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María Cristina Laverde Toscano, Gisela Daza Navarrete y Mónica Zuleta

Pardo (dir.)

Debates sobre el sujeto


Perspectivas contemporaneás

Siglo del Hombre Editores

Entre el estigma y la melancolía


Pistas sobre subjetividades contemporáneas en la Región Surcolombiana

William Fernando Torres Silva

DOI: 10.4000/books.sdh.315
Editor: Siglo del Hombre Editores, Universidad Central - DIUC
Lugar de edición: Siglo del Hombre Editores, Universidad Central - DIUC
Año de edición: 2004
Publicación en OpenEdition Books: 12 abril 2017
Colección: Encuentros
ISBN electrónico: 9782821879690

http://books.openedition.org

Referencia electrónica
TORRES SILVA, William Fernando. Entre el estigma y la melancolía: Pistas sobre subjetividades
contemporáneas en la Región Surcolombiana In: Debates sobre el sujeto: Perspectivas contemporaneás [en
línea]. Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2004 (generado el 16 mai 2019). Disponible en Internet:
<http://books.openedition.org/sdh/315>. ISBN: 9782821879690. DOI: 10.4000/books.sdh.315.
ENTRE EL ESTIGMA Y LA MELANCOLÍA
Pistas sobre subjetividades contemporáneas en la Región
Surcolombiana1

William Fernando Torres S.

Sobre los territorios y culturas que integran la zona oriental de la llamada


Región Surcolombiana existen hoy estudios que caracterizan algunas de
sus comunidades o abordan dinámicas económicas, conflictos políticos y
catástrofes sociales.2 Sin embargo, no encontramos muchos trabajos que
examinen cómo los habitantes se conciben a sí mismos en el conjunto del
territorio referido.3 Por esta causa, en las páginas que siguen, queremos
explorar la constitución de las subjetividades que se han ido dando allí
durante las dos últimas décadas del siglo XX.
En un trabajo anterior que se ocupaba de tejidos comunicativos, memo-
rias e imaginarios de futuro en Neiva, Florencia, Mocoa, Pitalito y La Plata,
señalábamos que el territorio bajo sus influencias no sólo estaba atravesado
por la guerra —como es de conocimiento común para los colombianos—
sino que presentaba un panorama desolador: abandono estatal, altos ín-
dices de desplazamiento, desempleo, corrupción administrativa, deterioro
del medio ambiente, violación de derechos humanos, problemas de salud
mental, suicidios, homicidios y anuncios de la compulsión consumista
(Torres y otros, 2003). En este contexto, resulta entonces pertinente pregun-
tarse cómo hacen sus habitantes —en medio del ataque a su confianza
básica y el riesgo de sufrir atentados contra su integridad— para construirse

1
Este trabajo presenta primeros resultados de la investigación “Procesos culturales y
construcción de subjetividades en la Región Surcolombiana”, auspiciado por el Ministe-
rio de Cultura, y en el que participa como coinvestigadora Hilda Soledad Pachón Farías.
2
Asumimos aquí como la zona oriental de la Región Surcolombiana la comprendida por el
Departamento del Huila, el noroccidente del Cauca, el occidente del Caquetá y el norte
del Medio Putumayo, puesto que sus territorios cuentan con unos procesos sociales
comunes desde mediados del siglo anterior, perceptibles afinidades culturales, una si-
tuación de periferia excluida y una reciente integración vial.
3
Estas afirmaciones se basan en el análisis de la bibliografía patrimonial sobre la Región
que estamos construyendo para el Centro de Documentación de la Facultad de Ciencias
Sociales y Humanas de la Universidad Surcolombiana.

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a sí mismos. ¿Cómo se observan, se analizan y consiguen o no asumir el
curso de sus vidas?
Para enfrentar este reto es preciso partir de reconocer que la subjetividad
no es sólo la construcción de una autoconciencia —como aspiraba la mo-
dernidad— sino que ella emerge o se constituye en la medida en que se la
narra —según se piensa hoy en sociedades donde no parece posible cons-
truir vidas coherentes, centradas en trabajos estables e identidades con-
solidadas, sino en las que los individuos están sometidos a adoptar iden-
tidades transitorias que, a la vez, suelen estar presionadas para que satis-
fagan las pulsiones del deseo.
Estas circunstancias exigen acercarse con cuidado a las narraciones
resultantes. Pues las crean unas personas que oscilan entre la búsqueda
de su autonomía y la aceptación de sus dependencias, compromisos y lí-
mites. Además, es evidente que estas narraciones se producen en unos
cánones literarios que llevan implícitos o explícitos los valores culturales
hegemónicos y que no acostumbran corresponder a los hechos tal como
pudieron ocurrir sino a la manera como se los recuerda.4
En consecuencia, estas consideraciones nos llevan a admitir que una
vía para explorar las subjetividades, en nuestro caso, es la de reseñar las
narrativas externas a la Región y describir algunas de sus narrativas ge-
nerales con el fin de explorar qué informan sobre cómo los habitantes
construyen sus subjetividades.
Para aproximarnos a ellas, evoquemos, a manera de contexto, una apre-
tada síntesis de lo que sugieren las narrativas externas y, en ellas, las
versiones periodísticas sobre lo ocurrido en la zona en estudio entre 1980
y 2000.5

LAS NARRATIVAS EXTERNAS

Las narrativas externas son aquellas elaboradas por conquistadores, explo-


radores, viajeros, religiosos, novelistas, botánicos, periodistas e investigado-
res universitarios. Ellas hicieron ver la Región como un lugar de infinitas
riquezas —entre otras, de caucho, petróleo, biodiversidad— pero también
de infinitos peligros —debidos a una selva seductora y temible, poseedora
de una zoología fantástica, indígenas caníbales, amazonas, chamanes,
misioneros autoritarios y ambiciosos, colonos levantiscos, guerrilleros, nar-
cotraficantes, raspachines—.6

4
Sobre autonomía y dependencia ver Morin (1994: 67-89). Sobre los cánones de las na-
rraciones y la selectividad de los recuerdos ver Bruner (2002).
5
Para esta síntesis contamos con los apuntes de nuestra propia revisión de los noticieros
televisivos nacionales, la revista Semana, y los periódicos El Tiempo y El Espectador de
Bogotá.
6
Estas narrativas pueden partir desde las versiones de El Dorado y los apuntes de viaje
de Humboldt Del Orinoco al Amazonas. Viaje a las regiones equinocciales del nuevo con-

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Asimismo, gracias a la política del chiste que surgió para subvalorar a
los habitantes de las provincias y, en consecuencia, apoyar el proceso de
centralización del país desde el siglo XIX, a muchos de sus habitantes se
los concibe como gente indolente, nativos perezosos y peligrosos: celios,
traqueteños, brujos.7
De paso, advirtamos que las narrativas académicas suelen tornar visibles
a los habitantes de la región en tanto sus testimonios apoyen las hipótesis
de los universitarios. Por su parte, la mayoría de las narrativas mediáticas
hacen visibles a los pobladores si las noticias que ellos suscitan generan
altos índices de sintonía (Torres 2002).

NARRATIVAS SOBRE UN TERRITORIO EN CONVULSIONES

Al examinar las versiones periodísticas sobre la Región entre 1980 y 2000


encontramos que múltiples terremotos sociales la resquebrajaron desde el
primer año citado. Entonces, las Fuerzas Militares bombardearon a los
campesinos de El Pato generando su éxodo hacia Neiva. En 1984, el M-19
se tomó Florencia en medio de enfrentamientos que luego se conocerían
como la guerra del Caquetá. En ese mismo año, los narcotraficantes asesi-
naron en Bogotá al ministro de Justicia, el huilense Rodrigo Lara y la
guerrilla del M-19 pactó una tregua con el gobierno.
En 1985, se produjo la avalancha del Nevado del Ruiz y la consiguiente
desaparición del municipio de Armero. También la toma al Palacio de Jus-
ticia en Bogotá por parte del M-19, su posterior destrucción causada por
la respuesta del Ejército y el combate subsiguiente, y a ello se agrega la
muerte y desaparición de muchos de sus habitantes y ocupantes.
Estos hechos convirtieron la zozobra en el pan cotidiano. De ello da
cuenta el pánico colectivo ocurrido en Neiva el 6 de junio de 1986 por el
rumor que circuló asegurando que se había roto la represa cercana. A los
anteriores azares se suman desastres naturales como avalanchas —entre
ellas, la del río Páez en junio de 1994, la de quebradas cercanas a Florencia
en 1999 y las frecuentes en Mocoa—, o catástrofes como las tomas guerri-

tinente (1808-1834), pasar por los “Antecedentes documentales de la Comisión Corográ-


fica en el Territorio del Caquetá” que forman la tercera parte de la obra dirigida por
Codazzi (1857) y llegar a las novelas La vorágine de José Eustasio Rivera, Toá de César
Uribe Piedrahita, a las crónicas sobre el tema de Germán Castro Caicedo y de Alfredo
Molano o libros como los de Jaime Eduardo Jaramillo y otros (1986), Michael Taussig
(1987), María Clemencia Ramírez (2001), Roberto Pineda (2001) y Guillermo González
Uribe (2002). Incluimos entre las narrativas externas a La vorágine porque aunque trata
sobre la Región y José Eustasio Rivera la terminó de escribir en Neiva, su circulación y
repercusión ha sido internacional hasta el punto que los propios neivanos no la sienten
muy cercana a ellos (Pachón, 1993).
7
No sobra insistir en que la política de subvalorizar al periférico o al colonizado es muy
frecuente. Véase al respecto el libro de Alatas (1977).

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lleras, los secuestros múltiples en los propios lugares de residencia y las
casas bomba.
Paralelamente a estos acontecimientos, cundieron las plagas de roya y
broca que afectaron los cultivos de café en la Región y a las que se respon-
dió con Tiodán —un veneno que contiene fuertes neurodepresores—. En
el primer quinquenio de los ochenta, se extendió en esta zona el cultivo de
la coca y, en el primer quinquenio de los noventa, el de la amapola, ambos
estimulados por los grandes carteles de la droga.
En reacción a estas siembras de uso ilícito, el gobierno promovió las fu-
migaciones aéreas con glifosato. Ellas no sólo atacaron sus objetivos princi-
pales sino que, además, afectaron la biodiversidad, las aguas, los ganados
y a los pobladores. Por ello los campesinos tumbaron más selva para seguir
sembrando coca y, de paso, continuar deteriorando frágiles ecosistemas.
Asimismo, en los ochenta hubo paros cívicos en el Putumayo para conse-
guir servicios públicos. En 1994, los campesinos cafeteros huilenses exi-
gieron el alivio de sus deudas, generadas en parte por la ruptura del Pacto
Mundial del Café. En 1996, se levantaron los campesinos cocaleros en
Putumayo, Caquetá y Guaviare contra las fumigaciones.
Mientras tanto, en todos los municipios aumentaron los casinos, los
bingos, las Play Stations y la prostitución juvenil. En estas condiciones, no
es de extrañar que aumentaran las enfermedades coronarias y de salud
mental, pero, sobre todo, que crecieran desaforadamente el suicidio y homi-
cidio juveniles.
Por su parte, en medio de estos procesos, los actores de la guerra a
menudo fueron cambiando de alianzas: de enfrentar el gobierno, la guerri-
lla pasó a tener también tratos con los narcotraficantes para cuidarles
cultivos o cobrarles gramaje; por su parte, estos últimos auspiciaron a los
paramilitares; los paramilitares, a su vez, resultaron integrados con miem-
bros de las fuerzas armadas, y algunos miembros de éstas fueron acusa-
dos de venderle armas a la guerrilla. Es decir, surgió una culebra que se
muerde la cola y que plantea que el móvil central de la guerra se ha redu-
cido a lo económico. Para mayor inri, todos los armados pusieron contra la
pared a la población civil al exigirle que tomara partido.
Esta lectura de noticieros y periódicos de diversa tendencia política que
refieren la guerra, las catástrofes, los movimientos sociales y las enferme-
dades que asolan la Región, deja entrever que los habitantes están intimi-
dados, los jóvenes no tienen muchas oportunidades —salvo las que pue-
dan ofrecer el narcotráfico, la guerrilla, los militarismos o el clientelis-
mo—, y se han deteriorado los ejes integradores de lo social al punto que
prevalece la desesperación en la vida cotidiana y la indiferencia ante la
muerte.
En los anteriores contextos, ¿cómo los habitantes se observan a sí mis-
mos, se analizan y deciden el curso de sus vidas? Para responder, acer-
quémonos ahora a las narrativas locales.

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Ellas se pueden subdividir en orales, escritas, y conmemorativas e icó-
nicas. Entre las orales aparecen anécdotas e historias de vida. Entre las
escritas están crónicas, novelas, memorias, biografías, autobiografías, tes-
timonios, ensayos de historia local, estudios universitarios sobre los pro-
cesos regionales, planes de desarrollo. Entre las conmemorativas e icónicas,
valga mencionar las versiones del pasado que proponen las ceremonias y
los monumentos oficiales.

LAS NARRATIVAS LOCALES

NARRATIVAS ORALES

Entre éstas aparecen las de los ancianos que se apuran a contar sus vidas
a quien pueda escucharlos. También las de los adultos que exponen sus
peripecias de infancia o logros vitales en conversaciones de sobremesa o
encuentros con amigos. Asimismo, cuentan las de las mujeres mayores que,
en los repasos de los álbumes familiares hechos por lo general después de
entierros y matrimonios, reelaboran la historia de la familia en conjunto
con sus familiares y frente a sobrinos y nietos (Torres 1991 y 2001) .
A ellas se añaden las de las madres comunitarias que, en su mayoría,
proceden del mundo rural; han perdido en el conflicto a padres, hermanos
o novios, en cualquiera de los bandos enfrentados; muchas han tomado la
iniciativa de venirse a la ciudad e incluso de separarse de sus parejas; han
obtenido reconocimiento en sus comunidades —como para recibir el cali-
ficativo de profesoras— y se han organizado en sindicatos con el propósito
de exigir no sólo condiciones laborales dignas sino también acceso a la uni-
versidad (Polanco 2002).
Al lado de las anteriores narrativas emergen las de muchos niños, plenos
de desconciertos por tomas y atentados, que temen que sus adultos mueran
o los abandonen y, por ello, se dan las trazas para reconstruir la historia
de sus padres y parientes cercanos. Entre éstas se destaca el caso de un
niño en tránsito a la adolescencia —según los patrones estadísticos— y
quien debió desplazarse a un asentamiento en Pitalito con su madre y sus
hermanos luego del asesinato de su padre en Doncello, Caquetá. Este
niño tiene dificultad para narrar su caso, sólo atina responder preguntas
pero lo hace de manera muy insegura, está ajeno a las compañías y juego
comunes a su edad y, además, está obligado a trabajar para contribuir al
sustento de su familia.
Estas narrativas orales, por supuesto, están condicionadas por los inter-
locutores, los contextos, y las formas en que se elaboraron: en conversación
informal, entrevista individual, colectiva o en taller, y en donde se propuso
hacerlas de manera cronológica desde la infancia hasta el presente. Des-
cribamos, por ahora, sus temas y metodologías.

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Los ancianos, por ejemplo, reconstruyen sus trayectorias personales y
recuerdos de tiempos pasados. Los relatos y anécdotas de los adultos insis-
ten en volver a sus experiencias. En cambio, en las narrativas que propician
las mujeres, el relato no se centra en el yo de los narradores masculinos y
en anécdotas con presunciones épicas sino en la evocación de los otros y
en historias domésticas. Las narraciones de las madres comunitarias, a
su vez, recuentan sus tragedias familiares por causa de la guerra y las
desalentadoras condiciones laborales. Los niños, por su parte, más que
contar historias hacen preguntas para construir sus propios relatos o re-
velan sus perplejidades.
Mientras tanto, las narraciones que tejen las memorias sociales se cen-
tran en momentos gratos del pasado —como fiestas o inauguración de
obras de infraestructura—, evocan leyendas urbanas según las cuales sus
municipios están protegidos por un santo o por comandantes de la guerri-
lla nacidos en los mismos y tienden a eludir o borrar ciertas catástrofes
naturales o tomas guerrilleras, o a contarlas apelando a lenguajes eufemís-
ticos o neutros. Ocurre, asimismo, que los recuerdos más comunes a la
mayoría de la población no evocan hechos cronológicos que vayan más
allá de medio siglo atrás (Torres y otros 2003). Por su lado, los intermitentes
movimientos sociales indican que muchos grupos de pobladores —campe-
sinos, madres comunitarias, maestros, obreros del petróleo— mantienen
una memoria de sus reivindicaciones gremiales.

NARRATIVAS ESCRITAS

Al pasar a examinar las narrativas locales escritas, encontramos que las


monografías sobre historia local se caracterizan por ser una esforzada re-
copilación de documentos y enumeración de datos que enuncian los hitos
de la elite hacendataria y clerical pero, desafortunadamente, sin mayor in-
terpretación crítica. Con todo, trabajos académicos —como los dirigidos
por Bernardo Tovar— abren el camino a una investigación más preocupa-
da por la calidad de las fuentes, los modelos de interpretación y las formas
en que se representa la historia (Tovar 1994 y 1995). Empero, hasta ahora
estos resultan un tanto ajenos a temáticas —como las religiosidad popular
o la historia y políticas de la memoria— y a voces subalternas como las de
los campesinos, los maestros o los jóvenes.
Al ahondar en las crónicas, encontramos que ellas se pueden clasificar
por etapas pero que, sobre todo, generan algunas preguntas.8 En primer

8
Entre las crónicas, mencionemos las de Ramón Alvira en los años veinte y treinta del
siglo pasado, las ocasionales del parlamentario Anselmo Gaitán Useche, las de David
Rivera entre los cuarenta y sesenta, las que publicaba Alberto Vargas Mesa en el Diario
del Huila (Neiva) en la década de los setenta, y los libros de Eduardo Hakím Murad:
Neiva-Moscú e intermedias (1986), Los alegres bachilleres (1990) y La piel del puercoespín
(1992). Agreguemos a ellos Neiva, nave, novia (2001), editado por Juan Carlos Acebedo,

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lugar, se encuentran las de Ramón Alvira y las del parlamentario Anselmo
Gaitán Useche, publicadas entre las décadas del veinte y cuarenta del
siglo pasado, que trataban sobre aspectos de la vida cotidiana y política o
hacían síntesis de los procesos del periodismo neivano, y apelaron a la
ironía y la crítica. Ellas eran resultantes del radicalismo liberal que se
expresó en el Huila entre los finales del siglo XIX y las primeras décadas del
XX, y sufrió una persecución católica tan enconada que hasta hoy ha im-
posibilitado que en este departamento surja un diario liberal.
Luego, en medio de La Violencia de los cincuenta, se encuentran las
crónicas de David Rivera que añoraban un pasado idílico —de fiestas de
San Juan, corridas de toros y paseos a ríos— como también lo hacían al-
gunas de las de Saúl Perdomo y Alberto Vargas Mesa. Más tarde, en los
ochenta, aparecen las de Eduardo Hakim, quien elige publicarlas en libros;
en su primer texto —Neiva, Moscú e intermedias— narra vivencias como
agregado cultural en Moscú y las de la elite neivana al viajar por Europa.
En su segunda publicación —Los alegres bachilleres—, revive las aventu-
ras de los jóvenes neivanos en los años cincuenta y sesenta, casi sin men-
cionar la guerra civil en la que se debatía el país. En el tercer libro —La piel
de puercoespín— explora los avatares de la lucha política de Guillermo
Plazas y Rodrigo Lara Bonilla pero considera que su relato es una novela.
Frente a esta tradición, desde finales de los noventa se comenzaron a reco-
pilar y escribir crónicas que intentaban abordar el presente de manera
más crítica.
Por otra parte, es necesario mencionar que en el Caquetá y el Putumayo
no se conservan colecciones completas de sus periódicos y revistas que
permitan indagar si antes de 1980 se produjo crónica y el tipo de la misma.
Con todo, la revisión de periódicos como El Putumayo, Caquetá histórico,
Diario del Caquetá o Colono del Sur, entre otros, revela que han publicado
relatos sobre las leyendas del entorno, los esfuerzos de colonos, dirigen-
tes, gremios y algunos textos sobre la vida social. Hoy circulan libros como
el de Félix Artunduaga, El día que la guerrilla se metió a Florencia (1998),
en el que se usan técnicas novelescas para narrar la toma que el M-19
hiciera a esa capital en 1984, o crónicas ilustradas que relatan el proceso
de crecimiento urbano y de infraestructura de la ciudad, ciertos hechos
relevantes y la mención a personalidades e instituciones.
En consecuencia, la crónica parece ser el género más frecuentado como
corresponde a una cultura oral donde impera el relato y donde los periódi-
cos locales circulaban con pocas páginas y frecuencia irregular. Interesa
añadir que la crónica empezó dando cuenta de las fiestas pero, sobre todo,
de los encuentros y conmemoraciones de las elites.

La ebriedad de los apóstoles y otras postales neivanas (2002) de William Fernando To-
rres, y la crónica ilustrada Florencia… Una mirada a nuestro pasado. Florencia cien años
de historia (2002), de William Wilches.

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Por eso no se contó en su momento con una que narrara el conflicto que
se vivió en Neiva durante el reinado con el que se celebraba la llegada del
tren a la ciudad en 1938, como lo hizo Luis Leyton en los ochenta. Tampoco
hubo otras que relataran el pleito que se dio en otro reinado en 1952 que
supuso la intervención del ministro de gobierno, o que narraran la histo-
ria de los socorristas que se perdieron en la cordillera oriental al intentar
auxiliar a los posibles sobrevivientes de un avión siniestrado a principios
de los sesenta —como sí lo hiciera el enviado especial de El Espectador
Germán Pinzón—. O que abordaran sobre el humo de los acontecimientos
el terremoto de 1967 y la supuesta ruptura de la represa de Betania en
1986. Pero, a más de estos constantes desfases con los hechos y el evocar-
los en momentos de nostalgia, importa llamar la atención sobre el hecho
de que algunos cronistas presenten sus trabajos como ficciones o novelas:
¿indica ello que no conocían las diferencias entre los géneros, querían mag-
nificar a sus personajes o, en el fondo, temían retaliaciones por sus escri-
tos como ocurriera con Reinaldo Matiz en 1924?
Al acercarnos a las novelas, encontramos que ha habido preocupación
por abordar la vida cotidiana y la historia regional. Así La Venturosa (1939)
de Ramón Manrique relata la guerra de los Mil Días y, dentro de ella, la
batalla de Matamundo; por otra parte, recrea leyendas regionales, describe
creencias religiosas y prácticas sociales, y recuerda familias antiguas. A la
sombra del sayón (1964) de Augusto Ángel Santacoloma cuenta las luchas
de Reinaldo Matiz y su asesinato y lo compara con la figura de Jorge Eliécer
Gaitán. Así es la vida amor mío (1996) de Benhur Sánchez vuelve sobre
esta tragedia y la narra desde diversas perspectivas pero, en particular,
explorando las circunstancias y motivaciones del homicida. El tropel tama
(2000), de Marco Fidel Yukumá, rescribe la historia de los indígenas de la
región —en especial, los nasa— y su confrontación con Belalcázar, pero
vislumbrando la posibilidad de trascender a lo simbólico.
Como se ve, la novela tampoco escapa a la tentación de partir de la his-
toria para reinventarla y, además, dejarse llevar por el peso de la nostalgia.
También se advierte en su lenguaje un alto peso de lo oral, cierta falta de
confianza en los propios recursos literarios que lo lleva a usar fotos para
ganar credibilidad y, sobre todo, el hecho de que, a pesar de los monólogos
incluidos, los personajes no revelan mucha conciencia de sí (Sánchez Suárez
1987 y 1994).
Los libros de cuentos, por el contrario, en lugar de irse hacia el pasado
distante y evocarlo de manera nostálgica o bajo el supuesto manto de la
ficción, examinan críticamente el pasado próximo y el presente aunque su
ángulo de observación suela ser el poco abierto de un narrador en primera
persona. La paz de los carteles, de Humberto Tafur es una evidente re-
flexión sobre La Violencia. Los días de la espera de Luis Ernesto Lasso
examina el doloroso descubrimiento del entorno autoritario pueblerino y
la aproximación al sí mismo por parte de un muchacho en tránsito hacia
la edad adulta (Tafur 1968 y Lasso 1970).

80
A su vez, las autobiografías son escritas por miembros de la elite política,
clerical o empresarial y su intención es la de dejar memoria sobre sus es-
fuerzos y gestiones —sin analizar de manera detallada los contextos en los
que las realizaron— y a veces la de justificar algunas de sus acciones y
pasar una no muy sutil cuenta de cobro a sus conciudadanos. Contrasta
con ellas el tono franco y polémico, en ocasiones, de las memorias de Pedro
Almario que relata las aventuras y disputas de quien consolida una fortu-
na con base en su batalla contra la naturaleza, construye una familia y,
debido a su empeño, se convierte en líder gremial, dirigente cívico y patriar-
ca. Los rigores de la guerra que lo obligan a abandonar sus fincas y recluirse
en Florencia para insistir en ciertos hechos que sus conciudadanos olvi-
dan y en cobrarles las ingratitudes con gobernantes de espíritu cívico.9
Por su parte, las biografías hacen uso del utillaje conceptual y metodoló-
gico de la historia pero esto no les impide caer con frecuencia en la hagiogra-
fía.10 Entre los testimonios se encuentran el de un líder popular que conti-
nuó con sus empeños a pesar de haber sido víctima de un atentado que lo
redujo a una silla de ruedas, y el de una muchacha de Pitalito que expone
la tragedia vivida al intentar construirse como mujer adulta, por fuera de
los opresivos paradigmas tradicionales y en medio del lastre de la infancia,
los desdenes y maltratos del machismo, la bohemia y la falta de oportuni-
dades. A ellos se añaden los testimonios de jóvenes reinsertados —una
muchacha de Mocoa, un joven de Baraya— que hablan no sólo de la falta
de oportunidades ya mencionada sino también de las profundas heridas
psicológicas que tienen y las atrevidas estrategias con que pretenden re-
pararlas (Osorio Valenzuela 1998, Murcia 2000 y González Uribe 2002).
Al lado de las anteriores narraciones, están los Planes de Ordenamiento
Territorial, de Desarrollo Departamental o Municipal que vendrían a pro-
poner las nociones oficiales de futuro. En ellos, se advierte una muy inci-
piente tendencia a hacerlos de manera participativa e, incluso, comunitaria,
pero prevalece el hacerlos sin consulta, elaborados por expertos, consen-
suados de acuerdo con las correlaciones políticas y de los que se entregan
pomposos informes de gestión pero cuyo cumplimiento resulta difícil de
evaluar. Ello indica que aún no se ha construido una cultura de la partici-
pación, de la evaluación y del pensarse en el largo plazo. Por su parte, los
imaginarios de futuro de los gremios proponen prospectivas a veinte años,

9
Entre estas autobiografías, están las del exsenador Guillermo Plazas Alcid y la del obis-
po Ramírez que fueron publicadas como columnas dominicales en el diario La Nación
(Neiva). También es preciso mencionar la de Jesús Oviedo Pérez, Yo, excelentemente
bien. ¿Y usted? Autobiografía de un hombre de éxito (2001), y el libro de Pedro Antonio
Almario que se titula Un colono caqueteño (1990).
10
Entre las biografías, recordemos las escritas por Delimiro Moreno sobre José María Ro-
jas Garrido, Joaquín García Borrero y Misael Pastrana Borrero, la de Jorge Alirio Ríos
sobre Reinaldo Matiz, El fusilado de Tibacuy (1990) y la de Reynel Salas sobre Julián
Motta Salas (1991).

81
pero al mismo tiempo son productos de expertos instrumentales que des-
conocen las expectativas y culturas de la población.

NARRATIVAS CONMEMORATIVAS E ICÓNICAS

En estas otras narrativas encontramos las visiones sobre el pasado o me-


morias que proponen las administraciones públicas en conmemoraciones
y monumentos. En el caso de Neiva, Florencia, Pitalito y La Plata, adverti-
mos que se transformaron entre 1980 y 2000, pues pasaron de celebrar
los próceres nacionales para comenzar a reconocer personalidades locales
y a exaltar los oficios populares. Estos cambios, en parte, fueron conse-
cuencia de la descentralización administrativa y de la elección popular de
alcaldes que obligó a los elegidos a preocuparse por las memorias de los
electores.
Sin embargo, a menudo, estas versiones del pasado no obtienen la re-
cepción activa de las comunidades ya que no se sienten representadas en
esas conmemoraciones y monumentos o desconocen la historia de los pró-
ceres que se celebran; por ello, generan contramemorias burlescas. Con
todo, en ocasiones las comunidades celebran los cumpleaños de sus barrios,
rinden homenajes a sus líderes o a personas que les han contribuido.
También, a veces, pintan en murales la historia de sus esfuerzos.

CONCLUSIONES

Como se puede advertir, las narrativas orales de hombres ancianos y adultos


se centran en hechos que, por lo general, los tuvieron a ellos como protago-
nistas o partícipes de eventos relevantes. Estas narrativas se basan en la
descripción y el diálogo y, en ocasiones, dan pie para contrastar los tiempos
idos con los presentes. Los narradores se observan a sí mismos y a sus
interlocutores en el curso de la construcción de su relato con el fin de re-
pensarse en voz alta y promover una imagen suya ante los otros. Se re-
construyen a partir de la expectativa de sus escuchas. La mayoría de las
veces su intención es la de proponerse como ejemplo, la de dar una ense-
ñanza y contribuir al mejoramiento de la vida de sus escuchas.
En cambio, las narrativas conducidas por mujeres son más abiertas y
polifónicas pues las construyen en colectivo con otras mujeres de la fami-
lia y en ellas posibilitan que los hijos, sobrinos o nietos intervengan con
preguntas con el fin de tejer las propias versiones de la historia doméstica.
En esta labor hay más lugar para el análisis empírico de los rasgos psico-
lógicos de los demás miembros de la familia y, de manera implícita, de los
rasgos propios. Aquí se crean los espacios para el arraigo familiar pero
éstos tienden a desaparecer debido, en parte, a la disolución de los tejidos
parentales y a que rituales como matrimonios y entierros han perdido con-
vocatoria.

82
Entre tanto, un buen número de los testimonios que conceden las ma-
dres comunitarias empieza por narrar el hecho traumático —la violencia
intrafamiliar o el asesinato del padre, un hermano o el compañero senti-
mental por uno cualquiera de los bandos en pugna— que las llevó a la
decisión de tomar las riendas de sus vidas. Pero no son narraciones que
soliciten compasión sino unas que se limitan a describir los hechos, incluso
desde una cierta distancia, como si el hacerlo las ayudara a elaborar sus
duelos, a reconstruirse, a narrar los logros que han conseguido en sus
trabajos tal vez para probarse que han dejado el trauma atrás. Es posible
que estos esfuerzos estén en el origen o sean resultantes colaterales de los
procesos de organización sindical que han adelantado para conseguir unas
mínimas condiciones de infraestructura y seguridad en sus empleos. Al
contrario de ellas, está el caso de parálisis emocional del adolescente des-
plazado en Pitalito que descubre una memoria traumada.11
Por su parte, las narrativas escritas reseñadas mencionan hitos de indi-
viduos y elites o abordan acontecimientos de los municipios sin dar mucha
cuenta de los contextos y las dinámicas sociales. Lo hacen, además, de
manera cronológica y usando géneros como la crónica, la biografía, la auto-
biografía, el testimonio, el apunte histórico. El que estos trabajos muestren
poco interés por las dinámicas sociales y recurran a la cronología lineal,
sugiere que sigue pesando en los autores la concepción que ve a la historia
como el recuento de una serie de hechos que cambiaron las sociedades
generados por individuos excepcionales. La nostalgia que subyace a mu-
chos de estos relatos indica cierta incapacidad para enfrentar las nuevas
condiciones del presente. Estos rasgos explican en cierta medida el que en
la zona impere un pensamiento mesiánico, autoritario y conservador.
De ahí que no resulte extraño que las autobiografías no se detengan mu-
cho a observar y analizar el yo, al menos según las pautas de la modernidad
que lo concebía como centrado en el imperativo de conocerse a sí mismo y,
por ende, de construirse un proyecto de vida coherente y estable. Las auto-
biografías resultan entonces enumerativas, autocomplacientes y ensimis-
madas, pues casi no dialogan con la propia Región, el país y el mundo. De
ello también dan cuenta algunas crónicas como el relato de viajes Neiva,
Moscú e intermedias, en el que los protagonistas observan las capitales
europeas de manera socarrona —contrastando siempre con lo que acá les

11
Según Susan Brison (1999), “un evento traumático es uno en el cual una persona se
siente disminuida y desamparada frente a una fuerza que atenta contra su integridad.
La destrucción del self en el trauma implica una ruptura radical de la memoria, una
separación del pasado del presente y, por lo general, una inhabilidad para anticipar el
futuro”. Añade esta autora que los sobrevivientes al trauma pueden encontrar vías para
reconstruirse y asumir sus vidas por cuanto el self se basa en el lenguaje y la cultura y
en las relaciones que ambos generan; por consiguiente, dependen de otros para su cons-
titución y sostenimiento; de ahí que puedan restaurarlo en la medida en que lo verbalicen
y narren.

83
parece lo insuperable del “mejor vividero del mundo”— pero, a la vez, las
contemplan de manera deslumbrada, pues quieren descubrir lo que les
parece digno de imitar. Es decir, oscilan entre el chauvinismo exaltado y la
veneración acrítica de lo ajeno.
Los testimonios, por su lado, al ser dispuestos de manera cronológica,
recuentan los acontecimientos de la vida hasta llegar a las crisis que en
ellas se dieron pero sin ahondar en las mismas y proceder a su examen.
Ello hace que, en determinados momentos, los lectores vean al narrador
adulto o al joven y a las jóvenes narradoras como víctimas de unas circuns-
tancias sociales, culturales, políticas y militares que aparentemente escapan
a su comprensión. Sin embargo, al observar que los entrevistados enfren-
tan sus marginaciones con suma decisión a partir del impulso de sobrevivir,
construir en colectivo, proteger a su descendencia o ansiar la venganza, es
posible inferir que ellos tienen conciencia de su trauma e intentan verba-
lizarlo para comprenderlo.
A su vez, los monumentos y las conmemoraciones oficiales compiten
con las populares, con las memorias sociales orales, con los recuerdos co-
munes —o memorias públicas—, por quien impone la memoria local. En
ellas hay concepciones contrapuestas de la historia, olvidos —a menudo
deliberados— y desconocimientos. Con todo, las propuestas oficiales sobre
la historia local o el futuro no tienen mayor incidencia en la población y,
en especial, no parecen interesadas en aclarar las violencias antiguas y
recientes —entre ellos, el genocidio contra los militantes de la Unión Pa-
triótica UP— para contribuir a elaborar sus duelos. No imitan ellas a las
familias que, por ejemplo, se empeñan en colocar una cruz para recordar
sus muertos a la orilla de las carreteras donde fallecieron.
En consecuencia, estas narrativas revelan que mientras las memorias
oficiales, las crónicas, las autobiografías y las narraciones masculinas orales
adultas reseñadas se elaboran desde una concepción acontecimental de la
historia, desde la nostalgia y una perspectiva de poder —y en los últimos
dos casos desde una enunciación individual—, las femeninas apelan más
a la construcción colectiva y, en las de algunas madres comunitarias, hay
un trabajo de duelo. A su vez, las novelas se aproximan a momentos cru-
ciales del proceso regional como son los conflictos entre los indígenas y los
conquistadores, entre las elites y el pueblo llano, entre las visiones del
honor y del progreso, mientras los libros de cuento quieren explicarse los
huracanes del presente colectivo e individual así no cuenten con la distan-
cia temporal necesaria para ello. Por último, los testimonios presentan
vidas atropelladas por las desigualdades sociales y el conflicto pero que
luchan para no ahogarse en el naufragio.
Si a más de lo anterior recordamos que el rumor ha generado pánicos
colectivos —como el de Neiva en 1986—, que ciertas leyendas urbanas
—como la de La Plata— sugieren el urgente deseo de protección y que el
relato oral, los recuerdos comunes y la crónica periodística han tendido a

84
abordar los acontecimientos festivos, a evocar idilios y a eludir los conflic-
tivos, puede afirmarse entonces que los habitantes sobreviven en un an-
gustioso estado de zozobra pero que la mayoría no tiene herramientas y
espacios para verbalizarlo y comprenderlo a fondo.
Sirva añadir al margen que estos contextos ayudarían a entender el
hecho de que en la Región no exista un desarrollo significativo del género
ensayístico sobre sus procesos socioculturales y que frente a las pocas
producciones existentes algunos lectores reaccionen señalando que en ellas
“se denigra de los coterráneos”.12
Las narrativas locales, en consecuencia, viven una confrontación entre
las que optan por no enfrentar los traumas que generan los procesos de
sus sociedades y las que intentan desentrañarlos y elaborar los duelos
individuales pero que aún no asumen las catástrofes colectivas. Desafortu-
nadamente priman las primeras y ellas impiden enfrentar los traumas y
construir una subjetividad emancipatoria. De ahí los altos índices de pro-
blemas de salud mental, adicciones, suicidios y asesinatos en la Región
(Torres 1995 y 1996).
En suma, pues, las narrativas externas presentan a la zona en estudio
como un sitio interesante, seductor y peligroso pero plagado de riquezas.
A su vez, las mediáticas enfatizan su carácter de territorio de conflictos con
lo que estigmatizan a sus pobladores, y buena parte de las académicas la
estudia desde perspectivas que invisibilizan a sus habitantes. Entre tanto,
las narrativas locales se revelan como poco eficaces para dar cuenta de las
complejidades de los procesos regionales y contribuir a la comprensión de
los mismos.
Es decir, que las subjetividades en la zona oriental de la Región Surcolom-
biana se están construyendo a partir de narrativas estigmatizantes externas
y narrativas melancólicas o fetichistas internas (Freud 1917, Mitscherlich
1967) que generan baja autoestima, no ayudan a elaborar duelos, enfrentar
el presente y preparar el futuro.
Las respuestas a las narrativas estigmatizantes externas han sido cam-
pañas publicitarias —como aquella de don Próspero— que, por cierto, no
han resuelto los problemas de autoestima de los habitantes del territorio
en estudio. Las respuestas a las narrativas melancólicas han sido hasta
ahora individuales. Si no se emprenden esfuerzos colectivos será muy difí-
cil consolidar una sociedad sana que sea capaz de parar la guerra.
Entre tanto, ¿cuáles son las subjetividades que se construyen en las es-
cuelas públicas? Ese será el tema de los textos que siguen.

12
Comentario del corresponsal de Caracol en Neiva, Ángel González Casadiego, en el noti-
ciero matinal del 22 de septiembre de 2002.

85
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