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Ocho

días antes de las calendas de febrero del año 41, el emperador Calígula
moría asesinado por su propia guardia. Senadores y pretorianos, en una
insólita conjura, se habían aliado para dar fin a un mandato de apenas cuatro
años. Calígula aún no había llegado a cumplir los treinta años, edad más que
suficiente para que su recuerdo haya llegado hasta nuestros días como
paradigma de vesania y crueldad, bajo el apodo que los soldados de su padre,
el general Germánico, le habían impuesto en su niñez: Botita.
El catedrático José Manuel Roldán se adentra en la vida y los hechos del
emperador más denostado de la historia ¿más incluso que Nerón, Domiciano
o Cómodo?, para descubrir qué hay de verdad y qué de calumnia en los
testimonios de la Antigüedad. ¿Era realmente Calígula un loco que nombró
senador a Incitatus, un caballo de carreras? ¿Son ciertas las historias de
pedofilia, incesto y narcisismo? Una biografía apasionante y reveladora sobre
uno de los personajes más oscuros y vilipendiados de la historia universal.

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José Manuel Roldán

Calígula
El autócrata inmaduro

ePub r1.0
Titivillus 20.03.2021

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José Manuel Roldán, 2012

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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Índice de contenido

Cubierta

Calígula

Prólogo. Calígula, un enigma histórico

Primera parte. El príncipe


1. Bajo las alas de Germánico
Germánico en los planes de Augusto
El amotinamiento de las legiones del Rin
Las campañas en Germania
Germánico en Oriente
El juicio contra Pisón
2. La ominosa sombra de Sejano
El todopoderoso prefecto del pretorio
Sejano y Agripina
La bisabuela Livia
La abuela Antonia
La caída de Sejano
3. Calígula en Capri
Un incierto futuro: las muertes de Druso y Agripina
Aprendiendo a sobrevivir
La educación del príncipe
La boda con Junia Claudia
Macrón y Ennia

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Agripa
El problema de la sucesión
La muerte de Tiberio

Segunda parte. El soberano


4, El nuevo príncipe
La subida al trono
La «pietas» de Calígula
Honores para familiares y amigos
Las «virtutes» de Cayo
El consulado del 37
La enfermedad de Cayo
5. La personalidad de Calígula
Aspecto físico
Hábitos
Cayo y el mundo del espectáculo
Cualidades intelectuales
El «monstruo» de Suetonio
6. El autócrata
La eliminación de Gemelo
Las muertes de Silano y Macrón
La caída de Flaco
La camarilla de Cayo
Muerte y divinización de Drusila
Lolia Paulina
7. La primera crisis
El Senado en el punto de mira
El «triunfo» de Bayas
El matrimonio con Milonia Cesonia
La resaca de Bayas
La conspiración de Lépido y Getúlico
8. La campaña militar en el norte
Calígula en el Rin
El invierno de Lyon
La «invasión» de Britania
De la costa atlántica a Roma: el verano del 40
9. La divinización de Cayo
El culto imperial
Calígula, ¿dios?

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La «proskynesis»
10. El gobierno de Calígula
La autocracia de Cayo
Populismo
Las finanzas
Cayo, constructor
Liberalidades y extorsiones
Los impuestos
La moneda
La justicia
Cayo y las provincias
La anexión de Mauretania
Los reinos clientes de Oriente
La cuestión judía
Partia
11. La última conjura
Persecución de la aristocracia
Los conjurados: Calixto, Viniciano y Querea
Asesinato en el Palatino

Epílogo

Cronología

Fuentes documentales

Bibliografía

Sobre el autor

Notas

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A Juan José Sayas,
soluto longo atque ingrato in Academia labore,
optimo collegae et amico,
d. d.

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PRÓLOGO. CALÍGULA, UN ENIGMA
HISTÓRICO

U NA treintena de puñaladas acababa con la vida de Cayo Julio César


Germánico, el 24 de enero del 41, apenas cuatro años después de que
sucediera en el solio imperial a Tiberio, el heredero de Augusto. Aún no había
cumplido los treinta años, tiempo, no obstante, más que suficiente para que su
recuerdo quedase estigmatizado para siempre como paradigma de vesania y
crueldad, bajo el apodo que los soldados de su padre le habían impuesto en su
niñez: Botita.
La vida y el reinado de Calígula ha sido desde la Antigüedad tópico de
debate y controversia aún no resueltos, por más que parezca imposible
desterrar en el imaginario popular la tétrica e inquietante imagen que su solo
nombre suscita. Y, sin embargo, esa imagen de tirano inepto, sanguinario,
imprevisible y monstruoso que la tradición nos ha transmitido parece más una
etiqueta melodramática y simplificadora, inventada no tanto para definir al
personaje como para sustraerse a una explicación coherente de las aparentes
contradicciones de su comportamiento. Una simplificación que ha pontificado
con el diagnóstico de locura los muchos recovecos de una compleja
personalidad.
Ese diagnóstico ha servido para «explicar» las decenas de anécdotas con
las que la tradición literaria antigua ha trazado el bosquejo del emperador,
convertidas en otros tantos ejemplos de un errático y perverso
comportamiento, como soporte de un estereotipo trivial: el monstruo
sanguinario, capaz de cualquier tropelía, sobre el que no ha habido escrúpulos

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en inventar incluso crímenes imaginarios para dar mayor consistencia y
morbo al personaje, ya condenado desde el principio a representar ese papel.
Sirvan de ejemplo las descripciones que ofrece el Yo, Claudio, de Robert
Graves, luego plásticamente recreado en una conocida serie de televisión de
la BBC; la imagen del emperador en un film del año 1953, La túnica sagrada;
el drama Calígula, de Albert Camus; el musical argentino Calígula, de Pepe
Cibrián, o el bochornoso engendro de Tinto Brass, en una cinta de contenido
pornográfico producida para Penthouse. Títulos y títulos de novelas mal
llamadas «históricas» se han apilado con Calígula como protagonista. Así,
Calígula, una novela sobre el perverso emperador romano, de P.-
J. Franceschini y P. Lunel; Calígula, el dios cruel, de S. Obermeier, o
Calígula, de M. G. Silato, por ofrecer solo ejemplos editados en español.
La etiqueta, por otro lado, era bien sencilla. Apenas si bastaba con seguir
fielmente las pinceladas trazadas por la propia literatura romana de época
imperial, unánime en vilipendiar a Cayo. Pero ¿son fiables esas fuentes? Un
paso previo, por consiguiente, para acercarse a la vida de Cayo debería tener
en cuenta esa tradición y hurgar en su objetividad. Solo dos autores
conocieron en vida a Calígula: el escritor Séneca y Filón, un filósofo judío de
Alejandría. El primero, un cortesano intrigante y rijoso, estuvo a punto de ser
condenado a muerte por Cayo; el segundo acudió a Roma como portavoz de
una delegación de judíos alejandrinos ante el emperador y dejó sus
impresiones en el panfleto La embajada a Cayo. El resto escribió sus obras
cuando ya Calígula había muerto: Flavio Josefo, judío fariseo de época flavia,
incluyó en sus Antigüedades judías, publicadas en el año 93, numerosos datos
sobre el reinado, aunque en conexión con problemas de su pueblo; los Anales
del gran historiador Cornelio Tácito, unos años posteriores, solo pueden ser
utilizados para ilustrar la juventud de Cayo, porque los libros
correspondientes a su reinado —VII y siguientes— se han perdido; la Vida de
Cayo, de Suetonio, secretario durante un tiempo del emperador Adriano, es la
única biografía completa de Calígula, pero su propensión al sensacionalismo
obliga a poner muchos de sus datos en tela de juicio; finalmente, Dión Casio,
escritor anatolio, a caballo entre los siglos II y III, en su Historia romana, si
bien provee una buena cantidad de información sobre el gobierno de Calígula,
está demasiado alejado de los acontecimientos y, por tanto, influido por las
fuentes de las que se sirvió en su relato.
Pero en el análisis de estas fuentes hay que tener en cuenta un punto
determinante: por quiénes fueron escritas y para qué audiencia. Si hacemos
excepción de los dos escritores judíos, Filón y Josefo, cuyos interlocutores

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fueron sus paisanos de Alejandría y Jerusalén, respectivamente, el resto
escribía fundamentalmente para las élites sociales romanas y, más
concretamente, para sus más influyentes representantes, los miembros del
Senado, al que todos ellos pertenecían, si exceptuamos a Suetonio, por lo
demás estrechamente vinculado al círculo de un conspicuo senador de época
trajanea, Plinio el Joven. Tratándose de una figura claramente antisenatorial
como Calígula, la constatación es muy significativa. Las audiencias de estos
escritores no habrían aceptado enteramente una representación de Cayo que le
retratara desde una perspectiva positiva. Una frase de los Anales de Tácito es
esclarecedora en este sentido: «Los hechos de Tiberio y Cayo, así como los de
Claudio y Nerón, fueron falseados mientras vivían por miedo, y escritos,
después de su muerte, con el odio todavía fresco».
Pero, al mismo tiempo, al margen de las verdaderas intenciones de sus
autores, estas fuentes constituyen una inapreciable fuente de evidencia para
entender los puntos de vista del emperador. Unos puntos de vista, como
veremos, marcados por la aspiración a alejarse de la elaborada, pero también
equívoca, construcción política ideada por Augusto —una autocracia
disfrazada con ropajes republicanos— a favor de una abierta dominación
monárquica. Todos los emperadores que intentaron avanzar en el despliegue
lógico de los poderes que llevaba implícito el Principado fueron
estigmatizados, frente a aquellos que, prudentemente, se inclinaron a
mantener la ficción de un reparto, por más que ilusorio, de poderes entre
príncipe y Senado. Así se gestó la distinción entre «buenos» y «malos»
emperadores, que, superando las barreras de la Antigüedad, todavía sigue
mediatizando nuestro propio juicio.
Calígula, sin duda, ocupa un destacado lugar en el segundo grupo, no
tanto por su acción de gobierno como por la manifiesta hostilidad hacia el
colectivo senatorial, que se vengó, tras su muerte, acumulando basura sobre
su memoria y negándole el elemento esencial que distingue al ser humano: la
razón. Calígula fue tratado de loco por perseguir a la aristocracia. Pero
también su sucesor, Claudio, que procuró respetarla, fue considerado un
imbécil.
No obstante y como previsible reacción, desde comienzos del siglo XX, la
investigación histórica, consciente de la parcialidad de las fuentes de
documentación, ha tratado de corregir esta negativa imagen. Un largo artículo
de H. Willrich, publicado en 1903, llamó por vez primera la atención sobre
los aspectos positivos de la obra de Calígula y sobre sus motivaciones, por
encima de la simplista etiqueta de locura. Estudios posteriores han retomado,

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con nuevos o más fundamentados argumentos, este punto de vista para
convertirse, en ocasiones, en auténticas apologías, tan alejadas de la verdad
histórica como las propias fuentes a las que pretenden corregir. Así, no es de
extrañar que no falten también trabajos que, aceptando sin más la locura de
Cayo, pretendan explicarla mediante el psicoanálisis o con puntos de vista
clínicos, y con ello, indirectamente, reconozcan la fiabilidad de las fuentes
antiguas.
Estas fuentes están, con seguridad, llenas de inconsistencias y de
dificultades para su correcta interpretación, pero también es cierto que no es
posible prescindir de ellas como hilo conductor. Es labor del historiador
aventar los elementos de ficción que contienen, para separarlos de los datos
consistentes con los que pueda reconstruirse una imagen plausible. Plausible,
pero no auténtica. Y es esa precisamente la grandeza y la miseria del
historiador.

Potsdam

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PRIMERA PARTE

EL PRÍNCIPE

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1
BAJO LAS ALAS DE GERMÁNICO

Germánico en los planes de Augusto

E L régimen de Augusto había sido un gobierno en solitario, conseguido


gracias a la ilimitada acumulación de autoridad y poderes en su persona y, por
ello, difícilmente transmisible. Puesto que el Senado podía decidir libremente
sobre la forma de Estado y sobre el mantenimiento del nuevo orden, era
imposible para Augusto designar de forma vinculante un sucesor. Pero sí
podía contar con el respeto de su voluntad por parte de la Cámara y, en
particular, podía crear tales relaciones de fuerza, fundamentadas
jurídicamente, que sus miembros solo tuvieran que representar la apariencia
de una elección. Y esas relaciones de fuerza se basaron, por un lado, en la
caracterización del futuro sucesor como hijo y heredero civil —así lo había
hecho su tío abuelo César con él, cuando, adoptándolo, le transmitió con su
fortuna personal todo su inmenso patrimonio político—; por otra, en el
otorgamiento al designado de las dos piezas claves en las que había
fundamentado su poder, convirtiéndolo en una especie de corregente. Era una
de ellas la potestad tribunicia, que en época republicana ostentaban los
tribunos de la plebe, dotada de extraordinarios poderes, como instrumento
para poder cumplir su función de defensores del pueblo: la inviolabilidad
(sacrosanctitas), que convertía en maldito y, por tanto, en reo inmediato de
muerte, a cualquiera que atentara físicamente contra su persona; la intercessio
o derecho de veto ante la decisión de cualquier magistrado; el auxilium o
derecho de protección de la plebe; y el ius agendi, la facultad de convocar
libremente al Senado y al pueblo y hacer propuestas de ley. Se la consideraba
tan importante que, renovada regularmente, marcaba oficialmente los años de
reinado y así se expresaba en inscripciones y monedas, como complemento
del nombre del emperador. La otra era el imperium proconsulare maius, un
mando militar superior al del resto de los gobernadores, que autorizaba a
impartirles órdenes e intervenir en sus respectivas provincias, así como
conservar este imperium dentro de los muros de Roma.

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Pero, en este propósito, Augusto tropezaba con un insalvable obstáculo,
que condicionaba fatalmente su libertad de decisión: la falta de un hijo varón.
No podía evitarse que los parientes más próximos —su hermana Octavia y su
hija Julia— se convirtieran en el centro de componendas dinásticas. Pero fue
todavía más desastroso para la libre decisión de Augusto que su esposa Livia
Drusila, tan inteligente como ambiciosa, aportara a la casa imperial, de un
anterior matrimonio con Tiberio Claudio Nerón, dos hijos: Tiberio y Druso.
Es lógico que surgieran tensiones, rivalidades, intrigas y grupos de presión
por el tema de la sucesión, que iban a emponzoñar la vida en la casa imperial.
Desde su proclamación en el 27 a. C., el problema de la sucesión dominó
el pensamiento político de Augusto, un tema que por sus implicaciones iba a
requerir de todo su tacto y perspicacia política. La falta de un hijo varón
propio trató Augusto de suplirla con otras soluciones en el entorno íntimo
familiar. Desde muy pronto, el prínceps[1] pareció mostrar una predilección
especial por el hijo de su hermana Octavia, Marco Claudio Marcelo, ligándolo
todavía más a su casa al desposarlo en el año 25 a. C., cuando el joven tenía
diecisiete años, con su hija Julia. Los honores que en poco tiempo se
acumularon sobre su persona parecían destinarlo a la sucesión, pero apenas
dos años más tarde, en el 23 a. C., murió el joven sin haber podido demostrar
si las esperanzas puestas en él eran fundadas. Por la misma época, Augusto
enfermó de gravedad y, en este trance, buscó una solución más directa e
inmediata al problema de la continuidad en la dirección del Estado, al
transferir su autoridad al viejo compañero de armas, Marco Vipsanio Agripa,
experto militar y eficiente administrador, al que trató de ligar a su persona con
lazos todavía más fuertes. Una vez más, el princeps iba a utilizar a Julia, la
viuda de Marcelo, entregándola el año 21 a. C. en matrimonio al maduro
Agripa, que hubo de separarse de su anterior esposa, Marcela, hermana del
desafortunado marido de Julia y, por consiguiente, también sobrina de
Augusto. En el 20 a. C., del matrimonio nació Cayo César, y tres años más
tarde, Lucio. Agripa y Julia también tuvieron dos hijas, Julia y Agripina, la
madre de Calígula.
Pero una vez más el destino iba a golpear a Augusto en su entorno
familiar con la muerte, en el 12 a. C., del fiel Agripa; también, al año
siguiente, desaparecía Octavia. Cayo y Lucio César, de ocho y cinco años de
edad respectivamente, necesitaban aún de una protección, que, en caso de una
desaparición prematura de Augusto, mantuviera firmemente sujetos los hilos
antes confiados al desaparecido colaborador. Ningún miembro de la gens
Iulia estaba disponible para esta delicada misión y, en contra de su voluntad,

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Augusto hubo de volverse, en su entorno inmediato, hacia el hijo mayor de
Livia, Tiberio Claudio Nerón, a quien obligó a separarse de su esposa
Vipsania, la hija de Agripa, de quien tenía un hijo, Druso, para casarlo con
Julia, la madre de Cayo y Lucio, ya dos veces viuda. Por tercera vez, la
desgraciada Julia tenía que sacrificar su vida a los intereses dinásticos de su
padre.
Pero la componenda familiar no funcionó. A pesar de los esfuerzos de
Augusto por halagar a su hijastro y yerno, no logró vencer la ofendida
dignidad de Tiberio ante las continuas muestras de afecto y preferencias del
princeps para con Cayo y Lucio, ni menos aún conseguir entendimiento y
armonía entre Tiberio y Julia. En el año 6 a. C., Tiberio decidió abandonar
Roma y retirarse con un pequeño grupo de amigos a la isla de Rodas, mientras
Julia, desembarazada del marido, pudo dar rienda suelta a su espíritu libre,
que se rebelaba contra las anticuadas costumbres que regían en la casa
paterna. Inteligente, cultivada y falta de prejuicios, reunió en torno a su
persona un círculo de amigos cultos y divertidos, que Augusto trató en vano
de alejar. Se sucedieron las relaciones amorosas y los escándalos, que
finalmente obligaron a Augusto a intervenir. La madre de los adolescentes,
elegidos por el princeps como sus sucesores, iba a afrontar la prueba más dura
de su trágico destino, cuando en el año 2 a. C., acusada de adulterio y de
excesos sexuales, fue desterrada a la isla de Pandataria, en la bahía de
Nápoles. Allí recibió, en nombre de Augusto, una notificación de divorcio de
Tiberio.
Augusto siguió esforzándose en la promoción pública de sus nietos,
acumulando sobre sus personas honores, privilegios y magistraturas, mientras
Tiberio permanecía en Rodas enfrentado a un incierto destino. Ocho años
pasó Tiberio lejos de Roma hasta que el princeps, con el consentimiento de
Cayo, le permitió en el 2 d. C. regresar, aunque solo como ciudadano
particular, apartado de los honores y del poder. Ni siquiera la muerte, el
mismo año, del menor de los nietos de Augusto, Lucio, torció su voluntad.
Pero, una vez más, la fortuna iba a venir en ayuda de Tiberio, al tiempo que
asestaba otro duro mazazo sobre Augusto. Cayo, el nieto superviviente, tras
un satisfactoria misión diplomática en Partia y cuando dirigía una operación
militar en Armenia, recibió una herida que acabaría poco después con su vida,
el 21 de febrero del 4 d. C.
Todavía le quedaba a Augusto un descendiente varón. En el año 12 a. C.,
recién muerto Agripa, Julia había dado a luz un hijo, que fue llamado Marco
Agripa en honor al padre, y que es comúnmente conocido, por las

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circunstancias de su nacimiento, como Agripa Póstumo. Tenía, a la sazón,
dieciséis años, pero se trataba, al parecer, de un niño inmaduro, incapaz de
asumir responsabilidades serias. No obstante, Augusto aún podía jugar una
segunda carta al margen del preterido Tiberio. Cuando Augusto tomó a Livia
por esposa, ella estaba encinta de seis meses de Druso, hermano, pues, de
Tiberio. Corrieron los rumores de que el emperador era el verdadero padre y
durante mucho tiempo circuló por Roma el chiste de que a los hombres
dichosos les nacían hijos de tres meses. Educado en la casa del princeps,
había sido un joven encantador y enormemente popular, por lo que no debe
extrañar que Augusto lo tuviese en cuenta como posible sucesor, por delante
de su hermano mayor, el hosco Tiberio. En consonancia con su rango, era
necesario encontrarle una esposa que estrechara aún más los lazos familiares
entre los Julios y los Claudios. La elegida fue Antonia la Menor, hija de
Marco Antonio, el rival político de Augusto, y de la hermana del emperador,
Octavia. El matrimonio estuvo ligado por lazos de sincero afecto, hasta el
punto de que, cuando Druso murió, Antonia se negó a casarse otra vez y se
cuenta que, en su lecho de muerte, casi cincuenta años después de la
desaparición de su marido, sus últimas palabras fueron: «Lo siento, Druso»,
en referencia a haberle hecho esperar tanto. Tuvieron dos hijos: Germánico, el
mayor, y Claudio, el futuro emperador.
Excelente comandante, en operaciones combinadas con su hermano
Tiberio, Druso había logrado incluir todo el espacio alpino y subalpino
septentrional bajo control romano (15-12 a. C.), luego convertido en la nueva
provincia de Raetia (Baviera, Tirol septentrional y Suiza oriental).
Posteriormente, mientras Tiberio conducía las fuerzas romanas en territorio
danubiano, en Panonia, Druso recibió el encargo de penetrar al otro lado del
Rin, como parte de un ambicioso plan de conquista de Germania. Cuatro
campañas, entre el 12 y 9 a. C., llevaron a las armas romanas muy dentro del
territorio germano, hasta el Elba. Pero Druso no tuvo tiempo de culminar su
propósito porque murió, en brazos de su hermano Tiberio, de gangrena, como
resultas de una caída de caballo, con apenas treinta años. A título póstumo le
fue concedido el derecho a llamarse Germánico y de transmitir a sus
herederos el privilegio del sobrenombre.
Su hijo mayor, Germánico, nacido en Roma el 24 de mayo del año 15
a. C., había heredado del padre, con el nombre, sus mismas cualidades:
apuesto y valeroso, le resultaba fácil atraer las simpatías de su entorno. No es
extraño que Augusto se volviera ahora hacia él como heredero. No obstante,
todavía era demasiado joven para hacer recaer sobre su persona la

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responsabilidad del Principado y, por ello y a despecho de sus sentimientos,
recurrió de nuevo a Tiberio, otra vez como solución de compromiso, puesto
que si bien lo adoptó, hizo lo propio con el hermano superviviente de Cayo y
Lucio, Agripa Póstumo. Todavía más, Tiberio, aunque ya padre de un hijo, al
que llamó Druso en honor de su hermano muerto, se vio obligado a adoptar, a
su vez, a su sobrino Germánico, que, el año 5, desposó a Agripina, la hermana
de Póstumo, entretejiéndose así, todavía de forma más tupida, el íntimo
círculo familiar del emperador.
Germánico y Agripina tuvieron su primer hijo, Nerón, al año siguiente de
su matrimonio, al que siguió otro varón, Druso, el tercero en llevar el nombre
en la familia, después de su abuelo y de su tío, el hijo de Tiberio. Muy pronto
se inició a Germánico en la carrera de los honores con su nombramiento como
cuestor y, con él, la primera misión militar al otro lado del Adriático, en Iliria,
al lado de su tío y ahora padre adoptivo, Tiberio, donde resolvió con éxito, en
los años 7 y 9, sendas campañas contra las tribus dálmatas. Estas victorias le
reportaron los honores correspondientes al triunfo, los ornamenta
triumphalia, dado que en la carrera de los honores aún no le estaba permitido
celebrar la solemne ceremonia, máxima aspiración de cualquier comandante
romano.
En Roma, revalidó como civil los éxitos cosechados en su apenas iniciada
carrera militar, como abogado de distintas causas, y el 1 de enero del 12 era
investido como cónsul, la más alta magistratura en la carrera de los honores.
Unos meses después, el 31 de agosto, nacía su tercer hijo, Cayo Julio César
Germánico, nuestro Calígula.
No era el primer hijo en llevar tan ilustre nombre. Otro Cayo le había
precedido, muerto unos meses antes sin haber alcanzado a cumplir su primer
año de edad. Nacido en las cercanías de Roma, en Tibur (Tívoli), su muerte
sumió en el desconsuelo a la familia y, en especial, a su bisabuelo, Augusto,
que colocó en el dormitorio su estatua, representado como un pequeño
Cupido, a la que frecuentemente abrazaba.
El lugar de nacimiento del nuevo vástago de Germánico y Agripina ya era
objeto de confusión en la Antigüedad. Según Suetonio, existían varias
localizaciones distintas: Getúlico, comandante militar durante el reinado de
Calígula, afirmaba que había nacido en Tibur (Tívoli). Plinio el Viejo, por su
parte, aseguraba que había visto la primera luz en Amitarvium, en Germania,
en territorio de los tréveros, y daba como prueba una inscripción en la que se
leía OB AGRIPPINAE PVERPERIVM («al parto de Agripina»). En fin, un
epigrama anónimo, que circulaba durante el reinado de Cayo, designaba como

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lugar de natalicio los campamentos de las legiones asignadas a su padre,
opinión que compartía el historiador Tácito. Pero es el mismo Suetonio el que
señala que parece más probable como lugar de nacimiento la vieja colonia
romana de Antium (Anzio), a cincuenta y tres kilómetros de Roma, ciudad
costera con una hermosa bahía, ancestralmente ligada a la gens Iulia. Las
otras versiones no son difíciles de desmontar: en cuanto a Tibur, parece una
confusión con el lugar de nacimiento del homónimo Cayo, muerto poco antes;
la inscripción se refiere, sin duda, a otro parto de Agripina, el de alguna de
sus hermanas; y por lo que respecta al epigrama, es solo índice del interés de
Calígula, ya emperador, por aparecer vinculado lo más estrechamente posible
a las fuerzas armadas.
El historiador argumenta como prueba los registros de nacimiento, pero
también el hecho de que Germánico recibió el mando de las legiones del Rin
después de su consulado, cuando Cayo ya había nacido. Y lo refrenda con una
carta de Augusto, escrita pocos meses antes de su muerte a su nieta Agripina,
en contestación a su solicitud de enviarle al niño para reunirse con Germánico
en su nuevo destino, al mando de las tropas del Rin:

Ayer convine con Tatario y Asedio, que partirán, si place a los


dioses, el 15 de las calendas de junio [17 de mayo], para llevarse al
niño Cayo. Envío también con él un médico de mi casa, y escribo a
Germánico para que le conserve a su lado si le place. Que sigas bien,
mi querida Agripina; procura llegar con buena salud al lado de tu
Germánico.

El niño acababa de cumplir dos años cuando llegó a la frontera renana,


donde su padre, de acuerdo con los deseos de Augusto, se disponía a
emprender una campaña contra las tribus de la margen derecha del río.
Existían sobrados motivos para ello. La muerte de Druso, en el 9 a. C.,
significó para la política romana en Germania la pérdida de un excelente
comandante, quizá también la del hilo conductor de un proyecto coherente. Le
reemplazó Tiberio, que consiguió, con métodos más políticos que militares, la
sumisión al control romano de todas las tribus germanas entre el Rin y el
Elba, entre el 8 y el 6 a. C. Pero la penetración en Germania quedó estancada
por el exilio voluntario de Tiberio en Rodas. Solo en el año 4 d. C., Tiberio
volvió a hacerse cargo de las operaciones, cuyo objetivo era ahora
reemprender la obra de Druso e intentar el sometimiento de la región entre el
Weser y el Elba. En la campaña del año 5 d. C., las legiones romanas
avanzaron hasta el Elba a través del territorio de los caucos (Bremen) y

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longobardos (Hannover) y, remontando el río, alcanzaron la península de
Jutlandia. Nada parecía impedir la transformación de Germania en provincia
regular, a excepción de un foco de rebelión dirigido por el rey marcomano,
Marbod, en Bohemia. Cuando Tiberio se preparaba para la ocupación estable
de Bohemia, estalló una sublevación en el Danubio, en la región
recientemente conquistada de Panonia, que obligó a paralizar las operaciones.
Tiberio hubo de acudir apresuradamente a Iliria y firmó la paz con el jefe
marcomano.
De todos modos, en los siguientes cuatro años, no se registraron
levantamientos en Germania. Lentamente se creaban los presupuestos para
transformar el territorio, desde el norte del Main al Elba, en una provincia
sometida a administración regular. Pero, precisamente unos días después de
que se conociera en Roma la noticia de la feliz terminación de la guerra en
Iliria, la opinión pública se conmocionaba con la catástrofe de Varo en
Germania: el legado Publio Quintilio Varo, casado con una nieta de Augusto,
fue aniquilado, en el año 9 d. C., con tres legiones, la XVII, la XVIII y la
XIX, en un bosque de Westfalia (saltus Teotoburgensis), por fuerzas de
queruscos al mando de su régulo, Arminio (Hermann). Tiberio, procedente de
Panonia, acudió al Rin a taponar la brecha y allí permaneció durante dos años,
hasta el 12. Pero el riesgo que significaba mantener tan alejado de Roma al
heredero, con un emperador de salud precaria que ya había cumplido los
setenta y cinco años, aconsejó a Augusto reclamar a Tiberio y enviar en su
lugar a Germánico con una doble misión: restablecer el honor romano,
pisoteado en Teotoburgo, y completar, en seguimiento de la línea paterna, la
misión de Druso de alcanzar el Elba y anexionar el extenso territorio entre
este río y el Rin.
Germánico aceptó la misión y se trasladó a su lugar de destino, a donde,
como sabemos, poco después llegaban Agripina y Cayo. Pero antes de tomar
las armas, el nuevo comandante consideró necesaria una reorganización de las
tropas. Hay que tener en cuenta que el desastre de Varo había diezmado los
efectivos del ejército del Rin, que exigían completarlo con nuevas levas, tanto
en los cuadros legionarios como en los cuerpos auxiliares. Los primeros se
nutrían de jóvenes reclutas enrolados en Roma e Italia, dotados del requisito
de ciudadanía romana; los auxiliares se reclutaban mediante alistamiento
obligatorio entre los pueblos sometidos a Roma que aún conservaban vivas
sus virtudes militares, organizados en unidades de infantería (cohortes) y de
caballería (alae), de quinientos o mil hombres, al mando de oficiales romanos

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(praefecti). Sus nombres delataban el grupo étnico que las había
proporcionado: astures, galaicos, tracios, sirios, retios…
La minuciosa labor de inspección de un ejército de tal envergadura —
ocho legiones repartidas en dos circunscripciones en la frontera septentrional
de la Galia, Germania Inferior, al norte, y Germania Superior, al sur—, así
como la exigencia de un concienzudo entrenamiento, en especial, para los
nuevos reclutas, a tenor de la complicada misión que les esperaba, consumió
los primeros meses de estancia de Germánico en su nuevo destino. Pero
también era competencia de su cargo, como gobernador de la Galia, en la
doble responsabilidad civil y militar de todo magistrado romano con
imperium, efectuar un viaje de inspección por la provincia a su cargo,
impartiendo justicia en distintos puntos de su circunscripción y cumpliendo
otros trabajos de administración, en concreto y en estas circunstancias,
realizar un censo de la población con vistas a la obtención de impuestos,
necesarios para el financiamiento de la costosa campaña proyectada.
Agripina, de nuevo encinta, se acostumbró a las incomodidades de la vida
de los campamentos, que prefirió al sosegado retiro de la retaguardia en
alguna de las localidades vecinas, y no obstante la prohibición expresa de
mujeres dentro de las instalaciones, superada con el correspondiente permiso
del emperador. Sin duda, había un propósito escondido en este proceder.
Agripina, con el pequeño Cayo de la mano, vestido con un minúsculo
uniforme de legionario, le exhibía por el recinto del campamento con la
intención de conmover la sensibilidad de los soldados y así aumentar la
popularidad de su marido. Y la tropa, efectivamente, terminó por adoptarlo
como mascota con el nombre de Calígula, el diminutivo del calzado
reglamentario del legionario, la caliga, consistente en una gruesa suela de
cuero claveteada, sujeta al pie y al tobillo por tiras de cuero. El populismo de
Agripina era manifiesto incluso en este detalle, al calzar a su hijo con la
sencilla sandalia gregaria frente al más cómodo calceus, que utilizaba la
oficialidad y que mantenía cerrado y protegido el pie hasta el tobillo.
Seguramente las experiencias de la primera infancia en los campamentos del
Rin fueron para Calígula el punto de partida de una estrecha vinculación con
el ejército, correspondida por los soldados con una sincera devoción por su
persona que duraría toda su vida. En cambio, el cariñoso remoquete de la
soldadesca le resultaría a Cayo, con el tiempo, molesto hasta la irritación,
quizás por parecerle poco respetuoso para quien llevaba sobre sus hombros el
peso del Imperio más extenso de la tierra. Pero, a su pesar, con él ha pasado a
la historia.

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El amotinamiento de las legiones del Rin

Pero la ambiciosa y compleja operación que Germánico preparaba hubo de


posponerse ante el imprevisto y acuciante problema que iba a verse obligado
a resolver: el amotinamiento de las legiones a su cargo.
Fue el detonante la noticia de la muerte de Augusto extendida entre la
tropa. En efecto, el 19 de agosto del año 14 moría en Nola, en la Campania, el
fundador del Imperio, y Tiberio ocupó su lugar. Mientras se decretaba la
divinidad del princeps muerto, el Divus Augustus, era llevado a cabo el
juramento de fidelidad de los cónsules a Tiberio, al que se unían el Senado,
los caballeros y el pueblo. Pero el traspaso de poderes en un régimen tan
inestable como el impuesto por Augusto no era tan sencillo. El meollo de la
cuestión estaba en la dificultad de transmitir hereditariamente el papel y la
posición que Augusto había concentrado en sus manos, basados en la
auctoritas, la combinación de nacimiento, estatus y virtudes personales, que
justificaban los poderes concedidos por el Senado y el pueblo. En
consecuencia, Tiberio necesitaba demostrar que, lo mismo que Augusto,
estaba en posesión de esa auctoritas y podía asumir tales poderes. Pero,
además, como resultado de la complicada política dinástica de Augusto,
Tiberio no era el único que podía aspirar a ser aclamado como princeps,
puesto que contaba con rivales que podían disputárselo, en concreto, los dos
hijos que se había visto obligado a adoptar: Agripa Póstumo y Germánico.
Pero el problema que Póstumo pudiera representar como rival quedó
eliminado de inmediato. El último vástago de Agripa se encontraba preso en
el islote de Planasia desde el año 7 d. C. bajo vigilancia militar. No bien
muerto Augusto, Póstumo perdía también la vida a manos del oficial al
mando de la guardia, que lo ejecutó después de recibir instrucciones por
escrito. La responsabilidad sobre el tremendo crimen posiblemente jamás
pueda ser aclarada, enredada entre un intrincado cúmulo de rumores y
acusaciones. Tácito, pese a todo, es tajante: «La primera fechoría del nuevo
principado fue el asesinato de Agripa Póstumo», acusando a Tiberio y Livia.
Y, todavía más, la muerte de Póstumo precipitó la de su hermana, Julia, que
había sido esposa de Tiberio. De forma cicatera, el exmarido anuló las
asignaciones con las que se mantenía en su destierro y dejó que se extinguiera
por inanición, a finales del mismo año 14 d. C. Pero Póstumo, incluso muerto,
no iba a dejar de crear al nuevo emperador quebraderos de cabeza. Un liberto
del joven asesinado, sin que sepamos las razones, suplantó su personalidad y
enardeció con su presencia y sus peroratas, primero, a la población de Ostia,

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y, luego, a la de la propia Roma. La perplejidad de Tiberio, reticente a acudir
a la guardia por miedo a que le abandonara para unirse al impostor, la
resolvería Salustio Crispo, un poco escrupuloso descendiente del gran escritor
republicano, al que se achacaba la responsabilidad de la muerte de Póstumo.
También sería el verdugo de su sosias: atraído a una trampa, fue hecho
desaparecer sin ruido.
Aún le quedaba a Tiberio, para poder asumir de pleno derecho el poder,
someterse a la sesión de investidura ante el Senado. Fue en esta ocasión
cuando salieron a la luz las contradicciones implícitas en el carácter del nuevo
princeps: tras los discursos de los cónsules, que proponían entregarle el
Principado, Tiberio reaccionó, en consonancia con su complejo de
inferioridad, rechazando la sucesión con buen número de pretextos: su edad
avanzada, su vista deficiente y las pesadas tareas que esperaban al princeps,
que solo un genio como el divino Augusto había podido resolver. Ante las
súplicas de los senadores, se ofreció a cargar con una parte de la
administración del Imperio y, finalmente, tras un tumultuoso y tenso debate,
en el que algún senador impaciente llegó a gritar: «¡Dejadle que lo tome o lo
deje!», Tiberio terminó por aceptar el Principado, a condición de poder
dimitir cuando lo desease y rechazando el nombre de Augusto. La sesión de
investidura no había resultado de acuerdo con los escondidos propósitos que
Tiberio albergaba: más que una aclamación, que intentó burdamente arrancar
entre reticencias y pretextos, como reconocimiento de una confianza pública
en su capacidad, en su auctoritas, resultó una simple aprobación de la moción
propuesta por los cónsules, conseguida tras una agotadora sesión de gestos
hipócritas y adulaciones. Había sido un mal principio. Las relaciones entre
princeps y Senado ya no dejarían de discurrir por estos inquietantes cauces.
Pero esta fallida comunicación con el Senado en la sesión de investidura
no iba a ser el único problema con el que habría de enfrentarse Tiberio en los
primeros meses de su reinado. Más grave fue la inquietante agitación que
estalló en los campamentos del Rin y el Danubio, donde se hallaba
estacionado más de un tercio del ejército romano, once legiones y las
correspondientes tropas auxiliares.
Las causas del motín parecían de carácter elemental: largo servicio,
recientemente extendido de dieciséis a veinte años, pobre soldada y difíciles
perspectivas de acomodo en la vida civil tras el licenciamiento. El cambio de
emperador y la situación insegura que ello creaba, parecían ofrecer a la tropa
una buena ocasión para hacer prevalecer sus reivindicaciones. El motín
comenzó en las tres legiones acantonadas en un campamento común en

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Panonia, la VIII, la IX y la XV. Los legionarios secuestraron al prefecto del
campamento, una especie de jefe de la policía militar, le cargaron a las
espaldas un fardo algo más pesado del que ellos mismos tenían que
transportar durante las marchas y le obligaron a caminar en círculo hasta caer
exhausto. La venganza fue mayor con uno de los centuriones más odiados, al
que llamaban de apodo «Dame otra», porque cada vez que rompía su vara en
la espalda de uno de sus soldados, pedía que se la cambiaran por otra nueva
hasta que se cansaba de golpear: lo lincharon y arrojaron su cuerpo exánime
fuera del campamento.
Tiberio creyó la situación lo suficientemente grave como para enviar a su
propio hijo Druso, acompañado de Lucio Elio Sejano, prefecto del pretorio,
con tropas escogidas. La fría acogida que dispensaron al enviado del princeps,
ante quien presentaron sus reivindicaciones, cambió cuando, a favor de un
eclipse de luna, que impresionó profundamente a las tropas, y de las promesas
de Druso de interceder ante su padre, decidieron reintegrarse a sus cuarteles.
La disciplina logró ser restablecida sin excesiva dificultad y Druso pudo
regresar a Roma.
No fue tan fácil, por el contrario, aplacar los ánimos de las tropas del Rin,
que, en dos ejércitos de cuatro legiones cada uno, comandadas por sendos
legados imperiales, Cayo Silio y Aulo Cécina, tenían como general en jefe a
Germánico.
Los disturbios comenzaron entre las cuatro legiones del ejército de
Germania Inferior, al mando de Aulo Cécina, que en ese momento se
encontraba estacionado en los campamentos de verano instalados en territorio
de los ubios, donde posteriormente se levantaría la ciudad de Colonia. Fueron
las legiones XXI y V las primeras que se amotinaron, arrastrando a las otras
dos, la I y la XX. Al tener conocimiento de la muerte de Augusto, los reclutas
más jóvenes, recién llegados de Roma para completar las bajas sufridas en los
cuadros de las unidades legionarias, calentaron los ánimos de los veteranos
instándoles a exigir el licenciamiento y aumentos de la soldada. Todos
estaban de acuerdo en que la disciplina era excesiva y no tardaron en
descargar su ira contra los responsables inmediatos de mantenerla, los odiados
centuriones, a los que dieron caza, y, tras apalearlos, muchos de ellos hasta la
muerte, arrojaron sus cuerpos fuera de las empalizadas o a la corriente del
Rin. Los propios soldados, rotos los últimos vestigios de disciplina, se
pusieron de acuerdo en turnarse en las guardias, sin tener en cuenta a los
suboficiales y oficiales.

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Germánico, al tener noticia de los graves incidentes, interrumpió su viaje
por la Galia y, tras prestar solemnemente juramento de fidelidad a Tiberio y
hacérselo prestar a las comunidades de los secuanos y de los belgas, donde en
ese momento se encontraba, se dirigió de inmediato a los campamentos de los
revoltosos. Los soldados estaban esperando fuera del recinto del campamento
la llegada de su general en jefe y, una vez reunidos dentro, comenzaron a
exponer a un tiempo y tumultuosamente sus quejas, enseñándole sus bocas
desdentadas y sus cuerpos castigados por los trabajos y la vejez.
Germánico intentó restablecer la disciplina ordenándoles formar con las
enseñas al frente y, aunque con desgana, los soldados obedecieron. El
discurso convencional que dirigió a la tropa —recordando la memoria de
Augusto, las victorias que Tiberio había alcanzado en Germania con esas
mismas legiones, la unidad de Italia y la fidelidad de las Galias al nuevo
príncipe— fue escuchado en silencio, pero al tocar el tema de la quebrantada
disciplina y preguntar por el paradero de oficiales y suboficiales, se desató el
tumulto. Los soldados se desnudaron para mostrar mejor las cicatrices de las
heridas y golpes y le expresaron sus quejas: la dureza de los innumerables
trabajos, la escasez de la soldada y el retraso en los licenciamientos. Las
peticiones fueron subiendo de tono para terminar exigiendo que se les pagara
de inmediato el legado dejado por Augusto en su testamento e instando a
Germánico a hacerse dueño del Imperio. Indignado, el comandante abandonó
la tribuna desde la que se había dirigido a las tropas y, rodeado por los
exaltados soldados, sacó su espada y apuntándola al pecho gritó que prefería
morir antes que faltar a su fidelidad para con Tiberio. El teatral gesto no surtió
el efecto esperado. Los propios soldados, arremolinados en torno a él, le
animaron a hacerlo e incluso uno de ellos le ofreció su espada arguyendo que
tenía mejor punta. Al final, los miembros de su estado mayor consiguieron
sacarle de la apretada masa y le escoltaron hasta su tienda, donde se tomó la
decisión de transigir ante los graves peligros que podía entrañar la extensión
de la rebelión: en un documento falsificado con la firma del emperador se
prometía la licencia a los que hubiesen servido veinte años y descarga de
trabajos de campo a aquellos con más de dieciséis, así como la garantía de
que recibirían dobladas las sumas del legado de Augusto cuando regresaran a
los campamentos de invierno. Los soldados, sin embargo, no se dejaron
engañar y exigieron el inmediato cumplimiento de las promesas pecuniarias.
A duras penas, Germánico reunió las sumas requeridas con préstamos de sus
amigos y de su propio bolsillo y consiguió así que los soldados se
reintegrasen a los campamentos de invierno, en Colonia, conducidos por el

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legado Cécina. A continuación, se dirigió a la zona de Maguncia, donde
acampaba el ejército de Germania Superior, y allí recibió el juramento de
fidelidad de los soldados, a los que también se les pagaron las mandas
prometidas.
Pero el peligro no había pasado. De regreso a Colonia, para reunirse con
Agripina y Calígula, le esperaba a Germánico una comisión del Senado para
comunicarle que, a petición de Tiberio, la Cámara le había otorgado amplios
poderes militares con vistas a la conquista de Germania. Los soldados de la I
y la XX, que allí acampaban, pensaron que la misión de los embajadores no
era otra que revocar las ventajas conseguidas recientemente por la fuerza y, en
plena noche, se amotinaron, dirigiéndose a la morada de Germánico y
arrebatándole el guión de mando. Luego se tropezaron con los miembros de la
comisión senatorial, que habían salido al oír el tumulto, les increparon
violentamente y les amenazaron de muerte; su presidente, Munacio Planco,
hubo incluso de acogerse al recinto sagrado donde se custodiaban las águilas
para escapar al linchamiento, protegido por uno de los portaestandartes.
Llegado el día, Germánico logró a duras penas restablecer la calma,
asegurando que los embajadores no habían venido a revocar los beneficios
obtenidos y logró sacarlos del campamento protegidos por una escolta de
caballería.
Los consejeros de Germánico, en vista de los fracasos cosechados por su
comandante con su política de concesiones, le echaron en cara su blandura, al
tiempo que le instaban a abandonar el campamento y buscar en las legiones
fieles de Maguncia la fuerza necesaria para someter a los rebeldes de
Germania Inferior. Finalmente, lograron convencerle de que, por lo menos,
sacara del campamento a su mujer y a su hijo para buscar refugio en el
territorio belga de los tréveros (la región de Tréveris, en el Mosela), donde su
seguridad estaba garantizada. Así lo relata Tácito:

En aquella situación de alarma todos reprochaban a Germánico que


no marchara al ejército superior, donde había disciplina y refuerzos
contra los rebeldes: bastante y demasiado se había pecado ya con el
licenciamiento y las medidas blandas. Y si él no valoraba su vida —
decían—, ¿por qué tenía a su hijo pequeño, por qué a su esposa encinta
entre aquellos dementes y violadores de todo derecho humano? Que al
menos los restituyera a su abuelo y al Estado. Dudó durante mucho
tiempo, pues su mujer se negaba a marchar, protestando que era
descendiente del divino Augusto y que ante los peligros no se
mostraría una degenerada. Al final, abrazando con gran llanto su seno

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y al hijo común, logró convencerla de que partiera. Allá marchaba el
triste cortejo de mujeres: la esposa del general convertida en fugitiva,
llevando en brazos a su hijo pequeño; en torno a ella las esposas de los
amigos, a quienes se obligaba a seguir el mismo camino; y no era
menor la tristeza de los que se quedaban… los gemidos y los llantos
atrajeron incluso los oídos y miradas de los soldados… Empezaron
entonces a sentir vergüenza y lástima, a recordar a su padre Agripa, a
su abuelo Augusto, a su suegro Druso; la insigne fecundidad de la
propia Agripina, su castidad resplandeciente; luego, aquel niño nacido
en el campamento, criado en la camaradería de las legiones, a quien le
habían dado el nombre de Calígula porque casi siempre se ponía ese
calzado para hacerlo simpático a la tropa. Pero nada influyó tanto en su
cambio de ánimo como su envidia por los tréveros. Le suplican, se
plantan ante ella, le piden que vuelva, que se quede, rodeando unos a
Agripina y volviendo los más al lado de Germánico.

Germánico aprovechó el impacto causado por la escena para reprochar a


los soldados en un vibrante discurso, que Tácito nos ha conservado y que
durante mucho tiempo fue incluido entre las enseñanzas escolares, su indigno
proceder, dirigiéndose a ellos como ciudadanos y buscando con sus palabras
el diálogo y la persuasión. El efecto buscado se logró, y así Germánico volvió
a recuperar el control de las dos legiones de Colonia, la I y la XX. No
obstante y teniendo en cuenta el estado avanzado de gravidez de Agripina,
excusó su permanencia en el campamento, aunque sí permitió que el pequeño
Calígula se quedara. Dejó a continuación que los propios soldados se
convirtieran en jueces de los cabecillas de la sedición, y a los que fueron
considerados culpables se les condenó a muerte. Es probable que el propio
Calígula contemplara los ajusticiamientos y, aunque la edad no le permitiría
recordar los acontecimientos, sin duda oiría con gusto en el entorno familiar
el relato de su participación como protagonista en esta grave crisis militar y
política.
Era preciso ahora recuperar la fidelidad de las otras dos legiones del Rin
inferior, la V y la XXI, acuarteladas en Castra Vetera (Xanten), a veinte
kilómetros de distancia. No fue necesario tomar medidas. Mientras
Germánico se acercaba al campamento, los propios soldados imitaron a sus
conmilitones de Colonia y degollaron a los cabecillas de la rebelión.
No podía evitarse que Tiberio comparara las respectivas actuaciones de
Druso y Germánico. Y tampoco que reprochara a su hijo adoptivo haber
puesto en peligro, con su falta de autoridad y sus concesiones, la propia

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estabilidad de las fronteras septentrionales del Imperio. Si las relaciones entre
el princeps y Germánico resultaron resentidas con estos hechos, tampoco
quedaría sin consecuencias el modo en que Tiberio había resuelto el conflicto,
al ser acusado en Roma de haberse servido de dos jóvenes para reprimir el
levantamiento en lugar de arriesgarse a intervenir con su autoridad
personalmente.

Las campañas en Germania

Para Germánico lo más importante tras el penoso incidente era levantar la


moral de la tropa. Y qué mejor remedio que conducir al ejército contra el
enemigo en una campaña relámpago de fácil éxito. En el otoño del año 14,
con doce mil legionarios y otros tantos auxiliares de infantería y caballería,
Germánico cruzó el Rin y se dirigió a territorio de los marsos, una pequeña
tribu entre el Ruhr y el Lippe. Habían formado parte de la coalición tribal,
guiada por Arminio, que destruyó en el bosque de Teotoburgo las tres
legiones de Varo, por lo que estaba justificada para el comandante romano la
venganza.
Los desprevenidos marsos, que estaban celebrando la fiesta de su diosa
Tanfana, en buena parte ebrios, no estaban en condiciones de reaccionar al
ataque sorpresa de los romanos y fueron masacrados. De creer a Tácito, un
área de más de cien kilómetros cuadrados fue arrasada a sangre y fuego, «ni el
sexo ni la edad fueron motivo de compasión». La tardía reacción de las tribus
vecinas, que se emboscaron para atacar a los romanos en el camino de
regreso, no surtió el efecto esperado y, tras una breve escaramuza, el ejército
regresó incólume a los campamentos de Colonia y Xanten. Esta simple
operación de propaganda le reportaría a su comandante los máximos honores
militares, la concesión de un triunfo, que habría de celebrarse cuando
regresara a Roma.
Con la disciplina restablecida, la moral alta y el honor lavado, había
llegado el tan esperado momento de la conquista de Germania hasta el Elba,
objetivo que, como veremos, sería considerado por Calígula, pasados los
años, como un legado familiar irrenunciable, último eslabón de la cadena
iniciada por su abuelo Druso y continuada por su padre. Parece, por ello,
pertinente dedicar a las campañas de Germánico de los años 15 y 16 una más
detenida atención. Aunque adelantemos que los costosos esfuerzos bélicos de
estos dos años serían estériles. Concebidas como intentos veleidosos sin
auténticos objetivos políticos o estratégicos, las victorias conseguidas,

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simples operaciones de imagen, no lograrían su propósito de transformar la
Germania libre en provincia romana: el Rin permanecería para siempre como
frontera noroccidental de Roma y Alemania nunca sería romanizada.
Con casi la cuarta parte del ejército romano, unos cuarenta mil soldados, y
recursos ilimitados, Germánico inició en la primavera del año 15 la primera
de las dos campañas al otro lado del Rin. El objetivo, más ambicioso que el
precedente del otoño anterior, consistía en vencer por separado a las tribus,
que, coaligadas, bajo la guía de Arminio, habían llevado sobre sus espaldas la
resistencia contra el invasor romano: queruscos, brúcteros y catos. Germánico
contaba en territorio enemigo con un precioso aliado, el jefe querusco
Segestes, que odiaba a Arminio por haber raptado a su hija Thusnelda,
prometida a otro jefe germano.
Germánico se lanzó en primer lugar contra los catos, a lo largo del curso
superior del río Weser, en la región central y septentrional de Hesse, cuyo
centro principal fue destruido tras una despiadada masacre, similar a la
sufrida el otoño anterior por los marsos. De regreso al campamento, recibió
Germánico a Segestes, que, acompañado de uno de sus hijos y de Thusnelda,
encinta de Arminio, solicitaba protección contra la ira de su pueblo. En
efecto, Arminio, furioso, había logrado aunar de nuevo a las tribus en su odio
contra Roma.
La posición de Germánico se veía ahora amenazada, pero, en una
operación combinada con su legado Cécina, se aprestó a deshacer la coalición
de tribus atacando el territorio de la más poderosa de ellas, la de los brúcteros,
extendidos entre el Lippe y el Ems, al sur del bosque de Teotoburgo. En una
de las primeras escaramuzas fue rescatada una de las tres águilas de oro —la
de la legión XIX— perdidas por Varo. Por lo demás, el ataque fue un éxito y
permitió llegar al ejército victorioso hasta los restos del campamento de Varo,
destruido seis años antes, donde yacían desperdigados los huesos
blanquecinos de los soldados muertos en la masacre, mezclados con trozos de
armas, restos de caballos e incluso varias cabezas clavadas en los troncos de
los árboles. Piadosamente, ordenó dar sepultura a los cadáveres y levantó un
túmulo, que los germanos poco después destruyeron.
Al parecer, no satisfizo a Tiberio el proceder de su hijo adoptivo, por el
temor de que la visión de los restos del desastre pudiera desmoralizar a las
tropas y porque el propio Germánico, ungido por su cargo con los ritos
sagrados del augurio[2], no debería haberse contaminado con la
contemplación y el roce de objetos fúnebres.

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Germánico, por su parte, enfebrecido por la reciente victoria y por la rabia
de la venganza, siguió avanzando por territorio enemigo para meterse en una
emboscada preparada por Arminio, de la que solo a duras penas consiguió
escapar. Finalmente, dando por terminada la campaña, hizo regresar a sus
tropas por tierra y mar, divididas en tres cuerpos, a los campamentos de
invierno. Uno de ellos, el que mandaba el legado Cécina, atrapado en un
terreno pantanoso, estuvo a punto de ser aniquilado por los hombres de
Arminio y únicamente la pericia y la sangre fría del legado consiguieron
conjurar la emboscada y permitieron que las tropas pudieran regresar a sus
cuarteles.
Pero en el campamento de Vetera se había extendido la noticia de la
apurada situación de parte del ejército, con la consiguiente amenaza de una
invasión germana en territorio romano. El miedo empujó a los soldados a
destruir el puente sobre el Rin para estorbarla, sin pararse a considerar que,
con ello, impedían que sus compañeros, de regreso, ganaran de nuevo las
posiciones romanas al otro lado del río. Fue Agripina, con el coraje que la
caracterizaba, quien, en ausencia de su marido y arrogándose las
responsabilidades de un general, salvó la situación, logrando que el puente
quedase expedito. Más aún, a pie sobre la entrada del puente, con el pequeño
Calígula a su lado, fue recibiendo a los soldados, distribuyéndoles ropa,
remedios para sus heridas, alabanzas y palabras de aliento y de gratitud.
Tampoco en este caso recibió Tiberio la noticia del heroico proceder de su
sobrina con demasiado entusiasmo, como relata Tácito:

No le parecían naturales aquellos cuidados, ni que buscase ganarse


los ánimos de los soldados contra los extranjeros. Nada les quedaba a
los generales —decía— una vez que una mujer revistaba las tropas, se
acercaba a las enseñas, intentaba liberalidades; y, luego, como
queriendo aparentar modestia, llevaba al hijo de un general con
atuendo de soldado y permitía que a un César se le llamara Calígula.
Más poder iba ya a tener ante los ejércitos Agripina que los legados o
los propios generales; una mujer había reprimido una sedición ante la
cual nada había podido el nombre del príncipe.

No tuvo mejor fortuna el segundo de los tres cuerpos que regresaba de la


campaña, con las legiones II y XIV, comandadas por Publio Vitelio:
sorprendidas las fuerzas por una espantosa tormenta, que se cebó sobre
hombres, caballerías y bagajes, solo a duras penas lograron reunirse con el
tercer cuerpo, que había transportado por mar el propio Germánico. No

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obstante, la campaña fue considerada en Roma victoriosa y, en consonancia,
se concedieron los honores del triunfo a sus comandantes. Si Tiberio
pretendía satisfacer el orgullo de su sobrino con esta invitación encubierta a
regresar a Roma para disfrutar los honores de la procesión triunfal, no tardaría
en descubrir su equivocación, porque Germánico tenía demasiado orgullo
para contentarse con una victoria solo aparente y, en consecuencia, ignorando
el deseo implícito del emperador para que regresase, ordenó una segunda
invasión.
La campaña del 15 había descubierto debilidades palmarias en el ejército
invasor, en especial, con respecto al transporte de la impedimenta. No era
difícil vencer a los germanos en campo abierto, teniendo en cuenta la absoluta
superioridad de las tácticas y armas romanas, pero las largas caminatas en
columna por terrenos, en parte boscosos, en parte pantanosos, se prestaban a
las emboscadas, donde los germanos eran maestros y donde contaban como
aliados con el rudo clima. Aprovechando las experiencias de su padre Druso y
la posibilidad de utilizar el mar del Norte, entre las desembocaduras del Rin y
el Elba, para desembarcar, a lo largo de los estuarios de los numerosos ríos,
soldados, armas, abastecimientos y caballos, podían ahorrarse una buena
cantidad de marchas terrestres peligrosas y prolongadas. Así, el invierno del
año 15 se invirtió en la construcción de una gigantesca flota de un millar de
unidades con distintos tipos de barcos, adaptados a las distintas necesidades
de transporte del ejército.
En la primavera del 16, se dio inicio a la campaña con el transporte de las
tropas por mar hasta la desembocadura del Ems. Es un misterio por qué, si
Germánico pretendía avanzar hacia el este, desembarcó su ejército en la orilla
izquierda del río, lo que le obligó a perder varios días en la construcción de
puentes con los que superar el obstáculo fluvial, circunstancia que hubo de
repetirse al alcanzar el Weser, límite occidental de los queruscos, en cuya
orilla derecha aguardaba Arminio con las fuerzas coaligadas de varias tribus
germanas. El jefe germano cometió la torpeza de aceptar batalla en terreno
favorable a los romanos, la llanura de Idasavisto, donde podían desplegar sus
superiores tácticas, y, en una batalla que se prolongó desde las once de la
mañana hasta el anochecer, fue rotundamente vencido. Tiberio fue aclamado
imperator por los soldados y se levantó un trofeo con los nombres de los
pueblos vencidos. Los cadáveres y las armas de los caídos en la matanza
quedaron desperdigados en un radio de quince kilómetros.
Arminio, en lugar de retirarse al otro lado del Elba, deseoso del desquite,
trató de atraer a los romanos a una emboscada, pero, descubierta la estrategia

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por Germánico, se anticipó a sus intenciones y logró empujar al enemigo a un
terreno cerrado con un gran lago a las espaldas. Obligado a aceptar una
batalla campal, Arminio no tenía ninguna posibilidad de vencer. En medio de
la refriega, Germánico, para hacerse reconocer mejor, se había quitado el
casco y les gritaba a sus soldados que no hicieran prisioneros; que solo el
exterminio de aquella gente pondría fin a la guerra. Tras la victoria, un nuevo
trofeo fue levantado en el lugar de la batalla, con una inscripción en la que se
leía que, tras derrotar a las naciones entre el Rin y el Elba, el ejército de
Tiberio César había consagrado aquel monumento a Marte, a Júpiter y a
Augusto.
Pero el que había sido aliado al comienzo de la campaña se tornó en
enemigo a su término. Teniendo en cuenta lo avanzado del verano,
Germánico decidió no aventurarse hasta el Elba, límite de sus ambiciones de
conquista, y decidió devolver las tropas a los acuartelamientos del Rin. La
mayor parte de los soldados fueron embarcados en las orillas del Ems y río
abajo alcanzaron mar abierto. Entonces, sobrevino la catástrofe. Una
gigantesca tormenta se abatió sobre la armada y deshizo la mayoría de las
naves, muchas de las cuales desaparecieron para siempre en el mar. No así la
de Germánico, que logró desembarcar y, tras reunir los restos del naufragio,
envió a las naves supervivientes al rescate de los náufragos, algunos de ellos
arrastrados, al decir de Tácito, hasta las costas de Britania.
No se produciría una tercera campaña. Tiberio reclamó a Germánico a
Roma, en esta ocasión, de manera explícita, fundamentando su orden con
halagos y pretextos: las brillantes victorias, pero también los graves daños
causados por los elementos; la conveniencia de dejar que fueran los germanos
los que se destruyesen entre sí; su propia experiencia en Germania durante
nueve años, en la que había conseguido más con la diplomacia que con la
fuerza… En vano pidió Germánico otro año de prórroga. Para hacerle
definitivamente cambiar de opinión, el emperador le ofreció un segundo
consulado, lo que exigía su regreso a Roma, al tiempo que le instaba a dejar a
Druso, el hijo de Tiberio y su hermano por adopción, en caso de nuevas
guerras, la posibilidad de adquirir prestigio y gloria en el frente del Rin.
Germánico hubo, en fin, de volver a Roma, con sus hijos Calígula y
Agripina, nacida en el campamento de Colonia, y con la orgullosa y
ambiciosa esposa, que no perdonó a Tiberio lo que para ella era claramente un
intento de escamotear a su marido la gloria, contraviniendo la voluntad del
propio Augusto, que había confiado expresamente la misión en Germania a su
marido.

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Calígula tenía cuatro años cuando abandonó el Rin. Apenas sabemos de
su vida en los campamentos, pero es evidente que Agripina le recordaría una
y otra vez las hazañas de su padre, inculcando en su espíritu infantil la
conciencia y el orgullo de su linaje. Como se ha dicho antes, Germania se
grabó como una huella mágica en lo íntimo de su ser, y la nostalgia de la vida
en los campamentos, en gran parte recreada artificialmente por estos relatos,
le acompañaría el resto de su vida. También es cierto que allí conoció a
muchos de los personajes que jugarían papeles importantes durante su corto
reinado: el que sería uno de los jefes de la guardia pretoriana y su asesino,
Casio Querea, por entonces un joven centurión que logró escapar al
linchamiento del motín en el Rin a golpe de espada; los legados de su padre,
los consulares Aulo Cécina y Cayo Silio, que recibieron los honores del
triunfo tras la campaña del año 15; Lucio Apronio, distinguido en la campaña
contra Arminio, que compartió con ellos el mismo galardón; Publio Vitelio,
Sejo Tuberón y tantos otros.
Pero indudablemente el recuerdo más indeleble de esta etapa sería la
jornada del triunfo de Germánico sobre queruscos, catos y demás tribus
germanas al oeste del Elba. Se celebró el 26 de mayo del año 17, con la vieja
pompa acostumbrada. La espectacular ceremonia consistía en un desfile
militar, que recorría un itinerario previsto, desde el Campo de Marte, donde
aguardaban formadas las tropas, fuera de las murallas de Roma, hasta el
templo de Júpiter Capitolino, a través de la vía Sacra y el Foro romano. Las
calles y plazas por donde discurría el cortejo estaban adornadas con
guirnaldas, en las que se apelotonaba la multitud para vitorear al triunfador y
disfrutar del espectáculo. Abrían el cortejo, como siempre, los magistrados en
ejercicio con los cónsules a la cabeza —en esta ocasión, Cayo Celio y Lucio
Pomponio— y los miembros del Senado. A continuación, en carros y
angarillas, se exhibía el botín capturado al enemigo, con imágenes, en grandes
pinturas y maquetas, de montes, ríos y batallas, y el cortejo de cautivos, entre
los que destacaba la patética figura de la desgraciada Thusnelda, con el hijo
de Arminio en los brazos. Seguían las víctimas que se iban a sacrificar en el
Capitolio, la ceremonia esencial del triunfo, toros blancos, a los que se les
doraba los cuernos entrelazados con guirnaldas. Precedido de los lictores[3],
con los fasces al hombro, seguía el triunfador, de pie sobre una cuadriga
dorada tirada por caballos blancos, envuelto en una capa color púrpura
ribeteada de oro, con las manos y el rostro pintados de rojo, sosteniendo un
cetro de oro en la mano derecha, mientras apretaba en la izquierda una rama
de olivo, como imagen viviente de Júpiter Capitolino. A su espalda, un

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esclavo sostenía sobre su cabeza una corona de laurel mientras repetía una y
otra vez la frase «mira hacia atrás y recuerda que solo eres un hombre».
Germánico no iba solo en el carro triunfal. Le acompañaban sus cinco hijos y,
entre ellos, el pequeño Calígula, a punto de cumplir los cinco años de edad. El
ejército vencedor, con los oficiales al frente, cerraba el cortejo, gritando «io
triumphe!» y celebrando con cánticos las glorias del general. Llegados al
Capitolio, Germánico ascendió las escaleras del templo y depositó la corona
de laurel ante la imagen de Júpiter Óptimo Máximo para inmolar a
continuación las víctimas conducidas en el desfile.
Tiberio, con ocasión del triunfo, donó a la plebe en nombre de su hijo
adoptivo trescientos sestercios[4] por cabeza. Como homenaje adicional y,
según lo prometido, fue designado cónsul para el año siguiente, con el propio
Tiberio como colega.
Es más que dudoso que la magnificencia del triunfo correpondiese tanto a
las expectativas como a los resultados reales de la campaña, y mucho más si
tenemos en cuenta el desproporcionado despliegue militar con la participación
de, al menos, cuarenta mil combatientes. Sin duda, los resultados eran
bastante modestos. Es cierto que las dos victorias del año 16 habían debilitado
a las tribus germanas hostiles a Roma, aligerando la presión sobre la frontera
del Rin, pero entre este río y el Elba no había quedado ninguna estructura
estable que permitiera sostener la conquista y fomentar la transformación del
territorio en provincia romana. El Rin, pues, seguiría siendo como antes y
para siempre el límite septentrional del Imperio.
A pesar de todo, la popularidad de Germánico no se resintió por estos
pobres resultados. Años después, en su funeral, sería comparado con
Alejandro Magno y, según Suetonio, cada vez que aparecía ante el pueblo «la
inmensa multitud se precipitaba a recibirle, haciéndole correr más de una vez
peligro de muerte». Estas muestras de fervor se repitieron a su regreso de
Germania, cuando, según la misma fuente, «salieron a recibirle todas las
cohortes pretorianas y los habitantes de todo sexo, edad y condición llenaron
el camino hasta veinte millas de Roma». La devoción, claro está, se extendía
a los miembros de su familia y era muestra de la exaltada posición en que se
la tenía dentro de la jerarquía social romana.
Qué duda cabe que la procesión triunfal hubo de dejar una gran impresión
en el joven Calígula, especialmente desde el privilegiado lugar en que la
vivió, subido al carro triunfal de su padre. La celebración del triunfo no era
solo un acontecimiento grandioso, sino también emocional, especialmente en
este caso, al estar arropado por el fervor de la multitud. Y esta celebración

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hubo de crear un impacto duradero en Cayo, añadido a la conciencia de su
elevada posición dentro de la sociedad romana. A través de su directa
participación en el desfile, fue tomando cuerpo la percepción de su futuro
político, social y militar, si no para otra cosa, para revalidar al menos los
éxitos paternos, aunque también como fuente de emulación para un hipotético
destino a la cabeza del Imperio, que documentos como la llamada Gemma
Augustea o el Gran Camafeo de Francia ilustran. La primera, elaborada
todavía en vida de Augusto, muestra en la parte superior al princeps, con
cetro y águila en la mano, como Júpiter, sentado en el trono junto a la diosa
Roma, observando a Tiberio al descender del carro de la victoria,
acompañado de Germánico. Augusto, Tiberio, Germánico… y, por supuesto,
sus hijos, como garantía de continuidad dinástica.
Pero todavía es más explícito el Gran Camafeo, tallado seguramente en el
mismo año 17. Elaborado en ágata y el más grande en su especie, con treinta
y un centímetros de alto y veintiséis y medio de ancho, se conserva en el
Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional de París. Aunque no exento
de problemas en la interpretación de algunas de las figuras que contiene, su
fin es claro: afirmar la continuidad y la legitimidad dinástica de los Julio-
Claudios como soberanos del Imperio romano, con ocasión de la recepción de
Germánico por Tiberio tras sus victorias en Germania. En la parte superior, se
sitúan los muertos: Augusto, como figura central, y Druso, el hermano de
Tiberio, a su lado, laureado y con ropa militar. El registro central lo ocupa el
mundo de los vivos: el emperador y sus posibles descendientes y herederos.
En el centro, con los atributos de Júpiter, aparece Tiberio sentado,
acompañado de su madre, Livia, que reciben al victorioso Germánico.
Enfrente, contemplando la escena, Druso, el hijo de Tiberio y, al lado de
Germánico, el joven Cayo Calígula, con su acostumbrada indumentaria
militar. La parte inferior muestra de forma alegórica la victoria sobre los más
peligrosos enemigos externos de Roma, los germanos y los partos,
representados como un grupo de cautivos.
La estancia de Cayo en Roma, tras su regreso de Germania, le enfrentaría
con una vida muy distinta: la dureza y sobriedad de los campamentos iban a
verse sustituidos por un nuevo mundo de lujo y comodidades, de halagos y
obsequios, como pequeño príncipe de la domus imperial y quinto titular en la
línea de sucesión. Pero se iba a tratar de un breve intervalo. Apenas ocho
meses después era obligado a abandonar la capital con sus padres, en un largo
periplo por Oriente.

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Germánico en Oriente

La frontera oriental romana, de Asia Menor a Egipto, estaba mediatizada por


las relaciones con un secular enemigo de Roma, el reino parto, extendido al
otro lado del Éufrates. De ahí la compleja construcción política de la zona, en
la que se alternaba el dominio directo con un determinado número de estados-
clientes. La provincia de Siria, los reinos de Judea y Comagene y un cierto
número de principados árabes del desierto (Palmira, Abila, Emesa), bajo
influencia y control romanos, formaban el frente sur contra el poderoso rival.
En el norte, en Asia Menor, la rica provincia de Asia estaba flanqueada por
una serie de estados-clientes —Licia, Cilicia, Paflagonia y Galacia—,
separados del Imperio parto por estados-tapón, también clientes de Roma:
Capadocia, la Armenia Menor y el Ponto. Todavía más al norte, el reino del
Bósforo Cimerio era también vasallo de Roma.
Ante la amenaza parta, el fortalecimiento militar de la provincia de Siria
se convirtió en vital, como eje de la defensa de la frontera oriental. En el norte
de la provincia, fueron estacionadas cuatro legiones, en posiciones que
permitieran su fácil concentración y envío a cualquier dirección desde el
cuartel general de Antioquía. La defensa del resto del territorio romano contra
los ataques de los beduinos del desierto fue confiada a los estados vasallos de
Emesa e Iturea, cuyos territorios se extendían hasta los confines del reino de
Herodes. Tras la muerte del soberano, Augusto dividió el reino entre sus tres
hijos, Arquelao, Herodes Antipas y Filipo, pero poco después Arquelao fue
depuesto y sus dominios se convirtieron en la nueva provincia de Judea,
confiada a un procurador[5], dependiente del gobernador de Siria.
No obstante, la principal fuente de preocupación era el pequeño y
montañoso país armenio, que, por su propia geografía, estaba destinado a
encontrarse bajo la influencia efectiva de Roma o Partia. Aunque su cultura
era irania, Roma no dejó de reivindicar su influencia, y estas pretensiones de
soberanía fueron lógicamente consideradas por Partia como una intromisión
abusiva en sus dominios. Las dos posibles soluciones al problema armenio
pasaban por anexionar la región o abandonarla a los partos, estableciendo al
mismo tiempo un cordón fronterizo efectivo. Ninguna de ambas era
satisfactoria: la primera suponía como paso previo la incorporación de todos
los estados vasallos de Asia Menor, en su mayor parte aún no maduros para la
anexión; la segunda significaba una pérdida de prestigio y, por consiguiente,
estaba descartada. Solo quedaba la inestable salida de lograr el
reconocimiento de una soberanía romana por parte de Armenia, a medio

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camino entre el estado-cliente y la independencia. El problema era la propia
inestabilidad del país, con sus continuos magnicidios, usurpaciones y
entronizaciones, apoyadas por Partia o por Roma.
A la subida al trono de Tiberio, no contaba con un soberano reconocido.
El rey Vonones de Partia, expulsado del trono por Artabanes III, se había
refugiado en Armenia, donde una parte de la nobleza lo había reconocido
como soberano. Artabanes amenazó con la guerra y Tiberio, que no confiaba
en exceso en el expulsado monarca, lo internó en Antioquía.
Capadocia también se encontraba sin monarca. El rey Arquelao,
sospechoso a Tiberio, había sido llamado a Roma para responder ante el
Senado de supuestas actividades subversivas y, sin que se conozca el
resultado de la causa, había muerto poco después, en el 17. Otros dos reyes
vasallos habían desaparecido hacia el mismo período: Antíoco III de
Comagene y Filopátor de Cilicia. Y todavía habría que añadir la inquietud de
las provincias romanas de Siria y Judea, que clamaban por una reducción de
los tributos.
La situación, pues, era lo suficientemente compleja para aconsejar a
Tiberio a utilizar los servicios de Germánico, cuyas dotes diplomáticas
estaban fuera de toda duda, con la misión de racionalizar la sistematización de
la zona y, sobre todo, solventar del modo más favorable para los intereses
romanos la cuestión de Armenia. Tiberio consideró que el tema era digno de
ser discutido en el Senado, al que se dirigió para justificar la elección de
Germánico y para que se le confirieran los poderes precisos para cumplir la
misión con eficacia: un imperium proconsulare superior al de cualquier otro
gobernador sobre todas las provincias del Mediterráneo oriental. Por la misma
época, también Druso, el hijo de Tiberio, más joven que Germánico, había
sido enviado a Iliria, a la costa adriática, para entrenarse allí en la vida militar
y atar lazos más estrechos con el ejército, como parte integrante de su
educación de príncipe, lejos de la molicie de la corte. Mantenía con
Germánico auténticos lazos de afecto, más allá de su condición de hermanos
de adopción y de cuñados —Druso estaba casado con Livila, la hermana de
Germánico—, y a pesar de las explicables tomas de partido que su condición
de príncipes herederos generaba en su más íntimo entorno: a las preferencias
de un grupo por Druso, como hijo de sangre de Tiberio, oponían los
partidarios de Germánico su ilustre linaje, que, por línea materna, descendía
de Marco Antonio y del propio Augusto.
Germánico aceptó la misión con entusiasmo: interesado sinceramente por
la cultura griega, se le ofrecía la oportunidad de conocer personalmente el

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espacio al que había estado tan ligado uno de sus abuelos, Marco Antonio.
Investido con amplios poderes, consciente de la importancia de su misión y
atraído por la fascinación del Oriente, la misión prometía convertirse en una
experiencia inolvidable. Y quiso compartirla con Agripina, como sabemos,
una vez más encinta, y con el menor de sus hijos varones, Cayo Calígula, a
quien se consideraba especialmente ligada, después de haberlo tenido también
a su lado en la etapa germana.
Pero una amenaza ominosa se iba a cerner sobre lo que tenía toda la
apariencia de convertirse en un paseo triunfal. Fue Tiberio el responsable de
activarla, no sabemos si movido por su excesiva prudencia o, como denuncian
las fuentes, por simple desconfianza hacia su sobrino. El caso es que, a raíz
del proyectado viaje, sustituyó al gobernador de Siria, Crético Silano, con
quien Germánico mantenía una estrecha amistad —su hijo mayor, Nerón, se
había prometido a la hija de Silano—, por Cneo Calpurnio Pisón, un miembro
de la vieja nobleza, pagado de sí mismo y de su linaje, terco, violento y
arrogante, que tenía en su esposa, Plancina, íntima amiga de Livia, la madre
de Tiberio, una exacta réplica de su propio carácter. El papel del gobernador
de Siria, como máxima autoridad de la zona en la que Germánico debía
desplegar sus dotes diplomáticas, era esencial para el éxito de la misión. Y
Tiberio, seguramente, quiso poner, como contrapeso a la juventud de su
sobrino, la experiencia de un hombre maduro, que, llegado el caso, contara
con la suficiente autoridad como para frenar el uso imprudente o excesivo de
los desorbitados poderes con que Germánico había sido investido. Corrió el
rumor incluso de que el propio Tiberio había dado órdenes secretas a Pisón
para que lo vigilase.
En todo caso, Germánico, como se ha dicho, con su mujer y el joven
Calígula, partió de Roma en el otoño del año 17 para el largo viaje que había
de llevarlo hasta los confines orientales del Imperio. Sin prisas y deseoso de
disfrutar de los muchos atractivos que ofrecía el trayecto, decidió prolongarlo.
Y así, en lugar de partir de Ostia, el puerto de Roma, inició el viaje por tierra,
en dirección noreste, para bordear el golfo de Trieste y alcanzar la costa
dálmata, con la intención de encontrarse con su hermano adoptivo Druso. A
continuación y en barco, costeó, no sin dificultades por el mal tiempo, el
Adriático oriental y el mar Jonio. Con el fin de hacer reparaciones en las
naves de su flota, recaló en diciembre en Nicópolis, fundada por Augusto para
conmemorar su victoria naval en Actium contra Marco Antonio. Germánico
tuvo ocasión de contemplar, lógicamente con sentimientos encontrados de
tristeza y alegría, la ensenada donde se libró la batalla, los trofeos y

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monumentos levantados enfrente y los campamentos de su abuelo Marco
Antonio y de su tío-abuelo Augusto. Fue en Nicópolis, la Ciudad de la
Victoria, donde el 1 de enero del 18 inauguró su segundo consulado, para
partir poco después hacia la capital intelectual del mundo griego, Atenas.
Tácito nos relata el entusiasta recibimiento de la ilustre familia:

De Nicópolis marchó a Atenas, y, por consideración a la alianza


con aquella antigua ciudad, entró en ella acompañado de un solo lictor.
Lo recibieron los griegos con escogidísimos honores, poniendo por
delante hechos y dichos de sus mayores, a fin de que la adulación
resultara más digna.

Se refiere el historiador tanto a la deferencia de Germánico para con los


atenienses, al prescindir del aparato de poder implícito en el acompañamiento
de los doce lictores a que le daba derecho su condición de cónsul, como a los
elogios de que fue objeto, templados, para no parecer tan serviles, con citas y
ejemplos de la historia y la cultura nacionales. En Atenas pudo mostrar
Germánico abiertamente sus inclinaciones filohelénicas, vistiéndose a la
griega, admirando los venerables monumentos de la ciudad y participando
activamente en la intensa vida cultural de la ciudad. No en vano había
utilizado la lengua griega para componer comedias y poemas. De esos
poemas conservamos uno completo.
Drástico contraste con la presencia de Pisón en la ciudad, unas semanas
después, de camino a su destino en Siria. Su brutalidad y su falta de tacto
quedaron bien de manifiesto en el grosero y provocador discurso con que
«obsequió» a los atenienses, en buena medida dirigido indirectamente a
amonestar a Germánico. Si a los griegos los tachaba de traidores, como
aliados de Mitrídates contra Sila y de Antonio contra Augusto, y de
fracasados, por haberse dejado subyugar por Alejandro Magno, también
reprochaba a Germánico, en palabras de Tácito, «que, contra el honor del
nombre de Roma, hubiese tratado con excesiva amabilidad no a los
atenienses, que se habían extinguido por tantos desastres, sino a aquel
desecho de las naciones».
Ajeno a las cargas de profundidad que contra él se lanzaban, Germánico
proseguía su viaje con las mismas muestras de afecto y devoción que había
recibido en Atenas. El próximo destino era la costa asiática, a través del Egeo.
Después de una escala en la isla de Eubea, Germánico y su cortejo
desembarcaron en Lesbos, frente a la costa septentrional de Anatolia. Y en
esta isla dio a luz la esposa del procónsul a su tercera hija, el quinto de sus

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vástagos vivos, a la que se dio el nombre de Julia Livia —Livila— en honor
de la madre de Tiberio, pero también esposa de Augusto, el bisabuelo de
Germánico y Agripina. Como insólito obsequio de los lugareños, Agripina
fue deificada por haberlos honrado con el nacimiento de su hija. El viaje
prosiguió por el borde septentrional del Egeo, con escala en distintas
localidades de la costa tracia, donde el interés por conocer viejos y afamados
lugares no impidió que el procónsul cumpliera las altas funciones de su cargo
dirimiendo disputas entre ciudades o remendando desafueros de sus
magistrados.
La flota se internó en el Helesponto, el estrecho de los Dardanelos, para
desembocar en el mar de Mármara y recalar en Bizancio, la vieja colonia
megarense, que por su privilegiada situación, en el paso obligado de Europa a
Asia, sería elegida tres siglos después por Constantino como capital del
Imperio, rebautizada con su nombre, hoy sustituido por el de Estambul. Otras
ciudades de la zona recibieron la visita de la flota, entre ellas, Assos, donde
Calígula, que todavía no había cumplido los seis años, se exhibió en su
primera intervención de oratoria política, para dar gracias a sus habitantes por
el cariñoso recibimiento. Tiempo después, cuando Calígula se convirtió en
emperador, se apresuraron a recordarle aquel discurso, esperando quizás que
el recuerdo indujese al todopoderoso señor a gratificarles con algún
privilegio.
Era tiempo de emprender el regreso al Egeo. Pero antes, no podía obviar
Germánico la visita —como hiciera Alejandro tres siglos atrás— al mítico
lugar donde se había levantado Troya, patria ancestral de los romanos, de la
que había partido Eneas tras su destrucción por los griegos. Sentimientos
patrióticos, pero también curiosidad mística, que, desgraciadamente, no pudo
ser llenada. Contra su deseo, vientos contrarios le impidieron acercarse a la
vecina isla de Samotracia, famosa por sus cultos mistéricos de los Cabirios,
divinidades ctónicas. Sí consiguió, en cambio, Germánico consultar en
Colofón el oráculo de Apolo Clario, donde un sacerdote, tras conocer el
nombre del consultante, descendía a una cueva y, después de beber agua de
una fuente misteriosa, daba la respuesta en verso. No puede asegurarse si,
como luego corrió el rumor, a Germánico, incluso en los vagos términos de
tal tipo de respuestas, le habían profetizado un prematuro fin.
Es probable que otras ciudades de la costa jonia —Mileto, Éfeso,
Halicarnaso…— fueran honradas con la visita del procónsul, antes de
alcanzar Rodas, la siguiente etapa de su viaje, donde se había acordado el
encuentro con el gobernador Pisón, que volvió a mostrar su proverbial

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brusquedad, aun después de ser salvado de una muerte cierta por las naves de
socorro enviadas por Germánico cuando su barco, en el curso de una
tempestad, era arrastrado peligrosamente hacia los escollos de la costa. El
petulante gobernador ni siquiera esperó a Germánico y, con su mujer,
Plancina, se dirigió apresuradamente a Siria, para iniciar su labor de zapa
entre las tropas de la provincia.
Así relata Tácito los tejemanejes del matrimonio:

Cuando llegó a Siria y juntó a las legiones, se puso a favorecer con


larguezas y halagos a los soldados de ínfima condición, mientras
destituía a los antiguos centuriones y a los tribunos severos y colocaba
en sus puestos a clientes suyos y a los peores hombres; además,
permitió la desidia en los campamentos, la licencia en las ciudades,
dejaba a los soldados vagabundear a su gusto por los campos, con lo
que llegó a tal el grado de corrupción que en la jerga de la tropa lo
llamaban «padre de las legiones». Tampoco Plancina observaba una
conducta digna de una mujer, sino que participaba en los ejercicios de
caballería y en los desfiles de las cohortes, lanzaba injurias contra
Agripina y contra Germánico, llegando incluso algunos de los buenos
soldados a mostrarle una disponibilidad de mala ley, pues se esparcía
el oscuro rumor de que tales acciones no eran contrarias a la voluntad
del césar.

Germánico siguió pasando por alto el infame proceder de los dos


intrigantes, aun cuando le advirtieron sobre lo que ocurría en Siria, ya que le
preocupaba más solucionar los espinosos problemas que le habían llevado a
Oriente. Abandonando el transporte por mar cuando la flota finalmente
completó la circunnavegación de Asia Menor por las costas de Licia, Panfilia
y Cilicia, Germánico pisó al fin los agrestes territorios, cruzados por la
cordillera del Tauro, de Capadocia y Comagene, que lindaban por el este con
el reino de Armenia.
No es preciso detenerse en los particulares. Baste con dar cuenta de los
resultados: Capadocia y Comagene fueron anexionadas al Imperio. La
primera, como provincia, fue confiada a un procurador ecuestre, y Comagene,
como distrito, adscrito a la provincia de Siria. La incorporación de Capadocia
estaba justificada por su valor financiero, procedente en especial de las
extensas propiedades reales y de las numerosas minas. Comagene tenía un
importante valor estratégico para la defensa de las fronteras, y ambas en
conjunto significaban la extensión del territorio romano hasta el Éufrates en

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su curso medio. El reino de Cilicia, en cambio, continuó existiendo como
cliente.
En todo caso, era la cuestión de Armenia el más delicado e importante
cometido de la misión de Germánico, quien, penetrando en el reino hasta la
capital, Artaxata, coronó en ella a Zenón, un miembro de la familia real del
Ponto, como rey de los armenios, con el beneplácito de los propios súbditos y
sin oposición por parte del rey Artabanes de Partia. Todavía más, el soberano
parto expresó a Germánico por medio de una embajada su deseo de renovar
los lazos de amistad y alianza con Roma personalmente, para lo que proponía
una entrevista en la frontera del Éufrates. Solo pedía a cambio que su rival
Vonones, a la sazón retenido en Antioquía, fuera alejado de Siria, para evitar
posibles connivencias con los partidarios que aún tenía dentro del reino.
Germánico, con exquisitas palabras, si bien aceptó el ofrecimiento de alianza,
declinó el encuentro directo, probablemente para no despertar las suspicacias
de Tiberio. Pero no tuvo inconveniente en trasladar a Vonones a una ciudad
de la costa de Cilicia, con el disgusto de Pisón, que lo tenía en gran aprecio
por los regalos y las atenciones que había tenido con Plancina.
Cuando las nuevas de estas disposiciones llegaron a Roma, Tiberio se
mostró plenamente satisfecho, todavía más porque, por la misma época,
llegaron noticias de la hábil gestión militar y diplomática de su hijo Druso,
que había resuelto brillantemente su misión en Iliria: ambos hermanos
recibieron del Senado el honor de la ovatio[6] y se levantaron arcos de triunfo
con las efigies de los dos jóvenes en los laterales del templo de Marte
Vengador.
Germánico creyó que se había ganado con creces un merecido descanso y
en el invierno del año 18 emprendió un viaje de placer por el Nilo,
acompañado de Agripina y Calígula. No obstante, disfrazó su viaje con el
pretexto oficial de una inspección de la provincia. Pero el viaje, seguramente
inocente, le iba a reportar graves consecuencias. Desde tiempos de Augusto,
cuando Egipto fue anexionado al Imperio, tras la derrota y muerte de su
última reina, Cleopatra VII, la provincia había recibido un régimen de
administración especial, considerada como propiedad personal del emperador,
que la gobernaba a través de un procurador y en la que estaban prohibidas las
visitas de los senadores sin expresa autorización. La prohibición, que puede
parecer misteriosa, se fundamentaba en la importancia de Egipto como
abastecedora de cereal. Si cualquier aventurero ambicioso hubiese conseguido
con un golpe de mano apoderarse de la provincia, habría podido amenazar
con el hambre a Italia.

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Germánico seguramente consideró, en consonancia con los amplios
poderes de que estaba investido y en su calidad de heredero del Imperio, que
la prohibición no iba con él, y su falta de cálculo hizo enfurecer a su suspicaz
tío, que le hizo llegar una carta criticándole duramente, entre otras cosas, por
vestir a la griega y haber entrado en Egipto sin su permiso. Es cierto que
Germánico pretendía comportarse, más que como gobernante, como simple
turista. Porque, en efecto, Germánico y su familia, en un largo viaje por el
Nilo, visitaron muchas de las exóticas maravillas que ya desde la Antigüedad
suscitaban fascinación por la tierra del Nilo: las pirámides, las ruinas de
Tebas, con las gloriosas inscripciones de Ramsés II, los colosos de Memnón,
Elefantina y Assuán.
Germánico, en sus apariciones públicas, puso especial hincapié en
demostrar la lealtad y afecto que sentía por Tiberio, y tenemos la prueba
escrita en dos papiros, que conservan sendos discursos dirigidos al pueblo de
Alejandría. Pero estas declaraciones de lealtad no eran suficientes para
justificar su imprudente proceder, como abrir los graneros al pueblo
hambriento, lo que desató el fervor de los alejandrinos, que lo saludaron como
Augusto e, incluso, como parece probable, pretendieron deificarle.
Si la carta de su tío ensombreció las delicias del viaje a Egipto, el regreso
a Antioquía iba a depararle más desagradables sorpresas. En su ausencia, el
gobernador Pisón había trastornado muchas de sus órdenes y, en especial, las
encaminadas a restaurar la disciplina del ejército, de acuerdo con el plan de
socavar su autoridad, que había iniciado, como sabemos, desde su llegada a
Siria. Era imposible evitar el enfrentamiento directo. A las recriminaciones de
Germánico, contestó el orgulloso gobernador con su intención de abandonar
la provincia. Y fue entonces cuando, imprevistamente, Germánico cayó
enfermo. A partir de este momento, entramos en el terreno de los rumores y
las conjeturas, en una inextricable maraña, que esconde el discurso de los
acontecimientos, de los que solo es seguro el final: la muerte de Germánico.
De creer a Tácito, nuestra fuente más extensa, pero también
absolutamente convencida de la culpabilidad de Pisón y de su esposa Plancina
en el luctuoso final, desde un principio se sospechó que la causa de la
enfermedad de Germánico, cuyo diagnóstico no logró determinarse, había que
achacársela a Pisón. Pareció demostrarlo su airada reacción, al enterarse de la
mejoría del enfermo, cuando por medio de sus lictores dispersó a la
población, reunida para hacer votos y sacrificios por el restablecimiento del
procónsul, para marcharse a continuación intempestivamente fuera de la
ciudad, seguramente, tras un violento altercado con Germánico, en el que el

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procónsul rompió oficialmente las relaciones con Pisón. Según Tácito, lo peor
en esta segunda etapa de la enfermedad fue el descubrimiento en la casa del
doliente de «restos desenterrados de cuerpos humanos, encantamientos y
maldiciones y el nombre de Germánico grabado en láminas de plomo, cenizas
a medio quemar y cubiertas de sangre ennegrecida y otros maleficios con los
que se cree consagrar las almas a los númenes infernales».
Consciente tanto de la gravedad de su estado como de que la causa de la
enfermedad había sido el envenenamiento, presa del miedo y la ira,
Germánico dirigió un conmovedor discurso a sus amigos, en el que les
encomendaba a su mujer y a sus hijos y les pedía que se asegurasen de llevar
a Pisón y a Plancina ante la justicia como responsables del crimen. Luego, se
dirigió a Agripina para rogarle que extremara las precauciones sobre sus
palabras y acciones, al tenérselas que haber con enemigos poderosos. Poco
después moría, el 10 de octubre del año 19.
El funeral tuvo lugar en Antioquía: las expresiones de dolor, afecto y
admiración —se le igualó a Alejandro Magno— suplieron la falta de la
acostumbrada pompa romana en las exequias. Su cuerpo desnudo, expuesto a
la vista de la población, fue posteriormente incinerado. Calígula, que acababa
de cumplir los siete años, se vio así privado para siempre de un padre que le
había llevado constantemente de la mano casi desde su nacimiento. El vacío
que le dejaba su pérdida fue, sin duda, brutal; la impresión de las
circunstancias que habían rodeado su muerte, imborrable.
No cabe duda alguna de la inmensa popularidad de Germánico, de su
atractivo carismático, que la temprana muerte contribuyó aún más a idealizar.
Pero ¿en qué medida se sustentaba en auténticos méritos? La investigación,
seguramente como reacción a la opinión, unánimemente favorable, de las
fuentes antiguas, se ha mostrado particularmente crítica con él. Se le ha
reprochado falta de voluntad, carácter irreflexivo, inconsistencia militar,
irresponsabilidad política. Juicios en exceso severos para quien, por encima
de las flaquezas inherentes a todo ser humano, fue leal colaborador de Tiberio
en los puestos que le fueron encomendados, tanto en el ejército, como en la
administración o en la diplomacia.

El juicio contra Pisón

Agripina, acompañada de sus hijos, se embarcó poco después para Roma con
las cenizas de Germánico. Pisón recibió la noticia de la muerte de su enemigo
en la isla de Cos, frente a la costa de Caria, al suroeste de Asia Menor. Si

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damos crédito a Tácito, tanto Pisón como Plancina exteriorizaron una alegría
inmoderada ante el luctuoso hecho: él, acudiendo a los templos para dar
gracias y ofrecer sacrificios; ella, abandonando el luto que llevaba por la
muerte de una hermana, para vestirse de fiesta. La desaparición de Germánico
parecía dejarle libre el camino para regresar a Antioquía. Pero su hijo Marco
era de la opinión de que volviera cuanto antes a Roma: no había hecho nada
punible y era mejor hacer frente a los rumores y justificarse; el desacuerdo
con Germánico, aunque le hubiera ganado odios, no era motivo de castigo.
Puesto que, mientras tanto, le había sido encomendada la provincia a Cneo
Sencio, por común acuerdo de los legados y senadores que estaban en
Antioquía a la muerte de Germánico, si intentaba regresar, la resistencia de
Sencio podía significar la guerra civil. Y es que, aun cuando todavía no
hubiera sido formalmente acusado como culpable de la muerte del procónsul,
los amigos del finado ya lo consideraban como reo e incluso habían enviado
detenida a Roma a una tal Martina, muy conocida en la provincia por sus artes
de envenenamiento y muy próxima a Plancina.
Pero frente al prudente parecer del hijo de Pisón, sus amigos íntimos le
aconsejaron lo contrario: en definitiva, él era quien ostentaba legítimamente la
autoridad y, además, si acudía a Roma al tiempo que arribaban las cenizas de
Germánico, corría el peligro de que la reacción popular le acusara antes
siquiera de darle tiempo a defenderse.
Pisón, con la violencia que le caracterizaba, se inclinó por este parecer.
Envió una carta a Tiberio en la que denunciaba la insolencia de Germánico,
que le había expulsado de la provincia para tener las manos libres con vistas a
una subversión, y le notificaba que había vuelto a hacerse cargo del ejército
para restablecer el orden en Siria. Y mientras ponía rumbo a la provincia,
tomaba las disposiciones necesarias para juntar un ejército con el que poder
hacer frente a Sencio. Cuando las naves de Pisón pasaban frente a la costa
meridional de Asia Menor, se encontraron con la flotilla de Agripina y poco
faltó para que se enfrentaran en combate. Al final, todo se resolvió en
imprecaciones y fueron vanos los intentos de uno de los más respetados
senadores que acompañaban las cenizas, Marso Vibio, para convencer a Pisón
de que regresara a Roma a defender su causa.
Pisón no llegó a entrar en Siria. Se atrincheró en un lugar fortificado de la
costa occidental de Cilicia, frente a la isla de Chipre, y allí aguardó a las
fuerzas de Sencio, que no tardaron en obligarle a la rendición. Aunque Pisón
pidió que se le permitiera permanecer en el castillo hasta conocer la decisión
del emperador sobre quién había de encargarse de la provincia, solo consiguió

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que se le proporcionaran naves y un salvoconducto para dirigirse a Roma.
Mientras tanto, en la capital, si la enfermedad de Germánico había arrancado
manifestaciones populares de ira y dolor, la noticia de su muerte sumió a la
ciudad en un general marasmo. Las calles quedaron desiertas y un espontáneo
luto precedió al oficial decretado por el Senado. Puesto que la muerte de
Germánico sobrepasó todas las previsiones y límites de la respuesta popular,
los honores oficiales debían ser acordes con esta reacción o, todavía más,
habían de estar encaminados a satisfacer y calmar la disposición y el ánimo de
las gentes, como calculada maniobra política, lógicamente propiciada por
Tiberio, ante las imprevisibles manifestaciones que podrían desatarse a la
llegada de las cenizas de Germánico.
Un sorprendente y esclarecedor documento epigráfico, la tabula
Siarensis, llamada así por su lugar de aparición, la antigua Searo (cerca de
Utrera, Sevilla), en 1982, ha venido a refrendar estas disposiciones en honor
de Germánico. Se trata de un decreto senatorial, grabado en numerosas copias
de bronce y expuesto públicamente por todo el Imperio, que complementa y
ratifica los extremos transmitidos por las fuentes literarias. Las disposiciones
que documenta la tabula fueron tomadas el 16 de diciembre del año 19, y
entre ellas se decidía incluir el nombre de Germánico en el sagrado canto de
los Salios[7]; sillas de marfil con coronas de encina en los espectáculos; su
retrato, también en marfil, para abrir el desfile de los juegos de circo; la
erección de tres arcos honoríficos, en Roma, el Rin y Siria, respectivamente;
un cenotafio en Antioquía y un túmulo en Epidafne, lugar de su muerte;
estatuas con las vestiduras del triunfo en los templos y lugares en los que se
habían alzado las de su padre, y sacrificios cada aniversario de su muerte —el
10 de octubre— en el mausoleo de Augusto, donde reposarían sus cenizas.
Por no citar otros muchos honores, también se colocó un escudo en la
biblioteca imperial del Palatino para recordarlo entre los grandes maestros de
la oratoria. Pero en este último punto, frente a la propuesta de que fuese de
oro y de grandes dimensiones, Tiberio consideró que se trataba de un
reconocimiento excesivo y mandó que se colocara uno del tamaño de los
demás, aduciendo que bastante honor se le tributaba con ponerle entre los
antiguos escritores.
Mientras, la flotilla fúnebre, en los primeros días de enero, ya avistaba las
costas de Italia. Agripina se detuvo unos días en la isla de Corfú, para
recomponer su ánimo ante las emociones que la esperaban. Finalmente,
desembarcó en Brindisi, rodeada de una expectante muchedumbre que no

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sabía si recibir a la viuda con aclamaciones o en silencio como muestra de
duelo. Según Tácito,

cuando la flota entró lentamente en el puerto, los remos no se


movían con la alegría habitual, sino que todo se acomodaba al duelo.
Después de que, acompañada de dos de sus hijos (Calígula y la
pequeña Livila), llevando en sus manos la urna fúnebre, desembarcó y
se quedó con los ojos clavados en tierra, uno solo fue el gemido de
todos, y no era posible distinguir entre los allegados y extraños, entre
los llantos de los hombres y los de las mujeres.

El cortejo, acompañado por dos cohortes pretorianas —mil hombres—,


enviadas por Tiberio como solemne escolta, se puso en marcha a través de
Calabria, Apulia y Campania, a hombros de tribunos y centuriones, precedido
por las enseñas sin adornos y los fasces vueltos hacia tierra. Y en cada
población por la que cruzaba, se repetían las muestras de afecto y duelo de
magistrados y ciudadanos, con ofrendas fúnebres y sacrificios, lágrimas y
plañidos. En Terracina, una población costera del Lacio a unos cien
kilómetros de Roma, la comitiva se encontró con la que, procedente de Roma,
venía a recibir los restos. La encabezaban Druso, el hijo de Tiberio, Claudio,
hermano de Germánico, y los hijos huérfanos que se encontraban en Roma —
Agripina, Nerón y Druso—, seguidos por los cónsules en ejercicio con un
nutrido grupo de senadores, entre una muchedumbre que se había desplazado
desde Roma para acompañar las cenizas a su entrada en la ciudad.
El día que se depositaron los restos de Germánico en el mausoleo de
Augusto, la reacción popular se desató en una serie de actos y expresiones,
que mostraban el estado de conmoción ante la pérdida del joven héroe.
Abiertamente se clamaba que, desaparecido Germánico, no quedaba ya
ninguna esperanza, al tiempo que se vitoreaba a Agripina llamándola honra de
la patria, única sangre de Augusto, último ejemplo de las antiguas virtudes, y
se hacían votos porque su prole se mantuviera íntegra y sobreviviera a las
iniquidades. Pero las manifestaciones no se limitaron a los gestos y
aclamaciones. El dolor explotó en ira: los templos fueron apedreados y
echadas abajo las estatuas de los dioses, a los que se culpaba de la
desaparición de Germánico; hubo quien arrojó los Lares familiares[8] a la
calle y otros que expusieron delante de las casas a los recién nacidos, como
muestra de desesperanza por la falta de quien habían esperado trajera el
bienestar general.

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No hubo funeral público, puesto que las exequias fúnebres ya se habían
celebrado en Antioquía. Pero ello no fue obstáculo para que la opinión
pública criticara a Tiberio haber negado a Germánico las honras que, en
cambio, Augusto había tributado a Druso, padre de Germánico. También se
reprochaba al emperador y a su madre, Livia, no haber aparecido en público,
«tal vez pensando que no era digno de su majestad el mostrar su duelo ante
todos o quizás para no aparecer como falsos a los ojos de todo el pueblo, que
estarían puestos en sus rostros». Es cierto que tampoco Antonia, la madre de
Germánico, se había dejado ver, actitud comprensible por un problema de
salud o porque su ánimo quebrantado por el luto le impidiera contemplar la
magnitud de la desgracia. Tiberio, en todo caso, se vio en la obligación de
salir al paso de las habladurías con una declaración pública en la que
justificaba su actitud, fundamentándola tanto en la dignidad y el
comedimiento, contrario a las demostraciones públicas de dolor, que habían
de exigirse a quien ocupaba un cargo público, como en su obligación, como
cabeza visible del Imperio, de reprimir la exteriorización de unos sentimientos
que pudieran transmitir a la población un efecto desmoralizador. Esa había
sido su actitud también en los funerales de su hermano Druso.
El dolor que mostraba en público la desconsolada Agripina hasta que las
cenizas de Germánico fueron depositadas definitivamente en su última
morada era solo la manifestación exterior de la rabia y del deseo de venganza
que se había apoderado de su corazón y que fue creciendo en sus entrañas
hasta convertirse en enloquecida obsesión: su esposo había muerto; los
asesinos eran Pisón y Plancina, pero los instigadores no eran otros que el
propio Tiberio y su madre, Livia. Y a despecho de las recomendaciones de
prudencia que recibió de Germánico en su lecho de muerte, impulsada por su
carácter indómito y por el desmedido orgullo de su linaje, no tuvo reparos en
acusarlos públicamente y exigir el castigo de los culpables.
Como en el corazón de Agripina, también en el colectivo popular, el dolor
por la desaparición de un príncipe amado dio paso a la exigencia de justicia y
venganza. Estos sentimientos no se expresaban tanto en manifestaciones
explícitas colectivas, como en asfixiantes rumores y sospechas, que fueron
extendiéndose, como venenosos vapores, hasta alcanzar el palacio imperial.
Se hablaba del espíritu liberal de Germánico, heredado de su padre Druso,
inclinado a restaurar la República; del secreto rencor de Tiberio ante los
éxitos y la popularidad de su sobrino; de su miedo como posible oponente; de
las intenciones del emperador al enviar a Pisón a Siria; de su connivencia con
el gobernador para perjudicar a su sobrino; de las secretas conversaciones

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entre Livia y Plancina… El emperador se creyó obligado a acallar esas
murmuraciones con un gesto explícito que le eximiera de cualquier
responsabilidad en la muerte del sobrino y no opuso obstáculos al
procesamiento de Pisón como presunto culpable de la muerte de Germánico.
Por su parte, Pisón se tomaba su tiempo para regresar a Roma, mientras se
destruía la única, al parecer, prueba incriminatoria, la envenenadora Martina,
que murió repentinamente al pisar suelo italiano en Brindisi. El gobernador
había querido antes prepararse el terreno, enviando por delante a su hijo
Marco con el encargo de ablandar al emperador, mientras él mismo se
entrevistaba con Druso, quien, por cierto, acaba de ser padre de dos hijos
gemelos, haciendo abuelo al severo Tiberio. Druso, aunque amable con Pisón,
fue, contra su natural espontáneo, extremadamente precavido, respondiendo a
sus preguntas que «si eran ciertas las acusaciones que contra él se lanzaban,
tendría que dolerse, pero que prefería que fueran falsas y vanas y que la
muerte de Germánico no supusiera la perdición de nadie». No muy satisfecho,
el arrogante senador cruzó el Adriático y desembarcó en Rímini o Ancona,
para dirigirse a Roma por la vía Flaminia, donde se unió a una legión que,
procedente de Panonia, marchaba a completar la guarnición de África,
confraternizando en el camino con los soldados. En Narni abandonó la
compañía de la legión y se embarcó en el Tíber, para alcanzar Roma río
abajo, no sabemos si por evitar sospechas o por la indecisión provocada por el
miedo. Pero si estos eran sus sentimientos, se cuidó mucho de exteriorizarlos,
porque, provocativamente y sin cuidarse de la opinión popular, hizo una
aparatosa entrada en la ciudad y dio a continuación un banquete en su casa,
levantada sobre una altura que dominaba el Foro.
Al día siguiente, Pisón fue convocado ante los cónsules. Los amigos de
Germánico exigieron convertirse en acusadores y lo obtuvieron. No estaba
claro tampoco qué instancia debería encargarse de la causa, hasta que se
alcanzó el acuerdo de presentarla ante el emperador. Al propio acusado le
pareció bien, temiendo la parcialidad del pueblo y de los senadores, pero
Tiberio, considerando la magnitud del proceso y las consecuencias para su
imagen ante la opinión pública, remitió el proceso al Senado.
Toda Roma estaba pendiente de hasta dónde llegarían los amigos de
Germánico en su acusación y si el acusado se derrumbaría, más aún cuando
cinco de los defensores que había propuesto, todos ellos conspicuos
representantes de la nobleza, declinaron el encargo con diversos pretextos.
Solo le quedó al acusado el recurso de su propio hermano, Lucio Pisón el
Augur, y otros dos miembros de la nobleza. Llegó el día de la sesión

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preliminar ante el Senado, en la que Druso y luego el propio Tiberio se
dirigieron a la Asamblea; el primero con un discurso estudiadamente
moderado, el segundo, extremando la imparcialidad:

Si los vínculos de sangre o su crédito han proporcionado a Pisón


defensores, en la medida de vuestra elocuencia y celo ayudad al que
está en peligro. A la misma tarea, a la misma firmeza exhorto a los
acusadores. Solo ese privilegio habremos concedido a Germánico: que
la investigación sobre su muerte se haga en la Curia en lugar de en el
Foro, ante el Senado en lugar de ante los jueces; en lo demás debe
haber la misma mesura.

Se estableció un plazo de dos días para presentar las inculpaciones, seis


más de intervalo y tres para la defensa. Aparte de otros cargos
intrascendentes, la acusación puso el énfasis en que el odio a Germánico
había llevado a Pisón a corromper las legiones, a asesinarlo por
envenenamiento con la complicidad de Plancina y a exteriorizar su alegría por
el crimen, pero especialmente en que se había rebelado con las armas contra
el Estado y, solo tras ser vencido en combate, había sido posible llevarlo ante
la justicia. Pisón logró librarse de la acusación de envenenamiento por falta de
pruebas —ya ha quedado dicho que la testigo de cargo fundamental, la
envenenadora Martina, había muerto—; los restantes cargos se consideraron
plausibles. Mientras, el pueblo, arremolinado en torno al edificio donde se
celebraba la causa e indignado por lo que suponía connivencia del tribunal
con el reo, clamaba por una justicia sumaria y, puesto que no consiguió
ejecutar el linchamiento, desfogó su ira en las estatuas de Pisón,
arrastrándolas para precipitarlas por las escaleras Gemonias, donde
habitualmente se despeñaba a los criminales.
Plancina había insistido en que permanecería al lado de Pisón en el
amargo trance. Pero a medida que fue viendo el cariz que tomaba el juicio,
empezó poco a poco a alejarse de su marido y a separar su defensa, sobre todo
cuando estuvo segura de que su amiga Livia intercedería por ella ante Tiberio.
Pisón comprendió que se hallaba solo y que había perdido toda posibilidad de
escapar indemne, en especial, cuando observó el rostro de Tiberio «sin
misericordia ni encono, obstinadamente cerrado en sí mismo, sin afectarse por
emoción alguna».
Y, cuando volvió a su casa, después de escribir una carta y entregársela a
un sirviente, cerró las puertas de su dormitorio; al despuntar el alba fue
encontrado degollado con una espada a su lado. La carta estaba dirigida a

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Tiberio y en ella protestaba de su inocencia, reiteraba su lealtad al emperador
y pedía clemencia por su hijo Marco, al que exoneraba de su proceder, por
haberse limitado a acatar sus órdenes. Nada mencionaba sobre Plancina.
El suicidio libró a Pisón de una condena infamante, y a su familia, de la
pérdida de sus cuantiosos bienes. De acuerdo con las recomendaciones del
muerto, Tiberio obtuvo la absolución de su hijo Marco. Pero no pudo ocultar
su vergüenza y bochorno al tener que intervenir en favor de Plancina,
poniendo como pantalla los ruegos de su madre Livia. No es difícil imaginar
la indignación popular ante el desenlace del juicio. Se reprochaba a Livia su
impudicia al haber arrancado de manos del Senado a la asesina de su nieto, de
la que podía esperarse igualmente que volviera sus artes contra Agripina y sus
hijos «para saciar con la sangre de aquella casa tan desgraciada a la egregia
abuela y al tío».
El bochornoso final del sonado proceso no ayudó ciertamente a mejorar la
opinión pública sobre Tiberio. Bien es cierto que al emperador esta opinión
no le importaba en absoluto. Primó, sobre todo, la solidaridad de clase, puesto
que los Calpurnii Pisones eran una de las familias más ilustres de Roma y, por
ello, se la preservó de la ruina, a pesar del descalabro de uno de sus
miembros. Tiberio protegió a los hijos de Pisón, pero, en contrapartida,
también recompensó a quienes lo habían llevado ante la justicia: a los tres
acusadores principales, Vitelio, Veranio y Serveo, les fueron otorgados por el
Senado, a propuesta de Tiberio, sendos sacerdocios. Tácito remató la crónica
del proceso con este colofón:

Así terminó la venganza por la muerte de Germánico que, no solo


entre los hombres que entonces vivían, sino también en tiempos
posteriores, fue objeto de comentarios encontrados. Y es que los
acontecimientos más importantes vienen a resultar igualmente
ambiguos, dado que unos tienen como cosa averiguada lo que de
cualquier manera han oído, y otros cambian la verdad en mentira; y
con el tiempo se robustecen una y otra actitud.

Una vez más, la epigrafía ha venido a corroborar el vívido relato del


historiador romano con otra placa de bronce, hallada en circunstancias muy
oscuras también en la provincia de Sevilla en 1996. En ella aparece grabado
el senadoconsulto con el texto completo, en ampuloso estilo jurídico, de la
sentencia contra Pisón. El documento fue mandado exponer por todas las
provincias romanas. El gobernador de la Bética, a la sazón, Vibio Sereno, lo
fijó en un lugar público en Corduba, la capital de la provincia, y otras

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ciudades solicitaron una copia. Su difusión por el Imperio es claro que
respondía a la necesidad de silenciar los rumores que señalaban a Tiberio
como responsable de la muerte de Germánico y, por ello, su objetivo era
puramente político, como réplica a la preocupación suscitada por la incesante
intranquilidad en el seno del ejército y en las provincias. Y lo prueba, entre
otras cosas, la fecha de emisión, el 10 de diciembre del año 20, más de seis
meses después de la celebración del juicio, que tuvo lugar en mayo del mismo
año.
No conocemos el impacto que sobre el joven Calígula, lo mismo que
sobre el resto de sus hermanos, hubieron de tener estos acontecimientos,
aunque no es difícil suponer que sus espíritus serían influenciados por las
acerbas críticas de su madre contra el supuesto instigador de la ruina de la
familia, Tiberio. Y quizá encontremos una prueba en uno de los parágrafos
del decreto antes mencionado, donde precisamente se alaba el comedimiento
de los hijos de Germánico, aunque no por propia iniciativa, sino por
imperativo del emperador y de su madre:

Igualmente el Senado juzga que, el que no hayan excedido el límite


razonable ni el infantil (dolor) de los hijos de Germánico ni,
especialmente, el ya joven dolor de Nerón César por la pérdida de tal
padre, así como tampoco el de Tiberio Germánico, hermano de
Germánico César, sin duda hay que achacarlo sobre todo tanto a la
disciplina de su abuelo, como de su tío y de Julia Augusta, pero no
obstante estima que también debe ser alabado en nombre de los
mismos.

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LA OMINOSA SOMBRA DE SEJANO

El todopoderoso prefecto del pretorio

E L cierre en falso de la oscura muerte de Germánico no significó, al


menos aparentemente, un cambio en las relaciones entre los miembros de la
familia imperial. Aparte del odio furibundo que Agripina pudiera albergar
hacia Tiberio y Livia, sus hijos, en principio, no se vieron afectados en su
futuro público por la falta del padre. Por otra parte, Druso, el hijo de Tiberio,
había mantenido, como sabemos, lazos de sincero afecto con su primo y
hermano adoptivo, y no abandonó en este amargo trance a sus hijos, como
prueba el gesto de regalarles una casa, con otras muestras de bondadosa
atención hacia los huérfanos.
La muerte de Germánico había desbaratado, en parte, los planes de
Tiberio para asegurar su sucesión, pero, aquel mismo año, Druso, su hijo,
había sido padre de dos gemelos, Tiberio Gemelo y Germánico, que murió
con apenas tres años de edad. La sucesión no corría peligro. No por eso el
emperador descuidó la promoción de los hijos de Germánico. Apenas unos
meses después de la muerte del padre, el mayor, Nerón, por entonces un
adolescente de quince años, fue dispensado, por recomendación de Tiberio
ante el Senado, del requisito de desempeñar el vigintivirato[9] y se le permitió
aspirar al primer escalón de la carrera de los honores, la cuestura, cinco años
antes de la edad legal. Tiberio añadió a esta deferencia que se aceptase su
ingreso en el colegio de los pontífices. La entrada del joven Nerón en la vida
pública, festejada con el reparto de un donativo para el pueblo, se
correspondió en el ámbito privado con su compromiso matrimonial: la esposa
elegida fue Julia, la hija de Druso y, por tanto, su prima. Con ello, se
estrechaban aún más los lazos entre los miembros de la familia imperial. Pero,
al tiempo, Tiberio quiso subrayar todavía más enfáticamente el papel de
Druso como futuro sucesor escogiéndole para el año 21 como colega en el
consulado, lo mismo que había hecho antes, en el 12, con Germánico, y
proponiendo que se le otorgase para el año siguiente la potestad tribunicia.

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Pese a todo, la cuidadosa previsión de Tiberio se iba a ver sacudida hasta
sus cimientos por las intrigas de un inquietante personaje, destinado a
convertirse en azote letal para la familia de Germánico: el prefecto del
pretorio, Lucio Elio Sejano. La tradición lo considera unánimemente como
una de las más siniestras figuras de la historia romana, y la posterior
investigación histórica no ha podido hacer mucho para reivindicarlo. Su
personalidad ha quedado como ejemplo de arribista ambicioso, que, tras
ganarse la confianza sin reservas del soberano, logra un poder ilimitado e
irresponsable al servicio de su propio interés.
Sejano, nacido en Volsinii (Bolsena), en la Toscana, el año 20 a. C., era
hijo de Lucio Sejo Estrabón, un caballero de origen etrusco, que había
reforzado sus relaciones con la nobleza a través de su primer matrimonio con
Elia, la hija de Quinto Elio Tuberón, uno de los cónsules del año 18 a. C. Tras
la muerte de Elia, Sejo volvió a casarse con Cosconia Léntula Maligunense,
también de una familia de notables, estrechamente unida con el clan de los
Cornelii Scipiones, con quien tuvo a Lucio Sejo, que más tarde entraría a
formar parte de la gens Aelia gracias a su adopción por Elio Galo, gobernador
de Egipto bajo Augusto y gran amigo del geógrafo Estrabón: de ahí el nombre
de Lucio Elio Sejano.
Es probable que Sejo Estrabón, el padre de Sejano, llamara la atención de
Augusto a través de la amistad que mantuvo su abuelo con Terencia, la mujer
de Cayo Mecenas, uno de los más estrechos colaboradores del princeps. Eso
pudo ayudarle a obtener su nombramiento, entre los años 2 y 6 d. C., como
prefecto de la guardia pretoriana. Apenas sabemos nada de la vida de Sejano
hasta que aparece, según Tácito, en el acompañamiento del heredero e hijo
adoptivo de Augusto, Cayo César, durante su campaña en Armenia del año 1
a. C. El siguiente dato sobre su vida es su matrimonio con Apicata,
seguramente la hija del rico Marco Gavio Apicio, un personaje conocido por
sus excentricidades y por su pasión por la gastronomía, hasta el punto de
hacérsele pasar por autor del más conocido de los libros de cocina que nos ha
legado la Antigüedad, el De re coquinaria. Sejano era amigo suyo y, si hemos
de creer los rumores que corrían por Roma, también su amante. Con Apicata,
Sejano tuvo tres hijos, dos varones y una hembra: Estrabón, Capitón Eliano y
Junila.
Sin duda, al servicio de Sejo Estrabón, ingresó en la guardia pretoriana,
en la que fue escalando puestos, y, cuando Tiberio sucedió a Augusto en el
año 14, fue nombrado prefecto del pretorio como colega de su padre.

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Augusto había considerado la oportunidad de contar con un cuerpo
militar, distinto a las legiones, no tanto como guardia de corps, sino como
tropa escogida, inmediata a la persona del emperador. De la antigua cohors
praetoria republicana o guardia personal del comandante, nació así, en el 2
a. C., la guardia pretoriana, nueve mil soldados escogidos, encuadrados en
nueve cohortes (tres de ellas estacionadas en Roma), al mando de un prefecto
del orden ecuestre, el praefectus praetorio. La vecindad al emperador, la
peculiaridad del cuerpo y la conciencia de élite de la tropa, constituida solo
por soldados itálicos, explican su gran influencia, concentrada en el prestigio
y poder de su comandante.
Tácito describe a Sejano como un hombre «de cuerpo resistente a las
fatigas y un espíritu audaz; hábil para ocultarse a sí mismo, y también para
acusar a los otros; la misma medida para la adulación que para la soberbia, al
exterior un afectado recato, por dentro la ambición del máximo poder, y para
lograrlo usaba unas veces la prodigalidad y el fasto, y más a menudo de la
industria y la vigilancia, no menos dañinas cuando se fingen por apetencia de
reinar».
Cuando Tiberio promovió a Estrabón al ambicionado cargo de
gobernador de Egipto, en el año 15, su hijo se convirtió en comandante único
de las fuerzas pretorianas e inició una serie de reformas que reforzarían el
poder del cuerpo, convirtiendo su beneplácito en elemento imprescindible de
todo aspirante al solio imperial. Concentró con distintos pretextos los
campamentos, dispersos por la ciudad, en uno solo, los castra praetoria, a las
afueras de Roma, en la colina del Viminal. Ni qué decir tiene que, con su
habitual habilidad, se ganó el ánimo de los soldados, a cuyo mando impuso
suboficiales y oficiales de su plena confianza.
Sejano pertenecía al orden ecuestre, el segundo estamento privilegiado de
la sociedad romana, que, surgido en el siglo II a. C. como grupo de
emprendedores y hombres de negocios, fue llamado por Augusto a participar
en las tareas públicas, previamente reservadas en exclusiva a los senadores.
Así se convirtieron en una corporación de unos cinco mil miembros, con
carácter vitalicio, a los que se atribuyó un buen número de funciones en la
recién creada administración del Imperio: en la administración civil, una serie
de encargos (procuratelas) en relación, en principio, con el patrimonio del
princeps, y luego extendidas también a los bienes públicos; en el ámbito de la
milicia, puestos de oficiales en el ejército, pero también la dirección de
nuevos cuerpos de élite (prefecturas), como el mando de las cohortes
pretorianas.

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En tiempos normales, Sejano no habría pasado de ser un personaje
secundario, con una trayectoria pública mediocre, relacionada con las
funciones de su mando. Pero, en la coyuntura de los años veinte, una
constelación de circunstancias se confabuló para hacer de él, durante cierto
tiempo, una fuerza temible, dotada de un formidable poder. Y Sejano,
consciente de esta fuerza, la utilizó para sus propósitos, que, en un
determinado momento, pasaron de reales a utópicos: convertirse en
emperador como sucesor de Tiberio. Y ello fue la causa de su caída.
Los planes de Sejano, por muy descabellados que parezcan, pueden
explicarse en el tirante juego de fuerzas en el entorno de Tiberio, obligado en
solitario a encauzarlas o reprimirlas.
Tiberio fue el primer emperador romano después de Augusto y también el
primero en tener que soportar el peso de esta inmensa responsabilidad, pero
sin el prestigio y respeto que Augusto había acumulado a lo largo de su larga
vida. La pretendida restauración de la res publica, que disfrazaba la asunción
de un poder personal y absoluto, puso a Augusto ante una contradicción: la
necesidad de devolver al Senado, con su prestigio secular, sus poderes
constitucionales, y la exigencia de convertirlo, al mismo tiempo, en
instrumento a su servicio. Augusto no podía prescindir del orden senatorial
como guardián de la legitimidad del poder, ni de la experiencia de sus
miembros para la ingente tarea de administración del Imperio. Así, abrió a sus
miembros la participación en el gobierno, a título individual, haciendo
depender carrera y fortunas de las relaciones personales con el princeps. Ello
no podía dejar de suscitar entre los senadores odios y rivalidades, envidias y
celos, tanto en sus mutuas relaciones como en las que, como colectivo, se
vieron obligados a mantener con una autoridad de la que ahora dependían,
pero a quien culpaban de humillarlos y de haberles despojado de una parte de
sus privilegios. Mientras vivió Augusto, estos sentimientos quedaron
sometidos al control de su prestigio y de su autoridad, pero todos ellos se
desataron cuando Tiberio fue exaltado a la dignidad imperial.
Frente a su antecesor, a Tiberio le faltaba capacidad de comunicación para
representar el complejo papel que requería el inestable régimen del
Principado. Augusto había ejercido el poder frente a la aristocracia como si no
lo poseyera, mientras Tiberio, que detentaba el poder, mostraba no querer
ejercerlo. Lo que Augusto había representado como un teatro, Tiberio
pretendió tomárselo en serio. Así, el restablecimiento de la res publica, que
para Augusto fue una ficción sobre la que construyó la concentración en sus
manos de todos los hilos del poder, fue para Tiberio una cuestión real, en la

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que trató de empeñarse con honestidad. Pero no era consciente de que,
mientras tanto, los miembros de esa aristocracia dependían demasiado de la
voluntad del princeps para su propia promoción y, en consecuencia, no
podían orientar su comportamiento de otra manera que tratando de seguir, de
forma servil y oportunista, sus deseos. De esta forma, la ficción de un
régimen autocrático disfrazado con el ropaje de instituciones republicanas,
que Augusto y el Senado representaron, conscientes de sus papeles y a
sabiendas de su falsedad, intentó Tiberio convertirlo en real, enfrentando a los
senadores con una imposible disyuntiva: actuar como si todavía el Senado
fuese el centro de decisión, e ignorando la existencia de un poder autocrático
superior, y, al mismo tiempo, doblegarse a la exigencia del princeps de ser
reconocido como portador, en última instancia, de ese poder.
El resultado de esta disyuntiva solo podía ser incomprensión, perplejidad,
adulación y miedo entre la aristocracia senatorial, incapaz, tanto de forma
colectiva como individual, de encontrar un lenguaje fluido de comunicación
con quien pretendía ser entre ellos solamente un primus inter pares. El
Senado estaba empeñado en hacer la voluntad del princeps, pero sin tener, por
lo general, idea clara de cuáles eran sus deseos.
No puede extrañar que el Senado en medida cada vez mayor se inhibiera
de aquellos asuntos en los que el princeps tuviera algún interés. Aunque el
dominio de Tiberio no fuera deliberado o malicioso, la incoherencia de su
comportamiento extendió entre la Cámara la desagradable sensación de que
sus actividades estaban sujetas a una intervención tiránica y arbitraria. Y
reaccionaron con un servilismo en las formas proporcional al rechazo en sus
conciencias de las demandas de un princeps al que consideraban arrogante,
reservado e hipócrita. Tiberio, incapaz de comprender que era su
comportamiento, en gran parte, el responsable de estas malas relaciones, se
distanció cada vez más de la Cámara y, renunciando a su pretendido papel de
moderador en sus discusiones, al estilo de los príncipes republicanos, fue
poco a poco espaciando su presencia hasta terminar comunicándose en
exclusiva por escrito con un colectivo al que, en medida cada vez mayor,
despreciaba por una actitud servil que él mismo había contribuido a crear.
Si Tiberio no podía confiar en el colectivo senatorial, tampoco en su
propio entorno le resultó más fácil encontrar sinceros consejeros. Peor aún,
era en ese entorno donde tenía uno de sus principales enemigos en la persona
de su sobrina Agripina, la viuda de Germánico, que, apasionada, vehemente y
altiva, no se recataba en expresar públicamente sus sentimientos de
animadversión al emperador, escudada en su condición de miembro de la

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familia imperial, y apoyada por un grupo de presión, aglutinado en torno a su
persona por lealtad a Germánico, por compasión hacia su trágico destino o
por simples intereses personales. A Tiberio apenas le quedaba su hijo Druso
como colaborador digno de confianza, pero sus muchas ausencias de Roma,
obligado por responsabilidades militares, restaban eficacia a su papel de
consejero. Y fue en esta coyuntura en la que Sejano encontró su oportunidad.
De encanto considerable, construyó su poder sobre la base de la debilidad de
Tiberio y de las feroces discordias que dividían a la aristocracia y aprovechó
su obligada presencia en Roma como jefe de la guardia, en permanente
contacto con el emperador, para convertirse de hecho, si no de derecho, en el
colaborador y consejero más activo e influyente de Tiberio.
Comunicación directa y continua con el emperador, que lo describía
públicamente como «compañero de fatigas» y de quien apreciaba su
conciencia profesional y su discreción e los asuntos públicos; control directo
de la guardia, único cuerpo militar de guarnición en Roma —si hacemos
excepción de las tres cohortes urbanae, una especie de policía municipal, y de
los vigiles, utilizados, sobre todo, como servicio contra incendios—;
contactos entre los miembros del orden senatorial, a los que compraba con
repartos de honores y gobiernos: no puede extrañar que, a despecho de su
condición de caballero y, por tanto, excluido de la carrera de los honores
senatorial, le fueran otorgados los ornamenta praetoria, es decir, las insignias
y dignidades reconocidas a los senadores que hubieran ejercido la
magistratura pretorial, y que el propio Tiberio le honrara con su indirecta
inclusión en la familia imperial, a través del compromiso matrimonial de
Junila, hija del prefecto, con Claudio Druso, el hijo de su sobrino Claudio.
Cierto que por poco tiempo. Apenas unos días después del compromiso,
moría el novio en Pompeya de forma estúpida, al atragantársele una pera que
había lanzado al aire para recogerla con la boca y mostrar con ello que no era
tan torpe como su padre, el orillado Claudio.

Sejano y Agripina

Si en principio la ambición de Sejano se conformó con el papel de amigo


íntimo y fiel del emperador, el creciente servilismo de los miembros de la
aristocracia senatorial y la inexistencia de reglas que fijasen el orden de
sucesión, con el resultado de una pluralidad de aspirantes que luchaban por
colocarse en la mejor posición, terminaron por hacerle parecer verosímil su

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propia candidatura, incluyéndose activamente en el juego, cuya única regla
era eliminar al resto de los adversarios.
Era el primero y más inmediato Druso, el hijo de Tiberio, con quien las
relaciones distaban de ser cordiales. Druso se había opuesto vivamente al
matrimonio de la hija de Sejano con Claudio Druso y además no podía dejar
de pensar que Sejano, como confidente e intermediario indispensable en la
gestión de gobierno, le estaba usurpando el papel natural que a él le
correspondía. Los dos hombres terminaron por profesarse una mutua aversión
que acabó convirtiéndolos en enemigos. En una ocasión, el impetuoso Druso
llegó incluso a abofetear a Sejano[10]. Se trataba de una grave ofensa para un
soldado, pero también era una clara amenaza: al producirse la muerte de
Tiberio, Druso, de ser el sucesor, no dudaría en arruinar su vida.
Para materializar sus planes, Sejano iba a valerse de la propia mujer de su
rival, Livila, hermana de Germánico. Aprovechando las desavenencias en el
matrimonio —Livila reprochaba a su marido que volcara su afecto en los
hijos de Agripina—, logró seducirla y convertirla en su amante. Y en
connivencia con ella, maquinó la perdición de Druso. Así lo relata Tácito:

Consideró oportuno empezar por Druso, contra el cual albergaba


un resentimiento reciente. Pues Druso, no soportando a aquel rival y
siendo de carácter impulsivo, en ocasión de una discusión fortuita
había puesto sus manos sobre Sejano y, al tratar este de responderle, lo
había abofeteado. Así pues, decidido a todo, le pareció lo más viable
volverse hacia Livia, esposa de aquel y hermana de Germánico, la
cual, poco agraciada en sus primeros años, llegó luego a destacar por
su belleza. Fingiéndose enamorado de ella la arrastró al adulterio y
después que la señoreó con el primer delito —pues una mujer que
pierde su pudor ya no es capaz de negar nada—, empezó a azuzarla a
la esperanza de matrimonio, al reino compartido y al asesinato del
marido. Y ella, que era nieta de Augusto, nuera de Tiberio y madre de
los hijos de Druso, se deshonraba a sí misma y a sus mayores
cometiendo adulterio con un hombre salido de un municipio, ansiando
un futuro criminal e incierto en lugar del honesto presente.

Cuando, poco después, en el año 23, se produjo efectivamente la muerte


de Druso, nadie sospechó que pudiera haber sido provocada. Solo ocho años
después, la esposa de Sejano, Apicata, que había sido repudiada por el marido
y que quería vengarse de Livila, confesó que, por instigación de los dos
amantes, un eunuco le había administrado un veneno lento. La acusación es

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verosímil pero no puede probarse. Se ha aducido para explicar el
comportamiento de Livila su temor a que el marido pudiera haber tenido el
pensamiento de renunciar al trono en favor de uno de los hijos de Agripina y
que ese eventual proyecto la empujara a dejarse convencer por su amante. La
eliminación del hijo de Tiberio y, a renglón seguido, de los de Agripina,
habría asegurado la sucesión a los hijos de Livila, permitiéndole representar
como madre del emperador el ambicionado papel que ostentaba Livia, la
esposa de Augusto. En tal caso, es difícil decidir si fue mayor su estupidez o
su ambición.
La suposición, de todos modos, no parece tan descabellada si se tiene en
cuenta que fue por entonces cuando Nerón, el hijo mayor de Germánico,
cumplió el solemne rito de tomar la toga viril, que señalaba el paso de la
infancia a la edad adulta. En esa ocasión, el Senado había otorgado a su
hermano menor, Druso, los mismos privilegios que él antes recibiera —
dispensa de desempeñar el vigintivirato y permiso para aspirar a la cuestura
cinco años antes de la edad legal—, y Tiberio había pronunciado un discurso
en el que alababa a su hijo Druso «por haber usado de un cariño de padre con
los hijos de su hermano».
Todavía más, muerto Druso y aun antes de sus funerales, Tiberio presentó
a los hijos de Germánico ante el Senado con un emocionado discurso. En él
instaba a los miembros de la Cámara a contener las muestras de dolor y las
lágrimas y, al tiempo que lamentaba la avanzada edad de su madre, la
prematura de sus propios nietos y la suya propia, ya en el ocaso, pidió que se
hiciera entrar en la sala a los tres jóvenes, que significaban para él unica
praesentium malarum levamenta («único consuelo de los males presentes») y,
tomándolos de la mano, continuó así:

Padres conscriptos, cuando estos niños se quedaron sin padre, los


entregué a su tío y le rogué, aunque tenía su propia descendencia, que
los cuidara como a su propia sangre y los ayudara, y que los hiciera
semejantes a sí mismo para bien de la posteridad. Una vez que nos ha
sido arrebatado Druso, a vosotros vuelvo mis ruegos y en presencia de
la patria y de los dioses os emplazo: a estos bisnietos de Augusto,
nacidos de los más esclarecidos antepasados, acogedlos, guiadlos,
cumplid vuestro deber y el mío. Estos ocuparán, Nerón y Druso, el
lugar de vuestros padres. Habéis nacido en tal condición que vuestros
bienes y vuestros males trascienden al Estado.

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Si hacemos caso del testimonio de las monedas, la muerte de Druso
desbarató completamente los planes de sucesión de Tiberio. En efecto, de los
años anteriores a su desaparición, conocemos acuñaciones evidentemente
destinadas a subrayar la línea de sucesión en favor de Druso: su nombre y su
efigie se repiten en los tipos e, incluso en un sestercio, aparecen representadas
las cabezas de sus dos hijos, los gemelos Tiberio y Germánico. Ahora, en
cambio, la casa de Germánico parecía destinada a regir el Imperio, y su viuda,
Agripina, apenas a un paso de convertirse en la primera dama de la domus
imperial, una vez que desapareciera la anciana Livia. Sobre sus hijos, como
príncipes designados, se volcaron ahora los honores otorgados por las
ciudades de Italia y del Imperio, en la forma de estatuas, inscripciones y
monedas, como las que acuñaron las ciudades de Caesaraugusta (Zaragoza) y
Carthago Nova (Cartagena), y también en su elección como magistrados
locales de buen número de localidades.

Nerón y Druso en un as de Tiberio acuñado en Cartago Nova.

El futuro parecía prometedor para los vástagos de Germánico. El mismo


año 23, el mayor, Nerón, pronunciaba un discurso de agradecimiento en
nombre de las comunidades de la provincia de Asia ante Tiberio y el Senado,
por haberles permitido erigir un templo, y los presentes, al decir de Tácito, lo
oyeron con complacido afecto, ya que, reciente todavía la memoria de
Germánico, creían verlo y escucharlo a él, porque además, «tenía el
muchacho un natural recatado y una presencia digna de un príncipe, que lo
hacían más grato al conocerse los odios de Sejano contra él».
En efecto, Sejano lo había puesto ahora en su punto de mira. Y para
materializar sus tenebrosos designios encontró una ayuda inestimable, por
más que involuntaria, en la propia Agripina. Ni siquiera las muestras de
afecto y consideración de Tiberio para con sus hijos habían podido hacer
mella en su seco y rencoroso corazón, que, envenenado por una obsesiva
manía persecutoria, solo creía ver en las manifestaciones del emperador una
prueba más de su hipocresía, considerando que Tiberio no había tenido la
mínima intención de promocionar a Nerón y Druso, sino únicamente de hacer
callar a la opinión pública.

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Ciertamente también, la madre de Tiberio, Livia, y su nuera, Livila, tenían
motivos de disgusto ante la determinación del emperador en favor de los hijos
de Agripina. La rama Claudia se veía preterida en sus aspiraciones a la
sucesión por el arrinconamiento que, a su parecer, había sufrido Tiberio
Gemelo —su hermano había muerto ese mismo año— por parte del abuelo.
La capacidad de intriga de Sejano no podía dejar escapar la ocasión y logró
persuadir a ambas de que deslizaran en el ánimo de Tiberio la especie de que
Agripina, orgullosa de su fecundidad y apoyada en el favor popular, ansiaba
alzarse con el poder. No hacía falta mucha insistencia para hacer creer a
Tiberio cualquier maldad procedente de su sobrina. Y aún Sejano trató de
magnificar los cargos empujando a Agripina a expresar sus pensamientos con
imprudentes declaraciones, animada por amigos de su círculo, sobornados por
Sejano.
Que de algún modo las intrigas del prefecto habían hecho mella en el
emperador lo muestra la, en principio, sorprendente reacción de Tiberio a la
inclusión de los nombres de Nerón y Druso en los votos que el colegio de los
pontífices ofrecía a comienzos del año por la salud del emperador. En esta
ocasión, el 3 de enero del 24, la inocente plegaria, que curiosamente pretendía
halagar a Tiberio en la persona de sus presuntos herederos, desencadenó el
efecto contrario. Tiberio mandó llamar a los pontífices y les preguntó si la
inclusión se debía a los ruegos o a las amenazas de Agripina. Pese a la
respuesta negativa, Tiberio les reprendió y luego en el Senado advirtió que en
lo sucesivo nadie pretendiera halagar la soberbia de unos adolescentes con
honores prematuros. Según Tácito, tras el discurso estaba la mano de Sejano
que magnificaba ante Tiberio el peligro de un supuesto partido de Agripina,
instándole a frenarlo para evitar el peligro de una guerra civil.
Pero, por encima de la maledicencia, había un instrumento de
imprevisibles posibilidades, que parecía hecho a la medida para servir a las
tenebrosas maquinaciones del prefecto. Este instrumento era la lex de
maiestate, que castigaba con la máxima dureza las ofensas al pueblo de Roma
y a sus representantes. Si en un principio la ley había sido concebida para
defender el prestigio del Estado, los miembros del Senado la utilizaron para
dar rienda suelta a sus miserias personales. Como sabemos, a lo largo de la
República, el canon de virtud de la aristocracia había sido el servicio al
Estado a través del cumplimiento de las correspondientes magistraturas y
encargos públicos. Ello había favorecido rivalidades internas entre sus
miembros en una lucha competitiva, guiada por un espíritu de emulación.
Ahora era el emperador el dispensador de magistraturas y cargos y, en

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consecuencia, la competencia horizontal cambió su dirección, de abajo arriba,
con el objetivo de lograr el favor imperial. Así fue difundiéndose un nuevo
comportamiento aristocrático, en el que, para obtener tal favor, no se dudaba
en recurrir a comportamientos odiosos y rastreros, basados en la adulación, el
servilismo, la intriga y las denuncias recíprocas. De este modo, las
inculpaciones en el ámbito de ofensas al emperador, tipificado en las leyes de
maiestate, podían convertirse para el denunciante en un medio de promoción,
para atraer la atención del princeps y hacerse acreedor al favor imperial por
supuestos servicios prestados en pro de su seguridad. Era también un medio
de poder eliminar a un rival peligroso y, no en último lugar, una fuente de
recursos, puesto que, de prosperar la condena, el denunciante recibía como
recompensa una parte del patrimonio del condenado. No puede extrañar que
hubiera senadores —en especial, los recientemente aceptados en el estamento
— que, para promocionar sus carreras, recurrieran a estos odiosos métodos,
eligiendo como víctimas, como es lógico, a miembros de las viejas familias, a
las que envidiaban por prestigio y patrimonio. La consecuencia que podía
esperarse de este comportamiento solo podía ser un proceso de
autodestrucción, en el que, como en tantas ocasiones, la eliminación de la
mejor sustancia se compensaba con el aumento de arribistas, faltos de
escrúpulos, que conducían al colectivo a una progresiva degradación.
Sejano no podía dejar de escapar esta arma que tan bien podía servir a sus
propósitos, e iba a hacer uso de ella generosamente. Y comenzó a utilizarla en
el año 24 para debilitar a los nobles que sostenían a Agripina o eran
considerados de su círculo. Fue el primero en sufrirla el matrimonio formado
por Cayo Silio y Sosia Gala. Como comandante en jefe del ejército de
Germania Superior, Silio había colaborado lealmente con Germánico y había
ganado incluso los ornamenta triumphalia. Su mujer, Sosia Gala, era también
amiga de Agripina desde la época en que Germánico mandaba los ejércitos
del Rin. Sejano utilizó los oficios de uno de sus incondicionales para acusar a
Silio de extorsionar a los provinciales durante su gobierno de la Galia y de
haber sido cómplice de Julio Sacrovir, uno de los cabecillas de la revuelta que
prendió en la provincia el año 21 d. C. y que él mismo aplastó. Como antes
hiciera Pisón y para sustraerse a la condena segura, Silio se dio la muerte. No
obstante, su memoria fue condenada a la infamia, sus bienes confiscados y su
esposa conducida al exilio.
Pero, mientras tanto, tampoco descuidaba el astuto prefecto su propia
promoción personal con un acto que prueba tanto su desmedida ambición
como su desfachatez y falta de escrúpulos. Y fue, en el año 25, la solicitud

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que presentó a Tiberio de permitirle desposar a Livila, la viuda de Druso. La
petición, expuesta en una carta, argumentaba cínicamente que no era la menor
razón proteger a los hijos de Livila de los injustos rencores de Agripina. Pero
Tiberio, que, evidentemente, no deseaba el matrimonio, utilizó también en
una larga carta, obra maestra del disimulo y del subterfugio, el argumento de
Agripina para posponer el tema: la unión solo podía enconar la rivalidad entre
las dos mujeres y repercutir negativamente en el ánimo de sus nietos. De
todas formas, no se atrevió a dar una rotunda negativa al valido y dejó la
solicitud en suspenso, asegurando que no deseaba obstaculizar los proyectos
de ambos. Y terminaba con indeterminadas y sustanciosas promesas para el
futuro de Sejano:

He concebido grandes planes para ti y quiero unirte más


estrechamente a mí, de momento no te digo más. Solo te diré esto: no
hay nada tan excelso que no lo merezcan tus virtudes y tu afecto hacia
mí, y en la ocasión oportuna no lo callaré, ya sea en el Senado, ya ante
el pueblo.

El prefecto encajó la negativa y prosiguió con sus ambiciosos planes,


encaminados ahora a contar con las manos libres en el manejo de los resortes
de poder. Para ello necesitaba alejar a Tiberio de Roma, aprovechando su bien
conocida misantropía y su gusto por pasar largas temporadas fuera de la
ciudad. Utilizó sus dotes de persuasión para hacer ver al emperador las
incomodidades e inconvenientes de la vida en la ciudad frente a las ventajas y
placeres de una vida retirada y solitaria en el campo. La ausencia de Tiberio le
permitiría controlar las entradas y salidas del palacio imperial, la
correspondencia oficial y, a la larga, ejercer las funciones de gobierno. No iba
a pasar mucho tiempo sin que el prefecto viera colmadas sus aspiraciones,
cuando el emperador decidió abandonar para siempre Roma. Y uno de los
motivos que finalmente le empujaron a tal decisión fue, con toda seguridad, la
estéril y despiadada confrontación con Agripina, incansable en su particular
cruzada contra el que suponía responsable de todas sus desgracias.
Y no fue una pequeña, el proceso que, en el año 26, llevó ante el tribunal
del Senado a Claudia Pulcra, una íntima amiga de Agripina, con quien
además la unían lazos de parentesco, como nieta de Octavia, la hermana de
Augusto, lazos que ambas se proponían aún fortalecer con el compromiso
matrimonial del hijo de Claudia con una hija de Agripina. Viuda de aquel
Quintilio Varo, responsable del desastre del bosque de Teotoburgo, en
Germania, fue acusada de adulterio, de prácticas mágicas contra Tiberio y de

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complot para tratar de envenenarle. Poco podía objetarse al primero de los
cargos, teniendo en cuenta la libertad de costumbres de la dama, pero los
restantes eran pura fábula. Es lógico que Agripina se indignara con tales
acusaciones, tras las que parecía esconderse la siniestra figura de Sejano,
traídas por Cneo Domicio Afro, un brillante orador sin escrúpulos, dispuesto a
ganar fama en los tribunales sin importar la pertinencia de la causa. La
gravedad del crimen exigía de Agripina la utilización de todas sus influencias.
Y, a despecho de las tensas relaciones con su tío, el emperador, acudió
personalmente a solicitar su intervención. Entre las virtudes de Agripina no se
encontraban, desde luego, ni la diplomacia ni el sosiego. No bien en presencia
de Tiberio, que se hallaba en ese momento ofreciendo un sacrificio a
Augusto, con su habitual falta de tacto, la proyectada súplica se convirtió en
furiosa diatriba. Le tachó de hipócrita, porque, mientras por un lado veneraba
a Augusto, por el otro, se cebaba sobre sus descendientes de sangre, a la que
él, por cierto, no pertenecía, y le recriminaba utilizar a sus amigas —Pulcra
ahora, como antes Sosia— como objeto de venganza contra ella.
Para Tiberio fue la gota que colmó el vaso. Y, en contra de su natural
comedición, escupió cáusticamente sobre su sobrina a voz en grito este dístico
de un conocido drama griego: «¿Piensas que la vida ha sido injusta contigo,
hijita, porque no eres reina?». Por supuesto, no movió un dedo en favor de la
acusada, y Pulcra y su amante fueron condenados.
Poco después, Agripina cayó enferma —¿a consecuencia del disgusto?—
y, en la ocasión, Tiberio, por guardar las apariencias o por sincero afecto,
acudió a visitarla a su lecho. Su dolencia no le impidió aprovechar la ocasión
para solicitar, entre ruegos y llantos, del emperador su permiso para volver a
casarse. Aducía para ello sentirse todavía joven, necesitar el consuelo de un
marido y disponer de un protector para ella misma y para sus hijos. No ha
trascendido el nombre del pretendiente, que se sospecha pudo ser Cayo
Asinio Galo, a quien Tiberio, ciertamente, no debía mostrar mucha simpatía.
No hay que olvidar que Galo era viudo de Vipsania, la esposa de Tiberio, que,
a despecho del sincero afecto que sentía por ella, hubo de repudiar para tomar
por esposa a la hija de Augusto, Julia, por expreso deseo de su padre. Galo se
casó con Vipsania e incluso corría el rumor de que era el padre del malogrado
Druso, el hijo de Tiberio, muerto en el año 23. Como veremos, Tiberio no se
lo perdonó. No es de extrañar la respuesta negativa del emperador, que
fundamentó, como antes con el abortado matrimonio de Sejano y Livila, en
razones de Estado, puesto que Galo se convertiría en padre de los herederos al
torno.

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La negativa profundizó aún más la sima entre Tiberio y Agripina, y ello
no hizo sino facilitar los planes de Sejano en lograr la perdición de su
enemiga. Para eso se aprovechó del dolor y la imprudencia de Agripina,
destilando en sus oídos, a través de terceros, que Tiberio pretendía
envenenarla. Y la incauta Agripina cayó en la trampa. Sentada un día a la
mesa de su suegro, permanecía envarada y agria sin tocar alimento alguno.
Tiberio se dio cuenta y para probarla le ofreció fruta recién traída a la mesa.
Agripina, sin llevársela a la boca, se la pasó a un esclavo. El emperador no
contestó directamente al desaire, pero se volvió hacia su madre y comentó con
ella, en alta voz, para que Agripina lo oyese, que no debía extrañarse si
tomaba medidas algo severas con una mujer que lo acusaba de tratar de
asesinarla.
Las tirantes relaciones entre tío y sobrina no afectaron a la promoción
pública de los hijos de Agripina. El mayor, Nerón, había ejercido la cuestura
en el año 26, de acuerdo con la dispensa del Senado cinco años antes de la
edad legal. Era miembro de varios colegios sacerdotales y, como sabemos,
estaba casado con Julia, la hija de Druso y Livila, nieta, por tanto, de Tiberio.
En cuanto a su hermano, Druso, también miembro de varios colegios
sacerdotales, desempeñó en el año 25 el cargo de prefecto de la ciudad con
ocasión de las Ferias Latinas[11]. El tercero, Calígula, ahora de trece años, era
todavía demasiado pequeño para aspirar a los honores. Pero que no afectara a
su trayectoria pública, no implica que el ambiente enrarecido que debía
respirarse en casa de Agripina y el veneno destilado día a día por la rencorosa
madre dejase de hacer efecto en las inmaduras conciencias de los tres
hermanos, con trágicas consecuencia para los dos mayores.
Mientras, Tiberio, siguiendo los interesados consejos de Sejano y su
propia inclinación a la soledad, abandonó Roma en el año 26, con el pretexto
de dedicar en la fértil llanura de Campania, un templo a Júpiter en Capua y
otro en Nola a Augusto, pero decidido a no volver más a la ciudad. Al año
siguiente, se establecía definitivamente en la isla de Capri, de salvaje belleza,
donde levantó doce villas a las que dio los nombres de los dioses olímpicos.
Una de ellas, la villa Jovis, en el lugar más elevado e inaccesible, fue la
elegida como residencia permanente. Sus imponentes ruinas aún dominan las
azules aguas de la bahía de Nápoles. Así describe Tácito las razones de la
preferencia mostrada por Tiberio y el entorno de su voluntario exilio:

Me inclino a creer que le gustó especialmente su soledad, porque


su litoral no tiene puertos y apenas ofrece unos pocos refugios para
embarcaciones pequeñas; además, es imposible arribar a ella sin que se

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enteren quienes la guardan. El clima es suave en invierno por la
protección de un monte que detiene la fuerza de los vientos; su verano,
vuelto al céfiro, es muy agradable también por el mar abierto que la
rodea; además, miraba a una bahía hermosísima antes de que la
erupción del Vesubio [en el año 79] cambiara el aspecto del lugar.

La decisión significaba el abandono definitivo de las esperanzas y


proyectos que pudo haber albergado cuando doce años antes había subido al
poder. Había fracasado en su política de consenso con el Senado: si había
creído poder ser el princeps de una Cámara de respetables representantes de
la aristocracia, se encontraba de hecho con un colectivo rastrero y servil, al
que solo cabía despreciar. El emperador, ya de sesenta y siete años, se hallaba
hastiado de un entorno que repelía a sus inclinaciones de misántropo. Además
de amargado por la pérdida de su único hijo, Druso, en su entorno íntimo se
veía obligado a soportar la constante presencia de cuatro viudas: su madre y
las esposas del hermano, del hijo y del sobrino, Livia, Antonia, Livila y
Agripina. A excepción de Antonia, con quien mejor se entendía, las otras tres
mujeres, ávidas de poder, amenazaban con convertir en un infierno el palacio
imperial, con sus rencillas e intrigas en perpetua emulación. Eran razones más
que suficientes para escapar del asfixiante entorno, a las que Tácito añade un
buen puñado más: el deseo de quietud; la posibilidad de protegerse mejor de
conjuras contra su vida; la creciente intromisión de la madre, que quería evitar
sin ofenderla; la esperanza de que, en su ausencia, Agripina cediese en su
odio, e, incluso, el deseo de esconder de los demás su rostro, desfigurado por
erupciones herpéticas. En consecuencia, con un exiguo acompañamiento de
amigos —filósofos y hombres de letras griegos y de un jurista, Marco Coceyo
Nerva, el abuelo del futuro emperador—, Tiberio se retiró a la isla de Capri
en el año 27 para buscar la paz en la soledad. Y aunque el retiro no significó
el abandono de sus deberes de gobierno, el alejamiento voluntario de Roma
dio pábulo a todos los rumores y desmoronó todavía más la ya escasa
popularidad del emperador.
La marcha de Tiberio derribaba la última barrera que obstaculizaba el
acceso de Sejano a todos los resortes del poder. La ausencia de Roma
significaba también un alejamiento del organismo con el que el emperador
había proclamado su voluntad de compartir las tareas de gobierno, el Senado,
obligado a comunicarse con él a través de mensajes escritos, cuyos
imprevisibles contenidos no podían más que crear una atmósfera de perpetua
incertidumbre y de humillante dependencia, mientras su favorito desplegaba
su influencia sin limitaciones en la capital. Convertido en brazo ejecutor del

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emperador en Roma, podía ahora manipular su voluntad a través de sus
exclusivas —y naturalmente interesadas y sesgadas, cuando no falsas—
informaciones. Y es que Tiberio estaba absolutamente convencido de la
fidelidad del valido, que un accidente fortuito había venido recientemente a
fortalecer. En un viaje por Campania, mientras comía dentro de una gruta
natural —la cueva de Sperlonga, cerca de Nápoles—, en compañía de un
grupo de invitados, un desprendimiento de tierra hizo caer una lluvia de
piedras sobre los comensales, que huyeron despavoridos. Sejano se abalanzó
para proteger con su cuerpo el del emperador, salvándole la vida.
Desde el momento en que Tiberio abandonó Roma para encerrarse en
Capri, Agripina y sus hijos estaban condenados inevitablemente a sucumbir a
los tenebrosos designios del ambicioso prefecto. Su plan, cuidadosamente
estudiado, iba paso a paso cumpliéndose. El eslabón más débil de la cadena
parecía Nerón César, el primogénito. Nerón, al parecer, era un joven modesto,
de buen carácter, que hasta el momento no había mostrado ambiciones
significativas por obtener el poder a través de su papel de heredero. Pero,
quisiera o no, se encontraba en el punto de mira tanto de enemigos —y, entre
ellos y sobre todo, el prefecto del pretorio— como de amigos o pretendidos
amigos, que le halagaban los oídos haciéndole creer que tanto los ejércitos
como el pueblo de Roma le eran devotos: le instaban a mantenerse firme y
confiado y minimizaban el peligro que representaba Sejano, de quien decían
que se insolentaba tanto con la paciencia de un viejo como con la falta de
energía de un joven. Así, le aconsejaban asumir su papel de príncipe y
mostrar más impaciencia en hacer realidad el destino que le estaba reservado:
en otras palabras, le empujaban a asumir el poder, si era preciso, eliminando
el estorbo principal, el emperador. Nerón parecía hacer oídos sordos a estos
cantos de sirena, pero sabemos que entre sus cualidades no se contaba la de la
prudencia. No hacía falta hurgar mucho para descubrir de quien podía haber
heredado este rasgo de su carácter, puesto que contaba en su casa con un buen
ejemplo en su propia madre.
En torno a Nerón fue creando el ladino prefecto una asfixiante red de
rumores, que terminaron afectando igualmente a los que decían llamarse sus
amigos. Así consiguió aislarle, en parte, de aquellos que lo frecuentaban, que,
atemorizados por supuestas represalias, evitaban su contacto, escapaban tan
rápidamente como podían de su presencia o interrumpían sus conversaciones
cuando se acercaba. El incauto joven no podía dejar de sentirse perplejo ante
las incomprensibles actitudes que generaba su persona y que el propio
Tiberio, antes de marcharse a Campania, le mostraba, cuando, como si le

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considerara sospechoso o culpable de algún crimen, le miraba torvamente o,
en el caso de cruzarse sus miradas, le dedicaba una falsa sonrisa. Y es que
Sejano había conseguido introducir en el ánimo de Tiberio una indeterminada
animadversión hacia Nerón: si callaba, su silencio le denunciaba; si hablaba,
el emperador creía encontrar un doble sentido de animosidad en sus palabras.
Ahora que Tiberio estaba lejos, redobló sus esfuerzos para perder al
joven, valiéndose de este rasgo negativo de su carácter. Y buscó envolver a
Nerón en las redes de sus propias palabras, tejiendo en torno a su persona una
red de espías entre falsos amigos, clientes y personal de servicio,
convenientemente sobornados, que debían transmitir al prefecto todo cuanto
expresara el joven príncipe. Y no era el menor de estos espías, por más que,
inconscientemente, su propia mujer, Julia, la hija de Livila, confiada en su
madre, se dejaba sonsacar cuanto pudiera ser de interés para los planes de
Sejano, quien, de este modo, contaba con información privilegiada sobre lo
que ocurría en el más íntimo entorno de la casa de Nerón.
Por si no era suficiente utilizar a su mujer en su contra, la refinada maldad
del prefecto logró además atraerse en beneficio de sus torvos planes al propio
hermano de Nerón, Druso. Explotó para ello las debilidades de un carácter
menos firme que el de Nerón. Druso era violento y también ambicioso. Su
posición de segundón había desarrollado además en su ánimo el veneno de la
envidia, que todavía alimentaba más las supuestas preferencias que Agripina,
la madre, parecía mostrar por el primogénito. Sejano le hizo ver que él era el
más firme aspirante al trono, caso de ser eliminado su hermano, porque,
aunque por delante en edad, vacilaban los cimientos en los que se
fundamentaban sus derechos. Por supuesto que, en la voluntad de Sejano, no
estaba favorecer a Druso, al que utilizaba como simple instrumento, más fácil
de eliminar por los propios rasgos negativos de su carácter violento e
irreflexivo.
Nerón tenía que caer necesariamente en la trampa tan refinadamente
urdida por el artero prefecto: hábilmente provocado, fue empujado a
manifestar ocasionalmente comentarios imprudentes o irreflexivos, que,
sacados de contexto y amplificados, llegaron oportunamente a oídos del
emperador.
El destructivo interés que mostraba por Nerón no significó que Sejano
descuidara su progresiva labor de socavar los apoyos con los que Agripina
contaba entre la nobleza, utilizando la temible arma de los tribunales, que
ahora podía manejar a su antojo lejos de la supervisión del emperador. Aún en
el año 27, Quintilio Varo, hijo del desgraciado comandante muerto en el

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bosque de Teotoburgo, fue denunciado ante el Senado por Domicio Afro, el
mismo corrupto denunciante que había logrado la condena de Claudia Pulcra,
su madre, como sabemos, íntima amiga de Agripina. Le acompañaba en la
acusación un respetable personaje, Publio Cornelio Dolabela, a despecho de
los lazos de parentesco que le unían con el reo. No conocemos los motivos de
la denuncia —sin duda, los acostumbrados de lesa majestad—, ni tampoco el
desenlace del proceso. Solo que el Senado, seguramente superado por la
calidad de los implicados, renunció a pronunciar su veredicto en ausencia del
emperador, quien, en trance de fijar su residencia definitiva en Capri, ordenó
que nadie perturbara su descanso.
Pero todavía, a finales del año, iba a conseguir Sejano infligir otro duro
golpe al círculo de Agripina en la persona del caballero Ticio Sabino, un leal
oficial a las órdenes de Germánico durante las campañas germanas. Tras la
muerte del comandante, no había dejado de honrar a la viuda y a sus hijos,
acudiendo frecuentemente a su casa y acompañándolos en público. Sejano
consiguió inculparle de un delito de conspiración contra el emperador en
beneficio de Nerón. Los detalles de la preparación, en la que intervinieron
cuatro senadores, que urdieron una trampa al procesado para impulsarle a
hablar, son dignos de una trama novelesca. Los cuatro personajes aspiraban al
consulado y para lograrlo no tuvieron escrúpulos en dejarse utilizar por
Sejano. Uno de ellos, Latino Laciar, que pasaba por amigo de Sabino, preparó
el terreno provocando conversaciones en las que vertía acusaciones contra
Sejano e insultos contra Tiberio, que animaron a Sabino, incautamente, a
condescender con su interlocutor en las opiniones expresadas contra los dos
personajes. Cuenta Tácito:

Deliberaron los que ya nombré sobre el modo en que tales


declaraciones podrían hacerse audibles a varios. Pues al lugar en que
se reunían había que conservarle la apariencia de soledad, y si se
colocaban detrás de las puertas había posibilidad de temores, miradas,
ruidos o de sospechas fortuitas. Así que los tres senadores se metieron
entre el techo y el artesonado, escondrijo no menos torpe que
detestable era su fraude, aplicando sus orejas a los agujeros y rendijas.
Entretanto Laciar encontró en lugar público a Sabino, y con el pretexto
de contarle algo que acababa de saber, se lo llevó a su casa y a su
dormitorio, y le habló del pasado y del presente, de los que tenía
materia sobrada, acumulando sobre él nuevos terrores para el futuro.
Lo mismo hizo Sabino y durante más tiempo, porque las amarguras,
una vez que salen fuera, difícilmente se callan. Entonces se

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apresuraron a acusarlo y escribiendo al césar le contaron el desarrollo
del fraude y su propio deshonor.

Tiberio, cuando conoció el proceso, montó en cólera contra el desgraciado


caballero, reclamando un castigo ejemplar, y aprovechó para exigirlo en la
misma carta en la que enviaba al Senado las invocaciones solemnes por los
comienzos del año. Las órdenes de Tiberio se cumplieron de inmediato.
Sabino fue condenado y arrastrado por las calles de Roma con una cuerda al
cuello mientras gritaba que «así se inauguraba el año y que tales eran las
víctimas que caían en honor de Sejano». En el trayecto hasta el lugar de
suplicio, las escaleras Gemonias, por donde se precipitaba al Tíber a los reos
de alta traición, gritaba improperios contra Sejano, y las calles se vaciaban a
su paso ante el miedo de la gente a ser considerada cómplice del condenado si
escuchaba sus palabras o incluso lo miraba. Y cuando Tiberio conoció el
cumplimiento de la sentencia, envió una carta de agradecimiento al Senado
por haber castigado a un individuo peligroso para el Estado y para su propia
persona, llena de inquietudes y amenazada por las maquinaciones de sus
enemigos. Sin citar nombres, todos podían leer en la carta los nombres de
Agripina y Nerón.
Y quedó claramente demostrado cuando, poco después, ambos fueron
puestos bajo arresto domiciliario en una finca de la familia en Herculano,
cerca de Pompeya, en la bahía de Nápoles, custodiados por una patrulla de
vigilancia, a la que se ordenó informar sobre cualquier actividad de sus
moradores[12].
No se puede descartar que con la elección de Cneo Domicio Ahenobarbo
como prometido de Agripina la Joven, la hija de Germánico nacida en los
campamentos del Rin[13], Tiberio ocultara una segunda intención contra
quienes poco a poco estaban convirtiéndose en enemigos declarados. Cneo,
según Suetonio, tan detestable como encumbrado por su linaje, era el retoño
de una de las más ilustres familias de la vieja nobleza republicana: su padre,
Lucio, había conseguido fortalecer su posición personal y familiar gracias a
su matrimonio con Antonia, la mayor de las dos hijas de Marco Antonio y de
la hermana de Augusto, Octavia. Parecía una velada advertencia de que,
llegado el caso, podía encontrar otros candidatos para la sucesión, al margen
de los vástagos de Agripina.

La bisabuela Livia

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El arresto de Agripina y Nerón deshizo la domus de Germánico y significó
para Cayo Calígula, ahora un muchacho de catorce años, y para sus dos
hermanas solteras, Drusila y Livila, la búsqueda de un nuevo hogar. Y
encontraron acomodo en el Palatino, en la casa de su bisabuela, Livia, la
viuda de Augusto. A sus ochenta y cinco años, Livia seguía gozando en los
círculos selectos próximos al poder de una gran influencia y conservaba aún
buen parte de las cualidades que habían hecho de ella la más eficaz
colaboradora del régimen instaurado por su esposo. No han trascendido las
vivencias de Calígula en este tiempo, ni la influencia que la vieja dama pudo
ejercer en su bisnieto. Que seguía siendo autoritaria y activa en asuntos
políticos lo prueba el que una de las razones que empujaron a Tiberio a
abandonar Roma fuera precisamente alejarse de su madre. Por ponerlo en
palabras de Tácito, «que había sido empujado [Tiberio] por la intemperancia
de su madre, a la que no quería como compañera de reinado y de la que no
podía librarse por haber recibido el trono mismo como un regalo de ella».
Robert Graves, en su inolvidable Yo, Claudio, responsabiliza a Livia de la
mayor parte de las desgracias que diezmaron la casa imperial. Con su
privilegiada inteligencia, su refinada astucia y su obsesiva ambición,
disfrazada bajo los velos de la dignidad y la prudencia, habría despejado —de
la mano de su inseparable aliado, el veneno— todos los obstáculos que podían
estorbar el camino de su hijo Tiberio hacia el trono. Y, más lejos aún, fabula
una especial relación de complicidad, rayana en el incesto, entre bisabuela y
bisnieto.
Se compagina mal esta supuesta inclinación por Calígula, del linaje de los
Julios, con su papel de campeona del clan de los Claudios y defensora de los
derechos de su nieto carnal, Tiberio Gemelo, frente a los hijos de Agripina. Es
cierto que el acomodo de Calígula en su casa podía proporcionar a Livia los
medios para, en su momento, liquidar también este obstáculo silenciosamente
y sin escándalos. Pero, más allá de fantasías indemostrables, solo nos queda la
figura de una extraordinaria mujer, que durante más de medio siglo dominó
en la sombra la domus imperial y que, con el título de Augusta, recibió el
reconocimiento oficial del Senado, el pueblo y los provinciales. De sus
relaciones con Calígula, nos queda únicamente un testimonio indirecto, que
descubre la opinión del muchacho sobre la imponente dama. Según Suetonio,
Calígula llamaba a Livia «Ulises con enaguas» (Ulixem stolatum), en
reconocimiento a su inteligencia y astucia. Que pudo albergar sentimientos de
afecto por ella podría deducirse de su voluntad, cuando obtuvo el poder, de
hacer efectivos los pagos de los legados dejados por Livia a su muerte. Y

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aunque no deba dársele demasiada importancia a estas expresiones públicas
de afecto, parece evidente que Livia constituyó en la vida de Cayo, durante el
corto tiempo que con ella vivió, un referente conspicuo, atraído por sus
cualidades y su significado social. La opinión de Livia hacia el muchacho nos
es por el contrario desconocida. Probablemente, aceptó la presencia de Cayo,
sin interesarse realmente por su educación o su futuro. Pero, al menos, con la
bisabuela, el joven podía sentirse a salvo del incansable acoso de Sejano hacia
su familia.
El respiro, pese a todo, iba a ser de corta duración. Apenas un año
después, en el 29, murió la vieja dama. Y fue precisamente Calígula quien
pronunció el elogio fúnebre de la bisabuela, desde la tribuna de los Rostra[14],
todavía vestido con la toga praetexta[15], que señalaba su condición de
muchacho. Esta aparición pública en los Rostra debe ser consideraba como
altamente significativa por otras razones. Calígula había estado expuesto a la
atención pública desde una edad muy temprana, cuando acompañaba a
Germánico en la frontera del Rin. Había dado también discursos previamente,
como cuando, con apenas siete años de edad, se dirigió a los ciudadanos de
Assos, durante el viaje por Oriente con sus padres. Pero la oración fúnebre
por Livia fue su primera intervención pública en solitario en Roma y en ella
pudo desarrollar sus dotes oratorias, que las fuentes antiguas le reconocen.
Si la muerte de Livia significó para Cayo la pérdida por segunda vez de
un hogar, mucho más graves fueron las consecuencias para dos de sus más
cercanos familiares, Agripina y Nerón. La autoridad de Livia y la protección
que dispensaba a los miembros de la familia imperial, al margen de roces
internos, como los que la enfrentaban con Agripina, habían servido de velo
protector e impedido llevar a sus últimos extremos la persecución a que
estaban ambos sometidos por parte de Sejano. Ahora que Livia había dejado
de existir, el prefecto podía desplegar toda su batería de recursos para obtener
de Tiberio los instrumentos políticos en los que fundamentar la eliminación
de sus adversarios.
No bien resueltos los funerales de Livia, el Senado recibió una carta de
Tiberio en la que denunciaba a Nerón y Agripina. Tácito supone que la carta
ya había sido remitida previamente, pero que Livia la había retenido, sin que
Tiberio, que sentía un inveterado respeto por su madre, ni Sejano, que nunca
se hubiera atrevido a anteponerse a su autoridad, osaran contradecir la
voluntad de la dama. La carta, no obstante, evitaba una acusación frontal de
alta traición, limitándose a duros reproches contra ambos, que supuestamente
el Senado debía juzgar. A Nerón se le acusaba de perversiones sexuales y de

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libertinaje; a Agripina, contra la que no cabían semejantes infundios,
conocida su estricta moral, de arrogancia y espíritu rebelde. Los asistentes
escucharon el contenido de la carta, perplejos y aterrados, sin atreverse a
emitir opiniones ante la torcida ambigüedad de su contenido, que lo mismo
podía contener una velada petición de condena que ser simplemente el
pasajero arrebato de un viejo. En consecuencia y a propuesta de un tal Junio
Rústico, encargado por el propio Tiberio de redactar las actas senatoriales y
por ello convencido de saber interpretar los deseos del emperador, la Cámara
decidió no comenzar el debate, a la espera de más precisas instrucciones. Por
otro lado, cuando se conoció en Roma el contenido de la carta, la multitud, de
forma espontánea, se arremolinó frente a la Curia, portando imágenes de
Agripina y Nerón, mientras profería gritos sobre la falsedad de la misiva y
contra quien, por encima de la voluntad de Tiberio, a quien se aclamaba,
pretendía arruinar a su familia.
Sejano, ciego de ira ante la reacción de Senado y pueblo, se volcó en
improperios: contra el Senado por haber despreciado el dolor del emperador,
que se había visto obligado por los crímenes de su nuera y de su nieto a tomar
tan amargas medidas; contra el pueblo, acusándolo de sedición y de ponerse
al servicio, llegado el caso con las armas en la mano, de los dos acusados.
Azuzado por el prefecto, Tiberio fue ahora más contundente. Mientras en
un edicto increpaba a la plebe por los tumultos que había protagonizado ante
la sede del Senado, remitía una segunda carta a la Cámara, en la que arremetía
con mayor énfasis contra Nerón y Agripina y se quejaba con amargura de la
pública burla que sus miembros habían hecho de la majestad imperial. De esta
forma, sustraía a la deliberación del Senado el proceso, que él mismo se
encargaría de presidir in camera, a puerta cerrada. La interrupción en este
punto del relato de Tácito, en una laguna de los Anales que llega hasta el año
31, nos impide conocer el largo calvario de los encausados hasta su destino
final en el destierro, en sendos islotes del Tirreno: Nerón en Ponza; Agripina
en Pandataria (Ventotene), que durante un tiempo, treinta años atrás, había
servido de prisión a su madre Julia, la desgraciada hija de Augusto. Al
parecer, el acusador fue Avilio Flaco, quien, por sus servicios, recibió años
más tarde, en el 32, la prefectura de Egipto. Los cargos, sin duda, incluían el
de conspiración para incitar a la rebelión, puesto que era conocido que los
amigos de Agripina la habían instado en una ocasión a buscar refugio entre
los soldados del ejército del Rin o a pedir protección del Senado y del pueblo,
abrazándose a la estatua de Augusto que se levantaba en el Foro. En todo
caso, ambos fueron declarados hostes publici, enemigos de la comunidad y

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del Estado, y sancionados, como si de enemigos externos se tratase, con la
pérdida de los derechos civiles y la confiscación de sus bienes. Las
condiciones de encarcelamiento fueron muy duras. Agripina, en sus traslados
de prisión a prisión, era llevada, bajo guardia armada, en un carro cerrado
para evitar miradas indiscretas, con las muñecas y los tobillos atados. En una
ocasión, sus protestas fueron contestadas con la tremenda bofetada de un
centurión, que le ocasionó la pérdida de un ojo. Probablemente en su encierro
pudo meditar sobre el triste destino de su hermana Julia, la exesposa de
Tiberio, que, poco antes, en el mismo 29, había muerto en el exilio, tras veinte
años de encierro, y quiso sustraerse a un final similar dejándose morir de
inanición, lo que, por un tiempo, pudieron impedir sus carceleros,
alimentándola a la fuerza.
La caída de Agripina arrastró al poco tiempo la de uno de sus más
cercanos amigos, Cayo Asinio Galo, su supuesto pretendiente, viudo, como
sabemos, de Vipsania, la exesposa de Tiberio. A instigación del emperador, el
Senado también le declaró, sin importar que hubiese sido uno de sus más
ilustres miembros, enemigo público y, como tal, lo condenó al destierro,
según Dión Casio, en el más estricto aislamiento:

No tenía ningún compañero o agente con él, no hablaba con nadie,


y no veía a nadie, excepto cuando se sentía obligado a tomar alimento.
Y la comida era de tal calidad y cantidad que ni bastaba a satisfacerle
ni a proporcionarle siquiera la fuerza necesaria para permitirle morir.

Puede entenderse la cruel venganza del viejo emperador hacia un


personaje como Galo, con quien tenía varias cuentas pendientes y ni la menor
la sospecha de ser el padre de su hijo Druso, durante cierto tiempo heredero al
trono. Galo, cuya ambición de poder ya había llamado la atención del propio
Augusto, se había significado en numerosas ocasiones en la Cámara,
proponiendo preguntas embarazosas a Tiberio, aunque luego había intentado
acercarse tanto al emperador como a Sejano. Permaneció en presidio hasta su
muerte, en el año 33, por inanición, no se sabe si voluntaria o forzada.
Tras la caída de Agripina, Sejano siguió consolidando su posición. Le
había llegado ahora el turno al segundo de sus hijos, Druso. Violento y poco
inteligente, había sido utilizado por el prefecto en la campaña de desprestigio
contra Nerón y Agripina, haciéndole creer que contaba con su amistad y
apoyo. Y finalmente, para perderlo, se valió de la esposa del joven, Emilia
Lépida. No conocemos las razones que empujaron a Lépida a traicionar a su
marido por instigación del prefecto. Según Dión, Sejano utilizaba sus

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encantos personales para seducir a las esposas de sus enemigos, utilizándolas
como espías para que le tuvieran al tanto de sus pasos, y luego, las convertía
en cómplices con la promesa de casarse con ellas. Al parecer, el joven Druso
se encontraba con Tiberio en Capri cuando su hermano y su madre fueron
condenados, pero el emperador le hizo regresar a Roma, donde, gracias a las
incriminaciones proporcionadas a Sejano por Lépida y con el concurso de uno
de los cónsules, Lucio Casio Longino, fue acusado ante el Senado. Druso fue
hecho prisionero y encarcelado en uno de los sótanos del palacio imperial, en
el Palatino.

La abuela Antonia

Y mientras tanto, ¿qué era de Calígula? Tras la muerte de Livia, tanto él como
sus hermanas Drusila y Livila hubieron de buscar un nuevo hogar. En esta
ocasión fue la abuela paterna, Antonia la Menor, quien se encargó de
recogerlos en su casa.
Antonia, hija menor de Octavia, la hermana de Augusto, y de Marco
Antonio, había nacido en Atenas, en el año 36 a. C. Nunca tuvo la
oportunidad de conocer a su padre, que, antes incluso de su nacimiento, había
abandonado a su madre para ir en pos de la reina Cleopatra. En el año 19 a. C.
había desposado a Druso, el hermano de Tiberio, con el que tuvo varios hijos,
de los que solo tres sobrevivieron, Germánico, Livila y Claudio, el que luego
sería emperador. Tras la muerte de su marido en Germania, en el año 9 a. C.,
decidió no volver a casarse y permanecer univira («mujer de un solo
hombre») los cuarenta y cinco años que aún le quedaban de existencia.
Atesoraba todo el orgullo de su noble ascendencia: del padre, que había
podido ser en lugar de Augusto el dueño de los destinos de Roma, tanto como
de la madre, la digna matrona, que, pese a haber sido repudiada por el marido,
no había tenido reparo en cuidar y proteger a los hijos que había tenido de
Cleopatra, ganándose con ello el respeto y la estima de la sociedad romana. El
no haber conocido a su padre o, todavía más, que hubiera abandonado a su
madre, dejándola huérfana aun antes de morir, no fueron impedimentos para
que guardase en su corazón, si no el recuerdo, el respeto y la veneración por
quien en una ocasión había sido uno de los héroes de la gigantesca lucha por
el dominio del Imperio. Y con los sentimientos también había heredado las
numerosas conexiones que Marco Antonio, durante sus años de gobierno
como triunviro plenipotenciario, había tejido en las provincias orientales del
Imperio, así como las resultantes de una tupida red de enlaces matrimoniales.

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Estaba emparentada con las casas reales del Ponto y de Tracia[16], dos reinos
clientes de Roma; su hermanastra, Cleopatra Selene, hija de Marco Antonio y
Cleopatra y una de las protegidas de su madre Octavia, era la esposa del rey
Juba II de Mauretania, y mantenía una estrecha relación con la casa real de
Judea gracias a su amistad con Berenice, la sobrina y nuera de Herodes el
Grande.
Era, después de Livia, la mujer más rica de Roma y también la más
influyente. Como madre de tres hijos, de acuerdo con la reciente legislación
promulgada por Augusto —el ius trium liberorum («derecho de los tres
hijos»)— gozaba de plena libertad para administrar sus bienes sin necesidad
de tutela masculina, unos bienes considerables, con propiedades dispersas por
Roma, Italia y las provincias del Imperio. Sirvan de ejemplo las tierras que
poseía en Egipto y que en su nombre administraba Alejandro Lisímaco, un
potentado judío, hermano de uno de los filósofos más renombrados del
judaísmo helénico, Filón de Alejandría, cuyos escritos precisamente son
fundamentales para interpretar el reinado de Calígula. Mientras Livia había
utilizado sus resortes de poder, aun en la sombra, para satisfacer ambiciones
políticas dirigidas a perpetuar en su propia descendencia el solio imperial, de
ser necesario con maquinaciones e intrigas, Antonia no había cesado de
mostrar, con el comportamiento intachable de una verdadera aristócrata, su
lealtad al emperador y a la familia imperial, como fiel y desinteresada
consejera. Bien es verdad que también el orgullo de su ascendencia y la
desnuda franqueza con la que expresaba sus opiniones, aun a riesgo de herir
susceptibilidades o parecer impertinente, no contribuían a que la dama se
granjeara la simpatía de los que la rodeaban.
Frente a su madre Octavia, al margen de la política, a no ser como juguete
o moneda de cambio de su hermano para componendas o alianzas como la
que fugazmente ligó su destino al de Marco Antonio, Antonia mantenía
contactos con personajes influyentes de la política. Varios conspicuos
personajes de la nobleza gozaron de la protección de la dama, como los
senadores Valerio Asiático y Lucio Vitelio. El primero, de origen galo y al
que seguramente conoció Antonia durante el tiempo que permaneció con su
marido en la frontera septentrional, fue el primer representante de la Galia
Narbonense admitido en el Senado y, con el apoyo de Antonia, logró cumplir
una brillante carrera. Vitelio, el padre del futuro y fugaz emperador, consiguió
hasta tres veces el consulado, antes de ser nombrado gobernador de Siria,
donde, por cierto, depuso al procurador de Judea Poncio Pilatos. Ambos,
cuando Calígula llegó al poder, gozaron de su afecto y confianza, forjados en

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el tiempo que pasó con su abuela. Por otro lado, la casa de Antonia estaba
abierta a príncipes y princesas de reinos tan distantes como Judea, Tracia,
Comagene, Mauretania o Partia, que se criaban y educaban bajo su
supervisión: impregnados de la cultura romana aseguraban a su regreso tanto
la influencia de la dama, como la lealtad al Imperio en sus respectivos países.
Así ocurrió, por ejemplo, con los tres hijos del rey tracio Cotys —
Rhoemetalces, Polemón y Cotys II— enviados a casa de Antonia tras el
asesinato de su padre, y que luego reinaron, respectivamente, en Tracia, el
Ponto y Armenia Menor.
Uno de estos príncipes particularmente próximos a Antonia fue el judío
Herodes Agripa. Nacido el 10 a. C., era hijo de la íntima amiga de Antonia,
Berenice, sobrina de Herodes el Grande e hija de una amiga de Livia, Salomé.
Sabemos bastante de su novelesca vida por Flavio Josefo. Agripa había
llegado a Roma poco antes de la muerte del rey Herodes y fue educado junto
con el hijo de Tiberio, Druso, con quien le unió una gran amistad. Cuando
Druso murió, su madre, Berenice, pidió a Antonia que ayudase a Agripa a
progresar en la carrera de los honores y, atendiendo a sus ruegos, le hospedó
en su casa y lo convirtió en compañero inseparable de su propio hijo, Claudio,
el futuro emperador. Vividor y pródigo, cuando falleció Berenice, dilapidó su
fortuna hasta quedar reducido a la indigencia. Abandonó Roma y, perseguido
por los acreedores, después de haber intentado, desesperado, quitarse la vida,
obtuvo una humilde sinecura en un lugar de Judea, gracias a su esposa,
Cipros. Pronto se cansó del mísero regalo y buscó nuevas fuentes de recursos
junto a Flaco, el gobernador de Siria, con quien le unía una buena amistad de
los tiempos de Roma. Denunciado por soborno por su propio hermano ante
Flaco, que le retiró su protección, y no sabiendo adónde acudir, trató de
regresar a Italia, pero en uno de los puertos donde recaló, fue hecho prisionero
por el gobernador, Herennio Capitón, que le exigía el reembolso de una deuda
con el tesoro imperial, contraída por Agripa en Roma, por valor de trescientos
mil dracmas (unos mil kilos de plata). El príncipe judío logró escapar y se
dirigió a Alejandría, donde, de nuevo gracias a los oficios de su mujer,
consiguió el dinero necesario para proseguir solo, sin la esposa y los hijos, su
viaje a Italia. Tras desembarcar en Puteoli, escribió al emperador a Capri,
solicitando verle para rendirle homenaje. Tiberio le recibió amablemente y le
hospedó en la isla, pero, al día siguiente, cuando se enteró por una carta de
Herennio de las cantidades que adeudaba al tesoro, indignado, le prohibió
presentarse ante él hasta que no liquidara su deuda. Y finalmente fue Antonia

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la que facilitó el dinero, en recuerdo de su madre Berenice y por la amistad
que le unía a su hijo Claudio.
Fue por entonces cuando Agripa conoció a Calígula. Agradecido a
Antonia por haberle sacado del apuro y permitido recuperar la gracia de
Tiberio, Agripa, que ya había cumplido los cuarenta años, dedicó su atención
al joven Cayo, que, no obstante haber cumplido ya los diecisiete, todavía no
había realizado la ceremonia de paso de la infancia a la adolescencia con la
sustitución de la toga praetexta por la toga virilis. Más próximos a su edad,
Calígula se relacionó en casa de Antonia sobre todo con los hijos del rey de
Tracia. Uno y otros, como acostumbran a subrayar los biógrafos de Cayo,
pudieron influir en el moldeamiento de su personalidad con parámetros
alejados del modelo romano en favor de actitudes y conductas más próximas
al helenismo y, entre ellas, el concepto, extraño al mundo romano, de la
monarquía autoritaria de corte oriental, donde el término «ciudadano»,
esencial e irrenunciable como rasgo propio y distintivo del individuo y de la
colectividad romanos, quedaba sustituido por el de simple «súbdito», en el
que la voluntad omnímoda del rey era la única ley, y su persona no solo se
consideraba sagrada, sino divina.
Otra imagen que, según una extendida opinión, quedaría impresa en la
mente del joven Cayo y que podría explicar algunos de sus posteriores
comportamientos pudo ser la idealizada de Marco Antonio, el padre de
Antonia, que la dama veneraba y que presentaría al nieto como modelo, en
craso contraste con el propuesto oficialmente por Augusto, en seguimiento de
una renovada tradición de los viejos tiempos republicanos. El ideal romano,
rígido y dependiente de un conjunto de valores bien definidos o, incluso,
estereotipados, tenía su compendio en la uirtus, esto es, en un modelo
específico de conducta pública acuñado en la tradición aristocrática, que
incluía una serie de virtudes como la iustitia (justicia), la temperantia
(autocontrol) o la prudentia (prudencia). En cambio, en casa de su abuela
Antonia, Calígula pudo ser inclinado, de acuerdo con el mito en que había
sido convertida la figura de Marco Antonio, a la predilección por la búsqueda
de objetivos vitales bien distintos, que incluían la libertad de acción, el
individualismo, la persecución de horizontes exóticos o metas inalcanzables y
la afirmación del yo hasta los límites sobrehumanos de la heroización.
Así, las bien conocidas tendencias que aflorarían durante el reinado de
Cayo, con comportamientos ajenos al modelo romano de conducta pero
explicables en un ambiente de corte helenístico, habrían podido generarse en
el conocimiento y la familiarización con las costumbres orientales que se

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respiraban en el entorno de Antonia, que vinieron a estimular experiencias
personales como las vividas de la mano de sus padres, cuando, apenas con
siete años, sus asombrados ojos se asomaron por vez primera al exótico y
fascinante entorno de Siria y Egipto.
Aparte estas vivencias, desconocemos las relaciones reales de Cayo con
su abuela durante el tiempo en que convivieron. Se han dibujado antes
algunos rasgos de la personalidad de la vieja dama, entre ellos, su franqueza,
la peligrosa virtud de expresar las opiniones en un lenguaje explícito y
directo, aun a riesgo de parecer ofensivo. En la caricatura que Suetonio ofrece
de la vida de Calígula se carga en su cuenta, entre otros muchos crímenes,
haber obligado a su abuela a suicidarse, harto de sus críticas y reproches[17].
Es posible que las relaciones con Antonia no hayan sido lo afectuosas que
puede esperarse de una abuela y un nieto. El orgullo y la integridad de
Antonia se avenían mal con exteriorizaciones de cariño, permisividad en los
caprichos o prodigalidad en los mimos. Guardiana del honor de su linaje,
podía mostrarse intransigente hasta los límites de la crueldad si se
contravenían las normas de conducta a las que se suponía debían atenerse los
miembros de la gens Iulia. Y lo mostró, como veremos, hasta con su propia
hija Livila, cuando la dejó morir de hambre por considerarla culpable de
haber asesinado a su marido. Por ello, pierde credibilidad el escabroso
episodio que el incansable fustigador de Cayo, su biógrafo Suetonio, relata
como ocurrido en casa de Antonia, que, de ser cierto, habría desencadenado
por parte de la dama una fulminante reacción:

Tuvo comercio incestuoso y continuo con todas sus hermanas… Se


dice que llevaba aún la toga pretexta cuando arrebató la virginidad a
Drusila, y un día le sorprendió en sus brazos su abuela Antonia, en
cuya casa se educaban los dos.

El incesto era considerado, al menos entre las clases cultas de Roma,


como obsceno y degradante y, como tal, condenado sin paliativos, aunque se
conocieran casos famosos como el de Clodio, el tribuno de la plebe aliado de
César, con sus dos hermanas. También es cierto que Calígula a lo largo de su
vida mostró un extraordinario afecto por sus tres hermanas, elevado incluso a
categoría pública y oficial, como se verá en su momento. Fue,
indudablemente, este afecto fraternal el responsable de tales habladurías, que
el propio Suetonio, aun haciéndose eco de ellas, matiza con un «se dice», que
les quita verosimilitud. Es sintomático que ni Séneca ni Filón, las dos fuentes
contemporáneas de Calígula, cuyos escritos adoptan un elevado tono moral,

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mencionan la acusación de incesto entre los muchos crímenes que cargan en
la cuenta del emperador. Ni siquiera Tácito, cuando se refiere a las
inclinaciones incestuosas de Agripina hacia su hijo Nerón, menciona la
aberrante relación con su hermano Cayo, a la que no habría dejado de hacer
alusión de ser cierta o verosímil, teniendo en cuenta lo apropiado del
contexto.
A pesar de su relativa brevedad —menos de dos años—, la estancia de
Cayo en casa de su abuela constituyó un punto de inflexión en su trayectoria
vital. El significativo impacto de las recientes experiencias vividas en torno a
Antonia afectaron no solo a su comportamiento futuro sino también a su
percepción acerca del poder y de sus posibilidades de uso, un poder que ya
podía tocar con la mano a medida que las desgraciadas circunstancias de su
entorno familiar le iban convirtiendo en el más serio candidato a la sucesión.
Y fue el propio Sejano quien paradójicamente vino a dar el último empujón.
El detonante fue la muerte, en el verano del año 31, del hermano mayor
de Cayo, Nerón, que arrastraba desde dos años antes una mísera existencia en
su exilio de Ponza. Las circunstancias de su muerte permanecen oscuras. Lo
más probable es que se suicidara, dejándose morir de hambre, cuando se le
presentó una supuesta carta del Senado con su sentencia de muerte,
acompañada ostentosamente por los útiles del suplicio —la cuerda y los
garfios—, que le mostraba su portador.
Agripina, en el exilio; Nerón, muerto; Druso, bajo arresto en los sótanos
del Palatino; Tiberio Gemelo, el nieto del emperador, demasiado joven para
ser tenido en cuenta. En la eliminación de los estorbos que impedían a Sejano
cumplir su ambicioso sueño de convertirse en sucesor de Tiberio, solo
quedaba Cayo Calígula. Antonia, cumpliendo su papel de protectora de sus
nietos y más concretamente del que le había sido confiado a su custodia,
alertó a su cuñado Tiberio en una carta[18], llevada en secreto a Capri por su
liberto Palante, sobre las intenciones de Sejano y el peligro que corría
Calígula. Que las sospechas de Antonia no eran gratuitas parece
fundamentarlo una cita incidental de Tácito en la que alude a un expretor,
Sexto Paconiano, «un osado malhechor, que espiaba los secretos de todos y
que había sido elegido por Sejano como ayudante en su emboscada contra
Cayo César». Y Tiberio, que confiaba en Antonia, llamó a su lado a Cayo,
quien, a finales de agosto del 31, efectivamente, abandonó la residencia de su
abuela para instalarse en Capri.

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La caída de Sejano

Sejano por entonces había alcanzado el pináculo del poder y sus perspectivas
de suceder a Tiberio, que unos años antes solo podían considerarse una
quimera, habían ido paso a paso evolucionando hasta convertirse, primero, en
una posibilidad real, luego, en un futuro seguro. Aparte de los honores
insólitos con que Tiberio le había honrado —la celebración pública de su
natalicio, la veneración de estatuas de oro con sus rasgos—, la culminación
pareció llegar cuando el emperador anunció que investiría, con él como
colega, el consulado del año 31. Puesto que Tiberio únicamente había
revestido esta magistratura —la más alta de la carrera de los honores— con
Germánico, primero, y, luego, con su hijo Druso, como colegas, la concesión
parecía significar una velada designación como sucesor. Como sabemos, el
ambicioso prefecto había ido ocupando en Roma, libre de la supervisión de
Tiberio, la mayoría de los resortes del poder, y no solo el real, fundamentado
en la lealtad de las cohortes pretorianas y en las estrechas y amigables
relaciones con los responsables de los ejércitos estacionados en las fronteras
del Imperio, sino también el institucional, con el concurso de grupos de
presión, convencidos o sobornados, en el seno del Senado, custodio de la
legalidad constitucional. Contaba con la total confianza del emperador, al que
solo llegaban, filtrados por el prefecto, aquellos asuntos que pudieran serle de
utilidad, llegado el caso, manipulados para servir mejor a sus intereses. Y
todavía, en los últimos meses, Tiberio había, por fin, accedido a incluirle en
su familia, autorizando su matrimonio con Julia, la hija de Druso, el
malogrado hijo de Tiberio, y de Livila, en otros tiempos su amante. Más aún,
a propuesta del emperador, el Senado le había investido del imperium
proconsular, que le otorgaba el poder sobre las provincias y el ejército, por
encima de los correspondientes gobernadores. Lo único que necesitaba para
cerrar el círculo era la potestad tribunicia.
No debe extrañar que la consolidación y el fortalecimiento del poder de
Sejano comenzara a incomodar a Tiberio, aun siendo el principal responsable
de su encumbramiento, despertando sospechas en su natural desconfianza de
que ese poder, en principio delegado, podía ser usado, llegado el caso, al
margen o en contra de su propia voluntad. Así, el cenit iba a ser
paradójicamente el responsable de precipitar la caída. Solo hacía falta un
empujón, que llegó, como sabemos, con la carta de Antonia, cuya lealtad
estaba por encima de toda duda. Con la franqueza que la caracterizaba y con
los datos que había ido acumulando gracias a sus privilegiadas fuentes de

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información, encontró el suficiente coraje para poner en guardia a su cuñado
sobre el peligroso prefecto, exponiendo en concreto sus temores sobre el
incierto futuro que corría el joven Cayo.
Llama la atención que Tiberio reaccionara tan lentamente al latente
peligro y sobre todo que lo atajara con procedimientos tan tortuosos, cuando
podía haber actuado de forma práctica y expeditiva. Hubiera bastado con
convocar al prefecto al palacio de Capri y allí, con ayuda de la guardia,
eliminarlo sin más, para nombrar a continuación a un sustituto de su
confianza y dar cuenta por carta al Senado para que procediese a la
depuración de los partidarios del prefecto. A tenor de la mala reputación
acumulada por Sejano, la opinión pública probablemente habría aprobado la
medida, lo mismo que la mayoría de los miembros del Senado, hartos de
sufrir la arrogancia de un parvenu.
Pero Tiberio complicó la eliminación del prefecto con una serie de
medidas tan cautelosas como innecesarias y, con ello, pudo comprometer el
éxito de la operación. En primer lugar, mandó llamar al prefecto de los
vigiles[19], Quinto Nevio Macrón, un caballero oriundo de la vieja colonia
romana de Alba Fucens (Albe, cerca de Avezzano, en la Italia central), y lo
despachó a Roma con dos cartas para el Senado, una en la que comunicaba a
la Cámara su nombramiento como nuevo prefecto del pretorio; la otra, que
ponía en evidencia la traición de Sejano y en la que solicitaba tomar medidas
contra él. El nudo principal de la trama consistía en mantener en secreto el
contenido de las cartas y atraer a Sejano a la sesión del Senado en la que se
daría a conocer sus contenidos. Para ello, el nuevo hombre de confianza de
Tiberio, llegado a Roma en la noche del 17 al 18 de octubre del 31, convino
reservadamente con uno de los cónsules en ejercicio la convocatoria de una
sesión del Senado para el día siguiente, mientras hacía saber a Sejano que
debía presentarse a la sesión, ya que era portador de una carta en la que
Tiberio recomendaba a los senadores otorgarle la potestad tribunicia.
Para mantener bajo control todos los hilos de la trama, Macrón se las
arregló para sustituir el servicio de la guardia pretoriana, que, en torno al
templo de Apolo, donde iba a celebrarse la sesión, debía velar por el orden
interno, por soldados de confianza de sus propias unidades de vigiles, y, tal
como había sido planeado, el desprevenido prefecto acudió a la trampa, con el
convencimiento de que por fin iba a caer la última barrera que le separaba de
la sucesión al Imperio. Se comenzó a leer la carta, que estudiadamente
Tiberio había redactado de forma prolija para mantener a Sejano en su
creencia antes de asestar abruptamente el golpe final. El rostro de Sejano,

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confiado y arrogante, se contrajo en una mueca de asombro y terror cuando se
desveló la descarnada acusación del viejo emperador: denunciaba que el
prefecto quería asesinarlo, que deseaba volver a Roma, pero que esperaba se
le mandara una guardia para escoltarlo desde Capri, y, por último, que el
prefecto fuera detenido. De inmediato se cumplió la orden, y Sejano fue
conducido a la prisión subterránea que se hallaba al norte del Foro, el
Tuliano[20].
Cuando en Roma se corrió la noticia del encarcelamiento del odiado
prefecto, se produjeron disturbios entre la población, y las estatuas de Sejano
fueron derribadas. Los pretorianos, por su parte, se manifestaron en contra de
la prisión de su jefe, pero las palabras de Macrón y una oportuna distribución
de recompensas consiguieron calmarlos. En una nueva sesión del Senado, se
le condenó a muerte y aquella misma tarde fue estrangulado en el Tuliano. Su
cuerpo fue precipitado por las escaleras Gemonias y expuesto a los vituperios
del pueblo durante tres días antes de ser arrojado al Tíber. Seis días después,
también su hijo mayor era condenado por el Senado y ejecutado. Ni siquiera
sus otros dos hijos, menores de edad, pudieron sustraerse a la furia de las
depuraciones. Dejemos contar a Tácito, que en este punto reanuda su relato,
los espeluznantes detalles:

Se determinó después castigar a los restantes hijos de Sejano,


aunque la ira de la plebe se iba desvaneciendo y los más se habían
aplacado ya con los primeros suplicios. Se llevó a la cárcel al hijo, que
comprendía lo que les amenazaba, y a la niña, inocente hasta el punto
que preguntó repetidamente por qué delito y adónde se la arrastraba;
decía que ya no lo volvería a hacer y que se la podía castigar con el
azote de los niños. Cuentan los historiadores de la época que, como se
consideraba inaudito que una virgen sufriera la pena capital, el
verdugo la violó al tiempo que le ponía la cuerda; luego, una vez
estrangulados, los cuerpos —a aquella edad— fueron arrojados a las
Gemonias.

Los bienes de la familia confiscados, sus hijos muertos: Apicata, no


pudiendo soportar tanto dolor, se suicidó, no sin antes escribir una carta a
Tiberio en la que acusaba a Livila de haber envenenado a Druso, en
connivencia con su exmarido. La denuncia produjo un terrible dolor en el
viejo emperador, que había puesto en su único hijo todas sus esperanzas. Ante
la magnitud del crimen, se pusieron en marcha todos los mecanismos para
obtener la verdad, y muchos inocentes fueron torturados sin que pudiera

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llegarse a conclusiones definitivas. Apicata, no obstante, logró desde la tumba
su propósito de venganza contra quien había intentado arrebatarle su posición.
Livila, señalada con el dedo por la opinión pública, siempre proclive a creer
cualquier escándalo que pudiera involucrar a la casa imperial, y considerada
culpable por su propia familia, avergonzada y presa de desesperación, buscó
refugio en casa de su madre y allí, encerrada en una habitación, fue
condenada a morir de hambre por la estricta Antonia.
Como era de esperar, la muerte de Sejano desató en Roma una auténtica
caza de brujas contra verdaderos o supuestos colaboradores y amigos del
caído en desgracia. Según Tácito:

[Tiberio]… mandó que todos los que estaban en la cárcel acusados


de complicidad con Sejano fueran ejecutados. Podía verse por tierra
una inmensa carnicería: personas de ambos sexos, de toda edad,
ilustres y desconocidos, dispersos o amontonados. No se permitió a los
parientes o amigos acercarse ni llorarlos, y ni siquiera contemplarlos
durante mucho tiempo, antes bien se dispuso alrededor una guardia
que, atenta al dolor de cada cual, seguía a los cuerpos putrefactos
mientras se los arrastraba al Tíber, donde si flotaban o eran arrojados a
la orilla no se dejaba a nadie quemarlos ni tocarlos siquiera. La
solidaridad de la condición humana había quedado cortada por la
fuerza del miedo y cuanto más crecía la saña, tanto más se ahuyentaba
la piedad.

Llama la atención, entre los muchos procesos, el de un tío de Sejano,


Junio Bleso, que había sido procónsul de África, donde ganó los honores del
triunfo. Se estima que una treintena de senadores fueron arrastrados por la
desgracia del valido. De muchos ni siquiera conocemos sus nombres, ya que
fueron concienzudamente borrados de las inscripciones honoríficas[21]. Uno
de ellos, el historiador Marco Veleyo Patérculo, escribió el único elogio
conocido del siniestro prefecto, que, merece la pena reproducir como ejemplo
de interesada adulación:

Es raro que los grandes hombres no asocien en la dirección de su


fortuna a hombres eminentes: Tiberio eligió a Elio Sejano para que le
ayudara a llevar las pesadas tareas del Principado. Su padre fue uno de
los más destacados miembros del orden ecuestre y estaba emparentado
por su madre con antiguas e ilustres familias de distinguidos
miembros: hermanos, primos y un tío materno, que había llegado al

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consulado. Él mismo combinaba la lealtad a su príncipe con su gran
capacidad de trabajo; su disposición y su persona eran en todo
conformes a su espíritu, sufridor de cualquier trabajo y de quien uno se
podía fiar complemente. Era austero, pero su severidad no excluía la
afabilidad; en la acción no tenía un aire afectado; no pretendió
honores, aunque todos los honores vinieron a él. Se juzgó siempre
inferior a la estimación que todos hacían de su persona. Sosegado en
su expresión y en su vida, su mente, en cambio, siempre estaba alerta.

El paso de Sejano por el poder dejó un rastro de desolación, imposible de


remontar, que afectó, en primer lugar, a la aristocracia senatorial. La
despiadada persecución de los partidarios de Sejano envenenó la atmósfera
política y desató una ola de terror, de la que los miembros del Senado trataron
de escapar al grito de sálvese quien pueda. Deseosos de alejar sospechas de
connivencia o de prevenir posibles acusaciones contra ellos mismos, fueron,
en gran parte, responsables de atizar el fuego de la represión: enfrentados
entre sí y atrapados por el odio, la desconfianza y la angustia, buscaron en la
denuncia y persecución de auténticos o supuestos amigos y cómplices de
Sejano una salvación personal, en una repugnante emulación de denuncias,
que solo pueden calificarse como un auténtico proceso de autodestrucción.
Así lo describe Tácito con profundo pesimismo:

Fue lo más nefasto que aquellos tiempos tuvieron que soportar: los
principales de entre los senadores ejerciendo incluso las delaciones
más rastreras, unos a la luz del día, muchos ocultamente; y no se
distinguían los extraños de los parientes, los amigos de los
desconocidos, lo que era reciente de lo que ya resultaba oscuro por su
vejez; se acusaban por igual las palabras dichas sobre el tema que
fuera en el Foro y en la mesa, pues algunos se apresuraban a tomar la
delantera y a elegir un acusado, otros por protegerse, y los más como
contagiados por una enfermedad infecciosa.

Pero también el emperador, golpeado en las fibras más íntimas de su ser


por el amargo desengaño que había supuesto la traición del valido, acrecentó
sus tendencias a la misantropía y se reafirmó en su decisión de no volver
jamás a Roma. La complicada trama de la caída de Sejano no parece que
pueda ser satisfactoriamente explicada, en especial por lo que se refiere a su
auténtico desencadenante, más allá de las sospechas o acusaciones vertidas en
la carta de Antonia. Que Tiberio temía a Sejano y era consciente de su poder

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lo prueba el que hubiese ordenado a Macrón, antes de comenzar el prolijo
proceso de desenmascarar al prefecto, tener preparada en las aguas de Capri
una pequeña flota para, en caso de fracaso de la operación, dirigirse a Siria y
buscar refugio y protección entre los ejércitos estacionados en la provincia
oriental. Todavía más, como último recurso, habría autorizado a Macrón a
liberar a Druso, el hijo de Agripina que se hallaba encarcelado en los sótanos
del Palatino, y darle el mando de las fuerzas militares.
En la concisa autobiografía escrita por Tiberio, hoy perdida, pero que
Suetonio, al parecer, pudo consultar, afirmaba el emperador que «castigó a
Sejano como perseguidor de los hijos de su hijo Germánico». Difícilmente
puede aceptarse esta justificación, si tenemos en cuenta la gran parte de
responsabilidad asumida por Tiberio, cuando el mayor de ellos, Nerón, fue
obligado a suicidarse en su destierro en Ponza, mientras el segundo, Druso, a
pesar de la muerte de Sejano, su acusador y perseguidor, nunca fue
rehabilitado, lo mismo que su madre. Pero también es cierto que no puede
achacarse a Tiberio el extender el odio hacia Agripina y sus dos hijos mayores
a toda su prole. Tiberio se mantuvo en la promesa hecha a Augusto de
apadrinar a Germánico, aun teniendo un hijo propio, Druso. Y, aunque
eliminó a parte de esa descendencia, por razones reales o inventadas, siguió
prodigando su protección al único varón superviviente, Cayo. Antonia podía
estar tranquila. El simple hecho de que Tiberio hubiese llamado a Cayo a
Capri para vivir con él significaba una garantía de seguridad para el joven. Y,
lo mismo que había sido duro con Agripina y sus dos hijos mayores, se
mostraría comprensivo y afable con el menor, haciendo evidente, con esta
diferencia de trato, que no nutría ninguna hostilidad preconcebida hacia la
familia de Germánico.
Que a Sejano le perdió su ambición y el miedo de Tiberio a que el poder
que él mismo le había proporcionado un día se volviese contra él es
incuestionable. Tenemos el testimonio de Dión, que revela tanto la creciente
desconfianza de Tiberio frente a quien tanto tiempo había sido su alter ego,
como el progresivo distanciamiento con respecto al valido, con actitudes de
desprecio o reproche. Y lo que es más revelador: la intención de Sejano de
provocar una rebelión militar ante la sospecha, alimentada por las
insinuaciones del propio Tiberio, de tener la intención de hacer de Cayo su
sucesor al trono, rebelión, por otra parte —apostilla Dión—, condenada al
fracaso, dada la inmensa devoción que el recuerdo de su padre Germánico
despertaba en el pueblo.

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3
CALÍGULA EN CAPRI

Un incierto futuro: las muertes de Druso y Agripina

C ALÍGULA ya había cumplido los diecinueve años cuando Tiberio lo


llamó a Capri, a finales del verano del 30, apenas dos meses antes de la caída
de Sejano. A pesar de su edad, aún podía considerársele un niño, puesto que
todavía no había endosado la toga virilis y, por supuesto, estaba ayuno de
cualquier experiencia en la administración del Estado. En realidad, apenas
sabemos nada de su educación. Se supone que, como era habitual en las
familias de la aristocracia, no acudió a la escuela pública y recibió en su
propia casa la pertinente instrucción que, hasta los once o doce años, se
confiaba a un paedagogus, esclavo o liberto, generalmente griego, que
cumplía el doble papel de persona de confianza, en quien se descargaba el
cuidado y la vigilancia del niño noche y día, y de preceptor, proporcionándole
los rudimentos de lectura, escritura y aritmética y, por supuesto, el
conocimiento de la lengua griega, que desde finales de la República se
consideraba esencial para la educación de un joven. El pedagogo, que
sustituía al padre en su función de educador, apenas era estimado o, todavía
más, se le despreciaba, considerándole perjudicial para la formación del niño,
como muestra este texto de Tácito:

Se llenan sus tiernecitas almas de fábulas y de mentiras que estos


les cuentan, no hay en casa quien se preocupe lo más mínimo de lo que
se dice y de lo que se hace delante de los niños. Ni siquiera sus
mismos padres tienen miramiento alguno con sus hijos, no les inculcan
la honradez ni la modestia, sino todo lo contrario, la lascivia y la
procacidad en el hablar, por lo cual los niños se hacen enseguida
desvergonzados y despegados de todo. Como si ya en el vientre de sus
madres fueran concebidos impregnados de estos vicios: el interés por
los histriones, la afición a los gladiadores y a las carreras de caballos.

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A partir de los doce años se enfrentaba al niño con estudios ya un tanto
especializados, en manos de un grammaticus. El programa abordaba la lengua
latina y la griega indistintamente y abarcaba dos partes: la ciencia del bien
hablar y la interpretación de los poetas. A partir del comentario del texto se
enseñaba a los niños geografía, historia, mitología, astronomía… De esta
enseñanza salían los jóvenes en disposición no solo de interpretar
críticamente a los poetas y prosistas, sino también de componer sus poemas.
Pero esencialmente esta segunda etapa de la educación proporcionaba al
joven el instrumento fundamental para su inserción en la vida pública, el arte
de la oratoria, que también podía perfeccionarse con un especialista en
retórica, el rhetor.
El joven Cayo, al parecer, asimiló bien estas enseñanzas, en especial las
relacionadas con la elocuencia, en la que ya despuntaba, como sabemos,
cuando, con apenas siete años, se dirigió públicamente a los ciudadanos de
Assos, o, luego, con diecisiete, en la oración fúnebre en honor de su bisabuela
Livia.
Pero al margen de pedagogos, gramáticos y rétores, su formación, más
allá de lo intelectual, no podía dejar de ser mediatizada por los referentes
personales de aquellos a cuyo cuidado había estado sometido: Agripina le
inculcó, a la par de un profundo rencor por Tiberio, el orgullo de pertenecer a
la familia de Augusto; de sus hermanos aprendió el valor de la prudencia; en
casa de Livia y Antonia se familiarizó con las intrigas, los engaños, las
ambiciones y las rivalidades en que se desenvolvía la vida de la corte; su
estancia con Tiberio, en fin, le entrenó en el arte de la simulación.
Apenas llegado a Capri, el emperador comenzó a introducir a Cayo en la
vida pública. Para ello era imprescindible cumplir primero el ritual de
investidura de la toga virilis, que sus hermanos habían cumplido a los catorce
años. En el tipo de ceremonia, modesta y sin el mínimo fasto, se vio la mano
de Tiberio, sobrio y empeñado en mantener las viejas tradiciones
republicanas, renunciando incluso al acostumbrado congiarium, o donativo al
pueblo, al que la aristocracia romana acostumbraba en sus celebraciones,
como había ocurrido cuando Nerón y Druso, sus hermanos, cumplieron la
misma ceremonia.
Sin embargo, el futuro de Calígula seguía siendo incierto, a pesar de que,
tiempo antes, con ocasión de haber sido elegido con el hijo de Sejano como
miembro del colegio de los pontífices por recomendación del propio Tiberio,
el emperador le había alabado, insinuando su intención de hacer de él su
sucesor al trono. Existían, efectivamente, otros tres candidatos. En primer

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lugar, el nieto de Tiberio, Gemelo, único superviviente de su hijo Druso,
aunque más joven que Calígula y sospechoso para su abuelo de ser fruto de
una de las relaciones adúlteras de su madre Livila. Luego, el propio hermano
de Cayo, Druso, que, aunque encerrado en un calabozo del Palatino, no había
sido aún completamente descartado por el viejo emperador para sucederle. De
hecho, como sabemos, tras el descubrimiento de la conspiración de Sejano,
Tiberio había dado órdenes precisas para hacer salir a Druso de su prisión y
enfrentar ante la opinión pública al advenedizo prefecto con el hijo del amado
Germánico. En tercer lugar, Claudio, hijo de Druso, el hermano de Tiberio.
Claudio, cuyas taras físicas se consideraban en el entorno familiar como
signo de debilidad mental, no entraba siquiera en consideración. Pero también
Druso quedó muy pronto descartado. Pasado el susto que habían generado los
supuestos planes subversivos de Sejano, Tiberio no liberó a Druso. Su prisión
se debía, como sabemos, a una condena oficial del Senado por un crimen de
lesa majestad, seguramente propiciada por las imprudentes manifestaciones
del joven hacia Tiberio. El viejo emperador quiso convencerse de su
arrepentimiento y ordenó a los guardianes que le custodiaban informarle
puntualmente de cuanto saliera de sus labios. Parece ser que el joven continuó
con sus invectivas subidas de tono y Tiberio se convenció de que no podía
perdonarlo. Druso acabó por morir de hambre en el año 33. Se cuenta que sus
carceleros dejaron de proporcionarle alimento y que, desesperado, intentó
prolongar su vida aún durante nueve días royendo las pajas del colchón de su
camastro. No puede descartarse que fuera él mismo, con el viejo y bien
conocido recurso, empleado por otros miembros de su familia, de negarse a
comer, quien pusiera fin a su desgraciada existencia.
No es creíble que Tiberio ignorara las circunstancias de ambas muertes y,
si es que no fueron provocadas por él, permitió que ocurrieran. Es evidente,
en todo caso, que no perdonó a Druso, a quien consideraba un factor de
desestabilización, quizá no tanto por lo que pudiera temer de sus acciones,
como por lo que representaba en amplios sectores de la sociedad como hijo de
Germánico. Llama la atención que, dos años antes de su muerte, las
provincias orientales se vieran alteradas por el rumor de que se había visto a
Druso en el Egeo y luego en Grecia. Se decía que tras escapar de su prisión
iba a reunirse con los ejércitos que habían servido bajo su padre y que
pensaba con ellos invadir Egipto o Siria. Se trataba efectivamente de un
impostor de la edad de Druso, que reunió en torno a su persona un grupo de
entusiastas y que obligó al gobernador de Macedonia, Popeo Sabino, a
intervenir, persiguiéndole en un largo periplo desde las Cícladas a Nicópolis,

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en la costa occidental de Grecia. Allí se enteró de que el aventurero,
abandonado de sus seguidores, había confesado ser hijo de Marco Silano[22] y
que trataba de embarcarse con destino a Italia. En Nicópolis se perdió su
rastro y ya nunca se supo más de él.
El rencor de Tiberio hacia el hijo de Germánico aún lo persiguió en la
tumba. Al saber de su muerte, según Tácito:

Se ensañó con el muerto reprochándole que había deshonrado su


cuerpo y que había tenido pensamientos perniciosos para los suyos y
dañinos para el Estado. Mandó además que se leyera la relación de sus
hechos y dichos escrita día por día, lo cual pareció lo más atroz de
todo; que hubieran estado junto a él por tantos años personas
encargadas de tomar nota de su expresión, de sus gemidos, incluso de
lo que a escondidas murmuraba, y que su abuelo hubiera sido capaz de
oírlo, de leerlo, de darlo a la publicidad, apenas resultaba creíble… y
sentían terror y admiración de que aquel hombre [Tiberio] hubiese
llegado a tal extremo de desvergüenza que, como quitando las paredes,
mostrara a su nieto bajo el azote del centurión, entre los golpes de unos
esclavos, suplicando en vano alimento en el momento extremo de su
vida.

No mucho después, el 18 de octubre del 33, exactamente dos años


después de la ejecución de Sejano, murió también Agripina. Según Tácito, al
saber de la eliminación de su enemigo, había albergado la esperanza de ser
liberada; cuando se convenció de que jamás sería perdonada, se quitó
voluntariamente la vida, dejándose morir de inanición, aunque no faltó quien
pensara que se había fingido el suicidio y que, como en el caso de su hijo
Druso, se le habían negado los alimentos hasta hacerla sucumbir de hambre.
Tampoco en este caso la reacción de Tiberio fue precisamente de piedad.
Aprovechó su informe ante el Senado para repetir las invectivas contra su
nuera, tachándola de impúdica, de cometer adulterio con Asinio Galo y de
haberse quitado la vida cuando supo que su amante había muerto. Hasta llegó
a jactarse de haberle permitido un final digno cuando habría merecido ser
estrangulada y arrojada luego por las escaleras Gemonias. El envilecido
Senado votó una acción de gracias y decretó que cada 18 de octubre,
aniversario de las muertes de Sejano y Agripina, se consagrara una ofrenda a
Júpiter.
La muerte de Agripina, paradójicamente, arrastró la de su enemiga Plautia
Plancina, la esposa de Pisón. Había estado protegida, como sabemos, por

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Livia, la madre de Tiberio, y, luego, tras la muerte de la Augusta, fue el
propio emperador quien se encargó de que viviera, solo por odio a Agripina.
Cuando también esta murió, no quedaba motivo para impedir su castigo:
procesada por las muchas acusaciones que habían salido a relucir durante el
juicio contra su esposo, según palabras de Tácito, «sufrió de su propia mano
un castigo más tardío que inmerecido». Ni siquiera esta tardía satisfacción
pudo disfrutar la desventurada esposa de Germánico.

Aprendiendo a sobrevivir

¿Cómo encaró Calígula las desgracias que se habían cebado con su madre y
sus hermanos, cuando además tenía que convivir con el responsable de
haberlas provocado? No solo no podía desfogar su odio, sino que tenía que
procurar no sentirse siquiera afectado por las muertes de estos miembros de
su familia y hacer todo lo posible por halagar a quien había sido su verdugo.
Sin duda, la tensión anímica hubo de ser insoportable y no faltan quienes
consideran que en este estado emocional de permanente contradicción se
generaron los rasgos de inestabilidad psíquica que se le achacan. Pero
también, en esta elemental lucha por la supervivencia basada en la necesidad
de no herir la susceptibilidad de Tiberio, de no pronunciar siquiera una
palabra que pudiese sonar a reproche, se ha fundamentado la acusación de
hipocresía y de servilismo, que habrían conformado uno de los rasgos
determinantes de su carácter. Según Tácito:

Aquel hombre ocultaba un ánimo feroz bajo una engañosa


modestia, sin que hubiera alterado el tono de su voz la condena de su
madre ni el exterminio de sus hermanos; según tuviera el día Tiberio,
él adoptaba un aire igual, y con palabras no muy distintas a las suyas.

La prudencia desarrollada en la etapa de Capri se mostró decisiva para su


futuro. Ni siquiera el idílico refugio de la isla se veía libre del repugnante
juego de las intrigas palaciegas, de los intereses encontrados, de las sordas
luchas por avanzar puestos en la consideración del emperador. Y,
naturalmente, Cayo, como el más próximo a la sucesión, hubo de convertirse
en el blanco preferido de los dardos lanzados para provocar su caída en
desgracia. Y muy pronto comenzaron los ataques, que, a falta de otros
argumentos, señalaban a la sexualidad del joven Cayo. Un senador, Cota
Mesalino, fue acusado de insinuar que el joven era «de incierta virilidad»;

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otro, Sexto Vistilio, le tachaba de impúdico en un escrito. También, las
mismas asechanzas que antes habían acabado con su hermano Druso fueron
tendidas contra Cayo para inducirlo a expresarse libremente, sin lograr que se
le escapase un gesto que pudiese ser interpretado como una crítica a su
anfitrión. Según Suetonio:

Fue objeto de mil asechanzas y de pérfidas instigaciones por parte


de aquellos que querían arrancarle quejas, pero no les dio pretexto
alguno, pareciendo como si ignorase la desgraciada suerte de los
suyos. Con increíble disimulo guardaba para sí todo lo que le
molestaba y mostraba a Tiberio y a cuantos le rodeaban tanto
servilismo que con razón pudo decirse de él «que nunca existió mejor
esclavo ni peor amo»[23].

En esta atmósfera viciada, atrapado entre la suspicacia de Tiberio y las


asechanzas de quienes le rodeaban, mostrar espontaneidad y franqueza
hubiera significado simple y llanamente una estupidez. No puede por tanto
reprocharse a Calígula haber desarrollado el instinto de supervivencia hasta el
grado, por otra parte comprensible, de supeditar cualquier sentido de
responsabilidad moral al elemental objetivo de proteger su vida. Pero también
la necesidad de estar siempre en guardia en este continuo juego de controlar
los sentimientos propios y tratar de descubrir los ajenos desarrolló en Calígula
una aguda capacidad de observación, que le sería de utilidad luego, en su
papel como soberano.
De los sentimientos encontrados, que se debatían en feroz lucha en el
interior de Calígula, solo podemos descorrer la cortina que él mismo, según el
relato de Suetonio, dejó que se entreabriera, no sabemos si con maquiavélico
cinismo:

Según algunos historiadores, el mismo Calígula se alabó más


adelante, si no de haber cometido parricidio, al menos de haberlo
meditado. En efecto, cuando exageraba su cariño a su familia, se le oía
vanagloriarse con frecuencia de haber entrado con un puñal en la mano
en la cámara de Tiberio dormido, para vengar la muerte de sus
hermanos; pero añadía que la piedad le había contenido, había arrojado
el arma al fuego y se había retirado, sin que Tiberio, que le había visto,
se atreviese a acusarlo o a castigarlo.

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Y por lo que respecta a la opinión de Tiberio sobre Cayo, si no pueden
asegurarse sinceros sentimientos de afecto por su nieto, de lo que no hay duda
es de que mantuvo, de acuerdo con su acendrado sentido de la
responsabilidad, la promesa de cuidar de Cayo y promover su formación
intelectual y pública, preparándole para la alta función que le tenía reservada:
su propia sucesión. Este sentido del deber, proclamado incansablemente,
como custodio del sagrado legado de Augusto, que era su obligación
conservar y transmitir en las mejores condiciones, se aviene mal con las
numerosas anécdotas que se ponen en su boca, sobre la poca o nula estima por
su nieto, criticando su comportamiento y los rasgos negativos de su carácter,
impropios de un futuro emperador. Así, según Suetonio, se le atribuía a
Tiberio el decir con frecuencia: «Dejo vivir a Cayo para su desgracia y para la
de todos», o bien, «Crío una serpiente para el pueblo y otro Faetón[24] para el
Universo». Y Tácito relata una conversación entre abuelo y nieto, en la que
cuando Cayo, incidentalmente, se burló de Lucio Sila[25], le contestó el viejo
que «él tendría todos los vicios de Sila y ninguna de sus virtudes». Por su
parte, Filón asegura que Tiberio «consideraba que Cayo no poseía
condiciones para un mando de tal importancia, puesto que era de un natural
huraño e insociable y de malas costumbres».

La educación del príncipe

En todo caso, si Tiberio pensaba seriamente en Calígula como su sucesor, no


eran los estrechos límites de la isla de Capri el mejor escenario para
introducirle en las complejas responsabilidades de gobierno y en los tortuosos
recovecos de la administración: tanto si actuó impulsado por su sentido de la
responsabilidad, tratando de proteger a su nieto de las múltiples asechanzas
que probablemente en Roma harían peligrar su integridad física, o por simple
egoísmo, manteniéndole sujeto a su lado para evitar que malos consejeros
pudieran volverlo contra él, como había ocurrido con sus hermanos, la
formación de Cayo hubo de contentarse con su asistencia a las doctas sesiones
que, en torno a la mesa de Tiberio, reunían a un grupo selecto de viejos
filósofos, gramáticos, poetas y astrólogos. Se contaban entre ellos el senador
Coceyo Nerva, padre del futuro emperador y experto jurista, y los caballeros
Curcio Ático, Vesculario Flaco y Julio Marino, entre otros, pero también su
astrólogo particular, Trasilo, que ya le había acompañado muchos años antes
en su voluntario destierro en Rodas y que tenía una gran ascendencia sobre el
emperador. Tenemos constancia de que Cayo participaba en las

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conversaciones y hasta se permitía dar su opinión sobre valores literarios, no
siempre acertada o incluso petulante, por ejemplo, al juzgar a Livio como un
historiador farragoso o considerar a Virgilio un poeta sin inspiración.
Se aludió antes a la importancia de la oratoria en la educación de los
jóvenes aristócratas. Cayo continuó insistiendo en su aprendizaje durante su
estancia en Capri y, aparentemente, con excelentes resultados, como se
desprende del testimonio de Flavio Josefo antes citado, al tiempo que
ampliaba su formación cultural, no sabemos si por amor propio o por agradar
a Tiberio, adaptándose a las circunstancias del entorno y mimetizándose con
el emperador también en las aficiones. Así, en la apreciación de Flavio Josefo,
«compartía con Tiberio la afición por las bellas artes, cediendo así a los
requerimientos de aquel hombre, que, además de ser su pariente, era el
emperador».
Este ambiente de estudio y erudición, sin embargo, también estaba abierto
a las pequeñas miserias que genera el poder en su entorno y podía convertirse
en una peligrosa trampa. Lo prueba el trágico fin de varios de los contertulios
de Tiberio en Capri. Según Suetonio:

No se mostró más moderado con los retóricos griegos, que vivían


como huéspedes suyos y cuya conversación le era muy agradable.
Cierto día preguntó a un tal Zenón, que afectaba un lenguaje muy
rebuscado, qué dialéctica tan desagradable era la que usaba; y
habiéndole contestado que la dórica, le desterró a la isla Cinaria,
porque creyó ver en aquella respuesta una alusión ofensiva a su
antigua permanencia en Rodas, donde se hablaba el dorio.
Acostumbraba suscitar en la mesa cuestiones sacadas de sus lecturas
de la jornada; y enterado de que el gramático Seleuco preguntaba
diariamente a sus esclavos qué libro había leído, para acudir así
preparado, comenzó por alejarse de su persona, y poco después le hizo
morir.

De los comensales citados antes, Julio Marino murió tras descubrirse que
había colaborado con Sejano en suprimir a Curcio Ático; Vesculario Flaco fue
condenado por haber participado en la trama judicial que obligó a Escribonio
Libón, un primo segundo de Calígula y nieto de Pompeyo el Grande, a
suicidarse; Nerva, en fin, se quitó la vida, según comenta Tácito, porque
«había querido un final honrado mientras todavía se hallaba entero y en paz,
por la ira y el miedo que le producía el ver tanto más de cerca los males de la
República».

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Pero nuestras fuentes apenas si pasan a vuela pluma por la descripción de
este ambiente de estudio y erudición —aparte de peligroso y rico en intrigas
— frente al regodeo que muestran al detenerse en los excesos eróticos del
viejo emperador en su refugio de Capri y el poco ejemplar comportamiento de
su nieto. Con ello, han señalado el camino a descripciones, recreaciones e
interpretaciones que se complacen en unos detalles cuya verosimilitud hay
que poner en duda. Así, según Suetonio:

En su quinta de Capri [Tiberio] tenía una habitación destinada a sus


desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un
grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de
placeres monstruosos, y a los que llamaba sus «maestros de
voluptuosidad», formaban allí una triple cadena, y entrelazados de ese
modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este
espectáculo, sus estragados deseos… Tenía, además, varias cámaras
dispuestas diversamente para este género de placeres, adornadas con
cuadros y bajorrelieves lascivos, y llenas de libros de Elefantidis[26],
con objeto de tener en la acción modelos a imitar… A causa de esto, el
pueblo, jugando con el nombre de la isla, daba a Tiberio el nombre de
Caprineum[27]… Se dice que había adiestrado a niños de tierna edad, a
los que llamaba «sus pececillos», a que jugasen entre sus piernas en el
baño, excitándole con la lengua y los dientes, y también, a semejanza
de niños creciditos, pero todavía en lactancia, le mamasen los pechos,
género de placer al que por su inclinación y edad se sentía
principalmente atraído… Se afirma también que cierto día, durante un
sacrificio, enamorado de la belleza del que llevaba el incienso, apenas
esperó a que terminase la ceremonia para satisfacer secretamente su
nefanda pasión, a la que tuvo que prestarse también un hermano del
joven, que era flautista.

Y, por su parte, Tácito comenta:

Que había dejado inflamarse hasta un grado tal de licencia sus


crímenes y pasiones, que, a la manera de los reyes, mancillaba con sus
deshonestidades a jóvenes de condición libre. No solamente la belleza
y los encantos físicos, sino también la inocencia infantil y en unos y
otros la imagen de sus mayores le servían de excitación en sus
pasiones. Entonces, por vez primera, se crearon los antes desconocidos
nombres de sellarii y spintriae, tomados de lo obsceno del lugar y de

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las complicadas lubricidades; tenía dispuestos unos siervos para que le
buscaran y trajeran a esos muchachos, usando de regalos para los
dispuestos y de amenazas para los que se negaban, y si los retenían sus
parientes o sus padres, los tomaba por la fuerza y ejercía sobre ellos
sus concupiscencias cual si fueran cautivos de guerra.

También Dión abunda en el tema de las depravaciones de Tiberio:


Su mala reputación provenía de las relaciones pasionales que
mantenía desenfrenadamente con personas de la alta nobleza, tanto
hombres como mujeres. Por ejemplo, este fue el caso de aquel famoso
Sexto Mario[28], amigo suyo… Cuando escondió en un lugar secreto a
su hija, una joven de belleza fuera de lo común, para evitar que Tiberio
la deshonrase, fue acusado de mantener relaciones incestuosas con
ella, y por esta razón, condenado a morir.

Nony ha puesto el acento en que este tipo de acusaciones, más allá de su


verosimilitud, entran en el terreno de la injuria política. A falta de reproches
consistentes en el ámbito de la esfera pública, solo quedaba para quienes
trataban de desprestigiar a Tiberio acudir a la descalificación basada en
supuestos vicios y defectos personales, un recurso tan elemental como eficaz,
que tantas y tantas veces se ha utilizado a lo largo de la historia. La gama de
posibilidades era bastante limitada y, por ello, sus detractores hubieron de
recurrir fundamentalmente a la lujuria, pero no justificable por los ardores de
la edad, sino degradante. Y así moldearon la figura de un viejo libidinoso y
sádico, obligado a satisfacer con el cerebro lo que le negaba la naturaleza por
la edad, a través de aberraciones especialmente repulsivas como el
voyeurismo, el estupro o la pederastia.
Estos desenfrenos, que se achacan al emperador exclusivamente en sus
últimos años en Capri, se avienen mal con una vida escasa o, más aún,
desgraciada en afectos eróticos, que contribuyó a incrementar en el ánimo de
Tiberio su propensión a la misantropía, inclinación que con tanta insistencia
señalan las fuentes y, en especial, Tácito. Marañón ya puso el acento en la
improbabilidad de tales aberraciones, no tanto por la imposibilidad de que un
hombre que había vivido en un régimen de casi absoluta castidad se lanzase al
desenfreno erótico precisamente al final de su vida —el «viejo verde» suele
ser un tipo bastante común—, sino porque la melancolía y el resentimiento
que le impulsaron a abandonar Roma eran incompatibles con «esas bacanales
escenográficas».

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Quienes rechazan las acusaciones de tardía y aberrante lujuria tratan de
explicar la casi unanimidad de la tradición antigua en la utilización de una
misma fuente de documentación, seguramente, un panfleto distribuido por los
enemigos del emperador y, más concretamente por los pertenecientes al
círculo de Agripina. Pero también cabe una explicación más sencilla. Que se
trate pura y simplemente de una leyenda anónima, fabulada por la
imaginación popular como elemental y gratuita venganza contra un
gobernante incapaz de atraerse a las masas con sinceros o fingidos encantos y
voluntariamente alejado del calor de la muchedumbre.
Es curioso que las fuentes, que con tanto deleite insisten en la descripción
de los excesos de Capri, no incluyan a Calígula como participante en las
orgías de Tiberio, aun denunciando también el improcedente comportamiento
del joven durante su permanencia en la isla. Según Suetonio:

Ya en aquel tiempo, a pesar de todo, no ocultaba sus bajas y


crueles inclinaciones, constituyendo uno de sus placeres más gratos
presenciar las torturas y el último suplicio de los condenados. Por la
noche acudía a las tabernas y casas de mala reputación, envuelto en un
amplio manto y oculta la cabeza bajo una peluca. Tenía pasión
especial por el baile teatral y por el canto. Tiberio no contrariaba tales
gustos, pues creía que con ellos podía dulcificarse su condición feroz.

No hay por qué dudar de las escapadas nocturnas de Cayo, obligado con
veinte años a pasar buena parte de su tiempo rodeado de viejos y pedantes
cortesanos, empeñados en compensar con su erudición la natural inclinación
por la extroversión de un espíritu joven. Más bien habría que preguntarse
adónde podría haber acudido Calígula para desfogar en secreto sus ímpetus en
una isla de diez kilómetros cuadrados, con una docena de villas de propiedad
imperial y tan fuertemente vigilada y protegida. Y tampoco parece probable
que, en un entorno cuidadosamente escogido para acompañar
permanentemente al emperador, hubiera excesivas ocasiones de presenciar
tormentos y ejecuciones. Por otra parte, se compagina mal la supuesta
permisividad del viejo Tiberio con este último nieto frente a los violentos
reproches lanzados contra el mayor, Nerón, por parecidos comportamientos,
que le reportaron el destierro. Cuando Filón, contemporáneo de Calígula, se
refiere a la grave enfermedad que contrajo en el año 41, comenta, como una
de sus causas, que Cayo «había trocado la norma de vida de poco antes,
razonablemente simple y por ende bastante saludable que había observado en

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vida de Tiberio, por una de extravagancias». Y no es que Filón fuera
precisamente uno de sus más fervientes apologistas.

La boda con Junia Claudia

En el año 33, el mismo en el que tan trágicamente morían Agripina y su hijo


Nerón, obtuvo Cayo su ingreso en la carrera de los honores con su elección
como cuestor, que suponía al mismo tiempo su entrada en el Senado como
miembro de pleno derecho y, con ello, acceso al consejo del emperador. En
esta ocasión, se le concedió el privilegio de poder obtener los siguientes
grados cinco años antes de lo reglamentado, a pesar de que el propio Tiberio
recomendó a la Cámara que no halagara la vanidad del joven, acumulando
sobre su persona numerosos o prematuros honores «por temor a que pudiera
extraviarse de una u otra forma», como señala Dión Casio. Seguramente
Tiberio tenía en la mente a los desgraciados hermanos de Cayo, de quienes
creía que su prematuro encumbramiento les había ensoberbecido hasta el
punto de estimular en ellos una peligrosa ambición, que había sido, en última
instancia, la causante de su ruina.
No obstante, llovieron sobre el joven cuestor honores votados en distintas
comunidades urbanas de Italia y de las provincias: Vienna (Vienne), en la
Narbonense, le dedicó una estatua, de la que conservamos la dedicatoria;
Pompeya, en Italia, Caesaraugusta (Zaragoza) y Carthago Nova (Cartagena),
en Hispania, lo eligieron como magistrado honorario y acuñaron moneda con
su efigie.
El año 33, tan cargado en acontecimientos, iba a ser para el joven Cayo
también crucial por una razón muy distinta. Había cumplido veintiún años y
Tiberio consideró que era hora de que contrajera matrimonio. La boda se
celebró en Antium, la localidad latina donde había nacido Cayo, y la esposa
elegida fue Junia Claudia, hija del senador Marco Junio Silano. El suegro de
Calígula, aunque perteneciente a una ilustre familia que remontaba sus
ancestros a la temprana República, había ingresado muy tarde en la carrera de
los honores, obteniendo el consulado en el año 15, gracias al apoyo personal
de Tiberio, que confiaba plenamente en él. Tácito alaba su elocuencia. Debía
de tener más o menos la edad del padre de Calígula, porque el falso Druso,
que tuvo durante un tiempo en vilo el Oriente romano, proclamó al ser
descubierto que era, en realidad, hijo de Silano. De sus méritos, antes de ser
honrado con su ingreso en la familia imperial gracias al matrimonio de su
hija, solo sabemos que había ayudado a su hermano Décimo solicitando de

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Tiberio su regreso del exilio, y que en una sesión del Senado había propuesto
cambiar el habitual método de datación, según los nombres de los cónsules en
ejercicio, por el del año de reinado del emperador, enunciando el ordinal
correspondiente de la potestad tribunicia, que se renovaba anualmente[29], si
bien la aduladora propuesta no prosperó.
También en el mismo año se concertaron matrimonios para las dos
hermanas solteras de Calígula, Drusila y Livila. Como ya sabemos, la tercera,
Agripina, se había casado en el año 28 con Cneo Domicio Ahenobarbo, un
personaje, si hemos de creer a Suetonio, tan detestable como encumbrado por
su linaje, pues era nieto de Marco Antonio y Octavia. Drusila desposó a Lucio
Casio Longino, miembro de una noble familia plebeya, hijo y nieto de
cónsules y, personalmente, «de natural amable y refinada elocuencia», al
decir de Tácito; Julia Livia o Livila, la menor de los hermanos y, al parecer,
una joven de extraordinaria belleza, a Marco Vinicio, también hijo y nieto de
cónsules, aunque procedente de una familia de caballeros originaria de la
ciudad campana de Cales y, según la misma fuente, «educado por su padre en
una disciplina severa y más celebrado por sus aficiones que por la vida
pública». En la ocasión, el emperador dirigió una carta al Senado dedicando
moderadas alabanzas a ambos jóvenes. Nada podía reprocharse a la elección
de Tiberio, a no ser la relativa mediocridad de las familias elegidas. En
cambio, sí causó un cierto revuelo en Roma el matrimonio en ese mismo año
de la nieta del emperador, Julia —viuda de Nerón, el hermano de Calígula, y
durante un corto tiempo prometida a Sejano—, con Rubelio Blando, un
anodino y ya maduro personaje, nieto de un caballero de la localidad latina de
Tibur (Tívoli). El enlace se interpretó como un castigo de Tiberio hacia la hija
y, quizás, cómplice de Sejano y de su madre, la infeliz Livila, a la que con
este modesto casamiento eliminaba de la posible línea sucesoria. Y el hecho
de que también para las hermanas de Calígula se hubieran dispuesto
casamientos de poco relieve parecía indicar la intención de Tiberio de allanar
el camino a la sucesión al trono, eliminando rivales serios que pudieran
ponerla en peligro con importunas pretensiones y lacerantes disputas. Que la
armonía familiar aún duraba tres años más tarde lo prueba el nombramiento
de los cuatro esposos —Domicio, Casio, Vinicio y Rubelio— como
miembros de la comisión a la que Tiberio encargó del reparto de cien
millones de sestercios para paliar los estragos producidos por un gigantesco
incendio que asoló el Circo Máximo y el barrio del Aventino.

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Macrón y Ennia

Todo parecía señalar a Calígula desde el año 33 como sucesor de Tiberio. Eso
era, al menos, lo que pensaba un personaje asiduo de Capri, el prefecto del
pretorio, Quinto Nevio Cordo Sutorio Macrón. Había nacido el 20 a. C. en
Alba Fucens y, como sabemos, su papel había sido esencial en la caída de
Sejano. No menos ambicioso que su predecesor e igualmente taimado, sabía
lo que podía significar para su carrera convertirse en la mano derecha del
sucesor de Tiberio. Y Macrón se convenció que no podía ser otro que Cayo,
por lo que concentró todos sus esfuerzos, primero, en ganarse su absoluta
confianza; después, en sentarlo en el trono. Al precio que fuera necesario.
Pero también Calígula fue asumiendo su nuevo papel o, al menos, la
conciencia de que un día podía suceder a Tiberio y comenzó a preparase el
camino y afianzar su posición. Y ¿qué mejor ayuda que alguien con acceso
directo al viejo emperador, dotado de un poder real y correa de transmisión
necesaria entre Roma y Capri?
La entente fue lentamente cuajando, al tiempo que, por parte de Macrón,
se tomaban las medidas para ir desbrozando el camino de Cayo hacia el
poder. En primer lugar, había que convencer a Tiberio de que su joven pupilo
era el candidato idóneo. En consecuencia, era preciso, todavía más, que el
joven disimulase las cualidades que se suponía debían adornarle, mientras el
prefecto se encargaba de resaltarlas ante el emperador. Esta es la opinión de
Filón, que dedica un largo párrafo a desvelar las marrullerías de Macrón para
presentar a Cayo como un dechado de virtudes, maquillando con el mismo
arte sus defectos.
Macrón, frente a su predecesor Sejano, impulsado por su desmedida
soberbia a pretender para sí mismo la púrpura imperial, aspiraba a la meta,
menos ambiciosa pero más realista, de convertirse en la eminencia gris del
sucesor de Tiberio, en el auténtico poder en la sombra. El propio emperador
no dejaba de darse cuenta de las maniobras de su prefecto, aunque,
probablemente cansado y abandonado, como buen aficionado a la astrología,
a los designios del destino, apenas si reaccionó con una benigna
reconvención, reprochando a Macrón «que hacía bien en abandonar el sol
poniente para mirar al naciente». Y el prefecto continuó con sus planes, en los
que ni siquiera faltaron persecuciones judiciales contra supuestos estorbos en
la aspiración de Calígula a la sucesión. Así, un excolaborador de Sejano,
Sextio Paconiano, sospechoso de tramar un atentado contra Cayo, fue llevado
ante el Senado por delito de lesa majestad y, aunque se salvó por los pelos

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denunciando a Latino Laciar como cómplice de Sejano en la perdición de
Sabino —un personaje del círculo de Agripina—, terminó estrangulado en la
cárcel. Mejor librado resultó Marco Aurelio Cota Mesalino, que, como
sabemos, había puesto en duda la masculinidad de Cayo y que solo escapó de
la condena gracias a la intervención personal de Tiberio. Por el contrario, el
expretor Sexto Vistilio, que también había arremetido contra Calígula en un
escrito, a pesar de haber sido un buen amigo de Druso, el hermano del
emperador, recibió la orden de no acercarse a Tiberio y, tras un fallido intento
de perdón, se abrió las venas. Otros cinco procesos por alta traición,
registrados por Tácito, todos ellos del año 32, se debieron seguramente a las
instigaciones de Macrón y prueban que el cambio de valido no había supuesto
para el castigado Senado un respiro en la permanente sensación de terror e
inseguridad.
Más aún, el prefecto ni siquiera se detuvo en tejer sus telas de araña en el
seno de la familia imperial. Eso es lo que se desprende de un curioso proceso
que se desarrolló durante el último año de vida de Tiberio, en el que se vio
implicado Domicio Ahenobarbo, el marido de Agripina la Joven. La esposa
de un senador, Albucila, conocida por sus muchos amantes, fue acusada de
lesa majestad y arrastró en su desgracia, como cómplices, a algunos de sus
asiduos, entre ellos, el yerno de Tiberio. En las actas que recibió el Senado
sobre la instrucción el proceso, se señalaba a Macrón como el conductor de
los interrogatorios; todavía más, se sospechaba que todo el tinglado había sido
simplemente una invención del prefecto para ajustar cuentas con algunos de
sus enemigos personales. Que Domicio fuese incluido en el grupo de
implicados, acusado del triple crimen de lesa majestad, de impudicia con
Albucila y de incesto con su hermana, Domicia Lépida, se ha explicado como
un intento de Macrón para mantener bajo control a un personaje como el
marido de Agripina, violento, soberbio y ambicioso, que podría suscitar
problemas en un momento tan delicado como el de la inmediata sucesión al
trono.
Un desgraciado suceso en la vida del joven Cayo no iba a ser
desperdiciado por Macrón para utilizarlo en provecho propio. Apenas un año
después de su matrimonio, la joven esposa de Calígula murió de parto,
llevándose consigo a su hijo, un varón, que probablemente se ahorró así una
azarosa vida de intrigas y crímenes. No sabemos los sentimientos que Cayo
abrigaba por su mujer ni el vacío que dejó en su alma, pero Macrón se aprestó
a acudir al consuelo del viudo con el más abyecto de los recursos:
ofreciéndose como alcahuete de su propia esposa, Ennia Trasila, nieta del

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astrólogo Trasilo, el viejo compañero de Tiberio. Esa es, al menos, la versión
de Tácito:

[Macrón] empujó a su propia mujer Ennia a atraerse al joven con


un amor simulado y a encadenarlo con un pacto de matrimonio; él no
se negó a nada con tal de alcanzar el poder; pues, aunque era de
temperamento exaltado, había aprendido las falsedades de la
simulación en el regazo de su abuelo.

Aunque Dión comparte esta opinión, abundando en que Macrón, para


ganarse el favor de Cayo, se las había ingeniado para conseguir que se
enamorase de su mujer Ennia, la versión de Suetonio, en cambio, deja la
iniciativa a Calígula y salva a Macrón del deshonroso papel de consentido,
manteniéndolo ignorante del asunto:

Para estar más seguro de conseguir la sucesión, Cayo, que acababa


de perder a Junia, muerta a consecuencia del parto, solicitó los favores
de Ennia Nevia, esposa de Macrón, jefe de las cohortes pretorianas, a
la que prometió casarse con ella cuando alcanzase el mando supremo,
obligándose a ello por juramento y por escrito.

Es también la opinión de Filón, para quien era Cayo el que cortejaba a


Macrón, por considerar su influencia en los asuntos de gobierno casi
todopoderosa, mientras su mujer «por no declarado motivo, estimulaba e
incitaba a su esposo a no perdonar esfuerzo para ayudar al jovencito». Y
moraliza el filósofo, decididamente misógino, sobre el poder de la mujer para
paralizar y extraviar el entendimiento del esposo, «sobre todo si es una
ramera, porque, consciente de ello, se torna más aduladora», terminando sus
reflexiones sobre el triste papel del marido burlado, que toma la adulación por
afecto y, víctima de las estratagemas de los amantes, acoge a los peores
enemigos como amigos, ignorante de la ruina de su matrimonio y de su hogar.
No han faltado opiniones que niegan cualquier dimensión de índole
sexual a la relación de Cayo con la esposa de Macrón, explicando la relación
como una bien urdida estrategia mediante la cual el matrimonio preparaba,
repartiéndose el trabajo —Macrón, en Roma, y Ennia, en Capri, como
persona de confianza—, el ascenso de Cayo al trono, como lo probaría la
relación de buena inteligencia entre los tres en los primeros meses que
siguieron a la subida de Calígula al solio imperial. Sea como fuere, el caso es

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que, cuando esta relación se rompió, el nuevo emperador decidió eliminar al
prefecto del pretorio acusándole precisamente de alcahuetería.
Cayo, ayuno de experiencias políticas, a pesar de su ingreso en el Senado,
al que, lógicamente, no podía acudir desde su dorado secuestro en Capri, no
tuvo la oportunidad de seguir la vieja tradición romana de ir adquiriendo paso
a paso madurez práctica a través de la asunción de responsabilidades
personales cada vez mayores dentro de la administración del Estado, en el
marco de un engranaje donde se aprendía el valor del consenso y la
colaboración entre quienes se aplicaban al mismo objetivo, por encima de la
brutal imposición de la propia voluntad, transmitida mediante órdenes
perentorias. La filosofía de gobierno romana, basada desde tiempos
inmemoriales en unas máximas políticas sencillas y prácticas, otorgaba un
importante papel a la prudencia y, en especial, al sentido de la medida con
respecto a la utilización del poder, considerado como servicio al Estado. Pero
Calígula solo había conocido, en el encierro de la residencia imperial, la
amplitud de los poderes del emperador, sus prerrogativas y la interpretación
de sus órdenes como ley.

Agripa

Macrón, como soldado y hombre de acción, no era el preceptor más adecuado


para impartir a Cayo sus primeras lecciones políticas, que le ayudaran a
encontrar, como habían hecho Augusto con maestría y Tiberio, a pesar de
todo, con honradez, el difícil equilibrio entre el poder absoluto y la vieja
tradición de la libertas republicana. Y, en ese camino, no iba a ser
precisamente ayudado por un personaje que, en los últimos meses de Capri, se
iba a convertir en su inseparable compañero y mentor, cimentando una
relación de mutua confianza y amistad que permanecería sin romperse a lo
largo de toda su vida. Cayo lo había conocido en casa de su abuela Antonia.
Se trataba de Herodes Agripa.
Como sabemos, perseguido en todas partes por sus abultadas deudas, el
buscavidas judío, cuyas cualidades fuera de lo común —simpático,
comunicativo, brillante— se contrapesaban con no menores defectos —
libertino e irresponsable—, había conseguido, gracias a un préstamo de la
abuela de Cayo, Antonia, tranquilizar por un tiempo a sus enfurecidos
acreedores y recuperar la gracia de Tiberio. De ese modo, logró ser recibido
en Capri por el emperador, quien quedó hasta tal punto cautivado por la
personalidad de Agripa que le preguntó si aceptaría hacerse cargo de la

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educación de su nieto Tiberio Gemelo. Con la intuición que caracteriza a todo
sablista, el príncipe judío captó de inmediato que no era en Gemelo en quien
debía volcar su atención, sino en Cayo, y afiló todas sus armas para atraerse la
voluntad del joven. Logró de Talo, un samaritano liberto de Tiberio, un
gigantesco préstamo de un millón de dracmas y, después de liquidar la deuda
de Antonia, invirtió el resto en tratar de obtener la confianza y la amistad de
Calígula.
La influencia de Agripa, que ya había cumplido los cuarenta y seis años,
sobre un joven de veinticuatro, como Cayo, sería profunda y duradera. No es
necesario insistir en que difícilmente podían ser las tradicionales virtudes
romanas las materias preferidas de conversación en lo que respecta a temas
políticos, todavía menos para quien no aceptaba freno moral en una voluntad
cuyos límites eran solo los que imponía el propio yo. Por ello, para Agripa, el
poder únicamente podía ser instrumento de satisfacción personal, ajeno a
consideraciones de servicio y sacrificio en aras del bienestar para la
comunidad de ciudadanos. Que las perspectivas de futuro de Cayo como
próximo soberano eran uno de los temas recurrentes lo prueba la siguiente
anécdota, que estuvo a punto de costar cara al mentor: en cierta ocasión,
mientras Agripa y Cayo paseaban en carro, comenzaron a hablar sobre
Tiberio, y Agripa, pensando que estaban solos, hizo votos porque Tiberio
muriera pronto y dejara el poder a Cayo, por ser el más digno.
Desgraciadamente, el auriga que conducía el carro, un liberto de Agripa
llamado Eutico, escuchó la conversación y la guardó en su mente. Y cuando
en cierto momento Agripa le acusó de haberle robado una túnica, se fugó.
Capturado, cuando se le preguntó por qué había huido, contestó que tenía
secretos que confesar al emperador, aunque Tiberio, de acuerdo con su
costumbre de enfriar los asuntos antes de abordarlos, lo retuvo durante un
tiempo en prisión. Finalmente, fue traído a su presencia y, allí, denunció a su
amo, relatando, magnificado, lo que había oído decirle a Cayo: «Ojalá llegue
el día en que muera ese viejo y te designe a ti señor del mundo; porque su
nieto Gemelo no nos molestará en lo más mínimo, si tú lo haces morir, y
entonces la tierra gozará de felicidad, y yo el primero de todos». Tiberio dio
crédito a las palabras de Eutico y ordenó a Macrón que encarcelara al judío,
cargado de cadenas. Y en prisión siguió hasta la muerte de Tiberio.
No hay que menospreciar la influencia de Agripa en las consideraciones
sobre el poder que Cayo iba asimilando y que luego materializaría durante su
reinado, que venían a incidir además sobre vivencias experimentadas en la
niñez, en especial, durante su convivencia con los pequeños príncipes de

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casas reales orientales en la mansión de Antonia. La idea de un príncipe, cuya
voluntad debía prevalecer sobre las leyes y las instituciones, amo absoluto de
las vidas y haciendas de sus súbditos y libre de comportarse tanto pública
como privadamente de acuerdo solo con su propio capricho, fue abriéndose
paso en el cerebro de Cayo hasta quedársele grabada como suprema máxima
de gobierno, con absoluto desprecio por las instituciones democráticas del
Estado y por la propia esencia del Principado construido por Augusto.

El problema de la sucesión

Mientras tanto, la salud de Tiberio declinaba rápidamente y hemos de suponer


que, en muchas ocasiones, hubo de reflexionar sobre quién debía sucederle.
La verdad es que no existían muchas opciones. El propio Augusto había
marcado en su momento el camino, restringiendo la sucesión a los miembros
de la gens Iulia, ya fuese por descendencia natural o por adopción. No se
trataba solamente de la natural inclinación a perpetuar en la misma familia
una prerrogativa adquirida en su día por méritos personales. Desde el final de
las guerras civiles, la opinión pública había identificado la paz con la figura
de Augusto y con su familia, cuando no había sido el propio Augusto quien
había extendido esta convicción, expresada una y otra vez con el lema de la
pax Augusta, como predicaban monumentos y monedas. Experimentar fuera
de la gens habría podido amenazar la estabilidad que tantos esfuerzos había
costado adquirir.
Trágicas circunstancias habían podado el árbol familiar hasta dejarlo
reducido a la mínima expresión. El único descendiente directo de Augusto
vivo era el joven Cayo, si se excluía a Claudio, sobrino carnal de Tiberio y
bisnieto del fundador del Principado. Pero, como sabemos, sus taras físicas,
en una sociedad como la romana, le excluían de la vida pública y de su
consideración como posible sucesor. Y, por último, estaba el nieto de Tiberio,
Gemelo, hijo de Druso, a la sazón un muchacho que aún no había alcanzado
la pubertad. No había duda de la elección entre Cayo y Gemelo. Y las
informaciones contradictorias que nos transmiten las fuentes muestran hasta
qué punto Tiberio se hallaba confuso en cuanto a la decisión a seguir. Esta
perplejidad, en especial, tocaba al incierto futuro de su nieto. Así, Filón hace
hincapié en cómo Tiberio había meditado muchas veces deshacerse de Cayo,
tanto por sus malas inclinaciones, como por el temor que sentía por la suerte
de su nieto, al presentir que, muerto él, no tardaría en ser eliminado como un
estorbo. En cambio, Dión asegura que Tiberio descuidaba a su nieto no solo

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por su edad sino por la sospecha que albergaba de no ser hijo de Druso, y que
miraba a Cayo como futuro sucesor del Imperio, bien es cierto que —acorde
con la opinión de Filón— por haber comprendido que Gemelo no viviría
mucho tiempo, destinado a ser asesinado por la mano de Cayo. Esta opinión
también la sostiene Tácito, que hace hincapié en la incertidumbre de ánimo
del viejo emperador, abandonando al destino una decisión de la que se sentía
incapaz, no sin ser consciente del incierto futuro que dejaba al nieto, cuando
abrazándole entre lágrimas espetaba a Cayo: «A este lo matarás tú, y a ti te
matará otro». Por lo que respecta a Flavio Josefo, ante la disyuntiva, presenta
a Tiberio plegándose a los caprichos del azar, al señalar a Cayo como
sucesor[30], aun a sabiendas de que con ello condenaba a Gemelo a muerte. Y
no falta quien, como Dión, suponga en Tiberio un resignado fatalismo, no
exento de sadismo. Según sus palabras:

Como no tenía a ningún otro tan ligado por vínculos familiares, aun
sabiendo que sería cruel por encima de toda medida, estuvo contento,
como dicen, de dejarle el Imperio, de manera que sus propios delitos
quedasen diluidos en la desmesurada maldad de Cayo y para que la
parte mayor y más noble del Senado fuese aniquilada tras su muerte.
En todo caso, se dice que a menudo repetía este antiguo verso: «Tras
mi muerte, la tierra se mezclará con el fuego».
Se dice también que en varias ocasiones había juzgado a Príamo[31]
afortunado por que en su ruina había arrastrado consigo la patria y la
corona.

En fin, Suetonio va aún más lejos y presenta a Tiberio contrario a los dos
presuntos herederos: con respecto a Cayo, por serle sospechoso; en cuanto a
Gemelo, por considerarlo, como hijo adulterino, digno de desprecio. Llama la
atención, en todo, caso, la insistencia de las fuentes en presentar a Tiberio
preocupado por el futuro de su nieto, al que parecía considerar como un niño
desvalido y vulnerable en cuanto le faltara su protección. Pero Gemelo había
cumplido ya los diecisiete años, edad más que suficiente para asumir la toga
viril, y, sin embargo, se le había apartado sistemáticamente de cualquier
aparición pública. Y, por esa razón, se sospecha de algún tipo de discapacidad
psíquica que explicara la inquietud del abuelo.
El único precedente en la joven historia del Principado con que contaba
Tiberio para señalar al sucesor del Imperio era su propia experiencia:
Augusto, en el año 2 a. C., le había adoptado solemnemente, confiriéndole la
tribunicia potestad y el imperium proconsular, y ello fue suficiente para que,

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tras la muerte del princeps, fuese unánimemente aceptado como emperador.
Pero ni Cayo, que en la carrera de los honores apenas si había accedido al
modesto grado de la cuestura, ni menos aún Gemelo, que todavía vestía la
toga praetexta, podían recibir ambas distinciones. Lo único que le quedaba,
pues, al viejo emperador era redactar un testamento para nombrarlos
herederos desde el punto de vista legal. Y eso fue lo que hizo en el año 35, en
dos ejemplares idénticos, uno de su puño y letra y otro escrito por un liberto,
en el que instituía como herederos por partes iguales a sus nietos Cayo y
Tiberio, con mandas para muchas otras personas. Solo implícitamente podría
interpretarse esta voluntad también como designación conjunta para el solio
imperial. Sería vano extenderse en especulaciones sobre los motivos o el
trasfondo de tal decisión, para la que las fuentes encuentran distintas
interpretaciones.
La realidad es que con esta solución dejaba a otros la tarea de elegir, aun
sabiendo que la opinión pública prefería a Calígula, tanto por su popularidad
como hijo del amado Germánico, como por ser descendiente directo de
Augusto. Consciente de que el Imperio era indivisible, no se trataba, pues, de
un reparto; ni siquiera de una corregencia. Pero Tiberio podía confiar en que
la condición de coheredero de su nieto le convirtiese en una especie de
recambio en el caso de que el nuevo sucesor, por un motivo o por otro,
viniese a faltar. Hay quien ha pensado que al testar en favor de los dos
herederos, el emperador dejaba a propósito la elección a terceros, convencido
de que tal elección habría reforzado no solo a aquel de los dos que hubiese
sido preferido, sino que también habría confirmado, precisamente a través de
la decisión del Senado, la necesidad del Principado. Pero también pudo haber
pesado en el ánimo del emperador su propia experiencia cuando más de
veinte años atrás había asumido el poder. En aquella ocasión no se dejó
opción a los miembros del Senado para elegir, y, probablemente, sin la
imposición de Augusto, Tiberio no hubiera resultado vencedor frente a
Germánico. Al dejar en suspenso su decisión, Tiberio quizás quiso librar a su
sucesor de una de las causas de su propia impopularidad. Y todavía podría
exprimirse un último argumento: después de las desgracias que se habían
cebado sobre todos aquellos a los que tiempo atrás había considerado como
posibles sucesores, Tiberio tuvo miedo de arriesgarse a un nuevo desastre.

La muerte de Tiberio

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Otros pensaban por él y, entre ellos y en especial, el diligente prefecto del
pretorio, Macrón. Presintiendo cercano el fin de Tiberio, se había encargado
de mover los hilos en los centros reales de poder para estar prevenido ante la
inmediata contingencia. Su plan era bien sencillo: al producirse la muerte del
emperador, Calígula debía contar ya con una autoridad personal que hiciera
superfluo cualquier procedimiento de elección. Con ese fin, había comprado
con donativos y gratificaciones la lealtad de la guardia pretoriana, se había
agenciado con distintos medios la adhesión de un compacto grupo de
senadores y mantenía regulares y amistosos contactos con los gobernadores
provinciales y con los comandantes de las legiones estacionadas a lo largo de
las fronteras de Imperio.
En marzo del año 37, Tiberio había abandonado transitoriamente su
refugio de Capri para pasar una temporada en la vecina Campania, mudando
de residencia continuamente. A sus setenta y ocho años y quizás para
demostrar su buena salud, se esforzaba por mostrarse alegre y dinámico.
Durante su estancia en Circeii (San Felice di Circeo), la vieja colonia romana
en el límite entre el Lacio y Campania, participó en maniobras militares y en
partidas de caza, disparando dardos a un jabalí soltado al efecto. Expuesto al
aire frío de los últimos días de invierno, el sudor provocado por el ejercicio
físico le produjo un enfriamiento, que degeneró en neumonía, con fuertes
dolores en el costado. Aunque durante algún tiempo el viejo Tiberio se
resistió, quitando importancia a los síntomas, finalmente aceptó regresar a su
residencia de Capri. Pero puesto que el estado tempestuoso del mar impedía
por el momento emprender la travesía, pidió ser trasladado a una villa de su
propiedad en el cabo Miseno, una mansión construida en el siglo I a. C. por el
general Cayo Mario y que durante un tiempo perteneció al refinado Lúculo,
con espléndidas vistas sobre la bahía de Nápoles y el vecino puerto, sede de la
mayor base naval de la armada romana. Pero allí continuó manteniendo el
acostumbrado régimen normal de vida, sin dar señales de enfermedad o
decaimiento o, con mayor probabilidad, disimulándolos. Un día, tras finalizar
un banquete, un famoso médico de nombre Caricles, que, en ocasiones, había
atendido al emperador, al despedirse le tomó la mano como para besársela,
aunque con la intención de comprobarle el pulso. Tiberio, al darse cuenta de
la maniobra, reaccionó de inmediato, reprimiendo la ira y ordenando
prolongar la sobremesa hasta que, pasado un tiempo, de pie, con un lictor a su
lado, fue despidiendo uno a uno a los comensales. Pero no pudo engañar a
Caricles, que, posiblemente en connivencia con Macrón, comunicó al prefecto
que a Tiberio apenas le quedaban dos días de vida. A partir de aquí, se

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suceden las especulaciones y las fantasías sobre el final de Tiberio, quizás
espoleadas por el deseo de los narradores de imaginar para el viejo emperador
un final cruel, acorde con los sufrimientos de tantas y tantas víctimas
sacrificadas durante su reinado.
Así, Suetonio, recoge estas distintas versiones:

Hay quien cree que Calígula le había dado veneno lento; otros, que
le impidieron comer en un momento en que le había abandonado la
calentura; y algunos, en fin, que le ahogaron debajo de un colchón,
porque, recobrado el conocimiento, reclamaba su anillo, que le habían
quitado durante su desmayo. Séneca ha escrito que, sintiendo cercano
su fin, se había quitado el anillo como para darlo a alguien; que
después de tenerlo algunos instantes, se lo había puesto otra vez en el
dedo, permaneciendo largo rato sin moverse, con la mano izquierda
fuertemente cerrada; que de pronto había llamado a sus esclavos y que,
no habiéndole contestado nadie, se levantó precipitadamente, pero que,
faltándole las fuerzas, cayó muerto junto a su lecho.

En cuanto a Tácito, su versión es la siguiente:


El 16 de marzo se le cortó la respiración y se creyó que había
terminado su vida mortal; ya Cayo César, en medio de un corro de
felicitaciones, salía para tomar posesión del Imperio, cuando de
repente se anuncia que Tiberio recupera la voz y la vista y que pide
que le lleven alimento para rehacerse de su debilidad. Todos se
quedaron aterrados; los circunstantes se dispersan y todos se fingen
tristes o ignorantes; Cayo César, clavado en el silencio, en vez del
supremo poder aguardaba su propio final. Macrón, sin temblar, manda
que ahoguen al viejo echándole mucha ropa encima y que salgan de la
habitación. Así acabó Tiberio a los setenta y siete años de edad.

La variedad de versiones quita credibilidad a la posibilidad de un final


violento. Filón, el más próximo a los acontecimientos, la ignora. Por ello y,
más aún, conocido el delicado estado de salud del emperador en los días
anteriores a su muerte, las circunstancias de la agonía relatadas por Séneca el
Retórico —un viejo asustado enfrentándose en solitario a la muerte— parecen
más plausibles e igualmente dramáticas que los truculentos detalles de un
asesinato a manos de Cayo y Macrón.
La noticia de la muerte de Tiberio fue recibida en un primer momento en
Roma con contenida alegría. Se temía hasta tal punto la alargada sombra del

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viejo de Capri, que la gente no se atrevía a expresar abiertamente su júbilo por
miedo a las represalias, de resultar falsa la noticia. Y cuando se constató la
certeza, una explosión de alegría recorrió las calles de la ciudad y de boca en
boca corrió el grito de jubilosa rabia: «Tiberio al Tíber», con imprecaciones
deseándole un lugar en el infierno. Y la muchedumbre aún se enardeció más
contra el difunto emperador por un desagradable incidente que, casualmente,
coincidió con la noticia. Cuenta Suetonio que, de acuerdo con un decreto del
Senado, las ejecuciones debían dilatarse hasta el décimo día de la sentencia, y,
justo el día que se supo de la muerte del emperador, cumplía la fatídica fecha
para un grupo de condenados a muerte. Ante el vacío de autoridad —Tiberio
muerto y su sucesor, Cayo, ausente—, los soldados no quisieron
comprometerse y, de acuerdo con lo ordenado, estrangularon a los reos y los
arrojaron por las Gemonias, lo que fue interpretado como un póstumo
ejemplo de crueldad. No obstante, la voluble muchedumbre, una vez
desfogado su odio, esperaba anhelante la llegada del nuevo emperador.
Tiberio había muerto. Había llegado la hora de Cayo Calígula.

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SEGUNDA PARTE

EL SOBERANO

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4
EL NUEVO PRÍNCIPE

La subida al trono

L AS medidas tomadas por Macrón en los últimos días de Tiberio


surtieron de inmediato su efecto, una vez que el emperador murió. El mismo
16 de marzo, el prefecto obtuvo, tanto de los pretorianos que cumplían su
servicio en Miseno como de la dotación de la flota de guerra anclada en la
bahía de Nápoles, la salutación como imperator de Cayo, sin importar que
solo tuviera cuatro años de edad la última vez que había estado en contacto
directo con el ejército. E inmediatamente envió despachos a los gobernadores
provinciales y a los jefes militares comunicándoles la sucesión e instándoles a
obrar en consecuencia. La salutación imperial fue cumplida con rapidez por
las tropas estacionadas en las fronteras del Imperio, como sabemos fue el caso
del ejército de Siria, donde el gobernador Lucio Vitelio se encargó de tomar
el juramento de fidelidad a Calígula.
En sus orígenes, el régimen creado por Augusto había sido el fruto de un
múltiple compromiso entre la realidad de un poder absoluto y las formas
ideales republicanas, calificado por su propio fundador como principatus.
Este régimen había tenido su origen en el año 27 a. C. en un teatral acto en el
que Octaviano devolvió al Senado y al pueblo los poderes extraordinarios de
que había disfrutado y declaró solemnemente la restitución de la res publica.
El Senado, en correspondencia, le otorgó el título de Augusto y le rogó
aceptara la protección y defensa del Estado, con poderes militares
extraordinarios, un imperium sobre las provincias que contaban con fuerzas
militares estacionadas. Unos años después, en el 23 a. C., se replanteó
definitivamente la posición de Augusto sobre el Estado al serle concedidas
por el Senado las competencias de los tribunos de la plebe (tribunicia
potestas) y un imperium proconsulare maius, superior al resto de los
magistrados, sobre todas las provincias del Imperio, elementos que desde
entonces serían los pilares legales del régimen.

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Augusto había hecho conceder por ley a Tiberio el año anterior a su
muerte un imperium proconsular igual al suyo, al tiempo que le renovaba la
potestad tribunicia. Tras la muerte del fundador del régimen, cuando fue leído
el testamento, se supo que Tiberio recibía dos tercios de los bienes y el
nombre de Augusto, lo que equivalía a una designación como sucesor. Y, de
acuerdo con estos deseos, días después, en una solemne sesión, el Senado
cumplió el acto público formal que proclamaba la supremacía de Tiberio y le
otorgaba el poder, como si se tratara de una elección libre y unánime del
Senado y del pueblo, a la que debía seguir la aclamación como imperator por
parte del ejército. Ya conocemos los graves disturbios que este procedimiento
suscitó por parte de las tropas estacionadas en el Rin, que Germánico, el padre
de Cayo, a duras penas logró reprimir.
Ahora, en cambio, por vez primera, la elección del emperador se ponía en
las manos de las cohortes pretorianas y del ejército, y Macrón, que había sido
el artífice del procedimiento, establecía de este modo, implícitamente, para el
futuro inmediato, la necesidad del consenso de las fuerzas armadas en la
ascensión al solio imperial, o, más aún, su previa conformidad, anterior
incluso a la ratificación por parte del Senado.
A continuación y el mismo día de la muerte, Cayo despachó dos cartas a
Roma. La primera estaba dirigida a los cónsules y contenía, para que fuera
leído ante el Senado, el informe oficial sobre la muerte de Tiberio y el
permiso para enterrarlo. Que en ella se incluyera una petición sobre su propia
sucesión, como afirma Flavio Josefo, no parece probable, ya que podría
haberse interpretado como una provocación que Cayo descubriera tan abrupta
y explícitamente sus ambiciones. A lo más, solicitaba de la Cámara que se le
otorgasen a quien llamaba su «abuelo», como recalca Dión, los mismos
honores que Tiberio había decidido para Augusto tras su muerte y, quizás,
reclamaba para el muerto los honores de la apoteosis[32].
La segunda estaba dirigida al prefecto de la ciudad[33], Calpurnio Pisón, y
en ella Cayo solicitaba la excarcelación de su amigo Agripa, que, como
sabemos, había sido arrestado meses antes por Tiberio. Cuenta Flavio Josefo
que un liberto del príncipe judío, Marsias, al conocer la muerte del emperador
había corrido hasta la celda de su amo, gritándole en hebreo: «¡El león ha
muerto!», lo que desató en Agripa una explosión de alegría. El centurión al
cuidado del prisionero preguntó la razón de este júbilo y, cuando se lo
hicieron saber, celebró con ellos la noticia preparando un improvisado
banquete. En él estaban cuando llegó un mensajero anunciando que Tiberio
seguía vivo y que en breve regresaría a la ciudad. Aterrorizado por haber

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celebrado la muerte del emperador, el centurión volvió a encadenar al judío,
redoblando su vigilancia. Finalmente llegó la carta de Cayo, que supuso para
Agripa, en un principio, solo una mejora en sus condiciones de
encarcelamiento, al ser trasladado a su anterior residencia, simplemente bajo
arresto domiciliario, con las comodidades de que antes había gozado. Según
Flavio Josefo, había sido Antonia quien impidió poner al amigo judío de Cayo
en libertad, velando por el buen nombre de su nieto, «no fuera a ser que este
se granjeara la fama de acoger con alegría la defunción de Tiberio al poner en
libertad urgentemente a un hombre encarcelado por él», aunque parece más
bien una iniciativa de Macrón, que se esforzaba en administrar con tacto y
discreción los tiempos correspondientes, evitando lo que pudiera haber
parecido una usurpación de poder por parte de Cayo antes de haber sido
ratificado por el Senado. No obstante, a los pocos días, Agripa fue puesto en
libertad por el nuevo emperador con extraordinarias demostraciones de
afecto, entre ellas, según Flavio Josefo, el gesto de cambiar sus cadenas de
hierro por otras de oro, con generosas liberalidades de las que se hablará en su
momento.
Apenas recibido el mensaje, los cónsules convocaron urgentemente una
sesión del Senado para el 18 de marzo, en la que se aclamó a Cayo como
imperator y se cumplió el juramento de fidelidad al nuevo emperador, sin
especificar los poderes oficiales que la designación confería, pospuestos hasta
la llegada de Cayo a Roma. Las actas de los fratres Arvales, una antiquísima
cofradía de doce miembros, consagrada al culto de la divinidad agrícola Dia,
anotaban un año después, en esta fecha, «el día en que Cayo había sido
aclamado emperador por el Senado». Pero lo importante es que en esta sesión
se declaró nula y sin valor la última voluntad de Tiberio, que, como sabemos,
dejaba como herederos a partes iguales a Cayo y a Gemelo. El principio
formal esgrimido para esta decisión no queda claro en las fuentes, pero, al
parecer, si se acepta el testimonio de Dión, la anulación fue justificada por la
inestabilidad mental mostrada por Tiberio al designar a un simple niño como
uno de los herederos al Principado.
Es evidente que se estaban mezclando cuestiones de derecho privado con
otras de un derecho constitucional todavía no suficientemente sedimentado en
la práctica política romana. Es claro que Tiberio —todavía más por su bien
conocido espíritu puntilloso en cuestiones legales— había redactado un
testamento en el que se limitaba a legar su herencia privada, sin
consideraciones de ningún tipo por lo que respecta a la sucesión en el
Principado, que, como hemos visto, había sido deliberadamente dejada en

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suspenso por el otorgante. Sin duda, cuando la propuesta llegó al Senado, ya
había sido discutida y decidida por expertos legales con la complacencia o la
participación del grupo más influyente de la Cámara, por iniciativa de
Macrón. Por otra parte, los problemas jurídicos y políticos que implicaba el
testamento de Tiberio ya habían sido resueltos por el ejército con su
juramento de fidelidad a Calígula, y el Senado apenas si tuvo otro recurso
ante el fait acompli que otorgarle una cobertura legal y una fundamentación
jurídica, aunque fuese traída por los pelos.
Pero también la decisión entrañó otra consecuencia política y
constitucional importante para el futuro. La anulación del testamento había
supuesto no solo dejar sin herencia a Tiberio y a Cayo, sino también su propia
designación como futuros gobernantes. Por ello, la investidura de Cayo por el
Senado tenía que basarse en la noción de consensus, propuesta por Augusto,
es decir, el otorgamiento de un poder individual por libre voluntad
coincidente de Senado y pueblo. Pero, puesto que ya la milicia había
expresado su voluntad, mediante aclamación, al Senado no le quedó sino
plegarse a este consenso. Por qué la Cámara no puso objeción seria a la
aclamación y la ratificó con su decisión colectiva queda en la oscuridad. Pudo
pesar el hecho de que Cayo era hijo del amado Germánico, un nombre que
aún arrastraba el fervor de las masas, pero también cabe suponer que vieron
en Calígula un joven inexperto y fácilmente manipulable. Tiempo tendrían
para arrepentirse de esta tremenda equivocación.
Queda aún un aspecto digno de considerar. Puesto que la última voluntad
de Tiberio había sido anulada, Gemelo había sido desposeído de su herencia,
pero también Cayo. Y ahora esta herencia pasó en bloque al nuevo princeps
por el simple hecho de serlo, estableciéndose con ello el principio de que la
sucesión entrañaba no solo el traspaso de poderes sino también el de la
propiedad privada del antecesor. Y así, cada vez en mayor medida, acabó
confundiéndose la fortuna personal del emperador con las finanzas imperiales
puestas bajo su control.
El juramento de fidelidad no quedó limitado al Senado, los ejércitos y el
pueblo. También Italia y las provincias se sumaron con entusiasmo a la
expresión de fervor por el nuevo princeps. Casualmente conservamos tres
testimonios de tales juramentos, uno de la toscana Sestinum, en la Italia
central, y dos procedentes de sendos puntos del Imperio tan alejados entre sí
como Assos (actual Behram, Turquía), una pequeña comunidad de la Tróade,
frente a la isla de Lesbos, en el noroeste de Asia Menor, y la lusitana Aritium
Vetus (Alvega de Abrantes, Portugal), en Hispania.

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Assos había sido una de las escalas del viaje que había llevado a Cayo, de
la mano de sus padres, a Oriente, y en esa ciudad, como sabemos, el joven
hijo de Germánico había mostrado sus dotes oratorias pronunciando un
discurso ante los notables de la ciudad. Ahora le recordaban el
acontecimiento, expresándole su lealtad:

Bajo el consulado de Cneo Acerronio Próculo y de Cayo Poncio


Nigrino. Decreto de los ciudadanos de Assos, tomado a iniciativa del
pueblo. Puesto que se ha proclamado el Principado, esperado en sus
oraciones por todos los hombres, de Cayo César Germánico Augusto,
y que el mundo no ha conocido límite en su alegría, y que cada ciudad
y cada población se ha visto presa del deseo de ver al dios, porque
ahora ha comenzado para los hombres la más feliz de las eras, se ha
decidido… enviar una embajada… a fin de obtener una audiencia, de
felicitarlo y pedirle que se acuerde de la ciudad y la proteja, como ya
lo prometió por sí mismo la primera vez que su padre Germánico puso
pie en la provincia donde se encuentra nuestra ciudad.

Juramento de los ciudadanos de Assos:

Juramos por Zeus Salvador, y por el dios César Augusto y por


nuestra pura y virgen divinidad políada, ser leales a Cayo César
Augusto y a todos los miembros de su familia, tener por amigos a los
que él escoja como tales, y por enemigos a los que él acuse. Que la
prosperidad nos recompense si guardamos nuestro juramento, y si
perjuramos que suceda lo contrario…

No muy diferente era el de Aritium[34], que decía:

Siendo Cayo Umidio Durmio Quadrato legado propretor del


emperador Cayo César Germánico. Juramento de los habitantes de
Aritium:

Juro, según mi sentimiento profundo, que seré enemigo de quienes,


de acuerdo con mi conocimiento, sean los enemigos de César
Germánico, o si alguno le amenazara o debe amenazarle en su vida y
en su persona, no cesaría de perseguirle con las armas, en mar y en
tierra, en una guerra inexpiable, hasta lograr su castigo; ni yo mismo ni
mis hijos me serán más queridos que su vida, y consideraré como
enemigos propios a quienes se hayan mostrados enemigos suyos.

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Si soy o he sido perjuro con pleno conocimiento de causa, que yo y
mis hijos seamos privados de nuestra patria, de nuestra vida y de
nuestros bienes por el muy bueno y gran Júpiter, el divino Augusto y
todos los demás dioses inmortales.

El día quinto anterior a los idus de mayo [11 de mayo], en la


ciudad (oppidum) de Aritium Vetus, bajo el consulado de Cneo
Acerronio Próculo y de Cayo Petronio Poncio Nigrino…

No bien terminada la sesión del Senado en la que se había proclamado a


Cayo, se decidió el envío de una delegación a Miseno para presentar sus
respetos al emperador y transmitirle las felicitaciones de la Cámara. El
estamento de los caballeros no quiso ser menos y también envió sus
representantes, en este caso, encabezados por su más ilustre miembro, el tío
de Calígula, Claudio.

La «pietas» de Calígula

Había llegado el momento de trasladar el cadáver de Tiberio a Roma. Cuando


el cortejo fúnebre entró en Miseno, la muchedumbre gritó que no se trasladara
el cuerpo a Roma y que se quemara allí mismo, en el anfiteatro de la vecina
Atella[35], donde el viejo Tiberio podría ofrecer su última representación.
Acompañada por Cayo, vestido de luto, la comitiva, que trasladaba a hombros
de soldados el cadáver del emperador, se puso en marcha para recorrer los
doscientos kilómetros que separan Miseno y Roma. Pero el cortejo fúnebre se
convirtió en un verdadero desfile triunfal: allá por donde pasaba el entierro,
una muchedumbre enardecida se agolpaba para ver pasar a Cayo, y los más
viejos le prodigaban cariñosos nombres, como «pimpollo», «cariño»,
«estrellita», mientras se quemaban en los altares innumerables víctimas
pidiendo la gracia de los dioses para el joven emperador. Se ha calculado en
ciento sesenta mil el número de las víctimas sacrificadas durante los tres
primeros meses de reinado de Cayo.
La comitiva se hallaba a las puertas de Roma el 28 de marzo. Cayo se
presentó ese mismo día ante el Senado y en una memorable sesión, en la que
con los senadores se mezclaban los miembros del orden ecuestre y una
compacta muchedumbre que había conseguido entrar en el salón de sesiones,
le fueron renovados a Cayo los poderes otorgados diez días antes in absentia.

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No era causalidad que estuvieran presentes todos los estamentos de la
sociedad —Senado, caballeros y pueblo—, en la tradición impuesta por
Augusto y basada en el consensus universorum, como el propio Suetonio
anota al referir que «por unánime sentir del Senado y del pueblo, se le
reconoció como único árbitro y dueño del Estado». Concretamente, en la
sesión, se le concedieron a Calígula en bloque todos los poderes que Augusto
pacientemente había ido reuniendo a lo largo de su vida: la potestad
tribunicia, el imperium proconsular y el título de Augusto, que Tiberio había
evitado por parecerle que su uso mostraba demasiado claramente el carácter
excepcional de la autoridad imperial frente a los poderes regulares de las
magistraturas republicanas. Su nombre oficial era ahora el de Cayo César
Augusto Germánico. Aunque el texto de la resolución senatorial no se ha
conservado, seguramente sirvió como precedente para posteriores
promulgaciones de la ley que debía definir formalmente el poder imperial, la
lex imperii, de la que tenemos un ejemplo, afortunadamente conservado en
una tabla de bronce, la conocida como lex de Imperio Vespasiani, un
senadoconsulto emitido por el Senado unos meses después de que
Vespasiano, en el año 69, fuese aclamado emperador por sus soldados. Hay
que subrayar que con la resolución senatorial en favor de Calígula se
terminaba por romper el delicado equilibrio de poder que tanto Augusto como
Tiberio habían mantenido en relación con el Senado, lo mismo que los
poderes sancionados, que Augusto había ejercido en virtud de su auctoritas,
de su prestigio personal. La fatídica transformación del Principado en
monarquía daba ahora uno de sus más importantes pasos y más tarde, cuando
el propio Calígula se jactaba de ejercer «todo el poder sobre cualquier
persona», no se le podría haber acusado de hacer un uso tiránico de sus
prerrogativas, sino de aplicar un principio constitucional otorgado por el
Senado, al considerarle un gobernante por encima de las leyes (princeps
legibus solutus).
De entre los títulos otorgados por el Senado, Cayo declinó por el
momento el solemne de Pontífice Máximo, que lo convertía en jefe de la
religión oficial e intérprete de la ley sagrada y que tanto Augusto como
Tiberio habían tardado en asumir, y el de Padre de la Patria, que realmente
podía parecer pretencioso para un joven que aún no había cumplido los
veinticinco años. No es seguro si fue el Senado el que en este momento
ofreció otros títulos a Cayo, que sabemos por Suetonio utilizó en diversas
ocasiones, o fue él mismo el que se los impuso a lo largo de su reinado.
Estaban entre ellos el de Optimus Maximus Caesar y otros, como el de

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Piadoso Hijo de los Campamentos o Padre de los Ejércitos, que lógicamente
tenían la intención de halagar al ejército y poner su persona en más estrecha
conexión con el mundo de la milicia. De hecho, en los primeros días de
reinado, según Suetonio, circularon estos versos, que aludían a su —
equivocado— nacimiento en los cuarteles de invierno de las legiones del Rin:

In castris natus, patriis nutritus in armis iam designati principis


omen erat[36].

En este primer encuentro con el Senado, Calígula obró con extremada


habilidad y prudencia, tratando de asegurarse su benevolencia. Y el discurso
que pronunció tras su investidura fue un modelo de sensatez y humildad, por
no decir de adulación hacia sus interlocutores: se declaró hijo y pupilo del
Senado e invitó a los miembros de la Cámara a ayudarlo en la tarea que le
esperaba y a trabajar de común acuerdo por el bien del Imperio. Es
sintomático que entonces no mencionase a Tiberio. Era un terreno
resbaladizo, ya que tenía que balancearse entre la piedad filial, sagrada para
cualquier romano, y el profundo rencor que su predecesor había suscitado en
vida.
La ocasión de mostrar esa piedad filial se presentó pocos días después,
cuando los restos de Tiberio, que esperaban a las puertas de la ciudad,
entraron la noche del 3 de abril en Roma para la celebración, llegado el día de
los solemnes funerales de Estado (funus publicum) en su honor, de acuerdo
con la vieja tradición romana. Fue el propio Calígula quien, vestido de luto,
pronunció en el Foro el elogio fúnebre, al decir de Suetonio, «mientras vertía
abundantes lágrimas», que contradecían el contenido del discurso,
estudiadamente compuesto para exhibir sus dotes oratorias, con las que, más
que glosar las virtudes del muerto, exaltaba a quien realmente consideraba sus
parientes, Augusto y su padre Germánico. Terminada la ceremonia de
cremación, las cenizas fueron depositadas en el mausoleo de Augusto, pero
Tiberio no recibió la consagración[37] como divinidad. Como sabemos,
probablemente en su primera carta al Senado, Calígula solicitó la divinización
de Tiberio, pero la Cámara pospuso la discusión hasta que el nuevo
emperador estuviese presente. No podía esperarse por parte del Senado un
excesivo entusiasmo por elevar a los cielos al causante de tantas amarguras
entre sus miembros, puesto que, además, la consecratio hubiera implicado
una especie de aprobación a su obra de gobierno, con la que los senadores no
podían estar de acuerdo. Cayo, consciente de que la divinización tampoco se
correspondía con el deseo de la opinión pública y a pesar de que, de no

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obtenerla, se le podía reprochar faltar a sus deberes de pietas para con el
difunto, no insistió en la petición y el asunto pronto quedó olvidado. No
obstante, se le concedió la distinción de que sus discursos, junto con los de
Augusto, fueran leídos el día de Año Nuevo.
Pero el mejor modo que Calígula encontró para honrar la memoria de
Tiberio consistió en el puntual cumplimiento de los generosos legados que el
emperador había dejado en su testamento a favor del ejército y del pueblo, sin
importar que el documento hubiese sido considerado por el Senado nulo y sin
valor. Al satisfacerlos, Cayo demostraba una de las cualidades más apreciadas
de un príncipe, la generosidad, pero también se descubría, al menos para la
posteridad, como el perfecto demagogo, presto a halagar a la masa parasitaria
como base fundamental de su poder. Podía ser generoso. La ahorrativa
política de Tiberio había dejado en las arcas del Estado en torno a los tres mil
millones de sestercios (alrededor de cuatro mil millones de euros). Por ello, se
comprometió también a hacer efectivos los legados de Livia, la madre de
Tiberio, que su hijo no había satisfecho. Conocemos por Dión el montante de
las mandas:

Pero, al mismo tiempo, distribuyendo a los otros beneficiarios todo


lo que Tiberio había dejado en herencia, como si hubiese sido dejado
por él mismo, adquirió de inmediato entre la multitud una cierta fama
de magnanimidad. En consecuencia, después de haber pasado revista
con el Senado a los pretorianos durante sus maniobras, les distribuyó
mil sestercios por cabeza, correspondientes al legado, y añadió otros
tantos de su propio bolsillo. Al pueblo pagó cincuenta millones de
sestercios (tan considerable era la cifra del legado) y, además,
doscientos cuarenta sestercios por cabeza, que los ciudadanos no
habían recibido en el día en el que revistió la toga viril, más otros
sesenta sestercios por los intereses de demora. Pagó también el dinero
dejado en herencia a las cohortes urbanas, a los vigiles, a los soldados
regularmente enrolados, estacionados fuera de Italia, y a todos los
ejércitos ciudadanos acuartelados en pequeños fuertes: a las tropas
urbanas les dio quinientos sestercios por cabeza, y a las demás,
trescientos. También hizo lo mismo con el testamento de Livia, del que
respetó todas sus cláusulas.

Y concluye Dión Casio con la reflexión:

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Si hubiese luego gastado el resto del dinero de modo oportuno,
habría obtenido fama de hombre generoso y magnánimo. Ciertamente,
en algunos casos, fue el temor que le causaban el pueblo y los soldados
la razón que le indujo a satisfacerlo, aunque, por lo general, lo hiciera
por una cuestión de principio: de hecho, pagó no solo a los distintos
beneficiarios, sino también a los ciudadanos privados lo que les había
sido dejado tanto por parte de Tiberio como por parte de su bisabuela.

Contamos con un interesante testimonio de este reparto de dinero a las


cohortes pretorianas en el curso de la ceremonia de parada que describe Dión,
gracias a una emisión de sestercios, en cuyo reverso se muestra a Calígula,
sobre un estrado, el suggestum, con el brazo derecho levantado, dirigiéndose a
cinco pretorianos en formación, cubiertos con sus escudos y enarbolando
enseñas militares, con la leyenda ADLOCVT(io) COH(ortium) («arenga a las
cohortes»).

Calígula había sido elevado al solio imperial y los restos de Tiberio


descansaban ya en el mausoleo de Augusto. Había llegado el momento de que
Cayo se quitara la impenetrable máscara tras la que durante tanto tiempo
había ocultado sus sentimientos y, aunque tarde, reaccionase ante tanta
tragedia como había tenido que soportar sin atreverse a protestar o
lamentarse. La injusta persecución de su familia, de la que, en última
instancia, era responsable Tiberio, exigía del último vástago superviviente,
por el azar del destino elevado al poder, el cumplimiento de los irrenunciables
deberes de la pietas, la piedad filial para con sus padres y hermanos. Calígula
hizo destruir hasta los cimientos la casa de campo de Herculano en la que
Agripina había sufrido la primera etapa de su exilio. Luego, se trasladó a
Campania, donde embarcó, sin importar el mar embravecido y las
condiciones adversas de navegación, para recoger en Pandataria los restos de
su madre Agripina y, en la vecina isla de Ponza, los de su hermano Nerón. Y
con las dos urnas cinerarias emprendió el camino de regreso en una birreme,
distinguida por un gran estandarte en la popa, remontando solemnemente el
Tíber hasta Roma. Durante su ausencia, el pueblo, angustiado, hacía votos por
el feliz retorno del joven emperador. Ahora que había vuelto, la
muchedumbre se agolpó en el puerto para presenciar la teatral ceremonia

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preparada por Cayo: colocadas sobre sendos pedestales con andas, como los
utilizados para transportar las imágenes de los dioses, las urnas con las
cenizas de Agripina y Nerón, a hombros de los más ilustres miembros del
orden ecuestre, fueron llevadas en cortejo hasta el mausoleo de Augusto para
descansar al lado de las de Germánico. Los restos del otro hermano, Druso,
muerto en los sótanos del palacio imperial, no fueron hallados. En opinión de
Suetonio, «habían sido dispersados de manera que difícilmente pudieran
encontrarlos». Cayo hubo de contentarse con recordarlo, erigiendo en
distintos puntos de Italia cenotafios en su honor, algunos de los cuales aún
perduran. Por orden del emperador, se decretó la erección de estatuas que
recordaran a los dos infelices hermanos, y se encargó al torpe tío de ambos,
Claudio, de velar por ellas. Parece ser que, en su responsabilidad, obró con
excesiva lentitud, provocando con ello la ira de Calígula, que amenazó con
destituirlo. Y también se acuñó, por orden del Senado, una moneda
conmemorativa, de la que se conservan ejemplares, en cuyo anverso aparecen
los dos hermanos cabalgando, como los Dioscuros[38]. con las capas al viento,
y la leyenda NERO ET DRVSVS CAESARES.

El azar ha querido que también hayan sobrevivido las urnas cinerarias al


expolio que, desde finales de la Antigüedad, sufrió el mausoleo de Augusto.
La que contenía las cenizas de Agripina, utilizada como medida de grano en
la Edad Media, hoy se conserva en el Palazzo dei Conservatori, en Roma, y la
inscripción que la acompaña, todavía sorprende por su sencillez: «Los restos
de Agripina, hija de Marco Agripa, nieta del divino Augusto, esposa de
Germánico César, madre del príncipe Cayo César Augusto Germánico». El
epígrafe de la urna de Nerón —«Los restos de Nerón César, hijo de
Germánico César, bisnieto del divino Augusto, sacerdote de Augusto y
cuestor»— señala su condición de hijo de Germánico y bisnieto de Augusto;
aunque, como por otra parte resulta obvio, elude el nombre de Tiberio, el
abuelo, responsable de su muerte.
Cayo propuso un cúmulo de honores para Germánico y Agripina. Lo
mismo que los nombres de Iulius y Augustus habían sustituido en el
calendario a los tradicionales de Quintilis y Sextilis[39], en honor de César y
Augusto, el de Septembris fue rebautizado como Germanicus, aunque la
propuesta, tras la muerte de Calígula, fue anulada. En cuanto a Agripina, su

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memoria fue honrada con la celebración de sacrificios anuales y con juegos
en el circo, en los que su imagen era trasladada en un carruaje especialmente
solemne, el carpentum[40] Las fechas de nacimiento de ambos fueron
celebradas con sacrificios, encomendados a los fratres Arvales, obviando la
orden de Tiberio que había declarado como nefastus[41] el día de nacimiento
de su sobrina. Las monedas, cuya difusión por todos los rincones del Imperio
garantizaba una efectiva propaganda, se hacen eco de estos honores,
repitiendo la efigie de Germánico y Agripina en oro, plata y bronce. Las de
Germánico le representan en pie sobre el carro triunfal, tirado por cuatro
caballos, con un cetro coronado por un águila en la mano, con reversos en
donde se alude expresamente al rescate de los estandartes perdidos por Varo y
a sus victorias sobre los germanos. En cuanto a las de Agripina, su efigie va
acompañada en el reverso por el carpentum, tirado por dos mulas, con la
inscripción MEMORIAE AGRIPPINAE.

Honores para familiares y amigos

Tras haber honrado a los parientes muertos, Cayo se ocupó de los vivos,
otorgándoles honores y privilegios, como miembros de la familia del
emperador. La vieja Antonia, que tan importante papel había jugado en la
caída del siniestro Sejano y, quizás, en la supervivencia de Cayo, recibió los
mismos honores de los que había disfrutado Livia: los privilegios de las
Vestales, el título de Augusta y su nombramiento como sacerdotisa del culto
dinástico en honor de Augusto divinizado.
Poco tiempo iba a poder la abuela de Cayo disfrutar de estos honores, por
más que hubiera renunciado a ellos desde hacía casi medio siglo. Al mes
siguiente, en mayo, murió, a la edad de setenta y cuatro años. Las malas
lenguas, que calentaban con la madera de absurdos rumores el frío
hermetismo del
palacio imperial, difundieron la especie de que había sido envenenada por

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Cayo o que, cansada de vivir en un mundo desquiciado en la que tan pocos
afectos le quedaban, prefirió quitarse la vida. Y todavía más, también se dijo
que Cayo ni siquiera asistió a su sepelio, contemplando desde una ventana del
palacio la pira en la que se consumía su cadáver. Un documento epigráfico,
las anotaciones de un calendario descubierto en Ostia, que testifican la muerte
de Antonia en mayo del 37, cuando aún el comportamiento de Calígula era
irreprochable y volcaba su actividad en exaltar a parientes vivos y muertos,
descalifica completamente estos rumores. Hubiera sido absurdo exteriorizar
un gratuito desaire a una mujer por todos respetada, precisamente en los días
en que el nuevo emperador se esforzaba por atraerse el beneplácito de la
opinión pública.
Pero, en particular, Cayo quiso exaltar a sus tres hermanas, Agripina,
Drusila y Livila, concediéndoles el título de Vírgenes Vestales Honorarias,
con los correspondientes privilegios que el rango comportaba —entre ellos, el
de asistir a los juegos de circo desde la tribuna imperial—, honor sin
precedentes en la tradición romana y, cuanto menos, sorprendente, al ser las
tres mujeres casadas. Sus nombres —y también se trataba de una novedad—
fueron asociados al del emperador en los juramentos oficiales de fidelidad y
en las fórmulas que los cónsules utilizaban cuando presentaban propuestas al
Senado. Un curioso sestercio de los comienzos del reinado de Calígula
representa en el reverso a las tres hermanas: Drusila, en el centro,
caracterizada como la diosa Concordia, sujeta una pátera en la mano derecha
y una cornucopia en la izquierda; a su derecha, Livila, como la diosa Fortuna,
sostiene en sus manos respectivamente un timón y una cornucopia; Agripina,
la mayor, a su izquierda, como la diosa Securitas (Seguridad), apoyada en una
columna y también con una cornucopia, posa su mano izquierda en el hombro
de Drusila.

Ni siquiera faltó un explícito reconocimiento para el miembro orillado de


la familia, Claudio. El hijo del hermano de Tiberio, Druso, y de Antonia, tenía
por entonces cuarenta y siete años, y aún no había ingresado en la carrera de
los honores, conformándose con su condición de miembro del orden ecuestre.
Había nacido en Lugudunum (Lyon) el año 10 a. C. El trágico destino que
acabó con su hermano Germánico le respetó, pero a un alto precio: el de su
propia apariencia física. Desde su infancia fue víctima de una enfermedad que

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no solo hizo estragos en su salud, sino que deformó su apariencia y retardó el
desarrollo de su mente hasta el punto de incapacitarlo, según la opinión del
entorno familiar, para la vida pública. Afectado por una serie de tics y taras
físicas y considerado como idiota, fue apartado de cualquier cargo oficial, no
obstante su condición de miembro de la familia imperial. Así, Claudio hubo
de soportar durante la niñez y adolescencia las burlas de su entorno. El
aislamiento social del joven Claudio puede que también influyera en uno de
los rasgos de su personalidad más desconocidos y atrayentes, su afición por el
estudio y su dedicación a las letras, y posiblemente le salvaron de verse
mezclado en las intrigas que habían acabado con tantos miembros de la
familia imperial. Ahora, Cayo designó a su tío como suffectus[42] en el
consulado, con él mismo como colega, sustituyendo el 1 de julio del 37 a los
cónsules ordinarios, con la promesa de ser reelegido para la magistratura al
cabo de cuatro años.
Quedaba un espinoso problema, que incumbía al —fallido— coheredero
de Calígula, el nieto del emperador muerto, Tiberio Gemelo. Como sabemos,
había sido excluido de la herencia y, teniendo en cuenta la fatídica trayectoria
de los que habían estado demasiado próximos a la herencia imperial, su suerte
no era envidiable. Cabía la posibilidad de que aglutinara en torno a su persona
—incluso sin ser consciente de ello— una oposición que podía convertirse en
peligrosa para la estabilidad del trono. Por ello, el golpe de efecto con el que
se solventó el problema solo puede calificarse de magistral, fuera su autoría
de Macrón o del propio Cayo. El emperador, el mismo día en que el joven,
que acababa de cumplir los diecisiete años, invistió la toga viril, lo declaró
como hijo adoptivo, incluyendo su nombre en las plegarias de los fratres
Arvales, al tiempo que le otorgaba el título de Príncipe de la Juventud, como
su futuro heredero. Según Filón, Calígula expresó su decisión con estas
palabras:

De acuerdo con el deseo de Tiberio, hoy difunto, quiero que mi


primo por la sangre y hermano en mi afecto ejerza de común conmigo
la autoridad imperial. Porque, ¿qué mayor bien puede haber que el no
quedar librado a una sola alma y a un solo cuerpo el peso de las
inmensas cargas del mando y contar, en cambio, con alguien capaz de
aliviarlas y aligerarlas? Sin embargo, no se os escapa tampoco a
vosotros que él está todavía en edad infantil y necesita del cuidado de
custodios, maestros y tutores. Pero yo seré algo más que un tutor, un
maestro y un custodio: me declaro padre suyo y a él lo declaro hijo
mío.

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Bien es cierto que el propio Filón no albergaba excesiva confianza en la
argumentación de Calígula y suponía en esta aparente magnanimidad ocultas
y menos altruistas razones. En efecto, de acuerdo con las leyes romanas, el
padre ostentaba, con el fundamento de la patria potestas, una autoridad
absoluta sobre el hijo: en consecuencia, Cayo podía, a partir de ahora,
«administrar» la considerable fortuna de su pupilo como le viniera en gana,
pero también, al mismo tiempo, su hipócrita paternidad reducía sensiblemente
las posibilidades de una conspiración que tratara de enarbolar los derechos de
Tiberio al trono como supuesta justificación.
Y tampoco faltarían las recompensas en estas semanas de exaltación para
los amigos de Cayo. Entre ellos, el más próximo era el judío Herodes Agripa,
de quien, como sabemos, se había acordado, no bien conocida la desaparición
de Tiberio, para dulcificar la prisión en la que se encontraba recluido. Cuando
Herodes el Grande murió, Augusto repartió el reino de Judea entre sus hijos.
Uno de ellos, el tetrarca Filipo, al que le habían correspondido los territorios
al este del Jordán, había fallecido en el año 34 y Tiberio anexionó sus
dominios a la provincia de Siria, aunque manteniendo los ingresos que
generaban, en una caja separada. Ahora, Calígula concedió estos territorios a
Agripa con el título de rey, con los ingresos que se habían ido acumulando
desde la muerte de Filipo. El astuto judío lograría en los próximos años
hacerse con el resto de los pedazos del viejo reino de Herodes,
reconstruyéndolo en su integridad, y así lo mantuvo hasta su muerte, en el año
44. También fue premiado Antíoco, hijo del dinasta de Comagene, un reino
cliente de Roma entre la provincia de Siria y Armenia. Aunque no conocemos
las relaciones que pudo haber tenido con Cayo antes de su subida al trono,
recibió el reino de su padre, y le devolvió una suma de cien millones de
sestercios producto de confiscaciones. No es improbable que hubiera
conocido al príncipe anatolio en casa de Antonia, donde, como sabemos, se
relacionó con otros jóvenes notables procedentes de casas reales de Oriente.

Las «virtutes» de Cayo

El contrapunto a esta magnanimidad mostrada por Cayo con parientes y


amigos estuvo marcado por la moderación con la que, en estas primeras
semanas, aceptó honores y homenajes hacia su persona. Ya sabemos cómo
había declinado los títulos de Pontífice Máximo y Padre de la Patria. También
limitó la erección de estatuas en su honor en el ámbito urbano, aceptando, por

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ejemplo, en Grecia solo las levantadas en las cuatro sedes de los juegos —
Olimpia, Delfos, Nemea y Corinto—, y prohibió que se sacrificara a su
genio[43] o a él mismo. Una fastidiosa práctica especialmente querida por
Tiberio, el envío de interminables cartas dirigidas al Senado y al pueblo, fue
ahora abandonada por iniciativa de Cayo.
En la bien estudiada puesta en escena con la que Macrón, buen conocedor
de la sociedad romana, presentaba a la opinión pública al nuevo gobernante,
adornado de todas las virtudes, un lugar muy importante correspondía a la
clementia. Cayo había ya mostrado la pietas en los honores otorgados a sus
familiares; la concordia, en el deseo de colaborar con el Senado, la liberalitas
y la munificentia, al distribuir generosamente los legados de Tiberio y Livia,
la modestia en su rechazo a excesivos honores a su persona. Pero, sin duda,
era la clementia, la disposición a perdonar, la virtud que más caracterizaba a
un buen príncipe. No en vano había sido la más apreciada en la gestión de
gobierno de César, el ancestro de la dinastía, hasta el punto de erigírsele un
templo propio por iniciativa el Senado. Así, la clementia Caesaris terminó por
convertirse en proverbial como virtud imperial. Para mostrarla, la primera
iniciativa fue abolir los procesos de lesa majestad, causa determinante del
resentimiento hacia Tiberio y que tantas y tantas víctimas habían arrastrado a
la muerte o al destierro.
La legislación de lesa majestad, como sabemos, se remontaba al último
siglo de la República y tenía su fundamento en la noción de soberanía del
pueblo (maiestas populi Romani). De la legislación sobre la materia destacaba
la lex Cornelia, del dictador Sila, que castigaba con la pena de exilio a quien
fomentase una insurrección, obstruyera a un magistrado en el ejercicio de sus
funciones, ultrajara sus poderes o dañara en cualquier forma al Estado.
Augusto había creído necesario actualizarla con sus leyes de maiestate y
Pappia Poppaea, en las que también la conspiración contra el princeps, como
titular del imperium y posesor de la inviolabilidad tribunicia, era considerada
un acto de alta traición. Tanto el contenido de la ley —el impreciso concepto
de maiestas— como su aplicación, presentaban serios inconvenientes a su
idoneidad. Puesto que no existía un ministerio público, la acusación se ponía
en las manos de informadores de profesión, los delatores, cuyas denuncias
eran objeto de recompensa. Y, frente a su original propósito de atajar
crímenes en contra del Estado o del emperador, los procesos fueron utilizados
por la aristocracia, en especial en época de Tiberio, para dirimir sus
rivalidades políticas y privadas, causando verdaderos estragos entre los
miembros de la Cámara y convirtiéndose en instrumento de terror. Fue Sejano

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uno de los que con más insistencia hicieron uso de la ley y de ella se valió el
demoniaco valido de Tiberio para lograr la perdición de los más notorios
partidarios de Germánico y Agripina.
Además de anular los procesos de alta traición, Calígula proclamó su
buena voluntad hacia todos aquellos que se habían visto involucrados en
ataques contra miembros de su familia y, para demostrarlo, ordenó quemar en
público los documentos y las cartas inculpatorias adjuntas a los respectivos
procesos, «después de jurar públicamente por los dioses que no había leído y
ni siquiera tocado ninguno de aquellos documentos», como registra
Suetonio[44]. Se supone que podía hacerlo porque una gran parte de la
documentación relativa a estos juicios no estaba depositada en el Senado, sino
en los archivos privados de Tiberio, ya que se habían desarrollado a puerta
cerrada —a camera— en las estancias privadas del palacio imperial. De todos
modos, Dión expresa sus reservas sobre la destrucción de los originales de
tales documentos procesales y Suetonio expresamente afirma que más tarde
atormentó a los senadores «mostrando los documentos que había fingido
arrojar al fuego», marrullería, por otra parte, que contaba con precedentes,
como la supuesta quema de los archivos de Marco Antonio después de la
batalla de Actium, que Augusto, cuando le convino, volvió a sacar a la luz.
Cayo también reintegró sus derechos civiles y la propiedad de sus bienes
a los condenados y desterrados y anuló todos los procesos que se hallaban en
curso antes de su advenimiento. Ciertamente, solo se conoce un caso de
amnistía como consecuencia del decreto de Cayo. Se trata del consular Publio
Pomponio Secundo, encarcelado y maltratado durante los últimos siete años
como consecuencia de la purga contra los amigos y aliados de Sejano.
Pomponio, a quien Plinio el Viejo dedicó una biografía, hoy perdida, alcanzó
cierta celebridad como dramaturgo, y su hermana, Milonia Cesonia, se
convirtió en la cuarta y última esposa del emperador.
Si los procesos de lesa majestad habían sido una de las razones que
habían atizado el odio y el resentimiento hacia Tiberio, no menos detestados
eran los delatores profesionales, que se enriquecían con los bienes de los
condenados. Cayo aseguró no tener oído para tales acusadores y, de creer a
Suetonio, dio prueba de ello al negarse a recibir un escrito que le fue
presentado sobre el descubrimiento de un posible complot contra su vida,
«contestando que nada había hecho que pudiese atraerle el odio de nadie».
Calígula quiso extender su liberalidad también al ámbito de las letras,
suprimiendo la rígida censura imperante desde la toma del poder por Augusto.
El fundador del Principado, que pretendía imponer modelos autoritarios de

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comportamiento bajo la apariencia de respeto a las instituciones republicanas,
puso límites a la oratoria política, de larga y fructífera tradición en Roma. La
oratoria de época republicana, que había alcanzado con Cicerón su cenit,
sufrió una transformación, manifestada, sobre todo, en una mayor agresividad
tanto en la forma como en el estilo. Y Augusto tomó medidas para detener
esta corriente, que podía poner en peligro su seguridad personal y la del
nuevo régimen, en especial por lo que se refiere a la proliferación de
sentimientos antimonárquicos. Se publicaron edictos contra los pasquines,
sátiras y escritos considerados difamatorios, se frenó la publicación de
protocolos senatoriales que pudiesen calificarse de panfletos ponzoñosos, se
suspendieron las críticas orales y escritas y se inició la quema de libros a raíz
de nuevas leyes sobre la censura. Y esta política de represión de la libertad de
expresión fue seguida y reforzada por su sucesor, Tiberio. Naturalmente, la
represión chocó con la resistencia de un grupo de intelectuales, que no
quisieron plegarse a las nuevas directrices emanadas del gobierno.
El decreto de Calígula, que suprimía la censura política, recordaba
taxativamente a tres escritores especialmente significados de época augústea,
Tito Labieno, Cremucio Cordo y Casio Severo. El primero, de temperamento
ácido e intransigente, atacó con inusitada dureza y crueldad —de ahí el
remoquete de Rabienus, «rabioso»— los vicios de la nueva sociedad de época
imperial y en una obra histórica se definía como pompeyano. Cuando por
decreto del Senado sus libros fueron quemados públicamente, decidió morir
por inanición, emparedándose vivo en la tumba familiar. Cremucio escribió
una Historia de las guerras civiles de Roma, también quemada por orden
senatorial porque en ella se elogiaba a los asesinos de César, Bruto y Casio,
llamando al segundo «el último de los romanos». No obstante, al parecer sus
ataques a Sejano fueron el verdadero motivo de la persecución a que se vio
sometido. Acusado ante el Senado y condenado, se dejó morir por inanición
en el año 25. Por lo que respecta a Casio Severo, colega de Tito Labieno, a
quien intentó salvar, fue quizás quien más se distinguió en la lucha por la
libertad de expresión. Orador sarcástico, de gran habilidad argumental y
convicciones republicanas, arremetió en sus escritos contra personajes de la
corte y de la propia familia imperial, lo que provocó la ira de Augusto. Un
senadoconsulto ordenó reducir sus libros a cenizas y él fue condenado al
exilio en la isla de Creta, desde donde siguió atacando el régimen. Tras la
muerte de Augusto, se revisó su caso, que acabó en un nuevo exilio, en esta
ocasión en el islote de Serifos, en el Egeo, cerca de la isla de Milo, donde
murió en el año 32.

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En la nueva era de libertad que parecía disipar finalmente las nubes del
tenebroso principado de Tiberio, también la plebe recibió su cuota de
participación, con gestos populistas, como el de devolver al pueblo las
elecciones de los magistrados. Había sido un inmemorial privilegio de los
comicios populares, que Tiberio, sin duda con buen criterio, había trasladado
al Senado para acabar con la corrupción y los sobornos que los procesos
electorales fomentaban en Roma, pero que proporcionaban a la plebe
parasitaria ciudadana una sustanciosa fuente de ingresos. Dión cuenta que,
también para halagar a la plebe, Cayo ordenó que la celebración de las
Saturnalia[45] se prolongase cinco días más, rebajando a un as, los dieciséis
(un denario) que cada beneficiario de las distribuciones de grano[46] debía
entregar en esta festividad para la erección de imágenes al emperador.
Todavía más, el 1 de junio, Cayo mandaba distribuir a cada ciudadano que
viviera en Roma trescientos sestercios, en su primer congiarium[47].
El pueblo, reunido en comicios populares, mostró su gratitud al
emperador concediéndole el poder tribunicio después de que el Senado, como
sabemos, le hubiese otorgado la potestad inherente a la magistratura. Treinta
mil ciudadanos se reunieron en el Campo de Marte para la ocasión, que
convertía a Cayo en defensor y líder de la plebe romana. Poco después,
ciudadanos venidos de toda Italia votaban la elección de Calígula como
Pontífice Máximo, el cargo más honorable de la religión romana, que lo
convertía en el sacerdote principal del colegio de los pontífices y en suprema
autoridad religiosa.

El consulado del 37

Pero el punto culminante de este esperanzador comienzo de reinado llegó el 1


de julio, cuando Cayo, con su tío Claudio como colega, invistió, con las
ceremonias habituales en el Capitolio, el consulado. En la ocasión, el
emperador pronunció ante el Senado un discurso, modélico en su contenido,
en el que abrió la cortina que lentamente había ido descorriendo en las
semanas anteriores, despegándose ahora por completo del régimen de Tiberio,
del que criticó abiertamente sus abusos, con la promesa de que no volverían a
repetirse, al tiempo que proclamaba de nuevo su voluntad de gobernar de
acuerdo con el Senado. El discurso se identificaba hasta tal punto con los
ideales de la Cámara que se decretó grabarlo en un escudo de oro, que sería
llevado anualmente en solemne procesión de la Curia al Capitolio por el

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colegio de los pontífices. Grupos de muchachos y muchachas de familias
nobles cantarían entonces alabanzas a Cayo y se leería públicamente el texto
para que nunca se olvidasen las magnánimas promesas del emperador o,
como maliciosamente comenta Dión, «por el temor del Senado de que
cambiase de propósito». Se decidió, además, que el dies imperii de Cayo, esto
es, el 18 de marzo, fecha de su aclamación, fuera celebrado como Parilia, la
festividad que anualmente conmemoraba la legendaria fundación de Roma,
por considerar que, con su reinado, la ciudad había vuelto a nacer. Asimismo
se le otorgaba al emperador la corona cívica de ramas de roble, distinción que
se concedía al ciudadano que salvaba la vida a otro en alguna batalla, porque
con su clementia había salvado a los ciudadanos, como en su tiempo le había
sido entregada a Augusto al término de las guerras civiles. Un soberbio busto,
conservado en la Ny Carlsberg Glyptotek de Copenhage, muestra al
emperador ornado con la corona de roble. Calígula aceptó finalmente el título
de Padre de la Patria, acontecimiento que sería conmemorado en monedas,
acuñadas por orden del Senado, que exhiben en sus reversos la leyenda OB
CIVES SERVATOS («por la salvación de los ciudadanos»), enmarcada en
una corona de roble, con las siglas P(ater) P(atriae).

La conclusión del consulado, el 31 de agosto del 37, se convirtió en el


clímax que coronaría los primeros cuatro meses de gobierno, señalado con un
grandioso acontecimiento, cargado de simbolismo. El último día de
magistratura, que coincidía con su cumpleaños, Calígula consagró el templo
de Augusto, decretado a la muerte del princeps, el año 14, y construido a lo
largo del reinado de Tiberio. Levantado en el Foro romano, al pie del
Palatino, cerca de la basílica Emilia, hoy apenas si quedan restos, aunque es
posible su reconstrucción gracias al testimonio de las monedas. Calígula,
revestido con los ornamentos de Pontífice Máximo, ofició la ceremonia en
honor de su bisabuelo, asistido por los cantos de jóvenes y doncellas de la
aristocracia. Una moneda conmemorativa muestra en el anverso a la diosa
Pietas, con la leyenda C(aius) CAESAR AVG(ustus) GERMANICVS,
P(ontifex) M(aximus), TR(ibunicia) POT(estate), y en el reverso, un templo
hexástilo coronado por una cuadriga, ante el que Cayo, con un pliegue de la

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toga echado sobre la cabeza, en actitud de oferente, sacrifica sobre un altar
enguirnaldado, entre dos sirvientes, que sujetan respectivamente un buey y
una pátera, con la leyenda S(enato) C(onsulto). DIVO AVG(usto).

Para festejar la celebración, que no podía dejar de utilizar como


propaganda política, Calígula organizó una serie de festejos, de tal
fastuosidad que dejaran una memoria imborrable. Además de ofrecer un
banquete para los miembros de los dos órdenes, el senatorial y el ecuestre,
acompañados de sus esposas e hijos, hubo distintos espectáculos, de
magnificencia desconocida hasta entonces: conciertos musicales, carreras de
caballos que durante dos días seguidos consumaron sesenta competiciones, y
una gigantesca venatio —una cacería de fieras— en la que fueron sacrificados
cuatrocientos osos y otros tantos leones, traídos de Libia. Los jóvenes de la
nobleza participaron en el concurso hípico de Troya, el lusus Troiae, una
exhibición colectiva de habilidad, con complicados ejercicios a caballo, que
Virgilio describe detalladamente en la Eneida, al que asistió el emperador,
conducido en un carro triunfal tirado por seis caballos, acompañado de su hijo
adoptivo, Tiberio Gemelo, sus hermanas y los seviri Augustales, los seis
miembros del colegio sacerdotal consagrados al culto del divino Augusto.
Cuenta Dión que, a fin de evitar cualquier pretexto para no asistir a los
espectáculos, Calígula interrumpió todos los procesos judiciales y suspendió
el luto. Esta última disposición permitía incluso a las viudas volver a casarse
antes de finalizar el plazo legal, con tal de no hallarse encinta. Además, para
fomentar la participación de los nobles sin que tuvieran que perder el tiempo
en etiquetas cortesanas y tediosas, como era costumbre hasta para los que
casualmente se encontraban con el emperador en la calle, se abolió el saludo
oficial. Se permitió a los senadores asistir a los espectáculos también sin el
incómodo calzado protocolario —Augusto lo aceptaba durante los meses
estivos, pero Tiberio había desautorizado la costumbre— y se les consintió
utilizar cojines para hacer más confortable el asiento sobre las incómodas
tablas y a protegerse del calor cubriéndose con sombreros de tipo tesalio,
semejantes a nuestros sombreros de paja. La masa de asistentes obligó para
ciertos espectáculos a habilitar el diribitorium, un amplio recinto en el Campo
de Marte donde se celebraba el recuento de los votos emitidos en las
asambleas populares, con capacidad para sesenta mil espectadores.

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La consagración del templo de Augusto fue utilizada por Calígula para
fortalecer su posición de legítimo heredero del Principado, mostrando ante la
opinión pública, como importante elemento de propaganda, los fuertes lazos
que le ligaban a Augusto, su bisabuelo directo, y subrayando de forma
clamorosa la continuidad de su reinado con el del fundador del Principado.
Las monedas se encargaron de difundir este lazo, mostrando en el anverso a
Cayo y en el reverso al divus Augustus con la corona radiada solar.

La enfermedad de Cayo

Paulatinamente, Cayo había querido ir distanciándose de su antecesor y de


cuanto su reinado había representado. Todavía, en su primera carta al Senado,
había solicitado la apotheosis de su «abuelo»; luego, en la oración fúnebre
que pronunció durante los funerales de Estado, dedicó más tiempo a ensalzar
a Germánico y a Augusto que a ocuparse del difunto; por último, en el
discurso de inauguración del consulado, el 1 de julio, fustigó abiertamente los
vicios de Tiberio y de su régimen. La propia titulatura oficial, en la que se
expresaba la ascendencia del emperador, quiso romper adrede con los lazos
que ligaban a Cayo con su predecesor, omitiendo a Tiberio, el abuelo, pero,
en cambio, mencionando expresamente al bisabuelo, Augusto[48]. Es, quizás,
en este espíritu de asentar su popularidad en clara oposición a todo cuanto
representaba Tiberio donde se debería insertar un sorprendente decreto,
emitido por Cayo, por el que se expulsaba de Roma a «los inventores de
orgías monstruosas», en frase de Suetonio. El texto latino utiliza el término
sphintria, el mismo usado para describir los aberrantes juegos sexuales a los
que, supuestamente, se dedicaba Tiberio en su villa de Capri y para los que
habría nombrado un encargado de organizarlos, el caballero Tito Cesonio
Prisco, responsable de una «intendencia de los placeres» (officium a
voluptatibus). No importaba si efectivamente Tiberio era culpable de estos
excesos: se trataba solo, en última instancia, de halagar a la opinión pública,
convencida de que los había cometido, condenándolos.
Pero todavía de manera más clara, se separaban ambos principados por la
actitud diametralmente opuesta en lo referente a la popularidad. A Tiberio no

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le había importado en absoluto halagar a las masas o ser halagado por ellas.
Su falta de interés por el aplauso popular queda bien reflejada en su conocida
expresión oderint dum probent, «que me odien con tal de que aprueben mi
gestión», acorde con su cada vez más pronunciada misantropía. Pero también
su estricta política financiera de ahorro, con una drástica restricción del gasto
público en materia de donaciones, juegos y espectáculos teatrales —cuando
no medidas más impopulares, como expulsar de Roma a los actores por
considerarlos un peligro público—, en perjuicio, sobre todo, de la plebs
urbana, había acrecentado aún más la incomprensión y odio de esta masa
parasitaria, recortada en sus centenarios privilegios. Pero desde su exaltación
al trono y cada vez en mayor medida, Cayo buscó esta popularidad. Y el
mejor modo de procurársela era, claro está, volcándose en atenciones para con
la población de Roma, en forma de regalos en dinero y repartos gratuitos,
pero, sobre todo, con la organización de espectáculos. Su primera y
espléndida muestra habían sido los juegos organizados en conexión con la
dedicación del templo de Augusto, al que seguirían muchos otros.
La presencia obligada del emperador en ellos, para cosechar un aplauso
multitudinario, la frecuencia de fiestas y actos oficiales a los que debía acudir
y las obligaciones protocolarias inherentes a su condición de princeps
acumulaban sobre Cayo una actividad agotadora. Se han contabilizado entre
los meses de abril y agosto más de veinte fiestas, conmemoraciones y
ceremonias que, como suprema cabeza del Estado, hubo de presidir, exigencia
a la que se añadían las obligaciones que, en julio y agosto, le imponía su
condición de cónsul. Como titular de un sinnúmero de sacerdocios y poderes,
una buena cantidad de tiempo la ocupaban los actos religiosos, judiciales y
políticos, que no quedaban limitados al acto en sí, sino, en muchas ocasiones,
a su preparación, mediante continuas reuniones, en las que, antes de tomar
una decisión, aunque no fuera nada más que por cortesía, había que escuchar
consejos y opiniones, expresados en interminables discursos. Pero también
había que atender las peticiones y súplicas que se le presentaban al emperador
y recibir los homenajes y embajadas llegados de dentro y fuera del Imperio,
especialmente frecuentes en estos primeros meses de gobierno, que exigían
una contestación adecuada y muestras de interés específico para cada caso.
A los actos oficiales hay que sumar el trabajo de gabinete, que, en un
régimen de autoridad como el Principado, requería de la atención personal del
emperador: supervisión de las finanzas públicas, nombramientos y
promociones, despachos dirigidos a los responsables civiles y militares, que,
tanto en Roma como en el ámbito provincial, cuidaban de mantener

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engrasados los múltiples engranajes del Estado. Y, por último y no en menor
medida, las relaciones sociales, que, en la ficción del Principado, donde el
emperador era sobre el papel un primus inter pares, había que mantener con
los miembros de los dos órdenes privilegiados —estamento senatorial y
ecuestre— residentes en Roma, en la forma de recepciones, banquetes,
invitaciones y audiencias privadas.
Era una frenética actividad para quien, apenas seis meses antes,
languidecía de tedio y aburrimiento en un lugar aislado del resto del mundo y
de sus tentaciones. No debe extrañar que, sometido a un excesivo estrés,
Cayo, a comienzos del otoño de su primer año de reinado, fuese atacado por
una grave enfermedad.
Se ha especulado mucho con la naturaleza de esta dolencia y en especial
con la posibilidad de considerarla causa inmediata de una supuesta locura,
que desde entonces habría caracterizado la personalidad de Cayo. Pero
también existe en la investigación una fuerte tendencia a poner en duda la
ilación entre enfermedad y demencia. Hay razones para dudar del contraste
simplista entre unos primeros días llenos de esperanza y un reinado posterior
caracterizado por la tiranía y el despotismo, como consecuencia de la trágica
secuela de una inesperada enfermedad. Probablemente se le ha concedido
demasiada importancia, como punto de inflexión del reinado, para poder
explicar con comodidad su deterioro. Y de hecho, los autores clásicos se
esforzaron en hacer coincidir los cambios en el comportamiento de Calígula
con el periodo de la enfermedad para poder explicarlos más fácilmente. Pero
en nuestra tradición, el relato de los comienzos del principado de Cayo es
demasiado idílico en la acumulación de acciones laudables para no sospechar
que se trata de una ficción literaria, que señala, con un accidente dramático e
inesperado, el punto en el que Cayo sufrió una transformación de su
personalidad para convertirse en monstruo de perversión y locura, capaz de
cualquier crimen. Quizás el paradigma de esta opinión lo representa Suetonio,
que concentra casi todas las acciones de gobierno positivas en los inicios del
reinado, a lo largo de los primeros veintiún capítulos, para continuar hasta el
sexagésimo y último con las supuestas aberraciones y crímenes, en dos partes
bien diferenciadas, con la advertencia: «Hasta aquí he hablado de un príncipe;
ahora hablaré de un monstruo».
Que la enfermedad fue grave está fuera de toda duda. Filón, la fuente
contemporánea más explícita, la explica así:

En el octavo mes, una grave enfermedad hizo presa en Cayo, quien


había trocado la norma de vida de poco antes, razonablemente simple

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y por ende bastante saludable que había observado en vida de Tiberio,
por una de extravagancias. Grande exceso en la bebida, refinadas
glotonerías y apetitos insatisfechos aun después de llenarse las
cavidades, intempestivos baños calientes y vómitos y, enseguida,
renovadas borracheras y sucesivas comilonas, relaciones sexuales con
muchachos y mujeres, y todas las demás prácticas que llevan a su
destrucción al alma, al cuerpo y a los lazos que unen a ambos, se
precipitaron en combinado asalto. La salud y el vigor son las
recompensas de la continencia, en tanto que de la incontinencia lo son
la postración y la enfermedad, vecinas ambas de la muerte.

La enfermedad del otoño del año 37, para la que se han propuesto las más
diversas posibilidades —crisis nerviosa, encefalitis, hipertiroidismo, secuelas
de un ataque epiléptico, infección viral del sistema nervioso central…—,
tuvo, probablemente, una etiología múltiple, en la pudieron intervenir y
potenciarse diversos factores, tanto psíquicos, el agotamiento de unos meses
frenéticos, como los físicos en los que insiste Filón, el tremendo desgaste de
un organismo sometido a las continuas agresiones de excesos
desacostumbrados.
De ser así, habría que minimizar las diferencias entre los periodos anterior
y posterior a la enfermedad de Cayo y descartar la tesis de una alteración
patológica de su organismo como consecuencia de la enfermedad. Así, los
comienzos del reinado de Cayo habrían estado fríamente calculados, sin duda
por hábiles consejeros, para confirmar, tanto entre las clases altas, senadores y
caballeros, como en el ejército y el pueblo, las esperanzas de un principado
dorado, como correspondía al retoño de Germánico, y de un ideal de gobierno
en la línea de Augusto.
Por esa razón, parece más sensato atribuir los excesos de Cayo, que las
fuentes concentran después de su restablecimiento, a una progresiva
exasperación de ánimo, producida por la acumulación de un poder ilimitado
en las manos de un ser débil, que llevaba sobre sus hombros la carga psíquica
de un temperamento neurótico, agravada por el lastre moral de una
adolescencia falta de educación, vacía de principios morales y ayuna de
preparación para el uso responsable de una inmensa autoridad. La supuesta
locura que se atribuye a Calígula, en seguimiento de una parte de la tradición
antigua, podría explicarse simplemente como el resultado de la intemperancia
desatada en un espíritu intoxicado por el poder y lanzado a la materialización
de un completo absolutismo, cuyas raíces habría que buscar en la tradición
familiar y en la atmósfera de intriga vivida en la niñez y adolescencia.

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Calígula, acostumbrado desde niño al calor de la popularidad y pagado del
orgullo de una ascendencia privilegiada, hubo de sufrir en una edad
fácilmente influenciable un trágico destino: dos hermanos sacrificados a la
intriga, la madre desterrada y él, entre el temor y el disimulo, obligado a vivir
en el entorno del responsable directo de tanta desgracia, el odiado Tiberio. No
es improbable que las posibilidades de poder, concentradas de forma
inesperada en manos de un joven inexperto, con una general disposición de
ánimo inestable y débil, le llevaran a actuar con creciente irresponsabilidad.

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5
LA PERSONALIDAD DE CALÍGULA

Aspecto físico

Y ello nos lleva a preguntarnos por la personalidad de Calígula, por su


idiosincrasia e intereses, sus gustos y pasiones, comenzando por su propio
aspecto físico.
Séneca y Suetonio nos han dejado sendas descripciones de Calígula,
ambas lindantes con la caricatura y coincidentes en sus rasgos negativos. El
filósofo cordobés, que le conoció personalmente, lo retrata así:

Entre los muchos vicios en que abundaba Cayo, le gustaba


tremendamente mofarse de las personas, cuando él mismo ofrecía un
vasto campo para los sarcasmos: una tez pálida y repelente que daba
indicios de locura, ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente
y un cráneo pequeño salpicado por algunos pelos mal puestos.
Añadidle a esto una nuca enmarañada, la delgadez de sus piernas y el
gran tamaño de sus pies.

Suetonio, por su parte, abunda en estos rasgos atormentados:

Era Calígula de elevada estatura, pálido y grueso; tenía las piernas


y el cuello muy delgados, los ojos hundidos, deprimidas las sienes; la
frente ancha y abultada, escasos cabellos, con la parte superior de la
cabeza enteramente calva y el cuerpo muy velludo… Su rostro era
naturalmente horrible y repugnante, pero él procuraba hacerlo aún más
espantoso, estudiando delante del espejo los gestos con los que podría
provocar más terror.

Es evidente que las características descritas de este modo tan desfavorable


fueron a propósito ensombrecidas, de acuerdo con el pésimo juicio que su
reinado dejó a la posteridad, tratando de ajustar el aspecto físico al carácter.
Sería absurdo tomar esta descripción al pie de la letra, lo mismo que

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desecharla en bloque, todavía menos por el hecho de que uno de sus
retratistas, Séneca, le conoció personalmente, lo mismo que parte de sus
lectores, a quienes podía, en todo caso, transmitir una imagen distorsionada,
pero no falsa por completo.
Para unos tan repugnantes rasgos podrían esgrimirse los estigmas de unos
ascendientes deformes, lo que, evidentemente, en el caso de Calígula no
entraba en consideración. Su abuelo paterno, Druso, el hermano de Tiberio, al
decir de las fuentes, gozaba de estimables cualidades, tanto físicas como
morales, y su abuela paterna, Antonia, era conocida tanto por su austeridad
como por su belleza. Nada podía tampoco achacarse a los abuelos maternos,
Agripa y Julia, cuyos retratos muestran, en ambos casos, corrección en sus
rasgos. En cuanto a los padres, Germánico y Agripina, de quienes conocemos
bien tanto sus características físicas como su marcada personalidad,
difícilmente podrían haber transmitido a Cayo defecto alguno.
Si desbrozamos las exageraciones que las dos descripciones citadas
contienen, nos quedan algunos rasgos físicos, que la plástica y las monedas
podrían confirmar, aunque también en estos testimonios debamos tener en
cuenta la idealización de toda imagen oficial.
Cayo tenía la tez clara y una elevada estatura, aunque con un cuerpo mal
proporcionado, de cuello y piernas muy delgados, y cubierto de abundante
vello. En contraste, el cabello escaseaba en las sienes y en la coronilla, lo que,
lógicamente, disimulan los retratos oficiales con oportunos rizos. Esta
caprichosa pilosidad, al parecer, era mal sobrellevada por Cayo, hasta el
punto que, al decir de Suetonio, se consideraba delito capital mirarlo desde lo
alto cuando pasaba, para evitar que quedara demasiado evidente su calvicie, o
pronunciar, no importa con qué pretexto, la palabra «cabra», que podía
interpretar quisquillosamente como una despectiva alusión a su abundante
vello.
Los bustos de Calígula, como, por ejemplo, el conservado en el Museo
del Louvre, muestran un rostro alargado, de nariz bulbosa, frente abombada,
barbilla apuntada, labio superior montado sobre el inferior y ojos hundidos.
Estos rasgos los confirman las monedas, cuyos perfiles, en cierto modo,
recuerdan al de su madre, Agripina, bien documentado por la numismática.
Una serie con las efigies de Calígula y Augusto en el anverso y reverso,
respectivamente, permiten contrastar la serenidad y corrección de rasgos del
fundador del Imperio con el inquietante perfil de Cayo, de rostro
prematuramente envejecido, en el que, en particular, destacan los ojos, de
mirada fija y hundidos en el rostro[49].

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Merece la pena detenerse en esta característica de los ojos, porque otros
autores antiguos también la subrayan. Así, Plinio el Viejo, incidentalmente,
menciona que tenía los ojos fijos; Tácito comenta que Ninfidio Sabino, un
senador que pretendía ser hijo de Calígula, se hacía pasar por tal porque el
azar le había dado también una estatura espigada y una mirada feroz, y
Séneca afirma que atormentaba a los senadores, entre otros instrumentos, con
su propia mirada. La mirada penetrante y fija puede ser intimidante y hacer
sentir incomodidad, inseguridad o ansiedad a la persona que la recibe, en
especial, si se prolonga en el tiempo y, más aún, si proviene de alguien con
poder para causar daño, lo que todavía añade un indefinido sentimiento de
temor.
Pero también la mirada fija puede delatar un carácter provocador y
desvergonzado, insensible a cualquier barrera impuesta por la moral o las
costumbres. Una buena cantidad de las anécdotas que nos transmiten las
fuentes abundan en la inclinación de Calígula a acompañar con palabras
escandalosas y ofensivas sus comportamientos censurables. Esta es la opinión
de Suetonio cuando afirma que «la ferocidad de sus palabras hacía todavía
más odiosa la crueldad de sus acciones», sintiéndose orgulloso de lo que él
mismo llamaba adiatrepsia, un término griego que podría traducirse como
descaro o insensibilidad ante las consecuencias derivadas de sus caprichos. Y
el autor latino lo refrenda con un ejemplo: en una ocasión, reprendido por su
abuela Antonia, en lugar de aceptar la amonestación, contestó con petulancia:
«Recuerda que me está permitido todo y contra todos».
Por lo visto, Calígula había padecido ataques de epilepsia durante su
infancia, que no volvieron a repetirse desde la adolescencia. No obstante, en
ocasiones, sufría de desfallecimientos repentinos, que le privaban de fuerza
para moverse y mantenerse en pie, y de los que solo se recuperaba con
dificultad. Es Suetonio el único autor que menciona la enfermedad, cuyos
efectos no alteraron su comportamiento general y, por ello, fue pasada por
alto en nuestras restantes fuentes.
Por el contrario, la mayoría coincide en la dificultad de Calígula para
conciliar el sueño, circunstancia que, al parecer, le exasperaba. Según
Suetonio:

Le excitaba especialmente el insomnio, porque nunca conseguía


dormir más de tres horas y ni siquiera estas con tranquilidad, pues le
turbaban extraños sueños, en uno de los cuales creía que le hablaba el
mar. Así, la mayoría de las noches, cansado de velar en su lecho, se

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sentaba a la mesa o paseaba por vastas galerías esperando e invocando
la luz.

Y estas fuentes no dejan de aprovechar la circunstancia para cargar las


tintas sobre las supuestas crueldades del emperador, bien achacándolas a la
falta de sueño o, por el contrario, haciéndolas responsables de mantenerlo en
vela. Sirva de ejemplo la anécdota de Suetonio, según la cual, en cierta
ocasión habría provocado una matanza entre los espectadores precavidos, que
desde medianoche se instalaban en los asientos del circo, al expulsarlos a
bastonazos por turbar su ligero sueño. O la opinión de Séneca en su tratado
Sobre la ira, para quien el suplicio del insomnio habría sido en Calígula, a
quien tilda de monstruo, una costumbre diaria, que le servía para mantenerse
alerta, vigilar y cavilar atrocidades.

Hábitos

Augusto trató de regenerar la sociedad romana, que, durante la larga época de


las guerras civiles, había experimentado una relajación de los vínculos
religiosos y morales, con una obra legislativa y de gobierno dirigida a
restaurar en todos los campos, del público al privado, los boni mores, la
conducta de vida de los antepasados, que, según su pensamiento, había
forjado la grandeza de Roma. Y puso la voluntad de la ley y la coerción del
Estado al servicio del restablecimiento del orden moral con una abundante
legislación, como la lex Iulia de adulteriis, que tipificaba como punible
cualquier relación sexual fuera del matrimonio, o la lex Iulia de maritandis
ordinibus, que pretendía dignificar el matrimonio. Y, aunque con fracasos,
como los que le obligaron a desterrar a las dos Julias —su hija y su nieta—
por su vida licenciosa, todos los estamentos de la sociedad, tanto en Roma e
Italia como en el ámbito provincial, aceptaron las nuevas directrices
voluntariamente. Tiberio continuó la línea «puritana» marcada por Augusto,
que correspondía a su propia idiosincrasia austera y frugal. Pero la utilización
de un aparato coactivo como guardián de las costumbres contribuyó tanto al
desarrollo de una doble moral hipócrita, como a la extensión de un
sentimiento generalizado de represión.
Calígula, que en los primeros meses de gobierno se había prestado a
representar el papel escrito por sus consejeros en la línea de sus predecesores,
no tardó en manifestar su verdadera personalidad exhibicionista y
extravagante, a contracorriente de la moderación y de las convenciones. Este

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espíritu contestatario, comprensible en un espíritu joven, ansioso por
desquitarse de una larga y especialmente severa represión, desvió hacia el
gusto por el escándalo el anhelo de libertad y terminó por quedar convencido
de que ninguna barrera debía impedir la satisfacción de los propios deseos y
caprichos, que, como príncipe, debían superar a los del resto de los mortales
en su desmesura, en su excentricidad y en el desafío de lo imposible.
Su posición de soberano absoluto no contribuía precisamente a limar estos
defectos, al no existir cortapisas, ni legales ni morales, al ejercicio del poder,
a la materialización de un ilimitado voluntarismo. Y el convencimiento de
esta prerrogativa contribuyó a fomentar la desmesura de sus deseos e
inclinaciones, todavía más, por la abyecta actitud del único mecanismo con
capacidad para frenarlos. Ya se ha mencionado a propósito de Tiberio el
comportamiento rastrero del Senado, atento por miedo o intereses particulares
a obedecer sin discusión la voluntad del príncipe. Esta actitud, con Calígula,
se convirtió en abierto servilismo y en degradante humillación, que ni siquiera
se limitaba simplemente a aceptar con resignación las irresponsabilidades del
emperador, sino que incluso competía por animarlo en sus insensateces. La
falta de una oposición franca y directa, que, atenazada por el miedo o la
cobardía, solo se desahogaba en la murmuración, fue uno de los factores, y no
de los menos importantes, que contribuyeron a la exasperación de los
disparates en que se resolvió el absolutismo de Calígula.
La primera de ellas, el propio aspecto exterior. El romano, frente al
oriental, nunca se había distinguido por la fantasía en el vestir: la sobria toga,
con un toque púrpura en la orla para senadores y caballeros, como símbolo de
distinción, en la vida civil; el uniforme, en la militar, solo ornado con las
condecoraciones obtenidas por méritos personales. Sería en cambio difícil
ofrecer un muestrario completo de los atuendos de Cayo, más propios de un
versátil actor de teatro, acorde, por otra parte, como veremos, con sus
inclinaciones histriónicas. Suetonio nos presenta la siguiente descripción:

Su ropa, su calzado y, en general, todo su atuendo, no era de


romano, de ciudadano, ni siquiera de hombre. A menudo se le vio en
público con brazalete y manto corto guarnecido de franjas y cubierto
de bordados y piedras preciosas; se le vio otras veces con sedas y
túnica con mangas [signo de afeminamiento]. Por calzado usaba unas
veces sandalias o coturno[50], y otras, bota militar; algunas veces
calzaba zueco de mujer. Se presentaba con frecuencia con barba de
oro, blandiendo en la mano un rayo, un tridente o un caduceo,

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insignias de los dioses[51], y algunas veces se vestía también de Venus.
Hasta el momento de su expedición a Germania llevó asiduamente los
ornamentos triunfales, y no era raro verlo con la coraza de Alejandro
Magno, que había mandado sacar del sepulcro de este príncipe.

Esta volubilidad se extendía también a barba y cabellos, que, según los


testimonios de Séneca y Dión, dejaba crecer o, por el contrario, cortaba
repentinamente, tanto como a los propios hábitos de vida, desordenados e
imprevisibles, como si buscara triunfar incluso sobre la esclavitud del propio
cuerpo, especialmente en lo que respecta a los hábitos de la mesa. A sus
excesos gastronómicos atribuye Filón, como sabemos por el texto transcrito
más arriba, la grave enfermedad de otoño del 37.
Puesto que en el mundo romano los placeres de la mesa ocupaban el
centro de las relaciones sociales o, más aún, eran una manifestación social en
sí mismos, que trascendía del simple acto de comer y beber, no debe extrañar
que el excéntrico Cayo los utilizara también para separarse y elevarse por
encima del común de los mortales con inauditos y costosísimos inventos
culinarios, no tanto destinados a la satisfacción del gusto como a la obsesión
por asombrar, como la ingestión de perlas de alto precio disueltas en vinagre
o el ofrecimiento a sus invitados de panes y manjares recubiertos de láminas
de oro, con el insolente comentario de que «era necesario ser económico o
césar». Naturalmente, esta afición del emperador desató en el entorno que lo
frecuentaba una competencia, no tanto para emularle como para agradarle.
Sabemos por Séneca de un anfitrión de Cayo que gastó la enorme suma de
diez millones de sestercios —¡más de trece millones de euros!— en una cena
celebrada en su honor. Años después, en época de Nerón, el escritor Petronio
caricaturizaría estos excesos en una de las más famosas escenas de su obra El
Satiricón, la conocida como «Convite de Trimalción».
El gusto por el lujo extravagante también se extendía al entorno donde
transcurría su vida privada, sus residencias personales, tanto en Roma como
en otros puntos de Italia, en especial, el lago Nemi y Campania. Según Plinio,
que escribe unos cuarenta años después de la muerte del emperador, Roma
estaba rodeada por las casas de Calígula y Nerón. Sabemos de las que tenía en
el área del Vaticano y en el Esquilino, pero especialmente en el Palatino,
sobre el Foro romano. La colina, que en época republicana había albergado
casas de la nobleza romana, se convirtió en el área imperial por excelencia.
Aquí construyó Augusto su residencia, cuyo estricto carácter de vivienda
privada derivó, por el hecho de estar levantada en el Palatino y ser la morada

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del emperador, al significado de «palacio». Aquí estaban también las
residencias de Tiberio y Livia y aquí fue donde Calígula construyó la suya,
extendiendo su superficie hasta el Foro y cortando en dos el templo de Cástor
y Pólux para convertirlo en vestíbulo y «disponer así de los Dioscuros como
guardianes», como apunta Dión. Poco queda de su estructura, enterrada bajo
las construcciones de Domiciano y desde hace años objeto de excavaciones,
que no permiten hacernos idea de su monumentalidad.
También han desaparecido los vestigios de las lujosas fincas de recreo de
Cayo dispersas por los territorios del Lacio y Campania, en cuya edificación,
según Suetonio, «no tenía en cuenta ninguna clase de reglas». Aunque
tenemos un impresionante testimonio que refrenda la veracidad de uno de los
extravagantes placeres de Cayo. El autor citado relata:

Hizo construir naves libúrnicas[52] de diez filas de remos, con velas


de diferentes colores y con la popa guarnecida de piedras preciosas.
Encerraban estas naves, baños, galerías y comedores, gran variedad de
vides y árboles frutales. En ellas costeaba Campania, muellemente
acostado en pleno día, en medio de danzas y música.

En el pequeño lago de Nemi, a treinta kilómetros de Roma, en la vecindad


del lago Albano, contaba Calígula con una villa de recreo. Bajo sus aguas se
sabía, desde el siglo XV, de la existencia de dos gigantescas embarcaciones
(de 73 × 24 metros la una, y de 71 × 20, la otra), enterradas en el lodo y
objeto del expolio de buceadores, que desde comienzos del siglo XX atrajeron
la atención de los arqueólogos —uno de ellos realizó una fantástica
reconstrucción de los navíos— y que, finalmente, fueron rescatadas a
comienzos de los años treinta para ser exhibidas en un museo propio,
desgraciadamente, quemado por soldados alemanes en 1944. El nombre de
Calígula, grabado en una de las cañerías de agua, confirmó la fecha de su
construcción, y su decoración, a juzgar por los restos, debió de ser suntuosa:
suelos cubiertos de mosaicos y lienzos de pared revestidos de mármol,
maderas con incrustaciones de marfil y exquisitas decoraciones en bronce,
como una cabeza de Medusa o una argolla entre los dientes de una cabeza de
lobo.
De los intereses de Calígula, la tradición literaria coincide en su afición a
los juegos de azar[53]. Se trataba de una distracción común en Roma, que no
hubiera merecido la pena reseñar, si el emperador no la hubiera utilizado —o
eso afirman las fuentes— de forma escandalosa para hacer dinero. Eso es lo
que creía Dión, cuando relata que durante la estancia de Cayo en la Galia, en

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el otoño del 39, mientras jugaba a los dados advirtió que no tenía dinero.
Pidió las listas del censo de los galos y ordenó que los más ricos fuesen
condenados a muerte. A continuación, volvió a la mesa de juego y dijo a sus
compañeros: «Habéis estado jugando por unos cuantos denarios; yo, en
cambio, me acabo de embolsar ciento cincuenta millones». Por su parte,
Suetonio alude a que «no desdeñaba los provechos del juego», y carga a
continuación las tintas afirmando que «sus beneficios más cuantiosos
procedían del fraude y del perjurio», lo que ilustra con una anécdota: un día
que estaba jugando, encargó al que estaba a su lado que ocupase su sitio,
mientras se colocaba en la puerta el palacio y, al pasar dos ricos caballeros
romanos, les confiscó sus bienes, vanagloriándose a continuación en la mesa
de juego de no haber sido nunca tan afortunado. Y Séneca menciona esta
afición como lenitivo del inmenso dolor de Cayo al perder a su hermana
Drusila.
De los excesos que se achacan a Calígula, ninguno ha generado un interés
tan insistente y morboso como el sexual, utilizado una y otra vez como
pretexto de disimulada o abierta pornografía. Si hemos de creer a las fuentes,
las apetencias sexuales de Cayo eran tan versátiles como insaciables y en ellas
coinciden todas nuestras fuentes: Filón le acusa de relaciones sexuales con
muchachos y mujeres, Flavio Josefo lo define como esclavo del placer,
Eutropio le echa en cara su lujuria, Orosio le llama el más libertino de los
hombres y Filóstrato le reprocha haber organizado vergonzosas bacanales.
Pero es Suetonio el autor que más se recrea en las actividades sexuales de
Cayo, a las que dedica tres —XXIV, XXV y XXXVI— de los sesenta
capítulos de su biografía, ordenadas por temas: incesto, matrimonios y
comportamientos impúdicos.
En cuanto al incesto, ya se hizo alusión a su improbabilidad cuando Cayo
y sus hermanas se alojaban en casa de la abuela Antonia. Suetonio vuelve
sobre la cuestión afirmando que «tuvo comercio incestuoso y continuo con
todas sus hermanas» y, más adelante, que «hasta las prostituyó a sus
compañeros de disipación». Dión llama a la segunda de las hermanas,
Drusila, por quien Cayo sentía un afecto especial, «concubina del emperador»
y reitera el incesto con las otras dos, y Eutropio, un epitomista del siglo IV,
todavía va más lejos al afirmar que Calígula reconoció una hija nacida de una
de sus hermanas.
Como ya se indicó antes, llama la atención que Séneca no mencione en
absoluto el incesto entre los supuestos crímenes de Cayo, cuando anota un
intento semejante entre Agripina y su hijo Nerón. Y la otra fuente

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contemporánea de Calígula, Filón, cuyo odio hacia el emperador es
manifiesto, no hubiera dejado de recrearse en una aberración de tal calibre de
haber oído cualquier rumor sobre el tema. No es necesario creer en el incesto
para explicar los profundos lazos de afecto entre Cayo y Drusila, sobre los
que volveremos. En cuanto a las otras dos hermanas, que Cayo castigaría con
el destierro, no se habría atrevido a hacer pública la correspondencia con sus
amantes, si se hubiera encontrado entre ellos.
Por lo que respecta a los matrimonios de Cayo —cuatro en total—,
solamente el primero, arreglado por Tiberio, podría considerarse como
convencional. Según nuestras fuentes, para los tres restantes, el emperador
eligió a sus esposas —Livia Orestilia, Lolia Paulina y Milonia Cesonia—
robándoselas a sus maridos. Solo la última cuajó en una relación estable, pero,
si hemos de creer a Suetonio, ni siquiera como consecuencia de un sincero
afecto, ya que «Cesonia le dio un filtro para que le amara, que no produjo otro
efecto que el de enloquecerlo». Sin comentarios.
Entre los comportamientos impúdicos achacados por Suetonio a Cayo el
primero es la homosexualidad. Menciona entre sus amantes a su cuñado
Emilio Lépido, el marido de Drusila, y al actor Mnéster, pero también otros
esporádicos, como «algunos rehenes» y, en concreto, un joven de la alta
nobleza, Valerio Catulo, quien luego acusaría a Calígula de «haber abusado
de su juventud hasta lastimarle los costados». También sin comentarios.
Por último, aparte de sus relaciones con prostitutas, como Píralis, pone el
énfasis Suetonio en la inclinación de Cayo a mancillar el honor de honestas
matronas, con detalles especialmente escabrosos:

No respetó a ninguna mujer distinguida. Lo más frecuente era que


las invitase a comer con sus esposos, las hacía pasar y volver a pasar
delante de él, las examinaba con la minuciosa atención de un mercader
de esclavas y, si alguna bajaba la cabeza por pudor, se la levantaba él
con la mano. Llevaba luego a la que le gustaba más a una habitación
inmediata y, volviendo después a la sala del banquete con las recientes
señales del deleite, elogiaba o criticaba en voz alta sus bellezas o sus
defectos, y hacía público hasta el número de actos.

La violencia sobre las personas y en el terreno sexual es un lugar común


en la literatura antigua para caracterizar al tirano y, por eso, habría que
considerar la veracidad de estas acusaciones con precaución, teniendo en
cuenta la clara tendenciosidad de todas las fuentes que nos han llegado sobre
Calígula, unánimes en su calificación como autócrata despótico, del que se

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subrayan los componentes provocadores, aberrantes y hasta caricaturescos de
su comportamiento.

Cayo y el mundo del espectáculo

Tenemos una abundante documentación sobre los gustos personales de Cayo,


coincidentes con los de cualquier romano de su época, volcados sobre el
mundo del espectáculo: representaciones teatrales, combates de gladiadores y
carreras de carros.
Estos espectáculos no eran como en nuestro mundo representaciones
aisladas, sino concatenadas en determinadas celebraciones en honor de los
dioses, que se englobaban con el nombre de ludi[54], juegos. A los primeros y
durante mucho tiempo únicos juegos, los ludi maximi Romani, se fueron
añadiendo en época republicana otros muchos, en determinadas fechas y en
honor de distintas divinidades: así, los Cereales, en abril, en honor de Ceres, o
los Apollinares, en julio, dedicados a Apolo. Puesto que se ofrecían
oficialmente al pueblo, recibían el nombre de ludi publici, y de su
organización se encargaban los magistrados. A partir de Augusto, a estos
juegos añadieron los emperadores otros extraordinarios, para cuya
organización nombraban unos curatores ludorum («encargados de los
juegos»). Sabemos por Cicerón que los juegos públicos se dividían en juegos
de orquesta y de circo, y que estos últimos debían constar de carreras,
pugilato, lucha y carreras de carros y de caballos.
Los ludi Circenses comenzaban con un desfile triunfal de carácter
religioso (pompa), en el que desde el Capitolio eran llevadas en procesión
imágenes de los dioses, sobre carros o andas ricamente trabajados, precedidas
del magistrado organizador de los juegos, flanqueado por un tropel de
músicos y acompañantes. Terminado el desfile, el organizador subía a un
lugar elevado para dar inicio a los juegos, cuyo plato fuerte, reservado casi
siempre para el final, eran las carreras de carros.
Ni que decir tiene que los juegos se convirtieron en un instrumento
fundamental en el contexto de la política imperial. El propio Augusto se dio
cuenta de su importancia para el nuevo régimen y se esforzó tanto en darles
solemnidad con su presencia como en multiplicarlos en variedad y número.
Hay que tener en cuenta que el escenario en el que transcurría la vida
cotidiana del emperador era Roma y, en Roma, la masa de la población
ciudadana, que en una inmensa proporción vivía en los márgenes de la
subsistencia, contaba con los extras que proporcionaban las liberalidades del

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soberano —en forma de repartos de víveres o dinero— para redondear sus
magros ingresos. Pero también, y en igual o mayor proporción que el pan, la
plebe necesitaba de entretenimiento. Los juegos representaban, por así
decirlo, el único lujo que los compensaba de su pobreza y que les convencía
de su carácter privilegiado de ciudadanos romanos. Desaparecidas las
asambleas populares de época republicana —Calígula las resucitó, como
sabemos, por breve tiempo—, el teatro y el circo terminaron por ser la única
válvula de escape de una ciudadanía «soberana» sometida a un régimen de
autoridad: en esas excepcionales ocasiones, y solo en ellas, el pueblo podía
ponerse en comunicación con su soberano tanto para expresarle su
complacencia o su disgusto como para solicitarle favores. De ahí que lo que,
en un principio, había sido un generoso don del príncipe, se convirtiera, por
así decirlo, en un derecho del pueblo, que cada soberano debía tener muy
presente, haciendo lo posible por superar en generosidad y esplendor a su
predecesor. Así, el panem et circenses se instaló como necesidad ineludible
para la estabilidad del régimen imperial.
De los ludi, eran los scaenici, los espectáculos teatrales, los más
económicos y también los que menos expectación generaban. No hubo
durante mucho tiempo un local adecuado para las representaciones, que tenían
que conformarse con instalaciones de madera provisionales, hasta la creación
por Pompeyo en el Campo de Marte de un teatro permanente en el año 55
a. C. Las tragedias y las comedias eran los juegos escénicos más frecuentes,
pero no los únicos. Piezas cortas, ingenuas y generalmente de contenido
grosero y obsceno, completaban las representaciones, y entre ellas destacaban
los mimos y las pantomimas, que conjuntaban canto, música y mímica.
Los actores trágicos y cómicos estaban provistos de máscaras apropiadas
al papel que representaban, y de pelucas, que dejaban la cabeza
completamente cubierta y disfrazada. La profesión de actor se consideraba en
Roma deshonrosa y era practicada por extranjeros, esclavos y libertos. Pero,
no obstante este desprecio social, siempre existieron cómicos aplaudidos y
bien considerados, que contaban con el fervor del público. Los más famosos
dependían del palacio imperial, donde nunca faltaban, y era habitual que los
personajes de la alta sociedad se rodearan de histriones y mimos. De todos
modos, Augusto, que comprendió bien la necesidad de los juegos, nunca
mostró complacencias particulares con estas vedettes del espectáculo y trató
de mantenerlos en el lugar que tradicionalmente habían ocupado en la escala
social, no muy distinto del que tenían, por ejemplo, las prostitutas. Tiberio

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aún llegó más lejos, expulsando de Roma a los actores por considerarlos
perniciosos para la paz social.
No debe extrañar que nuestras fuentes se vuelquen en subrayar la
inclinación de Calígula por el mundo del espectáculo, y no solo como
espectador o magnánimo organizador de juegos, sino en el papel de actor,
sentido como una auténtica y disparatada pasión. Una pasión por el baile
teatral y por el canto a la que, de creer a Suetonio, ya se inclinaba desde los
tiempos de Capri, cuando acudía por la noche a tabernas y antros, envuelto en
un amplio manto y cubierta la cabeza con una peluca. Filón insiste en esta
afición, que habría impulsado a Macrón, su mentor, a reprenderlo cuando le
sorprendía excitado mirando con loca pasión a las bailarinas, sumándose a su
danza, riendo a carcajadas con las representaciones de mimos groseros o
embelesado por el espectáculo de citaristas y bailarines, acompañándolos con
su voz. Suetonio insiste en esta pasión por el canto y el baile, que le habría
llevado, arrastrado por la fascinación del espectáculo y sin poderse dominar, a
cantar públicamente con el histrión que representaba la escena, imitando
todos sus gestos. Y la subraya con una anécdota malévola y seguramente
falsa, aunque con un punto de humor, que también repite Dión Casio: en
cierta ocasión, Calígula habría mandado llamar a medianoche a su palacio a
tres senadores del más alto rango, que acudieron sobrecogidos de terror. Al
llegar, los acomodó en su teatro privado, y de improviso, acompañado por un
gran estrépito de flautas e instrumentos musicales, apareció en escena, con los
hábitos de actor, y les interpretó una danza, para retirarse a continuación.
Esta afición, al decir de las fuentes, se convertía en fervor como
espectador. Según Dión, Calígula era «esclavo de los actores y de todos
aquellos que viven de la escena». Un afamado escritor de tragedias de la
época, Apeles, le acompañaba asiduamente, y su inclinación por un histrión
en particular, Mnéster, convertido en su amante, habría llegado a tal grado de
locura, que no se reprimía en besarle en público. El más leve ruido durante
una de sus representaciones hacía incurrir al infractor en la ira del emperador,
que, llevado a su presencia, le castigaba, abofeteándole personalmente. De
nuevo, otra anécdota de Suetonio abunda en esta obsesión que, de ser
verdadera, mostraría uno de los rasgos más acusados de Calígula, sobre el que
se insistirá más adelante: su peculiar y acre sentido del humor. Según el
biógrafo, un día mandó a un centurión que dijese a un caballero romano,
culpable de haber hecho ruido en un espectáculo teatral, que partiese de
inmediato hacia Ostia, el puerto de Roma, para embarcarse rumbo a
Mauretania y entregar allí a su rey Ptolomeo una nota en la que solo decía:

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«No hagas ni mal ni bien al que te envío». Una retorcida forma de castigo:
hacerle perder el tiempo.
Los juegos de circo despertaban en Roma, como en el resto de las
ciudades del Imperio, más entusiasmo que las artes escénicas. Y, de ellos, los
combates de gladiadores eran con mucho los preferidos, hasta convertirse en
el espectáculo por excelencia, del que era impensable prescindir en cualquier
celebración. De origen etrusco, habían sido introducidos en Roma a mitad del
siglo III a. C. como parte de los ritos funerarios que las familias distinguidas
dedicaban a sus muertos. De ahí el nombre de munus («servicio»,
«obligación») que siempre los distinguió, frente al común de ludus de los
restantes espectáculos. A finales del II a. C., se habían hecho tan populares
que el Senado consideró necesario admitirlos entre los espectáculos públicos,
lo que exigió convertir a los gladiadores en profesionales, con la proliferación
de escuelas, en las que se les entrenaba en el uso de diferentes armas, de las
que recibían nombres específicos. Generalmente se buscaba el enfrentamiento
entre gladiadores armados de modo diferente. Así, los retiarii iban
semidesnudos y armados solamente de una red, un tridente y un puñal. Su
contrincante era o bien el myrmillo, provisto de vendas de protección en el
brazo que blandía la espada, y de un largo escudo rectangular, o el secutor,
que se puso de moda con Calígula, armado con espada y protegido por casco,
un gran escudo y una espinillera, cuya especialidad era perseguir a su rival.
También eran muy populares los combates que oponían el hoplomachus,
provisto de armas pesadas, al tracius o parmularius, el gladiador «armado a la
tracia», con espada corta curva y un pequeño escudo redondo o parma.
Por lo general, las escuelas, que podían ser privadas, como aquella de
Capua de la que surgió el famoso Espartaco, o propiedad del emperador, las
llamadas «cesarianas», se nutrían de esclavos, prisioneros de guerra o
condenados ad ludum, es decir, específicamente, a luchar en el circo, aunque
no faltaban hombres libres que preferían este incierto destino a vivir en la
miseria o que buscaban el peligro o la popularidad.
Una forma particular de espectáculos de circo eran las venationes,
combates en los que intervenían fieras, que luchaban entre sí o eran
perseguidas por cazadores, los bestiarii, y que obligaban a la búsqueda
constante de animales exóticos: leones, tigres, elefantes, rinocerontes, osos,
toros… En este género se incluían como espectáculo las condenas a muerte
por las fieras, en ocasiones, en forma de representación escénica, donde salían
a la superficie los peores instintos del ser humano, como el mimo titulado

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Laureolus, la historia de un bandolero, crucificado y destrozado por un oso,
que Marcial relata con toda su crudeza:

… así ofreció sus entrañas desnudas a un oso de Calcedonia


Laureolo, colgado de una cruz no falsa.
Vivían sus articulaciones despedazadas con sus miembros chorreantes
y en ninguna parte de todo su cuerpo había cuerpo.

Precisamente, en el reinado de Calígula se sitúa la famosa historia, escrita


por el egipcio Apión y conservada por Aulo Gelio, de Androcles y el león:
Androcles, un esclavo fugitivo, se refugió en una cueva en la que se hallaba
un león herido por una gran espina. El esclavo se la quitó y cuidó de él hasta
que se recuperó. Años después, Androcles fue hecho prisionero y condenado
a las fieras. La más imponente de ellas resultó ser el mismo león que había
curado y que se echó dócilmente a sus pies. El emperador, conmovido por
este insólito ejemplo de afecto, perdonó al esclavo y le entregó como regalo el
león.
Hasta la inauguración en el año 80 del imponente anfiteatro Flavio, el
Coliseo, levantado en el área meridional del Foro, los ludi Circenses se
celebraban generalmente en el Circo Máximo, entre el Aventino y el Palatino;
en el Flaminio, en la vecindad del teatro de Pompeyo, o en los Saepta Iulia,
edificio con un gran patio rectangular, cerca del Panteón de Agripa, que había
servido durante la República como lugar de votación.
Un espectáculo especialmente connotado por su crueldad no podía dejarse
de lado por la tradición documental para acumular basura sobre Calígula,
ofreciéndonos entremezclados datos reales o verosímiles con otros
evidentemente inventados, hasta hacer imposible reconstruir la actitud del
emperador con respecto a los juegos de circo. Esta es la imagen que las
fuentes proporcionan: Calígula multiplicó los juegos de gladiadores,
levantando las restricciones que, desde Augusto, limitaban el número
permitido en cada función. Él mismo practicaba la esgrima, utilizando a algún
gladiador como oponente, y llegó a exhibirse armado como tracio en el
anfiteatro. En una ocasión, mientras se ejercitaba con un mirmilón, equipado
con una espada de madera, su oponente cayó al suelo, y Cayo, provisto de una
auténtica, le atravesó el pecho y corrió por la arena con una palma en la mano,
como los vencedores del anfiteatro. Según Suetonio, en los combates prefería
los parmularii a los myrmillones, hasta el punto de favorecerlos, quitando a
estos últimos la armadura que les protegía. Uno de estos mirmilones, llamado
Columbo, logró la victoria en un combate, aunque resultó levemente herido.

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Calígula, furioso, habría introducido en la herida un veneno para deshacerse
de él. Y entre la colección de venenos que le pertenecían, asegura el autor
latino que se encontró uno que llevaba la etiqueta de columbarius, en
memoria de este hecho. En otra ocasión, cinco retiarii habían sido derribados
sin oponer resistencia por otros tantos hoplomachi; cuando se pronunciaba ya
la sentencia de su muerte, uno de los vencidos, empuñando de nuevo el
tridente, mató a todos los vencedores. Calígula deploró en un edicto aquel
inesperado desenlace y execró a los que habían consentido en presenciarlo.
Según Dión, habría forzado a numerosos ciudadanos a hacerse gladiadores y a
luchar, bien en combates individuales o en grupos, dispuestos en orden de
batalla. Y en el colmo del sadismo —de nuevo es Suetonio la fuente—,
durante los juegos, cuando el sol daba de plano, mandaba descorrer el toldo
que protegía a los espectadores y prohibía que se saliese del anfiteatro.
También, en lugar de combates ordinarios, enfrentaba a veces a fieras
extenuadas con los combatientes más achacosos que podía encontrar, o con
respetables padres de familia conocidos por alguna deformidad corporal.
Como otros emperadores, Calígula contaba con una escuela «cesariana»,
que albergaba a veinte mil gladiadores, entre los que se encontraban dos que
no parpadeaban ante ninguna amenaza, cualquiera que fuera, como el propio
Cayo, que, como sabemos, podía fijar los ojos en alguien sin pestañear. Es
Plinio quien nos ofrece la noticia, como también la peculiaridad de otro de sus
gladiadores, un tracio, que tenía la ventaja de un brazo derecho más largo que
el izquierdo. Como lanista[55], Cayo no perdía la oportunidad de hacer
negocio con los gladiadores de su escuela, aprovechándose descaradamente
de su posición. Dión nos cuenta que vendía a precios abusivos a los
supervivientes de los combates no solo a los cónsules y pretores encargados
normalmente de organizar juegos, sino a gente a la que obligaba contra su
voluntad a asistir a los espectáculos gladiatorios, y a personas escogidas al
azar para esta misión específica. Él mismo se encargaba de animar las
licitaciones, subido al banco de los vendedores, y, por supuesto, no le faltaban
ofertas, incluso de compradores llegados de fuera de Roma, especialmente
porque Calígula concedía a todos los que lo deseaban utilizar un número de
gladiadores superior al que permitían las leyes y porque acostumbraba a
visitarlos en persona. Así vendía gladiadores de su escuela por grandes sumas
a unos porque tenían necesidad de luchadores, a otros porque así creían
complacer al emperador, aunque a la mayoría —aquellos que estaban en
posesión de grandes fortunas— porque deseaban desprenderse de parte de sus

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bienes y tener así la posibilidad de conservar lo restante, al considerar que se
habían empobrecido.
Pero la auténtica pasión de Calígula estaba reservada a las carreras de
carros, cuyo escenario por excelencia desde tiempos inmemoriales era el
Circo Máximo, un gran campo de 650 × 100 metros, en el valle abierto entre
el Palatino y el Aventino. Tras las obras emprendidas por César y Augusto,
era uno de los edificios más espléndidos de Roma, con tres pisos de graderíos
y un aforo de más de doscientos mil espectadores. En él se daban,
fundamentalmente, los llamados Juegos Troyanos —simulacros de batalla y
ejercicios hípicos a cargo de los jóvenes de la aristocracia— y las carreras de
carros y de caballos.
Eran las carreras de carros las que despertaban las pasiones más hondas y
duraderas, no tanto por los caballos o los aurigas, sino por las banderías o
facciones formadas en torno a cuatro colores: rojo, blanco, azul y verde. Estas
banderías dividían a todo el pueblo romano, desde el emperador al esclavo.
Pero detrás se escondían sociedades comerciales, dirigidas por caballeros, que
contaban con numerosos empleados, necesarios para el complejo
funcionamiento de cada una de las facciones. No es fácil comprender la
fascinación de las carreras, que mantuvieron la atención del pueblo de Roma a
lo largo de los siglos, con la única preocupación de saber si en las próximas
competiciones ganarían los «verdes» o los «azules» y con tal pasión que, en
muchas ocasiones, dieron lugar a auténticas batallas campales entre los
espectadores.
Los carros, tirados por dos (bigae) o por cuatro (cuadrigae) caballos,
competían de cuatro en cuatro, uno de cada color, en carreras que debían dar
siete vueltas en torno al eje longitudinal del circo, la spina, donde se sentaban
los jueces de la competición entre el atronador griterío de la muchedumbre.
Muchos aurigas ganaron en Roma fama y riquezas, pero también algunos
caballos, cuyos nombres corrían en boca de todos, como testimonia un poema
de Marcial:

Yo, el famoso Marcial, conocido por las gentes y por los pueblos —
¿por qué me tenéis envidia?—, no soy más famoso que el caballo
Andremón.

No hay duda que Calígula sentía personalmente esta pasión por las
carreras, al margen de la conveniencia o necesidad, como emperador, de
halagar al pueblo mostrando interés por un espectáculo que tanto enardecía a
las masas. César había sido muy criticado por utilizar el tiempo que pasaba en

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el circo para despachar su correspondencia. Parece que estas críticas fueron
una de las causas de que su sucesor, Augusto, siempre pendiente de la opinión
pública, cuando acudía a los juegos —cosa que no hacía con demasiada
frecuencia—, se mantuviera bien atento a lo que sucedía en la arena. Y una de
las principales causas de la impopularidad de Tiberio había sido su escaso
interés, o más bien aversión, por los juegos.
Fue esta pasión la que impulsó a Calígula construir en los jardines del
Vaticano una pista privada, el Gaianum («de Cayo»), en la que se entrenaba y
competía personalmente, y un nuevo circo, luego completado por Nerón. El
emperador se manifestaba ferviente seguidor del color preferido por la plebe,
los verdes —frente a la aristocracia, que se inclinaba preferentemente por los
azules—, y, de creer a Suetonio, comía con frecuencia con ellos en sus
caballerizas e incluso dormía en ellas. Hasta no habría tenido reparo en
envenenar a los mejores y más famosos caballos y aurigas de la facción rival.
En cambio, a uno de los aurigas de los verdes, un tal Euticón, le hizo el
exorbitante regalo de un millón de sestercios. Pero, según el mismo autor, sus
mayores atenciones eran para uno de sus caballos, Incitatus, que convirtió en
objeto de veneración, rodeándole de comodidades tan exageradas y ridículas
que solo pueden ser una invención. Así, se decía que la víspera de las carreras
del circo mandaba soldados a imponer silencio en la vecindad de las cuadras,
para que nada turbase el descanso del animal. Le cubría con mantas de
púrpura y lo adornaba con collares de perlas y habría hecho construir una
caballeriza de mármol y un pesebre de marfil, en un complejo provisto de
esclavos, muebles y todo lo necesario para que aquellos a quienes en su
nombre invitaba a comer con él, recibiesen el mejor de los tratos. Y el
exagerado biógrafo remata su relación con uno de los chismes más absurdos,
conocidos y manoseados de la historia: que pensaba hacerle cónsul. También
Dión abunda en el tema:

A uno de sus caballos, al que había dado el nombre de Incitatus,


hasta lo invitaba a comer, le ofrecía granos de oro dorado y brindaba
por él en copas de oro; además, juraba en nombre de su salud y de su
suerte e incluso había prometido que lo designaría cónsul, lo que
seguramente habría hecho si hubiese vivido más tiempo.

De ser cierto el rumor, la explicación es bien sencilla. En el progresivo


enconamiento de las relaciones entre emperador y orden senatorial, sobre el
que insistiremos, no podía Cayo encontrar una ofensa mayor con que herir el
orgullo del colectivo que pisotear su más alta aspiración —la obtención del

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consulado—, poniéndola a la altura de un caballo. Un nuevo rasgo de su
peculiar sentido del humor, que evidentemente, ni Suetonio ni Dión
comprendieron.
Espectáculos teatrales, combates de gladiadores y, aún con más énfasis,
carreras de carros constituían un excelente instrumento demagógico, que
aseguraba el fervor de las masas, y, de ahí el interés de Cayo en
multiplicarlos. Según Dión, «no había día en el que no se celebrase algún
espectáculo». El emperador aumentó el número de carreras, que con César
eran entre diez y doce, hasta veinticuatro, aunque hubo ocasiones especiales
en que este número se sobrepasó largamente, como en la dedicación del
templo de Augusto, en la que, como sabemos, llegaron a sesenta. Pero si la
atención por los espectáculos no constituía en sí ninguna novedad, sí lo fue la
actitud del emperador, involucrándose no ya como organizador, sino
personalmente, como espectador. Dice Dión que Cayo guio carros, combatió
como gladiador, interpretó pantomimas y recitó como actor trágico. Era una
actitud desconocida hasta entonces por parte de quien ostentaba el poder. La
aristocracia tradicional despreciaba a los protagonistas de los espectáculos —
gladiadores, aurigas o actores—, que ahora Cayo honraba con su amistad y a
los que emulaba con su participación personal. Por vez primera, Cayo no solo
trató de ganarse a la plebe con la abundancia de espectáculos, sino que
procuró mezclarse con ella, vibrando con las mismas pasiones que el hombre
común y tratando de identificarse con los ídolos de la multitud. Se trataba de
una nueva concepción de demagogia, que abriría el camino a otros muchos
portadores del poder.

Cualidades intelectuales

Al menos, las fuentes coinciden en una inclinación positiva de Calígula: el


gusto por la elocuencia. En su juventud, ya había tenido ocasión de cultivar
sus innatas cualidades en Capri, al lado del círculo de estudiosos que rodeaba
a Tiberio. Al decir de Flavio Josefo:

Era un orador magnífico y sumamente ducho en la lengua griega y


en la propia de los romanos, cosa que le permitía comprender al
instante todo lo expresado en ambas lenguas y, dado que podía
improvisar una serie de objeciones, no era fácil que ningún otro orador
se le equiparara, no solo por la facilidad natural de que estaba dotado,
sino también por haber aplicado un tenaz entrenamiento a reforzar su

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innata capacidad. En efecto, al ser hijo del hermano de Tiberio, a quien
sucedió el propio Cayo, había pesado sobre él la imperiosa necesidad
de adquirir una vasta formación cultural…

También Suetonio abunda en la misma opinión, aunque disiente de Dión


en cuanto a la aplicación de Cayo en los estudios liberales. Sí coincide en su
inclinación a la elocuencia, precisando que era de palabra fácil y abundante,
sobre todo cuando litigaba contra alguien: la cólera le inspiraba ideas y
palabras y el tono de su voz y la pronunciación respondían a la pasión que
ponía en la argumentación. Dión nos ha conservado un fragmento del
discurso que dirigió al Senado en el año 39 cuando decidió restaurar los
procesos de maiestas, en el que utiliza con habilidad los recursos retóricos, en
una argumentación ordenada y lógica. Y el propio Tácito reconoce que su
mente disturbada no afectó a su capacidad oratoria.
Todavía Suetonio nos ilustra sobre otros aspectos de esta habilidad. Al
parecer, acostumbraba a contestar por escrito a los oradores cuyos discursos
habían alcanzado más éxito y, cuando habían de ser juzgados en el Senado
acusados ilustres, ensayaba intervenciones en pro y en contra, y, según el
efecto que se esperaba de ellas, los condenaba o los salvaba, pronunciando
una u otra. En esas ocasiones, gustaba tener abundante público y, por ello,
invitaba por edicto a todo el orden ecuestre a acudir a la Curia para oírlo. Una
anécdota transmitida por Dión retrata, subrayando los rasgos ridículos, la
vanidad que sentía Calígula por su talento oratorio. Domicio Afro, uno de los
más afamados oradores de Roma, se había visto involucrado en un proceso
como acusador de Claudia Pulcra, una amiga de Agripina. Cayo encontró un
pretexto fútil para vengarse y lo procesó ante el Senado, denunciándole en un
largo discurso, que, en el fondo, lo único que pretendía era superar las
habilidades oratorias del acusado. Domicio tuvo la habilidad de no tratar de
defenderse utilizando su elocuencia. Al contrario. Fingió estar maravillado y
estupefacto por la habilidad de Cayo, repitiendo punto por punto la acusación
y alabándola como si se tratase de un espectador ocasional. Cuando después
se le dio la palabra, se deshizo en súplicas y lamentos y finalmente se postró
en tierra en actitud implorante, afirmando que temía al emperador más como
orador que como césar. Con ello y con los oficios del liberto Calixto
consiguió salvar la vida. Y cuando el mismo Calixto reconvino a Calígula por
haber acusado a Domicio, recibió esta estúpida y arrogante respuesta: «Un
discurso de este calibre no podía guardármelo solo para mí». En cambio,
continúa Dión, el filósofo Séneca, reputado como uno de mejores
intelectuales de su tiempo, estuvo a punto de morir por haber defendido

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brillantemente una causa en el Senado en presencia del emperador. Criticaba
y despreciaba su estilo, tildándolo de pomposo e inconsistente, según sus
palabras, «puras amplificaciones de escuela y arena sin cimiento». Ni que
decir tiene que, con todo ello, se ganó el odio del filósofo, como muestra el
severo juicio sobre Calígula que nos ha transmitido en sus escritos.
La facilidad de palabra y el dominio de los recursos de la retórica no
bastaban para ser considerado un buen orador. El discurso debía estar
indispensablemente apoyado en una sólida base cultural. La formación de
Calígula parecía basarse, de acuerdo con las reglas de la época, en un
estimable conocimiento de la filosofía y literatura griega y latina, pero
también en el dominio de la lengua, en una pedantería filológica, que buscaba
hasta la obsesión la propiedad de los términos que habían de utilizarse en el
discurso. Nuestras fuentes atestiguan que Cayo acompañaba frecuentemente
sus actos con citas célebres, y por Suetonio sabemos de su interés por los
debates literarios, en los que expresaba opiniones que podrían considerarse
petulantes o excesivamente críticas. Era notoria su aversión por Homero,
cuyos poemas quería destruir, preguntándose «por qué no podía hacer lo
mismo que Platón, que lo desterró de su República». Y despreciaba a Virgilio
y Tito Livio, los dos grandes escritores de la época augústea, diciendo de ellos
«que el uno carecía de ingenio y saber, y el otro era historiador locuaz e
inexacto», amenazando con retirar sus obras y efigies de las bibliotecas. Tales
opiniones no pueden considerarse de otra manera que como vacías
manifestaciones de un joven arrogante y pagado del propio valer, que habría
llevado su petulancia hasta el extremo de asegurar que en muy poco tiempo
convertiría la ciencia jurídica en inútil y despreciable, «cuando él mismo se
constituyera en árbitro y juez».

El «monstruo» de Suetonio

Suetonio es el autor que nos transmite la biografía más completa sobre


Calígula, en la que, además de relatar los acontecimientos más importantes de
su vida, nos proporciona el retrato físico y las características de su
personalidad, que ratifica con una buena cantidad de anécdotas al caso.
Aunque hasta aquí se ha intentado espigar de estas características las que
tienen visos de resultar, aun con todas sus exageraciones, verosímiles,
quedan, no obstante, todavía otras muchas que entrarían en el terreno de la
mera especulación, o que directamente podríamos considerar como malévolas
invenciones. «Hasta aquí he hablado de un príncipe; ahora hablaré de un

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monstruo»: esta frase, con la que inicia el capítulo XXII de su biografía, es el
comienzo de una cadena interminable de los supuestos disparates y crímenes
de Cayo, en los que se resuelven las siguientes dos terceras partes de la obra.
Algunos ya se han comentado y en otros entraremos, encajándolos en su
contexto histórico, pero no parece superfluo enumerar aquí la lista completa,
con el propósito de presentar la imagen de Calígula que pretendía transmitir
Suetonio y que ha mediatizado en un buen grado el perfil que hasta hoy, por
regla general, lo define, no solo entre el gran público, sino también para un
cierto número de estudiosos.
Suetonio achaca a Calígula, en primer lugar, una desmedida hybris. Es
cierto que el autor latino no utiliza este término griego, que señalaba la
insolencia, el orgullo irracional y desequilibrado, merecedor del castigo de los
dioses. Pero como tal puede interpretarse el deseo de Cayo de convertirse en
monarca absoluto, en tirano, despreciando, por muy desprestigiada que
estuviera, la tradición de la libertas republicana, o, más aún, de querer
elevarse hasta la categoría de divinidad y tratar de igualar o superar a los
Olímpicos: Júpiter, Mercurio, Neptuno y —lo que puede parecer más
sorprendente— Venus.
Profanación de los valores cívicos y religiosos, pero también de los lazos
familiares. Según Suetonio, Calígula renegó de su abuelo Agripa, por
considerarle un simple caballero, suprimiéndole de entre sus ascendientes, y
convirtiendo a su madre, Agripina, en fruto de un incesto de Augusto con su
hija Julia. Rebajó el linaje de su bisabuela Livia y desairó a su abuela Antonia
hasta provocarle la muerte. Convirtió a su tío Claudio en juguete de sus
caprichos y fue el responsable de las muertes de su primo Gemelo y de su
suegro, Silano, aparte de mancillar el honor sus tres hermanas. Infame en sus
matrimonios, tampoco trató mejor a parientes y amigos, llevando a la muerte
a Ptolomeo de Mauretania, descendiente como él de Marco Antonio, a su
mentor Macrón y a su esposa Ennia. Y trató tanto a los órdenes —senatorial y
ecuestre— como a la plebe con desprecio y crueldad.
El autor latino considera que Cayo valoraba como el más preciado rasgo
de su carácter la adiatrepsia, que, como ya se ha indicado, podría traducirse
por «insensibilidad» o «desvergüenza». Y lo demostraba con la crueldad de
sus acciones y los brutales y despiadados comentarios con que las
acompañaba, a los que solo muy indulgentemente podría calificarse de
«humor negro». Sus inclinaciones sádicas encontraban en todos los
estamentos de la sociedad víctimas, a las que se complacía en ridiculizar,
deshonrar y humillar. Destilaba un odio envidioso y maligno contra todo

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aquel que pareciese destacar, que compaginaba con una enfermiza cobardía.
Esclavo de pasiones sin freno e impúdico en sus afectos, alimentaba su
desenfrenada y estúpida prodigalidad con la extorsión, la rapiña y la violencia
sobre vida, hacienda y honra de sus víctimas. Odiado y temido, fueron sus
extravagancias y horrores los responsables de acabar con su vida.
Pero ¿qué queda de todo este cúmulo de datos y fantasías? Un joven
desequilibrado por una trágica niñez y una adolescencia marcada por el miedo
y el disimulo, que de improviso se encontró con un poder omnímodo para
cuyo uso no había sido convenientemente preparado. Y toda la contenida
represión que había acumulado, estalló en una desbocada satisfacción de los
más elementales instintos del ser humano, que el cristianismo calificaría como
«pecados capitales». Calígula, en definitiva, por utilizar una expresión
coloquial, habría sido solo un pobre hijo de puta.

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6
EL AUTÓCRATA

La eliminación de Gemelo

L A enfermedad de Cayo produjo una general consternación. En Roma, la


gente se arremolinaba noche y día alrededor del palacio imperial, expresando
su tristeza y preocupación ante la suerte que pudiera correr la vida del
emperador. Los últimos barcos que partieron de Italia antes de terminar la
época de navegación extendieron por todo el Imperio la lúgubre noticia.
Según Filón, las ciudades se llenaron de ansiedad y abatimiento. La esperanza
que había suscitado la subida al poder del joven príncipe, tras el sombrío
reinado de Tiberio, corría el peligro de malograrse y se temían los efectos que
una falta de autoridad arrastra consigo —hambre, guerra, saqueos,
devastaciones, esclavitud y muerte—, que solo el restablecimiento del
emperador podía remediar. De ahí que primero el rumor y luego la
confirmación de que la enfermedad había empezado a ceder trajesen universal
alivio, celebrado en muchas ciudades del Imperio con sacrificios y acciones
de gracias.
Pero hubo al menos dos personas a quienes el restablecimiento del
enfermo no iba a generarles precisamente alivio. Un plebeyo, Publio Afranio
Potito, había prometido espontáneamente y bajo juramento sacrificar su
propia vida si Cayo superaba la enfermedad; también un caballero romano,
Atanio Segundo, se obligó públicamente a que, si el emperador sanaba,
combatiría en el circo como gladiador. No bien restablecido Cayo y enterado
del fervor de sus dos súbditos, les obligó a cumplir sus promesas. Afranio,
con un pomposo ritual, fue llevado en procesión por las calles de Roma,
engalanado como se solía hacer con las víctimas de los sacrificios, mientras
era perseguido por los gritos de niños que le recordaban su voto, hasta que,
finalmente, fue precipitado desde lo alto de la roca Tarpeya. En cuanto a
Atanio, hubo de combatir en el circo en presencia del emperador, que
solamente le perdonó, y a duras penas, cuando consiguió salir vencedor.
Habían esperado, así lo supone Dión, obtener una buena suma de dinero por

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su rasgo, pero hubieron de mantener su juramento para no ser acusados de
perjurio. No sabemos si Cayo quiso dar un ejemplo que sirviera de
advertencia a los aduladores serviles o simplemente se dejó llevar por su
característico y frecuentemente sádico sentido del humor. En todo caso, en
Roma, el voto se consideraba sagrado y su falta de cumplimiento, que
contravenía la «paz de los dioses», podría haber atraído un castigo sobre el
propio Cayo.
En el curso de su enfermedad, Calígula había instituido heredera de sus
bienes y del Imperio a su hermana preferida, Drusila, postergando a Tiberio
Gemelo, su hijo adoptivo y Príncipe de la Juventud y destinado a sucederle.
Desconocemos las razones de este proceder, que iba a desencadenar graves
consecuencias.
Desde los ya lejanos días de Capri, Macrón, el prefecto del pretorio, había
cumplido con un equívoco pero imprescindible papel de consejero y factótum,
que, como sabemos, contribuyó de manera fundamental a allanarle a Cayo el
camino al trono. Después, se había mantenido estrechamente ligado al nuevo
emperador, inspirando buen número de sus iniciativas de gobierno y limando
las asperezas que estorbaban su nuevo papel, para el que Cayo no había sido
convenientemente preparado. Su función de mentor está fuera de toda duda,
aunque quizá sin las exageraciones que comenta el alejandrino Filón, según
las cuales el prefecto habría interferido continuamente en la voluntad y en las
inclinaciones de Cayo, permitiéndose incluso reconvenirle en público o
aconsejarle sobre el arte de gobernar[56]. Suetonio apoya esta influencia con
una anécdota, que, aunque improbable, retrata su ascendiente sobre el joven
príncipe. En una ocasión, Cayo habría rehusado reunirse en privado con su
abuela Antonia, si en la entrevista no se hallaba presente el prefecto.
No puede considerarse a Macrón muy sobrado de escrúpulos, y la
enfermedad de Cayo amenazaba con arruinar su preeminente posición. Es
lógico que tratara de conservar su puesto y su poder, jugando al doble juego
de mostrar su compunción por la enfermedad del pupilo, al tiempo que tejía
sus redes en torno al próximo probable emperador. Y este, como se ha
mencionado, no podía ser otro que Tiberio Gemelo. Tenía que producirse
fatalmente un acercamiento entre ambos, puesto que también el nieto de
Tiberio, falto en absoluto de experiencia, podía considerarse afortunado si
contaba con el apoyo y la guía de alguien tan influyente como el jefe de las
fuerzas pretorianas. No puede hablarse de conspiración, dadas las
circunstancias, pero la significativa solicitud de Macrón por Gemelo vino a
convertirse en un inquietante elemento de preocupación para un espíritu tan

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suspicaz como el de Cayo, una vez que, restablecido, volvió a tomar en sus
manos las riendas de gobierno.
Desde su subida al trono, Gemelo, sin ser consciente de ello, había
representado un grave problema para Cayo. La primera incógnita era qué
podía suceder en el caso de que el emperador tuviera su propia descendencia.
Además y conforme Gemelo se acercaba a la edad en que era capaz de
gobernar, se cernía sobre Cayo una amenaza peligrosa: detrás de Gemelo se
alineaba una camarilla de viejos amigos de su padre Druso, que, en un
momento dado, podría intentar, de ser preciso con la fuerza, eliminar a Cayo
y ponerlo en su lugar. Por muy horrible que pueda resultar, la eliminación de
Gemelo terminó convirtiéndose para Calígula en una razón de Estado. Los
argumentos para una decisión tan brutal los expone así Filón, seguramente
haciéndose eco de una opinión extendida en Roma:

El poder no se puede compartir; tal es la inmutable ley de la


naturaleza. Cayo, que era el más fuerte, no hizo sino anticiparse a
ejecutar lo que hubiera llegado a sufrir en manos del más débil. Se
trata de una defensa, no de un asesinato. Quizá, además, resultó
providencial y provechosa para todo el género humano la eliminación
del joven, ya que existían partidarios de él y partidarios de Cayo, y
situaciones tales son las que engendran perturbaciones intestinas y
guerras internacionales. Y ¿qué hay mejor que la paz? Pero ella es
resultado de un recto gobierno; y solo un gobierno libre de disensiones
y partidismos es recto y capaz, además, de encauzar rectamente todas
las cosas.

Decidida la suerte de Gemelo, era preciso buscar el pretexto para


eliminarle. No era fácil encontrarlo, pero la imaginación suplió la falta de
argumentos consistentes. Realmente, tampoco lo eran mucho los que se
fabricaron. Se acusó a Gemelo de haber deseado y pedido a los dioses la
muerte del emperador. Más peregrino fue aún culparle de haber querido
envenenar a Cayo. Se utilizó como excusa un jarabe para la tos que Gemelo,
probablemente asmático, solía tomar y que se interpretó como un antídoto
contra la nociva poción administrada al enfermo, que él mismo bebía para no
despertar sospechas. Y Calígula, al dar la orden para eliminarle, gritó
escandalizado, ¿Antidotum adversus Caesarem? («¿Un antídoto contra el
emperador?»).
Especialmente espeluznantes fueron los detalles de su ejecución. He aquí
el relato de Filón:

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Se cuenta que el joven recibió la orden de darse muerte con sus
propias manos, bajo la vigilancia de un centurión y un tribuno militar,
a quienes Cayo había ordenado no tomar parte en el sacrilegio, con el
pretexto de que no era lícito que los descendientes de emperadores
fueran muertos por otros… Pero el joven era incapaz de darse él
mismo la muerte, pues ni había presenciado la ejecución de persona
alguna, ni estaba aún ejercitado en las prácticas de combate que
constituyen la preparación y ejercitación previa, en previsión de las
eventuales guerras, de los jóvenes que reciben instrucción para el
ejercicio del mando. Y así, de primera intención, tendió el cuello hacia
los presentes y les pidió que le quitasen la vida. Pero, como ellos no
osaban hacerlo, tomó la espada él mismo y preguntó, a causa de su
ignorancia e inexperiencia, cuál era el lugar más apropiado para
terminar, mediante un golpe certero, con su desdichada existencia.
Ellos, asumiendo el papel de asesores de su desgracia, lo instruyeron al
respecto indicándole la parte en que era preciso aplicar la espada; y el
desventurado, instruido en esta primera y última lección, se convirtió
contra su voluntad en su propio matador.

La condena a muerte implicó la revocación de su adopción por el


emperador. Eso es, al menos, lo que parece indicar la sencilla inscripción de
su tumba, hallada en las cercanías del mausoleo de Augusto, donde
probablemente fue enterrado, en la que solo se lee: TI. CAESAR DRVSI
CAESARIS FILIVS. HIC SITVS EST («Aquí yace Tiberio César, hijo de
Druso César»). Pero la indiferencia con la que fue acogida esta muerte parece
indicar o bien que Gemelo no significaba nada para la opinión pública,
todavía menos por el ingrato recuerdo, aún fresco, de la memoria de su
abuelo, o que Calígula logró convencerla de haber sido efectivamente víctima
de una frustrada conjuración. Esto último es lo que parece desprenderse de un
comentario incidental de Dión: «La incriminación de Gemelo envió a la
muerte a muchas otras personas», con el que indicaría que la condena del
infortunado joven habría desencadenado una purga entre quienes se habían
mantenido próximos a Gemelo durante la enfermedad de Calígula.
La convicción o simple sospecha de una conjura para sustituirle
convenció a Calígula de la necesidad de fortalecer su propia posición,
asegurando la sucesión de un modo menos precario que el adoptado durante
la enfermedad, es decir, con descendientes propios, como convenía a un
propósito dinástico. Por ese motivo, antes de finales del 37, volvió a casarse.
Nada le impedía ahora una libre elección, para la que, no obstante, no estuvo

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excesivamente acertado. Y no tanto por la novia, de familia distinguida, sino
por el grotesco procedimiento utilizado. A Calígula le pareció que debía
emular a las dos figuras más imponentes de la historia de Roma, Rómulo, su
fundador, y Augusto, creador del Imperio, en la original forma de elegir
esposa: arrebatándolas a sus respectivos maridos. Así lo hizo Rómulo,
raptando a Hersilia, la esposa del rey de los sabinos, y es bien sabido que
Augusto obligó a Tiberio Claudio Nerón a divorciarse de Livia para
desposarla de inmediato él mismo. Cuenta Suetonio que Calígula había sido
invitado a los desposorios del noble Cayo Calpurnio Pisón con Cornelia
Orestilia y, en el transcurso del banquete de bodas, hizo llegar una nota a
Pisón en la que se leía: «No te atrevas a acercarte a mi esposa». Y esa misma
noche, la raptó, llevándosela al palacio imperial. En un edicto, publicado al
día siguiente, proclamaba que se había casado como Rómulo y Augusto. Pero
el arrebato duró poco tiempo. Unos días después la repudiaba, y, pasados dos
años, la condenó al exilio junto con su marido con el pretexto de que ambos,
entretanto, habían estado viéndose. Permitió a Pisón llevar consigo al
destierro diez esclavos para su servicio y, cuando el desgraciado joven
solicitó un número mayor, Calígula no tuvo inconveniente en concederle
cuantos quisiera, al tiempo que agregaba: «Pero también te acompañará la
misma cantidad de soldados». Pisón sobrevivió al castigo y aprendió bien la
lección recibida por Calígula, porque años después también él arrebató la
esposa, Atria Gala, a su amigo Domicio Silón. El burlado burlador lideró la
famosa conjura contra Nerón, conocida por su nombre, en la que pereció con
otros muchos implicados, entre ellos Séneca, en el año 65.

Las muertes de Silano y Macrón

El día de Año Nuevo del año 38 tuvo lugar un extraño episodio que
conocemos únicamente por Dión. Un esclavo, de nombre Macaón, se
encaramó al altar de Júpiter Capitolino y, tras haber profetizado terribles
acontecimientos, sacrificó a un perrito que llevaba con él y a continuación se
suicidó. El ominoso presagio, vaticinado por este, sin duda, perturbado sujeto,
iba a cumplirse en otros tres personajes muy cercanos a Cayo, su suegro
Marco Junio Silano, el prefecto del pretorio, Macrón, y su esposa Ennia.
No sabemos si existió alguna relación entre la muerte de Gemelo y la
caída en desgracia del suegro de Cayo. Hasta el momento, Silano, que, como
sabemos, era el padre de la malograda primera esposa de Calígula, se había
mantenido muy cercano a su yerno. Viejo amigo del difunto emperador, a

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quien debía el haber emparentado, aunque solo hubiera sido fugazmente, con
la casa imperial, gozaba de un gran prestigio en el Senado, que el propio
Tiberio había reconocido otorgándole su confianza, hasta el punto de no
aceptar ningún recurso de apelación en las causas incoadas por él. Aun
después de morir su hija, había seguido tratando a Cayo como a un hijo,
considerándose con derecho a impartirle consejos o a reconvenirle si lo
consideraba necesario. Filón y Dión coinciden en que Calígula empezó a estar
harto de esta no deseada protección, considerando un ultraje las continuas
interferencias del viejo senador en sus asuntos, tanto privados como públicos.
Pero en lugar de expresarle su disgusto a la cara, prefirió hacerle ver su
desafecto por el indirecto camino de humillarlo de todos los modos posibles.
Era el medio más idóneo para alguien tan pagado de sí mismo. Así, anuló con
un nuevo protocolo el privilegio que le permitía ser el primero en expresar su
parecer en el Senado. Pero, a continuación, comenzó a desempolvar viejas y
supuestas ofensas, como la negativa del suegro a acompañarle en su viaje por
mar para recuperar las cenizas de sus parientes con el pretexto de que se
mareaba, cuando en realidad lo que pretendía era apoderarse del poder si el
barco naufragaba. Y, finalmente, tomó la vía directa de procesarle ante el
Senado por conspiración, probablemente y aunque no viniera al caso, en
relación con la supuesta conjura de Gemelo. Eso es lo que parece
desprenderse de un pasaje de Tácito, en el que menciona a un senador, Julio
Grecino, que se suicidó por negarse a procesar a un Marco Silano, sin duda, el
suegro de Calígula. En cualquier caso, no fue necesario el proceso. Silano,
comprendiendo las intenciones de Cayo y temiendo el calvario que le
esperaba, prefirió quitarse la vida con su navaja de afeitar.
Tampoco parece que la muerte de Silano conmoviera excesivamente a la
opinión pública. E incluso se encontró justificación para el proceder de
Calígula, reprochando al viejo senador haber querido encumbrarse más de lo
que le correspondía. Así lo expresa Filón:

El caso de Silano no puede menos que resultar ridículo, puesto que


pensaba que un suegro tiene respecto de su yerno la misma autoridad
que un legítimo padre respecto de su hijo, pasando por alto que aun los
padres, si son simples ciudadanos, cuando sus hijos alcanzan altas
magistraturas y dignidades, reconocen a estos como sus superiores y
aceptan de buen grado ocupar una posición subordinada. Silano, en
cambio, loco de él, que ni siquiera era ya suegro, se tomaba
atribuciones mayores de las que le estaban permitidas, sin entender que

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con la muerte de su hija se había extinguido también el vínculo nacido
del casamiento de esta.

Quedaba pendiente el ajuste de cuentas con Macrón. Teniendo en cuenta


su trayectoria y lo mucho que Cayo le debía, no resulta fácil escudriñar en los
motivos que pudieron impulsar a Calígula a tomar una decisión que, más aún
que ingrata, solo puede tildarse de criminal. Seguramente contaban los
motivos ya expuestos en relación con el final de Gemelo. Pero existían otros,
si creemos a las fuentes, muy semejantes a los que causaron la ruina de
Silano. Macrón consideraba a Cayo su criatura, y como tal, con autoridad
suficiente para permitirse interferir en su voluntad. Pero cuando Calígula fue
elevado al trono, cometió el gran error de no acomodarse a las nuevas
circunstancias, al seguir tratando como discípulo a quien era ahora su señor.
El judío Filón se extiende en este papel de atento instructor y protector del
prefecto, siempre dispuesto a prevenir amenazas que pudieran suponer un
peligro para Cayo o a corregir comportamientos inadecuados de un discípulo
que, por su condición de emperador, concentraba ahora la atención de todos
los habitantes del Imperio. La autoafirmación de Calígula, con la absoluta
convicción de que su voluntad era ahora ley por encima del orden constituido,
se avenía mal con este papel sumiso que Macrón le seguía asignando. Y la
reacción no se hizo esperar, probablemente con argumentos muy semejantes a
los que Filón pone en su boca:

Aquí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna, el


tutor de quien ya dejó de ser un niño, el admonitor de quien lo aventaja
en sabiduría, el que entiende que el emperador debe obedecer al
súbdito. Y no sé dónde habrá aprendido las reglas del mando, puesto
que se tiene por experto instructor en el arte de gobernar. Yo, desde los
pañales, he contado con infinidad de maestros: padres, hermanos, tíos,
primos, abuelos, antepasados que se remontan hasta los fundadores de
mi estirpe, todos los de mi sangre por ambas ramas, la paterna y la
materna, que llegaron al ejercicio de la autoridad ilimitada… ¿Cómo,
entonces, se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aún de ser
engendrado, dentro todavía de ese taller de la naturaleza que es el
vientre, fui modelado emperador; cómo se atreve un ignorante a
enseñar a quién sabe? ¿De dónde les es lícito a los que no son sino
simples ciudadanos meter las narices en los designios de un espíritu
imperial? Sin embargo, movidos por una desvergonzada osadía,
quienes a duras penas serían admitidos como principiantes en los

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secretos del gobernar se atreven a asumir el papel de maestros e iniciar
a otros en tales secretos.

Rencor hacia el maestro o represalia ante una real o imaginaria conjura, el


destino de Macrón estaba decidido. Pero Cayo no se atrevió a actuar de frente
hasta estar seguro de que el golpe no se volvería contra él. No hay que olvidar
que Macrón era, desde el punto de vista fáctico, el hombre más poderoso de
Roma después de siete años al mando de las cohortes pretorianas. Y, para su
caída, actuó con la misma hipocresía que su predecesor, Tiberio, en la
defenestración de Sejano. Si entonces el marrullero emperador había
prometido a su prefecto la potestad tribunicia, antes de perderlo con una
inesperada acusación ante el Senado, ahora Cayo, para mantener a Macrón
con la guardia baja, le ofreció la prefectura de Egipto, el más alto cargo a que
podía aspirar un miembro del orden ecuestre. A continuación le retuvo,
cuando se disponía a partir para su provincia, para que se defendiese de una
indeterminada acusación lanzada contra él. Y, por último, asestó el golpe,
llevándole a los tribunales. Pero Macrón no fue acusado, como parecía lo
lógico, de conspiración —lo que hubiera significado para Calígula reconocer
que, frente al prefecto, se había hallado en una precaria situación—, sino de
lenocinio, por haber inducido a su esposa, Ennia Trasila, a prostituirse.
Calígula debía saberlo bien, puesto que había gozado de los favores de la hija
del astrólogo predilecto de Tiberio, no sabemos si con la connivencia del
esposo. Para proteger sus bienes y evitar represalias sobre su familia, el
matrimonio se suicidó. Y Calígula, cuya intención había sido librarse de un
personaje tan peligrosamente poderoso, no cometió la estupidez de seguir
concentrando en una sola cabeza el mando sobre la principal máquina militar
con que contaba la ciudad de Roma. Por ello, dividió entre dos titulares la
prefectura del pretorio, asignando para el puesto a sendos individuos
políticamente inofensivos.
Y Filón, de nuevo como portavoz del pueblo, vuelve a disculpar a
Calígula de la muerte de Macrón, cargando las tintas sobre la desmedida
ambición del prefecto:

En cuanto a Macrón decían: «Su presunción pasaba de la medida».


No había leído la délfica prescripción «Conócete a ti mismo». Suelen
decir que el conocimiento es fuente de felicidad y la ignorancia causa
de desdicha. ¿Qué razones le habrán movido a olvidar su verdadera
situación y a cambiar su condición de súbdito por la de gobernante,
colocando a Cayo, el emperador, en la posición de un súbdito? Nada es

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más propio de un gobernante que el mandar, y esto es lo que hacía
Macrón; nada más propio del súbdito que el obedecer, y esto juzgaba
que debía soportar Cayo.

La caída de Flaco

La muerte de Macrón tuvo, al parecer, un efecto colateral sobre un


encumbrado personaje que ejercía sus funciones muy lejos de Roma, el
prefecto de Egipto, Aulo Avilio Flaco, y sobre la población judía de
Alejandría.
Flaco, compañero de juegos de los malogrados nietos de Augusto, Cayo y
Lucio César, había estado muy próximo a Tiberio, que le nombró para el
importante cargo en el año 32, quizás para recompensarle por sus buenos
oficios de fiscal en el proceso contra la madre de Calígula, Agripina. De
carácter intransigente, se granjeó un buen número de enemistades políticas en
el ejercicio de sus funciones, pero logró mantenerse a flote con el apoyo de
Tiberio. Cuando el emperador murió, el prefecto no tardó en encontrarse en el
punto de mira de Calígula, principalmente cuando su nombre fue puesto en
relación con Gemelo, como uno de sus supuestos sostenedores, y con Macrón,
con quien, por lo visto, habría mantenido correspondencia comprometedora.
No es, pues, extraño que Flaco, al conocer el fin de Macrón, se sintiera
vulnerable, temiendo un posible ataque de sus oponentes políticos, que en
cualquier momento podían denunciarle ante el emperador. Y, para
contrarrestarlos, se echó en manos de nacionalistas alejandrinos, furiosos
enemigos de la comunidad judía de la ciudad, como Dionisio, Lampón e
Isidoro, sin importar que, poco antes, en época de Tiberio, él mismo hubiera
tenido que reprimir sus actividades agitadoras, que les acarrearon su
expulsión de la ciudad. Se daba por supuesto que Calígula, que sentía una
especial debilidad por Alejandría, atendería la petición de clemencia de sus
ciudadanos por un gobernante volcado en su bienestar y para ello era preciso
aniquilar a los judíos residentes en la ciudad.
Hay que tener en cuenta que, desde, al menos, el siglo VI a. C., existía una
extensa comunidad judía asentada en Egipto, que se incrementó a partir del
siglo III a. C. tras la fundación de Alejandría. Los judíos gozaron del favor de
los Ptolomeos, la dinastía entronizada como consecuencia de las campañas de
Alejandro, pero la situación cambió tras la anexión del reino ptolemaico por
Augusto. Los griegos vieron en los romanos una nueva dominación

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extranjera, y los judíos, por su parte, se sintieron más seguros bajo la
protección de Roma. Pero la situación se complicó por el estatus legal de los
judíos de Alejandría, con una condición independiente dentro de la ciudad
que les permitía gozar de todos los derechos de ciudadanía sin tener que
formar parte de la comunidad gentil, con las consiguientes tensiones
religiosas. Y fueron estas tensiones las que dieron lugar al brote de
antisemitismo antes mencionado.
La influencia de este agresivo nacionalismo sobre el prefecto solo podía
redundar en perjuicio de los judíos. La situación todavía vino a complicarla la
aparición en la ciudad, en agosto del año 38, de Herodes Agripa, como
sabemos, viejo amigo de Calígula, de paso hacia el reino de Judea, quizás
enviado por el propio emperador para que le informara con más detalle sobre
el sospechoso prefecto y sobre el clima político en la ciudad. Pero Agripa, con
su actitud provocadora, exasperó de tal modo a los alejandrinos que consideró
más oportuno poner un rápido fin a su estancia en la ciudad, aunque
demasiado tarde para evitar brotes de violencia antijudía que se descargaron
sobre las sinagogas, muchas de ellas incendiadas y destruidas. Flaco
consideró necesario para restablecer el orden concentrar a la comunidad judía
en un solo barrio —el primer gueto en la historia de los judíos—, pero, con
ello, solo consiguió multiplicar los problemas, que desembocaron en una
explosión de odio antisemita, cuyos horribles detalles, quizás exagerados,
conocemos por el judío alejandrino Filón, que ha dejado un extenso relato de
los acontecimientos en su discurso In Flaccum (Contra Flaco):

No pudiendo soportar por más tiempo la falta de oxígeno, se


dispersaron los judíos en dirección a los lugares desiertos, las riberas
del mar y las tumbas, ansiosos de respirar aire puro e inocuo. En
cuanto a aquellos que fueron apresados antes de poder escapar en los
demás lugares de la ciudad… sufrieron múltiples infortunios, siendo
lapidados o heridos con tejas y destrozados hasta morir con ramas de
acebo o de roble en las partes más vitales del cuerpo y en especial la
cabeza… Más piadosa fue la muerte de los que fueron quemados en el
centro de la ciudad… A muchos, con vida aún, los ataban con correas
y cuerdas anudando sus tobillos y los arrastraban a través de la plaza
mientras saltaban sobre ellos; y no perdonaban ni siquiera los cuerpos
ya cadáveres. Más brutales y feroces aún que las bestias salvajes,
cortándoles miembro por miembro y parte por parte, borraban toda
forma de ellos, a fin de que no quedase resto alguno que pudiera
recibir sepultura…

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Los intentos de Flaco para mantenerse en el poder fueron en vano, porque
sus opositores, a los que se unieron los mismos que poco antes habían fingido
convertirse en aliados, utilizaron la ineptitud del prefecto en restablecer el
orden para acusarlo ante el emperador, que de inmediato le relevó de su
mandato y reclamó su presencia en Roma. Para apresarlo, el propio Cayo
envió con órdenes precisas a un destacamento de soldados a las órdenes de un
centurión de confianza, Baso, que logró coger desprevenido a Flaco. Se
entienden las precauciones tomadas, si tenemos en cuenta la importancia de la
provincia y la presencia en ella de fuerzas militares, sobre las que Flaco tenía
el mando. El prefecto fue procesado en Roma y, considerado culpable de alta
traición, enviado al destierro. Los oficios de Lépido, cuñado del emperador y
amigo de Flaco, lograron que se le exiliara en la isla de Andros, en las
Cícladas, lugar más confortable que el desolado islote al que en principio se le
había destinado. Poco después, no obstante, por orden expresa de Calígula,
Flaco era asesinado.

La camarilla de Cayo

Apenas había transcurrido un año y ya Cayo se había apartado sus más


influyentes consejeros. Por más que el Principado fuera un régimen personal
—aunque con el contrapunto de un Senado, que no estaba en condiciones de
ejercer como colectivo el papel de guía del emperador—, Augusto y después
Tiberio se habían rodeado de personas de confianza a quienes pudieran
consultar las muchas cuestiones que la gestión de gobierno de un ente político
tan extenso y complejo como era el Imperio suscitaba. Así, fue modelándose
un órgano de consulta, no permanente, el llamado consilium principis. Se
trataba de un grupo de personas de cierta experiencia política, extraídas de los
altos cargos de la administración, y de otras especialistas en determinados
temas, o simplemente familiares y amici («amigos») del emperador, incluidos
en el consilium por su mera voluntad. Al principio, el consejo estuvo solo
formado por senadores, pero pronto se incluyó en él a miembros del orden
ecuestre y oficiales de la administración imperial, expertos en diversas ramas,
por lo que la institución se convirtió en un auténtico instrumento del poder
imperial. En los últimos días de Augusto, si aceptamos el testimonio de Dión,
este organismo empezó a funcionar con carácter semioficial y Tiberio no hizo
sino potenciarlo.
Calígula debió, por el contrario, considerar que este consilium no era
indispensable, convencido, en su filosofía de gobierno, de que su mando no

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admitía otra guía que la propia voluntad y desarrollando, a medida que fue
afianzándose en el poder, una abierta autocracia. Y aunque con seguridad
hubo de atender en ocasiones las opiniones de expertos, buscó esporádicos
asesoramientos, por supuesto, nunca vinculantes, en amigos personales y en
los miembros de su familia, entendida en su más amplio sentido (familia
Caesaris), en la que se incluían los libertos de su casa.
No conocemos muchos de estos amigos, probablemente porque fueron
escasos en número. Nony ha tratado de extraer, de la lista de los doce
integrantes de la prestigiosa cofradía de los Arvales, los nombres de los
personajes más próximos a Cayo, en los meses posteriores a la depuración
que acabó con Gemelo, Silano y Macrón. Algunos debían su nombramiento a
Tiberio, pero todos eran a los ojos de Calígula fieles partidarios en los que,
llegado el caso, podía confiar. Destaquemos a Lucio Domicio Ahenobarbo,
esposo de la hermana mayor de Cayo, Agripina; Aulo Vitelio, el futuro
emperador, amigo personal de Calígula desde los tiempos de Capri, con quien
compartía su afición por las carreras de carros, que, por cierto, le costó cara,
al quedar cojo de por vida a consecuencia de una caída durante una de las
competiciones; un sobrino de Silano, Apio, al que Calígula utilizó en contra
de su tío; Lucio Annio Viniciano, sin duda, uno de sus más fieles partidarios,
lo que no le impidió jugar un papel protagonista en la conjura que acabó con
su vida; Cayo Calpurnio Pisón, a quien Cayo agradeció con este
nombramiento la cesión de su esposa Orestila, o Lucio Salvio Otón, padre del
futuro competidor de Vitelio por el solio imperial.
No obstante, el mejor amigo de Calígula en esta época era Marco Emilio
Lépido, a quien a finales del año 37 había honrado otorgándole la mano de su
hermana preferida, Drusila, casada desde el 33, como sabemos, con Lucio
Casio Longino por indicación de Tiberio. Casio no podía ser para Calígula
santo de su devoción, toda vez que había jugado un papel no desdeñable en la
perdición de su hermano Druso, como esbirro de Sejano, aunque luego
intentara hacérselo perdonar presentando en el Senado mociones durísimas
contra el caído prefecto y contra su amante Livila, la nuera de Tiberio. Emilio
procedía de uno de los linajes más ilustres de Roma, que mantenía estrechas
relaciones con la casa imperial: su hermana Emilia Lépida había sido la
esposa de Druso, el hermano de Calígula, bien es cierto que para su
desgracia[57]. Hijo, nieto y bisnieto de cónsules —el hermano de su bisabuelo
había sido Lépido, colega de Augusto en el triunvirato—, era, a través de su
madre Julia, la hermana de Agripina, también bisnieto de Augusto, y, por
tanto, primo hermano de Calígula. Que además fuera también su amante es un

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rumor no constatado, más propio de crónica escandalosa que contrastado
fehacientemente. Aunque la hablillla era demasiado jugosa para no despertar
comentarios subidos de tono, no solo en las fuentes[58], sino entre un buen
número de biógrafos de Calígula[59], sobre este insólito y repugnante ménage
á trois, habida cuenta de la supuesta relación incestuosa entre Cayo y Drusila.
El matrimonio con Drusila significó para Lépido un vigoroso impulso en
su carrera pública, puesto que Calígula le permitió acceder a las magistraturas
cinco años antes del tiempo previsto por las leyes, con la promesa, varias
veces expresada —así lo afirma Dión—, de designarle como sucesor del
poder imperial. Pero no parece, sin embargo, que Emilio, presentado como un
joven irresponsable y disoluto, pudiera cumplir un papel de prudente
consejero político o ni siquiera que tuviese un ascendiente significativo sobre
el emperador en asuntos de Estado, fuera de puntuales intervenciones en
beneficio propio o de sus deudos, como la mencionada petición de aliviar el
exilio de Flaco.
Los esposos de las otras dos hermanas de Calígula se encontraban,
lógicamente, también en el círculo de los amigos íntimos del emperador. Pero
no cabía esperar mucho de ambos. La mayor, Agripina, como sabemos, se
había casado con Cneo Domicio Ahenobarbo, también pariente de la casa
imperial. Era el único hijo de Antonia la Mayor y, como Calígula, nieto de
Marco Antonio y de Octavia, la hermana de Augusto. Su padre, gracias a este
matrimonio, había conseguido entrar en el patriciado y fortalecer su posición
personal. Comandante distinguido en Germania y honrado por Augusto como
fideicomisario de su testamento, fue recordado, sobre todo, por su arrogancia,
prodigalidad y crueldad, rasgos que, al parecer, fueron heredados por su hijo,
si nos atenemos al juicio de Suetonio:

Tuvo [Lucio Domicio] de Antonia la Mayor un hijo, el padre de


Nerón, cuya vida fue de las más detestables. Acompañando al Oriente
al joven Cayo César, mató a un liberto que se negó a beber la cantidad
de licor que él le mandaba. Excluido por esta muerte de la sociedad de
sus amigos, no se condujo con mayor moderación. En la vía Apia
aplastó a un niño, lanzando adrede su caballo al galope. En Roma, en
pleno Foro, reventó un ojo a un caballero romano que discutía
acaloradamente con él. Era tal su mala fe que no satisfacía a los
vendedores el precio de lo que compraba… Acusado a fines del
reinado de Tiberio de un delito de lesa majestad, de gran número de

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adulterios y de incesto con su hermana Lépida[60], solo el cambio de
reinado le pudo librar del castigo. Murió de hidropesía en Purga…

En cuanto al marido de Livila, la menor de las hermanas, no pasaba de ser


un personaje gris, nieto de un íntimo amigo de Augusto, procedente de la
nobleza provincial. Apenas sabemos nada de su carrera, excepto su aspiración
a sustituir a su cuñado en el trono, tras su asesinato, y su propia muerte en el
46, por instigación de Mesalina, la tercera esposa de Claudio.
Del círculo íntimo de Calígula formaban parte, claro está, sus hermanas,
aunque, si excluimos a Drusila, la esposa de Lépido, no parece que gozaran
de un especial ascendiente en la voluntad del emperador. Y no es que la
mayor, Agripina, no intentara desplegar toda su energía para obtener una
posición preeminente en el palacio imperial. Pero que no fue muy lejos en sus
ambiciones, al menos en vida de su hermano, lo prueba una anécdota, un
ejemplo más, al tiempo, del corrosivo humor de Calígula. A finales del año
37, Agripina dio a luz un hijo varón, el futuro emperador Nerón. Apenas
nacido, pidió a su hermano que eligiera un nombre para el niño, a fin de
captar su favor y, habida cuenta de que Calígula no tenía descendencia,
situarse así en primera línea de una futura sucesión. Pero Cayo se sustrajo a la
trampa, proponiendo el de uno de sus acompañantes, su tío Claudio, por
entonces el hazmerreir de la corte. Frustrada en sus esperanzas, buscaría por
otros medios, como veremos, su promoción y la de su hijo.
De todas formas, Calígula no dejó de mostrar su devoción por las tres
hermanas, a las que honró y cubrió de atenciones y honores, como «primeras
damas» de la corte. Tras los repetidos golpes que habían ido privándole
trágicamente de padres y hermanos, no es sorprendente que Cayo, ayuno
durante su aislamiento en Capri de cualquier afecto familiar, volcara sobre sus
hermanas un cariño que en la Roma de la época podía resultar extraño, hasta
el punto de suscitar, como sabemos, rumores de incesto, en particular con
Drusila, a la que incluso habría considerado como su «legítima esposa».
Anteriormente se ha insistido sobre la improbabilidad de la acusación. Pero
quienes están convencidos de la culpabilidad de Calígula invocan como
justificación el precedente de los matrimonios entre hermanos, frecuentes en
el Egipto de los Ptolomeos, que, para Cayo, en una obsesiva imitación del
Oriente helenístico, habrían constituido un modelo a seguir. Y aún aducen una
anécdota, transmitida por Suetonio e insertada en la vida de Pasieno Crispo,
un descendiente del famoso historiador Salustio, conocido tanto por su poder
y riqueza como por su ingenio. Según el biógrafo, al preguntarle Cayo si él

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también había practicado el sexo con sus hermanas, salió airoso de la
embarazosa pregunta con la ingeniosa y diplomática respuesta, «todavía no».
Pero, de nuevo, la credibilidad del episodio queda reducida porque el escritor
escribió Nero donde debía haber puesto Caius e incluso por las propias
circunstancias de la conversación, que, según el autor, se desarrolló nullo
audiente, es decir, en privado y sin testigos. ¿Cómo pudo Suetonio, en tal
caso, registrarla? La imagen del auténtico tirano, en la Antigüedad, necesitaba
de un crimen especialmente abominable como el incesto para ser completa. Y
Calígula no podía ser una excepción.
Todavía quedaba un miembro en el íntimo entorno familiar, Claudio, el
hermano del padre de Calígula. La subida al trono de Calígula alentó, en un
principio, las esperanzas de Claudio de intervenir en la vida política. Así
pareció indicarlo su nombramiento como colega del emperador para el
consulado de ese mismo año y la promesa de ser reelegido para la
magistratura al término de cuatro años. Había pasado de sobrino a tío del
emperador y, en ocasiones, en su ausencia, le sustituyó en la presidencia de
los espectáculos, donde, al decir de Suetonio, era cariñosamente saludado con
gritos como «¡prosperidad al tío del emperador!» o «¡prosperidad al hermano
de Germánico!». Pero se trataba de una ilusión. Claudio, en las manos de
Cayo, ya no fue solo el pariente molesto, aunque tolerado por la familia, sino
el juguete de la crueldad de un sobrino que disfrutaba mortificándole y
poniéndole en ridículo y que con sus actos parecía incitar a los demás a
cebarse sobre su desgraciada apariencia. El infierno de Claudio queda bien
retratado en estos fragmentos de Suetonio:

Pero no por esto dejó de ser juguete de la corte. Si llegaba, en


efecto, algo tarde a la cena, se le recibía con disgusto y se le dejaba
que diese vueltas alrededor de la mesa buscando puesto; si se dormía
después de la comida, cosa que le ocurría a menudo, le disparaban
huesos de aceitunas o de dátiles, o bien se divertían los bufones en
despertarle como a los esclavos, con una palmeta o un látigo. Solían
también ponerle en las manos sandalias cuando roncaba, para que al
despertar bruscamente, se frotase la cara con ellas… Por otra parte, era
constantemente objeto de delaciones por parte de la servidumbre y
hasta de extraños.

Con ser crueles, no fueron estas las peores experiencias sufridas por
Claudio a lo largo del reinado de Calígula. La mortificación a que era
continuamente sometido por su sobrino vino también a extenderse a su propia

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nueva condición de hombre público. No bien había tomado posesión del
consulado, Cayo le amenazó con destituirlo por su lentitud en mandar erigir
estatuas en honor de los dos desgraciados hermanos del emperador, Nerón y
Druso, y las burlas, extorsiones e intimidaciones no harían sino aumentar a lo
largo del reinado.
Por supuesto, que, además de este entorno íntimo, estrictamente familiar,
Cayo contaba con otras personas a las que recurrir en caso de necesidad y en
las que, en principio, podía confiar. La administración de Roma y del
Imperio, por otra parte, exigía de un complejo aparato, en cuya cúspide se
integraban cargos sacerdotales, magistrados, legados, prefectos,
procuradores…, extraídos de los dos órdenes privilegiados. Que esta
administración no sufriera colapso alguno a lo largo del reinado de Cayo
indica que, al margen de lo que pudiera ocurrir en la corte, existían
responsables detrás del aparato de Estado con la suficiente responsabilidad y
capacidad de gestión para mantenerla eficiente. Pero el fin de Calígula y la
demonización de su memoria fueron los responsables de que muchos de los
colaboradores del emperador ocultaran sus nombres para evitar ser puestos en
relación con él. En el inmediato entorno de Calígula debían estar, en
sustitución de Macrón, los dos responsables de la prefectura del pretorio, de
quien dependía la seguridad del emperador. Solo conocemos el nombre de
uno de ellos, el de Marco Arrecino Clemente.
Si pasamos por alto el malévolo comentario de nuestras fuentes sobre las
poco recomendables compañías de Calígula —actores, gladiadores y aurigas
—, que, como el mimo Mnéster o el actor trágico Apeles, apenas tendrían
incidencia política, el emperador contaba asimismo, para despachar los
asuntos, tanto públicos como privados, que requerían su directa atención, con
el personal doméstico —esclavos y libertos— perteneciente a la casa
imperial.
El expediente de utilizar libertos al frente de esta incipiente burocracia
centralizada no podía considerarse como novedoso, puesto que ya Augusto,
siguiendo la práctica tradicional romana, había usado libertos y sirvientes de
su casa para las necesidades de una secretaría privada. Pero desde Augusto, la
propiedad imperial había aumentado más allá de los límites de cualquier casa
privada: ello, en unión de la enorme cantidad de trabajo que recaía sobre el
emperador, significó que sus secretarios y servidores se estaban convirtiendo
en realidad en funcionarios estatales, cuya influencia era grande y
permanente. La presencia de libertos en cargos administrativos propiamente
dichos era algo absolutamente indispensable, como consecuencia de la fusión

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de hecho entre administración privada y algunas funciones públicas, ya que
era normal que los asuntos familiares de cualquier género, comprendida la
gestión de la hacienda patrimonial, fuera confiada a personal esclavo o
liberto.
Fue durante el reinado de Calígula cuando el grupo social de los libertos
comenzó a crearse una posición de poder e influencia, que terminaría
convirtiéndolo en pieza imprescindible del mecanismo del Estado. Así, la
administración imperial no iba a ser gestionada ni por magistrados
pertenecientes al orden senatorial ni por personal técnico procedente del
orden ecuestre, sino por secretarios, surgidos del más bajo escalón social, que
hubieron de desarrollar, con más o menos ambición y escrúpulos, una serie de
tareas para las que no contaban con una cualificación específica. Pero su
continuidad en ellas, de emperador en emperador, los terminó convirtiendo en
absolutamente indispensables.
El más influyente de ellos era Calixto, un liberto que logró amasar una
inmensa fortuna al lado del emperador, ganando prestigio y poder con
expedientes tan dudosos como ofrecerle a su propia hija Ninfidia como
amante. Años más tarde, uno de los prefectos de pretorio, Ninfidio Sabino,
aspirante al trono tras la muerte de Nerón en el año 68, apoyó sus derechos
precisamente en ser hijo ilegítimo de Calígula. Parece ser que proporcionó a
Cayo consejo en momentos cruciales, como fue el tratamiento de una
supuesta conjuración a finales del reinado. Tiberio Claudio, un esclavo
originario de la ciudad minorasiática de Esmirna, que durante el reinado de
Tiberio había obtenido la libertad, consiguió tal influencia sobre Cayo que,
según el poeta Estacio, era capaz de amansarlo como el domador de una
bestia feroz. Provisto de un extraordinario sentido de supervivencia y de unas
dotes no menos admirables para promocionarse, fue escalando puestos de
creciente responsabilidad hasta su muerte, con más de noventa años, durante
el reinado de Domiciano. Uno de los más extravagantes libertos era Helicón,
un griego de Alejandría, que encontró en su capacidad de ingenio, mordaz y
malicioso, y en su papel de sicofante y delator, un modo de intimar con el
emperador, convirtiéndose en su sombra «en el juego de pelota, en los baños
y en las comidas y cuando se dirigía a dormir», según Filón, como una
especie de bufón de corte, que le valió el cargo de chambelán y de inspector
de la guardia de palacio. Al decir del escritor judío, fue sobornado por los
griegos de Alejandría, con promesas de honores y riquezas, para inclinar a
Calígula contra la comunidad judía, y terminó su miserable vida condenado a
muerte por Claudio. Conocemos también a Homilo, que ejercía el oficio de

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introductor de embajadores, al menos cuando la delegación judía encabezada
por Filón solicitó ser recibida por el emperador. Pero el más siniestro era, sin
duda, Protógenes, al que se considera responsable en gran medida de la
persecución contra el orden senatorial que ensangrentó los últimos días del
reinado de Cayo.
Pero, aunque la presencia de estos libertos tuviera más o menos
significación en la vida privada de emperador, no hay suficientes motivos
para suponer que jugaron un relevante papel durante el reinado de Calígula,
cuyas líneas maestras de gobierno se analizarán más adelante.

Muerte y divinización de Drusila

El 10 de junio del 38 iba a experimentar Calígula una nueva y terrible


desgracia familiar con la inesperada muerte de su hermana predilecta, Drusila,
que aún no había cumplido los veintidós años. Nacida en Confluentes, la
actual Coblenza, en la confluencia del Rin y el Mosela, en el año 16, durante
la última campaña de su padre Germánico contra las tribus del otro lado del
Rin, había sido criada con Cayo y, como sabemos, era especialmente querida
por su hermano, hasta el punto de haberla nombrado heredera durante su
enfermedad. Los comentarios por parte de la tradición antigua se han cebado
sobre la relación incestuosa que pudo unirles, a la que no es necesario recurrir
para explicar un sincero afecto, fortalecido en el común padecer de una
infancia desgraciada. No conocemos la causa de la muerte, que se supone de
parto[61] y que sumió a Calígula en la desesperación. Sus muestras de dolor
fueron tan exageradas que Séneca se vio impulsado a comentar que Cayo, lo
mismo que era incapaz de gozar de las cosas de una forma adecuada a la
dignidad imperial, tampoco podía sufrir de una forma adecuada. Y es que, al
decir de las fuentes, su dolor le impidió incluso asistir al funeral de su
hermana, cuyo elogio fúnebre pronunció su esposo, Lépido. Un funeral, por
otra parte, público y fastuoso, con los mismos honores póstumos recibidos por
Livia, la esposa de Augusto y madre de Tiberio, a pesar de la juventud de
Drusila y de no tener otro mérito que el de hermana del emperador. Alrededor
de su féretro, escoltado por la guardia pretoriana y por los miembros del
orden ecuestre, los jóvenes aristócratas romanos exhibieron sus habilidades
ecuestres en un ludus Troiae, los Juegos Troyanos, ceremonial reservado para
los grandes acontecimientos, antes de que sus cenizas fueran depositadas en el
mausoleo de Augusto, con las de los restantes miembros de la familia
imperial.

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Las muestras de duelo decretadas en memoria de la difunta se ajustaron al
pesar de Cayo. Se proclamó un iustitium, un periodo de luto oficial, en el que
quedaban suspendidos todos los negocios, incluida la actividad de los
tribunales de justicia y las festividades públicas, así como cualquier
manifestación de regocijo, hasta extremos que, probablemente, las fuentes
exageran, como la prohibición de reír, bañarse o comer con los padres, la
esposa o los hijos. Como afirma Dión, la orden habría acarreado la muerte a
un pobre tabernero por vender agua caliente, utilizada para mezclarla con
vino. Séneca escribe que nadie sabía lo que el emperador prefería, si ver
llorada o ver convertida en diosa a su hermana, comentario en el que incide
Dión:

Todos eran igualmente acusados, tanto si sufrían como si algo les


afligiera, como si se comportaban como si fueran felices,
culpándoseles por no pronunciar un lamento fúnebre, como se hace por
una persona, o por elevar una plegaria, como si se tratase de una
divinidad.

Calígula, enloquecido por el sufrimiento, en señal de duelo, se dejó crecer


la barba y los cabellos y huyó de Roma abruptamente en medio de la noche.
Atravesó Campania y se embarcó para Sicilia, donde, en Siracusa, encontró el
sitio adecuado para poder desahogar su dolor. Séneca, en cambio, aunque
reconoce que, al perder a su hermana, se escondió de la vista de todos y evitó
asistir a sus funerales, comenta malévolamente que se refugió en una villa de
su propiedad en Alba (Massa d’Alba, L’Aquila), en los Abruzzos, donde
buscó recuperar la paz del espíritu entregándose al juego de los dados y otras
ocupaciones del mismo tipo. No hay duda del dolor genuino de Cayo, pese a
que no le impidió en Siracusa llevar a cabo una intensa actividad tanto oficial
como privada. Sabemos que fue invitado a presidir los juegos de la ciudad y
que, agradecido por la hospitalidad que se le había dispensado, ordenó reparar
sus murallas y templos. Y de paso por Catania, atrajo su curiosidad el famoso
volcán de la isla, el Etna, sin poder resistirse a emprender su ascensión. La
paz espiritual que esta desconexión con Roma le proporcionó logró que su
pena, cuando emprendió el regreso en septiembre, se trocara en una
desmedida voluntad de exaltar la figura de Drusila colmando a la difunta de
honores. A los que ya habían sido decretados en honor de Livia, añadió el
insólito de exigir al Senado su deificación.
Hasta el momento, solo César y Augusto habían merecido un
reconocimiento semejante, pero todavía era más inaudito para una mujer y

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además con una tan mediocre biografía. Aunque no faltó quien jurara haber
visto a Drusila ascender a los cielos para ocupar un lugar en el concierto de
los dioses, imprecando la ruina para él mismo y sus hijos si mentía. Se trataba
de un senador, Livio Gémino, que vio recompensada su agudeza visual con
un millón de sestercios, regalo del emperador. La apotheosis se celebró el 23
de septiembre y el Senado se apresuró a expresar su devoción por la nueva
diosa acumulando decretos para honrarla: se acordó que fuese levantada en el
edificio de la Curia una imagen de oro con sus rasgos y que se le dedicase en
el templo de Venus una estatua del mismo tamaño que el de la diosa; además
se votó que se le construyese un templo propio, para cuyo culto se constituyó
un colegio de veinte sacerdotes de ambos sexos. Las mujeres deberían prestar
juramento en su nombre en cualquier ocasión que exigiese presentar
testimonio y, por su parte, el emperador decidió no jurar desde entonces más
que por la divinidad de Drusila, incluso en las circunstancias más solemnes, al
dirigirse al pueblo o al ejército. A partir de ese momento recibió el nombre de
Panthea, una especie de divinidad síntesis de todas las diosas, con el que, de
acuerdo con el deseo de Calígula, debería recibir honores divinos en todas las
ciudades del Imperio. En Egipto, el mes de Payni (entre mayo y junio) pasó a
denominarse Drusilleios, pero la novedad no duró más allá de la muerte de
Calígula.
También se decidió que en el aniversario de su nacimiento se
conmemorase con una fiesta semejante a los Juegos Megalenses[62], en los
que los órdenes senatorial y ecuestre acostumbraban intercambiar invitaciones
para banquetear juntos. Efectivamente, sabemos que al año siguiente, el 39, y
coincidiendo con el nacimiento de Drusila, tuvieron lugar los nuevos juegos,
de dos días de duración, lo mismo que los Megalenses. En la apertura fue
conducida hasta el circo una estatua de la deidad en un carpentum, una
carroza, arrastrada por elefantes. Se celebraron carreras de carros y
venationes: en el primer día, de quinientos osos; en el segundo, de otros tantos
animales, según Dión, hechos venir de Libia, es decir, leones. Se ofreció un
banquete al pueblo y los senadores, y sus esposas recibieron regalos, como
era el uso en las fiestas en honor de Cibeles. Y los juegos continuaron
celebrándose en el año 40, aunque en esta ocasión dentro de límites más
modestos. No hubo ocasión para los siguientes, una vez que a finales de enero
del siguiente año Calígula era asesinado.

Lolia Paulina

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La muerte de Drusila, por encima de la dolorosa pérdida de un ser tan
querido, significó también para Cayo la reapertura del problema dinástico.
Lépido, que, hasta el momento, gracias al matrimonio con la hermana del
emperador, parecía señalado para sucederle, ahora vio mermadas, por no decir
frustradas del todo, sus esperanzas. Por el contrario, aumentaban las de
Agripina, que, como sabemos, un año antes había dado a luz un hijo varón,
aunque, como ya se ha mencionado, Calígula había pasado por alto la
posibilidad que trataba de ponerle ante los ojos, con la decepcionante
respuesta que la ambiciosa hermana recibió a su solicitud respecto al nombre
del niño. Cayo, probablemente, consideró que se podían evitar peligrosas
componendas o grupos de presión enfrentados, como los que se habían
formado un año atrás durante su enfermedad, si conseguía garantizar la
sucesión con su propia descendencia. Por ello, en fecha no determinada pero
no mucho después de la exaltación de Drusila, volvió a buscar esposa. La
elección recayó en Lolia Paulina, una mujer notable no solo por su belleza,
sino también por su cuantiosa fortuna; fortuna, que, en parte, llevaba consigo,
si aceptamos el testimonio de Plinio el Viejo, que la vio en una cena, con la
cabeza, el cuello y los dedos cubiertos de esmeraldas entrelazadas con perlas,
de un valor estimado en cuarenta millones de sestercios (más de cincuenta
millones de euros). Según Suetonio, Cayo se decidió por Lolia al escuchar en
un banquete que su abuela había sido la mujer más hermosa de la época.
No representó obstáculo alguno que se tratara una mujer casada. El
marido era Publio Memmio Régulo, un senador de origen modesto,
probablemente galo, a la sazón gobernador de Macedonia, Mesia y Acaya,
que, en época de Tiberio, había intervenido en el derrocamiento de Sejano. Si
en su segundo matrimonio, de creer a las fuentes, Calígula simuló un rapto, el
modo de conseguir a la novia en esta tercera ocasión no fue menos excéntrico.
Dión cuenta que obligó al marido a ofrecérsela como prometida, para no
invalidar el matrimonio, que, sin este requisito, habría infringido la ley. Ello
implica que antes tuvo que divorciarse de la dama y de la suculenta dote que
la acompañaba. Efectivamente, cuando se celebró el matrimonio, Memmio
estuvo presente, no sabemos si, como informa Suetonio, obligado por el
emperador a abandonar su provincia para acudir a la ceremonia o
aprovechando su fortuita presencia en la ciudad para participar en los ritos de
los fratres Arvales, de cuya hermandad era miembro.
Tampoco en esta ocasión el matrimonio fue duradero. Apenas seis meses
después, Calígula repudiaba a Lolia, supuestamente por esterilidad. Pero
acompañó el repudio con una orden sorprendente: que no podría volver a

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tener relaciones sexuales con ningún hombre. Quizás trató de proteger su
reputación, impidiendo que pudiera tener hijos y que se descubriera la
falsedad del pretexto esgrimido para desembarazarse de ella. Pero muerto
Calígula, Lolia volvió a intentar convertirse en primera dama. Tras la
desaparición de la tercera esposa de Claudio, Mesalina, compitió con
Agripina, la hermana de Calígula, por ser la elegida para ocupar su puesto. Y
cuando Agripina consiguió el propósito de desposar a su tío, no perdonó la
rivalidad y persiguió con tenaz rencor a su competidora hasta lograr verla
muerta. En cuanto a Memmio, continuó en su puesto de gobernador de las
provincias orientales europeas hasta el año 44, y su nombre volvió a aparecer
en relación con el capricho de Calígula de traer a Roma la famosa estatua del
Zeus de Olimpia, obra de Fidias, considerada una de las siete maravillas del
mundo. Según Josefo, atrasó cuanto pudo la orden bajo el pretexto de
horribles presagios. La muerte del emperador impidió el sacrilegio y quizás
preservó la vida de Memmio. Al decir de Tácito, sus humildes hábitos, la
modestia de su origen y sus escasos bienes le protegieron de asechanzas y
envidias hasta su muerte, en el año 63[63].

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7
LA PRIMERA CRISIS

El Senado en el punto de mira

L OS desmesurados y gratuitos honores que Calígula decretó en memoria


de Drusila, no solo representaban para la opinión pública —y, en especial,
para el orden senatorial— la devoción rayana en la locura de un hermano
desconsolado. La divinización, tanto si se trataba de una inocente comedia,
como si efectivamente era sentida en toda su dimensión teológica, hasta el
momento había sido un honor extraordinariamente restrictivo, solo otorgado a
dos personajes, César y Augusto, a quienes, por otra parte, el imaginario
popular ya había dotado de rasgos sobrehumanos. En el caso de Drusila, por
el contrario, la divinización había surgido únicamente de la iniciativa del
emperador, que se elevaba así por encima de las normas divinas y humanas,
para hacer de su voluntad la única fuente de ley. Drusila había sido convertida
en diosa no por otra razón que por ser la hermana del emperador y ello
revelaba la imposición de un culto familiar y dinástico, que chocaba
frontalmente con la propia esencia del Principado, que, a pesar de todo,
hundía sus raíces en los principios esenciales de la tradición republicana,
contrarios a cualquier forma de monarquía.
Por muy equívoca que fuese, esa esencia implicaba un fondo de
comunicación y de colaboración entre príncipe y Senado, que tanto Augusto
como Tiberio habían respetado, y, en consecuencia, excluía actitudes
autocráticas por parte del emperador. Pero Calígula, cada vez en mayor
medida, se alejaba del Senado para imponer un gobierno personal, que dejaba
de considerar al colectivo senatorial como socio en el poder para subordinarlo
a su voluntad. Se ha tratado de explicar esta tendencia a la autocracia por
parte de Calígula en las influencias recibidas durante la adolescencia en casa
de Antonia. La abuela, hija de Marco Antonio, podría haber impreso en la
mente de Cayo el concepto de monarquía oriental, en la línea que su padre
había ensayado de la mano de Cleopatra. Pero también, como ya se ha
mencionado, la presencia en la casa de jóvenes príncipes venidos de casas

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reales de Oriente —y, en especial, de su amigo judío, Agripa—, con una
idiosincrasia diametralmente opuesta a la romana, que oponía a la tradicional
libertas republicana, basada en el concepto de ciudadanía, el elemental
binomio rey-súbdito, podría haber influido en una percepción del poder, por
parte de Calígula, ajena a las tradiciones romanas.
Durante los dos primeros años de gobierno, mal que bien, la relación con
el Senado, pese a todo, pareció discurrir por los cauces acostumbrados, en la
línea, bien conocida por más que equívoca, de respeto a las instituciones, por
parte de Cayo, y de plegamiento a la voluntad del príncipe, por lo que hace al
colectivo senatorial. Las esporádicas estridencias, aunque intencionadamente
transgresoras, de la supuesta «diarquía» —el reparto ficticio de funciones
entre emperador y Senado— podían considerarse aisladas y de carácter
anecdótico. Pero el idilio estaba a punto de terminar.
El 1 de enero del año 39 Calígula invistió su segundo consulado, con
Lucio Apronio como colega. Solo se mantuvo en el cargo hasta final de mes
para ser reemplazado por un suffectus, en este caso, el prefecto de la ciudad,
Sanquinio Máximo, mientras Apronio continuaba hasta mitad de año. Por más
que el consulado hubiera perdido el significado político que tuvo durante la
República como máxima instancia de gobierno, su prestigio seguía intacto.
Tanto Augusto como Tiberio habían hecho un uso moderado de la
magistratura, que ambos invistieron nada más que en tres ocasiones cada uno,
en 45 y 23 años de reinado, respectivamente. Pero Calígula, en tres años de
gobierno, la desempeñó en dos ocasiones, con la determinación de seguir
ejerciéndola año tras año. El gesto solo podía indicar su determinación de
representar un papel fundamental al frente del Estado. Un paso más en el
camino hacia la autocracia.
No obstante, en el primer mes del año no hubo nada de particular en el
esperado curso de los acontecimientos. Cayo, tanto al tomar posesión de su
cargo, como a su deposición, prestó el preceptivo juramento ante los Rostra.
Pero Dión, tras dar cuenta de esta ceremonia, en el comienzo de su crónica
para el año 39, prosigue:

Durante aquellos días y en los sucesivos murieron muchos


miembros de la nobleza como consecuencia de una condena (otros,
sacados de la prisión, fueron castigados a causa de los delitos por los
que habían sido encarcelados por Tiberio), mientras mucha gente de
distinto rango perdió la vida combatiendo en la arena. No había otra
cosa que asesinatos.

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Es el único testimonio, sin otras explicaciones, del que solamente
podemos colegir un inesperado y drástico cambio en la actitud del emperador
con respecto a la aristocracia. Tratemos de penetrar en las razones, si no
seguras, verosímiles. Se ha supuesto que Cayo, en el curso de las
investigaciones que habían abocado a la eliminación de Gemelo, Silano y
Macrón, tuvo ocasión de examinar los viejos documentos, de época de
Tiberio, que incriminaban a quienes habían participado en la perdición de su
madre y sus hermanos. Es cierto que, en su exaltación al trono, declaró ante el
Senado haber destruido cualquier acta de pruebas acusatorias… pero no las
copias. Como gesto, cumplió su papel de mostrar dos de las virtudes más
valoradas del príncipe: la magnanimidad y la clemencia. Pero, como dice
Balsdon, hubiera sido un acto de la más descabellada insensatez la
destrucción completa de los registros, que le habría impedido calibrar dónde
estaban los enemigos de su familia y de él mismo. El atento examen de los
documentos y la información que contenían, le animó a perseverar en la
investigación, con la conclusión de que no era tanto Tiberio el responsable de
la ruina de su familia, como el colectivo senatorial, ante el que se habían
llevado los procesos y de quien, en definitiva, habían partido las sentencias.
Y, como revulsivo, surgió en Cayo un tardío deseo de reivindicar la figura de
Tiberio, tras los progresivos desaires a los que, como sabemos, había ido
sometiendo su memoria, pero también, y con mayor énfasis, un abierto deseo
de venganza, que, si no había tenido la prudencia de dominar, disimuló hasta
entonces bajo una máscara hipócrita.
En contra de tal hipótesis se han levantado voces que discrepan, objetando
que había pasado demasiado tiempo desde las condenas siguientes a la
enfermedad de Cayo para considerarlas causa inmediata de los
acontecimientos del 39. Y, más directamente, proponen como desencadenante
el descubrimiento de una conspiración, en la que habría estado involucrado un
amplio segmento de la aristocracia senatorial, que pretendía, entre el
desencanto y la ira, poner fin al demagógico discurso del principado de Cayo,
contrario a los intereses del orden.
Algunos elementos resultan evidentes. En primer lugar, tras dos años de
reinado, Cayo no había resultado ser el joven maleable cuya inexperiencia
permitía augurar un decisivo protagonismo del Senado en la gestión de
gobierno. Por el contrario, lo marginaba, al tiempo que tomaba actitudes
claramente autocráticas. Tampoco parece que puedan albergarse dudas sobre
la actitud del emperador con respecto a la Cámara desde el inicio del reinado,
atemperada en un primer momento por los consejos de Macrón y, quizás, de

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Silano, y, luego, crecientemente hostil, si no en las formas, aún mantenidas en
los cauces tradicionales, sí en el fondo, si nos atenemos a algunos de sus actos
de gobierno, declaradamente populistas y lesivos para los privilegios de la
nobleza. Desde la adolescencia, Cayo se había comportado como un maestro
del disimulo. No le había quedado otra elección para poder sobrevivir en un
peligroso mundo de asechanzas, que con dificultad logró sortear. Y solo
lentamente fue mostrando sus cartas. Pero en esas asechanzas habían perecido
su madre y sus hermanos varones. ¿Cabe alguna duda de que, una vez en el
trono, se mantuviera especialmente alerta contra cualquier sospecha de
maquinación que pudiera significarle una amenaza?
Si la apertura de hostilidades partió de Cayo o fueron, en cambio,
elementos del Senado conjurados contra el emperador los que provocaron el
enfrentamiento, no puede precisarse, y menos aún por el empeño de las
fuentes en ocultar el trasfondo de los hechos. Lo cierto es que, desde el 39, se
produjo una abierta guerra entre Cayo y el Senado, que no haría sino
enconarse progresivamente hasta la consecuencia final: la eliminación del
emperador.
La declaración de hostilidades, en todo caso, partió del emperador, en un
trascendental y virulento discurso, parte de cuyo contenido nos ha preservado
Dión. Calígula atacó al Senado por su hipocresía en denigrar la memoria de
Tiberio únicamente porque su emperador lo había hecho:

Yo puedo hacerlo porque soy emperador, pero vosotros, al haber


asumido esta actitud con respecto a aquel que en otro tiempo fue
vuestro emperador, no solo cometéis un acto de injusticia, sino que
también sois culpables de un delito de alta traición.

Luego, examinando uno por uno los casos de quienes habían sido
condenados a muerte en época de Tiberio, trató de demostrar que habían sido,
en realidad, los senadores los responsables de las muertes de la mayoría de los
inculpados: unos por ejercer el papel de acusadores, otros por presentar
testimonios inculpatorios, y todos en conjunto por haber votado sus condenas.
Estas acusaciones las fundamentó en las actas que, a comienzos de su reinado,
dijo haber quemado, y que mandó a sus libertos leer en voz alta, antes de
proseguir:

Si Tiberio cometió alguna injusticia, no habríais debido, ¡por


Júpiter!, honrarlo cuando estaba vivo, ni, una vez muerto, deberíais
haber cambiado de idea con lo que entonces declarasteis y votasteis. Y

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no solo habéis tratado a Tiberio de modo inconstante, sino que
ensalzasteis a Sejano, para luego derribarlo y asesinarlo: por tanto, con
ese comportamiento, ¿cómo puedo esperar yo algo bueno de vosotros?

A continuación, Cayo acusó a los senadores de ser clientes de Sejano y de


haber sido ellos quienes presentaron las pruebas acusatorias contra su madre y
sus hermanos, fundamentando sus palabras en los documentos supuestamente
destruidos, para terminar con el retórico recurso de una supuesta conversación
mantenida con Tiberio, en la que el viejo emperador le aconsejaba:

En todo lo expuesto, has hablado bien y dicho la verdad: por lo


tanto, no debes tener piedad ni mostrar benevolencia por ninguno de
ellos. La verdad es que todos te odian y todos rezan para que mueras.
Y te asesinarán en cuanto puedan. Así que no te detengas a considerar
la forma en la que debas actuar para complacerlos ni te preocupes de lo
que hagan. Lo mejor que puedes hacer es preocuparte solo de tu
bienestar y seguridad. Si así lo haces, no sufrirás ningún mal y
disfrutarás de las mayores alegrías, y además serás honrado por ellos,
lo quieran o no. Pero si, por el contrario, adoptas la actitud opuesta, a
efectos prácticos no obtendrás ninguna ventaja y, a la larga, solo
conseguirás que tu nombre quede mancillado por una vil reputación y
que perezcas de forma infame víctima de una conspiración.

Y concluyó su agresiva intervención con el conocido verso del poeta


Ennio, oderint dum metuant («¡Que me odien, con tal de que me teman!»),
para declarar, seguidamente, que quedaban restablecidos los procesos por alta
traición, abolidos a comienzos del reinado, resolución que debería ser grabada
en bronce y expuesta en público. Los asistentes reaccionaron con un
atemorizado silencio al ataque de Calígula, que, de inmediato, abandonó
Roma para instalarse en una de sus posesiones, en los alrededores de la
ciudad.
Las palabras de Cayo, cuando hubo tiempo de analizarlas, aún generaron
mayor desconcierto y sobresalto. Estaba todavía viva la memoria de las
vilezas que habían acompañado a los procesos de lesa majestad, no tanto
porque dejaba a cualquier ciudadano a merced del capricho del emperador,
sino porque resucitaba una de las peores plagas a que se había visto sometida
en los últimos tiempos la sociedad romana. Se trataba de la actividad de los
delatores, espías de profesión, dedicados a fabricar pruebas y a recoger
testimonios de cargo con la esperanza de obtener una condena y, con ella, una

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posibilidad de enriquecimiento, que les garantizaba una cuarta parte del
patrimonio de la víctima. Pero tampoco era solo el enriquecimiento. La ley
abría la puerta al desbordamiento de los peores instintos, permitiendo a
cualquier desaprensivo desfogar sus pasiones y sus odios impunemente,
empujando a un rival molesto a un proceso de imprevisible final.
Un colectivo como el senatorial, desgarrado por envidias, celos, rencores
y ambiciones, no podía reaccionar sino con vileza al desafío de la tiranía
imperial. Reunidos al día siguiente, ahora sin Cayo, no encontraron otra salida
que humillarse rastreramente, fingiendo considerarle un príncipe sincero y
leal, que había tenido la condescendencia de perdonarles la vida, y que, por
ello, merecía agradecimiento, expresado en la concesión de nuevos honores.
En consecuencia, votaron ofrecer sacrificios anuales en honor de su
clementia, en el aniversario del día en el que les había dirigido el discurso, y,
para celebrarlo, fue llevada en procesión, del Palatino al Capitolio, una
imagen de oro del emperador, acompañada por un coro de niños de las
familias más nobles, que interpretaban himnos conmemorativos.
Barrett supone que el énfasis sobre el concepto de clementia, virtud que,
desde César, tenía una connotación especial en relación con el trato
magnánimo para con el enemigo vencido, indicaría el descubrimiento por
parte de Calígula de algún tipo de conspiración, que le habría llevado, tras
erradicarla y castigar a los culpables, a poner en evidencia su actitud no
vengativa con aquellos que le habían hecho patente su lealtad. En todo caso,
la amenaza era evidente, una amenaza que pretendía imponer mediante el
miedo la voluntad imperial a un colectivo, que, sin recursos para contraatacar,
solo podría reaccionar con la adulación rastrera.
De todos modos, la nueva actitud de Calígula no significó todavía una
persecución sistemática contra el Senado, al menos, con la consecuencia
extrema de masivas condenas a muerte, amparada en la ley de lesa majestad.
Durante los meses siguientes, en la primera mitad del año 39, los procesos
que conocemos son selectivos y, en general, sustentados en motivaciones de
distinta índole. Dión nos informa sobre el enjuiciamiento de antiguos
magistrados por corrupción, en concreto de un número indeterminado de
curatores viarum. Se trataba de tres magistrados del orden senatorial, creados
e institucionalizados por Augusto, que, como su nombre indica, eran
responsables de la construcción, cuidado y vigilancia de las vías de Italia.
Para cumplir con sus tareas, utilizaban los servicios de contratistas
(redemptores o mancipes), a los que pagaban con dinero público. No es
necesario extenderse en las irregularidades a que podía conducir este sistema,

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que aún hoy es triste actualidad. Un colaborador de Cayo, Cneo Domicio
Corbulón, desde época de Tiberio, había venido insistiendo ante el Senado sin
demasiado éxito en estas irregularidades, denunciando el desastroso estado de
la gestión del sistema viario. Ahora, con la protección de Calígula, consiguió
llevar a juicio a todos los que habían ejercido esta curatela, vivos o muertos,
condenándoles, tanto a ellos como a los contratistas subrogados, a pagar una
cuantiosa multa, sin tener en cuenta las protestas de los encausados sobre su
honradez. Dión utiliza, no obstante, el asunto en contra de Calígula,
suponiendo que el emperador utilizó este expediente, con la complicidad de
Corbulón, como un medio más para aumentar con recursos suplementarios la
maltrecha economía imperial: según el autor griego, gracias a este servicio, el
cortesano obtuvo el consulado, aunque luego, bajo el reinado de Claudio, fue
procesado y condenado, con la sorprendente sentencia de que se restituyeran a
los condenados bajo Calígula las sumas con las que habían sido multados,
detrayéndolas o del tesoro o de los bienes del propio Corbulón.
Con el discurso ante el Senado, Calígula había enseñado sus cartas,
aunque también había obligado a enseñarlas al colectivo senatorial. El juego
hipócrita mantenido bajo Augusto y Tiberio, que parecía conceder una parcela
de poder al Senado, terminaba frente a la afirmación de la verdadera esencia
del Principado: un poder autocrático que no necesitaba rendir cuentas al
colectivo con el que se había comprometido a compartirlo, envilecido
entretanto por su propia actitud servil ante quien lo ejercía. El Senado
quedaba reducido al papel de simple corifeo, que, con tal de preservar sus
privilegios sociales y económicos, estaba dispuesto a soportar las peores
humillaciones. Y no era Calígula quien iba a ahorrárselas. Impotentes para
reaccionar, no tuvieron otra salida que continuar, si cabe aún más serviles, por
la trajinada senda de la deshonra.
Pero, aunque a partir de ahora era evidente el auténtico papel que
representaban príncipe y Senado, la nueva situación no significó un cambio
en el modo de comunicación tradicionalmente establecido. No hubo, pues,
una revolución. Calígula no intentó dar la vuelta al sistema creado por
Augusto, diseñando un cambio político, cultural y social, como ensayaría
años después su sobrino Nerón. Se limitó, como hombre de acción, sin ribetes
intelectuales, a poner en práctica la autoridad despótica que el Principado
llevaba en su esencia, fatalmente abocada a un régimen de terror. Pero la
práctica de este gobierno autocrático se ejerció en el tradicional cuadro
institucional, sin que el conflicto entre emperador y Senado afectase a la
gestión del Estado o a la administración provincial, que, en los cauces

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ordinarios, mantuvo una notable eficiencia, traducida en términos de
normalidad.

El «triunfo» de Bayas

En el contexto de la nueva relación entre Calígula y el Senado se inserta un


episodio que las fuentes antiguas se complacen en narrar como ejemplo de
extravagancia, megalomanía y despilfarro y que la investigación moderna
intenta con distintas explicaciones racionalizar. Cayo había despreciado el
ofrecimiento del Senado, en el marco de los honores acordados a su persona
tras su famoso discurso, de votarle una ovatio, la ceremonia de exaltación
personal también conocida como «pequeño triunfo». En su lugar, iba a
escenificar un grandioso espectáculo, presentado como un desfile triunfal. El
episodio lo recogen buena parte de nuestras fuentes, aunque es Dión el que
ofrece el relato más detallado, que merece la pena reproducir:

Quiso encontrar el modo de atravesar a caballo el mar y realizó su


proyecto mandando tender un puente entre Puzzoli y Bayas[64],
enfrentadas a una distancia de veintiséis estadios (unos cinco
kilómetros). Las embarcaciones para la construcción del puente, en
parte, fueron traídas de otros lugares y, en parte, construidas a
propósito, pero, dado que no bastaban todas las que se pudieron reunir
en tan breve tiempo, se hicieron traer todas las unidades posibles, hasta
provocar una grave carestía en Italia y sobre todo en Roma[65]. La
estructura del puente no fue realizada simplemente como un paso, sino
que fueron construidas estaciones de posta y alojamientos, con agua
corriente potable[66]. Cuando la obra estuvo terminada, Cayo se puso la
coraza de Alejandro, como él la llamaba, y encima, una clámide de
seda color púrpura, adornada con mucho oro y con numerosas piedras
preciosas procedentes de la India; se ciñó una espada en la cintura,
embrazó el escudo y se coronó la cabeza con una guirnalda de hojas de
encina. A continuación, hizo seis sacrificios en honor de Neptuno y de
otros dioses, entre los cuales estaba la Envidia, para, como él decía,
conjurar cualquier influjo maligno obra de los celos divinos, y se puso
en marcha sobre el puente, partiendo de la base de Bayas, a la cabeza
de un gran número de caballería y de infantería armada. De allí se
movió hacia Puzzoli, como si estuviera marchando contra enemigos, y
en esta localidad permaneció hasta el día siguiente. Luego, como si

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regresara de una batalla, tras haberse puesto una túnica bordada en oro,
regresó por el mismo puente en un carro tirado por los mejores
caballos de carrera. En el cortejo le seguía una caravana cargada de
diversos objetos, como si fuese un botín de guerra, y en él estaba
presente también Darío, un joven parto de la casa de los Arsácidas, que
en aquella época se encontraba como rehén en Roma. Sus amigos y
compañeros iban detrás en otros carros, cubiertos con vestidos
variopintos, y, a continuación, el ejército y el resto de la multitud, cada
uno vestido según su propio gusto. Como Cayo debía pronunciar un
discurso, según la costumbre en una campaña militar y en ocasión de
una gloriosa victoria, subió a una tribuna erigida sobre las
embarcaciones cerca del centro del puente. Ante todo, se mostró como
promotor de grandes empresas y luego elogió a los soldados como si
se hubiesen enfrentado a graves dificultades y riesgos, refiriéndose,
entre otras cosas, al hecho de que habían atravesado el mar a pie. Por
esta empresa les distribuyó un donativo y, a continuación, celebraron
un banquete durante todo el resto del día y de la noche: Cayo sobre el
puente, como si fuera una isla; los soldados sobre las embarcaciones
que estaban ancladas alrededor. Una abundante iluminación
resplandecía sobre todos ellos, en parte procedente del escenario; en
parte, de las montañas. Y es que, como la localidad tenía una
conformación semicircular, las antorchas eran visibles desde cualquier
parte, como en un teatro, e impedían que hubiese zonas de sombra. De
hecho, Cayo había pretendido que la noche se convirtiese en día, lo
mismo que había querido que el mar se convirtiese en tierra. Cuando
se hartó de comer y de beber vino en gran cantidad, hizo arrojar al mar
desde el puente a muchos de sus compañeros e hizo naufragar a otros
rodeándolos y atacándoles con naves dotadas de espolones: de este
modo provocó la muerte de algunos, aunque la mayoría, no obstante
estar ebrios de vino, se salvó, porque el mar estaba particularmente en
calma y sin olas, tanto en el momento en que fue tendido el puente
como cuando tuvieron lugar las otras celebraciones. También esta
circunstancia contribuyó de algún modo a aumentar el entusiasmo del
emperador, ufanándose de que incluso Neptuno tenía miedo de él, y
haciendo a continuación befa de Darío y de Jerjes, al haber superado
un brazo de mar mucho mayor que el de ellos.

¿Qué finalidad albergaba el insólito espectáculo? La cuestión se suscitó


ya en la propia Antigüedad, con distintas explicaciones, como las que

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enumera Suetonio:

Han considerado algunos que imaginó aquel puente con objeto de


emular a Jerjes, tan admirado por haber tendido uno en el estrecho del
Helesponto, mucho más corto que el de Bayas; otros, que quiso
impresionar con la fama de aquella gigantesca empresa a la Germania
y Britania, a las que amenazaba con la guerra; no ignoro todo esto;
pero, siendo yo todavía niño, oí decir a mi abuelo que la razón de
aquella obra, revelada por los criados íntimos de palacio, fue que el
matemático Trasilo, viendo que Tiberio vacilaba en la elección de
sucesor y que se inclinaba a su nieto natural, había afirmado que
«Cayo no sería emperador mientras no atravesara a caballo el golfo de
Bayas».

Pueriles explicaciones, escasamente satisfactorias, a las que aún podría


añadirse la de Flavio Josefo, para quien Calígula habría juntado las dos
localidades, cerrando así el golfo, por considerar tedioso atravesarlo en barco,
siendo, como era, dueño del mar y dios, lo que le permitía abrir esta clase de
caminos. La crítica moderna interpreta simplemente el desfile como una
delirante y exaltada manifestación de grandeza de una mente enferma. Pero
también podría considerarse, salvados los toques de histrionismo, como
expresión del ilimitado poder del emperador y como demostración ceremonial
de la majestad imperial. Otras hipótesis suponen que el espectáculo pretendía
impresionar al reino parto, el eterno rival romano en Oriente, con este
despliegue de poder y riqueza, mostrada ante un príncipe de la casa real de
Partia, precisamente de nombre Darío, a la sazón rehén en Roma. Todavía
más, teniendo en cuenta las inclinaciones teatrales de Calígula, su propio
modo de presentarse en público, disfrazado de Alejandro Magno, sobre un
carro triunfal, en el que se incluía como «botín» a un auténtico príncipe parto,
parecía escenificar la victoria alcanzada sobre el coloso oriental por el rey
griego, que ahora Calígula personificaba, en una transposición de símbolos,
como emperador y como vencedor de Partia. No cabe duda, en todo caso, de
la simbología militar de la tramoya, que insistía en la figura del emperador,
ante todo, como supremo jefe de los ejércitos, y, en consecuencia, como único
adjudicatario del principal instrumento de autoridad, por encima de las
ficciones y convencionalismos con lo que el Senado había pretendido simular
su participación en el poder.

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El matrimonio con Milonia Cesonia

Por las mismas fechas —desgraciadamente es difícil ordenar los


acontecimientos entre la divinización de Drusila y el inicio de la expedición
germana—, Calígula, como sabemos, divorciado de Lolia Paulina, volvió a
casarse. La ceremonia debió de tener lugar durante el verano, si tenemos en
cuenta el dato de Dión sobre el intenso calor de esos días, que obligó a tender
toldos sobre el Foro. La esposa de este cuarto matrimonio era Milonia
Cesonia, perteneciente a una familia senatorial de poco lustre. Su hermano de
madre era Domicio Corbulón, a quien conocemos como infatigable
perseguidor de chanchullos estatales, y, al decir de las fuentes, no era ni joven
ni hermosa. La madre, Vistilia, era célebre por fecundidad, hasta el punto de
merecer ser registrada por Plinio el Viejo en su Historia natural, como un
hecho insólito: de seis matrimonios sucesivos había tenido siete hijos. Pero
Cesonia tampoco le iba a la zaga: cuando se casó con Calígula era ya madre
de tres hijas. Su vida no era un ejemplo de virtud. Así lo considera Suetonio
cuando la califica como monstruo de lujuria y lascivia. Una prima hermana
suya, según Tácito, se anunciaba como prostituta pública y fue por ese motivo
desterrada, ya que la ley romana prohibía a las mujeres cuyos padres o
abuelos hubiesen pertenecido a alguno de los dos órdenes privilegiados
registrarse como prostitutas. Pero parece que Cayo encontró en Cesonia su
media naranja. Pudo pesar en la elección la garantía de fecundidad. En efecto,
un mes después del enlace, nacía la primera hija de Calígula, que recibió,
¡cómo no!, el nombre de Julia Drusila, la amada y malograda hermana del
emperador. Se supone, por consiguiente, que las relaciones con Cesonia
venían de largo. Y, contra todo lo esperado, el matrimonio duró. Cayo le fue
fiel y estaba orgulloso de ella, hasta el punto de que las malas lenguas
aseguraban que la mostraba desnuda ante sus amigos —si no era hermosa,
debía de tener una esbelta figura— y la paseaba ante las tropas, revestida con
una clámide y armada con casco y escudo, como si fuera Minerva. Nadie
podía entender esta pasión, por lo que se corrió en Roma el bulo de que
Cesonia había hechizado al emperador con un filtro de amor, aunque, según
Suetonio, su único efecto fue volverle rabioso.
Cuando nació su hija, Calígula la llevó hasta el templo de Júpiter
Capitolino y la depositó sobre las rodillas de la estatua y, luego, repitió la
escena en el templo de Minerva con la imagen de la diosa. No parece que
haya que hacerle mucho caso a Flavio Josefo cuando relata que, al depositarla
ante Júpiter, afirmó que era hija común de ambos y que, por consiguiente, la

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niña tenía dos padres, sin poderse determinar cuál de los dos era más grande.
Tampoco resulta más verosímil el comentario de Suetonio de suponer que la
mejor prueba para Calígula de que era de su misma sangre, la tenía en la
crueldad de la niña, que aun en la más tierna infancia era ya tan grande que
arañaba con las uñas el rostro de los niños que jugaban con ella.

La resaca de Bayas

El show de Bayas iba a repercutir, y gravemente, en la tensa relación entre


Cayo y el Senado, en una especie de anticlímax tras el esperpéntico
espectáculo. Esa es la situación que parece deducirse de un buen número de
procesos, que se insertan en los meses siguientes contra miembros del
colectivo, sin ilación aparente y fundamentados en distintos motivos, algunos
ciertamente fútiles. Pero, sin llegar a estas últimas consecuencias, a partir de
Bayas, Calígula parece complacerse en un cruel juego al gato y al ratón, que
tiene como víctimas también a individuos de la nobleza, a los que humilla y
exprime utilizando cínicamente las propias fórmulas de comunicación en las
que se había basado tradicionalmente la relación entre emperador y Senado.
El 3 de septiembre, Calígula daría una vuelta de tuerca al desprecio por
las instituciones con el inaudito gesto de remover de su cargo a los cónsules
en ejercicio. Todavía fueron más ultrajantes los supuestos motivos esgrimidos
para tan grave decisión. Según Cayo, los cónsules —se entiende que suffecti,
puesto que él mismo había investido la magistratura a comienzos del año,
para dejarla, como sabemos, un mes después— habían descuidado proclamar
una supplicatio[67] en ocasión de su cumpleaños, cuando los pretores la
habían conmemorado con una carrera de caballos y un espectáculo de fieras
salvajes, como cada año.
Más insólito era, si cabe, el otro pretexto esgrimido para la remoción: la
celebración por orden de los cónsules de la fiesta tradicional con la que se
conmemoraba la victoria de Augusto sobre Marco Antonio y Cleopatra en
Actium. Cayo hasta el momento había exhibido con orgullo su descendencia
de Augusto, hasta el punto de que, si creemos a Suetonio, proclamaba que su
madre Agripina había nacido de una relación incestuosa de Augusto con su
hija Julia, orillando así a su abuelo Agripa. Pero Dión, por quien conocemos
la destitución, añade que decidió presentarse como descendiente de su rival
Antonio solo para encontrar un pretexto con el que acusarlos, puesto que
previamente había comunicado a sus confidentes que cualquier línea de
conducta adoptada por los cónsules les habría hecho caer en desgracia, tanto

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si hubieran hecho sacrificios para conmemorar la derrota de Antonio, como si
los hubieran ofrecido por la victoria de Augusto.
Cayo acompañó la destitución con un gesto no menos sorprendente, al
ordenar romper los fasces, símbolo de su dignidad como supremos
magistrados.
No hay duda de que la gravedad del expediente, aparte de los
inverosímiles pretextos esgrimidos, esconde algo más que el capricho
prepotente de un tirano, posiblemente un complot, y lo prueba el posterior
suicidio de uno de los dos cónsules depuestos.
Tres días después, dos nuevos cónsules sustituían a los depuestos. Se
trataba de Cneo Domicio Afro y, probablemente, de Cneo Domicio Corbulón.
Al primero lo conocemos como superviviente de un proceso, del que solo se
salvó por la ocurrente y arriesgada salida de alabar desmesuradamente el
propio discurso de cargo con el que el emperador le acusaba. Por lo que
respecta a Domicio, era el medio hermano de Cesonia[68], la esposa de
Calígula. Cayo creyó, como en tantas otras ocasiones, que su voluntad estaba
por encima de las leyes. De acuerdo con su propio deseo, en el marco de sus
medidas populistas, las elecciones a las magistraturas habían sido transferidas,
a comienzos del reinado, del Senado a los comicios populares. Pero el
restaurado derecho no fue óbice para que él decidiera por sí mismo sobre los
nombres de los candidatos, desdeñando el parecer del pueblo.
La destitución no fue sino el preludio de una serie de procesos de lesa
majestad, que conocemos muy mal y de los que solamente unas pocas
víctimas son susceptibles de identificación. Dión pone como pretexto la
necesidad de Cayo de recaudar fondos tras los exorbitantes gastos
ocasionados por el espectáculo de Bayas. Según la misma fuente, los procesos
fueron llevados tanto ante el Senado como directamente ante el emperador en
su gabinete privado, aunque la dificultad de la Cámara para pronunciar
sentencias definitivas terminaba poniendo a la mayoría de los encausados a
merced del tribunal del palacio imperial. Los condenados, cuyos nombres
Cayo se preocupaba de que fueran expuestos públicamente, acababan o bien
en la cárcel o precipitados por la roca Tarpeya, a menos que trataran de
sustraerse a la vergüenza pública suicidándose. No había garantías ni siquiera
para los que eran enviados al exilio, que podían morir en el trayecto o durante
el tiempo de destierro.
De los pocos casos conocidos, un senador, Ticio Rufo, fue procesado por
denigrar al Senado como institución, al acusar a la Cámara de pensar de una
manera y actuar de otra distinta. Manifestaciones así solo le estaban

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permitidas al emperador. Para el resto de los mortales significaba la condena a
muerte, a la que se adelantó Ticio suicidándose. Probablemente fue el propio
Senado el que trató de proteger, con esta operación quirúrgica en uno de sus
miembros, su hipócrita y envilecedora actitud, temeroso de atraer la ira del
emperador si el juego, del que, por otra parte, emperador y Senado eran
conscientes, quedaba demasiado explícitamente al descubierto. El pretor
Junio Prisco, en cambio, fue incriminado por cargos desconocidos, que debió
de considerar lo suficientemente graves como para tomar la determinación de
suicidarse. Dión supone que su auténtico delito era simplemente ser rico. Pero
cuando Calígula se enteró de que el patrimonio del desgraciado no era tan
grande como para haber justificado su muerte, exclamó con el mayor cinismo:
«Me ha engañado y ha muerto en vano; la verdad es que podría haber seguido
viviendo». Por el contrario, el maestro de retórica, Carrinas Segundo no debió
su condena a sus grandes riquezas, sino a su afilada lengua: sufrió la pena del
exilio aparentemente por haber pronunciado un discurso en contra de los
tiranos en el curso de una clase de retórica. Como en el caso de Ticio,
únicamente estaba permitido al emperador proclamarse como tirano, si es que
es cierta su exclamación «¡Que solo uno sea señor, solo uno rey!», cuando, en
el curso de un banquete al que asistían miembros de varias casas reales de
Oriente, se suscitó la discusión sobre el mayor o menor rango de las
respectivas familias, que el emperador resolvió con este verso de la Ilíada.
También el filósofo de origen hispano Lucio Anneo Séneca estuvo a punto de
morir. Era conocida la animadversión de Calígula por el cínico cortesano, de
quien en otras ocasiones había criticado su estilo literario. Según parece, se
salvó porque una amiga comentó al emperador que Séneca estaba a las
puertas de la muerte a causa de una grave enfermedad. No puede descartarse,
como comenta el historiador inglés Balsdon, que fuera el propio Séneca el
inventor de esta historia, para justificar por qué escapó indemne de una tiranía
en la que tantos excelentes personajes perecieron.
También, después de Bayas, pareció ralentizarse el entusiasmo que, desde
comienzos del reinado de Cayo, habían despertado entre el pueblo su nombre
y su persona. Nuestras fuentes no son lo suficientemente explícitas sobre este
malestar general, que Dión sitúa en el año 39. Según el autor griego, no había
otra cosa que asesinatos. Y Cayo no solo no se esforzaba por contentar a la
plebe, sino que hacía exactamente todo lo contrario de lo que esperaba de su
emperador. Y, por ello, se oponía con todas sus fuerzas a los deseos de
Calígula, hasta rozar el peligroso punto de una fractura en la necesaria
comunicación entre pueblo y soberano. El autor griego subraya que todavía

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no se había llegado al punto de una confrontación abierta y que la gente
desahogaba su malhumor con murmuraciones y gestos, con una respuesta
brutal por parte de Calígula, descargada sobre los alborotadores, a quienes
arrestaba en el curso de los espectáculos o a la salida de los teatros. Para
Dión, la razón de la ira de Cayo era que la gente no participaba en los
espectáculos con el viejo entusiasmo, cansada de la actitud del emperador,
que no mostraba la mínima consideración por los asistentes, a los que
obligaba a esperarle horas y horas. Tampoco podía soportar que no
aplaudieran a sus actores favoritos o que mostraran entusiasmo por aquellos
que a él no le gustaban. Hasta le molestaba que le gritaran «joven Augusto»,
que consideraba no tanto un halago por ser emperador con tan pocos años,
como un modo de echarle en cara que ejerciera un poder tan grande a su edad.
Suetonio y Dión coinciden en una anécdota que retrata tanto el incipiente
divorcio entre emperador y plebe como el desprecio que Cayo empezaba a
sentir por la masa: en una ocasión en la que los espectadores aplaudían
enfervorizados en el circo la victoria de su color favorito, que Calígula
detestaba, habría exclamado: «¡Lástima que el pueblo romano no tenga una
sola cabeza!». Y se vengaba con pueriles pero exasperantes faltas de
consideración. Así, según Suetonio, los días de espectáculo se complacía en
sembrar la discordia entre el pueblo y los caballeros, que contaban entre sus
privilegios con asientos reservados, haciendo empezar las distribuciones de
puestos antes de la hora acostumbrada, de modo que estos los encontrasen
ocupados. En una ocasión, durante los juegos, cuando el sol era más ardiente,
mandó descorrer de pronto el toldo que protegía a los espectadores,
prohibiendo que se saliese del anfiteatro. No puede extrañar que la población
comenzara a dejar de asistir a los espectáculos y que se rebelara contra los
espías del emperador, solícitos husmeadores de alborotadores, pidiendo a
gritos sus cabezas.
El peligroso camino iniciado por Calígula como autócrata, que creía
poder permitirse el lujo de descuidar o, aún más, provocar, con estas
continuas muestras de humillación y desprecio, al Senado y al pueblo, todavía
no había alcanzado a la institución, si no más sagrada, más esencial para la
estabilidad del régimen: el ejército.
Pero, entre los procesos incoados contra miembros del colectivo
senatorial, hubo algunos dirigidos contra personajes que, en esos momentos,
en el ejercicio de sus cargos como gobernadores provinciales, contaban con
tropas a su mando. Fue uno de ellos, Cayo Calvisio Sabino. Cónsul en año 26,
había escapado en el 32 a la acusación de alta traición tras la caída de Sejano,

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y, a la sazón se encontraba en Roma, urgentemente reclamado desde
Aquincum (Budapest), capital de la provincia danubiana de Panonia, en los
actuales territorios de Austria y Hungría, que gobernaba desde hacía varios
años como propretor[69]. Ahora fue llevado de nuevo a los tribunales junto
con su esposa Cornelia. Las acusaciones que se le imputaban son
desconocidas; no así las de Cornelia, para Dión, culpable de inmiscuirse en la
vida de los campamentos, haciendo la ronda con los centinelas y observando a
los soldados en sus maniobras, probablemente de forma no muy diferente a la
que acostumbraba Agripina, la madre del emperador, en el Rin. Tácito y
Plutarco precisan más: uno de los oficiales del ejército de Calvisio, el tribuno
Tito Vinio, se habría llevado a Cornelia por la noche al campamento, vestida
de soldado, y mantenido relaciones sexuales con ella en su tienda. Como
Cornelia, también el amante fue acusado de adulterio y, cargado de cadenas,
llevado a Roma. Calvisio y Cornelia consideraron los cargos lo
suficientemente graves para suicidarse. No así Vinio, que, libre tras la muerte
de Calígula, obtuvo el mando de una de las legiones establecidas en Hispania
y jugó un importante papel en el breve reinado de Galba, de quien llegó a ser
íntimo amigo y con quien fue asesinado por la guardia pretoriana. Los cargos
de adulterio, que llevaron a la muerte a Calvisio y Cornelia, probablemente
eran solo una tapadera para encubrir sospechas de conspiración, en la que
estarían involucrados altos cargos del ejército. Y la sospecha gana
consistencia si se tiene en cuenta que la esposa de Sabino no era otra que
Cornelia Getúlica, la hermana del gobernador y comandante en jefe de los
ejércitos de Germania Superior, Cornelio Léntulo Getúlico, cuyo destino no
iba a ser menos trágico.

La conspiración de Lépido y Getúlico

Getúlico había sido cónsul en el año 26 y sustituyó a su hermano en el


gobierno de Germania Superior. Una hija suya había estado prometida con el
hijo de Sejano, lo que le acarreó un proceso a la caída del prefecto, del que se
salvó, según insistentes rumores, gracias a una atrevida carta dirigida a
Tiberio en la que le recordaba que su parentesco con Sejano no lo había
buscado él, sino que había nacido de un consejo del emperador. Él podía
haberse engañado tanto como el propio Tiberio y, por tanto, el emperador no
podía considerarse exento de responsabilidad en el error. En opinión de
Tácito, Getúlico, en su puesto de comandante, se había ganado una increíble
popularidad entre los soldados por su clemencia sin límites y su moderación

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en la severidad de la disciplina militar. Si se tiene en cuenta que su suegro,
Lucio Apronio, era el gobernador de Germania Inferior y que también entre
los ejércitos de esta provincia se había extendido su excelente fama de
comandante, no resulta extraño que Getúlico, en su carta, todavía se atreviera,
bajo protestas de lealtad, a insinuar que su destitución podría acarrear graves
problemas y que sería conveniente firmar una especie de pacto por el cual el
emperador gobernaría el resto del Imperio y él conservaría su provincia. La
autenticidad de esta carta no puede certificarse, pero lo que sí es cierto es que
Getúlico fue el único superviviente de los numerosos allegados de Sejano y
que podía permitirse un tour de force con Tiberio, apoyado como estaba por
los ejércitos de las dos Germanias, que, con ocho legiones, sumaban la tercera
parte de las fuerzas del Imperio.
Tras la muerte de Tiberio, trató de congraciarse con el nuevo emperador,
ensalzando en versos —tenía fama de ser un estimable poeta— Tibur, la
ciudad de Hércules, como supuesto lugar de nacimiento de Calígula. Pero, sin
que queden claras las razones ni el curso de los acontecimientos, en los
últimos días de octubre del 39, Getúlico fue condenado a muerte y ajusticiado
en su cuartel general de Maguncia.
La explicación que Balsdon ofrece sobre la condena a muerte de Getúlico
parece lo suficientemente satisfactoria como para tenerla en cuenta: Calígula,
probablemente desde comienzos de su reinado o al menos desde el año 38,
tenía en perspectiva emular los éxitos de su padre Germánico con una
proyectada invasión de Germania. Sin experiencia militar, ordenó a los
gobernadores de las provincias del Rin, Apronio y Getúlico, que hicieran los
preparativos pertinentes para comenzar las operaciones en la primavera del
40. Para ello, se crearon dos legiones más y fueron desplazadas de sus
acuartelamientos otras tres, una de ellas, la IV Macedonica, que, desde
Augusto, con base en Pisoraca (Herrera de Pisuerga, Palencia) había vigilado
el sector oriental de la cordillera Cantábrica. Cuando todo estaba dispuesto y
antes de partir para Germania, el emperador tuvo la suerte de tropezar
accidentalmente con la preparación de un complot que pretendía eliminarlo,
para el que se había acordado como escenario precisamente el campamento de
Getúlico.
No es improbable que, del grupo de senadores involucrado en el complot,
formara también parte Calvisio Sabino, como sabemos, gobernador de
Panonia y comandante en jefe de un ejército considerable, compuesto de tres
legiones. Sabino había sido colega de consulado de Getúlico en el año 26 y,
como se ha dicho antes, quizás era también su cuñado. Las maquinaciones de

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ambos jefes de ejército habrían comenzado mucho tiempo atrás y puede que,
al tirar del hilo en el juicio de Sabino, se descubriera la implicación de
Getúlico. Y Calígula, en posesión de esta valiosa información, no perdió el
tiempo, dirigiéndose de inmediato a Germania para tratar de coger
desprevenido al gobernador desleal. Pero la más desagradable sorpresa fue
descubrir que en la conjura estaban involucrados incluso los propios
miembros de su familia.
La muerte de Drusila había debilitado los lazos que unían a Calígula con
sus más cercanos parientes —sus hermanas, Agripina y Livila y su cuñado
Lépido—, pero el matrimonio con Cesonia los había roto definitivamente.
Durante la enfermedad de Cayo, el marido de Drusila había albergado la
esperanza de convertirse en su sucesor. Pero la muerte de la hermana
predilecta del emperador había debilitado esta esperanza, que se basaba
principalmente en el vínculo que le unía con Drusila, descartada la
superchería de su relación homosexual con Calígula. No obstante, el
ambicioso joven no se contentó con su nuevo papel de personaje secundario
en el entorno de la familia imperial y buscó por otros medios atar lazos más
fuertes con alguno de sus miembros, en este caso, con Agripina, que convirtió
en su amante, como quizás también a Livila. Si había una posibilidad de
suceder a Calígula, débil y sin descendencia, esta pasaba por el lecho de las
hermanas del emperador. Y, claro está, por la eliminación de Cayo.
Por su parte, Agripina, que había heredado el temperamento intrigante de
la madre, no estaba satisfecha, a pesar de su cercanía al emperador, con las
perspectivas políticas que parecían deducirse del comportamiento de Cayo
con ella. Agripina no era seguramente santo de su devoción. Y lo había
mostrado, como sabemos, cuando la hermana le había solicitado que eligiera
para su hijo Nerón un nombre, con la esperanza de que, de haberle otorgado
el suyo propio, predispusiera al niño como futuro heredero. Para apoyar sus
ambiciones, apenas podía contar con su marido, enfermo de hidropesía. Y no
tuvo reparo en echarse en brazos de su cuñado, cuyas coincidentes
aspiraciones debía conocer muy bien. Desaparecido su marido —murió al año
siguiente—, el matrimonio con Lépido reforzaría la posición de ambos: él,
como esposo de la hermana del emperador, podía aspirar al trono; ella, con el
sostén del marido, fortalecía las futuras esperanzas al trono de su hijo Nerón.
En todo caso, si Agripina deseaba convertir en emperador a su hijo, su
hermano estorbaba.
Desconocemos, por el contrario, la actitud de Livila con respecto a su
hermano y hasta qué punto Cayo interfería en sus ambiciones. Lo más

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plausible es considerar que o bien contaba con sustituir a Agripina en el
corazón de Lépido o se dejaba arrastrar por el temperamento agresivo y
dominante de su hermana mayor.
El inestable equilibrio que, hasta el momento y a pesar de todo, los
mantenía unidos al emperador, se vino abajo con el cuarto matrimonio de
Cayo y el —sorprendente— nacimiento de una hija apenas un mes después.
Las perspectivas de Agripina y Lépido se habían derrumbado. Había que
sustituir la pasividad de una paciente espera por el dinamismo de una acción
inmediata. Y para ello necesitaban aliados. La verdad es que no era difícil
encontrarlos. Cayo había ido perdiendo progresivamente el afecto y la lealtad
de buen número de miembros de la nobleza en sus apenas treinta meses de
gobierno, y, sobre todo, a lo largo del año 39, tras el discurso del
«desenmascaramiento», el espectáculo de Bayas y la reanudación de los
procesos de lesa majestad. Pero, para los desleales familiares, los apoyos en
Roma no eran suficientes para garantizar el éxito de la acción. No se podía
contar con las cohortes pretorianas, indispensables en una violenta toma del
poder, que Cayo controlaba gracias a la generosidad de sus donativos y a la
lealtad de sus comandantes, y, sin fuerzas militares a disposición de los
conjurados, el fracaso era seguro. Era obligado el recurso a los ejércitos
provinciales. Roma mantenía tropas en las fronteras septentrional y oriental
del Imperio, Hispania, el norte de África y Egipto. Pero eran los ejércitos del
norte los más próximos y también los de mayores efectivos. Y es aquí donde
se inserta la conexión con Getúlico.
Conocemos el carácter del comandante de los ejércitos del Rin superior.
Intrigante y ambicioso, pero también carismático con sus soldados, podía
contar con el apoyo de las tropas del Rin inferior, comandadas por su suegro,
Apronio, y con las de Danubio, en manos de su cuñado Sabino: un formidable
ejército, que sumaba la mitad de las fuerzas del Imperio. Pero con Calígula en
el poder, a pesar de todo, no podía sentirse tranquilo. Ya hemos visto que con
Tiberio estaba marcado como allegado de Sejano y que solo su audacia le
salvó. Cayo no podía albergar cordiales sentimientos con quien años atrás
había estado tan cercano al verdugo de su madre y de sus hermanos, por otra
parte, peligrosamente poderoso, con cuatro legiones bajo su mando directo.
Sin embargo, se nos escapan las relaciones entre Lépido y Getúlico, lo
mismo que el modo en que Calígula entró en conocimiento de la
conspiración. Nuestras fuentes callan en absoluto sobre ambos puntos, por lo
que sería vano extenderse en gratuitas especulaciones. Pero tampoco quedan
más claros los pasos que llevaron a Calígula finalmente a desarticularla. La

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manifiesta y tantas veces indicada animadvesión de la documentación literaria
antigua convierte el episodio en una amorfa sarta de incoherencias, que, con
tal presentar el comportamiento de Calígula como absurdo y grotesco, no
tiene inconveniente en llegar incluso a la contradicción. De todos modos,
pueden ser reconstruidos con razonable verosimilitud.
Hacia finales de agosto del 39 y en conexión con el juicio al propretor de
Panonia, Sabino, es posible que Calígula descubriera la amenaza de un
complot dirigido por Getúlico desde el Rin, que contaba en Roma con la
complicidad de Lépido y de un cierto número de senadores, incluidos los
cónsules en ejercicio.
En lugar de hacer venir a Getúlico hasta Roma para procesarle, Cayo
tomó la determinación de yugular el complot en el propio escenario en el que
se proyectaba, acudiendo al cuartel general de Maguncia por sorpresa para
tratar de impedir que Getúlico reaccionara con una posible sublevación de las
tropas a su mando. Pero no podía llevar a cabo su plan, dejando a sus espaldas
cómplices de la trama con capacidad de intervención. Por esa razón, el 3 de
septiembre depuso a los cónsules con extravagantes pretextos y, tras romper
sus fasces, los sustituyó, tres días después, por personas de su confianza,
como se ha mencionado, Domicio Afro y Cneo Domicio Corbulón.
Escoltado por pretorianos y por su guardia personal de bátavos[70], Cayo
emprendió de improviso camino hacia el norte, por la vía Flaminia,
acompañado de sus dos hermanas y de Lépido, demasiado peligrosos para
dejarlos en Roma, con un grupo de amigos escogidos, entre los que se
encontraba el chispeante cortesano Pasieno Crispo, luego esposo de Agripina.
Si creemos a Suetonio, el pretexto del viaje habría sido visitar el río Clitumno
y el bosque inmediato[71], para trasladarse a continuación hasta Mevania
(actual Bevagna, en la región de Perugia, en la Umbría), donde le habrían
aconsejado completar su guardia bátava. Dión supone que Cayo había
esgrimido el pretexto de que los germanos estaban provocando desórdenes
para trasladarse a la Galia y allí esquilmar a los ricos propietarios de la
provincia y de la vecina Hispania, pero que, en principio, escondió su
propósito trasladándose a «una zona suburbana», acompañado de «muchos
actores, gladiadores, caballos, mujeres y todo cuanto podía excitar su
depravación».
Es claro que Cayo no disponía del tiempo suficiente para entretenerse en
visitas turísticas, puesto que recorrió los mil cuatrocientos kilómetros de
distancia entre Roma y Maguncia en apenas cuarenta días[72]. De nuevo,

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Suetonio se complace en ofrecer detalles del viaje incongruentes o
contradictorios al mencionar que:

Se puso en marcha, caminando unas veces con tal rapidez que, para
seguirle, las cohortes pretorianas se veían obligadas a cargar las
enseñas en bagajes, en contra de su costumbre; y lo hacía en otras con
tanta flojedad y molicie, que se hacía llevar por ocho esclavos en una
litera y que los habitantes de los pueblos vecinos recibían la orden de
barrer los caminos y regarlos para que no se levantase polvo.

Al llegar a Maguncia, Cayo no perdió el tiempo. Destituyó a Getúlico, le


reemplazó de inmediato por otro comandante de su confianza, el enérgico y
severo Servio Sulpicio Galba, y lo hizo juzgar junto con sus cómplices. El
veredicto no podía ser más que de culpabilidad, y Getúlico fue ajusticiado.
Las actas de los hermanos Arvales recogen el 27 de octubre la fragmentaria
anotación: «El día sexto de las calendas de noviembre… debido al
descubrimiento del malvado complot de Cneo Léntulo Getúlico contra Cayo
Germánico».
Le llegó luego el turno a Lépido, ejecutado, según una anotación de
Séneca, por un tribuno de nombre Dextro. En cuanto a las hermanas, de
acuerdo con Suetonio, su culpabilidad quedó suficientemente demostrada con
la prueba tangible de cartas comprometedoras, pero Cayo no tuvo el valor
suficiente para quitarles la vida. Se contentó con desterrarlas a una de las islas
Pontinas, archipiélago frente al golfo de Gaeta, en el Tirreno, y confiscar sus
bienes, advirtiéndoles que el decreto de su condena a muerte no había sido
anulado, sino solo suspendido y que podría volver a entrar de inmediato en
vigor si albergaba la sospecha de que su comportamiento pudiese
proporcionar motivos de preocupación. Sus respectivos maridos, Ahenobarbo
y Vinicio, en cambio, fueron exculpados. De todos modos, en el camino de
regreso a Roma, custodiadas por una fuerte escolta, no pudo evitar someter a
la mayor, Agripina, a la vergüenza pública de obligarla a llevar en sus brazos
la urna con las cenizas del amante, en un remedo del triste viaje que su madre
había emprendido desde Oriente, tiempo atrás, con los restos de Germánico.
Y, al mandar su informe a Roma, lo acompañó con tres dagas, supuestamente
dispuestas para el magnicidio, que ordenó consagrar en el templo de Marte
Vengador.
El conocimiento del informe por el Senado desató un gran revuelo y,
como no podía ser de otra manera, una ola de protestas de lealtad, traducidas
en abyectas propuestas de hipócrita servilismo. El pretor Vespasiano, luego

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emperador y fundador de la dinastía Flavia, propuso que a los cuerpos de los
conspiradores ejecutados en Roma se les añadiera la ignominia de privarlos
de sepultura. Pero también desencadenó la inevitable secuela de la represión,
que suscitó en la ciudad, según Dión, un angustioso estado de agitación, como
consecuencia de los procesos a los que fueron sometidos quienes se
sospechaba hubiesen mantenido relaciones de amistad o se les considerase
próximos a las hermanas del emperador o alguno de los condenados a muerte.
El autor griego menciona el caso de ediles y pretores que fueron depuestos de
sus respectivas magistraturas y sometidos a juicio, así como emisiones de
sentencias, que enviaron a muchos ciudadanos al exilio. No obstante, solo cita
un caso concreto, el de Ofonio Tigelino, desterrado como culpable de haber
cometido adulterio con Agripina, el socorrido veredicto para condenar
inocentes o sustraer a la opinión pública delitos de Estado. El siciliano
Tigelino, originario de una modesta familia de Agrigentum (Girgenti), que
luego se haría tristemente célebre como prefecto del pretorio en la corte de
Nerón, había entrado ya en el círculo de Agripina a través de su marido,
Ahenobarbo, y de su cuñado, Marco Vinicio. Noticias incidentales permiten
añadir algún otro nombre a la lista. Así, por Séneca sabemos de las torturas a
que, por su amistad con Getúlico, fue sometido Lucilio Junior, el destinatario
de las hipócritas y plúmbeas Cartas morales, del filósofo hispano. Por
entonces, Lucilio era gobernador de una provincia alpina, los Alpes
Poenninae et Graiae, pequeña pero de gran valor estratégico, por encontrarse
en ella los pasos principales de comunicación entre la Galia e Italia, el
Pequeño y el Gran San Bernardo. La represión contra el entorno de los
cabecillas del complot también alcanzó al antiguo prefecto de Egipto, Flaco,
que se encontraba en cómodo exilio en la isla de Andros gracias a la
intercesión de Lépido. Con su protector desaparecido, Flaco tenía pocas
posibilidades de sobrevivir. Así relata Filón la muerte del exprefecto:

Cuando los designados para matarlo llegaron a Andros, Flaco se


encaminaba casualmente desde el campo hacia la ciudad. Marcharon
aquellos desde el puerto a su encuentro hasta que él los divisó y ellos
lo divisaron a él desde lejos. Flaco comprendió el propósito que los
traía; que el alma de cada hombre, especialmente de los que están en la
desgracia, conjetura con clarividencia suma; y desde allí se apartó del
camino y echó a correr huyendo a través de un lugar escarpado… Los
ejecutores lo persiguieron sin darse respiro y lo apresaron. Y mientras
unos cavaban un hoyo, otros lo arrastraron violentamente en tanto él se
resistía, gritaba y forcejeaba con fuerza. De lo cual resulta que, como

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se lanzaba al modo de las bestias al encuentro de los golpes, su cuerpo
acabó por ser completamente destrozado. Es que, como se abrazaba y
aferraba a sus matadores, estos se veían impedidos de aplicarle sus
espadas de una vez y le lanzaban golpes oblicuamente, lo cual fue
causa de que fueran aún más graves los daños que recibía. Con sus
manos, pies, cabeza, pecho y costados cortados y separados en trozos,
quedó tendido como una víctima de los sacrificios, habiendo querido la
justicia que en ese único cuerpo suyo se produjeran heridas en un
número igual al de los judíos que ilegalmente habían sido asesinados.
El lugar estaba todo inundado por la sangre que, como desde una
fuente, fluía desde las muchas venas que una tras otra habían sido
cortadas; y al ser arrastrado su cadáver hacia el hoyo cavado se separó
la mayor parte de los miembros pues se desgarraron los ligamentos que
unen estrechamente todo el conjunto del cuerpo.

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LA CAMPAÑA MILITAR EN EL
NORTE

Calígula en el Rin

E L descubrimiento del complot contra su vida no alteró los planes de


Calígula con respecto a la proyectada campaña militar en el norte, uno de los
capítulos más difícilmente explicables de la vida del emperador, que nuestras
fuentes de documentación no contribuyen precisamente a esclarecer.
En efecto, no contamos con ninguna referencia explícita sobre la campaña
en la documentación contemporánea, para cuyo conocimiento dependemos en
exclusiva, si hacemos excepción de tres breves comentarios —por cierto,
negativos— de Tácito, de los relatos de Suetonio y Dión Casio, escritos en
clave irónica, cuya credibilidad se resiente por el consciente propósito de uno
y otro de convertirla en una disparatada concatenación de despropósitos e
incongruencias. Por ello, más que en otras ocasiones, la labor de
reconstrucción se mueve en la cuerda floja de los planteamientos verosímiles
o hipotéticos, imprescindibles si se intenta ofrecer una imagen coherente de
los movimientos de Calígula entre el otoño del 39 y la primavera del 40. Pero
veamos antes el material que nos ofrecen.
Suetonio considera la campaña improvisada y la fundamenta en razones
triviales: el consejo oracular, como sabemos, supuestamente recibido en el
bosque sagrado del Clitumno, de reclutar nuevos soldados para su guardia
personal de bátavos, lo que exigía una expedición contra los germanos. Tras
ordenar una gran concentración de tropas en la frontera y nuevos
reclutamientos, en una precipitada marcha acompañado de la guardia
pretoriana, alcanzó los acuartelamientos del Rin. Allí procedió en primer
lugar a pasar revista al ejército, desembarazándolo de los elementos que
consideró inservibles: despidió a los comandantes que se habían retrasado en
traer tropas de refresco, y licenció a los veteranos más viejos e incapaces, con
una paga de jubilación reducida a la mitad de lo acostumbrado. Su único
logro fue recibir la sumisión de Adminio, un príncipe britano, expulsado del

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reino por su padre. Y exultante por el éxito, envió cartas al Senado como si
hubiera conquistado toda Britania. Sin objetivos precisos que cumplir, no
encontró mejor ocupación que practicar con infantil entusiasmo juegos de
guerra con su guardia. Finalmente, cansado de jugar, condujo el ejército hasta
la costa, provisto de máquinas de guerra, y ordenó a los soldados recoger
conchas en la arena de la playa, llamándolas «despojos del océano debidos al
Capitolio y al palacio de los césares». Luego, mandó construir un faro y
entregó a cada soldado una recompensa de cien denarios. Contento con «sus
hazañas», dispuso preparativos para la celebración de un espléndido triunfo,
en el que, con tránsfugas y prisioneros bárbaros, pensaba incluir a galos
disfrazados de germanos, a los que tiñó los cabellos de rubio, e incluso las
trirremes con las que había entrado en el océano, que hizo transportar a Roma.
Pero antes de abandonar el escenario de su campaña, intentó diezmar a las
legiones que se habían amotinado en el Rin en el año 14, cuando él era niño.
Reunió a la tropa desarmada con el pretexto de dirigirles un discurso, pero los
soldados, advertidos de su propósito, tomaron las armas y se aprestaron a la
resistencia. Sin haber podido cumplir su venganza, Cayó regresó enfurecido a
Roma, para descargar allí su ira contra el Senado.
No menos sorprendente es el relato de Dión, que, como ya se mencionó,
aduce como razón de la campaña el propósito de Calígula de esquilmar a los
potentados de la Galia y de Hispania, poniendo como pretexto los supuestos
desórdenes provocados por las tribus germanas. El emperador habría
marchado al Rin, acompañado de actores, gladiadores, caballos de carrera y
mujeres, pero, en lugar de combatir, después de una corta incursión al otro
lado del río, llevó a su ejército hasta el océano, donde, irritado con sus
lugartenientes por los escasos éxitos obtenidos, se dedicó, sobre todo, «a
infligir grandísimos y numerosísimos daños a los pueblos sometidos, a los
aliados y a los ciudadanos», expoliando o asesinando con cualquier pretexto a
quienes contaban con un patrimonio, para apoderarse de sus riquezas, y
obteniendo pingües beneficios con la venta en subasta, a precios desorbitados,
de bienes familiares. Aunque fue aclamado imperator en siete ocasiones, no
venció en ninguna batalla ni acabó con ningún enemigo, excepto con los
integrantes de un pequeño grupo, que capturó mediante una treta y a los que
hizo asesinar. A continuación, Dión se extiende sobre la conjura de Getúlico y
sus implicaciones, pero, desgraciadamente, una laguna interrumpe el relato,
que solo conocemos por el resumen de Xifilino[73], y continúa con el episodio
del océano, coincidente en lo sustancial con el relato de Suetonio: tras haber
desplegado en la playa a los soldados en orden de batalla, subió Calígula a

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una trirreme, que se alejó un corto trecho de la orilla. Luego, regresó y, sobre
una plataforma, dio a los soldados la señal de despliegue en posición de
combate, que cambió de improviso por la orden de recoger conchas en la
playa. Recompensó a los soldados por este servicio y se mostró orgulloso del
insólito botín como si hubiese sometido al propio océano, mandando
transportarlo a Roma para ser exhibido en su cortejo triunfal.
Ambos relatos coinciden en la misma incongruencia: la apresurada e
imprevista partida de Calígula hacia el norte, pero, al mismo tiempo, los
cuidadosos preparativos de la campaña, con la concentración en los
campamentos del Rin de un cuarto de millón de soldados. Ambos también
están de acuerdo en considerarla una farsa y ponen el énfasis en que ocasionó,
como consecuencia de las numerosas condenas a muerte ordenadas por
Calígula, más bajas entre civiles y soldados que entre el enemigo. Y, en fin,
los dos autores resuelven el relato en un amasijo de anécdotas deslavazadas y
desconcertantes, imposibles de racionalizar, con el propósito expreso de
subrayar la locura del emperador. En suma, las incongruencias, omisiones e
improbabilidades en ambas narraciones son tan patentes que es lícito
sospechar sobre su veracidad, ya que no sobre su obvia parcialidad. Y ello
justifica un intento, aunque sea arriesgado, de reconstrucción de la campaña.
Con la expedición hacia el norte Calígula rompía con una tradición de
más de cincuenta años, durante los cuales ningún emperador había
abandonado Italia para acercarse personalmente a los campamentos de las
provincias fronterizas, pese a las crisis que, durante este largo tiempo, habían
afectado a algunos de estos puntos extremos del Imperio. Y uno de ellos —y
de los más importantes— era la frontera del Rin y el turbulento mundo al otro
lado del río. El limes septentrional del Imperio había sido desde Augusto un
punto fundamental de la política exterior romana, establecido por fin y contra
los propios deseos del princeps a lo largo del curso del río. Sin embargo, a
pesar de la desastrosa experiencia de Varo en el bosque de Teotoburgo y de
los consejos de Augusto, Tiberio, a comienzo de su reinado, reemprendió la
ofensiva al otro lado del Rin en dos campañas, dirigidas en los años 15 y 16,
como sabemos, por su sobrino Germánico. Las razones no habían sido tanto
restaurar el prestigio romano después de la masacre de las legiones de Varo,
como restablecer la disciplina del ejército del Rin y endurecerlo en el
combate. La prueba de ello es que, después de dos años de campaña, las
legiones hubieron de retirarse de nuevo a sus cuarteles del Rin. Tiberio,
consciente de la dificultad de conquistar el país de los germanos, estableció el
río como limes efectivo y no volvió a intentar ninguna iniciativa más al otro

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lado de la frontera, dejando a los germanos, enfrentados por discordias
internas, devorarse entre ellos. A pesar de todo, el extraordinario despliegue
militar en el Rin —ocho legiones sobre un total de veinticinco, distribuidas
entre las provincias de Germania Superior e Inferior— podría hacer suponer
que la intención romana iba más allá de proteger la Galia de posibles
incursiones germanas. Y esta es la situación que Calígula encontró a su subida
al poder.
No está claro qué tenía Calígula en mente cuando decidió personarse en
los campamentos del Rin. Por un lado, después de las campañas de
Germánico, sabemos por Tácito que, en el año 28, el gobernador de Germania
Inferior, Lucio Apronio, tuvo serios problemas con las tribus frisias, asentadas
en la costa holandesa, que el propio Tiberio decidió esconder «para no confiar
a nadie la dirección de una guerra». Y en la provincia vecina de Germania
Superior, su colega y yerno, Getúlico, muy popular entre los soldados bajo su
mando por su laxa disciplina, hubo de sufrir cómo tribus germanas cruzaban
la frontera y devastaban tierras del Imperio sin ser molestados. Tiberio, en los
últimos años de su retiro de Capri y perdido el interés por la gestión de
gobierno, prefirió pasar por alto estos disturbios. Su sucesor, Calígula,
heredaba, pues, una situación, si no comprometida, al menos necesitada de
atención, precisamente en la zona donde, de acuerdo con los relatos que había
oído contar de niño, su padre había obtenido resonantes victorias. No podía
dejar que en el Rin el prestigio de Roma sufriera menoscabo ni menos aún
volver la espalda a problemas reales que exigían pronta solución. Es
razonable suponer que en su mente se asentara la idea de emular las glorias
paternas en los mismos teatros de guerra. Pero, además, estos sueños de
conquista incluían otro componente personal que no debe ser obviado:
apartado en Capri desde la juventud de un contacto real con la práctica de
gobierno, que tradicionalmente entrelazaba funciones civiles y militares,
Calígula se enfrentaba a su posición de cabeza del Imperio sin ningún tipo de
experiencia en la administración, y sin el prestigio militar que se suponía
inherente a la función imperial.
Existían, pues, suficientes razones para impulsar a Calígula a una empresa
guerrera: el entusiasmo de la juventud, la tradición familiar, y especialmente
razones objetivas, tanto de índole externa, por la necesidad de asegurar la
tranquilidad en una zona vital del Imperio, como de política interior, para
fundamentar en éxitos militares su prestigio y autoridad.
Las fuentes permanecen mudas en lo que respecta a los propósitos
militares de la campaña. Por eso, no podemos asegurar si tendían a la

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conquista del espacio germánico hasta el Elba, contra el que hasta el momento
se habían estrellado todos los esfuerzos romanos, si abrazaban también a la
vecina Britania o si era este último objetivo el verdadero motivo de la
expedición. No hay que olvidar que la isla había sido considerada desde
antiguo un desiderátum de la política exterior romana, en cuya conquista el
propio César había fracasado y que Augusto no había descartado
reemprender. Existían suficientes justificaciones tanto políticas como
estratégicas, pero el princeps había preferido posponer los planes de invasión
en favor de la diplomacia, con fructíferos resultados tanto políticos como
comerciales. Tiberio había proseguido la línea de Augusto, con el resultado de
que, cada vez en mayor medida, se extendieran y complicaran los lazos
tendidos entre Roma y Britania. Y estos lazos, en las circunstancias políticas
cambiantes de la isla, terminaron por representar una amenaza para la
estabilidad de las provincias romanas de la Galia. Desde el punto de vista
estratégico, la intervención romana en la isla tenía una justificación. Si, como
piensan Balsdon y Barrett, era Britania el proyectado objetivo de la campaña
de Calígula, podrían explicarse mejor los gigantescos preparativos militares,
que desde el cuartel general de Maguncia, en el Rin superior, iban a contar
con la supervisión personal del emperador. En favor, por otra parte, de esta
suposición aboga el rumor, extendido en Roma y recogido por Suetonio, de
que las razones del espectáculo de la bahía de Bayas habían sido «el querer
impresionar con la fama de aquella gigantesca empresa a Germania y
Britania, a las que amenazaba con la guerra».
Los cuidadosos preparativos ordenados por Calígula prueban que no se
trataba de un antojo frívolo y precipitado, emprendido impulsivamente, sino
de un plan madurado, al menos, uno o dos años atrás, que era conocido por la
opinión pública, como muestra la ofrenda de un sacrificio a Jehová «por la
esperanza de una victoria en Germania» hecha por los judíos de Alejandría,
según testimonio de Filón[74]. Fueron los comandantes de las dos provincias
germanas los encargados de los preparativos para la campaña, para la que se
contaba, además de las ocho legiones del Rin, con tropas traídas de otras
provincias. Ya hemos mencionado a la Legio IV Macedonica, trasladada
desde el norte de Hispania, pero también la XXII Deioteriana y la III
Cyrenaica, de Egipto, además de dos nuevas unidades, recién reclutadas, a las
que se le dieron respectivamente los nombres de XV y XVI Primigeniae; en
total trece unidades como mínimo, más las correspondientes tropas auxiliares
y las cohortes pretorianas que llevó consigo Calígula desde Roma, cuyo
número había sido recientemente incrementado de nueve a doce. No es

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exagerada la cifra proporcionada por Suetonio y Dión de doscientos mil o
doscientos cincuenta mil soldados que debían concentrarse en una fecha
determinada, seguramente, en el cuartel general de Mogontiacum (Maguncia).
Paralelamente, fueron confluyendo desde todos los puntos de la Galia los
abastecimientos necesarios para el mantenimiento de un ejército de tal
envergadura, acumulados en los almacenes del acuartelamiento.
En septiembre del año 39 partió Cayo hacia el norte, acompañado por sus
guardias de corps bátavos y seguido por las cohortes pretorianas. Las fuentes,
como hemos visto, insisten en la premura y en lo inesperado de la partida, aún
más sorprendente si tenemos en cuenta el prolongado periodo de los
preparativos militares. La razón es obvia y ya la conocemos: Cayo tuvo la
suerte de descubrir accidentalmente un complot contra su vida y se aprestó a
yugularlo de inmediato. Uno de los principales implicados era, como hemos
visto, Getúlico, precisamente el comandante que debía articular las
gigantescas fuerzas concentradas en Maguncia. Era vital sorprenderle
desprevenido, para evitar que arrastrara a la tropa a la insurrección. Cayo
cubrió en apenas cuarenta días las mil millas que separaban Roma de
Maguncia y logró su propósito. Getúlico fue ajusticiado y su suerte fue
compartida por Lépido, el cuñado de Cayo. Sus dos hermanas fueron enviadas
custodiadas a Roma para tomar el camino del exilio.
Pero incluso eliminado el grave peligro, el deseo de gloria militar de Cayo
se iba a ver ralentizado por el preocupante estado en el que encontró el
ejército con el que soñaba emular los éxitos de su tío, Druso, y de su padre,
Germánico.
De entrada, la conjunción de fuerzas procedentes de otros puntos del
Imperio no se produjo con la sincronización esperada. Se responsabilizó a los
correspondientes comandantes de algunos de los cuerpos convocados del
retraso en acudir al punto de encuentro y hubieron de pagar con su destitución
su falta de puntualidad[75]. Pero también, como se ha mencionado, el
prolongado mando de Getúlico sobre las legiones de Germania Superior y su
peculiar forma de entender la disciplina habían repercutido negativamente en
la eficiencia del aparato militar, imprescindible para llevar a cabo cualquier
acción ofensiva. En Maguncia, Cayo pudo comprobar con desagrado y
desencanto que el ejército con el que contaba para sus planes solo lo era de
nombre. El largo periodo de inactividad en la frontera renana y la
permisividad de Getúlico habían extendido entre mandos y tropa hábitos y
costumbres que chocaban frontalmente con el imprescindible espíritu de
sacrificio y disciplina de unas eficientes fuerzas de combate. Y, además, era

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preciso adiestrar convenientemente a los bisoños soldados de las dos legiones
recién reclutadas. Para superar todas estas dificultades, Cayo encontró en
Servio Sulpicio Galba a la persona idónea.
Galba, originario de la localidad latina de Terracina, a cien kilómetros de
Roma, procedía de una noble familia senatorial y había contado con el favor
de Livia, la esposa de Augusto. Su hermano mayor, Cayo, tras dilapidar su
fortuna, se suicidó cuando supo que Tiberio le había negado asignarle un
gobierno provincial. Designado para la pretura en el año 20, se hizo famoso
por ofrecer, durante los juegos en honor de Flora, el espectáculo de un
elefante bailando sobre una cuerda. Tras cumplir su mandato, se le asignó el
gobierno de la provincia gala de Aquitania, y, en el 33, la dignidad consular.
Buen jurisconsulto, comilón y entusiasta de los varones vigorosos y maduros,
sobresalía especialmente por dos cualidades: su tacañería y su estricto sentido
de la disciplina. La primera sería, en parte, la responsable de su muerte a
manos de los pretorianos, cuando, años después, como emperador, se negó a
concederles el acostumbrado donativum por su elevación al trono; de la
segunda tenemos una reveladora anécdota de la época, en la que, durante el
reinado de Claudio, estuvo al frente de la provincia de África: un soldado a
sus órdenes, en el curso de una marcha en la que escaseaba el trigo, había
vendido a sus camaradas una parte de su ración a un precio exorbitante. Galba
prohibió a sus conmilitones que le suministrasen ningún alimento, por muy
necesitado que le viesen, y le dejó morir de hambre.
Nombrado por Calígula sustituto de Getúlico, se aplicó con fervor a la
tarea de endurecer a sus tropas mediante la imposición de una rigurosa
disciplina.
Según Suetonio,

A la mañana siguiente a su llegada hizo cesar los aplausos que


provocaba su presencia en un espectáculo solemne, y en el orden del
día a los soldados les mandó «tener las manos debajo de los mantos»,
por cuya razón cantaron en el campamento:

«¡Atención, soldado, aprende tu oficio; el que manda es Galba, no


Getúlico!».

Prohibió absolutamente a los soldados la petición de licencias;


ejercitó en continuos trabajos a veteranos y reclutas y rechazó a los
bárbaros, que habían penetrado hasta la Galia.

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Sin duda fue Galba, y no Calígula, como anota Suetonio, el responsable
de una concienzuda depuración de los cuadros del ejército. En particular,
había un buen número de primípilos[76] con demasiados años de servicio
sobre sus espaldas, a los que se consideró conveniente licenciar por razones
de edad; el resto, quizás como castigo por su responsabilidad compartida en el
relajamiento de la disciplina, vio reducidas a la mitad sus primas de
licenciamiento. Y, finalmente, pudo presentar al emperador en unas
maniobras militares —en las que participaban todos los efectivos reunidos
para la expedición— a sus tropas en orden de combate, que merecieron las
mayores muestras de aprobación y sustanciosas recompensas por parte de
Cayo, satisfecho tanto de los soldados como de su comandante. El propio
Galba dirigió, escudo en la mano, los ejercicios, que le exigieron, entre otras
cosas, el ímprobo esfuerzo de correr treinta kilómetros tras el carro del
emperador[77].
Las operaciones militares al otro lado de la frontera quedan veladas en
nuestras fuentes por el empeño mostrado en ridiculizar a Cayo, pero no hay
duda de que las hubo, como el propio Suetonio reconoce en el pasaje antes
citado de la Vida de Galba. El malévolo biógrafo describe, no obstante, solo
las maniobras como si se tratase de acciones militares, para transmitir la
impresión de incongruentes o simulados objetivos de combate:

Hizo pasar al otro lado del Rin a algunos germanos de su guardia


con orden de ocultarse. Hecho esto, debían venir a anunciarle
atropelladamente después de comer que se acercaba el enemigo. Así lo
hicieron: y lanzándose enseguida al bosque inmediato con sus amigos
y una parte de los jinetes pretorianos, hizo cortar árboles, los adornó
como trofeos, y volvió a su campamento a la luz de las antorchas,
reconviniendo a los que no le habían seguido como tímidos y
cobardes. Por el contrario, aquellos que habían contribuido a su
victoria recibieron de su mano una nueva especie de corona, a la que
dio el nombre de exploratoria, y en la que estaban representados el sol,
la luna y los astros. En otra ocasión hizo sacar de una escuela a
algunos jóvenes rehenes, les mandó marchar secretamente, y
abandonando de pronto una numerosa reunión de convidados, les
persiguió con la caballería como fugitivos, los alcanzó y los trajo
cargados de cadenas; porque en tan repugnante comedia había de
violar también las leyes de la humanidad. Enseguida volvió a ocupar
su puesto en el festín, y habiendo llegado soldados a anunciarle que la

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tropa estaba reunida, les hizo sentar, armados como estaban, a la mesa,
y les excitó, citando un verso célebre de Virgilio, a vivir y conservarse
para tiempos más felices. Desde el campamento reconvino a los
senadores en severo edicto, porque solamente pensaban en la mesa, el
circo, el teatro y en agradables partidas de campo, cuando el césar
estaba peleando.

En todo caso, ni la estación —ya entrado el otoño— ni probablemente los


planes iniciales contemplaban una profunda penetración en la Germania libre.
Solo puede asegurarse que los romanos se vieron involucrados en operaciones
de castigo de cierta envergadura, destinadas a extender un sano temor entre
las tribus más próximas al río y disuadirlos de nuevas incursiones en la Galia.
El escenario de las luchas únicamente puede ser objeto de conjetura, a partir
de los supuestos campamentos establecidos por Calígula a lo largo del Rin.
De una cita de Eutropio, un epitomista del siglo IV, en la que menciona que
Cayo invadió Suabia, podría suponerse que los bárbaros combatidos eran
catos, contra los que dos años después, ya muerto Calígula, hubo de
enfrentarse Galba. Pero parece más probable que las operaciones se
desarrollaran contra la tribu de los canninefates, asentados en el delta del Rin,
en la parte occidental de la isla de los bátavos, con su centro principal en
Voorburg (Holanda). Por insignificantes que fuesen las victorias dieron el
pretexto para que los soldados aclamaran a Calígula imperator siete veces,
como dice Dión, «sin haber ganado una batalla o matado a un enemigo». De
todas formas, las supuestas aclamaciones no han dejado rastro alguno en la
epigrafía o en las acuñaciones monetarias e, incluso, se contradicen con la
posterior aseveración del mismo autor sobre Claudio, que, «frente a su
antecesor, fue aclamado imperator varias veces». Una de estas victorias, en
todo caso, mereció que el emperador enviase una corona de laurel al Senado
con la feliz noticia, que provocó reacciones de hipócrita entusiasmo, como la
del pretor Vespasiano, dispuesto a organizar juegos extraordinarios para
celebrar esta victoria Germanica.
La actividad castrense no significó el abandono de sus deberes de
emperador, para los que contaba con el imprescindible personal
administrativo y doméstico: mantenía con el Senado frecuentes intercambios
de correo y atendía a las embajadas que llegaban de distintos puntos del
Imperio. Pero las lógicas limitaciones que imponía la vida de los cuarteles
iban a ser de corta duración. Con la llegada del invierno, y con él la
imposibilidad de cualquier acción militar, Calígula abandonó Maguncia para

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instalarse en Lugudunum (Lyon), la capital de la Galia Lugdunense, en la
confluencia del Ródano con el Saona, único centro de acuñación imperial de
moneda en metales preciosos.

El invierno de Lyon

La estancia del emperador en la ciudad, que se prolongaría todo el invierno


del 39-40, está también llena en nuestras fuentes de anécdotas, algunas de
tono tan ridículo que, una vez más, hemos de sospechar de su imparcialidad.
El leitmotiv de la mayoría es la obsesión de Calígula por sanear sus
maltrechas finanzas para obtener los recursos necesarios con los que
financiar, entre otras cosas, los ingentes gastos de la guerra, recurriendo a
todo tipo de subterfugios: el más obvio, apropiarse mediante la violencia de
las fortunas de los provinciales adinerados. Según Dión, ordenó que le
presentasen las listas de ciudadanos de la Galia para conocer el patrimonio de
los más ricos y, con el pretexto de haber conjurado contra él, ordenó
ejecutarlos. Indudablemente, la noticia mezcla y tergiversa elementos,
susceptibles de fácil explicación. La revisión de las listas del censo puede
interpretarse por el deseo de Cayo de introducir medidas fiscales entre los
galos, asegurar la calidad de ciudadanos romanos de pleno derecho de los
incluidos en ellas o exigir el pago del 5 por ciento sobre las herencias, que los
ciudadanos romanos estaban obligados a satisfacer. Es cierto que un notable
galo, Julio Sacerdote, fue por entonces condenado a muerte, como apunta
Dión, «por ser un hombre acomodado, pero no tan rico como para ser puesto
en el punto de mira por su patrimonio, sino porque tenía fama de serlo». Más
bien podría tratarse de un ajuste de cuentas en relación con el complot de
Getúlico, con quien podría haber estado en connivencia, o consecuencia de un
fatal error, al ser confundido, como piensa Barrett, con un liberto o
descendiente de libertos de la familia imperial —como parece indicar el
nombre de Julio— implicado en la conjuración.
A tenor del impacto que la estancia de Cayo tuvo entre la población de la
Galia y, en especial, sobre los notables de la provincia, orgullosos de la
presencia del emperador y ansiosos por poder vanagloriarse de estar cerca de
la fuente del poder, puede dudarse de que Cayo hubiese de utilizar
expedientes tan drásticos para obtener liquidez. En cambio, no dejó de
aprovecharse de esta tan manida debilidad de la naturaleza humana para
convertirla en moneda contante. Hizo traer de Roma las valiosas pertenencias
de sus hermanas, condenadas al exilio, y, de acuerdo con la práctica romana,

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las sacó a subasta. El deseo de los ricos provinciales de ennoblecer sus
mansiones con la adquisición de alguna de las piezas que habían pertenecido
a las princesas de la casa imperial hizo subir los precios como la espuma, y
Cayo, consciente de lo pingüe del negocio, ordenó que también fuesen
llevadas a Lyon un buen número de piezas del mobiliario del palacio imperial,
en cantidad tan grande que, según Suetonio, «hubo necesidad de requisar para
el transporte de aquellos objetos todos los carruajes de alquiler y todos los
caballos de los molineros, de manera que con frecuencia faltó el pan en Roma
y numerosos litigantes se vieron desatendidos por no haber podido llegar al
lugar designado». Sin llegar a tales exageraciones, la subasta del patrimonio
imperial tuvo un eco resonante en la provincia y el propio Cayo intervino
como subastador para elevar el precio de los objetos, como dice Dión,

vendiendo con ellos el renombre de los que los habían utilizado.


Para cada uno de los objetos ofrecidos tenía un comentario, como, por
ejemplo: «Esto perteneció a mi padre», «esto a mi madre», «esto otro a
mi abuelo», «esto otro a mi bisabuelo», o bien, «esto procede de
Egipto, el premio de la victoria de Augusto». Al mismo tiempo,
explicaba la necesidad de vender estos recuerdos de familia, de tal
manera que nadie continuase pensando que era pobre, y de esa forma
vendía, junto con el objeto, el prestigio que en él se contenía.

También Suetonio abunda en la habilidad de Calígula para colocar


provechosamente los objetos superfluos de su palacio, mezclando con sus
dotes de subastador, como no podía ser de otra manera, elementos de
coacción:

No hubo fraude ni artificio que no emplease en la venta de aquellos


muebles, censurando a algunos compradores su avaricia y preguntando
a otros si no se avergonzaban de ser más ricos que él, fingiendo estar
desolado por tener que ofrecer a simples particulares lo que había
pertenecido a príncipes.

Una anécdota, también de Suetonio, muestra la habilidad de Cayo en


rentabilizar los estúpidos sentimientos de vanidad de los notables galos. Un
provinciano rico había sobornado al personal encargado de confeccionar las
listas de invitados a la mesa imperial con la exorbitante cifra de doscientos
mil sestercios, para poder sentirse orgulloso de haber cenado con el
emperador. Cuando Calígula lo supo, quedó encantado de que se hubiese

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pagado un precio tan alto por el honor de compartir su mesa y, a la mañana
siguiente, durante la subasta, en la que estaba presente el citado individuo, le
adjudicó un objeto insignificante por el mismo precio del soborno, al tiempo
que le comunicaba por medio de un mensajero que el emperador le invitaba
personalmente a cenar con él.
La presencia del emperador en una ciudad provincial como Lyon era un
gran acontecimiento y, como tal, fue festejado con juegos y celebraciones, a
los que el propio Cayo contribuyó con la organización de un concurso de
elocuencia griega y latina, que tendría lugar ante el altar de las tres Galias[78].
Pagado de sus dotes oratorias, quiso deslumbrar a los sencillos provinciales
con una muestra de sus habilidades. Pero las reglas del concurso no podían
ser las acostumbradas. Calígula les dio su peculiar y ácido toque de humor al
obligar a los perdedores, entre los que, por supuesto, él jamás pensaba
encontrarse, a coronar ellos mismos a los vencedores y a componer poemas
de alabanza en su honor. Más aún, los concursantes derrotados hubieron de
borrar sus composiciones, unos con una esponja y los peores con la lengua,
bajo la amenaza de ser azotados o arrojados al río. Medio siglo después, aún
pervivían los ecos de este célebre concurso, al que se refiere Juvenal en una
de sus Sátiras:

Accipiat sane mercedem sanguinis et sic palleat ut nudis pressit qui


calcibus anguem aut Lugudunensem rhetor dicturus ad aram[79].

Pero las provincias galas recibieron otros beneficios más sustanciosos


durante la estancia de Calígula, en especial, la ciudad de Vienna (Vienne), la
capital de la tribu gala de los alóbroges, estratégicamente situada en la
desembocadura del Gère en el Ródano, que fue elevada a la categoría de
colonia romana con el nombre de Iulia Augusta Florentia Viennensium, punto
de partida de un rápido y duradero florecimiento como centro neurálgico de
un territorio extendido desde las riberas del Ródano hasta el lago Leman y la
frontera con las provincias alpinas.
Mientras, en Roma, no había ocasión para tales festejos. Todavía bajo la
resaca del fallido complot contra Calígula y de la represión que había
desencadenado, el atemorizado Senado intentó congraciarse con el emperador
celebrando sus supuestos éxitos en el Rin con la concesión de una ovatio y el
envío a Lyon de una delegación que le informara de todo lo acordado y le
transmitiera su lealtad. Y no encontró mejor representante para presidirla que
Claudio, el tío del emperador, precisamente nacido en la ciudad gala. La
embajada solo obtuvo un efecto contraproducente en el ánimo de Calígula,

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que, indignado, reprochó a los senadores que hubiesen elegido a su tío como
si se tratase de dar lecciones a un chiquillo y que, al designarlo como
portavoz, hubiesen contravenido su orden expresa de no honrarle ni a él ni a
ningún miembro de su familia, impartida a raíz de la abortada conjura en la
que habían participado sus hermanas y su cuñado[80]. Y Suetonio recoge el
rumor de que Claudio estuvo a punto de perecer porque, a su llegada, le
precipitaron vestido y todo al río.
Durante el invierno de Lyon, el 1 de enero del 40, Cayo invistió su tercer
consulado in absentia y como cónsul sine collega. En efecto, su compañero
de magistratura había muerto antes de asumir el cargo, y los pretores,
responsables de convocar una sesión del Senado para encontrar un sustituto,
no se atrevieron a actuar sin el expreso encargo del emperador, con lo que, al
mismo tiempo, quedaron en suspenso todas las actividades políticas.
Desconcertados, los senadores subieron en grupo al Capitolio, donde
ofrecieron sacrificios y rindieron pleitesía ante el trono vacío de Calígula, que
se encontraba en el templo, para depositar luego en él sus regalos de Año
Nuevo en dinero, según la costumbre establecida desde época de Augusto,
como si el emperador estuviese presente. Tras el cumplimiento de estos
honores, se reunieron en la Curia sin mediar convocatoria de por medio, y sin
tomar iniciativa política alguna: la jornada transcurrió entre discursos de
elogio y plegarias en honor de Calígula.
Dión, el autor que nos transmite la noticia, comenta que los senadores ni
querían a Cayo ni deseaban que sobreviviese, pero continuaron disimulando
ambas cosas, como si de este modo pudiesen esconder sus verdaderos
sentimientos. Y continúa relatando que ni en el tercer día, dedicado
tradicionalmente a las plegarias, ni en los siguientes, se atrevieron a abordar
la discusión de cualquier asunto público, no obstante hallarse reunidos en
asamblea por convocatoria de los pretores. Solo después de doce días, cuando
Cayo anunció que dejaba su cargo, tomaron posesión los suffecti elegidos
para el resto del año, que, a continuación, se aplicaron a las obligaciones
propias de su oficio. En la ocasión, se votó que se tributasen a Drusila y a
Tiberio, en los aniversarios de sus respectivos nacimientos, los mismos
honores establecidos para el cumpleaños de Augusto y se ofreció un
espectáculo en el teatro, donde fueron erigidas y consagradas sendas estatuas
de Cayo y Drusila. De acuerdo con el comentario de Dión, todas estas
medidas se tomaron según las instrucciones del emperador, que las había
comunicado en una carta, ya que, cuando quería despachar sus asuntos, solo
en una pequeña parte los enviaba por escrito al Senado; el resto de las órdenes

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las recibían directamente los cónsules, a veces, con el mandato de que fuesen
leídas en la Curia.

La «invasión» de Britania

El invierno tocaba a su fin y no había nada que retuviera a Cayo en Lyon. Era
hora de regresar a los campamentos del Rin. Pero se nos escapan,
desgraciadamente, los movimientos del emperador en la frontera norte hasta
que volvemos a encontrarlo semanas más tarde en la costa atlántica, muchos
kilómetros al sur, en Gesoriacum (Boulogne), centro principal de la tribu de
los morinos, ocupado en los preparativos de una campaña, al otro lado del
Canal de la Mancha, contra los celtas britanos. ¿Qué había ocurrido mientras
tanto? Como se ha dicho antes, la pérdida de un cuaderno del libro LIX de
Dión, nuestra única fuente de documentación, impide obtener otra cosa que
hipótesis más o menos plausibles.
Hay autores, como Balsdon y Barrett, que suponen, entre la estancia de
Cayo en Lyon y su presencia en Boulogne, una actividad militar de mayor o
menor alcance en la frontera del Rin con la participación directa del
emperador o, al menos, bajo su supervisión personal. Según ambos, los
pasajes antes citados de Suetonio, que parecen referirse más bien a ejercicios
militares, habrían de fecharse en los primeros días del 40, cuando Cayo
también envió su informe al Senado sobre una victoria que, como sabemos,
suscitó el hipócrita entusiasmo del futuro emperador Vespasiano. Y han
creído encontrar un lejano eco de tal victoria en Asia Menor, bajo la forma de
una dedicación a Cayo Germánico César, inscrita en un rudo bajorrelieve
hallado en Koula, Lidia, que representa a un jinete romano lanza en ristre
frente a una figura de mujer, Germania, con las manos atadas a la espalda.
Nony piensa que Cayo quizá siguió el curso del Rin visitando los
campamentos del limes y emprendió en la orilla derecha del río, cerca de su
desembocadura, una campaña de escaso alcance contra los bátavos y frisones,
que explicaría la posterior concentración de tropas en Boulogne. Pero, en todo
caso, tanto las cuestiones del alcance y escenario de las campañas germanas
como el momento en que se emprendieron —antes o después de Lyon—,
parecen suficientemente marginales para pasarlas por alto.
Gesoriacum, luego rebautizada como Bononia, había sido el punto de
embarque de las dos estériles campañas emprendidas por César en los años 55
y 54 a. C. contra las tribus britanas. El objeto de la concentración de tropas en
la localidad portuaria solo podía ser la invasión de la isla. Calígula tomó la

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importante decisión de interrumpir o aplazar la campaña de Germania para
intentar la conquista de Britania. ¿Por qué? Hay varias claves que podrían
explicar este súbito cambio de planes. Durante la estancia en Lyon, Cayo
pudo reflexionar largamente sobre los problemas de la campaña al otro lado
del Rin en la Germania libre. Difícil y peligrosa, exigía el empleo de ingentes
fuerzas en parajes desconocidos, que en cualquier momento podían
convertirse en una trampa como la que provocó el desastre de Varo. Así pues,
el impaciente capricho infantil de obtener gloria militar en poco tiempo y con
el mínimo esfuerzo no tardó en verse enfrentado a la cruda realidad de una
empresa poco menos que imposible. Pero del amargo trago de tener que
regresar a Roma con las manos vacías para enfrentarse a un colectivo cuyo
odio se alimentaba de su propio envilecimiento fue salvado por una
imprevista y prometedora noticia: la voluntaria sumisión de Adminio, hijo de
Cunobelino, rey de la tribu britana de los catovellaunos, que solicitaba de
Roma protección y ayuda contra su padre.
Los catovellaunos, localizados en el área de Hertfordshire, habían sido los
principales adversarios de César, que el dictador había conseguido someter,
nominalmente al menos, al pago de un tributo, y tenían en la tribu vecina de
los atrebates, con capital en Silchester, a su principal enemigo. Durante el
reinado de Augusto, Tasciovano subió al poder en la tribu de los
catovellaunos y emprendió una vigorosa expansión hacia el sur, en perjuicio
de los atrebates, cuyo rey, Tincommio, suscribió un pacto con Roma. Augusto
pensó durante un tiempo en intervenir en los asuntos britanos con una
expedición a la isla, pero la complicación de los asuntos en Germania y el
desastre de Varo malograron la empresa. Mientras, Cunobelino —el
Cimbelino del drama de Shakespeare— sucedió a su padre Tasciovano en el
trono de los catovellaunos, y la expansión de la tribu continuó, sin que las
desesperadas peticiones de ayuda de los prorromanos atrebates fueran
atendidas por Tiberio. En el año 39, había un serio peligro de que todo el sur
de la isla cayera en manos de los hostiles catovellaunos y pusiesen en peligro
la estabilidad de la Galia. La intervención romana estaba justificada. Y fue en
esta coyuntura cuando Calígula recibió la sumisión de Adminio, el hijo de
Cunobelino, expulsado por su padre del reino. El emperador consideró que ni
siquiera era necesario emprender ya la proyectada invasión de la isla. Una vez
recibida la sumisión de Adminio, envió un correo a Roma en el que
comunicaba no otra cosa que la sumisión de toda Britania. Y proyectó la
celebración de un gigantesco triunfo por sus «victorias», que no llegó a
celebrarse, sustituido por una más modesta ovatio.

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Esta es la explicación más plausible del confuso amasijo de datos que
sobre la campaña de Britania nuestras fuentes documentan, y que podemos
tratar de racionalizar. Veamos su contenido.
Xifilino, el epitomista de Dión, la relata así:

Tras haber alcanzado el océano, como si fuese a dirigir una


campaña militar en Britania, y, tras haber desplegado en la playa a los
soldados en orden de batalla, subió a una trirreme y, apenas se alejó
por un breve trecho de tierra, regresó. Luego se subió a una plataforma
colocada en una posición elevada y dio a los soldados la señal para
presentar batalla, espoleándolos al sonido de las trompas, y, de
improviso, les ordenó recoger conchas. Tras haberlas recogido
(obviamente tenía necesidad de un botín para el cortejo triunfal) se
enorgulleció como si hubiese sometido el propio océano y repartió
numerosos donativos a los soldados. En cuanto a las conchas, las llevó
a Roma para exhibir el botín al pueblo.

Por lo que respecta a Suetonio, su breve relación es la siguiente:

Por último, se adelantó a las orillas del océano a la cabeza del


ejército, con gran provisión de balistas[81] y máquinas de guerra y cual
si proyectase alguna gran empresa; nadie conocía ni sospechaba su
designio, hasta que de improviso mandó a los soldados recoger
conchas y llenar con ellas sus cascos y ropas, llamándolas despojos del
océano debidos al Capitolio y al palacio de los césares. Como
testimonio de su victoria construyó una altísima torre, en la que, por
las noches y a la manera de faros, encendieron luces para alumbrar la
marcha de las naves. Prometió a los soldados una gratificación de cien
denarios cada uno, y como si su gesto fuese el colmo de la
generosidad, les dijo: «Marchad contentos y ricos».

Aún tenemos una concisa referencia a la proyectada campaña en el


Agrícola de Tácito, que con la frase «es perfectamente claro que Cayo César
meditaba una invasión de Britania, pero lo impidieron sus propósitos,
formados rápidamente y fácilmente cambiados, y sus ambiciosos intentos en
Germania», alude a una abortada expedición a la isla.
Sería excesivamente prolijo y tedioso enumerar las muchas hipótesis con
que la moderna investigación ha tratado de ofrecer, tanto un discurso lógico
de los acontecimientos, como una explicación coherente del comportamiento

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de Calígula. Por solo citar un ejemplo, la sorprendente recogida por los
soldados de las conchas en la playa ha conducido a elucubraciones que rayan
en lo ridículo. Desde la consideración de la orden de Calígula como una
esperpéntica forma de humillar a sus soldados por su supuesta cobardía, hasta
la búsqueda desesperada de una interpretación racional para un
comportamiento que precisamente encuentra su sentido en lo irracional. Y,
así, se ha jugado con el término latino «conchas» para considerarlo, con su
significado original de «molusco», como singulares proyectiles utilizados por
los soldados de Calígula, o en sentido figurado, tanto como sinónimo de
musculi, que, además del significado de «mejillón», se utilizaba para designar
unos artilugios de protección utilizados por los zapadores en el asedio de
plazas fortificadas, como para indicar, de forma metafórica, pequeños botes o
chalupas, que habrían sido capturados por Calígula a los britanos. Pero
también, en el paroxismo del retorcimiento filológico, se ha llegado a
considerar que con el término «concha», utilizado en el argot de los países
latinos como sinónimo de «vagina», lo que buscaba Calígula era conducir a
sus soldados ¡a un burdel!
Como antes con los fallidos planes de Germania, la perspectiva de una
conquista de Britania, donde el propio César había fracasado, se presentaba
como una prometedora empresa para obtener, sin excesivos esfuerzos, unos
rápidos laureles. Cayo tomó la decisión de abortar las operaciones en
Germania y trasladar el ejército a Boulogne, el punto tradicionalmente
considerado como cabeza de puente para embarcarse hacia las islas
Británicas. Sobre el terreno, comenzaron los preparativos para la invasión,
entre los que se preveía incluso la construcción de un gigantesco faro que
sirviera de punto de referencia para el previsible trasiego de medios de
transporte navales. Pero el entusiasmo de Calígula sufrió una nueva decepción
cuando se encontró en el punto de embarque. La invasión presentaba mayores
dificultades de las imaginadas, y no una de las menores, como la travesía del
Canal cuando aún estaba cerrada la temporada de navegación y en unas aguas
especialmente peligrosas. Era iluso intentar con garantías de éxito una
invasión de Britania antes del mes de mayo. Y en la frustración del momento,
el sometimiento de Adminio vino en ayuda de Calígula para sacarle del
atolladero al que su actitud atolondrada le había conducido. La expedición fue
pospuesta y Calígula se contentó con el éxito diplomático, ya que no militar, y
lo esgrimió para justificarse ante el Senado. En la propia Boulogne escenificó,
de acuerdo con sus bien probadas inclinaciones histriónicas, el doble
espectáculo de la solemne sumisión de Adminio y de la «conquista» del

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océano, en cuya puesta en escena no faltó la partida y regreso, bien breve por
cierto, del comandante en jefe, en un barco de guerra, sobre el objetivo al otro
lado del mar; la orden de desplegarse en formación de batalla desde una
tribuna y al sonido de las trompas de guerra; la recolección del botín en forma
de conchas marinas y, por último, la distribución de la acostumbrada
recompensa por la «victoriosa» campaña.
La sencilla y lógica explicación, que concilia los datos de las fuentes y
que cuadra con el carácter de Calígula, corre el peligro de deshacerse, si se
toma en consideración el capítulo que Suetonio añade como supuesto colofón
de la campaña y que dice lo siguiente:

Antes de partir de la provincia de las Galias, concibió el


abominable proyecto de aniquilar las legiones que se habían sublevado
tras la muerte de Augusto, y que tuvieron sitiado a su padre,
Germánico, y a él mismo, niño a la sazón. Costó mucho disuadirle de
proyecto tan odioso, pero nada pudo impedirle que diezmase a tales
soldados. Les mandó entonces reunirse sin armas y hasta sin espadas,
con el pretexto de arengarlos, y los hizo rodear por la caballería. Pero
viendo que la mayor parte de ellos, sospechando su designio, huían por
todos lados para recoger sus armas y prepararse a la resistencia,
suspendió el discurso y tomó al punto el camino de Roma,
proyectando su cólera contra el Senado, al que amenazó abiertamente
con el fin de distraer la atención pública del vergonzoso espectáculo de
su conducta.

De tomarlo al pie de la letra, obligaría a mirar desde un prisma distinto los


episodios de Boulogne y a interpretarlos también diversamente. La arriesgada
aventura al otro lado el mar, tras una travesía que se prometía incierta y
peligrosa y contra enemigos contra los que el propio César había, en parte,
fracasado, provocaron el pánico entre los soldados, que, amotinados, se
negaron a embarcar. La actitud de los legionarios provocó la ira del
emperador y, para ponerlos en ridículo por su cobardía, primero, les ordenó
recoger conchas de la playa como absurdos despojos de una victoria
inexistente, y, luego, les repartió, como insultante premio, una ridícula
cantidad de dinero, acompañada del irónico comentario: «Marchad contentos
y ricos». Pero, más tarde, habría madurado una feroz venganza, llevada hasta
el colmo de la eliminación o, cuanto menos, diezmación[82] de las legiones
sublevadas, que, prevenidas, reaccionaron defendiéndose, lo que habría

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provocado la precipitada marcha del emperador, cuyo estado de ánimo,
frustrado y encolerizado, descargaría contra el Senado.
La narración de Suetonio, de la que ninguna otra fuente se hace eco, tiene
suficientes puntos oscuros para no tomarla en cuenta y probablemente hay
que considerarla como una descarada invención del biógrafo. Que Calígula
quisiera vengarse de las dos legiones amotinadas en el Rin a la muerte de
Augusto cuando Germánico las dirigía parece ridículo después de pasados
más de veinte años del episodio, cuando apenas quedaría algún viejo soldado
que lo recordara. Tampoco es posible imaginar cómo podría haberse llevado a
cabo la masacre de dos legiones enteras. Y, por último, no hay posibilidad de
relacionar a las dos unidades renanas, como sabemos, la I y la XX, con la
supuestamente abortada campaña en Britania a consecuencia de un
amotinamiento. Para poder salvar el texto de Suetonio hay que recurrir, como
en otras ocasiones, al mordaz humor de Cayo, que el biógrafo latino, desde su
perspectiva de cronista ejemplarizante, nunca supo captar, y que habría tenido
su origen en algún comentario amenazador del emperador, a tenor de los
pobres resultados obtenidos por las fuerzas romanas en la lucha contra las
tribus germanas.
Un balance de las campañas de Calígula en el norte está fuera de lugar. Si
acaso, indicar que los megalómanos preparativos en el Rin tuvieron como
consecuencia indirecta el fortalecimiento del limes germano, uno de los
principales puntales de la defensa del Imperio, necesitado de reorganización y
disciplina, y que la abortada expedición a Britania sirvió para señalar el
camino a su sucesor, Claudio, en la conquista de la isla, efectivamente
iniciada tres años después con las mismas unidades desplegadas por Cayo en
el 40.
El decepcionante despertar del sueño de una gran conquista abatió las
esperanzas de Cayo de celebrar en Roma el ansiado triunfo, para el que, de
creer a Suetonio, habría estado reuniendo la tramoya y los figurantes que
exigía el espectáculo. Según el biógrafo,

se ocupó tras esto en los preparativos de su triunfo; eligió y reservó


para esta ceremonia, además de los prisioneros y tránsfugas bárbaros,
todos aquellos galos que encontraba más altos y robustos, y, como él
mismo decía, más dignos de un triunfo, y, con ellos, algunos de la
nobleza del país. Les obligó a dejarse crecer la cabellera, a teñirla
como la de los germanos, a vestir su traje y hasta a aprender su lengua.
Mandó también que llevasen a Roma, por tierra, las galeras trirremes
con que entró en el océano, y escribió a sus mayordomos que le

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preparasen el triunfo más esplendente que jamás se hubiese visto, y el
menos costoso para él, atendiendo a que tenía derecho a disponer de
los bienes de todos.

De este frustrado remedo de triunfo se hace eco también Persio en una de


sus cáusticas Sátiras:

¿No sabes? Ha sido enviada por el César la buena nueva de una


señalada victoria sobre la juventud germana, los fríos rescoldos son
removidos de nuevo en los hogares y Cesonia alquila ya para ornato de
las puertas los mantos de los reyes, las rubias pelucas de los cautivos,
los carros y las gigantescas representaciones del Rin[83].

El Senado hipócritamente, en previsión de que solicitara este supremo


galardón de la victoria, incluso le había otorgado ya el título de Británico,
pero el emperador no se atrevió a reclamarlo por miedo al ridículo, ya que no
podía revalidarlo con acción militar alguna. Y así, cuando entró finalmente
Roma, a finales de agosto, coincidiendo con su cumpleaños, se contentó con
los honores de la ovatio.

De la costa atlántica a Roma: el verano del 40

El fracaso de la pretendida invasión de Britania y, con ello, el final por el


momento de sus aspiraciones a la gloria militar, debieron influir
negativamente en el ánimo de Cayo, con una mezcla de frustración y furor,
que le acompañaron a su regreso a Italia en la primavera. No es extraño que
no se diera excesiva prisa en volver a entrar en Roma. Hasta tal punto que el
Senado, paralizado como estaba, por miedo a cualquier iniciativa que pudiera
irritarle sin su presencia o autorización, consideró oportuno enviar una
delegación para rogarle que apresurara su entrada en la ciudad.
Tras el fracaso de la primera en Lyon, encabezada por Claudio, que tan
contraproducentes efectos había provocado, se había enviado una segunda
delegación, también a la Galia, para darle cuenta de los acuerdos tomados en
la Cámara tras la toma de posesión de los cónsules, en especial, los honores
acordados tanto a su persona como en memoria de Tiberio y Drusila. En esta
ocasión, Cayo atendió a los comisionados y aceptó las iniciativas referentes a
los difuntos, pero, en cuanto a las votadas a su favor, les hizo saber
despectivamente que se reservaba escoger las que considerase oportunas,

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conminándoles a que desistieran de proponer sin su expresa autorización
ninguna otra, tanto para él como para cualquier otra persona. Ahora, en la
tercera delegación que Cayo recibió, no sabemos si en la Galia o ya en suelo
itálico, utilizó con los senadores un tono amenazador, que anunciaba
ominosos presagios. Así podía colegirse de su respuesta a la petición de que
regresara, mientras golpeaba la empuñadura de la espada que llevaba ceñida:
«Volveré, sí, volveré, pero esta, conmigo». Un edicto, que hizo proclamar
días después, era todavía más explícito: solo volvía para los que lo deseaban,
esto es, para los caballeros y para el pueblo, pero los senadores no
encontrarían en él ni un ciudadano ni un príncipe, por lo que prohibía
expresamente que ninguno de ellos saliera a recibirle. No se trataba de otra
cosa que de una retórica amenaza, aunque Séneca no perdió la ocasión para
tomarla al pie de la letra, escribiendo luego que Cayo no pensaba sino en
liquidar físicamente a la asamblea por entero. Suetonio, abundando en la
absurda afirmación, aseguraba que Cayo pensaba hacer matar a los
ciudadanos más dignos de los dos primeros órdenes, el senatorial y el
ecuestre. Y para confirmarlo esgrimía la prueba de que «entre sus escritos se
encontraron dos con los títulos La espada uno, y El puñal el otro, que eran
relaciones con notas de los que destinaba a la muerte». Un siglo más tarde,
Dión todavía precisaba el dato, asegurando que se trataba de sendos libros,
que puntillosamente siempre llevaba consigo, por orden de Cayo, uno de sus
libertos, el siniestro Protógenes, en los que anotaba los nombres de quienes,
sospechosos de traición, debían ser eliminados. Pero Suetonio aún se creyó en
la necesidad de mostrar con más pruebas las aviesas intenciones del
emperador asegurando que, una vez muerto, «también se encontró en su
palacio un cofre grande que contenía gran cantidad de diferentes venenos:
Claudio mandó arrojarlos al mar, que quedó, según dicen, de tal manera
emponzoñado, que el flujo arrojó a la playa gran cantidad de peces muertos».
Sobran los comentarios.
Cayo se encontraba a las puertas de Roma a finales de mayo, pero su
entrada solemne en la ciudad se retrasaría, como se ha dicho, hasta el último
día de agosto. Se han esgrimido distintas razones para explicar tan extraño
proceder. No es muy convincente la que culpa al calor de los sofocantes
veranos de Roma, que el emperador trataría de evitar disfrutando de la fresca
brisa de la costa campana. Tampoco parece más convincente la suposición de
que pudieran retenerle las tradicionales prescripciones que prohibían el
ingreso en la ciudad al general que esperaba los honores del triunfo, en tanto
el Senado no hubiese acordado otorgarle tal honor. De hecho, cuando Cayo

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entró en Roma, se contentó, como sabemos, con el más modesto homenaje de
la ovatio. Podría haber una tercera explicación más verosímil, que además
cuadra tanto con la enrarecida atmósfera que parece desprenderse de la
intempestiva contestación espetada a la delegación senatorial, como de la
sucesión de procesos y condenas sumarias que acompañarían, como veremos,
su entrada en Roma: Cayo temía o sospechaba una nueva trampa urdida en el
seno del Senado y, con prudencia, se preparaba para rechazar el golpe antes
de retomar sus ocupaciones habituales y, con ellas, una rutina que pudiera
venir en ayuda de los propósitos criminales que se maquinaban contra su
integridad.
Pero en estos meses el emperador no permaneció inactivo. Las actas de
los hermanos Arvales testimonian que el 1 de junio Calígula asistió, en los
arrabales de Roma, a una de las preceptivas reuniones de la cofradía, a la que,
por cierto, solo acudieron la mitad de sus miembros y en la que se acogió
solemnemente a un nuevo miembro, en sustitución del fallecido esposo de
Agripina, Domicio Ahenobarbo, muerto a finales del 39 o principios del 40.
Se trataba de Marco Junio Silano, dos años más joven que el emperador y
descendiente como él, por línea materna, de Augusto, de quien también era
bisnieto. Era suficiente razón para que, muerto Cayo, Agripina lo eliminara,
como años después a su propio esposo Claudio, con una ración de setas
envenenadas, para allanar el camino al trono del hijo que había tenido con
Ahenobarbo, Nerón.
También sabemos de sus movimientos en estos meses gracias al
testimonio directo de Filón de Alejandría, portavoz de una embajada ante el
emperador, que dejó anotadas sus impresiones en el panfleto Sobre la
embajada ante Cayo, conservado en su integridad. En el contencioso que
enfrentaba en la ciudad del Nilo a griegos y judíos, del que ya se hizo
mención a propósito de Avilio Flaco, ambas comunidades decidieron
presentar sus alegaciones ante el propio emperador. Las dos llegaron por el
mismo tiempo a Roma, en el verano del 40. Narra Filón que encontraron por
vez primera a Cayo en los jardines que su madre Agripina poseía en el área
del Vaticano, donde tenía una de sus residencias, y que benévolamente les
saludó de lejos con la mano, haciéndoles saber a través de su liberto Homilos
que tendría sumo gusto en recibirles y escuchar sus quejas. Esperanzados,
siguieron a Cayo hasta Puteoli, en el golfo de Nápoles, pero no pudieron
cumplir sus deseos, porque, «llegado a la costa, el emperador pasaba el
tiempo en las proximidades de la bahía yendo de una parte a otra por las
numerosas residencias de campo, suntuosamente amuebladas, de su

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propiedad». Y, finalmente, consiguieron ser recibidos por Cayo en su lujosa
residencia del Esquilino, rodeada por los jardines de Mecenas y Lamia, en el
área suburbana de Roma, junto con los odiados griegos, encabezados por el
ultranacionalista Isidoro. Al saludo de la delegación judía, respondió el
emperador entre el sarcasmo y la cólera con la pregunta: «¿Sois vosotros los
detestadores de la divinidad, los que no reconocéis que soy un dios; un dios
reconocido ya por todos los otros pueblos, pero que vosotros os abstenéis de
invocar como tal?». Ante las protestas de lealtad de los judíos, que afirmaban
haber ofrecido en varias ocasiones sacrificios por su persona, Cayo respondió
que no le valían, porque no le habían sido ofrecidos a él, sino a otro dios. Y
mientras hablaba, «recorría la residencia, inspeccionando las habitaciones de
los hombres y las de las mujeres, las plantas bajas y los pisos superiores,
todos sin excepción, censurando la defectuosa construcción en unos casos,
planeando reformas en otros y ordenando obras más suntuosas». Solo en una
ocasión pareció interesado y fue para preguntar a los judíos por qué no
comían carne de cerdo. Y siguió obligándoles a perseguirle por las estancias
de la casa, hasta que, cansado del juego, les despidió, llamándoles
desdichados e insensatos por no creer que le había correspondido la
naturaleza de un dios.

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LA DIVINIZACIÓN DE CAYO

El culto imperial

E L testimonio de Filón nos enfrenta con uno de los aspectos que más ha
contribuido a considerar a Cayo como un enfermo mental: su pretensión a la
divinidad. No obstante, los testimonios de las fuentes no son tan
incuestionables, y de ahí que el tema del auténtico alcance y significado de la
pretensión de Cayo a ser considerado como un dios se haya convertido en uno
de los problemas más debatidos de su compleja personalidad.
En primer lugar, en Roma, como en Grecia, la línea de separación entre el
hombre y la divinidad no estaba tan definida como en una mentalidad
monoteísta, como tampoco lo estaba el propio concepto de divinidad. Había
sido en Grecia donde, por vez primera, se había desarrollado una concepción
antropomórfica de sus divinidades, que eran presentadas como hombres y
mujeres idealizados, con poderes especiales para dominar y dirigir la
naturaleza. De igual manera, todos los aspectos de la naturaleza —bosques,
montañas, ríos— estaban dotados de forma humana, e incluso las emociones
y algunos comportamientos, como el miedo, el odio, la piedad, la paciencia…
se concebían como divinidades con forma humana. En consecuencia, el
mundo divino era un reflejo de la condición humana, y las divinidades, con el
mismo aspecto de los humanos, pensaban como ellos y actuaban también
como ellos, con comportamientos igualmente imprevisibles, que dejaban
lugar a la cólera, la venganza, la melancolía o la lascivia. Dios no había
creado al hombre a su imagen y semejanza; eran los humanos los que habían
creado a las divinidades con sus propios rasgos.
No es extraño que, en un paso más y sobre todo durante el helenismo,
cuando Grecia se abrió a las experiencias del mundo oriental, se llegara a
aceptar que seres humanos podían gozar de condición divina. Los dinastas
helenísticos recibieron culto, como encarnación de dioses o semidioses: un
culto oficial, fijado y estereotipado, en el que se reconocía la posición
relevante del monarca con relación a sus súbditos y se daba expresión a la

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lealtad debida al soberano. No se trataba de simple adulación. El ritual de
adoración servía para describir de forma simbólica la relación entre el
monarca y su reino y proporcionaba un medio inestimable de comunicación
mutua, por lo que se convirtió en una institución esencial de la monarquía
helenística.
La religión romana, aunque con rasgos propios, había sido sometida desde
muy temprano a un proceso de helenización, en el que, sin confundirse con
ella, tomó una buen parte de sus características. Pero jamás se pensó en
atravesar la raya que separaba cielo y tierra, que permanecieron ajenos, con
una estricta consideración de la condición humana como terrenal. Únicamente
se aceptaba que cada romano tenía un genius, un espíritu dotado de cualidades
divinas, susceptible de recibir oraciones y ofrendas. Pero, cuando, a partir del
siglo II a. C., Roma inició la absorción política del mundo helenístico, algunos
de los conquistadores aceptaron o se dejaron seducir por estas muestras de
veneración con ribetes divinos, que los escrupulosos romanos de viejo cuño
rechazaban como decadentes o blasfemas. Entre otros muchos, destaca el
ejemplo de Antonio, que no solo aceptó honores divinos, sino que se atrevió a
aparecer en público como encarnación de Dioniso.
Augusto, cuando instauró con el Principado un régimen de autoridad
personal, disfrazado de ribetes republicanos, consideró imprescindible, en la
reconstrucción de un Estado desgarrado por un siglo de guerras civiles, una
renovación religiosa. Esta renovación, como tal, puso el énfasis en la
restauración de los ritos, sacerdocios y templos de la religión tradicional, pero
con una nueva orientación que permitiera acoger en su seno la figura del
princeps, del soberano, disfrazado como el primero de sus iguales. Un primer
paso fue la consideración, extendida en la filosofía estoica, de que ciertos
seres humanos, por sus méritos excepcionales, una vez desaparecidos,
ascendían al cielo y se incluían entre el número de los dioses. Fue Julio César
el primer romano al que se le reconoció oficialmente esta condición, lo que
dio a Augusto el excepcional rango de «hijo de un dios» y, con ello, la
posibilidad de establecer un culto familiar y dinástico de los Julios, que tenía
en Eneas, el hijo de Venus, su primer ancestro. Por otra parte, la posición de
Augusto fue ensalzada con honores religiosos, añadiéndose al calendario,
como festividades, conmemoraciones de determinados acontecimientos de su
vida. Además, Augusto, lo mismo que concentró en su mano muchas de las
magistraturas republicanas, también acumuló un buen número de cargos
religiosos y sacerdocios y, entre ellos, el de Pontífice Máximo, que lo instituía
como jefe de la religión. Ello le obligaba a trasladar su residencia al Foro,

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pero Augusto convirtió en propiedad pública una parte de su casa del
Palatino, donde dedicó un santuario a Vesta, que adquirió así, en cierto modo,
carácter sagrado. Cuando hubo reorganizado el gobierno local de Roma,
Augusto introdujo el culto de los Lares Augusti y del Genius Augusti en los
aedicula o capillas que surgían en los cruces de cualquier zona de la
ciudad[84], donde se desarrollaban las mismas ceremonias que cumplían en el
ámbito privado los libertos y esclavos cuando veneraban al genio y a los
Lares del patrono de la casa. El ejemplo de Roma fue imitado en muchas
ciudades de Italia, donde asociaciones formadas por libertos acomodados se
dispusieron a celebrar en sus reuniones ritos en honor del genio de Augusto.
Augusto comprendió que su régimen personal, privado de la pompa y
ceremonial de las monarquías helenísticas, necesitaba de un culto religioso al
soberano como aglutinante político, y se dedicó a la tarea pacientemente y
con infinita prudencia, para no herir los sentimientos religiosos de la
aristocracia romana. Pronto se introdujo un culto también al numen del
emperador, que, a diferencia del genius, se consideraba un atributo exclusivo
de los dioses y, así, mediante el numen, sin aceptar ser considerado
propiamente dios, Augusto recibió un culto, en asociación con otras
divinidades, especialmente la dea Roma, personificación de la majestad del
Imperio, en las provincias orientales. En el año 29 a. C., el príncipe permitió a
la asamblea de la provincia de Asia la construcción de un templo a Roma y
Augusto en Pérgamo, y pronto surgieron otros centros cultuales de
características similares en Nicomedia de Bitinia y en Ancira.
Hay que destacar también la importancia que la personificación de las
virtudes imperiales tuvo en la construcción y consolidación de la religión
imperial. Favorecida primero por los jefes militares republicanos y después
por los emperadores, la divinización de los conceptos abstractos se tradujo en
la difusión de nociones tales como Concordia, Fortuna, Salus, Victoria o
Pietas, aplicadas al emperador.
El culto imperial, organizado y propagado por iniciativa del propio
Augusto, carecía en las provincias occidentales de la infraestructura necesaria
con la que ya contaban las ciudades griegas. Druso, el hermano de Tiberio,
estableció en ellas los fundamentos del nuevo culto al levantar en la
confluencia de los ríos Ródano y Saona, en Lyon, un altar de Roma y
Augusto, dedicado en el año 12 a. C., que se constituyó en centro del culto
provincial de las tres Galias, con una fiesta anual, al que siguió en Germania
el ara Ubiorum, sobre el Rin (más tarde Colonia Claudia Ara Agrippinensis,

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la actual Colonia), e idéntico carácter tuvieron también las arae Sestianae, en
la costa septentrional hispana.
Así la religión imperial fue dibujándose mediante la aglutinación de
varios elementos (el culto imperial en las provincias, la devoción a Roma y
Augusto, el reforzamiento de los dioses protectores de la gens Iulia y de los
personales del emperador), con el único fin de consolidar la unificación
ideológica del Imperio romano.
Esta política culminó con la apoteosis póstuma de Augusto. El mismo año
de su muerte, el simulacrum divi Augusti, una estatua del emperador
divinizado, fue puesto, por orden del Senado, en el templo de Marte
Vengador. Su esposa, Livia, fue nombrada sacerdotisa del culto (flaminica
Augusti) y Germánico, su flamen[85]. Entre los parientes y amigos de Augusto
fueron nombrados veintiún miembros del colegio de los Sodales
Augustales[86]. No faltaron juegos instituidos en su honor (ludi Augustales) y
un templo a él consagrado, que, construido bajo Tiberio, fue dedicado, como
sabemos, por Calígula. De esta forma, únicamente después de su muerte,
Augusto se transformó en una verdadera divinidad.
Su sucesor, Tiberio, se caracterizó por una política en buena medida
contraria, o, al menos, más prudente que la de su predecesor. Prohibió que
tanto a él como a su madre, Livia, se les tributaran honores en vida. Solo
excepcionalmente autorizó que en la ciudad de Esmirna fuese levantado un
templo para él, su madre y el Senado, en una concesión que respondía a la
vieja tradición helenística del culto a los soberanos. Pero el culto imperial ya
estaba consolidado, aunque, en Roma, sus rasgos, como hemos visto, fueron
mucho más modestos y limitados, por lo que respecta al emperador reinante,
al culto de su genius o su numen.

Calígula, ¿dios?

En cuanto a Cayo, al menos a comienzos de su reinado, su política religiosa


siguió la de sus antecesores, si cabe aún con mayores escrúpulos, ya que,
según Dión, prohibió expresamente erigirle imágenes e incluso por un decreto
grabado en piedra, ofrecer sacrificios en honor de su genius. Como Augusto,
aceptó el título de Pontífice Máximo y, como tal, intervino en la
reorganización de ciertas cofradías, como la de los Salios, cuyos miembros
Tiberio había descuidado completar. Sabemos también que en Aricia revivió
una tradición que había caído en desuso. En los alrededores de la localidad
latina, junto al lago de Nemi, había un bosque sagrado con un santuario

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dedicado a Diana, del que cuidaba un sacerdote, conocido como rex
Nemorensis (el «rey del bosque»), que, según la tradición, debía ser un
esclavo fugitivo, obligado a defender su puesto contra cualquier competidor
en un duelo a muerte, en el que el candidato tenía que arrancar primero una
rama dorada de uno de los árboles del bosque sagrado[87]. Es Suetonio quien
menciona la reavivación de este rito, aunque como uno más de los ejemplos
de la crueldad de Cayo, al enfrentar un competidor mucho más robusto que el
anciano sacerdote titular.
Pero este comportamiento inicial iba a sufrir un drástico vuelco cuando
Calígula exigió para su persona honores divinos. Según Filón, «le dominaba
un vivo deseo de ser reconocido como dios». Y más adelante: «Saturado de
vanidad, no solo manifestó, también se convenció de que era un dios»,
procediendo, al decir del filósofo judío, por grados, al equipararse, primero, a
los semidioses —Dioniso, Hércules o los Dioscuros—, y, luego, a los
Olímpicos, cuyos símbolos y vestimentas imitaba, y no exclusivamente del
género masculino, como Júpiter, Apolo o Neptuno, sino, de creer a Suetonio y
Dión, del femenino, como Juno, Diana o Venus.
¿Significaban estos disfraces que realmente se consideraba divino? Parece
más bien que deba interpretarse como puestas en escena, para alguien como
Cayo, apasionado del teatro y también de los disfraces. La predilección por
vestimentas insólitas o espectaculares de Cayo no se limitaba a copiar la de
los dioses, como documenta Suetonio en el pasaje de la Vida de Cayo
reproducido en la página 170.
Por otro lado, Calígula no era el primero en disfrazarse de divinidad.
Suetonio narra que, en un banquete ofrecido por Augusto, todos los invitados
acudieron con la apariencia de dioses o diosas y él mismo se vistió de Apolo.
Marco Antonio, su rival, solía aparecer con los atributos de Dioniso y, como
tal, se dejaba venerar en las provincias orientales, más como un elemento de
propaganda que con el propósito de ser reconocido como dios. De modo
semejante, no pueden tomarse en serio ciertas anécdotas para deducir su
obsesión por equipararse o tratar como iguales a los dioses. Suetonio relata
que Calígula, en las noches de plenilunio, invitaba a la diosa Luna a que
viniera a recibir sus abrazos y a compartir el lecho con él. Y en una ocasión
habría comentado con uno de sus más asiduos aduladores, el padre del
emperador Vitelio[88], que en ese momento estaba dialogando con la diosa
Luna, preguntándole si no la veía a su lado. Vitelio supo escabullirse a la
comprometida cuestión con la astuta respuesta: «Solo a vosotros los dioses,
señor, os está permitido miraros recíprocamente». No salió tan bien librado

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uno de sus actores favoritos, Apeles, cuando, hallándose con el emperador al
lado de una estatua de Júpiter, le preguntó cuál de los dos le parecía más
grande. La vacilación en la respuesta costó al histrión ser azotado, castigo que
Calígula presenció, comentando que, hasta en las súplicas y los gemidos,
tenía la voz agradable y hermosa. Apenas si puede dudarse de que en ambos
casos trataba de mofarse de sus interlocutores, poniéndoles en apuros para
comprobar hasta dónde podía llegar su grado de servilismo.
Que Calígula no puede considerarse como especialmente piadoso en su
actitud con respecto a los dioses lo prueba buen número de ejemplos. Mal
podía querer equipararse a las divinidades quien las despreciaba con burlas
arrogantes y blasfemias. Uno de sus grandes problemas era no poder refrenar
su lengua. Su insolencia y su sarcástico sentido del humor, que tantas veces se
ha indicado, le llevaban con demasiada frecuencia a ofender a sus
interlocutores con agresiones verbales, de las que tampoco se libraban los
Olímpicos y, en particular, su rey, Júpiter. Así, según Dión, pretendía ser
Júpiter para tener el pretexto de poder conquistar a numerosas mujeres o, al
decir de Suetonio, «celebraba conversaciones secretas con Júpiter Capitolino,
hablándole algunas veces al oído y presentándole después el suyo, y otras en
alta voz y hasta con tono arrogante». De creer al biógrafo latino, en una
ocasión incluso le habría amenazado, parafraseando un verso de la Ilíada:
«¡Pruébame tu poder o teme el mío!». Dión amplifica el reto con el relato de
que Cayo había ideado una máquina con la que respondía a los truenos y
relámpagos, fabricando ruidos y resplandores semejantes y, cuando caía un
rayo, siempre lanzaba al aire una piedra como si fuese un proyectil, repitiendo
el verso de Homero: «¡Hiéreme tú o seré yo quien te hiera!». La anécdota no
es sino una exageración de un arrebato de ira de Calígula, relatado por Séneca
en su tratado De ira, ocasionado porque, en el curso de una tormenta, un rayo
había perturbado la representación de una pantomima a la que asistía, lo que
provocó su pedante comentario, maliciosamente interpretado como un desafío
a Júpiter en mortal combate. Además, la insolente blasfemia cuadra mal con
el comentario de Suetonio, de que Calígula, «que tanto despreciaba a los
dioses, cerraba los ojos y se cubría la cabeza al más leve relámpago y al
trueno más insignificante, y cuando aumentaba el estruendo se escondía
debajo de su lecho». Y que el propio Cayo era consciente de que con sus
disfraces no hacía otra cosa que interpretar lo prueba una anécdota, ocurrida
durante su estancia en la Galia, que conocemos por Dión: un lugareño, al ver
al emperador, disfrazado de Júpiter, pronunciando oráculos desde una
plataforma elevada, no pudo evitar echarse a reír. Cayo entonces le llamó para

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preguntarle qué pensaba de él y la respuesta fue: «¡Que eres un gran
mentecato!». Y comenta Dión que no sufrió castigo alguno por ser un simple
zapatero remendón, porque el emperador toleraba más fácilmente la libertad
de palabra de la gente común que la de los ciudadanos de alto rango.
El comentario sirve de apoyo a una de las explicaciones de la actitud de
Calígula con respecto a su supuesta divinidad: el deseo, expresado en otras
muchas circunstancias y con otros comportamientos, de provocar
deliberadamente a la aristocracia y humillarla, exigiendo cínicamente que su
comportamiento real respondiese al que simulaba con sus continuas
adulaciones. Y para forzar ese comportamiento la sometía a situaciones
límite, como las que se desprendían de sus disfraces divinos, y aún a otras
más ultrajantes, como veremos.
Otra cuestión distinta es el culto que, como supuesta divinidad, recibió el
emperador, que, de creer a las fuentes, no se limitaba a manifestaciones
camufladas a la sombra del numen o del genius, sino directo y propio,
dirigido a su persona, con las acostumbradas manifestaciones arquitectónicas
e institucionales: templos en su honor y cofradías sacerdotales a su servicio.
El texto más explícito es el de Suetonio:

Tuvo también para su numen un templo especial, sacerdotes y las


víctimas más raras. En este templo se contemplaba su estatua de oro, de un
gran parecido, y a la que todos los días vestían como él. Los ciudadanos más
ricos se disputaban con tenacidad las funciones de este sacerdocio, objeto de
toda su ambición. Las víctimas que se inmolaban a este dios eran flamencos,
pavos reales, urogallos, gallinas de Numidia, pintadas, faisanes, y cada día
una especie diferente.

El autor latino añade que eligió como advocación la de Júpiter Latino


(Iuppiter Latiaris), arcaica figura que se adoraba en los Montes Albanos,
cuando aún Roma no era más que una aldea, y que uno de los sacerdotes
integrantes de la cofradía adscrita a su culto era su tío Claudio, que se vio
obligado a aceptarlo y pagar por el honor la exorbitante cantidad de ocho
millones de sestercios (diez, según Dión), suma que le dejó completamente
arruinado, hasta el punto de serle embargados sus bienes. También formaba
parte de ella la esposa del emperador, Cesonia, y, de creer a Dión, él mismo y
su caballo favorito, Incitatus.
En cuanto al templo indicado por el biógrafo latino, la falta de pruebas
materiales que lo ratifiquen permite dudar de su existencia. El problema aún

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se complica por la indicación de Dión, que asegura la construcción no de un
templo, sino de dos, uno por decreto del Senado, consagrado al numen de
Calígula, esto es, a su inspiración divina, y otro, construido a sus expensas, en
el Palatino. El historiador griego aún da más precisiones:

Había incluso hecho construir una especie de alojamiento, para,


como él decía, poder morar con Júpiter, pero como pensó que sería
indigno el hecho de tener el segundo puesto en esta cohabitación de
templos y hasta acusó a Júpiter de haber ocupado el Palatino antes de
él, se dispuso a construir otro templo sobre el Palatino, al que quiso
que fuese llevada la estatua de Júpiter Olímpico, remodelada de forma
que reprodujera sus propias facciones. No habiendo podido realizar
este proyecto (en efecto, la embarcación construida para transportarla
había sido alcanzada por un rayo, y se oían grandes risas cada vez que
alguien se acercaba a tocar la base de la estatua), en un primer
momento Cayo profería amenazas contra ella, pero luego hizo erigir
otra. Después de haber hecho cortar en dos el templo de los Dioscuros
que se encuentra en el Foro romano, construyó un pasaje que, a través
de las dos estatuas, conducía al Palatium, de manera tal, como decía,
que pudiese disponer de los Dioscuros como guardianes.

Todavía Suetonio añade que Cayo mandó prolongar hasta el Foro un ala
de su palacio, que hizo construir un paso elevado por encima del templo de
Augusto, entre el Palatino y el Capitolio, y que, luego, para poder estar más
cerca de Júpiter, hizo edificar en la plaza misma del Capitolio los cimientos
de una nueva residencia.
Por lo que respecta a los templos, caso de haber sido realmente
construidos, es más probable considerar la existencia de uno solo, levantado
en el Palatino, en el que pensaba instalar la famosa estatua de Zeus, obra de
Fidias y considerada una de las siete maravillas del mundo, que se veneraba
en el Olimpia. Que al final la estatua no se moviera de su lugar, no se debió
tanto a las circunstancias que Dión menciona, sino a las propias dificultades
que presentaba su traslado, de las que nos da cuenta Josefo:

El traslado no pudo llevarse a cabo porque los arquitectos


informaron a Memmio Régulo, a quien se le había encargado el
traslado, que la imagen se rompería si lo movían de su lugar. Se dice
que por esto, como también por algunos otros prodigios increíbles.
Memmio dio largas al asunto. Escribió a Cayo, excusándose de no

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poder cumplir sus órdenes. Se encontró en grave peligro de perder la
vida, pero se libró porque Cayo murió antes de matarlo.

Publio Memmio Régulo era, a la sazón, gobernador de Mesia, Macedonia


y Acaya, es decir, Grecia, y lo conocemos por haber estado casado con Lolia
Paulina, antes de verse obligado a renunciar a ella por orden de Calígula, que
la convirtió por unos días en su tercera esposa para después enviar a ambos al
exilio. Quizás las dificultades del traslado solo fueron una excusa para
retrasar la aberrante orden, que desató la cólera de Calígula hasta el punto de
ordenar su condena a muerte, abortada in extremis por el asesinato del
emperador.
Las numerosas estructuras superpuestas en el área del Palatino, dificultan
en buena medida conclusiones determinantes en cuanto a fechas,
características y trazados de los espacios excavados. Por ello, los obstáculos
para determinar tanto la realidad como el alcance y disposición de las
construcciones ordenadas por Cayo son casi insalvables, al no haber
sobrevivido ninguna de ellas. La ampliación de la residencia de Cayo en el
Palatino no ofrece duda alguna: se han descubierto estructuras que la
documentan, y testimonios epigráficos la refrendan. Otra cosa es precisar el
alcance de las obras y si realmente afectaron a la integridad del templo de
Cástor y Pólux. No puede, en cambio, asegurarse la realidad del templo y de
las pretendidas transformaciones en el Foro para poner en comunicación las
dos colinas y levantar en la más oriental, la del Capitolio, un nuevo palacio.
Pero, antes de terminar con el tema de los templos, merece la pena tener
en cuenta una observación de Balsdon, que explicaría la obsesión de Cayo por
mostrarse en permanente confrontación con Júpiter Capitolino. Según el autor
inglés, Júpiter era el dios principal de los romanos y su templo en el
Capitolio, desde tiempos republicanos, constituía el centro de la religión del
Estado. En él, con Júpiter, se veneraba a Juno y a Minerva, la llamada Tríada
Capitolina. Pero Augusto, sin cuestionar el alcance oficial del culto en el
Capitolio, incentivó en la colina del Palatino, donde se levantaba su
residencia, el de otras deidades, en concreto, Marte Vengador, Apolo y
Venus, que vinieron a formar así como una segunda tríada. En cierto sentido
el Palatino se convirtió en un rival religioso del Capitolio. Calígula, en su
continuo deseo por emular a Augusto, habría tratado de abolir la supremacía
de Júpiter Capitolino en los cultos oficiales del Estado y, todavía más, incluso
desacralizar el área del Capitolio para transformarla en residencia propia,
como símbolo de una autocracia que rompía con las viejas tradiciones,

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custodiadas por la aristocracia senatorial, para implantar un nuevo régimen de
autoridad personal.
Si se puede cuestionar la existencia de templos en honor de Cayo en el
recinto urbano de Roma, no ocurre lo mismo en el oriente del Imperio y, más
concretamente, en Mileto, en la provincia de Asia. No obstante, tampoco este
ejemplo está exento de problemas. Existía en Dídima, cerca de la ciudad
minorasiática, un famoso templo dedicado a Apolo, que, destruido por los
persas en el siglo V a. C., fue empezado a levantar de nuevo en el III.
Considerado como el más grande del mundo, las obras se prolongaron durante
siglos y todavía en época de Calígula no se habían terminado. El emperador
se interesó por el gigantesco proyecto y fomentó los trabajos de
reconstrucción, que jamás llegarían a completarse. ¿Contó Calígula con un
templo propio en Mileto, distinto al de Apolo? Los testimonios epigráficos y
numismáticos se contradicen. Dión Casio asegura que se trataba del mismo
con estas palabras:

Cayo ordenó que en la provincia de Asia, en Mileto, se le dedicase


un recinto sagrado en su honor. La justificación que proporcionó para
la elección de esta ciudad fue que Diana ya había tomado para sí
Éfeso, Augusto, Pérgamo, y Tiberio, por su parte, Esmirna; pero la
verdadera razón era que quería asegurarse el templo que los habitantes
de Mileto estaban erigiendo en honor de Apolo.

El testimonio numismático parece abonar la suposición de que eran


distintos, si tenemos en cuenta que el de Apolo era decástilo, es decir, con
diez columnas en su frente, mientras monedas, con la efigie de Calígula en el
anverso, representan en el reverso la fachada de un templo hexástilo, esto es,
de seis columnas, el supuestamente dedicado a Cayo. En cambio, una
inscripción hallada en Dídima, muy cerca de las ruinas del templo a Apolo,
informa detalladamente sobre la dedicación, por el colegio sacerdotal adscrito
a su culto, de una estatua de Calígula, erigida en el recinto del santuario
apolíneo. En uno u otro caso, el culto a Cayo en la ciudad oriental está
asegurado y se inscribe en la tradicional veneración a la persona del
emperador, provista de caracteres divinos, que ya antes se había tributado en
otros puntos del Imperio a Augusto y a Tiberio.
Una única provincia, Judea, o, mejor dicho, todo un pueblo, el judío,
reaccionó negativamente a la solicitud de honores divinos para Calígula,
desatando con ello la primera de una larga serie de crisis con el poder romano,
que solo terminarían en el año 135 con la dispersión de los judíos por las

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provincias del Imperio. La chispa surgió en la población costera de Jamnia,
donde convivían griegos y judíos, cuando la comunidad griega decidió
levantar un altar dedicado al culto imperial, que los judíos echaron abajo. Al
llegar a Roma la noticia, Calígula decretó como venganza convertir el Templo
de Jerusalén en centro de culto imperial, con una gigantesca estatua del
emperador en su interior, representado con los atributos de Júpiter,
encargando de la delicada misión al gobernador de Siria, Publio Petronio, con
la orden de utilizar sus legiones en caso de disturbios. Petronio escribió una
carta a Calígula informando sobre los riesgos de llevar adelante el proyecto,
que recibió como contestación la orden conminatoria de ejecutarlo de
inmediato. La intervención de Herodes Agripa, como sabemos, un buen
amigo del emperador, detuvo por un tiempo la insensata orden, desviando la
furia sobre el gobernador, al que ordenó suicidarse. El mal tiempo retrasó la
recepción de la carta con la condena a muerte, que llegó al mismo tiempo que
la noticia del asesinato de Calígula: Petronio consiguió salvar la vida, y el
Templo que se evitara su profanación.
Por lo que hace a Roma, parece poder descartarse un culto oficial, para el
que, aparte de los tendenciosos datos de Suetonio y Dión —la mención del
caballo de Cayo entre los componentes del colegio sacerdotal constituye una
buena muestra—, no existen testimonios ni en las inscripciones ni en los tipos
monetarios. Séneca y Filón, las dos únicas fuentes contemporáneas a Calígula
que han sobrevivido, tampoco mencionan un culto imperial. Al final, todo
parece reducirse a las mascaradas y boutades de un joven escéptico e
irreverente, con una pasión mal digerida por el teatro, que encontró en el
travestismo religioso un modo más de mostrarse por encima de la tradición y
de las leyes. Pero más allá de las palabras, los disfraces y las puestas de
escena, Calígula no dejó huella alguna en la evolución de la religión romana,
que siguió, como hasta entonces, ofreciendo, como dice Baldson, «los
sacrificios tradicionales, según la forma tradicional, en las ocasiones
tradicionales, para los dioses tradicionales». Y Calígula, como Pontífice
Máximo, cumplió escrupulosamente con sus obligaciones de jefe de la
religión y, como tal, las fuentes lo recuerdan frecuentemente ofreciendo
sacrificios, aunque ni siquiera en este papel ahorran presentarlo con los
caracteres del monstruo. Es Suetonio quien nos endilga la siguiente perla:

Durante un sacrificio y en el momento en que iba a ser inmolada la


víctima, se ciñó como los sacrificadores, y cogiendo el mazo, dio
muerte al ayudante que llevaba el cuchillo sagrado[89].

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La única interferencia en asuntos religiosos —la pretensión de colocar su
estatua en el Templo de Jerusalén— tuvo solo consecuencias políticas y su
temprana desaparición aventó las escasas iniciativas, más formales que
estructurales, que pudo propiciar en el campo de la religión. Apenas si puede
citarse entre ellas la introducción en Roma del culto a Isis, para quien hizo
construir un gran templo en el Campo Marcio, dentro del recinto de la ciudad.
En esta iniciativa ha podido ser influenciado por el aprecio de su padre por la
cultura egipcia y por el helenismo en general, con otras vivencias de su
infancia en casa de la abuela Antonia, a las que ya se ha hecho referencia. Y,
de ahí, las teorías, desarrolladas por algunos estudiosos, sobre estas
influencias orientales como modelo que habría impulsado a Cayo a sacralizar
el poder. Utilizando la divinización como forma de expresión de un
despotismo de raíz oriental, intentaba acabar con la estructura del Principado
en favor de una nueva monarquía, según el ejemplo de los reyes divinizados
helenísticos. No se trataba, pues, de una reforma religiosa, sino política, en la
que el culto al soberano era el rasgo distintivo de una nueva religión estatal.
La fascinación por el lujo, los símbolos y los ritos de Oriente serían el marco
externo de este supuesto ensayo de gobierno autocrático.
Probablemente no es necesario ir tan lejos. El propio Cayo no creía en su
divinidad, pero utilizó las posibilidades que brindaba para humillar a la
aristocracia y romper los lazos que, en la construcción política del Principado,
ligaban a emperador y Senado, elevándose sobre el colectivo a un nivel
sobrehumano y exigiéndole un comportamiento muy distinto al observado
con Augusto y Tiberio. Es así como se dejó venerar como un dios por la
aristocracia romana y como dosificaba sus apariciones como divinidad en
determinadas circunstancias con la indumentaria correspondiente. Era un
juego, del que, por supuesto, la propia aristocracia era consciente, pero que
exigía de ella un comportamiento de acuerdo con la adulación que implicaba
una veneración divina.

La «proskynesis»

Y es en este punto donde se inserta el signo más evidente de veneración, la


prosternación ante el soberano, practicada entre asirios y persas, que los
griegos denominaban con el término proskynesis y que consideraban como
especialmente humillante. Según Suetonio, «fue Vitelio el primero que
introdujo el uso de adorar a Calígula como dios; al regresar de Siria no se

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atrevió a acercarse al emperador sino cubriéndose la cabeza y, después de
girar varias veces sobre sí mismo, arrodillándose a sus pies».
Dión recoge también, todavía más explícitamente, la bochornosa escena,
presentando a Vitelio, el padre del futuro emperador, con harapos de
suplicante, ante Calígula, arrojándose a sus pies y con lágrimas en los ojos, al
tiempo que le adoraba como dios, prometiéndole solemnemente que, si le
perdonaba, cumpliría sacrificios en su honor. Vitelio, como gobernador de
Siria entre el 35 y el 37, había cumplido una brillante gestión, con notables
éxitos en las siempre difíciles relaciones de Roma con los reinos armenio y
parto. Había sido el responsable de la destitución del procurador de Judea,
Poncio Pilatos, y conducido una campaña contra el rey nabateo Aretas. Según
Dión, estos éxitos habrían suscitado los celos de Calígula, que le hizo regresar
de Siria para someterlo a proceso. Con su reverente actitud, Vitelio, al que
Suetonio reconoce un «maravillososo talento para la adulación», no solo
consiguió salvar la vida, sino que, se convirtió en uno de los más íntimos
amigos del emperador.
Este ritual de reverencia, en el que se reunía la práctica cultual romana de
cubrirse la cabeza, y la oriental de prosternarse, símbolos ambos de
veneración divina, podría introducir un elemento más de confusión en el tema
del supuesto culto al emperador. Pero el gesto no va más allá de otro modo de
adulación servil, que, visto el resultado obtenido por Vitelio, hizo escuela
entre los acobardados senadores. No de otra manera lo considera Séneca,
aunque como ejemplo de la obsesión de Calígula por humillar al estamento
senatorial:

Dio Cayo César la vida a Pompeyo Peno, si es que da la vida el que


no la quita; y después de haberle absuelto, al tiempo que le daba las
gracias, alargó el pie izquierdo para que se lo besase. Los que
pretenden disculpar a Cayo dicen que no lo hizo por insolencia, sino
por mostrarle una zapatilla dorada, o, por mejor decir, de oro, adornada
con perlas. ¿Qué tuvo de afrenta el dar a besar el oro y las perlas a un
varón consular, si en todo su cuerpo no pudo escoger otra parte más
limpia que darle a besar? Este hombre, nacido para transformar las
costumbres de una ciudad libre, trocándola en una servidumbre persa,
juzgó ser poco que un viejo senador, que había alcanzado los supremos
honores, se le postrase humilde en presencia de los nobles en la forma
que delante de los vencedores se suelen inclinar los enemigos
vencidos. Así descubrió un lugar debajo de sus rodillas con que
derribar la libertad. ¿No fue esto pisotear la República y además con el

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pie izquierdo, aunque este extremo no signifique nada? No fue una
atrocidad suficientemente sucia y degradante que el emperador se
sentara en el estrado frente un varón consular en zapatillas; era
menester también que las empujara a la cara del senador.

El pasaje, que rezuma odio, no indica que Calígula pretendiera ser objeto
de adoración divina, sino simplemente que trataba de humillar a un venerable
miembro de la aristocracia, subrayando con esta actitud su distanciamiento de
quienes pretendían considerarse sus iguales. En el trato cotidiano, el saludo
con un beso en la mejilla significaba igualdad de rango. Dión escribe que
Cayo acostumbraba a besar solo a muy pocas personas y que a la mayor parte
de los senadores les tendía la mano o el pie para que se lo besasen en señal de
veneración; por ello, los que tenían el privilegio de ser besados por él, le
expresaban su agradecimiento incluso públicamente, en el Senado, a pesar de
que él besaba a los actores diariamente a los ojos de todos. El comediante
Mnéster disfrutaba de este privilegio, si aceptamos el testimonio de Suetonio.
En resumen, no hay indicios de estímulos de renovación espiritual,
impulsados por Cayo, quien, para dar rienda suelta a sus fobias, no pudo
prescindir del lenguaje tradicional de la religión romana en la utilización de
sus ridículos o ridiculizantes disfraces de los dioses del panteón olímpico y en
sus pretensiones divinas como medio de escarnecer y humillar a la
aristocracia.

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EL GOBIERNO DE CALÍGULA

La autocracia de Cayo

Q UE CAYO pretendía un gobierno autocrático es incuestionable, y buen


número de sus actitudes con respecto a la religión pueden explicarse por el
deseo de imponer su absoluta supremacía sobre la comunidad romana. Pero
¿qué influencia tuvo este gobierno para Roma y el Imperio? Negativa, si
concluimos con Ferrill que «en toda la historia del mundo ha habido pocos
gobernantes tan locos, crueles, engreídos y arbitrarios como Calígula». O, por
el contrario, positiva, si aceptamos la opinión de Balsdon de que, durante el
mandato de Cayo, la administración, tanto de Roma como del Imperio, no
estuvo exenta ni de eficiencia ni de cordura e incluso, en ciertos aspectos,
mostró una imaginación constructiva. Que pueda llegarse a conclusiones tan
dispares para un gobierno que no llegó a cumplir los cuatro años, solo se
entiende si tenemos en cuenta el carácter de nuestras fuentes de
documentación, igualmente contradictorias, pese a su intención unánime de
presentar personalidad y actividad pública de Cayo como fundamentalmente
negativas.
Valga el ejemplo de Suetonio, no muy distinto al de Dión Casio. En su
biografía, el autor latino, como se ha mencionado, apenas se detiene en la
enumeración de los aspectos positivos que contiene la obra de gobierno de
Cayo, pasando de puntillas sobre sus implicaciones. Pero, a pesar de su
evidente manipulación, ni Suetonio ni Dión pueden hacer de Cayo un
gobernante enteramente inepto e irresponsable, por más que la estructura con
la que presentan sus respectivas imágenes de emperador hayan tenido un
efecto adverso en las modernas interpretaciones sobre su valoración como
estadista. La estricta separación entre «buenas» y «malas» acciones y su
enumeración en este orden parecen querer ofrecer la impresión de que las
primeras solo pertenecen a los comienzos del reinado, bajo la influencia
positiva de consejeros como Macrón, que cesan tras su enfermedad. Así, es
preciso corregir la imagen moralizadora y simplista que presenta a Cayo

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inicialmente como buen «príncipe», para degenerar gradualmente en
«monstruo», lo mismo que desterrar la idea preconcebida de que a lo largo del
reinado no volvieron a registrarse actos de gobierno que pueden calificarse
como positivos. De ahí la necesidad de un análisis de sus intervenciones
políticas, con las correspondientes implicaciones económicas y sus
repercusiones en la sociedad, para poder establecer en qué grado continuaron
o se distanciaron con respecto a la línea diseñada por el fundador del régimen.
El Principado, con todos sus hipócritas componentes de gobierno
conjunto de princeps y Senado, que impulsaron al gran historiador alemán
Mommsen a describirlo con el engañoso término de «diarquía», no era otra
cosa que un régimen de autoridad personal, que se sirvió de los tradicionales
instrumentos republicanos para enmascarar su auténtica esencia monárquica.
Sin embargo, Augusto, consciente de la revolución que implicaba para la
estabilidad social romper con la ficción del reparto de poder y necesitado de
quienes se creían garantes de la legalidad republicana, esto es, de los
miembros del estamento senatorial, fingió tenerlos en cuenta, al solicitar su
colaboración en la administración del Imperio, es cierto que sin verdadero
poder real, aunque manteniendo intactos sus privilegios económicos y
sociales.
Tiberio, fiel seguidor de Augusto, mantuvo la ficción, al menos en la
forma, mostrando un trato deferente con el estamento senatorial, sin perjuicio
de que fuera su voluntad, disfrazada en buena cantidad de casos de decretos
emanados del Senado, la que se impusiera en el gobierno del Estado.
Calígula, en cambio, modificaría no tanto su posición preeminente sobre
las instituciones y la sociedad, que estaba en la propia esencia del Principado,
como la expresión de ese poder, que gradualmente fue deslizándose desde una
inicial acomodación a la convención introducida por Augusto de presentarse
como princeps, es decir, como el primero de sus iguales, hasta una extrema
representación de su verdadero papel en el mecanismo del Estado, como
emperador, esto es, mediante una abierta demostración de su papel dominante
sobre la comunidad romana a través de un ejercicio de la autoridad
claramente autocrático.
Ciertamente, esta transición del Principado a la monarquía fue fomentada
por el propio Senado, que, frente a la teórica protesta de defender unos ideales
basados en el viejo concepto de «libertad» republicana, adoptaba, para
mantener sus privilegios económicos y sociales, una actitud cada vez más
dependiente de la verdadera fuente de poder, el emperador, y en ese sentido
fatalmente abocada al servilismo. Como se ha dicho, la Cámara, ilusoriamente

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convencida de poder manipular a un soberano joven e inexperto que prometía
ser el reverso de su desconfiado y retorcido predecesor, se precipitó a
otorgarle en bloque, unos días después de su ascensión al trono, todos los
títulos y poderes que Augusto había ido acumulando pacientemente durante
su reinado, aún enfatizados con la investidura del consulado, la suprema
magistratura del Estado. En esencia y como consecuencia de los poderes
otorgados, sus acciones dejaban de estar legalmente restringidas y solo
quedaban limitadas por su propia discreción personal y por las convenciones
sociales. Cayo, sin conocimientos teóricos ni experiencia previa de cómo
ejercitar el poder en el marco socio-político tradicional, no tenía como
referencia más que la naturaleza autocrática del poder supremo ejercido por
su padre en el Rin y en Oriente y las enormes posibilidades de su ejercicio, a
tenor de lo observado durante su estancia con Tiberio en Capri. De ahí que,
pasando por encima de las convenciones que Augusto y Tiberio habían
respetado, solo pensara en afirmar ese poder, mediante el ejercicio de un
imperium, en gran parte ajeno a las tradiciones romanas, basado en la
autocracia y más próximo al carácter de las monarquías orientales.
El ejercicio del poder a la manera de Augusto, en su papel de princeps,
únicamente duró hasta el momento en que logró consolidar su verdadera
posición de monarca, una vez eliminados quienes consideraba como fuerzas
rivales o que pudieran ser susceptibles de amenazar o disputarle su posición
exclusiva y excluyente a la cabeza del Estado. Se entiende así la eliminación
de Macrón, peligroso como comandante de la guardia pretoriana, el único
poder real en Roma; de Gemelo, que podía contestarle su derecho al trono
como heredero de Tiberio; y de Silano, influyente portavoz del Senado, el
contrapunto de su propio poder.
Quizás el mejor ejemplo de las intenciones autocráticas de Cayo se
encuentra en la sucesión de sus consulados, que se repiten anualmente hasta
su asesinato. Se trataba de una violación de la tradición que Augusto adoptó
para evitar la apariencia de una acumulación arbitraria de la principal
magistratura republicana del Estado. Y, puesto que el consulado era
epónimo[90], eran los sucesivos años de reinado de Calígula los que se
convertían ahora en sistema de datación.

Populismo

La creciente autocracia de Cayo se manifestó en el paralelo distanciamiento


de su posición no solo con respecto al Senado, sino de la propia comunidad

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ciudadana. Calígula removió paulatinamente y con creciente énfasis la
fachada de deferencia hacia la institución senatorial y sus miembros, en un
primer momento, con indirectos desaires. La eliminación de Silano fue el
primer choque directo, en cierto modo una especie de ensayo de la lucha que
se desarrollaría a partir del 38. Cayo se sentía suficientemente seguro para
considerar que ya no le eran necesarios sus «copartícipes» del poder y buscó
un contrapeso en el pueblo y orden ecuestre, ganando su aplauso y su
aceptación con medidas demagógicas. Estas medidas recordaban demasiado
el modo en que el dictador César había procedido contra el Senado, para no
suscitar en la institución rechazo y oposición, que aún se vio fomentada por la
decisión del emperador de prescindir del consilium de senadores, como había
sido la costumbre con Augusto y Tiberio, para asesorarle en el gobierno, y de
trasmitir directamente a través de los cónsules la mayor parte de las órdenes y
recomendaciones dirigidas a la Cámara. Acompañado de un virulento
discurso, endilgado a los senadores en el año 39, el golpe más brutal fue la
reanudación de los procesos de lesa majestad, que, en la práctica, significó la
paralización del aterrorizado Senado y su total humillación, entre el
servilismo y el odio.
Pero también las relaciones con el pueblo terminarían resintiéndose de la
escalada autócrata emprendida por el portador del poder. Ya conocemos
algunas de sus providencias para captar el aplauso popular, en especial, la
organización de espectáculos y las distribuciones de regalos en dinero. Aún
podrían añadirse otras, de las que ya se han mencionado algunas, como la
prolongación durante dos días más de la celebración de las Saturnales; la
reducción de un denario a un as, es decir, la dieciseisava parte, del impuesto
con el que contribuían a la erección de estatuas los receptores de las
distribuciones gratuitas de grano; la anulación de las reservas de asientos de
las que disfrutaba el orden ecuestre en los recintos para espectáculos, abiertos
ahora libremente a la plebe; la reapertura de los collegia[91], durante mucho
tiempo prohibidos por la amenaza que representaban para el orden público; e,
incluso, la reanudación de la costumbre augústea de recibir personalmente los
modestos regalos en dinero que los miembros de las clases humildes solían
ofrecer al emperador con ocasión del Año Nuevo.
También habría tratado Cayo de restituir a la plebe su antiguo papel como
factor político, aunque solo fuera de forma simbólica, devolviendo el derecho
de elegir a los magistrados, que, durante la República, habían tenido las
asambleas populares, los comicios por centurias y por tribus. César restringió
este privilegio y Augusto lo sometió a control hasta convertirlo en más

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aparente que real; finalmente, las provisiones de Tiberio significaron su
práctica desaparición, en beneficio del Senado, que, desde entonces, se
encargó de elegir a los candidatos. Durante la República, los procesos
electorales significaban una fuente no desdeñable de ingresos para la plebe,
halagada por los candidatos con toda suerte de instrumentos de corrupción. Su
traslado al Senado fue bienvenido, puesto que aliviaba a sus miembros de los
costosos gastos electorales. Pero la reforma de Calígula fracasó por el propio
desinterés de la plebe en volver a ejercitar su derecho. Hay que tener en
cuenta que el número de candidatos que aspiraba a una magistratura
determinada se correspondía con el de las plazas vacantes o, en caso de haber
varios, se decidía de antemano en el Senado quién habría de ocuparla. En
consecuencia, tras el fallido experimento, el propio Cayo hubo de devolver las
elecciones a la Cámara.
No obstante, a partir, sobre todo, de su regreso del norte, Cayo, como
hemos visto, multiplicó las muestras de fastidio y desdén para con la plebe de
Roma, que, aun sin llegar a la ruptura, enfriaron el entusiasmo con que había
sido saludado el inicio de su gobierno.
En cuanto al orden ecuestre, las fuentes transmiten un buen número de
muestras de deferencia por parte de Cayo. Al lado de los senadores, este
segundo estamento privilegiado de la sociedad romana constituía una
estimable fuerza económica y social, que Augusto creyó conveniente
reorganizar para su mejor control y para su utilización al servicio del Estado,
convirtiéndolo en una corporación de unos cinco mil miembros con carácter
vitalicio, a los que atribuyó un buen número de funciones en la recién creada
administración del Imperio. En época de Tiberio, el número de los miembros
del orden había disminuido como consecuencia del desinterés del emperador
en revisar las listas ecuestres, que había paralizado así la entrada de nuevos
elementos. Cayo trató de corregir este desajuste con una iniciativa
innovadora, en la línea que antes de él había ensayado César, consistente en
abrir el estamento a la clases dirigentes tanto de Italia como del mundo
provincial, invitándolas así a formar parte de la élite del Imperio y con puntos
de vista diametralmente distintos a los de su antecesor, empeñado en cerrar el
estamento a elementos extranjeros. Con esta atracción de los provinciales más
ricos y su invitación a participar en el gobierno del Imperio, Cayo no solo
refrescaba el orden con nueva sangre, sino que contribuía a fomentar la
romanización como ulterior medio de obtener la lealtad de las provincias. Y
en esta misma dirección, como una forma más de promocionar el estamento e
incentivar sus expectativas de convertirse en senadores, concedió a los

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caballeros interesados en seguir la carrera de los honores la autorización para
exhibir la franja ancha de púrpura en el borde de la toga, el latus clavus,
distintivo del orden senatorial, aun antes de haber asumido la magistratura
inicial que daba acceso al Senado. Pero también se preocupó de mantener el
prestigio del orden, con una cuidadosa y estricta revisión de las listas de
caballeros. Según Suetonio, «quitó el caballo público[92] a aquellos a quienes
se probó alguna bajeza o ignominia, contentándose con omitir en la lista los
nombres de los que habían cometido algunas faltas».
A pesar de todo, nuestras fuentes también descubren aquí y allá maltratos
de Calígula hacia el orden en sí o contra algunos de sus miembros en
particular, que aunque sea necesario sopesar en su real alcance, indican por
parte del emperador una actitud, también en este caso, próxima al despotismo
y su voluntad de gobernar en solitario, elevándose por encima de la
comunidad de ciudadanos.
En suma, si juzgamos por el testimonio de las fuentes, es obvio que Cayo
era consciente de su poder y que no tuvo reparo en ejercerlo sin consideración
alguna hacia los puntos de vista de sus súbditos. Esta perspectiva autocrática
introducía una novedad en el ejercicio de la autoridad con respecto a los
reinados de Augusto y Tiberio. Y no tanto por una mayor concentración de
poder, sino por el modo de ejercerlo, al margen de la colaboración y el apoyo
tanto de los órdenes privilegiados como del pueblo. Con esta actitud, Calígula
removió la fachada de deferencia hacia el Senado y las tradicionales
convenciones que los gobiernos de Augusto y Tiberio habían mantenido, para
crear un estilo propio de Principado, un nuevo régimen basado en su posición
como dueño de los resortes de poder y en el abierto ejercicio de la monarquía.

Las finanzas

Desde esta consideración podemos contemplar sus iniciativas de gobierno,


con una atención previa a la imprescindible base financiera.
De creer a Suetonio y Dión, Cayo habría heredado del ahorrador Tiberio
entre dos mil trescientos y dos mil setecientos millones de sestercios, ingente
suma que, no obstante, habría sido dilapidada en menos de un año en
excentricidades y despilfarros[93], conduciéndole a la bancarrota. No puede
cargarse sin más en el debe de Calígula una incompetencia económica de
tamaño calibre, que se contradice con constataciones objetivas: su sucesor,
Claudio, pudo distribuir, al iniciar su reinado, un generoso donativo de quince
mil sestercios por cabeza a la guardia pretoriana, y no cesaron las acuñaciones

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en metales preciosos, datos ambos que se avienen mal con graves problemas
financieros o con un tesoro vacío.
La política financiera de Calígula y, con ella, de toda la dinastía Julio-
Claudia, es difícil de evaluar si tenemos en cuenta la confusión entre la
fortuna privada del emperador y sus ingresos como cabeza del Estado. Desde
época republicana, los ingresos de las provincias se guardaban en el aerarium
Saturni, considerado como caja central del Estado y administrado por el
Senado. Al confiar a Augusto una parte de estas provincias, sus ingresos
pasaron a engrosar los recursos de un nuevo tesoro imperial paralelo, el
fiscus. Pero la distinción entre esta caja imperial y las propiedades privadas
del emperador, es decir, su fortuna familiar (patrimonium principis), así como
sus respectivas administraciones, nunca fue muy precisa. En todo caso, este
patrimonio privado, continuamente engrosado con legados hereditarios,
ventas y adopciones de miembros de otras familias, estaba destinado a
convertirse en público, cuando su titularidad se identificó con la propia
función imperial: los bienes de este patrimonio pasarían al nuevo princeps en
virtud de la designación o adopción por parte de su predecesor.
Especial significación en el ámbito financiero tuvo la creación por
Augusto de un tesoro especial, el aerarium militare, destinado a resolver de
forma estable el viejo problema del licenciamiento de los veteranos. Se nutría
en lo fundamental de dos impuestos, específicamente creados para este fin,
que gravaban las ventas, con un 1 por ciento de su valor (centesima rerum
venalium), y las herencias (vicesima hereditatium), con un 5 por ciento,
respectivamente. En cuanto a la política monetaria, Augusto creó en Lyon una
ceca imperial para la acuñación de moneda de oro y plata, de cuya emisión
era directamente responsable; el Senado, por su parte, conservó el derecho de
batir moneda de bronce.
No sabemos, por tanto, si la suma supuestamente recibida de Tiberio
correspondía al total de los recursos del Estado o únicamente al patrimonio
personal del difunto emperador. Pero ni siquiera se trataba de una suma real,
porque, al iniciar su reinado, Cayo se comprometió a satisfacer, como hemos
visto, no solo los legados contenidos en la última voluntad de Tiberio, sino
también los de su madre, Livia, que el ahorrativo emperador no había
efectuado. Y aún añadió de su propia cuenta una cantidad para los distintos
cuerpos del ejército y para la ciudadanía, liberalidad que repetiría en dos
ocasiones más: el 1 de junio del 37 y a su regreso de la campaña del norte, a
finales de verano del 40. Si tenemos en cuenta que Augusto había ofrecido
congiaria en siete ocasiones, y Tiberio, a pesar de su fama de tacaño, en dos

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al menos, no puede achacarse a Calígula un extravagante derroche de dinero
en sus manifestaciones de evergetismo en favor de la comunidad cívica.
La transparencia en asuntos financieros con la que Cayo quiso comenzar
su reinado queda probada por la iniciativa de hacer públicas las cuentas del
Imperio (rationarium Imperii), según la costumbre instituida por Augusto,
que presentó ante el Senado el estado de las finanzas y el balance de la
administración en dos ocasiones durante su reinado. Aunque parece más bien
que debamos insertar esta publicación en el marco de la política inicial de
colaboración con el Senado, anterior a su afirmación autocrática en el poder,
ya que el procedimiento no volvió a repetirse en los años siguientes.
En todo caso, esta masiva inyección de dinero en el sistema financiero a
comienzos del reinado significó un gran estímulo para la economía romana y
contribuyó a extender un sentimiento general de bienestar, que todavía
incrementó, primero, la reducción a la mitad —esto es, al 0,5 por ciento— del
impuesto general sobre la venta de productos que se aplicaba a toda Italia, y,
luego, en el año 38, su abolición. Este impuesto era especialmente gravoso
para las clases humildes y, por ello, impopular. Significó, por consiguiente,
un respiro para muchos ciudadanos, que dificultosamente podían satisfacerlo
con sus modestas ventas. Hay que poner en relación con esta medida
populista la decisión de incrementar las piezas monetarias en circulación con
la acuñación, en el año 39, de una nueva moneda fraccionaria de cobre, el
cuadrante (quadrans), cuyo valor representaba la dieciseisava parte de un
sestercio (aproximadamente, diez céntimos de euro). Si tenemos en cuenta
que en Roma el sistema monetario no era fiduciario, su acuñación superaba
con mucho el valor real de la pieza, pero resultaba especialmente útil para las
pequeñas transacciones. Y, como elemento de propaganda, con el fin de
subrayar su carácter de instrumento beneficioso para la ciudadanía y, al
mismo tiempo, recordar la supresión del impuesto, se escogió como tipo del
anverso el gorro (pileus), símbolo de la libertad ciudadana, y en el reverso las
siglas RCC (remissa ducentesima, «condonada la ducentésima»[94]).

Para calibrar en su justa medida la acusación de despilfarrador que las


fuentes cargan sobre Cayo sería conveniente conocer cuáles eran las
exigencias que en materia económica imponía la función imperial, complejas
y gravosas. En primer lugar, el mantenimiento del ejército, pilar fundamental

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del poder imperial. Cayo añadió dos nuevas unidades, la XV y la
XVI Primigeniae, a las veinticinco legiones con que contaba el ejército
imperial. Legiones y auxiliares de los ejércitos provinciales, marina de guerra
y cuerpos de servicio en Roma —pretorianos, cohortes urbanas y vigiles—
sumaban en total más de trescientos mil soldados, que necesitaban ser
abastecidos regularmente. Pero además, se requería reacomodar en la vida
civil a aquellos que habían cumplido su servicio y que representaban
anualmente alrededor de un 10 por ciento del total. La costumbre era que
recibieran un praemium, consistente en una cantidad de dinero —doce mil
sestercios— y una parcela de tierra de cultivo. Pero a estos gastos aún se
sumaba la esperada generosidad del emperador en forma de donaciones en
ocasiones extraordinarias. No puede decirse que Cayo fuese especialmente
generoso con la milicia. Sabemos que en el curso de la reorganización de las
fuerzas del Rin, que personalmente supervisó en el año 39, licenció a un buen
número de soldados, despidiéndoles con la mitad del acostumbrado
praemium, esto es, seis mil sestercios. Y, a su regreso de la campaña en la
costa atlántica, los soldados hubieron de conformarse con un cicatero regalo
de cien sestercios, acompañado por la irónica frase del emperador: «¡Marchad
contentos y ricos!».
Aunque la cantidad del personal civil adscrito a las funciones
gubernamentales y administrativas, tanto en Roma como en las provincias del
Imperio, era ridícula en comparación con la asfixiante burocracia de cualquier
estado moderno, también exigía atención presupuestaria. Pero era, sobre todo,
el abastecimiento de la plebe de Roma una de las exigencias prioritarias de la
administración imperial. Augusto había fijado teóricamente el número de
ciudadanos con derecho a percibir regularmente distribuciones de grano y
excepcionalmente de otros alimentos en doscientos mil, pero su número
nunca bajó del cuarto de millón. A estos gastos de la annona[95] debían
sumarse las liberalidades o congiaria, a las que ya se ha hecho mención, que
la población de la urbe esperaba de su príncipe, y los juegos públicos,
esenciales para mantener la popularidad el titular del trono.
El aprovisionamiento de Roma parece que estuvo convenientemente
asegurado durante el corto reinado de Calígula. Las interferencias que las
fuentes señalan con malignidad[96] apenas si pueden considerarse meras
anécdotas, cuando no claros infundios, como el vertido por Suetonio al
afirmar que Cayo «llegó incluso a cerrar los graneros públicos y a amenazar
al pueblo con el hambre». El nonagenario prefecto de la annona, Cayo
Turanio, que ya ocupaba el puesto en época de Augusto, siguió bajo Calígula

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al frente de este importante servicio, demostrando su eficiencia a pesar de su
avanzada edad. Calígula pensó en sustituirle, pero el tozudo viejo,
considerándose indispensable, escenificó un macabro espectáculo para llamar
la atención del emperador, que Séneca nos relata:

Hubo un viejo, llamado Turanio, de puntual diligencia; y


habiéndole Cayo César jubilado en oficio de procurador sin haberlo él
pedido, por ser de más de noventa años, se mandó echar en la cama y
que su familia le llorase como muerto. Lloraba, pues, toda la casa el
descanso de su viejo dueño, y no cesó la tristeza hasta que se le
restituyó aquel su trabajo: tanto se estima el morir en ocupación.

La organización de espectáculos era otra fuente importante de gastos.


Constituían, desde César, un elemento esencial en el gobierno de Roma, como
parte de las manifestaciones públicas y oficiales exigidas al emperador por el
pueblo, que las consideraba un derecho adquirido e irrenunciable. Ya
sabemos cómo se empleó Calígula en este menester, que correspondía a sus
propios gustos personales. Pero tampoco en este aspecto, tan manoseado por
las fuentes, puede considerarse que fuera más allá que un buen número de sus
sucesores, sobre cuyas iniciativas la tradición literaria apenas si se detiene.

Cayo, constructor

Era competencia del emperador dotar tanto a la urbe como al Imperio de


obras públicas para cubrir necesidades básicas o favorecer el bienestar
general, pero también con el objeto de ensalzar con obras perdurables su
propia imagen. La actividad de Cayo como constructor no fue, en buena
medida, sino un medio de propaganda, expresado en construcciones públicas
y privadas, sobre todo, en la ciudad de Roma, como manifestación de su
preeminente posición en la sociedad y con objeto de enfatizarla. En todo caso,
el número de obras públicas que Cayo completó, restauró o inició muestra
claramente su particular interés por estas perdurables muestras de liberalidad
y ostentación, del que se hacen eco nuestras fuentes, como siempre,
exagerando, en ocasiones con estúpidas afirmaciones, la vertiente de
constructor de Calígula para subrayar su megalomanía, su afán de despilfarro
o su insania. Valga como muestra este texto de Suetonio:

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Para la edificación de sus palacios y casas de campo, no tenía en
cuenta ninguna de las reglas, y nada ambicionaba tanto como ejecutar
lo que se consideraba irrealizable; construía diques en mar profundo y
agitado; hacía dividir las rocas más duras; elevaba llanuras a la altura
de las montañas y rebajaba los montes a nivel de los llanos; hacía todo
esto con increíble rapidez, y castigando la lentitud con pena de muerte.

No puede negarse el gusto, dudoso por cierto, de Calígula por el lujo y la


ostentación, en la mesa, en las vestiduras y, cómo no, en los espacios que
pertenecían a su vida privada. Cayo había heredado un buen número de
propiedades inmuebles en Roma y en Italia, en especial en Campania, donde
contaba con varias villae, que él mismo se encargó personalmente en distintas
ocasiones de reformar y embellecer. En Roma, además de la residencia oficial
del Palatino, en la que sabemos emprendió reformas de ampliación, la domus
Gaiana, seguramente menores en envergadura de lo que nuestras fuentes
dejan suponer, contaba con otras propiedades: los huertos de su madre
Agripina en el área del Vaticano y las heredadas de Tiberio en el Esquilino,
que también fueron objeto de su entusiasmo constructor. En los jardines del
Vaticano, en la margen derecha del Tíber, construyó Cayo una pista privada
para carreras de carros, el Gaianum, y, un poco más lejos, donde ahora se
levanta la basílica de San Pedro, un circo, luego completado por Nerón, el
circus Gai et Neronis, rodeado por estatuas de aurigas famosos, según se
desprende de las inscripciones encontradas en los alrededores. Para coronar la
spina, el paramento central, hizo traer de Heliópolis el gigantesco obelisco
que hoy se levanta en el atrio porticado de San Pedro, de veinticinco metros
de altura y más de trescientas toneladas de peso, cuyo traslado exigió la
construcción de un gigantesco barco. Como curiosidad, puede añadirse que la
nave, cuyo tamaño la hacía inservible para otros usos, fue hundida por
Claudio y utilizada de base para el rompeolas central del nuevo puerto de
Ostia.
En cuanto a los espacios públicos de representación, la actividad
constructora de Cayo se resintió de la brevedad de su reinado, que dejó sin
terminar muchas de las obras que se iniciaron o planearon bajo su iniciativa.
No obstante, dos excelentes construcciones pudieron ser finalizadas bajo su
mandato: el templo del divino Augusto, como sabemos, dedicado por Cayo en
el año 37, y el teatro de Pompeyo, el más grande de la ciudad, ubicado en el
área arqueológica de Largo Argentina. En cambio, nunca llegó a concluirse
un nuevo anfiteatro cerca de los Saepta, el edificio que servía de lugar de
votación en época republicana. También ubicado en el Campo de Marte,

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como el teatro de Pompeyo, aún no estaba terminado cuando fue asesinado, y
Claudio no prosiguió el proyecto.
Como antes Augusto, también Cayo se preocupó de dotar a Roma de
obras públicas de interés general: ante todo, asegurar el abastecimiento de
agua a la ciudad. Durante su gobierno se emprendieron las obras de un nuevo
acueducto, que se añadió a los siete existentes, con un recorrido de cerca de
setenta kilómetros, inaugurado tras su muerte por su sucesor Claudio, que le
dio el nombre. El aqua Claudia todavía se completaba con otra conducción de
agua procedente del río Anio, el Anio Novus, el más alto de todos los
acueductos que llegaban a la ciudad, provisto de un tanque de casi doscientos
mil metros cúbicos de capacidad, que igualmente terminó e inauguró Claudio.
Aunque de menor envergadura, también se debe a Cayo la restauración de
otro de los acueductos de Roma, el aqua Virgo, que corría bajo tierra en casi
todo su recorrido. Para la supervisión de este vital servicio, en manos del
curator aquarum, Cayo nombró a Aulo Didio Galo, honrándole con el
consulado, y Claudio le mantuvo en el puesto.
Y, con el agua, las comunicaciones. Su preocupación por la construcción
y el mantenimiento de la red de calzadas, no solamente de Italia sino del resto
del Imperio, está suficientemente documentada por los numerosos miliarios
con su nombre, siete de ellos en vías de las tres provincias hispanas. No solo
las comunicaciones terrestres, también las marítimas atrajeron la atención de
Cayo. Sabemos que mejoró las instalaciones del puerto de Rhegium (Reggio
Calabria), en el estrecho de Mesina, paso obligado de transporte del trigo
siciliano, del que Roma no podía prescindir para su normal abastecimiento, y
que construyó un gigantesco faro en la costa atlántica, en Boulogne, cuyas
estructuras aún eran visibles en el siglo XVI. Desgraciadamente, no llegó a
materializar quizás el más ambicioso de sus proyectos: poner en
comunicación los mares Egeo y Jónico mediante la apertura de un canal en el
estrecho de Corinto con el que evitar el largo cabotaje de cuatrocientos
kilómetros a lo largo de las costas del Peloponeso. Se trataba de una vieja idea
de César, en la que también se vio interesado Nerón, aunque no se haría
realidad hasta 1893.
La actividad constructora de Cayo también se extendió al mundo
provincial, aunque muchos de sus proyectos o no llegaron a terminarse o solo
quedaron en el papel. Sabemos que durante la permanencia del emperador en
Sicilia, tras la muerte de su hermana Drusila, reparó las murallas y los
templos de Siracusa. Posteriormente, reemprendió con entusiasmo los
trabajos de reedificación del Didimeo de Mileto en honor de Apolo. Y

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también en la costa de Asia Menor, seguramente para contar con un
alojamiento digno en un proyectado viaje a Oriente, que nunca llegó a
emprender, pensó en reparar el viejo palacio, construido seis siglos atrás, del
tirano Polícrates en Samos.

Liberalidades y extorsiones

Estos dos últimos ejemplos son buena muestra de uno de los rasgos de
carácter más acusados de Calígula, la megalomanía, que, en combinación con
su afición al lujo extravagante y con su bien atestiguada prodigalidad,
incidirían negativamente en el presupuesto de gastos, ya suficientemente
abultado sin estos superfluos dispendios. Bien es cierto que el mantenimiento
de su posición preeminente a la cabeza del Estado exigía del emperador ser
generoso. La liberalitas era una de las virtudes imperiales más apreciadas. Y
la mostró por ejemplo cuando, en octubre del 38, un incendio destruyó casi
por completo uno de los barrios de Roma. Cayo se ocupó de sofocarlo y
ordenó provisiones para acudir en socorro de las víctimas. Pero nuestras
fuentes muestran mayor interés en subrayar la generosidad del emperador
como rasgo negativo en rotundas aseveraciones, como la de Suetonio, cuando
comenta que Calígula «en sus despilfarros superó la extravagancia de los más
pródigos». Y Séneca parece darle la razón al referir que gastó en una cena la
increíble cifra de diez millones de sestercios, el equivalente a los ingresos
anuales de tres provincias. Aparte de la evidente exageración, sería absurdo
negar esta prodigalidad, de la que el propio Calígula se ufanaba con la
máxima de que «era necesario ser económico o césar», y de la que ya
conocemos buen número de muestras en sus hábitos de vida, en sus
estrafalarias vestiduras, en sus lujos de dudoso gusto, como las barrocas naves
de recreo del lago de Nemi, o en espectáculos estrafalarios, como la
cabalgada de Bayas.
Uno de los más manifiestos cauces de expresión de su largueza eran los
regalos, que nuestras fuentes malévolamente suponen distribuidos entre
amigos, actores, gladiadores y conductores de carros, como el auriga Euticón,
a quien Cayo habría obsequiado tras una cena con un millón de sestercios, o
sus compañeros de juego de pelota, premiados con cien mil por cabeza por
colaborar en el entretenimiento del emperador. O, mejor dicho, por mano,
porque —cuenta Séneca— uno de ellos, Lucio Cecilio, extrañado por haber
recibido la mitad que sus compañeros, preguntó a Calígula cuál era la razón.
«Porque solo ha jugado con una mano», fue la cínica contestación. En alguna

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ocasión, no obstante, los regalos sirvieron para premiar comportamientos
heroicos o desacostumbrados, como el entregado a una mujer, Quintilia, por
no delatar a su amo pese a los crueles tormentos a que fue sometida. Pero
Cayo también tuvo la ocasión de experimentar que el dinero no lo puede todo:
al intentar ganarse a Demetrio el Cínico, prometiéndole una suma de
doscientos mil sestercios, recibió del filósofo la respuesta de que para
sobornarle habría tenido que ofrecerle todo su reino. Seguramente, se trató de
un caso excepcional y, por ello, ha merecido quedar reflejado en las fuentes.
Ni siquiera un Imperio de tan cuantiosos recursos como el romano podía
soportar a la larga un volumen de gastos como el expuesto. Por este motivo,
no es extraño que las dificultades económicas comenzaran lentamente a
aflorar. Calígula hubo de acudir a taponar la brecha con variados recursos,
que, una vez más, servirían para denigrarlo. Véase, si no, esta muestra, debida
a la pluma de Suetonio:

Para obtener dinero de todo, estableció un burdel en su propio


palacio; se construyeron gabinetes y los amueblaron según la dignidad
del sitio; los ocupaban constantemente mujeres casadas e hijas de
familia, y los alcahuetes iban a las plazas públicas y a los alrededores
de los templos, invitando al placer a los jóvenes y a los ancianos. A su
entrada les prestaban a un exorbitante interés cierta cantidad, y se
tomaban ostensiblemente sus nombres como para honrarlos por
contribuir al aumento de las rentas del césar.

Pero no hay duda de que Cayo puso su imaginación al servicio de mejorar


el estado de sus finanzas a través de distintos recursos, que el propio Suetonio
enumera: acusaciones falsas, subastas, impuestos y hasta perjurio, dejando de
lado ganancias menores, como las supuestamente obtenidas con los provechos
del juego, que han quedado expuestas en otro lugar.
Respecto al tema de las falsas acusaciones, el biógrafo latino se refiere,
sin duda, a los procesos de lesa majestad, que, abolidos a comienzos del
reinado, se reactivaron en el 39 con su ominosa sombra de terror e
incertidumbre. La ley establecía que los bienes de los condenados a muerte o
al exilio fueran confiscados en provecho del Estado, pero las fuentes suponen
que los utilizó en beneficio propio, y, en alguna ocasión, con ganancias menos
sustanciosas de las previstas, como refleja la anécdota de la condena de Junio
Prisco. Un pasaje de Filón parece, en cambio, dejar suponer que Cayo
respetaba la ley que prescribía vender en pública subasta las propiedades de
los condenados por la justicia. Cayo solo en algún caso la habría transgredido,

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como ocurrió con buena parte de los bienes del prefecto de Egipto, Avilio
Flaco, que retuvo para uso propio, dejando una pequeña cantidad al erario,
como señala el autor judío, «para no pasar por alto la ley tocante a los
convictos de esta clase de condenas». Por otra parte, la condena de inocentes
para apoderarse de sus bienes era un recurso de difamación corriente, que ya
había sido utilizado contra Tiberio, sin elementos de juicio válidos con los
que apoyar la acusación, como en el caso de Calígula.
Aunque la urgente necesidad de numerario podría explicar alguno de los
procesos incoados durante los últimos meses del reinado de Cayo, no fue la
vía de la judicatura el medio más socorrido al que Calígula acudió para llenar
las exhaustas cajas. Las relaciones de los miembros de la aristocracia con el
emperador, por muy falsas que fueran, exigían el mantenimiento de un
protocolo, que costaba a los nobles verdaderas fortunas y que podía redundar
en beneficios para las arcas imperiales. Según Filón, bajo la máscara de la
amistad, Cayo acudía, con demasiada insistencia y de improviso, a las casas
de los nobles ocasionándoles inmensos gastos para agasajarle, en una estúpida
competencia que terminó arruinando a más de uno en la simple organización
de un banquete. Y apostilla que algunos trataban de verse libres de estos
supuestos favores de amistad dispensados por el emperador, al considerarlos
no una ventaja sino un señuelo para atraparlos en pérdidas insoportables.
Suetonio recoge algunas de estas marrullerías. Al parecer, prestaba a un
exorbitante interés cantidades de dinero a esos supuestos amigos, publicando
luego sus nombres para honrarlos por haber contribuido al aumento de las
rentas del emperador. Y cuando nació su hija animó a contribuir a los gastos
de crianza, educación y dote, quejándose de los gastos que le ocasionaba la
paternidad. Todavía más, a comienzos del año se colocaba en la entrada del
palacio para recibir personalmente los regalos en dinero que él mismo, por un
edicto, había proclamado estar dispuesto a aceptar.
La necesidad de ostentación que exigía a la nobleza el mantenimiento de
su prestigio social obligaba, además de estas deferencias para con el
emperador, a la organización de juegos en Roma, cuyos cuantiosos gastos
suponían fuertes desembolsos. Pero Cayo aún los incrementaba con subastas
públicas, en las que ofrecía equipos suyos utilizados en los espectáculos,
superfluos o inservibles, y él mismo fijaba sus precios. Y hacía subir tanto la
puja que, si creemos a Suetonio, significó la ruina para algunos nobles, que,
desesperados, se abrieron las venas. E ilustra el atropello con un ejemplo
entre trágico y cómico: en una de estas subastas, un senador, Apolonio
Saturnino, que había sido pretor, dormitaba en un banco. Cayo indicó al

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pregonero que Apolonio le hacía señas con la cabeza para que continuara
pujando, y no dejó de subir el precio hasta adjudicarle, sin él percatarse, trece
gladiadores al precio de nueve millones de sestercios (doce millones de
euros). En los relatos de Suetonio y Dión sobre esta pintoresca faceta no
sabemos si sorprende más el desparpajo y las marrullerías de vendedor
ambulante de Cayo o la desfachatez con la que chantajeaba a sus víctimas.
Probablemente los detalles están exagerados para poner al emperador en
ridículo, pero, un siglo después, Plinio el Joven, en su relamido y rastrero
Panegírico de Trajano, no tenía reparo alguno en alabar al emperador
precisamente por echar mano de este tipo de recursos para equilibrar las
cuentas.
Cayo encontró también una buena fuente de ingresos como cazador de
legados testamentarios, utilizando para ello diferentes expedientes. Las
formas de comportamiento tradicionales de la aristocracia incluían, al margen
de la relación personal, la figura de «amigo del emperador», que, de algún
modo, obligaba, a cambio del prestigio que significaba, a desembolsos
económicos, en forma de agasajos, donaciones o legados testamentarios, y no
solo por parte de quienes habían estado ligados a su persona o le debían su
patrimonio. Augusto y Tiberio habían mantenido una discreta actitud en esta
materia: el primero, intentando proteger los derechos de los herederos
legítimos; Tiberio, rechazando directamente cualquier legado procedente de
testadores desconocidos. La actitud de Calígula fue bien distinta: fomentó con
insistencia las mandas que le nombraban beneficiario e, incluso, obligó a
aquellas personas que en su tiempo habían testado a favor de su predecesor,
Tiberio, a asignarle a él las cantidades otorgadas, introduciendo así,
implícitamente, una confusión entre príncipe y Principado como realidad
constitucional, con las consiguientes implicaciones legales en el futuro.
Suetonio cita explícitamente la anulación de los testamentos de todos los
centuriones primipilares, muertos después del triunfo de su padre Germánico,
que no hubiesen incluido a Tiberio o a él mismo entre sus herederos. Todavía
más, bastaba que alguien afirmase que el testador había manifestado en vida
su deseo de dejar como heredero al emperador, para anular cualquier
testamento que no se ajustase a esta voluntad. La imposición acabaría
convirtiéndose en ley: un siglo después, una constitución del emperador
Antonino Pío convirtió esta transferencia de legados en obligación legal. Al
parecer, tampoco sentía reparo alguno en provocar descaradamente su
nombramiento como heredero, recurriendo al halago o, en el peor de los
casos, a la intimidación, aunque sin llegar a los extremos de enviar a los

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testadores pasteles envenenados, en su deseo de hacerse lo más pronto posible
con el legado, con la consideración de que «era ridículo que vivieran después
de haberle nombrado heredero». Este disparate, que Suetonio le atribuye,
seguramente tiene su fundamento, como tantos otros, en algún cínico
comentario de Calígula, que el malévolo biógrafo interpretó ad pedem litteris.
De hecho, solo conocemos dos legados específicos sobre los que el
emperador puso sus manos: uno, el de su cuñado Ahenobarbo, en detrimento
de su legítimo heredero, el futuro emperador Nerón; el otro, el de un rico
hacendado, Sexto Pompeyo, al que habría retenido en el palacio imperial
hasta dejarle morir de hambre, es cierto que compensándole luego con un
pomposo entierro oficial. Ambos casos cuentan con suficientes puntos
oscuros como para ser aceptados sin discusión.
Y con una vuelta de tuerca, Cayo encontró todavía otra triquiñuela legal
más para acumular legados. Como medio de promoción social, en el ejército
imperial se contemplaba la concesión del derecho de ciudadanía para los
soldados auxiliares —reclutados entre provinciales peregrini, es decir, libres
pero no ciudadanos romanos—, que hubiesen cumplido veinticinco años de
servicio, derecho que, con la fórmula sibi posterisque eorum («para él y su
descendientes»), se extendía a hijos y nietos y que quedaba registrado en una
tablilla de metal, el diploma militaris. Cayo pretendió que el término
«descendiente» se aplicase solo a la primera generación, es decir, que el
derecho alcanzase únicamente a los hijos, y se considerase ilegal el disfrute de
los derechos de ciudadanía para quienes no lo hubieran recibido directamente
de sus padres. Según Suetonio, «cuando le presentaban diplomas firmados por
Julio César o Augusto, los anulaba como títulos viejos y sin valor». Para el
emperador era un medio de hacer caja, tanto de forma directa, puesto que
obligaba a los afectados a proveerse de un nuevo diploma, como indirecta, ya
que se consideraba una obligación moral incluir en el testamento al
emperador a quien se debía la concesión del derecho de ciudadanía.

Los impuestos

Por encima de todos estos medios, Cayo promovió el más directo y


productivo, pero también el más impopular, de todos los recursos de
financiación: la recaudación de impuestos. Desde el año 167 a. C., los
ciudadanos romanos estaban exentos del pago del tributum, un impuesto
directo y extraordinario que gravaba la riqueza inmobiliaria, considerado
desde entonces como indigno y propio de pueblos sometidos. De ahí que el

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sistema fiscal romano se desarrollara fundamentalmente a través de los
impuestos indirectos, que Augusto trató de regular, sobre todo, para poder
hacer frente a los considerables gastos de la política imperial. Pero el miedo a
la pérdida de popularidad impidió emprender con energía una verdadera
reforma fiscal; para cubrir las necesidades concretas, se siguió recurriendo a
los impuestos indirectos, que el propio Cayo, precisamente en aras de esa
popularidad, intentó reducir a comienzos de su reinado. Pero cuando la
situación fiscal se hizo preocupante, no tuvo más remedio que recurrir
también él a la tributación para reflotar la economía imperial, imponiendo un
cierto número de impuestos, también directos y, como tales,
desacostumbrados y vejatorios para el ciudadano. Según Suetonio:

Estableció un impuesto fijo sobre todos los comestibles que se


vendían en Roma, exigió de los litigantes, dondequiera que se juzgase
un pleito, la cuadragésima parte (2,5 por ciento) de la cantidad en
litigio, y estableció penas contra aquellos a quienes se comprobara que
habían transigido o desistido de sus pretensiones; a los mozos de carga
se les gravó con el octavo (12,5 por ciento) de su ganancia diaria, a las
prostitutas con el precio de uno de sus servicios, añadiendo a este
artículo de la ley que igual cantidad se exigiría de todos aquellos
hombres y mujeres que vivían de la prostitución; hasta al matrimonio
le señaló impuesto.

Y Josefo añade que los ingresos obtenidos con estas medidas resultaron
insuficientes y obligaron a Cayo al final de su vida a duplicarlos. Una
disposición particularmente odiosa incitaba a los esclavos a denunciar a sus
amos por falsas declaraciones de impuestos, premiándoles con una octava
parte (12,5 por ciento) de sus bienes.
La recaudación de estos gravámenes, en un principio, se confió, según la
vieja costumbre, a publicani[97], pero, por lo visto, las ganancias fueron tan
grandes que Cayo prefirió cobrarlas directamente, encargando de esta función
a oficiales de la guardia pretoriana. Que esta radical política impositiva
suscitara el rechazo de la población es evidente y que procuraran burlarla,
comprensible, recurriendo a todo tipo de subterfugios, incluido el de quejarse
de no poder atender a estas obligaciones fiscales porque el decreto que las
establecía había sido escrito con letras diminutas y expuesto en un lugar casi
inaccesible para poder conocer su contenido. Por supuesto, las fuentes que
nos proporcionan este dato, Suetonio y Dión, hacen responsable al emperador
de tal extremo, como una muestra más de su macabro humor, afirmando que

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fue él mismo quien ordenó escribir la ley en letras menudas y exponerla en un
sitio tan elevado que no pudieran sacarse copias. Difícilmente podría haber
confiado en obtener las ganancias esperadas con esta ley fiscal, poniendo
obstáculos a su conocimiento, cuando, en cambio, se mostró tan expeditivo en
la exigencia de su cumplimiento. Como en tantas otras ocasiones, la plebe
utilizó el circo para hacer llegar al emperador su disgusto con gritos de
protesta. Calígula, según Dión, ordenó a los soldados que cargasen sobre la
multitud. Tras el baño de sangre, todos callaron. De todos modos, la represión
no debió de ser tan sangrienta como supone el historiador griego, porque
hasta el final de su vida Cayo mantuvo su popularidad y, al conocer su fin, el
pueblo no dio muestras de júbilo por haberse liberado de un tirano, como fue
el caso a la muerte de Tiberio. Más aún, la muchedumbre se arremolinó en el
Foro exigiendo una investigación sobre el asesinato.

La moneda

La evidencia numismática proporciona un buen índice sobre la salud del


sistema financiero, así como sobre los temas de propaganda que Cayo
deseaba transmitir a la comunidad.
Al instaurar el nuevo régimen imperial, Augusto trató de acabar con el
caos monetario que habían generado las guerras civiles. Se reservó el derecho
de batir moneda en oro y plata, dejando en manos del Senado las acuñaciones
en bronce, expresadas con las siglas S(enato) C(onsulto), «por decreto del
Senado», y centralizó las acuñaciones en Roma. No obstante, permitió que
continuaran las múltiples cecas de época tardo-republicana, dispersas por el
territorio del Imperio, en Hispania, la Galia, Grecia, Asia Menor y Siria. Su
sucesor, Tiberio, trató de limitar aún más la multiplicidad de talleres y solo
dio carácter oficial, al margen de Roma, a las cecas de Lyon y Caesarea, en
Capadocia, pero, aunque con carácter local, siguieron operando todavía un
buen número a lo largo del Imperio, sobre las que el gobierno central apenas
si intervenía con su autoridad.
Calígula trató de acabar con esta situación, adoptando una política
restrictiva con respecto a los talleres locales. Así, sabemos que cerró la mayor
parte de los que operaban en Hispania, seguramente, como un intento de
unificar el Occidente del Imperio mediante el uso de una sola moneda oficial.
Todavía más, es casi seguro que se deba a su iniciativa la centralización de las
acuñaciones de oro y plata en Roma, abandonando los talleres de Lyon y
Caesarea. Y, en cuanto a los valores, mantuvo las monedas que sus

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antecesores habían heredado de época republicana, en oro, plata y bronce[98],
aunque añadió uno nuevo, el cuadrante (quadrans), equivalente a la cuarta
parte de un as.
Por lo que hace a los tipos, desde los inicios del Imperio la moneda había
servido a intereses de propaganda, como medio de enfatizar temas y aspectos
concretos, que interesaba difundir entre el conjunto de la población. Calígula,
lógicamente, utilizó esta posibilidad, ante todo para autopromocionarse. Los
valores acuñados en oro y plata invariablemente presentan en el anverso su
perfil, aunque también, en ocasiones, invadió las prerrogativas del Senado,
colocando su imagen en el reverso de las monedas de bronce, en estos casos,
sin el preceptivo SC, que informaba de la instancia que había autorizado la
emisión. También podría considerarse como medio de autopromoción,
aunque no directa, la inclusión en las monedas de los retratos de su familia,
que constituyen la segunda categoría predominante. A lo largo del reinado,
son frecuentes los tipos que exhiben las imágenes tanto de Augusto y Tiberio,
como de sus padres, Germánico y Agripina, y de sus hermanas. Son
especialmente significativas la imagen de Augusto, por las asociaciones
divinas que despertaba, y la de su padre Germánico, como medio de mantener
estrechos lazos con el ejército. Y precisamente esta relación con las fuerzas
militares, pilar básico del régimen imperial, constituye el tercer tema de
propaganda, particularmente evidente en el tipo en bronce, ya comentado, que
muestra al emperador dirigiéndose a sus soldados. Aunque se trata de una
moneda de bronce, también aquí se prescinde del sello del Senado, no solo
para indicar la fuente a la que, en última instancia, debían su paga los
soldados —puesto que fue utilizada para satisfacer al ejército sus salarios—,
sino también para subrayar la voluntad de Cayo de gobernar como emperador
con un poder absoluto.
La irresponsabilidad financiera que las fuentes antiguas tratan de cargar
sobre el emperador no se corresponde con la fortaleza del sistema monetario
durante su reinado. La comparación de peso y ley de la moneda acuñada bajo
su mandato, tanto en metales preciosos, como en bronce, con los
correspondientes valores de Tiberio y Claudio, antecesor y sucesor
inmediatos, respectivamente, no indican depreciación alguna. Si acaso, se
detecta un menor volumen de acuñaciones, circunstancia que admite
múltiples explicaciones, la más obvia, la brevedad de su reinado.
En resumen, la política financiera de Calígula no presenta aspectos
llamativos que permitan diferenciarla de las de Augusto, Tiberio o Claudio, ni
que dejen suponer los catastróficos resultados señalados por nuestras fuentes.

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Las más importantes innovaciones, las que atañen a la drástica política
impositiva, pueden explicarse como atrevido intento de poner orden en el
caótico sistema financiero imperial, que, como es lógico, contó con el
unánime rechazo del pueblo, obstinado en mantener sus tradicionales
privilegios como casta parasitaria de un gigantesco Imperio, y del Senado,
encapsulado en su tradicional miopía para cualquier tipo de innovación. Hoy,
acostumbrados como estamos a sufrir las continuas sangrías impositivas de
gobiernos corruptos e ineptos, incluso podríamos tildar el sistema de Calígula
de modélico.

La justicia

En general, Cayo, desde su posición de gobernante absoluto, intentó hacer


más ágil y efectiva la administración imperial, con medidas prácticas y libres
de prejuicios, al margen de las convenciones tradicionales. Y, entre ellas, las
correspondientes a la administración de justicia. Las quaestiones o tribunales
permanentes, encargados de impartir en Roma la justicia, se nutrían de jueces
procedentes del orden ecuestre. Augusto para conseguir un eficiente
funcionamiento de la justicia estableció un ordo iudicum, un estamento de
jueces permanentes, desvinculados del juego político, agrupados en cuatro
decurias. Durante los últimos años del reinado de Tiberio, la administración
de justicia había quedado desbordada. Cayo se preocupó por añadir una
quinta, aunque no de caballeros, que perduró en los reinados siguientes, con el
fin de agilizar los procesos y descargar a los jueces existentes de un trabajo
excesivo.
Las dos supremas instancias de justicia eran el tribunal privado del
emperador y el Senado. Sabemos que Cayo solía asistir a los procesos, pero
su presencia no era imprescindible para que la Cámara emitiera sentencia.
Cuando en el año 39 reintrodujo los procesos de lesa majestad, ordenó que se
inscribieran en una tabla de bronce los términos y propósitos de la ley.
Considera Balsdon que el paso fue calculado para evitar la posibilidad de que,
como había ocurrido frecuentemente bajo Tiberio, se suscitaran quejas sobre
la dificultad para el público de entender sus términos. Cayo también decidió
publicar los nombres de los condenados en su tribunal privado, como lo venía
haciendo el Senado en sus juicios, para evitar así incertidumbres y
suspicacias.
Por otra parte, frente a lo que afirman las fuentes, no hay prueba de que
Cayo redujera el poder de los magistrados. Por el contrario, aumentó su

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responsabilidad en la jurisdicción, limitando el derecho de apelación ante el
tribunal imperial. Pero, en cambio, exigió de ellos, lo mismo que de sus
subordinados, integridad y eficiencia. No faltan anécdotas que ilustren sobre
estos extremos. Ya conocemos cómo decidió procesar a los comisarios
encargados de la red viaria, los curatores viarum, al hallarlos culpables de
malversar, en connivencia con los contratistas, los fondos destinados a este
menester. Y el futuro emperador Vespasiano, en su condición de edil y, como
tal, responsable del mantenimiento y limpieza de la ciudad, hubo de sufrir
cómo los soldados embadurnaban su toga de barro por orden del emperador
como castigo por haberse mostrado descuidado en sus obligaciones.
No puede negarse, ni aún apelando a la hostilidad de las fuentes, la
crueldad de Cayo, como hombre y como juez. Un condenado convicto apenas
podía esperar del emperador gracia o compasión. Pero sí se puede dudar de su
arbitrariedad. Educados como estamos en el respeto a los derechos humanos y
en la consideración de la vida como sagrada, nos resulta difícil entender la
saña con la que Calígula acostumbraba a castigar no ya a sus enemigos
declarados, sino a todo aquel que consideraba culpable de la menor falta. Los
ejemplos se amontonan en tal cantidad que, aun en su exageración, no pueden
dejar de contener un fondo de verdad. Baste con unas muestras, espigadas del
relato de Suetonio:

Hizo azotar en su presencia con cadenas y durante muchos días


seguidos al que tenía el cuidado de los juegos y cacerías del circo y no
mandó matarle hasta que no pudo sufrir el olor de su cerebro en
putrefacción… Muchas veces daban tormento en presencia suya
mientras comía o se entregaba a orgías con sus amigos; un soldado
experto en cortar cabezas ejercía delante de él su habilidad con todos
los prisioneros que le presentaban… Durante un banquete público, en
Roma, un esclavo arrancó de un lecho una hoja de plata; Calígula
mandó en el acto al verdugo que le cortase las manos, se las colgase al
cuello y lo pasease así por todas las mesas con un cartel que explicase
la razón del castigo.

Pero también se olvida que su sucesor, Claudio, hacía degollar a los


gladiadores que caían en la arena, solo por el placer de contemplar sus gestos
de agonía. Sería un anacronismo juzgar con los parámetros de nuestra propia
ética y sensibilidad el deleite por la sangre, la crueldad y el sadismo de una
sociedad que crucificaba a los condenados a muerte o se entretenía
contemplando a otros seres humanos despedazándose en la arena.

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Cayo y las provincias

Lo mismo que el gobierno de Roma, también la administración provincial y la


política exterior de Cayo han recibido juicios diametralmente opuestos, que
oscilan entre el desprecio y la alabanza, y sobre los que pende la
desafortunada campaña en la frontera septentrional del Imperio, que ya
conocemos. Contamos con relativamente escasa información sobre este
punto, en gran parte debido a su corto reinado, pero su intervención directa en
distintos espacios del Imperio no dejó de ejercer, en ocasiones, una influencia
fundamental, que es necesario tener en cuenta. La cuestión principal sería
preguntarse sobre su efectividad y su grado de innovación con respecto a la
línea trazada por Augusto.
En líneas generales, la administración provincial se ejerció durante el
reinado de Calígula en un cuadro institucional que no parece haber conocido
trastornos dignos de mención y que mostró, por el contrario, un estimable
grado de estabilidad. Los relevos en el gobierno de ciertas provincias,
conexionados, como hemos visto, con avatares de política interior, no
afectaron a este equilibrio. Es el caso, en Oriente, de la destitución,
enjuiciamiento y posterior eliminación del procurador de Egipto, Avilio
Flaco, o el relevo de Lucio Vitelio en el gobierno de la provincia de Siria por
Publio Petronio, quien hubo de enfrentarse a un problema de orden público en
Judea. En cuanto a Occidente, la intervención personal del emperador ahogó
en ciernes el complot del gobernador de Germania Superior, Léntulo
Getúlico, sustituido por el rígido Galba, y tuvo ciertas repercusiones en el
espacio fronterizo vecino danubiano, con el enjuiciamiento del gobernador de
Panonia, Calvisio Sabino, y de su esposa.
Digna de mención es, por lo que respecta al Occidente latino, la directa
implicación de Calígula en la extensión del derecho de ciudadanía a los
provinciales, otorgado de forma colectiva, y, con él, la invitación a sus élites
de participar en la dirección del Imperio, acogiendo a un número estimable de
sus miembros en el orden ecuestre. Esta generosidad, que contrasta con la
política restrictiva de Tiberio, ha de ser contemplada como un primer paso
hacia la integración social de la población provincial, que, tras Cayo,
continuaría su sucesor Claudio y que quedaría culminada dos siglos después
con la igualación jurídica de todos los habitantes del Imperio, decidida por el
emperador Caracalla, en el año 212. No obstante, en este cuadro de
normalidad general, hay ciertos puntos que merecen atención: en Occidente,

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la reorganización de África del Norte; en Oriente, su personal política de
favorecer los reinos clientes, las relaciones con Partia y la cuestión judía.

La anexión de Mauretania

En el norte de África, del Atlántico a la frontera con Egipto, se habían


desarrollado una serie de reinos imagighen, «bereberes», con un tinte
helenístico, aunque con un fuerte tronco púnico. Durante el centenario
conflicto romano-cartaginés, estos reinos jugaron un importante papel en la
contienda y, una vez desaparecida Cartago, hubieron de buscar una
convivencia con el poder romano y con los miles de colonos que se asentaron
en suelo africano en las dos provincias romanas surgidas en el territorio:
Cirenaica, en la actual Libia, y África Proconsularis, sobre suelo cartaginés,
en Tunicia, a la que se añadió el territorio del África Nova, efímera provincia
republicana creada a partir del antiguo reino de Numidia. El nuevo orden
institucional impuesto por Augusto sentó las bases de la política romana en
todo el norte de África: una política de pactos y pacificación, que atrajo a
miles de colonos, cuyo progresivo asentamiento desplazó cada vez más hacia
el sur a las tribus nómadas, creando las bases de un potencial conflicto. Para
mantener el territorio pacificado, Augusto estableció en la provincia de
África, con carácter excepcional puesto que estaba adscrita al Senado, una
legión, la III Augusta, con el fin de controlar los movimientos de resistencia
de los bereberes en las montañas.
Al oeste de África, hasta la costa atlántica, se extendía el reino magrebí de
Mauretania, en el que Augusto confirmó como aliado político y amigo a su
rey Juba II, otorgándole por esposa a Cleopatra Selene, la hija de Marco
Antonio y Cleopatra, criada por Octavia, la hermana del emperador. Culto y
refinado, pero también políticamente incompetente, permitió en su reino el
establecimiento de colonos agrícolas romanos, en detrimento de los intereses
de los bereberes nómadas. Con ello, dio lugar a una reacción indígena, en
forma de revueltas políticas y actos de bandidaje reprimidos brutalmente por
la legión III, que, lejos de obtener la sumisión bereber, solo sirvieron para
radicalizar el conflicto. Las tribus de moros (mauri) fueron las primeras en
sublevarse y sumar a su causa a toda la población bereber. Bajo el reinado de
Tiberio, ganaron en intensidad, hasta provocar una rebelión de mayor alcance,
que se prolongó por espacio de siete años (del 17 al 24), protagonizada por el
caudillo bereber Tacfarinas, cuya muerte logró precariamente sofocar.

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En el año 23, Ptolomeo II sucedió a su padre en el reino mauritano.
Apenas sabemos nada de su gestión de gobierno y, en consecuencia,
desconocemos si tuvo alguna incidencia en la sorprendente decisión de
Calígula de obligarle a ir a Italia, donde fue sometido a arresto y
posteriormente ejecutado. Ignoramos las razones, que nuestras fuentes no
contribuyen precisamente a aclarar. Según Suetonio, Ptolomeo fue invitado
por Calígula, seguramente durante su estancia en Lyon, donde le habría hecho
detener por la sola razón de haber llamado la atención general al entrar en un
teatro, envuelto en un soberbio manto color púrpura. Puesto que Augusto
introdujo la costumbre de que los monarcas extranjeros vistieran en su
presencia una sencilla toga, el gesto de Ptolomeo podría haber sido
interpretado por Calígula como un reto a su majestad, toda vez que el púrpura
era símbolo de realeza. En cambio, Dión pone como excusa del asesinato la
riqueza del rey bereber, aunque justamente en este punto una inoportuna
laguna en el texto del historiador griego interrumpe el relato e impide conocer
otros detalles. Se ha aducido también que Ptolomeo pudo estar involucrado en
la conspiración de Lépido y Getúlico, con otras explicaciones, algunas de
ellas tan alambicadas como suponer una rivalidad entre los dos parientes —
tanto Ptolomeo como Calígula eran descendientes de Marco Antonio— por su
común inclinación a los cultos isíacos, que habría suscitado entre ambos una
reñida competencia.
Lo verdaderamente fundamental es la desaparición del reino mauritano y
su transformación en provincia romana. No podemos afirmar si Calígula era
consciente del importante significado estratégico de su decisión. La guerra de
Tacfarinas había mostrado la debilidad del flanco occidental de los intereses
romanos en África, precariamente defendidos por un reino que ya con Juba
había mostrado su incapacidad para mantener bajo control las presiones de los
nómadas bereberes, sobre todo de los gétulos, con sus continuas solicitudes a
Roma de ayuda militar. Y con la transformación del reino en provincia
procedió Calígula a una reordenación de las fuerzas militares africanas. El
mando de la legión III fue arrebatado de las manos del gobernador
proconsular, elegido por el Senado, y puesto bajo la responsabilidad de un
legado dependiente directamente del emperador. No solo eran razones
estratégicas las que aconsejaban este cambio; también se corrigió así la
anomalía que representaba una provincia senatorial provista de fuerzas
militares, con el consiguiente riesgo político de mantener bajo el control del
Senado un territorio tan rico en recursos, dotado además de un cuerpo de
ejército. Dión supone que la decisión estuvo motivada por el miedo a una

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rebelión cuando supo que el gobierno de la provincia le había tocado en suerte
a Cneo Calpurnio Pisón, hijo de los supuestos asesinos de su padre. Y, por
esta razón, desgajó de la provincia la porción del territorio lindante con
Mauretania, poblado por númidas, y la puso en manos de un legado de su
confianza junto con todas las fuerzas militares. Desde entonces, la llamada
dioecesis Numidia, aunque dependiente de la provincia de África, fue
considerada autónoma de hecho y administrada por el legado de la legión
III Augusta como territorio militar.
La transformación del reino de Mauretania en provincia encontró, sin
embargo, una resistencia inesperada. Un liberto, de nombre Edemón,
encabezó un movimiento de oposición a los romanos, encontrando apoyos
entre los bereberes seminómadas, acostumbrados a las guerrillas y al pillaje,
que descendían desde las montañas del Atlas medio hacia la meseta atlántica,
entre Sala (Rabat) y Volubilis. Convertido en jefe militar, Edemón se granjeó
la amistad de los cabecillas bereberes de toda la región (incluida Numidia),
dispuestos a levantarse en armas contra los romanos apoyando la resistencia,
ya tradicional, de los musulamios. Para sofocar la revuelta, primero Calígula
y después Claudio trasladaron a África las tres legiones que había en ese
momento en Hispania (VI Victrix, IV Macedonica y X Gemina). Se han
encontrado en el norte de África inscripciones de soldados de estas legiones,
alguna de ellas en Volubilis, que debió de ser uno de los epicentros de la
contienda. Tamuda (Tetuán) y Lixus (Larache), en la costa atlántica del actual
Marruecos, muestran estratos arqueológicos de destrucción por incendio que
han sido datados en esta década de los 40, en el contexto de la revuelta de
Edemón.
No sabemos si se debe también al propio Calígula o a su sucesor Claudio
—Plinio y Dión difieren en este punto— la división del reino mauretano en
dos provincias: la Mauretania Caesariensis y la Mauretania Tingitana,
denominadas así por sus respectivas capitales, Caesarea (Cherchel) y Tingis
(Tánger), puestas bajo el mando de sendos procuradores del orden ecuestre,
designados directamente por el emperador. En todo caso, la iniciativa de
Calígula contribuyó a extender los beneficios de la romanización del norte de
África, que dos siglos después incluso proporcionarían al Imperio, con los
Severos, la primera dinastía de emperadores africanos.
El resto de las provincias occidentales iba avanzando en los cauces,
establecidos por Augusto y mantenidos por Tiberio, de una progresiva
romanización. Ya se ha hecho alusión a la actividad constructora de calzadas,
que no se interrumpe durante su reinado y cuyos testimonios, los miliarios,

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afloran aquí y allá en Hispania, la Galia, Dalmacia y las dos Germanias. Si
acaso, apuntar que Cayo retuvo como provincias adscritas a su directa
administración Macedonia y Acaya, que Tiberio había entregado al Senado y
que, posteriormente, Claudio devolvería a la Cámara. Estas provincias no
contaron bajo Cayo con gobernador propio, sino que fueron unidas a la
provincia danubiana de Mesia y administradas por el legado imperial, Publio
Memmio Régulo, que se mantuvo en su puesto entre el 35 y el 44, al que
conocemos como esposo de Lolia Paulina, de quien hubo de separarse para
permitir a Calígula desposarla de forma efímera.

Los reinos clientes de Oriente

La política de Calígula en Oriente muestra sensibles diferencias con respecto


a la emprendida en las provincias occidentales y su rasgo más característico
fue la instalación de reyes clientes en regiones nominalmente independientes,
aunque ligadas a Roma por lazos de alianza. Augusto, tras la derrota de
Marco Antonio y Cleopatra, heredó en Oriente un sistema de reyes clientes,
que había sido desarrollado durante la tardía República y modificado por
Marco Antonio durante el largo periodo en que estos territorios estuvieron
bajo su responsabilidad. Estos reinos eran una anomalía dentro del sistema del
Imperio romano, cuya existencia puede explicarse por la conveniencia de
reducir los costes de defensa en la frontera, frente a un exterior,
potencialmente enemigo, en concreto, el reino parto, o como una solución
transitoria, dictada por consideraciones políticas, que debía finalmente abocar
a su anexión como territorios provinciales del Imperio. En esta línea, el
propio Augusto había convertido Judea en provincia y, por su parte, Tiberio
anexionó Capadocia y Comagene, en Asia Menor.
Calígula, frente a Augusto y Tiberio, extendió de nuevo el sistema de los
reyes clientes, pero además, frente a sus predecesores, no fundamentó la
elección de estos dinastas en razones objetivas, esto es, en su capacidad como
gobernantes, sino que se dejó guiar por sus relaciones personales. Conocemos
cinco reyes entronizados por Cayo, con los que previamente había mantenido
lazos de amistad. En primer lugar, los tres hijos de Cotys, el rey de Tracia —
Rhoemetalces, Polemón II y Cotys II—, Antíoco de Comagene y, sobre todo,
Julio Herodes Agripa. Habría que añadir a la lista el nombre de Soemo de
Emesa, a quien Cayo otorgó el gobierno de la Arabia Iturea, aunque
desconocemos qué contactos había mantenido previamente con el emperador.

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Tras la muerte del rey de Tracia, Rhoemetalces I, Augusto había dividido
el reino entre Cotys, su hijo, y Rhescuporis, su hermano. Pero Cotys fue
asesinado por su tío y Augusto le privó del reino, que, a continuación, dividió
entre los hijos de los dos reyes, Rhoemetalces II, hijo de Rhescuporis, y los
tres vástagos de Cotys: Rhoemetalces, Polemón y Cotys. Como los tres eran
aún niños, Tiberio decidió dejar en manos de un regente el gobierno del reino
y enviarlos a Roma, donde fueron confiados a la tutela de Antonia. Allí se
convirtieron en compañeros de juegos de Calígula, que, tras su entronización,
se preocupó de instalarlos como reyes: Rhoemetalces, recibió Tracia,
Polemón II, el Ponto y Cotys II, la Armenia Menor.
En cuanto a Comagene, un reino helenístico encajado entre Cilicia y
Capadocia, que había logrado mantener su independencia gracias a las
excelentes relaciones de su rey, Antíoco III, con Roma, Tiberio, tras la muerte
del monarca, lo anexionó a la provincia romana de Siria. Pero Calígula, en el
año 38, como sabemos, reinstaló en el trono al hijo del difunto monarca,
Antíoco IV, redondeó sus posesiones con la concesión de una parte de Cilicia
y le entregó cien millones de sestercios, las rentas acumuladas durante la
etapa de gobierno romano. Pero poco después Calígula, por razones
desconocidas, le destituyó y, repuesto por Claudio, logró mantenerse en el
trono hasta el reinado de Vespasiano, quien definitivamente le depuso y
reincorporó el reino a la provincia de Siria. La naturaleza de la relación de
Calígula con Antíoco no es fácil de determinar, pero parece que era tan
estrecha como la que le unía a los hijos de Cotys. De un pasaje de Dión se
infiere que mantenía tanto con él como con Herodes Agripa una estrecha
amistad y que ambos ejercieron un alto grado de influencia sobre el
emperador.

La cuestión judía

No obstante, fue Agripa su más fiel amigo. Este aventurero judío era nieto de
Herodes el Grande, responsable de la muerte de su padre Aristóbulo. Él
mismo se vio obligado a abandonar Judea, perseguido por su tío Antipas,
trasladándose primero a Antioquía y luego a Roma, donde fue acogido por
Tiberio. Ya conocemos las estrechas relaciones que trabó con Calígula en
Capri y cómo, gracias a esta amistad, consiguió convertirse en rey de los
judíos.
Judea, desde las campañas de Pompeyo en los años 60 del siglo I a. C., era
un reino cliente de Roma. Tras la muerte de su rey, Herodes el Grande, el

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reino fue repartido entre sus tres hijos, que, como tetrarcas (literalmente,
«monarca de una cuarta parte»), hubieron de sufrir continuas injerencias de
Roma. Augusto depuso a uno de ellos, Arquelao, y organizó sus territorios —
Judea, Samaria e Idumea— como provincia de Judea, sometiéndolos a la
supervisión de un procurador de rango ecuestre. Tiberio, a la muerte de
Filipo, otro de los hijos de Herodes, anexionó sus dominios y los puso bajo la
autoridad del gobernador de Siria. Calígula puso fin a esta progresiva política
de incorporaciones y entronizó a Agripa en los dominos de su abuelo Herodes
como rey, a pesar de las continuas presiones de Herodes Antipas, tío de
Agripa y tetrarca de Perea y Galilea, por desplazar a su sobrino y convertirse
él mismo en rey de los judíos. Antipas había sido el responsable de la muerte
de Juan el Bautista, quien había fustigado duramente sus relaciones adúlteras
con Herodías, la esposa de su hermano Filipo, y, según el Evangelio de Lucas,
se burló de Jesús cuando fue presentado ante su tribunal. Aparentemente, por
instigación de Herodías, a la que finalmente hizo su esposa, Antipas acudió a
Calígula para reclamar la corona de Judea, pero el astuto Agripa, valiéndose
de su ascendencia sobre el emperador, acusó a su tío de haber concertado una
alianza con el peor enemigo de Roma en Oriente, el reino parto. Cayo ordenó
a Antipas presentarse ante él en Lyon, donde murió al poco tiempo de su
llegada.
Agripa probó ser una buena elección y sus oficios le fueron de ayuda a
Calígula en la primera seria fricción de Roma con la comunidad judía.
Ya conocemos los disturbios que enfrentaron en Alejandría a judíos y
griegos y el papel que en ellos jugó el gobernador de Egipto, Avilio Flaco. Es
cierto que también Agripa contribuyó a avivar el fuego con su desafortunada
presencia en la ciudad. En agosto del 38 y de vuelta de Roma, Calígula había
instado a su amigo Agripa a regresar a su nuevo reino a través de Alejandría,
en lugar de tomar la ruta usual por Grecia, seguramente para contar con un
informe imparcial sobre Flaco. Al enterarse de su presencia entre ellos, los
judíos instaron a Agripa a reenviar al emperador una declaración de lealtad,
que Flaco había retenido. Agripa prometió hacerlo y, probablemente, para
mostrar a los judíos su ascendencia sobre el emperador, se dejó ver en las
calles de la ciudad con actitudes provocadoras, desfilando con todo el boato
regio, acompañado de su guardia. La reacción de los griegos fue ridiculizar al
rey judío, escenificando en el gimnasio —el lugar de reunión preferido de los
griegos— una parodia de este desfile, vistiendo a un bufón de nombre
Carabas con los atributos del monarca. Agripa se percató a tiempo de que su

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presencia en Alejandría era contraproducente y, para no perjudicar más a la
comunidad judía, decidió prudentemente esfumarse.
El agrio conflicto, sin visos de solución pacífica, impulsó a las dos
comunidades a enviar sendas embajadas a Calígula, en el verano del 39,
encabezadas por Filón, en nombre de los judíos, y Apión e Isidoro, como
portavoces de los griegos, que hubieron de volver con las manos vacías. Más
tarde, Filón plasmó sus impresiones en el panfleto La embajada ante Cayo,
que convirtió en furibunda diatriba contra el emperador, sobre todo, a raíz de
su desacertada decisión de convertir el Templo de Jerusalén en lugar de culto
imperial.
En Judea, durante el reinado de Tiberio, los disturbios provocados por la
ineptitud del procurador Poncio Pilatos, al parecer, encontraron un fin con su
destitución por el gobernador de Siria, Lucio Vitelio, y la calma volvió
transitoriamente a la región. Pero los desórdenes iban a recrudecerse como
consecuencia del brote de violencia que estalló durante el invierno del 39/40
en la población costera de Jamnia, donde convivían griegos y judíos, cuando
la comunidad griega decidió levantar un altar dedicado al culto imperial, que
los judíos echaron abajo. El nuevo procurador de Judea, Cayo Herennio
Capitón, hubo de informar a Calígula de los disturbios, y el emperador,
instigado por consejeros como Helicón y Apeles, decretó como venganza
convertir el Templo de Jerusalén en centro de culto imperial, con una
gigantesca estatua del emperador en su interior, representado con los atributos
de Júpiter. Se encargó la delicada misión al gobernador de Siria, Publio
Petronio, con la orden de utilizar sus legiones en caso de disturbios.
Petronio, que conocía bien la idiosincrasia de la comunidad judía, trató
antes de convencer a sus líderes de la necesidad de aceptar la afrenta,
sabiendo que solo podía esperar una negativa. No tuvo más remedio que
movilizar la mitad de las fuerzas con las que contaba —dos de las cuatro
legiones que protegían la frontera siria— y las acampó en la frontera de
Galilea con la intención de hacer una demostración de fuerza que
impresionara a los judíos y les convenciera de la inutilidad de oponer
cualquier resistencia, aunque simultáneamente instaba a los escultores que
preparaban la estatua a tomarse su tiempo, para tratar de dilatar al máximo el
previsible choque. Además, escribió una carta a Calígula informando sobre
los riesgos de llevar adelante el proyecto. Mientras, los judíos amenazaban
con destruir las cosechas para provocar el hambre, justo cuando el emperador
planeaba viajar a Alejandría.

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La carta de Petronio encolerizó a Calígula, que contestó airadamente con
la orden conminatoria de ejecutar de inmediato el proyecto. Y en este punto,
fue providencial la mediación de Herodes Agripa, el más interesado en evitar
disturbios en el reino que había recibido del propio emperador. El rey judío se
hallaba a la sazón en Roma y, en el curso de un banquete, aprovechando la
buena disposición de Cayo, se atrevió a persuadirle de abandonar sus planes
con respecto al Templo y respetar la religión judaica. Según Flavio Josefo,
estas fueron sus palabras:

¡Oh, soberano!, puesto que con tu acicate me demuestras que soy


merecedor de tus dones, no te pediré ninguno de los bienes que
redunda en mi felicidad particular, por destacar grandemente yo con
los que ya me has concedido, sino que te pediré una cosa que podría
procurarte a ti fama de persona piadosa, así como hacer que Dios
acuda en tu ayuda en cualquier empresa que emprendas y conseguir
que se vuelquen en elogios hacia mí las gentes que se enteren de que
tuve la satisfacción de que, gracias a tu magnanimidad, no fracasé
jamás en nada de lo que te pedí. En efecto, te ruego que desistas de tu
idea de ordenar erigir la estatua que has mandado a Petronio que
levante en el Templo judío.

Calígula concedió a Agripa su petición y Petronio pudo regresar con su


ejército a Antioquía, la capital de su provincia. Sin embargo, según otra
versión, la retirada de las tropas, considerada por Calígula como una rebelión,
desencadenó su furia, que se descargó sobre el gobernador, al que ordenó
suicidarse. El mal tiempo retrasó la recepción de la carta, que llegó al mismo
tiempo que la noticia del asesinato de Calígula. En todo caso, el Templo logró
salvarse de la profanación.

Partia

El complicado sistema de reinos clientes y el ejército que tenía su base en


Siria cuidaban de proteger la frontera oriental romana de su más peligroso
enemigo, el reino parto. Después del arreglo diplomático que Germánico
había alcanzado con el rey Artabanes III, por un tiempo las relaciones entre
los dos estados se deslizaron por el cauce del entendimiento, al que el rey
persa, en los años finales del reinado de Tiberio, intentó poner fin con una
proyectada invasión de la provincia de Siria. Artabanes sentía por Tiberio un

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profundo desdén, pero las inestables condiciones internas de Partia le
impidieron romper la paz, coyuntura que el viejo emperador aprovechó para
amenazar el control de Partia sobre Armenia. Artabanes trató de contestar con
la fuerza, pero la oportuna intervención militar del gobernador de Siria, Lucio
Vitelio, y revueltas internas, que llevaron al monarca persa hasta el mar
Caspio, permitieron al gobernador romano instalar en el trono armenio al
príncipe parto Tirídates. Cuando Artabanes regresó, los días de Tirídates
como monarca armenio estaban contados y el estratégico territorio volvió al
control persa. Precisamente en esos días murió Tiberio, y Calígula heredó la
difícil cuestión armenia. Pero la suerte vino en su busca. De una parte, el
coraje y la determinación de Vitelio, que desplegó sus tropas en orden de
batalla en la frontera; de otra, la disposición favorable de Artabanes a tratar
con el hijo del admirado Germánico, lograron despejar el sombrío panorama.
Así lo relata Suetonio:

Artabanes, rey de los partos, que nunca había disimulado su odio y


desprecio a Tiberio, solicitó la amistad de Cayo; celebró a este efecto
una entrevista con un legado consular y, atravesando el Éufrates,
rindió culto a las águilas romanas y a las imágenes de los cesares.

La noticia la confirma Josefo con otros detalles:

El rey y Vitelio se reunieron en el río Éufrates; se encontraron en


medio de un puente tendido sobre el río, acompañado cada uno de
ellos por sus guardias. Después de hacer el pacto de amistad, Herodes,
el tetrarca, los invitó a un banquete en una tienda lujosa extendida en
medio del puente. Poco después, Artabanes envió su hijo Darío a
Tiberio como rehén, con muchos dones. Entre estos dones había un
hombre de siete codos de altura, de raza judía, llamado Eleazar, a
quien le decían el Gigante.

Aunque Josefo confunde la fecha, ofrece el dato explícito del nombre del
rehén entregado por Artabanes a los romanos, Darío, uno de sus hijos, a quien
nuestras fuentes recuerdan como asistente al espectáculo ofrecido por
Calígula en la bahía de Bayas.
La componenda diplomática permite sacar dos conclusiones: la débil
posición interna en la que se encontraba Artabanes, que le impulsó a ceder, y
la capacidad de persuasión de Vitelio en su intento de conseguir que Calígula
aceptara el arreglo amistoso. Pero el precio que Roma hubo de pagar por el

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mantenimiento de la paz fue la renuncia al control, perseguido hasta ahora
con ahínco, de la llave armenia, abandonada en manos de Partia. El candidato
prorromano al trono de este reino, Mitrídates, hubo de renunciar a sus
pretensiones. Más aún, por razones desconocidas, poco después, Calígula le
ordenó venir a Roma, y allí lo encarceló. Pero el arreglo de Calígula fue tan
efímero como su propio reinado. A su muerte, su sucesor, Claudio, reinstaló
en el trono armenio a Mitrídates y, con ello, retornó a la política de Augusto y
Tiberio de paz armada basada en el control de Armenia.

No es fácil hacer un balance general de la política exterior de Calígula,
que, como ya se ha apuntado, ha recibido tan ásperas críticas como gratuitas
alabanzas. Pero, a tenor de sus resultados, no hay mucho margen para el
optimismo. En la frontera germana, su intervención, si acaso, sirvió para
fortalecer la defensa del Rin, fomentando con el nombramiento de Galba el
restablecimiento de la disciplina. El despliegue de fuerzas, tan difícilmente
explicable, en la costa atlántica, como mucho tuvo el efecto de llamar la
atención sobre Britania y señalar a Claudio el camino de la conquista de la
isla. Es cierto que, en cambio, la decisión de anexionar Mauretania contribuyó
a hacer más homogéneo el dominio romano sobre el norte de África y aceleró
el proceso de romanización del territorio. En Oriente, el regreso al sistema de
los reinos clientes fue más un caprichoso impulso de generosidad que un acto
de reflexión política, a contracorriente de la progresiva extensión de los
intereses romanos en la zona, que exigían su transformación en provincias. La
cuestión judía quedó en suspenso, y se agravaría en el curso de los siguientes
decenios. Y frente a Partia, el arreglo pacífico solo fue un respiro, al alto
precio de renunciar a la estratégica posición armenia. La ulterior evolución de
esta política —si es que puede ser considerada como tal— quedó
interrumpida por la temprana desaparición de Cayo y en buena parte de sus
focos de interés, en especial por lo que respecta a Oriente, fue corregida por
sus sucesores.

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LA ÚLTIMA CONJURA

Persecución de la aristocracia

L A amenaza con la que Cayo había respondido a la embajada senatorial


que le urgía volver a Roma —«¡Volveré, sí, volveré, pero esta, conmigo!»—
se iba a hacer angustiosa realidad cuando el 31 de agosto del 40, coincidiendo
con la fecha de su cumpleaños, con una ovatio, hizo su entrada solemne en la
ciudad. De momento, fue la plebe la que tuvo más motivos de alegría para
festejar su vuelta: durante varios días, el emperador mandó arrojar, desde el
techo de la basílica Julia, en el Foro, monedas de oro y plata a la multitud. No
debe extrañar que la generosa largueza produjera tumultos y que algunos de
los ávidos receptores resultaran heridos o pisoteados, aunque puede dudarse
de la pedante exactitud con la que un cronógrafo del siglo IV registra el
número de accidentados: siete muertos varones, doscientas cuarenta y siete
mujeres y un eunuco. Dión responsabiliza al emperador del daño,
complaciéndose en recoger el rumor de que, entre las monedas, se habían
mezclado, con sádico humor, pedazos de hierro.
El congiarium de Calígula puede interpretarse como un intento populista
de compensar la férrea política fiscal, que recientemente había cargado sobre
la ciudadanía la tarea de sanear las finanzas del Estado, aunque también como
medio de atraerse el favor de la plebe para utilizarla como contrapeso de un
Senado abiertamente hostil, que percibía de manera creciente como una
amenaza para su propia integridad física. Y no sin razón. Una vez más en su
breve reinado, Calígula volvió a sentir a sus espaldas la ominosa sombra de la
conspiración. Se había salvado, apenas unos meses después de su
entronización, de los manejos —reales o supuestos— de su hombre de
confianza, Macrón, para buscarle un sustituto. La suerte, dos años después,
vino en su ayuda al lograr descubrir a tiempo la vasta conjura de Getúlico, en
la que, con su cuñado Lépido, estaban también involucradas sus propias
hermanas. Ahora, en los últimos días del verano del 40, su desconfiada

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naturaleza volvía a alertarse ante el cierto riesgo de un tercer intento de
eliminarle. Y reaccionó despiadadamente.
Como siempre, los detalles se nos escapan. Cómo y cuándo se cuajó el
complot, quiénes fueron los instigadores y de qué modo llegó a conocimiento
del emperador son preguntas sin respuesta. Solo contamos con una certeza:
que los conjurados no cesarían en su propósito hasta conseguir verle muerto.
Frente a la supuesta existencia, en los seis meses finales de su reinado, de dos
fases distintas en esta actividad conspiradora, Barrett considera más
apropiado contemplar ambas como parte de un mismo proceso, complicado y
de múltiples ramificaciones, no necesariamente interconexionadas, que atrajo
una gran variedad de intereses distintos con el mismo propósito de acabar con
Calígula. El emperador estaba alertado y actuó en consecuencia, pero no pudo
llegar al corazón de la trama, cuyos cerebros lograron finalmente cumplir su
objetivo. Y así, solo nos quedan reflejadas en las fuentes, con insistencia y
prodigalidad en los detalles, procesos y condenas, que, a nuestros ojos, no
pueden interpretarse más que como palos de ciego con los que Cayo intentaba
desesperadamente yugular, sin éxito, la múltiple cabeza de la hidra.
Llama la atención que algunos de los condenados tuvieran como
distintivo común su carácter de filósofos. La filosofía, especialmente desde
que Sócrates y luego los sofistas la abrieran al conocimiento del ser humano y
de sus problemas, difundiendo una cultura crítica y libre de prejuicios, había
sido siempre mirada en Roma por el poder con suspicacia y desconfianza. Ya
en el año 155 a. C. algunos filósofos griegos habían sido expulsados de la
ciudad por considerárseles elementos subversivos. En especial, la doctrina
estoica, que encontró en Roma un especial arraigo, con su enseñanza de una
vida racional en armonía con la naturaleza, se convirtió en el foco de una
oposición teórica contra la tiranía. Tanto Augusto como Tiberio se habían
mostrado contrarios a la difusión de estas ideas e incluso algunos de los libros
donde se expresaban fueron prohibidos. Como sabemos, a comienzos de su
reinado, Cayo autorizó de nuevo su circulación, pero posteriormente su
actitud hacia la filosofía política experimentó un cambio radical. En el año 39,
Dión documenta la expulsión del rétor Carrinas Segundo, autor de un discurso
en el que, como ejercicio retórico, se atacaba la tiranía. Carrinas hubo de
exiliarse a Atenas, donde poco después se suicidó.
Ahora, en el otoño del 40, el caso del filósofo Julio Cano ilustra
claramente la actitud hostil de Cayo hacia los representantes del pensamiento
estoico. Cano fue acusado por motivos desconocidos y, en el curso del
proceso, seguramente llevado ante el Senado, se enfrentó abiertamente al

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emperador. Conocemos por Séneca algunos pormenores de la disputa. Parece
que Cano se mostró dialécticamente superior, y Calígula, al acabar la sesión,
le espetó: «Para que no te alegres con una vana esperanza, he ordenado que te
ejecuten». La respuesta del filósofo fue: «Y yo te doy las gracias, óptimo
príncipe». Y durante los diez días de plazo que prescribía la ley hasta la
ejecución de la sentencia, estuvo en su casa ocupado tranquilamente en la
resolución de sus asuntos. A sus amigos, que llorosos asistían a sus últimos
instantes, les consoló con las palabras: «¿De qué estáis tristes? Vosotros
andáis investigando si las almas son inmortales, y yo lo sabré ahora». Cuenta
Plutarco que cuando era llevado al lugar del suplicio profetizó a otro
pensador, Antíoco de Seleucia, que en el plazo de tres días su amigo Recto
también sería ejecutado, profecía que se cumplió.
También otro filósofo, miembro del Senado y probablemente seguidor de
esta corriente estoica de pensamiento, contraria a la tiranía de Cayo, fue
ejecutado por estas fechas. Se trata de Julio Grecino, padre de Cneo Julio
Agrícola, gobernador de Britania bajo Vespasiano, al que Tácito, su yerno,
inmortalizaría en la obra Agrícola. El propio historiador relaciona la muerte
del padre de su suegro con su negativa a procesar a Silano, aunque pasaron
dos años entre las dos condenas. Por su parte, Séneca le dedica un emotivo
elogio. «Si fuera necesario un ejemplo de generoso desinterés, habría que
citar el de Julio Grecino, varón egregio, que Cayo César hizo morir solo
porque tenía más virtud de la que podía convenirle a un tirano». Ejemplo de
altiva honradez, rehusó, para la celebración de los juegos por su pretura, las
sumas con las que dos consulares pretendieron comprar sus servicios,
ofreciendo como explicación a sus íntimos: «¿Cómo queréis que reciba un
beneficio de alguien de quien ni siquiera aceptaría un brindis en la mesa?».
Fueron los primeros ejemplos de una oposición intelectual muy activa, cuyo
núcleo era oponer al tirano el monarca justo y benévolo, que proliferaría de
aquí en adelante hasta final de siglo y que fue duramente perseguida por
emperadores como Nerón, Vespasiano o Domiciano.
Que estas doctrinas pudieron hacer mella entre jóvenes intelectuales de la
aristocracia senatorial, impulsados a representar el papel de tiranicidas, podría
explicar algunos arrestos y condenas, que, considerados en bloque, son
susceptibles de interpretarse como una de las ramificaciones de la múltiple
conjura. Ante todo, llama la atención la crueldad y vesania con las que
Calígula reaccionó ante estas amenazas, prueba de su miedo obsesivo —por
otra parte, perfectamente explicable— a posibles nuevas conspiraciones.

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Nuestras fuentes recuerdan, en primer lugar, los nombres de Cayo Anicio
Cereal y de Sexto Papinio, aunque no de forma unívoca, ya que Dión, al
parecer erróneamente, los considera padre e hijo. Del testimonio de Séneca,
contemporáneo de los acontecimientos y, por tanto, más fiable, se desprende
que se trataba de dos jóvenes de familias senatoriales y relacionados con el
propio círculo de Calígula, que, una vez descubierta su participación en un
complot, fueron encarcelados y sometidos a tortura. Papinio, hijo de un
consular de tiempos de Tiberio, resistió los tormentos sin que pudiera
arrancársele el nombre de ningún otro de los conjurados; Anicio, por el
contrario, se apresuró a denunciar a otros senadores y caballeros y, entre ellos,
al cuestor imperial Betilieno Baso, hijo del procurador Betilieno Capitón.
Gracias a ello, logró salvar la vida, aunque en el 66 fue obligado a suicidarse
por orden de Nerón y, por lo visto, su desaparición, de acuerdo con el
testimonio de Tácito, no fue especialmente sentida, «porque se recordaba que
había denunciado a Cayo el secreto de una conspiración».
Según Séneca, Calígula ordenó detener a los denunciados y los sometió a
tortura, «no para interrogarles, sino para divertirse». Y, a continuación, los
hizo ejecutar en plena noche, a la luz de las antorchas, en el curso de un
banquete que celebraba en los jardines de Agripina, obligando a sus invitados,
matronas y senadores, a presenciar el suplicio como si fuera un espectáculo.
Pero tuvo la «delicadeza» de ordenar que colocaran a los torturados una
esponja en la boca para evitar que dañaran con sus gritos de dolor los oídos de
los comensales.
La confusión de Dión, cuando une los nombres de Anicio y Papinio en
una relación paterno-filial, tiene su justificación en el interés del autor griego
por subrayar una de las prácticas de crueldad más odiosas que se supone debe
formar parte del comportamiento convencional de cualquier tirano:
atormentar los sentimientos de un padre obligándole a presenciar la ejecución
de su hijo. Por ello, resulta sospechoso que vuelvan a repetirse en nuestras
fuentes historias semejantes en otras dos ocasiones. Una de ellas, en especial,
tiene todas las características de haber sido inventada para cargar sobre
Calígula esta extrema forma de crueldad y, al mismo tiempo, resaltar los
mezquinos rasgos de envidia de su carácter. La anécdota es también de
Séneca:

Disgustado Cayo César por el elaborado peinado y la elegancia en


el vestir del hijo de Pastor, ilustre caballero romano, le hizo reducir a
prisión, y rogándole el padre que perdonase a su hijo, cual si la súplica
fuese sentencia de muerte, ordenó en el acto que le llevaran al suplicio.

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Mas para que no fuese todo inhumano en sus relaciones con el padre,
le invitó a cenar aquella misma noche. Pastor acudió sin mostrar el
menor disgusto en el semblante. Después de encargar que le vigilasen,
César le instó a brindar con una copa grande, y el desgraciado la vació
completamente, aunque haciéndolo como si bebiese la sangre de su
hijo. Le mandó perfumes y coronas, con orden de observar si los
aceptaba; los aceptó. El mismo día en que había enterrado al hijo, o
mejor dicho, que no pudo enterrarlo, él, centenario, estaba reclinado en
el lecho en el banquete de César, y el anciano gotoso hacia libaciones
que apenas se permitían el día del nacimiento de un hijo. Durante todo
el tiempo no derramó ni una lágrima, ni señal alguna reveló su dolor.
Cenó como si hubiese obtenido el perdón de su hijo. ¿Me preguntas
por qué? Porque tenía otro.

En cuanto a la segunda historia, se refiere a Betilieno Baso, el caballero


denunciado por Anicio Cereal y ejecutado con otros conjurados en los
jardines del Vaticano. Según Dión —extremo que no confirma Séneca—,
Calígula obligó a su padre, Betilieno Capitón, a presenciar la ejecución, sin
importar que no hubiese sido incriminado. Y cuando pidió permiso para
cerrar los ojos y evitar así la contemplación del doloroso trance, Calígula
ordenó que él también fuese ajusticiado. Capitón, sabiendo que ya no tenía
nada que perder, ideó una especial forma de venganza: simuló ser él mismo
uno de los conspiradores y prometió revelar los nombres del resto de sus
cómplices, entre los que incluyó a los más fieles colaboradores del
emperador, el liberto Calixto y los dos prefectos del pretorio. Y
probablemente habría conseguido su propósito si no hubiera ido demasiado
lejos al denunciar también a la propia esposa de Calígula, Cesonia, cuya
lealtad estaba fuera de toda duda. Lo que no fue óbice para que Cayo reuniera
en sus aposentos privados a Calixto y a los dos prefectos, espetándoles: «Yo
estoy solo y desarmado; vosotros sois tres y lleváis armas: si me odiáis y
queréis acabar conmigo, ¡ea, matadme!». Naturalmente los tres se deshicieron
en protestas de inocencia, postrándose servilmente a sus pies.
Se ha mencionado la cobardía de alguno de los encausados, dispuesto a
vender a sus compañeros con tal de salvar la vida. Pero tampoco faltan
anécdotas de comportamientos valerosos e incluso heroicos. El del filósofo
Cano es un buen ejemplo, pero ninguno tan impresionante como el de la
liberta Quintilia, en el que coinciden varias de nuestras fuentes. Este es el
relato de Flavio Josefo:

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Había un senador, de nombre Pompedio, que había recorrido casi
todos los honores; era epicúreo y, por lo tanto, no gustaba de los
negocios públicos, sino de la vida tranquila. Fue acusado por Timidio,
su enemigo, de haber pronunciado palabras insultantes contra Cayo;
citó como testigo a Quintilia, mujer de teatro, que, a causa de su
belleza, tenía muchos amantes, entre los cuales estaba también
Pompedio. Ella consideró indigno acusar falsamente a su amante de
algo que le costaría la vida; Timidio pidió que la hicieran torturar.
Cayo, exasperado, ordenó a Querea que sin tardanza sometiera a la
tortura a Quintilia, pues utilizaba por lo común a Querea para las
muertes y suplicios, con la idea de que lo realizaría con mucho más
rigor para escapar al reproche de molicie. Quintilia, llevada al
tormento, pisó el pie a uno de sus cómplices para darle a entender que
debía animarse y no temer los tormentos que sufriría, pues ella sería
valerosa. Querea la atormentó cruelmente, no por su propia voluntad,
sino obligado por la necesidad. Ella no cedió ni aun en medio de los
más grandes tormentos; Querea la llevó a presencia de Cayo, en un
estado tan lastimoso que nadie podía mirarla sin compadecerse.
Viendo cómo estaba, vejada por los tormentos, Cayo, algo conmovido,
los absolvió a ella y a Pompedio. Además entregó dinero a Quintilia,
para compensarle los daños que había sufrido en el cuerpo y por el
valor y ánimo con que sufrió los tormentos.

Casio Querea era tribuno de las cohortes pretorianas y, de creer al autor


judío, su participación en el suplicio habría sido el revulsivo que le impulsó a
unirse a los implicados en la conjura final que acabó con la vida de Calígula;
más aún, se convirtió en el autor material del magnicidio. Barrett sospecha
que el cómplice al que Quintilia dedicó el gesto de complicidad fue el propio
Querea, de lo que se inferiría que el tribuno formaba ya parte de la
conspiración, que, de ese modo, habría que considerar como una sola, y no
como sucesivos —y abortados— complots sin relación mutua. Suetonio, por
su parte, recuerda la cantidad regalada a la infeliz actriz, ochocientos mil
sestercios. Y en cuanto a Pompedio, si se puede identificar con el Pompeyo
Peno citado por Séneca[99] —Dión le llama Pomponio—, su comportamiento
estuvo lejos de responder al de su amante, cuando, agradecido a Cayo por
haberle perdonado la vida, no tuvo reparo en arrojarse a sus pies y besarle la
zapatilla.
Pero, al parecer, el caso de Quintilia fue una excepción en la
comprensible ola de terror que la cruel represión extendió entre el estamento

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senatorial. Se tiene la impresión de que Calígula buscaba tanto la degradación
como la desintegración del orden, no solo con el uso de la violencia, sino con
la continua provocación a la dignidad de sus miembros. Pero fue todavía peor
que los propios senadores contribuyeran con sus actitudes rastreras y
envilecedoras a prestarse al juego del emperador. Es en estos días cuando hay
que situar las insultantes y blasfemas epifanías de Calígula, travestido en dios
o diosa, el gesto de alargar la zapatilla en lugar de presentar la mejilla para el
acostumbrado beso de saludo y tantas y tantas anécdotas en las que se recrean
nuestras fuentes, que tergiversan intencionadamente el fondo de verdad —una
constante y consciente actitud de desprecio y desafío hacia los senadores—,
para ridiculizar o exagerar los comportamientos del emperador. Valgan como
ejemplo la intención de Cayo de nombrar cónsul a Incitatus, su caballo
favorito, o la instalación de un burdel en los aposentos del Palatino, en el que
las esposas e hijas de los miembros del ordo se habrían visto obligadas a
prostituirse. Sobre la primera ya hemos insistido y, en cuanto al supuesto
burdel, ni siquiera imaginable en el más feroz régimen de tiranía, podría
ofrecerse una explicación más plausible: al invitar a compartir su palacio con
miembros de las familias senatoriales, a quienes hacía pagar el honor que
significaba esta deferencia, por una parte, obtenía recursos económicos; por
otra, podía controlar más fácilmente a los cabezas de familia. Que en la
imaginación popular esta convivencia degenerara en excesos sexuales puede
entenderse sin esfuerzo y que los excesos convirtieran el palacio en un burdel
tampoco puede extrañar.
Pero sí es cierto que Cayo se complacía en deshonrar a la aristocracia
hiriendo su orgullo, con vejaciones humillantes y, en ciertos casos, hasta
pueriles. Así, prohibió a un Manlio utilizar su sobrenombre de Torquato, «el
hombre del collar», que desde muchas generaciones antes distinguía a una
familia de la nobleza por la acción heroica de uno de sus ancestros[100]; a
Cneo Pompeyo, el apelativo de Magno, ganado por su antepasado, el enemigo
de Julio César, o a un Cincinato, «el de la hermosa cabellera», su
sobrenombre hereditario[101]. Hizo desaparecer de los lugares públicos de
Roma las estatuas de los grandes hombres de la República, levantadas por
Augusto en el Campo de Marte, que significaban un motivo de orgullo para el
viejo patriciado, prohibiendo además a sus miembros que exhibieran, como
era la costumbre en ocasiones especiales, las estatuas y máscaras de sus
antepasados, sin su expresa autorización. Séneca insiste, de forma indignada,
en la afrenta inferida a un consular, Décimo Valerio Asiático, a propósito de
su esposa, cuyo poco satisfactorio comportamiento en la cama habría

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reprochado Calígula al marido, en voz alta, en el curso de un banquete.
Afrentas y desprecio por el estamento, que quedan bien reflejados en esta
anécdota, anotada con Suetonio, que, al mismo tiempo, es una prueba más del
cínico sentido del humor del emperador:

En medio de un espléndido festín comenzó de pronto a reír a


carcajadas; dos cónsules, sentados a su lado, le preguntaron con acento
adulador de qué reía: «Es que pienso —contestó— que puedo, con una
simple inclinación de cabeza, mandar que os estrangulen a los dos».

Es cierto que a esta destrucción de la aristocracia no eran ajenos sus


miembros, con su servilismo autodegradante, su falta de escrúpulos y su feroz
egoísmo, que, para salvar la vida, no dudaban en sacrificar la de sus propios
compañeros de estamento. No hay que olvidar que una buena parte de los
procesos por alta traición eran juzgados en el Senado, y no era raro ver emitir
a la Cámara sentencias de culpabilidad. Angustiados por las medidas de
venganza que pudiera tomar el emperador, los senadores se convertían en sus
propios verdugos, y Calígula contribuía a agudizar su psicosis de miedo con
iniciativas como la de permitir a los esclavos denunciar a sus amos y, con
ello, abrir la caja de Pandora a desquites y venganzas de carácter personal. La
inseguridad de los miembros de la nobleza, pendientes de una traición o de
una denuncia, que podía surgir incluso en la propia casa, era un elemento más
en la perseguida anulación de los fundamentos en los que desde siglos había
basado la aristocracia su preeminencia social. Ningún episodio puede
expresar más gráficamente la irrespirable atmósfera de miedo y adulación en
la se estaba ahogando el Senado que el desencadenado en la Cámara por uno
de los libertos del emperador, el griego Protógenes. En una ocasión, el liberto
entró en el salón de sesiones del Senado para cumplir algún encargo de su
amo, y los presentes, obsequiosos, se apresuraron a saludarle y darle la
bienvenida. Prótogenes se paró ante uno de ellos, Escribonio Próculo, y con
gesto adusto contestó a su cumplido con la pregunta: «¿Y tú, que odias tanto
al emperador, también me saludas?». Sin mediar palabra y de inmediato, los
asistentes rodaron al infortunado Escribonio y le lincharon allí mismo, en un
acto de justicia sumaria, sin procedimiento judicial alguno. Suetonio se recrea
en los pormenores: los senadores le hirieron con los estiletes que se usaban
para escribir en las tablillas de cera, y lo entregaron al populacho, que arrastró
por las calles sus miembros despedazados. Y concluye Dión:

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En cuanto a Cayo, se mostró complacido por este acto y declaró
sentirse reconciliado de nuevo con los senadores, que votaron fiestas
en su honor y decretaron que el emperador a partir de entonces, cuando
acudiese al Senado, se sentase en un estrado elevado para evitar que
pudiesen acercarse a él y que incluso pudiese acompañarle una guardia
armada; y hasta decidieron que sus estatuas fuesen protegidas.

Que el emperador podía ser víctima de agresiones en la Cámara, no


obstante la prohibición de portar armas en su interior, lo demuestra el trágico
final de César y las precauciones de su sucesor, Augusto, de acudir a las
reuniones del Senado protegido por una coraza bajo la toga. Hasta Tiberio,
aunque en un principio rechazó la oferta de una guardia de veinte hombres
armados, más tarde solicitó de la Cámara permiso para ir protegido por una
escolta de la guardia pretoriana. Calígula prefirió para esta misión a la guardia
germánica, que, desde Augusto, estaba estrechamente relacionada con la
persona del emperador y con los miembros de la familia imperial, cuya
resistencia física, brutalidad y lealtad eran proverbiales.
Durante un tiempo, pudo parecer que el abyecto proceder de los senadores
contra su colega Próculo y las subsiguientes deferencias hacia la persona del
emperador señalaban el comienzo de una tregua. Así lo manifestó
expresamente el propio Calígula, aunque sin dejar de sembrar la inquietud en
sus corazones. Reunió a los miembros de la Cámara y les comunicó que había
depuesto su ira y les perdonaba, con la excepción de unos pocos. Sin duda,
era un débil consuelo, porque nadie podía contar con la seguridad de no
encontrarse entre esos pocos.
El Senado parecía haber tocado fondo, convertido en un objeto sin
voluntad en las manos de Calígula: aprovechándose de sus inseguridades y de
sus ambiciones, los había paralizado por el miedo, para enfrentarlos luego
entre sí. El emperador pudo pensar que la aristocracia había dejado de
representar un peligro para su vida y que las personas de su entorno le eran
fieles, desoyendo las recomendaciones de Cesonia, que le instaba a acabar
con todos los sospechosos. Y esta fue su mayor equivocación.

Los conjurados: Calixto, Viniciano y Querea

Probablemente a ciegas, el viejo Capitón había dado en el clavo. El núcleo de


la conjura que acabaría con la vida de Calígula no procedía de la aristocracia
sino del entorno más próximo al emperador. Todas nuestras fuentes coinciden

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en señalar al liberto Calixto y a los prefectos del pretorio como responsables
del magnicidio, y a oficiales de la guardia como sus autores materiales.
Calixto era el más influyente de los libertos que se movían en el entorno
del emperador y Tácito no solo le implica en su muerte, sino que insinúa que
tuvo en ella un papel principal. Según Josefo:

Había llegado a la cima del poder, igual al del tirano, gracias al


miedo que inspiraba a todos y a la gran fortuna que había acumulado.
Se apoderaba de todo lo que podía y era insolente con todos usando su
poder con injusticia. Sabía que Cayo era implacable y tan terco que
nunca desistía de lo que había decidido; por esto y muchas otras cosas
se sentía en peligro, especialmente por su gran fortuna. Por eso servía
a Claudio, habiéndose pasado secretamente a su lado, pensando que
este obtendría el Imperio si Cayo desaparecía y que él encontraría, en
un poder similar al que ocupaba, un pretexto para obtener favores y
honores, si tomaba la precaución de conquistar la gratitud de Claudio y
la reputación de que le había sido fiel. Incluso había llegado su audacia
a decir que había recibido del emperador la orden de envenenar a
Claudio, y había diferido su ejecución con mil pretextos.

No es creíble —y así lo expone taxativamente el propio Josefo— que


Calixto hubiese recibido la orden de acabar con el tío del emperador. Si
Calígula hubiese querido desembarazarse de Claudio, no tenía por qué haber
recurrido a tan tortuosos caminos. Calixto solo trataba de amontonar motivos
de gratitud, que posteriormente le fueran rentables con el nuevo príncipe. Y,
efectivamente, lo consiguió. Muerto Calígula y entronizado Claudio, siguió
acumulando poder y riqueza como secretario de las peticiones dirigidas al
emperador y de su correspondencia jurídica, y murió nonagenario en tiempos
de Domiciano. En la oscuridad queda si el propio Claudio, que tenía sobrados
motivos para odiar a su sobrino, estuvo implicado directamente en la
conspiración o, al menos, sabía de su existencia.
En cuanto a los dos prefectos del pretorio, únicamente uno de ellos,
Marco Arrecino Clemente, originario de Pisauro y suegro del futuro
emperador Tito, es nombrado expresamente por Josefo, lo que no implica que
su colega no estuviese también involucrado. Ambos eran sospechosos a los
ojos del emperador, que intentaba enemistarlos entre sí para impulsarlos a
denunciarse mutuamente. Aunque entusiasta partidario de la conjura,
Clemente no participó directamente en su ejecución, alegando su avanzada

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edad, excusa con la que probablemente trataba de protegerse de los excesivos
riesgos que correrían quienes asumieran directamente el encargo.
Y fueron estos varios tribunos de la guardia pretoriana. Cada una de las
doce cohortes de mil hombres que componían la guardia estaba bajo las
órdenes directas de un tribuno, asistido por seis centuriones, suboficiales que
servían de correa de transmisión con el mando. Nuestras fuentes están todas
de acuerdo en señalar a uno de ellos, Casio Querea, como el ejecutor material
de la muerte de Calígula, con la participación de otros compañeros —Papinio,
Cornelio Sabino y Junio Lupo— y de varios centuriones.
Casio había sido centurión en una de las legiones del ejército de
Germánico y, según Tácito, se había distinguido por su valentía y por la
habilidad con la que había contribuido a sofocar el motín de las guarniciones
del Rin, tras la muerte de Augusto. Calígula lo consideraba uno de sus
hombres de confianza, encargándole de trabajos «sucios» y, entre ellos, de la
tortura de los procesados por delitos de alta traición, pero también de la
percepción de los nuevos impuestos y de la ejecución de los apremios por
deudas impagadas, que, comprensiblemente, concentraban sobre el
recaudador la ira popular. Josefo lo presenta como un idealista noble y lo
convierte no solo en ejecutor material, sino en inspirador y en cerebro
organizativo del complot. Sus motivaciones habrían estado inspiradas en la
voluntad de acabar con la crueldad de Calígula, de la que contra su voluntad
había tenido que ser agente —recuérdese el caso de Quintilia—, y, para lograr
su objetivo, no habría dudado incluso en asesinarle. Si no lo había hecho hasta
entonces, era solo porque quería estar seguro de que su golpe no fallaría. Pero
todas las fuentes, incluido el propio Josefo, coinciden en que su odio al
emperador se sustentaba en motivos más personales. Querea, de robusta
complexión, tenía una voz atiplada, bien como consecuencia de una herida en
los genitales sufrida durante el tiempo que sirvió al padre de Calígula, o
debido a su real o supuesta homosexualidad, y ello le convirtió en blanco
continuo de las crueles burlas de Calígula. Así lo explica Suetonio:

Casio era ya viejo y Cayo tenía la costumbre de prodigarle toda


suerte de ultrajes, tratándole de cobarde y afeminado. Cuando se
presentaba ante él para pedirle la consigna, le contestaba «Príapo» o
«Venus»[102], y si le daba las gracias por una razón cualquiera, le
tendía la mano a besar con actitud y movimientos obscenos.

Y todavía insiste Flavio Josefo:

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Querea, cuando recibía la consigna, se llenaba de cólera; pero se
irritaba todavía más cuando la transmitía a los demás, pues sabía que
entonces se convertiría en motivo de risa; de modo que los demás
tribunos se divertían a su costa, pues todas las veces que iba a pedir al
emperador la consigna, predecían que traería, como de costumbre,
motivo de regocijo.

El autor judío, a quien debemos el más detallado relato del asesinato,


informa que en la conspiración también estuvieron implicados personajes del
orden senatorial, bien en connivencia con los primeros, como ramas de la
misma conjura, o paralelamente y sin relación directa. Un grupo de ellos
estaba dirigido por Annio Viniciano, impulsado por el supuesto motivo de
querer vengar la muerte de su amigo Marco Lépido, aunque también por el
temor de correr su misma suerte. En él, seguramente se integraban senadores
como Valerio Asiático, el primer galo que obtuvo el honor del consulado,
muy cercano a Calígula, pero también, o precisamente por ello, blanco de sus
extemporáneas bromas, como los ya mencionados procaces comentarios del
emperador sobre su esposa, y otros miembros del estamento, como Publio
Nonio Asprenas y Lucio Balbo Norbano, de los que apenas sabemos otra cosa
que perdieron la vida en el tumulto que siguió al asesinato de Cayo. Años
después, se consideraba a Asiático como uno de los cerebros de la
conspiración, lo que cuadra mal con lo que sabemos sobre su comportamiento
tras el asesinato.
Josefo todavía nombra al líder de un tercer grupo, cuya identidad no es
demasiado bien conocida. Se trata de Emilio Régulo, originario de Corduba
(Córdoba), cuya participación en el complot no habría estado motivada por
razones personales, sino por el altruista impulso de acabar con la injusticia del
régimen imperante. Demasiado impulsivo y, en consecuencia, incapaz de
disimular sus resoluciones, cometió el error de informar a amigos y extraños
de sus propósitos. Se ha supuesto que el verdadero nombre del conspirador no
era Régulo, sino Recto, en cuyo caso se trataría de un hermano de Emilio
Recto, gobernador de Egipto con Claudio y familiar de Séneca[103], quien
también tenía buenos motivos para odiar a Calígula. En cuanto a Recto, era
amigo del filósofo estoico Julio Cano y ambos, como se ha dicho, fueron
ejecutados, probablemente unos días antes del asesinato de Calígula. Su fin
pudo haber impulsado a los otros grupos de conjurados a acelerar su plan por
miedo a ser descubiertos.
En la narración de Josefo, es Querea quien toma la iniciativa de confesar a
uno de sus colegas, Papinio, y a su superior, Clemente, sus remordimientos

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por los crímenes cometidos al servicio de Calígula y su deber de asegurar a
todos la libertad acabando con la vida del tirano. Y ante las dudas y
vacilaciones del prefecto en participar en la empresa, se pone en contacto con
otro de sus compañeros, Cornelio Sabino, quien, tras aceptar el proyecto con
entusiasmo, le acompaña a entrevistarse con el senador Viniciano. Así se
habrían puesto en contacto las dos ramas de la conjura, aunadas a partir de
ahora en un solo proyecto bajo el santo y seña «Libertad».
Existen suficientes contradicciones en el relato de Josefo para poder
aceptarlo sin discusión. Una de ellas, el papel de Querea como inspirador de
la conjura, en lugar de simple ejecutor de órdenes gestadas por otros cerebros.
La segunda, la supuesta participación o, al menos, conocimiento de un amplio
círculo de senadores, que se contradice con el comentario de Tácito de que el
asesinato de Calígula se debió «a un oculto complot». Teniendo en cuenta el
sofocante ambiente de sospechas y delaciones, del que es buena muestra el
episodio del linchamiento de Próculo, una conjura en la que hubieran tomado
parte un elevado número de implicados habría estado condenada al fracaso.
Al margen de reales o supuestas complicidades de miembros del estamento
senatorial, es más que probable que muy pocos estuvieran al corriente de la
trama y lo que es seguro es que ninguno participó directamente en el
asesinato. Pero, cuando Calígula efectivamente fue eliminado, quien más
quien menos trató de enjugar sus indignos comportamientos asegurando su
colaboración o connivencia con el complot. Por otra parte, los senadores, y
especialmente tras las últimas medidas sobre la seguridad del emperador que
ellos mismos habían votado, tenían muy pocas posibilidades de acabar con la
vida de Calígula, férreamente protegido por la guardia germánica que siempre
le acompañaba. Solo en el entorno armado cercano al emperador, y más
precisamente de la guardia pretoriana, podía encontrarse quien estuviese en
condiciones de cumplir con éxito la misión. Una lectura crítica de los textos
permite señalar a Calixto como el inductor, con el conocimiento y beneplácito
de los dos responsables de la guardia pretoriana y, quizás, también de
Viniciano y de un reducido grupo de senadores. Se buscó a un hombre
decidido, con posibilidades de acercarse al emperador, que tuviese motivos
personales para desear su muerte y lo suficientemente insensato para no temer
o ignorar las consecuencias que le acarrearía su acción, tanto si tenía éxito
como si fracasaba. El elegido fue Casio Querea, que, a su vez, arrastró a
algunos de sus compañeros más fieles.

Asesinato en el Palatino

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Puede ser que el plan, diseñado con mucha antelación, quedase durante
tiempo en suspenso hasta encontrar la ocasión oportuna, pero una
circunstancia obligó a acelerarlo. El 25 de enero del 41 estaba anunciada la
partida del emperador para Alejandría, la ciudad que había conocido de niño
de la mano de su padre y por la que en repetidas ocasiones había mostrado su
predilección. Permanece en la oscuridad si Calígula, como ha supuesto parte
de la investigación a partir de un comentario de Suetonio, tenía el
pensamiento de trasladar permanentemente su residencia a la ciudad del Nilo,
en forma semejante a como su antecesor, Tiberio, se había retirado a Capri.
Pero es más que probable que se tratara solo de un largo viaje por las
provincias orientales con una larga escala en Egipto. En todo caso, que Cayo
abandonara Roma, posponía sine die la ejecución del complot. Y por ello, se
decidió en última instancia hacer coincidir la fecha con la celebración de los
Juegos Palatinos[104]. Según Josefo, los conjurados habían ido dejando pasar,
sin decidirse, las jornadas de los juegos, hasta que Querea, el día 24, les
apremió con el razonamiento de que se trataba del último día de los
espectáculos y que ya no habría otra oportunidad, porque Cayo, a
continuación, se embarcaría para Egipto.
Como no podía ser de otra manera, una serie de portentos habrían
anunciado supuestamente la muerte de Calígula, y en su enumeración se
recrean nuestras fuentes. En Olimpia, la estatua de Zeus que Calígula pensaba
arrancar sacrílegamente de su sede lanzó una carcajada tan fuerte que echó
por tierra los andamios, espantando a los obreros que trataban de trasladarla.
Tanto en el Capitolio de Capua como en el templo de Apolo que se levantaba
en el Palatino, cayeron en el mismo día —el 15 de marzo— sendos rayos, que
fueron interpretados a posteriori como presagios del gran peligro que
amenazaba a un importante personaje por parte de sus guardias y de un
atentado semejante al cometido aquel día en el año 44 a. C., el que acabó con
la vida de Julio César. Un astrólogo, de nombre Sila, habría leído el
horóscopo de Calígula, anunciándole como próxima su muerte, inevitable y
violenta, y el famoso taumaturgo Apolonio de Tiana predijo la muerte del
emperador a sus compatriotas. Según Dión, Calígula ordenó traerlo a Roma y
le condenó a muerte el mismo día de su asesinato. Solamente se salvó porque
su castigo fue pospuesto. Los presagios también habrían señalado el nombre
del asesino: un personaje llamado Casio soñó que había recibido la orden de
sacrificar un toro a Júpiter y el oráculo de Anzio advirtió al emperador «que
se guardase de Casio». Cobarde y supersticioso, Calígula interpretó que se

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trataba de Cayo Casio Longino, a la sazón gobernador de Asia, hermano del
primer marido de Drusila y descendiente de uno de los asesinos de César,
circunstancia de la que, al parecer, se enorgullecía. La muerte de Calígula le
salvó la vida y continuó progresando en la carrera de los honores hasta su
destierro en el año 65 por Nerón como implicado en la conspiración de Pisón.
Estos signos ominosos se amontonaron en el día de la muerte, aunque
Suetonio los considera como desgraciadas casualidades. La noche antes,
Calígula habría soñado que había estado en el cielo, al lado del trono de
Júpiter, y que el dios, con el dedo grueso del pie derecho, le había empujado a
la tierra. La sangre estuvo continuamente presente en la jornada de su muerte.
En el curso de un sacrificio, le salpicó a Calígula la sangre de la víctima. Y
poco después, en el teatro, también la sangre, aunque en este caso artificial,
inundó la escena. Se estrenaba un mimo de Catulo, ya mencionado, que luego
se hizo muy popular entre el público romano: Laureolo, el jefe de bandoleros,
que, tras burlar continuamente a la justicia, es hecho prisionero y crucificado.
En una de las escenas, el protagonista, al salir de entre las ruinas de un
edificio, vomitaba sangre. Según cuenta Suetonio, los actores secundarios,
para mostrar sus habilidades, acompañaron a Laureolo en sus vómitos, y el
escenario quedó teñido de rojo. En fin, también se consideró como presagio
que en esa jornada, el actor favorito de Cayo, Mnéster, representase el papel
principal de una tragedia que otro histrión, Neoptolemo, muchos años antes,
había interpretado el día en que fue asesinado Filipo de Macedonia, el padre
de Alejandro Magno. Se trataba de la pieza Cyniras, donde el rey de este
nombre y su hija, Mirra, unidos por lazos incestuosos, terminan suicidándose,
añadiendo aún más sangre al ya rebosante suelo de la escena.
La jornada comenzó muy temprano para el asesino. A primera hora de la
mañana se encontraba en el palacio para solicitar, como era la costumbre de
los tribunos, el santo y seña, tarea que precisamente en ese día a él le tocaba.
Mientras, la multitud subía la colina del Palatino, entre empellones y
alborotos, para tratar de ocupar las mejores plazas en el teatro, toda vez que
un reciente decreto había anulado las reservas de asientos para senadores y
caballeros: estamentos privilegiados y pueblo llano, hombres y mujeres, libres
y esclavos, todos se sentaban mezclados en una confusión que parecía divertir
enormemente al emperador.
Calígula, rodeado de su guardia bátava, se dirigió hacia el ara donde debía
ofrecer un sacrificio a Augusto, en cuyo honor se celebraban los juegos. Una
de las víctimas, un flamenco, al ser herido de muerte, salpicó con su sangre la
túnica de Cayo y de un senador que se encontraba a su lado, un tal Nonio

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Asprenas, circunstancia que, aparentemente regocijó al emperador y que
luego los supersticiosos romanos interpretarían como ominoso augurio para
ambos. Cumplido el sacrificio, Cayo, acompañado del grupo de sus íntimos,
ocupó su asiento en el teatro. Se trataba de una estructura portátil, levantada
frente al palacio imperial, en el área empinada que comunicaba la colina del
Palatino con la depresión del Foro, dotada de dos puertas, una abierta sobre la
ciudad, y la otra, sobre un pórtico, para que las entradas y salidas no
molestaran a los que se encontraban en su interior y para facilitar los
movimientos de músicos y actores. Cayo se sentó en el lado derecho del
teatro y Querea, con los otros tribunos, a poca distancia. Al parecer y contra
su costumbre, el emperador se encontraba de un excelente humor, que se
convirtió en regocijo al contemplar a los espectadores luchando a brazo
partido para hacerse con alguno de los presentes —frutas y aves exóticas—
lanzados sobre las gradas.
Se aproximaba la hora séptima —la una de la tarde— y los implicados en
la conjura comenzaban a impacientarse. Esperaban que Cayo abandonara el
teatro, como solía, para ir a comer y refrescarse, antes de regresar, pero el
emperador dudaba, porque tenía cargado el estómago aún de la cena de la
víspera. Viniciano, sentado más arriba de Cayo, temeroso de que también se
escapase esta oportunidad, se levantó para ir al encuentro de Querea, que ya
había salido. Cayo, asiéndole de la toga, le preguntó amablemente: «¿Adónde
te diriges, buen hombre?». El senador no tuvo otro remedio que sentarse,
presa del pánico. No obstante, volvió a intentarlo de nuevo y, en esta ocasión,
nada le impidió la salida. Mientras tanto, los compañeros de Cayo —según
Josefo, Asprenas, que estaba involucrado en el complot— lograron que
aceptara abandonar el recinto. Querea, entretanto, apostado con sus
compañeros en los lugares establecidos e impaciente por la tardanza, estaba a
punto de dejar su puesto, resuelto a lograr su propósito en el lugar donde
Cayo estaba sentado, sin importarle la previsible masacre que su acción
desencadenaría entre el público asistente, cuando el ruido de voces le indicó
que el emperador se aproximaba. Los conjurados dispersaron a la multitud
que iba en pos del emperador, pretextando que deseaba tranquilidad, aunque
en realidad para garantizar su propia seguridad y para privar a Cayo de la
protección que podría brindarle una masa devota. Precedían al emperador su
tío Claudio, Marco Vinicio, esposo de su hermana Livila, y Valerio Asiático,
e iba a su lado el senador Paulo Arruncio. Al entrar en el palacio, en lugar de
proseguir por el camino directo, donde le esperaban los criados para servirle y
hacia donde se dirigieron los acompañantes que habían tomado la delantera,

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se desvió por un corredor desierto y oscuro para ir a los baños y para
contemplar y animar a un grupo de niños procedentes de las más nobles
familias de la provincia de Asia, que había hecho acudir para que actuaran en
los teatros de Roma. Si no hubiese sido porque el director del coro se quejaba
de frío, Cayo hubiera vuelto sobre sus pasos para disponer que se representase
de inmediato el espectáculo que traían preparado.
Fue en ese momento, mientras Cayo departía con los niños, cuando
Querea le salió al encuentro y le solicitó el santo y seña. Según su costumbre,
el emperador le respondió con una de sus hirientes bromas y el tribuno, al
tiempo que le insultaba, sacó su espada y se la clavó entre el brazo y el cuello.
La herida no era mortal porque la clavícula detuvo el golpe, y Cayo, gimiendo
de dolor, sin pedir ayuda, trató de escapar de la encerrona. En ese momento,
le salió al encuentro otro de los tribunos, Cornelio Sabino, y de un golpe le
hizo caer de rodillas. Fue entonces cuando se aproximó el grueso de los
conjurados, que al unísono hundieron una y otra vez las espadas en su cuerpo.
Para Josefo no es seguro si fue el propio Querea o un centurión, de nombre
Aquila, quien le remató y, cumplido el propósito, abandonaron el cuerpo sin
vida de Cayo y, por un camino distinto a aquel por donde el emperador había
caído en la trampa, se refugiaron en las estancias del palacio que habían sido
la residencia precisamente del padre de Calígula, Germánico.
Aun con tal cúmulo de detalles, nuestras fuentes, dependientes de
distintas tradiciones, difieren en los pormenores del asesinato. Según otra
versión, que recoge Suetonio, mientras Cayo hablaba con los niños, Querea,
colocado a su espalda, le hirió en el cuello al grito de: «¡Haced lo mismo!», al
tiempo que Sabino le atravesaba el pecho. Y una tercera versión pretende que
fue Sabino quien, después de separar a Cayo de sus acompañantes, con el
concurso de centuriones implicados en la trama, le solicitó el santo y seña, y,
al responder el emperador «Júpiter», Querea le descargó un golpe en la
mandíbula, mientras exclamaba: «Recibe una prueba de su cólera». Calígula
cayó al suelo y se encogió sobre sí mismo, gritando que aún vivía; los
conjurados, al grito de: «¡Repite!», se abalanzaron sobre el caído y cosieron
su cuerpo a puñaladas, una de ellas en los genitales. Inaceptables son, en
cambio, los detalles de canibalismo que ofrece Dión, fruto de una fantasía
absolutamente infantil: los conjurados, no satisfechos con haber acabado con
el tirano, se habrían lanzado sobre la víctima para comer su carne.
Los primeros que se apercibieron de la muerte de Cayo fueron los
soldados germanos de su guardia personal. Enfurecidos, no tanto por lealtad
al emperador como por que habían perdido a su principal benefactor,

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descargaron su cólera sobre todo aquel que encontraron a su paso, de forma
indiscriminada. Dirigidos por su jefe, un fornido exgladiador, de nombre
Sabinio, recorrieron las estancias del palacio y, al topar con el senador
Asprenas, cuya túnica, como sabemos, estaba manchada con la sangre del ave
sacrificada a primera hora, lo mataron. El siguiente fue Lucio Balbo Norbano,
que intentó inútilmente defenderse contra los bestiales guardaespaldas. Y un
tercero, de nombre Anteyo, al decir de Josefo, pereció solo por curiosidad.
Con buenos motivos personales para odiar a Calígula —su padre había sido
condenado al destierro y luego asesinado—, quiso complacerse en la
contemplación del cadáver y allí le encontraron los germanos.
Muy pronto se fue extendiendo por las gradas del teatro el rumor de que
habían matado al emperador, mezclado con noticias contradictorias: que Cayo
solo había sido herido y estaba siendo atendido por sus médicos; que, aunque
herido, había huido al Foro para buscar protección entre el pueblo; que se
trataba de un ardid del propio emperador para reconocer los sentimientos que
inspiraba. Ante la duda, nadie se atrevía a expresar libremente sus
sentimientos ni a moverse de sus asientos. El estupor fue cediendo al miedo, y
el miedo al terror cuando los germanos, con las espadas desenvainadas,
penetraron en el teatro y expusieron sobre el altar donde se habían celebrado
los sacrificios matinales, las cabezas de Asprenas y de los otros desgraciados
con quienes se habían topado. Los gritos y los llantos, las súplicas y las
protestas de inocencia parecieron calmar de momento a los encolerizados
guardias, en un angustioso impasse al que puso fin un cierto Evaristo
Arruntio, pregonero de oficio, que, con potente voz y acento lúgubre, anunció
la muerte de Cayo. Luego, acompañado de los oficiales de la guardia, recorrió
el teatro para convencer a los germanos de que depusieran las armas, al
tiempo que les informaba del magnicidio.
Si en un principio la plebe reclamó el castigo de los asesinos, cuando
tuvieron certeza de la muerte de Cayo, una vez calmados los ánimos y pasado
el peligro de la represalia, se enfrió el fervor con el que querían vengarlo y
atropelladamente fueron abandonando el teatro, dispersándose para regresar a
sus casas. Por su parte, los germanos, aunque de mala gana, depusieron las
armas, sin haber logrado su propósito de dar con los asesinos, mientras
Querea, según Josefo, temeroso de que Viniciano hubiese perecido a manos
de los bárbaros, solicitó a los soldados de su guardia que cuidasen de la
seguridad del senador, mientras él mismo trataba de informarse de su
paradero. Viniciano, al fin, fue encontrado y llevado ante Clemente, uno de
los dos prefectos del pretorio, que le puso de inmediato en libertad. Otros de

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los conspiradores lograron salvar la vida gracias a un médico, de nombre
Alción: sorprendido por los germanos en el momento en que estaba curando a
algunos heridos, logró que escaparan con el pretexto de enviarlos a buscar
medicamentos que le eran precisos.
Muerto Cayo, Cesonia, su esposa, tenía pocas posibilidades de sobrevivir.
Junio Lupo, uno de los tribunos de la guardia —centurión, según Suetonio—
fue enviado de inmediato al palacio imperial para acabar con su vida. La
infeliz emperatriz fue degollada y su hija Drusila, que aún no había cumplido
los dos años de edad, estrellada contra la pared. El relato de Josefo, prolijo en
dramáticos detalles, parece más bien una licencia literaria que una fría crónica
del suceso. Según el autor judío, fue también Querea el responsable de estas
muertes, convencido de que, si se dejaba con vida a la esposa y a la hija de
Cayo, podían convertirse en un peligro para el completo éxito de la causa y,
varias horas después de la muerte del emperador, tras una reunión de
emergencia del Senado, dio a Lupo el enojoso encargo de acabar con ellas.
Lupo habría sorprendido a Cesonia, tendida al lado del cadáver de su esposo,
afligida y manchada de sangre, con su hija recostada al lado. Cuando vio a
Lupo, le mostró el cadáver de Cayo y con lágrimas y lamentos le dijo que se
acercara. Al ver que no lo hacía, comprendió las intenciones del soldado y
descubrió su garganta, encomendándose a los dioses, mientras pedía al
verdugo, con decisión y valentía, que no se demorase en su propósito. Es
mucho más probable que los conjurados, que, como sabemos, se habían
refugiado en el palacio imperial, buscasen de inmediato a Cesonia para
eliminarla y evitar así que pudiera convertirse en un foco de resistencia. No
puede, por tanto, aceptarse que la encontrasen al lado del cadáver de Cayo,
que aún seguía tendido en el corredor.
Según Josefo, fue el fiel amigo de Calígula, Herodes Agripa, que se
encontraba por entonces en Roma, quien se hizo cargo de los despojos: los
trasladó a una estancia del palacio, los colocó en una litera y comunicó a los
guardias que el emperador vivía todavía, que sufría a causa de las heridas
recibidas y que los médicos estaban con él. Así, sin ser molestado, pudo
llevarlos en secreto a una propiedad imperial en las afueras de Roma, los
jardines de Lamia, en el Esquilino, donde después de incinerarlos
precariamente en una improvisada pira, los enterró a toda prisa bajo una
delgada capa de césped. Semanas más tarde, Agripina y Livila, de regreso del
exilio donde su hermano Cayo las había confinado, a pesar de todo,
cumplieron con los sagrados deberes familiares de la pietas e hicieron
exhumar los restos semicalcinados, para quemarlos debidamente y dar

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sepultura a las cenizas. Según el rumor popular, solo entonces dejó su
fantasma de atormentar a los guardianes de los jardines donde había sido
enterrado, y los espantosos ruidos que resonaban de noche en el escenario del
crimen cesaron para siempre.
Así fue el fin de Calígula, cuando aún no había cumplido los veintinueve
años. Y este es el epitafio que Flavio Josefo le dedica, en el que ofrece quizá
la más certera clave para comprender su breve paso por el solio imperial:

Resulta difícil mantener la moderación y autocontrol para quienes no


están obligados a dar cuenta de lo que hacen y tienen expedito el camino para
proceder arbitrariamente. Al principio, Cayo era tenido en gran estima por
haberse esforzado en emular a los mejores en saber y reputación; luego, el
exceso de sus injusticias terminó por destruir el afecto que sus
contemporáneos le tenían y alimentó un odio secreto; por último, fue
asesinado.

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EPÍLOGO

L A muerte de Calígula, en cierto modo, parecía recordar a la de César y,


como entonces, tanto los senadores que habían participado en la conjura como
aquellos que deseaban el fin del tirano, respiraron aliviados y concibieron la
esperanza de poder retomar en sus manos las riendas del poder. Pero no eran
conscientes de que la historia no permite saltos hacia atrás y que ellos
mismos, con sus egoísmos personales y sus feroces individualismos, atentos
únicamente a incrementar fortuna y estimación social a la sombra
precisamente del mismo poder que denostaban, habían enterrado para siempre
los ideales republicanos. Aunque en la euforia del momento, la ilusión estaba
creada y fueron los cónsules —Sencio Saturnino y Quinto Pomponio Segundo
— quienes convocaron a los senadores a una sesión para determinar las
primeras medidas a tomar. Y escogieron como lugar de reunión, no el
acostumbrado de la Curia Julia, cuyo nombre traía reminiscencias de la
odiada dinastía finalmente derrocada, sino el Capitolio. Previamente habían
tenido buen cuidado de llevarse consigo los fondos del aerarium Saturni, el
tesoro ubicado en el templo de Saturno, en el Foro —de ahí su nombre—,
para que la Cámara, con el grueso de las cohortes urbanas, los protegiera de
eventuales saqueos por parte de la multitud.
Y es que, tras la estampida del teatro y cuando la noticia de la muerte de
Cayo se fue extendiendo en Roma, la muchedumbre fue arremolinándose en
el Foro exigiendo el castigo de los asesinos. A pesar de eventuales
desencuentros, la muerte de Calígula había extendido un general desasosiego
porque el pueblo aún amaba a su príncipe o, al menos, las liberalidades que de
él provenían y que consideraban como una conquista definitiva a la que no

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estaban dispuestos a renunciar. Pero para entonces, la guardia pretoriana se
había adueñado de la situación y varias de las cohortes habían tomado
posiciones en la ciudad, atentas a sofocar cualquier disturbio. Con una
oportuna promesa de una rebaja de impuestos, el pueblo se dio por satisfecho,
y poco a poco fue dispersándose la multitud que había colmado el Foro.
En un ambiente eufórico, el Senado volvió a utilizar el inevitable lema de
«Libertad» como santo y seña de las tropas a las órdenes de Querea y se
dispuso a considerar las decisiones que habían de adoptarse. En primer lugar,
se aprobó un decreto que condenaba a Calígula por sus crímenes. Pero el
interés principal se centraba en el futuro del Estado. Volvieron a alzarse las
voces que reivindicaban la revocación del sistema imperial y el
restablecimiento de un gobierno senatorial, que les devolviera poderes y
privilegios, con propuestas extremistas que exigían incluso abolir la memoria
de todos los titulares del régimen imperial y destruir sus templos. El cónsul
Senecio pronunció un vibrante discurso, que Josefo nos ha conservado, en el
que invocaba con arrebatadores acentos el tema de la libertad como necesaria
consecuencia de la virtud, precisamente la cualidad contraria a la tiranía:

Por lo tanto, en el momento actual, lo primero y más noble debe ser


vivir de acuerdo con la virtud, que es la única que engendra y conserva
la libertad para los hombres. He sabido el gran número de males que
ocasiona la tiranía, oponiéndose a toda virtud, privando de la libertad a
los magnánimos, induciendo a los hombres a la adulación y al miedo,
pues no gobierna de acuerdo con la prudencia de las leyes, sino según
su arbitrio. Desde el momento en que Julio César se propuso privar al
pueblo del poder, sin tener en cuenta las leyes, perturbó la República…
Aunque todos los tiranos exhibieron una dureza insoportable en su
gobierno, sin embargo Cayo, ahora difunto, cometió crímenes mayores
que todos los otros…, sembrando males entre todos indistintamente e
imponiendo penas injustas, llevado por una cruel ira contra los dioses
y contra los hombres… Nada ha nutrido mejor la tiranía que la
negligencia y la ausencia de toda oposición… Por ello, en primer
lugar, debemos tributar a los matadores del tirano los mayores
honores, especialmente a Casio Querea… y demostrar así nuestra
primera expresión de independencia.

Mal podía predicar el ardiente orador sus arengas de libertad mientras


exhibía en su mano un anillo con una piedra engarzada que contenía la
imagen del odiado Calígula. Y el discurso se desvaneció en lo que era: una

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simple cortina de humo, que se disipó tan pronto como se hicieron patentes
los distintos intereses de los miembros de la Cámara, que, lejos de
pronunciarse sobre el final del régimen, se enzarzaron en agrias disputas
sobre la persona que habría de sustituir al emperador muerto. No faltaban los
candidatos: las pretensiones de uno de los íntimos de Calígula, Valerio
Asiático, tropezaron con la obstrucción de Annio Viniciano, considerado
como uno de los instigadores del complot, que también quería optar al puesto;
y, como tercero en discordia, también presentó su candidatura Vinicio, el
cuñado de Calígula, aunque con la oposición de los cónsules, que esgrimieron
distintos pretextos; hubo quien sugirió el nombre del prestigioso general
Sulpicio Galba, que Cayo había puesto al frente de los ejércitos del alto Rin.
La respuesta, no obstante, a este múltiple dilema no estaba en el recinto en el
que discutía la Cámara, sino lejos de allí, en los cuarteles pretorianos de la
porta Viminalis, que, mientras tanto, habían sido escenario de la aclamación
imperial de Claudio, el tío de Calígula, por los soldados que allí acampaban.
Nuestras fuentes disienten en las circunstancias que llevaron al ya
cincuentón Claudio a convertirse en cabeza del Imperio. Según la versión de
Josefo, después de que perdiera a su sobrino en el camino de regreso al
palacio, cuando conoció la noticia de su muerte, buscó desesperadamente
donde poder salvarse y se ocultó en un recoveco. Su inquietud dio paso al
pánico cuando observó desde su escondite las cabezas de Asprenas y de otros
asesinados en las manos de los guardias germanos. Y cuando, finalmente, los
pretorianos se hicieron cargo de la seguridad del palacio, uno de ellos, de
nombre Grato, se percató del bulto disimulado entre las sombras y al
descubrir su identidad les dijo a sus compañeros: «Es Germánico. Hagámoslo
emperador». Claudio, incapaz de soportar la tensión producida por el miedo y
el gozo, ante la imposibilidad de mantenerse en pie, hubo de ser sostenido por
los soldados, a los que se fueron agregando otros cada vez en número mayor,
que, en volandas, entre vítores y aclamaciones, le trasladaron a su
campamento.
Esta es, en cambio, la versión de Suetonio:

Cuando los asesinos de Calígula apartaron a todos, con el pretexto


de que el emperador quería estar solo, Claudio, alejado como los
demás, se retiró a una pequeña habitación, llamada el Hermeo;
sobrecogido de miedo, al primer rumor del asesinato, se arrastró desde
allí hasta una galería inmediata, donde permaneció oculto detrás de la
cortina que cubría la puerta. Un soldado, que por casualidad llegó
hasta allí, le vio los pies; quiso saber quién era y reconociéndole le

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sacó de aquel sitio. Claudio se arrojó a sus pies suplicándole que no le
matara; el soldado le saludó como emperador, le llevó a sus
compañeros, todavía indecisos y estremecidos de cólera, los cuales le
colocaron en una litera y, como habían huido los esclavos, le llevaron
en hombros al campamento. Claudio estaba afligido y tembloroso y los
transeúntes le compadecían como a una víctima inocente que llevaban
al suplicio. Fue recibido en la parte fortificada del campamento y pasó
la noche rodeado de centinelas, más tranquilo en cuanto al presente
que para el futuro.

Ambos relatos, lo mismo que el de Dión, más cercano a Josefo, contienen


las suficientes incongruencias como para sospechar en una interesada puesta
en escena, desfavorable a la figura del nuevo emperador. En especial, resulta
sorprendente el papel pasivo de Claudio, arrastrado a su pesar hasta el solio
imperial. Pero más sorprendente resulta la energía desplegada apenas unas
horas después del asesinato de Cayo por quien, supuestamente tembloroso y
pusilánime, escondido en un rincón, trataba de salvar la vida. La evidencia
circunstancial sugiere la complicidad de Claudio en toda la trama, aunque su
grado de responsabilidad resulte imposible de determinar. El espectro abarca
desde el liderazgo de un grupo, en el marco de una coalición, a la aceptación
de un plan ideado por uno u otro grupo de conjurados. Es muy probable que
Claudio fuese llevado al poder por uno de estos grupos, que se hizo con el
control de los acontecimientos poniendo a su lado a la guardia pretoriana.
Pero el papel activo que pudo jugar en esta determinación fue
deliberadamente mantenido en la oscuridad, mientras sus agentes cargaban
con la responsabilidad de la acción, aunque solo actuaran como intérpretes de
sus deseos.
Cuando se supo que Claudio se hallaba a salvo en los cuarteles de la
guardia pretoriana, decidida a proclamarlo emperador, el nerviosismo se
apoderó del Senado. Dos tribunos de la plebe, Veranio y Broco, elegidos por
sus prerrogativas de inviolabilidad, fueron enviados a los cuarteles para exigir
a Claudio que se plegara a las decisiones del Senado, invitándole a acudir a la
Cámara a expresar sus opiniones. La hipócrita respuesta de Claudio de que se
hallaba retenido a la fuerza, quedó bien pronto desenmascarada cuando, a
continuación, de acuerdo con Flavio Josefo, los pretorianos le aclamaron
como imperator, recibiendo a cambio por parte de Claudio la promesa de un
donativo de quince mil sestercios por cabeza. Promesa de importantes sumas
también para los soldados de las cohortes urbanas buscaron deliberadamente
debilitar la lealtad que hasta el momento el cuerpo había ofrecido al Senado.

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Para responder a la Cámara y expresarles su posición, Claudio eligió a su
amigo Herodes Agripa, cuyo protagonismo en las conversaciones, sin duda,
ha sido exagerado por Flavio Josefo, para realzar la figura de un judío como
él. El meollo de sus argumentos, en cualquier caso, desarrollaba la idea de
que él no había buscado el poder, pero una vez que le había sido ofrecido no
estaba dispuesto a deponerlo. Había sido testigo de la tiranía de Calígula y
prometía ser justo y olvidar cualquier veleidad de venganza.
Al amanecer del día 25, tras la larga noche de discusiones y
conversaciones, apenas quedaba en el Capitolio una sexta parte del cuerpo
senatorial. Claudio había logrado convencer, mientras tanto, a la inmensa
mayoría de que la resistencia era inútil y que en su camino hacia el poder no
había marcha atrás. El realismo acabó imponiéndose y la Cámara redactó los
decretos que concedían a Claudio el título de Augusto y los poderes y títulos
de que había gozado precedentemente Calígula, a excepción del de Padre de
la Patria, que, como su sobrino, solo asumió más tarde. Como emperador,
tomó los nombres oficiales de Tiberio Claudio César Augusto Germánico. La
elección no era caprichosa. Obedecía a un bien meditado plan para legitimar
un poder, obtenido de un modo, cuanto menos, cuestionable. Calígula, su
antecesor, el primer emperador que moría violentamente víctima de una
conjura, no había designado sucesor; la ascensión de Claudio no se debía a
otra razón que la intrusión del ejército en la organización política creada por
Augusto. Es cierto que el factor militar había estado siempre implícito en el
sistema del Principado, pero hasta el momento se había logrado disfrazar
cuidadosamente. Con la aclamación de Claudio se había revelado la esencia
misma del sistema: un poder debido en última instancia a las espadas de los
soldados y no basado en la ley y el consenso. No se había llegado a una
imposición violenta, pero el hecho mismo de que el Senado durante un breve
intervalo hubiese intentado bloquear la designación de Claudio con tropas
propias, venía a refrendar la realidad de esta estructura de poder. La sombra
del ejército planeará desde ahora y para siempre sobre el solio imperial.
Claudio todavía esperó treinta días antes de dirigirse oficialmente al
Senado. Sus primeras medidas de gobierno tendían a la conciliación y podían
considerarse un ejemplo de moderación, en craso contraste con la pesadilla de
los últimos cuatro años de tiranía. Dión Casio recuerda un buen número de
ellas: regresaron los exiliados, entre ellos, las dos hermanas del emperador,
Julia Livila y Agripina, y se restituyeron, por decreto del Senado, los bienes
confiscados a sus dueños o, en caso de fallecimiento de los condenados, a sus
hijos; se exigió la devolución de las cantidades regaladas por Cayo sin razón a

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sus protegidos; fueron castigados los esclavos y libertos que hubieran
declarado en juicio contra sus patronos y se destruyeron los venenos
encontrados en la residencia de Calígula; fueron quemados los documentos
relativos a los juicios de Cayo y dos de sus libertos más siniestros y
comprometidos, Protógenes y Helicón, fueron condenados a muerte. Contra
Calixto, como sabemos, no solo no se tomaron represalias sino que se
convirtió en la mano derecha del nuevo emperador, circunstancia que
entreabre las «ocultas insidias» del complot que acabó con la vida de
Calígula. En cuanto a sus asesinos, Claudio no podía perdonar el atentado
contra un miembro de su familia y el propio acto del magnicidio. El Senado,
que poco antes había alabado en la persona del cónsul Sentio la acción de
Querea y que solicitaba para él los máximos honores, no tuvo dificultad en
votar su condena a muerte. El tribuno murió valientemente arrojándose sobre
su espada. Otros de los participantes en el atentado murieron con él, aunque
las fuentes solamente recuerdan el nombre de Lupo. Sabino, el colega de
Querea, ni fue acusado ni relevado de sus funciones, aunque luego se suicidó.
De todas formas, la represión no se extendió hacia los círculos senatoriales
que habían participado o simpatizado con el complot. Más aún, Claudio no
tuvo dificultad en promover a senadores que habían exteriorizado su intención
de restaurar la República u ocupar ellos mismos el trono, durante las
tormentosas horas de interregno que siguieron al asesinato de Calígula. Es
cierto que Annio Viniciano se suicidó meses después, tras el fracaso de una
conjura contra Claudio, urdida por él en connivencia con el gobernador de
Dalmacia, Camilo Escriboniano.
Claudio, aunque evitó que prosperara formalmente la damnatio memoriae
acordada por el Senado contra Cayo, permitió, en cambio, que se borrara su
nombre de las inscripciones y que se derribaran sus estatuas. Se abría así la
veda para acumular sobre el difunto emperador todos los infundios,
exageraciones, calumnias y tergiversaciones con los que el acobardado
Senado quiso desquitarse del miedo y envilecimiento a los que Cayo le había
sometido. Y, paso a paso, surgió la leyenda del monstruo, que terminaría
anulando los rasgos positivos de su personalidad y de su breve gestión como
príncipe. Calígula ya no volvería a ser nunca un cariñoso apodo, sino un
sinónimo de crueldad y perversión.

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CRONOLOGÍA

año 12 31 de agosto. Nacimiento


de Calígula. Germánico, cónsul.
año 14 18 de mayo. Augusto envía a Calígula a Germania.
19 de agosto. Muerte de Augusto.
Otoño. Sublevación de las legiones del Rin y el Danubio.
año 15 Primavera-verano. Primera campaña de Germánico en Germania.
año 16 Primavera-verano. Segunda campaña de Germánico en Germania.
año 17 26 de mayo. Triunfo de Germánico, al que acompaña Calígula.
Otoño. Germánico, acompañado de Agripina y de Calígula, parte
para Oriente.
año 18 Segundo consulado de Germánico.
año 19 10 de octubre. Muerte de Germánico.
año 20 Enero. Regreso de Agripina y Calígula con las cenizas de
Germánico.
año 26 Tiberio abandona Roma y se retira a Capri.
año 27 Diciembre. Calígula en casa de su bisabuela Livia.
año 28 Matrimonio de la hermana de Calígula, Agripina, con Domicio
Ahenobarbo.
año 29 Muerte de Livia. Calígula pronuncia su elogio fúnebre.
Arresto de la madre de Calígula, Agripina, y de su hermano
Nerón.
Calígula en casa de su abuela Antonia.
año 30 Arresto de Druso, hermano de Calígula.

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año 31 Fin del verano. Muerte de Nerón, hermano de Calígula.
Calígula en Capri. Asunción de la toga viril.
18 de octubre. Sejano, arrestado y ejecutado.
año 33 Calígula, cuestor.
Matrimonio de Calígula con Junia Claudia. Sus hermanas,
Drusila y Livila, desposan, respectivamente, a L. Casio Longino y
M. Vinicio.
Muerte del hermano de Calígula, Druso.
18 de octubre. Muerte de la madre de Calígula, Agripina.
año 35 Tiberio nombra coherederos a Tiberio Gemelo y Calígula.
año 36 Muerte de Claudia, esposa de Calígula, de parto.
Agripa llega a Capri.
año 37 16 de marzo. Tiberio muere en Miseno.
18 de marzo. Calígula aclamado emperador por el Senado.
28 de marzo. Calígula entra en Roma.
3 de abril. Honras fúnebres de Tiberio.
Abril. Calígula recupera los restos de su madre y de su hermano
Nerón.
1 de mayo. Muerte de Antonia.
1 de julio. Primer consulado de Calígula.
31 de agosto. Consagración del templo de Augusto.
21 de septiembre. Calígula asume el título de Padre de la Patria.
Fin de septiembre. Grave enfermedad de Calígula.
Otoño. Muerte de Gemelo y Silano, el suegro de Calígula.
año 38 ¿Primavera? Matrimonio de Calígula con Orestilia
10 de junio. Muerte y funerales públicos de Drusila, hermana de
Calígula. Junio. Viaje de Calígula a Sicilia.
Verano. Disturbios en Alejandría.
23 de septiembre. Apoteosis de Drusila.
Fin de septiembre. Matrimonio de Calígula con Lolia Paulina.
¿Otoño? Muerte de Macrón y de su esposa, Ennia.
Octubre. Arresto y destierro del prefecto de Egipto, Avilio Flaco.
21 de octubre. Incendio en el distrito Emilio de Roma.