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LAS FLORES DE MAYO

FLORES DE LA VIDA.— REINA DE LAS FLORES


Y

E L L IR IO D E L O S V A L L E S
ESTUDIO FILOSÓFICO-TIiOLÓGICO
SOBRE KL CULTO DE U

SANTISIMA VIRGEN MARÍA


EN EL MES DE MAYO
C O NSID ER A D O E N SU S IG N IF IC A D O ,
&t' B E L L E Z A , SU IN F L U E N C IA SO B R E LA SO C IE D A D Y SUS R E L A C IO N E S
CON LA S C R E E N C IA S Y S E N T IM IE N T O S C R IST IA N O S

POR CL

D R . D. N I C E T O A L O N S O P E R U J O
Canónigo D octoral do Volenoia.

Esta obra, además de su novedad y riqneza de doctrina,


contiene al final de la misma cuadro· sinópticos «le planes de sermones para el Mes de Majo, con el
significado de las flores aplicado á la Virgen Maria, sus misterios y fiestas, etc

CUARTA EDI CI ÓN
aumentada y cuidadosamente corregida por el mismo autor.

VALENCIA
L ib r e b ía db PASCUAL AGU1LAR, C a b a lle r o s , 1

1889
LAS FLORES DE MAYO

fLOHES DE LA VIDA.— REINA DE LAS FLORES
Y

EL LIRIO DE LOS VALLES


Indice
DE LOS CAPÍTULOS QUE CONTIENE ESTA OBRA

Págs.

D e d ic a t o r ia ...................................................................................... 1
P r ólogo ................................................................................................ 7

SECCIÓN PRIMERA

X i^S P L O R E S 3DE Xj-A. V ID A .


Y LA R B tX A D E LAS FL O R E S

I n t r o d u c c ió n .....................................................................................11

LIBRO PBIMBBO
EL CULTO DE LAS FLORES EN SO SIGNIFICADO T SU BELLEZA

CAPÍTULO I
Antigüedad y universalidad del culto de Maria.
tj. I. Los Ángeles.....................................................................23
§. II. Los P atriarcas.................................................................28
$}. III. Los Profetas...................................................................... 3 3
§. IV. Tradiciones universales..................................................37
Sj. V. La Virgen esperada....................... : .......................... ‘45
!j. VI. Ave....................................................................................51
§. VII. ¡Magnificat!......................................................................54
¡j. VIII. El Cristo...........................................................................5*
$. IX. Flor al Cielo.....................................................................64
$. X. Las primeras flores..........................................................67
§. XI. Auxilio de los cristianos................................................ 73
§. XII. La herejía........................................................................ 79
S. X III. Efusiones.......................................................................... 82
§. XIV. Invocación........................................................................89
CAPÍTULO II
El culto de las flores.
Páe».
I. Las flores......................................................................... i*l
§. II. Emblemas........................................................................ 07
§. III. María y las flores............................................................105
§. IV. El culto de las flores..................................................... 114
<j. V. El Mes de María.. .......................................................122
VI. Espirito del Mes de María........................................... 133
§. VII. Poesia...............................................................................130
§. VII. Invocación.......................................................................14C.

CAPÍTULO III
La Reina de las Flores.
jj. I. Su nombre.......................................................................11!)
§. II. Su color.......................................................................... 157
§. III. Sus pétalos. . . . ........................................... 1(52
$. IV. Su perfume..................................................................... 10«
§. V. Nuestros afectos.................................. . . . . 173
VI. Invocación............................................ . . . 17s

LIBRO SEGUNDO
EL CULTO DE HARÍA EN 8US INFLUENCIAS

Preliminar...................................................................183

CAPÍTULO I
María reparadora de la mujer.
I. La mujer antes de María.............................................. 101
§. II. Maria reformadora de la mujer................................... 201
§. III. La mnjer modelo............................................................ 210
«j. IV. Invocación.......................................................................215

CAPÍTULO II
Vida y dulzura.
§. I. Maria purificado» de las costumbres.........................217
§. II. María enaltecedora de los sentimientos. . . . 22»'.
III. Las delicias del hogar...................................................231
CAPÍTULO III
María Reina.
Pág».

Párrafo único.—Poder y triunfos....................................................23!»


Recapitulación general......................................................................250
Invocación final...................................................................................25f.

SECCIÓN SEGUNDA

L IB iO S S LOS T7-
C O N TIN U A CIÓ N D E LA S F L O R E S

Dedicatoria......................................................................261
Prólogo.............................................................................263

LIBBO TERCERO
EL CULTO DE LAS FLORBS EN E8PAÑA

CAPÍTULO I
España al servicio de la Virgen María.
jj. I. La devoción á, la Santísima Virgen es eminente­
mente española........................................................... 271
II. Cansas de este hecho tan universal y honroso. . .
§. III. Progresos en España de la devoción del Me» de
María, ó de las Floret de Mayo................................294
§. IV. El primer día de Mayo.................................................. 304
jj. V. El último día de Mayo...................................................311
Invocación........................................................................319

CAPÍTULO II
Los frutos de las Flores de Mayo.
Jj. I. Las Flores de la vida, ó sea la primera comunión
de los niños..................................................................323
tj. II. Las flores del sepulcro, ó los sufragios por los con­
gregantes difuntos..................................................... 330
§. III. La Corte de María......................................................... 338
Págs.

IV. Frutos del de M aría en orden á la felicidad del


individuo, ¿ la felicidad doméstica, & la paz y
prosperidad del Estado............................................. 345
V. Uso práctico del culto de las flores que pueden hacer
el párrocó director de los ejercicios, ó el orador
sagrados/para producir las virtudes..................\ 358
Iuvocación........................................... ........................... 365

LIBRO OUABTO
FUNDAMENTO DEL CULTO DE LAS PLORES DE MAYO

CAPÍTULO III
Rosa Mística.
I. Exposición alegórica y moral de las flores que cita
la Santa Biblia, aplicadas ¿ la Virgen María.. . 360
II. Continuación del mismo asunto................................... 380
III. Lirio de los valles.—Lirio entre espinas.................... 407
IV. Las fiestas de la Santísima Virgen representadas en
las flores y aromas que se citan en los capítulos
anteriores..................................................................... 417
g. V. Otras flores y plantas aplicadas á la Sautisima Vir­
gen por los Santos Padres y escritores marianos
más ilustres................................................................. 42K
Invocación........................................................................ 455

CAPÍTULO IV
La Madre del Amor Hermoso.
I. La Virgen María es llamada con toda propiedad M a­
d re del A m o r H erm oso ..................................................... 450
II. Oficio propio de Nuestra Señora con el título Üeina
de todos los Sa n to s y M adre del A m o r H erm o so ..
—Breve exposición teológica del mismo. . . . 471
Invocación........................................................................
Planes de Sermones para el Mes de María. . . . al fin.
Florete, flores, et frondete in gratiam.
Flores, floreced y echad hojas graciosas.
(Eccli. cap. 39, y. 19).

Flores apparnerant in térra nostra.


Las flores germinaron en nuestra tierra.
(Cant cao t 2.— 12).

Videamus.... si flores fructos parturinnt.


Veamos........si las flores producen frutos.
(C»nt. 7.—12).

Flores mei, fructns honoris et honestatis.


Mis flores son frutos de honor y de honestidad.
(Eccli. 24.—23).

E sta obra 03 propiedad do su a\ator, quo 30 reser va


tocios los derechos.
A LA BUENA MEMORIA
DE MI AMADO PADRE

TD. M O S C O S -A -L O irS O
7 de mi qaerldo lio

D. FRANCISCO ALONSO, PRESBITERO


(R. i. P.)

(vtty i hubierais vivido hasta ahora, dulces objetos de mi cariño,


el amor que me profesabais os hubiera hecho mirar mis
pobres producciones como partos felices de un privilegia-
W do genio; yo hubiera sido dichoso al proporcionaros esta
pequeña satisfacción. Vuestro noble y severo rostro se hubiera
Ominado un instante con una sonrisa de gozo; mas hoy ¿podéis
tomar parte en la alegría de vuestro hijo? ¿Ejerce la muerte tan
^exorable tiranía, que pueda romper todos los lazos con los ob­
jetos dé nuestro cariño? La fe me dice que me veis todavía; por
eso» como los antiguos pueblos, pongo el pan y el vino sobre la
tumba de mis mayores. ¡Quiera la Santa Virgen recibir mis ala­
banzas como sufragios por vuestro descanso!
¡Querido Padre!, no en vano pinté unos pensamientos sobre la
cruz provisional que designa tu sepultura; el óleo no fijó sobre la
tabla la pintura tan indeleble como quedó tu imagen en mi
corazón: aquellos pensamientos eran pálida sombra de nuestros
«olorosos recuerdos. Para compendiar tus virtudes te puse este
epitafio, f u k h o m b r e h o n r a d o , y con él pedí para ti oraciones á
«>s fieles, üe ti aprendí á invocar á la Virgen Inmaculada, ella
era y es la dulce patrona de nuestra casa, su imagen con el título
del Carmen aun ocupa el principal lugar en nuestra sala de
recibo. Recuerdo allá en mi niñez haberte visto tan postrado en
el lecho del dolor, que ya se derramaron por ti muchas lágrimas;
después te he oído confesar mil veces que nuestra dulce madre
te salvó la vida; en agradecimiento de lo qne se obligó nuestra
familia con voto á celebrar todos los años su Novena. En tu últi­
ma enfermedad también la invocabas y acudías á e l l a en tus do­
lores, pero está escrito qne ha de llegar un día para el hombre,
en que suene la última de sus horas. ¿No es verdad que la Vir­
gen poderosa ha premiado tu tierna devoción?
¡Mi virtuoso tío!, con frecuencia estaba el amable nombre do
María en tus labios, y siempre su amor en tu corazón. Tú eres
un hijo privilegiado de la Virgen-Madre; nunca el reloj quitó una
hora á la vida de los mortales, sin que la saludases amoroso;
nunca la noche tendió su manto obscuro, sin que estuvieses ocu­
pado en rezar su Santo Rosario, nunca predicaste sin ensalzarla
en tus sermones: en tu testamento nos dejaste recomendada la de­
voción á María Santísima, como el tesoro más inapreciable, como
el legado más rico de tu herencia. Si hay en mí una pequeña
chispa de amor á la Señora, á ti también la debo. Tú eres mi se­
gundo padre, de ti he recibido el fundamento de mi educación, y
he sido el único heredero de todas tus riquezas, tus libros; porque
tu caridad no te permitía tener otras. Muchos de ellos he consul­
tado para escribir estas pobres páginas. A tu lado pasaba di­
choso una parte de las vacaciones en el Villar de Enciso, tu so­
litaria aldea; aquellos poéticos lugares estaban y aun están
llenos de la tranquilidad de tu conciencia y de la pureza de tu alma.
Allí también una noche memorable de tu enfermedad nos anun­
ciaste á tu querido hermano D. Ildefonso Alonso y á mí una vi­
sión divina, una gloriosa comunicación de la Virgen Bendita; tu
virtud era tan grande, que yo no puedo persuadirme que aquello
fuese una falaz ilusión de tu fantasía, además que brillaba en tu
rostro la santa inspiración del Profeta; y nos diste en seguida tu
bendición consoladora.
Tu muerte fué llorada por todos tus feligreses; aquellas lá­
grimas desinteresadas de ojos rudos eran el mayor elogio de tus
virtudes. Yo creo piadosamente que estás en el cielo.
¿A quién, pues, mejor que á vosotros, mis dulces consejeros d·
mejores días, podría yo dedicar estas páginas, en honor de la
tierna Virgen, que acaso me habéis inspirado? Voy recibiendo del
mundo crueles desengaños, y no soy tan afortunado como vosotros
quisierais. ¿Adónde me conduce el incierto rumbo de mis destinos?
¿Por qué no llenáis de la paz de vuestro sueño á mi pobre cora­
zón, triste morada de tristes confusiones?
P RÓLOGO

reemos con un escritor contemporáneo, qae en la época


presente hay una necesidad de fomentar con nuevas for­
mas de culto la proverbial y antigua devoción española
á la Virgen María, no porque se haya olvidado nuestra
nación del espíritu religioso de sus mayores, ó porque no sean á
propósito para su regeneración moral las venerandas y piadosas
instituciones de otros días, sino porque las exigencias y espíritu de
nuestra época reclaman otras nuevas, que hablen tanto á la inte­
ligencia como al corazón. Todas las manifestaciones de la devo­
ción de nuestros abuelos á la Virgen Inmaculada, presuponen su
amor profundamente arraigado en todas las almas. España ha
sido siempre un pueblo fiel, que el valor y la hidalguía acompa­
san inseparables á la religión santa; mas en nuestros días, las
fatales influencias del siglo ateo que nos ha precedido, han pro­
ducido muchos incrédulos, á quienes es preciso convencer de la
felicidad de amar á María. Es preciso, pues, manifestar nuestra
ternura hacia la Reina de los Angeles revestida de cierto lujo,
adornada de novedad, engalanada de muchas bellezas; bien así
como á los enfermos hay que propinar con dulce persuasión las
saludables medicinas. El celebre Augusto Nicolás, él profundo
filósofo de María, que dice conocer un catálogo, aun no acabado,
de cuarenta mil volúmenes en honor de la Señora, opina, sin em­
bargo, que es necesario hacer una exposición nueva de nuestra
fe acerca de la Virgen, acomodada á la actual disposición de las
almas y de los espíritus.
“Despertar á los corazones aletargados, y ofrecer á las inte­
ligencias reflexiones claras, brillantes y persuasivas; celebrar
„los dogmas fundamentales del cristianismo y convidar á los es­
p íritus enfermos á considerarlos en su saludable resplandor y
„en su profunda y majestuosa poesía, he aquí una de las tareas
„más noblemente provechosas y con más urgencia reclamadas
„por los pueblos en las presentes circunstancias. Nuevas formas
„de exposición, nuevos ensayos de literatura religiosa aplicada
„á las prácticas cristianas, nuevos cultos también basados en la
„vitalidad y fe de nuestros creyentes antiguos, he aquí los medios
„que juzgo conducentes á reencender en el pecho español el fuego
„sagrado de sus mejores días..
Estas palabras, tomadas de un hermoso discurso del señor
Gras y Granollers sobre esta materia, vencieron nuestra irreso­
lución para examinar bajo este aspecto el nuevo y poético culto
de María en el mes de Mayo. Gracias á Dios, conocemos bastante
nuestra pequeñez para no tener la presunción de haber preten­
dido escribir una apología de la Virgen-Madre, ni siquiera una
ligera exposición de su culto, sino más bien una página humilde
de una de sus bellezas. Inútiles operarios, no podíamos traer al
glorioso edificio de las graudezas Virginales, sino una pequeña
piedra, aun á costa de mucho trabajo, y nos juzgaríamos dicho-
sós si los arquitectos no la desechasen por inútil.
Ofrecemos al público este libro con mucho temor: ¡cuán lejos
está de ser la expresión fiel de nuestros afectos á la flor de Na­
zareth! Recíbalo el lector con indulgencia, porque es el primer
ensayo de una pluma joven. Después de haber cumplido cinco
lustros de edad, sólo dos veces hemos visto la caída de las hojas
y la vuelta de las nuevas flores.
SECCIÓN PRIMERA

LAS FLORES DE LA V ID A
Y

LA REINA DE LAS FLORES


INTRODUCCIÓN

ot á cantar á la Virgen Inmaculada; voy á añadir mi


pobre ofrenda á los ricos dones, que en todos los siglos
la han ofrecido sus devotos de la grosura de la tierra;
voy á mezclar mi débil voz con la de tantos varones eminentes
que se han ocupado en celebrar las glorias de María; así en la
arboleda llena de la armonía de los trinos del ruiseñor y del jil­
guero, del murmurio de los arroyos, y de los suspiros del céfiro
eutre las hojas, el pequeño insecto oculto al pie de un árbol zumba
por lo bajo para las hierbas que le rodean. Es el acompañamiento
tímido de una dulcísima serenata, y en algún intervalo de si­
lencio el oído queda sorprendido al percibir aquellas notas mo­
nótonas; pero el obscuro cantor, que no ha aprendido más que
ona balada, la repite incansable, sin avergonzarse, pues no la
compara con las que suenan sobre su cabeza. Yo tampoco sé
más que un tono para hablar de la excelsa Reina de los mundos
y Madre de los miserables; el tono de los amores y de la ternura
de un hijo muy favorecido, y por eso quisiera que mi lenguaje
tuviese las galas apasionadas, el brillante colorido y la riqueza de
imágenes de los orientales; pero si es ronco y discordante, atribu­
yase el defecto al instrumento.
— 12 —

Me consuela hablar á un pueblo poeta, de viva imaginación


y corazón sensible, pues á veces una pieza de música conocida,
tanto agrada en la ruda gaita del pastor como en los lánguidos
suspiros del piano. Son las alabanzas de la Santa Virgen que
nacidas en el corazón salen de mi boca; música dulcísima, cono­
cida de todas las almas cristianas, ensayada en todos los cora­
zones, repetida en todos los tonos que la fe presta al sentimien­
to: yo voy á publicarlas, aunque ya las sabe prácticamente, á una
ciudad querida, llena de ñores y de verdura, reclinada á la ori­
lla de un río caudaloso como un cisne entre las espadañas del
estanque; el Sol viene á sonreiría todos los días, aun en el he­
lado invierno; la brisa se perfuma en sus arboledas, su suelo es
fértil y agradecido al labrador, como los pechos de sus habitan­
tes á los beneficios que reciben.
Espero que con la ayuda de Dios no serán del todo estériles
mis palabras; ya porque la Virgen-Madre vela sobre ella con mi­
rada protectora, mostrándose continuamente liberal y benéfica
con sus hijos, y este es un motivo poderoso para su gratitud; ya
porque se presentan simultáneamente á su vista, en grata confu­
sión, todas las excelencias de la Señora, simbolizadas en las flores
y llenas de su aroma, y esto no puede menos de impresionar á nn
pueblo entusiasta de todo lo bello.
María reúne en sí todas las bellezas imaginables; pudiera
parecer un personaje fantástico hijo de los sueños de uu poeta,
que se hubiera complacido en aglomerar en ella una por una
todas las perfecciones, todas las gracias y todas las virtudes, si
la fantasía de los hombres pudiera crear algo tan herboso como
aquella embelesadora realidad.
Hija del Altísimo, excogitada en las claridades de la eterni­
dad, modelada en su sabiduría creadora, los Angeles, estremeci­
dos de dicha al conocer que existiría, la envidiaron amorosamente
y la rindieron homenaje antes de nacer.
Al llegar su tiempo, el Espíritu Divino la introdujo en el
mundo llena de gracias y coronada de bendiciones, hizo que
corriese por sus venas sangre de reyes, y quiso que se llamase
Señora y Estrdla del mar. Todos los objetos de la naturaleza,
— 13 —

con sus maravillas y su poesía forman la guirnalda que ciñe las


sienes de esta bija de las Complacencias, á quien el discípulo
querido vió ataviada con el Sol como un manto, y apoyada sobre
la Luna: y los Santos hombres de Dios, cuya lengua movía el
Espíritu Santo, agotaron para su elogio las imágenes más expre­
sivas. Los lirios y las azucenas la figuraron como hermosa y pura;
la vid y el olivo anunciaron su bondadosa riqueza; la palma y
el cedro simbolizaron su majestad y su gloria, y en un esfuerzo
de imaginación sublime la vió alguno salir de las tinieblas del
ciego mundo, adelantarse como la Aurora deslumbrante que pre­
cede al día, brillar como el Sol, elevarse por los aires como el
humo de los aromas, y ser coronada de celsitud, figurada en las
cumbres de los montes.
Doncella obscura para el mundo están fijas en ella las mira­
das del cielo, floreció la vara seca de almendro del que estaba
destinado para su compañero, el Angel más noble del Empíreo
fué enviado á saludarla, y siendo siempre Virgen conoció más
vivamente que mujer alguna las alegrías maternales. Hija de los
hombres engendró á Dios; este Dios expirante en la Cruz nos
engendró para ella y es nuestra Madre.
Heredera de nuestra flaca naturaleza no tuvo en ella la
mancha de la soberbia primitiva, ni sus consecuencias más fu­
nestas, pero en todo lo demás es nuestra hermana según la carne.
Su corazón no ignoró ninguno de nuestros dolores, menos los del
remordimiento, ni ninguna de nuestras alegrías, menos las alegrías
criminales; y sus ojos estaban familiarizados con las lágrimas.
Hoy, aunque reina en las inmensidades del cielo, no ha podido
olvidarse de la triste humanidad confiada á su cuidado; así es
que escucha con bondad, ó más bien con placer, las preces de
tos hombres, porque cada una la recuerda alguna fase de su
vida, motivo de su gloria.
Todos los que la han conocido la han entregado su corazón
entero, y ella es la depositaría de todas las emociones secretas y
delicadas del alma, que no comprende el mundo, y que acaso re­
cibiría con una sonrisa burlona, bien así como á una madre se
confían todas las pequeñecesde la vida íntima, que nos llenarían
- 14 —

de confusión si las penetrasen las miradas murmuradoras de los


extraños.
De aquí es que el culto que tributan los cristianos á esta su
misericordiosa protectora, es tierno, dulce y poético como ella,
como si fuese un suspiro de amor casto que brota espontáneo
del corazón y le alivia, ó una lágrima de felicidad, que rueda si­
lenciosamente por las mejillas, y deja más tersa y más brillan­
te la pupila; de modo, que después de haber acudido á su manto,
se calman todas las borrascas ó adquiere un nuevo vigor la tran­
quilidad habida.
El género humano se humilla á sus plantas, lleno de gratitud
amorosa, pues la reconoce como principio de todos sus bienes y
causa de sus derechos á la herencia del cielo, perdida por la as­
tucia de la gran serpiente y rescatada con una sangre divina; y
así, por una sabia locura de pasión vehemente, ha hecho interve­
nir, para obsequiarla, hasta á los seres inanimados; como si no
fuesen bastantes para glorificarla las harpas de luz de los Sera­
fines y los himnos de todos los coros Angélicos, ni las voces de
todos los hombres de todos los países; ó como si fuese necesario
que todas las criaturas rindiesen homenaje á la madre del Cria­
dor. La piedad ha buscado para ella títulos gloriosos en todas
las esferas de lo criado, desde los Angeles y las estrellas descen­
diendo por todas las cosas visibles, hasta las plantas y los insec­
tos; ya dando su nombre á las villas, á las fortalezas, á las pla­
zas, á las calles, á los campos, á los montes y á las fuentes; ya
poniendo bajo su protección las asociaciones militares, industria­
les, comerciales; ya honrándose los más nobles personajes con el
título de sus esclavos; ya instituyendo cofradías, festividades,
congregaciones; ya, en fin, promoviendo su devoción con tantas no­
venas, sermones, exhortaciones, libros, medallas y mil otros pen­
samientos, hijos de corazones amantes, y llenos de piedad.
Hay sobre todas una devoción seguramente inspirada por la
misma Virgen, recopilación de todas las bellezas de su culto,
que se ha difundido por toda la tierra con la asombrosa celeri­
dad de la luz, y como ella ilumina y disipa todas las tinieblas,
verdadero dique opuesto al torrente devastador del escepticismo
— 15 —

y la impiedad: la devoción de las flores, ó el mes de María. De


ella ha dicho un profundo escritor moderno (Combalot), que es la
prenda más grata de un porvenir fecundo en esperanzas, y que
la divina clemencia la ha sacado de los tesoros de su gracia,
como el arco Ifis de paz en medio de las tempestades.
El mes de Mayo, rico por su naturaleza en inspiraciones ele­
vadas, fecundo en emociones generosas, abundante en castos pla­
ceres y puras delicias, lujoso y perfumado como un alma ador­
nada de virtudes, adquiere nuevos encantos santificado por María
y parece que estaba destinado para ella. En efecto, las flores son
la imagen más expresiva de nuestra Sefiora, y en el instinto de­
licado de las almas sensibles y creyentes estaba el ofrecérselas á
A q u e l l a que, según ana piadosa y antigua tradición, comunicó
suave fragancia á una flor con el contacto de su mano santifi­
cada. Mayo es la sonrisa de la Primavera, y es verdaderamente
una ocurrencia feliz hacerla reflejar sobre los labios de María, que
es la sonrisa de la gracia, y consagrarla sus brisas suaves y ha­
lagadoras, y sus noches serenas, y todas las delicias de este
tiempo, la frescura, la vida, los rumores, el movimiento y la ani­
mación; porque la Virgen Inmaculada tiene á un mismo tiempo
toda su armonía, sus encantos, su céfiro, sus flores y su luz.
Hay flores que, como las aves, tienen alas, ha dicha un poe­
ta; lo que es una verdad, si se entiende de la devoción del mes de
Haría. Esta devoción, nacida en la poética Italia, se propagó como
volando por todas las naciones católicas, que la recibieron con
entusiasmo; parece también que tiene alas para elevarse hasta el
Solio de su gloria y hacer bajar sobre la tierra desolada torrentes
de gracias y bendiciones numerosas. Hay flores que, como las
«ves, tienen alas; y las flores místicas de las virtudes de la Seño­
ra, vuelan á arraigar en las almas de sus devotos. Hay flores
<№, como las aves, tienen alas; y las flores de los buenos ejem­
plos que dan en este mes los amantes de la Santa Virgen, vuelan
con una celeridad asombrosa, esparciendo por todas partes sus
aromas, que neutralizan y disipan los fétidos vapores del siglo
corrompido.
Así es que apenas hay un pueblo que no practique esta de­
— 16 —

voción, verdadera sal de las buenas costumbres, ya en las gran­


des poblaciones, con el fausto y magnificencia que se debe á una
Reina; ya en las pequeñas aldeas con la sencillez y afecto con que
se sirve á una madre; los unos, llevando á sus altares el oro y la
plata, pabellones de seda, flores las más brillantes de los jardines
en preciosos jarrones, profusión de luces y la armonía de la música;
los otros, flores humildes y plantas olorosas, recogidas al volver
de las faenas del campo, que depositan á los pies de la Imagen
de María, rezando fervorosamente al compás de las esquilas de los
rebaños que vuelven: unos y otros con fe y amor, adivinando que
este culto de la Madre de Dios salvará al mundo. Y en efecto, los
frutos que ha dado hasta el día presente son dignos de las flores
que se la ofrecen.
El culto de las flores es hermoso, tierno y lleno de poesía,
expresión elocuente del espíritu de fraternidad cristiana, que ni­
vela todas las clases mejor que todas las utopías socialistas. Re­
cordamos un hecho del pasado Mayo. El templo estaba lleno de
amantes de la Virgen arrodillados á los pies de la Señora. Allí
se había reunido todo el lujo de la población, y más que otros
días habían concurrido las clases elegantes. Como si en el templo
tuviesen lugar las distinciones de la vanidad mundana, ó como
si los trajes costosos tuviesen más derecho para aproximarse á
los altares de María, ó tal vez por casualidad, las señoras y
jóvenes más principales y distinguidas se habían colocado cerca
del pabellón de la Madre-Virgen adornado profusamente de luces
y de flores. Aquella tarde había llovido mucho. La música hacía
oir un himno tierno y apasionado. Entonces penetró en el templo
un mendigo viejo y andrajoso, que adelantó entre la multitud,
que le abría paso por no mancharse, hasta el mismo altar de
la Madre del amor hermoso. Sus harapos, á través de los cuales
se veían sus carnes arrugadas y amarillentas por la miseria,
contrastaban amargamente con las sedas del rededor. Se arrodi­
lló con mucho trabajo, apoyado en su largo palo de roble; fijó
sus ojos con una ternura tenaz en la efigie de la Señora, y por
el movimiento de sus labios se adivinaba que pronunciaba la
palabra Madre. El pobre anciano mojado, sucio, débil, tal vez
— 17 —

enfermo, no estaba solo en el mundo, sino que tenía una madre ce­
lestial. Era verdaderamente un hijo de la Virgen, como todos los
cristianos, y hermano de aquellos que tal vez le miraban con
desdén. El, de la misma manera y con igual derecho que los de­
más, llamaba madre á la Madre de Dios. Tal vez pedía que mo­
viese los corazones de los fieles para que le socorriesen con sus
limosnas, tal vez valor para sufrir las amarguras de la miseria
y de la vejez. ¡Divina Señora! — pensó conmovido — ¡vuestro amor
sí que es verdaderamente un lazo de fraternidad universal!
El mes de Mayo ejerce cierta fascinación sobre todos los ca­
tólicos, aun sobre aquellos que olvidados por desgracia de su dig­
nidad y último fin, viven como si no hubiese otra vida. Nunca se
ven los templos más concurridos que en las funciones de las flores;
la Señora atrae á su corte á todos sus vasallos; fenómeno tanto
más notable cuanto que muchos apenas asisten en todo el resto del
año, y que en aquel tiempo de cielo más puro y tardes más se­
renas y temperatura más suave, y brisa mas tibia, ofrece tantos
placeres el paseo, que es preciso hacerse violencia para privarse
de él. A los jornaleros piadosos no les falta el medio de acudir á
la Iglesia, al caer la tarde, á saludar ála Señora y oír sus ala­
banzas de boca de algún orador igualmente piadoso; el amor de
María se refleja en todos los rostros, en todas las miradas; las
frases acerca de ella son más tiernas, los pensamientos más deli­
cados, las comparaciones más poéticas, las voces más dulces, todo
más puro; como si la atmósfera se saturase de la pureza de la
Virgen, de la pureza de las flores, de la pureza de las almas,
llenando el corazón para brotar de él espontáneamente en aspi­
raciones de amor, que suben hasta el trono de su gloria en las
¿giles alas de la fe.
Los devotos de la Señora han hecho mil esfuerzos para pro­
pagar por todas partes esta bellísima devoción, y unos con la
pluma, otros desde la Cátedra Santa han conquistado para la
Madre de Dios muchos amores. Yo también he querido traer mi
piedra para el edificio de su gloria, añadir mi pobre flor al rami­
llete de sus gracias, siquiera sea inodora y casi marchita, y sólo
s>rva para hacer resaltar más vivamente la belleza de las demás.
L a s F lo b e s de M a y o . — 2.
— 18 -

Me había ocurrido aplicar á nuestra divina Madre el lenguaje de


las flores, con su poesía y su ternura, tal como tomado de los
moros lo emplea el mundo para sus amores tenebrosos y lascivos,
ofreciendo así un cierto desagravio á su pureza; formar con sus
emblemas la corona de sus virtudes; personificarla en cada flor
variando así el riquísimo panorama de las grandezas de María.
Primero imaginé componer algunas poesías; pensó también apli­
car ciertas flores á cierta época de su vida; ofrecerlas á María
como reunidas en ramilletes, ora considerándola doncella, ora
madre, ya nuestra abogada, ya nuestra reina; escogerlas en
grupos y deducir de todo su conjunto un pensamiento de alabanza
á María, que fuese como la quinta esencia de sus perfumes; pero
las necesidades de la época reclaman algo más que estas ardien­
tes efusiones de cariño. Más que para las almas piadosas era
necesario escribir para esos espíritus inquietos, que no quieren
ver en el culto de María sino una devoción estéril, y en el culto
de las flores ciertas reminiscencias paganas; y probar que la
hermosura de este culto es la manifestación más acertada de
nuestras relaciones con la Madre de Dios.
Ha habido algunos que me han precedido en este mismo pen­
samiento de aplicar á María el significado de las flores: yo lo iguo-
raba cuando emprendí mi trabajo, y al llegar á mis manos sus
libros me desanimé. ¿Qué podría decir yo nuevo? Mas á pesar de
todo continué en mi propósito; al fin el plan de ellos 110 era el
mío, y por otra parte la forma y el modo de exponerlo eran en­
teramente distintos; tal vez habían dejado también algúu claro que
cubrir. Hoy me pregunto: ¿Habré perdido el tiempo iuútilmente?
Mas, dichosas, pienso, dichosas aquellas horas empleadas en me­
ditar las excelencias de la Virgen-Madre y en estudiar las per­
fecciones de sus bondades, aun cuando no sacase otro provecho de
mis desvelos; dichoso si logro arrancar de algún corazón adorme­
cido un suspiro de amor á nuestra Excelsa Eeiua; dichoso si añado
una página al libro de oro de sus devociones, y si esta ciudad
querida, para quien he escrito este libro, consultando su genio,
sus inclinaciones, su sensibilidad, adoptando su estilo franco,
jovial, poético, ampuloso unas veces, lánguido otras, avanza un
— 19 —

paso más en el amor de María, esta hermosa personificación


de la poesía cristiana, y no juzga con severidad mi juventud y
mi ignorancia.
He aquí mi primer ensayo literario, si merece este nombre,
hecho en alabanza de la Virgen María; no sé por qué, al verlo
concluido, experimento una melancolía indefinible; acaso es por
no haber hecho tanto como he querido. Sin embargo, tómelo bajo
su protección la Madre Inmaculada de mi Dios, recíbalo como una
ofrenda espontánea de amor y gratitud, vea aquí las palabras
balbucientes de un hijo niño, y concédame la gracia de amarla
en la tierra hasta llegar á admirarla más de cerca por toda una
eternidad.
LIBRO PRIMERO

EL CULTO DE LAS FLORES


EN SU SIGNIFICADO Y SU BELLEZA
CAPÍTULO I
ANTIGÜEDAD Y UNIVERSALIDAD DEL CULTO DE MARÍA

§· i.
L o s .Angeles.

uiNDO nada existía, sino las claridades eternales, en los

f abismos de la inmensidad, ocurrió á la mente divina un


pensamiento maravilloso. Con él nació la vida: todas las
cosas que habían de ser se presentaron instantáneamente al la
de aquel tipo perfectísimo de todas las esencias, y las que no
habían de existir fueron, sin embargo, conocidas por él en la forma
exactísima de toda su posibilidad. La creación del mundo quedó
decretada en los cousejos irrevocables; pues se complació Dios tan­
to en este su pensamiento eterno, tau adecuadamente digno de su
inteligencia soberana, que juzgó gloriosísimo para sí manifestarlo
á criaturas inteligentes, que su virtud sacaría de la nada, para qne
le conociesen y le adorasen. La manifestación visible del Unigénito
de su gloria es la razón eficiente de todas las obras de Dios, ad ex­
tra, porque cumple maravillosamente todos sus fines; su gloria y
la felicidad de sus hechuras. Todas las cosas fueron criadas por El
y en El mismo y todas subsisten por El; porque en El quiso hacer
morar toda plenitud. (Ad Coloss. 1, v. 16). Este designio altí­
simo, llamado por el Apóstol el gran misterio de Dios Padre,
que toca los últimos límites de su omnipotencia, y es la obra de
— 24 —

todas sus obras, es por consiguiente el eje de oro sobre que giran
los destinos inmortales de los seres libres.
Para revelar este pensamiento eminente produjo Dios dos ca­
pacidades de recibir su conocimiento, el Angel y el hombre; y
quiso que tuviesen una vida de duración interminable, pues no
era conveniente que pereciese, una vez adquirido, el conocimiento
de su Yerbo, vivificante por sí mismo; y los destinó á felicidades
inenarrables, pues la noticia de este sacramento de sus piedades
comunicaría al espíritu tal nobleza y dignidad tan alta, que de­
bía ser su propio estado la posesión de un reino eterno. Mas an­
tes de llegar á este término supremo de sus caminos, el Angel,
del mismo modo que el hombre, debían rendir á este Unigénito
del Padre, el homenaje de su gratitud y adoración libre, recono­
ciendo que todo se lo debían, como al arquetipo de todas sus
perfecciones esenciales, el principio de su existencia, el medio de
sus merecimientos y la causa de su gloria futura. Jesucristo es
el compendio perfectísimo de todas las maravillas divinas. La
Encarnación es toda la bondad y sabiduría del Padre comunicada
en infinitas efusiones.
Siendo el Verbo la Imagen expresa, substancial y viviente
del Padre, quiso aparecer en la forma del hombre, hecho también
á Imagen y semejanza de Dios. Admiremos el sorprendente equi­
librio de las economías sublimes de la gracia: la naturaleza an­
gélica es por sí misma mucho más excelente que la humana, mas
ésta se eleva hasta su altura, y aun la excede por la gracia. El
Angel es la primera criatura del universo; aquellos seres impal­
pables, espíritus puros, llamados en los libros santos hijos de
Dios, y comparados á los astros de la mañana, exceden al alma
del mismo Jesucristo en las perfecciones meramente naturales.
No obscurecía su inteligencia la triste niebla de la ignorancia, ni
era su voluntad impedida por las espinosas inquietudes de la
irresolución. Dios grabó en ellos su conocimiento natural de un
modo tan perfecto, que fuese el más elevado después de la visión
intuitiva sobrenatural de su esencia; les dio una libertad tan
íntegra, que eligiese inmutablemente el verdadero bien; y si al­
gunos pecaron, no fué por la falaz aprensión de un bien caduco,
— 25 —

sino por el desorden de buscar el bien supremo fuera de la de­


bida rectitud. Incorruptibles además é inmortales por su natu­
raleza simple, sin materia alguna, su vida es la imagen más bella
de la vida de Dios; la inteligencia y el amor.
El hombre, ser inteligente también y libre, pero compuesto de
espíritu y materia, está más expuesto á recibir de sus órganos
imágenes engañadoras, y es juguete de tendencias opuestas al in­
clinarse al bien; además de que necesariamente tiene que llegar
un día en que pierde la mitad de su sér. Sin embargo, es llamado
mando pequeño, y en el orden de lo visible es la nobleza de la
creación. El Real Trovador de las misericordias divinas pinta la
condición respectiva del Angel y del hombre en un solo rasgo de
inspiración vigorosa; Mmuisti eum paulo minus ab Angelis.
(Ps. VIII, v. 6). Es algo menor que los Angeles, aunque corona­
do de houor y gloria, y constituido señor de las obras de Dios. Mas
si por naturaleza está debajo, se eleva tanto sobre los coros an­
gélicos por la gracia de la unión hipostática, que llega hasta el
mismo consorcio de la Divinidad.
Esta elección de la naturaleza humana para la grande obra
de la Encarnación del Primogénito de toda criatura, derrama
claridades esplendorosas sobre los destinos del mundo angélico.
Dios no quiso tomar su naturaleza, sino la humana, del linaje de
David, y se creyeron humillados. Enamorados algunos tan des­
ordenadamente de sí mismos, que se juzgaban poco distantes
del mismo Dios, nació en ellos una envidiosa soberbia, que fuá
luego la causa de su ruina. Para subir á los trono» eternos de­
bían hacer actos meritorios, por medio de la gracia que se les con­
firió; la Encarnación se reveló á sus atónitas miradas, con todos
los abismos de amor que encierra; debieron saber que aquella
gracia que necesitaban, la deducían de los méritos del Verbo-
Hombre, mediador universal, al que necesariamente detiían
rendir un homenaje de adoración. Gomo en esta obra augusta de
los siglos todo debía ser maravilloso, el Hijo de Dios tomaría la
naturaleza humana de su parte más flaca, la mujer, aunque en su
estado más glorioso, la virgen: y habían de verificarse dos contra­
dicciones, una Virgen-Madre y una Madre-Virgen; pues la ma-
- 26 —

infestación del Verbo encarnado suponía necesariamente el des­


tino glorioso de A q u e l l a que le había de dar el sér, á la que por
consiguiente debía extenderse también su humilde acto de sumi­
sión. Lo incomprensible ofuscaba su inteligencia envanecida, lo
humilde ofendía su rebelde voluntad. A l fijar su rencorosa mira­
da en la bellísima figura, que se les mostraba, de la Virgen María,
no la contemplaron en la grandeza de su estado, en las compla­
cencias divinas de su eterna predestinación, en la abundancia de
su gracia, en los esplendores de su pureza: su soberbia se levantó
como una opaca nube, y el odio de los rebeldes la vió sólo como
mujer. Entonces pronunciaron aquella fatal palabra: Non ser-
viam; se arrojaron á usurpar por la violencia el reino que se les
ofrecía, con tan dura condición para ellos; mas el camino de los
soberbios es tortuoso y está lleno de despeñaderos, y cayeron en
la miseria de las miserias, por no haber querido aceptar su
salud del Hijo de María, ni tributar á ésta el debido honor.
Por el contrario, los Angeles sumisos ven en ella grandezas
embelesadoras, descubren océanos infinitos de gloria, y siendo un
mundo tan excelente, comprenden que aun pueden atesorar ma­
yores excelencias por medio de aquella Virgen escogida, más
pura que su misma simplicidad. Asombrados y como en éxtasis
ven que el Eterno derrama sobre ella lo más escogido de sus
dones, se les descorre el velo de los siglos futuros- y la ven san­
tificada, purísima, y sobre todo humilde. La altísima dignidad,
á que es sublimada, no excita en ella el más ligero movimiento
de orgullo y se confiesa esclava. Los espíritus celestiales se
sienten atraídos hacia aquella criatura toda hermosa, juzgándose
dichosos por estar sujetos á su dulce imperio; doblan la rodilla
ante ella y se constituyen, contra los rebeldes, campeones de la
gloria de su Señora. El abismo recibe á los espíritus infieles
arrojados del cielo por los Angeles de luz. Con razón la aplica
la Iglesia aquellas palabras de los Proverbios (cap. VIII, v. 23):
Ab ceterno ordinata sum.... quando prceparábat codos ade-
ram.....cuín eo eram cunda componens......
Antes de nacer la Virgen María ha vivido en el cielo, ha te­
nido una importancia grandiosa en los destinos de un mundo no­
- 27 —

ble, y ha conquistado un trouo en las mansiones de la vida. Su­


puesta su maternidad, le aseguró después la posesión de él su
humildad perfecta. San Bernardo, el noble panegirista de María,
se expresa en estos términos: No es lícito dudar que fue exal­
tada (Marín) sobre los Querubines y Serañues, pero si antes no
se hubiera ella humillado más que todos los hombres, no hubiera
sido glorificada más que todos los Angeles. Numquam super
omites Anqelos glorificata ascendtsses, nisi prius infraomnes
hominett humiliata descendisses.... quam super Cherubim et
St-raphim exaltaíam nefas est dubitare. (Serm. III, de Virg.
Deip. 11. 5).
Estos hijos de luz, súbditos reconocidos de tan amable Reina,
no pudieron menos de beudecirla, como al instrumento de su di­
cha, contemplándola con la dulce admiración de una envidia amo­
rosa: el culto que la tributaron nacía de una ternura agradecida·
Gun placentera fruición se encargaron después de revelar á su Se­
ñora los designios divinos; para anunciarla que había de ser
madre del Hijo de Dios se postró á sus plantas uno de los espí­
ritus más ilustres del Empíreo; otro vino á disipar los temores de
San José; una noche de ventura para toda la humanidad los An­
geles iluminaron el espacio, cantando su deseado parto; los An­
geles la defendieron eu su huida á Egipto y cumplieron cerca de
ella honrosos ministerios: la tradición conserva la memoria de
multiplicados prodigios que endulzaron las amarguras de la Vir­
gen peregrina en tierra ajena; hasta que otra vez el Ángel les
avisó la muerte de Herodes, señal de la vuelta á la suspirada
patria. En vida no se apartaban de su lado; después de cumplida
su misión sobre la tierra, después de afirmada bastante la na­
ciente Iglesia, la tierna madre cerró plácidamente los ojos á la
luz. Poco tiempo fue víctima del reino de las sombras; el alma
volvió á aquel cuerpo santo, y la Reina, colmada de delicias, cir­
cundada de belleza, fué elevada también eu hombros de los Ange­
les á ocupar el excelso trono, que tenía preparado desde antes de
la formación de los montes y la existencia de los abismos.
§. H.
L o s P atriarcas.

Cuando después de la primera prevaricación se cerraron las


puertas del Edén para el hombre culpable, caminó errante sobre
la tierra, erizada de abrojos, sin saber adonde dirigir sus incier­
tos pasos, para ocultar sus remordimientos y la dolorosa vergüen­
za de su caída. Por único patrimonio le acompañaban los dolores,
las enfermedades, las miserias, cortejo funesto que le auguraba
un inmenso cúmulo de males. Antes de abandonar para siempre
aquellos lugares de su pasada ventura, corrieron ardientes de
sus ojos amargas lágrimas de contrición; las primeras que rega­
ban la tierra, como primicias de las que habían de derramar
después todos los ojos humanos. Dios las aceptó benigno, y mo­
vido á misericordia procuró mitigar el dolor acerbo del primer
padre, abriendo su corazón ulcerado á la esperanza; una mujer
bendita, una hija suya, había de venir á reparar su triste caída
y á quebrantar la cabeza de la serpiente seductora. El Eterno
anticipa detalladamente la historia de toda la humanidad: mise­
rias y gemidos, dolores en el parto á la mujer, trabajos y espinas
al hombre: ambos arrastrando una triste vida en esta tierra de
infortunio, maldita para sus sudores, hasta volver al polvo de
que fueron formados.
Mas antes de sumergir en tales amarguras á los primeros
padres, la misericordia divina les deja traslucir un benéfico rayo
de consuelo; si la mujer ha sido la causa de las desdichas huma­
nas, la mujer será también el principio de su alegría; si la mujer
adquiere en Eva dolores ó ignominias, en María ganará glorias y
triunfos; si Eva atrajo un decreto de muerte sobre toda la pos­
teridad de Adam, María será una fuente inexhausta de vida para
toda la descendencia de Jesucristo. Los reos de la primera culpa
adquirieron bastante fortaleza para no ser anonadados con el
grave peso de la sentencia terrible, y llenos de reconocimiento
— 29 —

enviaron á través de los siglos sus agradecidas bendiciones á


aquella su gloriosa hija, que estaba destinada para traer su
completa reparación. Es de creer que cuando recordasen después
con tristes lágrimas en el lugar del destierro sus fugaces días de
inocencia, arrojándose confusa la tímida Eva en los brazos del
tembloroso Adam, le hiciese convertir el pensamiento hacia la
mujer bendita y olvidar sus actuales dolores con la perspectiva
de las esplendorosas grandezas, que tendría en ella y en su hijo
toda su posteridad. ¡Cuánto debieron hourar á esta criatura pri­
vilegiada, y cuán ardientemeute debieron desear su venida san-
tificadora!
Con la fe en el Mesías prometido se propagó también á todos
los hombres la veneración de su futura Madre. Si nos fuera per­
mitido remontarnos á los tiempos antes del diluvio, no dejaría­
mos de oir las conversaciones del viejo Adam sobre el Eedeutor y
la mujer vencedora de la serpiente, con sus hijos yjaietos cente­
narios. Aquellas cabezas seculares se inclinarían con respeto, cada
vez que los labios del padre comúu pronunciasen su nombre, y re­
cogerían con avidez las graves palabras del único testigo de la
sentencia que estremece y de la promesa consoladora. Sentados
bajo un árbol frondoso grabaríau en sus corazones aquellas pro­
fecías venturosas, que ellos, padres también de larga familia,
legarían á su vez con fidelidad á sus descendientes, para que les
sirviesen de refrigerio en su trabajosa peregrinación. Las tradi­
ciones atravesaron los siglos y llegaron hasta su cumplimiento
en toda su pureza, aunque también el mismo Dios las iba con­
firmando de día en día y aclarando cada vez más. Eutre el dilu­
vio y el paraíso sólo hay un testigo ocular: con Noé se une Adam,
espectador á la vez que actor del principal papel en el drama de
la humanidad.
El Redentor y su Madre encerraban el porvenir de todos los
pueblos: en lo pasado todo estaba lleno de ellos: los Patriarcas
veían desde lejos las repromisiones divinas, las veían, se goza­
ban y saludaban con amor el término de sus esperanzas; A lon-
96 aspicientes et salutantes. (Haeb. XI, v. 13). Los oráculos di­
vinos fucronse agrandando; pronto á las promesas del Paraíso,
— 30 -

primer Evangelio de salad, suceden las magníficas bendiciones


hechas á Abraham; Jacob, en su lecho de muerte, lanzando su
penetrante mirada á las profundidades de lo futuro, liga á los
destiuos de uno de sus hijos la época, determinada por él, en que
vendrá el Libertador, cuando el cetro haya sido arrebatado á la
casa de Judá; los profetas anuncian su patria, sus caracteres y
so gloria; sus oráculos son la historia anticipada del Deseado de
todas las gentes; Isaías escribe su Evangelio, canta la dicha de
los mortales bajo el reinado del Príncipe de la paz, él honra
más que otro alguno la felicidad de su bendita madre y designa
al pueblo atónito su admirable condición, el más glorioso de sus
títulos, que será V irgen; mientras Daniel se deleita en contar el
número de los días que faltan para el cumplimiento de las pro-
féticas visiones y su perfecta consumación.
El pueblo hebreo vive todo entero en la fe del Mesías; las ins­
tituciones políticas se mezclan con las ceremonias religiosas, los
usos y costumbres se modelan en esta esperanza, que constituye
su nacionalidad, y todo se refiere al Salvador que nacería de una
Virgen de Judá. Aquella Virgen, llamada por San Proclo la ale­
gría de todas las madres, es en el pueblo judío la ambición de
todas las mujeres; todas acariciaban la ilusión de que fuese la
hija de sus hijos, y por eso la esterilidad era tan dolorosa y aun
mirada como una nota de infame oprobio; como si Dios hubiera
querido castigar á ciertas familias quitándoles esta esperanza
querida y lisonjera de ser los abuelos del Mesías.
¿Por qué laá livianas hijas de Lot, cuando todavía humeaban
las ruinas de Sodoma, concibieron sus criminales proyectos?
Como postreras reliquias de la perversidad de cinco ciudades
abrasadas, después de la embriaguez se consumaron en la obscu­
ridad de la noche abrazos nefandos: fruto de aquel horrible in­
cesto fueron, como era de esperar, dos pueblos maldito^ los Moa-
bitas y Amonitas, implacables y sempiternos enemigos de Israel.
¿Por qué se afligía Sara, aquella tierna y amable compañera
de Abraham, cuyo nombre significa Señora, y que había sido
codiciada por los reyes? El señor había cerrado su vientre, y
puso á una extraña en el tálamo de su esposo, á fin de tener
— 31 —

hijos adoptivos de sn esclava; mas luego la misericordia divina


la visitó, y parió un hijo en su vejez, cuyo nombre (Isaac), que
significa placer risueño, encerró la futura bendición.
Por esta esperanza halagadora la hermosa Raquel decía en­
tre lágrimas á su marido: Dame hijos, ó si no moriré; y renunció
por una noche los placeres conyugales en cambio de las fecun­
das mandragoras de Lia (Génesis, cap. 30). Seilam, la dulce
virgen de Galaad, la virtuosa hija de Jephté, víctima de un voto
impremeditado de su padre, lloró por espacio de dos meses errante
por los montes de Judea su iufructuosa virginidad, que no podría
dar herederos de las promesas (Jud., cap. XIV): y la tímida y
simpática Ruth levantó el manto que cubría los pies del justo
Booz (Ruth, cap. III), y se hizo madre de reyes. Por ser estéril
Ana, la graciosa, aunque poseía todo el cariño de su esposo, llo­
raba en silencio en el atrio del templo, sin comer la úuica porción
que le tocaba de la víctima sacriñcada, mientras que se daban
muchas á los hijos de Fhenena; devoraba amarguras sobre amar­
guras cuando hizo al Señor aquel voto, cuyo premio fue Schaul-
meel (Samuel) (Reg. I), y aquella sabia mujer de Tecua, que no
teme recordar á un rey, que nos deslizamos sobre la tierra, como
la* aguas del arroyo, que no vuelven atrás, defiende su esperanza
diciendo con alarmado acento: Señor, quieren apagar mi única
centella, para que no quede á mi marido nombre ni reliquia
sobre la tierra (II. Reg., «. XIV). Una ley del Deuteronomio
(cap. XXV, v. 15) manda que si alguno muere sin hijos, reciba
á la viuda de él su hermano, á fin de que su nombre no perezca
en Israel. (Ley del Levirato).
Se hubieran regocijado los antiguos Patriarcas del viejo pue­
blo de Dios, si hubieran entendido las multiplicadas figuras que
anunciaban en los libros santos á la madre del suspirado Repa­
rador. Unas veces está designada en aquella arca de Noé, ente­
ramente salva y libre del naufragio común, para denotar que
E l l a también se salvó, en el diluvio del pecado, de la ruina uni­
versal; ó bien que así como en la arca se libraron todos cuantos
sobrevivieron á la gran catástrofe, así también eu María y por
María se libran do la condenación todos cuantos acuden á ella:
- 32 -

otras es aquella blanca paloma, mensajera de buenas nuevas, que


trae en el pico el olivo de paz; ó se figura en el arco Iris, que
anunció á Noé el fin de la cólera divina, al mismo tiempo que se
daba como prenda de alianza entre Dios y los hombres. La Biblia
está llena de María, cada palabra oculta algún misterio cumplido
en ella; es el pensamiento dominante de los escritores sagrados,
y los Teólogos católicos creen descubrir á cada paso expresivos
símbolos de la Señora. Aquella misteriosa escala de Jacob repre­
senta el poder eficacísimo de su tierna mediación. San Francisco
de Sales, en una visión maravillosa, la descubrió en la altura de
la blanca escala de la gloria: Currite ad scalam albam. La
zarza ardiendo sin abrasarse, desde la cual resuena la majestuo­
sa voz de Jehová, designa á la Virgen Inmaculada abrasada en el
amor de su Dios. El arca de la alianza es su figura más patente;
no era el cedro de que estaba construida tan incorruptible, ni el
oro que 1$ forraba tan puro, como esta Virgen celestial, y su
seno encierra no sólo las tablas de la ley y el maná, sino al mis­
mo Legislador y al pan vivo que descendió del cielo, para que el
que lo coma no muera jamás. Como el vellocino de Gedeón, }’a
se verá impregnada del abundante rocío de la gracia, ya preser­
vada de la humedad del pecado original: como la columna de
fuego en el desierto guía á los hijos de la Iglesia; y es aquella
vara florida que producirá el tierno renuevo, gloria de la casa
de Judá.
Indudablemente el Altísimo se complacía en anunciar y pre­
figurar á su elegida. Esas figuras tan apacibles y. suaves no
podían ser más á propósito para la gloria de María; aquellos
rasgos tan expresivos, aquellos tipos tan poéticos convenían per­
fectamente á los elevados destinos y á los importantes ministe­
rios que había de tener. Eu cada una de las mujeres célebres
que dieron gloria al pueblo judío, hay algunas semejanzas carac­
terísticas de la Hija de David; María 63 todas las mujeres del
Viejo Testamento. Más fecunda que Sara, más enriquecida que
Rebeca, más tierna que Raquel, y como ésta hija de la pureza,
la Virgen-Madre es la verdadera Jaliel, que traspasa con un
agudo clavo las sienes de Sisara; mejor que Judith es la alegría
— 33 —

de su pueblo, el honor y la gloria de Israel, y su nombre se hace


ilustre en toda la tierra; ella es la humilde y simpática Esther
que sube al tálamo real y salva á su pueblo de las pérfidas ma­
quinaciones de Amán.
La Virgen anunciada en los primeros días del mundo va te­
niendo brillantes manifestaciones en la sucesión de las edades; su
importancia se va desarrollando cada día más y más, su amor va
creciendo, las ansias con que es esperada adquieren mayor vehe­
mencia, y la honran los votos de todas las tribus.

§. m.
L o s Profetas.

Desde el Paraíso hasta la Cruz, y desde aquí hasta la con­


sumación de los siglos todo es por Jesucristo y su gloriosa ma­
dre: ambos son el centro de todos los acontecimientos, que parten
de ellos como de su principio, y se dirigen á ellos como á su término.
La misericordia del Criador se enlaza y se confunde con la piedad
del Redentor y la gracia sigue de cerca los pasos de la natu­
raleza.
Las profecía* son los consuelos de Dios á la miserable cria­
tura; tantas miserias y dolores tantos podían desanimar á la im­
paciente flaqueza del hombre, y por eso, á medida que pasan los
tiempos, va Dios confirmando con nuevas promesas las antiguas
esperanzas. Todos los Profetas, sin excepción, no han vaticinado
más que para los tiempos del Mesías; sus oráculos y sus visiones
no son otra cosa que la introducción de Jesucristo.
Va hemos dicho que María y Jesucristo son inseparables y
lúe siempre al lado del prometido Salvador figura la madre que
^ ha de dar el ser. En esta esperanza vivificante, en esta creen­
cia satisfactoria vivían los justos del Antiguo Testamento que
dieron culto en espíritu de fe á la excelsa madre del futuro Me-
Slas. Pero los Profetas, aquellos santos hombres de Dios, á quie­
nes se revelaron inmediatamente los misteriosos oráculos para que
L a s F lor es db M a y o .— 3.
— 34 —

ellos los transmitiesen á los demás, fueron más afortunados; por­


que además de tener su porción en la misma esperanza de su pue­
blo, les fuó dado vislumbrarla con mayor claridad. Algunas veces
se olvidan por un momento del Cristo deseado, y se deleitan en la
visión arrebatadora de la mujer privilegiada;, dejan el majestuoso
tono de la inspiración de magnificencias, y ensayan el tierno
acento de las efusiones del alma, y lanzan suspiros enamorados
de deseo en lugar de las atronadoras voces y de los penetrantes
clamores del Vate; sus graves palabras se cambian en las más
poéticas y dulces expresiones, como conviene á los suaves encan­
tos de la Virgen que van á anunciar. Inspirándose en su belleza,
la pintan tan hermosa como el lirio entre las espinas, bella como
una plantación de rosales en Jericó, majestuosa como la palma de
Cadés: ya es agradable como el fruto del naranjo, ó dulce como la
granada; tiene la gracia de la paloma ó la ternura de la tórtola.
Aveces la personifican y hacen que ella misma cante el poema de
sus grandezas: “El Señor me poseyó desde el principio de sus ca­
lin o s ; desde la eternidad fui ordenada; antes que los abismos,
„antes que los montes, existía yo. Al arreglar los cielos y ence­
r r a r los mares yo era con el Señor concertándolo todo (Prover­
bios, c. VHI).„ A vecas la vea aparecer en su deslumbrante her­
mosura y exclaman llenos de admiración: “¿Quién es esta que se
„adelanta, como la aurora al levantarse, hermosa como la Luna,
„escogida como el Sol, con la terrible majestad de los escuadró­
l e s ordenados?... Es semejante al humo aromático del incienso
„y de la mirra. (Cant. VI).„
David la llama con los más apasionados acentos de su arpa
enamorada: “Ven con tu belleza y hermosura; camina en paz y
„reina. Oye, hija, mira, inclina tu oído; olvida tu pueblo y la
„casa de tu padre; y codiciará el Rey tu belleza: él es tu Dios;
„te adorarán ofreciéadote dones las hijas de Tiro; y todos los
„poderosos de la tierra implorarán tus miradas: tus hijos serán
„los príncipes de toda la tierra; tu nombre será memorable de
„generación en generación. (Ps. XLTV).„
Pero Jeremías, remontándose al más elevado tono de las su­
blimes visiones, la anuncia como un portento, y penetra de una
— 35 -

sola ojeada hasta su divina maternidad. "Oíd, naciones, la pa­


la b ra del Señor; anunciadla á las islas lejanas: El Señor redi-
»mió á Jacob; vendrán á darle gloria en el monte de Sión;
»danzarán las vírgenes, los mancebos y los ancianos se alegra­
rá n , y mi pueblo será lleno de mis bienes, dice el Señor.» Y
haciendo crecer la enérgica valentía de sus voces, se siente arre­
batado basta el éxtasis, que le hace exclamar: “Ha criado el Se-
„ñor una cosa nueva sobre la tierra; una hembra rodeará al
»varón.» Más bien que una mujer, la mujer por excelencia, una
Virgen pura, sin concurso de varón, rodeará, abrazará, encerrará
en sus entrañas al fuerte, al poderoso varón (en hebreo Gabber).
Pero agitado el profeta del estro divino, que le mueve, hace una
rápida transición á los sentimientos, que esta nueva feliz ha de
producir en el pueblo de Dios, y le ve lleno de gratitud prodigar
sus bendiciones á esta mujer singular. "Exclamarán las ciuda­
d es de Judá: Bendígate el Señor, ¡oh hermosura de la justicia,
»oh monte de la santidad!» Y le parecen tan sorprendentes y mag­
níficas estas ocultas revelaciones de las grandezas de una mujer,
que cree despertar de un sueño, aunque sueño dulcísimo para él.
(Jeremías, cap. XXXI)*
Sobre todos Isaías, el ilustre hijo de Amós, hace fulgurar un
relámpago de su palabra, que derrama viva claridad sobre los
destinos y nobles prerrogativas de la madre del Redentor. Virgen
intemerada y madre fecunda, recapitula todas sus glorias en
estas palabras sublimes: He aquí que una V i r g e n concebirá y
parirá un hijo, que será llamado Nghimmanuel (con nosotros
Dios). El Profeta redondea con estas palabras la grandiosa figura
de la mujer anunciada en el fondo de todas las profecías: pues
la más digna corona de sus alabanzas es el privilegio de madre,
conservando la fresca flor de la Virginidad. Desde este momento
es conocida con este carácter único y singular la madre del Re­
parador, y su noticia se difunde á todas las naciones de la tierra.
Los Profetas siguientes explican del Mesías y su Madre-Virgen
este oráculo de Isaías; éste mismo lo pronuncia en momentos
solemnes, cuando quiero fortificar los ánimos desfallecidos de una
ciudad estrechamente sitiada y cercana á sucumbir; y para ase­
— 36 -

gurarle su próxima libertad, apela como á una señal de todo


punto extraordinaria á A c u e l l a Virgen (Ecce Virgo Il l a , con
artículo en el hebreo) que debe parir. La sinagoga· de los siglos
siguientes, los rabinos de los pasados tiempos, han visto la con­
cepción extraordinaria del Cristo y la fecundidad de su Madre
en este oráculo, que da al pueblo judío una señal prodigiosa, que
no duda llamar Tertuliano novitas monstruosa, con toda la
energía de su expresión. (Isaías VII).
Pero lleno el Profeta de su pensamiento lo repite valiéndose
de una imagen toda poética. Su imaginación descubre á la Vir­
gen sin mancilla como un fresco renuevo que se eleva de una
raíz lozana, del cual brota la perfumada flor de Netzser. Saldrá
una vara de la raíz de Jesé, y de su raíz subirá una flor; so­
bre esta flor posará el Espíritu de Dios. (Ib., cap. XI). Los do­
nes divinos son el perfume de esta flor brillante: sus pétalos son
la justicia y la sabiduría, la piedad y la fortaleza; su tallo es la
fe: á su aparición se llenará la tierra de los bienes durables,
como de sus aguas el mar. Traza á grandes é inimitables rasgos
la soberanía del Cristo, pinta su reinado venturoso con colores
del más subido tono, y por último deja escapar ardientes suspi­
ros por la proximidad de su venida, que expresa bajo el símbolo
de una lluvia bienhechora ó de un rocío celestial. Enviad, ¡oh cie­
los/, el rocío de lo alto, lluevan las nubes al Justo; ábrase la
tierra y brote al Salvador. (Ib., cap. XLV).
El vigoroso vate de Morasthi (Miqueas), contemporáneo de
Isaías y semejante á él en el argumento y la nobleza del estilo,
no se olvida tampoco de la futura Virgen, y alzando un poco más
la punta del velo de los tiempos venideros, designa de un modo
terminante la patria del que será Dominador en Israel; cuya
salida es desde el principio, desde los días de la eternidad: en
él tiempo en que pára aquella que ha de parir. (Micheas, ca­
pítulo V).
Ni un solo Profeta dejó de pagar á la Virgen Inmaculada el
tributo de su gloria; su culto abarca los siglos, y es la esperan­
za de todos los justos. Esta esperanza ocupa el foudo de los co­
razones, vivifica las almas fieles, y todos dirigen sus ansiosas
— 37 —

miradas hacia el hijo de esta mujer. Algunos parece que tienen


modelado su ser en ella; qae se identifican con esta fe, que sobre­
vive á todos los infortunios y los sostiene en todas las borrascas
del dolor, cada vez más viva, más honda, más brillante cada vez.
£1 atribulado Job, aquel cuya justicia permitió el Sefior probar
á Satanás, se acoge en su miseria inexplicable al único consuelo
de esta esperanza, que le anima. Rcposita est hcec spes mea in
sinu meo (Job, XIX); y el compasivo Tobías, que vio los hijos
de sus nietos, cifra su suprema felicidajd en que queden algunas
reliquias de su familia, que contemplen con el cumplimiento de
esta esperanza el ilustre esplendor de Jerusalem.

§. IV.
Tradiciones universales.

La promesa de un divino Redentor hijo de una Virgen in­


temerada no era el patrimonio exclusivo del pueblo de Abraham.
Esta tradición consoladora arraigó en todos los países de la
tierra, sin que variase en otra cosa que en los nombres que lo? di­
versos pueblos dan al Libertador y á su Madre, y en la forma
bajo la cual expresan su aparición. La raza caída conservó esta
Memoria que pudo sacar del fondo de su ruina y que resistió ála
sucesión de los tiempos, que llenaron de tinieblas engañosas
todas las otras tradiciones, sin conservar de ellas más que algunos
vestigios fugitivos, suficientes, empero, para atestiguar su origen
común.
Despierta en el hombre pensamientos tan altos, tan dulces y
embelesadores la idea magnífica de una Madre-Virgen, que casi
todas las naciones, arrebatadas por su bellísima grandeza, atribu­
yeron á sus dioses y á sus héroes este origen divino, resultado sin
duda de la primitiva tradición. Al pensamiento del hombre no le
pudo ocurrir jamás la idea incomprensible de la maternidad de
una virgen, porque esto excede la flaqueza de su pobre razón, y
preciso reconocer que estas tradiciones tan parecidas provie­
— 38 —

nen todas de aquella primera, que se propagó con todas las razas
á través de todas las edades; y cuando los hombres, olvidados de
sí mismos, se arrastraron en el inmundo fango de la idolatría, y
llenaron de nubes las promesas del Paraíso, aun vivía, aunque
vaga, en el corazón de todos los pueblos.
Los indios creían que su dios Budha había nacido sin con­
greso carnal de la hermosa Maya-Maliai, diosa de la imaginación
y virgen; mientras ésta se paseaba por el jardín, sintió que se
acercaba su parto, y apoyándose en un árbol, dió á luz la divina
encarnación (1); del mismo modo, según los Brachmas, habían
visto la luz los hijos afortunados de P'andaivas, concebidos sin
concurso de varón, en virtud de una oración mágica y de un rayo
desprendido del Sol. Zoroastro ó Zerdáscht fué engendrado por
un espíritu, que, revelándose á su madre dormida, dejó caer sobre
ella un rayo de luz celestial; al despertarse la Virgen, se vió
transfigurada de belleza y conoció que encerraba en sus entra­
ñas un fruto bendito. Los chinos atribuyen á Fo-hi el mismo
origen de Xaca: ya es Sching-Moii, la más popular de las diosas,
quien concibe por el simple contacto de una flor de las aguas; ya
JIoa-sse (flor esperada), virgen santa y hermosa, hija del Señor,
paseándose á orillas del río, pisó sobre la huella del Grande y
se sintió conmovida: rodeóla un Arco Iris, concibió, y después de
llevarlo en su seno doce años, dió á luz á Fo-hi. Según Remusat,
decía Confucio al ministro Phe: “He oído que en los países de
(1) Creemos que nnestros lectoXs verán con gusto la siguiente nota extractada da
Cesar Cantú, que parece uu compendio del Evangelio. La admirable semejanza entre
el Cristianismo y el Buddismo llamó la atención de los misioneros. He aqui la leyenda:
Budha nació durante el equinoccio de invierno, esto es, el día 25 de la estrella de
chu-tang, de una virgen hermosa, inmaculada, de regia estirpe, mientras que todo el
mundo estaba en paz. Nació sin ofender la virginidad materna, y de repeute una loz
se esparció por el mundo, y los suaves cantos de los genios celestes anunciaron que
había nacido el Reparador. Algunos reyes le adoraron, y fué presentado niño en el
templo, donde un viejo sacerdote, que lo trajo en sus brazos, predijo llorando sus
futuras glorito. Siendo todavía niño, dejó asombrados á los doctores con su sabiduría;
luego se trasladó al desierto, donde hizo penitencia duraute seis años, y en oste tiempo
aparecieron en su cuerpo las treinta y dos señales de perfecta salud y ochenta dotes
particulares. Vuelto otra vez á la soledad para meditar acerca del amor fraternal y la
paciencia, le tienta allí el demonio, pero triunfa de ól. Sale entonces predicando, elige
discípulos, da realas de vida ascética é instituye remedios para los pecados, todo áfin de
apartar al mundo de la senda de perdición. Por último, los enemigos de su doctrina lo
envían al patíbulo, y al expirar, tiembla la tierra y se obscurece el cielo. (Historia
universal, por Cesar Cantú, lib. 2.°, cap. 15).
— 89 -

»Occidente nacerá un hombre santo, el cual, sin ejercer ninguna


»especie de gobierno, impedirá los desórdenes, inspirará una fe es­
pontánea, y será el verdadero santo.» Este santo, según los libros
canónicos, es “el que todo lo sabe y todo lo ve; aquel cuyas pa­
labras son todas doctrina y cuyos pensamientos todo verdad;
vceleste en todo y maravilloso; sin límites en su sabiduría; cuyos
»ojos abrazan todo-el porvenir, cuyas palabras son eficaces. Es la
»misma cosa que Tten, y el mundo no puede conocerle sin el
»lien; es el único que puede ofrecer un holocausto digno á Dios.
»Los pueblos le esperan como las hojas marchitas aguardan la
»lluvia.» (Gantú, loe. cit). Confucio es á lo menos seis siglos
anterior á nuestra era.
La Isis de los egipcios es una Virgen-Madre; ella da á luz
por la virtud de Osiris al Libertador Horus, Oro, que combatirá
y vencerá á Tiphon, genio del mal, pero no le matará entera­
mente, para que persevere la lucha. El carácter de Isis es la vir­
ginidad fecunda, historia que ellos escribieron en los cielos.
Eratothenes designa bajo el nombre de Isis la constelación zodiacal
de la Virgen, Madre del Sol. Si oímos á Plutarco, los egipcios
celebraban con una fiesta general los partos de esta Virgen, que
durante su preñez llevó suspendido del cuello un talismán de
vida (Verbum vertm). El Egipto, dice el autor de la Crónica de
Alejandría, ha consagrado los partos de una Virgen y el naci­
miento de su hijo, que era expuesto á la adoración del pueblo. Los
egipcios, dice el padre Claudio, adoraban á una Virgen en un
lecho y á un niño en una cuna: llevaban, según Selvático, en un
día señalado, por las calles y plazas, la imagen de una Virgen
con un niño en brazos, figura de la que en algún tiempo había de
concebir y dar á luz sin detrimento de su virginidad. Habiendo
preguntado el rey Ptolomeo á ciertas mujeres egipcias la razón
de esta práctica, le respondieron, que este era un misterio ense­
bado por sus mayores, los cuales lo habían practicado así, por
haber leído á Isaías Hebreo. El culto de la Madre-Virgen estaba
tan arraigado en este país, que, según Dupuis, no había casa ni
encrucijada en donde no se hallase su imagen.
El templo edificado por los Argonautas debía haber sido de­
— 40 —

dicado, según una respuesta del oráculo, á María, la Virgen Ma­


dre del Verlo; mas éstos, que no tenían la dicha de conocer ni al
Verbo ni á María, creyeron conveniente dedicarlo, como lo hicie­
ron, á la fecunda Rhea, madre de todos los dioses. En Grecia
había trascendido hondamente esta tradición; los griegos anti­
quísimos se gloriaban de sus héroes, hijos de dioses, nacidos de
vírgenes; su mitología hacía provenir á Minerva del cerebro de
Júpiter; la sombra ó el espíritu de Apolo había cubierto á la
madre de Flutón, el que nació quedando ella Virgen; Esquiles
celebró á lo la Virgen casta, que concebiría, al ligero tacto
de la mano de Júpiter sobre su cabeza, al Libertador de la hu­
manidad, triste Prometheo encadenado lleno de miserias, que no
se acabarán hasta que un Dios se ofrezca á reemplazarle en
sus sufrimientos, y quiera bajar voluntariamente por él lejos
de la luz, á la mansión de Flutón, en las tenebrosas profundi­
dades del Tártaro.
Roma, que quería apropiarse todas las glorias de la tierra,
se quedó encantada de la grandeza de la virginidad en una ma­
dre, y la usurpó para sí: sus ascendientes Rómulo y Remo habían
recibido el sér de Marte y de la Virgen Ilia: más tarde Virgilio,
el rey de los poetas latinos, cantó en una égloga la edad de oro
y á un niño que había de tener por madre á la Virgen Astrea ó
la Justicia,
Ultima Cunnci venit jam carminis setas
Jam redit et Virgo, redeuut Saturnia regna, etc...

y pintó con tan brillantes colores la dichosa condición de los mor­


tales, bajo de aquel niño, que halagaría á su madre con dulce
sonrisa, que parece está comentando la profecía de Isaías. Los
etruscos anunciaron á los romanos, que el pacificador nacería de
una Virgen.
Los druidas nos ofrecen también un testimonio de la remota
antigüedad y universalidad de esta creencia en la Virgen-Madre
de Dios. En Chartres erigieron, cien años antes de su nacimiento,
un altar á la Virgen que había de parir, á la que adoraban en
lo más retirado de sus santuarios. El monasterio de Nogent, según
- 41 —

su abad tiuiberto, había sido edificado en el terreno de un bosque


sagrado, en donde los druidas sacrificaban á la Madre del Dios
que había de nacer: Matri futuri Dei nascituri.
Pero hasta los mismos oráculos paganos se vieron obligados
á cantar la gloria de la Madre de Dios: aquellos pregoneros men­
tirosos rindieron por fin un brillante homenaje á la verdad.
A la luz del incendio que abrasaba á Troya escribió la Sibila
del Helesponto una página gloriosa, que después de muchos si­
glos se vió que convenía á María de un modo singular. En sus
solitarias meditaciones había visto el esplendor de una Virgen
casta, digna de sus gracias y amada de Dios, que había de dar á
luz una generación ilustre, un hijo de aquel en cuya mano está
el trueno, que tendría en el mundo un reinado de paz.
De la boca de la misteriosa cueva de Delphos, en donde el
espíritu agitaba sobre el trípode sagrado á la Pitonisa, que se
comunicaba con el Dios, salió también un testimonio de honor
para la Virgen pura. La Sibila casi cuenta los días de la venida
de Aquel que ya no tardará, Profeta excelente que sabrá conmo­
ver los corazones, y que nacerá de una Virgen que le ha de con­
cebir sin concurso de varón; obra grandiosa sobre todas las obras
de la naturaleza, pero no imposible para el que gobierna todo el
mundo. La Pitonisa podía haber merecido laureles por este orá­
culo, mejor que si hubiera ganado el premio en los juegos que
se celebraban en honor de Apolo, por haber muerto en su niñez
6 la serpiente Pitón.
Los oráculos van siendo cada día más expresivos, más termi­
nantes; los rasgos del cuadro se van aclarando, y sólo falta de­
signar á la nación privilegiada que será la patria de la Madre
'le Dios. No quedará sin testimonio. La Sibila de la ciudad roja
de Beocia (Eritrea) tiene el don de atravesar el porvenir y con­
templar á esta Madre de Dios, y hasta los Soles de felicidad que
alumbrarán su tiempo; es una Virgen hebrea de ilustre cuna;
811 hijo, que ha de padecer mucho desde sus tiernos años, será
un gran profeta dulce y veraz. Por último, ^a Sibila de Cumas
anuncia como cosa ciertísima sus vaticinios acerca de la venida
del Rey justo y pacífico, humilde en todo, que tomará nuestra
— 42 —

carne y elegirá por madre á una doncella casta y hermosísima.


Podríamos citar otros testimonios no menos significativos de
los oráculos paganos antiquísimos, que manifiestan, que todas las
naciones tenían puestos los ojos en la mujer bendita anunciada en
el Paraíso, la cual recibió multiplicados honores antes de nacer.
Esto es lo que hacía decir al venerable Mr. Olier, fundador del
ilustre Seminario de San Sulpicio, que el culto de María es el más
antiguo del mundo, porque fue instituido por profecía. No pue­
de dudarse que todas estas tradiciones de todos los pueblos, estas
leyendas míticas, desfiguradas por el tiempo, padre de la fábula
y de la mentira, encierran, sin embargo, en su fondo una verdad.
Reuniendo todos estos documentos, y comparándolos entre sí,
hallaremos sin dificultad á Isaías desfigurado,.y podríamos re­
montarnos hasta las promesas hechas á Adam. Es una cosa muy
notable la identidad de todas estas tradiciones paganas, cuya
substancia es siempre la misma: el parto sobrenatural de una
Yirgen por virtud divina: la pureza y hermosura de esta Yirgen;
el modo extraordinario con que adquiere su fecundidad; el fruto
de su parto glorioso, que es siempre un Libertador, un Repara­
dor ó bienhechor de la humanidad. Bajo la corteza del mito son
estas tradiciones otros tantos testigos de una verdad primera; es
necesario suponer una fuente primitiva en donde todos los pueblos
bebieron. No lo dudemos; pueblos de tan diversos usos y costum­
bres, tan distantes, y sin comunicaciones entre sí, no pudieron
convenir en esta opinión, sino deduciéndola de un tipo universal
y antiguo; suponer que todos la inventaron, sería un hecho más
sorprendente que el mismo suceso, porque el parto de una virgen
no puede ser una ficción de la razón humana.
Tertuliano representa con mucha razón á la mitología paga­
na, como uua parodia de las creencias cristianas, precisamente
hablando de este mismo asunto. Oponiendo vigorosamente, como
suele, su invencible argumento de prescripción, á los errores del
gentilismo los combate de este modo: “El hijo de Dios ha bajado
»al seno de una Virfen como un rayo de Dios, según las profecías,
„ha tomado carne en su seno, el cual es el Cristo. Si pensáis que
„esto es una fábula, semejante á las vuestras, yo os probaré su
— 43 —

»divinidad. Los que han inventado vuestras fábulas, contra la


»verdad que os predico, sabían que el Cristo había de venir.
»Porque ¿de dónde pudieron sacar vuestros poetas la idea de fic-
»ciones tan parecidas á nuestros misterios, sino de nuestros mis­
amos misterios, que son más antiguos que ellos? Nuestros miste­
rios, pues, son mucho más creíbles, que lo que no es más que
»sombra y figura de ellos. ¿Los poetas y los filósofos pueden
»acaso ser los inventores de la fábula? Entonces había que confe-
»sar que nuestros misterios son la figura de lo que les es poste-
Ȗor, lo que es contra la esencia de las cosas; pues la sombra
»no es antes que el cuerpo, ni la copia es antes que el original.»
(Tertuliano, in Apolog., cap. 10).
Al escribir Tertuliano estas palabras, probablemente tenía
presente aquel pasaje del libro de los Macabeos, en que se re­
fiere, que los pueblos gentiles buscaban con cuidado en los libros
de la ley las semejanzas ú orígenes de sus vanos simulacros.
(I Mac. n i , 48). Buscaban en ellos todo cuanto podía servirles
en apoyo del culto que daban á sus ídolos, y con una profanación
sacrilega aplicaban á sus deidades muchas cosas que leemos en
la Historia Sagrada. ¡Miserables dioses, que, para cubrir su des­
nudez de verdad, debían ser vestidos con pedazos arrancados al
manto majestuoso del verdadero Dios de la eternidad!
Como quiera que sea esta comunidad de tradiciones en todos
los pueblos, esta conspiración universal y constante en la espe­
ranza de un Libertador, de linaje divino, si no respondía á cierta
necesidad creada en el espíritu nacional, por el recuerdo aunque
vago del Paraíso, ó por la noticia de las promesas hechas á
Abraham y su descendencia, era seguramente el cumplimiento
Palpable de cierta parte de las profecías mesiánicas. Jacob, al
anunciar á sus hijos postrados alrededor de su lecho de muerte,
que había de venir el Enviado, compendia de un modo sublime
todas sus grandezas en unas breves palabras. Ye pasar y repasar
una por una á todas las naciones de la tierra, rindiendo al fu­
turo Mesías el homenaje de sus ansiosos deseos, y lo manifiesta á
los silenciosos Padres de las doce tribus como la esperanza de
todas las gentes. Ipse erit expectatio gentium. (Gen. XLIX, 10).
— 44 —

Estas palabras se van repitiendo de siglo en siglo, como si fueran


el eco poderoso del Vate que las dijo, y son por último recogidas
por el profeta Aggeo, que á su vez las lanza á la inmensidad
prestándolas mayor vigor y haciéndolas más signiñcativas, como
que las pronuncia en nombre de Dios: Movébo omnes gentes, et
veniet Desideratus cunctis gentíbus. (Aggeo, cap. II, v. 8).
Este deseado de todas las gentes es el mismo de quien Isaías
asegura, que todas las islas (todas las naciones) esperarán
su ley.
Tan cierto es esto, que los más declarados enemigos del cris­
tianismo no pueden menos de confesarlo abiertamente. Volney,
Voltaire, Boulanger, son testigos irrecusables que aseguran que
ningún pueblo ha dejado de esperar á este Libertador, y que el
punto de la tierra donde debería verificarse su nacimiento, podría
ser llamado él polo de la esperanza de todas las naciones.
Para que nada faltase á este brillante cuadro, sabemos que
al aproximarse el término de las Profecías, todas las naciones
estaban llenas de conmoción, esperando su próxima venida y
hasta designando el lugar de Judea en donde había de nacer.
Suetonio habla de esta opinión antigua y constante extendida por
todo el Oriente; Tácito la deriva de los escritos antiquísimos de
los Sacerdotes; Plutarco no puede determinar su autor, aunque
es según él una opinión antiquísima, persuasión firme é indeleble,
asentada en los escritos, tradiciones, y hasta en los mismos sa­
crificios. La adulación sabía sacar partido de esta opinión uni­
versal, atribuyendo los oráculos á ciertos príncipes ilustres; algu­
nos pretendían ser ellos mismos el Rey profetizado; Sentulio se
asoció á Catilina, porque, dice Lúculo, quería ser él Bey de que
hablaban los oráculos. Por igual motivo, según Cicerón, puso
Marco Antonio la corona sobre la cabeza de César en unas Luper-
cales.
Todos estos testimonios son la gloria de María, de aquella
Virgen escogida que debe ser la Madre del germen bendito: y to­
dos vienen á formar la corona de gloria que rodea sus sienes,
iluminando cada uno por su parte el misterio de su eterna pre­
destinación. El cántico de todas las naciones, que la habían de
- 45 -

llamar bendita, empieza con el mundo y sólo con el mundo aca­


bará. Beatam me dicent omnes generationes.

I ■V.
L a Virgen, esperada.

La misericordia divina hizo llegar por fin el día venturoso


de la aparición de su Sol de Justicia; mas á la aparición del
Sol precede siempre la venida de la aurora. María fuá la brillan­
te aurora de Jesucristo, pero se presentó hermosísima con sas
propios resplandores.
Hija de la oración, Dios la concedió á sus padres después de
fervorosas súplicas, no sin que antes hubieran sentido las amar­
gas confusiones de la esterilidad. Joaquín el justo, cuyo nombre
significa esperanza del Señor, y Ana ó Hannah, que se inter­
preta graciosa, hacía veinte afios que pedían al Sefior la bendi­
ción de su matrimonio, y sufrían con paciencia su humillación
resignados á la dura prueba á que Dios les sometía. Aunque pa­
saban su vida en la oración y la limosna, dando ejemplo de vir­
tudes eminentes, no pudieron evitar la desdeñosa indiferencia de
los moradores de Nazareth, que no veían hijos alrededor de su
mesa. Un día de fiesta, en que unido Joaquín á los que ofrecían
inciensos al Señor, se preparaba á hacer un presente, el sacer­
dote Rubén le increpó diciendo:—¿Por qué te mezclas con los que
sacrifican al Señor, tú cuyo matrimonio no ha sido bendecido? Los
esposos, confundidos, derramaron su corazón delante del Sefior, y
entre sollozos hicieron un voto: de consagrar el fruto deseado al
servicio del lugar santo. Un ángel se apareció entonces á los
castos esposos, y les prometió, de parte de Dios, que de su sangre
nacería una hija, cuya bienaventuranza no tendría igual en los
siglos venideros.
Algún tiempo después Ana cantaba entusiasmada sus alegrías
maternales:
— 4' ¡ —

“Alabaré á Dios mi Señor, porque me visitó y apartó de mí


„el oprobio que me echaban en cara mis enemigos.
„Y me dió un fruto acrecentado de justicia delante de él.
„¿Quién anunciará á los hijos de Rubén, que Ana da de
„mamar?
„Oid, oíd las doce tribus de Israel, que Ana la estéril da de
„mamar (1).„
Este cántico había sido inspirado por el nacimiento de María,
la Virgen de los planes eternos, más santa, más pura y más gra­
ciosa que cualquiera otro sér fuera de Dios. Joaquín marchó
presuroso á ofrecer al Señor un sacriñcio de acción de gracias,
mientras los Angeles, llenos de gozo, bajaban á la morada del hu­
milde pastor, para honrar á su futura Reina y contemplar admi­
rados aquella obra maestra del Criador.
Cuando pasaron los días que marcaba la ley, se presentó Ana
en el templo para purificarse según las prescripciones de Moisés:
aquella hija de Reyes y nieta de ilustres Patriarcas sólo pudo
traer al Señor la ofrenda de la mujer pobre, dos tortolitas; pero
eran un símbolo expresivo de la inocente niña, por cuyo naci­
miento se ofrecían. Tres años después volvía al mismo templo
con su esposo, para dejar en manos del Señor el tesoro que de él
habían recibido.
Después de haber sacrificado un blanco cordero, hicieron otro
sacrificio de más valor y más penoso; adelantándose toda trémula
la piadosa madre de María hasta los pies del sacerdote, pronun­
ció con voz apagada estas palabras, que la separaban del pedazo
de su corazón: He aquí la dádiva que Dios me ha hecho; y levan­
tó los ojos al cielo, como queriendo hacer notar su dolorosa gra­
titud.
La infancia de la Virgen-Madre se deslizó tranquila en el
lugar santo, como la vida de las flores en la primavera cerca

(1) Cantabo landem Domino meo, quia visitayit me et abstulit a me opprobrium


inimicorura meorum.
Et dedit mihi fructum jnstitia? multiplicem in conspectu sao.
Quis aununtiabit filiis Rubén, quod Aúna lactet?
Audite, audite, duodecim tribus Israel, quia Anna lactat.
(Protevang. apocriph. S. Jacobi.)
— 47 -

de la corriente de las aguas. Flor celestial debía exhalar cerca


del altar su primer perfume, y hacer con su presencia aquellos
lugares doblemente queridos á la majestad de Jehovah. La niña
fue desde las primicias de sus aílos modelo perfectísimo de todas
las virtudes, y los sacerdotes miraban con admiración aquella
santidad y la colmaban de sus tiernas bendiciones. Nunca alguna
de las alhmas, que se educaban en el templo, ni aun la más
pura, había presentado á los ministros del santuario cosa que
semejase la sublimidad de aquella virtud. Si hubieran tenido
revelación de sns altos destinos futuros, no la hubieran creído
indigna de ellos y hubieran glorificado á Dios.
Aquella criatura extraordinaria, lazo de la antigua ley y de
la nueva, y transición de una á otra, como la llama Santo Tomás,
haciéndose superior á las preocupaciones de su pueblo, consagró
á Dios su virginidad, ó introdujo entre los hombres la vida espi­
ritual de los ángeles. Este acto heroico de virtud de María, que
además del sacrificio de los sentidos y afectos de la carne, en­
volvía el sacrificio mayor de renunciar á la esperanza de ser la
Madre del Libertador prometido, y manifestaba la humildad pro­
fundísima de la doncella casta, que prefería su pureza á las
consideraciones mundanas, y se sobreponía resignada á la infa­
mante nota que había de caer sobre ella, fué tan del agrado
Divino que no la quiso dejar sin recompensa: el premio de estas
virtudes soberanas fué la dignidad de ser Madre del Salvador.
Virg'mitate placutt, humilitate concepit, dice San Bernardo: su
humildad y pureza, como que atrajeron á su seno inmaculado al
Verbo eterno con cierta dulce violencia, y fueron la escala celeste
por la cual descendió á la tierra el hijo de Dios, según la frase
de San Agustín.
La Virgen no salió del templo hasta que fué entregada por
sus tutores á un esposo tan casto como ella. Sus padres habían
dormido en el Señor el sueño de los justos, y sus pocos años ne­
cesitaban un protector, al que la ligasen dulces lazos de inti­
midad. Dios se encargó de designar para este honroso cargo,
haciendo florecer su vara de almendro, á José, hijo de Jacob, que
86 había conservado virgen y atesoraba tanta virtud, que el
— 48 —

Evangelio describe todo su carácter en una sola palabra, que era


justo. La angelical María se lleuó de uu inefable gozo, descono­
cido de los mundanos, cuando al confesar á su esposo, embelle­
cida por el pudor, que había consagrado al Señor su virginidad,
halló también en él un alma casta, desapegada de la carne. Sus
corazones puros se unieron por esto con lazos más estrechos, y se
apreciaron mutuamente, porque cada uno comprendió la noble vir­
tud de su compañero.
Jamás el matrimonio se había elevado á tan alto grado de
perfección, ni se había santificado tanto la unión indisoluble de
dos almas, como en esta consagración de dos purezas inmacula­
das; así, según Bossuet, entran en conjunción dos astros cuyas
luces se unen.
La pequeña y hermosa Nazaret fué testigo de la tranquila
felicidad de estos esposos, acaso la mayor que se ha disfrutado en
esta tierra de dolores; así, en la pradera más ignorada se levanta
graciosa la flor más preciada de los campos. María y José no te­
nían riquezas, pero tampoco sentían sus cuidados desveladores, y
en cambio poseían el secreto de socorrer á los indigentes con el
óbolo que cercenaban de sus necesidades. Alguna vez el salario
del humilde carpintero fué á parar íntegro á casa de la viuda
infeliz, postrada en el lecho, por lo que recibía éste una sonrisa de
aprobación de su digna compañera; ó la frugal comida del pobre
artesano se dividió con el huérfano hambriento ó el peregrino
fatigado.
La limpia casa de los santos cónyuges, en donde había de
operarse el negocio de todos los siglos, era la pacífica mansión
de las virtudes: José era aquel varón afortunado, de vida inma­
culada, que no corrió tras del oro ni confió en las riquezas, y
María era el más acabado trasunto de la mujer fuerte en cuyas
manos fructifica el trabajo, y en la cual descansa confiado el co­
razón de su marido, que es ennoblecido por ella en los sitios pú­
blicos de la ciudad.
^ En los ratos que el cuidado diligente de su casa dejaba
desocupados á la primera Virgen, enemiga ésta del ocio, por
ser vicio, meditaba los oráculos proféticos que anunciaban á la
- 49 -

dichosa Madre del Salvador, y su corazón se dilataba de tierno


gozo al entender que estaban cercanos los días del Cristo. No se
le había revelado todavía su dichosa suerte, y al honrar fervo­
rosa á aquella excelsa Madre, no suponía que terminaban en sí
misma sus honores.
Un día que sus meditaciones habían contemplado el abismo de
magnificencias de Isaías, se hallaba María orando en su aposen­
to virginal: aquel aposento que participaba á la vez de la cuna del
niño y del nido de la paloma, no podía estar más en armonía con
la inocencia de su moradora; jamás había penetrado en él ni aun
la mirada de un varón. De repente, y cuando su oración llegaba al
más alto grado de unión con Dios, apareció delante de ella nn
gallardo mensajero, que la traía desde los cielos nuevas tan fe­
lices, que ninguna mujer hubiera podido soñar. La Virgen Santa
se alarmó con aquella aparición inesperada, que interrumpía su
éxtasis glorioso, y en el primer momento temió por su pureza,
que era su único y más querido tesoro (1). Aun no se había re­
puesto de la primera impresión, que le había causado la vista del
Ángel, cuando éste, postrándose á sus plantas, la dijo:
~~Dios te sálve... llena de gracia... E L SE Ñ O R está contigo.
Tú eres bendita entre todas las mujeres.
La humildad de María era tan grande, que no podía persua­
dirse que fuese dirigida á ella aquella magnífica salutación, y
se turbó, temiendo tal vez un torpe engaño, ó tal vez recelando
que aquello fuese una ilusión de sus sentidos, porque las gran­
dezas que se le anunciaban eran tan singulares, que en su mo­
destia la llenaban de confusión.
Por su rostro, siempre inalterable, debió cruzar una nube
fugitiva de inquietud, pues Gabriel, antes de anunciarla las ricas
g a v illa s de su maternidad, pronunció algunas palabras para
disipar sus temores, asegurándola que había hallado gracia de­
lante de Dios. Tranquilizada ya la modestia de la Virgen el

(1) Trepidare virginum est, dice San Ambrosio, et ad ornies viri ingressus
omneí viri affatus vereri. Nació esta tarbación de que el Angel se apareció
forma humana. Pero San Atanasio es de opinión que María le vió en sn propia nato*
weza: Sancta Deipara Virgo ipsam essentiam Qabrielis Archangdi contení·
Plata est. (San Atan, ad Antioch, q. 12).
L a s F lobes de M a y o . — 4.
— 50 —

Angel desplegó ante sus ojos el majestuoso panorama de los


consejos eternos. En ella habían de tener cumplimiento los orácu­
los, ella es la Virgen esperada, objeto de los suspiros Patriar­
cales, visión recreativa de los Profetas, amor de las naciones; la
profecía de Isaías, que acababa de leer, había sido únicamente
escrita para ella.
— Concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y llamarás su nom­
bre J E S Ú S (Salvador). Este será grande, y será llamado H IJO
B E L A L T ÍS IM O , y le dará el Señor Bios el trono de Da­
vid su padre; y reinará en la casa de Jacob por siempre; y
su reino no tendrá fin.
En el alma pura de la Virgen singular no se elevó la más
ligera sombra de orgullo ante esta perspectiva de gloria; pero
profundamente admirada, comparó el tesoro de su virginidad
votada, con la alteza de la maternidad prometida, y creyendo
que fuesen incompatibles no pudo menos de preguntar:
— ¿Cómo será esto?, porque no conozco varón. Inclinándose Ga­
briel ante aquella pureza, disipó las dndas de la Virgen, descu­
briendo el complemento de su gloria.
— E l Espíritu Santo bajará sobre ti, y te cbumbrará la virtud
del Altísimo: por esto el Fruto Santo de tu vientre será lla­
mado Hijo de Dios.
Al oir esta revelación suprema de las misericordias de Jeho-
vá, al contemplarse escogida para ser la Madre del esperado
Cristo, un gozo celestial inundó el semblante de María, su cora­
zón humilde ardió vivísimo en la llama del amor divino, adoró
al Sefior con un afecto mayor que cuantos hasta entonces le ha­
bía elevado criatura alguna, y con la humildad más profunda
exclamó:
—He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu pala­
bra. (S. Luc. c. 1. v. 28 y siguientes).
En aquel momento venturoso se abrieron los cielos y brilló
en el aposento de la Virgen la majestad esplendorosa de Jehová;
los Angeles contemplaron suspensos la realización del gran mis­
terio, tal vez resonó la misma voz que más adelante oyó el Jor­
- 51 —

dán, dirigida á Jesucristo, el Espíritu Santo verificó sus inefa­


bles bodas y el V e r b o f ü é h e c h o c a r n e .
La Virgen sin mancilla adquirió desde entonces estrechísimas
relaciones con cada una de las personas de la adorable Trinidad.

§· TI.
A v e.

Jamás ha sido criatura alguna tan honrada como la Virgen-


Madre con la salutación Angélica: ningún honor imaginable pre­
senta la sublimidad de nn Dios que se hace anunciar á una cria­
tura, á una humilde doncella, por uno de sus más excelentes
mensajeros; el Júpiter pagano convertido en lluvia de oro es una
repugnante flaqueza divina, perdida en aventuras nocturnas, y
las encarnaciones de las teogonias indias ó chinas son pobres
fábulas de hermosuras, apetecidas por númenes sin dignidad.
En la escena de Nazareth faltan los aparatos ostentosos, el
lujo de oropeles de las vanidades mundanas, pero abunda la
verdadera grandeza; la mitología acaso hubiera hecho preceder
á Jehová de todas las radiantes legiones de sus Angeles, pero
el Evangelio oculta su majestad con el velo de una conversación
breve entre una jovencita humildísima y un Espíritu no conocido,
porque los honores que Dios hace son tan grandes como llenos
de sencillez. -
Nada hay tan sublime como este embajador celestial, que se
prosterna sin testigos ante una Virgen desconocida y la saluda
de parte de Dios con algunas frases lacónicas, cada una de las
cuales encierra un abismo insondable de magnificencias. La joven
Nazarena, que juzga de sí misma con tanta humildad, y de la que
apenas se indica el nombre más que por incidente, crece repen­
tinamente á nuestros ojos hasta una importancia tal, que brilla
como rebosando la plenitud de toda gracia, objeto de las compla­
cencias divinas y singular entre todas las de su sexo.
Aparece llena de gracia, purísima por consiguiente y exenta
— 52 —

de toda mancha de culpa, enriquecida de todos los dones del cielo,


hasta el extremo de que rebosa después su plenitud sobre toda
criatura, y adornada de gloriosísimos privilegios; en ella luce la
estola graciosísima y esplendorosa de los carismas divinos, y sobre
ella ha derramado el Altísimo sus tesoros: se deja entrever su
predestinación eterna y su virtud actual, su pureza y su eleva­
ción. El Sefior descansa en ella como en un templo augustísimo
de inocencia, como en una morada digua de sí, y se anuncia por
ultimo su condición de Madre de una prole escogida, porque según
el uso de hablar de los hebreos, el llamar á uua mujer bendita
no se refería á otra cosa que á su maternidad.
Sólo un mensajero divino podía emplear uu saludo tan hono­
rífico, y aun tal vez él mismo no comprendía exactamente lo que
significaban sus palabras, porque según San Bernardino de Sena,
el conocimiento de la dignidad de María estaba únicamente re­
servado á Dios que la formó. Mas la Virgen humilde, que se creía
indigna de tan alto destino, discurre el sentido de esta salutación,
y no puede menos de turbarse con tan sorprendente anuncio: lo
que presenta una grandeza especial. María, sin más tesoro que
su modesta virtud, piensa y considera que se la predice la mater­
nidad, y aunque ésta debe ser ilustre, pues que la hará bendita
entre todas las mujeres, teme sin embargo que ha de ser á costa
de su corona de Virgen. Aunque el Angel la anuncia que ha de
engendrar al Hijo de Dios y la descubre la gloria de este Hijo,
Rey sempiterno en el trono de David; aunque comprende que se
apropiará toda su gloria por ser su Madre, y oye «asegurar que
Dios la ha colmado de su gracia, no se deja deslumbrar por estas
magnificencias, que hubieran enloquecido á cualquiera otra
mujer.
La historia no presenta un rasgo parecido de virtud tan sóli­
damente arraigada, pues era necesario que fuese la mujer elegida
para Madre de Dios,.la que se consagrase á la pureza sin otro
interés que la pureza misma; más aun, la que tardase á dar su
consentimiento á esta elección divina por el amor de su virtud.
Este heroísmo justifica por qué la eligió Dios para Madre suya,
porque es la suma completísima del amor á la castidad más
— 53 -

asombrosa; y nos revela todo el carácter de la Virgen y nos hace


comprender el sentido de la brillante salutación.
No es permitido creer con los Santos Padres y Doctores cató­
licos, que Dios estaba esperando el consentimiento y la libre
aceptación de María, para realizar su obra, y esto da importan­
cia mayor á aquella criatura privilegiada. Confesando su bajeza
y llamándose esclava, opera sin embargo al mismo tiempo el ma­
yor prodigio de la omnipotencia divina; su fiat es tan poderoso
como el que, salido de boca del Eterno, en el principio de todos
los tiempos, produjo la creación.
De aquí es que en el elogio y exposición de estas profundi­
dades divinas trabaja inútilmente el ingenio humano, y agota en
vano las expresiones más nobles del lenguaje; la maternidad di­
vina realizada en una Virgen es un enigma sublime, cuyo prólogo
es todo lo criado y cuya solución sólo es Dios. Aunque pudieran
reunirse todas las grandezas y todas las sublimidades no podría
decirse cosa más noble que las palabras del Angel, que expresan
desde luego, y se refieren á esta augusta maternidad: aunque se
juntaran todos los ingenios más atrevidos y los talentos más pro­
fundos no podrían comprender esta alteza suprema é incompara­
ble; la Madre de Dios no puede tener otra medida que lo infinito
en que se termina, y para comprenderla era necesario compren­
der al Verbo encarnado, al Hombre-Dios. María es la suma de
la divina incomprensibilidad, como que abarca en sí la plenitud
inmensa de Dios, circunscribiéndole aunque es incircunscrito, y
por esto se llama Libro incomprensible, que enseña al mundo
las perfecciones del Verbo del Padre, que habitó en su vientre
virginal. Así se expresan los Santos Padres.
Dios, por medio del Angel Gabriel, da tales honores á la Vir­
gen humilde, que demuestran, que esta mujer bendita es digna
de El.
— 54 —

§. VII.
¡Magníficat!

Los honores de la Virgen pura no cesarán ya; después de


haberla honrado el mismo Dios, debía ensalzarla una santa mu­
jer, hecha madre también milagrosamente, y hasta ella misma
debía cantar su incomparable gloria, y celebrar alborozada su
propio honor.
Habiendo sabido María por el Angel, que su prima Isabel
había concebido un hijo en su vejez, se apresuró á ir á visitarla
para asistirla y gozarse á la vez viendo aquella maravilla. La
indiscreta curiosidad ó la duda de las palabras del Angel no la
movieron á emprender un viaje de cinco jornadas por los ásperos
caminos de la montaña, para certificarse del preñado de su pri­
ma; sino la caridad ardentísima y el deseo de comunicar á sus
parientes su suerte venturosa. Zacarías además estaba mudo, y
creía que al llevarle la santidad de que estaba llena, acaso el Se­
ñor abreviaría los días de la pena, que le había impuesto por su
incredulidad. Isabel era una mujer justa y temerosa de Dios, y
sabría escuchar con bondad uno y otro día los desahogos de la fe­
licidad de la Virgen-Madre, y siempre oiría con interés la relación
de la embajada de Nazareth.
Las dos primas se estrecharon en un ósculo santo y María fué
la primera en saludar; al oir aquella voz suavísima se verificó una
gloriosa revolución en todo el sér de Elisabeth, se agitó el hijo
en su vientre, el Espíritu Santo infundió en su alma una intuición
clarísima del misterio de la encarnación del Verbo, con sus admi­
rables consecuencias, vió la alteza de María y ponderó, al ensal­
zarla, su propia dicha de recibir el honor de su visita. Sus pala­
bras completan las del celestial embajador, las amplifican y las
confirman, de modo que Alaría no puede dudar de que habla ilumi­
nada por inspiraciones divinas.

—«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.»


— 55 —

«¿De dónde me viene la dicha de qne me visite la madre de mi


Señor?»
«A tu voz se ha conmovido de gozo el hijo en mis entrañas.»
«Tú eres bienaventurada porque creiste; se cumplirá en ti la pala­
bra del Señor.»

Ante este nuevo testimonio de todo punto milagroso, que de­


rramaba nueva luz sobre las misericordias que el Señor había
obrado con ella, y recordaba el cumplimiento perfecto de las an­
tiguas promesas, se sintió la Virgen-María elevada por un dulcí­
simo éxtasis, y arrebatada del estro profético más sublime de su
abuelo David, cantó:

—«Mi alma engrandece al Señor.


»Mi espíritu se regocijó en Dios, mi salud.
»El miró la humildad de su esclava; he aquí las generaciones me lla­
marán bendita.
»Porque ha hecho en mi cosas grandes el Poderoso, cuyo nombre
es Santo.
»Su misericordia de generación en generación &los que le temen.
»Hizo el poder de su brazo, disipó á los soberbios de los planes de
su corazón.
»Depuso del trono & los poderosos y ensalzó á los humildes.
»A los hambrientos llenó de bienes, á los ricos dejó vacios.
»Recibió á Israel su siervo acordándose de su misericordia.
»Como prometió ¿ Abraham y á su linaje, para siempre.»

La epopeya no puede llegar á más alto grado que este Cán­


tico Virginal, cuyas palabras inundan de vivos resplandores, y
derraman torrentes de gracia, de virtud y de amor; jamás la
tierra ha oído acentos tan divinos como este himno de triunfe,
ni se han encerrado en tan pocas palabras mayores grandezas,
ni celebrado tan inefablés maravillas con tan sublime concisión.
£1 pensamiento de la Virgen iluminada vuela por esferas al­
tísimas y se pasea por la inmensidad. Para glorificar á Dios por
la dignidad á que ha sido sublimada, parte de su propia bajeza
7 sabe unir las alegrías de su adoración con los transportes de
su gratitud y las misericordias de Dios Salvador; confesándose
esclava, contempla con gozo infinito todas las generaciones pros-
— 56 —

temadas ante su trono, agrupadas alrededor de sus altares: fija


su lúcida mirada en las magnificencias de la obra más augusta
del poder divino, realizada en ella; retrocediendo hasta el prin­
cipio de la creación, se eleva hasta los cielos y presencia en
espíritu los diversos destinos del mundo angélico; y recorre por
último con una rápida ojeada la cadena de las profecías, asegu­
rando su exactísima realización. Los planes divinos del mundo
de la gracia no se ocultan á María en alguna de sus misteriosas
maravillas, y comprende la parte importantísima que ella tiene
en sus múltiples relaciones.
A cuatro mil años de errores, de idolatría y de perversidad
sucede por fin una aurora, en que se alaba á Dios tanto como se
le agravió hasta allí, y el pregonero de sus glorias es una obscura
doncellita. ¿Mas quién ha podido dar tal energía á su genio, para
producir tan pasmosas inspiraciones?
Contenida por algún tiempo la Yirgen en el más profundo
silencio acerca de su maternidad gloriosa, que no le permitían
revelar ni su profunda modestia, ni su delicado pudor; viviendo
de sí misma, atesorando ardores divinos cada día, y como abis­
mada en la contemplación de los misterios de que ella era centro,
era preciso que erumpiese su amor y gratitud, desbordándose á
torrentes de su alma. La Virgen-Madre se expresa como si su
corazón palpitase bajo la mano del Eterno y compone la página
más bella de nuestros libros santos. El Magníficat es una prueba
completa de la Encarnación del Verbo; de otro modo no se com­
prende la vista profética de aquella mujer, que abarca todos los
siglos, y siendo la esposa de un pobre carpintero, se atreve á
anunciar que la darán culto y la tributarán homenaje todas las
edades. Tales rasgos no se inventan, ni llega á tanto el atrevi­
miento de las alucinaciones ambiciosas, y no podemos menos de
reconocer la divina inspiración.
T precisamente la profecía se cumple desde el momento en
que se anuncia. Isabel da un público testimonio de honor á la
Madre del Mesías, y salta en su vientre el infante, santificado,
según se cree, desde entonces, para ser el Precursor.
La permanencia de María en casa de sus parientes en la ciu­
— 57 -

dad sacerdotal de Hebrón, fqó para éstos un manantial de infi­


nitos bienes; los Santos Padres los han ponderado comparándolos
con los que Elias hizo á aquella pobre viuda, cuyo aceite no se
acabó mientras él estuvo en su casa, ó con los que derramó el
cielo sobre la casa de Obededón por el Arca del Testamento.
María probablemente permaneció en aquella casa afortunada
hasta que Isabel estuvo fuera de peligro, y hasta que recibió en
sus brazos y bendijo al hijo de las admiraciones y enhorabuenas.
(San Juan Bautista).
Cuando la Madre del Salvador volvió á la casa de su esposo
José, era ya visible el estado de su preñez. La felicidad del casto
esposo fué turbada con esta nube sombría, y el sueño huyó de
sus ojos, que dudaban de lo que veían. Sus amargas sospechas,
las espinas desgarradoras de sus celos, en lugar de haberle exci­
tado á los arrebatos del furor, á la venganza de la adúltera,
dieron sin embargo el resultado contrario. José dió en esta oca­
sión el mayor testimonio de honor á la virtud de su santa com­
pañera; conociendo la pureza de María, no podía persuadirse de
que le hubiera sido infiel, ni su honor le permitía difamarla; tal
vez sospechó un misterio, y concibió el pensamiento de abando-
narla, sacrificándose él mismo, por conservar la buena reputa­
ción de su esposa. Un Angel del Señor vino á disipar sus turba­
ciones, revelándole en el sueño que su esposa era aquella Virgen
designada por Isaías, que había ya concebido, por obra del Espí­
ritu Santo, al deseado Emmanuel. Si el gozo hubiera dejado
dormir á José después de esta revelación, su sueño hubiera sido
el primero tranquilo desde la vuelta de María. Desde entonces la
respetó como al altar de Dios.
Hasta ahora vamos viendo á María honrada por el mismo
Dios, anunciada por los Profetas, esperada por las naciones, sa­
ludada por el Angel, ensalzada por Isabel; unir ella misma sus
elogios con las misericordias divinas y recibir de su casto esposo
un ilustre testimonio de su elevada santidad, pero todavía no ha
llegado el dichoso momento de dar á luz á su divino Hijo, en el
cual se fundan todos los honores que se le dan. Su corona brilla
Ja refulgente, pero adquirirá en adelante mayor esplendor.
— 58 —

§. vra.
E l Cristo.

Los profetas habían anunciado que el Salvador nacería en


Belén, y Dios que tiene en su mano el corazón de los reyes, se
valió del edicto de Augusto, que mandaba empadronar á todos
los ciudadanos del Imperio en sus respectivas ciudades, para que
se cumpliesen sus palabras: José, descendiente de David, debía
ser empadronado en Belén. Los tiempos habían llegado á su ple­
nitud y el mundo parece que presentía la proximidad del Repa­
rador. Jesucristo, según San Juan Crisóstomo, iluminaba ya al
mundo antes de nacer. Los hebreos le esperaban con impaciencia
y no faltaba entre ellos quien pidiese á Dios fervorosamente la
gracia de ver al Salvador antes de morir. Según Suetonio, se ha­
bía extendido esta persuasión por todo el Oriente, y los oráculos
anunciaban que había llegado el momento.
Guando José llegó á Belén con su tierna esposa, estaba la
ciudad llena de forasteros, y la única posada que podría dar asilo
á los viajeros, estaba ocupada por otros más ricos ó más afortu­
nados. La Soberana de los Cielos, próxima á dar á luz al Rey de
Reyes, no halló un albergue que la cobijas·; así como algún
tiempo después su mismo Hijo exclamaba melancólicamente que
tenían nidos las aves del cielo, pero que El no tenía donde recli­
nar la cabeza.
María y José pudieron al ñn refugiarse en la excavación de
una roca, que servía de establo, y allí fue donde nació el Hijo de
Dios, que fué reclinado en un pesebre sobre un montón de heno.
El Verbo del Padre salió de María como del Sol el rayo ó como
de la flor el perfume; en aquel momento supremo, los cielos se
llenaron de gozo y sucedieron en la tierra multiplicados prodigios.
Este gran gozo fué revelado á unos humildes pastores que vela­
ban sus rebaños cerca de la torre de Ader, en el mismo punto en
donde Jacob y David habían guardado los suyos en otro tiempo»
hacia la mitad de la noche alumbraron su campo luces celestiales»
— 59 —

y un Angel les manifestó que había nacido el Salvador. Aquellos


corazones eran dignos por su sencillez de tener la primera noticia
de este divino acontecimiento. Los pastores tomaron los rústicos
dones que podían ofrecer en su pobreza, y aun se oía el himno
que entonaba Gloria á Dios en las alturas y en la tierra paz á
los hombres de buena voluntad, cuando ellos marcharon en busca
del recién nacido Hijo de Dios. Ellos faeron los primeros que ve­
neraron á la Virgen hecha ya Madre, y aliviaron las primeras
miserias del Salvador, que quiso tomar todos los defectos de nues­
tra quebrantada naturaleza.
Después de éstos, debía recibir la tierna Madre los homenajes
de tres reyes, que descubriendo la nueva estrella vaticinada por
Balaara, vinieron del Oriente á ofrecer sus presentes y adoracio­
nes al descendiente de Jacob. “Aquel cuya muerte debía obscu­
recer el antiguo Sol, hizo brillar en su nacimiento una nueva
»estrella, dice San Agustín. esta estrella que jamás había
»aparecido en medio de los astros, y que nadie después ha visto
»en'el espacio, qué otra cosa podía ser sino un magnífico lenguaje
»de los cielos, para cantar la gloria de Dios y el alumbramiento
»de una Virgen?, El misterio que indicaba esta estrella fué re­
velado á los Magos, según el mismo Santo.
Después de haber turbado á la ciudad de Jerusalem con sus
investigaciones acerca del nuevo Bey de los judíos, y alarmado
á la tiranía de Herodes con recelosas ansiedades, los Magos, ins­
truidos de que los vaticinios designaban á Belén como la patria
del Mesías, se dirigieron allá, hasta que la estrella se paró sobre
la cueva en que estaba la sagrada familia. A pesar de la bajeza
del lugar tan poco conforme para¡encontrar en él al Rey Me­
sías no se debilitó la ardiente fe de los hijos de Oriente; entra­
ron en la gruta, y vieron algún sello tal de grandeza en aqnel
niño recién nacido, y en aquella Madre tan pura, que no pudie­
ron menos de caer arrodillados en su presencia. En seguida ofre­
cieron oro, incienso y mirra: significativos dones, que habían
escogido tal vez por inspiración divina, y que tan acertadamente
designaban al Dios, al Rey y al mortal.
María sintió bien pronto las zozobras y sustos maternales; el
— 60 —

Angel del Señor les avisó que peligraba la vida del amado hijo,
pues Herodes estaba sediento de su sangre, y tuvieron que mar­
char aceleradamente á Egipto, á> un país lejano de la patria, en
donde tan amargo es el pan. Mas antes había ya apurado otra
agonía en medio de una profecía de gloria dolorosa; al cumplir
la ley de Moisés; que mandaba á las madres purificarse, aunque
ella no estaba obligada á cumplirla, un hombre justo llamado
Simeón, á quien el Espíritu Santo había revelado que no moriría
sin haber visto al Ungido del Señor, después de haber abrazado
al hijo de María y celebrado su futura gloria, que había de ilu­
minar á todas las naciones, desgarró ante ella el velo de las ig­
nominias y tormentos futuros del Hijo, y le predijo que el dolor
había de atravesar como una espada su propio corazón.
La santa familia permaneció unos siete años en Egipto, en
el pequeño pueblo de Matarieh, en donde tuvo que sufrir muchas
privaciones, pues el salario eventual del artesano no era suficiente
para las necesidades de la casa. “Mas habiendo muerto Herodes,
„he aquí que el Angel del Señor apareció en sueños á José en
»Egipto, diciendo: Levántate y toma al Niño, y á su Madre, y
»vete á tierra de Israel; porque muertos son los que querían matar
»al Niño. Levantándose José tomó al Niño y á su Madre y se vino
»para tierra de Israel. Mas oyendo que Arquelao reinaba en la
„Judea en lugar de Herodes su padre, temió ir allá; y avisado en
„sueños se retiró á las tierras de Galilea. Y vino á morar en la
»ciudad de Nazareth.» (Math. c. H. v. 19).
El Evangelio pasa en silencio los primeros años de Jesu-
cristo, que es de presumir corrieron tranquilos trabajando en el
oficio de su padre putativo, y sólo nos le presenta en una ocasión
altamente honorífica para María y su santo Esposo. Un año, qu®
según la costumbre de los judíos, fueron á Jerusalem El y sus
padres á celebrar la Pascua, el Niño Jesús se quedó en Jerusa-
lem sin que ellos lo advirtiesen. Los judíos en sus marchas cami-
naban separados los hombres de las mujeres, pero los niños iban
indistintamente con unos ó con otros: María pensó que Jesús iba
al lado de su padre, y éste al no verle cerca de sí juzgó que ven­
dría al lado de María. Al hacer alto por‘la noche en la posada,
— 01 —

un dolor infinito se apoderó del corazón de la Madre-Virgen, por­


que Jesús no venía con ellos. Volvieron por el mismo camino,
llenaron las soledades de las afligidas voces con que le llamaban,
y le buscaron en vano entre la multitud de viajeros que llenaban
á Jerusalem: recorrieron todos los sitios públicos de la ciudad y
entraron por fin en el templo. Allí estaba en medio de los Doc­
tores, que admiraban su prematura sabiduría: la Virgen le repre­
sentó entre lágrimas sus alarmas de madre, y Jesús la contestó
con cierta gravedad, que estaba cumpliendo los designios de su
eterno Padre. Y sin embargo, este mismo Jesús que manifiesta su
filiación divina, se dice después en el Evangelio que les estaba
sumiso: Eral subditus ülis.
¡Admirable testimonio de la grandeza de María! “El hijo de
»Dios, dice San Bernardo, está sujeto á María. No sé cuál es más
»admirable de estas dos cosas: la asombrosa humildad del Ilijo
»ó la eminente dignidad de la Madre; una y otra son para mí
»grandes portentos. Que un Dios obedezca á una mujer es una
»humildad sin ejemplo; que una mujer mande á un Dios es un
»grado de gloria que no tiene igual.« “Cuando Noé, dice Gerson,
»vio el arca detenida sobre las montañas de Armenia, pudo juz-
»g&r la prodigiosa altura de las aguas del diluvio; y así nosotros,
»por el profundo abatimiento de un Dios, obediente á una cria-
»tura, podemos entender la elevación á que ésta llegó. „
Desairada al parecer y en el fondo honrada de un modo dis­
tinguido, vemos otra vez á la Virgen-Madre en el Evangelio,
Agrando con sus ruegos que su Hijo adelante la hora de su divi-
na manifestación. Jesús, queriendo elevar y santificar el matri­
monio, había asistido á unas bodas en Caná: á la mitad de la
comida faltó el vino y la angustia se retrató en el rostro de los
^Posos; la Madre de misericordia expuso su apuro á Jesús en
Una3 breves palabras, que encerraban una confiada súplica: ¡No
fanen vino! La respuesta del Señor pareció dura, pero María
era demasiado humilde, y sabía que no suplicaba jamás en vano;
^u la seguridad de ser complacida por El, dijo á los criados:
«aced todo lo que os diga;» y seis grandes hidrias llenadas de
agua, por orden de Jesucristo, se convirtieron en un vino tan deli­
— 62 —

cioso, que manifestó públicamente el presidente del banquete sa


sentimiento de que no se hubiera servido desde el principio de la
comida.
Esta gloriosa deferencia de Jesucristo á su pura Madre, es la
inauguración de su misión divina, acompañada de tantos mila­
gros, de los que la maternal influencia de María logró las primi­
cias; nosotros la somos deudores de aquel primer paso que Jesús
dió en el mundo como Dios. Es, además, una demostración satis­
factoria del poder suplicante de María, que todo lo alcanza, aun
aquello que parece que se la niega, lo cual debe aumentar nuestra
confianza en tal intercesora, que si expone á Dios nuestra pobreza
de virtudes, hará llenar nuestras hidrias de la riqueza de sus mi*
sericordias.
Pero á medida que avancemos en el Evangelio descubriremos
testimonios más claros del culto á la Madre del Redentor. Vere­
mos condensarse y reflejar sobre María toda la gloria de su Hijo«
y refluir después en toda su pureza al mismo Hijo, como á la
fuente natural de que se deriva. Habiendo lanzado Jesús un de­
monio y tomado ocasión de esto para anunciarse á las turbas
como Enviado divino, una mujer que le escuchaba, enajenada con
sus palabras, proponiéndose ensalzar y glorificar á Jesucristo, do
encuentra modo más expresivo y más solemne que el de beatificar
á su Madre. Levantando de en medio del pueblo su voz, le dijo:
Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que mamaste-
El instinto delicado de la mujer hizo á ésta reunir en
mismo elogio la gloria del Hijo y de la Madre, iluminándose recí­
procamente, porque si El es grande y hace milagros, su Madre do
puede menos de ser participante de su grandeza. Así como en el-
mundo el hijo hereda la nobleza, los blasones y la riqueza de su3
padres, y recaen sobre él las honras adquiridas por todos sus ante*
pasados, de la misma manera el hijo ilustre comunica á sos
padres el brillo de sus propios méritos, y la honra de su propi*
condición. Aplicando estas ideas á nuestro caso, guardada la pr°*
porción conveniente, podremos apreciar cuán honorífica es p»r>
María la exclamación espontánea y viva de aquella mujer.
Abarca, sobre todo, el Evangelio el culto de María en su pa^e
- 63 -

más tierna para nosotros, en una sola frase tan expresiva como
los momentos solemnes en que fué pronunciada, y que eleva á
María á nuestros ojos hasta parecer la continuadora de la misión
de Jesucristo sobre la tierra.
Al expirar éste en la cruz, son para su Madre sus últimos
amores, y la deja el cuidado del mundo, redimido con su preciosa
sangre; si El falta no quedarán huérfanos los hombres, sino con­
fiados á su maternidad: Mtdier ecce filius tuus. La lega además
Jesús al mundo en la persona de su discípulo más amado, como
el tesoro de más valía de su eterno testamento: Ecce mater tua.
£1 Salvador, muriendo por los hombres, asocia á su Madre á todos
sus padecimientos, para asociarla á todos sus derechos sobre los
corazones, y consagrándola por esta doble participación, hizo de
ella nuestra madre, así como lo era suya, legándonos el tributo
de este mismo culto filial que El la había rendido. Bajo este títu­
lo tiene María derecho á todos los honores, y se funda el culto
que para siempre la debemos.
Este culto es la expresión de nuestro amor filial, al par que
la nobleza de nuestro estado; la fraternidad con Jesucristo por
Haría. La Santísima Virgen nos engendró en sus penas y nos dió
á luz en sus dolores, y nuestra descendencia de ella se cumplió
en el Calvario, así como nuestra descendencia de Dios. Las pa­
labras de Jesucristo no fueron sólo dirigidas á San Juan (aun­
que éste era más acreedor que otro alguno al legado precioso de
la madre de piedad, por su santa pureza, por su valor y fide­
lidad, pues de todos los discípulos sólo éste no abandonó cobar­
demente al Señor, y se confesó públicamente partidario suyo
asistiendo á su muerte): en San Juan estaba comprendido todo el
mundo para este privilegio de tan insigne filiación. Nosotros, hi­
jos infortunados de Eva pecadora, debíamos tener una madre
docente de vida en el orden espiritual, y habiéndonos hecho
Jesucristo herederos de sus méritos, de su sangre y de su reino,
no debió excluirnos en el legado de su amada Madre, pues en
Ruellos momentos solemnes las miradas de Jesucristo se fija­
ban más bien que en afecciones privadas, en todos Jos importan­
tes intereses de la obra augusta de la universal redención. Jesús,
— 64 —

al llamarla mujer más bien que madre, da á entender que no


mira tanto á sus relaciones particulares con María, como á sus
relaciones generales con toda la humanidad.
Expuesto de este modo el culto de nuestra divina Madre no
puede estar más sólidamente fundado ni ser en cuanto á nosotros
más consolador. Adquiere una amplitud vastísima, que compren­
de todos los siglos, todos los lugares, todos los hombres, pues á
todos se extiende la redención. Legitima y justifica todas las efu­
siones amantes de los fieles, pues el carácter de hijo no puede
reconocer límites en la confianza y el amor.
El Evangelio irradia sobre María toda la gloria de Jesús; esta
hermosa Luna debía brillar púdica y purísima, reflejando de lleno
al Verbo-hombre, rayo del Padre, Eterno Sol.

§. IX.
F l o r al Cielo.

Todo se había ya cumplido y el nuevo testamento de caridad


se había sellado con la sangre divina del Cordero; el corazón
amante de María había sido desgarrado con todos los dolores de
la Pasión dél Hijo, y había apurado todas las afrentas y opro­
bios, multiplicados cruelmente sobre Jesús. Los hombres, que cos­
taron tanto al Hijo, que fueron amados por El hasta el sumo
grado que puede llegar la dilección, la muerte en un patíbulo,
debieron conquistar del mismo modo todo el afecto de la Madre,
fundado también en tantas amarguras. Pero si los tormentos y
el sacrificio fueron comunes á ambos, el triunfo debió serles
tambiés común: pronto á las ignominias del Calvario sucede la
gloria de la Resurrección y la Ascensión.
María fué la primera que tuvo el consuelo de ver á su hijo
resucitado, y disfrutó de su presencia todos los cuarenta días
que aun permaneció éste sobre la tierra: asistió al brillante triun­
fo de la Ascensión, y cuando la blanca nube le ocultó á las mi­
radas de los Apóstoles, aun veía la dichosa Madre la recepción
esplendorosa que hacían los Angeles al Salvador. Cuando diez
— 65 —

días después descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y


discípulos, colmó á María, su esposa dilectísima, de mayor abun­
dancia de dones: esta criatura amada soberanamente por Dios,
aunque desde el principio fué llena de gracia, esturo continua­
mente recibiendo otras nuevas, así como continuamente entran en
el mar caudalosos ríos á pesar de su inmensidad.
“María fué la columna luminosa que guió los primeros pasos
»de la naciente Iglesia: á Ella fué á quien los Apóstoles ofrecieron
»en homenaje las numerosas espigas que arrancaban al campo
»estéril de la Sinagoga, para entrojarlas en los graneros del Pa-
»dre de familias. Ella aceptaba este tributo en nombre de su Hijo
»con una humildad llena de gracia, y se la veía continuamente
»rodeada de pobres, de infelices y de pecadores; porque amó siem-
»pre con amor de predilección á aquellos á quienes podía hacer
»bien. Los Evangelistas venían á pedirle luces; los Apóstoles un-
»ción, valor y constancia; los afligidos consuelos espirituales; los
»nuevamente convertidos la fuerza para llevar su cruz á imita­
ción de Jesucristo, y de abandonarlo todo para seguirle: todos
»la dejaban colmándola de bendiciones. E l sol de justicia se
»había puesto al horizonte sangriento del Gólgota; pero la Estre­
l l a de los mares reflejaba todavía sus suaves rayos sobre el
»mundo renovado, y derramaba sus benignas influencias sobre
»la cuna del Cristianismo., (Orsini M st. de María, lib. 17).
Pero debió llegar un día en que la Reina de los Cielos dejase
esta tierra de dolores y fuese á ocupar el alto trono que le corres­
pondía por su maternidad y sus virtudes. Murió la Virgen-Madre,
si muerte puede llamarse el tranquilo suefio que separó su alma
de su cuerpo sin dolor alguno, sin más que la calentura del divino
amor; pero la muerte, hija funesta del pecado, no pudo cantar
victoria sobre sus despojos. Los gusanos de la tumba, la podre­
dumbre que engendran nuestras pasiones, no podían cebarse en
aquel cuerpo, que nada tuvo de pecado, y Dios no quiso consentir
que el tabernáculo en donde moró, y la carne de que tomó carne,
estuviese bajo la ley común de la disolución. Según la tradición,
resucitó la Virgen al tercer día, y fué elevada á los Cielos en
cuerpo y alma; la que había seguido las huellas sangrientas de
La s Flobes db Mayo.— 5 .
— 66 —

Jesucristo, y participado de todos sus dolores, era conveniente que


le siguiese del mismo modo en su camino de coronas, y que resu­
citase y subiese al cielo como El.
Fijemos un momento nuestra admiración en la honra que
añade á María este privilegio de todo punto singular. Estas defe­
rencias divinas son más elocuentes que todos los razonamientos
humanos, porque ningún hombre podrá comprender jamás la glo­
ria de María en su Asunción. La pompa de su triunfo, según San
Juan Damasceno, fue tan esplendorosa, tan magnífica, tan des­
lumbradora, que se puede decir que excedió en gloria á la As­
censión de Jesucristo, por ser acompafiada de El y de todos los
espíritus bienaventurados. La Eeina fuó colocada en el trono, que
tenía preparado, en donde atrajo las miradas de todos los Ange­
les. Estos inmortales ministros de Dios, que rigen los brillantes
globos del espacio, rindieron homenaje á la Madre glorificada del
Salvador, cuya gloria eclipsó la suya y los deslumbró. San Ilde­
fonso tiene por incomprensible el premio de la gloria que María
recibió, que sólo es conocido, dice San Pedro Daraiano, de Aquél
que lo dió y de Aquélla á quien se concedió.
Dice el Apóstol de las gentes, que los ojos del hombre no han
visto, ni sus oídos han escuchado, ni aun siquiera la audacia de
todos los deseos del corazón ha llegado hasta la altara de la re­
compensa que Dios tiene preparada para sus amadores (I Co-
rinth., n 9); pero la que preparó para su Madre, más Santa que
todos los Santos, más amante que todos los justos, es infinita­
mente mayor que la de todos los bienaventurados. Y á la verdad
debe ser tal, para que pueda ser premio completo de los méritos
de su larga vida, de su constante fidelidad á las gracias del Sefior,
de su maternidad, de los solícitos cuidados que prodigó á su Yerbo
encarnado durante su mansión sobre la tierra, de sus dolores al
pie de la cruz y de los largos años de espera que siguieron.
La imaginación se ofusca ante el fulgurante brillo celestial
de aquella estrella de las estrellas y fuente de luz, como la
llama San Grisipo; y después de haberse abismado en los mares
sin fondo de sus grandezas, no puede hacer otra cosa, que decir
en general, que su gloria es la mayor después de Dios; á no ser
— 67 —

que en un rapto de audacia piadosa coloque á María, como el


devoto San Pedro Damiano, en el mismo solio de la beatísima
Trinidad, in ipsius Trinitatis sede reposita. ¡Obsequio fastuoso
del amor filial!
Y en efecto; Dios no puede hacer mayor obsequio á su amada
Madre, ni presentarla más dignamente como objeto de toda la
veneración que se le debe, que haciéndola Reina de todo lo criado
y colocándola á sus pies en la grada más alta de su trono in­
mortal.

§. X.
L a s p rim e ra s flores.

Gomo al viajero que, después de haber atravesado un largo


Camino entre flores y frescas arboledas, se encuentra de repente
eQuna landa árida en donde apenas crece alguna planta sólita·
así sucede al expositor del culto de María en todos los siglos,
después de haber recorrido con fruición las profecías, las tradi­
ciones de los pueblos y el Evangelio, se interrumpe la cadena de
08 testimonios del culto virginal, y apenas halla algunas noti-
Clas escasas, flores aisladas de los tres primeros siglos.
No permitía á la verdad otra cosa el furor de las persecucio-
ne®> dí la condición de la Iglesia, que debía ocultarse en las
^tacumbas, sepultando en los subterráneos la brillantez de nues-
r°s misterios; ni los apologistas podían dedicarse á otra cosa que
* quitar el escándalo que causaba la religión de la Gruz. Mas
^spnés que la Iglesia pudo presentarse á la faz del mundo pro-
^ d a por los emperadores, no tardó en desplegar el majestuoso
aParato de sus dogmas, de sus prácticas y de su culto, con todo
s® tojo solemne y deslumbrador.
Sin embargo, no son tan raras las manifestaciones del culto
María, que no podamos rebatir á los que se atreven á afirmar,
(fe ^ .^evoc^ n emPezó desde el siglo ív á lo más, y que antes
®ste tiempo no se halla vestigio alguno de ella en la Iglesia.
Apóstoles propagaron este culto, al par que predicaban la
— 68 —

fe, y al anunciar á Jesucristo anunciabau también á su bendita


Madre. Ellos no pudieron menos de contar las maravillas que
habían presenciado obradas en aquella divina mujer, y así como
el amor los había reunido alrededor de su lecho de muerte, y de
su sepulcro sobre el cual oyeron celestiales melodías, el mismo
amor les debió hacer presentársela á los fíeles como abismo de
toda gracia, modelo de toda santidad, y digna, por consiguiente,
de veneración. Los fíeles, que tanto la honraron en vida, corrie­
ron de todas partes á recoger las últimas palabras de la Santa
Virgen, á derramar sus tiernas lágrimas y á poner una flor en su
ataúd; la piedad envolvió el cuerpo inmaculado en la vistosa púr­
pura de los reyes, le bañó con los más exquisitos aromas, y acom­
pañó con espléndidas ovaciones su féretro, que podía competir
en magnificencia con el de Herodes el Grande. Tales fueron los
honores fúnebres que inauguraban las posteriores glorificaciones
del Cristianismo.
Hieroteo, que pronunció uno de los más notables panegíricos
de la Madre-Virgen, y que alabándola estaba como fuera de sí; el
piadoso Timoteo, primer Obispo de Efeso, en donde pasó María
sus últimos años, que vino presuroso á tener el consuelo de reci­
bir su santa bendición; Dionisio Areopagita, que también se
halló presente á sus últimos momentos, y fué tan admirador de la
Santa Virgen, que escribía al Apóstol San Pablo que la hubiera
adorado como á una Diosa, si la fe no le hubiera enseñado que
110 hay más que un Dios, y no cesaba de ponderar el favor sin­
gularísimo que le hizo San Juan Evangelista presentándole á 1*
Virgen Altísima Deiforme; otros muchos discípulos, hijos aman­
tes de María; todos los fíeles que la conocieron y participaron d0
las gracias, que exhalaba, como las flores su perfume: todos éstos?
es preciso admitir, que no cesaron de alabar á la Virgen sin man*
cilla, de honrarla devotamente, y de recomendar su amor y ve'
neración á todos los que abrazaban el Evangelio. El amanta
siempre habla del objeto amado.
San Lucas no se contentó con escribir en su Evangelio №
grandezas de María, que es más honrada por él que por cual'
quiera otro Evangelista, sino que además quiso dejar á la Igte91*
4l retrato de su bellísimo rostro, que reflejaba una pureza divi­
na. No le bastaba á su amor engrandecerla con la pluma, con la
predicación y obras, sino que además debía rendirle el tributo
de su pincel, para que los nuevos cristianos que no habían te­
nido la felicidad de conocerla, tuviesen á lo menos el consuelo de
contemplar la imagen de aquel modelo de toda hermosura. Innu­
merables iglesias se glorían de tener algún retrato de la Virgen
trazado por el Evangelista como el más precioso de sus tesoros.
Es probable que la Virgen recibió culto público durante su
mansión sobre la tierra. Elias había edificado un oratorio sobre
el monte Carmelo á la Virgen que había de parir; su discípulo
Agabus (tal vez el mismo noble joven que había aspirado á la
mano de María y no pudiendo conseguirla se retiró á la sole-
^*d)j iluminado por el cielo acerca de los destinos de la hija de
Joaquín y Ana, reedificó aquel mismo oratorio, habiendo antes
reconocido la divina misión de Jesucristo. Los árabes errantes
de la valiente tribu Tenoukh pusieron la imagen de María con
el Niño sobre las rodillas en el número de las trescientas sesenta
divinidades de las tres Arabias, y presidía en su campo adorada
al fantástico resplandor de las hogueras. (Orsini, tomo 2.·)
Pero lo que no admite duda alguna es la aparición de nues­
tra Señora, cuando aun vivía, al Apóstol Santiago, mandándole
edificar, cerca del Ebro, una capilla en la que había de ser
Enerada perpetuamente. Los Angeles trajeron su imagen sobre
Qn Pilar de jaspe el año 36 de nuestra era, y la Iglesia de Za­
ragoza, levantada por el Apóstol de España, es la primera de­
seada á nuestra dulce Madre. El poeta Prudencio, que vivió en
tiempo de Valentiniano y Teodosio, dedica unos dísticos á la glo-
r,a de esta antigua casa.

Perstat adhuc templum quod gerit veneranda columna


Nosque docet cunctis inmunes vivero flagris.

^®spués del Pilar, el templo más antiguo de Nuestra Señora fnó


edificado en Trípoli por el Apóstol San Pedro, yendo á Antioquía,
q.ne fné el primero que allí celebró el Santo Sacrificio de la Misa;
81 bien es cierto que la Iglesia de Lidda reclama la prioridad,
— 70 —

pretendiendo haber sido fundada antes por San Pedro y San Juan.
El testimonio más antiguo del culto de María, después de la
Ascensión de Jesucristo, se remonta hasta la época del glorioso
tránsito de la Virgen. Una tradición antiquísima refiere que los
fieles de Jerusalem iban á orar al sepulcro de la Madre de Jesús,
sobre el cual elevaron un monumento, por lo que sufrieron una
violenta persecución de los príncipes de la Sinagoga, que hizo
muchos mártires. San Dionisio Areopagita, el Apóstol de las Ga­
lios, que había de ser más adelante el último hospedador de sus
reyes, inauguró bajo los auspicios de María la obra de la con­
versión de los franceses: la eficacia de su palabra, sus milagros
y su virtud lanzaron los ídolos de un viejo templo dedicado á
Geres, y para purificar las profanaciones de los misterios Eleusi-
nos, tantas veces celebrados allí, creyó que no podía hacer cosa
más á propósito, que consagrarlo á la Virgen reina de la pureza.
Todavía se conserva en París aquella iglesia llamada Nuestra
Señora de los Gampos, y se ve todavía una imagen de María so­
bre una pequeña piedra cuadrada de un pie de diámetro, hecha
según el modelo traído por el Santo. Potenciano, Obispo de Sens,
discípulo del Apóstol San Pedro, halló aquella imagen de la Vir­
gen que había de parir, á la que ofrecían los druidas sacrificios
en una gruta; después de haber bendecido la imagen, cambió 1»
gruta en iglesia, que es actualmente la venerada Nuestra Señor»
de Chartres.
Uno de aquellos tres Reyes Magos que vinieron, guiados p°r
la estrella de Balaam, á adorar al Dios Niño en el pesebre de
Belem, hizo construir en Gangranor, en la India oriental, un
quefio templo á la maternidad virginal. Su corazón quedó cau­
tivado en los suaves encantos de la Virgen pura, que recibió con
tanta gracia majestuosa los presentes hechos á su Divino Hij°*
y que á pesar de haber parido en un establo, no se dejó deslu®'
brar por el fastuoso brillo de tres coronas; en los últimos d№
de su vida llegaron á sus oídos las noticias de las maravillas <je
aquel Niño y los dones de aquella Madre, referidas por un testi­
go ocular, el Apóstol Santo Tomás: la semilla de la fe arraig0
poderosa en aquella tierra tan bien preparada, y el Rey astró*
— 71 —

logo contempló, antes de morir, el apacible brillo de la Estrella


de la mañana. Los reinos de Coulán y Narsinga en la costa de
Coromandel, recibieron muy pronto con la fe en Jesucristo la ve­
neración á su Santa Madre.
Según Juan Bonifacio, los mismos Apóstoles instituyeron la
fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora, y según San Ber­
nardo, también la de la Asunción, que se siguieron celebrando en
la Iglesia en lo sucesivo. La Anunciación era celebrada en tiem­
po de San Agustín, que la deriva de la tradición apostólica; ha­
bla de ella un antiguo martirologio atribuido á San Jerónimo, y
San Proclo, que vivió en el siglo v, menciona esta festividad. El *
Concilio de Toledo del año 456 llama á esta solemnidad la gran
fiesta de la Madre de Dios, que es también la fiesta de la En­
carnación del Yerbo. ¡Precioso testimonio del fundamento de
estos honores y de la mente de la Iglesia!
Si el primer siglo de la Iglesia nos ha suministrado tan no­
tables señales del culto de María, el segundo ofrece rasgos no
menos brillantes. A principio de este siglo, sino á fin del pasado,
Lázaro, el amigo querido de Jesucristo, que después de haber
bajado al reino de las sombras, fué sacado de allí para la mani­
festación del poder divino, fundó en honor de María una iglesia
en Marsella, adonde fué con sus hermanas Marta y María, acom­
pañado también por tres santos prelados, Máximo, Trofimo y
Eutropio.
En Eoma empezó el culto de María entre los sepulcros de
l°s mártires, sobre los cuales se ofrecían los santos misterios.
Reunidos los fieles en los subterráneos, recitaban la oración do­
minical y cantaban himnos acompañados de una grave música,
leían los libros sagrados, y celebraban los ágapes de caridad,
después de someter sus cuestiones al juicio de los Obispos, para
que éstos las resolviesen del modo más conveniente, se recorda­
ban los nombres de aquellos que habían muerto por la fe y se
Hnploraba su intercesión; pero con más razón pedían la de la mi­
sericordiosa Madre del Redentor, de cuyas imágenes llenaron las
catacumbas. Aquellas imágenes vistas á la vacilante luz rojiza
de las teas, presentan todavía un sello fantásticamente augusto,
— 72 —

y atestiguan la ternura y la devoción del artista, que supo darles


tal sentimiento y expresión. Unas veces está representada la
Virgen con el divino Hijo sobre las rodillas, frecuentemente se ve
lactándole, ó recibiendo los presentes de los Reyes Magos; otras
extiende los brazos como para suplicar; ya está coronada con el
nimbo resplandeciente, que según Virgilio rodea la cabeza de los
dioses, y que se ponía á las estatuas de los emperadores, después
de su apoteosis; ó está, por último, sentada en un elevado trono.
Estas multiplicadas representaciones de María son otros tantos
testimonios de su culto entre los primeros cristianos, y de la an­
tigüedad de nuestra fe. El caballero de Aguincourt, habiendo
comparado estas imágenes con las halladas en el sepulcro de los
Nassones, cree que su estilo pertenece al siglo u de nuestra
Era, y aun hace subir algunas hasta el tiempo de la persecución
de Nerón. El señor de Rossi y el Padre Marchi han hecho sobre
esto tales investigaciones, que no nos dejan duda alguna de la de-
voción á nuestra excelsa Madre en la primitiva Iglesia.
Ni los Santos Padres acertaban á combatir las herejías, siuo
dando honores á la Virgen María, que, según Augusto Nicolás, es
la demostración más exacta de Jesucristo, y la que exterminó
todos los errores, haciendo visible á la Verdad y Sabiduría in­
creada. Cerinto y Ebión niegan la divinidad de Jesucristo; pero
San Juan, hijo adoptivo de María, expone en su Evangelio la ge­
neración eterna del Verbo que tomó carne de ella; y sus discípulos
se encargan de predicar contra Ebión su perpetua virginidad.
Los docetas sólo admiten en el Hijo de Dios un cuerpo umbrátil
ó aparente, pero San Ignacio Mártir le proclama incesantemente
hijo de María, carne de su carne, engendrado de ella, hijo snyo
como de Dios. Una y otra herejía son combatidas victoriosamente
por San Ireneo, que funda todos sus argumentos en la materni­
dad verdadera de María, y en su perpetua virginidad. Este Santo
Padre, llamado por Tertuliano cuidadoso explorador de todas
las doctrinas, es el mejor testigo del culto antiquísimo de María,
á la cual atribuye una parte importantísima en la salvación del
género humano, contraponiéndola á Eva, causa fatal de nuestra
ruina, y deduciendo que María es una abogada universal.
— 73 —

Todos los Santos Padres de los tres primeros siglos unen á la


Virgen-Madre de un modo grandioso á la exposición y defensa
que hacen de los misterios de nuestra fe. San Justino hace un
paralelo entre Eva y María; Tertuliano no sabe sin ella combatir
á Marción; San Clemente Álej.la llama Iglesia, porque lacta á sus
hijos con el Verbo-Niño, milagro místico, porque así como es uno
el Padre, uno el Verbo y uno el Espíritu Santo, así es nna esta
Madre-Virgen, cuyo parto es santo; Orígenes la preconiza como
un tesoro celestial, como todas las riquezas de la divinidad; Ar-
quelao, su discípulo, por una serie de solidísimas deducciones,
prueba contra Manes que todos nuestros dogmas se fundan en el
parto virginal de María; los tres Gregorios son testigos de que
®n su tiempo se invocaba á la Virgen de Misericordia, que siem­
pre tendía una mano protectora á la debilidad. Hay que tener
presente que los Padres son los órganos de la fe pública de la
Iglesia, y que por su boca nos hablan todos los fieles de la
antigüedad. '
Estos testimonios tan uniformes y numerosos son un argu­
mento de tanto peso, porque se identifican con toda la tradición
divina, conservada en la Iglesia, y se afirman en su autoridad,
de modo que constituyen una verdadera demostración.

§. XI.
.A u x ilio de los C ristian os.

No era ya necesario citar hechos históricos que prueben este


mismo culto tributado á la Madre de Dios en la primitiva Iglesia,
pero conviene notar que la práctica de los fieles era conforme, á
la enseñanza de los Padres. En los primeros años del siglo m
la virgen Justina invoca á María, para que la libre de los lazos
tendidos á su pudor; Cipriano, que se dedicaba á la magia, ar­
dió en impuros deseos por esta doncella cristiana, y después de
haber empleado en vano todos los medios de seducción, acudió á
los encantamientos y hechizos, para derrocar su virtud; pero
— 74 —

María la protegió de tal modo, que hasta conquistó para Jesu­


cristo á su loco solicitador, que fue después un ilustre mártir de
la fe.
En 224 el Papa Calisto I hizo edificar en medio de Roma
una capilla á la Virgen María, que se llamó Nuestra Señora
más allá del Tíber (Transtiberim). Esto es tanto más notable,
cuanto que entonces había cesado el furor de la persecución, pues
el emperador Alejandro Severo sabía apreciar las virtudes de
los cristianos: éstos aprovecharon aquellos fugaces días de tran­
quilidad, para erigir un monumento público de su culto á la Ma­
dre de Dios. Algunos años antes, San Evodio hizo la dedicación
de la iglesia de Puy en el mismo lugar que su primer Obispo
Jorge había cercado de un vallado en honor de Nuestra Señora.
La tradición refiere que los mismos Angeles consagraron su
altar.
Mas cuando Constantino puso la Cruz sobre su trono, se
multiplicaron rápidamente los monumentos del culto virginal; él
mismo consagró su nueva corte á la Santa Virgen, á la cual pro­
fesaba singular veneración. Nicéforo cuenta las fiestas de la de-
dicación de esta ciudad; habiendo llamado el emperador á todos
los Obispos, que habían concurrido al Concilio general de Nicea,
les suplicó que santificasen con sus oraciones los nuevos edificios.
Se celebraron con solemnidad grandes fiestas, semejantes á №
Encenias de los judíos, que duraron muchos días ofreciendo el
incruento sacrificio, y pronunciándose piadosos discursos. L°3
Padres recorrieron en procesión la ciudad y dedicaron á la Ma­
dre de Dios esta nueva Roma, esta Constantinopla imperial, al
mismo tiempo que San Silvestre erigía en el foro romano d
templo Libera nos á peenis, en acción de gracias por la cesación
de una peste, debida á la intercesión de la Virgen.
La piadosa Elena hizo construir templos á María en todos
los lugares donde se había operado alguno de sus misterios. Teo-
dosio empleó los mármoles más preciosos; León I manifestó su
gratitud á los favores recibidos de María, edificándole una ma­
jestuosa Basílica; la princesa Pulquería hizo construir ella sola
tres iglesias, que enriqueció considerablemente, y Justiniano ex­
— 75 —

cedió á todos los emperadores en su amor á María, y en los hono­


res que la tributó.
Siendo Papa Liberio, el patricio romano Juan suplicó á la
Virgen-Madre se dignase ser la heredera de sus riquezas; apare-
ciéndosele María, le mandó edificar un templo á su nombre; y una
nieve milagrosa, caída en los ardores del estío, designó el lugar
que había de ocupar esta magnífica iglesia, llamada de Santa
María la Mayor, cuyo título indica que había en Roma otras
muchas bajo la misma advocación (Sancta Marta ad Nives).
La vida de Santa María Egipciaca nos suministra uua prueba
1 magnífica de la confianza que los cristianos tenían en la inter­
cesión poderosa de la Santísima Virgen. Tan pecadora antes,
como penitente después, habiendo intentado entrar en el templo
de Jerusalem se vió detenida por una mano invisible; conoció que
sus pecados eran la causa, y llena de dolor por ellos, no atrevién­
dose á suplicar al Dios de Justicia, acudió llorosa á la Madre de
Misericordia. Santa Virgen, Madre de Dios, purísima, inmacu­
lada, ayudadme, porque estoy sola y no tengo más refugio que
« vos. La Virgen oyó benigna la súplica de la pecadora, que
pudo desde luego entrar en el templo y consiguió la gracia de su
verdadera conversión.
Después que los emperadores fueron cristianos, el culto de
María, tan arraigado en la Iglesia, se desarrolló vigorosamente y
llegó hasta el esplendor que hoy conserva. Tan grande idea se
tenía de la poderosa intercesión de la Santísima Virgen, que al­
gunos cristianos ignorantes de las tribus árabes de Siria, llevaron
s& culto hasta la superstición y la adoraban como á verdadera
diosa. Este respeto idólatra de estas pobres gentes, que se llama­
ron Coliridianos, porque hacían á María sacrificios de tortas
(collyrios), amasadas con ridiculas ceremonias, fué combatido por
San Epifanio, que ensefió á aquellos fanáticos amadores, que la
Iglesia sólo permite honrar á María, y que se debe reservar para
Dios la suprema adoración; pero á lo menos indica cuán extendido
estaba el culto de la Santísima Virgen, que se llegó á abusar de éL
Pero sobre todo el Concilio de Efeso forma una época nota­
ble en la historia del culto de María. En él se combatió la he­
— 70 -

rejía más enemiga de la Virgen Santa, la que echaba por tierra


todo el edificio de su gloria arrebatándola el privilegio de su
divina maternidad. Nestorio fuó el gran promovedor del culto de
María, queriendo deprimirlo; apenas empezó á publicar sus detes­
tables errores, la piedad de los fieles se sublevó: la demencia del
heresiarca llegó hasta el extremo de negar desde el púlpito la
maternidad divina de Nuestra Señora; al oir esta blasfemia, todo
el pueblo dio un grito y huyó de la Iglesia, adonde no volvió más.
Este grito del pueblo cristiano, tan unánime y tan espontáneo,
era el anatema del novador, pues era el grito indignado de su in­
juriada fe. Contra esta perniciosa herejía se reunieron unos dos­
cientos Obispos en la ciudad de Efeso, en una grande Basílica de­
dicada á Nuestra Señora: en el lugar en que el mito impuro de la
Diana de muchos pechos había tenido su templo más famoso,
debía brillar el celestial misterio de la Virgen-Madre.
El día que el Concilio debía decidir acerca de la maternidad
divina de María, el pueblo se agitaba inquieto esperando su de­
finición: cuando un Obispo salió á anunciar á la multitud silen­
ciosa, que había sido condenado el novador, rompieron por todas
partes los más vivos transportes de alegría; el pueblo corrió ena­
jenado á propagar esta nueva feliz; no se oían más que anatemas
á Nestorio, alabanzas á María, y acciones de gracias á los Padres,
que fueron llevados en triunfo por la ciudad, en medio de entu­
siastas aclamaciones, y cantando esta hermosa oración: Santa
M aría, Madre de Dios, niega por nosotros pecadores, ahora y en
la hora de nuestra muerte. Amen. El santo Concilio había glo­
rificado á María con estas frases profundas del amor filial: "Os
, saludamos, ¡oh María Madre de Dios!, tesoro venerable de todo
„el universo, antorcha que no puede apagarse, corona de la vir­
aginidad, centro de la fe ortodoxa, templo incorruptible, lugar
„de Aquél que no ocupa lugar, por quien nos ha sido dado Aquél
„que es bendito por excelencia, y que ha venido en el nombre del
„Señor. Por Vos, Señora, es glorificada la Trinidad, y la Cruz es
„ensalzada en toda la tierra, alégranse los Cielos regocíjanse
„los Angeles y huyen los demonios..
Todas estas demostraciones de la Iglesia no son más que la
— 77 —

expresión fiel del espíritu católico, que consagra con una nueva
manifestación el culto, que ya tributaba á la Virgen inmaculada
desde los tiempos apostólicos.
Las liturgias de todas las iglesias contienen preciosos testi­
monios de honor á María y todas acuden á su intercesión: la que
se atribuye á San Pedro ruega al Señor Dios, que es el solo Santo,
que nos conceda sus misericordias, y que nos libre de todo mal
por la intercesión de la Madre de Dios: la de Santiago honra la
memoria de la santísima, inmaculada, gloriosa y bendita Señora
nuestra, cuyos ruegos ó intercesión alcanzan la misericordia: la
de San Basilio suplica á Dios nos defienda con su gracia, porque
honramos á María, nuestra dominadora; la que lleva el nombre de
San Juan Crisóstomo invoca directamente á la Virgen, diciendo:
“¡Oh Madre de Dios!, eres más excelente que todas las criaturas y
»no te podemos alabar dignamente, te suplicamos sin méritos,
»que te apiades de nosotros.. Los sirios tienen semejantes oracio­
nes, los etíopes, en su canon universal, llaman á María verda­
dera Reina, gloria de nuestros primeros padres, segura mediadora,
causa del perdón de nuestros pecados.
Tal fué, dice el Padre Canisio, la solicitud de todas las na­
ciones en honrar y glorificar públicamente á la Virgen Deipara,
según la primitiva tradición de su antigua fe; así es que cada
vez que renuevan en el incruento sacrificio la memoria del Re­
dentor, rinden un tributo de honor á su bendita Madre, y se en­
comiendan á su piedad.
Los argumentos fundados en las liturgias tienen una indispu­
table solidez. Las liturgias, dice el Padre Perrone,son los testigos
más autorizados de la tradición y de la fe, porque son la voz de los
Obispos, de los presbíteros y de todos los fieles; de modo que su tes­
timonio es el de la Iglesia universal. Hablando con propiedad, la
liturgia es el culto público, y el monumento animado de la fe; las
)gle8ias nunca se hubieran adherido al uso de las liturgias si no
hubieran reconocido en ellas la expresión fiel de su creencia: como
monumentos de la fe se opusieron á los herejes, para convencer­
los desde los primeros siglos, porque es un principio del Papa
Celestino, que la regla de creer procede de la regla de orar.
— 78 —

La Santísima Virgen tiene tal importancia en estas formas


del culto católico, porque así se glorifica más á Dios, en el cual
termina todo culto legítimo y racional. Se glorifica dignamente
á Dios en Jesucristo y por Jesucristo, á Este en María y por
María; mas lo que es una profesión de fe en Jesucristo, es una
bendición para su excelsa Madre, porque el culto tributado á
Jesús en su Madre refleja á su vez sobre Esta, haciéndonos cono­
cer de cuánto somos deudores á la que tuvo con El relaciones
tan prodigiosas de gracia y de vida, y con qué confianza debe­
mos invocar su intercesión. “Por esto los fieles, dice Canisio,
„declarados hijos de adopción por Cristo, después que ruegan al
„Padre celestial, desean bajar al recuerdo sagrado de aquella
„Virgen, que ha dado á luz para ellos y para el mundo al Re­
dentor, y que ha puesto en El los fundamentos de la humana
„salvación.»
Reuniendo, pnes, para la fuerza de un mismo argumento los
templos levantados en honor de María, sus imágenes multiplica­
das, la parte que tuvo en la extirpación de las herejías, las acla­
maciones de los Padres, la piedad de los emperadores, las invo­
caciones singulares y la Liturgia pública, tenemos una prueba
plena del culto tributado á la Virgen-Madre en los primeros
siglos. Creemos que tanto en Teología como en Historia, apenas
hay una verdad tan sólidamente demostrada como este culto
virginal.
Sólo resta poner en ella nuestra confianza.
Digamos, pues, con San Bernardo: “Quien la sigue no se des­
avía, quien la invoca no desespera, quien la mira no yerra. Si
„ella nos defiende, no caeremos; si nos protege, no temeremos; si
„nos ampara, no desfalleceremos; si nos guía, llegaremos seguros
„al puerto de salvación.«
§. XII.
L a h.erejía.

Desde el Concilio de Efeso, el culto de María se dilata y re­


corre los siglos con la tranquila majestad de nn río caudaloso,
Que va recibiendo en sn marcha nuevos arroyos.
Sería interminable referir las glorificaciones de la Santa Vir-
§en en los siglos posteriores; ni hace á nuestro propósito, ni lo
permiten los límites de esta obra. Las Pontífices, los Concilios,
Reyes y los pueblos fueron añadiendo perlas á la corona de
María.
Cada Papa, al subir al trono de Roma, consagraba alguno
^ sus monumentos dedicándolo á la Señora, y ponía la Ciudad
Eterna y los destinos de la Iglesia bajo su poderoso patrocinio,
60,1 nuevas formas de plegarias y nuevos honores. Cada Concilio
afirmaba más y más esta devoción; las Ordenes religiosas se con­
t a b a n á María y se inauguraban bajo sus auspicios.
Los reyes consagraban á la Virgen sn casa y sus estados, como
Juan I de Aragón, Felipe III y IV de Castilla, Fernando III
de Austria y Luis XIV de Francia. El ilustrado Carlos III con-
8,guió del Papa Clemente XIII, que María fuese declarada Patro-
de las Españas, insertándose para esto una ley especial entre
48 fundamentales de la monarquía. Sabida de todos es la his­
toria de la reconquista de nuestra España bajo el amparo de
María; los reyes la atribuyen sus victorias; Alfonso el Noble,
después de la batalla de las Navas, edifica en acción de gracias
templo de la Virgen de la Victoria en Toledo, y D. Fernando
el Católico consagra á María la principal mezquita de Granada.
La devoción á María hizo instituir muchas Ordenes de Caba­
ñería para honrarla. Alfonso el Sabio componía versos á la Madre
de Dios y fundaba una orden en honor suyo: D. García de Na­
varra fundó la de Santa María del Lirio; el rey Roberto, la de la
Estrella; Carlos VI, la de Nuestra Señora de la Esperanza; Fer-
-so­
nando I de Aragón, la de la Jarra; Felipe de Borgoña, la del
Toisón de Oro; y así otros machos Soberanos. Lo notable es que
estas órdenes no eran puramente honoríficas; los caballeros de
ellas contraían la obligación de ayunar en ciertos días del año, la
de rezar y la de hacer limosnas, y se dedicaban especialmente al
culto de la Madre de Dios.
Serían necesarios muchos volúmenes para tratar esta mate*
ria vastísima, y nosotros consideramos nuestra tesis suficiente­
mente probada según nuestro plan, sin estos testimonios. Pero á
los argumentos aducidos en favor de la Madre-Virgen es conve­
niente añadir los honores tributados por bocas enemigas. El
mismo Bayle, tan contrario al culto de María, confiesa que todo
lo más excelente que se dice de ella, se deduce naturalmente del
título de Madre de Dios, y que aun cuando se hubiera limitado
á la sola calidad de Madre de Jesucristo (según Nestorio), se
hubieran sacado infaliblemente las mismas consecuencias. ¡Extra­
ña confesión de la verdad!
La imagen de María estaba esculpida en una de las colum­
nas de la Caaba desde los tiempos antiguos anteriores á Mahoma;
San Antonio de Florencia asegura que fueron reverenciadas por
los sectarios del islamismo estas imágenes y castigados severa­
mente sus profanadores, y aun hoy mismo los turcos y albaneses,
establecidos en el Peloponeso, juran con más frecuencia por el
nombre de María que por el de Mahoma, para afirmar la ver­
dad de sus palabras. El Korán contiene estos expresivos docu­
mentos: “Ningún hijo de Adam deja de ser tocado por Ebblis (el
“diablo), excepto María y su Hijo;, y en otra surá la invoca ex­
clamando: “¡oh María!, más esclarecida que todos los hombres y
„más bella que todas las mujeres, siempre perseveraste agradan*
„do á Dios., Los musulmanes han tenido siempre y hoy tienen
la más elevada idea de su pureza virginal.
Los turcos y los persas hablan de María en los términos más
honoríficos, teniéndola por la mujer más pura y más perfecta qfle
haya habido jamás. Se les ha visto muchas veces suspender lám­
paras votivas delante de sus altares, conducir á sus iglesias é>
sus hijos enfermos, orar devotamente sobre su sepulcro y a»1111
— 81 —

construirle templos ellos mismos, como Kosrou-Faviz y aquel bajá


de Mossonl sitiado por el famoso Thamas Kouli-Kan.
Los etíopes llevan su devoción hasta el fanatismo. Cuando en
el siglo pasado unos misioneros intentaron reducirlos á la unidad
de fe, los monjes cismáticos hicieron correr la voz, de que esos
religiosos europeos eran enemigos de la Santa Virgen: el pueblo
se insurreccionó, y los misioneros fueron apedreados. (Orsini,
lib. XIX).
Pero tenemos además magníñcas aclamaciones de los infaus­
tos padres de los modernos protestantes, que nos quieren arreba­
tar el culto de la Virgen, como si fuera una perniciosa idolatría.
Aquellas inteligencias soberbias y pervertidas, ofuscadas con los
resplandores de la verdad eterna, se dilataron un momento ante
el apacible brillo de la dulce Madre, cuyo nombre significa Bu-
“Minadora.
Lutero escribió lo siguiente: “No solamente con la lengua ó
»las palabras debe rendirse honor á María, ó con genuflexiones
»y postraciones, ó erigiéndole estatuas é imágenes, ó edificándole
»templos, cosas todas que hacen hasta los impíos; sino digámosla
»con todas las fuerzas de nuestro sér, del fondo del alma, de pen-
»sainiento y de palabra, en verdad y ante Dios: ¡Oh B ienaventu-
»Rada Virgen!»
Calvino exclama: “Jamás me oirá alguno, pues que confío en
»el Señor, hablar mal de María, porque creo, que no hacerlo
»bien es un signo cierto de reprobación.... E lla es la Reina de
»toda la Creación, honrada por Dios sobre todas las criaturas.»
Bullinger predicó lo siguiente: “Si María es bendita entre
»todas las mujeres, y así la llamarán todas las naciones, son in-
»felices los judíos que osan deshonrarla y más infelices los cris-
»tianos, que peores que aquéllos la despojan de sns alabanzas.»
Finalmente, (Ecolampadio da la razón teológica del culto de
la Reina de los Cielos. “Con razón, dice, aconseja el Profeta, que
»alabemos á Dios en sus Santos. Mas ¿en cuál de sus hechuras
»ha de ser Dios tan alabado como en la Virgen María, en quien
»El no sólo se ha dignado habitar como en su templo sacratísi­
m o, sino tomar carne y hacerse hombre?»
L as P lores de M a y o .*— 6 .
— 82 —

He aquí, pues, la gloria de nuestra Madre reconocida hasta por


las aberraciones heréticas, y confesada por los jefes de las sectas
disidentes. Aquellos maestros del error tal vez no pensaban for­
mar discípulos tan rebeldes como los que tienen; si hubieran
previsto su impiedad, acaso se hubieran avergonzado de su obra.
Mas á pesar de sus iras, á despecho de sus ataques, el culto
de María, la Madre de Dios y de los hombres, subsistirá firme y
vigoroso hasta la consumación de los siglos, como ha llegado
hasta nosotros; pues dondequiera haya fe en Jesucristo, ha de
ser honrada María como en expresión de aquella fe. Por su mater­
nidad gloriosa es ella la feliz renovación del universo, y éste no
puede menos de acudir á ella con gratitud: es la criatura más
enriquecida y no es posible contemplarla sin admiración; es la
Reina del Cielo y de la tierra, y es preciso rendirla el homenaje
y el honor; es Madre de los hombres engendrados místicamente
en sus dolorosas amarguras, y no podemos vivir sin su amor; es
el tipo de todas las virtudes, el modelo de toda santidad, y nos
debemos perfeccionar en su imitación; su poder es ilimitado como
nuestras miserias, su bondad mayor que nuestras necesidades, su
misericordia excede á la magnitud de nuestros yerros, y n o es
posible dejar de invocarla, de suplicarla, de acudir á su inter­
cesión.
Mediadora siempre escuchada, amable, misericordiosa y llena
de poder, esta es la razón filosófica de todo el culto de María. Su
dulzura de Madre y su pureza de Virgen tienen siempre benigno
acceso á la majestad justiciera de Jehová.

§. Xffl.
E fu sio n e s.

Después de todo lo dicho hasta aquí, creemos que no puede


completarse el cuadro de las grandezas virginales, ni el testi­
monio de su culto, de otro modo más digno que presentando 1&S
más ardientes demostraciones de los Santos Padres, respetables
por su antigüedad. Para hablar de la Virgen María han escogí'
— 83 -

tado pensamientos tan brillantes, que su sola exposición prueba


satisfactoriamente cuán arraigada ha estado su devoción en todos
los siglos en los pechos cristianos. El culto de la Madre de Dios
no es sólo reconocido desde el siglo vn, como erróneamente pre­
tende Dumoulin, ni desde el Concilio de Efeso, ó desde la época
de San Ambrosio, como quieren otros, sino que se le ve crecer
vigoroso y desarrollarse magníñco en todas las edades desde
los tiempos apostólicos. Con razón dice San Jerónimo que el ser
Madre de Dios comprende la suma de todas las grandezas y jus­
tifica cuantos elogios puedan hacerse de María, pues es, según
San Bernardo, el negocio y admiración de todos los siglos. Todos
los Padres rivalizan en alabanzas y piedad hacia la Madre de
Dios, y la prodigan títulos tan sublimes, que manifiestan algu­
nos atributos sólo debidos á la divina esencia. La han llamado:
Sublim e o rn am en to de la Ig le sia . (San Juan Crisóstomo).
P ro d ig io cele stia l. (San Ignacio Mártir).
A lte z a de la s a ltez as. (San Agustín).
G lo ria de Dios, cielo anim ado de Dios. (San Pedro Damiano y
el Crisóstomo).
Cielo m&s div in o que el m ism o olelo. (San Juan Damasceño).
S a in a rte firm ísim o de los cristian o s. (San Epifanio).
A le g ría de los Á ngeles. (San Cirilo A|ez).
Him no de los ooros angélicos. (San Efrem).
B e n d ita so b re to d a s la s cosas. (San Juan Crisóstomo).
P u e rta d el cielo. (San Pedro Damiano y San Ildefonso).
P rln o ip io , m edio y fin de n u e s tra fe licid ad . (San Metodio).
Cam ino de n u e s tra salv ac ió n . (San Atan.).
Á rb itra de n u e stro destino. (San Justino).
A b o g ad a u n iv ersa l, que k n ad ie despide. (Santo Tomás de Vi-
llanucva).
A silo p riv ileg iad o . (San Bernardo).
E s p e ra n z a de los peoadores. (San Lorenzo Justiniano y San
Agustín).
P re n d a de reoonoiliaoión y g a r a n tía d el p erdón. (San Andrés
Cretense).
G uia u n iv e rsa l. (San Efrem).
P ié la g o de la s g ra o ia s, fu e n te de to d a g ra o ia , m a r de los río s
de la g ra o ia , en qu ien vino la p len itu d de la s g ra o ia s, teso ro de
to d as la s g ra o ia s. (San Juan Damasceño, San Efrem, San Bernardo,
San Ildefonso, San Pedro Damiano).
C onsuelo de n u e s tra p ereg rin ao ió n . (San Lorenzo Justiniano).
V e rd a d e ra m ed iad o ra e n tre Dios y los hom bres. (ídem).
— 84 —

Tem plo inm aculado de Dios, siem pre lle n a del E s p irita S anto.
(ídem).
T ab ern áo u lo del Dios vivo, ta b e rn á o u lo o elestial del B e y de
la g lo ria, fu en te del H ijo de Dios. (San Epifanio, San Andrés de
Candía, San Metodio).
M ae stra de la fe, espejo de san tid ad , lnz del m ondo. (San Lo­
renzo Justiniano).
A bism o de lnz y sab id u ría. (San Bernardo).
D o cto ra de los D ootores, M ae stra de los A póstoles, lu m b re ra
de la Ig lesia. (El Idiota y San Buenaventura).
L á m p a ra in ex tin g u ib le . (San Cirilo Alex y San Epifanio).

María es además, según las amantes efusiones de los Padres


de la Iglesia:
M agnifloenoia del pueblo o ristian o . (San Germán).
B lasón y n o b leza de los fieles. (San Anselmo).
H o n ra de n u e s tra n a tu ra le z a . (J. Damas.).
G ran b ien del g ó n ero hum ano. (San Gregorio Nacianceno).
P ro p ic ia to rio oom ún de todos los pueblos. (San Andrés Cre-
tense).
M edicina del m undo enferm o, salu d del m undo. (San Epifanio
y San Buenaventura).
E s p e ra n z a del m undo. (El Papa Inocencio III).
B e p a ra d o ra de to d o s los siglos. (San Bernardo).
M adre de to d as la s naoiones. (San Agustín).
M adre de la v e rd a d e ra vida. (San Germán).
C ausa de n u e s tra red en ció n . (San Ildefonso).

Considerada bajo otro aspecto, también arrebata sus elogios


la Virgen graciosa y dilatan su corazón, pues María es además:
Im án de los corazo nes. (Santa Brígida).
P alo m a g ra c io sa y v e rd a d e ra . (Rupertus Abbas).
F u e n te in e x h a u s ta de to d a d u lzu ra. ^San Epifanio).
F lo rid o E d én de la in m o rtalid ad . (San Gregorio Taumaturgo).
P a ra ís o de delioias, p u erto tran q u ilo o o n tra to d a s la s b o rras-
oas. (San Efrem).
P ru d e n o ia de la s alm as sa n ta s. (San Anselmo).
Gozo de los Á n g eles y de los hom bres. (Joseph Himnograph).
F irm e z a de la fe, fo rta le z a n u e stra . (San Epifanio y San Ber­
nardo).
M elodioso in stru m en to de to d a a le g ría . (San Andrés Hieros).
Him no y oonsuelo de los que v iv e n en soledad. (San Efrem).
H erm o sa oraoión de todos los po etas. (ídem).
Á n o o ra del alm a que v ao ila e n tre m ales. (San Bernardo).
— 85 —

A le g ría de la s m adres. (San Proclo).


G lo ria de la s v írg en e s, S a n tu a rio de to d a s la s g ra o ia s. (ídem).
C orona de la V irg in id ad . (San Cirilo).
M an a n tia l de la b u e n a do o trln a. (ídem).
R e s ta u ra d o ra de la m ujer. (San Fulgencio).
t e m p l o y m odelo u n iv e rsa l de to d a s la s v irtu d e s. (Santo To­
más y San Ambrosio).
P erfeo to ejem p lar de to d o s los S an to s,p alao io de la s v irtu d e s.
(San Gregorio Taum.).
G lo ria de los Justos. (San Efrem).

Otros padres se recrean en ponderar los inefables bienes que


se nos conceden por María.
Si U a ria ru e g a u n a v e z p o r n osotros, estam os salvos. (San
Anselmo).
D ios h a querid o que ella se a el p rinoipio de to d o s los b ien es
en la le y de g ra c ia . (San Iréneo).
Su in te rc e sió n da la vida, su p roteooión la in m o rtalid ad . (San
Germán).
F e lic e s los que son dig n o s de la s m eroedes de M aría. (San
Buenaventura).
E lla es la v id a de los o ristian o s. (San Germán).
C uanto m ás s a n ta y sublim e es M aría, m ás afab le y duloe se
m u estra. (San Gregorio Magno).
Como la o era se d e rrite Ju n to a l fuego, a si los esp íritu s de t i ­
n ieb las p ie rd e n su fu e rz a y p o d e r con los devotos de M aría.
(San Buenaventura).
I>as g ra o ia s que lo s p eo a d o res son in d ig n o s de reo ib ir, se
conoeden á M aría p a r a que la s re o ib a n "por su m edio. (San An­
selmo).
E s la p len itu d de todo bien. (San Bernardo).

Mas cuando los Padres dejan volar libremente su fervoroso


entusiasmo, dan tales testimonios de la excelencia de la Reina de
todo lo criado, que nos deslumbran con su magnificencia.
Todo est& su jeto a l im perio de la V irg en , dice San Bernardino.
Q uien no a d m ira la g ra n d e z a de M aría, no sab e oufcn g ra n d e
Dios. (San P. Crisólog.).
M aría es el com pendio de to d o s lo s m ilag ro s, y ella m ism a es
el m ilag ro m ay o r. (Santo Tomás).
P a r a M aría se hizo el m undo. (San Bernardo).
E s u n a o reaoión a p a rte . (Santo Tomás).
T iene oon Dios c ie rta id e n tid a d de n a tu ra le z a . (San Pedro
■Damiano).
— 80 —

Oasi oonfina oon la D ivinidad. (Santo Tomás).


E s u n a e sp e rte de infinito, po rq u e onanto m ás se estu d ian sus
perfeooiones, ta n to m ás q u ed an que ex am in ar. (Santo Tomás).
M aría es el aro an o p riv ile g ia d o de Dios. (ídem).
E l S ao ram en to de la Ig le s ia . (San Clemente Alex).
In c o m p a rab lem e n te m ás g lo rio sa que to d a la m ilicia celes-
tiaL (San Efrem, San Juan Crisóstomo y otros).
L a g lo ria de M aría se d istin g u e de la de los Á n g eles, oomo
la se ñ o ra se d istin g u e de los sierv o s. (San Dionisio).
E lla fo rm a en el Cielo u n a Je ra rq u ía a p a rte , la m ás sublim e,
la p rim e ra d espués de Dios (el mismo).
E s im ag en , aun q u e orlada, p erfeo tísim a de Dios, que se r e ­
c re a en ella. (San Juan Damasceno).
E s re tr a to v isib le de Dios in v isib le. (San Agustín).
E s su p erio r á to d a s la s a lab a n zas. (San Agustín, San Buenaven­
tura y otros muchos).

Estas expresiones no son más que ana pequefia muestra deí


afecto con que han explicado los Padres su amorosa fe. Intentar
reunir todas las efusiones de su ternura sería una empresa im­
posible, á no formar un inmenso volumen de las obras reunidas
de todos. María ha sido siempre el objeto de la piedad de la
Iglesia; ella ha llenado de sí misma todos los lugares en donde
ha sido adorado Jesucristo, y la fe en el Hijo ha sido seguida
inmediatamente del dulce amor á su dichosa Madre. Esta tierna
y amable mediadora, siempre dispuesta á derramar gracias y ob­
tener perdones; esta cariñosa Madre en cuyo regazo se refugian
todos los pecadores, para defenderse de las iras de un Dios jus­
to, no podía menos de tener altares en todas partes, porque do­
quiera hay infelices.
Los Santos Padres no han hecho más que seguir la regla de
conducta trazada por la Iglesia, que ha sabido decir en un rap­
to ferviente de entusiasmo: “¡Oh Virgen Santa ó Inmaculada, ¿con
„qué alabanzas te ensalzaré, pues has encerrado en tu vientre á
„AquEL á quien los cielos no pueden contener? Madre de Dios,
„ruega por nosotros.,
Y en verdad que este título de Madre de Dios justifica to­
dos los elogios y comprende todas las alabanzas, porque esta dig­
nidad es infinita en su género, como dice Suárez, pues inmedia­
tamente después de ser Dios nada hay como ser Madre de Dios,
— 87 —

dice Alberto Magno. Cierto panegirista de Filipo, rey de Mace­


donia, habiendo ponderado la nobleza de sn linaje, la riqueza
de sus estados, su poder, sus conquistas, su valor, como si hubie­
ra dicho todavía poco, encierra todo su elogio en estas palabras:
que nada podría decir más honroso para él que haber sido
padre de Alejandro. Pues del mismo modo, aunque se agotasen
todas las hipérboles, nada más digno podría decirse de María, que
8u nobleza de ser Madre de Dios.
Por eso reservando á Dios la adoración suprema, los católi­
cos han tributado á su Santísima Madre el mayor culto después
de Aquél, y en este sentido nunca sus homenajes llegarán á hon­
rar bastante á la Madre de Dios. El Señor, para hacerla su Madre,
dice un autor moderno que oculta su nombre con el velo modes­
to del anónimo, “tomó la medida á su propio honor, para reves­
tir la de una grandeza proporcional á la medida de su honra;» de
doude se infiere, que honrar las grandezas virginales, es adorar
al mismo Dios; el honor que tributamos á la Madre redunda sobre
el Hijo, el culto de María es un& extensión ó prolongación del
culto tributado á Jesús.
El culto de María ha atravesado los siglos semejante á un
árbol frondoso que á medida que va creciendo dilata más sus
famas; ha resistido las revoluciones sociales y la ruina de los
imperios; ha visto pasar unas razas y sucederse otras, pasando á
su vez; se han cambiado las costumbres, las opiniones, las insti­
tuciones más firmes, pero este culto subsiste independiente de los
trastornos del mundo, y lo consolidan al pisar todas las genera­
ciones, según la profecía de la misma Virgen Inmaculada: Beatam
We dicent omnes generationes.
Los Apóstoles y sus discípulos, la venerable cadena de los
Pontífices, los Concilios Ecuménicos, los Padres, las Ordenes reli­
giosas y militares han celebrado siempre á María, han asegurado
8u culto. Sus festividades van unidas á las festividades de Jesu­
cristo, las ceremonias de la Iglesia están llenas de María, su
nombre es repetido y ensalzado con amor por todos los fieles, y
todas las naciones compiten en fervor y entusiasmo hacia esta
tierna Madre.
— 88 -

Y aquí es de uotar un hecho altamente glorioso para María,


y que es la mejor prueba de la universalidad de su imperio sobre
los corazones. Si recorremos nuestra España la oiremos blasonar
de ser la hija predilecta de la Virgen-Madre, primera en su amor;
y con razón puede reclamar esta primacía, porque ninguna otra
nación la ha honrado más. Nuestros padres han sido muy cre­
yentes y muy devotos, los corazones españoles son tiernos y afec­
tuosos, y proverbial nuestra hidalguía; la herejía nunca ha levan­
tado en nuestro suelo su ponzoñosa cabeza, y nuestros guerreros
iban reconquistando, invocando á María, el terreno que perdieron
sus mayores. Tal vez ninguna nación tiene más altares levanta­
dos á la Reina de los Angeles, más santuarios edificados en su
honor, más testimonios de su filiación piadosa; pero en nuestra
nación cada pueblo se gloría de ser más devoto que su vecino y
de haber recibido más mercedes de María, bajo el título con que
la venera cada cual por Patrona.
Si de España pasamos á Francia ó á Italia, encontraremos
la misma pretensión piadosa; si se oye á las demás naciones de
Europa piden para sí esta gloria; hasta si llegamos al Nuevo
Mundo hallaremos la misma ambición de devoción. Este hecho
universal y constante, esta noble emulación de todos los países,
es la mejor demostración de cuán profundamente arraigado está
en la Iglesia el culto purísimo de la Señora.
Ella es invocada en todas las necesidades del cuerpo y del
alma, privadas y públicas, por todas las clases y condiciones, des­
de el Príncipe hasta el mendigo, desde el Pontífice hasta el ban­
dido. Ella es el remedio de todos los males, el refugio universal, el
consuelo de todas las aflicciones; hasta el mismo pecador acude á
ella, y en medio de sus desórdenes tiene una confianza secreta en
su protección maternal. Se ha observado que estas disposiciones
remotas suelen ser el canal por donde penetra el agua de la vida
á aquellas almas secas de virtudes, y que la conversión del pe­
cador generalmente empieza invocando el auxilio de María.
María, pues, vive y reina en todos los pueblos católicos, como
desde el principio de la Iglesia: el porvenir es suyo, como lo ha
sido el pasado, pues si su culto nace espontáneamente del Catoli­
— 89 —

cismo, y se deriva de sos dogmas, no puede perecer. Este caito,


tan profundamente arraigado y tan latamente extendido, ha de­
bido manifestarse bajo mil formas agradables, pues el amor es
ingenioso en invenciones tiernas, y seguirá desenvolviéndose sin
perder nada de su pureza, porque su ley es la ternura, la esperan­
za, la santidad, la virtud, y estos son los fratos de nuestra fe.
Congratulémonos de la gloria de nuestra Madre y concluya­
mos con una decisión de la Iglesia hace doce siglos, y una excla­
mación del gran Obispo de Meaux:
Si alguno no quiere honrar y dar culto á la venerable siem­
pre Virgen, Madre de nuestro Señor, bienaventurada sobre
todas las criaturas y toda la naturaleza humana, excepto Aquél
fP*e fué engendrado de E lla, sea anatema.
Sernos apoyado la devoción á la Santa Virgen sobre un
fundamento sólido é inalterable. Puesto que está tan bien fun­
dada, anatema á quien la niega y quita á los cristianos un so­
corro tan grande. Anatema á quien la disminuye y con esto de­
bilita los sentimientos de la piedad.
En el siglo iv había dicho San Gregorio Nacianceno: Aquél
me no confiesa, y no honra á María, Madre de Dios, es ateo.

§. XIV.
Invocación.
V irgen:
Séame ahora permitido elevar mis ojos hasta las gradas de
tu excelso trono, y descansar un momento, contemplando en éxta­
sis amoroso la unanimidad con que todas las edades te han ma­
nifestado sus delicados sentimientos de veneración y de ternura.
Viajero fatigado al principio de mi carrera, no puedo pasar ade­
lante sin detenerme bajo la sombra del primer árbol hospitalario
<jue encuentro en mi camino, y necesito refrescar mis labios se­
cos con el rocío de tus piedades.
Si yo fuera un excelente poeta, y pudiera prestarte en toda
su viveza el tributo de mis afectos, serían dulcísimos mis cánti-
— so­
cos, ¿mas qué significan estas aspiraciones? Sin embargo, he me­
ditado tus glorias en todos los lugares que convidan á la poesía;
y en el silencio de la noche, en el encanto de la alborada, al lado
del tranquilo arroyo, entre la espesura del follaje, he reanimado
mi fe y he elevado hasta ti mi corazón.
Tu recuerdo, ¡oh Virgen Inmaculada!,ha sostenido el desfalle­
cimiento de mi pluma, cuando, como todo escritor, he contado lar­
gas horas de amargura y de desaliento. ¡Dichoso si hubiera apu­
rado completamente las heces de mi cáliz!; pero apenas lo he
gastado y ya me veo obligado á implorar el auxilio de tu dulzura.
Al presentar á ligeros rasgos la historia de tus aclamacio­
nes en el mundo, y de los triunfos que has conseguido, y de los
tronos en que te has afirmado, he aprendido que tu poder en el
cielo y en la tierra es tan grande, como si el Omnipotente te
hubiera comunicado su omnipotencia; pero tu misericordia aun
es más grande que tu poder. A ti se acogen todas las miserias
y vienes en auxilio de todos los desvalidos; ¿mas quién no lo es?
Por eso eres la consoladora Madre universal.
Tu nombre inspira santos amores, infunde consuelos y afirma
las nobles esperanzas, porque es como un óleo letificante, que se
derrama en bienhechoras gracias, de que estás llena; y eres la
inagotable fuente de delicias del universo. ¿No participaré yo
también de los dones de tus riquezas? Abreme tus brazos para
arrojarme en ellos, ¡oh puerto seguro en las borrascas de la vida!;
guíame bondadosa, inspírame ternura para cantar tus alabanzas,
pues eres la refulgente luz del alma y la Señora de las suavísi­
mas armonías. Sosténme, ¡oh Santa Madre!, para no desfallecer en
la empresa de tus elogios, escucha mis palabras y vivifícalas,
mira mi debilidad y dame aliento, fecundiza mi trabajo, si ha
de servir para que los hombres te den más gloria.
Que mis flores tengan para ti grato perfume, ¡oh blanco lirio
de los valles!; pon tu generosa mano sobre mi frente é ilumínala;
toca mi pecho y enciéndelo en tu amor; dame la paz del alma y
con ella la tierna persuasión, que brota de los labios ancianos,
para que en los corazones cristianos germinen flores de dulcísimo
aroma y de virtud eterna.
CAPÍTULO H
EL CULTO D E LAS FL O R E S

§· L
L a s F lo re s .

estación hay más bella que la primavera, que


ix g u n 'a
acaso es una imagen, aunque imperfecta, del Edén.
Como una virgen hermosa, adornada de ricas galas,
s®acerca sonriendo y llenando á la naturaleza de su hermosura;
1* preceden las simpáticas violetas y la anuncian las brillantes
margaritas que esmaltan la pradera, desplegándose después mag­
nífica y lujosa de lozanía, de flores, de verdura y de esplendor.
Hasta que no llega la fresca primavera está muerta la natu­
raleza, las fuentes corren turbias y silenciosas por los desiertos
prados, el campo está desnudo y no resuenan las arboledas con
8 gorjeos bulliciosos de las aves; mas cuando la nieve se derrite
i so deshace el hielo, toda la naturaleza principia poco á poco á
renacer. La reina de los tiempos hace su entrada triunfal senta-
sobre el sol y adornada de todos los colores de la luz; su
Ple queda grabado en violetas, anémones y jazmines, y donde se
Retiene un momento su planta bienhechora brota un círculo de
a°res, qae desarrolla en breve subido rosicler; su hálito fecundo
reparte en cada aurora vivísimos colores de grana, oro y azul, y
. a el ambiente de delicados perfumes, que comunican al alma
T1^a. placer á los sentidos, ensanche al corazón.
— 92 —

Las corrientes dejan oir sosegados murmullos; van rizando


blancas espumas serpeando como cordones de plata entre la hierba
fina de sus orillas, que crece más lozana y verde en todas las ca­
prichosas revueltas que sigue: los pequeños trovadores alados
llenan de sus cánticos todos los lugares en donde crece espeso el
follaje, la oropéndola suspira en las más altas ramas del álamo,
gorjea la inquieta golondrina, gime la tierna tórtola, mientras el
ruiseñor difunde poderosas y penetrantes melodías, templadas
suavemente por el rumor de las hojas agitadas por la tibia brisa.
Extienden los árboles sus flotantes copas, formando sombríos
pabellones y graciosas enramadas, que han de ocultar tantas es­
cenas apacibles de tiernos amores; cuando en Abril blanquea sus
ramas abundante flor, parecen un hermoso ramillete que liban
juguetonas las inquietas mariposas. Por doquiera se ofrecen lujo­
sas maravillas, los campos de cereales se dilatan como una verde
alfombra, bordada de estrellas azules, gebenes amarillos y encen­
didas amapolas; las sendas se cubren de blancas margaritas, los
lirios azules y las olorosas madreselvas esmaltan los ribazos, y los
insectos de relucientes alas cruzan en todas direcciones ostentan­
do los mudables aspectos de sus colores. El sol es más brillante,
las alboradas más bellas, los días más alegres, las tardes más
bulliciosas, las noches más serenas; por eso la magnífica prima­
vera, al extender su manto pomposo, florido, viviente y animado,
nos ofrece en millares de rosas cada día una nueva creación.
¡Cuadro grandioso en que la naturaleza parece que agotó su
mágico pincel, hermosura que se siente mejor que se describe, y
que no puede recordarse sin grata fruición! Todo es un cúmu­
lo de placeres puros, pero no se sabe cuál es mayor, si el de los
ojos con la belleza y variados matices de las flores, el del olfato
con sus exquisitos aromas, 6 el del oído con las rumorosas armo­
nías reunidas del céfiro, de los arroyos y de las aves; porque todo
nuestro sér se baña de un tranquilo bienestar. En la primavera
todo es risueño como la esperanza, de que ella es símbolo; como
la vida, de que es imagen; como la felicidad, de que da idea. Al
contemplarla quien no es ateo, eleva espontáneamente á Dios un
himno profundo de gratitud y adoración.
— 93 —

Las ñores son lo más hermoso de la hermosa primavera, así


tomo en una doncella hay alguna gracia especial, que es la más
notable de sus bellezas. ¡Oh! ¡Las flores! ¡Cómo alegran al alma!
¡Cómo la comunican una nueva vida! ¡Cómo despiertan su energía
7 actividad! ¿A quién no hacen poeta? ¿Quién no se alegra cuando
ks ve nacer? El día en que vemos brotar la primera flor en el
tampo ó en los jardines, es para nosotros un día venturoso, pare-
16 mía fiesta, y nos llena de gozo y alegría, sin saber por qué. Si
reflexionamos· sobre esta alegría que nos inunda, es para nosotros
desconocido su principio, y no hallamos algún motivo razonable ó
*%nna causa que la justifique; pero seguramente no tiene otro
D^gen, que aquella primera flor que vimos al pasar, primer indi-
tl0 de la resurrección de la naturaleza, que nos anuncia que se
tcerca la primavera con sus encantos y el mes de Mayo con sus
S^as, la época risueña de cielo puro y de frescas sombras, la
frata estación de las brisas lánguidas, de los alegres trinos, de
* poesía y del placer.
Las emociones más candorosas y delicadas se representan en
k® flores, seres bellos, los más agradables entre todos los dones
^ la naturaleza, y los más á propósito para cautivar el corazón.
^ ellas todo atrae; sus airosas formas, sus brillantes colores,
perfumes amables, su deliciosa frescura; todo es poético,
su misma debilidad.
Las flores son nuestras compañeras: tenemos con ellas una
í8Pecie de fraternidad y las amamos. Somos avaros de contem­
plarlas, de aspirar su perfume, de tocar sus hojas, de poseer-
as>las hablaríamos si pudiera ser. Y en efecto que las habla­
dos alguna vez con un lenguaje mudo y desconocido, que no se
^ticula con palabras, sino con la lengua del corazón, con nues-
s miradas cariñosas, con nuestros deseos, con nuestra admi­
sión. Casi nos convertimos en idólatras de su hermosura y de
1,1 belleza. ¡Dios nos perdone!, porque_en ellas le adoramos á El.
iQuién las ha formado? ¿Quién las ha dado sus colores y sus
“atices, su elegancia y su aroma, su vida y su frescura, su de-
•cadeza y suavidad? El y solo El.... el gran Dios cuya sabi-
na ®s sin medida. ¡El sea bendito!, que no ha querido quedar
— 94 —

sin testimonio, haciendo bien desde el cielo, dando lluvias У


tiempos de frutos y lleflando de alegría nuestro corazón. (Act.
v. 16). El ha reunido en las flores sus testimonios y maravillas,
y engalana al lirio más humilde con una pompa de más lujo»
que tuvo Salomón en toda la gloria de su poder.
La llegada de la primavera nos proporciona mil recreos
nuevos; la amable y modesta violeta es una de sus primeras
hijas, cuyo olor es tanto más grato cuanto más tiempo hemos
estado privados de él; el hermoso jacinto ostenta su dulce flor;
la imperatoria eleva el tallo airoso en medio de sus estrechas
hojas, y sus flores purpúreas y doradas, inclinándose hacia la
tierra, forman una especie de corona, que tiene encima un ra-
millete de verdor; el tulipán comienza á manifestar sus osten­
tosos flores, despliega el ranúnculo toda su magnificencia, en­
cantando nuestros ojos con la feliz distribución de sus matices, У
la bella anemone forma una cúpula redondeándose; después si­
guen los narcisos, las lilas, el junquillo, el iris y demás ricos
adornos del verjel. Las alabanzas y las acciones de gracias de
toda la naturaleza llegan hasta el cielo, y no se puede contemplar
un campo de ondulantes espigas, coronado de follaje, una pra* {
dera esmaltada de velloritas, ó un bosque majestuoso, sin pensar
en Dios. Su bondad se revela magnífica y abundante; las flores
no están hermoseadas tan graciosamente sin designio; visible­
mente están hechas para el hombre, único sér para quien tienen
atractivo, que las busca con singular complacencia y que puede
reconocer en ellas el poder divino. Algunas flores brillan con l°s
más ricos colores, otras no tienen sino un ornato muy sencillo»
aquéllas llenan el aire de los más exquisitos aromas, éstas sólo
alegran la vista con sus esbeltas formas. Podemos exclamar con
David: ¡Qué engrandecidas son tus obras, Señor; hiciste toda*
las cosas con sabiduría, la tierra está llena de tu posesión!
“En el reino encantador de las flores, dice el célebre Chateau­
b riand, adquieren las maravillas de la naturaleza un carácter
„más risueño y apacible. Al ver las plantas elevadas en el aire
„ y en la cumbre de los montes, cualquiera diría que toman algo
„del cielo, á que se aproximan. A veces, cuando reina una pro-
— 05 —

»fonda calma al salir la aurora, todas las flores del ralle están
«inmobles en sus tallos, se inclinan de mil modos diversos y mi­
aran hacia todos los puntos del horizonte; y en aquel momento en
»que todo parece estar tranquilo, se consuma un grande misterio;
»la naturaleza concibe, y estas plantas jóvenes son otras tantas
»madres inclinadas hacia la región misteriosa de donde debe venir
»la fecundidad. Los silfos tienen simpatías menos aéreas y comu­
nicaciones menos invisibles. El narciso deposita en los arroyos
»su raza virginal; la violeta confía á los céfiros su modesta pos-
»teridad; la abeja recoge su miel, vagando de flor en flor, y fecun-
»da sin saberlo toda una pradera; una mariposa lleva un pueblo
»entero en sus alas. Mas no todos los amores de las plantas son
»igualmente tranquilos, pues las hay que los tienen borrascosos,
»como los del hombre; se necesitan grandes tempestades, para
»unir en las alturas inaccesibles el cedro del Líbano con el del
»Sinaí, al paso que en la falda de la montafia basta un ligero
»viento para establecer entre las flores una comunicación de de­
leites. ¿No agita de esta misma manera el bravio huracán de las
»pasiones á los reyes de la tierra sobre sus tronos, mientras que
»los pastores viven á sus pies tranquilos y felices?.
No es extraño que las flores sean tan amadas, y que los hom­
bres las busquen con tanto cuidado, como el más rico ornato de la
creación, para prestar atractivo á todas las bellezas. Imágenes de
Ia hermosura, y fuentes de la poesía, parece que deben intervenir
en todos los regocijos; ocupan los lugares más eminentes hasta de
ios regios salones, y las fiestas campestres no se tienen sin guir­
naldas. La joven desposada creería que faltaba alguna cosa á su
^ j e de boda, si no tuviera el adorno de una flor; las hermosas
completan con ellas sus galas; una reina no se desdeña de estas
Parlas en las mayores solemnidades, como templando con su dul-
z^ra y sencillez el brillo de la majestad; y hasta cuando las
&lega la crudeza del invierno, sabe contrahacerlas el arte, no de
etro modo que la hipocresía es la flor artificial de la virtud. En
^uo tiempo las flores han coronado la copa del banquete y han
*ld* el ornamento inseparable de los festines, han ceñido la frente
k s vírgenes, han hecho resaltar las venerables canas del filó­
— 96 —

sofo, y lian sido el premio del guerrero. En la antigüedad, las


acciones heroicas eran recompensadas con algunas coronas de olivo
ó de laurel; los vencedores en los juegos públicos no ambiciona­
ban otra paga de su destreza y de sn valor, y siempre han sido
tenidas como símbolo del cariño, de la inocencia y de la frater­
nidad.
En los antiguos tiempos no se celebraban las bodas sin llores;
los nuevos esposos eran coronados por sus madres, y recibían
después los juramentos de fidelidad. Las coronas en estos casos
eran de espárrago, de romero, de verbena, abeto ó pino. Los
mismos reyes cambiaban sn diadema de oro por guirnaldas de
flores. Alejandro Magno no desdefió esta costumbre: su esposa
Roxana llevó una corona de flores en figura de torre: Glaudiano
celebró los desposorios del emperador Honorio:
Tu festas Himenei faces , tu gratia flores
Elige, tu geminas concordia necte coronas.

Estas coronas eran símbolos de gozo, alegría y felicidad.


En casi todos los pueblos han sido destinadas las flores como
ofrenda para los dioses: los sacerdotes coronados con ellas hundían
el cuchillo sagrado en la víctima y registraban sus palpitantes
entradas en busca de los acontecimientos futuros: las doncellas
de Chipre ó Pafos, medio desnudas y cubiertas de rosas, danza­
ban cantando himnos á la impura Venus, para celebrar sus concu­
rridas fiestas.
La risueña Mesenia celebraba la solemnidad de Diana Lim-
natide, y las jóvenes cretenses, imitando laberintos en sus aéreos
bailes, terminaban desciñendo de sus sienes las coronas de laurel»
y colgándolas en el altar de la diosa, con los arcos de los caza­
dores, después de lo cual se inmolaba un ciervo blanco á la reina
del silencio; del mismo modo que las meretrices corintias, las vír­
genes delias coronaban con flores sus cabellos, y eran también
el complemento de las flotantes túnicas y azulado velo, que com­
ponían el traje de la púdica Vestal.
Hasta la misma religión cristiana, tan circunspecta y grave,
usó desde los primeros siglos las flores en su culto majestuoso.
— 97 —

Los primeros fieles cabrían con ellas á los mártires, á los confe­
sores mutilados por la fe, y á los catecúmenos; y no se veían
otros adornos sobre los altares de las catacumbas. Al presente
también adornamos con ellas nuestros templos, pues el espíritu
de la Iglesia es siempre el mismo, como su fe.
¡Y sin embargo estas flores tan queridas, tan amadas por
todos los pueblos tienen una belleza pasajera y efímera como
todas las vanidades del mundo!

§
. II.
E m b le m a s .

Las flores son un libro abierto para todo pensador, pues ha


jabado Dios en ellas de tal modo la bondad de su providencia,
que no hay hombre alguno á quien no hablen al corazón. Las
almas sensibles y delicadas hallan eu las flores un verdadero re-
creo, los desgraciados un consuelo, los dichosos un aumento d· su
alegría, los religiosos una oración y una alabanza para Dios.
Nosotros, los hijos devotos y amantes de la Virgen María,
Aspirándonos en la ternura de nuestro afecto á ella, ya seamos
felices, ya desgraciados, reunimos en uno todos estos respectos y
*as consideramos como un medio para obsequiarla, para hacerla
Propicia, para honrarla, para manifestarla nuestra gratitud
¡Con qué propiedad! Obsequiamos con flores á otra flor: flor celes-
tial y purísima que exhala su dulce perfume en las almas de
todos los justos, y aumenta sus virtudes y los atrae á la felicidad;
flor sin espinas, que derrama su polen salutífero sobre los corrora-
Mos pecadores, y los hace volver á la vida, como en la prima­
b a renace el árbol seco; flor amable, que deja caer la gota de
brescante rocío, que contiene, sobre los corazones atribulados,
i los llena de dulce consuelo, apagando el fuego de su tribula-
c,fo. Todos participan de sus inagotables beneficios, todos han
Probado las aguas de esta fuente límpida de piedades y á todos
llegado la misericordiosa fragancia de esta rosa mística de
®arón.
I*A8 F l o b b s db May o. — 7 .
— 98 -

Por eso nanea dejamos de recurrir á ella como á la mediado-


ra más poderosa con su divino Hijo, como á la más eficaz aboga­
da con el Señor: en este sentido nos encomendamos á ella en
todas nuestras necesidades y dejamos en sus manos nuestro des­
tino: á pesar de nuestros pecados, ponemos en ella nuestra con­
fianza y no nos niega sus favores. ¿Quién ha dejado de experi­
mentar en su vida señales manifiestas de la protección de la
Madre del amor? ¿Quién habrá que no la deba la vida ó la salud
de alguno de su familia? ¿Quién no ha implorado su auxilio en
una enfermedad? ¿Quién no la ha importunado, al empezar una
de esas épocas decisivas, que fijan el destino de toda la vida? ¿Y
quién se atreverá á decir que no ha sido escuchado?
Acaso algunas veces no habremos alcanzado lo que pedimos,
porque en algunas cosas son nuestras oraciones tan insensatas
como nuestros deseos, porque generalmente murmuramos plegarias
con los labios, mientras nuestro corazón está manchado, mientras
nuestra conciencia está llena de iniquidades, y no se puede con­
seguir la gracia de la Madre si tenemos justamente irritado con­
tra nosotros á su divino Hijo; pero aun entonces puede servirnos
de consuelo, que ella, que es el refugio de los pecadores, y el
consuelo de los afligidos, que toda es bondad, toda compasión,
toda indulgencia, desarma su brazo levantado para castigarnos
interponiendo su virtud entre nuestra nada y la majostad divi­
na. Constituida nuestra tierua protectora, procura disminuir á
los ojos de Dios nuestros pecados y ponderar nuestras e s c a s a s
buenas obras, y si en la balanza vence el peso de nuestras cul­
pas, contrapone y carga, en el platillo favorable, sus ruegos de
madre y los méritos de Jesucristo para salvarnos.
Natural es la gratitud, que es la noble propiedad de los pe­
chos generosos, natural es la correspondencia á su amor; el culto
de la Virgen-Madre se deriva espontáneamente, tanto de sus ex­
celencias soberanas, como de los beneficios que prodiga. Queremos,
en lo posible, recompensarlos cou algún obsequio, ofrecer á Man®
nuestros agradecidos dones, y buscamos, dentro de nosotros mí3'
mos y fuera de nosotros, algo digno de su majestad.
Somos tan pobres, que nada tenemos sino mucha necesidad
— 99 -

de recibir: escasos de virtudes y faltos de méritos, llenos por


otra parte de imperfecciones, no podemos ofrecer á nuestra reina
sino la miseria de nuestra condición. Si pudiéramos ofrecerla
buenas obras, sería un tributo digno de ella, un magnífico home-
uaje, que aceptaría, pero nuestra alma es una tierra árida que
uo produce más que abrojos; mas la pobreza es ingeniosa y mu­
cho más si se reúne con el amor. No teniendo ricos presentes
como conviene á una reina, alargamos la mano á unas sencillas
flores y la ofrecemos este tierno y bellísimo símbolo de su bondad
y de su pureza. Las flores han hablado siempre un lenguaje mis­
terioso de amores y de poesía, y nosotros, al depositarlas á los
I>ies de la Virgen María, depositamos juntamente con ellas nues­
tro afecto filial, nuestra gratitud, nuestros pensamientos y todo
unestro corazón. Presente delicado, si se mide el corazón de la
Santa Virgen por el nuestro, y consideramos que las flores y el
ofrecimiento de ellas á María tiene una grande y misteriosa
armonía con las necesidades del hombre, con su vida, con sus
relaciones, con sus destinos, con todo lo que es.
Siempre las flores han tenido emblemáticas significaciones;
el hombre se inclina naturalmente á buscar analogías en la na­
turaleza, y pretende hallar sus semejanzas en todos los objetos
que le rodean; mas entre todos los que brinda pródiga la tierra,
u° hay alguno con quien tenga mayor afinidad que con las flores.
Nada más natural, que el hombre haya pensado representar sus
Pasiones y sus afectos bajo los emblemas de esos seres graciosos,
eu los que todo es atractivo, y que ofrecen formas y propiedades
tan variadas como sus sentimientos. Las fábulas .de la mitología
encarnaron en las flores los elevados sentimientos del amor y de
Ja amistad, cuyo conjunto, rectamente ordenado y embellecido por
a divina gracia, es la sublime caridad cristiana, la principal de
48 virtudes enseñadas por nuestro Redentor.
Cualquiera comprende sin violencia alguna que la rosa re­
presenta perfectamente la vida y la belleza, y la azucena es la
,nda imagen de la inocencia y el candor. Así, la pomposa carne-
% sin perfumes, es como el hombre vano que se engríe y hace
°st®ntación de apariencias deslumbradoras, sin mérito alguno,
— 100 —

mientras que la ignorada violeta ó la pequeña juliana de flor


sencilla nos representan á aquel que, aunque privado de gracias
exteriores, está recompensado con los dones mucho más sólidos
de las bellas cualidades del corazón. En el silencio y la obscuridad
el justo obra el bien, y sus buenas acciones despiden agradable
fragancia en un pequeño círculo, alrededor de sí; del mismo modo,
el hombre benéfico con frecuencia nada tiene de distinguido ó
simpático en su exterior.
Cada planta, cada flor y cada liierbecilla, en sus transforma­
ciones y costumbres tiene una afinidad de más ó menos grados
con las que se verifican en el hombre. San Bernardo había pensado
ya que las flores son la imagen más expresiva de nuestras cos­
tumbres, que tienen sus colores y su perfume, y antes que él ha­
bían tenido pensamientos semejantes los poetas de la antigüedad.
Nuestros afectos se representan en sus colores: en el verde la
esperanza, en el blanco la inocencia, en el rosado el pudor. La
castidad, la caridad, la devoción, tieuen, en efecto, matices tan
bellos como el tulipán más gracioso, y perfume más amable que,
los jazmines de mejor aroma; la dulce amistad, el amor noble, la
piedad filial trascienden á toda la sociedad, mejor que el toron-
gil y la hierbabuena embalsaman los jardines; y el hombre vir­
tuoso llena de sí mismo la atmósfera que le rodea; por el contra­
rio, las pasiones, que envilecen, son como la ortiga y el cardo, que
hieren á quien intenta acariciarlas, y el hombre vicioso es un
espino que no produce más que bayas amargas, ó como una
planta parásita que sólo lleva frutos venenosos, colores opacos, J
narcóticos olores, la impureza, el orgullo, el egoísmo, la envidia»
los odios y la ingratitud.
¡Mas el corazón humano sí que es verdaderamente una pobre
flor! Su historia es una misma; primero es un capullo cerrado que
se va abriendo poco á poco al aire de la vida; luego se desarrolla*
llega una época en que ostenta toda su lozanía; entonces es rico
de ilusiones y de esperanzas, audaz y confiado; más ¡ay!, muy
pronto siente el helado cierzo de la desgracia, llegan los desen­
gaños, la sequía de la tribulación, no halla riego para sus raíces»
y se marchita, y languidece y muere. Poco á poco van cayendo
- 101 —

tina por una todas sus hojas, que son sus ilusiones y sus creencias,
inclina su corola, que ya no puede recibir las gotas de rocío, y
queda reducido á un tallo desnudo, un esqueleto yerto, sin vida
ya. ¿Qué es el mundo para un corazón desengañado? Arrastra la
existencia como una mortaja, y deja rodar sus necias vanidades,
que nada pueden ofrecerle, como nada valen las frescas brisas,
las cristalinas fuentes á la marchita flor. ¡Dios mío! ¿Pues
por qué sentimos esta sed de placeres que nos abrasa? ¡Ah!, nada
hay en la tierra que pueda satisfacer al corazón; todo es pequeño
para sus satisfacciones infinitas, porque nos hicisteis para Vos!
Este deseo de felicidad, siempre constante y siempre vivo, no es
otra cosa que un grito de alerta, una voz amiga que nos anuncia
constantemente que encaminemos todas nuestras acciones, de
toodo que no quede frustrada su inquieta aspiración.
Pasan las flores que nacen y viven y mueren en un día; así
la vida del hombre se desliza fugitiva, como uua rápida centella
qne ha fulgurado un instante vivo resplandor. La Sagrada Es­
critura compara justamente los destinos del hombre á los destinos
de una pobre flor. Los días del hombre son como la hierba y
Pasarán como la flor del campo, dice el profeta Real, y según
Isaías, toda su gloria y hermosura no son más que heno: huye
nuestra vida como una sombra y se seca como la grama de
los prados.
Los pecadores son comparados á la hierba despreciable de los
tejados, se marchitarán los malignos tan rápidamente como ella,
y serán del mismo modo pisoteados y confundidos; al paso que
l°s justos florecerán como la palma, se elevarán como el cedro,
V serán como las rosas de la primavera.
Pero especialmente las flores están destinadas para simboli-
la ternura y el amor. Desde la más remota antigüedad, el
amor envió delante de sí á las flores y las tomó como sus confi­
dentes y mensajeras; muchos pueblos han expresado con ellas los '
^ntimientos más tiernos de su corazón, y lo que no podían sig- -
niñear con palabras lo decía muy bien el lenguaje mudo de las
flores. Estas tiernas hijas de las brisas, amantes del rocío, ser­
ia n para manifestar los amores, los celos, los deseos, el contento
— 102 —

y la felicidad. Su lenguaje significativo, que la naturaleza se en­


cargó de poetizar, halagó al romanticismo de los árabes, que
manifestaban su alma sin doblez y sin disimulo, pero después
el mundo abusó de él. Zorrilla se expresó sobre este punto del
modo siguiente:
En la tierra de Oriente son las flores
De amorosa pasión cándido emblema;
Con ellas el cautivo sus dolores
Sabe expresar en su amargura extrema:
Y combinando hermosos los colores
Con que engalana Flora su diadema,
Ora pinte el temor ó la esperanza,
Que hablen por él en su tristeza alcanza.

Otras naciones marcan sus épocas por la época de las flores,


ó por la caída de las nieves, y los períodos de su vida se ajustan
á los de la naturaleza. Cuentan las horas por las sombras de los
árboles, ó por el tiempo en que se abren ó cierran las flores; por
éstas conocen las estaciones, así como sus aiios por el número de
las cosechas, y según la bella frase de Chateaubriand, su vida pa-
rece identificada con la de los árboles y las flores como la de los
Faunos y las Dríadas. El ilustre vizconde, así como Bernardino
de Saint-Pierre, saben hablar admirablemente el lenguaje de 1*
naturaleza, y al pintar las magníficas escenas de la rica vegeta*
ción de América, ponen en boca de sus personajes estas dulces
imágenes que prestan el mayor atractivo á sus conversaciones·
Los salvajes Natchezt toman todas sus comparaciones de las flores,
de las aguas y de los bosques: aquellos pueblos sencillos que sólo
ambicionan para su dicha, y sólo desean al cazador errante un
cielo azul, muchos ciervos y uu manto de castor, debían expre'
sarse en un idioma tan encantador como sus .costumbres y suS
gustos.
Del mismo modo el célebre naturalista Linneo, poético en
todo, concibió el pensamiento de sustituir á su reloj las indicacW'
nes de las corolas que se abrían ó cerraban, y formó su reloj &
Flora. El había observado que muchas flores se abrían á distm*
tas horas del día, mientras otras lo hacían por la noche, y
— IOS —

ñas pasaban abriéndose y cerrándose á intervalos fijos ó inva­


riables, y halló en la naturaleza nn inmenso cuadrante en que
cada flor designa su hora con exactitud. Desde las tres de la ma­
drugada en que se abre la enredadera, y desde las cinco la azu­
cena amarilla, siguen después abriéndose unas y cerrándose otras,
casi todas las horas del día y de la noche. Así también los cánti­
cos de las aves indican al pastor ó al jornalero las horas de la
madrugada y la proximidad de la aurora, y las estrellas se la
dicen con certeza al marino: ¡en la naturaleza todo es uniforme
y está sabiamente organizado, porque lo ha hecho Dios; pero en
el corazón del hombre, agitado por las borrascas de sus pasiones,
todo es desorden y confusión!
No es de admirar que los hombres hayan procurado leer este
inmenso libro, que forma de sí misma la naturaleza, que además
de ser un testimonio de la providencia divina, es el emblema mudo
de todo cuanto es él. El hombre, sér débil y lleno de miserias,
halla cierto gozo en interrogar á una débil flor, examinando en
su forma y propiedades las analogías de sus destinos, pues apenas
hay objeto alguno en la naturaléza capaz de excitar tan profun­
da contemplación.
Un poeta dice: ,
Sabio es aquel que entiende
El idioma sublime
Con que natura exprime
Su gozo al Salvador.

Sabio es el qne penetra


Del suelo los primores,
Y lee de las flores
El mágico tapiz.
Y al extender la vista
Por todo el campo ameno,
De inteligencia lleno
Contémplase feliz.

San Agustíu había dicho antes, qne todo el universo no es


fn<*s (& e un poema divino.
— 104 —

Las artes paramente de adorno no hacen otra cosa que copiar


las gracias de las flores y combinarlas de mil modos caprichosos,
como formas de todas las bellezas, qae figuran dignamente en
todos los objetos agradables. No puede darse un emblema más
expresivo de las hermosuras de la tierra, qne brillan un momento,
llenas de color, frescura y lozanía, pero que languidecen muy
pronto y apenas conservan algún rasgo de sus pasados atractivos.
Guando una joven se envanece con sus encantos, y consume lar­
gas horas de tocador para realzarlos, debía contemplar sus des­
tinos en aquellas mismas flores con que se adorna, y no cuidar
tanto de su rostro que ha de marchitarse, y más bien debía pro­
curar engalanarse de lo único durable, de la modestia y la virtud.
No hay cosa más vana que la hermosura del rostro, pues á la
manera que las flores, que se marchitan con un ligero viento,
así se pierde con cualquier acaso y eu un breve momento se
aniquila.
Nosotros mismos no hemos podido menos de conservar algu­
nos restos del bello idioma de las flores, pues subsisten todavía
mil emblemas de las antiguas costumbres. Parece que la misma
naturaleza ha determinado la significación que tienen entre nos­
otros algunas flores, y que éstas han sido destinadas para repre­
sentar multiplicadas alegorías. El fúnebre ciprés nos lleva na­
turalmente á tétricas ideas; el sauce llorón de Babilonia está
representando vivamente el abatimiento y la languidez de una
alma triste: uno y otro, colocados ■sobre los sepulcros de nuestros
amados, son la imagen más exacta de nuestro luto y de nuestros
pesares; mientras que la corona de siempreviva es el símbolo de
la etérna memoria, que conservamos de los finados de nuestro
cariño, ó si la religión anima el sentimiento, será la represento'
ción de la vida imperecedera que gozan los muertos en la patria
celestial. Del mismo modo el laurel, siempre verde y brillante, está
muy bien escogido para recompensar el mérito de aquellos hom­
bres ilustres cuya fama ha de llegar á la posteridad, así como
la gloria de los guerreros que se inmortalizaron por su valor.
En las flores están simbolizados todos los triunfos, desde el dulce
poeta hasta la revoltosa bailarina de teatro, y sirven del mismo
— 105 -

modo á ambos para sas ovaciones: la guirnalda de la desposada


es el emblema de la pureza y del pudor coronado de felicidad, al
paso que sobre la frente de una niña significa la inocencia y el
candor.
Son, pues, las flores depositarías amables de todas las afeccio­
nes del hombre, y tiernos intérpretes de sus sentimientos. Las
pasiones, las costumbres, el corazón, la hermosura, el amor, que es
sol del alma, la vida toda, están simbolizados en estos seres be­
llos tan graciosos, como frágiles y delicados. “Libros admirables,
»dice Chateaubriand, que no contienen ningún error funesto, y
«que sólo conservan la historia fugitiva de las revoluciones del
»corazón.»
Pero el perfume más exquisito de las flores no es tan agrada­
ble como el perfume de la virtud.
Así se puede apreciar la delicadeza del pensamiento cristiano,
& quien ha ocurrido dedicar las flores, con la exactitud de todos
sus emblemas, á la hermosa Virgen María, llamada por un devoto
flor olorosa de toda santidad.

§. m.
M a r í a y las flores.

¡Qué bella es la naturaleza, cuajido las flores bordan la su­


perficie de la tierra que parece que está de gala! Al ver una her­
mosa pradera florida, no somos dueños de contener una exclama­
ción de gozo, tendemos por ella una mirada sonriente y nos
sentimos rejuvenecer. Aspiramos con delicia el aire embalsamado
por sus aromas, y siempre nos retiramos con pena de aquel lugar
encantador.
Pero la Santa Virgen de las Vírgenes, María Madre de Dios,
es más hermosa que toda la naturaleza, y más bella que todas
las flores reunidas, que no son dignas de ser holladas por su puro
pie. La idea que nos dan de ella los libros sagrados es tan poética
como todo el mes de Mayo con sus galas, y más pomposa que
todas las flores que produce el más ameno jardín.
— 106 —

Ella es nn jardín cerrado, en el que jamás pudo penetrar


ningún insecto á roer sus flores. La Sagrada Escritura la perso­
nifica muchas veces en estas imágenes. Podrían aplicarse á María
aquellas palabras del elogio de Simón, hijo de Onías, y en efecto,
la Iglesia las ha puesto en el oficio de la Virgen. “Es como el
„arco iris refulgente eutre nubes de gloria, como las rosas en la
„primavera y como los lirios cerca de la corriente del arroyo, ó
„el árbol oloroso del incienso. Es como la oliva que brota, y como
„el ciprés que crece á mucha altura, ó como el cedro del monte
„Líbano.„ (Eccli. L. 8).
Esta Virgen maravillosa, acordada en uno y mismo decreto
que la encarnación de la Divina Sabiduría, se apropia en el oficio
eclesiástico las mismas palabras con que las Sagradas Escrituras
hablan de la Sabiduría increada, y con las que representan sus
divinos orígenes, tomando de las flores y plantas las más brillantes
de sus comparaciones. La Iglesia hace cantar á la misma Virgen
el himno de su predestinación eterna: salida de boca del Altísimo,
fué engendrada primero que ninguna criatura: bendita entre los
benditos, fué admirada en la plenitud de los Santos: reina de
todos los pueblos y todas las gentes, domina los corazones de los
grandes y los pequeños, y posee la heredad santa del Señor. El
Omnipotente la tuvo presente en su pensamiento, al hacer la luz,
al criar los cielos y la tierra, al medir las profundidades del abis­
mo y al encerrar las olas del mar; después vino á reposar en
su seno castísimo y á descansar en él de los trabajos de la
Creación. (Prov. VIII, 22.—Eccli. XXIV).
Luego se describe su gloria admirable y el poder de su in­
tercesión; ella es afirmada en la ciudad santificada de Sión, y
tiene su potestad en Jerusalem: echa raíces entre los elegidos, en
un pueblo honrado, y tiene su asieuto en la plenitud de los San­
tos, en medio de la Iglesia multiplicada del Señor.
Expresa, bajo nobilísimas figuras, su majestuosa alteza y su
vigorosa fecundidad, así como su incorruptible virtud:
— “Me he exaltado como cedro sobre Líbano y como ciprés
en el monte de Sión.,
Su noble gentileza, su hermosura y su caridad tienen también
— 107 -

símbolos adecuados; su bondad misericordiosa se significa de un


modo claro, y es representada como una abogada segura y pro­
tectora universal:
-—"Me ensalcé como la palma en Cades y como un plantel
»de rosales en Jericó:
“Me he elevado como oliva graciosa en los campos, y como
»plátano en las plazas, junto al agua.»
Asimismo su elevada santidad y el buen ejemplo de sus vir­
tudes, la vistosa variedad de las gracias y dones celestiales que
había recibido, y el dulce atractivo de su excelencia, se declaran
bajo imágenes agradables de deliciosos perfumes, que embalsa­
man la heredad inmaculada del Sefior.
“Como el cinamomo y bálsamo aromático di fragancia: como
»mirra escogida di suavidad de olor.»
“Y como estoraque y gálbano, y como incienso no sacado
»por incisión, perfumé mi habitación y como bálsamo sin mezcla
»di mi olor.»
Por último, se anuncian los frutos que producirá esta bellísi­
ma flor, que brota y se desarrolla haciendo beneficios y derra­
mando riquezas de virtudes, dilatando su pomposo follaje.
“Yo, como terebinto, extendí mis ramos, y inis ramos son de
honor y de gracia.»
“Como vid fructifiqué con suave olor, y mis flores son frutos
»de honor y de honestidad.»
“ Yo, la Madre del amor hermoso, y del temor, y de la cien-
»cia y de la sauta esperanza.....los que me codiciáis, llenaos de
»mis frutos, porque mi espíritu es más dulce que la miel. Las
»generaciones de los siglos me alabarán: los que me esclarecen
»tendrán la vida eterna.» (Eccli. XXIV, 16 seq.)
Estas admirables relaciones que existen entre las flores y
María, simbolizando vivamente las perfecciones que la adornan,
J fundadas en los mismos Libros Santos, son muy conformes á su
naturaleza, porque ninguna imagen puede haber que exprese á
Un tiempo mismo con mayor propiedad su candor y su dulzura,
su pureza y su gracia, su belleza y su santidad. Por esta razón
en «1 Cautar de los Cantares, aquel tiernísimo libro de los amores
— 108 —

castos, y ardientes efusiones del Esposo divino y de la Esposa


santa, Virgen sencilla de alma inmaculada, se expresa con el
lenguaje de las flores toda la ternura del alma. Nadie ignora que
la Iglesia entiende de la Virgen Madre de Dios este epitalamio
sublime de tantas significaciones. Ciertamente que también se
interpreta de la misma Iglesia, esposa inmaculada y amante del
Salvador, ó de los inefables desposorios de Jesús con el alma
santa, herida del amor divino, en el cual tiene todas sus delicias;
pero también es cierto que todos los expositores católicos recono­
cen que este amoroso cántico conviene de un modo maravillosa­
mente adecuado á la Virgen María. Las complacencias de Dios
en esta criatura, singnlarmente hermoseada, y la correspondencia
fidelísima de esta misma doncella escogida, están explicadas de
un modo tan poético como elevado. Esta égloga de los amores,
en donde parece que las razones están desconcertadas, por la
vehemencia de la pasión, como sucede siempre que se expresan
grandes afectos, no puede menos de referirse á aquella amada
Madre, esposa incomparable del Espíritu Santo, en cuyo corazón
ardió el amor más puramente sublime, con que se había unido á
Dios ningún sér criado aun en las seráficas regiones. Así con­
venía á sus gracias 'y santidades, superiores á las de todos los
coros Angélicos, según los Santos Padres, y á las relaciones que
la ligaban á toda la Trinidad, por su alteza de Madre de Dios.
Este divino cántico, llamado por San Agustín, poesía del amor
y gritos de gozo de la caridad, no puede menos de aplicarse
con propiedad á aquella bendita enamorada, que tué, según la
frase de San Proclo, el augusto tabernáculo en donde se verifi­
caron las bodas del Verbo divino con la naturaleza humana.
Además fué María la criatura más amada por Dios.
Para expresar esta mística esposa el fuego violeuto de sus
amores, no encuentra imágenes más dulces que las flores y los
perfumes. Ella misma quiere ser como el nardo fragante para
agradar á su amado, que desea descanse en su pecho como uu
manojito de mirra, ó como un ramillete de blancas flores de
oloroso cipro ó juncia de olor. Su lecho nupcial es florido, como
la conciencia limpia es un lecho de flores del Espíritu Santo.
— 109 —

Los esposos establecen entre sí una competencia de amores y


procuran excederse en cariñosas alabanzas.
—Yo soy flor del campo y lirio de los valles.
—Como la azucena entre las espinas, así es hermosa mi
amada entre todas las doncellas.
—Como el manzano entre los árboles de las selvas, así es
gentil mi amado entre todos los mancebos.
La tierna Virgen, que agradecida á los favores del Esposo,
^ corresponde comparándole á un hermoso manzano, lleno de
hojas y rico de fruto, recuerda después las escenas deliciosas de
sus primeros amores y languidece de felicidad. Nadie ignora que
el manzano y sn fruto eran el símbolo del amor entre los anti­
guos, aunque entre nosotros tienen muy diversa fatal signifi­
cación.
—Sostenedme con flores, cercadme de manzanas, porque desfa­
llezco de amor.
Este tierno suspiro del alma enamorada es acogido en el
corazón del amado, que invita á la esposa á disfrutar las castas
delicias de su unión en la agradable primavera, entre las nue­
vas flores y los arrullos quejumbrosos de la tórtola, oreados por
la frescura de la blanda brisa al caer la tarde. Luego se recrea
en la descripción de su hermosura, que le cautivó el corazón, y
la compara á un amenísimo jardín, en donde hay toda clase de
flores y perfumes, juncia de olor, nardo, d rojo azafrán, la
caña aromática y el fragante cinamomo.
“Muchos Padres van aquí buscando las cualidades de estas
plantas, para determinar la virtud que se significa por cada una
de ellas. Por las granadas entienden los frutos de la caridad, de
la paz y unión fraterna; en las manzanas, que son de olor y sabor
muy suave, los frutos del santo y divino amor; en el cipro, que
una planta olorosa y activa, la contemplación de las cosas
divinas; en el nardo, la esperanza en Dios y la desconfianza de
sí mismo; en el azafrán, la fe; en la caña arómatica, que es de
suave olor, la prudencia; en el cinamomo, que es de naturaleza
cálida y fuerte, la justicia; en la mirra y áloes, que preservan
de la corrupción, la fortaleza y la templanza; en todos los árboles
— 110 —

del Líbano, todas las demás virtudes. „ (1) Tal es María, este
huerto cerrado, este florido jardín.
Parece que el mismo Dios tuvo placer en multiplicar las re­
laciones entre las flores y la Virgen María, la vara florida de la
raíz de José, que produjo una divina flor; su hijo Jesús.
La ciudad de Nazareth, en donde nació María, habitó y se
hizo Madre de Dios, tiene en su nombre una significación mística
y simbólica, que expresa muy bien la idea que venimos expo­
niendo: Nazareth quiere decir flor, ciudad de las flores, ó ciudad
florida; pero la Virgen María es la flor más brillante de Nazareth.
San Francisco de Sales dice á este propósito: “Estaba la San­
tísima Virgen en la ciudad florida; ¿pero quién era ella misma,
sino una flor escogida entre todas las demás flores, por su rara
belleza y excelencia? Cuya flor, por su fragancia incomparable­
mente suave, tiene la propiedad de engendrar y producir otras
muchas flores. Sois un jardín cerrado, dice el Esposo sagrado en
el Cántico á la SantaVirgen, Hortus conclusus soror mea sponsa,
jardín del todo lleno de aromas y esmaltado de las más escogidas
flores que se pueden hallar. ¿A quién pertenecen tantas, tan her­
mosas y fragantes flores, de que la Iglesia está llena y adornada,
sino á la Virgen Soberana, cuyo ejemplo las ha producido todas?
Por su medio la Iglesia está sembrada de las rosas de los Már­
tires, invencibles en su constancia, de la vigilancia de tantos
confesores, y de las violetas de tantas viudas santas, que son
pequeñas, humildes y bajas como estas flores, pero que derraman
una muy agradable fragancia. Finalmente, se deben á esta Sobe­
rana Señora tantas blancas azucenas en la pureza, vírgenes
cándidas é inocentes, pues por su ejemplo muchas doncellas se
han consagrado á la Divina Majestad.»
La Virgen Nazarena es, pues, una flor escogida, una rosa
plantada sobre los arroyos que esparció en la Iglesia un olor de
suavidad. Rosa mística es llamada, y oliva fructífera en la casa
de Dios.
Con ningún objeto de la naturaleza puede tener la Madre-

(1) P. Scio, nota al cap. IV del Cantar de los Contares.


— 111 —

Virgen analogías más exactas y numerosas que con las flores.


Aunque las Sagradas Escrituras no la propusiesen bajo estos
símbolos, los veríamos á cada paso multiplicados en su misma
naturaleza. María ama especialmente las flores, las fecunda y
dirige á sus corolas el rocío de la mañana; las flores parece que
conocen la presencia de su Soberana, se revisten de mayor her­
mosura y pompa para hacerle la corte, y la ofrecen sacrificios de
lo más exquisito de su aroma, como á la Madre de Dios, porque
todas las cosas visibles ó invisibles adoran á Dios y predican la
bondadosa majestad y sabiduría del Criador.
Las flores son el adorno más precioso de la tierra: María,
s^gún San Juan Crisóstomo, es el ornamento sublime de la Igle-
sia: sus virtudes son el lujo magnífico de todos los Santos, que.
son las rosas de los cielos.
Las flores aman como por instinto al aire y al sol, no se des­
arrollan en la obscuridad y buscan la luz: María amó soberana­
mente á Dios, estuvo unida á El en lazos estrechísimos de cari­
dad, siempre apercibida de que estaba en su divina presencia, y
dirigiendo todas sus acciones á El.
Las flores son frescas y puras; pero no tanto como la Reina
misma de la pureza.
Las flores pasan pronto como el hombre, pero restituyen dul­
cemente sus hojas á la tierra; María restituyó el fruto bendito de
®n vientre á los cielos.
Las flores nos dan la miel: María nos dió al Redentor, fuente
de toda consolación y de toda dulzura; Dios-Niño que comería
manteca y miel para saber escoger lo bueno y desechar lo malo.
Ella misma es la dulzura de los cristianos, y sus labios son un
panal de miel, por su amable sonrisa y dulces palabras.
Las flores nos proporcionan muchos perfumes; pero la Virgen
tiene más exquisitos aromas, que nos presta con su ejemplo, de
virtudes.
Las flores, al vivir un día, derraman con desinterés alrede­
dor suyo su fragancia; prestan á la abeja, del mismo modo que
&la mariposa; la Virgen bendita ofrece á todos sus méritos y su
santidad, protege á los buenos y no desecha á los malos, pues
— 112 -

lo mismo que es madre del justo, es abogada del arrepentido y


refugio del pecador.
Las flores sou el encanto de la primavera, María es la deli­
cia de la Iglesia y la alegría de los cielos.
Las flores sienten; un contacto de la mano acaso las hace
secar, se contraen sus hojas á la impresión más leve, y al mismo
tiempo resisten, doblegándose, el embate de las tempestades: el
corazón de la Virgen fue mil veces tocado, llagado y herido del
dolor, combatido por las tempestades de las amarguras, que re­
sistió. doblegándose, con su resignación y humildad.
Contiene la flor en su cáliz una gota refrigerante de rocío,
como la Virgen-Madre contuvo en su seno al Hijo de Dios, y por
último, son las flores el símbolo más expresivo de la maternidad
virginal. Conciben y engendran por medio de los céfiros, sin me­
noscabo de su entereza, y después de hacerse madres permanecen
siempre puras; así María es siempre Virgen inmaculada, que se
hizo madre sin concurso de varón, por obra y gracia del Espíritu
Santo, y después de ser madre fecunda aun conservó y retuvo
intemerada la refulgente corona, la joya preciosísima de su en­
tereza virginal.
Cuenta la tradición, que después de la santa muerte de María,
fué sepultado su cuerpo inmaculado en una roca abierta, labrada
para este fin, en un pago de Getsemaní. Santo Tomás, ausente
al expirar la Virgen, quiso tener el consuelo de ver su hermoso
rostro por última vez; vencidos de sus instancias los Apóstoles
abrieron el sepulcro, pero no encontraron más que flores. El
cuerpo castísimo, templo divino, había ido á reunirse ton su alma
en el cielo; en la tierra no quedaron de María sino el aroma de
sus gracias, y las flores, símbolo de sus virtudes.
Tan cierto es que las flores son la imagen más expresiva de
María, y el símbolo más adecuado de sus gracias y sus virtudes,
estados y relaciones, que muchos pueblos la han personificado en
ellas, y han dado su nombre á muchas flores. La devoción tierna
y sincera de nuestros abuelos hacia la Santa Virgen, dice el
amable Orsini, se revestía de las formas más suaves y afectuosas.
Con bayas sacadas de los arbustos componíanse guirnaldas olo­
— 113 —

rosas: y decorábanse con su nombre varias flores y plantas de


Europa y de Asia, que recordaron su memoria en medio de las
8elvas. E l narciso con la corola de púrpura recibió el nombre de
lirio de María; la rosa de Jericó, el sello de Salomón, se con­
virtieron en su rosa y en su sello; la pulmonaria con manchas
blancas fué la leche de Nuestra Señora; la Escocia tomó por em­
blema su cardo bendito; el árabe cristiano llamó humo de Santa
María una especie de ajenjo con flores blancas que crece, en sus
arenosos montes; el pastor de las montañas designó bajo el nom­
bre de hierba de Santa María la menta de los Alpes, el romero
y la persicaria; los musulmanes orientales denominan el cycla-
nien ó pamporcino oloroso bokour-Miriam, (perfume de María);
y la misma planta lleva en Persia el nombre tcheutk-Miriam,
(su mano); una planta primaveral de Europa es llamada manto
de Nuestra Señora; el arrayán con bayas negras y dulces fué su
cordón, las serbas de los Alpes sus peras, y las alfombras de
tomillo silvestres en que se posa la abeja fatigada tuvieron tam­
bién su nombre. (Orsini, Hist. de María, tomo II).
A la verdad convenían estas relaciones á aquella dulcísima
Virgen, digna de todos los amores, madre cariñosa de todos los
redimidos, á quien piadosos autores han dado el nombre de mar­
garita de la tierra. El instinto piadoso de la devoción á María
ha comprendido admirablemente estas relaciones al escoger las
flores para su culto y servirse de ellas para honrarla. No pnede
menos de serle agradable este homenaje de la ternura, que le ofrece
objetos, que tienen con ellos tales semejanzas. San Bernardo la
aplica todas las flores. María es viña, jardín, paraíso, palma,
rosa, margarita, óleo, árbol, rama, cedro, ciprés, plátano, cina­
momo, lirio, perfume, mirra, incienso, oliva, nardo. E t ut breviter
concludam, de hac et ób hanc et propter lianc omnis Scriptura
facta est, propter hanc totus mundus factus est... sed cum
folia et tanta referantur, pauca nobis tamen esse videntur.
8an Bernardo, serm. de M. Deip. núm. 4.

La * P lores db M a t o . - 8.
§· IV.
E l culto de la s flores.

Ya hemos manifestado la importancia que en todos tiempos


han tenido las flores, como expresión de los sentimientos más de­
licados del alma, y por consiguiente cuán oportunamente están
apropiadas para el culto, que no es otra cosa por nuestra parte
que la sumisión humilde de servidumbre á la persona venerada,
el reconocimiento de su grandeza, y la exposición de nuestras
miserias.
Bajo este triple aspecto nos referimos con las flores á la Vir­
gen bendita, y establecemos con su intercesión una tiernísima
cadena de gratas afecciones.
Dejando esto para más adelante, veremos ahora el papel im­
portantísimo que tuvieron las flores en las rancias fábulas de
la mitología. Y no solamente para el culto, sino también como
desenlace muy cómodo de ciertos dramas míticos, y principio de
alguna especie de apoteosis. Los dioses, al llorar la muerte de
algunos á quienes amaban, y que no podían arrebatar á las te­
rribles parcas, los transformaban en flores para su consuelo.
El joven Ciparisso, amado de Silvano, estaba traspasado de
dolor, porque éste había matado inadvertidamente á un ciervo
que formaba todas sus delicias. Compadecido el dios, al verle
próximo á expirar, le transformó en ciprés, de cuyo árbol llevó
siempre báculo, y quiso que fuese el símbolo de las postrimerías
del hombre. Apolo del mismo modo convirtió en jacinto á un
mancebo de este nombre, á quien una fatal casualidad quitó
la vida.
Este mismo Apolo se vió burlado por la Virgen Dapbne,
cuyos amores livianamente ambicionaba: la doncella libertó su
honestidad, transformada en laurel, árbol virgen; y por el contra­
rio Elicia, enamorada locamente de él, y viéndose despreciada,
furiosa de celos, se propuso estar siempre mirando al Sol (Apolo)
como acusándole, hasta que consumida vino á ser el héliotropo,
— 115 —

ó la flor que llamamos girasol. Este dios faé dado á luz por su
Madre abrazada á una palma.
Cuando Faetonte, nada diestro en gobernar el carro del Sol,
empezó á abrasar el cielo y la tierra, Júpiter irritado le hirió
con un rayo, en castigo de su temeridad: compadecidos luego los
dioses del dolor inconsolable de sus hermanas, las transforma­
ron en álamos blancos, que destilasen ámbar en vez de lágrimas.
’ Adonis, el hermoso amante de Venus, muerto en la caza por
un jabalí, fuó convertido por ésta en amapola: ella misma, al ir
presurosa á socorrerle, hirió su delicado pie con una espina, y
tiñendo á la rosa blanca con su sangre, la prestó un encendido
c°lor purpúreo.
Despreció los amores de la ninfa Eco un presumido joven, y
86 enamoró locamente de sí mismo; los dioses le convirtieron en
0na flor, que de su nombre se llamó narciso. La menta ó hierba-
hiena es una concubina de Plutón, castigada con esta mudanza
P°r Proserpina, y el acónito, hierba mortal, nació del vómito del
Cancerbero, á quien, á pesar de sus tres cabezas, rodeadas de
culebras, Hércules sacó encadenado de los infiernos.
Las azucenas brotaron de unas gotas de leche de Juno
caídas á la tierra, y por eso las llaman muchos rosas de Juno.
esposa del rey de los dioses, á quien Júpiter era infiel
tantas veces, concebía á sus hijos de un modo singular; á Marte,
® terrible dios de la guerra, aspirando el perfume de una flor,
después de haber pedido consejo al grande Océano; y á Hebe, la
*legre diosa de la juventud, que servía el dulce néctar en los
arquetes divinos, habiendo comido unas lechugas silvestres
Presentadas en la mesa por Júpiter.
Aquellos paganos tan ricos en divinidades, pues les costaba
1411 poco multiplicarlas á su antojo, habían repartido admirable­
mente el dominio y cuidado del mundo, asignando á cada dios su
Parte y so oficio. Es verdad que frecuentemente no cumplían
08 dioses ni uno ni otro; pero entonces quedaba para discul­
parlos el Hado inexorable y la casualidad perversa, mientras
^servaban ilesos sus derechos y su poder.
Cada producción de la naturaleza y cada período de estas
— 116 —

producciones estaba á cargo de una divinidad. La roja Ceres,


coronada de espigas y adormideras, era la diosa de los frutos y
madre de las mieses, y Flora tenía á su cargo el cultivo de las
florestas, la variedad y lozanía de las flores, á las que el Céfiro
tenía cuidado de refrigerar. El torpe Príapo estaba encargado
de los huertos; jDiana era la Virgen de los bosques, guarda de
los montes; Segetia presidia á la aparición de las verdes hierbas y
sembrados; Volusia á la cubierta de las hojas; Volutina á los
capullos de las flores; Patelina era la protectora de los trigos, J
Runcina de la siega y recolección. La diosa Vallonia tenía sa
imperio eu los valles, y Silvano en las selvas. Además, había niu-
fas que cuidaban de las fuentes, como las Náyades: otras como
las Lemoníadas, tutoras de los campos y de las praderas; y las
Dríadas pasaban su vida en las encinas y guardaban los árboles»
compartiendo su imperio con los maliciosos Faunos, coronados
de ramas de pino; subordiuados todos á la amable Feronia, 4ue
conservaba el vigor productivo y arreglaba la savia bienhe­
chora.
Así es que no acertaban los gentiles á representar á sus dios*9
sin las flores, los verdes ramos y el pomposo follaje. A Júpiter
le representaban coronado de laurel', porque la providencia es
eterna como el verde de los laureles: su cetro no era de oro ú otra
materia preciosa como convenía al Padre de los Dioses y reV
de los hombres, sino de sencillo ciprés, por ser árbol tenido p°r
incorruptible: en su bosque sagrado de Dodona, donde estaba el
oráculo más célebre y antiguo de toda la Grecia, se complac^
este dios en dar sus respuestas por medio de dos palomas, 0
según otros por medio de las hojas parleras de las enciuas. C°B
el nombre de Pluvio se creía que volvía la frescura á la hiei№
macilenta.
Apolo nunca dejaba de ser adornado de ramas de olivo ó “ ;
laurel y un manto dorado. Algunas veces tenía el arco y las sa®*
tas, en vez de la armoniosa lira ó las Gracias, pero nunca le i**'
taba la corona de esos símbolos del genio y de la gloria. El
lento Baco tenía por insignia una guirnalda de hiedra y ^ L
pámpanos: su carroza, tirada por tigres ó leones y seguida .
— 117 —

una muchedumbre de Sátiros, también estaba cubierta de estas


mismas hojas, así como la punta de su lanza.
La celosa y altiva Juno se ve despidiendo rayos luminosos,
rodeada de frescas rosas, y coronada de limpias azucenas, con
el dorado cetro, y seguida de la ninfa Iris, que despliega sobre su
cabeza el arco majestuoso.
Tampoco habían de faltar las flores más bellas para repre­
sentar á Venus, diosa de la hermosurá y los amores; al apearse
de su concha tirada por cisnes, arrastra con ostentación lasciva
rico manto de púrpura, bordado de flores y diamantes, y cami­
na respirando delicias apoyada en Cupido y las Gracias, mientras
el hermoso Adonis levanta la orla del vestido pomposo de la
diosa. Para representar á Flora, agotaba el artista todas las be­
llezas de los jardines.
El temible Plutón, que no pudo hallar esposa en los cielos,
®e representa coronado de ébano, de narciso, ó de ciprés, cuando
arrebató á Proserpina, que estaba cogiendo flores con sus compa­
ñeras en los amenos campos Eneos de Sicilia. El vestido de Ci­
beles estaba hermoseado de variedad de plantas y figuras; el
risueño Himeneo coronado de rosas, llevaba encendida el hacha
de las bodas; varias flores y plantas nacían y se desarrollaban
alrededor de la cabeza de Vesta; y hasta la misma estatua infor­
me y tosca del dios Término era cubierta de guirnaldas, y le
ofrecían tortas de cera y las primicias de los frutos.
Todo el culto mitológico se manifestaba igualmente bajo estas
formas poéticas y halagüeñas. Cada dios tenía consagrada algu­
na flor ó dedicado algún árbol. La oliva estaba consagrada á
Minerva, que dicen la hizo brotar de repente del seno de la tierra;
Por haber enseñado Aristeo á sacar de ella el aceite y haber sido
el primero que preparó y benefició las colmenas, la antigüedad le
consagró honores divinos. El olivo y laurel estaban igualmente
dedicados á Esculapio, porque sirven mucho para la medicina, y
a| bello Apolo. A Venus pertenecía el mirto ó arrayán, en su
celebre templo del monte Aventino; en su isla de Chipre, en la
fisuefia Pafos, no se ofrecían á esta diosa otros sacrificios sino
^ciensos, flores y guirnaldas. También le estaba consagrado el
— 118 —

moral, árbol compasivo que lloró las tristes muertes de Piramo y


Tisbe, acaecidas bajo sus frondosas ramas.
En el templo de la gran Rhea, cuya entrada estaba prohibida
á aquellos que hubiesen comido ajos, los enfurecidos Coribantes
danzando como locos y chocando unos contra otros, en medio del
estruendo atronador de tambores, flautas y alaridos, ofrecían á la
diosa el box, del cual se fabricaban las flautas, y el^m o, en que
se transformó el· mancebo Attis. Por el contrario, en los misterios
Eleusinos,en medio de un profundo silencio, se sacrificaban á Ceres
espigas de trigo y de cebada, de las cuales se daba una corona á
los vencedores de sus juegos. En los sacrificios Ambarbales, ios*
tituídos para alcanzar la fertilidad de los campos, los sacerdotes,
coronados de ramas de encina, cantabau las alabanzas de Ceres, y
después de ofrecer leche y miel, inmolaban una becerra ó una cer­
da. Por último, la estaba también consagrada la adormidera.
El granado y su flor eran propiedad de Juno, á la que se
hacían sacrificios debajo de una higuera silvestre en memoria de
la benigua virtud. Exigiendo los galos la entrega de las ma­
tronas y doncellas, se disfrazaron las esclavas con sus trajes y
se ofrecieron á los enemigos: lograron embriagarlos, y cuando
estaban profundamente dormidos, salieron contra ellos los roma­
nos, avisados desde una higuera por las esclavas, y los derrota­
ron. El pueblo romano las dió libertad y las señaló dote del pú*
blico, decretando que todos los años se hiciese un sacrificio'
debajo de una higuera, á Juno Caprotina.
Al feroz Marte se le consagraba la grama, planta que dice®
brota con mayor abundancia y vigor en los lugares regados con
sangre, y le sacrificaban un caballo, animal propio para la gno*
rra, y un gallo, por su vigilancia, cualidad indispensable en &
soldado. En los juegos ConSuales celebrados por Marzo en honor
de Neptuno, descansaban los caballos, hijos de su tridente, í
eran paseados adornados con penachos de flores. A los lares pro*
tectores se ofrecían en sacrificio las primicias de los frutos, vmo,
incienso y coronas; el plátano, árbol genial, estaba dedicado*
los Genios, á los que coronaban con sus hojas, y les ofrecían00
el día de cumpleaños vino, flores y una torta de farro.
— 119 —

Pero singana deidad tenía más plantas sagradas que Baco.


A él estaban consagradas el abeto, la hiedra, el tejo, la encina,
la higuera y la vid. Había instituidas muchas fiestas para hon­
rarle, en las que estaban autorizados todos los desórdenes y
sancionadas todas las obscenidades. Los muchachos y mujeres
perdidas, coronados de pámpanos ó hiedra, y llevando ramos de
higuera, recorrían las calles de noche con teas encendidas y
grande gritería, anunciando las cosas venideras: en las Epileneas,
en tiempo de la vendimia, tenían contiendas sobre quién sacaba
más mosto, y danzaban después pidiendo á Baco el mejor y más
8uave vino: y las doncellas atenienses llevaban en honor del dios
canastillos dorados llenos de flores y de frutos, en señal de aspirar
al matrimonio. Las imágenes de Baco, después de paseadas en
triunfo por la ciudad eran colocadas, como atalayas de las viñas
en las copas más altas de los pinos; los que tomaban parte en
estas fiestas se enmascaraban con las cortezas de los árboles y
las heces del vino, como avergonzándose de su torpeza. Nadie
ignora las fiestas Orgías ó Bacanales, y sus excesos (1).
Los antiguos dioses de España, Baraeco introducido por los
celtas, el dios de la fortaleza Osza, bajo la figura de un macho
de cabrío, y el misterioso Endobellico, eran adorados por medio
de sacrificios de animales y les ofrecían además el duro roble y
el flexible acebo. A la impura Salambo, que algunos dicen ser
la misma Venus, le consagraban el mirto y el romero. Maya,
hija de Atlante, fué venerada en España como diosa de las mu­
jeres, excelente en artes y ciencias, y la dedicaron el mes de
Mayo, que en Roma estaba dedicado á Mercurio, su hijo, y de
Júpiter, de donde traen origen las que hoy llamamos Mayas.
Los sajones adoraban un tronco de árbol elevadísimo, al cual
llamaban Irminsul, ídolo formidable, que mandó derribar Carlo-
toagno. Los galos tributaban culto á los árboles y viejas encinas,
^ quienes veneraban como á Teutates, dios de la guerra; sus
raíces habían sido más de una vez regadas con sangre humana y
en sus ramas colgaban sus armas é insignias bélicas; cuando las

d >?0^u a8^u D°tic¡as están extractadas en sa mayor parta del Panteón mítico
91 P. Pomey.
— 120 —

agitaba el viento producía su choque siniestros rumores. Los


druidas buscaban cuidadosamente el muérdago sagrado; al des­
cubrirlo en una aflosa encina, iban á aquel lugar acompañados
de los magistrados y el pueblo, llevando en la mano un ramo de
verbena; se improvisaba al pie del árbol un altar de césped, sobre
el que se quemaba un poco de pan rociado de vino, se sacriñcaban
dos toros blancos, y un sacerdote cortaba la planta bendita con
una segur de oro. Pomponio líela dice expresamente que la Galia
estaba cubierta de bosques inmensos, consagrados al culto de los
dioses. Los druidas deshojaban sobre la corriente de las aguas,
á la sombra de los matorrales, las margaritas de los prados,
las azucenas silvestres y los tallos odoríferos de la madréselva,
en honor de las fuentes divinizadas.
La Iglesia católica no rechazó las flores para el culto aun
desde sus primeros días, pero puriñcadas de las supersticio­
nes gentílicas, y con uua mente enteramente ajena á los ritos
de la idolatría. Lo mismo que el incienso, las flores no fueron
para la Iglesia sino testimonios, llenos de pureza y símbolos ex*
presivos, admitidos en todas las religiones, del culto supremo
de adoración debido al Supremo Dios. No hemos de suponer por
esto que al ofrecer nosotros las flores á María, la honremos como
diosa; ningún católico ha tenido jamás tan errónea intención,
sino reservando sólo á Dios el culto absoluto de latría, honra­
mos á María con un culto grande y extenso, sí, pero subordi­
nado á Aquél. La intención determina el íionor.
Nuestra religión es mucho más poética que el paganismo,
porque éste era una reunión de absurdas fábulas, al paso que
ella es la verdad. Así, pues, pudo con mucha razón expresar su
culto bajo estas formas tiernas y agradables, y mucho más, por­
que tenía presente que cada flor es uu pregonero admirable de 1»
providencia de Dios. Jesucristo, para hacer que los predicadores
de su doctrina desprendan de su corazón las solicitudes por №
cosas de la carne, les pone á la vista los pajarillos, que no siem­
bran, y los lirios del campo que no tejen, y que sin embargo,
exceden en la riqueza y gala de su vestido á Salomón con toda
su gloria. El Salvador nos da con este motivo una lección sato'
— 121 —

dable. “Si Dios viste de este modo á una débil flor, que hoy
»es y mañana se marchita, ¿cuánto más á vosotros hombres de
»poca fe? „ (Mat. YI, 30). Lo que dijo Jesús á sus Apóstoles
lo dijo también en su persona á todos y cada uno de los fieles,
porque sus palabras tienen tal eficacia y universalidad, que
trascienden á todos los siglos. Así al ver cada florecilla, tiene el
cristiano una prenda de confianza, de que los que buscan pri­
mero el reino de Dios y su justicia, consignen después graciosa­
mente las cosas necesarias para la vida.
El catolicismo, que tan maravillosamente posee el arte de di­
rigir los sentimientos delicados, supo combinar la risueña alegría
de las flores con la severidad augusta de sus ceremonias, á fin de
dar alguna dilatación al espíritu mezclando en su culto, pero sin
confundirlo, todo cuanto tenía de más bello la antigüedad.
Pero jamás pudo comunicar el paganismo tal sentimiento á
las flores de su culto, como la Iglesia católica las elevó al poner­
las sobre sus altares. Estos úuicos adornos comunicaban á las
paredes desnudas de las catacumbas algo del cielo; y estaban muy
0n armonía con las santas escenas de paz que presenciaban: un
venerable Pontífice perseguido y rodeado de sacerdotes, ofrecía
á Dios su propio Hijo sobre los huesos de los mártires, y exten­
día sus manos, amenazadas de cadenas, para bendecir á la mul­
titud: muchos de los fieles, que asistían á la celebración de los
misterios de caridad, estaban denunciados y habían de morir
entre tormentos, ó despedazados por las fieras, y permanecían
tranquilos, porque la muerte no asustaba á aquellos hijos de la
fe. La luz oscilante de las hachas, que no alumbraba suficiente­
mente á todos los rincones del subterráneo, formaba bruscas
contraposiciones de claridad y sombras vagas, como si fueran es­
píritus invisibles: el recogimiento profundo, la humilde adoración
pintada en los rostros, los cánticos pausados, graves y nobles de
los salmos, el humo del incienso, todo tenía una grandeza majes­
tuosa. Todo era puro: las flores, el iucienso, las bendiciones,·
los ritos y las conciencias.
Hasta los mismos vasos sagrados tomaron de las flores su
nombre de cálices, y la azucena les prestó su forma: gracioso asilo
— 122 —

de pureza para recibir la sangre del Cordero de Dios. La religión


santa santificaba todo lo del rededor.
¡Cosa notable! El paganismo engalanaba sus pomposas abe­
rraciones, cubriendo de flores su vana desnudez: la religión divina
de Jesucristo vestía á las flores de su propia santidad.

§. Y.
E l m es de M a r ía .

El genio cristiano, que con tanta propiedad acomoda el culto


al objeto venerado, creyó muy acertado consagrar la pureza de
las flores á la Virgen Haría reina de toda pureza.
"Todo lo que había profanado el paganismo, se santificó al
„acercarse María: las flores, las estrellas, los cánticos, las imáge­
n e s y los altares. Las rosas consagradas á la diosa impura, que
„era adorada bajo los frondosos arrayanes del monte Idalio, cir­
cundaron la Virgen de las Vírgenes con frescas y perfumadas
„guirnaldas, cuya suave fragancia recordó la de sus virtudes.
„Las estrellas invocadas por los antiguos pueblos del Oriente
„formaron los florones de su celestial corona; el Sol, objeto de tan-
„tas idolatrías, condensó sus rayos para tejerle un manto real,
„mientras que la Luna, amada de los poetas y adorada por los
„moradores de la Siria, puso humilde su frente sin corona bajo
„las benditas plantas de la reina del cielo y délos ángeles.„ (Or-
sini, Hist. de María, lib. 21).
El follaje ocultaba frecuentemente las imágenes veneradas
de María, formándolas un fresco trono de verdor: las primeras
capillas que consagró á la Virgen bien amada el afecto sencillo
de los campesinos, recién convertidos á Jesucristo, estaban for­
madas de enormes troncos de árboles, cimentados con musgo ó
hierba mezclada de arcilla, el techo era de paja con altos pena­
chos de espadañas, y delante se levautaba una cruz de dos ma­
deros unidos entre sí con ramas de sauce y coronada de una guir­
nalda de hiedra ó de boj. Estas primitivas capillas ceñidas de
redes de hiedra y de verdes randas de pámpanos se ocultaban
— 123 —

devotamente bajo las antiguas enramadas de los bosques, y su


sombra, al mediodía, se perfilaba sobre la corriente de los arro­
yos. Las flores, ofrecidas por el paganismo á sus dioses sordos y
mudos, se colocaron sobre estos rústicos altares de la paloma
mansa, que anidó en las encinas seculares de los druidas; y la
pequeña lámpara de María reemplazó las antorchas de madera
resinosa, que encendían los terribles adoradores de Teutates.
Asimismo en Grecia las jóvenes que antes festejaban medio
desnudas á Diana Tunicata, y á la graciosa Venus, hija de las
espumas, amante de la risa (Philomedea), vinieron después pú­
dicamente cubiertas de sus velos de púrpura á suspender guir­
naldas de flores ante la imagen venerada de la Virgen de la Pa-
nagia.
Cuando las virtudes cristianas se practicaban hasta el heroís­
mo en la vida monástica, oyéronse elevar himnos de gozo, de
gratitud y de adoración á la Virgen María, en lo más retirado
de las selvas intrincadas y de los arenosos desiertos; un Crucifijo,
una imagen de María y una calavera, componían todos los teso­
ros del anacoreta, que se veía precisado á beber el agua del
arroyo en su propia mano. Jamás se ha elevado desde la tierra
al cielo tan suave y grato concierto como el de aquellas voces
piadosas y puras que salían de entre los espesos robles, de la
concavidad de las rocas y de la orilla de las cascadas. Aquellos
pobres solitarios, ricos de fe y de santas obras, formaban sobre
la cabeza de las imágenes protectoras de sus grutas, de María y
Jesús Crucificado, modestos tronos de verdor, y arcos de flores, en
las que, al cogerlas, habían admirado antes la sabiduría infinita
del Criador. Las coronas de oro y piedras preciosas que donaban
los reyes, no eran más agradables que estas sencillas ofrendas
de la piedad.
Más tarde las encrucijadas y las esquinas se lleuaron de las
imágenes de la Madre de Dios; el vulgo las adornaba de trajes
raros de colores extraños y subidos, y en determinados días cu­
bría sus nichos de huecas enramadas; la Virgen recibía los pri­
meros frutos de la tierra, que solían colgar de su brazo con una
cinta amarilla ó encarnada, y ostentaba las primeras espigas de
— 124 —

la cosecha, verdes primero y siu granar, que eran reemplazadas


más tarde por otras tostadas y maduras (costumbre que auu se
conserva en nuestros días). A veces alguna alma piadosa del
barrio se había complacido en pouer durante la noche á los pies
de la Virgen ramilletes de flores brillantes y olorosas, procu­
rando no ser visto, para causar al día siguiente una grata sor­
presa á sus vecinos. Tomábanse con frecuencia esas flores, colo­
cadas misteriosamente, que parecían á los ojos de la fe más
hermosas que las ordinarias, por delicados presentes de los Ange­
les, que bajaban desde los cielos á enseñarnos el modo de honrará
su Señora. Algunas veces no se podía menos de reconocer el pro­
digio; en el mes de Enero, en lo más crudo del invierno, cuando
la tierra estaba cubierta de nieve helada, se encontraban tres
rosas frescas entre los brazos de la imagen, que tomaba el nombre
de este acontecimiento (Nuestra Señora de la Rosa, en Luca),
esculpiéndose las rosas en su peana, y coronándola de ellas todos
los días de la primavera.
Las flores parece que han estado naturalmente asociadas al
culto de la Madre de Dios desde su principio, como su demostra­
ción más oportuna. Ya á mediados del siglo iv el poeta cristiano
(Prudencio) había designado la primavera como una estación
grata á Dios, porque en ella tuvieron principio las cosas y los
tiempos, y se verificaron los misterios de nuestra salud. Las fies­
tas más solemnes de nuestra augusta religión se celebraban en
la fresca estación de las flores, y la resurrección del Señor coincidía
siempre con la aparición de las nuevas flores, y los primeros cán­
ticos de las aves, resurrección de la naturaleza. La gran fiesta
de la Madre de Dios (la Anunciación) tenía lugar en los prime­
ros días de la primavera: la meditación de sus dolores precedía
un poco al abatido luto de la Iglesia por la muerte del Redentor.
El día solía estar lluvioso y obscuro, y las nieblas coronaban la
cresta de los montes, como si el cielo se revistiese de un manto
opaco de nubes, para tomar parte en las penas de María y pre­
disponernos á una santa tristeza en el día rememorativo de su
dolor.
La Virgen premiaba con amables correspondencias los tier-
— 125 —
*
nos obsequios de sus devotos, y les manifestaba con prodigios
con cuánto placer recibía estos sencillos dones. La tradición re­
fiere que deseando una nifia poner una corona de flores sobre la
cabeza de una imagen de Nuestra Señora, como no alcanzase
por poco basta su altura, la imagen se inclinó sonriendo dul­
cemente, para que la inocente niña pudiera colocarla con mayor
facilidad, y todavía en nuestros días se ve inclinada la cabeza de
la imagen, en memoria del suceso. Un joven religioso de la Orden
de San Francisco tenía la costumbre, antes de tomar el hábito,
de hacer todos los días una guirualda de flores con la que coro­
naba una imagen de María; no pudiendo continuar en el convento
esta práctica devota estuvo tentado de dejar el hábito; pero se
le apareció Nuestra Señora y le mandó sustituir á la corona de
flores la corona espiritual. Creíase en la Edad Media, que al lado
de cada cristiano que rezaba la corona con fervor y atención, se
colocaba un Ángel, visible algunas veces, que iba ensartando en
un hilo de oro una rosa por cada Ave y una azucena por cada
Rxter, y que después de colocar esta guirnalda en la cabeza del
devoto servidor de la Virgen desaparecía, dejando un suave olor
de rosas. (Orsini, lib. XX).
Tal vez por todo esto el celoso misionero Padre Lalomia con­
cibió hacia la mitad del siglo pasado la idea feliz de consagrar el
mes de Mayo con todas sus flores á nuestra dulce Madre del
(tmor hermoso. Su libro El Mes de María, fué traducido desde
luego en varias lenguas: Italia es la primera nación católica que
practicó esta amable devoción, que fué extendiéndose muy pronto
á todas las naciones, y ya en nuestros días apenas hay pueblo
de alguna importancia en que no se practique. El mismo senti­
miento que movió á los siervos de María á consagrarla un día de
la semana y á honrarla tres veces al día, les inspiró también el
pensamiento de consagrarla un mes entero; y “como para hacer
»una ofrenda, dice el abate Le-Tourneur en su Nuevo Mes de
»María, se debe siempre escoger lo mejor y más agradable, han
»elegido el mes de Mayo, que es sin duda el más hermoso del año.»
El Papa Pío VII, por breve de 21 de Marzo de 1815, concedió
innumerables indulgencias, aplicables á las almas de los difun-
— 126 —
&
tos, á todos los fieles que ya pública ó privadamente honrasen á
María Santísima dnrante este mes.
Pero como hemos ya indicado, aunque esta institución del
Mes de María parezca nueva en su forma, es sin embargo muy
antigua en su espíritu, como todo lo que es católico. La relación
de la primavera de la naturaleza con la primavera de la gracia
en María es demasiado cierta para que no se haya conocido en
todos tiempos, y de ello existe un interesante testimonio en un
antiguo capitel de la antigua abadía de Gluny, en el cual, en medio
de una aureola, se ve la imagen de la Santa Virgen, y en su
rededor el gracioso verso siguiente:
Ver primus flores, primus adducit honores.
La primavera trae (para María), con las primeras flores, los
primeros honores. Este es el eco de lo que había dicho Prudencio,
en el siglo nr.
Mas cualquiera que sea su origen, está ya generalmente ad­
mitido entre los devotos de Nuestra Señora el reconocer el mes
de Mayo con el nombre de (Mes de María), como si de derecho
estuviera destinado para ella, y perteneciese para honrarla esta
época risueña y apacible. Y ciertamente, en nuestros días ha lle­
gado á ser ésta la devoción de toda la tierra, y hace concebir
muchas esperanzas para el porvenir de los pueblos, que si acep­
tan este culto de la Madre de Dios, con su amor que supone, ha­
llarán su verdadera grandeza en la práctica de la virtud, y con
el patrocinio de liaría su pronta regeneración moral. La incre­
dulidad ha pervertido las inteligencias, y la corrupción se ha
apoderado de los corazones, y para impedir la vuelta al camino
de la salud, el mundo ha rodeado á sus amadores de deseos vo­
races y de goces enervadores, que tienen á las almas en un
estado de lánguido decaimiento; pero si algo queda de la ino­
cencia de la niñez, el culto de María sabe excitarlo, y sacar un
hombre nuevo de entre las ruinas de la edad primera. Este mes
virginal habla á los instintos de todas las almas y aviva todos
los recuerdos: al paso que á los fieles ofrece abundante pábulo á
la piedad que se ha hecho necesario en los tiempos actuales, para
8u fe, su gratitud y su amor.
— 127 —

La consagración de un mes entero á la reina de toda her­


mosura, llamada arquetipo de todas las bellezas, contiene en
efecto tesoros de fe, de ternura y de amor. Nada hay tan poético
como este tiempo en todo el resto dol año, así como en nuestra
santa religión nada hay tan dulce como la idea de María. Mayo
es la armonía de todas las estaciones, la Virgen santa es la más
bella de las armonías cristianas, pues es un gracioso conjunto de
pureza, de encantos, de afabilidad, de gloria y de santidad. Esta
nina de los serafines ameniza con su presencia toda la religión;
&su lado todo es consuelos, alegría y confianza, su idea no puede
menos de ser risuefia: como Mayo, adorna toda la naturaleza, re­
vistiéndola de verdor, esperanza y lozanía. Mayo da espesura al
follaje de los árboles, tapiz al suelo, matices y perfumes á las
flores, pero la Virgen bendita hace brotar dulcísimas satisfaccio­
nes, Uena al alma de virtudes, y la cubre de los pomposos ador­
nos de la caridad. La ternura -no pudo discurrir mejor obsequio
para su Madre y Reina que dedicarla este mes entero que tiene
con ella tantas analogías, física y moralmente consideradas: el
№es de María es una institución inspirada por el amor celestial.
La Madre de Dios es el atractivo más dulce de los cristianos:
Dios es un Padre amoroso que cuida de todos con especial soli­
citud, quiere salvarnos, derrama sus gracias abundantes con este
objeto, y está siempre dispuesto á perdonar al que se vuelve á él;
í esto nos llena de reconocimiento y gratitud. Jesús es nuestro
Redentor amable, que se anonadó por nuestro bien y murió para
darnos vida; es el buen Pastor, primogénito de muchos herma-
*08, que nos elevó hasta la filiación de Dios; participante de
nuestra flaca naturaleza con todas sus miserias, se nos ofrece
como modelo de cariñosa mansedumbre y humildad; y esto in­
flama el corazón y arrebata. Mas estas ideas tan apacibles, que
86 apoderan de todo nuestro sér y conquistan irresistiblemente
nuestro amor, tienen, sin embargo, un contrapeso imponente en
Ja idea inseparable de infinito, de grande, de Señor y de Juez,
bu majestad deslumbra, y llena de temor, mas si los rayos del
j ofuscan con sus resplandores, la suave claridad de la estrdla
tos estrellas atrae nuestras miradas con su plácida luz.
Al dirigirnos á Dios ó á su eterno Hijo, lo primero que se
nos ocurre es la idea de nuestra pequeñez; al acudir á María, la
idea de su benignidad. Dios Padre es el verano esplendoroso,
rico de frutos y sazonadas mieses; María es la fresca primavera,
rica en esperanzas. Jesús es el mediodía sereno, magnífico y
radiante; María es la alborada apacible y coloreada de castos
arreboles. Al mismo Sacramento de nuestros altares, ese golfo
inmenso de los amores divinos, nos acercamos con lágrimas de
ternura, con el corazón derretido, lleno de fuego, con el' hambre
de lo infinito, á María con el corazón dilatado, perfumado en su
gracia, con la sonrisa del cariño filial: al primero vamos sobre-
cogidos, con el temor de nuestra indignidad que nos asalta, pero
esto no disminuye nuestra confianza en María, que es madre y
abogada, que ve sin repugnancia nuestras llagas. Por eso á Dios,
postrados en señal de adoración y servidumbre, ofrecemos incien­
sos, pero á la Virgen inmaculada ofrecemos con devota ternura
sencillas flores.
Pero además en la mente de los fieles la consagración de
Mayo á María encierra una abundancia de honor, que se la debe
como á Reina. María es Eeina altísima de todo el universo, por
la comunidad de gloria con su Hijo, y por él adquiere dominio
sobre todas las cosas; pero con el cetro tiene también sus dere­
chos, el tributo. Jjas flores son lo más precioso de la tierra; al
ofrecerlas á María, la reconocemos por Reina y Señora de toda
la tierra, pagándola el tributo de lo mejor que produce.
Hay en Persia unas fiestas perfectamente adecuadas á nues­
tro propósito en este punto, la fiesta de Goulrize ó de la profa'
sión de las rosas, y la fiesta del Neu-ruz ó año nuevo, al prin­
cipio de la primavera; una y otra son antiquísimas. La primera
es el regocijo popular á la entrada de los reyes, manifestado con
todo el entusiasmo que es de suponer en aquel pueblo, que tiene
tal idea de la autoridad real. Desde muy temprano la ciudad se
pone en movimiento y se transforma como por encanto; cuando
se presenta el nuevo rey, todo el pueblo alfombra de flores su
camino y las derrama sobre su comitiva, acompañándolas con
gritos de alegría, con entusiastas vivas y con votos por su feh'
— 129 —

cidad. £1 monarca las acepta agradecido, y acaso perdona una


parte de los tributos de aquel año, ó todos tal vez, ó á lo menos
siempre concede alguna gracia singular/ Nosotros reproducimos
en Mayo esta fiesta derramando flores sobre la Virgen María,
nuestra Reina y de la primavera, que hace como Señora su en­
trada triunfal. No hemos de temer que esta amable Soberana
sea menos agradecida que los monarcas persas, y nos deje pagar
todo el tributo, ó al menos no couceda gracias á su presen­
tación.
Pero la fiesta más espléndida de los persas y la única civil
es la de Neu-ruz á la renovación del año solar, llamada también
la de los vestidos nuevos, pues no hay persona por miserable y
pobre que sea, que no deje sus vestidos y estrene otros nuevos,
J aun los ricos mudan uno cada día de los ocho que dura la
fiesta. Es una octava de universal alegría, músicas, danzas y
cánticos, y todos se hacen mutuos regalos. Todos deben regalar
algo al rey y es costumbre que ninguno se presente al monarca
sin algún donativo según sos facultades. Refieren Plutarco y
Eliano, que el rey Artajerjes alnemón encontró un día á un tal
Senefas, el cual, cogido de improviso, no teniendo á mano ningún
regalo que ofrecerle, corrió á una fuente próxima á tomar un
poco de agua limpia en el hueco de la mano; sencillo donativo
<№e acompañó con palabras lisonjeras y que fuá muy grato al
rey.
La devoción del Mes de María se propone celebrar mística­
mente la fiesta del Neu-ruz; que dejemos nuestros antiguos há­
bitos de culpas y de costumbres pecaminosas, y estrenemos, ó
mejor dicho, renovemos los vestidos lujosos de la justicia y la
verdad: además, que todos ofrezcamos á nuestra Reina el donativo
de alguna virtud. Las flores de Mayo son para Nuestra Señora
como un poco de agua pura que llevamos en nuestra mano, á
imitación de aquel Senefas, que debía representar en su claridad
1& inocencia y limpieza de nuestra alma. Pero de todos modos
ella agradecerá lo delicado de nuestra ofrenda, porque no juz­
gará el presente por lo que es en sí, sino por el honor que la
Queremos dar.
L as F lo bes de Ma t o . — 9 .
— 130 —

Asimismo no podemos dejar de expresar según nuestra in­


tención en el ofrecimiento de las flores el triunfo distinguido y la
victoria insigne de la Virgen-Madre, que se anunció en el Pa­
raíso. Dios amenazó al demonio engañador, oculto bajo la figura
de la serpiente, que le suscitaría una enemiga terrible en una
mujer, que una mujer le había de quebrantar la cabeza, y que
arrojado á sus pies en vergonzosa derrota no cesaría de poner
traidoras asechanzas á su calcañar. El Redentor y su Madre
fueron anunciados bajo una razón común de enemistades abso­
lutas y á muerte contra Luzbel, y por consiguiente bajo el con­
cepto de una gloria semejante en el triunfo, aunque el de María
proviniese exclusivamente en su fundamento de la virtud y mé­
ritos de su divino Hijo Jesús. En este concepto, como en la an­
tigüedad las flores ó laureles eran el premio de los vencedores,
y acompañaban las ovaciones de los ejércitos cuando volvían
triunfantes de una campaña honrosa, así nosotros, al ofrecerlas á
María, la confesamos tácita y prácticamente triunfadora del de­
monio y del pecado, aplaudiéndola por su victoria. Y si las flores
eran la corona de las vírgenes, como símbolos castos de la pu­
reza, será el ofrecimiento de nuestras flores á María un testimo­
nio elocuente de su perpetua virginidad.
Mas no basta á la piedad de los fieles dar á estos dones el
significado de amor tierno á María por la dulzura de sus atrac­
tivos y lo amable de sus excelencias; no basta que sean las flo­
res el tributo de una reina, la ovación de triunfadora y la corona
de Virgen, sino que después se elevan hasta el seno de su mise­
ricordia por la aceptación que se supone hace la Virgen augusta
de estos sencillos presentes de sus devotos. Ya hemos dicho las
múltiples analogías de María y las flores, y en este concepto no
pueden menos de serle agradables; hemos expuesto los diversos
emblemas que contienen, cada uno de los cuales es una nueva
forma de honor en este culto, y funda magníficas y abundantes
relaciones, según la aplicación que las demos, y la intención al
ofrecerlas. María, que es la divinidad amiga de la inocencia,
la debilidad y del infortunio, nada podría aceptar mejor que fl®*
res, que son lo más puro y lo más endeble de toda la naturaleza
— 181 —

y la imagen más elocuente de nuestra pobre vida, que se mar­


chita tan pronto como ellas.
Desde los pies de la Reina se pasa al regazo de la Madre con
estos obsequios del amor filial; desde la Madre descendemos á la
Abogada con estas demostraciones de la gratitud. Gomo Reina ve­
mos aparecer en sus labios, al recibir nuestros ramilletes, una son­
risa indulgente y protectora; como Madre, una sonrisa amante de
cariño; como Abogada, una sonrisa afable de favor, de solicitud y
de interés. El corazón se dilata de gozo; y al ver cuán benigna­
mente son recibidas nuestras flores, nos felicitamos con una se­
creta alegría y nos damos un lisonjero parabién. Desde luego co­
menzamos á hacer brillantes ilusiones para el porvenir, y en la
confianza de tan poderosa y liberal protectora, casi medimos el
grado de gloria que nos tocará en la patria celestial. En el santo
egoísmo de nuestro amor, quisiéramos estar, más que otro alguno,
cercanos á su glorioso trono de luz.
El alma que una vez ha llegado á engolfarse en estos mares
risueños de amores y felicidad, no puede menos de mirar con indi­
ferencia todos los goces de la tierra y aficionarse á la práctica
de la virtud, que es la condición indispensable para llegar á con­
seguir aquel anhelado término de eterno placer. Ningún sacrifi­
cio cree penoso: su fervor la eleva, con la gracia de Dios fielmente
aprovechada, y empieza á recorrer sin detenerse los caminos ar­
duos de la santidad. Si perseverase en la viveza de sus primeros
propósitos, y no desfalleciese á vista de las seducciones munda­
nas que la cercan, llegaría al último grado de perfección. Pero
si por desgracia retrocede y cae en la tentación, si se entrega
al pecado, de nuevo el amor de María la salvará.
Este es el efecto principal que se intenta con la práctica del
■Mes de María; hacer amable la virtud. La experiencia ha ense­
ñado que no son ilusorias estas intenciones, pues en todas partes
se ha observado que esta devoción hace renacer á la gracia mu­
chas almas adormecidas: este mes no tiende á despertar los te­
rrores de una conciencia turbada, sino á abrir á la esperanza los
corazones ulcerados, calmando sus remordimientos con la clemen­
cia que á todos ofrece; el pecador, espantado ante la idea de un
— 132 —

Dios justiciero, cuyas iras vengadoras procura abultar el de­


monio, cobra aliento y se refugia bajo el manto de la Madre de
misericordia, y entonces encuentra lágrimas para sus culpas, pues
ha encontrado bálsamo para su desesperación. La piedad florece
y la fe se aumenta de una manera sensible, porque ninguno olvida
que el mejor modo de honrar á la Santísima Virgen durante este
mes, consiste en imitar sus virtudes.
La Señora derrama sus gracias más abundantes, confirmando
que jamás se la invoca en vano. Farécenos que podrían ponerse
en boca de María aquellas palabras del Eclesiástico, aplicándolas
al origen, desarrollo y consecuencias de su culto en el mes de
Mayo, pues del gran río del culto de María nació el arroyuelo
del culto de las flores: Yo soy como un pequeño arroyo... regaré
d jardín de mis plantas; embriagaré de agua los frutos de mi
pradera. E l arroyuelo se ha hecho abundante, y mi río se
acercó al mar. Porque la luz de mi doctrina, con que ilumino
á todos, es como la luz del alba, y la expondré hasta los tiem­
pos remotos... iluminaré á todos los que esperan en el Señor.
(Eccli. XXIV, 41). La Iglesia ha podido entonar un himno de
gozo, al ver las influencias de este culto sobre la reforma de las
costumbres, manifestación de su carácter de santidad; á todos
se extiende la participación de las gracias que de aquí se derivan,
y brotan en su heredad mil plantes de vida. El profeta Isaías
había descrito el reino de Jesucristo con estos colores: Saldréis
con alegría y en paz seréis llevados; los montes y los collados
cantarán alabanzas delante de vosotros, y todas las plantas de
la tierra aplaudirán. En vez del espliego crecerá el abeto y en
vez de la ortiga medrará el arrayán y será nombrado el Se­
ñor. (Isai. LV, 12). Con el mes de las flores, en vez de las anti­
guas obras espinosas, sino abominables, de los fieles, harán éstos
otras santas, elevadas y de suave fragancia. En el lenguaje mis*
tico de las flores, el abeto significa fortuna, el mirto amor.
§. VI.

E s p ír itu del m es de M a ría .

La dedicación de este mes florido á la excelsa María pre­


senta un fondo inagotable de instructivas y piadosas considera­
ciones. Las flores que ponemos en los altares virginales son á
un mismo tiempo un himno, una plegaria, un tributo, un vítor,
nna ovación, un sacrificio y una acción de gracias.
Nos hemos ocupado en el número anterior de algunas de es­
tas significaciones; pero hemos considerado este culto principal­
mente por parte de María, dulce primavera de los cielos, llena de
atractivos, Reina, vencedora, Virgen, abogada y fuente de espe­
ranza y de santificación.
Por parte nuestra no es menos fecundo en ideas agradables
y símbolos santos, porque este culto es la manifestación más
acertada de nuestras relaciones con la Madre de Dios. Los víncu­
los que nos unen á Ella no pueden ser más dulces ni más estre­
chos, á saber: hijos, amantes, súbditos, clientes; y á todas estas
relaciones amorosas hay que añadir las obligaciones de la grati­
tud. Estos títulos no son puramente imaginarios, sino que se
fundan en nuestra fe; ella es Madre por diversas razones, pues
Jesús es el primogénito de muchos hermanos, y con esta adopción
nos hizo hijos de María; lo que es Eva en el orden carnal es
María en el orden espiritual, y así se llama con entera propiedad
Madre de todos los vivientes; nos entregó á ella la voluntad del
Redentor pendiente en la cruz, y es la continuadora de la grande
obra de la Redención. Por eso encontramos en ella todos los sen­
timientos maternales, y nosotros la correspondemos con toda la
ternura de nuestros afectos.
Como hija de los hombres, Virgen y hermosa, es nuestra
amada; este corazón lleno de deseos insaciables no tiene que
enamorarse de alguna creación de la fantasía; la Virgen bendita
tiene todas las perfecciones y todas las bellezas necesarias para
poder ser un tipo de amor universal. En ella nos vemos obliga-
— 134 —

dos á amar la reunión de todas las grandezas, después de Dios,


y atrae irresistiblemente nuestra voluntad. Pero su amor no es
nna sed abrasadora, como los amores tenebrosos de la tierra, es
una aurora purísima y deliciosa que eleva y transforma nues­
tro sér.
Su carácter de Reina no es menos notable; nace de la gloria
á que fué sublimada, que la da uu rango superior á todos los
pensamientos, como Madre del Rey de los reyes. María realiza
cumplidamente todos los fines de la Creación, en sí misma y como
instrumento divino, y por consiguiente adquiere dominio sobre
todas las criaturas, sobre las cuales se eleva.
La importancia del ministerio que ejerce, según la ordena­
ción divina, su cooperación especial en la gran empresa de recon­
ciliar á Dios con el hombre, la grandeza de las prerrogativas quo
le da su carácter de Madre y la plenitud de sus piedades, nos
la hacen figurar como que está dirigiendo incesantemente placen­
teras súplicas en favor nuestro, desempeñando en el cielo los ofi­
cios de mediadora y abogada.
Por todos estos motivos está lleno de ternura y gratitud por
nuestra parte el culto de las flores; nada más á propósito que
estas ofrendas sencillas y puras, para expresar esta multiplicidad
de respetos, amores y obligaciones. No es menos vivo el amor de
los fieles á María, que el de los amantes del mundo á los ídolos
perecederos de su vanidad; si éstos regalan una flor emblemática
ó dos flores combinadas para significar sus ansias, sus deseos y
sus esperanzas, con mayor motivo los devotos de la Santa Virgen
pueden usar este lenguaje del amor.
El mundo material corrompió las más nobles afecciones de
nuestra alma, y profanó las flores, consagrándolas á objetos viles
y marcándolas un destino indigno de ellas; pero los fieles las puri­
fican ofreciéndolas á María, y haciéndolas hablar mudamente en
su honor. Recopilado en una sola frase, pronunciada con el co­
razón más bien que con los labios este lenguaje tierno, tanto es
una declaración de amor como una demanda de amparo, pues no
solamente manifiesta la viveza de la pasión y su pureza, sino
también nuestra indigencia y la confianza en su socorro. Ella»-
— 135 —

fuente perenne de amores, apaga nuestra sed, pero su correspon­


dencia toma la forma de beneficios que derrama, y así se esta­
blece una grata cadena de afectos y peticiones por nuestra parte
y de gracias por la suya, por lo cual nunca con más anhelo que
en este mes los infelices cercan su altar.
Bajo otro punto de vista, el ofrecimiento de las flores envuelve
un sacrificio que no puede menos de ser grato. Consiste la per­
fección cristiana en desprender el corazón de las cosas terrenas
y mirarlas con una santa indiferencia, como menos dignas de ser
amadas por los que aspiran á la posesión de un trono etemal;
además, en hacer de ellas un uso digno, reconociendo que nos vie­
nen de la mano de Dios. Del abuso de estas cosas, ó de la afición
excesiva á su goce, nace todo el desorden moral; porque hay un
equilibrio tan sabio entre Dios, las criaturas y los deseos, que á
medida que nos convertimos á uno nos apartamos de las otras, y
viceversa, cuanto más nos convertimos á las criaturas más nos
apartamos del Criador. Son dos polos opuestos de la esfera de
nuestros destinos; pero tenemos la ventaja de que todas las cosas
de la tierra, apreciadas sólo en lo que valen, y ordenadas según
la rectitud debida, son medios poderosos para llegar á Dios. Le
amamos en ellas y á éstas para El y por El; el dominio supre­
mo que reconocemos en Dios nos hace ofrecérselas, y esto es lo
que constituye el sacrificio. El sacrificio pertenece única y exclu­
sivamente á la Divinidad, pero terminando en Dios nuestra in­
tención última, le hacemos, por una extensión del mismo honor
divino, redundar en gloria de la Santa Virgen y demás Biena­
venturados, por cuya mediación los dirigimos muchas veces. He
aquí cómo siendo las flores la reunión de todas las bellezas terre­
nas, las primicias de sus encantos y la imagen más viva de todas
las seducciones mundanas, al ofrecerlas á la Virgen María pare­
ce que se sacrifican á Dios en su obsequio todas las pompas de
la vida, que son tan pasajeras y efímeras como su frescura y lo­
zanía. Esta-renuncia á los placeres materiales, que tenemos in­
tención de significar con tales ofrendas, es un triunfo glorioso de
la Virgen-Madre, inspiradora y modelo de toda virtud.
Si partiendo de esta idea fuésemos á buscar la razón de este
— 136 —

culto en el misticismo, encontraríamos sin dificultad su prueba.


El Mes de María está perfectamente colocado en esa época se­
ductora del afio, como preservativo y antídoto contra los venenos
de la serpiente, según la doctrina de la Iglesia: para oponerse
radicalmente á las seducciones de las criaturas y á la fermenta­
ción de las pasiones, ningún remedio tan eficaz como el culto de
la pureza. Mayo es peligroso para la inocencia, pues todo concu­
rre á hacer la vida más amable; la naturaleza realza los placeres,
hermosea las ilusiones y enciende los deseos; se agitan en este
tiempo alborotadamente mil ansias hasta aquí adormecidas, y la
lucha es más tenaz, más vigoroso el ataque y la resistencia más
floja. Próximos á ser vencidos, demandamos ayuda, y corremos
apresurados á refugiarnos en la torre de fortaleza, la Virgen
María; su socorro nos es más necesario y se lo pedimos con más
fervor. Dedicamos este mes á Nuestra Señora, para que su in­
fluencia contrarreste á la tentación.
Nuestro corazón se derrama entero entre las flores que lleva­
mos á su altar. Cada parte de ellas tieue en este sentido signifi­
caciones peculiares. ¿Qué otra cosa había de significar lo brillante
de sus colores, sino lo ferviente de nuestros ruegos? Qué querrá
decir la suavidad de su perfume, sino que deseamos que suba á
los cielos como un incienso puro, llevando nuestras oraciones hasta
el trono de su gloria? ¿Qué le ofrecemos en lo escondido de su
cáliz, sino lo más recóndito de nuestra alma; así como en las
espinas que rodean su tallo simbolizamos tal vez todas nuestras
amarguras, sobre las cuales domina confiada nuestra fe, como
las domina su corola? Presentamos entre sus pétalos todo nuestro
ser. En cambio la rogamos que nos defienda para no sucumbir,
que por nuestras flores nos dé virtudes en esta vida, y en la
otra las flores inmarcesibles del paraíso celestial, aquellas flores
cuya lozanía nunca se marchita, que guardan su perfume, su
color y su frescura por toda la eternidad.
Tal es el espíritu del mes de María; pero aun falta que con­
siderarle por su parte más saludable y más útil. Hay en esta
devoción algo más precioso que el ofrecimiento de las flores na­
turales, á pesar de sus muchos y elocuentes emblemas; el mes de
— 137 —

María tiene trascendencias más altas que los colores y los per­
fumes, porque las verdaderas flores que se consagran en este
mes á la Virgen Inmaculada son las flores místicas de la virtud.
Poco servirían estas ofrendas si llevasen á los altares virginales
el cieno de nuestros vicios, pues lo que acepta bondadosa María
son flores que hayan de dar frutos de honor y de honestidad. El
alma del justo es un jardín florido, la conciencia limpia un lecho
de flores del Espíritu Santo, y la gracia divina es una maííana
apacible; por esta parte estas ideas son tan simpáticas y atrac­
tivas como el más vistoso ramillete. La esencia del culto de
María en el mes de Mayo, consiste en tener un corazón recto,
<iue es lo que hace olorosas nuestras flores; como ella desea ser
honrada es con buenas obras, que son flores regadas y colorea­
das con la sangre de su Hijo Jesús. Cualquier buen deseo, una
buena acción, un consejo caritativo al que yerra, una limosna al
infeliz, una visita al enfermo, una lágrima con los desgraciados,
son para la Santa Yirgen rosas y azucenas de agradable fra­
gancia.
Es perfectamente aplicable á este pensamiento un mito de
la teología india. Budha tiene un vaso de oro, que los ricos lle­
vando en ofrenda mil ó diez mil ramos de flores no lo llenarían,
^ paso que lo llenan los pobres con unas cuantas flores. Paré­
anos descubrir en esta fábula una imagen expresiva del espíri­
tu con que se debe honrar á María en este mes; los que quieran
hacer alarde de una piedad ostentosa, en vano se esforzarán en
traer flores á los altares de Nuestra Señora, que al ver en ellas
la palidez del pecado las rechazará, al paso que las almas sen­
cillas y humildes, la dejarán satisfecha con unas cuantas flores
de virtud. Los ramilletes de los jardines no pueden suplir la vir­
tud verdadera, porque de lo contrario apenas se distinguiría esta
devoción de las prácticas del paganismo. La antigüedad honra­
ba á Flora, la liviana esposa de Céfiro y reina de las flores, cuyas
fiestas eran también en Mayo, con danzas y guirnaldas: dedicaba
también este mes á Maya ó á Mercurio, y en él procuraba además
^fcer propicio á Robigo, dios de los nublados. Nuestro culto se
diferencia esencialmente de las fiestas florales ó robigalias, como
— 138 -

la Virgen María se distingue de la impúdica Flora: aquellas


fiestas iban acompañadas de la disolución, el desorden y la im­
pureza, pero nuestra devoción debe ir acompañada de la castidad,
la modestia, el recogimiento y la santidad.
La penetración del erudito Gornelio Alapide descubrió este
mismo sentido en aquellas palabras de los cánticos: Levántale,
apresúrate, paloma mía, hermosa mía y ven; porque ya pasó
él invierno, las flores aparecieron en nuestra tierra, ha Uegado
él tiempo de la poda y se ha oído la voz de la tórtola. Exponien­
do estas palabras de Cristo y el alma, llamada por Aquél para
que salga del invierno de su culpa, representa á ésta vivificada
con el calor de la gracia produciendo flores de virtud y frutos
de arrepentimiento. Su talento claro hace notar aquí los tres ac­
tos constitutivos de la Penitencia; en las flores, la contrición,
que es como una flor resplandeciente de fe, esperanza y caridad,
que produce frutos de justificación; en los gemidos de la tórtola,
la confesión dolorosa de los pecados, y en la poda, la condigna
satisfacción. Después representa al alma exhalando piadosos sus­
piros y santos gemidos, germinando flores de buenas obras, de
limosnas y de caridad; y cita por último, entre otros expositores, &
San Anselmo y San Bernardo, que entendieron por estas flores,
las virtudes y aun las primicias de la santidad.
Cualquiera comprende sin dificultad que ésta es, en efecto, 1*
forma más propia de los homenajes tributados á la que es U&*
mada jardín cerrado y rosa mística. San Bernardo exclama, diri'
giéndose á María: “ Vos sois ¡oh gran Madre de Dios!, el h#'
„moso jardín en <¡uc Dios haplantado las flores que adornan <*
¿vuestra Iglesia, y entre otras, la violeta de vuestra humildad,
„la azucena de vuestra pureza y la rosa de vuestra caridad-
„ Vos sois el paraíso de Dios.» Este culto será, pues, esencial'
mente la imitación de sus virtudes, y por consiguiente, el ofrecí*
miento de las flores supone la práctica de lo que significa.
siendo así, no tendría esta devoción tal importancia, que hay®
podido decirse de ella que ha hecho tomar un nuevo vuelo á todo
el culto de María, y que ha sido y es el medio más activo de 1*
renovación religiosa que se verifica en nuestros días.
— 139 -

Y no podía menos de suceder así, porque esta devoción hace


suyas todas las influencias del culto de María en general. En el
mes de María van incluidas todas las otras devociones y se prac­
tican una por una: el rosario, el modo más popular y universal
de honrar á la Yirgen excelsa, las salutaciones, el escapulario; y
se celebran en este mes todas las festividades que la Iglesia con­
sagra á la Madre de Dios en todo el resto del afio. Se hacen mil
esfuerzos nobles para atraer á las almas; la lectura piadosa, los
sermones, la música y los ejemplos: estos esfuerzos no podían
quedar sin resultado, porque tienen además el concurso de la mis­
ma Yirgen, que les da todo su impulso y obra secretamente sobre
todos los corazones. En este tiempo se unen devociones nuevas á
todas las antiguas que vuelven á reaparecer, y por consiguiente
no pueden menos de manar de él los mismos influjos saludables
1ae en todos los siglos ha ejercido el culto de la Virgen sobre
k sociedad.
De este modo el mes de María es esencialmente santificador.

§. VII.
P o e s ía .

Ninguno se ha equivocado acerca del verdadero sentido de


^estros honores á la Virgen bendita en el raes de Mayo. La prác­
tica de los fieles es exactamente conforme á las teorías que acaba­
dos de exponer.
Para demostrar esto, no hay más que manifestar cómo se han
Aspirado los poetas en la belleza de esta devoción. Esto nos re­
portará otras ventajas, el testimonio del imperio sobre las almas,
^ e ha conquistado María con este culto, y la prueba de que no
®os hemos equivocado en nuestras apreciaciones acerca de su opor­
tunidad, espíritu y significación. Servirá además para probar
®ómo ha contribuido el culto de las flores á promover y vivificar
* poesía.
Todas las poesías compuestas sobre el asunto del mes de María,
generalmente son himnos y cantatas, se amoldan á tres carac­
— 140 —
teres principales, que expresan la naturaleza é intención de estos
honores. Hemos indicado que todo culto comprende en su noción
el reconocimiento de la excelencia de la persona venerada, la su­
misión de servidumbre y amor por nuestra parte, y la exposición
de nuestras miserias: de donde nace la invocación y el honor.
Los poetas cristianos se han fijado en nno ú otro de estos con­
ceptos exclusivamente, pero todos reunidos componen en su tota­
lidad la referida idea. El ofrecimiento de las flores no pasa de
ser una ceremonia externa, y por eso debe estar necesariamente
unido con el sentimiento íntimo del alma, que le inspira; de donde
se infiere, que los fieles se han expresado acerca de esto, según
lo han sentido. Pero no han podido tener sentimientos distintos
del común de los devotos de Haría, y he aquí por qué estos poe­
tas son el eco fiel de todo el espíritu cristiano.
El primer carácter de las canciones en honor de Haría une
su excelencia y las flores en una bella relación. Considerando su
celestial pureza, su altísima dignidad y sus entrañas protecto­
ras, no habiendo palabras para ensalzarla dignamente y expre­
sarla el amor que merece, echa mano de las flores como símbolos
más elocuentes que la lengua humana, que

...................... ¿ decirla uo acertando


Con voz humana, cuanto sabe amarla
Las simbólicas flores concertando,
Lenguaje encuentra puro para hablarla.

Hayo, con todas sus delicias, convida á celebrar á la Madre


Santa y ensalzar sus prerrogativas; y después á elevarla preces,
para implorar la clemencia del Hijo de sus entrañas, que des­
cenderán luego como un rocío copioso de mercedes. Las flores de­
ben revestirse de mayor lozanía para ser recibidas por Ella, que
es más graciosa y pura que todas reunidas, y que fue enrique­
cida con más dones que perlas tiene la aurora y arenas el mar·
Las flores han de honrarla como Virgen, Reina y Madre nuestra·

Flores, flores las nnbes derramen


De la Virgen sin mancha en honor;
— 141 —

Y sn Reina los cielos la aclamen


Y los hombres su Madre y su amor.

Las canciones qne toman este carácter se elevan con atrevido


vuelo hasta el trono refulgente de la Uadre de Dios, y consideran
todas sus perfecciones y santidades, distinguiéndose por lo noble
de sus elogios y por la alteza de los pensamientos. Según éstos,
son las flores signos de nuestra servidumbre y designan la parte
Principal del culto de María: el honor.
Hay otros, y son la mayor parte, que toman ocasión del espí­
ritu de estas ofrendas, para dar libre curso á las efusiones de la
ternura más delicada; éstos se inspiran en ideas amorosas, y
d isten sus composiciones de pureza, de luz y de perfumes. Las
flores cándidas y fragantes serán más hermosas si María se digna
concederlas una mirada que las purifique del contacto de nues­
tras manos pecadoras; cada flor tiene su misterio, porque son
^blema de sus virtudes, y por eso parece que nacieron para la
Santa Virgen, á quien rinden toda su gracia, como á su reina.
Con las flores se ponen á los pies de María la vida, el alma, el
corazón, el sér entero, y estas mismas flores no son otra cosa que
suspiros enamorados que toman esta forma risueña para llegar
* Ella, á fin de que los reciba con agrado.

¡Oh flores dichosas


Que amor representan
De fiel heredad!
¡Oh prendas hermosas
Que tanto acrecientan
La firme lealtad!
Mis ruegos admita
Sefiora, entre flores,
Tu seno de amores,
Tu plácido seno
De tanto amor lleno,
De tanta piedad.

El amor desea asociarse á los conciertos armoniosos de los


№rubes, y excita á cantar á la Virgen una balada dulcísima
como el soplo de las brisas que acarician los jardines celestiales.
— 142 —

A veces hacen á las flores sus mensajeras con María y las encar*
gan decirla, ya que es modelo de amores, que ampare y ame á
su devoto trovador; á veces se convida á todos los fieles á traer
flores á María, porque es nuestra Madre, de cuyo pecho brota un
río de dulzura: ya se nos presenta ante los ojos de la Reina de
piedad como flores débiles combatidas por mil tempestades, y se
implora su amparo; ya se la suplica que reciba con ellas nuestro
corazón, sin atender á su indignidad.

¡Madre do castos amores!


No desdeñes los primores
De nuestro sencillo dou,
Y recibe con las flores
Nuestro humilde corazón.

Bajo este aspecto, las flores caracterizan el culto de la Virgen-


Madre por la parte del amor y exposición de nuestras miserias.
Nada más expansivo que estas composiciones que generalmente
se distinguen por la dulzura de imágenes, por la suavidad d®
dicción y la fluidez del estilo; como que brotan espontáneamente
de una superabundancia de afecto lleno de pureza. Estos trova-
dores son tan amables como el objeto que cantan.
Finalmente, algunos ofrecen sus guirnaldas como suplico*
humildes, y las enlazan con la práctica de la virtud, que pideD
á la que es tipo ennoblecido de justicia. Según éstos, Mayo es u®
edén grato en que la naturaleza brinda al hombre tesoros en sfls
flores, sus auras, sus fuentes y su claridad; este mes, con su gracia»
tiene una voz divina y melodiosa que canta la Omnipotencia d®
Señor y la pureza celestial de María. Esta Madre de santos am0*
res, consuelo de todas las penas y esperanza del mundo, es bo»'
rada en este tiempo, lo mismo en la ciudad populosa que en 1®
miserable aldea, lo mismo con brillantes rosas, azucenas y W
mines que con la blanca retama, el brezo y la amapola: el sato0
celebra sus gracias, el justo sus bondades, el poeta su belleza» í
todos acuden á Ella confiados; pero las mejores flores son l»8
la virtud.
- 143 —
Corazones sensibles, qne en María
Encontráis vuestra calma y alegría,
Sns altares cercad, y entrelazadas
Con las flores del prado delicadas,
Ofrecedle las flores misteriosas
De virtudes cristianas y preciosas.

Justa correspondencia á sus favores, pero que al mismo tiem­


po es un favor de su gracia, porque según la doctrina católica, el
hombre nada saludable puede hacer sin el auxilio superior, de
que María es el canal. Así que las súplicas se formulan de este
modo:

Por vos ¡oh Virgen piadosa!


Logremos frutos de honor.

Elevando luego las oraciones á mayores deseos, se concreta el


fin de todo este culto, encaminado á conseguir la gloria eterna
Por la intercesión poderosa de María: postrados á sus pies con
nuestros ramilletes, confiamos en que Ella nos dará la corona de
b· vida en aquella mansión feliz, en donde libres de peligros y
ansiedades podamos ofrecerla flores más aceptables, cantando la
victoria del amor.

Por ellas te rogamos,


' Si cándidas te placen,
Las que en la gloria nacen
En cambio tú nos des.

Así es como se verifica la última relación del culto; la invo­


cación. Para cantar en este tono los trovadores marianos, templan
su lira en la confianza más viva, y se inspiran en el poder y la
misericordia de la Señora; sus acentos revelan el ardor del deseo
y se detienen con insistencia en las súplicas, apelando á todos los
recursos que sugiere la necesidad, para mover aquel corazón de
María, que por otra parte es tan accesible á los ruegos y concede
1° que se le pide con tanta facilidad. Hay en estas invocaciones
una cosa muy notable, tan poética, que llega á lo sublime; que
— 144 —

por un constraste magnífico las flores que sólo duran un día, se


enlazan con la idea de la eternidad, y ésta feliz.
Así, pues, tanto los que lian considerado la ofrenda de las
flores por parte de María como testimonio de su excelencia, por
parte nuestra como manifestación de amor, ya en sus efectos como
manantial de virtudes, ya en los fines á que tiende, que es la
salvación eterna, que es igualmente el fin de toda la religión, todos
ellos vienen á confirmar que el Mes de María es la recopilación
más propia de todo sa culto, sus consecuencias y relaciones.
Es notable cómo este culto lia promovido y levantado la poe­
sía. Comunmente está admitido que la poesía es hija del senti­
miento, y éste, hijo de la belleza; pero la belleza proviene del
orden y la perfección. Tiene la poesía su asiento en la inteligencia
ilustrada y la voluntad conmovida; lo que se conoce como bueno,
conveniente ó bello, se ama, y después de amado se pondera y
ensalza: la mutua compenetración de estos actos, exteriormente
manifestada por medio de la palabra, es un poema. Además subor­
dina la poesía todas las facultades del alma y todos los afectos, y
especialmente se apodera de la imaginación, pero no para esclavi­
zarla, sino para darla mayor impulso y desarrollo, y hacerla volar
atrevidamente por las regiones de lo sublime. La esfera de su do­
minio es inmensísima; el mnndo real y el mundo de las ideas lo
pertenece de igual modo, tiene la maravillosa eficacia de hacer
sensible lo que por su naturaleza se escapa á la penetración de los
sentidos, y como si esto fuese todavía poco, crea mundos nuevos.
Las inspiraciones son más fecundas cuanto es más sublime el
asunto; así que, la Virgen María y cuanto á ella se refiere, do
puede menos de ser un tesoro para el poeta. En ella se reúnen to­
das las armonías cristianas, porque es la perfección del mundo de
la gracia por sus virtudes y su santidad, y del mundo de la natu­
raleza por su elevación como criatura y sus encantos como mujer.
Es, por lo tanto, una rica fuente de inspiración, en donde beben los
fieles sin que jamás se agote. La consideración de sus bellezas
debió excitar elevados sentimientos y de aquí concepciones eleva­
das; pero sus bellezas son tan grandes como sus perfecciones, es
decir, sin límite; pues así como la inteligencia no puede llegar ti
— 145 -

comprenderla, así la fantasía no pnede con exactitud represen­


tarla. La imaginación campea libremente en el horizonte vastísimo
de las excelencias de la Madre de Dios, que se va dilatando más y
más, cuanto es recorrido con más raudo vuelo, así que se presta
mejor que cualquier otro asunto para cantar grandezas y sentir
amores.
La belleza de María, unida á la belleza del mes de Mayo, cons­
tituye una armonía deliciosa, de la que parte la poesía ó puede
partir con más vigorosos arranques. Cada uno de estos asuntos es
por sí mismo altamente poético; pero cuando se enlazan con tan
bellas relaciones, como anteriormente hemos expuesto, forman
un asunto más grande y más completo. Tiene además á su
favor, que este mes gracioso es como el arsenal de doude se toman
las imágenes y comparaciones más risueñas y agradables, como
convienen á la candorosa Virgen y Madre de piedad; así que ad­
quiere mayor encanto por los encantos que simboliza. El genio
entra en un círculo nuevo de bellezas y sentimientos, y el poeta
cristiano, que celebra á María en el mes de Mayo, pnede hacer
gala de tanta elevación como ternura.
Y así es en efecto; que cuando los poetas cristianos cantan á
la Virgen, para ofrecer sus flores, sus producciones se elevan á
un grado admirable y ostentan tales esplendores y tal ternura,
que se distinguen por esto de cualquiera otra poesía, como si
fueran un nuevo género en el arte: María da calor vivificante á
sus acentos y los ennoblece: al ocuparse de ella, se afina la lira
con exquisita delicadeza, vibra con suaves y tiernas modulaciones
y conmueve con un afecto irresistible; las composiciones sobre el
de Marta retratan toda la naturaleza de este mes, se pare­
cen á la primavera y toman su frescura; cualquiera pensaría que
tienen algo del blando suspiro de la brisa y de los agradables
rumores del arroyo y del follaje, y además el aroma de las flores.
No es extraño que la devoción del mes de María se haya ex­
tendido taqto y con tan pasmosa celeridad. Valiéndonos de las
Palabras de Augusto Nicolás, estas prácticas de devoción á la
tantísima Virgen están admirablemente apropiadas á las necesi­
dades de las almas sencillas y también á las de las almas eleva-
L as F lores de Ma yo . — 1 0 .
— 146 —

das. A éstas dan elevación, á aquéllas sencillez. Hay en el objeto


de esta devoción ateo tan accesible, tan simpático y atrayente,
que es irresistible el encanto que produce en las almas: dirígense
éstas por instinto hacia el altar de la Virgen, como hacia un puerto
en la borrasca, como hacia el consuelo en el padecimiento, como
hacia la dilatación y desahogo en las penas, como hacia la mise-
ricordia en el arrepentimiento, como hacia la potestad en la nece­
sidad, y Analmente, como hacia la bondad infinita de Dios, despo­
jada de todo atributo de majestad y de justicia; y personificada
en un Niño para ser cometida á una Madre: á una Madre que
sólo lo es suya para serlo nuestra, y sobre la que tenemos en su
consecuencia todos los derechos que ella tiene sobre su Hijo.
El culto de las flores reúne, bajo cualquier punto de vista que
se le considere, tales magnificencias de ternura, de amor, de poe­
sía, de sólida piedad, de ardiente fe, que es enteramente digno de
la Madre de Dios.

§. vni.
In vocación .

V irgen:
¿Recrean tus ojos las flores que te se consagran? ¿Pero en
dónde están las flores de todos los estíos? ¿Adónde han ido la8
galas de todas las primaveras? Pasaron y desaparecieron p&tf
siempre sin dejar de sí más que la memoria de que fueron her­
mosas, y de que fueron por ti bien recibidas. Pero hay otras flores
que permanecen y se conservan siempre lozanas, que nunca s®
marchitan, y éstas son, ¡oh gran celadora de las almas!, las qo®
te recrean, y aceptas bondadosa, porque son las flores de la vir­
tud. Concede que adornemos con ellas tus altares y formemos una
guirnalda oliente para ti.
Desde este valle de nuestro destierro clamamos á ti, con sos*
piros y gemidos, pidiendo una dulce mirada de tus ojos de m'3^*
ricordia. ¡Cuántas ihiserias nos vienen á combatir como á porfi*
vulnerando nuevamente nuestra alma herida ya! Mas tu beoigni'
— 147 —

dad va buscando los infelices para aliviarlos: tu auxilio presta


fuerzas para luchar y para vencer. ¡Vuelve, pues, á nosotros esos
tus ojos cuya luz disipa todas las pesadumbres, como el sol disi­
pa las nieblas: vuelve á nosotros esos tus ojos, que dan la dicha
con su serenidad.
El lenguaje suplicante de nuestras flores llega en ayes apa­
sionados hasta tu clemencia, y por él alcanza tu intercesión lo
que nos es más necesario, el perdón de nuestros pecados y la
gracia para no recaer: sigue, pues, protegiéndonos amante; no
ceses de ampararnos; que siempre tendremos para ti una flor,
¡cuán pobre...!; no podemos darte mas que lo que tenemos, y nada
tenemos aceptable; pero siempre, aunque marchita y deshojada,
será para ti, ¡oh Virgen!, la flor de nuestro pobre coraaón.
CAPÍTULO m
LA REINA DE LAS FLORES

§· i.
S u nombre.

e l O L ay una flor hermosísima y olorosa, cual jamás la han


¿j, producido los pensiles más amenos ni la han acariciado
^ las auras. La tierra no ha germinado nunca otra tan
bella de mejor color ni más perfume, pues fué tal su belleza, que
mereció ser transplantada en los jardines celestiales; allí los es­
píritus angélicos se agruparon embelesados á contemplarla, y la
cantaron himnos dulcísimos, como se los cantan á las flores de
la tierra los ruiseñores, y es el ornato más rico de toda la Crea­
ción. Porque tiene el color, el brillo y la fragancia de todas re­
unidas, y porque todas emulan copiar sus gracias, es la reina de
todas las flores: su nombre es María, su condición Reina del
diverso, su estado la Madre de Dios.
Este nombre de María es altamente significativo; recreo y
consuelo de todos sus devotos y manantial inagotable de gracias.
San Antonio de Padua le predica miel en los labios, música en
d oído, gozo en el corazón. Este nombre, dice el Idiota, “con­
tiene tal virtud y excelencia, que el cielo aplaude, la tierra se
»regocija y los Angeles saltan de alegría al oirle pronunciar;,
según San Bernardo, “la Madre de Dios no podía tener nombre
— 150 —

„que mejor la conviniese, ni qae signifícase más propiamente su


„excelencia, sus grandezas y su alta dignidad.»
Estudiemos un momento el significado de este nombre au­
gusto. Según San Ambrosio, significa el parentesco divino de la
Virgen; María Deus ex genere meo, Dios de mi linaje; nobleza
celestial y cierta, porque Dios Hijo es hijo suyo, y el Espíritu
Santo la fecundó.
María se interpreta en lengua siriaca Señora, y no hay cosa
que mejor la pueda convenir, como hemos indicado ya.
María significa Iluminada é Iluminadora; dio al mundo el
Sol de Justicia, es llamada por San Cirilo lámpara inextingui­
ble, y nos hace caminar como hijos de la luz.
Se traduce además este nombre Estrella del mar por el ofi­
cio que desempeña: respiee stdlam, dice San Bernardo; en los
peligros del mar proceloso de la vida nos marca rumbo seguro
su resplandor. Para surcar este mar, dice el Papa Inocencio, se
necesitan dos cosas: lignum et stella, María y la Cruz.
Por último, María significa mar ó mar amargo; porque aflu­
yeron á María todas las gracias, como todos los ríos entran eu el
mar; y porque su vida fue una cadena de dolores, una corona de
amargura especialmente en la dolorosa Pasión de Nuestro Señor.
Dejemos hablar á San Bernardo, á quien ninguno ha excedi­
do en amar y alabar á María. Su nombre es óleo, Olewn effusum
nomen tuum. Aceite saludable que luce, alimenta y sana, da
pábulo al fuego, alimenta el cuerpo, mitiga el dolor. María es luz,
es aquella estrella rutilante de Jacob, que alumbra á todo el
orbe, y aun irradia suaves resplandores en la misma patria ce­
lestial: estrella ensalzada que brilla con sus méritos, ilumina con
sus ejemplos: lámpara clarísima que manifestó la tan deseada
luz eterna; luz admirable que dió principio al día propicio de
salud. María es alimento; su solo recuerdo endulza el afecto, ele­
va al alma, alegra al corazón, no puede ser nombrada sin infla­
mar de amor, nunca viene á la memoria sin cierta dulzura celes­
tial. En su mano está el cáliz del vino puro de la devoción y de
la caridad, que alegra al corazón del hombre, pero nos da tam­
bién el pan que le confirma, el pan de los Angeles, cocido en sus
— 151 —

purísimas entrañas con el fuego del Espíritu de Dios, liaría es


medicina; su mano piadosa retrae al pecador de la desesperación
y le infunde esperanza; Jesucristo, con sus cinco llagas, es el
remedio universal del mundo; María, con su nombre santísimo,
que tiene cinco letras, es el remedio de todas las miserias: para
el pecador es perdón. De modo que el nombre de María, como un
óleo benéfico, ilumina, nutre y cura; invocado es medicina, me­
ditado es alimento, predicado es luz.
Permítasenos indicar una nueva significación de este nombre
santo, que tomaremos de las flores, para que aun bajo este con­
cepto sean otro motivo de honor á la Virgen María. Hagamos un
aromático Selam ó ramillete de las flores que designan sus inicia­
les, y nos encontraremos que el nombre de María significa pren­
da segura de felicidad. Tenemos la ventaja de que á esta idea
pueden referirse las otras denominaciones de Iluminadora, Salud
y Estrella del mar. He aquí nuestro pensamiento.
M—Mirto = Amor.
A —Azucena ■—Pureza.
R —Rosa = Belleza 6 caridad.
I —Imperatoria — Seguridad.
A —Artemisa — Felicidad. '

Expliquemos este ramillete según los diversos emblemas de


las citadas flores y veremos que todas sus combinaciones se pue­
den aplicar perfectamente á la Madre del amor hermoso. De to­
das estas flores reunidas pueden hacerse, según el lenguaje que
86 les ha hecho hablar, las traducciones siguientes:
La felicidad segura se encuentra en la pureza y la caridad.
ffl amor constante es la felicidad más pura.
M amor puro es hermoso, constante y feliz.
La verdadera felicidad está en el amor de María.
Del amor de Dios nace la pureza del alma, de ésta la
caridad.
Todos estos pensamientos y otros innumerables que pueden
deducirse fácilmente de este ramillete convienen exactamente á
Haría, cuyo amor es nuestra dicha; pero si deseamos una traduc­
— 152 —

ción más ñel y más natural, entonces significará que prometemos


á María amarla, ser castos, y caritativos y constantes en la vir­
tud, para asegurar la felicidad; ó también, que el amor puro de
Marta asegura la eterna felicidad. Sigamos un poco más el len­
guaje de la fantasía oriental.
Mirto.—Es el mirto ó arrayán símbolo del amor, consagrado
en la antigüedad á Venus. Está muy poblado de ramas flexibles,
y siempre verde, para indicar que el amor verdadero debe ser
complaciente y resistir lo mismo los rigores que la prosperidad.
Sus pequeñas flores blancas expresan acaso los goces secretos de
que un amor fiel llena al corazón: y son tan olorosas, que entraba
su esencia en la composición de los más excelentes perfumes,
como el amor verdadero forma las más vivas y puras satis­
facciones.
Nosotros no podemos menos de amar á María; ella es la causa
de nuestra alegría, la que destruyó el decreto de condenación y
reparó la ruina de la primera Eva, porque parió al Redentor;
es la salud de los débiles, el refugio de los pecadores, la que com­
prende todos los dolores, porque los sufrió todos; es Madre de
Dios y Madre nuestra á la vez. Por eso la amamos con un amor
respetuoso, entusiasta, tímido, que admira sus excelencias, su
elevación y su grandeza, y con un amor tierno, apasionado, con­
fiado, vivo y vehemente por los atractivos que tiene para nosotros,
y por lo que en efecto es. Por eso la ofrecemos el mirto que sig­
nifica amor, y está tomado de la primera letra de su nombre,
como para darnos á entender que lo primero que concebimos en
María y nos une á ella, es un lazo de amor. Así es que nunca
nos la podemos figurar irritada ú ofendida, sino siempre amante
y amable siempre y cariñosa, por lo cual, al ofrecerla, ruboriza­
dos de nuestra vileza, el mirto simbólico, se dilata en nuestro pe­
cho, creyendo piadosamente que lo recibe con una sonrisa llena
de bondad.
Azucena.—Flor hermosísima y el adorno más agradable de
los jardines, que significa pureza. Toda es candor, fragancia y
suavidad como la virtud que simboliza, por lo cual María es
comparada en los Cantares al blanco lirio de los valles. Lo pri­
— 153 —

mero que ocurre en la azucena es el color de sus hojas, blanquí­


simo como el ampo de la nieve, que es la figura más propia del
candor de la pureza; pero luego se descubren en su interior al­
gunos granitos de color de oro, imagen de los dones del Espíritu
Santo que adornan al alma casta. Guando llega esta flor á su
mayor altura se inclina dulcemente, porque deben acompañar á
la pureza la modestia y la humildad.
Cómo los amantes desean agradarse mutuamente, cómo son
idénticos sus gustos, sus placeres, sus inclinaciones y sus cos­
tumbres, he aquí por qué después del mirto de nuestro amor ofre­
cemos á María la azucena de su pureza; porque uuestro amor
debe ser puro para que sea digno de ella, y porque debemos imi­
tarla en ésta, que es la primera de sus virtudes, porque ella fué
más pura que todos los Angeles desde el primer instante de su
sér. Y siempre en toda su vida conservó su nitidez, sin afearla
con la mancha más imperceptible; ¡era Madre de Dios!, si no san­
tificándose cada vez más y más, guardando puros sus afectos, sus
pensamientos, su alma y su cuerpo, formando con su pureza las
delicias del mismo Dios. Así, al poner á sus pies nuestra azucena,
la prometemos conservar puro nuestro corazón, nuestro espíritu
í nuestra carne, defendiéndonos con el escudo de su amor casto
de los ataques de la sensualidad y la corrupción.
Resalta más la belleza de la azucena entre las espinas, como
la pureza brilla más preciosa entre las seducciones que nos ro­
dean. Aspiramos una atmósfera envenenada, que ahoga y asesina,
la seducción se manifiesta en nuestros días bajo formas tanto
Aás peligrosas cuanto son más peregrinas, y moriremos por
^fixia, sino corremos apresurados al lado de la azucena purí­
sima María á respirar con soltura y libertad. Imitando su pureza
será verdadero nuestro amor.
-Roso.—Es llamada la rosa flor coronada y reina de todas
tos flores, pues como tal, ostenta en los jardines su regia y ma­
jestuosa belleza. Como es tan preciosa, y se multiplica en tantas
variedades su hermosura, tiene muchos significados, pero son los
principales la belleza, el pudor y la caridad. El vivo carmín de
sus hojas manifiesta cuán encendida ha de ser la caridad, y su
— 154 —

frescura dice cuál es el encanto del pudor; la suave fragancia que


exhala indica que ha de extenderse á todos indistintamente la
caridad: y las espinas que la cercan sin herirla enseñan con
cuánto cuidado se ha de defender el pudor, ó que no se ha de
desanimar la caridad, aunqae tropiece con las espinas de la in­
gratitud.
La Virgen María es comparada con mucha propiedad á la
rosa. ¿Quién más bella que ella? ¿Qué más bello que amarla?
¿Cuál más bella que la pureza entre todas las virtudes? Se re-
unen, pues, tres bellezas en una sola significación. Por otra parte
el pudor, segúu la frase de Chateaubriand, es el más bello de
los temores después del temor de Dios: María Santísima fué tan
pudorosa como pura; el pudor es hijo de la pureza, y en el mundo
se dice del que pierde la pureza, que ha perdido el pudor; la ma­
nifestación del pudor que sale al rostro no es otra cosa que la
indignación de la pureza, que se ve ofendida y se escandaliza; y
es, por último, una flor deliciosa que embellece al alma y que
ninguno puede apreciar.
Así, la rosa conviene muy bien á María; mas si queremos que
sea el emblema de la caridad, que es la reina de las virtudes,
así como la rosa lo es de las flores, y la mayor de todas, según el
Apóstol, porque vence al pecado y hace vivas todas nuestras obras
y aceptas á Dios, entonces damos á entender qne empezamos á
vivir la vida sublime del cristiano, que es toda para todos, des­
arraigando el egoísmo vil, planta venenosa para la sociedad. Es
la caridad el alma del catolicismo, testimonio patente de su ori­
gen divino, centella de la divina esencia que sale de Dios y
vuelve á éL Como la rosa abre sus hojas, abrimos nuestro corazón
para dar parte á todos los hombres, porque el corazón caritativo
es grande como el mundo, y cabe el mundo en él. De modo que
del amor á María se deriva como de nna fuente de aguas vivas la
pureza del que se lo profesa, y de ésta la caridad, que nos hace
justos, benéficos y perfectos, porque es el fin de toda la ley y
vínculo de toda perfección. Simboliza muy bien la rosa la caridad
de María: con respecto á lo cual decía el Idiota: “L a B eatísim a
„ Virgen Marta es una rosa fragante, que está entre los peca-
— 155 —

zdores, que son las espinas; pero está unida á ellos por su
„caridad, para atraerlos al camino de la vida.„ Ministerio que
siempre desempeña con gusto la Madre de piedad.
Imperatoria.—Atribuían á ésta heroicas propiedades, por
las que le dieron su nombre de imperatoria como si fuese un re­
medio soberano, y tal vez por la confianza que inspiraba para
curar los males es el símbolo de la seguridad. Indica esta palabra
squel estado de cosas que las hace firmes, ciertas y libres de
todo peligro, lo que parece estar declarado en las hojas ásperas,
vellosas y duras de la imperatoria; su terde brillante manifiesta
la alegre calma del amor constante; su raíz es gruesa, dura y
leñosa, como debe ser la constancia del amor arraigado en el
alma; se eleva, sobre su tallo redondo, velloso y algo rojizo, un ra­
millete de pequeñas flores blancas dispuestas eu forma de pano­
ja, significando que de la constancia es el premio; y produce entre
ellas una simiente aovada y muy aromática, pues la constancia
no puede producir otro fruto que el placer.
Es esta virtud de la constancia la cualidad del amor verda­
dero, pues sólo los que no aman son volubles y se dejan llevar
de cualquier vaivén; y esta es la razón de incluirse en el nombre
de la Virgen María, á la cual se la prometemos y se la pedimos.
Jurárnosla amor constante en cuanto está de nuestra parte y nos
proponemos serle fieles: se la pedimos como al modelo de perse­
verancia, constancia y fidelidad. La imperatoria, haciéndonos
constantes, nos da la seguridad de no caer, confiados en la pro­
tección de la Virgen; pues sabiendo cuántos peligros y cuántas
espinas hay en el camino de la virtud y cuánta es nuestra fra­
u d a d , acudimos á buscar su ayuda, que sabemos no nos negará.
Sólo el que persevere hasta el fin será salvo; sólo el que venza
P°drá gustar el fruto del árbol de la vida; sólo el que no desmaye
adquirirá un nombre nuevo, y conseguirá la verdadera felicidad.
Artemisa.—El hombre está sediento de felicidad; su deseo es
el rocío refrigerante de nuestra alma, faro brillante de nuestras
facultades, luz del pensamiento, objeto de nuestros suspiros, com­
plemento de nuestro sér. A ella encaminamos todos nuestros pa-
B08» á ella dirigimos todas nuestras acciones; es el aire que res­
— 156 -

piramos; no hay en nuestro corazón ningún latido qne 110 sea


por ella, no hay en nuestros ojos una mirada, ni sale una pala-
bra de nuestros labios que no tienda á ver si la podemos conse­
guir. El hombre se afana inútilmente corriendo en este mundo
tras vanos fantasmas de felicidad, pues ésta sólo se encuentra en
la práctica de la virtud que conduce á Dios. No pudiéndola con­
seguir en este mundo, acudimos á pedírsela á la Virgen María
por medio de la artemisa, que es el símbolo de la felicidad.
Tiene esta planta el tallo ramoso, las hojas menudamente
hendidas en gajos y blanquecinas por el envés, que signiñcan la
abundancia y plenitud total de bienes y de goces puros qne cons­
tituyen la felicidad. Echa las .flores en sa mayor altura forman­
do un ramillete circular, pues la verdadera dicha es intermina­
ble y absoluta como se designa en el círculo; son blancas con el
centro amarillo, pues no hay sombra alguna ni turbación en la
vida feliz, y su centro amarillo es la flgura del Sol divino, del
mismo Dios, que es el centro y ñn de nuestra eterna felicidad.
Pero la Santa Virgen es una parte principalísima de nuestra feli­
cidad y nosotros la esperamos por ella. “María, como dice San
„Metodio, es él principio, el medio y el fin de nuestra felicidad;
„principio, alcanzándonos él perdón de nuestros pecados; me-
„dio, obteniéndonos la perseverancia; fin,proporcionándonos la
„gloria. „ María quiere vernos felices y dichosos, porque si ver­
daderamente nos ama como Madre, parece que al estar sentada
en el solio de su gloria habría en su gran corazón un vacío, sino
estuviésemos nosotros á su lado siendo partícipes de su felicidad.
He aquí, pues, lo que significa sn nombre augusto, la dicha de
amarla, los frutos ilustres de su devoción. Y es digno de notar
qne si la primera letra del nombre de María nos brinda amores,
y las demás virtudes, la última nos promete la felicidad. Diga*
mos, pues, con San Bernardo: “No se ausente de los labios este
»nombre santo, no se aparte del corazón. En los peligros, en l»s
„tentaciones, en las angustias, miremos á la estrella, invoquemos
„á María, porque Dios quiso que nada tuviésemos sino por su
„mediación.,
§· II.

S u color.
Recreemos nuestros ojos en la hermosura de la flor de las
flores, ya que hemos aprendido su nombre santo, lleno de pure­
za, de amores y de felicidad.
£1 nombre declara la cosa; por eso el de María, escogido por
Dios para su Madre bendita, es tan fecundo y significativo; pero
si le conviene con propiedad, como no puede menos de suceder,
debe designar sus perfecciones, de tal modo, que sea la llave de
los tesoros de sus grandezas. Siguiendo nuestra alegoría de con­
siderar á la Virgen Inmaculada como una flor celestial y mística,
que se apropia las gracias de todas las flores de la tierra, nos
hemos de complacer contemplando su color purísimo y brillante,
que son sus perfecciones naturales; sus pétalos frescos y lozanos,
üne son los dones de la gracia; y su exquisito y delicado aroma,
que son sus amables virtudes, y las que excita en sus devotos,
^ í como los beneficios y favores que derrama generosa sobre
todos los que la invocan.
Atendiendo á sus piedades el intérprete Siró, traduce la frase
tirio de los valles de nuestra Vulgata, como si dijera lirio fer-
tilmmo ó de un lugar fértilísimo. Así, cuando es llamada rosa
de Saron, se manifiesta igualmente la plenitud de sus bienes y
la plenitud de su misericordia, pues Saron se interpreta hartura
0 abundancia. Aquí es de notar una reciprocidad admirable y
consoladora, á saber, que toda la abundancia de dones en María
recae después sobre nosotros en forma de beneficios, de modo que
SQ plenitud es toda nuestra, no de otro modo que el olor de las
flores no sólo las hace preciosas en sí mismas, sino que se esparce
Para otros alrededor de sí.
Ya lo hemos dicho; María es una verdadera flor celestial, que
tiene las bellezas de todas las flores, porque tiene todas las vir-
tudes; flor por su virginidad, por sus dolores y por sus obras (1);
itr ^ «*t Tirginitas, Sos cst martjrriam, flos est »ctio bon»,etc. (Sao Bernardo,
— 158 —

y porque como las flores es bella y causa de salud. Veamos cuán


adornada y lozana crece.
Anana.—Para representar en conjunto á la Virgen María, no
hay un símbolo más adecuado que la anana, que significa per­
fección. Tiene la anana las hojas largas, reunidas en haz, y
con escamas espinosas para denotar las dificultades de la virtud,
pero son de un hermoso color verde, símbolo de la esperanza en
medio de las tribulaciones; del centro de ellas nacen, en figura de
corona, sus flores azules ó violáceas, color de los cielos, adonde
conducen las virtudes, y su fruto en forma de piña es tan fra­
gante como sabroso. Por su ácido agradable, gusto más exquisito,
olor más suave, es el emblema de la perfección. En María reunió
el Altísimo la universalidad de todas las perfecciones físicas y
morales que pueden convenir á una pura criatura; por lo cual se
dice que halló gracia con Dios, y el Angel la llamó llena de
grada. Los Padres llamaban á María cielo, porque así como en
éste hay estrellas sin número, así en la Virgen brillan sin nú­
mero las virtudes.
Tol tibi sunt dotes, Virgo, quod sidera codo (1).
Por eso exclamaba San Ambrosio: ¡Oh! ¡cuántas especies <je
virtudes resplandecen en una Virgen! Mereció ser el santuario
de la Divinidad y el Verbo la llenó de primores. El devoto Ger-
son se figuraba ver á todas las gracias y virtudes que venía®
por impulso divino á colocar sobre el alma y el cuerpo de Ma'
ría, su misma perfección y gentileza. “Ved aquí, dice, que Ia

(1) Qua8 omnes nnmeris possim snbducere nullis,


Nou si 8excent&8 dixero myriadas.
Tentandum tamen est.
¿Numerum vis, lector, habere?
T q priu8 in dígitos sidera cuncta refer:
Hiberno numera Auctus in littore; qnotque
Nerea per liqnidam flabra Borea volent. /
Qnot pinnas aer, pinnas mare, sylvaque frondes,
Meílilegas habeat flavus Himettus apes,
Quotque ptier flores annus, juvenis quot aristas, '
Poma r ir Autnmnas, detque senecta nives.
1I.TC numera: dotes Mario» numeraveris.
Omnis Hic numerus, dotum Virginis uuus erit.

(Apud Tlieophil. Raynadum, Diptycha Mariana, cap· ^


— 159 —

misma pureza se adelanta para preparar la materia, que ha de


formar el cuerpo de María, la Providencia para organizarlo, la
Gracia para animarlo. Y después de esto cada parte es revindi-
cada para su virtud respectiva, porque la caridad forma su co­
razón, el pudor redondea su frente, la amabilidad derrama en
sus labios la dulzura, la decencia colorea sus mejillas, la modes­
tia y la virginidad difunden por todo su cuerpo la gracia y
embeleso: por último, concurriendo felizmente todas las virtudes
á formar á esta Yirgen singular, ellas mismas, pasmadas de su
°bra, apenas pueden reconocerla en esa misma perfección, que
ha producido su unánime concierto, pues lo que todas han hecho
aventaja infinitamente á cada una de ellas.
Alhelí.—Esta flor, tan conocida y cultivada en todos los ja r­
dines, está destinada para significar la hermosura permanente.
Conviene perfectamente á María, que fué la nobleza y elevación
de la naturaleza humana. No podemos negar á la Yirgen don al­
guno, pues si los tuvo en la gracia, también debió tenerlos en la
naturaleza. Esto no es una exageración de la piedad, que se la
finge tal cual el cariño la desea, sino que eu realidad fué la Ma­
dre de Dios hermosísima entre las hijas de los hombres. En el
Cantar de los Cantares es celebrada de hermosa como la luna,
Cogida como el Sol, y es llamada muchas veces hermosa y más
bella que todas las mujeres. Estas expresiones deben entenderse
no sólo de la hermosura de la santidad, sino también de la cor­
poral,. porque era conveniente que la doncella de cuya carne ha­
bía de tomar carne el Yerbo, fuese hasta en su cuerpo, taberná­
culo divino, la expresión de la naturaleza perfeccionada. Es el
cuerpo como el vestido del alma, dice Tertuliano, y por eso aque­
ja ahna santísima de María debió tener un vestido digno. Por
^ la llamó Jorge Nicomediense hermosísima hermosura de
todas las hermosuras, y ornamento de todas las cosas bellas.
San Dionisio la apellidó Deiforme; el Nacianceno la predicó, la
primera Virgen y Madre entre las mujeres honestas y hermo-
y San Juan Damasceno, digna hija de Dios, hermosura de
h humana naturaleza y ornamento de las mujeres. Pero dice
Orsini, ella era la más hermosa de todas las mujeres, porque era
- 160 —

la más santa y casta de las hijos de Eva. Esta es la belleza más


atractiva y la que todas las doncellas deben ambicionar.
Jazmín. ~ L a Virgen María, tan ^íermosa y santa, no podía
menos de ser afable y cariñosa en el trato social, realzando con
esta nueva gracia las muchas que la adornaban. Atraía con su
dulzura todas las simpatías y ganaba los corazones, por lo cual
es un aromático jazmín, que es el emblema de la amabilidad.
Sus tallos, largos y flexibles, indican cómo un carácter afable se
acomoda á las exigencias sociales, y es benigno con los defectos
ajenos; y sus flores blancas y olorosas son la imagen de cuán
universalmente apreciado es el hombre de trato dulce y suave.
Hace esta virtud de la afable amabilidad á todas las otras virtu­
des gratas, introduciéndolas con su honesto agrado en todos los
corazones, y revela mejor que otra cosa la buena educación.
María, accesible siempre á todos y con todos llena de dulzura,
se hacía querer de todos los que la trataban, en el templo en su
infancia, así como al lado de su divino Hijo Jesús, á quien acom­
pañaba en sus predicaciones: digna Madre del Salvador que se
complacía en tratar con los niños, que no se desdeñaba de asistir
á la mesa del publicano y era tau indulgente con la pecadora Sa-
maritana. Hoy mismo desde lo alto de los cielos escucha benigna
todas las súplicas, y á nadie cierra sus oídos, ni aun al pecador.
Anemone.—Hemos de creer que en efecto María era tan ama­
ble, porque tal debía ser aquella purísima doncella candorosa y
sencilla como la paloma; lo que representa la bella anémone, que
significa sencillez, y la de color de rosa helio carácter. Son todas
las especies de esta flor muy notables por sus hermosos y varia­
dos colores, así como siempre acompañan á la sencillez muchas
bellas cualidades. Crece la auémoneen parajes elevados, indicando
que la sencillez es jiña propiedad de las almas elevadas, y nece­
sita el aire libre, como esta virtud necesita para desarrollarse
vivir lejos de la mundana ficción. Por eso Jesucristo al enviar á sus
discípulos como ovejas en medio de lobos, les recomienda especial­
mente ser sencillos como la paloma, porque los sencillos son hijos
de Dios, que se confía á ellos, y el que anda en sencillez será
salvo. (Matli. X. 16).
- 161 -

El esposo divino de los Cantares, queriendo ponderar la sen­


cillez de su amada, la llama repetidas veces paloka, que silen­
ciosa y sencilla se oculta en el hueco de la peña; y alaba es­
pecialmente la hermosura de sus ojos, diciendo que son ojos de
paloma; es decir, según los sagrados expositores, ojos sencillos,
cándidos, ingenuos, que ignoran la duplicidad del arte de enga­
ñar, ojos castos, serenos, de mirada recta; ojos de paloma, aman­
tes, amables, fúlgidos, purísimos; ojos de paloma, plácidos y
dulces, llenos de ingenuidad. La paloma es el símbolo de la ino­
cencia y del candor, y por otra parte los ojos son el espejo del
alma y la puerta de los afectos del corazón. Ventanas del espí­
ritu los llama San Agustín. El candor de María era el encanto
de todas sus acciones, porque revelaba su inocencia.
Toronjil.—No solamente quiere Jesucristo que sus discípulos
sean sencillos como palomas, sino prudentes como las serpientes: la
sencillez de María estaba acompañada de una admirable circuns­
pección. El agradable toronjil representa muy bien esta bella
cualidad, hermana de la prudencia, que tanto brilló en ella, por­
que todas sus acciones y palabras estaban llenas de cordura, de-
coro y gravedad. Indican sus hojas dentadas por los bordes, y de
figura de corazón, cómo hemos de cercar el nuestro contra las
seducciones, á fin de dar perfume tan grato como el toronjil des­
pide: y es planta muy amada de las abejas, que acuden á ella
como acuden á la discreta circunspección mil útiles virtudes. La
circunspección sabe disponer las acciones antes de practicarlas, y
moderar las palabras, para que no ofendan, arreglando además el
porte exterior, á fin de no molestar á nuestros hermanos. María
tuvo ésta como su dote principal, que la hacía agradable á Dios
í á los hombres: “Nada de altivo en su mirada, dice San Am ­
brosio, nada de indiscreto en sus palabras, de duro en su
»9csto, de libre en sus pasos, de precipitado en su voz; sino
»que todo su aspecto era como él simulacro de su alma y como
»la figura de su santidad. Por eso ninguna escolta podía ha-
»cerla respetar mejor que ella misma, que su mismo porte y
»que su mismo continente tan venerable, como grave y circuns-
»pteto su modo de andar.„
La s F lores de Ma y o . — 1 1 .
— 162 —

¡Mística ñor de las flores!, á la que todas representan, porque


la pertenecen todas las gracias. Ella tiene la majestad de la
palma, la gentileza del álamo blanco y la delicadeza que expre­
sa el aciano. De sus labios brotaba la dulce persuasión de la
consuelda, había en sus ojos la modestia de la violeta, y tenía su
agradable sonrisa el hechizo de la verbena. La fresca peonía sólo
puede ser una pálida figura de su nobleza, y la margarita blanca
no indica bastante las simpatías que excitaba. Había, según San
Dionisio, en su rostro algo de divino y en sus ojos algo de los
cielos, que la hubiera hecho adorar como Diosa, si no hubiera
constado por la fe, que no hay más que un Dios. Pero era su
Madre, sagrario de su carne divinizada... la presencia momentá­
nea de Dios transfiguró el rostro de Moisés, comunicándole vivos
resplandores, ¿pero no era María más que Moisés?
Esta flor preciosísima ostenta color tan brillante, de tan de­
licados y puros matices: la hermosura, la amabilidad, la sen­
cillez y la discreción.

§. ni.
S u s pétalos.

Pero no son las perfecciones naturales las que más nos hacen
admirar á María, sino la reunión de todas las dotes que el Al­
tísimo depositó en ella haciéndola mar de la gracia.
Prescindiremos de las efusiones de santidad, qne se fueron
amontonando en María todos los días de su vida, por las cuales
excedió sin comparación á todos los espíritus bienaventurados,
por la cual se dice colocada sobre los montes de santidad, y 1°9
Libros Santos la comparan á la inmensidad de las aguas; el Señor
la hizo tanto cuanto puede ser una pura criatura, no absoluta­
mente hablando en cuanto Dios es omnipotente, sino atendiendo
al orden según el cual ha determinado comunicar sus perfecciones
fuera de sí: además se concentró en su seno la santidad esencial»
para ser como el foco de donde después irradiase sobre todos los
hombres, qne habían de ser justificados por el hijo que ella en­
— 163 —
gendró, y por consiguiente por su ministerio, pndiendo decir que
María es una comunicación activa de justificación al mundo: y por
último se une á Dios con una intimidad asombrosa, no sólo por sn
maternidad, que la da con El cierta identidad de naturaleza, se­
gún la frase de San Pedro Damiano,sino por la cooperación eficaz
que le presta en la ejecución de sus planes eternos y lo que con­
tribuye á su glorificación.
Podía, pues, manifestarse esta flor del cielo adornada de péta­
los gloriosísimos, pero sólo nos limitaremos á buscar una flor
para sus dos excelentes privilegios, cnya reunión maravillosa
forma el carácter de María, haciéndola ser á un mismo tiempo
Por un milagro incomprensible Virgen y Madre.
Flor de azahar.—La fe nos asegura esta simultaneidad en
María de dos privilegios que repugnarían en cualquiera otra mu­
jer, pero la que había de ser tipo de la mujer perfecta, y su res­
tauradora, debía tener sus dos estados más augustos, la virginidad
7 la maternidad, porque la paternidad de Dios no se podía haber
compartido sino con la maternidad de una Virgen. Para represen­
tar la Virginidad de María debía haber un símbolo tan puro como
la blanca y olorosa flor de azahar. Se parte esta flor en su ex­
tremidad formando cuatro ó cinco hojitas, imagen de las princi­
pales virtudes que tiene una Virgen, á saber: el pudor, la hu­
mildad, la pureza, el recogimiento y la caridad; su color blanco
m> puede ser más apropiado para este emblema, así como su olor
suavísimo para denotar el agradable encanto de esta virtud.
No sea conocido el nombre de aquel infortunado hereje, lla­
r d o por San Jerónimo, el Epicuro cristiano, que se atrevió á
arrebatar á María esta fúlgida estrella de su corona; sn execra­
ble herejía fue calificada de locura por Orígenes, de sacrilegio
por San Ambrosio, de blasfemia por San Epifanio,de infamia por
San Siricio, y de impiedad rabiosa por San Jerónimo: tan con­
traria era á la antigua fe. Negar que María es siempre Virgen y
Madre de Jesucristo, es desconocer por completo la grandiosa eco­
nomía de la Encarnación. Primero que tomar carne en un seno
bolado, hubiera Dios creado para sí una humanidad nueva: la
carne del Verbo no podía ser de una madre manchada por la ge-
— 164 —

aeración carnal. ¿Y cómo hubiera tenido dos padres el Hijo de


Dios? Además que viniendo Jesucristo á sanar la corrupción de
la humana naturaleza, no podía permitir que su venida empezase
violando la integridad de su Madre. Por eso el mismo Espíritu
Santo la fecundó.
Secretas comunicaciones tal vez de este mismo Espíritu Divino
que reveló á María, cuando vivía en el templo, la excelencia de
esta virtud, condición angélica, la hicieron adoptar la resolución
hasta entonces inaudita, de consagrar á Dios su virginidad; pen­
samiento hijo de su pureza, que se alarmaba con la sola idea de
pertenecer á algún mortal. Contra la corrupción del mundo traía
la Virgen restauradora una virtud nueva, antídoto eficacísimo
para oponerse á la perversidad; el Señor vió con tal agrado esta
pureza, que quiso que desde entonces fuesen honradas en la per­
sona de María á un mismo tiempo la virginidad, que ella amaba,
y la maternidad con que El la quiso premiar. Admiremos la su­
blimidad de las recompensas divinas; para premio de una virtud
escogitó Dios lo que más se la oponía al parecer y aun la destruía;
pero la mujer bendita que colocaba á la naturaleza en un estado
tan alto, por su parte, debía ser puesta por parte de Dios en el
estado opuesto no menos glorioso, para que fuese á la vez nobleza
de todas las vírgenes y de todas las madres.
Vara de Jesé.—Pero toda la suma de las grandezas de María
se funda en el estado sublime de su divina maternidad: bajo este
aspecto, según San Ambrosio, la Yirgen nos da una idea cabal de
lo infinito, porque Dios, que es el autor de toda naturaleza, nace en
su propia naturaleza de María. Aquella misteriosa Vara de Jesé,
que predijo Isaías, germinó su flor; pimpollo lleno de frescura y
de todos los dones del Espíritu del Señor. Esta profecía, que se
refiere en su sentido directo y literal á María y á Jesucristo, si®*
boliza en la Vara de Jesé su divina maternidad, y en efecto es
esta flor su más acertado emblema. Hay algunos tallos de esta
planta que arrojan treinta y á veces cuarenta florecitas, por 1°
cual ha sido destinada para significar la fecundidad. Tal vez so
tallo hueco está indicando el vacío que dejó en el mundo la triste
caída de Adam, así como los diversos nudos que le cortan de
— 165 —

trecho en trecho son la imagen de los profetas que anunciaron


en diversas épocas al Mesías, que vino en la plenitud de los tiem­
pos, como en lo más alto de la vara nacen sus flores.
Son éstas blancas y de olor suavísimo, figura de la santa y
pura flor que salió del seno de María, y de la doctrina celestial
que enseñó Jesucristo, el fruto bendito de su vientre; y tienen la
forma de embudo, porque se trasvasó por su seno el mar de la
gracia, ó aquella lluvia copiosa, que anhelaba Isaías, figurando
al Salvador.
Este privilegio de su maternidad eleva á María casi hasta
lo infinito, porque por ella participa realmente de la misma glo­
ria y dignidad del Padre, en lo que más le honra, la generación
de su Yerbo; así es que Ella puede decir con verdad al mismo
Hijo de Dios Padre: Yo te he producido de mi substancia. No es
la mayor gloria de Dios ser Criador del universo; aunque hubie-
ra. criado cien millones de mundos, menos glorioso le sería que
producir un Hijo omnipotente y eterno. Lo mismo ha de decirse
de María; aunque hubiese sacado de la nada un millón de mun­
dos mil veces más bellos que este universo, no tendría por ello
tanta gloria, como el haber dado á luz un Hijo, que es verdade-
r° Dios.
Si quisiéramos añadir nuevos pétalos á la vistosa corola de
^ flor mística, podríamos estudiar los misterios de la vida de
la Yirgen-Madre, que pueden representarse todo/en las flores. La
plácida belleza de la rosa blanca, símbolo de la inocencia, ó la
amarilla siempreviva, indicarían su Concepción Inmaculada; la
dianilla ó reina del prado nos daría idea de las ansias con que
era esperada su venida, y el díctamo sagrado de los druidas re­
cordaría la época feliz de su nacimiento, que regocijó á los An­
ales. La olorosa flor anaranjada del aromo podrá ser la imagen
de la Presentación de María en el templo, y su vida retirada,
entre las sombras del santuario: hasta que se desposó con el afor­
tunado José, cuya casta unión, no de los cuerpos, sino de los co­
razones, simboliza la roja granada. Así también el avellano re­
presenta la buena nueva que la trajo el Angel, cuando se hizo
Madre de Dios; el terebinto, siempre verde, de flores bermejas, es
— 166 —

el emblema de sn parto glorioso, y las pequeñas flores azules del


flexible sauzgatillo designan la humildad de María en su Puri­
ficación, á cuya ley no estaba sujeta, aunque la quiso cumplir.
Sus dolores, que fueron tantos, tienen también símbolos más nu­
merosos: el ajenjo, de su amargura; el ciprés, de su duelo, el bre­
zo, de su soledad; que también había de tener sus espinas esta
dulce flor. Por último, el amaranto tricolor indica la elevación de
la gloria en que la constituyó la adorable Trinidad, después de
su lucidísima Asunción.
De este modo podemos otra vez confirmarnos en la idea de
que las flores son un inmenso geroglífico de María, que tienen con
ella relaciones tan numerosas como poéticas, á la par que verda­
deras. Bajo cualquier aspecto que las consideremos, nos llevan siem­
pre á la Madre de Dios.
Pero el feliz consorcio de los dos estados excelentes de Virgen
y Madre, que acabamos de ver en Nuestra Señora, tiene con las
flores una relación más exacta y admirable, porque también ellas
son á un mismo tiempo, por un privilegio nuevo, vírgenes y ma­
dres.
Es que Dios, para que no tengan excusa los incrédulos, ha
grabado en la naturaleza las huellas de todos los misterios de
nuestra fe.

§. IV.
S u perfum e.

¡Cuán agradable y exquisita fragancia debe tener esta йот


celestial, brillante adorno de los altares cristianos! Aspiremos con
delicia las suavísimas emanaciones, que de ella se desprenden»
porque son la quinta esencia de todas las virtudes.
Divídense todas las virtudes en dos grandes grupos: uno, de
las que nos refieren á Dios; otro, de las que tienden á la perfec­
ción de sí mismo y al bien del prójimo: al primero pertenecen
la fe, la esperanza y la caridad, virtudes divinas; al segundo,
— 167 —

la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, porción


del hombre, que conoce su propia nobleza. Independientes y tan
pronto en uno como en otro grupo, se pasean con rico atavío otras
dos hermosísimas y poderosas: la castidad y la humildad. Todas
ellas componen el aroma que exhala María.
La Virgen, que fué la corredentora con sus méritos y sus
altos destinos, es la santiñcadora con sus ejemplos: y así es do­
blemente causa de la salud del mundo, porque dió á luz al Sal­
vador, y porque es un acabado modelo de bien obrar. Influye
además con su intercesión, y con los beneficios que hace, y las
gracias que consigue, á fin de allanar el camino de la salvación,
término último y total de la Redención, en cuanto ésta tiene por
objeto al hombre. Tal es el perfume de esta rosa mística, lirio de
Pureza, la Santa María.
Pasionaria.—Sobresale en María aquella fe viva, capaz de
trasladar los montes: don de Dios y la primera de las virtudes,
8¡n la cual es imposible agradarle, porque no se podría conocerle.
Como antorcha que luce en un lugar tenebroso, no sólo hace visi­
bles los peligros de este camino, sino que es también un escudo
contra los enemigos; proporciona gozos inefables, y el fin de ella
68 la salud de las almas. Es el emblema de la fe la vistosa pa-
sionaria, animado geroglífico de la Pasión de Cristo Señor Nues­
tro, porque nuestra fe se compendia y se ejercita en el doloroso
anonadamiento del Hijo de Dios. Hay una especie de flor encar­
nada, que puede representar cuál ha de ser la viveza de nuestra
fe, que se debe defender aún á costa de la sangre; y otra de nn
hermoso color azul, figura del cielo, que es el premio de la fe.
María tuvo tanta fe, que su prima Santa Isabel no encontró
medio más expresivo de glorificarla, sino porque había creído.
San Cirilo Alejandrino la llama Reina de la verdadera fe, y la
iglesia la atribuye la extirpación de todas las herejías: y aun
avanza más San Ireneo al afirmar, que el daño que hizo Eva con
80 ^credulidad, lo reparó María con su fe. Tengamos nosotros
Presente que la fe sin obras es muerta, y procuremos imitar á
*kría en la viveza y constancia con que creyó á la palabra de
•os. Así seremos dignos hijos suyos y podremos fundar una es­
— 168 -

peranza sólida de ver en el cielo sin enigmas los misterios que


creemos en la tierra, sin poderlos comprender.
Juncia de olor.—De este modo se enlaza la fe viva con la
esperanza viva, porqne ella misma es, según el Apóstol, la subs­
tancia de las cosas que se esperan. Los grandes racimos de blan­
cas flores de la juncia son un símbolo de la esperanza, que
jamás abandona al hombre y devuelve la tranquilidad á su abati­
do espíritu; y su agradable aroma significa la confortante dal­
zura con que la esperanza mitiga los pesares de la vida y hace
llevaderos los trabajos, señalando al cielo, porque en la esperan­
za somos hechos salvos. Enjuga las lágrimas, sostiene la virtud
de las vírgenes y la fe de los mártires, entra en el asilo del pe-*
nitente, se sienta al lado del cadáver, y jamás abandona al hom­
bre su mano maternal.
Ninguno como María poseyó la esperanza en el Señor; y
ciertamente la necesitaba tan Arme para resistir sin desfallecer
las muchas angustias que la combatieron; pues parecía que su
divina maternidad sólo la ocasionaba alannas y dolores: y no se
desanimó aún cuando vió á su amado Hijo entre las ignominias
de la Cruz. Por eso la Virgen es el modelo de nuestra esperanza
que nos la sabe inspirar; así es que es llamada la Madre de la
santa esperanza, la Iglesia la invoca como nuestra esperanza
y ella misma ofrece dar luz á los que esperan en el Señor. Esta
es la razón de que aquella Virgen, que tanto esperó, jamás deja
frustradas las esperanzas que en ella se ponen, y así es el sostén
de los que vacilan y el áncora de los que la invocan. Conservemos,
pues, firme, según el consejo del Apóstol, la confesión de nuestra
esperanza, pues es fiel el que hizo la promesa, y aguardemos del
Espíritu Santo aquellos bienes, que son el anhelo de los justos,
mediante la fe, que obra por caridad.
Clavel.—Por cierta especie de compenetración m aravillosa se
derivan la una de la otra las tres virtudes teologales, y se con­
tienen mutuamente; la esperanza, que se funda en la fe, terminé
en la caridad. Pero amamos á Dios, creyendo y esperando en él,
y el mismo amor anima y vivifica al alma para esperar y Para
creer, por lo cual dice el Apóstol, que la fe, aunque fuera capa*
— 169 —

de trasladar los montes, nada rale sin la caridad. El fragante


clavel encarnado es el emblema del amor vivo y ardiente que
nos debe unir á Dios, para hacernos sus hijos y herederos.
Si todos los afectos de María fueron inefables, con mayor
motivo su corazón fué un templo vivo de caridad, porque nadie
en la tierra ha tenido nn conocimiento más perfecto de Dios, ni
recibió más gracias; la prueba es aquella divina expansión de su
amor en el divino cántico del Magníficat. En este amor tuvo su
origen la perfección de todas sus acciones: los mismos serafines,
dice Ricardo, pudieran bajar del cielo á aprender en el corazón
de María el modo de amar á Dios. Por eso la llama San Fran­
cisco de Sales, Reina del amor. ¿Y cómo no, si tuvo en su seno,
estrechó en sus brazos al Yerbo Niño, y fué la esposa querida del
Espíritu Santo, que es todo caridad? Este amor purísimo de
Haría se desbordó sobre los hombres, por cuya salvación aceptó
resignada el sacrificio de su Hijo; generoso consentimiento, que
la dió toda la parte posible en la redención. Entreguemos, á imi­
tación de María, todo nuestro corazón á Dios, pues la misma
Virgen nos ayudará con su influencia; que no en vano la llama
Santa Catalina de Sena conductora del fuego divino del amor,
expresión que no es tan significativa, como la del Libro del Ecle­
siástico, puesta en boca de la bien amada: Yo soy la Madre del
hermoso amor.
Nardo.—Tan adornada la Santa Virgen de las precedentes
virtudes, no podía menos de tener la prudencia, que las regula
У las conserva. De tres modos manifestó su prudencia la Virgen
liaría, según San Bernardo, cuando hizo al Señor el voto de con­
servarse casta: buscando la gracia en el retiro; y en su conducta,
cuando la saludó el Angel, no envaneciéndose con las grandezas
que la prometía. La Iglesia la denomina Virgen prudentísima.
Expresivo emblema de la prudencia es el oloroso nardo, porque
se mezcla, dice Teodoreto, en la composición de todos los aromas
У ungüentos, así como la prudencia entra en todas las virtudes.
Profundiza hondamente sus raíces, como en nuestra alma ha de
penetrar esta virtud, y sus blancas flores son más olorosas por
** noche, indicando que nunca es más preciosa la prudencia que
— 170 -

en el tiempo de la adversidad. El cristiano necesita macho de la


prudencia tan recomendada por Jesucristo, de la cual dice Salo­
món que es la ciencia de los santos, pero puede conseguirla fá­
cilmente por María, que la posee como virtud propia, y á la cual
llama San Anselmo, Prudencia de las aliñas santas.·
Luisa.—El hombre verdaderamente prudente, no puede care­
cer de la templanza, justo medio que separa viciosos extremos,
y freno de las fogosas pasiones, representada en la humilde
Luisa, que sin embargo de su pobre aspecto excede á casi todas
las plantas en fragancia, y ofrece la singular propiedad de que
sus hojas conservan su olor penetrante y grato, lo mismo cuando
están lozanas que cuando están secas, imagen de la moderación
con que hemos de apreciar los bienes y sufrir los males, lo mismo
en la juventud que en la vejez, imitando en esta virtud á María.
Asimismo la prudencia supone la justicia, que es su expresión
práctica más interesante, porque designa á cada cual sus deberes
y relaciones, que se simboliza en el fragante cinamomo. María
es un espejo clarísimo de justicia, y además salió de ella el Sol
de justicia indeficiente; y es el faro adonde debemos elevar
nuestros ojos, para dirigir nuestros pasos por las sendas de la
justicia, que conducen á la vida, representada en la madera dura,
incorruptible y aromática del cinamomo. Por último, la benéfica
vid, que fortalece los corazones amargos, el gigante cedro, ó la
sencilla adelfa, que resiste á todas las tempestades y á todas las
estaciones, son el símbolo de la fortaleza, aquella virtud con 1a
que María pudo sobrellevar los infinitos dolores que la an­
gustiaron.
Estas virtudes de María trascienden á sus devotos como un
exquisito perfume; ya porque la misma Virgen tiende á trans­
formarnos en ella, por la ley de asimilación, común á todos los
seres; ya también porque nosotros la contemplamos como un
acabado modelo de imitación. Ejus vita, omnium est disciplino·
Saúco.—Pero tiene además esta flor otro aroma, de que nos
aprovechamos más inmediatamente, á saber, los innumerables be­
neficios que recibimos por su mediación. Acertado símbolo de
ellos es el saúco, por sus excelentes propiedades medicinales, re­
— 171 —

presentando á María medicina del mundo enfermo, según la


frase de San Epifanio: sus múltiples flores blancas se extienden
en figura de panoja, emblema de la protección de María que nos
cobre como un escudo de salud; sus ramas están llenas de cierta
médula blanda, imagen de las entrañas compasivas de la Virgen
maternal, que tan blandas son á nuestras súplicas: bajo su fresca
sombra se templan los ardores del estío, como bajo el amparo de
María el fuego de la tribulación. Bajo este concepto tiene una
extensión latísima el ministerio de la Virgen-Madre, es á saber,
mediadora del mediador, de modo que las emanaciones de la
misericordia divina se nos comunican por ella; y todo, en su con­
secuencia, pasa por el corazón de esta Madre; porque admitiendo
que fué ella el principal agente de la visible manifestación de
Dios al mundo, debe ser también la dispensadora de sus gracias.
“Es y será siempre cierto, dice Bossuet, que habiendo nosotros
»recibido una vez por María el principio universal de la gra­
c ia , iremos continuamente recibiendo por su mediación las
»diversas aplicaciones de la misma gracia, en todos los estados
»de la vida cristiana. „ Así lo dispuso el Señor, asociándola al
gran misterio de la piedad, la rehabilitación del hombre, por lo
<lue, en sentir de todos los Padres, la encomendó la Majestad divi­
na la repartición de todos los bienes que determinó dar á los
hombres, y quiso que todo lo recibiésemos por su mediación.
Desarrollaremos esta idea más adelante, aunque su prueba
^ en la conciencia de cada cristiano y en la experiencia uni­
versal de todos los que la han invocado, pues jamás se ha oído,
dice San Bernardo, que quien ha recurrido á ella haya quedado
frustrado. Así María nos atrae á su amor con una doble cadena,
Pero de dulcísimos eslabones; las gloriosas grandezas de nuestra
naturaleza sublimada en ella, enriquecida en ella, santificada en
ella; las efusiones de gracias repartidas por ella, de beneficios
Prodigados, de perdones obtenidos. Estas son aquellas fragantes
emanaciones con que nos atrae, y corremos en pos de ella al
üor de sus perfumes (Cant. I. 3), y los aspiramos con el pecho
dilatado, saturándonos de ellos, y uniéndonos con nuevos lazos á
8u amor. Tan exquisito aroma de tan bella flor es como el incien­
— 172 —

so de su culto; se dilata vaporoso y envuelve á todos sus devotos


en cierta nube de buenas obras y de costumbres puras, haciendo
además este culto más sólido, y cumpliendo una parte principa­
lísima, que puede llamarse culto vivo; la imitación. Y es que
las virtudes de María saliendo de ella por la violenta compresión
de su amor, iluminan al mundo, y se reproducen en las almas;
pero como divididas en grados ó pequeñas porciones, para poder
ser participadas por nuestra flaqueza, que de otro modo no se
atrevería, ni aun á intentar parecerse á ella. Mas al considerar
aisladamente sus virtudes, como la humildad, la castidad, la
paciencia, el sufrimiento resignado de tantas amarguras, em­
prendemos copiar una ú otra, y esta imitación parcial y secun­
daria nos va elevando poco á poco hasta la perfección.
Se agrega para animarnos á ello no sólo la multiplicidad de
sus virtudes diversas, que por consiguiente ofrecen una multi­
plicidad de tipos, sino también que nos ayuda la misma Virgen,
alcanzándonos gracia para obrar, y prodigándonos mercedes; por
lo cual se mezclan por iguales partes nuestro amor, nuestra
gratitud y nuestra esperanza, y aun secretamente se oculta detrás
de estos afectos un poco de santo egoísmo, porque nos reportan
una utilidad muy segura nuestras buenas relaciones con la
Madre de Dios.
Se elevan, por consiguiente, nuestras flores, al representar á
María, á una altura sublime de culto y homenajes: como si la
ofreciéramos, al mismo tiempo que sus representaciones, lo3
trasuntos de sus virtudes que hemos copiado en nuestras almas;
y he aquí como de todos modos venimos siempre á parar al
mismo punto, como si fuera el foco adonde convergen todas las
teorías sobre el espíritu y significación del culto virginal en esto
mes de Mayo. Mis flores son fruto de honor y de honestidad·
(Ecli. XXIV, 23).
Gomo quinta esencia del aroma de vida, que acabamos de
exponer en esta flor del paraíso, concluiremos copiando algunaS
estrofas del bellísimo himno, Salve mater Salvatoris, que tienen
la ventaja de expresar á la vez el perfume de sus virtudes, y e*
perfume de su benéfica intercesión.
— 173 —
«Salve, Madre del Salvador, flor sin espina·, aunque salida
»4· espinas, graolosa flor de la zarza, puerta cerrada, fuente de
»Jardines, oaja de perfumes, sagrarlo de aromas.»
«Sxoedéis en suave fragancia i la oaña del oinamomo, fc la
»mirra, al inoienso y al bálsamo.»
«Salve, honor de las vírgenes, mediadora de los hombres,
»Madre de salad.»
«Hirto de templanza, rosa de paolenoia, nardo odorífero.»
«Flor del oampo, distinguido lirio de los valles, del onal salió
»Cristo.»
«En vos estfc la plenitud del deooro, del oandor, de la dalzura
*7 del perfume.»
«Vi tenéis igual en la tierra, ni en la oorte del eielo, gloria
*4*1 género humano, que sobre todos tenéis los privilegios de
»las virtudes.»
«Recomendadnos & vuestro Hijo, ampárenos vuestra proteo·
»oién en la luoha; todos los ataques oedan i vuestro poder.»

Dulce Reina de las flores, más simpática que ellas, era justo
que todas la rindiesen el más completo y absoluto vasallaje.

§· v.
N u e s tro s afectos.

Para completar dignamente nuestros honores en el Mes de


Otaria, debiéramos ahora deshojar al pie de los altares virginales
las flores parásitas de los vicios aborrecibles, que como abrojos
(iue sofocan la bnena semilla, han crecido en nuestra alma. Así
daríamos á la Virgen Inmaculada cierto desagravio de nuestros
errores y una prueba de arrepentimiento. Tal es la forma prác­
tica del culto de las flores que proponen algunos para celebrar
^ mes: procurar desarraigar día por día algún vicio ó pasión
dominante, empezando por la reforma para concluir en la per­
fección.
Sería una especie de burla sacrilega ensalzar las virtudes de
^ r í a y al mismo tiempo cometer el pecado; ofrecerla virtudes
^presentadas en las flores, mientras fuesen ofensas nuestras ac­
ciones. Nuestros obsequios deben ser hijos de un corazón recto,
deben salir de un fondo de piedad; por lo cual, si deseamos que
- 174 -

María acepte los honores de este mes sagrado, hemos de procu­


rar ante todo hacernos dignos hijos de su amor. Hnir con dili­
gencia el mal, apartar hasta la más pequeña sombra de pecado,
purificar el alma con el baño de la Penitencia, humedecer con
lágrimas de arrepentimiento este corazón seco; de esta suerte
María recibirá nuestras flores con ternura y será el mes de Mayo
un mes de bendición, tranquilidad, sosiego de la vida, olvido de
las penas, entrada para la primavera eterna, rosa inmortal que
comunicará su lozanía, puerta del cielo.
Para obtener los favores de María es necesario que la hon­
remos con el alma pura, pues de lo contrario nos daría la Virgen
la misma respuesta que dió á un soldado vicioso, el cual, según
refiere San Pedro Celestino, cada día practicaba algún acto de
devoción en su honor. Un día que estaba padeciendo mucha ham­
bre, invocó á la Virgen, que se le apareció presentándole algunas
viandas exquisitas, pero dentro de una vasija tan sucia, que él no
se atrevió á gustarlas.—Yo soy, le dijo entonces María, la Madre
de Dios que vengo á socorrer tu hambre.—Pero en esta vasija*
respondió el soldado, no me atrevo á comer.—¿Y cómo quieres,
replicó la Virgen, que yo acepte tus devociones ofreciéndomelas
con un alma tan sucia de vicios?
¿Pues cómo aceptaría la Virgen nuestras flores, si se las ofre­
cemos con un corazón manchado, en el que hierven confusamente
mil podridas pasiones? Caigan, pues, á los pies de María, para ser
holladas miserablemente, las flores venenosas de nuestras culpas»
y contemplemos con rubor toda la hediondez que destilan repug*
nante y odiosa. Arrojemos de una vez con el sasafrás toda nues­
tra perfidia, y con el hueco perifollo todos nuestros vicios, p»1*
presentarnos ante las aras inocentes de la Virgen Santa.
Arrojemos á sus pies con las hojas del ciclamor, de fignr*
de corazón, y con sus flores carminadas, el emblema del egoísmo,
origen fatal de las pasiones viles, que debemos desterrar el prl'
mero, porque es tan indiscreto como pórfido; y así nos costará
menos trabajo desarraigar la boca de dragón, símbolo de la ava­
ricia, que cierra sus arcas al pobre y es tan triste consejera de
perversidades: el lirio amarillo, y el tulipán, fatal emblema del
— 175 —

orgullo ciego, ese parto abortivo de la vanidad, de la miseria,


nube de nuestra nada; y la punzante buglosa, que no es tan
punzante como la murmuración que simboliza. Perezca sin de­
mora abrasada la encendida camelia, imagen de la voluptuosi­
dad que envenena las almas, y la fétida serpentaria, más fétida
aun por significar la envidia, ese agudo torcedor de los corazones
bastardos, madre sombría de las lenguas mordaces, y por último,
deshojemos el pipirigallo, que designa la pereza, letargo engen-
drador de los vicios, así como también la crépida roja, símbolo
de la arrebatada ira, manantial de ofensas, indicio de pechos
desconcertados.
Pero sobre todo hay una flor, emblema del vicio, que más
cuidadosamente debemos extirpar, porque es el principio de todo
pecado: la dalia, que simboliza la soberbia y altanería. Crece
con más rapidez que las otras flores, se levanta sobre todas, las
cubre desdeñosamente con su follaje, como el hombre soberbio se
engríe sobre sus semejantes y los desprecia; pero para que en
t°do se vea un principio eterno de justicia, la naturaleza la ha
negado el aroma, que concede á otras flores menos bellas, como
Dios ha negado al soberbio las simpatías de sus hermanos y las
Sacias que concede á los humildes. Toda la soberbia del hombre
110 es más que un poco de polvo que cubre la tumba.
Desarraigados ya los vicios, deshojadas á los pies de nuestra
Señora las vanas flores que los simbolizan, podemos ya ofrecerla
como prenda de amor puro, la simpática lila violada, y el her­
boso pensamiento, representación de cuán viva está en nnestra
dente la idea de María, y su amor que salva. Al ofrecer flores de
significación, elevamos con ellas nuestros afectos, y los puri­
ficamos al llegar al término á que tienden; luego vuela el espíri-
u por espacios sin horizontes á una región nueva de ideas y de
Cosas>en que se descubre en toda su triste desnudez la vanidad
Mundana, y la infalibilidad de las recompensas prometidas á la
^ “tud. El amor de María da á todos nuestros gustos cierta rec-
. d y superioridad llena de encantos, da á nuestra inteligencia
^jerta lucidez para comprender y aun adivinar los peligros y las
Aciones, y en una palabra, nos hace hombres nuevos. Por eso
- 176 -

dicen que su amor asegura la vida eterna, y que es una señal de


predestinación.
Entonces parece que las flores exhalan dentro de nuestro pe­
cho todo su exquisito perfume, y conocemos placeres desconocidos
antes; es acaso que la misma Virgen desciende silenciosamente á
nuestra alma, y pronuncia, por medio de inspiraciones santas,
palabras consoladoras de vida; y reanima, por medio de presenti­
mientos deliciosos, las esperanzas del cielo. En esta vida no hay
placeres más verdaderos, ni más puros, que los que nacen de una
conciencia tranquila, en el seno de la religión, y también bajo
este aspecto el devoto de María no puede menos de ser feliz.
¡Pero cuán salvadora y eficaz es esta influencia de María, que
sobrenada siempre pura, aun sobre el cieno de los vicios! El hom­
bre, que por desgracia se ha olvidado de los consejos maternales,
de las enseñanzas saludables y del camino del templo, que en su
niñez frecuentaba, no puede, sin embargo, olvidarse completa­
mente de aquellas flores, y de aquellos himnos, que en el mes
de Mayo se ofrecen á María: conserva siempre en el alma algo
de la pureza de aquellos días, y al tornar otro Mayo se siente al­
guna vez atraído á los altares virginales. Son los lazos misterio­
sos con que le conduce la Virgen-Madre; lazos de flores con que
es cautivada aquella alma seducida, que se asusta con sólo el
nombre de Penitencia. Pronto las flores dan su fruto; se multi­
plican como las flores las plegarias, las súplicas, las lágrimas,
el arrepentimiento, y aquella alm^, oveja descarriada, vuelve al
aprisco de salud: al orar se ha alejado de la tierra, María toca
su corazón y le salva. Aquel corazón marchito y helado encuen­
tra al pie de los altares virginales un refugio, y vuelve á vivir
los días de su juventud.
He aquí en toda la latitud de su influencia, en toda su im­
portancia social, el culto del Mes de María. Hace germinar y cre­
cer en la Iglesia tantas flores de justicia y de santidad, porque
la misma Virgen rebosa sobre los cristianos toda la gracia de
que está colmada. Por eso se ofrecen las flores de Mayo por me­
dio de coros de vírgenes, cuyos blancos velos no son tan cándidos
como sus almas, y por medio de coros de niños, vestidos con el
— 177 —
traje que piutan á los Angeles. Los colores místicos del traje que
visten, su juventud y la ingenuidad de sus cánticos, expresan
perfectamente la pureza de su alma, que es al mismo tiempo la
expresión de la pureza de ese culto.
“Culto por tanto eücaz y santísimo por su objeto y hasta por
»su forma, pues la poética ternura que rebosa no puede dejar de
»ser saludable á los corazones, á lo que se agrega, que es un culto
«grato, dalce, atractivo, popular, accesible á la humana flaqueza
«J fiel intérprete de sus necesidades y afecciones. La Iglesia lo
»promueve y lo enriquece con iudulgencias, y se espera que ha de
»traer remedio á los males presentes.,
Concluyamos esto con una de las páginas más bellas que ha
®scrito el sabio y piadoso Combalot.
*¿Qué podemos y debemos hacer nosotros para contribuir al
engrandecimiento de las glorias de la Virgen Santísima? ¿Qué
debemos hacer para afirmar y dilatar más, si es posible, la inmu­
table verdad de este oráculo: Me llamarán bienaventurada to­
das las generaciones? Nosotros, simples, fieles, podemos ensanchar
el imperio de las glorias de María por una vida que sea una
nnitación de su vida, por unas virtudes que sean copia de las
8»yas, y por medio de alabanzas que suban al trono de sus gran­
dezas. La mujer cristiana, doncella ó casada, madre ó viuda, que
a,na el nombre y culto de María, puMe hacerse una imagen viva
de la fe y humildad, de la pureza y wediencia, de la mansedum­
bre y resignación de la augusta Madre de Cristo. Hijos de María,
tqné no podéis hacer vosotros por el ornato de sus templos, la
P°wpa de su culto y la glorificación de sus virtudes?
Llenemos, hermanos míos, llenemos toda la tierra de las ben­
diciones y alabanzas que son debidas á la Reina del cielo: des­
d a m o s en nosotros el reinado del pecado, para hacernos dignos
de su amor: alistémonos bajo su blanco estandarte; propaguemos
808 santas hermandades; pongamos bajo su poderoso patrocinio
nuestros corazones, nuestro espíritu y nuestra salvación; miremos
^ino perdido el día en que no hemos practicado nada para ma-
gestarla nuestro amor; hagamos resonar las bóvedas de nuestros
€®plos con los cánticos de sus glorias; añadamos un eslabón á
L as P lo r es de Ma y o . — 1 2 .
- 178 —

esa interminable cadena de bendiciones y alabanzas, que rió


formarse cuando exclamaba: Me llamarán bienaventurada
todas las generaciones.
Meditemos, los que somos sacerdotes, sus grandezas; estudie­
mos los tesoros de sus misericordias; penetremos en los misterios
de sus virtudes, y desde la cátedra evangélica derramemos sobre
los pueblos los torrentes de luz que hayamos reunido al pie de
sns altares. Por mi parte, hermanos míos, no conozco satisfacción
más dulce, ni vocación más excelente, que trabajar cada uno
según la medida de su destino en la consolidación, triunfo y ex­
pansiva dilatación del culto de María. Predicar las grandezas y
misericordias de la Reina de los Angeles, es glorificar á Dios y
confundir al infierno, es contribuir á los designios más profundos
de la sabiduría eterna. Esforzarse á sujetar una nación al culto
de María, es él ministerio más apreciado de la Iglesia, más
bendecido del délo y más amado de Dios en la vocación de un
Sacerdote (1).

§. VI.
Invocación .
Virgen:
He recorrido con plácenos emblemas de tus virtudes, y l>e
visto el sello de tus excelenms en todos los objetos más amables
dé la Creación. Dios quiso multiplicar los símbolos de tus gracias
en los seres más herniosos y que mejor predican su bondad sabia,
á fin de manifestar cuánto se complació en ti. ¿Pero, dulce Madre,
no he de recoger algún fruto de mis desvelos de escritor?
Aparte de mí, tu mano bienhechora, la terrible desgracia de
que, habiéndote propuesto como modelo acabado de virtudes, do
sea yo el primero en tu imitación. Si he visto tu pureza en el
delicado aroma de las flores, aspírelo mi alma, y transfórmese en
su aroma mi existencia; si he vislumbrado tu caridad en la eu*
cendida púrpura de sus pótalos, tíñanse mis afectos como sus

(1) Combalot.—Conferencias sobre la» grandezas de la Virgen María, wnfo*


renda 21 al fin.
— 179 —

hojas, y no se limite mi tosca pluma á una estéril contemplación


de tus gracias. ¿De qué le sirve á la orgullosa dalia lucir sus
colores sin perfume? Pero la humilde violeta crece á la sombra,
oculta acaso al pie de las ortigas, y esparce alrededor de sí la
más suave fragancia. Virgen, que no se parezca mi alma al tu­
lipán soberbio, ni á la soberbia dalia, sino que entre las amar­
garas de la vida, pueda yo hacer el bien, ignorado como la pe­
queña violeta.
Sobre las mismas flores que la abeja, se detiene también la
voluble mariposa: á veces es más brillante su hermosura que la
de la flor en qne ha parado, pero se engríe con sus atavíos y
contempla con presunción en el arroyo el rico ornato de, sus alas,
mientras que la abeja sólo piensa en cargarse de sus riquezas.
Si después de haber recorrido las virtudes santas de tus flores,
¡oh verjel cerrado!, no me enriqueciese con su perfume, sería
como l a irreflexiva y necia mariposa; pero si me haces ser pru­
dente y laborioso como la abeja, el himno de mi gratitud será
puro.
Mas no te pido bienes temporales, qne turban el reposo de
que los poseen, sino la paz del alma y la tranquilidad de la
<5^ciencia. Como aquel poeta pagano, tendré satisfecho mi deseo,
S1>después de un día sin pleitos, ni rencores, gozo una noche de
sueño sosegado.
Por lo demás, yo estoy obligado á publicar á voces tus mer­
mes; pues desde mi niñez, ¡oh Virgen excelsa!, he tenido en ti una
dulce madre. Yo debiera contar uno por uno los beneficios que te
debo; ¿pero acaso la protección á un devoto ignorado puede añadir
*lgo á la universal aclamación de tus reconocidas piedades?
Mas no quiero pasar en silencio uno de tus favores más insig­
ues. Preguntado un filósofo cuál era el mayor bien que podían
dar los dioses á los hombres, contestó, que un amigo fiel: y yo
debo á tu amor esta ventura. ¡Madre!, tu has ligado mi corazón
°tro corazón de nobles sentimientos, por medio de un cariño
verdadero y enteramente fraternal. Mis dolores y mis alegrías se
opositan en él y hallan consuelo, porque nuestros dolores y nues-
148 alegrías son comunes. En el primer momento que se cruzó
— 180 —

nuestra mirada, sentimos el dulcísimo atractivo de la simpatía y


se unieron nuestras voluntades. En sus ojos luce la chispa del
talento, y arde en su corazón la llama santa del amor desintere­
sado: su nombre es para mis labios tan suave y armonioso como
el vago rumor de una noche serena de verano bajo la claridad
argentada de la luna. Don Juan Pérez Angulo será siempre el
objeto predilecto de mi corazón. Haz que jamás se cruce entre
nosotros el símbolo fatal del manzano (discordia).
Muchas veces ha publicado desde la cátedra santa tus glorias
virginales: Reina del cielo, derrama sobre él todos los dones de tn
bondad de madre.
Derrítase en tu amor mi sér entero al recordar cuánto te debo,
y al confesar que he alcanzado siempre de tu intercesión todo lo
que razonablemente te he pedido. Tu hechizo irresistible atrae y
salva. Acepta benigna las efusiones de mi gratitud.
¡Santa María!, que el mundo te conozca, te ame é imite tus
virtudes.

Fin del libro primero.


LIBRO SEGUNDO

EL CULTO DE MARÍA
EN SUS INFLUENCIAS
PRELIM INAR

o hay verdades tan sabidas, tan importantes ni tan es­


trechamente enlazadas, como la caída del hombre y su
reparación. La caída suponía elevación anterior y ésta
dignidad, pero después supone postración, contusiones y vileza;
Ia caída es error, y éste proviene de la ignorancia y la malicia;
i lo que es peor, siendo la caída el rompimiento de las rela­
jones divinas, constituyó al hombre en un triste estado de pe­
cador, de reo y enemigo de Dios. Por consiguiente, por la razón
de los contrarios, la reparación de aquella caída tenía que ser
Medicina para la enfermedad, enseñanza para los errores y re­
conciliación para la enemistad.
Una vez roto por el hombre el orden armonioso de su crea-
ción, privó al Criador del fin que se había propuesto, al hacerlo
de la nada, su gloria externa; pero como con ella estaba íntima­
mente ligado el fin propio y peculiar suyo de su eterna felicidad,
quedó también privado de él. De aquí nació otro desorden mayor;
que el hombre dió á las criaturas la gloria que negaba al Cria­
dor, y buscó vanamente en ellas la felicidad que había perdido en
Dios; mas aun, abusó contra Dios de todas las criaturas y las
corrompió obligándolas á ser cómplices de su iniquidad. No sólo
— 184 —

eso, sino que abandonado á la locura de sus deseos y á sus abyec­


tas ceguedades, empezó á recorrer á pasos agigantados un camino
funesto de nuevas caídas y nuevos errores, y se degradó en breve
hasta el último escalón de la perversidad.
Pero la caída del hombre arrastró consigo á las criaturas, que
perdieron toda su dignidad desde que nadie usaba de ellas digna-
mente, pues debiendo ser medios para glorificar al Criador se con-
virtieron en instrumentos para ofenderle. Todo el universo estaba
violentado y fuera de la órbita de sus destinos, bajo la pre­
sión ignominiosa del pecado, pues las criaturas que hubieran ele­
vado al hombre al conocimiento del único y verdadero Dios, fueron
tenidas y adoradas como dioses, absorbiendo todo el honor que
solo á Aquél se debía: el mundo, según la expresión de Bossuet,
no era más que un vasto templo de ídolos; todo era Dios, excepto
el mismo Dios.
Alejada tan lastimosamente de su fin toda criatura, no hu­
biera podido jamás volver á su nobleza primera, pues á medida
que pasaban los siglos iba enredándose en vueltas más confusas
el laberinto de sus extravíos; pero la misericordia divina, á fin
de que no pereciese para siempre la obra de sus manos, se dignó
enviar á su Hijo Unigénito á reparar al mundo y enderezarle
de nuevo por el recto camino de la salud.
Porque la ruina total, exigía una reparación total para ser
perfecta; una reacción absoluta del hombre y de toda la Creación
á su estado primitivo de integridad; un vigor de sanidad que se
infiltrase, por decirlo así, en la sangre envenenada del universo, y
por consiguiente, un principio divino de reparación. Pero siendo
éste tal, excedió sin comparación su virtud á las miserias del pe­
cado, según el dicho del Apóstol, que donde abundó el delito su­
perabundó la grada. Así estaba anunciado en las profecías: Re­
pararé, dice el Señor, lo que había caído, y lo reedificaré coni°
en los días antiguos (Amós IX, 11); así estaba preconizado en
el Evangelio: Vino él Hijo del hombre á salvar lo que había pe­
recido (Math. X Y in, 11); y así estaba proclamado por lo®
Apóstoles. Toda la extensión de esta obra reparadora y salvador»
es vigorosamente descrita por San Pablo, en toda su importancia»
— 185 —

con una pincelada gráfica y sublime: La grada abundó copiosa­


mente en nosotros para restaurar en Cristo todas las cosas,
así las que hay en d cielo como las que hay en la tierra, en
él mismo. (Efesios I, 10).
Esta es la gran obra de la redención por Jesucristo, volver
todas las cosas á su estado primero, elevarlas á su dignidad per­
dida y restablecer el orden perturbado por el pecado; obra mayor
que la misma Creación, porque al sacar un mundo de la nada,
manda Dios una palabra omnipotente y nada le resiste, los seres
comienzan á ser al impulso de su voluntad y predican su gloria,
P^ro al reparar á ese mundo caído encuentra voluntades rebeldes
que se le oponen, qne no quieren aprovecharse de la gracia y
*on la desprecian, encontrándose perfectamente en sus tinieblas.
Mas, sin embargo, el rescate estaba pagado, y la sangre del cor­
dero había purificado todas las manchas de las criaturas, que no
opusieron resistencia á su acción regeneradora; ellas volvieron á
ser lo que fueron desde el principio, criaturas, es decir pregone­
ros y testigos de la gloria y majestad del Criador. Colocadas ya
en su verdadero destino y lugar, vueltas á su oficio de ser medios
para llegar al conocimiento de Dios, recobraron su antigua dig­
nidad por Jesucristo, que enseñó al hombre á mirar á las cria­
turas-bajo el verdadero punto de vista que las debía considerar.
El hombre, rey de la Creación, se vió doblemente regenerado,
Porque tiene doble vida en dos mundos, el de la naturaleza y el
de la gracia, y á todo se extendió la redención, porque todo había
perecido, Instaurare omnia; y volvió á recobrar el estado feli­
císimo de gracia que había tenido en el tiempo de su integridad
cuando no fné 5 » propia hechura, sino la obra de las manos de
Dios. Si en esta vida no se le restituyen los dones superáditos que
le adornaban en el Paraíso, es porque eran puramente gratuitos
y pertenecían á la perfección de aquel estado, según el orden
que Dios se propuso, y no á éste; pero esto no probará la inefi-
cacia de la reparación, porque le serán devueltos con usuras
cuando se hayan completado los tiempos en que el Hijo del Hom­
bre presentará al Eterno Padre toda la naturaleza completa y
aparada de los que hayan querido aprovecharse, por su anona­
— 186 -

damiento voluntario en esta vida, de los beneficios de su reden-


ción. Nace esto del orden contrario de la reparación á la caída,
pues habiendo ésta inficionado por la naturaleza á las personas,
debe aquélla salvar por las personas á la naturaleza; de modo que
la virtud salvadora del Cristo se ofrece á todos los que libremente
se la quieran apropiar.
Así que, para restablecer á este hombre principalmente, em­
pleó el Hijo de Dios corrientes copiosísimas de gracia, de luz y
de santidad; le reveló verdades eternas, le enseñó virtudes sobre*
naturales, le dejó sacramentos divinos, y al hacerle además su
hermano por naturaleza, le hizo por gracia hijo adoptivo de Dios.
De este modo fué el hombre completamente redimido, y divina*
mente renovado.
En esta obra augusta de la reparación total del universo tiene
una importancia grandiosa la Virgen María.
Habiendo contenido en su seno virginal al divino reparador,
que es carne de su carne, no puede dejar de atribuirse en princi­
pio á Ella la restauración de toda la naturaleza, y por cousi*
guíente la debe su nobleza toda criatura: nuevo título por el
cual es Reina de todo lo criado. “Así como Dios, dice San An*
selmo, por hacer todas las cosas con su poder, es su Padre y Se*
ñor, María, reparándolas con sus méritos, es su Madre y Señora:
ningún sér puede subsistir sino por el Hijo de Dios, como nadie
puede ser rescatado sino por el Hijo de María., “Y como Dios ha
engendrado de su substancia á Aquel por quien hizo todas las co­
sas, igualmente la Virgen María ha engendrado de su propia
substancia á Aquel que restituyó todas las cosas á la honra de su
primera condición.
De la misma manera el hombre tiene que reconocer en María
la fuente de donde salió el autor de toda luz, de toda gracia J
toda santidad: mar inmensísimo en que se concentró la eterna
justicia, para comunicarse al mundo, y posee una inagotable pro*
fundidad. La gracia, que es la virtud de la sangre de Nuestro
Señor Jesucristo, tiene su principio en María, porque de ella es la
carne y la sangre del Verbo divino hecho hombre. “Primer ori­
gen de la sangre de Cristo, dice San Metodio, de ella principia á
— 187 —

derramarse ese caudaloso río de gracias que circulan por nuestras


venas por los Sacramentos y llevan la vida á toda la Iglesia.»
Así adquiere un ministerio importantísimo y universal, que la hace
aparecer como la cooperadora con Jesús de nuestra vida, y jus­
tificación. Es llamada con verdad clave ó nudo de los misterios
de Cristo.
Pero tiene otra parte no menos directa por ser la contrapo­
sición de Eva. Quod Virgo Eva per incredulitatem ligavit,
hoc Virgo Marta per fidem solvit; S. Iren. Cont. luerer. lib. V.
cap. 22) y así como aquélla fué verdadera causa de nuestra
caída, así la Virgen-Madre es verdadera causa de nuestra repa­
ración: ésta sanó lo que perdió Eva, y trajo tantos bienes como
aquélla introdujo males. Y no podía ser más perfecta la antí­
tesis, porque en Eva tuvo principio la culpa, así como el prin­
cipio de la justicia es en María. A este propósito escribe Tertu­
liano: "La palabra mentirosa que encerraba la muerte se deslizó
»al corazón de Eva; la palabra de verdad que lleva la vida entró
»en el corazón de María, para que lo que por el sexo femenino se
»había perdido, se ganase y salvase por el mismo sexo.» Y es de
notar que todos los Santos Padres nos han enseñado unánime­
mente la misma doctrina, haciendo resaltar la antítesis más exac­
ta entre Eva y la Virgen bendita.
Todo lo que obró Jesucristo por el hombre, lo opera también
la 8anta Virgen en otro orden, pero tan semejante á él, que po­
dría parecer su complemento ó continuación, si la grande obra de
la redención, mediación y justificación por Cristo, no fuese in­
finita, ó si no manase cada día la ubérrima fuente de las gracias
que nos mereció su preciosa sangre derramada; pero María es la
aplicación humana de los méritos divinos de Jesucristo, y el
canal por donde corre su sangre santificante y purificadora. María,
como Jesucristo, ofrece sus méritos y sus ruegos por el hombre y
emplea su poder para salvarle. Es cierto que todo su poder se
funda, en toda su latitud y medios, en su divino Hijo; pero también
es ciertísimo, que cada uno de los dos salva al hombre de un modo
peculiar, aunque al fin consigan idénticos resultados y empleen
idénticos medios. Jesús salva con su poder, y en él vemos un Dios*
— 188 -

María salva con sus ruegos, y en ella vemos una madre; la per­
sonificación más sublime de la naturaleza humana, y al cabo una
hija de los hombres, aunque elevada tan cerca de Dios.
Todos los beneficios de Jesucristo tienen cierta dilatación ó
progresión en María. La sociedad que al aparecer el cristianismo
sobre la tierra cambió completamente‘de faz, y saliendo de la
ceguedad en que yacía, avanzó á pasos agigantados por el vasto
camino de la perfección, de la justicia y de la verdad; aquella
sociedad corrompida que, para levantarse del triste estado de pos­
tración en que la tenían sus vicios y sus errores, necesitó todo
el empuje de un brazo divino, es no menos acreedora á María de
su regeneración moral.
Al anunciarse por primera vez Jesucristo, era la sociedad un
horrible caos, el mundo un hervidero de perversidades: la mayor
parte de la humanidad estaba sujeta á la esclavitud más ignomi­
niosa: ardían las naciones en sangrientas guerras: no se conocía
lo que era orden, ni moral, ni justicia: se seguían sin freno los
instintos más brutales, y había desaparecido el pudor. ¡Cuánta
abyección! Según nuestras ideas y educación, parece que vivir en
aquellos tiempos sería la mayor calamidad, y que entonces mismo
no había mayor calamidad que vivir. Pero al manifestarse Jesu­
cristo el mundo respiró; recibió con afán la corriente de vida que
le brindaba, y en breve cambió todo el orden de ideas y de cosas,
porque la sociedad quedó deslumbrada con los vivísimos fulgores
de la revelación; mas al aparecer María á su lado como una es­
trella plácida ó como el satélite de un planeta, atrajo hacia sí las
miradas atónitas de los pueblos y embelleció al Evangelio, dando
cierta armonía y ternura á todo su conjunto: después, á través de
los siglos, ha ejercido proporcionalmente sobre la sociedad el mis-
m· influjo en su esfera que el cristianismo, en las costumbres,
«n las instituciones, en la literatura y en los sentimientos; en nna
palabra, en la elevación de la conciencia, de la inteligencia y
del corazón.
Pero si la Virgen deduce de Jesucristo todas sus influencias
sociales, hay sin embargo una que parece se apropia enteramen­
te, porque tiene en ella una parte más activa: la regeneración de
— 190 —

universal y de la confianza ilimitada que tienen en Ella, no so­


lamente es su maternidad divina, que la da tal poder según los
Santos Padres que es una omnipotencia participada; no sola­
mente el conocimiento de sus grandezas, que la ponen sobre to­
dos los cielos, y la hacen Reina délos Angeles y de todo lo criado,
sino que es una necesidad como instintiva de los corazones cris­
tianos, que sintiendo las múltiples relaciones que unen al mundo
con la Madre de Dios, adivinan en todas partes su presencia y
sienten el benéfico influjo que Ella ejerce sobre todas las cosas de
la vida. La Virgen Santa, como un faro luminoso en el cual están
fijos los ojos de todos los fíeles, derrama una vivísima claridad
sobre el incierto rumbo de nuestros destinos, y nos dirige á través
de todos los escollos de la vida, haciéndonos evitar sus peligros
y llegar seguros al puerto de la salvación.
Es, por consiguiente, el auxilio de todos los cristianos: por
todas partes la invocan los miserables y los desgraciados sin dis­
tinción de clases, edades, ni sexos, y ninguno la implora en vano,
ni se aleja con una negativa de sus altares, pues es toda mise­
ricordia, bondad y dulzura, y se la ha confiado la dispensación
de todos los favores del cielo.
“Así es, dice Augusto Nicolás, como el culto de María viene
á ser el eco armónico de todos los males de la tierra y de todos
los bienes del cielo, y como la poesía de todos los dramas del des­
tino humano en la infinita diversidad de sus situaciones.»
Veremos en esta segunda parte algunos de los beneficios qu®
debe el mundo á la Virgen María y la poderosa atracción con
que dirige al hombre á la perfección, la ilustración, la justicia
y la santidad, encargándose de él desde la cuna y velando su
vida hasta llevarle al cielo; para deducir cuántas obligaciones
de honrarla la debe nuestro reconocimiento y gratitud.
— 192 —

luntad tiene una capacidad tan asombrosa de ambiciones y de


deseos, que solamente lo inñnito la puede saciar.
Este hombre tan enriquecido tiene su corazón hecho para el
amor, como un abundante foco de simpatía que irradia sus afectos
á Dios sobre todas las cosas, y desde él desciende en bellas y
cariñosas relaciones á todo el inundo moral. Así es que no con*
venía que el hombre entuviese solo, y Adam recibió una ayuda
semejante á él en Eva, formada de una de sus costillas, para
que esto fuese un nuevo vínculo de amor. La mujer había de dar
sus hijos al hombre, es decir, objetos en los que éste depositase
toda la superabundancia de amor que había en su corazón, lo
cual constituye un plan magnífico: Dios, Padre universal de la
gran familia humana; la mujer, digna compañera y ayuda del
hombre, centro y lazo de sus relaciones sociales, y los hombres,
todos hermanos.
Siendo así, la mujer no podía menos de ser toda gracia, ter­
nura y amabilidad, como convenía al fin para que fue criada;
el hombre halla en ella un manantial de amores para todo el
universo, un Angel custodio de su vida, un apoyo para su flaqueza,
consuelos inagotables, una amiga que llena sus horas de encanto
con sus palabras. La mujer saca su existencia del costado pro*
tector del hombre, y se la devuelve con las entrañas y el corazón;
fiel á su origen y destino, es siempre la auxiliadora benéfica que
le acompaña; su gracia se enlaza con todas las edades y estados
de la vida humana, para formar su encanto, para sostener al
débil, moderar al violento, y acompañarle en su destino: ella une
los miembros dispersos de la familia, concilia las disidencias y
constituye toda la armonía doméstica y social.
La mujer tiene dos puntos de vista importantísimos, cada uno
de los cuales la da un carácter todo sagrado, el de madre y el
de esposa; como madre, es la dignidad más alta, la afección más
querida y más amable; como esposa, es la idea más tierna y la que
mejor expresa la imagen de la felicidad. Bajo algunos de estos ca­
racteres principalmente realiza su misión augusta de ser el alivio
del dolor y de la miseria: ella protege la debilidad de la infancia,
guía la inexperiencia de la juventud, da fuerza para los desenga-
— 194 —

illam omnes morimur (Eccli. XXV, 38), de la mujer tuvo


principio el pecado y por ella morimos todos.
En su consecuencia la mujer fué perdiendo poco á poco la
estimación que el hombre la debía y sintió todo el peso de aquella
sentencia terrible que Dios fulminó contra ella. Multiplicaré
tus dolores y tus gemidos y estarás bajo el dominio del varón:
éste abusando de su debilidad, rompió los dulces lazos qne le im­
ponían la naturaleza y el corazón, y negándola el derecho de
compañera la redujo á la miserable condición de esclava, acumu­
ló sobre ella todos los rigores y desprecios que pudo imaginar y
se convirtió en verdugo vengador de la falta de la primera ma­
dre. La sentencia divina había condenado á la mujer á tres gra­
vísimas calamidades: el dolor, la tristeza y la servidumbre; siendo
de notar que la mayor de las alegrías, cual es el tener hijos, se
convierte para ella en un dolor acerbo; pero el hombre aumentó
todavía sus males llevándolos hasta la exageración más excesiva
y haciendo por su parte más triste la condición de la mujer.
La noble dignidad que antes tenía fué miserablemente trun­
cada por tres degradaciones; en las consideraciones que se deben
á su debilidad, en su pudor y en su propio carácter de mujer,
por lo cual arrastraba en todos los pueblos una existencia pr«*
cita, envilecida y menospreciada, y su historia no contiene más
que páginas odiosas.
Devoraban ála sociedad dos cánceres que directamente contri­
buían á la opresión de la mujer, la poligamia opuesta á la santa
unidad del matrimonio y el repudio contrario á su indisolubili­
dad. La primera hizo al hombre tirano, después de ser ya sensual
y corrompido, pues no pudiendo gobernar con el amor á las ®tt'
jeres que tenía bajo su techo, las sujetaba con el más cruel des­
potismo; las rivales vivían continuamente entre discordias, odio8
é intrigas, y no pensaban más que en aumentar los placeres sea'
suales del esposo, á fin de adquirir un poquito de soberanía; Io8
celos y las turbulencias eran inevitables, y nada más común 400
los hijos de un mismo padre fuesen los enemigos más implacable*
como sucede todavía entre los mahometanos. El repudio ocasión*"
ba consecuencias no menos funestas y peligrosas, contribuyendo
— 196 —

extrañas. La compra de la mujer estaba también establecida,


según Herodoto, en los pueblos del interior de Asia, los doberos,
los agríanos y los odomantas; los más antiguos pueblos de la
India adquirían sus mujeres al precio de una yunta de bueyes
por cada una en Babilonia y Esparta; eran las hijas propiedad
del Estado, que las vendía en pública almoneda, como un vil
rebaño, y el precio de las primeras servía para dotar á las demás;
ó si ha de creerse á Atenea, eran encerradas todas las solteras
en un sitio obscuro adonde acudían los jóvenes á sacar al azar ¿
la que iba á ser su esposa, y había una ley en Esparta que
obligaba al esposo á robar á la mujer con quien quería casarse.
¡El rapto, el atentado más odioso, consagrado por la legislación!
Como consecuencia de esta ignominia, el marido tenía sobre
la mujer derecho de vida y muerte, como en la Galia y Germa-
nia; los partos podían matar impunemente á sus esposas y her­
manas, y la mujer estaba obligada á sacrificarse sobre la tumba
de su marido, y á arrojarse en su hoguera en muchas naciones,
uso que se introdujo, según Estrabón, para evitar los envenena·
mientos de los esposos, á los que abandonaban las mujeres p°r
relaciones extrañas, ó se libraban de ellos con la muerte; ley san-
grienta de los celos y el despotismo. La esposa más amada entre
los crestonianos, era degollada por su más próximo pariente so*
bre el sepulcro de su marido, honor que era acaloradamente dis*
putado, menos por la pobre víctima.
Sobre la mujer recaían los trabajos más penosos: en la ma*
yor parte de los pueblos antiguos era una vil criada, un jumento
de labor, un animal de carga; entre los gelos estaban obligadas
á cultivar la tierra y á edificar las casas: Aristóteles afirma 4 ae
las mujeres de algunos pueblos bárbaros eran iguales á los escla*
vos, y compradas como aquéllos; en Egipto no sólo se dedicaba®
á las faenas más rudas, sino que una ley. extraordinaria agrá?*'
ba su condición imponiendo á las hijas la obligación de atende*
á las necesidades de sus padres: á todo esto se agregaban
malos tratamientos, el desprecio y el escarnio; aunque murie^
el marido dueño absoluto de su persona y bienes, no por eso &
cobraba la mujer su libertad, sino que pertenecía á los parie®^ ■
— 198 —

aque по ama á la esposa, sino al rostro. Si le salen arrugas, si


„se marchita su tez, se ennegrecen sus dientes y los ojos pierden
„su brillo, luego la dirá: marcha pronto, recoge tu ropa y sal de
„aquí, vendrá otra que no se suene las narices. „
¡Tan despreciada estaba la mujer pagana! Mas aun cuando
no hubiera sido así, tendría suficiente desgracia al ver arrebata*
dos á sus hijos, para exponerlos públicamente en el Vélábro ó
en la columna Lactaria. Si la naturaleza dió á su corazón los
sentimientos maternales que tienen las mismas fieras, y si el des*
pecho no secó todas las fuentes del cariño, se comprenderán los
dolores de aquellas madres, que, apenas lo eran, perdían los peda*
zos de sus entrañas. ¡Y qué suerte sufrían aquellos espósitos que
arrojaban sns mismos padres con la tolerancia de las leyes!
Unos eran recogidos por los lanistas, destinándolos para gladia­
dores; las niñas por los dueños de los lupanares; con otros es­
peculaban los mágicos ( 1 ), que hacían brebajes con su sangre;
de otros so apoderaban los mendigos para mutilarlos bárbara­
mente y explotar la caridad pública. La pluma se resiste á tantos
'horrores, que debían sentir con más viveza aquellas infelices ma­
dres. ¡PJj. mujer degenerada!
Sobre ella habíau caído todos los oprobios: era mirada como
nn sér impuro y vil, como un error funesto de la naturaleza, como
la calamidad más insufrible, dádiva fatal que los dioses hicieron
á los hombres. Esqililo las llama criaturas insoportables, sexo
aborrecido de los sabios, primera plaga de una familia y de un
Estado; Hipócrates dice que la mujer es perversa por naturaleza,
y así como Ji^y se dice bello sexo, se decía entonces sexo incapaz,
imbécil, ambicioso y vil. El censor Metelo Numídico decía delante
del pueblo: “Si la naturaleza hubiera sido tan liberal que nos
„hubiese dado la vida siu necesidad de mujeres, estaríamos libre8
„de una compañía muy importuna;„ extraño deseo expresado
también por Eurípides.

(1) Citaremos nn» de stu muchas atrocidades: enterraban t i t o basta el P**eof ^ ¡ í


no mochacho de ocho á diez a&os y le dejaban perecer de hambre, teniendo la
de ponerle cerca de la boca m anjares y bebida, con el objeto de hacer el m is poder^_
filtro amatorio, con so corazón desecado por ú desesperación, el deseo rabioso, el o
lor j el odio.
— 200 —

furor, que el Senado tuvo que prohibir por una ley, que las pa-
rientas de algún caballero romano fuesen matriculadas por los
ediles en el número de las que traficaban con el amor. En la
misma familia de los Césares tenían lugar las infamias más es­
candalosas; Livia, Julia, Mesalina, Agripina, serán nombres de
eterno baldón pava la mujer.
No podía llegar á más alto grado el olvido total de todo sen-
timiento de pudor y dignidad; al prohibir Augusto casarse con
mujeres deshonradas se descubrió tal corrupción, que fué preciso
modificar la ley autorizando el amancebamiento con el objeto de
multiplicar los ciudadanos. Un solo hecho revela con más elo­
cuencia el estado de la moralidad romana en esta época: en aque­
lla ciudad de seis millones de habitantes fué imposible encontrar
seis vírgenes, de seis á doce años, que quisieran los extraordina­
rios honores y privilegios de Vestales, en cambio de una castidad
temporal. Fué preciso admitir á las hijas de los plebeyos; las
elegidas daban tales gritos de dolor como si fuesen al suplicio, J
el día de la elección era de duelo público y un espectáculo des­
garrador. En fin, según la expresión de Séneca, la castidad era
una prueba de fealdad.
Por último, se había degradado la mujer hasta en su pro-
pió carácter. Constituyen éste el pudor, la bondad, la sensibili­
dad y la dulzura, pero la opresión y el despecho lo transforma*
ron de tal manera, que no quedó de él la más leve sombra, y e®
su lugar hicieron patrimonio suyo la dureza y la perversidad.
Tracia ninguna doncella podía casarse hasta después de haber
muerto con sus propias manos á un enemigo; las mujeres de Es­
parta armaban á sus esposos para el combate y les encargaban no
volver sino muertos ó vencedores; la madre enterraba con alegré
á su hijo después de la batalla, ó le daba muerte si se habíamos*
trado cobarde. Las damas romanas hacían azotar bárbaramente
á los esclavos ó acuchillaban á sus libertas por la cosa más leve»
y manejaban los venenos con la mayor perfección. Acostumbra­
das á los sangrientos espectáculos del circo, imploraba en vano
su gracia el gladiador vencido, pues las Vestales daban la se-
ñal de su muerte con la mayor indiferencia, levantando el dedo
— 202 -

Lo peores que no podía hallarse remedio á tan graves males,


ni en la religión corruptora é inmoral, ni en la filosofía escéptica
y sensualista, ni en la legislación á cada paso alterada ó modi-'
ficada, ó que los autorizaba. Los esfuerzos para romper las cade·
ñas eran impotentes y estériles; ¿cómo, pues, hubiera salido la
mujer de aquel abismo de su degradación y vileza?

§. n.
M iaría refo rm ad o ra de la m ujer.

Jamás ocupó la mujer su verdadera posición hasta el cristia­


nismo, confirmando los hechos históricos que acabamos de citar,
la exactitud do la observación de Buchanam, de que donde no
reina esta religión divina hay una tendencia marcada á la degra-
dación de la mujer.
Dejemos hablar sobre esta materia al inás profundo filósofo
moderuo: “Antes del cristianismo la mujer estaba oprimida bajo
„la tiranía del varón, poco elevada sobre el rango de esclava;
„como débil que era, veíase condenada á ser víctima del fuerte.
„Vino la religión cristiana, y con sus doctrinas de fr a te r n id a d
„en Jesucristo, y de igualdad ante Dios, sin distinción de con*
„diciones ni sexos, destruyó el mal en su raíz, enseñando al
«hombre que la mujer no debía ser su esclava, sino su compañera.
„Desde entonces la mejora de la condición de la mujer se hizo
„sentir en todas partes donde iba difundiéndose el cristianismo;
„y en cuanto era posible ateudido el arraigo de las costumbres
„antiguas, la mujer recogió bien pronto el fruto de una enseñan*
„za que venía á cambiar completamente su posición, dándole, por
«decirlo así, una existencia nueva. He aquí una de las primeras
„causas de la mejora de la condición de la mujer; causa sensible*
«patente, que no pide ninguna suposición gratuita, que salta á
«los ojos con sólo dar una mirada á los hechos más conocidos de
„la historia.«
“Además, prosigue, el catolicismo, con la severidad de su mo­
rral, con la alta protección dispensada al delicado sentimiento del
— 204 —

la virginidad casi al igual que al martirio y la elogia de un modo


entusiasta, como ángeles de la tierra. San Cipriano llama á las
vírgenes: *Fragantes flores de la Iglesia, obra maestra de la
grada, ornato de la n a tu ra leza y Tertuliano las saluda como
esposas bellas y siempre jóvenes de Dios, que viven sólo para
él, le tratan continuamente y le ofrecen como dote sus orado·
nes, y viviendo en la tierra parecen ya pertenecer á la familia
de los cielos. „
El Evangelio y la historia eclesiástica rebosan la importancia
y nobleza de la mujer: las mujeres acompañaban al Señor en sus
predicaciones y proveían á sus necesidades, y Jesucristo las col'
maba de delicadas atenciones; él se compadece de la mujer adúl­
tera librándola de sus acusadores, conversa con la mayor dulzura
con la Samaritana, elogia la fe de la cananea como sin igual en
Israel, seca las lágrimas de la viuda de Naim devolviéndole su
hijo resucitado, y cuando quiere citar algún rasgo de verdadera
caridad se lija en el denario depositado por la pobre viuda.
Cuando los Apóstoles huían, permanecieron algunas mujeres
piadosas al pie de la Cruz, y fueron al sepulcro del Salvador á
llorar y ungir su cuerpo con aromas, por lo cual ellas, primero
que otro alguno, recibieron del Angel la noticia feliz de la resu­
rrección del Señor, siendo así las primeras mensajeras de 1»
gracia. Todas estas consideraciones de Jesucristo, dice Augusto
Nicolás, constituyen una carta de emancipación exclusivamente
evangélica para la mujer.
Algunas, después de la muerte de Jesucristo, permanecieron
en oración con los Apóstoles y los seguían para servirlos; en l»8
epístolas son saludadas frecuentemente, y San Pablo recomienda
con eficacia á Timoteo las que le habían ayudado en la obra divi­
na. Luego se instituyeron lasdiaconisas, que debían ser verdade­
ramente viudas, no menores de sesenta años, que hubieran ejer­
cido la hospitalidad y hubieran sido siempre castas, sobrias y
fieles. En la primitiva Iglesia las mujeres estaban asociadas á
todo el ministerio de la caridad; cuidaban con gran celo de vi­
sitar á los encarcelados y llevarles mensajes secretos, distribuir
á los enfermos los dones de aquella piedad, que es distintivo es-
- 206 —

Por otra parte, al lujo desenfrenado que reinaba entre las


mujeres, de las cuales Lolia Paulina llevaba adornos por valor
de cuarenta millones de sextercios, y Popea se hacía acompañar
por rebaños de burras para bañarse en su leche y conservar la
frescura de su tez, opone el catolicismo la modestia y la pureza;
enseña que no hay belleza sólida sin verdadera virtud, y que no
convenían los suntuosos adornos á la mujer cristiana, ni se aco­
modarían á las cadenas y á las hachas las manos y los cuellos
adornados de brazaletes de oro ó perlas. Con esto se cierra la
puerta á la vanidad de la mujer, principio fecundo de todas sus
debilidades y todos sus vicios, y se consigue que la belleza no
busque más adornos ni más corona que su propia dignidad.
Así que la mujer sin vanidad y sin ambiciones no pensaba
más que en ser buena y útil. A las vírgenes cristianas se con­
fiaban las augustas funciones del sacerdocio, la instrucción, las
visitas á los enfermos y la ardiente propagación de la verdad;
comprendieron la grandeza del triunfo que acababa de alcanzar
su sexo, y parece como que quisieron protestar con su conducta
benéfica de la opresión injusta en que habían estado y de 1*
opinión falsa que se tenía de su nulidad. Un instinto sublimo
parecía decirles que debían pagar con inmensos beneficios el in­
menso que recibieron.
io s más ilustres Padres de la Iglesia han sido formados por
la influencia de la mujer. San Gregorio Nacianceno, por Non»;
San Juan Crisóstomo, por Anthusa; San Basilio, por Emilia; San
Agustín, ppr Mónica, dos veces madreado estos hombres inmor­
tales. La mujer ha sido asociada á la propagación de la religión
que la ennobleció y la sometió los corazones, tanto que, según
De-Maistre, siempre se la ve figurar en todas las conquistas he­
chas por el cristianismo, así sobre los individuos como sobre №
naciones. Tan cierto es esto, que el impío Celso creía desacreditar.
á esta religión naciente acusándola de que se apoyaba principal'
mente en mujeres crédulas y necias, acusación que él creía in­
juriosa para el cristianismo y que no puede ser más gloriosa P&1*
la mujer.
Tal es, descrita á grandes rasgos, la glorificación de la moídr
Hay además otra nobleza que podemos llamar de las confi­
dencias virginales. María, hecha Madre de Dios, apenas vuelve
en sí de la admiración que le ha causado la obra del poder del
brazo del Altísimo; guarda dentro de su corazón el secreto divino,
sin confiárselo ni aun á su casto esposo José, y sólo la mujer,
Santa Isabel, fué la primera que tuvo la dicha de recibir esta glo­
riosa revelación, nuevo honor para todo su sexo. María atraviesa
ligera la montaña y llega á la casa de su prima, se arroja en
sus brazos y la estrecha contra su corazón. Como virgen le eos*
taba mucho confesarse madre; como humilde, le costaba mucho
más gloriarse de ser Madre de Dios. María oculta en el tierno
seno de Isabel la pudorosa frente agobiada bajo el peso de tanta
felicidad; pero de repente el Espíritu Santo ilumina á ésta en el
misterio celestial, y exclama: Bendita entre todas las mujeres,
¿de dónde á mí la honra de ser visitada por la Madre de mi
Dios?
Desde entonces la mujer quedó sublimada, y cuando Jesu­
cristo dirigía á las turbas su palabra salvadora, mereció ella un
testimonio público de glorificación, también de boca de una mu*
jer, por haberle llevado en su seno; principio de los honores qu®
después ha tributado el mundo á María por su divina mater­
nidad. ,
Pero especialmente la Yirgen ennobleció á todo su sexo en­
riqueciéndole con tres especies de soberanía, que le dieron par*
después un carácter altamente augusto, y adornaron su frentó
con una triple corona; jiel pudor, de los dolores y de la virtud.
La corona del pudor brilla refulgente en la mujer cristiana·
Esta, valiéndonos de las palabras de Augusto Nicolás, ha reci­
bido de su regeneración en Jesucristo como una nueva flor d®
pudicicia y castidad, cuya mejor y más exquisita producción ®*
María, y que de ella se esparce por todo su sexo. Con esto h*
llegado á ser la mujer objeto de respeto, y casi de culto de part®
del hombre, á quien ella domina con la superioridad del Ang®l*
Es al mismo tiempo su atractivo mayor, porque es más puro 1
se reviste con el encanto de la gracia más victoriosa.
San Ambrosio, considerando la virginidad bajo el punto d®
— 210 —

joven y bella flor qne se sacrifica para cuidaren los hospitales todo
el conjunto de las miserias humanas.
Por último, ciñóse la mujer la corona de la virtud y sobresalió
tanto, que parece la hizo exclusivamente propia de su sexo. Hemos
citado más arriba á algunas mujeres distinguidas, como una
muestra de lo que ha hecho el sexo femenino, pero si se lee el Año
cristiano ó la Historia eclesiástica, veremos en la mujer tales vir­
tudes, que arrebatará nuestra admiración. Citaremos únicamente
su dulzura, su oración y su bondad. Es que la mujer imita á su
libertadora la Virgen María, tipo divino de perfección moral.
Asi conquistó la mujer un verdadero trono lleno de majestad,
pues él pudor, los dolores y la virtud, son tres cosas á cual más
augustas.
La mujer ha comprendido muy bien todo cuanto debe á María»
y la honró con entusiasmo, se refugió en sus altares, y ya su vid*
y sus ocupaciones fueron la amable sencillez cuando doncella, 1*
casta dulzura cuando esposa, el amor activo cuando madre, la hu­
mildad cuando viuda, y siempre el celo más delicado y solícito. Es
muy natural, porque intenta ser un trasunto de María la mujer
modelo. Veamos.

§. ni.
L a m ujer m odelo.

“La mujer, dice Gaume, tenía necesidad de un modelo part*'


„cular que le ofreciera todas las virtudes de su sexo y consagré
„todas las posiciones en que pudiera encontrarse desde la cun*
„hasta el sepulcro, para que en todas ellas fuera respetada la®u*
„jer. Mirad en torno vuestro, recorred toda la escala social, y ®el11'
„pre encontraréis á la mujer en María; en la reina y en 1* n°'
„ble dama, porque ella fuó noble ó hija de reyes; en la mujer d®1
„pueblo, que gana el pan de sus hijos con el sudor de su rostro»
„porque María fuó pobre; en la niña, en la doncella, en la espo®*’
„en la viuda: María está en todas partes..
Pasa la mujer por cuatro estados en que se transfor10*
— 212 —

sentimiento elevado, propio únicamente de los matrimonios cris­


tianos, porque es el amor del alma en vez del amor de la carne,
sentimiento tranquilo que careciendo de las abrasadoras llamas
de la pasión carnal, llena de santas alegrías y de dulces satisfac­
ciones todo el corazón. María es la Madre del hermoso amor.
La familia se convierte en un santuario de amor y de virtud;
la Virgen vela sobre los esposos y es la patrona de su morada,
que es iluminada por los serenos resplandores de la castidad con­
yugal; el aposento es como un retiro de ternura y de pureza, el
lecho nupcial como un altar purificado por la gracia y hermosea­
do por la santidad. Bossuet, hablando del matrimonio de María
y San José, tiene nna frase bellísima. Así, dice, entran en con­
junción dos astros cuyas luces se unen; es á saber, en cuanto
á la unión purísima de las voluntades, pues aquella unión nada
absolutamente tuvo de carnal. Pero convenía que la Virgen fue­
se el modelo de las esposas castas y fieles, porque debían ser
honrados en su persona el matrimonio y la virginidad.
El culto de la Virgen, dice Chateaubriand, y el amor de
Jesucristo á los nifios, prueban bastante que el espíritu del cris­
tianismo tiene una tierna simpatía con el genio de las madres;
pero podía haber dicho el ilustre escritor que la misma Virgen
es el tipo más cabal de la madre sublimada. Su maternidad de
naturaleza es la más alta, del Hijo de Dios; pero tiene otra ma­
ternidad augusta y universalísima de todos los hijos de la fe, p°r
la cual remonta hasta Dios nuestra noble genealogía. Así, la
madre cristiana es doblemente madre de sus hijos, porque los da
la vida en sus entrañas y porque los forma tales cuales sierapr0
han de ser, y los conduce á Dios. El gran ministerio de la mujo*
católica es depositar en el alma del niño las semillas de la f®
y formar un sór religioso; darle el precioso tesoro de la concien­
cia, grabarle las nociones de lo justo y de lo injusto y formar
un sér moral.
Así ejerce la madre un sacerdocio doméstico muy doloroso,
porque los hijos que crea y educa son para la sociedad, no para
sí. ¡Cuán poco tiempo son madres! Les arrebata los hijos el co­
legio, la carrera y la guerra, que es peor, pierden á sus hijas
— 213 —

para el matrimonio, cuando éstas empiezan á ser su corona de


regocijo, 6 la muerte los sorprende en sus brazos á pesar de su
ternura. Sólo cuando los llevan en su seno y les prodigan su leche
son propiamente madres, ¡y entonces con cuántas zozobras! Por lo
^ e parece que ellas quieren más vivamente á sus hijos no tanto
porque son hechos de su carne, sino porque son hijos de sus
dolores. Su corazón los pare muchas veces.
Pero la mujer puede tomar aliento convirtiendo sus ojos á la
dulce madre, verdaderamente ddorosa, á quien desde el mo­
mento de la Encarnación se reveló al mismo tiempo que su gloria,
los tormentos y la ignominia de la Cruz. María empieza desde
aquel instante una larga carrera de padecimientos y torturas,
que se van sucediendo unas á otras desde Simeón hasta el Cal­
vario: todo por su Hijo, pero voluntariamente tolerado para la
salvación del hombre. Cuando llegue el momento del sacrificio
^ r á al pie del ara, resignada á la voluntad del cielo, pero
apurando hasta lo último el cáliz del dolor. Este ejemplo de María
manifiesta cómo ha de amar á sus hijos la mujer cristiana. Al­
in a s la imitaron hasta el heroísmo y como ella sacrificaron por
Dios á sus hijos; Felicitas, Sinforosa, Julita y otras, son nombres
qoe brillarán siempre, en los fastos del catolicismo, como sublimes
modelos de amor y de ternura maternal, copiados de María y di­
rigidos por la fe.
No hay carácter más sagrado á la par que glorioso que el
de una madre; ella es el gozo de la vida; cuando en la cuna
'ola el sueño de su hijo, es un ángel que vela á otro ángel; cuan­
do en la juventud le amonesta, su voz es una inspiración celes­
tial; sus caricias dan la dicha, su sonrisa es un iris de paz, sus
lagrimas una saeta que penetra hasta el corazón. Ha dicho muy
b'en un escritor moderno, que el huérfano que nunca recibió sus
Licias es como un pobre ciego que nunca vió la luz del sol. La
madre es la felicidad en la tierra: ¡bendita sea! También en este
sentido María es un modelo; ¿cuál fué su amor y solicitud por su
divino Hijo? Cumple, pues, maravillosamente el carácter de la
madre, modelo de dolores, modelo de ternura, modelo de amor.
Por último, la viuda que se ve solitaria puede imitar la santa
— 214 —

vida de caridad, de oración, de paciencia, de recogimiento, que


tuvo en la tierra después de la Ascensión de su divino Hijo la
madre celestial. También se vió sola, y triste y pobre, pero en­
tonces desempeñó incesantemente una misión grandiosa, la de
instruir y santificar. Por eso se llama doctora de los Apóstoles
y columna de la naciente Iglesia. ¿Pero cuánto bien no puede
hacer la viuda católica humilde, celosa y prudente, que es sim­
pática y respetable para todos por sus penas, por su aislamiento
y por su edad.
Lo repetimos; María es la mujer típica que ennoblece y san­
tifica todos los estados de su sexo; su vida es la mejor enseñanza
de la mujer, y es llamada con mücha razón corona y gloria de
las vírgenes, alegría de las madres, restauradora de la mujer.
El tipo de la mujer pagana era la impura Venus, llamada
acertadamente Madre fatal de las torpes pasiones; el tipo de la
mujer católica es la madre purísima, madre castísima, Madrb-
Virgen, la buena, la dulce María, Madre de Dios. Cuando Nesto-
rio negó esta maternidad divina de María intentó sumir de nue­
vo á la mujer en la ignominia del paganismo. El culto de Venus
era la degradación femenil llevada hasta el oprobio; pero el culto
de María es la nobleza y la dignidad de su sexo elevada hasta
la veneración.
“Así es que la mujer cristiana que toma por tipo y por mo*
„délo á María, reuniendo de este modo el poder de la gracia con
„el de la naturaleza, alcanza en la sociedad grandes prodigios de
„virtud y de progreso moral. Porque la sensibilidad, la dulzura,
„la caridad y las gracias y atractivos de su sexo, justifican ya
„altamente su natural influencia, la cual, cuandaestá llena ade-
„más del verdadero amor y devoción á María, comunica activa-
„ mente á todos esta misma devoción y calor divino, que ella saca
„de la misma influencia de María. Y entonces su accióu moral·'
„zadora influye en los centros, en los hogares, en los templos, ba­
tiendo sano y respirable el aire de la pública opinión y estable*
„ciendo cierto temperamento moral, que regula y precisa en gran
„manera las acciones y opiniones,religiosas de los hombres.»
La Iglesia hace grandes esfuerzos por propagar el culto de
— 216 —

Haría, tipo de la mujer regenerada, porque este culto ha sido


siempre y será la salvaguardia de la mujer, y con ella, de la fa­
milia, y con la familia, de la sociedad.

§. IV.
Invocación.

Viesen:
Elévente un himno de gratitud todas las madres y regocí­
jense de la nobleza que han adquirido por ti todas las vírge-
n®8. Todos los que lean estas pobres páginas debían, al llegar
^ este punto, dejar un momento el libro de sus manos para levan­
tarlas á ti en acción de gracias por sus madres, sus esposas, sus
hijas y sus hermanas. Si no fuera por tu influencia gemiría todavía
k mujer bajo el triste yugo de una triple servidumbre, pero al
marcarla con el sello de tu grandeza la hiciste sagrada como
Pertenencia tuya; en su consecuencia trajiste la santa paz de la
&milia y la tranquila alegría doméstica; te debemos nuestro es­
tado social y hemos sido además educados en tu risuefia devoción
7 № tus amables inspiraciones.
£ 1 corazón humano estaba desierto de afectos, á no ser des­
ordenados, pero llenaste su vacío, y he aquí otra nueva razón por
k cual es tuyo todo corazón cristiano.
Si te pertenecen, pues, no dejes que se pierdan; cuídalos, ¡oh
lrS®n!, como un propietario sps tesoros; vela, para que no sean
Presa del enemigo que intenta devorarlos: y báñalos, para que
n° 8e corrompan, en la sal de tus virtudes.
Así conseguiremos por ti la vida eterna, y entonces ¿no bri-
tanto tu frente soberana coronada de amantes corazones,
001110 brilla hoy con las estrellas que la circundan?
— 218 —
el Evangelio, viéramos brillar en todo su esplendor la noble figura
de María, derramando beneficios como el sol su luz. Las distin­
ciones sociales desaparecieron bajo su influencia; una gran parte
del mundo que no tenía patria, ni familia, ni derechos; los pobres
y los oprimidos, los extranjeros y los desterrados, los que ge­
mían bajo el yugo de la esclavitud, dieron un grito de inexplica­
ble júbilo al conocer á la Santa Virgen que traía escrita con le­
tras luminosas, en la orla de su manto, una palabra mágica»
consoladora y maravillosa, de la cual no se tenía la menor idea;
la palabra fraternidad.
Los hombres se apercibieron de que todos eran iguales, todos
hijos de Dios, por la fe que es en Cristo Jesús (Galat. ID»
26) y por la caridad qne nos nne en María, por lo cual levan­
taron con gratitud los ojos al cielo y exhalaron un suspiro de
esperanza. Los pequeños se elevaron sin que pudieran resentirse
los ilustres, porque á todos se les anunciaba una nobleza excelsa
y una altísima dignidad; la de haber sido redimidos con la san­
gre de un H ombre-D ios. Iguales además en la participación de
unos mismos sacramentos y en los derechos á la herencia de unas
mismas promesas, tenían también el lazo de la caridad para con­
servarse en la altura á que habían llegado, que debió producir
la repartición recíproca del corazón, y el lazo de una misma fe»
que había de traer la identidad de ideas, de sentimientos y de
dignidad.
Por último, María se anuncia á los hombres con el hermoso tí­
tulo de Madre universal. El Evangelio no nos deja dudar de esta
gloriosa filiación adquirida de un modo doloroso entre las igno­
minias de la Cruz, por nn testamento escrito con una sangre di­
vina. María nos dió á luz en sus dolores; la voluntad de su Hijo 1»
hizo Madre de todos los hijos de la fe, y por consiguiente todos lo6
hombres son hermanos. Sobre todos tendió su manto protector J
misericordioso, sin distinción entre esclavos ó libres, pues á todo«
comprendía Jesús cuando exclamó: Mujer, he ahí á tu hijo; y aS*
lo han entendido los diecinueve siglos que la han invocado, J
que siempre se han representado á la Virgen bendita bajo el ca­
rácter de una dulce madre. Los hombres se unen con la deliciosa
— 220 —

imposible poner en consonancia para dirigirlas á nn fin dado;


pero el individuo puede ser guiado, según los diversos casos, por
caminos secretos é inspiraciones particulares que arrastran la
voluntad, por mucho que sea rebelde, como si fuera atraída por
hilos invisibles. Además, que no puede haber voluntad rebelde á
la dulce María; nadie que la conozca puede resistirla, porque na­
die puede menos de amarla.
Esta acción de María para purificar las costumbres es sega­
ra, constante y eficaz. Dominan en el mundo dos males gravísi­
mos, principio fecundo de toda corrupción y de toda perversidad,
veneno que inficiona todas las costumbres, fango que mancha to­
dos los sentimientos y degradación de toda dignidad: el orgullo,
principio de todo pecado, y la voluptuosidad, depósito de todos
los deseos desordenados. Contra ellos incnlca la Virgen dos vir­
tudes divinas, de las cuales se derivan todas las otras como de
una fuente copiosa, y son el término de toda reforma y de toda
moralidad; á las alegrías homicidas de la voluptuosidad opone los
goces santos de la pureza, á los vuelos audaces del orgullo opo­
ne las secretas satisfacciones de la humildad.
Ambas virtudes producen en el mundo los efectos de la sal
contra la podredumbre; la precaven y la disipan. La primera es
una virtud excelentísima y angelical, que modera los desórdenes
del apetito, arregla los deseos de la voluntad, y cayendo como un
agua refrigerante sobre el ardor de las pasiones, las extingue·
emancipa al espíritu de la carne, purificándola y transformándola»
á fin de que no sea un sepulcro de corrupción, y eleva el pedes­
tal de la virtud sobre el inmundo fango de la liviandad.
Esta virtud preciosa que comunica á quien la posee tal no­
bleza, grandeza y hermosura, fué introducida en el mundo por
María, que es la Reina de las vírgenes. Antes de ella no se había
conocido el nombre de la castidad, á no ser la forzosa de las
Vestales, asalariada, temporal y llena de orgullo, pero María 1*
hizo suya exclusivamente, la profesó y la amó con preferencia á
sus grandezas, de tal suerte, que el mismo Dios la respetó y p°r
ella la constituyó en el estado de su mayor gloria, Madre y Vir­
gen á la vez. Dios preparó aquella pureza para tomar carne, í
- 222 —

tero, y el gran triunfo de éste en las vías de la justicia y de la


moral.
A la verdad el orgullo es la rebelión más ó menos latente de
la criatura contra su Criador, pero la humildad envuelve el or­
den, la obediencia y la sumisión: aquél es error que endurece los
oídos, ésta es la mejor disposición de la verdad: por el primero
intenta el hombre emanciparse de Dios, erigirse en árbitro y so­
berano de sí mismo; pero la humildad, como que es un don baja­
do del cielo, conduce derechamente á Dios, y todo lo ordena, todo
lo perfecciona, lo sublima y lo santifica. No queremos insistir
más en este punto tan conocido, y sí sólo deducimos que esta
virtud es el principio más eficazmente moralizador. El hombre se
pierde por el orgullo y se salva por la humildad, sin la cual son
como nada todas las demás virtudes, ó más bien, según Lacor-
daire, la virtud y la humildad tienen una misma definición.
Siendo esto así, podemos apreciar de algún modo los fruto«
de esta doctrina salvadora, cuya más alta expresión es María»
después de su principal modelo Jesucristo, el cual se nos propon®
como ejemplar, porque es manso y humilde de corazón. La ha*
mildad de María mereció todas sus gracias y atrajo á su seno
inmaculado al Hijo de Dios, pues fué, según la frase de Sa®
Agustín, como una escala celestial, por la que el Verbo descendió
á la tierra. La misma Virgen pregona la glorificación de su hu­
mildad: la vió Dios siempre humilde, siempre vacía de sí misino
siempre oculta en su nada, y la preparó por ello una bienaventu­
ranza tan elevada, que habían de bendecirla siempre con estático
asombro todas las generaciones. La humildad de María es corre­
lativa con sn gloria, de manera que ella fué altamente glorificad·»
porque fué profundamente humilde.
Pues igual es la suerte de los que la imitan en esta virtud*
Es ésta el principio de toda grandeza verdadera, porque despa­
jando al alma de todo sentimiento de su propia excelencia, d®J®
campo bastante despejado para fundar el edificio de la grac·4»
porque es claro, dice San Agustín, que para recibir las gracias 1
favores de Dios, es menester al menos estar vacíos de sí mism08.
Tal es la ley: el que se humilla será ensalzado. La gloria, Pues’
— 224 -

confesión general y de una serie de acciones virtuosas; el niflo es


preparado para ella por sus padres y por sus maestros, y la de­
voción á la Virgen se mezcla oportunamente como una de las más
dignas preparaciones. En aquella alma joven se inculcan con in­
sistencia todas las verdades sublimes de nuestra divina religión,
y si la inteligencia, no desarrollada todavía completamente, no
acierta á comprender toda la grandeza del misterio augusto,
comprende al menos á la dulce Madre de aquel Dios que va á
recibir en su pecho. El niño es obligado á invocar á María, y ge­
neralmente pertenece ya á alguna de sus congregaciones; enton­
ces la Virgen escucha benigna aquellas oraciones puras y le re­
vela el misterio, haciéndole eutender la importancia de este acto
por cierta especie de intuición maravillosa. Dios desciende á las
almas de esos inocentes para fecundarlas, así como baja al seno
de la tierra para hacerla producir sus bienes y riquezas. Cual*
quiera comprende cuán provechoso es esto para las buenas cos­
tumbres.
Lo mismo decimos de la profesión religiosa que tiene de no­
table que no puede separarse del verdadero amor á María, además
de que este amor ha llevado más doncellas al claustro que cual*
quiera otra consideración. No hay una sola de las órdenes reí·'
giosas, dice Augusto Nicolás, que en su formación y en su acción
no haya sido el producto y el agente de la devoción á la Virgo“
y haya recibido de ella su investidura. Desconocer las influencia*
sociales de la profesión religiosa, no ver cómo obran sobre №
masas, cómo difunden cierto rocío de virtud, sería cerrar los ojos
á la luz. *En efecto, dice Balmes, ¿quién alcanza á medir la s*'
„ludable influencia que deben de haber ejercido sobre las costa©*
„bre de la mujer, las augustas ceremonias con que la Iglesia ca-
„tólica solemniza la consagración de una virgen á Dios? ¿Qui¿D
„puede calcular los santos pensamientos, las castas inspiraciO'
„nes que habrán salido de esas silenciosas moradas del pudor»
„que ora se elevan en lugares retirados, ora en medio de cind®*
„des populosas? ¿Creéis que la doncella en cuyo pecho se agita*»
„una pasión ardorosa, que la matrona que diera cabida en su co*
„razón á inclinaciones livianas, no habrán encontrado mil ve«#*
— 226 —

§. n.
M a r í a e n a lte c e d o r a d e lo s s e n tim ie n to s .

Los actos son como los sentimientos; si éstos son elevados,


aquéllos son honestos; si éstos tienen rectitud, aquéllos presentan
bondad, porque forman el carácter del hombre 7 como su fisono-
nomía moral. Las costumbres influyen poderosamente en los sen*
timientos y los sentimientos en las costumbres, porque éstos, siendo
elevados, son virtudes, por lo que el pueblo más moral será aqnd
que tenga sentimientos más nobles.
Para completar su obra moralizadora, María ha enaltecido los
sentimientos hasta un grado de maravillosa delicadeza.
Para probar esto, no hay más que considerar que el gran ®^
vil y como la fuerza impulsiva de toda la actividad humana, es d
amor. Todas las pasiones y todos los sentimientos no son otra eos*
que el amor diversamente aplicado á diversos objetos y con dis­
tintas circunstancias. El corazón humano no puede vivir sin esta
pasión; es como un tronco robusto que se ramifica en todos l00
afectos y se extiende á todas las relaciones, de modo que todos lo0
actos del hombre, cualesquiera que sean, están animados por algó®
género de amor. Unas veces es un sentimiento luminoso, cuya subs­
tancia son las ilusiones, mezcla de los sentidos y del alma, góne®
de locura que puede conducir de igual modo al heroísmo que á 1*
perversidad, y se llama propiamente amor: otras es una inclín11'
ción dulce y tranquila qne pertenece solamente al alma, y se lia®*
amistad; ya es como un espejo en qne el alma sumerge incesan­
temente su mirada, para ser juez imparcial de sí propia, y tomae
nombre de honor. El uno es propio del corazón, la otra del al®*>
el otro de la conciencia, y todos de la dignidad.
El amor se transfigura en otras fases no menos importante
ya es un impulso noble y desinteresado, una abundancia de si®'
patía, qne nos inclina á hacer bien á nuestros semejantes, J 86
denomina caridad; ya es aquella medida proporcional que n°3
— 227 —

enseña á apreciar debidamente los bienes que hemos recibido de


otros, para retribuirles según nuestras facultades, y se llama gra­
titud; ó se revela bajo la forma de nn deseo del aprecio público,
<№ induce á practicar grandes sacrificios en beneficio de la so­
ciedad, lo cual es una noble ambición; ó por último, lanza al hom­
bre á gigantescas empresas, le hace arrostrar impávido los peli­
gros, tolerar fatigas y aun sufrir la muerte, por una esperanza
de gloria, lo que se conoce con el nombre de valor. De este modo
se manifiesta el amor de la patria, la recta estimación de sí
mismo y el aprecio de los demás; el uno fonna al guerrero, el
otro al sabio, éste al bienhechor. Toda nación en que se reparta
de esta suerte el principio fecundo del amor, es justa, floreciente,
Poderosa y feliz.
Todas las tendencias del amor en este sentido son virtudes,
Pero si desviándose de la rectitud que las contiene en sus justos
imites, se dirigen caprichosamente á otros objetos, se convier­
ten en vicios, que no son otra cosa que el amor desordenado. Así,
** soberbia, la lujuria, la avaricia no son más que el amor des­
ordenado de preeminencias, de goces sensuales ó de oro, ó lo que
68 lo mismo, la raíz de todos los vicios se asienta en una pro­
pensión excesiva á las cosas sensibles y en hacerse el hombre á
8*mismo centro y término de solitarias fruiciones.
Esto supuesto, que no puede ser más exacto, se reduce rigu­
rosamente que todos los sentimientos deben quedar enaltecidos y
Parificados, si se purifica su fuente, el amor.
Como ha podido observarse sin gran esfuerzo en todo lo que
"emos dicho en esta segunda parte, la tendencia culminante del
Mujo virginal de María es depurar el corazón, ofreciendo pábu-
0 saludable á la inquietud de sus aspiraciones. María ha enálte­
lo el amor, que es nuestra dignidad. Habiendo sido hecho el
ombre á imagen y semejanza de Dios, no debió carecer de este
^tinúento; Dios, que puso en el corazón un fondo de creencia,
o también nn fondo de amor. Este fué perturbado por la caída
^convertido en sensualismo, pero la reparación, que es también
* ohra del amor más incomprensible, le devolvió al estado pri-
•vo de su pureza. Lo notable es que la Virgen inmaculada,
— 228 -

semejante á esos agentes químicos que cambian las propiedades


de los cuerpos que tocan, fue el elemento activo, como el filtro
divino que cambió el rigor de la justicia ofendida en dulzura mi­
sericordiosa, cuando arrulló en sus brazos al Dios-Niño, como
Madre del hermoso amor.
Los hombres no pudieron menos de corresponder con amor
inmenso á los beneficios de la redención, y Jesucristo conquistó
el mundo haciéndose amar de todos. En esto ayuda eficazmente
la Virgen bendita, que como Madre no hace otra cosa que inspi­
rar amor á su Hijo; no de otro modo todas las mujeres quisieran
ganar para sus hijos todas las voluntades, pero María además es
Madre divina y cooperadora de los designios de Dios. Por esto no
se puede menos de amar á Dios sobre todas las cosas, y se cum­
ple el primero y el más grande precepto de la ley; el corazón se
eleva hasta los cielos y es purificado con los resplandores que
reverberan del trono del Eterno. El Verbo hecho hombre es el más
irresistible de los atractivos, y al conocerle, no parecen ya dignas
de aprecio las cosas de la tierra: este es el primer triunfo de la
Santa Virgen, que es causa de esta elevación de nuestros afectos,
por su gloriosa maternidad.
Bajo otro punto de vista, ¿quién puede ignorar que el culto
de María, con la magia de su pureza, pone un freno á todas las
pasiones humanas y disipa todos los desórdenes del corazón.
Desafiamos á que no se presenta un verdadero devoto de la Virgen
que no practique la virtud. De este modo María vivifica al amor»
haciéndole obrar en un sentido conforme á la ley eterna y alta­
mente provechoso al hombre; nos hace estar siempre preparados
para combatir las inclinaciones rebeldes, para que el alma preva­
lezca sobre los sentidos, y enseña que no es digno de ser amado
lo que no puede constituir nuestro descanso y menos nuestra w*
licidad. Hay que oponer resistencia á muchos deseos, pero P°r
cada sacrificio promete un premio, y aun lo da en el acto de la sa­
tisfacción de la conciencia; además recuerda que el hombre vito
pocos días y presenta en continuo contraste el doble cuadro de la»
miserias presentes y de las dichosas esperanzas futuras; y a
ogra iinp rim ir sobre todos los afectos y sobre las inclinación
— 230 —

pestades borrascosas de los deleites de la carne, pero que en


cambio promueve la unión estrechísima de las voluntades y pro*
duce la más pura felicidad. Lo que según la carne sólo es no
sentimiento brutal y degradante, se convierte por María en un
sentimiento angélico. Ya hemos demostrado esto, cuando hemos
visto cómo el inñujo de la Yirgen desarrolla en el mundo la cas­
tidad.
Además, el verdadero devoto de la Virgen debe tener par»
sus acciones la medida del honor, que no es otra cosa que no
sentimiento elevado de la virtud. En lo más obscuro de la noche·
en lo más retirado del aposento, en el secreto mismo de la con­
ciencia no dará lugar á un pensamiento ruin, porque sabe estima1
su alma según el precio de la sangre que la redimió.
La candad es el gran precepto de Jesucristo; la amistad
la tiene por base, y es su aplicación práctica más excelente. $
Salvador manda la dilección mutua, de la cual se propone el
mismo como tipo y constituye lo más sublime de la amistad e®
el cumplimiento de sus preceptos. Este sentimiento es por estí*
lencia cristiano, y puede decirse que no lo conocían los antiguos»
pues entre ellos el colmo de la felicidad para los amigos se redu­
cía á mezclar sus cenizas, al paso que entre los cristianos 1*
amistad se extiende más allá del sepulcro, y la unión que ha em­
pezado en la tierra va á completarse y á perfeccionarse en &
cielo. La devoción de María es una disposición feliz para esté
sentimiento; sin alterar el carácter de cada uno, excita en todo
. aI
cierta identidad de ideas, de inclinaciones y de principios,
cual es la esencia de la amistad.
Con sus beneficios continuos nos acostumbra á la gratitw·
Por último, nadie puede ignorar cómo enaltece al valor, las Oí'
denes religiosas militares consagradas á Ella lo testifican í
las muchas batallas ganadas por su patrocinio. Los caballero®'
en lo más recio de la pelea, suspendían muchas veces el golP®
mortífero para dirigir alguna súplica á Nuestra Señora ó hac^
algún voto; en seguida estrechaban contra su pecho la medai^
ó el escapulario protector, y sacando de su fe nuevo brío searr°
jaban contra los enemigos y los arrollaban como un vendaval·
— 232 —

así como sos costumbres, y las venerandas tradiciones de los ante­


pasados. So imagen adorna las paredes de la habitación principal;
tal vez es la misma ante la cnal se postraron repetidas veces sos
abuelos y que recibirá más tarde las preces de los nietos; y así
será tth nuevo lazo, añadido á los de la sangre, que ligue entre
sí á muchas piadosas generaciones. Esta imagen también está
colgada á la cabecera del lecho, para que envíe sueños inocentes
y tranquilos; recibe las primeras y las últimas oraciones, porqoe
es lo último que ven los ojos al cerrarse y lo primero que desea*
bren al despertar. El individuo de familia devota de Haría halla
siempre su recuerdo alrededor snyo y duerme bajo su protección.
Haría es como los Penates el numen tutelar; alrededor suyo
se concentran todas las santas alegrías del hogar doméstico, todas
las dulces satisfacciones de la casa, los modestos placeres, la sala-
dable tranquilidad. Es también el refugio de todas las necesida­
des de la familia, la que recibe sus más secretas confidencias, la
depositaría de todos sus dolores; á ella se hacen votos, se le ofre­
cen peregrinaciones, se la encomienda la vida del niño en la cuna,
y se llevan á su altar los cabellos de la doncella, tiernos ex votos
de la gratitud. Ella ve correr todas las lágrimas de la madre, p&*
netra todas las amarguras del padre, y á todos da consuelo, ale*
gría y serenidad. Haría es la armonía de todas las escenas de
familia, de sus sentimientos, de sus relaciones, de sus esperanzas;
Haría es el encanto y la animación, es la belleza y la dulzura
del hogar.
Los jornaleros que vuelven al anochecer del trabajo, al oir el
toque de la campana que anuncia la terminación tranquila de on
día cristiano, se paran un momento y dejan en tierra sus instru­
mentos, para rezar las Avemarias de Nuestra Señora y una ora­
ción por el alma de sus padres. Al poco rato todas las familia®
están reunidas alrededor de una mesa frugal; se dan humildes
gracias á Dios por el pan que envía, y después de añadir algunas
ramas al fuego, se reza devotamente el Santo Rosario. Mientras
el viento ruge furioso por fuera y agita ruidosamente las desnu­
das copas de los viejos nogales, reina en la casa una calma celes­
tial y se recuerdan los días de Jacob.
- 234 —

„dice Chateaubriand, incapaz de comprender al Dios del cielo,


„comprende ya á la divina madre que lleva un nifio en sus bra­
c o s., No sé qué maravilloso encanto ejerce sobre la nifiez esta
dulce madre, que á pesar de lo voluble de la edad, que no puede
fijar su atención en cosa alguna seria, á pesar de que su inteli­
gencia no está preparada por alguna idea, graba, sin embargo, en
so tierno corazón cuanto pertenece á María, y escucha con singular
placer cuanto tiene relación con ella y sus grandezas. ¿Es que
adivina como por instinto á la Madre de misericordia, ó que la
pureza de su joven alma está muy en armonía con la pureza de
la Yirgen, ó acaso que la misma Yirgen tiene con el niño secretas
y misteriosas comunicaciones? Puede ser.
Como quiera que sea, estas primeras impresiones están siem­
pre tan vivas en la memoria y han echado en el alma tan hon­
das raíces, que no pueden borrarse jamás. “Todavía me veo,
„escribía el conde de 'Maistre, sobre las rodillas de mi madre,
„que me enseñaba á creer en Jesucristo y á pronunciar el nom*
„bre de la Madre virginal que sostiene al Niño-Dios en sus bra-
„zos.„ Poco después que á su madre natural el niño conoce á su
Madre de los cielos, y las primeras relaciones que le unen con el
mundo de la gracia le vienen por su medio, pues para revelarle
á Dios y hacérsele amar ha sido preciso antes revelarle y hacerle
amar á María. Educado así en el amor de María, y haciéndole
respirar la atmósfera de las cosas santas, aunque se abandone
después y se deje seducir por los embriagadores placeres del
mundo, siempre conserva en el fondo de su alma algo de aquel
amor y aquella virtud primeras, y aunque se haga viejo vuelve á
ellas algún día con un corazón siempre joven, porque siempre lo
representan con viveza los amantes besos de su madre, los hala'
gos de su padre, las caricias de sus hermanos y todas las risue­
ñas dulzuras de la primera edad.
El recuerdo de la madre escondido y como atrincherado en
el último fondo del corazón más olvidadizo ó pervertido, al cabo
triunfa. No puede menos de impresionar vivamente al hombre y
conmoverle en extremo, recordar oportunamente que tiene dos
madres amorosas: la una que le dió el sér ó la vida corporal, y
- 236 -

dir que asome á sus ojos una lágrima trémula. Al fin el hijo se
desprende de los brazos queridos, y parte; lo último que descubre
al salir de su pueblo es la blanca ermita de la Virgen María
asentada poéticamente sobre una verde colina; entonces es para
ella su último adiós y su última plegaria, y en seguida se aleja
presuroso, sin volver atrás la cabeza, para que no le falte el va­
lor. ¡Milagro patético! Cuando entra en batalla, el escapulario
virginal ó la medalla que la madre colocó sobre su pecho embota
las balas enemigas ( 1 ).
De modo que la familia en todas sus situaciones rebosa el
amor, el culto y la confianza más viva en la Virgen-Madre de
Dios. En mejores días no lejanos la fórmula más común para
saludar era la invocación de su nombre, nuestro saludo nacional
el Ave María purísima; y todavía el mendigo implora nuestra
caridad con estas palabras, y promete que Ella pagará centu­
plicada la limosna que le damos por su amor. El día del «um-
pleafios del cabeza de la casa se manda celebrar una Misa en el
altar de la Virgen, y siempre que se quiere ofrecer á Dios este
santo sacrificio por alguna necesidad, se hace también por su me­
dio. Desde el nacimiento hasta la muerte todo respira su favor:
en ella tienen expansión todos los afectos, desahogo todas las
penas, cumplimiento todas las peticiones, y por lo tanto, es una
necesidad doméstica, un recurso constante de confianza, un asilo
bendito del corazón.
Así es que la familia deduce de María frutos y bendiciones
sin término ni medida, según lo que se la invoca, y saca de su
culto cierta influencia de gracia y de virtud, que es el carácter
distintivo de todos sus miembros y que jamás se olvida. Este es
el premio de su culto doméstico. Es, pues, verdadero el dicho de
San Anselmo, que no puede perecer ninguna familia sólida y
santamente consagrada á la Virgen María, al paso que no

(1) Hecho histórico. Entre machos casos qne podríamos citar, recordamos el qa*
ocurrió con un soldado del batallón de cazadores de Tarifa, durante nuestra g^lori0»»
cam piña de Africa en 1860. La bala, después de haber atravesado toda sn ropa, quedó
ap lastada sobre el Escapulario de María, en medio de su pecho, y sin causarle daño
alguno.
CAPÍTULO III
HARÍA REINA

PARRAFO ÚNICO
3?oder y triunfos.

ios ha querido, dice San Bernardo, que recibamos todas


las gracias por el precioso acueducto de María, la cnal
fue dada con este objeto al mundo, que antes no podía
contar con este riquísimo venero de las misericordias divinas. De
aquí se puede inferir con cuánto afecto y veneración quiere el
^fior que honremos y ensalcemos á su augusta Madre, porque
cnanto hay en nosotros de gracia, de esperanza, de vida y
de salud, es preciso reconocer que todo nos redunda y se nos co­
munica por María.
Si se desean otros testimonios análogos, á éste se hallarán con
abundancia en los autores místicos que, para exhortar al amor y
devoción á María, los emplean como el más irresistible de los ar­
gumentos; y en efecto, es el más capaz de conmover al corazón
humano, que se inclina con más gusto por miras interesadas. Por
^ su miseria acude con afán tan solícito á los altares de María
como el sediento á la fuente, el enfermo á la medicina, el indi­
cóte á la riqueza, porque es tenida con razón como la Dispen-
*<idora de todas las gracias.
Este título es magnífico y encierra tesoros y profundidades
potables.
- 240 -

El hombre está siempre recibiendo los dones de Dios, las


gradas, que necesita para obrar, y no hay acción alguna sala-
dable que él pueda ejecutar sin este auxilio de vida. Esta es una
verdad católica. Según esto, ¿á cuánto se extiende, qué horizonte
tan vastos recorre el ministerio de María, á la cual se ha enco*
mendado la repartición de todas estas gracias, y que interviene,
por consiguiente, en todas las acciones, en todos los pensamientos
con que el hombre se eleva á Dios? ¿Qué inmensa es la latitud
de su poder que es la causa instrumental de todos nuestros
méritos?
T no se diga que al dar tal importancia á María se disminuyó
ó se obscurece la intervención de Jesucristo, sino que al contrario»
se asienta y se engrandece; él es la fuente, María es su inm«-
diato canal.
Además, que esta misma comunicación de las gracias por la
Virgen Santísima, tiene por objeto uniraos estrechamente y acer­
carnos á Jesucristo. Esta hermosa razón no se escapó á la pene­
tración de San Bernardo, que, dirigiéndose á María, exclama:
“Por ti, ¡oh la que hallaste gracia y Madre de salud!, encontramos
fácil acceso á tu divino Hijo, para que por ti nos reciba el q°e
por ti nos fué dado.» Estas últimas palabras son sublimes, pu08
nos descubren con viva claridad una especie de reacción divina
de presentaciones de Dios á nosotros y de nosotros á Dios, de 1*
cual María es el eje; aquel mismo Hijo á quien nosotros recibi­
mos por ella en la tierra, nos ha de recibir por ella en el Cielo-
Comprendemos mejor el sentido de la plenitud de sus gracias»
que haciéndola en sí misma perfectísima y excelente, se difn°*
den luego sin disminuirse sobre todos los hombres; es llena d®
gracias, quantum ad refusionem in omnes homines, dice SanW
Tomás, y las tiene en grado suficiente para salvar á todos; la c°*
es la mayor de las plenitudes, que sólo se encuentra en Jesucristo
y en la Bienaventurada Virgen; en aquél como en su origen,eD
ésta como en su depósito dispensador.
Por último, se descubre el fundamento de su bondad y mis®*
ricordia, y la autoridad que la confiere en los cielos su carácter
de Madre de Dios. Su intercesión es, por lo tanto, omnipoten >
— 241 —
onnipotentia suplex, que dicen los Santos Padres; todo lo alcan-
2a>porque nada se la puede negar.
He aquí la explicación satisfactoria de todos los prodigios
que ha realizado su culto, y de las profundas raíces que ha echa -
do en todos los corazones. Todos somos miserables y estamos con­
vencidos de nuestra indigencia, pero tenemos que pedir mucho
P°rque somos muy necesitados; por eso al acudir á Dios presen­
tamos nuestras súplicas humildes por medio de esta poderosa
abogada, ut dignitas intercessionis suppleat incpiam nostram,
dice San Anselmo, para que la excelencia de su intercesión supla
Costra pobreza.
Así es que todos ven en ella su más seguro refugio, porqne
8Qpoder y su cuidado se extiende á todos los hombres, así ricos
como pobres, nobles y plebeyos, justos y pecadores. Llena también
todos los tiempos, todos los lugares, todos los estados, siendo bajo
todos conceptos la Madre universal de todo el género humano,como
es en particular de todos los que la invocan. Concurre además
* eHo su posición tan acertadamente determinada entre nosotros
í Dios: por una parte es una verdadera hija de los hombres, se-
’tejante á nosotros, llena de dolores, y al mismo tiempo toda
dulzura, para que pueda inspirarnos confianza, al acudir á ella;
P°r otra parte es la verdadera Madre de Dios, colmada de privi-
^ 0 8 y bendiciones, elevada en gloria, rica de poder, para que
P^eda servirnos de apoyo cerca de El.
Lo notable y sorprendente de este culto salvador es que parece
Oclusivamente propio de cada una de las condiciones humanas
í de cada uno de los hombres. El justo acude á ella para ins-
P^arse en sus virtudes y para aprovecharse de sus gracias, por­
gue ella es la más santa y la más pura; el pecador para obtener
Perdón, porque es toda misericordia. Este degraciado conserva
8u confianza en María, aun eu medio de sus desvíos, pues no en
*an° 68 llamada refugio de pecadores, y á ella es á quien primero
•cnrre en su arrepentimiento; no se atreve á presentarse, man-
, . o y reo, delante de un juez severo, y se cobija atribulado
el manto de la Madre de piedad, que no ignora que los pe-
ores costaron la sangre de su divino Hijo. El pueblo modesto
1**» P lores db M a t o .— 16.
- 242 -
y humilde ve en María el atractivo de que es de su clase y con­
dición, pues fué la esposa ignorada de un humilde carpintero, y
tan pobre, que parió en un pesebre; al paso que los grandes no
pueden olvidar que es la descendiente de la sangre real de David,
y Madre de un Hijo grande sobre toda grandeza. £1 marinero
acude á ella en medio del furor de las encrespadas olas, como á
la plácida Estrella de los mares y puerto seguro contra todas las
borrascas; el soldado, entre los silbidos de las balas, la mira como
el baluarte más inexpugnable y el escudo más defensor; el sabio
la invoca como á la fuente de la verdad y trono de la sabiduría,
el ignorante busca en sus altares la luz y la prudencia; el artista
se nutre de sus inspiraciones, el escritor eleva sus conceptos invo­
cándola; en una palabra, no hay clase ó condición, edad ó estado
que no la considere con razón como su abogada, su protectora, sa
esperanza, su remedio, su salud.
¡Maravillosa naturaleza de este culto, ser al mismo tiempo
tan universal y tan público, y tan singular y determinado! No
es extraño, por lo tanto, que domine en todas las naciones, como
domina en todos los individuos, ni que se note una rivalidad
marcada, una emulación constante en venerarla, procurando cada
cual aventajar en este punto á cualquiera otro. Todos son
amantes que se disputan su preferencia.
Por consecuencia de esto, las manifestaciones de este culto, res­
pondiendo á su carácter de universalidad, se han multiplicado
tanto como las necesidades humanas y como los distintos afectos
de sus devotos. De aquí las fiestas locales dedicadas á honrarla,
además de las festividades solemnizadas por toda la Iglesia, las
devociones particulares de los diversos pueblos, las prácticas
amantes que sugiere la piedad á los que blasonan de ser tiernos
hijos de María, por no hacer mención de las que cada uno acos­
tumbra en el retiro de su aposento, y de los ingeniosos me­
dios de honrarla que aconsejan los autores místicos. De aquí la®
cofradías, hermandades y congregaciones puestas bajo el amparo
y advocación de Nuestra Señora, que generalmente se proponen,
además de su culto, un fin altamente provechoso á la sociedad,
como las limosnas, los socorros y la enseñanza; de aquí, por til-
— 243 —

timo, esas romerías de pueblos enteros, esas peregrinaciones á


santuarios privilegiados, en que se ve todo el entusiasmo de la
devoción, en las tiernas ofrendas y simbólicos ex votos que sus­
penden alrededor de la imagen venerada la fe sencilla, el amor
y la gratitud. Basta citar el Filar, Monserrat, Lourdes.
Este es el gran triunfo de María, haber dominado á todas las
naciones, á todos los pueblos y á todos los individuos que profe­
san el catolicismo, haberlos embriagado de su amor, haber logra­
do ser el encanto de la vida, y sobre todo haberte hecho ver
s^mpre y por cualquier parte á que se dirijan las miradas.
» » es posible dar un solo paso sin encontrar alguna cosa de la
Virgen inmaculada; las innumerables imágenes que la represen­
tan, según las diversas fases de su vida ó misterios, llenan las
casas, las calles, las encrucijadas y aun los campos, además de
ine no hay ningún templo católico en donde no se hallen; son
Erísimos los pueblos que no tengan algún santuario ó ermita,
en donde es especialmente venerada, y son muchísimos en los que
k principal iglesia lleva su título, y las calles y los pagos tienen
también su nombre.
Para completar este cuadro de su amable y latísima sobe­
ranía se agrega el fenómeno sorprendente de que en la actua­
lidad todo se reviste de un carácter de ternura y devoción á la
“anta Virgen; nuestro siglo lleva ya el nombre de siglo de María,
y no desmerece en cuanto á esto de la época de San Bernardo;
^das las expresiones de la fe toman algo de su calor; las concep-
Cl°nes más elevadas del arte llevan el sello de su inspiración
J de su pureza, los rasgos más brillantes de la elocuencia se
eben al entusiasmo que inspira, y las plumas católicas, con una
actividad pasmosa, producen cada día obras sin cuento llenas de
808 alabanzas y de su amor. Más todavía; las naciones todas,
*Qn las más apartadas, aun las más opuestas en costumbres,
^dencias y hábitos, convienen, sin embargo, admirablemente en
7 ®itir este culto y profesar con el mismo entusiasmo su devo­
ción. Iguai es la ley de los particulares, pudiendo asegurar que no
y alguna verdadera virtud sin amor á María. La vida del ca-
lcismo en los pueblos y en los individuos puede medirse por el
— 244 —
estado del caito de la divina Madre de Jesucristo; donde el ano
esté muy arraigado, floreciente y parificado, el otro tendrá más
dominio, más eficacia y más vigor. Todo esto lo garantiza la his­
toria de los siglos católicos; nuestros padres eran más creyentes
porque eran más devotos de María, y viceversa; al paso que hoy
esa gran revolución religiosa que se está verificando, qne en breve
dividirá el mando en dos banderas claramente conocidas de ver­
daderos fieles é incrédulos sin rebozo, toma también el carácter de
una devoción particular á la Señora. Su culto, por lo tanto, es
como la contraseña de los dos bandos y el termómetro más exac­
to de la fe y de la caridad.
No se crea qne estas ideas son exageradas ó atrevidas. I*
Virgen María, dice Augusto Nicolás, es hoy la gran prueba. N°
se admite iudiferencia respecto de ella, y el partido que se toma
influye en toda la fe. Vemos diariamente almas cuya infidelidad
inculpa con irritación á la doctrina de la Iglesia sobre la Santí­
sima Virgen, su alejamiento de la religión, así como vemos otras
que vuelven á la fe más ferviente desde los extremos más opues­
tos del error, en el momento que se adhieren á esta doctrina,
cuya virtud experimentan. Por ella se entra, por ella so sale·
Ella es la puerta, Janua ccdi.n Y en verdad, cualquiera que pro*
fesa su culto, no tarda en practicar la virtud y vivir como un
verdadero católico, y lo mismo acontece en los pueblos, que se
mejoran visiblemente; y es que cuando aparece la Aurora, la si­
gue muy de cerca el Sol.
A nadie puede ocultarse que el culto de la Virgen es el mis­
mo culto de Jesucristo, que lo encarna y lo envuelve, y que viene á
ser una de sus más puras derivaciones, una délas más frondosas
ramas de aquel árbol gigante que tantos frutos produce; así el
sol comunica á la luna los suaves resplandores con que brilla» y
aunque esté lejos de nuestro horizonte, sigue disipando las tinie­
blas, enviando por medio de ella los rayos de su luz. Pero aunque
es el mismo culto de Jesucristo, aunque le está subordinado,
aunque se nutre de él, le comunica, sin embargo, cierto atractivo
y le hace presentar bajo una forma más encantadora y más ama­
ble; es, permítasenos la expresión, el mismo culto m atern izado·
— 246 —

resplandores de la gracia. María arroja una mirada investigado­


ra sobre los siglos venideros, y descubriendo el magnífico panora­
ma de los homenajes que ha de recibir en todos ellos, exclama
que la llamarán bendita todas las generaciones. Esta profecía,
que de ninguna manera podía ser prevista naturalmente, se cum­
ple exactamente en todas sus partes; porque en efecto, todas las
generaciones se han sucedido unas á otras bendiciendo y glorifi­
cando á la Madre de Dios. El Magnificat, que es el cántico di­
vino de sus grandezas y sus amores, encierra al mismo tiempo
toda la historia detallada de sus triunfos y de su culto. Y ¡cosa
admirable!, aquella profecía que se anunció hace diecinueve si­
glos, viene recibiendo de día en día su confirmación y su cum­
plimiento, y acreditando por los hechos, que se conserva todavía
en todo su vigor y en toda su fuerza, para ser cumplida con igual
exactitud en el porvenir.
¡Y he aquí otro carácter que atestigua su origen divino! To­
das las instituciones humanas, aun aquellas que parecían más
sólidamente arraigadas, han pasado y desaparecido en la revo­
lución inexorable de los tiempos; todas las prácticas, aun aque­
llas que podían creerse necesarias por lo útiles, han caído en
desuso; todas las opiniones han sido cambiadas, desechadas y
combatidas; hasta los mismos imperios, que parecían eternos, se
han hundido en el abismo de los siglos, y apenas han dejado de
sí más que el recuerdo de lo que fueron. Tal es la condición de
todas las cosas humanas, mudarse y perecer. Pero el culto de*
María ha subsistido inmóvil en medio de todos los trastornos so­
ciales, ha atravesado siempre vigoroso todas las edades, y el tiem­
po, que todo lo destruye, no ha hecho otra cosa que prestarle ma­
yor firmeza. Todo ha cambiado ó ha perecido, mientras él conserva
su primitiva pureza y esplendor.
Tales son los triunfos de nuestra dulce Madre, que asentó su
trono sobre lo más encumbrado de los cielos. En vano la serpiente
infernal procura quitarles su brillo, y arrebatar á Aquella que 1®
ha quebrantado la cabeza, los laureles que ha conquistado, PueS
no podrá conseguirlo jamás. Ciertamente algunos, haciendo caso
de sus venenosas sugestiones, han procurado disparar contra
— 248 -
que tenemos la dicha de no dudar de la infalibilidad de las pro­
mesas hechas por Nuestro Señor Jesucristo, debemos aguardar
más bien el triunfo próximo, más próximo tal vez de lo que creen
los enemigos, y debemos esperarlo por el influjo poderoso de
Haría. Por muy deshecha que sea la borrasca que atravesamos,
aún vemos brillar entre las tinieblas una Estrella refulgente de
esperanza; no tardará el cielo en quedarse despejado y en sose­
garse el alborotado mar.
En efecto, la Estrella de la mañana, la Virgen María y so
culto reparador, es la esperanza más sólida de salud que le resta
al mundo para levantarse incólume de la postración en que le
tienen las modernas ideas corruptoras y las pasiones sobrexcita­
das. Hoy, con más motivo que en cualquiera otra época, pueden
ponerse en boca de la Virgen aquellas palabras del Eclesiástico:
En mí está toda esperanza de vida y de salud.
Porque no se puede dudar por todo lo dicho anteriormente,
que el mundo se nutre de este culto, hasta los que lo atacan;
porque se agitan y respiran en una atmósfera impregnada de su
pureza y sus virtudes, semejantes á esas hierbas parásitas qno
se aprovechan del riego dirigido á las plantas útiles. Mientras
este culto se conserve robusto y floreciente, no cesarán tampt*50
sus saludables influencias, y si va ganando terreno según se ob­
serva en las tendencias actuales, debemos esperar que llegue un
día afortunado en que la saludemos de nuevo como á la Repa­
radora del mundo perdido.
Y ese día no está lejano, si por el presente podemos juzga1
del porvenir. Hoy más que nunca se acude á los altares de Ma­
ría como al refugio supremo más seguro, y los anales del cato­
licismo cuentan innumerables conversiones de célebres incrédulos
debidas á su encanto virginal.
Esperemos tranquilos ese día, saludándolo desde lejos, como
los antiguos Patriarcas al Mesías; entretanto podemos decirla
con San Ildefonso: A vos acudimos, ¡oh madre nuestra!, tod#
misericordia, á vuestra presencia llegamos; postrándonos <*
vuestras plantas, os rogamos humildemente que os dignéis i»a'
nifestarnos la inmensa dulzura de vuestro Hijo Santísimo, V
RECAPITULACIÓN GENERAL

Gracias á Dios hemos terminado nuestro trabajo, pero no sé


si habremos conseguido desenvolver nuestro pensamiento. Nos
hemos visto precisados á recorrer con mucha precipitación el glo­
rioso camino de las grandezas de María, y apenas hemos podido
humedecer los labios en los ricos manantiales que ofrece.
Ahora ya desde la cumbre podemos dirigir atrás una mirada;
así el viajero fatigado, después que ha llegado jadeante á lo más
alto de la montaña, aspira con delicia una brisa pura, y tiene
cierta fruición al contemplar las verdes praderas y los risueños
valles que han quedado á sus pies.
El culto de la Virgen María en el mes de Mayo, tan lata­
mente extendido en pocos años y practicado con tal entusiasmo,
no puede menos de llamar la atención de cualquier observador.
£Tfe y la confianza en la Madre de Dios se revisten en este mes
de tanta ternura como belleza, y abren nuevos y dilatados hori­
zontes á la piedad. La Virgen ejerce en Mayo sus más pnras J
eficaces influencias. ¿En qué consiste? ¿Qué tiene de notable el
culto de las flores? Esto es lo que nos propusimos examinar.
Para proceder con orden intentamos primero descubrir el
fundamento y origen del culto de María en general, y siguiendo
la audacia piadosa de Suárez y otros teólogos eminentes, vimos
su primitiva fuente en el principio de los tiempos, y los honores
virginales estrechamente enlazados con los destinos del mundo
angélico.
Descendiendo al Paraíso, hallamos que María fue la espe­
ranza dada por Dios al hombre prevaricador; después la encon­
tramos gloriosamente anunciada por todos los Profetas, y prefi­
gurada en los hechos más notables y en las mujeres más célebres
— 252 -
sal. No puede haber expresión más propia de inocencia, de amo­
res y de hermosura, por lo cual es un pensamiento magnífico el
ofrecimiento de las ñores para venerar á la Madre de Dios.
Porque las flores son en sí mismas los objetos más simpáti­
cos, más agradables y más bellos de la naturaleza; amadas siem­
pre por todos los pueblos, que las han enlazado con sus regoci­
jos, con sus fiestas, con sus triunfos, con las recompensas dadas á
la ciencia, al valor ó á la virtud, y hasta con la misma religión.
Además son emblemas significativos de todos los afectos y de
los sentimientos más puros, y están destinadas en muchos pue­
blos para expresarlos; el hombre mismo tiene con las flores mn-
chas analogías. Por todo esto el amor y la gratitud nos inclinan
á ofrecérselas á la Virgen María, como el símbolo más fiel de
nuestra debilidad y nuestra miseria.
Pero son al mismo tiempo, por otro concepto, el más bello
emblema de la bondad y pureza de la misma Virgen. La Sagra­
da Escritura toma de las flores las imágenes más nobles para
figurarla: el gigante cedro, la graciosa palma, la rica oliva, el
blanco lirio y la fragante rosa; como si para hablar de ella y
pintar sus atractivos, su inocencia y su belleza, todas las pala­
bras debieran impregnarse de luces, aromas y verdor.
Las flores son, por consiguiente, objetos muy dignos del culto
de María.
En efecto, han sido destinadas para el culto en todas las
religiones: en la mitología hacen un papel importantísimo para
las metamorfosis de los dioses, sus fiestas y sus sacrificios, y
hasta la misma religión cristiana las unió á las graves solem­
nidades de sus augustos ritos.
La historia del culto de María desde el principio de la Iglesia
nos le manifiesta rodeado de las flores.
Las primeras capillas que tuvo la Virgen fueron levantadas
en el campo entre los árboles y el follaje, como flores que crecen
aisladas, y alguna vez le servía de trono el ahuecado tronco de
un roble. Luego se la consagró el mes de Mayo, pues parecía
conveniente que la estación más graciosa del año estuviese con­
sagrada á la más graciosa de las criaturas.
— 253 —
Nuestra confianza se aumenta al poner las flores en los alta­
res de María. En ellas encerramos todas las alabanzas, obsequios
y homenajes que podemos hacer á la Madre de Dios; porque ora
significan el tributo rendido como Reina, ora la fresca corona ofre­
nda á la más pura de las Vírgenes, ora la palma del máff ilustre
de sus triunfos sobre el demonio. Además, todos los motivos de
nuestro carifio hacia Ella, como tierna Madre, dulce enamorada
y abogada segura y misericordiosa, se representan perfectamen­
te en estas ofrendas de ternura, que sirven en el mundo para
significar esa multiplicidad de afectos y obligaciones.
Pero no consiste en eso sólo el culto de las flores; el verdade­
ro Mayo de la Virgen es la práctica de la virtud. Este mes tiende
á dilatar el corazón y á infundir la confianza más viva; en el pe­
cador, para que se convierta y se aficione á las seducciones de la
virtud; en el justo, para que imite el acabado modelo que le ofrece
k Virgen Soberana.
V he aquí los efectos que produce este mes en los devotos de
^aría: la práctica y el ejercicio de todas las virtudes. Así coad­
yuva la Virgeu de un modo admirable á los designios de Dios y á
todos los fines de la sangre de su Divino Hijo; la virtud en este
mundo, para llegar por ella á la eterna salvación. ¡Cosa notable!
Estas flores, que pasan en un día, preparan una eterna felicidad.
De manera que el culto de las flores es al mismo tiempo un
testimonio de la excelencia y pureza de María, una tierna mani­
festación de nuestro amor, una demanda de su intercesión, un
manantial de gracias y virtudes, y el camino expedito de la eterna
felicidad; es decir, el compendio más perfecto de todo el culto de
^aría, sus influencias, encantos y relaciones.
No es extraño, por lo tanto, que los poetas cristianos, al tratar
este ofrecimiento de nuestras flores, se hayan elevado eii sus
imposiciones á tan alto grado de bellezas, ternura y sentimien-
t°- La poesía debió enaltecerse y brillar admirablemente, porque
^contró en este asunto dos fuentes de pura inspiración, unidas
en nn solo arroyo: la Virgen María, con su inocencia, sus glorias
^ sus piedades; y las flores, con su frescura, sus matices y sus
Afames.
— 254 —
Considerado bajo otro panto de vista, el culto de las flores,
según el lenguaje que se ha hecho hablar á éstas, es un geroglí*
fleo animado de la misma Virgen María. Ella es una verdadera
rosa mística y la más simpática flor de las flores, su nombre es
un ramillete aromático, prenda de amores, que asegura la fe-
licidad: su color es un brillante conjunto de perfecciones y belle­
zas como mujer; sus pétalos son los tesoros de gracias con que
la enriqueció el Altísimo, y sus privilegios como Madre de Dios;
su aroma es su santidad como predestinada, y los favores y bene­
ficios que derrama como Reina del universo y abogada llena de
poder.
Por último, como digno complemento de tales homenajes y
tales significaciones, consideramos á nuestras propias almas, do­
minadas por los vicios y las pasiones, como flores parásitas qne
venimos á deshojar ante sus altares.
“Hor por excelencia, dice Augusto Mcolás, cuya grada
•vienen á festejar cada primavera todas las flores, aromati­
zando sus altares, la Virgen María recibe asi de cuanto hay
fecundo, dulce, gracioso, ameno y puro en d mundo, un tr*-
tuto simbólico de alabanza, como á la Santísima Reina y Se­
ñora de toda la naturaleza, rdntegrada por su divina mater­
nidad.»
Habiendo empezado á considerar el culto de María desde so
origen primitivo, quisimos, por último, coronar nuestro estudio
examinando los bienes inmensos que debe el mundo á esta mise­
ricordiosa Reina.
Se puede observar en general, que la influencia de Mari»
sobre el mundo ha sido tan activa y benéfica como la del cato­
licismo, guardada la paridad conveniente, porque la Madre es el
más digno satélite del Hijo.
Aquí se abre ante los ojos un horizonte'sin límites del poder,
bondades y favores de Nuestra Señora; pero semejantes á los q°e
ven una exposición universal, no se pueden fijar las miradas en
todos los objetos.
Mas algunos llaman la atención por su grandeza. Tal es w
reparación de la mujer, reducida por el paganismo á la may°r
- 256 -

INVOCACION FINAL

Virgín:
He llegado por ña con tu auxilio al término de mi tarea: á
ti debo estas pobres páginas y debo ponerlas á tus pies en testi­
monio de gratitud. Si hubiera podido expresar en ellas, con 1*
viveza que lo siento, la ternura del amor que me glorío de pro-
fesarte, podría traerlas confiado á tus plantas soberanas, pero
esto sélo les es dado á los que tienen en su frente la aureola del
genio vivificador.
Mas aun cuando no sean siuo pobres borrones de tus exce*
lencias y tus piedades, tu sabes, ¡oh Virgen!, con cuánto trabajo
han sido escritas: recíbelas, pues, bondadosa, como una serie de
vigilias solitarias, consagradas á pensar en Ti. No he podido ha*
cer más, ni al hacer esto he confiado en mis propias fuerzas, po®8
siempre, para expresar la idea concebida, murmuraban mis labios
una plegaria, suplicándote un rayo de luz.
Al empezar mi trabajo no pude menos de derramar una lágri­
ma refrigerante sobre las cenizas de dos seres queridos, que m®
hicieron conocerte y me acostumbraron á tu amor, y te pedí q°e
les dieras un suefio de paz. ¿Mas por qué he de reunir la alegré
de tus flores con los tétricos pensamientos de muerte? Es q*10
las flores son un objeto muy propio de las tumbas, y las que
están santificadas en tus altares, al ser luego depositadas sobre
su losa, son muy agradables para tus devotos, porque vienen
impregnadas de tu gracia y traen tu bendición. Virgen, las flo­
res que te he ofrecido como un tributo tiernísimo de afectos, ©e
han servido después para tejer una corona fúnebre á mis mayo­
res: colócala piadosa sobre su frente, y haz que descansen sos
espíritus, dilatados en tu seno misericordioso, en la eterna feli­
cidad.
Ego flos campi, et lilium convallium.
Yo soy flor del campo, y lirio de los valles.
Canticum. Cant, cap. 2, ▼«[! e t 2.

Nosse vis qaalis flos sim? Yerbo ano flos regirn sum, pul-
cherrimus et odoratissimns omnium florum.
Si deseas saber cuál flor soy, te lo diré en una palabra; soy
la Reina de las flores, la más hermosa y aromática de todas
ellas.
Sti. Ambrosios, Bernardos.

Lilium infinit» virtutis, cujus splendore fugantur tenebr»,


cujus contactu sanantur leprosi, curantur languidi, cujus odore
mortui suscitantur, spin» confix» revelluntur, virtutes inserun-
tnr... etc.
S. Hyeronimus, in Joel 3y v. 18. (Ex eodem in enmdem loc.)
AL REVERENDO PADRE

FRAY JUAN FÉLIX DE ARTEAGA


GUARDIÁN DEL COLEGIO DE RELIGIOSOS MISIONEROS DE SAN FRANCISCO
E S T A B L E C ID O E N B E R M E O , E T C .

Mi R do. t querido P adre:

a dedicatoria del primer tomo de esta obrita fué un sos-


piro de dolor á la memoria de mi amado Padre D. Marcos
Alonso y de mi querido tío y maestro D. Francisco Alonso,
Presbítero; la del segando, más afortunado, debe ser una efusión
de cariño hacia Vtra. Rv.·, en quien he encontrado á mi padre
P°r el afecto, y á mi tío por el carácter sacerdotal y la virtud.
I* sincera amistad que os profeso tiene por mi parte mucho de
afecto filial, y me lisonjeo que por la vuestra tiene mucho de la in­
digencia del padre.
Por otra parte, mi corazón siente la necesidad de manifestar
Públicamente á Vtra. Rv.* mi profunda gratitud y reconocimiento
Por los singulares favores que me ha prodigado y me prodiga; y
Uo podría hallar para esto una ocasión más oportuna que la pu­
blicación de un libro en alabanza de la Santísima Virgen María,
a quien profesáis tan tierna devoción: lo cual es otra semejan·
24 que me recuerda á mis católicos antepasados.
Y no quiero omitir que la dedicatoria de este segundo tomo
Pertenece á Vtra. Rv.* de derecho, pues sino por vuestro efica­
císimo concurso, aun estaría el primero en los almacenes de la
’mprenta. Por lo cual, si alguna gloria ha resultado á nuestra
- 262 —

común y misericordiosa Madre de la lectura de mi obrita, y si


se publica esta cuarta edición, á tos en gran manera es debido.
Al dedicar á mis virtuosos progenitores Lis F lores de la Vida,
creí piadosamente que les tejía con ellas una hermosa corona de
sufragios por intercesión de la Santísima Virgen María; al dedi­
car á Vtra. Rv.* el L irio de los Valles, deseo que por la misma
intercesión de la que así es llamada, descienda sobre tos todo
su perfume bajo la forma de gracias y bendiciones celestiales.
Recibid, pues, mi Rdo. y querido Padre, con este pobre libro
la más TÍTa expresión del sincero cariño que os profesa
E l A utor.
PRÓLOGO

«j uando se publicó la primera edición de Las Flores de la


' u j l Vida, no fué posible dar á esta obra el desarrollo debido
V por causas imprevistas é involuntarias. Desde la se­
gunda parte fué necesario concluirla precipitadamente, supri­
miendo además todo el original que había de haber formado la
Parte tercera. En verdad es una desgracia la del escritor que se
Ve precisado á encerrar sus ideas en un determinado número de
Paginas.
Has como á pesar de este defecto ha tenido tan benévola
acogida, el autor ha decidido hacer una cuarta edición, y dar
integro su Estudio sobre d culto de la Santísima Virgen en
mes de Mayo. L as F lores de la Vida se completan con E l
^teio de los Valles, como un ramillete con la flor que le corona,
P«ro de tal modo que cada uno de los dos libros puede por sí
mismo demostrar suficientemente la belleza y significación del
de las flores, y explicar la razón del entusiasmo con que
®a sido aceptado, y la rapidez con que se ha propagado por
*°dos los pueblos católicos.
■Las Mores de la Vida estudian este culto en sí mismo, in­
vestigan su razón filosófica, examinan su fundamento, y mani­
a t a n su verdadera intención y objeto. El Lirio de los Valles lo
Estudia más bien en sus aplicaciones y resultados. El primer
ubro es más teórico, el segundo es más práctico; aquél se recrea
las flores, éste saborea los frutos. Uno y otro se proponen el
mismo fin, que es hacer ver á esos pseudo-católicos, monstruosa
— 264 -

mezcla de pelagianos y jansenistas, qne con el pretexto de un


falso celo quisieran despojar á nuestra santa religión de toda
su poesía y que quedasen solitarios los altares virginales; hacer­
les ver, repito, que este culto es una expresión acertadísima de
nuestros honores y súplicas á la Madre de Dios.
Es cierto que los que desprecian este culto ó le acusan de
superstición, son los que menos lo practican. Ellos lo abandonan
con cierto desdén á las beatas, y aun se lamentan con tono hi­
pócrita, de que estas novedades son contrarias á la verdadera
piedad. Además de que con esta conducta se constituyen indi­
rectamente en auxiliares poderosos de los protestantes contra el
culto de María en general, no es difícil probarles que nuestra
devoción tiene un fundamento firme y muy sólido, y que ellos,
al combatirla, dan motivo para sospechar, ó que lo hacen de mala
fe ó que tienen poco amor á la Santa Virgen, ó que padecen
mucha ignorancia ó ceguedad. ¡Tachar de innovación indiscreta
estas prácticas, cuando vemos enfriarse en muchos tan visible­
mente la devoción á la Virgen María! Nosotros, por el contrario,
creemos que el Mes de las flores es el medio más apto par®
restituir en nuestra Espafia la devoción á la Madre de Dios al
antiguo esplendor y entusiasmo con que la practicaron nuestros
mayores. Por mi parte, deseo vivamente que este culto se ex­
tienda hasta las más retiradas aldeas, y sobre todo que se hag»
comprender al pueblo su verdadero espíritu y significación. En­
tonces no temeríamos tanto los progresos de la inmoralidad, pues
ha sido llamado con razón, como lo acredita la experiencia, ver­
dadera sal de las buenas costumbres.
Por esta razón he escrito principalmente para el pueblo sen­
cillo y creyente; en estilo llano, acomodado á todas las capaci­
dades y á la naturaleza del asunto. Deseo poner al alcance de
todos las analogías, símbolos y relaciones de las flores con J&
Santísima Virgen María, para que tengan presente el recuerdo
de esta Virgen á cada paso que den.
El U ñ o de los Vedles, que es una continuación de Las flor®
para complacer á mis amigos que así me lo han pedido, es á 1»
vez una vindicación de la misma obra contra los adversarios
que tan rabiosamente me la han criticado, y para quienes de seguro
hubiera sido una obra excelente si no hubiera salido de la im­
prenta. Pero como no ha de ser leído solamente por mis amigos
ó por mis adversarios, sino por muchos devotos de la Santísima
Virgen, y tal vez por otros que no lo son, he debido extender un
poco mi trabajo á demostrar de nuevo la solidez de nuestro culto.
— 265 -

En cnanto á éstos no puedo hacer cosa mejor que repetir la con-


clusión de Las Flores de la Vida, lo que además de manifestar
la razón de actualidad de este libro y de prevenir los ánimos á
favor de nuestro culto, tiene la ventaja de enlazar la dos obras
en su lugar conveniente. Por desgracia, digo allí, por desgracia
en nuestra época se han multiplicado los impíos ataques contra
«1 culto virginal, y los esfuerzos para socavarlo por sus cimien­
tos, pero podemos repetir aquellas palabras de San Anselmo: “He
«aquí, dice, que la Iglesia ve llegar unos días aciagos, días de
»prueba y de tribulación en que el genio del mal llena de tinieblas
»7 de dudas á un siglo liviano y frívolo, pero no faltarán defen­
sores de la verdad y de la fe. No es atacada la religión entera,
»sino sólo algunos dogmas, y especialmente María, la Aladre de
•Dios, es el blanco adonde se dirigen las flechas de la impiedad.
»Vano empeño, pues no faltarán aquellas palabras de la senten-
»cia divina contra la serpiente: ella quebrantará tu cabeza
Si se multiplican los ataques, nosotros redoblaremos la vigi­
lancia; si los impíos se burlan de nuestra devoción, nosotros
haremos alarde de ella á la faz del mundo, y así nos manifesta­
remos más dignos que ellos de nuestros abuelos, pues seremos he­
rederos de su piedad. “No permitamos, decía Bourdajue, que los
»libertinos del siglo sean más atrevidos para mofarse del culto
»íue tributamos á María, que nosotros para defenderlo.«
Atravesamos, en verdad, unos días críticos en que parece que
falta el valor, en. que el alma se siente débil, y parece que el
Infierno va á entonar el himno de victoria sobre nuestra ruina;
imitemos, pues, á los polluelos que se cobijan bajo las alas materna-
'Apongámonos bajo el manto de la madre de misericordia, y bus­
quemos un asilo á los pies de Nuestra Señora; y desde luego halla­
remos valor, resolución y fortaleza. Algunos se han atrevido á fijar
número de días que restan al catolicismo sobre la tierra,
^.lisonjean de su extinción cercana, y forman planes sobre su
como si las instituciones divinas dependierau del capricho
1 de las vanas combinaciones de los hombres. Pero los que tene­
mos la dicha de no dudar de la infalibilidad de las promesas he­
chas por Nuestro Señor Jesucristo, debemos aguardar más bien
triunfo próximo: más próximo tal vez de lo que creeu los ene­
jao s, y debemos esperarlo por el influjo poderoso de María. Por
dejhecha que sea la borrasca que atravesamos, aún vemos
rular entre las tinieblas una Estrella refulgente de esperanza;
0 tardará el cielo en quedarse despojado y en sosegarse el albo-
r°tado mar.
- 266 —

En efecto, la Estrella de la mañana, la Virgen María y so


culto reparador, es la esperanza más sólida de salud que le resta
al mundo para levantarse incólume de la postración en que le
tienen las modernas ideas corruptoras y las pasiones sobrexcita-
das. Hoy, con más motivo que en cualquiera otra época, pueden
ponerse en boca de la Virgen aquellas palabras del Eclesiástico:
En mí está toda esperanza de vida y de salud.
Porque no se puede dudar por todo lo dicho anteriormente,
que el mundo se nutre de este culto, hasta los que lo atacan; por-
que se agitan y respiran en una atmósfera impregnada de su pu­
reza y sus virtudes, semejantes á esas hierbas parásitas que se
aprovechan del riego dirigido á las plantas útiles. Mientras este
culto se conserve robusto y floreciente, no cesarán tampoco sus
saludables influencias, y si va ganando terreno según se observa
en las tendencias actuales, debemos esperar que llegue un día
afortunado en que la saludemos de nuevo como á la Reparado­
ra del mundo perdido.
Tan diversas consideraciones he tenido presentes al tomar la
pluma, y á pesar de todas, me he propuesto proceder con entera
independencia en el presente estudio. Pero nada diré de que no
pueda dar razón aun al crítico más exigente. Por lo demás, no
me tengo por literato» sino por amante de la Santísima Virgen
María.
Sin embargo, confío que este segundo libro será leído con
más aprovechamiento que el primero, aunque ambos contienen
una doctrina muy sana y enteramente conforme á la de nuestra
Santa Madre la Iglesia. Pero en i,as flores campea libremente
la imaginación del autor: sus ideas son enteramente originales y
nuevas, además de la fogosidad juvenil con que está escrito. La
cuarta edición reproduce esta obrita lo mismo que se publicó
en la primera, pues ha parecido preferible conservar el aparente
desorden de las pruebas, como brotaron de la pluma, por no des­
figurar su novedad. Esto, por otra parte, le da cierta belleza, así
como en las selvas y las praderas no crecen las plantas y las
flores ordenadas y distintas según sus especies, sino intercaladas
con grata confusión unas con otras.
Por el contrario, El Lirio de los Valles está basado princi­
palmente sobre los comentarios de Ips expositores católicos, obras
de los Santos Padres, y de aquellos autores magistrales, por
decirlo así, que con más elevación y profundidad han escrito
acerca de la Santísima Virgen María, como Canisio, el Padre de
Argentan, Combalot, Haulica, Augusto Nicolás y otros, sin haber
LIBRO TERCERO

EL CULTO DE LAS FLORES


\
EN E S P A Ñ A
CAPÍTULO I
ESPASA AL SERVICIO DE LA VIRGEN MARÍA

§· i.
La devoción á la Santísima Virgen es eminentemente
española.

a devoción á la Santísima Virgen María, Madre de Dios,


no es, ni puede llamarse local, ni pertenece á nación
alguna, ó á pueblo ó tiempo determinado; pues es uni-
.'fcraal y perpetua como el mismo catolicismo, del cual es la más
,ntoediata derivación. En cuanto es conocido y adorado Jesucristo
natural honrar y venerar á su bendita Madre, como sucede
'¿inbién en el mundo con las madres de los hombres distinguí-
08 ó poderosos. Los homenajes, los honores, la admiración, el
r*8peto, el amor que se tributa á los personajes ilustres, »1 Rey,
General vencedor, al Obispo caritativo, al sabio, tienen natu-
fahnente una prolongación hacia sus madres, en las cuales refle-
de Heno toda su gloria, á las cuales se dan las más sinceras
“norabuenas, y cuya intercesión es buscada con solícito interés,
cnanto más elevado es el personaje, mayor es también el honor
k consideración á su dichosa Madre,
j. ^sta es la razón fundamental del culto católico á la Virgen
ria. La gloria de Jesucristo, Dios verdadero, Seflor y Salva-
0r nuestro, refleja sobre ella, como refleja sobre la luna la luz
- 272 -

del sol. La piedad 110 tiene una medida limitada en el culto á


la Madre de Dios, si ha de ser honrada según la altura de la
elevación y honor del Hijo. Ni puede darse uua ponderación más
expresiva para explicar y justificar todas las efusiones del cato­
licismo hacia la excelsa Virgen María. Ciertamente ha hecho
macho para honrarla, para ensanchar su caito, para multiplicar
sus glorias, pero nuuca ha hecho ni hará todo lo que merece la
Madre de Dios. Sólo se reserva exclusivamente para Dios el culto
supremo de adoración, como Señor absoluto de todo cuanto exis­
te, y su demostración más propia que es el sacrificio; pero des­
pués de esto y por bajo de esto, nada puede negarse ni se niega
á la Virgen María.
La devoción á esta Señora es como un indicio seguro de la
verdadera fe, como lo prueba el hecho de que los escritores pro­
testantes 110 tienen una sola frase de entusiasmo por esta santí­
sima criatura, acreedora al amor de todos los corazones. Pero la
Iglesia, que no se engaña en ninguna de las manifestaciones de
su doctrina, ha promovido en sus hijos por todos los medios po­
sibles el amor filial hacia la Madre de Dios. Por lo cual puede
decirse que no hay un verdadero católico sin amor á la Virgen,
ni devoción verdadera á ésta fuera del catolicismo. Y porque las
generaciones pasadas practicaron este culto en toda sn extensión
y esplendor, no es absurdo deducir que nosotros la hemos ma­
mado con la leche, que hemos heredado su sangre saturada de
religiosidad, y que por consiguiente esta devocion es en nosotros
como un instinto, como un elemento vital.
Además de que la Virgen María es una de las armonías más
deliciosas de la religión católica, la experiencia ha enseñado al
pueblo cristiano que siempre que ha implorado su intercesión ha
sido escuchado; por lo cual la ha venerado cada vez más por gra­
titud y ha perseverado en su devoción por necesidad. L o s ' lazos
más amenos y agradables han estrechado las relaciones de los
fieles con la Virgen María. Saben que su amor nos adoptó P°r
hijos suyos, que se complace en que la llamemos nuestra madre,
que se ha dignado aparecer muchas veces en nuestra tierra, <l^e
se ha hecho una necesidad de la familia, una consolación y «ul*
— 274 -

Jesncristo, es católica; es decir, universal: por su antigüedad por


sn duración y por su latitud.
Esto no obstante, es muy cierto que nuestra católica España
se ha distingnido de una manera especial en venerar á la Virgen
María, y que ha sobresalido en todos tiempos como su hija pre­
dilecta, primera en su culto y en su amor. Nuestra patria ocupa
con razón las páginas más ilustres de la historia del culto
virginal.
No es necesario amontonar muchas razones para demostrar
la verdad de este aserto, tratándose de una materia tan conocida;
bastará citar algunos hechos aislados, escogidos al azar en nues­
tras crónicas y en nuestras costumbres, y se verá que esta devo­
ción está como identificada con nuestra vida nacional.
Desde que la Santa Virgen, viviendo todavía, se dignó favo­
recer á nuestra tierra con su planta bendecida, encendió en los
pechos españoles el fuego purísimo de su amor, que no se ha
extinguido jamás. El Pilar de Zaragoza es como un contrato
entre la Madre de Dios y nuestra España, en que aquélla pro*
metió sus gracias, su protección y sus bendiciones: ésta su ser­
vidumbre, sus homenajes, sus alabanzas y su amor. Allí estableció
María el trono de su misericordia; allí prometió que siempre pro­
tegería á España, y que nunca faltarían verdaderos católicos y
devotos suyos, y que la virtud del Altísimo obraría en aquel lu­
gar portentos y maravillas por su intercesión, con aquellos que
en sus necesidades la invocasen: promesa consignada por más de
cuatrocientos escritores nacionales, y noventa extranjeros, y con­
firmada por una constante experiencia.
El Apóstol Santiago edificó allí una pequeña iglesia, por
mandato de Nuestra Señora, que fuó el primer templo del mundo
levantado en honor de la Virgen bendita, que se ha convertido
en el suntuoso que hoy existe, pero sin haber movido el
del sitio en que por primera vez fuó colocado. Parece que aque
lugar está lleno de su presencia santísima, que se ve allí á la
misma Madre de Dios en persona, que se está cerca de ella, como
si aquella sagrada imagen estuviese viva; tal es el recogimiento
y devoción que inspira. La Santa Capilla siempre está concurrida,
— 270 —

fcencia de diecinueve Obispos; y al ñu en el célebre concilio de


Braga el afio 561. ¡Tanto ofendían aquellos errores á la piedad
espaflola!
La nación, que á principio del siglo iv celebró el concilio
de llliberys (Granada), y contaba entre sus prelados al grande
Osío de Córdoba, presidente del concilio general de Nicea, donde
fué condenado Arrio, no había de sucumbir á la herejía arriana.
Más que los reyes godos, pudieron los Obispos españoles San
Leandro, Santo Toribio, Bachiario, Paulo Orosio ó Idacio de Ga­
licia, y más tarde San Braulio, San Eugenio, San Ildefonso, San
Isidoro, y otros mil que sería prolijo enumerar, todos devotísimos
de la Virgen María. La piedad de las princesas católicas casadas
con los reyes godos prepararon poco á poco la abjuración pú­
blica de Recaredo en el Concilio III Toledano el año 587. Las
borrascas matrimoniales de la princesa Clotilde, hija de Clodo-
veo, con el rey Amalarico, arriano, que costaron á éste el trono
y la vida, provenían de querer aquélla defender su religión ca­
tólica, cuya fe fué, premiada con una singular aparición de la
Virgen María, y está agradecida con la edificación de un templo
para honra suya (Nuestra Señora de Monsalud), que fué desde
entonces uno de los santuarios más venerados de la Península, y
de los pocos que conservaron los cristianos bajo la dominación
musnlmana. La piedad de la princesa Ingunda proporcionó á su
esposo San Hermenegildo la corona del martirio; y la devoción
de la reina Badona, bajo la dirección de San Leandro, persuadió
á su esposo Kecaredo á abrazar la religión católica.
Desde entonces todos los reyes dejaron algún recuerdo de su
devoción á la Madre de Dios. Recaredo edificó el suntuoso mo­
nasterio de Riansares, donde se venera la Virgen de este título;
Liuva II su hijo dedicó en Talavera á la Virgen María un tem­
plo que había estado consagrado á la diosa Palas; Sisenando,
Chindasvinto y Wamba se distinguieron por su devoción á 1*
Virgen María en su Concepción Inmaculada, como diremos des­
pués. Conocida era la devoción de nuestra España cuando el
Papa San Gregorio Magno, deseando dar una prueba de afecto á
San Leandro, no encontró cosa más á propósito que remitirle una
— 277 —

imagen bendita de Nnestra Señora, que él tenía en su oratorio


particular, y es la misma que actualmente se venera bajo la ad­
vocación de Guadalupe.
Después que los reyes godos se hicieron católicos, se des­
arrolló tranquilamente el culto de la bendita Virgen, y se multi­
plicaron sus imágenes, sus fiestas y sus altares de un modo pro­
digioso. Pero sonó la hora fatal de la invasión agarena, merced
á la infame traición del vengativo conde D. Julián: el brillante
cetro de los godos fué hecho pedazos en las orillas del Guadalete,
cuyas aguas se tiñeron con la sangre de la nobleza. Los moros
avanzaron como un torrente asolador, ocupando toda España,
plantando sus pendones victoriosos sobre los escombros de aquella
poderosa monarquía, y apenas un puñado de valientes, con Felayo
á la cabeza, lograron salvarse entre las escabrosas montañas de
Asturias. Entonces se vió una buena prueba de la piedad espa­
ñola; los naturales, abandonando sus hogares para huir de los in­
vasores, llevaban consigo las imágenes de María, como sus tesoros
más queridos, á semejanza de los antiguos troyanos que, al dejar
su ciudad, no querían separarse de sus dioses Penates. Mas si la
urgencia de la huida ó la dificultad del transporte era grande, no
por eso las abandonaban expuestas á la profanación, sino que las
ocultaban cuidadosamente, bien en profundos pozos, bien entre
el espesor de algún muro; ya en alguna gruta obscura, ya entre
las ramas de algún árbol frondoso en lo más intrincado del bos­
que. Cuando siglos después aparecían estas imágenes, precedidas
de luces y prodigios, eran tenidas como dones del cielo, pero se­
guramente habían escuchado las plegarias de otros devotos en los
antiguos tiempos.
Y aquí empieza aquella lucha gigantesca, heroica y secular
en que los españoles defendían su independencia y su fe. Con­
vienen los escritores piadosos y oradores sagrados nacionales en
que la obra de la Reconquista se debe atribuir en gran manera
&la protección de la Virgen. Estamos tanto más conformes con
ellos, cuanto que hay innumerables pruebas que lo confirman.
“Covadonga es la primera página de una epopeya inmortal, que
»no podrán hacer olvidar jamás los siglos. María, que desde su
— 278 -

„Pilar vió hundirse los últimos restos de las supersticiones idó­


latra s, se levantó en nuestro horizonte, alentando á Pelayo, para
„poner á los pies de sns guerreros el formidable poder de la me·
„dia luna. Clavijo, Simancas, las Navas y el Salado, y las por-
„ tentosas conquistas de Jaén, Murcia, Córdoba y Sevilla hasta
„la expulsión total del mahometismo, todas son jornadas triun­
fales debidas á la protección de María. Ascienden á tres mil
„ochocientas las batallas ganadas por los espaííoles, en muchas
„de las cuales intervino el auxilio maternal de la Virgen sin
„mancilla (1).„— “La Virgen de Covadonga, dice el Sr. Mu-
„ñoz y Garnica, es la España misma: Iglesia, pueblo y monar­
q u ía que salen de las montañas de Asturias: la Virgen María
„es la Patrona, la Reina, la Madre de los españoles; la llevaron
„en triunfo por el mundo, se mostraron celosos de su honra, de­
fendieron su pureza inmaculada, la pusieron en sus estandartes,
„en sus escudos y blasones; los conquistadores y misioneros lle­
gaban sobre el pecho sus imágenes, y estas imágenes tuvieron
„altares en la América desde los primeros días de su descubri-
* miento... Quizá por esto tiene el catolicismo en España un ca­
rácter peculiar, etc. (2).„ Efectivamente, después de Pelayo no
se ve otra cosa que una sucesión continua de triunfos que honran
á nuestra patria, más que todos los timbres de la dominación
goda. La bandera de la Virgen María guiaba al combate á los
guerreros y multiplicaba los prodigios en favor suyo: los reyes
sucesivos deben á Ella el progreso de sus conquistas, la extensión
de su cetro y el esplendor de su corona.
Aquí prevendremos una observación de la crítica incrédula
que se atreviere á negar la intervención de la Virgen María en
nuestras glorias nacionales. Prescindamos del testimonio de mu­
chos graves historiadores que los atribuyen á su patrocinio; su­
pongamos que no fuesen ciertas sus apariciones en las batallas,
ni sus milagros durante el combate, pero al menos no puede ne­
garse que nuestros soldados tenían esta fe, marchaban animados

(1) Illmo. Sr. Obispo auxiliar de Compostela, en b u obra Recuerdos á la E*Pana


Católica.
(2) Sermones de la Santísima Virgen María. Introducción, página 12.
— 279 —

de esta confianza; que como religiosos que eran la invocaban antes


de la pelea, después de haber confesado y comulgado; que veían
su imagen venerada entre sus filas y bordada entre sus estandar­
tes. Así es que, enardecido su entusiasmo, realizaban prodigios
de valor y conseguían con facilidad tan estupendas victorias, y
por lo tanto, ni aun el crítico más exigente puede reprobar que
®stas victorias sean atribuidas á la influencia de la Santísima
Virgen. ¿Qué no es capaz de hacer un ejército religioso, si cree
que le ayuda invisiblemente un poder superior?
Por lo cual todos los reyes de España, sin excepción, se han
mostrado muy agradecidos y muy devotos á esta Señora y celo­
sos por extender su culto. Confesando que la debían sus laureles,
la dedicaron templos, la ofrecieron los despojos ganados á los in­
fieles y concedieron grandes privilegios á sus santuarios. Ellos
acompañaban devotamente sus procesiones, hacían estampar su
imagen en sus escudos y bendecían aute ella sus banderas. El pri­
mer cuidado de Alfonso VI después de haber ganado á Toledo y
Madrid (1083), fue purificar el templo de la Virgen de la Almude-
n&, hecho mezquita por los moros, y establecer un cabildo de ca­
nónigos, y él mismo restauró el antiquísimo santuario de Vaha­
rera. D. García de Navarra no encontró medio mejor de darla
gracias que edificando el suntuoso monasterio de Santa María la
Real en Nágera, después de haber fundado una orden religiosa
militar en honor suyo (1023); Alfonso I de Aragón y de Nava­
j a , en un reinado de treinta años, dió 29 batallas á los mo­
ros y en casi todas salió vencedor (1104 á 34); por el mismo
tiempo Alfonso de Castilla el Emperador tomó á Baeza, Córdo­
ba y Almería; uno y otro se distinguieron por sus liberalidades
con los templos y riquísimos donativos hechos á las imágenes
de la Madre de Dios. En el siglo siguiente D. Jaime I el Con­
quistador, que en 30 batallas consiguió 30 victorias sobre los
moros, cedía la mayor parte de su palacio para la instalación
de la nueva orden de la Merced (1218), que él contribuyó tan
feamente á fundar, y dedicó, según es fama, dos mil iglesias.
Alfonso VIII de Castilla, ayudado de Aragón y Navarra, había
ganado poco antes la grandiosa batalla de las Navas de To-
— 280 -

losa (1212), en la que quedaron tendidos en el campo doscientos


mil moros, y se decidió la salvación de España; y en agradeci­
miento, mandó levantar el magnífico templo de Nuestra Señora de
la Victoria.
Esta piedad forma el carácter de todos nuestros monarcas;
San Fernando n i, cuyas conquistas fueron reinos, llevaba en el
arzón de su caballo de batalla la imagen de María. Después de la
toma de Sevilla (1248), imitando la piedad de Juan Gommeno,
condujo triunfalmente á dicha cindad la imagen de la Virgen
sobre una lnjosa carroza tirada por cuatro caballos blancos, si­
guiéndola él á pie con muchos Infantes y Príncipes, Obispos y
Grandes de su corte. Este rey piadoso, cuya vida fué salvada por
María Santísima á ruegos de su madre D.a Berenguela, mani­
festaba dignamente su gratitud; como su hijo Alonso X el Sabio
se complacía en declarar en sus versos á la Señora, que la debía
la vida de su esposa. Guando Alfonso XI ganó aquella célebre
batalla del Salado (1340), que abatió para siempre el poder
moro en España, atribuyendo sus triunfos á la Santa Virgen, s®
dirigió agradecido á visitarla en Guadalupe, dejando en su altar
su parte de despojos tomados al enemigo, tan numerosos y ricos,
que hicieron bajar en España el valor de la moneda. D. Pedro I
el Cruel peregrinaba vestido de penitente con una soga al cuello
á cumplir un voto á la Virgen de Puig (1260); Juan I tomaba
para la guerra los fondos de los santuarios de María, y acabada,
los devolvía con aumento (1385); y Juan II, al entrar en combate,
sé encomendaba fervorosamente á la Virgen de la Varga y solía
vencer (1431).
Más tarde, rendida Granada, los Reyes Católicos dedicaban
á la Virgen su principal mezquita, de la que ya había tomado
posesión el famoso Hernández del Pulgar, clavando en su puerta
la enseña del Avemaria, llevando á cabo la hazaña más teme­
raria que han hecho nuestros héroes. Todas nuestras glorias na­
cionales están mezcladas con el nombre de esta dulce Madre: la
nave capitana donde fué Colón á descubrir el Nuevo Mundo se
titulaba La Santa María; invocándola Hernán Cortés, conquistó
á Méjico; los españoles refieren que la vieron en fe gloriosa ba*
— 281 —

talla de Oturnba, como los indios del Perú la vieron cuando iban
á arremeter á los cristianos, según cuenta Garcilaso de la Vega,
descendiente de los emperadores incas. La victoria de Lepanto
es atribuida á su patrocinio por los romanos Pontífices, y en su
consecuencia se instituye la fiesta del Rosario; y en nuestro siglo,
la célebre batalla de Bailén se ganó el día de la Virgen del
(¡ármen.
Felipe II multiplicó por todas partes los monumentos de su
piedad en honor de la Virgen María; Felipe III introdujo la cos-
, tumbre de que los reyes asistiesen todos los sábados á la Salve
de Atocha; Felipe IV mandó que se rezase diariamente el Santo
Rosario en todas las parroquias y conventos del reino, según
órdenes del Supremo Consejo; otros reyes solicitaron de la ji^ la
Sede la celebración de sus festividades: y por último, Carlos III la
hizo declarar patrona especial y principal de las Españas (1760),
insertándose este decreto entre las leyes fundamentales de la mo­
narquía.
En todo esto los reyes no hacían más que interpretar fiel­
mente los sentimientos populares y acomodarse á ellos, siguiendo
^1 ejemplo de nuestros ilustres Santos, nuestros sabios Obispos
y nuestros célebres concilios. No podía menos de influir en su
ánimo la devoción solidísima de esta nación, que tiene santuarios
tan célebres como el Pilar, Monserrat y Roncesvalles; en que la
Virgen María tenía dedicados, al principio del siglo xvi, más
de mil templos ó capillas en sólo el principado de Cataluña, y
más de tres mil en todo el resto de España, y que tiene altares
ó imágenes en todas las demás Iglesias, sin excepción alguna;
en que estas mismas sagradas imágenes ocupaban la portada de
la mayor parte de los edificios públicos, Universidades, Semina­
rios, Colegios, como poniendo bajo su protección los progresos de
las ciencias; en que sus capillas contienen los sepulcros de nues­
tros hombres más célebres, y en que tantos pueblos la veneran
®°mo su patrona principal.
Nuestros poetas hallaban en María el argumento para sus
mejores composiciones; nuestros pintores eran más afortunados en
los cuadros que representan asuntos de su vida ó misterios; los
— 282 —

mejores libros y tratados acerca de la Virgen bendita han sido


escritos en los conventos por ingenios españoles. Nuestra patria
celebra muchas festividades de María, que no celebran otras na-
ciones, y tiene la gloria de haber instituido la devoción del Santo
Mosario, la más extendida y popular que se conoce, tan útil al
pueblo cristiano como agradable á la Madre de Dios, y la bené­
fica Orden de la Merced; y si forma asilos de caridad ó funda­
ciones piadosas, no sabe hacerlo sin ponerlas bajo la protección
y cuidado de la Madre de misericordia. (Virgen de los Desam­
parados en Valencia, 1380). En este mismo siglo ha promovido
su culto con tres esfuerzos admirables y fecundos: la Felicitación
Sabatina, la Corte de María, extendida por todo el mundo, y la
Academia Bibliográfico-Mariana.
De modo que hay sobrados fundamentos para asegurar que
la devoción á María es eminentemente española. Todas nuestras
antiguas costumbres están respirando su tierna devoción; nuestro
saludo nacional, al llamar en las casas, al entrar en las habita­
ciones, era la frase Ave María Purísima, y la contestación, sin
pecado concebida, cuyas palabras estaban también escritas en
nuestras puertas; el mendigo, al pedirnos una limosna, se vale de
esta misma frase, invocando el recuerdo de esta Virgen, toda pío-
dad y toda misericordia, para excitar la compasión, y al recibirla,
nos promete que Ella nos pagará la buena obra. El Rosario se
cantaba públicamente todos los días, ó al menos los festivos, y
por la noche lo rezaba la familia reunida alrededor del hogar!
y cuando sonaba la campana á las oraciones, los que la oían se
descubrían devotamente y rezaban las Avemarias, aun en me­
dio de la calle, cuyas costumbres todas todavía se conservan en
esta religiosa ciudad de Valencia. En nuestra niñez estábamos
acostumbrados á oir arrullar nuestro sueño con leyendas prodi-*
giosas y cuentos maravillosos, en que siempre intervenía la Vir­
gen María y su hermoso Niño, y hasta las canciones de nuestros
juegos infantiles (A la Virgen voy á ver, etc. La Mamá soto)
etcétera) se ocupaban de ella. ¡Ah! Entonces nuestros labios ino­
centes pronunciaban su nombre con pureza.
Agréguense á esto las poéticas romerías á sus ermitas en sos
- 283 -

fiestas; las procesiones de sas imágenes por los campos para im­
plorar la lluvia ó una buena cosecha, y las acciones de gracias
que la tributan todos los pueblos por la recolección de los frutos.
Agréguense los patéticos milagros que la atribuye la fe sencilla
de las madres, los votos depositados en sus capillas; las leyendas,
tradiciones y cantares populares; la multitud sinnúmero de co­
fradías, hermandades y asociaciones en honor suyo, y que llevan
su nombre nuestras calles y nuestros ríos, nuestras plazas y nues­
tras fuentes, nuestros campos y nuestros montes, y aun muchos
pueblos, y se verá con cuánta razón se gloría España de ser la
hija predilecta de la Virgen María, primera en su amor.
Falta, sin embargo, todavía el principal argumento que lo con­
firma, y que á propósito hemos reservado para el último: la ¿¿ro­
ción española hacia la Concepción Inmaculada. En esta parte
Ueva sin disputa la primacía. La iglesia de Avila blasona de que
celebra esta fiesta desde su primer Obispo San Segundo: el oficio
gótico de San Isidoro la deriva de los Apóstoles, y San Ildefon­
so la introdujo en su iglesia de Toledo y procuró que se celebrase
solemnemente en toda España. Y debió conseguir este objeto, á
juzgar por las disposiciones de los reyes godos. Sisenando solicitó
del Concilio IV de Toledo que se celebrase esta festividad (633);
Chindasvinto mandó observar fielmente los Estatutos Isidoria-
uos (645); Wamba hizo donación de un pueblo en feudo, con la
condición precisa de celebrarla todos los años (676); y por último,
entre las leyes visigodas hay una dada por Ervigio prohibien­
do á los judíos trabajar en las fiestas de los cristianos, y entre
éstas la de la Purísima Concepción. Lo cierto es que el erudi­
to Martenio pone fuera de toda duda que á mitad del siglo vn
í a se celebraba esta fiesta en España, y que el Cabildo de
Toledo al jurar en 1653 defender este misterio, hace constar que
H en aquella Iglesia mille totis circiter annis, püblicis annuis
fetivitatibus noster hic sensus, et affectus publicatus fuerit.
Nadie ignora el célebre privilegio del rey D. Juan I de Ara­
gón, en que manda que esta fiesta, que desde tiempo inmemorial
* celebra en su Real casa, sea observada en todos sus dominios;
111 el decreto de D. Martín expulsando de todos sus Estados á los
_ 284 -

que impugnasen este misterio de la Concepción sin mancha; ni


los esfuerzos de los españoles en el Concilio de Trento para que
se declarase de fe. Omito la Cofradía de la Concepción instituida
por el cardenal Cisneros el 1506, en la que se alistaron todos
los reyes sucesivos; omito la Orden religiosa de la Concepción
fundada por D.* Beatriz de Silva en 1484; el juramento de de­
fender este misterio hecho por todas las Universidades y man­
dado exigir á todos los graduandos; las súplicas de nuestros
Beyes á los Papas para obtener rezo propio, y sobre todo la de­
finición dogmática; porque todo esto debiera constituir un lar*
guísimo capítulo especial. Sólo he insinuado estos hechos, por
confirmar una vez más que siempre que se ha tratado de algún
honor, de alguna gloria, de alguna excelencia de la Virgen ben*
dita, la nación espafiola se ha puesto á la cabeza de todos los
católicos.
Acertadamente la Academia Bibliográfico-Mariana de Lérida
adoptó por divisa el lema, España patrimonio de María, porqu®
como decía nuestro enbajador en Roma, D. Manuel de la Roda»
al solicitar del Papa Clemente XIII la confirmación del patro­
nato de María Santísima para nuestra patria, la devoción á esta
S eñora lia sido en todos tiempos perpetua é innata en cuantos
llevan el nombre español.

§. II.
Causas de este hecho tan universal y honroso.

Un hecho tan universal y constante como el que hemos ex­


puesto en el párrafo precedente, necesariamente debe tener cau­
sas bien determinadas y conocidas. Cuando una nación se ve,
como España, turbada por una lucha de ocho siglos, alterados stf
usos, sus costumbres y sus leyes, fraccionada en pequeñas mo­
narquías, cada una con intereses opuestos, y sin embargo,en
medio de sus ruinas y fracciones, conserva invariable y unánim®
una idea, una institución, una creencia, una devoción, y aun №
desarrolla y la levanta sobre bases más dilatadas, preciso 6s con­
— 285 —

fesar que aquélla es más poderosa que las borrascas de los si­
glos y la movilidad de las voluntades humanas. Preciso es reco­
nocer que tiene en los pechos raíces profundísimas y que aun
está identificada con el carácter nacional.
Y no hay duda que desde su principio fué tal la esencia de
la devoción española á la Virgen Santísima. Sólo ella pudo aba­
tir la fiereza de los antiguos iberos, y avasallar con su dulzura
fuellas naturalezas rudas y salvajes. La predicación del Evan­
gelio, á pesar de su divinidad, hizo al principio muy pocos pro­
sélitos entre aquella gente dura, belicosa, tiranizada por las más
brutales pasiones y tenacísima en defender sus ritos y supersti­
ciones; mas cuando llegaron á comprender los encantos de la
Virgen misericordiosa y pura, que había encerrado á un Dios en
sus entrañas, y se les ofrecía como madre, no pudieron resistir
&tanta gracia, y abrazaron con entusiasmo la nueva religión
<№ se les presentaba de un modo tan simpático. Los caracteres
generosos y enérgicos suelen ser más apasionados; por lo cual los
españoles, una vez interesados en tan tiernos afectos, se arrai­
garon tan hondamente en el catolicismo, que ni los potros, ni
las catastas, ni todos los martirios fueron capaces de hacerles
aPostatar de su fe.
Guardaron, pues, en todos tiempos, en lo más recóndito de
SQpecho, el más vivo amor y reconocimiento hacia aquella her-
niosa criatura que los había rendido con su dulzura, los había
atr&ído á la luz verdadera y los había enseñado costumbres sua-
Ves; y al congratularse de ser cristianos, no olvidaban que se lo
debían á Ella. Donde se predica por primera vez á Jesucristo,
le prepara el camino su Santa Madre: ad Jesum per Mariam,
dice San Bernardo; y la historia de las misiones acredita, que los
Pueblos más bárbaros que se resistían á creer las humillaciones
del Hijo de Dios, aceptaban con gusto la glorificación de una
^ujer, para ser su Madre.
Además, que la nobleza é hidalguía proverbial de nuestra
dación, mayor que la de otras, había de mostrarse también más
padecida y más devota á aquella gloriosa Virgen que tuvo
knta participación en la humana salud. Sus imaginaciones en­
- 286 -

tusiastas, sns corazones generosos que participaban á la vez de


la fogosidad y energía de los hijos del Africa y de la sensibili­
dad y delicadeza de los griegos, vieron en la Virgen María, con
sus gracias y sus virtudes, sus dolores y su inocencia, sus gran-
dezas y sus piedades, un atractivo tan irresistible, que quedaron
para siempre enamorados de ella.
Al recordar los atroces dolores y amarguras aglomeradas en
el pecho inocente de la Santa Virgen, la exquisita delicadeza de
su alma, su resignación al martirio y la sublimidad del heroísmo
con qne sufrió tanto, los bravos españoles se llenaron por ella
de la admiración que excita en las imaginaciones viras todo lo
heroico y todo lo grande, y su valentía conoció al contemplarla
que se aumentaba su valor, mientras que sus almas se conmo­
vían de afecto y se llenaban de la compasión más generosa. La
Virgen de los Dolores tuvo devotos en España desde los prime­
ros siglos; los corazones desgraciados acudían á ella por cierta
reciprocidad de sentimientos, y las madres derramaban delante
de Ella las lágrimas por sus hijos. Por otra parte la belleza de
esta tierna Madre, su pnreza y su amabilidad los sojuzgaron
con su poesía, al paso que su magnificencia y su gloria los ilu­
minaron con vivos destellos. Nada más á propósito que todo esto
para conquistar el amor y dominar el carácter español.
Debiendo, pues, la España á la influencia de la Virgen-Madre
su conversión á la fe católica, conservó ésta en los siglos siguien­
tes con una pureza y constancia digna de su origen. La devoción
acendrada á María es una garantía segura de la pureza de la
fe, así como la profesión sincera del catolicismo es una prenda
infalible de la devoción á María. Jesucristo y su bendita Madre
caminan juntos como el planeta y su satélite. “El amor que se
„profesa á la Virgen es una de las primeras obras de la fe en Je­
sucristo, su Hijo. Este amor es una misma cosa con aquella f&
„Por eso, donde reina la verdadera fe en Jesucristo, tiene qu®
„ser muy amada María. O de otro modo: donde es muy amada
„María, no puede dejar de conservarse allí la verdadera fe.»
Efectivamente, en esta España, tan amante de la Madre de
Dios, jamás se obscureció ni aun se empañó el brillo de la verda­
— 287 —

dera fe: si bien es cierto qne ésta se hallaba asentada sobre las
solidísimas bases de la sangre de nuestros mártires, la sabidaría
de nuestros concilios toledanos y el recuerdo de nuestras glorias
nacionales. Aunque los reyes godos fueron arríanos, la inmensa
mayoría del pueblo permaneció católica, y saludó con indecible
placer la abjuración de Recar edo, cuya conducta, además de su
religiosidad, fué uno de los más acertados actos políticos. La he­
rejía jamás pudo arraigar y menos fructificar en nuestro suelo;
7 si lograron causar hondas perturbaciones el priscilianismo su­
persticioso y el adopcianismo, último resto de la herejía arriana,
supo encontrar la Iglesia española, entre el estruendo de las ar­
mas, algunos días de tranquilidad para extirpar aquella pergfir°a
cizaña. En la época de los iconoclastas dedicó la España mayor
número de imágenes á la Virgen María. En cuanto al protestan­
tismo, siempre halló cerradas las puertas de nuestra patria, has­
ta que la impía revolución de Septiembre, fiel servidora de todas
las sectas, se las abrió de par en par, con escándalo y dolor de
todos los buenos.
Contribuyó, pues, eficazmente esta pureza y solidez de las
creencias católicas á conservar y dilatar el culto de la Virgen
bendita, ó mejor dicho, fué una de sus causas más poderosas,
Porque, lo repetimos, cuanto más pura es la fe, mayor es la de­
voción á N uestra S eñora. Esto en el caso de que no debamos
afirmar que la protección de Aquella que destruyó todas las
herejías en todo el mundo, á quien llama San Cirilo la vara
de la recta creencia contra todas ellas, preservó á España de
todos los errores, impidiendo con su esplendor que llegasen hasta
^Qí sus nieblas pestilentes. Como quiera que sea, es ciertísimo
№ España conservó siempre íntegro é inmaculado el depósito
de su fe, y al mismo tiempo invariable y tiernísima la devoción á
Ia Madre de Dios: cuál de las dos cosas tuvo mayor influencia
l^ra guardar la otra, y á cuál debe atribuirse el resultado, no
P°demos definirlo. Consignamos estos dos hechos, dejando á cada
11110 íntegra su respectiva gloria. Creemos, sin embargo, que la fe
es don de Dios.
Por eso los españoles, cuando se ha tratado de combatir su
- 288 -

fe, la han defendido aún á costa de su sangre. Porque hay dos


cosas que los pueblos aman sobre todos los bienes: su libertad,
(no libertinaje, no anarquía), su independencia nacional, que les
asegura su dignidad de ciudadanos y les da derecho para respi­
rar con ensanche su aire natal, cultivar sus campos y educar sus
hijos; y su religión, que les asegura la dignidad de su conciencia,
dirige sus oraciones, consuela sus pesares, perdona sus pecados,
cierra su ojos y guarda sus cenizas. Desde la invasión agarena
formaron una causa común en España la religión y la indepen­
dencia nacional.
Porque nuestros antepasados, en sus luchas con los moros, de­
fendían á un mismo tiempo dos cosas sagradas, los hogares y los
templos; es decir, la cuna de sus hijos y los sepulcros de sus pa­
dres. La guerra contra los infieles en toda Europa era guerra de
religión, por lo cual las derrotas de los cristianos eran lloradas,
y los triunfos celebrados con regocijos públicos en toda la cristian­
dad, y el entusiasmo religioso produjo las Cruzadas. Mas en Es­
paña, por sus circunstancias especiales y estar sometida casi toda
al poder moro, tuvo la guerra de la Reconquista un carácter más
marcado de religión.
Excitado hasta su más alto punto el espíritu patriótico y re­
ligioso, nuestros Obispos cambiaron sus guantes de seda por la
ferrada manopla, y su báculo por la lanza del guerrero; nuestros
monjes vistieron sobre sus hábitos la cota de malla y cubrieron su
afeitada tonsura con el templado casco de acero; y el clero secular,
no menos belicoso, recortó sus sotanas á fin de que no embaraza­
sen su marcha contra los infieles. Los romanos Pontífices conce­
dieron también á España la Cruzada, aunque no era necesaria
para excitarlos al combate, porque todos los españoles, capaces
de tomar las armas, eran soldados. En lo más recio de la batalla
los sacerdotes vueltos á las tropas refrescaban el entusiasmo con
arengas patrióticas: otras veces suspendían el golpe mortífero
asestado contra algún sarraceno, para absolver de nuevo á nues­
tros moribundos y abrirles las puertas del cielo en nombre de
Dios.
Como consecuencia do este espíritu religioso de combate se
fundaron las órdenes religiosas militares, á las cuales llama be­
llamente el Breviario batallones de cogulla, formidables á todos
ios enemigos de la fe, compuestos de hombres acostumbrados á
todo género de armas, espirituales y materiales, que al toque
de la campana eran corderos y al sonido de la trompeta eran
leones. Dichas órdenes inspiraron á San Bernardo una elocuente
página en su Exhortación á los Templarios. “Próxima la ba-
»talla, dice, se arman por dentro de la fe, por fuera de hierro, no
»de oro, para intimidar á los enemigos y no excitar su codicia.
»Después no marchan turbulentos ó precipitados, sino con gra­
vedad y mucha cautela; se ordenan con prudencia y disponen
»sus filas en orden de batalla, según dice la Escritura. Veri pro­
vecto Israelita procedunt ad bella padfici... Mas cuando em-
»pieza la refriega, prescindiendo de su anterior mesura, se arro-
»jan impetuosos contra los adversarios, reputan como ovejas á
»los enemigos, y no temen, aunque sean poquísimos, ni su fiera
»barbarie, ni su copiosa multitud. Porque saben no presumir en
»sus propias fuerzas, sino esperar la victoria del auxilio del Se*
»Sor, al cual es fácil, según la sentencia de los Macabeos, que los
»pocos venzan á los muchos, y no hay diferencia respecto de
»él entre salvar con muchos ó con pocos; porque no está la
»victoria en el número del ejército, sino que del cielo viene el
»valor. (I Macliab.-III-18). Finalmente, por una singular mara­
villa parecen á un tiempo más mansos que corderos y más fe-
»roces que leones; de modo que casi dudo cómo he de llamarlos,
»monjes ó soldados; á no ser que con más propiedad los llame
*ono y otro, pues nada les falta, ni la mansedumbre del monje,
»ni la fortaleza del guerrero.» Nuestra Espafia tuvo más de diez
Ordenes militares: estos piadosos y valientes caballeros, ya solos,
ía incorporados á nuestros ejércitos, como poderosos auxiliares,
Sedaban las fronteras y eran los más terribles azotes de los
moros.
Entonces la bandera, con la imagen de la excelsa María,
Suiaba á las tropas y enardecía á los batallones que la invocaban
entrar en combate, y corrían á darla gracias después de la vic­
aria. Acostumbrados á vencer, porque su arrojo y brío eran
L a s P lo b k s d e M a to .— 1 9 .
— 290 -

grandes, á medida que dilataban sus conquistas, era natural di'


latar el culto de la que consideraban como vencedora; y esta es
otra de las causas de la devoción española á la Virgen. La nación,
engrandecida con sns triunfos, engrandecía también el culto Vir­
ginal, y consignaba cada triunfo en algún monumento consagrado
á E lla. Siendo de notar que si alguna vez, por desgracia, los cris­
tianos eran vencidos, no por eso decrecía su devoción á María,
sino que se aumentaba y se purificaba por nuevas y reiteradas
súplicas y votos: atribuyendo sus descalabros, no á falta de la
protección de la Señora, sino á sus propios pecados.
A la verdad juzgaban rectamente nuestros piadosos antepa­
sados. Porque 110 es posible dejar de conocer un auxilio sobrena­
tural, por intercesión de la Santa Virgen, en aquellas ilustres é
importantísimas victorias, en las que, después de haberla invo­
cado, quedaban tendidos en el campo de batalla setenta mil,
cien mil ó doscientos mil moros, y apenas morían algunos pocos
cristianos. Y más teniendo en cuenta que generalmente el nú­
mero de los enemigos era más que triplicado que el de nuestros
soldados. ¿Será extraño, por lo tanto, que se haya desarrollado en
España con tanta fidelidad y brillo la devoción de aquella Vir­
gen, á cuya invocación están unidos nuestros más preciados tim­
bres y nuestras más distinguidas glorias nacionales?
El ejemplo de los reyes y de la nobleza confirmaban más J
más al pueblo español en este culto querido. Cuando veían ¿
D.* Sancha, mujer de Fernando el Grande, adelantándose á Isa­
bel la Católica, vender sus ricos aderezos, despojos de los moros
en su mayor parte, para facilitar fondos á fia de hacerles nueva­
mente la guerra (1041); cuando veían la piedad de Santa Te­
resa de León, esposa de Alfonso IX, la liberalidad de la reina
D.· Petronila con el santuario de Monserrat y las devotas per®'
grinaciones al mismo de D.* Leonor y D.· Violante; cuando sabían
las fervorosas oraciones de D.* Berengaela para obtener de la Vir­
gen la salad de sa hijo San Fernando, cnando niño; cuando veían
á otras machas reinas bordar los estandartes de María, á todas
mostrarse piadosas, amantes y buenas, recibiendo por sa interce­
sión espléndidas mercedes, el paeblo español, amante siempre de
— 291 —

sus monarcas, leal y caballeresco cual ninguno, tenía que tomar


parte en la conducta de éstos, que tantas veces se proponía por
modelo. En aquellos tiempos la monarquía, la religión y el pueblo
estaban unidos cou lazos estrechísimos; los reyes eran accesibles á
los súbditos, y había entre todos gran comunidad de voluntades y
de creencias, de afectos y de sentimientos. Aquellos reyes majes­
tuosos y buenos eran amados y bendecidos por su pueblo, porque
gobernaban en nombre de Dios. Mas los demócratas modernos se
contentan con un fantasma de rey, que tenga poca más autori­
dad y prestigio que los que hacen este papel en el teatro. Por
eso los monarcas de aquellos tiempos, en sus actos y en sus devo­
ciones, son intérpretes de los sentimientos de su pueblo, que eran
los mismos que los suyos, y viceversa, cada español consideraba
las cosas de sus reyes como suyas propias.
Por otra parte, la España agradecía con profundo reconoci­
miento las distinciones soberanas que la había hecho con fre­
cuencia la Reina del cielo, honrándola con su presencia gloriosa.
Zaragoza tomó posesión de España, en Toledo regaló á San
Ildefonso su casulla, en Govadonga se apareció á Pelayo, en
falencia á San Vicente Ferrer: trajo á Tortosa la santa cinta;
descendió á Barcelona á ordenar la fundación de la Merced; vino
a Jaén á libertarla de sus enemigos, cuando el pueblo reunido en
«1 templo la invocaba como su única esperanza; en Manresa dictó
* San Ignacio el libro de los ejercicios, y en otros muchos pueblos
ha dejado en milagros estupendos las huellas de su paso. Guan­
do regresaba á los cielos, dejaba perfumado nuestro suelo con la
fragancia celestial de sq presencia, que al extenderse por España
°n alas de las brisas, avivaba nuevamente en los pechos su inten-
80 amor.
No eran menos poderosas causas los hallazgos frecuentes de
128 veneradas imágenes que habían escondido los godos, que siem·
iban acompañadas de prodigios. Los pueblos en que esto
Acedía, se llenaban del más puro regocijo y se consideraban fa-
Yorecidos del cielo: la noticia se propagaba, se preparaba una
tolemne fiesta, y acudían á contemplarla los devotos de todos los
Entornos. Entonces, al prosternarse ante ellas, era más tierna la
— 292 —

devoción, no sólo principalmente porque representaban á tan


piadosa Madre y excelsa Reina, no sólo por el favor de habérse­
les manifestado, sino también porque en aquellas imágenes, mo­
renas por el tiempo, se veía la majestad de los siglos, se aclaraba
el enigma de las tradiciones sobre el lugar ignorado en qne de*
bían estar ocultas, y se creía respirar alrededor de ellas cierta
emanación misteriosa de los méritos y fe de sus progenitores,
con quienes los ponían en comunicación.
A todo lo cual hay que añadir que los españoles hallaban
estímulos para conservar siempre viva esta devoción, por cual­
quiera parte que tendiesen sus miradas, porque las ermitas de
la Virgen María, sus imágenes y la memoria de sus favores, es­
taban sembradas por doquiera en nuestro suelo. Hasta hace pocos
años sería rarísimo el español que no perteneciese á alguna de las
cofradías ó hermandades, etc., en honor de la Madre de Dios; nin­
guno dejaba de celebrar con entusiasmo sus fiestas, ni de invo­
carla en su saludo, como ya hemos dicho. El rosario se cantab»
todos los días públicamente por las calles; su santo escapulario
era vestido como una venera de honor; las tradiciones piadosas,
las leyendas sobre su protección, en que fué tan fecundo el genio
de la Edad Media, daban pábulo á las conversaciones de la fami­
lia alrededor del hogar. Tal ejemplo tan universal y repetido de
piedad, tal extensión de devoción debía atraer necesariamente h*·
cia ella hasta á los más indiferentes, porque era una necesidad
de las costumbres y como cierta condición social.
Por último, la España se ha distinguido tanto en honrar á
la Virgen María, que de ello lian tomado pretexto muchos pro­
testantes é incrédulos enemigos de nuestro culto para acusarnos
de idolatría, diciendo que en nuestra patria se da más culto á 1®
Virgen que á Dios. Protestamos altamente de esta calumnia, re­
chazamos con energía tal injuria; una y mil veces hemos repetido
que oso es falso y hemos explicado la naturaleza de nuestra fe·
Hay una inmensa diferencia entre adorar y venerar: lo primero
constituye el culto supremo y absoluto que exclusivamente per­
tenece á Dios, lo segundo se refiere á la Santísima Virgen, y en
menor escala á los Santos. A la Virgen no la adoramos, ni po*
— 298 —

demos; no sólo eso, nosotros tan amantes de la Madre de Dios, tan


entusiastas de sa caito, tan celosos de su gloria, que daríamos
con gasto nuestra vida porque la sirviesen todos los hombres,
no podemos ni aun sufrir la palabra adoración aplicada á Ma­
ría, ni siquiera para expresar las más intensas efusiones de nues­
tros afectos á Ella, ni aun para ponderar la más alta sublimi­
dad de los honores que la tributamos, nuestros más rendidos
homenajes j nuestras más ostentosas ovaciones.
Teniendo presente esta explicación tan clara, esta protesta
tan explícita, si la acusación de nuestros adversarios sólo signi­
fica una hipérbole, aunque exagerada, de la extensión de nuestros
honores, brillantez de nuestras demostraciones á María, y tierní-
suna y profunda confianza que tenemos en su intercesión póde­
l a , decimos que eso que nos echan en cara es para nosotros
altamente honroso; nos adjudica la primacía, entre todas las na­
ciones, en honrar á Nuestra Señora. La Iglesia nunca ha repren­
dido á España por esta devoción; al contrario, la ha aprobado,
k ha protegido, la ha fomentado y la ha enriquecido con Ofi-
ftos propios y singulares indulgencias. Hasta ahora no está
limitado liasta dónde puede llegar la confianza que tenemos en
8,1 socorro, pues los Santos Padres, fieles intérpretes de la doc­
trina católica, aseguran que, por medio de Mía, podemos y de­
soíos esperarlo y conseguirlo todo: el perdón, la virtud, la gracia,
a perseverancia, la salvación.
“Si la crítica de los enemigos de nuestra religión se ensaña
»contra nosotros, llamándonos hasta idólatras por el culto que
»tributamos á N ubstra S eñora en sus diversas imágenes, sin
»duda es porque no ha cuidado de revolver los viejos y empol­
lados pergaminos que guardan los archivos de nuestras catedra-
*les, donde podría estudiar y conocer las causas de nuestra gran
»devoción á María bajo diferentes advocaciones.»
Esto es casi lo único que queda á España de su grandeza de
08 días. La Madre de Dios siempre tiene en España corazo-
qne la aman y lenguas que la invocan y la bendicen; pues
4° el que sea amante de las glorias de la patria no puede me-
^ de pensar en ella con gratitud y fruición. Es cierto, por des­
— 284 -

gracia, que pasó el esplendor de nuestros abuelos, pero la dero­


ción á la Virgen dura todavía, tan pura coino ellos la turieron:
es lo único imperecedero que nos dejaron. No hay que temer que
España se olvide de la Virgen María: pasarán los siglos reñide­
ros como los pasados, cambiarán las dinastías, se sucederán unas
á otras nueras generaciones, pero la deroción á María no pasará.
Está inoculada en nuestra historia, y los pueblos no pueden ol­
vidarse de su historia, que es su rida; está grabada en nuestros
monumentos, y estos son los lazos permanentes de las edades;
está en nuestras costumbres, en nuestras creencias, en nuestros
romances y en nuestras tradiciones, y el pueblo necesita siempre
estas alegrías de sus hogares.

§. ni.
Progresos en España de la devoción del Mes de María
ó de las Flores d é Mayo.

Acontece de ordinario que los amantes aceptan con efusión


todo lo que puede contribuir á enaltecer ó agradar al objeto
amado. Siendo, pues, España, como hemos dicho, tan eminente­
mente devota de la Virgen María, es natural inferir que siempre
ha recibido presurosa todos los progresos de su culto, las nuevas
formas de sus honores y todas las múltiples manifestaciones por
medio de las cuales aquél se ha desenvuelto y dilatado. Así ba
sucedido con todas las festividades instituidas en honor de María,
si antes ella misma no las había iniciado, y así debía suceder,
por consiguiente, con la devoción de Las Flores de Mayo.
No se puede dudar que esta hermosa práctica, además de
fomentar nuestro afecto antiquísimo á la Reina del Cielo, está
perfectamente acomodada á nuestro carácter poético. Nada más
bello para estas imaginaciones meridionales, que ofrecer á tan
piadosa Reina nuestras plegarias, nuestras alabanzas y nuestro
amor, encerradas en el cáliz de las flores y mezcladas coa su
aroma. Nada más tierno que sensibilizar en ellas nuestros afec­
tos, nuestras peticiones, nuestras virtudes y todas las aspira-
- 295 -

ciones de uuestro corazón, reuuióndolas en un ramillete para


ofrecerlas á María. Nada más delicado que representar con sus
emblemas á esta tierna Virgen, haciendo sus mayores elogios con
este lenguaje mudo, dando á entender que, así como las flores con
su belleza, su delicadeza y su aroma son lo mejor y más amable
que produce la tierra, así también Ella es la criatura más en­
riquecida, más simpática, más santa y más graciosa que ha sa­
lido de las manos del Criador. España, como las demás naciones,
ha comprendido todo esto y ha abrazado con entusiasmo este
culto que contiene tanta ternura y tantas bellezas.
La Virgen María no necesita, como las falsas divinidades del
paganismo, de víctimas sangrientas ó de costosas hecatombes,
en las que se sacrificaban cien bueyes: un pequeño manojo de
flores es para ella la ofrenda más agradable, y la recibe con
mucha bondad. El pueblo sencillo que no tiene diamantes á su
disposición, la tributa un homenaje más tierno, más íntimo y más
pintoresco, que atendida la intención que le preside, tiene más
v&lor que los más ricos carbúnculos y los más gruesos brillantes
de Golconda.
El principio de la devoción de Las Flores de Mayo, como el
de muchas grandes obras, no puede fijarse con exactitud: sólo se
con certeza que nació bajo el risiiefio cielo de Italia á me­
diados del siglo pasado, y que el P. Lalomia la propagó y exten­
dió bajo la forma poco más ó menos que hoy la practicamos. Este
u®el autor del primer libro sobre el Mes de María y el fin que
propuso no pudo ser más laudable. Viendo con dolor los desór-
7*nes que acompañan ordinariamente á la primavera, tuvo la
<*ea feliz de buscar algún medio de atajar tales excesos y faci-
r*ar su perdón: para lo cual, mientras los secuaces del mundo
á sus quintas, engalanadas con todo el esplendor del mes de
á disfrutar goces sensuales, reunió á muchas almas pia-
para dirigir tiernas oraciones y obsequios á la Madre de
los. *Eu tales circunstancias, dice el abate Gaume, esta santa
»conducta forma sin duda uno de los más tiernos contrastes y
*Bna de las más bellas armonías del mundo religioso... No cabía
»Procedimiento más discreto que el de oponer á un mal terrible
— 296 -

„que se produce anualmente, un remedio admirable que se repi-


„te también todos los afíos.„—“No fueron perdidos sus esfuerzos,
„añade Elduayen; bien pronto durante el mes de Mayo resonaron
„por todas partes las alabanzas de María, y se vió hasta en los
„caminos y plazas públicas reunirse el pueblo á ciertas horas
„del día para rendir homenaje á la M a d o n a Entonces, después
de rezar el Santo Rosario y hacer alguna lectura piadosa, se
ofrecían flores á María y se adornaban con ellas sus imágenes,
como representando en ellas los placeres del mes de Mayo y en
desagravio ó protesta del abuso que se hacía de ellos. En esto
tuvo presente tal vez la propensión del pueblo italiano á engala­
nar con flores los altares de la Santa Virgen, y le pareció muy
oportuno aprovecharla para reanimar y extender el culto de la
Madre de Dios.
Todavía se conserva allí esta graciosa costumbre, y nada es
más frecuente que hallar en el campo una imagen de la Madona
bajo un dosel de verdura ó un trono que forman las ramas tre­
padoras de los jazmines. “Estas capillas solitarias, dice el tierno
Orsini, perdidas en medio de las rocas ó entre los bosques, des-
piertan en el alma del viajante menos religioso mil sensaciones
deliciosas, que se parecen al perfume, largo tiempo olvidado, de
una flor del país nativo que se ofrece impensadamente á nues­
tros ojos en un país extranjero. Un autor moderno, que no se
precia de católico, describe de una manera que encanta las emo­
ciones que experimentó á la vista de una de esas imágenes cam­
pestres oculta en uaa de las montañas del Tirol. Al recodo de
una montaña, dice, encontró un pequeño nicho con la imagen de
Nuestra Señora, y la lámpara que la devoción de los montañeses
mantiene y enciende cada noche en las soledades más apartadas.
Había al pie del rústico altar un ramillete de flores cultivadas
y recientemente cogidas. Esa lámpara todavía humeante, esas
flores del valle frescas aún y transportadas de muchas millas á
la montaña estéril y deshabitada, eran ofrendas de un culto más
tierno y sencillo que cosa alguna de las que he visto en este
género. A dos pasos de la imagen había un precipicio que era
preciso costear para salir del desfiladero; la lámpara de la Vir­
— 297 —

gen debía ser muy útil á los viajantes de noche. * (Orsini, li­
bro, XVIII, pág. 18).
Es cierto que era antiquísima en la Iglesia la costumbre de
honrar con flores á María. Las nobles matronas romanas de los
tiempos de las persecuciones, que llevaban grabada sobre sus jo·
yas la imagen de la Virgen, apenas podían permitirse otro des­
ahogo á su piedad, que colocar la misma imagen sobre un altar
doméstico, en medio de flores, para dirigirle sus oraciones. Los
fieles de los tiempos apostólicos, afirman San Agustín y Venan­
cio Fortunato, adornaban los altares con muy bellas guirnaldas
de flores entretejidas con mucho gusto: mas cuando se entibió
*lgo la piedad ó no era fácil proporcionarse flores naturales, po­
nían en su lugar artificiales, á fin de que los altares no carecie­
sen de ellas. Introdujeron esta costumbre los fieles, según Perro-
ue, porque las flores contienen muchos símbolos bíblicos muy á
propósito para significar á Jesucristo, á la Bienaventurada Vir­
gen y á las buenas obras de los cristianos. También se aplicaban
¿ otros usos religiosos para dar esplendor al culto, como en la
fiesta de Pentecostés en que se arrojaban muchas desde lo alto
de las bóvedas del templo sobre los fieles reunidos, considerándo­
los como símbolos de los dones del Espíritu Santo, y en otras mu­
chas ceremonias y festividades.
Aun en las primeras edades del mundo, los Patriarcas ofrecían
»1 Sér Supremo, según nos refieren las tradiciones más remotas,
en testimonio de adoración, las primicias del campo. Las ofren­
das de hierbas, frutas y flores más selectas que entonces producía
1* tierra, precedieron á los sacrificios cruentos; y cuando éstos
86 ofrecieron, las víctimas se llevaban siempre al altar coronadas
de flores, que exhalaban esencias olorosas. La sangre de los ani­
males sacrificados, la nube olorosa del incienso, la hoguera sa­
grada y las flores que adornaban la cabeza y los pies de las víc­
timas, daban á los sacrificios augusta solemnidad. En las Flores
^ la Vida expusimos el pomposo uso que hizo de ellas el paga­
nismo. De lo que se infiere que las flores son objetos muy propios
de la religión.
Hizo, pues, grandes progresos en Boma la devoción del Mes
— 298 —

de María, á la cual los Pontífices concedieron gracias especiales.


Se propagó después por Ñapóles y Sicilia y hasta la Isla de
Malta, y poco después se introdujo en Francia, bajo los auspicios
de la princesa Madame Luisa de Francia, priora de las Carmeli-
tas de San Dionisio. Por último, en el siglo pasado prosperó tam­
bién en algunos pantos de España, y se imprimieron libritos para
practicar esta deroción; y á pesar de las tristes circunstancias qne
hemos atraresado, á pesar de las prolongadas guerras y terribles
conmociones que este país ha sufrido en este siglo, en la actua­
lidad esta hermosa deroción se practica con entusiasmo en todas
las capitales, sin excepción alguna, en todas nuestras ciudades y
pueblos, y aun ha penetrado hasta las más retiradas aldeas. En
el presente año se celebran Las Flores de María en más de seis
mil iglesias españolas.
Mas no por esto se raya á creer que la costumbre de honrar
á María, durante el mes de Mayo, es nuera en España; por el
contrario, se la puede disputar á Italia y aun ganarla con ren-
tajas la primacía. Así se rerifica otra rez, más que marcha siem­
pre al frente de todas las naciones en honrar á Nuestra Señora.
Dejemos hablar sobre este punto al erudito y ameno literato
señor conde de Fabraquer. Después de exponer la etimología del
Mes de Mayo y las fiestas con que era celebrado en la antigüedad
y algunas costumbres populares de España,''añade: “Sobre todo,
el mes de Mayo derrama sus encantos, desde que en todas partes
también está consagrado á la Reina de las flores, de los Santos
y de los Angeles. En este mes se celebra la deroción del Mes de
María, tan interesante, tan hermosa, que ha prorenido del fondo
de la Italia... aunque ya en el siglo xr había en España muchí­
simas comunidades y cofradías que festejaban á la Virgen con
el nombre de Nuestra Señora de Mayo, y aun plantaban un
mayo en honor de la Madre del Salrador del mundo; permitién­
doles á los habitantes de los pueblos cortar estos árboles y el®*
girlos de los bosques de los conrentos y comunidades. Olvidadas
con el tiempo estas festiridades, salió del fondo de la Italia el
uso de honrar, durante este mes, consagrado á los placeres, á la
Reina de los Angeles. Las flores que en otro tiempo coronaban
— 299 —

el árbol de mayo, corouan hoy la cabeza de María, y aquellas


guirnaldas profanas forman sobre sus altares un trono de per­
fumes. Por una circunstancia particular no se celebra en el mes
de Mayo festividad alguna á la Santísima Virgen, lo que parecía
dar á entender que el mes todo entero debía serle consagrado...
Mucho tiempo antes que se estableciese esta piadosa costumbre,
ya en España por todas partes, así como en las iglesias de Italia,
en los monasterios, oratorios, en las casas, en las calles, en las
plazas públicas y hasta en los campos, donde había altares ó ca­
pillas de la Virgen, se juntaba el pueblo en el mes de Mayo
para pagar á la Madre de las misericordias un tributo de home­
naje y de honor ante algiina de sus imágenes veneradas.»
Sabemos también por el P. Coutiño, de la Orden de Predica­
dores, que á principios del siglo xvi se celebraba en España con
solemnidad la fiesta de las rosas de Nuestra Señora, que los
oficiales y hermanos de la cofradía de su Rosario acostumbraban
hacer en el día de la Santísima Trinidad. Aunque no da detalles
de esta fiesta, sino que la supone latamente extendida y habla
de ella como de una cosa conocida por todos, podemos inferir, sin
embargo, alguna cosa acerca de su naturaleza y objeto. Los es­
critores de aquel siglo de oro de nuestra literatura y nuestras
ciencias, escribían concienzudamente sns obras, después de haber­
las meditado largamente, y llenaban grandes in folios porque
eran muy obscurantistas; no pareciéndose en esto á las eminentes
capacidades de nuestros días, que ya desde la escuela llevan sus
cuartillas á la imprenta. ¡Oh afortunada ley del progreso! No
tardará mucho á llegar el día en que nacerán los niños hechos
Unos sabios leídos y escribidos.
La lectura de las páginas del citado Padre, á pesar de su
difusión ó quizá por esta misma, es muy sabrosa y revela grande
8utileza de ingenio; siendo de notar que usa los mismos argu­
mentos ó muy parecidos á los que empleamos nosotros para per-
®uadir el culto de las flores á María. De la lectura de algunos
Pasajes podrá inferirse en qué consistía aquella devoción. “De
donde queda clara, dice despnés de haber expuesto el título L i-
^er generationis que pone San Mateo á su Evangelio, queda
— 800 —

clara la macha conveniencia que tiene este Evangelio sagrado


con la fiesta de las rosas de la Virgen Madre de Dios y Señora
nuestra... Y hallo yo un grande misterio en representarnos la
Iglesia Santa, gobernada por el Espíritu Santo, estas rosas de
soberanos misterios de nuestra redención, en este tiempo de pri­
mavera en que todos los campos se visten de verde, todos de es­
peranza, cuando se desbotonan las flores y muestran, unas la
blancura igaal i la propia nieve, otras el rojo finísimo, otras se
visten de púrpuras más finas que las de los príncipes; en fin, está
la tierra como un hermoso cuadro esmaltado de todo género de flo­
res: y otrosí, solemnizar la fiesta de las rosas benditas de Nues­
tra Señora... El cielo nos enamora hoy dándonos rosas benditas
en nombre de la Virgen Santísima del Rosario, para medicina
de las dolencias del cuerpo y defensivo de las enfermedades del
alma, que para una y otra cosa tienen virtud... para que también
la tierra enamore al cielo, y corresponda con sus bienquereres,
viviendo virtuosa y santamente, y le ofrezca también sus rosas,
y así haya entre el cielo y la tierra nueva amistad. Esto es lo
que de nosotros quiere y pretende nuestro Dios, enviando y acep­
tando presentes de rosas, señal de benevolencia ó incentivo de
¿mor... etc.» “Así como después del pecado original nos parificó
el agua del Santo Bautismo, así las rosas de la Virgen, después
del pecado actual, nos restituyen á la divina gracia.» “Dijeron
los antiguos que la rosa vino de los cielos; no hallaron otro lugar
que dar al origen y principio de la rosa sino ése: otros dijeron
que de la mesa de los dioses, que está en el cielo, cayó acá en
la tierra. Pero dejadas las fabulosas rosas de la antigüedad, la
verdad es, que éstas que hoy tenemos entre manos, y las que
os darán los mayordomos de nuestra Señora, del cielo vinie­
ron, etc.» (1).
De todos estos pasajes se infiere que la Santísima Virgen era
honrada y festejada con flores naturales, á la par que con las
espirituales ó Avemarias; que esta fiesta se celebraba próxima­
mente en Mayo; que los fieles asistían con ramilletes de flores,
(1) Promptuario espiritual sobre las solemnidades de la Virgen Mario.
Barcelona, 1639.
— 301 —

para ser bendecidas, y las guardaban después para ciertos usos


piadosamente juzgados saludables, y que eran muy estimadas
estas rosas de la Virgen, así por ser benditas por el cielo, co­
mo por los muchos milagros que en el alma y cuerpo experi­
mentan de continuo todos los que con fe viva usan de ellas.
Es decir, que nuestros antepasados comprendieron también la poe­
sía de este hermoso culto tributado á la Madre de Dios. Gornelio
Alapide aduce una hermosa razón teológica de José Esteban so­
bre esta materia, á saber: que el ofrecimiento de las flores tau
graciosas, además de significar suma piedad y excelente devoción
á la 6. Virgen, la es muy agradable por ser Ella una bellísima
gracia y aurora brillante de todas las cosas (1). Más adelante
veremos á otro escritor español, no menos piadoso y sabio de aque­
lla misma época, aplicar el significado de las flores bíblicas á las
fiestas de la Virgen María.
Además, desde antiguo estaban acostumbrados los españoles
á venerar á la excelsa Virgen bajo títulos y advocaciones relacio­
nados con el reino vegetal, la Virgen de la Flor del tiempo de
Alfonso VI, la del Brezo, del Romeral, de la Iniesta y otras innu­
merables, cuyo título perpetuaba la memoria del lugar de sus
apariciones, pues la Virgen ha sido siempre amante de la inocen­
cia de los campos y de los tronos de follaje.
Y en las alegres verbenas del verano que se celebraban con
tanto regocijo, en aquellos días de inocentes placeres, tanto
tiempo antes esperados, en que se pasaba la noche danzando al­
rededor de las hogueras y preparando inofensivas sorpresas en
las casas de los amigos, era frecuente ver, cuando amanecía, los
nichos de las imágenes de la Virgen que guardaban las calles,
adornados de frescas enramadas y cerezas, y aquéllas coronada»
.(1) Corn. a Lapide.— Cottment. in E cli . cap. XXXIX vers. 16.—Summam animi
Putatem et ingentem in Virginem devottonem denotat Nam cum ipsa Virgo
*}* venustissitna gratia et splendens omnium rcrum Aurora . nihil tam ex animo
%P*i futurum es8c arbitrati iunt p ii christiani, quam t i Virgini rosarum co -
Plam deferrent, vel sertum misticü contextura floribus, ex Evangelicis confta-
tjtm vocibus, et odoriferis precum flosculis consertum apportarent: sunt enim
preces tamquam suavissima odoramenta, qua in D ei nares sptrant, et
wrnquam Icctistimi flores, quibus divini oculi grato spectaculo pascuntur. P ur­
purantes viola, candida lilia, rutilantes rosa: ejus prospectum oblectant, &♦—
®eph Steph. de Rosario, lib. 4,
— 302 —

de flores. En España la Virgen María siempre sacaba su parte


de las diversiones populares. Por lo tanto, no es extraño que acep­
tase ccn agrado la nueva forma que había tomado en Italia la
devoción que nuestra nación ya practicaba en cuanto á su esen­
cia desde antiguo, y que hiciera en nuestro país grandes progresos
el mes de María.
Esta es una de las cosas que mejor demuestran la solidez del
culto de las flores; la aceptación que ha tenido en todo el mundo,
la rapidez con que se ha propagado por toda la tierra, lo que
prueba que responde perfectamente á las inclinaciones del cora­
zón y que está muy en armonía con las creencias y sentimientos
católicos. Esta devoción marcha robusta y vigorosa conquistando
al mundo, y ha dado nuevo impulso á todo el culto de María.
Otra cosa notable es que se ha propagado sin oposición y sin
contradicciones; y no sólo se ha conservado sin desprestigio, pro­
pio de las cosas humanas, sino que continúa revistiéndose cada
día de nuevos encantos. Esto prueba también su verdad, porque
de lo contrario hubiera sido proscripta por la Iglesia y hubiera
desaparecido; mas por el contrario, Pío VII, viendo los saludables
frutos que producía, le abrió ampliamente el tesoro de las indul­
gencias (1815), que según declaración de la congregación délas
mismas del· 18 de Junio de 1822, pueden aplicarse en sufragio
de los fieles difuntos, y lo mismo concedieron Gregorio XVI y
Pío IX. Las almas amantes de María parece que tienen el ins­
tinto de recibir con simpatía todo lo que honra verdaderamente
á la Santísima Virgen, y con indiferencia ó aversión todo lo que
proviene de una falsa piedad.
Es de desear que este hermoso culto se promueva por todos
los medios posibles y se introduzca hasta en las más retiradas
aldeas, buscando al efecto nna hora cómoda compatible con las
ocupaciones de la generalidad de los habitantes. En España hay
muchísimos pueblos (casi todos los de alguna importancia) qttf
lo practican con grande religiosidad, pero aun faltan otros ma­
chos más, especialmente los' rurales, á quienes no ha llegado
esta gracia. jY quién puede calcular los frutos de virtud de que
están privadas esas almas? Sabemos que muchos pecadores obs­
— 303 —

tinados se han convertido en este mes, que han alcanzado la ener­


gía necesaria para quebrar las cadenas de sus pasiones. Sabemos
que muchas virtudes vacilantes se han afirmado, que muchas
familias se han reconciliado, que se han perdonado muchas in­
jurias; en una palabra, que como consecuencia de este culto se
han obtenido muchas gracias espirituales, y aun temporales, y
ha hecho grandes progresos la moralidad.
Por lo cual, exhortamos con vehemencia á todos los señores
Sacerdotes, y en particular á los Párrocos, á que propaguen con
vivo celo esta amable devoción. “Es bien propio de un pastor,
»según el corazón de Dios, dice un orador moderno, fomentar esa
»inclinación á honrar á la Santísima Virgen, haciendo conocer á
»los fieles confiados á su vigilancia la devoción del Mes de Mayo,
»tan saludable y ventajosa, invitándolos á venir á la madrugada
»ó al anochecer al pie del altar de María, para rendirla los hono-
»res debidos, presidiendo él mismo estos ejercicios, como se obser-
»va en muchísimas parroquias. ¡Oh! ¿Quién podrá explicar los
»tesoros de gracias que estas reuniones atraerían sobre el pastor
»y su rebaño en este mes de favores?» “Por mi parte, hermanos
»míos, añade Combalot, no conozco satisfacción más dulce, ni
»vocación más excelente, que trabajar cada uno, según sus fuerzas,
»en la consolidación, triunfo y expansiva dilatación del culto de
»María... Esforzarse á sujetar una nación al culto de María,
»« él ministerio más apreciado de la Iglesia, más bendecido
»del cielo y más amado de Dios en la vocación de un Sacer-
»dote.„
Pondremos fin á este capítulo con una bella comparación del
®r- D. José A. de Elduayen: “La devoción del Mes de María,
68 nn manantial de gracias y favores; á mis ojos se presenta
cual un río caudaloso que se lleva sin esfuerzo y sin ruido por
una dilatada campiña y la fertiliza toda con sus aguas; su curso
tranquilo y sosegado, lejos de causar el menor daño «n sus ori-
11*8» derrama por ellas el encanto y la vida, ya vistiéndolas de
Utla verdura agradable y olorosa, ya esmaltándolas de flores que
Abalsaman el espacio con la deliciosa suavidad de sus perfumes
* arrebatan la admiración con su hermosura y sus gracias..
— 304 —

Esta comparación no puede ser más poética: todo lo que se re­


fiere á la Santísima Virgen ha inspirado siempre cosas muy
buenas (1).

§. IV.
El primer día de Mayo.

Desde que el mes de Mayo ha sido consagrado á la Virgen


María, tienen mayor atractivo sus galas naturales, porque se
contemplan á través de la devoción y la piedad.
La primavera es una de las cosas más hermosas: todo re­
nace en ella, sonríe y se mueve con una exuberancia de vida y de
belleza. Las flores que se abren, las aves que vuelven á cantar,
los árboles que se cubren de hojas, los insectos que bullen y 1»
verdura de los campos, son uu manantial de inocentes recreos. El
corazón de los hombres se ha dilatado de placer en todos los si­
glos á la llegada de las rosas y del follaje, que deseaba el des­
venturado Ovidio que fuesen el principio del año. Este elegante
poeta supo encerrar en muy pocos versos una bella descripción
de los encantos de la primavera en que todo florece, las viñas
arrojan nuevas yemas, los árboles hojas y el suelo hierba, mien­
tras las aves encantan con sus conciertos el aire templado, los
rebaños juguetean y retozan en las praderas y las golondrinas
fabrican sn nido. Sus privaciones de desterrado excitaban más
su brillante imaginación.
Por la misma razón sin duda, dice el libro del Eclesiástico,
que los ojos se recrean en ver la gentileza de un cuerpo ó la her­
mosura de un semblante, pero que el verdor de los sembrados es
más agradable: Gratiam, et specieni desiderabit oculus tuus,
(1) Para hacer el Mes de Mayo no es preciso sujetarse á ninguna clase de ejer­
cicios piadosos en particolar. Los señores Párrocos qae quieran proporcionar á sus fe­
ligreses la práctica de fsta saludable devoción, si no tienen medios para hacerla coo
aparato y solemnidad, bastará, para satisfacer sus piadosos deseos y los de sus feu*
greses, que rennan á éstos en la iglesia y recen el Santo Rosario; al cual podrán *0*'
dir una breve exhortación para promover la devoción á la Virgen, ó la lectora de^ai*
gunas páginas escritas con el fin de alabarla. (Semanario de los devotos de maríaf
afio II, núm. 69).
— 305 —

et super hzc virides saltones (Eccli. c. 40. v. 22), es decir, se­


gún expone Tirino: "los ojos se deleitan con las cosas hermosas
»y lindamente fabricadas; pero el hombre sabio aprecia más los
»verdes sembrados, las verdes estaciones con su diversidad de
«plantas, que como hermosísimos tapetes adornan los campos, y
»alegran los ojos con su belleza, y los ánimos con la abundancia
»de sus frutos.»
Huchas é ingeniosas razones aduce Gornelio á Lapide en la,
exposición de este texto, para dar la preferencia al verdor sobre
las otras hermosuras. Es la primera que la naturaleza supera al
arte; así la hermosura natural á la compuesta, que suele ser men­
tirosa y aparente, al paso que la del verdor es real y sencilla,
Por lo que dijo Jesucristo que la belleza de un lirio excedía
t°das las galas de Salomón, el más fastuoso de los reyes de Ju-
(Math. c. 6. v. 29). Otra es, que la gentileza de los cuer­
pos generalmente es voluptuosa y excita la concupiscencia; mas
k verdura es casta y pura, y lo mismo los deleites que produce.
Esta, además, es fructuosa, y aquélla vana y fútil. Además, que
color verde, especialmente el natural de los campos en la pri­
m e ra , es el más agradable de todos los colores y el más acomo­
d o á la vista; porque los claros esparcen demasiado la visual
y los obscuros la restringen mucho y la contristan; pero el verde
111 dilata ni contrae con exceso la pupila. Y contribuyen á
facerlo más agradable las múltiples gradaciones y diversos ma­
tices que ostenta cada hierba y cada planta, y su caprichosa
locación. Por lo cual puede decirse, que estos son los tapetes y
Nombras con que Dios adorna este palacio del mundo y sus
^mpos, con mayor elegancia que los tapices bordados de oro
tornan los salones de los reyes.
Por otra parte, prosigue el mismo, la verdura representa la
^ a , el vigor y la salud; pues las plantas, mientras conservan
^te color no mueren; pero si lo pierden, al punto se marchitan y
secan; y por esto los latinos derivaron su nombre á vigore,
®erza, robustez; y aun entre nosotros se aplica á las cosas de
ÍJ°r, como verdes años, verdes ánimos; esto es, vivaces, robus-
lozanos. De modo que la primavera es la vida, la alegría y
L a s F lores d e Ma y o . — 2 0
— 306 -

la esperanza. San Ambrosio considera en el verdor naciente el


principio de la vida humana, que como una flor deja ver en
perspectiva d gozo de otra vida más alegre; por ejemplo, la ado­
lescencia, que florece con d vigor de la pubertad.—La hierba
que germina del grano, agradable en su incipiente verdor, pro­
ducirá en breve frutos semejantes á su semilla. Los ojos dis­
frutan de un espectáculo agradable. Y luego añade que así son
los semilleros ó planteles de las virtudes.» Omito otras varias
razones que vendrán mejor para otro lugar.
Verdaderamente nos sentimos revivir en la primavera, pues
parece que el hombre rejuvenece como la naturaleza. Porque in­
dudablemente la suave temperatura y la brillante luz del mes de
Mayo, la fresca verdura y el aroma de las flores, ejercen una be­
nigna influencia sobre todo nuestro ser, y disfrutamos entonces de
más agilidad, más imaginación y más salud. Mas lo que es la
naturaleza en este tiempo para nuestro sér físico y los efectos
que produce en la economía animal, lo mismo es para las almas
la devoción del Mes de Marta , que, como una primavera florida
de divina gracia, reanima la fe y enciende el fervor. Esta devo­
ción tiene los encantos del mes en que se hace: entonces se vive
mejor la vida sobrenatural.
El Mayo espiritual hace circular por los miembros de la Igle­
sia una savia abundante de piedad. Desde el primer día ostenta
ya todas sus galas y atractivos, que dan esperanzas de ubérri­
mos frutos. La frondosidad, permítasenos la expresión, el verdor
del afecto á la Virgen llena de grada, germina y brota en todas
las almas con una lozanía semejante á la hierba de las praderas.
“¿No parece, dice un escritor, que con la venida de la primavera
„nos convida este mes á una nueva reforma del corazón, para
»tributar homenajes puros á la Reina de los Cielos?»
Durante este mes se desarrolla la vegetación, crece y se vi­
goriza: el follaje se espesa y se hace pomposo, y cada día apa­
rece sobre la tierra una nueva pléyade de flores; así como las al­
mas sinceramente devotas de la Virgeu, que con eficaz deseo de
aprovecharse la honran y la invocan todos los días de Mayo, cre­
cen en las virtudes, á medida que avanza la estacióu, extienden
— 307 -

sns santos propósitos y multiplican sos buenas obras, semejantes


á una tierra fértil y bien preparada que ha recibido una semilla
buena, y todos los días es refrescada y cultivada. Al terminar el
mes son unos hermosos jardines de fragantes méritos y floridas
virtudes.
La víspera de Mayo es ya una fiesta: por la mañana se han
reunido ya las piadosas camareras de la Santísima Virgen á
vestir su sagrada imagen. ¡Con qué tierno interés, con qué ex­
quisito gusto la sirven estas amables doncellas, cuyo pecho rebosa
puro amor! Una pondera la belleza de la imagen de María, otra
la dulzura de su sonrisa, cuál su actitud modesta y humilde:
ésta la hermosura de sus ojos, aquélla la amabilidad de su mi­
rada, todas su piedad y su misericordia, sus mercedes y su amor
maternal. Con santa reverencia arreglan y componen su ropaje;
no dejan una arruga en su manto, ni un pliegue desordenado
en su túnica, ni la más leve falta en todo su atavío, y se retiran
con el corazón inundado de placer. Luego preparan el dosel para
la imagen, distribuyen los candelabros, colocan los jarrones y
los búcaros. Estos no podrán llenarse más que de violetas, tuli­
panes y jacintos y algún botón de rosa, pero bastan para sig­
nificar la modestia, la confianza y el amor. Dentro de pocos
días abundarán todas las flores y podrán multiplicarse y combi­
narse otros emblemas.
Por la tarde, al caer el sol, se inaugura el mes sagrado: el
concurso de los fieles es grande, porque lo es la devoción. El tem­
plo está adornado con sencilla elegancia, y la Madre del Amor
Hermoso resplandece entre luces y flores: se reza el Santo Ro­
sario, y luego nn piadoso orador expone el objeto de este hermoso
culto, excita la devoción á la Virgen María y explica con senci­
llez el modo mejor de honrarla con fruto durante Mayo; después
de lo cual se canta la Salve, y unas niñas tan bonitas como ino­
centes ofrecen con gracia frescos ramilletes, todo lo cual se prac­
tica después todos los días. Por la noche se reúnen muchos de­
votos y sacan por suerte las flores espirituales que ha de ofre­
cer cada uno diariamente como ejercicio particular. Esto es muy
piadoso y muy poético: es abandonarse con sencilla fe en manos
- 308 -
dé la Providencia, y dejar que ella misma designe el orden de
sus buenas obras.
To quisiera que los incrédulos nos dijeran con franqueza
qué piensan de nuestra devoción de las flores, después que oye­
sen esta recomendación que se hace el primer día. “Purificad
„vuestra conciencia, por medio de la confesión, con una sincera
„contrición de vuestros pecados; oid cada día la Santa Misa; prac­
ticad la caridad; rezad con atención el Rosario; evitad con la
„mayor diligencia el pecado á que os sentís más inclinados. Exa­
minaos todas las noches, generalmente sobre las faltas que no
„cometéis de ordinario, y particularmente sobre las que son re­
lativas á los vicios que os dominen; ofreced á Dios por manos
„de María los actos de virtud que hubiereis practicado, sin des­
alentaros jamás por vuestras caídas, etc.„ Si después de esto
insistieran en ridiculizar nuestra devoción, en tacharnos de su­
persticiosos, casi no serían dignos de lástima. Pero la mayor parte
de ellos se descubrirían con deferencia ante nuestra piedad, si es
que ellos no tenían bastante fe y virtud para imitarla. ¡Ah!, ¡si
nos conociesen bien, si exentos de preocupaciones nos juzgasen cou
imparcialidad, cuántos se pasarían á nuestro campo! ¡Si todos los
ciudadanos fuesen devotos de María, qué bien gobernado estaría
el mundo con súbditos fieles y autoridades celosas y justas! No
atribuyáis á lo que llamáis fanatismo los males de la sociedad,
cuya única causa ha sido vuestra indiferencia y vuestra irre­
ligión.
Preparados los fieles con tales ensefianzas, saludan con entu­
siasmo el día primero de Mayo. Este comienza brillante y sereno,
saludado por los pajarillos é iluminado por un sol dorado que se
levanta sonriendo en el cielo despejado, transparente y azul. Una
brisa apacible acaricia los árboles en fior, húmedos de rocío, que
descomponen en mil cambiantes la naciente luz del nuevo día.
Todo sonríe, todo alegra y hace pensar en la felicidad. En aquella
mafíana risueña muchos se acercan llenos de fervor á la Sagrada
Mesa, y entonces sus almas aparecen tan puras y adornadas como
el mes que empieza. En seguida prometen no dejar pasar un solo
día sin coronar de rosas á la piadosa Virgen que las honra y
— 309 —

hace agradables las espinas de la vida, confiando que por estas


flores les ha de dar Ella una corona inmortal (1). Tales son las
primicias de los frutos de este mes.
Así el mes de Mayo, destinado para glorificar á la Santísima
Virgen, sirve también para representar la santidad del alma. La
Iglesia usa una comparación semejante cuando suplica al Sefior
que crió la tierra adornada de rojas flores y fecunda en frutos,
para producir vástagos propios y alimentos agradables, que re­
frigere el ardor de nuestras pasiones con el verdor de su gra­
d a (2). Lo cnal tampoco se escapó á la penetración de San Agus­
tín, que exponiendo el Génesis dice que todavía cría Dios d
verdor del campo, cuando hace revivir á las almas por su pala­
bra (3). Efectivamente, la comparación es adecuada, porque como
hemos dicho ya, el verdor significa vida.
“Así como toda la naturaleza, dice Sturm, percibe la feliz
»influencia de la primavera, así también experimenta el cristia-
»no una especie de regocijo cuando su Dios, después de haberle
»ocultado su rostro, le deja sentir de nuevo su presencia y vuelve
»á su afligida alma la gracia sensible y la salud... ¡Ah!, ¡cuán des­
anuda de sus atractivos estaría la primavera, y qué poco á pro-
opósito sería para inspirar alegría, si no se experimentasen aque-
»líos júbilos mucho más sublimes que difunde la gracia en el
«corazón! Ahora que Dios hace sentir á mi alma su presencia, y
»que se digna conservar en ella la dulce esperanza de gozar de
»los dones de su bondad en un mundo mejor, ahora es cuando
»puedo disfrutar de las bellezas de la naturaleza» (4). Mayo, pues,
ofrece triplicados placeres al católico; sus encantos naturales, sus
representaciones mística^ y los honores de la Madre de Dios.
Por otra parte, puede sacar de él útiles y provechosas leccio­
nes. Aquella verdura joven, brillante, atractiva y lozana, es
Qna imagen muy propia de la juventud de los hombres, que se

(1) Rntarto. Ltceione» para e¡ mes de Mayo, pág. 313.


1«) Himno de Vísperas de la feria tercera. Los himnos del Breviario Romano,
~?№iali&ent6 de los oficios de feria, contienen ana poesía nroy elevada, basada casi
*®pre en la Sagrada Biblia.
V*) San Agustín. De Genesi contra Manicht lib. 2, cap. 5.
' v Sturm. Reflexiones sobre la naturaleza, tomo V, pág. 185.
— 310 —

presenta airosa y llena de esperanzas sonriendo á la vida, siu


tener en cuenta sus borrascas. Mas así como aquella belleza es
efímera y no ba de poder resistir al furor de los vendavales, así
también son fugaces los goces de la vida y se marchitan pronto
sus ilusiones. Esto debe enseñar al hombre prudente á despreciar
las cosas transitorias, por muy brillantes que le parezcan, y desear
sólo las eternas. Todo lo temporal debe llamarse árido, porque el
fin próximo seca las alegrías de la vida presente como los rayos
de un sol ardoroso. Sólo es verdor el que nunca se ha de mar­
chitar (1). Y aunque se ven los árboles cubiertos de abundante
flor, no se puede esperar con seguridad el fruto, porque las espe­
ranzas de la tierra nunca están exentas de inquietudes y de te­
mores. La adolescencia es como un árbol que florece: ¡dichosos
los que en el otoño de la edad estén cargados de frutos maduros!
Machos hay que se contentan con arrojar un vano y pomposo
follaje como los árboles que sólo tienen hojas. Es de advertir, que
en general cuanto más frondoso es el árbol, menos fruto lleva,
aunque sea más agradable á la vista, lo cual enseña que las
apariencias exteriores son fútiles y no hay que creer en ellas·
Así son esos hombres que agradan por su porte exterior, llaman
la atención como notabilidades, y en realidad están vacíos; sólo
tienen hojarasca y no sirven más que para hacer sombra á otras
plantas útiles. Estos pasan á nuestro lado hinchados y pedantes,
derramando por todas partes su vanidad, y su única disposición
es aparentar lo que no poseen. Guando llegue el invierno serán
despojados por el huracán de todas sus hojas, y se verá, con ver­
güenza suya, su estúpida desnudez.
Tal es también la prosperidad de los impíos; parece que bri­
llan en la vida, extienden su follaje vigoroso sobre aquellos á
quienes oprimen, se elevan, les sonríe la fortuna y les salen todas
las cosas á su gasto; pero sos raíces están poco profundas y su
lozanía es mentirosa, semejantes á aquellas hierbas flojas que,
como dice el Eclesiástico, crecen sobre las aguas, y á la orilla de
los ríos, y se crían prontamente, pero que serán arrancadas antes
(1) Sao Gregorio H. Lib. 18. Moralium, cap. 15, explicando el texto de Job, capí
tolo 39, t . 8.
— 311 -

que toda otra hierba. Super отпет aquam viriditas, et ad


oram fluminis ante omne fcenum evelletur (Eccli. XL, 16) y
poco antes dice que sus riquezas se secarán como un torrente, y
que sus nietos no se multiplicarán.
En este sentido pueden hacerse muchas y saludables re­
flexiones, que se ocurrirán á cualquiera con facilidad.
Así, pues, el primer día de Mayo inaugura felizmente un
tiempo santo, de un culto delicioso, de piadosos pensamientos y
de buenas obras. La Santísima Virgen es la armonía de tales
gracias, y su causa más inmediata. В еша de las flobes, hace
en este día su entrada triunfal.

§· v.
El último día de Mayo.
Los días serenos del mes florido, alegría del afio, se van su­
cediendo tranquilamente unos á otros, meditando sin interrup­
ción los misterios de la vida de la Santa Virgen, desde su pre­
destinación singular hasta su Asunción gloriosa á los cielos:
recordando sus mercedes, predicando sus glorias, proponiendo la
unitación de sus virtudes, implorando sus misericordias; en una
palabra, según la feliz expresión de Elduayen, formando un
curso completo teórico y práctico acerca de María. Como las
lecciones son tan agradables, no pueden menos de ser aprovecha­
das. Las almas, á semejanza de la vegetación que se ha hecho
más fuerte y vigorosa, se han robustecido en la virtud.
Tan entusiastas homenajes como ha recibido la Virgen Ma­
ría durante todo el mes, deben tener un coronamiento digno. El
último día de Mayo es la gran ñesta de este culto, la recopila-
ción de todos sus honores: es como un inmenso canastillo en que
^ ofrecen á la Madre de Dios de una vez todas las flores que se
han ofrecido separadamente cada día. En éste es estrecho el ám­
bito del templo para contener todo el amor que atesoran los co­
i n é s , y se derrama por las calles y las plazas, haciendo os­
tentación de piadosos sentimientos y llevando en triunfo á su
querida Reina y dulce Madre.
- 312 -

La imagen de la Virgen del Amor hermoso es paseada con


gozo por la población y por el campo á través de un camino
alfombrado de flores, y por medio de las calles más céntricas
embellecidas á trechos con arcos y enramadas: las casas parti­
culares lucen hermosas colgaduras y doseles, y al pasar por debajo
la arrojan las señoras desde los balcones rosas deshojadas y hier­
bas olorosas. La Reina camina complacida en medio de su corte
recibiendo múltiples ovaciones, tanto más preciosas cuanto son
más espontáneas. Entonces se cumplen á la letra aquellas pala­
bras del Eclesiástico: En medio de su pueblo será ensalzada, y
será admirada en la plenitud de los santos, y en la muche­
dumbre de los escogidos tendrá alabanza, y será bendita entre
los benditos·, ó como expone la versión Tigurina: Se presentará
con magnificencia en medio de su pueblo, siendo la admiración
de la multitud. (Eccli. XXIV, 3). Una alegre orquesta acom­
paña su marcha cantando las Letanías de la Virgen, ó lo que es
lo mismo, sus títulos más gloriosos.
Entre todos los espectáculos patéticos y edificantes que pue­
den ofrecerse á la vista de un pueblo, éste es uno de los más
hermosos y de los que más difícilmente llegan á olvidarse. Los
devotos de María van manifestando los frutos que han recogido
de su devoción, como un rico botín que los deja satisfechos.
Llevan en sus ojos amantes, en su rostro sereno, unas señales de
dicha tan pura y comunicativa, que en vano se pretenderá ha­
llar en los goces de la tierra. Al verlos marchar contentos y ale­
gres, con ramos de flores benditas y velas encendidas, al lado
de los niños vestidos de ángeles escoltando á la Virgen, cual­
quiera creería que caminan al cielo. Entonces es cuando ofrecen
á María sus flores más olorosas de virtudes celestiales, cuyo olor
y hojas se esparcen por todo el mundo para ejemplo de las al­
mas fieles.
Dos cosas hay sobre todo que recrean al alma y se recuerdan
después con mucha ternura: la modestia y compostura con qu®
marchan, vestidas del Escapulario y sonrosadas de pudor, las
castas doncellas llamadas Hijas de María, y la inocencia y can­
dor de los coros de niños de ambos sexos que ofrecen las flores
— 313 -

á María y la alaban con voces infantiles. Por la mañana, en la


misa de acción de gracias había sido la comunión general de to­
dos los devotos, de las hermosas doncellas, y la primera que ha­
cían algunos niños: cuando se acercaban estos inocentes á la Sa­
grada Mesa, vestidos de blanco y coronados de rosas, el Salvador,
amigo de la infancia, que deseaba se le acercasen los niños, son­
reía bajo el velo del Sacramento, y la divina Eucaristía merecía
con toda exactitud el título de Pan de los Angeles.
En la procesión de la tarde conserva todavía su rostro el
esplendor de la gracia que han recibido al comulgar y los trans­
figura como á Moisés. Esto los embellece y aumenta su hermo­
sura, además del traje adecuado que visten. Las suaves cabelle-
ras de las niñas, saliendo de su diadema de flores, se esparcen
libremente sobre sus espaldas, por encima de sus alas de oro: su
vestido blanco y el transparente velo azul que ondea suelto, las
asemejan á frescas azucenas en un fondo de cielo. Los niños con
8,1 traje color de rosa adornado de talco con lentejuelas de oro,
Parecen un rosal florido salpicado de gotas de rocío. ¡Con cuánto
Placer recibe la Madre de piedad las ofrendas que la presentan
estas manos puras! Ellos no la han causado todavía ningún dolor
^mo los adultos, que cuando se acercan á ella han cometido ya
Anchos pecados que afligen su corazón maternal. Por eso recibe
8q8 ramilletes de flores, como dones inmaculados, llena de bondad.
Porque estas ofrendas, puras ya en sí mismas, presentadas
P°r criaturas tan inocentes, merecen todo el afecto de sus entrañas
de Madre, que lo derrama graciosa sobre sus almas cándidas como
^ río de paz, como acariciándolos sobre sus rodillas y dándoles
808 pechos de delicias, según la expresión de Isaías (Isai. LXYI,
H). Ellos mismos son las flores de la primavera de la Iglesia,
y cualquiera diría que ofrecen el símbolo de sí mismos. Ignoran-
168 también del pecado y de las borrascas de las pasiones, consa-
gran dignamente las primicias de sus años, por lo cual son
Optada s con mucho agrado.
La piadosa comitiva atraviesa los verdes sembrados que tie-
Qen ya sus espigas formadas. La Yirgen es el encanto de los
dalles, y los pajarillos trinan regocijados al verla: su paso por
- 314 —

los campos es como una brisa de bendición que los fecunda. Los
labradores suspenden su trabajo y, descubriéndose devotamente, la
saludan, y la siguen con los ojos basta que se oculta entre el fo­
llaje de los cercados. Después que ha desaparecido se les figura
acaso que han tenido una de esas visiones encantadoras que se
revelan al alma justa durante un sueño sosegado.
“La procesión entra en caminos sombríos y profundamente
„cortados por las pesadas ruedas de los carros: salva las altas
„barreras formadas con un solo tronco de encina, y camina á lo
„largo de una hilera de espinos donde zumba la abeja y silban
„los mirlos. Los árboles están cubiertos de flores ó adornados de
„brillantes hojas. Los bosques, los valles, los ríos y las rocas
„oyen alternativamente los himnos de los labradores. Admirados
„de estos cánticos los alados huéspedes de los campos, salen de
„las nuevas mieses y se detienen á alguna distancia para ver
„pasar la pompa aldeana.„ Guando regresa á la iglesia brillan
ya las luces por sí propias, porque el crepúsculo está avanzado,
y parecen una escolta de estrellas que han bajado del cielo
para recibir en su casa á su Soberana. Entonces la música mo-
dula sus notas más tiernas para despedir á la Madre del Atnof
Hermoso hasta otro Mayo, aunque siempre continuarán dándole
culto: se canta aquella letrilla tan patética, ¡adiós, Virgen M&'
ría!, y en ella se exhalan todos los suspiros del corazón, y mu*
chos ojos se llenan de felices lágrimas. El mes de Mayo termina
dignamente como empezó. La Virgen se ha mostrado á los hom-
bres como el hermoso mes que ha escogido para su culto, esta*
ción de frescura y de flores, de esperanza y de amor.
¡Dichosos los que conserven el aroma de las flores de este m®8
sagrado! ¡Dichosos los que produzcan frutos útiles y cuyo hu­
milde corazón se incline al peso de sus propias virtudes, como el
tallo del trigo al del grano precioso de que está cargado! La
piga más llena, más se inclina; los árboles más cargados de frirt°
más doblan y abajan sus ramos; así el justo, cuantos más
méritos atesore, debe mostrar más humildad. Y como el árbol
al bajar sus ramas parece que brinda generosamente sus per*9’
de la misma manera el cristiano ha de practicar la caridad. E*
— 316 -

dores. Quince largas colnmnas in folio dedica exclusivamente á


desenvolverlo con relación á la Santísima Virgen. Yo quisiera qne
leyeran estas obras esos modernos sabios de folletín que nos acá*
san de obscurantistas, y cuya ciencia hinchada se parece al ruido
de la hojarasca seca. Allí aprenderían lo que es profundizar un»
materia; pero esto es pedir imposibles á los que, acostumbrados
á compendios, se asustan de sólo ver un tomo in folio. ¡Así están
las ciencias en nuestra desgraciada España! Y como la ignoran'
cia es audaz hasta lo increíble, todo lo invaden y de todo charlan»
confundiendo las ideas tan lastimosamente y ensartando tantas
cuestiones, que hacen imposible la discusión con ellos, y mucho
más su convencimiento. Considero á estos necios como los ma-
yores enemigos de la verdad, porque, aferrados á su parecer, dis­
putan no por amor de ella, sino por amor de sí mismos.
Entre las varias exposiciones del dicho P. Méndez sólo trae­
remos algunas, ya que citarlas todas no es posible. El fruto de
la Virgen es Jesucristo, cuyas flores son de honor y honestidad
buenas obras. Si por medio de éstas hiciésemos fruto nuestro i
Jesucristo, él sería nuestro único amor, la palabra de nuestros
labios y nuestra perpetua ocupación, y dirigiríamos todas nues­
tras acciones á honra suya, como la inmaculada Virgen. Como
las flores son del árbol, así todo lo que poseemos es de Dios: f
porque Dios no da las flores al árbol á fin de su hermosura, sino
á fin de que produzcan fruto, así todo cuanto de El recibimos es
á fin de que Cristo sea el fruto y el hijo primogénito de nuestro
corazón. Aunque esto es de tanta honra, no se pueden esperar en
esta vida sus premios, sino sólo las flores y las esperanzas, p°r'
que en la otra se gozará de los frutos eternos.
La bendita Virgen, distinguida de toda la descendencia do
Adán, empezó á dar frutos desde el vientre de su madre y an®
antes de nacer. Ella era rosa y todos los demás espinas; y a^
como por la rosa son toleradas las espinas y beneficiadas, asj
fueron tolerados los pecadores del mundo, y en especial los de1
linaje de Judá,jorque de ellos había de nacer María. En flor esta
bendita niña y en esperanzas, ya era fruto de honra; pues p°r
ella la hacía Dios á aquel linaje tan pecador y aun á 'todo el
— 318 —

frutos con dolor, denotando la violencia que es preciso hacer para


producir obras de virtud.
Por último, para no ser difusos, citaremos otra ingeniosa razó·1
de por qué las flores y frutos de la Virgen sean de honra y hones­
tidad. Varjón afirma que se dice honestum quodonus ReiptMitó
sustineat. T según esto, lo mismo es decir Mis flores son fruto*
de honestidad, que si dijera que son las que sustentan el peso y g***
vamen que sobre sí tiene el mnndo con sus culpas y pecados. í·*
más se han visto semejantes flores que sobre ellas se afirme d
árbol que las produce; pero sobre estas de María se afirma todod
linaje humano. El Evangelio comienza la genealogía de Jeso-
cristo en Abraham, que es la raíz del linaje, y la concluye en 1*
Sacratísima Virgen, que es la flor, cuyo fruto es Jesús.
Estos frutos honoríficos que tanto enaltecen á María
acompasados de otros muy ilustres ya citados: el amor hermo®®»
la ciencia, el temor y la santa esperanza. “La Virgen, según №
„palabras de Scio, inspira un amor puro en las almas, llenándola
„de un santo temor, para que conociéndose á sí mismas y vieod°
„su humildad y bajeza, y al mismo tiempo la grandeza del Sefl°r’
„pongan en él sólo toda su esperanza.»
Después invita á la participación de sus frutos á todos los <Jflí
la aman y codician su dulzura. Los frutos que da el mundo,
pone Alapide, no sacian ni llenan el apetito, sino que lo estrag*®
y lo irritan; pero los frutos de la Virgen, dulcísimos como la ®*.
generosos y grandes, le dejan completamente satisfecho, y desp0*
de ellos nada desea. Por eso sus verdaderos devotos profesa®
castidad más pura, tienen un amor casto*fenteramente contrario^
de los amadores del mundo, y conocen los lazos y asechanza8
las pasiones; y por último, tienen puesta toda su confianza, u°
estos bienes falsos y fugaces, sino en el bien único y cierto, la
cia divina, y después la gloria. En este sentido el mes de May®
un tesoro de riquezas espirituales. Los Santos Padres aplica®
raímente á María las palabras siguientes: In me omnis spes ,
et virtutis: por lo cual, la llamó San Efrem alegría del
también esperanza de los desesperados. (
Después de esto podemos refutar victoriosamente á lo®
- 320 -

nazas que contiene la divina Escritura para circunstancias seme­


jantes. “ Vinieron dioses nuevos y recientes, que no conocieron
nuestros padres... E l Señor se movió á ira y dijo: Esconderé
de ellos mi rostro y consideraré su fin, porque es generación
perversa é hijos infieles. En mi furor se ña encendido fuego
que arderá hasta lo profundo del infierno, y devorará la tierra
con sus plantas, y abrasará los cimientos de los montes; y so­
bre ellos amontonaré males... (Deuter. XXXII, 17) ¡Oh Vir­
gen! Desde tu trono luminoso, accesible á todas las súplicas, sé
que me oyes: detén, Madre amada, detén el brazo de Dios levan­
tado sobre esta desgraciada España, víctima incauta de unos
pocos impíos, pues ella siempre es católica como antes, siempre
permanece y permanecerá fiel. No pague la nación las culpas de
nnos pocos hijos espurios, que no tienen de españoles más que
haber nacido, por desgracia, en nuestro suelo (1).
Guando uno de éstos, cínico y blasfemo, cuyo nombre no me­
rece ser escrito, se atrevió á negar públicamente tu virginidad
intemerada, se levantó por doquiera un grito unánime de escán­
dalo é indignación universal. Sus palabras impías se clavaron
como una espina dolorosa en el corazón de tus hijos amantes,
que corrieron presurosos á llorar avergonzados ante tus altares,
pidiendo misericordia por la maldad que otros habían cometido·
España te tributó entonces públicas demostraciones de amor en
desagravio de aquellas blasfemias. España será siempre tu pue­
blo; siempre te ama y te venera, á pesar de los impíos que has
renegado de la sangre de sus abuelos. Pretenden destruir tu culto»
para destruir después la religión de tu divino hijo: ¡oh Virgo»’
disipa sus designios y vela más que nunca sobre este pueblo
que confía en Tí! También en un campo de trigo crece la cizaña
y pululan los cardos, pero no impiden que las espigas den grano.
Así en este campo, que es tu patrimonio, la mayor parte de tus
hijos dan todavía frutos agradables y deploran que la necesidad
social los pongan muchas veces en contacto con esos granos car­
bonizados que los manchan. ¿Será preciso esperar hasta el fi®
(1) Recuérdese que esto se escribid en la época infausta de nuestra última re*0'
lución de 1868.
CAPÍTULO II
LOS FRUTOS DE LAS FLORES DE MATO

§· L
Las flord8.de la vida, ó sea la prim era comunión
de los niños.

uestra devoción del Mes de Mayo d o es estéril. Ha­


chas yeces en el transcnrso de esta obra, y entre otras
al fin del capltnlo precedente, hemos enumerado en
general los frutos que produce. Ha llegado el caso de probar
nuestro aserto, citando algunos en particular, y demostrando am­
pliamente cuán oportuno es este culto para desarrollar las virtu­
des en el pneblo cristiano. Naestros principales argumentos serán
los de la constante experiencia.
Aunque el Mes de María no produjera otro resaltado que
las semillas de virtud que deposita en el corazón de los nifios,
que han ofrecido las flores á la Virgen, debiera practicarse con
entusiasmo por todos los católicos. En ellos se conserva, durante
toda la vida, el recuerdo de aquellas satisfacciones inocentes con
que se acercaban al trono de María, y de aquel placer que rebosa­
ban sus rostros por haber sido escogidos entre todos los de su edad
para servidores de tan hermosa madre. Los que perseveran en
la virtud se hacen santos; los que por desgracia se dejan sedu­
cir por el vicio, nunca llegan á corromperse del todo. Esta niflez
— 324 —

escogida da frutos abundantes de sí misma; muchos jóvenes que


hoy son virtuosos sacerdotes, muchas doncellas que hoy viven
en el claustro, habiendo consagrado á Dios su virginidad, su ju­
ventud y sus gracias, ofrecieron en sus primeros años las flotes
á María.
Los obsequios de la infancia siempre han sido muy agrada­
bles y aceptados con bondad, porque parece que los dones que
ellos ofrecen se purifican con su pureza. Por eso el Psalmista
invita á los niños á alabar á Dios (1), pues á ellos se les da sa­
biduría é inteligencia (2); la sabiduría los llama á su convi­
te (3), y el Padre celestial les revela los misterios de su gra­
cia (4): y Nuestro Señor Jesucristo los ve con gusto acercarse á
él, y quiere que sus discípulos se parezcan á ellos (5). Adornados
de inocencia, de candor y de sencillez, son dignos de llevar á los
altares las ofrendas devotas de todo un pueblo que se las confía.
Desde los siglos más remotos del cristianismo han estado encar­
gados de este honroso ministerio, porque ningunos labios pare­
cían más dignos que los suyos para alabar á Dios, y ninguna
mano más pura para alfombrar de flores el santuario y entrete­
jer guirnaldas en sus puertas (6).
Ya hemos indicado que son muy amados de la Yirgen María,
que se deleita con su compañía, como su divino Hijo. La Madre
de Dios, como purísima, ama á los niños por su pureza, para
conservarlos en ella. La niñez de Jesucristo le proporcionó los
mayores gozos de su vida, cuya intensidad no puede calcularse,
y entonces su corazón se llenó de amor hacia estos inocentes,
que le representan la puericia de Jesús, y la recuerdan sus ale-

(1) P t. CXII, i.
(2) P t. XY11I, 8.—CXVIII, 130.
(3) Prov. IX, 4.
(4) Math. XI, 25.
(5) Ib. X71II, 8.—XIX, 14, Marc. X, 14, &.
(6) Forte Deo pueri laudem, pia sofrito vota,
Spargite flore solmn, pratexite limina sertis;
Parpureum ver spiret hiems, sit floreas annas
Ante diem, sancto cedat natura diei, &.
Stas. Paulinos, Nat. 3. S. Felicis, apud Cardin. Bona, Renim liturgicarum,
lib. I, cap. 25, § 13.
del todo las prácticas de piedad, y sabe educar á sus hijos, se­
gún las tradiciones de sus padres, en el santo temor de Dios.
Por el contrario, el que la primera vez no ha sabido discer­
nir el cuerpo del Sefior, y lo recibe indignamente, porque ha ca­
llado alguna falta por malicia ó por vergüenza en la confesión,
ó porque se acerca á la Sagrada Mesa violentando su conciencia,
que le grita que no está dispuesto como le han enseñado sus
padres, sus maestros y el sacerdote, éste da el primer paso en
la senda del abismo. Su corazón se endurece al paso que se ablan­
da más para el vicio: bien pronto se fastidia de las cosas santas
y se aficiona al pecado; después simpatiza con la herejía y casi
con la incredulidad. Continúa en llamarse católico, pero aborre­
ce á los sacerdotes y no pierde ocasión de censurarlos, ni fre­
cuenta la Santa Misa, ni quiere oir hablar de confesión, y las
Ordenes religiosas le causan horror. Le importará poco, cuando
sea hombre público, que se pierda la unidad religiosa en su pa­
tria, y votará la introducción de nuevas sectas, y si el Papa con­
dena una doctrina, se apartará de él. Cuando los Obispos decla­
ren que una cosa es ilícita ó inmoral, los llamará ignorantes, y
cuando los sacerdotes prediquen la doctrina católica ó sus conse­
cuencias rigurosas, los acusará de que predican política y no com­
prenden su misión. Vivirá como pagano y le sorprenderá la
muerte vacío de fe; éntonces, ó no querrá recibir los Santos Sacra­
mentos, ó si los recibe apresuradamente y por dar gusto al mundo,
será tal vez para su mayor condenación.
. Es, por lo tanto, la primera comunión uno de los pasos más
importantes de la vida del hombre, porque decide su porvenir,
acaso para toda la eternidad. De aquí se infiere cuánto debe ser
el cuidado de los padres, maestros y sacerdotes, en preparar al
niño dignamente para este acto solemne y trascendental. Luego
si demostramos la influencia que tiene para esto el Mes de María,
habremos hecho ver la importancia y utilidad de este culto sal­
vador. De aquí salen las verdaderas flores de la vida, ó mejor
dicho, este sería uno de los frntos más preciosos de tan preciosas
flores.
El hombre conserva siempre, entre sus recuerdos más puros, el
— 327 —

de su primera comunión. Era una mafiana fresca y clara: el sol


comenzaba á salir en un cielo sereno, trinaban melodiosamente
las aves y él estaba vestido de ángel. Su dichosa madre que le
acompasaba lloraba de ternura y su abuelo sonreía. Llevaba en
la mano un ramo de flores, recién cogidas, húmedas todavía de
rocío, para ofrecerlas á la Virgen junto con la flor de su corazón.
Otros muchos nifios y niñas, preparados como él, esperaban cerca
del altar. Su joven corazón latía con una emoción dulcísima, y se
se sentía como flotar en las nubes del incienso que llenaban la
iglesia, cubierta de flores, por encima de la imagen de la hermo­
sa Virgen, adornada de su manto más precioso. Guando llegó el
momento solemne, se acercaron de dos en dos, con las manos uni­
das sobre el pecho, y se arrodillaron en la grada más elevada del
altar; el sacerdote les dió la hostia inmaculada del Dios vivo, pre­
cedida de la bendición. Entonces le pareció que adquiría cierta
idea de la inmensidad.
“Desde aquel día bendito, dice un escritor, las alegrías y los
»dolores de la vida nos han proporcionado sucesivamente emo-
»ciones muy contrarias; ninguna puede compararse con aquélla...
»Así es que todas las poesías se juntan y se esfuerzan en cantar
»esta primera aureola de la vida moral, brillo de la divina luz
»de la religión, y en ese cambio del niño á hombre, Dios des-
»ciende del cielo y se adelanta como un rey que va á recibir á su
»hijo más querido hasta su mismo palacio. Guando aconteci-
»mientos de fechas muy recientes se ofuscan y olvidan ante la
»infiel memoria, aquél, siempre presente, reina con un brillo eter-
»namente joven. Todo el mundo sabe el dicho del emperador
»Napoleón I: El día de la primera comunión es el más dichoso
»de toda nuestra vida.„
Hemos dicho que el culto de liaría en el mes de Mayo con­
tribuye poderosamente á que el niño haga dignamente su primera
comunión. Nada es más cierto. Este mes es una preparación con­
tinua para ella, muy oportuna y acertada. Si antes tiene que
«star bien impuesto en la doctrina cristiana, y comprender, según
capacidad, las verdades católicas, en Mayo las recuerda todos
los días en las lecturas piadosas que oye y pláticas sencillas que
— 328 -

escacha. Si antes le enseñan á ser devoto de la Virgen Santa,


como una disposición para recibir al Señor, el Mes de María
contribuye á desarrollar y confirmar en su alma esta devoción.
Si debe preceder una serie de buenas obras y varias confesio­
nes sinceras, las que practica en Mayo no pueden menos de ser
fructuosas. Desde el primer día sabe que ha de comulgar el día
último, y desea con impaciencia que llegue, y entretanto presta
oídos dóciles á las instrucciones del sacerdote que le enseña á
hacerlo debidamente, y á los consejos de su cariñosa madre, que
le explica el misterio augusto, como ellas saben hacerlo, le hace
concebir veneración á su majestad, y acompañando sas lecciones
de tiernos besos, embellece la doctrina del Sacramento con toda
la poesía del amor.
Además, la pompa religiosa y poética del culto que se tributa
todos los días de este mes á la Madre de Dios, se graba firme­
mente en sus imaginaciones vírgenes, los aficiona á las cosas de
la piedad y los predispone fortiter et suaviter para llegarse con
pureza á recibir al Cordero inmaculado. Los ejemplos ó historias
que oyen referir cada día del premio dado á los devotos de 1*
Virgen y desgracias sobrevenidas á los que no lo eran, les im*
presionan profundamente é inflaman sus almas con la esperanza
y el deseo de ser también premiados por aquella Madre tan ge­
nerosa. El Señor, á quien van á recibir, es Hijo de Ella, y teme-
rían ofenderle si no le preparasen en sus pechos un hospedaje
puro; tanto más cuanto que se creen sus especiales servidores,
por aproximarse con frecuencia á su trono. Por otra parte, cuando
se les pintan vivamente los desgraciados efectos de la comunión
sacrilega, se sienten poseídos de un saludable terror.
Estas diversas emociones que experimenta el corazón del niño,
dirigidas oportunamente, nunca dejan de ser fecundas, para que
por primera vez reciba con fruto al Señor. En el niño católico
que va á comulgar por vez primera, no es posible suponer igno­
rancia del misterio, por limitado que sea su talento, después de
las enseñanzas y explicaciones que se multiplican para que lo
entienda, y después de los exámenes que sufre para ver si tiene
conciencia del acto importantísimo que va á ejecutar. ¿Y cómo
- 329 —

se atrevería á acercarse sin disposiciones á la Sagrada Mesa,


ni aun á concebir el propósito de intentarlo? ¿Cómo tendría aliento
para cometer un sacrilegio? Esta temeridad supone un gran en­
durecimiento en la malicia, y una malicia superior á su edad.
Si hay algunos niños, sin embargo, que tengan esta desgracia, se
debe atribuir más bien que á malicia, á falta de discreción, por
sus pocos años, y á descuido ó imprudencia de sus directores,
Por no haberlos preparado bien, ó no haber sabido escoger con
acierto el tiempo oportuno para llevarlos al altar.
Es cierto que lo dicho hasta aquí puede suceder igualmente
cualquiera época del año, pero con mayor motivo á consecuen­
cia del mes de las flores. ¿Pues qué? ¿Ño hemos de creer que
la Virgen Santísima toma alguna parte en este acto solemne en
<№ se trata de evitar la profanación del cuerpo de su Divino
Hijo, y de la felicidad de aquellos niños que han sido en Mayo
los embajadores de todos sus devotos? ¿No hemos de suponer que
Ella endereza secretamente sus buenas disposiciones, vigoriza sus
santos propósitos y les inspira resoluciones piadosas? ¿Ella que
68 el canal de todas las gracias, no ha de interponer su virtud
para que Dios les conceda la más eñcaz, que mueva infalible­
mente sus tiernos corazones y decida sus voluntades para el bien?
iQué otra cosa más importante podrían conseguir los niños como
Premio de los honores que la han tributado todo el mes?
He aquí como el Mes de Mayo termina con el acto más
grandioso de la religión, practicado santamente por unos niños;
la más sublime y maravillosa de todas las gracias, aplicada con
Misericordia á unos corazones sencillos.
Por este lado la devoción de las flores presenta un aspecto
Magnífico; se abre ante ella el porvenir. Los hombres pensadores
d ieran fijar su atención en la importancia de este hermoso culto
empieza exigiendo limpieza de conciencia, continúa prac-
lcando buenas obras y termina inaugurando una adolescencia
^rtuosa. Porque la primera comunión es el término de la niñez
el catolicismo y el principio de una vida nueva. La niña se
ransforma en doncella y deja los juguetes y diversiones de sus
^P añeras para dedicarse á ocupacionés serias, aprender el go-
— 330 —

tierno de la casa y hacer las labores de su sexo: sa vestido y so


peinado cambian de forma, sos miradas pierden la travesura in*
fantil y adquieren modestia; sus pensamientos y sus costumbres
se modifican como han de ser siempre después. El niño se hace
hombre apto para el trabajo, y se dedica á aprender un arte, un
oficio, ana profesión. En una palabra, este acontecimiento es 1a
verdadera entrada en la vida, porque desde él se empieza á ser
de alguna utilidad en la familia y en la sociedad.
Ahora bien; dirigir rectamente esta entrada, fortaleciendo al
joven para el camino trabajoso que va á emprender, es uno de
los frutos más insignes de las flores de Mayo. Unir este caito ¿
esa obra beneficiosa y saludable, coronar el mes de María llenando
de Dios á ana generación entera, tener esto como parte de los
honores y homenajes tributados á la Virgen durante todo el mes*
como parte interesante de la tierna devoción; en una palabra, ofre-
cer á María, para terminar dignamente las ofrendas pasadas, estos
flores vivas, estas primicias de los afios sin pecado, es un pen*
samiento muy elevado que sólo cabe dentro del catolicismo, y qfl0
basta por sí solo para recomendar esta devoción hacia la Madre
de Dios.
El mes de Mayo produce estas flores brillantes, que son la
peranza de la Iglesia y de la sociedad. Verdadero árbol de 1#
vida plantado en medio del Paraíso, el que acude á sus frutos
no muere jamás.

§. II.
Las flores del sepulcro, ó los sufragios por los
congregantes difuntos.

La bienhechora influencia del culto de la Santísima Virg®D


en el mes de Mayo, abraza toda la vida católica desde su pr>n'
cipio hasta su fin y persevera en el sepulcro. Esta devoción,
es una inauguración de la vida religiosa en el niño, es tambi^1
un refrigerio para sus antiguos devotos ya difuntos, y les abr®
las puertas de la vida eterna y bienaventurada en el cielo. »
— 332 —

ñas por ellos; costumbre fundada en la Sagrada Escritora (1)*


que no reprobaba San Agustín, y que practicó su madre Santo
Ménica. Mas á consecuencia de los abusos que se introdujeron,
tronaba después contra ella el mismo Santo (2), hasta que des*
apareció por completo, habiéndola sustituido la de dar limosnas en
las casas por el descanso de los fieles, como aun se practica®0
muchos lugares. En cuanto á los mausoleos y monumentos, coro­
nas de flores con que se adornan en sus aniversarios, pompa fu­
neral y otros honores tributados á la memoria de los muertos, no
hace á nuestro caso el hablar. Sólo recordaremos con el citado
San Agustín, que estas cosas, más bien que provechosas para los
difuntos, son de consuelo para los vivos, para mitigar su dolor (3).
Mas no eran estos ritos exteriores los únicos obsequios qned
cristiano tributaba á la memoria de los objetos de su cariño,
pues entonces apenas se hubieran diferenciado de las ceremonias
gentílicas, sino que principalmente los honraba con obsequios pro­
vechosos y saludables. Ofrecían sus buenas obras como sufragio®
por ellos, les aplicaban sus oraciones ó indulgencias, sus ayo»08
y sus limosnas, y especialmente todas las gracias del Santo Sa­
crificio de la Misa. La doctrina cristiana enseña la comunión do
los Santos, y la conducta de los antiguos cristianos atestigua q®e
así lo creyeron. Es decir, el cristiano no muere del todo; no hace
más que cambiar de lugar en la sociedad de la Iglesia (4); su
muerte es una ausencia que no le impide participar de nuestros
méritos, y sigue en comunicación con nosotros por la fe y P or
caridad.
Según esta doctrina, la fiesta que hacemos por los cofrades

(1) Pattern tuum et vinum tuum super sepúlturam ju tti constitue, et no


eo manducare et Iribere cum peccatoribus. Tob. IV. 18. . ^
(2) Novi multo8 esse septdchrorum adoratores, qui cum luxuriostsst _ .
per mortuos bibunt, et epulas cadaveribus exhibent, super sepultos se sepe
S. Aug. De Moribus Eccles, c. 34. ^
(3) lata omnia, curatio fun tris , conditio sepultura , pompa exequtnru ,
gis vivorum solatia sunt, quam subsidiam mortuorum.—Stua. Ang. V* ctí. ^
mortuis , cap. 2, apiid. á Lap. ¡Verdadera igualdad de pobres y ricos en la inuen*» h
no aprovechan sino las buenas obras. * arante
(4) Nf que enim piorum anim a mortuorum, dice 8an Agnstín, ^ ^
ab Écclesta, alioquin nec ad altare fieret eorum memoria* Libro 20, c.
Civit. Dei.
— 833 —

difuntos como corolario del Mes de María, es una reunión cariñosa


toa nuestros amigos y hermanos invisibles. Sabemos que ellos lian
t°mado parte en espíritu y deseo en nuestros honores tributados
* Ia Virgen María; sabemos que cuando vivieron en el mundo con­
tribuyeron con su ejemplo, con sus intereses y con su influencia
*desarrollar y propagar este culto de la Madre de Dios; sabemos
№ algunos hicieron legados piadosos para sostenerlo cada año,
í venimos á compartir con ellos la rica cosecha de gracias espiri­
t e s y grandes méritos que hemos allegado en el mes de Mayo,
rico tesoro de favores y beneficios con que nos ha enriquecido
**generosa Dispensadora celestial. Traemos, para engalanar sus
^alturas, los mismos ramilletes de flores que han perfumado los
fiares de la Virgen, y además, como aquel Pammachio que mere­
ce los elogios de San Jerónimo, venimos á refrigerar sus huesos
Venerables con el bálsamo de la piedad (1).
El corazón de los católicos es un foco de amor; así que en
8118ejercicios de devoción irradian éste hacia todas sus relacio-
^ Por todos se ruega á Dios: por los pecadores, viajeros, pa­
r te e , bienhechores, Reyes, Pontífice, etc. Pero como éstos se
todavía en el mundo y pueden ayudarse á sí mismos, las
piones por ellos son de diverso modo que por los difuntos. La
l^edad católica amontona sobre estos últimos todos sus recursos
j^ a serles útil, ya que ellos no pueden satisfacer por sí mismos;
j/®3, en sí la fianza de sus penas, obra en nombre suyo, gana
diligencias para ellos, y les traslada y cede sus propias satis-
íj^ones y méritos, que es lo que se llama propiamente sufragio.
coito de las flores, es decir, el culto de María elevado á su
¡ 7 0r belleza, no había de carecer de esta armonía tan conso­
g ra.
^ El sepulcro tiene sus flores que no son indignas de figurar
^ J f r ramillete. Estas inspiran veneración, porque las conside-

mariti super lumulos conjugum spargunt violas, rosas, lilia, fio-


**- — я; Pammaehius noster saneUrn faviüam, ossaque veneranda
— 334 -

ramos alimentadas con la substancia de nuestros abuelos, y cree*


mos que al aspirar su aroma, aspiramos juntamente con él alguna
molécula querida. La siempreviva, el amaranto, la pasionaria,
el girasol, el ciprés y otras flores del sepulcro que nos han ser­
vido para engalanar los altares de la Santa Virgen, tienen sos
emblemas muy adecuados á la situación de los que bajo ellas re­
posan (1). Por lo cual, en esta fiesta del 1.° de Junio, venimos
á restituir á nuestros finados la quinta esencia de las flores qn®
tomamos de sus tumbas, convertida en oraciones, oficios solem­
nes, misas, limosnas y otros actos de virtud.
Y al mismo tiempo nos consolamos piadosamente en el favor
que les hacemos y en la confianza de la dicha que les procura­
mos, porque creemos que nuestros sufragios por su descanso son
aceptados por intercesión de Haría, á quien en cierto modo obli­
gamos á interesarse en ellos, supuesto que tanto la hemos obse­
quiado dorante un mes entero, y se refieren á sus antiguos devo­
tos. Así continúan éstos sintiendo, aún después de muertos, la
misericordiosa influencia de su protección.
¡Qué grande es la religión que tiene para los muertos tales
auxilios y hace una fiesta de la memoria del sepulcro! La gen*
tilidad nada podía hacer por sus finados, sino llenar de pomposo
aparato sus exequias. El soberbio protestantismo no se diferen­
cia de aquélla en cuanto á esto, habiendo negado el Purgatorio
y los sufragios. ¡Horror á esta secta desventurada, que sofoca
los instintos naturales del corazón, que ensefia la separación
absoluta de los padres y los hijos, los maridos y las esposas,
los bienhechores y los amigos, ó interpone entre todos la inmensa
valla de la eternidad! Esta perversa herejía es un verdugo de
todos los afectos tiernos; en su sistema, la muerte es verdadera-

(1) La siempreviva y el amaranto denotan la inmortalidad en qoe w · » .


almoraduj es símbolo de la esperanza de la gloria; la pasionaria rep re se n ta
pasión de Nuestro Stfior Jesucristo por cuyos méritos se saltan; el ¿
al sol constantemente, indica la contemplación fac¡t ad faciem de la Divinidad, J
ciprés , con su copa elevada y puntiaguda, parece señalar que el cielo es nuestro ultj®
fin. Los antiguos paganos hicieron al ciprés árbol fúnebre, porque jamás rev e w *
de spués de cortado, lo mismo que los muertos. No era extraño en su sistema
solador que apenas esmeraba nada máa allá del sepulcro. Nosotros lo consideramos
mo un indicador del cielo.
— 335 -

mente tal, y el dolor por el fallecimiento de nuestros amados no


se mitiga. Para preservar al pueblo de su contagio, no habría
mejor argumento que decirle muy alto: Esta secta sin misericor­
dia no os permite rogar por vuestros padres ni por vuestros ma­
ridos, ó al menos ensefia que vuestras oraciones no les servirán
de ningún provecho. Esta secta es la que ha inspirado á esos
hombres que han dispuesto la profanación de vuestros cemente­
rios, porque consideran que los cadáveres no son más que unos
asquerosos despojos del hombre, unas viles inmundicias de la
materia que se va á corromper. ¿Qué importa, pues, amontonar á
los protestantes, judíos y católicos en un pudridero común?—Si
vosotros tenéis como sagrados los cadáveres de vuestros antepa-
•ados, apartaos con horror de esa gente que no teme turbar su
sueño de paz (1).
¿Qué puede hacer el protestantismo con sus difuntos? Cubrir
su cuerpo con una tierra estéril y no bendecida, ó derramar so­
bre ellos flores que se marchitan tan pronto como tocan al cadáver,
J á lo más encerrar en unos mármoles helados sus cenizas no
menos heladas, ó poner en la losa un epitafio pomposo que
revela una nada, es decir, lo que fué y no es. Jamás queda con­
fundida con más evidencia la vanidad é impostura de esta secta,
que cuando se ven sus individuos envueltos en unos velos fúnebres
y encerrados en un estrecho ataúd.
¿Qué podía hacer la gentilidad? Vanas eran sus señales des­
ceradas de dolor, el arrancar sus cabellos y arañar sus rostros;
^nas sus pompas de rodear tres veces el cadáver, llevando ra­
mos de laurel y de acanto y perfumando sus restos con los más
Exquisitos aromas; colocándolos en magníficos y elegantes mauso­
leos, inmolando después una becerra negra á su memoria y ha­
cendó sacrificios y libaciones á sus manes. Estas frías ceremo-
Mas podían ser muy bien aparatos del fausto ó satisfacciones del
^Sullo, y encubrir un dolor fingido; y nunca una ceremonia tris-
^ debe degenerar en un espectáculo de ostentación. Y además,
(*) A propósito de esto podríamos decir lo qne Chateaubriand de la moloción fran-
por haber profanado los sepulcro*: ¿Qué delitos cometieron nuestros abuelos
f~ r<* que asi se tratasen sus restos, sino el haber engendrado unos hijos como
*otros?—Genio del Cristianismo, parte IV, lib. II, cap. 6.
— 336 —

¿qué aprovechaba esto á los finados? ¿Qué les servían las dobles
copas, las pieles de león con ufias de oro, sus armas, los cantos
lúgubres y las lágrimas alquiladas que hacían su cortejo funeral?
Sólo la religión católica ha sabido multiplicar de una ma-
ñera digna los honores en torno del sepulcro, haciendo que la
voz de la esperanza se levante del fondo de la tumba, y tomando
para siempre bajo su amparo las cenizas del hombre, por lo cual
antiguamente colocaba á los difuntos en los templos y con el ros-
tro vuelto al altar. Mientras en la antigüedad el cadáver del
pobre ó del esclavo era abandonado sin honor alguno y se le de­
jaba podrir sobre la tierra y ser devorado por los cuervos, el men­
digo cristiano, al exhalar su último aliento, se convertía repenti­
namente en un sér sagrado y augusto. Mientras los paganos
miraban los sepulcros con una mezcla de repugnancia y de terror,
el catolicismo supo hacerlos mirar con veneración. Los concilios
encargaban al viajero cubrir con tierra el cadáver que hallasen
en el camino, y promulgaban leyes severas contra sus profana­
dores: así santificaba la religión los restos del hombre llenándolos
de paz.
Como consecuencia de esto, renovaba con frecuencia los honores
á los difuntos y celebraba sus aniversarios y conmemoraciones.
La memoria de la muerte, que para muchos es espantosa y terrible,
no intimida al verdadero cristiano, porque sabe que al morir no
se-separa del todo de los que ama. “En la dura necesidad de morir
„que todos tenemos, se consuela con que ha de ver en breve á
„aquellos de cuya ausencia se lamenta. Porque no debe llamarse
»muerte, sino dormición ó suefio, creyendo que los que duermen
„se han de despertar para cantar alegremente con los Santos y
„los Angeles las alabanzas de Dios» (1). Así al renovar la memoria
de los muertos, la esperanza nos hace sentir las dulzuras de una
verdad amable: de la unión eterna en el cielo con los que amamos
sobre la tierra. ¡Con cuánto consuelo y desahogo se derraman lá­
grimas tranquilas sobre las cenizas de una madre, de un hermano
ó de una esposa sobre quienes abrigamos tan dulce esperanza y
tenemos por la fe tan tierna comunicación!
(1) Stas. Hieron. Bpist. 29.— Theodoram, De obitu Lopicini mariti.
- 337 —

¡Enviar el aroma de nuestras flores á las almas de naestro


cariño! ¡Refrigerarlas con su rocío saludable! ¡Transmitir al otro
mundo su perfume místico! ¡Poder anunciarles con una oración
ó una limosna que no las olvidamos! ¡Encerrar nuestros afectos
dentro de la devoción más tierna á la Virgen María! ¿Puede haber
algo más consolador?
Bajo otro aspecto más serio, estos sufragios que hacemos por
los difuntos á continuación del Mes de María y enlazados con
ttta devoción, se prestan á reflexiones harto graves. Recordar­
los la muerte á continuación de las flores que representan la vida
¿no es decirnos que estemos preparados para cuando llegue nues­
tro turno? Los placeres del mundo pasan como el perfume de las
rosas, y están también rodeados de espinas. Pero delante del cata­
falco enlutado, bordado de calaveras y huesos cruzados, y coro­
nado de cirios amarillos, desaparecen todas los ilusiones de la
vida, como si penetrase de repente en el corazón todo su luto
pavoroso; porque se presenta al alma, con majestad grandiosa y
terrible, la idea de la eternidad. El lúgubre y solemne Dies ira
entonado á continuación de las alegres canciones del mes de
Mayo, estremece involuntariamente; parece que tiene entonces
más solemnidad que de costumbre: las graves notas del canto
Uano resuenan poderosamente dentro del pecho, y al oirías se
queda el corazón tan mustio como las flores marchitas, y la res­
piración inmóvil como la eternidad que se anuncia. Cuando se
0Jen aquellos dos fatídicos versos
¿Quid sum miser tune dictaros
Quem patrouum rogatnrns...?,

iqoión es el que los oye que no convierte instintivamente sus


°Jo8 á la Madre del Amor Hermoseé ¿A qué Patrona sino á Ella?
Carece que nos llama con sus brazos abiertos, y nos dan deseos
do correr apresuradamente á refugiarnos en su regazo maternal.
Después de estar acostumbrados á la hermosura y lozanía de
138 flores, se nos presenta bruscamente la imagen árida de la
Roerte. ¡Qué contraste entre las rosas y los esqueletos, entre sus
aromas y la podredumbre de los cadáveres! El hombre se hastía
L as F lobes de Mayo .— 22.
- 338 -

de las falaces hermosuras del mundo y se aficiona á la virtud,


que es la única flor que resiste, sin marchitarse, los golpes de la
terrible guadaña, que todo lo abaten y destrozan.
El culto de las flores en todas sus aplicaciones y consecuen­
cias, aun las más remotas, exhala un perfume de esplritualismo
y de gracia que edifica y consuela; toca á la conciencia y forta­
lece al alma. He aquí cómo se verifica otra vez más, que bajo
cualquier aspecto que se le considere el Mes de María , es alta­
mente provechoso, benéfico y moral.

§. m.
La Corte de Maria.

A consecuencia de la devoción de las Flores de Mayo, J


como uno de sus frutos más señalados, tuvo origen en nuestra
España, durante Mayo de 1839, la piadosa asociación titulada
La Corte de María, fundada por el padre jesuíta D. Ramón
Leal, que es uno de los esfuerzos más gigantescos y provechosos de
este siglo para honrar á la Madre de Dios.
El siglo xix merece muy bien el nombre que se le ha dado
de siglo de María. Para honrar á la poderosa Reina del uni­
verso, dice Monseñor Qaume, “para obtener, y si me es permitido
„decirlo, para popularizar su devoción, el siglo xix bueno ha
„hecho más durante su primera mitad, que muchos siglos ante­
riores en toda la duración de su existencia. Basta citar algu-
„nos hechos: El Mes de María, celebrado en la actualidad en
„las cinco partes del mundo, no solamente en las ciudades, sino
„también en las más humildes aldeas:—¿a Medalla milagrosa,
„suspendida en millones y millones de pechos en cuantos lugares
„alumbra el sol:—el Rosario viviente, inmenso concierto de in­
vocaciones, resonando noche y día en el corazón de María, do­
quiera que hay católicos, y existen éstos en todas las partes del
„mundo:—las estatuas é imágenes sin número, erigidas y colo-
„cadas al pie de las montañas, al borde de los caminos, á la
„entrada de las poblaciones, en todas las casas, en los soberbios
— 339 —

»palacios, como en las más humildes chozas, ante las cuales se


»se invoca á María millares de veces cada día:—una multitud de
»obras de historia, de erudición y de elocuencia consagradas á
»explotar la inagotable mina de belleza, de bondad, de poder que
»se llama María:—las célebres apariciones de Eimini, de la Sa-
»leta y de Lourdes, con las cuales anima el cielo vivamente á
»los hombres en su devoción hacia la augusta Virgen:—las aso-
»ciaciones de las Hijas de María, establecidas en todas las po-
ablaciones, mediante las cuales todas las jóvenes cristianas, lo
, mismo la que naciera en aristocrática cuna que la que vió la
»luz en pobre tugurio, están colocadas bajo la protección de la
»tierna Madre de todos los mortales, y se esfuerzan y animan á
»practicar sus ejemplos y marchar en pos de sus divinas huellas.
»Finalmente, como coronamiento de todas estas extraordinarias
»manifestaciones, la proclamación solemne del dogma de la In-
» maculada Concepción (1).„ A todo esto hay que añadir la Corte
de María, que figura dignamente entre todas esas perlas de la
corona Virginal.
Esta asociación piadosa tiene por objeto obsequiar diariamente
&María Santísima, visitándola y haciéndola la corte en sus más
celebres imágenes. Se compone de coros de treinta y una perso­
nas cada uno, á fin de que haya todos los días quien haga la
visita en nombre de todos los demás, y así conseguir todos una
buena muerte. “Tal es el objeto de nuestra asociación (dicen
los anales de 1848, de los cuales tomamos la mayor parte de
este capítulo): honrar á María en sus imágenes, con el fin espe­
cial de que nos ampare y defienda, y nos lleve á la gloria de su
Hijo al terminar esta frágil, mísera, caduca existencia, que por
breve tiempo se nos ha concedido para peregrinar por este valle
de lágrimas.»
“Las más grandes empresas religiosas suelen tener muy pe­
queños principios. Parece que Dios se complace en dar tenue y
Pequeño origen á las instituciones que con el tiempo han de di­
latarse y producir admirables frutos de virtudes y de santidad.
Casi todas las Ordenes religiosas que con el transcurso del tiem-
(U Monsefior Ganme, Jcdit t E ster, Mes de María del siglo X I X .
— 340 —

po habían de ilustrar la Iglesia, producir muchedumbre de varo­


nes apostólicos, conquistar para la fe extendidas regiones, con­
tribuir al adelantamiento de las ciencias y promover el desarrollo
de la verdadera civilización, tuvieron diminutos principios. Lo
mismo ha sucedido con esas hermandades tan antiguas y vene­
rables que, atravesando siglos, son las que principalmente hoy
en nuestra nación sostienen con su piedad y voluntarios donati­
vos el culto de Dios y de sus Santos, privado de los recursos que
en otro tiempo tenía para su mantenimiento, debida pompa y
esplendor. De igual manera dispuso el Altísimo que naciese
nuestra Corte de María. „
“En 1839, unas pocas personas piadosas que se reunían para
honrar á la Señora en su mes de Mayo, se propusieron hacerle
un nuevo obsequio visitando por turno sus queridas imágenes y
rezándole la Letanía y la Salve con la particular intención de
alcanzar de su maternal misericordia una santa y dichosa muerte;
y he aquí que como por encanto se aumenta y crece prodigiosa­
mente en esta capital el número de los que quieren obligarse á
tributarle aquel pequeño homenaje de amor y de rendimiento.
De Madrid pasa á las provincias el piadoso y santo anhelo de
hacer la corte á María; y luego esta devoción tan fácil, tan sen­
cilla y tan dulce, se ve extendida y arraigada en todos los ángu­
los de nuestra Península, y hasta en sus más reducidas aldeas y
caseríos. En todas partes se forman coros de treinta y una per­
sonas, que han de visitar todos los meses á la imagen de la Reina
del Cielo que les cupiere por suerte; en todas partes se implora
su patrocinio para aquel trance en que desapareciendo del mun­
do los amigos y los parientes más inmediatos, se entra en la
formidable eternidad; en todas partes los asociados con tan exce­
lente fin, no contentos con el cumplimiento de esta práctica, ha­
cen á la que reina en sus almas solemnísimas funciones que
llaman la atención de los pueblos y de las ciudades por el decoro,
entusiasta piedad y religiosa magnificencia con que se celebran,
resonando en los templos las alabanzas y la gloria de la Madre
de nuestro Salvador en los fervorosos labios de los predicadores
más sobresalientes.»
- 541 -

“No ve esta capital función de iglesia más suntuosa que la


que los coros de la Corte de María celebran el 31 de Mayo, como
digna conclusión y corona del mes que han consagrado á la in­
maculada Doncella que forma las delicias del Eterno, las de los
Angeles y las de los hombres de religioso corazón. La imagen de
la Madre d d Amor Hermoso, hecha por el célebre escultor
D. José Tomás, vicedirector de la Real Academia de San Fer­
nando, regiamente vestida y engalanada recibe aquel solemne
día un culto en que se junta la piedad más tierna con la más
esplendorosa magnificencia. La iglesia del Carmen descalzo,
ahora parroquia de San José, parece un cielo; á lo menos se
reúne en ella cnanto puede darnos una viva idea de la celestial
Jerusalén. Vístese de fiesta y regocijo con ostentación y belleza;
¡lamínase grandiosamente; se llena de muchedumbre de gentes
<№, con el alma limpia por el sacramento de la penitencia, van
á sustentarse de la purísima carne de aquel mismo Cordero
Divino, que en las alturas del firmamento alimenta de su gloria
á todos los bienaventurados; niños, ancianos, jóvenes é innume­
rables mujeres, ricos y pobres, nobles y plebeyos, le entran en
sus entrañas, tomándolo en la mesa eucarística de las venerables
7 cansadas manos de un Obispo. Allí hay, como en el cielo, án­
geles preciosos que sirven y rodean en sus brillantes tronos al
^ ey y á la Reina de los Santos, y son una porción de niños de
filísimo semblante, de corazón como el de la paloma, de alegres
°jos en que resplandece la inocencia, y delicada y lujosamente
vestidos de ángeles: estos ángeles de la tierra son los que con
paras manitas ofrecen á María las flores de Mayo. ¿Y qué le
falta aquel día al templo del Carmen para ser una especie de
sublime compendio de los cielos? ¿No está allí, como en los cielos,
realmente presente en el augusto Sacramento de su amor la in­
finita majestad de uuestro Dios? ¿No está allí, como en la gloria,
fuella Hermosa de Nazaret, á quien el Espíritu Santo llama
t°da linda y sin mancha? ¿No está allí robándose los corazones
con su belleza y dulzura? ¿No arde allí el mismo amor santo que
en el Empíreo abrasa á los serafines? ¿No se oyen allí las mismas
Toces de alabanza, de bendición y de amor que se cantan en el
— 342 —

firmamento á la Emperatriz del mando y al dirino fruto de


su seno?,
"¡Ah! Las solemnidades religiosas del catolicismo tienen
mucho de cielo, y encierran para la tierra un germen de bienan­
danza. Sin duda alguna que los asociados de la Corte de María,
cuando para obsequiar á nuestra misericordiosa Madre nos acer­
camos á recibir en nuestros pechos el Pan de los Angeles, sin
duda alguna nos preparamos detestando todas nuestras culpas ó
imperfecciones, layándonos de ellas en la confesión con la sangre
del Redentor, y proponiendo no desviarnos en adelante del cami­
no de la virtud para ser gratos á los ojos de María inmaculada.
Sí; es innegable que todas las prácticas de piedad, y particular­
mente las de la devoción á la Santísima Virgen, tienen una admi­
rable eficacia para moralizar á los pueblos y á las naciones.
Todas ellas se dirigen á agradar á Dios; y sabido es que no se
agrada á Dios sino huyendo del vicio y dándose al ejercicio de
las virtudes. Bajo este aspecto, nuestra Archicofradía debe ser un
bien moral para la España, donde el Señor la ha extendido pro­
videncialmente, si hemos de juzgar por la presteza de su propa­
gación y establecimiento, aunque de ningún modo pretendemos
darle más importancia que la que se merece, por las considera­
ciones que acabamos de emitir.,
“Tiénela, sí, muy grande para nosotros, por las espirituales
riquezas de que nos hace partícipes: tales son las innumerables
indulgencias plenarias y pardales concedidas por los Romanos
Pontífices Gregorio XVI y Píq IX á todos los asociados, y qu®
pueden aplicarse á los difuntos; y además, indulgencia plenaria
en cada una de las misas que se celebren por los asociados difun­
tos, como si fuesen dichas en altar privilegiado..
Viendo el fundador que esta devoción no era una de esas des­
tinadas á desaparecer con las primeras personas que la practi­
can, sino que por el contrario, el éxito era tan prodigioso q«e
excedía á toda ponderación, y cada día mayor el entusiasmo coa
que nuevos asociados venían á cobijarse bajo el manto de la
Madre del Amor Hermoso, solicitó y obtuvo de la Santa Sed®
la aprobación canónica. Su Santidad Pío IX, por su breve de 7
é
— 343 —

de Mayo de 1847, la erigió en Archicofradía, con las más am­


plias facultade^de establecer confraternidades en todas las pobla­
ciones de España y del extranjero, y hacerlas partícipes de todas
las gracias, indulgencias y privilegios concedidos ó que se impe­
trasen en lo sucesivo á perpetuidad.
No es posible dar idea de la gran extensión y desarrollo qne
ha logrado la Corte de María, y de la admirable multiplicación
de sus coros. “En este punto tan interesante para la gloria de
»Dios y de la Santísima Virgen, para la salvación de las almas
»y consuelo de la Iglesia;... en este punto es donde más visible-
»mente se ha manifestado la grandísima predilección con que
»Dios y la Santísima Virgen miran esta grandiosa institución.
»En los últimos cinco años el número de coros se ha elevado
»desde 8.500 sobre poco más ó menos que eran los que en España
»existían en 1859, al de once mil, que aproximadamente se cuen-
»tan en la actualidad; duplicándose al mismo tiempo el número
»de los existentes en el extranjero, que eran en aquella fecha
»unos tres mil y son hoy sobre seis mil. Es decir, que los once
»mil coros de que se componía la Archicofradía en 1859 entre Es-
»paña y el extranjero, son ya hoy diecisiete mil, ó lo que es lo
»mismo, un aumento de casi doscientos mil nuevos cortesanos. Con-
»viene advertir que en la palabra extranjero no se comprenden
»únicamente las naciones europeas, pues sabido es que la devoción
»de la Corte de María no está contenida únicamente en los lími-
»tes de Europa, sino que es acogida con igual entusiasmo y piedad
»en las antiguas posesiones españolas de América, en las abra-
»sadas regiones del Africa, y en los remotos países del Asia y
»de la Oceanía.„ No tenemos á la vista los datos de los últimos
años, ¿pero quién duda que á la fecha en que escribimos habrá
tenido un aumento proporcional, y aun mayor, viéndola como la
vemos establecida en las más insignificantes aldeas?
¡Esto es admirable! La Virgen María tiene una corte conti­
nua de un millón de corazones. ¿Ha habido jamás un monarca
más obsequiado? ¡Mas con qué diferencia! Los cortesanos de los
reyes del mundo abrigan en su corazón la doblez, el disimulo y
la perfidia; son viles aduladores por interés, no tienen ningún
— 844 —

amor al soberano y le vuelven la espalda en el día de la adver­


sidad; mas los cortesanos de la Santísima Virgin son de unos
corazones sencillos é ingenuos, que se presentan delante de su
trono con el más tierno y profundo amor. Estos no olvidan fá­
cilmente sus antiguos juramentos de adhesión y fidelidad.
Y he aquí una prueba de la soberanía latísima de la Madre
de Dios. In omni populo et in omni gente primatum hábet, es
la verdadera Reina del universo en toda la extensión de la pala*
bra. Al subir en cuerpo y alma á los cielos, fué coronada por la
Santísima Trinidad por Reina y Señora de todo lo criado; y así
como es aclamada por los Angeles, debe recibir también en la
tierra los homenajes debidos á su majestad real.
¡Cuánta nobleza, cuánta grandeza confiere el títalo de corte­
sano de María! Los monarcas de la tierra, aunque tienen domi­
nio sobre todos sus vasallos, sólo permiten á unos pocos formar
su corte y visitarlos con asiduidad. A éstos los llaman condes,
duques, marqueses, y los tienen por nobles y grandes, sólo por­
que están cerca del rey. ¡A qué rango, pues, tan alto no nos ele­
va el título de cortesanos de María, á qué honra tan distinguida
nos llama, tratándose de esta Reina tan poderosa y excelsa, de
esta Emperatriz celestial! E l estar á su servicio ya es reinar,
y él ser su vasallo es más que un trono (1). ¡Ah! Ella siempre
se digna admitirnos á su real presencia y nos recibe con suma
bondad.
Por último, los reyes de la tierra sólo tienen una corte muy
reducida y en un solo lugar: la Virgen María la tiene en todo el
universo, ó mejor dicho, todo el universo es su corte. Sus cortesa­
nos no procuran medrar unos á costa de los otros, ni se valen de
intrigas y calumnias para derribar á los favoritos y ponerse en su
lugar.
¡Cuán robusto y vigoroso árbol es el Mes de Maria, que tan
excelente y gigantesco fruto ha producido! ¡Cuán preciosas estas
flores que han difundido un aroma tan suave, y tan honorífico
para María, por todos los pueblos católicos del globo! Todo árbol
(1) Servire huic Regina, remare est; et ínter Ulitis mancipia numeran , pl*#'
quam regium. Stus. Anselmas, V e Excellent.Virg., cap 9.
— 345 —

bueno lleva buenos frutos, y d árbol malo lleva malos frutos...


porgue el árbol por él fruto es conocido, dijo nuestro divino
Salvador.

§. IV.
Frutos del Mes de Maria en orden á la felicidad del indivi­
duo, á la felicidad doméstica, á la paz y prosperidad del
Estado.

Habiendo demostrado en las Flores de la Vida las influen­


cias más notables del culto de María en general y la eficacia con
que obra sobre el individuo, la familia y la sociedad, tenemos
demostrado este capítulo, supuesto que las más puras de aquéllas
se aglomeran y reconcentran en el mes de Mayo. Sin embargo,
ahora hemos de considerar aquellas influencias como frutos de
estas flores, haciendo notar, aunque no con la extensión que la
materia exige, la suma de felicidad que se deriva directamente de
nuestra devoción.
Tomaremos por base aquel principio sentado por Kant en el
único argumento que admite para demostrar la existencia de
Dios, á saber: el enlace ó conexión que necesariamente hay entre
la moralidad y la felicidad verdadera: y como este enlace necesa­
rio no lo puede realizar el hombre, es preciso admitir un ente
soberano, juez justísimo que quiera, omnipotente que pueda, y
omniscio que sepa dar siempre á la moralidad la felicidad co­
rrespondiente. Sin entrar en discusión sobre la exactitud del prin­
cipio y solidez de su argumento, nosotros lo aplicamos al culto
deljtfes de María, que realiza admirablemente dicho enlace, pues
Dios, que recompensa generosamente toda acción buena, remunera
con mayor largueza todo lo que se hace en obsequio de su Santí­
sima Madre. Por lo cual es exacto el dicho de que honrar á
№aria es asegurar la vida eterna.
Es ciertísimo que este culto desarrolla en alto grado la mo­
ralidad en sus devotos, y por éstos, en todos aquellos con quienes
86 relacionan, y por consiguiente produce un bienestar general
que no puede desconocerse, porque todos lo experimentan. La
- 346 -

suma de virtudes y de buenas obras que en él se practicau, de


santos propósitos que en él se forman y de conversiones que se
verifican, es la mejor prueba de ello: la atmósfera corrompida del
mundo se purifica con este cloro de salud.
Los efectos de esta devoción son más notables en el indivi*
dúo considerado aisladamente. No hay ninguno que la practique,
que al terminar Mayo no sea mejor que cuando empezó. El mero
hecho de asistir todos los días á los ejercicios de las flores, ya
presupone arraigada en el alma del individuo una devoción sóli­
da á la Virgen María, y por consiguiente, las influencias de este
culto en sus acciones, pensamientos y comportamiento social. Es
un buen hijo que tiene su asiento en la mesa de su madre, y par­
ticipa los privilegios unidos á su filiación. La Virgen María es
para él, en el orden de la gracia, lo mismo que la madre en el
orden natural: por ella nace, es alimentado, educado y desarro­
llado; es formado su carácter y arregladas sus inclinaciones. El
hombre recibió esta Madre divina como el legado más precioso
que· nos dejó el Salvador desde la Cruz.
Pero estas influencias obran y se revelan con más viveza eii
el mes de Mayo. Esto se comprende mejor que se demuestra, aun­
que no por eso es menos cierto. La repetición de todos los actos
de devoción extraordinaria, ó sobre la costumbre, que forman el
mes de María, hacen un hábito de mayor piedad, acumulándose
los unos á los otros, y siendo obsequios especiales, no es posible
que carezcan de su fruto especial.
La Virgen María es considerada en este mes como Madre
de uoa manera especial: Madre del Amor Hermoso; es decir, de
más simpatía, más atractivo, más intimidad. Amor hermoso, que
tiene una correspondencia fiel, tanto por parte de Ella, que es
su fuente, como por parte de los hombres, cuyo corazón se pu­
rifica al amarla. Los rectos la aman, atraídos de su dulzura, por
lo cual decía San Isidoro: Ninguno te ama, si no es recto; y niri'
guno es recto, si no te ama (1). Por consiguiente, es condición
indispensable que no se le haya de ofrecer entre las flores un
(1) Bccti diligunt te. Cant. Cantic. 1. 4. Nullus te diligit , nisi rectus; et
llus est rectus, nisi qui te diligit. Stas. Isidor. Comment, in hunc locum.
— 347 -

corazón corrompido y depravado, que sería como sos espinas, sino


parificado en la virtud y digno de sa amor.
Admitida esta relación entre la Virgen y sos devotos, rela­
ción que no puede ser más exacta, y que está reconocida por
la Iglesia al haber concedido oficio propio para honrar á la
Santísima Virgen con este nuevo carácter y advocación, ¿quién
podrá negar que ha de corresponder con más largueza á los que
la honran en este mes! “El cristiano (valiéndonos de las palabras
de Augusto Nicolás) que paga esta deuda tan legítima á María
Madre de Dios, si se pone en relación con ella por medio de las
disposiciones que caracterizan su culto, y que lo recomiendan tan
eminentemente á todos los que tienen el sentido cristiano, por la
sencillez y humildad; en una palabra, si da pruebas de hijo,
pronto sentirá que María es su Madre; y lo conocerá, no tan sólo
en el amor que la tendrá, sino en las gracias que recibirá por
su medio, y en el aumento de su amor á Jesucristo y á Dios,
testimonio cierto de aquellas gracias.» La madre ama á sus hijos,
los defiende, los colma de bienes y los aparta de los peligros; así
el amor hermoso de María protege, santifica y enriquece á los que
la aman, según aquellas palabras de los proverbios: Yo amo á
los que me aman, y los que de mañana velaren á mí, me ha­
llarán. Conmigo están las riquezas y la gloria, la opulencia y
la justicia. Ando en caminos de justicia, en medio de senderos
de juicio, para enriquecer á los que me aman y llenar sus
tesoros. Estas riquezas, según el Profeta Isaías, son la fe y la
ciencia de las cosas divinas, y nuestro tesoro es el temor de
Dios. El cual á su vez es el principio de la sabiduría, y aun su
plenitud, y de sus frutos; excluyendo además todo pecado,
pues el mayor talento es el huir de obrar mal (1).
¿En qué puede consistir, sino en esta relación tan dulce con
la Santísima Virgen, que en este mes se acude con más confianza
á sus altares? ¿Por qué se la obsequia con mayor espontaneidad?

(1) Ego diligentes me dilujo , etc. ProY. VIII ▼. 17 et seq. Timor Domini ipse
**t thesaurus ejus. Isaías c. XXXIII. t. 6. Initium sapientia... plenitudo sa­
pientia est ti mere. Deum, et plenitudo a fructibiis illius... et expellit peccatum.
Eccli. c. I. v. 16, 20, 27. Timor Domini ipse est sapientia et reeedere a malo ín-
klligentia. Job. c. XXVIII. y. 28.
— 348 —

El mes de Mayo es el conjunto de todas las fiestas de María du­


rante todo el año, y por consiguiente, todas las gracias particu­
lares de cada una de ellas afluyen en generoso consorcio á esta
devoción, como todos nuestros honores en las mismas se dan ahora
simultáneamente á la Madre de Dios. Es que presentándose como
Madre del Amor Hermoso nada reserva, da todo cuanto tiene,
y por lo mismo arrebata en absoluto todo nuestro corazón.—Des­
conocer las influencias morales de estas comunicaciones amorosas,
sería la mayor insensatez.
Por otra parte, el padre de familia, la madre, la esposa, la
doncella, el joven, han visto desarrollarse, día por día, el glorioso
cuadro de las virtudes de la Virgen María y sus ejemplos edifi­
cantes, á la par que sus privilegios y sus premios por su san­
tidad. Con el ejemplo se une la exhortación, con el modelo la
excitación á la práctica, con el elogio la imitación en cuanto es
posible. Este magnífico curso teórico y práctico acerca de la
Virgen bendita, no puede menos de encontrar al fin discípulos muy
aventajados, porque todos estudian con mucho placer, y hasta
los menos dispuestos, semejantes á los malos escolares de las cá­
tedras, no dejan de aprender algo nuevo, de hacer algún progre­
so, de sacar alguna utilidad.
Además, nuestro hermoso culto en el mes de Mayo, sin tener
la grave austeridad de los días de retiro y meditación, que se
llaman propiamente ejercicios espirituales, cuyo sólo nombre
asusta á los tibios y á los delicados del siglo, tiene un gran punto
de contacto con ellos. Entre las frívolas hojas de las flores se pro­
ponen las meditaciones más graves de la doctrina católica y sus
aplicaciones, y las verdades eternas se muestran al par que los
ramilletes que sólo duran un día. Se consiguen los mismos resul­
tados provechosos que en aquéllos, y se alcanzan sus gracias,
especialmente en cuanto á conversiones estupendas, enmienda de
la vida, fortaleza en la fe y reforma de las costumbres. Tales son
las ventajas de esta devoción y su utilidad moral.
Desarrollada así por el Mes de María la moralidad en el
individuo, es consiguiente su felicidad, no falsa, no aparente, no
efímera, sino sólida y verdadera, como efectivamente la produce;
— 349 —

en este mando, por la tranquilidad de la conciencia, la satisfacción


del que obra bien y las dulcísimas esperanzas que abriga con
fundamento; y en el otro, con la gloria eterna, que María consi­
gue de Dios con sus ruegos de Madre, pues á ninguno de sus de­
votos deja perecer (1).
Ahora bien, los individuos componen las familias, y éstas el
Estado; por lo tanto, demostrada la influencia del culto de Las
Flores en orden á la felicidad del individuo, se demuestra tam­
bién respecto á la familia y á la sociedad. Porque el individuo
vive en estas colectividades y lleva á ellas sus ideas, sus gustos
y sus prácticas, y sobre todo el respeto que inspira la verdadera
virtud. Guando un hombre tenido por sólidamente piadoso con
profundo convencimiento y sin ningún género de afectación que
desvirtúe su piedad, se presenta en público, inspira respeto. He­
mos conocido á un sacerdote venerable en un pueblo crecido,
fabril, cuya sola presencia ejercía tal influjo sobre la multitud,
que cuando pasaba por la plaza en un día festivo, con la mayor
gravedad y los ojos modestamente bajos, se suspendían los juegos,
enmudecían los corrillos, y levantándose todos á su paso le salu­
daban con respetuosa veneración. Aquel buen ejemplo era una
predicación muda, pues no faltabau entre aquellos operarios algu­
nos espíritus fuertes; sin embargo, le ponían por modelo y no se
descuidaban de decir en alta voz, que ellos se confesarían y oi-
tían misa, si todos los sacerdotes fuesen como aquél. Pretextos
de la impiedad avergonzada, pero que al menos demuestran cuán­
to es el ascendiente de la verdadera virtud.
Y ciertamente si el ejemplo del vicio es tan funesto en la fa­
milia y en el público, ¿por qué no hemos de conceder que los
ejemplos virtuosos obran favorablemente sobre los demás? Si el
•ndividuo regenerado por el amor de la Yirgen María es jefe de
la familia, la dirigirá y educará según la rectitud de sus princi­
pios ó ideas; si es miembrd, la edificará, será obediente, laborioso
i humilde, y facilitará su acción general. En público opondrá un
contrapeso con sus actos, palabras y costumbres á la corrupción
, (1) Qui operantur in me, non peeeabunt. Qui elucidant me vitam aternam
'Wtbunt. Eecli. XXIV, 30.
— 350 —

de los malos, sostendrá la virtud vacilante, sabrá dar siempre


un buen consejo y defender al débil oprimido; y si llega á ser
autoridad, administrará justicia recta é igual para todos, según
su conciencia, perseguirá al vicio hasta extirparlo y castigará
la inmoralidad.
Sin embargo, estas influencias, por muy eficaces que sean, no
pasan de ser indirectas, y debemos demostrar que la devoción del
Mes de María contribuye directamente á la felicidad de las fa­
milias que la practican.
La Madre del Amor Hermoso ¿no habrá de ejercer una ac­
ción salvadora sobre esas pequefias sociedades, que con tanto celo
la honran, cuya constitución es la unión estrecha de sus miem­
bros por el afecto más elevado, y cuya vida son los lazos del más
puro amor? La felicidad doméstica no consiste en otra cosa que
en este amor mutuo y cordial que se profesan los miembros de la
familia, del cual nace la unión de las voluntades, la conformidad
de gustos, y la armonía y encanto de todas sus relaciones. El co-
razón del hombre pertenece todo entero á la familia, porque en
ella encuentra el centro de todos sus afectos; á lo menos de los
más fuertes: esposos, padres, hijos, hermanos. Es cierto que se
tiene vivísimo afecto á los amigos verdaderos, pero éste no puede
compararse al de la familia ni en viveza ni en intensidad.
Pues bien; el culto doméstico de las flores contribuye á regu­
lar, promover y purificar este amor, enderezándolo según los sa­
nos principios de la perfección cristiana. El amor de los esposos»
desprendido en todo lo posible de la flaqueza de la carne, es más
bien una casta alianza de las almas y una recíproca caridad)
por la que cada uno quiere y procura la salvación del otro: el
amor á los hijos es un tierno protectorado de su debilidad y fln
solícito cuidado para dirigirlos por los caminos de la virtud.
verdadera fe que ilustra, la caridad que anima estas tiernas re­
laciones familiares, son excitadas por el purísimo culto de la San*
tísima Virgen y se desarrollan bajo su protección.
Porque la Virgen María, como dice muy oportunamente AugttS'
to Nicolás, que no deja sin premio á ninguno de los que la honran»
“clasifica las gracias que consigue para sus devotos, y las apr°'
- 351 —

y,jña á sus diversas situaciones y necesidades. De modo que el


»culto doméstico de María obtiene gracias domésticas y bendicio­
n e s de familia, así como el culto nacional obtiene gracias na­
cionales y bendiciones para los pueblos. La familia, como fami­
l i a , recibe, según esto, del culto de María una influencia de
»gracia y de bendición, que emana de la impresión de sus virtu-
*des, del favor de su intercesión y del poder de su crédito; y no
»hay ninguna familia que se consagre á María, que no experi-
»mente los efectos sensibles de su patrocinio maternal.»
Pero en este mes la recompensa es más liberal, porque los
honores son más distinguidos. Aquella habitación donde ordina­
riamente se suele reunir la familia á rezar el Rosario y las demás
devociones, se convierte en una pequefia capilla de María: delante
de su imagen se improvisa un altar adornado con mucho gusto
con candelabros y floreros. Toda la familia, especialmente la madre
é hijas, intervienen en su ornato y colocación. Aquella imagen
generalmente ha conquistado todos los amores de la casa, porque
además del tipo celestial que representa, tal vez ha sido hereda­
da de los abuelos, y porque aquellas imágenes ante las cuales nos
postramos todos los días, son saludadas con secreta simpatía,
teniendo mayor confianza de que nuestras súplicas ante ellas han
de ser escuchadas favorablemente por la Madre de Dios.
"Sería muy útil (dicen los autores místicos que enseñan la
práctica del Mes de María) que fuese en aquella misma sala ó
gabinete donde se estudia, se hace labor ó se tiene la diversión ó
tertulia, para santificar así aquel lugar y arreglar las acciones
como que se hacen á la vista de la Purísima Virgen.» Aquí tene­
mos, pues, á María como formando parte de la familia, oyendo sus
conversaciones, sus proyectos, sus cálculos, depositaría de sus
confidencias, saludada todos los instantes, invocada en todos los
contratiempos, participante de todos los dolores y todas las ale­
grías de la casa; en una palabra, una Madre por la confianza, la
ternura y la intimidad. La víspera de Mayo se reúne la familia
ante aquel altar iluminado, y empieza el mes piadoso. Al ver el
grupo interesante y tierno que compone la devota familia ante
la Virgen Madre; el contraste que forma la cabeza canosa del
— 352 —

padre, cuya frente está surcada de arrugas por los desengaños y


los negocios, con los rubios cabellos del niño, que apenas sabe
distinguir entre el bien y el mal; la noble gravedad de la madre,
al lado de la modestia de las hijas, ó de la viveza del joven es­
colar; y cerca los criados, que sirven por afecto y han arrullado
el sueño de todos los hijos, ó acaso ellos mismos han nacido en
la casa, se cree asistir á alguna escena del tiempo de los Pa­
triarcas, cuando se postraban con su numerosa prole, de frente
al Oriente, á bendecir y adorar al Señor.
Después se sacan por suerte los actos de virtud qne cada uno
de los miembros de la familia ha de practicar todo el mes; por
ejemplo, ser caritativo con los pobres, oir misa todos los días, ser
puntual en la obediencia, evitar con diligencia los pecados ve­
niales, etc., que todos aceptan con alegría y cumplen con la ma­
yor exactitud. Guando se reflexiona despacio sobre todo esto;
cuando se contempla á una familia entera entregada á la oración,
es decir, puesta en la comunicación más noble con Dios, y esto
por medio de su Santísima Madre; cuando se calculan todos los
progresos de virtud que han de tener por consecuencia las cos­
tumbres de tal familia, no se puede menos de admirar la vasta
fecundidad de este hermoso culto de las flores que logra desarro­
llar tales influencias, aun con carácter privado.
¡Y los hijos, acostumbrados á tales virtudes desde su infan­
cia, nutridos con tales devociones, cuánto provecho llevarán á
otras casas en que entren por el matrimonio; cómo dirigirán 1»
suya, cuando ellos á su vez lleguen á ser cabezas de familia!
Porque el hombre religioso observa fielmente las tradiciones de
sus abuelos, y guarda las antiguas costumbres de su casa, como
si viviese algo de los antepasados en las familias cristianas. Sus
sanos consejos, sus virtuosos ejemplos y sus enseñanzas prove­
chosas, no se borran en toda la vida, y al practicar á la vuelta
de muchos años lo que aprendimos de ellos, rendimos un miste­
rioso culto á su memoria. El corazón es como una blanda cera, 1
por eso sus gustos y sus inclinaciones conservan siempre la forma
con que fueron modelados en la niñez.
Es más: las meditaciones sobre las virtudes y ejemplos de la
— 353 —

Santísima Virgen, que forman parte integrante, por no decir


principal, de la devoción de Las Flores, se aplican más inmediata­
mente á cada uno en el seno de la familia. En el culto público
que se hace en el templo, es preciso presentarlas bajo un aspecto
general, atendiendo al provecho de todos los oyentes; pero en el
culto doméstico se individualizan para cada uno, descienden á
las particularidades de sus actos, genio y carácter, y no falta la
voz amiga de la madre que acomoda una reflexión ó un ejemplo
acabado de leer, á lo que tal vez se ha hecho aquel día, una
exhortación ó un consejo á lo que tal vez se ha de hacer al día
siguiente. Y especialmente aquellos actos de virtud, conocidos con
el nombre de Flores espirituales, Prácticas, Obsequios, que pro­
ponen para cada día los libritos prácticos de este culto al fin
de cada meditación, consiguen en la familia su efecto seguro,
Porque son aceptados y cumplidos fielmente, bajo la vigilancia
materna, como una dulce obligación.
Así que en tales familias reina la más inalterable concordia,
la santa alegría que produce una tranquila felicidad. Todos sos
miembros se mueven por el santo temor de Dios y la conciencia
de sus respectivos deberes, y además por el amor purísimo de la
amable Virgen María. En esta familia tiene lugar literalmente
aquella poética dicha que describe el Rey-Profeta David. “Bien­
aventurados todos los que temen al Señor, los que andan en los
caminos de su santa ley. El que así lo haga será dichoso y le
irá bien, porque comerá satisfecho los productos del trabajo de
*us manos. Su mujer será como una parra frondosa y abundante,
& los lados de su casa: retirada y honesta para atender al go­
bierno doméstico y cuidado de la familia, de lo que resultará la
quietud y la abundancia. Tendrá la satisfacción de ver á sus
hijos, lucidos y robustos, á semejanza de tiernos y hermosos re­
nuevos de olivos, sentados junto á él y rodeando su mesa. Tales
son las bendiciones que aun en este mundo derrama el Señor
sobre los que le temen. El Señor le bendice desde el cielo, per­
mitiendo que disfrute estos bienes todos los días de su vida, y
Prolonga ésta, concediéndole que vea los hijos de sus hijos, y rei­
nar una perpetua paz en Israel.» O según otra frase muy usada
L as F lorbs db M a y o .— 23.
— 354 —

en las Sagradas Escrituras: “Se sentará tranquilamente bajo la


„sombra de su parra y de su higuera, y gozará sus frutos sin
„alguna inquietud.„ Y por último, esta dichosa generación, des­
pués de vivir con tal sosiego y ventura en este mundo, irá á com­
pletar su felicidad en el cielo.
Llegados á este punto, es fácil demostrar la influencia del
Mes de Maria sobre la sociedad en general. Ante todo, el hecho
prodigioso de su rápida propagación es una prueba; pues es evi­
dente que ha llevado sus bienes á todos los pueblos en donde ha
arraigado, y aunque sean los individuos quienes más particular-
mente se aprovechan de sus gracias, éstas rebosan sobre todo el
pueblo en general. Sucede con ellas en cierto modo como con las
riquezas materiales: si de repente afluyen á un pueblo muchos
capitales, aunque sean propiedad particular de algunos, redundan
en provecho de todos; porque los particulares, al usar de sus ri­
quezas, aunque directamente disfrutan de las comodidades qn«
les proporcionan, benefician á los demás, entre quienes circulan
y se reparten en pequeñas porciones. El comercio, las artes, la
industria, llegan á un grado de bienestar y desahogo en el au­
mento de trabajo, intereses y negocios, que propiamente se llama
prosperidad. Lo mismo los devotos de María, aunque sus progre-
sos en la virtud son personales y directamente aprovechan á ellos,
reparten sus riquezas entre todos aquellos con quienes tratan, J
se conoce bien pronto su influencia en un aumento dé moralidad.
Porque hasta los más indiferentes no pueden contemplar im­
pasibles el espectáculo edificante que se da en este mes. El santo
anhelo con que se acude al templo en estos días, lo mismo q»e
á las mayores solemnidades que celebra la iglesia; la ternura 1
poesía de que revestimos nuestro amor á la Santísima Virgen?
la magnificencia y buen gusto con que adornamos sus altares; la
música deliciosa con que acompañamos nuestros suspiros; la ino-
cencía y belleza de los niños que ofrecen las flores; la majestad
y compostura de la procesión final. Algunos cristianos tibios, al­
gunos profanos, que apenas entran en la Iglesia en todo el año»
suelen venir por curiosidad á nuestros ejercicios á ver el ornato
de la Iglesia y á recrearse con la música; pero entretanto ve»
- 356 —

el género humano (1). Esto es exacto; al darnos á Jesucristo, nos


dió todo con él, y se nos abrieron las pnertas del Cielo. Después
todo su culto, todas sus gracias, todos sus beneñcios, todas sus
influencias, todas sus misericordias, todo su patrocinio; en una
palabra, todo lo que es y significa MARIA, todo exclusivamente
se ordena y se dirige á nuestra eterna salvación, á nuestra eter­
na felicidad.

§· V-
Uso práctico del cculto de las Flores» que pueden h acer el
párroco director de los ejercicios, ó el orador sagrado,
p a ra producir las virtudes.

Hemos visto separadamente algunos de los frutos más nota­


bles del Mes de María. Ahora debemos contemplar todo el jar­
dín bajo un solo golpe de vista.
Considerado así en conjunto, presenta el aspecto de una viña
frondosa que lleva frutos adecuados á lo que aparenta, Vitis
frondosa, fructus adeequatus est ei (Oseas, X, 1) y transmite
hacia nosotros una emanación de frescura y abundancia, que as­
piramos deliciosamente con el pecho dilatado, como d olor de
un campo Ueno de flores y frutos, al que bendijo d Señor. Uno
es el olor de las viñas, que representan á los predicadores, que
embriagan á los oyentes; otro el de la oliva, suaves obras de mi*
sericordia que, á manera de óleo, alimentan y alumbran: distinto
es el de la rosa, como la vida casta de la integridad virginal;
distinto el de la violeta, como la gran virtud de la humildad, que
apenas sobresale de la tierra, pero está adornada interiormente
con la púrpura celestial. Otro es, por fin, el olor de las espigó
maduras, imagen de la perfección de las buenas obras preparada
para hartura de aquellos que tienen hambre de justicia. Mas
(1) Beatitudo vera, S. Bona?. in Paalterio B . V. — F e l ic it a s natura, G eorg·
Nicom. orat. I. in concept. Deipar» — F e l ic it a b hominum summe nova, omnigft?
prastans miraculo, S. Germ. orat. 2 . in Dormit B. M. V. — F e l ic it a s inviolabil·*
Christi fidelium. Theod. Lase, imper. in can. ad SS. Deiparam. — F e l ic it a s generas
sui, Jacob. Mopach, in Mariali, orat. F .—Véase la Polyanthea Mariana del P- J 1'
ólito Marraccio, imperecedero y admirable monumento de los elogios de la Madre
Se Dios.
— 858 —

„ción, y combaten á los hombres los vendavales de las sugestio­


n e s diabólicas, al punto acude á nuestro Dios y Señor su Hijo
„Jesucristo, ayudándonos con sus ruegos y alcanzando de El que
„infunda en los. corazones algunas puras influencias del Espí­
r i t u Santo, para salir ilesos de la maligna tempestad, (1).
Envía también el riego de sus mercedes y la fertilidad de su
intercesión.
Pero los párrocos y directores de los ejercicios de Mayo son
unos obreros encargados, bajo la vigilancia de la misma Virgen,
de beneficiar este campo. El trabajo material es todo suyo; á Ella
pertenece alcanzar de Dios el incremento. Egoplantavi, Apollo
rigavit, sed Deus incrementttm dedit (I Corinth. III, 6). Su
cuidado principal ha de ser fomentar y desarrollar las felices
disposiciones para la gracia que manifiestan los fieles en este
mes, dirigir sus buenos propósitos y convertir en su propio pro­
vecho la espontaneidad con que acuden á honrar á la Santísima
Virgen. ¡Cuánto debe ser su celo y diligencia para aumentar la
cosecha espiritual que están labrando! Hortus, utfloreat, homi-
nutn manu et arte excolitur.
No pretendemos erigirnos en maestros de tan ilustrados y
dignísimos sacerdotes, ó constituirnos en censores de su método,
antes bien tomaríamos con gusto sus lecciones. AJius sic, ctlius
autem sic, todos vamos buscando la mayor gloria de Dios y de
su Santísima Madre. Pero habiéndonos propuesto estudiar el culto
de Las Flores en todas sus relaciones, no podemos menos de
fijarnos en la importancia del uso práctico que puede hacerse de
él, y de las múltiples enseñanzas que pueden deducirse de las
poéticas ofrendas que coustituyen este culto, aunque la mayor
parte de ellas quedan ya expuestas en varios lugares anteriores.
Porque efectivamente, las flores dan ocasión para muchas efi­
caces y saludables exhortaciones, qtfe tienen la ventaja de ser
nuevas, por lo cual son escuchadas con más atención, y ser opor­
tunas, por lo cual consiguen generalmente su efecto. Observad
todos los días á los devotos que salen de Las Flores, y no deja­
réis de ver algún rostro conmovido, alguna mirada profundamente
(1) Santa Brígida. Bevelacione», lib. VII, cap. 28.
— 359 —

pensativa, indicio seguro muchas veces de cómo ha tocado su co­


razón la divina gracia.
¡Qué paralelo tan provechoso no puede hacerse entre la loza­
nía de las flores y las ilusiones de la vida! Brillan un momento
y seducen con apariencias encantadoras, pero al día siguiente
están marchitas: unas tienen espinas, como los placeres que no se
logran sin contradicciones; otras carecen de aroma, imagen de la
vanidad de muchas cosas que nos atraen, y al conseguirlas ha­
llamos el desengaño de su nada. En este terreno pueden exten­
derse con mucha utilidad el director ú orador sagrado, seguros
que no les faltará materia y se les ocurrirán mil reflexiones
morales sin ningún trabajo. Así los pensamientos más graves,
llevados si se quiere hasta el más austero misticismo, pueden
sacarse sin violencia alguna de unas débiles flores, logrando que
los verdaderos discípulos de Jesucristo desprecien á este mundo
fructu vacuum, floribus aridum, que además los persigue y los
aborrece.
Después de extenderse en este sentido, puede considerar á las
flores como una figura de la brevedad de nuestra vida, llevando
así la atención de los oyentes hacia la memoria de la muerte,
tan amarga según la frase del Eclesiástico, pero tan eficaz, y
de la cual parece hay empeño en desviar el pensamiento. Y si
todavía hay necesidad de esforzar las amonestaciones, no les fal­
tarán testimonios de la Sagrada Escritura y de los Santos Pa­
dres para confirmar sus palabras (1). La vida del hombre es
comparada con frecuencia al heno que se seca, á la hierba que
perece, á la flor que se marchita, y también la suerte y condi­
ción de los buenos, así como de los malos, es representada por

(1) Homo quasi /los egreditur et conteritur et fugit vtlut umbra. Job. I I ? ,
* —VIII, 18. —Mank sicut herba transeat, mané flor eat, vesp ere decidat, induret
arescat. Ps. 89. t.6. Homo sicut fasnum dies ejus, tamquam flos agri sic efflo·
rjb it, Ib. 102, v. 15.— Omni* caro sicut fosnum veterascet et sicut folium fructi·
fcans in arbore viridi. Eccli. XIV, 18 -Isaía* XIj,6.— Jacob. 1. 10.— I. Petr. I, 24,
*tcétera,etc. Delos PP.citaremos únicamente á San Jerónimo. Sicut enim mané virens
herba et suis floribus vernans deltctat oculos contemplanttum, paulatimque ¿na·
rescens amittit pulchritudinem, et in fccnum quod conterendum est vertitur; ita
°*^nis species hominum vemat in parculis, floret in juvcnibus9viget in viris, et
úpente dum nescit, etc. - Epist. 159. ad Ciprian sup. Pe. 89.
— 860 -

estas imágenes de las plantas, árboles y flores, campos amenos


ó el desierto.
Si además de disipar las ilusiones, se desea que los corazo­
nes se eleven á Dios, es incalculable el partido que puede sacarse
de nuestros ramilletes. Así como las flores hermosean la natura­
leza y tienen por objeto agradar y servir al hombre, sór más
noble que ellas, lo mismo éste, como la flor de la Creación, la
hermosea, y debe tener por fin último á Dios; y como católico,
flor de la Iglesia que ha recibido especial cultivo, servir y agra­
dar á Jesucristo su redentor y cultivador, que se dignó regarnos
con su propia sangre, á fin de hacernos capaces de llevar algún
fruto de salud. En este sentido puede también combatirse aque­
lla fatal preocupación de los que creen que la piedad y la virtud
son propias únicamente de la edad madura. Las flores no agra­
dan sino en-toda su frescura y lozanía, y no cuando ya están
descoloridas y pasadas; así también debe consagrarse á Dios lo
mejor de la edad, que está en disposición de practicar virtudes
más lozanas. ¿Cómo?, dice San Juan Crisóstomo: “¿Vosotros que
„no queréis tener un criado viejo, porque no vale para trabajar,
„pasáis la flor de la vida en el pecado y reserváis para Dios ana
„vejez lánguida y enervada?»
Sobre este fecundo tema puede trabajarse especialmente con
gran fruto, excitando á la moralidad y á la virtud. Las flores
tienen sos espinas, pero encima de ellas tienen su belleza y su
aroma; la práctica de la virtud ofrece dificultades y sufre con­
trariedades, pero lleva en sí misma su premio y satisfacción. Las
flores necesitan un asiduo cultivo, un atento cuidado para des­
arraigar las hierbas parásitas que las sofocan y extirpar los
insectos que las roen, y crecen y prosperan tanto más bellas y
vigorosas, cuanto se cuidan con mayor diligencia: el cultivo del
alma debe ser esmerado, para desarraigar los vicios y combatir
las pasiones, á fin de crecer hasta la perfección y santidad. Este
pensamiento puede utilizarse también para exhortar á la educa*
ción piadosa de los hijos, y la vigilancia con que deben estu­
diarse y dirigirse las inclinaciones de la juventud. Además, las
flores exhalan á su alrededor exquisito perfume, y éste es un bien
— 361 —

que hacen á todos: así el cristiano debe ser agradable y benéfico


con sus hermanos, y esparcir en derredor suyo la buena fama de
sus obras, y atesorar méritos para que su fragancia se eleve
ha9ta el cielo, y también, como dice San Pablo, manifestar el
buen olor de la fe de Jesucristo en todo lugar, siendo buen olor
de Cristo para Dios.
Mas si principalmente se desea promover alguna virtud par­
ticular, se hallarán en las flores una multitud de figuras y com­
paraciones, que, al mismo tiempo que adornan el discurso, pueden
aplicarse á todos y cada uno con mucha oportunidad y provecho.
Proponiendo á la imitación los ejemplos y virtudes de la Santí­
sima Virgen, las simbolizamos en las flores, y luego buscamos
argumentos en las propiedades de estas mismas flores que la
ofrecemos, con lo cual no nos separamos un punto de nuestro
principal objeto. Así, por ejemplo, si representamos á la Virgen
María en la rosa, ¡cuántas reflexiones morales no pueden sacarse
de esta reina de los jardines para utilidad de los oyentes!
Según el tema que cada día se desarrolle, pueden variarse
los símiles y comparaciones, pero siempre serán muy naturales
y conformes á la capacidad de todos los oyentes. Las flores nos
darán de este modo saludables y poéticas lecciones: de pureza,
por su color, por su aroma y por el rocío que contienen en su
cáliz; de humildad, porque en medio de su hermosura todas in­
clinan su corola, en medio de su mérito se levantan poco de la
tierra, y aun crecen entre las zarzas y las ortigas, semejantes á
los hombres verdaderamente virtuosos que se ven postergados
entre ignorantes y malvados, ó á las almas sencillas que conser­
van la virtud oculta, sufriendo con resignación la impiedad y
persecución de los mundanos, y cediéndoles el mejor lugar. Nos
enseñarán la castidad, porque son vírgenes y no tienen amores
borrascosos para ser fecundadas; la sencillez, pues ostentan su
hermosura sin afectación y manifiestan sin engaño todo cnantoson;
la caridad, por sus propiedades medicinales, y porque esta virtud
debe ser encendida, como su color, y comunicarse á todos sin ex­
cepción, como su fragancia, etc. Este campo es vastísimo y pro­
mete abundante cosecha al orador sagrado; es cotao una rica mina
— 362 —

de saludables enseñanzas presentadas del modo más simpático.


Por lo tanto, puede hacer muy buenos discursos, nutridos de sana
doctrina, de bellezas y de novedad.
En las Flores de la Vida hemos expuesto las múltiples y
fundadas analogías que hay entre las flores y la Santa Virgen,
como también el uso que de ellas puede hacerse para desarrollar
su devoción. ¿Cómo dejará de moverse el corazón para amar á esta
dulce Madre, cuya misericordia y beneficios se derraman como
el perfume más delicado de los jardines, cuyas mercedes rebosan
sobre todos los cristianos como un agua refrigerante, y cuya
hermosura es mayor que la de todas las flores reunidas del mes de
Mayo? (1) ¿Guando se expliquen á los fieles aquellas brillantes
figuras de la Sagrada Biblia, en que la Virgen bendita es sim­
bolizada en las flores, cuánto no puede avivarse la comparación,
estando á la vista esas mismas flores, rodeando el trono de Ma­
ría, recreándonos con su belleza y su perfume? ¿No podemos de­
cir que la virgen está rodeada de sí propia, ó que está multipli­
cada en sus símbolos visibles? ¿No parece que las comunica algo
de su pureza? Las cosas externas ayudan mbcho para comprender
las espirituales, y por eso el pueblo puede perfeccionar, durante
Mayo, la idea que tiene de la gloriosa Madre de Dios. La nueva
advocación de María, Madre del Amor Sermoso, es fecundísima,
y si se desenvuelve discretamente, conforme á la mente de los
Santos Padres y Expositores, puede sacarse de ella un gran par­
tido, más quede muchas predicaciones. ¿Puede haber algo másefi-

(1) También hemos tenido el gusto de hallar esta comparación en los antigaos es­
critores piadosos. El B. Henrique de Suso pone en boca de la misma Virgen estas pala*
bras: Ego thronus felicitatis, ego animarum corona... Ego lana candidissima
tam p r aclare omata sum vestibus picturatis, variis intextis flor ib w , rubenti-
bus rosÍ8, aXbicantibus liliis, purpuréis tnolis tam delicate circumdata sum, ttt
quantumvis amceni ac vemantis M aji flores omties, pratorum omnium, quamvü
aprícorum, virentes fructices et virgulta, denique camporum quorumlibet pul*
cherrimi flosculi, si cu»%mea venustate conferantur, non aliud sint quam ho·
rridi tribuli. B. Henric. Suso, in Bialogis, c. 7.—El Abad Cellense, llamado el Idiota,
en an solo capítulo y bajo distintos conceptos, compara once veces á la Santísima
Virgen con una flor. Citaremos sólo la sigaiente: Flos speciosus, omnímoda spe-
ciositate plenus, qua superlativeparticipat pulchritudinem omnium florum; qüta
quiqutd pulchritudinis habent ccsteri sancti in parte, habet B. Virgo in toto-
Idiota de B. M. V. part. XIV contemp. 41. La ya citada Polyantea Mariana trae
ciento veintitrés vecea^l título F l o r aplicado á María por los SS. Padres y EE. ca­
tólicos.
- 363 —

caz para atraer el corazón del hombre, alguna idea que más con­
suele y levante sn flaqueza, que la de ser amado como hijo por
aquella Madre casta, Reina excelsa, criatura sólo digna del
Criador?
No es necesario insistir más sobre esto, después de todo lo
dicho, tanto en esta obra como en las Flores de la Vida. Basten
estas ligeras indicaciones para comprender cuán dilatados hori­
zontes abre á la piedad la devoción del Mes de María. Mas nos
ha parecido conveniente hacerlas, porque teniendo este culto un
carácter especial de honores á la Virgen María, debe tener tam­
bién este mismo carácter la dirección espiritual de los fieles. El
celo é ilustración de los señores Párrocos y Predicadores suplirá
cumplidamente lo que no hacemos más que insinuar.
Si este campo feraz se labra con acierto y esmero, si se riega
oportunamente con una predicación substanciosa, compensará los
lastimosos estragos que ha causado y causa entre los católicos el
indiferentismo é incredulidad moderna.
Vistos los progresos que ha hecho este bello culto, la vida que
ha desarrollado y las esperanzas que permite abrigar, y conside­
rada la importancia general de sus aplicacioues, no es aventu­
rado decir que este jardín bendecido es donde arraiga el árbol
gigantesco que vió en sueños Nabucodonosor; con la diferencia,
empero, que no será cortado de raíz, ni desmochadas sus ramas,
como aquél. Un árbol en medio de la tierra, de altura extre­
mada, árbol grande y fuerte cuya copa tocaba al délo y se
veía hasta los términos de toda la tierra. Sus hojas hermosí­
simas, y su fruto tan abundante, que todos se mantenían en
él. Debajo habitaban animales y bestias, y en sus ramas se
congregaban las aves del cielo, y todos comían de él. Da­
niel IV, 7. O tomando las palabras del Profeta Ezequiel: Mon­
tada fué en buena tierra, sobre muchas aguas; para que eche
hojas y lleve fruto y se haga grande viña. Y de otro modo, un
poco después: En el monte sublime de Israel lo pía itaré y
brotará renuevos y hará frutos, y será un grande cedro; y
habitarán debajo de él todas las aves, y todos los volátiles ani­
darán bajo la sombra de sus hojas. ¿Representarán estas aves á
— 364 —

las almas que elevan su vuelo hasta Dios? Con mucha frecuencia
se habla de las alas de la fe y de las das de la oración.
Si nos fuera permitido aceptar esta interpretación, ¡qué
nuevo timbre para nuestro culto, que reuniría en sí, cobijaría y
alimentaría todas las elevaciones del alma!
De aquí se infiere con cuánta insistencia se ha de exhortar
á los fieles que se aprovechen de los frutos de este árbol hermo-
s o. Sumetis vóbis fructus arboris pulcherrimas. (Levit. XXIII,
40). A semejanza de los antiguos hebreos se presentarían fes­
tivos al Señor, llevando sus ramos en las manos, como mensaje­
ros de paz.
El Señor les había dicho: tomaréis él primer día (la fiesta
de los tabernáculos) los frutos dél árbol más hermoso, naranjas
con sus ramas, y espátulas de palmas y ramos de árbol de hojas
espesas, como el mirto, y sauces de arroyo; y os regocijaréis
delante del Señor vuestro Dios. Corn. á Lapide interpreta en
sentido místico estas palabras: “El naranjo con sus frutos, que
„son de color de oro, representa la caridad ardiente con que de-
, hemos procurar la gloria de Dios y la utilidad del prójimo; los
„gajos de palmas indican que, como vencedores, triunfamos de las
„cosas terrenas, teniendo nuestra morada en el Cielo. El mirto,
„árbol de hojas espesas, simboliza la odorífera densidad de las
„virtudes y su continuo ejercicio: los ramos de sauce verde, que
„debemos perseverar firmes en nuestro estado virtuoso y verdor,
„cuyos sauces se deben coger del torrente, porque si no meditamos
„incesantemente la ley de Dios y le pedimos su gracia, se mar­
c h ita rá en nosotros el fervor. San Jerónimo entendió por el ár-
„bol muy hermoso, la sabiduría; por las palmas, la victoria; por
„el mirto, la mortificación, y por los sauces, la castidad.„
Un solo pensamiento ha de dominar á los señores Directores
y Oradores en el Mes de María: que al terminar estén los fieles
llenos de fruto de justicia por Jesucristo, para gloria y honra
de Dios.
— 365 —

Invocación.
V ir g e n ( 1 ):

Permite que todos los dias te ala­ Omni die die Maria*,
be mi alma; que todos los dias cele­ Mea, laudes , anima ,
bre y predique tus excelencias, y que Ejus bona semper sana,
Semper illa pradica.
todas mis potencias y sentidos te den Omnes mei sensus ei
gloria. Personate gloriam.

¡Oh Virgen!, honor y gloria de to­ O cunci arum feeminarum


das las mujeres, elegida y ensalzada Decus alque Gloria,
Quam electam et evectam
sobre todas las criaturas, escucha pro­ Scimus super omniat
picia ¿ los que nos empleamos en tus Clemens audit tua laudi
elogios: purifica ¿ los reos y hazlos Quos instantes conspicis;
dignos de los dones del cielo. Vara Munda reos , et fac eos
de Jesé, esperanza y refugio del alma Donis dignos cctlicis.
Virga Jesse , Spes oppresses
oprimida, honra del mundo, luz del Mentis et Refugium ,
abismo, sagrario del Señor, forma de Decus mundi, Lux profundi .
vida, regla de las costumbres, pleni­ Domini sacrarium,
tud de la gracia, templo de Dios y Vita form a , mor um Norma ,
Plenitudo gratia}
ejemplar de toda justicia; Salve, ¡oh Dei Templum, et Exemplum
Virgen!, por quien están abiertas para Totius justitia;
los infelices las puertas del cielo. Virgo, salve: Per quam valva
Cali patent miseris ...

Perla brillante, fresca Rosa, Lirio Gemma decenst Rosa recens


de castidad, que llevas al Cielo ¿ tus Castitatis ¿ilium
devotos; hecha fecunda, sin ser pri­ Castum chorum, ad polorum
Qua perducis gaudium;
vada de la flor de la pureza, regocí­ Gravidata, nec privat a
jate, ¡oh Virgen!, digna de toda ala­ Flore pudiátia.
banza y elogio. Virgo gaude, omni laude
Digna et praconio.

Tus costumbres adornan la Iglesia Tui mores, tanquam flores ,


¿ semejanza de flores, tus acciones Exornant Ecclesiam,
y palabras ostentan una gracia admi­ Acliones et sermones
Miram prastant gratiam.
rable.

(1) Traducción del preclaro humanista el niño D. Rutilio Zenoto, arrebatado prema­
turamente i eos padres á la edad de dieciséis años.
— 366 —

Madre feliz, floreciente y fructífe­ Mater ahíta, velut palma


ra como la palma, con cuya flor y Florens et fructífera;
aroma deseamos ser recreados, con Cujus flore et odore
Recreari cupimus:
cuyo fruto esperamos libertarnos de Cujus fructu, nos á luctn
toda miseria. ¡Oh toda hermosa, sin la Liberan credimus.
más leve sombra de mancha!, haznos Pulchra tota, sine nota
puros, para alabarte con festiva soli­ Cujuscumque macula,
Fac nos mundos, et jucundos
citud. ’ Te laudare sedule.

Por Ti abandonamos ahora (en tu Per te morum nunc pravorum


mes sagrado) los caminos torcidos de Relinquuntur devia.
las malas costumbres, y evitamos las Doctrinarum perversarum
Pulsa sunt prm tigia.
falacias de las doctrinas perversas. Mundi luxus atque fluxus
Por Ti despreciamos los devaneos y Docuistí spertiere.
h alagos del mundo, y sabemos buscar Deum quceri, carnem terif
á Dios, mortificar las pasiones, resis­ Vitiis Tristere.
Mentis cursum, tendí surmm
tir á los vicios y elevar hacia lo alto Pietatis studio.
el vuelo de nuestra alma, aficionándo­
nos á la piedad.

Sana, pues, nuestras heridas, Quod requiro, hoc suspiro


como te lo pedimos y suspiramos, y Mea sana vulnera,
alcanza los dones de la gracia para Et da mentí te poscenti
Gratiarum muñera.
las almas que te suplican. Haz que Fac, sim castus, et modestos,
seamos castos y modestos, tiernos, Dulcís, blandus, sobrius···
agradables, moderados, constantes, Const ans, gravis, et suavis,
graves, afables, benignos, amables, Benignus, amabilis,
Simplex, purust et maturus,
sencillos, puros, sensatos, pacientes y Patiens, et humilis.
humildes, prudentes y veraces, ene­ Corde prudens, ore studens
migos del pecado y fieles servidores Verum semper dicere;
de Dios con obras piadosas. Malum nolens, Deum colens
Pío semper opere.
9

Sé la tutora y ayuda del pueblo Esto tutrix et adjutrix


cristiano: danos paz, para no ser per­ Christianí populi.
turbados por las molestias del siglo. Pacem prasta, ne molesta
Nos perturbent sacidi.

Presta siempre tu consuelo y am­ Da lev amen et juvamen.


paro á todos los que celebramos con Tuum illís jugiter,
gozo tus fiestas y ejemplos. Tua festa, atque gesta
Qui colunt alacriter.
Amen (1).
(1) San Casimiro, rey de Polonia.—Bithmus de B. Virgine Mario.
LIBRO CUARTO

FUNDAMENTO DEL CULTO


DE LAS FLORES DE MATO
CAPÍTULO III
ROSA MÍSTICA

M-
Exposición alegórica y moral de las flores, que cita la
Santa Biblia, aplicadas á la Virgen María.

aciendoel Espirita Santo los elogios de su Esposa que­


rida, se vale de las imágenes más expresivas para
significar su hermosura y bellas cualidades que tiene,
y el amor entrañable que la profesa: y entre otras, la compara
á un jardín cerrado. Hortus condusus, soror mea sponsa, hor-
tus condusus, fons signatus. (Cant. Cant. IV, 12). Por estas
dos hermosas semejanzas (nota Scio con el Mtro. León) encarece
el Esposo la entereza y castidad de su Esposa, y encerrando en
ellas lo que en particular había dicho antes de su gracia, fres­
cura y gentileza, añade ahora: Que toda ella es como un jardín
cerrado y guardado, lleno de mil variedades de frescas y precio­
sas plantas y hierbas, parte olorosas y parte agradables á la vista
y á los demás sentidos, que es la cosa más cabal y expresiva que
le pudo decir en este caso para declarar del todo el extremo de
una hermosura llena de frescor y gentileza. V añade que es tan
Agradable y linda como lo es, y parece una fuente de agua pura
y serena, rodeada de olorosas plantas y guardada con todo cuida­
do, para que los animales ni otra cosa alguna la enturbien. Y
L a s P l o r e s d e M a y o .— 24.
— 370 —
para encarecer más la significación de lo que dice, repite segun­
da vez: Huerto cerrado, etc.
Se debe observar que nuestra Madre-Virgen no es comparada
sólo con un campo en que amarillean las espigas, no sólo con
un prado cubierto de verdes hierbas, no sólo con uua Tiña cerca­
da de árboles y cargada de ricos frutos, cuyos colores son seme­
jantes al rubí, al ámbar y al oro; sino precisamente con un jar­
dín ó huerto, llamado así, porque siempre en el aliguid oritur.
Asi también María, fecunda en elevadas virtudes, produce conti­
nuamente y germina exquisitos frutos de sublimes operaciones,
de excelentes méritos y admirables prerrogativas. Por lo cual dice
Ruperto Abad: “Se llama huerto, porque siempre nace en él al-
„guna cosa y nunca está sin algún fruto, á diferencia de otra
„tierra, que sólo produce una vez al año.* (1) “Es un jardín
ameno de delicias, bien defendido y vallado, dice San Sofronio,
en el cual hay plantadas, todo género de flores y aromas de virtu­
des., (2) Y añade San Ambroso, que es un jardín que exhala el
aroma de la vid, de la oliva y de la rosa, á saber: en la primera,
el olor de religión; en la segunda, la fragancia de paz; en la úl­
tima, el precioso rubor de la modestia virginal (3).
Ninguna flor, planta ni arbusto falta en este jardín ameno,
de ningún fruto carece; la fertilidad, la frescura y la belleza se
disputan la preferencia, y arrebatan igualmente los ánimos. “Allí
„se encuentran los cedros inmortales y los erguidos cipreses, le*
„vantando hasta el cielo sus agudas y verdes cabelleras, porque
„María es como él cedro exaltado en el Líbano y como d ci-
„prés en el monte de Sión. Allí podéis ver las palmas triunfales,
„premio de los vencedores, empinar su cabeza coronada, porque
„María es como la palma ensalzada en Cades. Si os agradan
„las verdes olivas, siempre cubiertas de hojas, gratos símbolos de

(1) Indenominatur hortus 7quod semper ibi aliquid oriatur, quia cum
térra sernel in anno aliquid creat, hortus numquam sine fructu est. Rnpperttf*
Al), apud Philip Picinelliy Symbola Virgínea, aimb. VII.
(2) Hortus deliciarum in quo consita sunt universa florum genera et odo*
ramenta virtutum . Div. Sphroo. De Assumpt. lib. I. De Virg. .
(3) Hortus qui vitan redolet, fragrat oleam, rosatn renidet; in vite evaporé
odorem religionis, in oUa fragantiam pacis, in rosa é verecundia virgínea pretiosofl®
ruborem.—Stua. Ambros apnd cit Picinelli. simb. II.
— 371 —

»paz, María es como oliva vistosa en los campos. Si os deleitan


»los airosos plátanos por su frondosidad y espesas hojas, que
»dilatando sus anchos brazos prestan una fresca sombra, María
»es como el alto plátano elevado en las plazas junto al agua, y
»como el terebinto extiende sus ramos de honor y de gracia. Si
»además deseáis aspirar exquisitos olores, María, como el úna -
»momo y el bálsamo aromático, da fragancia; como mirra esco-
»gida, suavidad de olor. Si queréis racimos de cepas escogidas,
»María, como la vid echa frutos de suave olor. Mas si os deleita
»la nivea blancura de las azucenas, María es como un lirio entre
»espinas; y si os atrae la fragante púrpura de las rosas, también
»Ella es como un plantel de rosales en Jericó. En una palabra,
»encontraréis en María, vuestra abogada, el compendio de todos
»los jardines» (1).
Aduciremos brevemente las principales exposiciones de las
flores y plantas de la Sagrada Escritura que se aplican á la San­
tísima Yirgen, remitiendo al lector, á las fuentes originales. Los
límites de esta obra no nos permiten otra cosa, pero confiamos
en el favor de Dios y ayuda de la Yirgen, que más adelante las
desarrollaremos ampliamente en un libro especial y en otra for­
ma acaso más fitil.
En primer lugar, se debe observar que cuando la Yirgen Ma­
fia es comparada á los árboles más hermosos y útiles, tenidos
por sagrados, se dice elevada ó ensalzada. En estos seis árboles,
dice Santo Tomás, pueden significarse las seis órdenes de los
Bienaventurados. El cedro, significa á los Angeles por la subli­
midad de su naturaleza... El ciprés, á los Patriarcas y Profetas,
por la suavidad de olor... La palma, á los Apóstoles, por el
triunfo glorioso que reportaron de todo el mundo... El rosal, á
los Mártires, por la generosa efusión de su sangre... La oliva, á
los confesores, por el óleo de su doctrina... por la mansedumbre y
la piedad. El plátano, á las Vírgenes, por el perpetuo verdor de
la castidad, y por la sombra, refrigerio de la concupiscencia... Es,
0 ) Omnium hortorum compendium in una María, augustísima patraña
"fstra, habetis. Yid. H onra makiahüs aimbolicis S. Scriptnr» plantía mysticia, d ei-
elogiis moralibns consitas, auctore, R. P. Michcele Pexen-Fclder, I, Soc. Jesn.
m á Mjgne; op. cit.
— 372 —

pues, el sentido que María fué exaltada sobre los Angeles, Pa­
triarcas, Apóstoles y todos los Santos, lo cual no debe sorprender,
porque Ella tuvo el mérito de los Angeles, viviendo angélicamen­
te, etc., y así como tuvo los méritos de todos y más, era justo
que fuese elevada sobre todos ellos (1).
Quasi cedrus exaltata sum in Líbano: “El cedro es un ár-
„bol erguido, más alto que todos los árboles, y se llama rey de
„ellos. Esto conviene á la excelsa Virgen María, que, siendo Ma-
„dre de Dios, ni antes tuvo semejante ni lo tendrá en lo futuro.
„Porque esta es su gloria y prerrogativa excelente de todo pun-
„to singular. El cedro es árbol añoso; así también la Virgen
„bendita, que aunque en el exordio del nuevo Testamento y al
„concebir á su Divino Hijo era jovencita, con todo, en las figuras
„y profecías del Antiguo testamento, era anciana y llena de años.
„El cedro es meduloso, como la Virgen, por la grosura de sn
„caridad y abundancia de su piedad. El cedro fué la materia
„de que se construyó el templo de Salomón, como María fué la
„materia del templo vivo, esto es, del cuerpo del Señor fabricado
„de su purísima sangre por mano de la sabiduría de Dios y ope*
¿ración del Espíritu Santo, en cuyo templo habitó corporalmentt
„la plenitud de la Divinidad. Por eso dice: Quasi cedrus, &
»decir, como Madre de Cristo. Y porque conviene la santidad a
J a casa de Dios, convino que concibiese sin corrupción, lo que
„también declara el cedro que es incorruptible. Así se distingo0
„entre todas las mujeres, más que el cedro entre todos los árbol#·
„El cedro tiene grandes y profundas raíces, con las que penetra
„muy hondo; así la magnífica María tuvo raíces ilustres, sus pa'
„dres según la carne, Abraham, Jessé y otros, que fueron gran*
„des en el pueblo y delante de Dios. Sus raíces espirituales so®
„las excelentísimas virtudes que tuvo en grado superlativo. 1*
„raíz de su humildad, por ejemplo, penetró tan hondamente,
„por ella creció hasta lo infinito, esto es, hasta concebir al H¡J°
„de Dios, que estaba en el seno del Padre.„

(1) Stos. ThomM, Senu. in A ttum pt. B. V.—eitata* k R. P. P. Joanoe J·10®*


i Sancto Cjrillo in op. Annus Marianua stve Corona Anni M ariani ex
tnun se n t etc. die 8 Angustí... apnd Migne. loe. cit.
— 874 —

rray extiende sns ramas, y creciendo más, arraiga sólidamente en


el cielo, (1).
“¡Oh qué cedro María!, exclama el P. Pexen-Felder, que no
admite ninguna corrupción. ¿Cómo había de haber sido podrida
en el sepulcro la que tuvo en su vientre nueve meses al Autor de
toda incorrupción? ¿Cómo había de quedar hecho polvo el cuerpo
de Aquella que no tuvo la culpa, cuya pena era: Pulvis es et in
pulverem reverteris? ¿Y la que aplastó la cabeza á la serpiente,
causa de todo el mal de los hombres, con su mordedura, había de
ser pasto de gusanos? Es, pues, una creencia piadosa que la bendita
Virgen, como murió sin dolor ni enfermedad, recobró la vida de
aquel cuerpo no sujeto á corrupción alguna y fué llevada á los
cielos. Mas aunque este cedro fué trasplantado al Paraíso celes­
tial, no por eso deja de comunicar su virtud á los hombres y neu­
tralizar su podredumbre* (2).
Et quasi cypressus in monte Sion. El ciprés levanta con
elegancia, sobre un tronco recto, su redonda cabellera cónica,
siempre verde, y es un bello adorno de los jardines y un centinela
de los cementerios. La Santísima Virgen se dice exaltada como el
ciprés en el monte de Sión, porque está en la Iglesia á la vista
de todos, para que acudan á Ella, atrayendo las miradas con su
altura para quitar todo pretexto á los que no la busquen y la in-
voquen, sabiendo que es el auxilio más eficaz de nuestra salva­
ción. Colocada sobre el monte Sión, ó lo que es lo mismo, sobre
la Iglesia Militante y Triunfante, ensalza hasta lo más alto la
aguda copa de su santidad y patrocinio, y hace dichosos para
siempre á aquellos que aspiran su fragancia.
“María es ciprés elevado en el monte Sion, esto es, en la
eminencia de la Iglesia, porque la llamaran bienaventurada todas
las generaciones. Este árbol sirve para muchos usos necesarios,
como María nos auxilia y socorre en diversas necesidades; pues
se hace toda para todos, en cuanto está de su parte, á fin de
ganarlos para Jesucristo. El ciprés es apto para soportar gran-
(1) Georg. Reysmiller. B. M. F. Corona stellarum duodecim sive con d o n es
duodenos pro singults festis, etc., cap. VI, concio VII.
(2) Pexen-Felder, op. cit. allocutio XVI.—Vid· etiam maltiplices alias cedri cum
María 8Ímilitadiues in Polyarihea mariana supra citata.
— 375 —

des pesos, porque no se quiebra; así María uunca cedió al peso


de las tribulaciones que padeció en su Hijo, y por la caridad que
todo lo sufre, sostiene infatigablemente y sin quebranto las car­
gas de nuestra flaqueza humana, según aquel dicho del Apóstol
(Rom. XV, 1): Los más fuertes debemos sufrir la debilidad
de los flacos. Las hojas, frutos y ramos del ciprés son medici­
nales, al modo que las palabras, obras y ejemplos de María son
medicina por la prudencia, alimento en el augustísimo Sacra­
mento de su Hijo y fresca protección en cuanto á sus ramos es­
beltos enseñando la honestidad. Mas si el ciprés es árbol medici­
nal para los cuerpos, María lo es para las almas, porque engendró
á Cristo, salud de las almas ñeles, médico de nuestras heridas.,
"Llámase así el ciprés, porque recogiendo sus ramos en redondo,
los eleva en un agudo cono; lo mismo que María no esparcía
vanamente los ramos de sus virtudes, sino que los recogía y ele­
vaba á Dios, como se lee en el Eclesiástico (XXX, v. 24): Con­
tiene y ; reúne tu corazón en la santidad de El. Es tenido el
ciprés por árbol cálido, y también lo es María por el entrañable
amor que tiene á su Hijo bendito, y por él á las criaturas. Por
este amor es María recta como el ciprés, y los rectos la aman: es
también recta, porque nunca lo dirigió á cosas mundanas, y por
último, lo es por la pobreza, que endereza al alma, á diferencia
de las riquezas que hacen al hombre torcido. Y como el ciprés
no pierde su verdor ni por el tiempo ni por la violencia, tampoco
María aquellas excelencias con que honró al Hijo, atribuyéndo­
las á Este como á su fuente, cuando dijo: Hizo en mí cosas
grandes el que es poderoso. Ni la ensoberbeció la dicha, ni la
deprimió la aflicción (1).
Quasi palma exaltata sum in Cades. La Sagrada Escritura
ha tomado de la palma sus comparaciones más nobles, porque
ee uno de los árboles más excelentes. Sus ramos siempre están
verdes, sus frutos se reproducen todos los meses, sus raíces per­
manecen lozanas en las tierras más áridas y en los más fuertes
calores. “Sus ramos, extendidos como una espesa tienda, presta-

. (1) Richard, á Sto. Laarent. De laudibus Virgints, lib. I I I . Vid· etiam Idiota.
>oc. cit.
— 376 —

ron á la valiente Débora, después de la batalla, abrigo, sombra y


descanso. Sus frutos y hojas dieron á San Pablo, primer ermi-
tafío, alimento y vestido. Grabada en las piedras, fundida en los
metales, sirvió á Salomón de caprichosos adornos para su célebre
templo. Aun en el mismo cielo se ostenta entre los triunfantes
bienaventurados, de quienes leemos que los Santos subieron al
reino con palmas, y también que visten blancas estolas y llevan
palmas en las manos. Pero la mayor excelencia de la palma es,
que su tronco no sólo fué usado por los gentiles como inmejora­
ble para hacer los simulacros de sus dioses, sino que fué escogi­
do por el mismo Espíritu Santo, como una figura de la gentileza
de la gran Madre de Dios, cuando dice que su estatura es se­
mejante á la palma (Cant. VII, 7); y ella misma por boca del
hijo de Sirach: Me ensalcé como la palma en Cades. No es mi
ánimo referir las innumerables semejanzas de la noble palma con
la Virgen María; sólo diré que, así como la palma es tenida por
unanimidad como símbolo de la victoria, arbor victrix ac trium-
phális, por esto la gloriosísima Virgen es representada con gran
propiedad en la palma, porque desde el mismo instante de su con­
cepción ya consiguió preclaras victorias del enemigo infernal, que­
dando inmune y preservada de su mordedura y su veneno. Sobre
lo cual dice Guillermo de París: La palma suele llevarse en se­
ñal de victoria y alegría. Así la B. Virgen venció á la serpien­
te antigua, no siendo mordida por ella, y por esto se rcgoci-
jó„ (1).
“No podemos figurarnos, dice el mismo, cuántos preciosos
usos tiene la palma. Su fruto es un alimento delicioso y nutri­
tivo; de su tronco fluye un jugo excelente, que, cocido y prepara­
do de varios modos, se hace de él miel, azúcar, vino, vinagre J
otro licor para aplacar la sed y aliviar varias necesidades. Sus
membranas y filamentos, tejidos con arte, sirven para elegantes
vestidos. Por lo cual se dió con mucha razón á la palma el lema:
Victui satis. Si, pues, nuestra divina Madre se compara á la pal­
ma, vedla abundar en dátiles para saciar nuestra hambre y en

(1) R. Philippus Picinelli, Canon. Lat. Symbola Virgínea ad honorem, etc. Sym-
bolo L
— 377 —

otros suaves licores para extinguir la sed. Por esto un devoto de


María piensa, que el que diga como el esposo de los Cantares,
Subiré á la palma y cogeré sus frutos (Cantic. VII, 8), si se
eleva á ella con las alas de la devoción, si aplica los labios á sus
pechos virginales, como á racimos muy maduros, quedará satis­
fecha su hambre y su sed, porque sabemos, ¡oh Virgen bendita!,
que son tus pechos como racimos de viña. (Cantic. VII). De
manera que es tan profusa la piedad de la Virgen como próvi­
da y liberal en todas nuestras necesidades: Et victui satis. A pro­
pósito, un dijo grande ingenio que María es Dapifera, Pincerna,
et Mamilla orphanorum.
No es muy difícil subir á esta palma fructuosa, porque ella
misma se presta á ello y nos convida. El tronco de la palma
está dispuesto de tal manera, que representa una escala distri­
buida en ciertos grados ó anillos, con cuyo auxilio se puede lle­
gar hasta la copa. Por esto tiene también el lema: Iter facit ei
qui ascendit. Así, pues, María es al mismo tiempo palma y es­
cala. Porque si imitamos sus gloriosas virtudes, su humildad
profunda, su caridad singular, su devoción ferviente, su pa­
ciencia incansable, su fortaleza intrépida, su sobriedad exacta,
8u pureza excelente, etc., entonces será para nosotros como una
escala por medio de la que podemos ascender hasta el último
grado de la perfección. María, dice Juan Geómetra, como es una
escala prodigiosa por la cual hajó Dios, también es una escala
admirable por la cual sube el hombre empezando desde la tierra,
pero va á parar al cielo.»
“Subimos á esta palma elevando nuestra alma por una de­
vota oración, y por la imitación de su vida, en cuanto lo permita
la fragilidad humana, y tomamos su fruto precioso en la tierra
por una fe viva (y en el Santísimo Sacramento), y en la gloria
por un verdadero conocimiento de sus perfecciones y completa
fruición de su bondad, (1).
Conviene, pues, exactamente á la Santísima Virgen el nombre
de palma. Tiene ésta, dice el B. Alano, la raíz espinosa y eriza-

(1) Rajm. Jordamw, Idiota. De B. Virgine contemplat. Parte VIII, cont. 17.
— 378 —

da, corteza áspera, firme robustez, tronco esbelto y erguido, cús­


pide hermosa, flor deleitable, fruto dulcísimo, y se lleva en señal
de victoria. La Virgen bendita salió de la raíz espinosa de la Si­
nagoga pecadora; tuvo corteza áspera, porque en el mundo vivió
obscurecida y atribulada y pobre, pero no careció de gran fuerza
de alma; fué recta en su tronco, elevando siempre su pensamiento
al cielo; bella en la cima, por la virginidad y humildad en su
grandeza; grata en la flor, pues concibió sin concupiscencia á la
flor del campo y lirio de los valles; dulce en su fruto, pues pa­
rió sin quebranto al Salvador del mundo; y se nos presenta como
señal de victoria y ejemplar, para que, como ella venció al
mundo, al pecado y al diablo, también nosotros podamos vencer,
según nuestras fuerzas, (1).
Casi lo mismo interpretan el Idiota y Ricardo de San Lo­
renzo. “La palma es muy amarga en la raíz, pero dulcísima en
el fruto: también María tuvo una raíz amarguísima en los ju ­
díos, pero un fruto dulcísimo en su Hijo bendito, que disipó todo
el amargor de nuestras culpas. Este fruto es dulce en sus pala­
bras, dulce en sus ejemplos, dulce en sus promesas, dulce en el
yugo de su servicio, dulce en la corrección de sus hijos, y por úl­
timo, será dulcísimo en la retribución del premio, cuando nos
alimente de sí mismo, que es un maná escondido, y nos dé á be­
ber el torrente de sus delicias (2).
Y como árbol victorioso, María triunfó del mundo con la po­
breza, de la carne con la castidad, del demonio con la humildad;
y pelea á nuestro favor contra los enemigos invisibles, para que
los derrotemos, pues antes de ella no se conoció la victoria. Esta
palma se da por trofeo y corona á los vencedores como se indica
en Isaías: Serás corona de gloria en la mano del Señor, y dia­
dema de reino en la mano de tu Dios. “Quiere decir, nota el
„Ulmo. Scio, Tú con tus Apóstoles, Mártires, Confesores, Vírge­
n e s, etc., formarás una gloriosa corona á Jesucristo, de que se
„adornará y gloriará: bien que esta obra será toda del Señor, de

(1) Alanus de ínsnl. in cap. VIL Cantic .


(2) Idiota, loe. cit.part. I. contemp. 21 et 46.—Richar. á S. Laur. De laudibus
B . F . Marice, lib. XII.
— 870 —

„quien son graciosa dádiva todos los méritos de sus siervos.,,


(Isaías, LXII, 3).
Para concluir, citaremos una exposición que trae á Lapide.
La palma se levanta sublime, pero inclina sus dátiles á la tierra.
Así la bendita Virgen elevó en el cielo la cima de sus méritos
basta el solio de la divinidad, dice San Gregorio, pero inclina
hacia la tierra los frutos de su clemencia cuando socorre y au­
xilia como Madre á todos los que la invocan. Esto significó el
Espíritu Santo elogiando á la Esposa, tipo de la Santísima Vir­
gen: ¡Cuán hermosa eres y cuán graciosa, oh carísima en las
delicias! Tu estatura se semeja á la palma y tus pechos á
los racimos. Teodoreto lee: ¡cuán graciosa y cuán amable eres
amor en tus delicias. Explica esta belleza y estas delicias del
modo siguiente: “Porque siendo tan excelsa que tocas la cumbre
»del cielo, te bajas á los débiles, dándoles los pechos de tu doc­
trin a . Porque la palma tiene los /ratos pendientes hacia abajo.»
Ciertamente la palma elevada á lo alto y bajando sus dátiles,
es un ilustre símbolo de la caridad, que abraza íntimamente á
Dios y se humilla para la salud de los hombres. Esto hizo y
hace singularmente la Virgen María, que sobresale y arde en
caridad más que todos los Angeles y hombres (Corn. á Lap. in
Ecdi. cap. X X V I, v. 18). Ricardo añade, que extiende esta pal­
ma sus ramos formando un fresco pabellón, para defendernos
de la ira del Señor y del ardor de las pasiones.
E t quasi plantatio rosee in Jericho. La reina de las flores
y los jardines no podía faltar en los elogios de la Madre purísi­
ma. Apenas podrá encontrarse en toda la naturaleza un símbolo
que más adecuadamente la signifique, ni del que hayan hecho
más uso los escritores marianos para describir la pureza, la ino­
cencia, los privilegios, la fragancia de sus virtudes, las gracias y
los beneficios de la Madre de Dios.
La rosa es la verdadera reina de las flores, como María es
la reina bellísima de todas las criaturas. La amenidad del jardín
es su palacio, la verdura su trono, la púrpura de su color su
manto real, los granos de oro que tiene en el centro, su corona.
El palacio de la Virgen es la Iglesia, su trono las obras vivas
— 380 -

de la gracia, su púrpura el amor ardiente á Dios y <4 los hom-


bres, su corona el Hijo que concibió en su seno. La rosa es la
pompa de toda la primavera: María es la pompa de la naturaleza
y de la gracia, ya en cuanto á la hermosura del cuerpo, ya en
cuanto á la belleza del alma. Excelencia supereminente de todo
lo criado, la llama San Anselmo. Excepto Dios, nada hay tan
glorioso como la Virgen, que sobresale en los cielos y en la tierra
como la rosa más preciada. María nació de linaje real, de la
más ilustre prosapia que ha habido en la tierra, Beyes y Pa­
triarcas, y se distinguió por su vida inmaculada y por el privi­
legio milagroso y estupendo de su maternidad y virginidad; y es
designada en todas las lenguas con el nombre de Señora. Por lo
cual se llama rosa de Jericó, que es la más excelente y sin­
gular de todas, por su belleza, su color, y especialmente por su
aroma, pues Jericó se interpreta exhalación de olor.
De las espinas del mundo iyició al fin esta rosa bendecida,
pero sin ninguna aspereza, pues desde el principio de su vida
empezó á brillar con todo género de dotes: Quasi flos rosarum
in diebus vernis, siendo la antítesis de Eva y reparando sus
daños. “Eva fué espina, María rosa. Aquélla fue espina, pun­
tándonos; María rosa, acariciando todos los afectos, sosegando
„las pasiones. Eva espina, clavando á todos la muerte; María
»rosa, volviendo á todos su salud... Esta Virgen es una rosa
»blanca por la virginidad, purpúrea por la caridad; blanca en el
»cuerpo, «purpúrea en el alma; blanca, siguiendo la virtud; pur­
p ú re a , calcando los vicios; blanca, purificando sus afectos; pur­
p ú rea, mortificando la carne; blanca, amando á Dios, y purpú­
r e a , compadeciéndose del prójimo» (1). La rosa es símbolo del
pudor y del recato virginal, dice San Jerónimo; y María fué toda
rosa, es decir, asiento de la honestidad, espejo de la modestia,
tipo y modelo del pudor.
Mas esta rosa delicada vivió siempre entre espinas, rodeada
de las más acerbas tribulaciones. Se llama rosa de Jericó, dice

(1) Eckbertns. Abbas Schonaugiensis, Sermo I I B . M. V apud Migne. tomo VI,


página, 1075. Las mismas palabras dice San Bernardo en el Sermón que empieza
Ave María.
— 381 —

el Idiota, porque hubo en ella la suma perfección del amor y la


intensidad del dolor más profundo. Pues cuanto más ardiente­
mente amaba á su Hijo, tanto más cruelmente fue herida; pues
jamás hubo tal Hijo ni tal madre, ni caridad tan viva como entre
Haría y Jesucristo, ni hubo muerte tan indigna ni dolor tan
grande. Sabía la Madre inviolada quién era su Hijo y cómo fué
concebido, y por eso, cuanto le amaba con más ternura, fué más
hondamente vulnerada, no teniendo consuelo alguno, sino sólo tri­
bulación y dolor, pues fueron traspasadas sus sacratísimas entra­
ñas como ni el hombre ni el ángel pueden imaginar. Los mártires
padecieron por la fe, mas la bendita Virgen padeció por el amor,
y de ella se dice: Vulnerata charitate ego sum; pues como ésta
es mayor que la fe, así el martirio de la Virgen excedió al de
todos los Santos. Estos fueron traspasados con. di versas espadas,
pero la Beata Virgen fué herida con la misma espada que su Hijo
bendito, (1).— “Como la rosa crece entre las espinas, así esta
venerable Madre creció entre tribulaciones; y así como son más
duras y anchas las espinas de la rosa, cuanto más se dilata cre­
ciendo, lo mismo esta Rosa escogida, á medida que avanzaba en
edad, era punzada más agudamente con más amargos dolo­
res» (2).— “Y como la rosa, si es estregada, despide mayor fra­
gancia, así María, cuanto más contriciones sostuvo, nos dió mejor
olor; porque fugitiva en Egipto, dió olor de paciencia; en la Pasión
de su Hijo, perfume de perfecta fe; en las tribulaciones de otros,
olor de compasión; en las que ella padeció de los judíos, olor de
acción de gracias; en las aflicciones que sufría después de la As­
censión del Sefior, por la ausencia de tal Hijo, daba olor de santos
deseos y santa devoción» (3).
Se sostiene la rosa sobre un botón ó cáliz que tiene cinco
pétalos, á semejanza de las cinco virtudes principales que sus­
tentan todas las demás en María, la humildad profunda, la cas­
tidad intemerada, la misericordia extensa, la piedad dulcísima y
el amor más encendido. Significan también aquellas cinco veces

(1) Idiota op. cit Part. III, cont 6.


(2) D. Birgitta, De Exceüent sanciiss. Vira., cap. 16.
(8) Jacob, de Vorágine in Mariali , serm. 4, R.
— 382 —

que leemos en el Evangelio que habló María: una al Augel, otra


á Santa Isabel, otra en las bodas de Caná y dos á su Hijo Jesús.
Además, con cinco palabras realizó la obra maravillosa de la
Encarnación del Hijo de Dios: Fiat mihi secundum verbum tuum,
y su nombre santísimo tiene también cinco letras de grande sig­
nificación. Cae sobre la rosa uu rocío transparente, como cayó
en María toda la ambrosía de la Divinidad, y vuelan alrededor
suyo las abejas, libando sus mieles, lo mismo que rodean á la
Virgen las almas devotas, cual abejas solícitas y diligentes, chu­
pando sus mieles y cantándola con dulce susurro: Eosa mística,
ruega por nosotros. Estregada en las manos echa olor más su­
bido, lo mismo que María entre las penas. La rosa destila aguas
medicinales, María océanos de gracias: por eso se llama rosa
plantada cerca de corrientes de aguas, porque nos dirige todos
los arroyos de las piedades divinas, pues es su canal (1).
Porque efectivamente, es una rosa llena de virtudes: “confor­
ma al corazón, dándole amor de Dios; reprime el fiujo del peca­
ndo, dando temor de Dios; abre los ojos del entendimiento, dán­
donos conocimiento de las cosas divinas, cura el dolor de cabeza,
„elevando nuestra esperanza á los deseos celestiales (2).„ “Su
vivo y encendido color indican el afecto de íntima caridad con
que nos ama y cuida de nosotros, pudiendo atribuirla estas pa­
labras (Philip. I, 8): Os tengo en el corazón, porque Dios
me es testigo de qué modo os amo á todos en las entrañas de
Jesucristo, mi Hijo (3). ¿Quién podrá enumerar sus beneficios,
sus favores y mercedes? El que pueda contar todas las hojas de
todas las flores.
Por último, Cornelio á Lap. hace una exposición que parece una
recopilación de todas las precedentes. Todos los elogios de la rosa,
dice, convienen mucho mejor á la Virgen María, que con su gra­
ciosa belleza y dignidad supera al esplendor de todo el mundo.
Porque Ella es la rosada aurora, bellísima y fecunda con la gra-

(1) Joann. P. Berlendus, Elogia glor. V. Deip. ad Litanias L a u r e ta n a s ,


part. Y. 7. in latinum translata et aucta á R. P. Wolfgango Weisshaupt. Esta obra
puede suministrar abundantísimas materias ¿ los oradores del Mes de María.
(2) Jac. de Vorágine, loe. cit.
(3) Ricbardus a S. Laur. lib. XII.—Idiota, part. XIV, cont 43.
— 883 —

cia de las virtudes, á la par que esplendorosa y brillante, que


disipando las tinieblas trajo una nueva luz al mundo. Ella es la
que después del lar go invierno del pecado, de la tristeza y deso­
lación, nació como la nueva primavera de gracia, de luz y de con­
suelo... pues esta Virgen purísima concibió y dió cuerpo á la flor
de toda alegría y deleite, ornamento del género humano, y Cria­
dor del mundo.»
“Además, la rosa, emblema del pudor y la virginidad, ¿á
quién denota sino á la Virgen de las Vírgenes? Columela dice
que la rosa es una flor llena de castidad. Y la rosa es aromática
y derrama exquisita fragrancia: ¿quién, pues, no percibe en Ma­
ría como la afluencia de los aromas de todas las virtudes? ¿Quién
no es atraído por su suavidad? ¿Quién no corre al olor de sus
ungüentos? Porque por ella ha manifestado Jesucristo el olor de
s u conocimiento en todo lugar, y derrama el thimiama de la Di­
vinidad, el amomo y almizcle, y lo más escogido de los perfumes, y
emite olor de suavidad como un bálsamo aromático, y como dice
San Epifanio, adorna á todo el mundo con flores del Paraíso,
por lo cual ha merecido ser llamada rosa de Jericó... La rosa,
pues, nos demuestra la belleza de la Beata María, el suave olor de
su dignidad y gracia, la pureza de su vida, ardor de su caridad
y dulzura de sus costumbres. Por eso el Damasceno,/o7i rosa!, dice,
que has nacido de espinas, esto es, los judíos, y has perfuma­
do todas las cosas con tu divina fragancia. Por lo que los fieles
honran con el rosario y alaban á la Virgen como á una rosa ce­
lestial (1).
Quasi oliva speciosa in campis. Cuando los árboles trataron
de elegir un rey entre sí, como se lee en el libro de los Jueces
(Jud. IX, 8), el primero á quien ofrecieron la corona fué á la
oliva, por ser símbolo de paz, de riqueza y de misericordia.
La oliva, dice Corn. á Lapide, es símbolo de misericordia,
de paz, de victoria, de mansedumbre, de alegría, de esperanza,
de resplandor, de abundancia y de eternidad. Todo esto conviene
místicamente á la Virgen bendita, que es oliva vistosa, pero de
los campos: ya porque en todo tiempo y lugar, y en todo género
(1) Coro, á Lap. in hnnc. locnm.
— 384 —

de males, está pronta á socorrer á todos cuantos la invocan, como


Madre de misericordia; ya porque nos presta con su sombra el
deseado refrigerio en los campos desnudos y sin árboles, por los
que viajamos abrasados del fuego de las tentaciones como de un
sol ardoroso; ya porque la Madre de Dios es como un campo sin
colono, porque engendró á Jesucristo sin concurso de varón, y le
manifiesta á todos los que se le acercan; por lo cual dice el mis­
mo, yo soy flor de campo; y ya, finalmente, porque ella misma
es un campo de virginidad fructífero, saludable, abierto y paten­
te á cuantos recurren á ella en la necesidad.
“En los campos, añade Méndez, dice que es como la oliva
hermosa. De Cristo nuestro Salvador se dice que él es como la
flor del campo. Y bien se entiende que una flor sea de un campo
y en él esté. Pero que una oliva sea de muchos campos y esté
en ellos, deséase saber cómo sea posible. Dice Cristo nuestro bien
declarando la parábola de la cizaña: Ager est mundus; el campo
es el mundo. Le hay inferior, que es de los cielos abajo, y hay otro
superior allá arriba. Oliva hermosa soy en los campos, en los ojos
de los de este mundo inferior y en los del superior. Hoy sale á
vistas de los que están en el campo del cielo y de la tierra esta
gloriosa oliva, que en el relicario de sus entrañas lleva el óleo
divino de eterna salud.—En el campo del cielo y en el de la tie­
rra Tos sois la oliva hermosa, porque el óleo divino que en vues­
tras entrañas lleváis es la alegría del cielo y la medicina de las
llagas que padece el linaje humano en el campo de este mundo.
Esta oliva está en los campos sin cerca ni guarda alguna. Porque
repugna que la oliva, significando la misericordia, esté acotad»
y bajo de llave. No hay campo por más desierto y yermo, en que
no se halle esta hermosa oliva, para que todos y en toda necesi­
dad hallen el óleo de la gracia por su intercesión (1).
Idéntica exposición hace el afectuoso Idiota, considerando á 1»
Virgen Deipara como una oliva fructuosa llena de piedad y com­
pasión para los pecadores. “Tú eres oliva vistosa en los campos,
esto es, en los pecadores incultos, á los cuales suministras la gra-

(1) R. P. Estában Méndez. De la dignidad altísima de la Virgen., etc., Hb. 1U>


c»p. IV, § 5.
— 386 —

gracias quiso descender de esta oliva, de esta Virgen, que es la


misma piedad, (1).
Guando los Patriarcas y Profetas quieren designar la paz,
la abundancia, la prosperidad y las riquezas, toman casi siempre
sus comparaciones de la oliva, del aceite y de la grosura, y en
este mismo sentido es también un símbolo adecuado de la
Madre de Dios. Con ella están las riquezas y la gloria, la
opulencia y la justicia para enriquecer á los que la aman.
(Prov. V in , 18). Ella es aquella oliva de donde, al menguar el
diluvio, tomó la paloma sin hiel el ramo de paz. “Ella es, dice
„San Proclo, como una oliva fructífera en la casa de Dios
„(Ps. Ll, 10), de la cual tomando el Espíritu Santo, como palo-
„ma, el ramo del cuerpo del Salvador, trajo á la naturaleza hu-
„mana la nueva fausta y alegre de la paz con el cielo, (2). Por
ella nos vino el bien, el regocijo y la felicidad; oliva preciosa,
admirable, suavísima, enriquecida. Ipsa est, dice el concilio da
Efeso, per quam exultationis oleum consecratur. Este óleo nos
alimenta, nos alumbra y nos sana.
Por lo tanto, pueden aplicarse con toda exactitud á nuestra
bondadosa Sefiora aquellas palabras de Jeremías: Oliva fecunda,
hermosa, fructífera y hien pareada te llamó él Señor (3). Sólo
añadiremos una reflexión. Los griegos, según Pierio, querían que
la oliva sólo fuese plantada y recogidos sus frutos por mancebos
y doncellas vírgenes, pues de otro modo no son tan sabrosos. Del
mismo modo la verdadera oliva, Virgen Deipara, no desea ser
cultivada sino por los que guarden la castidad.
Et quasi platanus exáltatasumjuxta aquam in plateis. La
misericordiosa protección de la Virgen se declara todavía más
comparándola al fresco plátano que se levanta frondoso en los
sitios más públicos de la ciadad cerca de las aguas. La idea es
la misma; significar que esta Virgen es accesible á todos. Puede
significar también que en medio del flujo y agitación del mundo,

(1) Berlendo, loe. cit., parte IV, Virgo clemens.


(2) S. Proclus, in orat. 6 de laúd. B. Virg.
(3) Olivam uberem, pulchram, fructiferam, spetiosam vocavit Dominus no*
men tuum. Jerem. XI, v. 16.
— 387 —

María, siempre benigna, nos brinda su sombra consoladora. El


plátano dilata pomposamente sus ramas, cubiertas de anchas y
brillantes hojas en figura de escudo, y lo mismo la Virgen ben­
dita es nuestro escudo, nuestro asilo, nuestro refugio y nuestra
protección. Para la reparación y alivio de nuestros males tiene
tantos escudos como hojas. Por lo cual, dice Dionisio Eichelio:
“El plátano simboliza á la Madre de Dios, que bajo la sombra
»de sus alas, esto es, bajo el socorro de su poderosa piedad am-
»para y defiende á cuantos acuden á ella.» Pero María aun es
más excelente: las hojas más frondosas del plátano y su sombra
más deliciosa no tienen comparación con esta Virgen. Flatani non
fuerunt agua frondibus illius (Ezech. XXXI, 8), ningún ár­
bol del Paraíso de Dios se semejó á ella ni á su hermosura.
“Refiere Plinio que pasando Jerges por Laodicea, un plátano
se convirtió en oliva. También puede decirse que este plátano
virginal se convierte en oliva cuando nos brinda y suministra su
piedad, su misericordia y su clemencia suprema; y así con razón
la invocaba San Bernardo, diciendo: “¡Oh Madre clementísima,
„temiendo presentarnos al Señor, acudimos á la sombra de tu
»protección!, Y el seráfico San Buenaventura: “María es llama­
d a con propiedad trono de nube, pues así como ésta defiende
»de los ardores del sol, María nos defiende de la ira de su Hijo,
»que es el sol de justicia. Y por eso bajo este árbol, mejor que
»bajo el laurel, podemos exclamar: Nil fulgura terrent. No nos
»aterran los rayos.» Porque tiene el plátano las hojas de tal
modo complicadas y dispuestas, que extendiendo sus ramos no
deja penetrar la humedad de la lluvia, la fuerza de los granizos
ó el ímpetu de las tormentas. Es un árbol gigante que se levanta
majestuosamente como un espacioso pabellón. Esto advirtió bella­
mente el Beato Amadeo, escribiendo: “La Virgen elegantísima,
»nacida de la raíz de Jesé, dilató por toda la tierra la admirable
»extensión de sus ramos, á fin de proteger á los dispersos hijos
»de Adam del calor, de la tempestad y de la lluvia, bajo su som-
»bra deseable., Y más brevemente el citado San Buenaventura:
“Bajo la sombra de tus alas, ¡oh Señora! descansaré, porque tu
»refrigerio es deleitable.»
— 388 —

El mismo Jerges, según JEliano, encontró en Libia nn pláta­


no tan hermoso, que, lleno de complacencia, descansó bajo su
sombra un día entero, haciendo que lo admirase todo su ejército,
y al separarse de él honró sus ramas colgando en ellas collares
y brazaletes, y dejó un soldado para su custodia y defensa á ñn de
que no le estropeasen los pasajeros. Así los devotos de María
deben descansar en todo tiempo, toda su vida, bajo la sombra de
esta Virgen, y procurar su honor, su gloria y su reverencia, col­
gando en ella como voto sagrado nuestro corazón, amándola siem­
pre, nuestras manos empleándolas continuamente en su servicio,
y nuestra lengua invocándola y glorificándola (1). Si la sombra
de San Pedro tenía virtud de sanar á los enfermos, ¿cuánto mejor
la de este plátano celestial?
Ernesto de Praga llama á María plátano cuya dilatación es
la caridad, cuya raíz la sabiduría, cuya corteza la humildad,
cuya simiente la fe, cuyas hojas sus dulces palabras: exaltada
en las plazas, esto es, entre los Profetas que habitaban en anchu­
ra de caridad, cerca de las aguas de las Santas Escrituras (2).
Pero ninguno ha desenvuelto esta comparación, en el sentido
arriba dicho, mejor que Ricardo de San Lorenzo. “María es uu
plátano, dice, cuya sombra puede llamarse la Encarnación del
Verbo de Dios en ella, á la cual alumbró el Espíritu Santo á fin
de prepararla para refrigerio de la Iglesia. La sombra proviene
de un cuerpo interpuesto á la luz, y este plátano dió su sombra
copiosísima y fresca cuando la luz de la divinidad incorpórea
tomó en ella el cuerpo de nuestra humanidad. El plátano refri­
gera exteriormente con la sombra de sus anchas hojas, é in­
teriormente con el agua junto á la cual crece. El hombre es
abrasado doblemente, en lo exterior por las tribulaciones, en lo
interior por la concupiscencia; pero María, produciendo un refri­
gerio pleno como el plátano, presta remedio abundante contra el
ardor de la tribulación externa y la tentación interna, y por eso
es digna de ser exaltada y alabada en las plazas, esto es, en los
pueblos. Y como los árboles plantados junto á las aguas ayudan
(1) Picinelli, lib. c it 8rm. XIXIV.
(2) E rnest Prag. io i lariali, cap. 51.
— 389 -

á salir á los que están en ellas sumergidos, así la Virgen ayuda


á salir de las aguas del pecado á los que se encomiendan á ella
con fe y amor, trabajando lo que es bueno para su honor y glo­
ria. Porque así como el plátano es blando y tierno en las hojas,
María es piadosa y compasiva para los pecadores, y los instruye
con palabras y ejemplos en espíritu de mansedumbre, pues la ley
de la clemencia está en su lengua. (Prov. XXXI, 26). Siempre
que éstos la invocan la encuentran extendida frondosamente como
un plátano, dispuesta á recibir á todos bajo ;su protección y á
refrescar los malos ardores que los consumen: ella protege contra
la concupiscencia, porque es Virgen; contra el viento de la vani­
dad mundana, porque fué humildísima; contra las tentaciones de
las riquezas, porque fué voluntariamente pobre; contra el ardor
del sol, porque es Madre del sol de justicia, (1).
Esta magnífica y profunda exposición, llena de verdad y de
confianza, parece que tiene la frescura refrigerante del árbol de
quien habla. El corazón se dilata con el más vivo placer al con­
templar el auxilio misericordioso y seguro que tenemos en la glo­
riosa Madre del Salvador.
Pasaremos á otro capítulo, pues ésto va siendo demasiado
largo; porque la riqueza y abundancia de la materia han llevado
tras de sí nuestra pluma, como se desliza insensiblemente una
barquilla en la tranquila corriente del Ebro caudaloso.

§. n.
Continuación del mismo asunto.

La Madre glorificada denuestro Dios, que forma el panegírico


de sí misma por boca del hijo de Sirach, después de haber sim­
bolizado su elevación, sus dotes y sus misericordias en los árboles
más hermosos y útiles, expresa su dulzura y su atractivo com­
parándose á los más exquisitos aromas. Sobresale esta Virgen
como los cedros más empinados: es deliciosa y agradable como
mejores perfumes.
(1) Rich. & San Lanr. Delaud. Virginia, lib. XII.
— 390 —

Sicut cinamomum et balsamum aromatizans odorem dedi.


El cinamomo es de sabor y olor más delicado y de más prócio
qae la canela. María es cinamomo, dice San Juan Damasceno,
aroma tomado de la integridad del Paraíso, suave y dulcísimo,
según aquellas palabras de los Cantares (c. IV, v. 13). Tus emi­
siones son un paraíso de granados, con frutos de manzanos...
nardo, caña y cinamomo, con todos los árboles del Líbano (1).
Signiñca, expone la Biblia Mariana, que la Virgen bendita es
venerada en las regiones más apartadas. Crece este arbolito en
tierras remotas, la India y la Etiopía; y más allá llegó la gloria
de la Virgen, como anunció ella misma: Me llamarán bienaven­
turada todas las generaciones. Es generalmente de dos codos,
y esta es una propiedad que conviene igualmente á la Madre
que al Hijo. Así como éste fue siempre Hijo de Dios, y sin dejar
de serlo comenzó á ser hombre, pudiendo decir verdaderamente:
Soy lo que era, esto es, Dios, y no era lo que soy, esto es, hom­
bre; mas ahora soy uno y otro, esto es, Dios-hombre: lo mismo
puede decir María después del parto: Soy lo que era, esto es,
Virgen, y no era lo que soy, esto es, Madre; mas ahora soy uno
y otro, es decir, Madre- Virgen. Y con estos dos codos se mide
la dignidad de María, por lo cual se le aplica lo del Eclesiástico
(cap. XXVI, 19): Gratia super gratiam; la gracia de la fecun­
didad sobre la gracia de la virginidad (2).
El cinamomo es de color de ceniza, que es vil y despreciable:
en lo cual se representa el amor de la pobreza y el desprecio del
mundo, pues la Virgen prefirió vivir desconocida en el mundo,
más bien que brillar; ser tenida en poco, más bien que ser ala­
bada. Y por eso dice que dió olor de cinamomo, porque dió ejem­
plo de despreciar todo lo que el mundo tiene por glorioso; pues
fuó verdaderamente humilde por la pobreza de espíritu, como dice
San Bernardo: “Siendo verdaderamente humilde, no quiso ser
ensalzada, sino tenida por baja. El color de ceniza es muerto, pero
bajo e¡ste color hay en el cinamomo un sabor vivo; y María es-
(1) S. Joan. Dam. Orat. 4 in Nativit. 8 . Vtrg. Apud Mirraccio, loe. cit.
(2) BIBLIA MARIANA explurtbm divin* Script. eommentariis excerpta, P®r
Pr. Jos. de S. Miguel et Barco, Burgensem, Ord. Praed. ex Ecclcsiastico, Dubium, 77»
ad. cap. XXIV, y. 20.
— 891 —

taba muerta para el mundo y por eso tenía el rico sabor de las
dulzuras aromáticas del Paraíso.—El cinamomo hace sabrosas
todas las confecciones en que se mezcla, como no hay conversa­
ción que no sea dulce, si en ella se hace mención de María, con­
forme á aquellas palabras (Eccli. XLIX, 2): En toda boca será
dulce como la miel su memoria (1).
En cuanto al símbolo del bálsamo, seguiremos únicamente la
exposición de Gornelio á Lapide, que es la mejor que hemos leído.
“La bendita Virgen es semejante al bálsamo: 1.° El bálsamo fuó
propio de Judea, pero de allí llevado y celebrado por todo el
mundo; así la Virgen María, nacida, educada, habitante y di­
funta en Judea, esparció por todo el orbe el olor y fama de sí
misma. La misma, huyendo de Herodes desde Judea, llevó consigo
el bálsamo á Egipto; así después trasladó el verdadero conoci­
miento de Dios y su culto, esto es, el cristianismo, de los pérfidos
judíos á los egipcios y demás naciones.
2.° El bálsamo tiene virtud activa y fuerte, por lo cual lo
osaban los hombres como varonil y generoso y superior á los de­
más ungüentos, dejando para las mujeres el amonio asirio, y
otros semejantes más delicados, como se infiere del epigrama 54
de Marcial:

Balsama me capinnt, haec.sunt ungüenta virorum:


Delicias Nini vos redolete nurus.

Por eso la materia del Sacramento de la Confirmación, por


el cual nos hacemos perfectos cristianos y somos ungidos como
soldados y atletas de Cristo para pelear contra el mundo, el de­
monio y la carne, es el crisma que se compone de óleo y bálsamo,
á fin de que los cristianos confirmados, teniendo presente el agra­
dable olor que sale del bálsamo, procuren atraer, con la santidad
de su vida y suavidad de costumbres, á todos los hombres á la re­
ligión cristiana y á la práctica de la virtud.
Además, la carne de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía es
como un bálsamo que embalsama (por decirlo así) nuestros cuer-

(1) BIBLIA MARIANA, loe. c i t


— 392 —

pos, á fin de qne resuciten para la vida inmortal. El que come mi


carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en
el último día. (Joan YI, 55). Del mismo modo la fragancia de las
virtudes de la Virgen Deipara nada tuvo de molicie ni de afemi­
nado, sino que fué robusta y vigorosa. Porque ella fuó virgo,
imo virago, que arrebató á que la admirasen é imitasen no sólo
las mujeres, sino también los hombres, y que dijesen: En pos de
tí correremos al olor de tus ungüentos. (Cant. I, 3).
3.° El árbol del bálsamo, como observó muy bien Espinel,
no se saja, para sacarlo, con cuchillo de hierro, sino de hueso, de
piedra ó de .vidrio, y por la parte que mira al sol; y de allí fluye
el bálsamo que después se pone rojo y se endurece. Esto tam­
bién puede acomodarse á María, que mirando á Jesucristo, sol de
justicia, y recibiéndole totalmente en sí, era traspasada, no por el
hierro material, sino por la compasión del Hijo, que es la piedra
angular y espejo de cristal sin mancha; y ella no derramaba san­
gre, sino lágrimas y afectos, cándidos por la pureza, pero rojos
por el amor, cuyo mérito esclarecido jamás se desvanecerá en
la molicie, sino que se conservará firme y duro.
4.° El bálsamo de la Virgen no está viciado con mezcla al­
guna de aceite ó miel, como después se dice: como bálsamo no
mezclado es mi olor. Esto lo explica con elegancia San Buena­
ventura: “El bálsamo, dice, suele-adulterarse con miel ó aceite;
„pero en verdad, el bálsamo del Espíritu Santo en María no tuvo
„mezcla, porque no fué viciado ni con la miel de la carnalidad ó
„alegría mundana, ni con el óleo de la vanagloria ó adulación,
„porque su gracia fué verdadera y muy pura.„ (In Speculo,
cap. 5).
5.° Pausanias, lib. 9 de las Beóticas, escribe que en Arabia
se ocultan muchas víboras bajo los arbolitos de bálsamo, y que
comiéndolo pierden su veneno, y por eso sus mordeduras no son
dañosas. Pero con el auxilio de María pierden el veneno los de­
monios, simbolizados en las serpientes, para qne sus mordeduras
y sugestiones malignas no dañen á los devotos de la Madre de
Dios.
Por lo cual San Buenaventura: “El olor de María fuó como
— 393 —

„el cinamomo en la corteza de la conversación, como el bálsamo


„interiormente en la unción de la devoción, como la mirra en la
„amargura de la mortificación: fue también su olor como el cina­
momo en la acción, como el bálsamo en la contemplación, como
„la mirra en la Pasión. ¡Oh ciertamente rica, pues estuvo tan
„llena de bálsamo aromático del Espíritu Santo. „ Y en otro lu­
gar: “El bálsamo de María es la unción de la gracia que se in-
„fundió copiosísimamente en ella; por esto San Bernardo, expo­
niendo aquel lugar, Spiritus Sanctus supervenid in te, dice:
„Aquel bálsamo precioso te llenará con tanta abundancia y tanta
„plenitud, que rebosará copiosamente alrededor por todas par-
„tes„ (1).
Quasi myrrha electa dedi suavitatem odoris. La mirra es
el emblema de la mortificación de María. Este arbolito, que signi­
fica amargura, es propio de la Arabia, que se interpreta ocaso
y también tarde. María fué un mar amargo por las muchas tri­
bulaciones que padeció en su Hijo, y fué como un árbol de mirra
en la tarde de su Pasión. Ella fué más que mártir, dice San Je­
rónimo, porque padeció espiritualmente con más acerbidad que
los Santos. Porque éstos padecieron en el cuerpo, mas no pu­
dieron padecer en el alma, que es inmortal. Pero la bendita
Madre de Dios padeció en aquella parte que se tiene por impa­
sible: Traspasará tu alma de ti misma una espada. (Luc. II).
Y sufrió dos géneros de martirio: uno al contemplar la atormen­
tada agonía de su Hijo, otro al depositar su cuerpo en el sepul­
cro; de modo que no es posible haber dolor como el que traspasó
sus entrañas virginales. Había sido árbol de alegría cuando can­
taba que se regocijó su espíritu en Dios su Salvador, pero fuá
árbol de amargura en el ocaso de este sol.
“La Santísima Virgen, añade el beato Alberto Magno, se re­
comienda por la excelencia de sus aromas. P or el cinamomo, que
es tanto más precioso cuanto más delgado, se indica su virginal
humildad, pues no parece extraño que sea humilde la que antes
ha tenido pecado; pero que lo sea esta Vi rgen inmaculada, es
muy admirable. Por el bálsamo, que es muy cálido y sobrexcita
(1) Coro, á Lap. in hnnc. locom.
— 394 —

el paladar de quien lo gusta, se entiende la caridad materna con


que la fervorosa Virgen amó á su Hijo sobre toda pondera­
ción de los hombres. Por la mirra escogida, que se sabe es de
mucho amargor, se indica la adversidad de su viudez; porque
toda la mirra, esto es, todas las amarguras de la Pasión que
bebió Jesucristo, las bebió también ella misma, y en cierto modo
más ella; pues la lanza que traspasó el costado del Salvador, ya
muerto, no causó dolor al Hijo, sino á la Madre; y el ser llamado
seductor después de la muerte, no agravó el dolor del Hijo, pero
sí el de la Madre. Así, pues, por estas tres cosas es sumamente
olorosa la Virgen bendita, (1).
En otro sentido, el árbol de la mirra tiene cinco codos de altura,
y también la alteza de María tiene cinco grados. El primero, su
santiñcación en el vientre materno; el segundo, su Natividad fe­
licísima; el tercero, la gloriosa Anunciación hecha por el Ar­
cángel Gabriel, que concebiría, quedando Virgen, al Hijo de Dios,
en sus entrañas por obra del Espíritu Santo; el cuarto, cuando
cumplió voluntariamente la ley de purificación, que sólo obligaba
á otras mujeres, y ofreció su bendito Hijo y le entregó en manos
del Santo Simeón; el quinto fué cuando, vencidos todos sus ene­
migos, dejó este mundo miserable y transitorio y fué llevada al
cielo., “Y como la mirra preserva de la corrupción á los cuerpos
ungidos con ella, así María defiende á sus servidores de la podre­
dumbre de los vicios, y en especial de la lujuria, (2). “María
tuvo tal don de virginidad y pureza, que penetraba en los cora­
zones de los demás y extinguía sus movimientos desordenados; y
aunque fué hermosísima, por nadie fué torpemente deseada, por­
que su vista purificaba á los corazones. Por eso se semeja á la
mirra y al cedro, pues como el olor de aquélla ahuyenta á los
gusanos y el del segundo á las serpientes, así María ahuyenta los
afectos brutales. Juan Tritemio la llama mirra que cicatriza las
heridas del pecado (3).

(1) B. Albert. Magn. Serm. 33 in Assumpt., apod S. Miguel et Barco, loe. cit.
B iblia M ariana , dub. 80.
(2) Idiota, part. XIV, contemp. 52.
(3) Jacob as de Vorágine, serm. II. Sabbat. 2. Quadragesinue. Véase este elogio
en la citada Polyanthea mariana , lib. XI.
- 395 —

La mirra es de sabor amargo, pero su olor es muy agrada­


ble: lo mismo la mortificación exteriormente es penosa, pero inte­
riormente está llena de placer y eleva basta el cielo la fragancia
de su aroma.
Et quasi storax, et gálbanus, et ungula, et gutta, et quasi
lÁbanus non indsus vaporavi habitationem meam, et quasi
balsamum non mixtum odor meus. En los siete aromas resino­
sos, dice Hugo Cardenal, á los cuales] se compara la Virgen, se
declaran las siete virtudes especiales por las que fué ensalzada,
y lo son también todos los que la imitan. Por el bálsamo, que
es agradable y cálido, se representa el fervor de la caridad; por
la mirra escogida, la pobreza voluntaria; el estoraque, empleado
para curar la fluxión de ojos, significa la virtud de la discre­
ción; el gálbano, que sana los apostemas, designa la humildad;
la úngula, que es blanquecina y limpia la lepra, designa la
virtud de la abstinencia; la gota, que cura la enfermedad de su
nombre, simboliza la virtud de la fortaleza; el incienso no inci­
so, es emblema del candor de la castidad; el bálsamo sin mezcla,
que se cita segunda vez, significa la perseverancia en la vir­
tud (1).
Haremos una ligera exposición de estos aromas, con relación
á nuestra deliciosa Madre, conforme á la mente de los más pia­
dosos intérpretes, aunque tengamos que repetir lo que ya hemos
dicho. Pero nos hemos propuesto poner muy poco de nuestra cose­
cha en esta materia, para que no se nos acuse, como en Las llo ­
res de la Vida, de haber escrito una obra siguiendo únicamonte el
capricho de nuestra imaginación. Así pondremos otra vez más de
mani fiesto la ignorancia de nuestros críticos. Afortunadamente
nos consuelan de sus mordeduras las satisfactorias cartas que
recibimos todos los días del ilustrado clero español, al cual de­
bemos la mayor gratitud por la marcada benevolencia con que
ha recibido nuestro pobre trabajo.
Ante todo, debemos notar que casi todos los aromas que se

(1) Hago Card. ex citata Biblia Mariana, dub. 83. Hay qae tener presente el es­
tado en que se hallaban en aqaellos tiempos, tanto la medicina como todas las ciencias
físicas.
— 896 -

citan en este lugar, diversamente mezclados entre sí, entraban


en la composición de aquel delicioso perfume, llamado en las
Sagradas Escrituras thymiama, que según la ley debía quemarse
todos los días por la mafiana y por la tarde en el altar del
Señor. Al compararse á todos ellos la Yirgen bendita, significa
bastante que es objeto de las complacencias divinas, y cuánto se
recreó el Altísimo en la fragancia de su elegida. Por eso la esco­
gió para Madre suya y descendió á su vientre purísimo como á
un lugar de delicias: Mi amado descendió á su jardín, á la era
de los aromas. (Cant. VI, 1). Indudablemente el Verbo divino de­
bía estar complacido en el vientre de aquella Virgen inmaculada,
tan digna de sí mismo.
Se puede decir también que María es el más precioso thymia-
ma que ascendía al cielo en olor de suavidad, conteniendo en sí
misma todas las riquezas de la Arabia feliz. Además de los aro­
mas citados, exhala también el perfume de ciprés con nardo,
nardo y azafrán, caña aromática y cinamomo con todos los
árboles del Líbano, mirra y áloe con todos los primeros un­
güentos. (Cant. IV, 14). Por lo cual agradaba plenamente á
Dios, y toda la Corte celestial exclamaba entusiasmada contem­
plando su santidad: ¿Quién es ésta que sube por el desierto
como una columna de humo de los aromas de mirra y de in­
cienso y de todo polvo de perfumero? (Cant. III, 6). De donde
podemos inferir cuán bien acogidas son en el cielo sus peticiones
y cuán eficaz su intercesión.
Por último, notaremos que estos deliciosos aromas, que no
son otra cosa que las virtudes y misericordias de María, se es­
parcen á su alrededor para nuestro placer y aprovechamiento, á
impulsos del soplo del Austro divino, es decir, de nuestro adora­
ble Salvador, que vendría del Austro según la frase de Haba-
cuc. El Esposo divino, complacido de la amenidad de su jardín,
desea que se comuniquen sus olores: 1luye, Cierzo, y ven, Aus­
tro, sopla mi huerto y corran sus aromas. (Cant. IV, 16).
Entrando, pues, en materia, María es comparada al estora­
que, dice Hugo de San Víctor, por lo esclarecida y dignísimamen-
se que se dedicó á alabar á Dios, porque éste, como enseñan los
— 397 —

médicos, tiene la virtud de aclarar la voz, y esto simboliza muy


bien la gracia de la alabanza divina (1).
“Además, porque el estoraque es un árbol de Arabia que
se interpreta campestre por ser un campo fructífero, extenso y
bien cultivado; pero María fué labrada y cultivada por el Espí­
ritu Santo y produjo aquel precioso trigo que alimenta en el
Santísimo Sacramento á los ángeles y á los hombres, y también
es lata y extensa por la multitud y ternura de su piedad. La
gota que fluye es primero blanca y luego se hace roja, como
Cristo nuestro Señor, que procedió de la bendita Virgen como
una gota sin incisión, fué cándido por su inocencia, pero se volvió
rojo con el ardor de la Pasión, por lo cual, dice la Esposa: Mi
amado es blanco y rubio, escogido entre millares. (Cant. V, 10).
Y la misma Virgen, blanca por su pureza, se volvió roja en la
Pasión de su Hijo y como tostada por la compasión, y así dice:
soy morena, porque el sol me estragó el color (cap. I. v. 6),
esto es, Jesús con quien juntamente padeció en su alma (2).
Por último, se llama estoraque, dice Bernardino de Busto,
porque purifica la atmósfera corrompida y disipa todo vapor y
humo pestilente de malas pasiones, que son las propiedades de
esta goma, según San Isidoro (3).
También es llamada gálbano, porque el humo de éste ahuyen­
ta á los reptiles, que significan muy propiamente la irrepción de
los pensamientos torpes en los corazones humanos (4). Gálbano
de edificación (5). Gálbano de admirable virtud que cura las he­
ridas de los pecados, pone en fuga las tentaciones del demonio,
inflama á los fríos en amor celestial y disminuye en los avaros
el apego á las cosas de la tierra (6).
La úngula ú onique, de naturaleza frígida, puede designar
que María extingue los pérfidos halagos de la concupiscencia

(1) Hag. de 8. Viet., Sermo in quolibet festo B. M arta , qni est ordine, 55.
(2) B. Albert Mag. opus cit., lib. I l l , cap. 6, § 11.—Richard, á S. Laar. ibid., li­
bro II I.
(3) Bern, de Bast., Sertn. I de Assimüat. B . V. M .—S. Isidoras. Etymolog. 17.
(4) Hago de S. Viet Ibid
Í5) Barthol. de Pisis. De laud . SS. Vtrg.9 lib. I, fructa 2.
(6) Jacob, de Vorag. Mariale , serm. I.—Bernardin. de Basto, loe. cit.
— 398 —

carnal (1). Ella es aquella úngula de la cual se confeccionó el


oloroso thymiama, á saber: Jesucristo nuestro Seflor, que se ofre­
ció á su Eterno Padre como un sacrificio gratísimo sobre todos
los sacrificios (2).
La guita, en griego stacte, es una especie de mirra que se
destila por sí misma gota á gota, y es como la flor ó lo más
puro de la mirra. María, dice San Juan Damasceno, es una gota
de bálsamo que destiló de su operación virginal á Jesucristo, ver­
dadero stacte de santidad (3). Es una gota, dice San Germán, que
mana de Dios á nuestro corazón seco (4). Gota que basta para
llenar de fragancia á todos los fieles (5). Gota virtuosa que de­
prime toda elación; porque la guita expele cualquier tumor ó
hinchazón, y por eso expresa convenientemente la virtud de la
humildad (6). Hay que observar, que estos no eran perfumes ó
drogas olorosas que sirviesen tan sólo para el placer de los sen­
tidos, sino gomas y resinas muy especiales para remedios y para
embalsamar los cadáveres. Lo mismo la Santa Virgen no sólo es
deliciosa y agradable, sino principalmente útil y benéfica. Sus
aromas son medicina; confortan, curan y conservan la salud.
Quasi IÁbanus non incisus vaporavi hábitationem meam.—
Esta figura, aunque repite bajo otra forma lo que ya hemos dicho,
ha suministrado al sabio Fr. José de San Miguel para su Biblia
Mariana, dos interpretaciones muy bellas del beato Alberto Mag­
no y de Daniel Agrícola ó Labrador.
Preguntándose en qué sentido pueden acomodarse estas pa­
labras á la Virgen, responde: Por el monte Líbano se designan
tanto la generosa celsitud de María como la excelencia de su
parto, y por el árbol Líbano, sin incisión, su virginidad inteme­
rada; mas la palabra vaporavi expresa su fecundidad de Madre.
Como si dijese: vaporé mi habitación, esto es, exhaló, á seme­
janza de un vapor aromático, la humanidad de Cristo, en la cual
habitará con los hombres. Porque así como la tierra ó el jardín

(1 y 2) Hugo, Ibíd.— Bern. Busto, Ibíd.


(3) Stus. Joan. Damasc.—Orat. IV. De Nativit. B. M. F.
(4) S. Germán Constant.—Orat. II. in Prcesent. B . Virg . Mar ice.
(5) Math. Catacuzen. in Cantic. I.
(6) Hug. de S. Victore, Ibíd.
- 399 —

exhalan vapor, pero sin desvirtuarse ó corromperse, lo mismo la


Virgen bendita engendró al Salvador permaneciendo íntegra su
virginidad. O también vaporé, esto es, engendró á Aquel que es
un vapor de la virtud de Dios. (Sap. V n, 25). O de otro modo,
vaporé, es decir, le produje sin lesión; porque á la manera que
el vapor procede del agua caliente ó de otra cosa, quedando in­
tegra la misma cosa, así procedió de la fervorosa Virgen su Hijo
Jesucristo, figurado por Abel, que se interpreta vapor.
Se llama la castidad de María incienso no sacado por incisión,
porque concibió y parió al Salvador sin detrimento de su virgi­
nidad, á diferencia de otras mujeres que, como árboles hendidos,
conciben por obra de varón (1).
El Líbano sin hendedura es el incienso todo puro que, si es
tocado por el fuego, eleva hacia arriba su vapor perfumado ma­
nifestando el lugar donde se halla ó su habitación, como la Vir­
gen María obrando por la más viva caridad, como inflamada por
un fuego puro y refiriendo á Dios tanto las obras de precepto
como las de consejo, demostró que su morada estaba en los cielos
por la más pura intención (2).
Se dice también vaporé, porque á la manera que un vaso des­
tinado para perfumes sabe y huele á los aromas que ha conte­
nido, aunque esté vacío, también el vientre de la Virgen en el
cual habitó nueve meses el que es todo bien, y su tierno cora­
zón en el cual estuvo siempre presente, exhalaban y exhalan los
más exquisitos aromas de todas las gracias y todas las vir­
tudes (3).
El Líbano, añade Daniel Agrícola, es un árbol de Arabia se­
mejante al laurel en su corteza y hojas, que echa un jugo como
el almendro, el cual se coge dos veces al año, en la primavera y
en el otoño: mas la cosecha otoñal se prepara haciendo incisiones
y cortaduras en la corteza, por las que sale una espuma espesa,
que se coagula y se condensa, y es el incienso blanco. Pero cuando
no es sajado el árbol, es mucho más suave el incienso que se
endurece dentro, y así el árbol retiene en sí su fragancia. Dice
pues María: como incienso no sacado por incisión perfumé mi
(1, 2 y 3) B. Alberto Март., lib. XII, cap. 6, §. 7.
— 400 —

habitación, porque vivió santamente dentro de sí misma sin so­


brarse fuera por la incisión de la adulación ó del orgullo, sino que
condensó eu sí misma sus méritos, para perfumar suavemente la
habitación de su alma para el Señor y no manifestarla vana­
mente al pueblo (1).
Ego quasi terebinthus extendí ramos meos, et ratni mei ho-
noris et gratice. Entre las múltiples exposiciones que hemos leído
de estas palabras, citaremos únicamente, por su originalidad, las
del citado Daniel Agrícola y las del ingenioso Padre Méndez.
El primero, después de haber demostrado la eficacia de la in­
tercesión de María para los pecadores, y que el terebinto que es
apto para el mal de oídos significa que la obediencia de la
Virgen, cuando respondió: Ecce ancitta Domini, neutralizó la
desobediencia de Eva, cuando prestó oídos dóciles á las suges­
tiones del demonio, Eritis sicut Dii, añade: “Cuando María se
compara al terebinto, nos enseña el modo de orar. Este árbol
pequeño y fructuoso está dando á entender que la oración breve
en palabras, con frecuencia es rica en efectos, si la acompaña la
debida intención; por lo cual dice Jesucristo: Guando orareis, no
habléis mucho como los gentiles. (Math. VI, 7). Tiene las hojas
espesas, indicando que la oración ha de ser frecuente; y la hem­
bra, no el macho, hace el fruto, para dar á entender qne aquella
oración es más fructuosa, que nace del conocimiento de la propia
debilidad. La Bendita Virgen, semejante al terebinto, extendió
á nosotros los ramos de su oración, procedentes del tronco de su
piedad, y nos dió ejemplo de orar con brevedad, humildad y con­
fianza; brevemente, cuando dijo: No tienen vino; humildemente,
porque no dijo: Hijo mío, dadles vino, sino que se contentó con
exponerle la necesidad, dejando lo demás á su arbitrio; y con
confianza, cuando dijo á los criados: Haced todo cuanto EL os di­
jere. También nos dió ejemplo de esto mismo, cnando respondió:
Hágase en mí según tu palabra. (Luc. I, 38) Fiat. Ved aquí
la brevedad, pero antes había dicho: Ecce ancitta, he aquí la

(1) Daniel Agrícola, Franciscana». Corona duodccim eoronanm B. Virg. M*'


rice, apud citat. J. San Miguel et Barco in Biblia Mariana , dubio 84, ex
Eceli. X X IV .
- 401 —

humildad, y después añadió: secundum verbum tuum, y esto


revela confianza, abandonándose toda en manos de Dios (1).
El erudito Padre Méndez hace una exposición más directa y
adecuada de dichas palabras, siguiendo la doctrina de Sau Bue­
naventura y de San Vicente Ferrer. “ Yo, como el terebinto, exten­
dí mis ramos, y los ramos míos son de honra y de gracia. „ El
sexo masculino en este árbol no produce fruto, sí sólo el femenino,
y su fruto es doble, rojo y amarillo, despidiendo suave olor. Así
lo afirma San Buenaventura. Este árbol lo crió Dios para que fue­
se pintura de la Virgen Sacratísima, porque ella sola es la que
por sí, sin obra de varón, produjo al fruto bendito causa de to­
das las bendiciones. Dice más el Santo: “Notable cosa es que al
»fruto de este terebinto, no el macho, sino la hembra, non vir, sed
„virgo, no el varón, sino la virgen lo engendró, lo que viene á
»suceder con el fruto de vida, Jesucristo, Hijo de la mujer sin
»contacto marital.» Este árbol (según la Glosa y Plinio) nace
en Siria, y es lo mismo Siria (según dice el dicho Doctor Será­
fico) que humectata, humedecida. Así lo fué la Virgen Sacratí­
sima, porque con el humor de la gracia creció desde que fué con­
cebida. ¿Y qué maravilla es, que tanto haya crecido con tan
copioso humor de gracia, pues sin él todo árbol se seca? Por
esto se dice en el Evangelio, que se secó la semilla nacida que
no tuvo humedad. (Lúe. VIH).
Los ramos de este árbol son todos los Libros de la Sagrada
Escritura, según lo declara San Vicente: “La Virgen María con-
»cebida eula Escritura Santa, extiende sus ramos, hinchando los
»libros sagrados de sus misterios, y los ramitos son los capítu-
»los.» “Porque la Virgen María, en todos los Libros de la Sa-
»grada Escritura y en todos los cánticos y aun en todos los ver-
»sos, está contenida directa ó indirectamente en sentido místico
y espiritual.» De manera, que todos los Libros de la Divina Es­
critura, ramos son de este glorioso árbol. Y para que esto cons­
tase ser ello así, hizo San Mateo un libro, que fué el epílogo de
todos, y llamóle Libro de la generación de Jesucristo. Porque
en todos aquellos libros, lo principal que se trataba era los padres
(1) Daniel Agrícola— Corona} etc. Stell. 12.
L a s F lo r e s de H a to .— 26.
— 402 —

de quien había de proceder este árbol, del cual fuá producido


Jesús, que se llama Cristo.
Y los ramos que este árbol extiende son de honra y de gra­
da; porque si bien lo consideramos, en todos los Libros de la Es­
critura y en sus capítulos hallaremos, que la Virgen Sacratísima
extiende sus ramos de honra y de gracia. Dícenos San Buena­
ventura: ¡Oh!, cuán á lo ancho, cuán á lo lejos y cuán á lo alto
extendió sus ramos aquel gran árbol de la bienaventurada Vir­
gen María: cuán á lo ancho para los hombres, cuán á lo lejos
para los Angeles y cuán á lo alto para Dios. Y cómo para todos
éstos extendiese sus ramos de gracias y misericordias, decláralo
San Bernardo, diciendo: “La gloriosa María abrió para todos el
„seno de su misericordia, á fin de que reciban de su plenitud:
„el cautivo, rescate; el enfermo, cura; el triste, consuelo; el pe­
rcador, indulgencia y perdón; el justo, más gracia; el ángel,
„ alegría; y finalmente, toda la Santísima Trinidad gloría, y la
„persona del Hijo la substancia de la carne humana.„ Bien nos
ha declarado este Santo cuánto extendió sus ramas este glorioso
árbol para hombres, para Angeles, para la Santísima Trinidad
y para la pejsona del Hijo.
A b ra n o s ojos los que las Divinas Escrituras leen, que en
todos los sagrados libros hallarán verdades que manifiestén la
dignidad de nuestra gloriosa Sefiora.
Y dice: Ravii mei honoris et gratice, que sus ramos son de
honra y de gracia. Parece que había de decir, que eran de gracia
y de honra, porque de la gracia viene la honra. Pero la Virgen
Sacratísima habla según el propósito presente, á do promete Dios
poner enemistades entre Ella y el demonio, y lo primero que
promete á que se extenderán sus ramos y brazos, es para al­
canzar la victoria y la honra que del demonio hubo; y para que
este triunfo se consiga, extenderá los ramos de gracia y favor
puyo y los de su Divino Hijo: y como el fruto bendito y su Sa­
cratísima Madre son á una en guerrear al demonio, siempre lo
son en la honra y la gloria (1).
Quasi vitis fructificavi suavitatem odoris et flores mei
(1) Méndez, ubi supra, libro II, cap. XXI, 2.
fructus honoris et honestatis. He aquí un símbolo nobilísimo de
la Santísima Virgen, del que puede sacarse mucho provecho con
el pueblo devoto, por la multitud y variedad de modos con que
puede representar la excelencia, la protección y los beneficios de
la Madre de Dios.
Considerada en este sentido la Virgen María, se parece exac­
tamente á aquella hermosa vifia que describió poéticamente el
Rey Profeta David: Trasladaste, ¡oh Dios de los poderíos, de
Egipto una viña... hidstéla arraigar y ha llenado la tierra.
La sombra de ella cubrió los montes, y sus renuevos los cedros
más altos. Extendió sus sarmientos hasta él mar, y hasta él
Eufrates sus mugrones. (Ps. LXXIX, 9-12). Porque la sombra,
la belleza y los racimos de esta Virgen se disfrutan y se gozan
en todo el universo; sobre cuyas palabras dijo Ernesto de Pra­
ga, hablando de María: “Es una vid admirable, atractiva, á
cuya sombra descansa todo hombre' sabio y espiritual, umbrosa y
y deleitable en la extensión de sus sarmientos, esto es, de sus vir­
tudes gloriosas, cuya sombra cubrió los montes, ó lo que es lo
mismo, á todos los Santos, y sus ramas á los cedros más altos,
que quiere decir, la alteza de los Angeles. Vid lacrimosa, pues
como ninguna planta arroja más lágrimas que ésta, así tam­
bién ningún Santo lloró más que María, de compasión por la
perdición del género humano. Por último, vid fecunda en dos
frutos: en el fruto de su vientre y en el fruto de su mente. Ella
produjo aquel vino suavísimo que es la alegría de Dios y de los
hombres* (1).
Bien puede llamarse vifia la Madre de Dios, dice A Lapide,
Porque produjo aquella uva preciosa', Cristo, que prensada en el
lagar de la Cruz exprimió el vino rojo que embriaga á todos los
fieles, pues Jesucristo en la Eucaristía es el trigo de los escogi­
dos y él vino que engendra vírgenes. De cuyo vino convida á
beber, diciendo: Bebed, amigos, y embriagaos los muy amados.
(Cant. V., 1). Bebed todos de él, porque este es él cáliz de mi
sangre. (Math. XXVI, 27). Se debe observar que casi todos los
expositores que hemos leído convienen unánimemente en esta in-
(1) Ern. Prag., ubi supra., cap. 53.
— 404 —
terpretación (1). ¡Cuán glorioso para Nuestra Señora ser consi­
derada como la fuente de la sangre divina que bebemos en el
cáliz todos los días! En este sentido decía el Damasceno: “Una
„viña fértilísima brotó de Ana y produjo un racimo de toda
„suavidad, que destila para los mortales el néctar de la vida
„eterna.» Entre todas las excelencias de la Virgen bendita, esta
es una de las más distinguidas: ser el primer origen de la san­
gre de Cristo, como dice San Metodio. Este es uno de los elogios
que más la elevan, y uno de los motivos que la dan más derecho
á nuestro amor.
En otro sentido, hay otras exposiciones no menos honoríficas·
San Antonio de Fadua la considera como aquella vid que vió el
copero mayor del Rey Faraón (Gén. XL, 10), en la que había
tres sarmientos, crecía poco á poco en yemas, y después de
estar en flor maduraban {as uvas. Estos tres renuevos, dice,
son la salutación del Angel, la venida del Espíritu Santo sobre
Ella y la inefable concepción del Hijo de Dios: de los cuales se
acrecienta cada día en todo el mundo, por la fe, la prole multi'
plicada de los fieles. Sus yemas son la humildad y la virginidad;
sus flores la fecundidad sin violación y el parto sin dolor; sus
racimos la pobreza, la paciencia y la templanza., Y mejor toda*
vía Santiago de Vorágine, entiende por estos tres renuevos las
tres personas divinas que concurrieron á la grande obra de la
Encarnación (2). ¡Cuán lejos y cuán atrevidamente hace volar el
pensamiento esta última exposición! ¡La Virgen María sería, pnes»
como un tronco ó cepa en la cual se reunirían y arraigarían №
tres Personas Divinas: Hija, Esposa, Madre, según las diversas
relaciones con la Santísima Trinidad!; los más eficaces motivos
para que se concentren en ella todas las complacencias de Dios·
La imaginación se abisma en este océano de grandezas, y y a 1)0
(1) Eutre todos citaremos únicamente por su brevedad á los siguientes: Ric· ^
S. Lorenzo; V it is sanguine uvce suce, id est, Christi F iiii sui, silientes poto**’
quta *8angui8 Christi vere est potus,» loco sopra citato.—S. Bonavent. in Psalt^
rio min. B. V. (mine. 3; V i t i s ferens botrum, per quem pulsa est mundi sitis
B. Albert. Magn. u e Eucharist. serm. 27; Vitw, cujas fructus uva et v*num\ a
est, Corpus et SaTiguis Christi Paeden verse otras mochas en la citada Polyant^6
Mariana, lib. XVIII.
(2) Aoton. de Padoa, serm . in Domin. 111. Quadrag.—Jacob de Vorag »
ext. serm. 11.
— 405 —
se extraña de que San Cirilo, entusiasmado de piedad, llamase á
la Virgen excelsa: Supplenientum aut complementum Stmce.
Trinitatis; y Ricardo de San Lorenzo: “Complemento de todas
las cosas que se han hecho y se harán. „
Mas en medio de tanta grandeza, ¡cuánto abatimiento la acom­
pañó! A semejanza de la rid, que en el invierno está seca, des­
hojada y de mal parecer, así la Virgen, mientras vivió en este
mundo, estuvo abatida y despreciada y encogida especialmente
en el tiempo de la persecución y Pasión de su Hijo. Sus dolores
fueron más que los momentos de su vida, y se veía deshojada y
árida por el hielo del temor y de la angustia, y por los venda­
vales de las penas que atacaban su corazón maternal. Sólo inte­
riormente estaba llena de savia suavísima y pura á los ojos de
Dios; y como la vid en su tiempo brota brillantes hojas y ver­
des pámpanos, y después sus dulces frutos, así María fué á flo­
recer y fructificar en la primavera del cielo. Y como la vid con­
vierte en el verano en vino delicioso y suave el agua cenagosa
que la rodea en el invierno, se convirtieron en gloria, en el cielo,
las amarguras de la Madre de Dios. O de otro modo: Ella misma
convierte en nosotros el amor del mundo, que es como un agua
corrompida, en amor de Dios, que es como un vino generoso y
aromático, llenando al alma de la suavidad de su devoción y ex­
citándola al olor de su santa imitación.
Y aquí es oportuno observar que la Bendita Virgen dice de
sí misma: Ego guasi vitis; pero no una vid cualquiera, sino co­
mo su divino Hijo, que afirmó de sí mismo ser la verdadera vid.
lio cual da á entender, dice el P. Coutiño, que en esta Virgen no
tiene el Labrador eterno ( Pater meus agrícola est, Joan XV, 1),
bada que cortar ni podar, pues nació limpia y purificada, en
todo semejante á su Hijo, sin más diferencia que lo que Este
^ n e por naturaleza lo tuvo Ella por gracia. Alabanza gloriosa,
Excelencia nunca jamás dicha de ningún Hijo de Adam; ser pa­
recida á Cristo nuestro Dios en la pureza y santidad care­
an d o de culpas, y no haber nunca en ella ni un pecado venial
ó culpa leve por mínima que fuese. Todos los otros que están
unidos á la divina vid por la fe, necesitan de hierro que los lim·
— 406 —

pie y han menester crisol en que se purifiquen; sólo María Sau-


tí8ima está libre de eso, por ser Madre de toda pureza. Y por
eso fué con mucha propiedad comparada por el Espíritu Santo
á la divina y verdadera vid (1). El fruto que produce es suavi­
dad de olor, significando que en flor se sacrificó á Dios, y que
en sus tiernos años empezó á hacer guerra al pecado, en que era
muy parecida á la verdadera vid CRISTO JESÚS, hijo suyo y
Señor nuestro, el cual también en flor, esto es, antes de natural*
mente saber hablar, venció al demonio y triunfó del infierno:
conque así la Madre como el Hijo nos enseñaron el modo de ofre*
cernos y consagrarnos á Dios.»
He aquí, pues, cómo conviene á la Santísima Virgen el signi-
ficado de las flores. Materia es ésta vastísima para el Orador
sagrado, que si se toma el trabajo de revolver los sagrados Ex­
positores encontrará riquezas y novedades sin cuento para elogiar
á la Madre de Dios. Más adelante nos ocuparemos de otras flo­
res bíblicas, sintiendo no poder hacerlo de todas con la extensión
debida. Abrimos, sin embargo, el camino, que ensancharán y re­
correrán otros con mejor fortuna, aunque tal vez no con más de­
voción.
Para concluir, recitaremos un trozo de sermón de Pedro Ce*
líense, que parece una recopilación escrita expresamente para
estos dos capítulos. “Nuestra Señora es ensalzada como el cedro
„en el Líbano, según los méritos de su santa conversación; como
„el ciprés en el monte Sión, según la alteza de su contemplación
„purísima; como la palma en Cades, según los premios eternos
„de su remuneración; como plantel de rosas en Jericó, según lft
„mortificación de la carne y la compasión de su Hijo pendiente
„en la Cruz; como oliva vistosa en los campos, según la afluencia
„de su piedad; como el plátano cerca de aguas en las plazas, se-
„gún la dilatación de su nombre y gloria en todas las lenguas y
„pueblos; como el cinamomo, según el olor de su buena fainas
„como el bálsamo aromático, según la concepción y parto de J®*
„sucristo, del cual, como cabeza, destila el ungüento de nuestra
(1) Contiño.—Prontuario espiritual sobre los Evangelios de las fiestas de
Madre de Dios. Tratado IV, consid. VI, núm. 8.
— 408 —

suavísima, que se percibe desde lejos; y para ser más simpática


que las demás flores, hasta carece de espinas, y así no es capaz
de causar el menor daño, sino sólo de producir placer. Además,
es el símbolo más expresivo de la inocencia, de la pureza y de la
candidez.
£1 lenguaje de los hombres no tiene una metáfora más cabal
para dar idea de la pureza, que compararla á la blancura de la
nieve ó á la blancura de la azucena. La comparación es muy
adecuada, pues la pureza es, entre las virtudes, lo mismo que la
azucena entre las flores; ó mejor dicho, la pureza es la azucena
de las virtudes. Una y otra son igualmente limpias, frágiles, olo­
rosas y delicadas. Sobre lo cual dice oportunamente San Bernar­
do: “¡Oh blanca azucena! ¡Oh flor delicada! Contra ella están los
„incrédulos y los seductores, y es preciso que camine con gran
„precaución entre las espinas, pues de ellas está lleno el mundo.
„Son espinas los falsos amigos, espinas los malos vecinos, etc.»
La azucena es una flor tan delicada, que la punzada más leve
produce en sus hojas una palidez mortal, pierde su blancura y
amarillea opacamente para morir: el más ligero golpe la quie­
bra, cualquier contacto la mancha y la desflora, y entonces incli­
na lánguidamente su cabeza y perece. Lo mismo es la pureza
que con la mayor facilidad se pierde: cualquier soplo la empaña,
y si recibe la más leve herida, suele llegar rápidamente á mar­
chitarse del todo, y aun á la mayor corrupción.
Asi como la azucena se levanta y sobresale más que todas
las flores, lo mismo la virtud de la pureza se distingue y se
eleva sobre todas las virtudes, y hace á los hombres, que cuida­
dosamente la guardan, semejantes á los ángeles, y en cierto
sentido superiores. Esta idea fué explicada bellamente por San
Pedro Crisólogo en el sermón ID de la Anunciación: “La cas­
tid a d . dice, está próxima á los ángeles, porque vivir en la
„carne fuera de la carne, no es vida terrena, sino celestial. Y
„aun es más adquirir esta gloria angélica, que tenerla desde el
„principio, pues el casto obtiene, por el mérito de la lucha, lo
„que tiene el ángel por naturaleza. Así, pues, ser ángel es una
„felicidad, pero ser virgen es una virtud.„ Lo mismo repite San
— 400 -

Bernardo en su carta 42: “¿Qué cosa más bella que la castidad,


„que hace de un hombre un ángel? Ciertamente se diferencian el
„hombre casto y el ángel, pero sólo en la felicidad, no en la vir-
„tud; pues si la pureza de éste es más feliz, hay que confesar
¿que es más fuerte la de aquél. „ Porque el ángel es espíritu y
no tiene los combates que el hombre. No es extraño que la nieve
se conserve intacta y pura en las cumbres de los altos montes,
pero es admirable que se conserve así en las plazas y calles de la
ciudad, entre el tumulto de las gentes y la circulación.
Bajo este aspecto, la Santísima Virgen es la más fresca y
olorosa de las azucenas que han crecido en el valle de este mundo.
Por eso se la puede acomodar el dictado de Lirio de los Valles,
aunque todos los expositores lo refieren principalmente á Jesucris­
to. Pero la Virgen bendita se distinguió y sobresalió por su pu­
reza, como el lirio más erguido y más lozano. El candor natural
de la azucena supera al marfil y al alabastro y á la más cándida
nieve; San Jerónimo opinaba que no hay blancura como la suya:
¿Quid ita candet, ut lilium?, y por ella brilla y se descubre en
el campo desde lejos. Pero la pureza de María supera más y ex­
cede á todas las criaturas, y fué vista desde la más larga distan­
cia de los siglos: Ecce Virgo. Por eso los Santos Padres la han
llamado una y mil veces más santa, más pura y más gloriosa que
los ángeles, que el sol, que los cielos y que toda la naturaleza;
en una palabra, tan pura, que no puede concebirse pureza mayor
debajo de Dios, como dijo San Anselmo. Lo cual afirma también
Santo Tomás: “Puede hallarse alguna criatura tan pura, que no
la pueda haber más en todo lo criado, si no está manchada con
algún contagio de pecado; y esta fué la pureza de la Virgen ben­
dita, que estuvo exenta de todo pecado original y actual, (1).
La azucena criada en los valles, bañada con abundante hu­
medad y aprovechando el suave calor del sol, es más olorosa y de
mejor parecei* que la de los montes y lugares secos, y por eso
María es como el Lirio de los Valles, porque se distinguía con
— -— — í

(1) Potest aliquid creatum inveniri, quo nihil purius esse potest in rebus
creatts ; si nulla contagian*peccati inquinatum sit: et ta lis fuit puritas B. Vir­
ginia, quce peccato originali et actuali in m m isfu it.—I Sentent. dis. 44.,art. 3 .
— 410 —

toda la perfección de la santidad y de la gracia. Pero no se enva­


neció con su grandeza, sino que conservó siempre la mayor hu­
mildad, representada en lo hondo de los valles, y por eso en estos
valles brillaba con mayor esplendor y lozanía, y por ser humilde
resaltó más su pureza y su fragancia. En este sentido la llama
Honorio Aug. IÁrio de los Valles, esto es, ornato de los hu­
mildes. Y con esto conviene el Card. Hugo. “Agrada á Dios la
justicia, le agrada la caridad, pero especialmente le agrada la
humildad, y por ella descendió á María, que dice que no atendió
el Señor á su amor, sino sólo á su humildad ó bajeza: Mespexit
humilitatem. „ San Efrem también la llama Lirio de los Valles,
y San Germán: Lirio más blanco que la nieve, más fragante
que los ungüentos, y cercado de resplandor virginal. Y por úl­
timo, Santo Tomás de Villan.: Blanca azucena de la refulgente
y siempre tranquila Trinidad.
Todas las cualidades de la azucena convienen exactamente á.
la Virgen bendita. Su color blanquísimo representa, como se ha
dicho, que María es inmaculada, y los granitos dorados que in ­
teriormente encierra, las gracias y dones del Espíritu Santo que
encerró en su seno, como expone Amoldo Bosio: “Lirio blanco
„exteriormente en d cuerpo por la virginidad, dorado interior-
emente en él alma por la caridad, y oloroso dentro y fuera
npor la humüdad. „ Y añade al mismo asunto Dionisio Cart.: “La
„azucena crece recta á lo alto, tiene las hojas abiertas y pen­
dientes, y dentro unos granitos de oro; así la Santa Virgen llegó
*á la alteza de todas las virtudes, pero las inclinó por la hu­
m ildad y estuvo muy adornada como con yemas de oro con los
„dones del Espíritu Santo, y la fe, la esperanza y la caridad.»
Por ser tan elevada la azucena no se mancha con el barro de la
tierra, y lo mismo la Virgen estuvo lejos de la tierra del pecado,
porque alzó su santidad sobre los Angeles, y elevó su virtud como
la azucena coloca su hermosura y su fragancia en *el lugar más
eminente, pero al mismo tiempo se ensancha é inclina hacia la
tierra, de la misma manera que se inclina á los mortales y les
brinda las riquezas que contiene la Madre de piedad. La azucena
es tan fecunda, según Plinio, que arroja algunas veces hasta cin-
— 411 —

cuenta bulbos ó cebollas, por las que se puede multiplicar. Pero


con más propiedad se dice esto de la bendita María, que multi­
plicó en la Iglesia tantas azucenas de castidad: “María es cabeza
„de las Vírgenes, dice San Isidoro. Ella es su autora, Ella Madre
„de nuestra cabeza, que quiso ser hijo de una Virgen y esposo de
„Vírgenes.* Estos son frutos preciosos que uo se conocieron hasta
ella, pero que brotaron lozanos de su raíz. En los valles de este
mundo añrmó sus infinitas propágines este hermoso lirio de cas­
tidad. Aquí se debe observar, que á la manera que una Virgen so­
bresale y se distingue entre todas las mujeres, María sobresale y
excede á todas las vírgenes, llamándose Virgen de ellas, y éstas,
por limpias y puras que sean, no hacen otra cosa que copiar im­
perfectamente á este prototipo de la virginidad.
“La azucena es símbolo de la resurrección, pues dividida de
„su tallo conserva dentro del agua su cándida frescura; y de una
„manera idéntica el cuerpo castísimo de María, trasplantado de
„la tierra en que nació á las aguas de la gloria eterna, lejos dé
„perder su lozanía, la ha aumentado, manteniÓAdose fresquísima,
„aromática é inmarcesible.*
La azucena era tenida antiguamente como símbolo de la más
feliz esperanza, y por eso los emperadores romanos mandaron es­
culpirla en sus monedas y medallas con los lemas: Esperanza pú­
blica, Esperanza augusta. María es la esperanza de la Iglesia
y de todo el pueblo cristiano que la invoca todos los días con este
título en la Salve; y sobre todo, como dice San Efrem, es la única
esperanza de consuelo para los pecadores.
La azucena tiene la forma de una copa dispuesta á recibir
el rocío del cielo, y cuando recoge este cristalino tesoro, no lo
guarda para sí, sino que extiende sus hojas á manera de labios,
como convidando á beber; así también llovieron en María los te­
soros celestiales hasta llenarla, para derramarlos sobre nosotros:
Mena sibi, nobis superplena et superefluens fuit, dice San
Bernardo.
Pero sobre todo, la azucena es como un geroglífico expresivo
de los principales misterios de María: en esta flor puede leerse
toda la historia virginal.
— 412 —

Eu primer lugar, su predestinación eterna se puede significar


en la azucena, según aquellas palabras del lib. IV de Esdras, que
aunque no está incluido en el canon de los sagrados, siempre se ha
tenido en gran veneración: Señor Dominador: de todas las sel­
vas de la tierra y de todos sus árboles escogiste una viña, y de
todas las flores del mundo escogistepara ti una azucena, etc. (1).
' Por eso en el antiguo testamento, el templo, los vasos y los or­
namentos sagrados estaban llenos de la figura de esta hermo­
sa flor.
Para representar su Concepción Inmaculada, y lo distinguido
de su gracia y su virtud, es llamada IÁrio entre espinas, y en
esta interpretación convienen unánimes todos los expositores.
Sobre lo cual hace observar Silveira, que Jesucristo que acaba
de llamarse el mismo Lirio de los Valles, por el candor de su
pureza y la fragancia de sus virtudes, dice á continuación que
la Virgen es como un Lirio entre espinas, dando á entender que
la pureza de María es semejante en un todo á la del mismo Jesu­
cristo, y por consiguiente, su inmunidad de pecado y (permítase
la expresión) su impecabilidad.
Este privilegio glorioso de la Virgen no podía representarse
con otro símbolo más propio y más poético que el de IÁrio entre
espinas. “Es como si dijera, nota Scio, la diferencia que hay
entre las espinas y el lirio en blancura, lozanía, fragancia y her­
mosura, esta misma hay entre mi amada y las otras doncellas.
Una flor que nace entre espinas, es tanto más amada y apreciada
cuanto son más aborrecibles las espinas entre quienes nace, y de
la fealdad de las unas viene á descubrirse más la hermosura
de la otra. Así que si las otras doncellas quieren compararse con
mi Esposa, se hallará que ella sola es la azucena, porque las
demás, en su comparación, parecerán espinas.. Como el lirio no
tiene las espinas que le cercan, tampoco María tuvo el pecado ori­
ginal de los hombres, entre los cuales nació y vivió. Así es que el
Señor, para declarar esta prerrógativa de María, no cree suficieu-

(1) Dominator Domine, ex omni sylva térra et ex ómnibus arboribus ejus


elegisti vineam untcam;... et ex ómnibus floribus orbis ekgisti tibi lilium unumr
IV Esdr», cap. V, y. 23, q.
- 413 —
te compararla.sólo al blanco lirio, sino que añade, entre las es­
pinas, para hacer resaltar más su resplandor y preeminencia
singular entre todas las criaturas. Porque las cosas opuestas
contrastan más si se ponen juntas, como lo blanco al lado de lo
negro; y entre la Virgen bendita y las criaturas, hay en este sen­
tido una contraposición total.
Es cierto que la rodearon las espinas, amenazando punzarla,
como hija que era de Adain, pero fué milagrosamente preservada
de su contacto. “En este sentido interpretan muchos Santos Pa­
dres las palabras délos Cantares I, 4: Negra soy,pero hermosa,
como si dijera: negra, por el débito de contraer el pecado; her­
mosa, por uo haberlo contraído. Hermosa, porque soy más que
todas las criaturas; negra, porque no soy tan hermosa como el
Hijo de Dios. Porque este Sol me descoloró, no porque hallase
en ella alguna mancha el Hijo de Dios, sino porque la hermosu­
ra y pureza de Dios, Sol, excede y supera á la de la Virgen, Lu­
na. Mas si se considera sola esta Virgen, brilla toda hermosa,
nítida y clarísima, y hay que exclamar: Hermosa, mas si se
atiende al modo, decimos: Negra. Y esto es así, porque su hermo­
sura no es natural como en el Hijo, sino privilegiada. „—¡Mag­
nífica exposición es ésta y llena de verdad! María sólo tiene su­
perior en pureza á su Divino Hijo, por causa de quien recibe la
suya, como recibe la luna la luz del sol. Su preservación fué
intuitu meritorum Christi, como definió de fe nuestro Santo Pa­
dre Pío IX. Pero de todos modos, los Santos Padres que hicieron
la citada exposición, iluminan á María con tanta claridad, que
sólo la puede amenguar ó debilitar el resplandor infinito de la
Divinidad (1).
Su Natividad está expresada de la misma manera, como in­
terpreta San Pedro Damiano: “La raza de los judíos de quienes
nació era como un vallado de espinas, y María apareció entre
ellos como un hermoso lirio, suave y ameno, sin ninguna aspereza
ni horror. Brilló entre ellos con la blancura de la castidad en el
cuerpo y con el fulgor de la caridad en el alma; exhaló fragancia
de buenas obras y se elevó á lo sublime con la rectitud continua
(1) Berleodo, op, cit. Elogia ad Litanias, etc., ptrfc m , Mater purusitna.
— 414 —

de su intención, (1). O como dice Dionisio Cart.: “Nació este


lirio de los valles, esto es, prole muy florida de sus padres hu­
mildes, de los cuales brotó como un lirio precioso, decorada con
más lujo que Salomón en toda su gloria, (2). Y todavía más á
este propósito el Rvdo. Piccinelli considera el nacimiento de María
simbolizándolo expresamente como una azucena de esperanza, y
entre otras cosas dice: Quisiera yo que fijaseis vuestras miradas
en las nobles y gloriosas raíces, de las que germinó este bello
lirio, los santísimos Joaquín y Ana: y preguntándome cuál fué
el suelo natal de tan dignísimos progenitores, os respondería con
Fulberto de Garnot, que la Virgen María nació de padre naza­
reno y de madre bethlemita. ¡Oh patria feliz! ¡Oh propicios y
faustos natales! Porque si Nazaret se interpreta ciudad florida,
y Belem casa del pan, se infiere que María nació como un lirio
oloroso de un jardín florido y como un alimento nutritivo de la
casa del pan, trayéndonos al nacer las delicias de las flores y la
substancia del alimento. Flores para confortarnos, pan para sus­
tentarnos. Flores que nos producen la dulzura de la miel, pan
que nos da la conservación de la vida, por lo cual es saludada con
toda propiedad: Vida, dulzura y esperanza nuestra, Salve (3).
Era verdaderamente esta Virgen un lirio sin espinas que á
nadie ofendió jamás. “Aunque ha habido muchas vírgenes san­
tas, dice Dionisio Cartujo, respecto de la bendita María parecen
espinas, porque siempre hubo en ellas algo de pecado, siquiera
de origen, y aunque fuesen en sí mismas puras, no tenían total­
mente extinguida la concupiscencia: además fueron, aunque in­
voluntariamente, espinas para otros, que al verlas eran punzados
por torpes deseos. Pero la Virgen Deipara fué del todo limpia de
culpa, sin fomes alguno de pecado y llena de intensa caridad,
por lo cual penetraba de tal modo con su inestimable pureza los
corazones de los que la veían, que por ninguno fué deseada;
antes bien su vista extinguía en el acto la concupiscencia., Es
decir, que la Virgen despedía luz, no humo; enviaba claridad, no

(1) S. Pet. Damian. Hom. in Nativ . apnd A Lapide.


(2) Dion. Carth. in Cant, a r t 8.
(3) Simbolo 1Y.—Lilium spei.
— 415 —

ardor; suaves refrigerios, no voraces torturas; á diferencia de otras


mujeres, cuya vista enciende obscena vitiosa fomenta.—El in­
genioso Méndez aclara todavía más esta virginidad delicadísima
de María: “El olor del lirio es notable, entre todos los de las
„flores, que se ha de gozar sin tocar, porque en manoseándole
„huele mal. Crió Dios á esta niña para que diese olor en los
„cielos y en la tierra, y para que el tal fuese universal, con-
„vino que su pureza y virginidad fuese intacta y jamás vio-
„lada, y desde su niñez creciese con ella el amor á la vida
„angelical, (1).
Por eso el celestial Paraninfo que vino de los cielos á anun­
ciar á María su glorioso destino de Madre de Dios, es represen­
tado por los pintores cristianos, llevando en la mano un ramo de
blancas azucenas. Y también esta escena de la Anundación está
bellamente figurada en el lirio: “Sobrepuja esta flor en altura á
„todas las demás, y así María se eleva sobre todo lo criado. Pero
„en llegando el lirio á su mayor elevación se inclina dulcemente;
„y de igual manera la Hija de Joaquín y Ana, al verse encum­
b ra d a á la inefable dignidad de Madre de su Dios, se humilló
„hasta llamarse su esclava.,
Pero aunque fué hecha Madre, permaneció en el parto y des­
pués del parto su virginidad intemerada. No es otro el sentido
de aquellas palabras de los Cánticos (cap. VH, 2.): Tu vientre
es como un montón de trigo rodeado de azucenas. El trigo sig­
nifica su admirable fecundidad, pues concibió á Jesucristo, trigo
de los escogidos y pan de vida, pero el campo de su vientre es­
tuvo vallado con lirios de toda pureza. Lo cual explica San Am­
brosio diciendo: “En el vientre de María se hallaban á un tiempo
„la riqueza del trigo y la gracia de la azucena.„
En otro sentido interpreta Honorio: “ El vientre de María se
„llama montón de trigo, porque en él se acumula el pueblo todo
»de los creyentes; rodeado de lirios, esto es, de los coros de Vírge­
n e s. „ Lo cual puede explicarse como el cardenal Hugo, porque
en su vientre no sólo estuvo encerrado Jesucristo, sino todos los
cristianos; no sólo el Hijo de Dios, sino los hijos de los hombres,
(1) Méndez, op. cit., lib. 1?, cap. 58, § 3.
— 410 —

unidos, recogidos y guardados; porque Ella lleva en su vientre á


todos los infelices por la compasión, y se comunica á ellos por
la caridad.
No es extraño que sea tan misericordiosa con los desgracia­
dos esta tierna María, pues sabe lo que es el dolor y la pena por
su propia experiencia: verdadero lirio entre espinas. Yirgen do-
lorosa y afligida, la contemplo sobre el monte Calvario como
traspasada con todos los aguijones del martirio. Tal es la ex­
posición que hace Ruperto de aquellas palabras: “María, dice, fue
„lirio entre espinas, porque todas las espinas que atravesaron al
„Hijo se clavaron también en ella y laceraron cruelmente su
„pecho con heridas de compasión.,, Y lo mismo San Jerónimo:
“Todas las lesiones del cuerpo de Cristo fueron otras tantas he-
„ridas en el corazón de su Madre. Cuantas espinas le punzaron,
„cuautos clavos le atravesaron, cuantos golpes descargaron sus
„carnes, fueron otras tantas saetas que, entrando por los ojos,
„fueron á traspasar el corazón de la Yirgen María„ (1).
Esto nos representa el lirio que tiene dentro de sí siete granos
de oro sostenidos en otras tantas hebras. Mas, ¡oh flor desdicha­
da, azucena infeliz, Yirgen María! Siete agudas espadas de dolor
atravesaron su corazón de Madre, penetraron en su tierno pecho,
y la angustiaron hasta los últimos límites del sufrir. ¿Cómo no
murió?—pregunta un devoto.—Porque se sostenía con la misma
fuerza de su dolor. Stabatjuxta Crucem, de pie cerca de la Cruz
como una columna inmóvil y rígida, parecía propiamente un lirio
entre un zarzal espinoso, ó como un arbolito de mirra, fuerte
entre las más acerbas amarguras. “Pero, dice Ricardo de San
„Lorenzo, como el lirio entre las espinas, aunque sea punzado
„por ellas no pierde su fragancia, así María, aunque fué pun-
„zada en su Hijo por los crueles judíos, siempre retuvo la ino­
cencia de su alma.„
Por todos estos motivos la azucena es como un espejo de
María: un geroglífico exacto de nuestra querida Madre. Esto fue
lo que me movió á dar á esta obrita el título Lirio se los V alles,
porque si la Yirgen bendita había de ser representada en las
(1) Apad Piccinelli, symb. XIX.
— 417 —

flores, ninguna más significativa que la azucena, que es una


reunión de los emblemas de todas.
Hagamos, pues, que arraigue en nuestro corazón esta flor
bendecida, que purifique nuestros afectos y nuestros deseos. Llé­
nenos de los dones del Espíritu Santo, y ruegue á su Hijo muy
amado que nos trasplante al cielo como frescas azucenas. El
amado desciende á su huerto, á la era de los aromas, á coger
lirios. (Cant. YI, 1).
“El huerto de los aromas, nota Scio, es la Iglesia adonde
»desciende Jesucristo para hacer en ella de pastor y apacentar á
»los suyos con su palabra y Sacramentos en sus amenísimos
»huertos, y para coger las santas obras de los que le son fieles y
»aprobarlas y remunerarlas. O también para cortar de esta vida
»á los perfectos y probados y asociarlos con los Angeles.»
Dichosos los que merezcan ser distinguidos por este jardinero
celestial.—¡Oh María!, ¿no has de emplear en favor nuestro tu
eficaz influencia de Madre?

§· IV.
Las fiestas de la Santísim a Virgen rep resen tad as en las
flores y arom as que se citan en los capítulos anteriores.

Por lo que se ha dicho ya, puede entenderse que las flores son
un geroglífico exacto de la Virgen bendita, y ahora quedará con­
firmado viendo cómo representan sus principales misterios y fes­
tividades. El erudito Padre Méndez ha tratado perfectamente esta
materia y nos ha marcado el camino que vamos á seguir.
Las fiestas de la Beata Virgen están representadas en los ár­
boles más útiles y en los perfumes más suaves, como para dar
sabrosa satisfacción á nuestros, corazones, que tan deseosos están
de su servicio. Por lo cual debemos pensar, cuando celebramos
sus fiestas, que cada una de ellas es como un hermoso árbol que
le presentamos lleno dé dulcísimos frutos; y debemos también
pensar, que para Cristo nuestro Dios y su gloriosa Madre son unos
suavísimos aromas que penetran los cielos y les dan fragancia.
L as F i .orf.s de M a y o . — 2 7 .
- 418 —
La Concepción Ikmacülada está significada por el cedro, que
es incorruptible y perpetuo. San Jerónimo, explicando aquel
lugar de Ezequiel (XXVII, 5) cedrum de Líbano tulerunt, en­
tiende por Líbano la divina gracia, porque á la manera que el
pueblo judío sacaba de este monte grandes aprovechamientos, así
de la gracia nos viene todo el bien. T en la Concepción de la Vir­
gen puede decirse muy á propósito de ella, que en el monte déla
gracia de Dios ha sido ensalzada como el cedro más alto. Si en­
tonces se compara á las criaturas, es sin par y sin igual con todas
y sobresale en santidad más alta que los más altos Angeles.
Dos significados puede tener la palabra Líbano, según los
expositores; la primera Blanco, porque siempre está cubierto
de nieve que lo blanquea, y le hace ser principio de ríos; y la otra
Incienso, por lo mucho de éste que en él se coge. Conforme á la
mente de San Jerónimo, es muy conveniente la interpretación de
que signifique la blancura y la pureza; y de este modo será el
símbolo de la limpieza de la Concepción de María. Los gloriosos
efectos de la gracia que se celebran en los Santos, son la pureza
de alma y cuerpo, y haber hecho de sí un sacrificio vivo y holo­
causto á Dios; por lo cual, cuando se dice de María que ha sido
ensalzada como el cedro en el Líbano, se declara que posee en el
más alto grado los dichos efectos de la gracia y que sobresale en
pureza por encima de todos los justos. Advirtiendo que se llama
blanco el Líbano, no por la belleza y plantas que contiene, sino
por las nieves del cielo que le cubren, pues del cielo viene la
gracia y la pureza; y de allí descendió sobre la Virgen aquella
abundante y blanca nieve que desde el primer instante de su Con­
cepción la hizo ser un río caudaloso de todas las gracias.
Entre los aromas representa á la Concepción de María el cina­
momo, del cual nos dice Flinio que nace en los llanos, pero en­
tre espesas espinas y zarzas, figura de María que aunque des­
cendiente de Reyes fuó concebida de gente llana y sus padres
eran de humilde condición; y de entre tantas espinas y zarzas de
pecadores como en aquel linaje hubo, salió este precioso cinamo­
mo que dió suavísimo olor. Siendo lo notable que, contra lo general
de otros árboles, éste no huele sino cuando está seco, y su olor
— 419 -
es más sutil en el invierno; así el olor que nuestra gloriosa Se­
ñora dió de sí, en el punto que fué concebida, fuó singular y
fuera del orden natural entre los hijos de Adam, pues nosotros
traemos el hedor del pecado y la corrupción que causó la culpa
original. Pero María fué santa por la gracia divina, y olorosa á
Dios y á las criaturas, precisamente cuando el mundo padecía el
más crudo invierno de la caridad y amor de Dios, frío helador
que le tenía amortiguado para el bien.
Acerca de la estimación en que era tenido, dice Plinio haber
hecho Vespasiano Augusto coronas de oro, y en los remates haber
puesto el cinamomo, como de más estima que el oro, y haberlas
dedicado al templo de la Paz. De gran estima es el oro y de él se
labran coronas que se ofrecen en los templos, pero este árbol es
como esmalte y ornato del oro labrado. Igualmente los Angeles son
de naturaleza más preciosa que el oro, de cuyos merecimientos se
fabricaron coronas con que está adornado el templo de la gloria.
Pero la gracia divina es tan poderosa, que á la hija de la tierra
la dió tanta ventaja, que sus méritos son remate y extremo de
la corona de todos los Angeles. Y aun es mayor el exceso que
ella tiene, por ser propiamente la misma el templo de la Paz,
pues en su sacratísimo vientre se hizo ésta entre Dios y el hombre.
La N atividad de María está simbolizada en el ciprés y en el
bálsamo. En el monte de Sión estaba lo más noble de Jerusa­
lem, el alcázar de David, cerca el templo, y al lado los suntuo­
sos ediñcios de los cortesanos, y entre tantas cosas ensalzadas
sólo se compara al ciprés, como á cosa que nació y creció. Por­
que el nacimiento de María es semejante al ciprés cuando ya está
crecido y desarrollado, dando á entender la excelencia que tiene
sobre todos los hombres, de los cuales cuando nacen no se puede
decir lo que serán. El que pensamos que corresponderá á la pru­
dencia del padre ó á la santidad del abuelo, suele manifestar
perversas inclinaciones, como sucedió á Eoboam hijo del sabio
Salomón y nieto de David el santo. Pero la dichosa María, á se­
mejanza del ciprés que para crecer debe, conservar la guía con
Que nace, tenía su corazón tan guiado y puesto en Dios cuando
nació, como si aquel día fuera el último de su vida. Tan santa
— 420 —
era entonces, que si fuera capaz eu lo corporal de hacer los ofi­
cios de Madre concibiendo, pariendo y criando, no había en ella
cosa que impidiera el que Dios encarnara y naciera ya de ella.
Por eso se dice encumbrada en santidad, como lo está el ciprés
cuando crecido y alto, pues nace destinada para que de ella naz­
ca Jesús.
Este es el olor suavísimo que dió á semejanza del bálsamo,
del cual dice Laguna que es la más generosa planta que nació
ni nacerá jamás para la salud y conservación del género humano.
Esta es la gloria del nacimiento de la Virgen, que con él da
buenos olores al cielo y á la tierra. Principio de la buena nueva
es su nacimiento, porque desde entonces tuvo el mundo una cria­
tura que alabase dignamente á Dios, dándole buen olor y atra­
yéndole á la tierra.
Es de advertir, que antes de decir odorem dedi, se había
llamado bálsamo aromatizans, propio para dar olor, lleno en sí
de aroma distinguido, porque desde su purísima Concepción estaba
la Santísima Yirgen completamente perfumada por la gracia.
Mas al nacer dió su fragancia generosamente, enseñándonos que
cada uno debe obrar según el don que el Sefior le comunica. Esto
condena á todos los que son mezquinos y avaros de lo que de Dios
reciben; á los que siendo sabios esconden su sabiduría, siendo
ricos niegan una parte de sus riquezas á Dios y á los pobres, y
teniéndose por nobles oprimen á los desvalidos. Mas á la Yirgen
bendita le es como natural el dar, porque nace destinada para
reparar los daños de Eva. Esta empezó tomando, ó mejor dicho,
robando el fruto del árbol prohibido; María nace dando el perfu -
más suave, y en lo sucesivo continuó siempre dando cuanto poseía,
desde el buen olor de sus virtudes hasta dar á su Hijo unigénito
por todos nosotros, imitando en esto la propiedad que Dios tiene,
como Bien Sumo, de comunicar su bondad.
Para designar la P resentación de María en el templo servi -
rán muy bien la palma y la mirra. La Yirgen, apenas había de­
jado el pecho de su madre, fuá ofrecida á Dios en el templo, como
sus padres habían prometido al Señor. En testimonio de cuán
agradable era al Eterno este sacrificio vivo, subió la niña p or
— 421 —

virtud divina las quince gradas del templo, con grande admira­
ción de los presentes, semejante á la palma que se eleva majes­
tuosamente en el desierto. Porque el retiro del templo es como
un desierto ameno en medio del bullicio del mundo, y allí se plan­
tó esta florida palma, abonada con toda diligencia por el Espí­
ritu Santo; así es que desde aquel día comienzan de lleno las
admirables obras personales de la Virgen Madre de Dios. Esta
es la sola pura criatura que sube hasta la cumbre de la perfec­
ción de todas las virtudes, y que gana y lleva la palma en todas
ellas. Siendo muy digno de llamar la atención, que la primera
vez que sale de su casa es para ir al templo y consagrarse al
Señor.
Entonces es comparada á una varita de perfumes que sube
por el desierto, porque sus pensamientos y afectos volaban en
derechura hasta Dios: virgula ftrni ex aromatibus myrra et
thuris, perfumes de mirra é incienso que ardían con el fuego del
amor divino en su corazón. El de María inflamado con vivas lla­
mas, quemaba el perfume déla mirra, mortificándose, aunque era
santísima, y el del incienso por medio de una oración fervorosa
y humilde adoración á Dios, en lo cual vivía como espirituali­
zada. Esta palma crecía así en Cades, que se interpreta san­
tidad.
Es notable propiedad de la mirra que su sabor es amargo y
su olor es muy bueno, y en esto es una imagen muy propia de
Nuestra Señora en su Presentación. Ella fué primero para sí
amarga mirra, dejando los amorosos brazos de su madre Santa
Ana, y haciendo de sí misma un regalado presente á la divina
majestad. Pero al mismo tiempo fué un suavísimo perfume,
cuando el ímpetu del amor de Dios la dió fuerza para subir
aquellas quince gradas del templo, para ser en él su tabernáculo
más sagrado. La Madre de Dios, elegida para esta dignidad
desde el principio, es comparada, cuando viene al templo, á la
mirra de amargura, porque las gradas ó escalones por los cuales
subió, fueron de mortificación. Aquí se ocurre una reflexión muy
provechosa... cuando la Sagrada Virgen exhala su aroma como
el cinamomo y el bálsamo, que son tan fragantes, sólo se dice
— -422 —

que da olor, pero cuando se compara á la mirra, se dice que da


suavidad de olor. Y esto es porque aunque es muy agradable el
olor de la gracia y de la oración, tiene también el de la morti­
ficación cierto punto de suavidad, que gana y recrea el corazón
de Dios; porque en la mortificación, lo primero que se quema y
arde es el amor propio, en las llamas del amor de Dios, que pre­
valece, y esto le da muy suave olor. Conviene, para que la devo­
ción vuele al cielo y dé al Señor suave fragancia, que primero
se mortifique la carne con el ayuno y penitencia, y la voluntad
se enderece, violentando sus antojos, con la amargura de la hu­
millación.
La fecunda vid que enlaza fuertemente sus sarmientos con
las vides próximas, pero sin mezcla y castamente, podía ser el
símbolo de los D esposorios con San José, en quien el Señor de­
paró á María un apoyo protector para custodia de su honor y
virginidad. Pero designa más bien la gloriosa E ncarnación del
Hijo de Dios en sus purísimas entrañas, de las cuales brotó sin
corrupción como un benéfico racimo, fruto bendito, alegría de
Dios y de los hombres. La Yirgen bendita, semejante á la vid
que arraiga profundamente, echó penetrantes raíces en el amor
de su Dios, y enlazó con él sus sarmientos en indisoluble unión.
La largura de sus ramos fueron rastreando con la humildad y
caridad hasta llegar al árbol Dios, por el cual trepó hasta cubrir
con su sombra toda su grandeza: María mensura inmensi Dei,
guia capit illum. Por esto cuando concibe al Hijo de Dios, viene
muy á propósito que se diga que es como la vid, liberal (sima
para dar su fruto, porque desde aquel punto la fuente de la Di*
vinidad comenzó á manar y correr por la santísima humanidad
de Cristo, como por unos vivos surtidores, comunicando bienes á
la tierra. Y esta es la razón porque María, que de pequeña es
comparada á los árboles más altos, cuando llega á este ápice de
su grandeza y dignidad, se compara á arbusto tan pequeño y tan
bajo como la vid; porque á medida de su alteza Ella se humilló
más y más, y á medida de su humildad produjo más divinos frutos,
que están bajos para que todos los puedan tomar.
Al hacerse Madre de Dios quedó ciertamente perfumada su
— 423 —
habitación con el más precioso estoraque, por el cual se significa
también este misterio. Es el más puro estoraque el que se queda
en las ramas sin caer al suelo, como por su maternidad está la
Virgen asida á todas las ramas del linaje humano con tan
amorosas entrañas, que siempre intercede por los hombres, su­
puesto que por ellos hubo de parir á su Divino Hijo. Una de las
virtudes que más resplandeció en nuestra gloriosa Señora, fué el
amor compasivo que tuvo al mundo, como redimido con la sangre
preciosa de su amado Jesús. Y como este aroma es de tanta virtud
en la medicina, así la Virgen María es la que obró eficazmente
para curar las heridas del género humano, dando su propia subs­
tancia al Salvador.
Se dice del estoraque ser eficaz para facilitar el parto. Es­
taba la naturaleza humana impedida y estéril para producir
fruto bendito, pero la gracia divina quitó esta esterilidad por
admirable modo en la Virgen purísima, para que concibiese y pa­
riese fruto santo, causa de nuestra bendición. El impedimento
por el cual todas las hijas de Eva paren violadas y con dolor
hijos pecadores, desapareció en María. El Espíritu Santo ven­
drá sobre Ti y te hará sombra la virtud del Altísimo, y por
eso lo Santo que nacerá de Ti, será llamado Hijo de Dios.
(Luc. I, 85). Desde entonces, así como el estoraque destierra
todo aire corrompido y todo vapor pestilencial, la obra de la En­
carnación que se hizo en María purgó al mundo de tantos aires
pestilentes como pecados había, y cuantos demonios en él se ha­
cían adorar.
La primera obra de la Virgen María, después de hecha Ma­
dre de Dios, fué derramar piedades y misericordias como una
rica oliva, que es emblema muy expresivo para significar la V i ­
sita ció n á su prima Santa Isabel. Dando á entender que lo pri­
mero que desea manifestar al mundo es su misericordia, de la
cual la llenó su Hijo por singular modo desde el punto que en­
carnó en sus entrañas. Y por eso nuestra Eeina, luego que con­
cibió al Salvador, se salió de las cercas de lo poblado y se puso
en los campos, atravesando ligera las montañas, para comunicar
á su prima su suerte venturosa. Porque la verdadera caridad se
— 424 —
apresara para hacer el bien sin atender á fatigas ni dificulta­
des y comunicar á otros las gracias de que está llena. Así
María es como la oliva haciendo las obras de misericordia, y con
tanto cansancio como era hacer largos caminos por los campos,
parece más vistosa por hacer aquellas obras y todas las de pie­
dad con mucho placer y alegría. Entonces se puede exclaman
¡Cuán hermosos son tus pasos, con tus bellos calzados, hija del
príncipe! (Cant. VIL 1); ó con el Profeta Isaías: ¡Cuán hermo­
sos son sobre los montes los pies del que anuncia y predica la
paz! (cap. LII, 7), del que evangeliza el bien y lleva la felicidad.
A propósito, nota el Illmo Scio: “El calzado ó sandalias que dan
el mayor realce á los pasos ó andar de esta princesa, son la hu­
mildad y pobreza de espíritu de que deben ir calzados los que
anuncian á los hombres la paz de Dios, preparados para mante­
nerse firmes, y andar y correr en el camino de su divina voca­
ción en beneficio común de las almas.» Por estos pasos de su
Madre camina el Salvador á dar principio á la paz del mundo,
quitando en el hijo que Isabel llevaba en sus entrañas el pecado
original. El Bautista saltó regocijado en el vientre de su madre,
y treinta años después celebraba por ello á Jesucristo: He aquí
el que quita el pecado del mundo. La presencia de María en
aquella casa afortunada la llenó del óleo de riqueza, de alegría
y de santidad.
Allí exhaló abundantemente el precioso perfume de su gracia,
como el oloroso gálbano: perfume de su humildad, viniendo á
casa de Isabel, de caridad, por venir desde lejos y permanecer
en su compañía, y de afabilidad, porque siendo Madre de Dios
no esperó á ser saludada, sino que fué la primera en saludar.
Además causó otro buen olor, haciendo al Hijo y á la Madre ad­
mirables Profetas. Y se escoge oportunamente el gálbano, cuyo
jugo es blanco como la leche, para designar que después de ha­
ber concebido María, conservaba sin mancha la inocencia y la
pureza virginal. Alegre fué para toda aquella familia esta visita,
haciéndola santa y enriqueciéndola de dones, y dejando en ella,
al marcharse, el buen olor de su estancia, como un gálbano es­
piritual.
— 425 —

La fiesta de la P urificación' es comparada al árbol Líbano y


al aroma de la úngula. Dos son los misterios que en esta fiesta
se celebran: uno que habiendo quedado nuestra gloriosa Señora
siempre Virgen, se hubiera presentado en el templo como las
demás mujeres, y otro haber ofrecido su hijo al Eterno Padre y
después pagado su rescate, como si él fuera reo y culpado como
los demás hombres. Porque habiendo de ser María el principio de
la salud del mundo, debía darle ejemplo de humildad y obedien­
cia, contra la soberbia y desobediencia por que se hizo pecador.
Ambos misterios están representados en el árbol Líbano sin le­
sión alguna, pues ella quedó siempre Virgen, y con todo, habien­
do producido á Cristo, que es el incienso divino, s e presentó po
humildad en el templo. Y considérese que entonces dice haber per
fumado la habitación suya, porque este día fué cuando tomó po­
sesión, como suya, de la casa de Dios. Y como con la oliva se
significa su misericordia para el mundo, con el Líbano se desig­
na la oración y sacrificio que hizo de sí misma y de su Hijo.
Siendo de notar que no se habla de su misericordia con el óleo,
sino con el árbol que lo produce; ni se habla de su oración ni ele­
vación á Dios con el incienso, sino con el árbol que lo da. Con
esto se quiere decir, que así como es natural á la oliva dar aceite
y al Líbano incienso, así es á María como natural el ser miseri­
cordiosa y estar en actual devoción y hacer sacrificio de sí misma
á Dios. Siendo Madre natural de Dios, quedó en ella naturalizada
la comunicación de su bondad á los hombres, y la unión de cul­
to y reverencia al Supremo Señor con la más intensa piedad.
Sólo la Santa Virgen, entre todo el linaje humano, es el árbol
no inciso ni lisiado que ante Dios podía aparecer y entrar libre­
mente en su templo, aunque tan santificado estuviese; y sin embar­
go, la humildad y obediencia suya la hicieron detener hasta que
se cumplieron los cuarenta días, según mandaba la ley. Por esto
al humillarse tan profundamente, se eleva muy alto y se dilata
como el incienso y consigue un glorioso triunfo del mundo, cuyo
triunfo tiene intención de celebrar la Iglesia con la solemne
procesión de las luces encendidas, que practica este día en su
honor.
— 426 —

Por esta humildad y obediencia de María, su aroma en este


día fue tan grato á Dios como la úngula, que entraba eu la com­
posición de thymiama, pues Jesucristo empezó en el templo su
eterno sacrificio para que, según la voluntad de su Padre, fuese el
holocausto y ofrenda por los pecados del mundo. Se dice que la
úngula evita los desmayos y conforta el corazón, y ya desde su ida
al templo tuvo que dar la Virgen señal de fortaleza con el tétrico
anuncio de Simeón. Pero aceptando resignada el sacrificio de su
Hijo, al rescatarlo en aquel día, lo recibió como en depósito, para
cederle más tarde varonilmente para el sacrificio cruento de
la Cruz.
En cuanto á la fiesta más gloriosa de la A sunción, es cosa
notable que siendo María ensalzada hasta las últimas alturas
del cielo, sea representada con el débil terebinto. Cuando vivía
la Virgen bendita en este mundo humillada y obscura, por siete
veces se dice ensalzada como siete altos árboles; y cuando llega
al mayor apogeo de su gloria, sólo se dice que estiende sus ramos
como un árbol humilde. Pero convino que cuando á los ojos del
mundo estuvo en tan humilde estimación, se dijera entonces
como ante Dios tenía la suprema altura, y constara que en nin­
guna edad ni estado descendió, sino que siempre subió eu mag­
nífica opinión á los ojos divinos: al contrario de todos los hijos
de Adam, que son puras criaturas, que tanto en lo natural como
en lo espiritual están sujetos á variedad y defección en la san­
tidad y virtud. Mas ahora que la Virgen se halla reinando en
el cielo, no es necesario predicar su alteza, pues está bien visible
á todos, y es predicada y anunciada por todas las criaturas: sólo
se dice que extiende sus ramos de honra y de gracia, para que
bajo ellos se hagan muchos honrados y gloriosos.
En el mundo no es frecuente que los que están altos hagan
comunicable su grandeza; pero la Virgen bendita, después de ha­
ber representado su exaltación con tantas nobles figuras, cuando
llega á la cumbre de ella dice que extiende sus ramos, porque
cuanto está más ensalzada, tanto más da parte de sus bienes á
todos. Por el terebinto representa la Virgen hermosa su gloria,
la cual celebramos en el día de su Asunción, y entonces se canta
— 437 —

la comunicación de sus bienes; porque este fué el deseo de Cristo


nuestro Señor y de su Madre bendita, extender eu el cielo lo fron­
doso de 8us bienes para los que viven en la tierra.
Sobre lo cual dice San Buenaventura: “Las ramas de este
ȇrbol, ramas de honor y gracia, son las virtudes, ejemplos y
„beneficios de la bendita María: sus muchos ramos son los méri-
»tos de su mucha gracia; sus muchas virtudes y ejemplos, sus
»muchas misericordias y beneficios.» T un poco después añade el
mismo: “Eu las ramas de este árbol habitan dichosamente y
»tienen gozosos júbilos las avecillas celestiales, que son las almas
„santas: de modo que se podría decir de éstas lo que se lee en
»Daniel: que moraban en ella las aves del cielo.» Este glorioso,
árbol tiene ramas para la tierra y ramas para el cielo. Al dilatar­
las con majestuosa pompa en aquel día venturoso, se oyó aclamar
y bendecir por todas las criaturas: Tú eres la gloria de Jerusa -
lem, decíanlos Angeles, cuya ruina había reparado; Tú la alegría
de Israel, exclamaban los hombres, cuya tristeza se había cam­
biado en regocijo; Tú la honra y d decoro de nuestro pueblo,
prorrumpían las mujeres, á las que había librado del vilipendio, de
liTmfamia y de la degradación. El universo entero se regocija y
se coloca bajo la sombra de sus verdes ramos.
Y al subir al elevado trono de su gloria, es llamada del Lí­
bano, del monte de todos los aromas. Ven del Líbano, Esposa
mía; ven del Líbano, ven, y serás coronada como los altos mon­
tes, que designan el cúmulo de sus méritos. “Yen del Líbano,
„que se interpreta blancura, expone Ruperto, á saber: venid de
»de ese cuerpo cándido, de ese cuerpo virginal.» San Anselmo
interpreta del modo siguiente: “Yen á mí del Líbano, de las bue -
„ñas obras hechas en vida. Ven del Líbano, porque el candor de
»las virtudes conduce á Dios; ven tomando tu cuerpo en la resu*
„rección y serás coronada...» Tres veces es invitada á venir, dice
el beato Alberto Maguo, porque las tres personas divinas la lla­
maban á la corona; el Padre, por la humildad; el Hijo, por la vir­
ginidad, y el Espíritu Santo, por el amor.
No proseguimos exponiendo las relaciones de las flores cou
otras fiestas y misterios de la Virgen bendita, porque tanto de
- 428 —

lo que ya hemos dicho, como del párrafo que sigue á continua­


ción, pueden deducirse con facilidad. El que desee más abundan­
tes comparaciones puede consultar al citado Padre Méndez,
el cual le dejará satisfecho, pues para exponer con las flores de
la Biblia las fiestas que acabamos de citar ligeramente, emplea
más de sesenta columnas in /o/¿o,llenas de ingeniosa erudi­
ción.

N o t a .— Por no repetir con poca diferencia lo qne j a se ha dicho, hemos preferido


variar un peco el plan primitivo, y en logar de exponer grupos de flores conocidas con
relación á la infancia de Haría, virginidad, maternidad, dolores, etc., nos ha parecido
más útil para nnestros amables lectores, añadir en el párrafo sigoiente. por orden al­
fabético, algnnas comparaciones de los Santos Padres y escritores piadosos, sacadas en
so mayor parte de la Polianthea Mariana , del Padre Marraccio, tantas vecen citada,
de los Símbolos virginales , por el Rvdo. Piccinelli, ó de los Elogios de María sobre
las Letanías , por el Padre Berlendo, coyas obras se hallan en la S u m a A u r b a na
l a u d ib u s B. V. Ma r i * , de J. Santiago Boorassé, publicada por J. P. Migne.—
París, 1866.

§
· v.
Otras flores y plantas aplicadas á la Santísima Virgen por
los Santos Padres y escritores marianos más ilustres.

Arriba hemos expuesto la importancia del uso práctico que


puede hacerse del culto de las Flores en sus diversos emblemas
y aplicaciones á la Virgen María. El presente párrafo confirmará
lo que allí dijimos, demostrando el que hicieron de las mismas
los Santos Padres y escritores piadosos, y el gran partido que
sacaron de las flores para elogiar á la misericordiosa Madre de
Dios. La Providencia preparaba materiales para levantar en la
época presente el grandioso edificio de nuestra salvadora devoción.
Los Oradores del Mes de María nos agradecerán tal vez este
trabajo, que les evitará la molestia de registrar muchos libros
para adornar sus discursos. Además sacarán bastante provecho
de sus oyentes, porque éstos acogen siempre con respeto las prác­
ticas basadas en la fe de los antiguos devotos. Por otra parte, el
pueblo que en su mayor parte se dedica á la agricultura, reci­
birá con más simpatías y comprenderá mejor la doctrina acerca
de la Santísima Virgen, si se le representa con estos símbolos de
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cosas para él tan conocidas. Estas comparaciones,[como ha podido


observarse en los dos párrafos precedentes, enseñan la teología
más profunda cou la mayor sencillez.
Hemos escogido principalmente aquellas que están fundadas
en la Sagrada Escritura, y muchas veces indicaremos los lugares
en donde se leen. He aquí, pues, de qué modo ha sido glorificada
nuestra Madre y Señora. Ha sido llamada:
ABETO por su alta proceridad, porque su conversación era
en los cielos; ó por la elevación de su contemplación, porque
siempre estuvo elevada á lo celestial y nunca inclinada á lo
terreno. Abeto, según San Isidoro, se deriva áb eundo, porque va
más lejos á lo alto que otros árboles. María nunca se detuvo en
el camino del Señor, sino que siempre progresó de virtud en vir­
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