la misión que me ha
encomendado el Führer tam- bién consiste en controlar todas las
asociaciones unificadas con respec- to a su orientación intelectual e
ideológica».62 Empezó a atacar sistemáticamente a importantes
personalidades de la Cámara de Cul- tura del Reich, precisamente a
aquellas que, después del éxodo de artis- tas, Goebbels había
conseguido comprometer con el régimen como acreditados
representantes del florecimiento cultural de Alemania.
El primer objetivo de Rosenberg estuvo relacionado con el com-
positor Richard Strauss, probablemente la personalidad musical
alema- na más importante del siglo xx de significación
internacional. Goeb- bels se lo había ganado como presidente de la
Cámara de Música del Reich.63 Hacía poco que, con motivo de su
setenta cumpleaños, le había hecho entrega a Strauss de un cuadro
enmarcado en plata con la dedi- catoria «Al gran maestro de las
notas con agradecida admiración»64 y le había celebrado de parte del
Ministerio de Propaganda «como uno de los músicos alemanes más
representativos»,65 cuando Rosenberg, en un
escrito del 20 de agosto de 1934 dirigido al Ministerio de Propagan-
da, amenazó de forma violenta66 que este «caso» podía convertirse
en un «escándalo cultural», pues era «completamente inaceptable» que
«un judío» le hubiera escrito a Strauss el libreto de su ópera La mujer
silen- ciosa. El «judío» en cuestión, Zweig, era además «colaborador
artístico de un teatro de emigrantes judíos» en Suiza. El ataque de
Rosenberg volvió a provocar en Goebbels una «furiosa
indignación», sobre todo porque Hess se había puesto de lado de
Rosenberg en este asunto,67 aunque Hitler y él habían dado
oficialmente su aprobación para la repre- sentación de esta ópera.68
Rosenberg era un «dogmático terco y obsti- nado que no ve más allá
de sí»,69 afirmó Goebbels desahogando su ira. Le reprochó a
Rosenberg su falta de conocimientos en la materia, elu- diendo así el
núcleo de las acusaciones. «No es cierto que un emigrante judío haya
escrito al doctor Richard Strauss el libreto de su ópera. La verdad es,
por el contrario, que el revisor del texto es Stephan Zweig, un judío
austriaco, al que no se debe confundir con el emigrante Arnold
Zweig (...). Por tanto, tampoco es cierto que el autor del libreto sea
colaborador artístico de un teatro de emigrantes judíos (...). Así
pues, a partir de las cuestiones arriba consideradas sólo podría
producirse un escándalo cultural, según su temor, si en el extranjero
se trataran con el mismo descuido que usted lo ha hecho en su carta,
que queda contes- tada con la presente. ¡Heil Hitler!».70 Aunque de
esta manera se rechazó por el momento el ataque de Rosenberg en el
«caso Strauss», el comi- sario ideológico continuó siguiéndole la
pista a Strauss.
La revista Die Musik [La música], publicada por la comunidad cultu-
ral de Rosenberg, arremetió a principios de noviembre de 1934 con-
tra el compositor Paul Hindemith, miembro de la Cámara de Música
del Reich, alegando que «no era aceptable desde el punto de vista
polí- tico-cultural».71 En otra publicación se decía que con sus
primeras obras había demostrado ser claramente uno de los
«abanderados de la deca- dencia».72 También el propio Rosenberg
echó mano de la pluma en este «caso». Bajo el título «Estética o
lucha popular» escribió en el Vól- kischer Beobachter. «Cuando un
hombre como Hindemith, dotado músi- co, tras unos comienzos
alemanes ha vivido, trabajado y se ha sentido
bien en compañía de judíos durante catorce años; cuando se relacio-
naba casi exclusivamente con judíos y, alabado por ellos, tenía éxito;
cuando, siguiendo las tendencias de la república de noviembre, se dedi-
có a los elementos de peor gusto de la música alemana», entonces «no
procede admitirle en los más altos institutos artísticos del nuevo Reich
sólo teniendo en cuenta la visión aria».73 Goebbels, por el contrario, en
una circular de la dirección de emisiones del Reich del 25 de junio de
1934 le había valorado como «uno de los mejores talentos de la gene-
ración más joven de compositores alemanes», aunque tuviera que recha-
zar enérgicamente la «posición intelectual que se expresa en la mayor
parte de sus obras realizadas hasta la fecha».74
Wilhelm Furtwángler, el vicepresidente de la Cámara de Música del
Reich, al que Goebbels admiraba como director genial,75 salió en ayuda
de Hindemith el 25 de noviembre con una réplica en el Deutsche Allge-
meine Zeitung,76 que, debido a la enorme demanda, tuvo incluso que ser
reimprimido. Allí dejaba claro que no se podía permitir «renunciar sin
más a un hombre como Hindemith viendo la tremenda escasez de músicos
verdaderamente productivos que impera en todo el mundo». Aludiendo
a Rosenberg, planteaba la decisiva pregunta de adonde iríamos a parar «si
la denuncia política se aplicara al arte en gran proporción».77 El público
de la ópera estatal —en el que también se encontraban casualmente esa
misma noche Goebbels y Góring— brindó a Furtwángler un prologan-
do aplauso en señal de apoyo después de una representación del Tristán.
Al parecer, Góring aprovechó esto para informar a Hitler de que se había
producido una manifestación pública de disconformidad contra un líder
del Reich del NSDAP.78 Goebbels por su parte amenazó ahora a Furt-
wángler diciéndole que «ya le demostraría él quién era el más fuerte». 79
Como consecuencia, el 4 de diciembre de 1934 Furtwángler renunció a
sus cargos de vicepresidente de la Cámara de Música del Reich y de direc-
tor de la ópera estatal, dispuesto a emigrar a América muy a pesar suyo.
Así pues, el «caso Hindemith» se extendió a un «caso FurtwángleP> o,
mejor dicho, a toda la Cámara de Música del Reich.
Oficialmente parecía que en el «caso Furtwángler» Rosenberg se
había anotado un rotundo éxito sobre Goebbels, al menos de momen-
to, pues a Goebbels le vino muy bien que los planes americanos de
Furtwángler se vieran estorbados por su enemigo íntimo Arturo
Tos- canini, que habló públicamente en su contra. Así, Goebbels, con
la con- formidad de Hitler,80 hizo que se negociara entre bastidores
con Furt- wángler a base de ofertas y amenazas. Al principio éste
puso «todavía objeciones»,81 pero luego se declaró dispuesto a
lamentar públicamente
«las consecuencias y conclusiones de índole política que tuvieran
relación con su artículo, tanto más cuanto que no había sido en
abso- luto su intención (...) injerirse en la dirección de la política
artística del Reich, que también a su entender sólo la determinan,
como es natu- ral, el Führer (...) y el ministro competente designado
por él».82 Con este comunicado de prensa de gran habilidad táctica
Goebbels mató tres pájaros de un tiro. En primer lugar ayudó a
Furtwángler a salvar la cara, en segundo lugar rechazó las
pretensiones de Rosenberg y en ter- cer lugar fue provechoso para el
régimen conser