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SILVIA Y LA
ILUSTRACIONES DE GONZALO IZQUIERDO
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LEIRRRRO LIA
| Y JOSÉIIEITR ADRÍCEEUS
| PREMIO EL BARCO DE VAPOR 1991

ediciones $
SMl oaquínTurina 39 28044Madrid
Colección dirigida por Marinella Terzi

Primera edición: abril 1992


Segunda edición: junio 1992
Tercera edición: octubre 1993

Diseño de la colección: Alfonso Ruano


Cubierta e ilustraciones: Gonzalo Izquierdo

O Fernando Lalana y José María Almárcegui, 1992


Ediciones SM
Joaquín Turina, 39 - 28044 Madrid

Comercializa: CESMA, SA - Aguacate, 25 - 28044 Madrid

ISBN: 84-348-3705-6
Depósito legal: M-30651-1993
Fotocomposición: Grafilia, SL
Impreso en España/Printed in Spain
Imprenta SM - Joaquín Turina, 39 - 28044 Madrid

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni


su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o
por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia,
por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de
los titulares del copyright.
A Pedro Bidegaín,
a mamá
y a toda la gente buena
que dejó la tierra de Arás
J.M. ALMÁRCEGUI
(DEL DIARIO PERSONAL DEL INGENIERO
ANDREAS GROPIUS)

RAS, 25 de mayo de 1910

Un maravilloso día. 25 Celsius. Vientos flojos del noreste du-


rante toda la tarde.
Creo que por fin hemos dado con el lugar adecuado para instalar
la Factoría. Han sido meses y meses de búsqueda cauta y concien-
zuda. Era fundamental guardar absoluto secreto sobre nuestros pla-
nes y creemos haberlo conseguido hasta el momento.
Así pues, si no surgen problemas inesperados, será en un pe-

A
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queño valle de los Pirineos centrales españoles al que sus habitantes
denominan Arás. Se trata de comarca remota, de difícil acceso y
densamente poblada de árboles cuya madera nos servirá como com-
bustible.
Yo, particularmente, hubiera preferido el carbón, pero nuestros
intentos por ubicarnos en las cuencas mineras británicas o prusianas
chocaron con la proverbial desconfianza de los europeos. Por suerte,
los españoles no plantean tantos problemas.
Los habitantes de Arás forman un grupo ciertamente sorpren-
dente. No me refiero a las personas de cierta edad, que en pleno
siglo veinte siguen vistiendo como en el pasado, con grandes fajas
arrolladas a la cintura y ceñidas las cabezas por pañuelos de cuadros.
No: son los jóvenes del lugar los que me han impresionado viva-
mente.
Fue uno de ellos, Esteban, quien convenció a sus compañeros
para responder al anuncio que insertamos en la prensa local. Es un
muchacho inquieto y emprendedor; estoy seguro de que la presencia
de nuestra Factoría supondrá un profundo cambio en su vida.
El resto de los jóvenes de Arás no le anda a la zaga. Florencio
es un enamorado de la naturaleza y experto conocedor de la flora y
fauna de la zona; y de sus mariposas, en especial. Inocencio, aunque
responde a la imagen del labrador callado y taciturno, tiene, empero,
verdadero interés por ciertas corrientes de pensamiento muy en boga
en estos tiempos. Fulgencio es otro caso sorprendente: un melómano
que toca el piano de oído con razonable corrección; el único piano
de estos valles, seguramente. Elías es otro despierto muchacho, con
una buena mentalidad empresarial. Seguramente será uno de los que
hagan fortuna a la sombra de nuestra Factoría.
Hasta las mujeres del valle tienen algo que las hace especiales.
Son independientes, decididas... Apenas tienen estudios, pero, sin
embargo, leen la prensa a diario, y hasta libros de cuando en cuando.

A
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Y esto, en un país en que los analfabetos son legión, sólo puede
resultar admirable.
Pero quien me ha dejado realmente sorprendido ha sido un joven
llamado Prudencio, poseedor de una mente ágil, curiosa e intuitiva.
Un científico en potencia al que, de haber nacido en mi país, le
aguardarían sin duda momentos de gloria.
Pero el destino es así. Ellos han tenido la mala suerte de nacer
en un remoto rincón de un remoto país llamado España. Nosotros
hemos tenido la suerte de encontrar este lugar, que conviene a nues-
tros propósitos como anillo al dedo.

En otro orden de cosas: han regresado mis molestias en los pies.


Por suerte, tuve la precaución de incluir en mi equipaje una buena
provisión de las beneficiosas Sales Curativas del Dr. Scháll, nuestro
ilustre compatriota. En cuanto termine de escribir estas líneas, ín-
tentaré conseguir un poco de agua caliente con la que llenar mi
palangana.

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JORNADA PRIMERA

EN LA QUE VISITAREMOS ARÁS, ARÁS ALTO Y SANTA TECLA DE


ARÁS, Y CONOCEREMOS A SILVIA Y A SUS ABUELOS, A SAMUEL
ZINC, AL PROFESOR TIMOW, A LA MÁQUINA NÚMERO SEIS Y A
OTROS VARIOS Y SINGULARES PERSONAJES
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ÉL CINCO DE MAYO

ILVIA llevaba exactamente noventa días esperando


con ansiedad aquella mañana. De manera que en cuanto el
deseado cinco de mayo —el día central de la primavera— ama-
neció por el fondo del valle, saltó de la cama y se vistió en un
santiamén. Luego, se lavó la cara y las manos con agua fría, ya
que el aparato acumulador de agua caliente, ideado por el
abuelo Prudencio, había vuelto a estropearse incomprensible-
mente.
Salió de casa y cruzó la calle Mayor.
Cuando entró en el comedor de la fonda, la abuela Eloísa
le tenía ya preparado un opíparo desayuno, que ella devoró
en un abrir y cerrar de ojos.
—Espléndido el desayuno, abuela, de verdad —afirmó Sil-
via, acabando con las últimas migajas de pan con mantequilla.
—Los viajes a la ciudad suelen resultar agotadores. Te con-
viene ir bien alimentada.
Se extrañó Silvia de no ver a la abuela Clara, de modo que
preguntó por ella.
—¡Ay...! La pobre no ha querido levantarse de la cama esta
mañana.
—¿Por qué? —preguntó Silvia, un tanto alarmada—. ¿Se
encuentra mal? ¿Está enferma?
—SÍ y no —fue la respuesta—. Sí se encuentra mal, aunque
no está enferma, sino enfadadísima.
—¿Enfadadísima?
Por toda explicación, doña Eloísa señaló con la mirada un
vacío rincón de la sala, junto a la chimenea. Silvia comprendió
al instante.
—Vaya... —dijo—. De modo que, por fin, le ha tocado el
turno a la Kruger.
—Así es —afirmó la abuela Eloísa entre dos hondos suspi-
ros—. En la reunión de anoche acordamos que Esteban y tú os
la llevaseis hoy a Santa Tecla. Y Clara, naturalmente, ha cogido
un berrinche de padre y muy señor mío.
—Claro...
EL ABUELO ESTEBAN

Se escuchó entonces un leve estrépito que se acercaba des-


de el fondo de la calle Mayor, hasta detenerse justo ante la
fonda. Y un característico toque de claxon.
—Ahí está el abuelo Esteban —exclamó Silvia, saltando de
la silla y corriendo hacia la salida.
En efecto, el abuelo Esteban, ataviado con su traje de chó-
fer —que incluía gorra, anteojos ahumados y foulard al cue-
llo—, esperaba a Silvia junto a su inseparable vehículo, el
asombroso ómnibus Daimler.
Sinceramente, lo del ómnibus merece párrafo aparte.

PARRAFO APARTE: EL ÓMNIBUS DAIMLER DEL


ABUELO ESTEBAN

Desde el ya lejano día en que cerró la Factoría,


en Arás suceden un montón de cosas extrañas.
«Acontecimientos difícilmente explicables», como los
llama el abuelo Prudencio. De entre todos ellos, qui-
zá el más notorio sea la facilidad con que se estro-
pean toda clase de aparatos e ingenios mecánicos,
hasta el punto de que cualquier vehículo motorizado
que ose adentrarse en el valle, tiene contadas sus
horas de buen funcionamiento.
Cualquiera, excepto el Daimler del abuelo Este-
ban, que, tras casi cuarenta años de servicio y con
más kilómetros a las espaldas que el ferrocarril tran-
siberiano, aún puede presumir de no haber dejado
nunca a su dueño tirado en mitad de un viaje.
Misterios de Arás.

LA VELOZ ARASENSE

—Buenos días, abuelo.


—Buenos días, Silvia. ¿Preparada?
—Preparadísima.
—¿Llevas la lista?
—iPor supuesto! —exclamó la chica.
Sacó del bolsillo de los pantalones un trocito de papel
infinitamente doblado y se lo mostró a su abuelo.
Ah, la lista...
En ella figuraban los deseos de todos los habitantes de
Arás. La noche anterior, en un ritual repetido escrupulosa-
mente trimestre tras trimestre, cada uno de ellos había escrito
su encargo en la lista. Sólo una cosa por cabeza. Lo más ne-
cesario. O lo más urgente. O lo más anhelado...
Cuántos sueños...
—¿Y tú, abuelo? ¿Te has acordado de sacar los billetes?
— ¡Naturalmente! —exclamó don Esteban—. Es lo primero
que he hecho esta mañana.
—Silvia no entendía muy bien qué necesidad había de
sacar los billetes para cada viaje, dado que el abuelo Esteban
era el dueño del ómnibus y propietario de La Veloz Arasense,
única compañía autorizada a cubrir la línea Arás - Santa Tecla
de Arás. Y, sobre todo, teniendo en cuenta también que, al
menos desde que ella tenía recuerdos, ningún otro viajero
había hecho uso de los servicios de la compañía.
Pero, ya se sabe, los adultos pasan la mayor parte de su
tiempo haciendo tonterías inexplicables.
Pese a todo, Silvia siempre le seguía la corriente al abuelo
Esteban. No perdía nada con ello y él lo agradecía enorme-
mente.
—¿Qué? ¿Nos vamos ya?
—Faltan dos minutos, señorita. Hay que cumplir el ho-
rario.
—Pero, abuelo, por dos minutos...
—El horario es el horario. Y un horario que no se cumple,
n ¡curs es horario, ni es nada. ¿No crees?
Silvia suspiró resignadamente.
Un minuto más tarde, el abuelo Esteban se encasquetaba
su gorra de revisor y voceaba:
—i¡Un minuto para la salidaaa! ¡Billetes, por favooor!
Tras picar el billete de Silvia y el suyo propio con unas
tenacillas, don Esteban volvió a cambiar la gorra de revisor
por la de conductor, se situó tras el volante y gritó la última
consigna:
—iSeñores viajerooos! ¡Destino: Santa Tecla de Aráaaas!
Silvia se frotó las manos de puro gusto.
La abuela Eloísa salió a la ventana de la fonda.
—¡Adiós! ¡Buen viaje! ¡Hasta la tarde!
El Daimler echó a rodar.
Amarrada con cuerdas a los asientos de la última fila, es-
taba la Kruger. La vieja máquina de coser Kruger con pedal
de balancín, que tantos vestidos de fiesta había confeccionado
en los ya lejanos tiempos de prosperidad, y que tantos par-
ches, remiendos y zurcidos había solucionado desde que co-
menzara la mala racha.
La vieja y maravillosa Kruger, a la que tantísimo cariño le
tenía la abuela Clara.

EL ABUELO PRUDENCIO Y LAS FLUCTUACIONES

A Silvia le hubiera gustado despedirse también del abuelo


Prudencio, del abuelo Elías, de la abuela Clara y del abuelo
Florencio. Pero ninguno de ellos había acudido hoy a ver
partir el ómnibus. Clara y Florencio aún no se habían levan-
tado de la cama. Prudencio y Elías, por el contrario, hacía
rato que habían salido del pueblo, valle arriba. Algo cierta-
mente inusual, pues, desde el cierre de la Factoría, los habi-
tantes de Arás se resistían de modo casi irracional a alejarse
de su pueblo en dirección norte. Sólo por causa de fuerza
mayor acometían semejante temeridad. Y éste había sido el
caso.
La noche anterior, durante la cena, el abuelo Prudencio
había tenido una de sus sorprendentes premoniciones técnico-
científicas.
Estaba a punto de llevarse a la boca una croqueta de ba-
calao cuando se detuvo en seco y clavó la vista en la mag-
nífica lámpara de cristal que pendía sobre la mesa del co-
medor. Todos le miraron, intrigadísimos.
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—¿Ocurre algo, Prudencio? —preguntó el abuelo Elías, al
cabo de unos instantes.
—Mañana por la mañana tenemos que ir a la central eléc-
trica. Algo no va bien.
—Pero si tenemos luz, Prudencio.
—Sí, hay luz. ¡Pero fluctúa!
Durante unos segundos, todos observaron la lámpara con
atención inaudita.
—¿Estás seguro? Yo no noto nada raro...
—Ni yo —dijo la abuela Eloísa.
—La verdad, yO tampoco —corroboró el abuelo Florencio.
Prudencio chasqueó la lengua con desagrado antes de re-
plicar:
—i¡Os digo que hay una fluctuación, caramba! Y si hay
una fluctuación, es que algo falla en la central eléctrica. Y no
podemos arriesgarnos a que la central sufra una avería im-
portante. Mañana a primera hora subiremos a echar un vis-
tazo, Elías.
El abuelo Elías gruñó, fastidiadísimo.
—¿No podríamos dejarlo para otro día? Tengo el taller
lleno de paraguas por reparar.
—¡Imposible! —bramó el abuelo Prudencio—. Como bien
sabéis todos, en Arás la técnica no funciona como es debido.
Ante el más leve de los problemas hay que actuar de inme-
diato. En caso contrario, nos exponemos a sufrir una reacción
en cadena, una imparable catarata de averías, un alud de des-
perfectos irreparables, un...
—Está bien, pelmazo, está bien —cortó el abuelo Elías—.
Mañana iremos a la central. Así podremos comprobar que no
le ocurre nada de nada.
--—Te equivocas de medio a medio. Aquí hay una fluctua-
ción, estoy seguro. Y cuando algo fluctúa, malo. ¡Muy malo!
De modo que, aquella mañana, muy temprano, Prudencio
y Elías salieron del pueblo en dirección norte, remontando el
cauce del río Arás durante algo más de media hora, hasta
llegar a la central eléctrica, instalada en un bellísimo paraje,
junto a una presa rodeada de hayedos espesísimos.
Pero los ancianos no tenían ni ganas ni tiempo para con-
templar las bellezas naturales.
—Date prisa, Pruden. Este sitio me pone nervioso.
—No exageres. Todavía no nos hemos alejado lo suficiente
como para que exista peligro. Fíjate en Florencio: persiguien-
do mariposas y escarabajos suele llegar mucho más arriba de
donde nos encontramos.
—Florencio no está bien de la cabeza. Es un redomado
insensato. ¡Él y sus colecciones de insectos! Cualquier día va
a tener un disgusto, ya lo veréis. Venga, termina de una vez
y vámonos de aquí.
—Voy, voy. En estos casos hay que ser meticuloso, Elías.
Las fluctuaciones que noté anoche... y
—¡Estoy de tus fluctuaciones hasta el nacimiento del pelo!
—cortó Elías, visiblemente nervioso—. ¡Las malditas fluctua-
ciones no existen más que en tu imaginación!
El abuelo Prudencio miró a su compañero con dureza y
alzó el índice derecho dispuesto a replicarle. Sin embargo, no
hizo ninguna falta. Porque justo en ese momento, se empezó
a escuchar un ruido sospechosísimo, una especie de estre-
mecedor rugido mecánico.
—¿Qué es eso? —preguntó Elías, aterrado.
—¡Es el piñón de ataque de la dinamo! —anunció Pru-
dencio, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Está a punto de
romperse!
—¡Horror! —gritó Elías, mordiéndose los puños—. ¡El pi-
ñón de ataque, nada menos!
—¡Hay que reconducir la central a situación cero!
—¿Eh?
—Que hay que parar la central, caramba.
—iAh!
Los dos ancianos corrieron hacia sendos interruptores de
palanca situados al fondo de la estancia, se colgaron de las
empuñaduras y tiraron hacia abajo, con decisión.
Una gran chispa azulada saltó entre ambos en el momento
de la desconexión. De inmediato, las turbinas, las dinamos y
los engranajes empezaron a perder velocidad hasta detenerse
por completo. Sólo el rumor del agua, pasando ahora por la
compuerta libre, permaneció en el ambiente.
Arás acababa de quedar sin energía eléctrica.
Prudencio y Elías se miraron en silencio.

LA MARCA DE JUDAS

—¿Puedo poner la radio, abuelo?


—Como quieras —concedió el abuelo Esteban—. Aunque
mucho me temo que no funcione.
El abuelo Prudencio, siempre tan ingenioso, había insta-
lado en el interior del Daimler una enorme radio de galena
con la que, en días despejados, se podía sintonizar Radio Pa-
rís, la BBC e incluso Radio Andorra Independiente.
En esta ocasión, sin embargo, Silvia sólo consiguió captar
un barullo de interferencias, que sonaban como silbidos, eruc-
tos y corrimientos de tripas, todo mezclado.
—Tienes razón, abuelo. Imposible.
—De todas formas, no me extraña —afirmó el abuelo Es-
teban—. Creo que ésta es la idea más tonta entre todas las
tontas ideas que ha tenido hasta la fecha tu abuelo Prudencio.
Mira que instalar una radio en un automóvil... ¡Vamos! ¿A
quién puede interesarle semejante bobada? Y él, empeñado
en que es un gran invento. Incluso lo ha bautizado. Lo llama
«autorradio». ¿Qué te parece? ¡Autorradio! Hasta el nombre
es estúpido.
Por el contrario, el Daimler estaba funcionando esa ma-
ñana de auténtica maravilla.
Apenas tres cuartos de hora después de su salida, y más
O menos en el mismo momento en que la central eléctrica
quedaba fuera de servicio, Silvia y el abuelo Esteban pasaban
ante la Marca de Judas, una diminuta fortaleza que, desde
tiempo inmemorial, guardaba el acceso al valle de Arás.
En ese punto, el paisaje cambiaba de modo radical. Ante
los dos viajeros se abrió ahora una llanura que parecía no
tener límites. Y allí, sobre el horizonte, se hizo visible la silueta
chata y alargada de Santa Tecla.
Por cierto, que en ese mismo instante el «autorradio» vol-
vió a funcionar perfectamente y Silvia pudo sintonizar a un
cantante que aseguraba con voz melodiosa:

... tras dejar mi pueblo,


bajé a la ciudad,
pues sólo aquí puedo
bailar cha-cha-chá...
Un PIÑÓN DE REPUESTO

Prudencio y Elías, entretanto, contemplaban consternados


el piñón de ataque de la dinamo.
—Ahí lo tienes —dijo Prudencio—. Se había calentado has-
ta ponerse al rojo y ahora está inservible. Siempre lo mismo.
La pieza original estuvo casi treinta años en servicio, pero las
quele mandamos forjar al herrero de Santa Tecla apenas du-
ran unos meses. Aparentemente son idénticas y, sin embargo,
algo falla.
—Pero puedes arreglarlo, ¿no?
—Necesito la pieza de repuesto. De haber sucedido esto
ayer, Silvia y Esteban podían haberla traído de Santa Tecla,
pero ahora... ¡También es mala suerte, caramba! Habrá que
esperar al próximo viaje. |
Elías parpadeó, atónito.
—Pero... eso será dentro de tres meses. ¿Cómo vamos a
estar tres meses sin electricidad? No, no, no, imposible. Tú
sabes que Clara está empeñada en que nos vayamos de Arás.
Esto sería la excusa perfecta. ¡Tiene que haber una solución!
Prudencio carraspeó suavemente.
—La verdad es que sí la hay...
— ¡Bien!
—..Pero no te va a gustar ni un pelo.
—Cualquier cosa antes que dejar Arás. ¿De qué se trata?
Prudencio habló despacio y quedo, pero con el entusiasmo
brillándole en los ojos. No cabía duda de que era algo que
había estado tramando durante mucho tiempo.
—Verás: la central eléctrica de arriba es exactamente igual
que ésta y se halla fuera de servicio, como bien sabes. Po-
dríamos ir allá, desmontar la pieza que necesitamos y utili-
zarla como repuesto.
Elías tragó saliva dificultosamente.
—¿Te refieres a... a la central de arriba... la que alimentaba
la Factoría?
— ¡Exacto! Sería la solución perfecta. Al tratarse de un re-
cambio original, el arreglo sería seguramente definitivo. Y es
lo más rápido. Si salimos ahora mismo, podemos estar de
vuelta a la hora de la cena. Mañana por la mañana se hace
la reparación aquí y asunto solucionado.
Cuando Prudencio terminó de hablar, Elías se había que-
dado blanco como el papel.
—Pe... pero... aquello está mucho más allá de Arás Alto
—balbució.
—Hombre, claro. En la cabecera del valle, muy cerca ya
de la Factoría, como es lógico.
Elías agitó las manos con determinación.
—No. Lo siento, pero no. Ni hablar. Es demasiado peli-
groso.
Prudencio miró sonriente a su compañero.
—Tienes razón, Elías. Tienes razón. Será mejor esperar. Al
fin y al cabo, tres meses pasan volando.
Elías empezó a pasear de un lado a otro con grandes zan-
cadas, mientras se mordía las uñas furiosamente. Por fin se
detuvo, jadeante, y miró a su compañero.
—¿NO ves otra solución?
—No existe otra solución —sentenció Prudencio.
Elías se pasó la mano por la frente antes de responder.
—Está bien —dijo—. Si no hay otro remedio... ¡Vamos! ¡Y
que sea lo que Dios quiera!
LA CIUDAD

Más o menos a la hora de costumbre, el Daimler hacía su


entrada en la ciudad.
Casi de improviso, la carretera mal asfaltada que unía Arás
con Santa Tecla dio paso a una amplia avenida adoquinada,
flanqueada por tilos altísimos y farolas aún mayores. Luego
aparecieron los raíles de la única línea de tranvía, que cruzaba
el casco urbano de noreste a suroeste.
Silvia, acodada en la ventanilla del vehículo, con su pelo
castaño revuelto por el aire de la marcha, no perdía detalle.
Al pasar junto a la serrería de don Paco Mondano, agitó
los brazos.
—¡Adiós! ¡Adiós, señooor!
—¡Adióooos...! —le contestó el encargado, un hombre con
la barba tan llena de serrín que parecía hecha de virutas de
madera.
Pese a que nadie los había presentado; pese a que lo des-
conocían todo el uno del otro; pese a que tan solo se veían
cuatro instantes al año, Silvia y el encargado del aserradero,
el hombre de la barba de viruta, siempre se saludaban.
El ómnibus de La Veloz Arasense continuó su orgulloso
avance por el gran paseo, dejando a la izquierda la estación
del ferrocarril y, a la derecha, la fábrica de Chocolates Fer-
nández, en cuyas cercanías se respiraba siempre un embria-
gador olor a cacao caliente.
Finalmente, tras cruzar el puente sobre el río Arás, abuelo
y nieta se dirigieron al mismísimo centro de la ciudad.
La calle Mayor concentraba la práctica totalidad del co-
mercio de Santa Tecla. En su avance, el Daimler fue dejando
atrás sucesivamente el antiquísimo almacén de hilaturas y tex-
tiles de Sucesores de la Viuda de Ferrán Monturiol, la fla-
mante oficina de Correos y Telégrafos, la tienda de salazones
del matrimonio Arbués —donde sólo era posible encontrar
sardinas de cubo, congrio y bacalao de Escocia—, el taller de
imprenta regentado por los hermanos Senefelder, la confitería
del señor Puente, la tienda de artículos para bromas de don
Heraclio Torrepacheco, la droguería-ferretería de los señores
Nonius y la Barbería Moderna, cuyas promesas de bisoñés a
medida y masajes craneales eléctricos hacían agua la boca de
todos los calvos de la localidad.
Casi al final de la calle Mayor se encontraba el Almacén
General. Haciendo honor a su ampuloso nombre, en él era
posible encontrar desde un imperdible a una máquina de co-
sechar. Á su puerta se apilaban sacos de café, barriles de acei-
tunas, balas de algodón, bidones de aceite, azadones, horcas
de tres y cuatro puntas y mil cosas más.
Allí era donde acabaría la jornada de Silvia y el abuelo
Esteban. Antes, sin embargo, deberían cambiar la Kruger de
la abuela Clara por dinero fresco en la tienda de empeños de
Samuel Zinc.
Hacia ella se dirigieron sin dilación.

SAMUEL ZINC: UN USURERO SIN VOCACIÓN

Los habitantes de Arás adoraban a Samuel Zinc. No en


vano sus préstamos habían sido durante las últimas décadas
la única fuente de ingresos del pequeño pueblo.
Cierto es que en el almacén de su tienda de empeños se
hallaban la mayor parte de las pertenencias que acumularon
durante los años de la prosperidad, pero todos comprendían
que sin las generosas tasaciones del usurero, haría largo tiem-
po que habrían tenido que abandonar el valle.
Los habitantes de Santa Tecla, por contra, miraban a
Zinc con desconfianza. No entendían su extraño comporta-
miento. Un usurero se supone que debe ser alguien mezqui-
no y ruin; y Samuel Zinc, desde luego, no encajaba en ese
retrato.

Hasta cumplir los quince años, Samuel Zinc fue un niño


como los demás, si exceptuamos el detalle de que tenía un
abuelo usurero —don Isaías— al que los padres de sus com-
pañeros le debían siempre mucho, mucho dinero.
Pero cuando don Isaías, postrado en su lecho de muerte,
pidió a gritos que condujeran a su presencia a su único nieto,
la vida de Samuel dio un giro impensable.

—¿Dónde estabas, burro? ¿No ves que me muero?


—fueron las amables palabras de don Isaías a su
asustado nieto.
—Lo siento, abuelo. Estaba en la imprenta...
— A callar! Atiende, Samuel, amado nieto. Sabes
que con el tiempo serás el heredero del negocio fa-
miliar. Cuando tu padre y tu tío Zabulón se jubilen,
tú serás el continuador de la más rancia estirpe de
prestamistas de estos valles.
El joven Zinc rompió a sudar ante semejante
perspectiva.
—Pero, abuelo..., yo no quiero ser usurero. Me
gustaría aprender el oficio de cajista de imprenta y
con el tiempo...
—i¡Basta de tonteríaaas! Jamás un Zinc ha sido
cajista de imprenta, ni tranviario, ni esquilador, ni yo
lo permitiría. Tú serás usurero como tu tatarabuelo
Simeón, tu bisabuelo Jacob y tu abuelo Isaías, aquí
agonizante.
—Pero, abuelo, yo...
—iAaay...! —cortó don Isaías, con voz desgarra-
da—. Me muero... Me muero...
—Abuelo...
—Pero antes tengo que darte dos consejos fun-
damentales. Apunta, Samuel.
—Voy, voy.
El muchacho buscó pluma y papel y se dispuso
a tomar nota de la última voluntad del padre de su
padre.
—Cuando quieras.
—Primero: nunca prestes a un interés inferior al
treinta y tres por ciento.
—... Treinta y tres... por... ciento.
—Y dos: jamás permitas que entre un esqueleto
en el almacén.
Samuel alzó las cejas, atónito.
—¿Cómo dices?
—¿Es que hablo polaco? Nada de esqueletos en
mi almacén. ¿Lo oyes? ¡Jamás! iJamás, jamás! Los
odio...
Tras pronunciar aquellas extrañas palabras, al
abuelo Isaías le dio una especie de convulsión y co-
menzó a cantar ópera a voz en grito pese a haberla
odiado toda su vida. Nueve minutos y catorce se-
gundos más tarde, el anciano expiró.

Al año siguiente, el joven Zinc entró a trabajar como ca-


jista en la imprenta de Héctor y Augusto Senefelder y fue
olvidando poco a poco las misteriosas palabras de don Isaías.
Pero recién cumplidos Samuel los dieciocho años, su padre y
su tío murieron de fiebres tifoideas, al aceptar como prenda
para un préstamo al Hospital Comarcal unos frascos con cul-
tivos bacterianos. A regañadientes, el joven Zinc tuvo que
hacerse cargo del negocio familiar y su vida y su futuro se
transformaron radicalmente. Especialmente cuando, a las po-
cas semanas, el espectro de su abuelo Isaías comenzó a visi-
tarle por las noches, colmándole de insultos y reproches.
—¡Tarugo! ¡Que eres un tarugooo...! —le decía con voz
cavernosa—. Me avergúenzo de ti, mal nietooo... Un Zinc ja-
más prestó al cinco por cientooo...
Y es que los habitantes de Santa Tecla se dieron cuenta
de inmediato de la poca predisposición del muchacho para la
usura, de tal forma que Samuel vio aumentar espectacular-
mente su clientela, a la par que disminuían sus beneficios
hasta rozar el ridículo empresarial.
Aquello, naturalmente, fue demasiado para el atormentado
espíritu del abuelo Isaías que, ni corto ni perezoso, decidió
regresar del Más Allá para tratar de enmendar los desagui-
sados de su nieto.
Iracundo, ataviado con gorro y camisón de dormir y con
la enorme llave del almacén colgando del cuello —no hubo
forma de arrancársela de las manos a su muerte—, el espectro
de don Isaías Zinc se aparecía cada noche a los clientes de
Samuel para alterar las condiciones de sus préstamos, aumen-
tarles los intereses y amenazarlos con espantosas desgracias
en caso de incumplimiento.
—Así las cosas, pronto los clientes de Zinc se redujeron a
los habitantes de Arás, lugar que, al parecer, se hallaba fuera
del radio de acción del espectro de don Isaías.

UNA VERDADERA MARAVILLA

—¡Buenos días, tío Zinc!


El alegre saludo de Silvia hizo que el viejo usurero levan-
tase la vista del periódico que leía.
— ¡Silvia! ¡Esteban! ¡Cuánto me alegro de veros! ¡Cómo!
¿Pero ya han pasado otros tres meses?
—Así es —confirmó Esteban—. Y no veas la maravilla que
te traemos esta vez. ¡Te va a encantar!
Samuel Zinc sonrió beatíficamente ante el anuncio, repe-
tido palabra por palabra cuatro veces por año durante las
últimas tres décadas.

Exactamente el mismo que, noventa días antes,


había servido para ponderar el incuestionable valor
de la colección de himenópteros tropicales del abuelo
Florencio, quien la había cedido con tan sólo un par
de suspiros, pese a su indudable valor. Seis meses an-

A
31
tes había sido la motocicleta BSA con sidecar, del
propio Esteban; y, en viajes anteriores, los más dis-
pares objetos. Desde la máquina de fabricar pasta ita-
liana que la abuela Eloísa había comprado por catá-
logo para su fonda, hasta el primitivo pero revolu-
cionario tractor Lanz del abuelo Inocencio (q.e.p.d.),
pasando por las ciento veinte piezas de tela imper-
meable con las que el abuelo Elías pensaba poner
en pie la primera fábrica de paraguas del valle de
Arás.
Y es que, cada tres meses, a uno de los habitantes
de Arás le tocaba desprenderse de alguna de sus más
valiosas pertenencias en favor de los demás. Sólo en
contadas ocasiones la suerte parecía retornar momen-
táneamente al valle y hacía su aparición algún objeto
digno de empeño con el que ya nadie contaba. Tal
fue el caso del aeróstato encontrado por el abuelo
Prudencio un par de décadas atrás.
Pero ésta es una historia que narraremos en otro
momento, si es que tenemos ocasión.

—Muy bien. Veamos qué maravilla me habéis traído esta


vez.
El tonillo irónico de Zinc fue respondido por Esteban con
una sonrisa.
—Lo siento, Samuel, pero te vamos a tener sobre ascuas
un ratito más. Lo primero es lo primero y, como ya sabes,
antes que nada tengo la costumbre de tomarme un chocolate
con nata y churros en la confitería de Puente, mientras le
echo un vistazo a la prensa del día.
—Pues que aproveche.
—Enseguida volvemos —dijo Silvia, saliendo tras su
abuelo.

ARÁS ALTO

Prudencio y Elías avanzaban en silencio, con paso rápido


y decidido, como si alguien los persiguiese; como si la novia
les estuviera esperando. Apenas miraban el paisaje. Tan sólo
lo justo para saber dónde se encontraban en cada momento
y cuánto les faltaba para alcanzar su destino.
Al llegar a la altura de Arás Alto, sin embargo, no pudie-
ron evitar el detenerse a contemplar las soberbias mansiones
y las calles meticulosamente empedradas.
—Todo sigue igual —murmuró Prudencio, al cabo de unos
instantes—. Parece mentira que lleve tanto tiempo abando-
nado.
—No te engañes. El tiempo no pasa en vano. También tú
te ves igual cada mañana ante el espejo y, sin embargo...
Ambos ancianos suspiraron a dúo.
—Oye, ¿cuál era tu casa? —preguntó Elías tras un nuevo
silencio—. Quizá no lo creas, pero ya no consigo recordar...
vaya... debe de ser la edad.
Prudencio señaló Villa Lucrecia, con sus dos plantas, sus
largas balconadas corridas y su alero... ¡Madre mía, qué ale-
ro...! Una verdadera filigrana en madera de roble, tan amplia
y pesada que parecía desafiar la ley de la gravedad.
—Ahí pasé los mejores veranos de mi vida.
—¡Qué me vas a contar a mí...! —replicó Elías, nostálgico,
mirando con ojos soñadores su antigua casa-castillo, construi-
da toda ella en piedra y ladrillo caravista.
Verdaderamente, Arás Alto no parecía un pueblo aban-
donado sino, más bien, un sueño hecho jirones. Aunque es-
taban claras las huellas dejadas por tres décadas de abandono,
uno podía imaginar todavía las idas y venidas de sus mora-
dores, y también sus anhelos, con sólo contemplar lo que cada
uno de ellos, sin consultar para nada a los demás, había man-
dado edificar.
Todo estaba allí, desmoronándose poco a poco.
Y el aire gemía lastimeramente.
—Vámonos ya, Pruden. Aún queda un buen trecho hasta
la central eléctrica.
Elías tomó aire y reanudó la marcha. Prudencio le siguió
al poco, no sin antes echar de reojo un último vistazo a Villa
Lucrecia. Tan bonita...

EL ANUNCIO

El abuelo Esteban pasó la página del diario y abrió unos


ojos como platos. Se le desbocó el corazón y empezó a re-
soplar como una máquina de vapor.
Estaba junto a una escueta nota de agencia sobre el éxito
obtenido por la película española Bienvenido, Mr. Marshall en
el Festival de Cannes.
Era un anuncio de medio tercio de página, esto es, lo
bastante grande como para que a nadie le pasara inadvertido,
pero sin llegar a resultar ostentoso.
¿TIENE PROBLEMAS?
ESO ES PORQUE USTED QUIERE
SOLUCIÓNELOS
AL INSTANTE SIN ESFUERZO SEAN CUALES SEAN
Profesor Timow Ganzúa, 16 - 4.” 2.*

— ¡Silvia! ¡Silvia! ¿Has leído esto?


La chica abandonó por un momento su conversación con
el señor Puente, el dueño de la confitería-cafetín donde ha-
cían el mejor chocolate con nata de todo Santa Tecla.
—Toda la ciudad ha leído ese anuncio, Esteban —dijo el
confitero.
—¿Y qué os parece? ¿No es estupendo? Una verdadera
maravilla. Justo lo que necesitábamos.
—La verdad, a mí me parece una soberana tomadura de
pelo —declaró Silvia tras leer el extraño reclamo publicitario.
El abuelo Esteban, sin embargo, sonrió para sus adentros.
La opinión de su nieta confirmaba su primera impresión.
Por supuesto. Aparentemente, tenía que tratarse de una
broma o algo peor. ¿Qué clase de estúpido podía pretender
tener la solución a todos los problemas? Imposible, claro...
Pero justamente eso mismo es lo que todo el mundo dijo
de aquel otro anuncio que apareció en La Gaceta de Santa Tecla
cuarenta años atrás, y que él aún recordaba palabra por pa-
labra.

HÁGASE MILLONARIO
¡INMEDIATAMENTE!!
GARANTÍA ABSOLUTA SERIEDAD
Escriba sin compromiso al Apartado 713
Todos rieron a mandíbula batiente. A nadie se le ocurrió to-
marlo en serio. A nadie, excepto a él. Desde el primer momen-
to, Esteban supo que no se trataba de un engaño. Es más: intuyó
que ellos eran el inevitable destinatario; que si los hombres
y mujeres de Arás no respondían a la llamada, nadie lo haría.
No sin gran esfuerzo —es decir, a costa de ponerse pe-
sadísimo—, convenció a Prudencio y Elías para escribir al
Apartado 713.
Dieciocho meses más tarde empezaba a funcionar la Fac-
toría. Y con ella, tal como el anuncio prometía, llegó la pros-
peridad. Una prosperidad que duró siete cortos años, pero
que llevó a Arás y a sus habitantes más riqueza de la que
nunca hubieran podido imaginar.
Quizás ahora sucediese lo mismo. Al menos, él volvía a
tener ese pálpito. Y eso a pesar de que Silvia y Puente le
seguían mirando con total reprobación.
—Pues yo creo que por probar nada se pierde —se defen-
dió don Esteban—. Estaréis de acuerdo conmigo en que en
Arás andamos escasos de muchas cosas, pero problemas te-
nemos para dar y vender. Imaginad que consiguiésemos so-
lucionar algunos de ellos tal y como dice aquí: al instante y
sin esfuerzo.
Silvia y el señor Puente cruzaron una mirada escéptica y
unos carraspeos que eran todo desconfianza. Pero cuando al
abuelo Esteban se le metía una cosa en la cabeza...

EL PROFESOR TIMOW

La calle de la Ganzúa no era tal, sino un callejón de mala


muerte, oscuro incluso en pleno día. El número 16 lo osten-
taba un portalón enorme, casi como una entrada para carrua-

A
36
jes, que daba paso a una escalera, más que crujiente, escan-
dalosa.

o Prof. S. Timow o

rezaba la placa de latón atornillada sobre la segunda puerta


del cuarto piso.
—Aquí es —murmuró el abuelo Esteban.
—Aún estamos a tiempo de salir corriendo —advirtió Sil-
via, que se había agarrado a la chaqueta del anciano con todas
sus fuerzas desde que, en el rellano del segundo piso, se
cruzaran con una familia de cucarachas.
El timbre no funcionaba. Afortunadamente, la puerta sí
hacía ruido al golpearla con los nudillos.
—¿Sí?
—¿El profesor Timow?-
—El mismo que viste y calza —respondió el sujeto que
apareció tras ella.
—Venimos por lo del anuncio.
Semejante declaración hizo que Timow sonriera amplia-
mente, dejando ver su único diente auténtico y sus catorce
dientes de oro.
—Pasen, por favor. Como si estuvieran en su casa.
Era feo como un demonio, el profesor. Ni viejo ni joven,
ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco. Pero muy feo, eso sí. Y,
sobre todo, siniestro, en opinión de Silvia.
—Tomen asiento. ¿Les apetece comer algo? —ofreció Ti-
mow, asquerosamente amable—. ¿Un platito de garbanzos?
Están recién hechos...
Silvia cruzó con su abuelo una disimulada mueca de asco.

A
37
—No, muchas gracias. Acabamos de desayunar. ¿Podemos
ir directamente al grano?
Timow carraspeó y volvió a sonreír.
—Claro, claro... De manera que tienen problemas, ¿eh?
Abuelo y nieta asintieron.
El siniestro profesor miró a su alrededor como si temiese
ser escuchado, al tiempo que bajaba la voz hasta convertirla
en un susurro.
—Han venido al lugar idóneo. Escuchen... Dispongo de
una máquina Davidson é: Prokofiev Número Seis en perfecto
estado.
—Oh... —respondió el abuelo Esteban tras un largo si-
lencio.
—Oh... —añadió Silvia, a su vez.
Y como quiera que el anciano no tomase las riendas de la
conversación, se decidió a tomarlas ella.
—Perdone la pregunta, pero... ¿para qué sirve la máquina
ésa?
—¿La Número Seis? Para todo, naturalmente —respondió
el profesor—. ¿Acaso no han oído hablar de Davidson y Pro-
Kofiev?
—Pues... no.
—iDos genios inconmensurables! Dos adelantados a su
tiempo que, hace ya un buen montón de años, pusieron en
práctica teorías que aún hoy día resultan apabullantes por su
novedad. En su taller de San Petersburgo, estos dos gigantes
de la ciencia construyeron en la primera década de este siglo
una serie de máquinas revolucionarias que fueron numerando
del uno al nueve. Yo dispongo de uno de los pocos, poquí-
simos, modelos de la Número Seis: la Trasmutadora Universal
Multialimentada Davidson € Prokofiev.
—IToma! —exclamó el abuelo Esteban, sin poder contener
su excitación.
—Su funcionamiento es sencillo —continuó Timow, im-
parable—. Se le suministra energía y ella nos proporciona
cualquier cosa que necesitemos. Funciona con electricidad,
con carbón, con petróleo o queroseno... Algunas unidades po-
dían alimentarse también con gas metano, pero no es el caso
del modelo del que dispongo.
Mientras Silvia acentuaba cada vez más su expresión de
desconfianza, la cara del abuelo Esteban se iluminaba por mo-
mentos.
—lY luego? ¿Qué se hace luego?
—Simplemente, se le pide lo que se precise: unas tenazas,
un queso de bola, un par de zapatos, un plato sopero... lo
que sea.
El abuelo Esteban se puso en pie de un salto.
— ¡Silvia! ¿Te das cuenta de lo que eso significa? Es el fin
de nuestros problemas. Se acabaron las listas de pedidos y
los viajes al almacén cada tres meses; se acabó el empeñarlo
todo para comprar herramientas y piezas de repuesto y ropa
nueva.
Silvia puso cara de estar asistiendo a un cataclismo.
—¿Y cuánto vale la máquina? —preguntó entonces el
abuelo Esteban, rebosante de ansiedad.
El profesor Timow se rascó la barbilla mientras rebuscaba
en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Si me permiten consultar mis tarifas... ¡Ajá! Aquí está.
¡Ejem...! Bien, por tratarse de ustedes, que me han caído sim-
patiquísimos, se la podría dejar en... veamos... ocho mil reales
de nada. Les aplico el máximo descuento, naturalmente.
El abuelo Esteban tragó saliva ostensiblemente.
—¡Sopla...! Eso son cuatrocientos duros.
—Ni más ni menos. Una ganga —aseguró Timow.
El abuelo Esteban se mordió las uñas durante medio mi-
nuto mientras murmuraba «no sé, no sé...». Y, de pronto, apre-
tó los puños y exclamó con decisión:
—De acuerdo. De acuerdo, de acuerdo: nos la llevamos.
Timow se frotó las manos con disimulo.
—No se arrepentirá. Le embalaré la Número Seis para
transporte. Puede pasar a buscarla esta misma tarde.
—iMagnífico!
Silvia no salía de su asombro.
—Pero, abuelo...
—¿Sí? ¿Ocurre algo?
La chica cogió del brazo al abuelo Esteban y casi lo arras-
tró hasta un rincón de la sala.
—¡Claro que ocurre algo! —rechinó entre dientes—. ¿Es
que te has vuelto loco? Ni siquiera hemos visto la máquina.
Quizá ni exista. Y si existe, tal vez no funcione. No me fío ni
un pelo de ese... profesor o lo que sea.
—Tranquila. Le pediremos una demostración antes de pa-
garle.
—¡Ésa es la otra! ¿De dónde piensas sacar el dinero?
—No te apures. Zinc nos lo dará por la máquina de coser
de tu abuela.
—¿Cuatrocientos duros? La Kruger no vale ni la mitad. Y,
de todas formas, necesitamos ese dinero para comprar los en-
cargos.
El abuelo Esteban rió como un cascabel.
—¡Los encargos! Con la máquina podremos fabricar todos
los artículos que necesitemos. ¿No lo comprendes?
—Esto es una insensatez, abuelo.
—Confía en mí. Tengo una corazonada. Un pálpito. Como
hace cuarenta años, cuando...
—sí, ya sé. Cuando convenciste a todos para contestar a
aquel anuncio que decía:

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Escriba sin compromiso al Apartado 713

—¡Exacto! Igual, igual.


—Abuelo, tú tienes una corazonada cada vez que venimos
a la ciudad. No hay viaje en que no encuentres un negocio
magnífico o una ganga insuperable.
—Esta vez es diferente. Lo siento aquí dentro —afirmó el
abuelo Esteban, golpeándose el pecho bravamente.
Silvia apretó los dientes con rabia, impotente ante la ca-
bezonería de su abuelo, y lanzó sobre el profesor Timow una
durísima mirada.
—De momento, usted gana. Pero si está intentando en-
gañar a mis abuelos... se las verá conmigo.
Timow lanzó un gruñido lastimero e intentó poner cara
de hermanita de la caridad, sin conseguirlo ni por asomo.

DIEZ MIL REALES

—¿Estás mal de la cabeza? ¿Cómo voy a darte diez mil


reales por esto? Cinco mil y ni una perra gorda más.
Samuel Zinc se tiraba con ambas manos de las espesas
guías del bigote, incapaz de hacer entrar en razón al abuelo
Esteban.
—Es que no la has mirado bien, Samuel —insistía Este-
ban—. Es una Kruger con pedal de balancín. Una verdadera
joya.
—iNi aunque fuera una Singer último modelo! Si te doy
ocho mil reales por eso, mi abuelo me mata. Incendia el al-
macén conmigo dentro.
—Vamos, no exageres. No conozco ningún fantasma que
sea incendiario.
—Tú no has visto un fantasma en tu vida. ¡Yo veo al de
mi abuelo todas las santas noches!
—Vamos, Samuel, haz un esfuerzo. Te dejo en prenda
también mi chaqueta. ¿Hace?
—Muy bien. Te puedo dar cincuenta reales por ella. Eso
hace un total de cinco mil cincuenta.
—iEsto es un insulto! Cincuenta reales por una chaqueta
que ha resistido treinta años sin apenas remiendos...
Silvia asistía en silencio a la discusión, sin querer inter-
venir. Sabía que Zinc —tío Zinc— la adoraba y que si ella
hubiera apoyado al abuelo Esteban, el usurero hubiera cedido
a sus pretensiones. Pero no quería hacerle esa faena. Y, ade-
más, el asunto de la máquina del profesor Timow no le gus-
taba un pelo, así que casi prefería que el abuelo no pudiera
conseguir el dinero. Pero ya sabemos que cuando al abuelo
Esteban —aragonés de pura cepa— se le metía algo en la
mollera, resultaba difícil de desalentar.
—JEstá bien! Me conformaré con nueve mil quinientos.
Samuel resopló, aborrecido.
—Seis mil. Por ser tú, te daré seis mil. Pero deja de darme
la tabarra.
—¡Eres un roñica, Samuel! Nunca lo hubiera pensado de
ti. Dame nueve mil reales y acabemos de una vez con este
asunto.
—iNi soñarlo! Siete mil. ¡Y es mi última oferta!
—iEsto es un insulto! —bramó Esteban teatralmente—.
¡Antes me la llevo de vuelta a Arás! ¡Vámonos de aquí, Silvia!
Esto nos ayudará a saber quiénes son nuestros amigos.
—iMuy bien, sanguijuela, muy bien! —rezongó Zinc—,
Subo hasta ocho mil reales. ¡Y ni uno más!
Esteban sonrió triunfalmente.
—¡Trato hecho!

LA MÁQUINA

—Buenas tardes, amigos. ¿Traen el dinero?


El abuelo Esteban exhibió al punto un enorme fajo de
billetes de banco.
—Cuatrocientos duros. Ni uno menos.
Timow, mostrando todos sus dientes, les franqueó la en-
trada y, seguidamente, los condujo hasta una habitación in-
terior.
— Aquí tienen su máquina.
Se hallaba cubierta por una sábana mugrienta, que Timow
retiró con gesto de preboste, como si estuviese inaugurando
un monumento.
Era un cachivache decimonónico, metálico y lánguido,
como un poeta enfermo de tisis. Era negra, plata y oro, como
el traje de un torero, y daba la sensación de estar ya cansada

A
43
de realizar prodigios y de servir de admiración. Tenía alma,
vida propia, como la tienen los tranvías y las locomotoras de
vapor, eso se veía al instante. Curvilínea e intemporal, podía
desentonar tanto en el palacio de Versalles como en una es-
tación de metro y, según el ángulo desde el que se la mirase,
su estampa recordaba con claridad al número seis.
—Parece triste —murmuró Silvia.
—¿Cómo funciona? —preguntó el abuelo Esteban.
El profesor Timow se secó el sudor de la calva con un
pañuelo de lunares y sonrió beatíficamente.
—Basta con acercarse y pedirle lo que se desea. Ustedes
habían venido a la ciudad a comprar una serie de cosas, ¿ver-
dad?
—Así es: macarrones, papel higiénico, una sartén, un ejem-
plar de Guerra y paz...
—Perfecto —continuó Timow—. Supongamos, pues, que
ustedes necesitan un kilo de clavos.
—No, no —protestó Esteban—. Clavos no...
—Ya lo sé, hombre. Es un ejemplo. Un suponer, vaya.
Además, tener clavos de sobra nunca viene mal.
—Sí, eso es cierto...
—De modo que queremos clavos. Entonces es cuando us-
ted se acerca aquí, a esta parte que parece la rejilla delantera
de un automóvil, y se lo dice a la máquina. Así, vea: ¡Clavos!
Tras la orden de Timow, se escuchó lo que cualquiera hu-
biera confundido con un extraño lamento procedente del in-
terior de la máquina, a la par que el artilugio sufría algo
similar a un estremecimiento, seguido de varias toses o cortos
eructos, quizá. Y, en seguida, le sobrevino una náusea que
desembocó en una bocanada de clavos, un vómito metálico,
descontrolado, que se esparció por el piso de la habitación

A
44
ante el asombro de Silvia y su abuelo. Ante la falsa sonrisa
de Timow, también.
—Bien. Ahí lo tienen: clavos —dijo el profesor—. ¿Qué les
ha parecido?
—Fan... tástico —murmuró el abuelo Esteban—. ¡Fascinan-
te! ¿Puedo probar yo...?
Timow titubeó sin dejar de sonreír.
—Bueno... sí, claro que sí, aunque... será preciso esperar
algunas horas.
—¿Cómo?
—Verán: la máquina ha estado varios meses sin funcionar
y sus... eeeh... sistemas de alimentación se hallan descargados.
La he tenido un ratito enchufada a la corriente para hacerles
esta demostración, pero ahora ya... Sin embargo, en condicio-
nes normales puede suministrarles los pedidos continuamen-
te, sin problema alguno.
Silvia frunció el ceño.
—Esto cada vez me gusta menos, abuelo. El tío Zinc nos
ha dado ocho mil reales. Es mucho más de lo que esperába-
mos sacar este viaje. ¿Para qué tentar a la suerte?
—Ocho mil reales nos solucionan unos meses de vida, tan
sólo. La máquina sería la solución definitiva.
—¿Y si no es más que una estafa?
—Señorita, me ofende usted —replicó Timow con no mu-
cha convicción.
El abuelo Esteban se retorcía las manos, indeciso.
—Qué dilema, Dios mío. ¡Qué dilema!
Timow, viendo que la venta corría peligro, decidió atacar.
—Me temo que tendrá que decidirse, don Esteban. Esta
misma tarde he recibido otra oferta de compra de la máquina.
Y si ustedes no la quieren...
El abuelo Esteban empezó a sudar por todos los poros. Á
congestionarse. A resoplar. La duda le estaba ahogando por
momentos. De repente...
—iNos la llevamos! —exclamó.
—Abuelo, no... —dijo Silvia en tono lastimero.
—iEstá decidido! ¡No se hable más!
Se volvió hacia Timow con gesto resuelto.
—Ahí tiene sus ocho mil reales —dijo, arrojándole los cua-
trocientos billetes de a duro.
Timow mostró una vez más su dorada dentadura.

Los PRISMÁTICOS

—¿Dónde habré puesto el paraguas? —murmuraba el


abuelo Florencio, mientras ponía su habitación patas arriba—.
Pero si lo he visto hace un rato, diez minutos, todo lo más...
¿Será posible?
Perdidamente nervioso, incluso se planteó pedirle prestado
su paraguas, una vez más, a la abuela Clara. Sin embargo,
recordó a tiempo que la última vez que lo hizo, se lo devolvió
absolutamente inservible, doblado como un ocho, tras serle
arrebatado de las manos por una traidora ráfaga de aire y
terminar bajo las ruedas del ómnibus de Esteban. Y Clara no
era de las personas que olvidan fácilmente incidentes como
ése.
Volvió Florencio a asomarse a la ventana. Caía ya la tarde
y sobre la parte alta del valle los negrísimos nubarrones se
habían acumulado de forma escalofriante. No iba a transcurrir
mucho tiempo antes de que se desatase una más de las es-
pectaculares tormentas que azotaban Arás casi a diario. Y, por
cierto, que aquella prometía ser de órdago.
«No puedo esperar más», se dijo Florencio. «A paseo el
condenado paraguas. Ya aparecerá».
Y salió a la calle a toda prisa, casi topándose de bruces
con la abuela Eloísa.
—¿Adónde vas, Florencio? —le preguntó ella, sin ocultar
su preocupación—. ¿Es que no ves la tormenta que se está
preparando?
—sí, mujer, sí. Pero no tardaré mucho. Esta tarde he ol-
vidado mis prismáticos en la peña Filomena, mientras obser-
vaba las evoluciones de unas aves. Tengo que recuperarlos a
toda costa. ¡Hasta luego!
La abuela Eloísa rió por lo bajo. Florencio y sus pájaros.
Florencio y sus flores extrañas. Florencio y sus maravillosas
mariposas. Florencio y su Museo de las Ciencias Naturales de
Arás, en el que gastó toda su fortuna y que nunca llegó a
inaugurarse.
—Será insensato... —murmuró la mujer, viéndole alejarse
calle arriba—. Menos mal que, al menos, se lleva el paraguas.
En efecto, sujeto a la espalda mediante una cinta de cuero,
Florencio transportaba, sin percatarse aún de ello, el paraguas
que creía haber extraviado.

COMO A UN CHINO

Bajaron la Davidson € Prokofiev hasta la calle mediante


una polea, creando auténtica expectación entre los escasos ve-
cinos de la calle de la Ganzúa. La cargaron en la trasera del

de
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Daimler con grandes apuros. Se despidieron del profesor Ti-
mow. Esteban, con sonrisas y palmadas en el hombro; Silvia,
con una hosca mirada.
Y emprendieron el regreso a Arás.
—Vaya tormentón que se está formando allá arriba, ¿eh?
—comentó el abuelo Esteban, apenas hubieron dejado atrás
los arrabales de Santa Tecla—. Más vale que nos demos prisa,
no nos vaya a pillar el agua aún de camino.
Silvia lanzó un gruñido afirmativo. También la máquina
Número Seis pareció hacerlo. Siguió un largo silencio, que
volvió a romper el anciano.
—Sigues pensando que me he equivocado, ¿no es eso?
—No —respondió Silvia, rotunda—. Pienso que Timow te
ha engañado como a un chino. Simplemente.
—Ya veremos —gruñó el anciano, ligeramente molesto—.
Ya veremos. Lo mismo decían todos hace cuarenta años. Pero
bien que tuvieron que retractarse.
La chica lanzó un suspiro de impotencia y, luego, una
mirada sobre la tercera fila de asientos, donde la máquina se
bamboleaba pesadamente con cada curva, emitiendo angustio-
sos crujidos.
—No corras mucho, abuelo. Me parece que se está ma-
reando.

LA PROCESIÓN DE LAS ÁNIMAS

Los amenazadores nubarrones cubrían ya el cielo de parte


a parte cuando Florencio alcanzó la peña Filomena. En el
bosque reinaba un silencio inquietante, roto tan sólo por el
rumor del agua precipitándose por el barranco de Arás. El
anciano trepó hasta la roca en la que había estado poco antes
y, desde allí, echó un detenido vistazo a los alrededores.
—¡Ay, madre...! ¿Dónde los habré dejado? —murmuró
para sí—. Sería una estúpida y lamentable pérdida. Unos pris-
máticos inmejorables, alemanes, de ocho aumentos nada me-
nos...
Se escuchó entonces un trueno horripilante, inacabable. Y
medio minuto después empezaron a caer del cielo unos go-
terones como puños. Apenas unos instantes más tarde, aque-
llo era el diluvio.
Florencio aún permaneció un rato bajo la tormenta, tra-
tando tercamente de localizar sus prismáticos. Pronto, sin em-
bargo, asustado por la cercana caída de un rayo, echó a correr
en busca del único refugio relativamente cercano: las casas de
Arás Alto.
Llegó agotado, calado hasta los huesos y maldiciendo todo
lo habido y por haber; rabioso, con lágrimas en los ojos.
— ¡Este condenado valle...! —sollozó—. Clara tiene toda la
razón cuando intenta convencer a Elías para abandonarlo y
dejar que el tiempo y las tormentas lo vayan despedazando.
No es vida esto, no señor. Á nuestra edad no se puede ya
pelear de este modo contra las adversidades.
Enfiló la calle Mayor, avanzando bajo la protección de cor-
nisas y aleros en busca del definitivo refugio donde guare-
cerse. Había oscurecido ya y el destello de los relámpagos
obligaba a los caserones a proyectar sombras fantasmales a las
que el viento ponía voces de auténtico escalofrío.
No era Florencio una persona temerosa, pero en aquellas
circunstancias sintió desvanecerse su habitual aplomo. Encima,
su memoria se empeñó en recordar la extraña historia con
que su compañero Fulgencio (q.e.p.d.) llegó a Arás una noche
de tormenta de hacía veintitantos años.
Enormemente alterado, Fulgencio aseguró haber visto
cómo un buen número de almas en pena descendían en pro-
cesión por la calle mayor de Arás Alto.

«Unas lucecitas tenues, sin sustancia física, que


amarilleaban, verdeaban o enrojecían al son de cán-
ticos que eran como la respiración de un espectro.
Avanzando despacio, en fila india, flotando sobre el
suelo a la altura del corazón de una persona, titilan-
do como las llamas de las velas de un árbol de Na-
vidad.»
Eso fue lo que dijo. Nadie le tomó muy en serio,
claro, pero lo cierto es que desde entonces y hasta
el fin de sus días, cada vez que había tormenta en
el valle, Fulgencio se refugiaba bajo su cama y no
pegaba ojo en toda la noche.

Estaba Florencio tratando de pensar en algo menos in-


quietante cuando, al mirar hacia el fondo de la calle, sintió
un escalofrío que casi le levantó del suelo. Se restregó los ojos
y volvió a mirar. Sí. No cabía duda. Avanzando hacia él desde
el otro lado del pueblo, dos lucecitas mortecinas titilaban en-
tre las cortinas de agua que caían del cielo.
—iLas almas en pena! —exclamó el anciano naturalista,
atenazado por el miedo—. ¡Fulgencio tenía razón!
Trató de escapar, pero las piernas no le respondían. Por
el contrario, sintió que se le doblaban las rodillas y cayóde
bruces al suelo murmurando plegarias a la Santísima Virgen
de Arás.
Las luces prosiguieron su avance, y cuando Prudencio las
sintió sobre sí, estalló en sollozos.
—¡No, por caridad! ¡No me llevéis con vosotros al Más
Allá! ¡Quiero vivir!
—¡Florencio!
—i¡Piedaaad!
—Pero, Florencio, ¿qué haces aquí? —preguntó entonces
la voz surgida tras la luz—. ¿Y por qué estás empapándote
bajo la lluvia en lugar de abrir el paraguas?
Florencio alzó la vista con estupor. Entonces cayó en la
cuenta de que las lucecitas sí tenían sustancia física: procedían
de dos de los ingeniosos carbureros impermeables, ideados
por Prudencio para su uso en días de lluvia. Comprendió su
error y, sintiéndose a un tiempo ridículo y aliviado, se puso
en pie y abrazó con emoción a Prudencio y Elías, que apa-
recían tan empapados, agotados y chorreantes como él. Lue-
go, mirándolos extrañado, preguntó:
—¿Paraguas? ¿Qué paraguas?

TENSA ESPERA

Silvia, el abuelo Esteban y la máquina Número Seis reco-


rrieron los últimos kilómetros bajo una fuerte lluvia.
Aparcaron el ómnibus frente al porche de la fonda y co-
rrieron a guarecerse en el interior. Allí encontraron a Clara y

A
51
Eloísa paseando nerviosamente de un lado a otro, con un
terrible gesto de preocupación en el semblante.
—i¡Gracias a Dios que, al menos vosotros, habéis llegado
con bien!
—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Esteban— ¿Y los
demás?
—Florencio salió hacia peña Filomena justo antes de que
estallase la tormenta —explicó Eloísa—. Y de Prudencio y
Elías no sabemos nada desde esta mañana, cuando subieron
a reparar la central eléctrica.
Salieron los cuatro al porche y clavaron la mirada en di-
rección norte, aunque la cortina de agua les impedía ver nada
más allá de unos pocos metros.
Los truenos parecían querer reventar el valle entero.
—¿No podríamos ir en su busca con el ómnibus? —pre-
guntó Clara.
Esteban negó con la cabeza.
—Hace ya rato que ha oscurecido, la lluvia arrecia y el
camino será un barrizal. Correríamos peligro de despeñarnos. :
Permanecieron, pues, en angustiosa espera durante casi
una hora. Remitió en buena parte la furia de la tormenta,
pero los tres hombres siguieron sin aparecer.
De pronto, la abuela Eloísa señaló un punto en la oscu-
ridad.
—iSanto cielo! ¿Qué diantres es aquello?
Todos miraron. Y todos sintieron un hormigueo en el es-
tómago al divisar, bajo la confusa silueta de un enorme pa-
raguas, tres lucecitas mortecinas que se acercaban muy des-
pacio, flotando en el aire a la altura del corazón de una per-
sona.
¡CALZONCILLOS!

Cubiertos con grandes toallas y con los pies introducidos


en sendas palanganas llenas de agua caliente, Florencio, Pru-
dencio y Elías estornudaban alternativamente. Tanto ellos tres
como Clara y Eloísa miraban con ojos llenos de asombro y
sorpresa la máquina Davidson £ Prokofiev N.* 6 que Esteban
acababa de arrastrar hasta el centro del comedor.
—¿Cualquier cosa, dices? —preguntó Elías.
—Cualquier cosa, sí —confirmó Esteban orgullosamente,
pasando el brazo por los hombros de la máquina, como si de
un viejo amigo se tratase.
—Pero... ¿lo que sea? —insistió Florencio.
—Que sí, hombre, lo que sea —confirmó Esteban incons-
cientemente—. Por ejemplo: ¿qué habías encargado tú este
viaje?
—¿Yo? Pues... media docena de calzoncillos.
—iAjá! Atiende, incrédulo.
A la luz de las velas que iluminaban la estancia, Esteban
se acercó resueltamente a la máquina y le ordenó con voz
potente y clara, vocalizando cuidadosamente:
—¡Media docena de calzoncillos!
Antes de su presentación, se había cuidado de llenar de
queroseno el depósito de la máquina, por lo que aguardó el
resultado con total confianza.
La máquina tembló ligeramente, movió alguna de sus pie-
zas mientras resoplaba, sin duda a causa del esfuerzo, y acto
seguido vomitó un hermoso calzoncillo.
—iAhí lo tienes! —exclamó Esteban, triunfal.
—iAh, no! —replicó Elías entre dos estornudos—. Eso son
unos marianos, y yo siempre uso calzoncillos cortos.
—Pues haberlo dicho. No querrás que la máquina lo adi-
vine.
El segundo calzoncillo salía ya por la boca de la Número
Seis.
—¡Deténte! —le gritó entonces Esteban—. Los calzoncillos
tienen que ser cortos.
—Y con listas —exigió Elías.
— ¡Cortos y con listas! ¿Me has oído?
La máquina pareció responder afirmativamente. El tercer
calzoncillo, en efecto, era corto y con listas. Pero tampoco
satisfizo a Elías.
—Las listas tenían que ser verticales. ¿Dónde has visto un
calzoncillo con listas horizontales? Y de un color discreto: azul
o gris. No pienso ponerme un calzoncillo con listas anaran-
jadas.
—¡Calzoncillo con listas verticales! —ordenó Esteban a la
máquina—. ¡Y de color gris!
Salió el cuarto calzoncillo. Grande como un saco.
—Pero ésta no es mi talla. Yo gasto una cinco.
— ¡Talla cinco! ¡Cinco! —gritó Esteban sin desanimarse.
Cinco calzoncillos con cinco perneras y cinco rayas verti-
cales cada uno fueron escupidos por la máquina a velocidad
de vértigo, dejando atónita a la concurrencia.
El abuelo Esteban rompió a sudar.
—Creo que será mejor que dejemos esto para mañana.
El tono de Elías se hizo despectivo.
—¿De modo que ésa es la maravillosa máquina que iba a
solucionar todos nuestros problemas? Y ni siquiera puede pro-
porcionarme unos simples calzoncillos.
Un instante después, entre temblores y convulsiones, la
máquina arrojó varios nuevos calzoncillos. Los había de lu-
nares, de listas oblicuas, de colores, lisos, estampados...
EEES

ÉS
— ¡Basta! —gritaba Esteban—. ¡Basta yaaa! La culpa es
tuya, Elías. La estás atosigando.
La máquina, visiblemente enojada, fabricó un último cal-
zoncillo con los colores de la bandera nacional y pasó auto-
máticamente a situación de reposo.

CON TOTAL PRECISIÓN

La irresponsable actuación de la máquina se tradujo en


una oleada de protestas dirigidas al abuelo Esteban, quien,
terriblemente avergonzado, no osaba siquiera levantar la vista
del suelo. |
Sólo Prudencio permaneció en silencio, secándose los pies
con una toalla. Una vez que se hubo calzado, carraspeó y
alzó un dedo pidiendo el uso de la palabra, que le fue con-
cedido al instante.
—Está claro —empezó diciendo con su habitual aire docto
y científico— que existe una disfunción en la máquina, bien
porque, en efecto, se trata de una unidad defectuosa, bien
porque no acertamos a manejarla correctamente. Pero tam-
poco hay duda de que nos hallamos frente a un aparato real-
mente asombroso. Ante nuestros propios ojos ha fabricado de
modo casi instantáneo varias prendas de vestir...
—Lo único que ha fabricado hasta ahora ha sido un mon-
tón de ridículos calzoncillos —replicó Elías, sarcástico—. ¿Para
qué queremos una máquina de fabricar calzoncillos ridículos?
—Eso, eso, ¿para qué? —preguntaron Clara y Eloísa, que,
naturalmente, no usaban calzoncillos.
—Si puede fabricar calzoncillos, es muy posible que tam-
bién pueda fabricar otros objetos —dijo Prudencio.
—i¡Claro que síl —corroboró Esteban, recobrando el áni-
mo—. Seguro que Prudencio sabe cómo hacerlo.
El abuelo Prudencio tomó una vela, se acercó a la Número
Seis y la observó con atención por sus cuatro costados. La
máquina temblaba levemente, sabiéndose observada. Todos
los presentes contenían la respiración.
Tras su minucioso examen, Prudencio se atusó el bigote.
Luego, con científico comedimiento, se aclaró la voz y decla-
mó con claridad meridiana:
—i¡Una cuchara!
La Davidson é Prokofiev tuvo un pequeño acceso de tos
y acto seguido lanzó por la boca de entregas una cuchara de
piedra de más de un metro de largo, ante el choteo de Elías,
Florencio y las dos abuelas. Silvia y el abuelo Esteban per-
manecieron serios como dos ajos. Prudencio se rascó la bar-
billa, pensativo.
—Está claro —dedujo el científico— que es preciso darle
las órdenes con mayor precisión. Con total precisión, diría yo.
—¿Vas a realizar otra prueba? —preguntó Elías.
—La experimentación ha sido siempre la más valiosa arma
de la ciencia —declaró Prudencio solemnemente.
—Entonces te sugiero que le pidas algo realmente útil y
necesario. ¿No recuerdas que durante la tormenta hemos per-
dido la pieza de repuesto que habíamos ido a buscar a la
central de arriba?
— ¡Claro! Una gran idea, Elías. Veamos... ¡Atiende, máqui-
na! Necesito un piñón de ataque troncocónico en acero y
vanadio, con treinta y seis dientes rectos y provisto de bulón
de media pulgada de diámetro.
La máquina guardó total silencio y reposo absoluto duran-
te unos instantes, hasta el punto de que Prudencio llegó a
pensar que no le había oído. Ya se aprestaba a repetir la
orden de modo más claro cuando, de improviso, la Número
Seis emitió un gemido, dio tres grandes saltos y cayó al suelo
desplomada.
—iAhí va! Se ha desmayado... —dijo Silvia, corriendo a su
lado.
Pero no. Unos segundos más tarde, entre terribles con-
vulsiones y sonidos apocalípticos, la máquina comenzó a arro-
jar los más insospechados objetos.
Sembrando el pánico entre los presentes, empezaron a vo-
lar por la sala calzoncillos de acero y vanadio, cucharas tron-
cocónicas con listas grises, piñones de ataque en tela de al-
godón de lunares y bulones de piedra de la talla cinco reple-
tos de dientes rectos. Y clavos. Muchos clavos.
—¡Ha enloquecido! —gritó la abuela Eloísa.
Silvia y sus seis abuelos huyeron despavoridos, dando gri-
tos. Salieron en tropel a la calle y se parapetaron tras el anti-
guo quiosco de revistas, al otro lado de la plaza.
Un enorme piñón de piedra salió disparado por la ventana
de la fonda, estrellándose en mitad de la calzada.
Aún jadeante, la abuela Clara agarró por las solapas al
abuelo Esteban.
—¿Cómo has podido cambiar mi Kruger por ese artefacto
diabólico? —gritó, echando chispas—. ¡Inútil!
Ahora fueron media docena de diminutos calzoncillos ma-
rianos de madera los que volaron sobre sus cabezas.
—La culpa es de Prudencio, que la ha sacado de sus ca-
sillas —se defendió Esteban.
—i¡De eso, nada! —protestó Pruden, esquivando una rá-
faga de cucharas de tela almidonada—. Todos sabéis que soy
un experto en máquinas y mecanismos. Si tu chisme ha en-
loquecido, será debido a una avería o defecto de sus com-
ponentes motrices.
Una verdadera lluvia de clavos de acero al vanadio los
obligó a refugiarse en un portal cercano.
—¡Me importa un rábano cuál sea la causa! —gritó Clara,
encarándose de nuevo con Esteban—. Mañana mismo vas a
devolver ese cacharro espantoso a quien te lo vendió. ¿Lo
oyes? Y no se te ocurra regresar de Santa Tecla sin los en-
cargos de la lista. ¿Está claro?
Esteban, cabizbajo, asintió en silencio.

LAMENTOS EN ARÁS

Algo más de dos horas tardó la Davidson € Prokofiev en


agotar el queroseno y detenerse definitivamente. Para enton-
ces, los alrededores de la fonda de Arás parecían haber sido
objeto de un inusitado bombardeo.
Durante toda la noche se escucharon lamentos en Arás.
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(DEL DIARIO PERSONAL DEL INGENIERO
ANDREAS GROPIUS)

RÁS, 20 de enero de 1912

Espesa niebla hasta mediodía. Luego, sol velado. Temperatura


media: —3* Celsius. 40 cm de nieve en polvo. Tendencia a em-
peorar.
Tras casi dieciocho meses de trabajo, estamos a punto de concluir
las obras de la nueva factoría de Industrias Fagus.
Sin despreciar un ápice el tremendo esfuerzo desarrollado por
nuestros hombres, es preciso reconocer que hubiera sido imposible
llevar a cabo este tremendo empeño en tan corto espacio de tiempo
sin la ayuda de las portentosas máquinas de Davidson y Prokofiev.
Estos dos fabulosos ingenieros, amigos personales del señor Fa-
gus, nos prestaron varios de los increíbles ingenios mecánicos que
llevan sus nombres y que les han proporcionado fama universal.
Su aportación a la tarea ha sido definitiva. Sin ir más lejos, sólo
limpiar de árboles las ciento cincuenta hectáreas necesarias para ubi-
car las instalaciones hubiera sido una tarea ingente de no contar
con la máquina Número Tres. Cuando, a partir de ahora, nuestros
hombres tengan que talar media hectárea diaria de árboles para ali-
mentar las grandes calderas de la Factoría, no cabe duda de que la
echaremos de menos.
Si algo lamento de ver ya cercana la conclusión de las obras es,
precisamente, perder de vista estos maravillosos aparatos por los que
he llegado a sentir un extraño e inexplicable... afecto. Sí, afecto. Ésa
es la palabra. Vigilar durante este año y medio su buen funciona-
miento y tener la ocasión de conocer personalmente a sus inventores
ha supuesto para mí, como ingeniero, una experiencia inolvidable.

En otro orden de cosas: mis reservas de las sales del Dr. Schóll
están tocando a su fin, lo que me angustia enormemente. Sólo pensar
en prescindir de mi relajante baño de pies diario, me llena de de-
sasosiego.

Arás, 24 de febrero de 1912

Un día inclemente en grado sumo. Temperatura media aproxi-


mada: —7* Celsius. Ventisca constante. 60 cm de nieve en polvo.
Ha llegado el gran día.
Hoy se pone en funcionamiento la nueva factoría de Industrias
Fagus en el valle de Arás, España.
El propio Herr Wolfgang Fagus llegó ayer, procedente de nuestra
añorada Suiza, para presidir los actos de inauguración.
Se ha tomado la decisión de denominar a la factoría «Central
Sopera de Arás», sin hacer referencia alguna a las empresas Fagus
ni a nuestro origen suizo. Creo que es una gran idea. Se evitarán
de este modo suspicacias entre los lugareños, que así puede que vean
la Factoría como algo propio. Al fin y al cabo, necesitaremos toda
su colaboración a la hora de obtener materias primas, si queremos
cumplir nuestro objetivo de inundar la Europa meridional con nues-
tros famosos concentrados de sopa. Como ha dicho el señor Fagus
en su discurso: «Nuestra tarea ha de ser convertir en sopa estos
valles y todo cuanto ellos contienen». Admirable.

La presencia de los ingenieros Davidson y Prokofiev ha desper-


tado en mí sentimientos contradictorios.
Por un lado, sabía que se debía, entre otros motivos, al deseo de
vigilar personalmente el embalaje de sus preciadas máquinas para
su trasporte lejos de aquí, una vez concluida su tarea. Saber que
voy a perder de vista, quizá para siempre, esos ingenios insuperables
ha supuesto un enorme quebranto en mi ánimo.
Por otro lado, ese quebranto se ha visto paliado en parte por el
placer de volver a conversar con esos dos monstruos de la ingeniería
mundial, con quienes he mantenido una deliciosa discusión científica
de altísimo nivel.
Y ha sido indagando en el lado más prosaico de su actividad
cuando he recibido la gran alegría de la jornada y una de las ma-
yores de mi vida. Al preguntarle al ingeniero Davidson cuál había
sido el precio pagado por Fagus por el alquiler de las máquinas, él
me ha informado de algo sorprendente: el precio no es otro que el
poder experimentar en la Factoría el funcionamiento de su último
invento: la máquina Davidson €: Prokofiev N.* 10,
Cuando he pretendido averiguar qué funciones podía desarrollar
este nuevo aparato, sólo he obtenido una amplia y misteriosa sonrisa
por parte de los ingenieros.
«Todo a su tiempo, amigo Andreas —ha sido la respuesta—.
Cuando la máquina esté terminada, vendremos a instalarla, le ins-
truiremos a usted sobre su funcionamiento y manejo y luego quedará
bajo su cuidado. Creemos que es usted el hombre idóneo para hacerse
cargo, durante su período de pruebas, de nuestra más brillante in-
vención.»
Ésas han sido las palabras del señor Prokofiev: «El hombre idó-
neo». Me he sentido enormemente halagado.
Al preguntarles cuándo esperaban tener lista la nueva máquina,
me han informado de que el prototipo se está terminando de ensam-
blar en un pequeño taller de New Jersey, en los Estados Unidos de
América. Dentro de siete semanas saldrán hacia Nueva York para
recogerlo personalmente. Según parece, han conseguido pasajes en
primera clase para el viaje inaugural de ese nuevo transatlántico del
que todo el mundo habla: el Titanic. Cómo los envidio.

En otro orden de cosas: el estado de mis pies empeora a ojos


vista desde que agoté las existencias de productos del Dr. Schóll.
Siguiendo los consejos de algunos lugareños, estoy probando posibles
sustitutivos caseros. De momento, con poco éxito. En los últimos
días he sumergido mis pies en agua con sal de cocina, agua con
bicarbonato sódico, agua con vinagre y agua de cocer borrajas. No
sólo no he obtenido el alivio deseado, sino que ahora luzco las uñas
de color amarillo parduzco. Seguiré intentándolo.

Arás, 15 de mayo de 1912

Un magnífico día. Temp. máx.: 19? Celsius. Ligera brisa.


Ha llegado confirmación de la desaparición de James Prokofiev y
Konstantin Davidson en la tragedia del paquebote Titanic. Estamos
consternados. El señor Konrad, el director, ha ordenado a instancias
mías guardar un minuto de silencio e inactividad en recuerdo a su
memoria.
Hemos sabido, además, que el patrimonio de los dos inventores
está ahora en manos de albaceas que niegan tener constancia alguna
de la promesa hecha al señor Fagus respecto a la máquina Número
Diez y su venida a Arás. Creo que me puedo despedir de ella. Estoy
desolado.

En otro orden de cosas: uno de nuestros intérpretes, don Evaristo


Solanas, me ha conseguido en una botica de Huesca un paquete de
Polvos Pédicos del Dr. Gon. Me asegura que sus beneficiosos efectos
sobre las dolencias de los pies no tienen nada que envidiar a los de
las sales del Dr. Schóll. Ya veremos.
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SEGUNDA JORNADA

EN LA QUE REGRESAREMOS CON SILVIA Y ESTEBAN A SANTA


TECLA DE ARÁS. NOS ENCONTRAREMOS CON EGUÍLUZ
—EL INIMITABLE EGUÍLUZ—, CON URDAX Y CON ANDREAS
GROPIUS Y SU INSEPARABLE MONÓCULO. TAMBIÉN
CONOCEREMOS LA CURIOSA HISTORIA DE LA FACTORÍA Y
ALGUNAS OTRAS COSAS IGUALMENTE INTERESANTES
REGRESO A SANTA TECLA

STA vez sí estaban todos.


Las abuelas Clara y Eloísa y los abuelos Florencio, Prudencio
y Elías acudieron a despedir a Silvia y al abuelo Esteban. Quizá
querían estar seguros de que aquella máquina diabólica, que
ambos habían traído la noche anterior, abandonaba Arás defi-
nitivamente.
—Listo —anunció Esteban tras sujetar convenientemente la
Davidson € Prokofiev a la tercera fila de asientos.
—No se te ocurra traerla de vuelta, ipor ningún motivo!
—le advirtió la abuela Clara—. Antes, la tiras a un barranco.
—Pero, mujer...
—¡Ya me has oído!
—Bueeeno...
—Y no olvides mis calzoncillos —le recordó Elías.
Arrancó el Daimler. Los cinco ancianos permanecieron in-
móviles hasta que el vehículo se perdió de vista. Sólo entonces
se escuchó al abuelo Prudencio:
—Es curioso. Tengo la sensación de que estamos cometiendo
un error.

EGUÍLUZ

Aproximadamente dos kilómetros antes de llegar a la Mar-


ca de Judas, algo llamó la atención de abuelo y nieta.
En un primer vistazo se podría pensar que se trataba de
una vetusta DKW ascendiendo con lentitud por el camino...
isin conductor alguno!
Pero Silvia y el abuelo Esteban habían contemplado aque-
lla sorprendente imagen demasiadas veces para dejarse en-
gañar por las apariencias.
—iMira, abuelo! ¡Es Eguíluz!
Don Esteban sonrió y pisó el freno hasta detener el óm-
nibus junto a la furgoneta. Tras ella, empujándola cuesta arri-
ba con gran esfuerzo, resoplaba un tipo tremendo y colorado.
—i¡Eguíluz, muchacho! —exclamó el abuelo, alborozado,
echando pie a tierra.
—¡Esteban, chaval! ¡Qué alegría veros!
Y ambos se fundieron en un fuerte abrazo. Acto seguido,
Eguíluz se volvió hacia la chica.
—isilvia, chiquilla! —exclamó, tomándola por la cintura
con sus manazas y levantándola por encima de su cabeza,
como a una bailarina de ballet.
—iHola, Eguíluz! —dijo Silvia con la mejor de sus sonrisas.
Le caía bien Eguíluz.
Sinceramente, Eguíluz merece un largo párrafo aparte.

LARGO PÁRRAFO APARTE: EGUÍLUZ

Eguíluz, el incomparable Eguíluz, era el paradig-


ma del vendedor ambulante. Desde hacía la tira de
años venía recorriendo la comarca al volante de su
vetusta furgoneta DKW, como ya antes lo hiciera en
carro tirado por mulas. Tremendamente alto, con la
facilidad de palabra de un sacamuelas y un carácter
afabilísimo, a prueba de catástrofes, Eguíluz, el in-
cuestionable Eguíluz, presumía de llevar consigo
todo cuanto un hombre de bien pudiera necesitar.
Había hecho sus primeros buenos negocios en
Arás durante los años de la prosperidad, como tantos
otros. Como tantos otros, vendió a los acaudalados
arasenses los objetos más cotidianos a precio de au-
téntico escándalo. La diferencia estribó en que des-
pués, cuando llegó la mala racha, cuando ya nadie
quería ni acercarse por Arás, él fue el único que si-
guió al pie del cañón. Así, cada cuatro semanas, pun-
tual como la luna llena, podía verse a Eguíluz, el
imperturbable Eguíluz, empujando carretera arriba su
DKW, invariablemente averiada a poco de atravesar
la entrada al valle. Remolcado en ocasiones por el
Daimler del abuelo Esteban, por sus propios medios
otras veces, Eguíluz jamás faltaba a su cita. Su he-
roica lucha mensual contra la adversidad confirmaba
la frase tantas veces repetida por el abuelo Pruden-
cio: «En Arás, la técnica no funciona»; pero, sobre
todo, hacía bueno su propio slogan: «Eguíluz jamás
abandona a sus amigos».
Eguíluz, el insoslayable Eguíluz, lo traía todo: de-
lantales de cocina y medias de seda; boinas y botas
de agua; brillantina; latas de carne en conserva y
redecillas para el pelo; linimento Sloan y pelapatatas
americanos; Flit, Zotal y Fósforo Ferrero; abrelatas
del explorador; juegos de cama y mantas del ejército;
gaseosas de pito; ratoneras y pulverizadores de pis-
tón; ristras de ajos, longaniza de Teruel —cruda y
para freír— y cebollas de Fuentes y de Gurrea; dul-
ces como el pan de cinta; lapiceros Fáber del número
dos y resmas de papel de barba; mojama y cuchillas
de afeitar; aceite de hígado de bacalao; destornilla-
dores; café y judiones de La Granja para hacer fa-
bada; bicarbonato y aceite para máquinas de coser;
papel higiénico del Elefante; alicates de puntas, chis-
queros y picadura de tabaco seleccionada; patatas
para siembra; agujas laneras y bobinas de hilo Gú-
termann; escobas; rollos fotográficos «de madera»;
garbanzos, lentejas y verduras deshidratadas para ha-
cer juliana, y mil cosas más.
Mil cosas más que Eguíluz, cada veintiocho días,
peleando contra temperaturas saharianas, tormentas
tropicales o nevadas antárticas, se encargaba de hacer
llegar hasta la plaza Mayor de Arás para, una vez
allí, encaramado al techo de su furgoneta, vocearlas
a pleno pulmón. Y es que, inexplicablemente, su es-
tupendo megáfono eléctrico también solía estropear-
se por el camino.

JUBILACIÓN

—¿Pero qué haces por aquí? —preguntó Esteban—. No te


corresponde subir a Arás hasta dentro de dos semanas.
Eguíluz sonrió ampliamente. Parecía encantado de la vida.
—Esta vez no voy en viaje de negocios, amigo mío. Esta
vez, subo para quedarme.
—¿Cómo?
—Lo que oís. Me jubilé la semana pasada y, tras no mucho
pensar, me dije: «Eguíluz, ¿qué mejor lugar para pasar el resto
de tu vida que Arás, junto a tus mejores amigos? Ellos dieron
el primer gran impulso a tu negocio en aquellos siete mag-
níficos años y por ellos las has pasado canutas los últimos
treinta y tres». La cosa estaba clara. Así que ayer Eguíluz cogió
sus ahorros y la DKW y se puso en camino.
Aclarada la presencia de Eguíluz, Silvia y el abuelo Esteban
le pusieron al corriente de sus propias desventuras en un
santiamén. El gesto del vendedor tras escuchar la historia de
la máquina Número Seis resultó muy poco tranquilizador.
—¿Timow? —preguntó el vendedor, frunciendo el ceño.
—Eso es. Profesor Timow —confirmó el abuelo Esteban.
—No le conozco. Debe de ser nuevo por aquí. ¿Qué as-
pecto tiene?
Silvia le describió en cuatro frases su extremada fealdad y
su aire siniestro. Eguíluz se limitó a levantar las cejas y gruñir
como un oso pardo.
—¿Y la máquina? —preguntó a continuación.
—Ahí, en el ómnibus. Puedes echarle un vistazo, si quieres.
Se acercaron los tres hacia ella. Eguíluz tuvo una extraña
reacción al verla. Primero, lanzó un breve, levísimo «oh» ad-
mirativo. Luego, se acercó más y la acarició con suavidad.
—Desde luego, es muy bonita —comentó quedamente.
Silvia y el abuelo Esteban dejaron a Eguíluz intentando
reparar su furgoneta y reanudaron la marcha.
Los siguientes minutos hablaron de lo mucho que les ape-
tecía contar con un nuevo convecino en Arás, especialmente
alguien con tanta presencia de ánimo como Eguíluz. De pron-
to, la conversación entró en un silencio, que rompió Silvia
poco después:
—¿Sabes, abuelo? Te vas a reír, pero... he tenido la extraña
sensación de que Eguíluz y la máquina... ya se conocían.
El abuelo Esteban no se rió, pero alzó las cejas con enorme
sorpresa.
—¿Cómo? ¿Que se conocían?
—Es más: yo diría que ella, la máquina, digo... se ha ale-
grado al verle. Como si se tratase de un viejo amigo al que
uno vuelve a encontrar al cabo de mucho tiempo.
El abuelo Esteban lanzó sobre Silvia una mirada escéptica.
La chica bajó la vista, avergonzada.
—Ya sé que no es posible. Ha sido sólo un... una... un
presentimiento.
—Ya. Un «husmo», como los de tu abuelo Prudencio.
—Sí. Algo así.
Don Esteban gruñó con disgusto mientras volvía a centrar
su atención en la carretera.
—Lo que nos faltaba —masculló—. Dos maniáticos en el
valle, en lugar de uno.

W. FAGUS

Justo en ese mismo instante, el abuelo Prudencio sentía no


un «husmo», sino una sensación muchísimo más intensa.
Junto a Clara, Florencio y Elías, llevaba ya un buen rato
limpiando las calles de Arás de los innumerables objetos fa-
bricados por la máquina Número Seis durante su extraño ata-
que de la víspera. De cuando en cuando, encontraba algunos
tan primorosamente absurdos que no podía evitar que se le
escapase la risa. Sin embargo, al echar un vistazo descuidado
justo detrás del buzón de correos, descubrió algo que, pri-
mero, le dejó serio como un nueve y, luego, le lanzó el co-
razón al galope.
Se trataba de un piñón de ataque troncocónico de treinta
y seis dientes rectos. Lo miró, receloso. Luego, lo tomó en la
mano. Era pesado. De acero al vanadio, sin duda. Justo lo
que él había pedido. La pieza que tanto necesitaba. Pruden-
cio sonrió levemente. Cuestión de suerte, sin duda. La David-
son £ Prokofiev había fabricado docenas, quizá cientos de

A
75
objetos, mezclando de modo estúpido las órdenes recibidas.
No resultaba, pues, demasiado extraño que entre tanto chisme
inservible hubiera también generado aquella pieza. Por pura
casualidad, claro. Pero entonces, ¿por qué sentía él aquella
desazón?
El eje de la pieza estaba grasiento y recubierto de polvo.
Prudencio lo fue limpiando cuidadosamente con el dedo. De
pronto, sintió un escalofrío. Acababa de notar el relieve de
una inscripción estampada en el acero. Cuando la leyó, ya
sabía lo que iba a encontrar. Primero, un emblema consistente
en una rueda dentada atravesada por un rayo, y a continua-
ción, la leyenda: D € P for W. FAGUS Berlin-Germany.
—Por todos los santos... —murmuró Prudencio.
Buscó a Elías con la mirada y corrió hacia él.
— ¡Elías! ¡Elías, mira esto!
Y antes de que Elías pudiera reaccionar, Prudencio conti-
nuó, imparable.
—¡Es la pieza que necesitábamos para la central! Pero eso
no es lo mejor. ¡Se trata de una Fagus! ¡Un repuesto original
Fagus!
Elías miró a su compañero de hito en hito.
—No es posible...
— ¡Sí lo es! Compruébalo tú mismo.
Elías lo hizo y la certeza le dejó anonadado. Porque aque-
lla inscripción llevó a su mente recuerdos de una época le-
jana.
VISTAZO AL PASADO: LOS SUIZOS

Cuando, empujados por la insistencia de Esteban, los jó-


venes de Arás contestaron a aquel insólito anuncio aparecido
en La Gaceta de Santa Tecla que decía:

HÁGASE MILLONARIO
¡INMEDIATAMENTE!!
GARANTÍA ABSOLUTA SERIEDAD
Escriba sin compromiso al Apartado 713

se puso en marcha una verdadera catarata de acontecimien-


tos. Y lo más llamativo fue la llegada, poco tiempo después,
de un ejército de operarios de nacionalidad suiza que levan-
taron en la cabecera del valle, en un tiempo récord, la Factoría
de la Central Sopera de Arás, una fábrica de cubitos para
hacer sopa que llevó al lugar una riqueza impensable.
Algo que pronto llamó la atención de los arasenses fue
que todo cuanto trajeron los suizos llevaba la marca Fagus:
W. Fagus. No sólo las enormes máquinas concentradoras. Tam-
bién los materiales de construcción y las herramientas que
utilizaron eran Fagus. Y la ropa de los obreros. Y los camiones
en los que vinieron. Y, naturalmente, el equipo accesorio,
como el utilizado para montar las centrales eléctricas.

BOTJOS DE MUEL

—Todo era de la marca Fagus y llevaba esta misma ins-


cripción —recordó Prudencio.
—Cierto —confirmó Elías.
YY Y

—¿Y el detalle de los botijos? ¿Recuerdas lo de los botijos,


Elías?
—Vagamente...
—Teníamos por aquel entonces un botijo de Muel que
daba un agua fresquísima y los suizos se quedaban maravi-
llados con él. Naturalmente, no habían visto un botijo en toda
su vida. Una tarde nos lo pidieron prestado y, al día siguiente,
cada cuadrilla de trabajadores tenía su botijo, exactamente
igual al nuestro... pero de la marca Fagus. Dijeron que habían
encontrado en el almacén una caja llena de ellos. Pero eso,
claro, no hay quien se lo crea. ¡La de vueltas que le habré
dado a aquello de los botijos! Y ahora, por fin, lo veo claro.
—¿Ah, sí?
— ¡Naturalmente! ¡Tenían una de esas máquinas! Tal vez
la misma que trajo ayer Esteban. Con ella fabricaban todo lo
que les era necesario en cada momento. ¿Cómo pude no dar-
me cuenta ayer? ¡Si estaba clarísimo! D € P for W. FAGUS.
¡D € P! ¡Davidson é Prokofiev!
—O0Kt, cielos...
—Maldita sea... Hay que recuperarla. Hay que bajar a San-
ta Tecla y evitar que Esteban y Silvia la devuelvan. ¡Préstame
tu motocicleta, Elías!
—Pero si la llevamos a empeñar hace nueve años...
—¡Oh, no...! ¿Y la de Esteban, esa con sidecar?
—Ah, mira, ésa la empeñamos hace sólo seis meses.
—iMaldición!
—La verdad, no acabo de comprender tu interés por esa
máquina.
—¿Cómo que no lo comprendes? ¿Es que no te das cuen-
ta? Quizá ella sepa... quiero decir que... que tal vez a través
de ella podamos averiguar por qué todo se vino abajo. Por
qué después de siete años magníficos la mala fortuna se adue-
ñÓ del valle, la Central Sopera de Arás fue a la bancarrota...
y nosotros con ella. No había ninguna razón para aquel fra-
caso. Éramos los primeros fabricantes del mundo de sopas
concentradas. Esa otra familia de suizos... ¿cómo demonios se
llaman?
—Los Maggi.
—iEso, los Maggi! No nos llegaban ni a la altura del to-
billo. Y míralos ahora. ¡Parece que hayan inventado ellos la
sopa en cubitos!
Prudencio parecía a punto de sufrir un síncope. Resoplaba,
apretaba los dientes y alzaba al cielo los puños de cuando en
cuando.
—Por lo que más quieras, Elías, consígueme un vehículo.
El que sea. Tengo que recuperar esa máquina.

URDAX Y NADA MÁS

—Mucho me temo que hemos llegado tarde —se lamentó


Silvia—. El profesor Timow ha tomado las de Villadiego con
nuestro dinero.
En efecto, todo parecía indicar que así era. El piso de la
calle de la Ganzúa estaba abierto y vacío, había desaparecido
la placa de la puerta y ningún vecino fue capaz de darles
razón del paradero del siniestro inquilino.
—¡Ay, madre...! —se lamentó don Esteban—. Clara me
mata. ¡Me mata! Y lo tendré bien merecido, por mentecato.
¿Cómo pude estar tan ciego? No había más que verle la cara
al tipo aquel para darse cuenta de que no era sino un esta-
fador.
—¿El profesor Timow?
Silvia y el abuelo Esteban dieron un respingo.
La pregunta, emitida con voz grave y potente, había lle-
gado desde la puerta de entrada, formulada por un tipo gor-
do, muy gordo, casi esférico, que vestía traje y chaleco Prín-
cipe de Gales y calzaba unos ridículos botines.
—Pregunto si es usted el profesor Timow —repitió, acer-
cándose con aire resuelto, mientras encendía un descomunal
puro habano.
—No0, no lo soy. Y creo que el profesor Timow ha salido
por piernas.
El recién llegado no ocultó su contrariedad.
—¿Que se ha ido? Eso es verdaderamente lamentable.
—¿También a usted le ha estafado? —preguntó Silvia.
—¿Cómo? ¡Oh, qué ricura de niña...! No, no, yo ni siquiera
le conocía. Ocurre que deseaba comprarle cierta máquina que,
al parecer, poseía.
Silvia y el abuelo Esteban cruzaron una de sus habituales
miradas de entendimiento.
—Esa máquina... ¿no sería, por casualidad, una David-
son $ Prokofiev Número Seis?
—Exactamente, caballero —reconoció el hombre del puro,
tras una pausa y sin disimular su interés. |
—En ese caso —prosiguió, sonriente, el abuelo Esteban—,
tal vez podamos llegar a un acuerdo, señor. Porque la má-
quina que usted busca... está en mi poder.
El hombre abrió la boca hasta dejar caer el habano.
—Pero... ¡Eso es magnífico! ¡Una verdadera suerte para
ambos! Permítanme que me presente: me llamo Urdax. In-
vestigador doctor Maximiliano Urdax; aunque ustedes pueden
llamarme simplemente Max. Max Urdax. Ah, mi tarjeta...
Y sacó del bolsillo interior de la chaqueta una mugrienta
tarjeta de visita en la que podía leerse claramente:

URDAX

Y nada más. El abuelo Esteban se la guardó mientras Ur-


dax continuaba:
—Y éste es mi... eh... mi colaborador, don Andreas Gro-
pius.
—¿Cómo están ustedes?
Silvia y su abuelo se sobresaltaron de nuevo. La voz pa-
recía haber surgido de la nada. Sin embargo, pronto se dieron
cuenta de que había alguien más en la habitación. Un sujeto
extremadamente delgado, de mediana edad, peinado hacia
atrás con brillantina, que lucía un monóculo en su ojo dere-
cho y que hasta entonces les había pasado inadvertido debido
al hecho de que las rayas de su traje coincidían de modo
asombroso con las del papel pintado de la pared.
—Digo que qué tal están —repitió Gropius.
—Bien, bien, gracias —respondió el abuelo Esteban—. Dis-
culpe, es que no le habíamos visto.
—Sí. Me ocurre a menudo —dijo Andreas con aire resig-
nado.
PERPETUUM MOBILE

Silvia estaba atónita. Los acontecimientos se sucedían ante


sus ojos a velocidad de vértigo. Estrafalarios personajes apa-
recían y desaparecían de su vida en cuestión de horas. Una
suerte de febril actividad parecía atacar a cuantos la rodeaban.
Y no le gustaba ni un pelo.
Ella, por su parte, se había propuesto callar y observar
cuanto pudiera.
—Verá, señor Urdax. Hay algo que no creo que deba ocul-
tarle.
—Diga, diga, don Esteban.
—La máquina... no funciona bien, ¿sabe? Ayer intentamos
ponerla en marcha y fue un desastre. No obedece las órdenes,
hace lo que le da la real gana, lloriquea, gime... A veces me
da la sensación de que chochea, no sé si usted me entiende...
En fin, mal, muy mal.
Urdax sonrió beatíficamente.
—Oh, no se preocupe. No tengo especial interés en ha-
cerla funcionar. Simplemente, soy un coleccionista. Me gustan
las máquinas antiguas. Tengo relojes de todas las épocas, au-
tómatas, algunas de las primeras máquinas de vapor..., hasta
poseo un perpetuum mobile.
—¿Un qué?
—Una máquina de movimiento continuo. Una chifladura
de los antiguos. Un ingenio imposible, claro. Pero ¿sabe una
cosa? El que yo tengo, funciona. ¡Je! ¿Qué le parece?
—Pues...
—Pero vayamos al grano: ¿cuánto pide por ella?
—¿Por la máquina Número Seis?
—Claro, hombre. No va a ser por la niña. ¡Ja, ja! Vamos,
dígame.
—Verá, ayer le pagué a ese estafador de Timow ocho
mil reales por ella. Comprendo que es una barbaridad de di-
nero y...
—i¡Nada, hombre, nada! Yo le doy sus ocho mil reales aho-
ra mismo...
—¿De veras? —Esteban casi no podía creer su suerte.
—Vamos a hacer una cosa —continuó Urdax, imparable—:
le daré ocho mil cien reales y le compra usted a la niña de
mi parte una tarta de chocolate.
—Gracias, pero odio el chocolate —intervino Silvia con
sequedad—. Me salen granos.
—Vaya por Dios... Nadie es perfecto, hija mía. Bien, don
Esteban, ¿cerramos el trato?
—i¡De acuerdo!
Se estrecharon las manos y, al momento, Urdax entregó al
abuelo Esteban el dinero convenido.

EL PENTACICLO

Todos fruncieron el ceño al escuchar en ese momento un


creciente cataclismo que se acercaba desde el fondo de la ca-
lle. Atraídos por la curiosidad, Urdax, Silvia, don Esteban y
Andreas Gropius se asomaron a la ventana.
—¡Pero si es el abuelo Prudencio! —exclamó Silvia.
En efecto, era Prudencio quien se acercaba pedaleando a
lomos de un estrafalario vehículo de cinco ruedas, a todas
luces nacido de la apresurada unión de tres inservibles bici-
cletas.
—iEstebaaan! —gritaba desaforadamente—. ¡Esteban!
¿Dónde estáaas?
—¡Aquí, Prudencio! ¿Qué ocurre?
Incapaz de controlar adecuadamente su estridente artilu-
gio ni, mucho menos, de detenerlo, Prudencio avanzaba a
toda mecha embistiendo alternativamente los edificios de uno
y otro lado de la calle.
—i¡No devuelvas la máquina! ¿Me oyes? ¡No la devuel-
vaaas!
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Ahora no puedo explicártelooo...
Prudencio pasó de largo, logró dar media vuelta en la
plazuela del ciprés y volvió a acercarse, cada vez más fuera
de control.
—Lo siento, Prudenciooo, pero acabo de venderlaaa.
—iOh, no! ¡Tienes que deshacer la ventaaa!
—Imposibleee. El trato está cerradooo.
El extraño pentaciclo derrotaba ahora obstinadamente ha-
cia la derecha, por lo que Prudencio avanzaba arañando fe-
rozmente la cal de las fachadas del lado de los impares.
—¡Devuelve el dinero, Estebaaan! Ofrece más si es preciso.

Prudencio acababa de precipitarse sin remedio por una


empinadísima bocacalle, surgida traicioneramente a mano de-
recha.
UNA, ENTRE UN MILLÓN

Minutos más tarde, Samuel Zinc alzó las cejas con sorpresa
al ver entrar en su establecimiento al abuelo Prudencio seria-
mente magullado, con una rueda de bicicleta a modo de collar
y bufando como un bisonte de las llanuras.
—¡Prudencio! ¡Cuánto sin verte! ¿Qué es de tu vida?
—¿Mi vida? ¿Mi vida, dices? Mi vida es una sucesión de
acontecimientos no evaluables y carentes de toda lógica. Lo
cual, dicho sea de paso, no es lo más adecuado para el equi-
librio de una mente racional como la mía.
—Vaya por Dios —dijo el usurero, educadamente.
—Pero dejémonos de filosofías. Necesito dinero, Samuel.
—0O sea, lo de siempre. ¿Qué traes para empeñar?
Prudencio se quitó por la cabeza la rueda de bicicleta, por
cierto bastante doblada, y la depositó sobre el mostrador.
—Esto es lo único que tengo.
Samuel Zinc carraspeó, desconcertado.
—Pues... espero que no quieras mucho.
—Necesito diez mil reales.
Zinc alzó las dos manos, lanzando al tiempo furtivas mi-
radas en torno suyo.
—¡Chisssst...! ¡Calla, insensato! Mi abuelo podría estar es-
cuchando.
—¿Tu abuelo?
Zinc agarró de la solapa a Prudencio y lo atrajo hacia sí
para poder hablarle en susurro, a dos dedos de la cara.
—Siempre te he tenido por una persona razonable, Pru-
dencio. Tú sabes perfectamente que esto no vale nada. Nada
de nada. Ni cinco céntimos. ¿Cómo voy a darte diez mil
reales?
—Ya lo sé. Pero necesito ese dinero. Hazme un préstamo.
—Ni hablar. Esto no es un banco, es una casa de empeños.
Si te presto dinero sin garantía y se entera mi abuelo, me
amarga la existencia por lo que me queda de vida.
—Por lo que más quieras, Samuel. Esto es muy, muy, muy
importante. Tengo fundadas sospechas de que puedo descu-
brir información fundamental sobre esta racha de mala for-
tuna que nos machaca desde hace años.
La cara de incredulidad de Zinc al oír aquello fue anto-
lógica.
—No me digas... —murmuró.
—¡Sí te digo! —bramó Prudencio, apasionadamente—. Soy
un científico, Samuel, tú lo sabes; y también sabes de sobra
lo que sucede en Arás.
—¿El qué?
—¡En Arás, la técnica no funciona, caramba! Los vehículos
se estropean, los mecanismos dejan de realizar las operaciones
que les son propias... Además de eso, suceden mil inexplica-
bles accidentes y el noventa por ciento de cuanto nos pro-
ponemos termina saliendo mal.
—¿Y qué?
Prudencio había empezado a deambular por la tienda de
Zinc, acompañando su discurso con firmes ademanes y su-
gerentes inflexiones de voz.
—La gente dice: ¡Qué mala suerte! ¡También es casualidad!
¡Hay que ver qué mala pata...! Pero yo no trago, Samuel. Yo
soy un científico. ¿Sabes qué probabilidades hay de que en
Arás suframos esta interminable racha de mala suerte por sim-
ple casualidad?
—Ni idea.
—i¡Una entre un millón! ¿Qué digo? ¡Una entre cien mi-
llones! ¡Una entre mil millones de millones, Samuel!
—¡Sopla...!
—Por eso necesito ese préstamo, amigo mío. Será la mejor
inversión de tu vida. He descubierto una línea de investiga-
ción que puede llevarme a resolver el enigma. Imagina que,
por hache o por be, las cosas vuelven a marchar en Arás como
Dios manda. Inmediatamente, serías el hombre más rico de la
comarca. ¡Del país entero, quizá!
—¿Quién, yo?
—¡Claro, hombre, claro! ¿No te das cuenta? En cuanto la
economía de Arás salga de nuevo a flote, todos vendremos a
recuperar nuestras pertenencias a cualquier precio.
—Ya me extraña —se lamentó el usurero—. La mayor par-
te de lo que me habéis traído durante estos años no sirve
absolutamente para nada.
—Quizá no sirva para nada, como tú dices. Pero esos ob-
jetos forman parte de nuestra vida. En cierto modo son nues-
tra vida, Samuel.
Llevado por un impulso irreprimible, Prudencio saltó el
mostrador y se introdujo en el almacén, seguido por el atónito
prestamista.

TODA UNA VIDA

Al traspasar el umbral, una oleada de nostalgia le golpeó


con tal contundencia que a punto estuvo de rodar por los
suelos. Se apoyó en la pared sin dejar de contemplar el enor-
me local, de altísimo techo y atestado, atiborrado, abarrotado
de los más variados cachivaches. Y, sin embargo, todos y cada
uno de ellos tenían un significado; suponían, como él acababa
de decir, un pedazo de las vidas de las mujeres y los hombres
de Arás.
—Sí... aquí está todo... —susurró Prudencio—. Los últimos
cuarenta años de nuestras vidas, encerrados entre estas cuatro
paredes. ¡Oh! Allí veo mi aeróstato. ¡Qué inolvidable expe-
riencia, por más que estuviera a punto de costarme la vida!
¡Caramba! Y el equipo de buzo con el que bajé a explorar el
pozo artesiano de Arás Alto, hace treinta y seis años. Un cha-
val era yo entonces... ¡Huy! Allí veo la colección de velocí-
pedos de Elías; magnífica, no cabe duda. Uno de ellos había
pertenecido a Lord Byron, ¿no?
—El del manillar dorado.
—El gramófono de Inocencio, que en paz descanse... Y la
fuente romana de mármol de Carrara que instaló Fulgencio
en su jardín y de la que manaba agua de San Narciso, que
él se hacía traer en camiones cisterna desde Caldas de Ma-
lavella. Ya sabes que siempre estuvo delicado del páncreas y
le tenía una fe ciega al agua de Caldas... ¡Mira! Las alfombras
de casa de Clara... ¡Qué alfombras, oye! Hasta el tobillo te
hundías al caminar sobre ellas. Y el Velázquez que compró
para el salón. Por cierto, ¿cómo es que no lo vendes? Te
darían un dineral por él.
—Es falso. Los expertos del Museo del Prado aseguran que
el auténtico retrato del conde-duque de Olivares es el suyo.
—i¡Bah! Qué sabrán ésos... ¡Hombre! La serie de mamíferos
disecados del museo de Florencio... ¿Y esas cajas? ¿Qué con-
tienen?
—Vuestros libros. Seis mil quinientos volúmenes, más o
menos. Y esas otras, la cristalería de Bohemia de Eloísa, junto
con tu material de laboratorio.
—Allá veo el equipo fotográfico de Esteban y los trenes
en miniatura de Elías y todo el mobiliario Luis XV que com-
pró Eloísa para la casa de verano, y la góndola veneciana que
mandó instalar Clara en su terraza, y mi radio Marconi au-
téntica... Lo que no veo es aquel esqueleto de diplodocus que
te trajimos hace unos años, cuando desmantelamos el Museo
de Ciencias Naturales de Florencio.
—No. Eso es lo único que he vendido.
—Has hecho bien —dijo Prudencio en tono adulador—.
No creo que sea bueno guardar esqueletos en los almacenes.
Seguro que trae mala suerte.

BRONCA ESPECIAL

Apenas Prudencio hubo salido por la puerta con sus diez


mil reales en el bolsillo, el fantasma del abuelo Isaías entró
en la sala atravesando el techo y se mantuvo flotando en el
aire, brazos en jarras, exhibiendo una mirada todo desprecio
hacia su nieto.
—¡Ejem! —carraspeó don Isaías.
—¡Ay! Ho... hola, abuelo. No te había visto. ¿Qué tal estás?
—¿Que qué tal estoy? ¡Estoy muerto! Muerto desde hace
cuarenta y ocho años. ¿Es que ya no te acuerdas?
—SÍ, abuelo, ya lo sé. Era una simple cortesía. Pensaba que
un espectro, pese a estar muerto, podría encontrarse mejor o
peor.
—Mira, en eso tienes razón —admitió el abuelo Isaías con
un deje sarcástico—. Por ejemplo, yo podría estar mucho me-
jor si no fuese el hazmerreír del Club de Fantasmas Usureros.
¿Y sabes por qué en mi propio club se me ríen hasta los
camareros? ¡Porque tengo el nieto más cerril y panoli que
abuelo alguno haya podido imaginar! ¡Por eso!
— Abuelo, no empecemos...
—¿Crees que no te he visto? Yo podré estar muerto, pero
no estoy ciego. ¡Le acabas de dar diez mil reales a ese tipo
por una simple rueda de bicicleta! ¡Y eso va contra la ética
de la profesión!
—No, no, abuelo, te equivocas. La rueda no tiene nada
que ver...
—¡Encima! ¿Me quieres decir que le has dado quinientos
duros a cambio... de nada?
—Será un dinero bien empleado, abuelo. ¿No dices que
lo has visto todo? Prudencio va a investigar la racha de
mala suerte, y cuando Arás prospere, ellos vendrán a desem-
peñar sus pertenencias pagando los correspondientes inte-
reses...
El fantasma del abuelo empezó a lanzar chispas y destellos
como una bengala.
—¡Aaaaah...! —bramó—. ¡Te lo has tragado! ¡Te has tra-
gado una historia que no se creería ni un niño de pecho!
¡Mentecatooo! ¡Aparta de mi vista, mal nieto!
Y arrancándose con ambas manos la enorme llave del al-
macén que siempre llevaba colgada al cuello, el abuelo Isaías
la arrojó con furia sobre Samuel, quien se vio obligado a bus-
car inmediato refugio bajo el mostrador.
—¡Te acordarás de ésta, majaderooo! —gritaba el espectro,
fuera de sí—. ¡Zopencooo! ¡Sandiooo! ¡Badulaqueee!
Era la primera vez que su abuelo utilizaba contra él se-
mejantes epítetos. De ello dedujo Samuel que esta vez estaba
verdaderamente enojado.

GATO ENCERRADO

—Lo siento. Ya le he dicho que la máquina no está en


venta.
Prudencio trató de no perder la compostura.
—Pero, caballero... le estoy ofreciendo dos mil reales más
de lo que ha pagado por ella.
—Ni aunque me ofreciese usted dos mil duros. Buenas
tardes.
Y Urdax continuó su camino, seguido de cerca por An-
dreas Gropius, de cuya presencia Prudencio ni siquiera había
llegado a percatarse.
La actitud inflexible del orondo sujeto molestó a Prudencio
por lo que suponía de freno a sus planes; pero, por otra parte,
confirmó de largo sus sospechas. Ahora ya no le cabía duda de
que allí había gato encerrado. Ni de que la Davidson éz Pro-
kofiev N.* 6 tenía mucho que ver en ello.

HASTA LOS TOPES

Cuando esa tarde Esteban y Silvia, de regreso de las com-


pras, llegaron junto al ómnibus, se quedaron, respectivamente,
atónito y estupefacta.
—Pero... ¿ves tú lo que yo veo, Silvia?
—Sí, abuelo... ¡Viajeros! ¡Hay viajeros esperando en la pa-
rada de La Veloz Arasense!
En efecto, varias personas deambulaban en torno al Daim-
ler con todo el aspecto de pretender viajar en él.
Que Prudencio fuera uno de ellos no fue ninguna sorpre-
sa. Aparte del hecho de que el pentaciclo había quedado com-
pletamente destrozado, no era lo mismo pedalear cuesta abajo
que intentar el regreso a Arás, todo él en constante ascenso
y con pendientes empinadísimas, de un desnivel casi inve-
rosímil.
—Te pagaré al llegar —le susurró Prudencio a Esteban,
torciendo mucho la boca—. Sólo llevo billetes grandes.
—Bien, hombre, bien. No hay problema. Ya sabes que tú
tienes crédito en esta empresa...
—¡Chisssst! ¡Calla, no me distraigas! No quiero perder de
vista ni un solo instante a ese sujeto.
«Ese sujeto» no era otro que Urdax, quien se había pro-
visto en el Almacén General de un carrito de mano con el
que transportar la máquina Número Seis. La cual, por cierto,
descansaba junto a él, sobre la acera.
—lVaya! ¡Qué casualidad! —dijo el gordo Urdax—. De ma-
nera que es usted el encargado de la línea de viajeros del
valle de Arás.
—Así es —respondió el abuelo Esteban.
—Y dígame: ¿cuál es la última parada del trayecto?
—El final de línea está en Arás y no hay paradas inter-
medias. Á no ser que quiera apearse a mitad de camino, cosa
que no le aconsejo.
Urdax carraspeó sin perder su habitual semisonrisa.
—Sin embargo, he visto en un mapa de la zona que más
arriba hay otra localidad: Arás Alto.
El abuelo Esteban sonrió mansamente.
—En efecto. Pero Arás Alto lleva varias décadas abando-
nado. Y, a decir verdad, no es un pueblo como tal, ni nunca
lo fue.
—¿Ah, no?
—Era una especie de... de zona residencial, por llamarla
de algún modo. Como en Arás, ya lo verá usted, no hay sitio
para edificar grandes viviendas, buscamos un emplazamiento
donde cada cual pudiera levantar la casa de sus sueños. Así
nació Arás Alto. Un sitio precioso, desde luego. Pero nunca
pasó de ser eso: un lugar de veraneo.
—¿Y cómo es que ahora está abandonado?
El abuelo Esteban resopló mientras se rascaba la coronilla.
—La verdad, no lo recuerdo muy bien. Hace tanto tiempo
de eso... Creo que hubo algunos accidentes... Varias de las
mansiones sufrieron desperfectos difíciles de arreglar... Y casi
sin darnos cuenta, dejamos de subir a Arás Alto. Ya sabe usted
lo que ocurre en esos casos.
Urdax no dejó de acariciarse la papada durante toda la
explicación del abuelo Esteban.
—Una historia curiosa —dijo después—. Curiosa e inte-
resante... En fin, en ese caso, déme tres billetes hasta Arás.
—¿Tres? ¿Por qué tres?
—Es por la máquina. No quiero facturarla como equipaje.
Prefiero pagarle un asiento y montarla en el ómnibus como
un viajero más.
—Aun así son sólo dos: usted y la máquina... ¡Oh, perdón!
No le había visto, señor Gropius. |
—Hola, don Esteban —saludó el camaleónico sujeto.
—Aquí tiene sus billetes, señor Urdax.
—¿Le debo?
—Pues... ya me pagarán ustedes al llegar. Tengo las tarifas
en Arás y, la verdad, no recuerdo muy bien los precios. Hace
tanto tiempo...
La presencia del último de los viajeros sí fue una sorpresa
para Esteban.
—Samuel... ¿qué haces tú aquí?
Sentado sobre su maleta, con la gabardina tres cuartos do-
blada sobre el antebrazo y el sombrero cuidadosamente co-
locado sobre las rodillas, Samuel Zinc levantó hacia Esteban
una dolorosa mirada.
—No puedo más, Esteban. No puedo más... Tengo miedo
de acabar mal de los nervios. Ya no estoy en edad de darme
estos soponcios.
—¿Es por tu abuelo?
—Así es. Tendrías que haber visto la que me ha organi-
zado hoy. ¡Los epítetos que me ha dedicado! ¡Los terribles
insultos de que me ha hecho objeto! Irreproducibles, en ver-
dad. Y yo ya no lo soporto, así que, si no tenéis inconve-
niente, me voy con vosotros a Arás una temporada. Que se
encargue él del negocio, si puede.
Esteban lo vio tan abatido que casi se le hizo un nudo en
la garganta. Le cogió la maleta y le pasó el brazo por los
hombros.
—No te preocupes por nada. Allí estarás bien. Ahora sién-
tate ahí, en la primera fila, junto a Silvia. Es donde más se
disfruta del viaje.
Todos ocuparon sus asientos, incluida la Davidson « Pro-
Kofiev. Hacía lustros que el Daimler no efectuaba un viaje tan
productivo.
DE CARTÓN-PIEDRA

De cartón-piedra se quedó la abuela Eloísa cuando vio


entrar por la puerta de su fonda la comitiva formada por los
recién llegados de Santa Tecla.
No era para menos. Habían sido treinta y tres años sin
otro huésped que Eguíluz, el esporádico Eguíluz. Y eso, sólo
las escasas veces en que su DKW se escacharraba lo suficiente
como para obligarle a pernoctar en Arás.
Treinta y tres años de cambiar sábanas y toallas a cuartos
desocupados y de ventilar habitaciones que sólo olían a so-
ledad. Y ahora, de repente, Samuel Zinc en la número 3, la
del fondo del pasillo, la de las magníficas vistas a la parte
alta y misteriosa del valle; Urdax y Gropius en la número 5,
la única doble de la fonda, con su gran balcón corrido aso-
mado a la calle Mayor, y en la 2, la más recogida, fresca en
verano y cálida en invierno, Eguíluz, como otras veces. Sólo
que, en esta ocasión, no para pasar una noche, sino para
quedarse el resto de su vida.
A la abuela Eloísa se le puso una sonrisa boba en la cara
- y pareció rejuvenecer.
Hubo que buscar las llaves de los cuartos y el libro de
registro y hasta una estilográfica con la que firmar en él. Pero
pronto estuvo todo el mundo instalado.
A LA LUZ DE LAS VELAS

—La cena, a las ocho en punto —anunció la abuela Eloísa.


Hubo que montar la mesa grande, la de antaño. Y sacar
completa la vajilla y la cubertería. Un lujo casi olvidado.
Sopa de primero y bacalao con tomate de segundo. Había
también huevos fritos, si alguien se quedaba con hambre. Y
natillas de postre.
Restallaban ya en el aire los primeros truenos de la ine-
vitable tormenta del día cuando los comensales fueron reu-
niéndose en el vestíbulo de la fonda.
El abuelo Florencio, ataviado con su viejo chaqué, ejercía
de anfitrión, repartiendo sonrisas a diestro y siniestro.
—Buenas noches. Es un verdadero placer tenerles con no-
sotros. Me llamo Florencio. Soy naturalista y director del Mu-
seo de Ciencias Naturales de Arás.
—Urdax —dijo Urdax, estrechándole flojamente la mano,
con palpable desinterés.
—¿NO bajan a cenar sus compañeros?
—Si se refiere al señor Gropius, se halla junto a usted en
este momento.
Florencio se sobresaltó al descubrir a su lado al escuálido
sujeto, cuya presencia le había pasado completamente inad-
vertida.
—0h, disculpe...
—No es nada —dijo Andreas Gropius, con resignada ama-
bilidad, mientras limpiaba cuidadosamente su monóculo.
—dY el otro caballero... o señora? —insistió Florencio.
Urdax alzó las cejas con sorpresa.
—¿El otro...? ¡Oh! Debe haberse confundido usted con la
yy Y

máquina. Ella se ha quedado en nuestra habitación. No cena,


¿sabe?
El abuelo Florencio enrojeció levemente.
—Así que se trataba de esa máquina... Es curioso. Cuando
antes los vi de lejos, subiendo la escalera, me pareció... me
pareció alguien. Quizá no una persona, pero sí... alguien. No
sé cómo explicarlo.
—Pues ya ve —dijo Urdax, de mal talante—. No era nadie.
A la luz de las velas, el comedor de la fonda presentaba
un aspecto casi sobrecogedor. Y cuando los once comensales
ocuparon sus lugares en torno a la mesa, a más de uno se le
antojó que la escena tenía más de irreal que de cierto.
La abuela Eloísa sirvió la sopa. Gropius, entonces, se in-
clinó sobre el plato con aire reverencial, olisqueó el aroma
que desprendía el caldo y cruzó con el gordo Urdax una
mirada de complicidad que no pasó inadvertida al resto de
los comensales. Especialmente a Prudencio, que no les quitaba
ojo de encima. Acto seguido, hundió su cuchara en el hu-
meante líquido y se la llevó a la boca.
—Deliciosa en verdad —murmuró el señor Gropius, con
el monóculo completamente empañado.
La abuela Eloísa sonrió ante el halago.
—Realmente no tiene ningún mérito. Es de cubitos.
—¿De veras? —preguntó Max Urdax con tono falsísimo—.
Increíble. Sencillamente, increíble. Parece recién hecha con ve-
getales frescos. ¿Dónde la consiguen?
—Tenemos a montones. Cajas y cajas. Prudencio calculó
en cierta ocasión que podríamos hacer sopa cada día durante
doscientos doce años antes de agotar las existencias.
—Eso es asombroso —admitió Urdax—. Pero ¿de dónde
sacaron ustedes tanta sopa en cubitos?
—¿De dónde? —intervino Florencio, divertido—. De la
Factoría, naturalmente. Lleva un montón de años abandona-
da, pero sus restos aún siguen allá arriba, en la zona más
inaccesible del valle, en medio del bosque de tejos. Porque
no sé si sabe usted que en lo alto del valle tenemos el mayor
bosque de tejos de toda Europa. Del mundo, quizá.
—Pues no, no lo sabía —reconoció Urdax—. Pero siga, siga
usted con la historia de la sopa, haga el favor.
—Es sencilla. Hace cuarenta años, decidimos responder a
un curioso anuncio aparecido en La Gaceta de Santa Tecla...
—¿Un anuncio?
—Sí, eso es. Si no recuerdo mal, decía algo así como:

HÁGASE MILLONARIO
¡INMEDIATAMENTE!
GARANTÍA ABSOLUTA SERIEDAD
Escriba sin compromiso al Apartado 713

—Parecía una broma, pero no lo era. No, señor. Escribimos


al Apartado 713 y un tiempo después llegaron los suizos.
Cientos y cientos de operarios rubios, de piel lechosa, como
los calamares. Nos alquilaron las tierras altas, los bosques. No-
sotros no les podíamos sacar provecho alguno, así que... El
caso es que talaron unos cuantos miles de árboles y en apenas
año y medio levantaron la Factoría. Un edificio descomunal,
que funcionaba día y noche, fabricando a diario toneladas de
sopa concentrada.
El abuelo Elías prosiguió el relato de su compañero.
—Fue como si nos hubiera tocado la lotería siete veces.
Los suizos nos pagaban un generoso alquiler por los terrenos
donde se ubicaba la Factoría, y además nos compraban ínte-
gras las cosechas para hacer sopa de vegetales, y todos los
animales que producían nuestros establos y granjas para hacer
caldo de pollo y de carne. Y leña. Compraban a buen precio
cuanta leña pudiésemos proporcionarles, para mantener siem-
pre al fuego una larguísima batería de enormes perolas a pre-
sión.
—Durante siete años ganamos más dinero del que hubié-
semos podido soñar —continuó ahora la abuela Clara—. Nos
encontramos con que podíamos dar cumplimiento a todos
- nuestros deseos. Algunos hicimos largos viajes. Otros, como
Florencio, se embarcaron en proyectos absurdos y carísimos.
—Si te refieres al Museo de Ciencias Naturales de Arás
—cortó el aludido—, déjame decirte que es lo más sensato de
todo cuanto se emprendió en aquella época. El único proyecto
turístico-cultural del valle. Hubiera sido una fuente de ingre-
sos segurísima. Sólo me faltó tiempo para concluirlo.
—Pero tanta felicidad —prosiguió Esteban— no podía du-
rar siempre, claro está. Al cabo de esos siete años, un mal día,
al caer la noche, una interminable fila de camiones comenzó
a salir de la Factoría. Los suizos abandonaban el valle tan
deprisa como llegaron. Atravesaron Arás en dirección a la ciu-
dad, donde subieron a larguísimos trenes y se alejaron. La
Central Sopera de Arás había paralizado su producción ese
mismo día. Nos dejaron con dos palmos de narices, sin si-
quiera una explicación. Y, por supuesto, no regresaron jamás.
Un incómodo silencio siguió al relato de aquellos lejanos
acontecimientos. Un silencio que rompió el propio Urdax.
—Una historia muy interesante —dijo.
Tomó un par de cucharadas más de sopa y se dirigió de
nuevo al abuelo Esteban:
—Disculpe, don Esteban. Me pregunto si... si usted estaría

A
101
dispuesto a llevarnos en su vehículo hasta esa factoría aban-
donada. Quizá allí encuentre alguna vieja máquina inservible
que añadir a mi colección.
El abuelo Esteban dejó escapar una sonrisa mientras ne-
gaba con la cabeza.
—Lo siento de veras, pero mucho me temo que eso sea
completamente imposibl... juaaaaayyy!
—¿Le ocurre algo?
—No, nada. Un... un calambre —balbució el anciano fro-
tándose la espinilla.
—Al menos, podría acercarnos todo lo posible a la zona
—insistió el gordo.
—No, no. Ni hablar. Ya es muy peligroso llegar hasta
Arás Alto. No digamos, intentar ir más allá. Podría suceder...
¡Uuuooooo0oyy...!
—¿Otro calambre, don Esteban?
—Pues sí, eso parece —masculló el anciano entre dientes.
El abuelo Esteban buscó con la mirada al abuelo Pruden-
cio, sentado frente a él y causante de los dos «calambres» que
acababa de sufrir, y que no habían sido otra cosa que certeras
patadas propinadas por debajo de la mesa.
Prudencio, disimulando el gesto hábilmente con ayuda de
la servilleta, indicó a Esteban, con claridad meridiana, que
cambiase de actitud.
—Pensándolo mejor... si tanto le interesa, y siempre que
me pague bien, puedo llevarlos hasta donde mi Daimler lo
resista. Pero veo muy difícil que consigamos siquiera avistar
la Factoría.
—Eso, ya lo veremos —dijo Urdax, satisfecho—. ¿Le parece
bien que salgamos mañana a las ocho?
—Las ocho es buena hora, sí.
Urdax miró complacido a Gropius, Prudencio miró com-
placido a Esteban y la abuela Eloísa sirvió el bacalao con to-
mate, que resultó estar un pelín salado.
Terminada la cena, fueron todos retirándose a descansar.
Los huéspedes, a sus habitaciones, y los propios del lugar, a
sus respectivos domicilios.

JAMÁS OLVIDO UNA CARA

Bajo un impresionante aguacero, protegidos por un úni-


co paraguas, Esteban y Prudencio caminaron en silencio ca-
lle Mayor abajo hasta llegar a sus viviendas, situadas fren-
te a frente. Allí, Esteban rompió a hablar, con tono fastidia-
dísimo.
—La próxima vez que quieras llamar mi atención, me tiras
una miga de pan, animal, que casi me rompes la tibia.
—Lo lamento. He intentado hacerte señas, pero tú, ni caso.
En Babia. Y es muy importante que mañana te lleves a esos
dos lejos de aquí y, sobre todo, que los mantengas fuera de
Arás el mayor tiempo posible.
—¿Por qué?
—Porque tengo que volver a revisar esa máquina, la Nú-
mero Seis, ya sabes. En cuanto os hayáis marchado, entraré
en su habitación y trataré de ponerla de nuevo en marcha.
Estoy seguro de que ella tiene la solución.
—¿La solución de qué?
—Eso tampoco lo sé muy bien. La solución de todo, quizá.
De toda nuestra vida.
Esteban miró a su compañero con cierta prevención. Pensó
que se estaba haciendo mayor.
—Bien... Haré lo que pueda, Pruden.
—Gracias, Esteban. Buenas noches.
—Buenas noches.
Corrieron cada uno en dirección a su respectivo portal,
introdujeron las llaves en las cerraduras, las hicieron girar y
abrieron las pesadísimas puertas de madera de roble.
Esteban gritó entonces, para hacerse oír por encima del
fragor de la tormenta:
—Oye, Prudencio...
—¿Qué?
—Cuanto más lo pienso, más seguro estoy de haber visto
antes a ese tipo, ya sabes, el delgadito del monóculo.
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
—Allí, arriba.
En Arás, «arriba» significaba en lo alto del valle, o sea, en
la Factoría. Eso hizo que Prudencio cruzase la calle en tres
zancadas para continuar la conversación en un tono más bajo.
—¿Qué estás diciendo? ¿Cuándo has subido tú a la Fac-
toría?
—No me refiero a los últimos años, sino a los tiempos de
la prosperidad. Yo era el cartero del valle, ¿no lo recuerdas?
Subía a diario a la Factoría para llevar el correo. Y te digo
que a ése le he entregado cartas y hasta certificados. A mí no
se me despinta una cara si me ha firmado en el libro de
certificados.
Prudencio suspiró hondamente.
—Vamos, Esteban. Eso es imposible. Estás hablando de
hace casi cuarenta años. En aquella época, ese tipo tenía que
ser un niño de la edad de Silvia. Más joven aún, quizá.
Esteban se rascó la ceja izquierda y se encogió de hombros.
—Supongo que tienes razón. Y sin embargo... Estoy seguro
de que a mí, ese sujeto me ha firmado en el libro de certifi-
cados.

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(DEL DIARIO PERSONAL DEL INGENIERO
ANDREAS GROPIUS)

RÁS, 7 de julio de 1913

A las dos y media de la tarde, el termómetro ha alcanzado los


38% Celsius. Sopla bochorno del este. Insoportable.
El señor Fagus ha cursado visita a nuestra Factoría, aprove-
chando que se encontraba en España para asistir a los Sanfermines.
Se ha mostrado poco satisfecho de las cifras de productividad. Tiene
razón. Todos esperábamos más de esta empresa. Algo va mal y no
acertamos a saber qué es.
Para mí, empero, la visita de nuestro jefe ha traído una gran
alegría. Según me ha comunicado personalmente, las gestiones para
conseguir traer a Arás la Davidson € Prokofiev N.* 10 van por
buen camino. Pese a la controversia mundial desatada tras la muerte
de los dos ingenieros sobre la propiedad de sus inventos, Herr Fagus
cree tener posibilidades de hacerse con ella en un plazo no muy
largo. ¡Albricias!

En otro orden de cosas: mis pies están mejor que nunca gracias
a los Polvos Pédicos del Dr. Gon. Por cierto, que debo encargarle a
don Evaristo Solanas que me traiga otro paquete.

Arás, 24 de diciembre de 1913

El peor invierno desde que estoyen Arás. Hoy, el termómetro


ha descendido por debajo de los — 13? Celsius. Nieblas permanentes
impiden el paso de la radiación solar. 160 cm de nieve dura.
¡Por fin! Tras recorrer un intrincadísimo laberinto legal, el equi-
po jurídico de Industrias Fagus ha conseguido hacerse con la Da-
vidson €: Prokofiev N.” 10. No ha sido fácil ni, desde luego, rápido;
pero el mes que viene estará aquí. Dentro de una semana iniciará
viaje por barco desde los Estados Unidos de Norteamérica. He so-
ñado con esa máquina cada una de las seiscientas sesenta y nueve
noches transcurridas desde mi última conversación con los dos ma-
logrados inventores. Aunque no logro imaginar siquiera cuál puede
ser su cometido, espero ser capaz de desentrañar sus misterios y
lograr así ponerla al servicio de la Factoría.
El señor Fagus, que parece poseer cierta información al respecto,
me ha indicado que de su correcto funcionamiento puede depender
el futuro no sólo de la Central Sopera de Arás, sino de todo el
grupo de empresas que él dirige. Los resultados obtenidos por nues-
tra Factoría no están siendo todo lo buenos que se esperaba. La
máquina Número Diez puede ser la clave para convertir nuestra
actividad en el gran negocio que todos deseamos.

En otro orden de cosas: el intenso frío reinante llena a diario


mis delicados pies de molestísimos sabañones. En estas circunstan-
cias, los Polvos Pédicos del Dr. Gon suponen sólo un alivio parcial.
Ansío la llegada de la primavera como uno más de los osos pardos
tan abundantes por estos parajes.

Arás, 29 de enero de 1914

Continúa el frío. Sigue la ventisca. El barómetro, por los suelos.


La primera impresión no ha sido buena, lo reconozco. La má-
quina Número Diez tiene un aspecto absolutamente espantoso. Nada
que ver con los sofisticados y elegantes diseños de sus compañeras.
Consta de una esfera de grandes dimensiones —unos dos metros
de diámetro— situada sobre un hexaedro de idéntica arista. Es negra
como el betún. Y, lo más sorprendente: no posee partes móviles ni
tapas o trampillas removibles que permitan echar un simple vistazo
a su interior. Su carcasa externa está compuesta por planchas de
acero tan pulcramente soldadas que parece estar hecha de una sola
pieza.
Es extremadamente pesada; pero lo más sorprendente es que la
esfera superior parece ser hueca en gran medida. Eso implica que el
hexaedro que la sustenta ha de estar constituido por plomo o algún
otro material aún más denso.
Pese a mi primera decepción, reconozco que la tarea que me

A
109
espera puede resultar apasionante. De momento, me he enfrascado
en el estudio de diversos diagramas y anotaciones hallados junto a
la máquina, todos ellos de puño y letra de Konstantin Davidson y
James Prokofiev, que en paz descansen.

En otro orden de cosas: mis pies van de mal en peor.

Arás, 30 de enero de 1914

Más frío aún, si cabe. La moral de los operarios de la Factoría


está por los suelos.
Esta mañana, el señor Fagus me ha llamado al despacho del
director, el señor Konrad. Le ha hecho salir y, por espacio de dos
horas, me ha puesto al corriente de todos aquellos datos que poseía
sobre la máquina Número Diez.
Debo decir, ante todo, que lo que ahora voy a transcribir son
las afirmaciones vertidas por el señor Fagus. Nada de esto ha podido
ser comprobado por mí, todavía. Personalmente, me resisto a creerlo,
y bien pudiera ocurrir que el señor Fagus se encuentre afectado por
algún tipo de trastorno mental.
Bien, allá va:
La máquina Número Diez fue patentada por sus inventores bajo
la denominación «Modificadora Universal de Fortuna de Davidson
y Prokofievw» y en palabras sencillas se trata, por increíble que pueda
parecer, de una máquina de la suerte.
Los estudios realizados por sus inventores los llevaron a afirmar
que la modificación prolongada del campo magnético terrestre alte-
raba la sucesión normal de los acontecimientos, influyendo en lo que
nosotros damos en llamar La Suerte y que algunos no dudarían en
denominar El Destino.


En los últimos años de su vida, Davidson y Prokofiev centraron
sus investigaciones en la fabricación de potentísimos imanes, capaces
de influir de modo sensible sobre el campo magnético natural de
grandes áreas de terreno.
La culminación de sus esfuerzos fue la máquina Número Diez,
cuyo primer y único prototipo —posiblemente aún no perfecciona-
do— se halla ahora en nuestro poder.
Las instrucciones del señor Fagus han sido tajantes: he de poner
en funcionamiento la máquina cuanto antes. Al parecer, la Factoría
necesita, para salir adelante, toda la suerte que podamos conseguir.
Verdaderamente, las cosas no marchan como esperábamos, y aun-
que he tratado de advertir al señor Fagus de los peligros que plantea
el uso de una máquina de la que sabemos tan poco, él se ha mostrado
partidario de correr ese riesgo.
Yo le he prometido hacer cuanto esté en mi mano. Especialmente,
porque mis pies no están para muchos trotes. Ja, ja.
Precisamente ahora —en otro orden de cosas— voy a preparar
mi cotidiana palanganita de agua caliente, en la que, a decir verdad,
sólo encuentro un muy relativo alivio.

Arás, 13 de abril de 1914

Aguas mil. Aún no ha cesado la tormenta desatada a media


tarde. La cuarta en siete días. Abundante aparato eléctrico. Fortísi-
mos vientos racheados. Un verdadero asco.
Llevo casi tres meses dedicando todo mi tiempo libre a estudiar
las anotaciones de Davidson y Prokofiev sobre su máquina Número
Diez. Apenas empiezo a intuir las posibilidades de este invento, pero
ya estoy sobrecogido. Tanto el señor Fagus como el director, el señor
Konrad, me apremian para que realice cuanto antes las pruebas del
aparato. Yo les doy largas.

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En otro orden de cosas: con tanta tormenta, lo que ahora me


está matando son mis juanetes. Si no fuera por mis constantes baños
de pies con agua caliente y polvos del Dr. Gon, creo que enloque-
cería.

Arás, 1 de septiembre de 1914

¡Funciona! ¡Funciona! ¡Funciona!


Tras una interminable investigación y después de varios cortos
períodos de prueba, hace hoy un mes pusimos en marcha la máquina
Número Diez. O eso creemos, ya que ningún signo externo indica
que se halle en funcionamiento.
Lo cierto es que, desde entonces, nuestra suerte parece haber
cambiado.
La producción de la Factoría ha mejorado notablemente. El am-
biente entre los empleados es optimista. El tiempo atmosférico se ha
vuelto más benigno y han desaparecido las terribles tormentas que
semana tras semana venían azotando las instalaciones y nuestro
depauperado estado de ánimo.
Pero la mejor noticia desde que se inauguró la Factoría acaba de
llegarnos: ¡ha estallado la guerra! Acabamos de recibir confirmación
de que las principales potencias europeas han entrado en conflicto
armado. Esto supone la mejor de las noticias que hubiéramos podido
imaginar. Mientras redacto estas líneas, puedo oír aún a nuestros
técnicos, directivos y operarios lanzando gritos de júbilo tras una
magna fiesta de celebración en la que han corrido ríos de champán.
No es para menos: dentro de poco, ejércitos de centenares de miles
de hombres entrarán en combate; y todos ellos deberán llevar sus
raciones de asalto; y en esas raciones no podrán faltar nuestros
famosos concentrados para hacer sopa.

A
112
La famosa neutralidad suiza nos permitirá abastecer a los hom-
bres de uno y otro bando sin ningún escrúpulo y, para colmo, todo
parece indicar que España permanecerá ajena al conflicto. Así pues,
nuestra Factoría estará enclavada también en territorio neutral, pero
a escasa distancia de la frontera con Francia, uno de los principales
contendientes. Es una situación perfecta. Si la guerra dura lo sufi-
ciente, Industrias Fagus puede hacer el negocio del siglo.
Naturalmente, me pregunto qué influencia habrá tenido la má-
quina Número Diez en estos acontecimientos. Cualquier científico
en sus cabales pensaría en una pura y simple casualidad; pero ha-
biendo conocido a James Prokofiev y Konstantin Davidson, la cosa
cambia.
Además, acaba de venir a mi memoria un detalle espeluznante
y revelador: la primera prueba de funcionamiento de la máquina la
realizamos el pasado 27 de junio. Al día siguiente caía asesinado en
Sarajevo el archiduque Francisco Fernando, lo que, en definitiva, ha
sido el detonante de la contienda. En aquel momento no establecí la
relación.
Ahora, no me cabe la menor duda.

Mis pies, mejorando.

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PERSONAJE, AUNQUE SÍ NOS ADENTRAREMOS EN EL BOSQUE DE
TEJOS DE ARÁS —EL MÁS BELLO Y MISTERIOSO DEL MUNDO—
Y REGRESAREMOS A SANTA TECLA POR TERCERA Y ÚLTIMA VEZ,
Y SABREMOS DE LOS TERRIBLES ACONTECIMIENTOS QUE
PROVOCARON LA CAÍDA DE LA FACTORÍA
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UN GENTIL OFRECIMIENTO

L día siguiente amaneció fresco, limpio y azul.


El abuelo Esteban, vestido con su atuendo de chófer, pasó
a recoger a Gropius y Urdax por la fonda a la hora convenida.
—¿Nos vamos, señores?
—Cuando quiera, don Esteban.
—En marcha, pues. Se van ustedes a quedar pasmados de
lo bonito que es nuestro valle —vaticinó Esteban—. Lástima
que resulte tan poco recomendable hacer turismo. Y es que,
claro, ¿quién se va a arriesgar a sufrir un percance serio, aunque
sea para ver el mayor bosque de tejos de Europa? ¿No creen?

A
117
—¿Y yo qué sé? —fue la desabrida respuesta del gordo
Urdax, quien empezaba ya a mostrar su verdadera, asquerosa
personalidad.
Vieron entonces a Prudencio, que se acercaba. Lucía unas
ojeras como capas de tuno, tras haber pasado la noche en
blanco, dándole vueltas y más vueltas a los muchos misterios
que se estaban acumulando en torno a los habitantes de Arás.
—¡Espera, Esteban! —gritó—. ¡Voy con vosotros!
—¿Cómo?
—Me apearé en la central eléctrica y podréis seguir vuestro
camino. Voy a sustituir la pieza estropeada y bajaré andando.
—No es preciso que suba. Yo puedo hacer esa reparación
por usted.
Prudencio miró a su alrededor, desconcertado, hasta des-
cubrir que la frase había sido pronunciada por Andreas Gropius.
—Se lo agradezco, pero sería muy complicado explicarle...
—No tiene que explicarme nada. Veo que se trata de sustituir
el piñón de ataque de la dinamo principal. ¿Les ocurre con
frecuencia?
—Pues... últimamente, sí. Creo que los repuestos que nos
fabrican en la ciudad no son de calidad.
—Hummm... No creo que ésa sea la causa. ¿No han notado
antes de las averías una leve fluctuación en la luz?
Prudencio abrió la boca, asombrado.
—Pues sí —respondió—. Justamente así es.
Gropius sonrió.
—Se habrán desajustado los engranajes de la timonería cen-
tral. Los calaré perfectamente y no volverán a tener problemas.
¿Les afino también el voltaje de salida? ¿Ciento diez o ciento
veinticinco voltios?
—-Ci... ciento veinticinco —respondió Prudencio, atónito, en-
tregando a Gropius la pieza de repuesto.

A
118
—Myy bien. Déjelo todo de mi cuenta. No me llevará más
de diez minutos. No merece la pena que se moleste en subir.
Prudencio permaneció en pie, incapaz de reaccionar, hasta
que el ómnibus desapareció tras las primeras curvas del camino
de Arás Alto.

LA LLAVE

Cuando, al fin, se repuso de su sorpresa, Prudencio tuvo


que reconocer que la personalidad de Andreas Gropius em-
pezaba a resultar inquietante.
Pero ése era un misterio que tendría que aguardar su tur-
no. Ahora, había cosas más importantes que investigar. Sin
perder un minuto, corrió a la fonda, en cuya recepción Eloísa
tejía una interminable bufanda de lana.
—Eloísa... necesito la llave de la habitación de Urdax y
Gropius. Deprisa.
—Ni hablar —respondió la mujer sin levantar la vista—.
La llave sólo se entrega al huésped.
—¿Cómo?
—Ya me has oído.
—Sí, claro, claro, pero es que esto... es una emergencia.
Una emergencia tecnológica, podría decirse —aclaró, tratando
de impresionarla.
—Lo siento. No puedo arriesgar la reputación de mi es-
tablecimiento. Si se corre la voz de que dejo la llave de las
habitaciones a cualquiera...

— —o
Prudencio se retorció las manos haciendo sonar los nudi-
llos. Las actitudes poco lógicas le crispaban los nervios.
—Pero yo no soy cualquiera, Eloísa. Soy Prudencio, tu
amigo y compañero de toda la vida. Además, ¿cómo va a
correrse la voz? —dijo, rechinando los dientes—. Urdax y
Gropius han salido. No volverán en toda la mañana. En todo
el día, quizá. Nadie se enterará, te lo prometo.
—No insistas, Prudencio.
—¡Eloísa, por Dios! Tengo que volver a poner en marcha
esa máquina. Serán sólo un par de horas.
—No.
—¡Una hora!
—Que no, pelmazo.
—¡Tres cuartos!
—O te largas o te doy un escobazo.

Los BOLSILLOS DEL GABÁN DE EGUÍLUZ

Prudencio pareció rendirse ante esta última amenaza y sa-


lió a la calle echando chispas. Pero nada más lejos de su
ánimo que cejar en el empeño.
Diez minutos más tarde, regresaba acompañado por Eguí-
luz, Florencio, Elías, Silvia y Samuel Zinc. Mientras los demás
esperaban en el vestíbulo, el ex vendedor se dirigió a recep-
ción.
—Buenas. ¿Me puede dar la llave de mi habitación, doña
Eloísa? Quiero mostrarles a estos amigos algunas curiosas
mercancías que he traído conmigo. Pese a haberme jubilado,
no renuncio a realizar alguna venta de cuando en cuando.
Eloísa se los quedó mirando. Por un instante dio la sen-
sación de que les iba a echar un broncazo. Pero no fue así.
Al contrario, una sonrisa de complicidad asomó a sus labios.
—La número tres, ¿verdad?
—Justamente.
Subieron los seis en tropel hasta el primer piso, metiendo
mucho ruido. Eguíluz abrió la puerta de su cuarto y la volvió
a cerrar ostentosamente. Fue entonces cuando, de puntillas y
en completo silencio, se dirigieron hacia la habitación número
cinco.
—Aquí es —anunció Prudencio en un susurro—. Pero
¿cómo vamos a entrar?
—Eso es cosa mía —dijo Eguíluz—. Hacedme sitio.
Se acercó a la puerta, inspeccionó la cerradura durante
unos instantes y, acto seguido, introdujo las manos en los
amplísimos bolsillos de su gabán tres cuartos. Sacó de ellos
un bote de café, un plato de postre, un paquete de polvo-
rones Puente, varios pinceles de cabo de lata, un paquete de
los antiquísimos Polvos Pédicos del Dr. Gon y, por fin, varias
docenas de llaves enhebradas en un enorme aro de alambre,
como los usados por los serenos.
—Agquí están...
Rebuscó entre ellas y tanteó con una, dos, tres... A la cuar-
ta intentona, la cerradura de la habitación número cinco se
abrió con toda facilidad.
Entraron todos y cerraron la puerta tras de sí.


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Un ROLLO DE PIANOLA

Los postigos de las ventanas estaban casi cerrados y sólo


algunos haces de luz cruzaban la habitación de lado a lado,
rompiendo las tinieblas, haciendo visible el polvo que flotaba
en el ambiente.
La máquina estaba entre el ropero de roble y el lavabo,
sumida en penumbra.
Prudencio se acercó hasta ella, anhelante.
—¿Cómo puede ser tan hermosa? —musitó, sin saber por
qué.
Todos sintieron que la máquina sonreía, complacida por el
halago.
—Abrid las ventanas —pidió Prudencio—. ¡Luz, luz!
Elías y Florencio giraron los batientes y entró el sol a rau-
dales. Prudencio acarició la máquina.
—Aquí estás, amiga mía... Ayer no supe ver cuán valiosa
nos podías ser. Espero que no me lo tengas en cuenta y que
hoy nos desveles tus secretos... y quizá los nuestros.
Comenzó una minuciosa inspección, con ayuda de la lupa
que Florencio utilizaba para observar sus mariposas. Fueron
cinco minutos en los que, de haber habido alguna mosca en
la habitación, se hubiese podido escuchar su vuelo. Pero en
Arás no había moscas. Nunca las había habido.
Fue al examinar el lateral derecho de la máquina cuando
el anciano dio un soberbio respingo.
—Fijaos en esto: los-tornillos que sujetan esta plancha han
sido removidos hace poco. Las ranuras tienen muescas recien-
tes, producidas sin duda por la acción de un destornillador.
La agudísima observación dejó atónitos a todos los
presentes. Y cuando Prudencio anunció su intención de
abrir aquella tapadera, la expectación llegó a su punto culmi-
nante.
—Un destornillador para Prudencio. ¡Deprisa! —solicitó
Elías.
Justo en ese momento, Arás volvió a tener corriente eléc-
trica y Prudencio volvió a pensar en el misterioso hombre del
monóculo. Pero fue sólo un instante, antes de regresar a la
tarea que tenían entre manos.
Eguíluz rebuscó en sus bolsillos y, tras varias cuchillas Gi-
llette, un trapo de algodón y una caja de tabletas Okal, extrajo
un precioso destornillador con mango de madera.
—Perfecto... —musitó Prudencio.
Un minuto más tarde, retiraba la plancha metálica. La ten-
sión se podía mascar en el ambiente. Ahora podían echar el
primer vistazo al interior de la misteriosa máquina. Cuando
lo hicieron, la sorpresa fue general y mayúscula.
Todos esperaban encontrar un enjambre de resortes y pie-
zas de precisión, y lo que hallaron fue una banda de papel
taladrado que prácticamente ocultaba todo lo demás.
¿Qué diantres es eso? —preguntó Florencio.
Elías acarició el papel cuidadosamente.
—Parece... parece un rollo de pianola.
—¿Qué es una pianola? —preguntó Silvia.
—Una especie de piano automático. Funciona con rollos
de papel taladrado que, al avanzar, mueven el mecanismo y
hacen que la pianola interprete una melodía.
—Ah, caramba... —dijo Silvia, sin comprender muy bien la
confusa explicación del abuelo Elías.
Prudencio trataba de escudriñar el interior de la máquina.
Alzó de pronto un dedo. Tomó el cable de alimentación y lo
conectó en el enchufe situado junto al espejo. Acto seguido,
movió un resorte y la banda de papel comenzó a avanzar
lentamente mientras se escuchaban unas alegres notas musi-
cales.
—Increíble —murmuró Prudencio, encandilado—. Encima,
tiene música. Este aparato es un portento inigualable.
—Y el caso es que a mí esta música me suena —dijo Sa-
muel Zinc, que había permanecido en silencio hasta el mo-
mento.
—Y a mí también —añadió Florencio—. Pero no logro re-
cordar...
Fue la propia máquina la que los sacó de dudas cuando,
instantes más tarde, comenzó a cantar con voz metálica e
impersonal, desafinando ligeramente, como un estudiante de
primer año de conservatorio.

—Cuánto tiempo sin verteee, Luisa Fernandanaaa.


—Desde el último día, si noo000 me engañooooo.
—Y ahora vas, por lo vistooo, de cuchipandaaaaa.
—Ahora voy donde quiero, no es como antañooooo.

Florencio y Zinc se miraron de inmediato.


— ¡Claro! —exclamaron al alimón—. ¡Es Luisa Fernanda!
—La famosa zarzuela de Romero y Fernández Shaw, con
música del maestro Moreno Torroba —informó Florencio a los
demás, al comprobar su expresión de suprema ignorancia.
Prudencio, con un gruñido, accionó el resorte en dirección
contraria y la máquina quedó muda. Sin embargo, un instante
después, quizá para llevar el desconcierto de los presentes a
su estado máximo, el aparato escupió por la boca de entrega
un extraño objeto cilíndrico, cobrizo y brillante, que Prudencio
tomó en su mano lleno de estupor.
—¿Qué es eso, abuelo? —preguntó Silvia.
Prudencio se rascó la patilla izquierda.
—Parece el rotor de un motor eléctrico —dijo, tras exa-
minarlo con rapidez—. Posiblemente, de unos dos caballos y
medio de potencia.
Los demás se miraron, un tanto molestos.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Elías—. ¿Por qué lo ha
fabricado? Que yo recuerde, nadie le ha pedido nada.
Prudencio suspiró, desanimado.
—No lo sé, la verdad. Esto va de mal en peor. Los enigmas
se acumulan uno sobre otro sin que logremos ningún avance.
Y el tiempo apremia, amigos míos. La ausencia de Urdax y
Gropius puede ser nuestra última oportunidad. Hemos de
aprovecharla para investigar a fondo.
—¿Qué sugieres? —preguntó Samuel Zinc.
—Repartirnos el trabajo de investigación. Elías y yo nos
dedicaremos a la máquina. Florencio, mientras tanto, revisará
los efectos personales de los dos tipos.
—¿Y nosotros? —preguntó Silvia, temiendo quedar al
margen.
—Deberíais revisar cuanta información tengamos sobre la
época en que funcionaba la Factoría: periódicos y revistas
atrasados... y también nuestros propios álbumes de recuerdos
y fotografías.
—Entonces, tendremos que bajar a Santa Tecla —dijo Sa-
muel Zinc—. Todos vuestros recuerdos están en mi tienda.
Los habéis ido empeñando a lo largo de estos años. Y los
periódicos de la época se pueden consultar en la redacción
de La Gaceta de Santa Tecla.
—Estupendo —confirmó Prudencio—. Prestad atención a
cualquier comentario o artículo sobre las máquinas de David-
son y Prokofiev. Por insignificante que sea.
—Bajaremos al pueblo en mi furgoneta —dijo Eguíluz—.
¿Nos acompañas, Silvia?
—¡Por supuesto! ¿A qué esperamos? ¡En marcha!
Silvia casi no podía creer su suerte: iba a viajar a Santa
Tecla por tercer día consecutivo. Toda una aventura.

EL BOSQUE DE TEJOS

El abuelo Esteban hundía el acelerador hasta el fondo, en


su intento de ganar potencia y lograr así superar el terrible
desnivel del camino.
—Antes no estaba así, no vayan ustedes a pensar —expli-
có—. Hubo un tiempo en que se podía ir de Arás a Arás Alto,
incluso en bicicleta. Pero cuarenta años de tormentas, des-
prendimientos y torrenteras, han dejado la pista prácticamen-
te impracticable.
Gropius, casi mimetizado con la tapicería de los asientos
traseros, lanzó un pequeño suspiro de asentimiento. Urdax
parecía más y más contrariado a cada instante.
—Usted, calle y acelere —rezongó el gordo—. A este paso
no vamos a llegar nunca.
—¿Llegar? ¿Adónde quiere usted llegar? —exclamó el
abuelo Esteban—. Le he dicho varias veces que intentar acer-
carse a la Factoría es una temeridad.
—No diga tonterías. Sabemos perfectamente lo que ha-
cemos.
Se aproximaban al desvío de Arás Alto y Esteban pensó
que quizá podría demorar la entrada en la zona más peli-
grosa.
—¿Les apetece que demos una vuelta por Arás Alto? Es
un lugar digno de verse, se lo aseguro.
— ¡Ni hablar! —bramó Urdax—. Siga hacia arriba. Sin pér-
dida de tiempo.
El abuelo Esteban suspiró, se encogió de hombros y enfiló
de nuevo la terrible pista del valle.
—Les advierto que a partir de este momento puede ocu-
rrir cualquier cosa, señores. Les recomiendo que estén prepa-
rados.
—Déjese de monsergas y acelere —gruñó Urdax grosera-
mente.
Andreas Gropius había sacado de su bolsillo un pequeño
aparato de medida, con varias esferas orladas de cifras negras
y temblorosos indicadores de aguja, y lo examinaba con aten-
ción.
—¿A qué distancia se encuentra la Factoría? —preguntó.
—Veamos... La linde del bosque está a unos seis kilóme-
tros, y luego habría que internarse en él al menos tres o cua-
tro más.
—FEso hace unos diez kilómetros en total. O sea, menos
de dos leguas. ¿No es así?
—En efecto.
Gropius cruzó con Urdax una mirada inquieta.
—Aquí sucede algo raro —le susurró al oído—. La influen-
cia de la máquina debería ser mucho mayor de lo que señala
el venturómetro. No lo comprendo.
—¿Cómo que no lo comprendes? —dijo Urdax entre dien-
tes—. Se supone que tú eres el experto. Quizá ese aparato
tuyo funcione mal.
—Mi venturómetro funciona a la perfección —le respondió
Gropius con sequedad.
Siguieron avanzando, cada vez más penosamente. Media
hora más tarde, dejaron atrás la segunda central eléctrica.
Ya sólo el bosque de tejos los separaba de la Factoría. Una
barrera de árboles bellísimos, de una perfección inaudita, de
un verde inigualable.
Gropius volvió a dirigirse al gordo Urdax en voz muy baja.
—No puede ser. Tiene que haberle sucedido algo a la má-
quina. A esta distancia tendríamos que sentir sus efectos cla-
ramente. Y, al menos yo, no siento nada.
Urdax lanzó un par de maldiciones por lo bajo.
El abuelo Esteban, por su parte, había empezado a sudar
por todos los poros. |
—Esto es una auténtica temeridad, señores —dijo—. Creo
que deberíamos dar la vuelta sin pérdida de tiempo.
—iNi lo sueñe! —bramó Urdax—. Siga. Siga adelante. In-
térnese en el bosque. Son cipreses, ¿no?
—Tejos. Son tejos, señor Urdax, se lo he dicho a usted
varias veces. Es un árbol muy peculiar. Con sus hojas se pue-
de preparar un terrible veneno, del que no se conoce antí-
doto. Sin embargo, la leyenda dice que el tejo espanta a los
demonios y a los malos espíritus. Mucha gente coloca ramas
de tejo en la puerta de su casa. Se sienten así más seguros.
—¡Cuánta bobada! —gruñó Urdax.
—Pero lo más curioso de este bosque es el bosque mismo.
El tejo suele crecer en solitario. Una pequeña arboleda de
tejos es toda una rareza. Y un bosque como éste, ya le digo,
quizá no lo haya en el resto del mundo. Ocupaba más de
cuatro mil hectáreas, aunque los suizos talaron casi la mitad
de su extensión. Primero, para situar las instalaciones de la
Factoría justo en su centro, y luego, día a día, para alimentar
con la madera de sus árboles las calderas en las que fabrica-
ban la sopa.
—¿Por dónde se llega a la Factoría? —cortó Max Urdax.
—No se puede llegar a la Factoría, ya se lo he dicho
— insistió el abuelo Esteban—. El bosque es infranqueable.
En ese momento, Andreas Gropius se inclinó hacia él y le
palmeó el hombro levemente.
—Vamos, vamos, don Esteban —dijo con voz suave—.
Deje ya de disimular. Había un camino a través del bosque
y usted tiene que recordarlo a la fuerza. Lo recorrió a diario
durante siete años.
—¿Qui... quién, yo? —tartamudeó el anciano.
—Sí. Usted era el cartero, don Esteban —afirmó Gropius—.
¿Cree que no me acuerdo?
Cuando el abuelo Esteban logró detener el ómnibus, ya
había enrojecido como la grana.
—+Es cierto, había un camino —reconoció, mirando con
ojos asustados a Gropius—. Los suizos abrieron una pista a
través del bosque. Pero ¿cómo puede usted saber...?
—Eso no importa. Busque esa pista y llévenos hasta la
Factoría, por favor.
—Hace al menos treinta años que nadie la utiliza. Estará
completamente destrozada.
—FEso vamos a comprobarlo inmediatamente —dijo Urdax.

A
129
COMO HUMO SE VA

Eguíluz detuvo la DKW en la misma puerta de la tienda


de empeños y saltó a tierra junto con Silvia y Samuel Zinc.
El prestamista levantó la persiana metálica de su estable-
cimiento y los tres se dirigieron al almacén.
—Los álbumes de fotos y recuerdos deben de estar en esas
estanterías —indicó Samuel—. Reunidlos todos y luego sal-
dremos a la tienda a revisarlos.
Apenas se habían puesto a la tarea, cuando se escuchó
una voz de ultratumba.
—¿Dónde te habías metiiido, si puede saberseee? ¡Toda la
santa noooche sin volver a caaasa! ¡Te parecerá bonito, mal
nietooo!
Samuel Zinc resopló, aborrecido.
—O0Kh, no, abuelo, por favor. Ahora, no. ¿No ves que vengo
acompañado?
— ¡Claro que lo veo! —exclamó indignado don Isaías, apa-
reciendo a través del tabique—. No contento con pasar la
noche de jarana, te traes a tus amigotes para terminar la fiesta
en nuestra casa.
—¡Ya está bien, abuelo!
—¿Cómo? ¿Y esa niña? ¿Qué hace aquí esa niña? ¿Es que
vas a convertir mi tienda en un parvulario?
Silvia frunció el ceño, con aire ofendido.
—lPero qué dice ese señor? —preguntó, indignadísima—.
¿Y por qué está ahí flotando a un metro del suelo?
Samuel Zinc suspiró resignadísimamente.
—Dejadme que os presente. Éste es el espectro de mi
abuelo Isaías. El señor Eguíluz... la señorita Silvia. Silvia es
nieta de don Prudencio, don Florencio, don Elías, doña Eloísa,
doña Clara y don Esteban, a los que ya conoces.
—iAh, claro! —exclamó don Isaías despectivamente—, Te
refieres a esa cuadrilla de parásitos del pueblo de arriba, que
viven a tu costa desde hace treinta y tantos años, ¿no?
—Abuelo, no te pases de la raya...
— ¡Está insultando a los abuelos! —gritó Silvia, hecha una
furia—. ¡Oiga, usted! ¡Haga el favor de no llamar parásitos a
mis abuelos!
Una risotada despectiva fue la respuesta de don Isaías.
Silvia, echando chispas por los ojos, se abalanzó sobre el
espectro; pero la figura del anciano usurero se le deshacía
entre los dedos.
—iJa, ja, ja...! —rió el fantasma—. Pequeña estúpida... ¿no
sabes que los fantasmas somos etéreos, incorpóreos, ingrávi-
dos e inaprensibles...? ¡Ah, diminuta ignorante...! Somos humo
de cigarro... Niebla londinense... ¡Vapor de sodio a baja pre-
sión! ¡Ja, ja, ja, ja...!
Al oír aquello, Silvia apretó los dientes con rabia.
—Conque humo, niebla y vapor, ¿eh? —rezongó por lo
bajo—. ¡Pues ahora verás!
Y, acto seguido, trepando hasta la tercera estantería del
almacén, cogió el vetusto pero eficaz ventilador Hurricane
que perteneciera a la abuela Eloísa, lo conectó a un enchufe
cercano y lo dirigió hacia el atónito fantasma.
—Pero... ¿qué hace esta joven delincuente? ¡Niña! ¡Niñaaa!
¡Aparta de mí ese chisme diabólico! —exigió don Isaías, mien-
tras la corriente de aire le enviaba en volandas de un lado a
otro de la estancia, sin ningún control.
Silvia, rabiosa, aumentó al máximo la potencia del aparato
y el fantasma de don Isaías empezó, primero, a perder su

A
131
forma habitual y, enseguida, a disgregarse formando bellas
volutas.
—¡Auxiliooo! ¡Que me desvanezcooo! ¡Que alguien deten-
ga a esta mocosaaaa....!
Ésas fueron las últimas palabras del espectro, antes de di-
solverse por completo en la atmósfera, dejando en la estancia
tan sólo un olor extraño, mezcla de vapor de sodio y humo
de puro habano.
Silvia parecía algo asustada. Permanecía aún con el ven-
tilador en las manos cuando Samuel Zinc abrió la ventana de
par en par.
—Me siento un poco ridículo, la verdad —dijo el presta-
mista—. Tanto tiempo soportándole... Pero, claro, ¿quién iba
a pensar que fuera tan sencillo deshacerse de un fantasma?
—Quizá no lo sea —vaticinó Eguíluz.

FACTORÍA A LA VISTA

El bosque de tejos era sobrecogedoramente hermoso. Tan


bello era, que uno no acertaba con las palabras precisas para
describirlo y resultaba casi inevitable guardar silencio bajo
aquellas verdes copas parabólicas o elípticas o geodésicas. Sua-
ves como un susurro cariñoso, en cualquier caso.
El Daimler avanzaba cansino, como de milagro, por la pista
que los suizos construyeran cuatro décadas atrás y que pre-
sentaba un buen aspecto sorprendente. Casi sospechoso.
Andreas Gropius había dejado caer su monóculo desde el
primer momento y contemplaba el bosque con veneración no

A
132
disimulada. También a Urdax le resplandecía la sorpresa en
la cara sin reparo alguno. Y a don Esteban se le había des-
bocado el corazón y empañado los ojos de recuerdos.
—¡Cómo han crecido en treinta años! —repetía una y otra
vez, admirado. ;
Soplaba el sempiterno viento del norte, que obligaba a los
tejos a entonar cantos gregorianos y a ulular conjuros mis-
teriosos, y que les hacía estremecerse, como si se hallasen a
punto de iniciar una danza.
Gropius sintió que se le ponía la piel de gallina.
—Nunca se debió instalar aquí esa factoría —dijo.
Tras media hora de avance por el bosque, Urdax se volvió
hacia el abuelo Esteban.
—¿Falta mucho? Empiezo a estar harto de tanto árbol.
—Menos de un kilómetro.
El gordo se volvió hacia su compañero, que de nuevo se
había enfrascado en la lectura de las mediciones del ventu-
rómetro.
—¿Y bien?
—Incomprensible —musitó Andreas Gropius—. Las lectu-
ras que obtengo indican una gran cantidad de mala fortuna
flotando en el ambiente, desde luego. Pero a tan sólo un
kilómetro de la máquina... El venturómetro tendría que estar
echando humo.
Urdax gruñó como un oso de las cavernas.
—¿Y no podría ser que alguien se nos hubiera adelantado?
¿Que se hayan llevado esa maldita máquina?
—No lo creo —respondió Gropius—. La máquina sigue
ahí, estoy seguro. Pero su influencia parece amortiguada por
algún motivo que no consigo comprender.
El abuelo Esteban parecía atento sólo al camino, pero, en
realidad, no perdía ripio de la conversación que mantenían
sus pasajeros. Estaba, incluso, empezando a comprender lo
que se traían entre manos. Hablaban de mala fortuna, de mala
suerte, la inseparable compañera de los habitantes del valle
de Arás en los últimos treinta y tres años. Y de una extraña
máquina que, al parecer, se hallaba en la Factoría abandonada.
Comprendió entonces que quizá Prudencio tuviese razón:
que la interminable mala racha que habían sufrido paciente-
mente desde que cerró la Factoría no era fruto de la simple
casualidad. Y que aquellos dos hombres —el gordo de des-
preciables modales y el enigmático sujeto que pasaba inad-
vertido a pesar de su monóculo— parecían tener la clave del
misterio. Y sintió que el estómago se le encogía.
En los últimos minutos, el cielo se había cubierto de tan
negros nubarrones que una oscuridad casi nocturna se había
adueñado del ambiente, obligando al abuelo Esteban a encen-
der los faros del vehículo.
De pronto, Urdax dio un respingo, al tiempo que señalaba
hacia adelante.
— ¡Allí está! —exclamó ansiosamente—. ¡Allí está!
En efecto, poco más allá, el bosque terminaba súbitamente,
dando paso a una enorme explanada casi circular, en cuyo
centro podía adivinarse, más que verse, un grupo de edificios
de aspecto inequívocamente industrial: dos grandes naves
principales, una altísima chimenea de ladrillo semiderruida y
varios almacenes, muelles de carga y construcciones anexas.
Y entonces se escuchó la voz del abuelo Esteban, casi irre-
conocible, velada por el miedo.
—iOh, Dios mío, pero... si está ardiendo!
Andreas Gropius se ajustó el monóculo y sacó la cabeza
por la ventanilla para mejorar su visión. No había duda de

A
134
que don Esteban tenía razón: los edificios principales de la
Factoría se hallaban envueltos por un sobrecogedor halo ver-
de amarillento que no podía ser sino el resplandor de un
incendio pavoroso.
Ese mismo resplandor hacía visible el rótulo, compuesto
por letras descomunales pintadas directamente sobre la fa-
chada:

CENTRAL SOPERA DE ARÁS

Los tres hombres sintieron un interminable escalofrío.

UNA CAJA LLENA DE LÁPICES

Silvia, Eguíluz y Samuel Zinc llevaban casi hora y media


repasando álbumes de recuerdos, viejas fotografías y recortes
de periódicos atrasadísimos.
—¿Habéis encontrado algo de interés? —preguntó Zinc.
Eguíluz se limitó a negar con la cabeza. Silvia, por su par-
te, suspiró desanimada.
—Hay muchas fotos y recuerdos de Arás y de Arás Alto.
Y también de los viajes que los abuelos hicieron por medio
mundo durante los buenos años. Pero casi nada sobre la Fac-
toría.
—A mí me ha ocurrido lo mismo —confesó Samuel—. Has-
ta el gorro estoy ya de ver fotos y más fotos del crucero que
Clara y Elías hicieron por el Mediterráneo en el verano del
diecinueve. Por lo menos hay seiscientas.
—Yo me he visto quince álbumes —dijo Eguíluz—. Una
excursión al Tirol: dos álbumes. Visita a Lourdes: álbum y
medio. Viaje a Rumanía: tres álbumes... y así sucesivamente.
Durante otra media hora siguieron revisando cajas y cajas
atestadas de material absolutamente anodino. Lo más intere-
sante que hallaron fueron unas fotografías en las que podía
verse al abuelo Esteban, jovencísimo, posando con su flamante
uniforme de cartero ante la puerta de las oficinas de la Fac-
toría.
Parecía que no lograrían hallar nada importante cuando
Silvia cogió de la segunda estantería una caja de cartón de
mediano tamaño, en nada distinta a otras, excepto por un
detalle.
—Eh, fijaos: esta caja tiene un emblema en esta esquina.
Veamos qué dice: Central So... pera de... Arás. ¡Es de la Fac-
toría! ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?
Samuel Zinc tomó la caja y leyó una pequeña etiqueta
adherida en un lateral.
—Material de oficina. Doce kilos. Pagado a peso. 9 de julio
de 1920.
—¿Qué significa? —preguntó Eguíluz.
—Es la etiqueta de empeño. Por la fecha, creo recordar de
qué se trata: tras cerrar la Factoría, Prudencio y Esteban su-
bieron a inspeccionar las instalaciones abandonadas. Bajaron
varias cajas como ésta con lo poco de valor que encontraron.
Un tiempo después, las trajeron a empeñar.
Silvia arrancó de un tirón el papel engomado que cerraba
la caja y empezó a examinar el contenido.
—Nada de valor, me temo —dijo Samuel Zinc tras echar
un vistazo—. Papel carbón, goma arábiga, cuartillas, unos se-
llos de caucho... Material sin valor alguno.
—Mirad —exclamó Silvia, encantada con el descubrimien-
to—, un paquetón de lapiceros. Y media docena de porta-
minas de los buenos. ¿Me los puedo quedar, tío Samuel?
—Por supuesto, hija. De haber recordado que estaban ahí,
yo mismo te los hubiera regalado hace tiempo. Coge todo lo
que quieras.
—Entonces, me llevo las cuartillas para dibujar, y esta caja
de gomas de borrar y... huy! ¿Qué es esto colorado?
—Lacre. Cógelo también. Es muy divertido.
—Estupendo... ¡Ahí va! Aquí, en el fondo, hay unos cua-
dernos muy gordos, con tapas de cartón. Quizá pueda usarlos
para escribir un diario...
Silvia los hojeó rápidamente y el desencanto afloró a su
rostro.
—iOh, vaya...! No me sirven. Están llenos de números.
Zinc y Eguíluz se miraron.
—¿Números, dices? Déjanos echar un vistazo.
Apenas lo hicieron, las miradas de ambos hombres pare-
cieron destellar.
—iSon los libros de cuentas de la Factoría! —exclamó Sa-
muel Zinc—. El de caja, el mayor, las nóminas... ¡Está todo!
¡Esto sí es un hallazgo! Quizá ahora podamos saber por qué
el negocio se fue a pique.
—¿Y esos otros? —preguntó Eguíluz señalando los dos úl-
timos volúmenes.
Tomó el más grande entre sus manos. En cuanto hubo
leído el título, empezó a temblar de excitación.
— Informe General de Actividades de Central Sopera de Arás
(1912-1919). Destino: Oficina Principal del grupo de empresas
W. FAGUS, GmBH. Basilea, Suiza. Copia numerada 00032.
La chica y los dos hombres se miraron, radiantes de satis-
facción. Era justamente lo que andaban buscando... sin saber
siquiera que existía. Allí estaba todo cuanto habían querido
saber siempre sobre la misteriosa Factoría: su instalación, su
funcionamiento, las personas que en ella trabajaron... Había
planos, esquemas, fotografías...
Pasaron varias páginas apresuradamente.
—i¡Mirad! Aquí está la Factoría aún en construcción.
—Éste era el director general, el señor Konrad. Le vi una
vez en la ciudad —comentó Samuel Zinc señalando a un tipo
que guardaba un gran parecido con el Káiser Guillermo Il.
—i¡Vaya bigotazo! —exclamó Silvia, divertida.
Al volver la siguiente página, se toparon con la imagen de
una vieja conocida.
—i¡Es la Número Seis! —gritó Silvia, alborozada.
Todo un capítulo del informe estaba dedicado a las má-
quinas de Davidson y Prokofiev y a su aportación en las
tareas de construcción de la Factoría.
—Eran nueve, tal como dijo Timow. Al menos, en eso no
mintió.
—Pero la nuestra es la más bonita, con diferencia —co-
mentó Silvia—. Mirad la Número Tres. ¡Es horripilante!
En efecto, la máquina número tres, denominada Devasta-
dora Absoluta Davidson $ Prokofiev, era un espantoso arte-
facto coronado por dos indescriptibles cuchillas que parecían
capaces de cercenar cualquier cosa que se les pusiera por de-
lante.
—Según dice aquí, la usaron para abrir la explanada en el
bosque de tejos. En esta foto se la ve en plena tarea.
Junto a ella, aparecían la Generadora Universal de Energía
Davidson € Prokofiev N.* 1, capaz de convertir cualquier cla-
se de materia en cantidades ingentes de luz, calor o electrici-
dad; la Reguladora Atmosférica Davidson é Prokofiev N.? 5,
con la que era factible alterar el clima de pequeñas extensio-
nes de terreno, y la Lazadora Infalible Davidson € Prokofiev
N.? 2, singular aparato capaz de atar los cordones de los za-
patos de forma que jamás se deshicieran los nudos.
—Un aparato utilísimo para evitar tontos accidentes labo-
rales —comentó Eguíluz, quien en cierta ocasión se había roto
una pierna al pisarse los cordones de sus botas Chirukas.
Pero la mayor sorpresa aguardaba a Silvia y sus dos ami-
gos al final de ese capítulo, cuando ante sus ojos apareció
una imagen a toda plana en la que podía verse una enorme
grúa descargando de un camión un extraño aparato negro,
de formas simples y rotundas. Al pie de la foto, la frase: «Lle-
gada a la Factoría de la máquina Davidson €: Prokofiev N.* 10.
29 de enero de 1914».
Pero no fue esto lo que asombró a Silvia, Samuel y Eguí-
luz. Ni mucho menos.
Contemplando la máquina Número Diez podía verse a un
nutrido grupo de técnicos y operarios. Entre los primeros,
ataviado con una bata blanca que se confundía con la pared
encalada situada tras él, estaba un tipo delgado, serio y que
lucía un monóculo sobre su ojo derecho.
—iNo es posible! —exclamó Eguíluz con voz temblorosa.
—¡Es él! —gritó Silvia.
—Y está igual —confirmó Samuel Zinc—. No ha enveje-
cido nada en treinta y nueve años. ¡Es increíble!
En efecto, el rostro y la figura inconfundibles de Andreas
Gropius parecían burlarse del tiempo desde aquella imagen
tomada casi cuatro décadas atrás.
LA MALA SUERTE

—No0, no se trata de un incendio —dijo Andreas Gro-


pius—. Son fuegos de San Telmo. O algo similar.
—¿Eh?
—Que la Factoría no está ardiendo. Lo que vemos son
fosforescencias naturales provocadas por la ionización del aire.
En parte están causadas por la formación de la tormenta y
en parte, supongo, por las fuerzas magnéticas generadas por
la máquina. |
—Entonces... ¿no hay peligro? —preguntó Urdax.
Gropius pareció a punto de responder por dos veces. Pero,
por dos veces, se limitó a carraspear.
—El resplandor, por sí mismo, no encierra ningún peligro
—dijo al fin, ambiguamente.
—¿A qué esperamos, entonces? —exclamó Urdax—. ¡Va-
mos allá! La tenemos al alcance de la mano.
El abuelo Esteban, con la vista fija en la inquietante Fac-
toría, pisó el acelerador del Daimler. El viejo ómnibus obe-
deció la orden de avanzar, abandonando el bosque de tejos
y saliendo a la gran explanada circular.
Al cruzar la frontera entre la zona boscosa y la roturada,
los pasajeros del vehículo sintieron un soplo gélido en el ros-
tro, una caricia escalofriante.
Urdax se alarmó, incluso.
—iNO habéis notado algo...?
Por supuesto que lo habían notado.
Andreas Gropius miraba a su alrededor con la expresión
angustiada de quien intuye un peligro desconocido. De pron-
to, pareció recordar un detalle olvidado. Cogió el venturó-
metro y lo sostuvo ante sus ojos un momento.
— ¡Cielo santo...! —exclamó.
Los indicadores del aparato parecían haber enloquecido.
—¡Dé la vuelta, don Esteban! —dijo, tratando de no perder
los nervios—. Estamos en grave peligro. Regrese al interior
del bosque, por favor.
Pero el anciano no movió un músculo.
—¡Abuelo! —rugió Urdax, atemorizado—. ¿No ha oído al
señor Gropius? ¡Vire en redondo!
Ahora sí hubo respuesta.
—No... no puedo —susurró don Esteban.
—¿Qué está diciendo, hombre?
Los dos pasajeros se inclinaron hacia adelante, extrañados,
comprobando con terror que el conductor había soltado el
volante y separado los pies de los pedales... pero que el óm-
nibus proseguía su marcha, impertérrito, guiado al parecer
por fuerzas misteriosas.
Don Esteban se encogió como una medusa, aplastándose
contra el respaldo de su asiento.
Durante unos segundos interminables, los tres hombres
permanecieron mudos, boquiabiertos, horrorizados, como si
fuesen capaces de ver las invisibles manos que manejaban los
mandos del Daimler.
El vehículo avanzaba hacia la Factoría por la trayectoria
más corta, sin esquivar pedruscos ni otros obstáculos.
De pronto, los acontecimientos se precipitaron. Se escu-
charon varios estampidos sucesivos al tiempo que Urdax re-
cuperaba el habla o, al menos, la facultad de gritar su miedo
a pleno pulmón. El vehículo pareció perder por unos mo-
mentos la atracción de la Factoría, para recuperarla acto se-

A
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guido con una sacudida; y aún dio a continuación dos o tres
tumbos erráticos antes de precipitarse de morro en una zanja
del terreno.
Don Esteban se vio proyectado contra el parabrisas. Sintió
un agudo dolor en la frente. Luego, se desvaneció.

DE REGRESO

Casi en el mismo instante, Eguíluz, Silvia y Samuel Zinc


consideraban que los hallazgos realizados eran lo suficiente-
mente importantes como para no demorar por más tiempo su
regreso a Arás. Se imponía un minucioso estudio tanto de los
libros de cuentas de la Factoría como del Informe de Actividades
de la Central Sopera de Arás. Se les antojó fundamental que el
abuelo Prudencio, indiscutible líder de la investigación, tuvie-
ra conocimiento cuanto antes de aquellos reveladores docu-
mentos. :
Así pues, pese a haber llegado la hora de comer, la chica
y los dos hombres subieron a la DKW y emprendieron el
regreso sin más dilación.
Al igual que hacía cuando viajaba con su abuelo, al pasar
frente al aserradero de don Paco Mondano, Silvia saludó efu-
sivamente al encargado, el hombre de la barba de virutas.
Éste dejó por un momento de devorar su tremendo bo-
cadillo de atún, tomate y anchoas y le devolvió el saludo con
la sorpresa pintada en el rostro. Sorpresa que no era tanta
por la asiduidad con la que Silvia viajaba últimamente a Santa
Tecla, como por la extraña luminiscencia que acompañaba la
marcha de la DKW de Eguíluz.
Y es que, flotando sobre el techo del vehículo, podía apre-
ciarse sin dificultad un misterioso resplandor blanco azulado
en cuyos contornos, con un poco de imaginación, era posible
adivinar la figura de un hombre ancianísimo, vestido con ca-
misón y gorro de dormir y que sujetaba entre sus manos una
vieja llave de grandes dimensiones.

COMO UN AUTÓMATA

No debió de llegar a medio minuto el tiempo que el abue-


lo Esteban estuvo inconsciente, pero al despertar se sintió te-
rriblemente desorientado.
Andreas Gropius le palmeaba el rostro.
—¡Don Esteban! ¡Don Esteban! ¿Se encuentra bien? Vamos,
vamos. Hemos de salir de aquí.
El ómnibus se encontraba terriblemente inclinado, casi
apoyado sobre su costado izquierdo. El motor había dejado
de funcionar y, según pudieron comprobar luego, los estam-
pidos que habían escuchado no eran sino el reventón sucesivo
de todas las ruedas, incluida la de repuesto.
Se escuchó entonces un trueno horrísono y, acto seguido,
comenzó a llover de forma inaudita.
—Dése prisa, don Esteban —insistía Gropius—. Esto se
pone feo. Hemos de llegar al bosque cuanto antes.
El anciano asintió. Intuía que la pretensión de don An-
dreas era lo más sensato. Saltaron ambos a tierra.
—¿Y el señor Urdax? —gritó don Esteban, intentando ha-
cerse oír por encima del fragor de la tormenta.
—Ha salido del ómnibus apenas nos hemos detenido. Ya
estará en el bosque...
Pero aún no había terminado la frase cuando distinguió a
lo lejos la figura de su compañero caminando justamente en
dirección contraria a la esperada: derecho hacia la Factoría.
Iba paso a paso, torpe pero decidido, como un autómata. Inal-
terable en su propósito pese al diluvio pavoroso que se abatía
sobre él
—¿Pero adónde diablos...? ¡Urdax! ¡Urdaaaax! ¡Vuelvaaa!
Andreas Gropius trató de correr hacia él, pero el terreno
se estaba convirtiendo por momentos en un barrizal imprac-
ticable. Las cortinas de agua que caían del cielo hacían im-
posible que Gropius y el abuelo Esteban pudieran avanzar
más deprisa de lo que Urdax lo hacía con sus pasos de so-
námbulo. Y, por si esto fuera poco, un rayo se precipitó a
tierra a mitad de camino entre los unos y el otro, como dando
a entender que el destino del gordo estaba visto para senten-
cia y que nada era posible hacer por él.
Así lo entendió Gropius cuando, tras recuperarse del des-
lumbramiento producido por el relámpago, comprobó que ya
ni siquiera podía distinguir la figura de su compañero en la
distancia.
—¡Volvamos, don Esteban! ¡Hay que ganar el bosque!
Hubo instantes en que les pareció que no lo conseguirían.
En varias ocasiones resbalaron, cayendo sobre el barro cuan
largos eran; pero apoyándose uno en otro, sumando esfuer-
zos, lograron situarse ambos, al fin, bajo la relativa protección
de los tejos.
Don Esteban, jadeante, casi extenuado, se apoyó contra un
grueso tronco. Gropius, sin embargo, le obligó a ponerse de
nuevo en marcha con imperiosos ademanes.
— ¡Siga! ¡Siga! ¡Hay que internarse más en el bosque!
Caminaron otro centenar de metros, ahora ya con menos
dificultad, antes de que el hombre del monóculo se diera por
satisfecho.
Empapados hasta el tuétano, los dos hombres se dejaron
caer.
—¿Se encuentra bien, señor Gropius?
—Sí, creo que sí. ¿Y usted?
—Teniendo en cuenta las circunstancias... pues sí. Pode-
mos decir que hemos tenido suerte.
Andreas Gropius sonrió amargamente.
—No sabe usted lo que dice, don Esteban. Por el contrario,
lo que hemos tenido ha sido un encuentro con la mala suerte.
Mala fortuna en estado puro y en enormes cantidades.
El anciano no tenía la menor duda de ello, pero decidió
mostrarse escéptico a fin de tirar de la lengua a Gropius.
—¿Llama usted mala suerte a una tormenta?
—¿Una tormenta? ¡Por favor! ¿Había visto una tormenta
como ésta alguna vez?
Don Esteban negó con la cabeza.
—Lo reconozco. Y, mucho menos, en esta época del año
y a esta hora del día.
Gropius giró la cabeza en dirección a la Factoría y habló
quedo, como para sí.
—Es esa condenada máquina. Sigue ahí. Y sigue funcio-
nando a toda potencia —y añadió—: No sabe usted lo mucho
que tienen que agradecerle a este bosque.
—No le comprendo.
—Me dijo usted que el tejo protege de los malos espíritus,
¿no es así? Bien, no sé si eso será cierto, pero está claro que
el bosque ha hecho de pantalla, de amortiguador de la terrible
influencia generada por la máquina. Por eso las mediciones
que yo obtenía daban valores tan bajos. Pero basta dejar la
protección de los tejos para encontrarse de lleno con la mala
suerte. De no ser por estos árboles, hace años que de Arás
no quedaría piedra sobre piedra. Por el contrario, en la ex-
planada central se ha concentrado en tal modo la distorsión
originada por la máquina, que nos va a resultar muy difícil
llegar hasta ella.
—¿Cómo? ¿Acaso piensa volver allí de nuevo? ¿Es que se
ha vuelto usted loco?
—Es preciso. En primer lugar, tenemos que rescatar al se-
ñor Urdax. Y, por supuesto, hay que intentar llegar junto a
la máquina y desconectarla. O mejor: destruirla. Espero que
me ayuden a hacerlo. A ustedes les interesa tanto como a
mí... aunque por distinto motivo. Pero, de momento, hemos
de regresar a Arás. Hay que trazar un plan. Y necesitaremos
a la máquina Número Seis.
—Entonces, será mejor que nos pongamos en camino. Nos
queda un largo trecho.
La lluvia había cesado.

GIGANTES Y CABEZUDOS

Ya atardecía cuando, tras un accidentado viaje en el que


hubo que cambiar la correa del ventilador, una manga de
embrague y reparar por dos veces la cadena de la distribución
de la DKW, la maltratada furgoneta depositó a Silvia, Zinc y
Eguíluz ante al porche de la fonda de Arás.
Cuando la abuela Eloísa los informó de que el ómnibus
no había regresado todavía, los recién llegados se lanzaron a
toda prisa escalones arriba, rumbo a la habitación número
cinco, con el Informe de Actividades y los libros de cuentas de
la Factoría quemándoles en las manos.
Pero conforme se acercaban a la habitación de Urdax y
Gropius, ralentizaron su marcha y cruzaron miradas cargadas
de extrañeza.
—¿Qué diantres es eso? —preguntó Eguíluz.
—Parecen jotas... —dijo Silvia.
La puerta estaba abierta, así que se acercaron con sigilo y
deslizaron tres cautas miradas al interior del cuarto.
A punto estuvieron de caer sentados al suelo cuando des-
cubrieron a Prudencio y Elías, el brazo de uno sobre los hom-
bros del otro, entonando recias y viriles coplas con no muy
malos oficios.

... grandes para looos reveeeses


luchando nobles y rudo-0-00s...
somos los aragoneseeeees
gigantes y cabezudooooos...

Silvia carraspeó hasta llamar la atención de los dos impro-


visados joteros.
—i¡Vaya! —exclamó el abuelo Prudencio—. ¡Ya era hora!
¿Dónde os habíais metido?
—Revisar treinta años de recuerdos lleva su tiempo —dijo
Samuel Zinc—. Pero, afortunadamente, hemos hecho un ha-
llazgo importantísimo.
—También nosotros —se apresuró a indicar Elías—. Ahora
tenemos una idea bastante aproximada de cómo funciona la
máquina Número Seis.
—¿Ah, sí?
—En efecto —corroboró Prudencio—. Funciona a base de
zarzuelas.
—¿Eh?
—Lo que oyes. Cada zarzuela es una lista de órdenes en
clave. Se le puede cantar de viva voz o mediante rollos de
papel perforado, para que ella misma se interprete las can-
ciones.
—Este último sería el modo automático —aclaró Pruden-
cio—. Y ya hemos descifrado algunas claves. Por ejemplo:
para que la máquina fabrique el instrumental propio de un
taller de reparación de automóviles, hay que cantarle La ver-
bena de la Paloma.
—¿La zarzuela completa? —preguntó Zinc, horrorizado.
—Si lo quieres todo, sí. Pero se puede cantar sólo una
parte. Mirad.
Brazos en jarras, los dos ancianos se volvieron hacia la
máquina y empezaron a cantar:

¿Dónde vas con mantón de Manilaaaa?


¿Dónde vas con vestido chinéeeee?

Al instante, la máquina Número Seis vomitó una llave di-


namométrica y un juego de galgas.
—¡Voila! ¿Qué os parece?
—Pasmoso —reconoció Eguíluz—. Pasmoso en verdad.
¿Qué más sabe hacer?
—Cualquier cosa, suponemos. Es cuestión de acertar con

A
149
la estrofa apropiada. Cada zarzuela agrupa objetos relacio-
nados entre sí. Marina, por ejemplo, proporciona menaje de
cocina, cristalerías, cuberterías, vajillas y cosas afines. Ahora
verás: idale, Prudencio!

A bebeeer, a beber y apuraaaaagar


las cooopas deel licoooor,
que-el vitino hará olvidaaaaaaar
las peeenas deel amoooooor.

El resultado fueron seis platos llanos y seis hondos, una


sopera, un cazo de servir y un sifón.
—La rosa del azafrán —continuó Prudencio— proporciona
artículos deportivos; La Gran Vía, material de construcción, y
Agua, azucarillos y aguardiente, componentes eléctricos.
—Extraordinario —afirmó Samuel Zinc, cada vez más im-
presionado. |
—Bueno, ¿y vosotros? ¿Qué habéis descubierto? —pregun-
tó el abuelo Elías.
Silvia, Zinc y Eguíluz sonrieron ladinamente mientras el
prestamista levantaba en su mano derecha el informe sobre
la Central Sopera.
—¿Qué es eso? —preguntó Prudencio.
—Algo que os va a encantar.

NI POR GRETA GARBO

El abuelo Esteban se detuvo, apoyándose en una enorme


roca situada al borde del camino.
—iBuf! Lo siento, amigo Andreas. Mis piernas ya no son
las de antes, ni mi corazón tampoco. Estoy casi exhausto y a
esta marcha, desde luego, no conseguiremos llegar esta noche
a Arás. Hágame caso y siga usted solo. No teniendo que es-
perarme, en menos de tres horas puede estar cenando en la
fonda de Eloísa.
Andreas Gropius terminó de limpiar su monóculo antes de
dar una respuesta.
—No, don Esteban. Después de lo que hemos pasado jun-
tos, yo no le dejaría ni por Greta Garbo.
El abuelo Esteban rió con ganas la ocurrencia.
—Hace usted mal. Yo, por Greta Garbo, le dejaría a usted,
a todos mis compañeros y a mi señor padre, si viviese. Pero
se lo agradezco sinceramente.
El sol había desaparecido ya tras las altas montañas y la
temperatura había descendido considerablemente.
—Supongo que la noche será fresquita.
—Délo por seguro —dijo don Esteban—. En esta época
del año, si no hiela, ni bien, ni mal. Tendremos que buscar
refugio en alguna cueva o nos vamos a pasmar.
—¿Sabe usted de alguna?
Don Esteban negó, desalentado.
—No puedo presumir de conocer el valle de memoria,
como mi compañero Florencio. Nunca he sido excursionista.
Me he limitado a ir de un lado a otro a lomos de mi ómnibus.
De Arás a Santa Tecla; de Arás a Arás Alto; de Arás a la
Factoría...
El anciano quedó entonces en suspenso.
—FEspere un momento... ¿Cómo no se me había ocurrido
antes? ¡Podemos intentar llegar a Arás Alto y pasar allí la
noche!
—¿A qué distancia se encuentra?

A
151
—Apenas a un par de horas de camino... si usted me echa
una mano de cuando en cuando.
—Eso, por descontado. Pongámonos en marcha.

EL CUADERNO DE TAPAS DE HULE

—¿Qué? ¿Qué te parece, eh? —preguntó Eguíluz.


Prudencio volvió a repasar algunas de las páginas del In-
forme de Actividades antes de dar una respuesta.
—Desde luego, ha sido un buen trabajo. Es todo muy in-
teresante, pero, por desgracia, apenas aclara nada nuestra si-
tuación. :
Silvia, Zinc y Eguíluz se miraron, desconcertados.
—¿Cómo que no aclara nada...? —exclamó Samuel Zinc—.
Pero si ahí está todo. ¡La historia de la Factoría de pe a pa!
—SÍ, sí, pero no da respuesta a los interrogantes que nos
interesan. Desde luego, ahora conocemos al dedillo los ava-
tares de la Factoría desde que se instaló en nuestro valle; pero
eso ya no nos sirve de nada. También sabemos que las cosas
les empezaron a ir mal a principios del año diecinueve y que
fue a mediados de agosto de ese año cuando se produjo la
catástrofe que los obligó a paralizar la producción. Bien, ¿y
qué? Lo que tendríamos que averiguar es si esa racha de mala
suerte que los llevó a la quiebra es la misma que nos ha
venido afectando a nosotros desde entonces. Y, sobre todo, si
es posible combatirla.
—Total, todo nuestro esfuerzo, para nada —se lamentó
Silvia.
—IAl contrario! —exclamó el abuelo Prudencio—. Gracias
a vosotros, tenemos la solución al alcance de la mano.
Para completar su explicación, Prudencio tomó el Informe
de Actividades y lo abrió por la página en la que aparecía la
foto de la llegada de la máquina Número Diez.
—i¡Él nos la dará! —dijo, señalando la imagen de Andreas
Gropius. Los demás le miraron, solicitando una mejor expli-
cación—. El hecho de que presente el mismo aspecto que hace
cuarenta años, ya es extraordinariamente interesante. Pero es
lo menos importante. ¡Lo fundamental es que él estaba allí!
Este hombre vivió los acontecimientos de primera mano. Sabe
lo que ocurrió y por eso está ahora aquí. Sólo tenemos que
obligarle a que nos lo cuente todo.
Se escuchó entonces una voz procedente de un rincón de
la sala.
—Eso no será necesario.
Todos giraron la cabeza, asustados. Al momento, respira-
ron con alivio.
— ¡Florencio! Vaya susto que nos has dado... ¿De qué ha-
blas, si puede saberse?
—Digo que no será preciso interrogar a Gropius. Todo lo
que queráis saber de él, está aquí.
Y alzó en su mano derecha un grueso cuaderno de tapas
de hule.
—Por si no lo recuerdas, Pruden, esta mañana me has
dicho que revisara las pertenencias de Urdax y Gropius.
—Ah, sí. Es cierto.
—Esto ha sido lo único interesante que he encontrado. Es
el diario personal de Gropius. He pasado el día en mi des-
pacho del museo, leyéndolo de cabo a rabo. Sí, ya sé que no
está bien; pero en nuestra situación, creo que estaba más que
justificado.
—¡Muy bien! ¿Y qué dice? —preguntó Prudencio ansio-
samente.
Florencio sonrió como solía, con expresión ausente.
—He señalado los pasajes más interesantes a fin de no
aburriros con cuestiones sin importancia.
Tomó asiento y, en medio de la expectación general, co-
menzó a leer:

Arás, 25 de mayo de 1910. Un maravilloso día. 25* Celsius.


Vientos flojos del noreste durante toda la tarde. Creo que por fin
hemos dado con el lugar adecuado para instalar la Factoría. Han
sido meses y meses de búsqueda cauta y concienzuda...

Un DESCANSO

El abuelo Esteban se detuvo, jadeante.


—Necesito descansar, amigo Andreas. Por suerte, estamos
ya cerca del desvío. Llegaremos a Arás Alto en cuarenta O
cincuenta minutos.
—No se preocupe. Además, también yo necesito un des-
canso. Realmente, tengo más edad de la que aparento.
Aquella afirmación puso la carne de gallina al abuelo Es-
teban. Cuanto más miraba a Gropius, más convencido estaba
de haberle visto en la Factoría, cuarenta años antes, con un
aspecto muy similar al actual. ¿Acaso era posible que aquel
hombre tuviera ochenta años y aparentase treinta y cinco? Se
moría de ganas de preguntárselo, pero, pese a que su com-
portamiento había sido exquisito, seguía inspirándole una
atroz desconfianza.
Temiendo que, aun a la tenue luz de la luna, se hiciera
patente su desazón, don Esteban evitó permanecer en si-
lencio.
—Lo que no comprendo es cómo esa máquina de la suerte
puede seguir funcionando después de treinta y tres años de
abandono.
Gropius se ajustó su monóculo.
—La máquina consta de dos partes. La superior, esférica,
contiene revolucionarios elementos electromagnéticos. La in-
ferior, de forma cúbica, es un potentísimo acumulador de
energía. Algo parecido a una batería de automóvil, pero de
enormes dimensiones y tremenda capacidad. Por desgracia,
durante los años en que la máquina estuvo funcionando en
la Factoría, se le suministró mucha más energía de la necesaria
para su funcionamiento.
—¿Y eso por qué?
Gropius bajó la vista. Su tono se hizo más grave.
—Los técnicos que la manejaban no conocían bien su fun-
cionamiento. En realidad, nunca llegaron a saber bien lo que
tenían entre las manos. Y toda la potencia sobrante se fue
almacenando en el acumulador.
—Pero esa energía acabará por agotarse.
—Oh, desde luego. Lo malo es que es posible que la má-
quina aún pueda seguir funcionando por sí misma otros quin-
ce O veinte años.
Aquello dejó consternado al abuelo Esteban. A su edad,
quince años significaban más que toda la vida, pues, con la
excepción de Silvia, nadie en Arás podía soñar con vivir otros
tres lustros. Si no hacían algo por evitarlo, la mala suerte les
sobreviviría.

A
155
—Sabe usted mucho sobre esa máquina, Andreas.
No fue una pregunta, sino una afirmación.
—Modestia aparte, sólo hay otra persona en el mundo que
supere mis conocimientos sobre las máquinas Davidson éz Pro-
kofiev, y sobre ésa en particular.
—¿El señor Urdax, quizá?
El abuelo Esteban escuchó por vez primera la risa de Gro-
pius. Y también por vez primera sintió el desprecio en su voz.
—¿Urdax, dice usted? ¡Ja, ja, jal Maximiliano Urdax es un
zafio ignorante que hizo fortuna en los años del estraperlo y
cuya única cualidad es la de poseer una ambición sin límites.
—Oh...
—Y ahora, si se siente ya más descansado... ¿seguimos?
—Sigamos.

DESPUÉS DEL ARMISTICIO

El abuelo Florencio, con voz pausada, fue pasando revista,


a través del diario de Andreas Gropius, a los hitos más im-
portantes de la historia de la Factoría: su construcción, la tarea
de las máquinas de Davidson y Prokofiev, la inauguración, la
desaparición de los dos inventores en el naufragio del Titanic,
la llegada casi dos años más tarde de la máquina Número
Diez, el estallido de la Gran Guerra...
Justo cuando iba a dar comienzo la parte más interesante
de la historia, el abuelo Florencio, algo cansado, pasó el cua-
derno a Eguíluz, situado a su derecha.
Fue él quien continuó el relato, cuando la noche caía ya
sobre el valle:

Arás, 16 de agosto de 1919. Temp. máx.: 37% Celsius. Lo que


nunca pensamos que sucedería, ocurrió ayer, al atardecer.
Pese a la indudable eficacia de la máquina Número Diez, las
cosas han ido en los últimos meses de mal en peor. La firma del
armisticio entre las grandes potencias, en noviembre pasado, marcó
el comienzo de nuestro declive. Suministrando más y más potencia
a la máquina, logré alargar unos meses nuestra agonía; pero yo
sabía que era una lucha perdida de antemano.
Desde hace dos meses, la producción de sopa ha descendido pau-
latinamente, pese a todos nuestros esfuerzos. Pero no tanto como los
pedidos, que prácticamente se han reducido a cero. Los accidentes
laborales se han multiplicado. Y, sobre todo, el clima ha empeorado
de modo insoportable. A diario nos vemos asediados por tormentas
cada vez más terribles, que provocan grandes destrozos en las ins-
talaciones.
Algunos de mis compañeros achacan este hecho a la amplia tala
de árboles llevada a cabo durante estos pasados años para insta-
lar y alimentar la Factoría. Sugieren que ello ha alterado el clima
de la comarca. Esto, sin embargo, no es posible asegurarlo de modo
tajante.
Pero fue ayer cuando se produjo el hecho que —creo— va a
precipitar nuestro final.
Se había ya desatado la habitual tormenta cuando, a eso de las
ocho, recibí orden de presentarme ante el señor Konrad, el director
de la Factoría.

La voz cadenciosa de Eguíluz, enronquecida por años y


años de vocear sus mercancías, prosiguió el relato de aquel

A
157
lejano día. Eran tales la pasión y la expresividad que el ex
vendedor ponía en la lectura, que todos los presentes tenían
la sensación de estar viviendo, más que escuchando, aquellos
terribles acontecimientos sucedidos treinta y tres años atrás.

LA TARDE DEL RAYO

Un trueno interminable crispó la expresión de-


Adolf Konrad, el director de la Factoría, quien golpeó
su mesa de roble con la contundencia de un aspi-
rante al cetro europeo de los pesos medios.
Seguidamente, descolgó el teléfono de un mano-
tazo.
—¿Dónde se ha metido Gropius? —bramó—.
¡Hace diez minutos que he ordenado que se presente
aquí de inmediato!
—Estoy aquí, señor Konrad —dijo Andreas Gro-
pius, limpiando su monóculo.
—¿Cómo? ¡Ah, disculpe! No le había visto. Como
lleva usted un traje del mismo color que la pared...
Vaya ocurrencia. En fin, vayamos al grano. Ya ve
usted que se nos ha echado encima otra tormenta.
—Lo veo y lo oigo, señor director.
—¡Pues haga algo, caramba! ¿No puede darle más
potencia a esa condenada máquina de la suerte? Es-
tas tormentas diarias se están convirtiendo en una
pesadilla. Provocan infinidad de desperfectos en la
fábrica. Se resquebraja la moral de los trabajadores.
¡Y se agua la sopa!
—Lo siento, señor Konrad. Como bien sabe usted,
la máquina Número Diez es un prototipo experi-
mental. No tenemos manual de instrucciones y sa-
bemos muy poco sobre su funcionamiento.
—i¡Pues póngase en contacto con la casa fabrican-
te, caramba! ¿No se le ha ocurrido? ¿O es que tengo
que solucionarlo yo todo?
Gropius sacó de su bolsillo un pañuelo de color
indefinible y empapó con él el sudor que le cubría
la frente.
—Lo siento, señor Konrad. Como usted recordará,
James Prokofiev y Konstantin Davidson desaparecie-
ron en mil novecientos doce, en el hundimiento del
Titanic. Ellos eran los únicos que conocían su funcio-
namiento y sus verdaderas posibilidades.
—i¡Pero usted es el técnico de mantenimiento de
esta Factoría!
—Señor Konrad: desde que llegó a nuestro poder,
hace seis años, he dedicado todo mi tiempo libre a
investigar el funcionamiento de esa máquina... con
escasos resultados. Pero, si usted lo desea, puedo
desconectarla durante unos días y volver a inves-
tigar...
—iNo, imposible! —fue la tajante respuesta del
director—. No podemos prescindir ni un solo instan-
te de su influencia benefactora. Lo que usted debe
intentar por todos los medios es aumentar su poten-
cia, no detener su funcionamiento. ¿Está claro, Gro-
pius?

A
159
El monóculo de Gropius se balanceaba del ojal de
su solapa. Él lo tomó en la mano y se lo colocó de
nuevo sobre el ojo derecho.
—Yo, lo único que tengo claro es que nunca se
debió instalar aquí esta factoría. Ni tampoco debimos
talar todos esos miles de árboles. Tal vez ahora lo
estemos pagando.
—No me venga con tonterías. ¡Qué tendrán que
ver los árboles con las tormentas! Además, ¿para qué
están los árboles en el mundo sino para que los hom-
bres les saquemos provecho?
Un trueno formidable rubricó la insensata afir-
mación del señor Konrad. Segundos más tarde, so-
naba el teléfono de su mesa.
—¿Qué ocurre...? ¿Cómo...? ¡Maldición!
Palideció de forma súbita, aun antes de dirigirle
de nuevo la palabra a Gropius.
—Un rayo acaba de caer sobre el recinto de se-
guridad. Al parecer ha alcanzado a su maldita má-
quina de la suerte.
—¡Dios mío...! —exclamó Gropius, sin poder con-
tenerse.
—Vaya allí a toda prisa e infórmeme de los daños
cuanto antes.

ÉL FIN

Llegados a este punto, todos los presentes escuchaban la


lectura del diario de Gropius con el mismo interés que si se
tratase de una novela de Julio Verne.
El rayo —leyó Eguíluz con modulada voz— alcanzó el re-
cinto de seguridad de la máquina Número Diez, entró por uno de
los conductos de refrigeración y, al parecer, ha afectado seriamente
al ingenio de Davidson y Prokofiev. Ahora, veinticuatro horas des-
pués del incidente, aún no sé si podré hacer algo.

Eguíluz pasó un grupo de páginas, hasta el punto en el


que el abuelo Florencio había colocado una última señal.

Arás, 26 de agosto de 1919. Todo el día ha sido una constante


tormenta.
Es el fin.
El no poder contar con el beneficioso efecto producido por la
máquina Número Diez ya hubiera sido muy problemático. Pero
cuando el ingenio de Davidson y Prokofiev, tras ser alcanzado por
un rayo el pasado día 15, comenzó a generar el efecto contrario de
aquel para el que fue diseñado, la situación se hizo insostenible.
El proceso productivo sufrió terribles desajustes. Hubo inmediatos
problemas con los proveedores y con la comercialización. Las labores
administrativas y contables se convirtieron en un caos de la noche
a la mañana.
Diez días después del accidente, la producción se ha paralizado
y la empresa ha entrado en quiebra técnica.
La mala suerte generada por la máquina Número Diez es tan
intensa que no ha habido nadie capaz de acercarse a ella lo bastante
como para, al menos, tratar de desconectarla.
A las dos de la tarde de hoy, el señor Konrad ha dado la orden
de abandonar la Factoría.

op
—»
LA TORRE DE HÉRCULES

Cuando Eguíluz cerró el diario de Andreas Gropius, la


emoción se dibujaba en los rostros de todos los presentes.
Prudencio había asistido a la lectura de los últimos párrafos
puesto en pie y con los brazos en alto. En este momento,
empezó a gritar.
—iLo sabía! ¡Lo sabía, lo sabía! —exclamó una y otra vez,
exultante—. Estaba seguro de que treinta y tres años de mala
suerte no podían deberse a la mera casualidad. Tenía que
existir una causa.
—Pero ¿quién podía imaginar semejante cosa? —añadió
Elías, aún maravillado—. Nada menos que una máquina de
la suerte fuera de control, extendiendo su maligna influencia
por todo el valle. ¡Parece un relato de Edgar Allan Poe!
—SÍí, sí... un relato que lleva treinta y tres años hacién-
donos la pascua —se quejó amargamente el abuelo Florencio.
—iAlegra esa cara, hombre! —dijo Prudencio—. Ya todo
ha terminado. Ahora que conocemos el origen de nuestras
desdichas, podremos ponerle remedio. Sólo es preciso reparar
esa máquina de la mala suerte y el valle de Arás volverá a
ser un lugar próspero y tranquilo. ¡Ya lo verás!
—¿Reparar la máquina? —preguntó Elías—. ¿Es que hay
por aquí cerca algún servicio técnico de Davidson €: Proko-
fiev?
—¡Muy gracioso! —contestó Prudencio—. La arreglaré yo
mismo, naturalmente. ¿Quién repara aquí todo lo que se es-
tropea? ¡Yo! ¿Quién os hace más cómoda la vida con sus
inventos? ¡Yo, yo y yo! Así que también encontraré el modo
de reparar esa dichosa máquina de la suerte.
Pero daba la sensación de que nadie salvo él lo creía.
En ese instante, llamaron a la puerta. Era la abuela Clara.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elías.
—¿Habéis perdido la noción del tiempo? La noche ha caí-
do hace rato y Esteban y los dos forasteros no han regresado
aún.
Todos cruzaron miradas cargadas de vergijenza. Realmen-
te, se habían olvidado de ellos.
Bajaban en tropel las escaleras de la fonda, hablando de
organizar una expedición de salvamento, cuando la abuela
Eloísa trajo las buenas noticias.
— ¡Están a salvo en Arás Alto! Han encendido la linterna
de la Torre de Hércules. Ahora voy yo a prender el fanal de
la torre de la iglesia. Así sabrán que hemos recibido su señal
y podrán dormir tranquilos.
Todos respiraron con alivio.

QUEDARSE EN ARÁS

Aunque la distancia entre Arás y Arás Alto no era mucha,


resultaban mutuamente invisibles. Sólo el punto más alto de
cada lugar podía ser avistado desde el otro.
En el caso del pueblo abandonado, se trataba de la linterna
de la reproducción a escala 1/3 del Faro de Hércules, que el
abuelo Elías se hiciese construir, adosada a su casa, en los ya
lejanos días de la prosperidad.
Aun en las más terribles noches de tormenta, la luz en-
cendida en ese lugar podía ser divisada desde el cupulín de
la iglesia de Nuestra Señora de Arás. Y viceversa.
—¡Nos han visto, Andreas! ¡Han encendido el fanal de la
iglesia!
—Estupendo —respondió Gropius distraídamente.
Lo cierto es que su atención estaba puesta en las deliciosas
construcciones que conformaban el pueblo abandonado.
—¿Qué? ¿Le gusta Arás Alto?
—Fascinante —fue la respuesta del hombre del monóculo,
que miraba a uno y otro lado con la sorpresa dibujada en el
rostro—. Deseando estoy que amanezca para poderlas apre-
ciar claramente. Y dígame: ¿por qué abandonaron un lugar
tan maravilloso y que tanto esfuerzo y dinero les debió de
costar?
—Por el peligro, naturalmente —respondió don Esteban—.
Desde el cierre de la Factoría, nos dimos cuenta de que avan-
zar hacia el norte significaba exponerse a mayores problemas
y accidentes.
—Entonces... ¿por qué no se han ido también de Arás?
Aunque en menor medida, allí también se ha dejado sentir
todo este tiempo la influencia de la máquina Número Diez.
El abuelo Esteban miró unos segundos al vacío antes de
responder.
—Ésa es una triste historia, amigo Andreas. Poco antes de
la quiebra de la Factoría, hacia mediados de agosto del año
diecinueve, se desató una tormenta especialmente terrible. La
más terrible que yo recordaba hasta la de esta mañana. Nos
quedamos sin energía eléctrica y dos de nuestros compañeros,
Inocencio y Fulgencio, montaron en una vieja berlina Stude-
backer que teníamos por aquel entonces y salieron camino de
la central eléctrica. Nunca regresaron. Supongo que fueron
arrastrados por la corriente del río Arás, inusualmente crecido.
Cuando el resto de la población de Arás emigró a otros lu-
gares, nosotros permanecimos aquí esperando —así lo creo yo
al menos— el regreso de nuestros dos amigos.
Gropius sonrió melancólicamente.
—Es una bonita historia, no cabe duda.
Pero don Esteban ya no pudo ni escuchar el comentario.
Se había quedado dormido instantáneamente.

LA DISPERSIÓN MOLECULAR DE DON ISAÍAS ZINC

Un fuerte viento procedente de la cabecera del valle limpió


el cielo de nubes, dejando que las estrellas echasen un vistazo
corto y brillante sobre Arás. Poco después, una nueva for-
mación nubosa llegó desde el otro lado de la cordillera, al
tiempo que la temperatura descendía hasta alcanzar niveles
más propios de febrero que de mayo.
Florencio, pese a sentirse incapaz de dormir, regresaba a
casa. Le bailaban los ojos, animados por la ilusión de una
próxima época de prosperidad que le permitiese abrir al fin
su tan anhelado museo de ciencias naturales.
El caserón de la plaza Mayor se le antojó distinto. Por un
instante, se lo imaginó atestado de forasteros, asombrados tu-
ristas dispuestos a sufrir largas horas de espera para poder
visitar la magna exposición: «El Valle de Arás: desde los tiem-
pos más remotos hasta nuestros días. Su flora, su fauna, sus
mariposas».
Abrió el enorme portalón, atravesó las salas vacías de la
primera planta y subió luego a su habitación. De repente, se
dio cuenta de que había empezado a nevar. Una de esas ma-
ravillosas nevadas tardías, primaverales. Se acodó en la ven-
tana y fue viendo caer los copos, enormes, como frías pelusas
de algodón.
«¡Qué bonito!», pensó. «Pocas cosas hay tan bellas como
ver nevar de noche. Salvo, quizá, una mariposa».
Recordó de inmediato Arás Alto. Allí, el placer era com-
pleto. Como instalaron faroles de gas, se veían caer los copos
a la luz del acetileno. En Arás, en cambio, sólo las noches de
luna muy, muy llena, como aquélla, era posible vislumbrar la
nevada.
Florencio levantó entonces una ceja y se rascó la barbilla,
ligeramente confundido.
«Juraría que fue luna nueva hace dos días», se dijo.
Consultó las tablas solunares que, como buen naturalista,
llevaba siempre en la cartera y confirmó sus sospechas.
«Entonces... ¿de dónde procede este resplandor?», se pre-
guntó.
Abrió la ventana y escrutó el cielo en busca de la fuente
de luz. La descubrió en torno al pararrayos de la iglesia. Se
trataba de una fosforescencia blancoazulada con forma de an-
ciano usurero en camisón de dormir.
—¡Eh, oiga! —gritó Florencio—. ¿Qué hace usted ahí?
—¿Es que no lo ve? —gritó la fosforescencia de mal ta-
lante—. Me sujeto al pararrayos para que no se me lleve el
viento.
—Pero... pero eso es muy peligroso, ¿no?
—Hombre... tiene su riesgo, desde luego.
—Y, además, el frío que está haciendo.
—Ah, eso sí, mire. ¡Como un sorbete me estoy quedando!

A
166
pm G
WN
—¿Y por qué no viene aquí, a casa? Hay un buen fuego
en la chimenea.
—Es usted muy amable, caballero. A ver si consigo llegar
hasta ahí entre una racha de viento y otra.
Pero el viento no cesaba y Florencio, por no parecer des-
cortés, decidió continuar la conversación.
—Aún no me ha dicho su nombre.
— ¡Isaías! —gritó don Isaías, que, sujeto por ambas manos
al pararrayos, flameaba ahora como una bandera—. Soy el
espectro del abuelo de Samuel Zinc.
—iAh, ya! Mucho gusto. Oiga, ¿ya sabe que se encuentra
aquí su nieto?
—Ya lo sé, ya...
—¿Quiere que le mande aviso?
—¡No! No, no, no. No se moleste. Quiero darle... una sor-
presa, ¿sabe usted?
—Como quiera.
Aprovechando el primer momento de calma, don Isaías
voló en dirección a la ventana. Pero en el último instante, un
nuevo e inoportuno golpe de viento desvió su trayectoria.
—¡Ooouuugh! ¡Mi nariz! —gritó don Isaías tras estrellarse
contra la fachada.
—Vamos, vamos, no es nada. Pase usted —dijo el abuelo
Florencio ayudándole a entrar.
—i¡Qué golpe, madre mía!
—Cosa seria, sí. Y yo que creía que ustedes, los espectros,
podían atravesar las paredes de piedra como si tal cosa.
—Habitualmente así es, caballero. Pero desde que he lle-
gado a este pueblo, no sé qué diablos ocurre, me siento torpe.
Tengo dificultades para hacer las cosas más sencillas.
—Ya, ya... qué me va usted a contar.

A
168
Florencio advirtió entonces que el espectro de don Isaías
aparecía incompleto. Le faltaban el antebrazo derecho y gran
parte del abdomen, además de estar ametrallado de pequeños
agujeros. Cuando se lo hizo notar, don Isaías suspiró resig-
nadamente.
—Calle, calle, no me lo recuerde —suplicó—. Esta mañana
he sufrido el más grave percance de mi etapa espectral. Con
decirle que he pasado el día reuniendo mis moléculas vitales,
dispersas por todo Santa Tecla... Naturalmente, muchas de
ellas no ha habido forma de encontrarlas. Mi oreja izquierda,
por ejemplo, ¡vaya usted a saber dónde habrá ido a parar!
El abuelo Florencio y el espectro de don Isaías Zinc aún
permanecieron un buen rato hablando al amor de la lumbre.
Durante su conversación, el anciano naturalista puso al fan-
tasma al corriente de los interesantísimos acontecimientos que
se estaban viviendo en Arás en las últimas horas. Éste co-
rrespondió informando a su interlocutor sobre ciertos entre-
sijos poco conocidos del Más Allá y recomendándole que pro-
curase retrasar al máximo el momento de su fallecimiento.
—Lo cierto es que, pese a todo, mejor que en la tierra no
se está en ninguna parte —declaró don Isaías.
Por fin, poco antes del amanecer, ambos se quedaron dor-
midos como niños de pecho.
CUARTA Y ÚLTIMA JORNADA

EN LA QUE CONOCEREMOS EL INESPERADO FINAL DE ESTA


HISTORIA Y, QUIZÁ, A ALGÚN(OS) OTRO(S) PERSONAJE(S). Y NOS
DESPEDIREMOS DEFINITIVAMENTE DE SILVIA, DEL ABUELO
PRUDENCIO, DEL ABUELO ELÍAS, DE LA ABUELA ELOÍSA, DEL
ABUELO FLORENCIO, DE LA ABUELA CLARA, DEL ABUELO
ESTEBAN, DE SAMUEL ZINC, DEL ESPECTRO DEL ABUELO DE
SAMUEL ZINC, DE EGUÍLUZ, DE ANDREAS GROPIUS, DE MAX
URDAX Y DE LA MÁQUINA NÚMERO SEIS
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URBI ET ORBI

N considerable estrépito despertó de su in-


tranquilo sueño al abuelo Esteban y a Andreas Gropius cuando
todos los habitantes de Arás hicieron su entrada en Arás Alto
a bordo de la DKW de Eguíluz.
—¡Esteban! ¡Estebaaan! ¿Dónde estáis? ¡Señor Gropius!
El abuelo Esteban, aún con la legaña puesta, salió al balcón
de su antigua casa, donde habían pasado la noche. Un balcón,
por cierto, muy similar al que utiliza el Papa en Roma para
impartir la bendición urbi et orbi.
—¡Aquí estamos! Subid,
—Os hemos traído el desayuno —anunció la abuela Eloísa.
EL MISTERIO DE ANDREAS GROPIUS

Pese a las pocas simpatías que se había granjeado, cundió


la preocupación al conocerse la suerte corrida por Maximilia-
no Urdax.
—Caminaba de un modo extraño, como hipnotizado por
la Factoría —contaba el abuelo Esteban con vehemencia—.
Algo le atraía irremisiblemente hacia ella.
—Pero... ¿acaso llegasteis hasta la Factoría? —preguntó
Prudencio.
—Casi hasta las mismas puertas.
—¿Y qué ocurrió?
—¿Qué ocurrió? —los ojos de Esteban se abrieron, recor-
dando con espanto—. Ocurrió que se hizo de noche en pleno
día y estalló una tormenta que parecía querer acabar con el
mundo. La Factoría brillaba como una gran luciérnaga y la
mala suerte la rodeaba por completo. Atrajo a Urdax y acabó
con el Daimler. El señor Gropius y yo estamos vivos por ver-
dadero milagro.
Todos parecieron pasmarse ante el apresurado relato de
Esteban. Todos, excepto Prudencio, que, sin pérdida de tiem-
po, sin dejarse impresionar, se encaró con Andreas Gropius.
—Un nuevo episodio misterioso que añadir a los que nos
han ofrecido ustedes desde su llegada. La verdad, esto em-
pieza a resultar enojoso. Tal vez si usted, señor Gropius, se
dignase dar solución a algunos de estos misterios...
—¿Quién, yo? ¿Cómo podría...?
El abuelo Prudencio estalló. Olvidando toda compostura,
empezó a vociferar mientras señalaba a Gropius acusadora-
mente.
—iDejémonos de disimulos, Gropius! ¡Lo sabemos todo!
¡Sabemos que usted estuvo en la Factoría durante aquellos
años! ¡Hemos visto su foto en el Informe de Actividades de la
Central Sopera! ¿O lo niega, acaso?
Andreas Gropius estuvo a punto de esbozar una negativa.
Pero, de pronto, pareció pensarlo mejor.
—No. No puedo negarlo —respondió tras una pausa.
—iAjajá! Nos tomaba por una pandilla de ignorantes pue-
blerinos, ¿verdad? Pero le hemos descubierto. Y conocemos la
existencia de la máquina Número Diez, y también lo que ocu-
rrió en agosto del diecinueve, cuando cayó el rayo.
Gropius miró al grupo de ancianos con asombro.
—¿Cómo han podido ustedes saber...?
—Ha sido cosa mía.
Era la voz del abuelo Florencio, que se había adelantado.
—Yo encontré su diario personal, señor Gropius, y lo leí
de cabo a rabo. Le pido disculpas por ello.
—¿Mi... diario?
—Sí, hombre, el cuaderno con tapas de hule.
Andreas Gropius permaneció unos segundos en silencio.
De pronto, esbozó una sonrisa que, poco después, se había
convertido en estruendosas carcajadas.
—¿Qué le ocurre a este hombre? —preguntó la abuela
Clara.
Gropius tardó un buen rato en poder dar explicaciones.
La risa casi le ahogaba. Pero lo hizo, al fin.
—i¡De manera que ustedes pensaban que yo...! ¡Ja, ja, ja...!
Han debido de forjarse una extraña idea de mi persona, sin
duda. Sin embargo, están ustedes en un error. Ese diario que
me han atribuido no es el mío, sino... el de mi padre.
—¿Su padre?
—Él, no yo, era el jefe de mantenimiento de la Factoría.

A
175
Desde hace años llevo conmigo su diario por... motivos per-
sonales. Y también es él quien aparece en la fotografía de
aquel informe junto a la máquina Número Diez.
Una oleada de imparable sonrojo recorrió al grupo de re-
cién llegados.
—Cualquiera hubiera picado —murmuró el abuelo Elías—.
La verdad es que guardan ustedes un parecido asombroso.
—No es algo inusual entre padres e hijos. Y la foto tam-
poco es de gran calidad. La confusión es explicable.
Prudencio, empero, no parecía conforme.
—Sin embargo, usted acaba de reconocer que era su fo-
tografía la que aparece en el informe.
—Es porque mi imagen aparece en otro lugar y pensé que
se referían a ella.
Elías trajo el informe y Gropius lo abrió por un apartado
dedicado a la escuela creada en la Factoría para que los hijos
de los trabajadores pudieran seguir cursando sus estudios.
Mostró una típica fotografía de fin de curso, donde un nu-
meroso grupo de alumnos posaba para la posteridad.
—Aquí me tienen. Promoción del dieciocho.
En la última fila, serio como un ajo, aparecía un niño bas-
tante esmirriado, cuya bata blanca casi se confundía con la
pared encalada que servía de fondo. De hecho, hubiera pa-
sado completamente inadvertido de no ser por el inusual de-
talle de que lucía sobre su ojo derecho un monóculo dimi-
nuto.
LA VIDA CON MI PADRE

—Mi padre, Andreas Gropius Weissmann, cursó estudios


de ingeniería industrial en la universidad de Basilea. Se gra-
duó con un magnífico expediente, lo cual le permitió entrar
rápidamente a trabajar en la prestigiosa compañía Wolfgang
Fagus de concentrados alimenticios, pasando después a jefe
de mantenimiento de la nueva factoría, la que se instaló por
fin aquí, en Arás.
—Ahí es donde entra usted en escena. ¿A que sí?
—En efecto, don Samuel, en efecto. Yo llegué a Arás acom-
pañando a mi padre. Cinco años contaba cuando vine y trece
cuando me marché. Aquí se produjo nuestro primer contacto
con las máquinas Davidson é Prokofiev, que pronto se con-
vertirían para él en una verdadera obsesión. Conocer perso-
nalmente a aquellos dos enormes inventores, la trágica muerte
de ambos y la llegada a la Factoría de la máquina Número
Diez fueron hitos que marcaron la vida de mi padre. Pero lo
que acabó con él fue lo acontecido el dieciséis de agosto del
diecinueve, cuando la caída de un rayo averió la máquina de
la suerte. Se sentía responsable de su funcionamiento y desde
ese instante, mi padre no volvió a ser el mismo. El incidente
trastornó su mente de modo insuperable. Tras el cierre de la
Factoría, empezó a sufrir terribles pesadillas en las que siem-
pre aparecía la dichosa máquina. Se culpaba del accidente y
su mal fue en aumento. Ayudado por mí, dedicaba todo su
tiempo a investigar el funcionamiento de las Davidson é: Pro-
kofiev, y de la máquina Número Diez en particular. Pero era
una dedicación insana, patológica. Terminó por enloquecer.
Desde hace once años se encuentra internado en el pabellón
de incurables del frenopático de Leipzig.
—Lo lamentamos mucho, señor Gropius.
—Gracias, doña Clara. La vida tiene estas cosas.

UNA CUESTIÓN PURAMENTE SENTIMENTAL

La historia de don Andreas Gropius padre había emocio-


nado hasta a las piedras de Arás Alto. Sin ningún rubor ya,
todos los presentes habían tomado asiento en torno al hombre
del monóculo. Y su curiosidad se había disparado.
—Pero ¿qué le impulso a regresar aquí, a Arás? —inquirió
Eguíluz.
—Yo guardaba muy mal recuerdo de este valle y jamás
pensé en volver. Pero hace aproximadamente año y medio
apareció Urdax en mi vida. Por un antiguo empleado de la
Factoría había tenido noticia de la existencia de la máquina
de la suerte. Me propuso venir y recuperarla en homenaje a
mi padre.
—¿Y usted se tragó semejante embuste? —preguntó Sa-
muel Zinc.
—Sí, lo reconozco. Urdax es astuto y supo tocar mi fibra
sensible, que la tengo, no crean. Pero ahora sospecho que lo
único que quería era conseguir la máquina para venderla al
mejor postor una vez reparada. Sea como fuere, el caso es
que accedí a ayudarle.
El abuelo Prudencio empezaba a atar cabos, pero quería
encajar todas las piezas.
—¿Y la máquina Número Seis? —preguntó—. ¿Por qué
tenían tanto interés por ella?
—Según los estudios de mi padre, las máquinas de David-
son y Prokofiev presentan similitudes que permiten agrupar-
las por parejas. La Uno con la Cinco, la Dos con la Nueve,
la Tres con la Siete, la Cuatro con la Ocho...
—Ya: y la Seis con la Diez —dedujo Prudencio.
—En efecto. En esos dúos, las funciones de una se com-
plementarían con las de la otra de algún modo, ofreciendo
prestaciones inusitadas. Basándonos en esa teoría, Urdax y yo
nos pusimos a buscar el paradero de la máquina Número Seis.
Supimos que se hallaba en poder de un estafador de poca
monta...
—¡El profesor Timow! —exclamó Silvia.
—El mismo. Tratamos de comprársela por una suma res-
petable. Ése fue nuestro error. Timow, que hasta entonces
consideraba la máquina un trasto inútil, sospechó de nuestro
interés y quiso saber más sobre ella. Descubrió que su último
emplazamiento había estado en el valle de Arás y decidió
trasladarse a Santa Tecla en busca de más información.
—Valiente tontería! —exclamó doña Clara—. Todo el
mundo sabe que los habitantes de Santa Tecla son las per-
sonas más herméticas de España.
—¿Cómo dice? —preguntó Samuel Zinc, algo mosca.
—No se ofenda don Samuel, pero es vox populi. Los san-
tateclinos no darían información a un forastero ni aunque les
fuera la vida en ello. Con decirle que algunos turistas se han
ido de Santa Tecla sin conseguir saber dónde está la plaza
Mayor...
—Algo de verdad debe de haber en ello porque, tras pasar
varias semanas en Santa Tecla, Timow decidió vender la má-
quina y olvidarse del asunto. Señal de que no había obtenido
ningún informe adicional.
— ¡Claro! —dijo Silvia—. Entonces fue cuando debió de
poner el anuncio en La Gaceta de Santa Tecla, aquel que decía:

¿TIENE PROBLEMAS?
ESO ES PORQUE USTED QUIERE
SOLUCIÓNELOS
AL INSTANTE SIN ESFUERZO SEAN CUALES SEAN
Profesor Timow Ganzúa, 16 - 4.” 2,*

—Siempre sospeché —dijo el abuelo Esteban— que lo úni-


co que conocía Timow sobre la Número Seis era aquella es-
túpida demostración para fabricar clavos. ¿Recuerdas, Silvia?
—Lo recuerdo, abuelo.
Prudencio pareció, por fin, rendirse a la evidencia.
—De acuerdo, de acuerdo. Ya todo parece claro. La cues-
tión ahora es: ¿qué hacemos?
Fue la abuela Eloísa quien tomó la decisión.
—Está bien claro: vamos a desayunar.

SÓLO UNA TEORÍA

Una vez lleno el estómago, Prudencio volvió a dirigirse a


Andreas Gropius.
—Bien. Ya hemos desayunado. Ahora subamos a la fur-
goneta de Eguíluz, vayamos hasta la Factoría, arreglemos esa
máquina de la suerte y acabemos de una vez con esta mala
racha. ¿Ah! Y, de paso, rescatemos al pobre señor Urdax.
Gropius rió entre dientes.
—Me gusta su sentido del humor, don Prudencio. Pero
usted sabe, como lo sé yo, que ya sólo acercarse a la Número
Diez resulta poco menos que imposible.
—Quitando a su señor padre, nadie en el mundo sabe
sobre esa máquina más que usted. Estoy seguro de que ha
encontrado la solución al problema, señor Gropius. De no ser
así, Urdax no se hubiera asociado con usted. ¿Me equivoco?
—Es cierto. Lo que sucede es que no tengo una solución,
sino una simple posibilidad: una teoría formulada por mi pa-
dre hace ya varios años. Y que, por supuesto, nadie ha podido
probar todavía.
—En ese caso, nosotros lo haremos.

LA MAZURCA

—Veo que han traído con ustedes la máquina Número


Seis.
—Así es —respondió el abuelo Elías—. Quizá le parezca
una tontería, pero... todos intuimos que quería venir con no-
sotros.
—Curioso en verdad. Pero me temo que mi equipaje no
haya sido tan expresivo.
—¿Su... equipaje?
—Tendremos que ir a buscarlo. En una de mis maletas
llevo un rollo de pianola que resulta imprescindible para lo-
grar nuestros propósitos.

op
hb
—Ese rollo... ¿no será, por casualidad, la partitura de una
zarzuela?
Gropius dejó caer el monóculo de su ojo por enésima vez.
—iSon ustedes sorprendentemente sagaces! En efecto, se
trata de Luisa Fernanda. Uno de sus números, La mazurca de
las sombrillas, es el pasaje que nos interesa.
La consternación pintó de nuevo de gris los rostros de los
arasenses. La subida desde Arás en la DKW de Eguíluz había
resultado tan dificultosa que un nuevo viaje de ida y vuelta
al pueblo aparecía como un problema insuperable.
Pero fue el propio Eguíluz quien se ocupó de acabar con
el desánimo.
—iNo hay que preocuparse! —exclamó—. ¿Acaso Eguíluz
no os ha proporcionado siempre todo aquello que precisabais
en cada momento, y a precios de auténtico saldo? Eguíluz
nunca defrauda a quienes confían en él. Una vez más, Eguíluz
tiene la solución.
—i¡Vamos! ¡Dilo de una vez! —suplicó Silvia.
Eguíluz, el inconmensurable Eguíluz, mantuvo aún el sus-
pense unos segundos.
—En mi furgoneta tengo una caja con rollos de esos. Y
estoy casi seguro de que...
Ni terminar la frase pudo. Bajaron en tropel a la calle. Se
lanzaron como poseídos sobre la DKW del ex vendedor.
—i¡Aquí! —gritó de pronto Samuel Zinc—. ¡Aquí están los
rollos! ¡Ya lo tengo! Mirad. ¡Mirad! ¡Sí! Luisa Fernanda. ¡Es
Luisa Fern...!
El entusiasmo se le congeló en la garganta al sentir que
el rollo de papel se le deshacía entre los dedos como ceniza.
Era lógico. Treinta y tantos años de humedad, de calor so-
focante, de frío extremo, de polvo y de malos tratos habían
terminado por desintegrar el material.
Regresaron en fila india y lanzando lamentos.
—También es mala suerte... —murmuró alguien.
Gropius, empero, no perdió la compostura.
—Aún existe otra solución, quizá la más sencilla: podría-
mos cantar nosotros la mazurca.
— ¡Es cierto! —exclamó Elías—. La máquina también acepta
las órdenes de viva voz.
—Florencio es muy aficionado a la zarzuela —dijo la abue-
la Clara—. Seguro que él se la sabe.
El aludido alzó las cejas.
—¡Hombre...! Yo me la sabía hace cosa de cuarenta y cinco
años. Pero ahora...
—Pues ya está, hombre —dijo el abuelo Prudencio con
determinación—. Si de algo no te acuerdas, se dice «larailo,
larailo», y listo. Muchachos, ¡a ensayar!

A LA SOMBRA

Fueron todos a la antigua casa del abuelo Fulgencio.


—El bueno de Fulgencio, que en paz descanse, poseía más
de dos docenas de pianos —recordó Prudencio—. Por muchos
que hayamos empeñado durante estos años, alguno quedará,
digo yo.
En efecto, pronto dieron con un Steinway cubierto de pol-
vo, que, pese a todo, sonaba aceptablemente.
Tres cuartos de hora de ensayos fueron suficientes para
conseguir una interpretación medianamente convincente.
Bajo la dirección de Gropius, que tenía aprobado el quinto

A
183
y.v y

de piano, Eguíluz, Prudencio, Elías, Esteban y Samuel Zinc


formaron en dos filas —los bajitos, delante—, componiendo
un singular coro de compañía lírica, mientras Florencio se
reservaba para las intervenciones del tenor. Silvia y sus dos
abuelas harían las voces femeninas.
Situaron la máquina Número Seis en el lugar más adecua-
do para que pudiera seguir la interpretación y, a una señal,
atacaron con gallardía la pieza de Romero, Shaw y Moreno
Torroba.
Empezaron las señoras:

A san Antonio, como es un santo casamenteroooo


pidiendo matrimoniooooo, larai, larailoooo
que yo no quierooooo pedirle al santoooo
más que un amoooor sinceroo0o.

—¡Lará, laráaa! —corearon todos.


Llegó el turno de los caballeros:

Yo, señorita, que soy soltero y enamoradooo00


al verla tan bonitaaaa, la, la larailoooo
que estoy pasmadoooo de que un solteroooo00
no lleve usted a su ladoooo.

Se acercaba el momento del diálogo. Gropius señaló su-


cesivamente y con total precisión a hombres y mujeres:

—¡Ay, qué zaragatero es usted!


—Yo soy un caballero español.
—Yo no soooy extranjerana...
—Y abra usted el quitasol
para que no se mue-ra-de-ce-los-el-s0000l...

A
184
Turno para los solistas. Don Florencio llenó de aire sus
pulmones, dispuesto a despatarrar a la concurrencia:

Aaaa laaa som-bra de una sombrilla


de encaje y sedaaaaa
con voz muy quedana
caaanta el amooooor.

La réplica de doña Clara no se hizo esperar:

A la sombra de una sombrilla


son ideanaleeees
los madriganaleeeees
a media vooooz...

A estas alturas, la Davidson $ Prokofiev a duras penas


podía contener las lágrimas.
Y la mazurca continuaba...

... la dicha es cosa que no se alcanza


tan de repenteeee
la dicha es caprichosaaaaa,
mas gira y danzaaga...

Y así, durante un buen rato que a todos se les antojó


cortísimo, hasta desembocar en su inevitable final:

... qué bueno el quitasooool,


qué gusto da sentir las flechas del amoooor,
amo000r, AMOO00000000000000000r.
Al terminar, rompieron todos en un sincero y mutuo
aplauso.
—Bien. Y ahora ¿qué? —preguntó Prudencio a Gropius,
ansiosamente.
Éste se aproximó a la máquina Número Seis con aire es-
crutador.
—Va a fabricar algo. Atentos.
Todos contuvieron el aliento. La emoción se podía mascar
en el ambiente.
Dos convulsiones. Luego, otras dos. Y, de pronto, salieron
disparados por la boca de entrega hasta doce extraños arti-
lugios metálicos.
Elías tomó uno y lo manejó con manos expertas.
—Pero... ¡Si son varillajes de paraguas! ¿Y para esto tanta
historia? ¡En mi taller los hay a cientos!
La máquina, entonces, empezó a escupir nuevos objetos:
Doce cinturones, doce cables de conexión y doce pequeñas
baterías eléctricas.
Tanto Prudencio como Gropius comprendieron al instante.
—Se trata de doce equipos individuales. La batería se su-
jeta al cinturón para poderla llevar con comodidad. El varillaje
se coge por el mango, como si fuera una sombrilla, y ambas
cosas se conectan entre sí mediante el cable de conexión.
—¿Y qué? —preguntó Samuel Zinc.
—0 mucho me equivoco —respondió Gropius— o este
equipo nos permitirá llegar hasta la máquina Número Diez.
ARRIBA OTRA VEZ

Gropius habría preferido que no subieran más de cuatro


o cinco, pero no hubo forma de convencerlos. Como si el
riesgo fuera un atractivo insuperable, todos se empeñaron en
ir a la Factoría.
Eguíluz dio un repaso completo a su furgoneta antes de
partir, lo cual sirvió, más que nada, para corroborar lo lamen-
table de su estado general.
—Todo perfecto —mintió descaradamente el ex vendedor,
cerrando el capó de su vehículo—. ¡En marcha!
Se apiñaron los diez pasajeros y la máquina Número Seis
en el interior de la furgoneta sdretomaron la pista del valle
en dirección norte.
La primera parte del camino resultó animada. Todos sen-
tían en el estómago el hormigueo propio de la excitación y
ello les hacía mostrarse locuaces. Contaron chistes y chasca-
rrillos y jugaron a veoveo.
Pero al llegar al bosque de tejos, el asombro se adueñó de
la expedición.
—Cientos de veces os he oído hablar de él, pero nunca
había podido imaginar que fuese tan bonito —dijo Samuel
Zinc, embelesado.
—Yo lo recordaba hermoso, pero, desde luego, no hasta
este punto —confesó la abuela Eloísa—. Y es que treinta y
tres años son muchos años, qué caramba.
Durante largo rato, sólo los esfuerzos del motor de la fur-
goneta y los suspiros de admiración de sus pasajeros rompie-
ron el silencio.
Era el momento preciso para que Prudencio abordase un
tema que le preocupaba enormemente.
—Señor Gropius...
—Diga, don Prudencio.
—¿Cuáles son sus intenciones?
—No le entiendo.
—Sobre la máquina, digo. Si conseguimos llegar hasta ella,
¿qué pretende usted hacer? ¿Intentar repararla? ¿Desconec-
tarla? ¿Destruirla, quizá?
Gropius se rascó la barbilla con el monóculo.
—Cada cosa a su tiempo, don Prudencio. Salvo que tenga
usted otra idea mejor, propongo actuar con el máximo sentido
común. Y dejar que los acontecimientos se desarrollen de for-
ma natural.
El abuelo Prudencio gruñó como un oso ante la propuesta.
—Se diría que no le convence mi propuesta.
—No, no me convence, señor Gropius. Si yo hubiera de-
jado que los acontecimientos siguiesen su curso normal, haría
muchos años que habríamos tenido que abandonar Arás.

LA voz

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Silvia de pronto.


—¿El qué?
—¿No habéis oído? Una voz... un grito o algo así.
Guardaron todos silencio, a la par que Eguíluz reducía la
marcha.
«¡Quéeeba.......ooraaaaa!»

A
189
—¡Es cierto! ¡Para el motor, Eguíluz! —pidió Prudencio,
sintiendo un escalofrío.
—No es seguro que podamos volver a arrancarlo...
—¡Páralo, hombre!
—Voy, voy...
Durante medio minuto interminable, sólo escucharon el
rumor de la brisa contra los tejos. Pero, de improviso, fuerte
y claro, les llegó un mensaje.
«... Y, de regaloooo, una manta zamoraaaanaaaa.»
Era una voz algo distorsionada y que hablaba raro y lento,
como un gramófono falto de cuerda.
«La autéeeenticaaa pluma Paaaaaarkeeer llegada poooor
avió0000n...»
—¿De dónde viene? —preguntó Esteban, venciendo su
miedo.
—¡De allí! —exclamó la abuela Clara, señalando el este.
—iNo! ¡De allá! —dijo Florencio, refiriéndose al oeste.
«Qué baratooooo, señoraaaaa, qué baraaaato000000...»
—¡Viene del norte, de la Factoría! —dijo Prudencio.
—iNo, no, no! ¡Del sur! —indicó la abuela Eloísa.
Pero no procedía del sur, del este, del oeste ni del norte.
El sonido surgía del megáfono situado sobre el techo de la
furgoneta. Eguíluz fue el primero en darse cuenta.
«Eguíitiluz jaaaaamás defraaaaaauda a sus clieeeentes.»
—iPero si es mi propia voz! —exclamó—. Son los mensajes
que yo he pregonado toda mi vida por las plazas de los pue-
blos.
«Ni por cieeeen, ni poooor cincueeenta, ni por cuaaarenta,

—Debe tratarse de otro efecto extraño, debido a la alta


carga magnética del aire —explicó Gropius—. Ciertos sonidos
han debido grabarse en las bobinas del propio altavoz y ahora
se reproducen espontáneamente. No tiene mayor importancia.
Sigamos adelante, por favor, señor Eguíluz.
«¡Con Flit, tooodas muertaaaaas...!»
Eguíluz arrancó de nuevo el motor. La furgoneta continuó
su marcha lanzando a los cuatro vientos slogans que los an-
cianos tejos nunca hubieran soñado escuchar.
«Autéeeeeenticas meeeedias de nailoo0000n....»
«Una cubeeeerteríiitia coooompletaaaa yyyy dos paaarches
Sor Viiiirginiaaaaa...
«Yo soy aqueeel negriitooooo0000 del Africa tropicaaaaaal,
que traaaabajando cantabaaaa la canción del colacaoo000o.»

UN TRUENO LEJANO

Por fin, tras un interminable rosario de inauditas ofertas,


calló el altavoz. Poco después, Eguíluz detuvo el vehículo y
tiró del freno de mano.
—Ya estamos —anunció Esteban—. Ahí delante termina el
bosque.
Así era, en efecto. Cincuenta metros más allá, comenzaba
la explanada. Como en la ocasión anterior, el cielo se había
cubierto de negrísimos nubarrones que impedían el paso de
la luz solar de modo casi total. Se escuchó un trueno lejano
e interminable que puso a todos los pelos de punta.
—Parece que va a llover —murmuró Elías, temeroso—.
Quizá deberíamos esperar.
—El tiempo no mejorará por mucho que esperemos —va-

A
191
ticinó Gropius—. Lo que hemos venido a hacer, hagámoslo
cuanto antes.
En silencio, salieron todos de la DKW.
—Me muero de miedo, abuela —confesó Silvia.
—i¡Toma, y yo! Pero no me perdería esto por nada del
mundo.
La escasa luz ambiente les había puesto a todos cara de
cadáver. Incluso a la máquina Número Seis.
Por cierto, que lo primero que hicieron fue amarrar cinco
sogas de cáñamo a otros tantos puntos de la máquina, a fin
de poderla arrastrar.
Luego, Prudencio y Gropius repartieron los esqueletos de
sombrilla y, a continuación, las pequeñas baterías ya sujetas
a los cinturones. Una vez que todos se los hubieron abrocha-
do, procedieron a conectar los dos elementos mediante los
cables de conexión. También la máquina fue provista de su
sombrilla protectora. |
—Ignoro cómo han de usarse estos artilugios —confesó
Gropius—. De momento, utilícenlos como si fueran simples
paraguas.
Pese a sentirse bastante ridículos, todos abrieron sus som-
brillas y las sostuvieron sobre sus cabezas.
—Haremos dos grupos —ordenó Prudencio—. Esteban,
Eguíluz, Elías, el señor Gropius y yo iremos delante, arras-
trando la máquina. Clara, Silvia y Eloísa vendrán detrás, a
unos cincuenta metros, acompañadas por Florencio y Samuel.
El cielo seguía cubriéndose. Relámpagos altísimos lo ilu-
minaban de cuando en cuando por encima de las primeras
capas de nubes.

A
192
FUNCIONA, FUNCIONA

—Recuérdenlo bien: si los del primer grupo sufrimos al-


gún percance serio, no lo duden, den media vuelta de in-
mediato y busquen la protección de los tejos. ¿Está claro?
—Cristalino, señor Gropius —respondió la abuela Eloísa en
nombre del segundo grupo.
—¿Todos listos? —preguntó Andreas Gropius, ajustándose
el monóculo.
—Listos —respondieron los demás, al unísono.
—Entonces... ¡adelante!
Se escuchó entonces un nuevo trueno. Espeluznante. To-
dos contuvieron la respiración. Pero cuando sus ecos se hu-
bieron perdido, iniciaron la marcha.
Apenas habían caminado sesenta pasos cuando se detu-
vieron por vez primera. Fue al llegar a la linde del bosque y
contemplar la explanada, con la imagen de la Factoría al fon-
do, rodeada por aquel resplandor sobrenatural.
—No es un incendio —se apresuró a indicar el abuelo.
Esteban—, sino fuegos de San Telmo. ¿No es así, señor Gro-
pius?
—En efecto —respondió el aludido, y añadió, con poquí-
sima convicción—: No hay nada que temer. ¡Vamos allá!
Abandonando la protección de los tejos, el primer grupo
penetró en la explanada.
Al hacerlo, sintieron una dificultad: una resistencia al
avance como la que podría oponerles un viento suave, aun-
que lo cierto era que ni una hoja se movía.
Caminaron unos metros, esperando en cualquier instante
el cataclismo que los redujera a cenizas. Pero éste no se pro-

A
193
dujo y el avance continuó. Primero, diez metros. Luego, quin-
ce, veinte, cincuenta...
—Funciona... —murmuró Gropius, tras comprobar que no
les acontecía percance alguno.
—¿Decía usted algo? —preguntó Prudencio.
— ¡Esto funciona! —gritó entonces el hombre del monó-
culo—. ¡Funciona!
— ¡Sí! ¡Funciona! —gritó también Eguíluz.
—¡Funciona! —gritaron Esteban y Elías.
—¿Qué dicen aquéllos? —se preguntaron los del segundo
grupo.
—iDicen que funciona! —exclamó Florencio.
—i¡Seguidnooos! —gritó Prudencio—. ¡Funcionaaaa!
—iViva! ¡Funciona! ¡Funciona! —gritó Silvia, adentrándose
en la explanada bajo la protección de su sombrilla.
—¡Funciona! —gritaron Clara, Eloísa, Florencio y Samuel
Zinc, siguiendo a la chica.
Los dos grupos continuaron su arriesgado avance hacia la
máquina de la suerte gritando sin parar «funciona, funciona»,
quizá porque de este modo lograban acallar en parte el miedo
que sentían.
Cayó un rayo sobre la maltrecha chimenea principal de la
Factoría y el correspondiente trueno hizo temblar el valle en-
tero y silenció a los intrusos. Rompió a llover por fin y la
oscuridad se hizo tan intensa que el resplandor que envolvía
la Factoría casi hería la vista.
Los extraños paraguas, curiosamente, también cumplían su
misión natural. Pese a carecer de tela, una suerte de campo
magnético creado entre las varillas —el mismo, sin duda, que
los protegía de la mala suerte— rechazaba las gotas de lluvia.
Elías estaba atónito.
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vovowv

— ¡Vivir para ver! Cuarenta y siete años fabricando para-


guas y ahora descubro que no es preciso ponerles la tela.
Pasaron deprisa junto a los restos del ómnibus Daimler,
que en menos de veinticuatro horas se había herrumbrado de
un modo absoluto e inexplicable, y siguieron adelante sin
prestarles excesiva atención. Sólo Esteban les dedicó una mi-
rada compasiva. Tenían todos la piel de gallina y el corazón
desbocado, como el de un toro en la plaza.
—Que nadie asome ni una pestaña fuera del paraguas de
protección —advirtió Gropius con la voz velada por el te-
mor—, No quiero imaginar lo que podría ocurrir.
Aunque las ondas magnéticas son del todo invisibles, era
tal su abundancia en el aire que los sentidos podían percibir
las alteraciones. Extraños sonidos, olores inhabituales, fenó-
menos desconcertantes...
Todo esto llevó a los arriesgados expedicionarios a un es-
tado de nervios casi insuperable. Eguíluz fue el primero en
perder los papeles. De repente, empezó a murmurar:
—No lo conseguiremos, no lo conseguiremos...
Gropius lanzó una mirada a Prudencio, que se colocó jun-
to al ex vendedor.
—Será mejor que demos la vuelta —dijo Eguíluz, clara-
mente asustado.
—Tranquilo, hombre. Ya ves que no nos ocurre nada —le
contestó Prudencio—. Mientras permanezcamos cada uno bajo
nuestra sombrilla, estamos a salvo.
—Yo me voy —anunció Eguíluz dando media vuelta.
—iNo lo haga! —gritó Gropius.
Pero Eguíluz había emprendido una veloz carrera bajo la
lluvia en la que se desentendió de su paraguas protector. Diez
pasos después, resbaló espectacularmente, dio una soberbia
voltereta y aterrizó de narices en el suelo. Se levantó de in-
mediato y prosiguió su alocada huida, cubierto de barro de
los pies a la cabeza y dando alaridos. Instantes más tarde,
pasaba junto al segundo grupo. Allí terminó su locura, cuando
Silvia le puso una zancadilla que arrancó los vítores de sus
compañeros. De inmediato, Clara, Eloísa, Zinc y Florencio se
abalanzaron sobre el ex vendedor tratando de protegerle con
sus sombrillas. En un instante, aquello era un revoltijo de
manos, piernas y varillajes de paraguas, aderezado todo por
la lluvia que seguía cayendo de manera incesante. Afortuna-
damente, todo aquel lío sirvió para devolverle la cordura a
Eguíluz.
Concluido el episodio, el avance hacia la Factoría continuó.
Eran ya sólo un centenar de metros los que los separaban del
secreto encerrado tras aquellos muros. Pero eran los más pe-
ligrosos. Los recorrieron despacio y en Sos silencio, con
mil precauciones.

SEISCIENTOS MILLONES

Bajo la intermitente luz de los relámpagos, Gropius con-


dujo al grupo a través de las instalaciones de la Factoría, entre
naves, barracones y almacenes que cuatro décadas atrás ha-
bían conocido una constante actividad, ahora difícilmente
imaginable.
Encañonados por los altos muros, los truenos restallaban
con mayor fuerza, si cabe, que al aire libre.
La sugestión que la Factoría ejercía sobre las mujeres y los
hombres de Arás había alcanzado su punto culminante. Es-
taban allí, avanzando hacia el mismo corazón de todas sus
desgracias; casi atenazados por el miedo pero, al mismo tiem-
po, orgullosos de estar venciéndolo.
Tras doblar una esquina, los diez expedicionarios detuvie-
ron su marcha al descubrir ante ellos un edificio enorme y
algo destartalado.
—¡Es el almacén principal! —gritó el abuelo Elías—. ¿No
es así, señor Gropius?
—En efecto. Ahí se fue guardando la producción de las
últimas semanas de actividad de la Factoría, cuando ya no se
vendía ni un clavel. Me pregunto si aún seguirá ahí todo ese
sopicaldo en cubitos.
—Claro que sí —dijo el abuelo Prudencio—. Bajamos a
Arás más de mil cajas, pero calculo que debieron quedar den-
tro del almacén al menos... seiscientos millones de cubitos.
—La esencia misma del valle de Arás —murmuró Eloísa.
Pero nadie escuchó el comentario en medio del fragor de
la tormenta, y enseguida reemprendieron la marcha.

EL RECINTO DE SEGURIDAD

Por fin, los diez expedicionarios y la máquina se vieron


ante lo que en tiempos había sido el recinto de seguridad de
la Modificadora Universal de Fortuna Davidson « Prokofiev.
O sea, la máquina Número Diez.
La techumbre se encontraba en un lamentable estado y los
muros no tenían mucho mejor aspecto. Una agresiva vege-
tación lo había invadido todo.
—¿0Os dais cuenta de la cantidad de respuestas que guat-
dan estas paredes? —dijo Prudencio.
—Yo no estaría tan seguro —apuntó Gropius—. Quizá lo
único que logremos obtener sea otro puñado de interrogantes.
—Vamos, vamos, no sea agorero, Gropius. Está saliendo
todo a pedir de boca.
—Eso, precisamente, es lo que me asusta.
—Bueno... ¿entramos o no?
—Por supuesto. Entremos.
Con los corazones latiendo a mil por hora, se pusieron de
nuevo en marcha. Avanzaron sobre los cascotes, hallaron la
entrada, con la puerta arrancada de sus goznes, y uno a uno
cruzaron el umbral.
Y así, de repente, cerrando un ciclo que había durado
treinta y tres años, se vieron ante la máquina.
Era tal como Gropius la había descrito, pero mucho, mu-
chísimo más siniestra. Negra como la mala suerte que había
esparcido en torno suyo durante tantos años.
Por espacio de varios minutos, los diez hombres y mujeres
guardaron silencio, incapaces de articular palabra. Gropius fue
quien primero logró sobreponerse a la impresión.
—Creo... creo que podemos cerrar las sombrillas —dijo.
—¿Cerrar...? ¿Es que se ha vuelto loco?
—No, señor Eguíluz. Creo que la influencia de la máquina
se proyecta hacia arriba a través de la esfera superior y luego
se desparrama. Pero aquí, al lado mismo de la máquina, no
hay ningún peligro. i
—Si tan seguro está, haga usted la prueba —le sugirió
Samuel Zinc.

A
199
Andreas Gropius tragó saliva, respiró hondo, cerró la som-
brilla y se la colgó del antebrazo izquierdo.
Todos le miraban sin atreverse ni a pestañear. Al cabo de
unos instantes, abrió los brazos sonriendo.
—¿Lo ven ustedes? Ya tendría que haberme ocurrido algo
malo. Mi teoría es, pues, correcta.
Con toda precaución, los demás le fueron imitando. Efec-
tivamente, nada ocurrió.

A MARES

Como sucedía con su compañera, la máquina Número


Diez ejercía una inexplicable atracción sobre todo aquel que
la contemplaba de cerca.
Pese al negro mate y metálico de su superficie, se apre-
ciaba claramente la zona chamuscada por el impacto de aquel
rayo caído un lejanísimo dieciséis de agosto.
Un rayo al que nada tenían que envidiar los que en ese
momento se abatían sobre la explanada. Verdaderamente, el
cielo parecía haberse tornado líquido y estar precipitándose
sobre la cabecera del valle de Arás. El viento acababa de unir-
se a la fiesta y rachas huracanadas batían sin descanso las
abandonadas instalaciones.
De pronto, una ráfaga espeluznante arrancó de cuajo gran
parte de la cubierta del almacén principal, enviándola a la
explanada. Los millones de cubitos de caldo allí apilados se
encontraban más que resecos después de los años, de las dé-

A
200
cadas transcurridas. Pero la lluvia, entrando a mares por el
enorme boquete abierto en la techumbre, comenzó a disol-
verlos poco a poco...

REENCUENTRO

Un nuevo trueno, tan escalofriante que hizo temblar los-


tejos, obligó a los siete hombres y a las tres mujeres a levantar
la vista en un gesto reflejo.
Lo que vieron entonces resultaba asombroso. Pero su ca-
pacidad de sorpresa se hallaba embotada desde hacía rato, de
modo que nadie se alteró más de lo que ya lo estaba. Sólo
Samuel Zinc dejó escapar el aire de sus pulmones, en una
clara señal de que el colmo de lo inesperado se había alcan-
zado.
—Abuelo, por favor... ¿Es que no voy a poder librarme
nunca de ti? ¿Es eso?
Allí estaba. El espectro de don Isaías Zinc —o lo que que-
daba de él, más bien— se balanceaba en el aire, unos metros
por encima de sus cabezas, exhibiendo una sonrisa de oreja
a oreja. Pero lo más extraordinario es que no estaba solo.
Junto al fantasma de don Isaías, con sus agujeros corporales,
su enorme llave colgada del cuello, su camisón y su gorro de
dormir, aparecían otros dos espectros, igualmente sonrientes.
Uno, con negrísima barba a lo Rasputín y gafas redonditas;
el otro, en cambio, rubio y con el pelo corto como un recluta.
Y ambos, vestidos de etiqueta y chorreando agua salada sin
parar.
Samuel Zinc se adelantó un paso.

A
201
—Abuelo, ¿qué demonios haces aquí, si puede saberse? ¿Y
quiénes son esos... señores?
El espectro de don Isaías parecía encantado y cerraba los
puños con excitación mal disimulada.
—¿Que quiénes son, preguntas? ¿Acaso no lo imaginas,
querido nieto? Verás, verás... Cuando ayer por la noche, tras
refugiarme en casa de don Florencio, éste me puso al corrien-
te de todas vuestras desventuras, tuve muy claro lo que debía
hacer. Por eso he pasado la mañana buscando a estos dos
amigos por todo el Más Allá. Al fin, los he localizado en la
sección de Grandes Catástrofes, negociado de Naufragios Fa-
mosos. Naturalmente, se trata de Konstantin Davidson y
James Prokofiev.

ANDREÍTAS

Un «oooh» exclamativo escapó de todas las gargantas


mientras los espectros de Davidson y Prokofiev saludaban
cortésmente con una inclinación de sus chorreantes cabezas.
Andreas Gropius se había adelantado un paso y abría la
boca intentando articular alguna palabra que no quería salir
de su garganta. James Prokofiev pronto se fijó en él.
—iAtiza! Pero... pero ¿tú no eres...?
—Sí, don James —logró decir Gropius, por fin—. Soy el
hijo de Andreas Gropius.
—¡Andreítas, muchacho! ¿Será posible? ¡Cuánto has creci-
do! Mira, Konstantin, es el chico de Andreas.
—¡Por supuesto! —exclamó el espectro de Davidson— ¡Si

A
202
eres su vivo retrato! ¿Qué vida llevas, chaval? ¿Y tu padre?
¿Cómo se encuentra?
Andreas abrió los brazos en un gesto la mar de elocuente.
—Lamento comunicarles que mi padre está como un cen-
cerro.
—i¡Caramba! No sabes cómo lo sentimos. Se trataba de una
de las mentes más privilegiadas de Europa.
—Si podemos ayudar en algo, no dudes en decírnoslo.
Andreas Gropius, pleno de reflejos como un joven boxea-
dor, cazó al vuelo el ofrecimiento de James Prokofiev.
—Me temo que no haya nada que hacer por mi desven-
turado padre. Los mejores doctores de Europa coinciden en
que no tiene remedio. Pero sí podrían echarnos una mano a
nosotros.
—¡Hombre! Encantados... ¿Qué se os ofrece?
—i¡Eso! ¿En qué os podemos ayudar?
Andreas Gropius, algo confundido, carraspeó largamente.
—Pues... lo que quisiéramos saber, naturalmente, es... cómo
arreglar la máquina de la suerte.
—¿Qué pasa con ella? ¿Es que no va bien?
—Pues no, no va bien —dijo Gropius con retintín—. En
el verano del diecinueve le cayó un rayo y desde entonces,
en lugar de buena suerte, produce mala suerte.
—¡Toma castaña! —exclamó Davidson—. ¿Has oído, Ja-
mes? ¡Mala suerte, nada menos! O sea, que tu máquina les
ha hecho la vida imposible a estos señores los últimos treinta
años.
—Treinta y tres, si hemos de ser exactos —apuntó el abue-
lo Prudencio.
—¿Mi máquina? —protestó Prokofiev—. ¿Mi máquina, di-
ces? ¡Pero si fuiste tú quien se empeñó en fabricarla!

A
203
—¿Yooo? Si yo siempre me opuse a esta locura.
—¡Ah, vamos! ¡Ahora lo llamas locura!
—iAhora y siempre! Tu memoria falla lamentablemente,
amigo mío. :
—¡De eso, nada! Siempre fuiste un maldito irresponsable,
con menos escrúpulos que un verdugo.
—iLo que hay que oír! ¡Si eres el ejemplo perfecto del
científico loco que sueña con dominar el mundo!
Hasta el espectro del abuelo Isaías se sintió violento asis-
tiendo a aquella pueril discusión entre dos de los más grandes
genios científicos de la historia.
— ¡Eres un Frankenstein!
—¡Y tú, un doctor Mabuse de pacotilla!
—i¡Chapucero!
—¡Rompetuercas!
Se abalanzaron uno sobre otro intentando agarrarse mu-
tuamente de las solapas. Pero dada la condición inmaterial de
ambos espectros, la maniobra resultó ridícula en grado sumo.
—¡Te matooo!
—i¡No huyaaas!
— Señores, por favor! —cortó Gropius enérgicamente—.
Les ruego que dejen sus rencillas para otra ocasión y nos
ayuden a tomar las graves decisiones que se nos plantean en
este momento.
Davidson y Prokofiev se miraron retadoramente, pero ac-
cedieron.
—Está bien. Hable, Gropius —dijeron a dúo.
—En primer lugar, querríamos saber si es posible reparar
la máquina, de modo que vuelva a generar buena suerte.
—¡Huuuuuy...! —dijo Davidson.
—¡Huyuyuuuuy...! —corroboró Prokofiev.

A
204
—Diífícil, difícil... —dijo Konstantin.
—NO sé, no sé... —confesó James.
Los habitantes de Arás volvieron a mirarse entre sí, dando
claras muestras de estar perdiendo la paciencia.
Los dos inventores se percataron de ello y parecieron de-
cidirse a poner las cosas en claro.
—Verás, amigo Andreas. A decir verdad, no tenemos ni
idea.
—Compréndelo: se trataba de un simple prototipo. En rea-
lidad, esperábamos que tu señor padre nos fuera informando
de sus resultados a fin de perfeccionarlo.
—Y además, ha pasado tanto, tanto tiempo...
El abuelo Prudencio se acercó entonces a Andreas Gropius
y le habló quedo.
—Mire, Gropius, tal como están las cosas, creo que mis
compañeros y yo nos daríamos por satisfechos con que la
máquina dejase de ejercer su influencia negativa. No es pre-
ciso que intente arreglarla. No queremos buena suerte. Nos
conformamos con que acabe la mala racha, si ello es posible.
—Muy razonable por su parte —admitió Gropius—, pero
puede ser tan difícil conseguir una cosa como la otra.
—No lo creo —insistió don Prudencio—. En un caso se
trata de efectuar una reparación. En el otro, bastaría con des-
conectarla, con... detener su funcionamiento.
Gropius volvió a dirigirse a los dos espectros.
—La parte inferior de la Número Diez es un potente acu-
mulador eléctrico, ¿no es así?
—En efecto. Creo.
—¿Durante cuánto tiempo puede mantener en funciona-
miento la máquina?
—¡Ay, hijo, qué cosas tan raras preguntas! ¿Tú recuerdas
algo de eso, James?

A
205
—Tal vez... tal vez unos cincuenta años, una vez efectuada
la carga completa.
Gropius chasqueó la lengua con disgusto.
—Más o menos, lo que yo imaginaba. Aún puede seguir
funcionando otros diecisiete años. Pero tiene que haber al-
guna forma de agotarla, de extraer la energía del acumulador
de modo rápido.
—Claro que la hay —apuntó rápidamente James Prokofiev.
—¡Por supuesto que sí! —corroboró Konstantin Davidson.
Todos, hasta el espectro de don Isaías, miraron expectantes
a los dos ingenieros.
—Sólo es preciso conectarla a otra de nuestras máquinas,
la que sería su modelo complementario —dijo Davidson.
—¡Exacto! La Davidson € Prokofiev Número Uno —aclaró
su compañero.

A GLORIA

Fuera, la tormenta continuaba sin rebajar ni un ápice su


formidable fuerza. La lluvia caía a mares mientras truenos,
rayos y centellas recorrían el cielo negrísimo iluminándolo a
fogonazos.
El viento seguía lanzando rachas huracanadas que arran-
caban tejas, aleros y ventanas.
En el gran almacén de la Central Sopera de Arás, los seis-
cientos millones de cubitos para sopa habían perdido ya la
mitad de su volumen. El agua de lluvia, que seguía entrando
a cataratas por el techo semidestruido, salía por debajo de las
puertas convertida en un caldo frío, espeso y marrón, que
olía a gloria.

LA MÁQUINA QUÉ

Gropius, Prudencio y los demás dejaron caer la mandíbula


inferior.
—¿La Número Uno? —preguntó Andreas, desesperado—.
No es posible...
—Claro que no. ¡Mira que eres burro, James! —exclamó
Davidson—. La complementaria de la Número Diez no es la
Número Uno, sino la Número Nueve.
—¿La... la Nueve? —preguntó ahora Prudencio, desolado.
—¿Estás borracho, Konstantin? ¿Cómo va a ser la Nueve?
Si
-— me hubieras dicho la Siete, aún me habrías hecho dudar...
—Pues la Uno estoy segurísimo de que no es. La Uno es
complementaria de la Cinco.
—iJa! ¡De la Cinco, dice! ¡Y se queda tan ancho! ¿Pero es
que te volviste tonto al morirte? ¡La Uno y la Cinco! ¡Vamos!
¡La Uno y la Tres, en todo caso!
—¡No, hombre, no! Precisamente, de no ser la Uno, estoy
segurísimo de que la complementaria de la Diez sería la Nú-
mero Tres!
—iNi por lo más remoto...!
De nuevo, Andreas Gropius se vio en la necesidad de in-
tervenir.
—Caballeros, por favor, compórtense. Como veo que no
están muy seguros, me van a permitir que les informe de que

A
207
los estudios de mi padre le llevaron a afirmar que la comple-
mentaria de la máquina Número Diez es la Número Seis.
—¿La Seis? ¡Ni soñarlo! —exclamaron ambos a un tiempo.
Pero Andreas frunció el ceño y mantuvo una firme mirada
sobre los espectros de los dos inventores, que pronto dieron
muestras de indecisión.
— ¡Ejem! —carraspeó Davidson—. Ahora que lo pienso...
¿La Número Seis, dices? Pues... ¡Pues claro! ¿No recuerdas,
James? La Número Seis era la sorda.
— ¡Calla! ¡Es verdad! —dijo Prokofiev, muerto de risa, dán-
dose palmadas en los muslos.
Nuevas miradas recelosas cruzaron de lado a lado de la
estancia, al tiempo que la máquina Número Seis, sin duda
ofendida, crujía lastimeramente.
—¿La... sorda? —preguntó don Esteban.
—Así es. Por algún defecto de fabricación, no entendía
nada a la primera —continuó Prokofiev—. Un verdadero de-
sastre. Recuerdo que, entre nosotros, la llamábamos la má-
quina... la máquina... ¿cómo era, Konstantin?
—La máquina Qué.
—iExacto! La máquina Qué.
—La máquina ¿qué? —preguntó Silvia, inocentemente.
Las carcajadas de los inventores se impusieron al fragor
de la tormenta.
—¡Has picado, has picado! —gritaron los dos a un tiempo.
—Ése era el juego —explicó Prokofiev, divertidísimo—.
¿Qué máquina? La máquina Qué. La máquina ¿qué? ¡Eso! La
máquina Qué. ¿Comprenden?
Los diez mortales volvieron a mirarse entre sí, desconcer-
tados. ¿Y aquellos dos perfectos merluzos eran los mayores
genios de la ingeniería mundial de principios de siglo?

PY
208
—Por eso le colocamos el sistema de pianola —continuó
explicando Davidson—. Ya saben, con los rollos de papel per-
forado. Era la única forma segura de hacerse entender por la
máquina.
—¿Qué máquina? —preguntó Eguíluz, que hacía rato que
se había perdido.
Y la respuesta llegó al instante.
—¡La máquina Quéee! —gritaron alborozados Davidson y
Prokofiev.
Andreas Gropius alzó los brazos, aborrecido.
—¡Señores, por favor, basta de tonterías! Lo que importa
es saber si, efectivamente, la Número Seis es la complemen-
taria de la Número Diez.
—Si don Andreas Gropius padre llegó a esa conclusión,
no hay que rechazarla de buenas a primeras —concedió Pro-
kofiev—. Y, de todos modos, ya que la Número Seis es la
única con la que contamos en este momento...
—Con probar, nada se pierde.
—Exacto.
Gropius sonrió, satisfecho.
—Y ahora... ¿sería posible que me dieran alguna orienta-
ción sobre el modo de conectar ambas máquinas?
Davidson y Prokofiev sonrieron.
—Eso ya es más fácil, muchacho.
Siguiendo las indicaciones de los dos malogrados inven-
tores, Gropius y Prudencio descubrieron un oculto panel de
conexiones en la parte posterior de la máquina Número Seis
y, por medio de los cables de sus equipos individuales, la
conectaron al cuadro eléctrico del recinto de seguridad, una
toma de trescientos ochenta voltios, con cuatro bornes más
tierra. Todo el proceso les ocupó menos de cinco minutos.

A
209
—Creo que ya está listo —dijo Gropius.
—¿Funcionará? —preguntó Silvia.
—iClaro que funcionará! —exclamó el espectro de don
Isaías, entusiasmado.
—La instalación eléctrica está inservible, pero la máquina
sigue conectada a ella. Ése es el camino para llegar a su in-
terior —dijo el abuelo Prudencio, acercándose al interruptor
general del cuadro de conexiones.
Esperemos que tengas razón.
—¿Qué, Andreas? ¿Le doy?
Pese a que la temperatura era muy fresca, Gropius sudaba
por todos los poros.
—iNo! Espere, don Prudencio. Tengo miedo de estar ol-
vidando algún detalle importante. Lo que vamos a hacer pue-
de ser peligroso.
Gropius se volvió hacia Davidson y Prokofiev.
—Señores, por favor. Ustedes deben poder adivinar los
efectos que producirá esta maniobra.
—¡Huy, hijo, no pides tú poco...! —exclamó Davidson—.
Vamos a ver... Está claro que vamos a trasvasar una enorme
cantidad de energía de la máquina Número Diez a la máquina
Qué..., idigo!, a la Número Seis.
—Lo lógico sería —continuó Prokofiev— que la Seis uti-
lizase esa energía en fabricar algo.
—Algo enormemente grande o enormemente complejo.
—O quizá algo sencillo en enormes cantidades.
—Podría ser, sí: tal vez inunde el valle de Arás de cucha-
rillas de café.
—O de pelotas de golf.
—O tal vez no.
—En todo caso, conseguiréis lo deseado: la máquina Nú-

A
210
mero Diez quedará sin energía y dejará de funcionar. Su-
pongo...
Los truenos, que seguían haciendo temblar el valle, acom-
pañaron las últimas meditaciones de Gropius. Acto seguido,
se caló el monóculo, tomó aire, se volvió hacia don Prudencio
y le hizo una clara señal.
El abuelo Prudencio, a su vez, tragó saliva, empuñó el
interruptor general, lanzó una mirada sobre sus compañeros
y empujó la palanca con decisión.

UN RÍO DE SOPA

Bajo las puertas del almacén principal seguía fluyendo un


verdadero río de sopa.

COMO EL SOL

Una chispa azulada surgió de la máquina de la suerte,


recorrió las conducciones eléctricas, pasó por el cuadro ge-
neral, saltó entre los cinco cables de conexión y se introdujo
en la Número Seis mientras un sonido metálico —un re bemol
de enorme potencia— inundaba la estancia. La máquina Nú-
mero Seis se iluminó por completo y por cada una de sus
ranuras escapó un torrente cegador de luz blanquísima.

A
211
—¡Es demasiada potencia! —exclamó Gropius—. ¡No va a
poder absorberla!
La Número Seis resplandecía como un pequeño sol.
—¡Se va a fundir! —gritó Silvia con desesperación—. ¡Ha-
gan algo, por favor! ¡Se va a fundir!
La chica buscó con la mirada al abuelo Prudencio, pero
éste se limitó a abrir los brazos en un gesto de impotencia.
El re bemol se había incorporado de nuevo a la escena y
era como si una campana de catedral estuviese tañendo allí
mismo, en el centro de la pequeña estancia. Sin poderlo evi-
tar, todos, incluso los tres fantasmas, retrocedieron asustados
y ensordecidos, temiendo un inminente cataclismo.
De pronto, sin embargo, cesaron los campanazos y el as-
pecto de la máquina Número Seis fue recobrando la norma-
lidad. Por fin, sufrió una de sus características convulsiones
y, acto seguido, arrojó un objeto por la boca de entregas.
Se produjo entonces un silencio tan intenso que todos tu-
vieron la sensación de que hasta sus corazones se habían de-
tenido. Pero lo que, desde luego, había cesado era el leve
pero siempre presente zumbido que marcaba el funciona-
miento de la máquina de la suerte.
—Se ha parado... —murmuró Silvia, con un hilillo de voz.
Todos comprendieron que así era, en efecto. Y ello sólo
podía significar una cosa: que la mala racha había terminado.

N — N
EL COMETA DE HALLEY

Prudencio fue el primero en acercarse a la Número Seis.


El primero en coger el objeto recién fabricado. Aunque podía
verlo, no quiso creer lo que era hasta que lo tuvo entre sus
manos.
—¿Un periódico? —murmuró, atónito—. Pero ¿qué signi-
fica...?
En efecto, un periódico. Un ejemplar aparentemente recién
impreso, aún con el característico olor a tinta.
Con manos temblorosas, el anciano rasgó la faja de papel
que lo abrazaba y echó un vistazo a la primera plana.

OLA DE PÁNICO ANTE


LA LLEGADA DEL COMETA HALLEY

En el día de ayer, y desde el obser-


vatorio astronómico del Ebro, en Zara-
goza, se realizó el primer avistamiento
del fenómeno en España
Numerosos suicidios en todo el globo,
motivados por el terror
Aunque la cabeza del cometa ha pa-
sado ya por el punto de mayor proxi-
midad con nuestro planeta, ahora se es-
pera que la Tierra quede envuelta por
la cola, que se sospecha. compuesta por
el mortal gas cianógeno

Prudencio sonrió, nostálgico.


—Buen revuelo armaron los catastrofistas con aquello del
cometa, desde luego. Total, al final no ocurrió nada.
El diario fue pasando de mano en mano mientras todos

A
213
se preguntaban cuál podía ser su significado. ¿Por qué la má-
quina Número Seis había consumido aquella ingente cantidad
de energía en fabricar un periódico atrasadísimo?
Hasta los tres espectros se miraron, intrigados.
—Sinceramente, no encuentro la relación —confesó Gro-
pius—. No sé qué puede tener que ver ese periódico con
nosotros.
—Quizá se trate de un mensaje —aventuró Prudencio—.
Tal vez la relación hayamos de buscarla con el cometa Halley.
—Pudiera ser, desde luego. Pero no acierto a adivinarla.
Ni tampoco puedo imaginar qué debemos hacer ahora.
—Quizá no tengamos que hacer nada —dijo Silvia—. La
máquina Número Diez parece haberse detenido, al fin. Eso es
lo que buscábamos, ¿no?
—Sí, claro, pero...
El periódico había ido pasando de mano en mano y ahora
se encontraba en poder del abuelo Esteban, que lo miraba y
lo remiraba como si le resultase familiar.
—¿Por qué me suena tanto...? —se preguntó.
—Hombre, fue una noticia muy comentada en su día, lo
del cometa.
El abuelo Esteban negó con la cabeza.
—Con la de acontecimientos que ha vivido el mundo en
estos últimos cuarenta años, no sé por qué me iba a quedar
en la memoria un hecho que nunca me interesó.
Estaba a punto de ceder el diario a Silvia, que se hallaba
a su lado, cuando, de repente, se le iluminó el rostro.
—iOh, Dios mío...! —murmuró.
—¿Ocurre algo, Esteban?
—IOh, Dios mío! —gritó—. ¡Ahora lo recuerdo!
—¿El qué?

105)leAS
El antiguo cartero pasó las páginas del diario con torpe
nerviosismo hasta llegar a la antepenúltima.
—iJusto! ¡Aquí está! ¡Mirad!
Todos se apiñaron en torno suyo para contemplar lo que
quería mostrarles.
Y allí estaba: debajo de un anuncio que decía...

¡NO MÁS DOLOR DE PIES!


TAMBIÉN EL KÁISER GUILLERMO SUFRÍA TERRIBLEMENTE POR CULPA
DE SUS PIES HASTA QUE PROBÓ LOS INFALIBLES
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A
215
.. podía verse otro reclamo publicitario, mucho más modesto
pero infinitamente más sorprendente en su lacónico texto:

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¡INMEDIATAMENTE!!
GARANTÍA ABSOLUTA SERIEDAD
Escriba sin compromiso al Apartado 713

Era su anuncio.
Aquel extraño anuncio al que habían respondido cuarenta
y tantos años atrás.
Prudencio y Gropius comprendieron al instante. Y fue el
anciano de Arás quien tomó la palabra.
—Naturalmente. Todo lo que nos ha sucedido, lo que he-
mos vivido, lo que hemos sido durante estas últimas cuatro
décadas, surge de aquí, de este día, de este anuncio. Si no
hubiéramos respondido, nuestras vidas habrían sido otras, la
Factoría se habría ubicado en otro lugar y Arás sería distinto.
Esto es, supongo, algo así como una segunda oportunidad.
O, al menos, la ocasión de dejar claro que nos gustaría que
las cosas se hubiesen desarrollado de otro modo.
—¿Qué hemos de hacer, entonces? —preguntó la abuela
Clara.
—Yo creo que, justamente, lo que acaba de decir Silvia:
nada de nada. Hemos leído el anuncio y ahora sólo tenemos
que decidir que no. Que no queremos ser millonarios. Al me-
nos, no a costa de acabar con nuestro valle. Sólo tenemos que
dejar la llamada sin respuesta.
Durante unos instantes todos se miraron, un tanto con-
fundidos.

mn pe[0]
—Bien... —murmuró Silvia—. Entonces... ¿volvemos a
casa?
—Sí, claro —respondió el abuelo Prudencio—. Volvamos a
Arás.

EL MUNDO EN SOPA

Por vez primera en mucho tiempo, las nubes de tormenta


estaban abandonando la cabecera del valle de Arás. El sol de
la tarde se abría paso entre los últimos jirones de cúmulo-
nimbos cuando las diez personas, los tres espectros y la má-
quina Número Seis emprendieron el camino de vuelta.
Sin saber muy bien por qué, todos se sentían enormemen-
te contentos. Casi como esos expedicionarios polares que, tras
haber conquistado tierras nunca antes holladas por otros hom-
bres, regresan a su patria con todos los honores.
Hasta la Davidson € Prokofiev parecía sonreír, con esa
sonrisa un poco bobita que se les pone a algunos sordos.
Andreas Gropius y el abuelo Prudencio caminaban uno
junto al otro, satisfechos, sabedores de que habían dado lo
mejor de sí mismos en cada momento.
—¿Sabe, don Prudencio? Me pregunto si el señor Fagus,
que en paz descanse, llegaría a darse cuenta de su error.
—¿Y cuál era su error?
—Que, al contrario de lo que él pensaba, no se puede
convertir el mundo en sopa.
Precisamente, todos se extrañaron de que la gran expla-

A
217
nada de la Factoría apareciera cubierta por un líquido oscuro
que olía a sopa y que la tierra parecía absorber con avidez.
Sólo Andreas Gropius se percató del origen de aquel caldo
tremendamente sustancioso. Dirigiendo una última mirada al
almacén principal, ahora ya vacío, musitó:
—¡Qué terrible desperdicio...!
Pero, por esta vez, se equivocaba. No llegó a imaginar que,
de este modo, regresaba a sus orígenes al menos parte de la
esencia que la Factoría le arrebató al valle de Arás durante
los años de la mal llamada prosperidad. Gracias a ello, los
jóvenes tejos que ya empezaban a repoblar los alrededores
crecerían con inusitada rapidez, invadiendo las instalaciones
abandonadas, recuperando sus dominios. Dentro de no mu-
chos años, sólo la altísima chimenea sería visible por encima
de sus copas.
Por fin, un día, también ella se vendría abajo con estrépito.
Y lo más probable es que no hubiera nadie cerca para
verlo.

N plo00
ÍNDICE

JORNADA PRIMERA
En la que visitaremos Arás, Arás Alto y Santa Tecla de
Arás, y conoceremos a Silvia y a sus abuelos, a Samuel
Zinc, al profesor Timow, a la máquina Número Seis y a
otros varios y singulares personajes .......oooococccccccoo. 11

SEGUNDA JORNADA

En la que regresaremos con Silvia y Esteban a Santa Tecla


de Arás. Nos encontraremos con Eguíluz —el inimitable
Eguíluz—, con Urdax y con Andreas Gropius y su inse-
parable monóculo. También conoceremos la curiosa historia
de la Factoría y algunas otras cosas igualmente interesantes. 67

TERCERA JORNADA
En la que ya no conoceremos a ningún nuevo personaje,
aunque sí nos adentraremos en el bosque de tejos de Arás
—el más bello y misterioso del mundo— y regresaremos a
Santa Tecla por tercera y última vez, y sabremos de los
terribles acontecimientos que provocaron la caída de la
O O AN
E,

CUARTA Y ÚLTIMA JORNADA


En la que conoceremos el inesperado final de esta historia
y, quizá, a algún(os) otro(s) personaje(s). Y nos despedi-
remos definitivamente de Silvia, del abuelo Prudencio, del
abuelo Elías, de la abuela Eloísa, del abuelo Florencio, de
la abuela Clara, del abuelo Esteban, de Samuel Zinc, del
espectro del abuelo de Samuel Zinc, de Eguíluz, de An-
dreas Gropius, de Max Urdax y de la máquina Número
Seis... E. Hacia le. ambar e Ar
Serte 0ro
NARANJA (a partir de 9 años)

1 / Michael Ende, El secreto de Lena


2 / Femando Lalana y José María Almárcegui, Silvia y la máquina Qué
3 / Carmen Vázquez Vigo, Un monstruo en el armario
4 / Willi Fáhrmann, El cuarto Rey Mago
5 / Christine Nóstlinger, Simsalabim
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Lower Mills Branch Library


27 Richmond Street
Dorchester, ¡vA 02124-5610
SE TOMÓ NUNCA LA MOLES-
TIA DE IMAGINARLOS. ESCRI-
BIMOS HISTORIAS QUE NOS
HAN OCURRIDO A TODOS,
PRECISAMENTE PORQUE NO
HAN SUCEDIDO JAMÁS, Ni
JAMÁS SUCEDERÁN. ESCRI-
BIMOS TODAS LAS NOCHES,
EXCEPTO LAS DE LUNA
LLENA, EN QUE SALIMOS A
PASEAR POR EL CASCO ANTI-
GUO DE ZARAGOZA PARA
PERMITIR QUE EL CÉSAR AU-
GUSTO, DON FRANCISCO DE
GOYA Y EL JUSTICIAZGO LA-
NUZA NOS DEN LA PALIZA
CON SUS RECUERDOS, QUE,
AL IGUAL QUE LOS NUES-
TROS Y LOS TUYOS, LECTOR,
RESULTAN SER MÁS FALSOS
QUE UN DURO DE MADERA.
PORQUE LA VERDAD, LA
ÚNICA VERDAD, ESTÁ EN LOS
LIBROS. EN LOS LIBROS
COMO ÉSTE, POR EJEMPLO.
NUESTRA VIDA, DE LA QUE
TAN ORGULLOSOS NOS SEN-
TIMOS, NO PASA DE SER UN
MAL APÓCRIFO. Y NUESTRO
PRESENTE NO SERÁ SINO UN
SUEÑO EL DÍA DE MAÑANA».

FERNANDO LALANA
JOSÉ MARÍA ALMÁRCEGUI
En Arós viven Silvia y sus seis abuelos. Los
cosas no marchan bien en el pueblo y los
abuelos tienen que ir deshociéndose de sus
pertenencias para ir comprando útiles más
necesarios. Pero un día, el abuelo Esteban
encuentra un anuncio en el periódico, un
anuncio que puede cambior la vida de los
hobitontes de Arás, como otro anuncio de la
boceto de Santa Tecla la combió cuarenta
oños otrás. Aquéllos fueron los tiempos glo-
riosos de lo factoría que trajeron los suizos,
los tiempos del ingeniero Andreas Gropius, de
los inventores Davidson y Prokofiev y sus
máquinas numeradas del uno al diez.

Con esto divertidísima novela, Femando Lo-


lono y José Moría Almárcegui obtuvieron el
premio El Barco de Vapor de 1991. Ambos
outores viven en Zaragoza, se conocen desde
lo infancia y están unidos por su amor al
teotro y o lo literatura. Ésto es lo tercero
obra que escriben juntos.

Á partir de 9 años

DI,

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