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LOS CRUZADOS

D E S A N PEDRO.
HISTORIA Y ESCENAS HISTÓRICAS
DE

LA GUERRA DE ROMA DEL AÑO 1867,


OBRA ESCRITA EJT ITALIANO

POK EL P. JUAN JOSÉ FRANCO,


d e l a C o m p a ñ ía d e J e s ú s ,

Y TRADUCIDA POR D. JOSÉ MARÍA CARULLA,


Abogado del ilustre Colegio de-Madrid-

TOM O CUARTO.
d esde l a s fa c c io n e s d e iloma d o r a n t e los su c es o s d e m o n t e
HOTOjNDO HASTA la CONCLUSION DE LA GUEMtA.

D e la 2 .1 e d ic ió n ita lia n a , s a c a d a d e la O ivilfcá C a tt o l i c a f


c o r r e g id a y e x t r a o r d in a r ia m e n te a u m e n ta d a .

MADRID:
IMPRENTA DE LA VIUDA DE AGUADO É HIJO.— PONTEjté;

1871.
INDICE DEL TOMO CUARTO.
m-

LXXXVI. Facciones de la guarnición de Roma du ­


rante las alternativas de Monte Roto mío.—La com­
pañía de Durostu y la columna de A llet............. 3
LXXXVII. Llamamiento á Roma de las tropas pon-
tificias de las provincias, el 27 octubre................. 20
LXXXVIII. Peligros de Civitavecchia, y armamen­
to contra la invasion regia. El coronel W A rgy.. . 30
LX X X IX Determinaciones de defensa tomadas en
Roma contra las amenazas del ejército real........... 41
XC. José Garibaldi mueve su ejército al ataque de
Roma. Hechos del ala derecha, conducida por
Nicotera............... ...................................................... 59
XCI. Ataque de Roma intentado por el ala derecha>
conducida por Acerbi............................................... 72
XCIL La corte de José Garibaldi en Monte Roton-
do.^-Movimiento del centro del ejército contra
R o m a ............................ ........................................ .. 83
XCI1L Ostentación de armas· de Garibaldi á lo largo
del Aníene, á vista de Roma.— Sus bandos espan­
tosos. ............................................. . ........................... 98
XCIV. José Garibaldi rechazado en el puente No-
mentano.— Escaramuzas en Casal de Pazzi y en
la Cecchina.— Retirada de los garibaldinos. . . . . . 109
XCV. Preludios de M entam.— Vértigo del gabinete
italiano que rompe el confin pontificio,—'Furores
de Garibaldi que se rebela contra el rey .— Docu­
mentos auténticos de la rebelión........ .................. 117
280
XCVL Desembarco de los franceses.' Consejos de
guerra de los aliados........ . . '............ \ ................... 138
XCVIL ¡Designios y· fuerzas de Garibaldi en Menta-
. na.—Se dispone la expedición franco-pontificia.. 151
XCVIir. Mentana, 3 noviembre......... .................... 163
IC. Los heridos y los muertos de Mentana, Julio
Walls-Russell, Carlos de Alcántarat Juan Moe­
ller, León Bracke, José Rialan, Carlos Bernar-
dini, y otros............... ^ ............. .. 215
0. Conclusion. Los monumentos 'de la Cruzada
de 1 8 6 7 . . , . , . . . . . ; ......... ........................ ............... 245
Apéndice 259
LOS CRUZADOS DE SAN PEDRO,
H IS T O R IA

Y ESCENAS HISTÓRICAS DEL AÑO 1867.

LXXXVI.
F a c c io n e s d e la g u a r n ic ió n d e R o m a d u ­
r a n te la s a lte r n a tiv a s d e M o n te R o to n d o .
L a c o m p a ñ ía d e D u r o s tu y la c o lu m n a
d e A lle t.

M ientras en Monte Rotondo los 300 valientes


rom pían el ím petu de la inundación garibaldesca·, se
ig n o rab a en Rom a su lu c h a ; aun sabiéndose, no
hubiese habido fuerzas con que a tac ar u n ejército
de unos 10.000 hom bres, acam pado en un terren o
sum am ente ventajoso; á intentarse, la cosa h ubiera
ocasionado quizás terribles desventuras en el inte­
rior de Rom a. Y a lo hem os indicado anteriorm ente:
ah o ra conviene aclararlo con los sucesos. Del relato
resu ltará evidente que el celo excesivo ceg’ó á cier­
tos reprensores de los com andantes pontificios, y que
al acaso escribieron, sin tener noticia de los aconteci­
m ientos (1); quedará tam bién m as claro que la luz del
sol* que su ru in propósito hizo estúpidam ente em bus­

tí) la politiqua de rásistculcb a Home, pág. 22-24. Este opúsculo


fue refutado con docum entos auténticos en la Civilta cattolica, en
el cun. 433. Véase el e/ííctyo bibliográfico al frente del· primer tomo
dC Los Cruzados.
4

tero á José Guerzoni, diputado del parlam ento floren­


tino, y jefe por aquellos dias de los sicarios de Roma.
Consiéntasenos, p a ra m uestra de la lealtad de los
historiadores g arib ald inos, referir las falsedades que
este (¡y fig u ra entre los m agnos varones!) com pen­
dia en pocas líneas. «Hácia las 11 de la m añana (va
una) del mismo día (26 o ct.), uníl colum na de ponti­
ficios de cerca 2000 hom bres (dos) de todas las a r ­
m as, zuavos, de Antibes (tres), cazadores extranjeros,
medio escuadrón de d ra g o n es, y m edia sección de
artillería (cuatro), con toda comodidad y m uy tra n ­
quilam ente, saíia de la p u erta Pia, para socorrer
(cinco: la consigna decía Recobrar) á los defensores de
Monte Rotondo, y llegaba á eso de las 4 de la tarde
fseis) cerca de la estación. Allí las avanzadas de Sa-
lomone (siete: mucho antes se obró con el cañón) reci­
bieron la cabeza de la colum na á fusilazos, por lo
cual apercibida de que todo h abia concluido en
Monte Rotondo, con m ucho desorden, como si vol­
viese de u n a d erro ta (ocho), nosotros mismos fuimos
testigos oculares [quizás nueve), tornó á e n tra r al día
sig u ien te en Roma. N ingún socorro de Pisa llegó
n u n ca m as tard e. Cosa inaudita, suficiente p ara d ar
la medida de las cabezas que componían el estado
m ayor del ejército pontificio.» A las falsedades opon­
drem os la veracidad de la historia.
Muy angu stio sas corrían en la capital las horas,
d u ra n te el conflicto de Monte Rotondo: casi cada
p arte telegráfico tra ia u n a nueva incertidum bre, po­
lítica ó m ilitar. Sabíase desde m ucho tiem po a trá s
que se iban reuniendo num erosos batallones de G a­
ribaldi en todo el confín sabino (1); que se h ab ían

(1) Desp. de Roma a] nuncio en P arís, de estos dias; hasla e a


5
acercado alg u n as bandas á Monte Eotondo se supo
p o r cartas y por avisos m ultiplicados (1). Mas nin­
g ú n informe se podía obtener del núm ero de estas
y de los propósitos prácticos- de aquellos, porque
los jefes de las hordas disponían sus m ovim ientos
de repente, casi sin orden de g u e rra : por añadidu­
ra , estaban cogidos los pasos ó interceptadas las co­
m unicaciones. 19 horas despues de invadida por los
g aribaldinos la estación cerca de Monte Rotondo, el
coronel C harette, lu g a rte n ie n te de la provincia, era
compelido á pedir noticias de Monte Rotondo á Roma,
no pudiendo él (en Tívoli estaba casi á la “vista),
a c la ra r si la poblacion era sitiada (2). Es verdad que
■quince m inutos despues, volvían sus exploradores, y
que los gendarm es enviaban este p arte telegráfico al
m inistro. «Sé ahora de fuente seg u ra que en Scandri-
g lia h ay cerca de 6000 garibaldinos, con los hijos de
G aribaldi, y que m añ ana (25 octubre) es el dia des­
tinado á m arch ar sobre Rom a (3). Mas 'este aviso,
precioso sin duda, n ad a decia de Monte Rotondo. E l
'enem igo acam pado en Scandriglia ¿m archaría por
el valle del T íber ó por el del Tiberon? ¿Sobre Monte
Rotondo ó sobre Tívoli? Los dos caminos parecían
Igualm ente á propósito, y teníanse indicios de am bas
partes: quizás el enem igo (suponíase bien guiado)
en traría por uno y otro lado, y evitando á Monte Ro­
tondo y Tívoli, plazas guarnecidas, caería de impro-

Lib. amar, hay uno de Moustier á La Villeslreux, del 22 de oct.


-que parece mencionarlos,
(1) Doc. man. de tos a r c h . , oct.; muchas actas.
(2) Parí, Leleg. Sí oct. 20 larde, ibi.
(3} ParL. teleg, del cap- Amoroselli, i , 23 Lar. ibi.
6
viso sobre la capital (1). P arecía por lo tanto g rav e
im prudencia h acer salir de Roma la única fuerza
movible que le quedaba, de unos mil com batientes,
p ara m arch ar á la ca?a de un enem igo que atisbarse
no podia,
A detener todo m ovim iento, contribuía la espe­
ra n z a de que las hordas retrocederían aquel mismo
día por exigencia del gobierno italiano. A lgunas b a n ­
da de belitres (así se discurría en Roma) lánzanse á
través de los campos, cayendo bajo las bayonetas de
n u estras com pañías volantes ■ pero sería una fla­
g ra n te deslcaltad que un ejército de m illares de com­
batientes, atra v esara el confín con batallones forma­
dos; el rey no lo consentirá. L a causa de tal ilusión
m ejor que esp eran za era constar que el em bajador
francés en Roma ten ia inform ado puntualm ente á
su gobierno, y que intim aba este á Florencia en
alta voz que cesaba la invasión, ó rom pía con la
F rancia. «La Italia, decía por el telégrafo M ous-
tie r, se h a obligado solem nem ente con nosotros:
¿quiere cum plir su s compromisos .(2)?» A este tenor
corrieron d u ra n te m uchos dias, las negociaciones
entre Florencia y P arís. Bajo el miedo de tan rig u ­
rosas am enazas, el rey de Cerdeña procuraba for­
m ar un m inisterio menos decidido á provocar las
bayonetas francesas, fijando su vista en Cialdini, en
M enabrea y en otros trastos parecidos, blandos p ara
las órdenes im periales. Un principio de enm ienda
parecía m anifestarse realm ente. Los batallones ré -
gíos se re tira b a n de todo e l ’confin: ni en Roma se

U) Varias actas y parí. leí. en los Doc. m an. de los a r c h . , 2 3


y oct- P a r t. gen. de la lugar ten, de Tívoli, ibi, 28 oct.
(2) ParU tüleg. en el Libro amarillo.
creía en la traición que se necesitaba p ara sim ular
u n a re tira d a , y compeler entre tan to fogosam ente
los batallones g aribaldínos, para marchar con ellos
paralelamente, según la expresión del m inistro fran ­
cés {!), ó en su compañía, como m as enérgicam ente
escribía un com andante pontificio (2). Por ■esto el
capitan g en eral Iían zler, en todo el 24, m antuvo á
los com andantes la orden de sostenerse gallardos
contra las bandas á cualquier costa, no siendo de t e ­
m er invasión reg ia, pero que en tal caso no se d eja­
sen m ag u llar por el núm ero, sino que retrocediesen
á Roma, ún ica que blanco era de las hordas re u n i­
das (3).
Al siguiente día 25, comenzado y a el ataque de
Monte Rotondo, tom aba consistencia la noticia del
an terio r, ó sea, que todo el esfuerzo enem igo dirigíase
derecham ente contra Roma (4). Tal fue á la verdad el
designio del estado m ayor garibaldcsco;m se paró algo
en Monte Rotondo, sino porque G aribaldi tuvo la v a n i­
dad de hacer salir pa,sánelo, la guarnición. P artes te ­
legráficos y avisos llegaban al general K anzler, ora
de 4000 camisas rojas, ora de 6000, ora do 10000, ya en
m archa desde lafronteradeC orésefS). Al propio tiem po
eraV iterb o acom etida por las bandas de Acerbi; y el
coronel Azzanesi, aunque victorioso, no podia des­
m antelar su lugartenencia p ara socorrer la capital.
F rosinone, que quiso tom ar J ic o te ra , reducido á

(1) V é a n s e los d e s p a c h o s d e estos dias , c a m b i a d o s e n í r e Ila-


lia y F r a n c i a , en el Libro verde ita l i a n o , y en el Libro nmarHl·.
I'rrmcós.
(2) Doe, m a n , d e los u r d í . , 21 o c t .
(oj J i n c h o s p a r í . tel. deL 2 í t íbi.
l-i) T a r i , t,el- d e C h a r e i t e , o ct., h o r a s 8, -iü m a r í . , ibi.
(o) ParLos tel. y a c t a s v a r i a s , 23 o c t . , ib i.
unos cuantos defensores, no pedia m as refuerzo
que un a com pañía; y sin em bargo K anzler veíase
constreñido a responder al lu g a rte n ie n te , g en eral
Courten: «Concentre sus fuerzas. De Bom a no puedo
enviar á nadie, ag u ardándose á G aribaldi con eí
grueso de sus fuerzas (1).
Mas bien que socorrer á Monte Kotondo, envuelta
quizás (no se sabia lo cierto) en la invasión de las
hordas, era preciso reforzar Rom a con el concurso de
las tropas de las provincias. El capitan g en eral envió
A Tívoli p ara C harette este p arte telegráfico: «Ape­
nas recibida certeza de que los garibaldi nos m archan
sobre Roma, los seguireis p ara atacarlos por la espal­
da. Dudo b astan te que se atrevan á tan to (2).« A lo
cual contestaba Charette: «M archar sobre Roma era
m i desig n io ,'m as no creo que te n g a n tal valor (3).
Tampoco conocía C harette los sucesos de Monte Ro~
tondo, á las tres de la tard e . Solo al caer de la no­
che, vio reto rn ar á sus exploradores, aguardados con
frenesí, pero no tra ía n n u evas seg u ras, sino u n a voz
recogida en las aldeas, del ataque de Monte Rotondo.
Ya se disponía C harette á volar en su socorro con toda
la guarnición, cuando u n a orden de Rom a lo co n tu ­
vo (4). En la capital cantábase con las tropas de C ha­
re tte , caso de que los garibaldinos se precipitasen
por el camino de Tívoli, ó se dirigiesen por cu a l­
quiera otra p a rte , á los alrededores de la capital.
E n tre tanto el g en eral K anzler no viendo lleg ar á los
g arib ald in o s, im ag in ab a por conjetura, que h a b ía n ­

os ParL tel. cerca del m ediodía del 23, ibi.


(11) Part. leí. 23 oct. del m ediodía, iJji.
(15) A las 3, 20 t a r d e , i b i .
(í) A las 0, 43 Larde, ibi.
9
se detenido á sitiar á Monte Rotondo, y disponía que
saliera u n a colum na poderosa al encuentro de los
enem igos. Mas entonces la b uena voluntad se 'e s tre ­
lló en el escollo de lo im posible, porque las tropas
rendidas por las facciones, alim entadas de cualquier
modo, y sin descanso cómodo, necesitaban a lo m e­
nos un dia de tre g u a antes de que se aventurasen á
u n a expedición ta n distante y desigual. F u e ra de
qu e la tran q u ilid ad de Boma podia desaparecer de
u n m om ento á otro. Seguían aún ocultas y disem i­
nadas -las chispas de la conmocíon del 22 y del 23;
alejar la te rc e ra p a rte de la guarnición, valia tanto
como prom over el atrevim iento de los agitadores.
P ercibíase h asta tal punto el olor de u n inm inente
desq u ite, am enazado en los periódicos, presentido
por la policía y por los ciudadanos temido, que y a
por la m añ an a se im prim ía el decreto del estado de
sitio. Aún no se hab ía fijado, cuando ya estallaba el
motin en la casa de Aíani. ¡Ay de Roma, si el nervio
de la guarnición se hubiese hallado fuera en cam pa­
ña! Tal era el designio deseado en las cuevas g a ri-
baldinas, y concertado entre los sicarios de dentro y
los belitres de fuera.
A p esar de esto, aún no había cesado com pleta­
m ente el tiroteo en T rastevere, cuando el m inistro
fijaba su atención en los peligros de Monte Rotondo,
y expedía un ay udante de campo á pedir noticias de
T ivoli, y a que las vías directas habíanse vanam ente
intentado en todo el dia.
De R om a.—¿Qué noticias de las bandas de los
bergantes?
De T ivoli, coronel C harette.—Se habla de sério
com bate en Monte Rotondo; m as no se conocen los
p articu lares, porque los propios no h an llegado allá.
10
E l cañón se lia oido de Monticelli (entre Twoli y Mon­
te líotondo), á donde los garibaldinos han enviado á
b u scar m edicinas.
De R om a.—¿A qué hora se ha comenzado á oir el
fuego?
De Tívoli.—Se dice, por la m añana, poco antes
del m ediodía.
De R om a.—¿Se sabe cuánto ha durado?
De T ívoli.—Cerca de seis horas.
De R om a.—¿Qué aspecto presenta la poblacion,
por donde inferir el éxito deL combate?
De Tí v o lt—C harlas por todas partes. Nadie se
m ueve.
De R om a.—Cuando tenga noticias, dígnese d a r ­
las inm ediatam ente al señor m inistro (I),
Resuelto el m inistro á saber toda la verdad de la
lucha, que ahora por la vez prim era, casi se presen­
ta b a indudable, escoge la sétim a com pañía de la le­
gión franco-rom ana, del capitan D urostu, y le da
por consigna explorar Monte R otondo, socorrerla
siendo posible, y referir de todas m aneras noticias
exactísim as. P artieron en el corazón de la noche
del 25 al 2G. E ran solo 58 hom bres, mas g en te ex­
p erta , probada, audaz, y dignam ente conducida. Se
form aron como u n ejército que atravesase un país
enem igo; v a n g u a rd ia y an tev a n g u ard ia guiada por
el subteniente ^íapoletti, re ta g u a rd ia por el teniente
A udren de K erdrel, y centro por el com andante. Al
p asa r el Tiberon recibieron la nueva de que los g a ­
ribaldinos venían á encontrarlos en el propio cam i­
no. ¿Pero cuántos son? p re g u n ta ro n al pasajero,
sabia n ad a m as. A delante, p u es, h asta Santa

(l) P a r t. leí. del S'j, S, lo tarde, ibi.


II
Colomba (I). Aquí supierou de oídas quo la g ra n
avanzada del enem igo, era de unos 300 hom bres, pol­
lo cual se a p a rtaro n de la vía, llegando por los m a­
torrales, al am anecer, á la v ista de Monte Rotondo.
Se oyó el rum or del fuego y vióse tam bién. N inguno
se formó concepto exacto de las fuerzas garibaldí-
nas, que hicieron su bir cuando m as á mil com ba­
tientes. Esperando, pues, que los asediados, oido el
disparo do socorro, h a ría n u n a salida, cercaron a n ­
dando m ucho las posiciones, y vinieron á presentarse
sobre la em inencia ocupada en el dia precedente por
los garibaldinos., cerca de la capilla de San Luís.
E ran las 9 de la m añ ana, pocos m om entos despues
de la rendición.
Napoletti con alg u nos secuaces se lanza como h a ­
cen los cazadores, á cien pasos de la p u e rta R om a­
n a, donde lo p a ra el fuego de las casas: dos leg io n a­
rios caen heridos; A ngelini, y mor taim en te D u p u y -
Lam othe. Se hab ia em peñado la refriega, y los pon­
tificios cubiertos solo por u n m uro, m olestaban al
enemigo, ag u ard an d o el grueso de la com pañía. T an
débil asalto produjo g ra n rum or en el ejército g a r i-
baldino. Se m andaba coger las arm as, y corría el
horrible g rito :—¡Los zuavos!.¡los zuavos! Quién r e ­
forzaba los puestos, quién se hacia fuerte dentro de
las casas, quién colocaba los fusiles en las ventanas.
Vuelto entonces G aribaldi á la plaza de arm as, com­
pelía las com pañías m as próxim as, fuera de la p u e r­
ta R om ana. Sin em bargo, n in g ú n capitan se atrevió
á exponerse de cerca. Cuando, hubieron, por decirlo
así, contado los agresores, m udaron de parecer é ín-

(1) Ycase la topografía on nuestro mapa corográfico ds las cinco


provincias del Eslado pontificio.
12
vitáronlos p ara que avanzasen. Confiaban en que los
h aría n prisioneros, y ya un,m ayor venia á re q u e rir­
les p ara que depusieran las arm as. E ntonces h abía
reconocido y a D urostu las condiciones ventajosísim as
del enem igo, y lo desesperado de la em presa. S egún
lo que prescribe la g u e rra , no le quedaba m as p a r-
tido que rendirse, pero con los garibaldinos se o b ra ­
ba con seg u rid ad . Becoge su v a n g u a rd ia , y orde­
n a .—Fuego en re tira d a .—C argaban corriendo y d is­
paraban; en ciertos lugares apretáb ase u n gru p o
detrás de una defensa, y p ro te g ía la salvación de los
compañeros, con ta n ardido y frecuente cambio de
frente, que la g ra n m uchedum bre de los g a rib a ld i -
.nos, que se les echaba encim a, se cansó en breve de
la caza peligrosa.
Osaron despues co ntar sus cronistas que la com ­
pañ ía D urostu h u ía como un rebaño disperso. ¿Por qué
no llegaron hasta ellos? decimos nosotros: ¿por qué
no rodearles con unos cuantos cazadores que les cor­
tasen la retirada? La verdad fue que los m illares de
garíbaldinos no los consiguieron detener, á pesar de
que llegaron á d isp arar sus arm as casi á quem a ro ­
pa. E ntretuviéronse por el, contrario en ca n ta r victo­
ria entonando el him no de Garibaldi, y dem ostraron
su valor tom ando por asalto la capilla de San Luis,
donde con la b ra v u ra de costum bre fusilaron las
im ágenes sagradas, i Oh siem pre viles! Está, escrito
en vuestro estandarte que n in g ú n paso sabéis d ar sin
im prim ir vestigios de sarracen o s. E n toda la facción
arriesg ad ísim a los pontificios no tuvieron sino ocho
ó nueve com batientes, prisioneros ó heridos: entre
estos últim os el su b teniente N apoletti, y otros, que
no obstante sus heridas no se dejaron caer en las
m anos del enem igo. He aquí por qué se aplaudió sin-
13
g-ularmente la te n ta tiv a de D urostu, y sobre todo
su fiera retirad a, lo cual acreditan los docum entos
oficiales de los com andantes superiores, y los precla­
ros honores con que así él como los suyos fueron re­
compensados (1).
M ientras la pequeña pero anim osa expedición de
D urostu m ilitaba fuera de Roma todo el 26, desm e­
didam ente crecían en la capital la incertidum bre y la
ansiedad sobre las cosas de Monte Rotondo. Dió el
prim er lam po de luz el mismo D urostu, que por la
m añ an a despachó uno de á caballo con este billete
p ara el m inistro de las arm as. «26 octubre á las 7,30.
A la vista de Monte Rotondo. Se b a te n ......á las 9 es­
taré en Monte Rotondo, con el auxilio de Dios y de
las bayonetas de nuestros legionarios. D u ro stu .» T an
alegre noticia hizo esperar a l'g e n e ra l K anzler y al
Santo P adre, á quien fuó pronto com unicada, que
aquella gu arn ició n no fuese aú n oprim ida. A confor­
ta r cuya esperanza venia un m ensaje de G aríb al-
di á Cucchi, dentro de Rom a, que sorprendió la poli­
cía. E n él, como ya m anifestam os, se pedía refuerzo
á Cucchi, se confesaba que habían atacado ya tres v e­
ces á Monte Rotondo, sin otra v en taja que p erd er 300

(1) P art. gen. ai Sítttfo Padre, p íg . 40: en él corrió el error de


afirmarse que la compañía Durostu tenia 83 hombres, cuando
en realidad solo constaba de 88; Part. y actas varias en los D oc.
ruan. de lo sa r c h ., 26oct, y 15 n ov.; Mekcacci, tom- II!, pág. 60;
V itali, pá£. 8“; Relaciones nuestras especiales? Moiu^di, d s c ó ­
rese a T/uoIt, pág. lo . Por este opúsculo gue olvidam os al escri­
bir el Ensayo bibliográfico , le llamam os ahora mentiroso impertur­
bable. Baste para muestra, que en la pág. 20 afirma que ¡os
garibaldinos de Monte Rotondo no focaron un cabello al P. Vannu-
tclli su prisionero, tino que por el contrario, tratáronle con modos
urbanos y gentiles. ¡Ah, cronista desvergonzado!
14
hom bres, m uertos ó heridos, y que G aríbaldi e stab a
resuelto á p asar á cuchillo la g uarnición (1).
Mas m ientras se confirm aba la resistencia de
Monte Rotondo, la plaza podía caer: 300 perdidos en
el a'salto, suponían fuerzas en e m ig a s1m uy num ero­
sas: p artes telegráficos garibaldescos de F lorencia, se
vanagloriaban ya de la victoria conseguida en M on­
te Rotondo: el ejército invasor m archaba y a quizás
sobre Roma, no quedándole por superar m as obs­
táculo que la débilísim a línea de defensa del ria ­
chuelo ó sea del Tiberon, distante u n a h o ra de la
p uerta. En estos fuertes puntos, es dulce contem plar
las prontas y seg u ras resoluciones de los com andan­
tes de la g u e rra . K anzler llam a al telégrafo al lu g a r ­
ten ien te de Tívoli,
Roma, 9 m añ. K anzler:—¿Está presente el coro­
nel Charette?
Tívoli. El del telég rafo :—Aún no.
Kanzler: — L lag a d lo ■ de seguida.— ¿Qué voces
corren de Monte Rotondo?
Tívoli. El del telég rafo :—De un g ra n com bate; el
éxito se desconoce.—P resente el coronel.
K anzler (en cifra):—R eunid vuestra tropa; estad
pronto á com batir á los garibaldinos en la forma
indicada en mi prim er aviso.
Tívoli. C harette: ^ T r o p a dispuesta dentro m edia
h ora. Voces de la póblacion, ataque continuado esta
noche,
K anzler:—Expedido he refuerzo D u ro stu ,.... dis-
pongo fuerte colum na p ara b atir á (3-aribaldi.
Tívoli. C harette:—Nada tengo que añadirá los
exploradores han regresado.

(1) Varias acias e n l o s D o c . m an, d e lo s a r c h ., 26 oct.


15
K a n zler:—No os m ováis sin mi aviso (1).
E l propósito del capitan g en e ral era m eter entre
dos fuegos á los garibaldinos, si por v e n tu ra (enton­
ces no se creía: á eso del m ediodía toda esperanza
habíase desvanecido) sí por v en tara Monte R otondo
resistiese aún; si no, esperar al enemigo al p rim er
paso que avanzase m as allá de Monte Rotondo, y b a ­
tirlo en campo raso, donde vale m as el cañón y el
empuje de la bayoneta. La colum na de operacion r e ­
cogióse con esfuerzos suprem os de todos los p untos
de Roma: alg u n as com pañías de línea y de los caza­
dores indígenas, otras d é lo s carabineros ex tra n je­
ros, otras de los zuavos: cuatro piezas de cam paña,
u n escuadrón de caballería, un destacam ento de en­
ferm eros: al todo 1140 hom bres, conducidos por Allet,
coronel de los zuavos. En cuanto á Roma, que d es­
guarnecida quedaba de tropa movible, 'se confiaría
á los destacam entos disem inados por los cuarteles,
y á tres com pañías que se llam aron de V elletri y de
Civitaveccliia: el pueblo romano no infundía tem or,
porque los vecinos jóvenes m as selectos m ilitab an
por la p atria y por el Santo P adre, en la P alatin a y
entre los voluntarios rom anos: p ara a te rra r á los fa ­
cinerosos extranjeros presentaríase g ra n aparato de
artillería y de cab allería en las calles principales,
campeando ab iertam ente los residuos de la g u a r n i­
ción con los fardos de' arm as alrededor de la pieza:
p ara socorrer en a lg ú n accidente im pensado, se re u ­
n iría bajo las órdenes del coronel E vangelisti en., la
plaza Colonna, el nervio de la fuerza formado por 450
g endarm es de á pie y 120 de á caballo (2).
~~{i)Ibi.
(2) Jinchos P art., actas y part. te l., ibi; Relaciones esp. de
muchos comandantes superiores.
16
Así ase g u rad a la tranquilidad interior, el ca p ita n
g en e ral escribió la orden p a ra el com andante de la
expedición, con el aviso, de no ir demasiado adelante,
á fin de no dejar en descubierto á Roma. Envió tam ­
bién u n p a rte telegráfico al .lugarteniente de T í-
voli, dejando á su arbitrio avanzar sobre el flanco
por la via de Honticelli: m as pocas lloras despues,
las sospechas de invasión en el pais de Tívoli cons­
triñeron á K anzler á detener en el cam ino el refuerzo
de la expedición. Se n av eg ab a en seco. C am biaban
cada h o ra las condiciones de la 'g u e r r a . Ora el ene­
m igo am enazaba caer sobre Tívoli, ora com parecía
en Monte Rotondo, ora m archaba en derechura á las
p u ertas de Rozna. P o r la m añana, los m ensajes h a ­
cían creer que Monte Botondo aú n com batia, poco
'despues decíase tom ada, á eso del m ediodía parecía
seg u ra la caida, u n a h o ra m as tard e se h ab lab a de
10.000 hom bres en el campo, sobre las colinas alre­
dedor de Monte Rotondo; poco despues referíase
n uevam ente la o b stinada resistencia de la plaza (1).
Tales cambios provenían del v ariar continuo de las
ten tativ as del adversario, m as el efecto era como si
h u b ieran sido cosa p ensada.
De todas m aneras la colum na de Allet se halló
dispuesta poco despues del m ediodía. El coronel L e -
p ri quiso m an d ar en persona sus d ragones, y u n ca^
p itan de la p alatina, el caballero F ilíppani, que m ili­
tab a v o lu n tariam en te, fue ag reg ad o al estado m a­
yor: am bos se hab ían batido en Castelfidardo. Antes
de m overse, el g en eral K anzler pasó re v ista á las
tropas, viéndolas p a rtir centellantes de brio m ilitar,
cantando y aclam ando á Pió IX. Y serv ia tam bién

(I) Ibi, ibi.


17
de consuelo indescriptible á los com andantes, en
aquellos in stan tes terrib les, descubrir la ju v e n tu d
reunida con pena de los cuarteles, rendida y m ace­
rada por las fatig as incesantes de dia y de no ch e,
olvidar los pasados trabajos, cada ves que se les.
ofrecía un nuevo y mas difícil trab a jo . E ncontraron
los prim eros puestos enem igos poco m as allá de la·
m itad del camino; y los dragones que iban delante,
conducidos por el siciliano Francisco F ortezza, los
b arriero n en u n instante con una c a rg a vigorosa,
sin pedir auxilio á las com pañías de la van g u ard ia.
Un g ra n puesto avanzado hizo adem an de acom eter
á los pontificios y (lo revelam os con paz de los de G a-
ribaldi) hizo soltar la carcajada al coronel Allet, que .
exclamó: «¡Ah, los garibaldinos vienen á asaltarnos?
¡hijos, á la bayoneta!» Las com pañías de línea y de
los cazadores que m arch ab an á la cabeza, al oir el
sonido de la trom peta, se lanzaron á la c a rg a . El
enem igo prim ero se detuvo, y después se batió en
re tira d a haciendo fuego. P or io cual el com andante
p ara no ren d ir antes de tiem po á su gente, se con­
tentó con acelerar el paso de los garibaldinos con a l­
g u n as g ra n ad as, cuyo efecto se vió en los cadáveres
aú n calientes hallados sobre el lu g a r.
Al caer de la noche estaban casi bajo Monte Bo-
tondo. Se tom aron aún otros dos puestos, Casal y la
estación de la via férrea, no sin necesidad de fuego
y de bayoneta. De este modo toda la tropa del d ip u ­
tado Salomone, diputado aquí para la g u a rd ia de los
aproches, fué deshecha y rechazada dentro de los m u ­
ros. Sobre cuyo hecho de arm as m intieron p e rv e rsa ­
m ente los p artes telegráficos, los periódicos, y los
historiadores del partido garíbaldesco. E ntre otros el
diputado M auro Macchi dejó escrito: «Dos de los ciu-
TOMO IT. -
18

co g'aribaldínos (heridos, hallados en la estación) fueron


m uertos y sus cadáveres descuartizados; tres, des­
pués de obligárseles á que se confesasen con u n sa­
cerdote que h ab ia con los zuavos, fueron atorm en­
tados á bayonetazos (1).» Sépase ahora, que la esta­
ción fue ex p u g n ad a por las com pañías de los zuavos,
y que h asta tal- p u n to no se m altrató á, los heridos,
que varios de los com batientes fueron cogidos con
vida, y con vida enviados al castillo de S. Angelo. Si
a lg ú n doliente pidió los sacram entos, fue un hecho
ordinario que renovóse siem pre que hubo coyuntura;
a lg u n a vez los propios com pañeros de los heridos
garibaldlnos a rra n c a b a n casi por fuerza á los cape­
llanes de las cam as de los pontificios p ara llevarlos
á las suyas. Además, si entonces alguno sintió el
h ierro de los zuavos, recaig a la culpa sobre aquellos
b estiales, que hicieron fuego desde las v en tan a s de
la enferm ería. E n asalto nocturno, provocado de tal
m an era, si hubo error, todos lo perdonan. ¡Es adm i­
rable cosa por lo dem ás, que estos calum niadores
apelen al testim onio de los asesinados, que sin em ­
b arg o viven! Están vivos, dice Morandi, están vivos y
son jóvenes entrambos, y pueden dar testimonio, el uno
de 16 bayonetazos, y el otro de 36 (2). Mas prosi-
gam os.
Se puso el campo en los llanos enfrente de la es­
tación, á m edia hora de Monte R otondo, esperando
fuerte facción al dia siguiente. En el ín terin Allet
advirtió á Roma de la certísim a caida de Monte Ro­
tondo, de las fuerzas enem igas, y de su propósito de

(1) Macceh, E p o p , de M s iita m , p ú g > 1 0 3 .


(2 ) M o r ardí, D e C o r m á Tivo li, pág. 1 0 ,
19
no moverse por la noche (1). SI ejército de G-aribaldi
no dió señales de vida. El estruendo del cañón, que se
oyó tro n ar au n an tes contra los prim eros puestos de
la vía Salaria, produjo en Monte Rotondo u n a confu­
sión infernal: las m edidas tendieron solo á resistir
dentro de los m uros. Ante todo se arrastra ro n los ca­
ñones á la p u erta Romana, y reforzáronse las defen­
sas de los lados débiles. Otros escribieron que varios
batallones, conducidos por M enotti, tom aron las
vueltas la rg a s sobre los m ontes, y que al am anecer
co gerían por la espalda á los asaltadores. Sea I*
que sea de este movimiento de buen arte m ilitar,
si existió realm ente, eludiólo la rep en tin a desap ari­
ción del campo pontificio.
E sta retirad a, en v ista de los invasores, fué como
el principio de la llam ada de las tropas de las pro­
vincias. Se ordenó en estos térm inos: «Roma, 27
octubre, á las 2, 30 de la tarde. Orden. El coronel
Allet retrocederá con todas sus tropas hácía Roma.
Sí las noticias de que atraviesan el confin las tropas
reg u lares se confirm asen, despues que pasase sn
colum na, h a rá saltar el puente Salar o. K anzler (2).
Dentro de poco diremos por cuáles motivos, con qué
pérdidas necesarias, y*con qué ventajas suprem as
el cap itan g en eral de las arm as pontificias m udó en
un solo punto todo el plan estratégico, con el cual
habla dirigido h a sta entonces la g u e rra .

(L) Carla de la cst. de .Monte Rotondo, á las S, en los Doc.


man.- de los arch. Es un pedazo de tarjeta escrito en lápiz.
(3) Doc. man: de los arch,, 2 7 ocl. Reí. especiales.
20

L X X X V ÍI.
L la m a m ie n to á R o m a d e la s tro p a s p o n ti­
fic ia s d e la s p r o v in c ia s , e l 2 7 o c tu b re .

Pocos m inutos habían trascurrido despues de la


m edia noche del 2G al 27 de octubre, cuando llegó
un p arte telegráfico al capitan general de las arm as
pontificias, anunciando que el ejército del rey Víctor
Manuel pasaba el confin rom ano. El m em orable des­
pacho decía: «Tívoli, 27■ octubre, horas 12,30 d é la
noche. T ropas reg u lares entradas en Grillo. P arto á
Piorna a m archas forzadas. Charette.» Grillo es un
casal, ó mejor hostería, con algunas casas en la via
Salaria, cinco quilóm&tros m as cerca del confín que
la estación de Monte Rotondo. Allí liabia llegado ca ­
b allería de G aribaldi, tan p ertrech ad a de arm as y
de m uniciones que los exploradores creyeron que
eran batidores del ejército real. Tal error no fue pro­
piam ente la causa de llam arse las guarniciones de
las provincias á la defensa de Roma; pero bien se p u e ­
de afirm ar que el aviso de C harette fue la ú ltim a
g o ta que hizo derram ar el vaso lleno, y el últim o
adarm e que hizo caer la balanza. He aquí por qué,
si hubo alucinación en quien creyó ver las tropas
reales, no puede lastim arse al lu g arte n ie n te de T í­
voli, que refirió lo que hom bres distinguidos dab an
por seguro, cum pliendo así un estrechísim o deber, y
m ucho menos puede llam arse im previsor al m inis­
tro, que hizo lo único que le prescribían sus conoci­
m ientos m ilitares, y que resultó en efecto lo m as con­
veniente.
21
Todo esto es claro como la luz p ara cuantos vi~
vieron en Roma en aquellos terribles instantes: paré-
ceños sin em bargo, propio de un historiador discreto
razonar sobre ello, p ara provecho de los que vendan,
y desengaño de los reprensores. Porque en Roma no
se daban las órdenes de la g u erra con el pensam ien­
to único de lo g rar que avanzasen ó retrocediesen los
garibaldinos, sino tam bién ó principalm ente d iri­
giendo la m irada á Florencia y á París: á Florencia
donde se disponía realm ente la invasión de lo s'g a ri-
baldinos, y á París, donde dem oraba la fuerza viva,
que daría á los conspiradores florentinos el triunfo ó
la derrota final. ¿Cuál espectáculo presentaba F loren­
cia y su m ansión real? H ubiera sido voluntariam ente
ciego quien no hubiese visto con sus ojos que se dis­
ponía el ejército á seg u ir las huellas de las cam isas
rojas. R ecibíanse relaciones todos los dias del n ú m e­
ro de los regim ientos, de sus com andantes, y de sus
m ovimientos de agresión: se contaban sus pasos (1).
Por el contrario, m irando á París, todos los actos di’
plomáticos perm itían esperar que la F ran c ia estaba
dispuesta á interponer su espada contra el sacrilego
atentado; Sobre todo lo cual hoy dem asiado eviden­
te, baste lo que dijimos en los capítulos anteriores,
y sobre todo dosde el sexagésim o séptimo hasta el
septuagésim o prim ero.
Dudas m uy grav es asaltaban sin em bargo en
estos días sobre si al socorro im perial se le adelanta­
ría por desgracia la furia de la revolución sectaria,
en toda la Italia dom inante, prevaleciente casi en los
consejos de la corte. El m inistro R attazzi, antes y

(1) Part. gm . de K an skr, p!íg. 26: otras muchísimas acias en


los Doc. m an. de los arch., á cada paso en eslos dias.
22
despues de su ap arente caída, ju ra b a á los jefes g a -
ribaldinos que las am enazas de Kapoleon n i no p a­
sarían de ser resplandores sin rayo, corno en 1860; y
que le h a b ía llegado ya el Obrad presto: podríam os
c itar el nom bre de uno á quien lo dijo, dia, lu g a r, y
las m uchas determ inaciones que tomó á consecuen­
cia del dicho. T an poco se disim ulaba este pretendi­
do arcano, que no se referia otra cosa en los perió­
dicos, en los campos garibaldinos, en los cuarteles, y
en las tiendas del ejército real acam pado en la exten­
sión del confin de Roma (1). El rey, si bien contrario
á la expedición infam e de Roma, era engañado por
astutísim os b ribones con chupa de m inistros, aso r­
dado por las g rite ría s de la plaza, y atem orizado p or
las tu m u ltu arias peticiones de las logias m asónicas,
azuzadas bajo mano por R attazzi. D ábanle á en te n ­
der que sin la intervención de las arm as reales en
liorna proclam aríase la república, dom inarían en la
ciudad san ta los ladrones y los asesinos, y se ría v i­
tuperada la persona venerable del Vicario de Je s u ­
cristo. De tales m isterios descubrim os un lampo en
las.instrucciones dadas 4 los generales de la invasión,
que h ab lab an de ocupacion d e p a is enemigo,» y de
« g aran tir la perfecta independencia personal del
Papa;» y m ucho m as en el designio cómico de m an-

(11 Secvlo de ülilrm, Gazzclla piemontese de Turin, liaziorie y Opi-


nione de Florencia, Corresp. do Flor, en el Giornale di Gincvra· de
estos dias: véanse los trozos citados por Mekc. III, pág. 91-133;
Part, del com. rom- de insurrección; Carla (sin nombre) en
la Gazzeíta di Torino referida por la Nazione, lü nov. 1807; Processo
Mani, pílg, 30¡ Part, do un of. de genii, poniif. que estuvo en
m edio del campo italiano en Córese, en los Doc. m an. de los
urctu 31 ocL; nuestras Relaciones especiales de pontificios y
g:mbíildinos.
23
d ar á L a M arm ora p ara que hum illase la espada dél
rey á lós fie s de Pió I S (1). Así fraternizaban los vio­
lentos de G aribaldi y los pérfidos de Ricasoli p ara el
beso de Ju d as.
Los com andantes del Pontífice no ignoraban estos
m ovim ientos serpentinos, y decían en sus consejos:
El gobierno im perial, au n q u e débil acaso p a ra obrar,
ab u n d a en seguridades benévolas: el g rito de la n a ­
ción obligarále á cum plir sus prom esas. Ya un p rin ­
cipio de ejecución efectiva se m anifestaba en los b u ­
ques de g u e rra que parecían hacer centinela en el
puerto de Civitavecchia, en la insistencia con que
aconsejaba el em perador resistir á todo tran c e, y en
el envío de generales del genio francés p a ra que
coadyuvasen con su auxilio al arm am ento de Civita­
vecchia y de Roma (2).'
P aran poner térm ino á las sospechas que no desa­
parecían por completo, el nuncio pontificio de P arís
recibió la orden de pedir u n a frase franca, «una re s­
puesta inm ediata p o r norm a (3).» La respuesta, des-
pues de consultado el em perador, fue: «París 26 de
octubre, á las 8,20 tarde* H ueva orden de embarco.
E m perador resuelto, si bien rey Cerdeña suplica sus­
pension am enazando h a sta g u e rra (4).» L a g u erra
sard a con que am enazábase á P arís ru g ia tem pestuo­
sa tam bién en toda Italia, donde quiera hubiese una
cueva de m asones: h asta se anunciaba el mismo dia,
casi encendida: «Rieti, 26 de octubre. E sta m añana h a
salido la b rig ad a , que se hallaba en esta ciudad, p a ra

(1) Véase mas arriba el cap. LXVIIL.sI ejército italiano, etc.


(2) Doc. man. de los ard í., 19 ocl. v sig.
(3) Desp. de! 24 oct. en los arch. rom.
(4) Ibi.
24
la h o stería de Nerola en el territorio pontificio......
E sperábase que lleg aría n aquí de T erni el 45.a y el
5 1 / de línea y el regim iento G énova-caballería; m as
dicen que m arch an directam ente de T erni á Córe­
se (1).» Anteayer* Cialdini declaró que el nuevo g a b i­
n ete que se form a, no log*raria im pedir que el ejército
se lanzase sobre el suelo rom ano (2). Cuyas noticias
u rg en tísim as, acum uladas con indicios in n u m era­
bles, y avisos de los dias an terio res, no dejaban y a
lu g a r á d u d as.—P or consig-uiente, se acabó diciendo
en 'R o m a, la invasión re g ia que hacia m ucho tiem ­
po se p re p ara b a en todas p artes, hoy ó m añ an a se
consum a. A nuncíala p a ra hoy el despacho de Cha-
rette: no queda otro partido que reu n ir todas las-
tropas en Roma, hacer frente detrás de los m uros á
las fuerzas excesivas del enemigo, y conservar en tre
tan to abierta á C ivitavecchia'para el socorro prom e­
tido y vuelto á prom eter.
No se crea que tan poderosa determ inación, que
cam biaba la estrateg ia ac tiv a en p u ra defensa de
capital, se tomó de repente. Ya m uy anteriorm ente
s e h a b i a discutido y adoptado en los consejos de
g u e rra , aprobándola unánim es todos los hom bres de
-arm as. En estos dias por tanto no se deliberaba m as
sobre el acuerdo sancionado, h asta el punto de h a­
berse trasm itido ya v arias veces la orden de la re ti­
ra d a, en evento de invasión regia: sobre todo en los
dias 19 y 20 de octubre cuando esta pareció inm inen­
te . A ñadíanse aho ra p a ra confirm ar el partido tom a­
do., los repetidos consejos que venían del em perador

(1) T ari. tel. en la Riform a, y en otros periódicos -


(2) Libro amcr'Mo, dcsp , de La V illestreux, 2 í oct.
25
por escrito y por la v iva voz de sus generales (1).
He aquí por qué K anzler, sin som bra de tim idez, se
puso á realizar los designios que podían considerarse
decretos. Aun el Santo Padro, cuyo corazon m anaba
sangre a l solo pensam iento de abandonar, siquiera
por pocos días, los fieles ciudadanos á los ultrajes de
conquistadores sacrilegos, cedió á la d u ra é in ev ita­
ble necesidad (2). De hecho ¿qué razón m ilitar ó po­
lítica podía aconsejar exponer á un segundo Caltelfi-
dardo las nobles sí, pero dem asiado escasas com pa­
ñías del Santo Padre? ¿Con qué provecho y con cuál
esperanza? ¿A qué fin acu m u lar la* ru in a del pueblo
con las m atan zas del ejército, m ientras llam ando á
las tropas, resplandecía cierta confianza de salv ar á
Roma, y conservarla h a sta el socorro prom etido po r
una nación católica y devota?
Otro propósito tenia el general K anzler en esta
ejecución en érg ica. Conocía que m ejor que á los de­
más com andantes pontificios (en el caso.de hallarse
destinado á p resen ciar u n a catástrofe) le p re g u n ta ­
ría la posteridad, por qué y de qué modo h ab ia caído
su soberano. Quería poder contestar. H a caído como
rey. Cae como rey , el que cede á la fuerza prevale­
ciente, agotados todos los medios que la conciencia y
el honor prescriben poner 4 p ru e b a. En esto se basa
la p erp étu á g ran d eza de los príncipes caídos, y el
prim er comienzo de todas las restauraciones. Con el
presentim iento, y au n casi con la intención m an i­
fiesta de que la deslealtad del gobierno sardo lle g a -

(1) Part. gen. de Kanzler, págs. 26 y 42; Libro amarillo fran., desp.
de ííoustior 20 de oct. y de Arniand 22 oct. Doc. man. de los
arch., 19, 20 y dias siguientes de octubre.
(9) -PctrL j í r . de Kanzler, pág. 42.
26
ría por fin á u n a evidente agresión, había venido
preparando desde m u y a trá s la s defensas de Rom a y
de Civitavecchia. Al saber la ru p tu ra del confin,
tuvo solo que añ ad ir algunos partes telegráficos,
p a ra llam ar á la capital el nervio de los defensores
de las provincias.,
. Las órdenes se dieron en las prim eras horas noc­
tu rn a s y m atu tin as del 27 de octubre. Hemos visto
cerca de veinte p artes telegráficos relativos al g en e­
ra l m ovim iento, que se resum en en lo 'siguiente:—
L as tropas del rey V íctor M anuel h an pasado n u es­
tra s fronteras p o r la p arte de Córese: recojan por
consiguiente los com andantes todas sus fuerzas,
m archando á la defensa de Roma y de C ivitavecchia
lo m as pronto posible, sin cortar las puntas del ejér­
cito m as distantes del centro, y despues de p ersu a­
d ir á los ciudadanos de que se deben defender por sí,
con la esperanza de que todo volverá m uy pronto á
su estado prim itivo. H abia vuelto á en tra r antes la
colum na expedida á Monte Rotondo, y g ra n parte de
las gu arn icio n es de las lugartenendas de Tívoli y
Frosinone: las- fuerzas restan tes llegaron al dia si­
g uiente, á excepción de las tropas del país de Y iter-
b o , que por su m arch a larg u ísim a, se retrasaro n
m uchísim o. Todos los m ovim ientos hiciéronse con
orden y celeridad. Nosotros m ismos vimos las tropas
del g en eral Azzanesi avanzar en la en trad a de Civi­
tavecchia, en com pañías form adas, con las banderas
flotantes, con los prisioneros hechos, y con todo el
a ire de un a colum na que m uda de sitio, sin que le
faltase la m úsica aleg re del regim iento, y los aplau­
sos de los prim eros batallones franceses y a desem ­
barcados.
Todo lo cual b asta p a ra poner de realce conclu-
27
yen tem en te la falsedad de lo que G aribaldi y los es­
critores garib ald in o s vanagloriándose dijeron de sí,
á saber que h ab ían rechazado y metido á los ponti­
ficios dentro de Boma. «Por la victoria de Monte' Ro-
tondo, no menos que por el ataque de V iterbo, vié-
ronse forzados los pontificios á la re tira d a á fin de
concentrarse en Boma.» Así el p arte del general
A cerbi, que huyó en ro ta desordenada y m iserable,
del m al intentado ataque de Viterbo (1). G aribaldi
siem pre victorioso en cuanto á desvergüenzas, a tro ­
n ab a el m undo diciendo que sus g u errero s habían
«obligado á los insolentes m ercenarios extranjeros á
retirarse á Rom a y á volar los puentes qu e á ella con­
ducen (2};»como tam b ién que «la nigrom ancia s,e en ­
cierra y se fortifica detrás de las m urallas de Ro­
m a (3)». La v erdad era que todas las órdenes m ilita ­
res, h asta que pasó el confin el ejército real, volaban
con la m ism a firm eza que antes. «M anténgase firm e
á todo trance.» «Cien pontificios baten á quinientos
biigantes (4).» Por n ad a del m undo,se h u b ie ra re tro ­
cedido á Rom a delante de la gañbaldería, aun siendo
sus fuerzas cinco ó diez m as num erosas, ni se pensó
nunca en despojar por ella las provincias de la tu ­
tela necesaria. Ju zg am o s por el contrario, positivo,
por los docum entos vque se conservan en los archivos
m ilitares, que á la m itad de la m añ an a del 27, no
confirm ándose la en tra d a de las tropas re g u la res,
lam entáronse m ucho los consejos de g u e rra de la
resolución tom ada del llam am iento: y que se hubie-

(lí Cap.. LXXII, Yiterbo , 24-23 ocíu&re.


(2} Bando de Garibaldi desde s . Colombo.„ 29 oct.
(3) Bando de CasLel G iubM eo, 30 oct.
(4) Part, le b de estos, en los Doc. man. de los arch.
28
ra dado, súbitam ente contraorden á no reconocerse
por m uchos otros avisos que la invasión era inm i­
n en te (1).
Que 'tal era el intento general de los com andantes
pontificios, resultó h asta de los hechos. El coronel
Allet, que aquel dia se re tira b a de Monte Roíondo,
se atuvo rápidam ente á la consigna, y confirmando
tam bién que lep arecia probable la en trad a de los pia-
m onteses, no hizo d estruir los puentes (2). Cuando se
tuvo en Roma cabal conocim iento de los 10.000 gari-
baldinos, firm em ente acampado,s en las m uy g u a r­
necidas colinas de Monte Rotondo y de M entana, se
renunció sí á desalojarles con la sola colum na que á
la m ano quedaba de 1000 hom bres, porque no que­
rían los pontificios hacerse fusilar en aquellos sitios,
dominarlos por posiciones formidables, cubiertos de
m alezas y de bosques. Continuó empero el propósito
de' no ag u ard arlo s á las m urallas de Roma. Uno de
los com andantes suprem os de la g u e rra , que por
aquellos días form aba en Rom a los planes de las ope­
racio n es m ilitares, nos m ostró con el dedo el punto
de la g ra n g u a rd ia vigilante de dia y de noche
contra las sorpresas del e n e m i g o / y las líneas
de defensa, en las cuales se ag u a rd ab a n los batallo­
nes de G aribaldi, p a ra destruirlos con la m etralla,
llenarlos de sablazos y hacerlos trozos con las bayo­
netas. M uchas veces se intentó adem ás coger al pi­
ra ta en el lazo, em bestirlo y forzarlo á un com bate,
pero siem pre el héroe pie-veloz se sustrajo á la pu g n a
con ag ilísim a prudencia: lo verem os en su lu g a r.

(1) Hileras del 27 y 28 oct.


(2) Despacho durante la marcha, en los Doc. man. de los arch.>
27 ocl.
29
Por lo que hace á la garibaldería, que continuaba
en los escondites de Roma y de los alrededores, no
se pen sab a en ella entonces. D ispersa en la noche
del 22, m ag u llad a en la tom a de la casa Áiani el 25,
y diezm ada poco á poco por la policía, quedaba re­
ducida á im potencia ta n g ra n d e , que confesábase
vencida y desarm ada. E n una c a rta escrita por su
jefe g en e ral Francisco Cucchi, el 26 de octubre, á
las 6 de la tarde, dirigida á J u a n N icotera, debajo
de u n sobrescrito interm edio que nos place om itir,
conteníanse estas precisas palabras: «Querido J u a n ......
Ayer tard e tuvim os u n com bate en T rastevere desde
las dos h asta las seis. Carecimos realm ente de arm as.
Adiós de veras. T u Francisco.» Causó no poca satis­
facción esta-carta al director de policía, que leyó en
ella un testim onio irrefrag ab le de h aber acertado
felizmente con la tom a ordenada, y de hab er consu­
mido los arsenales m as perniciosos de los agitadores:
dió tam bién notable seguridad á la com andancia
m ilitar. Sabíase por fin, que los traidores de las es­
paldas no ten ían arm as: y a contra ellos b astaría el
desprecio del pueblo y la vigilancia de los ciudad a­
nos arm ados.
Con ánim o seguro y confianza acogiéronse por lo
tanto las tropas vueltas de las provincias, rendidas á
decir verdad por la cam paña penosísim a, pero llenas
,de g loria por sus m ultiplicados triunfos, y decididas
á las pru eb as últim as. Su llegada reforzó la g u a rn í-
■clon de Roma con unos dos m il fusileros, tres ó cua­
tro cañones, y algunos caballos. Con ella se dirigió
el sem blante á la fo rtuna contraria de la g u erra, y
se ^confirmó el designio de co n trastar los asaltos del
ejército de Víctor M anuel.
30

, LXXXYIII.
Peligros de C ivitavecchia, y arm am ento
contra la invasion regia. E l coronel
D’A rgy.

Escribió u n famoso garibaldino, que, si el ejérci­


to de Víctor M anuel hubiese pasado el confia rom ano
el 18 de octubre, las puertas de Rom a se hu b ieran
abierto de p a r en p a r delante de él, «por orden del
Papa;» y que la escu adra francesa hu b iera perm ane­
cido en el puerto de Tolon.(l). En cuanto á lo prim ero
lo desm entim os solem nem ente. Por orden del Papa se
h u b iera hecho lo acordado en los consejos de m inistros
por los directores de la gruerra: se h u b iera combatido
h asta el últim o tran ce, al pie del V aticano, ag u a rd an ­
do el socorro francés. Si este co n tra la p alab ra em pe­
ñada, no venia, Pió I S h u b iera perm anecido en su
m ansion real, h a sta que las bom bas de u n rey sa c ri­
lego lo hubiesen arrojado. Lo cual se vió en el apresto
p ara la desesperada defensa de Rom a y de Civita­
vecchia.
H allábase al frente de la lugarímencia de C ivita­
vecchia el teniente coronel José Serra, con siete com­
p añías de v arias arm as y unos cien escuadrilleros (2):
m andaba la pequeña m arina el célebre coronel Ale­
jan d ro Cialdi. Si bien la cam paña de 1867 fuera
p ara ellos m as fecunda en trabajos que en luchas,
uno y otro m erecieron alabanza po r h a b e r m an-

(1) Güirelli, l a legion romana, pág. 23*


P art. gen. de Kanzler, pág. 5,
31
tenido por tierra y por m a r excelente g u ard ia co n tra
las m aquinaciones g aribaldinas. La m as ag u d a m i­
rada del lu g arte n ie n te dirigíase de continuo á las
naves de g u e rra que corseaban la m arin a pontificia,
y á las tropas de tierra, que iban reuniéndose por la
parte de Orbetello (1). De cierto puñado deliberalotes
sin cam isa que anidaban en C ivitavecchia, poco h a ­
bía que tem er: por sí propios contaban en la pobla­
ción sus designios y los desvanecían. Y es portentoso
el co n traste de que m ientras el m inistro Revel dab a
en F lorencia el encargó al g en eral F errero de reco­
nocer Ja plaza de C iv ittav ech ia, y de ocuparla hallán­
dola rebelada y abierta (2), los garibaldinos de Civita­
vecchia h ab lab an al mismo tiem po de am otinarse.
El simple paseo de a lg u n a s patrullas bastó p a ra ap a­
g a r el espíritu belicoso de aquellos valientes (3).
Mas cuando se oyó el estruendo de u n a en tera
division del ejército italiano, al confin llegada p o r
orden term inante de Florencia, á pesar de la esta­
ción contraria, y con num erosas baterías de asedio,
no se dudó del pérfido plan de los enem igos de im ­
pedir que desem barcasen los franceses con u n golpe
de m ano sobre C ivitavecchia (4): designio a u te n ti­
cado despues por los m inistros de F lorencia, cuando
publicaron los docum entos de la g u e rra ru in (5),
bien que á ciertos corresponsales g arib ald in o s de la
Naúone, no pareciese todo esto m as que u n a idea in -

(1) Doc. m an. de los arch. passim, durante la guerra*


(2) Doc. relat. á los úlL acont. presentados á las cátn. de
Flor, por los min* de la g u e r, y de la mar. pág. Gl-65.
(3) Doc. man. de los a r ch ,, 15 oct.
(4) Ibi, 17 y 18 ocl.
(o) Véanse á lo m enos los trozos que citamos en el c a p su ­
lo LXYIII, El ejército italiano marcha contra Roma.
32
gemoso del com andante pontificio. El hecho fue que
el ingenioso lu g a rte n ie n te S erra, que por punto g e ­
neral era el prim ero que recibía las noticias, avisó
de pronto p ara que resistiese la plaza y se in tercep ­
tasen los caminos de la provincia; el gen eral m inis­
tro de las arm as envió u n socorro de dos com pañías
de-legionarios, y con ellas al coronel d’A rg y ; así co­
mo un suplem ento de a rtille ría , y órdenes oportunas:
los com andantes de lo s pequeños buques de g u e rra
franceses, anclados en el puerto, proporcionaban 100
hom bres, y anim aban diciendo: «Quizás m añ an a zar-
’p ará la escuadra de Tolon (I).» P a ra observar a te n ­
tam en te los arm am entos y dirigir la defensa, volaba
con un tre n directo el general Zappi: su consigna
decia: «rechazar en érgicam ente la agresión, y a c u -
. dir á todos los medios disponibles p a ra prolongar la
defensa (2).» Por lo dem ás, solo el hecho de m andar
allí á Zappi era u n a orden qiie lo mismo significaba,
por ser el mismo que «con un puñado de hom bres y
tres cañones» h ab ia detenido bajo Pesaro el ejército
del g en eral Cialdini con defensa tal que ju zg ó la La
Moriciére «extrem a, desesperada, gloriosa (3).» Otra
sem ejante se quería; y sem ejante prom etíanla las
prontas órdenes del gen eral, y la intrépida resolu­
ción de la g u arnición, que hallam os singularm ente
recom endada en los partes de aquel dia (4).
Sin em bargo, el peligro se desvaneció por enton­
ces: los ardores g u errero s de Rattazzi, del príncipe

(1) D oc. man. c!e los arch ,, muchos paries teleg-., 19 oct.
(9) Orden del gen. Kanzler, ibi, 19 ocl.
(3) Part, dc La Moriciere en la Civ. Catt^ Serie IV, voL VIII,
p as. 321.
(4) D og. m an. de los arch,, 19 oct.
33
Hum berto y de las logias m asónicas heláronse por el
ultim atum dé la F rancia: en u n borrascoso consejo
celebrado en Pitfci, m andó el re y de un modo [inexo­
rable que se detuviesen los m ovim ientos. Contamos
en su lu g a r los p articulares (1). Los com andantes-de
Civitavecchia y el g eneral K anzler en Roma supieron
todo esto á m edida que pasaba en Florencia; sin e x ­
cluir la despechada salida del príncipe, que allí se
contaba cuando al camino de hierro se d irig ía (2).
Observóse u n a co n tram archa seguida contem porá­
neam ente por las tro pas reales, en todos los sitios
destinados á la irru p ción. El g eneral Zappi re to rn ó
por consiguiente á su com andancia de Roma, su b ro -
gándole en el m ando superior de Civitaveccliia el
coronel Carlos d’A rgy, con el propósito cortés de
tener u n ilu stre oficial de F ra n c ia que hiciese las
prim eras acogidas á la escuadra im perial: S erra que­
dó de com andante de la plaza (3).
Civitavecchia quedaba su straíd a por aquellos dias
á las bom bas italianas. Mas con u n enem igo m uy
poderoso, infiel, que á sus prom esas faltaba no podía
haber seg u n d a d . El rey por añ ad id u ra, en las con­
versaciones privadas, había dejado oir que estaba
pronto á jugarse la corona antes que consentir en la
intervención francesa (4). En efecto. De súbito en

(1) Véase el cap* LXVIII, ejército italiano, ele- Vllimalum


de Napoleon III.
(2) Part. tel. del 19 oct; á ]as i), 35 noche, en los Doc. man.
de los arch.
(3) Ibi, 19 y 20 oct.
(í) Carta particular de Florencia, 2 i octubre, Corresponden
bien los despachos del nuncio en París del 18, 20 y 24 oct. en
los arch. rom.; y las actas registradas en el Lib, am arillo franc. y
en el Lib. verde italiano.
tomo iv. 3
34
la noclae del 20 al 21, pareció que u n a míe va am e­
naza pendía sobre Roma, F lorencia estaba en poder
del furor masónico, y la corte en poder de Florencia:
la paz y la g u e rra se sucedían como las olas del m ar.
Todo lo que despues leimos en los papeles diplom á­
ticos, publicados por los gobiernos (anticipadam en­
te con frecuencia), se contaba eu Roma á los cuida­
dosos m inistros de Pió IX (1). Lo cual acredita n u e ­
v am ente que si la violencia podia hollar al Pontífice,
e r a n . 'sum am ente difíciles las sorpresas, á excepción
de las de aquellas hordas que obraban en todo á la des­
bandada. En estos dias -se conservaron en Civitavec-
cliia las órdenes de continuar en espectativa.de asalto,
con el propósito formado de- resistir lo preciso p ara
esp erar y acoger en el p uerto la flota del auxilio.
Si podíase contar con la plaza no fortísim a de Ci-
vítavecchia, era m érito, m erecedor de alabanza es~
pecial del gobierno pontificio,,-que no h ab ia esperado
h asta este dia, p a ra conservar en buena disposición
aquella p la z a , en cuanto lo consentía la escasez del
erario. Todas las cosas se h ab ían previsto inm edia­
tam en te despues de la evacuación de las tropas fran­
cesas en el año anterior: habíanse restaurado las
obras altas y b ajas del recinto prim ario frente de
tie rra , á que se quiso re s trin g ir por entonces el
cuerpo de defensa; arm ado los fuertes del lado, del
m ar; puesto bocas de g ra n calibre sobre las mismas
plazuelas; renovado casi todo el arm am ento, y re u ­
nido en los alm acenes provisiones de g u e rra y de
boca (2). Por esto no s'e necesitó m ucho tiem po para

(1) D oe. m an. de los a r c h ., 19 oet- y sig . Sobre todo los


parles te l.
(2) R eí. especial sobre las fortifie. de Civitav.
3o
p o n e rla s fortificaciones en buen estado. De todo lo
que necesariam ente se -h a b ía de h acer formó m uy
pronto un acabado diseño el teniente coronel Lana,
com andante del genio pontificio, y se puso m ano á
ello con rapidez sum a. Llegado el dia 20, el g en e­
ra l P rud o n del genio francés, al v er los trabajos
tan bien hechos y ta n prontam ente realizados, p er­
suadióse sin necesidad de m as cosas de que se
había seguido y a su consejo de sostenerse á toda
costa (1).
El coronel d’A rgy, luego, p a ra conocer perfecta­
m ente toda la defensa, como acto prim ero de su
nuevo oficio, m ontó á caballo, y á pesar de una llu ­
via ex traordinaria examinó m inuciosam ente todas las
obras in tern a s y exteriores, como tam bién los sitios
que las p ro teg ían ó eran p o r ellas protegidas. E n ­
contró los cinco bastiones en orden perfecto de b a ta ­
lla. Anadió allí otras; fortificaciones separadas, espe­
cialm ente fu era de las p u ertas, á fin de lib rarlas de
un golpe de m ano ardido, ó de u n a explosion que
las derribase. Se apercibió de que p a ra el servicio
de los num erosos cañones fijos no b astarían los b ra ­
zos de pocos artilleros, y ordenó pronto que u n a b ri­
gad a de fusileros escogidos se ejercitara .en el m ane­
jo de las piezas. Por la tarde contó m uy diligente­
mente todos los víveres, forrajes, arm as, aparejos,
m áquinas dé g u erra, vestidos y me'dicínaS[ que h a ­
bía en los alm acenes m ilitares y civiles. El a n te m u ­
ral del puerto y los dos pequeños fuertes G regoriano
y Bicchiere, que vigilaban las bocas, fueron comple­
tam ente guarnecidos, m unicionados y puestos á ca r-

(1) Part. gen. de Kanzler, pág. 28.


36
go de la m arina pontificia, y de los destacam entos
concedidos por las naves im periales (lj.
XJn cuidado especialísimo se tuvo de los caminos-
de Orbetello a Civitavecchia, únicos que podían lle­
v a r rápidam ente los batallones y los p arques de ase­
dio á la plaza. Y ig ü aban escuchas por todo, el con­
fín, y ^centinelas en la ú ltim a cabeza del cam ino;
bandas de Camineros estaban prontas á com poner lo
que fuese necesario, á las órdenes de los gendarm es;
.Habíanse abierto m inas en los puntos convenientes,
y destacam entos de legionarios estaban dispuestos á
incendiarlas cuando p asaran los invasores. Cada
hora debían los jefes del servicio d ar parte al coman-
dan te de Civitavecchia; de modo que á u n a señal del
telégrafo, podia d’A rgy hacer que desapareciesen c a ­
m inos, puentes y vias férreas delante del enem igo,
obligándole á m over su ejército y á conducir sus
cañones y bag ajes con g ra n tardanza, m ayorm ente
hallándose los campos ahondados y los torrentes
gruesos por las lluvias excesivas. E ntre tanto todos
los puestos pontificios hubiesen vuelto á tom ar el
camino h á c ia la poblacion, estando la locomotora en ­
cendida siem pre, y como escribía' d'Argy dispuesta
cual patrulla (2).
No se trata b a solo de resistir algunas h o ras: eí
com andante de Civitavecchia disponíase directam ente
p a ra un asedio reg u lar; proveyóse de galleta y c a rn e
viva p ara quince dias: como los acueductos hubiesen

{1) Cart, de d’Argy, en los Doc m an, de los arch., 21 oct,


R elac. especial d é la marina; varias acias en los Doc. man. de los-
arch., 18-21 oct-
(2)· Cartas del cor. d’Argy, y otras actas en los Doc. man_
de los arch -, 88 t c t . y slg.
37
quedado en poder de los sitiadoras, expuestos adem ás
á ser cortados, m andó llenar las* cisternas, y que los
canales desembocasen dentro de-los fosos, á lo largo
■de los bastiones: el ag-ua era m as que suficiente.
Procuró tam bién establecer n a servicio secreto de
peones entre Civitavecchia y Roma, p ara el caso de
que fuesen in terceptadas las otras com unicaciones.
Pidió por añadidura el refuerzo de dos com pañías de
la legion, no teniendo entonces sino 644 fusileros; y
p ara escolta de asedio cien mil cartuchos, ciento cin-
-cuenta fusiles de perm uta,, oficíales de ad m in istra­
ción, y aum entos de pag-a. Todo lo logró, y elogios
tam bién del-m inistro por el celo eficaz con que servia
la b an d e ra del Santo Padre. Él com andante del genio
pontificio, ten iente coronel Lana, que fue por conse­
jo de P rudon á v er de nuevo las obras de Civitavec­
chia el 23 de octubre, quedó no solo contento, sino
m aravillado. Pocas órdenes m as tuvo que añadir: en
todo se h ab ía pensado (1).
Civitavefcchia no presentó n u n ca u n aspecto m as
m arcial: nosotros estam os contentos de h a b e rla visto
<en aquellos ’días. Quisiéramos que la hubiesen con­
tem plado aquellos que acusaron á los "comandantes
pontificios de g ra n ta rd a n z a en tom ar disposiciones.
B ullían las operaciones de dia y de noche. Baste de-
^ir que en pocas horas despues de verse el peligro
cerca del co n fin , todos los cañones em bocaban los
tablones p a ra que no viera el enemig'o, las plazas y
.sus propias troneras, reforzadas abundantem ente
p a ra un prim er'asalto} así sucesivam ente en las h o ­
nras que sig u ieron, con trabajo incesante se dispuso el
blindaje -sólido del g ra n polvorín. P usiéronse tra v e ­

(1) Ibi, y reí- esp. sobre las fortifíc. de CiviUiv.


38
seros p a ra p ro teg er á los artilleros de las b a te ría s
descubiertas. Los operarios perfilaran y cubrieron
de céspedes las obras m as recientes, construyendo·
adem ás nuevos terraplenes. L as puertas m as expues­
tas se cubrieron con defensas y traveseros m uy la r­
gos, con cañoneras m ultiplicadas, con el foso soca­
vado delante, y·con la ban q u eta corriente bajo el de­
clive interior p ara los fusileros. Además de esto se
dispuso un fuerte tam b o r de estacas p a ra troneras­
en g u ard ia contra el cam ino de hierro ahondado; j
se acum uló una reserva de 10.000 sacos de tierra,,
p a ra cualquier necesidad su b itán ea de obras volan­
tes ó de brechas que fuese preciso tap ar (1). ■
m ayor tranquilidad de los ciudadanos y de los a rtífi-
E n tre tan to se publicaba el estado de sitio con la
ces m ilitares: llam ábase á tra b a ja r no solo á los ope­
rario s civiles, sino tam bién á los presidiarios con
buena p ag a: decir que se ofrecieron p ara las f a t i g a
soldados y oficiales de todas las arm as, adem ás de
los zapadores del genio es inútil: había ün ac u erd a
y u n a conspiración de buena voluntad adm irable.
E n fin, los p rep arativ o s, aunque tum ultuarios en
g r a n parte, presentaban ta n b u en golpe de vista, q u e
el estado m ayor francés no pudo menos de felicitar
varias yeces á los del genio pontificio. Los visitó poco·
despues del desem barco, por la sospecha de u n a ta ­
q u e inm inente, pero, solo tuvo que acomodarse allí,
ocupar las obras exteriores que los pontificios habían
abandonado por la escasez de la guarnición, y h a ­
cer que resplandecieran los b alu artes con su arm a­
m ento m oderno. A todos pareció, que si el ejército
de Víctor M anuel se hubiera valientem ente ac e rc a -

<1) Itii, ibi.


39
do por tierra y por m ar, hubiese hallado en todas
partes em palizadas, y obstáculos no fáciles de v en ­
cer en pocos días (1).. Si se añade la terrible en erg ía
del com andante d’A rgy, que así como anim aba á los
trabajos, h u b iera despedido fuego en las facciones,
p arecerá evidente que no se durm ió u n mom ento, á.
fin de m an ten er de p ar en p a r esta única p u erta , que
quedaba, en evento de invasion re g ia , p ara las espe­
ranzas de'Rom a,
Recordam os hab er visto en aquellos instantes
procelosos aquel altivo com andante, caballero enca­
necido y con todo tan firme como u n subteniente que
ha logrado en el dia an terio r las charreteras. E s­
ta b a en medio de sus oficiales^ en traje de casa, en
su salon desde donde d irig ía con ardor los trabajos y
daba órdenes que se sucedían unas & otras. D ecía­
nos: «Hace ocho días que no duerm o.» Mas tarde
leimos u n a carta suya, de poco despues, en que
d'ecia haber consignado la plaza á los franceses, pi­
diendo p a ra sí y p a ra la legion que les· lanzasen á la
caza de garibaldinos: quizás lo hubiese logrado si
Failly, g en e ral de la expedición francesa, no lo h u ­
biese m antenido en su puesto (2). Así expresóse con
otrosí «El dia mas negro de mi vida sería aquel en
el cual debiese izar b an d e ra b lan ca sobre C ivitavec­
chia: dos honores están sobre m i espada y dos b a n ­
deras sostengo, á saber, la francesa y la pontificia.
Si el gobierno francés faltase ¿ su p alab ra, rom pería
la espada antes de rendirm e y hollaría la bandera
que no cum pliese con su deber.» Quien así hablaba,

'(1) Carla del cor. d’Argy, 31 oct". íbl. Re!, esp . sobre las for­
tificaciones de Civitavecchia.
(2) Cart, en los Doc. m an. d é lo s arch., 3 i o ct.
40
ten ia razón p ara d ar al Santo Padre seguridades de
su constancia. «El Santo P adre puede estar seguro
de que la pequeña plaza de C ivitareccliia, aunque
débil, será defendida enérgicam ente.» Y en otro des­
pacho en dos p alab ras describe á qué género de
en erg ía referíase. «El punto m a s . relevante á mi
modo de ver, es C ivitavecchia..... Es preciso soste­
nerla h asta el socorro: es necesario, á cualquier,cos­
ta. Mas bien saltar en el aire hácia los ángeles, que
rendirse al enemigo (1). Al leer sem ejantes cartas,
y al contem plar á tales hom bres, se dice por un
grito espontáneo del corazou: «Ciertam ente podía
contar Pió IX con m as num eroso ejército, y poseer
m as ab u n d an tes pertrechos de g u e rra , y plazas m as
g u arn ecid as; pero m as valientes com andantes, y
m as dignos de la cruzada, no podia, no pedirlos.
El coronel conde Carlos d’A rgy cerró dignam en­
te la herm osa carrera en enero de 1S70. Los viles in- '
ten taro n m ancillar su fama. ¡Atreviéronse á decir
hab ía ordenado que se hiciera carne de los prisione­
ros! P rotestó contra la calum nia villana, m as no era
necesario. P ro testab an en su favor sus cartas de los
archivos, en que se descubre el cuidado benigno
que tenia de-aus prisioneros, au n en tre los trab ajo s
de arm ar la .plaza: p ro testab an cuantos oñciales de
su nación lo h ab ían visto b rillar en-las p atrias b a ta ­
llas, y m erecer alab anzas por su valor como g u e r­
rero, y des pues en los cuarteles, por su hum anidad
como com andante, y por su rectitu d cumplida;' pro­
testab an los pobres y todos sus vecinos m ientras
vivió en E om a, que lloráronle m u erto , y recordar
su beneficencia inexhausta, y el ánim o p atern al con

(t; i b i . , 2 2 oct.
41
que le placía entretenerse liasta con lo's p eq u eñ u e-
los: protestaban en fin, los h a b itan tes de Roma, que
m anifestaron la m ayor aflicción y reverencia en sus
funerales. Sobre el lecho de m u erte le m andó el
Santo P adre u n a bendición suprem a: acogióla con
espíritu inefable de piedad cristiana, y m andó (hasta
su cuarto de hora últim o quiso re g ir la legión arm a­
da, por la cual- habia pospuesto en su p a tria m ayoT
res honores) m andó que en la orden del dia se m en­
cionase la bendición de Pió IX, «porque, dec’ia, el
honor del com andante, honor es de la legión.« D es-'
pues de lo cual, viendo que h ab ia llegado la h o ra de
comer sus oficiales, con rostro sereno , los despidió
con estas precisas palabras: «Amigos, os doy las
g racias, m as ahora debeis estar cansados- retiraos y
comed: entre tan to yo h aré m i últim a m aniobra.» L a
fe y la g lo ria, no menos que las recom pensas de
Pió IX, ad o rn arán su sepulcro; su nom bre dem orará
ínclito en la legión franco-rom ana, estim ulando &
herm osas, em presas á los oficíales del ejército p o n ti­
ficio.
LXXXIX.
De term inaciones de defensa tom adas en
R om a contra las am enazas del ejército
real.

Si Civitavecchia se arm aba contra la m asa de- los


reales reunida en el cdnfin toscano, no menos a r ­
dientem ente disponíase Roma á sostener el choque
de las tropas, que contra ella acam paban enfrente de
Frosinone, de Yiterbo, de otros puntos, y sobre todo
en Sabina. Aquí, cerca de Córese, estab a el cuerpo
principal de la invasión, á las ó rdenes.del g e n e ra l
42
Ricotti, á dos m archas de los m uros de Roma. A. favo­
recer los aprestos de defensa, ayudó no poco el g e -
neral Prudonj ilu stre oficial del genio francés. Llegó
á Roma el 20 de o c tu b re , con misión privada del
em perador p a ra el Santo Padre: si bien con m as fre­
cuencia d irigíase á la em bajada francesa, com ohom ^
b re del arte, dejóse in v ita r á los consejos de g u e rra ,
donde diólos ab undantes, anim ando m ucho. Nosotros
podemos creer que la razón potísim a por la que p a ra
tal- oficio designóse á ta l legado, fue precisam ente
p ara prom over la resistencia, m ientras prom etía de,
nuevo auxilio indudable. E n P arís como en Rom a
presentíase un golpe de m ano dispuesto en daño y
p a ra ignom inia del m undo católico. El conde A r-
m and, secretario de la em bajada francesa, tenía in ­
formado fte todo á ' su gobierno: lo inquiría todo, y
conversaba am istosam ente con frecuencia con los
m inistros de Pió IX. P o r él sabíase que los dé G ari-
baldi, au n q u e batidos siem pre, engrosaban de con­
tinuo, h asta el punto de que por cada 50 puestos
fuera de com bate, s u rg ía n otros 500 sacados del
ejército italiano, ó de donde fuese. Por lo cual, se
consideraba que al cabo de a lg ú n tiem po los re g io -
g arib ald in o s an iq u ilarían las pocas fuerzas del ejér­
cito rom ano, y asa lta rían ¿R om a, tanto m as n u m ero­
sos, cuanto mas veces batidos: com prendían perfecta­
m ente Napoleon III, y el capitan g e n e ra l pontificio,
que debía v ig ilarse co n tra un golpe ardido de la re­
volución sectaria, que tra ta b a de persuadir á V íctor
M anuel, y de forzarlo á m a rc h a r co n tra Roma. Todo
lo cual sabemos de viva voz y por escrito, por quien
m edió en ello (1);

(1) Véase también el Part. g e n , de Kanzlcr, págs. 2S-28.


43
Ya desde m uy atrá s, conociéndose por los m inis­
tros de Pío IX el intento garibaldino, de sim ular un
motin, habíase pensado en la m ayor seguridad dei
castillo de S. Angelo, tom ándose varios acuerdos,
como dijimos en su punto (1); m as la obra de arm ar
contra u n asalto exterior, reglo ó regio-garibaldino,
no comenzó propiam ente, sino cuando la im periosa
necesidad impuso ta n fuerte g ravam en al tesoro, y
el m inistro K anzler tuvo el asentim iento de su-rao-·
narca. Entonces se designaron en los consejos de
g u e rra tres líneas concéntricas de defensa; el T ibe-
ron, las m u rallas y la re g ió n de Rom a sobre la cual
descansan S. Pedro- y el V aticano, con el fuerte de
S. Angelo, especie de centinela (2). .
Por lo tan to los tre s cam inos que atraviesan elTI-
béron ó .el Aniene, quedaron en poder de los defenso­
res, m inándose los puentes Mammolo, Nom entano, y
Salaro, y desm antelando el pu en te de hierro, que cer­
ca de S alaro sirve p a ra la via férrea. Sobre la orilla
izquierda del rio, hácia Roma, el terreno estudiado
palm o,á palm o p erm itiría á los cañones ju g a r feliz­
m ente, siendo difícil poner.pmentes bajo el tiro de los
del P apa é im posible el vado. H abíanse retirado del
curso del T ib er los barcos grandes y pequeños, re ­
forzándose con nuevas m uniciones las entradas por
el m onte ó el valle; habíase fijado u n a estación de
vapores de g u a rd ia al pie del Castillo; y habíanse,
por últim o, quitado al enem igo todas las barcas que
ten ia en el Tiberon y el m aderaje de la orilla iz-

(1) Capítulo LXIY, La insurrección en Roma* 22 octubre p or la


noche.
(9) Par. gen. de Kanzler, 1 citado; Ord. del dia, que pronto
referirem os. <
44
quierda. Se acreditó en esto el capitan Carlos Cialdi,
m ereciendo alab an za no pequeña el sargento piloto
Francisco Dileva, que condujo la feliz expedición del
Aniene (1). No se omitió tom ar providencias á fin de
que los caminos de hierro sirviesen p a ra la g u e rra ,
sin peligro de que pudieran aprovecharlos los inva­
sores (2). No se pretendía ciertam ente detener al
enem igo, cualquiera que fuese su núm ero, en este p ri­
m er pasaje; m as se contaba con detener indefinida­
m ente las bandas que carecieran de artillería, y au n
re ta rd a r larg am en te las tres b rig ad as del g en eral
Ricotti, con todos sus pertrechos de cañones y ca­
ballos.
Segundo obstáculo se p rep arab a en los m uros.
L a sola ciudad á la izquierda del Tíber se cubre con
unos catorce quilómetros de m uralla, cuya debilidad
en m uchos sitios conocen todos: con frecuencia no
tiene m as que un m uro aislado falto de refuerzo, y
con m as frecuencia la señorean m ontecitos y altu ras.
A prestábase, sin em bargo, p ara la resistencia. Por
tres arcos allí en tra el camino de hierro, no lejos de
la p u e rta M ayor, y form a una brecha que no puede
taparse: se tomó el expediente, pues, de m u rar uno
interiorm ente, m enos u n reducto debajo de la bóve­
da, abierto con troneras: de troneras se proveyeron
tam bién los dobles b atientes de las dos arcadas que
libres quedaban, y fijóse al lado una b atería de cin­
co bocas, que p ro teg ía el ingreso y la cam piña c ir­
cunstante. Con otras defensas se cerró una g ra n h e n ­
d ed u ra casual, que habíase abierto poco antes cerca

(1) Ibi, ibi; Part. varios al diree. de las aduauas y á la со


mandancia de liorna, 2 y 4 dic.
(2) Doc. man. de ios a r ch .,2 1 oct.
45
d é la p u e rta de S. Pablo. D é la s trece puertas d é la
ciudad fueron en terradas siete dentro, ó socavadas
por fuera: conserváronse las otras p a ra el pueblo y
p ara la g u erra, au n q u e se las dió como fortísimo
antepuerto u n terrap len con cañoneras, que g u a rd a ­
ban las avenidas de los alrededores- Mucho m ejor
estudiáronse las p u e rta s á Ja derecha del rio, Cu­
b ríanlas aquí tam b o res m as ám plios y m as g a lla r­
dam ente revestidos ea las p arte s oblicuas, en los
ángulos exteriores y en las cabezas; aquí habla m as
num erosas a b e rtu ras p ara el cañón en lo vivo de la
obra, hallándose coronado el terrap len con cestona­
das, por medio de las cuales se podía disp arar los fu ­
siles, D esaparecieron en tales trabajos las m uniciones
de los alm acenes: b arriles, sacos de tie rra , salchicho­
nes, gaviones, faginadas, todo en trab a como por en­
canto en su sitio. Veíase luego á lo la rg o de las m u ­
rallas terrap len ar los lados débiles, disponer los b o r­
des p ara el manejo de los fusiles, p la n ta r estacadas,
fortalecer cam inos, a b rir pasos, a se g u ra r com unica­
ciones, d esa rraig a r escombros próxim os-á las m u ra ­
llas, h acer espaldones, fijar cañones en las altu ra s,
y reu n irse á su alrededor g u ard ia s considerables á
campo volante. En fin la a n tig u a m uralla, que de n a ­
da serv ia entonces contra los defraudadores de la
hacienda, librábase de las yerbas silvestres, casi re­
juvenecida y fuerte (al decir de los inteligentes) para
soportar m uchos dias de b atalla (1).
Si h u b iera logrado el enem igo p en e trar en la ca­
p ital por la izquierda h u b iera tenido que vencer
en la derecha un tercer b alu arte m as inaccesible.

(1) P art.gen . cit. D'eserip. man. de las oper, del genio , al m in.
Iíanzler; otros varios Doc. esparcidos en los arch ., de estos dias.
46
Todos saben cuál es la solidez de la m u ra lla , que
naciendo .en el flanco del castillo de S. Angelo, en­
cadénase de cerro en cerro sobre las colinas v a ti­
canas y del Janículo hasta la p u e rta Pórtese: en
todo aquel sitio h ay cortinas árduas, bastiones llenos
y dobles no fáciles de vencer, sin u n re g u la r trab ajo
de aproches que aplane la brecha p a ra el asalto.
'P ío IX sentíase rey y señor de Roma, no pensando
desalojar este últim o refugio, sin verse obligado á
ello por extrem as desventuras: su ejército estaba
como él decidido á conservarlo á todo tran ce. Un
estadista que por aquellos tiem pos trató diariam en­
te á Pió IX .escribiónos: «H allaba en él u n a firm eza
ta n ex traordinaria, á tal serenidad de espíritu unida',
que yo estaba atónito. ¡Cuántos soberanos que lle­
v an espada y espuelas, le hubieran tenido envidia
en tran ces parecidos!» Otro, diplomático ilustre, sa­
liendo de u n a la rg a audiencia, con Pió IX , decía:'
«Figurábam e que y a no h ab ia reyes, y he hallado
uno.« Es cierto que la constancia del Príncipe era
p o r aquellos dias.ensalzada grandem ente por el p u e­
blo, y que cada uno servíase de ella como p a ra reno­
v a r la suya.
P ara aseg u rarlo largam ente co n tra todo a te n ta ­
do h u b iera sido indispensable ocupar y fortificar la
cum bre del m onte M ario, que dom ina el Vaticano;
m as pareció á los capitanes pontificios y franceses
que la santidad de aquel sag rario del m undo católi­
co, y la grandeza del Vicario dé Jesucristo que mo­
ra b a cerca de las cenizas de su prim er antecesor, lo
defenderían b astan te de todo villano insulto, y que
n in g ú n rey bautizado atreveríase á d irig ir el cañón
contra leus v en tan as de Pió IX. A persuadir de ta l
cosa contribuía no poco las escasez de las tropas»
47
que aconsejaba no confinar en obras sueltas ta n ta
fuerza viva, indispensable p ara reg-ir victoriosam en­
te aquella posición. Queríase que pesara en todo caso
sobre el bárbaro ag re so r la responsabilidad del p ro ­
pio delito, delante de Dios y de la posteridad; en el
ín terin los fuegos cruzados del castillo 'de S. Angelo
y de los b alu artes del V aticano, hubieran resistido
gallardam ente, al vil que hubiese intentado levan­
tarse sobre el monte Mario (1). E n cuanto á las b an ­
das garibaldescas, podían apoderarse de ta l altu ra;
desde ella hubieran deseado á Roma, m as solo por
pocos m om entos, m ientras la hubiesen ocupado á
escondidas. Realm ente cónstanos que en los consejos
de su estado m ayor no se tra ta b a de probar fo rtu n a
por este lado, p a ra ellos inexpugnable, si bien diri­
gíase la v ista á dos puntos de la ciudad á la izquier­
da, esto es, á la F erratella, entre 0, J u a n de L etra n
y la p u e rta de San Sebastian, donde s e .p resentaba
el m uro fácil, y al án g u lo que á en tra r volvia'entre
Castro P reto rio y la p u e rta de San Lorenzo (2).
Sobre la derecha del T íber m as que en las otras
defensas, h ab ia puesto sus cuidados el genio pontifi­
cio. Aquí víveres y forrajes acum ulados, su p erab u n ­
dantes provisiones de g u e rra , y trabajos que se su ­
cedían, sin tre g u a . Se procuró reforzar y arm a r la
vuelta m urada, hendiendo la cresta en fijas troneras
sobre el cordon, ó colocándose debajo de las ban q u e­
ta s de tie rra ó carp in tería; se desbocaron nuevam en­
te las tro n eras sobre los Sancos de los bastiones, h a ­
llándose casi todas m uradas ó cubiertas por el ter-

(í) Ibi, íJdí.


(9) D oe. man. de los arch., 21 nov.; com unicaciou de la direc­
ción de policía.
48
reno; se abrieron otra vez y se m ultiplicaron las t a ­
blas p ara im pedir que viera el enemigo, co n stru ­
yéndose adem ás nuevas plataform as, pasa flanquear
desde ellas las m urallas guarnecidas con cortinas, y
b a tir larg am en te la extensión de los cam pos y de las
colinas de enfrente. Quien recuerde cuántos duros
conflictos costó él asalto de esta p arte de Roma al
g en eral Ó udinót, en 1849, 4 pesar de que obraba
con 20,000 hom bres y los pertrechos correspondien­
tes p ara el asedio, puede m uy bien deducir la indo­
m able resistencia que h u b iera n opuesto los pontifi­
cios, resueltos á b a ta lla r de otra m anera que las
bandas de la república inaziniana. P ara la defensa
del lado in terio r o cu rría m inar lqs puentes-sobre el
T íber: el g en eral P rudon, tom ando otras providen­
cias, la aconsejaba tam bién como necesario. Todos
convenían en ello, por ser u n a cosa sencilla y n a tu ­
ral, según el arte m ilitar; m as al Santo Padre nunca
le perm itió su corazon consentir tan grave peligro
en los puntos m as frecuentados por su pueblo r qui­
zás solo la extrem a necesidad le h u b iera decidido
por fin. He aq u í la razón por la cual solo fue des­
m antelado de su pavim ento el p u en te de hierro de­
lan te del cuartel S alviatisy s e confiaron los otros á la
g u a rd ia de la tro p a ó de las b a te ría s’del Castillo (1).
El castillo de S. Angelot como centro y base de
las operaciones, era com pletam ente modificado. A gua
dióse al foso, volviéronse á tom ar los parapetos, cons­
truyéronse espaldones y travesanos contra la enfila­
da, elevóse en el fondo de la excavación u n a capone­
ra á fin de lib rar de las ag u a s la g alería del por-

(1) D escríp. man. antes citada; Doc. man. de los arch.» 22,
octubre.
49
tillo, y a se g u ra r el camino cubierto á la media luna-
de fr e n te , á y otras obras exteriores. M uchas m as
cosas se hicieron aquí y en otros sitios que sería pro­
lijo enum erar. Como aún se sospechaba de algunos
soldados del fuerte, y no se quería decir, en estos
dias terrib le s hab la quien vigilaba con cien ojos, y
sabem os que no pocos oficiales estaban decididos á
levantar la ta p a de los sesos al prim ero que faltase á
su deber. F u e ra de que algunos de los mas señala­
dos, que fueron despues procesados, por varias m a­
neras disim uladas, h ab ían sido alejados ó metidos en
la cárcel. Además se vació el polvorín preparado por
ios revoltosos, y llevóse á C ivítavecchia el grueso de
los garibaldinos prisioneros. H abían estos m andado
jefes sayos p a ra expiar los m ovim ientos del asalto
externo, prom over súbitam ente desórdenes, y apode-'
rarse de las b aterías: así á lo m enos se ase g u rab a en
anónim os enviados a l gobierno (1). Solo que los si­
carios de fu era tenían otras cosas en que pensar.
El M agistrado de b u en gobierno habia llegado á ser,
al decir del g'aríbaldino Celestino Bianchi, sospechosí­
simo (2), h a sta ta l punto que los caballeros italianos
caían en el g arlito por docenas: cayeron en tre otros
dos famosos abogados cuyo nom bre omitimos. P or
donde resu lta que los' cómplices de la traición del
Castillo volun tariam ente tom aron las de Villadiego;
los que dentro estaban hicieron lo posible para que
desapareciesen las huellas de sus m aquinaciones (3).

(1) Doc. m an. de los arch ., 21-23 oct.; Proceso líosst, Jíohíi,
7ogncUÍ, pílg. 136. .
(2) Bian^bi, Mentana, pag. 136.
(3) V<Sase el elenco de los reos y la fecha de se captura, en los
varios procesos formados sobre estos asuntos; Part; diarios de
los gen d . en los Doc. m an. de los arch ., en estos dias.
4
TOMO IV.
50
A propósito délo cual parécenos m em orable lo su­
cedido en estos diaa, m ientras m as ardientem ente se
tram ab a el incendia del polvorín. Un forastero tuvo
toda la noche su carru aje dispuesto cerca del puente
de S . Angelo, p ara poner á los culpables en salvo, no
b ien hubiesen aplicado el fuego. H abiéndole dicho
al am anecer uno que la cosa era desesperada, dolió­
le am argam ente del gasto hecho, y habló de las
quejas que á presen tar iba á generales y príncipes,
por no h ab e r verificado el incendio del polvorín, a ñ a ­
diendo hab er comprendido bien que no quería h a ­
cerse n ad a m as......por lo cual se iba, y en oportu­
no -tiempo aju staría cuentas con los inertes ,(1).
Quién era este bribón descrito en los procesos solo'
en g en e ral, como u n desconocido anteriorm ente y
vestido de u n modo señoril, no re su lta bien claro;
pero á ju z g a r por conjeturas, parécenos que podía
ser el m arqués Jo rg e Pallavieino Trivulzio. E ra u n
garib ald in o tan ardiente que h ab ía entrado á disgus­
to en el comité central, de la invasión, por excesiva­
m ente m onárquico. Ahora bien, partió, de Nápoles á
Roma en la tard e del 26 de octubre, con la intención
de perm anecer en ella solo tres dias (2). T al venida
y retorno corresponde al hecho referido, y era p re ­
cisam ente lo que se necesitaba p a ra salvar á los in ­
cendiarios del castillo- Mas dígase en b u en hora, si
se quiere, que las fechas concuerdan por casualidad.
De todas m aneras, quedaron en nad a los crueles
g asto s del gobierno italiano para proteger á los g a -
ribaldinos del castillo de S. Angelo; de n ad a sirv ie-

(I) Preceso boísí, e tc ., pág. 1S6-1K7.


(9)' Sus cartas á Bertani, que amigos nos dieron para que las
consultásem os.
51
ron las prom esas ele 50,000 francos con'las c h a rre te ­
ras de capitan, hechas al que p erp etrara el deli­
to (1). Los reos vulg ares, simples m andatarios su­
frieron el castigo de la galera: el gobierno italiano,
reo principal, recib irá el condigno galardón del Juez
de los gobernantes, y de la historia. E ntre tanto, y a
desde ahora, lo que hizo contra el P apa, hacen los
republicanos contra el rey. Mas volvamos á nuestro
camino.
Todo el-plan de las fortificaciones fue decretado,
por si alguno anhelase sab e rlo , en u n consejo de
g u erra: en la m añ an a del 21 octubre. Intervinieron
en él, adem ás del estado m ayor, los generales y va­
rios oficiales superiores: no faltó tam poco el general
Prudon, á instancias del m inistro de las arm as. Ex­
puso su sistem a de defensa el teniente coronel Jorge
Lana: ap ro b ad o , dió los detalles dentro de alg u n as
horas: encarecidos tam bién, puso m anos á la obra
antes de la tard e. Entonces finalm ente halló digno
campo el cuerpo del genio pontificio, y so b re to d o
Lana, su com andante, que recogió alabanzas He los
intendentes de g u e rra , recibiendo de su soberano»
como recom pensa, la encom ienda de la orden G re­
goriana, y del em perador la estrella de oficial de la
legión de honor. Alrededor de él hallábanse capita­
nes y tenientes dignos de su grado: Oberholtzer, Me-
luzzi, F abri, M anno, B runi y A ngeletti, nom bres
que hallam os tam bién enaltecidos en los documentos
de los gen erales pontificios y de los franceses. E n tre
ellos fue distrib u id a la em presa, y lanzáronse con tal,
perm ítasenos la p alab ra, con tal furor, que el grueso
de las obras m as u rgentes se halló en disposición de

{1} Processo Bossf, etc., pág. 132.


52
sostener el em puje enemigo desde la tarde del 23
octubre. El ardor de los oficiales com unicábase á las
com pañías de zapadores del genio de peones de la c iu ­
dad: se apresu rab an los trabajos debajo de la lluvia,
y por la noche con la luz de las hachas. «En tres
dias se realizó u n á obra de gigantes.» Asi nos h a ­
blab a un general, in sig n e por sus g u e rra s y victo­
ria s, que m inuciosam ente exam inó las fortificacio­
nes (1).
Hé aquí por qué m ientras el m inistro Urbano R at-
tazzi lanzaba contra Roma al m alvado G aribaldi, lo
cu al hizo precisam ente el 23; m ientras dentro de los
m uros so alzab a Cucchi, g eneral de sicarios ex tra n ­
jeros, en la noche del 22 al 23; m ientras los desleales
m inistros de Victor M anuel d istrib u ían las «instruc­
ciones á los generales Kicotti, F errero y Piola Cas-
selli, relativas a l m ovim iento de tropas hácia el con­
fín pontificio (2),» con toda la série de las m aldades
que se habían de com eter p ara lle g a r á la u su rp a­
ción de la capital del cristianism o; m ientras el m un­
do católico tem blaba por los destinos de Roma, ar­
m ada quedó esta, pudiendo despreciar u n asedio de
G aribaldi, y sostenerse de un modo in su p erab le'co n --
tr a las tropas reg u lares, h a sta la prom etida in te r-
vención de la F rancia.
Y esto m ucho m as si á su g uarnición se hubiese
añadido el pronto refuerzo de las colum nas de ope­
raciones, que g u errea b an en las provincias. No p o-

(1) Part, del gen. Kanzler, p íg . 28.; D oc. m an. de los arch.*
21-53 ocl., 10 nov.; Descrip. m an, antes citada.
(2) Eroc. relat. á los ú!t. acont. presentados á las cám , de
Florencia por los min; de la guerra y de la marina, pág. 60. He-
mos citado el texto en el cap. LXYIIJ, E l ejército italiano, etc.
53
dia fallar. T enían esta orden formal .todos los co­
m andantes; uno de estos habiendo creído un in stan ­
te que los garibaldinos iban á circundar á Roma, es­
cribió al m inistro: Nosotros nos harem os p laza.....
harem os tro n ar el canon (1). Y era hom bre capaz de
hacerlo. Todo estaba,prevenido p ara el evento de
que se acercara el enem igo im provisam ente á las
m urallas- H acia m uchos días que en las lugartenen-
cias se p ro curaba re u n ir las com pañías dem asiado
disem inadas: los jefes sabían cuáles p u ertas de Rom a
estaban m uradas, y cuáles abiertas p ara el re to r­
no (2). E stab a decidido que en las provincias q u e ­
dasen solo las m ilicias del campo p ara la conserva­
ción de la pública tranquilidad, siendo con todo li-
' bres, p a ra seg u ir á las tropas re g u la re s los que asi
lo quisieran. Entonces se acreditó la prim era com pa­
ñía de los au xiliares, m andada por el capitán Pisto-
íesi, y por el ten ien te Mazzoli, la cual, habiéndosele
dicho qua optase, respondió con g rito unánim e: ¡Sí,
á Roma! ¡A. Roma todos! (3): Asi las tropas de las
provincias sa hallaron prontas p a ra retirarse, a p e ­
nas se hubo anunciado que las reales pasab an el con­
fin. De todas partes se m ovieron los com andantes
pontificios p ara el sosten de Rom a, dejando tras si
cortadas las vías; apenas en tra b an en la capital, se
d irig ían á los puestos señalados.
.Perfeccionábanse entre tanto las obras.de fortifi­
cación, y se anadian otras nuevas, á pesar de que
los favoritos del comité de insurrección in ten taro n
v arias veces a te rra r con am enazas á los trabajado-

{ 0 D oc. man. d é lo s areh-, 19;ocL.


(2) íüi, 20-22 oct.
(3) Ibi, 28·oct·
54
res. Contra los Tiles y ocultos perturbadores servían
los resortes siem pre en acción de la policía; contra
los.necios y dóciles sirvieron los fusilazos del 22, del
23, y del 25; contra todos, el estado de sitio iniciado
el 22, y establecido plenam ente el 25. Dentro y fuera
la ciudad continuaba seg u ra. No nos toca, em pe­
ro, h ab lar de fortificaciones quedespues de la g u e rra
m ejoraron la condicion d e Roma, pudiendo, si fuese
preciso, cam biar todo el sistem a de la defensa, deli­
neada por nosotros.
Nadie se form ará justo concepto de la resistencia'
p rep arad a en Rom a en aquellos días, si no ha exam i­
nado las determ inaciones to m a d a s por el estado m a­
yor general, unido con el genio, en los consejos de
g u erra. Hemos, á decir v erd ad , consultado ex a cta­
m ente aquellos docum entos, extendidos generalm en-'
te por el capitan F o rtunato R ivalta: tal era nuestro
deber de historiadores, consintiéndolo la cortesía de
aquellos que los conservan. Todos, sin em bargo, com­
prenderán que no nos conviene ahondar demasiado en
estos particulares: b astan alg u n a s indicaciones, casi
como leve com entario de todo lo que se publicó en el
p arte g’eneral al Santo P adre. Estableciéronse centi­
nelas en las cum bres m as elevadas, y singularm ente
sobre la cúpula de San Pedro (1); rondas, patrullas
y fuertes destacam entos de infantes, de gendarm es,
ó de soldados de cab allería salían de dia y de noche á
exam inar el pais; batidores paisanos referían las no­
vedades m as lejanas (2); m uchos puestos avanzados
(algunos provistos de artillería), daban g u ard ia en

U) D oc. m an. de los arch ., 23 oct- y siguientes; Mapas del


PSUulo m a y . g en .
(2) IíjI, m ayormente en lo sp a r t. de los gendarm es.
55
iodos los lados, asegurando á la ciudad de cualquier
sorpresa; m andábalos el m ayor Simón Castella de
carab in ero s extranjeros y el m ayor Fernando de
T roussures, de los zuavos. Uno de los principales
encargos que recibieron fue d estru ir los puentes del
Aniene delante de los batallones enemigos. A lgunos
como inútiles p ara los pontificios, se derribaron por
cautela; el Mammolo en el dia 25, y otros dos des-
pues que se anunció la entrada de las tropas i t a lia ­
nas (1). Solo el puente Eom entano se conservó p ara
el desquite.
E n el interior de Boma, todas las fuerzas vivas
a g ru p áb an se bajo la m ano del general Ju a n B autis­
ta Zappi: los oficiales daban p eren n e servicio de
campo, á la cabeza de sus com pañías: se prohibió á
los soldados sacar el pie fu era del cu artel sin el fusil
á l a espalda. E n el cu a rtel g e n e ra l, colocado en el
■casino en la plaza Colonna, cada jefe de cuerpo ten ia
plantones, prontos á recibir las órdenes. Del centro
dependían varios suvertiros, regidos por com andan­
tes especiales, nom brados por el consejo superior de
g u erra, y conocedores del plan g en eral de la defensa.
A cada uno designábase su propio campo de opera­
ciones en caso de ataque, trazáb an se las vias de
unión en tre cuerpo y cuerpo, así como los lu g a re s
donde debían av an zar ó- retirarse, los -puntos que
podían-ceder ó que debían disputar, y dónde-debían
re u n ir y renovar la resistencia (2).
De esta suerte, ofrecía Boma el aspecto de u n
cam pam ento: escoltas m ultiplicadas, p atru llas de pa-

(1) Part. g e n ., pag. 43.; Doc. raau. de los arch., 31 oct.


(2) Doc- man, de los arch, á cada paso en estos dias; Mapas*
del eslado inay, gen.
56
latinos y de voluntarios romanos dando vueltas,
acarreo de víverés y municiones» y cuerpos de tro­
pas que discurrían en varias direcciones: la noche
aseméjase al día en las facciones- A cada instante
oíase el ruido de las ordenanzas de caballería que
volaban á llevar consignas, ó á repetir las relacio­
nes. El cañón continuaba en batería, no solo en las
puertas y en, los muros, sino también en los sitios-
estratégicos de la ciudad: las tropas acampábanse en
la plaza de S. Pedro, y en otros diez sitios del ínte-
rior, prontas á ir donde fuese necesario. En tal pro-
cinto, siguióse mientras duró la amenaza de las tro­
pas régias, las cuales, por las usurpaciones de 1860,
pueden llegar demasiado fácilmente á pocas horas de
Boma. Entró finalmente el primer socorro francés en
la tarde del 30 de octubre: era una brigada, con el
ya conocido y amable general Polhes á la cabeza.
Solo entonces obtuvo un poco de respiro y descanso
la guarnición romana (1).
En los dias precedentes, siendo necesario multi­
plicar á los de la guarnición con las fatigas conti­
nuadas, no había tregua. La comida tomábase gui­
sada precipitadamente en el cuartel mas próximo, 6
llevada por los compañeros á los sitios de facción; el
sueño, cuando lo consentía el tiempo ó. la ventura,
concillábase sobre paja, ó sobre un banco, ó al pie
de un muro: frecuentemente para descansar de un
reconocimiento penoso, se acostaban alrededor de
un fuego, á la luz de las estrellas. Las compañías
zuava3,'que se acamparon.muchas noches bajo los
pórticos vaticanos abiertos al viento, participaban de
la propia suerte. Sabemos de muchos que volvieron á

(1) Ibi, ibi.


57
Boma desde las provincias, que pasaron, no pocas se­
manas, sin poder dormir una noche en el lecho, ni
cambiar de ropa, ni quitarse el calza,do.
Con*t'odos ';admirable cosa! nunca se vió tan des­
poblado el hospital militar, excepción hecha de los
heridos. Los romanos descubrían aquella juventud
indómita, á la cual el, espíritu invicto parecía haber
dado la dureza del hierro y la elasticidad del acero*
ponerse en pié cuantas veces oia el grito de ¡á las ai>
mas!, agitarse, y marchar ordenada, ligera, con el rc-
toolver pendiente de la cintura, silenciosa y centellan­
te: parecía bien informada de que servia á la majestad
del Dios de las batallas* Si un rato se le permitia se-
■pararse del puesto, iba tras ios consuelos de la reli­
gión. Los garzones altivos para todo lo de la guerra,
doblaban las rodillas delante del altar, ofrecían á su
Dios la vida, y consagraban la.bayoneta á S. Pedro,
ó bien recibían los sacramentos pronto, y se levanta­
ban alegres, cogiendo el fusil colocado bajo la balaus­
trada de la sagrada mesa. Dichoso el que vió con sus
ojos alteza tanta de pensamientos, constancia tal de
propósitos, y tan extraordinaria santidad de guerra
cristiana, pasear triunfante por las calles de Roma.
Solo el que vió aquellos magnánimos podía con­
cebir la orden del día, que se discutió en consejo de
guerra, y que habia de distribuirse á las tropas cru­
zadas, en la hora de la pelea. Se imprimieron m u­
chos ejemplares sin fecha precisa, y teníanse de re-
puesto corno una mecha encendida, con la cual da-
ríase fuego á la mina.
«Orden del dia del General Comandante en jefe.
»Roma..... octubre 1867.
»¡ Soldad os!
»El instante supremo, deseado tanto tiempo por
58
nosotros, de escudar con nuestro cuerpo al Sumo
Pontífice, ha llegado.
»El gobierno del rey Víctor Manuel, esmerando
salvar la corona de La revolución, co n ' la cual hizo
causa común demasiado tiempo, arrástrala por el
lodo, atacando en su santuario al Vicario de Jesu­
cristo, el mas augusto y el mejpr de los príncipes.
»Nuestras tropas de las provincias, en la previ­
sión de este crimen atroz, han recibido la orden de re­
plegarse hácia Roma: llegarán á tiempo para refor­
zar nuestras filas. Esperamos que los auxilios dé la
católica y generosa Francia no vendrán demasiado
tarde. De todas maneras, defenderemos enérgica­
mente los aproches de Roma, despues los muros, y
luego, hasta que quede un hombre, el-Vaticano.
»Mostrémonos dignos de nuestra noble y alta mi­
sión, y mostremos al mundo lo, que sabe -hacer un
puñado de valientes, animados por el sentimiento de
la religión y del honor.
»¡Soldados!
»Vamos á vencer ó morir, al grito de viva Pió IX.
»El general Pro-Ministro de las armas, Comandan­
te en jefe de las tropas.
Xanzler.»

Semejante orden del día, honra en nuestro sentir


toda una guerra, consagra á la gloria el ejército para
quien se pudo escribir, graba el retrato del que la
dictó, y hará resplandecer de luz inmortal la página
de los anales eclesiásticos donde será registrada. En­
tre tanto sea dulce á los soldados del 67, poder mos­
trar sobre sü pecho la cruz de esta campaña, y decir
en la edad caduca: «También estaba yo.»
José G-aribaldi mueve su ejército al ataque
de Homa, Heclios del ala derecha, condu-
- . cida por №cotera.

Levantábase armada Roma con sus fortificacio­


nes, y con escasas sí, pero intrépidas legiones: esta­
ban estas mas animadas por los destacamentos, que
hasta entonces habian militado y vencido en las pro­
vincias. Mas las poblaciones, careciendo de guarni­
ción, quedaban á merced de las hordas garibaldescas.
José Garibaldi creyó, por tanto, maduro el tiempo
de cerrar por todos lados, y caer sin oposicion sobre
Roma. Publicó en sus periódicos, que se proponía
entrar primero que los franceses, avanzando en efec­
to en la desierta campiña mas allá de Monte Rotondo:
el general del ala izquierda, Juan Nicotera, recibió la
orden de penetrar en· las provincias de Frosinone y
de Yelletri; el ala derecha capitaneada por el gene­
ral Acerbi, debia cubrir la provincia de Viterbo. Mas,
¡admirable cosa! niel centro, ni las alas atreviéronse
á rodear de Cerca á Civitavecchia y Roma, donde ha­
bía soldados. Hasta puede afirmarse que Acerbi y
Jicotera dieron pruebas de mas sindéresis que su
generalismo, porque á lo menos evitaron los encuen­
tros y huyeron siempre á tiempo, mientras Garibal­
di, por arrojo ó por imprudencia, estuvo varias ve­
ces próximo á caer en el lazo, y por último, quedó
metido en la jaula sobre las cumbres de Meñtana.
Este último movimiento del ejército garibaldmo no
60
puede referirse sino por partes. Comencemos por el
ala izquierda.
En otro lugar liemos descrito las campos de N í c ü -
tera y de sus- comandantes, como también la fama
que tenían en el país (1). Bien se puede inferir é ima­
ginar su sistema de conquista por lo que hicieron en
las provincias de Frosinone y de Yelletri. El espanto
y el terror de los honrados campesinos precedían ¿i
las bandas, como si se tratase de una bajada inmi­
nente de piratas de Túnez: por el contrario, cuanto
había de corrompido en el pais, conspiradores per­
donados, cumplidos de presidio, ladrones, .mujeres
perdidas, y en ñn, la hez sobre todo encarecimiento
vil y abominable, mostraba la mayor alegría, como
si hubiese sonado la hora de su triunfo. Sabemos de
una famosa señora, que por entonces vivia en la pro­
vincia de Frosinone, cuya casa sirvió en aquellos
dias de tertulia política, asi como de fragua de g ri­
tos, escarapelas, y espantajos populares; gran sub­
vención recibía' para esto del comité de Mpoles. Los
cqnquistadores, apenas llegaban á un punto.se diri­
gían instintivamente á los peores, y formaban un
gobierno provisional, publicando despues-un plebis­
cito si creían poder atemorizar á los del pais: donde
no, contentábanse con izar la bandera tricolor, á la
sombra de la cual pudiesen cometer pacíficamente
rapiñas y violencias. A esto se llamaba «la insurrec­
ción.»
He aquí una prueba que sacamos de un difuso y
minucioso proceso, Despues de retirarse el último
soldado pontificio de la ciudad, el· primer acto de-la
comedia fue reunirse un grupo de gibosos (así llaman

(1) Véase mas arriba, capítulos XLIV-XLIX


61
en el páis á loa ciudadanos desleales), y formal* una
junta de gobierno; dieron armas á perdidos de la
misma estofa, arrojaron muchas escarapelas á ta
chiquillería de la plaza, hicieron beber abundan­
temente á, los. ociosos, y les mandaron decir: viva
Garibaldi, viva Victor Manuel. Los mismos gritado­
res tomaban el hecho á burla, hasta el extremo de
gritar: ]Vivan los ladrones! ¡Viva la Manuela! ¡Viva
el petróleo!—Despues de referirse á Nicotera, llegado
entonces á Frosinone, estas resoluciones de los pue­
blos, llamaba á las autoridades municipales de la
provincia. El gobernador de la ciudad de que habla­
mos, se presentó puntualmente al: conquistador, y
delante de los nuevos padres de la patria, en vez de
rendir homenaje, dimitió dignamente su oficio, pro­
testando que no estaba en disposición de cambiar de
bandera como se muda de pantalones, y que á las
nuevas cosas debían proveer hombres nuevos. En­
tonces Nicotera, á pesar de ser un revolucionario, se
portó como un cumplido caballero. Dolióse de que
los mejores ciudadanos se quisieran sustraer al ser­
vicio de la patria, y recomendó fuertemente ó, los
generosos que se ofrecían por sí mismos para el car­
go piadoso, que mantuvieran la pública felicidad en
todo su apogeo. Los de la junta por tal benigna con­
descendencia de Nicotera, consideráronse legisladores
bautizados y consagrados de la propia ciudad. Abo­
lieron la contribución sobre el trigo y la sal, expi­
diendo muchas otras leyes, é intimando despues á
los comicios populares que- constituyeran la cosa
pública por medioJdel sufragio universal. Un grupo
de bribones, obligando á los campesinos y á los de­
pendientes de las tiendas á que los siguiesen á las
urnas, iban y sancionaban el gobierno del porvenir
62
con un voto áe anexión al reino de Italia. Como mu­
chos de aquellos sandios cogidos confusamente no
gozaban del privilegio de saber leer el. voto’fijado
en sus sombreros, los próvidos legisladores dábanles
las mas nuevas y graciosas explicaciones, que pue­
dan inventarse para una comedia: Algunos para su­
plir la escasez de los votantes» traían mazos de pó­
lizas de diez, doce ó veinte cada una, que contenían
nombres de vivos, de muertos, y de no nacidos.·Des­
pués de llenar fácilmente un cesto, los señores de la
junta volvieron á Frosinone alegres, altivos, y enco­
lerizados, como si en el cesto llevasen los destinos
de la patria. Nicotera había ido á .Velletri con las
bandas, su cediéndole allí un general de Víctor Ma­
nuel, con las tropas italianas. Viendo este la cara de
aquellos patriotas de los cartuchos, preguntóles con
sorna: ¿Dónde habéis dejado la urna de los no?
—Excelencia, en nuestra ciudad todos dicen d .
—Bien, idlo á contar á Florencia: yo nada tengo
que ver.
—Mas entre tanto ¿no podríais honrar nuestra
patria con una compañía de soldados?
—Verdaderamente..... no veo la necesidad-
Helóse el amor patrio en el pecho de nuestros va­
lientes, que entrando en elpais, fueron recibidos casi
á silbidos. Para colmo de desolación, en el dia si­
guiente comenzaban á pasar las compaiiías de Gari-
baldi fugitivas, y decíase que Nicotera habia desa­
parecido: las juntas de otros puntos mas próximos á
Roma, gobiernos provisionales en cuerpo, y otros
picaros que habían fraternizado con los invasores,
se dirigían al confin con gran desorden. El verdade­
ro pueblo cobró bríos; y algunos días despues sabida
la victoria de Mentana, arrojó las banderas y los
63
abanderados tricolores, restableciendo la Señoría
pontificia. Lo que nosotros referimos de una ciudad,
podríamos poco mas ó menos, contarlo de todas, aña­
diendo á cada historia los nombres respectivos. Mas
no nos place dar renombre á personas innobles, ni
elevar las bufonadas á la categoría de sucesos políti­
cos. Baste decir que én ningnna poblacion pontificia
fue preciso disparar un fusil contra sus habitantes,
para someterlos á su príncipe, á excepción de Albano,
donde algunos malandrines no albaneses, se atrevie­
ron á tirar algunos tiros en la oscuridad de la noche,
antes de recomendarse á la fuga. Albano había con
todo siempre conservado el gobierno legítimo.
Por lo demás, en ningún sitio Nicotera y los suyos
gozaron un cuarto de hora tranquilo, sino que per­
manecieron continuamente con un pie en el estribo,
y los ojos vueltos á los sitios por donde podían esca­
parse. Desde el tercer día de la invasión, seguro el
general Kanzler del desembarco francés, pudo sacar
de la guarnición de Roma una columna volante, y
lanzarla tras los nicoterianos. Coñdújola primero el
general Cour'ten, y despues el teniente coronel Gior-
gi. Entró en Albano en la tarde del 30 de octubre.
Por la noche se recuperaron las tierras y los casti­
llos circunstantes, gritándose jviva el Santo Padre!
á los ojos de los invasores; á la mañana siguiente
Marino y Castel Gandolfo expédian diputaciones al
general pontificio, para protestar de su inviolable
adhesión: aun los presos libertados por los garibal-
dinos, entregábanse voluntariamente á sus propios
carceleros. Hasta Genzano, en donde había venido á
colocarse un capitán garibaldino, en el palacio Cesa-,
rini, y el foco de la agitación extrangera, derribó la
bandera plantada por los revoltosos, é hizo protestas
<54
de lealtad (1). Todo, esto pasaba cuatro dias antes de
ia derrota de los garibaldihos en Mentana, no bien
pudieron los ciudadanos esperar el socorro de las
tropas.
Entretanto el general Garibaldi,teniendo noticia
de los gruesos batallones conducidos por Nicotera, y
de un general (Orsini) pendiente de sus órdenes, con
dos docenas quizás de oficiales superiores, hacia gran
caudal del ala izquierda, y mandaba que Nicotera
marchase ardidamente sobre Roma. No es dudoso
que por muchas vías multiplicó esta orden: una
ciertamente hemos leído nosotros, que no le llegó.
Decía: «El general..... me encarga decirte que mar­
ches1apresuradamente hácia Roma. Da grandísima
importancia ä este movimiento tuyo. Para tu go­
bierno las puertas de menor importancia están cer­
radas y bajo tierra: las mas importantes con dos pie­
zas de artillería (2).»
Lo difícil para Garibaldi, no era mandar al ala
izquierda, sino hacerse obedecer, porque Nicotera,
si bien proclamado* con gran ruido, general de este
cuerpo, no había conseguido hasta entonces nunca
adelantar un paso: cada vez que lo había intentado,
había vuelto con la cabeza rota. He aquí por qué ve­
nia avanzando con redoblada circunspección, y por
nada del mundo hubiera querido encontrarse frente
á frente de soldados prontos á venir á las manos.
Ocho dias despues' de la orden de asaltar á Roma,
entreteníase aún en forjar estatutos y disponer me­
joras. Entró en Frosinone el 28, porque abandona­

da Pfirl. del cleleg, exira. Apolloní, en los .Doc, m an, de los


arch,, 30, 3t oct., .
(2) Carta de Cuecci, 26 ocL, citada en el cap, LXXXYII.
65
ron la poblacion loa pontificios; siguió hasta Velle­
tri, el 29, porque invitáronle unos cuantos-sediciosos.
Dióse aquí á formular nuevas órdenes para el país
conquistado: fundó un gobierno provisional, dirigido
por Héctor Borgia, Federico Messi y Augusto Ma­
nuel: trabajó ea la manufactura del plebiscito, que
se dispuso (lo confesó en el parlamento) porque ló
quiso, y logró el admirable resultado de 4037 .votos
en favor de la anesion de la ciudad al reino de Ita­
lia, sin que un solo voto contrario viniese á empa­
ñar la hermosura de tan portentosa votación. Al día
siguiente descansó, como era'justo, de sus patrióticas
fatigas, pretendiendo que necesitaba esperar que las'
tropas italianas viniesen á reconocer el nuevo orden
de cosas germinado gracias á su benéfica influencia.
Abríase así. una nueva era de prosperidad para
Velletri, y ciertamente para los malhechores cons­
tituidos en solemne ladronería * mas el ala izquierda
no se acercaba á los muros de Roma. Y, pensamiento
que hacia: derramar lágrimas, en la misma Velletri
el alba de la restauración parecía confundírsela con
su ocaso, porque cuanto el reino florecía-.en la h a­
cienda,, otro tanto cojeaba en la guerra y en la polí­
tica. En Florencia no se reconoció el plebiscito de
los nicoterianos por miedo á la, Francia, cuya bandera
veíase tremolar ya en el castillo de S . Angelo; temía­
se que provocada, llegara también ¿ la ciudad de
Ancona: el general de Víctor Manuel no ocupó, pues,
á Velletri. Para colmo de desventura» las facciones
políticas, y militares .comenzaron á contristar la cuna
de la dinastía: de aquí desorden, decaimiento y rui­
na de la fortuna nicoteriana. Abreviaremos el relato,
con las cartas del mismo general Nicotera y de sus
amigos, dadas á la prensa.
TOMO IV- 6
66
Hacia Tan día que reinaba Nicotera en Velletrí,
cuando llegó á sus oidos el rumor dé la rebelión de
la banda del general Orsini, que habíase acomodado
en Frosinone con dos centenares de guerreros,, de
los cuales Nicotera y Orsini hicieron^ en los periódi­
cos las ■alabanzas mas justas, reconociéndolos como
elementos deshonrosos..... que cometían actos capaces de
afrentar á la gente mas deshonesta y ru iti ..... y se asimi­
laban á los malhechores (1). Para tan· digna tropa, Or­
sini pedia encarecidamente un convoy del camino
de hierro, á fin de penetrar cómodamente en el· cora-
zon de las provincias: Nicotera, deseando qué flore­
ciese su ejército, envió los coches, y dispuso que to­
dos los de Orsini fnesen á Velletri. Le agradeció el
tren,-m as disgustóle la orden: Orsini «que de mal
talante admitía una posicion secundaria» se detuvo
en el camino, para regenerar y regir á Valmontone.
A pesar de que Nicotera envióle órdenes y mas órde­
nes, no se movió á una parte ni á otra (2).
El general del ala. izquierda, viéndose infamado
asi, envió el Mercurio Filopaate al Júpiter Garibaldi
para que se quejase, y pidiese le quitaran á Orsini
de entre los pies. Solo que en el Olimpo de Monte
Rotondo las cosas iban apuradas, y en vez de reso-.
Iliciones benéficas para los reinantes de segunda
mano, Garibaldi pensaba para sí, en reforzar el cen­
tro, y reunir mas cerca las fuerzas desparramadas.
Volvió pues, á escribir que el cuerpo de Nicotera se
acercase á Monte Rotondo, ocupando á Tívoli. La
segunda orden, mas apremiante que la primera, de-

(1) Carta de Nicotera, en 3a M z io n e , 10 die. 1867, y en muchas


otros periódicos contem poráneos.
(2) Ibi.
67
cia «Monte Rotando, 31 octubre. General. Nicotera''
por dos enviados vuestros, que:-vi esta m añana os
mandé órdenes para ocupar áTívoli,yla misma orden
os confirmo ahora. Aquí todo va bien. Con interven­
ción ó sin ella, será preciso cumplir la unidad de la ­
pa tria. En Tívoli hallareis á Pianciani con un bata­
llón. Escribidme con frecuencia. Vuestro J. Garibal-
di (1)*».'Recibida orden tan apremiante, jico tera fue
tan solicito en obedecer á Garibaldi, como obedecía­
le Orsini general rebelde: reposó dos dias mas.
Para despertar en él la idea adormecida, oportu­
namente vino el refuerzo pontificio de que hablamos
antes, que ya estaba en Albano, y que parecía tener
la pésima intención no solo de· seguirle, sino de en^ .■
volverle y obligarle por fin á la pelea, antes de y oír
ver á los blandos- asientos del parlamento de Floren­
cia, Nicotera obedeció entonces súbitamente la· con­
signa de Garibaldi; y comprendiendo que «el camino
mas seguro y mas breve era el de Valmontone,.por
Zagarolo á Tívoli» se fue derecho por él, no sin de­
plorar las fuertes’ (dicho sea en honor, de. la .verdad)
y bien hechas fortificaciones con que habia reforzado ■
á Velletri. Partió el 2 de noviembre, despues del me­
diodía, sirviéndose del camino de hierro con el cual .
habia venido, y retiróse .á: Válinontone.
Reinaba en Valmontone. todavía el general rebel­
de Orsini^ hombre que no cedia con facilidad, y por
ventura mas inteligente en asuntos de guerra que
Nicotera, Los dos, pues, guardando la ira en la vai­
na, se dieron las manos y acordaron una liga, en su
primer conferencia. Esto era útil á entrambos, por­
que ocurría el gran caso de que así como Nicotera

(1) Ibi, órdenes referidas por N icotera.


68
desobedecía á, Garibaldi, y Orsini á Nicotera, desobe­
decían también á Orsini'sus-capitanes Bennati y An-
tinori. Tomaron! pues, Nicotera y Orsini el acuerdo
amistoso de reunir fuerzas y autoridad, y de hacer
entrar en rázon á los rehácios subalternos. Bennati,
ex-charlatan de las plazas de Turin, calló y se dejó
herrar; pero' Antinori, por el contrario," dando una
voz á sus salteadores, á lo cual tenía derecho incon­
trastable, mostró las bocas de los fusiles. Había des­
cendido la rebelión hasta el fondo del ejército, y Ni­
cotera tuvo un lampo de energía, propio de un gran
comandante: oigámosle. «Llamé al coronelC'attabene,
al mayor 'Evangelista al mayor Albanese, y á todos-
ios demás oficiales que logró hallar en aquel mo*
mentó, rogándoles que continuaran en su puesto.»
T 'quedo quédo huyó precipitadamente á Kápoles
para descansar sobre los cogidos laureles; esto en el
mismo dia en que los garibaldinos menos prudentes
batíanse en Mentana. Hasta aquí ‘N icoteratan.cán­
dido historiador, como experto general f l ) . ;
Verdad es que antes de partir había recomendado
vivamente á Orsini y á todos los que dejaba en* la
estacada^ que hicieseu.muchas proezas, se acercasen*
y uniesen á Garibaldi: ¿pero qué? mas valió, sü ejem­
plo que sus palabras. Divulgada la noticia da-, la
fuga,-ó de-.la-retirada del general del ala izquierda,
«uno de los mas bravos oficiales» reunió á sus com­
pañeros , pronunciando -estas precisas, palabras;
«Ahora es de·: noche; todos necesitamos reposo; va­
mos á descansar tranquilamente,:.y mañana á la luz.,
del dia tomaremos una resolución digna de noso­
tros.» Pareció un aviso del cielo. Cada uno se fue á

(1) lbi.
69
dormir. AI dia siguiente se restregan los ojos, boste­
zan, y despues «fue puesta en fila la columna,» Oyen
decir, que «Jicotera se había marchado ¿Nápoles por
razones de alta política,» que Orsini le sustituía, y
que Cattabene cesaba de mandar. Los de las camisas
rojas miran atentamente á Orsini, y paréceles «un
ag-ente con librea.» Dicho y hecho: toman la resolu­
ción de plantarlo en Valmontone, y reunirse á Gari-
baldi «volviendo á Nápoles.» Esto leemos en una
declaración suscrita por trece de los.presentes, y
publicada en Italia (1). Si no citásemos tales testi-
menios, ¿quién no creería que escribíamos un apén­
dice á Meo Patacca, ó un comentario á Bertoldino?
Si por el contrario, oímos al general Orsini (¿por
que no á él, mas que á Jicotera?), Nicotera por su
conducta fue un comandante necio: daba órdenes que
no podian cumplirse, y espedía consignas de atolon­
drado, así como él sostuvo el honor de la izquierda,
y realizó una retirada, capaz de eclipsar la de los
diez mil de Jenofonte. Hasta intentó despues de Men-
tana, entrar en Tívoli, pero pasó de largo al verla
ocupada nuevamente por los pontificios: por fin, el
último de todos, sin recibir una descarga, salió del
territorio romano (2). No contó empero su mar­
cha á Gerano, donde los suyos encendieron el fuego
sobre el altar mayor de la iglesia,'y cambiaron las
tumbas (¡horripila pensarlo!) en letrinas (3). A escla­
recer la historia de los de Orsini, contribuyó Benna-
ti, que se complació en participar al mundo que él
y Antinori habían sido elevados por la condesa Ca-

(1) P m fjo lo de Nápoles, 9 nov.; ¡V&tÍom » de Fio, 13 nov., e tc .


Cart a de Orsini, en la ¡Vazíone, M n o v .
(3) Relac. de p resen tes.
70
racciolo Cigala al grado de comisarios extraordina­
rios del general Ors ini, lo cual no quitaba á su. hor­
da el título qüe la1habían· impuesto los'de .Jicotera,,
sus hermanos de armas, áe compaüía de salteadores (1).
No tratamos de inquirir, ni saber importa si eí
general Orsini condujo otras fuerzas, además de las-
compañías de Antinori y de BennatL Tenemos mil
relaciones de las proezas de su columna. No quere­
mos siquiera compendiarlas. ¡Sarracenos!
.-No se debe creer que en cada lugar de la provin­
cia se sufriesen iguales.torturas de los de Garibaldi.
En Tívoli, por ejemplo,¡mientras mandó el coronel
Piánciani, las cosas pasaron tranquilamente y se re­
dujeron, contra lo que podía esperarse, á una ocupa-
eion de aventureros sin bandera. Lq misnmen otras,
varias ciudades, dónde los jefes garibaldinos no qui­
sieron por honradez, ó no osaron por miedo irritar.á
su?s' habitantes. En Palia-no los campesinos , care­
ciendo de toda guardia, cogieron las armas, y por
;diFéz dias custodiaron la ciudad, y el fuerte, y los pri­
sioneros allí encerrados en número de 312: al fin con
grandes instancias solicitaron algunas compañías de-
tropa, que recibieron en triunfo (2). Ejemplos seme­
jantes podríamos recoger dfe otros puntos. Un gari-
baldino; .que volvió tras:.está famosa campaña de
Frosinone y Velletri, contaba cándidamente á un
amigo nuestro, que aquellos pueblos brutales h a­
bían1recibido á· los-libertadores con gran terror, odio
y desprecio; que- mientras se retiraban fugitivos,
■mostraban los del pais su alegría, y que los garibal-

(1) Yease ia c a m d e B enriati,en la f c . , 26 nov.; cart, de


Nicotera, ibi, 9 die.; cari. de Beimaii, 3 die.
{,2> Doc. man. de los arch., S nov.
71
dinos tuvieron que ver encendidas las fogatas sobre
las. colinas, especialmente cuando se difundió la no­
ticia de su derrota en Mentana. En-cada ciudad ape­
nas habia cesado la opresion extranjera, mucho an­
tes de volver á entrar las tropas pontificias, los bri­
bones que durante la ocupacion habían galleado, es­
condíanse á fin de huir de la indignación popular, ó
se alejaban. Así en Frosinone, en Yelletrí, en Terra -
cina, en Palestrina, en Tívoli, en Ferentíno, y en
todas partes: tanto que el mismo parte telegráfico
que refería la casi simultánea retirada de las hordas,
y las tropas régias de Frosinone, así, concluía. «En
toda la provincia reina la mas perfecta tranquilidad,
habiéndose vuelto á restablecer en todas partes el
gobierno pontificio (1).»
A fin de que nada faltase para la plena derrota
militar y moral del ala izquierda, no bien se hubo
sustraído á las mal desafiadas b ay o n etaslev an tá­
ronse los jefes unos contra otros, y se envilecieron
recíprocamente>Nicotera, Orsini, Bennati, Antinori,
Pais jefe de estado mayor y Campofregoso intendente
militar,-llenaron los periódicos de 'Nápoles, y de Ita­
lia y el parlamento florentino de censuras violehtas
y atroces injurias; cada uno al defenderse, daba á su
adversario la culpa, llamándole calumniador, vil,
ladrón y cosas peores. Los garibaldinos pueden re­
conocer en nuestra historia un encomio, al lado de
lo que publicaron de sus compañeros de armas. Has­
ta el autorizado comité de Nápoles salió con la decla­
ración de que no le habia rendido cuentas limpias la
intendencia garibaldina, excusando por burla al in­
tendente, que para restituir lo mal tomado, esperaba

(1) En los Doc. man. de los arch., Gnov. y dias anteriores.


72
el dinero de un instante á otro. Los periódicos garibal-
dinos refirieron que los valerosos de esta ala huye­
ron delante «de cincuenta gendarmes pontificios y
de un centenar de soldados;» concluyendo despues
de muchos dias la historia con este parangón: «Un
ejemplo semejante hallamos en las historias antiguas,
donde se habla de la torre de Babel,« O tro.escribió
el epígrafe mortuorio: «La banda de Nicotera ha con­
cluido muy mal (1).«
Daremos ahora una breve noticia de los hechos
del ala derecha, que pretendió cerrar ä Roma desde
el pais de Viterbo, para ir por último al centro del
ejército, mandado por el general·Garibaldi, el cual
escaramuzando algunos dias 4 lo largo del Aniene,
creyó estar en los preludios del saqueo de Roma, y
hallábase en los de Mentaua.

. XCI,
Ataque de Roma intentado por el ala de­
recha, conducida por Acer£>i.

La entrada, la permanencia, y la salida de los de


Acerbi en el pais de Viterbo, ala der'echa del ejército
garibaldino, sé puede comparar de un modo admira­
ble con la agresión de Nicotera del opuesto lado, ä
la izquierda militante en el territorio de Frosinone y
de Velletri. Ningún ejército del mundo puede jactar­
se de dos alas mas semejantes. También Acerbi, no
pudiendo echar sobre sus hombros toda la empresa,

(1) Pungolo d e N a p ., 0 nov.; Giom. di N a p ., 4 n o v r; Naisiorte lu


gares citados y passim en estos dias.
73
despachó vasallos suyos á las tierras y á, los casti­
llos, á fin de brindarles con la libertad y la resurrec­
ción política: no publicaremos todos los nombres de
aquellos oscuros peones que á tal empresa se dedi­
caron. En Montefiascone la caida de la servidumbre
papal fue inaugurada con latrocinios, con insultos
■en las calles á las mujeres,, con la trasformacion de
las iglesias en varias cosas, y con el saqueo verda­
dero y clásico del convento de San Francisco. El go­
bierno provisional se confió ¿ proscritos: los ciudada­
nos negáronse ó se mantuvieron apartados: el pue­
blo, encerrado en las casas casi siempre, rechazó la
contribución impuesta de 36 mil liras, y mucho mas
el plebiscito. Queriéndose realizar - empero de todas
maneras la Ubre anearon de la ciudad al reino de Ita-
lia, un grupo de andrajosos con camisas rojas y ex­
tranjeros y odiados, fije varias veces al palacio, llenó
abundantemente una urna conlosvotos del si, en nom­
bre de los Faliscos reaccionarios. Solo que excitados
los del pueblo, por la intimación de nuevas vejacio­
nes, contestaron personalmente é hicieron saber que
tenían armas, como también que sabrían si era pre­
ciso, manejarlas. Fueron prudentes los libertadores
y se aquietaron. Apenas hubieron partido, alzó la
población en masa las armas del Santo Padre: cuan­
do tres dias despues, llegó allí el coronel Azzanessi
con las tropas pontificias, entre mil festejos, presen­
táronle una bandera preciosa, con la inscripción:
«A los valientes defensores del Papa Rey los F a­
liscos (1).»
En otros lugares, las cosas pasaron menos glo­
riosamente; mas también sin notables desórdenes. En

(1) R elaciou G sesp .d e ciuadadnos de Montefiascone.


74
Civita Castellana, donde mas amenazador presentá­
base el peligro, á causa de 280 presos, retenidos par­
te en el fuerte, y parte en las prisiones, proveyeron
algunos del país á su propia seguridad, empuñando
ellos mismos las armas. Llegó á Civita una banda
de garibaldinos, mas no consiguieron reunir gente
ni doblegar la poblacion. Solo un puñado de unos
treinta bribones los festejaron, recorriendo por la no­
che las calles en todas direcciones, con hachas de
viento, y forzando á Jos pacíficos habitantes para,
que encendieran luces. Al decir del pueblo parecía
un mortuorio. Nisi, que mandaba la horda, fues&
por honradez ó por recomendación (como alguno nos
escribió) de Grhirelli, se abstuvo de maltratar á los·
particulares. Porfío demás, la dominación garibal-
desea duró cerca de doce horas solamente, porque de­
bieron los conquistadores ceder el puesto al general
Ricotti, que ocupó la ciudad. Entonces el rebaño de
los picaros cambió el grito de viva Garibaldi, por el
de viva Víctor Manuel, y la municipal autoridad,
con varias debilidades deplorables (debilidades fue­
ron y nada mas) puso á un lado á los buenos, aco­
modándose con los venidos nuevamente. El pueblo·
de Civita Castellana, sin embargo, ninguna protec­
ción concedió á las tropas de los bergantes, ni á las-
aliadas de los mismos (1).
Otra noble poblacion'de la provincia de Viterbo,.
Bassanello, consiguió el mismo fin, con medios m u­
cho mas honrosos. Reinando Acerbi ya en dicha
capital, algunos garibaldinos armados y con ca­
misa roja entraron en la plaza, y exigieron que

(tj Relaciones e&p.. de Civita Castellana, llegadas despucs de


la primera edición.
75
se gritase; ¡Viva Garibaldi! — ¡Gritad Viva Pío IX!
Ies contestaron los del pueblo, que estaban allí en
gran número, por ser dia: festivo. Por lo cual
aquellos arrogantes libertadores, sabiendo que no
había .tropa cerca ni lejos, enfureciéronse, y dicien­
do que eran la vanguardia dél cuerpo considerable
por el pro-dictador Acerbi expedido, mostraron su
altanería con palabras y actos soberbios, y pre­
tendieron .que les dejasen-.escalas-, con el fin de
abatir por sí propios las armas pontificias. Mas - to­
dos sus fieros discursos quedaron refutados por el
brillo de lás hachas que algunos comenzaron á em­
puñar, y mas elocuentemente por el ruido de los pu­
ñales, que á oír se comenzaba entre la multitud. Los
de las camisas rojas se apercibieron de que hacía
muy mal tiempo, y de que peligroso era embarcarse:
apaciguados todos, ciñeron su embajada á la peti­
ción de un poco de comida. F u ero n . conducidos se­
guidamente iá la taberna; 200 hombres- en pie se
hallaban prontos á servirles; nos escriben de allí que
nunca : los guerreros de ■Acerbi mostraron menos
hambre y menos sed. Parecían comer con 1%punta
de los labios, y que se detenían los bocados en su g ar­
ganta, sobré todo porque zumbaban alrededor de
la mesa ciertos jóvenes con las manos en los bolsi­
llos, que decian para informarse: ¿Sabréis manifes­
tarnos hijos', á quién debemos gritar viva? La pre­
gunta no era muy á propósito para despertarles el
apetito,.He aquí por qué la cena concluyó en breve,
y los mandatarios volvieron á : su mandante, á de­
cirle que Bassanello no era buen punto para plantar
viña (1).

(i) K elae. esp . del lugar.


76
Casi en todas las ciudades y villas de la. lugarte-
nencia, ocupadas por las tropas garibaldinas, sufrie­
ron los ciudadanos vicisitudes semejantes; por todas
partes hallaron aquellas resistencia, y en todas las
partes donde prevalecieron, dominaron con robos,
violencias y profanaciones sacrilegas. Nosotros, sin
embargo, no pudiendo acompañar con· la historia ä
cada jefe de banda, seguiremos solo las pisadas de
Acerbi, que fue nombrado solemnemente por José
Garibaldi general del ala derecha, y que se creó á sí
mismo pro-dictador de la provincia. Rechazado de
Viterbo en la noche del 24 al 25 de octubre, hizo
alto en Torre Alfina, con los pocos infantes que allí
llegaron de la fuga universal y repentina por noso­
tros contada én su lugar (1). Lá retirada de las tro­
pas le volvió el espíritu guerrero, acordando en su
virtud acercarse ä Viterbo, Allí fundó su reino re­
publicano con los restos recogidos de las bandas* y
con nuevas tropas que concurrieron entonces, sobre
todo del ejército italiano. Algunos nos escribieron
que á juzgar por los ojos, podrían valuarse en tres
mil hombres. Declaró usurpador á Victor Manuel,
si trataba de suceder en la conquista. Estaba tan
decidido por esta política, que habiéndose el plebis­
cito (manipulado por sus propios agentes) inclinado
al gobierno de-Florencia, lo anuló convocando -nue­
vos comicios: dijo una porcion de infamias contra
Victor Manuel, llamó traidores á sus ministros, y pro­
metió la asamblea constituyente en Roma, la cual no
hubiese ofrecido coronas, sino levantado patíbulos á
los reyes (2).

(1) Capítulo L X n , rííer&o, 24-25 octubre,


t'á) G azzelta de Viterbo , p erió d ico oticial, 3 y 4 n o v .
77
De marchar sobre Roma, el general del ala dere­
cha, no tuvo nunca mas deseos ni mas ideas que
Nicotera, acomodado en. Velletri con toda el ala iz­
quierda* Acerbi aplicóse por el contrario, á estable­
cer sábiamente su gobierno, sorprendió por medio
de lugartenientes un puesto de gendarmes y escua-
¿villeros, cerca de Montalto, saliendo vencedor;,de­
cretó leyes saludables* reformó los tribunales, mejo­
ró la pública administración, y protegió las bellas, le­
tras, fundando un periódico con el título de Gaceta de
Viterbo. Y porque la intervención francesa turbaría el
progreso de la común prosperidad, negóse constan­
temente á reconocerla, ni aun como hecho posible,
A la misma hora en que los franco-pontificios arro­
jaban á Garibaldi y á.la garibaldet'üi de Mentana, ase-
guraba con prudencia suma Acerbi á los suyos: «Es
completamente falso el desembarco de los franceses
en Civitavecchia, Esta mañana no. había ningún
francés en la poblacion. Asumimos la responsabilidad
de la noticia (1).» Es de saber por lo demás que los
de. Viterbo no se fijaban en las fanfarronerías de la
corte, y del ejército de Acerbi, sino cuando era indis­
pensable, para defenderse de las injurias personales-
“La votacion (en favor del reino de Italig.) fue una
pillada dé algunos proscritos desesperados, que hi­
cieron ver lo que no hay. Los votantes (en una ciudad
de Í7000 ä?mös) no llegaron á 200 (2). Viéronse por el
contrario los sentimientos de los ciudadanos én los
grandes aplausos.que dieron á la guarnición, cuan­
do hubo arrojado de las murallas á los agreso-
Cl) Id . ic l.3 y 4 n o v . Véanse los párrafos principales referi­
dos en la iVacíoTie, 7 n o v ,, y en la Vnitá ca tlol. , 14 nov.
(2) Cari, de un ciudadano de Viterbo, 7 nov. 1SG7, en la ¡7«iíá
Cattol, 14 nov .
78
res en la noche del 24; y mucho mas espléndidamente
en la perpétua y tenaz hostilidad manifestada con-’
tra ía ocupacion, asi como en el recibimiento triun­
fal con que festejaron á las tropas aliadas despues
de Mentana. Lo conocieron tan claramente hasta los
garibaldinos, durante la ocupación, que en el núme­
ro 4 de la Gaceta oficial, escribieron las siguientes
precisas palabras: «Graves discordias, lo decimos
con franqueza; produjo en los insurgentes como én
los ciudadanos la cuestión del plebiscito..... Pero las
discordias mas graves son debidas á los insurgen­
tes.:.,. Agréguese Yiterbo al estado italiano; recla­
men hasta“el Papa y los zuavos, si quieren: están en
su derecho; mas aguarden primero que hayamos.
concluido..... hasta la liberación de Roma.»-i.’,
Verdaderamente se ha de confesar que el pródic*
tador puso todo lo posible de su parte para odioso
hacerse y despreciable, puesto que, sin contar las
exorbitantes exacciones intimadas en alimentos, ves­
tidos y ropas, ni referir: las vilezas cometidas por .él y
por sus salteadores, dedicóse tan desvergonzadamen-
te' al latrocinio, que quizás ninguna otra banda g a-
ribaldina llegó ni con con mucho á tal bravura·. So­
bre lo que además de los documentos publicados (1),
tenemos á la vista una porcíon de relatos escritos
por sacerdotes, por seglares dignísimos, y por indi­
viduos de la guardia nacional, que contienen esce­
nas tan hórridas y sucias, que no nos decidimos á
referirlas detalladamente:1 Baste decir que solo de
contribuciones en dinero sonante, impuestas á luga­
res píos, intentó sacar cerca de 150.000 liras; y esto
á mano armada, haciendo bravatas, espantando á

ti) Véase la caria referida.


79
personas inermes con los sables, con. fusilazos y con
ultrajes á las cosas.sagradas. Los daños de las rapi­
ñas privadas valuáronse en 100.000 liras. Así milita­
ba contra Roma el ala derecha.
Lo que colmó la medida y puso fin á la paciencia
de los ciudadanos, fue los insultos á las mujeres y.á
la religión. Tres monasterios próximos el uno al otro,
levántanse cerca de los muros; un oficial garibaldi-
no, con varios de los suyos penetró en ellos por la
fu e r z a , bajo el pretexto de estudiar militarmente la
posicion. Avisado Acerbi del hervor de la gente in­
dignada, fingió desaprobar el hecho, enviando un
segundo oficial pai;a que llamase al primero. Entr$
este con el sable desenvainado, con una turba de ar­
mados, y por. añadidura dijo mil villanías á la abade­
sa. Intimaron 10.000 liras de multa al monasterio,
para dentro de breves horas. Para cobrar eficazmente
el subsidio extraordinario, Acerbi mandó ceñir de ba­
yonetas el monasterio de Santa Rosa: ocho malvados
lanzáronse dentro, dispusieron que se presentasen
reunidas todas las monjas, y las amenazaron valién­
dose de infames y villanas frases con llevarlas prisio­
neras si no daban la suma referida. Uno de aquellos
héroes de presidio (dicen era un judío llamado Padoa)
acercóse á la urna de Santa Rosa» blandiendo la es­
pada, y jurando que los garibaldinos se.llevarían en
prenda el cuerpo santo. Apenas se puede imaginar
el terror, las lágrimas y la consternación de las reli­
giosas: por ningún concepto describir.
Solo que las monjas de Santa Rosa no eran las
únicas que estaban en Yiterbo: estaban también los
viterbeses. A los viterbeses, hombres fieros, duros,
religiosos y sensibles en materias de honor, pareció
intolerable infamia el escarnio hecho en casa de
so
mujeres débiles, consagradas á la oracion.-—¡Han
invadido Santa Rosa!—Fue una palabra de ira y de
sangre, que se difundió en un momento por la ciu­
dad. Inmediatamente atrancaronlas casas y las tien­
das, tomando consejo de su furor y cogieron las ar­
mas, Habiéndolo traslucido los cobardes insultado­
res de las monjas, confusos y temerosos, se retira­
ron, no sin pedir excusas. En toda la noche no se
quitaron los ojos de encima ciudadanos é invasores.
En la mañana del otro dia Nicolás C-ristofori, rogado
por las religiosas, presentóse al dictador, y le dijo
que no habla en el monasterio la cantidad pedida y
que se contentase con la existente, la cual se le daria
toda. Francisco Acerbi* diputado-del parlamento,
caballero del mérito militar de Saboya, y general
del ala derecha, respondió estas precisas palabras,
que sacamos de una causa instruida, con motivo de
sus exacciones* «Si al mediodía no están aquí los
dos mil escudos impuestos, las monjas serán condu­
cidas á la cárcel de S. Lupara, y las dos de mas
edad fusiladas á mi vista aquí en la plaza. Esta es
mi última decisión.» ■

Se halló inmediatamente, gracias á la piedad de
los ciudadanos, el dinero con que aplacar en el mo­
mento la. cruel avidez del asesino Acerbi; mas entre
los viterbeses por la nueva del crimen conminado, se
divulgó esta frase.—¡Esta es la última! A la primera
ocasion, fuerza contra fuerza.—Descubríase á sim­
ple vista de tal modo que se ponían de acuerdo, y
brillaba de tal suerte la resolución de la juventud de
la guardia;ciudadana, que.los garibaldinos se desa­
lentaron; .algunos dieron las armas á sus albergado-
res, se despojaron de la camisa roja, y pidieron la
gracia de la vida, temerosos de que á cada momento
81
sonase la hora de la venganza. En tal conflicto, que-
riendo un ciudadano grave y valeroso, evitar los
horrores de un día de matanza, se presentó al jefe
de los asesinos. Halló cerca de él á los oficiales y
unos cincuenta hombres, intranquilos y congrega­
dos para deliberar. Francisco Acerbi, que habia per­
dido la primer, arrogancia, balbuceó algunas pala­
bras de excusa, osando decir que los vitesrbeses le
hacían traición.—Traición, no, contestó él viterbés;
no la conocemos: todo exceso es reprobable, pero los
viterbeses son hombres como los demás, y su pa­
ciencia tiene también limites.™Varios oficíales £a-
ribaldinos (dicho sea en su alabanza) se indignaban
al. ver la vileza de su general, y movidos por honro­
sa vergüenza, insistían en demostrar su considera­
ción al ciudadano. Por esto no se tomó gran trabajo
para que aquel bruto conociese la razón: expúsole
sin ira y sin insulto, que 500 jóvenes de Viterbo esta­
ban provistos de armas y cartuchos, teniendo tam­
bién una reserva de 4000 aldeanos, además del pue­
blo de la ciudad .que reúne 17.000 habitantes: todos
exasperados de forma, que: cada nuevo atentado sería
como la chispa sobre la pólvora de una mina. Acer­
bi quedó pálido como un trapo lavado. En todo lo
restante del dia procedió cuerdamente: en la noche
siguiente j del 6 al 7 noviembre, odiado, maldecido,
vilipendiado, hizo salir sus hofdas, por pequeños
grupos, y á la sordina. En Montefiascone, los del
país le cerraron las puertas en su cara, enviando,
como para rescate de piratas, algún dinero. Los de
Acerbi se vengaron enBagnorea, donde fusilaron una
estátua de San Antonio, abriéron las cubas, se em­
briagaron á su gusto, y despues «borrachos como cer­
dos (escribe un testigo de vista) se fueron á Orvieto.»
TOMO IV. .. 6
82
Tal fue la guerra contra Roma, combatida por el
ala derecha, sobre la cual poetizaron fábulas tan ad­
mirables Acerbi, Lombard-Martin, Guerzoni y otros.
Mas nuestra historia y no la- suya, será creida, sobre
todo por los pueblos de la provincia de Viterbo, y
por los garibaldinos. *
Entre tanto desde-Roma despues de la victoria de
Mentana, expedíanse las tropas para libertar las-pro­
vincias. El general Zappi partió á las 8 de la maña­
na del .7 de noviembre con el primer regimiento de
línea, y en pocos dias entre los aplausos y las ben­
diciones de los pueblos de la provincia de Yiterbo, á
ocupar volvió las ciudades principales hasta la punta
extrema de Bagnorea, que recibió un batallón entero.
Montefiascone logró una fuerte guarnición francesa.
En Yiterbo el gobierno papal tornó posesión de nuevo
con tropas mistas. Marchaban á la cabeza los gene­
rales Zappi y Pothier; los cuerpos militares, uno fran­
cés y otro indígena, alternaban vagamente: esto su­
cedió eí· di-a 8, entre congratulaciones indescriptibles
de los ciudadanos (1). Y que nada de esto se debió á
maquinaciones ni al miedo, sino á espontánea leal­
tad, bien lo demostraba el pueblo al honrar nueva­
mente por sí las’armas del Santo Padre, y al mante­
ner el orden público, con cuatro compañías de ciu­
dadanos armados, á las órdenes del patrio munici­
pio y del Conde Vicente Fani Ciotti, su jefe. Volvie­
ron á tomar el mando, no bien cesó la opresion de
las prevalecientes hordas :garihaldinas, y lo confia­
ron, á su tiempo, ái los comandantes pontificios (2).
Mas las glorias de' las alas quedaron oscurecidas

(1) Part. en los Doc. m an, de los arcii.f 10'nov,


(2) Ibi, 8 nov.
83'
por el cefttro donde dirigía el ataque el generalísi­
mo José Garibaldi, del cual hablaremos en los capí­
tulos siguientes.

XCIL
La corte de José Garibaldi en Monte Ro-
tondo.—Movimiento del centro del ejército
contra Roma.

El grueso de las fuerzas garibaldinas hallóse reu­


nido en la expugnación de Monte Rotondo; aquí se
puso el cuartel general y la base de las operaciones
contra Roma. Ante todo* el país se convirtió en un
campo libre para la devastación de millares y milla­
res de salteadores. Sabemos que no pocos oficiales,
venidos á las hordas malvadas desde el ejército re-
giilaV, hubieran combatido gustosamente según las
prescripciones del arte militar. ¿Pero qué? Andaban
como náufragos (lo testifica el garibaldino Pablo
FambriJ entre la gran masa de -populacho, de ribaldos y
de bribones, salidos (como nos advierte el garibaldino
Guerzoni) del Averno social, lío solo sufrían el daño
los del país, cerca de los cuales ä fijarse venia tal
lepra, sino que aun en los alojamientos garibaldinos,
nada estaba seguro entre los compañeros: quitarse
la ropa blanca, el calzado, el armamento, los relojes,
y las bolsas era costumbre casi de ley: mayores y
coroneles fueron robados por los propios caballeros de
su escuela: ¡á José Garibaldi le quitaron la silla de
montar! El discreto lector considere cuán seguros
estarían los muebles de los del pais, en cuyas casas
se albergaban semejantes bandoleros. Los mismos
84
oficiales garibaldinos no vacilaban un mofuento en
amonestarles, á fin de que ocaltaran diligentemente
los objetos de valor, que quisieran salvar de las gar­
ras de los de las camisas rojas. Lea quien conocerlos
desee» los particulares en Yitali, que ha llenado de
ellos su historia de las Diez jornadas de Monte Ro­
tonda (1).
Riñas, puñaladas y duelos reputábanse actos de
valor: no pocas veces se llegó ¿ muertes atroces. No
todos los garibaldinos, que no tornaron á ver las ca­
sas paternas, perecieron por el hierro enemigo. Oíase
continua y universalmente maldecir el santo Nom­
bre de Dios, y se hablaba un lenguaje infernal: en
todas las conversaciones-abundaban las deshonesti­
dades, mas que lo que decirse puede. «Parecían de­
monios, repetían en pleno coro los de Monte Roton-
do; ¡no sabían abrir la boca sino.para decir impreca­
ciones y cosas nefandas de nuevo cuño contra Jesu­
cristo, la Virgen inmaculada, y el Santo Padre.« Y
con esto un enjambre de reas femeninas, de favori­
tas de los jefes, y de protectoras de la santa causa:
algunas con traje soldadeseo. Mucho las mencionan
los documentos, mas nosotros omitiremos semejante
cieno en nuestra historia, ¡Ojalá pudiéramos borrar
de los libros del Juez divino las obscenidades con
que fueron violados los sagrados templos! No sin ra­
zón, al acercarse la soldadesca roja, desaparecían las
jóvenes: podríamos contar de muchas .que mientras
duró la ocupacion garibaldina, permanecieron como
; sepultadas vivas en escondites solitarios é inaccesi­

( 1 ) De esle autor que escribió sobre los lugares,-como testigo


de v i s t a , sacaremos m uchas noticias: baste haberlo citado una
vez- ■
85
bles, gracias al terror que les causaban los nuevos
musulmanes. Los garibaldinos nos agradecerán que
nada mas digamos, pero deben acordarse de los
acerbos reproches que les arrojó á la Cara el mismo
Garibaldi (1), si bien fingiese por arte oratoria, que
los corrompidos y los corruptores habían sido envia­
dos 'á su campo por los curas. Él habia llamado una
porcion escogida de capellanes, para que ^esparcie­
sen por allí lirios de honor incontaminado. Solo de los
apóstatas dos ó tres veces, cuyos nombres conocemos,
recordamos cinco, á saber: Gavazzi, Pantaleon, Am­
brosio, Pascoli y Pánico. Estos con nuevos trajes,
parte de soldado, parte de saltibanquis, iban dicien­
do execrabilísimas blasfemias ea medio del campo,
para estimular la juventud á las obras de la guerra,
y mantener el fuego sagrado. ¿Quién explicar puede
esta mútua s-impatía de Garibaldi y de los renegados?
Por añadidura para su parte, sobrevenían los lo­
cos y las locas. Queremos referir los nombres de
ciertos personajes que con su presencia vinieron á
embellecer la corte de Moute Rotondo. Resplandecía
entre las otras, una dama escocesa, canonizada des-
pues con una carta horrible de Garibaldi (2), la cual
se confundía en adoraciones (¡hasta arrodillarse en
público!) delante del ídolo, circundado de los referi­
dos sacerdotes y sacerdotisas- El que nos refirió tales
datos, advertía que es vieja, arrugada, y salida de
sospecha, á kr que añadiremos gustosos como discul­
pa, que también está tocada de la cabeza: la daré-

(1) Véase mas adelante el texto de su discurso; y su bando del


cuartel gen. d e S. Colomba, 29 oct., referido por Sos periódicos
sectarios.
1,2 } in form a de Fior. , 13 en. 18C8.
86
mos por dama de compañía á, cierta condesa diplo­
mática florentina, que por entonces y despues dio no
poco que hablar- El palacio de su marido servia de
reunión publica para los jefes garibaldinos y los sec­
tarios austríacos: se apasionó hasta tal punto de la ga-
ribaldería, que habiendo recibido estando en la mesa,
el boletín con el desastre de Mentana, se desmayó al
momento. Esta y la* ador adora serian un buen par. A
ser.necesario, po.dria formarse la comitiva-, pero nos
tarda salir de miserias mujeriles.
Ninguno logró honores mas exquisitos en la cor­
te de Monte Rotondo, que Edmundo Beales,.presi­
dente de la liga de la reforma en Inglaterra. Llegó
el 27 de octubre, y fue apreciada con él una hucha
de. 300 liras esterlinas, limosna de los francmasones
ingleses. No hay que decir si Garibaldi lo recibió co­
mo un Mesías: ordenó á fray Pantaleon que hilvana­
se una ovation patética. El capitan exclaustrado pu­
blicó por los cuarteles la venida del mensajero: he
aquí una multitud de camisas rojas y de sans-culottcs
que se amontonan debajo del balcón de Garibaldi, el
cual entonces precisamente departía con el huesped
ilustre. Es «miembro de la universidad, ciudadano
rico, el hombre mas..... que se pueda ver.» Asi nos
escribe, en vulgar italiano, una clara pluma inglesa,
que nos cuenta el hecho. No será por ventura el mas,
pero es indudable que se dejó escarnecer con inge­
nuidad incomparable. Garibaldi lo cogió y sacóle al
balcón, para que oyese los aplausos y los gritos, que
le ofrecía como premio de las 300 liras. Era preciso
responder. Beales no balbucea una sílaba del italiano,
ni entiende una jota de él: estaba pues, allí como un pa­
lo, Recibe Garibaldi el encargo de hablar en su nom­
bre. Le traducía madam a Mario á sus espaldas el dis-
87
curso al inglés; el buen Beales confirmaba sus frases
con la cabeza, y hacía gesticulaciones imitando al
orador. De cuyo expediente oratorio quedó' tan con­
tento, que no se apercibió nada de la befa solemnísi­
ma que le habían hecho el mal fraile y el amigo
Garibaldi, teniéndolo á la vista de la turba, mudo y
plantado como los que juegan al escondite. Ignora­
mos si los reformistas ingleses sentirán orgullo, se­
mejante al experimentado por su presidente. De se­
guro que si Beales piensa en lo sucedido, no referirá
gustoso su aventura de Monte Rotondo.
Y mucho menos si se acuerda de los asquerosos
presidiarios que yió agitarse y enfurecerse á su al­
rededor. Mientras se regocijaba mucho por ser co­
locado sobre las nubes por aquellos abyectos, á los
cuales no hubiera sufrido en su casa ni para lim­
piabotas,. sus compañeros iban en otra parte á caza
de sacerdotes, como si persiguiesen á fieras, por pro­
porcionarse el placer de injuriarlos. No pudiendo
vilipendiar la persona de alguno, á saber, de D.. Do­
mingo G-razioli, por haberse puesto en salvo,, sa-.
quearon su casa. Entre todos los sacerdotes, el que
mas hubo de sufrir fue fray Vicente Vannuteliivca­
pellán de la legión romana, que voluntariamente se ■
quedó en Monte Rotondo, con el fin de asistir á los
heridos del Papa y á lös de Garibaldi. Ricciotti, á
decir verdad, había consentido en ello cortesmente*
designando á uno para que bajó pretexto de vigilarlo
en la prisión, le protegiese, mas esto no sirvió para
salvar al magnánimo religioso de los furores de la ri­
baldería indisciplinada. Padeció innumerables inju­
rias y contumelias: muchas veces le golpearon con
las manos y los pies, así como le dirigieron no pocas
las armas á la faz: fueron diez dias de agonía. Lo

hubieran degollado sin duda, si algunos oficiales me­
nos sanguinarios, como el coronel Piánciani, y prin­
cipalmente el renegado fray Pantaleon, no lo hubie­
sen quitado por fuerza y astucia de las manos de los
caníbales.
U na tarde, entre otras, habiéndole maltratado-
aquellos brutos de horrendo modo, con golpes y villa­
nías, «un capitan (asi lo cuenta el in'ismo Vannutellí,
en su periódico, publicado antes de que lo pudiese
to rn a rá ver)'un capitan gritó con mirada feroz y
frase ronca:—Ven conmigo, fraile: también yo quie­
ro confesarme contigo. Volviéndose despues á los
otros, dijo si bien procurando que no le oyese:1¡con
u n fusilazo! Pasó por la misma puerta de antes (daba
en la estancia contigua); yo debia ■repasar por el
agujero (practicado en un batiente). Mientras me en­
corvaba, ’uno que próximo estraba (creo era el capi­
tan Catfcaneo, diputado del parlamento) se quitó del
pecho un puñal y arrojóse sobre mí, ä fin de metér­
melo en los flancos. Algunos de los presentes media­
ron, y uno impidió que cometiera el asesino su cri­
men. Dios velaba por mí, mas fue un instante terri-
ble.'De .aquel peligró pasé á otro mas grave aún.
Entrado d!¿ nuevo en la habitación, el capitan me
dijo:—Fraile, siéntate.—Él lo hizo cerca de mí, so­
bre el mismo canapé: tomó la luz, ,1a puso en tierra
y apagóla. Yo comencé á temblar.—Señor, dije, veo
que tratais de atemorizarme. Ignoro qué intención
teneis; mi vida está en vuestras manos, pero nada
ganareis con mi muerte: á nadie hice mal alguno.—
Parecía que no se cuidaba dé mis palabras, y sacan­
do un r&wolver del pecho, su boca -me aplicó á las sie­
nes: Erizáronse mis 'cabellos, recomendóme al Señor,
y procuré desviar con la mano la terrible arma. El
89
la "bajó, pero conservándola dirigida contra mi pe­
cho, pronto, á tira r, se puso á decir sin intérvalo:—
Fraile, debes tú. explicarme la tram a urdida por los
curas y los frailes contra nosotros: si no, eres muer­
to.—Yo, señor, no estoy metido en tram a alguna, ni
la conozco siquiera: os diré cuanto me consta. Toda
mi misión sé reduce á servir á los heridos y á los
moribundos, ó á confesar á los soldados: yo no tengo
misión alguna oficial, y nada sé sino lo sucedido, tal
como me lo han contado.» . .
Aquí el religioso refirió brevemente la historia de
la defensa y de la rendición de Monte Rotando: si­
guió uña larga indagación que hizo Cattaneo (ó quien
fuese aquel picaro) sobre los personajes de Roma mas
afectos al Papa, sobre la probabilidad de la inter­
vención francesa, y sobre otras bastantes cosas. Por
fin envió elP . Yannutelli al grupo de garibaldinos
de donde lo había sacado, acompañándole con estas
precisas palabras:—Sabe, fraile, que si me apercibo
de que me has engañado, esta (y m ostrábala pistola)
será para ti (1).
En los dias siguientes fue conducido con frecuen­
cia Yannutelli á un tribunal presidido por el cpronel
Pianciani, imputándosele que había tirado sobre los
garibaldinos; logró del general Garibaldi, ser con­
denado, por gracia especial, á tres meses de cárcel.
Esta parecióle un alivio, en comparación de las co­
tidianas Injurias hasta entonces soportadas. Batidos
despues los de Garibaldi, el 3 de noviembre, arras­
traron, consigo al P. Yannutelli, y á otro sacerdote
llamado D. Pascual Ranalli. Parecía por tanto pró­
xima la liberación·, mas el capitan á quien fueron

(t) .Yamíuteclí, La p ris ió n , ele,., pág. 48-30.


90
consignados inventó un nuevo suplicio, antes de ce ■
der su presa. Les manifestó que tenia orden de fusi­
larlos, y hacerles meter en capilla para que la sen­
tencia se cumpliese; habiéndolos entretenido larga­
mente para su bestial recreo, resolvió conducirlos
alrededor del campo garibaldino, con el fin de aver­
gonzarles. Cada grupo -de aquellos picaros se ven­
gaba enlos inermes sacerdotes de la derrota sufrida
por los soldados, con imprecaciones, pedradas, sa­
blazos, y lo' demás que les sugería su v.o]untad cri­
minal: asi los sacerdotes de Dios,-reos solo de ha­
berse ofrecido á los enfermos del Papa y á los de
Garibaldi igualmente, llegaron al puesto de las tra­
pas italianas en la hostería de Córese, macerados
por los golpes, llenas sus caras de saliva, mancha­
dos de barro y de inmundicias. ¡Ah! Lástima que no
estuviera presente el ministro Menabrea, para aplau­
dir las proezas de sus generosos,
El jefe de la hostería (un vil, cuyo nombre cele­
bramos no saber) negóse á recibir á los sacerdotes
para su seguridad; mas supo tenerles todo el dia ex­
puestos á los furores de los bribones enfurecidos y
armados; que allí hormigueaban. En aquel sitio se
convirtió varias veces en una furia del infierno la
llamada condesa Martini de la Torre, implorando (no
sabemos si era burla ó sed de sangre) implorando la
gracia de que los asesinase alguno de los circuns­
tantes: varias veces estuvo próxima á conseguir su
deseo, dignísimo de una gentil mujer gañbaldina,
especialmente con el socorro del capitan Battista,
que diligente ofrecióse á fusilarlos. Es aquella mis-;
ma, que habiendo impetrado la venia de visitar á
los heridos en Roma, les iba quitando los escapu­
larios benditos, y les recomendaba que..... cuando,
91
se les llevara el divino Sacramento como viático. Un
coronel de las reales fue á visitar también al P. Van-
nutelli y á su compañero de infortunio: vió y callóse.
No le deben la vida los prisioneros, sino solamente
al favor'de Dios y á la honradez de algunos gari-
baldinos de la escolta, los cuales apiadándose por fin
de su agonía interminable, tomaron ardientemente
su defensa. ¡Pensar que despues de tales actos, un
cronista que se dice testigo ocular, osó .escribir, á sí
propio elogiándose: «Los garibal dinos no tocaron al
P. VannutellL un cabello siquiera, sino que por el
contrario tratáronle con urbanidad y gentileza! (1)»
Mas pongamos fin á la narración de las barbaries sa­
crilegas ejercitadas contra los siervos de Dios: de­
masiado hartos deben estar los sensibles lectores;
pero sepa la posteridad, que reuniendo las noticias
<que nos han llegado, podríamos publicar un tomo
completo en octavo, que no desdeciría como apén­
dice de la historia de los antiguos sarracenos, des­
cendidos á las playas italianas.-
No solo enfurecíanse contra las personas consa­
gradas, sino que también contra el mismo Dios*
y contra todo lo perteneciente al culto religioso,
habían jurado al parecer enemistad y guerra im­
placable. Aunque verdad es que muchos que ha­
bían entrado en aquel infierno, á la vista de malda­
des tan odiosas, se retraían llenos de horror y de
vergüenza, ninguno, á excepción de los jefes y rara
vez, ponia fin ó remediaba el desenfreno. Nueve dias
duró la dominación garibaldina en Monte Rotondo,
y nueve dias cesó todo acto público religioso, estan­
do presos los sacerdotes, ó huidos, y trasformadas

(I ) Moranb!, De Córese á T iv olú p á g . 2 0 .


92
las iglesias en cuarteles ú hospitales. Tales excesos
hubieran parecido á la gente garibaldina grandes
actos de piedad, si no hubiesen celebrado la perma­
nencia de la tropa con sacrilegios horrendísimos.
Habiendo entrado en la catedral, se precipitaron
directamente contra el divino Señor Sacramentado:
fue roto - el tabernáculo, arrebatada la custodia y el
copon; el cuerpo de Jesucristo (perdónenos~el lector)
echado por tierra y pisoteado. Despues robáronse
todos los vasos sagrados y ornamentos que se ha­
llaron allí ó en la sacristía, con devastación tal, que
hasta las cosas que no podían ser objeto de avaricia
rompían á pedazos por manía de sacrilegio. La ira sa­
tánica propagábase de cueva en cueva. No sabemos
de alguna iglesia, donde mas ó menos, no se reno­
varan tales horrores. Hasta en algunas casas par­
ticulares que convirtieron por la fuerza en hospita­
les, dieron de puñaladas á las imágenes que pendían
de las paredes. No podían estar tranquilos si no ex­
terminaban en torno de si todo lo que les despertara
remordimientos.
A las escenas de furores diabólicos se agregaron
torpezas y liviandades; fueron los cálices sagrados
empleados por manos inmundas para cosas y usos
abominables, y á la vista de las brigadas; viéronse
otras acciones nefandas que la mente trata de no re­
cordar y que la pluma no quiere describir. Se quiso
llevar en procesion una imagen d éla Virgen sobre
bayonetas; y la hubieran llevado, si la piedad de los
de Monte Eotondo no se hubiera interpuesto con los
comandantes, menos bestiales que sus hordas. Otra
efigie tambieu de la Virgen María fue largamente
traspasada, diciendo el demonio que la hería: »jEata.
es la que nos*hace perder!« En la fiesta de Todos los
93
Santos, un grupo de furiosos diósé á escarnecer y
vituperar los ritos de la misa solemne; despues de
hacer locuras mucho tiempo en-torno del altar ma­
yor, el mas pésimo de la turba, subió al pulpito (ya
cambiado en letrina) y dijo una porcioñ de sucieda­
des y de blasfemias; extendió por ultimo la mano
al Crucifijo, y' echando espuma de rabia infer­
nal f lanzóle al suelo entre las burlas de su audi­
torio*
No se nos diga:—-Inventáisóexagerais.—Tenemos
por testigos á todos los ciudadanos de Monte Roton-
do, al ejército aliado que tomó de nuevo la ciudad,
y en fin referimos lo que observamos con nuestros
mismos ojos. Sí, nosotros contemplamos las ruinas
acumuladas por los bárbaros de nuestro siglo, y oí­
mos decir p;or quien lo presenció: Aquí fue destroza­
da una pintura sagrada: aquí fue roto un Cristo:
aqur se profanó el Sacramento- Nos duele, lo confe­
samos, presentar á la luz de la historia tales críme­
nes de italianos, compatriotas nuestros, y lo que aún
e s peor, bautizados como nosotros; mas nos conforta
que nuestros nietos, mirándose en el espejo de nues­
tras páginas, aprenderán á lo Taenos á temer el vér­
tigo sectario, que arrastró al precipicio á varios de
sus padres. Aun á los propios garibaldinos conven­
drá considerar estos amargos recuerdos. Ya muchos
de aquellos extraviados sintieron vergüenza de sus
pasadas bestialidades, y entraron otra vez en el seno
de la Iglesia: lo sabemos con certeza. La gravedad
del delito estimulólos al arrepentimiento. Solo el ga­
binete que pagaba entonces y azuzaba á la juven­
tud vendida, no ha vuelto en sí, mas acuérdese de
•que el abismo llama al abismo , y no deplore qué hoy,
contra Florencia, y el trono extranjero en ella erigí-
34
do, se preparen las mismas armas, que afiló contra
Roma y el Padre coman.
Para defenderse dé la merecida infamia, el gobier­
no florentino acaso mostrará el Toando con que Me-
nabrea fingió llamar á los garibaldinos á su deber-
Así decia:
«;Italianos! Bandas de voluntarios escitados y
seducidos por un partido, sin autorización mia ni de
mi gobierno, han violado la frontera del estado. El
respeto debido por todos los ciudadanos igualmente
á las leyes y á los pactos internacionales sancionados
por el parlamento y por mí, establece en estas gra­
ves circunstancias un deber de honor inexorable. La
Europa sabe que la bandera levantada en las tierras
próximas'á las nuestras, sobre la cual escribióse la
destrucción de la suprema autoridad espiritual de la
Cabeza de la religión católica, no es la mía. Esta
tentativa pone á la patria común en grave peligro,
y me coloca en el deber imperioso de salvar á un
tiempo el honor del pais, y de no confundir en una
dos causas absolutamente distintas y dos objetos di­
versos.
«La Italia debe ser asegurada contra los peligros
que puede correr; la Europa debe quedar convenci­
da de que la Italia, fiel á sus compromisos, no quiere
ni puede ser perturbadora del orden público. La
guerra con nuestro Aliado sería una guerra fratri­
cida entre dos ejércitos que pelearon por la misma
causa. Depositario del derecho de la paz y de la
guerra no puedo tolerar la usurpación.
«Confio, pues, que la .voz de la razón será escu­
chada, y que los ciudadanos italianos, que violaron
aquel derecho, se pondrán prontamente detrás de
las líneas de nuestras tropas. Los peligros que el
95
desorden y los inconsiderados, propósitos pueden
crear entre nosotros, deben ser conjurados, mante­
niendo firme la autoridad del gobierno, y la inviola­
bilidad de las leyes. El honor del pais está en mis
manos; la confianza que tuvo en mí la nación, en
sus dias mas luctuosos, no me pueda faltar. Cuando
la calma haya entrado de nuevo en los ánimos y el
orden público plenamente se restablezca, el gobier­
no de acuerdo con la Francia, según el voto del par­
lamento, procurará inquirir con toda .lealtad y es­
fuerzo un útil expediente, que sirva para poner tér­
mino á la grave é importante cuestión de los Rom anos .
«¡Italianos! Tuve y tendré siempre gran confianza
en vuestra sensatez, cual vosotros la tuvisteis en el
amor de vuestro rey A esta gran patria, que merced
á los sacrificios comunes, volvemos finalmente al
número de las naciones, debiendo entregarla íntegra
y honrada, á nuestros hijos. Florencia 27 o c tu ­
b re 1867. V í c to r M a n u e l, Menabreat Cambray-Digny y
Gualterio, Cantelli, Bertolé- Víale, A . Mari (1).» ■
Los historiadores futuros añadirán al bando esta
nota:—Al hablar así el gobierno italiano, mentía.
Fue sordo á la voz de la religión, de la justicia, del
honor, de la honradez y del pudor, hasta que la in­
dignación del mundo y la espada francesa lo cons­
triñeron por la fuerza á parecer honrado., Tuvo el
mismo mérito que el público malhechor arrestado
por los gendarmes.—Los periódicos contemporáneos,
y los diarios garibaldinos en primer lugar, tejiéronle
ya este elogio de la posteridad; lo confirmaron las
asamblas de las naciones civilizadas, y lo que. pare­
cerá mas increíble, lo admitieron los garibaldinos en

(i) G azzeí. u f f . , 27 OCl.


96
el pleno parlamento. de Florencia, y lo autenticaron
los ministros italianos, con la publicación de los
documentos secretos. ^ -
Mientras el caballero del pavor, Federico Mena-
brea, escribía, con el fin de contener á los garibal-
dinos» aquella multitud de mentiras>cien veces mas
franco el comité de la secta escribía á Garibaldi que
jugase la última carta, y que lo condujese todo, in­
cluso su ejército de camisas rojas, ä la ruina, para
que á lo menos, en la destrucción común quedara en­
vuelta la monarquía de Saboya. He aquí, una prue­
ba bastante decisiva en una carta inédita de uno
de los jefes del comité central al diputado Bertani,
secretario y consejero íntimo de Garibaldi en.Monte
Rotonda.
«Florencia, 26 octubre, á las 7 y 1/,. Caro Berta­
ni: Ayer mismo tarde fue publicado tu ddenda char-
tago (sie) á la cabeza del último correo y en lugar
de honor.
«Hoy Cialdini ha resignado el poder, esto e&, el
encargo á que no correspondió.—Monte Rotondo y
las noticias del embarco de Tolon lo han derribado.
Hattazzi fue llamado á Pitti: escena entre la Corona
que registe al pensamiento de la resistencia , y Rat-
tazzi que quiere la guerra.—Cree lo que quieras:
mas verdadera ó aparente, tal es. la cosa.
«En el momento en que escribo pende la crisis:
mas se aguarda de un minuto á otro una resolución.—
Un ministerio antifrancés salva por el momento la
monarquía y la Italia (garibaldina ): un ministerio bo-
napartista destruye la monarquía, y por el momento
la Italia (de los consortes gobernantes). ÍTo sé qué prefe­
riría entre la una y la otra posibilidad* En cuanto á
mí, quien quiera (es decir, cualquier m inisterio ), contal
97
que se den estocadas al imperio enemigo de la na­
ción.
«Escríbeme, escríbeme; y aconseja. Tuyo A. Oli­
va (1).
A Monte Rotondo llegaron al mismo tiempo los
avisos del comité y el bando de Menabrea; con este
enviados especiales del rey y agentes del ministro.
José Garibaldi tuvo un cuarto de hora de fiereza
(hecha excepción de la causa ruin) no innoble. Res­
pondió como'rey de bosque, pero como rey:—Cobar­
des, me habéis empujado adelante, adulándome y
prometiéndome los batallones reales: ahora por mie­
do, solo por miedo á los fusiles extranjeros, me ha­
céis traición. Iré adelante-sin vosotros. Manda for­
mar, se presenta, y dice:
«Soldados, á las dos de la tarde marcharemos á
Roma. Mas en esta via sagrada me seguirán solo los
valientes y los honrados: los viles y los indisciplina­
dos se quedarán aquí; no son dignos de seguirme.
Me consta que entré vosotros ha habido quienes con
los estupros y los latrocinios han osado denigrar el
honor de este ejército. Mi bandera no quedó mancha­
da nunca por estas infamias: hacedme conocer á esos
disolutos, enviados expresamente por los curas, y los
haré fusilar pronto (2).
Los oyentes notaron que no se hablaba ya del
ejército italiano, ni de Víctor Manuel: prorumpieron
en los gritos desatinados de :— ¡Viva Garibaldi! ¡Viva
Mazzinil ¡Viva la república!—Se movió el campo a
la hora referida, con ruido fragoso de la banda mili­

(1) Cart. autog. que nos han dado 1 leer algunos amigos.
(2) Palabras recogidas por presentes, y contadas por Vitalí,
pág. 127. '
TOMOIV* 7
tar que tocaba el himno de Garibaldi, y el generali ~
simo subió á caballo, en medio de un numerosísimo
séquito de estado mayor,-yendo á la conquista de
Roma.
: Veremos ahora, cómo el grueso del ejército con­
quistador fue batido y puesto en fuga solo por los
puestos avanzados de los pontificios. Si por el con*
trario las prevaricaciones del mundo hubiesen incli­
nado de tal modo las balanzas de Dios, que Roma
hubiese debido caer, Garibaldi hubiese gobernado
la metrópoli del cristianismo, de la propia manera
que habia gobernado Monte Rotondo.

XCIII.
Ostentación, de armas de Garibaldi á lo
largo del Aniene, á vista de Roma.—Sus
bandos espantosos.

Descendía de las fuertes posiciones de Monte


Rotondo el general José Garibaldi á las dos de la
tarde del dia 27 octubre, para la liberación de Boma,
ó como prometía el libertador en su lenguaje, para
enviar á sus señores á los negros rufianes del des­
potismo (1). «Tal era el propio y único intento de la
chusma, ó sea de los «cobardes, ambiciosos y rapa­
ces,’) que habían hasta entonces «devastado y opri­
mido de mil maneras á los pueblos (2).» Nosotros,

(1) Cari, do Gañbaldi, 8 oct. 1867, publicada en los periddi*


eos sectarios.^.
(2) Elogio de los ganbaldinos hecho en la Nazione, garibaldina
m onárquica, 12 clic. 1867. Peor.liabla do ellos Guerzoni, garl·
baldino rojo.
99
despues de las pruebas aducidas anteriormente, no
nos detendremos otra vez á demostrarlo (1). En cuan­
to á los comandantes, capacés de algún pensamiento
político, estaban resueltos á plantear la república de
Hazzini sobre el Capitolio. El ministro Menabrea
afirmó en el parlamento florentino que tenia en su
poder los documentos demostrativos: algunos pu­
blicaremos nosotros, que no conoció. Demasiados por
lo demás, dimos en esta historia esparcidamente, y
fue público en Italia. De aquí los socorros con des­
confianza dados por el gobierno real á los garibaldi-
nos, la legión de Ghirelli, lanzada «con el fin de im­
pedir movimientos en el Pontificio,« y las instruccio­
nes escritas por los ministros de Florencia á los ge­
nerales de las tropas régias, como hemos referido.
Temíase que se comiera el halcón la presa en vez de
darla al halconero.
Sin embargo José Garibaldi, hasta este dia 27 oc­
tubre, no había roto el pacto convenido por los varios
partidos en 28 febrero de 1867, cuyos capítulos que
cayeron en poder del gobierno romano, y que lei­
mos, decían en suma: destrucción del poder tempo­
ral del Papa, Boma declarada capital de la Italia,
gobierno provisional compuesto de todos los grádos
liberalescos, y comicios populares para determinar si
el estado dependiente de la capital, debia regirse
por la monarquía ó de otra manera. Mas cuando vió
blasfemada /ren e g ad a públicamente su bandera, así
como admitida por el rey la intervención francesa,
se rebeló abiertamente, proclamando la república.
Solo entonces.
«Garibaldi piensa estar dentro de Roma, antes de

(1) V éanse los capítulos XL, LXÍII, LXYÍ.


100
que los franceses hayan desembarcado.» Tan fiero
propósito publicábase por el telégrafo de Garibal­
di en toda la Italia, el dia 28: consiguientemente á
la conquista dispuesta, la fama de las victorias pre­
liminares soplaba fuerte por las esquinas de Floren­
cia, y en todas partes. Se anunciaba «un combate
en Monte Torretti,» con la toma de la «Torretta á
cuatro-millas de Roma:» batallas desconocidas por
la historia, y lagares ignorados por la geografía.
«Allí está Garibaldi, marcha y triunfa.» Solo con el
terror de su mirada, «el general Garibaldi hase apo­
derado de la villa de Piombino, situada casi- á las
puertas de Roma:» por hacer mas y mejor «ha ido
adelante y está bajo los muros de Koma:» «Quizás á
la hora en que escribimos un nuevo prodigio de Ga­
ribaldi ha vuelto á dar á Italia su Roma.» Mientras
el conquistador central así volaba de victoria en vic­
toria, los conquistadores1laterales, ó sea Hicotera y
Acerbi, señalaban con un triunfo cada pisada suya.
Son maravillas que importa leer publicadas en los
boletines del Comité garibakksóo de -Florencia y en
los periódicos sectarios de aquellos dias (1). Qué par­
te dé verdad había en esta' zambra de victoria, re­
sultará del relato.
Marchando en son de guerra por la via Salaria,
Garibaldi llegó á Forno nuovo, ó lo que vale lo mis­
mo cerca del casal de Santa Colomba. Hizo alto y
acampó desde el Tiber hasta los cerros de Massa;
puso gran guardia en la Marcigliana, y ordenó que
algunos batidores recorriesen la campiña hasta muy

(IV Bastaría la R ifo rm a , el DiriÜQt la Gazzetta del popolo de Tur.


tí diario sem ejante.
101
cerca de Tiberon (1). Contaba cuando menos aquí con
diez mil combatientes, ó como escribió Vitali sobre
el lugar, catorce mil. Lo cierto es que desde el cam­
po escribióse y se publicó eñ los partes del comité:
«El general Garibaldi tenia ayer su cuartel general
en la casita de S, Colomba; sus avanzadas estaban á
dos millas y media de la ciudad. Las fuerzas de que
dispone están ordenadas en veintidós batallones
mandados por expertos capitanes.» Quizás en estos
computábanse los que habían quedado en los cuar­
teles de Mentana y de Monte Rotondo, que, al decir
de Guerzoni, eran solo dos, mandados el uno ррв,‘
Missori y por Ciotti el otro (2). A espaldas además
del cuerpo de operaciones, la masa de Garibaldi. en­
grosaba por horas con las fuerzas del comandaste
Carbonelli, que venían distribuidas en el campo ó en
la reserva. Del ejército regular, mayormente en los
últimos dias anteriores al advenimiento de Mena-
brea,, dirigíanse á la bandera roja, casi compañías
formadas. Suplían ventajosamente á los grupos de
los de las camisas rojas, que por enfermedad ó fas­
tidio deponían las armas: en Mentana por esto reu­
niéronse 28 batallones.
En S. Colomba se le contó la retirada de los pon­
tificios de Tívoli: mandó incontinenti que se ocupa­
se un puesto tan oportuno para cubrirles el flaneo
izquierdo, mientras el derecho apoyábase en el T i-
ber. Para esta empresa puso los ojos en el coronel
Pianciani. Habíale dejado en Monte Rotondo con el

(1) V éase la topografía de M onlanay Monte Rotondo en n u es­


tro Mapa corografico , en el que cada m ovim iento m ilitar puede
confrontarse ú sim ple vísta*
G u e r z o n í, W. A n t o l . , abril 1868, p ág . 769.
" 102
encargo de juzgar las bribonerías mas ruidosas. Una
quincenade los ¿ñas necios habíase dejado meter en
la cárcel. Ultimados los juicios, debia salir con una
compañía selecta, y llevar á las aldeas la libertad g a-
ribaldiná. Se le quitó la magistratura y el mandato
político con una orden soberana, concebida.del modo
siguiente: «Santa Colomba, 28 octubre: Querido Pian-
ciani, en vez de la compañía que debíais coger para,
cambiar los gobiernos—pongo á 'vuestra disposición
el batallón acuartelado en Mentána—con el cual
marchareis inmediatamente á Tívoli—ocupando mi­
litarmente aquel pais—de donde nos podéis enviar los.
víveres que necesitamos, J. Garibaldi.» Por.lo tanto,
el batallón 1,4 de Mentana pasó á Tívoli- Pianciani
recordando que era del parlamento florentino, apro­
vechó la ocasion para reanimar el ardor guerrero de
sus valientes, á. fin de que mudasen de cuartel,, y
sacó- de la vaina »aquella elocuencia desenfrenada
pero viva y eficaz que tanto le distingue.» Así lo
cuenta un gracioso cronista suyo que da esta prue­
ba: ¡Sed /¿croes, pero contra los grandes asnos! Los vo­
luntarios respondieron batiendo palmas, y gritando:
;viva el coronel! (1)» Tívoli fue conquistada.
Entre tanto el ejército garibaldino estaba á la
vista de Roma y á su jefe le ardia el cerebro. Se hu­
biera muerto á no decir las payasadas de costumbre,
«Casita de S. Colomba; 28 octubre 1867. Despues de
vencer al enemigo, estamos á la vista de la vieja
matrona del mundo;'estos indómitos soldados salva­
rán las pocas millas que de ella nos separan, volando
dentro de pocos dias para dar el último golpe á la
tiranía que hace siglos les oprime. Estad pronto para

JIoíusoj, M Córese á Tívoli, p ág. 21*22.


103
el supremo instante. Preparaos para destruir de to­
das maneras á los espadachines^ Tal es el derecho del
esclavo, Vosotros daréis al mando esta vez la era
nueva, iniciadora de la verdad y del progreso. J. Ga­
ribaldi, a Solo que mientras los de las camisas rojas
' estaban prontos para ¿Im prento instante, la escuadra
francesa surcaba el Mediterráneo, y el gobierno de
Victor Manuel sentía por la primera vez la comezon
déla honradez,nombra hasta aquí.desconocido por él,
y daba muestras de suspender los víveres que solían
mandarse al campo garibaldino, A esta cruel ame­
naza la bestia se irritó, mordiendo la reja de la cár­
cel, y fulminando al comité central cuatro palabras:
«Si la expedición de Francia es verdadera, espero
ver que cada italiano cumplirá con su obligación.»
Punto y cruz. La armada naval quedó casi echada
á pique.
A la verdad Garibaldi no se fundaba en la inter­
vención del pueblo italiano, que si no era demente,
debia considerar enemigo de su empresa sacrilega.
Cierto él y sus califas alimentaban aún la esperanza
de que la intervención imperial sería un vano espan­
tajo, de que la fiota no partiría de Tolon, de que par­
tiendo no llegaría á Civitaveechia, y de que llegando
no ayudaría á Roma, abandonada ya de todas las
cortes, á condicion solo de que reemplazara el rey á
las hordas ipalvadas, é impidiera los horrores incom­
patibles con la civilización moderna. No asombre que
semejante opinion reinara en el cuartel general de
Garibaldi, puesto que asi públicamente se discurría
en Florencia y en las antecámaras del rey. Sabíase
que ciertas embajadas daban fácilmente pasaportes
para Roma á los felones mas conocidos: por lo que
hace ä la Francia; que mas abiertamente aborrecía
104
los hechos garibaldinos, corría una voz por decirlo
asi, acroamática, opuesta completamente ä los actos
exteriores: según este murmullo arcano, era imposi­
ble que la escuadra francesa diese fondo en Civita­
vecchia. . Unos lo fundaban’ en las cifras, misterio­
sas del embajador italiano en París; otros en las
epístolas privadas del príncipe Napoleon, yerno del
rey, y otros en cosas distintas* Una princesa no ita­
liana vivía por aquellos dias en Florencia, y con tal
seguridad hablaba en este sentido, que parecía en­
teramente tener la orden de hablar así. Cuando los
hechos la desmintieron, el rey tal como estaba, con
las botas de caza puestas, corrió tras la augusta
Fgeria. No fue recibido. Rompió las porcelanas de
la antecámara, diciendo á los chambelanes: «Diréis
á S. A. que. los franceses están en Civitavecchia.»
Por cuyas transacciones la fama llegó á tal punto,
que un ilustre publicista francés, el conde Faloux,
afirmó altamente que la tentativa de Garibaldi habia
abortado, porque el gobierno italiano obrar no supo
con bastante prisa, ni prever tres estorbos extraor­
dinarios: la heróica firmeza del Papa, la heroica fide­
lidad del pueblo romano^y el heróico valor del ejér­
cito pontificio (1). Nosotros no pensamos así, y cree­
mos que la complicidad del gobierno francés está
suficientemente ne'gada en los documentos diplomá­
ticos, y sobre todo en los hechos militares que ä ella
se oponen. Solo afirmamos no era maravilla que
en el cuartel general de Garibaldi prevaleciese la
opinion que reinaba en Pitti: mucho menos debe
causar estupor, que el buen sentido de Garibaldi re-

U) Carta del 8 nov., publicada en todos los periódicos cal*


y especialm ente en la ünila Caíí., 20 nov. 1867.
10 5
solviera rebelarse contra el rey, con un hecho con­
sumado, que le complacería, descontados los horro­
res de la ejecución, y muchísimo mas ál pérfido ga­
binete de Menabrea, en el caso de que pudiera reco­
ger el fruto.
No podia igualmente lisonjearse Garibaldi, por lo
que hace á.la actitud de Roma. Al dirigirse á la con­
quista, estaba completamente á punto de guerra
para resistirle y al ejército real: Kanzler se conside­
raba de tal modo seguro, que en el mismo dia, man­
daba dos compañías de refuerzo á Civitavecchia (1).
Los tres puentes sobre el Tiber, que seguían en pié,
estaban minados,, abastecidos y guardados por ofi­
ciales del genio.,En el Mammolo nuevo vigilaba una
compañía de carabineros extranjeros y otra de zua­
vos; en el Nomentano una de legionarios y otra de
zuavos; y en el Salaro, una de línea: en cada puesto
liabia las reservas prontas para socorrer y compa­
ñías volantes para el desquite (2). Habiéndose oido
algunos fusilazos en las llanuras del otro lado del
Salaro, por el del puente da hierro ya desmantelado,
el general Zappi mandó inmediatamente allí caba­
llería'para un reconocimiento (3). El teniente Belli
que la mandaba, hizo desmontar á los suyos, envian­
do á dos valientes., Pensosi yCardini, que por las es­
paldas del puente pasaron agilísimos á la otra ribera
donde quemaron los pajares que hubieran podido fa­
cilitar ,el ataque del puente, quedando en orden para
la defensa. Súpose, despues que cerca de 400 gari-

(t) Doc. man. Je lo s a r c h ,, 27 o ct. Véase lambien el capi­


tulo LXXX1X, Providencias de defensa^ e tc. -
(2) J)oe. m an. del est. m ayor, 27 oct.
(3) Parí, gen. de Zappi, en los Doc, man. de los arch ., 5 n o v .
106
baldínos allá enviados, retrocedieron temerosos de
que los dragones fuesen solo la cabeza de una gran
columna. Por lo demás los veintidós mosquetes de
los dragones.(tantos eran) hubieran sido muy sufi­
cientes para impedir la reconstrucción del entabla­
do, y sobre todo para poner fuego á la mina del pró­
ximo puente Salaro (1),
Lo demostraron cumplidamente los hechos con­
secutivos. En cuanto al general G-aribaldi, todo el
28 se entretuvo en S. Colomba, dando una proclama
formidable, con las ideas, estilo, palabras, etc., de
costumbre; esperó también sus alas derecha é iz­
quierda. Mas ni Acerbi, ni Jicotera, aplicados á la
política de Mercurio, pudieron pensar en la estrate­
gia de Marte. Guerzoni, sobre aquellos dos genera­
les, escribió acerbas palabras reprendiendo á su mis­
mo númen, Garibaldi, Refiere además que pensaba
este pasar el Tiber con el fin de atacar el campo
atrincherado de Monte Marioí Si tal concepto estra­
tégico hubiese ocurrido al gran pirata (cosa que no
creemos), sería una estupidez tal que apenas podrían
contarla sin risa, los que saben que no había ni un
soldado en Monte Mario, y que el ejército garibaldino
debajo de las murallas de aquella parte, hubiese po­
dido pasar un año sin peligro para Roma. Peor aún
le abandouaban los hermanos de Roma. Un forjador
de la independencia, Virgilio Estival, volvía «desco­
razonado d,e la actitud de los romanos. Asegurado
ha el general, que la ciudad está lejos de tener cons­
ciencia de su propia posicion, y que no se- moverá de
fijo. Despues de lo sucedido, la actitud de los roma­
nos, por mucho atenuante que se descubra, es siem-

(l) Relaciones especiales de pontificios y de garibaldinos..


107
pre pusilánime é indigna (1). Hasta Guerzoni, jefe
de sicarios* que libróse de la policía romana, confir­
mó al general qué habia perdido la partida, y que
«todo habí» concluido en Roma (2).» Por la tarde el
héroe cojo tenia la tentación de darse á Lucifer, mas
venció el respeto humano. Melancólico, dicen los
que le vieron, tétrico, iracuudo, ronco, mandó que
se levantase el campo, que se pasara el Malpasso (el
riachuelo Allla, famoso en las desventuras de la Ro­
ma antigua), y que se levantasen las tiendas en Cas-
tel Giubbileo/ $
Al amanecer el 29, era preciso venir á las manos,
ó'retroceder manifiestamente, despues de tantas ba­
ladronadas, entre los silbidos del universo. Los in~
victos marcharon con la simple táctica de pasar el
puente Salaro, é ir adelante. Parecían penetrados de
que serian alli recibidos con ñores. Como era natu­
ral, la compañía de infantes que lo custodiaba; al ver
los cerros de enfrente llenos de innumerables cami­
sas rojas, puso fuego á la mina, desapareciendo el
puente con tan horrible estallido, que retumbó hasta
S. Colomba. Garibaldi que aún se entretenía aquí,
lo consideró mala señal. Y en verdad que ni aun los
pontificios hubieran por ventura pensado en ocasio­
narle tan gran disgusto, á no concebir la sospecha
de que detrás de las camisas rojas vepian los regi­
mientos reales: No estaban muy lejos de lo exacto,
pues los regimientos habían recibido ya la orden
realmente (3). Parece además que en S. Colomba í'eci-

(1) Corresp. del campo, en el Secólo de M iU y en el Dtritío de


F lo r ,,4 n o v .
(3 ) G u erzo m , l u g . c ita d o .
(3) Doc. relat. á los ú lt. acont. com unicados por los min.
de la guerra y de ia marina á las cám, d ejílor,; diez ó doce par-
108
bió las copias primeras del bando real, que lo decla­
raba sacrilego y felón á la patria. Unió el bando y
el puente en un solo pensamiento, y fulminó lo si­
guiente: «
«Cuartel general, S. Colomba, 29 octubre 1887.....
Estamos empeñados en una guerra- contra el mas
asqueroso de los gobiernos; y tenemos detrás uno
que puede competir con él: de aquí la corrupción, los
engaños, y los medios de todo género para desalen­
tar. Con las mentiras que esparcen tanto un gobier­
no como otro-procuran aniquilar este 'núcleo de vo­
luntarios..... que hoy presentan al mundo un mag­
nífico espectáculo; y que han obligado ya á los in­
solentes mercenarios extranjeros á retirarse á Ro­
ma, y ä volar los puentes que á ella conducen.....
queremos acabar la empresa, y bien. J . Garibaldi.»
Despues que hubo cocido su bilis, se puso en
marcha, llegó, y vió el lugar del doloroso puente
desaparecido. Decían los fabulistas garibaldínos, que
presto se construyese otro, con valor titánico (1). No
fue nada. Los marineros romanos se habían llevado
las barcas y las maderas, por lo cual Garibaldi en
todo el día 29, paseó sobre los cerros para estudiar,
como dice Guerzoni, y esperar una nueva insurrec­
ción romana (2). Decia en el ínterin suspiraindo, se- ’
gun sus confidentes: «¡He aqui ä Roma! ¡qué bella
es! Y pensar que hay en Italia hombres carroños que
no la quieren!« Por la tarde retrocedió á Castel Giub-

tes te!., pilg. G’i-66; part, tel. del rcy, 30 oct., en todos !os pe-
riddicos; partes tel- deM enabrea ä Nigra, 27 y 30 o c l. en cl
Libro verde, cuest. rorn., p ig . 35.
(1) Cart, de P. Del Y cechio, se c , de Garibaldi, 30 oct. Ht-
riiio, 8 nov.
(2) Guerzosi, la g . cjt.
109
bileo, bebió en los vasos sagrados, robados á la Mar^
cigliana y se limpió el hocico con una casulla (1),
Esto es lo ínas memorable- que hizo el general José
G-aribaldi, empleando tres días en una marcha que
los pontificios hicieron en tres horas, y él en menos
cuando..... huial

XCIV.
José Garibaldi rechazado en el puente
Nomentano. Escaramuzas en Casal dé
Pazzi y en la Ceccliina. Retirada de los
garibaldinos;

Amaneció el 30 de octubre, último de las maja­


derías de Garibaldí en torno de Roma, y fatal para
su gloria militar. Cabalgaba sobre los campos en
que se elevó la antigua Fidenes, donde combatieron
Rómulo, Tulio Hostilio, Tarquino el Soberbio, el cón­
sul Valerio Publicóla, el dictador Mamerco Emilio y
Aníbal. Se preparó para fuerte facción, é imitando
el plán de Napoleoti en Marengo, dispuso los cuerpos
de batalla en escalón, desde la Marcigliana hasta los
cerros que hay delante del puente Nomentano. Esto
nos consta por la relación de Fabrizi, y por los do­
cumentos romanos. En los varios informes que de los
escuchas iban al comandante de la plaza, háblase
de «cuatro fuertes columnas, con caballería, salidas
de la villa Spada, de garibaldinos que se aproximan
en masa y en gran número (2).» No se trataba pues,

(1) V i t a l t , Le d ieci g iv m a le, p í g . 166.


(5!) Doc. man. de la com. de plaza, 30 oct.
110
solo de hacer, como inventa Fabrizí, un brillante re­
conocimiento en las inmediaciones de Roma. Con su
estado mayor marchaba Garibaldi á la cabeza con
dos batallones de los llamados carabineros genove-
ses, conducidos por los coroneles Burlando y Stallo:
trataba de forzar el puente Nomentano.
Una treintena de guias ä caballo le precedieron
para reconocer á Casal de Pazzi, que surge al pie
del famoso monte Sacro, á pocos tiros de fusil del
puente Nomentano. Paráronse á 200 metros, y se
adelantaron dos para subir á la torre, y espiar las
fuerzas pontificias. Quiso el caso, y mejor la Provi­
dencia, que sobre la torre se hallasen precisamente
el capitan Séré, y el subteniente Thoüzon, llegados
antes, que mandaban en el puente la compañía de
los legionarios franco-romanos, allí puesta en g u ar­
dia: también ellos habían ido para ver. Descubrieron
pues, los caballos ä galope, aguardaron los obser­
vadores en la torre, y con vivo cambio de pistoleta­
zos, cazaron é hirieron á entrambos. Los demás, al
ver huir 4 sus compañeros, saltan á la silla, y toman
precipitadamente las.de Villadiego. Ya el ténieate
Cervale, despues de pasar muy apriesa el puente con
la compañía, llegaba para el desquite.· Tomaron las
alturas del monte Sacro, y detuviéronse.
Poco despues comparecieron en lontananza las
profundas columnas del enemigo. Creyó Séré que se
preparaba un asalto poderoso: puso por lo tanto cen­
tinelas sobre las cimas, despachó mensajeros á la
plaza, y con toda la compañía retrocedió para orde­
nar la defensa mas tenaz del puente amenazado. No
tardó mucho la refriega. Garibaldi avanzó hasta
doscientos metros, escaramuzó durante media hora,
y despues desesperando de pasar, dirigióse de nuevo
111
al campo. Allí tomó la excelente posicion que le
ofrecía el sitio por sí propio, deteniendo su línea
entre dos fuertes cabezas, Casal de Pazzi y la Cec-
china, y en el alto camino cubierto que las une (1).
En el momento en que un puñado de 90 legiona­
rios (no eran mas) (2) mantenía el puesto muy au­
dazmente, el general Kanzler tomaba providencias
contra el asalto general que parecía inminente,
deduciéndolo de las fuerzas acampadas del enemi­
go (3). Al objeto entraba entonces en Roma la guar­
nición vuelta del país de Viterbo. Apenas los solda­
dos habían desmontado en la plaza de Termini, reci­
bieron la órden de correr ¿ reforzar los puestos avan­
zados del Tiberon. Al Nomentano marchó la tercera
compañía del primero de zuavos, capitaneada por
Alano de Charette; allí llegó también otro destaca­
mento zuavo, conducido por el capitán Arturo de
Veaux. Todos juntos formaban unos 300 fusileros:
Séré se consideró fuerte para cambiar la defensa en
ofensa. Hizo pasar el puente á dos secciones, una
de legionarios mandada-por Cervale, y otra de zua­
vos, por Fabry, lanzándolas en guerrilla á las altu­
ras del monte Sacro: poco despues llegó él con otra
cuadrilla, y dióse á provocar al eneoiigo en sus pro­
pios sitios ventajosos. La fuerza real de los batallo­
nes de Garibaldí no se movió de sus posiciones, ame­
drentándoles unos doscientos mercenarios, hasta la
tarde: ¡y sin embargo, desde la torre de Casal de
Pazzi, podían contar á los asaltadores! Los pontifi­
cios tuvieron un solo herido; vióse caer á cuatro ó á

(1) Yéase la Lopog. de Mentana, en nuestra Carta corogr&fica -


(2) Doc, man. de los arch., 29 oct.
(3) Ibi, 30 oct .
112
cinco de los adversarios (1), Aquí Guerzoni, quem u-
'ch.o inventa, se pone á magnificar la estrategia de
Garibaldi y del general Fabrizi, veterano de las ba­
tallas revolucionarias, que con esfuerzos de sabidu­
ría reunidos, supieron esquivar el combate, siendo
los garibaldinos .«trescientos contra millares (2).»
jOh generales! ¡Oh. buenos historiadores!
Durante la noche del 30 al 31, los pontificios,
cumpliendo las órdenes recibidas, acamparon para
la defensa del puente, á este lado del rio. Hacia una
tramontana fría, y las compañías que habían venido
repentinamente para el socorro, no tenían para for-
nimento de campo, mas que su capote, su hambre y
su alegría. Una que se quedó todo el dia sin víveres
absolutamente, pensó en lo que hacer debia: la no­
che alta, el puesto distante de lo habitado, y los
fuegos garibaldinos á la vista. Morir de hambre, sí,
pero desbandarse para buscar alimento, no (3). AI
amanecer descubrióse un rebaño de ovejas: el sar­
gento mayor Cappelli las miró como venidas del cie­
lo: constriñe al pastor á que venda tres: las despelle­
jan, las dividen en trozos, las comen mas crudas que
guisadas, beben un poco en el Tiberon, y tornan
á coger el fusil, prontos á combatir ó marchar de
nuevo. Plácenos mencionar esta valiente compa­
ñía, que acaso fue la que hizo mas nobilísima cam-
paña.'Era la 4 / del primer batallón zuavo, conduci-

(1) De relaciones especiales; Orden del día del coronel Állet


Com. de los reg. zuavos, 9 nüv>; Mercaccí, La Mano de Dios, Illr
pá^. 161.
(2) GtiEuzoNf, A n to L , abril 1868, pág, 771.
(3) -Oficiales y soldados, mu riéndose de hambre, * asi dice un
aviso dado al comandante de plaza, en los D oc. m an. de los
a r ch ., 31 oct.
113
da por el capitan Legonidec de Tressan; su sargento
mayor un verdadero romano, que partió á la guer­
ra, convaleciente: es ahora el oficial mas viejo de los
zuavos; toda la compañía estuvo casi continuamente
de facción y en el fuego cinco ó seis veces; para re­
tirarse á Roma sostuvo cuatro dias de larguísimas
marchas forzadas; para descanso acampó dos noches
en presencia del enemigo, estuvo despues otra en un
cuartel sin paja, formó en fin, mas adelante parte de
la vanguardia sobre el campo de Mentana, mas osa­
da que el primer'dia de la guerra, con pocos enfer­
mos, y sin una sola queja.
Entre tanto dentro de los muros de Roma se apa­
gaba la última chispa de la insurrección. Por la ta r­
de el capitan Filippani con palatinos daba la guar­
dia real en el Vaticano, y traslució una cueva de
conspiradores cerca del cuartel Serristori, propia­
mente sobre la subida de la villa Cecchini. Allí se
dirigió el ayudante mayor Dufournel con un destaca­
mento de zuavos. Recibidos á fusilazos» tomaron el
puesto á la bayoneta. Cayó allí el mismo Dufournel,
según-contamos en otro lugar, y con él dos soldados,
Pablo Inhuman, y Antonio H uggen; óptimo joven
belga este último, qrte despues .murió por las heri­
das. Por desgracia encontraron, allí la muerte algu­
nos ciudadanos inocentes, por lo cual metieron mu«
cho ruido los sectarios. Mas ¿4 quién culpar, sino á
los energúmenos que entre las tinieblas recibieron
con una descarga mortífera la fuerza pública? (1)
Y esto á dos pasos de un- cuartel, casi humeante
aún por*la mina que los garibaldinos encendieron,

<1) . Doc, man, de los arch.,.30' y 3t oct.


TOMO IY. 8
114
y mientras el grueso del ejército enemigo estaba en
el puente Nomentano. ,
Garibaldi- realmente pernoctaba en la opuesta
orilla del Tíbéron.. Por primera»cautela retrocedió
del Casal de Pazzi hasta la Cecchina, con todo el
cuartel general (1). La-noche aconseja: se persuadió
de que era difícil pasar el rio, y mas difícil pasarlo
de nuevo. Por lo tanto, «preparóse la contramarcha
¿t Monte Botondo, que se emprendió algunas horas
antes del alba. Oímos, dice Fabrizi, durante la mar­
cha, con no poca maravilla, los cañonazos de la par­
te de Castel de Pazzi (Casal de Pazzi), y nos ínfor-
marón despues de que, salida de Roma artillería de
gran alcance, el castillo abandonado por nosotros en
la tarde anterior, fue batido inexorablemente, sin
que precediera reconocimiento. ^La verdad es que
la estrategia nocturna de Garibaldi tuvo todo el as­
pecto de una huida, mayormente si se considera,
que (al decir siempre del general Eabrizi, jefe de
estado mayor), los agentes maléficos no dejaron, al
traslucir tal suceso, de presentar esta marcha como
una retirada..... Sucedió una deplorable y extendida
'defección.» Y dice con mas gallardía Guerzoni, que
estaba presente y era un famoso enamorado de los
-caballeros de su parte: «En medio de los francos y
-de los ingenuos, había los malos, los malignos, los
corruptores, los fastidiosos, los propaladores de noti­
cias falsas, los agentes secretos y pagados de la di­
s o l u c i ó n ; de toda aquella basura advenediza, que no
habia salido antes nunca de su cloaca, comenzaban
á su frirá los primeros y pestíferos miasmas. El des­
aliento comenzó en ellos y propagóse pronto á los

(1) F a b iu z í, A e r a c ió n , etc-
115
mejores, por. lo cual llegados á Monte Rotondo, era
ya visible y grande (1).» Asi, pues, visiblemente y
grandemente arruinado se retiró Garibaldi de Roma:
lo que no contarcfti sus profetas, es que él mismo
estuvo á punto de quedar debajo de las ruinas.
El mayor Castella, comandante de los puestos
avanzados, asegurado por los informes de la tarde
y por los fuegos de la noche, de que parte ó todo el
ejército garibaldino se detenia en los sitios ocupa­
dos el dia precedente, procuró alcanzarlo antes de
que se alejara. Hizo con tal fin antes del alba (31
octubre) pasar calladamente en barcas pequeñas la
embocadura del Tiberon á las tres compañías, Cer-
bara, Bonifazi y Patta, de la línea; asimismo del
puente Mámmolo empujó la de Washesha, la de Epp
y la de Russell, de los carabiüeros; en el centuo, ade­
más desembocó el del puente Nomentano con unos
trescientos hombres y dos piezas de campaña. Lison­
jeábase Castella con que los de Garibaldi, aun h u ­
yendo delante de él, tropezarían de todas maneras á
lo menos en las compañías de los lados. Mas todo
quedó casi en nada, porque los garibaldinos levan­
taron el campo atropelladamente', algunas horas an­
tes, ó al primer brillo lejano de las armas: quizás
vieron los cañones, que pasaron el dia precedente
por el Tiberon, adivinando el objeto. De todas mane­
ras, al comparecer Castella, los batallones habíanse
ya marchado á través de los campos, y se dirigían
muy resueltos á Monte Rotondo.
Mas, viendo que aún se movía gente en las posi­
ciones abandonadas, el comandante pontificio mandó
que diese vueltas Séré con la compañía de legionarios

(1) GoerzOne, I, c.( p. "73.


116
hácia Casal de Pazzi, y que con otros tantos zuavos
el capitan Saisy fuese á la Cecchina. No fue ■preciso
venir'á las manos, porque el teniente Sogliera detrás
de sus espaldas puso en batería Sfes piezas rayadas,
y se adelantó á ellos con algunas granadas peque­
r a s . Nueve golpes bien distribuidos bastaron para
desvanecer las nubes de los que se habían retarda­
do, que se dirigieron en grupos á playas mas seguras.
Creemos que Fabrizi, que habló despues del asombro
de los cañonazos lejanos, olió también de cerca la
pólvora de las granadas, pues José Garibaldi con el
estado mayor, ó estuvo entre los fugitivos, ó se ha­
bía marchado entonces. Realmente los zuavos que
llegaron despues de la fuga, encontráronlo todo en
gran confusion; una hornada de pan cociéndose, res­
tos de comida que se debió interrumpir, un anteojo,
armas, municiones, y hasta tres que llevaban cami­
sas rojas, y eran del ejército regular. Un aldeano se
puso delante del cabo José Ferruti, con una bala de
cañón en la mano, y dijo: «Es suya; la restituyo:» y
comenzó á lamentarse de las rapiñas hechas por los
salteadores; indicó el- establo donde Garibaldi había
metido (quizás para salvarle de los picaros menores)
al capellan del Casal, que despues ya tranquilizado
fue conducido á Roma sobre las cajas de la artillería;
el conserje señaló las camas donde" habían dormido
Garibaldi, Menotti, y los principales: aún estaban
calientes (1).
. Nosotros oímos á aquéllos valientes oficiales pon­
tificios deplorar amargamente, sin que pudieran
tranquilizarse, que no hubiesen llegado al sitio una

(1) Part. gen. de Zappi, en los Doc. man. de los archiv., 5


nov.; R elaciones, esp.; M encacci , 1, c .
' 117
hora antes. «Porque, decian, entre todos, éramos 900
hombres, y teníamos dos cañones; los hubiéramos
hecho retroceder hasta el ángulo, entre el Tlber y el
Tiberon, y nosotros, mercenarios, les hubiéramos da­
do gratis _y de corazon un baño frió.» Mas Garibaldi
desvaneció todos estos sueños rosados con la «con­
tramarcha,» .con que coronó el «brillante reconoci­
miento de las inmediaciones de Boma,» y la estrepi-.
tosa baladronada de los bandos de conquista.
Porque quedaba alguna sospecha á Ca’stella, de
que las masas al retirarse pudieran reunirse detrás
de cualquier poyo remoto, y procurar volver á las
posiciones poco hace abandonadas, dejó una gran
guardia de legionarios y de· zuavos, la cual no tuvo
mas fortuna de guerra que recibir al rey de ííápoles,
venido á visitar los puestos avanzados, como en los
dia's anteriores, se complació en hallarse en los pues­
tos del Vaticano, en las horas mas terribles, para
ofrecer su persona y su espada al Santo Padre.

xcv.
P r e lu d io s d e M entana. V é rtig o d el gab i­
nete italian o que rom pe el confín pontifi­
cio. F u ro r e s de G-aribaldi qu e se rebela,
contra el rey . D o cu m en to s au tén ticos de
lá rebelión.

Mientras Garibaldi, durante los dias 27, 28, 29 y


30, intentaba entrar en Boma, y retirábase casi der­
rotado á las defensas selvosas de Monte Rotondo, el
gobierno italiano sufría también humillaciones, y
golpes mucho mas memorables. Un nuevo gabinete
118
había sido nombrado por el rey, en los momentos en
que salló de Tolon la escuadra del emperador para
socorrer al-Santo P ad re-(1): con todo, el supremo
fin del cambio de los ministros era precisamente
conseguir que las tropas francesas retardasen su sa­
lida; tanto conviene tener juicio á tiempo. Elegido
fue para la presidencia del ministerio el conde Luis
Federico Menabrea, y destinado para gozne maes­
tro de la. política modificada. Hombre Menabrea edu­
cado por su familia en la escuela de la piedad, culto
en las ciencias militares, y valiente en el'campo de
batallaf aunque inepto para los negocios públicos,
como demostró la experiencia. Tuvo mas de una vez
en su larga carrera lampos de honor; pero de todos
renegó, y todos los hizo vanos, mas por ambición de
mayor medro, que por avidez de lucro, No abando­
nó jamás cierta patina'de urbanidad con todos, gas­
tando de proceder honradamente; si bien ha comba­
tido notoriamente en guerras sacrilegas, se daría por
ofendido si alguno le llamase irreligioso. Nosotros
le juzgamos por los hechos, el peor hipócrita de Ita­
lia, porque no simula bondad sino para honrarse
con los buenos, y simula también maldad superior
á la propia, con el fin de que lo toleren los malos,
Menabrea se propuso impetrar con la moderación
tenaz, lo qye Rattazzi habia comprometido con el
atrevimiento engañoso, esto es, la conquista de Ro­
ma. En tal empresa nada hizo, ni nada podia hacer
con plena rectitud, ó con alabanza, Ni siquiera dió
gusto k los malvados. Condescendiendo con la Fran­
cia, reconoció en su primer manifiesto que en la bañ­

il) Discurso de Menabrea en las cam., 5 díc-, en el num . Í8ÍÍ


íie las A das oficiales, y enlaCtt^ Catt. ser. VII, vol. I, pág-115*111)·*
119
dera garibaldina se había escrito «destrucción de la
suprema autoridad espiritual del jefe de la religion
católica,» pero que no podía ser esta la de Víctor Ma­
nuel; confesó que la guerra contra Napoleon III «hu­
biera sido fratricida;»y suplicó á los garibaldinos que
no la provocasen, prometiéndoles que Victor Manuel
trataría la cuestión de los romanos (1). Lisonjeóse Me-
nabrea con esto que llamaba «programa,« de haber
■aplacado la indignación de la Francia, y de que se
le permitiría desarmar también el furor de las sec­
tas italianas con una intervención armada en el sue­
lo pontificio. Así en el mismo parte,telegráfico de la
tarde del 27 de octubre, donde á París anunciaba la
formacion del nuevo gabinete, advertía; «Esperamos
aun que la expedición francesa no se habrá realiza­
do, pero si nuestra esperanza se desvaneciese, y si
las tropas impeciales desembarcasen en Civitavec­
chia, nos creeríamos obligados á dar á las tropas rea­
les la orden de,pasar la frontera,, con el fin de man-,
tener la quietud en el territorio pontificio. Ellas tén^
drán, en tal caso, instrucción formal de evitar toda
■colision con las tropas francesas (2).
Menabrea lo dijo y lo efectuó; Ningún acto podía
pensarse mas injusto, mas pérfido ó mas desatinado,.
Injusto, porque el gobierno florentino invadía un
territorio, contra el derecho de gentes, contra un
tratado reciente, y contra la santidad de. la religion:
pérfido, porque ofrecía socorro no pedido, tramando
debajo de él la traición* Las.palabras de resolver;«la
cuestión de los Romanos,» decían al mundo que Me-

(1) Dimos el lexlo íntegro en el capítulo XCII.


■(2). P a r t .: Lei. de Menabrea á Nigra, en el l i b r e verde, cuest.
rom., pSg, 35,
120
nabrea píamente ansiaba el día en que pudiese, sen-
tado en una mesa diplomática, desposeer y quitar la.
corona al Vicario de Jesucristo'.* en otros términos*
sonaban casi como las de un gendarme que al ase­
sino se llegara y le dijera: Márchate de aquí, bribón»
y permíteme asesinar de graciosa manera.
Mas que injusto y pérfido, el acto de Menabrera,
pareció estólido y puerilmente absurdo. ¿Contra
quién venia el ministro «á mantener la quietud en
el territorio pontificio,» si entraba despues que á fin
de asegurarlo habían llegado los regimientos fran­
ceses? El lector considere qué reputación de juicioso
debió conseguir en las cortes de Europa cuando los
representantes de Italia dijeron que las tropas ita­
lianas no entraron con «ningún fin agresivo, sino
con el de proveerá la tranquilidad del .territorio pon­
tificio. Se les añadirá que eviten escrupulosamente
todo encuentro con las tropas francesas ó pontifi­
cias- Queremos esperar que la Franciano querrá ver
en las nuestraá un enemigo (1).« En el interior ape­
nas hubieron desembarcado los franceses, no tuvo-
noticia, ó dejó correr un parte telegráfico de su'rey,
ccmcebido' en términos muy á propósito para pro­
vocar á la Francia: «Florencia.—Pitti, 30 de octu­
bre 1867. Síndico- de Turin. Tropas francesas desem­
barcadas en Civitavecchia. Tropas italianas pasaron
súbito la frontera. Puede comunicarlo. V íctor M a ­
n u e l .» Bien es verdad que antes de la noche, Mena-

brea se apercibió de la torpeza, y envió otro despa­


cho á París i en que comparecía con el talante de

(l) Part. leL d e Menabrea á lo s representantes del rey cu


Berlín, Londres, San Pelersburgo y Viena, sn oct.; en ei Libro
verde, c u e s t. ro m ., p£íg. 36.
121
un muchacho, que tiembla todo á la vista de los
azotes merecidos. Mientras á los síndicos escribíase
con furia, y con-secreto laconismo, evidentemente
amenazador, en París se atenuaba y excusaba el ma­
leficio: «Las tropas italianas se limitarán á ocupar
algunos puntos próximos á la frontera, procurando
mantener el orden. Llevan instrucción formal de
respetar las autoridades pontificias.» Anadia que
mandaba de súbito ■un oficial italiano & Civitavec-
chia, para dar seguridades al general de la expedi­
ción francesa, sobre las intenciones pacíficas de la
invasión regia, y ponerse de acuerdo con él (1). Nin­
gún ministro del Piamonte, ó de Nápoles, ó de Tos-
cana, ó de Parma, ó de Módena, hubiera querido
suscribir tan miserable documento.
Rechazado una vez el decoro, el ministro Mena-
brea no supo dar un paso sobre la propia vía,
sino que saltarín s ie m p r e o r a arrodillándose y
arrastrándose, ora encabritándose y haciendo bra­
vatas, se revolvió como un ébrio, que todo lo in­
tenta al acaso, sin designio, sin inteligencia, y-sin
corazon. Sustrajo los viveres á los garibaldínos,
acampados al flanco de los regimientos reales, pero
no se atrevió á desarmarlos, sino que mas bien los
hizo m archar adelante, ocupando los sitios por ellos
abandonados; cambió el nombre, pero no supo disol­
ver Icis comités de la guerra sectaria de Florencia y
de otras partes; respondió á los municipios de las
ciudades pontificias rebeladas (falsamente á la ver­
dad) que agradecía mucho sus plebiscitos, pero que
decidía no ■aceptarlos, dando de ello humildemente
razón al gobierno francés que se la pedia desde-

(1) P a r t . Leí. d e M e n a b r e a á Nig ra , 30 o c t . , í , 30 t a r d . , ibi.


122
ñoso. (1): en una nota del 30 octubre habla de «la In­
dependencia necesaria del Sumo Gerarca para el
ejercicio de su misión divina;» y en la línea prece­
dente había insistido en su- propósito de. usurparle
sus estados (2): allí también confiesa que «las tropas
asoldadas del gobierno pontificio demostraron eran
bastantes para defender su bandera;» pero entre
tanto expidió las tropas reales «con el fin de tran­
quilizar los ánimos:» reconoce (el 30) que la inter­
vención imperial «no tiene ningún objeto hostil há-
cia la Italia,« y el 31 publica un documento desver­
gonzado, vicioso, charlatanesco, en que se alaba de
haber pasado el confin, porque la Francia intervi­
niendo ha violado la convención (3).
Con toda esta política serpentina, nada obtuvo
Menabrea, sino conseguir lo que se hace con las ser­
pientes, á saber, aplastarlas con el pie. Su mensa­
jero La Marmora, enviado á París donde llegó el 4
noviembre, fue recibido, si creemos á los periódi-^
eos (4) y á nuestros informes especiales de una ma­
nera muy familiar, que debía desplacer á toda per­
sona de honor;.faltó poco para, que le arrojaran el
guante á la faz. Poco antes de su llegada compare­
cido había en el periódico del imperio una nota dig­
na, cuya sustancia era: No queremos tolerar de
ningún modo, que ocupéis una pulgada de terreno

íl) Par. tel. de Menabrea á Nigra, l'n o v ., ibi, pág, 40, y nota
del 7 nov., pág. 47.
(9) G a t i u f f 30 o c t.t y e n la Civ. C 4 L , se r . VI, v o l. XII,
página 506.
(<j) Id -, id .. 31 id ., id., id . Ihi, pflg. 508.
(4J. Vnivers, 5 nov.; Vnilá CatU, 7 nov.; G a zz . á i M il., garibal­
di na roja, 11 nov..
12 3
pontificio; sois indignos de fe: atrás ó os lanzaremos
á fusilazos (1). La ojrden de la Francia llegó á Mena-
brea el 2 de noviembre, con este comentario peren­
torio: Teneis 48 horas para obedecer. Enfureciéronse
atrozmente los de la secta, mas fue forzoso tascar el
freno.-Menabrea inclinó la cabeza,, y antes de que los
franceses hubieran disminuido un .soldado .del cuer­
po de ocupacion, que era el pretexto confesado para
intervenir, á pesar de su ensalzado derecho , se retiró
espontáneamente (2), y publicó su obediencia en una
nota, en que nada supo disimular: ni el despecho im­
potente, ni la ineptitud, ni el malvado propósito (3).
Si en alguna parte está bien un latigazo, es cierto
en la cara de los-ministros valientes contra los débi­
les. Lo peor fue que la justicia del pueblo italiano»·
del verdadero y gran pueblo, incluso el antiguo Pia-
monte, aplaudió entonces, porque los viejos pia~
monteses, y el mismo Menabrea al frente de la bri­
gada Saboya, hubieran, en justa causa, quemado su
último cartucho, antes que manchar el honor de su
príncipe, y hacerlo ridículo y despreciable en pre­
sencia de Europa, De la deseada injusticia y del cas­
tigo impuesto, tenemos.las confesiones solemnes del
parlamento de Florencia. «Cierto se violó la conven­
ción, exclamaba el diputado Civinini, ora garibaldi-
no, ora realista; violóse porque así plació al gene­

(1) Part. tel. de MousLier á Menabrea, publicado en el Moni-


ieurt 1 n o v . Se puede ver en la C w . C a l t ser. VI, vol. XII, pá­
gina 515.
(2) Discurso de Menabrea en las cámaras, ya citado. Se nota
en las actas, que la frase mas necia de todo el razonamiento
que fue la de espontáneam ente, la profirió el m inistro con fu e r z a .
(3) G azz. u/7-, 3 nov,; en la Civ. Catt., ser. YI, vol, XII, pá­
gina 409.
124
ral Gráribaldi y al comendador Rattazzi. La Italia re­
cibió el daño y la vergüenza.« ^
Enfurecido por la deshonra el ministro italiano
se vengó dos dias despues con mía nota llena de-ve­
neno, en la cual atrevióse á deshonrar desmedida­
mente la cabeza m^s veneranda del universo: incre­
pó ¿quién lo creería? al Santo Padre por no haber
«empleado en beneficio de la religión los tesoros con­
sumidos en supérñuos armamentos; lo declaró fau­
tor de escándalos, é ingrato despreciador de las amis­
tosas ofertas del gobierno italiano, que no pedia sino
«defenderlo y rodearlo de veneración;« y lo acusó
del deplorable derramamiento de sangre (1).« A no­
sotros, al leer tan perversa página diplomática, pa­
reciónos oir la voz de aquel verdugo de corazon
gentil, que degollaba en el baño á un grande de Es­
paña, y venia diciéndole: —Quieto, señor: es para
su bien.—Si creyese alguno, que nuestra pluma es
demasiadamente severa para juzgar á los hombres
públicos, sepa que no los juzgamos nosotros, sino
que los juzgan sus obras. La nota de Menabrea está
en la historia: aunque nosotros callásemos., la nota,
la nota infame hablaría, y hablaría su discurso in­
fame á las cámaras, del 5 diciembre: no por haber
salido una villanía de los labios de un ministro de
estado, es menos villana. Lo es mas por el contrario.
Sépase que en el parlamento francés, habiendo men­
cionado un ministro la sabiduña del gobierno de Me-
nabrea, se levantó un rumor de reprobación: al ha­
blar de su lealtad esperáble, los taquígrafos consig1-

(i) G a z z . u f f . 7 n o v ., y en la Civ. C a t l ,, ser. VI, vol. XII,


página G3Í- V éase tam bién el juicio de este docum ento, ibi»
página 583,
123
naron «movimientos prolongados.·» Fue una eufonía
de los secretarios, para encubrir el formidable tu ­
multo de indignación, que estalló al unir las pala­
bras gobierno italiano y leal (1).
Empero el mas cabal y duradero juicio de los
actos de Menabrea, quedará consignado en la pro­
testa de la Santa Sedé. El 'cardenal Antonelli, que
conoció primeramente la nueva perfidia del gobier­
no italiano, con una comprensión lucidísima y con un
torrente de palabras justas, describió la historia de
la invasión medio regia y medio garibaldina, puso á
la luz del sol los engaños, las insidias y las traicio­
nes, sellando con indeleble ignominia la invasión
aún mas desvergonzada, por haberse renovado bajo
la máscara de auxilio. Se dolió de ello por el nombre
de la casa real de Saboya; mas ninguno podrá quitar
de los anales eclesiásticos «la extraña conducta que
las tropas reales parecen tener con dichas bandas
garibaldinas, que aparentemente lanzadas de un
punto del Estado pontificio se hacen avanzar en otro;
ó, por mejor decir, el pretexto especioso bajo el cual
parece se enmascara esta ulterior invasión inespe­
rada; y que aumenta solo la ilegalidad y el ultraje
de la misma...,. Un hecho tal constituye úna nueva
violacion del derecho de gentes, y una nueva graví­
sima ofensa álos soberanos derechos del Santo Padre,
perpetrada por un gobierno, que despues de haberle
usurpado las tres cuartas p'artes de su territorio, des­
pues de haber dejado meter en lo restante numero­
sas bandas revolucionarias, y despues de haber pro-

(t) Véanse ios principales discursos de las públicas sesiones


francesas en la cía. C a it. , ser. V I, vol. XII, pág. 783 y siguien­
tes: con-mas extensión en los diarios franceses de nov. de 1867
126
curado excitar á la rebelión á los súbditos fieles,
añade hoy la burla á las pérdidas sufridas, para, lle­
gar desde ahora, ó para facilitarse sin duda la con­
sumación de sus pertinaces y nunca negados propó­
sitos (l).»Es difícil recobrar el honor, despues de tal
diploma escrito en nombre del. mas irrefragable de
los soberanos, á saber Pió IX.
He aquí la ganancia del rey Víctor Manuel, al
ocupar el límite del estado pontificio, y m antenerla
él guarnición durante algunos dias. Otro fruto, con­
digno y merecido, fue la manifiesta rebelión de Ga-
ribaldi, admirablemente atizada por la invasión re­
gia. He aquí una historia mas oida hasta hoy por
el buen sentido público, que demostrada con docu­
mentos fehacientes; necesitamos empero llevar la
luz á este caos, que se acumuló en pocos dias, casi
en la víspera de Mentana, y cuyos efectos resuenan
todavía en medio del actual año 1870, en las cons­
piraciones y en las bandas de republicanos, que
oprimen la infeliz tierra de Italia,
José Garibaldi volvía de los muros de Roma con
hiel en el corazon, contra el rey y el nuevo gabi­
nete. En un bando público había comparado al go­
bierno italiano con el pontificio, declarando á los dos
igualmente asquerosos (2). Razón potísima de su furpr
era verse solo y renegado por su gobierno, en el
punto en que mas necesitaba el socorro prometido,
porque un desorden horrible reinaba en su cam'po
despues que volvió á las alturas de Monte Rotondo,

(1) Nota del cardenal Antonelli, 3 n o v ., expedida & ios lega­


dos de la S. S ede. Está en todos los diarios. Véase en la'&i·.
C a lL , ser. VI, vol, XI!, pág. 6LQ.
(2) liando d e s . C olom ba , referido en el capítulo XCtlI.
127
y de Montana. Los ■voluntarios echábanse al suelo
enervados, famélicos, iracundos: oíanse por todas
partes,-quejas contra G-aribaldi, y su estado mayor.
Los~ voluntarios no vacilaban en llamarles un rebaño
de ineptos ó de poltrones. Los"' soldados del ejército
real con camisa roja, juraban que los jefes garibal-
dinos no sabían ni los .primeros rudimentos del arte
militar, que cualquier cabo conoce, y. que los habían
conducido á la empresa de forzar los puentes de Ti-
beron, como si fueran de caza, y se quisiese que los
papalinos prorumpieran en. carcajadas.· No sabiendo
qué contestar, y Aumentando muchísimo el disgusto,
'los jefes garibaldinos desarmaron algunas compañías
de las, mas lloronas, é hicieron que pasasen de nuevo
el confin* Muchos no esperaron ser desamados, y
partieron por su voluntad. «Los voluntarios, cuenta
Guerzoni, unos con fusil, y otros sin él, por su gusto,
sin pedir ni aceptar licencia, se marchaban por pa­
rejas y por compañías (1). Para contener el valor fu ­
gitivo de las milicias voluntarias de Graribaldi,
Fabrizi y Alberto Mario propusieron nombrar un
preboste con archeros, que castigase á los deserto­
res (2). Ignoramos si se hizo realmente.
Los que permanecieron en el campo, reforzadbs
Con nuevas bandas que iban viniendo, diéronse á
levantar reparos y barricadas alrededor dé la ciu­
dad, y ocuparon con mucha gente los puestos avan­
zados distantes del monte Porzi, de Torre Lupara, y
sobre todo de la via Salaría. Allí faltaba fornímento
de campo y hasta víveres. No se tenían noticias de
Nicotera, ni de Acerbi, perdidos juntamente con sus

(1) Gdehzosi, X A h t o l· , a b r . 1868, p á g , 771.


(2) Ib¡.
128 „
famosas alas derecha é izquierda, y se desesperaba
mucho de la insurrección de los romanos: todo pare­
cía que se desgraciaba: no solamente los heraldos del
rey, sino también muchos con camisas rojas de lana
fina querían abandonar la empresa, y llamarse ven­
didos por la fortuna. Un solo punto luminoso infun­
día alguna esperanza': la entrada del ejército real
en el territorio pontificio. Se publicaba en los campa­
mentos que el famoso cordon de vigilancia se había
trasformado en todas partes en columna de ataque,
que Menabrea ejecutaba punto por punto'el engaño
convenido entre Rattazzi y Garibaldi (1), y que los
comandantes regios de los países de Víterbo y Fro-
sinoné fraternizaban con los garibaldínos ni mas ni
menos#}ue los de Córese, próximos al eampo de Ga­
ribaldi. Según Guerzoni, acompañó esta esperanza
á Garibaldi hasta Mentana (2). Él pues, como toda
la Italia, leyendo el marcial parte telegráfico del rey
al síndico de Turin, creyó la guerra italofranca en­
cendida ó inminente, ansiando como ansiaba pelear
con el ejército italiano: así, en los sucesos prósperos
lograría ser alabado eomo iniciador, ó escondería en
los adversos la propia caida entre la común desven­
tura.
Solo que.no tardaron á desengañarle los herma­
nos del comité de Florencia. Le dijeron que. estaba
enteramente abandonado por el ministerio Mena-
brea, que la guerra era imposible, que habia dado
el rey palabra de no ir mas allá del límite de la
frontera pontificia, y de no tirar un tiro contra los

(1) Carta de Garibaldi á loa electores, Caprcra H dic. 1868; y


otros docum entos, citados en los cap. LXI1I, LXYII, LXVIII, etc.
(2) Guerzom, N. A n tol.i 18S8, pág. 774.
129
franceses ni contra los pontificios. Una carta de
Crispí á Bertani, secretario y portanveces general
de Garibaldi, hablaba de lá siguiente manera.
«Caro Bertani, Quisiera decirte muchas cosas, y
lo haré yendo ahí á visitarte. La posicion es difícil,
y con la gente que gobierna no hay que esperar na­
da bueno. Los franceses van á Italia con un ejército
de tres divisiones, y el nuestro no ha entrado en el ter­
ritorio romano con el fin de ayudarnos.
«Dirás á Garibaldi que no se comprometa y
aguarde. Si pudiese volver al reino (el de Nápoles),
sería, mejor. Derro^do él, vendría muy á. menos la
institución de los voluntarios y la fuerza del pais.
Te abrazo. Tu af. F. Crispí (1).»
Estos y otros avisos semejantes acabaron* de des­
alentar á Garibaldi, ya iracundo. En su furor llamó
para que soplasen á los que había mas frenéticos
en el manicomio de su cuartel general. A secundar
la fuerza su propósito perverso, Garibaldi hubiese
llamado al pueblo italiano álas armas: hubiera com-
pelido al rey contra su voluntad á la guerra contra
la Francia, ó le hubiera rebelado toda la Italia. Lo
cual nos consta por varios documentos de su, cuartel
general, caídos afortunadamente en lasmanos· de los
magistrados pontificios; los publicamos según sus
autógrafos, y con las firmas que llevan.
«Monte Rotondo, 31 de octubre 1867. Los que
suscriben convienen en las siguientes consideracio­
nes y acuerdos.
»La intervención francesa en Roma ha cambiado
radicalmente la posicion de los voluntarios.

(1) Carta desde Florencia, 1 n o v ., que nos han dejado leer


autógrafa algunos am igos.
TOMO J7.
130
»La cuestión militar que ya fue honrada por el va­
lor, no es ahora la principal, sino que la política es
la que dehe tener por necesidad el puesto primero.
M nguna hecatombe, por heróica que sea, debe retar­
dar su desenvolvimiento.
»De los patriotas armados para libertar á Roma
espera el país la fuerte resolución de querer cumpli­
do el* programa nacional y salvado el honor de la
patria delante de la invasión extranjera.
«La iniciativa está, pues, en las manos de los vo­
luntarios en armas y de su jefe.
»Mas á fin de que .responda el^país en los novísi­
mos casos al generoso llamamiento, es preciso expo­
nerle con claridad cuál es nuestro programa, falsea­
do deliberadamente por las palabras del rey.
«Por estas consideraciones se propone:
»Enviar de súbito á los amigos de las ciudades
principales una proclama del gen. Garibaldi, de la
cual se presenta un proyecto;
»Organizar la resistencia en las provincias, hasta
vengar ql honor de la nación y cumplir su pro­
grama.
»(Suscritos) General duque Lante Montefeltro de
la Hovere. Boncompagni de los príncipes de Piom-
bino. Á. Bertani. G. Guerzoni. Alberto Mario. N, Fa-
brizi. Missori. Y. Caldesi. S. Canzio. A. Bellisomi.
E, Bezzi. G. Adamoli. M. Garibaldi.»
La redacción de este documento corrió, á cargo
de Agustín Bertani, diputado del parlamento de Flo­
rencia, lo cual inferimos de varias correcciones de su
puño.
Para que los hechos se realizasen, Garibaldi se
conformó con el partido aconsejado hasta por Crispí;
á saber, aguardar en Monte Rotondo, y sostenerse
131
allí todo el tiempo posible: en caso desesperado, echar­
se sobre las montañas del· reino de Nápoles, y que­
dar allí armados, en nombre de la nación. Por esto
la «actitud de expectación, »de que habla oscuramen­
te Fabrizi en su relato; así como «dejar desenvolver
los acontecimientos y desenmascarar las partes,« que
refiere-Guerzoni. He aquí por qué continuaron pre­
cipitadamente las obras de fortificación y redobláron­
se las órdenes á Nicotera de dirigirse á Tívoli, con el
tin de custodiar el camino escogido para retirarse al
reino. Procedióse despues á constituir el comité de
agitación republicana, que se debía difundir por toda
la Italia. He aquí de qué modo lo indica el diario ma­
nuscrito de Bertani, gran canciller de la secretaría
garibalde&ca.
«1 noviembre 67. Monte Rotondo 10 mañana,
»Firmada por el general Ia_proclama de hoy.
»Nombrado el comité ejecutivo para las provin­
cias insurreccionadas, cerca del cuartel general,
compuesto de los siguientes, proclamados por el mis­
mo génerah—Bertani, Fabrizi, Guerzoni, Menotti
Garibaldi, Mario, Missori, Canzio, Vicente Caldesi;—■
sé ha rogado que se agreguen el príncipe dePiombi-
no, el señor Ferri, el señor Costa (el pintor) de Roma,'
y Cucchi, cuando venga.
■ »Léese al general, que aprueba, la constitución
del gobierno de las provincias insurreccionadas, en
pleno comité.
»Conviene encontrarnos á medio dia.»
Para dar alguna norma á las oficinas del comité
ejecutivo, Bertani bosquejó también un proyecto del
Superior, que se habia de fundar cerca del cuartel
general, y en las provincias italianas, que se adhi­
riesen.
132
;1.° «El comité ejecutivo para las provincias insur­
reccionadas se constituye nombrando su presidente,
y secretario, gubdividiendo las tareas;
2.V »Organizar un servicio para los partes y cor­
respondencias. .
3.° »Crear el protocolo y la expedición,
4·° »»Crear la secretaría-
5.a »La sección política de la provincia romana y
de los comités, .
6.° »La sección de tesorería y caja.
7.° »Id. de los medios de guerra é informaciones
militares.
8.* »Id. de vigilancia y pública tranquilidad y se­
guridad pública
9.° »Id. de justicia civil y militar.
Parece que este bosquejo de gobierno provisio­
nal, que debia sustituirse al del Papa y al de Victor
Manuel, no desplació á los señores del comité ejecu­
tivo, cuando reunióse bajo la presidencia de Garibal­
di, pues hallamos que incontinenti se redactó u a
documento para imprimirlo, en los términos si­
guientes:
«A los pueblos de las provincias romanas insur­
reccionadas.
»Para dar mayor unidad y eficacia á vuestras
aspiraciones y á vuestros esfuerzos, á fin de llegar
mas prontamente á la liberación de Roma capital de
Italia, proclamo é instituyo en vuestro territorio un
comité ejecutivo de las provincias insurreccionadas*
«Su misión principal será disponer y proporcio­
nar todos los medios necesarios para la guerra santa
contra los opresores de Boma, dirigiendo según los.
principios de la libertad y de la justicia la adminis­
tración de las cosas públicas.
133
«Cada ciudad, ya capital de provincia, constituirá
otros'tantos comités elegidos por sufragio libre en­
tre los mas insignes y probados ciudadanos, los
cuales dependerán del comité central instituido por
mi, del que recibirán norma y dirección.
»Los comités provinciales tienen el deber y la or­
den de fomentar la formacion de juntas locales en el
radio de las respectivas provincias.
»El comité central seguirá funcionando hasta que
se reivindique Roma y se proclame un gobierno per­
manente, mediante un plebiscito.
»Monte Rotondo, 1 noviembre 1867.
. »El comité central arriba mencionado se compone
de los siguientes, con la facultad de añadir otros en
caso necesario: Agustín Bertani, Nicolás Fabrizi,
I. Boncompagni de Piombino, Alberto Mario, Menot-
ti Garibaldi, José Guerzoni, Félix Ferri, José Misso-
ri, Vicente Galdesi, Esteban Canzio, duque Lante de
la llovere.
«Visto J. Garibaldi.»
Sigue el aeto de la aceptación de Lante, Bertani,
Guerzoni, Boncompag’ni, Mario. Otro manifiesto re­
dactó también el infatigable secretario Bertani, diri­
gido á los italianos: es precisamente la proclama an­
tes referida.
«Monte Rotondo, 1 noviembre 1867.
»Hemos venido armados de todos los puntos de
Italia hasta los muros de Roma, con el auxilio y el
aplauso de todo el pueblo italiano.
»Aunque no hemos pedido autorización del go­
bierno que legalmente representaba el país, com-
pelido este por la pública opinion ha debido favorecer
eon hechos, mas que hostilizar nuestra empresa:·
, »Somos en el camino de Roma los precursores del
134
pueblo. En la bandera levantada de nuevo está es­
crito: «abolicion del poder temporal del Papa, Boma,
capital de Italia, libertad de conciencia, igualdad de
todos los cultos ante la ley.»
»Tal era también la bandera del pueblo romano,
cuando el 22 y el 34 octubre con desesperado y h e -
róico esfuerzo procuraba tendernos la mano, y abrir­
nos las puertas de Roma,
»Esta y no otra es la causa por la cual combati­
mos. Contra nosotros están solamente los que han
olvidado de Roma hasta el nombre y conspirado para
el retorno del extranjero al suelo italiano,
«La convención de setiembre violada ya impune­
mente por el emperador francés, no podia tener
nunca por objeto impedir á la Italia la revindica-
cion de su capital.
»El irrevocable compromiso de honor tomado por
el gobierno con el pueblo era y es la Italia una c in ­
divisible. Cuando un gobierno falta á un compromiso
tal, el pueblo le sustituye y sálvase á sí propio.
»Amigos y hermanos del pueblo francés oprimido,
recaiga sobre los prepotentes provocadores y sus·
cómplices la responsabilidad de los sucesos.
»Confiados en el derecho y en el honor nacional,
protestando contra quien le vende y contra la nueva
invasión extranjera; confortados por las simpatías
del ejército y por la idea de que sentirá primero que
los demás el ultraje inferido á la nación, llamamos á
las armas al pueblo italiano, seguros de que no nos
dejará solos en la via sagrada de Roma, y de .que
con su fuerte voluntad y con su brazo reivindicará
la dignidad ultrajada, defendiendo la libertad de la
patria que está en peligro. Firmado: José Garibaldi.
»N. B. Hacer publicar súbitamente la proclama
135
de Garibaldi, é imprimir muchos ejemplares en for­
ma fácil para difundirlos. Entenderse con los ami­
gos y constituir comités de defensa nacional. Poner­
se en relación directa y segura con el ejecutivo de
las provincias insurreccionadas, cerca del cuartel
general.
»Por el comité ejecutivo, A. Bertani, J. Guerzoni,
I. Bohcompagni de los príncipes de Piombíno, Mis-
sori, N. Fabrizi, L. Ganzio, J. Guerzoni (por segunda
vez).*
Este documento fue publicado en la Gazxetta del
popolo de T urin, el 7 noviembre, y quizá en otros
diarios garibaldinos, de los cuales lo tomó Macchi en
su EpopeyadeM eníana: mas todos omitieron su nota y
sus firmas. Para los soldados de la camisa roja es­
cribióse una orden del di a, rebelde de un modo mas
furibundo y manifiesto. Fue desmentida como apó­
crifa por el diario llamado de la corte garibaldina, ó
sea por la R iform a de Florencia; mas sin razón, por­
que el bando fue leido é intimado efectivamente en
los cuarteles de Monte Rotondo, según lo afirma
Vitali y aun Macchi, alterando con todo las pala­
bras (1), Nosotros lo leimos y se diferenciaba poco
del publicado por la Gazzeta di Milano y por lá Nazione
de Florencia: lo trascribimos según el original, fir­
mado por J. Garibaldi. S e g ú n lo que podemos juzgar
de su mano y de los rasgos característicos de su
pluma, todo es de su puño y letra» y quizás parte de
su mente,
«Orden del dia. Monte Rotondo l Il/ G7*
»Él gobierno de Florencia—ha hecho invadir el

(1) Y itali, Le dieci giomate, p á g . 195. M a c c i , Epvpea di Huntana,


n .'X tl.
136
territorio Romano—por nosotros conquistado con
sangre preciosa—sobre los enemigos de Italia.
»Debemos acoger á nuestros hermanosdel ejér­
cito—con la bondad de costumbre—y ayudarlos A
lanzar de Roma—los mercenarios extranjeros soste­
nedores de la tiranía.
«Mas si pactos infames—parecidos á la vil con­
vención de setiembre —impulsasen él jesuitismo de
una consortería repugnante—para hacernos dejar
las arma'k á fin de obedecer las órdenes del Dos Di­
ciembre—entonces recordaré al Mundo que aquí—
yo solo General romano—con plenos poderes—del
único Gobierno legal—de la República romana—ele­
gido con- sufragio universal—tengo el derecho de
conservarme armado—en este territorio de mi juris­
dicción— ;
«Y que si estos voluntarios campeones de la li­
bertad y unificación italiana—quieren á Roma capital
de Italia cumpliendo el voto del Parlamento—y, de
la Nación—no depondrán las armas—sino cuando la
Patria sea un hecho—la libertad de conciencia—y
de culto-edificada sobre las ruinas del negrom antis-
mo— y los soldados de los tiranos—fuera— J. Gari­
baldi.»
No sabemos con certeza quién recibió el encargo
de sémbrar en Italia con tales bandos la insurrección
civil y militar contra Víctor Manuel. No dejará de
ser conveniente para el que pueda referir la historia
enlp sucesivo, copiar aquí algunos nombres que ha­
llamos en una minuta, al respaldo de la cual estaban
escritas las instrucciones para los mandatarios, con
fecha del 31 de octubre. «Ved á Luvini, Crispí, Oliva
y Caldesi.Florencia, Bolonia , Ferrara— Riboliy Cucchi.
Turin, etc . Milán, etc. Venecia, de.—Mosto.L ig u ria , E m i­
137
lia — Faustini. Umbría, Perusa centro Julio Zucchetti
y am igos—Elía, Marcas, centro Ancona— Salomone,
Abruzos.—Carbonelli y Nicotera—Calabrias.— Tierra de
Lavovo, Puglie, Nápoles,— Muratori. Sicilia y Cerdeña.»
No creemos que todos los designados en este pedazo
de papel, por mano de Bertani, aceptasen la invita­
ción; por el contrario (queremos ser justos) es cierto
que las palabras insinuadas por Bertani en la minu­
ta de las instrucciones: «Armar al pueblo» fraterni­
zar con el ejército, etc.» no se aprobaron en el con­
sejo; Bertani las omitió al recordar en el Diario lo
hecho y además no se leen en las copias firmadas
por los consejeros. Quizás se reservaron para el celo
de. los embajadores.· Para la prensa, envióse á Vir­
gilio Estival á.Terni, y en el Ínterin se despacha­
ron copias manuscritas, por Danesi á los amigos de
Gónova, por el profesor Teodoro Ricci á Nicotera, y
por el doctor Luis G-ualterio á Acerbi. Antonio Bo-
naldi partió al Véneto, Luis Casanova ¿ la s Marcas,
Liverani á Ancona, Ovídi á Perusa; el diputado Reg-
noli fue destinado á la Umbría, y Augusto Donati
quedó hecho embajador para el doctor Bottero del
Piamonte. A Emilio de Girardin expidióse tamhien
una copia del bando (1). Si la recibió y publicóla no
está bien claro; pero sí que en aquellos dias comba­
tió á la Francia, en su periódico L a Liberté, por de­
mostrarse ingrata á los beneficios recibidos de Italia;
concepto nuevo, confirmado con orgullo por los pe­
riódicos garibaldinos (2).
Tales tizones de guerra civil lanzados desde
Monte Rotondo en .medio de Italia no produjeron

(t) Diario y carias garibaldinas antes citadas.


(2) G a tz . del p o p . de Turin, 4 nov.
138
aquel incendio formidable, que Garibaldi y los repu­
blicanos que lo atizaban se habían prometido. Todo
se redujo á motines de plaza, é insultos al rey, á Me-
nabrea, y á Francia que llenaron los periódicos, pero
que no merecen una línea en la historia. Era un
echar espumarajos rabiosos por las juntas secta­
rias, sin la intervención del ejército ni de los ciuda­
danos; así como una tempestad-como las que se dis­
ponen con olas de carton en el palco escénica. El
monarca se mantuvo fírme en su miedo á las bayo­
netas de Francia, Menabrea lo confirmó en él, y la
Francia, con gran disgusto de Menabrea, del rey, y
de Garibaldi, llegaba con sus buques á Civitavec­
chia.

XCVL
D e s e m b a r c o d e lo s f r a n c e s e s . C o n s e jo s
d e g u e r r a d e lo s A lia d o s .

Habían precedido varios dias cinco pequeños bu­


ques de guerra á la llegada de la ñota: el mayor de
ellos, la corbeta Catón , no llevaba, mas que 6 caño­
nes y 129 hombres de tripulación. También fondea­
ba en el puerto el Mindélo, hermoso vapor militar
expedido por la España católica con otros buques
menores, despues de los cuales llegó el 30 de octu­
bre la fragata Villa de Madrid, que por su gran mole
hubo de anclar fuera. Tan débiles fuerzas tenían la
orden de contrastar á las acorazadas de Italia, no bien
se presentaran en Civitavecchia. En Tolon jamás
hubo flota en armamento ó de viaje, que mas sus­
citase los estudios apasionados de aquella poblstcion
marina. Hacia unos diez dias que la rada y el puer-
139
to habíanse convertido en punto de reunion: un
admirable buque blindado, el Solferino, ostentaba
bandera de almirante, bajo las órdenes del vice­
almirante el conde Luis de Gueydon. Trabajábase
allí para reunir víveres, carbon y provisiones; llega­
ban precipitadamente oficiales, infantes, caballos,
del genio, carga, y artillería que llenaban las baja­
das de los muelles; la brigada Polhés, de la division
Dumont, fue la primera en ir á bordo con gratifica­
ción de partida, pagada la mitad en el cuartel de
movimiento, y pagadera la otra en Civitavecchia.
La escuadra primera estaba en disposición de
zarpar el 18 á medio dia, mas el general conde de
Failly, ayudante de campo del emperador, nombra­
do generalísimo de la expedición, continuaba aún
en tierra. Desde ella daba un bando firme y claro
sobre el objeto de aquella, que llenó de jubilo á la
armada y á la nación toda. Solo que trasladado á
bordo de la nave del almirante el cuartel general,
expidió desde allí una contraorden suspendiendo la
partida, y ordenando que las tropas desembarcasen>
y se acuartelaran en los alrededores. Tolon, y los del
puerto continuaron en duda dolorosa hasta que lle­
gó de París un parte, levantando por decirlo así, el
secuestro á las esperanzas de la cristiandad. Esto
sucedió el 25 de octubre á las 2 de la tarde. Enton­
ces la ñota de combate y de carga iza bandera de
marcha; los capitanes de marina llamado^precipita-
damente saltan sobre los esquifes, y vogan hácia su
puesto; exáltanselos ciudadanos al ruido de los tam ­
bores que tocan generala por todas las calles; las
masas de los cuarteles lejanos vuelven á marcha for­
zada; filas de hombres y de bagajes, como rayos al
centro, convergen al puerto, y en toda la noche no se
140
descansa en el arsenal; en los talleres y en los de­
pósitos, vigilan los obreros los trabajos; el prefecto
marítimo y loa jefes de servicio no cierran los ojos:
corre la voz de que partiráse al día siguiente. Los
ancianos de Tolon dijeron que no conservaban me­
moria de un embarco mas solícito ni mas ordenado.
Baste decir que á las 16 horas la escuadra partió con
6 grandes acorazadas de guerra, cuatro onerarias, y
4000 hombres de desembarco (1)..
Ya referimos, hablando de las negociaciones en­
tre el gobierno francés y el florentino, que la prime­
ra división naval no se apartó efectivamente de la
costa de Tolon antes de otras 11 horas de angustia
para los espectadores y la tripulación (2): con..todo
el gran retraso vino á compensarse con el vigor
de la última consigna. Contenia, entre -otras, esta
orden «Si la-flota italiana se detuviese delante, pasad
mas allá.»Asínos lo contaron quienes lo supieron de
huena tinta, estando á bordo. Por esto iban el bu­
que Solferino, y las cinco fragatas la Novmandie, la
Couronne , la Revanche, la Provence y la Invencible, que
rompían el mar delante del convoy. Por tal orden
sentía cada uno de los marinos y de los soldados
hervir su sangre, hasta el punto de que no bien se
hallaron en alta mar, dieron á porfía toda su fuerza
al vapor, para librarse de nuevas contraórdenes.
Descendíase á lo largo de las costas italianas con
todos los cañones cargados, investigando el horizon­
te con los anteojos, por el ánsia de descubrir buques
de guerra de Víctor Manuel. Uno solo se mostró en
lontananza en los parajes del Elba, y seguido, huyó

(I) Cartas y partes tel. de Tolon, en los per.; Relaciones esp.


(3) Cap. L X X I, R uptura de ¡as negociaciones.
141 ,
con suma rapidez; la remanente armada de la Spezia,
al primer parte telegráfico de la escuadra salida de
Tolon, olvidó su pasada osadía y las amenazas con­
tra los buques pontificios inermes casi, volviéndose á
sus puertos, sin hacer nada.
Qtiejábanse los periódicos de Florencia del 28, de
haberse descubierto Ig, bandera francesa ondear en­
tre la isla del Giglio y el monte Argentaro. El Monitor
de Paríá1 anunciábala al mismo tiempo llegada de-"
lante de Civitavecchia; y á fin de aplacar al público
lleno de impaciencia, añadía que Roma continuaba
serena, bien guardada; y que las hordas garibaldi-
ñas aún distaban muchas millas de las murallas*
En verdad, la escuadra no había- llegado aún, y si
prevalecía en Roma la confianza, en Civitavecchia
inclinábanse al desaliento. Sabían sus habitantes
que las tropas pontificias se concentraban en la ca­
pital, que las piamontesas aproximábanse á Orbete-
lio, y que las naves enemigas habían corseado hasta
el dia precedente á su vista. Toda entena que se
veía en el horizonte era examinada y estudiada por
cien anteojos: si no era italiana, disminuía el temor
del bombardeo. La menor angustia no era para el co­
ronel d’Argy, comandante superior de la plaza, por­
que si bien estaba en disposición de resistir por mar
y por tierra, por no ver en la mañana del 28 una
escuadra que el telégrafo anunciaba (falsamente) sa­
lida de Tolon al amanecer del 26, dudaba en su co-
razon. «Estamos alerta, escribía al ministro Kanzler:
no dejamos de mirar para ver la escuadra y no la
vemos,.... No pienso sino en-la escuadra y en li­
brarme de las asechanzas del Piamonte, que puede
venir ámolestarnos por mar y por tierra.» A las dos
y media de la tarde insistía: «Aun no se ha visto
.142
la escuadra: está el mar espantoso, fuerte viento, y
olas inmensas contra tierra (1).
Despues de que pasó la tarde, la ansiedad de los
de Civitavecchia llegó al parasismo. Todos estaban
sobre los muelles, sobre las azoteas y sobre los te­
jados: la flota del puerto tenia desde la mañana los
gavieros sobre los mas altos pendones de los árbo­
les: Vimos el espectáculo de una poblácion afanosa
por estudiar la marina desierta, que se prometía los
horrores de la guerra ó la seguridad de la paz, se­
gún despuntase una bandera italiana ó francesa:
verdaderamente afirmamos que si tal vista entrar
puede por los ojos y sentirse, no puede con palabras
.bosquejarse. Al fin, hácia las cinco, se comenzó á
vislumbrar humo que se difundía por las aguas occi­
dentales; creciendo por instantes, se tuvo la certeza
de un vapor, reconociéndose una fragata de guerra
y la bandera de Francia. Prorumpia el gozo popu­
lar separadamente, según que cada uno asegurábase
con sus ojos del ansiado suceso; propagábase y au­
mentaba al comparecer nuevos mástiles en la extre­
midad del horizonte. Entre tanto el Catón del puerto
hablaba ya en lenguaje de mar, con la nave de van­
guardia á la vista, la cual entre los muy grandes
caballones que daban sobre su flanco, dirigíase al
puerto: cabeceó un poco, y disparó un cañonazo.Dos
avisos salieron á encontrarle con un piloto: poco des­
pues toda la escuadra descubríase á simple vista, mas
por ser la hora tarda, los buques de gran porte, y ha­
llarse las olas cabalgadas por el viento de través,
fue imposible llegar á tierra. Para mayor seguridad

(!) Carlas y partes tel.; varios papeles en los Doc. man. de


tos arcln , de estos dias; Heh esp .
143
retrocedió la armada en plena mar. Los ciudadanos
viéronse libres del terror de ofens as por aquel lado:
un ataque solamente por tierra, se juzgaba poco te­
mible.
No hay que decir que las nuevas volaron á Boma
por el.telégrafo, para confortar al Santo Padre y sus
ministros: sucedíanse los partes . continuamente, á
cada novedad da momento: el general de las armas
hacia desocupar cinco cuarteles para recibir los ba­
tallones de socorro, que invitados fueron á dar guar­
nición en Roma, no bien desembarcaron, con el fin
de poder expedir incontinenti las fuerzas para res­
catar las provincias de los opresores. Entre las mu­
chas cartas por las que supo la llegada de la flota,
queremos referir una literalmente, por respeto al
nombre que la suscribe, nombre que la historia del
honor pontificio y francés unidos por alianza* deberá
escribir entre sus mas caballerescos defensores, «Pa­
lacio Colonna Junes álas 9. He aquí, por fin, mi que­
rido general, el término de vuestras gloriosas fati­
gas! Recibo de Civitavecchia el anuncio de que nues­
tra escuadra, compuesta de seis fragatas acorazadas
y de cinco ¿avíos onerarios con las tropas, está á
diez millas-en el mar, donde pasará la noche. Vos y
vuestros soldados valerosos podéis descansar una
vez de tantas fatigas. Vuestra gloria y la del ejérci­
to pontificio asegurada queda en la historia. Es pre­
ciso coronarla con una victoria común con nuestro
ejército contra los 5000 picaros (cogwíns), que han
venido á visitarnos. Mil felicitaciones y de todo co-
razon, Á rm and (1).»
En tanto que la flota francesa, empujada por el

(1) Doc. man. de los arch., 28 y 29 oci.


144
viento contrario, alejábase de la costa, no dejaba de
espiar todo bastimento de navegación sospechosa:
dos veces por la noche encendió los fuegos de á las
armas, y aun en los dias siguientes envío de cuan-
do en cuando, un buque corredor para" que hiciese
pesquisas y examinase las aguas circunstantes, Al
dia siguiente del arribo, habíase apartado tanto de
tierra, que á duras penas rompiendo las olas enor­
mes aún, se pudo presentar delante de Civitavec­
chia á las 4 de la tarde. Fue un espectáculo grande
y delicioso. Las acorazadas se colocaban en orden de
recibir al enemigo; el Solferino en medio, sobresa­
liendo mucho, con la popa rasa y cortada, negros
los flancos é inmóvil al flote, parecía semejante á
una roca crecida de improviso en medio de las on­
das. De vez en cuando veíase un collar de banderas
pintadas serpentear sobre sus obenques hasta las
cumbres altísimas de los manteletes, y corresponder
una ó mas naves del convoy, haciendo que ondeasen
gallardetes semejantes; pronto salían, ó se agita-'
ban, ú obedecían de otra manera la orden indicada.
Desde lejos las cubiertas de las fragatas ó buques de
trasporte parecían las antiguas galeras, y eran las
filas de soldados que cubrían los toldos y los casti­
llos. Asi habían navegado.
A una señal de los capitanes., abríanse en va­
rios lugares de una misma nave los portillos de las
entrecubiertas, se desenvolvían las escalas de mando,
y un torrente de armados bajaba para meterse en las
o^rquillas caladas de bordo, ó en los pequeños, vapo­
res pontificios acercados para el desembarco. Entre
tanto se habían también echado á.porfía los bateles
de remolque, que calentaban sus vivacísimas máqui­
nas de hélice; no bien veian llenos dos ó tres esquí-
145
fea, les echaban un cabo en que apoyarse, y mar­
chaban silbando al desembarcadero. Del puerto h a­
bíanse retirado los barcos á la dársena, concentrán­
dose en los muelles el remanente de la flota, por lo
cual penetrando allí por dos entradas aquellos ágiles
barquillos fumantes, llevando tras sí lanchas atadas,
diseñaban curvas y giros sumamente veloces en to­
das las calas. Así cien barquillas entrelazábanse á
un tiempo, atestabas de uniformes de varios colores
y brillantes por el acero, por las banderas, por las
águilas, y por las charreteras de plata: parecían un
vasto baile de aldeanos, sobre pavimento de cristal,
Pero no se divertían, porque de aquellas capaces
conchas de hierro (tales eran las urniciones, que se
componen de piezas, desmontándose síes preciso) sa­
lían centenares de soldados: tocar tierra, reunirse
en compañías, y hallarse á punto de entrar en cam­
paña, era una misma cosa. Les acompañaban el go­
zo y los plácemes de los ciudadanos. Antes de la no­
che la ciudad rebosaba de toda clase de tropas, que
se acamparon en las plazas, bajo las arboledas del
paseo, en las medias lunas, al pie de las murallas, en
el .campo atrincherado, y sobre las colmas circuns­
tantes. Siguiendo en los días posteriores el desem­
barco de estay de la segunda escuadra, los basti­
mentos,de carga entraron en elp u erto dos ó tres
cada vez; arrinconaron la popa á los desembarcade­
ros* ó se dirigieron á las banquetas,y aun al canal de
la dársena, donde pusieron los puentes sobre la ori­
lla murada: en poco rato evacuaron aquellos gran­
des serios tan apretados que no se veia nada vacío.
En cuyos difíciles manejos.de naves enormes se ma­
nifestó no solola, destreza, sino también la intrepl·-
dez del capitan pontificio del puerto Juan Giacchetti,
tomo. iv- 10
146
ahora difunto: causó estupor á los mas expertos co­
mandantes de la flota y al mismo almirante, que con
sus. activas gestiones le proporcionó premio insigne
en la legión de honor, y cerca del gobierno pontifi­
cio. Despues se hizo el descargue con maravillosa
celeridad: caballos, parques de artillería, municio­
nes, víveres y bagajes, crecían á montones en torno
de las calas: todo el cuerpo de ejército habia desem­
barcado, y se contaba con todo h í preciso para la
guerra, en menos de 7 días.
Comprendía la flota 28 bastimentos, entre los que
contábanse 7 grandes acorazadas de batalla: los de­
más eran de carga, mistos, ó barcos menores. Tres
contrahniraníes, bajo Gueydon la mandaban: el des­
embarco fue dirigido por uno de ellos, Laffon de La-
débat, que desplegaba bandera sobre el aviso P henix.
Llevaban dos justas divisiones de ejército, mandadas
por los generales Dumont y Bataille, veteranos de
campañas memorables. La tercera división fue dete­
nida por las negociaciones del gobierno italiano, y
mas aún por haber renegado pronto Vicfcor Manuel
de los plebiscitos garibaldescos del territorio pontifi­
cio, asi como por haber dócilmente llamado á las
tropas reales, enviadas mas allá del confin.
Antes de bajar en Civitavecchia la brigada estu­
vo é¡ las órdenes del general Polhés, que luego se
batió en Mentana; con él además.Dumont, general
de la división, y el capitan general Failly. Una .vez
en tierra, Failiy celebró consejo de guerra con.el co­
ronel d’Argy, comandante superior de la plaza, que
fue ya su compañero en la- campaña de Lombardía
en 1859; poco despues llegó de Roma el mayor Un-
garelli, del estado mayor general y jefe de gabinete
del ministro Eanzler. En este consejo se tomaron
147
varias resoluciones relevantes: que d*Argy siguiese
mandando; que los caminos que conducen á Civita­
vecchia se fortificasen fuertemente, para lo cual
fueron expedidos de súbito á Corneto, á la Tolfa y á
Palo., tres batallones franceses; que se reforzase
Roma con la guarnición pontificia de Civitavecchia,
á medida que la reemplazaran las tropas francesas,
y con las del coronel Azzanesi, llegadas entonces de
Viterbo, y detenidas por el ministro de las armas,
casi con el designio de volver á la guerra ofensiva
en el país de Viterbo; y que una buena parte de
las tropas desembarcadas partiese al dia siguiente á
Roma con el brigadier Polhés, ya conocedor del ter­
reno: se añadió que antes de mover nada en lo suce­
sivo se aguardara el cuerpo total de la expedición, y
que en caso de combate se concediese á los pontifi­
cios, como lo pedían, el puesto de mas peligro (1).
Todo salió á medida de los deseos de los coman­
dantes pontificios. Al pueblo causó gran satisfacción
el banjdo imperial, fijado incontinenti en Civitavec­
chia y en Roma, que decía, en francés y en italiano:
«Al pueblo romano. Romanos; el emperador Na­
poleon nuevamente manda un cuerpo expedicionario
á Roma para proteger contra los ataques armados de
bandas revolucionarias el Santo Padre y el trono
pontificio. Vosotros nos conocéis hace mucho tiem­
po. Como siempre, venimos á cumplir una misión
completamente moral y desinteresada. Os ayudare­
mos á establecer la confianza y la seguridad. Nues­
tros soldados continuarán respetando vuestras per­
sonas, vuestras costumbres, y vuestras leyes. El pa-

(1) Muchísimos part. tel. y actas en los Doc. man. de estos


dias; .R eí. esp.; Mencacct, La m ano de Dios, III, pág. S32 y sig.
148
sadolo garantiza. Civitavecchia, 29 octubre 1867. El
general en jefe del cuerpo de expedición francesa.
DeFailly.»
Al entrar en la plaza de Termini los prime­
ros 1200 franceses, mandados por el general de
Polhés (fue á las 4 de la tarde del 30) adquirieron los
ciudadanos grandísima confianza: se creyó de veras
en la intervención, y se.depuso todo temor á las ar­
mas de Garibaldi ó regio-garibaldinas. No contare­
mos aquí los aplausos y los saludos clamorosos de
gratitud con que fueron recibidos los franceses: el
bando referido les habia preparado una verdadera
ovacion popular. Un espléndido ponche fue ofrecido
en el casino militar por los oficiales de la plaza á los
recien venidos, que. correspondieron á él solemne­
mente despnes de Mentana. Al dia siguiente la plaza
de Roma consignóse al general Polhés; compañías
francesas dieron la guardia en algún puesto avan­
zado, una batería que vino pronto fué colocada en
el· castillo, y los artilleros pontificios levantaron so­
bre el asta la bandera del emperador al lado de la
del Papa. Entonces por fin tuvieron'una hora de
respiro las tropas de S. Pedro. El general Kanzler,
que ante todo pensaba en contrarestar al enemigo
en las provinciasdespachó un tren directo, y fue
á dar la bienvenida al general de la expedición im­
perial, como también á deliberar con él, en Civita­
vecchia. Era el 1.· de noviembre, por la tarde (1).
No menos que el pontificio anhelaba prontas y
formales operaciones el general francés. En el con­
sejo sin embarg*o se discutieron varias opiniones.
Naturalmente surgía el recuerdo de las desventuras

(1) Muchos id. en los id ., id. d é lo s arch., 29, 30, 31 oct.


149
experimentadas recientemente por las armas impe­
riales, en Méjico, á causa de no haber estado el valor
acompañado de la prudencia: se dijo, que las huestes
garibaldiñas se habían rehecho con soldados de or­
denanza y aumentado hasta formar un ejército, como
también que el legado francés calculaba que tenían
á lo menos 10.000 combatientes (1), fortificados en
posiciones magníficas, al paso que las tropas del
Papa con todo el auxilio llegado á Roma, no podían
presentar batalla, sino en número menor, y en lugar
elegido por el adversario. No se debían tampoco per­
der de vista las tropas reales, porque si bien las ins­
trucciones de París decían que no se las molestase
con las armas mientras hubiese esperanzaste echar­
las fuera pon amenazas, y Menabrea por otra parte,
juraba desear concordia con el comandante del des­
embarco, tratábase de un gobierno desleal, que de­
masiado bien sabría faltar á la fe jurada, y acudir en
ocasion propicia para el desquite de G-aribaldi. Aun
sin-tal traición, ¿quién podia responder de que la cre­
ciente marea republicana no pasase los diques, no
destruyese de un golpe el trono de Víctor Manuel, y
no llevase el ejército contra Roma? En tales casos,
comprometido con las armas hasta el honor de la
Francia, sería forzoso sostener la lid á todo trance,
y acaso presentar el flanco en desigual conflicto. Pa­
recía pues, mas prudente aguardar que á lo menos
una cabal división francesa estuviese en disposición
de guerrear, y se hallase constituida una fuerte base
de operaciones.
No se puede negar que tales opiniones se- funda­
ban en..,graves motivos. Sobre todo el temor de un

(1) it&ro am arillo, part. t e l., 1 nov.


150
movimiento republicano prevaleciente en Florencia,
resultaba fundado. Vimos antes cuánto trabajó al
efecto la secta m a úm ana y su cimbel José Garibal­
di: los periódicos vendidos parecían tocar á rebato:
nosotros recibimos cartas aquellos di as del corazon
de Italia, en las cuales se lela: «Opinión general de
cuantos encuentro es, que se prepara la república.»
Y el ministro Kanaler tanto lo sabia, que antes de
dirigirse á Civitavecchia habia dicho por el telégrafo
al general Courten, salido para recobrar á Velletri:
«Quedan suspendidos los refuerzos..... hasta pasado
mañana. Se duda si estallará la república en Floren­
cia. Por tanto guerra considerable. Formaría enton­
ces dos brigadas. La suya sería regimiento de zua­
vos, regimiento de línea, gendarmes á pie y á caba­
llo móviles, batería Polani (1).
Esto no obstante; para el partido de batallar súbi­
tamente, habia buenas razones: se impediría con la
celeridad la union de Nicotera y Acerbi con las hor­
das del centro; la ventaja del número y del sitio su-
peraríanse con el ardor del combate, toda vez que los
pontificios entonces se consumían de impaciencia. No
era necesario para batir á los gáribaldmos atacar en
los puntos ocupados por las tropas reales; Menabrea,
m> provocado, estaría contenido por un resto de hon­
radez, ó por el terror; la república, si nacía, veríase
nacer; quedaba en caso preciso á los aliados abierta
la retirada á Roma, mientras Civitavecchia, ya inex­
pugnable, recibiría las fuerzas remanentes de la ex­
pedición. Sumo y supremo motivo: una salida pronta
daba esperanza de sorprender al enemigo aun sobre
el terreno; una dilación dábale tiempo para repo-

(l) Doc. m an. d é lo s arch., 31 o c t.


151
nerse y retirarse; si Garibaldi no salia sin solemne y
sangriento castigo, él y los suyos se jactarían como
si hubiesen logrado una señalada victoria, y serla
nías fácil á los salteadores rehacer la gente é inten­
tar de nuevo la empresa; entretanto por la fallida
ocasion ganaría poco el ejército pontificio, queján­
dose además extraordinariamente.
Nunca fue difícil persuadir á generales franceses
de tomar una'resolución arriesgada: fue facilísimo
convencer al generalFailly, fresco de la guerra de Ita­
lia, é impaciente, como decia, de blandir las armas.
Los dos oficiales resolvieron poner manos á la obra,
sin otra dilación que la necesaria para reunir las tro­
pas y marchar. Quizás de aquí sacaron pretexto los
diarios gáribaldinos para representar como fanáticos
á todos'los comandantes franceses venidos al socorro
del Santo Padre. Con tal fanático acuerdo, pues, voló
á Roma el capitan general pontificio al anochecer,
hizo los aprestos al dia siguiente, y se movió por la
noche á la vuelta del campo garibaldino (1).

XCVIL
D e sig n io s y fu erzas de G aribaldi en M en­
taría. S e dispone la expedición franco-
.pontificia.

j Admirable cosa! José Garibaldi conoció perfec­


tamente la llegada de la escuadra francesa, el in ­
greso del socorro en Roma,-los preparativos de la.

*(1) Part. gen. deKanzIer, pág. í6; Part. del gen. Faillv, en el
M oniteur, 11 nov., y en la Ctu. Caíí., sér., VI, tom . XII, pág, 717;
D oc. m an. de los arch., en estos dias; R elae. especiales.
152
marcha sobre Mentaría, y sin embargo,, lo supo ha­
cer tan bien, que no asaltó, ni se retiró, ni esperó á
pie firme sino que* mas bien vino muy á punto para>
ser derrotado' parecia que Dios le cegaba de propó-
sito, para que se expusiera espontáneamente á la
maza, Quien dió vueltas por las calles de Monte Ro-
tondo el 2 de noviembre, y habló coii Menotti, refi­
riónos que dos mensajeros, que hablaban en francés,
corrieron ansiosos á encontrarle, y exclamaron en
alta voz: «Roma está llena de franceses;» despues
recibidos aparte, detuviéronse en conversación secre­
ta. El aviso recibido del ataque, preparado para eldia
siguiente, lo atestigua también Guerzoni (1). Hablá­
base además de. él cual cosa cierta, no solo en Monte
Rotondo, sino también en Florencia» en la corte, en
el comité garibaldino y en otras partes. En Floren­
cia un amigo .nuestro oyó la noticia á las 11 de la
npche anterior·: equivocábanse solo en la hora1.'del
encuentro, que suponíase al amanecer, habiéndose
fijado para el medio dia. Es de creer que algún parte
telegráfico en cifra fue de Roma ó de Civitavecchia
á las legaciones de Florencia, y divulgó lo referido.
Qué resoluciones sé tomaron en el cuartel gene­
ral de Monte Rotondo, es difícil afirmarlo con certeza.
Parece que Garibaldi opinaba debia apresurarsela
retirada álos Abrazos, y levantar el campo aquella
misma noche. Así escribió Pedro Del Vecchio, uno de
los mas íntimos en la corte garibaklesca, y presente,
que añade: «A seguirse la inspiración'del general,
la catástrofe de Mentana se hubiera evitado (2).»
Guerzoni, presente también, confirma este designio

(1) (jUGftzófU, JV. Antol.> abr. Í8G8, 174.


(2) P; D el Yeccemo, La colu m n a'F figyesi, e le ., pág. 36.
153
de su héroe, y refiere su orden del día, toda del puño
de Garibaldi, en la que ordenábase á Menotti' la
marcha. Si este no la hubiese tergiversado, exclama
doliente el historiador sectario, (dos pontificios lle­
gando delante de Mentana, la hubiesen hallado va­
cía. ¡Qué burla para los generales franceses! ¡Qué
triunfo para Garibaldi (i)!» Bertani en su diario, es­
crito no por costumbre de contar mentiras al públi­
co, sino para el servicio dei cuartel general, consig­
na estas palabras: «3 noviembre. Se parte á Tívoli.»
Fueron casi las únicas que pudo escribir en este dia,
porque los tiros le'hicieron ser cirujano militar en
vez de secretario. Por todas cuyas cosas no se pue­
de poner en duda el designio garibaldesco de salir de
Monte Rotondo el 3 noviembre, dia de la batalla de
Mentana (2).
¿Cómo sucedió que con tanto deseo de retirada
nocturna ó matutina, Garibaldi se halló aún sobre el
terreno al· medio dia? Porque aguardó el enemigo y
quiso combatir. Poca fe damos á los partes garibal-
deseos, que atribuyen el retraso de la partida á la pre­
cision de trasportará los heridos (3);álas advertencias
del coronel Menotti, que se obstinó en querer dar pri­
mero zapatos á los descalzos (4); á la necesaria distri­
bución de fornimentos y cartuchos (5); y mucho me­
nos «á causas invencibles (6).» Hasta el mismo Me-

(1) Gcerzont, í , c . 77G. La, orden del dia m enciónala también


F a d h iz i. Relación, e tc ., y O lr O S .
(2) Lí> asevera también el respetable Yitalí, pág, 219; y con*
cnerdan nuestras reí. especiales de personas presentes.
(3) P. D el Veccuto, lugar ciL
(4) G uerzoni, 1. c.
(3 ) M e n o tti G írip a ld i* en l a « ífíte to ft d í F a b r i z i .
{Gj Padhizi, R elación. ,
154
notti atestigua que recibió la orden de mover su gente
las 11 y Va mañana del dia 3:» y en la rela­
ción suscrita al dia siguiente de Mentana por todos
los jefes de la garibaldería se dice terminantemente,
que «el general Garibaldi habia previsto la eventua­
lidad de hallar el enemigo en la marcha (1).» Noso­
tros creemos que precisamente entonces hizo aque­
lla famosa promesa, que supo retractar á tiempo:
«Mi cadáver quedará' entre el Papado y- la Italia.«
Tan verdad es que quiso primero probar la fortuna
de las armas, que se dirigió el dia antes de la ba­
talla, con su estado mayor, á explorar el terreno
donde se figuraba tendría que recibir al enemigo, y
lo recorrió largamente, teniendo el mapa corográfi-
co. Despues de haberse desayunado en el convento
de Santa María de los Angeles, cerca de Mentana,
Menotti dijo A los-frailea: «Quizás mañana nos vol­
veremos á ver*» Al comenzar la acción el ejército
garibaldino «estaba militarmente acampado, espe­
rando un ataque,« según atestigua el parte pontifi­
cio, y lo probará la narración de un modo incontes­
table.
Y en verdad si Garibaldi se proponía ir á Tívoli
para licenciar los voluntarios, según quiso suponer
mintiendo Orispi (2), ¿cómo al saber la marcha de
los pontificios, nunca eligió para ello Córese, lugar
próximo, seguro y servido por los caminos de hierro?
Si no deseaba mas que ganar las montañas de los
Abruzos, ¿á qué fin venir al encuentro del enemi­
go por la via de Mentana, abriéndosele un paso
libre de peligros» por Castel Chiodato y Palombara?

(1) En ia in form a y en toáos los periódicos*


i?) Parí. tel. de Passo Córese, 4 nov.
155
He aquí por qué parécenos evidente que Garibaldi ó
á lo menos quien guió los movimientos, nutria el
formal designio de rechazar del mejor modo posible
un primer ataque de los pontificios, y despues can­
tando victoria, recoger la bandera republicana so­
bre los inaccesibles Apeninos del reino de Nápoles,
mientras sus enviados levantasen en armas al pue­
blo de toda Italia. La reputación del imaginado
triunfo, enaltecido por las cien trompas de la secta,
habría secundado admirablemente el esfuerzo de los
bandos, de los comités y dé los agitadores expedidos
en los dias pasados, como antes referimos.
Al prometerse de nuevo un feliz éxito militar,
Garibaldi no obraba mas locamente que de costum­
bre, sino algo menos, porque sobre quedarle abierta
en todo evento, la retirada por detrás, ocupaba un
sitio incomparablemente mejor, y sabia que podía
presentar batalla con fuerzas dobles ó triples que el
ejército asaltador. Parécenos este lugar propio para
poner en claro el número de los garibaldinos de Men­
tana, sobre el cual tan lejos de la verdad deliraron
los autores de los partes de partido, pero que debe
quedar firme en la historia. Fabrizi, Bertani, Guer-
zoni, y Menotti Garibaldi, despues de la derrota re­
dujeron en las relaciones sus fuerzas á 5000 y aun
á menos. Hé aquí el mentís que les dan sus propios
amigos. Francisco Cristi, antes de pactado el útil
-embuste, escribió ingénuamente que habia visto la
llegada de Garibaldi, vuelto de Mentana, «á la ca­
beza de 5000 hombres, juventud selecta, que tenia
ardiente deseo de volver á batirse bajo Roma (1).»

(1) Cart, do Grispi, Fio-., 8 nov. Está en todos los periódicos


del partido.
' 156 '
Otros, cual los batallones de Salomone, se retiraron
hácia el Abruzo; otros habían pasado el confin en la
misma tarde de la pelea.. Sin embargo 5005 fusiles
fueron, á vista de todos, contados en la,plaza de
Monte Rotondo, recogidos sobre el terreno de la lu­
cha, á los cuales Yitali añade otros dos mil, hallados
cerca en los alrededores. Es por tanto, evidente que
á lo menos doce mil hombres combatieron en Men­
tana.
Otra via para descubrir la verdad. Catorce mil
garibaldinos fueron registrados en los dias anterio­
res al hecho de Mentana, al pasar por Terni, según
asegura Fabrizi. ¿Es creible que antes de Men­
tana huyesen 9000? Añádase que gruesas columnas
entraron por otros caminos además d e ld e Terni.
Y cierto es que de Florencia, dos dias antes de la bata­
lla, el representante francés escribió á su gobierno:
«Garibaldi está siempre en Monte Rotondo, con una
fuerza que los mas moderados valúan en 10.000 (1).»
Conforme con lo cual un caballero francés, poco des-
pnes de Mentana, nos escribía: «Un alto oficial de
los caminos de hierro, que.precisamente organizó el
retorno de los voluntarios, declaróme que desde el 4
hasta el 7 de noviembre, habían pasado por Córe­
se 10.800 garibaldinos.» Ahora bien, ¿no hubo, según
todos, á lo menos otros 5000 hombres, muertos, ó he­
ridos, ó prisioneros, ó huidos por otra vía que por la
de Córese? Si consultamos únicamente las relaciones
de los pontificios, que son las mas fidedignas , y
aquellas á las cuales pedirán la verdad los venide­
ros i tenemos el diario de Roma, que en la tarde del 3
de noviembre dio el número de 15.000 garibaldinos,.

(1) Libro amarillo, 1 nov.


157
según, el juicio formado á ojo por los- oficiales supe­
riores. Nosotros lo preguntamos á un guerrero, no
romané, que estuvo en lo mas vivo de la batalla,
práctico' por larga experiencia en contar las masas
-enemigas; y nos respondió que, á su juicio, pasaban
bastante de aquel número (1), He aquí por qué tan se­
guros estamos de nuestro cómputo, que ni nos aparta
de él la autoridad'del parte general pontificio, que
se atiene aquí como en otras partes y siempre, á los
mínimos términos mas incontrastables, contentán­
dose con decir: «los garibaldinos ascendían á cerca
de 9000.»
No debe tacharse, pues, de temeridad-á Garibaldi
ó á cualquier otro que resolviera ensayar el fueg'o,
antes de salir del territorio pontificio. Con tales fuer­
zas que descansaron dos días separadas de los flojos,
compuestas una tercer parte larga de militares del
ejército italiano (2), en posiciones excelentes sobre
las cuales poco podia el cañón y nada la caballería,
bien podía esperar resistir algunas horas con feliz
encuentro un gran número de asaltadores, cuanto
mas al pequeño ejército que sabia moverse de Roma.
José Garibaldi con todo no había considerado las
armas, ni el ardor, ni el ímpetu de los mercenarios de
S. Pedro, y mucho menos la ira de Dios largamente
provocada.
En Roma se celebraba consejo en el ministerio de
las armas, en la mañana del 2, y se: disponían en
pocas horas los acuerdos tomados. Nada traslucieron

(1) Véanse otros cómpuLos sem ejantes, hechos con noticias


tomadas s^bre el lugar por V m u , tas d iez jornadas, pág. 2Gi.
(2) Muchas acias en los Doc. man. de estos dias. lle l. esp e­
ciales. ■ . ■ ' - '
158
de lo acordado los paisanos, aunque era fácil tras­
lucir que sé disponía una facción extraordinaria: los
militares además preveían gran principio de %uerr&
formidable. Olvidábanse pues, las incomodidades pa­
sadas, y un gran gozo difundíase de cuartel en cuar­
tel, al llegar la consigna de disponerse para partir
por la noche. Sabemos que los oficiales de la tropa
indígena se dolieron de no haber formado todos
parte de la expedición. Mas para su consuelo debían
considerar, que ya su batallón de los cazadores cam­
peaba en guerra ofensiva contra el ala izquierda de
Garibaldi en el país de Velletri; además muchos
paisanos marcharon á Mentana en la caballería, en
la artillería, entre los gendarmes, en el regimiento
zuavo; en fin, si alguna milicia quedarse dehia en
Homa, tocaba á la línea que en el país de Yiterbo
habia sostenido los primeros fusilazos, y habia vuel­
to á Roma la última con marchas fatigosas. De la
victoriosa guarnición de Viterbo tomáronse solo al­
gunas compañías de zuavos para completar batallo­
nes. Por lo demás ningún cuerpo marchó con todas
las compañías.
Y he aquí el registro exacto del modesto ejército
aliado, salido en busca de Garibaldi: helo aquí, no
tal como lo soñaron los mitologistas parciales, sino
cual lo vi ó el pueblo romano, y lo describieron los
generales, en sus relaciones fidedignas. Se formaron
dos columnas: una de batalla que mandó el general
José de Courten, y otra de reserva, para el brigadier
Baltasar de Polhés: capitan general, el ministro de las
armas, Hermán Kanzler. Contaba la primera con dos
Tuertes batallones de zuavos, cada uno de los que
tenia cerca de 750 bayonetas, conducidos por el co­
mandante del regimiento, coronel José Allet; un ba­
159
tallón de 520 carabineros extranjeros, cuyo coronel
comandante era José Jeannerat; un batallón de 540
legionarios franco-romanos» bajo su propio coronel
Carlos d'Argy; una batería de seis piezas de campa­
ña, capitan Polani; un escuadrón de 106 caballos*
capitan Cremona; una compañía de zapadores del
genio, capitan Fabri; compañías de gendarmería para
el propio servicio del campo, guiadas por el teniente
Rasori: al todo 3913 combatientes. La segunda co­
lumna, casi enteramente francesa, comprendía un
batallón de cazadores de á pie, que comandaba el
mayor Juan Bautista1Gomte; cuatro sutilísimos bata­
llones de línea, esto es, el 1.’ del primer regimiento,
mandado por el coronel Domingo Frémont; el 1 /
del 29/, por el teniente coronel Félix Saussier; dos
del 59.°, por el coronel Francisco Berger; cuatro ca­
ñones, por el teniente Ploix; dos partidas de caballos,
una francesa guiada por el oficial Wederspach-Tor,
y otra pontificia por el subteniente Belli: al todo 2000
combatientes. Las tropas francesas tan precipitada­
mente se habían dispuesto en Tolon, que no solo no
se aumentaron hasta el número de guerra, sino que
ni tuvieron tiempo para cambiar los enfermos y los
ausentes (1).
Es difícü decir qué alegría se difundió por los
cuarteles, los almacenes y el fuerte de San?Angelo,
en la tarde del 2 de noviembre. Se quería todo en
orden antes de anochecer: para lo último la comida y
el descanso: la marcha despues de la media noche.
No solo ceñían las armas los militares mandados, sino
que muehos otros querían hallarse, por decirlo así, en

(1) Part. del gen. Kanzler, pág. 4fí; Part. tel. del gen. Failly,
en el MoniteuTr 9 h o y .; Reí. especiales de oficíales sup.
160
la fiesta. No hablamos de los coroneles Caimi y Lepri,
los cuales no dejaron huir la coyuntura de acompa^
fiar los destacamentos de artillería y caballería de
los que son comandantes: muchos otros oficiales, que
estaban descansando libres por aquellos dias de las
facciones, ó simples aficionados á la cruzada, pulían
la espada. Concurrieron el .coronel Sonnenberg de
la guardia suiza de palacio, el coronel Christen, ei
teniente coronel Carpegna, y el coronel Víctor de
Courten, el cual á fin de hacerla mas sonada,.se
echó un fusil á la espalda metiéndose con los cara­
bineros.- Otros oficiales partieron también de volun­
tarios, como de Saintenac, Du Tilleul, d*Ayguesvi­
ves, y otros cuyos nombres no recordamos. Fue no­
tado sobre todos el conde de Caserta, Don Alfonso de
Borbon, seguido de los coroneles Ussani.y Afán de
Rivera: el príncipe real hablase ofrecido á coger el
fusil entre las filas de los cruzados, desde el comien­
zo de la guerra: entonces se le agregó al estado
mayor, y como tal partió á Mentana, peleando en lo
m asvivo del combate. ■
Que se aprestaron los hospitales ambulantes,
puede cada uno imaginarlo muy bien. Sesenta en­
fermeros seguían la columna pontificia, y gran nú­
mero de cirujanos militares bajo, la, dirección gene­
ral del doctor Ceccarelli: cosa semejante en la colum­
na francesa. Ni sus espléndidos servicios causaron
maravilla, por ser acostumbrados. Lo que sí pareció
nuevo es que varios cirujanos de Roma y forasteros
fueron de voluntarios: sobre todos los demás, resplan­
deció allí el comité pontificio francés, con nuevo ejem­
plo, memorable entre las mas piadosas escenas de los
cruzados de San Pedro.. Tres hermanas de San Vi­
cente habían llegado aquella mañana deParís, confia-
161
das al cuidado del doctor Carlos Ozanam. Las her­
manas corrianásus oficios angélicos acostumbrados;
y Ozanam con una porcion de caballeros franceses,
á tratar venia de armas perfeccionadas y de nuevos
fornimentos de guerra, que se facilitarían al ejército
cruzado con la largueza de comités católicos. Reci­
biólos el ministro Kanzler con la cortesía de cos­
tumbre y agradeció altamente su concurso, añadien­
do despues: «Señores, quiero corresponder con una
prenda de confianza. En secreto, mañana á las tres
salimos á perseguir á Garibaldi, que se debe hallar
en Monte Rotondo: las hermanas que habéis traído
no serán inútiles; venid todos, y disfrutareis de una
hermosa batalla.
No les parecía verdad á tales corazones gentiles
que pudiesen contribuir también á la obra. Habién­
doles firmado el vizconde de Saint-Priést, secretario
de Kanzler, la venia para seguirla columna, quiso á
su vez ser de la brigada: la superiora de las Herma-
ñas, aunque jamás habia enviado anteriormente sus
religiosas á los campos de batalla, condescendió por
los cruzados: las Hermanas tuvieron pronto de la ofi­
cina quirúrgica del hospital militar corrientes mil
vendas, un tesoro de hilas, bálsamos, ungüentos, y
medicinas, que se unieron al equipo de Ozanam. A.
las tres religiosas‘se añadió una cuarta de buena
voluntad, esto es, la señora Catalina Stone, por larga
práctica tan experta como cualquiera otra hermana
de los hospitales; el doctor Ozanam fue natural di­
rector ,de la enfermería, y dos médicos parisienses se
agregaron voluntariamente; los señores Benolst-
d’Azy, Keller, de Saint-Maur, de Luppé, Vrignault,
el duque de Lorges, y otros1piadosos se declararon
enfermeros; el abate Peigné y el P. Ligiez dominico
tomo iv.
162
se ofrecieron como capellanes: el hospital ambulan­
te, provisto de todo lo necesario, fue áMeDtana, sos­
tuvo allí fatigas extremas, y prestó servicios incom­
parables (1). ¡O Francia! [Que los ángeles'de Dios, que
acompañaron en el campo de la terrible, pero justa
venganza á las personas que militaban solo por su
caridad celestial, protejan siempre la patria de los
corazones generosos!
Por la tarde los aprestos estaban casi ultimados:
en los cuarteles tocábase á silencio, aunque á mu­
chos la esperanza de una bella jornada no dejaba
comprender la necesidad del sueño. Se comía ale­
gremente y se pasaban las horas de la tarde con los
amigos; en las tertulias de algunos salones, donde
habíase anunciado el movimiento de armas, las se­
ñoras distribuían medallas y escapularios benditos,,
que los valientes ponían sobre su pecho piloso para
armadura en la pugna, ó confor.tacion en la ago7
nía. Dos oficiales que en una reunión trabajaban
haciendo hilas, íbanse diciendo* ¡Quizás trabajamos
por nosotros! Fueron profetas entrambos. Mas la
principal solicitud de las tropas habia sido templar
nuevamente su espíritu en la Oración y en los Sa­
cramentos de Jesucristo. En esto no habia distinción
de grados ni de naciones. Se obraba libremente y en
público. Subsistía la costumbre continuada desde las
cruzadas antiguas hasta Castelfidardo, y que en justa
causa, aguza el hierro diez veces mas que un bando
que al valor excita.
Solo que, mientras bullían las esperanzas y los
ardores del# prometido combate, se ^difundió la voz

(1) Part. del gen . Kanzler* pág·. 95; .Cartas en la crotón de


París, ó nov.¡ Uel. en el <¡ontem porain , 30 nov. 186S.
163
<de que quizás la expedición dejaríase para dos dias
despues. Más poco tardó en disiparse. Nació de que
un general francés, informado de las excesivas fuer­
zas enemigas, proponía doblar la columna de reser­
va, lo que no se podía conseguir antes de que llega­
sen otros batallones de Civitavecchia. La proposi­
ción pasó por un obstáculo nacido repentinamente.
Un capellán militar, cenando en casa de un embaja­
dor, oyó la noticia como cierta. Corrió al cuartel, y
halló que nada se habia cambiado. Fue providencia
de Dios, y providencia' muy memorable. El capitan
.general Kanzler habia recibido ya la bendición de
_Pio IX, para la batalla próxima; hasta entonces re­
vocado no habia orden de consecuencia, y pesábale
ai fin de la guerra mudar una: además veía que las
"tropas cruzadas no solo ardían de*valor, sino que
■estaban arrebatadas de fervidísimo entusiasmo para
•combatir al enemigo; y por otra parte temia sobre
todos los demás peligros, la fuga de Garibaldi:-per­
sistió. A. dejarse vencer por la esperanza de aumen­
tar una tercera parte sus fuerzas, lo de Mentana no
hubiera sucedido, y José Garibaldi, retirándose im­
pune, hubiese atronado elmundo, jactándose por vic­
torias imaginarias.

XCVIIL
M entana, 3 n o viem b re.

¿Quién puede alcanzar que el gran Pió, cuyo co-


razon se alaba por contener un tesoro inagotable de
clemencia, lanzase sus soldados contra la/gente reu­
nida sobre las cumbres de Mentana? ¿No escuchó las
164
agonías de tantos jóvenes ametrallados, llenos de
"bayonetazos y destrozados? ¿No previó la sangre que
debía enrojecer los. campos? ¿No se apiadó del llanto
de tantas madres, hermanas y esposas prometidas?
Así discurrieron ciertos espiritas moderados y gen­
tiles al revés, que hallando un caminante, en poder
de un tigre, no se enternecen por aquel sino por
este. Pió IX, por el contrario, manso, benigno, pa­
ternal según la costumbre antigua, bendijo con los
intentos de Matatías y de los santos iniciadores de
la cruzada, los aceros desenvainados para la defensa
del derecho, £ imploró de Dios, gimiendo sí, pero sin
vacilación, la derrota de los enemigos del pueblo
romano, de la civilización y de la Iglesia.
Hora es de contar cómo fueron oídos sus votos. T
lo haremos sin'cólera ni parcialidad, siguiendo solo
la guia de las relaciones publicadas por los genera­
les pontificios y franceses, sin excluir otras conser­
vadas en el archivo militar de Roma: nos valdremos
igualmente de los partes de los jefes garibaldinos,
que se hallaron en la acción, como Fabrizi, Menotti,
Guerzoni, Bertani, Del Vecchio y otros, separando,
por lo que veamos, lo verdadero de lo falso (1). Nos
aprovecharemos también de cuanto escribieron an^
tes que nosotros escritores diligentes como Vitali y
Mencacci. Hemos ademas examinado una multitud
de rela,cxones especiales y personales. Por último fui­
mos muchas veces á inspeccionar el sitio de la ba­
talla y los de las facciones, en compañía de oficiales
superiores y de quien habia dirigido y manejado todo
lo principal. Será difícil que otros adunen despues

(1) Véase el E n sayo bibliog ráfico, publicado desde la pág. 36


hasta la 5G del tom . 1.°
165
tantos materiales para saber la verdad ,■y ninguno
nos vencerá en el buen deseo de manifestarla: esta
declaración nos dispensa de minuciosas é intermi­
nables citas de documentos.
En las horas altas de la noche las fuerzas aliadas
cogían las armas en los cuarteles de Roma, y diri­
gíanse á la llanura del Maccao, donde se habia es­
tablecido para las tres, la masa de la partida g e ­
neral. El redoble de los tambores, y el sonido de las
trompetas, que oíase fuera de los cuarteles, y'sobre
todo el paso de los infantes, los relinchos de los ca­
ballos, y el acarreo de la artillería, atronaban el si­
lencio nocturno: espiando los ciudadanos desde las
ventanas, tan trabajosa confusion guerrera, retirá­
banse con pensamientos de esperanza y de temor.
Llovía extraordinariamente: quizás á esto debe atri­
buirse que la salida de la puerta Pia no fuese antes
de las cuatro y media.
Avanzábase con seguridad hasta el puente Nomen-
tano y mas allá, donde aguardábase una gran gu ar­
dia francesa; no hubo mas dificultad que el vado del
mismo- puente no descargado aún de la mina, según
el uso de tales casos; con todo* un artífice del genio
estaba sobre el hornillo, para impedir imprudencias
de pasajeros; Casi á la cabeza del puente, á la de­
recha del Aniene, se levantan las subidas del Monte
Sacro, famoso por la sublevación de la plebe roma­
na que se aplacó con el apólogo de Menenío Agrip-
pa (1). Aquí comenzaban á descubrirse los vestigios
del furor garibaldino, en las casas incendiadas; mas

(1) i Véase nuestro N apa corográfico de las cinco provincias, etc.


AIÜ están la topografía de Mentana y de Monte Rolondo, la plan­
ta de ambos Lugares y las tierras adyacentes. Cada punto qu&
166
de la presencia ó del alejamiento del adversario*
ningún indicio. Conjeturándose con todo, que net
podía campear mas lejos de Monte Rotondo, el g e ­
neral comandante Kanzler preparábale desde ahora
una sorpresa. Tres compañías de zuavos (3.*, 4.&
y 5." del 2 .a batallón) á las órdenes del mayor Trous-
sures, fueron destacadas por la via Salaria á la iz­
quierda, con la orden de marchar paralelas, á cu­
bierto, no separándose del cuerpo de operación: allí
donde oyesen aumentar los fuegos de batalla, debían
estudiar el paso.y hender el flanco del enemigo em­
peñado de frente.
La columna principal continuó el camino por la
via Nomentana, con la luz de fanales llevados en
asta á los lados de la vía. Avanzó lentamente á cau­
sa del gran peso de las municiones, de los víveres-
para dos dias y del equipo para acampar, que opri­
mía las espaldas de todos, y mas aún por las tinie­
blas y estorbos del terreno, que requerían explora­
dores al avanzar. Orden de batalla fijado* en lo po­
sible contra un enemigo buscado sobre sitio incierto r
era desalojar los cuerpos avanzados, que Kanzler
creia sobre las alturas de Mentana, como natural
contrafuerte de Monte Rotondo, y desde allá, mo­
viendo con todos los cañones, apoderarse de la plaza
por un golpe de mano, y evitar el largo y desastro­
so escalamiento, que de otra suerte hubieran debi­
do disponer contra todas las fuerzas de Garibaldi,
por la cima hácia el Tiber.
Habíase ..llegado á la llanura de Capobianco, en.

nom braremos de seguida, ha sido trazado en el mapa, con tal


m inuciosidad , que iodo el m ovim iento de la batalla puédese
descubrir casi á sim ple vista.
167
la mitad del camino de Monte Rotondo, sin mas no­
vedad que la cesación de la lluvia y el despuntar el
dia. El general,· por tanto, que acercarse veia las
.cumbres de Mentana, mandó hacer alto, para des­
cansar y comer. Allí llegó también la brigada fran­
cesa, que según lo acordado, se hubiera debido sepa­
rar el intérvalo de dos horas; mas por la 'dilación de
la columna pontificia, y porque atravesaba un suelo
ya esplorado, alcanzó á los precedentes, de los cua­
les no se apartó ya. Una larga cresta de cerros cu­
bría oportunamente la general parada de la vista del
enemigo: con todo no se pudo impedir que los espías
deG-aribaldi á caballo, vestidos de pastores, se lanza­
sen á la carrera (fueron vistos) hácia Monte Rotondo.
Hora y media duró el descanso. En pocos mo­
mentos los matorrales mas próximos habían propor­
cionado-ramas y combustibles para hacer fuego; las
staccionate (así llaman allí los cercados de palos atra­
vesados) suplían donde faltaban los bosques; co­
menzaba el cafe 4 hervir, se partían los pequeños
panes con cuchillos de monte, y las botellas de cue­
ro, yendo de mano en mano, alegraban las brigadas.
Por el contrario, la comitiva de Ozanam con las her­
manas de la caridad y los capellaneshicieron alto
en la capilla del casal: los campesinos descubrieron
los vasos sagrados, que habian escondido á la rapa­
cidad garibaldina, y Ligiez, ofreció la Hostia divina
para santificar-el comente domingo, y conseguir Ja
victoria. Muchos cruzados acudían en tropel á la
puerta del oratorio: los batallones, desñlando.delan­
te del hospital de campaña, reconocían por la blan­
cura del velo á las conocidas religiosas de S. Vicen­
te, y-exclamaban:—¡Ohl ¡También están las herma­
nas aquí! jLas piadosas! nos curarán las heridas.
163
Solo un afan am argaba'un poco la estrepitosa
alegría del campamento.—¿Los hallaremos? se pre­
guntaban unos á otros. ¿Hallaremos estos famosos
garibaldinos? ¡No loa hallaremos!—De seguro nos
descubrirán al pasar las alturas: ¡no nos esperan!
Los qué vemos partir como saetas, son espías: á esta
hora los garíbaldinos levantan el campoi—Tales eran
las conversaciones de los soldados, mas los del estado
mayor tenían los avisos de los exploradores, que
contaban, que los cerros delante de Mentana esta­
ban llenos de garíbaldinos, y que á, la vista podían
ser unos setecientos. Se calculó pues, que. debían ser
los cuerpos avanzados, y que el ejército garibaldino
permanecía cerrado alrededor de Monte Rotondo:
la noticia alegre, divulgándose entre las compañías,
despertó un rayo de fuego y de valor.
Las trompetas tocaron á marchar, saludadas por
el clamor festivo de todo el campo. Partían muy
aprisa, con el ánimo exaltado por las bellas faccio­
nes que se prometían, y con el orden dispuesto para
el combate: zuavos á la cabeza, carabineros extran­
jeros, legionarios, artillería en el centro, dragones,
genio, enfermería: cincuenta gendarmes, parte á.
pie y parte á caballo, cerraban la brigada pontificia.
Poco diversamente dispuesta, y á leve distancia, se­
guía la francesa, con el general Polhés á la cabeza.
Al frente marchaban en vanguardia tres compañías
zuavas, al mando del mayor Lambilly, y una sección
de dos piezas de campaña con el teniente Cheynet:
les precedía como anti-vanguardia, medio escuadrón
de dragones, de los cuales el teniente La Rochette iba
destacando pequeños grupos de batidores; esto con
tanto mas cuidado, cuanto el terreno hacia declive, y
comenzaba el suelo á variar en montecilLos y peque­
169
ños valles, asi como la vía Nomentana á serpentear y
emboscarse. El general de Gourten, jefe de la briga­
da, con sus oficiales de campo Eugenio de Maistre,
Pietramellara y dé Terves, precedía á la cabeza de
la columna, en disposición de proveer á la novedad.
Esplendidísimo entre la vanguardia y el cuerpo
principal, cabalgaba el estado mayor general, si­
guiendo al comandante Kanzter: si b i e n generalmen­
te ceñíase al mayor Ungarelli, ayudante de campo,
y á los capitanes de estado mayor Francisco de Mais­
tre, de Bourbon-Chalus y Maumigny, agregado se
había un gran número de oficiales de varias armas
pontificias y francesas, y un nobilísimo cortejo de
voluntarios; todos despues sin distinción alguna, se
ofrecieron á servir de oficiales de ordenanza: esto
sin contar otros valientes caballeros que habían acu­
dido. por deber ó espontáneamente, como ayudantes
.de campo de los comandantes de los varios cuerpo^.
Ninguna batalla de nuestros tiempos puede.vana­
gloriarse de tener tantos caballeros y de tantas n a­
ciones, lanzados solo por ardor caballeresco á mili­
tar en el menos renombrado y mas peligroso oficio
de ordenanza. El nombre corriente de la jornada, ó
el santo, como le llaman vulgarmente las tropas ita ­
lianas, habíase dado con feliz presagio quince dias
antes con esta palabra y respuesta: P ió , Pavía.
Con tan ordenada disposición acercábanse los
aliados á Monte Rotondo, que ya se veia claramen­
te; y subian alturas, que ocultan la moderna Men­
tana. Sobre estas levantó ya sus rocas la vetusta
Nome?Uum, clara ciudad en la memoria de los anti­
guos sabinos, y noble castillo aun en la edad media,
puesto que en Nomento vino S. León III á féstejar á
Cario Magno, coa magnífico encuentro de clérigos
170
y senadores, poco antes de exaltarlo al imperio de
Occidente.Hoy el lugar, reducido á unos 700habitan­
tes, solo conserva de su pasada grandeza un castillo
baronal hereditario en los príncipes Borghese, sólido
á prueba de canon, que áltamente domina los alre­
dedores y en especial la vía Nomentana. Las casas
se agrupan cerca del castillo, extendiéndose por el
camino de Monte Rotondo: protégelas á poniente la
profundidad de un gran valle, y á levante una larga
cresta de colinas que sobresalen poco mas que los
techos: refuerzan las alturas grupos de casas aisla­
das, que son excelentes reductos avanzados, sí están
guarnecidas por fusileros. Incomparablemente mas
ásperas y amenazadoras son las avenidas de Menta-
na, sobre las colinas de la parte de Boma, por don­
de se adelantaba el ejército pontificio, porque hay
dobles y triples hileras de montañas, cuyas espal­
das, ora selváticas, ora cultivadas y llenas de casa­
les , forman muros y antemurales formidables para
el asalto: la via Nomentana entra profundamente
allí señoreada por los declives, especialmente donde
la cortan dos colinas: Servo Cavaliere ä la izquier­
da, y monte Santucci á la derecha. '
Precisamente á la hora en que los pontificios lle­
gaban á las primeras subidas de Mentana, esto es al
mediodía del 3 de noviembre, llegaba el general Ga­
ribaldi, venido de Monte Rotondo á la cabeza de
todas sus fuerzas. Las menciona en su parte general
el coronel Menotti Garibaldi, lugarteniente de su
padre, y numera 6 principales columnas de batalla
propiamente dichas, subdividiendo cada una en tres
ó cuatro batallones. Mandábanlas 6 coroneles ó m a­
yores: Salomone, Frigyesi, Yalzania, Cantoni, Paggi
y Elia. Un piquete de zapadores iba mandado por
171
Aurelio Amici, así como un pequeño cuerpo de guias
á caballo por Ricciotti Garibaldi; iban además dos
piezas de artillería de campo, cogidas en la toma de
Monte Rotondo, y algunas espingardas ó piezas de
montaña, hermosos cañones pequeños de bronce de
75 centímetros, ya usados, aunque con poca pericia*
en combates anteriores. Iban detrás de las 6 colum­
nas 3 ó 4 batallones volantes; á la cabeza marchaban
tres batallones de infantes selectos, con el nombre de
carabineros genoveses, mandados por el capitan
Stallo, por el mayor Burlando, y por el teniente co­
ronel Missori, á los cuales añadíase la compañía de
Liorna, conducida por Santini. Al todo contaban 28
batallones, comprendidos los dos menores de An-
dreozzi y de Jacobo Sgarallino, prescindiendo en­
teramente de los cuerpos separados de Nicotera y
Acerbi, que guerreaban en otras partes. Cuya masa
de combatientes, aunque Menotti atenuó su número,
faltando á la verdad, se puede inferir considerando
que la columna Frigyesi, que apreció en 800 hombres,
fue reputada de 1200 por un mayor pontificio: el
propio Pedro Del Vecchio'uno de sus jefes, y su his­
toriador, dió el número de 1030.
Solo tres batallones se hallaron lejos del Sitio:
uno expedido al otro lado del Tíber, el 14." que
ocupaba Tívoli, y el 20,” dejado para guardar Monte
Rotondo: todos los demás campeaban en los pues­
tos avanzados de Mentana, ó entraron allí poco an­
tes de la pelea. La vanguardia, á saber, los tres ba­
tallones de carabineros estaban extendidos ya sobre
las alturas enfrente de Roma, cuando José Graribaldi
con sus hijos Menotti y Ricciotti al lado, seguido del
estado mayor, entraba en el lugar al sonido de la
música. Festejábanlo solamente los suyos; porque
172
¿no· hubo un grito de fiesta (llora dolorosamente
Jíertani) cuando entramos en Mentana, ni un auxilio
espontáneo durante la lucha, ni un consuelo des­
pués, que viniese de los habitantes.» El batallón de
Ciotti que hacia mas tiempo estaba completamente
formado y dispuesto en la via grande, siguió el esta­
do mayor. Media hora continuaron desfilando las co­
lumnas, y cantando alegremente: así es que 30 mi­
nutos antes del toque se halló el ejército garibaldino
en disposición de aceptar batalla, mucho mejor de lo
que apetecer podia en aquellas posiciones tan favo­
rables:'frente ventajoso de resistencia, facilidades
para ir adelante en-próspera fortuna, y seguridad de
retirarse siendo adversa. Dicen que se colocaron así
por las órdenes de Garibaldi, que había sospechado un
ataque posible en la marcha: nosotros creemos que
fue solo efecto de los cuidadosos estudios hechas en
el sitio por.su estado mayor, donde no- faltaban dis­
tinguidos oficiales regios, y de los avisos que .dieron
por la mañana los exploradores á caballo.
Mas ni la previsión de movimientos, ni sitio feliz,
ni la multitud de los batallones prevalecientes basta­
ron contra el consejo de Dios, y contra las escasas
fuerzas de los cruzados sus instrumentos. Garibaldi
fue perjudicadoj dicen sus relaciones, ante todo por
el batallón Rambosio. Debía tener gran guardia en
Torre Lupara sobre la via Nomentana, á 6 ó 7 quiló­
metros antes de Mentana, y se habia escabullido, por
una orden mal entendida de Menotti, ó según escri­
bieron otros mejor, por estar fastidiado de las fatigas
y de la intemperie. Sea lo que sea, los pontificios pa­
saron á la vista de Torre Lupara, avisados una hora
antes de que en las selvas frente al Ermitorio, á*la iz­
quierda del camino, aguardábanles emboscados los
173
de Garibaldi. ¡Tan falso es que fueron sorprendidos
estos! A vista pues de la selva, la escolta de caballe-
ría envió un dragon á explorar el sitio sospechoso-
Arduino (llamábase así el intrépido batidor) descu­
brió al enemigo, descargó sus armas, y entre cien
balas volvió ileso á referirlo todo.
Ocurrió este primer fuego casi media hora des-
pues del'medio dia. Atronó su eco los puestos gari-
baldinos de la compañía Erba, la mas avanzada, el
batallón Stallo colocado'detrás del Ermitorio, y mas
atrás hásta Mentana: los cazadores de Missori y de
Burlando reforzaron las filas primeras; Menotti á
caballo, dada orden á Ciotti de ocupar la Yigna San-
tucci con su batallón, volvió á entrar en Mentana á
galope tendido con el fusil en el puño, y gritando á
los del país: «¡Todos á casa! ¡Cerrad las ventanas!»
Por estos gritos y mas por la fusilería lejana, cada
vez mas ruidosa, difundíase por todas partes el mie­
do:' los mismos garibaldinos gregarios, que cosa
parecida no aguardaban, dieron á la luz del sol
(dice un presente) tales muestras que mejor es ca­
llarlas, José Garibaldi (refiere Guerzoni) preguntó á
su hijo las condiciones del frente de batalla: Menotti
respondió: «Delante se está perfectamente» Garibal­
di empujó su caballo. Estaba la lucha empeñada.
Reconocida por los pontificios la presencia del
enemigo, el general de Conrten dió sus órdenes. La
compañía Thomalé rodea el cerro á la derecha, em­
bóscase la de Albiousse á la izquierda, y el capitan
Alano de Charette se coloca en medio, cerrado y sos­
tenido por la compañía Le Gonidec, conservándose á
lá altura de los de los flancos. Se descubrió la línea
de'las camisas rojas escalonadas sobre las cumbres
de las colinas á la derecha.: pocos momentos de vivo
174
tiroteo bastaron para descomponerla y desordenarla,
á pesar de ser numerosa y de que. respondía con un
fuego diez veces mayor. Los zuavos seguían persi­
guiéndoles.'Llegados á lo alto experimentaron la
bondad de las posiciones garibaldinas. Hay allí un
gran campo llano, protegido en todas partes por en­
cinas que son otros tantos reductos, siendo lo peor
que en la izquierda de la via se levantaban espesos
matorrales, erizados de fusiles que barrían el campo
con una lluvia de muerte: el camino estaba rebajado
y percudido. Con todo la compañía Thomalé procu­
raba con ahinco coronar el limite de la terrible pla­
taforma con una hilera-de carabinas, si bien adelan­
taba poco y 110 hacia ningún daño á los enemigos.
Podían entonces los batallones garibaldinos avan­
zando' ver de precipitar por la pendiente aquel pu­
ñado de-audaces: no se expusieron, quizás por temer
las bayonetas. Por el contrario se presentaba en buen
punto-la cabeza de 3a-columna de los zuavos para
sostener la vanguardia: dos compañías (la de Mon-
cuit y la de Veaux) reforzaban la línea de asalto.
Atroz y espantoso era el avanzar. Llegaba entonces
á toda prisa el teniente coronel Charette. Vista la in­
decisión, ordena: «¡Zurrón al suelo! ¡á la bayoneta!»
y lánzase al trote pequeño bajo el fuego cruzado de
la selva y del llano, arrastrando á la juventud ani­
mosa con la espada, con el gesto y con estas pala­
bras: «¡adelante zuavos! ¡ó voy á que me maten á mí
solo!» Un grito inmenso le respondió en toda la línea:
«I-Bravo el coronel! ¿adelante! i viva Pió IX! ;A noso­
tros, á nosotros! ;Adelante, adelante, adelante!« Y
con los gritos saltan como panteras á la llanura de lo
alto, lánzanse Con la bayoneta calada dentro dé la
selva, y se meten por el camino detrás del coronel*
175
M nguno, decíannos oficiales y soldados, ninguno,
describirá nunca el ímpetu, la prontitud y el violen­
tísimo furor' de tal carga primera, con'que algunas
compañías recorriendo tres quilómetros mortíferos,
llegaron á las barricadas de Mentana. De ribazo en
ribazo, de cesped en cesped y de tronco en tronco se
barría el terreno: las habitaciones atestadas de ene­
migos dejábanse llenas de muertos, ó de rendidos, ó
de guardados con el fusil á la vista: el manejo de la
daga fue tan rápido y fulminante, que grupos enteros
de garibaldinos, antes de reponerse del atolondra­
miento, se vieron rodeados de puntas,· así como los
unos sobre los otros traspasados, y clavados en el si­
tio. Un sacerdote que por la tarde recorrió el bosque
nos dijo: «No se podía pasar: he debido absolver á los
moribundos, para no envolverme en los montones
délos muertos.»· Quince dias despues, uu fiero cru­
zando que allí ganó las charreteras, nos mostraba los
charcos de sangre aún visible al pie de los árboles.
Tras unos diez minutos de feroz refriega caia en
manos de los pontificios el primer reducto de Men­
tana: el enemigo se retiraba perseguido y desorde­
nado al segundo. Hasta las compañías de los zua­
vos se habían confandido un poco en el ardor de la
persecuciou. Vanamente Allet, cabalgando entre el
regimiento, que poco á poco admitiendo venia á la
refriega, procuraba disciplinar la inundación rebo­
sante, y los capitanes enronquecían gritando: «¡Apre­
tadlas filas!:» cada nuevo grupo de enemigos que se
mostraba detrás de una roca ó de una pared, hacia
olvidar las órdenes; se corría á él furiosamente y
era destruido si no huia. Se dijo que los zuavos mos­
tráronse desenfrenados. A lo que respondieron los
oficiales, que su consigna era tomar todos los pues­
176
tos ocupados por el enemigo: los tomaron. ¡Ay, si
hubiesen contado un solo momento los enemigos, 6
estudiado sus posicionesí En vez de seis hombres
perdidos en el primer conflicto, hubieran perdido
compañías enteras. Dejaron el cuidado de cubrir loa
flancos á las columnas posteriores y á los franceses:
ellos desbarataban el enemigo. A sus espaldas se
abrió la primera de las enfermerías de campo: las
buenas hermanas y la Stone, aunque desaconsejadas
por los soldados, se pusieron á ejercer su. oficio pia­
doso dentro y fuera de la capilla del Ermitorio, cuan­
do aún llovían las balas. De los capellanes y enfer­
meros no hay nada que decir: seguían las pisadas de
las compañías* para confortar á los moribundos, y
recoger los heridos del Papa, lo propio que los de
G-aribaldx.
El comandante general Kanzler había presencia­
do el horrendo ímpetu de la entrada en el combate,
y avanzaba siempre á caballo como su cortejo, en­
tre el silbido de las balas y las aclamaciones de las
tropas, sobre el campo sembrado de cadáveres: con­
templaba los nuevos y mas difíciles obstáculos que
debíanse destruir, antes de llegar á sitio destfe donde
dominase á Mentana. Distaba de ella poco mas de
un quilómetro; el ámplio camino se le abria delante
casi derecho y llano, pero batido por dos laderas de
cerros, atestados de tiradores hasta el ingreso de la
tierra: además á las embocaduras del valle, dentro
del cual corre dicho trozo de camino, surgía á la iz­
quierda, el monte Servo Cavaliere, cuyas alturas
tienen varios nombres: á saber el monte G-uarnieri,
Torretta y S, Salvatore, todos cubiertos de armados;
á la izquierda dominaba el cerro. Santucci, donde
está la famosa viña del mismo nombre: la pequeña
177
Malakoff-.de nuestra pequeña Sebastopol, Garibaldi
cabalgaba en el fondo del valle provocando á los
suyos para memorable prueba de valor: se le vió
con los anteojos dar una carrera detrás d éla viña
Santucci* y- alejarse.
Ciertamente á ser Garibaldi obedecido, puntual­
mente, y á empeñarse ciegamente el ejército pontifi­
cio por el valle, el enemigo tenía sitio y fuerzas para
triturar entre aquellas peñas á los asaltadores, por·
grande que fuese su fuerza. El general de los aliados
se contentó con asaltar ios puestos á la entrada del
valle, proceder desde las alturas sobre lo bajo, y em­
bestir después á Mentana por el ñanco derecho, en
sitio igual. Kanzler vió los cerros Guarnieri y San-
tucci, consideró aquel importuno edificio, con varios
órden’es de ventanas convertidas en tu n eras, cubier­
to de plantaciones en las pendientes de delante, y fa­
jado en sus faldas por un muro alto é insuperable á
la -infantería; vió á los de Garibaldi guarnecerlo con
exquisito arte de guerra, habiendo colocado allí toda
la guarnición que en los dias precedentes tenia Men­
tana, y por refuerzo, una buena parte de los batallo~
nes, de los puestos avanzados: el general Kanzler lo
vió todo y dijo en. francés á Charette: «Tomadme aque­
lla posicion.» Entre tanto procuró facilitar el éxito.
Mientras Charette lanzaba á los zuavos á las po­
siciones emboscadas del monte Guarnieri, en que la
defensa de la viña Santucci estaba muy favorecida,
cerrando además á los garibaldinos la salida del ca­
mino, y disponiendo el asalto, el general ICanzler man­
daba á los carabineros que reforzasen las alas de
frente. Cinco compañías volaron á la derecha, rodean­
do largamente el cerro Santucci que se proponían
tomar:, ya la. primera de Wasesha había marchado
T O M O IV. 12
á socorrer á los zuavos, empeñados en las espesuras
de la izquierda. Pos este lado se consiguió pronto una
altura al lado del camino, que admirablemente deja­
ba ver la viñaSantuccí: Kanzler, subido con el esta­
do mayor, colocó allí una de las-piezas de campaña,
que habían venido con la vanguardia. Tocó al cabo
Bernardini ir con la batería y'disparar el primer'ca­
ñonazo en Mentana,· como disparó el primero de la
campaña, en Bagnorea, y debia dentro de poco, dis­
parar los últimos de la batalla, de la guerra y de su ■
vida. Aquel cumplido caballero cruzado fulminó con
terribles golpes el reducto Santucci, hasta ver que
los zuavos en la pelea se mezclaban con los enemi­
gos: volvió entonces á otro lugar la boca de la pieza
Tayada.
Se defendieron egregiamente los garibaldinos
dentro y fuera del reparo, mientras la tempestad
rugió lejana. Salían en grupos, disparaban y vol­
vían dentro á cargar: mantuvieron un tiroteo vivo,
y amenazaron bravamente compactos el porton del
muro. Pero cuando detrás de este se formaron los
grupos de batalla, y vieron combatir las compañías
de carabineros, y sobre todo despues que Charette
oír dejó el temido grito: j A la bayoneta! los de las
camisas rojas vacilaron delante de la puerta, hasta el
punto de que arrojándose los zuavos con la bayone­
ta calada, no tuvieron en el choque un muerto ni un
herido, sin embargo de tomar malezas y viñas, ex­
peler el enemigo delante de sí, y matar hasta que lle­
garon á la casa. Allí encontraron resistencia, pero no
larga y vigorosa, porque hundidas las puertas y
muertos algunos mas obstinados, los otros se rindie­
ron: muchos habían huido para salvarse* Aquí tam­
bién la audacia evitó sangre: solo algunos cayeron
179
heridos; entre ellos Edmundo Yarz, Luis Maus, y, víc­
tima selectísima, perdió entonces la vida,el capitán
Arturo de Veaux. Mientras descendía para combatir
entre la lluvia de balas, y á los suyos aconsejaba que
marchasen con cautela, una. bala fue á parar dere­
chamente á su corazon, en el cual le hundió la cruz
de Casfcelfidardo, brillante sobre sú pecho. Cayó sin
respirar. En el día precedente habia dicho á un ami­
go al volver de la comunion: «Me parece haber to­
mado el Viático.» N6 lejos de Veaux, el coronel
Charette sacó su caballo muerto por tres balas, por
lo cual se puso á la eabeza del asalto, á pie: sus zua­
vos, desvanecido el temor de haberlo perdido, mas
furibundos se lanzaron adelante.
Mas dura prueba sufrieron los garibaldinos sobre
las cimas de la izquierda. Allí despues de ganada la
viña Santucci, animó Charette á la lucha, montando
un corcel, que los zuavos le presentaron, diciendo
que era del general garibaldino Fabrizi. Por este
lado la batalla seguía combatida terriblemente has­
ta-la última orilla del monte, donde se levanta entre
olivos escasos un pedazo de torre, rebajándose el
terreno frente de Mentana. Las dos compañías que
allí ascendían tuvieron que combatir árduamente
hasta las faldas 'del monte, donde fue preciso des­
puntar paso á paso la selva, encarnizadamente de­
fendida por los batallones de Burlando y de Missori.
Sin embargo hiriéronse lagar hasta el vértice, de­
jando tras sí cubierto el sitio de enemigos y sembra­
do de los suyos. Entonces recorriendo la cumbre con.
las fuerzas unidas, y sostenidos desde abajo, azota­
ron de una manera terrible á los garibaldinos por
todas las costas de los flancos, sobre todo al extre­
mo barranco, donde cayeron sobre la masa reunida
ISO
y confusa, con espantoso daño. Allí, según nos dije­
ron, los cadáveres recogiéronse á centenares. Se nos
mostró también el lugar donde el cabo carabinero
Emilia Ladernier fue traspasado mortalmente, y dijo:
«Soy muerto: no importa, ¡viva Pió IX!» Aún disparó
un tiro, cayendo é inundando el sitio con su misma
sangre.
Toda la segunda línea de los garibaldinos había­
se pues conquistado, y hasta entonces, sobre todo
por la toma de la viña Santucci, asegurado estaba
el bu.en éxito de la jornada. Tal era, según los co­
mandantes aliados, y también según los garibaldi­
nos, la llave de Mentana. Allí se llevó, átiro del ad­
versario, el cuartel general. En tal relevante adqui­
sición se habia empleado menos de hora y media,
y escasa sí pero preciosa sangre. Pablo de Doy-
nel, caballero francés, fue el primero que dejó la
vida sobre aquel campo de gloria imperecedera;
Agustín Guilmin, boqueaba; Juan Letón, tenia una
bala en el pecho, y dirigiéndose al capellan monse­
ñor Daniel: nDadme la absolución, decía, y retiraos:'
ved que os miran estos brigante s.» El sargento Car­
los de Alcántara, destrozado mortalmente de horri­
ble modo, animaba á sus compañeros: «No penseis
de mí; adelante vosotros: ¡viva Pío IX!» Se condu­
cían al hospital de campaña el cabo Ivo de Quatre-
barbes, el teniente Salvador Jacquemont, y el he-
róico Pedro Audouin, que paró espontáneamente con
el pecho el golpe dirigido á su capitan d’Albiousse;
asi como dos primicias del valor canadés, Alfredo
Laroque, y el sargento Hugo Murray: todos enalte­
cidos por nobles heridas, noblemente llevadas. Los
enemigos entre tanto huian, consternados sobre to­
da ponderación. 'Si los muros de Mentana ó de otra
181
defensa murada no les hubiesen ofrecido un pronto
refugio, su suerte hubiera quedado decidida desde
aquel primer encuentro.
«Eran cerca de las dos, dice Del Vecchío, cuando
según la orden de Garibaldi, nos retiramos á Menta­
na.» De semejantes eufemismos se aprovechan tam­
bién otros partes garibaldinos. La verdad es que la
orden de retirada diéronla los zuavos á la bayoneta,
según reconoce G-uerzoni, uno de los presentes y
acaso de los fugitivos. Las providencias de Garibal-
di tendieron á organizar la resistencia dentro de
Mentana. Cuatro batallones (columna Frigyesi). se
detuvieron en las barricadas; Elia con tres batallo­
nes se emboscó en la altura qué cubre la poblacion
á levante; otras dos poderosas huestes, divididas en
seis batallones, se apostaron mas atr¿s para sostener
á Elia; 1200 hombres mandados por Cantoni exten­
diéronse por el camino de Monte Kotondo, como
cuerpo de recuperación; una pieza de campaña con
algunas menores, se colocó sobre una altura detrás
de Mentana. Asi el relato de Menottí, conforme con
nuestros informes.
No creemos en verdad á José Garibaldi capaz de
tan bien concebidas disposiciones de batalla: las to­
mase ó las recibiese, parecieron excelentes au'ná los
comandantes aliados, que aprestábanse á combatir­
las. Se mandó que siete piezas de artillería (dos
francesas) abrieran el fuego sobre el castillo, y so­
bre los aproches. Se lanzan entonces los valientes
artilleros, por breñas y declives, que parecían im­
practicables, y plantan furiosamente las baterías:
parecían temer que la infantería les robase su obra;
algunos como el cabo Ignacio Santi que sirvió de
simple apuntador, habia movido cielo y tierra, con
182
el fin de ser escogido'para la pequeña compañía de
los combatientes. Tres bocas apuntaban desde el
monte Guarnieri, una desde el camino y tres desde la
viña Sautucci: á los atrevidos garzones' parecíales
juego y fiesta, ora apuntar á las ventanas del cas­
tillo, bajo el azote del tiroteo enemigo, ora hender la
artillería garibaldina; sus capitanes les aplaudían y
recomendaban sus lelices golpes. El conde de Ca­
sería, lo mismo que otros oficiales ilustres, se com­
placían en rodear los cañones y en hacer disparos.
Gallardo y eficaz resultaba el efecto de la artillería,
porque además del daño, llenaba de indecible pavor
las falanges de los garibaldinos: demasiado presto
hubo que renunciarse á esta ventaja, por avanzar
velozmente la infantería pontificia para combatir
con el enemigo. El canon desde aquella hora no pu­
do casi hacer-mas que -molestar el castillo, no que­
riendo Kanzler que se agravasen las ya demasiado
graves amarguras de los inocentes hijos de Mentana.
A los carabineros extranjeros cupo el honor del
ataque principal: prontoia mayor parte del batallón
se movió por el valle y por el camino de Roma, h á-
cia la puerta de Montana: en el ínterin- varios des­
tacamentos, de zuavos les habían, precedido, descen-
. diendo paralelamente sobre el alto llano: los unos f
los otros desbaratando. con el hierro y el fuego los
enemigos que'se quedaron detrás en la fuga general.
Una casería grande llamada el Conventillo, expug­
nada fué al pasar por los zuavos, é igualmente un
casal de hornos, al pie de la subida de Mentana. Mas
lo dificilísimo era el asalto de la puerta del lugar y de
la cumbre frondosa que á oriente la flanquea, porque
los garibaldinos valiéndose agudamente de su posi­
ción, habían acumulado aquí sus fuerzas de defensa:
183
sobre todo, desde el ventanaje del castillo, desde las
casas y desde las grillas del lado, barrían con infinita
lluvia de muerfce.toda entrada y largo trozo.de la .calle
de delante. Por lo cual las -compañías ele carabineros,,
evitando .el fuego de la puerta, giraron sobre su flan­
co, derecho, y se unier.o.ná los, zuavos sobre e l;alto
llano oriental. Allí se trasladó, pues, el teatro de la
todas última pelea, en la cual empeñáronse sucesi­
vamente las armas aliadas. Para los garibaldinos, el
castillo era como el ala. derecha del combate, el. ca­
mino de Monte Rotondo con las fuerzas allí colocadas
til ala izquierda, y las casas de. Men tana, convertidas
en una .hilera de reductos vomitando fuego, el cen­
tro de. la a-esistencia (1);
, Nonos detendremos,á describir minuciosamente
las pruebas de valor y temeridad, dadag-por las com­
pañías de los, zuavos en el primer ardor de su arribo
sobre Mentana:,solo hablaremos de la marcha gene­
ral del asalto largo y obstinado.. Entre las primeras
puntas de armados que desalojando el enemigo, de
tronco en tronco, pasan á donde les arrastra, el fu­
ror, hay una media compañía de Yeaux. muerto á
la vista de la viña Santucci: nada puede detenerla.
Tratan de subir la terrible costa; y entre los oliyos
espesos descubren una nube de humo, .dentro de la
cual estalla el ¡viva Pió IX! y un grupo de, zuavos
persigue, ;oprime, desbarata una gran muchedum­
bre de garibaldinos: encuéntranse mano á mano,
hierro á hierro, y rechazan al enemigo hasta.dentro
de., las1barricadas. Oyeron, entonces , detras de· los
m u r o s u n ; grito de. viva Garibaldi; q u e. atravesaba'

(1;) Véase la pla^nta de Mentana, en nuestro Mapa corográfico


de :lai cinco provincias, ¿Le- 1 '
184
el pais. Quizás el jefe recorría por última vez las fi­
las enmarañadas de sus gentes* y ordenaba (si algu­
na cosa mandó) el movimiento de buena táctica,
cuya ejecución veremos en breve* Posteriormente
(esto es seguro) antes de las tres, mientras encendía-
s e la lucha'decisiva, José G-aribaldi con escaso sé­
quito, guiando su caballo su hijo Menotti, abando­
naba á los suyos sobre el terreno, y retirábase á
Monte Rotando. Mentana viólo partir, y Monte Ro-
tondo llegar. Asi arrojaba los mercenarios & culatazos;
asi su cadáver quedaba entre el Papado y la Italia; asi
cumplía su voto: Rom a ó m uerte .
El puñado de zuavos en el ínterin, embriagada
por su rapidísima ventaja, no pensó en el número d&
los enemigos, ni en el insidioso lugar en que se aven­
turaba, ni en el cañón que lo hería de frente, ni en
el largo flanco de las casas de Mentana que ofender
no podía. No solo de las ventanas, sino hasta de las
guardillas, y debajo de las tejas levantadas al efecto,
salían las bocas de los fusiles allí colocados, y con
ellas la muerte; en parte alguna comparecía el ene­
migo al descubierto. Por lo cual los zuavos avanza­
ron hasta llegar á treinta metros delante de la po­
blación; allrse pusieron en medio de algunos pajares-
como en roca guarnecida, y unas veces afrontando,
defendiéndose otras, y otras retirándose por instan­
tes, y por instantes volviendo á ganar lo perdido,
hasta el fin de la jornada, permanecieron á pesar de
las muchas pérdidas. La sola historia de este puñado-
de leones merecería una larga página, si no hubiese?
mas, para referir les nombres de los que allí cayeron-
muertos ó heridos. Sobre sus pisadas sobrevenían
con nuevas fuerzas el capitan Lefebvre, el capitan
de Moncuit, el capitan Le Gonidec, el mayor Lam-
185
billy y otros oficiales. También sobrevenía el fiero
batallón de carabineros, compacto, diestro para cum­
plir las órdenes, y disciplinado para las mas arries­
gadas conversiones: subiendo del valle reforzó en
parte los zuavos empeñados en el ataque inmediato
de Mentaná, y en parte dió vueltas largas con el fin
de protegerlos por la espalda.
Y bien necesario era, porque las masas de Gari-
baldi, aunque rechazadas, no estaban por esto des­
truidas: con el favor de los muros se rehacían poco
á poco, é intentaban tomar de nuevo la ofensiva.
A lo menos tres veces intentaron salir por detrás de
Mentana, esto es por la parte setentrional, que mira
Monté Rotondo, y caer sobre los fíancos de los pon­
tificios, que trataban de contrastar el caserío. Igno­
ramos quién guió aquellas salidas de mucha gente
bien ejecutadas. Menotti cuenta una sola, ope­
rante «con valor y entusiasmo;» Guerzoni las reúne
todas igualmente en «una carga estupenda á la ba­
yoneta,» bajo el mando de Fabrizi, de Menotti, de
Mario, de Bezzi, de Canzio.y hasta de Garibaldi, ase­
gurando además que faltó poco para -que de nuevo
entrara éste triunfante dentro de la viña Santucci.
Absolutamente no hubo allí una sola carga, sino
varías tentativas, quizás por un propio designio que
debíase realizar con facciones acordadas, y que se
convirtió por el contrario en derrotas sucesivas.
Siguió un vertiginoso torneo de los del Papa, los
cuales, en un sitio admirablemente vario, cortado
por caminos, orillas, desfiladeros y malezas, debían
hacer frente á las columnas muy numerosas, y á
fuerza de tiros y bayonetazos desordenarlas: fue una
hora y mas de combates horrorosos, en los cuales
raramente los garibaldinos se dejaron llegar á la
186
bayoneta·, arma decisiva'contra.ellos, que nunca pro­
vocaban. .
Una sola ventaja Momentánea-consiguieron los
garibaldinos, que proporcionó glori-a extraordinaria
á los intrépidos carabineros. Mientras dos, compa­
ñías suyas (la 29 del capitan Stoeklin, y la 5* del
teniente de Buttet) y con ellas un grupo de zuavos
marchaban á rodeá-r la izquierda garibaldina, y cor­
tarle la retirada á Monte Rotondo, vieron que por
aquel mismo lado caia sobre ellos una columna, mas
largamente girante de dos ó tres batallones. Los
pontificios ordenaron pronto: fuego en retirada. Se
obró pues con gran dificultad,, pero sin; ceder, antes
molestando con el fuego á los perseguidores, que
compraban con sangre cad a: palmo . de tierra,· sin
atreverse á usar el arma blanca. La fiera -retirada
duró cerca de media hora, en terreno reducido, hasta
que lograron un refuerzo de otras dos compañías,
mandadas por el córonel Jeannerat. Entonces, se
mantuvieron á pié firme, y se detuvo al enemigo,
á pesar de hallarse la columna pontificia molestada
horriblemente por las casas de Mentana de una par­
te, y por las gruesas filas del enemigo de otra.
Contemplaban desde-el cuartel .general esta es­
pléndida evolucion los comandantes franceses y pon­
tificios: mientras el mayor Ungarelli volaba lle­
vando la orden al coronel d’Argy, de empujar para
el desquite á su legión, no se podían contener de
aplaudirla vivísimamente aunque de lejos, como uno
délos mas heróicos episodios de-la jornada, que tan­
tos ofreció dignos de aplauso.· Cinco compañías de
legionarios, llegaban al sitio, mandadas por el coro­
nel Cirlot, que expedía lqs: capitan es Séré y Vazeille
para que asegurasen,el combate de los carabineros.
187
Mas como estos vieron la ^primera compañía de la
legión oblicuar"diestramente sobre sus flancos, im­
pacientes de seguir mas en sus defensas„ lánzanse
adelante con las bayonetas caladas.. Detrás de ellos
se forma la columna de asalto con carabineros, le­
gionarios, y un puñado de zuavos reunidos con el
capitan Lefebvre, que gritan ¡adelante! ¡adelante!:
con bala y con las bayonetas, separadamente y en
compañías cerradas, se rompe la línea garibaldina,
que primero resistió gallardamente; ál fin desbara­
tada en fuga perseguida es parte hasta las barri­
cadas.de Mentana, y parte hasta las espesuras entre
la po^lacion y Monte Rotondo; y conUanto abandono
que una punta de legionarios arrastrada por la furia
francesa y por el teniente Cervale llega á los caño-
nes, matadlos artilleros, y vuelve abriéndose paso á
la bayoneta.
Si la facción brilló por su arte y bravura, no fue
sin pérdidas, especialmente de los carabineros que
sostuvieron el peso principal. Habiéndose quedado
sin corcel por tres balazos su mayor Castella, estaba
este también herido de gravedad, siendo arrancado
€asi á la fuerza, del combate, por el coronel Jean-
nerat y el capellan monseñor Bérard: dejaba en su
lugar el mando.al coronel de ©curten, simple soldado
voluntario. Otro oficial Rodolfo Deworschek estaba
herido mortalmente; cerca de 40 carabineros yacían
en el campo, muertos ó heridos·. Los zuavos además
habían satisfecho largo tributo de sangre en las con­
tinuadas peleas hasta entonces sostenidas: cerca
■de' 60 habian caído ya: entre ellos el subteniente Nar­
ciso Dujardin, que aún curó de las heridas.
Rechazada la primera salida, los pontificios con­
tinuaron nuevamente la batalla sobre los largos cer-
188
eos de las casas, persiguiendo las escasas compañías
que habían quedado para ofender el centro del ene­
migo. No habia adelantado poco la obra del ataque,
aunque bajo una lluvia homicida de balas. En vano
los garibaldinos mientras fracasaba la* salida de la
izquierda, habían intentado otra de la derecha, apo­
yándose en el casal llamado villa Cicconetti, que con­
servaban en su poder; tres compañías de legionarios
conducidas rápidamente por el mayor Cirlot, los ha­
bían circundado y batido por esta parte, conquistan*
do aún la posicion de los pajares, por un momento
invadida por los enemigos. El capitan Durostu, me­
tiéndose mas allá de la entrada de lapoblacion.hácia
Monte Rotondo, ayudado de dos cañones colocados
en la viña Santucci, habia desocupado las casas pri­
meras: el cazador Longin hundió una puerta, gol­
peándola con- una peña, saltando dentro con su te­
niente Kerdrel, y el sargento mayor Victor Verstrae-
ten: los tres· intimaron la rendición á 30 hombres, é
luciéronles prisioneros. Durostu disponíase á prose­
guir de casa en casa, hasta que se pudiese dar el
asalto general.
Ya no parecía demasiado lejano el momento. En­
cerrado estaba en Mentana el grueso de los enemi­
gos, y se habían contrastado con gravísimas pérdi­
das sus tentativas de ataque, así como cortada su
línea suprema de defensa: los garibaldinos en tropel
echábanse por el camino de Monte Rotondo; un es­
cuadrón de dragones colocado sobre las últimas po­
siciones enemigas, pedia á voz en grito venia para
cargar é impedir la retirada de Monte Rotondo. Tal
era el furor de arrojarse al peligro, que no se cui­
daban de las asperezas del suelo impracticable, pro­
testando que conocían bien sus caballos, y que po-
189
drian sostener ia carga .entre las rocas: apenas bastó
la disciplina militar á contenerlbs, y no á todos, por­
que algunos apeándose, se consolaron con los pis­
toletazos, Por añadidura, por el lado del Tiber, co­
menzaba á salir la columna Troussures, que vimos se­
pararse del cuerpo expedicionario, á fin de realizar
una diversión. Por vias horrendas é inimaginables
asomábase ahora sobre las cimas de los cerros á
espaldas de la poblacion, y amenazaba pasar, como
hízolo despues, las líneas enemigas de parte á parte.
En tales condiciones de los dos campos afronta-,
dos, túvose otra prueba de que en el estado mayor
garibaldino mandaban entendidos oficiales, y de que
el ejército italiano, cabeza y brazos, militaba bajo
las camisas rojas. Se comprendió ya todo el órden
de batalla, no revelado enteramente hasta entonces.
Las dos salidas primeras no eran mas que parte y
apoyo de una mas vasta y bien entendida revolución
de fuerzas, con la que aguardábase la victoria y que
á la verdad podía prolongar á lo-menos la batalla, si
seguida hubiera estado al propio tiempo. Del extre­
mo límite del ala izquierda garibaldina, que exten­
díase por el camino de Monte Rotondo hasta las es­
pesuras del monte de S. Lorenzo, se descubrió el
movimiento, bastante bien disimulado, de dos gran­
des columnas, que á guisa de alas extendíanse á
oriente y á occidente de Mentana, Eran casi todas
las fuerzas garibaldinas, fuera de 6 batallones de­
jados para sostener las barricadas de la poblacion.
Por lo demás tai y tanta confusion reinaba entre los
garibaldinos, por las sufridas desventuras, que ni
aun su estado mayor podrá nunca decir qué cuerpos
empeñó en este decisivo y último esfuerzo. Cierta­
mente estaba la columna Cantoui, y cuantos habían­
190
se podido reunir de los desparramados en otras fac­
ciones. Procedían cerrados, en justas secciones» con
perfecta disciplina de manejo, con evidente propó­
sito de rodear á los pontificios, y lanzarlos contra el
siempre vivo y ardiente tiroteo de la villa.
Mas si esta fue la idea de los comandantes g ari-
baldinos, fue también pronto y eficaz el reparo de
los aliados, porque el general Kanzler, que desde lo
alto veia la'm archa del alto conflicto, provocó en­
tonces el cuerpo de reserva paca que descendiese al
campo. Hacia unas 6 horas que los franceses habían
cargado sus chassepots, y los pobres fusileros sentían
que les quemaban en las -manos, viendo desde las
alturas de la viña Santucci y del monte Guarmeri
los ataques y las paradas que como danza marcial
entretejíanse á sus pies: no pudiendo hacer mas, ani­
maban con sus gritos á las compañías entradas en
combate. Al signó del general Polhés pareció salir
d^ cadena. El teniente coronel Saussier, con unos
400 infantes del-29 de línea, dió vuelta para detener
la columna occidental; su presencia y el arribo de
Troussures con tres compañías de zuavos rompieron
el movimiento enemigo dos ó tres veces superior en
número. Del lado oriental, ó lo que vale lo mismo
sobre el'alto llano de la batalla, el coronel Frémont
entró con el primero de línea y tres compañías de
cazadores, desencadenadas según su táctica. Movió­
se largo, é interpúsose como un cuneo, entre las es­
paldas de los pontificios y la columna girante, que
con cerco amplísimo subía espesa y osada del fondo
del valle, ignorando el castigo que la esperaba, -
Mientras se disponía el nuevo choque, marchan­
do á encontrarse franceses y garibaldinos sobre
las alas, no cesaba todavía el fuego en el centro. Pa-
191
recia á cada instante arder la entonces comenzada
batalla. El capitan Daudier, agreg*ado voluntario á
la . sección de artillería ■Oheynet,. hacíala avanzar
do puesto en puesto, con impaciencia creciente de
tirar contra las casas de donde mas ardientemente
disparaban los fusiles los garibaldinos, y ofendía
mas allá la columna que á manifestar comenzaba
sus cuadrillas. Quiso mover el cañón hasta '300 me­
tros de los fusiles enemigos, pero no podia por la ar-
duidad del sitio, ponerlo en batería. El cabo Bernar­
dina que mandaba la pieza de la posicion posterior,
empujó su corcel, y corrió á dar la mano, «¡He aquí
un valiente!» gritó el capitan, viéndolo á pié traba­
jar para la carga, hajo un tiroteo 'ruidoso. Caían real­
mente á su alrededor* Bacchi, Nunzi, y algunos ca­
ballos: el artillero Mauricio Buser con la hoca san­
grienta seguía trabajando: los mismos oficiales ha­
cían la obra de los soldados. En fin el puesto era
mortal, y el cañón no se podia gobernar. Paráronse
hasta que el teniente Cheynet. halló caballos de cam­
bio. Entonces se ordenó la retirada; y el cabo F er-
rati dijo al amigo Bernardini: Cuidado con subir á
caballo. Desprecia el peligro este, y sube á la silla:
dos balas al cuello y al pecho lo derriban; y lo ma­
tan incontinenti, pudiendo solo antes de morir, salu­
dar con la mano á sus camaradas.
La retirada de la pieza fue desastrosa para loa
artilleros, y no se hubiera conseguido sin la protec­
ción de los legionarios y de los zuavos, que asedian­
do el arrabal, cubrieron de fuego los tiradores gari­
baldinos. Lanzados estos de las ventanas volvieron
á hervir en las calles animados por la ventaja con^
seguida; al ver su columna girante tomar terreno á
las espaldas de los asediadores, daban grandes vo-
192
ces y parecían á punto de salir,impetuosos de un ■ca­
llejón en medio de las casas. Para¡ contenerles, dos
oficiales legionarios, Kerdrel y Napoletti, se .arrojan
sobre el mismo callejón, seguidos de un puñado de
audaces, se libran del fuego, y se plantan de centi­
nela. La audacia de los encerrados se contuvo antes
délos movimientos. En el centro, pue^,· caia la for­
tuna enemiga de momento en momento: quedaba
ver el éxito déla última tentativa, sobre el extremo
lado oriental.
Ya casi se hacia frente á las lineas francesas y á,
las garibaldinas: estas desenvolviéndose bajo el mon­
te de 5. Croes y el convento de los Angeles hácia la
viña Santucci; aquellas marchando desde la viña
Santuccl en dirección contraria, casi paralelas, pero
mas cerca de Mentana. Admirablemente atroz fué
su encuentro. A medida que el batallón avanzaba
pasando frente de las masas garibaldinas, altaneras
por su número, parecía que pasaba la. tempestad so­
bre un campo de espigas, ¡tanto era el azote! Tres­
cientos metros antes de que las carabinas italianas
pudiesen ofender, íos proyectiles molestaban den­
tro de las filas,., herían con seguridad las compañías,
y la muerte presentábase á cada uno en los compa­
ñeros, desalentando el destrozo y los ayes de los he­
ridos á los combatientes. Y no solo les dañaban los
golpes de las armas que horadaban y rompían los
miembros humanos, sino también la vista del viví­
simo fuego, y la explosion abundante y continuada,
que infundían terror indescribible. Se rompían las
filas, buscándose cada-uno un reparo: muchos vol­
vían las espaldas, y todos vacilaban. Las compañías
enteras envueltas y desordenadas, retirábanse hu­
yendo: los ckassepoi empujaban mas allá y aquellas,
193
se topaban, cayendo las unas sobre las otras; habién­
dose prescindido de las órdenes, de las insignias, y
de las voces de mando, la columna se convirtió en
un torrente indomable, por la campiña esparcido.
Los comandantes garibaldinos si creemos á Guerzo-
nit lanzábanse á derecha é izquierda, exhortando y
profiriendo amenazas. Frigyesi, Menotti, Marani,
Bezzi, Celia y Fabrizi se arrancaban rabiosos los ca­
bellos, no logrando reunir una compañía, ni rehacer
un nudo de infantes. Garibaldi estaba ya seguro en
Monte Rotondo, aunque lo envuelve Guerzoni en la
inundación de la derrota universal- «Garibaldi, pá­
lido, ronco, taciturno, .envejecido veinte años, g rita­
ba á los fugitivos: sentaos y vencereis. ¡En vanol
Precipitaba y conducía todo á la vía final de la re­
tinada.»
Mal-se podrá referir el desorden infinito con que
se cubrió la comarca. Caminos, campos y bosques
hormigueaban de desbandados, conducidos solo por
el espanto. La columna de T-ronssures, que casi do­
minaba el camino de Monte Rotondo, con pocos dis­
paros recogió centenares de prisioneros: uno de ellos
el futuro historiador mentiroso Pedro Del Vecchio;
el coronel Saussier, que hubiera podido disparar so­
bré millares desde el cerro un poco mas arriba que
dominaba el propio camino, dejó que pasase aquel
tropel infeliz: compasión caballeresca que le ha echa­
do en cara como .miedo Guerzoni; uno de los fugi­
tivos! El capitan Epp, con una sola compañía de
carabineros, perseguíalos hasta las puertas de Monte
Rotondo, sin ser molestado.
Solo un punto quedaba intacto á los garibaldi­
nos, sobre el ala derecha; el castillo de Mentana con
las casas en torno, cortado fuera del cuerpo rema-
TOIUQ IV ·. 13
* 194
nente. Poco daño había sufrido de la artillería, por
la solidez de los muros; las casas por su posicio n pro­
funda, mal se podían batir con el cañón, d menos que
se bombardeasen, lo cual no queríase hacer. Los ca­
rabineros g’enoveses y otros varios centenares de
hombres aún se sostenían allí. Asaltaron este último
reducto del camino grande de Homa dos batallones
mandados por el coronel Berger y por el mismo g e­
neral Polhés; mas. la infantería francesa, lo pro­
pio que los carabineros pontificios, halló inaccesible
este lado, desde donde el enemigo destruía impune­
mente á los asaltadores con un fuego infernal; ple­
gáronse aun estos sobre la derecha, y estableciéron­
se sóbrela altura que domina Mentana. En el ín­
terin, sobre el mismo lado, pero un poco mas allá,
legionarios y zuavos pedían á vtíz en grito acatar con
la bayoneta. Los oficiales deliberaban. Estaban Du-
rostu, Lefebvre y Chappedelaine: conceden la-g ra­
cia. Chappedelaine desenvaina el acero, exclaman­
do: «¡Y bien, una locura mas:· adelante á la bayone­
ta!» Los zuavos que detrás de los heniles, y contra
las casas contenían al enemigo, precipítanse sobre la
mas próxima: consternados los garibaldinos suspen­
den el fuego de las ventanas: la puerta es pronto
hundida: 49 prisioneros se rinden á discreción. Otras
casas acechábanse, á fin de abatirlas.
Pero no bastaba á los mas violentos ganar una
casa despues de la otra: Juan Moeller, veterano de
Castelfidardo, oficial ahora y entonces simple solda­
do, lanza el chacó dentro de las defensas enemigas,
y grita: «Quien tenga corazon, sígame.» Al decir
esto ya corría á una barricada poco distante, salta­
ba sobre ella, y caia herido mortalmente por la
lluvia del fuego. Con gran pena pudo retirarse', y
195
dijo á sus .compañeros: ¡Estoy herido! ¡qué fortuna! »
Temeridad, verdadera temeridad, pero nobilísima
y memorable, que á los zuavos y legionarios arras­
traba al general asalto dé las barricadas y dé las ca­
sas, cuando á sus espaldas se oyó el sonido de las
trompetas: ¡No tiréis mas! .Era tiempo:· el.' batallón
Erémont victorioso tomaba la via de Mentana,
plantándose en centinela entre: la villa y la ciudad
de Monte Rotondo; el. castillo estaba rodeado; el
grueso dé los enemigos, exterminado lejos del cam­
po de batalla, se desbandaba en fuga desordenada
é irreparable, dejando sobre el terreno una pérdida
inmensa, entre muertos, heridos y prisioneros: eaia
la rioche. y sobre el ejército cruzado habia descen­
dido, indudable y llena la victoria,
. José Garibaldi, si se habia podido salvar hora y
media antes, no pudo librarse de-su descalabro, sino
que ,1o hubo de sorber amargamente gota ä gota.
Desde Monte Rotondo oia el estruendo del cañón y el
tiroteo de la fusilería, viendo con. sus ojos los alrede-
dores'de Mentana brillar por los fuegos, y anublarse,
por la humareda: de los sucesos de la batalla sabia
solo que los suyos se volvían en tropel, en muy nial
estado, jadeantes, aterrorizados, muchos sin armas y
descalzos; y que una fila de jumentos y de carretas·
le llevaba montones de cuerpos destrozados, que re ­
gaban el camino con el gotear de la sangre. No ha­
bía medio de socorrerá todos, mayormente en una
ciudad cordialmente adversa, y por tantos días exa­
cerbada. Era preciso abrir por fuerza las casas de los
ciudadanos; asi como por fuerza y en desorden me-*
ter eñ ellas los heridos, amenazando ¿e muerte á sus
habitantes si no se ponían ¿ curarlos: iglesias, cuar­
teles, habitaciones privadas, todo resonaba de ayes
196
sin consuelo. Algunos huían de Mentana desalenta­
dos, de forma que antes de aventurarse'por un sitio
desviado, preguntaban á los del pais si habia zuavos;
despues arrojándose á las casas., pedían por gracia
un escondite* y vestidos andrajosos de paisano con
que cambiar el ruin uniforme rojo de su jefe.
Cuenta el parte de'Fabrizi, que G-aribaldi mandó
poner ciertos obstáculos en las calles y puestos avan­
zados de los alrededores de Mentana, y que detuvo·
al enemigo. Verdad los obstáculos, y verdad que el
coronel Fré'mont no prosiguió la caza hasta dentro
de los muros: hubiera sido locura con 500 fusileros
empeñarse con los miles dentro de las calles de una
ciudad. Mas no es menos verdad lo que todos vieron;
ó sea que el pobre general de los de las camisas* ro­
jas, entre el susto y la cólera, poníase á dar voces de
mando que los suyos enloquecidos por el miedo, no
escuchaban. Cuerpos enteros de guardia echaban
las armas y huian locamente: las posiciones fuera
de los muros quedaron desiertas al presentarse los
franceses (que se reputaban legionarios), y las turbas
reunidas con gran pena, resolviéronse como niebla
delante del sol, refugiándose en la ciudad, desenfre­
nadamente. Entonces se gritó: ¡Al castillo, al cas­
tillo J
Al castillo llegaba también el general Fabrizi
con otros jefes, que unidos manifestaron á Garibaldi
las rauy desesperadas condiciones de su ejército.
«Pues bien, respondió, súbitamente á Córese*» Nin-
guna orden dió nunca 'Garibaldi, mas pronto com­
prendida, ó mas en breve ejecutada. Salía la chus­
ma (de orden militar no quedaba vestigio ni recuer­
do).de todas partee, en la oscuridad, bajo la lluvia
que había caído, y marchábase por la puerta Roma­
197
na, según la espoleaba la consternaeion, la ira ó la
vergüenza. En el oleaje de la retirada vortiginosa,
se oian claramente quejas é imprecaciones contra
los jefes de la mala guerra, sobre todo contra Gari­
baldi, que rodeado de sus principales, lejos de guiar,
formaba parte de la baraúnda. -
¡Parecerá increíble! Guerzoni escoge este punto
de la narración para formar la mas chistosa carica­
tura que imaginarse pueda del Héroe legendario: «La
columna, cuenta, seguía, larga, cerrada, taciturna:
ni un panto, ni un grito, ni una conversación. Cada
uno pensaba en ayer, en hoy, en mañana: era cada
hombre un sueño ambulante. Precedía Garibaldi á
caballo, silencioso también, con ei sombrero hasta
los ojos, los brazos sueltos, lúgubre, convertido en
un espectro. ¿Habéis visto el Napoleon de Meisson-
nier vuelto de Waterloo? Cosa semejante. lío se cui-
daba de nadie: cada uno comprendía que aquel hom­
bre deseaba estar solo con su desventura, y que tenía
derecho á estarlo. En un instante pareció apercibirse
de que cabalgaba mas cerca, y de que veia todos los
movimientos de su frente, por lo cual rompiendo un
poco el silencio, me dijo:—Es la vez primera, Guerzo­
ni, que me hacen volver las espaldas, y hubiera sido
mejor..... —Aquí un profundo suspiro le cortó en la
garganta la frase..... ¿Acaso quería decir: mejor hu­
biera sido perecer?—La=hora era á propósito para se­
mejantes ideas, y alguno quizás las alimentaba co­
mo él!«
Cierto no las alimentaba* creemos nosotros, Guer­
zoni; ó á lo menos las alimentaba, demasiado tarde,
como demasiado tarde también pensaba en ello
Garibaldi, al cual, mucho tiempo antes de que con­
cluyese la batalla, nunca se le vió dentro del tiro. Te
198
uemos por testimonio la palabra de oficiales superio­
res que mandaron la vanguardia pontificia, :yel parte
general. En el ínterin Kanzler, que los relatos g ari-
baldinos escaraecieront cabalgaba con.todo su esta­
do mayor no curándose del fuego enemigo, hasta el
punto de que un coronel extranjero , veterano de
guerra (nos lo refirió él mismo) tuvo el valor de avi­
sarle .que se retirase, porque le estaban apuntando.
Por el contrario los del 'jactancioso estado mayor
garibaldino ignoramos cómo expusieron sus perso­
nas*. solo sabemos que al dia siguiente de la derrota,,
en "el primer relato que publicaron, aún ignoraban
que habían debido combatir con un cuerpo, de fran­
ceses. Lo que confirmó también con.formal confesion
Bertani en el parlamento de Florencia. Garibaldi
mas ignorante que su estado mayor , saludado por u-n
coronel italiano, á la otra parte del confín, respon­
dió, no ya con,las poéticas y heróicas palabras que le
atribuye el suave Guerzoni, sino con una histórica,
frase prosáica: —¡KTos han batido!
—¿Quiénes? ¿Los franceses?
—No, no- lo s papalinos ..... Con aquellas carroñas-
no se podía vencer.
¡Infeliz juventud, que siguió la bandera infame!
Vendida primero, y vilipendiada despues. Los mis­
mos jefes de la garibaldería, en la rabia de la derrota,
contra sus soldados se rehacían dé la-desventura, de
laque m asquelos otros eran culpables, Bertani va
reuniendo los hechos de sus bellaquerías; el parte de
su estado mayor-no cesa r e hallar entre los volunta­
rios los indóciles, los fugitivos,' los agentes maléficos-
y quien los consiente; Guerzoni canta claramente
que ¡el grueso del cue?yo no se batió bien! A lo menos el
general Kanzler al contar con frases, sobre todo en­
199
carecimiento modestas, la victoria de loa aliados, no
negó un consuelo á los vencidos, confesando que «los
movimientos del enemigo estuvieron bien dirigidos,
como también que confiando en su numérica supe­
rioridad y en sus favorables posiciones, valerosa­
mente se defendió .en diversos puntos, y en particu­
lar detrás de los muros y las barricadas.»
Mejor que la altivez y las iras teatrales hubiera,
convenido el remordimiento á los jefes garibaldinos.
El cuerpo de su delito estaba presente, y ¡en qué
horrible aspecto! Millares de jóvenes arrancados de
sus casas por la fuerza de la seducción, y compelidos
al mas execrable de los crímenes, eran por Garibaldi
llevados de nuevo á sus familias, despuea del mas
sangriento y deshonroso de los castigos. Mas de 800
cadáveres yacían en el campo de Mentana, sobre Los
cuales no podia descender la bendición dé la Iglesia,
ni los honores de ninguna patria* ni el luto público
de los hombres de bien. Buró varios dias la obra de
buscarles y sepultarlos. Se hallaban en todas partes;
y'mientras los muertos del ejército pontificio mos­
traban en sus semblantes que -habían agonizado
como cristianos, los garibaldinos se distinguían por
sus formas crueles, por sus posturas horribles * por
sus cabellos enmarañados, por sus ojos sanguíneos
que salían fuera de sus órbitas, y por sus caras aun
en la palidez de la muerte, llenas de indescribible
desesperación; parecían demonios heridos por el rayo
de Dios. No lo duden los profanos: atestiguamos lo
que atestiguaron hombres graves, sacerdotes, solda­
dos, y oficiales superiores* Sobre algunos halláronse
fragmentos de vasos sagrados, con residuos de la
Hostia adorable, prueba de las rapiñas sacrilegas
hechas, y lo que peor era, ’sobre los miembros da
200
mas de uno, se descubrieron punteados símbolos de
secta, propios de Lucifer y nefandos, asi como imá­
genes colgadas al cuello capaces de causar envidia
al infierno. Quien oyó aquellas bocas de impiedad é
indecencia, si lee este libro dirá; ¡Demasiado!
No es fácil dar el cómputo exacto de los heridos*
Es cierto que al dia siguiente de la batalla corrieron
al gobierno de Florencia noticias propias de una
matanza. «El gobierno (decia por telégrafo el diplo­
mático La Yillestreux á París) ha recibido esta ma­
ñana la noticia de que las bandas garibaldinas han
sido cortadas á pedazos. Se habla de 3000 hombres
muertos ó heridos; Garibaldi ha logrado huir.» -Des­
pués vinieron las artificiosas mentiras compuestas
en los relatos garibaldinos, que no lograron con todo,
engañar, á lo menos en Italia- Mentana estaba llena
de heridos, como también Monte Rotondo: lps cam­
pos estaban cubiertos de ellos. De los que se pudie­
ron acarrear, Roma recibió mas de 200; al torrente
Córese habíanse amontonado de 900 á 1000, ya para
servirse de .las ag u a s, ya para esperar los 'trenes.
En el parte de un oficial de gendarmes al ministro,
del 15 de noviembre, se leia: «Desde el punto de
Córese hasta Terni y mas allá habrán muerto por
sus heridas cerca de mil garibaldinos.» Durante mu­
chos dias, las vías férreas condujeron heridos: lle­
naron los'hospitales de Poggio Mirteto, Terni, Nar-
ni, Spoleto. Foljgno, Perusa y mucho mas adelante,
descargándolos hasta en Bolonia, Florencia y Géno-
va. La gente hacia comparaciones entre la ida y la
vuelta de la propia juventud, que dias pasados había
visto llegar metiendo ruido al ferro-carril, cantando
é insultando al cielo; ahora bajaban de los carros en
brazos de otros,.sosteniéndose mal sobre los basto­
201
nes, ó acostados á través de los carruajes, ó extendi­
dos sobre camillas: todos con los miembros mas ó
menos rotos, mal fajados, sin sombrero y con las ca­
misas despedazadas. Así se sabían casi con los ojos
las verdaderas noticias de Mentana, y se daba mas
crédito á los relatos pavorosos de los vueltos á sus
casas, que referían la matanza.
Los italianos que recuerdan aquel universal y
prolongado espectáculo de cólera divina, que pre­
sentaba su país, reconocerán como muy inferior al
verdadero el número mil dado en el parte pontificio,
entre muertos y heridos de Garibaldi. Se tomó,de.
los primeros y mínimos informes, despues de cesado
el fuego. El cómputo del relator Fabrizi, que h ab V ;
de 150 muertos y 220 heridos, es tan manifiestamenr,’
te falaz, que de buen grado lo omitimos. Descubre
cada uno el intento de tal mentira. Otros se' compla­
cieron en establecer una razonada comparación en­
tre la guerra de la Italia contra el Austria en 1866,
.y la guerra regio-garibaldina contra Roma del año
siguiente, afirmando que la sola jornada de Men-
na costó mas pérdidas que toda la campaña prece­
dente. lío gozamos por esta sangre: solo á Dios cor­
responde. Complacerse en la desventura de los culpa­
bles, que castiga; á nosotros toca solamente horrori­
zarnos, y registrar en la historia los ejemplos del
celestial castigo*
Mas volvamos al campo de Mentana, en la tarde
despues del combate. El general Kanzler, desbara­
tado el enemigo, tomó providencias paTa que si­
guiese la victoria, si los garibaldinos procuraban le­
vantar la cabeza en Monte Rotondo ó en otra parte.
Sobre el ¿erreno conquistado, esto es, en la viña
Santucci, reunió consejo de guerra. Resolvióse lia-
202
mar de Roma algunos batallones de tropas france­
sas, para sustituir y reforzar á las fatigadas, por si
debía combatirse en Monte Rotondo á la mañana si­
guiente. Porfío que hace al puñado de enemigos que
se quedó en Mentana, se quiso ahorrar á los atribu­
lados habitantes del pueblo, un asalto nocturno:, tan ­
to mas cuanto al otro día se confiaba obtener el in­
tento por espontánea rendición, sin derramar una
gota de sangre. Se cerró á los. garibaldinos toda
huida, levantando las tiendas por todo alrededor, y
especialmente por el lado de Monte Rotondo, Cada
cuerpo se. reunió con su bandera, quedando los ca­
ñones cargados y en orden de batalla; se fijaron mu­
chos frecuentes y numerosos puestos. La columna
Troussures, que sin conocer las últimas órdenes,
había subido por- encima del país, entró en él, pene­
trando en varias casas, y haciendo muchos prisio­
neros: reconocidas · despues las condiciones de las
cosas, atravesó con raro ardimiento é igual felicidad
la villa, yendo á colocarse cerca de un batallón
francés.
■Entre tanto cada uno de los comandantes pasa­
ba en revista su batallón; al ver comparecer delan­
te vivos, sanos y alegres á sus soldados, se maravi­
llaban t y rendían gracias á Dios. Tenían presentes
las desventajas de tantos asaltos, los contrastes de
tantas luchas, el hierro y el fuego de 4 horas de
batalla, temiendo naturalmente haber comprado
quizás á-carísimo precio la victoria. Pronto se
apercibían de que apreciando el número y no la
preciosidad de las víctimas, el daño era inferior al
temido,: parecía que un misterioso escudo “celeste
había protegido las milicias cruzadas. La brigada
Polliés, de unos 2000' hombres que casi todos entra­
203
ron en batalla, tuvo 2 muertos, í extraviado y ,36
heridos: entre estos, el capitan Marambat y el teniente
Blanc: la brigada Coarten, además de los oficiales
mencionados an,tes, contó, entre los zuavos 23 muertos
y .55 heridos; de la legión franco-romana, quedaron 6
heridos; de los artilleros un muerto y 2 heridos; de
los dragones un herido; el batallón de· carabineros
del extranjero sufrió pérdidas proporcionadamente
mas graves que ningún otro cuerpo, porque de 520
hombres, tuvo 5 muertos y 37 heridos- El campo alia­
do deploraba,un total de 172 fuera de combate, de
los cuales 32 habían muerto: ni uno de menos, ni de
mas.
Tal era el éxito de la jornada, por la tarde, lío
todo empero se distinguía inmediatamente á causa
de la noche: al día siguiente se llenó de: luz mucho
mas afortunada. No había ya huellas de garibaldi-
nos en Monte Rotondo, fuera de los heridos: por la
noche habíase aumentado por los zuavos la turba de
ios prisioneros: al amanecer-el mayor Fauchon, fran-
césy penetró dentro de Mentana, y cogió, otro gran
número, perdiendo pocos disparos, toda vez q_ue solo
era preciso en ciertas, casas batir la puerta, con lo
cual descendían y se daban prisioneros: finalmente
ondeaba sobre; el castillo la bandera de la rendición.
Allí estaban, encerrados 7 ú 800 garibaldinos: bien
se podía creer que con pocas municiones, sin ali­
mento, ni salida, ni esperanza, y mirando los caño­
nes dispuestos,,prontos á expugnar el castillo hasta
expeler á sus defensores. Cuando el capitan Cavo,
su parlamentario, propuso al general Kanzler capi­
tular en mano de los franceses, y partir con los ho­
nores de guerra, excitó la risa de los circunstan­
tes. Con todo por la generosidad de costumbre,
204
Kanzler concedió á los encerrados en el castillo (no
á loa presos dentro de la villa, como aseguraron al­
gunos) que saliesen inermes, y los oficiales con la
espada, como también.que una compañía francesa
los escoltase hasta el confín. La razón potísima de
tal condescendencia fue que las cárceles de Roma y
de Civitavecchia contenían ya 600 garibaldinos, ha­
biendo además 1400 en Ment’ana: por esto se renun­
ciaba de buen grado al dispendio y á la molestia que
otros centenares causarían.
En Monte Rotondo el coronel Frémont había
plantado el estandarte del Papa y del emperador;
el general Kanzler trasladó allí el campo, con propó­
sito de procurar la expulsión total del enemigo del
último límite del confin. Allí entró con el general
Polhés al lado, y las tropas aliadas en formación.
El encuentro y los gritos de alegría del infeliz pue­
blo eretino igualaron en intensidad á los dolores
de diez dias de agonía bajo el despotismo garibal-
deseo. Franceses y pontificios no se. acordaban de
haber visto nunca semejantes festejos. Parecía un
frenesí universal. Cuando las milicias vieron con sus
mismos ojos la devastación de Monte Rotondo, y to­
das las cosas sagradas y profanas muy horriblemen­
te maltratadas, comprendieron que por haber que­
dado libres de tan atroz opresíon, el frenesí era
justo. La primera ovacion fué recibida por los ven*
cedores de Montana.
No fue preciso mover las armas mas allá de
Monte Rotondo: los garibaldinos de Garibaldi esta­
ban ya refugiados fuera del confin, desarmados y
expedidos á sus casas; el batallón de Tívoli retirá­
base; Acerbi en Viterbo,. y Orsini, sucesor de Nico-
tera en Frosinone, replegaban las banderas; Mena-
20o
brea forzado por las amenazas de París, llamaba los
batallones reales, y metía en la cárcel al jefe de las
hordas Garibaldi, que tan mal salió en su mandato.
La guerra romano garibaldína había terminado. '
El general Hermán Kanzler, adornado con tantos
laureles, no pensó en conducir de nuevo con pompa
el pequeño ejército victorioso. Dló urgentes órdenes
p arala completa restauración del gobierno pontifi­
cio en las provincias, donde veia con gozo levantar
de nuevo los escudos del Papa Rey, y huir sucesiva­
mente los opresores; proveyó al trasporte y al cuida­
do de los heridos; tranquilizó con nobles palabras
consoladoras á los pobres prisioneros; concedió dos
dias de descanso; volvióse á Roma en la tarde del 4
noviembre. Gran multitud esperaba el arribo de
los prisioneros en la puerta Pia: cuando vió en su
lugar á caballo al general Kanzler, seguido de un
escaso séquito de oficiales, acogió al uno y á los
otros con viva ovacion, hasta que bajaron en Monte
Cavallo, desde donde la comitiva dirigióse al Vati­
cano en carruajes.
El dia 6, por la tarde, las tropas se aproximaron
á los cuarteles de la capital. Salió á caballo para re­
cibirlas el general Kanzler, á cuyo lado estaba de
Faüly, sumo comandante de la expedición francesa,
circundado cada uno de ellos por grandes oficiales, y
su propio estado mayor de gala, que mezclados, for­
maban un vistoso y nobilísimo cortejo. Las tropas te­
nían la consigna de proceder unidas hasta las Quatlro
fonlane , y allí, antes de meterse en el corazon de lo
habitado, dirigirse ásus propios cuarteles. Breve fue,
y militar el primer recibimiento mas allá de la
puerta Pía; despues poniéndose ios generales á la ca-r
beza, entraron nuevamente en la capital, y vinieron
206
á pararse en la plaza frente á Santa María de ln Vic­
toria, en cayo templo penden los estandartes .musul­
manes cogidos en Lepanto. Allí había reunión de
personajes excelsos y da príncipes, entre los cuales
sobresalía el-rey de las Dos-Sicilias Francisco II.
Despues de colocarse primero los generales de las
armas aliadas, las músicas tocaron y comenzó el
desfile de las dos brigadas, precedidas por sus pro­
pios generales Courten y Polhés, con hermoso acom­
pañamiento de oficiales de campo. Entraban en Roma
con el orden mismo con que habían entrado en la
batalla.
Sencilla, como todos ven, era la fiesta, que.desti­
naba el vencedor de Mentana Kanzler á los valien­
tes que había conducido á la victoria. Nada se.podia
imaginar mas modesto. Mas la poblacion, la: verda­
dera población de Roma, les preparó por sí los debi­
dos honores. Ninguna invitación de las autoridades
habíala estimulado; no la'excitaban arcos da triunfo,
fiestas ú otras exterioridades; solo cuatro líneas en
un periódico de la tarde anterior, anunciaban el re­
torno de las tropas. Y con todo habia Roma decirse
puede, dejado desiertas sus'casas, para lanzarse al
camino de los que volvían de Mentana: la ovacionase
disponía por el pueblo, que la ejecutaba con aquella
llama de entusiasmo, con que suele cumplir sus de­
cretos. Bel Qtiirinal á la puerta Pia, y mas adelante
hasta el puente Nomentano, ó lo que vale lo mismo.,
en 8 ó 9 quilómetros de calle, flotaba una muchedum­
bre infinita, que aumentaba á la simple vista, por la
continua llegada, de nuevas ’avenidas de 'espectado­
res: ventanas, cerros, tejados,.todas las alturas!.cir­
cunstantes estaban llenas, confundiéndose las1clases
en el solo pensamiento de saludar personalmente, á
207
los vencedores, y rendir gracias á los salvadores de
Roma y de Pío IX.
Ninguna pompa larga y costosamente ideada se
podría poner en parangón con el recibimiento qué se
hizo á.los generales Kanzler y Failly, cuando com­
parecieron entre la multitud. Alrededor de ellos altí­
simos resonaban los-aplausos y los vivas, manifes­
tándose el gozo y la embriaguez del cordial recono­
cimiento. En Kanzler honrábase al firme jefe de la
guerra conducida felizmente á término,· al ordena­
dor activo, al soldado peligroso, al general pruden­
te, incontrastable de la última jornada de Mentana:
el pueblo romano personificaba en Failly al magná­
nimo socorro del' ejército francés, al emperador Na­
poleón III que lo habia mandado, y á la Francia en­
tera que lo habia querido; Failly podrá decir si nin­
gún pueblo puede mostrarse mas ardoroso en las
muestras de su gratitud.
No se satisfacían los romanos con aclamar á los
generales; querían derramar, si asi se puede decir,
su. afecto de admiración y su espíritu ‘reconocido
sobre cada uno de sus defensores. Al despuntar los
deseados uniformes de la vanguardia (zuavos y ar-
tillería) lejos "aún de Roma, la masa popular que
corrió á su encuentro, levantando el clamor de un
saludo fragoso, abríase en dos filas, atestadas de ca­
bezas humanas, y los cogía en medio, envolviéndo­
los en las exclamaciones continuadas é indescribibles
de ivi van los vencedores de Mentana! ;viva Pió IX!
¡viva la Francia! ¡viva el Papa Bey! Cada uno dis­
curría nuevas expresiones mas gentiles, mas ardien­
tes y mas vivaces, según le dictaba su corazon con­
movido de júbilo desmesurado. Era ciertamente un
espectáculo para electrizar, no solo á los .romanos
208
tan sensibles y briosos, sino también á todo sér hu­
mano, el aspecto de aquella juventud floreciente,
marchando en buen orden y vistiendo uniformes va­
riados, convertida en mas hermosa por el polvo, por
el sudor, por los vestidos destrozados, y por las ar­
mas rotas en el combate y ademas con la aureola de
tantas acciones difíciles, multiplicadas, valiente­
mente combatidas y bañadas de sangre, hasta la
completa derrota del odiado enemigo. Aumentaba en
el pueblo la reputación de los vencedores, al saberse
que aquellos capitanes y aquellos soldados-eran todos
voluntarlos, que muchísimos procedían de patrias
lejanas, y que no pocos, aun entre los simples sol­
dados, eran nobles por su clara estirpe, ó ciudadanos
ricos, que habían dejado familia, solaces, amigos y
esposas, para venir á llevar el fusil, deseando por
única merced, derramar su-sangre por Pió IX y la
religión. Tales grandezas estaban presentes y levan­
tábanse brillantes en el pensamiento de todos: de
aquí que fuese cada vez mas estrepitosa la ovacion,
al presentarse los diferentes cuerpos, y. que resonasen
nuevos vivas para los comandantes mas conocidos,
asi como nuevas estrepitosas alabanzas en favor de
los que traían el brazo al cuello, ó señales de sus
heridas.
La brigada francesa, conociendo de lejos de qué
se trataba, disponíase á las demostraciones: los ofi­
ciales se componían y desenvainaban sus aceros: los
soldados se ponían en formacion, y regulaban el
paso, Pero no imaginaban ni de cien leguas el triun­
fal regocijo que les aguardaba. Apenas creían que
hubiera en Roma el número de habitantes que veian
con sus ojos. Donde quiera que los elevasen ó diri­
giesen, hallaban rastros rientes, manos levantadas
209
en actitud de aplaudir, y sombreros inclinados para
el saludó: veian también á los sencillos hombres del
pueblo' recoger un beso en la punta de los dedos y
enviarlo á los soldados marciales que desconocían,
pero que amaban solo por ser amigos de Homa y de
Pío IX.· Además saludos animadísimos, en italiano y
en francés, de [viva la Francia! ¡viva el emperador!
¡vivan los soldados franceses! ¡vivan los defensores
de Pío 1X3 ¡vivan los soldados de la Iglesia! Se notó
que ciertos oficiales correspondían gustosos, agrade­
ciendo y saludando con su aspada al grito de ¡viva
la Francia católica! .
Quizás algunos de los veteranos recordaban la en­
trada en París, despues de otra mucho mas vasta
.guerra vencida en Italia también: sí aquella fue mas
bonita, esta fue incomparablemente mas. gloriosa*. Si
gloria es un tributo de reverencia común á cambio
de acciones egregias, y si la dignidad de las obras se
mide no por el número de los ejecutores, sino por
la nobleza del fin ja nación francesa podia estar mas
altiva por haber vencido en Mentana'que en Solferi-
,no. Sobre los campos de Solferino, montones de hue­
sos franceses fundaron una Italia, enemiga natural de
la Francia; una Italia que se debe contener con
el cañón en batería sobre los Alpes; una Italia men­
diga, rapaz, abyecta, sacrilega, tirana de los italia­
nos, que la deploran impuesta sobre sus cervices
■como, una desventura pública; mientras que los chas-
sepot estrenados en Mentana habían 'despertado los
Gesta D eiper Francos, produciendo con su primer bri­
llo tanta luz de alabanza verdadera, cuanta nú pro­
ducirán largos siglos de ruidosas campañas, y dejan^
do tras sí una de las mas bellas páginas que honran,
la historia de Napoleón III,. y aun de la Francia mo-
1 0 M O IV. lí
210
derna. Por Solferino la Francia recogió Sadowa; por
Mentana el plebiscito del 8 de mayo: Solferino col­
mó de'luto príncipes y naciones; Mentana llevó el
gozo á cuantos corazones honrados laten en el pecho
de los hombres: ningún rey sintió vacilar en su ca­
beza la corona, y ningún pueblo fue propiamente
venci do en Mentana, sino que fuéronlo solamente los
bárbaros que carecen de patria y que son dignos de
ser rechazados de la frontera de las gentes civiliza­
das . Roma qué guarda todo humano derecho, acogía
pues á los soldados del águila imperial y á los cru­
zados de S. Pedro con un aplauso semejante, ó mejor
con uno mismo. Bien descubríase á la vista, que la.
conciencia de la causa noble difundía un verdadero
tinte de felicidad en los fuertes pechos que llevaban
el uniforme francés.
No faltaron en el largo pasaje escenitas piadosas
ó placenteras, á propósito para que tuviese variedad
el espectáculo. Entre un grupo de hombres del pue^
blo estaba de pie, y con la boca muy abierta, un vie­
jo campesino, con su hija al lado, joven esposa res­
plandeciente, que se iba comiendo á besos el mas-
gordo y sonrosado niño que se puede ver. Pues bien.
El hombre encanecido, siempre que los aplausos es­
tallaban, no sabia hacer otra cosa que ju n tar las
manos, dirigir los ojos a í cielo, y exclamar: ¡viva la
Virgen!—¿Mas por qué, padre, no gritáis- como los
demás?—Porque la Virgen lo ha hecho todo: para mí
¡viva la Virgen!—En otra parte una explosion de
risas que se propagaban. ¿Qué era? Una compañía
francesa había tomado al enemigo un asno, y lo
traía* muy alegre por hacerle llevar el bagaje. Los
romanos decían gritando: fHe aquí la caballería de
Garibaldií La frase hacia fortuna, pasaba de boca
211
en boca y recorría el país: ¡Atención! pasa la caba­
llería-de Garibalcli. Y los soldados burlones lo con­
ducían del cabestro, mostraban su continente, y se
divertían con la chanza. Aquí y allá se oian en vez
en cuando algunos silbidos, no ya-por la bestia, sino
por una carretada de garibaldinos, que venían pri­
sioneros. El general Kanzler con propósito muy h u ­
mano, había resuelto que las hileras de los presos en ­
traran en la ciudad á la sordina» y anticipadamente,
para que no sirvieran de espectáculo al pueblo .enar­
decido: perdonaba á los vencidos, y ¡á qué vencidos!
despues de los sevicias usadas con los pontificios pre^
sos en Monte Rotondo. Solo los referidos entraron en
la ciudad con los vencedores, porque halláronse des-
pues de la salida de sus camaradas. SÍ escucharon al­
guna sofrenada dura, debieron notar que súbitamen­
te los circunstantes daban una voz álo s gritadores,
recomendándoles el respeto á los vencidos: entonces á
coro-pleno se mudaba el grito-de insulto en otro mas
alegre y cortés: jviva el Papa Rey! iviva P lo IX!
No habiau entrado aún en la puerta' Piados últi­
mos bagajes franceses, cuando la columna estaba ya
en las Qualtro fontane, por lo cual toda la. ancha, rec­
ta y majestuosa calle se presentó con un solo golpe
de vista animada por el sencillo.aunque admirable
triunfo. La muchedumbre cerrada apretábase á los
dos lados, al cuadrivio y á los desembocaderos de
las travesías: legos, sacerdotes, artesanos, mujeres,
niños, príncipes, aldeanos,todos fraternizaban con el
mismo gozo. Interminables hileras de carruajes de
gala, llenos de señores, dominaban sobre los que iban
á pie; las ventanas y las azoteas con tapices estaban
llenas de ciudadanos de todas condiciones; todo este
mundo movíase por el placer, se ag itab a, se cor­
212
respondía de una parte á otra, agitaba los pañuelos
blancos, y ponía los sombreros encima de loa basto­
nes; las gentiles muchachas desde las filas de los bal­
cones, ó empinadas en sus coches, hacían con sus som­
brillas cándidas banderas, ó arrojaban flores y co­
ronas que los soldados prendían en las bayonetas. El
gozo de los seglares comunicábase á los militares, y
al contrario, con tanta correspondencia de sentimien­
tos, que el curso de aquella calle inmensa parecía
convertido en un festín de familia. ¡Tan grande faus­
to de pompa efectuábase por súbito ímpetu espontá­
neo de los Romanos!
Mucho mas imprevista resultaba la fiesta á los
soldados, pero mas alegre. ¡Cuántos nos lo dijeron!
Temamos, nos repetían, veníamos abrasados de sed,
rendidos, aspeados, suspirando ansiosamente por el
propio cuartel, y ágenos hasta no mas á toda idea
de festejos: la presencia de un pueblo innumerable,
ocupado-en tan estrepitosa demostración de gentil
afecto hácia nosotros f nos descansó de repente
mas que otro cualquier descanso. Ya 110 nos pesa­
ban las armas ni los zurrones;·nuestros pies resbala­
ban ligeros sobre la calle Цепа de ñores por el amor
de los ciudadanos, siéndonos dulce haber combatido
por un pueblo que tanta gratitud nos mostraba, y
en el que, lejos de, juzgarnos extranjeros, formába­
mos una familia, en la propia casa paterna, alrede­
dor de nuestro padre Pío IX,
Solamente Pió IX faltaba en aquella ovacion,
que, con el honor ' de sus soldados, solemnizaba
también una nueva gloria suya. Reservábase reci­
birlos, darles gracias afectuosamente, premiarles y
prometerles mas .dignas recompensas eu el cielo*
todo lo cual se hizo á su tiempo, de la manera que
213
lo sabe hacer Pío IX. Empero mientras sus cruzados
volvían á entrar en Roma entre aplausos, mas gus­
toso que nunca daba vueltas por los hospitales, al­
rededor de sus heridos ó moribundos. Habia sido el
primero en dar gracias' á Dios, como lo habia sido
en saber la noticia del favor celeste obtenido. Apenas
el general Kanzler hubo medido la amplitud de su
yictoria, y el éxito decisivo de la guerra, no se con­
tentó con enviar á Roma nn boletín de noticias, sino
que despachó un legado, para el Santo Padre. Eligió
al efecto al joven príncipe Don Felipe Lancelíotti,
romano, uno de los muchos que fueron al campo para
socorrer á los heridos del Papa y de Garibaldi, con
el mismo ardor con que dias antes habían .acu­
dido á las facciones militares entre los voluntarios
romanos. Llegó mas con las alas que con los caba­
llos á la mansion de Pió IX, que oyó el relato de la
pequeña pero relevantísima jornada, con los mismos
sentimientos con que oyó Pió V á los legados de Don
Juan de'Austria, despues de la jornada de Lepanto.
Este Pontífice como aquel, habia tenido las manos
alzadas al cielo, mientras los cristianos combatían
contra los enemigos del nombre cristiano; si la
sangre vertida por sus hijos de una y otra parte no
podia menos de contristar el corazon benignísimo
del Padre común, la pronta liberación de Roma, y la
incomparable ventaja conseguida en favoir de la cris­
tiandad, colmaron su gran espíritu de consuelo exu­
berante.
No pensó, estamos ciertos, en su propia- exalta­
ción. Y con todo, su nombre mas que otro, habia
reunido el ejército, sacado los nobles aliados de la
Francia, conducido á los comandantes entre el mas
vivo ardor de las armas, empujado á, la juventud á
2X4
los riesgos, endulzado sus agonías, y convertido sus
muertes en apacibles: su nombre, invocado hasta
por los enemigos, habíales impetrado cien veces el
perdón bajo las bayonetas. Mas si Pió IX se mostró
mas grande que su gloria, de nosotros, hijos suyos,
no desdice alegrarnos por la nueva corona, que vino
á resplandecer con otras tantas sobre sn cabeza pa­
ternal. No se la colocó ya, como sucede á otros prín­
cipes, el talento de un general ó el valor de un ejér­
cito de súbditos,· mandados á la guerra, sino que á
entretejerla concurrieron á porfía el brazo y el amol­
de sus hijos desparramados por toda la tierra. En
Mentana, al lado del romano, lucharon muchos- ita­
lianos de diversas provincias; la nación francesa, ade­
más de alistar á tantos jóvenes, bajo el estandarte de
S. Pedro, desplegó allí públicamente la bandera de su
soberano; allí combatió el holandés, el belga, el ale-
man, el· inglés, el irlandés, el español, el polaco, ei
raso, el asiático, el africano y el americano. ¿Qué
rey vió en· un solo dia tantos pueblos unánimes y
voluntarios, afanarse para coronarle con una victo­
ria? ¿Qué victoria retumbó tan. alegre, ansiada y
bendecida por tantos pueblos? He aquí por qué afir­
mamos sin la menor vacilación, que en lo sucesivo
cuando ya la sombra de los siglos habrá oscurecido
la nombradla de las grandes batallas de nuestra
edad, la pequeña Mentana sobrevivirá mas noble y
clara cada dia: agradará su relación á los hijos de
los cristianas, y santo será el orgullo del que podrá
nombrar á uno de sus mayores entre los vencedores,
ó entre los muertos de la santa batalla'.
215

, IC.
L o s heridos y los m uertos de Mentana.
Julio W atts-R u ssell, Garlos de Alcántara,
Ju an Moelier, León B rack e, José Rialan,
Garlos Bernardina y otros.

Mientras en Roma bendecíase á Dios y ensalzá­


base á los valerosos ministros de la potestad divina,
«en toda Italia se levantaba un clamor de maldición,
-contra Garibaldi y sus califas. ¡Increíble cosa, y sin
embargo verdadera! De los dos partidos dominantes,
en el gobierno despótico, igualmeiite odiados por la
nación, no se sabía decir bien cuál estaba mas y cuál
menos enfurecido contra , el otro. Los moderados (asi
se llaman los que consumen la Italia á-fuego lento):
reprochaban á los de Garibaldi por haber con sus
precipitaciones trastornado la cosa publica, hecho ir
al extranjero al pais, y deshonrado las armas patrias
«011 una vergonzosa catástrofe. Los garibaldinos de
rechazo decían: A la ignominia nos lanzásteis voso­
tros, porque os retrajisteis con vileza; nosotros coa
la bravura y con la sangre intentamos obtener lo que
vosotros solamente con la perfidia mendigábala „del
extranjero: caíga solamente sobre vosotros el vitu^
perio. La indignación de algunos subió á los escaños
del parlamento, donde recíprocamente se llamaron
felones á la patria, enemigos del nacional decoro, la­
drones de bosque y cosas peores, enviándose los unos
á los otros la vergüenza de la lucha garibaldina. No­
sotros que contemplamos silenciosamente en lá sala
délos legisladores esta enemistad de verduleras, sa-
216
hemos por quién decidirnos; muy gustosamente no&
vamos con el pueblo italiano, que á entrambos par­
tidos cubrió de merecido desprecio, y sobre todo i.
los vueltos de la mala guerra.
Cien veces mas venturosos que los vueltos de aquel
campo maldito fueron los heridos que llegaron á Ro­
ma, y pudieron experimentar el influjo benéfico de la
capital que habían combatido. No estaba bien apa­
gada la ira de la pelea, y corríase á ofrecerles ya la.
misericordia de Dios, y el alivio de las heridas- Las
enfermerías de campo llenáronse de garibaldínos;
cirujanos y capellanes esparciéronse por las casas de
M e n t a n a y de Monte Rotando, jCuán dulce era para
los abandonados garibaldinos la aparición de un en­
fermero pontificio, ó de una hermana de la caridad,
y sobre todo de un sacerdote! Aquellos mismos zua­
vos que ayer se lanzaban tan furibundos contra los-
de las'camisas rojas, dominados hoy por la piedad,
dividían con. los prisioneros su tabaco y su alimento;
algunos hasta comprábanles algunas cosillas, y se las
pagaban espléndidamente, para encubrir así mejor la
limosna. El cabo carabinero Bugnard, abrasado por
las heridas, dió á un herido de Garibaldi desespera­
do, toda el agua y el café que le quedaba en su pe~
quena redoma; cosa semejante se cuenta del sargen­
to Meyer, y de su mayor Castella, que distribuyó á
los enemigos el único vaso de agua que habíale que­
dado para sus heridas. Grupos de zuavos iban pia­
dosos por donde se acordaban de haber ensangren­
tado mas las bayonetas; se vió cómo los franceses ve­
teranos rasgaban sus propias camisas A fin de fajar
las heridas. No se hablaba ya de pontificios ó de g a­
ribaldinos: bastaba ser herido, para conseguir todos
las mas delicadas atenciones de la caridad cristiana.
217
No solo despues de Mentana, sino siempre, los
cruzados, depuesto el fusil, poníanse á socorrer de la
misma manera á los amigos que á los enemigos. Mu­
cho abundan los hechos que lo demuestran. Cons-
tanos que algunos zuavos hicieron de capellanes,
enfermeros ó enterradores» precisamente como los
antiguos harones de S. Luis de Francia; sabemos que
un oficial de la línea, se acercó á un garibaldioo mo­
ribundo en el campo, confortándole tan bien y tan
convenientemente á fin de que confiara en la miseri­
cordia divina, que aquel infeliz, ya sin habla y que
moria como un bruto, uniendo entrambas manos .le­
vantó los ojos al cielo implorando perdón, y espiró en
tal acto penitente con gran edificación de los cir­
cunstantes. Mas en Mentana poco hubieron de suplir
los soldados, porque abundáronlos sacerdotes; tanto
los capellanes de oficio, como los voluntarios, atraí­
dos por su celo. Los militares recuerdan con g ra ti­
tud los nombres de Gatanti, de Daniel, de Bérard, de
Bastide, de AVoelmont, de Sacre, de Peigné, de Li-
giez, de Vannutelli, de Gerlache, de Wilde, del Padre
Anselmo y de Akkerweken, llamado el P. Cornelio;
sobre todo en los horrores de la derrota garibaldina,
recogieron nobilísimo fruto de su ministerio, á veces
á costa de sacrificios heroicos.
Entre las muchas muertes cristianas de garibal­
dinos* es memorable la de un oficial superior; el jo­
ven conde Julio Bolis de Lugo. Yacía sobre el enta­
rimado de un altar con una bala en las visceras y el
despecho en el corazon; rechazaba con desden las
corteses solicitudes de los asistentes, implorando ó,
los zuavos que le rodeaban, un pistoletazo que pu­
siese fin á sus agonías, mas intolerables que la
muerte. -Entonces llegaba de Roma el P. Corneliot
218
jesuíta flamenco, que poco despues murió también,
victima de la caridad. El religioso se le aproxima, le
dice palabras de benigna compasion, exhórtale al
arrepentimiento y le presenta el Crucifijo para que
lo bese: el pobre herido se rindió por este humilde
acto, y despues de reflexionar un momento, dijo: —
Padre, confesadme súbitamente.—Recitó en alta voz
el acto de contrición, se dispuso devotamente, y des-
ligado de los anatemas y de las culpas, no dió mas
señales de impaciencia por sus horribles dolores,
hasta que murió en brazos de la divina misericordia.
No lejos deBolis otro recurrió también al religioso
flamenco, y apercibióse de-que hablaba con mucho
trabajo la lengua italiana;—Padre, le dijo, el italia­
no poco lo poseeis; habladme en latía.—Y con este
medio cumplió su deber.
Descubrimos gran número de rasgos semejantes
en las memorias de las enfermerías, donde se cura­
ron los garibaldinos; tales retractaciones y-cartas
suyas hemos visto que se debe magnificar la divina
clemencia* Baste decir que casi todos los que pudie­
ron ser asistidos por un sacerdote (á pocos faltó) die­
ron señales de arrepentimiento: aun los compañeros
de los heridos solicitaban en su favor los socorros
espirituales. ¡Cómo se alegraban aquellos pobres
moribundos, cuando sentíanse descargados del peso
de las excomuniones en que habían incurrido, y se
les ponía en el cuello un escapulario de la Virgen, ó
podían imprimir los labios sobre un Crucifijo! Con­
curría á inspirarles tales sentimientos la fe propia y
la caridad de los otros; la. fé pura, viva, indeleble
que Dios concede como herencia á los -italianos, y con
ella el terror del tribunal divino, ya casi visible á su
mirada; la caridad sublime con que se veian asistí-
219
dos, 110 solo por los sacerdotes y las hermanas de la
caridad, sino también por aquellos soldadas, cuya
ira tremenda habían experimentado en el campo.
En la mañana del 4 noviembre, una larga hilera
de coches particulares llevaba muchos garibaldinos
heridos á Roma, guiándoles los voluntarios roma­
nos, y otros señores que habían ido con este fin.
Nobilísimo ejemplo díó el duque de Luynes. El
venerable viejo, ilustre por su saber en su pa­
tria, por su munificencia, y por su fidelidad in­
quebrantable á los antiguos soberanos franceses,
habia difundido tesoros eu el exhausto erario pon­
tificio, y dado á la cruzada su sobrino y heredero el
joven duque de Chévreuse. Por último, en los mo­
mentos mas terribles, quiso consagrarse por su ma­
ño al servicio de la mas excelsa de todas las causas.
Al conducir á Roma un herido garibaldino, se des-
pojó*par& librarle de la glacial tramontana. Así con-’
trajo la- enfermedad que llevóle á la tumba. Tal
muerte honraría una vida antes oscura: aquí' coro­
naba una brillantísima carrera.
No bastando los hospitales de Roma para recibir
cómodamente los enfermos, abriéronse otros por la
caridad romana; en ellos se curaron promiscuamente
los amigos* y los enemigos de los romanos, que les
proporcionaron lo preciso y toda clase de comodida­
des. Deberíamos aquí castigar con duras verdades
las villanas calumnias de Guerzoni, de Garibaldi y
de otros* que desatinaron sobre las torturas de los
clérigos, en daño de sus heridos. Mas ¿á qué desmen­
tir una impotente demostración de furor sectario,
que á ninguno engaña? Roma llenísima entonces de
forasteros, vió el triunfo del perdón sustituyendo al
de la fortaleza: entrambos formaban uno solo, esto
220
es, el de la verdadera y bien entendida religión de
Jesucristo.
Este fue sin duda el mas dulce consuelo para las
terribles lágrimas de los padres, cuando supieron
el fin miserable·, de sus -hijos sobre el maldito terreno
deMentana. Permítasenos dar como prueba, una so­
la carta, que trascribimos del autógrafo.
«Reverendo Señor:
«Un rasgo de la providencia de Dios que vela so­
bre todo y á todo provee; un soplo de aquella incon­
mensurable misericordia divina que para la salva­
ción de las almas redimidas, aleja los g-olpes de la
omnipotente justicia provocada, ofreciendo méritos
superiores á la gravedad del humano pecado; una
predestinación que otorga el celeste favor á los que,
si se apartaron del recto sendero de la verdad, no lo
desconocieron ni renegaron en el fondo de su alma:
estos tres singularísimos dones concurrieron, dLecho­
samente á confortar los extremos instantes del que fue
mi primogénito..... muerto en el último pasado no­
viembre, en los alrededores de Mentana, en momentos
porsu suerte decisivos y de completo desengaño, asis­
tido de la evangélica unción y caridadde vuestra pa­
ternidad reverenda. Lo supe de cierto, porque como
padre desoladísimo, no cesé de buscar noticias sobre
los últimos momentos de mi llorado hijo, pidiéndolas
á las piadosas, honradas y respetables personas que
podían proporcionármelas.
»Precisamente por esto, con certeza y consuelo
inexplicable, conocí el católico fin que tuvo la fortu­
na-de hallar el extinto, apoyado y fortalecido, pri­
meramente por la gratuita divina gracia y por la
protección de María Santísima inm aculada/y des­
pues por las humanas y corteses excitaciones hechas
221
oportunamente á mi espirante..... en punto, tan de­
cisivo, y tremendo, por vuestra ternura, erudición y
talento, No hallo expresiones para dar gracias por
tanta clemencia al omnipotente y misericordioso Sal­
vador del mundo, á su Madre Santísima, y en segun­
do lugar á vuestra misma reverenda paternidad, que
comprendiendo hien su oficio sacerdotal, recogió
útilmente los últimos suspiros en Mentana del mori­
bundo por mí tan amado, herido allí en el pecho por
un proyectil zuavo, en el tercer día' del antes recor­
dado noviembre, y en la malaventurada lucha.contra
los defensores del altar, por fanáticos é ilusos provo­
cada y sostenida, que defendían una causa mentida.
«Recordará ciertamente, su asistencia prestada
en el lagar y época indicada, á mi primogénito, y á
otros ciegos que hallaron antes, ó despues la muerte;
me consuela, mucho saber que casi todos abrieron
provechosamente los ojos, y saludablemente se re­
conciliaron con el supremo Juez.
«Que si mi..... consiguió la bella, única, relevante
suerte de salvar (espérase) su alma, ya queporhuma-
na fragilidad y casi rebelde naturaleza á los inexcru-t
tablas decretos de Dios, me quejaba incesantemente
por tanta pérdida, humillo mi cabeza, beso la sábia
diestra que me ha herido, y doy gracias á la divina
misericordia por una gracia superior 4 todas las mas
envidiables, porque, religiosamente pensando, á con­
secuencia de los recibidos consoladores informes so­
bre el doloroso asunto, concluyo con ánimo cristiano
y convencimiento íntimo, que mi hijo estaba muerto
mientras vivía en el mundo, envuelto en sus falaces
atractivos, y que solo ahora vive con incorruptible
vida espiritual qúe nunca tendrá fin. Yo rogaré in­
cesante, aunque indignamente, por su eterno reposo,
222
y para que sea breve su presumible demora en el
purgatorio de expiación, suplico vivamente á vues­
tra caridad que también lo haga,'en socorro de aque­
lla alma bendita de la cual fue guia segura y útil
subsidio de salvación. Y si despues por su bondad, se
dignara participarme cualquiera otra detallada noti­
cia referente á las horas extremas de su fallecimiento,
á sus últimas palabras y á sus novísimas aspiracio­
nes, ccnservaria constante memoria de esta ulterior
condescendencia, sin tener términos condignos para
darle las gracias. Crea que yo amaba mucho á mi
hijo muerto, porque habiéndomelo concedido Dios
dotado de ingenio, cultura, maneras urbanas, afec­
tuoso, y de sentimientos filantrópicos, nada en él ha­
bía que deplorarse y reprenderse fuera de ideas fan­
tásticas, inexperiencia del mundo, mal colocada con­
fianza y explicada debilidad para resistir los'lazos
de la seducción, del engaño, y de las ridiculas in ­
congruencias de los mas ilógicos é ignorantes racio­
nalistas.
»Perdóneme entretanto, cortés, la molestia que
atrevido heme á darle, y dígnese honrarme con su
implorada respuesta, á, fin de aliviar mi espíritu, y
conformarme mucho mas con la resignación, que si
bien debida, no se puede obtener y conservar sin el
auxilio de Dios; considéreme.lealmente como con
profundo obsequio, y gratitud inexplicable, me con­
gratulo de poderme declarar
»De vuestra reverenda Paternidad,

«Humildísimo, Obmo. Devmo. servidor,


i ) .......................... .......................................................

Despues de leída tan suave carta, no contristare­


223
mos al lector, recordando determinadamente loa po­
quísimos obstinados, que afligieron las enferme­
rías romanas con sus imiertes impenitentes. Mas
cúmplenos confesar, que allí quedó para execración
célebre un *sacerdote apóstata, que hasta el último
instante supremo se obstinó en desesperar del per-
don; y un joven, no sabemos bien si americano ó in­
glés, verdadero bruto entre los hombres. Asquerosa­
mente confesaba qtie no era amigo ni enemigo del
papado, sino simple soldado de Garibaldi, y matador
por su cuenta. Provisto de carabina de gran alcan­
ce, escogía sus víctimas con un anteojo de larga vis­
ta, y complacíase en derribarlas, como se alegra el
cazador de haber dado en el blanco. Herido, ampu­
tado, reducido ácaso de muerte, no supo dar ningún
indicio de religión ni de irreligión: como jumento
murió, y como carroña fue cubierto de tierra. Sabe­
mos cómo se llamaba, mas nos desplace enriquecer
la historia con tales nombres. Aun á los' mismos gari-
baldinos, para los cuales la enfermedad fue ocasion
de arrepentimiento antes de morir, baste, en el cielo
y en la tierra, el olvido de su crimen.
SÍ aun entre los parricidas, recogió la religión
muchos frutos y pocas espinas, cada uno podrá cal­
cular cuánta mies alegre germinaría entre los cam­
peones de la fe. ¡Gloria á Dios! ni uno de estos, con
tal que diese algunos minutos de tiempo despues de
la herida, pasó sin los divinos sacramentos: tan solí­
citamente les preocupaba el socorro de los sacerdo­
tes, entre el fuego del combatel Al leer los informes
de los capellanes, se duda si la juventud cruzada era
mas hermosa brillando con las armas, ó gimiendo en
el campo, ó acongojada entre las vendas de la enfer­
mería. Caian los valientes, viendo sin quejarse que se
224
derram aba su sangre, y que venia ^>or tanto á menos
el vigor de su vida juvenil; m iraban con todo sere­
namente el cielo. Resonaba en todos sus labios el
grito de ¡viva Pió IX! y anim aban á sus compañeros,
pronunciando palabras de resignación dulcísima, y
de alabanza al Señor, á quien se ofrecían en holo­
causto.
Trasportados despues á los hospitales ambulantes
ó permanentes, esparcieron en torno de sí tanta fra­
gancia de virtudes divinas, que cada uno al m irar­
los bendecía á Dios. Sus camaradas atentos á-reco­
ger su final suspiro, llorábanles (los hemos oído no­
sotros) diciendo: ¡Era tan bueno!—Era un ángel.—
Era el espejo de la compañía.—Estaba prometido.—
Habia dejado esposa é hijos.—Su madre en la carta
últim a le habia recomendado que se batiera como un
valiente.—A escoger entre todos, no se hallaba mas
hermosa alma ni mejor soldado. —[Ah, merecía la
palm a.... y yo no!—Y el amigo afligido enjugábase
una lágrim a, que asomaba furtivam ente en la pupila.
Sí, Roma vió en aquellos días escenas tan sublimes
que no desdecirían en las memorias de los santos.
De aquí que corrieran en tropel los señores romanos
á las enfermerías militares, para confortar á los en­
fermos y ser confortados. El Santo Padre comparecía
en ellos m uchas veces;y pasaba en revista lecho por
lecho, á sus hijos, dirigiéndolos palabras de inefable
dulzura: para los convalecientes abrió la morada re ­
g ia y los jardines del Quirinal: hasta extendió alg u ­
n a vez á sus propios enemigos enfermos sus visitas
paternales. Los caballeros de Malta, acordándose de
su vocacion, ofrecieron espontáneamente socorros y
servicios. Gran núm ero de damas romanas y foraste­
ras, se convirtieron en hospitalarias, lo diremos así, da
225
profesión. La reina de Ñapóles parecía haber tra sla ­
dado al hospital en residencia: tan frecuentemente ά
él volvía, no desdeñándose de servir á los enfermos
con su mano augusta, .por lo cual Pió IX saludóla un
dia, con el gratísim o nombre de su prim era Herm ana
de la Caridad, Una veneranda m atrona inglesa,’Isa ­
bel María W inchester, derramó allí el oro, las fati­
gas y al fin tam bién la vida. Loa actos particulares
de tantas almas generosas, y del reinado del amor
evangélico en medio de las heridas y de los dolores
floreciente, huyen de la-estrechura de la historia: á
los ángeles toca describirlos en los registros del
cielo. .
Así nos es fuerza callar las alabanzas de los h e ­
ridos que sobrevivieron: aun su simple catálogo se­
ría impropio de una historia. Nosotros llamamos con
gran voz las tum bas de los muertos de Mentana, y
nos parece dulce deber no concluir el presente libro,
sin colocar sobre algunas á lo menos, una pequeña
corona. Sobre todos nos sonríe un sepulcro, perm íta­
senos la palabra, un sepulcro angélico, cuyos espe­
ciales y afectuosos recuerdos se representan en nues^·
tro espíritu frecuentemente: el de Julio ó sea Julián
W atts-Russell, cuya mención no hacemos ahora por
la vez prim era. Descansa su cuerpo en el Agro Ve­
rano, cerca de los huesos de los antiguos cristianos,
mas su corazon está en Mentana. Llevábalo allí una
piadosa comitiva (de ella formábamos parte) el dia 22
abril 1869. Se buscó el lu g ar consagrado por la san­
gre de Julio. A pocos pasos de la villa, «aquí nos di­
jeron sus camaradas, llegó Julio, persiguiendo con
el hierro y el fuego á los enemigos de Dios» pasando
entre mil halas, una de las que habíale quitado el
sombrero; y aquí fue muerto por un tiro, á quema
tomo iv. 15
226
ropa.» Delante de nosotros surgía un pequeño mas
delicioso monumento, destinado á Cubrir el Corazon
de "Watts-HuEseU: una media columna de cándido
mármol, circundada por cuatro columnifcas encade­
nadas por un barrote de hierro, y coronada por la
cruz de Mentana. La inscripción decía: «Cayó aquí
peleando pro Sede Petri Julio W atts-Russell, zuavo
pontificio, jovencito inglés de 17 años y 10.meses,
el mas joven caído en el ¡campo de la victoria, y el
mas cerca de Mentana.«
Miramos alrededor. Frente al monumento res­
plandecía, dorada por el sol prim averal, la m ajes­
tuosa cúpula que cubre la tunaba de S. Pedro. «No,
dijimos á nosotros mismos, no se podía encontrar me­
jo r sitio; y si un cruzado de 8. Pedro pudiera elegir
libremente el ara de su sacrificio, difícilmente halla­
ría en otra parte lugar mas armónico ó mas signifi­
c a t i v o . » En tanto venia en tropel el pueblo de Men­
tana, y algunos zuavos del vecino puesto militar: los
operarios habían abierto ya, y murado el terreno;
faltaba solo consumar la ceremonia. Estaban presen­
tes dos sacerdotes, pero el honor del rito expiatorio
tocó á un venerable anciano aunque clérigo novel,
que quizá por la vez prim era ejercitaba el fúnebre
m inisterio. ¡Era el padre de Julio! Vifredo, hermano
y compañero de Julio, el señor V ansittart, venido á
tomar las arm as á cambio- del difunto, y todos noso­
tros imprimimos los labios sobre la teca de metal que
contenía el corazon inocente y generoso del joven
cruzado, y lo depositamos en su lugar. Aquellos
abrazos, aquellas manos fraternales ocupadas en el
oficio piadoso, y la diestra de un padre, consagrada
recientemente por el crisma, y extendida sin vacilar
sobre las reliquias de un hijo amado no se borrarán
227
nunca de nuestra memoria. Volvimos pareciéndonos
haber confiado á la tierra una semilla de mártires.
Al cruzado ¿nglés seguía el recuerdo de unos fu­
nerales gemelos. G ran.m uchedum bre reuníase para
honrarlos, en la tarde del 10 diciembre 1867, en la
plaza Pía. Los romanos se habían conmovido g ra n ­
demente por las heridas de los jóvenes amigos Carlos
de Alcántara y Ju an Moeller. Tenían casi la misma
edad, eran ambos belgas, y común su vocacion á las
armas; heridos en la misma batalla, y trasportados
á la propia enfermería por el cuidado de un amigo
común, monseñor de Mérode, combatieron contra el
mal 26 dias,' y espiraron casi á la misma hora, de­
jando señalados ejemplos de piedad cristiana, asis­
tidos el primero por su propio padre, y el segundo
por su hermano. Sus féretros adornados, el de Alcán­
dara con la espada de oficial conseguida en Mentana,
y el de Moeller por su uniforme de zuavo y la cruz
d eS . Gregorio, avanzaron entre el pueblo respetuo­
so, y un concurso de cuanto hay en Roma mas eleva­
do entre los militares y los seglares. Parecía un luto
público de reconocimiento por Roma rendido á la
Bélgica católica. *■
' El conde Carlos de Alcántara, nacido en Gante,
de una familia de grandes de España, y de un padre
sumamente benemérito de la Santa Sede* había m i­
litado los años mas floridos de su juventud, resplan­
deciendo por sus virtudes cristianas y militares. En
otra parte referimos algunas de sus cartas, dignas
de un santo cruzado. La m uerte no desmintió la
vida. En medio.de indescribibles tormentos, su mas
asiduo consolador era su padre. No hablaban de
aquellas vanas lisonjas con que confórtase á los po­
bres de corazon, sino de los m uy altos provechos
228
que reportan los sacrificios heróicos y verter la san ­
gre por Jesucristo, que la derramó por nosotros,
«Has recibido, decía el digno padre al digno hijo»
una gracia grande: la que m as deseábamos. ¡Bendito
sea Dios!» El último acto de Cárlos fue levantar los
ojos al cielo, y decir: «Papá, hasta que nos volvamos-
á ver en el cielo con el Señor.» Juan Moeller, de Lo-
vaina, hijo del famoso historiador de tal nombre,
am aba con delirio la g ran causa de la religión. El
primer belga fue inscrito en el batallón, que tan her­
mosa m uestra dió en Castelfidardo. Conseguido el
honor de oficial, volvió á su patria llamado por des­
venturas domésticas. Mas el peligro de Roma le
condujo de nuevo á la bandera am ada, como simple
soldado. Las circunstancias de su herida mortal, le
aseguran u n puesto de gloria eutre los mas renom­
brados m ártires de l a ‘cruzada,
¡Cuántas otras tum bas visitar deberemos^ de ilus­
tres belgas! Valeriano de Erp, de Gante, jovencito
de m uy tierna edad, de costumbres inmaculadas y
de valor grandísim o, apenas tuvo tiempo p a ra volar
á Roma, santificarse con los divinos sacramentos, ir
á Mentana, y perecer combatiendo. Breve carrera,
si bien completa, ¿ incomparablemente mas honrosa
que la honrosísima, por otra parte, que le abria en-
medio del mundo su noble familia. De Gante tam ­
bién era el sargento León Bracke, que entre los heri­
dos de Mentana fué de los últimos que recogieron su
palma embellecida con largos padecimientos: m urió
el 6 de marzo 1868. Recibidos los auxilios supremos
del cristiano, volvióse al sacerdote, y le dijo:
—¿Creeis que moriré hoy?
—Podría ser, hijo.
—iOh, cuán contento estaría!
229
Poco despues dijo á la herm ana de la caridad que
le asistía: El Señor no me quiere aún: mi alma no
puede m archarse todavía:—adormecido un poco, Co­
menzó á formar señales de cruz, y á sonreír suave­
mente*
—¿Qué hacéis, le preguntó la hermana?
—¡Ah hermana! creia p en etraren el paraíso.
Sacerdotes, religiosas, enfermos, camaradas, to­
dos los circunstantes le dahan encargos para el Se­
ñor y la Virgen; el moribundo los aceptaba, y pro­
m etía no olvidarlos, Parecieudo en fin difunto / un
■enfermero lo llamó por su nombre. Leon abrió los
ojos:—¡Ah,Béchet! (asi se llam aba el enfermero) ¿qué
habéis hecho? Yo espiraba é íbam e al cielo, y me ha­
béis perturbado!—Un oficial que contemplaba ex tá­
tico esta m aravillosa agonía, se encorvó hácia él,
besando su frente: correspondióle con una tan dulce
sonrisa el m oribundo, que el oficial no contuvo
las lágrim as. El enfermo espiró plácidamente. Los
presentes á una voz exclamaron: «¡Está en el pa­
raíso !»
¡Ah, no morían con tal confianza en su salvación
los que habían peleado contra el Vicario de Jesucris­
to. Algunos ni querían oír hablar de la otra vida. He
aquí un horrible caso, que no será inútil conocer.
En. la tarde despues de la batalla, un sargento de
zuavos halla un oficial de Garibaldi herido gravem en­
te, y agonizante casi. Se le aproxim a cortesmente,
y le habla. Aquel le contesta en francés que era p a ri­
siense, y que deseaba beber un poco. Lleva el sar­
gento ¿ s u boca el agua que le quedaba en el fras­
co; y conociendo que el herido no podría trasportarse
vivo h asta un hospital am bulante, dice á un soldado
que vaya por el capellan. Se revuelve irritado el mo­
230
ribundo, y g rita :—¡No) buscadme-mas bien.'.... (hizo
aquí una proposicíon execrable): sino, dejadme.
—/Ah» cerdo! m uérete con los tuyos, respondió el
sargento, indignado por ta n bestial m onstruosidad
en h o rata n trem enda.—Y le volvió las espaldas. Vol­
vió al dia siguiente, y hallóle muerto. Los heridos de
Mentana fallecían, pues, diversamente, según lo que
defendían. Aun las condiciones de los defensores ju z ­
gan la dignidad de las causas. Mas volvamos á las
tum bas de los justos*
¡Cuántos ilustres jóvenes cruzados cayeron en la
sola posicion, que se hizo célebre bajo el nombre dé­
los heniles de Mentana: tan célebre que cuantos allí
pelearon, se- reputan por los cam aradas valientes;
entre los valientes! Allí murió el sargento E nrique
Pascal, francés, que habia consumido la m itad de su
escaso patrimonio para eximirse de la quinta en su
patria, y conseguir la libertad de ofrecer la vida en­
tre las arm as de los cruzados. ¡Oh, heróico mercena­
rio! Allí murió el sargento Retz, nombre ilustrísim a
en la nobleza de Francia, cayendo herido en la frente
al recomendar á un cabo que dejase de combatir. E ra
éste José Sevilla, del P e rú , que brotando sangre de
dos heridas, continuaba disparando, acudiendo en
alta voz á la Reina del cielo, según el uso de su
patria, y dando el grito de guerra: ¡Viva Pió IXL
hasta que se dejó desarm ar despues de recibir otras,
tres heridas, por sus camaradas. Sobrevivió, sin em­
bargo, y ahora ciñe la mas espléndida espada de ofi­
cial que se puede ver: hoja finísima de Toledo, ofre­
cida por un ilustre amigo, sobre la cual están escul­
pidas estas palabras: M aría, da m ihi virtutem contra
hostes tuos, y Pió I X Pont. M ax . fallí nescio. Tantos son
y tan exquisitos sus ornamentos, que se consideraría
231
una joya en un museo* El Padre Santo admiróla y la
bendijo en el dia festivo de S. Pedro in Vincoli y de
los santos m ártires Macabeos.
En loa heniles murió el sargento Pedro G uérin,
de bretona estirpe, que desde Castelñdardo hasta hoy
conserva sus representantes en el· ejército de Pío IX,
y tuvo dos en Mentana; fue allí herido mortal me ate
el sargento Luis Loiran, de Nantes, que llevado al
hospital de campaña rnoria tranquilo, alegre y con
la sonrisa en los labios, mientras un carabinero (ig­
noramos su nombre) laceradas tam bién sus visceras,
lo venia consolando con estas . propias palabras:
«Valor, Loiran; ánimo, salva tu alma; vuelas dere­
cho al paraíso.« Allí m urieron Julio Henquenet, y
Elias Ohevalier,, franceses; el prusiano Saüer, el ale-
man Ernesto H aburg, el holandés Eduardo Van
Bambost, y el francés Edmundo Lalande: á estos dos
últimos, heridos ya y por tierra, acabaron de m a­
tar con las culatas los caníbales venidos despues.
Aqüí recibieron las heridas mortales tres ó cuatro
carabineros, cuyos nombres no podemos incluir en ­
tre los difuntos; entre otros ciertamente un singular
mercenario , el cual hacia años dividía la paga con
el óbolo de S. Pedro: se conoce el nombre, m as es
fuerza callarlo, porque exigió el secreto. Dios lo
sabe, y lo. saben, varios de sus camaradas carabi­
neros, que vivo le imitaron, y envidiáronle difunto.
En los'heniles fue herido Luis Rouleau, francés, que
luego se repuso de sus heridas; y no m uy lejos el
jóven conde Eduardo Raczynski, que habíase alista­
do en el dia precedente, y Pedro de Beaurepaire, de
tal modo destrozado, que en las primeras listas figuró
entre los muertos. Mucho nos duele no poder á lo
menos consignar los nombres de todos los gloriosos
232
heridos, aquí y en otras partes: su gran numero nos
lo impide (1).
Es preciso que nos apresuremos á dar alguna no­
ticia un. poco detallada, de una m uy noble victima,
que cayó precisamente sobre este altar de tantos sa­
crificios. Hablamos del sargento José Rialan, de
quien quisiéramos á ser posible, redactar una vida
completa·: jóven admirado y casi venerado por su
compañía, y por todos los que le conocieron desde su
prim era juventud h asta el día de su inmolación. Pa­
reció nacido solo para la mansedumbre, la piedad, y
el amor á los pobres; desde sus mas tiernos años,
hubo quien previó en él al perfecto cristiano futuro.
Baste decir que corre opinion entre sus conocidos, de
que consagró con sangre la estola bautismal. Es in­
dudable que llenó de santos ejemplos su casa pater­
nal en la ciudad de Ploermel de la Bretaña*‘y el co^
ieg-io de S. Salvador en Redon, donde recibió piísima
educación, y el -regimiento de los zuavos, donde flo­
reció en concepto de un jóven extraordinario. Con
sus virtudes y sus cartas, su amigo Roberto Oheis,
pudo entretejer un hermoso volúmen, embalsamado
de religiosos sentimientos.
Insistiendo cerca de sus padres, para obtener la
vénia de alistarse con los vencidos de Castelfidardo^,
así escribía. «Aun cuando nadie partiese á Roma, y

'(1) Mucho menos queremos mencionar á todos los que com ­


batieron. Mas sentim os haber omitido en la relación d é lo s h e­
chos de Mentana, la hermosa empresa de los heniles, realizada
por una media compañía de zuavos, conducidos por los oficia­
les Limairac, y Mouton, como también, según creem os, por el
capiLan Bíonlcabrier, que últimamente se distinguid en la toma
d e las casas.
233
marcha-sé solo, no desearía nada tanto como partir;
porque si voy á Koma, no voy pára obrar como los
demás, sino para defender la Santa. Ig le sia , y para
raí provecho personal. Los asuntos no están quizás
tan desesperados como se dice: y si lo estuviesen,
aún se podria perecer combatiendo. Y precisamente
por lo visto se piensa todavía resistir, porque son
alistados todos los que se presentan. No ereais, que­
ridos padres, que yo escribo esto por exaltación de
espíritu: lo he considerado todo, y bajo todos sus
aspectos. Heme dicho: puedo volver, si bien es mas
probable que me quede allí. No es ahora esto lo que
mas me impresiona. He pensado que deberé alejar­
me de vosotros, quizás para siempre, y m orir distan­
te de vosotros. Estas son las únicas consideraciones
que podrían detenerme. Mas Dios me dará fortaleza
de ánimo bastante para cumplir lo que de mí exigirá.»
Y en otra: «Quieroir á Italia para batirm e, y no para
llegar despues de una derrota, ó despues de una vic­
toria......tengo fuerzas para sostener una campaña:
para las heridas, cuchilladas, etc., estoy resignado.»
Tras larga expectación, en cuyo intérvalo fue li­
cenciado .en leyes, volvió mas ardientemente que
nunca á solicitar el permiso de partir. La retirada de
los franceses de Roma le tenia intranquilo, m ientras
no fuese á Boma á m ontar la guardia contra las per­
fidias del gobierno italiano. Escribió entonces á un
amigo: «Me ocurre frecuentemente que el ejército de
Pió IX se podria convertir en otro de Gedeon; mas,
sea lo que sea* si nos aguarda la suerte de nuestros
gloriosos antecesores de Castelfidardo, á lo menos
protestaremos, como protestaron, cayendo con las a r ­
m asen la mano.» Su padre comprendió que era tiem­
po de ofrecer el sacrificio; y despidiéndole con la
£34
bendición paternal, añadió: «lió me desplace haberlo
dejada partir; pero sí no tener'su edad,á fin de acom­
pañarlo!» De tal raza nacen los fuertes. José Rialan-,
en Roma, vivió enteram ente absorbido por los debe­
res del arm a, y el fervor de sus devociones: arm as y
devociones no interrum pidas sino por las cartas á su
país y por algún solaz con los amigos, coú los, cua­
les conversaba muy donosamente* A los íntimos
abríales por completo el corazon. «Hay muchos mo­
dos, exclamaba un día, de servir A la Francia y á la
Iglesia: ante todo con la sangre. Nada mejor para que
progrese una causa, como m orir'por ella. Por otra
parte, ¿qué suerte mas hermosa p a ra el que muere?»
Quien desde el fondo del corazon hablaba de tal
guisa, era bien digno de conseguir la corona en el
lugar mas honroso de la pelea. Una bala en la frente
dejóle difunto, á pocos pasos de Mentana, combatien­
do entre los valerosos Alfredo G-erbaud, y el zuavo
Alejandro Llenas. Dos dias despues, m ientras dos
sacerdotes deponían piadosamente su cadáver dentro
de una casa, sus conocidos buscaban sus objetos, y
se dividían su escapulario, sus gaiones de sargento,
su barba y sus cabellos; empaparon sus pañuelos en
la sangre de su herida, aún líquida y encarnada: la
voz común de sus camaradas le rindió el mas envi­
diable testimonio p ara un cruzado: «En el cuartel
era el mejor cristiano del regimiento, y en el campo
el mejor soldado.»
Sea el último de los sepulcros sobre que inscribi­
mos pocas palabras, el de un subteniente italiano,
muerto á poca distancia del subteniente francés. En­
tre no pocos italianos que en aquel famoso campo de
gloria presentaron su pecho contra los enemigos de
la santa Iglesia, solo cuatro cayeron muertos ó heri­
235
dos, si no agregam os el dragon Perilli, valerosísimo
jóven de Trastevere, que ocultamente y á pié, cor­
rió á combatir» volvió enfermo, y murió exclamando;
«Mi único, disgusto en este matante supi'emo es morir
en la cama, á pesar de que ambicioné siempre m orir
en el campo combatiendo por el P a p a .» Entre los ita­
lianos brilló con singular esplendor Carlos Bernard!-
ni, á quien vimos herido cuando ya term inaba la la ­
cha; como si el ángel de Dios aguardase el sacrificio
de esta sangre selecta, para descender al campo cru­
zado y declarar la victoria.
Nadie acaso sintió afecciones de familia mas p ro ­
fundas que el jóven Carlos, y ninguno mas heroi­
camente las troncó en homenaje de la religion. Al re­
correr sus cartas parecíanos oir' el canto de un idilio
de ternuras á los padres , hermanos y herm anas, sin
excluir las piedras del lugar natal: mas todos los de­
licados sentimientos inmoláronse por fin al deber, al
honor y á la gran causa de la Iglesia de Dios. Mucho
lo debió á la índole caballeresca de su gran espíritu
y á su educación exquisita, templada con las tra d i­
ciones del antiguo patriciado italiano. Nacido en
Luca, en 1841, de clarísima estirpe, y noble en las
historias patrias, fue sostenido en la fuente sagrada
por el duque su soberano, y por aquella venerable
mujer que se llamó la duquesa María Teresa de Sa-
boya. Creció en medio de una atmósfera llena de re­
ligiosos ejemplos; parecía no hallar placer sino en
los ejercicios de la fe que originan y alimentan las
veraces virtudes cristianas. Aun las condiciones mas
raras y difíciles de hallar en los años juveniles, flo­
recían en él maravillosamente: procuraba no inco­
modar á nadie, no presumir de sí mismo, posponerse
á los demás, huir de las alabanzas como tam bién
236 '
de la vanagloria, y privarse de sus mas caros so­
laces para complacer á los de casa* Viósele varios
meses hacerse guia y sosten de ima herm ana que te­
nia los pies enfermos, y ponerse gustoso á sus órde­
nes, como un criado. Era por esto la delicia de su
casa, en la cual hallaba todas sus delicias, compa­
rándola, escribiendo á su m adre, con el «paraíso ter­
restre. » .
Decir de un jovencito italiano, que fue piadoso, es
decir tam bién que desde sus primeros años fue ado­
rador especial de la Virgen divina. Carlos en este
particular salió eximio verdaderam ente. Nos ha lle­
gado autógrafa una no corta plegaria, que compuso
el día de la Asunción de 1857, á los 16 años; es un
himno de amor y de confianza filial, ardiente, poético
y tan rectam ente discurrido, que se juzgó merecedor
de-im prim irse, publicándose realmente, A los de su
casa* y especialmente á su madre, la condesa Maria­
na Sardi, revelaba todas las impresiones de su espí­
ritu interior, y los sentimientos religiosos.con que
regulaba su vida.
«Nunca cesaré, la escribía desde Roma, de dar
gracias al Señor por-haberme dado padres tan píos y
religiosos, que no han pensado mas que' en el bien
supremo de mi alma, guardándom e diligentem ente.«
Y en otra, cuando fue llamado de improviso á Genaz-
zaro, con esperanza, que se desvaneció luego, de
combatir algo. «Iba yo á batirm e gustoso, y aunque
me creia próximo á la pelea, continué siem pre. con
buen espíritu, como si estuviera ea mi casa. Tenia
pena por no poder contemplar á mis queridos; mas la
causa que sostenía me animaba: desplacíame tam ­
bién no haber tenido tiempo para confesarme,- al
paso que algunos mas picaros que yo se habían sus­
237
traído á su obligación, y arreglado sus cuentas. Pero
poco antes' habíame confesado, tenia la conciencia
tranquila, y confiaba en que Dios hubiera tenido mi­
sericordia de m í, por el sacrificio que hacia de mi
existencia.» ¡Oh alma bella y generosa!
Gustaba recogerse alguna vez, para reconcentrar,
como decía, su alma en el Señor.» Vengo ahora de
los ejercicios espirituales de S. Eusebio, todo conso­
lado y enteram ente contentó. No puedo creer cuánto
h a sido mi consuelo en estos dias de retiro y de cal­
ma, Doy gracias á Dios por haberme dado este con­
suelo interno, qué me infunde valor para servirlo ca­
da vez mas fielmente. Esta m añana en particular h a
sido m uy conmovedora la comunión general, los úl­
timos consejos y la bendición, acompañados del ma­
yor recogimiento y devocion de todos (casi todos jó­
venes de las principales familias de Roma: éramos 58).
Hecho he un análisis general de mi vida al P .....
hombre de gran santidad y doctrina, muy práctico
para los jóvenes, quedando m uy satisfecho; En mi
debilidad he recomendado á Dios, en lo posible á mi
fam ilia..... »
Así entendía Carlos la práctica de la religión,
cuando era ya soldado: en la conversación exterior
ocultábalos tesoros de su-espíritu, y nada m ostraba
que pareciera excesivo, ó no á propósito para tra ta r
con los amigos. Antes bien la urbanidad de su trato
y la franqueza de su conversación, le atraían el cariño
mas extraordinario de las brigadas. Tenia para un
joven muchos conocimientos en la literatura especial­
mente italiana, que fue su estudio mas grato; poseía
la lengua latina, la griega, la francesa, la tudes­
ca, de la que salieron en su casa profesores excelen­
tes; en los artes de la dan?a y de la m úsica aprendió
238
algunos principios, mas por condescender con sus
mayores, que por afición, aplicando muy bien su in­
teligencia con éxito feliz á las m atemáticas y á la
filosofía: en úna palabra, á la edad de 21 años.podía
ser mostrado con el dedo como uno de los mas cum ­
plidos caballeros de su patria, que no tiene pocos.
Venturosa la Italia, que lo tuyo por su representante
entre los valerosos de M entana.
Dirigióse á Roma por recreo, en 1861. Roma llena
de Ja majestad de Pió IX; Roma animada de juventud
selectísima que concurría para levantar la bandera
de 'Castelfídardo; Roma siempre amenazada y en pe­
l ig r o a tr a j o su corazon magnánimo: la llama de
la cruzada extinguió en él todo sentimiento menos
elevado. Obtuvo despues de muchas instancias, el
consentimiento de sus padres; hasta el fin fue cruza­
do y solo cruzado. Si de sus cartas se quitase lo rela­
tivo á la religión, al Santo Padre y á las ternuras á
su f a m ilia e a s i nada quedaría. La .primera resolu­
ción del despego n o ju é sin lucha. He aquí cómo el
mismo la describe: «Querido papá. Grandemente-me
angustia la idea de tener que vivir separado algún
tiempo de mi cara familia, sin aquella tranquilidad,
aquella paz, aquella afección singularísim a, aquellas
costumbres nuestras, nuestra comida, lag veladas y
los almuerzos, puntos todos de reunión de fam ilia.....
¡Ah, estas y muchas otras cosas son para mi, al pre­
sente, memorias carísimas que no puedo dejar sin
g ran dolor..... Es imposible que la naturaleza no h a ­
ga su oficio: el reconocimiento, el amor de los p a­
dres y de la familia, palpitar hacen todo corazon y
arrancan lágrim as de todos los ojos; pero es preciso
tam bién tener valor, y vencerse á si mismo....', es
necesario fundarse en las buenas opiniones, sirviendo
239
una causa santa y santificante.»'Otras cartas suyas
escritas en dichos tiempos de deliberación, resaltan
en extremo elocuentes, al expresar los goces de la
vida doméstica, los vivaces afectos que le unían á
cada uno de su casa, y el dolor de quedar privado de
todo esto. ¿Pero que? Sobreviene el pensamiento de la
religión, de -la Igiesia, de Pió IX, y á la cruda batalla
que «hiere su corazon,» hace sustituir el-triunfo de
su férrea voluntad: «Es preciso que me aparte de to ­
do: iagradezca el Señor á lom enos este sacrificio!»
Con tal pureza de intención ceñíase la espada nues­
tro Carlos Bernardini, no compelido ni llamado por
otra voz que la de su corazon.
Entre tanto le presentaban al. m inistro de las a r ­
mas, que lo recibía con estas palabras: «Estoy m uy
contento de conseguiros para soldado: quisiera tener
diez mil jóvenes como vos.» Al siguiente dia hizo el
equipaje y partió para el depósito de Yelletri.- A lguna
vez, durante la milicia, tuvo la dicha'de ver y besar
la mano y el píe del Santo Padre: entonces recorda­
ba la bondad paternal, cqn que habia sido confortado
en la prim era entrevista; y brillando de gozo por el
pensamiento de poder un dia ir al campo para la de­
fensa de Pió IX / escribía lo siguiente á sus padres:
«;Feliz de mí, si me puedo emplear en la causa que
sirvo, antes de volver al seno de mi cara familia!
Tal es mi sueño dorado,» Pasaba tiempo, y mas a r­
día la noble llam a de su pecho. Este statu quo (1865)
i ser comienza enojoso. \ Cuándo tendré la dicha de
ser útil á la causa que servimos! Si bien pocos y te­
nidos como viles por muchos, aunque no consigamos
nada, serviremos á lo menos para protestar en favor
de una causa,, para la cual es poco morir una vez so­
la... . Quien nutre sentimientos de adhesión á la santa
240
Sede, debe persuadirse de que las chácharas que se
hacen sobre la mesa no proporcionan ningún bene­
ficio á la causa;, se necesitan hechos y sangre.«
Todos los de su familia, despues de muchos años
de ausencia, deseaban vivamente- una visita suya.
Carlos respondió: «¿Podría estarme ocioso en casa
hoy que toda la Italia ha empuñado las armas? ¡De­
fendamos á la Iglesia!—No será nada:—T si hubiese
alguna cosa estando yo ahí, ¿qué haría? Me volvería
loco á lo menos.» Despues, al encenderse la guerra,
se felicitó de no haber pedido licencia, alegrándose
al saber que su hermano M artin (entonces cabo de
dragones y ahora oficial) habia tenido tiempo para
c o rre rá su bandera: á sus padres suplicaba que in ­
fundiesen tam bién ideas belicosas en su hermano
Félix, d e-m as tierna edad, que aún perm anecía en
casa (1).
Carlos mostró con las obras la sinceridad de sus
palabras, porque-si durante los cinco años de la vida
de guarnición adm iraba hablando y sintiendo alta­
mente de la Cruzada, animando á sus compañeros
para que aguardasen la lucha, y repitiendo á sus
mas queridos que nada tan deseable habia en el
mundo como combatir y perecer por la religión, ve­
nido el tiempo* arrastraba á sus compañeros con la
prontitud de sus órdenes, con su ardor en la pelea, y
con su intrepidez en el campo. Enviado á Viterbo p a­
ra la g uerra, despidióse de sus amigos, ébrio de pla­
cer: en los dias de reposo no cesaba de instruir á sus
artilleros; en los dias de facción cabalgaba briosa­
mente al lado de su pieza rayada, repartiendo,profu-

(1) Véase parte de su s cartas de este tiempo, referidas e n el


capítulo XVI: El grito , á las arm asi de los Cruzados.
241
sám ente á los subalternos dinero, tabaco y licores;
á fia de tenerles altivos y.animosos en la hora de la
refriega. Referimos en su lu g ar sus primeros hechos
en Bagnorea; aun en los partes de su-coronel coman­
dante, hallamos recomendado con distinta y honro­
sísima mención, «á los cabos de alojamiento Carlos
Bernardini y Pedro Ambrosi, por lo bien que diri­
gían la pieza á ellos confiada, y el valor que comu-
nicab an á los soldados.»
Se sintió herir en lo profundo del alma, cuando le
participaron la órden de abandonar la provincia y
replegarse sobre Roma¿ mas se consoló grandemente
al comprender que el movimiento tendía á contrastar
al enemigo cerca de la capital; el dia 2 de noviem­
bre, al leer su propio nom bre entre los elegidos para
la facción de M entana, no cabía en sí por el entusias­
mo. Llevó la noticia al cabo G reggi, destinado tam ­
bién á partir, y se anunció portador de la mas alegre
nueva que se podía„desear; despues de tenerle un
rato en expectación: «Mañana, dijo, habremos á e s ta
combatido ya, y vengado á loa nuestros.» Mucho an ­
tes de la hora fijada habia dispuesto su cañón, visi­
tad o ra s municiones, los aparejos, los fornimentos, y
revistado sus artilleros; daba la mano á sus cam ara­
das. En la m archa nocturna dirigió mucho rato las
riendas del caballo de G reggi, que por las m ultipli­
cadas vigilias iba dominado por invencible soñolen­
cia: al fin lo sacudió un poco: «Amigo, ¿vas durmien­
do á encontrar la fortuna m as deseada? ¿Esperas des­
pertar al estampido, del cañón?»
A los primeros' fusilazos brilló su semblante con
vivo fuego, pareció estudiar con la m irada las posi­
ciones, y de prisa cabalgó, hasta un grupo de oficia­
les, suplicándoles que le proporcionaran la dicha
to m o iv, 1(3
242
de apuntar el prim ero. Poco despues la orden del
g eneral llamábalo precisamente al honor apetecido..
Levantó loa ojos al cielo, saludó á los compañeros* y
pasó adelante. Se infundía su valor en el espíritu de-
los otros, brillaba su faz y exponíase delante de to­
dos: no se dió iin momento dé respiro durante las.
cuatro horas de pelea, h asta que Dios le libró de
esta y de las demás, coronándole con el reposo en el
cielo. Un camarada suyo nos dijo, que al caer del ca­
ballo por la herida mortal, invocó aún el nombre del
Señor, y que su cadáver hallóse dispuesto, como quien
se adormece con la sonrisa e n jo s labios. ¡Digno ca­
ballero de la cruzada! Entonces fue completamente
oído el voto excelso de la carta reciente á su madre,
del 22 octubre. «No duden de mí: el m ayor mal que
me puede sobrevenir es la muerte; y esta no es de
tem er sino de envidiar, cuando en vez de ocurrir en
el lecho, se logra en el campo, con las armas en la
mano, y en defensa de todo lo mas querido y mas
sagrado. Confio que S. Pedro, que tiene aquellas lla­
ves supremas, no nos cerrará las puertas, cuando
nos vea muertos en'pro de sus sucesores.
Su cuerpo yació primero, sepultado de prisa, en
el cementerio de Monte Rotondo, distinguido solo por
las flores con que los zuavos y su capellan monseñor
Daniel lo cubrieron antes de enterrarlo. Mas su buen
am igo el cabo Tambini, voló de Roma para recobrar
tan preciosa reliquia: si bien con grandísim a dificul­
tad, hallólo, y lo entregó al hermano del difunto, á
su familia y á Roma. No referiremos aquí la conmo-
cion de la ciudad al saber la noticia de su m uerte.
E l conde Carlos Bernardim, subteniente de la a rti­
llería pontificia á la edad de 26 años, y prim ogénito .
de su familia, tenia muchos amigos, en todos los
243
cuerpos militares, y tam bién en las mas nobles casas
de Roma; aun en los funerales, celebrados en el tem ­
plo de los de Luca, acudió muchísima gente: el tú ­
mulo fué honrado por la'poderosa elocuencia de mon­
señor Nardi. El alma generosa pero modestísima de
Carlos espera, quizá en e l cielo ahora, que, alg u n a
mano experta cuente sus virtudes y sus méritos, ó
reúna cuando menos en torno de su memoria sus
cartas, con las escritas sobre s.u m uerte por sus p a­
dres y por su hermano; todo esto 'para gloria impe­
recedera de la religión y de la patria.
Porque vendrá tiempo., agrada esperarlo, en- que
pueda él pueblo italiano ensalzar libremente á los
que adm ira en secreto. Entonces con los trozos de
los ídolos mentirosos y perfumados ¡ay demasiada­
mente! con incienso venal, se construirán pedestales
para los verdaderos héroes que, como Carlos B ernar­
dina supieron con las alas del espíritu subir á g ran
altura, desdeñando la pública vileza de su tiempo4
como también enamorarse de la verdad y de la vir­
tud, dando por estas su sangre inmaculada. Pocos
años bastarán para confundir en el desprecio común
á los famosos.que atruenan hoy el pais con sus proe­
zas, aplaudidos por las afrentas inferidas á su patria;
mas despues.de muchísimo tiem po,'vivaces y reju­
venecidas durarán las alabanzas de Carlos, sin que
ninguna historia de ilustres hijos de Luca se niegue
á recibir su nombre en una página luminosa. En el
ínterin, señalamos con el dedo su sepulcro á la Ita ­
lia, como una señal de consuelo para esperar felices
tiempos: es oida; en el cielo la oracion de la san g re
derram ada. A las otras naciones lo mostramos como
una -excusa de que la Italia necesita en presencia de
la cristiandad. De la tierra italiana, ¡demasiado! en
244
gran parte se recogió aquella horda sacrilega, que
con el hierro y el oro del gobierno guerra promovió
al Vicario de Jesucristo, emulando la intención de
Mahomet II. Mas,' ¡vive Dios! que no se debe juzgar
un pueblo por sus tiranos, ni por los que an ate­
m atiza el propio pueblo. Ninguna nación odió á los
enemigos de Pió IX mas cordialmente que la italia­
na; puesto que los establecimientos de pública ense­
ñanza manifestáronse, por todos los medios posibles
bajo la tiranía-, en favor délos cruzados, Y muchos
italianos, muchos mas de los que se cree allende los
Alpes y los mares, m ilitaron, y no pocos m urieron
libremente por la causa de Pió IX. Osamos decirlo y
si preciso fuesé, osaríamos jurarlo: si los padres ita­
lianos y las madres debieran elegirse un hijo según
su corazón, como Carlos Bernardini, ó como su m a­
tador, apenas ano por mil, ni aun uno por mil prete-
feriria el verdugo al m ártir.
Mas si tan bella es la corona del cruzado italiano,
que nosotros, con ambición excusable, la reserva­
mos casi para corona de todas las restantes, no por
esto la repitam os mas excelente, ó digna de antepo­
nerse á sus hermanas-. Solo Dios conoce sus santos.
Quizás hubo quien muerto ignorado en un surco, ó
sin fama sobre el lecho de un hospital, fue puesto
pór Dios á la cabeza de la legión gloriosa en el cielo.
En la tierra, así como los cruzados tuvieron comu­
nes las aspiraciones, los peligros y los muertos, o b ­
tuvieron tam bién comunes las exequias, primero por
la gratitud de Pió IX. en la capilla Sixtina, con él
concurso de los oficiales romanos y franceses, y des­
pues con pompa solemnísima e n 'la basílica L atera-
nensencabeza y m adre de todas las iglesias, en nom­
bre,del. universo cristiano. Común resultó el hom e-
245
naja de los funerales, en' todo el mundo, si bien fue­
ron funerales mezclados con ■aplausos y festejos,
co.mo á reputados m ártires convenia: los cenotaflos
de los muertos en la g u erra sa.gr ada, levantáronse
adornados de laureles y de triunfales emblemas, en
las catedrales de Francia, de Bélgica, de Holanda,.,de
Alemania, de Irlanda, y de fuera de Europa. El re ­
lato de cuyas demostraciones sería excelente con­
clusion para nuestra historia, por asentar sobre base
sólida el concepto de la guerra romano garibaJdma;
pero parécenos haber haber hablado de ello no poco
anteriormente, y ponemos aquí punto á la narración,
acabándola como acabó la guerra, con Men tana.

C. -
Conclusion. L o s m onuinentos de la C ru­
zada de 1S 67.

é
. Llegados al término de nuestro largo, y fatigoso,
camino, volvemos atrás la vista, y medimos con una
ojeada el espacio recorrido. ¿Dejamos en él una hue­
lla duradera? No lo sabemos. Ciertamente lo inten­
samos. Mas que señalado una huella, quisiéramos h a­
ber construido un monumento, para perpetuar en las
generaciones venideras la memoria de los cruzados
de S. Pedro, Quizá ninguno poseerá nunca tanto m ár­
mol, tanto metal, y tantas piedras preciosas como las
que á la mano hemos tenido para levantarle, pero
no será difícil disponer los m ateriales para mas bella
arquitectura. De todas maneras, consuélanos la con­
ciencia de haber revelado siempre la verdad,,y con­
signado para el porvenir muchos nombres, que qui-
246
zás hubieran perecido en.el tiempo, y que son con
todo merecedores de-la inmortalidad.
Por si otros quisiesen abrazar toda nuestra n a rra ­
c ió n con una sola mirada, y esculpir en la mente los-
principios* el' progreso y el fiií de la guerra movida
contra Roma en 1867, nos congratulamos de poder
m ostrar todos los cien capítulos de nuestro libro, re-
ducidos, por decirlo así en resum ea, y al propio tiem­
po autenticados, en dos-monumentos erigidos á los
vencedores y á los muertos de la guerra por la mas
irrefragable autoridad que sobre la tierra existe,
cual es la del Papa Pió IX, El primero es el breve
con' que instituyó la medalla ó sea la cruz- de Men-
tana.

Pió P ap a I X . P a ra futura m em oria de la


;cosa.

«Desde que los enemigos encarnizados del nom­


bré católico, á fin de aniquilarlo e n trá m e n te si fuera
posible, han osado combatir la potestad temporal
de la Santa Sede, y .sustraerla provincias muy flore­
cientes, dejando apenas algunas, para que dentro
de límites m uy restringidos, y no sin dificultad del
erario, ejercitásemos el poder civil, hombres pérfidos
nunca dejaron el propósito de ocupar nuestras pro*-
vincias restantes, y de invadir hasta esta santa ciu­
dad en la cual'por'disposición divinarse ha estable­
cido la Sede apostólica, fundamento de la religión,
m aestra dé la fe, roca y baluarte, de la verdad cató­
lica. De aquí las maquinaciones y los engaños, así
como la notoria violencia· empleada recientemente:
esto es cuando congregadas hordas- recogidas entre
la plebe ínfima y prontísim as á todos los crímenes,
247
se lanzaron á nuestras provincias para levantar ban­
dera de rebelión, y afligieron con el terror, con 'las
rapiñas y con todas las maldades sacrilegas las vi­
llas, las comarcas, las ciudades, sin que llegasen
con todo á desviar á los pueblos de. la debida fe y de
la sumisión á la Silla apostólica. En esta g ran des­
gracia resplandeció el ■singular valor de nuestros
.soldados, porque siguiendo las huellas de sus jefes,
no desalentados por la aspereza de los caminos, ni
enervados por las m archas larguísim as, ni abatidos
por los trabajos, volaron alegres á reprim ir el ímpe­
tu de los enemigos; empeñada contra estos, y renova­
da en varios lugares la lucha, tan animosa y gallar­
damente combatieron, que derrotaron y deshicieron
aquellas turbas crueles, restituyendo á los campesi­
nos y á los ciudadanos la calma y la seguridad. No
mucho despues una banda armada, habiendo tenido
la osadía de acercarse á los muros de Roma á fin de
in te n ta r la entrada, y desahogar el concebido furor
•con los incendios, el saqueo de las casas, la ruina de
los templos y la sangre de virtuosos ciudadanos, no
bien sus cómplices, que se habían ocultamente .in ­
troducido aq.ui aprestando'nuevos instrum entos de
destrucción, hubiesen dado la señal de la conjura­
ción; nuestros soldados cumplieron con su deber*
puesto que,-descubiertas las insidias, evitaron la
perfidia de los conjurados, habiendo confundido y
m atado á una parte de ellos, y reducido ¿ prisión á
o tra, salvando esta sede de la religión y estancia de
de las artes de inminente exterminio. A. nuestro ejér­
cito se presentó despues otra ocásion de probar su
valor. Una m ultitud de armados recogidos de todas
partes en la próxima provincia de la Sabina, se ha­
bía posesionado de Monte Rotondo: habiendo come­
348
tido allí muchas indignidades, encendidas sus ansias
desenfrenadas, m editaron una nueva agresión con-
tra Roma, por lo cual fueron expedidos nuestros sol­
dados, juntam ente con franceses auxiliares, para
que los atacasen: empeñado el combate realmente1
cerca de Mentana, demostraron tan ta fortaleza, a r d o t
y constancia en el pelear, que dominaron aquella m u '
ehedumbre de ladrones, sin embargo de ser superior
en número, y la deshicieron, quedando muchos heri­
dos ó m uertos, y muchísimos prisioneros, poniendo
además á los otros en fuga con su audacísimo jefe, y
reportando una victoria completamente insigne. Las-
vencedoras legiones despues, vueltas á Roma, reci­
bieron uña triunfal acogida: la ciudad salida á en­
contrarlos, con Víctores y aplausos festejó la hermosa
empresa de aquellos hombres valerosísimos. Y á fin
de que el recuerdo de esta victoria, que no sin ayu­
da de Dios se ha conseguido, y que ha sido celebra­
da en todas las partes del mundo con alabanzas, se
perpetúe en todas las edades, hemos ordenado que se
acune una condecúracion de plata en forma de cruz
octógona, en cuyas extremidades se inscriba: Piu&
P P . IX . A n , M D C C C LX V II, mostrando en medio una
m edallita, con los emblemas en el anverso de la
dignidad pontificia, y la inscripción: Fidei et V irtuti ;
y en el reverso la cruz con la inscripción: Hinc vic­
toria. A todos y á cada uno de los presentes soldados
d e nuestro ejército concedemos que puedan llevar
esta condecoracion de plata á la izquierda del pecho,
suspendida á una cinta de seda blanca, con cinco
líneas de color azul celeste: para mayor recompensa
de las fatigas, concedemos á los mismos que se les re*
m ita un año del tiempo marcado para la jubilación
y que puedan obtener otros beneficios según las
249
■>

reglas m ilitares. Además concedemos la misma con­


decoración de plata á fin de que la lleven á la iz­
quierda del pecho, á todos y á cada uno de los solda­
dos del ejército francés, que cerca de Mentana, com­
batieron á los flancos de nuestras tropas contra las
m uchedumbres enemigas. Finalm ente,, para que
aquellos tortísimos, que por defender nuestros dere­
chos, y rechazar de Eoma el furor de los impíos,
ofrecieron su sangre y su vida, tengan, de nosotros
una solemne alabanza de valor y aplauso, con estas
letras publicamos y declaramos que bien merecieron
en sumo grado de nos, de la Sede apostólica, y de la
causa católica: ciertam ente nada mas honorífico,
nada mas glorioso, nada, para la inm ortalidad del
nombre, m as ilustre que esta alabanza.
»Dado en Roma cerca de S. Pedro, bajo el anillo
del Pescador, el 14 noviembre del ano 1867, 22 de
nuestro Pontificado.
■»N. Card. Paracciani Clarelli.»
Ahora bien, ¿qué mas hemos referido' extensa­
mente, sino lo que Pío IX atestigua en breves p ala­
bras? ¿No confesó hasta el ministro italiano, que so­
bre la bandera de Garibaldi estaba escrito: « D e s ­
tr u c c ió n DE LA SUPREMA AUTORIDAD ESPIRITUAL DE LA CA­
Hay mas. Este propio concepto
BEZA d e l a r e l i g i ó n ?«
quiso el Santo Padre que fuera esculpido en pie­
dra y en bronce, y predicado á los siglos siguientes
con el mausoleo erigido á los m uertos en los comba­
tes, Sí; fué idea de Pío IX, que en el Agro Verano,
sobre el suelo consagrado por las catacumbas de los
m ártires antiguos, surgiese la memoria de los c ru ­
zados del siglo IX. Fne idea de Pío IX: el grupo co­
losal de marmol, que á S. Pedro figura, en el acto de
consignar la espada á un guerrero, dispuesto á pe­
250
lear, que sostiene u d estandarte señalado con la cruz
y estas palabras: E l orbe católico . En Pedro está
Pío; en el guerrero el ejército cristiano; la idea de la
misión brilla en la actitud autorizada del m andante,
y en la humilde y generosa del mandatario: mucho
mas se manifiesta en dos lemas de1la base, sacados
d é lo s libros de los Macabeos: Recibe la espada sania ,
don de Dios, con la cual vencerás á. los enemigos de mi
pueblo de Israel.— No en la m ultitud está la victoria de
la -guerra·, sino que del cielo viene la fortaleza.
Campea el mármol parlante encima de un cuerpo
octógono, de proporcionada elevación, que se levanta
sobre un basamento de dobles escalones: en los ocho
lados se;recuerdan los valientes que sobre el campo,
ó muriendo despues por las heridas, cumplieron las
órdenes de S. Pedro. Aquí resplandecen sus nombres
en lucido m etal dorado, pero mucho mas hermosos
deben brillar en el libro de la vida. Ni nosotros sa­
bemos adornar la últim a página nuestra con mejor
adornó', que trascribiendo aquel feliz y bendito catá­
logo de m ártires de la'S. Iglesia (1). '

E n Bagnorea.

Pedro Heykamp, holandés, zuavo.

E n Farnese.

Manuel Dufournel, francés, subteniente de zuavos,

(1) Este monumento fue diseñado por V espignani y las esta­


tu a s son ¿le Luecardi: ambos nom bres ilustres: los ornamentos
pertenecen á distinguidos artistas, Carimini, Palombíní, y Au-
gusti; inscripciones, todas en laLin, al jesuíta Francisco Ton-
giorgi. Mas ámplia descripción hay en el GiomaU di Boma, 15 ju ­
nio 1870, que lom ó la Civiííd Cattoltca contem poránea.
251

E n Monte Libretti.

Arturo Gruillemin, francés, teniente de zuavos.


Urbano de Quélen, francés, subteniente de. zuavos.
Augusto Delalande, francés,;sargento da zuavos.
Alfredo Collingrjdge, inglés, cabo de zuavos.
Huberto jVJercíer, belga, cabo de zuavos.
Eduardo Pe-R.oeclí;, belga, zuavo. ·. -.
Godofredo Van Ravenstein, holandés, zuavo.
Francisco:Martínaiggi, francés^ zuavo (1).
Pedro Jong, holandés, zuavo.
Francisco Van den Boom, holandés, zuavo.
Ju an Crone, holandés, zuavo.
Leopoldo de Coester», belga, zuavo.
Antonio Boügenaard, holandés, zuavo.
Domingo Ciarla,, italiano, zuavo. -·.
Antonio O.tten, holandés, zuavo.
Enrique Sc.holthen, holandés, zuavo (2). -

. E n ¡yeróla. · ■

José Tréméur, fran cés legionario romano.


Francisco Lada:v i$re,.francést..legicmário romano.
Enrique Mael, francés, legionario roínano.
Luis Vallée* francés, legionarió' romano. ·

E n Viterba.

Antonio Quadrotta, italiano, dragón.

(1) De Córcega.
(2) En los registros del regim iento se añade:- Enrique Baliter,
holandés, zuavo. Véase el cap. XLIII.
252

E n Monte Botando.

Bernardo de Q uatrebarbes, francés, teniente de


artillería (1). ·
Domingo Massei, italiano, sargento de artillería.
Santiago Schrama, italiano, zuavo (2). ;
Ju an Sthaele, suizo, carabinero extranjero.
Juan Dupuy-Lamothe, francés, legionario ro ­
mano.. ■ - ' '
Adolfo Zecher, suizo* legionario romano.

E n Rom a.

Ginés Coppi, italiano, sargento de gendarm es (3)·


Francisco Car rara, italiano, cabo de gendarm es.
Luis Sandri, italiano, gendarm e.
Telesforo Proietti, italiano, gendarm e.
Francisco Antici, italiano, gendarm e (4).
Aníbal Reali, italiano, escuadrillero .
Arístides Cudennec, francés, sargento de carabi­
neros extranjeros.
Alejandro Jacoppini, italiano, de la línea (5).
Aquiles Buril, italiano, trom peta de carabineros
extranjeros.
Pedro Rius de Torralba, español, sargento de los
zuavos.
Enrique de Foucault, francés, zuavo.

(1) Este nombre por error, está contado, en eí mármol éntre


los m uertos de Mentana: lo restituim os á su puesto.
(2) Lo croem os holandés.
(3) Muerto enCasam ari, en el pais de F rosin on e. '
(4) Muerto, ségun creem os, en V allecorsa.
(5) Léase: Jaeobini.
253
Diosdado Dufournel, francés, capitan de zuavos.
Antonio Huygen, francés, zuavo.(1).
Alejo Desbordes, francés, cabo de zuavos*
Luis Car rey, francés, cabo de zuavos.
Emilio Claude, francés, zuavo.
Santiago Poggi, italiano, trom peta de zuavos.
Cesar Desideri, italiano, zuavo.
Pedro Mancini,· italiano, zuavo.
Federico de DIetfurt, francés, zuavo.
Andrés Portanova, italiano, zuavo.
Domingo Tartavini* italiano, trompeta.de zuavos.
Fortunato CfcLiusaroli, italiano , . trompeta de
zuavos, .
Orestes Soldati, italiano, trom peta de.zuavos.
*Luis Flamini, italiano, trom peta de zuavos*
Carmen Carietti, italiano, trom peta de zuavos.
José Cerasani, italiano, trom peta de zuavos.
Victor Víochot, francés, zuavo. ■
Juan Devorscek, italiano, cabo de zuavos.
Antonio Partel, tirolés, zuavo.
Eduardo Larroque, francés, zuavo.
Francisco Miranda, italiano, zuavo.
Mig-uel Angel Mancini, italiano, trom peta de
zuavos.
Esteban Mélin, francés, zuavo.
Juan Lanni, italiano, trom peta de zuavos.
Nicolás Silvestrelli,. italiano, trom peta de zua­
vos (2).

(1) Es ciertam ente belga. :


(2) Bajo el nom bre de tibicen están com prendidos los concer.
tislas y los trompetas igualm ente;. nosotros liem os traducido
írompeía. En la lápida está también aquí al nom bre de Cárlos
de Alcántara, que ponemos en su sitio, entre los muertos de
M entana.
254
.Federico Corn.et, belga,· zuavo. , .
Edmundo Kobiñet, francés, zuavo. :■

• E n M entam . - ■

Carlos Bem ardini, italiano, cabo de artillería.


Alejandro de Ve.aüx, francés, capitan de zuavos,
Carlos de A lcántara, belga, teniente de zuavos.
Alejandro de Retss, francés, sargento de zuavos.
Luis Loirant, francés, sargento de zuavos.
Pedro Guérin, francés, sargento de zuavos.
Enrique Pascal, francés, sargento de zuavos.
José Bialan, francés, sargento de zuavos.
Eduardo Van Bambost, holandés, zuavo.
Gerardo Erstem eyer, holandés, zuavo (1).
Julio Henquenet-, francés, zuavo.
M aturino Guillermic, francés, zuavo,
Julio W atts Russell, inglés, zuavo.
Enrique Van den Pungen, holandés, zuavo.
Edmundo Lalande, .francés, zuavo,
Agustín Guilmin, belga, zuavo.
Enrique Roemer, holandés, zuavo.
Enrique Van Hooren, holánd'és, zuavo.
Ju a n Maes, belga, zuavo.
Everardo Heyman, holandés, zuavo.
Ernesto H aburg, aleman, zuavo.
J u a n Saüer, aleman, zuavo.
Ju an Zandvliet, holandés, zuavo.
Ivo Jaffrenon, francés, zuavo.
Santiago Melkert, holandés, zuavo.
Elias Chevalier, francés, zuavo. 1
Valeriano de Erp, belga, zuavo.

(1) Los registros del regim iento escriben: Erltem eyer.


255
Cornelio Pronck, holandés, zuavo, - .■ ■
Plácido-M-eyemberg·, aleman, carabinero extran­
jero.
Ju a n Letón, francés, zuavo.
Juan Yetzel, aleman, carabinero extranjera.
Pedro Tabarrlel, francés, zuavo.
Enrique Matthys, francés, zuavo (1).
Rodolfo De'wo.rs.chek, bohemo,, subteniente de ca­
rabineros extranjeros.
Emilio Ladernier, suizo,· cabo de carabineros ex ­
tranjeros.
Francisco Grabitzer, aleman, carabinero ex tra n ­
jero. .
Guillermo FlauMe, carabinero extranjero.
Antonio Albrick, tirolés, carabinero extranjero.
José Schmidt, suizo, carabinero extranjero.
Conrado Scheup, suizo, carabinero extranjero,
Santiago Kramer, suizo, carabinero extranjero.
David Bonnavaux, suizo, carabinero extranjero.
Pío Rhem, aleman, carabinero extranjero.
Luis Rhoin, aleman, carabinero extranjero.
Jorge Uehlein, aleman, carabinero extranjero.
Pedro Fougéres, cazador francés.
Ju an Binchet, cazador francés.
Ludovico Menetre, cabo de cazadores franceses.
Osvaldo Steibli,. de la línea francesa.
En el frente que á, Roma m ira, está la inscripción

(1) Aquí se han de añadir;


Juan Moeller, belga, zuavo,
l e ó n Bracke, belga, zuavo.
Juan Vlemrninx, holandés, zuavo.
Simón Frangen, holandés, su avo.
Juan Meire, belga, zuavo.
Pablo ele Doynel, francés, zuavo.
2 56
del monumento, cuyas palabras nos parece encier­
ran una idea tan comprensiva, y tan elegíante por
añadidura, que además de la traducción queremos
dar el texto.
Fortissim is. Militibus
Indig-enis. Exterisque
Qui. Anno. HDCCCLXVII
Adversus. Copias. Parricidarum
Pluribus. Prseliis.
Pro. Religione
Atque. Urbis. Incolumitate
Dimicantes
In. Ipsa, Victoria
Vitam. Cum, Sanguine. Profuderunt
Pius. IX. Pontífex. Maximus
Monumentum. Fieri. Iussit
Quo. Gratae, Ipsius. Voluntatis
In. FilioB. Merítissirnos
1 Virtutisque. Eorum. Memoria
. Sancta. Atque; Sacrata
Posteritati. Tradatür

A los militares fortísimos


tanto paisanos como forasteros,
los cuales en el año M DCCCLXVI1
contra las tropas de los parricidas
en muchos combates
por la religión
y por la salvaáon de Д от а peleando ,
entre la victoria,
la vida y la sangre derramaron,
Pió I X Pontífice Máximo
quiso se erigiese el monumento:
2 57
á fin (le que su gratitud
hácia hijos altamente beneméritos,
y de su valor la m em oña
santa y sagrada
á la posteridad se recomiende.

Nosotros, no pudiendo de mejor m anera, con se­


mejantes sentimientos para honor de los cruzados
de S, Pedro vivos y muertos, hemos redactado núes-
tra historia.

H N DE LOS CRUZADOS DE S . PEDRO.

TOMO IV - 17
259

APENDICE.

Aprovechando la excelente proporcion que propi­


cia se me ofrece, paso á dar cuenta de.los trabajos
hechos y de las negociaciones seguidas con el fin de
aum entar con españoles ■el ejército del Papa. Todos
comprenderán la conveniencia de referir lo que acae­
ció, para dejar á nuestra patria en la cumbre altísi­
ma que por riguroso derecho le corresponde. ¿Quién
no se ha maravillado alguna vez de que la nación
católica por excelencia, no estuviese bien represen­
tada en el cuerpo inm ortal de los zuavos pontificios?
¿Quién no ha creído ver en esto una prueba.de la
postraciou lamentable á que ha llegado en España el
espíritu religioso? ¿Quién no ha hechor en fin* por lo
sucedido, cargos mas ó m enos-terribles á personas
venerables?
Necesario es, por consiguiente, referir lo que
aconteció, para que las cosas queden en su lugar,, y
los hechos en su punto. Necesario es poner de realce
que no hay razón para dirigir á la España monárqui­
co-religiosa inculpaciones de ningún género. Nece­
sario es demostrar hasta la evidencia que toda Ja
culpa debe recaer sobre los discípulos de la «maldita
escuela doctrinaria, enemiga jurada de la verdad,»
Una consideración me ha contenido algún tiempo.
Eefiérome al temor:de que algunos, al leer las p re­
sentes líneas, en las que- debo; hablar por desdicha
forzosamente de mí propio, supongan que rindo
culto á mi persona humilde. Mas' esto que indudable-'
260
mente se creerá, diciéndose á lo menos, ¿puede sellar
mis labios, y decidirme a no defender la honra de
personajes ilustres por su virtud, por su sabiduría,
y por su entusiasmo en pro de la mas noble y subli­
me de las causas? Evidentemente no. Pasarou, p asa­
ron para no volver, los tiempos en que la menor in­
sinuación era suficiente para desechar ideas nacidas
y desarrolladas al calor de mis sentimientos profun­
damente cristianos, que im buyera en mi corazon la
ternura de mi m adre y el afecto santo de venerables
m inistros del Altar: concluyeron para siempre, para
siempre, los respetos hum anos y los temores pueri­
les y los escrúpulos superficiales. Tenga yo eL testi­
monio de mi conciencia, al que siempre acompaña y
sigue la noble adhesión y el aplauso envidiable de
personas verdaderam ente dignas. ¿Qué importa lo
demás?
Quiero dar, sin embargo, una especie de satisfac­
ción á esos enanos con pretensiones de gigantes,
envidiosos de toda grandeza, que no comprenden la
triste pero imperiosa, indeclinable y absoluta preci­
sión que á veces tienen los escritores públicos de h a ­
blar de sí mismos. Cúmpleme decirles que antes de to­
m ar la plum a procuré vanam ente que otros mas dig­
nos, revelasen lo que á mi modo de ver es preciso
decir á todo trance. Un orador católico, elocuente, in­
trépido, esclarecido, defensor de la Iglesia y de la
m onarquía, entusiasta de las glorias de su pais, á
quien profeso ua cariño proporcionado á sus g ran ­
des merecimientos, á los ataques odiosos que se le
dirigen, y á las desgracias que ha sufrido, estaba
llamado en mi sentir, á, poner de manifiesto lo que
voy á revelar. Yo le dirigí con este objeto, una carta,
desde la capital del mundo católico, ofreciéndole
261
además todos los datos que necesitase; pero.no en­
contró por lo visto una coyuntura favorable: no la
han encontrado tampoco desp.ues las pocas personas
que saben lo sucedido. Que lo recuerden los .aficio­
nados "á criticarlo todo, y los que juzgan excelentes
■ciertas razones triviales, calificadas por alguno,.con
g ra n propiedad, de sinrazones m ayúsculas.

A. mediados de 1867, quedó á mi c a rg o , por au ­


sencia de su jóven director, el periódico L a E spe­
ranza. E l Semanario vasco-navarro , dirigido según creo
por D. Vicente Manterola, publicó por aquellos dias
u n excelente artículo, en el cual se condolía su au­
tor con fundamento extraordinario, de que no hubie­
s e mas compatriotas en el ejército pontificio, é indi­
caba el modo de organizar fácilmente una legión es^
pañola. Lo reprodujo algún diario católico de ]a
Corte: yo pensé que acaso me serla posible hacer
mas, para conseguir el fin apetecido. Resolví, al
efecto, conferenciar con los directores de los -.perió­
dicos religioso-monárquicos de Madrid, y proponerles
como prim erá medida, la de someter el pensam iento
á los venerables obispos de nuestra patria. La idea
pareció bien al Sr.Vildósola·, encargado por entonces
de L a Regeneracioji. Don Miguel Sánchez, que dirigía
«n aquel tiempo L a L ea lta d , autorizóme para que
■obrase como mejor me pareciese. Igual autorización
rae dió el Sr. Salamero, que hallábase al frente de El
‘ spíritu Católico. Surgió desgraciadam ente una difi­
E
cultad, por parte de E l Pensamiento Español. El Señor
D. Ciríaco Navarro Villosíada, Creyóse sin facultades
para resolver, y me pidió que aguardase la vuelta de
herm ano D. Francisco, ,q.ue no se podia diferir..
‘ 262
Aguardé realmente, no sin pena, por estar per­
suadido de que la menor dilación podía ser fatal en
aquella sazón de cosas. Al regresar el director de ЕС
Pensamiento Español , dijo que no consideraba oportu­
no escribir á los reféridos sucesores de los Apóstoles;
opinó así por razones que ignoro, pero que, por ser
suyas, reputar debo excelentes.
No pensaba yo corao el Sr. Yilloslada.y escribí en
su virtud á muchos Prelados españoles. No pocos tu ­
vieron á bien contestarme, y se manifestaron dis­
puestos á contribuir por todos los medios posibles á
la pronta y feliz realización del pensamiento. Sus
respuestas revelaban sin sombra de duda la extraor­
dinaria religiosidad, del país, y el deseo que tenia de*
socorrer al padre común de los fieles.
Yí por aquellos dias al Sr. Conde de S. Luis, á la
sazón Presidente de los Congreso de Diputados, y le
hablé del asunto, con el fin de averiguar las disposi­
ciones del gobierno. Comprendía, como es claro, que
si eran malas, podría conseguirse poquísimo. No as­
piraba ciertam ente á una protección directa, que
creia imposible, tratándose de un gabinete modera­
do, sino á que nos-dejasen obrar libremente.
' El Sr. Conde de San Luis, á quien habia oido ha-
triar siempre m uy bien de Roma y del .Santo Padre,
manifestóse dispuesto á favorecer la idea. Me pre­
guntó si habia inconveniente en que hablase del
asunto con el Duque de Valencia. Le respondí que
no, si le hablaba sin comprometerme, y que no podía
soltar yo prendas aún, porque si bien habíanm e con­
testado algunos obispos, y probablemente los demás
me dírián lo propio, no habían llegado sus respues­
tas, que quizá heríanm e cambiar de opinion.» Fuera
de que le añadí, no quiero ,resolver nada sin contar
263
con los directores de los periódicos religioéo-monár-
quicos:» «En ese sentido le hablaré,·me replicó el Con­
de de San Luis,» añadiéndome que confiaba conse­
g u ir no poco, porque habiendo estado dias atrás
toda la tarde con el general Narvaez, le habló casi
siempre del Papa, manifestándose deseoso de prote­
ger] e con hombres, con armas y con dinero. Enton­
ces alimenté, por la prim era vez quizás, la esperanza
de que los doctrinarios harían una cosa buena. Pue­
de ser, me dije á mí propio, que antes de abandonar
la escena política, hagan una que nos obligue á re ­
conciliarnos coa ellos.
Las respuestas de los prelados, la contestación
del personaje referido, el pensamiento que algunos
manifestaron de hacer desembolsos, y la circunstan­
cia de arreciar cada vez mas la torm enta desencade­
nada contra el Santo Padre, me animaron mucho, y
me decidieron á escribir precipitadam ente á los se­
ñores Obispos, á los cuales no había podido dirigir­
me aún por falta de tiempo m aterial. A m ayor abun­
damiento, supliqué á los directores de los periódicos
religioso-monárquicos que tuviesen la bondad de
concurrir el domingo próximo á la redacción de La
Esperánza.
A]gunos días despues hablé dé nuevo con el Con­
de de S. Luis. No pudó ser mayor, ni mas completo el
desengaño. Habia conferenciado con el Presidente del
Consejo de Ministros, que lejos de favorecer la idea,
estaba decidido á combatirla, fundándose: 1 / En que
habiendo mediado contestaciones sérias entre el go­
bierno español y el inglés, porque, fundándose aquel
en una ley del reino, habia 'combatido las pretensio­
nes de este, á fin de que salieran de España dos mil
muleros- para la expedición de Abis’i nia, temia un
264
rompimiento, en el caso de autorizar la leva para.el
ejército pontificio. 2.“ En que,- apoyándose cierto go­
bernador civil en un artículo del código penal, habia
prohibido que continuase un alistamiento, para el
Santo Padre. Y 3." En que el gobierno español estaba
de acuerdo en la cuestión de Roma con el emperador
de los franceses, el cual se disgustaría, viendo que
se obraba independientemente de las gestiones h e­
chas con él. El Conde de San Luis concluyó dicién-
dome que diese las gracias en nombre del Buque de
Valencia á los promovedores del pensam iento, y ase­
gurándom e que podía yo dirigirme sin temor, á la
metrópoli del catolicismo*
Lo torno á manifestar, No pudo ser mayor, ni mas
completo el desengaño. ¡Siempre lo mismo! dije para
mí con mas ó menos razón: supeditados siempre al
emperador de Francia, ó al gobierno de Inglaterra.
¿Cuándo llegará el instante de adoptar una política
francamente española, y de tener un gobierno celoso
de su dignidad é independencia?
Es obvio para mí que se tomó la resolución refe­
rida para no disgustar al emperador de los franceses:
supongo que el gobierno español desconocía enton­
ces sus intenciones vituperables. ¡Líbreme Dios em­
pero de salir á la defensa del general Narvaez! Entre
mil consideraciones que aducir podría contra él, me
bastará recordar que Napoleon, independientemente
de lo que hizo ó dejó de hacer en favor del Santo Pa­
dre, permitió que saliesen-de Francia todos los que
quisieron alistarse bajo la bandera pontificia. Con
decir esto al gobierno del emperador, á caer eu la
tentación de suscitar dificultades, nada hubiera con­
testado.
No pudo ser mas pueril, por consecuencia, el míe-
265
do del gobierno español. Considéreme por otra parte
dispensado dé combatir los demás pretextos. ¿Podía
ignorar el gobierno de la Gran Bretaña que noso­
tros, que no teníamos el menor deber de contribuir
á que saliese airoso de Abisinia, no podíamos menos
de ayudar, por una obligación de conciencia, al P a­
dre común de los fieles? ¿Podia desconocer que los
Estados pontificios pertenecen ¿ todos los católicos
del mundo? ¿Se le podia ocurrir en fin provocar el
menor conflicto?
Por lo que hace á la determinación del aludido
gobernador civil, es claro como la luz- que faltó á su
deber escandalosamente.
Comprenderán mis lectores que nada podíamos
hacer ya. El gobierno español estaba resuelto á im­
pedir nuestras gestiones: no quería siquiera, dejar
libre la iniciativa individual. ¡Baldón eterno para él
si comprendió toda la gravedad de su respuesta, que
no hubiese dado de seguro el gobierno de un pais
impío y protestante!
■Tan grave me pareció qué juzgué conveniente
procurar que una comision de personas respetables
se acercase al ministerio, para que fuera mas solem­
ne la contestación oficial, que me habia dado par­
ticularm ente, por decirlo así, el Sr. Conde de San
Luís. Parecióle bien mi pensamiento al Sr. D. Cán­
dido Nocedal·, que se manifestó decidido á compla­
cer m'e. Cúmpleme decir lo mismo del Sr. D. Antonio
Aparisi, el cual creyó que debia tam bién acercarse
al gobierno Don-Manuel Bertrán de Lis· El Sr.* No­
cedal opinaba que yo debia ir con ellos, por haber to­
mado una parte tan activa en las negociaciones
comenzadas.
Poco despues-acudían á la reunión mencionada
2 66
D. Vicente de la Hoz, D, Francisco Navarro Villos-
lada, D. Antonio Ju an de Vildósola y D .'josé Ale-
rany. Enteróles de todo el autor de las presentes lí­
neas, y sometió á su exámen el pensamiento de nom­
b rar dicha comision. Impugnólo el director de E l
Pensamiento Español, con razones que á todos los allí
reunidos parecieron excelentes* La respuesta del go­
bierno, dijo, es term inante, y notoria su intención.
La circunstancia de haber suspendido el alistamiento
en las Provincias Vascongadas es un hecho evidente.
Como si esto no fuese bastante, se ha impedido la
publicación de artículos, encaminados á demostrar la
obligación de socorrer al padre común de los fieles.
¿Qué sucederá si se acerca la comision al gobierno?
Que este, por la im portancia de las personas que la
compondrán, y el temor de que le ataquen despues
en el parlamento ó en la prensa, dará una respuesta
evasiva. No dirá, según todas las probabilidades, que
se opone al envío de los voluntarios, pero realmente
se opondrá por los medios que tienen á su disposición
los gobernantes. El éxito distará mucho, por consi­
guiente, de corresponder á nuestras esperanzas* El
gobierno quedará bien, y m uy mal los católicos es­
pañoles- 1
Se desechó en su virtud la idea de la comision.

Pocos dias despues, dirigíam e' á la capital del


mundo católico, con el fin de ingresar en el ejército
pontificio. ¡Oh! Jam ás olvidaré las am arguras que
sufrí en el viaje, que fué, sin embargo, felicísimo.
Las sufrí antes y despues de salir del territorio espa-,
ñol. En Zaragoza, en M anresa, y en Barcelona, por
¡as cuales pasé rápidam ente, pude conocer y adm irar
267
el inmenso entusiasmo que inspiraba el Padre común
de los fíeles. ¡Intrépida legión la que se hubiera po­
dido formar con los catalanes y aragoneses, que an­
siaban servir al mejor de los reyes y al m as querido
délos Pontífices! ¡Hazañas prodigiosas las que h u ­
bieran realizado los descendientes de aquellos héroes
inmortalizados por la historia! Torno á decirlo. ¡Qué
afrenta para el gobierno si comprendió toda la g ra ­
vedad de su determinación!
Aflicciones parecidas me aguardaban en Marsella,
de cuyo puerto salian frecuentemente voluntarios
para Fio IX. A todos les parecía imposible que la na­
ción católica por excelencia no imitase la conducta
de las demás. Aprovechando las ocasiones propicias
que se presentaban, referia lo sucedido, que á todos
m aravillaba. Condolíame de ver que se arrojaba so­
bre mi* país una terrible acusación, que debia caer
solo sobre la cabeza de algunos españoles desventu­
rados; condolíame tam bién de que gracias al despo­
tismo mal disimulado de nuestros gobernantes, los
periódicos no hubieran podido decir lo que acaeció,
y condolíame por último de no tener á mi disposi­
ción los medios de contarlo á todos y á cada uno de
los hombres, á fin de que dispensasen á mi patria
justicia rigurosa.
El mismo buque que me llevó á Civitavecchia,
desde la ciudad referida, condujo á una multitud de
Jóvenes dispuestos á vestir el uniforme de zuavos.
Espectáculo delicioso contemplar su decision santa,
oír los vítores con que se les aclamó desde el puerto,
y ver cómo dirigidos por un sacerdote respetable,
elevaban de rodillas plegarias humildes al Dios de las
alturas; pero desesperante al mismo tiempo por la
consideración de ser el que iba conmigo y yo los úni~
268
eos españoles en el vapor. 4 pesar de que cumplía
con mi obligación, y de que me constaba las buenas
disposiciones de mis compatriotas, sentía casi aso­
m ar á mi rostro el carm in de la vergüenza. ¡Maldi­
ción, maldición sobre los gobiernos clara ó encu­
biertam ente revolucionarios!
No puedo referir lo que, pasó en Roma, á donde
llegué al día siguiente, por decirlo así, de la victoria
memorable de M entana. Por ella y llevado de su bon­
dad, que llena mis ojos de lágrim as de gratitud, el
Santo Padre, con una insistencia pasmosa, combatió
mi propósito de ingresar en su ejército-, aprobando
al propio tiempo de la m anera mas explícita mi pen­
samiento de m andar, desde la capital deL mundo ca­
tólico, correspondencias á dos periódicos m onárqui-
cps de mi patria, con el fin de que no se extraviase
la opinion pública respecto de lo sucedido ú ltim a­
mente, y de lo que podría suceder mas adelante. Esto
y la esperanza (desvanecióse despues) de que podría
vestir el uniforme de zuavo, no obstante la oposicion
de Pío IX, me obligó á perm anecer todavía en la
Ciudad Eterna.
Obligáronme á permanecer tam bién las cartas
que algunos españoles me dirigían con frecuencia,
siempre con el ansia dé aum entar el ejército pon­
tificio. Prelados insignes se dignaban enterarm e del
espíritu excelente que reinaba en sus diócesis. Jefes
carlistas de g ran reputación me decian que estaban
dispuestos á servir al Papa, con no pocos de sus anti­
guos valientes compañeros de armas. Españoles ilus­
tres por su cuna y por sus'virtudes se manifestaban
dispuestos á-enviar á los hijos de su alma. Políticos
eminentes, en fin, relacionados con el gobierno, te ­
nían á bien darme cuenta de sus gestiones para que
269
su país llegase á tener en la Cruzada del siglo XIX
lina digna, brillante y numerosa representación. A
m ayor abundamiento, algunos de los españoles resi­
dentes en Roma me anim aban con su patriotismo y
me protegían con su influencia.
Me creí en el deber de dirigirme al gobierno pon­
tificio. Di cuenta primeramente del contenido de las
cartas anteriores, á monseñor Berardi, subsecretario
entonces de Estado, hoy investido con la púrpura car­
denalicia. Monseñor Berardi conocía la.situación tris­
te de los católicos españoles, pero tropezaba con una
gran dific ultad. Faltaban fondos para sostener á la
m ultitud de voluntarios que se ofrecían de todas par­
tes. ¿Por qué no decirlo? Tropezaba también con otra.
Me refiero á las dos tendencias que se dibujaban en
el gabinete, representada la una por el célebre car­
denal Antonelli, y la otra sobre todo por el bizarro
ministro de la g uerra. Aquelse inclinaba mucho á la
reducción del ejército pontificio, ñindándose en que
para conservar el orden m aterial en los estados pon­
tificios, 110 se necesitaba todo el ejército que en aque­
lla sazón de cosas exístia, que era sin embargo im­
potente p ara resistir una invasión del piamontés.
Tendía este á lo contrario, en la confianza sin duda
de poder un día prescindir de la protección francesa,
y recobrar las provincias usurpadas. Pió IX paréce-
me que vacilaba, bien que inclinándose mucho á la
opinion del general Kanzler, d é la cual también par­
ticipaba S. M. el rey legítimo de las Dos Sicilias.
Pasaron algunos di as, y escribí á monseñor Be­
rardi. Mi carta debió hacerle alguna impresión, toda
vez que me aseguraron fué leida en un Consejo de
Ministros. Sé decidió lo mismo. No se aceptaron los
ofrecimientos por razones económicas.
270
Iguales razones alegó el cardenal A.ntonelli, que
no encubría sus ideas favorables á la reducción del
ejército. Pedíale yo autorización para que los prela­
dos españoles pudiesen destinar una parte de lo que
recogían para el Santo Padre, al auxilio.de los vo­
luntarios españoles. El sabio estadista contestó que
con aquel dinero atendíase á las necesidades mas im ­
periosas de la Santa Sede, y que por lo tanto era im ­
posible acceder á mis instancias.
Una respuesta parecida se dignó darme pocos
dias despues el anciano augusto que rige por dis­
posición de Dios los destinos del mundo católico.
En honor de la verdad, la tibieza del gobierno de
Pió IX reconocía otra causa. Las gestiones de alg u ­
nos personajes ilustres cerca del gobierno español
producían algún resultado. Hubo momentos en los
cuales se mostró sumamente inclinado á intervenir
en favor del Papa. No-podria explicarse de otra m a­
nera el discurso que hizo pronunciar á la reina Isa­
bel en la ceremonia de la apertura de las Cortes, nj
los rumores acreditados que mas tarde corrieron en
punto á quie D: Ju a n de la Pezuela m andaría el cuer­
po expedicionario: en Barcelona todos los oficiales se
disputaban el honor de Ir á Roma. El gabinete ponti­
ficio pudo creer por cónseeueneia, que no seria nece­
sario el esfuerzo individual de algunos españoles: las
noticias que frecuentemente se le daban eran de todo
punto satisfactorias. ,
Pronto se desvanecieron sus esperanzas. El g e­
neral Narvaez, poco despues de haber puesto en la-
bios de su Reina el discurso referido, declaró en el
Congreso, para complacer á una caterva de necios,
que el ejército español pelearía solo en defensa de su
soberana y de las instituciones liberales. Yo mismo
211
tuve el honor de leer al Santo Padre el parte telegrá­
fico que así lo decía. Pío IX acabó de conocer enton­
ces á nuestros parlamentarios, lo cual pude advertir
en la nueva audiencia particular de despedida, Con­
sideraciones fáciles de comprender sellan" mis labios,
y me impiden referir las palabras memorables que se
dignó entonces decirme el mejor de los reyes y 'el
mas amado de los Pontífices.
Tal es, en breves y ceñidas frases, la historia de
las negociaciones entabladas con el fin de aum entar
con españoles el ejército pontificio. Lo que hicieron
los pocos que ingresaron en él puede considerarse
como indicio de lo que hubieran hecho los demás.
Duéleme mucho no poder referirlo: me lo impide la
andole.de esta relación y las proporciones que ha to­
mado. Por lo mismo no refiero las gestiones hechas
con el propio fin por otras personas distinguidas, li­
mitándome á publicar el nombre del Excmo. Sr. Don
José María Huet, que tanto hizo por el Papa, y el de
D. León de San Germán, que también hizo un viaje
á Roma, deseoso de que no sufriese menoscabo ni
detrimento la reputación de la patria.

En la cruzada del siglo XIX tuvo pues, alguna re­


presentación nuestro amado pais, y no la tuvo mayor
por las razones indicadas. En la guerra de 1867, la
honra de la nación católica por excelencia salió in­
cólume, gracias sobre todo á los que derramaron en­
tonces su sangre generosa: posteriormente ha salido
incólume tam bién, merced al príncipe D, Alfonso de
Borbon, á quien corresponden por justicia rigurosa
m isú ltim as palabras. Como dije y a en mi pobre
dedicatoria que al frente figura de Los Cruzados de
272
San Pedro , conducido S. A,. R. por la m area creciente
de la fe, y llamado por la g ran voz de su hermoso
corazon, acudió ¿ Roma con el fin de ingresar en el
ejército pontificio. En los meses trascurridos desde
que redacté’aquel escrito, se han realizado los deseos
de S. A. R., y han ocurrido cosas que me considero
en el deber de consignar. ¡Lástima que no corra su
relación á cargo de pluma mejor cortada que la mía!
Otro dia puse ya de realce la noble conducta del.
príncipe, cuyo heroísmo reconocen cuantos tienen
ojos para ver las bellezas del mundo moral. Despues
de recordar nuevamente que tiempo atrás hallé i
S. A- R. en Montefiascone, si bien lleno d e'aleg ría,
temeroso únicamente de tener que abandonar la ca­
pital del mundo católico sin esgrim ir sus armas con­
tra los enemigos de la Santa Sede, añadí:
«Dios ha escuchado sus votos, jAh! No hablaré
de la última invasión criminal.. No hay frases bas­
tante negras para escarnecerla y proscribirla. Los.
historiadores futuros no podrán escribir páginas que
correspondan á la repugnancia con que las genera­
ciones venideras recordarán los hechos á que nos
.leferimos. ¡Cómo! Mostrarse un rey arrepentido por
sus grandes prevaricaciones pasadas; escribir á su
víctima cartas tiernas y afectuosas; im petrar una vez
y otra el perdón de las mismas, y conseguirlo por
creerse sincero su dolor; ofrecer toda clase de segu­
ridades para lo sucesivo; ju ra r por- el Dios vivo del
cielo que la invasión no se verificará, sin embargo
de la salida de las tropas francesas; y disponer á los
pocos dias el atentado monstruoso, cosa es que figu­
ra rá en prim era línea siempre, por mucho que la in­
moralidad se desborde y la corrupción se difunda,en
la historia infame de-las vilezas hum anas. Y sí se
273
añade que se lia cometido el sacrilegio contra el ac ­
tual Pontífice, am argándole sus últimos dias precio­
sos, y abriéndole ¡ay! quizá implacablemente la tum ­
ba, sube de punto el horror, y verdaderamente no se
sabe qué decir. Los suspiros del corazon de Pió IX,
y las lágrim as de sus ojos, causarán remordimientos
terribles á sus verdugos y á los hijos de sus hijos.
Hora'es ya de manifestar que S. A. R. no solo ha
cumplido con su deber, sino que lo ha traspasado
grandem ente, sino qué ha ido mas allá de lo. que se
dispusiera, sino que ha hecho lo qué hacen los. hé­
roes cristianos, cuando defienden· al representante
de Jesucristo en la tierra. El Santo Padre compren­
dió que la lucha era imposible, y, deseoso de que no
corriera la sangre de sus hijos, dispuso que los cru ­
zados hiciesen solo la resistencia p recisa, para pro­
bar que las tropas de Víctor Manuel entraban vio­
lentamente en la metrópoli del cristianismo. Los
zuavos pontificios se batieron, con todo, y tardaron
á cumplir la orden papal, no imitando á ciertos sol­
dados conducidos por jefes liberales, que antes de
hacerse á la vela, para no combatir á los que levan­
taron el estandarte de la rebelión allende los mares,
hicieron lo que no necesitamos recordar. S.' A. fue
sin duda el oficial que mas tardó á ceder, y*que me­
nos decidido estaba á conformarse con los deseos de
Su Santidad. Era la segundá vez que á ellos se opo­
nía; recuérdese que cuando tiempo atrás el Pontífice,
sabedor de su resolución de formar parte de su ejér­
cito, le dijo no podia consentir que fuese simple zua­
vo,. S. A, R; contestó que se hallaba firmemente re­
suelto á servir tan solo como tal.
La heroica conducta del príncipe D. Alfonso ha
sido y es admirada y aplaudida en todas partes.
TOMO IY.
274
Mls-lectores recordarán, dejando á parte otros elo­
gios, el suelto publicado hace algunos dias por
L a Esperanza: cúmpleme añadir que redactólo uno
de nuestros adversarios políticos, á quien entusiasmó
la conducta del hermano de nuestro Rey. En una
carta del vizconde Síochan de Kersabiec, que dió á
luz UUnivers, se lee que la compañía de S. A, R. se
mandó para reforzar la defensa del muro de la ciu­
dad en la quinta Ludovisi, donde se podia suponer
que se abrirla brecha, m atención á su extraordinaria
debilidad.·» Estuvo, por tanto, en el puesto de mas
peligro. L ’Unitá Gattólka escribió las siguientes lí­
neas: «Los zuavos pontificios se han portado valero­
samente, distinguiéndose mucho S. A. R. el Sr,D. Al­
fonso de Borbon y Este, hermano de Carlos VII.» Un
sacerdote digno é ilustrado, escribiendo á L a Rege­
neración desde t Roma, ha ponderado también los
grandes bríos del jóven príncipe¡ que expuso g ran ­
demente su vida, cayendo á la postre prisionero. Por
último, el excelente periódico A Na$ao ha dicho lo
siguiente: «Principiaremos manifestando que las no­
ticias referentes al infante de España, el Sr. D. Al­
fonso de Borbon y de Este, son las que debían ag u ar­
darse. S. A., en los momentos de mayor peligro, pre­
sentóse siempre cojno quien es, sabiendo probar por
sus acciones que la Casa de Borbon fue de continuo
una de las mas fieles á la causa de la Iglesia, y una
de aquellas en las cuales no falta nunca el valor. El
respeto que profesamos al egregio Príncipe hácenos
recibir con verdadero gozo estas noticias, y estamos
ciertos de que de la propia suerte serán recibidas por
todos nuestros amigos.»
Afortunadamente, 3. A. R, ha salido ileso de la
capital'del mundo católico. Aun prescindiendo de los
275
azares de la guerra, cualquiera desgracia podía te­
merse, despues de hallarse en poder de los enemigos
de la Iglesia. Casi no se comprende cómo los que han
escarnecido y asesinado cobardemente á los zuavos,
llegando, según una correspondencia publicada por
E l Pensamiento Español, á poner las cabezas de a lg u ­
nos en picas y atar sus cuerpos á las colas de los ca­
ballos, han dejado salir de la prisión al príncipe
D. Alfonso. Dios le ha librado, y le reserva probable­
mente para cosas grandes. Nadie podía esperar que
las hordas revolucionarias no se ensañasen con un
Borbon que se ha colocado sobre todos los príncipes
de Europa, y que-es un fiscal para los que faltan a
sus deberes mas rigurosos y sagrados.«
Cúmpleme añadir una cosa que pone de realce sin
duda el temple caballeresco del príncipe D. Alfonso.
Las líneas anteriores prueban que la vida de
S. A. corrió en la capital del inundo católico grave
peligro, del que libróle un misterioso escudo celeste.
Pues bien. Un distinguido prelado, cuyo amor á la
religión corresponde al que á los reyes legítimos pro­
fesa, vio aquel peligro inminente y no pudo menos
de conmoverse ó asustarse. «Lo que hacer debiera el
Rey, dijo al Príncipe un dia, es enviar una órden
para que V. A. saliese de Roma, Confieso que pere­
cer por la causa de Pió IX, es una cosa muy bella,
mas Dios sabe los destinos que ha reservado á
V. A, R,J, y sería muy doloroso que no pudiera reali­
zarlos por una m uerte prematura.»
La respuesta de S. A. se grabará de seguro algún
dia en mármoles y en bronces. A pesar del profundo
respeto que al prelado tenia y tiene, no pudo encu­
brir lam ala impresión q=ue sus frases produjeron en
su espíritu cautivado por la fe, y pronunció las si-
guientes, que brotaron sin esfuerzo de sus lábios, co­
mo una exhalación de su alma incomparable; «Señor
obispo: es imposible que lo haga, pero si mi herm a­
no me mandase abandonar en estos momentos al
Santo Padre, le desobedecería, renunciando sí preci­
so fuese,, á ser infante de España.» A. todo trance que­
ría permanecer en su sitio cual muro de bronce, ó
como una de esas rocas formidables, combatidas v a ­
namente por las olas del océano, que las cubren de
blanquísima espuma.
Esta contestación preciosa que persuade de que
3. Á. R. está dispuesto á probar su entusiasmo por
ja religión usqrie ad effusionem sanguinis, como tam ­
bién de que según se ha dicho bellamente, la piedad,
en las causas justas, aguza el hierro diez veces mas
que ,un bando que al valor excita, tendría para todos
mía importancia extraordinaria: la tiene en especial
para mí que conozco m uy bien, no solamente el cari­
ño-verdaderam ente'grande que ateso ra'el príncipe
para el ilustre descendiente de cien monarcas, y la'
sumisión ejemplar que le reserva, considerándola un
deber riguroso é ineludible, sino también la pasión
vivísima que siente por nuestro país, comparable
solo' con la de su hermano augusto é intrépido. Al­
guna vez hele recordado lo que dicen hombres ilus­
tres en punto á sus derechos á la corona de San Luis,
y he visto con gran placer, que solo hablar quería de
nuestra nación católica por excelencia. No obstante
todo esto, el príncipe prefería seguir brillando en
Roma como estrella de luz resplandeciente, y ser de
aquellos á los cuales es preciso m atar dos veces
para que se rindan, según la frase donosa de un
gran escritor contemporáneo)·. Ubi- est amor, non est
labor, sed sapor >decia ya elegantemente S. Bernardo,
27 7
Con motivo de su enlace reciente, ha demostrado
de nuevo S. A. R. que la hermosa ñor dé su juventud
medra-en él al-lado de la no menos hermosa de su
virtud. Rindiendo culto á la legitimidad caida, en
vez de doblegarse á la usurpación triunfante, D* Al­
fonso de Borbon no ha elegido esposa entre las prin­
cesas de las familias reales mas ó mellos identifica­
das con los principios revolucionarios, sino que ha
llevado á los altares á Doña María tte las Nieves do
13raganza, hija del difunto rey legítimo de Portugal,
Verdad es que la nueva infanta española á cuyos
pies de corazon me pongo y cuyas manos humilde­
mente beso, es un encanto p'or sus virtudes, por sus
talentos, por sus gracias y por sus bondades, siendo
por consiguiente UDa criatura casi angelical. Verdad
es que constituirá uno de los mas bellos adornos de
nuestra corte, cuando luzca; el amado dia de la rege­
neración venturosa. Verdad que sin olvidarse de su
nación, es muy española, y ha querido que sean es­
pañoles todos los que forman la corona humilde
de su séquito. Verdad es, para concluir de ofender la
modestia del nuevo matrimonio, que por sus refe­
ridas cualidades, por su sencillez, por su naturalidad,
por su rectitud, por su candor, por su discrécion y
por la delicadeza de sus sentimientos, labrará la di­
cha de su esposo, siendo también la providencia de
sus hijos, -si Dios bendice su enlace* verdaderam ente
santo.
No borraré, no, esta palabra rigurosam ente ju s­
ta, Y para que nadie me crea exagerado, voy ¿ d a r
una sola prueba que vale por cien. Podría trascribir
los artículos publicados sobre dicho enlace venturoso
por muchos diarios católicos de Europa, así como las
correspondencias describiendo la brillante ceremonia
278
de la bendición sacramental, realzada con la presen­
cia de muchos príncipes, ó las cartas particulares
recibidas despues, que dan cuenta de la impresión
agradable por demás que causa en todas partes la
^lustre pareja. De todo prescindo, limitándome á co­
piar las siguientes líneas que forman, por decirlo
así, la síntesis mas acabada y perfecta de cuanto he
dicho en pro de D, Alfonso de Borbon y de Doña Ma­
ría de las’Nieves de Braganza.
«Los esposos, ha escrito uno délos que presencia­
ron su boda, se habían preparado para el casamiento
con ejercicios espirituales y otros actos devotos,
aconsejados y recomendados por la Iglesia: puédese
decir.que se han unido dos ángeles sobre la tierra.»
Acaso juzgarán de leve importancia estas cor­
tas líneas muchos católicos superficiales, que cons­
tituyen una verdadera' calamidad pública. Para mi
110 caben otras mas trascendentales, ni que mas re­
velen lo que valen y lo que harán los augustos
príncipes. Ha decaído por desgracia tanto el espíritu
religioso, que para encontrar modelos semejantes,
es preciso leer la historia incomparable del casa­
miento del joven Tobías, ó las de muchas uniones
realizadas en los tiempos primitivos de la Iglesia.
Dios ha colocado á los nuevos esposos en lugar
eminente, para que con sus virtudes y con sus ejem­
plos alumbren á la España toda, por no decir al m un­
do entero. Dios les dará fuerzas para cumplir su mi­
sión altísima.
J o s é M aría C a m il l a .


Madrid 6 de Junio de 1871. /,.v ;