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LAS TIENDAS DE BARRIO[144]


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EN BARRANQUILLA, 1870-1945
DAGOBERTO PÁRAMO MORALES

MARGARITA CONTRERAS CUENTAS

1. Introducción
A pesar de la euforia intelectual de algunos investigadores, Colombia no ha sido el único escenario
comercial y social en el que la tienda de barrio, como institución social [145], se ha manifestado en el
comercio tradicional. Por el contrario, formatos similares y con denominaciones distintas han existido en
diferentes ambientes y estructuras comerciales. La pequeña tienda tradicional (STS, small traditional
stores), como es catalogada genéricamente en el mundo, se ha preservado debido en parte a su notoria
capacidad de adaptación a las condiciones socioeconómicas y culturales que ha debido enfrentar a lo
largo de su existencia.
En la India, por ejemplo, el mayor número de tiendas tradicionales minoristas, llamadas “kiranas”
[146], por operar como pequeños negocios caracterizados por su funcionabilidad, inmediatez y alto
grado de compromiso de sus propietarios, se han ganado el respeto y han alcanzado gran estabilidad en
el mercado. En América Latina, la influencia española empezó a manifestarse a través de los
comerciantes que emigraron a países del occidente y trajeron consigo el reflejo de los negocios
comestibles llamados “tiendas de ultramarinos”, situadas a finales del siglo XIX como vitrinas para
comercializar los productos de ultramar traídos en buques extranjeros.
Imagen 3.1. Espacio interior de una tienda de ultramarinos, 1925-1930, “Aceite y vinagre”.
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AN: 1531645 ; Ferro Bayona, Jesus, Ibarra Consuegra, Octavio, Gomez Araujo, Eduardo.; Historia empresarial de Barranquilla (1880-1980)
Account: undeloan.main.eds 56
Fuente: <http://www.fotosantiguascanarias.org/buscador/album_pag.php?st=5&albumid=EXPOSICI%D3N+DE+FOTOGRAF%CDA
+ANTIGUA.+MUSEO+ELDER>

Esta presencia de las tiendas de barrio en Latinoamérica se evidencia en una especie de fusión entre
actividades comerciales y sociales, convertidas en costumbres locales desarrolladas en el transcurso del
tiempo, y se les identifica con términos y expresiones diferentes: “bodegas” en Cuba y Venezuela;
“pulperías” en Argentina, Chile y Costa Rica; “almacenes” en Uruguay, “abarrotes” en algunas regiones
de México y “tiendas de barrio” en Colombia, Perú y Ecuador. Estas denominaciones lingüísticas han
sufrido variaciones en el proceso de su consolidación histórica. En Colombia, por ejemplo, se han
mezclado diferentes términos que, incluso, han convivido en una misma época: pulperías, tiendas de
barrio, ventorrillo, colmenas. Todos ellos, en menor o mayor medida, han sido definidos por tener
peculiares características como negocios tradicionales: a) ser espacios comerciales antiguos y ubicados
estratégicamente en las esquinas de las calles; b) dedicarse a comercializar fundamentalmente el abasto
de comestibles y de bebidas al por menor; d) procurar la satisfacción de sus clientes con productos al
menudeo; c) ubicarse en entornos familiares y de familiaridad; e) ser administrados por un comerciante
que comienza su labor por iniciativa individual en espera de un estatus de vida para su familia [147].
Los productos distribuidos en este canal tradicional han sido en buena parte de procedencia artesanal
local e importada, lográndose con ello una particular mezcla de esfuerzos entre negociantes mayoristas y
sus alianzas con comerciantes minoristas para atender a las grandes masas de la población. El mayor
número de los locales comerciales minoristas se situaron en lugares con flujo constante de
consumidores, como plazas de mercados y las llamadas “calles del comercio”.
La tienda de barrio en Barranquilla, eje de este trabajo de rastreo histórico, toma como punto de
partida su liderazgo en el contexto popular, en un entorno económico, social y cultural de expansión de
mercado entre 1870 y 1945, durante el periodo de crecimiento poblacional inicial de la ciudad (abierta a
emigrantes nacionales y extranjeros), la participación de casas comerciales importadoras (con variedad
de productos) y la generación de industrias locales que trajeron consigo nuevas fuerzas laborales
(clientes potenciales de las pequeñas tiendas tradicionales).
Los hechos más relevantes expuestos en esta temporalidad histórica son, sin duda, pioneros en la
investigación historiográfica del marketing y por lo tanto serán un aporte significativo a su construcción
como disciplina contextualizada en una realidad particularmente compleja. Su rigurosidad se deriva de
un notable esfuerzo de poner en una misma mira histórica, y con una misma intencionalidad, decenas de

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documentos, entrevistas y eventos que por estar dispersos en la historia de Barranquilla se han
convertido en una sólida base para despertar la inquietud intelectual de conocer la realidad colombiana
desde ella misma y no a partir de modelos preestablecidos.
Las siguientes fueron las fuentes y las técnicas utilizadas:
Primarias: informes públicos que generaban estadísticas y cifras relevantes, archivos históricos que
contienen documentos que involucraban a los actores del mercado y al contexto de la ciudad, archivos
familiares de habitantes y tenderos de los primeros barrios.
Secundarias: fondos de prensa escrita, base para cruzar con los señalamientos de órganos de control de la
época; publicidad relacionada con productos distintivos de este tipo de canal de distribución y libros de
historia que demuestran la influencia comercial tradicional.
Fuentes orales: testimonios y entrevistas a profundidad, con el fin de aportar elementos etnográficos que,
sin duda, develaron los recuerdos y vivencias más cercanas a la tienda barranquillera.

2. Antecedentes de la tienda tradicional en Colombia


Desde la Colonia, el comercio mayorista, minorista y sus intermediarios representaban una estructura
organizada en el mercado de acuerdo con las necesidades y cultura comercial de sus pobladores. Una de
las primeras actividades de este canal fue el reflejo de las transacciones transatlánticas. Los mercaderes
y tratantes negociaban en diferentes niveles para cumplir con el objetivo primario de la distribución. Al
respecto Colmenares[148] señala:
[…] que los mercaderes de la carrera se ocupaban del comercio al por mayor […] figuraban también pequeños tratantes
o comerciantes al por menor, por lo común tomaban mercancías a crédito y las distribuían, igualmente a crédito. […]
Pero por debajo de ambos estratos reconocidos de comerciantes actuaba una masa heteróclita de intermediarios,
principalmente pulperos y contrabandistas de tabaco y aguardiente.

Estos intermediarios conformaron un grupo singular, poco destacado en la historia, y se les distinguió
casi siempre por su informalidad en las transacciones. A pesar de ello, todos –pulperos y
contrabandistas– fueron necesarios para ampliar la comercialización de productos a espacios geográficos
donde los comerciantes más pudientes no lograron llegar.
En ciudades colombianas, como Santa Fe de Bogotá y sus alrededores, los negocios tradicionales se
fueron desarrollando con diferentes estrategias. Se conocieron notables negocios que aunque no eran
administrados por las clases más distinguidas, estas sí realizaron acciones para comercializar los
productos a sus mismos empleados y a los pobladores más cercanos. Gutiérrez[149] refiere que algunos
de los productos que se comercializaban, tales como quesos, mantequilla, sebo, cueros, velas y jabones,
salían de haciendas prestigiosas como El Novillero para cubrir la demanda de la ciudad. Este hecho
incide de tal manera que es él quien decide incursionar en el modesto comercio al menudeo de tiendas y
pulperías, ubicando sus negocios en varias de sus residencias y asociándose con comerciantes y
mercaderes para vender, compartir ganancias y efectuar transacciones internas para sus propias
necesidades diarias.
Imagen 3.2. Acuarela de grupo festejando en una tienda de venta de chicha, 1840, sobre posible original de
J.M. Groot.

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Fuente: <http://www.banrepcultural.org/node/104296>

Por otro lado, con la nueva arquitectura urbana traída por los españoles a Colombia, en las casas de
los hacendados, que se usaban para el comercio al por menor, se impuso la costumbre de destinar las
habitaciones ubicadas hacia la calle para fungir como tiendas y talleres, mientras que las del interior
servían de residencia familiar, y se instauró así la pulpería como líder en venta de productos populares
que, como describe Patiño[150], suministraban abarrotes, y expendían bebidas, especialmente chicha,
vino y aguardiente. En consecuencia, se podía observar un fortalecimiento en la cadena logística y de
comercialización para asegurar la distribución de los productos de las incipientes empresas artesanales.
Se incluían también en los estantes de las pulperías las bebidas tradicionales fermentadas para estimular
el esparcimiento y permitir que la sociabilidad aflorara constantemente, y se generaran ágiles canales de
comunicación entre los habitantes para mantenerlos informados de los sucesos del día. La vida de la
gente podía reflejarse en ese escenario más cercano a las costumbres de un pueblo, como se refleja en la
narración costumbrista “La tienda de Don Antuco”:
[…] Yo me dirigí prontamente a este asilo de los desocupados pensando en que no fuera a estar cerrado por algún
evento, pero desde media cuadra antes reparé que las dos grandes abras forradas en pergamino de res, estaban abiertas.
Me presenté en el umbral y saludé. Don Antuco me contestó desde el lado de allá del mostrador. –Prosiga para adentro,
señor don Pacho. Don Anacleto, tertulio permanente de la tienda, estaba sentado sobre el mostrador y su saludo fue:
–Amigo, venga usted y de cuenta de lo que sepa, que la oficina de chismografía ha estado hoy algo muerta–. Yo pasé
del umbral y me encontré con tres emboscados tertulios en sus asientos a un lado y otro de la puerta. Estos eran un
viejo oficial de la independencia, Ramón Sánchez, y Valentín, el músico. Nos saludamos mutuamente como amigos y
sobre todo, como gente desocupada. […]¡Qué negocio!, decía yo entre mí. Es preciso que uno y otro hayan quedado
bien seguros de meter clavo. Entonces caí en la cuenta de que en los negocios de nuestras gentes se atraviesa otra clase
de moneda invisible, pero corriente, que son las mentiras, para las cuales todos tienen trueque...[151]

Desde entonces, en la tienda de barrio ha existido un intercambio activo de habladurías y discusiones


políticas[152]. En la época colonial, frente a los nuevos cambios republicanos, los pequeños negocios
tradicionales sirvieron de punto de expresión de las voces incorforme de los de abajo. Así, el tendero
asumió el papel de interlocutor al relacionarse con la clase más privilegiada al tiempo que lo hacía con
sus clientes (el pueblo), mediando en diversos temas de la sociedad.

3. El comercio tradicional y las tiendas a finales del siglo XIX


A finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, los hallazgos develan el progreso de Barranquilla

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como una ciudad comercial, enmarcada por la logística fluvial, y lugar de residencia de un importante
número de judíos provenientes de las Antillas holandesas, como también alemanes, italianos, cubanos,
norteamericanos, franceses, venezolanos, ingleses, sirios, libaneses, palestinos[153]. Por su desarrollo
cada día más creciente, su ventajosa ubicación en la desembocadura de un río que terminaba en el
océano Atlántico, y por su comercio activo y floreciente, se ha apellidado a Barranquilla la “Nueva
Orleans de Colombia”[154], por sus singulares contrastes de consumo para la época, en comparación
con otras ciudades del interior del país. Así, se conocen en la Barranquilla de la época tanto
degustadores de vinos selectos, enlatados, poseedores de finas vajillas y olorosos perfumes, como los
más modestos consumidores artesanales de guarapo, mantecas, velas, jabones y harinas. Una ciudad de
abiertos contrastes en los hábitos de consumo de sus pobladores, como génesis de las diferencias
sociales que en la actualidad siguen vigentes.
En 1887, Barranquilla era ya un emporio de escala comercial importante, convertida entonces, de
pajiza población 40 años atrás, en una ciudad moderna, con todo lo que implica la palabra ciudad.[155]
Asimismo, las condiciones poblacionales y las múltiples actividades de los habitantes también
sembraron las semillas de lo que se ha construido a lo largo de sus años de existencia. En el Censo del
Consejo Municipal de Barranquilla, que cubre los años 1866 a 1892[156], se describen las actividades
económicas desarrolladas y la cantidad de personas que las ejecutaban: de 374 se pasa a 544 tripulantes
de vapores fluviales, y de 132 a 107 comerciantes en general, lo que refleja la fuerza del mercado y su
trascendencia en el entorno de distribución, y muestra un sensible incremento de las transacciones y
mayor consumo entre los pobladores. En el primer semestre de 1872[157], en el aparte del punto III del
informe que presentó el alcalde del Distrito del Consejo Municipal, Tiberio Araújo, correspondiente a
todo lo existente en Barranquilla, se devela que las tiendas de licores, comestibles y pulperías eran 104,
lo que demuestra un buen número de productos que podrían estar detrás de los estantes de los pulperos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, Barranquilla fue un destacado centro de actividades
comerciales, lo que ayudó análogamente a su crecimiento demográfico con población que migraba de
otras tierras del interior del país, así como con flujos de extranjeros. En las décadas siguientes, la ciudad
continuó su destacado desarrollo urbanístico y en 1892[158] el Directorio Anuario de Barraquilla, de
Antonio Martínez Aparicio y Rafael A. Niebles, reseñó que en la ciudad había 69 negocios de tiendas de
víveres, así:
Del lado más sur había cuatro, en la Calle Soledad (actual calle 17), de Clotilde Cantillo y Ignacia Ledesma, y la tienda
ubicada en Buen Retiro (carrera 32) de Trinidad Olaya, y también una en la carrera De Ribon, de Isabel C. De Falquez,
este sector correspondía al barrio Arriba y sus prolongaciones. Siguiendo de la afluencia de tiendas en el mercado
público que eran numerosas, son registradas siete tiendas a lo largo de la calle San Blas (calle 35), cuyos propietarios
son Benigno Ballestas, Manuela de Matos, Federico Ortiz, Schellegel & Núñez Ricardo Consuegra, Alejandro
Demanouix, Francisco Romero. Calle que luego sería eje de otros negocios, como librerías, luncherías y farmacias. Las
tiendas más al Occidente eran en su orden: La calle Camposanto (calle 38), con las tiendas de Victoria Martínez,
Manuel Páez, la de los hermanos Miles, Ernesto Valera, y la de C. Camargo de Molina. En la calle Las Flores (calle
39), Cristóbal Amirís B. y la de Carmen Serrano. Por su parte, en la calle Santander (calle 40), se encuentran dos
tenderas, Ángela H. de Hurtado y Eugenia Lamadrid. Y la tienda más al norte es la ubicada en la calle Sello (calle 44),
la tienda de Jorge Altamiranda. En la parte céntrica debemos reconocer otras calles de gran protagonismo en la ciudad,
entre ellas la Calle del Comercio (calle 32), característicamente sede de varios bancos, principales almacenes y casas de
comercio; por su parte, la calle Real (calle 33) se distinguía por un tinte más administrativo, la calle Real y la calle
Ancha (también llamada Camellón Abello, Paseo Colón, hoy Paseo Bolívar) (calle 34) que en su devenir histórico
representó el epicentro del esparcimiento y ubicación de locales prestantes, pero también el espacio social y de
intercambio de los nativos y las masas flotantes que transitaban la ciudad.

En aquel tiempo, debido al movimiento continuo de mercancías y flujo de clientes, el núcleo del

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poder comercial en Barranquilla se concentraba en los mercados populares y en la Calle del Comercio,
lugares de predilección para la localización de tiendas, fueran estas propias o rentadas, como lo reflejan
los anuncios en los diarios locales de la época. De estos anuncios pueden deducirse los diversos
condicionamientos que tenían los espacios destinados para el funcionamiento de una tienda de barrio a
finales del siglo XIX, lo que sirve a su vez de argumento para una clara definición histórica: a) eran
lugares de frente a la calle comercial más transitada; b) con una logística de más de dos puertas y buenos
espacios de ventilación, y c) una dotación de armarios para sus productos y un mostrador, incluyendo
los mobiliarios necesarios. Véase la siguiente transcripción de un aviso publicado en El Promotor:

Fuente: El Promotor, 6 de agosto de 1882.

Otro aspecto clave fue la comercialización de mercancías. Los aliados mayoristas de los tenderos no
podían estar ajenos al contexto; estos comerciantes facilitaban la venta de los productos y ejercían
presión sobre las nuevas necesidades de consumo. El anuario de 1892 facilita la narración detallada de
los apuntes de un viajero de la época, que llega a Barranquilla y visita el local comercial ubicado en la
Plaza San Nicolás de propiedad de Gieseken & Held, quien hace las veces de mayorista. Es claro que, en
la estructura comercial de la época, estos negocios también se distinguían por la venta de otro tipo de
productos importados (encajes, telas, mantas, loza, licores, etcétera), y las transacciones eran cuantiosas,
e incluían víveres y abarrotes. En un mes podían registrarse movimientos en caja por valores similares a
la misma cantidad del capital base del negocio.
Se subraya que en esta casa comercial se expendían productos de la canasta familiar como café,
tabaco y sal. Por lo demás, apunta el viajero, los requerimientos laborales eran exigentes para mover
bultos, cajas y todo lo que contenían las bodegas, y el devenir de las actividades diarias lo requería así
por las obligaciones que se debían atender para mantener la comercialización:
En el almacén de estos señores no hay un momento de descanso, unos atendiendo a los diversos compradores que se
presentan, otros despachando mercancías para empacar, otros mandando bultos de mercancías vendidas para los
buques y otros recibiendo las mercancías que vienen de la aduana. En fin, en todo allí se nota la actividad, la vida y el
movimiento. […] Yo, como buen colombiano, recomiendo a mis amigos que vengan a Barraquilla, que visiten la
importante casa de que me ocupo, pues seguramente tendrán en ella la misma acogida que tuve yo y podrán por sí
mismos formarse idea del movimiento y del buen gusto que allí se advierte y así confirmarán con su propio juicio las
aplicaciones que, a vuelo de pluma dejo consignadas. UN VIAJERO[159].

En 1894[160], el Directorio Anuario de Barranquilla reporta la presencia e impulso de los negocios


minoristas en la plaza de mercado:

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Este edificio ocupa una superficie de 4.640 metros cuadrados y está distribuido de tal manera que hay lugar suficiente
para cada ocupante sin perturbar el tránsito continuo de concurrencia. La idea de hacer este mercado fue del general
venezolano D. José Félix Fuenmayor y la ejecución tocó al acaudalado anciano D. Esteban Márquez, contiene 50
tiendas, de espaciosas galerías y grandes departamentos para el expendio de carnes y pescados.

Dicho anuario también menciona a las tiendas, aunque a finales del siglo XIX estas eran conocidas
como colmenas, pues se localizaban en estructuras arquitectónicas cerradas. Debe precisarse que estos
dos tipos de negocios –tienda y colmena– se distinguían por vender productos al menudeo, y esta
actividad comercial se reflejaba en los anuncios publicitarios que promovían la venta de harinas, fideos,
aceite, especias, vegetales, productos nacionales y extranjeros. Lo resaltable de estos puntos comerciales
es el legado que dejan sobre las condiciones socioeconómicas que se expanden en épocas siguientes a
locales más estructurados: las tiendas de barrio.
El comercio tradicional en este periodo no podía ser ajeno a la socialización de los productos al
público a través de la publicidad. Las casas comerciales hacían difusión de sus productos en los
periódicos locales, donde daban a conocer las últimas novedades y promociones del día. Por ejemplo, El
Promotor, uno de los medios de comunicación más importantes durante el periodo 1872-1906, publicó
avisos de muchas casas comerciales que invitaban a los tenderos a realizar visitas a estos negocios y
destacaban a estos minoristas como sus clientes principales, con quienes se podía negociar gran parte de
los inventarios disponibles. La siguiente reproducción del aviso publicado por los mayoristas Llamas
Hermanos así lo demuestra:

Fuente: El Promotor, octubre 13 de 1888.

La plaza de Barranquilla era el mercado central de mercancías que proveía a gran número de ciudades
y pueblos vecinos, además de ser lugar de tránsito para la nacionalización, en la Aduana, de los
productos extranjeros que se consumían en tres cuartas partes del país, y para la exportación de los
frutos de otros departamentos del interior[161]. Algunas tiendas no solo comercializaban víveres y
mercancías populares; también vendían productos importados, de alta gama, que les eran ofrecidos por
los negociantes mayoristas. Así, las fuerzas del mercado fluían, no se detenían, y la oportunidad de
llegar al consumidor final abría paso a diversas posibilidades comerciales e hizo de la tienda, en menor
escala, una abastecedora integral de las familias.

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4. La tienda en los barrios
En Barranquilla, la incesante expansión territorial hacia las afueras de la ciudad brinda la posibilidad de
ubicar en lugares más dispersos los puntos comerciales llamados tiendas de barrio, que se
caracterizaban por ofrecer servicios más próximos al cliente; además, consideraban en su oferta
comercial las necesidades mínimas de consumo de la población (miniaturización de las presentaciones)
y, a su vez, se convirtieron en los sitios predilectos de reuniones sociales e impulso cultural.
Por ello, la intención de descubrir el rol de estas tiendas tradicionales en los inicios del siglo XX exige
analizar la presencia de estos negocios, sus comerciantes y los consumidores ubicados en los diferentes
sectores de la ciudad: Barrio Abajo, situado cerca del sector aduanero; Barrio Arriba, comprendido
entre el Barrio San Roque y los primeros territorios del Barrio Rebolo, el desarrollo residencial de las
quintas que daría lugar al Barrio Rosario. Como lo señala el plano de Barranquilla de 1907[162].
Imagen 3.3. Plano de Barranquilla (1907) en el que se señalan las áreas escogidas para plantear la evolución
de las tiendas de barrio en el periodo 1870-1945.
1. Barrio Abajo. 2. Barrio Centro. 3. Barrio San Roque. 4. Barrio Rebolo. 5. Barrio Rosario.

Fuente: Revista Mejoras, mayo 1938, N.º 53, p. 37.

Barrio Abajo. Se extendía desde el Callejón del Rosario (carrera 46), hasta la Avenida La María
(carrera 54); era un barrio de tiendas que tenían como clientela a las familias de los trabajadores y
obreros del ferrocarril y de las factorías ubicadas tanto en las calles principales, como inmediaciones del
sector[163]. Las añoranzas de este barrio se hacen sentir en los escritos costumbristas y en los recuerdos
más recónditos de sus habitantes y de los transeúntes que lo señalaban como un afamado sector, lleno de
camaradería y de gente sencilla.
Las tiendas del barrio Abajo se distinguían por la variedad de productos, por estar separadas del auge
tradicional del comercio de la época y en procura de brindar las alternativas diarias de consumo a
trabajadores de las nacientes nóminas de las empresas generadoras del impulso industrial en la ciudad.
Se decía, además, que algunas tiendas de este barrio eran espaciosas, y además de los productos
tradicionales que se expendían, se prestaba el servicio de botica y venta de medicinas caseras que
contrastaba curiosamente con la dinámica social que se generaba en la zona por el continuo consumo de
licor y guarapo en sus instalaciones.
Las tiendas Nube Blanca y El Tokio eran reconocidas como las más populares del barrio Abajo; El
Motor, El Fonce, también son de gran recordación en la memoria de los vecinos más antiguos. El
Paralelo 38 (carrera 50 N.º 38-40), La Preferida (calle 43 N.º 50-50) y La Ideal (carrera 50 N.º 41-60)

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fueron también tiendas protagonistas de la vida del barrio Abajo, y se caracterizaban por ser las más
tradicionales y las más mencionadas.
Los recuerdos de algunos de sus protagonistas manifiestan que en la mayoría de tiendas se tenían
espacios grandes para los encuentros cotidianos, dándole cabida a la trastienda, un espacio de mayor
sociabilidad y consumo. Al lado de las tiendas se ubicaban los expendios de cárnicos para integrarse a
un acertado servicio a la comunidad.
La mayoría de estas tiendas estaban ubicadas en las esquinas ochavadas. Estos lugares respondían a
una traza de diseño que imitaban un estilo clásico, poseían gran despliegue, puertas hacia los dos
sentidos de las calles de la vivienda y en la ochava una puerta principal. En consecuencia, estas esquinas
generaban a los comerciantes alternativas múltiples para atraer a los consumidores, porque el recurso
arquitectónico facilitaba una mejor visibilidad de los productos a los clientes sobre las vías adyacentes,
atractivo para hacer relucir su abierto esplendor.
El periódico El Promotor, en 1888, publicó un anuncio en el que se ofrecía en arriendo una de estas
casas de esquina, para el uso atractivo de una tienda, lo cual nos acerca al escenario de esta época:

Fuente: El Promotor, marzo 17 de 1888.

En la misma área publicitada se situaba la tienda Nube Blanca, famosa por mantener el mismo estilo
ochavado. Salcedo también señala que la ubicación de esta tienda estaba en la esquina de Santa Ana con
la Aduana. Los dueños del próspero negocio eran Eugenio Gómez y compañía, quienes abrieron más
tarde, al lado de la tienda, en dirección al callejón de La Luz, la panadería del mismo nombre,
igualmente famosa[164].
Fue tanto el impacto de esta panadería que en 1928, la publicación Don Ramiro[165] acreditaba a la
panadería Nube Blanca como un negocio de alto reconocimiento, por ser la fábrica de E. Gómez y Cía.,
proveedora de un pan de acceso a los consumidores de todos los estratos de la ciudad. Un notable
ejemplo de diversificación que sus propietarios realizaron teniendo como punto de partida a la tienda de
barrio.
Imagen 3.4. Vista actual de la antigua tienda y panadería Nube Blanca.

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Fuente: < http://www.panoramio.com/photo/58091623>

[…] Usted ve el edificio, el de La Nube Blanca, en esa época este es un edificio de construcción republicana… y ya ve
los locales aquellos, cada uno en su buena forma y bien y tal como está, imagínese usted esa época, este edificio nuevo,
estaba perfectamente bonito, perfectamente bien ubicado, sobre todo aquí [..] eso fue una especie de centro comercial,
el primero que hubo en Barranquilla, la tienda, la panadería, la carnecería, la zapatería y en el último local, allá, estaba
la señora Julia, la enfermera […] venían aquí a la panadería La Nube Blanca a comprar sus panes, y todas las personas
de allá arriba del barrio El Prado venían aquí a comprar los artículos, el pan, la carne, en la tienda. (Entrevista a Álvaro
Ortiz Ojeda, vecino del barrio Abajo)

En cuanto a las características de las tiendas, se generalizaron en este sector por ser negocios grandes,
de varios cuartos o compartimientos internos para brindar distintos servicios, con depósitos para
asegurar y conservar la mercancía y gran variedad de géneros del hogar. Un tendero del barrio Abajo se
describía en la década de 1930 como un administrador comprometido con los bienes y servicios de su
sector, no se concentraba solo en tener productos básicos para comercializar, sino además debía tener en
su local la oportunidad de ofrecerle al cliente una solución casi completa a sus necesidades de consumo.
Bueno, mi abuela paterna tenía unas casas en el barrio Abajo, y llegamos a vivir allí; ella también tuvo una tienda muy
grande que parecía una Olímpica actual, pues tenía cuartos especiales para la venta de la leche y otros para la carnicería
y se vendía de todo en esa tienda, también de mi abuela, quien se llamaba Ramona Martínez de Ribaldo […] Las
tiendas, sobre todo la de mi abuela y la del señor Barriga, tenían depósitos de sacos de granos, de arroz, de frijoles,
latas de manteca, todo era al por mayor y lo tenían en depósito; allí vendían también herramientas, comestibles,
escobas, traperos, de todo, se vendía de todo, leña, carbón, gas; en ese entonces las estufas no eran eléctricas y como no
existían las neveras eléctricas, había unas neveras de palo, de madera, forradas por dentro con latas; ahí era donde se
metía el hielo que se compraba en la fábrica, donde hacían el hielo, porque entonces no había neveras eléctricas. […]
Es que en la tienda de antes se vendía de todo, se vendía carbón, leña, la manteca que venía en galones era de cerdo, no
es como ahora vegetal, era de cerdo y se “dormía”, lo que uno decía, y había que calentarla para luego despacharla,
eran galones de manteca. (Entrevista a Gladys Gribaldo [85 años], nieta de tendera del barrio Abajo)

El señor Barriga era un médico tegua del barrio que, además de ser boticario, ejercía la actividad de
tendero en El Motor, negocio que perduró por más de cuarenta años y que desde la década de los años
1930 se caracterizó por su variedad, por la venta de abarrotes, utensilios para el hogar, productos de
ferretería y todo tipo de remedios caseros. Esta tienda fue el sustento de toda la familia Barriga por más

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de cuarenta años; permitió educar a todos los hijos sin ahorrar esfuerzos, con un denotado trabajo diario,
un espíritu de lucha admirable y una honestidad a toda prueba, envidiable[166].
Imagen 3.5. Miguel Barriga, tendero del barrio Abajo, 1950.

Fuente: Barriga, 2013.

Respecto al tendero Miguel Barriga, se identificó que era descendiente de una familia boyacense, un
típico cachaco, madrugador, dicharachero y jocoso en el trato con sus clientes habituales, utilizaba su
tarea de médico tegua para fidelizar a sus clientes; leal a sus compromisos comerciales, los tenía
anotados en el diario de sus transacciones. Era tanto el deber con su negocio, que en escritos familiares
se describe que en ese lugar existía un ático donde él mismo, usualmente, hacía breves vigilias para
asegurarse del estado general de su tienda.
Los recuerdos de un comerciante y de su negocio no podían ser apartados de los sucesos que
describían sus hijos sobre la relevancia de las tiendas en el barrio Abajo, pues estos negocios también
eran el eje de comportamientos sociales y de integración que marcaban el devenir de la vida de muchos
ciudadanos y vecinos, además de resaltar las relaciones de todo tipo que desde estos lugares comerciales
se generaban:
[…] mi querida hermana, cuando su enamorado le hacía las visitas a la distancia, pues aún no se le permitía la entrada a
la casa ya que no había sido “aceptado” por el resto de la familia, se mantenía por horas aferrada a ese cancel y con la
mirada fija y perdida hacia la esquina de “la cachaca María”, un personaje muy sui géneris del barrio Abajo, ya que
tenía una tienda que era muy frecuentada por hombres para tomarse sus cervezas. Bien, allí nuestro futuro cuñado
llegaba casi todas las noches para, desde lejos, enviarle todos los mensajes que suelen aprenderse los enamorados [167].
Imagen 3.6. Fachada actual de El Paralelo 38, una de las tiendas más visitadas por los trabajadores y
transeúntes de los alrededores de la antigua Aduana a inicios del siglo XX.

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Fuente: Google Street View.

A comienzos del siglo XX, cuando los palenqueros llegaron a la ciudad se asentaron en el barrio
Abajo, cerca de la Estación Montoya[168], y las tiendas de ese sector empezaron también a atender las
necesidades de consumo y las prácticas de los afrodescendientes que allí habitaban. En esas tiendas,
además, se hallaban productos típicos, como la tusa y la harina de maíz, transformados después en los
bollos que hacían parte del comercio informal en las calles del barrio y demás sectores.
Asimismo, las tiendas servían como aliadas de los comerciantes informales, emergiendo nuevos
hechos típicos de esa época que aún perduran como prácticas sociales: en las tiendas del barrio Abajo
eran normales grandes expresiones de camaradería, pues eran el refugio de los trabajadores cercanos a la
Aduana. La tienda El Paralelo 38 es un ejemplo indiscutible que permite relacionar estos hechos, donde
juegos, charlas y tragos hacían parte de un nuevo tipo de tienda de descanso, esparcimiento y
entendimiento social.
[…] al principio, en el barrio Abajo, las tiendas lo que más vendían era maíz, porque el asentamiento era de
palenqueros, y ellos hacían los bollos, los fritos y todo lo concerniente para el consumo de la ciudad de Barranquilla;
entonces, eran tiendas, pero tenían más de abastos, porque el palenquero no iba al mercado, compraba en la tienda su
maíz, su carbón, su leña, el gas, las tusas. […] también existía una longeva tienda, llamada El Paralelo 38, porque
sencilla y llanamente ahí se asentaba la antigua Aduana, y los trabajadores y las personas que explotaban el río, su
muelle, sus bodegas, telégrafos y todo, que trabajaban tanto en la Aduana como en la Intendencia Fluvial, siempre
bebían ahí, conversaban, charlaban y jugaban. (Entrevista a Luis Martínez, vecino del barrio Abajo)

Barrio San Roque. Este sector es reconocido por ser la contracara del barrio Abajo; allí se
establecieron negocios que lo convirtieron en una zona importante y polo de atracción en Barranquilla.
Tres espacios básicos se desarrollaron esta área de la ciudad e impulsaron el tránsito poblacional que se
constituiría en germen de consumo, a saber: 1) la arteria vial de la calle 30, 2) la constitución del templo
de San Roque y 3) la estampa del Hospital de Caridad.
Zambrano señala que en 1866, la tendencia general del barrio Arriba fue el establecimiento de la elite
y de numerosos extranjeros, en particular en el callejón de los judíos, sefarditas dedicados al comercio
[169]. En ese sentido, los extranjeros a su llegada a este territorio dan inicio a la actividad emergente de

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buhoneros, oficio característico de desplazamiento, para ofrecer mercancías, generalmente de poco
valor, con alianzas y asociaciones familiares, con lo cual brindan un ejemplo de vocación al ahorro, pero
con un lugar comercial determinado tipo tienda-miscelánea (antesala de la gran superficie).
Posterior a su pujanza, el barrio San Roque desarrolla una gran actividad económica mayorista, que
luego se ve relevada con el desplazamiento de la clase pudiente a otros sectores de la ciudad, lo que
transforma su calidad poblacional y establece un consumo minorista generado por obreros, operarios de
los talleres cercanos al mismo barrio, vendedores ambulantes, familias con negocios independientes
(entre ellos el de la tienda). En este barrio, hacia mediados del siglo XX, se distinguían diversas tiendas
tradicionales, como La Dimayor, localizada entre la calle 30 y Hospital, El buen trato, entre la calle 31
con carrera 35, y el Canal del Suez, entre la calle 30 con carrera 35[170].
Existía también la tienda La Carmelita, que tenía gran movimiento y era muy reconocida por la
vecindad; era propiedad de unos costeños emigrantes del departamento de Bolívar, quienes se
establecieron con sus ocho hijos en el naciente negocio familiar, como confirmó uno de sus miembros.
En esta tienda el relacionamiento con los clientes se distinguía sobre todo en eventos sociales que el
mismo negocio lideraba, pero a su vez fue también una tienda conservadora, ya que su dueño no
permitía la comercialización de licor y era reconocida por la venta de cárnicos y abarrotes.
Imagen 3.7. Vista frontal de la esquina ochavada de la tienda La Carmelita, barrio San Roque.

Fuente: Google Street View.

[…] La Carmelita también la recuerdo con mucho cariño, porque quedaba en una esquina; queda todavía en una
esquina, y allí construyeron una especie de pilar redondo, y sobre ese pilar todos los diciembre colocaban ahí un
arbolito de navidad grande, lo hacían los muchachos en aquel entonces del barrio; ellos recolectaban plata en el sector,
en las calles y carreras de por ahí, y compraban los materiales y armaban el arbolito, y entonces lo ponían ahí en la
esquina y lo adornaban con foquitos de colores. (Entrevista a Jorge Correa, vecino del barrio San Roque)

[…] Entonces aquí se vende pura comida, comida, comida, choncho, cerdo, gallina, pollo, carne, espagueti, leche,
arroz, manteca, pero nada que sea nocivo […] el hermano, que manejaba bien la matemática, podía entrar en la tienda a
despachar cosas livianas, cosas pequeñas, y así fuimos aprendiendo y hasta el día de hoy nosotros somos los que
llevamos la batuta. (Entrevista a Teresa Ladrón de Guevara, hija de tenderos del barrio San Roque)

Desde sus inicios, la tienda en su entorno logístico se caracterizó por contener un mostrador en el que
se van ubicando los productos despachados al cliente y después son entregados al cierre de la venta. Es

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un mueble que se usa como el límite entre el tendero y su cliente; cada espacio determina un entorno
propio en el que se relacionan estos dos actores, así: a) “Detrás del mostrador” alude al espacio propio
del comerciante, en el que maniobra para obtener los productos de sus estantes, salvaguarda su dinero,
incluye su balanza de pesos y determina un lugar próximo para el cajón de monedas y billetes para dar
“las vueltas” o el cambio a sus clientes, y b) “Delante del mostrador” es el área de los clientes, espacio
de entorno económico de alto grado de sociabilidad, allí los vecinos y externos llegan a comunicar los
hechos cotidianos; algunas tiendas poseen muebles para que los clientes del guarapo y la cerveza se
sienten y consuman. En otras tiendas de la época, el teléfono se ubicaba en esta área para que quedara de
fácil acceso a la comunidad, porque el tendero se privilegiaba de tener uno. Pero este mueble divisorio,
el mostrador, no ha sido un obstáculo para que el tendero entienda a sus consumidores y pueda brindar
sus productos al acomodo de ellos; de allí surgen los elementos de la “miniaturización” y el afamado
“fiao del tendero”, con “el vale” de la cuenta donde se apuntaban los precios adeudados en un cartón.
[…] en el barrio Abajo, en casi todas las esquinas había una tienda, había bastantes tiendas, pero todas vendían, todas;
es más, existían lo que decían el vale, “fiaban”, tenían los vales. (Entrevista a Gladis Gribaldo, de 85 años, nieta de
una tendera del barrio Abajo)

[..] siendo un pelao, había los famosos “vales”, mi papá decía que siempre existían, hasta cuando el chino, cogían un
cartón de las cajas de cigarrillo […] de Malboro, de Piel Roja, y los abrían y ahí le iban anotando a la gente lo que iban
sacando a crédito, digamos así fiado, y llegado el final del mes, o de la quincena, la señora iba con su vale, que así se
llamaba, y sacaba la cuenta y eso que estaba ahí era lo que pagaba; el vale era el todo, era la tarjeta de transacción de
aquel entonces, pagaban muy puntualmente eso. (Entrevista a Jorge Correa, vecino del barrio San Roque)

Imagen 3.8. Típica estantería y mostrador de la época de la tienda La Carmelita, barrio San Roque.

Fuente: archivo de los autores.

Otras de las tiendas distinguidas eran El Nevado, llamada posteriormente La Batuta, y también La
Preferida, esta última ubicada en el callejón del Matadero Maturín. En general, todas estas tiendas de
barrio se identificaban porque: a) los dueños en su mayoría eran emigrantes de departamentos cercanos
como Bolívar y Sucre, b) el negocio era base económica del grupo familiar, c) eran líderes en eventos
sociales de temporada y se involucraban en actividades al servicio de la comunidad, y d) eran
financiadores económicos del consumo de sus mismos vecinos y amigos.

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[…] la tienda La Preferida se llama así porque dicen que antiguamente ahí funcionaba un matadero, y ellos recuerdan
cuando la gente se tomaban el vaso de leche, se tomaban el vaso de sangre, eso yo no lo recuerdo, pero mi papá, mi
mamá nos contaban eso; la tienda tenía un traga níquel, tenía una cantina al frente […] y ellos además de ser tenderos
eran servidores sociales, porque como en mi casa, por ejemplo, era la única parte donde había teléfono, ese era el
teléfono del barrio, ya vio, y si la gente no tenía, ajá, allí también solucionaban el problema. (Entrevista a Teresa
Ladrón de Guevara, hija de tenderos del barrio San Roque)

Barrio Rebolo. Al despuntar el alba del siglo XX, Barranquilla pasó a ser la principal ciudad del
Caribe colombiano, pues su crecimiento fue vertiginoso en comparación con las dos ciudades cercanas:
Cartagena y Santa Marta. En este proceso de expansión, emergen en la ciudad barrios de todo tipo, y
resaltan en particular aquellos sectores donde la cultura del desparpajo y el goce de sus habitantes los
convierte en lugares populares, como el caso del barrio Rebolo. Este sector insigne es uno de los más
notorios de Barranquilla, pues cuenta con un patrimonio de carnavaleros, grandes deportistas y
derrochadores de cultura alegre; cuando sus habitantes se dispersaban hacia cualquier otra área de la
ciudad llevaban consigo la esencia del barranquillero guapachón, como sucedió a comienzo de la
década de 1940, época inicial de sus desplazamientos.
Este sector popular se nutrió poblacionalmente de las migraciones provenientes de la ribera del río
Magdalena, un proceso constante y progresivo a medida que Barranquilla fue creciendo[171]. En estos
lugares las pomposidades no eran notorias; los pobladores eran trabajadores y campesinos humildes, por
eso surgieron tradiciones comerciales como el oficio del vendedor en burro, que no solo dotaba a los
vecinos del sector sino que además abastecía a los tenderos de barrios de frutas, vegetales, la popular
vitualla, y la leche de vaca, todo ello era traído de fincas cercanas.
Además, las tiendas del barrio Rebolo se caracterizaban por tener una arquitectura vernácula; unas
utilizaban materiales como paja o barro; otras eran construidas con ladrillos, madera y techos de zinc,
aun cuando en esa época la estructura de esquinas ochavadas seguía generalizada en la ciudad para la
ubicación de este tipo de negocios. Así, los mobiliarios y hasta la misma condición de inventarios de
productos era más reducida, no como la descrita antes para el caso del barrio Abajo. En este barrio,
algunas tiendas solo tenían una nevera de petróleo, un peso canasta y un reducido número de víveres
para comercializar, y sobresalían más los productos provenientes del campo y los procesados a mano.
[…] el señor Garrido, un tendero de principios del siglo XX, yo sé, porque yo como líder de los tenderos averiguaba, él
llega a Ocaña, Garrido tenía una tienda cerca al teatro La Bamba en la calle 30, un negocio que se surtía de productos
comprados en la Intendencia Fluvial, productor del río Magdalena. Esa tienda era descrita con un peso de canasta, una
nevera de petróleo y un inventario de productos muy reducido: arroz (de dos clases para sopa y para seco), panela,
azúcar, sal, velas, cera, jabón, ron artesanal (chirinchi) y cerveza, cigarrillos Piel Roja o calillas. (Entrevista a Campo
Aníbal Jimez Silva, viejo tendero del barrio Rebolo)

También en el barrio Rebolo se instalaron tiendas de propiedad de inmigrantes chinos, quienes


forjaron la costumbre del consumo al menudeo, manejaban productos relacionados con las hortalizas y
huevos, y vendían víveres en gran variedad, pero no eran muy organizados en la presentación de sus
artículos.
La siguiente transcripción de un anuncio publicado en La Prensa por un ciudadano chino permite
corroborar que la dirección del inmueble corresponde a la nomenclatura actual de la calle 30 con carrera
27, barrio Rebolo.

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POR MOTIVO DE SALUD véndese tien-
da bien surtida y acreditada, en avenida Boya-
cá, carrera Vesubio. Yi Seng. Entenderse
allí mismo.
Fuente: La Prensa, 30 de mayo, 1940, p. 2A.

Barrio El Rosario. En 1938, un artículo de la revista Mejoras, titulado “Importancia de Barranquilla


como centro fabril y comercial”[172], señala que entre tiendas y colmenas en la ciudad existían 1.671
negocios, lo que demuestra que los impulsos del comercio comienzan a posicionarse en los nuevos
barrios para abastecer a sus pobladores. En el barrio del Rosario eran muy reconocida la tienda La
Distribuidora, situada en la carrera 45 con calle 43, hoy extinta; además de las tiendas Colón, localizada
en la carrera 45 con calle 44; El embajador, en la calle 42 con carrera 55, y La Conquista, ubicada en la
esquina de la calle 42 con carrera 43. Además, dos muy recordadas son La Cívica y La Favorita, de las
que hay testimonios en su entorno comercial:
En el barrio El Rosario se fundó una tienda conocida por muchos y que hace parte de nuestra historia; se llamaba La
Cívica. Yo he investigado y realizado entrevistas a mis 67 años, y logré dialogar con viejos comerciantes, muchos de
ellos ya fallecieron, que recordaban el movimiento que se veía en esa tienda. Por ese barrio transitaba mucha gente,
trabajadores, pobladores […] era un barrio acomodado y llegaban visitantes, y la tienda era un sitio, un lugar, de
obligado tránsito […] era una tienda de barrio en todo su esplendor, cuando ya el comercio se hacía más popular. (
Entrevista a Campo Aníbal Jiménez Silva, viejo tendero del barrio Rebolo)

Cuando nosotros llegamos a Barranquilla en el año sesenta ya existía este establecimiento; mi padre sabía que desde
hacía mucho ya estaba […] esa tienda la compró mi padre […] y sí tiene más o menos 80 años de existencia […] ese
fenómeno se debe a que como era una tienda ubicada frente la Alcaldía era exitosa, y el que iba llegando le iba
poniendo la favorita, la favorita del vecino, la favorita del compadre, la favorita… […] Pero aquí en el barrio El
Rosario hay otras tiendas famosas, como La Cívica, El Centavo Menos, La Única, que tienen más de cien años de
existencia. (Entrevista a Alejandro Duarte)

Imagen 3.9. El antiguo Callejón del Rosario (carrera 46) partía de la esquina de la plaza San Carlos, frente a la
iglesia del Rosario, hacia el puerto fluvial. A la izquierda, una típica esquina del barrio El Rosario, de estilo
ochavada.

Fuente: Revista Mejoras, 1941.[173].

Barrio Montecristo. Paralelo al desarrollo de las ciudades, se presentan movimientos migratorios de


personas que desean encontrar oportunidades laborales y de emprendimiento, visionando hacer parte de
ese mismo progreso. Esta era la expectativa de los emigrantes y nuevos pobladores de Barranquilla que

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alrededor de 1916 se ubicaron en terrenos cercanos a barrios ya establecidos. Un ejemplo de estos
hechos es el barrio Montecristo, el cual se originó a partir de una invasión cercana al tradicional barrio
Abajo, como respuesta a la falta de vivienda, y desde sus inicios se perfiló con unas características muy
particulares y con actores bien definidos[174]. Las generalidades reseñan a unos pobladores obreros que
en esa época no contaban con los recursos económicos para tener una vivienda propia; era la gente que
constituía la mano de obra soporte para el avance de la ciudad. En ese momento, quienes representaban
la vanguardia de Barranquilla no vislumbraron las transformaciones que estas migraciones generarían en
las condiciones urbanísticas de la ciudad, y empezaron a suplir sus necesidades de operarios a bajo costo
con este tipo de habitantes.
Por las condiciones iniciales del barrio Montecristo, en este sector el ámbito comercial relacionado
con las tiendas inició con los llamados ventorrillos, que se caracterizaban por estar a cargo de familias
de clase baja, generalmente comerciantes populares que por cuenta propia atendían sus negocios en la
plaza del mercado y llevaban los sobrantes a un pequeño negocio sus casas. Igualmente, existían
familias dueñas de algún pequeño cultivo en poblados cercanos que traían sus productos a la ciudad para
comercializarlos, contando con el apoyo de parientes que tenían un ventorrillo para generar una ayuda
económica.
La ubicación de los ventorrillos era fortuita; unos funcionaban desde la ventana de cualquier humilde
casa, otros en cualquier paraje nada elaborado. Algunos de los productos que comercializaban eran del
negocio central (en el mercado) de su mismo dueño, artículos que no alcanzaban a ser vendidos durante
el día, entonces, se los ofrecían a los vecinos del barrio; tarea que le correspondía a las mujeres. En los
ventorrillos se vendían principalmente frutas, vegetales de estación, bollos de mazorca, queso y huevos
criollos.

5. La tienda de los chinos


Por razones xenofóbicas pero también económicas[175], emigrantes provenientes de China se ubicaron
en Barranquilla a comienzos del siglo XX, pues vieron la oportunidad de probar suerte en esta ciudad,
establecerse con sus familias e iniciar negocios. El 1.º de noviembre 1 de 1906, el diario El Promotor
publica una noticia que titula “La emigración china”, y en la cual realiza un llamado al gobierno y a la
comunidad en general para ser conscientes de lo que conlleva acoger a este tipo de comunidades:
[…] Si miramos el punto bajo el aspecto de nuestra conveniencia, la necesidad perentoria que hoy confrontamos es la
de aumentar nuestra población y la inmigración china nos conviene más que ninguna otra. La razón es obvia: los
chinos son hábiles en toda clase de trabajos manuales, sobrios, pacíficos, económicos, se contentan con poco salario y
no son exigentes. Ventajas inmensas para quien no puede pagar la inmigración cara de otras razas de occidente que no
resisten ciertas privaciones, ni nuestro clima ni nuestra pobreza[176].

Asimismo, el Boletín Municipal de Estadística refiere que la comunidad china alcanzó en el año 1935
[177] un registro total de 87 cédulas, que corresponden al 36 % de las cédulas de emigrantes españoles
(240 documentados), quienes eran los de mayor ocupación, con lo cual los orientales logran establecerse
en el pleno desarrollo de la ciudad. Los chinos, por ejemplo, llegaron a realizar diversas actividades
vinculadas con los negocios de hortalizas, restaurantes, lavanderías y otros[178], pero a su vez tuvieron
fuerte participación en el desarrollo de las tiendas de barrio. A partir de la década de 1930, los chinos
marcaron una etapa trascendental del comercio minorista tradicional en sectores de la ciudad como los
barrios Abajo, Rebolo, El Rosario y Chiquinquirá, y continuaron distribuyéndose por otros sectores de la
ciudad de acuerdo con el crecimiento poblacional. Las amplias redes organizadas por los chinos
facilitaron el movimiento de bienes y servicios en áreas muy vastas y variadas[179].

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El análisis retrospectivo de la existencia de una tienda de chinos en el censo de 1936, donde
actualmente funciona la tienda La Pradera, permite apreciar el legado de estos minoristas chinos a la
dinámica comercial en los barrios. Su existencia como tenderos creó una tradición comercial para la
generación de nuevos comerciantes minoristas y sus clientes, un asentamiento sociocultural por las
relaciones que se establecen y, además, situaron a la tienda como lugar de memoria histórica para los
pobladores.
Imagen 3.10. Vista actual de la ubicación de la tienda china censada en 1936 (Calle Murillo con carrera 31,
esquina).

Fuente: Google Street View.


Imagen 3.11. Jorge Tanjo Ying y su hija Amalia, en su tienda, a finales de los años 40.

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Fuente: Álbum familiar de los Yin.

Bueno la que más recuerdo es una que quedaba en la parte de atrás de Expreso Brasilia, el tendero se llamaba Víctor
Ching y fue uno de los pioneros de acá de la colonia; había otro paisano, José Chois, y su tienda quedaba en la esquina
del colegio Eusebio Caro; otro paisano estaba en la esquina del Hotel El Prado, en la calle 72 con carrera 55, Tanjo
[…] en el barrio Chino habían como tres, pero como estaban más al extremo no los alcancé a conocer. Había otro
paisano, que estaba frente al Colegio Lourdes donde hoy está calzado Spring; bueno, eso es los que recuerdo que
tuvieron negocios de tiendas. (Entrevista a Willian Ching, vecino de un antiguo tendero chino)

Mi nombre es Jorge Tanjo Ying; yo llegué en 1940, como en febrero, en un buque que llegó aquí, al muelle de Puerto
Colombia […] vine a Barranquilla por mi tío; él tenía una tienda, se llamaba José Ying, y ya vivía aquí en Barranquilla
hacía 18 años. Yo viví con mi tío, allá en la tienda aprender, primero, negocio de tienda, allá aprender español,
entonces trabajé como tres años, entonces yo vender en la tienda, compré en compañía con los paisanos haciendo
almacencitos en el mercado; se llamaba Almacén Diez. (Entrevista a Jorge Tanjo Ying, tendero chino)

Igualmente, los tenderos chinos se integraron y permanecieron durante décadas como parte del
desarrollo comercial y de la expansión barrial. Era común que el vecindario colocara nombres a los
tenderos chinos, y estos mismos los anteponían para sentirse identificados en su localidad. Aunque el
idioma pudo haber sido una barrera, los inmigrantes chinos fueron aceptados por los barranquilleros,
bien porque los habitantes caribeños basaban sus relaciones a partir de la curiosidad que les despierta
hacer camaradería con un extranjero, o por recibir de ellos obsequios por la compra de sus productos. La
habilidad de los tenderos chinos para integrarse con la forma de ser, con la idiosincrasia, de los
consumidores de barrios populares, dio lugar a la implementación de estrategias que fueron acogidas y

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marcaron la historia de las tiendas de barrio en Barranquilla. Un ejemplo de estas estrategias es la ñapa,
dádiva condicionada por el chino, que se convirtió en la práctica para medir el servicio de un buen
tendero y su reconocimiento para con la fidelidad de sus clientes.
Al respecto Dagis afirma:
Los tenderos chinos eran muy pacientes para despachar, pero los reboleros les “mamaban mucho gallo” hablándoles a
los chinos, cambiando la “r” por la “l”, de la siguiente manera: “chino tu comel mucho alo, chino malica”, pero los
chinos no paraban “bolas” y seguían despachando. […] Los chinos tenían una libreta a la cual ellos llamaban “ñapa”, y
a los buenos clientes que aparecían varias veces apuntados, les regalaban un “guineo” maduro, de ahí la costumbre
barranquillera de pedir la ñapa[180].

Después de 1945, los chinos aún continuaban liderando las tiendas de barrio, pero pronto muchos de
ellos empezaron a fortalecerse con el negocio de las granjas avícolas y restaurantes, y dejaron abierto el
campo para otros comerciantes emigrantes, provenientes del interior del país.

6. Las regulaciones públicas y la tienda de barrio


En las esferas de la economía y la sociedad, el Estado colombiano ha contado desde siglos con bases
regulatorias a favor del equilibrio entre sus pobladores y los entes comerciales. Asimismo, otros
elementos relevantes para comprender los comportamientos y el desarrollo de las tiendas tradicionales
minoristas en Barranquilla son las normas y disposiciones estatales de finales del siglo XIX y comienzos
del siglo XX relacionadas con el ejercicio de los tenderos. En efecto, las regulaciones a las tiendas
tradicionales minoristas se distinguían por enfocarse en cuatro aspectos fundamentales:
a. El recaudo de rentas, para reinversión en proyectos locales.
b. El manejo de los pesos o medidas, para buscar una homogeneidad de los productos.
c. El control de los precios, para controlar la especulación y carestía de los víveres
d. La inspección de la calidad de productos, con el fin de ejercer la buena práctica de salubridad en los
locales comerciales y sus dueños.
En 1872, el Informe del Alcalde del Distrito al Consejo Municipal en el primer semestre, de fecha 5
de julio de 1872, señala que las tiendas del mercado pagan a la ciudad $218,40, equivalentes al 81 % de
la suma total de $269,00 del recaudo obtenido por impuestos a boticas y botiquines, galleras, billares,
fondas, derecho de matrículas, espectáculos públicos y cementerios. Y en la relación de los tributos de
las fincas urbanas que pagaban $580,13, el recaudo de las tiendas equivalen a un 38 %, con lo cual el
Tesoro Municipal de Barranquilla recibía recursos considerables gracias al notorio posicionamiento de
estas[181].
Tabla 3.1. Punto XIII del Informe del Consejo Municipal de 1872.

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XII

(*) PARTICIPACIÓN DE
EL TESORO MUNICIPAL
RECAUDOS
…….
3.ª parte de Derecho de matadero $ 1.560,66 30,98%
.
Pasan _________________ $ 1.560,66
…….
Remate de varios impuestos $ 847,80 16,83%
.
…….
Tiendas del mercado $ 218,40 4,34%
.
…….
Terreno del malecón $ 218,40 4,34%
.
…….
Derecho de matadero . $ 1.343,00 26,66%
…….
Impuestos a las fincas urbanas $ 580,13 11,52%
.
…….
Boticas y botiquines $ 35,00 0,69%
.
…….
Galleras $ 16,00 0,32%
.
…….
Billares $ 4,00 0,08%
.
…….
Fondas $ 30,00 0,60%
.
…….
Derecho de matrículas $ 38,00 0,75%
.
…….
Espectáculos públicos $ 50,00 0,99%
.
…….
Cementerios $ 96,00 1,91%
.
Total $ 5.037,39 100,00%
Fuente: ACMB. Informe del Alcalde del Distrito al Consejo Municipal (5 de julio de 1872). (*) Análisis propio.

El control de los pesos de los productos en todas la tiendas y almacenes del distrito se legaliza en
1873[182], a través del Proyecto de Decreto que reglamenta las atribuciones del Fiel de la Balanza en el
Mercado Público del Distrito, y que tendría como disposiciones principales el repeso de todas las
mercancías a libre petición del comprador o cualquiera que solicitara su servicio, y el control de los
pesos que se informaba al alcalde, quien tenía la libertad de imponer sanciones al tendero o pulpero por
inconsistencias entre lo que dijera el consumidor y lo indicado por la balanza. De este decreto se
transcribieron, de la fuente primaria, los dos artículos que constatan esta regulación, así:

Art. 3º Si en los efectos sometidos al repeso notase que hay diferencias entre el peso indicado por el comprador y el de
la balanza, dará cuenta de el inmediatamente al Alcalde que dicte las providencias que hubiera lugar.

Art. 4º Las funciones del Fiel de la Balanza no se limitan solamente al repeso de los efectos que se lleven como
comprados en el lugar denominado “Mercado Público”, sino al de todo artículo que se expenda en las tiendas y
almacenes del distrito.

Presupuesto: 1) Valor de una mesa de vara i media de largo con el frente semicircular para colocar el peso $10,oo. 2)
Valor de un taburete con su correspondiente forro por $3,oo. 3) Valor de un juego de pesas por no existir más que tres
en la oficina de la Alcaldía una de a libra, una de a media arroba, otra de arroba y composición del peso al cual le falta
cadena y limpia de él, por $28,oo.

Imagen 3.12. Balanza típica, localizada en el mercado de Barranquilla.

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Fuente: Archivo de los autores.

El manejo de los precios no se hizo esperar; ese mismo año (1931), el Diario del Comercio publicó el
edicto titulado “Fue fijado el precio máximo de los víveres”[183], aclarando que las comunidades más
pobres no serían afectadas por las disposiciones impartidas en este Decreto Ejecutivo N.º 1716. Los
comerciantes debían vender un sinnúmero de productos de la canasta familiar hasta el valor señalado, de
lo contrario serían judicializados, y para constancia de ello firman los miembros de la Junta de Control
de Alimentos. Estas regulaciones generaban inquietudes y propuestas de pobladores y gobernantes, pero
a su vez responsabilizaban directamente a los tenderos del dominio de los valores y medidas sobre sus
productos para venderlos correctamente.
La agilidad del comerciante mayorista se pone a prueba, pero la templanza en el manejo de los
precios de los minoristas, quienes logran la mayor comercialización al menudeo, en definitiva ha sido
muestra de destreza. Más de 21 productos básicos de la canasta familiar fueron regulados en su medida
versus precios, de los cuales se destacan: arroz (saco 100 libras, $4.50; en arroba, $5.20; libra, 0.06),
azúcar sincerín (en saco 125 libras, $8.30; arroba, 1.70; libra, $0.08), panela de hoja (mil, $74; el ciento,
$8; una, 0.09), manteca americana y del país (lata de 37 libras, $6.50; la libra, $0,20).

Intervención del Estado en el comercio de alimentos. El acaparamiento es un delito. La fijación de precios. Otra
faz de la política económica del proyecto de reforma institucional presentado por Gaitán, es la inspección del estado en
la venta y expendio de alimentos de primera necesidad […] políticas que tiende a ceder su puesto al libre juego de las
leyes económicas […] Cuántas veces hemos visto en nuestras plazas de mercado que los expendedores sin conciencia
de víveres, antes que bajarles el precio a todas luces excesivo para las misérrimas capacidades monetarias de mucha
gente[184].

En las primeras décadas del siglo XX, Barranquilla y su área comercial avanzan desplegando un
voluminoso tránsito de productos, lo que generó mayores movimientos en la rotación de los inventarios;
sin embargo, el manejo inadecuado de grandes cantidades de víveres y abarrotes empezó a impactar en
las condiciones de salubridad de la ciudad, problemática que incluyó a la tienda de barrio. En 1928,
destacados miembros del Club Rotatorio de Barranquilla, entre ellos José A. Blanco, Julio E. Gerlein y
Samuel Hallopeter, en la revista Don Ramiro, publican un artículo en el que exponen la problemática de
salubridad y alertan a la administración pública de la situación a que se expone la comunidad; tres años
después, una noticia similar es registrada en el Diario del Comercio:

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Nuevo acuerdo que reglamente el manejo y venta de alimentos y bebidas refrescantes. Muchas tiendas y
restaurantes de la ciudad, en los cuales se venden alimentos no cumplen ni aun con las reglas más elementales de
sanidad. […] Las autoridades sanitarias hallarán que esta es una tarea ardua, a menos que cuenten con el firme y
decidido apoyo de las autoridades municipales[185].

Latas de Rancho. […] como el consumo de rancho en esta ciudad es considerable, y tanto corredores de comercio
como detallistas y vendedores al por mayor ofrecen al público estos artículos a módicos precios, sería muy conveniente
que los jefes de sanidad y asistencia pública practicaran una rigurosa inspección a todos los establecimientos en donde
hay a la venta latas de rancho como sardinas, atún, salmón y mortadelas […][186].

Asimismo, las tiendas de barrio son de seguidilla por el manejo de la salubridad, los pobladores eran
parte del estímulo a que los tenderos mantuvieran los productos mejor organizados y limpios, lo cual
para los tenderos chinos de esta misma época parecía un asunto complicado; según testimonios de
algunas de las personas entrevistadas, este es uno de los motivos más recordados de la desaparición de
las tiendas de chino en las décadas siguientes. Las propuestas para la salubridad de los tenderos y/o
pulperos incluían el uso de una indumentaria apropiada y que se preocuparan más por las condiciones
higiénicas de sus locales, tal como se hizo en épocas anteriores, cuando sí se aplicaban disposiciones
sanitarias.
Existen disposiciones sobre higiene y salubridad, que alguna vez se pusieron en práctica, pero que han dejado de
cumplirse, como si hubieran sido derogadas. Tenemos la que se refieren al uso de los gorros blancos para los pulperos,
expendedores de carne y de pescado, que no se cumple, a ciencia y paciencia de las autoridades sanitarias […] Por los
lugares más centrales y concurridos de la ciudad, andan unos sujetos, cada uno de ellos con un canasto repleto de
dulces de toda clase y de todo precio, con pésimas indumentarias y con gritos estentóreos anuncian la venta de los
dulces. Y cuando el cliente toma por su propia mano el dulce que le gusta, menos mal, pero la mayor parte de veces es
el vendedor quien sin escrúpulo alguno, prende con sus dedos sucios los dulces para entregárselos al cliente; todo esto
lo ve y lo consiente la policía, aunque nos parece más inescrupuloso el cliente que el vendedor […] [187].

En 1940, se abre la posibilidad de comerciar productos farmacéuticos en establecimientos diferentes a


las droguerías o botica, y se logra el permiso para que las tiendas de barrio amplíen su ya variado
portafolio; de esta manera, las tiendas continúan ofreciendo servicios en distintos frentes, que favorecen
a la comunidad y les permiten estar más cerca de sus clientes.

Drogas que pueden vender las tiendas y almacenes. […] el ácido bórico, aguarrás, alcanfor, alumbre, alhucema,
bencina, benjuí (resina), bicarbonato de sodio (bórax), blanco de zinc, neftalina, nuez moscada, trementina, otros […] y
se les también adiciona los ungüentos y linimentos para uso externos, siempre que tengan licencia de la Comisión de
Especialidades Farmacéuticas[188].

7. Los productos y la tienda de barrio


Después de 1920, las oportunidades de comercialización para los tenderos no se hicieron esperar; era un
momento en el que emergían gran cantidad de productos de fábricas locales y extranjeras. Jorge N.
Abello[189] señala que en esta época en Barranquilla funcionaban fábricas de tejidos de algodón y de
punta, que distribuían sus driles, franelas y calcetines a todos los mercados del país; también había
fábricas de vidrios, fósforos, velas, jabones, perfumes, cerveza, hielo, aguas gaseosas, ladrillos,
baldosas, aguardiente, calzado, harina, pastas alimenticias.
Habría que pensar en los cambios de los patrones de consumo derivados de la urbanización [190]. Las
tiendas que estuvieron ubicadas en la zona del mercado público y en la Calle del Comercio buscaron su
permanencia en los barrios nacientes y en las invasiones (donde se establecían los ventorrillos), lo que
facilitó una mezcla entre relaciones y mercancías; el concepto de producto, en su sentido más amplio,
involucra a los denominados bienes tangibles, los servicios intangibles, y las ideas sociales, que se

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prestan servicios y también se practica el marketing social, el de las causas sociales, el de las ideas
sociales[191].
Asimismo, los nacientes industriales e importadores se integraron con los tenderos e iniciaron
negociaciones que les aseguraron llegar a toda la masa del mercado; además, este hecho permitió que los
consumidores empezaran a disfrutar de nuevos productos gracias al desarrollo económico. Alguno de
los productos más sobresalientes que se remiten a la historia de las tiendas de barrio en Barranquilla son
los siguientes:
Imagen 3.13. Publicidad del cigarrillo Pielroja, 1938[192].

Cigarrillos y calillas. Procedentes del departamento de Tolima, a finales del siglo XIX, ingresaron a
Barranquilla los “cigarrillos y calillas de Ambalema”, los cuales se posicionaron fuertemente en las
tiendas de barrio. Posteriormente, en 1924, la fama del cigarrillo Pielroja impactó al consumidor, y el
uso de los cartones de este cigarrillo para registrar las cuentas del “fiao” (sistema de crédito alternativo)
lo popularizaron aún más, al crear un fuerte vínculo con la clientela.
Estos cigarrillos y calillas también se hicieron populares porque eran del gusto de campesinos y
obreros; era muy común que los hombres compraran en la tienda una cajetilla para ir a trabajar y, en el
caso de las mujeres, para fumar durante sus labores domésticas y en los bailes de carnaval, al compás de
la cumbia.
Las harinas y pastas alimenticias. La sociedad de los hermanos Alberto y Pablo Roncallo,
industriales y comerciantes, importó trigo de Canadá y Estados Unidos, compraron molinos y
maquinaria extranjera, lo que les permitió incrementar los volúmenes de producción de la “Harina
Corona”. En 1920, la firma de los hermanos Roncallo abastecía las demandas del departamento y de
gran parte de la región Caribe.
Posteriormente, aparecen en el mercado los italianos Generoso y Mancini, reconocidos por su
producto líder: harina “La Insuperable”, básico de la canasta familiar que se vendía en las tiendas y

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abarrotes. Algunos minoristas, según las circunstancias, podían elegir entre surtirse con productos
nacionales o importados; este producto, y el azúcar, se envolvía en papeles con medidas pequeñas, pues
así lo solicitaban los clientes.
Imagen 3.14. Publicidad de la Unión Harinera del Atlántico, 1917.

Fuente: <http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/economia/guia-comercial-industrial-y-general-de-barranquilla-y-de-todo-el
-departamento-del-atlantico>
Imagen 3.15. Publicidad de Jabones y Velas Lux, producida por la empresa Hanseática, 1938[193].

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Jabón. La industria jabonera se destacó desde finales del siglo XIX en Barranquilla. La producción de
artículos de aseo y limpieza siguió en crecimiento durante el siglo XX, compitiendo con la producción
artesanal de jabones de tierra o de monte, naturales y enraizados en las preferencias de los
consumidores. El jabón de más rendimiento, cualquiera fuera su uso, ducha o limpieza de los hogares,
era incluido por el minorista en su inventario por ser un artículo de necesidad habitual. Por ello, el pan
de jabón era ofrecido a las amas de casa en las tiendas.
Manteca y aceites. El desarrollo de plantas industriales para la extracción de aceites generó un
fortalecimiento de la producción en el país. Barranquilla no se hizo esperar, y a mediados de 1930 la
empresa Fagrave impulsó, a nivel nacional, la manteca “La Mejor”, líder del mercado doméstico. El
tendero, a pesar de las regulaciones de la época, mantenía la venta por cucharadas y hasta por litros,
rompiendo así con cualquier medida impuesta.
Imagen 3.16. Publicidad de manteca La Mejor, 1938[194].

Leche. La imagen del hombre montado sobre su burro, cargando las latas con leche y ofreciendo el
producto en los barrios y sectores satélites de Barranquilla, especialmente a las amas de casa y también a

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los tenderos, se empezó a combinar en el siglo XX con nuevas formas de comercialización de este
producto básico. La estrategia de la leche KLIM se basó en ofrecer a los consumidores un producto que
garantizaba la higiene y salvaguardaba la salud de los niños. El canal de distribución de este producto
fueron las boticas y las tiendas de barrio de la ciudad.
Imagen 3.17. Publicidad de la leche KLIM, 1928[195].

Imagen 3.18. Publicidad de Coolechera, 1941[196].

En la década de 1930, el tema de la distribución y consumo de leche era de resaltar, pues la


competencia interna se integró para contrarrestar los efectos de la leche KLIM. Así, el 16 de abril de 1933
se constituyó la Cooperativa Barranquillera Coolechera, y desde sus inicios mostró que estaba dispuesta
a cautivar todo el mercado posible con su leche pasteurizada; en sus anuncios publicitarios invitaba a sus
clientes (los tenderos) a visitar su planta y a crear vínculos más cercanos.
Medio siglo más tarde, con la publicación de un facsímil comercial, Coolechera reconoce la fidelidad
de Alicia Ladrón, propietaria de La Preferida, pintoresca tienda del barrio San Roque, quien junto con
su esposo había iniciado este negocio en los años 1940, y no dudó en hacer alianza para distribuir un
producto local, que comenzó a masificarse entre sus clientes[197].

8. Algunas consideraciones finales: lo que nos deja la historia de las tiendas de


barrio en Barranquilla, 1870-1945

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Rastrear la historia de una institución social como la tienda de barrio, caracterizada por su inmanente
capacidad de auto-reproducir su estructura y sus múltiples prácticas sociales (de vecindad) y comerciales
(canal de distribución tradicional) en un periodo determinado, ha sido un reto intelectual de notables
proporciones. Las dificultades no solo nacen de evitar los clásicos anacronismos que pretenden
contemplar una institución antigua con una mirada contemporánea, sino por la multiplicad de fuentes
que esparcidas en el tiempo dan cuenta de su devenir de una forma no sistemática y, en ocasiones,
incluso contradictoria entre las diferentes versiones detectadas de lo que ha sido, es y será la tienda
tradicional en la vida del colombiano promedio.
A pesar de ello, y gracias al concurso de varios colaboradores, con distintos recorridos personales y
familiares, que han podido relatar su propia experiencia, ha sido posible delinear una primera
aproximación del desarrollo que la tienda de barrio ha venido teniendo en la conformación de la
nacionalidad colombiana y particularmente de la identidad del barranquillero del común.
A partir de estos invaluables testimonios, contrastados cuando fue necesario y siempre
complementados con periódicos y registros notariales e institucionales de la época, ha sido posible
encontrar las profundas raíces que la tienda de barrio ha tenido en la vida del colombiano y que,
seguramente, servirán de argumento para explicar su permanencia y contrarrestar los anuncios de su
desaparición, que ha sido tantas veces pronosticada en diferentes momentos de la vida comercial del
país, en particular a partir del arribo de grandes y poderosos formatos comerciales de ventas al detal con
capital nacional e internacional.
Esta primera aproximación a la historia de la tienda de barrio, con todos los matices y circunstancias
sociales y comerciales que ello implica, ha permitido descubrir, con evidencias irrefutables, su
trascendencia en el cotidiano vivir de las familias colombianas; corroborar, además, que la tienda de
barrio es parte indisoluble de nuestra cultura, elemento fundamental del imaginario colectivo propio del
colombiano promedio. Su participación en la conformación de lo que desde la perspectiva antropológica
se denomina mundo culturalmente constituido es innegable, a tal punto que la vida nacional no podría
concebirse –hasta el momento– sin la tienda de barrio como aspecto intrínsecamente ligado a la
vecindad y a la típica actividad comercial de ventas al detal.
Desde la identidad cultural, pudo apreciarse cómo el crecimiento y expansión de Barranquilla ha
estado estrechamente ligado al rol de la tienda de barrio: en un comienzo, estas se ubicaron en el centro
del villorrio que fue transformándose en ciudad, y a medida que esta se fue expandiendo hacia la
periferia, las tiendas se reubicaron con el fin de dar respuesta a las demandas de los nuevos ciudadanos,
en su mayoría inmigrantes. Este proceso demográfico y de infraestructura urbana estuvo ligado, al
mismo tiempo, al rol comercial de la tienda como soporte fundamental en su condición de canal de
ventas al detal.
Desde esta convergente perspectiva de roles, un estudio de esta naturaleza contribuye no solo a
entendernos como nacionalidad en nuestra propia complejidad, sino a comprender que la tienda de
barrio es el canal tradicional de ventas al detal. Por ello, desde el marketing y las empresas de consumo
masivo no podrá ser menospreciado, menos aun cuando las cifras de ventas al detal muestran cada vez
más el significativo papel que la tienda de barrio juega en el aprovisionamiento cotidiano del
colombiano.
Es a partir de esta múltiple función de la tienda de barrio como puede entenderse el valor del contexto
en la definición e implementación de las estrategias de marketing que deberán ser consideradas por las
empresas que quieran penetrar los mercados colombianos. Esta historia de la tienda de barrio es la que

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de manera más contundente le da sentido al denominado mercadeo a la colombiana[198], que rescata el
valor que tienen las circunstancias propias de cada mercado y que obliga a estudiar, analizar e interpretar
el entorno como base para la toma de decisiones empresariales.
Aceptando que la tienda de barrio es ya una manifestación de la cultura colombiana, y que no solo
existe en Colombia, es posible abrirle camino y darle fuerza al etnomarketing[199], comprendido como
la dimensión cultural del marketing. Ha sido tan trascendente la tienda de barrio en el proceso de
socialización del consumo que su existencia encuentra sustento en la programación colectiva de la
mente que cada colombiano recibe, aprendiendo a verla como parte esencial de su vida cotidiana y como
espacio de reforzamiento cultural de su mundo habitual. En el seno de la tienda de barrio se conservan,
replicándose, los valores, las creencias y las costumbres que como colombianos traemos desde tiempos
inmemoriales.
Por otro lado, se sabe que esta primera aproximación a la historia de las tiendas de barrio en
Barranquilla generará, sin duda, escenarios intelectuales de discusión académica que por lo apasionantes
serán bienvenidos a fin de enriquecer este esfuerzo preliminar. Estos debates surgirán muy seguramente
por el abordaje pretendido que buscó rescatar la historia de los “vencidos” y no solo la de los
“vencedores”. Como era de esperarse, esta decisión condujo a la búsqueda de evidencias enfocadas a
mostrar residuos etnográficos, no siempre considerados en este tipo de investigaciones, como álbumes,
historias familiares, fotos de momentos cotidianos vividos por los actores, avisos de prensa, noticias de
los periódicos de la época, informes institucionales. El objetivo siempre fue tratar de reconstruir el
rompecabezas histórico que por los distintos matices, y las en ocasiones antagónicas perspectivas,
surgen cuando se trata de revisar un quehacer histórico.
Finalmente, se espera que este trabajo sirva de acicate para que otros investigadores decidan
acompañar este esfuerzo institucional por darle sentido a lo que como colombianos somos, y por poner
en perspectiva un horizonte propio con el cual comprendamos las prácticas comerciales que desde los
canales de distribución tradicional han caracterizado el mercadeo en Colombia.

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