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Expresiones de la religiosidad popular guanajuatense: las velaciones.

Introducción
En un trabajo anterior (1972) en el que nos referimos a los posibles
orígenes de los grupos de culto conocido popularmente como “concheros”,
“danza azteca”, “danza chichimeca”, etc., señalábamos que al contemplar
los ritos de tales grupos en el contexto urbano de la ciudad de México y “…
aun de la de Querétaro o de la de San Miguel Allende, parecen exclusivos,
característicos y propios solo del grupo y para algunos quiza hasta exóticos:
pero teniendo como marco de referencia la cultura folk del Bajío
(especialmente de Querétaro y Guanajuato) adquieren un sentido diferente,
ya que casi en su mayoría no son sino rasgos y complejos propios de la
religión folk del Bajío de esa región”.
“En efecto –agregábamos- los rasgos que integran los complejos del
culto a la cruz y a Santiago Apóstol, a los antepasados, la música con
guitarras de concha de armadillo, las ‘limpias’, las alabanzas, las
‘velaciones’ con todo su complejo ritual, etc., son comunes a muchos de los
pueblos otomíes (o con esta tradición cultural) de tal área. Más aún,
algunos de ellos también aparecen en pueblos otomíes y mazahuas (véase
Iwanska 1971) del Estado de México. Es decir que se trata de complejos
religiosos otomianos, como también permites comprobarlo las fuentes”.
Para la presente ocasión nos propusimos presentar algunas
evidencias que comprobasen la veracidad de tales asertos, a la vez que
aportar información sobre la religión folk de grupos poco conocidos,
localizados en el área de la frontera norte de Mesoamerica. Varios eran los
complejos que se nos ofrecían como posibilidades para lograr la finalidad
propuesta. Sin embargo después de varias temporadas de trabajo de campo
en el estado de Guanajuato, que nos permitieron verificar datos que
poseíamos y recoger otros nuevos, llegamos a la conclusión de que las
practicas culturales conocidas como “velaciones” (tanto entre danzantes del
D. F. y del Bajío, como entre las comunidades de la zona), eran las que
reunían el mayor numero de elementos y símbolos rituales, verdaderamente
resumiendo amplios sectores de la experiencia religiosa folk de dicha zona
limítrofe. Tal es el motivo por el cual seleccionamos dicho complejo para
este trabajo. Para
los efectos del análisis hemos hecho una descripción de acuerdo con la
estructura sintagmática del ritual. Asimismo proponemos las líneas de
interpretación, de acuerdo con las ideas del antropólogo Víctor M. Turner
(1967 y 1969), relativas a la estructura semántica de lo que el llama la
unidad básica o molécula de la conducta ritual humana: el símbolo ritual. Y
finalmente sugerimos que se exploren las posibilidades de emplear estos
temas como criterios o elementos que coadyuven a trazar los limites
norteños de Mesoamerica, en los estados de Querétaro y Guanajuato.

1. La velaciones en el Bajío
En la región del Bajío, la velación es una compleja ceremonia que
puede ser de carácter público o privado y cuya ejecución requiere de
personal especializado. En el caso, teóricamente, pueden participar todos
los miembros de una comunidad. En la práctica sólo intervienen los sectores
más tradicionales, las clases subalternas (agricultores, artesanos, albañiles,
amas de casa, etc.), aquellos que siguen observando las “obligaciones” que
les dejaron sus antecesores. Sectores que se mantienen unidos e
identificados por vínculos tales como el sistema religioso que aun sobrevive
en algunos sitios.
La Santa Cruz, a la que se rinde culto en multitud de lugares como el
Cerro de Sangremal, Querétaro, Qro.; el Puerto de Calderón, el Cerro de
Culiacán, Santa Cruz de Galeana, etc. en Guanajuato; Santiago Apostol,
San Miguel, el Señor de la Conquista, el Señor de la Piedad, etc. que son
algunas de las imágenes mas veneradas (la mayoría predilectas de los
franciscanos), todas propiciadas y honradas con velaciones que casí siempre
preceden a la “remuda”, la renovación de los “cargos” y que consiste,
esquemáticamente, en un intercambio ritual anual (de carácter
acumulativo), de comidas y bebidas: arroz y fideo guisados, mole y panes
zoomorfos y antropomorfos, así como atole de anís y refrescos
embotellados. Sin embargo, en muchos sitios los “cargos” se han perdido,
persistiendo solamente las velaciones.
En su carácter privado pueden tener dos finalidades: aliviar a un
enfermo que le han hecho mal, que lo han embrujado, o lo contrario. En
estos casos usualmente sólo participarán el curandero y algún ayudante de
éste. Por lo regular ambos sabrán tocar las “conchas” de armadillo, ya que
durante la ceremonia es imprescindible la ejecución de ciertos sones
tradicionales sagrados, llamados de “cuenta”. Si no es así, se contratara o
se invitará a un “conchero”, que en la zona no tiene que ser necesariamente
un danzante, para que los interprete.
En ambos casos el sitio mas frecuente para llevarla a cabo es un
oratorio, una capilla privada, abundantes en la zona de la que hablamos.
Pero no en cualquiera, ya que en todas las comunidades existen capillas
señaladas tradicionalmente como las apropiadas. Estos recintos sacros, a
diferencia de lo característico en la ciudad de México, tampoco pertenecen
necesariamente a un jefe de la danza (aunque casi siempre están
vinculados con ella). Se trata de las llamadas “capillas de indios” o
“calvarios de conquista”, autorizadas desde la época colonial mediante
cedulas reales a indios prominentes: caciques o activos participantes en la
Conquista.
Frente a frente y a corta distancia de esas capillas existe,
generalmente, un “calvarito” –“retache”- en forma de nicho, sin puerta y
con techo plano o abovedado, rematado con frecuencia con una cruz. En él
abundan cruces de madera, ofrendas florales y restos de velas de sebo. “El
altar que está dentro de la capilla, llamado la ‘mesa’, representa la
Conquista. El calvario o ‘calvarito’ representa la tradición, los fundamentos,
los antepasados, las ánimas de los antecesores”, reveló un famoso
curandero y danzante de la zona.
Es importante hacer notar que las velaciones también suelen llevarse
a cabo en ciertas cuevas, cementerios y “puertos” (lugares sagrados que se
consideran cargados de poder), pero esto ocurre esporádicamente y por lo
común con ceremonias de curación o de brujería.
En esta ocasión sólo nos referimos a las velaciones de carácter
público, tomado como base las que hemos observado en La Cañada,
Querétaro, y en San Miguel Allende, Santa Cruz de Galeana y el Cerro de
Culiacán, Guanajuato (aunque hemos recogido informes verbales de ellas
hasta la Misión de Chichimecas en San Luís de la Paz, como punto más
norteño).
Los altares o “mesas” que existen en el interior de las capillas que
hemos mencionado, casi siempre presentan un conjunto tan abigarrado
(sobre todo los días de velación), que la primera vez que se ven resulta casi
desalentador tratar de registrar todo lo que allí se encuentra. Se levanta
directamente enfrente de la entrada principal, en la pared el fondo. El
centro de lo ocupa la imagen a la que se esta consagrando el oratorio: el
Señor del Hospital, el Señor del Llanito, el Señor de los Trabajos, el Señor
de la Conquista, la Santa Cruz, etc., y a los lados, sobre la pared o sobre
plataformas escalonadas, multitud de esculturas e imágenes: cristos,
vírgenes y santos, cruces y esculturas de “ánimas”, en nichos o al
descubierto, alternados con flores, velas y veladoras, aunque éstas ocupan
por lo general la parte inferior de la última plataforma. También en dicho
sitio, al centro o a veces directamente sobre el suelo, se encuentra
necesariamente una estampa del “ánima sola”. Y ya en el piso, se miran los
ladrillos, mosaicos, tepalcates o láminas rectangulares de hojalata, con los
restos de las innumerables velas de sebo, que sobre de ellos se han
consumido, testimonio del más caro e imprescindible símbolo de una
velación: “la Santa Cuenta”. Junto a ellos, el sahumador, objeto básico para
los ritos de orientación y los pases para evitar malas influencias.
A lo anterior habría que agregar los bastones, coronas y figuras de
custodias recubiertas de “cucharilla” (el “santo suchil”), testimonios
asimismo de pasadas velaciones.
Con frecuencia sobre las paredes laterales también se encuentran
imágenes como la de la Virgen de Guadalupe y la de los Remedios de
Comonfort, o simplemente una cruz, que junto con la imagen principal y el
retache, señalan las fronteras sagradas: “los cuatro vientos”.
El día que habrá de efectuarse la velación, el altar es adornado con
mas flores que las habituales: gladiolas, nubes, margaritas y geranios;
hinojo; ceras escamadas; festones de papel crepé y adornos de papel
estaño, enmarcando la imagen principal. Parte de estas flores y ceras son
llevadas por los asistentes a la velación, sobre todo si tienen un “cargo”.
El dueño de una capilla o encargado de una imagen, al llegar la fecha
de la festividad debe tener ya listo todo lo necesario para la velación. Con
tiempo deberá ahorrar para comprar el pan, el café, el azúcar, el alcohol,
los cigarros, etc. que brindará a los asistentes a la misma. Asimismo deberá
tener listo el dinero para contratar cuando menos una “parada” de
“concheros” (tres, dos guitarras y un banjo), que interpretaran durante el
curso de la noche y las primeras horas del día siguiente (a veces hasta el
amanecer) alabanzas, sones sagrados y melodías populares; sentados en
un rincón, en una banca vecina al altar. Y desde luego aparta la cantidad
necesaria para gratificar al “demandante”, quien se encargara de oficiar
durante la ceremonia.
1) Ritual de preparación y apertura
Por regla general los “concheros” son los primeros en llegar, ya que
se les contrata desde las 9:00 de la noche. La primera ejecución es una
salutación o una alabanza a la imagen que se venera, para después seguir
con una melodía popular, de moda a principios de siglo o por lo menos hace
cuarenta o cincuenta años, y así durante toda la noche, alternaran
alabanzas y alabados con waltzes, schotisses, poleas, pasos dobles y hasta
danzones. Cabe advertir que este ambiente musical no es el que priva en
las velaciones de danzantes, ni en el Distrito Federal, ni en el Bajío cuando
son mayoría. Otro rasgo distintivo es que el auditorio no participa como
coro en las alabanzas.
Cuando llega el “demandante”, se hinca ante el altar, sobre el petate
preparado ex profeso se persigna y con el sahumador hará el saludo ritual a
“los cuatro vientos”, encendiendo una o dos velas de sebo y veladoras.
Después de rezar* procederá a revisar si toda la parafernalia se encuentra
lista y se sentara a esperar que llegue la gente. Poco a poco empiezan a
llegar hombres, mujeres y niños, quienes también se hincan ante el altar,
se persignan y una vez que han sido sahumados por el “demandante”, al
igual que las flores, ceras o cruces que lleven, harán a su vez el obligado
saludo a “los cuatro vientos”.
La concurrencia empieza a acomodarse en las bancas o sillas que
están a ambos lados del oratorio, otros mas se sientan en el suelo sobre
petates o costales. Algunos solo se persignan y salen al patio. Esperan
platicando, fumando o cabeceando. Durante este tiempo el dueño del
oratorio reparte cigarros, que han sido colocados en pilas sobre charolas
que descansan sobre el altar. También suele ofrecerse té con alcohol, en
particular a los músicos.
Después del intermedio, se inicia una nueva fase del rito. El
“demandante” pone copal al sahumador. Le sopla para que avive el fuego y
*En esta zona frecuentemente en otomí (sobre todo en Dolores Hidalgo, San Miguel de Allende,
Villagrán, cuando menos fragmentariamente.
la ofrenda de aromas se eleve hacía la “mesa”, se esparza por los “cuatro
vientos”. Toma una charola llena de velas de sebo y la ofrece al altar,
después la va repartiendo entre la concurrencia, entre los “cargueros”,
entre los más próximos, y al entregarlas pronuncia el nombre de la imagen
a la que está dedicada: el Señor de la Conquista, el Señor de Villaseca, la
Virgen de Guadalupe, la Virgen de los Dolores, etc. Entre tanto los músicos
interpretan alguna alabanza o una melodía popular.
Cerca de las 12:00 de la noche, cuando el número de personas
asciende a mas de cincuenta, se inicia formalmente la velación, entonando
todos. “Santo Dios y Santo Fuerte, líbranos Señor y de todo mal”, dirigidos
por el “demandante”, en un rito de orientación colectivo hacia los “cuatro
vientos”: En algunas poblaciones esto a veces se sustituye (sobre todo
cuando hay danzantes), por el acto denominado “pedir permiso”, que se
acompaña por un canto diferente.
2) El evento especial
Al terminar el rito de orientación, los músicos que habían estado en
silencio, empiezan a tocar música de “rogación” o sones de “cuenta”,
mientras el “demandante” ora en dirección al altar: “En el nombre sea de la
Santísima Trinidad, de Dios Padre y de Dios Hijo…”, invocando a “los cuatro
vientos” y a las “… primeras ánimas conquistadoras que nos dejaron estas
santas obligaciones…”, pidiendo protección y ayuda para la comunidad.
Enseguida recoge las velas de sebo y empieza a colocarlas en filas o en cruz
en el piso, sobre los objetos antes indicados. Las enciende al tiempo que
ora de un modo imperceptible. Tanto el “demandante” como los presentes
están atentos de la forma como se consumen las velas y del movimiento de
las flamas. Los iniciados son capaces de interpretar cada uno de esos
detalles. De ellos puede depender la salud o la vida. Es la “Santa Cuenta”.
En el recinto también están los ausentes. Se ha sacralizado.
En algunas velaciones tan pronto se han consumido las velas, el
“demandante” pone en el suelo otra ofrenda para las ánimas: un puño de
pinole y dos cigarros dispuestos en cruz, para que convivan con los
presentes. A continuación el casero y sus ayudantes reparten lo mismo
entre la concurrencia. El pinole se cataloga como reliquia. Cabe anotar que
el reparto de cigarros vuelve a tener lugar en diferentes momentos a lo
largo de la noche.
Al tiempo que se escucha la alabanza “Recibe María las Flores”, en
algunas velaciones las personas que llevan flores pasan a entregarlas. En
otras es indicio de que el “demandante” y el casero o un ayudante van a
empezar a “formar la rosita”, “el presente” o el “santo súchil”.
Enfrente de la “mesa” y sobre el suelo el “demandante” pone un
mantel o un lienzo blanco que ha sido previamente ofrecido y sahumado. Y
auxiliado por el dueño del oratorio y otro ayudante; comienza a formar una
cruz con hinojo (y cucharilla en sitios como San Miguel Allende, Guanajuato
y Querétaro), margaritas, geranios y gladiolas, que se han encargado de
preparar algunas de las señoras presentes. Los concheros cantan “Santa
Rosita”. Cerca de las dos de la mañana queda listo el “cuerpo”, como
también se le llama.
Muchas veces tan pronto como se ha “formado” el citado símbolo, los
asistentes empiezan a retirarse, pero antes, hincados ante el altar se
santiguan y ofrecen una limosna. En correspondencia el “demandante” les
hace una rápida “limpia” con una cera, con flores y a veces con el propio
dinero. La ceremonia de la “limpia” en ocasiones se prolonga, depende del
número de asistentes.
En la mayoría de las velaciones del Bajío también se “enrosan” dos
“bastones”, con las flores y vegetales ya mencionados, se ofrendan a “los
cuatro vientos”. Estos “bastones” (según algunos informes, también son
llamados de “ánimas”) igualmente se usan para hacer limpias y al
terminarlas son colocados en los flancos de la cruz de flores.
En San Miguel de Allende, Dolores Hidalgo, Puerto de Calderón y
otros sitios de tradición otomí, hasta la Misión de Chichimecas en San Luís
de la Paz, del estado de Guanajuato, se trabaja la “cucharilla”, también
denominada sotol, una planta de la familia de las agadeas que crece en
zonas semidesérticas. Su recolección es efectuada por una o dos personas
que han sido comisionadas por el dueño del oratorio, o es encargada a las
personas que realizan la recolección de hierbas por el monte. Antes de
empezar a “trabajar” es ofrendada a “los cuatro vientos” y sahumada en
cruz por el oficiante. Una vez terminado lo anterior, empieza la labor de
“desconchar”, que consiste en ir desprendiendo las nacaradas pencas del
cogollo. Estas se usarán para “armar el súchil”, o sea para revestir una
especie de custodia de madera de ocho rayos (doce en otras partes), a
veces terminados en pequeños discos con espejo y en cuyo disco central se
alterna la cucharilla con hinojo, cempasúchil y geranios o cualquier otra flor
de color rojo. El “súchil”, desde luego, también es ofrecido a “los cuatro
vientos” y entregado como ofrenda. Se dice que es “la palabra de las
ánimas”. Cabe destacar que en aquellas velaciones en que hemos
observado el uso de “cucharilla” ha habido predominio de danzantes y todas
han ocurrido en una zona que se encuentra al norte del bajío.
Al terminar los actos anteriores se suele repartir pan, té y cigarros.
Despiertan los adormilados y continúan las conversaciones y risas en tono
natural, que por cierto no han cesado durante toda la noche (con excepción
de los momentos cumbre). Los músicos suspenden temporalmente sus
cantos para seguir libando copiosamente. Y reanudar son nuevos bríos la
ejecución de alabanzas dedicadas al amanecer y al nuevo día, al igual que
mañanitas a diversas imágenes taumaturgas.
3) El ritual de clausura o salida
El “demandante” en compañía del dueño del oratorio vacía el plato en
el que han sido depositadas las limosnas y hacen el recuento. Este dinero
servirá para completar los gastos de la misa a la que se llevará la imagen
honrada a primera hora. Algún rezagado todavía pasa a despedirse y le
hacen su “limpia”.
Se ha cumplido una vez mas con la “obligación”, con la “palabra de
los ancestros”, se han congraciado con ellos. Los resultados se esperan
positivos, sin embargo, no todo está concluido. Aun se vive en el tiempo
sacro, el espacio aun está dotado de sacralidad también. Hay que volver al
tiempo profano, desacralizar. Por eso el “demandante” comienza
lentamente a levantar las flores que forman la cruz y colocarlas al pie de las
cruces e imágenes. Asimismo recoge los restos que han quedado dispersos
por el suelo y coloca la parafernalia en su sitio. Por último, él mismo recibe
una “limpia” de su ayudante, quien a su vez es “limpiado”. Esto con el fin de
librarse de “malos vientos” que puedan afectarlos. Se purifican. Hincados,
con el sahumador en la mano, hacen por última ocasión un saludo a “los
cuatro vientos”, se despiden de las imágenes y de las ánimas. La velación
ha terminado. Sólo los “concheros” se quedaran un rato mas cantando y
bebiendo.
2. Problemas y sugerencias
El complejo simbolismo que encierran estas ceremonias, parece
ininteligible no sólo al que las observa por primera vez, sino aun después de
haber estado en ellas repetidas veces. Por otra parte, los “demandantes”,
los jefes de la danza y los curanderos no están siempre muy dispuestos a
hablar de tales asuntos. Es un conocimiento esotérico que se adquiere por
tradición o consiguiendo la protección de un maestro que este dispuesto a
comunicar sus experiencias. El proceso es lento pero fascinante, si uno
mantiene el interés en desentrañar la gran riqueza y profundidad
semántica, al igual que la estructura especifica de los símbolos.
Por otra parte, disponemos de diversos sistemas de interpretación
que nos pueden auxiliar en tal tarea. Particularmente sugestivo nos parece
el propuesto por Turner. El estado actual de la investigación y el tiempo de
que disponemos no nos ha permitido ahora emprenderla. Sin embargo, no
queremos dejar de señalar cuando menos uno de los temas (a guisa de
ejemplo) que nos parece básico, en vista de su posición central dentro de la
estructura sintagmática del ritual, y señalar la significata de algunos
símbolos que con él se relacionan.
“Decían los antiguos que si no había suchil, no había velación” nos
dijo una ocasión un capitán de la danza, ya fallecido. ¿Y qué es el súchil?,
nos podemos preguntar. En el contexto religioso de la danza y de las
comunidades de tradición otomí del Bajío, se considera (como ya hemos
dicho), “la palabra de las ánimas”, es decir, una manifestación especifica de
los antepasados, de los primeros conquistadores que trajeron “la palabra”
de Tlaxcala, tal como nos lo indica la estrofa de una alabanza:
Pueblito de Tlaxcala
no te puedo olvidar
porque allí está fundad (fue levantada*)
la palabra general

*Según otras versiones