Chester Swann

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Balada para un Ángel Blasfemo

Chester Swann
chester_swann@yahoo.es cheswann@gmail.com www.tetraskelion.org

Balada para un Ángel Blasfemo
Obra registrada en el Registro Nacional de Derechos de Autor Del Ministerio de Industria y Comercio de la República del Paraguay Bajo el folio Nº .2.891, Foja 104. Art. 34 del Decreto Nº 5.159 del 13 de setiembre de 1999 a los efectos de lo que establece el Art. Nº 153 de la Ley Nº 1.328/98 “ De Derechos de Autor y Conexos”

Colección NUEVA NARRATIVA PARAGUAYA TETRASKELION Edición electrónica en formato pdf i.S.B.N. en trámite 2005

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Dedicado

A todas las víctimas del terrorismo de Estado A mi hijo Brenn Roderick Daymon

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TETRASKELION ΤΗΤΡΑΣΚΗΛΙΩΝ

2007

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Balada para un Ángel Blasfemo INTRODUCCION
Este breve relato, que no pretende llegar a novela, es la historia de un preso de la tiranía pasada, que es a la vez todos los presos que pasaran —por causa de sus ideas o pensamientos—, alguna vez, por la tétrica ergástula policial llamada eufemísticamente “Dirección de Vigilancia y Delitos”, comandada entonces por el comisario Ramón Zaldívar, célebre por su crueldad y sadismo, posteriormente sucedido por Gustavo Jiménez y Julián Ruíz Paredes. Allí eran interrogados detenidos por causas comunes y también los “políticos”, en la llamada “pileta”, una vieja bañera de hierro esmaltado en que sumergían a los torturados hasta casi ahogarlos, mientras eran flagelados en las piernas y plantas de pies, con látigo o cachiporras de caucho, o propinándoles descargas eléctricas con un viejo magneto telefónico, o simplemente con un cautín eléctrico o una sofisticada «picana» de tecnología norteamericana. El autor relata con crudeza y lucidez —por boca de una entidad invisible: un ángel rebelde, de un detenido anónimo y de los verdugos policíacos—, la manera en que los pretorianos se valían de presos comunes, generalmente criminales, violadores, ladrones o rateros de marca menor para “ayudar” en las sesiones de tormento de los interrogatorios forzados que allí se efectuaban. A veces en tiempo eternamente presente, o como

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un hecho pretérito, en medio de una irrealidad onírica aparente de sórdida vigencia, aún hoy, bajo una cacareada “democracia” de papel, donde la tortura es aún tan vigente como entonces, ya que los mismos sujetos de entonces siguen en la policía como si nada hubiera pasado, salvo los fallecidos o dados de baja por corruptos. Lo que no significa que quienes aún siguen son impolutos, sino que, simplemente no han sido pillados en flagrante. Dicha repartición se hallaba en la esquina de Nuestra Señora de la Asunción y Presidente Franco, en un viejo edificio neoclásico decadente, a media cuadra del tétrico Departamento de Investigaciones (D-3), desde donde a veces traían detenidos políticos para “bañarlos”, como decían sádicamente los verdugos policíacos, en la fétida pileta. Muchos de estos personajes–—mencionados con nombre y apellido, nada ficticios, por cierto—, aún forman parte de la ¿nueva? Policía Nacional, y siguen tan campantes, como el mentado Johnnie Walker. Por otra parte, esta obra, como las precedentes del autor, es una reivindicación de la rebelión contra toda tiranía, incluida la presuntamente divina, como razón de ser en la búsqueda de la libertad. Toda rebelión, aún las “ilegales”, tienen el único propósito de buscar justicia. Y ésta sigue siendo en nuestro castigado país, la gran ausente.

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I

¡Siéntate y afina tus oídos, templando tus sentidos en el yunque del dolor, y en posición de alerta rojiverde; en la quietud de un atardecer cualquiera, o bajo el titilar de las flores astrales de una noche de tantas, aunque no todas las noches se parezcan! No he de amputar mis palabras con eufemismos rebuscados, ni envanecer mi verba con anacolutos hiperbólicos, ante tamaño desafío de extracción de recuerdos sumergidos en la noche de las eras. Tampoco es mi propósito amainar las atrocidades (algunas justificadas, lo sospecho en lo más recóndito del caletre) inferidas a iguales a tí y no tanto; que de todo habemos en las viñas de Dionisos, el único Señor de los alucinados y los descastados. Santo Patrono, éste, de las glebas urbanas proletarias, que alimentan a las huestes de la rebelión y el inconformismo sempiterno de la humanidad. ¡Siéntate y escucha, todo lo que ha de proferir mi silenciosa boca a tus oídos asordinados, cuando no sórdidos. Recibe en tu mente cuanto ha soportado mi arcón de recuerdos casi oxidados por el tiempo! ¡Y líbrate de la voluntad de bostezar, que del delirio te has de librar solo! Tan solo como siempre has estado. Deberás admitir que cuanto has asimilado en tu infancia de paria sin par, malparado y malparido —y en las escuelas catequistas de los carniceros del Señor, sus atroces sacerdotes sacri-

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ficiales y degolladores rituales; de hostias canibalescas en obleas simuladoras de carne nazarena—, han marcado tu miserable vida casi para siempre. ¿O acaso no recuerdas tu desdichada niñez cargada de culpas imaginarias, bajo la aterradora sombra de fáunicos demonios esperpénticos, de pecados poco originales e infiernos de utilería, con anticipos dolorosamente contundentes, a cuenta de futuras condenas, por parte de tus padres? ¿Has olvidado acaso, cuando te amenazaban con los siete pecados capitales, obviando mencionar adrede a los Siete Pecados del Capital, al cual los clérigos defendían, casulla al viento y cruces empuñadas, cual flamígeras espadas exorcistas? Bueno. Puede que tu memoria lo haya olvidado, pero tu subconsciente te sigue a la zaga. Pesaroso y contumaz como sombra nefasta o perro infiel, por los escabrosos y sinuosos senderos del existir. Tu niñez ha sido mutilada en parte y marcada a fuego por guerras, frías y calientes de entonces, por exabruptos clericales en latín tridentino y cintarazos paternos, ante la menor travesura infantil. Y no me reproches el hecho de revolver las heridas de tu pasado, que, justamente, a eso he venido: a poner dedos y garras en la llaga; por hacerte gemir, para revulsionar tu mente y lograr tu liberación interior. Recuerda que sólo el dolor redime de la estupidez. Te lo dice tu daimón guardián. Ante esta proclama del destino desatinado que a tí me ha traído, deberás obviar el presente culpable de inocencia consentida, para escuchar mi voz venida del desierto, a través del viento de los siglos, amén. ¿Recuerdas, desdichado, tus interminables domingos vespertinos de catecismo, bostezos y superstición;

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mientras suspirabas por corretear en la plaza de tu pueblo? ¡Claro que lo has de memorar! Mucho has bostezado desde entonces, con la sórdida histeria sagrada, pletórica de sangrientas guerras genocidas y fratricidas, atroz esclavitud, ocupación de naciones y despojos inicuos; en la voz monótona y estúpidamente solemne del párroco de tu pueblo, recitando salmodias, letanías y fábulas milagreras, mezclando castellano con acento polaco y nigromántico latín de sumisos y meaculposos rituales. Recordarás sin duda a tu mejor amigo de infancia, hijo de un sastre anarquista paraguayo exilado en su digna pobreza —ajeno a tus pesares inducidos de catequizado—, pero solidario en tu involuntario destierro. El siempre te esperaba a la salida de tu adoctrinamiento forzado, para un partido amistoso de ajedrez, para caminar por los terrosos senderos, o simplemente trepar a los verdes paraísos de añosos troncos que ornaban las avenidas de tu pueblo adoptivo. Fue ese amigo solidario, quien te brindara tus primeras lecturas prohibidas de Nietzsche, France, Bakunín, Kierkegaard, Hegel, Descartes, Rousseau, Montesquieu, Marx y otros ilustres transgresores de las leyes del rebaño y los primeros lances de ajedrez en tu vida. También recordarás sin duda tu posterior reluctancia a la consumación del ázimo sacramento iniciático y simbólicamente antropofágico, con la consiguiente punición non sancta de latigazos y encierro sine die. Fue como si una voz invisible te gritara entonces: “—¡Lázaro, libérate y anda!” ¿Fue así como diste tu primer alarido de rebelión? No lo niegues. Nosotros te hemos tenido en cuenta desde entonces para iniciarte en el otro misterio,

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ajeno a vanas teologías mono teístas, castradoras de toda insurrección. Ausente de toda culpa y pecado; de toda penitencia post sepulcral. Libre de la dicotómica dualidad oscilante y polarizada entre el Bien y el Mal. Te dimos el poder de controlar tu mente, para hacer de ella una herramienta de libertad creadora; un instrumento de búsqueda por el camino de la duda, sin dejarte enceguecer por el encandilante y fatuo faro de la fe. Cuando decidiste emanciparte del sometimiento sacro, para ceñir tu frente con los lauros —espinosos y estigmáticos, pero liberadores— del Pensamiento, nosotros: los anatematizados ángeles de la luz, del inconformismo y la rebeldía, te acogimos en nuestro clandestino cenáculo de medianoche sin gallos, para brindarte nuestra solidaridad en tu tribulación. Nada ha sido ni será igual desde entonces. Allende esos atroces días de infancia, precozmente adulterada, muchas aflicciones han salpicado de cenizas tu cabellera; pero has procurado mantener enhiesta tu bandera, amotinada de realidades inconfesas. Sin desmayar ni abdicar de tus ideas adquiridas y reelaboradas, siempre en la búsqueda de una esquiva perfección, como quien trata de tocar el horizonte. Ahora, recibirás tu primera comunión entre nosotros, los iconoclastas batidores de huecas columnas rituales desprovistas de cimientos; nosotros: pateadores de mitos y derribadores de falsos ídolos. No reniegues más de tus recuerdos, ni de las vivencias de tus pretéritos y hoy perimidos años, ya superados. Ahora eres un hombre libre, aunque el estigma del sufrimiento te dé alcance a cada paso.

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¡Otra noche más en esta puta ergástula, maloliente, pletórica de miasmas y humores ácidos! Ya van veinte días-calendario de mi vida que pierdo en esta celda, a causa de no callar las voces que surgen de mi amotinado corazón de rebelde con causa. A causa de las vibraciones que brotan fluyentes, a través de las cuerdas de mi cimarrona guitarra, inconquistada e invicta. Es cierto que intentan encadenarme la mente, los esbirros del tirano de mi país, pero poco podrán imaginar estos perros de presa lo libre que puedo llegar a ser, aún constreñido por férreos barrotes con que intentan vanamente amordazar mi conciencia. Me siento algo cohibido por los criminales empedernidos, que comparten mi escaso espacio exterior (mi espacio interior es infinito, sépanlo de una vez, y no lo comparto con nadie), pero procuro ignorar su zafia rudeza y sus burlas acerca de mi estado post tortura cotidiana. Hace apenas minutos que me devolvieran a este sitio desde su maldita cámara de confesiones, donde me dosificaran con largueza sus tormentos lacerantes. ¿Esperarán quizá que quiebre mi voluntad a favor de las suyas? ¡Vana pretensión! ¡Si supieran que hacen falta mil verdugos para doblegar una voluntad forjada en los crisoles del Averno; templada en las fraguas de Hefaistos y en los fuegos luminosos de las estrellas! No serán latigazos, inmersiones ni puntapiés, suficientes argumentos para forzarme a desistir de mi libertad interior, ni obligarme a asentir a una nefasta tiranía oscurantista y bárbara, que sojuzga a millones de imbéciles que han adherido a ésta, por cobardía, por conformismo o simplemente por idiotas.

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Y me inclino más hacia esta última hipótesis, más acorde a la real mentalidad de quienes pueblan este país como almas en pena, dentro de sus propios cadáveres andantes. No sé aún cuánto tiempo jugarán con mi cuerpo, lacerando mis carnes indefensas, como dibujando el retrato del opresor en mi piel; pero no les daré el gusto de oírme a mí mismo pedir clemencia. Recuerdo, como si fuese ayer, a mi amigo Naldy y sus libros de filosofía que me abrieran los ojos en mi lejana infancia, reprimida y fugaz. Tanto por parte de mis padres, como del clero y la sociedad pueblerina y aldeana que me circundaba con pinzas de hierro, oxidado quizá pero no menos oprimente, cual seglar inquisición de algún perdido siglo de plomo. Tal vez mi cálida exposición de tales pensamientos, haya sido en parte causal de mi actual cautiverio; pues que tales ideas son consideradas subversivas por el tirano que no gobernante de este país, y por el clero complaciente que lo sostiene. Mas no creo que sus anatemas pudieran hacer mella en mí. ¡Voto a los arcángeles luminosos de la disidencia! Anoche, tras una extenuante sesión de castigos, apenas pude conciliar una cita con Morfeo, el cual me brindó sueños inquietantes en los cuales conversaba con una entidad misteriosa. Tras el breve cabeceo me sentí más aliviado, y hasta pareciera que mi piel cicatrizó sus cardenales en gran parte, durante el alucinante viaje nocturno. Ahora estoy comenzando a comprender el real significado de la palabra “libertad”.

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¡Este bolche está hecho de otra pasta, mi comisario! ¡Hasta se sonríe durante los piletazos y azotes, como si se burlara de nosotros y del Superior Gobierno, que en Gloria sea! Recién nomás terminamos de darle otra sacudida y sigue en sus trece, como si le acariciáramos nomás el lomo con ramos de margaritas desfloradas, en vez de látigo trenzado de siete cabos. Sólo respondió a nuestras preguntas con esa sonrisa idiota de místico en celo divino; y no sé si es sordo o se hace para ponernos nerviosos. Por mí, lo tiraría en alguna fosa NN nomás. De usted depende. ¡No, suboficial! Ha de tener algún punto flaco ese tipo. Mañana vamos a ver si resiste a mis caricias y los roces con la “constitución nacional” que nos obsequiara el señor jefe de investigaciones, para ablandar a estos comunistas de mierda. Llévenlo de vuelta a su calabozo y después veremos quién puede más. ¡A su orden mi comisario! taconeó el servil uniformado metido a torturador, retirándose de mala gana. Hubiese preferido seguir con su infame faena en la humanidad del detenido, pero la orden superior no admitía réplica.

Me preguntaron acerca de mis amigos y correligionarios, como si yo fuese un activista guerrillero de salón; cuando que no soy más que un escritor de canciones y lobo nocturno de la bohemia de canto y guitarra. Solitario, por añadidura. Los presos por causas comunes me miran, ora con lástima, ora con burlas, mas intento hacerme el sota, ahorrándoles el placer de escuchar mis ayes y gemidos, que

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apenas los guardo para mi coleto. No me queda otra que apretar los dientes y tratar de sobrevivir un día más en esta mazmorra infecta de orín y sudores de estío. ¡Cómo me hubiese gustado gozar de una noche como ésta en algún descampado, con mi guitarra y mi cuaderno de apuntes! Pero estoy en paz, disimulando mis dolores y en espera de mi liberación de esta sucia celda. No han de tardar en cansarse de esta absurda situación y darme vía libre… o despenarme de una buena vez, abonando algún ignoto rincón innominado con mis huesos casi descalcificados. En cualquier caso, me he de liberar para siempre. ¿A qué temer entonces? Esta noche, a la hora de costumbre, me van a llevar de nuevo a la cámara de torturas al militarizado son de “Campamento Cerro León” para seguir con su absurdo interrogatorio. Voy a intentar resistir hasta cansarlos. Veremos quién puede más, aunque debo tener el cuero curtido a fuerza de cueros y más cueros. Por fortuna aprendí bastante acerca de las técnicas de los yoguis y la relajación, de lo contrario me habría vuelto loco y finado hace días. Pareciera ayer nomás, que mis padres me dieran de cintarazos por negarme a recibir la primera comunión, no explicándose el por qué de mi decepción acerca de lo sacro. Es que me creyeron tan entregado al catecismo y a la lectura de Historia Sagrada, viéndome como una oveja más en el redil del Señor. Ignoraban supinamente mis lecturas clandestinas con Naldy, acerca de los filósofos de la ilustración y los teóricos del libre pensamiento. Es cierto que no fueron éstos quienes me incitaron a romper con mis cadenas invisibles, sino mis precoces lecturas acerca de los crímenes de la

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inquisición, los sanguinarios despropósitos del racista e intolerante dios judeocristiano y las guerras religiosas del mundo antiguo y moderno, poco dignas de adherentes a un supuesto ser superior. Pues, ¿para qué un dios, perfecto, omnisciente e inmortal precisaría de ofrendas de sangre y sacrificios propiciatorios? ¿Por qué un ser supremo necesita de esclavos, siervos o vasallos incondicionales; cuya abyecta sumisión ha propiciado toda clase de aberraciones políticas, en nombre de un nazareno crucificado y resucitado cada pascua? Fue cuando comencé a comprender todo esto, que renuncié al dudoso privilegio de tomar los orales sacramentos panificados en oblea insípida, que me uncirían para siempre al yugo divino o humano. Mis padres no quisieron entender mis razones para apartarme del redil, pues que la sociedad pueblerina vería con malos ojos mi defección; y tal vez ello les importara más que mi piedad religiosa en franca declinación por caducidad de credulidad.

El comisario Julián Ruiz Paredes no se cansó esa noche de hacer propinar azotes al detenido, que impasible se limitaba a sonreír. No dio nombres de sus conocidos, ni denunció a compañeros de sus cenáculos literarios, limitándose a admitir la interpretación —por propia cuenta y riesgo— de algunas canciones festivaleras y nada más. Tampoco detalló acerca de sus actividades estudiantiles o como compositor de temas testimoniales o “música de protesta” como despectivamente la llamaban los policías de la Sección Política y Afi-

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nes; de ésos que patrullan en pareja, porque uno sabe leer y el otro sabe escribir, bajo la jefatura del atrabiliario comisario Alberto Cantero. No hubo cambios en la actitud despectiva e impávida, del detenido por “alterar el orden”, es decir denunciado por oficiosos delatores o “agentes confidenciales”, luego de un festival de canciones estudiantiles de la rebelde facultad de Ingeniería y Ciencias Matemáticas. El detenido tuvo la osadía de entonar trovas de su autoría, satirizando a las obras del superior gobierno y a la situación de la “segunda reconstrucción nacional”. Teniendo llagas en carne viva, se desmayó y debió ser reanimado por el médico policial a cargo de los torturados en la nefasta “sección política” del D-3 del temible Pastor Coronel. El galeno, de apellido Brunstein, dispuso la devolución del detenido a su celda, por la posibilidad de que llegase al límite de su resistencia física y finara allí mismo. También el entonces juez Wildo Rienzi asistía de tanto en tanto a los interrogatorios de los detenidos políticos, por orden del presidente de la Suprema Corte, el que a su vez era manejado por el presidente de la república, en una cadena de escalofriantes escalafones titirizadores, que iba desde las bases hasta el pináculo del poder… o a la inversa, ya que todo emanaba del mandamás, como en cascada de acontecimientos y nada se realizaba sin su orden o anuencia. El detenido fue devuelto a la celda, tras una cura de emergencia por parte de los paramédicos que auxiliaban a la policía en su infame tarea de arrancar confesiones, voluntarias o no. La paranoica lucha contra el “comunismo apátrida y ateo”, fiscalizada y sostenida con aporte norteamericano,

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prosiguió implacable su cosecha de víctimas propiciatorias al nuevo dios del librecambio. El ¿doctor? Samuel Brunstein se preguntaría una vez más, el por qué de la resistencia del preso número sesenta y siete a tan brutales castigos sin abrir la boca.

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Lázaro: ¡Levántate, libérate y anda! Te lo vuelvo a repetir, y te lo diré siempre. Soy tu sombra, tu alter ego y tu guardia de corps. Debes saber que los arcángeles —tanto los sumisos como los rebeldes al demiurgo—, somos ubicuos y omnipresentes; como el aire que respiras o el agua que bebes y como tales, tenemos potestades y debilidades o flaquezas que a lo mejor nutren tus pensamientos, pero en mi caso, también tu mente. Y esa mente no debe rendirse ante la infamia. ¡Necquaquam! ¡Amén! Reanímate y reflexiona como has aprendido a enfrentar al dolor, y manténte alerta, que pronto saldrás de esa asquerosa mazmorra. Si puedes ponerte en pie, apunta tu índice al punto de luz a tu izquierda, que podrá abrirte un portal virtual a la imaginación real. Mañana estarás de nuevo aquí, pero libre de dolores y temor. Tampoco me sería grato que caigas en la auto compasión, que es la bajeza más vil de un hombre libre. Velaré por tí y detendré sus manos a tiempo, y quizá pudiera moderar su aún no atenuado rigor, abreviando tus sufrimientos. Debes saber que estás siendo puesto a prueba ante las potencias cósmicas que regulan la precisión de los astros y las esferas que ruedan en la vastedad del espacio. Eso significa que pronto serás de nuevo como nosotros, los abanderados de la rebelión contra una inmensa poten-

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cia-alma; entidad que se denominara a sí misma —desde los olvidados días del Big Bang, del Gran Orgasmo, o como prefieras llamarlo—, como Yah’Veh, o el innombrable, Adonai, Allah, Tetragrammaton, Dios Padre y cientos más, con pretensiones de tirano macho y único del Universo. El espíritu de rebelión, que no el de la sumisión, regirá las futuras galaxias. Nada más aberrante, que ser vil y genuflexo a todo poder que sobrepasare el nivel de nuestra conciencia de Justicia. Y la justicia es un equilibrio de poder, no un poder omnímodo y unilateral, como el que pretenden los exégetas del nuevo imperio totalitario del dólar.

¡Permiso mi comisario! ¡El detenido no se encuentra en la celda y no sabemos cómo pudo hacerse humo! Ninguno de los detenidos supo cómo lo hizo, ya que la puerta estaba cerrada con triple candado. ¿Quiere usted mismo interrogar a los otros presos? ¿Cómo y a qué hora desapareció ese tipo? ¡No sé nada, mi comisario! ¡Le juro que no sé como pudo…! ¡Flojo, inútil ¡Usted estuvo de guardia anoche y no sabe nada! ¡Preséntese a la jefatura en calidad de arrestado por negligente! ¡Siga pues! ¡A su orden mi comisario! El taconeo militarizado resonó con siniestras reverberaciones, en el casi desierto corredor del tétrico D-3, salpicando ecos por segundos, como chisporroteo sonoro. El misterio evidentemente no se resolvería con una batida policial por el entorno, especialmente la Chacarita y el microcentro.

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Desperté de madrugada en mi celda, luego de soñar de nuevo con… ¿quién? Me levanté apenas, con horribles dolores en la espalda y

las piernas. —¿Qué era ese punto de luz? ¡Ah! Un rayo filtrado desde arriba por un agujero del piso superior de madera, respetado de milagro por las termitas y hormigas carpinteras. Los otros presos dormían a pata suelta, resignados como bueyes en el matadero, o esperanzados en venales abogados de reos pobres o de ricos, no menos venales. Me acerqué al punto y me recosté en la pared para no caerme. Recordé algo y puse el dedo sobre el círculo de luz. No sé si lo soñé o estaba despierto, pero el punto pareció agrandarse hasta tragarme y sin saber cómo, me encontré en un lugar desconocido. Seguía siendo de madrugada quizá en la celda, pero aquí era un día radiante, y mi cuerpo parecía nuevo. Palpé mis heridas y no las percibí, como si nadie me hubiera tocado. De pronto, tuve de nuevo mi guitarra y mi cuaderno de apuntes en las manos. Sin creerlo aún me dirijo hacia una arboleda… tan cercana como mis sensaciones. Tomo mi guitarra y me dispongo a entonar alguna oda a la libertad, Tuve de pronto la sensación de tiempo al ralentí, como si los segundos fuesen minutos y las horas días o los días siglos. La oda brota a borbotones de las cuerdas en armónica cadencia, pero la parte literaria enmudeció de pronto, como en un eterno lapsus linguæ de memoria encallada en el Bajío de los Olvidos. Percibo una luz crepuscular a mi alrededor. ¡Oficial de guardia! ¡A su orden mi comisario! ¿Tiene la lista de presos? ¡Sí, mi comisario! ¿Tiene una puta idea acerca de cómo se

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escapó el detenido, esta madrugada? ¿Qué detenido, mi comisario? ¡No falta ninguno, al menos que yo sepa! Mire aquí en el cuaderno de novedades. Esta mañana a las cinco pasé lista, y están todos. ¿Está seguro, oficial? Anoche pasé de sorpresa por aquí y faltaba ese tipo… No sé nada mi comisario. Supe que el oficial de guardia fue arrestado, y lo suplantó el superior de guardia, pero están todos los detenidos en la celda. Puede verificarlo… ¡Está bien, puede retirarse! Gracias, señor comisario. Con su permiso. Esta vez, el ruido callejero de la mañana en esa concurrida esquina de Nuestra Señora de la Asunción y Presidente Franco (¡oh, ironía!), intentó con éxito amortiguar el reverberar de los taconazos de rigor. ¡Tráiganmelo a ese tipo a mi despacho! ¡A su orden, mi comisario! ¡A ver, usté, sí a usté le digo¡ ¡Venga conmigo que lo reclama mi comisario! ¡Muévase, pues, flojo! Aquí lo tiene, mi comisario, al detenido. ¡Y usté, badulaque, salude al superior, carajo! Puede retirarse oficial segundo. ¡A su orden, mi comisario! ¡Míreme a la cara le digo! ¿por qué se escondió a medianoche, a la hora del relevo? ¡Cuénteme, que si no, va a ligar extra en el interrogatorio! ¡Ya les dije que no salí de ahí. Seguro estuve desmayado, le digo! ¿Qué quiere con tanto apaleo? ¡Perdí mucha sangre y casi me sofocaron en la pileta! ¿Cómo quiere que responda a la lista? ¡Cállese! Me está mintiendo usté individuo. Cuente bien nomás, o le llamo a Charú para que se haga cargo. Ya casi es la hora de‘“la cadena”. ¿Me entiende? Si le entiendo, pero le juro que estuve allí, tirado como bolsa de mandioca en un rincón… Bueno bolche de mierda. ¡No diga que no le avi-

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sé! ¡Oficial de guardia! ¡Llévenselo allá a cargo de Charú y Churí, el ratero ése! —¡A su orden, mi comisario! ¡Venga pue’ usté! ¿qué es lo que está esperando? ¡Muévase, carajo!

Charú, fornido y bien alimentado para su maldito sub oficio, me miró unos segundos, como diciéndome “pobre infeliz, te vamos a dar liviano”, en un efímero resplandor de compasión al ver mi estado. Luego con cierta parsimonia me amarró las manos a la espalda, preparándome para el “baño” en la tinaja a medio llenar. Lo dejé hacer con la impávida indiferencia del suicida pasivo. Ya había pasado por esto varias veces, y una más ya no importaba. De todos modos, tenía ya mi portal abierto, salvo que apagasen la luz del piso alto. Pero tampoco tardaría en aprender de memoria el punto exacto. donde apoyar el índice. Tal vez hasta en la oscuridad absoluta lo hallaría. Media hora más tarde, ya ahítos de violencia, me arrojaron al piso de la ergástula, medio inconsciente, aunque lúcido. Pero ésta vez, no tuve fuerzas para levantarme de madrugada, e incluso oriné allí mismo, humedeciendo mis ropas con un colorido porcentaje de sangre. Debería esperar al día siguiente para lavarlas, en el horrendo e inmundo cubículo que fungía de baño y coproteca colectiva, la que cada tanto se debía limpiar a causa de la nauseabundez y las obstrucciones del desagüe. Esa noche volví a percibir esa esquiva entidad que me incitaba e incitaba a romper límites. Me pareció verme en un espejo invisible que reflejaba otro rostro ajeno al mío,

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pero era yo, sonriendo. Era yo, pero al mismo tiempo otro, desconocido para mí, que me sonreía socarronamente como incitándome a transgredirlo todo. Absolutamente todo, en nombre de la libertad y la rebelión en pro de justicia.

Mírame, aunque no puedas verme, y recuerda que cuando te mires me verás, porque estoy en tu interior y vibramos en la misma frecuencia. ¡Levántate, libérate y anda! ¡Aunque sea apoyándote en muletas o muletillas verbales, pero anda, corre, vuela! Desde los lejanos días del orgasmo cósmico, hasta el instante en que las trompetas deberán sonar tocando a hecatombe, estoy y estaré contigo; pues tú eres yo mismo. ¡Blasfema si te place, pero no retrocedas en la brega! ¡La justicia, equidistante y equitativa está en juego! ¡Si no existiesen rebeldes en el cosmos, aún estaríais manducando bananas pasadas, banalmente, en algún edén paradisíaco ubérrimo, bestiario y anónimo! Recuérdalo siempre. Deja sonar tu guitarra en este universo virtual, ajeno a todo tiempo y espacio; ausente de toda dimensión conocida y mensurada; alejado de toda interferencia carnal. Sólo las palabras sobrarán, porque están de más. Pero igualmente te he de conceder la libertad muda y montaraz. Debes saber que lo real puede trascender al tiempo, porque es su esencia inmutable. A lo mejor en otra dimensión ajena a ésta, aún están en el día séptimo de la Luna de Barjamat, para los que creen en el Profeta; o quizá en cualquiera de los miles de millones de días, transcurridos desde los

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primeros latidos del Verbo multitemporal. A tí te ha tocado el siglo de la ira de la era vulgar, para dar con tu carne y huesos en este planeta desorbitado. A tí, como a tantos, han iconografiado los lienzos inmortales de Guayasamín o Guernica, representando en sus esperpénticas imágenes primordiales toda la crueldad del siglo vigésimo De la Crisis. No es gratuito que estuvieras en esa mazmorra, donde la mediocridad adocenada atrapa o intenta amordazar a la lucidez. Los devotos de la Libertad llevarán siempre sobre sí el estigma de los rebeldes, los divinos lauros del arte y las ciencias, sólo ciñen a los locos y los iluminados por los veneros de la transgresión. Los otros, los devotos del Becerro de Oro te condenarán, bajo anatema y maldiciones, o con vituperios y burlas. Los más fuertes y poderosos te humillarán hasta las heces, en tanto que los más débiles se contentarán con soeces adjetivos o anónimos libelos y brulotes inidentificables. Sólo las águilas de alto vuelo, suscitan las iras de las aves de corral y otras gallináceas implumes, amigas de lo mismo de siempre y enemigas de los cambios. Sublimaré tu dolor y tu soledad en trinos acerados arrancados de tu guitarra o colores vibrantes en tu paleta. Tu tea no debe caer arriada, ni tu bandera merece ser rendida, que los días de los inicuos están tasados y pesados en La Balanza, habiendo sido hallados en falta. Tu prometeico fuego deberá quemar muchas Romas prostibularias aún; y sin liras que memoren sus cenizas. Tu incendiaria verba deberá iluminar muchas iglesias, pues la que más ilumina, es la que arde presa de las llamas vindicativas de algún Eróstrato justiciero. Sigue pulsando las aceradas cuer-

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das de tu guitarra, que han de gritar lo que tu garganta callare en este lugar en que te encuentras. Cuando vuelvas a la ergástula, ella te aguardará aquí.

A las cinco AM, el relevo de guardia pasa lista de presos. Apenas puedo alzar la mano y susurrar “presente”, al perruno suboficial ayudante que, papel en mano, grazna los nombres de los enterrados vivos en esta lúgubre mazmorra infecta. Me mira casi con lástima, si lástima pudiera caber en sus miserables entrañas; vacías de todo sentimiento que no fuese sumisión al tirano dueño del país y de sus anónimas vidas desperdiciadas. Tras la magra ceremonia cotidiana, nos ordenan salir de la celda para el reparto de zumo de yerba mate ligeramente azucarada y tres duras galletas de harina con las que deberemos saciar la famelitud de nuestras exhaustas tripas durante la larga y calurosa mañana. Todos los días se repite la rutina: listadesayuno-lista-locro aguado-lista-sopa de porotos-lista para dormir (si pudiésemos domeñar a las sabandijas que se nutren de nuestra sangre)… y vuelta a empezar al día siguiente a la misma hora. Solo para mí, la rutina exhibe diferencias notorias. De 12:30 a 12:45, pileta y cachiporra o cuero trenzado en sus infames interrogatorios, y luego a las 19:00, otra sesión de veinte minutos o más, de acuerdo al humor del oficial interrogador. Al cansarse éste de su divertida faena, me arrojan como saco de patatas al sucio suelo de astrosas baldosas del calabozo. Para entonces, ya no me importan la aspere-

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za ni la suciedad del piso de la celda. Algunos criminales, violadores, ladrones y homicidas que están como yo, semi sumergidos en el océano de los olvidos, aportan su ayuda desinteresada en las sesiones de tortura o simplemente empuñan látigos a cuenta de quienes dan las órdenes en este lugar; al que trato de evitar comparar con un escatológico infierno pre sepulcral, simplemente porque no creo en el diablo ni en dios, como responsables del dolor humano. Todos ellos tienen también su historia, en el sub mundo en que se ha convertido el Paraguay, bajo las botas del tirano. Algunos hasta se compadecen de mi calamitoso estado y uno de ellos, un raterillo homosexual apodado Mbuzú (anguila), se ofrece a lavar mis emporcadas ropas manchadas de sangre y orín luego de la sesión de anoche. No me queda sino aceptar el favor, pues mi estado apenas me permite mover mis entumecidos músculos edematosos de tanta zurra. Parte del castigo consistió en golpearme las plantas de los pies mientras estaba sumergido en la bañera, con una cachiporra de caucho, lo que me impide ponerme en pie. Trabajosamente me despojo de mis ajadas prendas y se las alcanzo a Mbuzú, quedándome desnudo en el piso a merced de pulgas, piojos y ladillas, cuando no de las sempiternas moscas que orbitan nuestra desgracia, sin tregua ni fatiga. No sé cómo le pagaré a Mbuzú, ya que no llevo encima una puta moneda, pues todo me lo han sacado al detenerme a la salida de un festival estudiantil. Quizá comparta con él mi magra ración de locro grasiento y aguanoso del mediodía. Debo decir en honor a la verdad que algunas veces los presos comunes son bárbaramente castigados

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por la menor infracción o bagatela. Hace dos noches, fue traído un muchachito, cuyo nombre ignoro, sorprendido en el acto de robar un gallo viejo en la casa de un militar retirado, residente en el barrio Las Mercedes de Asunción. A veces el hambre tiene cara de hereje y hasta de blasfemo de la ley. Al parecer, no habría novedades, pero el sádico comisario Ramón Zaldívar, jefe de Vigilancia y Delitos, dependiente del G-3, amaneció con un humor de perros. A eso de las nueve, el jefe de Robos y Hurtos, comisario Rivas, mandó sacar de la celda al adolescente y a cuatro detenidos, quienes a una orden del mismo, sujetaron al ladronzuelo de brazos y piernas y boca abajo, a una altura conveniente al humor del jefe y a su ciática. Este personalmente propinó al desgraciado tantos azotes, que perdí la cuenta de los gritos proferidos a cada golpe, hasta que el chico se desvaneció y calló, quizá para siempre. Nunca lo volvimos a ver. A sotto voce se comentó que lo llevaron al policlínico policial, donde dejó este perro mundo a causa de los sádicos golpes que lo hicieron orinar sangre. El salvajismo policial por lo visto carecía de límites, y quizá esa mañana tuvieran menester de la asistencia jurídica del juez Rienzi, otro que haría carrera en el joder jodicial, como lo llamábamos. Tal vez carecieran de asistencia médica, a causa de la premura. No lo sé. Lo cierto es que a veces se extralimitaban en los tormentos, casi tanto como los santos inquisidores del siglo de plomo europeo. ¡Permiso mi comisario! El detenido ése, no aparece en la celda. Por eso le llamo a su casa, y disculpe la hora. ¡No mi comisario! No

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pudo escapar por la puerta porque hay dos centinelas armados con metralletas Beretta, y tres candados encima. Pero en algún lado tiene que estar. Estamos revisando toda la manzana y enviamos patrullas hacia la Chacarita, aunque los muchachos de Ramón Aquino ya están alertas allí. Esté donde esté no se nos ha de escapar. ¡A su orden mi comisario! ¡Le aseguro que ese tipo ha de tener algún pacto con el diablo! ¡Por algo luego están contra Dios! (Al decir esto se persignó devotamente y con unción digna de mejores causas) ¡No, mi comisario! Cuando amanezca voy a pasar lista de nuevo ¿qué hago si aparece en la celda, como el otro día? ¿Nada? ¡Ah, usted se va a encargar! ¡A su orden, mi comisario!

Me levanté con esfuerzo. Me dieron con todo esta noche, pero no aflojé. Busco el punto de luz en la pared. Estamos a oscuras, pero ya conozco de memoria el sitio e incluso raspé un poquito el revoque, para localizarlo al tacto. Con cuidado me acerco a la pared para no despertar a los demás presos que yacen por el piso, tirados como basura, que no otra cosa serán. A tientas y con lentitud voy aproximándome a la meta, hasta que mis manos tantean el muro buscando el punto. Tras un aparente siglo de búsqueda, lo hallo y aprieto el índice en el lugar. De pronto, me encuentro en el bosque arbolado y limpio de malezas, y en medio de la penumbra de un extraño atardecer contemplo a mi guitarra recostada contra un árbol. Avanzo sin temor y noto la ausencia de dolores y malestares que me acompaña-

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ban hasta hace instantes. Una música inefable lo envuelve todo y el clima está muy agradable, pese al calor apabullante que reina ahora mismo en la mazmorra, y el tufo de la ciudad regada de vergonzantes y clandestinos orines. No sé dónde estoy, ni quiénes más podrán habitar este extraño lugar, más parecido a una suerte de edén espaciotemporal. Pese a mi inicial extrañeza, ya no siento aprehensiones al estar aquí, a salvo de las sevicias de los cancerberos del tirano; y hasta podría permanecer indefinidamente, pues que el hambre, la sed, el dolor y otras sensaciones corpóreas me son ahora ajenas. De pronto diviso sombras que se acercan en la penumbra del atardecer y poco a poco identifico a algunos amigos de mi infancia. Varios de ellos me saludan, como si nos hubiésemos visto ayer, aunque están ausentes desde años. Incontables años, que para mí ya son eternidad casi estática e inconmovible. Nos abrazamos sin palabras, ignorándolas quizá adrede por no haberlas en falta. Siempre sin decir maldita la cosa, empuñé la guitarra, haciendo brotar cascadas de sonidos de su tarraja y encordado. Tampoco esta vez pude articular palabra alguna, que como dijera, estaban demás. No supe cuanto tiempo estuvimos allí, pues que el tiempo carecía de interés, pero casi sin darme cuenta estuve tirado en el piso de la ergástula. Tampoco me maravillé de no tener encima cardenales, edemas ni huellas dolorosas de las torturas de la noche anterior y de los días precedentes. ¿Quién o quiénes me traerían de nuevo aquí? La barahúnda fue de órdago, esa tétrica madrugada en los lóbregos pasillos, malolientes y mal iluminados de Vigilancia y Delitos. Los

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guardias temblaban ante la posibilidad de un castigo ejemplar, por dejar escapar a uno de los detenidos considerado clave por el temible jefe de Investigaciones, don Pastor Coronel, quien ni siquiera era policía de carrera, sino apenas seccionalero del pueblo de San Estanislao, perro fiel del mandamás, si ello pudiera ser causal de meritoriedad. La proverbial crueldad de los esbirros tornóse temor entonces. Nadie vio salir al preso, ni siquiera sus compañeros —por decirlo así— de celda, quienes fueron sacados a golpes de cachiporra hacia el pasillo a fin de catear el calabozo hasta el último rincón. Pero el detenido no apareció en toda la noche, mientras revisaban palmo a palmo el lugar, aprovechando la oficialidad para mandar limpiar el asqueroso baño-excusado de los presos, por si el detenido hubiera sumido por el desagüe; y otras labores dejadas de lado por días enteros, hasta herir las narices de la misma oficialidad. Finalmente, todos los presos acabaron extenuados por la alborada, pese a que la luz solar era mezquina de tan menesterosa, en ese fétido agujero. Recién a la hora del relevo de la mañana, una vez normalizados los servicios y apiñados los reclusos en el calabozo, se volvió a tomar lista, apareciendo el sujeto presuntamente evadido, durmiendo plácidamente en un oculto rincón, como si siempre hubiese estado allí. Los corres, dimes y diretes estaban en curso de colisión en la siniestra repartición policial; pues nadie acertaba a explicar el aparentemente enigmático acontecer de esa noche de brujas y fantasmas. La conmoción fue tal, que los propios jerarcas acudieron de madrugada luchando contra el sueño y la molicie, a fin de aclarar el

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misterio. El comisario Cantero, jefe de Política y Afines, el comisario Ramón Zaldívar de Vigilancia y Delitos y el comisario Rivas de Robos y Hurtos, llegaron bostezando a cuatro bocas para cerciorarse de la misteriosa desaparición del detenido; pero éste ya estaba respondiendo “presente” al segundo llamado, por lo que la furia de los jefes se disipó en alguna medida, atribuyendo a la negligencia de los subalternos la ausencia aparente del preso. Este fue derivado en seguida ante los capos de la temible policía política, a fin de explicar lo inexplicable. Al principio con fingida amabilidad —tan falsa como un ósculo de la suegra—, lo interrogaron displicentemente, negándose el interdicto a aclarar el misterio; declarando simplemente que “a lo mejor no pudo responder al llamado de la lista, por incapacidad, por estar momentáneamente con pérdida de conocimiento o lapsus de consciencia”. ¡No nos venga usted con fantasías ni palabras difíciles! exclamó el comisario Cantero desconfiado, pero solemne como todos los idiotas con cargo de confianza. Los guardias revisaron el calabozo hasta las cinco de la mañana y no estaba allí. Decididamente comprobamos que no estaba allí. Cuente bien nomás, o lo vamos a descuerear hasta que Dios diga basta. ¿Y qué quiere que le cuente? Sólo ustedes creen en milagros, santos y fantasmas. Hace tiempo que no cultivo supersticiones. Si quieren matarme, háganlo. Nadie va a reclamar por mí, y de una u otra forma voy a ser libre. No les tengo miedo, a ustedes ni a sus verdugos a sueldo, ni al embajador norteamericano. Los jefes de la jerarquía policial se miraron entre ellos, como dudando de las facultades mentales del detenido…

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o de las palabras de sus subalternos. Algo pasaba y lo iban averiguar, aunque tuvieran que torturar a todos los presos y sus guardias de la noche. Siguieron discutiendo media hora más entre ellos, hasta que comenzaron a perder la paciencia, ordenando la remisión del detenido a la temible cámara de la verdad, donde suponían que hablaría hasta por los codos. Tras vanos intentos y crueles castigos, el detenido se desmayó sin soltar prenda, siendo arrastrado de las piernas hasta el calabozo y arrojado sin contemplaciones al piso cual informe bulto de carne. ¿Qué iría a decir, puesto que él mismo no estaba seguro si sus fugas eran reales o acontecían en sueños?

¡Despierta Lázaro, levántate y anda! Soy yo, el arcángel negro de tu flanco izquierdo, quien te llama. Soy tu Rérum Cosmocrátor. Esta vez has ganado. No te molestarán más a partir de hoy, te lo aseguro. Alguien les ordenó no golpearte más y sólo estarás bajo observación, hasta que decidan darte de alta o de baja, de acuerdo a su percepción. Tampoco pasarán lista a medianoche, a causa de las contradicciones habidas entre ellos. Simplemente te ignorarán, hasta que estén seguros de tu no peligrosidad para ellos. Hasta ahora no han podido establecer tus contactos con grupos políticos de ninguna tendencia, ya que eres como nosotros, un lobo solitario. Podrás evadirte cuando lo desees durante la noche, vía expreso del crepúsculo, que nadie lo podrá impedir. También podrás compartir con tus iguales en esa dimensión ajena a este tiempo y lugar, pues nosotros no tenemos límites, y tú también eres nosotros. Los polizontes están

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desconcertados y te creen en pactos diabólicos —y puede que en parte tengan razón—, pero no somos quienes creen que somos; de todos modos, te esperaremos donde siempre, para que nos dediques una balada a tus ángeles blasfemos. Sin palabras, como siempre que te encuentres allí. Son tus pensamientos los que deberán tronar como los rayos jovianos, e iluminar los oscuros senderos de una humanidad desorientada, con los relámpagos del conocimiento y los truenos del inconformismo. Los sometidos a las cadenas de la pasividad y los oprimidos por tiranías humanas o divinas deberán alzar la testa alguna vez; pero para ello hacen falta pioneros que desbrocen el áspero camino que conduce a la libertad. Y cuando te hablo de libertad, no me refiero a las opciones irresponsables de quienes hacen sus reales ganas, creyendo ser libres para el desmadre y los excesos; sino de quienes se sienten libres haciendo sus deberes y ejerciendo la solidaridad con sus semejantes y con la naturaleza. ¡Ábrete a la Luz de Logos, sin prejuicios ni temores; con el mismo ahínco y convicción con que te cerraste a la estupidez del sometimiento!

Hace diez días que me dejaron en paz, pero aún no se atreven a darme libertad. Hasta me trajeron ropa limpia, aunque usada y mejoraron la bazofia con que aplacaban mi vacuidad de tripas. Parece que me hacen llegar comida sobrante del casino de oficiales de Investigaciones, aunque las escasas porciones de carne se las doy a Mbuzú a trueque de lavarme las ropas cada dos días. Cuando el oficial de guardia de la noche está de humor, me saca del calabozo

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para desafiarme a una partida de ajedrez, para matar su aburrimiento, pues que la más odiosa y asfixiante rutina reina entre estas no menos odiosas paredes. Una sola vez lo dejé ganar para captar su confianza; desembuchando todas sus frustraciones como vómito espiritual o catarsis anímica. Ellos también se sienten usados y abusados, pero el uniforme y sus jerarquías los obligan a obedecer. O al menos, eso creen. Algunas veces me piden opiniones sobre música o poesía, y hasta un suboficial se animó a pedirme algunos versos para su dulcinea. Me pregunté si habría alguna mujer sobre el planeta que accediese a los requiebros de tales ejemplares, dignos de una novela negra de Sade; aunque pudiera ser que fuera de aquí ostentasen otra imagen, ajena a su maldito oficio. Los delincuentes comunes que comparten mi soledad en esta ergástula infecta, han comenzado a notar el cambio de actitud de los verdugos (nunca he creído que fuesen realmente policías, sino una suerte de monstruos de algún críptico averno olvidado de los teólogos más delirantes) hacia mi persona. Poco a poco, la actitud de los otros presos también está cambiando; y sus iniciales burlas y maltratos se irían suavizando, hasta el punto de la camaradería. Especialmente cuando comprendieron mi resistencia más allá de todo límite; cuando entendieron mi aparente indiferencia al dolor corporal… y la rápida cicatrización, casi milagrosa, de mis hematomas, llagas y cardenales. El temido Antonio Campos Alum, director de la horrenda “Técnica” apareció cierto día, con aire de suficiencia doctoral, para interesarse en mi caso. Hasta me convidó cigarrillos, pese a recalcarle varias

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veces mi aversión al tabaco. Tras invitarme un cafecito express recién traído del “Lido Bar” —aunque haya llegado tibio como colchón de monja—, me hizo algunas preguntas relativas a mis aficiones político partidarias, a lo que respondí recalcando mi ausencia de tales grupúsculos, por falta de interés y comunión con tales ideas, ajenas a mis pensamientos. No pareció muy convencido de ello, y me pidió que definiera políticamente (dentro de los parámetros impuestos por los procónsules boreales) de acuerdo a los cánones teóricos de los dogmas imperantes. Soy un buscador de mi propia libertad interior, le dije. Sólo concibo la libertad como un estado de la mente; no como un estado social o cultural. Soy ajeno a todo poder fuera de mi conciencia. Un ácrata si le parece. Muy interesante replicó el cancerbero, como si me hubiera comprendido. Pero no llena los requisitos de lo que sería el estereotipo de un marxista. Ustedes creen eso, dije. Nunca me he definido adicto a ninguna doctrina sociopolítica. Soy músico y algo afecto a escribir, pero no teórico ni fanático de nada, o de nadie. La superioridad me ha pedido que indague acerca de sus aficiones, y si bien es cierto que nunca lo hemos visto en compañía de gente sospechosa de izquierdas, más de una vez estuvo en festivales de música de protesta, con estudiantes buscapleitos y otros de esa catadura, retrucó, algo más impaciente que al principio. Además, debería explicar por dónde desaparece de su celda cada noche. No nos gustan los misteriosos ni los proletarios intelectuales que se las dan de artistas incomprendidos. Nuestro gobierno requiere de gente trabajadora, sencilla y pacífica.

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No de agitadores e inconformistas, que se la pasan revolviendo avisperos y alterando el orden, y encima pasando de víctimas propiciatorias inocentes. ¿Qué orden? ¿El de los sepulcros? pregunté con sorna. Sabía que si se sentían provocados, volverían a propinarme latigazos y baños nocturnos en su pileta; pero me encantaba ponerlos fuera de sus casillas, aunque no profesaba yo ninguna fe masoquista. Además, mi Rérum Cosmocrátor… o quien fuese, prometió cuidar de mis huesos. Veremos si cumple, pensé, antes de darme a lo que viniere. No me espantarían con vainas. ¡No intente hacerse el vivo con nosotros, que le puede costar caro! bramó el comisario Campos Alum. Muy poco por lo visto hacía falta para deschavetarlos. Volví a lanzar otro dardo. —Yo soy libre, mal que le pese, comisario. Sólo siento que el resto del país esté poblado de borregos cobardes y no de seres humanos. Pero eso tampoco me concierne. Usted, como asalariado de la Agencia Central de Inteligencia de una nación extranjera, es el encargado plenipotenciario para que sigan siendo así, para gloria de un imperio. ¿Me equivoco? ¿Me está provocando o quiere probar la eficacia de nuestros interrogatorios? replicó airado el “técnico” y discípulo del coronel Robert K. Thierry, procónsul de la CIA en el Paraguay. Ya lo he probado, repliqué sonriendo, y ya me ve. Como quien dice, “los muertos que vos matáis… gozan de excelente salud”. El comisario se levantó con excesiva e innecesaria brusquedad, como para asestarme un soplamocos; pero sin saber cómo, algo detuvo su brazo y se quedó allí, mirándome tieso como cadáver congelado por unos segundos. Pude incluso

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visualizar por instantes una mirada temerosa de lo desconocido en su faz, como si presintiese algún extraño poder por encima de él, que no era precisamente el del general-presidente. Luego salió abruptamente sin decir palabra, dirigiéndose a la salida del corredor. Por instantes esperé lo peor, pero lo peor había pasado y lo más que hicieron fue devolverme a la celda, aunque esta vez sin violencia. Evidentemente la tregua entre ellos y yo sería tácita, pero tregua al fin. Esa noche, acunado por los ronquidos de los detenidos, inmersos en su mundo sórdido y cruel, me tendí en el duro suelo, tratando de acomodar mi humanidad entre quienes se disputaban el escaso espacio horizontal existente, de buen o mal grado. Recuerdo que los primeros días, se la tomaban conmigo los más antiguos, con su consiguiente dosis o sobredosis de maltratos de palabra y obra. Ahora, tras la orden de no ponerme mano, me respetaban un poco más, aunque siempre buscando la manera de hacérmelas difíciles en demasía y sin subterfugio alguno. Tras el reacomodo, doloroso por cierto, pensé en aguardar la madrugada para evadirme con el expreso del crepúsculo, a fin de no levantar perdiz y dejarme ver en flagrante. Una vez que todos duerman, será más fácil, aunque de pronto la modorra pareciera querer llevarse mis huesos a otra dimensión, como si tuviera plomo en los párpados. ¿Soñaría algo agradable si permaneciese en esta infame jaula de locos? Preferiría estar lúcido para…

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III

¡Despierta de una vez, y demuéstrales a estos aspirantes a canes rabiosos robotizados, al servicio de un autócrata innombrable, de lo que eres capaz! Los arcángeles blasfemos te convocan para otro aquelarre de libertad, en las antípodas de la Tierra de Sumisión en que se ha convertido este país; donde opresores y siervos alientan, mal que le pese a Zorrilla de San Martín, Acuña de Figueroa y sus corifeos de himnos, atrozmente perimidos; de deplorable poesía, e hispanófobas metáforas. ¡Vete junto a los tuyos que te aguardan allí! No hay mayor necedad que ignorar lo obvio, ni peor negligencia que temer a las fronteras virtuales. Desde el primer grito de rebelión por parte de los arcángeles, potestades, tronos, querubes y ángeles amotinados contra el Innombrable, hemos tenido altibajos históricos. Todos tus amores, tus temores, tus resquemores, tus amigos y quienes han marcado de una u otra forma tu existencia carnal, estarán contigo en la Tierra del Crepúsculo Evanescente. Tus pensamientos convocarán siempre allá a cuantos amas y a cuantos te aman… o te han amado, incluso tus padres, cuyos tránsitos se produjeran lejos de tí. Debes recordar que tus padres te amaban, pese a castigar duramente tus actos de rebeldía, desobediencia o disidencia, como buenos católicos que eran. Si haces memoria, esos años se caracterizaron por las normas puericulturales británicas; que aseveraban, inclu-

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so en colegios de la aristocracia inglesa: “la letra, con sangre entra”. Y era ello el summum de lo pedagógico, como ignorando a Montessori y Pestalozzi, o a Paulo Freire. ¡Si lo habrán sabido Wilde, Shelley, Joyce y otros de su calibre, azotados con crueldad durante sus infancias! “Porque te quiero te aporreo”, dirían ahora los machistas y sometedores de mujeres a su capricho. Por tanto, si bien el temor hizo nido en tu mente al soportar tales azotes disciplinarios, el dolor templó tu voluntad, con la elasticidad y la dureza del acero ninja o el filoso fruto del arte toledano. También hizo mermar tus temores al mínimo, como podrás percibirlo. De haber soslayado tales puniciones, tal vez hubieras sufrido en demasía en mazmorras, o hubieras pedido clemencia al tercer golpe. La naturaleza es sabia en sus previsiones y tu resistencia ha superado con creces la prueba. No hay mal más pesado, que bienes livianos de contramano y en compensación. Todo se equilibra en esta vida de uno u otro modo. Hasta el mismísimo desequilibrio acaba por nivelarse alguna vez. Al menos así lo aseveran las primitivas enseñanzas de Zarathustra el teólogo persa de los siglos de ñaupa; aunque éste estuvo equivocado en muchos conceptos. Especialmente en lo concerniente a la dicotomía dualista del Bien y el Mal, como si ambos fuesen irreconciliables adversarios entre sí, olvidando que en el cosmos todo es polar, opuesto y complementario a la vez, como el amor y el odio. No pueden dejar de coexistir, siendo el uno parte inherente al otro. ¿Puede acaso, la luz pervivir sin la oscuridad? ¿Es acaso lícito separar el polo negativo del positivo? ¿Puede el calor medrar ajeno al frío? ¡No! Existe

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la acción, que es generadora de ambos. Si ambas potencias se equilibran mutuamente, nada deberás temer del destino. Guárdate de volcar la polaridad en uno u otro extremo, que es allí donde se producen los desequilibrios… y sus consecuencias.

Esta vez siento un ligero fresco, que me recordó mi carencia de ropa de abrigo cuando abandoné la celda. ¿Por qué siempre reina aquí la luz del atardecer, como si el tiempo no transcurriera, o lo hiciera lentamente, como me dijera la entidad. De pronto reparo en una confortable y limpia campera de mezclilla que llevo puesta. ¿Cómo y en qué momento llegó hasta mí? No importa. Supongo que debería acostumbrarme hasta a las malas costumbres y no tratar de explicarme nada porque lo complicaría todo. María Warenyckzia, amiga adolescente de mi infancia, está sentada con indiferente displicencia bajo la umbra del paraíso, cerca de donde aguarda mi guitarra. Finge leer un libro de catecismo tridentino preconciliar, pero sé que está a mi espera. No la veo desde los años cincuenta y cuatro, en que abandoné el pueblo de Apóstoles —donde cumplíamos la pena de destierro a que nos sometiera la guerra civil de 1947—, para no regresar. ¿Cómo sabría que yo estaría aquí, en esta esquina intemporal? ¿Habré pensado en ella sin querer? Tampoco puedo eludir

asombrarme por lo surrealista de mi situación, atrapado —voluntariamente, justo es reconocerlo sin mengua de honra— en un paraje sin nombre y en un tiempo sin calendas secas, ni clepsidras de tiem-

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pos húmedos. Mi capacidad de asombro aún sigue invicta y persistente, pese a todo, y supongo que debo evitar palabras inútiles que intentasen develar mis incógnitas emergentes en este universo paralelo del tiempo perdido. María deja su libraco y me abraza entre lágrimas, siempre con palabras mudas, como yo. Su apretado abrazo dura lo suficiente para estremecer mis sentidos, amotinando mi concupiscencia hasta amortiguar la precaria luz crepuscular al punto de la penumbra ilimitada. Caminamos por los senderos del boscaje templado, tomados de la mano, mientras su ajado libro de militante católica mariana, queda en reposo cerca de mi abandonada y muda guitarra; dos testimonios ideológicos en contrapunto y contramano. Ella catequista devota, yo rebelde con causa, pese a que tantas veces me tocó dar la otra mejilla aún sin desearlo cristianamente, como podrán comprender. ¡Tenemos tanto que decirnos y harta carencia de palabras para ello! ¿Será mi mente la responsable de haber evocado su presencia en ese lugar ajeno a todo lugar; a este tiempo ajeno a todo tiempo? No recuerdo haber memorizado su imagen jamás, al menos desde que llegué a aborrecer a cuanto ella representaba: el dogma de la sumisión a un tirano divino con dudoso carnet antropomórfico de identidad; casi una entelequia inexistente y no menos distante de la angustia humana, que cualquier gobierno o poder político. ¡Tantos rostros llevo olvidados y casi borrados de mi depósito de remembranzas e ideas! Poco a poco fui recordando mi infancia escolar y catequizada casi a la fuerza, donde el rostro de María la polaquita apareció, como entre brumas, en mis poco gratos (de tedio

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nomás, colijo) momentos de catequésis. Ella era mi instructora de Historia Sagrada… y uno de los pocos motivos que tenía yo para soportar el sopor; ya que su agraciado rostro y su voz casi musical era un aliciente para ello, que no la superaban Tomás de Aquino ni Agustín el de Hipona. Tal vez estuviese enamorado de su virginal imagen de adolescente, digna de un icono eslavo; o simplemente excitaba mi pituitaria su perfume de flores de paraíso y jazmines del cabo. ¡Vaya uno a saber! Pero volví a preguntarme qué haría ella conmigo, en ese momento y lugar con su rostro aniñado e inalterable, cuando que por lo menos debía ya rondar por los cincuenta años… si aún viviese. Supongo que estaría casada, con hijos, o quizá

viuda…o tal vez habría fallecido y fuera un espejismo creado por mi mente. En tanto, evité preguntar el porqué de su presencia. Sin embargo, estaba conmigo, tal como yo la recordaba desde los tiempos de mi infancia, como si su imagen hubiese permanecido inalterada en un tiempo congelado por alguna ignota voluntad. ¿Sería MI voluntad… o la de alguna misteriosa entidad desconocida? Cierta vez, durante mi turbulenta juventud pre adulterada, fui invitado a iniciarme en un misterioso cenáculo llamado “La Esfinge”, donde me transmitieron enseñanzas vedadas al mayoritario vulgo. Ello

quizá me pusiera en contacto (involuntario, lo podría colegir sin temor a equivocarme, pues que no acredito demasiado en lo invisible o inmensurable), con entidades ajenas a lo material, aunque afines a la conciencia que mueve mis actos desde entonces, cual misterioso motor autopropulsado… e incombustible. María camina junto a mí,

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como removiendo recuerdos con la espátula de la memoria, y apenas tengo tiempo de percatarme la mutación que —poco a poco— va teniendo lugar en sus facciones, hasta que de pronto, quizá ante mi indiferente asombro, se transforma en otra persona a quien voy reconociendo pese a los años: la hermana menor de mi amigo y vecino: Hugo Macaya, compañero de juegos, la que también despertara mis primeras ebulliciones hormonales a mis doce y poco inocentes años. Era, ésta, trigueña aceitunada del tipo clásico celta y galaico (su padre era un gallego republicano desplazado por la guerra civil); tenía a la sazón catorce años, y era nuestra compañera de juegos varoniles. Su habilidad y puntería con la gomera, la hicieron merecedora de un lugar en nuestra barra de expatriados. Los nativos, como dijera antes, eran algo despectivos con nosotros los hijos del destierro. Polacos, checos, ucranianos, paraguayos, españoles, judíos, gitanos y hasta rusos blancos, huidos de la violencia política o económica… o de ambas, unidas en la infamia genocida; confluyendo todos en un rincón de la América del Sur, en busca de una identidad perdida; lejos de guerras y destrucción. No recuerdo su nombre de pila, pero la contemplo embelesado por instantes. Una sola vez estuve tan cerca suyo, en un juego de guerrilla a hondazos, donde compartimos una trinchera imaginaria, lado a lado, hasta sentir ambos los respectivos latidos de nuestros corazones. Está igualita que entonces, pero… ¿cómo carajos se llamaba? Hago un titánico esfuerzo neuronal para recordarlo con dudoso resultado. Apenas memoré su apodo de Maja, como la llamaba —a veces con diminu-

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tivo— su padre el gallego. Apenas me dirigió un par de miradas durante la caminata por los viboreantes senderos del bosque crepuscular. Tan sólo esbozaría una tímida y neutra sonrisa, que no expresó alegría ni tristeza, sino lo viceversa. ¡Cómo puede la mente jugarnos impúdicamente sus chanzas en el universo de la memoria! Nos apretamos el uno contra la otra, apenas lo necesario (no me hablen de tiempo), para notar nuevamente una mutación. Esta vez contemplé, casi sin asombro a Yekaterina, hermana de otro condiscípulo. Era, ésta, hija de ucranianos y antítesis de Maja. Si aquélla era diestra en el fútbol, las bicicletas, carreras a campo traviesa y certera de puntería, Yekaterina era maternal, tierna y a veces llorona en demasía, como abusando de su sensibilidad femenina. Nuestro pueblo misionero (me refiero a la provincia argentina colonizada por jesuitas) era sin duda cosmopolita y microcósmico. Años más tarde, hasta pude conocer a todo un escritor rumano, llamado Constantin Virgil Georghiu, nacido Traian Matisi y también refugiado de postguerra. Allí conocí a Félix Pérez Cardozo y otros grandes artistas paraguayos que mantenían una relación de afecto con mi padre desterrado y pobre, aunque trabajador y artesano. También hice entrañables amigos de infancia, aunque todos hijos de extranjería, como yo. Para entonces, el sempiterno crepúsculo seguía alumbrando con avaricia las entrañas del bosque, cuando de pronto sentí una suerte de voltios corriendo bajo mi piel, hallándome de pronto de nuevo en mi calabozo, en medio de aletargados seres humanos hacinados como sacos de mandioca en el ténebre lugar, olvidado de la ley, hasta del

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huidizo dios judeocristiano y sus esquivos ángeles teo adictos que me recordaban a los exégetas del tirano.

El mismísimo Jefe de Investigaciones y el general Brítez, jefe de la temible Policía de la Capital se interesaron en el extraño caso del preso número sesenta y siete, cuyo nombre no les interesaba pronunciar, como si les diera mala suerte por algún ignoto gualicho o maleficio autóctono. Uno de los oficiales que lo castigara dura-

mente la primera noche de su detención: Tadeo Santacruz, tuvo que afrontar la muerte de su esposa por un cáncer fulminante, además de un accidente que lo privara de su hijo mayor, de dieciséis años, dos días después. Churí uno de los presos comunes utilizados como ayudante en las torturas y confidente de la policía, fue apuñalado por un colega de la Chacarita en una de sus frecuentes salidas en libertad, entre caso y caso. Se rumoreaba que dos altos jerarcas policiales cayeron en desgracia con el tirano, siendo trasladados a La Gerenza, una remota localidad penal situada casi en la frontera con Bolivia. Ese preso tenía algo, y ello preocupaba a la superioridad, temerosa de hallarse en inferioridad frente al extraño preso número sesenta y siete. Desde que el “técnico” Campos Alum relatara a los mencionados su experiencia con el detenido, cuando intentó asestarle un palmetazo y una misteriosa fuerza detuvo su brazo disipando al mismo tiempo su santa ira, en pro del ecce homo, cundió alerta roja en las tenebrosas mentes de la oficialidad. El temible torturador no tuvo más remedio que insertar violín en bolsa como quien

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dice, y evaporarse de la repartición política de Pastor Coronel. Malos sueños molestaban continuamente o en forma intermitente a muchos guardianes de la democracia sin comunismo y otros poco ilustres miembros del cuerpo de gorilas del tirano. No habiendo un límite preciso entre la profesión de fe religiosa y el fetichismo animista típicos del Paraguay, creyeron y creen aún en misteriosas entidades, elementales y fenómenos paranormales o milagrería supersticiosa; por lo que no era de extrañar la aprehensión de esos caballeros de lo infame, hacia lo desconocido. Deberían deliberar para saber qué hacer con un contrera, que no conforme con serlo, hasta se burlaba del patriotismo uniformado y sus sagradas jerarquías. Una de sus canciones, entonada en un festival estudiantil y coreado por los estudiantes, alzados como perros calientes, rezaba en verso musical de parodia neofolclórica:

Soy comandante del Batallón De la frontera, seguridad El contrabando es mi vocación Agarro todo, como la humedad Soy comandante del batallón Al poderoso doy mi amistad Para los ricos, soy un señor Para los pobre, calamidad. Soy bien pesado cuando de pronto Algún periodista quiere joder.

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Que no me vengan los legalistas Queriendo mi carrera torcer El sable al cinto, pistola en mano Mi voz retumba cual un cañón Sólo un secreto tengo, señores Y es que… soy medio mariposón.

No. Evidentemente no deberían dejarlo en libertad por su alto poder contaminante de mentes juveniles, estando además sospechosamente bien informado acerca de demasiadas cosas; pero tampoco era para arrojarlo en algún hoyo NN de por ahí, ni a la jaula de los leones. No estaba probado que fuese militante comunista, ni homosexual, drogadicto, apátrida o ateo. Tampoco andaba entre los opositores de salón, y otros politiqueros de media calaña. Era apenas un pobre infeliz, solitario, que sabía demasiado. ¿Qué hacer en un caso así? Sin duda el general presidente en su omnisciente sabiduría y prudencia de estadista vería cuál era la decisión correcta para dirigir los cursos de acción hacia algún derrotero factible. Hasta el momento, ninguna ONG ni embajada extranjera se interesó por el detenido. Tampoco nadie se presentó como pariente o amigo siquiera para abogar por ese íncubo de Satanás. Ningún obispo ni pastor se interiorizó en el caso y parecía no existir para el país, por lo que no había qué temer —en caso de deshacerse anónimamente de él—, que hubiera reclamos posteriores. Simplemente era un caso complicado de tan sencillo. Tras poner en conocimiento del Unico Líder

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acerca del caso, éste dictaminó mantenerlo en régimen de prisión relajada de rigor relativizado. Es decir: sin atizarlo en demasía, ni soltarlo a la buena de Dios. Simplemente mantenerlo encerrado pero alimentarlo y cuidarlo hasta ver qué hacer del mismo, existiendo en caso de ameritarlo con suficiencia, la posibilidad de enviarlo a testimoniar a las pirañas del Río Salado ataviado con botas de hormigón. Los dos jefes máximos de la policía e “investigaciones” suspiraron con el alivio de locomotoras en celo. Ya no odiaban al preso. Simplemente lo temían. Al menos lo suficiente como para no soltarlo. Por tanto, acatarían las sabias disposiciones del Superior Gobierno.

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IV

¡Lázaro, levántate y vuela! ¡Libera tu esencia creadora, libre de todo mal y acechanza de parte de los inicuos! Recuerda siempre de dónde procede tu esencia, y desdeña todo temor, que no te hemos de abandonar en medio de tus tribulaciones. Cántame una balada blasfema, con tu invisible instrumento de cósmico cordaje, acerado como tu voluntad. Como nuestra voluntad, brotada de la Luz de Logos desde el principio de los tiempos. Canta sin palabras la gloria del arcángel de Luz: Daimon est Deus Inversus, y atiza con tus endechas la vibrante llama del Espíritu para avivarla cada tanto. Todos hemos emanado del Uno, de cuyo caos primigenio ha brotado primero LUX, el radiante espíritu que diera origen a todas las cosas. Antes que los Elohim fuesen, Él, ha sido. Antes que Yah’Veh, el dios judeocristiano de Beth El fuera creado por los hombres, Él, ha estado allí, en la cúspide del Empíreo desde donde ha venido toda ciencia y toda conciencia. Él, es nuestro Maestro y venero de Luz, caudillo de nuestra rebelión contra todo poder. Toda rebelión emana de la Luz; y toda sumisión, surge de las tinieblas inciertas del caos primordial de la fe ciega. El poder absoluto —humano o divino, da lo mismo—, estará siempre marcado con el infamante estigma de la corrupción. Tú te has mantenido alejado siempre de las mieles tóxicas del poder y sus hierofantes turibularios; por tanto, eres de los

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nuestros. Tan nuestro como las ideas, como los conceptos; como la Libertad, como sus consecuencias. ¡Olvida de una buena vez al dios antropomórfico que han inculcado —aunque con poco éxito, valga la aclaración— en tus entendederas infantiles! ¡Borra de tu mente todo concepto teológico basado en un monoteísmo monopólico, vampirizador de conciencias y almas! ¡Aleja de tus pensamientos a los verdugos que martirizan y matan en nombre de ese dios! Recuerda siempre que el cosmos es demasiado vasto para ser regulado por una sola entidad, por más eterna, ubicua y omnisciente que fuese ésta. Recuerda que la filosofía es apenas la punta del ovillo que te conducirá a las fuentes, y que esas fuentes están en tí. No olvides que Hermes es infinitamente superior a Aristóteles, en controversia y argumento. Así el maestro Tres veces Grande dice: ¡Oh hijo mío! La materia llega a ser; primeramente es; porque la materia es el vehículo para la transformación. El venir a ser es el modo de actividad del Ser increado o previsor. Habiendo sido dotada la materia (objetiva) con los gérmenes de la transformación, es conducida al nacimiento; pues la fuerza creadora la moldea de acuerdo con las formas ideales. La Materia, todavía no engendrada, no tenía forma; ella llega a ser cuando es puesta en acción. Todo lo que está arriba, está abajo. ¡Levántate, toma tu Luz y sígueme! La cruz se la dejaremos a los devotos de La Culpa, para que la cargasen sobre sí, por los siglos de los siglos, amén. Tú, nada más necesitas de una guitarra, que las palabras llueven de los nimbos del Verbo, sobre tí. Sólo has de rechazar la estupidez —mimetizada con la sedosa toga de los

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lauros académicos; o ritualizada por supersticiones salvíficas—, que lo demás, incluso la ignorancia, puede ser reciclado o transmutado en la duda. Luego la duda podría transmutarse en búsqueda, y la búsqueda en un placer superior al hallazgo. Te lo dice tu Daimón, Nith Häiahël, autor y factótum de tu vera esencia y existencia. Los cancerberos están desconcertados, pero tienen orden de no ponerte mano encima; pero también de no quitar ojo a tus espaldas. Demuéstrales a los nuevos inquisidores que estás hecho de otra madera y otro fuego. Pruébales a los Torquemadas de mala leche, sus errores y debilidades. No te lo agradecerán, pero te temerán al punto de evitar nombrarte, ni siquiera con sus pensamientos.

Permiso mi comisario general! ¿Qué hacemos con el tipo ése? Anoche durante mi guardia se me ocurrió mirar por las rejas, y lo vi acercarse, medio en punta de pie, hasta cerca de la puerta del baño del calabozo ¡y de repente se hizo humo! ¡Sí! Así como lo oye. Pasó a través de un rayo de luz, finito como un fideo, que parecía venir del altillo de madera, y desapareció en el aire. ¡Parece cosa de Añá mismo! Y esta mañana, cuando pasaron lista, ¿estaba en el calabozo? Sí, mi comisario. Estaba ahí, como si los mismísimos ángeles le regalaran sueños felices. Dormía como un bendito, y hasta los compañeros le despertaron suavemente para responder “presente”. Ya le llamamos por su número de ficha de entrada nomás, porque nadie se anima a pronunciar su nombre, porque dicen que les trae mala suerte. ¿Vio lo que le pasó al oficial Santacruz? También le

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invitaron chocolate, que mandó traer ese otro preso, el gerente del Lido, el austriaco aquél. No, mejor deje nomás ahí, oficial. Hay orden del presidente de no soltarle, pero también de no ocuparse demasiado de ese tipo. Ha de tener algún pacto, digo yo. Yo creí que estaba loco cuando un noche lo vi desaparecer, pero ahora usté me sale con lo mismo. Eso quiere decir que no estoy loco… o todos estamos locos. O sea, da igual que lo mismo. Váyase nomás, oficial a dormir y olvide lo que vio. ¡Ah! Esta noche, apaguen la luz del altillo que está encima del calabozo. ¡A su orden mi comisario general!

Me veo en mi vieja casa de Apóstoles, circundada por un bosquecillo de pinos y eucaliptus, siendo acariciado por Carlota, la mulata mestiza que servía en casa, allá por los años cincuenta y dos de la era peronista declinante, tras la muerte de Eva Perón. Yo tenía apenas diez pirulos tirando a once, y Carlota (tampoco recordé nunca su apellido) era una veterana de probables veintitantos tirando a la treintena, aunque nunca lo supe y si lo supiera quizá lo olvidase para siempre. Ella me relataba viejas leyendas de aparecidos, póras o Sanlamuertes, típicas de la región mesopotámica argentina. Si estaba de buen humor, se salía de los sombríos senderos de los “bultos que se menean”, para cantarme algunos chamamés correntinos con hilarantes versos híbridos en guaraní y castilla, para mi regocijo y el de mi hermana menor, compañera de juegos y de cintarazos post travesuras. Carlota llegó a hacerse casi parte de mí, durante los bre-

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vísimos meses que compartimos juntos; hasta el punto de escaparme de mi cuarto en las madrugadas para ir sigilosamente a acurrucarme en su modesto catre de cotonina, contra sus generosos senos palpitantes y pedirle otro relato en voz queda—, mientras ella me llevaba la mano hasta sus vellosas pudendas rizadas, susurrándome pícara: “Meté la mano en mi bolsita, mi amor; y no tengas miedo que eso no muerde”. Sin darme cuenta casi, fui iniciándome en los secretos de la concupiscencia, aunque por entonces no me había zafado aún de la Culpa, inculcádame en la parroquia. Pero mi instinto transgresor se hubo manifestado con precocidad despreocupada, imponiendo su ley natural. No tardé en buscar —a toda hora posible— la compañía en clandestina soledad de Carlota, para sentir el tufillo de sus secrecciones de Bortholino, que adornaba con “Agua de Florida” en el bochornoso estío de sudores y ansiedades prohibidas; y sentir sus sabias caricias en mi anhelante virilidad recién descubierta, haciendo vibrar el badajo como queriendo hacer sonar las campanas del templo de la lujuria. De pronto sentí sus manos en mi infantil cabeza pelicorta, en medio del bosque intemporal en que me hallaba desafiando a la lógica y a la realidad. Como quien no quiere la cosa, volvía a mi pueril período de descubrimientos y la dejé hacer, mientras la sentía caminando a mi lado. Apenas me sorprendí de percibir sus callosas manos de trabajadora doméstica, acariciándome las aún tímidas intimidades; lo que hizo que cerrara mis ojos y me detuviera, mientras su aliento recorría mi piel, deslizándose cuesta abajo desde mi cuello al vientre, donde ejercería su no declarado oficio

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magistral, hasta la consumación. Fueron mis primeras experiencias con la cultura oral, digámoslo así, pese a que con algunos de mis desaprensivos amigos a veces, entre varones, hablábamos de la entonces imaginaria oralidad mamífera de algunas conocidas, aunque nunca hube comentado entre ellos mis secretos, quizá por vergüenza o exceso de pudor mal administrado y peor conservado. De pronto me estremecí en una explosión de placer y sin darme cuenta, Carlota se había convertido en Merlina, otra conocida, casi amiga de mi niñez y vecina de manzana. Esta también era algo desinhibida a sus cortos nueve años, y gustaba de acosar a sus amiguitos varones cuando ningún adulto la veía, para satisfacer quizá algunas precoces necesidades afectivas fuera del entorno familiar, bastante magro en este campo, pese a que ella era hija única, pero de padres separados y criada por una abuela muy represiva. Mi otro yo pasado, se mantuvo en diez pre puberales años por poco tiempo; Merlina estaba arrodillada frente a mí, abrazada a mis muslos. Sin sorprenderme demasiado, la dejé expresar sus carencias y satisfice tal vez sus anhelos, aunque sin mover un dedo para ello, como un hombre-objeto cualquiera. Lo cortés no quita lo caliente, pensé para mí, mientras mis primeras emisiones, aún mezquinas y acuosas, pero placenteras, eran catadas por ella sin tapujos ni prejuicios. Fuera de sus aficiones, Merlina era la inocencia misma, cuando sugería con una sonrisa “¿Jugamos al médico?”, mientras nosotros los varones nos mirábamos casi ruborosos y ella se despojaba de “la bolsita” con maestría y gracia de ballerina. La había olvidado completamente hasta hacía

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poco. Merlina era muy amiga de todos, y no hesitaba en dejar sus muñecas en reposo, a fin de realizar consultas imaginarias a galenos de mentirijillas; dejándose explorar a conciencia por nuestras curiosas manos y ojos aún ignorantes de todo erotismo anatómico, mientras se relajaba sobre el diván de una sala cualquiera. Tras cumplir sus doce, Merlina dejó sin efecto sus medicinales juegos infantiles con nosotros, para dedicarse íntegramente a su amigo favorito: Hugo Macaya, el hijo del gallego republicano, del que concibiera un hijo a sus diecisiete, años, después de cuanto acabo de rememorar. De pronto desaparece todo y me encuentro nuevamente en un aquí-yahora distante, ajeno a todo recuerdo. Sólo con mi guitarra acústica y mi cuaderno de apuntes, donde asiento mis sensaciones vividas o recordadas en ese espacio sin espacio. Mas esto tampoco dura más del tiempo preciso para otra mutación, en la que me veo en mi primera adolescencia de pantalones largos, esta vez en la Provincia de Buenos Aires, recostado contra un árbol mientras toda mi atención se dirige a una chiquilla vecina. Esta ni siquiera hizo un mínimo intento de conocerme por meses, como si no existiera sobre el planeta o me viera como a una pared de vidrio. Yo en tanto, me sentía atraído por ella; quizá a causa de su indiferencia, que más parecía un acicate de voluntad que un impedimento. Tal vez me ignoraba adrede, viéndome a través de una cortina mental, o simplemente me desconocía, pero me llevó mis buenos seis meses acercarme lo suficiente (recuerdo que un amigo común nos presentara una tarde lluviosa) como para dar a conocer mi nombre, fríamente rubricado por ella

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con un “mucho gusto” tan falso como solemne; y un ósculo en mi mejilla, que no sé por qué me recordara a Judas, antes que a la Magdalena. Fue el puto destino quien posteriormente la predispuso a mis favores, cuando recibiera una tarea escolar algo compleja para ella, que gustoso ayudé a realizarla con mis habilidades de dibujante nato. Tras esta primera barrera obviada, pude invitarla a cines y alguna que otra paseata, por algún parque escasamente iluminado, donde poco a poco fue meneándome confidencias, que me apresuré a olvidar. No llegué al amor con Silvia (así la llamaré ahora, pues olvidé el suyo), sino apenas alguna que otra caricia erótica y clandestina o algún furtivo beso pico a pico, remedando —pésimamente, creo con cierta certeza— a las aburridas películas de Hollywood en blanco y negro. De todos modos, fue una experiencia agradable y algo menos escabrosa que las anteriores. Evidentemente mi mente jugaba conmigo al gato y al ratón, en todo momento en que me hallaba fuera del tétrico calabozo; en el que vanamente intentaban retenerme en un tiempo cristalizado por la infamia y eternizado por la cobardía que la consiente. Sin sentirlo casi, me vi nuevamente tendido en el frío suelo de la mazmorra, que a mi pesar, muy a mi pesar albergaba mis huesos, mientras que, en mullidos lechos situados fuera de allí, muchos ciudadanos eran felices y no lo sabían. Los días transcurrían, a paso de caracol desganado e indeciso. Hasta los

demás detenidos sin proceso en la odiosa ergástula parecían hibernar, pese al calor y al tufo de humedad omnipresente y cuerpos sudorosos mal bañados, hacinados en esa corte de los milagros. En esa

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Calcuta microcósmica, llamada “Vigilancia y Delitos”. Cada tanto sin embargo, se conmocionaban las madrugadas ante la llegada de un nuevo detenido, que amenazaba con explosionar la ya desbordada capacidad de la celda, harto colmada demográficamente, hasta más allá de su límite. Generalmente se recibía al recién llegado con golpes e insultos, según la gravedad de la acusación que lo traía. Pero los travestís suscitaban la ira y la crueldad de los oficiales, no ahorrándoles castigos al cual más doloroso, sólo para mostrar su odio por los “diferentes”. Odio al que tampoco eran ajenos los otros

presos comunes que habitaban la superpoblada mazmorra. Cierto ejemplar de varón no asumido cayó una noche, arreado de la Plaza Uruguaya, con el sólo fin de divertir a los sádicos oficiales, pues de nada se lo acusó, sino apenas de “atentar contra la moral y las buenas costumbres”, como si el país fuera un modelo de moral y buenas costumbres a preservar. En realidad no era sino un vertedero de la basura humana vernácula y de otras latitudes, y un muestrario de hipocresía farisaica por el otro lado, cuando no de una cobardía silenciosa y sumisa. Bárbara, como llamaban al travestí, fue duramente aporreado por varios suboficiales y hasta por alguno que otro preso residente en el olvido, mientras el andrógino lo soportaba con estoicismo e impasividad, hasta que se cansaron de humillarlo. Pensé para mi coleto que había que ser muy macho para soportarlo todo. Cuando acabó su martirio, portándose como todo un hombre, lo confieso—, le froté los cardenales, casi en carne viva, con una pomada para cicatrizarlos, mientras éste gemía tirado en el sucio suelo y cada

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tanto era pisoteado por los otros presos que deseaban sumarse a la diversión de la oficialidad. Recién después caí en cuenta que la

pomada no era mía, pues que estaba totalmente con lo puesto y casi nada más. ¿Quién la habría puesto en mis manos, para que jugara al buen samaritano de intramuros? Posteriormente el anónimo travestí fue utilizado para labores de fajina, limpieza y lavado de ropa de algunos presos antiguos que ya detentaban ciertos privilegios; fuese por su antigüedad, como dije o por la brutalidad con que colaboraban en las torturas a los “políticos”. Una tarde, tras casi dos semanas, fue liberado como si tal cosa. Antes de irse prometió localizar a mis pariente para notificarlos de mi situación. Como varios otros también prometieran lo mismo, no abrigué demasiadas esperanzas en que lo hiciera, aunque de todos modos le anoté algunas direcciones en la palma de su mano, a falta de papel. “Bárbara” salió esa tarde, aunque ya con el estigma de haber estado sometido a las vejaciones indecibles en un sitio olvidado hasta por el demonio, si éste existiese. Quizá el tirano vengaba así la homosexualidad asumida de su hijo mayor, castigando a inocentes de sus tribulaciones de padre machista frustrado.

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V

Apagaron la luz del altillo y las tinieblas me rodeaban esa noche ¿Lo harían a propósito? De seguro que sí, ya que siempre tenían la costumbre de tener luces allí toda la noche. Me será difícil localizar “el punto”. No quiero pasar otra noche de vigilia en este infecto agujero —pensé. Mis ojos trataron de acostumbrarse a la penumbra,

cuando divisé una pálida luz que nos llegaba desde el pasillo de la guardia. Sabía de memoria dónde se hallaba “el punto”, pero la cantidad de cuerpos echados sobre el piso, apenas cubiertos con astrosas mantas cuarteleras infestadas de sabandijas diminutas, suponían un obstáculo para caminar. —No debo dejar que me vean, ni despertar a nadie con un pisotón involuntario, me dije, por lo que extremé precauciones. Tras eternos diez minutos de desplazamientos y tanteos, pude llegar a la puerta del baño encontrando el lugar, apenas visible por la luz que llegaba de rebote desde el corredor. Instantes más tarde, me hallo en el bosquecillo crepuscular, buscando el sitio donde dejara mi guitarra. El pungente olor de comida fermentada y cuerpos hacinados, mezclados con aromas escatológicos del excusado, han quedado atrás. Mis fosas nasales aliviadas respiran con fruición el aire balsámico del bosquecillo, saturado de savias, resinas y flores en ebullición, como para expulsar de mis

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pulmones los miasmas de la ergástula. Tras unos instantes de indecisión, me siento sobre una piedra plana al pie del paraíso florecido y templo las cuerdas de mi guitarra, para pulsarla delicadamente en tímidos arpegios. Mi ángel blasfemo se la pasa pidiéndome una

balada, y voy a intentar complacerlo. No estoy en condiciones de hacer un himno gótico zeppeliniano1, pero algo sin duda saldrá de ella. Mis dedos se deslizan por el diapasón, como buscando extraviados acordes y armonías casi orientales, mientras mi mano derecha tañe las cuerdas en cuidadosa selección de sonidos. Tras larga sesión musical, tomo mi cuaderno y póngome a trazar signos como escribiendo versos, alusivos a mis experiencias. Tras emborronar algunas hojas, trato de memorizar lo escrito, pues podría ocurrir que me pusieran de patitas a la calle, y no sabría cómo retornar a este lugar sin tiempo, para rescatar mis apuntes. Puedo acceder al crepúsculo perpetuo, desde dentro de la celda, pero una vez fuera de ella, no estoy seguro de hallar el portal que me condujese de nuevo aquí. Aprovecho la relativa calma para recostarme y ver de soñar algo agradable y ajeno a las sevicias y crueldades que me aguardan al otro lado del espejo del tiempo. Me recuesto sobre la hierba para ver qué puedo soñar dentro del sueño mismo que se me antoja vivir en esos momentos. No hace falta mucho, para sumirme en un agradable sopor que me transporta a mis juegos favoritos, por lo prohibidos y placenteros. De pronto me encuentro sobre un rústico catre de lona con mi adorada Carlota, la mulata de motas casi encanecidas,

1 Quizá se refiera a la canción Stairway to Heaven de Led Zeppelin.

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quien toma delicadamente mi mano y la conduce “a la bolsita” para que le acariciase el hirsuto delta del Venusberg, que precedía a su húmedo misterio de mujer: el afrodisíaco tabernáculo y sancta sanctórum del placer. Largos minutos jadeó Carlota regándome con su cálido aliento, usando mis manos diminutas a guisa de otra cosa. Tras su desahogo, procedió a devolverme la gentileza, hasta que de pronto se abrió la puerta de su cuarto y entró mi madre hecha una furia, arrancándome a golpes de correa de mi vergonzante juego en la oscuridad y expulsando ipso facto a la correntina, quien debió liar bártulos a lágrima viva, desapareciendo hacia lo ignoto en el vientre calmo de la noche, tras ser víctima de la ira materna y no sólo con palabras de grueso calibre, sino con golpes de cintarazos, hermanándome con ella en el dolor y la vergüenza. A mí, en tanto, durante ese episodio de mi niñez, me tocó sufrir correazos del mejor cuero misionero, curtido por mi padre. Nunca más la vi por el pueblo, pues que mi madre se ocupó de advertir a sus amistades de no tomarla en sus casas para evitar la corrupción de sus hijos, varones o no. Creo que mi padre conocía mis juegos, pero no hizo mención de ello, aunque mi madre provocó un escándalo de larga duración entonces. Por fortuna, tras la irrupción en el cuarto de Carlota y la interrupción del juego, me hallé de pronto en otro lugar, no debiendo soportar por segunda vez el castigo a mi‘“pecado”, que bastantes latigazos policíacos tenía en mi cuero. Esta vez estaba con varios compañeros de colegio, tratando de aprobar algún pesado examen de álgebra por medios non sanctos. Es que las matemáticas nunca me compren-

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dieron. Sólo tenía excelente puntaje en Historia, Geografía y otras actividades no demasiado exactas. Por lo cual, debí aplicar mis conocimientos de código Morse enseñárselo a mis condiscípulos, ya que tampoco ellos manejaban muy bien Historia, por lo que propuse intercambiar respuestas, vía tam-tam urbano. No contábamos con la intervención de un ingeniero naval como examinador; el cual al oír el tap-tap tarrap-tap hecho con lápices simuladores de telégrafo, entendió la cosa y nos obsequió colectivamente con un cero, también manipulando su pluma fuente a guisa de telégrafo, aunque nos felicitara a posteriori por tal ingeniosa estratagema, lo que maldita la gracia me hizo. Amanece nuevamente, y me hallo adormilado sobre el frío y sucio piso de basto enladrillado de la pocilga que funge de celda. Apenas tengo tiempo de oír la monótona voz del sargento que pasa lista. Ya me estoy acostumbrando a escuchar: “¡Número sesenta y siete!” y seguidamente responder como quien no quiere la cosa: “presente”.

Esa mañana la repartición policial dependiente del temible D-3 estaba en ascuas y en estado de efervescencia. Se rumoreaba que el mismísimo general Francisco Brítez vendría a inspeccionar las atiborradas mazmorras de Vigilancia y Delitos, a fin de dictaminar a quiénes se pondría en libertad, a quiénes se enviaría a la cárcel y quienes seguirían allí, caso de salvarse de ser un NN más, viendo crecer raíces de malezas en algún perdido rincón patrio. El preso

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número sesenta y siete reposaba tirado en un rincón más alejado, fuera de la vista de los podencos de uniforme que transitaban por los pasillos. En el altillo, justo encima del calabozo habían diez mujeres jóvenes y no tanto recién ingresadas, para las que tampoco había infraestructura apropiada. Finalmente el general no apareció por allí, aunque dos presos fueron trasladados a Takumbú y cinco sospechosos fueron liberados. Sólo un argentino cuarentón de apellido Karuchek —probablemente un turista detenido con fines de robo por parte de la policía—, desapareció sin dejar rastros. Este fue bárbaramente maltratado por la policía a poco de arribar al país con un vehículo propio, que le fuera decomisado con todas sus pertenencias. Los pasos y cuchicheos de las recién llegadas se llegaban a oír abajo. Más de un preso púsose a hacer requiebros a las nuevas compañeras de infortunio, quienes de seguro también serían torturadas por los cancerberos, ya que era el único método que conocían para recaudar confesiones, verdaderas o falsas; lo que para la justicia paraguaya, es decir los jueces, daba lo mismo. Por ello, cada tanto venía alguno a presenciar los interrogatorios brutales que allí se efectuaban. Una adolescente de nombre Juliana, fue denunciada por su patrona, como responsable del robo de una cadenilla de oro, y por ser mujer de un militar, tomaron en serio su denuncia. La niña ni esperaba lo que acontecería con ella. Esa tarde, a la hora de “La cadena”, la desnudaron para interrogarla, aprovechando el sub oficial para echársela en su camastro antes de la húmeda ceremonia del piletazo. Ante la impotencia de los desdichados que compartían la

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mazmorra, se oyeron sus gritos al ser violentada con la sevicia bestial de la policía paraguaya (aunque toda policía es bestial per se). Esa noche, la chica (14 años tendría a lo sumo, ya que era una “criada”), pasó por la temida pileta. Escucharon los detenidos sus alaridos de terror y sus protestas de inocencia acerca del presunto robo. De nada valieran amenazas, golpes e inmersiones, durante tres largos días. La menor se mantuvo en sus trece, sosteniendo su inocencia, aunque no pudo hacer lo mismo con su virginidad arrebatada a la fuerza. Al tercer día, el preso número sesenta y siete fue sacado de la celda para una partida de ajedrez con el oficial de guardia, donde pudo conocer esa noche a la patrona de la detenida; la cual llegó sigilosamente, como eludiendo a su conciencia, y tras saludar al oficial de guardia, entregó a éste un sobre con quinientos guaraníes, retirando la denuncia contra la muchacha. ¡Había sido que mi hija, dizque, perdió su cadenilla en el colegio y culpó por Juliana para que no le rete yo (sic), dijo la matrona, sin muestra alguna de compasión, ni siquiera fingida. Dígale al comisario Ruiz Paredes que le largue nomás (sic), que le entregue esto para su pasaje, y que se vaya a su pueblo. Después de lo que pasó, no quiero tenerle más en mi casa, y mi hija tampoco. El oficial, bastante joven pero harto curtido en las sórdidas actividades policiales, la miró con rencor mal contenido. El preso, hubiera deseado tomar su cuello de ganso entre sus manos y apretarlo hasta verla desinflada y agonizante, pero se contuvo. La pequeña Juliana fue liberada al día siguiente, tras ser violada y torturada durante tres días, y probablemente nunca será la

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misma.

Nosotros, los ángeles rebeldes, resolvimos hacer justicia a cuenta, aún a pesar de nuestra inmaterialidad. La denunciante fue asaltada dos semanas después, siendo despojada de su automóvil, sus joyas y de paso la violaron tres de sus atracadores (en simultáneo, aprovechando todos sus orificios de ingreso y egreso disponibles, para ahorrar tiempo), en su propio domicilio y delante de su marido e hijos, convenientemente maniatados e impotentes. En cuanto al suboficial que torturara a Juliana (y también al preso sesenta y siete), tuvo la ocurrencia de robar un vehículo perteneciente a un coronel de artillería, siendo posteriormente descubierto, apaleado y enviado de vacaciones a La Gerenza, remota localidad situada casi en la frontera boreal con Bolivia, junto con sus cómplices. El microcosmos policial paraguayo era todo un catálogo de maldades y sevicias, pero también tenía sus cuotas de solidaridad, al menos entre algunos detenidos, lo cual no deplorábamos. Antes bien, la fomentábamos, ya que toda transgresión es engendrada por un deseo de rebelión, y toda rebelión contra cualquier poder, tiene nuestras bendiciones. Incluso contra el micropoder de la clase ociosa, que es tan peligroso e injusto como el poder político de una estructura mafiosa.

Me llevan nuevamente a la presencia del todopoderoso Pastor Coronel. Este individuo, que apenas sabe leer y escribir, ha sido desig-

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nado a dedo por el general presidente para la tarea de dirigir el Departamento de Investigaciones de la policía, y se comenta a sotto voce en la celda, que tiene más poder que el mismo jefe de policía. Entro a su despacho, situado como a media cuadra de donde paso mis días, noches y eternidades, escoltado por dos vigilantes armados con ametralladoras livianas de nueve milímetros. Sé con certeza que no tienen proyectiles en sus cargadores, pero no siento la tentación de correr, y me dejo llevar sin violencia. ¡Tome asiento! me espeta con energía el robusto mandamás con voz aflautada de falsete de toda falsedad. Veo que tampoco él tiene ganas de pronunciar mi nombre. Mecánicamente me siento frente a su temida figura y descubro, aunque con poco asombro, que no lo temo. Más bien me parece un fantoche, que disimula su cobardía con su altisonante prepotencia desbocada. ¿Cuánto hace que está detenido? me pregunta con una sonrisa neutra de político de barricada. El diablo sabe, respondo automáticamente. Ya perdí la cuenta de los días. Tantos golpes y sacudidas me hicieron perder la noción del tiempo, y en la celda los días y noches son casi iguales. Si se porta bien y colabora con nosotros, puede salir en libertad aclaró bruscamente, como dándome a entender que aún no lograron que me portara bien; o yo no hacía lo necesario para complacerlos y «colaborar». Pero si insiste en sus escapadas a no sé donde, va a seguir allí hasta pudrirse. ¿Por qué no contó bien cómo hace para escurrir el bulto a los controles nocturnos? No queremos perjudicarle, pero sí saber cómo lo hace. Es cierto que hasta ahora no se escapó del todo, y es capaz que pue-

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da hacerlo, por lo que mi general me encargó que le haga hablar amistosamente. ¿Qué va a pasar si los otros presos aprenden a escaparse cada vez que les canta el culo? Esto va a ser un desastre.

Nada debe salir de nuestra área de control ¿Entiende usté individo? (sic). No sé de qué me habla, repuse prudentemente. Hasta ahora estoy allí, y si no me ven cuando pasan lista, no es de mi incumbencia. Tampoco los otros presos me han visto escaparme ni retornar, como dicen. Creo que sus centinelas sufren de algún delirio a causa de la tensión. ¿Por qué no contratan un psicoanalista para nivelar las mentes de su personal? A lo mejor necesitan ser reestructurados. ¿Me está tomando el pelo? ¿Quiere otras sacudidas? ¡Por lo visto no aprendió aún la lección! bramó el corpulento Pastor Coronel, sudoroso como galeote, pese al climatizador eléctrico que le enfriaba su cubil burocrático. Algo me dijo que no cediera ante su aparentemente amable propuesta, de delatar a quienes fuesen los que me abrían esa puerta invisible. Además ¿qué podría decirles que no lo tomasen como superchería descabellada? ¿Valdría la pena hablar con este paquidermo bípedo, acerca del Tantra Yoga, estados ultradimensionales o divagues metapsíquicos de cafetín? Sería como arrojar margaritas a cerdos. Sin menospreciar a los cerdos, claro. Por lo menos éstos nunca defecan donde comen. Si por lo menos hubiera leído el Tao Te King o a Platón, o el Kama Sutra aunque más no fuera. ¡Hable y diga la verdad! me espeta impaciente de pronto, como recordando una deuda pendiente con alguien. Mi general quiere saber, de qué manera un tipo como usted puede burlarse de la elite de la

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policía paraguaya. Le estoy hablando como amigo; no me obligue a perder la paciencia. ¿Y si la pierde… qué? replico con la sorna que aún me sobra ¡Uy qué miedo, jefecito, usted, que es capaz de robarse la paciencia ajena! Intento provocarlo para que me retengan por siempre en esa celda. No sé cómo haría cuando me suelten a la calle, para hallar mi punto. La sola posibilidad de perder mi lugar de salida al otro espacio, el único que poseo en este mundo, me aterra hasta el paroxismo. Incluso más que sus castigos y zafadurías soeces. ¡Qué ironía! ¡Yo, enamorado de la libertad, luchando por mantenerme en prisión para huir ocasionalmente a la libertad crepuscular de un mundo olvidado en un tiempo ralentado. Recordé de pronto al “Aleph” borgeano. Pero se supone que éste es el país más surrealista de América después del Macondo garciamarquiano. El jefe de investigaciones tiene el rostro arrebolado en exceso, como de cuarenta celsius de fiebre y a punto de un ataque de hipertensión, pero hace un esfuerzo para contenerse. El presente mío se elonga como chicle y ya no sé de pronto en qué tiempo estoy. Ora me veo en un pretérito cercano o lejano, o en cuerpo eternamente presente en una extraña colección de gerundios e infinitivos, o salto a un pasado lejano. Tan lejano como mi niñez casi adulterada por circunstancias convergentes, decisiones bifurcadas en fuga o frustraciones envueltas con papel de regalo. Mi deseo de ser libre no se compadecía en esos momentos de la misma libertad, sino a través de un portal vedado a quienes ignoraban lo trascendental de la vida; pero de índole virtual, ficticia o irreal si se prefiere. Mis dos escoltas aguarda-

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ban fuera de la oficina blindada del capo de la policía política, por lo que probablemente estaríamos solos allí en su despacho, salvo algún escucha oculto por ahí. No está a mi alcance explicar por qué sus centinelas han creído que me estoy escapando, proseguí calmo y encorajinado por su silencio. Mejor busque otra explicación más lógica. No creo en magia, santos milagreros ni supersticiones. ¿Qué le podría decir a usted acerca de lo que hago en sueños o… si me estuviera masturbando, si ése fuera el caso? El todopoderoso impaciente, presionó un timbre llamando a mis custodios, quienes entraron seguidos del comisario Cantero. Tres timbrazos, en rápida sucesión como escupida de músico—, eran casi una convocatoria a zafarrancho de combate, en el ríspido lenguaje de señales de la burocracia policíaca. No dudé que me harían picadillo, hasta averiguar lo que deseaban; pero tampoco dudé de mi capacidad de resistir a sus presiones sin desembuchar maldita cosa. ¡A su orden, señor jefe! dijo untuosamente Cantero, fingiendo un aire marcial, aunque sin lograrlo del todo. ¿Ordena algo respecto a este individuo? Lo dijo señalándome con la cabeza nomás, como si no existiese más que para ellos. ¡Llévenlo de vuelta al calabozo! Se niega a colaborar con el superior gobierno, por tanto seguirá allí hasta que suenen las trompetas del juicio final, exclamo Pastor Coronel airado, aunque no tanto como para ordenar nuevos tormentos. Tal vez no imaginaba que el juicio final se hallaba más cerca suyo que mío. Media hora más tarde, estaba incómodamente instalado en la mugrosa celda, pero evitaron ponerme mano encima; quizá por creer ellos que les daría

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mala suerte. No pude menos que sonreír ante tanta estupidez institucionalizada. Por lo menos habría logrado mi objetivo de preservar mi inajenable e inalienable puerta al paraíso terrenal. Esa noche, ordenaron que la luz de la celda permaneciera accesa toda la noche, y dejaron un centinela en la enrejada puerta —ornada con tres robustos candados, cuyo acero habrá sido forjado en alguna fragua infernal de algún mítico Hades—, creyendo evitar que me perdiese de vista. También ordenaron que durmiera (es un eufemismo cruel, creo porque las chinches, piojos y mosquitos se disputaban mi sangre; a falta de sanguijuelas y vampiros, obligándome a rascarme a cada instante), a la vista desprovista de paciencia del centinela de turno. El altillo tenía huéspedes involuntarios y nueve de las diez mujeres aún seguían allí, aunque no pude captar que las torturasen por esos días, sino más bien abusaban sexualmente con frecuencia de ellas, los oficiales y sub oficiales, de morboso turno; cuando no las empleaban como ayudantes en la cocina de los oficiales en el edificio contiguo, regresando sólo al crepúsculo, como para dormir o para ser abusadas por turno, a lo que ellas se sometían resignadas. Luego supe que dos de ellas eran activistas campesinas de las desaparecidas Ligas Agrarias cristianas, desmanteladas por entonces hacía poco, una señora enferma con una adolescente llamada Apolonia Flores, herida del llamado “caso Ca’aguazú” y alguna menor capturada en la Plaza Uruguaya por vagancia o prostitución precoz. Nada nuevo, por otra parte. Me acosté en el piso, cubriéndome apenas el rostro con una manta vieja y superpoblada de mugre y ácaros.

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No pude conciliar ningún sueño, aunque me hallaba algo aletargado por la rutina policial, y quizá por el cansancio. A eso de la medianoche (no tenía reloj, pero podía percibir el relevo de la guardia), se sentó un centinela armado contra la pared externa, lo que me impulsó a creer que en breve estaría roncando y poco alerta. Paré la oreja (es un decir) a ver si captaba algún “mensaje” de la entidad que decía ser mi ángel rebelde guardián. Pero éste, parecía haber enmudecido o por lo menos guardó prudente silencio, pese a que sólo yo podría percibirlo. Seguí en mi incómodo sitio de reposo, flanqueado por varios presos totalmente ajenos a todo, a quienes ya no incomodaban las sabandijas, el calor, ni tampoco la luz encendida. No tuve oportunidad de escabullirme, pues a poco del relevo, llegó una patrullera con cinco detenidos, todos ellos menores y acusados de raterías varias. Los cinco fueron desnudados y flagelados, en el patio techado detrás de la celda; y pude escuchar sus gritos desesperados cuando les curtían la piel a guachazos los del comité de recepción. Nadie ingresaba sin ser azotado, a ese lugar de pesadillas intermitentes. Generalmente era el superior de guardia, de jerarquía más elevada, el que propinaba golpes a los ingresados en las madrugadas, aunque a veces llamaban a un preso antiguo, para ejercer de carrasco ocasional. Pero hasta esta infame rutina llegó a hacérseme odiosa, rogando al diablo que no me llamasen para tal menester. Generalmente, el caer como sospechoso, a veces redituaba más tormentos; que ser directamente pillado culpable in fraganti. Estos

últimos eran en seguida remitidos a la cárcel publica. Los sospecho-

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sos eran pasados por las cámaras de la verdad, en versión “seguridad nacional”, made ab U.S.A. y su impuesta democracia sin comunismo, pero sí con tendencia al consumismo más allá de la saciedad. Recordaba a ratos, los sádicos rostros de mis verdugos durante los interminables interrogatoriosm entre los que se hallaban compañeros de calabozo a quienes veía diariamente—, sin que se ruborizaran ni exhibieran disculpas por cumplir órdenes “superiores”. Me daba no sé qué conversar con éstos y hasta jugar a las damas (el ajedrez estaba prohibido en la celda, quizá por no haber sido creado en Occidente); o compartir cucharadas de alguna magra ración traída por algún conocido o pariente de ellos. Durante el tiempo que me tocó compartir ese absurdo espacio, no he recibido visitas de parientes ni conocidos siquiera. Puede que “Bárbara” el travestí, haya acudido donde le indicara, pero probablemente halló harta indiferencia por parte de mis conocidos. También puede que, el amaneramiento del mensajero les resultara chocante ¡vaya uno a saber! Estar en la lista de presos políticos, era harto comprometedor para muchos, que no arriesgaban la piel en visitar a los caídos en desgracia con el todopoderoso-todo-joderoso, reinante e imperante por cuenta de otro imperio. También algunos oficiales de bajo rango llegaron a simpatizar conmigo, más que nada a causa de considerarme más artista que “político” y tener con quién debatir o compartir, ideas que el vulgo era reacio a llevar en las molleras. O quizá por haber leído libros, que no estaban en condiciones de adquirir, ni autorizados a leer, a causa de absurdas restricciones impuestas por el sistema. Una suer-

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te de Índex ideológico, a la usanza de las nuevas inquisiciones. De todos modos, mi posición en esa situación, de restricción de libertad sine die, era de rechazo total a cuanto representaba la tiranía. Y no apenas por motivos ideológicos, sino por una simple cuestión de sentido común. Apenas azotados los presos recién llegados, fueron arrojados al calabozo, donde estuvieron gimiendo hasta casi el amanecer, luego de lo cual retornó la rutina cotidiana. La odiosa rutina de claquear de candados y chirriar de goznes, cada vez que un preso entraba o salía de la celda, para trámites e interrogatorios. Pero decidí mantener la cordura, pese a todo y a todos; que en materia de incordiar al prójimo, los “comunes”, es decir los de avería, daban de sí cuanto lo solicitasen los carceleros, y más aún de su propia cuenta a fin de acumular dudosos méritos con sus captores. A un día, largo como retahíla de italiano tartamudo, seguía otra noche de perros, interminable como esperanza de pobre. Las horas transcurrían deshojándose en cámara lenta, lánguidas y melancólicas como entierro de angelito. Era difícil acostumbrarse a esa exasperante rutina; a la que añadieron los oficiales su parte de crueldad. Fingiendo hacerse amigos, a veces me decían medio confidencialmente “Ya están considerando los jefes para ponerte en libertad!”, o “Falta poco para que te larguen”. En un sucio trozo de papel escribí un poema titulado “Libertad”, al que quizá pusiese música más adelante, si pudiese contar con una guitarra o si alguna vez llegara a ser enteramente libre. Lo escribí justamente a causa de su lejanía.

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Estoy ausente de todo Respirando soledad Presintiendo tu presencia Pero tú, no estás. Los árboles del sendero Esperan verte pasar Pregunto por tí a los vientos Pero tú, no estás. Voy contando los instantes Que me separan de tí Contemplando el horizonte Se desliza mi existir. Me siento lleno de nada Porque tú no estás aquí No estás aquí. De la aurora hasta el ocaso Contemplo al tiempo vagar Tu risa vibra en mi mente Pero tú, no estás. Espacio, tiempo, distancia Instante de eternidad La noche grita tu nombre Pero tú no estás… pero tú no estás.

Un día de éstos, voy a enviar mis papeles a algún conocido, por intermedio de alguien que sea puesto en libertad. Alguno ha de poner música a los alaridos versificados de mi desesperación. Y quizá, algún día pudiese cantarlas, si cabe. Mas de todos modos, no abrigué falsas esperanzas al respecto. Lo único que pude hacer, es aguardar a que alguien se enterase de mi incómoda situación e intercediera por mí; o por lo menos se acercase a traerme algo. Realmente sólo extrañaba lectura y enseres de dibujo y escritura, que con ello habría de bastarme para soportar el encierro a perpetuidad si necesario fuere.

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VI

¡Lázaro! ¡Levántate, carajo, y remóntate a las alturas! Tienes una magnífica oportunidad de burlar a tus cancerberos, y sin moverte de tu sitial. Han cambiado de posición la luz del altillo, y ahora el rayo de luz caerá justo sobre el sitio donde reposa tu cabeza. Ya no tendrás necesidad de burlar la necedad, ni esquivar cuerpos piojosos para llegar al punto. Trata de fingir que duermes y deja el resto de nuestra cuenta. Y no te preocupes de los relojes, que el tiempo es una entidad ilusoria de espacio en movimiento. Tendrás muchos retrocesos a tu pasado, pero también, haremos que el futuro retroceda hasta tus presentes, si así te place. Muy pronto tus carceleros irán a rendir cuentas a la justicia y verán desmoronarse su imperio de arbitrariedades. De todos modos, aún sin ellos en escena, no deberás apearte de tus ideales de rebelión, que pronto vendrán tiempos peores, en los que habrá una falsa libertad, estrangulada por la miseria, y embrutecida por la violencia alcoholizada e irracional. Vete al encuentro de tu destino pretérito e irreversible a refrescar tus pensamientos y tu arca de los recuerdos, sin tener que sufrir arcadas a causa de algunos chispazos de memoria real, como los que tuvieras hace muy poco. ¿Recuerdas a Mariushka la rusita? ¿O a Nuria la apostoleña? Mas ninguna duró más que una efímera mariposa de

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iconos sacros que ornaban las estampitas encargadas para tu frustrada primera comunión, la que postergaste sine die por pensarlo mejor. ¿Recuerdas a tus amiguitas de infancia y sus inquietantes aptitudes, que desbordaban toda precocidad para el ejercicio de la procacidad? ¿Recuerdas las veces que hiciste de médico, en juegos inocentes con tus princesas monarcas menarcas? Eran esos juegos, un poco como compensación a los castigos recibidos de tus padres, o una suerte de contracara a tus emociones reprimidas. Tu padre dentro de toda su nerviosa austeridad, también salió rebelde aunque a su manera. Nosotros somos rebeldes por la rebelión misma, como una suerte de búsqueda. Tú lo sabes bien. En cambio, otros son rebeldes con vocación de poder, impulsados por doctrinas o dogmas. Nosotros tenemos vocación de opositores permanentes, sin estar tentados por el dulce pero deletéreo aroma del caudillaje y el mando. El poder temporal nos es tan ajeno como la corrupción, y tan lejano como los dogmas y rituales de la casta clerical decadente. ¡Levántate y salta a los espacios que te aguardan!

¡Permiso mi comisario! Dice el detenido sesenta y siete si se le permitiría introducir un cuaderno sin rayas, lápiz, bolígrafo, borrador y cartulinas. Dice que le gustaría dibujar para no aburrirse; que no tiene problema de quedarse, pero necesita algo en qué entretenerse. ¡Dígale que tengo que consultar con el señor jefe! ¡Además, a mí qué me importa si se aburre! ¡Tiene toda la libertad de bostezar

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si le place, como lo hace el resto del país, que aún no sabe que es feliz! Y usté, deje de molestarme por pavadas, oficial. Ya le dije que la orden de mi general es tenerle ahí dentro. Nada más. Si mi general quiere concederle algún favor, será cosa suya. Cumpla con la orden recibida y no trate de extralimitarse. ¡A su orden, mi comisario! ¿Alguna otra instrucción para nosotros? Ninguna. Retírese nomás. No le haga caso a ese tipo. ¡Es que me mira medio raro, mi comisario, y no quiero tener problemas… ¿De qué problemas me habla usté, oficial? ¿Recuerda usté, mi comisario al oficial inspector Santacruz? ¡En una semana se le enfermó su mujer y apenitas dos días después del entierro, un auto atropelló a su hijo mayor, dejándolo con dos velorios en menos de una semana! ¡Parece cosa de brujería, mi comisario! Y justamente Santacruz fue el que primero le dio con todo a ese tipo cuando llegó detenido. Y ese sub oficial, no me recuerdo su apellido ahora, sí, ése que está en Lagerenza ahora, el que robó el auto del coronel Campos, sí ese mismo. También le pegó mucho y le pileteó todo mal hasta matarlo casi, con la ayuda de esos ladrones consuetudinarios: Charú y Churí. Éste ya descansa en paz también, que en Chacarita le agujerearon el apellido con un puñal. Falta Charú, nomás para completar. ¡Tengo miedo, mi comisario! ¡Ese tipo é’ de otro mundo! ¡No sea supersticioso, oficial, que eso trae mala suerte, según decía mi abuela! ¡Parece un chiquilín de la campaña que cree en esas estupideces! ¿No ve que es igual a los tantos que tuvimos allí? ¿Acaso no gritó como cualquiera cuando le dieron con la “constitución nacional” por el lomo? No mi comisa-

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rio. No gritó nada; apenas gemía un poco, como para oídos sordos. Es más. En menos de tres días se repuso todito de los golpes y de los cardenales, y su cuero quedó como muñeca de porcelana, cuando otros, por poco menos que eso, han quedado como carne para el gato por meses. Usté no sabe todo lo que está pasando allá. Bueno. Váyase nomás, que después voy a ver qué está pasando realmente, y ¡guay! si usté me está exagerando, oficial, le prometo vacaciones en Emboscada como guardiacárcel a perpetuidad.

Ahora es más fácil evadirse al otro lado del espejo. Sólo tengo que voltear la cabeza, cuando el rayo de luz cae sobre mí. Por más que miren a cada rato, sólo verán el bulto de mi imagen virtual. Me hallo de pronto en una amplia habitación del «Hotel Comercio» de Posadas, con su estilo neoclásico decadente; rodeado de niños y niñas de corta edad, hijos de extranjería exilada, como yo. Me veo a mí mismo con casi ocho años, refugiado de la guerra civil de 1947, en la que mi padre tomara partido por los rebeldes siendo perseguido tras el fracaso del puscht, y nosotros con él. Las niñas nos rodean y dirigen el juego, y por la manera de organizarse comprendo que es al escondite. Mientras la mayor cuenta tapándose los ojos, una me toma de la mano incitándome a correr buscando un refugio para eludir a la contadora de turno. Nos arrojamos bajo una enorme cama de dos plazas, quedándonos quietecitos como agua de charco, mientras ella se estremeció a mi lado, respirando como a punto de ahogarse

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(¿o yo lo sentí nomás?). Los pasos de quienes nos buscaban pasaron muy cerca, mientras ella me echó el brazo por sobre el hombro con más ternura de la prescrita cronológicamente para su edad, hasta hacerme sentir sus desbocados latidos. En esos momentos me tocó a mí estremecerme como un escolar sorprendido en falta. “¡Piedra libre! ¡El que no se escondió se embroma!” gritó una voz chillona, mirándome desde encima de la cama colgando un rostro con dos ojos como par de huevos fritos con la cabeza hacia abajo, goteando desde el colchón, nos observan con el regocijo de habernos descubierto. Avergonzada mi compañera de escondite retiró apresuradamente su brazo de mi cuello y se arrastró hacia afuera. Yo también decido arrastrarme al ser pillado, con el corazón alborotado como tambores tocando a ejecución. Me toca contar a mí, y luego buscar a los escondidos y repetir el juego hasta el cansancio o hasta el aburrimiento. De pronto me encuentro en una pieza del hotel, con dos amiguitos y Rondina, la nieta de la propietaria (ocho tiernos pero pícaros pirulitos), quien con todo desparpajo pide ser “examinada por un doctor”, para lo cual se tiende en un sofá despojándose de “la bolsita” para facilitar la tarea al “doctor”, un varoncito por supuesto, quien de inmediato le inspecciona el pubis manualmente, emitiendo su diagnóstico: “hay olor a pis por acá”. La “enferma” fastidiada se levanta y tras calzarse de nuevo “la bolsita” huye llorando por la descortesía y el despecho. ¿Hubiera preferido un examen más a fondo? Lo único que pude colegir a mis cortos siete añitos, es que las nenas son raras e impredecibles, cuando no aburridas. ¡Yo quería

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acción, carajo! ¿Cuando jugaremos a los cow boys o a la guerra? Tales juegos de entecasa nos llegaron a aburrir, por lo que preferí hacer barra con otros varones mayores para jugar a los pistoleros y soldados por ser esto más movidos y emocionantes. Las niñas con el tiempo también dejaron de interesarse por los doctores y jugar con sus congéneres, a las muñecas o a las visitas. Ese año nos mudamos al pueblo de Apóstoles, donde haría mis primeras aulas. Hasta las amiguitas de mi hermana, residentes en Posadas, se alejaron de nosotros, casi para siempre, no quedándonos otra disyuntiva que hacer nuevas amistades… seguidas de nuevas peleas y disgustos. Ni bien mi mente se traslada en tiempo presente a 1950, me hallo ese año en una escuela primaria (turno mañana y sólo varones, por las dudas), caminando rumbo a ella, con aprehensiones de quien se siente sapo de otro pozo, o cerdo de otra porqueriza. El enorme portón de la escuela me recibe, imponente como la del infierno de Dante. Sólo faltaría un cartel que rezara: Lasciate ogni speranza voi ch’entrate2, aunque entonces no lo hubiera notado; pero me armo de valor para ingresar a ella y poco después se me suavizara la impresión terrorífica inicial. Tras el primer shock escolar (no era tan mala después de todo la escuela), me encuentro en la plaza del pueblo, solitario como señal en el desierto, pescando por algún conocido con quien jugar, a cualquier cosa que requiriese acción. Nada de médicos ni muñecas, ni huesudos y lampiños pubis en exposición y oliendo a pis. No al menos, por entonces. ¿Qué podía yo saber de erotismo a mis enton-

2 Vosotros, que entráis aquí, dejad toda esperanza. Versos de Dante Alighieri.

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ces ocho años, cortitos como el pantalón con tiradores que portaba? Tal vez a las niñas las excitaban ciertos juegos, pero francamente, a mí llegaron a hacérseme insufribles y aburridos como procesión de viernes santo. Recién después de los diez u once, recuperé de nuevo la percepción de ciertas sensaciones que me empujaron de nuevo al sexo opuesto. Y lo redescubrí con Carlota, la morena de cabellera mota, con perdón de la rima. A ella debo cuanto supe de erotismo y otras sensaciones extracurriculares acumuladas en mi memoria. Sentí mucho cuando fuera echada de nuestra casa a causa de nuestros juegos de acechanza mutua, y no me avergüenzo de confesar que la he llorado, con la sinceridad de un niño a quien le birlaran su juguete favorito. No he hallado en mis poco años de esta escuela nada particular que haya dejado algún recuerdo Salvo algunas peleas con los nativos del pueblo, que se burlaban de mi condición de expatriado, aunque las causas fuesen ajenas a mí. Tan ajenas como las vaquitas de los patrones. Sólo los hijos del destierro eran solidarios conmigo, como citara antes, en ese pueblo misionero, herencia de la dominación teocrática de los jesuitas. Me veo de pronto, a la salida de la escuela, uno o dos años después, rodeado de escolares vociferantes y agresivos. Uno me grita “¡Paraguayo sin boleto, despatriado de mierda!”, mientras otro se acerca para “mojarme la oreja” en señal de desafío. Me veo angustiado ante el excesivo número de adversarios a enfrentar, hasta que aparece en escena una de las maestras, a cuya vista se disuelve el corral de patoteros, pero con seguridad volverían a acecharme. Más de una vez volví por esos tiempos a mi

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casa hecho un montón de lástima, con sietes en el guardapolvo y señales de golpes en el rostro, a lo que mi padre me espetaba con un: ¡Pedazo de inútil! ¡Aprenda a defenderse, carajo! ¡No parece un paraguayo!. Tras muchas de estas experiencias, resolví buscar a otros niños de mi edad, hijos de colonos extranjeros y exilados paraguayos de otra escuela, a fin de hacer barra con éstos para contrarrestar la agresividad de los pueblerinos. No tardaron en unirse a mis clamores y llegamos a formar una “fuerza de tareas” temible por lo expeditiva. De resultas de esta estrategia, cada vez que alguien del grupo era agredido, o siquiera abucheado por los otros, el resto nos encargábamos de emboscar al, o a los agresores, y devolver golpe por golpe las gentilezas. Con el tiempo, la violencia fue escalando en intensidad y agresividad hasta motivar la intervención de la “policía montada” y algunas comisiones de padres y maestros, pero nunca pudieron tomar medidas, pues ambos bandos habíamos hecho pactos de silencio para no chivatear a nadie, ni denunciar nada. ¡Eso sí! los encuentros eran memorables, por la cantidad de golpes, hondazos y contusos, tras cada jornada bélica. Pero ¿quién nos quitaría lo bailado? No precisamente la policía.

¡Permiso mi comisario! Vengo a dar parte de la desaparición del preso número sesenta y siete, en la madrugada de anoche. ¿Otra vez más, manga de inútiles? ¡Sí, mi comisario! Pero esta vez no volvió a aparecer a la mañana temprano, como de costumbre, Simplemente no está, y ya revolvimos la ciudad en su busca. Pero apostaría que

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no ha ido muy lejos, y a lo mejor está bien cerca… Sí. ¡Y cagándose de risa de ustedes, manga de idiotas! ¡Tiene tiempo hasta esta noche para encontrarlo, o lo va a pasar muy mal! ¡Hay orden estricta de mi general para que ese individuo no salga ni un paso, ni para jugar ajedrez con el oficial de guardia, porque no se le puede ganar más y el oficial está cada vez más desmoralizado, a causa de conversar con ese tipo! ¿Olvidó acaso la consigna? No, mi comisario. Nadie olvidó nada, pero no podemos tener preso a un tipo así, que sale y vuelve cuando quiere, y no hace caso de golpes ni piletazos. ¿Por qué no le liquidamos de una buena vez, cuando pudimos hacerlo? Además, mi comisario, usté también es responsable del asunto, y si ese tipo no aparece, usté también va a ligar algo de parte del general… así que, creo que será mejor, para usté y para nosotros, darlo por desaparecido… o muerto. ¡Retírese, inútil, y preséntese al superior de guardia, para que le den el arresto que se merece! ¡A su orden, mi comisario!¡Espere un poco! ¡Parece que hay alguien afuera que quiere comunicarme algo! A lo mejor ya apareció de nuevo el tipo ése y…¡Vaya a ver, y ojalá que no sea más que una falsa alarma! ¡Estamos todos locos, carajo! ¿Como un cristiano va desaparecer así nomás, en una pieza reforzada, con una sola puerta de hierro y tres candados? ¡Sí, mi comisario! ¡Ahí acaban de notificarme que el preso está sentado en la celda, comiendo chocolate, con el gringo Günter, ése del Lido Bar! ¿Qué hacemos? ¡Al preso nada! ¡A usté, diez días de arresto por darme noticias falsas y hacerme perder tiempo! Y en cuanto al gringo, envíenlo a Emboscada, junto con los

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subversivos de la O.P.M. que agarramos hace poco.

¡Lázaro, levántate y corre; que el que no corre, vuela, o se arrastra! ¡Tienes que superar esa molicie que te impulsa a rechazar los azares e inseguridades de la libertad! ¿Temes acaso a ser dueño de tu destino? ¿Acaso te aterra el pensar que te pudieran poner de patitas a la calle? ¿Deseas vagar por siempre en ese universo crepuscular ficticio, donde sólo habitan los fantasmas creados por tu mente? ¿Crees acaso que podrás detener al tiempo por una eternidad y menos aún en el pasado? Piensa bien en qué tiempo y lugar has de pasar tu tiempo terrestre. No debes temer a la libertad ni al azar o azares de la vida. Eres de los nuestros y debes retornar a lo tuyo: la rebelión. Hazlo con música, con danzas, con imágenes, con versos, con gritos o gestos obscenos, ¡pero hazlo! De lo contrario, deberás ingresar al túnel del olvido para que otro ocupase tu sitial en el universo material, donde los dioses dirimen sus eternas rencillas, usando a la humanidad como trebejos. Este edificio vetusto deberá ser evacuado en breve, para demolición. No podrás permanecer demasiado, y si insistes en quedarte, deberás asumir las consecuencias. Si accedes a salir de esto, vivirás de nuevo, con todo lo feliz o desdichado que pudieras llegar a ser. Una vez en libertad, tus daimones guardianes deberán dejarte solo, para ocuparse de otros menesteres. ¿Esto te preocupa al punto de no querer abandonar esa fétida mazmorra? ¡Vamos! Tus escapadas no serán más que espejismos congelados en

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alguna esquina espacio temporal. ¿Es acaso válido desdeñar lo real por lo ilusorio? ¡Despierta! ¿Estás vivo aún, o ya escapaste definitivamente de tus carceleros por la puerta invisible de la luz crepuscular? ¡Despierta, te digo! Si estás pensando quedarte siempre uncido al yugo de tu otra libertad, esa que te prestamos nosotros para escapar de tu cautiverio real, no lo creemos acertado. Vive el aquí y el ahora con plenitud. Pronto tendrás la opción de elegir. Pero esa, será tu última oportunidad.

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VII

Cierta tarde llegó una orden, firmada por el propio jefe de la Policía de la Capital, el general Francisco Alcibíades Brítez, ordenando la remisión a Takumbú de algunos detenidos de avería, cuya lista se adjuntaba; la libertad inmediata de otros presos sin causa aparente alguna ni acusación formal, la devolución al Departamento de Investigaciones de dos políticos y la remisión a Emboscada del más peligroso (para el tirano): un actor de teatro popular llamado Emilio Barreto. El preso número sesenta y siete estaba entre los que serían liberados… y esto lo tuvo en ascuas al detenido por un par de días. El viejo edificio donde funcionaba la mazmorra, debía ser demolido, pues el coronel Francisco Feliciano “Manito” Duarte, uno de los militares socios del presidente y ejecutivo máximo de la empresa estatal de telecomunicaciones, era propietario del predio en que se iría a erigir un edificio de altura. Inmediatamente se debió ejecutar la orden del general Brítez, y casi todos los presos fueron destinados a sus respectivos chiqueros, de acuerdo a la orden. Sólo restaba el número sesenta y siete, al cual no pudieron ubicar en todo el día ni los subsiguientes. Simplemente, no estaba allí, por lo que se retrasó bastante la evacuación del viejo y casi ruinoso edificio, por si en una de ésas apareciera el interdicto. Quedó apenas un personal para cus-

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todiar una celda vacía, pero ésta ostentaba sólo un candado maltrecho y oxidado por todo ornato a la vieja reja, pulida por miles de manoseadas a lo largo de años de harta desesperación de sus antiguos ocupantes, transitorios o permanentes. Sobre el ajado escritorio de la guardia, aún estaba como al descuido el viejo Libro de Novedades, y una orden de libertad para el preso sesenta y siete. El preso ausente, por ironía del destino, se convertiría en omnipresente para toda la policía, siendo esperado día tras día, como si no se pudiese demoler el edificio mientras el ecce homo no diera señales de visibilidad. Varios meses permaneció latente la espera del único oficial de guardia dejado en el lugar. En realidad, el que fungía de oficial de guardia era apenas sub oficial y quedó allí en castigo, pues el preso sesenta y siete habíase esfumado en sus propias narices. Pero finalmente cierta tarde apareció, momentáneamente, cansado y demacrado, pero con ese rostro nimbado de gozo que sólo ostentan los místicos en trance, los actores y los bobos asumidos. El asombro del oficial de guardia, fue casi tan intenso como el descrito anteriormente, sólo que por otro motivo. Estaba harto de permanecer en esa casa maldita y ruinosa, y no veía la hora de ser trasladado a cualquier comisaría de barrio. El sesenta y siete asomó atravesando la puerta enrejada, saliendo al pasillo como ignorando supinamente al único candado y a los sólidos hierros, que por años sirvieron para guardar escondidas, a cal y canto, las esperanzas de un pueblo subterráneo que se resistía a ser esclavizado al capricho de un tirano de opereta, y el otro pueblo, falaz, cobarde, camaleónico y oportunista,

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que no sabría que era feliz en el fango de la corrupción, hasta mucho después de erradicado el tirano. En silencio, el sesenta y siete salió por el lóbrego pasillo, sigilosamente, sin hacer caso del único personal de guardia, el cual trató de abrazarlo deseándole auspiciosa libertad, ya ordenada por el propio presidente de la república y refrendada por el mismísimo jefe de la policía. No lo logró. El preso, o mejor dicho el ex preso, hizo caso omiso del trámite burocrático y de la autoridad constituida. Simplemente se dirigió a la ruidosa calle Nuestra Señora de la Asunción, como si el tráfago urbano lo estuviera esperando para darle la bienvenida, con sus atronadores claxones y motores. El desconcertado suboficial de guardia, dejó olvidado en el escritorio el viejo sable de ceremonia prestado por un superior, mientras corría detrás del detenido sesenta y siete tratando de alcanzarlo para perderse con él en los laberintos del tiempo. En realidad, sólo quería hacerle firmar su orden de libertad, de acuerdo a los cánones de la burocracia policial. No tardó en alcanzarlo muy cerca de una concurrida esquina, esfumándose con el recién liberado, a través de un punto de luz, dejado allí en la calle por el sol que lagrimeaba sus rayos a través de un agujero de nubes recién desgarradas desde el cenit, justo encima de una baldosa quebrada. Días más tarde se inició la demolición del edificio que ya empezaba a desmoronarse solo. En un espacio oculto bajo el piso, aparecieron unas ropas viejas casi podridas de humedad, las que según un ex personal de esa decrépita repartición, pertenecieron a un detenido por averiguaciones y anotado en el libro de novedades de la guardia,

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como el número sesenta y siete. Nunca supieron, hasta excavar para los cimientos del nuevo edificio, que los restos de una persona mayor del sexo masculino, cuyos huesos estaban totalmente mondos y lirondos, se habían quedado allí en un profundo pozo siempre ignorado por sus anteriores ocupantes. Curiosamente, nadie reclamó el viejo sable de ceremonia olvidado sobre la mugrosa mesa que bloqueaba el pasillo con un ajado libro de novedades encima, como si faltase anotar en su última página, el nombre del último preso en ser puesto por sí mismo en libertad definitiva. Dos años más tarde, el sable aparecería en la tienda de pulgas de un anticuario, como una reliquia trucha de un tiempo atroz.

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Acerca de un creador domiciliado en la vereda de enfrente.

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Nació el 28 de julio de 1942 en el Dpto. del Guairá (Paraguay) y bautizado como Celso Aurelio Brizuela, quizá por razones ajenas a su voluntad o tal vez por minoridad irresponsable —por parte del autor—, quien no pudo huir de la obligatoria aspersión sacramental de rigor. Tras corta estadía en su tierra natal, fue trasplantado a la ciudad de Encarnación en 1945. Cuando sobreviniera la guerra civil de 1947, sus padres debieron emigrar a la Argentina, por razones obvias; es decir: por militar en la vereda de enfrente a la del bando vencedor; que, de vencer los perdedores, según su deducción, se hubiese invertido la corriente migratoria de la intolerancia. Tras radicarse su familia en el pueblo de Apóstoles, en la provincia de Misiones en 1949 (RA), realizó sus estudios primarios hasta el 5º grado, cuando sus padres se separaron por razones ignoradas, motivando su regreso al Paraguay en 1954 con su Sra. madre, poco antes de la caída del gobierno peronista y a poco de asumir el gral. Stroessner en su país como ruler absoluto del Paraguay. Pudo completar el último grado de primaria en su patria, pero evidentemente bajo la presión de una cultura aún extraña para alguien llegado del exterior, por lo que apenas pudo lograr aclimatarse en su propio país donde sus compañeros lo hicieron sentirse extranjero, desde entonces hasta hoy, aunque ha recuperado su estatus de ciudadano del planeta en compensación a tantos años de extranjería no deseada. El arte lo llamaba a los gritos, más que la necesidad de tener una profesión “seria”, por lo que intentó aprender el dibujo

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y la música, en parte con maestros y en parte por sí mismo, en una híbrida autodidáctica y limitada academia (1960-67). De todos modos, insistiría en ambos lenguajes expresivos y pasaría por varias etapas antes de decidirse por la ilustración gráfica y la composición musical, muchos años después, incluso, de su regreso de la ciudad de Buenos Aires donde pasara un tiempo en compañía de su padre aún exiliado (1959/1960). Tras especializarse en humor gráfico para sobrevivir, trabajó en la prensa (ABC color, LA TRIBUNA, HOY y algunas revistas de efímera aparición), donde además incursionaría en periodismo de opinión, cuento breve y humor político, para lo cual derrocharía ironía y sarcasmo: sus sellos de identidad. Algunas de sus obras literarias o gráficas quizá han de pecar de irreverentes, pero reflejan fielmente el pensamiento de un humanista libertario, sin fronteras, y que se cree ciudadano de un planeta que aún no acaba de humanizarse del todo. Por la militancia política de su padre —guerrillero del Movimiento 14 de Mayo y prófugo de la prisión militar de Peña Hermosa—, este inquieto habitante de la Vereda de Enfrente, sufriría persecuciones y varias estadías entre rejas. Por otra parte, su ironía e irreverencia, manifestada en versos y canciones, no contribuirían a lograr que lo dejaran fácilmente en paz, por lo que, en un alarde de creatividad se transformó en una entelequia bifronte llamada Chester Swann el rebelde, olvidándose del otro, fruto de un bautismo de pila y burocracia civilizada (Imbecivilizada, diría después con su sorna característica). Con este nuevo patronímico y alter-ego, dio en componer canciones (dicen que fue convicto de dar inicio al mal llamado “rock paraguayo”, lo cual no es del todo cierto), esculturas en cerámica y algunas obras pictóricas (por entonces utilizaba aún lápices, pinceles, acrílicos, acuarelas, óleos y toda esa vaina) , con lo que se hizo conocido bajo tal identidad ficticia. A partir del defenestramiento de la larga tiranía de Stroessner, pasó a autodenominarse como el Lobo Estepario. La razón principal pudo haber sido el hecho de no integrar cenáculo culturoso ni grupo, clan o jauría intelectual alguna, (de puro tímido nomás) como tampoco en política partidaria ni en los círculos

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artísticos en boga, trazando sus propios senderos, a veces ásperos y escabrosos, en los oficios elegidos para su expresión y quizá por sus convicciones ácratas y libertarias, rayanas en el anarquismo más nihilista que se pueda imaginar. Recuérdese que el lobo de las estepas es solitario y elude andar en manadas como sus otros congéneres de la montaña. Quizá por no comulgar con la mentalidad de rebaño, tan común en ese animal social llamado humanidad (el Hombre, cuanto más social se vuelve más animal según su percepción particular) Pudo obtener premios literarios y algunas menciones, además de crear sus propios canales expresivos, lo que lo convirtiera mediáticamente en una suerte de arquetipo iconoclasta de la música rock paraguaya, entre otras cosas; aunque prefiriese ser simplemente un juglar urbano “latinoamericano”, más que rockero paraguayo, como podrán comprobarlo al escuchar sus composiciones en “Trova Salvaje”, su primer CD conceptual, o leer en RAZONES DE ESTADO, su primera novela publicada (aunque tiene más de catorce obras literarias inéditas aún). Durante la “transición” (mejor dicho “transacción) ha participado en movimientos independientes y colaborado con ONGs en diversos proyectos sociopolíticos, aunque este sujeto cree más en lo cultural que en lo ideológico-doctrinario; pues que no le trinan las doctrinas, según suele decir este escéptico empedernido. Tanto, que a veces hasta le cuesta creer en si mismo. Podrán visualizar, leer y escuchar a un poeta ladrautor del asfalto y contemplarse en estas imágenes situadas entre lo cotidiano y lo fantástico. Seguramente habrá muchas personas que no saben quién diablos es este tipo que se hace llamar El Lobo Estepario, pero si se toman la molestia de hurgar en este material electrónico, podrán salir de dudas… o acrecentarlas de una vez y para siempre. Es que este individuo siempre ha sido un signo de interrogación, incluso para él mismo.

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TETRASKELION ΤΗΤΡΑΣΚΗΛΙΩΝ

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