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Feminismos y política

Anabella Di Tullio
Romina Smiraglia
Celina Penchansky
(Compiladoras)

o
xt
FEMINISMOS Y POLÍTICA
Te
HISTORIA, DERECHOS Y PODER
on
C

Resistencia, Chaco
2020

3
Feminismos y política

INDICE

Introducción..............................................................................................9
Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky

o
Patriarcado, género y feminismo: un recorrido posible......................13
Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky
xt
Notas sobre ciudadanía/s de mujeres: pasado y presente.
Iluminaciones desde el sur................................................................27
Alejandra Ciriza
Te
Feminismos y agencias de las sexualidades disidentes........................45
Dora Barrancos
on

Cuerpos, fronteras, muros y patrullas..................................................69


Diana Maffía

Los lenguajes del género: referencias teóricas para pensar


políticas culturales.............................................................................77
C

Adriana Boria

Entre el discurso de Derechos Humanos y la Política Sexual.


Presencia pública del feminismo en la inmediata
post-dictadura argentina...................................................................91
Mónica Tarducci

Revolucionando el mundo....................................................................103
María Alicia Gutiérrez

7
Patriarcado, género y feminismos: un recorrido posible

Patriarcado, género y feminismos:


un recorrido posible

Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia


y Celina Penchansky

PALABRAS PRELIMINARES

En los últimos años, la palabra feminismo parece estar en boca de todxs: ya


sea para celebrarlo, condenarlo, ridiculizarlo o reivindicarlo, el término circula
en distintos espacios que se disputan sus sentidos. En este contexto de época se
intenta desde algunos sectores darle una definición unívoca y estable. Ante esa
necesidad y urgencia de respuestas monolíticas y cerradas, que buscan delimitar
un fenómeno que se les presenta como novedoso, los feminismos responden con
siglos de historia de lucha, con una poderosa tradición teórica y con tensiones,
debates, paradojas y más preguntas.
En otras palabras, frente al intento de caracterizar al feminismo como una
moda, se vuelve necesario señalar su marcada presencia en la historia social,
política y cultural de la Argentina. Es cierto que no había tenido la masividad
que actualmente observamos, o que ya suena cada vez más disonante escuchar a
una mujer decir que no es feminista sino femenina, o que no es feminista porque
es el reverso del machismo. Pero a la vez, no podemos analizar esta coyuntura
sin enlazarla con la historia del movimiento de mujeres (Barrancos, 2007). En
ningún otro país se observa la continuidad de los Encuentros Nacionales de Mu-

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Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky

jeres sostenidos desde 1986,1 lugar de confluencia de miles de mujeres, lesbianas,


travestis y trans de distintas procedencias y vivencias. Sin este recorrido hubiera
sido más difícil la emergencia del Ni Una Menos, el Mirá cómo nos ponemos, o
los masivos pañuelazos y movilizaciones convocados por la Campaña Nacional
por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.
Dentro de este marco de sentido, el gesto evocativo hacia el feminismo
nos lleva indefectiblemente a la historia de la resistencia y organización de las
mujeres y demás sujetxs subalternizadxs, que surge como respuesta a la opre-
sión. Entonces, tres interrogantes operan como disparadores de esta reflexión
colectiva: ¿cuál es el origen de esta opresión en particular?, ¿bajo qué supuestos
se sostiene?, y ¿cómo la subvertimos? O, dicho de otra manera: ¿por qué somos
oprimidxs?, ¿cómo se construye esta opresión?, ¿cómo se la desarticula? Para
ensayar algunas reflexiones en torno a estas preguntas, necesariamente tenemos
que volver sobre las conceptualizaciones que la teoría feminista ha realizado en
torno a las nociones de patriarcado, género y, nuevamente, feminismo.
Evidentemente, no es la intención —ni la posibilidad— de este capítulo dar
cuenta de la inmensidad o diversidad de los feminismos. En la conformación de
esta tríada, buscamos trazar un recorrido —posible, contingente— para retomar
las preguntas iniciales, pero desde su genealogía. No se trata de un intento de
definiciones cerradas, sino de rastrear la historia de estos conceptos, recuperar
los distintos modos en que el pensamiento feminista los ha abordado, elaborado,
redefinido y resignificado. Y cómo en cada una de esas resignificaciones, estos
términos han sido (re)apropiados por las diversas expresiones de los feminismos,
imprimiéndoles un sentido político propio en cada momento histórico particular.

ES EL PATRIARCADO

Si algo hemos aprendido las mujeres y las personas que viven y encarnan
identidades, cuerpos y sexualidades disidentes, es que la opresión, la subordi-
nación, la discriminación y la violencia hacia nosotrxs no se deben a una deter-
minada forma política ni a un modelo económico en particular, y sin embargo,
son —aunque no de modo exclusivo— eminentemente económicas y políticas.

1
Actualmente estamos atravesando un debate en torno a la denominación del ENM, existe
la posibilidad que próximamente lleve el nombre de Encuentro Plurinacional de Mujeres,
Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales, Intersex y No Binaries.

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Patriarcado, género y feminismos: un recorrido posible

La verdad es que la subordinación de las mujeres pone de manifiesto relaciones


creadas por los seres humanos, y no hay nada, ni en el orden de la naturaleza ni en
el sobrenatural, al que hacer responsable por la jerarquía que el género masculino ha
impuesto sobre el femenino. Poderosas razones sociales y culturales actuaron para
establecer la desigualdad de estatus entre los sexos. (Dora Barrancos, 2008: p. 11).

Desde las primeras teorizaciones acerca del rol de la familia patriarcal en la


opresión de las mujeres, esa unidad nuclear básica aparece fundada en la mono-
gamia y en el surgimiento de la propiedad privada, que exige la patrilinealidad:
el padre de familia era el propietario de la mujer, lo cual legitimaba la filiación
de los hijos, y garantizaba un honrado traspase de los bienes materiales. Solo así
podía perpetuarse la institución de la herencia, verdadera estrella de esta historia
familiar. Desde esas interpretaciones de mediados del siglo XIX a hoy, el patriar-
cado se ha asentado, transformado y consolidado. Como nos ha enseñado Carole
Pateman (1995), el patriarcado moderno es el resultado de la transformación del
patriarcado clásico: los hombres ya no ejercen su dominio en tanto padres, sino
en tanto que varones o fraternidad.
Podríamos decir, con el feminismo radical, que el patriarcado es un sistema de
dominación universal de los varones sobre las mujeres. A partir de los años 60, en
el marco de reverbero del movimiento de mujeres organizándose, manifestándose
y repensándose, se va desarrollando un recorrido teórico desde el feminismo que
concibe al patriarcado en términos de estructura de relaciones de poder. En este
sentido, Kate Millett, una de las referentes del feminismo radical de los 60-70,
sostiene que el patriarcado es el sistema de dominación sobre el que se asientan
los demás, como el de raza o el de clase.2 Del mismo modo, Millett subraya la
diversidad que puede adoptar el patriarcado, así como su capacidad de adaptación:
“Si bien la institución del patriarcado es una constante social tan hondamente
arraigada que se manifiesta en todas las formas políticas, sociales y económicas,
ya se trate de las castas y clases o del feudalismo y la burocracia, y también en
las principales religiones, muestra, no obstante, una notable diversidad tanto
histórica como geográfica” (Millett, 1995: p. 71). Es decir, podemos observar
feudalismos, democracias neoliberales, socialismos reales o socialdemocracias,
y ver patriarcado.

2
“Si consideramos el gobierno patriarcal como una institución en virtud de la cual una
mitad de la población (es decir, las mujeres) se encuentra bajo el control de la otra mitad
(los hombres), descubrimos que el patriarcado se apoya sobre dos principios fundamentales:
el macho ha de dominar a la hembra, y el macho de más edad ha de dominar al más joven”
(Millett, 1995: p. 70).

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Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky

Otro de los puntos interesantes que ponen de relieve estas primeras teori-
zaciones feministas, es que si bien el patriarcado suele recurrir a la fuerza y a la
violencia, también se sostiene en el consenso establecido por la “socialización”
de los géneros en el marco de las normas patriarcales. Tras definir al dominio
masculino “como el más omnipresente y tenaz sistema de poder de la historia” y
“metafísicamente casi perfecto”, Catharine MacKinnon revela el modo en que el
punto de vista masculino se presenta como verdad universal: “Su fuerza se ejerce
como consentimiento, su autoridad como participación, su supremacía como
paradigma del orden, su control como definición de legitimidad” (1995: p. 205).
Las feministas socialistas, por su parte, pondrán el acento en la interrela-
ción existente entre las diversas relaciones de poder. Para autoras como Zillah
Eisenstein,3 solo es posible analizar los procesos del patriarcado —y su consis-
tente imbricación con el capitalismo— desde una conjunción de las herramientas
teóricas del feminismo y la metodología marxista. El análisis de las luchas de
clases y de raza es fundamental para comprender el funcionamiento del pa-
triarcado, pues estas no representan historias separadas, sino que se desarrollan
simultáneamente, co-constituyéndose y potenciándose (Eisenstein, 1980). La
interseccionalidad, aunque no necesariamente con ese nombre, está presente en
los feminismos desde tiempos muy tempranos.4
Los feminismos fueron acentuando en sus análisis diversos ámbitos de opre-
sión y dominación en el marco del sistema patriarcal. Esos desarrollos —sobre
todo aquellos relacionados a la teoría queer y a los movimientos LGTTBIQ— han
dado como resultado que hoy podamos referirnos al cisheteropatriarcado, para
subrayar su mandato cisgénero5 y su heteronormatividad. Porque patriarcado
no es solamente opresión sobre las mujeres, ni nos oprime a todas por igual. El
cisheteropatriarcado es clasista, es racista, es colonialista, es capacitista, es ho-
mofóbico, es lesbofóbico y es transfóbico. Y la teoría feminista en sus diversas
expresiones, ha dado sobrada cuenta de esta variedad de dimensiones.

3
“Las luchas de clases y de raza son necesarias para entender la historia patriarcal; no
constituyen historias separadas en la práctica, aunque por lo general la historia esté escrita
como si lo estuvieran” (Eisenstein, 1980: p. 50).
4
Sobre todo, de la mano del feminismo negro en los Estados Unidos. Véase, por ejemplo,
la obra de Angela Davis (2004) citada en bibliografía.
5
Hablamos de persona cisgénero cuando el género autopercibido coincide con el que le
fuera designado al momento de nacer.

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Patriarcado, género y feminismos: un recorrido posible

La teórica feminista Bell Hooks comienza un ensayo sobre el patriarcado con


la siguiente afirmación: “El patriarcado es la más peligrosa enfermedad social que
ataca el cuerpo y el espíritu masculinos en nuestro país. Sin embargo, la mayoría
de los varones no usa la palabra ‘patriarcado’ en su vida diaria. La mayoría de los
varones no piensan jamás en el patriarcado —lo que significa, cómo es creado
y sostenido—” (Hooks, 2004a). Esta potente idea de que el patriarcado no es
nombrado ni pensado por los varones dice mucho sobre la propia definición del
mismo: el patriarcado es un sistema de dominación tan tenaz y vigoroso porque
se ha vuelto sentido común. Se sostiene y perpetúa no solo debido a su gran
institucionalización, sino a la naturalización con la que aparece en creencias,
prácticas y actitudes, logrando en su repetición que se vuelva invisible. Pero
las mujeres lo venimos desenmascarando hace siglos, al igual que lo ponen en
cuestión identidades y cuerpos disidentes. Y hoy, también, lo miran de frente y
le plantan cara muchos jóvenes cis, héteros, que no están dispuestos a someter
sus vínculos, su mirada sobre sí mismos, a semejante violencia. Tal vez falte un
tiempo, pero somos muchxs, y se va a caer.

LOS VAIVENES DEL GÉNERO

El género es una de las categorías clave en la historia del feminismo, con


gran potencia teórica y política, pero ha despertado también fuertes debates en
torno a su genealogía, definición, posibles usos y limitaciones.
Existe un amplio consenso en ubicar la emergencia del género [gender] como
noción en la teoría feminista con una acepción distintiva a fines de los 60, principios
de los 70 del siglo XX (Lamas, 1999; Gamba, 2007). Una reapropiación crítica
que realiza la tradición anglosajona de un concepto cuya genealogía se encuentra
enlazada al discurso médico posterior a la Segunda Guerra Mundial, en especial
en los Estados Unidos (Haraway, 1995; Preciado, 2008; Soley-Beltrán, 2009).6
El primer gesto que implica su uso es el desmarque frente a cualquier
tipo de determinismo biologicista que opere como justificación de la relación
desigual entre varones y mujeres; distinguiendo, de esta manera, el sexo, como

6
Nos referimos a su uso en tanto protocolo médico en relación a personas intersex y
trans, tal como las investigaciones realizadas por John Money con su colega Anke Ehrhardt
y Joan y John Hampson, o Robert Stoller, en los 50 y 60 respectivamente.

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Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky

hecho natural, del género, como construcción social. Si la diferencia entre los
sexos no explica el modo en que las mujeres se construyen como seres inferiores
a los varones, configurando distintos atributos, roles y capacidades en forma
de opuestos; será entonces en el género en donde encontremos la respuesta.
Una categoría analítica transdisciplinar que intenta dar cuenta de las relaciones
sociales y de poder basadas en las diferencias percibidas entre los sexos en un
determinado momento histórico (Scott, 2008).7 En pocas palabras, el género es
una herramienta crítica de investigación y militante (Ciriza, 2007), que surge
como respuesta a la naturalización de la diferencia entre los sexos como destino
desigual en múltiples campos de batalla.
Muchos estudios señalan a Simone de Beauvoir como un antecedente en el
trazado de la historia de este concepto (Amorós, 2009). Su famosa declaración
“no se nace mujer, se llega a serlo” presente en El segundo sexo, publicado en
1949 en Francia, advierte que la mujer no es un producto de la naturaleza, sino de
la civilización; y que las diferencias biológicas son tan solo un pretexto a partir
de las cuales se construye el mito de la feminidad. Sin embargo, a pesar de que
la pensadora francesa distingue entre “dato” y “constructo social”, Beauvoir no
define ni utiliza la categoría género en el sentido que mencionábamos más arriba
(Femenías, 2008).
Siguiendo la lectura propuesta por Nancy Fraser (1995), podríamos señalar
una línea dentro de los debates feministas en torno al género, en la cual pode-
mos ubicar —a grandes rasgos— dos posturas sobre las causas que producen la
desigualdad entre varones y mujeres, y la forma de subvertirla. Por un lado, las
feministas de la igualdad argumentan que las nociones de feminidad y masculi-
nidad en forma de opuestos, son modos de significación de las diferencias entre
los sexos. En este sentido, el objetivo para estas feministas —en sí de distintas
tendencias como liberales, socialistas o radicales— sería la eliminación de esa
diferencia de género socialmente construida, y la consecución de la igualdad
entre varones y mujeres en todos los ámbitos de la sociedad. Por otro lado, las
feministas de la diferencia —como Luce Irigaray, Hélène Cixous, Carla Lon-
zi— proponen una reinterpretación, esta vez positiva, de la diferencia de género.
Así pues, el objetivo ya no sería, ahora, borrar las diferencias de género, sino

7
Esta relación entre las categorías sexo y género componen lo que se denomina en las
ciencias sociales el sistema sexo-género. Gayle Rubin define a este sistema como “[…] el
conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en
productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas trans-
formadas” (2008, p. 97).

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Patriarcado, género y feminismos: un recorrido posible

reconocerlas, revalorizando una idea de feminidad compartida —según estas


autoras— por todas las mujeres.
Empero, y más allá del desacuerdo que acabamos de enunciar, ambas líneas
de interpretación ponen el foco en la “diferencia de género” (Fraser, 1995).
Gracias a la emergencia de voces de activistas negras, lesbianas, trans, mestizas,
indígenas, entre otras;8 surgen intervenciones críticas con el objetivo de trabajar
sobre la complicidad del movimiento feminista tanto con el racismo (bell hooks,
Angela Davis, Barbara Smith), la heteronorma (Monique Wittig, Teresa de Lau-
retis, Adrienne Rich), o el colonialismo (Gayatri Chakravorty Spivak, Gloria
Anzaldúa, Chandra Mohanty). Su argumento central es que mantener la cuestión
de género anclada en una oposición varón/mujer dificulta la visualización de las
diferencias entre las mujeres; detrás de la supuesta universalidad de la Mujer,
se ocultan otros vectores de producción de la subjetividad y la forma en que
los mismos se intersectan entre ellos, como la clase, la raza, la sexualidad (de
Lauretis, 1990 y 1996). En sí ninguna persona es parte de un solo colectivo, ni
está atravesada por una sola forma de poder social (Brown, 2000; Fraser, 2003).
Además, moverse dentro de los estrechos marcos del esencialismo, no permite la
configuración de propuestas emancipatorias que tengan como fin la articulación
de distintas luchas en relación a diversas formas de opresión (Mouffe, 1993).
Por otro lado, desde los 80, surge una cierta desconfianza sobre el término
género y el binarismo que conlleva muchas veces su uso (Haraway, 1995). El
pensamiento feminista en sus estudios sobre el género, había puesto en cuestión
la naturalidad de lo femenino y lo masculino, pero sin problematizar la “natura-
lidad” del sexo (Maffía y Cabral, 2009). Desde este horizonte de sentido, ni el
género ni el sexo pueden ser pensados como una propiedad de los cuerpos (de
Lauretis, 1996), como preexistentes o construidos de forma independiente a/
de las normas reguladoras que gobiernan su materialización (Butler, 2005). En
pocas palabras, podríamos también pensar al sexo ya no como un simple dato
biológico, sino como el producto de una lectura cultural (Maffía, 2009). Esto

8
Cabe aclarar que no se trata de un proceso lineal o progresivo, pues las voces disidentes
respecto a un feminismo blanco heterosexual tensionaron al movimiento desde sus inicios.
Como señala bell hooks: “A menudo las mujeres blancas actúan como si las mujeres negras
no supiesen que existía la opresión sexista hasta que ellas dieron voz al sentimiento feminista.
Creen que han proporcionado a las mujeres negras <el> análisis y <el> programa de liberación.
No entienden, ni siquiera pueden imaginar, que las mujeres negras, así como otros grupos de
mujeres que viven cada día en situaciones opresivas, a menudo adquieren conciencia de la
política patriarcal a partir de su experiencia vivida, a medida que desarrollan estrategias de
resistencia –incluso aunque ésta no se dé de forma mantenida u organizada” (2004b: p. 44).

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Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky

último permite repensar nuevamente el concepto —junto al de sexo—, abriendo


multiplicidad de posibilidades en torno a los “géneros”.
Llegadas a este punto, el género sigue sin poder ser atrapado bajo una defini-
ción monolítica, estable; pareciera es un concepto escurridizo, vacilante. Pero los
vaivenes del género están intrínsecamente asociados a la historia del feminismo,
como teoría crítica y práctica política. Sus diversos usos y contradicciones se
entrecruzan —como hemos intentado recorrer en este apartado— con los debates
al interior de un movimiento heterogéneo. Por otro lado, no podemos dejar de
advertir que desde una ofensiva conservadora se toma ese concepto y se lo intenta
convertir en “mala palabra”, en una “ideología” en manos de feministas y demás
“desviados” que vienen a atacar el supuesto orden natural organizado según los
sexos (Ciriza, 2007). En sí el concepto está presente en diversas luchas, las cua-
les, al mismo tiempo, están atravesadas por distintos intereses (Butler, 2006 y
2019). De ahí que el feminismo tenga una relación ambivalente con la categoría
género: debido a su origen, a los caminos que se abren y los que se cierran en sus
múltiples usos, tanto por parte del feminismo como de sus acérrimos enemigos.
Quizás entonces debamos optar por una utilización estratégica, estableciendo una
constante relación crítica con el término ¿no es acaso esta una de las mayores
potencias del feminismo?

NO SE NACE FEMINISTA, SE LLEGA A SERLO

La pregunta es ¿qué entendemos por feminismo hoy? A la luz del alcance


masivo que obtuvo en los últimos años la palabra “feminismo”, tanto a nivel lo-
cal como global, nos resulta ineludible intentar (re)pensar el término para poder
aprehender cuáles son sus implicancias. Para comenzar, consideramos necesario
señalar que al igual que género o patriarcado, lejos de ser un término que pueda
ser definido de forma unívoca, el feminismo engloba a un movimiento político
en constante transformación y desarrollo. Sin embargo, podríamos caracterizarlo
a grandes rasgos a partir de las palabras de bell hooks, como “un movimiento
para acabar con el sexismo, la explotación sexista y la opresión” (2017: p. 21).
El feminismo como teoría crítica y práctica política pone en cuestión al orden
sexista que oprime y explota a lxs sujetxs que no se ajustan a su norma. Un cues-
tionamiento que viene acompañado de una propuesta que figura nuevas maneras de
relacionarse. En pocas palabras, el feminismo tiene como horizonte crear un nuevo
orden en el cual no exista la opresión de una identidad sexo-genérica sobre otras.

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Patriarcado, género y feminismos: un recorrido posible

Esta definición abierta por la cual hemos decidido comenzar, nos ayuda a
aproximarnos al feminismo de hoy y a sus demandas actuales, pero no nos dice
nada acerca de su historia y de cómo hemos llegado hasta aquí. Acercarnos al
feminismo nos lleva indefectiblemente a preguntarnos por sus orígenes, las ideas
que engloba y lxs sujetxs que lo encarnan. Sin embargo, estos interrogantes no
tienen una única respuesta y, por lo tanto, es aquí donde creemos que es necesario
realizar una aclaración. El feminismo no puede entenderse como una corriente
monolítica ni mucho menos homogénea. Coincidimos con Laura Masson (2007)
en que hablar de feminismos en plural es una forma de integrar las diferencias
que surgen en el interior del campo feminista. Es decir, no es una manera de
confrontar y señalar las diferencias sino más bien de conciliar la diversidad de
posturas y prácticas, lo que da cuenta de la pluralidad de un movimiento que se
encuentra en constante cambio y construcción, y al que no podemos atribuirle
un único origen.
Parte de la academia feminista coincide en señalar, en sus teorizaciones y
genealogías, que el feminismo surge al calor de los debates que abren la Ilustra-
ción y el escenario revolucionario de la época en el continente europeo. Aquellas
pensadoras, como Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, cuestionaban el
estatus inferior de las mujeres como sujetas de derechos y reclamaban ser tratadas
como seres racionales al igual que sus pares varones. No obstante, esta genealogía
no inhabilita pensar que paralelamente en otras latitudes, otras mujeres estaban
formulando reflexiones y demandas feministas en un tono similar al de sus pares
ilustradas/europeas. Incluso, tal como lo argumenta Alejandra Ciriza (2015), po-
demos encontrar en la historia de distintos países del Sur, prácticas transgresoras
del orden sexista que, sin ser homólogas a las del Norte, luchaban tanto por la
independencia de sus territorios como por la de sus cuerpos.
Teniendo en cuenta que el feminismo cuenta con tres siglos de lucha, no
resulta difícil pensar que ha sido reivindicado tanto por mujeres como por distintos
sujetxs que se ven perjudicadxs por la desigualdad y la opresión que impone el
sistema patriarcal. Así, el feminismo se nutre de distintas vertientes que lo com-
plejizan y generan nuevos debates y nuevas maneras de enfrentar al patriarcado.
Si las primeras feministas reclamaban poder gozar de los mismos derechos que
los varones, los desafíos de los años siguientes trajeron nuevas luchas: el sufra-
gio femenino, el acceso a los anticonceptivos, las licencias por maternidad, el
aborto, la igualdad salarial, el derecho al placer, la desigual distribución de las
tareas domésticas y de cuidados, entre otras. Todos estos reclamos atravesaban
a mujeres de distinta condición social, etnia, orientación sexual, y a su vez, estas
diversas mujeres experimentaban esas desigualdades de diferentes maneras.

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Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky

Sin embargo, considerando la heterogeneidad que caracteriza a este paradig-


ma, podemos dar cuenta de una matriz común sin dar por cerrados los debates
que existen en su interior. Por lo tanto, aquí argumentaremos que el feminismo
pone de manifiesto las relaciones desiguales de poder y la dominación que ejerce
un género sobre otros. Desde las feministas ilustradas de Francia y de Inglate-
rra, pasando por las sufragistas de Estados Unidos, hasta las feministas negras,
lesbianas y latinoamericanas, todas han puesto de manifiesto y han criticado la
desigualdad que da como resultado la opresión de gran parte de la sociedad por
parte de ciertas identidades privilegiadas. El feminismo apunta a la lucha contra
el sistema de dominación patriarcal que se sustenta en el androcentrismo, el
machismo, la transfobia, el racismo, el colonialismo, la homofobia y el clasismo.
Hablar de los feminismos hoy, nos convoca a reconstruir y reconocer trayec-
torias y recorridos de lxs que lo han encarnado y dado sentido a sus demandas
y sus luchas. Las teorizaciones y las estrategias políticas de este movimiento
han sido y son elaboradas por las propias identidades que viven y experimentan
desde sus distintas posiciones las injusticias del patriarcado. Es por esto que el
feminismo nos invita a pensar en y como comunidad, para tomar conciencia y
cuestionar nuestras propias prácticas sin perder de vista las diversas realidades y
opresiones a las que el sistema patriarcal nos somete. De esta manera, nos propone
tejer redes que puedan conectar nuestras experiencias de lucha, de resistencia
y de reflexión teórica que son situadas y localizadas,9 y que permitan dialogar
y confluir con todxs aquellxs sujetxs que han sido y son sometidxs. Como lo
afirma Marcela Lagarde (2015), el feminismo se basa en una nueva ética, que
se funda en la solidaridad y en la sororidad, valores fundamentales para crear
nuevas relaciones humanas en las cuales todxs seamos reconocidxs como seres
iguales en la diversidad, sin jerarquías de ningún tipo.

9
Cuando hablamos de experiencias situadas o localizadas remitimos a lo que Rosi Braidotti
identifica como política de la localización que “hace referencia a una forma de dar sentido
a la diversidad existente entre las mujeres en el seno de la categoría de «diferencia sexual»,
entendida como el opuesto binario del sujeto falogocéntrico” (2005: p. 26).

22
Patriarcado, género y feminismos: un recorrido posible

ALGUNAS REFLEXIONES FINALES

En este artículo nos propusimos repensar tres preguntas que consideramos


claves para los desafíos a los que nos confronta nuestro presente, a través del
desarrollo de tres conceptos pilares de las reflexiones de los feminismos.
Las distintas violencias con las que conviven las mujeres y disidencias y
las opresiones bajo las que se encuentran tienen un origen que los feminismos,
mediante la reflexión de las experiencias vividas, lograron señalar y resistir. El
patriarcado como sistema de opresión continúa reproduciéndose gracias a su
naturalización en las sociedades en las que vivimos. En esta línea, la noción de
género es crucial para comprender de qué manera se construyen estas relaciones de
poder desiguales que nos subalternizan, en tanto los feminismos buscan articular
un proyecto emancipador que subvierta este orden opresivo.
Tres preguntas y tres conceptos que carecen de una definición monolítica,
estable. Porque, como hemos estado sugiriendo, los mismos se encuentran enla-
zados a la reflexión y práctica política de los feminismos en distintos momentos
históricos y desde distintas latitudes, y a los debates a su interior, como también
a la lucha con sus más fervientes críticxs. Una disputa por el sentido de cada
una de estas palabras que nombran e intentan desentrañar una genealogía sobre
los diversos modos en que las mujeres y demás sujetxs subalternizadxs son
construidxs como desiguales.
Como ya hemos señalado, las luchas feministas están viviendo un momento
histórico y una masividad sin precedentes. El desafío ante el que nos encontramos
como investigadorxs, activistas, militantes, es el de dar contenido a estas nuevas
prácticas e identidades feministas. No nos referimos, por supuesto, a un deber
ser o a una idea de propiedad de un conocimiento, sino al debate conjunto, a la
reflexión compartida, a la acción y al pensamiento en común. La buena noticia
es que no lo hacemos desde terreno yermo. Nos acompaña una historia, una ge-
nealogía que, aunque ocultada, silenciada e invisibilizada, se ha negado a perecer.
Hacemos propias, para finalizar, las palabras de M. Jacqui Alexander y
Chandra Talpade Mohanty: “nuestra utilización de términos como «genealo-
gías» y «legados» no intenta sugerir una herencia congelada o encarnada de la
dominación y de la resistencia, sino un interesado y consciente pensar y repen-
sar la historia y la historicidad.” (2004: p. 142). Por esto, solo a partir del (re)
conocimiento de esa historia —que es la nuestra— es que desde los feminismos
podremos transformar nuestros vínculos con lxs otrxs y hacer posible un nuevo
mundo en común.

23
Anabella Di Tullio, Romina Smiraglia y Celina Penchansky

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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